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+The Project Gutenberg EBook of La gloria de don Ramiro, by Enrique Larreta
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La gloria de don Ramiro
+ una vida en tiempos de Felipe segundo
+
+Author: Enrique Larreta
+
+Release Date: September 6, 2009 [EBook #29920]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GLORIA DE DON RAMIRO ***
+
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+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at https://www.pgdp.net
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+
+BIBLIOTECA DE «LA NACION»
+
+ENRIQUE LARRETA
+
+LA GLORIA
+
+DE
+
+DON RAMIRO
+
+UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO
+
+EDICIÓN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR
+
+BUENOS AIRES
+1911
+
+Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado a
+la imprenta el 24 de julio de 1908.
+
+_Es propiedad del autor y queda hecho el depósito que marca la ley._
+
+Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
+
+
+
+
+PRIMERA PARTE
+
+
+
+
+I
+
+
+Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón,
+escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.
+
+Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allí
+el aire exterior, en los días templados, entraba libremente por las
+ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumor
+de los molinos y batanes en el Adaja.
+
+¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo,
+y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde se
+acostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sólo
+animadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos de
+sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una
+sombra.
+
+Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura al
+párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecía
+llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban en
+complacerle, en agasajarle.
+
+Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas
+fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contaban
+historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otras
+milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, de
+princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabía
+cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cada
+vez más goloso de pavura y de misterio.
+
+La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la
+torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la faja
+de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes,
+lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscuro
+dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca en
+repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservando
+todavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá,
+en el reinado anterior.
+
+En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, con
+sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno de
+ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo
+apoyado en el alféizar.
+
+Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todo
+el caserío. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada hacia
+el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, más
+que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba los
+corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de las
+iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedral
+levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.
+
+Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el
+Valle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuera
+de los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras
+a distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una
+coloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba
+extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.
+
+Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el
+curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que se
+deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos
+chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrás
+de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los
+picachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.
+
+Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en
+redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras,
+cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símbolo
+eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránica
+leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo
+piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos. Los
+monjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta del
+rosario.
+
+Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelos
+acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una línea
+segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondo
+verde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre la
+urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el
+polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del
+poniente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando
+de soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado
+como zumos añejos en los cajones de las sacristías.
+
+La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecían
+llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una de
+las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas ya
+era de noche.
+
+Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestando
+un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. La
+ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir,
+por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas.
+Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio
+de aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himno
+alucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálito
+sagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas de
+cirios.
+
+Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y del
+Purgatorio.
+
+ * * * * *
+
+Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en la
+cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños era
+inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo la
+puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta del
+espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrer
+el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran
+infantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía de
+asiento. Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero para
+secarse las suelas.
+
+Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, había
+dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatro
+años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda de
+platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficio
+mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino
+soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al Emperador
+Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y
+galeazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos
+desprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco.
+Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos.
+Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedades
+vergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada,
+de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especias
+en que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces a
+punto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, en
+los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera
+que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que
+mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.
+
+El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos,
+había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos.
+Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía la
+brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus
+castellanas espuelas por las losas de Nápoles.
+
+Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, lleno
+de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado,
+calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tarea
+tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.
+
+A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadas
+retazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosas
+de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda la
+vida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantaba
+con áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados para
+remedar a los ciegos.
+
+Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por el
+mar.
+
+Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir
+algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma el
+dedo sobre las cejas, le preguntó:
+
+--Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?
+
+El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de su
+escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices.
+Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.
+
+El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con su
+espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchas
+de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero al
+advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el piso
+y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso a
+escucharle.
+
+Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre de
+los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambor
+destemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar las
+vergüenzas de aquella jornada.
+
+Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse
+de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos;
+aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras se
+entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el
+fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades
+desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló de
+soldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de los
+turcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos a
+mordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de lo
+alto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró su
+funesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle.
+
+Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de lucha
+desesperada.
+
+--Ya íbamos llegando a las galeras--decía.--Los moros escopeteros,
+después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados por
+nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmo
+en el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado,
+como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme, ¡pesia a tal!, una
+cuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!--exclamó por fin,
+con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en el
+cofre.
+
+Una de las criadas canturrió:
+
+ ¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!
+
+Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:
+
+--¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A
+las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellos
+agora que falta don Juan, el de Lepanto?
+
+Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero y
+alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:
+
+--Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me
+señala.
+
+Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro,
+exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:
+
+--¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda de
+Dios e la Virgen!
+
+Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y
+una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro,
+penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos
+fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y
+su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:
+
+--Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos
+alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?
+
+El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:
+
+--Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.
+
+--Otras serán, hijo mío--repuso entonces la llorosa mujer--, las armas
+que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su Santa
+Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro de
+religión que no ese hierro.
+
+Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos el
+estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,
+
+--¿Por esto lloráis?--la preguntó.
+
+--No, hijo mío--repuso la madre, dominada por la congoja.--Conduéleme
+una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa de
+Ahumada... Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Alba
+de Tormes.
+
+Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la
+estancia. Algunas mujeres sollozaron.
+
+ * * * * *
+
+El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias
+tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas
+cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérase
+dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, y
+resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.
+
+Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabras
+del _Angelus_. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron a
+responder.
+
+El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando las
+palmas como los niños.
+
+Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primer
+aliento somnífero de la noche.
+
+
+
+
+II
+
+
+Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año de
+1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su heredad. El
+viaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre, la
+carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras,
+penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una hora
+después de la salida del sol.
+
+Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida de
+misterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, para
+asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las
+iglesias vecinas.
+
+El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegas
+de tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer doña
+Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos de
+la Puerta de la Mala Ventura.
+
+Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste,
+recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunas
+almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costra
+rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión la
+agujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar el
+rosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho.
+El resto del caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedras
+irregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de los
+muros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enorme
+cerradura, había servido en otro tiempo para defender la puerta a
+flechazos. Las rejas eran toscas y tristes.
+
+La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esas
+portadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros.
+Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas en
+semicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otro
+lado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en sus
+cuarteles los blasones de las principales familias avilesas: el
+pajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blázques, la cabria y el
+mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de la
+puerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de algún alcázar
+andaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más alta
+servía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente a
+una Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardía
+continuamente un farolillo.
+
+El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustrales
+galerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios labrados
+en los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier, respetando,
+tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas,
+que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario de
+ruinoso convento.
+
+El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto, donde
+él mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces iba y venía
+bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase horas
+enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientos
+y contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en su
+espejo circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar para
+el anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entre
+ellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio.
+
+El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La majestad
+y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de las
+polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban
+obscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos de
+familia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa y
+otros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por los
+estrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras de
+Turquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo y
+telaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditarios
+roídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez; pero ricos
+pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con su
+incesante sahumerio.
+
+Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del palacio,
+don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Había
+traído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho libro de
+caballerías, no pocos de devoción, _Las Epístolas_ de Séneca, _De
+Oficiis_ de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo, un Virgilio y
+algunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera armilar con
+zodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fue
+encontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotes
+arábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia de
+un canónigo de la Iglesia Mayor.
+
+Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo que
+el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los estantes. ¿Para
+qué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota se
+repetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le iba
+desecando el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces el
+sopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo de
+pesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro las
+representaciones de su pasada existencia.
+
+Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro y
+la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos.
+En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usaba
+humildes pieles corderinas. Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde el
+día de _Quatour Coronatorum_ hasta el día de Navidad; otra desde el
+Domingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurrección.
+
+Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. El
+corto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Sus
+ojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creía
+descender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido,
+etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovia
+nombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de los
+caballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.
+
+Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo como
+indigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censos
+de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de un
+cofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión de Valsaín o en
+su «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto que sus
+bodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después de
+casada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de los
+moriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre el
+atávico rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientes
+demostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar al
+soberano contra aquellos perros infieles. Muchos resolvieron
+acompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para armar, a su
+costa, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.
+
+A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por una
+cólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida,
+arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de las
+persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general.
+
+El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por medio
+de espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.
+
+En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de un
+cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados de
+rosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudo
+de la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por un
+terrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago,
+en pago de sus servicios.
+
+Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayores
+pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la
+Alpujarra.
+
+ * * * * *
+
+Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y un
+señoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto en
+Avila como en Segovia, desdeñando la administración personal de la
+propia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y las
+funciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad creía
+asegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballeresca
+de confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de
+Madrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisión
+alguna en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar a
+crédito en la vecindad lo que se iba necesitando.
+
+Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuya
+altivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando uno
+a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacía
+descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con las
+piezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas de
+América, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sin
+embargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una sopera
+con candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, y
+algún hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera de
+sus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza de
+vino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros y
+judíos.
+
+
+
+
+III
+
+
+Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de la
+cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de
+la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sin
+hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de
+la platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la
+calle, cobraba un eco solemne.
+
+Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba
+algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se
+acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie
+hablaba.
+
+No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o un
+dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba
+del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,
+inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba
+las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras
+sí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo
+de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo
+huyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro
+monjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas
+basquiñas de la adolescencia.
+
+Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido en
+casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera de
+un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el
+sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro,
+y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él
+invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su
+padre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar
+amistad, que era ya citada por todos en Segovia.
+
+Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los
+libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos
+como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, tal
+vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca
+paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón,
+cuando todos dormían.
+
+La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un
+filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero
+que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del
+palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios y
+raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida
+cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una
+sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los
+jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos
+y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.
+
+Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación el
+rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar
+por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido a
+lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras
+preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.
+
+Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una voz
+llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El
+billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de
+una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobre
+Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.
+
+Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su
+embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse.
+Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecía
+de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, en
+Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su
+nombre y su raza. Era un morisco.
+
+--Decid a vuestro amo--exclamó al despedirse--que yo quise herille su
+honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizo
+sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora
+en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.
+
+El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomar
+con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que se
+moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.
+
+¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, y
+aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada
+relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se
+realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió
+solo para Flandes.
+
+Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo Sancho
+Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno había
+sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.
+
+Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su
+pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquella
+sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermiza
+palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura
+entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el
+rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su
+cuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo
+que era posible, la nueva reforma del Carmelo.
+
+Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar de
+residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allí
+vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de
+1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y
+Capricornio.
+
+
+
+
+IV
+
+
+Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el
+azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin una
+alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos que
+hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de su
+niñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre
+un dedo sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismo
+melancólico, pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedas
+y el rostro como apenado. Había algo de monstruoso en el contraste de
+sus tiernas facciones con el ceño de aquella frente cargada, al parecer,
+de adultos pensamientos.
+
+Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devoción.
+Asistía con él todos los días a la misa de alba en las parroquias de San
+Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles que
+ofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcer
+de impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario de
+quince misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelo
+humildemente ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y
+depositar, asimismo, su ósculo en el escapulario de los religiosos para
+ganar indulgencias.
+
+Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomar
+castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas,
+inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las
+noches leía; junto a su lecho, en el _Flos Sanctorum_ la historia del
+santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los
+milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la
+Madre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale los
+coloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo, en medio
+de la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando su
+cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por la
+madre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado y
+temeroso aroma de santidad.
+
+Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El abuelo
+no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el caserón, miraba
+por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, subía a la
+estancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la cuadra de
+los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartaba
+de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a las
+puertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a un
+ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que
+parecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas
+inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente.
+Nunca faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos de
+naipes. Parte de la servidumbre pasaba allí varias horas del día
+durmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veíanse
+las ostentosas libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata.
+
+Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capaz
+de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos del
+diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal,
+íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas
+subterráneas.
+
+La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde traída
+de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el estío, se
+retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del año
+quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetraba
+en su interior todos los días para coger el huevo que una gallina
+misteriosa ponía sobre los cojines de bronceado guadamacil.
+
+ * * * * *
+
+A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le veía
+internarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. A
+través de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasión,
+endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíale
+ocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo y
+de su gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de Nuestro
+Salvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la Santísima
+Virgen. Le creyó asegurado, y, pareciéndole a ella misma imprudente
+seguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante,
+resolvió que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo.
+
+Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por las
+doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata,
+gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba a
+despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia
+un costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y un
+Pater, le despachaba con un beso.
+
+Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Era
+una revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro monótono del
+caserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su espíritu.
+Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y
+heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias
+del hombre y el orgullo de los linajes.
+
+Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de las
+parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de
+sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, su
+retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle después
+para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y
+pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguo
+soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las
+inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Así
+supo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero Nalvillos con la
+mora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le contó por primera
+vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesenta
+rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso _el
+Batallador_; así como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, que
+fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.
+
+La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de los
+inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzaba
+los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que,
+en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides,
+subió a las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas de
+barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los
+infieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyéndola bien
+defendida.
+
+ * * * * *
+
+Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generoso
+camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de San
+Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el
+portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo
+trabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas y
+en Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas.
+
+Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, en
+lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamaba
+el escudero.
+
+Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerda
+oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a una
+altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujero
+practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco
+después, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar,
+hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse,
+presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojo
+de llaves y en la otra un farol encendido.
+
+Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna del
+templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse con
+las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejaba
+penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de
+incienso.
+
+La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajo
+un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de una
+zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negros
+como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de la
+techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella
+elevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.
+
+Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase el
+bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamaban
+_la extremeña_, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba las
+dos campanas más gruesas, dejándole a él los clarillos y esquilones.
+
+Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieron
+los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudido
+hasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones espantosas que
+amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los aires,
+como una paja, en el sonoroso turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su
+faena, mostraba todas las calzas hasta la carne.
+
+Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio
+rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como su
+bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba al
+marido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor que
+renovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro la
+observaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuando
+nadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, trataba
+de animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.
+
+ * * * * *
+
+Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia covacha,
+jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el niño llamaba
+al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio con
+su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que
+hablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que el
+escudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y
+que, descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en el
+tormento antes que denunciarle.
+
+Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo de
+una casucha, detrás de San Pedro.
+
+A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siempre
+con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando de
+admiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus ropas,
+besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era
+ella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de la
+improvisada ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo,
+alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquella
+criatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinal
+llegó a despertarle, en el correr de los días, cierto extraño deleite,
+que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo.
+
+
+
+
+V
+
+
+Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona con
+quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don Alonso
+Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban
+contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de los
+Aguilas, no tardaron en conocerse.
+
+No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de los
+Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altas
+proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso
+descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer
+Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde
+Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de
+los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y
+casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo
+databa la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de a
+caballo de la ciudad, en servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo o
+adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro
+linaje. Otrosí su pendonero o alférez».
+
+En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serrano
+y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta otra casa
+clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco lises
+alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones
+rampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre en
+su familia.
+
+Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte,
+unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejores
+linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del huerto, y
+su defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo residía
+breve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso.
+En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, donde
+pasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido de
+alguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un
+duro cautiverio.
+
+Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de guzmán,
+batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota de
+arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vida
+otra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. A
+los diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a los
+treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por su
+comportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.
+
+Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres en
+Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta el
+delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a
+menudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido
+íntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiares
+como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía las
+_Metamorfosis_, o la _Jerusalén libertada_, que las ásperas epístolas de
+San Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedral
+hacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles con un
+peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos de
+ensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Clori
+y a Galatea. Llevaba concluida una traducción de _El laberinto de amor_,
+sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una feliz
+imitación de la _Arcadia_ de Sannázaro. Para él, aquella naturaleza
+desolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal no
+merecía un hemistiquio.
+
+Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados y
+todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todo
+aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida cortesana,
+agravado por los exquisitos refinamientos «que», según don Íñigo, «la
+prudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles para
+afeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosa
+envoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se
+tardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba por
+debajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que su
+honra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazón o la
+mejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas en
+el calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar hasta él, desde
+temprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora de
+Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y del
+bello vivir.
+
+Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre.
+La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no envilecerse en
+ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de condición
+levantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombre
+debía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el
+sombrero.
+
+Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corte
+espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más ancha.
+Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos modelos
+del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia eran
+dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y
+el pomo de sus dagas.
+
+Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de un
+Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber dado
+dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que le
+presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, y
+él contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el
+Consejo de Italia a la primer coyuntura.
+
+Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o
+de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el culto
+ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida
+señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia,
+comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.
+
+Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embeleso
+eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi dorados,
+provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor para
+cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que sus
+manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia,
+donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.
+
+Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas
+fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de
+Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una
+fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el precioso
+florecimiento.
+
+Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir
+centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generación
+innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas
+alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la
+gran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco
+tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber
+tomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los
+marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un
+movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un
+pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado a
+mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz
+astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído
+en su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor de
+la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas
+blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canales
+internados en el misterio.
+
+Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y
+polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas,
+donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.
+
+ * * * * *
+
+Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa amistad
+ceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamaba
+en tono altivo y profético contra la política del monarca, quien, a la
+vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en su
+reino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando de
+hito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes recompensados
+con grandes honores y mercedes.
+
+Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topó
+con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de alto
+y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente alguna
+imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un infante
+embrujado.
+
+Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz de
+profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos, como a
+una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, al
+verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasión
+que él mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenzó a
+agasajarle. Al siguiente día le mandó buscar con su enano. Hízole
+enseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole él mismo a
+conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez años, que les
+recibió en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojín
+azul, entre las dueñas.
+
+Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo los
+brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción profunda,
+indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la mano sobre
+el hombro y salieron.
+
+
+
+
+VI
+
+
+La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casi
+al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles.
+Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas
+fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor,
+había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y
+a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa
+casería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa
+maleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo se
+adivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícil
+avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, se
+defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina.
+
+En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el
+aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos
+limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los
+jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos
+imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas,
+negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en
+el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las
+escalinatas y los follajes.
+
+Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad.
+Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con su
+hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejo
+de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además,
+haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones,
+mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela,
+le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano
+hasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.
+
+Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga
+por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de reja
+y ancha hoja de dos filos.
+
+--Este acero--decía señalando su fina espada escuderil--es doncel, no
+sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero
+aquéste--agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo
+soldado--ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja.
+¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más
+de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola
+turquesca!
+
+Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al
+empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentro
+del pecho.
+
+Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus
+músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñando
+esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todo
+soldado que llegaba a la vejez.
+
+Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia
+de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso del
+monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas que
+ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume
+tornábanle al pronto extremadamente sensible.
+
+Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudo
+un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del
+sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vista
+del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y
+tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún
+audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo
+ademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la
+lucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre
+la cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles.
+
+Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su
+espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya
+sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del
+valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era
+llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser
+aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.
+
+ * * * * *
+
+Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de
+jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron
+comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo.
+Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a
+la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los
+remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.
+
+El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan
+empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasador
+se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como
+el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol se
+tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño
+levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.
+
+Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje era
+aún más austero bajo aquella claridad implacable.
+
+Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.
+
+Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra
+de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros,
+tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa
+acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cada
+momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.
+
+Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las _Aventuras de Silves
+de la Selva_ y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que
+formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.
+
+Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentos
+la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un
+rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro una
+medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que el
+agua conserva en las alcarrazas.
+
+De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza.
+Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.
+
+--¿Dónde vais?--gritole.
+
+El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.
+
+Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano
+contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el
+perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso,
+mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba
+en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban
+llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del
+mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los
+caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos,
+vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando
+encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó
+por su imaginación.
+
+Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin
+pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma,
+mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo
+soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la
+otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos
+esperan», salió de la cuadra.
+
+Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda
+cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con
+seis hombres armados de chuzos y horquillas.
+
+El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto
+distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces
+de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un
+cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.
+
+ * * * * *
+
+Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también
+entre los árboles.
+
+Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo
+que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y
+campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte.
+Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los
+asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra
+a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo
+bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.
+
+Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas
+antiguas.
+
+Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus
+rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de
+estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama
+surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el
+oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.
+
+Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.
+
+ * * * * *
+
+Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el
+patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha
+espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.
+
+--¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!--exclamó la mujer.
+
+Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:
+
+--¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el
+rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba.
+¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!
+
+--No fue Medrano.
+
+--¿Y quién?
+
+--Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir
+corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo.
+Luego hachele el pescuezo.
+
+--¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las
+barbas!--exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera
+dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.
+
+Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo
+que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y
+tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas
+repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.
+
+ * * * * *
+
+La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin,
+al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que
+invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron.
+Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera
+entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el
+niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre
+el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco
+soponcio.
+
+La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del
+mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sin
+vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don
+Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el
+coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a
+Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus
+temblorosas manitas, blancas como la luna.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar
+sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la
+coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.
+
+Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como
+lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz,
+con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase
+ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del
+lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma
+fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se
+fundía de ternura.
+
+Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para
+Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba
+abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la
+luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas
+veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado
+silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada
+exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale
+que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no
+alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida
+con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a
+solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las
+constelaciones.
+
+Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso
+pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y
+de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.
+
+Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que
+separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa
+vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la
+frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas
+celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!
+
+Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no
+quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole,
+entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y,
+cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que
+pasara a su jardín.
+
+Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo
+de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.
+
+Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados,
+hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin
+sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos.
+Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más
+menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba,
+aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del
+verano.
+
+Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,
+caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el
+brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión,
+Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con
+violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa,
+loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos
+a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo
+inolvidable.
+
+Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil
+aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada,
+soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa
+existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo
+peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:
+
+--¿Os holgara ser aína mi esposa?
+
+Ella repuso:
+
+--Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?
+
+Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al
+parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que
+aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de
+cascabel.
+
+ * * * * *
+
+Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de
+legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca
+Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe
+de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de
+las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos
+eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se
+aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima
+Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus
+rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente
+la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los
+juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca
+hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal
+que ataca, de ordinario, a los donceles.
+
+Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde
+luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.
+
+Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos,
+advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente
+para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que
+podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo
+fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi
+sonriente.
+
+Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el
+mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los
+árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.
+
+Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino
+jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el
+cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su
+primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un
+olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el
+brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un
+clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.
+
+Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no
+pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible,
+brotó de su pecho.
+
+Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.
+
+
+
+
+IX
+
+
+Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijo
+en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para
+enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en
+Salamanca.
+
+Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doña
+Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos de
+la gramática latina, un religioso franciscano del convento de San
+Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era
+escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la
+tarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en
+las lecciones. Solía decir a su discípulo:
+
+--Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lo
+poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han
+de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los
+sabios cristianos y gentiles.
+
+Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello,
+como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias
+terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de
+monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico,
+adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus
+sermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda.
+Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza
+en este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre el
+nido de un ave que duerme.
+
+Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De
+esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos de
+soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.
+
+En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio
+donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil,
+súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre
+obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un
+velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de
+un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor
+que su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padre
+franciscano.
+
+Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la Iglesia
+Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fue
+llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros
+arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de
+arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los
+ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a
+medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los
+demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes
+en el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellos
+sus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, a
+modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la
+espada.
+
+Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en
+medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento de
+gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:
+
+--Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de la
+verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico me
+ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del
+«Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con
+harto peligro de caer de bruces en la herejía.
+
+Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la
+mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título:
+_Summa Theologica_, en gordas letras antiguas.
+
+--Esta obra, este monumento, este tabernáculo--prosiguió el
+canónigo--resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisol
+de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en
+la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contra
+ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a
+guisa de _vestibulum_, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro
+Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de
+Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el
+alma racional muere con el cuerpo.
+
+Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encima
+de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, calose
+las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.
+
+Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las
+claras el vértigo.
+
+--No os importe--le dijo el canónigo al terminar--si de esta primera vez
+no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.
+
+Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes y
+teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociese
+como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo
+Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los más
+doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y
+qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a
+través de sus _primos_ y _secundos_, de sus _ergos_ y _distingos_.
+Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con
+ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de
+la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer
+su conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase al
+pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los
+ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, que
+dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuello
+a más de un eclesiástico.
+
+Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante,
+si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña de
+la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiénes
+eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, los
+Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre
+moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia.
+¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara su
+envidiada grandeza? Aquél, y no otro... _Ergo_! Pero él conocía
+demasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los
+que combatían en España los principios de los escolásticos, los que
+negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies
+inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidad
+del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos
+del Demonio.
+
+El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no era
+posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minar
+aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en su
+seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle
+el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejía
+era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más
+firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido.
+Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes.
+Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero
+eran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, _el
+Brocense_, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se
+invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de
+Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su _Catecismo Cristiano_.
+Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde
+por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones,
+sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para
+siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres.
+¡La podrido a la hoguera, y amén!
+
+¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerra
+de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejarían
+escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandes
+se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se
+lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por
+medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y
+Andalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.
+
+El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los
+procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la
+responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de
+cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo
+elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no
+sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas y
+desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la
+bancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de la
+Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por su
+tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio
+en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército
+de arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir.
+España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de
+las batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre
+los infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor los
+enemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos,
+como los soldados de Tito en Jerusalén.
+
+Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una
+bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con el
+fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo
+derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más
+prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia,
+que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veía
+sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que se
+grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero
+cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando
+se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerraba
+como un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del _Antiguo
+Testamento_, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable,
+tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos.
+Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar un
+rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran
+comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que
+guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta,
+conviene destruirlas y hacer otras nuevas.
+
+Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres
+tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenaces
+tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismos
+pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un
+olor raro y voluptuoso de Oriente.
+
+Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las
+horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa y
+repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la
+llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus
+escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de
+dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo
+súcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él,
+bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico,
+largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograban
+desvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras de
+alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el
+sosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su
+rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!
+
+¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de
+horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite.
+Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se
+castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la
+columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito,
+variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible,
+el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote
+la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple
+tiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única
+y sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y
+sentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.
+
+Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a las
+bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo los
+cedros, temblaban de lujuria como panteras...
+
+ * * * * *
+
+Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había
+levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. A
+aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y
+de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán,
+provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria
+dormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.
+
+¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de la
+iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento
+donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonaban
+allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un
+infolio.
+
+Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchía
+de una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer las
+inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes
+completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer»,
+«Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieron
+quizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto
+que nuestro pie remueve en los osarios.
+
+En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos y
+caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor Don
+Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noble
+caballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego
+del Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida
+como una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que
+una voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores.
+
+Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al
+recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo
+una piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre
+la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino un
+fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar
+un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir
+el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la
+salvación eterna.
+
+En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábale
+contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, y
+sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia la
+parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un
+cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del
+torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no
+había querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar
+a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábase
+entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano de
+vida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a veces
+emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos y
+eternos?
+
+Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de
+Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordar
+de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza
+del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer
+del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: _omnem concubitum
+cum re non ejusdem speciei_, de la demonialidad o _copula cum Dæmone_,
+que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el
+comercio con los íncubos y súcubos de donde, _aliquoties nascuntur
+homines_.
+
+--Y es de este modo--afirmaba--como debe nacer el Anticristo, según un
+gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según Tito
+Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro _el Grande_,
+según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en una
+religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito
+heresiarca que llevaba el nombre de Lutero.
+
+Era menester mucha cautela.--La tentación--decía--palpita por doquier.
+Todo es arma y cebo para el Demonio.
+
+Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en un
+cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle la
+piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia.
+De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gesto
+espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y
+exclamando:--_¡Vade retro, vade retro!_ El Enemigo acababa de mostrarle
+en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.
+
+Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, a
+concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne,
+tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por
+instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.
+
+Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de
+haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el _Cantar de los
+cantares_, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella
+le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalaban
+los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farol
+al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa
+reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los
+cervatillos mellizos» del cantar.
+
+Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde
+dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.
+
+Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallose
+frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones
+más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil.
+¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzó
+a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.
+
+Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la
+calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.
+
+
+
+
+X
+
+
+A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó un
+aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas,
+imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso.
+Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada
+apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.
+
+Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su
+tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le
+enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna
+pone en el mármol.
+
+El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad,
+recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro
+interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos
+de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de
+Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables,
+hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el
+primer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se
+señalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila,
+apellidado _El rayo de la guerra_, servía ahora de ejemplar a los
+flamencos.
+
+--¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vida
+gallarda y desembarazada del soldado!--exclamaba el canónigo.
+
+No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima
+carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensaba
+tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano,
+escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien de
+la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de
+calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin
+rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia
+de sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus
+colegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una
+silla episcopal.
+
+--Los muy bellacos y alicortos--decía--barruntan que apenas el águila
+se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto.
+
+El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud y
+el gran pecado de su alma.
+
+Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y
+habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miró
+derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudó
+que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados,
+pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o
+en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su
+familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España.
+Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y
+conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura,
+llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamente
+Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan de
+Austria. Al tomar en sus manos _Los Comentarios_, era él quien conducía
+las cohortes a través de las Galias; pero, en los _idus_ de marzo, más
+sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y,
+escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a
+uno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba
+a la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin,
+de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre
+toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su
+imaginación soñaba según las estampas.
+
+El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar la
+tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lo
+mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico le
+dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbre
+absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar a
+ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en
+la tierra.
+
+Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre el
+Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba
+rodar sus pensamientos.
+
+Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión,
+gritos de guerra, suspiros de éxtasis.
+
+Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovido
+hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente,
+abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubes
+doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando
+todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera
+muralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella
+misma.
+
+Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevación
+de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunos
+palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se
+cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz
+era al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de
+eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su
+conocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primer
+momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si
+de todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre.
+
+Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales de
+cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venían
+hablando de comida y de jornal:
+
+--Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante el
+maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos a
+llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil
+mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.
+
+--¿Qué os respondió?
+
+--Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed que
+haríais morir de envidia a muchos obispos.
+
+--¿Eso dijo?
+
+--Cabal.
+
+--Paciencia, Martín.
+
+Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.
+
+Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa
+leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por
+debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera.
+Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...
+
+Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlaba
+de todas las vanidades del hombre.
+
+Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la
+tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en el
+céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con
+el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos
+ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que
+imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro,
+mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una
+moneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:
+
+--¿Sois muslim o castellanuelo?
+
+--Cristiano viejo, por la gracia de Dios--contestó Ramiro.
+
+La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:
+
+--Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las
+ídolas--exclamó con voz agorera y fatal.--Echaréis a Agar y a su fiyo,
+está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos riegue
+la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger,
+ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!,
+los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es
+buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y
+serán honrados en gradas altas y aventajadas!
+
+Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su
+destino.
+
+--¡Tu jofor, tu jofor!--balbució la morisca.
+
+Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica,
+soltola de pronto.
+
+Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del
+canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se
+acercaba.
+
+--_Chiromanciam habemus_--gritó el lectoral.
+
+Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se la
+alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarse
+lentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodar
+de la moneda sobre los guijarros.
+
+Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el
+canónigo compuso la siguiente oración:
+
+--Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí
+una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba
+hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan
+haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados
+de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar
+sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que
+llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el
+filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles
+hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a
+bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta
+la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por
+manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia
+la Meca, hacia el _alquibla_, como ellos mesmos se expresan. No beben
+vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta
+cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica.
+Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o
+azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según
+su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal
+con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las
+sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de
+fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.
+
+Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido
+reciamente, prosiguió:
+
+--En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está;
+pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le
+hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las
+cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos
+habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar,
+tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas
+de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el
+primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a
+mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz
+de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la
+injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de
+Roma.
+
+El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto
+y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron
+hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al
+mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua
+del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían
+concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de
+San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.
+
+--¿Qué hacer--continuó diciendo el canónigo--con este enemigo casero
+tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día
+nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche
+nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro,
+me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y
+trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol
+junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a
+Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien
+ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.
+
+La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más
+exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución
+solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.
+
+--Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de
+España. La avaricia moderna, señores--exclamó esta vez.--¡Ah! ya son
+contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de
+honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los
+nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos
+perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos,
+engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que
+con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus
+tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de
+los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del
+Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho--añadió,
+bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,--si la Inquisición,
+la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas
+aragonesas?
+
+Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en
+el teatro de su imaginativa, prosiguió:
+
+--¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del
+reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable
+para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos
+traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada
+cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos
+pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como
+alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a
+las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y
+abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa
+llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a
+Juvenal--volvió a decir,--él nos declara que no hay linaje de maldad en
+que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso
+opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con
+la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la
+naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto
+emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi
+que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para
+rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos
+de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de
+carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas
+cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la
+mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga
+llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.
+
+Había terminado y escupió varias veces.
+
+Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban
+llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus
+candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor
+anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la
+reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era
+una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora
+y su pupila fosforescía de modo extraño.
+
+Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondo
+de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su
+discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y más
+dulce:
+
+--El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasiones
+privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestro
+propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvar
+una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano
+retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el
+muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un
+Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la
+secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o
+pida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo,
+que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan
+de cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir
+sin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo
+mío--agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,--otra
+ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios
+mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendo
+a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo,
+del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta
+quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia»,
+_nec misereberis earum_. Y así mismo, por boca del profeta Samuel,
+mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar
+hombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar
+rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también,
+como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta
+ponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el
+pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe
+extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia,
+Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quien
+Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra
+propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total
+exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano,
+antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las
+claras, rematar la obra de purificación.
+
+--El miedo a la sangre, hijo mío--prosiguió diciendo el canónigo,--es un
+bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad,
+de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La
+sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la
+hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los
+nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que
+resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se
+quieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura.
+
+Meditó un instante y continuó:
+
+--Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales a
+éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetas
+enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo
+que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los
+falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay
+que saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería
+un blando acabar, poco a poco.
+
+Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebo
+le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría.
+Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo
+levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del
+anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.
+
+El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro,
+y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que
+el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos,
+en el barrio de San Gil.
+
+
+
+
+XI
+
+
+El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes,
+Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey,
+recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las
+suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas,
+preguntole con brusquedad y misterio:
+
+--¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para
+una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta
+vuesamerced--agregó--que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha
+religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte
+que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.
+
+El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara
+arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto,
+después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió
+con viveza.
+
+--Sí, tal. Ya le tengo.
+
+--Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá
+escogido con acierto--replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en
+el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de
+velludo pardo.
+
+En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos
+esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo
+que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un
+levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles
+con las manos en la masa.
+
+--Tenemos sospechas--agregó--de que en esta ciudad existe un escondite
+de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de
+Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo
+con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y
+abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras
+abandonadas, les tienden solapadamente la mano.
+
+Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a
+su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería
+compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera
+en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino
+de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a
+explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente.
+El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible
+comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo,
+por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.
+
+El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas
+del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había,
+tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario.
+Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un
+esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora,
+púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había
+logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más
+influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el
+Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su
+barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su
+labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.
+
+La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las
+más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La
+Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de
+Milán, Tomás de San Vicente, llamado _el Valeroso_, y, sobre todo, Ruy
+López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre
+podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de
+Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía
+del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados
+en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en
+Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San
+Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia
+sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.
+
+Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del
+aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas
+antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte;
+y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios
+y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como
+señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.
+
+De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor
+una voz desesperada que comenzó a gritar:
+
+--¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!
+
+El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un
+lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de
+sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a
+arrojarse a los pies de su señor.
+
+--¿Qué sucede?--preguntó mal despierto el hidalgo.
+
+--Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega,
+ahí está!--agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de
+pies a cabeza como endemoniado.
+
+En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la
+boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote
+levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo
+centellear, en el aire, su larga espada desnuda.
+
+El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa
+agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el
+rostro con el acero.
+
+--¡Teneos, en nombre de Cristo!--gritó reciamente el canónigo, asiéndole
+el brazo.
+
+El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado
+examinaba su propia sangre en los dedos.
+
+--No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito,
+sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa
+de mí--rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y
+recorriendo a trancos la cuadra.--Vuestra es la culpa, señor, que me
+habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores,
+las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de
+joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo,
+la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste!
+Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro
+y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la
+ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín,
+para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el
+mesmo vientre?
+
+Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:
+
+--Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia,
+y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en
+Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis
+harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le
+deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir
+sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante
+mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!,
+pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año,
+señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto--exclamó, haciendo
+sonar la uña del pulgar en los dientes.--Agora os llega este caparazón
+y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados.
+Todavía este puerco--exclamó señalando al lacayo--me lo enseña de lejos
+con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.
+
+Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar
+la mirada.
+
+--¡Ah, señor!--prosiguió el segundón--la postre no os sabrá tan dulce
+como esperáis, ¡No! ¡No!--gritó bruscamente, golpeando con el tacón en
+el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera,
+semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando
+desnuda su pierna muy blanca y vellosa.
+
+Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:
+
+--Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En
+cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.
+
+El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a
+cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió
+a gritar:
+
+--¡No! ¡No!...
+
+En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de
+la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de
+metal y de seda.
+
+--Seguro estoy--dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber
+saludado al canónigo--que reñíais a nuestro padre.
+
+--Así es verdad--contestó el hidalgo;--me reñía porque os enviaba ese
+caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.
+
+El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban
+bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo
+turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los
+arabescos de plata y de oro.
+
+Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas
+que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El
+rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como
+despertando:
+
+--Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña--exclamó.--Peor
+para él si no sabe aceptar su condición.
+
+Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en
+las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos
+crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de
+insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y
+descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.
+
+De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo,
+apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro
+hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave
+y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez
+era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de
+hierro.
+
+--¿Qué pensará vuesamerced--exclamó, dirigiéndose al lectoral--de tamaña
+vergüenza?
+
+Luego, encarándose con su esposo:
+
+--Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya
+para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.
+
+El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban
+nerviosamente los brazos del sillón.
+
+Doña Urraca prosiguió:
+
+--¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja
+volver por la honra de vuestra casa?
+
+Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.
+
+--Ya os he dicho mil veces, señora--replicó levantando la frente y
+mostrando sus ojos humedecidos,--que mi sangre es tan clara y tan limpia
+como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y
+que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por
+ventura--agregó poniéndose en pie--es cosa de nada un linaje que viene
+de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con
+dos condestables de Castilla?
+
+Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo
+de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su
+preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los
+mancebos, díjoles con imperio:
+
+--Vosotros seguidme.
+
+Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos
+hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por
+el corredor el golpeteo de las espuelas.
+
+Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía
+decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó
+un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza
+afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella
+delicada misión.
+
+Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un
+viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como
+una mujer.
+
+
+
+
+XII
+
+
+El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad,
+como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón
+inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales.
+No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.
+
+Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y en
+un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido.
+Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a menudo,
+descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma del
+almenado _Cimborio_, que forma a la vez el ábside de la Catedral y el
+torreón más ancho y más fuerte de la muralla.
+
+Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser la
+irritación del insomnio, como una ablución de rocio.
+
+La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer
+encendiera su primer rubor en el naciente.
+
+No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.
+
+La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario.
+
+El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de hierbas
+invisibles que sus pies hollaban al caminar.
+
+Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí y allá, como
+suspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en tonos
+lechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y flotar una
+confianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal,
+que él asemejaba a la claridad que la eucaristía difunde en el alma.
+
+Las torres y contrafuertes del templo fingían majestuosa visión entre el
+cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla se
+alejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos, hasta
+desaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la evocación
+legendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís, Lanzarote...
+desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes dejaban los
+castillos. Sus armaduras reflejaban la claridad nebulosa...
+
+Un gallo cantó.
+
+Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que le
+habían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como no era fácil
+leer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la piedra.
+
+Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban el
+plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente. Ya se
+distinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas azules,
+abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían sobre el
+adarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó a disiparse, a
+hacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra purpúrea se encendió en
+el naciente, comparable a un alfanje de cobre.
+
+En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispo
+destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída de la
+Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen de
+aurora.
+
+Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, las
+sombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande, junto
+a San Pedro.
+
+Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en las
+bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.
+
+El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascua
+desnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza hacia lo alto
+dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama de
+Moisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de la
+Escritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los
+adoradores del becerro.
+
+--He aquí--exclama--que el Señor se sirve agora de este signo, harto
+elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y blasfemo de
+Mahoma.
+
+Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a cumplir un santo
+deber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante misión no le
+encamina derecho a los más grandes honores.
+
+Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su esperanza en aquel
+mancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para llevarle después
+como halcón en el dedo. El señor de San Vicente había dicho que
+comunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. ¿No
+sacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra?
+
+No habían sonado aún las doce campanadas de mediodía cuando Vargas
+Orozco mandó en busca de su discípulo.
+
+Sentáronse en un escaño de la sala capitular.
+
+Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz,
+enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el arrabal
+de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en los
+bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era preciso
+hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante
+conspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras:
+
+--Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular un
+amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo propósito.
+
+Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de la
+iglesia. El canónigo volvió a decir:
+
+--Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansan
+aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servir
+a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos
+remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros ese
+tuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.
+
+Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo que
+acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, de
+confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligero
+el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario,
+envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con las
+cuentas.
+
+--Esto que agora emprenderéis--agregó el lectoral--será en servicio de
+la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducir
+por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabios
+designios os indiquen.
+
+Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.
+
+En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña crestería
+plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente del
+cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y
+navegaban en la luz.
+
+Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes,
+rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro y
+el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un tosco
+relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquello
+bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y una
+nubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los
+obreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era una
+espuela, un acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamente
+en la mano, y levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba a
+través de la vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira:
+
+--¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habrá
+hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblema
+de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su solo
+ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.
+
+Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gesto
+grave y casi compungido, prosiguió:
+
+--¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la casa
+y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!
+
+Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en el
+sepulcro, terminó de este modo:
+
+--Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño, reliquia de la vieja
+honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por el alma
+desconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte.
+
+Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó una plegaria. Ramiro
+le imitó.
+
+
+
+
+XIII
+
+
+El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su desparramada
+energía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado y
+quimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las horas y las horas
+imaginando hazañas inauditas o exaltando ansias de imperio y de
+grandeza, que él miraba luego colmarse una a una, a lo largo del
+porvenir, como tinajas de subterráneo tesoro.
+
+El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo compañero de
+su edad. Desde temprano, a pesar de la oposición de su madre, buscó el
+trato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un Núñez Vela, a un
+Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dávila, a Nuño Zimbrón.
+Soñó con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sin
+ambages, en rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tardó en
+advertir que sigiloso encono crispaba todos los labios en su presencia y
+que su mano calurosa no estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio,
+los demás se agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad común hacia
+él, aquella tácita conspiración, parecía estrecharles mayormente.
+
+--¿Por qué? ¿Por qué?--se preguntaba sin cesar con varonil mansedumbre y
+sin querer pensar en la venganza,--¿por qué no me ha sido dado lograr
+esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbécil y a veces a un
+malvado, a un felón?--No maliciaba aún el peligro de aquel ingenuo
+aliento de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendían.
+
+Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con Miguel Rengifo, el único
+amigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo calor:
+
+--Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho señalado me hacen
+gobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para haceros mi
+primer capitán.
+
+Rengifo, a quien todos llamaban _el enano_, por su mezquina estatura,
+giró sobre sus talones y respondió con enfado:
+
+--¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame junto a mí, e os
+haga mi capitán?
+
+Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dos
+veces en su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo la espalda.
+
+ * * * * *
+
+Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago.
+El temor del peligro le había dejado para siempre desde los primeros
+años de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propia
+vida y la ajena. El orgullo de su misión vino a duplicar su ardimiento.
+Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno.
+Quién sabe si no se le había escogido deliberadamente, desde la Corte,
+con la traza de una casual designación. De todos modos, aunque así no
+fuera, el monarca oiría muy pronto su nombre.
+
+A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería,
+imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale ver
+ante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose gravemente
+y echándole al cuello la venera de un hábito.
+
+Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que no
+atrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada templada
+en Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don Rodrigo del
+Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por debajo
+del jubón.
+
+Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulando
+un andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la cuesta del
+mediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más tráfago y rumor
+que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire y
+al sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquillos
+casi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cada
+instante estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento de
+tornos y telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita.
+
+Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevaban
+gregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de colores
+aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las callejas
+la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, sí, en
+su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún sangriento clavel,
+prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se esquivaba
+al andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se detenían
+para contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía.
+Otros levantaban la cabeza y sorbían el aire como camellos,
+libidinosamente.
+
+Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna moneda
+excesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna mozuela, o
+zapatos infantiles con que después obsequiaba a las madres moriscas.
+Comenzó sus paseos con el corazón encogido por el odio; pero, poco a
+poco, su misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, y
+la dulzura que recogía de todo los rostros, le fueron ablandando la
+entraña y haciéndole descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquella
+vida graciosa y sensual de los musulmanes.
+
+Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El más concurrido se
+levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un morisco a quien
+llamaban _el Nazareno_, por su semejanza quizá con algún Crucifijo muy
+barbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la mañana o a las seis
+de la tarde, caía a aquel figón toda clase de gentes. Trajineros que
+dejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle que
+entraban secándose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros,
+olleros, caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba también las
+piernas sobre el esparto, y pidiendo cualquier golosina, poníase a
+observar por debajo del aludo sombrero. Cierta mañana pasó al trascorral
+y vio matar una ternera con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dos
+ancianos inclinaron el rostro balbuceando una oración, y, al notar que
+aquel mancebo no se inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramiro
+se retiró orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tardó
+en advertir que los alguaciles que caían al figón presenciaban a menudo
+aquellos ritos diabólicos, y que _el Nazareno_ los cohechaba con solo un
+rubio y chispeante buñuelo, recién sacado de la sartén.
+
+Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en algarabía y no pudo
+contestar. Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y, desde
+entonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles.
+
+Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos árboles, por
+detrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte detonación
+y a la vez breve silbido que pasó por encima de su cabeza. Volvió la
+mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire.
+Le habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la espada y recorrió
+velozmente el paraje en todo sentido. No había nadie. Al continuar su
+camino y al descubrirse instintivamente, advirtió, a uno y otro lado de
+la cumbre de su sombrero, dos agujeritos redondos.
+
+No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos le
+recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta vez
+le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La idea
+del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sin
+embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y
+luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó
+súbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo,
+deteniéndolo el brazo:
+
+--Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.
+
+Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de hermosa
+ataujía de oro purpúreo.
+
+Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.
+
+El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable.
+
+No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidas
+veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa preocupado
+con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en las
+puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que había
+dado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?...
+
+Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria el
+semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo,
+representándose, a la vez, toda la escena lejana...
+
+Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a una
+cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron.
+Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre las damas, y
+parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, y
+galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de
+los hidalgos.
+
+Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila de
+cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose por
+un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las traíllas,
+los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta
+distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el
+vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un
+árbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se
+hacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, los
+ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y no
+era posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a los
+hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venido
+quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva sobre lustroso
+corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del otro lado
+del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los
+ventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otra
+el puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero,
+volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorra
+a las damas, alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el
+viento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos.
+Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacería, se
+desmayó; y parecíale ahora que aquel cazador misterioso no era otro que
+el personaje que acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero y
+de oro purpúreo.
+
+--¿A qué pensar en esto?--se dijo por último.--Lo que importa es que
+estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un amorío!
+Sin esta máscara no podré continuar.
+
+Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cántaro,
+desfilaron por su mente.
+
+El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de
+celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancura
+de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas, una
+flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramiro
+se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguez
+de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue y
+temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.
+
+Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón del
+Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y verdoso.
+Era casi de noche.
+
+
+
+
+XIV
+
+
+Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta de
+Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados del
+arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.
+
+Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el
+aspecto de un mercado berberisco.
+
+Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la
+sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedor
+de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite
+para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más
+lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.
+
+--Alguna gresca de matarifes, alguna muerte--se dijo.
+
+Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los
+jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de
+alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad.
+Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.
+
+Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y
+bailadoras.
+
+Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros,
+mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las
+aves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza de
+altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.
+
+Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo
+desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto
+halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas
+cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques
+de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre
+los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro
+de aquellos que llamaban _letrados_ en Castilla, por sus alas escritas,
+a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos
+laneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y
+no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se
+dignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban.
+Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer
+de Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero
+que bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda
+del galgo.
+
+Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le
+quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de
+los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires,
+para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en
+forma de codorniz.
+
+Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos
+pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de
+posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable
+volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El
+pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre
+cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las
+heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo
+formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos
+avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro
+lado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.
+
+En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la
+cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria.
+Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo y
+siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la
+anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.
+
+--¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?--preguntó la mujer,
+mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.
+
+Luego, misteriosamente, bajando la voz:
+
+--¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más
+cosa en el día que perfumarse e cantar.
+
+El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer
+habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:
+
+--Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la
+zaga de mí, sin hablarme.
+
+Ramiro la siguió desde lejos.
+
+Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer
+llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares
+eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje
+junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las
+flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera
+desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como
+en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las
+paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían
+pensar en una casa cristiana.
+
+Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por
+cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la
+hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a
+otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble
+gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con
+sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave
+peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta
+criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos
+entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de
+luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo,
+difícil de apreciar, se detuvo.
+
+Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La
+anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la
+mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a
+juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del
+ambiente.
+
+Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de
+caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún
+episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.
+
+--Si mi constelación--decíase ahora a sí mismo--no anuncia que he de
+morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el
+contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?
+
+Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces
+un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió
+el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su
+sentido.
+
+Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estancia
+con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre
+obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanes
+contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcos
+policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillas
+incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de
+cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer,
+dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:
+
+--¡Aixa! ¡Aixa!--en el silencio.
+
+Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla
+pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina,
+abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco
+minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua
+escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las
+inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En
+aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas color
+de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra,
+introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciole
+soñar!
+
+Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz
+sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos
+cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del
+zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una
+alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que
+sucede a los baños.
+
+Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida
+de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de
+terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino la
+desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.
+
+La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por
+el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los copos
+destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la
+oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era también
+su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?...
+Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las
+cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de
+ensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible
+mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.
+
+De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas
+se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro.
+El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.
+
+En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y
+amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos
+desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes,
+los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no
+alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño,
+púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y
+corrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de
+pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si
+aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a
+mirar hacia la misma parte del muro.
+
+Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua,
+rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.
+
+Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos
+bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correr
+por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las
+abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.
+
+La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y
+brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando la
+criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una
+tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y
+entregose, como muerta, al pincel y al ungüento.
+
+Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar,
+presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose,
+con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el uso
+de Oriente.
+
+En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en su
+conciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de los
+baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad,
+el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo
+corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los
+admirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un
+anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San
+Macario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el
+sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios
+excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; en
+fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre el
+estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio,
+todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.
+
+Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las
+traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí
+estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de
+su juventud!
+
+Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en el
+torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigía
+a tomar las babuchas en el hueco del muro.
+
+La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó un
+grito de espanto.
+
+Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del
+baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos
+retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un
+blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde
+tafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la
+hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su
+rostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabas
+guturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopelado
+carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al
+reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica,
+que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblante
+claro y tranquilo como la luna.
+
+--¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?--exclamó.--¡Bienvenido seas! Perdón,
+si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al
+sombrero.
+
+--No me hizo daño la flor--replicó Ramiro,--pero sí vuestra risa.
+
+--¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogida
+cabe la reja, e no me catabas.
+
+Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba,
+ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo.
+Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracena
+preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgaba
+sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento
+ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas;
+y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer
+semibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras
+sus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio
+polvillo de lujuria y de nigromancia.
+
+
+
+
+XV
+
+
+Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares
+de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo,
+desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su
+existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía
+ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese
+columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes
+aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba
+en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia
+quería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían de
+correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro,
+clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando
+presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus
+recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando
+fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un
+guiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el
+vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que
+aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que
+buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución del
+canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas
+sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío
+para facilitar su comisión?
+
+Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió que
+era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba.
+Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el
+dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besos
+húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.
+
+Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda
+visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tan
+severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus
+labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como
+si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.
+
+El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Ya
+era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces,
+junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que le
+arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole
+los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso
+delicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le
+llenaba de sensualidad y de luz todo el ser.
+
+Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar,
+destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando,
+insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vida
+habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus
+ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas
+de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de
+cendal, perfumada de almizcle.
+
+Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago
+de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta
+prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el
+esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose,
+por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático
+hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las
+dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual
+ella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras como
+sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.
+
+A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes
+pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las
+charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le
+preguntaba:
+
+--¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesma
+creencia que tu Aixa, tú?
+
+Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hasta
+el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:
+
+--¿Lo juras? ¿Lo juras?
+
+El, buscándola, musitaba como ebrio:
+
+--¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!
+
+Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las
+almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje
+evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo
+Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.
+
+Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:
+
+«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el
+saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril,
+nuestro espíritu en forma humana.--Soy el mensajero a ti, de parte de
+Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.--¿De dónde
+podrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a
+mí ningún hombre, ni he sido mala?...--Tu hijo será el milagro y la
+dicha del universo.»
+
+Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua,
+con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.
+
+«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador y
+pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por el
+ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio,
+sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola
+de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales
+envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y
+Alcafur, juntando frenética su rostro con el suyo.
+
+Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada
+compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más
+íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su
+frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las
+cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la
+respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:
+
+--Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por
+alguna calleja nos miraremos con odio.
+
+--Será o no será--respondió la sarracena.--Los destinos van colgados de
+nuestro cuello.
+
+Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días
+acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un
+taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un
+librejo centenario, prorrumpió:
+
+--Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me
+darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio
+Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.
+
+En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:
+
+--Está en palabras harto ascondidas.
+
+Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser
+la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.
+
+Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los
+almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.
+
+--Es fácil conocello--dijo entonces la morisca, con acento claro y
+jubiloso;--lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro
+guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de
+El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre
+de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la
+plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca
+ríe, camina despacio.
+
+Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro
+azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En
+seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había
+advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo
+dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la
+contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre
+fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte
+le sobrecogiera en dicho estado.
+
+Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema
+Visión.
+
+Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro
+estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español,
+resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo
+sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los
+párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba
+cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas
+cavilaciones.
+
+Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios
+alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se
+emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados,
+extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias
+inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a
+abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el
+supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la
+danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera
+Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser
+Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del
+sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada
+diferente.
+
+El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la
+mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su
+mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a
+inundarla el corazón.
+
+Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose
+lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer
+de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de
+arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente,
+como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo
+maduro de aromas.
+
+Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo,
+Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los
+codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas
+sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y
+otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante
+agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas.
+Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba
+profundamente.
+
+De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una
+música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son
+ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.
+
+Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro
+y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró
+sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor
+sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero
+todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso
+diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y
+brazaletes.
+
+La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus
+pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas
+visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.
+
+Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los
+ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a
+sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas,
+apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si
+tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas,
+se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla
+el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los
+lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la
+madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y
+acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria
+en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima
+muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios,
+el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de
+claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de
+los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola
+contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del
+éxtasis.
+
+El la llamó varias veces:--¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!--palpándola los brazos,
+las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica y
+glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa
+él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias.
+
+Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezclada
+con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores
+sobre la muerte.
+
+
+
+
+XVI
+
+
+Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primera
+vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero cierto
+día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó la
+daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fue
+grande al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas y
+revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una
+jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra,
+sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio,
+indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la morería.
+Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en el patio el
+morisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con la
+anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.
+
+Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casa
+misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en la
+calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sus
+talones y se puso a caminar hacia el naciente.
+
+--Segura estoy--dijo la anciana a Ramiro--que este perro vase agora a
+juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte--agregó, señalando
+en la dirección de Santo Tomás:--Algún lazo os quieren armar, señor
+caballero.
+
+Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella.
+Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño,
+levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura
+mostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas.
+Dicha abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo,
+era imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban. Sin
+embargo, el acceso no era difícil.
+
+Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiro
+entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba su
+caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole los
+brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre
+las vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una
+terraza descubierta que avanzaba hacia el mediodía.
+
+Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban en
+torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el
+paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda
+esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto
+anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro,
+una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, el
+hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también:
+la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos su
+almadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado gesto en el agua, y
+luego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menor
+contacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevábase la red a la
+boca y gemía de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras
+sus empapadas sortijas relucían en la penumbra.
+
+Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando en
+silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las
+montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza,
+hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno en
+medio de la terraza.
+
+Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con una
+larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz, hablaban
+tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los
+principales señores de la ciudad, de sus genealogías, de sus
+parentescos.
+
+Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y su
+mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones.
+
+El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso subía de
+los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, el
+caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés embermejaba
+hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como nunca la
+religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y de
+grana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acaso
+entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos
+conversos. ¿Rezarían con él las avemarías?
+
+El y ellos callaban.
+
+De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de caravana
+más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo, hacia el
+costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención. Ramiro creyó
+distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste.
+Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior del
+_idzan_, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en
+medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales,
+hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde.
+Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y otro sobre las peñas, y,
+entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte,
+entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recita
+palabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos en la memoria.
+
+Ella dijo:
+
+«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para darme
+tormento.»
+
+El replicó:
+
+«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba,
+gime cuando el sol toca el poniente.»
+
+Y siguieron alternando:
+
+«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle
+toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»
+
+«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando
+llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de los
+hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el
+remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de
+Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi
+otro quibla que el sepulcro del profeta.»
+
+Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintió
+que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y un
+acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en la
+conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus
+mayores.
+
+Aixa continuó:
+
+«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de
+Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El
+kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra
+amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la
+polvareda de los camellos.»
+
+El respondió:
+
+«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem.
+¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que da
+vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo de
+la Cava.»
+
+Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo
+impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.
+
+El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su
+pecho.
+
+En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la
+campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas,
+respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes,
+y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto,
+tocaban las oraciones.
+
+Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiese
+traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras y
+cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la cual
+desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, se
+redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algo
+odioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez,
+en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.
+
+Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los
+ojos del mancebo.
+
+La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso
+anochecer.
+
+
+
+
+XVII
+
+
+Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar al
+señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendió
+para acompañarle.
+
+Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como si
+buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunas
+personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de
+Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de
+indagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos.
+
+--Bien respondido--replicó don Alonso--si fuera yo algún oficioso
+impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado
+siempre como a un hijo.
+
+Una pausa subrayó la intención de aquella frase.
+
+--Corren acerca de vuesa merced--añadió, tratando de atenuar con una
+sonrisa la dureza de las palabras--las más peregrinas especies. Unos
+propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para
+transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han
+comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien
+asegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una
+vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estas
+patrañas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he de
+hablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste a
+explicar vuestros cotidianos paseos por la morería.
+
+Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangre
+encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dio
+algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en
+seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había
+recibido en nombre de Su Majestad.
+
+--¡Ah! Harto bien se me alcanza--agregó--de dónde pueden venir esas
+aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuando
+determine vengarme.
+
+Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, y
+mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, le
+dijo:
+
+--Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tan
+limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras que
+acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea,
+dadme esos brazos!
+
+Se estrecharon ceremoniosamente.
+
+Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada,
+resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo en
+cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes
+honores.
+
+ * * * * *
+
+La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz
+desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Cruda
+claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su conducta, el
+olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministro
+de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no había
+querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese
+a perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio había
+logrado sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyos
+muros guardaban, quizá, el secreto de la conspiración?
+
+Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediante
+cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho libro
+de religión ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vida
+abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Se
+desceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida en
+algún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se
+inclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado el
+momento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino él
+quien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadas
+invenciones que le había referido el hidalgo.
+
+Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo de
+la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura
+brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a experimentar los
+primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se mezclaba
+ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejor
+de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya
+fascinación podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá en
+lo más hondo de su conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla
+perecer, sin arma alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus
+propias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua,
+con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica le
+sirviera de sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobraban
+al morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa del
+fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un
+negro amasijo, repelente.
+
+Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa, más
+enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento y
+quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de una mano
+sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acento
+superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo,
+semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados,
+la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían
+hasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su
+pérdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puede
+arrollar o desarrollar, con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otra
+vez dueño de sí mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimo
+instintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez para
+arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobrado
+derecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en la
+apostasía y el perjurio.
+
+La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzábale
+por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con semejante
+enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellas
+blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y,
+demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos,
+sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados en
+lágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido.
+
+Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos los
+recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba disimuladamente
+los muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en cambio, no
+hacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era la
+cantinela monótona, el ruego único, desesperado. Junto a Granada, sobre
+el Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con una
+puertecita roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil,
+lasciva, y cuasi llorosa.
+
+Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca,
+le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca, le había
+revelado lo que pasaba por él.
+
+--Es secreto--agregó--que a ti mismo se te asconde.
+
+Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y los
+sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El doloroso
+recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado por
+aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante
+ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la
+anciana sacó de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La
+cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin híspida y espesa. La
+cintura era ceñida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasaban
+de parte a parte la garganta. Ramiro sabía harto bien lo que aquello
+significaba, y tembló por la doncella, ante el pavoroso recurso de la
+hechicería.
+
+Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de la
+catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de
+los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabara
+de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo
+la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas
+manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió:
+
+--Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis en
+grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosa
+jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo pueden
+resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me
+extraña lo que acabáis de referir acerca de su grande hermosura
+corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos más sotiles de la
+tentación y él mesmo suele alojarse en sus personas, como se comprueba
+de continuo. Urge, Ramiro, desatar ese ñudo de una sola cuchillada, como
+nos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposición y los
+tapujos de esa casa, tengo para mí que ha de ser sitio de clandestinas
+reuniones, y pienso agora que si llegárades a introduciros en ella, a
+eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderíais,
+de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha
+de asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o no
+llevara, al menos, estos hábitos graves!
+
+Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba
+resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma noche
+tentaría la sorpresa.
+
+Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón apoyado en el
+libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesiástica
+prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecer
+parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que
+llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo. Enorme
+mitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía y
+apagaba, y volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.
+
+ * * * * *
+
+Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su casa, ya
+entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que le
+diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la
+capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana.
+Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas
+historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio.
+Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croar
+numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal,
+invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.
+
+Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en el
+plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban
+deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.
+
+La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emoción
+peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino a
+distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un cielo
+en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los
+muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica,
+espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en
+animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios
+entre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus
+conjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica,
+que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.
+
+Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería una
+corneja!
+
+Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta abertura,
+Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Del
+lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban con
+sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas y
+desaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numeroso
+bajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin,
+otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba como
+boca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido más de una hora sin que
+nadie llegase, Ramiro emprendió a su vez el escalamiento. La ventana
+estaba entreabierta. Descorrió el tapiz. Densa obscuridad llenaba la
+primera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeó
+los azulejos.
+
+Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando la
+sombra con el estoque.
+
+
+
+
+XVIII
+
+
+Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa había
+hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando
+rabiosamente la víscera.
+
+Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor
+cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llaga
+hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.
+
+Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado para
+siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo
+viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajo
+las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el
+tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los
+incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.
+
+Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen
+dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La
+habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba por
+alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecía
+chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos
+de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.
+
+Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos
+rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañido
+de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las
+losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia,
+sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina
+al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo
+entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.
+
+El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas
+familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescura
+de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones;
+pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solía
+bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones
+ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la
+vibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y
+columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los
+campos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútrida
+calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre las
+otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.
+
+Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel
+calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta.
+Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían entrado
+personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba
+ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos
+numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.
+
+Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez
+más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos
+pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hasta
+recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.
+
+Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando
+luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoque
+tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristales
+del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva
+sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado
+tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los
+divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió,
+hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!
+
+Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no se
+había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con
+sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó que
+el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La
+sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban las
+manos y los brazos con respetuosa sensualidad.
+
+Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba
+todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podía
+significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya
+punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor
+colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su
+discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba
+junto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro
+escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar
+la atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el
+yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro
+mundo.
+
+Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la
+puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron
+de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:
+
+--¡El bajá!
+
+Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas
+se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado
+presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado
+secreto del Sultán de Turquía el que llegaba.
+
+A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir
+atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel
+imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa
+morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes
+ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo
+entrado en la cuadra del baño, exclamó:
+
+--¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!
+
+Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole de
+las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muy
+quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que
+acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su
+amada le puso la mano sobre los ojos.
+
+El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el
+alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservaban
+aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le
+rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo de
+los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto.
+
+Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble sabor
+de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados,
+emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable,
+desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con
+certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su
+martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su
+virilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.
+
+Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendo
+menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre el
+resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su
+imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en
+el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible
+apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y
+acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado de
+estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muy
+hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitando
+su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos
+secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se
+adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban,
+amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de
+sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto,
+sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los
+cuerpos que recibían la punta como pellejos de vino.
+
+Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas con
+el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado de
+larga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las
+dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario
+desapareció en la tiniebla.
+
+Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás,
+fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón,
+un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su
+desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío
+del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para
+ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa
+luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que,
+abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con su
+cuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía:
+
+--¡Ebni! ¡Ebni!...
+
+Luego sobrevino el desmayo.
+
+Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí,
+hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de
+Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la
+vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de
+aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones
+de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y
+Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un
+ungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia
+hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en
+precioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.
+
+Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, como
+a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares de
+pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.
+
+Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre,
+la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se
+ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado
+junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente
+y se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo
+único que denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica
+arrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles y
+refinados.
+
+--Voy a dejarte--exclamó.--La maldición de los creyentes ha caído sobre
+mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quiero
+pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia,
+avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan
+huir.
+
+Ramiro accedió con un signo de cabeza.
+
+--¿Lo prometes por tu honra?--preguntole en seguida.
+
+--Sí--contestó el mancebo.
+
+--¿Lo juras?
+
+--Lo juro.
+
+--Eso basta--replicó el musulmán; agregando:--¡Alá, para él la oración y
+la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el
+espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte
+referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia,
+flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.
+
+El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro.
+Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra.
+Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiro
+que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le
+esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había
+visto montar y alejarse.
+
+
+
+
+XIX
+
+
+Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y
+determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, al
+siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia.
+Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un
+largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían
+tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber
+revelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba
+empeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejante
+compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la
+idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado la
+muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se
+hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia _juradera_ del
+reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba
+haber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a
+punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por
+haber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.
+
+El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el
+mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado
+resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:
+
+--¿Qué ha sido esto?
+
+Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo de
+declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y,
+así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.
+
+--No puede ser--replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba como
+confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.
+
+Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caído
+en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.
+
+El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel
+aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que su
+discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no
+volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había
+tiempo que perder.
+
+--Valor, valor, hijo mío--exclamó.--Si habéis de morir o no de esta
+cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presenta
+sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos.
+¡Ea, sus! valeroso cachorro.
+
+Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores.
+Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras,
+cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale al
+oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez
+junto a él, le tocaba en el hombro.
+
+Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino,
+hizo llamar al lectoral.
+
+--¿Cree vuesa merced--le preguntó--que existe algún medio honroso de
+anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoy
+dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele,
+sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?
+
+--Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel--respondió el
+Canónigo--en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester
+Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque del
+alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio,
+requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, a
+saber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó,
+puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delito
+contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obliga
+ni engendra perjurio: «Ca el juramento, que es cosa santa--dice, si mal
+no recuerdo, la ley del Rey Sabio--no fue establecido para mal facer;
+mas para las cosas derechas, facer e guardar.» Luego dividió el asunto
+en dos partes. De un lado ponía los compromisos caballerescos y
+legítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, más
+precioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentos
+anatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, y
+de los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte
+sorprendía a un alma con semejante pecado, arrojábala derecho a las
+peores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho en
+favor de los enemigos de la religión.
+
+Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya no
+vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, le
+hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su Divina
+Majestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que su
+compromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle al
+cuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejó
+en la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera de
+llegar a la casa de los moriscos y las señas de Aixa, de Gulinar y de
+algunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el alma de la mácula
+horrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Señor, que ya
+no quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento.
+
+Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doña
+Guiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron.
+
+Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa hemorragia que
+enrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de docta
+disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría,
+resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas,
+fue sangrado del brazo y del tobillo.
+
+Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La calentura le
+exaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la extenuación. La
+carne toda se sentía fenecer. Era una sensación glacial, tenebrosa. Su
+sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que visitó,
+siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los innumerables esqueletos
+apilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto en
+el anónimo de toda aquella leña humana entremezclada por el monástico
+desprecio.
+
+Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del cual sólo nociones
+enormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, el
+castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible de
+su conciencia.
+
+Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el letargo. La gangrena
+difundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más famosas reliquias
+pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y puestas en
+contacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, habían
+resultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la Extremaunción,
+administrada por su primer maestro, el viejo fraile franciscano. Doña
+Guiomar le daba ya por perdido. Por fin, a indicación de varias amigas,
+mandó en busca de una conversa del arrabal que realizaba curas
+milagrosas. La mujer lavó la herida copiosamente con un cocimiento,
+aplicó un emplasto, prescribió un brebaje y recomendó que no acercasen
+cosa alguna a la llaga si no querían corromperla. Dos días después
+cesaba el delirio y la calentura decrecía.
+
+Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada por tantos autores
+sacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la delicia de
+vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a maravillarle.
+Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa puerilidad las
+nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón formulaba de
+nuevo las preguntas elementales que acosaron su niñez. ¿Dónde se
+redondea el granizo? ¿Quién hace resonar los atambores del trueno?
+¿Quién fabrica los vientos? ¿De dó vienen?...
+
+Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan un
+lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos; las
+riquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las heroicas
+aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus
+esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversas
+comarcas del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la presa de
+gloria: he ahí las diversas expresiones de todo aquel blasonado granito
+que sus ojos contemplaban sin fatigarse.
+
+Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia más
+fuerte. Consideró que Dios no le había llamado porque le reservaba para
+algún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la primera
+prueba de las vidas predestinadas. Recordó la biografía de los héroes.
+El comienzo de la fortuna orilló casi siempre los despeñaderos. La hoja
+mejor batida era aquella que había estado más cerca de partirse en la
+bigornia. Nueva confianza en su destino erguía ahora su hercúlea
+voluntad, y sentíase como ebrio de ilusión, llegando a decirse a sí
+mismo las frases admirativas que su sola presencia provocaría muy pronto
+por doquier. Luego examinaba, ponderaba. ¿Qué linaje en Castilla más
+claro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia como el diamante.
+Además, estaba destinado a recibir uno de los más opulentos mayorazgos
+de Segovia. Pensó sin inquietud en los mancebos de las otras familias,
+demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, en
+ardid, en denuedo.
+
+La gloria volvía a sonreírle cual una esclava impaciente y desnuda,
+ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares.
+
+
+
+
+XX
+
+
+Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la
+techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió muy
+despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre.
+
+Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla los
+cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sin
+carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos
+señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella
+solía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el
+aviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos
+nos espera.
+
+Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estaban
+visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy quedo y
+con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera
+cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores del
+lance con los moriscos.
+
+--Paréceme--exclamó gravemente--que te pudiste ahorrar tanto riesgo,
+tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetes
+bastaba.
+
+Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño y
+desengaño de toda acción ambiciosa.
+
+--Esto lo hiciste--agregó--por punto de honra. Harta dicha será que no
+te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como tú,
+Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscar
+por ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada
+sea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como
+a otro San Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de qué
+modo tan patente el Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de
+la muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te
+cumple pagar esa segunda vida que te concede.
+
+Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase
+restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. El
+señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajoso
+destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.
+
+Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante la
+menor impresión.
+
+Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspenso
+entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto que
+expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía reservarle.
+En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando que
+don Alonso Blázquez subía las escaleras.
+
+El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las
+calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre una
+lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto para
+aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia,
+hermoseando la expresión ante su propia imagen.
+
+Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su madre
+echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, señalando un
+contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedras
+preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña Guiomar, al
+tomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja
+despaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que el
+hierro tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve
+levantarse ante sí pavoroso fantasma.
+
+El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo más
+tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuas
+algunos granos de incienso que sacó de su escarcela.
+
+En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura,
+don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un retrato en su
+marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia y
+adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de su
+amigo.
+
+A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey
+generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandes
+cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras, en
+servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose el
+encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz.
+Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase al
+pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manos
+eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del
+sebillo en los guantes descabezados.
+
+--El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey--díjole
+a Ramiro, antes de despedirse,--dejando a una parte el largo padecer,
+que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sin
+recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para
+vuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme.
+Vuesa merced--agregó--no tendrá con esto más trabajo que reunir sus
+pergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la lumbre
+del sol.
+
+Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados,
+estrechó en las suyas aquella mano generosa.
+
+Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar
+arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostro
+oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras
+incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:
+
+--¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?
+
+Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:
+
+--Una gran desdicha--respondió,--la más grande, la más cruel que podía
+acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!
+
+--¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?
+
+--Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del
+mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciome
+ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar de
+esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?
+
+Luego, con la frase entrecortada por el llanto:
+
+--Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radioso
+por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niño
+su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!
+
+Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin
+levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por el
+dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose
+en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una
+transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la
+estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con
+voz casi hombruna y justiciera, exclamó:
+
+--Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para
+Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre
+la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.
+
+Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olor
+de cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramiro
+sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida.
+
+La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó en
+presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, y
+alumbrada ella misma como imagen entre cirios.
+
+
+
+
+XXI
+
+
+En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la más
+visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso Blázquez
+Serrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas principales
+para tratar del asunto de los conversos. La reunión se repitió. El
+número de los invitados se fue acrecentando. A la simple jícara se
+agregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen del
+aristocrático mentidero del señor de la Hoz.
+
+Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio los
+varones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquella
+reunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos
+regidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito imprevisto.
+Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado.
+Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico doméstico
+se apoderó de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, y
+perdió mucho tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntario
+ademán o la frase imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo para
+él mismo era obscura la razón. Aquel anciano despilfarrado y enfermo,
+que no podía convertirse en un rival para nadie, era el dueño de casa
+guisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado por su casamiento
+a los más antiguos linajes de la ciudad, habíase conservado
+completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y San
+Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salas
+de su mansión eran amplias, la servidumbre numerosa, la pastelería
+excelente.
+
+El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal,
+compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse corrillos de
+tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se refugiaba,
+evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba a
+introducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién le traía; el
+hidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor del
+agasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano de
+número...
+
+Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad dominante, y
+casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la cuestión
+actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa sobre
+sus heroicos servicios en la campaña de la Alpujarra. De lisonja en
+lisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, y
+ya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto,
+como si en verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes de
+aquella guerra santa y vengadora.
+
+Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el número
+de los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros de plata,
+nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses sus mejores
+tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo sacristán
+de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Un
+famoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja.
+El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a la
+servidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a
+sus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayos
+apostados a lo largo de los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cada
+cual con un hacha de cera encendida. Gastábase tanta luminaria como en
+la Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y señoril.
+
+Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos los
+rostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más graves se
+adelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su
+herida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso,
+se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que hacía
+las veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la Anunciación y
+de un religioso franciscano de San Antonio, las personas que allí
+estaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, uno
+que otro, su jornada, lo hicieron en términos tales, que parecían
+referirse a la diligencia más o menos provechosa de algún alguacil. El
+desengaño le dejó confundido, y, no sintiéndose con aliento para pasar a
+la cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y prelados, agazapose
+en el más obscuro rincón, entre un grupo de religiosos. El franciscano,
+arrimando su taburete, le dijo en voz baja:
+
+--¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro está
+que vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos y
+calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habrá
+de llevárselo el viento como la paja.
+
+--¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?--preguntó Ramiro.
+
+--Habladurías, habladurías--replicó el religioso con ademán de
+desprecio.
+
+--No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nunca
+daña saber por dónde habemos de ser combatidos.
+
+--Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a punto
+de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba noticias
+a los conversos... que la riña fue por cuestión de la paga...
+
+En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galas
+de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco:
+
+--¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos por
+piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, que
+fenecemos!
+
+El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase, apretándose al
+mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos. Alguien le habló en
+voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca como
+avergonzado.
+
+Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos
+señores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro y
+al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto de
+asombro y se dirigió a saludarle:
+
+--Enhorabuena--exclamó, alargando los brazos.--Grata señal es ésta;
+pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos de ver
+y escuchar a vuesamerced.
+
+--Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.
+
+--Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como éste,
+todo su lance con los moriscos, punto por punto.
+
+--Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me encienda la
+calentura.
+
+A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observó, con
+inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrería, que el
+mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomándola
+por fin en su mano, exclamó:
+
+--Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?
+
+--No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso
+permitir que los demás me acabasen a cuchilladas.
+
+El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombro
+de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le escuchara:
+
+--Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento y
+esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.
+
+--Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción.
+
+--Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que la
+lealtad sea por momentos amarga.
+
+--¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!
+
+--Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar cómo,
+cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y presentes de los
+conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la enseñarán como prueba.
+
+Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la mano
+a la frente y, sin poder articular una sola palabra, una sola
+exclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su aposento.
+
+ * * * * *
+
+De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya varias horas que don
+Alonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón predilecto, frente a
+don Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al mediodía para
+retirarse después del toque de oraciones. Eso cuando él mismo no se
+invitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida de _triunfo_ con el
+anciano. La intimidad acordábale fueros especiales, movíase como en su
+propia casa, se chanceaba con los religiosos, sabíale el nombre a todos
+los criados. Su situación era, sin duda, la más prominente. Su vieja
+amistad con el Conde de Chinchón y su parentesco con el Marqués de
+Velada era causa de que los menos informados le atribuyesen grande
+influencia en la Corte, ilusión que él mismo alimentaba repitiendo a
+menudo las dos o tres frases que Su Majestad le había dirigido en su
+larga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiración
+tan grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por aquel
+espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos.
+
+Todos conocían su lealtad impecable y aquel su empeño de aguijonear
+ambiciones: «¿Qué espera vuesamerced, señor Deán, para pretender la
+mitra que tanto se merece?» «El peor enemigo de vuesa merced, señor
+Alférez, es su propia modestia, que sé yo de muchos que, con la mitad de
+los servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandan
+ejércitos. Si vuesa merced no se enfada, en mi próximo viaje a la
+corte...» y dejaba caer en el oído del soldado alguna deslumbradora
+promesa.
+
+Movíase la conversación, casi siempre, en derredor de los temas que él
+decantaba. Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una pregunta era
+como abrir una compuerta de regadío. Su inundante palabra se derramaba
+sin término sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada,
+cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestros
+célebres, de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor,
+su discurso cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobre
+el gobierno de la Monarquía, el disimulo cortesano hacíale adoptar un
+lenguaje incoloro y mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas
+salvedades acerca de la secreta razón de muchas resoluciones de los
+príncipes.
+
+En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el Sol,
+descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con la más clara
+nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la política
+del Rey.
+
+La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y sola. El discurso
+flameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada y su ademán
+eran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza no estaba segura
+sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catástrofe;
+pero el hidalgo demostraba importársele una higa de la delación y del
+riesgo, perorando aún con más vivo coraje cuando se hallaban presentes
+el señor Corregidor don Alonso de Cárcamo o el fraile dominico en quien
+todos sospechaban un espía del Santo Oficio y del Monarca. Su reto
+infanzón y feudal no bajaba la voz; y parecía volar, como un cartel
+atado a una saeta, por encima de las murallas, hacia la Corte.
+
+Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes formaban como un fofo
+plumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale siempre harto
+holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabría
+comenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse retintas, como dos
+plumas de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada áspera, su gesto macho
+y soberbioso. Adivinábasele, desde lejos, la cólera fácil. No era muy
+docto; pero nunca faltaba en sus discursos uno que otro texto latino
+sobre la decadencia de las repúblicas.
+
+El menosprecio que el Soberano hacía continuamente de la opinión de las
+Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se imponían sin
+consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las franquicias
+rotas, los fueros moribundos: tales eran los tópicos predilectos de sus
+arengas. El Gobierno se había convertido, según él, en un potro de
+extraer caudales y estrangular alientos. España, que había sobrepujado
+en valor a Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la péñola de
+los privados y el balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo era
+hambre, cohecho, terror. Ya era muerta la varonil altivez de donde
+nacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy la hombría de bien
+era desacato; el fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los honores y
+mercedes que antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían los
+caballeros, hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo
+de ducados.
+
+--¿Es cosa derecha--preguntaba--que el Rey se haga de caudales vendiendo
+hidalguías como trastos de almoneda o recargando a la nobleza de nuevos
+tributos y haciéndola pechera y villana? Y todo ello para que Flandes
+esté cada vez menos seguro; para que el francés, a quien ya le teníamos
+del collar del jubón, vuelva a provocarnos, y el inglés degüelle, tale y
+saquee, a su guisa, en nuestras costas. Fuimos los dueños de la riqueza,
+y agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la
+hambre, mucha orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta
+pidiendo un mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando la
+protesta unánime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos en
+qué para aqueste menosprecio.
+
+Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces la
+carraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a alguno de
+los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don Enrique
+Dávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale absorto y
+vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión, acabando casi
+siempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte,
+como hechizado. El contagio de la rebelión se apoderaba de algunos
+oyentes. Marcos López, cura de Santo Tomé, aseguraba que Santiago
+Apóstol se le había aparecido una noche diciéndole que, si la nobleza
+castellana no volvía por el respeto de sus fueros, España estaba
+perdida. El médico Valdivieso y el licenciado Daza Zimbrón alentaban a
+Bracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernán de Guillamas,
+que había sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería con
+patriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de los
+dictámenes de todo el reino congregado.
+
+Los demás, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos e
+inmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no faltaba quien
+entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida, con tal
+que evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo incendiario de
+Bracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a modo de encendida
+antorcha que golpeara a lo largo las añejas colgaduras.
+
+Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada, llegados recientemente
+del Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos fabulosos,
+segundones miserables enriquecidos de súbito por algún tesoro enterrado,
+huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre enjabonaba
+los dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no se
+escurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos de
+Castilla, habituados a imaginar ante el más escueto horizonte todos los
+espejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los párpados para
+soñar mejor en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a la
+riqueza, sin la infamante paciencia del mercader, y veían pasar por su
+imaginación tierras inverosímiles, en las cuales el pie topaba a cada
+paso con venas de oro desnudo.
+
+Los que llegaban de Italia traían obsequios y misivas y daban las
+últimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes,
+como Antonio Dávila, _el verrugoso_, o Pedro Rengifo, el de la
+cuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referían
+innumerables heroísmos de los soldados de España.
+
+El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosa
+armonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en sus botas
+lodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón de Isabel
+y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditaba
+los presagios de decadencia; pero los más curábanse mayormente del color
+de una pluma o del rumor de las propias espuelas.
+
+Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus rivalidades eran
+disimuladas, pero profundas. Después de enredar, con escolástica
+destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto y
+ponzoñoso latín que agriaba la reunión.
+
+Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmósfera era densa y
+candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso sahumerio de los
+pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que desprendían
+los religiosos. Las maderas de las ventanas cerrábanse de ordinario a
+las tres de la tarde. El herraje de los braseros parecía atizarse
+entonces en la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera de
+servidumbre trayendo una aurora de luminaria, que resplandecía en la
+palidez de los rostros, en la blancura de las lechuguillas, en el sayal
+amarillento de los dominicos, haciendo chispear las veneras de las
+Ordenes militares y los preciosos joyeles sobre los terciopelos y
+brocados.
+
+Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La ambición o la penitencia,
+ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes, desgrasaban las
+carnes y labraban ictéricos surcos en los rostros. Rostros a la vez
+altaneros y tristes, do el brío solía disimular terrores y la constante
+aspiración hacia Dios iluminaba en lo alto las visionarias pupilas.
+
+
+
+
+XXII
+
+
+La turbia claridad que bajaba de las nubes alumbraba apenas el libro.
+Ramiro leía por tercera vez el mismo pasaje de «La vanidad del mundo»:
+
+«Si fingiéramos que la tierra estuviese en el cielo estrellado y la
+tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podría de acá abajo
+divisar por su pequeñez. Y si en respecto del firmamento es la tierra
+como un punto, ¿cuánto será menor puntillo respecto del cielo empíreo?
+¿Pues qué dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses señor dél, sino
+un angosto nido de hormigas, por los reales y anchos palacios del
+cielo?»
+
+Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella traspasaron
+luminosamente su espíritu. Señalando la página e inclinando su cuerpo
+sobre el brazo del sillón, miró pensativamente hacia afuera, a través de
+los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso nublado,
+cuya cepa debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las
+murallas. A pesar de tener cabe sí un brasero con lumbre, Ramiro sentía
+colarse por las rendijas ese estremecimiento glacial de la atmósfera que
+anuncia la nevasca. Las losas de la calle y los sillares de los palacios
+tomaban tonos lívidos, ateridos. El viento ululaba.
+
+Era uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza y
+doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo. ¡Cuán mágico
+sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales
+el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras indefinida
+confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza
+al caer una interjección uraña y reconfortante, y el ascua nos recibe
+con su ardiente fascinación que amodorra las ansias y desapega de todos
+los afanes del siglo.
+
+Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba ceñudo, el aire maligno
+y poblado, quizá, de espíritus dañosos. Las lúgubres consejas,
+escuchadas allá en la torre, siendo niño, volvían a la memoria del
+mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna
+chimenea, le inquietaba. Hubiérase dicho que un miedo mudo hacía
+palidecer todas las cosas, la teja, la ventana cerrada, el árbol de los
+patios. Algunos campesinos bajaban presurosos hacia la Puerta de Don
+Antonio Vela, acuciando sus machos y borricos. Ramiro adivinaba en la
+dirección del Sudeste, por detrás de las sierras, un agazapamiento de
+vendaval, pronto a lanzarse sobre la dehesa, destechando cabañas,
+reventando los trojes, descuajando los árboles.
+
+¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! Soñó en la paz de los
+monasterios, en la ascética fruición de la celda durante los días y
+noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los
+coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la
+cera, del incienso.
+
+El brutal desengaño que sufriera, días antes, al presentarse en la
+reunión, habíale llenado el pecho de asco y rencor hacia los hombres.
+
+--¡Por cuestión de la paga!--repetía por momentos, recordando las
+palabras del religioso.--¿De quién podía venir aquella especie si no de
+su rival? ¿Debía también perdonarle con el heroico perdón de los santos?
+
+La frase de doña Guiomar: «Harta dicha será que no os desluzcan la
+jornada mediante alguna calumnia», tomaba ahora en su mente acento de
+profecía.
+
+¿Para qué afanarse, pues, en el siglo, si toda honra estaba a la merced
+de cualquier lengua malvada? Y aunque así no fuera: ¿De qué valían las
+glorias y loores del mundo, de este «nido de hormigas», como lo
+apellidaba el inspirado religioso? ¿No era, acaso, todo ello castillo de
+cañas para el fuego de la muerte? ¿Qué más valía el paso de un hombre
+sobre la tierra?... Cualquier frágil baratija duraba más que su dueño.
+Otros galanes habían de aderezarse quizá, el juvenil mostacho ante aquel
+su espejo, cuando él no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de
+Venecia pasaba de padres a hijos más vividora que las manos soberbias
+que la alzaban en los festines. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer?
+
+El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas de su ánimo.
+
+Volvió a mirar hacia la calle.
+
+Una hora pasó. Era un domingo de fines de febrero. La esquila de la
+Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de costumbre
+iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos aforrados de
+martas; otros a pie, embozados completamente en sus ferreruelos o en sus
+capas de lluvia, y manteniendo apenas una abertura por donde escapaba el
+aliento blanquecino. Los clérigos se arrebozaban con sus lobas; los
+dominicos, en sus manteos; los franciscanos y carmelitas traían el
+rostro cubierto bajo la puntiaguda capilla y los brazos cruzados por
+dentro de las mangas. Ramiro vio llegar a Vargas Orozco con la nariz
+amoratada por el frío; el paje caudatario le sostenía por detrás la cola
+superflua. Creyó reconocer a don Pedro Valderrábano por las calzas de
+velludo amarillo y sus pantuflos con pieles. Cuatro valentones
+custodiaban la silla de don Enrique Dávila, tres de ellos con alabarda y
+rodela, el otro con hermosa ballesta incrustada de marfil.
+
+Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abrió de nuevo «La vanidad
+del mundo». En ese instante, después de anunciarse con el golpecito de
+costumbre, entró Casilda en la habitación. Un estremecimiento inusitado
+agitaba sus pestañas. Acercose al escritorio, removió la arquilla de
+las obleas, requirió las torcidas del velón, estiró las holandas del
+lecho. Palpábalo todo con gesto bobo y encogido, como si quisiera
+comunicar o pedir alguna cosa y no se hallase con ánimo.
+
+--¿Buscas algo?--la preguntó el mancebo.
+
+--Nada, señor; sólo que mi padre me manda llamar y miro porque todo
+quede bien aparejado para la noche.
+
+La idea de recompensar con alguna dádiva los cuidados que aquella
+muchacha le había prodigado, durante tantos días de sufrimiento, le
+asaltó a Ramiro por la primera vez. Díjola entonces:
+
+--Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo. ¿Ves una escarcela
+verde? Bien, tráela.
+
+Cogió tres ducados y alargóselos, exclamando:
+
+--Toma para alfileres, Casilda.
+
+Ella, al sentir en la palma de la mano el frío de las monedas, dejolas
+caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un reptil. El
+rostro se le enrojeció de vergüenza, y su pecho, henchido por la
+emoción, dejó escapar un suspiro. Luego sonrió tristemente, diciendo:
+
+--¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?... ¡No, no, por Dios!
+
+--¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte, acaso, un obsequio?
+
+--No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro interés. Deseo decir
+a vuestra merced--agregó vacilando un instante y bajando la voz--algo
+que sucede en esta casa.
+
+--Sí, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la dueña... Me
+lo dirás otra vez.
+
+--Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un negocio... ¿cómo
+decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que la
+justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se puede
+seguir a vuestra merced.
+
+--Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede?
+
+Casilda tembló como sacudida por aquel acento imperioso, y luego repuso:
+
+--Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que aquí vienen, acabada
+la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de aquella
+en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen palabras contra
+el Rey y hablan de levantar bandera.
+
+--¿Por quién sabes todo eso?
+
+--Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo pasado, ya de
+noche.
+
+--Dilo todo, date prisa.
+
+--Al entrar oí unas voces que parecían salir de una alacena; pero, como
+yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era. Vacía lo estaba;
+pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra y eran en
+la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A mi
+ver, deben ser muchos señores, y entre ellos está el señor cura de Santo
+Tomé, con su catarro, y el señor de Bracamonte, con su voz tan áspera, y
+el de...
+
+Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galería cortó su
+narración.
+
+--¿Quién?--demandó Ramiro.
+
+--Yo soy--respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo la hoja y
+penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a Casilda,
+aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó:
+
+--¿Os lo ha referido?
+
+--¿Qué?
+
+--Lo que acontece en esta casa.
+
+--¿A qué quiere aludir vuesa merced?
+
+--A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo,
+conducidos por el maestresala.
+
+En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las cuadras vecinas:
+
+--¡A la enorme felonía--gritó--de esos malos caballeros!
+
+--Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden oílle--interrumpió
+Ramiro, agregando:--De suerte que vuesa merced lo sabe también por...
+
+--Por esta rapaza--contestó el Canónigo señalando a Casilda.
+
+El diálogo se desarrolló vivamente y quedó convenido que, antes de que
+terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse de la verdad,
+escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el
+mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando
+que a él le parecía más derecho requerir con franqueza a don Enrique
+Dávila o al mismo Bracamonte; pero el Canónigo le hizo pensar en la
+necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse al peligro de que
+su llaga se reabriese en el tráfago de las escaleras, le dijo:
+
+--Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que os hicisteis herir,
+una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa.
+
+Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido número
+de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano, hidalgo viejo
+y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y
+mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie,
+junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina.
+Ramiro, después de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a
+un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra.
+
+Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba en su
+mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un
+criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada frecuencia.
+Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo,
+forrada de pieles.
+
+Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca. Cuando
+quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de
+locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única pasión
+que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era
+barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.
+
+Ramiro no escuchó sino el final de su discurso:
+
+--Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las
+provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al
+Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de
+París e decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la persona
+que ha de sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque exponiendo a
+Flandes, hubiéramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a
+aquella monarquía de la pestilencia luterana.
+
+--¡Qué brava guisa de guerrear!--dijo don Pedro Valderrábano, con tono
+amistoso y burlesco.--En un quítame allá esas pajas desbarata vuesa
+merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre una
+poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don Enrique,
+que no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el
+brasero.
+
+El regidor Gaspar González Heredia, queriendo amortiguar el picante de
+aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don Enrique:
+
+--Quizá el ejército del Duque no era suficiente para tamaña empresa, y
+hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho ardid y coraje, que
+pelea a la cabeza de sus soldados.
+
+--Con eso--le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que alardeaba de
+táctico--no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues el
+jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés, ya que ha de
+dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que
+si él mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como
+aconteció a los persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey
+Darío, y en España muerto el rey don Rodrigo, y en Hungría, en nuestros
+tiempos, muerto el rey Ludovico, en la batalla que dio temerariamente a
+los turcos.
+
+Prodújose un rumor de admiración.
+
+--¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas cartas de
+Francia?--preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la Compañía
+de Jesús.
+
+--Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo una ha logrado
+llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del Bearnés
+sobre París, en diciembre pasado.
+
+--Sepamos, sepamos.
+
+--Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la media noche, cuando
+todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se echa de ver la
+mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta Papal, donde
+se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra Compañía. Al asomar
+los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de
+alarma. Los vecinos despiertan, tócase a rebato, y el hereje se retira
+desengañado.
+
+--Grande gloria para vuestra religión--dijo alguno.
+
+--Un venturoso accidente en verdad--respondió el padre Rodríguez.
+
+Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del Convento de
+Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con aparente
+mansedumbre:
+
+--Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.
+
+--¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián?
+
+--_Anseres Capitolini_, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá
+que os falta añejo abolengo.
+
+Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero
+nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del padre
+Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se perdieron
+en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una
+predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la
+Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con
+el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de doña María Vela,
+monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de santo. Su palidez
+cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus
+grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.
+
+--Son tan grandes--decía--las mercedes que Dios la hace y tan apegadas
+sus razones al amor divino, que no cabe dudar.
+
+--De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa merced,
+señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos
+inclinado a creellas.
+
+--Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la madre
+Teresa de Jesús.
+
+--En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qué para esta monja,
+que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y revelaciones; no
+tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que así conviene para
+mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a entender ser
+posible en ellas la perfección evangélica.
+
+--Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta experiencia tengo de
+su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de Satanás.
+
+--Me dicen que fue vuesa merced--preguntó el licenciado Zimbrón,
+dirigiéndose al capellán--quien aconsejó administralla el santo Viático
+para hacella aflojar las mandíbulas.
+
+--No, no; fue el padre Julián, el padre Julián.
+
+--¿Vuesa merced presenció el milagro?
+
+--Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía abierta su boca
+hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una lámpara. Más de
+nueve días pasó con los dientes tan apretados, que el hombre más fuerte
+no hubiera logrado separárselos y sin que fuera posible hacella pasar
+una gota de caldo.
+
+La conversación recayó, como de costumbre, en la crónica de los
+asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella ciudad.
+
+Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una voz que le denunciaba
+las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o cual religiosa.
+En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de súbito
+arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al leer una
+anotación de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de San Gregorio.
+Sor Angela de la Encarnación era estrujada y abofetea la por Satanás a
+la vista de todas sus compañeras, y, últimamente, arrojada por él, desde
+lo alto de una galería al jardincillo del convento, no recibió daño
+alguno. Además, todos los lunes, que es el día que corresponde a la
+Oración en el Huerto, sudaba a imitación de Nuestro Señor, tanta sangre
+de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres túnicas al día.
+
+Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extraño y los
+semblantes más recios se ablandaban y palidecían como oreados por un
+soplo divinal.
+
+La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía haberse levantado hasta
+una región convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre el vuelo
+cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como los perfumados
+carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la penitencia,
+atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba en
+todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave inverosímil y
+familiar. Se hablaba de él con regocijo, pero sin espanto.
+
+El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante, la garduña de almas,
+la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los diálogos. Muchos de
+los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían parlado y
+chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y de San José;
+otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas
+y a los olores y poniendo motes a los galanes. Referíanse con el mismo
+entusiasmo sus prodigios que sus gracejos, y todos se complacían en
+hablar llanamente de un ser que los ojos del alma veían ahora en la
+gloria del Paraíso.
+
+--Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su
+cuerpo--dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de una
+graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.
+
+--Esa trapacería se la debemos al Duque de Alba--replicó el señor de
+Navamorcuende.
+
+Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron aquellas palabras de
+don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a Ramiro que, no
+hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el cuerpo
+milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de
+una noche de tempestad, habíase dirigido al sepulcro de la madre Teresa,
+y descubriendo el cadáver, abriole el pecho con un filoso cuchillo,
+metió la mano por la herida y arrancó el corazón. Luego, aquella
+sobrehumana mujer, poniendo la reliquia entre dos platos de roble, se lo
+llevó consigo a la celda. Al siguiente día, el inconfundible perfume que
+embalsamaba los claustros, denunció el sublime sacrilegio.
+
+Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y el aire denso de la
+sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintiéndose penetrar
+hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban aquellos últimos
+relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la primera mención de
+los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas
+decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus
+caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeñecidos
+ante la sublimidad de la gloria penitente.
+
+Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía susurrar en el fondo de su
+conciencia, le habló de esta manera:
+
+Abandona la brega de los hombres. No hay vida más heroica, más fuerte,
+vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero del vano
+ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor. Ese acrecienta
+como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo día, asedia o se
+defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra
+grandiosos combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos
+ignorados y maravillosos. Sólo aquél tiende su vuelo por los espacios de
+la eternidad, logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la
+vanidad, la brevedad y el terreno dolor.
+
+Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba resuelto. Bajando los
+párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su futura
+santidad.
+
+ * * * * *
+
+Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo retemblar
+las vidrieras, desgarró su visión.
+
+--¿Qué es esto?--exclamaron algunos.
+
+Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie,
+abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar
+cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro
+pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de
+Bracamonte. Nueva exclamación estalló:
+
+--¡Viva don Diego!
+
+Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y
+solemne.
+
+--Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de
+Bracamonte--exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el
+concurso.
+
+--Parece--dijo Valderrábano,--que de algunos días a esta parte, apenas
+le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando
+todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan.
+
+--Quiera Dios no le empujen a alguna demasía--agregó con lenta
+modulación el Canónigo lectoral.
+
+Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras otras
+escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dávila
+respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa haciendo saltar
+entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.
+
+--Don Enrique: «Las barajas excusallas»--dijo entonces el Lectoral.
+
+--Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»--replicole el señor de
+Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su
+familia.
+
+Minutos después entraba Bracamonte.
+
+--¿Qué nueva?--preguntole don Enrique, dejando el asiento.
+
+A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada
+de nieve, Bracamonte repuso:
+
+--Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio
+Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.
+
+Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor
+numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió:
+
+--¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición?
+Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla.
+
+Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar:
+
+--Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de la
+tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón, que
+tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no osarán
+luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la
+olla!
+
+Ramiro sintió que le apretaban el brazo.
+
+--Salgamos, que es tiempo--murmurole al oído el Lectoral.
+
+Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.
+
+ * * * * *
+
+Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidos
+por Casilda, ya era de noche.
+
+--Cae nieve--dijo la muchacha mirando hacia el patio.
+
+Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de espera,
+comenzó a escucharse, a través de las tablas de la alhacena, cavada a
+medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban penetrando
+en la estancia vecina. No había rendija alguna por donde se pudiese
+atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente a los
+congregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.
+
+--Las nuevas cartas--dijo Bracamonte--son del Barón de Bárboles, de
+Miguel de Gurrea y del señor de Purroy.
+
+Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y la
+agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor de
+Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses los
+amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda, hermanos
+de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos
+por sus padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.»
+
+--Sí; la república se pierde--agregó con brusquedad Bracamonte,
+comunicando a su voz una resonancia imprudente.--¿Y, por ventura,
+debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus más claros
+varones, es hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo buscan por
+todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la pública,
+sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir a la más antigua
+nobleza del reino, no dejándola, como sabemos, regentar los negocios, e
+inventando contra ella, cada día, nuevos pechos y humillaciones? Si el
+puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado, agora, en
+acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos? ¡Ea!:
+mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de
+nuestros mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si
+es preciso, la vida en la demanda, antes que la honra. Aragón sólo
+espera nuestra señal para arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve,
+Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a la zaga, apenas nosotros
+marchemos.
+
+Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de Bracamonte.
+Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz resonó, adusta,
+inconfundible.
+
+--Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha
+destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda queda
+puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide,
+hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi diestra disparar un
+venablo.
+
+Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a otro en
+la obscuridad.
+
+--¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!--exclamó el Lectoral asiendo del brazo a su
+discípulo.
+
+--¡Sí; él es!--dijo, tan sólo, el mancebo.
+
+Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas.
+
+--Es un tirano--dijo alguien claramente.
+
+--Su confesor--agregó el cura de Santo Tomé--ha de arder en el infierno,
+porque le absuelve.
+
+Otros exclamaron:
+
+--Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.
+
+--Es harto tarde.
+
+--Que se lea, y partiremos.
+
+Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila leyó el
+histórico pasquín.
+
+«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos respetos
+ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es sólo la
+nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede no da lugar
+a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te agradecen tus
+servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago
+de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera!
+¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia
+que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es
+tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasión a que
+aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan
+de atrás conservada y por las leyes de estos reinos defendida.»
+
+El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender al
+lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.
+
+--Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique--exclamaron algunos.
+
+--Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los
+portales del Mercado.
+
+--Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que, llegado
+el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el
+sitio que convenga.
+
+Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.
+
+
+
+
+XXIII
+
+
+Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su
+discípulo, exclamó con profético vozarrón:--Todo esto habrá de concluir
+sobre un cadalso.
+
+Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezada
+ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecía
+bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio, repuso:
+
+--Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los
+honrados. Yo he de mostrar--agregó, levantando el rostro hacia la lumbre
+y golpeando con el puño sobre la mesa--que aún quedan en la nobleza
+castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.
+
+--Por el hábito que tengo--replicó el Canónigo,--si estoy por decir que
+ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os van
+a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandio
+y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino
+vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno
+en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso
+pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo,
+con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro,
+concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o
+iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y
+así figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó
+semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.
+
+--¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de
+nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó la
+vida por ellos.
+
+--Malaventurado yo--replicó el Lectoral--si he de cosechar esa espiga.
+¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de
+tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?
+
+Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro
+sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán vasto
+y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:
+
+--¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis de
+la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que la
+república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación más
+temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la
+tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio
+de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange
+macedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas
+españolas tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose
+jamás un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como
+Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un
+trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de David con la
+sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de
+Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente
+por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España!
+¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este
+príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos
+que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos
+una hilacha tan sólo del capotillo?...
+
+Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba
+atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella catilinaria
+que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos
+Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio.
+
+Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se
+hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en
+la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de costumbre.
+Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al
+suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así
+como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino
+de Salamanca.
+
+--A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el empellón
+que ha menester--agregó con inusitada sonrisa, al retirarse.
+
+Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas
+impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente y,
+acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve,
+resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de
+encantamiento.
+
+Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas.
+
+Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo
+tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó
+suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.
+
+Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía las techumbres y las
+almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo, en claras
+armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando de Dios,
+entre la innumerable blancura de los serafines!
+
+--¿Sabéis lo que pienso, Ramiro?--exclamó de pronto el Canónigo, con
+todo el busto hundido en la obscuridad;--pienso que vuestra virtuosa
+madre acaba de hablaros por boca de ángel, como se dice, y que agora
+más que nunca, en presencia del riesgo propincuo que corren a la vez
+vuestra alma y vuestra honra, os debéis echar sin tardanza en brazos de
+la Santa Iglesia. Ella sólo puede asosegaros esos bullentes borbotones
+del cerebro y salvaros de caer en la pasión del orgullo, en esa
+peligrosa y aborrecible pasión que nos convierte en un fruto mollar para
+el Demonio. Dios queriendo, hijo mío, yo seré muy pronto promovido a
+Obispo de Cartagena o de Orense, como lo asegura don Alonso. Lejos de la
+mentecatez y la envidia, no tardará mi nombre en correr por toda España.
+Mi saber saldrá de la cueva cabildera cual generoso vino olvidado, y
+encenderá, por doquier, el espíritu de los hombres. Se me pedirá a cada
+ocasión mi dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabará por decir:
+«Esto piensa su señoría, Lorenzo Vargas Orozco, y no habrá más que
+agregar.» Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos será
+llamaros a mi lado; y allí dará principio la verdadera ocasión que el
+Cielo os depara. Al fin lo comprendo. ¡Por ahí, por ahí! ¡Dios lo
+quiere!
+
+Ramiro meditó. Sentado ahora en la silla, junto a la ventana, miraba
+hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil. Por último,
+inclinándose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono pausado y
+casi doliente, repuso:
+
+--A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere, como dice vuesa
+merced, y me lo expresa arrancándome allá del abrazo de la muerte,
+mostrándome aquí las bajezas del mundo y la vanidad de todas las glorias
+humanas, o hablándome con el ruego de mi madre, como acaba de hacello.
+Clamo, entonces, con todas mis potencias, hacia su Divina Majestad,
+demandándola una de esas mercedes que hace diariamente a algunas almas y
+que manifiestan de un golpe su predilección; pero, nada, nada me
+responde, e todo mi ser desengañado tiene que replegar de nuevo su
+ardimiento, en la hondura, en la tiniebla. Yo quisiera--agregó en voz
+bien alta, tendiendo ambos brazos hacia la verdosa claridad, en la cual
+sus manos resplandecieron de modo perturbador,--yo quisiera subir de un
+solo ímpetu a una de las moradas de arrobamiento que describe la Madre
+Teresa de Jesús; gozar, aunque fuera un instante, de ese deliquio, de
+ese éxtasis, en que ella caía de continuo; llegar a Dios, en fin, de un
+solo y soberano vuelo del alma, y anegarme, abismarme en su
+contemplación.
+
+Hizo una breve pausa y prosiguió:
+
+--O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente, mediante el cual el
+Señor me significase su complacencia: desprenderme del suelo durante la
+plegaria, ver señalarse en mi cuerpo una llaga de la Pasión, escuchar
+una palabra de una de esas imágenes de Nuestra Señora que tantos
+milagros han obrado en esta ciudad con toscos villanos y campesinos; o
+recibir, en fin, de lo alto, alguna locución que yo debiese, a mi vez,
+transmitir a los hombres. ¡Pero hasta agora nada! Mi cuerpo semeja un
+costal lleno de cantos, mis manos siguen tan mondas como siempre, y el
+cielo mudo y cerrado para mí. Cuanto a las imágenes de Nuestra Señora de
+las Vacas e de la Soterraña, a fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e
+oscilan, como entre el humo de un cirio; pero hablarme, eso nunca; ¡y
+qué negrura en la mente, qué sequedad, qué apretamiento acá en el
+corazón! ¡ah!...
+
+Llevose las manos al pecho.
+
+--¡En qué peligro estáis, hijo mío! Agora hecho de ver, y en quien menos
+lo deseara, el daño que pueden hacer en las almas de corta experiencia y
+estudio, los escritos milagreros, quitándoles toda humildad e
+despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales, con gran regocijo
+del Demonio. La tal Teresa y todos cuantos escribieron o escriben sobre
+mística, en lengua vulgar, van haciendo harto mal por España, incitando
+al desprecio del duro camino escolástico y engolosinando a los incautos
+con visiones y revelaciones, coloquios y éxtasis, y todos los sueños que
+engendra la beodez contemplativa. Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que
+el humo de la antorcha viva de la verdad, e los que buscan sólo ese humo
+pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo escudriñar los secretos
+de la Escritura y de la ardua enseñanza escolástica, esperan que Dios se
+los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con El, cara a cara, como
+si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un paso estáis, Ramiro, de las
+peores herejías que apestan a España, e mucho me temo que, llevado por
+esa gula espiritual, os hundáis, sin sabello, en la locura de los
+begardos, o alguien os denuncie al Santo Oficio de alumbrado o de
+quietista.
+
+--Yo no hago sino anhelar para mí lo que encarece en sus escritos la
+madre Teresa de Jesús, a quien todos tienen por santa--exclamó
+nerviosamente el mancebo.
+
+--¿Y por ventura--replicó a su vez el Canónigo--no han sido bastante
+aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena de la Cruz y
+de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido recelo acerca de
+toda revelación mujeril? ¡Ah, hijas de Eva!--exclamó esta vez,
+removiendo los brazos en la sombra con un ademán que Ramiro no alcanzó a
+distinguir.
+
+Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algún odioso
+pensamiento, prosiguió:
+
+--Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era
+lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como vemos en
+Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: _Væ, filii
+desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui
+ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis_. Y
+vemos en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios continuamente,
+y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les respondía, hablaba
+con ellos y no se enojaba, porque aún no estaba asentada la fe. Pero,
+agora, bajo la ley nueva, todo está consumado y la fe fundamentada _per
+sæcula, sæculorum_; y no hay para qué preguntar a Dios como antes,
+porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es su más soberana
+palabra, nos lo habló todo junto, de una vez, y no tiene más que
+hablar. De aquí, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le pide
+revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hiciérades, pues,
+en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Tomás,
+que éste es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino
+áspero, pero seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora
+luz; lo otro, el humo irritante que perturba la visión y el cerebro.
+
+La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo quedaba
+la pura emanación de la mente; y las ideas parecían brillar con más
+fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.
+
+
+
+
+XXIV
+
+
+Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de la
+una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al
+azar el _Cordial_, el _Arte de bien morir_, el _Contemptus Mundi_. La
+vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No se escuchaba en
+la estancia otro rumor que el de las páginas en el silencio. De pronto,
+una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia afuera.
+La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo del
+lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul
+de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas
+de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la
+dueña, caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo.
+
+La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velo
+descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeaba
+tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de la
+mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La blancura de aquel
+rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y era, en
+verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y
+moribunda.
+
+Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendo
+florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuando
+iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella máscara
+triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los
+vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando
+vaivén de la silla, desapareció con su gente.
+
+Ramiro arrojó el _Arte de bien morir_ sobre una mesa cubierta de libros.
+
+A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose
+perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir.
+
+ * * * * *
+
+Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la
+lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de
+nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle a
+menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica.
+Cierto día le dijo:
+
+--La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros a
+testificar.
+
+Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la
+calle, exclamó:
+
+--Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es algún
+maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van diciendo algunos
+que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años, y que, si
+esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en matrimonio.
+Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la
+Iglesia.
+
+Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y cuyos
+gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:
+
+--Agora llega la estación libidinosa.
+
+Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un
+círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al
+menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la
+influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la
+gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de
+marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una docena de veces,
+_ex carpo manus_; pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia
+de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasión; luego no
+había más que pedir».
+
+La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa del
+año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas
+como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de
+los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro
+vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo
+de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las
+armas de su linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos
+le precedían. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla
+salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por
+un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió
+impulsos de salir al balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete,
+rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.
+
+
+
+
+XXV
+
+
+No bien despabilada todavía, la guedeja en desorden, los ojos medrosos
+de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro, Beatriz, sentada al
+borde del lecho, dejábase vestir por sus esclavas y doncellas.
+
+Era el sábado santo y faltaba menos de una hora para la misa de Gloria
+en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve campanadas.
+
+Costábale mucho levantarse tan temprano. La caricia matinal de las
+holandas la amortecía la voluntad, haciéndola soñar en goces
+indefinidos.
+
+Las parlerías de doña Alvarez, y además las desnudas estatuas de metal y
+de mármol, traídas de Italia por don Alonso, habían disipado desde
+temprano su inocencia.
+
+Leocadia, su criada favorita, después de restregarla y besarla los pies
+repetidas veces, estirábala ahora, sobre las piernas, las ceñidas medias
+color de bronce, cuya seda reflejó, sobre la escultural perfección,
+firme trazo de luz. Luego, habiéndola calzado las rojas chinelas
+perfumadas con ámbar, levantó delicadamente la camisa de noche y diola
+un beso en la carne. La niña la contuvo con ambas manos, exhalando
+melindrosa quejumbre.
+
+La misma doncella sacó después de un arcón otra camisa con puntas y vino
+a ofrecérsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz, cogiendo y
+desplegando aquella prenda olorosa y encintada, cerró, tras sí, los
+damascos amarillos que pendían del sobrecielo. Sus piernas, más fuertes
+que el resto de su persona, quedaron asomando por la abertura. Preciosos
+rapacejos de diamantes exornaban las ligas.
+
+Tibio perfume, que no venía de ningún pomo de olor, ni arquilla de
+esencias, sino del lecho entreabierto y de las ropas de la víspera,
+abandonadas sobre los taburetes, sahumaba el ambiente de la alcoba.
+
+Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el aguamanil, la
+jofaina. Otra, el patético albayalde para la tez y el sanguinolento bote
+para amapolar levemente las mejillas. Beatriz dejose apenas lavar. El
+frío del agua la hacía golpear en el suelo con el chapín. La criada la
+pasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo de un céfiro,
+el paño humedecido. En cambio, ella aceptaba con delicia los perfumes.
+¿Para qué más? ¿Acaso el ámbar, el agua de ángel, la algalia, no dejaban
+el cuerpo oloroso cual mazo de flores?
+
+Dos esclavas de Italia la servían de rodillas. La más joven sabía
+alargar los ojos con el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba aretes
+enormes y un turbante verde con listas gualdas y purpurinas. Era
+lánguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso la había
+comprado a un capitán de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de la
+Corte, era ella quien le llevaba al lecho, todas las noches, el
+cocimiento aromatizado para dormir.
+
+Beatriz pidió su libro de devoción, para meditar, a su modo, el Misterio
+del día, mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya negrura imitaba
+a trechos la morada vislumbre del palisandro.
+
+Una cascada de sol, traspasando los vidrios, entraba de sesgo en la
+estancia. El don rutilante y divino chispeaba en los objetos de plata,
+en el nácar y el metal de las incrustaciones, en el galón de las
+colgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia de oro de la
+mitología. Afuera, el resplandor matinal iluminaba las cornisas más
+altas; y el cielo, sin una nube, iba disipando su niebla.
+
+Habíanla alcanzado el devocionario entreabierto. La miniatura
+representaba a Nuestro Señor subiendo en los aires, con blanco
+estandarte en la diestra, mientras los guardas caían despavoridos en
+torno del sepulcro. Leyó con infantil dificultad la epístola de San
+Pablo a los colosios, siguiendo la línea con el índice. Luego la
+narración de San Mateo: María Magdalena y la otra María camino del
+sepulcro, la piedra removida, las resplandecientes palabras del ángel
+anunciando la Resurrección.
+
+La imagen de aquel milagro de los milagros la conmovió profundamente. Un
+júbilo indecible la inundaba al imaginar a Jesús en su glorioso vuelo,
+después de las angustias del Calvario. Había que reír, que cantar; había
+que vestir las telas más ricas y escoger las joyas mejores. ¡Jesús había
+resucitado! Tomó en la mano el espejo y ensayó ante el cristal
+prolongada sonrisa, enseñando los dientes.
+
+Por fin, vestida de amarillento brocado que los toques de plata y las
+rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el cabello rizado con
+primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo, levantada por el
+corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa, aliñada,
+abullonada, crujiente, comenzó a pasearse por la habitación, mirando,
+por encima de su hombro, las cenefas de la nacarada basquiña y la pompa
+del faldellín. Sus orejas diminutas balanceaban las arracadas de
+diamantes de una abuela.
+
+Las criadas la seguían como a una paloma que se escurre. Una buscaba
+ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el cinturón de tela de
+oro recamado de aljófar. Leocadia, tomando un gran buche de agua de
+olor, afinó entre sus dientes un chorro continuo, y, girando en torno,
+rociolo con maestría, desde el ruedo de la saya hasta la almidonada
+gorguera.
+
+Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos esperaban en el
+recibimiento.
+
+--Llamen a Alvarez--exclamó Beatriz.
+
+Un instante después llegaba la dueña con mucho rumor de cuentas y
+gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doña Alvarez, mirando a
+la niña al través de sus anteojos, prorrumpió:
+
+--¡Infantica preciosa! ¡estrella de Belén! ¡Alabado sea Dios, que os
+hizo bella y salada como una perla del mar!
+
+Beatriz, mirándose en el espejo, afectaba, entretanto, los más diversos
+visajes. Ora entornaba los párpados con desmayadizo temblor, como si
+respirara un perfume doloroso; ora los abría desmesuradamente; y
+resumiendo, a la vez, su boca de carmín, parecía ofrecerla a un galán
+imaginario, como confitada fresa, como incitante golosina purpúrea.
+
+La dueña la preguntó casi al oído:
+
+--¿Pasó por esta calle?
+
+--¿De quién decís?--repuso la niña.
+
+--De Gonzalo.
+
+--¿Lo sé yo acaso?
+
+--Sí que debió. Vile entrar muchas veces en la iglesia. Os buscaba como
+sabueso que va oliendo las hierbas.
+
+--¡Bah!
+
+--Harto galán le veréis, que es regalo de los ojos con su traje color de
+acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y ¡válame Dios! ¡qué plumas
+tan bizarras! Todas las niñas volvían la cabeza para miralle. ¿Qué será
+cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecéis uno y otro nacidos
+bajo la mesma constelación. ¡Lucida pareja! El será el nácar y vos la
+perla, señora mía!
+
+--¿A qué iglesia fuiste?
+
+--A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo me hice dar, por un
+canónigo amigo, del incienso y del estoraque. ¡Donosa fiesta! El templo
+güele mejor que un vergel. Démonos prisa, que llegaremos tarde.
+
+Tomándola el cristal, echola encima un manto y trájola con presteza la
+estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra manita,
+remedando el empaque de las señoras.
+
+Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose contra el respaldo de
+la silla para contrarrestar el vaivén, y, al lento paso de los
+silleteros, cruzó entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una imagen,
+la boca pía, los ojos recoletos.
+
+Un lacayo llevaba por delante la almohada postratoria con el escudo de
+los Blázquez ricamente bordado.
+
+
+
+
+XXVI
+
+
+Avila resplandecía en el oro húmedo y blanquecino de la mañana, como una
+pequeña Jerusalén. La religiosa emoción la henchía, la perfumaba. Las
+flores de los árboles, asomando por encima de las tapias, pendían sobre
+las callejuelas. Impaciente alegría parecía bajar de las campanas
+silenciosas y difundirse sobre todo el caserío. Beatriz aspiró aquella
+flotante sublimidad, presintiendo algo misterioso y cercano que iba a
+conmover su existencia.
+
+El villanaje circulaba con pena por las calles, y la niña miraba con
+asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de requesón, y hacían
+crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos semblantes
+traslucían el asombro del hecho remotísimo que la Iglesia festejaba, y
+las pupilas iban como pujadas hacia afuera con estupor semejante al de
+San Juan y San Pedro camino del sepulcro.
+
+Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el escudero tuvo que hacer
+apartar a los rústicos para dar paso a la silla. A más de las cabañas y
+caseríos de los contornos, muchos pueblos comarcanos habían volcado
+buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que apenas si
+bastaba para los vecinos. Los más diversos ropajes ardían bajo la mágica
+luz, en movedizo apiñamiento multicolor. Veíanse sayas rojas o verdes
+como los pimientos, color de almagre como las calabazas, moradas como
+las berenjenas, capas y coletos pardos como la piel de los tubérculos,
+negras ropas de ancianos que iban tomando la torcida color de las
+alubias, vistosos dengues y pañolones donde parecía haberse reventado
+toda la hortaliza. No faltaban las zagalas de égloga, en trenzas y en
+corpiño, zagalas de Sotalvo, de Tornadizos, de Fontiveros, lavanderas o
+pastoras, que no habían logrado quitarse el olor de las lejías o el tufo
+de los chotos y cervatillos. Hombres secos y taciturnos, de afeitada
+boca monástica y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los señores,
+apoyados en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las
+mujeres hablaban alegremente. Las más acaudaladas traían mandiles de
+relumbrón, y casi todas, collares de coral, pendientes mudéjares y
+plateadas cruces y medallas que semejaban ex-votos de camarín. Buena
+parte de aquella gente había dejado sus lejanas chozas o alquerías antes
+del amanecer, a la luz de las estrellas.
+
+--¡Atrás os digo!--gritaba allí un corchete ebrio de poder, empujando
+malamente a los rústicos, a fin de conservar el humano callejón por
+donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros.
+
+--¿Quiere el seor alguacil que le hurguemos las patas a esa señora
+mula?--le replicaba una moza de la ciudad.
+
+--Atrás os digo, y van dos.
+
+--¡Pus quite esos dedos!
+
+--Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado.
+
+Los buhoneros aprovechaban para vender.
+
+--Señora hermosa, por un real se lleva este rosario.
+
+--Darete, a lo más, un cuarto.
+
+--¿Trasero o delantero?
+
+--¡Oste con el bellaco!
+
+ * * * * *
+
+El templo estaba henchido de muchedumbre y todo jaspeado en lo alto de
+sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban de las vidrieras
+colorían de tintes espectrales la piedra y el alabastro, esmaltaban el
+oro de los púlpitos, pavonaban el obscuro nogal. Beatriz fue a
+arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la capilla mayor. Los
+dignatarios, resplandecientes de joyas y de veneras, ocupaban los
+escaños del centro.
+
+El canto de las letanías seguía resonando bajo las bóvedas, potente,
+monótono, sublime. Por fin los diáconos aparecen recubiertos de blancas
+vestiduras.
+
+Principiada la misa, Beatriz advirtió que Gonzalo de San Vicente,
+vestido como dijera la dueña, se arrodillaba sobre el guante, hacia la
+nave opuesta, observándola de hito en hito al santiguarse. Ella
+correspondió con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspiró
+profundamente volviendo los ojos al libro.
+
+Su Señoría don Jerónimo Manrique de Lara ofertaba el incienso con sus
+manos huesosas y pálidas. El humazo litúrgico llenó en un instante, cual
+milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al preste y a los
+diáconos, amortiguando los oros, y cubriendo con asoleado velo de
+perfume las pinturas del retablo.
+
+De pronto, la voz del pontífice entona las primeras palabras del
+_Gloria_, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese túmulo de
+silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la mañana del jueves,
+descuélganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el
+alarido de las chirimías, el turbión resoplante del órgano y, allá
+arriba, allá afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el
+acelerado repique de todas las campanas, frenéticas, locas, delirantes,
+cantando y echando a los vientos el regocijo sublime y milenario de la
+Resurrección.
+
+En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha,
+contra una columna del crucero, el fantasma... ¡la persona misma de
+Ramiro!
+
+El órgano y los bronces seguían resonando. Un vendaval de religiosa
+alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se
+sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la resurrección
+del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo rostro figurósele, al
+pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasión.
+
+Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro comenzó a retirarse,
+lentamente.
+
+Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra el
+muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de su
+linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas las
+puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a
+una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a
+Beatriz.
+
+--¡Es fuerza vencer aquí mesmo!--se dijo. Y, empujado por irresistible
+movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta
+suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó a
+ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez,
+brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto
+imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella
+vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su
+temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.
+
+Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo
+tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y
+levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba
+del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra.
+
+Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada
+plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y
+torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para
+los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida
+un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios
+sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol
+embriagador, sintió en su frente el beso o la mordedura de invisible
+quimera.
+
+Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales
+desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El
+se sentía también renacer con las flores y los follajes.
+
+Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de
+cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la
+noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurrección
+y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la
+mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo,
+parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada
+frescura que bajara de las estrellas.
+
+Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió en
+el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba
+reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.
+
+Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y, habiéndole
+oído quejarse, se atrevió a decirle:
+
+--Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli. Vino
+la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé de la flota,
+y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un caño de arcabuz
+bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme.
+
+Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente barrote
+aplicado a la herida le dejó curado para siempre.
+
+
+
+
+XXVII
+
+
+Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas
+interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El
+entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad,
+sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la
+acción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.
+
+Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante de
+fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad ingresar a
+la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto,
+lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a una altura
+inaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo
+contrario sería perderse para esta vida y para la otra, pues el Señor no
+perdonaba semejantes perjurios.
+
+Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno susurraba que
+aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era hombre capaz
+de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar en
+el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la voluptuosidad y
+del orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura: «Tiempo habrá de
+vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el mal
+de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de
+las espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime
+reverso realizado en los claustros.»
+
+Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo la
+elocuencia acomodaticia del Tentador.
+
+En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo que
+él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su rival y mostrádole
+que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su desposada.
+¿A qué más?
+
+ * * * * *
+
+Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el
+camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como de
+costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en todo el
+mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba, allá abajo, un
+aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alcázar dobló
+hacia la izquierda, y siguió caminando sin detenerse.
+
+Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de la
+tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual cobrizo
+relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se
+revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para
+contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese
+instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.
+
+Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuos
+remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una calma
+de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada instante
+sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por
+aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada
+cabaña la frente y el pecho de los labriegos.
+
+Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a
+la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora entre
+cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él mismo por la
+sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que, surgiendo
+de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se volcaba por la
+calleja.
+
+Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.
+
+Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la cadera,
+y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hasta
+recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irguió de nuevo, su
+empapado corpiño mostró los hombros y los pechos como si estuviesen
+desnudos.
+
+La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a Ramiro una
+figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después del larguísimo
+encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la mujer. ¿Sería, en
+verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del
+aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía temblar a los
+santos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas
+sin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con
+visible complacencia las formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómo
+podía ser tan grande pecado gustar sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto
+miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar de una bella criatura como del
+fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban con cautelosa
+mirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una, como en
+los sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelo
+del mundo?
+
+A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.
+
+Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y doña
+Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro manto de la
+doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida por el
+polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos.
+Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores.
+
+Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su
+cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro.
+Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al barro
+humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña Alvarez,
+levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz
+baja y severa:
+
+--La hija de un Blázquez no bebe en la rúa.
+
+La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán, que se acercaba
+haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente:
+
+--El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced a
+saludalle.
+
+
+
+
+XXVIII
+
+
+Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se engalanó como nunca y, a
+las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La sangre, la
+imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos de
+una barca en el viento. Además, no le faltaron razones para demostrarse
+a sí mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si había de partir
+en breve, no hallaría mejor ocasión para desligar a don Alonso de la
+promesa del hábito y declarar al padre y a la hija el objeto de su
+viaje.
+
+Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas, Blázquez Serrano
+regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro adquirido en la
+corte.
+
+--Algunos--decía--lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo veo
+patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría de los
+perfiles.
+
+La mueca de muda admiración, la mano que se encartucha como un anteojo,
+la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente para volver a
+acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de contagioso
+entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea.
+
+El docto señor de Mújica exclamó por último:
+
+--Es digno de Apeles y de Parracio.
+
+Ramiro hubiera querido también expresar su parecer. Estaba convencido de
+que a la mayor parte de aquellos señores se le alcanzaba muy poco del
+arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo delirio y
+exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los héroes y
+los santos. Consideró entonces el privilegio de aquella gloria que nadie
+quería desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y
+pontífices, y pensó que él mismo, ejercitando su asombrosa vocación,
+hubiera llegado muy pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza,
+con sólo un haz de pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura
+alfeñicada y femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio.
+Sentía desde niño la fruición de los interiores sombríos, donde las
+pupilas descansan de la refracción implacable de las tierras y un solo
+rayo de sol revela bruscamente el color y la forma. Para él la pintura
+debía seguir también ese anhelo, consolar el sentido y tornar más fuerte
+y más hondo el ensueño, como el claroscuro de las estancias.
+
+Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos
+y, después de un momento, preguntole en voz baja:
+
+--¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija
+Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente
+moza y danzante.
+
+Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de
+las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento
+para decirle:
+
+--Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá que
+olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...
+
+--Mejor así, señor--interrumpió Ramiro,--pues yo mesmo no sé agora si lo
+aceptara.
+
+--¿Y qué diría vuesa merced--continuó don Alonso--si le nombraran
+regidor, como al hijo de San Vicente?
+
+--¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo más
+alta sería mi ambición. ¡O César o nada!--agregó Ramiro sonriendo.
+
+Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin
+distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia,
+adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que
+acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó:
+
+--Lléguese vuesa merced a la tarima.
+
+Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos pasos
+felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y
+porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un
+céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado
+sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo
+sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó.
+
+Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole distinguir bruscamente
+a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas de terciopelo, y
+a los sonrientes galanes que las atendían, doblando la rodilla sobre el
+corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a postrarse junto a Beatriz.
+Su confusión era enorme. La niña le preguntaba por los suyos, y él
+respondía como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su
+grotesca aparición. Vergüenza mayor no había pasado jamás. ¿Qué gesto,
+qué palabra podría hacerle recobrar su apostura?
+
+Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se excusaba débilmente. Sus
+ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada blancura de su tez
+vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y
+doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un
+concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían
+para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los
+rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un murmullo
+preparatorio.
+
+De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de compañero el alférez
+Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que juraba _¡per Baco!_ a
+cada instante, para hacer reír a las niñas.
+
+Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao,
+la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡_per Baco_: la gallarda!, y,
+tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un
+pañizuelo perfumado.
+
+Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos sonaban con
+anticuada languidez y el lucido soldado conducía majestuosamente a la
+niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos. Ella le
+miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire levantada
+por la onda de las vihuelas; ora evitándole con apicarado temor en algún
+apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo
+acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de
+la sombra a la claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la
+bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil,
+estallaba en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido,
+anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale
+por momentos que su alma toda se iba también en pos de aquel faldellín,
+como el humo rastrero.
+
+Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo.
+Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su
+padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al alférez,
+adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el
+abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose
+apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose
+a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que
+hubiese podido bailarlo en un plato.
+
+Ella cantaba:
+
+ Pisaré yo el polvico
+ tan a menudico,
+
+y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las
+guitarras:
+
+ Pisaré yo el polvó
+ tan a menudó.
+
+--_¡Per Baco! ¡Per Baco!_--gritaba el alférez, punteando el compás con
+las palmas.
+
+Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de
+terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso.
+Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una
+jícara de oro.
+
+--No, tráeme un barro--la dijo Beatriz.
+
+La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un
+búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo de
+aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a
+devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la
+imitaron.
+
+Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas de
+los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de sí
+mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una pregunta
+de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído
+con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus
+estudios.
+
+--Tengo por seguro--díjole entonces Beatriz--que vuesa merced ha de
+llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien
+sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale
+mil bachilleres.
+
+--Gloria no pequeña procura así mesmo el saber--repuso Ramiro.
+
+--¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos o
+franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran
+batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho,
+pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... Así
+quisiera ver a vuesa merced y aún mejor.
+
+--¿Tanto admiráis al alférez?
+
+--Es harto gracioso y valiente.
+
+Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel y
+un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.
+
+Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todo
+ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos,
+dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de algún
+silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse
+cual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a
+decir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser,
+encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su
+conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible.
+Dejose llevar.
+
+La palabra de Beatriz le sorprendió:
+
+--Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?
+
+Ramiro no quiso contestar.
+
+--¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces.
+
+--Esa ya cerró, Beatriz--replicó entonces el mancebo;--otra es la que
+agora vase reabriendo y haciéndome morir.
+
+--¿Morir?
+
+--Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo muriera.
+
+--¡Ingenioso!...
+
+--Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.
+
+Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar de
+espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa
+voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia
+ella, prosiguió:
+
+--Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, allá en la
+heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo pensaba entonces
+que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y mis
+pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben
+de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro, Beatriz!...
+
+La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la suya.
+Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.
+
+--¡Cuán dichoso me siento!--balbuceó entonces Ramiro.--Decidme que
+apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda
+llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!
+
+Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.
+
+En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz
+oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería
+que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su
+Majestad, el nombramiento de Regidor.
+
+Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un
+momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas
+y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la
+reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.
+
+
+
+
+XXIX
+
+
+Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor
+de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su
+gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo
+consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un
+intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar
+a Casilda.
+
+La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e
+íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una
+sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello
+burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según
+andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos,
+aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de
+San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano
+menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando
+puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la
+hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma
+noche de la boda.
+
+ * * * * *
+
+Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir
+para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría
+a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella
+ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de
+piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la
+gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su
+vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra
+senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus
+manos.
+
+El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba
+en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer
+detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio
+de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente
+al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar
+entre almena y almena.
+
+La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio,
+esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran
+silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie
+la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de
+un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete,
+comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos
+preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido
+el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la
+solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:
+
+ «Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me
+ escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una
+ gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por
+ medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el
+ cura de San Juan debe volver esta semana.
+
+»Dichoso viaje, mi señor bachiller.
+
+ Beatriz.
+
+»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un
+ dedo, jugando en el huerto con los amigos.»
+
+Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al
+día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora,
+sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el
+cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía
+acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.
+
+Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la
+diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto
+sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su
+chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los
+limones que se resecan.
+
+A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las
+lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas
+a la torre del caserón.
+
+
+
+
+XXX
+
+
+«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más que
+a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado otras
+nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»
+
+Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo.
+
+Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de
+Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro
+contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo,
+en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba. Luego
+refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.
+
+«Es de maravillarse--decía--que, siendo aquí vieja costumbre atormentar
+a los _nuevos_ con las más crueles invenciones, así que yo penetré en el
+claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano puesta en la
+guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no
+hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué suerte; pero todos conocen
+mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante díjome ayer que, desde
+que él viene a las escuelas, no tiene memoria de otro _nuevo_ que haya
+escapado a los gargajos.» Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel
+capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en
+Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi
+resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para
+fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar.
+En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»
+
+Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra más
+breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del Arzobispo le
+exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto--agregaba--ha
+sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que
+están allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con
+saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros
+agüelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo
+de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros
+blasones. ¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!»
+
+Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un
+lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes, porque su abuelo
+se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un mal
+misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios
+estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando
+humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez
+se extendía por toda la casa. Las dueñas y los criados se apretaban las
+narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doña
+Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese
+ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que prolongaba para
+ella aquel cerrado aposento.
+
+Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la
+Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:
+
+--Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo.
+
+Don Íñigo había sido enterrado la víspera.
+
+Cuando el mancebo penetró en las cuadras que habitaba el anciano,
+pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir adelante, tal era
+la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba como
+lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que ya no
+volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de medicinas,
+el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había quedado
+revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad
+de la lucha postrera.
+
+Entró a la librería y, al mirar los volúmenes amontonados sobre el suelo
+y las gafas de asta marcando la página de un infolio, para continuar
+otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza amarilla,
+donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los rótulos; y
+más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa,
+ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una
+profunda tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí
+estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo,
+siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia.
+
+Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de nuevo en su muda
+monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró, en breves
+palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo patrimonio.
+Estaban completamente arruinados. Se había vivido, hasta entonces,
+demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeñando
+a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por último,
+en montón, platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era,
+según ella, la única persona que conocía en la casa el manejo del
+patrimonio, y que hubiera ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de
+marcharse para su país, a recoger una herencia. No les quedaba sino el
+solar, empeñado casi por entero, y algunos escudos guardados en un
+cofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón y
+resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.
+
+--De todos modos--añadió doña Guiomar--ya no precisas de muchos dineros.
+La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso que puedes
+cursar la Teología en el mesmo seminario de esta ciudad.
+
+Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.
+
+¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que venían
+hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más remotos
+antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos
+señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su
+tierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?
+
+En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía que la
+falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, su
+instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos bienes
+perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante de
+meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no había
+determinado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que su
+voz se alterase, díjola también el gran delito que sería seguirla
+esperanzando con su falsa vocación eclesiástica.
+
+Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaron
+nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces
+Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas manos, y
+mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus designios y
+que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresión
+que produciría en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel acto
+menguado.
+
+--Yo trataré con los ginoveses--agregó;--algo quedará que entregalles;
+aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!, no
+vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar!
+
+Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:
+
+--Con lo que acabas de decir--repuso--mi vida en el siglo ha terminado.
+Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.
+
+Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminó
+hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorció
+debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia.
+
+
+
+
+SEGUNDA PARTE
+
+
+
+
+I
+
+
+El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, _el Prudente_.
+
+Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a fines
+del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo la
+simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el recelo,
+volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del ejército
+castellano. Había llegado el momento de la regia venganza.
+
+Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las
+gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitán
+de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar las
+estampas de una tienda de libros.
+
+«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza», tal
+era la orden manuscrita de Felipe Segundo.--¿Y quién me condena?--había
+preguntado el Justicia al oír la lectura de la sentencia.--El Rey
+mismo--le respondieron.--Nadie puede ser mi juez--replicó--sino Rey y
+reino juntos en Cortes.
+
+Al otro día el primer magistrado de Aragón era degollado por mano de
+verdugo. De este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y desgarraba para
+siempre los fueros de varios siglos. Otros señores y, entre ellos, don
+Diego de Heredia, barón de Bárboles, y don Juan de Luna, señor de
+Purroy, habían de seguir igual suerte, después de soportar feroces
+tormentos. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda perecieron
+misteriosamente en sus prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban del
+señoril derecho de morir descabezados, fueron arrastrados por las
+calles, en un serón de infamia, hasta el garrote.
+
+Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y roto para siempre el
+brío de aquel soberbio Aragón, que sólo cada tres años se dignaba
+arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna.
+
+De igual modo los pueblos de Castilla habían sido escarmentados años
+antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las Comunidades; pero
+todavía solía advertirse en ellos uno que otro conato levantisco, como
+el que hace erguir sobre las patas traseras a los rocines castrados. No
+ya los señores, sino que también los pecheros comenzaban a vociferar.
+Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de ofrecer
+la ocasión.
+
+El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de paso para Francia,
+penetraba en Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas o
+paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las Carnicerías
+Nuevas, de la casa de los Valderrábano y en otros sitios públicos de la
+ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que Ramiro y el Canónigo
+oyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en el piso bajo del caserón.
+
+Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de Cárcamo despachó un correo
+al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan sólo un negro puñado de
+ministros para que formasen la causa. Se esperaba un castigo leve, y los
+más chocarreros componían letrillas y jácaras sobre el asunto.
+
+El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A don
+Diego de Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado Daza Zimbrón
+se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tomó Marcos López
+sufriría privación del sacerdocio y beneficio, confiscación de la mitad
+de sus bienes, diez años de galeras y destierro _ad vitam_; el
+escribano de número Antonio Díaz, azotes, diez años de galeras y el
+mismo destierro.
+
+Para muchos la intervención de la Providencia era patente, y a su amparo
+el príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo, completaba su obra.
+Nada de albedríos diseminados, nada de figurerías ni arrogancias que
+estorbasen el poder. La unidad era el primer precepto de su Arte Real,
+la unidad invulnerable y absoluta, a imagen y semejanza de aquella otra
+unidad que gobernaba los orbes. No más voluntad que la suya, no más
+pensamiento que el suyo, no más fe que la que él mismo profesaba. El
+soberano del moderno Israel debía revestirse de las tres potencias
+tutelares: la ley, la espada y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, el
+Josué y el Aarón de su pueblo. Todos los tronos y las sedes le servirían
+de escala para elevarse hasta los cielos y recibir él solo la consigna
+del Altísimo. Su sombra cubriría las comarcas y los mares; y las
+naciones le mirarían como al nuevo arcángel, armado del hierro y la
+llama, vencedor de Satán.
+
+Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel monstruoso delirio le
+secaba los miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua, hidrópico de
+tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta de los
+pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga a los
+ejércitos y abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales; y la
+bancarrota crecía, se envedijaba, se enmarañaba cual inmensa madeja de
+pasadilla. Las deudas tenían aliento de fiebre, la real hacienda
+jadeaba; cada año se gastaban los ingresos de cinco años venideros.
+
+¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo apañó
+las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias para
+particulares; mercó las hidalguías, los juros, los empleos; invitó a los
+clérigos a legitimar sus hijos sacrílegos mediante un puñado de reales;
+gravó la exportación de la lana; impuso contribución sobre el pan y
+sobre el vino, antes libres; se apoderó de la sal; confiscó los
+maestrazgos del mar; dobló el almojarifazgo, y triplicó en poco tiempo
+la terrible alcabala. Los pueblos desmolados se echaban a morir. Avila,
+Toro, Córdoba y Granada se negaron a aceptar el encabezamiento de 1576.
+En las naciones extrañas el solo nombre de Felipe Segundo hacía
+palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron por fin un nudo a la bolsa
+y volvieron la espalda. Otros no sabían si continuar o romper para
+siempre, como el judío que ha prestado a un tahúr de luenga espada. Los
+genoveses, entretanto, se defendían con la usura. A partir del año 1590,
+el desbarajuste fue pavoroso para la hacienda del Rey. Las Cortes,
+corrompidas por el Monarca, habían exigido a las ciudades ocho millones
+de ducados.
+
+Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos de Dios. Un hechizo
+maléfico parecía esterilizar los terruños, parar los molinos, los
+tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos no
+sabían ya cómo ganar el sustento y salían a hurtarlo donde lo hallasen.
+Se vivía en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una presa. Las
+trapacerías del hambre formaron una arte honrosa y sutil, que tuvo su
+romancero y sus manuales, sus poetas y bachilleres. El mal atacaba más
+duramente a los hidalgos de patrimonio extinguido, cuya estirpe clara y
+antigua no les permitía infamar sus manos en los oficios. Más de uno
+comía del mendrugo que hurtaba su paje, y suspiraba con digna tristeza,
+bajo la capa, al aspirar, de paso, el sabroso calor de las pastelerías.
+El estudiante imitó, para vivir, los ardides perrunos. Sus piernas de
+lebrel eran el terror del comercio. Fue entonces el glorioso tiempo de
+la olla común. Los conventos se hincharon de monjes; sus porterías, de
+sopistas. El hospital y la cárcel fueron buscados como refugios
+venturosos, donde se comía regularmente y como de milagro. Millares de
+infelices se fraguaban pústulas sangrientas o perpetraban delitos para
+ser alimentados. Las calles estaban llenas de limosneros fingidos; los
+campos, de falsos anacoretas; los puertos, de famélicos hidalgos que
+venían a pedir una plaza en los galeones.
+
+A esta angustia de las entrañas se agregaba la zozobra del ánimo, la
+honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan sólo, del Santo
+Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey. Y
+entretanto parecía que el mismo viento murmurase calumnias y que la
+delación se agazapara bajo el lecho en que se dormía, entre los pliegues
+de las antepuertas, en el rincón de los oratorios. Muchos, como don
+Alonso, recelaban de sus propios labios durante el sueño, y evitaban
+adormirse en los sillones, entre el paso de la servidumbre.
+
+Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era seguro. _Ne contumax
+silentium, ne suspecta libertas._ La idea temblaba en el cerebro, y no
+hubo pluma que osara estampar lo que el alma ocultaba en su cripta más
+honda. En cambio se hablaba con delicia de los países lejanos y de la
+inviolable paz de los claustros.
+
+No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al Monarca, sintiendo
+triunfar o sufrir en él su propio orgullo fanático; la mayoría, bajo la
+pavorosa coerción, acababa por encomiarle.
+
+La virilidad pareció resumirse entonces en la propia sangre atosigando
+las vísceras, y el antiguo valor tomó la forma del estoico desdén de
+todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las tiranías. Más
+de uno repugnado de su propio servilismo, a una simple señal del
+Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las venas, como Séneca o
+Petronio.
+
+El humor español se hizo reservado y sombrío. Una verdadera peste de
+melancolía se propagó por todo el país como un vaho de purgatorio,
+inficionando las almas.
+
+Los hidalgos vestían de luto; la madera al uso era el ébano. Jamás fue
+tan lúgubre el aparato de la muerte.
+
+El espíritu se empeñó en extraer sus ideas primordiales del sepulcro
+mismo y de sus terribles podredumbres.
+
+ * * * * *
+
+Ramiro llegó de Salamanca el domingo 16 de febrero de 1592, dos días
+después de publicadas las sentencias. El Canónigo fue a visitarlo y
+enumerole una a una las condenaciones. No pareció muy satisfecho al
+decirle que a don Enrique Dávila y al licenciado Daza les habían
+otorgado la apelación. En cuanto a don Diego, sería ajusticiado al
+siguiente día.
+
+--Ya veis, hijo mío--agregó,--que vuestro abuelo se ha marchado a
+tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal cocido.
+Cuidad vos agora, hijo mío, las palabras, y teneos muy quedo, por un
+espacio.
+
+--¿Y quién ha dado los nombres?--preguntó Ramiro.
+
+--Alguno será--replicó el lectoral--que no quiso ver a España destrozada
+otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.
+
+Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de Su
+Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante la ausencia del
+caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo hasta la última
+gaveta y llevándose un gran fajo de papeles.
+
+--¿En dónde será ajusticiado don Diego?--volvió a preguntar bruscamente
+Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por algún pensamiento
+dominador.
+
+--En el Mercado Chico--replicó el Canónigo.--Ayer le fue notificada la
+sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el Santísimo
+Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a mediodía, para llevarle
+a degollar. Ya es cosa convenida que ningún noble ha de ir a saludalle,
+y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta clase
+de espectáculos, veranle sólo en la mula las gentes de ley y las
+Comunidades y Cofradías.
+
+Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró con vehemencia que si
+los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en aquel trance
+final, eran todos unos malos caballeros.
+
+--Nadie ignora--exclamó--que el don Diego, a más de su antiguo y
+glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin
+duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo decir
+que he de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi
+propio interés ni en la razón o sin razón de su condena.
+
+Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y maestro
+creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza antes de
+responderle.
+
+--Haced lo que os plazca--le dijo;--pero cuidad que vuestra inadvertida
+juventud no os enderece por donde tal vez no queréis caminar. Don Diego
+será, como decís, harto infanzón, aun que de cepa gabacha y no española,
+sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y aleve
+con su Rey.
+
+--Don Diego--repuso Ramiro con el rostro demudado--es gran caballero y
+no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa merced.
+
+--Pues yo repito--replicó de mala manera el lectoral, mostrando los
+dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño--que don Diego es
+traidor y cobarde.
+
+--¡Y yo digo que miente vuesa merced!--gritó Ramiro, ebrio de cólera.
+
+El Canónigo dio un paso hacia adelante con la diestra en alto y pronta a
+asestar el bofetón; pero el terrible ceño de Ramiro le contuvo.
+Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose ambas manos al
+rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El insulto flotaba
+irreparable, y parecía hacerse oír, otra y otra vez, en el silencio. El
+Canónigo musitaba, gemía, suspiraba, con el rostro cubierto. Por fin,
+bajando las manos, embozose con furia, y, después de buscar la salida
+como un ciego a lo largo del muro, desapareció de la cuadra, dando con
+el pie, hacia atrás, un terrible portazo.
+
+Ramiro sintió que todo su maquinal apegamiento hacia aquel hombre
+acababa de trocarse en súbito rencor. La crispada y hostil actitud, que
+aún conservaba, suscitábale nuevos impulsos de odio contra su víctima.
+
+Cuando comenzó a serenarse, dijo en voz alta, sentándose en el sillón:
+
+--¡No he menester de él, ni de nadie!
+
+
+
+
+II
+
+
+Pocos días para Avila más tristes que aquel lunes, 17 de febrero de
+1592. La ciudad despertó en una expectativa siniestra. El horror del
+suplicio inminente parecía flotar por todas partes mezclado a la niebla
+de la mañana.
+
+En medio del Mercado Chico se levantaba un gran cubo negro, el cadalso;
+y las ráfagas del Norte sacudían contra el esqueleto de pino la bayeta
+patibularia. Fúnebres ministros de justicia se agitaban en derredor. A
+eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el crucifijo. Más
+tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las dos negras
+almohadas para el reo. La llovizna caía por momentos, fina, glacial.
+
+El tráfago de todos los días comenzaba; pero los vecinos iban y venían
+más graves que de costumbre, coceando la nieve de la víspera. Algunos
+hablaban misteriosamente al encontrarse; otros discutían en los mesones
+con insólita nerviosidad sin alzar demasiado la voz, pero arrufando el
+hocico y tomándose a veces las partes viriles con toda la mano, para dar
+más vigor a sus bravatas y juramentos.
+
+Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones de la nobleza tenían
+el aspecto de rostros patéticos y enmudecidos. Aspirábase en el aire ese
+espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razón; y una sombra
+de infamia envolvía a Avila entera. El más altivo de sus caballeros iba
+a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera sido mengua mayor
+arrasar las ochenta y ocho torres, que esperaban ahora, con extraña
+lividez, la rotura de aquella cerviz, donde parecía haberse encarnado la
+fiereza de la muralla.
+
+Corrió la voz de que, a las dos de la tarde, don Diego sería sacado de
+la Alhóndiga. Aquel edificio correspondía como prisión a los nobles y se
+levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alcázar, por la parte de
+afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro llegó ante el blasonado
+frontis, los empleados de la justicia regia y comunal se aglomeraban y
+zumbaban como moscas a uno y otro lado del portalón y en torno a la
+fuente; mientras las cofradías y las órdenes esperaban, en larga hilera,
+desde la plaza del Mercado hasta más allá del convento de Santa María de
+Gracia. Los monjes rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino
+los raspados mentones, por debajo de las capillas; sus manos cruzadas
+por dentro de las mangas, dejaban colgar los rosarios. Todas las voces,
+todos los balbuceos de franciscanos, dominicos, agustinos, jerónimos,
+teatinos, carmelitas, se unían en un coro uniforme, que aumentaba la
+pavura, cual dolorosa plegaria de otro mundo. La persistente llovizna
+escarchaba los hábitos y parecía embeber todas las cosas en su tristeza.
+Algunas mujeres plañían.
+
+Más de una hora pasó Ramiro codeandose con el vulgacho. No había sino
+gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado con los brazos
+desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gañanes de la dehesa, harto
+morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y medias coloradas.
+
+Por fin un portero sacó del zaguán de la Alhóndiga una mula cubierta de
+fúnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados de blanco a la
+altura de los ojos. Se produjo un movimiento general. Tres alguaciles
+montaron en sus caballos.
+
+Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si hallaba algún conocido,
+cuando una brusca exclamación brotó de la multitud y fue a rebotar
+contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte acababa de aparecer
+en la puerta de la prisión. Caminaba a su izquierda el Guardián de los
+descalzos, fray Antonio de Ulloa.
+
+Lo primero que hería la mirada era la palidez plomiza de su semblante,
+acentuada por la negrura del capuz que le habían echado sobre los
+hombros. El bigote y la barba habían encanecido del todo. Avanzaba
+tieso, indómito, solemne, mirando hacia las nubes y pisando con fuerza,
+como el que marcha entero en la honra.
+
+Ramiro experimentó rápido calofrío, y cuando, al verle montar en la
+infamante cabalgadura, advirtió que sus manos estaban ligadas por negro
+listón y que de su pie derecho pendía una cadena, sintió que hubiera
+dado allí mismo la vida por libertar a aquel hombre magnífico, víctima
+de su rancia altivez castellana. Era el último Cid, el último
+_reptador_, llevado al suplicio por viles sayones asalariados. Cerró
+entonces los ojos un momento para contener su emoción, y pareciole oír
+de nuevo los discursos del hidalgo en la asamblea, aquellos discursos
+que salían de su boca como los hierros de la hornalla, chisporroteantes
+y temibles. Ya no volvería a perorar con el pie derecho en la tarima del
+brasero y el estoque bajo el sobaco. ¡Iba a morir!
+
+El cortejo penetró en la ciudad por la puerta del Mercado Grande, tomó
+la calle de San Jerónimo y luego la de Andrín. Caminaban por delante las
+cofradías de la Caridad y la Misericordia tañendo sus plañideras
+campanillas. Una voz áspera y poderosa gritaba, de trecho en trecho, el
+pregón de la muerte.
+
+«Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor a ese hombre,
+por culpable en haberse puesto en partes públicas unos papeles
+desvergonzados contra Su Majestad Real. Manda muera por ello.»
+
+Ramiro caminaba a la par del alguacil Pedro Ronco, que iba montado en su
+famoso rocín todo negro. Los religiosos entonaban una salmodia lúgubre
+que daba terror. Detrás de ellos venía Bracamonte en la mula, cual si
+fuera el espectro del orgullo. Su lúgubre continente hacía estallar, en
+las puertas y ventanas, el sollozo de las mujeres, que invocaban a Santa
+Catalina, a los Santos Mártires y a la Santísima Virgen. Las ropas
+negras de los alguaciles y corchetes despedían, con la humedad, un tufo
+de orines trasnochados. Doce pobres, con sendas hachas encendidas,
+esperaban a la puerta de San Juan, y su oración temblaba a la par de las
+llamas humosas que el viento doblaba y estremecía.
+
+Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso, don Diego se apeó de
+la mula y subió serenamente las gradas. Hincose, y pidió un libro de
+horas para confesarse con fray Antonio. Ramiro, colocado muy cerca,
+escuchó las palabras del _Miserere_, del Credo, de las Letanías.
+
+Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre. Algunos curiosos
+habían logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del poniente.
+Por fin el verdugo se acercó a decir que ya era tiempo. El escribano de
+la comisión requirió por tres veces a Bracamonte que hiciera confesión
+abierta del crimen. Ramiro oyole decir que don Enrique Dávila y el
+licenciado Daza eran inocentes y que sólo él era culpable. El escribano
+exigió que lo jurase. Entonces escuchose una voz entera que repuso:
+
+--No me sigáis predicando, que no diré más.
+
+Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos fueron atraídos por el
+madero contra el cual había de ser descabezado; su rostro cobró una
+blancura terrible, pero se sobrepuso al instante, y, levantando la
+frente, miró por última vez la ciudad, el cielo, la luz preciosa de la
+vida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas palabras, y oyose
+vasto rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por su parte, buscó atraer
+su mirada, para dirigirle un último saludo; pero aquel espíritu ya
+estaba lejos de la tierra y se anticipaba a la muerte.
+
+Por fin, cual si hubiera distinguido algún signo de lo alto, don Diego
+encaminose a recibir la negra venda en los ojos, y, sentándose en la
+almohada, cogió por detrás el madero con sus propias manos, ajustó la
+cabeza, y alzando la barba ofreció el pescuezo al espantoso cuchillo.
+
+Ramiro observó adrede la pálida testa muerta de súbito y que, asida de
+los cabellos, fue mostrada hacia los cuatro lados de la plaza, en nombre
+del Rey. Entonces, con gesto amplio, magnífico, para que todos le
+vieran, quitose la gorra, exclamando:
+
+--¡Dios reciba tu alma, gran caballero!
+
+Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos quiso prenderle allí
+mismo; pero el otro le contuvo. Ramiro se retiró.
+
+Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo entregole un billete
+lacrado. Don Diego de Valderrábano le comunicaba que, a las seis de la
+tarde, se reunirían en su casa varios amigos, a fin de pedir permiso al
+Corregidor para enterrar ellos mismos el cuerpo de Bracamonte; y en muy
+graves palabras le invitaba a acompañarles en la demanda.
+
+Aquella noche algunos caballeros enlutados atravesaban la ciudad a la
+luz de las hachas, llevando sobre los hombros largo ataúd, que fueron a
+depositar en la capilla de Mosen Rubí. Valderrábano, al dejar la
+iglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y lloró tiernamente.
+
+
+
+
+III
+
+
+Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres visiones le robaban el
+sueño, y los pormenores del suplicio se reproducían en su memoria,
+suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir con aquella
+valentía. Sin embargo, en caso semejante, él hubiera hablado a la
+muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos extraordinarios.
+Pero, por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero hacíale
+meditar en el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto,
+que, a la vez que dispensaba los más grandes honores, podía suprimir la
+existencia más bizarra con un trazo de péñola.
+
+A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a señalar las rendijas
+de la ventana, el amor de Beatriz se encendió como nunca en su pecho.
+Pensó en ella apasionadamente. Pensó con frenesí en el goce de vivir y
+de amar, animando junto a él la ilusión de una boca bajo la suya, de
+sedosa cabellera perfumada, entre sus propias holandas.
+
+Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a la
+doncella. Consideró que las personas que venían todos los días a dar el
+pésame por la muerte de don Íñigo le ocuparían la tarde. Era menester
+escapar. A la una comenzó a engalanarse. Cuando el criado le echaba por
+fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo atrencillado, una
+dueña vino a decirle que Beatriz subía las escaleras, y que, no estando
+ataviada aún doña Guiomar, era necesario entretener a la visita.
+
+--¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!--exclamó Ramiro para su coleto; y dando un
+último toque a sus cabellos, salió de la estancia.
+
+Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues los demás habían sido
+desguarnidos por los usureros. Reflexionó, sin embargo, que, a pesar de
+su vejez y abandono, aquel salón trascendía a grandeza grave y a rancio
+abolengo. Levantó el cerrojo y entró.
+
+Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada según el estilo
+flamenco, italiano y mudéjar de los tiempos del Emperador. Desde la
+muerte de doña Brianda del Aguila permaneció sin abrirse, como esas
+salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso misterio. Don
+Íñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias más fáciles de
+renovar. Decíase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros había
+celebrado su primera reunión clandestina; y por mucho tiempo corrió
+entre el vulgo la leyenda de que los espectros de los ajusticiados, se
+congregaban allí dentro, en las noches de luna. Por eso tal vez, nadie
+quiso habitar aquella casa durante un cuarto de siglo.
+
+Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos habían temblado
+sobre los cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se abriesen las
+puertas para velar en el antiguo estrado de doña Brianda el cadáver de
+su padre.
+
+Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus muros
+viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras y
+coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se desprende y
+retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se veían
+sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños, bufetes, contadores,
+donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa
+adherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la concha.
+¡Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las
+colgaduras, cubiertas de telaraña, pendían con hipnótica apariencia, y
+el polvo aclaraba, a manera de luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro,
+al entrar, oyó carreras furtivas bajo los muebles. Un taladro dejó de
+roer.
+
+La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes,
+dividía en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima,
+almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos femeninos.
+Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía perdurar a manera de
+viejo perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos de las
+ancianas.
+
+¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel carcomido aparato no
+esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse de súbito.
+
+Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia.
+
+Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba aún la ceniza de los
+últimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas en la
+galería, y Beatriz apareció vestida de negro y olorosa como un sahumador
+encendido.
+
+Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dejó caer su manto
+hacia atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba, quedose en la estancia
+vecina.
+
+--¡Solos!--se dijo el mancebo.
+
+Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa estremecía en torno de
+ellos lo ignorado. La niña miró con extrañeza los muebles y las
+colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego púsose a
+observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y sintiéndose
+incapaz, bajo la viva emoción, de formular algún concepto cortesano,
+Ramiro profirió:
+
+--Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres, que
+murieron hace mucho.
+
+Hizo una pausa y continuó:
+
+--¡Nosotros también pasaremos como ellos, Beatriz!
+
+Y al pronunciar esta frase hundió su mirada en los ojos de la doncella
+con doble y profunda expresión de sensualidad y de tristeza.
+
+Una de las pinturas representaba un busto de mujer. Listada caperuza
+adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos.
+
+--¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa! ¡Antes morir!--observó
+la niña, agregando:--Mirad: tenía en el cuello un lunar como el mío.
+
+Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su
+garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella blanquísima
+piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa pimienta.
+
+De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de baile,
+Beatriz exclamó:
+
+--¡Basta de muertos!--agregando con cortesana sonrisa:--Bien sé que sois
+de sangre muy clara y que podéis referir grandes cosas de los agüelos;
+pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día.
+
+--Tiempo queda--repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas
+inesperado rubor.
+
+--Mi padre--añadió Beatriz,--siendo un mancebillo, marchose a la guerra.
+Esto lo digo sólo por aguijaros.
+
+--Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la
+guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los peligros,
+ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte.
+
+--Incomprensible os volvéis.
+
+--Decidme--exclamó Ramiro sonriendo:--¿qué batalla habrá por el mundo
+más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro corazón, qué
+infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi señora?
+
+--Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo decís de vero.
+
+Los dos callaron.
+
+Estaban ambos vestidos de terciopelo negro atrencillado con aforros de
+seda, y sólo sus rostros y sus manos recogían la claridad escasa de la
+penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpúsculos, entraba tras una madera
+entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una gran tapicería
+que atrajo la mirada de Beatriz.
+
+Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno y otro hicieron una
+mueca involuntaria. Respirábase allí rara hediondez. Ramiro comprendió.
+Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor respirado, al llegar
+de Salamanca, en el cuarto de don Íñigo; y toda duda quedó desvanecida
+al advertir sobre el suelo las gotas de cera de los hachones.
+
+La tapicería representaba un asunto de amor. Ramiro la había descifrado
+días antes, con el auxilio de un padre dominico. Veíase, hacia la
+izquierda, a María Padilla, la favorita de don Pedro, sentada en
+fabuloso jardín, amarillo y azul. Un pavo real abría su fastuosa
+pantalla junto a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el
+hombro de la dama, el Rey de Castilla, vestido de rojo capisayo
+descolorido, enseñábala sobre el dedo un halcón montano con capirote de
+púrpura. Una ondulación, un aliento espectral parecía mover por
+instantes la tela.
+
+Ramiro dijo brevemente lo que había leído en las historias sobre
+aquellos amores, y a él mismo le pareció que sus palabras diseminaban
+lúbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se encendieron.
+
+Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes figuras, y sus retinas
+sólo tomaron el vivo bermellón de aquellas dos bocas intactas, que
+parecían retardar la voluptuosa caricia en los años.
+
+Ramiro pensó que de un momento a otro podía llegar alguna persona, su
+madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a solas, que no
+volvería tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Preparó en su espíritu la
+frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a los pies de aquella
+mujer. Dio algunos pasos hacia el muro para recobrar su entereza. Un
+ángulo de la tapicería estaba doblado hacia adentro; él lo cogió
+maquinalmente e hizo dar a la tela brusca socollada. Entonces sucedió un
+hecho harto extraño: envueltas en una nube de polvo, inesperadas,
+sorprendentes, salieron por debajo de la colgadura innumerables
+polillas. Era un verdadero enjambre espantado, indeciso, de maripositas
+grises, hechas como de tierra, que desprendían una arena finísima al
+volar y resplandecían por instantes, a modo de luciérnagas, en el rayo
+de sol.
+
+Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre los vestidos de
+Beatriz, adhiriéndose al jubón y a la saya y cubriendo su manto. La niña
+repetía el mismo ademán de repugnancia y de miedo, sin atreverse a
+tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los quitaba, uno a
+uno, entre sonriente y avergonzado.
+
+Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas aleteaban sin cesar. El
+mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasándola el brazo por
+detrás de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el rostro, y,
+en medio de toda la vejez, de la descomposición, de la muerte que le
+rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda
+juventud, toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca, aquella
+boca roja de Beatriz, que el demonio carnal la había enseñado a salivar
+brevemente, y a ensanchar y contraer, de inquietante manera. Ramiro
+cercó con su brazo el cuello de la niña oprimiéndola con dulzura. Sintió
+entonces el impulso frenético de poner sus labios sobre los labios de la
+doncella, de beber y morder en ellos el amor, la lujuria, el delirio,
+¡locamente!, y la atrajo por fin hacia él con rabiosa vehemencia.
+
+Beatriz lanzó un grito:
+
+--¡Alvarez!
+
+Uno y otro volvieron el rostro. La dueña contorneaba su forma ancha y
+sombría en el luminoso vano de la puerta, que acababa de abrirse.
+
+--¡Las polillas! ¡Las polillas!--volvió a gritar Beatriz, sacudiéndose
+el manto.
+
+Un instante después, cuando la dueña terminaba apenas de borrar en los
+vestidos de su señora la última señal de los insectos, un lacayo vino a
+decir que doña Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no quiso
+acompañar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a evitar en
+aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con muda
+reverencia, y se alejó por los corredores.
+
+ * * * * *
+
+Aquella tarde, aquella noche y en los días que siguieron, Ramiro recordó
+sin cesar el coloquio del estrado.
+
+Parejas con la tiránica pasión, su orgullo viril crecía ilimitadamente.
+Ni una brizna de desconfianza brotó en su cerebro, ni una sola reflexión
+adversa. Sentíase más seguro que nunca. El grito de Beatriz no fue sino
+el clamor de su voluntad totalmente rendida. La había sentido vibrar
+entre sus brazos con el mismo estremecimiento de la sarracena y otras
+mujeres, cuando él las atraía para besarlas; y parecíale llevar aún en
+la mano el loco latir de aquel corazón bajo el duro azabache.
+
+En cambio, él también quedaba herido por Beatriz, y quizá para siempre.
+Ya no podía concebir el resto de su vida sin el amor y la total posesión
+de la doncella. ¿Para qué soñar, ambicionar, afanarse, si no lograba la
+caricia que acababa de escapar a su ansia? ¿Qué era el mundo y sus
+loores sin aquella victoria? ¿Cómo soportar que otro hombre?...
+
+Su ensueño amoroso oscilaba entre el arrobamiento y las fiebres impuras.
+Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las beatitudes de la
+pasión ideal; otras, la sangre clamaba impaciente por la suprema
+codicia. Ora soñaba que sus labios sorbían el éxtasis en los labios de
+su amada, cual paradisíaco rocío; ora, que sus deseos eran las abejas
+temibles cayendo en enjambre sobre una fruta entreabierta.
+
+Luego imaginaba lo que haría, cuando fuera su esposo para apartarla de
+la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus galanes: La
+llevaría a un país muy lejano, a alguna ínsula salvaje; o se encerraría
+con ella en una morada que no tuviese más abertura que el ferrado
+portón, para no dejarla salir sino muy de mañana a la iglesia más
+próxima, bajo un manto amplio y espeso que la ocultara todo el rostro y
+sólo dejase a los demás su sombra pasajera y arrebujada. Si alguno osaba
+requebrarla al pasar o seguirla con descaro, ya sabría él despacharlo al
+otro mundo por el más listo de los correos, con una oblea harto roja en
+medio del pecho.
+
+Una noche, metido en la cama, fuese quedando dormido sin apagar el
+candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado con Beatriz y
+era capitán de corazas en alguna tierra de América. Encontraba un tesoro
+inmenso, cientos de vasijas sepulcrales repletas de oro. Salvaba al
+ejército en una terrible sorpresa. Ganaba él mismo numerosas batallas.
+Era hecho Virrey...
+
+Al día siguiente un alguacil de la Santa Inquisición diole, en su propia
+mano, una cédula por la cual se le llamaba a testificar, por segunda
+vez, en el proceso de los moriscos.
+
+
+
+
+IV
+
+
+Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano creyó sentir el acecho
+de las peores especies demoníacas descritas por los teólogos. Su ánima
+brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más obscuras regiones
+de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba continuamente. Su
+elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el más profundo
+convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la vida, en
+el desvío total de todo goce, de todo triunfo.
+
+¿Hacia qué corredor lleno de celadas había enderezado sus pasos? ¿Qué
+escalera de maleficios habíase puesto a descender a la vejez? Todo se le
+tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice Laoconte sofocado
+por la serpiente.
+
+--¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!--exclamaba a veces, dirigiendo la
+mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento de la
+divinidad.
+
+Por el contrario, en los instantes de contrición, acusábase a sí mismo
+de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgías de otro
+tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las riquezas, su
+desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador
+empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de
+crímenes.
+
+La adversidad había esperado para llagarle el corazón los años de
+senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo mundo
+material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas
+familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil colgadura,
+un paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga,
+exhalaban a veces, para él un sentido perturbador, vahos de espanto y de
+demencia. Hubiérase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle
+lúgubres presagios.
+
+Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las penitencias, inventó
+cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en incesante
+plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse con
+el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose con tremenda
+incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La eternidad de los
+castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba
+su mente. Entretanto, Jesús y la Virgen ya no eran las claras figuras
+desprendidas de los cuadros de Italia, sino luengos y pálidos espectros,
+bañados en un sudor de purgatorio, y cuyas pupilas parecían contemplar
+continuamente el dolor de las ánimas condenadas.
+
+Aquel caballero filósofo, que se había burlado siempre de los bajos
+temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras había sido la
+mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de miedo, y
+temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El anochecer era la
+hora terrible. La última luz del crepúsculo, agonizando estremecida en
+los interiores, le sumergía en ansiedad inexplicable. A veces, imágenes
+de cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecían en la
+penumbra; llamaba entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando
+cerrar las ventanas, hacía encender sobre las mesas, sobre los
+contadores, sobre todos los muebles, numerosos candelabros, candelabros
+traídos de todas las estancias. Pero aun en medio de aquella
+deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que reverberaba en su
+rostro, veíasele palidecer y pasarse la crispada mano por la frente,
+como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visión.
+
+No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaños
+cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante la
+bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor festines y
+cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea promesa de
+hacerle otorgar, en la primera ocasión, una silla en el Consejo de
+Italia. Luego, cuando la estruendosa caída del privado, y aun después de
+la fuga, el caballero avilés, fiel a sus principios de lealtad, fue
+quizás el único palaciego que osara defenderle. Esto bastó. Una consigna
+sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo sufrir toda suerte de
+humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le vejó ante las
+damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos eclesiásticos
+le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera por mero
+esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el dogma. Estaba
+perdido. Aquel hijodalgo que creía no conocer el miedo conoció el
+terror, un terror sobrenatural, un terror por encima del coraje del
+hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey.
+
+Su varonil empaque tomó entonces un aspecto doblegado y taciturno. Su
+tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas reaparecieron.
+
+En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el Greco, hízole su
+retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el secreto
+íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el
+artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor,
+de la melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro
+amarillado y patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones
+extremas desecaba la carne y atosigaba y torcía los humores. El iris y
+la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido
+transparente, que parecía renovarse sin cesar, como el de una mirada
+viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como si luchara por
+contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano disfrazando a
+medias la honra colérica, el brío estrangulado.
+
+Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz de religiosa
+esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del cuadro.
+
+Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la ancianidad,
+determinó refugiarse en su propia mansión, contando repartir los años
+que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo de los
+tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las señoriles estancias,
+nuevos infortunios, cada vez más inesperados y violentos, vinieron a
+buscarle allí mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su
+linaje y hasta su último resto de dicha en la tierra.
+
+Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre mundano.
+La educación que él la diera no había consistido sino en ceder a todos
+sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su veleidoso
+espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno
+gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le pareciese al
+hidalgo la más razonable exigencia. Con esta blandura corruptora creía
+agregar al propio afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento
+de su única hija habíala costado la vida.
+
+Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas que
+se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a la juvenil
+embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel pelinegro a
+cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña sabía apenas
+deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su séquito de dueñas,
+antes la servía para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que
+para custodiar su persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la
+corte, Beatriz gobernaba el solar a su antojo, cual infanta levantisca.
+Sin embargo, doña Alvarez, que había aprendido su oficio en las grandes
+casas de Madrid, solía dirigirla, ante los extraños, severos
+apercibimientos, que ella escuchaba con mohín mentiroso de enfado,
+comprendiendo que todo aquello contribuía a presentarla como una joya
+delicadísima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las más
+atildadas precauciones.
+
+De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a llenar Beatriz su
+misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada vez más
+ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de
+fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera
+quintaesencia de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto
+para el amor desapareció de su menuda persona, no quedando sino lo
+vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado de especia,
+el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo innumerables deseos.
+
+A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba casarla temprano, con
+algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro se le
+impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel descendiente de
+ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le
+inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las más heroicas
+empresas. Además, había notado que cada vez que pronunciaba su nombre
+delante de Beatriz, el rostro de la doncella se coloreaba al pronto de
+instantáneo rubor. Llevola tan sólo una vez a la corte para no poner en
+peligro su propósito, y trató de alejar a los hermanos San Vicente, cuya
+familiaridad debía inspirar a Ramiro perpetua desconfianza. Para esto
+ordenó a doña Alvarez que, así como Gonzalo o Pedro se presentasen de
+visita, estando él ausente, les hiciera decir que Beatriz no podía
+recibirles mientras su padre no regresara de la corte.
+
+El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pensó que
+fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una taberna, quiso entrar
+de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la espada; pero los
+porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron inconmovibles.
+
+Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro: el soborno de doña
+Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en
+doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el
+mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva
+Celestina de prodigiosos ardides.
+
+El rumor de aquel violento desaire corrió por la ciudad y fue el origen
+de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca tomó a su cargo la
+venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a más del cargo
+de comisario del Santo Oficio, serían armas sobradas para abatir algún
+día la soberbia de su pariente.
+
+Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontró sobre un
+bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a los criados y a las
+dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma alguna, que Ramiro
+era hijo de moro. Riose de aquella ridícula especie, y mientras
+despedazaba el papel, recordó la anterior invención sobre la complicidad
+del mancebo con los conspiradores de la morería. Los meses pasaron. Por
+fin, pocos días antes de la muerte de don Íñigo, volvió a recibir un
+billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar
+de la Hoz y de un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio
+y a tal hora, se le haría conocer toda la historia del nacimiento.
+
+Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompañado de un solo lacayo.
+Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnación, donde el rumor de
+una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le pareció que había
+sido burlado, un hombre menudo y encogido salió por detrás de una
+encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en mano, y
+acechando al hablar con sus ojos pequeños y vivos todo el contorno,
+repitió la historia que Medrano le había referido, en lo alto de la
+torre, durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los
+más verosímiles indicios, y afirmaba que cuando doña Guiomar se había
+casado con el caballero Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro.
+
+Sólo entonces, relacionando con aquella narración ciertos pormenores que
+él había observado indiferentemente en casa de don Íñigo, concibió don
+Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada tan misteriosa del padre
+y la hija para no volver, nunca más, a su casa de Segovia; en el
+nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral
+que llevaron durante algunos años; en la constante melancolía de doña
+Guiomar; en la escasa afección del anciano por su nieto; en el silencio
+que rodeaba la memoria de aquel Lope de Alcántara, muerto, sin embargo,
+tan gloriosamente por su Rey. La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué
+hacer? Había un medio de saberlo: preguntárselo derechamente a don
+Íñigo. Pero su viejo amigo estaba concluyendo.--No importa--se dijo, y,
+aquella misma tarde, se dirigió a la casa del moribundo.
+
+El anciano estaba rígido en el lecho. Como se esperaba su muerte por
+momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que prescribía para
+aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el mismo
+cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda había exhalado
+el último suspiro.
+
+Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron, el
+moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces Blázquez
+Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos de
+saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y
+venía a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les había ligado
+hasta entonces.
+
+--Vuesa merced se va--exclamó;--pero yo quedo, y solamente la palabra de
+vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.
+
+Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refirió la
+denuncia que acababa de llegarle.
+
+--Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una villana calumnia; pero
+en caso contrario--añadió don Alonso acercando su rostro al rostro del
+anciano y tomando el tratamiento familiar,--en caso contrario, vos, mi
+grande amigo, no permitiréis que esa desventura se extienda hasta mi
+casa. Por Nuestro señor Jesucristo, decidme, aquí a solas, agora que
+nadie nos escucha: ¿es esto verdad?
+
+Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo, como si su espíritu
+flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos,
+donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil y
+triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los párpados, un
+humor abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después, entreabrió
+lentamente la boca, y una sola sílaba, pronunciada con fuerza, como por
+otro ser invisible, una sílaba que era todo un inmenso dolor, resonó en
+el silencio:
+
+--¡Sí!--dijo don Íñigo.
+
+Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro mundo. Ultimo
+aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para siempre en
+el mar de la eternidad.
+
+ * * * * *
+
+Pocos días después aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y
+aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don Diego,
+habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San Vicente y su
+esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja
+de Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de
+Blázquez Serrano con los culpables hacía verosímil la denuncia, con sólo
+presentarle como a uno de esos vasallos hipócritas que dan su sonrisa al
+monarca y el corazón a los rebeldes, y se hacen encontradizos en
+palacio, justamente cuando va a estallar en algún punto del reino la
+mina que ellos mismos ayudaron a socavar.
+
+Una carta de su maestresala trájole la primer advertencia. Por ella supo
+don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de ministros de
+justicia había invadido su mansión, penetrando en todas las cuadras,
+revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el último escritorio
+y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de
+amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados habían querido
+impedirlo, pero el alguacil les había amenazado con la horca, invocando
+el nombre de Su Majestad.
+
+Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin pérdida de tiempo, para
+tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba
+hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados comprobaban
+su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y los vocablos. Por
+fin, la generosa intervención del prior de Santo Tomás vino a socorrerle
+al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa.
+
+Sin embargo, pocos días después de la ejecución de Bracamonte, y no sin
+prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso para Madrid, con
+el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchón y arrojarse
+a los pies del soberano protestando de su inocencia.
+
+Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y don Alonso prosiguió
+su viaje con una carta del Conde. Durante el camino, reclinado en los
+cojines del coche, fue componiendo en su mente dramático discurso, con
+el cual contaba conmover el corazón del monarca. Ensayaba la mímica y la
+voz, trocaba un vocablo por otro, rehacía toda una frase y, lleno de
+confianza, cumplimentábase a sí mismo por el hallazgo de un epíteto más
+culto o de un hipérbaton más elegante.
+
+Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo Mayor
+le condujo.
+
+El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y llenos estaban los
+vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos, de
+cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se movía
+con actividad silenciosa y grave.
+
+El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico donde eran recibidos los
+embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de ungüentos
+medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el fondo.
+En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un hombrecillo
+hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray Diego de Chaves,
+acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar hacia el campo.
+
+El monarca más poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero,
+estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre un
+taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando sin
+cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a su
+izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y espolvoreaba
+de arenilla la reciente escritura.
+
+Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez había cobrado opaco
+blancor de yeso humedecido.
+
+No se oía en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de las
+péñolas en el papel.
+
+Afuera el aire resplandecía y el cielo azul brillaba como un límpido
+esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por momentos el Rey levantaba
+la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios desteñía
+del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.
+
+Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emoción,
+desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura suspendida del
+muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de condenados y
+demonios.
+
+Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando llegó el
+momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante él la rodilla,
+don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey leyó
+brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada hacia
+adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del
+mundo, dejó escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas
+perceptible:
+
+--Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura--dijo--bien
+pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a vuestra
+vista.
+
+Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su memoria;
+pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razón, inhibida de
+pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados, inocuos:
+
+--¡Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imaginé... soy todo
+inocente!
+
+El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron a moverse. Pero esta
+vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera podido distinguir
+una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un insecto, el mismo
+lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de otros
+soberanos.
+
+Por último, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del toisón,
+una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire señalando la
+puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán acentuose con un
+estremecimiento perentorio del índice. Toda réplica hubiera sido fatal.
+El caballero obedeció.
+
+ * * * * *
+
+Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas, en su coche, camino
+de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la sangre. Ya no
+quería seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido, buscaba
+sólo la forma de la venganza. Pensó con admiración y con envidia en su
+amigo Antonio Pérez; pensó en huir como él a una corte extranjera y
+lanzar desde allí contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor.
+De esta suerte haría eterno su nombre, y su honra vengada pondríase a la
+par de la grandeza del Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria
+abriose de pronto en su imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la
+figura sobrehumana de Felipe Segundo siguiéndole con la mirada a lo
+largo de los caminos. Todo su brío se desplomó. Hallose anonadado,
+vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo funesto.
+¡Ahora sí que su garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones
+palaciegas! Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo,
+de entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los
+cuatro muros de una celda.
+
+Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al cochero que se llegase
+al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el Prior.
+
+Era un mediodía frío y luminoso de fines de octubre. Los arrieros
+moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus botijos, echados
+panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas murallas y
+poderosos torreones parecía hartarse de sol. Reinaba en torno un sosiego
+resplandeciente y adusto. Don Alonso recordó el verso de Alighieri:
+
+ Loco e in Inferno detto Malebolge,
+ Tutto di pietra e di color ferrigno,
+ Come la cerchia che d'intorno il volge.
+
+Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del Silencio.
+Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba extendido de
+espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta, sonreía
+dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo,
+sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blázquez
+Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa
+admiración.
+
+Una hora después salía del convento resuelto a ingresar a las órdenes.
+
+Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subió
+cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando
+silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.
+
+¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su ánimo aquellos
+vastos salones, donde había aglomerado con obstinada pasión tanto objeto
+valioso, escogido y adquirido por él, en sus viajes!
+
+¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta ceguera, cuánta
+puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo realismo de
+la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar
+marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar
+ataujías ante la expectativa de la muerte?
+
+¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras,
+del aparato de las libreas!
+
+¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la veía
+ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse
+cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de
+la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana,
+lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas
+las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya
+un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un
+aparato caedizo y funesto de vanagloria.
+
+Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran su
+lecho.
+
+--Aún queda remedio--se dijo de pronto, y levantose bruscamente para
+hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente
+determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una
+puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz
+juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija!
+
+De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal
+cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la dueña
+que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la cabeza,
+entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:
+
+ Ventura quiso qu'os viese,
+ amor que luego os amase,
+ ausencia que n'os mirase
+ porqu'en veros no muriese:
+ todo lo hizo ventura,
+ ventura fue conosceros,
+ conosceros fue quereros,
+ quereros fue desventura.
+
+ Presentes penas mortales
+ causan dolor verdadero;
+ sus muestras hacen señales
+ del triste mal venidero:
+ la muerte siento venir,
+ porque ventura consiente,
+ qu'el grave dolor presente
+ descubre lo por venir.
+
+Con el último acento de aquella vieja canción castellana, doña Alvarez
+exclamó:
+
+--¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera vuestro galán para
+escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan regalada, que
+hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría las
+niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía.
+
+--¿De Ramiro dices?--preguntó la doncella.
+
+--Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna,
+soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le quisiera yo
+para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un ángel y
+el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez
+para dejarle hacer su deseo!
+
+--¿Qué nuevo presente os ha enviado el regidor? ¿Qué manto, qué sortija,
+qué conservas?
+
+--¿A mí con eso? Bien sabe Dios cuán limpias están aquestas manos
+hidalgas de grasa corredera.
+
+--Es gentil hombre en verdad don Gonzalo--interrumpió Beatriz poniendo
+su índice en la mejilla, con pensativo mirar.
+
+Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó:
+
+--Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A las veces sólo quiero
+acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y qué celos me
+asaltan! Tengo celos no sé de quién, celos rabiosos de todos los
+estrados, de todas las celosías e aun de la fontana de la plazuela con
+sus mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis cabellos algún
+polvo de brujas el día aquel de las polillas?
+
+--Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas del
+arrabal, que han debido enseñarle, de seguro, los filtros, el
+aojamiento, las nóminas y todas sus tretas malditas.
+
+--Sois una perra--como dice Leocadia.
+
+--Buena borrasca es ella.
+
+--Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensar
+en Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está escondido en algún
+rincón de mi cámara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones;
+y a la mañana siguiente huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso lo es
+en verdad el señor regidor. Me quiere desde que yo era ansí, ansí, y qué
+rendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San
+Vicente no vale dos habas.
+
+--Eso dirá--interrumpió la dueña;--pero yo recuerdo haber oído afirmar
+al señor canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, que
+los señores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó mucho
+con los moros, y vienen de una María de la Cerda, y cuentan con dos
+condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de
+la capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no va predicando
+la alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose nunca
+un mancebo más cortés, más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas,
+cuál otro danza y tañe como él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía,
+en música un Orfeo. Y qué recato para penar, qué constancia en el
+querer. A mi fe, señora, que si él no consigue hablaros una vez tan
+sólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor al galán más
+gentil que jamás vieron los ojos.
+
+--Eso no podría ser sin daño para mi honra--repuso brusca y nerviosa
+Beatriz.
+
+Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:
+
+--Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él más
+parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio
+Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana
+vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar
+mi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente
+con su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la
+gran pluma negra que estila--agregó figurándola con el gesto al costado
+de su cabeza.--Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando
+corro a la vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric,
+tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre
+dice que Ramiro desciende de los linajes más antiguos y claros de
+Castilla.
+
+--Tric, tric, tac, tac--remedó burlescamente la dueña.
+
+--¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, con
+la jineta de capitán!
+
+ * * * * *
+
+Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momento
+en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente
+en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre
+capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo.
+
+Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva,
+refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En
+seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó por
+decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:
+
+--¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísima
+sangre con sangre de moros!
+
+
+
+
+V
+
+
+Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.
+
+La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea los
+hierros, requema el musgo de los tejados.
+
+Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la áspera
+voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el monástico
+silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la
+obscuridad de su alcoba.
+
+Los gallos cantan roncos y soñolientos.
+
+Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón.
+
+--¿Qué ha sucedido?
+
+El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los
+paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de
+terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos
+los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la
+última baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los
+muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébano
+incrustada de marfil y una silla de roble.
+
+La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olor
+habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquella
+desvastación.
+
+Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos
+nuevamente de la pared.
+
+Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro está
+más enjuto, la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda su
+persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus
+negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus tacones.
+
+La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el
+respaldo de la silla.
+
+Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la conspiración
+imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espuma
+contra los obstáculos, a manera de bravo torrente.
+
+¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y cubrirle de infamia.
+Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de haberse
+quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San
+Vicente y el alférez, por la rabia de los celos; y los demás, por el
+envidioso temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo explicar
+si no, la insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quién
+podía pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz de
+semejante atentado contra Dios, contra el reino, contra su propia honra?
+
+Entretanto, reconfortábase al recordar el despreciativo gesto con que
+había respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseado
+quedarse ahí, sin agregar una sola palabra, mirándoles fieramente desde
+lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador Quiroga señaló con
+maliciosa expresión la daga sarracena que habían encontrado en la gaveta
+de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el comienzo,
+haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa, describiendo la
+escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y
+explicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una
+honrosa prenda de su jornada.
+
+No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, la
+infiel, su propia víctima, casi enloquecida por el tormento, en vez de
+tomar la venganza que se le brindaba tan fácil y terrible, confirmó su
+relato y su inocencia, acusándole de pérfido cristiano y de mal
+caballero, que no había sabido respetar la palabra comprometida.
+Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de angustiosa
+pasión que la sarracena le dirigió, por última vez, al ser arrastrada de
+nuevo a la tortura.
+
+Vino luego la declaración del Canónigo, y no volvieron a molestarle.
+
+Ya quedaba libre; pero ¡quién quitaría de su honra la mácula de
+semejante calumnia! ¡Ah, un agravio alevoso como aquél merecía,
+asimismo, secreta venganza! Pensó en Gonzalo, y, como si su espada fuera
+parte viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado
+acero una fruición homicida, bárbaro goce de sangre y de muerte.
+
+Detúvose un momento, y aproximose a una de las ventanas. El cuadro
+invariable que había contemplado tantas veces desde la infancia se
+manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del alto
+cerco almenado que suprimía todo horizonte; la adusta soberbia de los
+caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el
+entretejo de odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y
+villano de la existencia comunal que cada minucia recordaba, y, en fin,
+tanta sordidez, tanta monotonía, saltáronle a los ojos haciéndole
+considerar la estrechura de cárcel que había bastado a su ardimiento.
+
+Las palabras de Beatriz en el estrado le volvían a la memoria. ¡Sí, era
+preciso dejar alguna vez la alcándara y volar hacia la heroica cetrería!
+A él mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre al de
+aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna
+bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de
+Flandes.
+
+¿Qué había realizado hasta ahora que mereciera inscribirse en las
+crónicas? ¿Qué eran sus mejores hechos sino proezas de niño? Esta
+reflexión hízole sonreír con ambiciosa amargura, mientras sus ojos,
+enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lágrima.
+
+Resolvió, allí mismo, marcharse a Cartagena, por ver si encontraba
+todavía al capitán Antonio de Quiñones, ¡Quién sabe si no topaban al
+poco tiempo con alguna flota turquesca!
+
+Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo
+alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada
+le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había abandonado el
+mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y acababan de
+enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en la
+ciudad de Córdoba.
+
+Sentose ante la mesa.
+
+El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas.
+
+--Las tres--se dijo,--y el paje no llega con la merienda.
+
+Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues
+todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de
+diamantes para Beatriz.
+
+¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento
+cincuenta ducados?
+
+La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la
+mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las
+berzas que trajo Casilda!
+
+¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El
+hambre era santa.
+
+La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color
+de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un
+cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas
+de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.
+
+--¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?--preguntole Ramiro con
+sequedad, sospechando alguna trapacería.
+
+--Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son:
+ingenio, audacia y presteza--respondió el pícaro, remedando la gravedad
+de los doctores.
+
+En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los
+ecos del caserón.
+
+--Son los genoveses--exclamó Ramiro.--Corre a abrilles, Pablillos. No
+puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.
+
+--Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos
+dones de nuestra redonda madre--replicó Pablillos; y se retiró por la
+galería columpiando la canasta encima de su cabeza.
+
+Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano;
+Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al
+cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda
+contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como
+si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de
+un pájaro, el milagroso mendrugo.
+
+La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole:
+
+--Muchacho: ¿buscas amo?
+
+Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso,
+con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño.
+
+Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando
+él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se
+le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las
+mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso
+conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos
+puntales de su decadencia.
+
+Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los
+nudillos.
+
+--Entrad--dijo Ramiro.
+
+Y los genoveses se presentaron.
+
+Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El
+uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles
+y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz
+avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo
+de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias
+sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia
+los margaritaios.
+
+El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:
+
+--Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.
+
+--No he menester--respondió Ramiro guardando el talego.
+
+--Su señoría sabe--agregó el prestamista--que el último día de cueste
+año deberá dejar el palacio.
+
+--Sí--respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como
+invitando a los genoveses a que se retirasen.
+
+El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna
+cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y
+exclamó:
+
+--Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte
+ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las
+ritornaremos por poco más.
+
+Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había escuchado? ¡Vender los
+retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo
+brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo hecho de la
+ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para
+proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio?
+¡Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no!
+Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar,
+por unas viles monedas, aquellas imágenes, que él siempre conservaría,
+para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasión, de
+cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra.
+
+Dijo:
+
+--Sépase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina
+su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el oro que ha
+robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su
+puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de
+estos retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de
+las Indias.
+
+Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su gesto implacable, como si
+confiara en que el espíritu inmortal de sus antepasados acababa, de
+presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda.
+Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se
+alejasen.
+
+Un instante después llegaba Pablillos con la humeante colación.
+
+Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo
+deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie, junto a la silla,
+relataba su reciente aventura:
+
+A la hora en que los porteros duermen la siesta, se había dirigido a la
+tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego
+de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de
+tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque
+venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a
+la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla
+y paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las
+provisiones no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto,
+diciendo con enfado al mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con
+todo, galápago, que tenía orden de mi Señor de no lo recibir si no
+llegaba luego, luego.» Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el
+portero habló por la mirilla. El se adelantó sin vacilar y pidiole que
+le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que había entrado a
+guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que
+llevaba.
+
+Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la
+voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin tardanza
+su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y
+aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía
+que emprender al siguiente día.
+
+La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del sillón y los
+dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los instantes le
+parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que
+debía traerle Casilda.
+
+Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que aparecía y desaparecía,
+ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela, abordajes heroicos,
+armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón salió de la
+cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y todos
+devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la
+mesa. De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y
+a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los
+muros en instantánea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y
+cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo.
+
+Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha
+contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos
+retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la
+frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la
+palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda
+llamole:
+
+--¡Mi señor! ¡mi señor!
+
+La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de
+costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no
+había querido recibirla.
+
+--¿Pero supo--preguntó Ramiro--que yo te mandaba?
+
+La muchacha respondió con una sonrisa.
+
+--¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?
+
+--Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra
+merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al
+estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.
+
+--¿Eso dijo?
+
+--Eso, señor.
+
+--¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?
+
+--¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?
+
+Poniéndose en pie, el mancebo repuso:
+
+--Enfádome agora de veros tan necia.
+
+Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo
+mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose
+mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia,
+gritando:
+
+--¡Fuera de aquí la bellaca!
+
+Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se
+alejaba por la galería.
+
+¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El
+orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué
+inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle
+todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al
+torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y
+endechas, como el más rendido de los amantes?
+
+De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la
+cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:
+
+--Puedes irte a dormir.
+
+--¿No ha oído vuesa merced--preguntó el muchacho--algo así como un
+rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de
+huesos?
+
+--Estarase alguno robando la argamasa del muro.
+
+--No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún ánima ensabanada!
+¡Yo tiemblo!
+
+Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería. La piedra, el
+ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara
+noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas.
+Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.
+
+El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la galería; espectral
+claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los
+arcos temerosamente.
+
+Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía pensar sino en Beatriz,
+y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre el muro, o en el
+veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y sublime,
+confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda
+su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o
+entre las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La
+solemne dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía
+respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre
+las losas y desteñidas al par de los tallos por la fantástica ceniza de
+la luna. No se escuchaba el más leve murmullo. El sosiego era profundo,
+pero su espíritu no se sentía verdaderamente solo. Algo como el hálito
+de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios tenebrosos.
+
+Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la
+derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo arco ornado de
+rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella dirección,
+advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era
+Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado,
+cual si estuvieran humedecidos.
+
+Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella compañera de infancia
+cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también una mujer, mujer
+bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeñada a
+fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un breve
+signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera
+caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que
+entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él
+podía gozar allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa
+criatura vendría a henchir de deleite su noche solitaria.
+
+Pero no, su corazón estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por
+eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más tiránico, más
+exclusivo que nunca, como el único amor concebible.
+
+Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo
+sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz había espantado con
+su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y
+mariposeaba desde entonces por delante de su alma.
+
+
+
+
+VI
+
+
+A la mañana siguiente, a la hora de costumbre, Ramiro encaminose a la
+calle de Beatriz. Pasó y repasó muchas veces por delante del palacio. La
+ventana no se entreabrió siquiera.
+
+A la tarde salió por la Puerta de San Vicente y fue a sentarse frente a
+la muralla. ¡La figurita diminuta que asomaba de ordinario allí arriba,
+sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia él, no apareció, ni
+volvería a aparecer nunca más!
+
+En los días siguientes, recorrió, sin descanso, yendo y viniendo, la
+calle de su amada. ¡Cuán terrible desengaño el que bajó hasta él desde
+las verdes celosías! No hay lenguaje más cruel para el enamorado que el
+de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en
+nombre de una mujer.
+
+Un colérico estupor le exaltaba y le desconcertaba a la vez; ira
+inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un peñasco
+sobre el culpable. Por debajo de aquel desvío de Beatriz había que
+buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y víctima de
+la misma impostura. ¡Quién sabe qué sospecha habrían logrado incrustarla
+en el corazón!
+
+Sin embargo, no quería pensar por ahora en Gonzalo. Según su altiva
+costumbre, buscaba disimularse a sí mismo toda intención de venganza, de
+suerte que la cólera sólo estallara en el instante del infalible
+castigo.
+
+Quiso la casualidad que uno de aquellos días, al pasar Ramiro bajo las
+ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma calle en dirección
+a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa servidumbre.
+Ramiro le saludó con franqueza, quitándose del todo la gorra. El hidalgo
+bajó rápidamente los ojos y respondió apenas con leve inclinación:
+
+--¡Qué es esto, Santísima Virgen!--se dijo el mancebo.
+
+Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e interpelar derechamente a
+don Alonso. ¡Pero no!...
+
+Llegado a su casa, y ahondando cada vez más sus cavilaciones, creyó
+encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia agregábase quizá la
+noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habría sido informado; y quién
+sabe si los años, enfriándole el corazón, no le habían tornado
+calculador y avariento.
+
+Sobrevínole de nuevo el asco de aquel «ruin lugar», como le llamara, en
+cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad cárcel, según él,
+donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles; donde la excesiva
+proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades
+monstruosas; donde se vivía bajo continuo espionaje, y cada rendija
+tenía una mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde
+todo impulso generoso topaba con muros más agobiantes que los que
+retajaban el escaso recinto de la ciudad, y, donde, en fin, sólo podían
+librarse del desengaño y del hastío aquellos que tenían el ala asaz
+nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía
+el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para
+irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en
+Italia, en las Indias.
+
+A fuerza de meditar en su propia situación, asaltole un pensamiento
+irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que había recibido
+de los usureros al azar de un instante. Multiplicaría, tal vez, su
+caudal en proporciones fantásticas. Viose ya subyugando el capricho de
+la fortuna y asiéndola del pescuezo como a una mujer que se resiste.
+Llenaría su cofre y sería poderoso por algunos meses. Era todo lo que
+deseaba. Se creería en la ciudad que había logrado restaurar su
+patrimonio, y don Alonso volvería a abrirle los brazos.
+
+El había entrado una vez, en compañía de otro mancebo, a un garito
+próximo a la Puerta del Puente, donde acudían a diario muy principales
+caballeros de la ciudad. Allí se había encontrado con don Enrique
+Dávila, encerrado ahora en el castillo de Turégano por la conspiración
+de los pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo,
+con Antonio Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y
+Pedro de San Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echándose a los
+hombros la segoviana capa, se dirigió, precedido de su paje, a la casa
+de juego.
+
+La luna no había salido aún, y al bajar por la Rúa, hacia el Adaja,
+Ramiro contemplaba las constelaciones. ¡Quién hubiera podido leer en
+aquella escritura suntuosa y estremecida!
+
+A eso de las cinco de la mañana estaba de vuelta en su aposento.
+
+--¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a la tablajería o al
+arrimarse a la mesa?--preguntole el paje, continuando la plática que
+traían desde el portal.
+
+--Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice o
+no hice.
+
+--Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca y
+poníame a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oración
+que yo me sé, les sacaba todos los cuartos.
+
+--¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda?
+
+--No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo,
+con la hembra menos guardosa del mundo.
+
+Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle la
+capa, exclamó como espantado:
+
+--¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios!
+
+--Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.
+
+--¿La jugó también vuesa merced?
+
+--Juguela.
+
+--¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?
+
+--Todo.
+
+--¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones para
+mañana y los días venideros?
+
+--Eso piénsalo tú, que eres villano--exclamó Ramiro muy cerca de la
+cólera.
+
+--No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueron
+siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que
+destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a vuesa
+merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía.
+
+Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó con
+cautelosa humildad:
+
+--Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me ha dicho,
+ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores.
+
+Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luz
+para dormirse, repuso como entre dientes:
+
+--Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan...
+
+El resto de la frase perdiose entre las mantas.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinero
+de los genoveses, a quienes llevó los retratos con la primera lumbre del
+alba; pero después de referir los pormenores de la diligencia, le dijo:
+
+--Debo comunicar también a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela,
+topé con Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía estarme
+esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blázquez
+tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su
+hermano el mayorazgo le pasea la calle a la señora Beatriz, entrada la
+noche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede
+ser sino della, dándole una cita para hoy; pues a través de una
+antepuerta hale oído exhalar muchos suspiros, diciendo: «Sí, bella
+namorada mía. ¡Sí que he de ir! Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese,
+señor Ramirillo.» Y encargome no dejara de referir esto último, palabra
+por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa.
+
+--¿Quién acoge razones de un ebrio?--repuso Ramiro, desdeñosamente.
+
+Pero no por eso dejó de experimentar súbito calofrío que le bajó hasta
+las plantas.
+
+Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña situación, el menosprecio
+de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle su
+paje.
+
+El escudero palideció de pronto y, mesándose la barba, repuso:
+
+--Amor de niña, agua en cestilla--luego alzando la frente:--¿No será
+alguna treta de Franco, el campanero?
+
+Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de los moriscos, meneó
+la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatar
+el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y ciñose la
+espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la hoja,
+oprimió con ambas manos la guarnición sobre su pecho, para rezar de
+aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la
+empuñadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada,
+envainolo otra vez en silencio.
+
+Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a rondar la casa de
+Beatriz. Quería saber lo que pasaba, instante por instante, por si era
+verdad lo del billete. El por su parte iría a esperar junto a la Puerta
+de San Vicente, y Pablillos haría de correo.
+
+Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y su criado dejaron la
+ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, por
+la parte de Mediodía, al pie de los muros. El muchacho caminaba por
+delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estómago más
+hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura
+que hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos
+memoriales, y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanas
+de la señora, habría de seguro una gresca digna de las calles de
+Salamanca. El, por su parte, creía poseer las mejores piernas del reino;
+y, a no ser que le cegaran de improviso haciéndole entrar la cabeza en
+el vientre de alguna guitarra, como le había acontecido cierta vez,
+riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.
+
+La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en su sangre hervor de
+vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar a
+los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los collados. La
+primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; ¡verde y
+plateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol chispeaba en la
+mica de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río,
+fingiendo como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de
+Villatoro. Todo parecía impregnado de claridad y de matutino frescor,
+hasta el tañer de las campanas, el sonido de los yunques, y el cantar de
+los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de Santiago. Algunas
+mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y un perfume
+rústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno.
+Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena.
+
+Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, díjole al paje que
+esperara en aquel sitio, mientras él iba a situarse frente a la muralla
+del Norte.
+
+Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de las
+cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababa
+de salir de su casa en una silla cubierta, y que, según les había dicho
+un viejo lacayo, aquel señor, después de algún tiempo, pasaba la noche
+en el convento de Santo Tomás.
+
+La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con el rostro casi
+oculto por el ala del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular a sus
+pies bajo la vibración alucinadora de la penumbra.
+
+De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perdía la
+mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a las
+seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo
+instintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasión y de sublime
+violencia.
+
+El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria muriente el oro del
+cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron.
+
+Desolada melancolía bañó de pronto la imponente rudeza de la muralla.
+Ramiro imaginó que las torres se sucedían a espacios iguales, como los
+_paternoster_ del rosario; que las almenas figuraban las avemarías, y la
+Catedral, con su saliente cimborio, el hueco crucifijo lleno de
+reliquias de santos y caballeros.
+
+Cuando Pablillos volvió a presentarse sin ninguna noticia, su amo le
+manifestó que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y encaminose,
+en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraña.
+
+Al acercarse a la basílica hundió la mano en la faltriquera y extrajo el
+rosario de quince misterios que le había ofrecido su primer preceptor
+Fray Antonio de Jesús. Era un viejo rosario de Tierra Santa, cuyas
+cuentas, hechas de hueso de camello, habían sido ensartadas en fuerte y
+apretado cordón de seda blanca.
+
+«Lleva siempre contigo esta soga de estrangular demonios», habíale dicho
+el franciscano al ofrecérselo.
+
+La iglesia estaba sola y obscura. Una lámpara de plata ardía en la
+capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el extraño
+monumento dorado y azul de los Mártires. Bajó a la cripta. La milagrosa
+imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de
+pechos en el suelo, gemían hacia un rincón, cubiertas completamente por
+sus mantos, haciendo pensar en dos enormes murciélagos moribundos.
+
+Rezó con fervor los quince misterios, y cuando creyó que la sombra le
+permitiría caminar por las calles sin ser reconocido, se dirigió a la
+ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a pocos
+pasos de la casa de Beatriz.
+
+Esperó mucho tiempo.
+
+De pronto, un bulto humano rozole y pasó. Algo después vio llegar una
+ronda. Un corchete venía por delante meneando hacia uno y otro lado la
+humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza los
+semblantes de los ministros. Ramiro reconoció al alguacil Pedro Ronco
+por la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecían trazados con un
+tizón sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las
+espadas fuese alejando.
+
+Escuchose luego una voz:
+
+--¡Señor! ¡Mi señor!
+
+Era Pablillos.
+
+Refirió que, un momento antes, un hombre enmascarado se había detenido
+frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo que Medrano le mandaba
+con aquella noticia, apareció un nuevo enmascarado, el cual, acercándose
+al primero, le interpeló con dureza. Ya parecían irse a las manos,
+cuando acertó a pasar la ronda. Haciendo abatir las máscaras y arrimada
+la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoció a los dos
+hermanos San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundón que se
+alejara al punto, si no quería acabar en la cárcel. El mayorazgo
+retirose también; pero, según el escudero, no tardaría en volver al
+mismo sitio.
+
+Ramiro fue a colocarse en la esquina más próxima. Encontrándose allí con
+Medrano, dijo a éste y al paje que le dejasen solo.
+
+La luna debía asomar hacia el naciente, pues la muralla comenzaba a
+contornear por ese lado sus triangulares almenas.
+
+Más de una hora pasó Ramiro sin apartar los ojos de la casa de Beatriz.
+Parecíale por momentos que el postigo de la puerta se entreabría y se
+cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asomó por la abertura. Las
+blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doña Alvarez. Cada
+vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin,
+chistó quedo, muy quedo, varias veces. Nadie respondía. El postigo
+cerrose.
+
+Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no volvería tal vez a
+presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la calle, la figura
+de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al pie de las
+ventanas.
+
+Ramiro desenvainó la espada, y tomándola de la hoja por encima de la
+capa, adelantose, prestamente, rozando la pared más obscura. ¡Era
+Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetán,
+reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con
+hermoso joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, también,
+noches pasadas, en la casa de juego.
+
+Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la puerta con los nudillos,
+Ramiro, corriendo hacia él, asiole el brazo en el aire. Luego,
+estrujándole con fuerza la máscara sobre el rostro, acabó por
+arrancársela con rabioso tirón. San Vicente desenvainó a su vez, y
+exclamando: «¡Muera!», se arrojó sobre su rival. Pero éste le esperaba
+ya con el acero tendido.
+
+Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la espada, gritó de nuevo:
+
+--Pida perdón el alevoso.
+
+--Vos a mí, villano, por vuestras calumnias menguadas.
+
+--¡Muera entonces el perro morisco!--volvió a gritar San Vicente.
+
+--Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda.
+
+--No la he menester.
+
+--Pues busquemos, si os place, algún sitio más apartado, donde el rumor
+de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando que es el oro de
+vuestra bolsa.
+
+--Vamos donde gustéis.
+
+Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta calleja, en la
+dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros,
+que él había observado en uno de sus paseos.
+
+Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de
+plata entre la incierta claridad de la noche.
+
+Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro se detuvo y trató de
+violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por fin, después de
+un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoyó
+su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió desde
+arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de
+los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián,
+con su valiente cortesanía.
+
+Era una cantera abandonada. La roca, formando una sola mole en forma de
+colina, no había permitido levantar vivienda alguna sobre su pétreo
+caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la
+derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables.
+
+Deteniéndose en el paraje más llano, los dos mancebos derribaron al
+suelo sus capas. Gonzalo arrojó también lejos de sí la rodela que
+llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes
+transparentes, esparcía sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de
+amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla
+del plenilunio.
+
+Los aceros se cruzaron.
+
+Gonzalo paraba los golpes con maestría, acechando el instante. Ramiro, a
+su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca, con molinetes
+fantásticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida, dejaba
+rebrillar la dentadura.
+
+San Vicente, a pesar de su destreza sentíase vacilar ante aquella
+máscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y, por fin,
+temiendo que el corazón le flaqueara, hizo una falsa y enviole a Ramiro
+una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atravesó de parte a
+parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces,
+iluminado por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia
+adelante, para dejar aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y
+tomando su propia espada, como quien alza un puñal, clavósela de golpe
+en medio del pecho. Luego se la hundió ferozmente, a través del
+justillo, toda entera, toda, toda, hasta los gavilanes.
+
+Gonzalo exclamó:
+
+--¡Esto es hecho!
+
+Y, lanzando por la boca una onda negrusca, desplomose.
+
+Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante; y su cabeza, sin
+vida, se dobló, se acostó de lado, sobre la piedra.
+
+Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime de su rival, Ramiro
+elevó una oración jaculatoria a la Virgen de la Soterraña. ¡Estaba
+vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un
+goce inmenso y bravío. Sintió erguirse en la brisa, como una cresta de
+gallo, la pluma de su sombrero, y experimentó en los talones una extraña
+sensación de fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz,
+hacia la luna, el grito de guerra de sus mayores.
+
+Asaltado por súbito pensamiento, se agachó hacia el cadáver, y
+desciñendo las agujetas, sacó de entre el jubón y la ensangrentada
+camisa un billete sin sobrescrito. Lo desplegó. La claridad era débil;
+pero, al mirar hacia el cielo, observó que la luna iba a pasar muy
+pronto tras una grieta de las nubes. Poco después sus ojos leyeron las
+siguientes palabras:
+
+«Sírvase vuesa merced venir esta noche pasadas las once. Golpee primero
+tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo le abriré.
+Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi señora
+irá luego a hablar con vuesa merced.
+
+»Vuestra fiel servidora, _Alvarez_.»
+
+Tomose la frente con ambas manos, ¡Era posible! ¿Sería verdad que
+Beatriz?... ¿No habría en todo aquello algún ardid infame de la dueña?
+Fácil era saberlo. Contuvo su meditación, e, instantáneamente, con
+nerviosa premura, cambió su negro sombrero por la gorra de Gonzalo.
+Arrastrando en seguida el cadáver hasta el borde de una cavidad que
+negreaba al pie de los muros, empujolo con el pie reciamente para que
+rodara hasta el fondo. Luego, recogiendo la clara capa del muerto,
+embozose con ella, haciendo de lo suyo un lío que apretó bajo el brazo.
+
+Cuando se disponía a saltar de nuevo la tapia, vio asomar por detrás dos
+rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y Pablillos, que
+habían presenciado desde allí toda la escena. Al caer a la calle, el
+escudero recibiole sobre su pecho, exclamando:
+
+--Famosa estocada, ¡voto a Cristo! Huyamos, huyamos presto, no sea que
+vuelva la ronda.
+
+Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a esperarle al solar,
+y, dándoles la capa y el sombrero, enderezó resueltamente a la casa de
+Beatriz.
+
+Llegado ante la puerta, advirtió en el suelo la mascarilla negra de
+Gonzalo; cogiéndola con presteza se la puso en el rostro.
+
+Golpeó tres veces y luego otras dos con los nudillos. El paño de la capa
+desprendía afeminado perfume. Su espíritu comenzó a divagar. Vio y dejó
+de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con hilo de oro y
+piedras preciosas. Observó que los clavos de la puerta figuraban cabezas
+de leones. Llamó de nuevo. El exceso de emoción le embriagaba. Por fin,
+el cerrojo crujió levemente y el postigo entreabriose; doña Alvarez
+asomó la cabeza, y después de haberle observado un instante, le dijo en
+voz baja:
+
+--¡Albricias, señor don Gonzalo!
+
+Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la mano con
+impaciencia:
+
+--Presto, presto--agregó;--cruce vuesa merced el patio y el huerto, y
+suba a la torre.
+
+Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, desde cuya plataforma había
+visto atardecer siendo niño, en compañía del enano, apoyó su espalda
+contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le
+inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emoción, comparables al
+comienzo de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura
+de la noche hacíale sonreír.
+
+Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero.
+El convento de la Encarnación, con sus tristes paredes pálidas, adormía
+en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de
+pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso huerto
+de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo,
+dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los
+ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora.
+Un perro latió de modo lúgubre al pie de la muralla.
+
+De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de vestidos.
+
+Ramiro se irguió.
+
+Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la
+torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La pálida tez
+de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus lustrosos
+cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco pavón
+de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás,
+vibrando en el aire cual doble serpiente.
+
+Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la
+tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio
+cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levantó el
+rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante. Sus
+labios parecían sorber la fluida claridad que bajaba del cielo.
+
+Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella aparición. Todo su ser no
+fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira para devorar el velo
+cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su señora,
+divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha;
+olvidó el papel de doña Alvarez y el drama reciente; olvidó como un
+ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la
+máscara que ocultaba su rostro; y pareciole que, después de un sueño
+desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y señor, sobre
+la torre de encantado castillo. Caminó hacia ella y asiola con dulzura.
+Beatriz se resistió débilmente; ¡en su labio, humedecido, temblaba una
+lucecilla azul, una gota de luna!
+
+Fue al principio un beso ideal, casi incorpóreo, tomado con el aliento,
+en la quietud, en la altura, sobre el sueño de la ciudad y las tierras;
+pero, al pronto, el indeciso contacto acabó por despertar los sentidos,
+y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino
+furor. Beatriz gimió sin poder esquivarse, mientras Ramiro sentía correr
+por su cuerpo sobrehumano deleite. ¡Al fin lograba la ansiada, la soñada
+caricia! ¡Era el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces
+imaginado! Pero, de pronto, en medio de aquel loco transporte, un
+relámpago de razón brilló en su cerebro. La realidad acababa de herirle
+de súbito. Fue algo espantoso. Con la boca estremecida aún sobre el
+rostro de la doncella, pensó de repente que estaba con la capa y la toca
+del muerto; que llevaba sobre el rostro una máscara; que Beatriz creía
+hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, ¡que aquel beso era el beso de
+otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a
+otro hombre!
+
+En ese instante la niña, levantando su rostro, exclamó con pasión:
+
+--¡Ah, Gonzalo, cuán dichosa me hacéis!
+
+Y tendió de nuevo su boca insaciada.
+
+Ramiro recibió de lleno el aletazo de la demencia. Todo su ser rechinó
+cual la hoja ígnea que el espadero sumerge de golpe en el agua. Sentía
+que su mente giraba en una vorágine de negrura, y escuchaba dentro de su
+cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo
+sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: ¡el
+exterminio, la muerte!
+
+Tomó, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo beso de Beatriz,
+devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella gritó entre
+los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logró por fin
+desasirse. Entonces el mancebo, quitándose de golpe la máscara, rugió
+dos veces:
+
+--¡Ramera! ¡Ramera!--enseñándola el rostro.
+
+La niña no pudo modular ni una sola palabra. Su boca, entreabierta,
+negra de horror, dejó escapar un quejido sordo, aciago, indefinible. El
+echose sobre ella, arrollándola al pie del parapeto y tapándole la boca
+con el manto para ahogar sus gemidos. Buscó su daga, y ya iba a
+desenvainarla, cuando un instinto rápido le contuvo. ¡Una correa!, ¡un
+cordel! ¿Dónde? Algo que pudiera anudarse. Intentó locamente
+desprenderse el cinturón, las ligas, los tirantes de la espada, el mismo
+cintillo del sombrero. De pronto su mano convulsa rozó las cuentas del
+rosario de Fray Antonio que colgaba de la faltriquera, e inspirado por
+el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los dientes junto al
+crucifijo, dejó caer algunas cuentas, y envolviéndolo al cuello de
+Beatriz, tiró con ambas manos, tiró en uno y otro sentido, hasta
+apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible.
+
+Luego descendió. Cruzó el huerto y el patio. La dueña esperaba dormida
+junto al postigo. El abrió sin despertarla y salió; pero cuando hubo
+dado algunos pasos por la callejuela, creyó escuchar, detrás de la
+puerta, la voz de doña Alvarez. Apresurando entonces el paso dejó caer
+de intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente.
+
+Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Rúa, llega al caserón. El
+escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por el postigo.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y convenido con
+Medrano el día en que habían de encontrarse en el pueblecillo de
+Cebreros, Ramiro abandonó la ciudad, al día siguiente, a la hora del
+alba.
+
+Escogió para salir la puerta de Antonio Vela. Al contemplar a su derecha
+el arrabal de Santiago, vínole a la memoria su amancebamiento con la
+hermosa morisca y pensó que aquella mujer había sido la causa de toda su
+malaventura, de todos sus yerros y desengaños. ¡Quién sabe si no había
+mediado algún hechizamiento! Acordose de su mirada última delante del
+Tribunal, y la sola evocación de aquellas pupilas llénole el ser de
+supersticiosa inquietud.
+
+Cuando hubo llegado a las primeras colinas del naciente detuvo su
+cabalgadura. El claro camino corría hacia el porvenir, en la coloración
+deliciosa de la mañana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno y
+otro lado los rayos rastreros del sol hacían brillar los tomillares
+cubiertos de rocío. Volvió el rostro. La ciudad le llamaba con una voz
+de tedio, de perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer,
+hízole pensar en el encarnado capucho del verdugo.
+
+Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder el alma para la
+eternidad.
+
+Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No pensaba, no quería
+pensar nunca más en la hija de Don Alonso a quien él creía haber dado
+muerte la noche antes. Pero la conciencia le venía repitiendo que si se
+llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caería,
+de fijo, sobre Pedro, creyéndole el matador de su hermano y de Beatriz.
+Un inocente sería condenado en su lugar.
+
+Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa cavilación, resolvió
+seguir el consejo del cielo. Rezó un _paternoster_ y un avemaría, hizo
+girar a su rocín hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte, y, soltando
+la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabritó, pero un rato
+después se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino
+de Cebreros.
+
+--¡Dios lo quiere!--pensó Ramiro.--¡Un ángel lo aguija!
+
+No tardó en internarse en la fragosidad de la sierra. Perdido a las
+veces por el gesto vago de los pastores que solían señalarle algún
+sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un viento
+desesperante, las crueles parameras, donde le asaltó, más de una vez, el
+deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, llegó por
+fin a Cebreros, un día lluvioso, a la hora de la siesta.
+
+Paró en un mesón de los arrabales, y llegada la noche, acostose sobre
+una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos hombres que se
+hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clérigo anciano y
+un labrador se hacían las primeras preguntas:
+
+--¿Y adónde camina vuestra merced?, ¿puede saberse?
+
+--Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar después a Toledo.
+
+--¿Es de aquel lugar vuestra merced?
+
+--Soy de Tornadizos; pero llévame, al fin de los años, el deseo de
+presenciar un auto de la fe. Además, el capellán de las Clarisas es algo
+pariente mío, y quiero visitalle.
+
+--Bien, bien... Yo soy de aquí mesmo, quiere decir de la nava. Allí he
+nacido e vivido los años que tengo, que son para esta Pascua de Navidad
+sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de sangre;
+pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria
+a los muchos hijos que tuvo. Finó de un mal que llaman...
+
+El clérigo aprovechó de aquella perplejidad para recobrar la palabra, y
+púsose a referir que, pocos días antes, habían pasado por su pueblo dos
+moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la Inquisición de
+Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por añadidura
+un rostro hermosísimo. Uno de los guardas habíale dicho, punto por
+punto, el delito de ambas mujeres.
+
+Ramiro escuchó entonces la adulterada historia de la conspiración por él
+descubierta.
+
+--Además, un mozo de mulas que viajaba con esa gente--dijo el
+clérigo--me aseguró que la hermosa morisca, valiéndose de un bebedizo
+diabólico, había logrado hechizar a uno de los mancebos más bizarros y
+piadosos de de ciudad tan cristiana, haciéndole renegar en poco tiempo
+de la fe de Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la conjura.
+
+--¡Válame Dios e la Virgen Santísima!--exclamó el labrador,
+santiguándose con espanto.
+
+Ramiro se incorporó sobre las mantas. Aquel gran pecado, aquel gran
+baldón de su vida había tomado cuerpo, había pasado los muros de Avila,
+y viajaba ahora por ventas y caminos.
+
+El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que llegaba del establo y el
+continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron su estado de
+angustia, figurándosele una viva parábola de su envilecimiento. Sentíase
+humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con agresiva
+arrogancia al pensar en los hombres.
+
+Después de tres días, como Medrano no llegaba, Ramiro resolvió continuar
+sin esperarle. Era una mañana esplendorosa de principios de mayo. Había
+sacado, él mismo su cuartago al soportal del mesón, y ya iba a poner el
+pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el reflejo de
+las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso
+pajecillo que parecía hacerle señas desde lejos. Llegó por fin el tal
+pajecillo junto a él, y, apeándose de la cabalgadura, encogido y
+lloroso, demandole una y otra mano para besárselas.
+
+Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus pestañas, su guedeja y todas
+sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que Ramiro tardó en
+reconocerla. Dijo que el mismo día de su partida, a eso de las dos de la
+tarde, Diego Franco, el campanero, había regresado a la Iglesia con un
+tajo en el rostro, y que interrogado por los señores Canónigos no había
+querido responder una sola palabra. Agregó en seguida, que su padre
+había sido llevado a la cárcel hasta tanto se averiguara la verdad de
+aquella cuchillada.
+
+--Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje, e se quite las
+barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre.
+
+Luego, bajando los párpados y ruborizándose bajo el polvo blanquecino
+que velaba su rostro, agregó que ella venía a ponerse a su servicio y
+que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese.
+
+--No--respondió Ramiro con frialdad;--más falta hacéis a vuestro padre
+que a mí. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo sigo para
+Toledo, adonde he de esperalle.
+
+Viendo que el clérigo y el labrador salían en ese instante de la posada,
+quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano derecha y diósela
+a la muchacha, diciendo:
+
+--Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.
+
+Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó las espuelas.
+
+Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas por una que otra
+serranía de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitando
+los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche, llegó
+una mañana a la vista de la célebre ciudad de los concilios y
+espaderías, sin más incidente de importancia, en el camino, que una
+sorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admirado
+de su valor, hízole devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirle
+en su banda como segundo.
+
+A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas de
+mediodía, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente de
+Alcántara.
+
+Estaba en Toledo.
+
+
+
+
+TERCERA PARTE
+
+
+
+
+I
+
+
+Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas y
+plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor, solitario en el
+tumulto.
+
+La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que de
+costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y tomando la
+calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el paso
+desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta
+suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado
+ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin más
+ocupación que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitoso
+amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusión de trajes
+versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas rebosantes, y el
+polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños. Era el acopio
+cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la
+ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era
+toda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, sus
+balidos, su campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos,
+el joven avilés tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o
+Ajofrín, enfriadas por el rocío.
+
+Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguo
+torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundían en una
+ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico le estropeaba la
+bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le apartaba de un
+manotón. No había quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella
+puerta, donde los gañanes se complacían en hacer estallar sus alaridos,
+y los cencerros pastoriles resonaban como esquilones.
+
+Más tarde, después de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba el
+agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a uno, los escaparates
+de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi siempre, una
+hora antes del toque de oraciones, sin más que levantarse el mostacho
+con los dedos, entraba en el Zocodover y poníase a pasear por la plaza o
+por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer,
+la palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el
+largo espadón y sus raídas y polvorientas ropas, dábanle toda la traza
+de algún soldado de Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.
+
+Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión, fuele sumergiendo en
+un estado semejante a la placidez de las convalecencias. Olvidado casi
+de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por segura, y
+sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el recuerdo
+de sus amores con la morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su
+embarazoso rocín, para juntar de esta suerte algunos doblones que le
+evitaran por algún tiempo las ruines urgencias del dinero.
+
+Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz lo
+que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una hoja trágica
+doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba cuenta
+alguna en su contra.--La esposa o la desposada que nos burla--habíase
+dicho a sí mismo--se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez
+descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y después olvidarla,
+olvidarla del todo, barrer del corazón hasta su nombre, inhumar su
+recuerdo como un harapo de pestífero. He ahí la vieja ley de la honra.
+En cambio, el breve relato del clérigo, en la venta de Cebreros, había
+renovado en su espíritu cavilaciones y remordimientos que él
+consideraba abolidos para siempre. De modo imprevisto, las escenas
+lejanas de su amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con
+torturante viveza, y llegó a pensar que los demás pecados de su vida no
+sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma estaba perdida para la
+eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra el reino, contra
+la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo.
+
+Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a agitarle. ¿Qué era aquello
+del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho beber sin que él lo
+advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el clérigo decía, algún
+filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la mirada tan profunda,
+tan extraña, que su antigua manceba le había dirigido ante el Tribunal
+de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pensó en
+algún terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante
+todo el resto de su vida.
+
+--¿Qué impulso incomprensible--preguntábase entonces--acababa de
+encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser conducida por los
+peones del Santo Oficio?
+
+Esta última reflexión hacíale estremecer por momentos y le llenaba de
+miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y complaciente le
+susurraba que su Divina Majestad había querido traerle a la ciudad
+justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de
+lujuria.
+
+Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como en
+una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y, meditando a
+un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá, a la sombra de
+las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefería una de
+esas iglesias íntimas, como San Andrés, San Torcuato, Santo Domingo el
+Real, San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar
+solitario, con el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su
+tribulación caminando y caminando por las calles, al azar de su
+capricho.
+
+Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy
+distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era neta
+y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el toledano
+arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde
+el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente
+entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles,
+angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y
+sólo en lo alto ardía, sobre la cal, la brusca faja de sol.
+
+Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su cofre
+de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve
+asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una
+alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la
+cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente;
+todo trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y el odio
+religioso, exaltado por su remordimiento, le contraía el corazón cuando
+atravesaba los barrios de la morería, entre las covachas atestadas de
+sedas multicolores, de bonetes de grana, de cereales, de especias, de
+perfumes. Los muros hasta la altura de un hombre, estaban ennegrecidos
+por el mismo roce indolente que adelgaza los pilares de las mezquitas.
+El converso, con sus velludas piernas cruzadas sobre el mostrador,
+llamaba a los compradores golpeando con fuerza el platillo de su balanza
+de cobre. Era la misma gárrula, las mismas gesticulaciones, las mismas
+amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho más
+tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro escuchaba el
+rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a pesar suyo, los pies
+desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca pintada y sus
+pestañas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces, hacia
+una y otra parte, los signos graves de la religión: los humilladeros,
+los paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los
+campanarios, donde brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por
+los infieles.
+
+El recordaba añejas historias que había leído o escuchado referentes a
+Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas de amantes, un
+olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba ahora
+con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpóreo
+de su alma.
+
+Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria. Sus
+monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el oprobio de los
+serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las tremendas
+virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre, la sombra de
+las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las mezquitas exorcisando
+los mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal habían
+ocultado y carcomido los arabescos. Las voces frenéticas de los monjes,
+en los coros obscuros, ahogaban en la memoria hasta el último eco del
+canto de los almuédanos. La cera y el aceite ardían de continuo. Los
+antiguos alminares lloraban con campanas católicas su remordimiento.
+
+Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación eterna brillaba en la
+pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las
+moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una
+existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente
+en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la
+portería de los beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente
+perfumes de iglesia. Aquella ciudad, profanada por los judíos y los
+moros, antojábasele a Ramiro, sumida como un solo ser, en inmenso dolor
+religioso; y, a la hora del crepúsculo, creía respirar a través de sus
+calles, errante hálito de vigilia, un aliento febril de insomnio, de
+penitencia.
+
+El también tenía que exorcisar su corazón, borrar otras lascivias y
+perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba
+como un peñasco entre Dios y su alma.
+
+ * * * * *
+
+Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó Ramiro amistad con el
+viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta. Se hubiera
+dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual hipnótico
+ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta los
+vendedores errantes se postraban junto a su mercancía, donde les tomaba
+el golpe de badajo. En la plaza, más de uno se terciaba el embozo y se
+quedaba dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes,
+pordioseros, soldados inválidos, menestrales sin trabajo, señores de la
+hoja con encerado bigote y calzas de color, y más de un hidalguejo de
+poca monta, se confundían en aquel reposo común bajo la lumbre
+meridiana. El caserío recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de
+zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.
+
+Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas verdachas y
+parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero le miraba de
+hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz muy baja
+y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte,
+prorrumpió:
+
+--¿Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa espada que
+lleva?
+
+Ramiro se la ofreció buenamente.
+
+El hombre, después de haber desenvainado como un palmo de hoja, observó
+atentamente el recazo:
+
+--No en vano--agregó--me había guiñado esta joya. He aquí la marca de mi
+padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya!
+
+Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta con la otra mano, y,
+arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con viveza. El
+metal vibró como una campana que sonara muy lejos.
+
+--¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor hidalgo!--agregó
+Domingo de Aguirre.--El acero es cada día más sucio y el temple más
+ruin.
+
+--Dícese, en verdad--contestó Ramiro,--que habéis perdido algunos
+secretos de antaño.
+
+--En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la
+mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y en
+punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha perdido es
+la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como
+Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la
+alcancía. En mi tiempo batíamos cada espada como si nos estuviesen
+mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si no salía honrada e cumplida,
+como era menester, no la poníamos en la lonja por todo el oro de las
+Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por rematar una hoja e sacábala por última
+vez de las ascuas, color de hígado, y le untaba la riñonada para ponella
+a enfriar punta arriba, me temblaba el corazón, señor hidalgo!
+
+Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa ropilla
+color de avellana que dejaba entrever el jubón de terciopelo carmesí. Un
+cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero. Su rostro
+cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como un
+higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras
+todavía, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que habían
+vivido catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de
+las ataujías. El fuego había chamuscado sus manos verrugosas y obscuras
+como sarmientos. Su boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y
+firmeza.
+
+Aunque Ramiro había mirado siempre con aristocrático desprecio a todo
+aquel que envilecía sus manos en los oficios mecánicos, pensó esta vez
+que la sabia fabricación de las armas debiera estar exenta de villanía,
+como faena preclara puesta al servicio de las más altas empresas.
+Además, había oído decir que los señores toledanos no desdeñaban el
+trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran
+sitio de reunión y de esparcimiento de los nobles.
+
+Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un respeto especial.
+Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el hierro tenaz
+y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en generación
+el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza les había
+demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos, aquella insigne
+herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas, sus rodelas, sus
+estoques, sus armaduras, habían hecho tan famosa a Toledo como los
+concilios.
+
+Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora ambas manos
+en la suya y continuaba diciendo:
+
+--¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que fueron, cuando
+vemos que la nación entera va camino de su perdición?
+
+Ramiro hizo un gesto de asombro.
+
+--Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes claman y el Rey no
+las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo de los
+tributos, las industrias están enfermas del gusano de la alcabala, las
+ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado
+está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la
+sangre, aunque mañana perezcan. Daca, daca, y vénguese Menga contra el
+que venga.
+
+--¿Y piensa vuesa merced--replicó Ramiro--que por tributo más o menos
+debiéramos abandonar las guerras honrosas que van asentando nuestro
+renombre por todo el mundo y harán de la nación española el asombro de
+los siglos venideros?
+
+Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin ánimo de contrariar
+aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos le
+traía a la memoria las palabras de Bracamonte.
+
+--Guerras honrosas, señor, eran las de antaño, cuando se ganaban reinos
+a punta de espada,--repuso el espadero;--pero no éstas en que todo se
+logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso vuesa merced que
+los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar
+nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al soldado de un
+entremés, que ha poco compuse...
+
+Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un figurante, recitó el
+siguiente discurso:
+
+--Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que suena
+en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los doblones, reales más
+lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba la vida por la gloria del
+rey, hogaño por su rostro acuñado en Segovia. Gánanse los ducados con
+ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, ¡y juro por San
+Andrés!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgárame hacer
+cuartos de mis ochavos.
+
+--Ingenioso lenguaje--exclamó Ramiro. Luego, levantando la cabeza y
+abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover, preguntó
+bruscamente:--¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la plaza donde
+celebra sus autos el Santo Oficio?
+
+--Aquí mesmo.
+
+--¿Y son tan lucidos como se dice?
+
+--Los de agora no son autos, sino autillos--contestó el espadero,
+agregando en seguida con melancólico semblante:--¡Ah cuán poco
+vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase
+poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el gusanillo.
+No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegrías de agora ¿qué
+tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de mancebo? ¿Qué se hizo
+aquella gala e aquella grandeza? ¿Quién verá otra vez aquellas entradas
+de príncipes e aquellas fiestas antiguas, e aquellas luminarias y
+disfraces, e aquellas bizarras coheterías de botafuegos y voladores?
+¿Qué fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar
+pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas
+de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles
+entoldadas? Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo--exclamó esta vez,
+meneando el índice negativamente.--Con la corte se marcharon los más
+grandes señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son agora
+como grano agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la
+seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la
+fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para
+hacella más pesada, doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e
+toman esclavos o moriscos para abaratar los jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la
+mesma, no, esta cabeza de las Españas!
+
+La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos indudables
+de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.
+
+Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acabó
+diciendo:
+
+--Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es hidalgo, y
+antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo hubiera ejercido
+mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo y entronca
+allá por los tiempos del Rey Sabio, con los señores de Haro, que es como
+decir el primer linaje de España.
+
+
+
+
+II
+
+
+En los días que siguieron Ramiro estrechó rápidamente su amistoso trato
+con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando esas bellezas de la
+antigua ciudad que el forastero no descubre por sí solo y que parecen
+cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los paseos
+terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al famoso
+maestro, los oficiales suspendían un instante su trabajo y los que
+estaban cubiertos se quitaban respetuosamente la gorra.
+
+Allí vio Ramiro, por primera vez, manipular las espadas ígneas, y
+contempló con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban a lanzarse
+en seguida hacia las más diversas comarcas, frenéticos de sangre y de
+honra.
+
+Unos eran acostados sobre los yunques para recibir el castigo de los
+martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser hundidos de
+pronto en el agua de las tinajas; a éstos, ya listos, les bañaban de
+sebo, como al hombre que le engrasan después de la tortura, o les
+llevaban al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la ataujía.
+
+De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de hierro surgían sin cesar
+cosas espléndidas: cascos de irisado pavón incrustados de oro purpúreo,
+rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote demasiado
+indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la hoja un limpio
+nombre cristiano, estoques de gala para el Rey, espadas de provecho
+encargadas con impaciencia por capitanes de Flandes.
+
+Oíase el jadear de los fuelles y el repique de las bigornias. Por
+momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil, abriendo el
+portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes sudorosas resplandores
+de infierno, arrojaba el puñado de arena o asía con las tenazas algún
+trozo de armadura, que semejaba la corteza de algún fruto rojo y
+fantástico.
+
+Hacia el fondo, el patio encalado abría una fascinación de aire libre; y
+los rayos del sol pasaban a través de un parral, varias veces
+centenario. Allí se agasajaba a las visitas, y más de un señor de título
+venía a escoger en persona una hoja para su espada.
+
+Hacía más de cinco años que Aguirre había abandonado el oficio. Era
+hombre adinerado y vivía a lo señor. Su casa, junto a Santiago del
+Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Años atrás, solía reunir en ella
+a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el encanto de la
+música, según el uso de Italia; pero, últimamente, una extraña tristeza,
+un desapego de todos los halagos del mundo, un creciente anhelo de
+terminar su vida en las órdenes, le iban ganando el corazón y el
+cerebro. Era profundamente piadoso. Formaba parte de varias cofradías y
+hermandades. Cuando se prosternaba en las iglesias ante alguna imagen de
+Nuestra Señora de la Merced, a la cual tenía particular devoción, su
+labio temblaba sin cesar, y los ojos, echados hacia el cielo, se le
+quedaban en blanco.
+
+Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle de su abolengo,
+Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigían, declaró su
+verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin mayores
+rodeos, contó su desgraciado amor y la doble muerte de su rival y de su
+amada.
+
+--Bien hizo vuesa merced--respondió el espadero tranquilamente.--¡Ay del
+varón que no hace lo mesmo! Tanto más, cuanto que habiendo matado en
+buena lid al galán, cobró vuesa merced el derecho de castigar de igual
+modo a la hembra. ¡Ah, si yo dijera también mi desengaño!
+
+Aguirre enmudeció y no volvieron a hablar de estos asuntos.
+
+Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de todo el dinero que le
+pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle únicamente en la
+escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata, comenzó a
+barruntar los momentos de angustia que podían sobrevenir. ¿Qué hacer? No
+había para qué pensar, claro está, en un oficio mecánico ¡antes la
+muerte! y mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su
+amigo el espadero. ¿Qué hacer, qué hacer?
+
+Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones quedaron en pie. Veces
+pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los alrededores
+para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a reunirse con
+Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan caballerosamente le ofreciera
+hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno ú otro camino; pero la
+vacilación era grande.
+
+Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y éste prometiole
+hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como paje de
+su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio de un señor
+tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre
+que desdoro, y aceptó.
+
+Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero de
+plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos, las toallas y
+el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la aljofaina,
+doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale también ofrecer,
+sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal
+que presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos
+cuando el cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo.
+
+En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su fantasía;
+pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea de un
+gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta
+grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más ruines
+trapacerías para conseguir algún resto de manjar, viniéronle ímpetus de
+salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor
+desventura, tocole como compañero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y
+meloso como un gitano, y de quien los demás referían las más chocarreras
+historias.
+
+En cambio, desde los primeros días sintiose atraído por el porte y la
+franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de
+Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un
+recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la
+frente.
+
+--¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o dormís?--preguntole.
+
+--Meditaba, señor Velasco--repuso Ramiro,--en los graves desengaños de
+este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro llegar a ser
+algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de Córdoba; e agora he venido a
+parar en el más ruin y cuitado de los pajes. ¡Si mis ojos fueran capaces
+de llorar!
+
+--¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor--exclamó Velasco con las pupilas
+iluminadas por misterioso pensamiento.
+
+--¿A mí?
+
+--Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa.
+
+--¿Veisme acaso cara de moro?--respondió Ramiro con enfado.
+
+--Pues bajemos a la plaza e os lo diré.
+
+Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el escribano
+de raciones tomó primero la palabra y preguntó:
+
+--¿Habéis oído hablar de la arte notoria?
+
+--Sí; pero ignoro lo que sea.
+
+--¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que seguir durante un
+corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os ha de
+prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os
+vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende sabidor
+del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del
+lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese
+conveniente, o ver a través de la tierra do corren las venas del oro e
+do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin, en este mundo
+todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan codiciar, sin más
+ley que el antojo?
+
+--Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor Velasco--contestó
+Ramiro con sorna,--cualquier hombre se hiciera rey del mundo.
+
+--¡Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!--musitó pensativamente su
+interlocutor.
+
+--Que si alguno--agregó Ramiro completando su pensamiento--pudiera
+hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no fuese para él un
+juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle por capitán y
+todas las naciones por emperador.
+
+--¿Luego consentís en acompañarme esta noche a la casa de ese sabio,
+para quien yo os pedí, no ha mucho, el día, el año e la hora de vuestro
+nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos visto jamás,
+e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la par de los
+ángeles?... ¿Os reís?
+
+--Paréceme--contestó Ramiro--que habéis topado con algún hechicero de
+marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queréis, que ya me prometo
+salvaros de alguna peligrosa brujería.
+
+Ramiro y su compañero no pudieron dejar el palacio hasta las diez y
+media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con blancuras de
+mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de las
+plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenían un
+color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad, suspendían
+en lo alto, barruntos de amor y de aventura. Loco bullicio de guitarras
+y laúdes subía de todos los barrios en el sosegado ambiente de la noche.
+
+Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda ruido de cuchilladas y
+luego una voz ronca que gritó fuertemente: «¡Confesión! ¡Confesión!»
+
+Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo diciendo:
+
+--Sigamos, que no somos frailes ni corchetes.
+
+--Aquí es--exclamó de pronto el escribano de raciones, al detenerse
+frente a una covacha del barrio de San Miguel.
+
+Después de cruzar dos patios, treparon una carcomida escalera y
+llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de un desván.
+Velasco silbó tres veces muy quedo y pronunció en seguida una palabra
+incomprensible. La puertecita abriose, y entraron.
+
+Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la derecha, pequeño aras
+marmóreo, cubierto de una piel de cordero, se diseñaba con misterioso
+claroscuro. No brillaba allí otra luz que la de un rayo de luna que
+entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las páginas de un
+libro enorme como un himnario, abierto sobre un facistol de forja todo
+negro. Veíanse, además, hacia una y otra parte, algunos hornillos, largo
+anteojo de latón y de cobre, un alambique, cuya trompa pasaba por un
+agujero a la cuadra vecina, y otros muchos objetos adivinados apenas en
+la penumbra astral de la estancia.
+
+--Esperad--exclamó Velasco,--esperad; no nos alleguemos aún.
+
+Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraña figura pintada en el
+infolio, dentro de dos triángulos de oro entrelazados.
+
+Nadie venía.
+
+De pronto la página del libro, produciendo el rumor peculiar de la
+vitela, se levantó lentamente, lentamente, y se dobló del todo ¡por sí
+sola! Ramiro se estremeció de la cabeza a los pies herido por el terror
+del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las imágenes que
+descubre con pena el nebuloso amanecer, una forma humana, inclinada
+sobre el libro, fuese perfilando prodigiosamente. Era un hombre en pie,
+de espaldas, inmóvil. Primero diseñose la larga cabellera, en seguida el
+capisayo con martas que le llegaba hasta más abajo de las rodillas,
+luego el brazo derecho y por fin la mano sobre la página. Cuando estuvo
+del todo aparente, volvió la cabeza y se adelantó, despacio, muy
+despacio, hacia Ramiro. Su rostro, de una extrema palidez de marfil,
+estaba surcado de hondas arrugas verticales, que iban a perderse entre
+la barba canosa, barba ensortijada por los dedos nerviosos, durante las
+horas de meditación. Los párpados estaban recargados de fatiga y de
+insomnio. Púsole a Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sintió la
+repelente aspereza de aquella piel quemada por los ácidos.
+
+El hombre dijo:
+
+--Nacido bajo el dominio de Saturno, frenético de mando y de gloria.
+Soberbioso y magnánimo. Capricornio ha labrado este ceño.
+
+Levantole después el rostro hacia la luna, y mirándole fijamente la
+pupila, habló de este modo:
+
+--¡Oh! aquí veo la rotura de un aojamiento. El demonio entra y sale por
+ella cuando le place. No importa: una Salomé le hechizó, una virgen le
+salvará. Esperad--dijo después,--y tomando de encima del altar un
+estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos.
+
+El mancebo sintió un soplo glacial en la frente.
+
+--Os confesaréis de toda vuestra vida sin hablar palabra de mí, pena de
+perdición--agregó entonces el mago, dejando el acero.--Comulgaréis siete
+días en siete iglesias distintas, ayunaréis a pan y agua todo los
+viernes, rezando las oraciones que os ha de enseñar este hermano durante
+los siete primeros días de la luna nueva; luego, volveréis y os haré el
+más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación es única.
+
+Ramiro removió entonces los labios para preguntar si en todo aquello no
+había nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de Cristo; pero el
+mago, poniéndole el dedo en la boca, abrió un libro al azar, y leyó:
+
+«Aquél no puede ser el mayor Señor que tiene temor de alguna cosa.»
+
+«Más vale la libertad en el querer, en el recordar y en el saber que
+poseer un reino o un imperio.»
+
+Al terminar esta lectura se desvaneció nuevamente en la atmósfera cual
+vana visión.
+
+Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro preguntó:
+
+--¿Cómo llamáis a este hombre?
+
+--Mosén Raimundo.
+
+--¿Y sabéis de qué suerte se hace invisible?
+
+--Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio, tratada de misteriosa
+manera.
+
+--Y si es dueño de tanto poder, ¿cómo no se hace él mesmo señor de algún
+imperio?--agregó Ramiro, con la voz estremecida.
+
+--Porque éstos componen la familia santa de los magos, a la cual
+pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el famoso
+Simón, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e los de agora,
+en castigo de no haber podido esclarecer ciertos secretos, cuya cifra se
+perdió en el incendio de una gran librería de la antigüedad, siguen
+ascondidos en sus covachas, estudiando sin cesar; pero ansí que uno de
+ellos pueda decir: _¡Eureka!_, volverán a tomar el gobierno del mundo
+que antes les perteneció, según rezan los más antiguos documentos.
+
+Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el delirio. Costole mucho
+dormirse, y su sueño fue un tumultuoso desfilar de triunfos, de tesoros,
+de mujeres enjoyadas y lúbricas. Aquel estado duró varios días, y al
+errabundear por las calles, gozábase en repetir la frase deslumbradora:
+«Para haceros el más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación
+es única.» El no dudaba de la promesa del sabio, y ya escogía en su
+pensamiento lo que había de realizar cuando Mosén Raimundo le revelase
+los secretos de la magia. La conciencia le recordaba, entretanto, la
+absoluta reprobación de la Iglesia contra las artes ocultas y todo
+linaje de adivinaciones; pero su voluntad, mordida por la tentación y
+ansiosa de triunfar a todo trance en el mundo, clamaba por el prodigio.
+Los falaces argumentos se aglomeraban. ¡Conjuraría, ante todo, el
+hechizo de la sarracena y sería después el fuerte, el único, el
+caballero de Dios, el lleno de poder y de gloria!...
+
+Comenzó las oraciones y los ayunos.
+
+Llegado el momento de la confesión, Ramiro pidiole al espadero que le
+indicase algún sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre le condujo a
+la casa de don Antonio de Mendoza, canónigo de la Catedral y antiguo
+arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varón de grandes luces sagradas y
+gentiles, habitaba un antiguo palacio de su familia junto a San Juan de
+la Penitencia. Sus amplios salones, tapizados de cardenalicio damasco,
+al uso de Roma, congregaban todos los domingos, a mediodía, numerosa
+academia. Allí, el noble de título se codeaba con el hábil estafador de
+retablos o con el humilde maestro que forjaba con sus manos una hermosa
+reja de presbiterio.
+
+Ramiro no se sintió con ánimo bastante para descubrir su pecho de la
+primera vez, y resolvió confesarse gradualmente, concurriendo entretanto
+a la reunión de los domingos. Escuchó, entonces, los más imprevistos
+discursos, obscenas historias de convento, fablas chocarreras de
+clérigos amancebados; oyole decir al canónigo Zapata que el Papa era un
+asno; oyole contar al capitán Palominos, con cínico donaire, que en la
+campaña de Portugal, después de un día entero de combate, sus soldados,
+penetrando en una iglesia de Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y
+que a él, por ser el capitán, le ofrecieron el aceite de la lámpara del
+Santísimo.
+
+Como no se tocara a la entereza del dogma, don Antonio escuchaba sin
+enfado las más licenciosas parlerías y aún gustaba de poner en aprieto a
+los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de la
+academia.
+
+Era harto aficionado a los perfumes y hacíalos componer, según fórmulas
+exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse, cruzaba la pierna
+para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del zapato. Sus blancas
+manos regordetas parecían de mujer; pero los ojos aguileños y fuertes y
+la bronca voz, cuyos tonos profundos comunicaban su vibración a los
+objetos convecinos, denotaban hombría y reciedumbre. Sus breviarios
+ostentaban en la cubierta las armas de los Mendozas. Cuando pasaba de
+uno en otro salón, un paje caudatario, con morada librea, sostenía por
+detrás el extremo de su larga cola de chamelote.
+
+Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a los pies del Canónigo
+topó en los corredores con una dama arrebujada en su manto. En la última
+visita, como nadie se presentase a conducirle, abrió él mismo
+equivocadamente la puerta de un camarín y hallose con una preciosa
+mujer, acostada a lo largo de un diván moruno de terciopelo. La falda,
+levantada hasta más allá de las ligas, destapaba sus piernas macizas y
+cortas, que las medias de nácar ceñían tentadoramente. Colgado de la
+pared, admirable incensario de plata velaba el ambiente con nebuloso
+sahumerio. La dama se incorporó con un grito de espanto y Ramiro cerró
+de nuevo la puerta. Un rato después el Canónigo le mandaba decir con un
+paje que volviera pasado el toque de oraciones.
+
+Le recibió en una sala contigua a su oratorio. Estaba con el semblante
+encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin, la historia de sus
+amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando los ojos, arrimaba de
+tiempo en tiempo su pañizuelo a la canilla de un barrilillo de ámbar,
+colocado a su derecha, sobre un taburete de taracea.
+
+Cuando Ramiro terminó su relato, aquel hombre de iglesia, guiado sin
+duda por su aguzado instinto de confesor, comenzó a discurrir sobre las
+brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las nóminas y otras
+supersticiones semejantes, que eran como la telaraña del Diablo, donde
+muchísimas almas iban a prenderse para la eternidad. Ramiro aprovechó
+para inquirir si la arte notoria era contraria a la Santa Iglesia de
+Cristo.
+
+--¿La habéis ensayado alguna vez, hijo mío?--preguntó melífluamente el
+Canónigo.
+
+El mancebo tardó en contestar. Inesperado calofrío le corrió del rostro
+a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron fijamente en las
+suyas.
+
+--Aún no--respondió por fin Ramiro con la voz vacilante;--pero oigo
+encomialla a los demás.
+
+--¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga!--exclamó
+entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.--Ya se ve
+claramente--volvió a decir, dirigiéndose al mancebo--que aquellos amores
+os han dejado en el corazón su maldita pestilencia.
+
+En seguida, levantándose de la silla y fingiendo un enojo implacable,
+agregó:
+
+--_¡Vade retro! ¡vade retro!_ señor hipócrita, señor apestado, señor
+brujo, leña de Satanás! Sépase el galancete que su alma están en
+propincuo peligro de perdición, si es que ya no la tiene vendida al
+infierno, y que a no existir el secreto sacramental sería entregado aquí
+mismo a los familiares del Santo Oficio. _Nego absolutionem, nego,
+nego!_ Haga desde hoy penitencia sin tasa, expúlguese los demonios, que
+el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y cuidado no remate
+su vida en el palo del quemadero. _In nomine meo dæmonia ejicient.
+Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo!_
+No digo más.
+
+Ramiro bajó las escaleras sobándose los párpados y dialogando consigo en
+voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa de hablarle
+inspirado seguramente por el cielo. No podía ser sino Dios quien lanzaba
+por su intermedio ese anuncio, esa agnición, esa amenaza tremenda,
+buscando salvarle; no podía ser sino el soplo divino lo que había
+rasgado de arriba abajo su embozo de soberbia, dejándole desnudo y
+enmudecido, a imagen del primer hombre después de su falta.
+
+Como entrevistas a la luz de los relámpagos, las mayores culpas de su
+vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho de la morisca
+olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria; acordose de sus
+fementidas confesiones, de los pensamientos lascivos que él mismo
+suscitaba durante la misa al observar codiciosamente las formas de las
+mujeres prosternadas, de las muchas rebeliones de su orgullo contra los
+claros mandamientos del Señor, de semanas enteras en que no había
+querido imponerse ninguna mortificación ni rezar una sola vez el
+rosario. ¿A qué achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sin
+duda la infiel, con hipócrita dulzura, habíale instilado en el alma su
+propia pestilencia. El clérigo de la venta de Cerebros, Mosén Raimundo y
+el Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó a sentir en torno de
+su pecho la impresión de una serpiente que le ceñía. Ansiedad nueva y
+horrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la convicción de que el
+hechizo conservaba toda su fuerza y no se rompería hasta que Aixa no
+desapareciera del mundo. El auto de fe que iba a realizarse quedó para
+él como la suprema esperanza.
+
+Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde de Fuensalida, y se
+alojó en la posada del Sevillano.
+
+Días después, al cruzar las Cuatro Calles en compañía de Domingo de
+Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo de la
+Calcetería, una vistosa procesión con mucho ruido de atabales y
+ministriles.
+
+--Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando el auto de la
+fe--exclamó el espadero.--Si vuesa merced lo desea podemos aproximarnos.
+
+
+
+
+III
+
+
+Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad de los concilios
+parece susurrar en algarabía canciones de Oriente. El cielo, sin una
+nube, tiende su tafetán más azul; aquí y allá, la cal enseña, bajo los
+tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los
+balcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombrías
+vese espejear el azulejo de las cúpulas y alminares.
+
+Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledo
+aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos había
+cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En las
+plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre los
+cuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con elocuencia
+pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la Lonja y en torno a
+la parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos y bayetones pendían de
+casi todas las ventanas, enlutando los muros.
+
+Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde las primeras horas
+de la mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por el Demonio
+de asombrosa hermosura, sería condenada en el auto de fe de aquel año
+llegó en pocos días a los más escondidos lugarejos de los contornos, y
+no faltaron peregrinos que contaran por las ventas la historia de la
+conspiración y del mancebo renegado.
+
+Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de Aguirre
+había prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto.
+
+Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la plaza
+por la Calle Ancha, contando presenciar desde allí el desfile de la
+procesión. De una ventana baja, un caballero que reconoció a Domingo de
+Aguirre les ofreció dos taburetes. Subiendo sobre ellos consiguieron
+dominar todo el ámbito del Zocodover, henchido de apretada y rumorosa
+muchedumbre.
+
+Hacia la parte del poniente, y bañado ahora por el sol de la mañana, se
+levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparían en breve, según
+la costumbre, la Santa Inquisición, el Ayuntamiento, el Cabildo, la
+nobleza, los dignatarios y toda la clerecía. Los reos debían colocarse
+en otro cadalso más angosto, pero de igual altura, que abarcaba el
+costado meridional.
+
+Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne expectativa, el joven
+avilés pasaba sobre las cosas una mirada atónita y somera. Apenas si
+veía brillar confusamente sobre el tablado las labores de plata de los
+negros terciopelos, las armas de la Inquisición y del Rey bordadas
+sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmesíes, y, hacia el
+centro de la plaza, el oro del frontal color de sangre que prescribía la
+liturgia de aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al dirigir la vista
+hacia la alta cruz pintada de verde y cubierta por largo velo sombrío,
+que se levantaba en medio del altar, entre doce hachones ardientes,
+sintió un brusco estremecimiento, como si Dios mismo acabara de hablarle
+con su gráfico lenguaje.
+
+La plaza no podía contener mayor número de gente, y se escuchaba sin
+cesar el vocerío de los curiosos que pujaban y reñían a la entrada de
+las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y maldiciones,
+y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como el agua de los
+torrentes al entrar en los lagos. Cada balcón, cada ventana, cada
+tribuna, era un compacto racimo de damas y caballeros; además, numeroso
+gentío, encaramado quién sabe por dónde, recubría las techumbres; y todo
+aquello hormigueaba, hervía, zumbaba con la grandiosa palpitación de una
+multitud embriagada de sol y confundida en la misma impaciencia.
+
+Por fin las campanas de San Vicente comienzan a repicar anunciando la
+salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha, los soldados
+acuestan las alabardas conteniendo con pena al gentío, cuyo forcejeo
+incesante amenaza romper la doble valla de madera que viene de las
+cárceles y circunda uno y otro cadalso.
+
+La procesión se acerca. Un resplandor de alabardas cruza la Calcetería.
+
+Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a él dentro de breves
+instantes, Ramiro hundió la mano en la faltriquera y asió fuertemente su
+crucifijo de bronce.
+
+Encabezaban el desfile los soldados de la fe, orgullosos de las plumas
+flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de alquimia que les
+prestaba el Santísimo Tribunal. Eran soldados de ocasión, armados de
+alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban con paso solemne, entre
+desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar a las ventanas. Venían en
+seguida los doce clérigos de la parroquia de San Vicente con su
+estandarte; y luego, de dos en dos, montados en obscuros corceles, los
+Grandes de España y títulos de Castilla, todos vestidos de negro, pero
+recubiertos de joyas. Algunos habían hecho bordar en sus ferreruelos el
+hábito de la Santa Inquisición. Ramiro reconoció al Conde de Fuensalida
+por el ceñido traje de gorgorán bordado de oro, que semejaba de lejos
+damasquinada armadura. La plebe les miraba absorta y enmudecida, y no se
+escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las piedras. Hubiérase
+dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y funerarias.
+
+La llegada de los primeros penitenciados suscitó de nuevo el vocerío
+popular. Más de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin caperuza,
+pasaban ahora abrumados de vergüenza y sosteniendo en la mano una vela
+amarilla sin encender. Eran los que habían abjurado de sus errores y
+serían reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban, postrándose a
+los pies de los religiosos que iban con ellos, o besándoles las manos y
+el sayal con profundos gemidos. Unos traían al pescuezo, en señal de los
+centenares de azotes que habían de recibir, una cuerda anudada varias
+veces, a lo largo, y el pueblo contaba en voz alta los nudos, entonando
+un coro compungido y socarrón, a fin de aumentar el oprobio; otros se
+señalaban a distancia por la bayeta amarilla de los sambenitos, y la
+experta multitud deducía las culpas y condenaciones con sólo observar
+los pintarrajos de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban un aspa
+roja, media o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrés.
+
+Traídas por los fámulos del Tribunal, en lo alto de luengos mástiles
+verdes, y balanceándose por encima de la procesión, venían en seguida
+hasta seis figuras humanas hechas de paja y estameña. Impávidos
+muñecones con grandes ojos de betún y boca de almagre, peleles
+siniestros, cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban continuamente
+en el vacío, remedando la pataleta de los ahorcados.
+
+Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el espadero exclamó:
+
+--Estas son las efigies de los muertos y fugitivos las cuales serán
+agora condenadas en su lugar con celosa justicia.
+
+A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y balcones comenzaba a
+agitarse con extraño movimiento; los hombres se asomaban cuanto podían,
+las mujeres se santiguaban y persignaban a escape, levantando los ojos
+al cielo. Poco después todos los labios proferían una misma exclamación:
+
+--¡Los relajados!
+
+El espadero tuvo que acercar su boca al oído de Ramiro para decirle:
+
+--Son los que han de morir.
+
+Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco después,
+de un extremo al otro del Zocodover, el populacho rugía con salvaje
+fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto.
+
+Ramiro se empinó sobre el taburete.
+
+Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a cada uno
+de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba continuamente
+poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos llevaban, a
+más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la amarilla coroza,
+cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el
+coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría,
+alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesión de aquelarre,
+una cáfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al
+alumbrar de lleno las palideces patibularias, las femeninas guedejas
+lodosas de sudores febriles y polvo subterráneo, las atroces pupilas que
+parecían conservar aún la expresión de terror y de súplica que tomaron
+en el tormento.
+
+Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho se desquitaba
+cubriéndoles de escarnios y maldiciones.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¡mártires del Diablo, ya veréis cómo escuece!
+
+--¡Que os echen dos puñados de sal y un tantico de orégano!
+
+--¡Que le metan a ésa un cohete por debajo del rabo pa que le conozco su
+madre cuando la quema!
+
+Una mujer gritó desde una ventana:
+
+--¡Arrepentíos, desdichados; pensad en los infiernos!
+
+Pero un muchacho, sacando medio cuerpo fuera de la valla, respondió
+desde abajo, alzando los puños:
+
+--¡No! ¡No! ¡Al fuego y a cenar con el Demonio!
+
+Entonces nueva explosión de odio santo y homicida estalló en todas las
+gargantas:
+
+--¡Al fuego! ¡al fuego!
+
+Y los condenados comenzaron a desfilar entre un clamor sibilante y
+bravío comparable a la crepitación de un incendio.
+
+No faltó quien reconociera entre los condenados a un cerero de Orgaz que
+creía ser San Juan Bautista en persona y predicaba una nueva doctrina
+por los pueblos. El pobre hombre, deteniéndose por instantes, alzaba la
+mano y figuraba el gesto del Precursor en el Jordán. Una pálida doncella
+que, según algunos, era la monja renegada de que se hablaba en Toledo,
+escuchaba los insultos de la muchedumbre con infantil expresión de
+curiosidad y de ternura. A veces, apoyándose en el hombro del religioso
+y echando la cabeza hacia atrás, reía gozosamente, como una ebria. Un
+morisco, a quien todos conocían en los suburbios por sus pláticas
+obscenas, ejecutaba de tiempo en tiempo un movimiento bestial y
+acelerado para remedar la fornicación; los familiares tenían que
+zamarrearle con violencia. Pasó una anciana, seca y erguida, con las
+manos ligadas por detrás y la boca cubierta por negra mordaza. Ramiro no
+tardó en reconocer a Gulinar. Por fin el hombre que les había
+proporcionado los taburetes exclamó, mirando a lo largo de la calle:
+
+--Agora llega la morisca que hechizó al mancebo cristiano.
+
+Todas las bocas callaron.
+
+Aixa avanzaba lentamente, con las pupilas fijas en el cielo. Sus oídos
+escuchaban quizá rabeles divinos y voces inefables, y su espíritu,
+infinitamente lejos de la tierra, presentía las delicias del Alchanna y
+las sublimes recompensas que su religión promete a los mártires. Sin
+embargo, su flexible cuerpo conservaba los resabios de la tentación y de
+la danza, y sus pies desnudos se movían cadenciosos como si hicieran oír
+todavía el martilleo de las ajorcas. La palidez de su rostro daba terror
+y sus labios enseñaban los dientes con esa sonrisa incomprensible que
+suele asomar a la boca de los cadáveres.
+
+Después de observarla un momento, Ramiro tuvo que cerrar los ojos y
+apoyarse contra el muro, apretando de nuevo el crucifijo para sellar,
+para incrustar en su propia carne la imagen del Redentor. El resto del
+desfile violo pasar como en un sueño: innumerables religiosos de todos
+los hábitos; familiares a caballo con varas de ébano enriquecidas de
+plata; eclesiásticos en mulas enlutadas; el arca de las sentencias sobre
+una acémila que arrastraba por el suelo los flecos de oro de su morada
+cobertura; el rojo estandarte de la fe; blancor de golillas y cabrilleo
+de joyas sobre los trajes retintos.
+
+Por fin el espadero, después de decirle el nombre de algunos regidores,
+tocole el codo y exclamó:
+
+--Este que viene agora es el Cardenal-Arzobispo, observe vuesamerced su
+venerable presencia.
+
+Sobre fornido corcel de pelo bayo, don Gaspar de Quiroga,
+Cardenal-Arzobispo de Toledo, Inquisidor General y Consejero de Estado,
+avanzaba con imponente rigidez, rodeado de pajes y alabarderos. Era el
+papa de España y la sagrada máscara del Rey. Después de la sombría
+procesión, sus rojas vestiduras exaltaban el ánimo como un toque de
+chirimías. Salvo la morada muceta inquisitorial todo era para los ojos,
+desde el sombrero hasta la calza, un solo golpe de púrpura. Su ceño
+expresaba el rigor sacrosanto, sus ojos no pestañeaban siquiera. Pasó
+implacable, como el tormento; pomposo y sombrío, como el tremendo
+holocausto que iba a presidir; rojo, como la hoguera. La luz matinal
+hacía resplandecer con viveza el sillón de plata repujada y todo el oro
+y el alfójar de la gualdrapa color de amatista que caía hasta los cascos
+del palafrén. Nadie osó romper con un vítor el respetuoso silencio.
+
+Más de media hora empleó toda aquella procesión en ocupar sus asientos;
+la gradería mayor quedó recubierta de insigne muchedumbre. Los
+inquisidores se colocaron en el centro; el estado eclesiástico hacia el
+septentrion; la ciudad y los caballeros, hacia el mediodía.
+
+Los reos, acompañados de los familiares y religiosos, llenaron a su vez
+el otro cadalso.
+
+Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el tablado de abominación
+y de infamia. La curiosidad era inmensa. Allí comparecían de costumbre
+hechiceras que tenían pacto con el demonio y guisaban en sus nocturnos
+aquelarres toda suerte de daños contra las gentes; judaizantes, que
+asesinaban niños cristianos para embeber en su sangre una hostia
+consagrada y celebrar con ella nefandas ceremonias; luteranos, que
+buscaban demoler la santa Iglesia de Cristo difundiendo por España la
+peste de la herejía; alevosos moriscos, que seguían predicando las
+bellaquerías de su secta y el deber de la rebelión y la venganza.
+
+Los que habían de morir ocupaban los asientos más altos. Situado a la
+entrada de la calle, Ramiro les observaba de costado, sin poder
+distinguir a la sarracena.
+
+Dos horas más y aquellas víctimas infames arderían en la hoguera como
+los chivos expiatorios de la Escritura; los pueblos y los campos
+quedarían purificados y el Dios del moderno Israel, al aspirar desde el
+cielo el abundante olor del sacrificio, aplacaría su cólera y dejaría
+caer su bendición sobre la ciudad justiciera, más católica que Roma, más
+celosa que la antigua Jerusalén.
+
+El rito comenzaba. Un obispo acercose al altar. Los diáconos le tomaron
+la admirable mitra cuajada de gemas simbólicas ofrecida por el Cabildo.
+Poco después densa nube de incienso ascendía en el espacio luminoso como
+en los primeros sacrificios de la Antigua Ley. Terminados el sermón y la
+misa, el relator leyó el juramento del pueblo, y Ramiro unió su voz al
+_¡sí, juro!_ brusco y atronador, proferido a la vez por toda la
+multitud, y que, al decir de los campesinos, se escuchaba a más de una
+legua a la redonda.
+
+Un cantor de la Catedral leyó en seguida la carta de los delitos y
+supersticiones contra la fe; y acto continuo los que habían abjurado de
+sus errores fueron conducidos a la jaula de madera, que se levantaba en
+medio de la plaza, para que escuchasen, uno a uno, en presencia del
+pueblo, la lectura de sus causas y condenaciones, antes de ser
+reconciliados.
+
+Aquella parte del auto producía de costumbre un hastío general. La
+multitud, anhelosa de ver comparecer a los relajados, daba, a cada
+instante, signos de impaciencia. Aguirre bostezó varias veces, y Ramiro,
+entrecerrando los párpados, apoyó la cabeza contra la negra colgadura
+que pendía de una ventana.
+
+Defensores de la fornicación, varios bígamos, judaizantes arrepentidos,
+falsos sacerdotes, un pordiosero que se hacía pasar en las aldeas por
+comisario del Santo Oficio y algunos gañanes que habían proferido
+blasfemias y juramentos, eran condenados a la pena de azotes, a prisión,
+a galeras.
+
+Una animación distraída circulaba por toda la plaza, y muchos prelados y
+dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un refrigerio o una
+breve colación detrás de la gradería. En las ventanas y balcones las
+damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa blancura y recibiendo
+refrescos y frutas confitadas de mano de los galanes. Ramiro sentía a
+través de sus pestañas asoleado movimiento de sedas en las tribunas.
+Galante murmullo bajaba ahora hasta él y parecíale respirar por
+instantes femeninos perfumes. Oíanse risas claras y festivas. Encima de
+su cabeza, el caballero que les había ofrecido los taburetes hablaba a
+media voz con una dama. Escuchó sin quererlo:
+
+--Decid miedo y no desvío, mi señora; que no quisiera caer cual nuevo
+Icaro.
+
+La mujer replicó:
+
+--Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de verdad, que ésas nunca
+se derriten con llevar ellas mes mas el fuego.
+
+--¡Ah, esa tez, esa boca!
+
+--¡Por Dios, don Gonzalo, haceisme daño con las sortijas!
+
+Al oír aquel nombre Ramiro se enderezó con viveza y abrió del todo los
+ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo.
+
+El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en las fachadas
+fronteras y hacía resplandecer en las ventanas y balcones las joyas, el
+azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados.
+
+Llegoles por fin el turno a los que habían de morir. La poderosa emoción
+aplacó todos los rumores.
+
+Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas formarían horroroso
+amasijo de cuerpos carbonizados, subían a la jaula y escuchaban sus
+sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y haciendo
+temblar en la mano la vela verde encendida.
+
+Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto la hizo abjurar de
+sus creencias. En cambio, Aixa, apartándose del religioso, subió los
+peldaños con la resolución misteriosa de los sonámbulos. Ramiro oyó
+sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido
+reconciliada, cinco años antes, en un autillo de Murcia. Del tablado, de
+los techos, de los balcones, de toda la plaza, miles de voces la
+incitaban al arrepentimiento; pero muchos, que deseaban verla quemar en
+el brasero sin que fuese antes estrangulada, protestaban a gritos. No
+fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el religioso que la
+acompañaba señaló la cruz verde cubierta por el velo sombrío, ella
+volvió su rostro alargando el brazo derecho con un gesto de abominación.
+Entonces espantoso bramido, semejante a la explosión de una mina,
+estalló a la vez en todo el Zocodover. Oíanse vociferaciones brutales e
+inmundas. Algunos campesinos se frotaban los ojos con sus amuletos
+gallegos de azabache o con la cruz de sus rosarios, y rezaban en voz
+alta. Junto a Ramiro una aldeana harto hermosa, con retintos cabellos
+achatados sobre la frente y las orejas cubiertas por grandes conos de
+plata, gritaba sin descanso: «¡A hechizar demonios! ¡A hechizar
+demonios!» Religiosos de todas las órdenes se ponían de pie en las
+graderías y levantaban las manos para acallar a la muchedumbre.
+
+ * * * * *
+
+Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el Secretario del Santo
+Oficio entregó los relajados al Corregidor y a sus tenientes.
+
+Los reos fueron montados sobre escuálidos jumentos, y la trágica
+procesión enderezó por la Calle de las Armas, camino del quemadero. El
+auto continuaba, pero los familiares, según la nueva costumbre, subieron
+en sus caballos para presenciar el suplicio. La mayor parte del
+populacho se precipitó como un torrente en pos de ellos. Aguirre se
+había retirado hacía más de una hora, y Ramiro, bajando del taburete, se
+confundió con la muchedumbre, avanzando luego, sin ideas, sin designios,
+cual trágico despojo que arrastran las olas.
+
+Después de seguir durante algunos minutos la ribera del Tajo, el humano
+tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al comienzo de la
+Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso impulso, hendió la muchedumbre
+hasta llegar a la fila de alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a
+pocos pasos, sobre ancho terraplén de arena y de granito, seis palos de
+agarrotar con sus respectivas argollas, varias pilas de leña y una
+enorme cruz pintada de blanco. Hasta el símbolo de la sublime caridad
+tomaba en aquel paraje un aspecto repelente y cruel.
+
+Confusa aglomeración de frailes, de verdugos, de alguaciles, cubrió al
+instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados.
+
+Con muy poca emoción vio Ramiro estrangular a los arrepentidos. Algunos,
+al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban sobre su horrible
+cabeza colgante.
+
+El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta, bañaba de dorado rubor
+la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del vecino arrabal de
+Antequeruela.
+
+La tarde era lúcida y benigna. Un olor de tierra humedecida llegaba de
+la Vega. A esa hora, más de una mano morisca abría las acequias para
+embeber los regadíos.
+
+La figura de Aixa apareció de pronto al borde del brasero. Sus amarillas
+ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos absorbían la lumbre del
+poniente y cobraban sobre ella un esplendor bárbaro y fatídico.
+Hubiérase dicho la sacerdotisa de algún espantoso culto de inmolación y
+de éxtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las llamas. Un fraile
+dominico la predicaba sin descanso, y ora usando del ruego, ora de la
+amenaza, agitaba ante sus ojos la imagen de Cristo crucifijado. Por fin,
+todos oyeron la áspera voz del religioso, que gritó como enloquecido:
+
+--¡Ultima vez: decid que abjuráis de vuestras creencias diabólicas!
+
+Aixa meneó la cabeza negativamente. Los alguaciles, los tenientes y
+otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de leña
+preparada para el suplicio. Ella volvió a menear del mismo modo la
+cabeza. Entonces, el dominico, asiéndola de los hombros, la empujó hacia
+el verdugo.
+
+Como si aquel movimiento hubiera soltado las traíllas a la furia
+popular, veinte o treinta energúmenos, hombres y mujeres, rompiendo la
+fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero para despedazar a
+la infiel. En cambio, los que querían verla morir en las llamas
+prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de protesta:
+
+--¡No la matéis! ¡No la matéis!
+
+Los verdugos se armaron con rajas de leña, y Ramiro advirtió que el
+hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre. Sin
+embargo, un labriego logró llegar hasta la morisca y asestarla un
+garrotazo en el hombro; una vieja la hincó por la espalda la hoja de una
+tijera atada a un carrizo; un dardo, venido quién sabe de dónde, se le
+clavó en el costado.
+
+En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la creciente confusión,
+levantaron a Aixa sobre la pila de leña, y habiéndola desvestido hasta
+la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero. Ella ablandaba su
+cuerpo y echaba los brazos atrás para facilitar el suplicio. El ocaso
+hizo resplandecer cual claro marfil su admirable desnudez.
+
+Cuando las primeras llamas, casi invisibles, lamieron sus plantas, Aixa,
+alzando los ojos al cielo, fijó su mirada en el delgado creciente de la
+luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad, entre nubecillas de
+oro.
+
+Los leños, atizados con fuelles enormes, comenzaron a chisporrotear. El
+humo se inflamaba por momentos, formando lenguas amarillentas y fugaces
+que se perdían en el espacio. Aixa no se movía. Sus largos cabellos
+flamearon. El refajo que habían dejado sobre sus piernas ardió
+bruscamente. Una horrible convulsión corrió por todo su cuerpo.
+Entonces, imponente columna de humo y de pavesas la envolvió de súbito,
+ascendiendo acelerada y terrible en la penumbra de la tarde. El fuego
+rugía. De pronto, una primera ráfaga nocturna, desviando hacia atrás la
+densa humareda, dejó ver la cabeza de Aixa colgando del madero cual
+espantoso fruto de pesadilla.
+
+Ante aquella visión Ramiro experimentó en toda su carne un
+estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la garganta al
+recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que el fuego
+acababa de destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro de su alma
+sofocó al nacer ese primer movimiento de ternura, haciéndole considerar
+que aquel humo sombrío de la hornaza era su abominable pecado, su
+lascivia, su deshonra, levantándose en partículas muertas para
+desvanecerse, para desaparecer del todo y por siempre en la inmensidad y
+en los vientos.
+
+Esforzose en experimentar inmenso desahogo; esforzose en pensar con
+alegría que los ojos terribles de la sarracena habían chirriado en las
+llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo cayendo a
+pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos diabólicos
+se habían hundido con su alma en la negrura de los infiernos; y
+sintiendo correr las lágrimas por su rostro, postrose de rodillas entre
+los pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza:
+
+--¡Oh, santa, santa Inquisición, tu justicia me redime, tu hoguera me
+salva!
+
+Ya los cadáveres de los otros ajusticiados ardían en montón sobre enorme
+pila incendiada, mientras las gentes del pueblo remolineaban en torno
+con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y mostrándose
+entre las llamas los miembros humanos que el fuego retorcía y levantaba
+por instantes como si conservasen aún restos de vida y de sufrimiento. A
+veces oíase un silbo peculiar y luego una chirriante crepitación, cual
+si una pella de sebo cayera sobre las brasas, y Ramiro escuchaba encima
+de su cabeza soeces exclamaciones y carcajadas espantosas que
+desconcertaban su entendimiento.
+
+Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el humano holocausto,
+tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro con la capa,
+se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo mismo y
+aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegrecía los
+senderos.
+
+Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y sombrío, angosta faja de
+crepúsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre de un horno.
+
+
+
+
+IV
+
+
+Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de encenderse en su
+pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche. A la vez,
+su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las más importunas imágenes del
+pasado, comparable al río torrentoso que se enturbia con sus propias
+orillas.
+
+Sentía Ramiro ansias inmensas de soledad y el horror de toda voz
+extraña, de todo ajeno semblante.
+
+Pasadas las cinco de la tarde dejó la posada y dirigiose a los ásperos
+collados del mediodía. Al cruzar el puente de San Martín, una tapada se
+le interpuso en el camino y con gracioso ademán abrió y cerró
+súbitamente su velo, enseñándole el rostro. Fue como un relámpago. Sin
+embargo, Ramiro reconoció al instante los ojos de Casilda, y en vez de
+detenerse, terciose la capa y enderezó a toda prisa hacia la otra
+ribera.
+
+Después de errar más de media hora, en la dirección del sudeste, sin
+alejarse del río, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la cruz de
+una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su
+profunda tribulación, la sorpresa del cuadro dejole absorto un momento,
+haciéndole presentir un sentido provechoso para su alma.
+
+Frente a él, en la margen opuesta, Toledo se extendía de naciente a
+poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados grises, sus
+pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso escarpamiento
+caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al parecer
+de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por
+allí, arrasando toda raíz y toda simiente. Ramiro pensó con religioso
+espanto en las cuestas del eterno castigo que los réprobos tienen que
+trepar con los pies y con las manos, para caer de nuevo en las ondas
+inflamadas, y volver a trepar y a caer sin perdón y sin tregua,
+indefinidamente.
+
+Sentose sobre un peñasco.
+
+El río se deslizaba a una hondura terrible entre rocas herrumbradas y
+fieras. Pareciole un río de culpas y expiaciones, como los que forja la
+imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que dolorosos
+espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las ondas con sus
+colgantes velos obscuros.
+
+Entretanto el caserío tomaba, con la hora, desolada blancura de huesos
+en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través de la
+vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera
+de la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los salmos.
+
+En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar bañado en melancólico
+reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa inspiración que
+aquellos muros habían alojado a uno de los reyes más gloriosos de la
+historia, a un monarca de monarcas que acabó por arrojar el cetro y la
+corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el
+fantasma del Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con el
+rostro medio oculto por la capilla de un hábito.
+
+¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo...!
+
+El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad tomó una coloración
+mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de transparente
+amatista. Algunas vidrieras que habían flameado un instante se apagaron.
+Ramiro dejose penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un
+signo, una voz de lo alto. En ese instante las campanas de la ciudad
+rompieron a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a distancia un
+canto prolongado y conmovedor que hacía pensar en las letanías de la
+muerte, y hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerosos
+campanarios vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro acordose
+de las campanas de Avila, de las tardes de su niñez en la torre
+solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada, siempre
+taciturna.
+
+Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba purificado, pero sentía su
+pecho ávido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la ermita
+para verter al pie del altar su congoja profunda. Levantose. El suelo y
+las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado, iba a
+desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una inflamada
+saeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho, sumergiéndole
+durante algunos segundos en un estado delicioso, gozado sólo con el
+alma.
+
+Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido trasverberado como la
+Madre Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse hasta él en todo
+su poder y misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas, de los
+goces que le esperaban cuando su alma, vencedora del mundo, se entregase
+por fin, con soberana pasión, a la soledad y a la penitencia.
+
+Un instante después regresaba a la ciudad en busca de un convento donde
+le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitaño.
+
+
+
+
+V
+
+
+Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el bordón, por encima del
+hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje las
+religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose Ramiro de
+Toledo, a la mañana siguiente, tomando a través de los montes la
+dirección del mediodía.
+
+Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin ceño, los ojos
+humedecidos.
+
+Caminó muchos días, de sol a sol, bebiendo de bruces en los arroyos y
+comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Más de un compasivo
+caminante le ofreció llevarle en el anca de su cabalgadura; pero él
+sonreía santamente y marcaba en el polvo con más fuerza la huella de sus
+sandalias. Dormía en el corral de las ventas o al borde de los caminos,
+donde le tomaba la noche.
+
+Por fin, una madrugada, después de larguísimo viaje, llegó a divisar
+desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Córdoba, bañada en el
+rubor húmedo y radioso del amanecer. Se hizo señalar desde allí, por una
+frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al pensar
+que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre, sintió que los
+sollozos le entrecortaban el aliento.
+
+Sin querer acercarse a la ciudad, y apartándose de los senderos,
+descubrió por fin, en el flanco de la montaña, una gruta escondida entre
+malezas y arbustos. Había en su interior una mesa hecha de ramas de
+alcornoque sin descorchar, un tintero de raíz de naranjo, un taburete,
+un azadón y varios cacharros hundidos en el lodo. De la parte más alta,
+colgaba un antiguo traje de caballero, y además, semejante a dos
+perniles ahumados, un par de botas de camino con sus espuelas.
+
+Esa misma noche, al encender el candil que llevaba consigo, y al ir a
+acostarse sobre un montón de hojarasca, hacia el fondo de la gruta,
+hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que apretaba
+todavía entre sus manos resecas las cuentas del rosario. Ramiro dejose
+caer de rodillas y alzó los brazos al cielo, dando gracias a Dios por
+haberle puesto, a la vez, en su camino, el anhelado refugio y el ejemplo
+de aquella muerte.
+
+Al otro día, por la mañana, dio sepultura al ermitaño y ordenó lo mejor
+que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde había resuelto pasar
+todo el resto de su existencia.
+
+Muy pronto una sublime voluptuosidad inundó su corazón. La continua
+plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las arduas e
+ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer el inefable
+orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba el alma
+infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del
+hombre. Se comparó a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por
+seguro que en los tiempos venideros su historia sería leída en hogares y
+refectorios para edificación de las almas.
+
+Las religiosas de Toledo habíanle puesto en el zurrón algunos libros de
+mística. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se propuso recorrer las
+tres vías espirituales descritas en los tratados, y lograr al fin la
+posesión de esa gloria máxima que había buscado hasta ahora por
+engañosos caminos.
+
+Pero la llama de los primeros días no pudo mantenerse; ya no volvió a
+sentir aquellos arrobos que encendían en la cripta de su alma las
+lámparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche de frío
+y de tinieblas cayó sobre su corazón; la lobreguez y la humedad de su
+guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible.
+
+Algunas tardes, deseando respirar libremente, salía a pasearse por la
+montaña hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y traía de los
+cortijos un perfume de azahares que reblandecía la voluntad y alejaba
+toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de labios
+entreabiertos, maliciosos pestañeos, aparecían ante él en la penumbra
+rosada o bajo la sombra azul de los árboles.
+
+Una apatía, una pereza invencible comenzó a postrar como un ensalmo sus
+miembros y su espíritu, hasta hacerle pasar la mayor parte del día
+tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los hoyuelos de la
+roca o las gotas de agua que caían de las vertientes. Las lagartijas,
+las cucarachas, los ratones y muchos insectos que le eran desconocidos,
+acabaron por trepar sobre su cuerpo, y él, en vez de espantarlos,
+mantenía completa inmovilidad, a fin de observar de cerca todos sus
+movimientos.
+
+Pasó semanas enteras sin rezar el rosario y sin bajar a la ciudad para
+oír la misa del domingo y pedir provisiones, como era su costumbre.
+
+Cierta mañana escuchó una voz de mujer a pocos pasos de la gruta:
+
+ Cantan de Oliveros e cantan de Roldán
+ e non de Zurraquín, cá fue gran barragán.
+
+ Cantan de Roldán o canta de Olivero
+ e non de Zurraquín, cá fue gran caballero.
+
+Era un doble estribillo que Medrano, el escudero, no se cansaba de
+repetir. Pareciole la voz de Casilda. ¿No sería algún engaño de los
+sentidos? Levantose y miró un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta
+de un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la canción caía y
+se alejaba con ella graciosamente.
+
+Otra mañana, recogiendo leña por el contorno, descubrió al pie de un
+árbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su escondrijo y
+frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma señoril: varios
+anillos de plata ceñían la negra vaina de cuero; la hoja tenía la marca
+de Hortuño; la guarnición era calada y fina, como una randa.
+
+Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su pereza. Desde entonces
+pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores intersticios; y
+se complacía en sacarla a la luz para hacer correr una llama de sol a lo
+largo de la hoja, en empuñarla y blandirla con fuerza, en hacerla
+resoplar en el viento.
+
+Ya no salía nunca hacia el bosque que no la llevase consigo; y a veces,
+mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera sorprenderle,
+hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los árboles para
+recordar la terrible estocada con que había dado muerte a Gonzalo.
+
+Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu, inflado otra vez con el
+viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y loores de la vida y
+en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el mundo.
+
+Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto peñasco,
+y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando vio subir por
+la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y esbelto que
+agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia la gruta.
+
+El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente, mirando siempre con la
+misma curiosidad.
+
+Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de modo insufrible el
+tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a la hora del
+anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño lleno
+de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.
+
+Ramiro caminó hacia él, exclamando:
+
+--¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!
+
+El hombre prosiguió su camino.
+
+Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte, repitió:
+
+--¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!
+
+Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contestó secamente:
+
+--Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos. ¿Pensáis acaso que esa
+roñosa pereza borra crímenes y perjurios?
+
+El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano el freno de la
+cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo:
+
+--¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo!
+
+Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia adelante y, por toda
+respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa imagen del
+Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba
+combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu a la
+cueva, cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la
+intención de darle muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para
+hundirla en aquel pecho sacrílego, una voz recia y dominante, una voz
+que penetró en sus entrañas, le contuvo de golpe:
+
+--¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que acuchilles al hombre que te
+engendró!
+
+Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho sombrero que
+llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor todo el rostro.
+Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa de reconocer al
+misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le
+había salvado la vida, dejándole después, como recuerdo, la valiosa daga
+sarracena.
+
+--Sí, yo te engendré en la altiva doña Guiomar--prosiguió el anciano--y
+tu agüelo prefirió casalla en seguida con el viejo don Lope, en odio a
+mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di la vida por segunda
+vez, sacándote de entre las dagas de los creyentes; y fui expulsado de
+Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro, me pagaste en buena moneda
+cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisición a la
+infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que
+fuesen arrojadas a la hoguera, después de haberte curado y regalado con
+tanto amor como ellas te tenían!
+
+Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclamó por
+fin:
+
+--¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de un padre es siempre
+escuchada por Alá...; no, no me atrevo a maldecirte...!
+
+Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia atrás, y taloneando
+fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza, desapareciendo
+en seguida entre los peñascos.
+
+Ramiro le miró partir sin llamarle, y caminando hacia la cueva, fue a
+sentarse en el rincón más obscuro, oprimiendo el crucifijo contra su
+pecho.
+
+¿Qué había escuchado? ¿Su padre? ¡Un morisco!
+
+Todos los enigmas de su vida acudían a su memoria: la soledad de su
+infancia, la dureza del abuelo para con él, la continua y llorosa
+melancolía de doña Guiomar, las especies tan extrañas que había
+suscitado su lance con los conversos, el súbito desvío de Beatriz, el
+denuesto de Gonzalo en la callejuela... ¡el abnegado amor de aquel
+hombre de otra fe, de otra raza!; y vio que todo resultaba harto
+comprensible a la luz de la espantosa revelación.
+
+¿Sería verdad? ¿Sería, en efecto, hijo de moro? ¡Ah! Más valiera
+entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se derramase
+sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razón cayó en espantosa
+vorágine. Las ideas parecían ulular y remolinear como los vientos en una
+noche de vendaval. No quería, no quería pensar, y se hincaba las uñas en
+la frente para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas, resoplaba
+con furia como un hombre enajenado por el terror; pero la cavilación era
+cada vez más inexorable, más elocuente, más honda. Unas veces reía de
+su propia credulidad, desechando como el más grande de los absurdos las
+palabras del moro; otras llegaba a sentir total convencimiento, y se
+sorprendía de no haber concebido hasta ahora ninguna sospecha en medio
+de tantos indicios.
+
+De pronto, el mismo horror de aquella incertidumbre, le yergue sobre los
+talones. Enciende la candileja. Un pensamiento instantáneo acaba de
+cruzar por su mente. Sube al escabel, descuelga los viejos vestidos y
+las botas que penden de lo alto de la gruta. Un bolsillo de monedas
+suena en los gregüescos.
+
+Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de otro tiempo y ceñido
+la espada, salió de la cueva y se puso a errar en la noche. No le
+quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra
+esperanza que los galeones.
+
+Soñaba en alguna región de las Indias, donde las plantas, las frutas,
+las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para él y nada le recordase la
+tierra vieja y maligna en que había nacido, aquella tierra en que todo
+era adversidad, maleficio, embrujamiento. Sólo así podría escapar a la
+maldición que le perseguía quizá desde el vientre de la madre.
+
+Caminó incansablemente, empujado como Ashavero, por un viento misterioso
+que no movía las hojas de los árboles, y que él, con todas sus fuerzas,
+no hubiera podido resistir.
+
+De noche, en las ventas, al verle aparecer con el anticuado traje y la
+luenga barba en desorden, más de un gañán empinaba de golpe la taza de
+vino y se escapaba al corral haciéndose cruces.
+
+En cambio, de día, al cruzar por los pueblos, los chiquillos se mofaban
+de su estampa y le arrojaban por detrás cáscaras de nueces y puñados de
+polvo.
+
+Con el dinero que había encontrado en los gregüescos compró una mula
+para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este modo,
+después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad de
+Cádiz, a mediados de diciembre.
+
+El mismo día, recorriendo las calles, vio una bandera de compañía
+colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le dijeron que se
+había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un
+soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó:
+
+--Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martínez, el
+alférez, ahí le tiene a su derecha.
+
+Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la calle
+a su antiguo paje vestido con galas de soldado.
+
+Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de
+Groninga, dos compañías de escopeteros españoles, sorprendidas por una
+carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Sólo Pablillos
+permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al siguiente día le
+hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; había perdido el habla
+y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera. Algunos
+dijeron entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que se
+había agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevos
+soldados le miraban como a un héroe, y toda la población como a una
+gloria gaditana. Al reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que
+pudiese, y cuando supo su resolución de entrar en la compañía como
+soldado, llevole en persona a comprar lo que hubiera menester para
+embarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de diciembre.
+
+ * * * * *
+
+El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres
+gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus velas
+numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro y de
+sangre.
+
+En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada, su
+imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte.
+
+Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta de
+América.
+
+Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una
+muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre la
+última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez más
+pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a poco el
+escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba
+sus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y despiadada canción que
+reía con las espumas.
+
+
+
+
+EPILOGO
+
+
+En el Perú, el año de 1605, en la Ciudad de los Reyes.
+
+Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme bajo el brillo de las
+constelaciones y sus campanarios se levantan, aquí y allá, más obscuros
+que la sombra. Luciérnagas y cocuyos enciéndense a millares encima de
+los huertos y atraviesan los árboles tenebrosos. El húmedo ambiente está
+henchido de perfumes, y óyese, como en la quietud de los campos, el
+concierto de los grillos y las ranas, sólo entrecortado por la voz de
+los serenos o los pasos de algún trasnochador que vuelve de los garitos.
+
+Poco a poco, soñolienta vislumbre enrojece en lo alto los cerros de San
+Cristóbal y Amancaes. Una brisa sutil y lánguida llega del mar. Los
+gallos no han cantado todavía.
+
+No lejos de la Plaza Mayor, en el huertecillo de humilde vivienda, una
+mujer, cuya blanca vestidura parece relucir en la sombra, va y viene por
+los senderos cual inquieto fantasma. Es Rosa, la hija menor de Gaspar
+Flores y María de Oliva. Todas las mañanas, antes de la salida del sol,
+junta piadosamente, en el jardín cultivado por ella, las flores que un
+instante después ha de llevar a la Virgen del Rosario, en la vecina
+iglesia de Santo Domingo.
+
+Aun en las noches más obscuras sus pupilas reconocen las corolas mejor
+abiertas, y parécele que todas claman hacia ella con místicas voces,
+anhelosas de morir sobre la pureza de los altares.
+
+Hacia un ángulo del huerto, la puertecita de encalada celda recorta en
+la obscuridad el dorado resplandor de un candil encendido. Es la ermita
+doméstica construida por Rosa para entregarse a la contemplación y la
+penitencia sin abandonar a sus padres y a sus hermanos.
+
+No ha escogido esa vida guiada por el remordimiento o los pesares. Ha
+nacido santa. Es milagrosa desde la cuna. Su primer aliento difundió en
+su morada un hálito del Paraíso. Es el lirio conventual, bendecido por
+Dios en la tierra y en la simiente. Diríase que los ángeles mueven y
+aderezan todo lo que ella pone bajo su intento. Las personas que la
+visitan advierten claridades y frescuras de otra vida en torno de su
+persona; y, de noche, se la reconoce en las más obscuras estancias por
+la misteriosa luz que desprenden sus cabellos.
+
+No ha cumplido aún veinte años y nadie ignora en Lima los asombrosos
+prodigios con que el Señor la favorece. Sólo ella encuentra natural que
+los pájaros se posen sobre su hombro o acompañen con sus trinos las
+fervorosas canciones que improvisa al son de la vihuela; o que, en los
+días de gran necesidad, cuando su madre o sus hermanas se sienten
+enfermas, maravillosas labores aparezcan, en un instante, bajo su aguja,
+recubriendo una a una las telas, sin agotar los ovillos.
+
+Comprende desde temprano que el sufrimiento y la pobreza son para Dios
+las más altas dignidades de esta vida; y visita de continuo los
+hospitales, entra en las covachas de los cholos y los indios, buscando
+las fiebres, las llagas, la lepra; asila en su oratorio a las ancianas
+que escarban las basuras de los muladares para buscar el sustento; cura
+con sus manos a bubosos y cancerosos abandonados por sus parientes.
+
+Su hermosura es a la vez angélica y perturbadora. Tiene del cirio el
+candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con misteriosa fiebre,
+van encendiendo, a pesar suyo, súbitas pasiones en el corazón de ricos y
+virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a ataviarse
+como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una oculta
+mortificación. La guirnalda de flores con que debe adornarse la frente,
+lleva por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor están
+embebidos en un cáustico que desuella las manos. Por fin, acosada de
+amenazas y violencias, declara su voto irrevocable de virginidad y su
+secreto desposorio con Jesucristo.
+
+Una noche, después de haber trabajado hasta muy tarde, a la luz del
+candil, soñó que aderezaba la saya para sus bodas espirituales, bordando
+sobre briscada estofa los Nueve Coros angélicos y los símbolos de la
+Trinidad y de la Santa Eucaristía. De pronto parécele que la quitan la
+aguja de las manos. Un ángel pálido, y de rizos muy negros, reluce de
+súbito ante ella, y le ofrece una corona de lágrimas y alba vestidura
+formada de postillas de lepra que la envía Nuestro Señor, desplegando,
+en seguida, el velo nupcial, incorpóreo velo, sólo visible para el alma,
+un velo hecho de suspiros y sollozos de este mundo.
+
+ * * * * *
+
+Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no despertar a los que
+duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las flores que ha
+de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando apenas los pliegues
+cándidos y simples de su túnica. Diríase que la poderosa fragancia la
+desvanece por momentos.
+
+Tierno rubor enciende por encima de los tejados los ópalos de la aurora.
+Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios cabellos
+humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar junto a las rejas
+se aspiran monjiles sahumerios recién encendidos en los estrados. Aquí y
+allá, un brazo desnudo asoma sin rumor entre las celosías y riega los
+albahaqueros. Oyese la tímida canturria de las esclavas que lavan los
+patios y los zaguanes.
+
+Rosa entra a la iglesia hollando con religioso respeto las losas
+sombrías. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la capilla
+mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro ataúd,
+las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal con que lo
+han amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un paño mortuorio.
+
+La doncella se aproxima.
+
+Un fraile dominico, con barba y sin tonsura, dormita a pocos pasos del
+féretro, sentado en un escaño. Rosa camina hacia él. El novicio abre
+entonces los ojos y murmura, como espantado:
+
+--¡Vive Dios! ¡Con ella soñaba, y la veía venir con ese sayal, con ese
+velo, con esas flores!
+
+Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente:
+
+--El Señor os conduce, niña santa. ¿Qué labios podrán rezar mejor que
+los vuestros por el alma de este difunto?
+
+--¿Quién era...?--pregunta Rosa, observando el rostro del muerto.
+
+--A punto fijo, no lo sé yo tampoco--responde el religioso.--Jamás quiso
+revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el Caballero
+Trágico, como todos le llamábamos, ha sido un gran arrepentido, y que la
+peregrina historia de su conversión debiera publicarse a boca llena para
+ejemplo de pecadores.
+
+El fraile vacila un instante, pero clavando en la joven una mirada de
+arrobamiento, cual si hablase a una santa aparición, agrega con voz
+estremecida:
+
+--Yo le conocí en Huancavelica, hará cosa de seis años. Formó allí una
+banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio señalarme, y
+salíamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y minas
+ocultas; y todo lo alcanzábamos a fuerza de cuerda y de hierro.
+Prendíamos a los caciques y les dábamos tormento, e si no querían
+declarar, nos íbamos sobre sus chozas y nos hartábamos de sangre. ¡Ah!,
+no hubo saña como la nuestra. Después caíamos a esta ciudad de Lima, a
+consumir en los vicios el fruto de nuestros crímenes... Mucho más
+pudiera decir, sino que no es la ocasión.
+
+Rosa suspiró; y el novicio, pasándose la mano por el rostro, alzó la
+cabeza y prosiguió su relato:
+
+--¡Oh alta potencia de Dios, y por cuántos medios mandas la luz a las
+almas hundidas en la tiniebla! Habéis de saber que, una vez, ese que
+agora duerme el sueño de la eternidad, viniendo conmigo a comulgar a
+esta parroquia, pues nunca abandonó el sumo Sacramento, os vio salir
+por la puerta de la sacristía, y, dejándome al punto, se puso a
+seguiros. Habiendo sabido después cuán piadosa erais y cuán alejada de
+todas las vanidades y pasiones del siglo, determinó, sin embargo,
+seduciros, o robaros a viva fuerza. Para eso, cierta mañana, hizome
+llevar una litera junto a vuestra casa, mientras él se dirigía a saltar
+la tapia del huerto...
+
+Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al llegar junto a mí,
+echome los brazos al cuello, exclamando: ¡Es una santa, una esposa de
+Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gemía como un hombre que no
+osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de herirle. Desde
+entonces púsose a observaros de lejos, y os vio derramar por todas
+partes vuestra cristiana bondad. Una envidia santa traspasó su corazón
+encallecido al escuchar las bendiciones de los miserables y al ver a
+tanto desgraciado que se echaba de hinojos en el suelo para besaros los
+pies. Abandonó sus galas, repartió joyas y dinero entre los
+menesterosos, y, habiéndome contagiado su nuevo frenesí, llevome consigo
+a los campos, para borrar con el bien todo el mal que habíamos sembrado
+por ellos. ¡Por mi fe! ¡Yo nunca pude imaginar remordimiento tan
+profundo, y qué hazañas de caridad y de penitencia! Dios perdone sus
+pecados, y quiera darme tiempo a mí mesmo para purgar los míos en esta
+santa casa de religiosos.
+
+--¿Y cuál ha sido su muerte?--volvió a preguntar la doncella, con
+expresión tímida y ansiosa, sentándose en el extremo del escaño.
+
+--Su muerte--respondió el novicio--dice harto bien lo que fue su
+contrición. Allá por el mes de agosto, un indígena, a quien él curaba de
+un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a
+trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trágico quiso
+ponerse en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los días más
+de cinco horas en las entrañas de la tierra. Contrajo de esta suerte una
+fiebre tan brava, que en menos de una semana le privó de todo
+movimiento. Yo no hallé cosa mejor que cargarle sobre una mula y
+traelle a este Convento del Rosario, donde, después de largo padecer, ha
+fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos con sus acentos
+de humildad y de sublime confianza en la misericordia de Dios. Y agora
+debo deciros--agregó por fin con voz entrecortada por la emoción--que en
+sus últimos instantes mezclaba vuestro nombre al nombre de Cristo y de
+Nuestra Señora, doncella santa.
+
+Rosa acercose al ataúd. ¿Cómo dudar? Se hallaba ante el cadáver de aquel
+desconocido que había saltado una mañana las tapias de su huerto, y a
+quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios, habló
+largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras dictadas, sin
+duda, por el cielo.
+
+Fijó entonces sus pupilas, con profunda atención, en el descarnado
+rostro, y al reparar en la beatitud inefable que bañaba los párpados,
+comprendió que aquellos ojos hablan contemplado, antes de extinguirse,
+alguna visión deslumbradora del Paraíso.
+
+Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra después...
+
+El alba aclaraba apenas el templo con lívidos resplandores que bajaban
+de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso, adormecida en las
+naves, se rasgaba por instantes, como si los ángeles volasen en la
+penumbra.
+
+Rosa de Santa María arrodillose piadosamente, y murmuró una plegaria por
+el alma de aquel muerto.
+
+Y ésta fue la gloria de don Ramiro.
+
+FIN
+
+
+
+
+
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+
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+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
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+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
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+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
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+ The Project Gutenberg eBook of La gloria de don Ramiro, por Enrique Larreta.
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+<pre>
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+The Project Gutenberg EBook of La gloria de don Ramiro, by Enrique Larreta
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
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+Title: La gloria de don Ramiro
+ una vida en tiempos de Felipe segundo
+
+Author: Enrique Larreta
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+Release Date: September 6, 2009 [EBook #29920]
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+Language: Spanish
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+Character set encoding: ISO-8859-1
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+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GLORIA DE DON RAMIRO ***
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at https://www.pgdp.net
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+<hr class="full" />
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+<p class="cun15">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; BIBLIOTECA DE «LA NACION» &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;</p>
+
+
+<h3 class="top5 spc">ENRIQUE LARRETA</h3>
+
+<hr />
+
+<h2 class="spc">LA GLORIA</h2>
+
+<p class="c">DE</p>
+
+<h1 class="spc">DON RAMIRO</h1>
+
+<p class="c">UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO</p>
+
+<hr />
+
+<p class="c smcap">EDICIÓN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR</p>
+
+<p class="c"><img src="images/001.png"
+alt="logo"
+width="78"
+height="75" /></p>
+
+<p class="c">BUENOS AIRES<br />
+1911</p>
+
+<p class="c">Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado a
+la imprenta el 24 de julio de 1908.</p>
+
+<p class="c"><i>Es propiedad del autor y queda hecho el depósito que marca la ley.</i></p>
+
+<p class="c">Imp. de <span class="smcap">La Nación</span>.&mdash;Buenos Aires</p>
+
+<div class="toc">
+<ul>
+<li><a href="#PRIMERA_PARTE">PRIMERA PARTE</a><br />
+<ul><li><a href="#I">I, </a>
+<a href="#II">II, </a>
+<a href="#III">III, </a>
+<a href="#IV">IV, </a>
+<a href="#V">V, </a>
+<a href="#VI">VI, </a>
+<a href="#VII">VII, </a>
+<a href="#VIII">VIII, </a>
+<a href="#IX">IX, </a>
+<a href="#X">X, </a>
+<a href="#XI">XI, </a>
+<a href="#XII">XII, </a>
+<a href="#XIII">XIII, </a>
+<a href="#XIV">XIV, </a>
+<a href="#XV">XV, </a>
+<a href="#XVI">XVI, </a>
+<a href="#XVII">XVII, </a>
+<a href="#XVIII">XVIII, </a>
+<a href="#XIX">XIX, </a>
+<a href="#XX">XX, </a>
+<a href="#XXI">XXI, </a>
+<a href="#XXII">XXII, </a>
+<a href="#XXIII">XXIII, </a>
+<a href="#XXIV">XXIV, </a>
+<a href="#XXV">XXV, </a>
+<a href="#XXVI">XXVI, </a>
+<a href="#XXVII">XXVII, </a>
+<a href="#XXVIII">XXVIII, </a>
+<a href="#XXIX">XXIX, </a>
+<a href="#XXX">XXX</a></li>
+</ul></li>
+
+
+<li><a href="#SEGUNDA_PARTE">SEGUNDA PARTE</a>
+<ul><li><a href="#Ib">I, </a>
+<a href="#IIb">II, </a>
+<a href="#IIIb">III, </a>
+<a href="#IVb">IV, </a>
+<a href="#Vb">V, </a>
+<a href="#VIb">VI, </a>
+<a href="#VIIb">VII, </a>
+<a href="#VIIIb">VIII</a></li>
+</ul></li>
+
+<li><a href="#TERCERA_PARTE">TERCERA PARTE</a>
+<ul><li><a href="#Ic">I, </a>
+<a href="#IIc">II, </a>
+<a href="#IIIc">III, </a>
+<a href="#IVc">IV, </a>
+<a href="#Vc">V</a></li>
+</ul></li>
+
+<li><a href="#EPILOGO">EPILOGO</a></li>
+</ul>
+</div>
+
+<hr class="full" />
+
+<h3><a name="PRIMERA_PARTE" id="PRIMERA_PARTE"></a>PRIMERA PARTE</h3>
+
+
+
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+
+<p>Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón,
+escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.</p>
+
+<p>Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allí
+el aire exterior, en los días templados, entraba libremente por las
+ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumor
+de los molinos y batanes en el Adaja.</p>
+
+<p>¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo,
+y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde se
+acostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sólo
+animadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos de
+sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una
+sombra.</p>
+
+<p>Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura al
+párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecía
+llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban en
+complacerle, en agasajarle.</p>
+
+<p>Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas
+fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contaban
+historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otras
+milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, de
+princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabía
+cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cada
+vez más goloso de pavura y de misterio.</p>
+
+<p>La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la
+torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la faja
+de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes,
+lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscuro
+dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca en
+repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservando
+todavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá,
+en el reinado anterior.</p>
+
+<p>En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, con
+sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno de
+ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo
+apoyado en el alféizar.</p>
+
+<p>Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todo
+el caserío. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada hacia
+el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, más
+que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba los
+corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de las
+iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedral
+levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.</p>
+
+<p>Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el
+Valle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuera
+de los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras
+a distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una
+coloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba
+extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.</p>
+
+<p>Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el
+curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que se
+deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos
+chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrás
+de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los
+picachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.</p>
+
+<p>Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en
+redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras,
+cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símbolo
+eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránica
+leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo
+piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos. Los
+monjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta del
+rosario.</p>
+
+<p>Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelos
+acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una línea
+segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondo
+verde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre la
+urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el
+polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del
+poniente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando
+de soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado
+como zumos añejos en los cajones de las sacristías.</p>
+
+<p>La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecían
+llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una de
+las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas ya
+era de noche.</p>
+
+<p>Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestando
+un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. La
+ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir,
+por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas.
+Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio
+de aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himno
+alucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálito
+sagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas de
+cirios.</p>
+
+<p>Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y del
+Purgatorio.</p>
+
+<p class="top5">Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en la
+cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños era
+inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo la
+puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta del
+espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrer
+el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran
+infantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía de
+asiento. Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero para
+secarse las suelas.</p>
+
+<p>Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, había
+dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatro
+años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda de
+platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficio
+mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino
+soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al Emperador
+Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y
+galeazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos
+desprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco.
+Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos.
+Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedades
+vergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada,
+de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especias
+en que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces a
+punto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, en
+los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera
+que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que
+mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.</p>
+
+<p>El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos,
+había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos.
+Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía la
+brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus
+castellanas espuelas por las losas de Nápoles.</p>
+
+<p>Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, lleno
+de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado,
+calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tarea
+tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.</p>
+
+<p>A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadas
+retazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosas
+de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda la
+vida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantaba
+con áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados para
+remedar a los ciegos.</p>
+
+<p>Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por el
+mar.</p>
+
+<p>Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir
+algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma el
+dedo sobre las cejas, le preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?</p>
+
+<p>El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de su
+escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices.
+Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.</p>
+
+<p>El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con su
+espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchas
+de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero al
+advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el piso
+y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso a
+escucharle.</p>
+
+<p>Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre de
+los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambor
+destemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar las
+vergüenzas de aquella jornada.</p>
+
+<p>Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse
+de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos;
+aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras se
+entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el
+fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades
+desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló de
+soldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de los
+turcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos a
+mordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de lo
+alto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró su
+funesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle.</p>
+
+<p>Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de lucha
+desesperada.</p>
+
+<p>&mdash;Ya íbamos llegando a las galeras&mdash;decía.&mdash;Los moros escopeteros,
+después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados por
+nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmo
+en el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado,
+como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme, ¡pesia a tal!, una
+cuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!&mdash;exclamó por fin,
+con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en el
+cofre.</p>
+
+<p>Una de las criadas canturrió:</p>
+
+<p class="c">¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!</p>
+
+<p>Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A
+las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellos
+agora que falta don Juan, el de Lepanto?</p>
+
+<p>Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero y
+alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:</p>
+
+<p>&mdash;Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me
+señala.</p>
+
+<p>Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro,
+exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda de
+Dios e la Virgen!</p>
+
+<p>Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y
+una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro,
+penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos
+fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y
+su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:</p>
+
+<p>&mdash;Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos
+alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?</p>
+
+<p>El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:</p>
+
+<p>&mdash;Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.</p>
+
+<p>&mdash;Otras serán, hijo mío&mdash;repuso entonces la llorosa mujer&mdash;, las armas
+que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su Santa
+Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro de
+religión que no ese hierro.</p>
+
+<p>Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos el
+estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,</p>
+
+<p>&mdash;¿Por esto lloráis?&mdash;la preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;No, hijo mío&mdash;repuso la madre, dominada por la congoja.&mdash;Conduéleme
+una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa de
+Ahumada... Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Alba
+de Tormes.</p>
+
+<p>Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la
+estancia. Algunas mujeres sollozaron.</p>
+
+<p class="top5">El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias
+tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas
+cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérase
+dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, y
+resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.</p>
+
+<p>Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabras
+del <i>Angelus</i>. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron a
+responder.</p>
+
+<p>El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando las
+palmas como los niños.</p>
+
+<p>Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primer
+aliento somnífero de la noche.</p>
+
+
+
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+
+<p>Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año de
+1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su heredad. El
+viaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre, la
+carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras,
+penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una hora
+después de la salida del sol.</p>
+
+<p>Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida de
+misterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, para
+asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las
+iglesias vecinas.</p>
+
+<p>El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegas
+de tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer doña
+Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos de
+la Puerta de la Mala Ventura.</p>
+
+<p>Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste,
+recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunas
+almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costra
+rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión la
+agujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar el
+rosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho.
+El resto del caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedras
+irregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de los
+muros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enorme
+cerradura, había servido en otro tiempo para defender la puerta a
+flechazos. Las rejas eran toscas y tristes.</p>
+
+<p>La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esas
+portadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros.
+Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas en
+semicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otro
+lado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en sus
+cuarteles los blasones de las principales familias avilesas: el
+pajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blázques, la cabria y el
+mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de la
+puerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de algún alcázar
+andaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más alta
+servía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente a
+una Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardía
+continuamente un farolillo.</p>
+
+<p>El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustrales
+galerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios labrados
+en los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier, respetando,
+tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas,
+que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario de
+ruinoso convento.</p>
+
+<p>El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto, donde
+él mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces iba y venía
+bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase horas
+enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientos
+y contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en su
+espejo circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar para
+el anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entre
+ellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio.</p>
+
+<p>El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La majestad
+y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de las
+polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban
+obscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos de
+familia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa y
+otros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por los
+estrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras de
+Turquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo y
+telaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditarios
+roídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez; pero ricos
+pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con su
+incesante sahumerio.</p>
+
+<p>Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del palacio,
+don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Había
+traído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho libro de
+caballerías, no pocos de devoción, <i>Las Epístolas</i> de Séneca, <i>De
+Oficiis</i> de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo, un Virgilio y
+algunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera armilar con
+zodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fue
+encontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotes
+arábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia de
+un canónigo de la Iglesia Mayor.</p>
+
+<p>Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo que
+el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los estantes. ¿Para
+qué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota se
+repetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le iba
+desecando el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces el
+sopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo de
+pesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro las
+representaciones de su pasada existencia.</p>
+
+<p>Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro y
+la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos.
+En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usaba
+humildes pieles corderinas. Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde el
+día de <i>Quatour Coronatorum</i> hasta el día de Navidad; otra desde el
+Domingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurrección.</p>
+
+<p>Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. El
+corto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Sus
+ojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creía
+descender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido,
+etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovia
+nombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de los
+caballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.</p>
+
+<p>Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo como
+indigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censos
+de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de un
+cofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión de Valsaín o en
+su «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto que sus
+bodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después de
+casada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de los
+moriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre el
+atávico rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientes
+demostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar al
+soberano contra aquellos perros infieles. Muchos resolvieron
+acompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para armar, a su
+costa, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.</p>
+
+<p>A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por una
+cólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida,
+arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de las
+persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general.</p>
+
+<p>El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por medio
+de espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.</p>
+
+<p>En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de un
+cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados de
+rosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudo
+de la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por un
+terrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago,
+en pago de sus servicios.</p>
+
+<p>Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayores
+pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la
+Alpujarra.</p>
+
+<p class="top5">Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y un
+señoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto en
+Avila como en Segovia, desdeñando la administración personal de la
+propia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y las
+funciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad creía
+asegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballeresca
+de confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de
+Madrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisión
+alguna en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar a
+crédito en la vecindad lo que se iba necesitando.</p>
+
+<p>Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuya
+altivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando uno
+a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacía
+descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con las
+piezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas de
+América, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sin
+embargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una sopera
+con candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, y
+algún hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera de
+sus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza de
+vino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros y
+judíos.</p>
+
+
+
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+
+<p>Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de la
+cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de
+la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sin
+hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de
+la platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la
+calle, cobraba un eco solemne.</p>
+
+<p>Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba
+algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se
+acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie
+hablaba.</p>
+
+<p>No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o un
+dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba
+del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,
+inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba
+las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras
+sí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo
+de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo
+huyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro
+monjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas
+basquiñas de la adolescencia.</p>
+
+<p>Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido en
+casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera de
+un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el
+sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro,
+y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él
+invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su
+padre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar
+amistad, que era ya citada por todos en Segovia.</p>
+
+<p>Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los
+libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos
+como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, tal
+vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca
+paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón,
+cuando todos dormían.</p>
+
+<p>La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un
+filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero
+que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del
+palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios y
+raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida
+cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una
+sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los
+jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos
+y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.</p>
+
+<p>Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación el
+rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar
+por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido a
+lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras
+preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.</p>
+
+<p>Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una voz
+llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El
+billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de
+una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobre
+Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.</p>
+
+<p>Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su
+embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse.
+Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecía
+de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, en
+Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su
+nombre y su raza. Era un morisco.</p>
+
+<p>&mdash;Decid a vuestro amo&mdash;exclamó al despedirse&mdash;que yo quise herille su
+honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizo
+sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora
+en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.</p>
+
+<p>El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomar
+con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que se
+moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.</p>
+
+<p>¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, y
+aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada
+relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se
+realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió
+solo para Flandes.</p>
+
+<p>Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo Sancho
+Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno había
+sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.</p>
+
+<p>Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su
+pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquella
+sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermiza
+palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura
+entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el
+rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su
+cuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo
+que era posible, la nueva reforma del Carmelo.</p>
+
+<p>Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar de
+residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allí
+vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de
+1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y
+Capricornio.</p>
+
+
+
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+
+<p>Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el
+azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin una
+alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos que
+hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de su
+niñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre
+un dedo sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismo
+melancólico, pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedas
+y el rostro como apenado. Había algo de monstruoso en el contraste de
+sus tiernas facciones con el ceño de aquella frente cargada, al parecer,
+de adultos pensamientos.</p>
+
+<p>Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devoción.
+Asistía con él todos los días a la misa de alba en las parroquias de San
+Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles que
+ofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcer
+de impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario de
+quince misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelo
+humildemente ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y
+depositar, asimismo, su ósculo en el escapulario de los religiosos para
+ganar indulgencias.</p>
+
+<p>Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomar
+castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas,
+inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las
+noches leía; junto a su lecho, en el <i>Flos Sanctorum</i> la historia del
+santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los
+milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la
+Madre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale los
+coloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo, en medio
+de la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando su
+cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por la
+madre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado y
+temeroso aroma de santidad.</p>
+
+<p>Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El abuelo
+no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el caserón, miraba
+por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, subía a la
+estancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la cuadra de
+los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartaba
+de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a las
+puertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a un
+ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que
+parecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas
+inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente.
+Nunca faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos de
+naipes. Parte de la servidumbre pasaba allí varias horas del día
+durmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veíanse
+las ostentosas libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata.</p>
+
+<p>Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capaz
+de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos del
+diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal,
+íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas
+subterráneas.</p>
+
+<p>La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde traída
+de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el estío, se
+retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del año
+quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetraba
+en su interior todos los días para coger el huevo que una gallina
+misteriosa ponía sobre los cojines de bronceado guadamacil.</p>
+
+<p class="top5">A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le veía
+internarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. A
+través de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasión,
+endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíale
+ocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo y
+de su gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de Nuestro
+Salvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la Santísima
+Virgen. Le creyó asegurado, y, pareciéndole a ella misma imprudente
+seguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante,
+resolvió que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo.</p>
+
+<p>Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por las
+doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata,
+gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba a
+despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia
+un costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y un
+Pater, le despachaba con un beso.</p>
+
+<p>Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Era
+una revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro monótono del
+caserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su espíritu.
+Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y
+heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias
+del hombre y el orgullo de los linajes.</p>
+
+<p>Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de las
+parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de
+sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, su
+retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle después
+para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y
+pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguo
+soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las
+inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Así
+supo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero Nalvillos con la
+mora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le contó por primera
+vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesenta
+rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso <i>el
+Batallador</i>; así como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, que
+fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.</p>
+
+<p>La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de los
+inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzaba
+los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que,
+en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides,
+subió a las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas de
+barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los
+infieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyéndola bien
+defendida.</p>
+
+<p class="top5">Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generoso
+camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de San
+Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el
+portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo
+trabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas y
+en Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas.</p>
+
+<p>Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, en
+lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamaba
+el escudero.</p>
+
+<p>Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerda
+oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a una
+altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujero
+practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco
+después, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar,
+hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse,
+presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojo
+de llaves y en la otra un farol encendido.</p>
+
+<p>Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna del
+templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse con
+las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejaba
+penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de
+incienso.</p>
+
+<p>La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajo
+un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de una
+zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negros
+como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de la
+techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella
+elevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.</p>
+
+<p>Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase el
+bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamaban
+<i>la extremeña</i>, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba las
+dos campanas más gruesas, dejándole a él los clarillos y esquilones.</p>
+
+<p>Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieron
+los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudido
+hasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones espantosas que
+amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los aires,
+como una paja, en el sonoroso turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su
+faena, mostraba todas las calzas hasta la carne.</p>
+
+<p>Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio
+rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como su
+bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba al
+marido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor que
+renovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro la
+observaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuando
+nadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, trataba
+de animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.</p>
+
+<p class="top5">Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia covacha,
+jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el niño llamaba
+al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio con
+su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que
+hablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que el
+escudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y
+que, descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en el
+tormento antes que denunciarle.</p>
+
+<p>Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo de
+una casucha, detrás de San Pedro.</p>
+
+<p>A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siempre
+con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando de
+admiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus ropas,
+besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era
+ella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de la
+improvisada ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo,
+alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquella
+criatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinal
+llegó a despertarle, en el correr de los días, cierto extraño deleite,
+que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo.</p>
+
+
+
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+
+<p>Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona con
+quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don Alonso
+Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban
+contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de los
+Aguilas, no tardaron en conocerse.</p>
+
+<p>No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de los
+Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altas
+proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso
+descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer
+Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde
+Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de
+los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y
+casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo
+databa la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de a
+caballo de la ciudad, en servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo o
+adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro
+linaje. Otrosí su pendonero o alférez».</p>
+
+<p>En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serrano
+y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta otra casa
+clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco lises
+alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones
+rampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre en
+su familia.</p>
+
+<p>Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte,
+unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejores
+linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del huerto, y
+su defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo residía
+breve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso.
+En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, donde
+pasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido de
+alguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un
+duro cautiverio.</p>
+
+<p>Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de guzmán,
+batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota de
+arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vida
+otra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. A
+los diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a los
+treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por su
+comportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.</p>
+
+<p>Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres en
+Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta el
+delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a
+menudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido
+íntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiares
+como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía las
+<i>Metamorfosis</i>, o la <i>Jerusalén libertada</i>, que las ásperas epístolas de
+San Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedral
+hacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles con un
+peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos de
+ensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Clori
+y a Galatea. Llevaba concluida una traducción de <i>El laberinto de amor</i>,
+sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una feliz
+imitación de la <i>Arcadia</i> de Sannázaro. Para él, aquella naturaleza
+desolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal no
+merecía un hemistiquio.</p>
+
+<p>Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados y
+todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todo
+aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida cortesana,
+agravado por los exquisitos refinamientos «que», según don Íñigo, «la
+prudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles para
+afeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosa
+envoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se
+tardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba por
+debajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que su
+honra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazón o la
+mejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas en
+el calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar hasta él, desde
+temprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora de
+Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y del
+bello vivir.</p>
+
+<p>Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre.
+La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no envilecerse en
+ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de condición
+levantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombre
+debía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el
+sombrero.</p>
+
+<p>Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corte
+espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más ancha.
+Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos modelos
+del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia eran
+dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y
+el pomo de sus dagas.</p>
+
+<p>Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de un
+Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber dado
+dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que le
+presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, y
+él contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el
+Consejo de Italia a la primer coyuntura.</p>
+
+<p>Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o
+de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el culto
+ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida
+señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia,
+comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.</p>
+
+<p>Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embeleso
+eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi dorados,
+provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor para
+cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que sus
+manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia,
+donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.</p>
+
+<p>Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas
+fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de
+Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una
+fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el precioso
+florecimiento.</p>
+
+<p>Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir
+centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generación
+innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas
+alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la
+gran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco
+tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber
+tomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los
+marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un
+movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un
+pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado a
+mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz
+astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído
+en su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor de
+la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas
+blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canales
+internados en el misterio.</p>
+
+<p>Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y
+polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas,
+donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.</p>
+
+<p class="top5">Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa amistad
+ceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamaba
+en tono altivo y profético contra la política del monarca, quien, a la
+vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en su
+reino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando de
+hito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes recompensados
+con grandes honores y mercedes.</p>
+
+<p>Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topó
+con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de alto
+y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente alguna
+imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un infante
+embrujado.</p>
+
+<p>Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz de
+profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos, como a
+una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, al
+verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasión
+que él mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenzó a
+agasajarle. Al siguiente día le mandó buscar con su enano. Hízole
+enseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole él mismo a
+conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez años, que les
+recibió en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojín
+azul, entre las dueñas.</p>
+
+<p>Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo los
+brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción profunda,
+indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la mano sobre
+el hombro y salieron.</p>
+
+
+
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+
+<p>La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casi
+al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles.
+Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas
+fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor,
+había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y
+a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa
+casería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa
+maleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo se
+adivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícil
+avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, se
+defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina.</p>
+
+<p>En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el
+aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos
+limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los
+jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos
+imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas,
+negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en
+el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las
+escalinatas y los follajes.</p>
+
+<p>Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad.
+Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con su
+hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejo
+de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además,
+haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones,
+mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela,
+le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano
+hasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.</p>
+
+<p>Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga
+por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de reja
+y ancha hoja de dos filos.</p>
+
+<p>&mdash;Este acero&mdash;decía señalando su fina espada escuderil&mdash;es doncel, no
+sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero
+aquéste&mdash;agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo
+soldado&mdash;ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja.
+¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más
+de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola
+turquesca!</p>
+
+<p>Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al
+empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentro
+del pecho.</p>
+
+<p>Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus
+músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñando
+esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todo
+soldado que llegaba a la vejez.</p>
+
+<p>Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia
+de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso del
+monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas que
+ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume
+tornábanle al pronto extremadamente sensible.</p>
+
+<p>Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudo
+un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del
+sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vista
+del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y
+tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún
+audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo
+ademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la
+lucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre
+la cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles.</p>
+
+<p>Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su
+espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya
+sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del
+valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era
+llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser
+aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.</p>
+
+<p class="top5">Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de
+jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron
+comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo.
+Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a
+la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los
+remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.</p>
+
+<p>El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.</p>
+
+
+
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+
+<p>Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan
+empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasador
+se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como
+el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol se
+tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño
+levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.</p>
+
+<p>Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje era
+aún más austero bajo aquella claridad implacable.</p>
+
+<p>Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.</p>
+
+<p>Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra
+de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros,
+tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa
+acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cada
+momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.</p>
+
+<p>Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las <i>Aventuras de Silves
+de la Selva</i> y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que
+formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.</p>
+
+<p>Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentos
+la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un
+rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro una
+medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que el
+agua conserva en las alcarrazas.</p>
+
+<p>De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza.
+Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde vais?&mdash;gritole.</p>
+
+<p>El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.</p>
+
+<p>Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano
+contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el
+perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso,
+mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba
+en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban
+llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del
+mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los
+caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos,
+vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando
+encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó
+por su imaginación.</p>
+
+<p>Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin
+pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma,
+mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo
+soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la
+otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos
+esperan», salió de la cuadra.</p>
+
+<p>Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda
+cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con
+seis hombres armados de chuzos y horquillas.</p>
+
+<p>El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto
+distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces
+de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un
+cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.</p>
+
+<p class="top5">Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también
+entre los árboles.</p>
+
+<p>Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo
+que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y
+campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte.
+Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los
+asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra
+a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo
+bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.</p>
+
+<p>Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas
+antiguas.</p>
+
+<p>Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus
+rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de
+estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama
+surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el
+oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.</p>
+
+<p>Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.</p>
+
+<p class="top5">Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el
+patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha
+espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!&mdash;exclamó la mujer.</p>
+
+<p>Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el
+rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba.
+¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!</p>
+
+<p>&mdash;No fue Medrano.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y quién?</p>
+
+<p>&mdash;Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir
+corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo.
+Luego hachele el pescuezo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las
+barbas!&mdash;exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera
+dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.</p>
+
+<p>Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo
+que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y
+tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas
+repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.</p>
+
+<p class="top5">La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin,
+al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que
+invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron.
+Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera
+entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el
+niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre
+el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco
+soponcio.</p>
+
+<p>La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del
+mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sin
+vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don
+Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el
+coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a
+Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus
+temblorosas manitas, blancas como la luna.</p>
+
+
+
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+
+<p>Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar
+sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la
+coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.</p>
+
+<p>Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como
+lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz,
+con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase
+ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del
+lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma
+fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se
+fundía de ternura.</p>
+
+<p>Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para
+Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba
+abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la
+luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas
+veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado
+silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada
+exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale
+que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no
+alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida
+con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a
+solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las
+constelaciones.</p>
+
+<p>Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso
+pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y
+de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.</p>
+
+<p>Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que
+separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa
+vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la
+frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas
+celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!</p>
+
+<p>Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no
+quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole,
+entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y,
+cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que
+pasara a su jardín.</p>
+
+<p>Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo
+de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.</p>
+
+<p>Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados,
+hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin
+sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos.
+Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más
+menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba,
+aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del
+verano.</p>
+
+<p>Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,
+caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el
+brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión,
+Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con
+violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa,
+loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos
+a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo
+inolvidable.</p>
+
+<p>Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil
+aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada,
+soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa
+existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo
+peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Os holgara ser aína mi esposa?</p>
+
+<p>Ella repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?</p>
+
+<p>Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al
+parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que
+aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de
+cascabel.</p>
+
+<p class="top5">Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de
+legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca
+Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe
+de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de
+las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos
+eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se
+aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima
+Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus
+rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente
+la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los
+juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca
+hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal
+que ataca, de ordinario, a los donceles.</p>
+
+<p>Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde
+luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.</p>
+
+<p>Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos,
+advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente
+para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que
+podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo
+fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi
+sonriente.</p>
+
+<p>Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el
+mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los
+árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.</p>
+
+<p>Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino
+jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el
+cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su
+primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un
+olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el
+brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un
+clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.</p>
+
+<p>Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no
+pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible,
+brotó de su pecho.</p>
+
+<p>Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.</p>
+
+
+
+<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+
+<p>Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijo
+en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para
+enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en
+Salamanca.</p>
+
+<p>Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doña
+Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos de
+la gramática latina, un religioso franciscano del convento de San
+Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era
+escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la
+tarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en
+las lecciones. Solía decir a su discípulo:</p>
+
+<p>&mdash;Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lo
+poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han
+de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los
+sabios cristianos y gentiles.</p>
+
+<p>Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello,
+como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias
+terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de
+monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico,
+adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus
+sermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda.
+Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza
+en este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre el
+nido de un ave que duerme.</p>
+
+<p>Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De
+esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos de
+soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.</p>
+
+<p>En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio
+donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil,
+súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre
+obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un
+velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de
+un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor
+que su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padre
+franciscano.</p>
+
+<p>Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la Iglesia
+Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fue
+llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros
+arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de
+arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los
+ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a
+medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los
+demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes
+en el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellos
+sus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, a
+modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la
+espada.</p>
+
+<p>Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en
+medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento de
+gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:</p>
+
+<p>&mdash;Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de la
+verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico me
+ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del
+«Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con
+harto peligro de caer de bruces en la herejía.</p>
+
+<p>Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la
+mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título:
+<i>Summa Theologica</i>, en gordas letras antiguas.</p>
+
+<p>&mdash;Esta obra, este monumento, este tabernáculo&mdash;prosiguió el
+canónigo&mdash;resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisol
+de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en
+la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contra
+ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a
+guisa de <i>vestibulum</i>, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro
+Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de
+Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el
+alma racional muere con el cuerpo.</p>
+
+<p>Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encima
+de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, calose
+las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.</p>
+
+<p>Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las
+claras el vértigo.</p>
+
+<p>&mdash;No os importe&mdash;le dijo el canónigo al terminar&mdash;si de esta primera vez
+no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.</p>
+
+<p>Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes y
+teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociese
+como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo
+Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los más
+doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y
+qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a
+través de sus <i>primos</i> y <i>secundos</i>, de sus <i>ergos</i> y <i>distingos</i>.
+Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con
+ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de
+la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer
+su conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase al
+pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los
+ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, que
+dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuello
+a más de un eclesiástico.</p>
+
+<p>Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante,
+si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña de
+la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiénes
+eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, los
+Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre
+moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia.
+¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara su
+envidiada grandeza? Aquél, y no otro... <i>Ergo</i>! Pero él conocía
+demasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los
+que combatían en España los principios de los escolásticos, los que
+negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies
+inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidad
+del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos
+del Demonio.</p>
+
+<p>El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no era
+posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minar
+aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en su
+seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle
+el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejía
+era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más
+firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido.
+Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes.
+Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero
+eran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, <i>el
+Brocense</i>, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se
+invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de
+Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su <i>Catecismo Cristiano</i>.
+Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde
+por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones,
+sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para
+siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres.
+¡La podrido a la hoguera, y amén!</p>
+
+<p>¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerra
+de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejarían
+escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandes
+se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se
+lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por
+medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y
+Andalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.</p>
+
+<p>El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los
+procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la
+responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de
+cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo
+elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no
+sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas y
+desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la
+bancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de la
+Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por su
+tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio
+en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército
+de arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir.
+España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de
+las batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre
+los infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor los
+enemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos,
+como los soldados de Tito en Jerusalén.</p>
+
+<p>Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una
+bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con el
+fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo
+derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más
+prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia,
+que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veía
+sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que se
+grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero
+cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando
+se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerraba
+como un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del <i>Antiguo
+Testamento</i>, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable,
+tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos.
+Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar un
+rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran
+comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que
+guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta,
+conviene destruirlas y hacer otras nuevas.</p>
+
+<p>Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres
+tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenaces
+tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismos
+pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un
+olor raro y voluptuoso de Oriente.</p>
+
+<p>Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las
+horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa y
+repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la
+llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus
+escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de
+dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo
+súcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él,
+bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico,
+largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograban
+desvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras de
+alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el
+sosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su
+rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!</p>
+
+<p>¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de
+horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite.
+Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se
+castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la
+columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito,
+variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible,
+el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote
+la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple
+tiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única
+y sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y
+sentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.</p>
+
+<p>Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a las
+bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo los
+cedros, temblaban de lujuria como panteras...</p>
+
+<p class="top5">Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había
+levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. A
+aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y
+de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán,
+provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria
+dormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.</p>
+
+<p>¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de la
+iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento
+donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonaban
+allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un
+infolio.</p>
+
+<p>Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchía
+de una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer las
+inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes
+completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer»,
+«Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieron
+quizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto
+que nuestro pie remueve en los osarios.</p>
+
+<p>En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos y
+caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor Don
+Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noble
+caballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego
+del Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida
+como una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que
+una voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores.</p>
+
+<p>Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al
+recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo
+una piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre
+la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino un
+fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar
+un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir
+el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la
+salvación eterna.</p>
+
+<p>En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábale
+contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, y
+sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia la
+parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un
+cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del
+torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no
+había querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar
+a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábase
+entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano de
+vida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a veces
+emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos y
+eternos?</p>
+
+<p>Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de
+Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordar
+de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza
+del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer
+del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: <i>omnem concubitum
+cum re non ejusdem speciei</i>, de la demonialidad o <i>copula cum Dæmone</i>,
+que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el
+comercio con los íncubos y súcubos de donde, <i>aliquoties nascuntur
+homines</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Y es de este modo&mdash;afirmaba&mdash;como debe nacer el Anticristo, según un
+gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según Tito
+Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro <i>el Grande</i>,
+según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en una
+religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito
+heresiarca que llevaba el nombre de Lutero.</p>
+
+<p>Era menester mucha cautela.&mdash;La tentación&mdash;decía&mdash;palpita por doquier.
+Todo es arma y cebo para el Demonio.</p>
+
+<p>Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en un
+cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle la
+piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia.
+De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gesto
+espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y
+exclamando:&mdash;<i>¡Vade retro, vade retro!</i> El Enemigo acababa de mostrarle
+en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.</p>
+
+<p>Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, a
+concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne,
+tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por
+instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.</p>
+
+<p>Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de
+haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el <i>Cantar de los
+cantares</i>, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella
+le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalaban
+los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farol
+al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa
+reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los
+cervatillos mellizos» del cantar.</p>
+
+<p>Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde
+dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.</p>
+
+<p>Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallose
+frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones
+más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil.
+¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzó
+a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.</p>
+
+<p>Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la
+calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.</p>
+
+
+
+<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+
+<p>A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó un
+aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas,
+imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso.
+Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada
+apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.</p>
+
+<p>Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su
+tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le
+enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna
+pone en el mármol.</p>
+
+<p>El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad,
+recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro
+interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos
+de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de
+Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables,
+hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el
+primer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se
+señalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila,
+apellidado <i>El rayo de la guerra</i>, servía ahora de ejemplar a los
+flamencos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vida
+gallarda y desembarazada del soldado!&mdash;exclamaba el canónigo.</p>
+
+<p>No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima
+carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensaba
+tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano,
+escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien de
+la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de
+calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin
+rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia
+de sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus
+colegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una
+silla episcopal.</p>
+
+<p>&mdash;Los muy bellacos y alicortos&mdash;decía&mdash;barruntan que apenas el águila
+se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto.</p>
+
+<p>El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud y
+el gran pecado de su alma.</p>
+
+<p>Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y
+habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miró
+derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudó
+que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados,
+pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o
+en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su
+familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España.
+Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y
+conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura,
+llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamente
+Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan de
+Austria. Al tomar en sus manos <i>Los Comentarios</i>, era él quien conducía
+las cohortes a través de las Galias; pero, en los <i>idus</i> de marzo, más
+sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y,
+escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a
+uno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba
+a la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin,
+de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre
+toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su
+imaginación soñaba según las estampas.</p>
+
+<p>El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar la
+tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lo
+mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico le
+dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbre
+absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar a
+ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en
+la tierra.</p>
+
+<p>Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre el
+Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba
+rodar sus pensamientos.</p>
+
+<p>Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión,
+gritos de guerra, suspiros de éxtasis.</p>
+
+<p>Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovido
+hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente,
+abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubes
+doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando
+todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera
+muralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella
+misma.</p>
+
+<p>Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevación
+de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunos
+palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se
+cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz
+era al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de
+eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su
+conocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primer
+momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si
+de todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre.</p>
+
+<p>Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales de
+cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venían
+hablando de comida y de jornal:</p>
+
+<p>&mdash;Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante el
+maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos a
+llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil
+mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué os respondió?</p>
+
+<p>&mdash;Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed que
+haríais morir de envidia a muchos obispos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eso dijo?</p>
+
+<p>&mdash;Cabal.</p>
+
+<p>&mdash;Paciencia, Martín.</p>
+
+<p>Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.</p>
+
+<p>Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa
+leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por
+debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera.
+Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...</p>
+
+<p>Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlaba
+de todas las vanidades del hombre.</p>
+
+<p>Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la
+tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en el
+céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con
+el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos
+ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que
+imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro,
+mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una
+moneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:</p>
+
+<p>&mdash;¿Sois muslim o castellanuelo?</p>
+
+<p>&mdash;Cristiano viejo, por la gracia de Dios&mdash;contestó Ramiro.</p>
+
+<p>La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:</p>
+
+<p>&mdash;Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las
+ídolas&mdash;exclamó con voz agorera y fatal.&mdash;Echaréis a Agar y a su fiyo,
+está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos riegue
+la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger,
+ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!,
+los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es
+buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y
+serán honrados en gradas altas y aventajadas!</p>
+
+<p>Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su
+destino.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tu jofor, tu jofor!&mdash;balbució la morisca.</p>
+
+<p>Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica,
+soltola de pronto.</p>
+
+<p>Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del
+canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se
+acercaba.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Chiromanciam habemus</i>&mdash;gritó el lectoral.</p>
+
+<p>Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se la
+alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarse
+lentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodar
+de la moneda sobre los guijarros.</p>
+
+<p>Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el
+canónigo compuso la siguiente oración:</p>
+
+<p>&mdash;Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí
+una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba
+hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan
+haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados
+de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar
+sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que
+llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el
+filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles
+hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a
+bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta
+la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por
+manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia
+la Meca, hacia el <i>alquibla</i>, como ellos mesmos se expresan. No beben
+vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta
+cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica.
+Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o
+azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según
+su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal
+con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las
+sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de
+fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.</p>
+
+<p>Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido
+reciamente, prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está;
+pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le
+hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las
+cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos
+habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar,
+tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas
+de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el
+primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a
+mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz
+de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la
+injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de
+Roma.</p>
+
+<p>El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto
+y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron
+hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al
+mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua
+del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían
+concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de
+San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hacer&mdash;continuó diciendo el canónigo&mdash;con este enemigo casero
+tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día
+nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche
+nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro,
+me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y
+trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol
+junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a
+Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien
+ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.</p>
+
+<p>La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más
+exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución
+solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.</p>
+
+<p>&mdash;Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de
+España. La avaricia moderna, señores&mdash;exclamó esta vez.&mdash;¡Ah! ya son
+contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de
+honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los
+nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos
+perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos,
+engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que
+con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus
+tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de
+los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del
+Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho&mdash;añadió,
+bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,&mdash;si la Inquisición,
+la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas
+aragonesas?</p>
+
+<p>Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en
+el teatro de su imaginativa, prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del
+reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable
+para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos
+traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada
+cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos
+pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como
+alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a
+las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y
+abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa
+llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a
+Juvenal&mdash;volvió a decir,&mdash;él nos declara que no hay linaje de maldad en
+que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso
+opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con
+la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la
+naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto
+emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi
+que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para
+rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos
+de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de
+carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas
+cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la
+mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga
+llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.</p>
+
+<p>Había terminado y escupió varias veces.</p>
+
+<p>Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban
+llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus
+candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor
+anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la
+reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era
+una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora
+y su pupila fosforescía de modo extraño.</p>
+
+<p>Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondo
+de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su
+discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y más
+dulce:</p>
+
+<p>&mdash;El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasiones
+privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestro
+propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvar
+una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano
+retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el
+muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un
+Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la
+secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o
+pida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo,
+que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan
+de cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir
+sin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo
+mío&mdash;agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,&mdash;otra
+ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios
+mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendo
+a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo,
+del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta
+quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia»,
+<i>nec misereberis earum</i>. Y así mismo, por boca del profeta Samuel,
+mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar
+hombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar
+rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también,
+como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta
+ponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el
+pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe
+extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia,
+Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quien
+Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra
+propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total
+exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano,
+antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las
+claras, rematar la obra de purificación.</p>
+
+<p>&mdash;El miedo a la sangre, hijo mío&mdash;prosiguió diciendo el canónigo,&mdash;es un
+bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad,
+de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La
+sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la
+hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los
+nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que
+resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se
+quieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura.</p>
+
+<p>Meditó un instante y continuó:</p>
+
+<p>&mdash;Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales a
+éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetas
+enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo
+que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los
+falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay
+que saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería
+un blando acabar, poco a poco.</p>
+
+<p>Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebo
+le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría.
+Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo
+levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del
+anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.</p>
+
+<p>El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro,
+y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que
+el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos,
+en el barrio de San Gil.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3>
+
+
+<p>El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes,
+Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey,
+recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las
+suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas,
+preguntole con brusquedad y misterio:</p>
+
+<p>&mdash;¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para
+una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta
+vuesamerced&mdash;agregó&mdash;que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha
+religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte
+que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.</p>
+
+<p>El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara
+arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto,
+después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió
+con viveza.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, tal. Ya le tengo.</p>
+
+<p>&mdash;Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá
+escogido con acierto&mdash;replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en
+el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de
+velludo pardo.</p>
+
+<p>En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos
+esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo
+que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un
+levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles
+con las manos en la masa.</p>
+
+<p>&mdash;Tenemos sospechas&mdash;agregó&mdash;de que en esta ciudad existe un escondite
+de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de
+Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo
+con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y
+abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras
+abandonadas, les tienden solapadamente la mano.</p>
+
+<p>Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a
+su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería
+compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera
+en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino
+de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a
+explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente.
+El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible
+comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo,
+por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.</p>
+
+<p>El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas
+del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había,
+tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario.
+Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un
+esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora,
+púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había
+logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más
+influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el
+Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su
+barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su
+labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.</p>
+
+<p>La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las
+más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La
+Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de
+Milán, Tomás de San Vicente, llamado <i>el Valeroso</i>, y, sobre todo, Ruy
+López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre
+podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de
+Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía
+del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados
+en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en
+Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San
+Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia
+sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.</p>
+
+<p>Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del
+aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas
+antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte;
+y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios
+y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como
+señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.</p>
+
+<p>De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor
+una voz desesperada que comenzó a gritar:</p>
+
+<p>&mdash;¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!</p>
+
+<p>El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un
+lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de
+sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a
+arrojarse a los pies de su señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué sucede?&mdash;preguntó mal despierto el hidalgo.</p>
+
+<p>&mdash;Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega,
+ahí está!&mdash;agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de
+pies a cabeza como endemoniado.</p>
+
+<p>En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la
+boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote
+levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo
+centellear, en el aire, su larga espada desnuda.</p>
+
+<p>El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa
+agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el
+rostro con el acero.</p>
+
+<p>&mdash;¡Teneos, en nombre de Cristo!&mdash;gritó reciamente el canónigo, asiéndole
+el brazo.</p>
+
+<p>El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado
+examinaba su propia sangre en los dedos.</p>
+
+<p>&mdash;No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito,
+sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa
+de mí&mdash;rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y
+recorriendo a trancos la cuadra.&mdash;Vuestra es la culpa, señor, que me
+habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores,
+las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de
+joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo,
+la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste!
+Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro
+y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la
+ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín,
+para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el
+mesmo vientre?</p>
+
+<p>Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:</p>
+
+<p>&mdash;Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia,
+y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en
+Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis
+harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le
+deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir
+sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante
+mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!,
+pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año,
+señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto&mdash;exclamó, haciendo
+sonar la uña del pulgar en los dientes.&mdash;Agora os llega este caparazón
+y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados.
+Todavía este puerco&mdash;exclamó señalando al lacayo&mdash;me lo enseña de lejos
+con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.</p>
+
+<p>Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar
+la mirada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, señor!&mdash;prosiguió el segundón&mdash;la postre no os sabrá tan dulce
+como esperáis, ¡No! ¡No!&mdash;gritó bruscamente, golpeando con el tacón en
+el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera,
+semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando
+desnuda su pierna muy blanca y vellosa.</p>
+
+<p>Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:</p>
+
+<p>&mdash;Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En
+cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.</p>
+
+<p>El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a
+cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió
+a gritar:</p>
+
+<p>&mdash;¡No! ¡No!...</p>
+
+<p>En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de
+la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de
+metal y de seda.</p>
+
+<p>&mdash;Seguro estoy&mdash;dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber
+saludado al canónigo&mdash;que reñíais a nuestro padre.</p>
+
+<p>&mdash;Así es verdad&mdash;contestó el hidalgo;&mdash;me reñía porque os enviaba ese
+caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.</p>
+
+<p>El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban
+bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo
+turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los
+arabescos de plata y de oro.</p>
+
+<p>Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas
+que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El
+rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como
+despertando:</p>
+
+<p>&mdash;Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña&mdash;exclamó.&mdash;Peor
+para él si no sabe aceptar su condición.</p>
+
+<p>Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en
+las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos
+crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de
+insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y
+descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.</p>
+
+<p>De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo,
+apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro
+hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave
+y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez
+era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de
+hierro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué pensará vuesamerced&mdash;exclamó, dirigiéndose al lectoral&mdash;de tamaña
+vergüenza?</p>
+
+<p>Luego, encarándose con su esposo:</p>
+
+<p>&mdash;Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya
+para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.</p>
+
+<p>El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban
+nerviosamente los brazos del sillón.</p>
+
+<p>Doña Urraca prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja
+volver por la honra de vuestra casa?</p>
+
+<p>Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.</p>
+
+<p>&mdash;Ya os he dicho mil veces, señora&mdash;replicó levantando la frente y
+mostrando sus ojos humedecidos,&mdash;que mi sangre es tan clara y tan limpia
+como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y
+que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por
+ventura&mdash;agregó poniéndose en pie&mdash;es cosa de nada un linaje que viene
+de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con
+dos condestables de Castilla?</p>
+
+<p>Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo
+de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su
+preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los
+mancebos, díjoles con imperio:</p>
+
+<p>&mdash;Vosotros seguidme.</p>
+
+<p>Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos
+hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por
+el corredor el golpeteo de las espuelas.</p>
+
+<p>Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía
+decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó
+un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza
+afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella
+delicada misión.</p>
+
+<p>Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un
+viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como
+una mujer.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3>
+
+
+<p>El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad,
+como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón
+inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales.
+No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.</p>
+
+<p>Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y en
+un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido.
+Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a menudo,
+descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma del
+almenado <i>Cimborio</i>, que forma a la vez el ábside de la Catedral y el
+torreón más ancho y más fuerte de la muralla.</p>
+
+<p>Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser la
+irritación del insomnio, como una ablución de rocio.</p>
+
+<p>La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer
+encendiera su primer rubor en el naciente.</p>
+
+<p>No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.</p>
+
+<p>La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario.</p>
+
+<p>El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de hierbas
+invisibles que sus pies hollaban al caminar.</p>
+
+<p>Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí y allá, como
+suspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en tonos
+lechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y flotar una
+confianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal,
+que él asemejaba a la claridad que la eucaristía difunde en el alma.</p>
+
+<p>Las torres y contrafuertes del templo fingían majestuosa visión entre el
+cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla se
+alejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos, hasta
+desaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la evocación
+legendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís, Lanzarote...
+desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes dejaban los
+castillos. Sus armaduras reflejaban la claridad nebulosa...</p>
+
+<p>Un gallo cantó.</p>
+
+<p>Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que le
+habían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como no era fácil
+leer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la piedra.</p>
+
+<p>Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban el
+plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente. Ya se
+distinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas azules,
+abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían sobre el
+adarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó a disiparse, a
+hacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra purpúrea se encendió en
+el naciente, comparable a un alfanje de cobre.</p>
+
+<p>En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispo
+destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída de la
+Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen de
+aurora.</p>
+
+<p>Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, las
+sombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande, junto
+a San Pedro.</p>
+
+<p>Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en las
+bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.</p>
+
+<p>El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascua
+desnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza hacia lo alto
+dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama de
+Moisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de la
+Escritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los
+adoradores del becerro.</p>
+
+<p>&mdash;He aquí&mdash;exclama&mdash;que el Señor se sirve agora de este signo, harto
+elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y blasfemo de
+Mahoma.</p>
+
+<p>Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a cumplir un santo
+deber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante misión no le
+encamina derecho a los más grandes honores.</p>
+
+<p>Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su esperanza en aquel
+mancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para llevarle después
+como halcón en el dedo. El señor de San Vicente había dicho que
+comunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. ¿No
+sacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra?</p>
+
+<p>No habían sonado aún las doce campanadas de mediodía cuando Vargas
+Orozco mandó en busca de su discípulo.</p>
+
+<p>Sentáronse en un escaño de la sala capitular.</p>
+
+<p>Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz,
+enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el arrabal
+de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en los
+bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era preciso
+hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante
+conspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular un
+amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo propósito.</p>
+
+<p>Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de la
+iglesia. El canónigo volvió a decir:</p>
+
+<p>&mdash;Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansan
+aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servir
+a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos
+remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros ese
+tuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.</p>
+
+<p>Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo que
+acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, de
+confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligero
+el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario,
+envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con las
+cuentas.</p>
+
+<p>&mdash;Esto que agora emprenderéis&mdash;agregó el lectoral&mdash;será en servicio de
+la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducir
+por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabios
+designios os indiquen.</p>
+
+<p>Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.</p>
+
+<p>En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña crestería
+plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente del
+cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y
+navegaban en la luz.</p>
+
+<p>Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes,
+rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro y
+el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un tosco
+relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquello
+bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y una
+nubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los
+obreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era una
+espuela, un acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamente
+en la mano, y levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba a
+través de la vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira:</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habrá
+hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblema
+de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su solo
+ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.</p>
+
+<p>Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gesto
+grave y casi compungido, prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la casa
+y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!</p>
+
+<p>Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en el
+sepulcro, terminó de este modo:</p>
+
+<p>&mdash;Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño, reliquia de la vieja
+honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por el alma
+desconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte.</p>
+
+<p>Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó una plegaria. Ramiro
+le imitó.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3>
+
+
+<p>El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su desparramada
+energía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado y
+quimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las horas y las horas
+imaginando hazañas inauditas o exaltando ansias de imperio y de
+grandeza, que él miraba luego colmarse una a una, a lo largo del
+porvenir, como tinajas de subterráneo tesoro.</p>
+
+<p>El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo compañero de
+su edad. Desde temprano, a pesar de la oposición de su madre, buscó el
+trato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un Núñez Vela, a un
+Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dávila, a Nuño Zimbrón.
+Soñó con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sin
+ambages, en rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tardó en
+advertir que sigiloso encono crispaba todos los labios en su presencia y
+que su mano calurosa no estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio,
+los demás se agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad común hacia
+él, aquella tácita conspiración, parecía estrecharles mayormente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué? ¿Por qué?&mdash;se preguntaba sin cesar con varonil mansedumbre y
+sin querer pensar en la venganza,&mdash;¿por qué no me ha sido dado lograr
+esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbécil y a veces a un
+malvado, a un felón?&mdash;No maliciaba aún el peligro de aquel ingenuo
+aliento de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendían.</p>
+
+<p>Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con Miguel Rengifo, el único
+amigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo calor:</p>
+
+<p>&mdash;Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho señalado me hacen
+gobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para haceros mi
+primer capitán.</p>
+
+<p>Rengifo, a quien todos llamaban <i>el enano</i>, por su mezquina estatura,
+giró sobre sus talones y respondió con enfado:</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame junto a mí, e os
+haga mi capitán?</p>
+
+<p>Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dos
+veces en su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo la espalda.</p>
+
+<p class="top5">Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago.
+El temor del peligro le había dejado para siempre desde los primeros
+años de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propia
+vida y la ajena. El orgullo de su misión vino a duplicar su ardimiento.
+Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno.
+Quién sabe si no se le había escogido deliberadamente, desde la Corte,
+con la traza de una casual designación. De todos modos, aunque así no
+fuera, el monarca oiría muy pronto su nombre.</p>
+
+<p>A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería,
+imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale ver
+ante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose gravemente
+y echándole al cuello la venera de un hábito.</p>
+
+<p>Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que no
+atrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada templada
+en Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don Rodrigo del
+Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por debajo
+del jubón.</p>
+
+<p>Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulando
+un andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la cuesta del
+mediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más tráfago y rumor
+que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire y
+al sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquillos
+casi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cada
+instante estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento de
+tornos y telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita.</p>
+
+<p>Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevaban
+gregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de colores
+aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las callejas
+la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, sí, en
+su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún sangriento clavel,
+prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se esquivaba
+al andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se detenían
+para contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía.
+Otros levantaban la cabeza y sorbían el aire como camellos,
+libidinosamente.</p>
+
+<p>Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna moneda
+excesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna mozuela, o
+zapatos infantiles con que después obsequiaba a las madres moriscas.
+Comenzó sus paseos con el corazón encogido por el odio; pero, poco a
+poco, su misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, y
+la dulzura que recogía de todo los rostros, le fueron ablandando la
+entraña y haciéndole descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquella
+vida graciosa y sensual de los musulmanes.</p>
+
+<p>Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El más concurrido se
+levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un morisco a quien
+llamaban <i>el Nazareno</i>, por su semejanza quizá con algún Crucifijo muy
+barbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la mañana o a las seis
+de la tarde, caía a aquel figón toda clase de gentes. Trajineros que
+dejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle que
+entraban secándose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros,
+olleros, caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba también las
+piernas sobre el esparto, y pidiendo cualquier golosina, poníase a
+observar por debajo del aludo sombrero. Cierta mañana pasó al trascorral
+y vio matar una ternera con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dos
+ancianos inclinaron el rostro balbuceando una oración, y, al notar que
+aquel mancebo no se inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramiro
+se retiró orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tardó
+en advertir que los alguaciles que caían al figón presenciaban a menudo
+aquellos ritos diabólicos, y que <i>el Nazareno</i> los cohechaba con solo un
+rubio y chispeante buñuelo, recién sacado de la sartén.</p>
+
+<p>Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en algarabía y no pudo
+contestar. Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y, desde
+entonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles.</p>
+
+<p>Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos árboles, por
+detrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte detonación
+y a la vez breve silbido que pasó por encima de su cabeza. Volvió la
+mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire.
+Le habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la espada y recorrió
+velozmente el paraje en todo sentido. No había nadie. Al continuar su
+camino y al descubrirse instintivamente, advirtió, a uno y otro lado de
+la cumbre de su sombrero, dos agujeritos redondos.</p>
+
+<p>No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos le
+recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta vez
+le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La idea
+del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sin
+embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y
+luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó
+súbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo,
+deteniéndolo el brazo:</p>
+
+<p>&mdash;Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.</p>
+
+<p>Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de hermosa
+ataujía de oro purpúreo.</p>
+
+<p>Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.</p>
+
+<p>El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable.</p>
+
+<p>No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidas
+veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa preocupado
+con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en las
+puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que había
+dado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?...</p>
+
+<p>Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria el
+semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo,
+representándose, a la vez, toda la escena lejana...</p>
+
+<p>Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a una
+cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron.
+Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre las damas, y
+parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, y
+galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de
+los hidalgos.</p>
+
+<p>Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila de
+cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose por
+un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las traíllas,
+los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta
+distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el
+vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un
+árbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se
+hacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, los
+ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y no
+era posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a los
+hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venido
+quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva sobre lustroso
+corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del otro lado
+del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los
+ventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otra
+el puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero,
+volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorra
+a las damas, alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el
+viento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos.
+Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacería, se
+desmayó; y parecíale ahora que aquel cazador misterioso no era otro que
+el personaje que acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero y
+de oro purpúreo.</p>
+
+<p>&mdash;¿A qué pensar en esto?&mdash;se dijo por último.&mdash;Lo que importa es que
+estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un amorío!
+Sin esta máscara no podré continuar.</p>
+
+<p>Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cántaro,
+desfilaron por su mente.</p>
+
+<p>El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de
+celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancura
+de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas, una
+flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramiro
+se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguez
+de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue y
+temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.</p>
+
+<p>Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón del
+Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y verdoso.
+Era casi de noche.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3>
+
+
+<p>Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta de
+Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados del
+arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.</p>
+
+<p>Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el
+aspecto de un mercado berberisco.</p>
+
+<p>Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la
+sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedor
+de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite
+para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más
+lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.</p>
+
+<p>&mdash;Alguna gresca de matarifes, alguna muerte&mdash;se dijo.</p>
+
+<p>Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los
+jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de
+alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad.
+Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.</p>
+
+<p>Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y
+bailadoras.</p>
+
+<p>Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros,
+mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las
+aves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza de
+altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.</p>
+
+<p>Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo
+desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto
+halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas
+cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques
+de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre
+los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro
+de aquellos que llamaban <i>letrados</i> en Castilla, por sus alas escritas,
+a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos
+laneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y
+no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se
+dignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban.
+Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer
+de Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero
+que bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda
+del galgo.</p>
+
+<p>Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le
+quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de
+los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires,
+para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en
+forma de codorniz.</p>
+
+<p>Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos
+pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de
+posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable
+volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El
+pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre
+cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las
+heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo
+formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos
+avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro
+lado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.</p>
+
+<p>En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la
+cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria.
+Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo y
+siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la
+anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.</p>
+
+<p>&mdash;¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?&mdash;preguntó la mujer,
+mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.</p>
+
+<p>Luego, misteriosamente, bajando la voz:</p>
+
+<p>&mdash;¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más
+cosa en el día que perfumarse e cantar.</p>
+
+<p>El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer
+habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:</p>
+
+<p>&mdash;Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la
+zaga de mí, sin hablarme.</p>
+
+<p>Ramiro la siguió desde lejos.</p>
+
+<p>Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer
+llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares
+eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje
+junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las
+flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera
+desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como
+en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las
+paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían
+pensar en una casa cristiana.</p>
+
+<p>Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por
+cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la
+hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a
+otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble
+gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con
+sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave
+peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta
+criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos
+entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de
+luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo,
+difícil de apreciar, se detuvo.</p>
+
+<p>Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La
+anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la
+mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a
+juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del
+ambiente.</p>
+
+<p>Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de
+caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún
+episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.</p>
+
+<p>&mdash;Si mi constelación&mdash;decíase ahora a sí mismo&mdash;no anuncia que he de
+morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el
+contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?</p>
+
+<p>Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces
+un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió
+el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su
+sentido.</p>
+
+<p>Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estancia
+con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre
+obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanes
+contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcos
+policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillas
+incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de
+cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer,
+dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Aixa! ¡Aixa!&mdash;en el silencio.</p>
+
+<p>Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla
+pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina,
+abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco
+minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua
+escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las
+inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En
+aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas color
+de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra,
+introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciole
+soñar!</p>
+
+<p>Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz
+sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos
+cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del
+zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una
+alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que
+sucede a los baños.</p>
+
+<p>Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida
+de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de
+terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino la
+desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.</p>
+
+<p>La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por
+el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los copos
+destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la
+oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era también
+su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?...
+Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las
+cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de
+ensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible
+mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.</p>
+
+<p>De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas
+se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro.
+El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.</p>
+
+<p>En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y
+amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos
+desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes,
+los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no
+alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño,
+púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y
+corrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de
+pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si
+aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a
+mirar hacia la misma parte del muro.</p>
+
+<p>Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua,
+rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.</p>
+
+<p>Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos
+bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correr
+por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las
+abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.</p>
+
+<p>La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y
+brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando la
+criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una
+tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y
+entregose, como muerta, al pincel y al ungüento.</p>
+
+<p>Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar,
+presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose,
+con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el uso
+de Oriente.</p>
+
+<p>En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en su
+conciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de los
+baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad,
+el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo
+corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los
+admirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un
+anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San
+Macario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el
+sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios
+excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; en
+fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre el
+estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio,
+todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.</p>
+
+<p>Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las
+traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí
+estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de
+su juventud!</p>
+
+<p>Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en el
+torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigía
+a tomar las babuchas en el hueco del muro.</p>
+
+<p>La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó un
+grito de espanto.</p>
+
+<p>Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del
+baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos
+retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un
+blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde
+tafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la
+hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su
+rostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabas
+guturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopelado
+carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al
+reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica,
+que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblante
+claro y tranquilo como la luna.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?&mdash;exclamó.&mdash;¡Bienvenido seas! Perdón,
+si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al
+sombrero.</p>
+
+<p>&mdash;No me hizo daño la flor&mdash;replicó Ramiro,&mdash;pero sí vuestra risa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogida
+cabe la reja, e no me catabas.</p>
+
+<p>Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba,
+ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo.
+Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracena
+preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgaba
+sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento
+ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas;
+y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer
+semibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras
+sus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio
+polvillo de lujuria y de nigromancia.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV</h3>
+
+
+<p>Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares
+de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo,
+desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su
+existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía
+ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese
+columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes
+aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba
+en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia
+quería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían de
+correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro,
+clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando
+presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus
+recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando
+fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un
+guiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el
+vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que
+aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que
+buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución del
+canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas
+sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío
+para facilitar su comisión?</p>
+
+<p>Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió que
+era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba.
+Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el
+dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besos
+húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.</p>
+
+<p>Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda
+visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tan
+severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus
+labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como
+si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.</p>
+
+<p>El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Ya
+era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces,
+junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que le
+arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole
+los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso
+delicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le
+llenaba de sensualidad y de luz todo el ser.</p>
+
+<p>Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar,
+destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando,
+insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vida
+habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus
+ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas
+de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de
+cendal, perfumada de almizcle.</p>
+
+<p>Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago
+de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta
+prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el
+esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose,
+por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático
+hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las
+dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual
+ella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras como
+sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.</p>
+
+<p>A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes
+pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las
+charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le
+preguntaba:</p>
+
+<p>&mdash;¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesma
+creencia que tu Aixa, tú?</p>
+
+<p>Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hasta
+el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo juras? ¿Lo juras?</p>
+
+<p>El, buscándola, musitaba como ebrio:</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!</p>
+
+<p>Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las
+almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje
+evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo
+Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.</p>
+
+<p>Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:</p>
+
+<p>«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el
+saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril,
+nuestro espíritu en forma humana.&mdash;Soy el mensajero a ti, de parte de
+Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.&mdash;¿De dónde
+podrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a
+mí ningún hombre, ni he sido mala?...&mdash;Tu hijo será el milagro y la
+dicha del universo.»</p>
+
+<p>Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua,
+con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.</p>
+
+<p>«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador y
+pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por el
+ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio,
+sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola
+de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales
+envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y
+Alcafur, juntando frenética su rostro con el suyo.</p>
+
+<p>Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada
+compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más
+íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su
+frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las
+cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la
+respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:</p>
+
+<p>&mdash;Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por
+alguna calleja nos miraremos con odio.</p>
+
+<p>&mdash;Será o no será&mdash;respondió la sarracena.&mdash;Los destinos van colgados de
+nuestro cuello.</p>
+
+<p>Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días
+acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un
+taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un
+librejo centenario, prorrumpió:</p>
+
+<p>&mdash;Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me
+darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio
+Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.</p>
+
+<p>En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:</p>
+
+<p>&mdash;Está en palabras harto ascondidas.</p>
+
+<p>Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser
+la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.</p>
+
+<p>Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los
+almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.</p>
+
+<p>&mdash;Es fácil conocello&mdash;dijo entonces la morisca, con acento claro y
+jubiloso;&mdash;lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro
+guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de
+El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre
+de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la
+plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca
+ríe, camina despacio.</p>
+
+<p>Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro
+azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En
+seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había
+advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo
+dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la
+contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre
+fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte
+le sobrecogiera en dicho estado.</p>
+
+<p>Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema
+Visión.</p>
+
+<p>Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro
+estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español,
+resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo
+sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los
+párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba
+cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas
+cavilaciones.</p>
+
+<p>Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios
+alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se
+emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados,
+extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias
+inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a
+abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el
+supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la
+danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera
+Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser
+Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del
+sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada
+diferente.</p>
+
+<p>El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la
+mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su
+mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a
+inundarla el corazón.</p>
+
+<p>Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose
+lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer
+de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de
+arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente,
+como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo
+maduro de aromas.</p>
+
+<p>Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo,
+Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los
+codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas
+sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y
+otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante
+agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas.
+Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba
+profundamente.</p>
+
+<p>De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una
+música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son
+ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.</p>
+
+<p>Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro
+y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró
+sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor
+sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero
+todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso
+diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y
+brazaletes.</p>
+
+<p>La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus
+pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas
+visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.</p>
+
+<p>Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los
+ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a
+sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas,
+apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si
+tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas,
+se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla
+el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los
+lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la
+madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y
+acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria
+en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima
+muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios,
+el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de
+claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de
+los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola
+contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del
+éxtasis.</p>
+
+<p>El la llamó varias veces:&mdash;¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!&mdash;palpándola los brazos,
+las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica y
+glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa
+él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias.</p>
+
+<p>Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezclada
+con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores
+sobre la muerte.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h3>
+
+
+<p>Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primera
+vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero cierto
+día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó la
+daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fue
+grande al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas y
+revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una
+jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra,
+sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio,
+indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la morería.
+Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en el patio el
+morisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con la
+anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.</p>
+
+<p>Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casa
+misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en la
+calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sus
+talones y se puso a caminar hacia el naciente.</p>
+
+<p>&mdash;Segura estoy&mdash;dijo la anciana a Ramiro&mdash;que este perro vase agora a
+juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte&mdash;agregó, señalando
+en la dirección de Santo Tomás:&mdash;Algún lazo os quieren armar, señor
+caballero.</p>
+
+<p>Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella.
+Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño,
+levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura
+mostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas.
+Dicha abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo,
+era imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban. Sin
+embargo, el acceso no era difícil.</p>
+
+<p>Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiro
+entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba su
+caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole los
+brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre
+las vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una
+terraza descubierta que avanzaba hacia el mediodía.</p>
+
+<p>Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban en
+torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el
+paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda
+esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto
+anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro,
+una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, el
+hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también:
+la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos su
+almadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado gesto en el agua, y
+luego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menor
+contacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevábase la red a la
+boca y gemía de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras
+sus empapadas sortijas relucían en la penumbra.</p>
+
+<p>Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando en
+silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las
+montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza,
+hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno en
+medio de la terraza.</p>
+
+<p>Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con una
+larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz, hablaban
+tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los
+principales señores de la ciudad, de sus genealogías, de sus
+parentescos.</p>
+
+<p>Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y su
+mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones.</p>
+
+<p>El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso subía de
+los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, el
+caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés embermejaba
+hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como nunca la
+religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y de
+grana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acaso
+entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos
+conversos. ¿Rezarían con él las avemarías?</p>
+
+<p>El y ellos callaban.</p>
+
+<p>De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de caravana
+más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo, hacia el
+costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención. Ramiro creyó
+distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste.
+Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior del
+<i>idzan</i>, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en
+medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales,
+hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde.
+Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y otro sobre las peñas, y,
+entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte,
+entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recita
+palabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos en la memoria.</p>
+
+<p>Ella dijo:</p>
+
+<p>«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para darme
+tormento.»</p>
+
+<p>El replicó:</p>
+
+<p>«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba,
+gime cuando el sol toca el poniente.»</p>
+
+<p>Y siguieron alternando:</p>
+
+<p>«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle
+toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»</p>
+
+<p>«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando
+llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de los
+hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el
+remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de
+Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi
+otro quibla que el sepulcro del profeta.»</p>
+
+<p>Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintió
+que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y un
+acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en la
+conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus
+mayores.</p>
+
+<p>Aixa continuó:</p>
+
+<p>«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de
+Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El
+kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra
+amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la
+polvareda de los camellos.»</p>
+
+<p>El respondió:</p>
+
+<p>«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem.
+¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que da
+vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo de
+la Cava.»</p>
+
+<p>Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo
+impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.</p>
+
+<p>El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su
+pecho.</p>
+
+<p>En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la
+campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas,
+respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes,
+y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto,
+tocaban las oraciones.</p>
+
+<p>Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiese
+traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras y
+cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la cual
+desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, se
+redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algo
+odioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez,
+en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.</p>
+
+<p>Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los
+ojos del mancebo.</p>
+
+<p>La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso
+anochecer.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h3>
+
+
+<p>Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar al
+señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendió
+para acompañarle.</p>
+
+<p>Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como si
+buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunas
+personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de
+Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de
+indagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos.</p>
+
+<p>&mdash;Bien respondido&mdash;replicó don Alonso&mdash;si fuera yo algún oficioso
+impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado
+siempre como a un hijo.</p>
+
+<p>Una pausa subrayó la intención de aquella frase.</p>
+
+<p>&mdash;Corren acerca de vuesa merced&mdash;añadió, tratando de atenuar con una
+sonrisa la dureza de las palabras&mdash;las más peregrinas especies. Unos
+propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para
+transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han
+comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien
+asegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una
+vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estas
+patrañas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he de
+hablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste a
+explicar vuestros cotidianos paseos por la morería.</p>
+
+<p>Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangre
+encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dio
+algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en
+seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había
+recibido en nombre de Su Majestad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Harto bien se me alcanza&mdash;agregó&mdash;de dónde pueden venir esas
+aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuando
+determine vengarme.</p>
+
+<p>Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, y
+mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, le
+dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tan
+limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras que
+acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea,
+dadme esos brazos!</p>
+
+<p>Se estrecharon ceremoniosamente.</p>
+
+<p>Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada,
+resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo en
+cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes
+honores.</p>
+
+<p class="top5">La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz
+desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Cruda
+claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su conducta, el
+olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministro
+de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no había
+querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese
+a perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio había
+logrado sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyos
+muros guardaban, quizá, el secreto de la conspiración?</p>
+
+<p>Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediante
+cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho libro
+de religión ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vida
+abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Se
+desceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida en
+algún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se
+inclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado el
+momento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino él
+quien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadas
+invenciones que le había referido el hidalgo.</p>
+
+<p>Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo de
+la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura
+brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a experimentar los
+primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se mezclaba
+ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejor
+de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya
+fascinación podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá en
+lo más hondo de su conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla
+perecer, sin arma alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus
+propias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua,
+con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica le
+sirviera de sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobraban
+al morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa del
+fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un
+negro amasijo, repelente.</p>
+
+<p>Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa, más
+enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento y
+quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de una mano
+sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acento
+superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo,
+semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados,
+la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían
+hasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su
+pérdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puede
+arrollar o desarrollar, con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otra
+vez dueño de sí mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimo
+instintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez para
+arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobrado
+derecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en la
+apostasía y el perjurio.</p>
+
+<p>La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzábale
+por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con semejante
+enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellas
+blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y,
+demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos,
+sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados en
+lágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido.</p>
+
+<p>Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos los
+recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba disimuladamente
+los muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en cambio, no
+hacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era la
+cantinela monótona, el ruego único, desesperado. Junto a Granada, sobre
+el Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con una
+puertecita roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil,
+lasciva, y cuasi llorosa.</p>
+
+<p>Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca,
+le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca, le había
+revelado lo que pasaba por él.</p>
+
+<p>&mdash;Es secreto&mdash;agregó&mdash;que a ti mismo se te asconde.</p>
+
+<p>Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y los
+sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El doloroso
+recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado por
+aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante
+ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la
+anciana sacó de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La
+cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin híspida y espesa. La
+cintura era ceñida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasaban
+de parte a parte la garganta. Ramiro sabía harto bien lo que aquello
+significaba, y tembló por la doncella, ante el pavoroso recurso de la
+hechicería.</p>
+
+<p>Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de la
+catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de
+los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabara
+de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo
+la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas
+manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió:</p>
+
+<p>&mdash;Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis en
+grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosa
+jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo pueden
+resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me
+extraña lo que acabáis de referir acerca de su grande hermosura
+corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos más sotiles de la
+tentación y él mesmo suele alojarse en sus personas, como se comprueba
+de continuo. Urge, Ramiro, desatar ese ñudo de una sola cuchillada, como
+nos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposición y los
+tapujos de esa casa, tengo para mí que ha de ser sitio de clandestinas
+reuniones, y pienso agora que si llegárades a introduciros en ella, a
+eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderíais,
+de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha
+de asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o no
+llevara, al menos, estos hábitos graves!</p>
+
+<p>Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba
+resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma noche
+tentaría la sorpresa.</p>
+
+<p>Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón apoyado en el
+libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesiástica
+prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecer
+parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que
+llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo. Enorme
+mitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía y
+apagaba, y volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.</p>
+
+<p class="top5">Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su casa, ya
+entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que le
+diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la
+capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana.
+Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas
+historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio.
+Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croar
+numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal,
+invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.</p>
+
+<p>Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en el
+plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban
+deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.</p>
+
+<p>La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emoción
+peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino a
+distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un cielo
+en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los
+muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica,
+espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en
+animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios
+entre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus
+conjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica,
+que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.</p>
+
+<p>Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería una
+corneja!</p>
+
+<p>Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta abertura,
+Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Del
+lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban con
+sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas y
+desaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numeroso
+bajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin,
+otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba como
+boca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido más de una hora sin que
+nadie llegase, Ramiro emprendió a su vez el escalamiento. La ventana
+estaba entreabierta. Descorrió el tapiz. Densa obscuridad llenaba la
+primera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeó
+los azulejos.</p>
+
+<p>Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando la
+sombra con el estoque.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h3>
+
+
+<p>Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa había
+hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando
+rabiosamente la víscera.</p>
+
+<p>Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor
+cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llaga
+hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.</p>
+
+<p>Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado para
+siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo
+viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajo
+las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el
+tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los
+incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.</p>
+
+<p>Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen
+dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La
+habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba por
+alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecía
+chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos
+de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.</p>
+
+<p>Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos
+rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañido
+de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las
+losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia,
+sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina
+al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo
+entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.</p>
+
+<p>El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas
+familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescura
+de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones;
+pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solía
+bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones
+ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la
+vibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y
+columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los
+campos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútrida
+calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre las
+otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.</p>
+
+<p>Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel
+calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta.
+Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían entrado
+personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba
+ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos
+numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.</p>
+
+<p>Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez
+más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos
+pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hasta
+recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.</p>
+
+<p>Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando
+luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoque
+tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristales
+del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva
+sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado
+tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los
+divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió,
+hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!</p>
+
+<p>Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no se
+había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con
+sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó que
+el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La
+sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban las
+manos y los brazos con respetuosa sensualidad.</p>
+
+<p>Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba
+todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podía
+significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya
+punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor
+colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su
+discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba
+junto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro
+escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar
+la atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el
+yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro
+mundo.</p>
+
+<p>Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la
+puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron
+de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:</p>
+
+<p>&mdash;¡El bajá!</p>
+
+<p>Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas
+se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado
+presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado
+secreto del Sultán de Turquía el que llegaba.</p>
+
+<p>A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir
+atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel
+imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa
+morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes
+ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo
+entrado en la cuadra del baño, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!</p>
+
+<p>Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole de
+las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muy
+quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que
+acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su
+amada le puso la mano sobre los ojos.</p>
+
+<p>El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el
+alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservaban
+aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le
+rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo de
+los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto.</p>
+
+<p>Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble sabor
+de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados,
+emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable,
+desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con
+certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su
+martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su
+virilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.</p>
+
+<p>Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendo
+menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre el
+resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su
+imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en
+el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible
+apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y
+acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado de
+estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muy
+hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitando
+su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos
+secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se
+adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban,
+amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de
+sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto,
+sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los
+cuerpos que recibían la punta como pellejos de vino.</p>
+
+<p>Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas con
+el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado de
+larga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las
+dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario
+desapareció en la tiniebla.</p>
+
+<p>Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás,
+fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón,
+un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su
+desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío
+del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para
+ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa
+luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que,
+abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con su
+cuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ebni! ¡Ebni!...</p>
+
+<p>Luego sobrevino el desmayo.</p>
+
+<p>Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí,
+hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de
+Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la
+vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de
+aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones
+de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y
+Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un
+ungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia
+hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en
+precioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.</p>
+
+<p>Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, como
+a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares de
+pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.</p>
+
+<p>Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre,
+la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se
+ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado
+junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente
+y se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo
+único que denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica
+arrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles y
+refinados.</p>
+
+<p>&mdash;Voy a dejarte&mdash;exclamó.&mdash;La maldición de los creyentes ha caído sobre
+mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quiero
+pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia,
+avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan
+huir.</p>
+
+<p>Ramiro accedió con un signo de cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo prometes por tu honra?&mdash;preguntole en seguida.</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;contestó el mancebo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo juras?</p>
+
+<p>&mdash;Lo juro.</p>
+
+<p>&mdash;Eso basta&mdash;replicó el musulmán; agregando:&mdash;¡Alá, para él la oración y
+la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el
+espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte
+referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia,
+flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.</p>
+
+<p>El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro.
+Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra.
+Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiro
+que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le
+esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había
+visto montar y alejarse.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h3>
+
+
+<p>Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y
+determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, al
+siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia.
+Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un
+largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían
+tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber
+revelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba
+empeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejante
+compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la
+idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado la
+muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se
+hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia <i>juradera</i> del
+reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba
+haber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a
+punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por
+haber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.</p>
+
+<p>El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el
+mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado
+resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué ha sido esto?</p>
+
+<p>Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo de
+declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y,
+así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.</p>
+
+<p>&mdash;No puede ser&mdash;replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba como
+confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.</p>
+
+<p>Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caído
+en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.</p>
+
+<p>El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel
+aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que su
+discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no
+volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había
+tiempo que perder.</p>
+
+<p>&mdash;Valor, valor, hijo mío&mdash;exclamó.&mdash;Si habéis de morir o no de esta
+cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presenta
+sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos.
+¡Ea, sus! valeroso cachorro.</p>
+
+<p>Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores.
+Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras,
+cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale al
+oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez
+junto a él, le tocaba en el hombro.</p>
+
+<p>Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino,
+hizo llamar al lectoral.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cree vuesa merced&mdash;le preguntó&mdash;que existe algún medio honroso de
+anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoy
+dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele,
+sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?</p>
+
+<p>&mdash;Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel&mdash;respondió el
+Canónigo&mdash;en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester
+Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque del
+alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio,
+requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, a
+saber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó,
+puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delito
+contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obliga
+ni engendra perjurio: «Ca el juramento, que es cosa santa&mdash;dice, si mal
+no recuerdo, la ley del Rey Sabio&mdash;no fue establecido para mal facer;
+mas para las cosas derechas, facer e guardar.» Luego dividió el asunto
+en dos partes. De un lado ponía los compromisos caballerescos y
+legítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, más
+precioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentos
+anatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, y
+de los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte
+sorprendía a un alma con semejante pecado, arrojábala derecho a las
+peores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho en
+favor de los enemigos de la religión.</p>
+
+<p>Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya no
+vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, le
+hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su Divina
+Majestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que su
+compromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle al
+cuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejó
+en la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera de
+llegar a la casa de los moriscos y las señas de Aixa, de Gulinar y de
+algunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el alma de la mácula
+horrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Señor, que ya
+no quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento.</p>
+
+<p>Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doña
+Guiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron.</p>
+
+<p>Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa hemorragia que
+enrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de docta
+disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría,
+resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas,
+fue sangrado del brazo y del tobillo.</p>
+
+<p>Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La calentura le
+exaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la extenuación. La
+carne toda se sentía fenecer. Era una sensación glacial, tenebrosa. Su
+sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que visitó,
+siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los innumerables esqueletos
+apilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto en
+el anónimo de toda aquella leña humana entremezclada por el monástico
+desprecio.</p>
+
+<p>Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del cual sólo nociones
+enormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, el
+castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible de
+su conciencia.</p>
+
+<p>Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el letargo. La gangrena
+difundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más famosas reliquias
+pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y puestas en
+contacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, habían
+resultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la Extremaunción,
+administrada por su primer maestro, el viejo fraile franciscano. Doña
+Guiomar le daba ya por perdido. Por fin, a indicación de varias amigas,
+mandó en busca de una conversa del arrabal que realizaba curas
+milagrosas. La mujer lavó la herida copiosamente con un cocimiento,
+aplicó un emplasto, prescribió un brebaje y recomendó que no acercasen
+cosa alguna a la llaga si no querían corromperla. Dos días después
+cesaba el delirio y la calentura decrecía.</p>
+
+<p>Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada por tantos autores
+sacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la delicia de
+vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a maravillarle.
+Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa puerilidad las
+nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón formulaba de
+nuevo las preguntas elementales que acosaron su niñez. ¿Dónde se
+redondea el granizo? ¿Quién hace resonar los atambores del trueno?
+¿Quién fabrica los vientos? ¿De dó vienen?...</p>
+
+<p>Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan un
+lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos; las
+riquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las heroicas
+aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus
+esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversas
+comarcas del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la presa de
+gloria: he ahí las diversas expresiones de todo aquel blasonado granito
+que sus ojos contemplaban sin fatigarse.</p>
+
+<p>Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia más
+fuerte. Consideró que Dios no le había llamado porque le reservaba para
+algún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la primera
+prueba de las vidas predestinadas. Recordó la biografía de los héroes.
+El comienzo de la fortuna orilló casi siempre los despeñaderos. La hoja
+mejor batida era aquella que había estado más cerca de partirse en la
+bigornia. Nueva confianza en su destino erguía ahora su hercúlea
+voluntad, y sentíase como ebrio de ilusión, llegando a decirse a sí
+mismo las frases admirativas que su sola presencia provocaría muy pronto
+por doquier. Luego examinaba, ponderaba. ¿Qué linaje en Castilla más
+claro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia como el diamante.
+Además, estaba destinado a recibir uno de los más opulentos mayorazgos
+de Segovia. Pensó sin inquietud en los mancebos de las otras familias,
+demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, en
+ardid, en denuedo.</p>
+
+<p>La gloria volvía a sonreírle cual una esclava impaciente y desnuda,
+ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XX" id="XX"></a>XX</h3>
+
+
+<p>Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la
+techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió muy
+despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre.</p>
+
+<p>Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla los
+cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sin
+carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos
+señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella
+solía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el
+aviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos
+nos espera.</p>
+
+<p>Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estaban
+visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy quedo y
+con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera
+cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores del
+lance con los moriscos.</p>
+
+<p>&mdash;Paréceme&mdash;exclamó gravemente&mdash;que te pudiste ahorrar tanto riesgo,
+tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetes
+bastaba.</p>
+
+<p>Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño y
+desengaño de toda acción ambiciosa.</p>
+
+<p>&mdash;Esto lo hiciste&mdash;agregó&mdash;por punto de honra. Harta dicha será que no
+te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como tú,
+Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscar
+por ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada
+sea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como
+a otro San Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de qué
+modo tan patente el Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de
+la muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te
+cumple pagar esa segunda vida que te concede.</p>
+
+<p>Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase
+restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. El
+señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajoso
+destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.</p>
+
+<p>Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante la
+menor impresión.</p>
+
+<p>Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspenso
+entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto que
+expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía reservarle.
+En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando que
+don Alonso Blázquez subía las escaleras.</p>
+
+<p>El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las
+calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre una
+lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto para
+aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia,
+hermoseando la expresión ante su propia imagen.</p>
+
+<p>Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su madre
+echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, señalando un
+contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedras
+preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña Guiomar, al
+tomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja
+despaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que el
+hierro tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve
+levantarse ante sí pavoroso fantasma.</p>
+
+<p>El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo más
+tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuas
+algunos granos de incienso que sacó de su escarcela.</p>
+
+<p>En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura,
+don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un retrato en su
+marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia y
+adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de su
+amigo.</p>
+
+<p>A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey
+generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandes
+cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras, en
+servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose el
+encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz.
+Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase al
+pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manos
+eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del
+sebillo en los guantes descabezados.</p>
+
+<p>&mdash;El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey&mdash;díjole
+a Ramiro, antes de despedirse,&mdash;dejando a una parte el largo padecer,
+que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sin
+recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para
+vuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme.
+Vuesa merced&mdash;agregó&mdash;no tendrá con esto más trabajo que reunir sus
+pergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la lumbre
+del sol.</p>
+
+<p>Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados,
+estrechó en las suyas aquella mano generosa.</p>
+
+<p>Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar
+arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostro
+oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras
+incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:</p>
+
+<p>&mdash;¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?</p>
+
+<p>Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:</p>
+
+<p>&mdash;Una gran desdicha&mdash;respondió,&mdash;la más grande, la más cruel que podía
+acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!</p>
+
+<p>&mdash;¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?</p>
+
+<p>&mdash;Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del
+mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciome
+ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar de
+esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?</p>
+
+<p>Luego, con la frase entrecortada por el llanto:</p>
+
+<p>&mdash;Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radioso
+por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niño
+su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!</p>
+
+<p>Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin
+levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por el
+dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose
+en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una
+transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la
+estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con
+voz casi hombruna y justiciera, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para
+Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre
+la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.</p>
+
+<p>Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olor
+de cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramiro
+sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida.</p>
+
+<p>La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó en
+presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, y
+alumbrada ella misma como imagen entre cirios.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h3>
+
+
+<p>En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la más
+visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso Blázquez
+Serrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas principales
+para tratar del asunto de los conversos. La reunión se repitió. El
+número de los invitados se fue acrecentando. A la simple jícara se
+agregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen del
+aristocrático mentidero del señor de la Hoz.</p>
+
+<p>Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio los
+varones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquella
+reunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos
+regidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito imprevisto.
+Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado.
+Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico doméstico
+se apoderó de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, y
+perdió mucho tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntario
+ademán o la frase imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo para
+él mismo era obscura la razón. Aquel anciano despilfarrado y enfermo,
+que no podía convertirse en un rival para nadie, era el dueño de casa
+guisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado por su casamiento
+a los más antiguos linajes de la ciudad, habíase conservado
+completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y San
+Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salas
+de su mansión eran amplias, la servidumbre numerosa, la pastelería
+excelente.</p>
+
+<p>El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal,
+compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse corrillos de
+tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se refugiaba,
+evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba a
+introducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién le traía; el
+hidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor del
+agasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano de
+número...</p>
+
+<p>Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad dominante, y
+casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la cuestión
+actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa sobre
+sus heroicos servicios en la campaña de la Alpujarra. De lisonja en
+lisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, y
+ya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto,
+como si en verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes de
+aquella guerra santa y vengadora.</p>
+
+<p>Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el número
+de los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros de plata,
+nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses sus mejores
+tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo sacristán
+de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Un
+famoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja.
+El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a la
+servidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a
+sus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayos
+apostados a lo largo de los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cada
+cual con un hacha de cera encendida. Gastábase tanta luminaria como en
+la Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y señoril.</p>
+
+<p>Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos los
+rostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más graves se
+adelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su
+herida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso,
+se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que hacía
+las veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la Anunciación y
+de un religioso franciscano de San Antonio, las personas que allí
+estaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, uno
+que otro, su jornada, lo hicieron en términos tales, que parecían
+referirse a la diligencia más o menos provechosa de algún alguacil. El
+desengaño le dejó confundido, y, no sintiéndose con aliento para pasar a
+la cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y prelados, agazapose
+en el más obscuro rincón, entre un grupo de religiosos. El franciscano,
+arrimando su taburete, le dijo en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro está
+que vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos y
+calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habrá
+de llevárselo el viento como la paja.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?&mdash;preguntó Ramiro.</p>
+
+<p>&mdash;Habladurías, habladurías&mdash;replicó el religioso con ademán de
+desprecio.</p>
+
+<p>&mdash;No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nunca
+daña saber por dónde habemos de ser combatidos.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a punto
+de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba noticias
+a los conversos... que la riña fue por cuestión de la paga...</p>
+
+<p>En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galas
+de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos por
+piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, que
+fenecemos!</p>
+
+<p>El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase, apretándose al
+mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos. Alguien le habló en
+voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca como
+avergonzado.</p>
+
+<p>Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos
+señores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro y
+al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto de
+asombro y se dirigió a saludarle:</p>
+
+<p>&mdash;Enhorabuena&mdash;exclamó, alargando los brazos.&mdash;Grata señal es ésta;
+pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos de ver
+y escuchar a vuesamerced.</p>
+
+<p>&mdash;Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.</p>
+
+<p>&mdash;Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como éste,
+todo su lance con los moriscos, punto por punto.</p>
+
+<p>&mdash;Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me encienda la
+calentura.</p>
+
+<p>A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observó, con
+inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrería, que el
+mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomándola
+por fin en su mano, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?</p>
+
+<p>&mdash;No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso
+permitir que los demás me acabasen a cuchilladas.</p>
+
+<p>El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombro
+de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le escuchara:</p>
+
+<p>&mdash;Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento y
+esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.</p>
+
+<p>&mdash;Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción.</p>
+
+<p>&mdash;Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que la
+lealtad sea por momentos amarga.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!</p>
+
+<p>&mdash;Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar cómo,
+cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y presentes de los
+conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la enseñarán como prueba.</p>
+
+<p>Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la mano
+a la frente y, sin poder articular una sola palabra, una sola
+exclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su aposento.</p>
+
+<p class="top5">De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya varias horas que don
+Alonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón predilecto, frente a
+don Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al mediodía para
+retirarse después del toque de oraciones. Eso cuando él mismo no se
+invitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida de <i>triunfo</i> con el
+anciano. La intimidad acordábale fueros especiales, movíase como en su
+propia casa, se chanceaba con los religiosos, sabíale el nombre a todos
+los criados. Su situación era, sin duda, la más prominente. Su vieja
+amistad con el Conde de Chinchón y su parentesco con el Marqués de
+Velada era causa de que los menos informados le atribuyesen grande
+influencia en la Corte, ilusión que él mismo alimentaba repitiendo a
+menudo las dos o tres frases que Su Majestad le había dirigido en su
+larga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiración
+tan grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por aquel
+espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos.</p>
+
+<p>Todos conocían su lealtad impecable y aquel su empeño de aguijonear
+ambiciones: «¿Qué espera vuesamerced, señor Deán, para pretender la
+mitra que tanto se merece?» «El peor enemigo de vuesa merced, señor
+Alférez, es su propia modestia, que sé yo de muchos que, con la mitad de
+los servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandan
+ejércitos. Si vuesa merced no se enfada, en mi próximo viaje a la
+corte...» y dejaba caer en el oído del soldado alguna deslumbradora
+promesa.</p>
+
+<p>Movíase la conversación, casi siempre, en derredor de los temas que él
+decantaba. Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una pregunta era
+como abrir una compuerta de regadío. Su inundante palabra se derramaba
+sin término sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada,
+cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestros
+célebres, de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor,
+su discurso cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobre
+el gobierno de la Monarquía, el disimulo cortesano hacíale adoptar un
+lenguaje incoloro y mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas
+salvedades acerca de la secreta razón de muchas resoluciones de los
+príncipes.</p>
+
+<p>En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el Sol,
+descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con la más clara
+nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la política
+del Rey.</p>
+
+<p>La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y sola. El discurso
+flameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada y su ademán
+eran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza no estaba segura
+sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catástrofe;
+pero el hidalgo demostraba importársele una higa de la delación y del
+riesgo, perorando aún con más vivo coraje cuando se hallaban presentes
+el señor Corregidor don Alonso de Cárcamo o el fraile dominico en quien
+todos sospechaban un espía del Santo Oficio y del Monarca. Su reto
+infanzón y feudal no bajaba la voz; y parecía volar, como un cartel
+atado a una saeta, por encima de las murallas, hacia la Corte.</p>
+
+<p>Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes formaban como un fofo
+plumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale siempre harto
+holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabría
+comenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse retintas, como dos
+plumas de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada áspera, su gesto macho
+y soberbioso. Adivinábasele, desde lejos, la cólera fácil. No era muy
+docto; pero nunca faltaba en sus discursos uno que otro texto latino
+sobre la decadencia de las repúblicas.</p>
+
+<p>El menosprecio que el Soberano hacía continuamente de la opinión de las
+Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se imponían sin
+consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las franquicias
+rotas, los fueros moribundos: tales eran los tópicos predilectos de sus
+arengas. El Gobierno se había convertido, según él, en un potro de
+extraer caudales y estrangular alientos. España, que había sobrepujado
+en valor a Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la péñola de
+los privados y el balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo era
+hambre, cohecho, terror. Ya era muerta la varonil altivez de donde
+nacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy la hombría de bien
+era desacato; el fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los honores y
+mercedes que antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían los
+caballeros, hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo
+de ducados.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es cosa derecha&mdash;preguntaba&mdash;que el Rey se haga de caudales vendiendo
+hidalguías como trastos de almoneda o recargando a la nobleza de nuevos
+tributos y haciéndola pechera y villana? Y todo ello para que Flandes
+esté cada vez menos seguro; para que el francés, a quien ya le teníamos
+del collar del jubón, vuelva a provocarnos, y el inglés degüelle, tale y
+saquee, a su guisa, en nuestras costas. Fuimos los dueños de la riqueza,
+y agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la
+hambre, mucha orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta
+pidiendo un mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando la
+protesta unánime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos en
+qué para aqueste menosprecio.</p>
+
+<p>Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces la
+carraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a alguno de
+los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don Enrique
+Dávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale absorto y
+vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión, acabando casi
+siempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte,
+como hechizado. El contagio de la rebelión se apoderaba de algunos
+oyentes. Marcos López, cura de Santo Tomé, aseguraba que Santiago
+Apóstol se le había aparecido una noche diciéndole que, si la nobleza
+castellana no volvía por el respeto de sus fueros, España estaba
+perdida. El médico Valdivieso y el licenciado Daza Zimbrón alentaban a
+Bracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernán de Guillamas,
+que había sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería con
+patriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de los
+dictámenes de todo el reino congregado.</p>
+
+<p>Los demás, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos e
+inmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no faltaba quien
+entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida, con tal
+que evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo incendiario de
+Bracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a modo de encendida
+antorcha que golpeara a lo largo las añejas colgaduras.</p>
+
+<p>Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada, llegados recientemente
+del Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos fabulosos,
+segundones miserables enriquecidos de súbito por algún tesoro enterrado,
+huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre enjabonaba
+los dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no se
+escurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos de
+Castilla, habituados a imaginar ante el más escueto horizonte todos los
+espejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los párpados para
+soñar mejor en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a la
+riqueza, sin la infamante paciencia del mercader, y veían pasar por su
+imaginación tierras inverosímiles, en las cuales el pie topaba a cada
+paso con venas de oro desnudo.</p>
+
+<p>Los que llegaban de Italia traían obsequios y misivas y daban las
+últimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes,
+como Antonio Dávila, <i>el verrugoso</i>, o Pedro Rengifo, el de la
+cuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referían
+innumerables heroísmos de los soldados de España.</p>
+
+<p>El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosa
+armonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en sus botas
+lodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón de Isabel
+y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditaba
+los presagios de decadencia; pero los más curábanse mayormente del color
+de una pluma o del rumor de las propias espuelas.</p>
+
+<p>Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus rivalidades eran
+disimuladas, pero profundas. Después de enredar, con escolástica
+destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto y
+ponzoñoso latín que agriaba la reunión.</p>
+
+<p>Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmósfera era densa y
+candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso sahumerio de los
+pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que desprendían
+los religiosos. Las maderas de las ventanas cerrábanse de ordinario a
+las tres de la tarde. El herraje de los braseros parecía atizarse
+entonces en la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera de
+servidumbre trayendo una aurora de luminaria, que resplandecía en la
+palidez de los rostros, en la blancura de las lechuguillas, en el sayal
+amarillento de los dominicos, haciendo chispear las veneras de las
+Ordenes militares y los preciosos joyeles sobre los terciopelos y
+brocados.</p>
+
+<p>Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La ambición o la penitencia,
+ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes, desgrasaban las
+carnes y labraban ictéricos surcos en los rostros. Rostros a la vez
+altaneros y tristes, do el brío solía disimular terrores y la constante
+aspiración hacia Dios iluminaba en lo alto las visionarias pupilas.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h3>
+
+
+<p>La turbia claridad que bajaba de las nubes alumbraba apenas el libro.
+Ramiro leía por tercera vez el mismo pasaje de «La vanidad del mundo»:</p>
+
+<p>«Si fingiéramos que la tierra estuviese en el cielo estrellado y la
+tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podría de acá abajo
+divisar por su pequeñez. Y si en respecto del firmamento es la tierra
+como un punto, ¿cuánto será menor puntillo respecto del cielo empíreo?
+¿Pues qué dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses señor dél, sino
+un angosto nido de hormigas, por los reales y anchos palacios del
+cielo?»</p>
+
+<p>Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella traspasaron
+luminosamente su espíritu. Señalando la página e inclinando su cuerpo
+sobre el brazo del sillón, miró pensativamente hacia afuera, a través de
+los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso nublado,
+cuya cepa debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las
+murallas. A pesar de tener cabe sí un brasero con lumbre, Ramiro sentía
+colarse por las rendijas ese estremecimiento glacial de la atmósfera que
+anuncia la nevasca. Las losas de la calle y los sillares de los palacios
+tomaban tonos lívidos, ateridos. El viento ululaba.</p>
+
+<p>Era uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza y
+doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo. ¡Cuán mágico
+sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales
+el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras indefinida
+confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza
+al caer una interjección uraña y reconfortante, y el ascua nos recibe
+con su ardiente fascinación que amodorra las ansias y desapega de todos
+los afanes del siglo.</p>
+
+<p>Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba ceñudo, el aire maligno
+y poblado, quizá, de espíritus dañosos. Las lúgubres consejas,
+escuchadas allá en la torre, siendo niño, volvían a la memoria del
+mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna
+chimenea, le inquietaba. Hubiérase dicho que un miedo mudo hacía
+palidecer todas las cosas, la teja, la ventana cerrada, el árbol de los
+patios. Algunos campesinos bajaban presurosos hacia la Puerta de Don
+Antonio Vela, acuciando sus machos y borricos. Ramiro adivinaba en la
+dirección del Sudeste, por detrás de las sierras, un agazapamiento de
+vendaval, pronto a lanzarse sobre la dehesa, destechando cabañas,
+reventando los trojes, descuajando los árboles.</p>
+
+<p>¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! Soñó en la paz de los
+monasterios, en la ascética fruición de la celda durante los días y
+noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los
+coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la
+cera, del incienso.</p>
+
+<p>El brutal desengaño que sufriera, días antes, al presentarse en la
+reunión, habíale llenado el pecho de asco y rencor hacia los hombres.</p>
+
+<p>&mdash;¡Por cuestión de la paga!&mdash;repetía por momentos, recordando las
+palabras del religioso.&mdash;¿De quién podía venir aquella especie si no de
+su rival? ¿Debía también perdonarle con el heroico perdón de los santos?</p>
+
+<p>La frase de doña Guiomar: «Harta dicha será que no os desluzcan la
+jornada mediante alguna calumnia», tomaba ahora en su mente acento de
+profecía.</p>
+
+<p>¿Para qué afanarse, pues, en el siglo, si toda honra estaba a la merced
+de cualquier lengua malvada? Y aunque así no fuera: ¿De qué valían las
+glorias y loores del mundo, de este «nido de hormigas», como lo
+apellidaba el inspirado religioso? ¿No era, acaso, todo ello castillo de
+cañas para el fuego de la muerte? ¿Qué más valía el paso de un hombre
+sobre la tierra?... Cualquier frágil baratija duraba más que su dueño.
+Otros galanes habían de aderezarse quizá, el juvenil mostacho ante aquel
+su espejo, cuando él no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de
+Venecia pasaba de padres a hijos más vividora que las manos soberbias
+que la alzaban en los festines. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer?</p>
+
+<p>El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas de su ánimo.</p>
+
+<p>Volvió a mirar hacia la calle.</p>
+
+<p>Una hora pasó. Era un domingo de fines de febrero. La esquila de la
+Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de costumbre
+iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos aforrados de
+martas; otros a pie, embozados completamente en sus ferreruelos o en sus
+capas de lluvia, y manteniendo apenas una abertura por donde escapaba el
+aliento blanquecino. Los clérigos se arrebozaban con sus lobas; los
+dominicos, en sus manteos; los franciscanos y carmelitas traían el
+rostro cubierto bajo la puntiaguda capilla y los brazos cruzados por
+dentro de las mangas. Ramiro vio llegar a Vargas Orozco con la nariz
+amoratada por el frío; el paje caudatario le sostenía por detrás la cola
+superflua. Creyó reconocer a don Pedro Valderrábano por las calzas de
+velludo amarillo y sus pantuflos con pieles. Cuatro valentones
+custodiaban la silla de don Enrique Dávila, tres de ellos con alabarda y
+rodela, el otro con hermosa ballesta incrustada de marfil.</p>
+
+<p>Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abrió de nuevo «La vanidad
+del mundo». En ese instante, después de anunciarse con el golpecito de
+costumbre, entró Casilda en la habitación. Un estremecimiento inusitado
+agitaba sus pestañas. Acercose al escritorio, removió la arquilla de
+las obleas, requirió las torcidas del velón, estiró las holandas del
+lecho. Palpábalo todo con gesto bobo y encogido, como si quisiera
+comunicar o pedir alguna cosa y no se hallase con ánimo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Buscas algo?&mdash;la preguntó el mancebo.</p>
+
+<p>&mdash;Nada, señor; sólo que mi padre me manda llamar y miro porque todo
+quede bien aparejado para la noche.</p>
+
+<p>La idea de recompensar con alguna dádiva los cuidados que aquella
+muchacha le había prodigado, durante tantos días de sufrimiento, le
+asaltó a Ramiro por la primera vez. Díjola entonces:</p>
+
+<p>&mdash;Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo. ¿Ves una escarcela
+verde? Bien, tráela.</p>
+
+<p>Cogió tres ducados y alargóselos, exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;Toma para alfileres, Casilda.</p>
+
+<p>Ella, al sentir en la palma de la mano el frío de las monedas, dejolas
+caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un reptil. El
+rostro se le enrojeció de vergüenza, y su pecho, henchido por la
+emoción, dejó escapar un suspiro. Luego sonrió tristemente, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?... ¡No, no, por Dios!</p>
+
+<p>&mdash;¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte, acaso, un obsequio?</p>
+
+<p>&mdash;No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro interés. Deseo decir
+a vuestra merced&mdash;agregó vacilando un instante y bajando la voz&mdash;algo
+que sucede en esta casa.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la dueña... Me
+lo dirás otra vez.</p>
+
+<p>&mdash;Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un negocio... ¿cómo
+decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que la
+justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se puede
+seguir a vuestra merced.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede?</p>
+
+<p>Casilda tembló como sacudida por aquel acento imperioso, y luego repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que aquí vienen, acabada
+la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de aquella
+en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen palabras contra
+el Rey y hablan de levantar bandera.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por quién sabes todo eso?</p>
+
+<p>&mdash;Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo pasado, ya de
+noche.</p>
+
+<p>&mdash;Dilo todo, date prisa.</p>
+
+<p>&mdash;Al entrar oí unas voces que parecían salir de una alacena; pero, como
+yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era. Vacía lo estaba;
+pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra y eran en
+la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A mi
+ver, deben ser muchos señores, y entre ellos está el señor cura de Santo
+Tomé, con su catarro, y el señor de Bracamonte, con su voz tan áspera, y
+el de...</p>
+
+<p>Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galería cortó su
+narración.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién?&mdash;demandó Ramiro.</p>
+
+<p>&mdash;Yo soy&mdash;respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo la hoja y
+penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a Casilda,
+aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Os lo ha referido?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué?</p>
+
+<p>&mdash;Lo que acontece en esta casa.</p>
+
+<p>&mdash;¿A qué quiere aludir vuesa merced?</p>
+
+<p>&mdash;A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo,
+conducidos por el maestresala.</p>
+
+<p>En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las cuadras vecinas:</p>
+
+<p>&mdash;¡A la enorme felonía&mdash;gritó&mdash;de esos malos caballeros!</p>
+
+<p>&mdash;Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden oílle&mdash;interrumpió
+Ramiro, agregando:&mdash;De suerte que vuesa merced lo sabe también por...</p>
+
+<p>&mdash;Por esta rapaza&mdash;contestó el Canónigo señalando a Casilda.</p>
+
+<p>El diálogo se desarrolló vivamente y quedó convenido que, antes de que
+terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse de la verdad,
+escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el
+mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando
+que a él le parecía más derecho requerir con franqueza a don Enrique
+Dávila o al mismo Bracamonte; pero el Canónigo le hizo pensar en la
+necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse al peligro de que
+su llaga se reabriese en el tráfago de las escaleras, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que os hicisteis herir,
+una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa.</p>
+
+<p>Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido número
+de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano, hidalgo viejo
+y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y
+mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie,
+junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina.
+Ramiro, después de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a
+un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra.</p>
+
+<p>Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba en su
+mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un
+criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada frecuencia.
+Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo,
+forrada de pieles.</p>
+
+<p>Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca. Cuando
+quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de
+locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única pasión
+que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era
+barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.</p>
+
+<p>Ramiro no escuchó sino el final de su discurso:</p>
+
+<p>&mdash;Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las
+provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al
+Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de
+París e decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la persona
+que ha de sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque exponiendo a
+Flandes, hubiéramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a
+aquella monarquía de la pestilencia luterana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué brava guisa de guerrear!&mdash;dijo don Pedro Valderrábano, con tono
+amistoso y burlesco.&mdash;En un quítame allá esas pajas desbarata vuesa
+merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre una
+poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don Enrique,
+que no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el
+brasero.</p>
+
+<p>El regidor Gaspar González Heredia, queriendo amortiguar el picante de
+aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don Enrique:</p>
+
+<p>&mdash;Quizá el ejército del Duque no era suficiente para tamaña empresa, y
+hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho ardid y coraje, que
+pelea a la cabeza de sus soldados.</p>
+
+<p>&mdash;Con eso&mdash;le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que alardeaba de
+táctico&mdash;no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues el
+jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés, ya que ha de
+dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que
+si él mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como
+aconteció a los persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey
+Darío, y en España muerto el rey don Rodrigo, y en Hungría, en nuestros
+tiempos, muerto el rey Ludovico, en la batalla que dio temerariamente a
+los turcos.</p>
+
+<p>Prodújose un rumor de admiración.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas cartas de
+Francia?&mdash;preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la Compañía
+de Jesús.</p>
+
+<p>&mdash;Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo una ha logrado
+llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del Bearnés
+sobre París, en diciembre pasado.</p>
+
+<p>&mdash;Sepamos, sepamos.</p>
+
+<p>&mdash;Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la media noche, cuando
+todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se echa de ver la
+mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta Papal, donde
+se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra Compañía. Al asomar
+los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de
+alarma. Los vecinos despiertan, tócase a rebato, y el hereje se retira
+desengañado.</p>
+
+<p>&mdash;Grande gloria para vuestra religión&mdash;dijo alguno.</p>
+
+<p>&mdash;Un venturoso accidente en verdad&mdash;respondió el padre Rodríguez.</p>
+
+<p>Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del Convento de
+Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con aparente
+mansedumbre:</p>
+
+<p>&mdash;Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián?</p>
+
+<p>&mdash;<i>Anseres Capitolini</i>, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá
+que os falta añejo abolengo.</p>
+
+<p>Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero
+nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del padre
+Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se perdieron
+en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una
+predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la
+Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con
+el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de doña María Vela,
+monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de santo. Su palidez
+cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus
+grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.</p>
+
+<p>&mdash;Son tan grandes&mdash;decía&mdash;las mercedes que Dios la hace y tan apegadas
+sus razones al amor divino, que no cabe dudar.</p>
+
+<p>&mdash;De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa merced,
+señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos
+inclinado a creellas.</p>
+
+<p>&mdash;Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la madre
+Teresa de Jesús.</p>
+
+<p>&mdash;En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qué para esta monja,
+que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y revelaciones; no
+tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que así conviene para
+mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a entender ser
+posible en ellas la perfección evangélica.</p>
+
+<p>&mdash;Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta experiencia tengo de
+su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de Satanás.</p>
+
+<p>&mdash;Me dicen que fue vuesa merced&mdash;preguntó el licenciado Zimbrón,
+dirigiéndose al capellán&mdash;quien aconsejó administralla el santo Viático
+para hacella aflojar las mandíbulas.</p>
+
+<p>&mdash;No, no; fue el padre Julián, el padre Julián.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vuesa merced presenció el milagro?</p>
+
+<p>&mdash;Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía abierta su boca
+hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una lámpara. Más de
+nueve días pasó con los dientes tan apretados, que el hombre más fuerte
+no hubiera logrado separárselos y sin que fuera posible hacella pasar
+una gota de caldo.</p>
+
+<p>La conversación recayó, como de costumbre, en la crónica de los
+asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella ciudad.</p>
+
+<p>Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una voz que le denunciaba
+las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o cual religiosa.
+En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de súbito
+arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al leer una
+anotación de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de San Gregorio.
+Sor Angela de la Encarnación era estrujada y abofetea la por Satanás a
+la vista de todas sus compañeras, y, últimamente, arrojada por él, desde
+lo alto de una galería al jardincillo del convento, no recibió daño
+alguno. Además, todos los lunes, que es el día que corresponde a la
+Oración en el Huerto, sudaba a imitación de Nuestro Señor, tanta sangre
+de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres túnicas al día.</p>
+
+<p>Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extraño y los
+semblantes más recios se ablandaban y palidecían como oreados por un
+soplo divinal.</p>
+
+<p>La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía haberse levantado hasta
+una región convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre el vuelo
+cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como los perfumados
+carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la penitencia,
+atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba en
+todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave inverosímil y
+familiar. Se hablaba de él con regocijo, pero sin espanto.</p>
+
+<p>El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante, la garduña de almas,
+la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los diálogos. Muchos de
+los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían parlado y
+chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y de San José;
+otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas
+y a los olores y poniendo motes a los galanes. Referíanse con el mismo
+entusiasmo sus prodigios que sus gracejos, y todos se complacían en
+hablar llanamente de un ser que los ojos del alma veían ahora en la
+gloria del Paraíso.</p>
+
+<p>&mdash;Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su
+cuerpo&mdash;dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de una
+graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.</p>
+
+<p>&mdash;Esa trapacería se la debemos al Duque de Alba&mdash;replicó el señor de
+Navamorcuende.</p>
+
+<p>Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron aquellas palabras de
+don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a Ramiro que, no
+hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el cuerpo
+milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de
+una noche de tempestad, habíase dirigido al sepulcro de la madre Teresa,
+y descubriendo el cadáver, abriole el pecho con un filoso cuchillo,
+metió la mano por la herida y arrancó el corazón. Luego, aquella
+sobrehumana mujer, poniendo la reliquia entre dos platos de roble, se lo
+llevó consigo a la celda. Al siguiente día, el inconfundible perfume que
+embalsamaba los claustros, denunció el sublime sacrilegio.</p>
+
+<p>Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y el aire denso de la
+sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintiéndose penetrar
+hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban aquellos últimos
+relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la primera mención de
+los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas
+decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus
+caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeñecidos
+ante la sublimidad de la gloria penitente.</p>
+
+<p>Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía susurrar en el fondo de su
+conciencia, le habló de esta manera:</p>
+
+<p>Abandona la brega de los hombres. No hay vida más heroica, más fuerte,
+vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero del vano
+ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor. Ese acrecienta
+como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo día, asedia o se
+defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra
+grandiosos combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos
+ignorados y maravillosos. Sólo aquél tiende su vuelo por los espacios de
+la eternidad, logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la
+vanidad, la brevedad y el terreno dolor.</p>
+
+<p>Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba resuelto. Bajando los
+párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su futura
+santidad.</p>
+
+<p class="top5">Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo retemblar
+las vidrieras, desgarró su visión.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es esto?&mdash;exclamaron algunos.</p>
+
+<p>Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie,
+abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar
+cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro
+pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de
+Bracamonte. Nueva exclamación estalló:</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva don Diego!</p>
+
+<p>Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y
+solemne.</p>
+
+<p>&mdash;Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de
+Bracamonte&mdash;exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el
+concurso.</p>
+
+<p>&mdash;Parece&mdash;dijo Valderrábano,&mdash;que de algunos días a esta parte, apenas
+le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando
+todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan.</p>
+
+<p>&mdash;Quiera Dios no le empujen a alguna demasía&mdash;agregó con lenta
+modulación el Canónigo lectoral.</p>
+
+<p>Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras otras
+escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dávila
+respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa haciendo saltar
+entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.</p>
+
+<p>&mdash;Don Enrique: «Las barajas excusallas»&mdash;dijo entonces el Lectoral.</p>
+
+<p>&mdash;Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»&mdash;replicole el señor de
+Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su
+familia.</p>
+
+<p>Minutos después entraba Bracamonte.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué nueva?&mdash;preguntole don Enrique, dejando el asiento.</p>
+
+<p>A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada
+de nieve, Bracamonte repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio
+Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.</p>
+
+<p>Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor
+numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió:</p>
+
+<p>&mdash;¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición?
+Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla.</p>
+
+<p>Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar:</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de la
+tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón, que
+tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no osarán
+luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la
+olla!</p>
+
+<p>Ramiro sintió que le apretaban el brazo.</p>
+
+<p>&mdash;Salgamos, que es tiempo&mdash;murmurole al oído el Lectoral.</p>
+
+<p>Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.</p>
+
+<p class="top5">Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidos
+por Casilda, ya era de noche.</p>
+
+<p>&mdash;Cae nieve&mdash;dijo la muchacha mirando hacia el patio.</p>
+
+<p>Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de espera,
+comenzó a escucharse, a través de las tablas de la alhacena, cavada a
+medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban penetrando
+en la estancia vecina. No había rendija alguna por donde se pudiese
+atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente a los
+congregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.</p>
+
+<p>&mdash;Las nuevas cartas&mdash;dijo Bracamonte&mdash;son del Barón de Bárboles, de
+Miguel de Gurrea y del señor de Purroy.</p>
+
+<p>Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y la
+agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor de
+Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses los
+amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda, hermanos
+de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos
+por sus padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.»</p>
+
+<p>&mdash;Sí; la república se pierde&mdash;agregó con brusquedad Bracamonte,
+comunicando a su voz una resonancia imprudente.&mdash;¿Y, por ventura,
+debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus más claros
+varones, es hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo buscan por
+todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la pública,
+sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir a la más antigua
+nobleza del reino, no dejándola, como sabemos, regentar los negocios, e
+inventando contra ella, cada día, nuevos pechos y humillaciones? Si el
+puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado, agora, en
+acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos? ¡Ea!:
+mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de
+nuestros mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si
+es preciso, la vida en la demanda, antes que la honra. Aragón sólo
+espera nuestra señal para arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve,
+Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a la zaga, apenas nosotros
+marchemos.</p>
+
+<p>Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de Bracamonte.
+Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz resonó, adusta,
+inconfundible.</p>
+
+<p>&mdash;Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha
+destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda queda
+puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide,
+hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi diestra disparar un
+venablo.</p>
+
+<p>Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a otro en
+la obscuridad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!&mdash;exclamó el Lectoral asiendo del brazo a su
+discípulo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí; él es!&mdash;dijo, tan sólo, el mancebo.</p>
+
+<p>Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas.</p>
+
+<p>&mdash;Es un tirano&mdash;dijo alguien claramente.</p>
+
+<p>&mdash;Su confesor&mdash;agregó el cura de Santo Tomé&mdash;ha de arder en el infierno,
+porque le absuelve.</p>
+
+<p>Otros exclamaron:</p>
+
+<p>&mdash;Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.</p>
+
+<p>&mdash;Es harto tarde.</p>
+
+<p>&mdash;Que se lea, y partiremos.</p>
+
+<p>Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila leyó el
+histórico pasquín.</p>
+
+<p>«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos respetos
+ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es sólo la
+nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede no da lugar
+a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te agradecen tus
+servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago
+de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera!
+¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia
+que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es
+tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasión a que
+aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan
+de atrás conservada y por las leyes de estos reinos defendida.»</p>
+
+<p>El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender al
+lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.</p>
+
+<p>&mdash;Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique&mdash;exclamaron algunos.</p>
+
+<p>&mdash;Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los
+portales del Mercado.</p>
+
+<p>&mdash;Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que, llegado
+el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el
+sitio que convenga.</p>
+
+<p>Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h3>
+
+
+<p>Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su
+discípulo, exclamó con profético vozarrón:&mdash;Todo esto habrá de concluir
+sobre un cadalso.</p>
+
+<p>Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezada
+ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecía
+bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio, repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los
+honrados. Yo he de mostrar&mdash;agregó, levantando el rostro hacia la lumbre
+y golpeando con el puño sobre la mesa&mdash;que aún quedan en la nobleza
+castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.</p>
+
+<p>&mdash;Por el hábito que tengo&mdash;replicó el Canónigo,&mdash;si estoy por decir que
+ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os van
+a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandio
+y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino
+vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno
+en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso
+pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo,
+con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro,
+concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o
+iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y
+así figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó
+semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.</p>
+
+<p>&mdash;¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de
+nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó la
+vida por ellos.</p>
+
+<p>&mdash;Malaventurado yo&mdash;replicó el Lectoral&mdash;si he de cosechar esa espiga.
+¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de
+tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?</p>
+
+<p>Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro
+sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán vasto
+y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis de
+la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que la
+república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación más
+temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la
+tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio
+de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange
+macedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas
+españolas tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose
+jamás un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como
+Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un
+trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de David con la
+sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de
+Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente
+por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España!
+¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este
+príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos
+que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos
+una hilacha tan sólo del capotillo?...</p>
+
+<p>Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba
+atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella catilinaria
+que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos
+Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio.</p>
+
+<p>Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se
+hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en
+la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de costumbre.
+Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al
+suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así
+como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino
+de Salamanca.</p>
+
+<p>&mdash;A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el empellón
+que ha menester&mdash;agregó con inusitada sonrisa, al retirarse.</p>
+
+<p>Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas
+impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente y,
+acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve,
+resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de
+encantamiento.</p>
+
+<p>Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas.</p>
+
+<p>Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo
+tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó
+suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.</p>
+
+<p>Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía las techumbres y las
+almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo, en claras
+armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando de Dios,
+entre la innumerable blancura de los serafines!</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabéis lo que pienso, Ramiro?&mdash;exclamó de pronto el Canónigo, con
+todo el busto hundido en la obscuridad;&mdash;pienso que vuestra virtuosa
+madre acaba de hablaros por boca de ángel, como se dice, y que agora
+más que nunca, en presencia del riesgo propincuo que corren a la vez
+vuestra alma y vuestra honra, os debéis echar sin tardanza en brazos de
+la Santa Iglesia. Ella sólo puede asosegaros esos bullentes borbotones
+del cerebro y salvaros de caer en la pasión del orgullo, en esa
+peligrosa y aborrecible pasión que nos convierte en un fruto mollar para
+el Demonio. Dios queriendo, hijo mío, yo seré muy pronto promovido a
+Obispo de Cartagena o de Orense, como lo asegura don Alonso. Lejos de la
+mentecatez y la envidia, no tardará mi nombre en correr por toda España.
+Mi saber saldrá de la cueva cabildera cual generoso vino olvidado, y
+encenderá, por doquier, el espíritu de los hombres. Se me pedirá a cada
+ocasión mi dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabará por decir:
+«Esto piensa su señoría, Lorenzo Vargas Orozco, y no habrá más que
+agregar.» Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos será
+llamaros a mi lado; y allí dará principio la verdadera ocasión que el
+Cielo os depara. Al fin lo comprendo. ¡Por ahí, por ahí! ¡Dios lo
+quiere!</p>
+
+<p>Ramiro meditó. Sentado ahora en la silla, junto a la ventana, miraba
+hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil. Por último,
+inclinándose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono pausado y
+casi doliente, repuso:</p>
+
+<p>&mdash;A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere, como dice vuesa
+merced, y me lo expresa arrancándome allá del abrazo de la muerte,
+mostrándome aquí las bajezas del mundo y la vanidad de todas las glorias
+humanas, o hablándome con el ruego de mi madre, como acaba de hacello.
+Clamo, entonces, con todas mis potencias, hacia su Divina Majestad,
+demandándola una de esas mercedes que hace diariamente a algunas almas y
+que manifiestan de un golpe su predilección; pero, nada, nada me
+responde, e todo mi ser desengañado tiene que replegar de nuevo su
+ardimiento, en la hondura, en la tiniebla. Yo quisiera&mdash;agregó en voz
+bien alta, tendiendo ambos brazos hacia la verdosa claridad, en la cual
+sus manos resplandecieron de modo perturbador,&mdash;yo quisiera subir de un
+solo ímpetu a una de las moradas de arrobamiento que describe la Madre
+Teresa de Jesús; gozar, aunque fuera un instante, de ese deliquio, de
+ese éxtasis, en que ella caía de continuo; llegar a Dios, en fin, de un
+solo y soberano vuelo del alma, y anegarme, abismarme en su
+contemplación.</p>
+
+<p>Hizo una breve pausa y prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente, mediante el cual el
+Señor me significase su complacencia: desprenderme del suelo durante la
+plegaria, ver señalarse en mi cuerpo una llaga de la Pasión, escuchar
+una palabra de una de esas imágenes de Nuestra Señora que tantos
+milagros han obrado en esta ciudad con toscos villanos y campesinos; o
+recibir, en fin, de lo alto, alguna locución que yo debiese, a mi vez,
+transmitir a los hombres. ¡Pero hasta agora nada! Mi cuerpo semeja un
+costal lleno de cantos, mis manos siguen tan mondas como siempre, y el
+cielo mudo y cerrado para mí. Cuanto a las imágenes de Nuestra Señora de
+las Vacas e de la Soterraña, a fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e
+oscilan, como entre el humo de un cirio; pero hablarme, eso nunca; ¡y
+qué negrura en la mente, qué sequedad, qué apretamiento acá en el
+corazón! ¡ah!...</p>
+
+<p>Llevose las manos al pecho.</p>
+
+<p>&mdash;¡En qué peligro estáis, hijo mío! Agora hecho de ver, y en quien menos
+lo deseara, el daño que pueden hacer en las almas de corta experiencia y
+estudio, los escritos milagreros, quitándoles toda humildad e
+despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales, con gran regocijo
+del Demonio. La tal Teresa y todos cuantos escribieron o escriben sobre
+mística, en lengua vulgar, van haciendo harto mal por España, incitando
+al desprecio del duro camino escolástico y engolosinando a los incautos
+con visiones y revelaciones, coloquios y éxtasis, y todos los sueños que
+engendra la beodez contemplativa. Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que
+el humo de la antorcha viva de la verdad, e los que buscan sólo ese humo
+pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo escudriñar los secretos
+de la Escritura y de la ardua enseñanza escolástica, esperan que Dios se
+los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con El, cara a cara, como
+si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un paso estáis, Ramiro, de las
+peores herejías que apestan a España, e mucho me temo que, llevado por
+esa gula espiritual, os hundáis, sin sabello, en la locura de los
+begardos, o alguien os denuncie al Santo Oficio de alumbrado o de
+quietista.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no hago sino anhelar para mí lo que encarece en sus escritos la
+madre Teresa de Jesús, a quien todos tienen por santa&mdash;exclamó
+nerviosamente el mancebo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por ventura&mdash;replicó a su vez el Canónigo&mdash;no han sido bastante
+aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena de la Cruz y
+de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido recelo acerca de
+toda revelación mujeril? ¡Ah, hijas de Eva!&mdash;exclamó esta vez,
+removiendo los brazos en la sombra con un ademán que Ramiro no alcanzó a
+distinguir.</p>
+
+<p>Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algún odioso
+pensamiento, prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era
+lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como vemos en
+Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: <i>Væ, filii
+desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui
+ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis</i>. Y
+vemos en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios continuamente,
+y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les respondía, hablaba
+con ellos y no se enojaba, porque aún no estaba asentada la fe. Pero,
+agora, bajo la ley nueva, todo está consumado y la fe fundamentada <i>per
+sæcula, sæculorum</i>; y no hay para qué preguntar a Dios como antes,
+porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es su más soberana
+palabra, nos lo habló todo junto, de una vez, y no tiene más que
+hablar. De aquí, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le pide
+revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hiciérades, pues,
+en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Tomás,
+que éste es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino
+áspero, pero seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora
+luz; lo otro, el humo irritante que perturba la visión y el cerebro.</p>
+
+<p>La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo quedaba
+la pura emanación de la mente; y las ideas parecían brillar con más
+fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h3>
+
+
+<p>Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de la
+una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al
+azar el <i>Cordial</i>, el <i>Arte de bien morir</i>, el <i>Contemptus Mundi</i>. La
+vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No se escuchaba en
+la estancia otro rumor que el de las páginas en el silencio. De pronto,
+una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia afuera.
+La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo del
+lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul
+de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas
+de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la
+dueña, caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo.</p>
+
+<p>La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velo
+descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeaba
+tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de la
+mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La blancura de aquel
+rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y era, en
+verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y
+moribunda.</p>
+
+<p>Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendo
+florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuando
+iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella máscara
+triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los
+vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando
+vaivén de la silla, desapareció con su gente.</p>
+
+<p>Ramiro arrojó el <i>Arte de bien morir</i> sobre una mesa cubierta de libros.</p>
+
+<p>A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose
+perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir.</p>
+
+<p class="top5">Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la
+lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de
+nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle a
+menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica.
+Cierto día le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros a
+testificar.</p>
+
+<p>Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la
+calle, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es algún
+maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van diciendo algunos
+que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años, y que, si
+esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en matrimonio.
+Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la
+Iglesia.</p>
+
+<p>Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y cuyos
+gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:</p>
+
+<p>&mdash;Agora llega la estación libidinosa.</p>
+
+<p>Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un
+círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al
+menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la
+influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la
+gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de
+marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una docena de veces,
+<i>ex carpo manus</i>; pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia
+de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasión; luego no
+había más que pedir».</p>
+
+<p>La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa del
+año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas
+como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de
+los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro
+vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo
+de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las
+armas de su linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos
+le precedían. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla
+salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por
+un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió
+impulsos de salir al balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete,
+rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h3>
+
+
+<p>No bien despabilada todavía, la guedeja en desorden, los ojos medrosos
+de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro, Beatriz, sentada al
+borde del lecho, dejábase vestir por sus esclavas y doncellas.</p>
+
+<p>Era el sábado santo y faltaba menos de una hora para la misa de Gloria
+en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve campanadas.</p>
+
+<p>Costábale mucho levantarse tan temprano. La caricia matinal de las
+holandas la amortecía la voluntad, haciéndola soñar en goces
+indefinidos.</p>
+
+<p>Las parlerías de doña Alvarez, y además las desnudas estatuas de metal y
+de mármol, traídas de Italia por don Alonso, habían disipado desde
+temprano su inocencia.</p>
+
+<p>Leocadia, su criada favorita, después de restregarla y besarla los pies
+repetidas veces, estirábala ahora, sobre las piernas, las ceñidas medias
+color de bronce, cuya seda reflejó, sobre la escultural perfección,
+firme trazo de luz. Luego, habiéndola calzado las rojas chinelas
+perfumadas con ámbar, levantó delicadamente la camisa de noche y diola
+un beso en la carne. La niña la contuvo con ambas manos, exhalando
+melindrosa quejumbre.</p>
+
+<p>La misma doncella sacó después de un arcón otra camisa con puntas y vino
+a ofrecérsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz, cogiendo y
+desplegando aquella prenda olorosa y encintada, cerró, tras sí, los
+damascos amarillos que pendían del sobrecielo. Sus piernas, más fuertes
+que el resto de su persona, quedaron asomando por la abertura. Preciosos
+rapacejos de diamantes exornaban las ligas.</p>
+
+<p>Tibio perfume, que no venía de ningún pomo de olor, ni arquilla de
+esencias, sino del lecho entreabierto y de las ropas de la víspera,
+abandonadas sobre los taburetes, sahumaba el ambiente de la alcoba.</p>
+
+<p>Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el aguamanil, la
+jofaina. Otra, el patético albayalde para la tez y el sanguinolento bote
+para amapolar levemente las mejillas. Beatriz dejose apenas lavar. El
+frío del agua la hacía golpear en el suelo con el chapín. La criada la
+pasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo de un céfiro,
+el paño humedecido. En cambio, ella aceptaba con delicia los perfumes.
+¿Para qué más? ¿Acaso el ámbar, el agua de ángel, la algalia, no dejaban
+el cuerpo oloroso cual mazo de flores?</p>
+
+<p>Dos esclavas de Italia la servían de rodillas. La más joven sabía
+alargar los ojos con el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba aretes
+enormes y un turbante verde con listas gualdas y purpurinas. Era
+lánguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso la había
+comprado a un capitán de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de la
+Corte, era ella quien le llevaba al lecho, todas las noches, el
+cocimiento aromatizado para dormir.</p>
+
+<p>Beatriz pidió su libro de devoción, para meditar, a su modo, el Misterio
+del día, mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya negrura imitaba
+a trechos la morada vislumbre del palisandro.</p>
+
+<p>Una cascada de sol, traspasando los vidrios, entraba de sesgo en la
+estancia. El don rutilante y divino chispeaba en los objetos de plata,
+en el nácar y el metal de las incrustaciones, en el galón de las
+colgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia de oro de la
+mitología. Afuera, el resplandor matinal iluminaba las cornisas más
+altas; y el cielo, sin una nube, iba disipando su niebla.</p>
+
+<p>Habíanla alcanzado el devocionario entreabierto. La miniatura
+representaba a Nuestro Señor subiendo en los aires, con blanco
+estandarte en la diestra, mientras los guardas caían despavoridos en
+torno del sepulcro. Leyó con infantil dificultad la epístola de San
+Pablo a los colosios, siguiendo la línea con el índice. Luego la
+narración de San Mateo: María Magdalena y la otra María camino del
+sepulcro, la piedra removida, las resplandecientes palabras del ángel
+anunciando la Resurrección.</p>
+
+<p>La imagen de aquel milagro de los milagros la conmovió profundamente. Un
+júbilo indecible la inundaba al imaginar a Jesús en su glorioso vuelo,
+después de las angustias del Calvario. Había que reír, que cantar; había
+que vestir las telas más ricas y escoger las joyas mejores. ¡Jesús había
+resucitado! Tomó en la mano el espejo y ensayó ante el cristal
+prolongada sonrisa, enseñando los dientes.</p>
+
+<p>Por fin, vestida de amarillento brocado que los toques de plata y las
+rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el cabello rizado con
+primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo, levantada por el
+corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa, aliñada,
+abullonada, crujiente, comenzó a pasearse por la habitación, mirando,
+por encima de su hombro, las cenefas de la nacarada basquiña y la pompa
+del faldellín. Sus orejas diminutas balanceaban las arracadas de
+diamantes de una abuela.</p>
+
+<p>Las criadas la seguían como a una paloma que se escurre. Una buscaba
+ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el cinturón de tela de
+oro recamado de aljófar. Leocadia, tomando un gran buche de agua de
+olor, afinó entre sus dientes un chorro continuo, y, girando en torno,
+rociolo con maestría, desde el ruedo de la saya hasta la almidonada
+gorguera.</p>
+
+<p>Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos esperaban en el
+recibimiento.</p>
+
+<p>&mdash;Llamen a Alvarez&mdash;exclamó Beatriz.</p>
+
+<p>Un instante después llegaba la dueña con mucho rumor de cuentas y
+gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doña Alvarez, mirando a
+la niña al través de sus anteojos, prorrumpió:</p>
+
+<p>&mdash;¡Infantica preciosa! ¡estrella de Belén! ¡Alabado sea Dios, que os
+hizo bella y salada como una perla del mar!</p>
+
+<p>Beatriz, mirándose en el espejo, afectaba, entretanto, los más diversos
+visajes. Ora entornaba los párpados con desmayadizo temblor, como si
+respirara un perfume doloroso; ora los abría desmesuradamente; y
+resumiendo, a la vez, su boca de carmín, parecía ofrecerla a un galán
+imaginario, como confitada fresa, como incitante golosina purpúrea.</p>
+
+<p>La dueña la preguntó casi al oído:</p>
+
+<p>&mdash;¿Pasó por esta calle?</p>
+
+<p>&mdash;¿De quién decís?&mdash;repuso la niña.</p>
+
+<p>&mdash;De Gonzalo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo sé yo acaso?</p>
+
+<p>&mdash;Sí que debió. Vile entrar muchas veces en la iglesia. Os buscaba como
+sabueso que va oliendo las hierbas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah!</p>
+
+<p>&mdash;Harto galán le veréis, que es regalo de los ojos con su traje color de
+acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y ¡válame Dios! ¡qué plumas
+tan bizarras! Todas las niñas volvían la cabeza para miralle. ¿Qué será
+cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecéis uno y otro nacidos
+bajo la mesma constelación. ¡Lucida pareja! El será el nácar y vos la
+perla, señora mía!</p>
+
+<p>&mdash;¿A qué iglesia fuiste?</p>
+
+<p>&mdash;A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo me hice dar, por un
+canónigo amigo, del incienso y del estoraque. ¡Donosa fiesta! El templo
+güele mejor que un vergel. Démonos prisa, que llegaremos tarde.</p>
+
+<p>Tomándola el cristal, echola encima un manto y trájola con presteza la
+estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra manita,
+remedando el empaque de las señoras.</p>
+
+<p>Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose contra el respaldo de
+la silla para contrarrestar el vaivén, y, al lento paso de los
+silleteros, cruzó entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una imagen,
+la boca pía, los ojos recoletos.</p>
+
+<p>Un lacayo llevaba por delante la almohada postratoria con el escudo de
+los Blázquez ricamente bordado.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h3>
+
+
+<p>Avila resplandecía en el oro húmedo y blanquecino de la mañana, como una
+pequeña Jerusalén. La religiosa emoción la henchía, la perfumaba. Las
+flores de los árboles, asomando por encima de las tapias, pendían sobre
+las callejuelas. Impaciente alegría parecía bajar de las campanas
+silenciosas y difundirse sobre todo el caserío. Beatriz aspiró aquella
+flotante sublimidad, presintiendo algo misterioso y cercano que iba a
+conmover su existencia.</p>
+
+<p>El villanaje circulaba con pena por las calles, y la niña miraba con
+asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de requesón, y hacían
+crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos semblantes
+traslucían el asombro del hecho remotísimo que la Iglesia festejaba, y
+las pupilas iban como pujadas hacia afuera con estupor semejante al de
+San Juan y San Pedro camino del sepulcro.</p>
+
+<p>Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el escudero tuvo que hacer
+apartar a los rústicos para dar paso a la silla. A más de las cabañas y
+caseríos de los contornos, muchos pueblos comarcanos habían volcado
+buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que apenas si
+bastaba para los vecinos. Los más diversos ropajes ardían bajo la mágica
+luz, en movedizo apiñamiento multicolor. Veíanse sayas rojas o verdes
+como los pimientos, color de almagre como las calabazas, moradas como
+las berenjenas, capas y coletos pardos como la piel de los tubérculos,
+negras ropas de ancianos que iban tomando la torcida color de las
+alubias, vistosos dengues y pañolones donde parecía haberse reventado
+toda la hortaliza. No faltaban las zagalas de égloga, en trenzas y en
+corpiño, zagalas de Sotalvo, de Tornadizos, de Fontiveros, lavanderas o
+pastoras, que no habían logrado quitarse el olor de las lejías o el tufo
+de los chotos y cervatillos. Hombres secos y taciturnos, de afeitada
+boca monástica y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los señores,
+apoyados en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las
+mujeres hablaban alegremente. Las más acaudaladas traían mandiles de
+relumbrón, y casi todas, collares de coral, pendientes mudéjares y
+plateadas cruces y medallas que semejaban ex-votos de camarín. Buena
+parte de aquella gente había dejado sus lejanas chozas o alquerías antes
+del amanecer, a la luz de las estrellas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Atrás os digo!&mdash;gritaba allí un corchete ebrio de poder, empujando
+malamente a los rústicos, a fin de conservar el humano callejón por
+donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere el seor alguacil que le hurguemos las patas a esa señora
+mula?&mdash;le replicaba una moza de la ciudad.</p>
+
+<p>&mdash;Atrás os digo, y van dos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pus quite esos dedos!</p>
+
+<p>&mdash;Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado.</p>
+
+<p>Los buhoneros aprovechaban para vender.</p>
+
+<p>&mdash;Señora hermosa, por un real se lleva este rosario.</p>
+
+<p>&mdash;Darete, a lo más, un cuarto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Trasero o delantero?</p>
+
+<p>&mdash;¡Oste con el bellaco!</p>
+
+<p class="top5">El templo estaba henchido de muchedumbre y todo jaspeado en lo alto de
+sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban de las vidrieras
+colorían de tintes espectrales la piedra y el alabastro, esmaltaban el
+oro de los púlpitos, pavonaban el obscuro nogal. Beatriz fue a
+arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la capilla mayor. Los
+dignatarios, resplandecientes de joyas y de veneras, ocupaban los
+escaños del centro.</p>
+
+<p>El canto de las letanías seguía resonando bajo las bóvedas, potente,
+monótono, sublime. Por fin los diáconos aparecen recubiertos de blancas
+vestiduras.</p>
+
+<p>Principiada la misa, Beatriz advirtió que Gonzalo de San Vicente,
+vestido como dijera la dueña, se arrodillaba sobre el guante, hacia la
+nave opuesta, observándola de hito en hito al santiguarse. Ella
+correspondió con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspiró
+profundamente volviendo los ojos al libro.</p>
+
+<p>Su Señoría don Jerónimo Manrique de Lara ofertaba el incienso con sus
+manos huesosas y pálidas. El humazo litúrgico llenó en un instante, cual
+milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al preste y a los
+diáconos, amortiguando los oros, y cubriendo con asoleado velo de
+perfume las pinturas del retablo.</p>
+
+<p>De pronto, la voz del pontífice entona las primeras palabras del
+<i>Gloria</i>, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese túmulo de
+silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la mañana del jueves,
+descuélganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el
+alarido de las chirimías, el turbión resoplante del órgano y, allá
+arriba, allá afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el
+acelerado repique de todas las campanas, frenéticas, locas, delirantes,
+cantando y echando a los vientos el regocijo sublime y milenario de la
+Resurrección.</p>
+
+<p>En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha,
+contra una columna del crucero, el fantasma... ¡la persona misma de
+Ramiro!</p>
+
+<p>El órgano y los bronces seguían resonando. Un vendaval de religiosa
+alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se
+sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la resurrección
+del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo rostro figurósele, al
+pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasión.</p>
+
+<p>Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro comenzó a retirarse,
+lentamente.</p>
+
+<p>Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra el
+muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de su
+linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas las
+puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a
+una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a
+Beatriz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es fuerza vencer aquí mesmo!&mdash;se dijo. Y, empujado por irresistible
+movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta
+suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó a
+ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez,
+brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto
+imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella
+vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su
+temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.</p>
+
+<p>Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo
+tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y
+levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba
+del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra.</p>
+
+<p>Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada
+plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y
+torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para
+los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida
+un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios
+sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol
+embriagador, sintió en su frente el beso o la mordedura de invisible
+quimera.</p>
+
+<p>Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales
+desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El
+se sentía también renacer con las flores y los follajes.</p>
+
+<p>Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de
+cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la
+noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurrección
+y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la
+mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo,
+parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada
+frescura que bajara de las estrellas.</p>
+
+<p>Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió en
+el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba
+reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.</p>
+
+<p>Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y, habiéndole
+oído quejarse, se atrevió a decirle:</p>
+
+<p>&mdash;Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli. Vino
+la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé de la flota,
+y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un caño de arcabuz
+bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme.</p>
+
+<p>Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente barrote
+aplicado a la herida le dejó curado para siempre.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII</h3>
+
+
+<p>Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas
+interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El
+entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad,
+sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la
+acción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.</p>
+
+<p>Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante de
+fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad ingresar a
+la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto,
+lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a una altura
+inaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo
+contrario sería perderse para esta vida y para la otra, pues el Señor no
+perdonaba semejantes perjurios.</p>
+
+<p>Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno susurraba que
+aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era hombre capaz
+de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar en
+el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la voluptuosidad y
+del orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura: «Tiempo habrá de
+vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el mal
+de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de
+las espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime
+reverso realizado en los claustros.»</p>
+
+<p>Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo la
+elocuencia acomodaticia del Tentador.</p>
+
+<p>En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo que
+él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su rival y mostrádole
+que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su desposada.
+¿A qué más?</p>
+
+<p class="top5">Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el
+camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como de
+costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en todo el
+mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba, allá abajo, un
+aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alcázar dobló
+hacia la izquierda, y siguió caminando sin detenerse.</p>
+
+<p>Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de la
+tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual cobrizo
+relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se
+revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para
+contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese
+instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.</p>
+
+<p>Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuos
+remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una calma
+de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada instante
+sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por
+aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada
+cabaña la frente y el pecho de los labriegos.</p>
+
+<p>Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a
+la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora entre
+cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él mismo por la
+sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que, surgiendo
+de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se volcaba por la
+calleja.</p>
+
+<p>Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.</p>
+
+<p>Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la cadera,
+y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hasta
+recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irguió de nuevo, su
+empapado corpiño mostró los hombros y los pechos como si estuviesen
+desnudos.</p>
+
+<p>La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a Ramiro una
+figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después del larguísimo
+encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la mujer. ¿Sería, en
+verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del
+aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía temblar a los
+santos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas
+sin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con
+visible complacencia las formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómo
+podía ser tan grande pecado gustar sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto
+miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar de una bella criatura como del
+fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban con cautelosa
+mirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una, como en
+los sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelo
+del mundo?</p>
+
+<p>A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.</p>
+
+<p>Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y doña
+Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro manto de la
+doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida por el
+polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos.
+Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores.</p>
+
+<p>Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su
+cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro.
+Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al barro
+humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña Alvarez,
+levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz
+baja y severa:</p>
+
+<p>&mdash;La hija de un Blázquez no bebe en la rúa.</p>
+
+<p>La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán, que se acercaba
+haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente:</p>
+
+<p>&mdash;El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced a
+saludalle.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII</h3>
+
+
+<p>Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se engalanó como nunca y, a
+las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La sangre, la
+imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos de
+una barca en el viento. Además, no le faltaron razones para demostrarse
+a sí mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si había de partir
+en breve, no hallaría mejor ocasión para desligar a don Alonso de la
+promesa del hábito y declarar al padre y a la hija el objeto de su
+viaje.</p>
+
+<p>Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas, Blázquez Serrano
+regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro adquirido en la
+corte.</p>
+
+<p>&mdash;Algunos&mdash;decía&mdash;lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo veo
+patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría de los
+perfiles.</p>
+
+<p>La mueca de muda admiración, la mano que se encartucha como un anteojo,
+la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente para volver a
+acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de contagioso
+entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea.</p>
+
+<p>El docto señor de Mújica exclamó por último:</p>
+
+<p>&mdash;Es digno de Apeles y de Parracio.</p>
+
+<p>Ramiro hubiera querido también expresar su parecer. Estaba convencido de
+que a la mayor parte de aquellos señores se le alcanzaba muy poco del
+arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo delirio y
+exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los héroes y
+los santos. Consideró entonces el privilegio de aquella gloria que nadie
+quería desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y
+pontífices, y pensó que él mismo, ejercitando su asombrosa vocación,
+hubiera llegado muy pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza,
+con sólo un haz de pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura
+alfeñicada y femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio.
+Sentía desde niño la fruición de los interiores sombríos, donde las
+pupilas descansan de la refracción implacable de las tierras y un solo
+rayo de sol revela bruscamente el color y la forma. Para él la pintura
+debía seguir también ese anhelo, consolar el sentido y tornar más fuerte
+y más hondo el ensueño, como el claroscuro de las estancias.</p>
+
+<p>Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos
+y, después de un momento, preguntole en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija
+Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente
+moza y danzante.</p>
+
+<p>Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de
+las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento
+para decirle:</p>
+
+<p>&mdash;Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá que
+olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...</p>
+
+<p>&mdash;Mejor así, señor&mdash;interrumpió Ramiro,&mdash;pues yo mesmo no sé agora si lo
+aceptara.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué diría vuesa merced&mdash;continuó don Alonso&mdash;si le nombraran
+regidor, como al hijo de San Vicente?</p>
+
+<p>&mdash;¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo más
+alta sería mi ambición. ¡O César o nada!&mdash;agregó Ramiro sonriendo.</p>
+
+<p>Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin
+distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia,
+adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que
+acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Lléguese vuesa merced a la tarima.</p>
+
+<p>Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos pasos
+felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y
+porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un
+céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado
+sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo
+sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó.</p>
+
+<p>Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole distinguir bruscamente
+a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas de terciopelo, y
+a los sonrientes galanes que las atendían, doblando la rodilla sobre el
+corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a postrarse junto a Beatriz.
+Su confusión era enorme. La niña le preguntaba por los suyos, y él
+respondía como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su
+grotesca aparición. Vergüenza mayor no había pasado jamás. ¿Qué gesto,
+qué palabra podría hacerle recobrar su apostura?</p>
+
+<p>Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se excusaba débilmente. Sus
+ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada blancura de su tez
+vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y
+doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un
+concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían
+para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los
+rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un murmullo
+preparatorio.</p>
+
+<p>De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de compañero el alférez
+Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que juraba <i>¡per Baco!</i> a
+cada instante, para hacer reír a las niñas.</p>
+
+<p>Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao,
+la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡<i>per Baco</i>: la gallarda!, y,
+tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un
+pañizuelo perfumado.</p>
+
+<p>Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos sonaban con
+anticuada languidez y el lucido soldado conducía majestuosamente a la
+niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos. Ella le
+miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire levantada
+por la onda de las vihuelas; ora evitándole con apicarado temor en algún
+apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo
+acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de
+la sombra a la claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la
+bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil,
+estallaba en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido,
+anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale
+por momentos que su alma toda se iba también en pos de aquel faldellín,
+como el humo rastrero.</p>
+
+<p>Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo.
+Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su
+padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al alférez,
+adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el
+abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose
+apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose
+a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que
+hubiese podido bailarlo en un plato.</p>
+
+<p>Ella cantaba:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 2em;">Pisaré yo el polvico</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">tan a menudico,</span><br />
+</p>
+
+<p>y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las
+guitarras:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 2em;">Pisaré yo el polvó</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">tan a menudó.</span><br />
+</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Per Baco! ¡Per Baco!</i>&mdash;gritaba el alférez, punteando el compás con
+las palmas.</p>
+
+<p>Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de
+terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso.
+Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una
+jícara de oro.</p>
+
+<p>&mdash;No, tráeme un barro&mdash;la dijo Beatriz.</p>
+
+<p>La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un
+búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo de
+aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a
+devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la
+imitaron.</p>
+
+<p>Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas de
+los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de sí
+mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una pregunta
+de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído
+con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus
+estudios.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo por seguro&mdash;díjole entonces Beatriz&mdash;que vuesa merced ha de
+llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien
+sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale
+mil bachilleres.</p>
+
+<p>&mdash;Gloria no pequeña procura así mesmo el saber&mdash;repuso Ramiro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos o
+franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran
+batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho,
+pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... Así
+quisiera ver a vuesa merced y aún mejor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tanto admiráis al alférez?</p>
+
+<p>&mdash;Es harto gracioso y valiente.</p>
+
+<p>Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel y
+un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.</p>
+
+<p>Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todo
+ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos,
+dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de algún
+silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse
+cual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a
+decir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser,
+encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su
+conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible.
+Dejose llevar.</p>
+
+<p>La palabra de Beatriz le sorprendió:</p>
+
+<p>&mdash;Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?</p>
+
+<p>Ramiro no quiso contestar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces.</p>
+
+<p>&mdash;Esa ya cerró, Beatriz&mdash;replicó entonces el mancebo;&mdash;otra es la que
+agora vase reabriendo y haciéndome morir.</p>
+
+<p>&mdash;¿Morir?</p>
+
+<p>&mdash;Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo muriera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ingenioso!...</p>
+
+<p>&mdash;Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.</p>
+
+<p>Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar de
+espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa
+voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia
+ella, prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, allá en la
+heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo pensaba entonces
+que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y mis
+pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben
+de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro, Beatriz!...</p>
+
+<p>La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la suya.
+Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuán dichoso me siento!&mdash;balbuceó entonces Ramiro.&mdash;Decidme que
+apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda
+llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!</p>
+
+<p>Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.</p>
+
+<p>En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz
+oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería
+que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su
+Majestad, el nombramiento de Regidor.</p>
+
+<p>Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un
+momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas
+y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la
+reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXIX" id="XXIX"></a>XXIX</h3>
+
+
+<p>Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor
+de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su
+gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo
+consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un
+intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar
+a Casilda.</p>
+
+<p>La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e
+íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una
+sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello
+burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según
+andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos,
+aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de
+San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano
+menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando
+puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la
+hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma
+noche de la boda.</p>
+
+<p class="top5">Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir
+para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría
+a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella
+ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de
+piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la
+gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su
+vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra
+senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus
+manos.</p>
+
+<p>El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba
+en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer
+detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio
+de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente
+al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar
+entre almena y almena.</p>
+
+<p>La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio,
+esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran
+silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie
+la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de
+un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete,
+comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos
+preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido
+el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la
+solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:</p>
+
+<div class="carta"><p>«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me
+escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una
+gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por
+medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el
+cura de San Juan debe volver esta semana.</p>
+
+<p>»Dichoso viaje, mi señor bachiller.</p>
+
+<p class="r">Beatriz.</p>
+
+<p>»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un
+dedo, jugando en el huerto con los amigos.»</p></div>
+
+<p>Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al
+día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora,
+sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el
+cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía
+acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.</p>
+
+<p>Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la
+diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto
+sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su
+chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los
+limones que se resecan.</p>
+
+<p>A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las
+lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas
+a la torre del caserón.</p>
+
+
+
+<h3><a name="XXX" id="XXX"></a>XXX</h3>
+
+
+<p>«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más que
+a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado otras
+nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»</p>
+
+<p>Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo.</p>
+
+<p>Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de
+Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro
+contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo,
+en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba. Luego
+refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.</p>
+
+<p>«Es de maravillarse&mdash;decía&mdash;que, siendo aquí vieja costumbre atormentar
+a los <i>nuevos</i> con las más crueles invenciones, así que yo penetré en el
+claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano puesta en la
+guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no
+hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué suerte; pero todos conocen
+mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante díjome ayer que, desde
+que él viene a las escuelas, no tiene memoria de otro <i>nuevo</i> que haya
+escapado a los gargajos.» Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel
+capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en
+Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi
+resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para
+fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar.
+En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»</p>
+
+<p>Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra más
+breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del Arzobispo le
+exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto&mdash;agregaba&mdash;ha
+sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que
+están allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con
+saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros
+agüelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo
+de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros
+blasones. ¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!»</p>
+
+<p>Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un
+lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes, porque su abuelo
+se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un mal
+misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios
+estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando
+humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez
+se extendía por toda la casa. Las dueñas y los criados se apretaban las
+narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doña
+Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese
+ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que prolongaba para
+ella aquel cerrado aposento.</p>
+
+<p>Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la
+Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo.</p>
+
+<p>Don Íñigo había sido enterrado la víspera.</p>
+
+<p>Cuando el mancebo penetró en las cuadras que habitaba el anciano,
+pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir adelante, tal era
+la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba como
+lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que ya no
+volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de medicinas,
+el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había quedado
+revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad
+de la lucha postrera.</p>
+
+<p>Entró a la librería y, al mirar los volúmenes amontonados sobre el suelo
+y las gafas de asta marcando la página de un infolio, para continuar
+otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza amarilla,
+donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los rótulos; y
+más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa,
+ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una
+profunda tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí
+estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo,
+siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia.</p>
+
+<p>Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de nuevo en su muda
+monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró, en breves
+palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo patrimonio.
+Estaban completamente arruinados. Se había vivido, hasta entonces,
+demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeñando
+a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por último,
+en montón, platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era,
+según ella, la única persona que conocía en la casa el manejo del
+patrimonio, y que hubiera ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de
+marcharse para su país, a recoger una herencia. No les quedaba sino el
+solar, empeñado casi por entero, y algunos escudos guardados en un
+cofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón y
+resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.</p>
+
+<p>&mdash;De todos modos&mdash;añadió doña Guiomar&mdash;ya no precisas de muchos dineros.
+La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso que puedes
+cursar la Teología en el mesmo seminario de esta ciudad.</p>
+
+<p>Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.</p>
+
+<p>¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que venían
+hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más remotos
+antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos
+señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su
+tierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?</p>
+
+<p>En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía que la
+falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, su
+instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos bienes
+perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante de
+meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no había
+determinado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que su
+voz se alterase, díjola también el gran delito que sería seguirla
+esperanzando con su falsa vocación eclesiástica.</p>
+
+<p>Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaron
+nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces
+Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas manos, y
+mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus designios y
+que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresión
+que produciría en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel acto
+menguado.</p>
+
+<p>&mdash;Yo trataré con los ginoveses&mdash;agregó;&mdash;algo quedará que entregalles;
+aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!, no
+vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar!</p>
+
+<p>Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:</p>
+
+<p>&mdash;Con lo que acabas de decir&mdash;repuso&mdash;mi vida en el siglo ha terminado.
+Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.</p>
+
+<p>Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminó
+hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorció
+debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia.</p>
+
+<hr class="full" />
+
+<h3><a name="SEGUNDA_PARTE" id="SEGUNDA_PARTE"></a>SEGUNDA PARTE</h3>
+
+
+
+<h3><a name="Ib" id="Ib"></a>I</h3>
+
+
+<p>El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, <i>el Prudente</i>.</p>
+
+<p>Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a fines
+del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo la
+simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el recelo,
+volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del ejército
+castellano. Había llegado el momento de la regia venganza.</p>
+
+<p>Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las
+gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitán
+de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar las
+estampas de una tienda de libros.</p>
+
+<p>«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza», tal
+era la orden manuscrita de Felipe Segundo.&mdash;¿Y quién me condena?&mdash;había
+preguntado el Justicia al oír la lectura de la sentencia.&mdash;El Rey
+mismo&mdash;le respondieron.&mdash;Nadie puede ser mi juez&mdash;replicó&mdash;sino Rey y
+reino juntos en Cortes.</p>
+
+<p>Al otro día el primer magistrado de Aragón era degollado por mano de
+verdugo. De este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y desgarraba para
+siempre los fueros de varios siglos. Otros señores y, entre ellos, don
+Diego de Heredia, barón de Bárboles, y don Juan de Luna, señor de
+Purroy, habían de seguir igual suerte, después de soportar feroces
+tormentos. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda perecieron
+misteriosamente en sus prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban del
+señoril derecho de morir descabezados, fueron arrastrados por las
+calles, en un serón de infamia, hasta el garrote.</p>
+
+<p>Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y roto para siempre el
+brío de aquel soberbio Aragón, que sólo cada tres años se dignaba
+arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna.</p>
+
+<p>De igual modo los pueblos de Castilla habían sido escarmentados años
+antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las Comunidades; pero
+todavía solía advertirse en ellos uno que otro conato levantisco, como
+el que hace erguir sobre las patas traseras a los rocines castrados. No
+ya los señores, sino que también los pecheros comenzaban a vociferar.
+Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de ofrecer
+la ocasión.</p>
+
+<p>El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de paso para Francia,
+penetraba en Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas o
+paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las Carnicerías
+Nuevas, de la casa de los Valderrábano y en otros sitios públicos de la
+ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que Ramiro y el Canónigo
+oyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en el piso bajo del caserón.</p>
+
+<p>Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de Cárcamo despachó un correo
+al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan sólo un negro puñado de
+ministros para que formasen la causa. Se esperaba un castigo leve, y los
+más chocarreros componían letrillas y jácaras sobre el asunto.</p>
+
+<p>El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A don
+Diego de Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado Daza Zimbrón
+se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tomó Marcos López
+sufriría privación del sacerdocio y beneficio, confiscación de la mitad
+de sus bienes, diez años de galeras y destierro <i>ad vitam</i>; el
+escribano de número Antonio Díaz, azotes, diez años de galeras y el
+mismo destierro.</p>
+
+<p>Para muchos la intervención de la Providencia era patente, y a su amparo
+el príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo, completaba su obra.
+Nada de albedríos diseminados, nada de figurerías ni arrogancias que
+estorbasen el poder. La unidad era el primer precepto de su Arte Real,
+la unidad invulnerable y absoluta, a imagen y semejanza de aquella otra
+unidad que gobernaba los orbes. No más voluntad que la suya, no más
+pensamiento que el suyo, no más fe que la que él mismo profesaba. El
+soberano del moderno Israel debía revestirse de las tres potencias
+tutelares: la ley, la espada y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, el
+Josué y el Aarón de su pueblo. Todos los tronos y las sedes le servirían
+de escala para elevarse hasta los cielos y recibir él solo la consigna
+del Altísimo. Su sombra cubriría las comarcas y los mares; y las
+naciones le mirarían como al nuevo arcángel, armado del hierro y la
+llama, vencedor de Satán.</p>
+
+<p>Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel monstruoso delirio le
+secaba los miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua, hidrópico de
+tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta de los
+pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga a los
+ejércitos y abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales; y la
+bancarrota crecía, se envedijaba, se enmarañaba cual inmensa madeja de
+pasadilla. Las deudas tenían aliento de fiebre, la real hacienda
+jadeaba; cada año se gastaban los ingresos de cinco años venideros.</p>
+
+<p>¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo apañó
+las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias para
+particulares; mercó las hidalguías, los juros, los empleos; invitó a los
+clérigos a legitimar sus hijos sacrílegos mediante un puñado de reales;
+gravó la exportación de la lana; impuso contribución sobre el pan y
+sobre el vino, antes libres; se apoderó de la sal; confiscó los
+maestrazgos del mar; dobló el almojarifazgo, y triplicó en poco tiempo
+la terrible alcabala. Los pueblos desmolados se echaban a morir. Avila,
+Toro, Córdoba y Granada se negaron a aceptar el encabezamiento de 1576.
+En las naciones extrañas el solo nombre de Felipe Segundo hacía
+palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron por fin un nudo a la bolsa
+y volvieron la espalda. Otros no sabían si continuar o romper para
+siempre, como el judío que ha prestado a un tahúr de luenga espada. Los
+genoveses, entretanto, se defendían con la usura. A partir del año 1590,
+el desbarajuste fue pavoroso para la hacienda del Rey. Las Cortes,
+corrompidas por el Monarca, habían exigido a las ciudades ocho millones
+de ducados.</p>
+
+<p>Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos de Dios. Un hechizo
+maléfico parecía esterilizar los terruños, parar los molinos, los
+tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos no
+sabían ya cómo ganar el sustento y salían a hurtarlo donde lo hallasen.
+Se vivía en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una presa. Las
+trapacerías del hambre formaron una arte honrosa y sutil, que tuvo su
+romancero y sus manuales, sus poetas y bachilleres. El mal atacaba más
+duramente a los hidalgos de patrimonio extinguido, cuya estirpe clara y
+antigua no les permitía infamar sus manos en los oficios. Más de uno
+comía del mendrugo que hurtaba su paje, y suspiraba con digna tristeza,
+bajo la capa, al aspirar, de paso, el sabroso calor de las pastelerías.
+El estudiante imitó, para vivir, los ardides perrunos. Sus piernas de
+lebrel eran el terror del comercio. Fue entonces el glorioso tiempo de
+la olla común. Los conventos se hincharon de monjes; sus porterías, de
+sopistas. El hospital y la cárcel fueron buscados como refugios
+venturosos, donde se comía regularmente y como de milagro. Millares de
+infelices se fraguaban pústulas sangrientas o perpetraban delitos para
+ser alimentados. Las calles estaban llenas de limosneros fingidos; los
+campos, de falsos anacoretas; los puertos, de famélicos hidalgos que
+venían a pedir una plaza en los galeones.</p>
+
+<p>A esta angustia de las entrañas se agregaba la zozobra del ánimo, la
+honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan sólo, del Santo
+Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey. Y
+entretanto parecía que el mismo viento murmurase calumnias y que la
+delación se agazapara bajo el lecho en que se dormía, entre los pliegues
+de las antepuertas, en el rincón de los oratorios. Muchos, como don
+Alonso, recelaban de sus propios labios durante el sueño, y evitaban
+adormirse en los sillones, entre el paso de la servidumbre.</p>
+
+<p>Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era seguro. <i>Ne contumax
+silentium, ne suspecta libertas.</i> La idea temblaba en el cerebro, y no
+hubo pluma que osara estampar lo que el alma ocultaba en su cripta más
+honda. En cambio se hablaba con delicia de los países lejanos y de la
+inviolable paz de los claustros.</p>
+
+<p>No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al Monarca, sintiendo
+triunfar o sufrir en él su propio orgullo fanático; la mayoría, bajo la
+pavorosa coerción, acababa por encomiarle.</p>
+
+<p>La virilidad pareció resumirse entonces en la propia sangre atosigando
+las vísceras, y el antiguo valor tomó la forma del estoico desdén de
+todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las tiranías. Más
+de uno repugnado de su propio servilismo, a una simple señal del
+Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las venas, como Séneca o
+Petronio.</p>
+
+<p>El humor español se hizo reservado y sombrío. Una verdadera peste de
+melancolía se propagó por todo el país como un vaho de purgatorio,
+inficionando las almas.</p>
+
+<p>Los hidalgos vestían de luto; la madera al uso era el ébano. Jamás fue
+tan lúgubre el aparato de la muerte.</p>
+
+<p>El espíritu se empeñó en extraer sus ideas primordiales del sepulcro
+mismo y de sus terribles podredumbres.</p>
+
+<p class="top5">Ramiro llegó de Salamanca el domingo 16 de febrero de 1592, dos días
+después de publicadas las sentencias. El Canónigo fue a visitarlo y
+enumerole una a una las condenaciones. No pareció muy satisfecho al
+decirle que a don Enrique Dávila y al licenciado Daza les habían
+otorgado la apelación. En cuanto a don Diego, sería ajusticiado al
+siguiente día.</p>
+
+<p>&mdash;Ya veis, hijo mío&mdash;agregó,&mdash;que vuestro abuelo se ha marchado a
+tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal cocido.
+Cuidad vos agora, hijo mío, las palabras, y teneos muy quedo, por un
+espacio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y quién ha dado los nombres?&mdash;preguntó Ramiro.</p>
+
+<p>&mdash;Alguno será&mdash;replicó el lectoral&mdash;que no quiso ver a España destrozada
+otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.</p>
+
+<p>Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de Su
+Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante la ausencia del
+caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo hasta la última
+gaveta y llevándose un gran fajo de papeles.</p>
+
+<p>&mdash;¿En dónde será ajusticiado don Diego?&mdash;volvió a preguntar bruscamente
+Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por algún pensamiento
+dominador.</p>
+
+<p>&mdash;En el Mercado Chico&mdash;replicó el Canónigo.&mdash;Ayer le fue notificada la
+sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el Santísimo
+Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a mediodía, para llevarle
+a degollar. Ya es cosa convenida que ningún noble ha de ir a saludalle,
+y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta clase
+de espectáculos, veranle sólo en la mula las gentes de ley y las
+Comunidades y Cofradías.</p>
+
+<p>Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró con vehemencia que si
+los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en aquel trance
+final, eran todos unos malos caballeros.</p>
+
+<p>&mdash;Nadie ignora&mdash;exclamó&mdash;que el don Diego, a más de su antiguo y
+glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin
+duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo decir
+que he de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi
+propio interés ni en la razón o sin razón de su condena.</p>
+
+<p>Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y maestro
+creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza antes de
+responderle.</p>
+
+<p>&mdash;Haced lo que os plazca&mdash;le dijo;&mdash;pero cuidad que vuestra inadvertida
+juventud no os enderece por donde tal vez no queréis caminar. Don Diego
+será, como decís, harto infanzón, aun que de cepa gabacha y no española,
+sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y aleve
+con su Rey.</p>
+
+<p>&mdash;Don Diego&mdash;repuso Ramiro con el rostro demudado&mdash;es gran caballero y
+no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa merced.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo repito&mdash;replicó de mala manera el lectoral, mostrando los
+dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño&mdash;que don Diego es
+traidor y cobarde.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y yo digo que miente vuesa merced!&mdash;gritó Ramiro, ebrio de cólera.</p>
+
+<p>El Canónigo dio un paso hacia adelante con la diestra en alto y pronta a
+asestar el bofetón; pero el terrible ceño de Ramiro le contuvo.
+Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose ambas manos al
+rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El insulto flotaba
+irreparable, y parecía hacerse oír, otra y otra vez, en el silencio. El
+Canónigo musitaba, gemía, suspiraba, con el rostro cubierto. Por fin,
+bajando las manos, embozose con furia, y, después de buscar la salida
+como un ciego a lo largo del muro, desapareció de la cuadra, dando con
+el pie, hacia atrás, un terrible portazo.</p>
+
+<p>Ramiro sintió que todo su maquinal apegamiento hacia aquel hombre
+acababa de trocarse en súbito rencor. La crispada y hostil actitud, que
+aún conservaba, suscitábale nuevos impulsos de odio contra su víctima.</p>
+
+<p>Cuando comenzó a serenarse, dijo en voz alta, sentándose en el sillón:</p>
+
+<p>&mdash;¡No he menester de él, ni de nadie!</p>
+
+
+
+<h3><a name="IIb" id="IIb"></a>II</h3>
+
+
+<p>Pocos días para Avila más tristes que aquel lunes, 17 de febrero de
+1592. La ciudad despertó en una expectativa siniestra. El horror del
+suplicio inminente parecía flotar por todas partes mezclado a la niebla
+de la mañana.</p>
+
+<p>En medio del Mercado Chico se levantaba un gran cubo negro, el cadalso;
+y las ráfagas del Norte sacudían contra el esqueleto de pino la bayeta
+patibularia. Fúnebres ministros de justicia se agitaban en derredor. A
+eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el crucifijo. Más
+tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las dos negras
+almohadas para el reo. La llovizna caía por momentos, fina, glacial.</p>
+
+<p>El tráfago de todos los días comenzaba; pero los vecinos iban y venían
+más graves que de costumbre, coceando la nieve de la víspera. Algunos
+hablaban misteriosamente al encontrarse; otros discutían en los mesones
+con insólita nerviosidad sin alzar demasiado la voz, pero arrufando el
+hocico y tomándose a veces las partes viriles con toda la mano, para dar
+más vigor a sus bravatas y juramentos.</p>
+
+<p>Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones de la nobleza tenían
+el aspecto de rostros patéticos y enmudecidos. Aspirábase en el aire ese
+espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razón; y una sombra
+de infamia envolvía a Avila entera. El más altivo de sus caballeros iba
+a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera sido mengua mayor
+arrasar las ochenta y ocho torres, que esperaban ahora, con extraña
+lividez, la rotura de aquella cerviz, donde parecía haberse encarnado la
+fiereza de la muralla.</p>
+
+<p>Corrió la voz de que, a las dos de la tarde, don Diego sería sacado de
+la Alhóndiga. Aquel edificio correspondía como prisión a los nobles y se
+levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alcázar, por la parte de
+afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro llegó ante el blasonado
+frontis, los empleados de la justicia regia y comunal se aglomeraban y
+zumbaban como moscas a uno y otro lado del portalón y en torno a la
+fuente; mientras las cofradías y las órdenes esperaban, en larga hilera,
+desde la plaza del Mercado hasta más allá del convento de Santa María de
+Gracia. Los monjes rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino
+los raspados mentones, por debajo de las capillas; sus manos cruzadas
+por dentro de las mangas, dejaban colgar los rosarios. Todas las voces,
+todos los balbuceos de franciscanos, dominicos, agustinos, jerónimos,
+teatinos, carmelitas, se unían en un coro uniforme, que aumentaba la
+pavura, cual dolorosa plegaria de otro mundo. La persistente llovizna
+escarchaba los hábitos y parecía embeber todas las cosas en su tristeza.
+Algunas mujeres plañían.</p>
+
+<p>Más de una hora pasó Ramiro codeandose con el vulgacho. No había sino
+gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado con los brazos
+desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gañanes de la dehesa, harto
+morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y medias coloradas.</p>
+
+<p>Por fin un portero sacó del zaguán de la Alhóndiga una mula cubierta de
+fúnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados de blanco a la
+altura de los ojos. Se produjo un movimiento general. Tres alguaciles
+montaron en sus caballos.</p>
+
+<p>Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si hallaba algún conocido,
+cuando una brusca exclamación brotó de la multitud y fue a rebotar
+contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte acababa de aparecer
+en la puerta de la prisión. Caminaba a su izquierda el Guardián de los
+descalzos, fray Antonio de Ulloa.</p>
+
+<p>Lo primero que hería la mirada era la palidez plomiza de su semblante,
+acentuada por la negrura del capuz que le habían echado sobre los
+hombros. El bigote y la barba habían encanecido del todo. Avanzaba
+tieso, indómito, solemne, mirando hacia las nubes y pisando con fuerza,
+como el que marcha entero en la honra.</p>
+
+<p>Ramiro experimentó rápido calofrío, y cuando, al verle montar en la
+infamante cabalgadura, advirtió que sus manos estaban ligadas por negro
+listón y que de su pie derecho pendía una cadena, sintió que hubiera
+dado allí mismo la vida por libertar a aquel hombre magnífico, víctima
+de su rancia altivez castellana. Era el último Cid, el último
+<i>reptador</i>, llevado al suplicio por viles sayones asalariados. Cerró
+entonces los ojos un momento para contener su emoción, y pareciole oír
+de nuevo los discursos del hidalgo en la asamblea, aquellos discursos
+que salían de su boca como los hierros de la hornalla, chisporroteantes
+y temibles. Ya no volvería a perorar con el pie derecho en la tarima del
+brasero y el estoque bajo el sobaco. ¡Iba a morir!</p>
+
+<p>El cortejo penetró en la ciudad por la puerta del Mercado Grande, tomó
+la calle de San Jerónimo y luego la de Andrín. Caminaban por delante las
+cofradías de la Caridad y la Misericordia tañendo sus plañideras
+campanillas. Una voz áspera y poderosa gritaba, de trecho en trecho, el
+pregón de la muerte.</p>
+
+<p>«Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor a ese hombre,
+por culpable en haberse puesto en partes públicas unos papeles
+desvergonzados contra Su Majestad Real. Manda muera por ello.»</p>
+
+<p>Ramiro caminaba a la par del alguacil Pedro Ronco, que iba montado en su
+famoso rocín todo negro. Los religiosos entonaban una salmodia lúgubre
+que daba terror. Detrás de ellos venía Bracamonte en la mula, cual si
+fuera el espectro del orgullo. Su lúgubre continente hacía estallar, en
+las puertas y ventanas, el sollozo de las mujeres, que invocaban a Santa
+Catalina, a los Santos Mártires y a la Santísima Virgen. Las ropas
+negras de los alguaciles y corchetes despedían, con la humedad, un tufo
+de orines trasnochados. Doce pobres, con sendas hachas encendidas,
+esperaban a la puerta de San Juan, y su oración temblaba a la par de las
+llamas humosas que el viento doblaba y estremecía.</p>
+
+<p>Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso, don Diego se apeó de
+la mula y subió serenamente las gradas. Hincose, y pidió un libro de
+horas para confesarse con fray Antonio. Ramiro, colocado muy cerca,
+escuchó las palabras del <i>Miserere</i>, del Credo, de las Letanías.</p>
+
+<p>Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre. Algunos curiosos
+habían logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del poniente.
+Por fin el verdugo se acercó a decir que ya era tiempo. El escribano de
+la comisión requirió por tres veces a Bracamonte que hiciera confesión
+abierta del crimen. Ramiro oyole decir que don Enrique Dávila y el
+licenciado Daza eran inocentes y que sólo él era culpable. El escribano
+exigió que lo jurase. Entonces escuchose una voz entera que repuso:</p>
+
+<p>&mdash;No me sigáis predicando, que no diré más.</p>
+
+<p>Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos fueron atraídos por el
+madero contra el cual había de ser descabezado; su rostro cobró una
+blancura terrible, pero se sobrepuso al instante, y, levantando la
+frente, miró por última vez la ciudad, el cielo, la luz preciosa de la
+vida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas palabras, y oyose
+vasto rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por su parte, buscó atraer
+su mirada, para dirigirle un último saludo; pero aquel espíritu ya
+estaba lejos de la tierra y se anticipaba a la muerte.</p>
+
+<p>Por fin, cual si hubiera distinguido algún signo de lo alto, don Diego
+encaminose a recibir la negra venda en los ojos, y, sentándose en la
+almohada, cogió por detrás el madero con sus propias manos, ajustó la
+cabeza, y alzando la barba ofreció el pescuezo al espantoso cuchillo.</p>
+
+<p>Ramiro observó adrede la pálida testa muerta de súbito y que, asida de
+los cabellos, fue mostrada hacia los cuatro lados de la plaza, en nombre
+del Rey. Entonces, con gesto amplio, magnífico, para que todos le
+vieran, quitose la gorra, exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios reciba tu alma, gran caballero!</p>
+
+<p>Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos quiso prenderle allí
+mismo; pero el otro le contuvo. Ramiro se retiró.</p>
+
+<p>Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo entregole un billete
+lacrado. Don Diego de Valderrábano le comunicaba que, a las seis de la
+tarde, se reunirían en su casa varios amigos, a fin de pedir permiso al
+Corregidor para enterrar ellos mismos el cuerpo de Bracamonte; y en muy
+graves palabras le invitaba a acompañarles en la demanda.</p>
+
+<p>Aquella noche algunos caballeros enlutados atravesaban la ciudad a la
+luz de las hachas, llevando sobre los hombros largo ataúd, que fueron a
+depositar en la capilla de Mosen Rubí. Valderrábano, al dejar la
+iglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y lloró tiernamente.</p>
+
+
+
+<h3><a name="IIIb" id="IIIb"></a>III</h3>
+
+
+<p>Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres visiones le robaban el
+sueño, y los pormenores del suplicio se reproducían en su memoria,
+suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir con aquella
+valentía. Sin embargo, en caso semejante, él hubiera hablado a la
+muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos extraordinarios.
+Pero, por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero hacíale
+meditar en el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto,
+que, a la vez que dispensaba los más grandes honores, podía suprimir la
+existencia más bizarra con un trazo de péñola.</p>
+
+<p>A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a señalar las rendijas
+de la ventana, el amor de Beatriz se encendió como nunca en su pecho.
+Pensó en ella apasionadamente. Pensó con frenesí en el goce de vivir y
+de amar, animando junto a él la ilusión de una boca bajo la suya, de
+sedosa cabellera perfumada, entre sus propias holandas.</p>
+
+<p>Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a la
+doncella. Consideró que las personas que venían todos los días a dar el
+pésame por la muerte de don Íñigo le ocuparían la tarde. Era menester
+escapar. A la una comenzó a engalanarse. Cuando el criado le echaba por
+fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo atrencillado, una
+dueña vino a decirle que Beatriz subía las escaleras, y que, no estando
+ataviada aún doña Guiomar, era necesario entretener a la visita.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!&mdash;exclamó Ramiro para su coleto; y dando un
+último toque a sus cabellos, salió de la estancia.</p>
+
+<p>Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues los demás habían sido
+desguarnidos por los usureros. Reflexionó, sin embargo, que, a pesar de
+su vejez y abandono, aquel salón trascendía a grandeza grave y a rancio
+abolengo. Levantó el cerrojo y entró.</p>
+
+<p>Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada según el estilo
+flamenco, italiano y mudéjar de los tiempos del Emperador. Desde la
+muerte de doña Brianda del Aguila permaneció sin abrirse, como esas
+salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso misterio. Don
+Íñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias más fáciles de
+renovar. Decíase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros había
+celebrado su primera reunión clandestina; y por mucho tiempo corrió
+entre el vulgo la leyenda de que los espectros de los ajusticiados, se
+congregaban allí dentro, en las noches de luna. Por eso tal vez, nadie
+quiso habitar aquella casa durante un cuarto de siglo.</p>
+
+<p>Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos habían temblado
+sobre los cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se abriesen las
+puertas para velar en el antiguo estrado de doña Brianda el cadáver de
+su padre.</p>
+
+<p>Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus muros
+viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras y
+coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se desprende y
+retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se veían
+sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños, bufetes, contadores,
+donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa
+adherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la concha.
+¡Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las
+colgaduras, cubiertas de telaraña, pendían con hipnótica apariencia, y
+el polvo aclaraba, a manera de luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro,
+al entrar, oyó carreras furtivas bajo los muebles. Un taladro dejó de
+roer.</p>
+
+<p>La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes,
+dividía en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima,
+almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos femeninos.
+Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía perdurar a manera de
+viejo perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos de las
+ancianas.</p>
+
+<p>¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel carcomido aparato no
+esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse de súbito.</p>
+
+<p>Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia.</p>
+
+<p>Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba aún la ceniza de los
+últimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas en la
+galería, y Beatriz apareció vestida de negro y olorosa como un sahumador
+encendido.</p>
+
+<p>Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dejó caer su manto
+hacia atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba, quedose en la estancia
+vecina.</p>
+
+<p>&mdash;¡Solos!&mdash;se dijo el mancebo.</p>
+
+<p>Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa estremecía en torno de
+ellos lo ignorado. La niña miró con extrañeza los muebles y las
+colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego púsose a
+observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y sintiéndose
+incapaz, bajo la viva emoción, de formular algún concepto cortesano,
+Ramiro profirió:</p>
+
+<p>&mdash;Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres, que
+murieron hace mucho.</p>
+
+<p>Hizo una pausa y continuó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Nosotros también pasaremos como ellos, Beatriz!</p>
+
+<p>Y al pronunciar esta frase hundió su mirada en los ojos de la doncella
+con doble y profunda expresión de sensualidad y de tristeza.</p>
+
+<p>Una de las pinturas representaba un busto de mujer. Listada caperuza
+adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa! ¡Antes morir!&mdash;observó
+la niña, agregando:&mdash;Mirad: tenía en el cuello un lunar como el mío.</p>
+
+<p>Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su
+garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella blanquísima
+piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa pimienta.</p>
+
+<p>De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de baile,
+Beatriz exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Basta de muertos!&mdash;agregando con cortesana sonrisa:&mdash;Bien sé que sois
+de sangre muy clara y que podéis referir grandes cosas de los agüelos;
+pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día.</p>
+
+<p>&mdash;Tiempo queda&mdash;repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas
+inesperado rubor.</p>
+
+<p>&mdash;Mi padre&mdash;añadió Beatriz,&mdash;siendo un mancebillo, marchose a la guerra.
+Esto lo digo sólo por aguijaros.</p>
+
+<p>&mdash;Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la
+guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los peligros,
+ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte.</p>
+
+<p>&mdash;Incomprensible os volvéis.</p>
+
+<p>&mdash;Decidme&mdash;exclamó Ramiro sonriendo:&mdash;¿qué batalla habrá por el mundo
+más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro corazón, qué
+infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi señora?</p>
+
+<p>&mdash;Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo decís de vero.</p>
+
+<p>Los dos callaron.</p>
+
+<p>Estaban ambos vestidos de terciopelo negro atrencillado con aforros de
+seda, y sólo sus rostros y sus manos recogían la claridad escasa de la
+penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpúsculos, entraba tras una madera
+entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una gran tapicería
+que atrajo la mirada de Beatriz.</p>
+
+<p>Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno y otro hicieron una
+mueca involuntaria. Respirábase allí rara hediondez. Ramiro comprendió.
+Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor respirado, al llegar
+de Salamanca, en el cuarto de don Íñigo; y toda duda quedó desvanecida
+al advertir sobre el suelo las gotas de cera de los hachones.</p>
+
+<p>La tapicería representaba un asunto de amor. Ramiro la había descifrado
+días antes, con el auxilio de un padre dominico. Veíase, hacia la
+izquierda, a María Padilla, la favorita de don Pedro, sentada en
+fabuloso jardín, amarillo y azul. Un pavo real abría su fastuosa
+pantalla junto a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el
+hombro de la dama, el Rey de Castilla, vestido de rojo capisayo
+descolorido, enseñábala sobre el dedo un halcón montano con capirote de
+púrpura. Una ondulación, un aliento espectral parecía mover por
+instantes la tela.</p>
+
+<p>Ramiro dijo brevemente lo que había leído en las historias sobre
+aquellos amores, y a él mismo le pareció que sus palabras diseminaban
+lúbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se encendieron.</p>
+
+<p>Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes figuras, y sus retinas
+sólo tomaron el vivo bermellón de aquellas dos bocas intactas, que
+parecían retardar la voluptuosa caricia en los años.</p>
+
+<p>Ramiro pensó que de un momento a otro podía llegar alguna persona, su
+madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a solas, que no
+volvería tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Preparó en su espíritu la
+frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a los pies de aquella
+mujer. Dio algunos pasos hacia el muro para recobrar su entereza. Un
+ángulo de la tapicería estaba doblado hacia adentro; él lo cogió
+maquinalmente e hizo dar a la tela brusca socollada. Entonces sucedió un
+hecho harto extraño: envueltas en una nube de polvo, inesperadas,
+sorprendentes, salieron por debajo de la colgadura innumerables
+polillas. Era un verdadero enjambre espantado, indeciso, de maripositas
+grises, hechas como de tierra, que desprendían una arena finísima al
+volar y resplandecían por instantes, a modo de luciérnagas, en el rayo
+de sol.</p>
+
+<p>Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre los vestidos de
+Beatriz, adhiriéndose al jubón y a la saya y cubriendo su manto. La niña
+repetía el mismo ademán de repugnancia y de miedo, sin atreverse a
+tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los quitaba, uno a
+uno, entre sonriente y avergonzado.</p>
+
+<p>Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas aleteaban sin cesar. El
+mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasándola el brazo por
+detrás de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el rostro, y,
+en medio de toda la vejez, de la descomposición, de la muerte que le
+rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda
+juventud, toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca, aquella
+boca roja de Beatriz, que el demonio carnal la había enseñado a salivar
+brevemente, y a ensanchar y contraer, de inquietante manera. Ramiro
+cercó con su brazo el cuello de la niña oprimiéndola con dulzura. Sintió
+entonces el impulso frenético de poner sus labios sobre los labios de la
+doncella, de beber y morder en ellos el amor, la lujuria, el delirio,
+¡locamente!, y la atrajo por fin hacia él con rabiosa vehemencia.</p>
+
+<p>Beatriz lanzó un grito:</p>
+
+<p>&mdash;¡Alvarez!</p>
+
+<p>Uno y otro volvieron el rostro. La dueña contorneaba su forma ancha y
+sombría en el luminoso vano de la puerta, que acababa de abrirse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Las polillas! ¡Las polillas!&mdash;volvió a gritar Beatriz, sacudiéndose
+el manto.</p>
+
+<p>Un instante después, cuando la dueña terminaba apenas de borrar en los
+vestidos de su señora la última señal de los insectos, un lacayo vino a
+decir que doña Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no quiso
+acompañar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a evitar en
+aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con muda
+reverencia, y se alejó por los corredores.</p>
+
+<p class="top5">Aquella tarde, aquella noche y en los días que siguieron, Ramiro recordó
+sin cesar el coloquio del estrado.</p>
+
+<p>Parejas con la tiránica pasión, su orgullo viril crecía ilimitadamente.
+Ni una brizna de desconfianza brotó en su cerebro, ni una sola reflexión
+adversa. Sentíase más seguro que nunca. El grito de Beatriz no fue sino
+el clamor de su voluntad totalmente rendida. La había sentido vibrar
+entre sus brazos con el mismo estremecimiento de la sarracena y otras
+mujeres, cuando él las atraía para besarlas; y parecíale llevar aún en
+la mano el loco latir de aquel corazón bajo el duro azabache.</p>
+
+<p>En cambio, él también quedaba herido por Beatriz, y quizá para siempre.
+Ya no podía concebir el resto de su vida sin el amor y la total posesión
+de la doncella. ¿Para qué soñar, ambicionar, afanarse, si no lograba la
+caricia que acababa de escapar a su ansia? ¿Qué era el mundo y sus
+loores sin aquella victoria? ¿Cómo soportar que otro hombre?...</p>
+
+<p>Su ensueño amoroso oscilaba entre el arrobamiento y las fiebres impuras.
+Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las beatitudes de la
+pasión ideal; otras, la sangre clamaba impaciente por la suprema
+codicia. Ora soñaba que sus labios sorbían el éxtasis en los labios de
+su amada, cual paradisíaco rocío; ora, que sus deseos eran las abejas
+temibles cayendo en enjambre sobre una fruta entreabierta.</p>
+
+<p>Luego imaginaba lo que haría, cuando fuera su esposo para apartarla de
+la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus galanes: La
+llevaría a un país muy lejano, a alguna ínsula salvaje; o se encerraría
+con ella en una morada que no tuviese más abertura que el ferrado
+portón, para no dejarla salir sino muy de mañana a la iglesia más
+próxima, bajo un manto amplio y espeso que la ocultara todo el rostro y
+sólo dejase a los demás su sombra pasajera y arrebujada. Si alguno osaba
+requebrarla al pasar o seguirla con descaro, ya sabría él despacharlo al
+otro mundo por el más listo de los correos, con una oblea harto roja en
+medio del pecho.</p>
+
+<p>Una noche, metido en la cama, fuese quedando dormido sin apagar el
+candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado con Beatriz y
+era capitán de corazas en alguna tierra de América. Encontraba un tesoro
+inmenso, cientos de vasijas sepulcrales repletas de oro. Salvaba al
+ejército en una terrible sorpresa. Ganaba él mismo numerosas batallas.
+Era hecho Virrey...</p>
+
+<p>Al día siguiente un alguacil de la Santa Inquisición diole, en su propia
+mano, una cédula por la cual se le llamaba a testificar, por segunda
+vez, en el proceso de los moriscos.</p>
+
+
+
+<h3><a name="IVb" id="IVb"></a>IV</h3>
+
+
+<p>Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano creyó sentir el acecho
+de las peores especies demoníacas descritas por los teólogos. Su ánima
+brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más obscuras regiones
+de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba continuamente. Su
+elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el más profundo
+convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la vida, en
+el desvío total de todo goce, de todo triunfo.</p>
+
+<p>¿Hacia qué corredor lleno de celadas había enderezado sus pasos? ¿Qué
+escalera de maleficios habíase puesto a descender a la vejez? Todo se le
+tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice Laoconte sofocado
+por la serpiente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!&mdash;exclamaba a veces, dirigiendo la
+mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento de la
+divinidad.</p>
+
+<p>Por el contrario, en los instantes de contrición, acusábase a sí mismo
+de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgías de otro
+tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las riquezas, su
+desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador
+empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de
+crímenes.</p>
+
+<p>La adversidad había esperado para llagarle el corazón los años de
+senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo mundo
+material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas
+familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil colgadura,
+un paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga,
+exhalaban a veces, para él un sentido perturbador, vahos de espanto y de
+demencia. Hubiérase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle
+lúgubres presagios.</p>
+
+<p>Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las penitencias, inventó
+cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en incesante
+plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse con
+el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose con tremenda
+incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La eternidad de los
+castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba
+su mente. Entretanto, Jesús y la Virgen ya no eran las claras figuras
+desprendidas de los cuadros de Italia, sino luengos y pálidos espectros,
+bañados en un sudor de purgatorio, y cuyas pupilas parecían contemplar
+continuamente el dolor de las ánimas condenadas.</p>
+
+<p>Aquel caballero filósofo, que se había burlado siempre de los bajos
+temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras había sido la
+mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de miedo, y
+temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El anochecer era la
+hora terrible. La última luz del crepúsculo, agonizando estremecida en
+los interiores, le sumergía en ansiedad inexplicable. A veces, imágenes
+de cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecían en la
+penumbra; llamaba entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando
+cerrar las ventanas, hacía encender sobre las mesas, sobre los
+contadores, sobre todos los muebles, numerosos candelabros, candelabros
+traídos de todas las estancias. Pero aun en medio de aquella
+deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que reverberaba en su
+rostro, veíasele palidecer y pasarse la crispada mano por la frente,
+como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visión.</p>
+
+<p>No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaños
+cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante la
+bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor festines y
+cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea promesa de
+hacerle otorgar, en la primera ocasión, una silla en el Consejo de
+Italia. Luego, cuando la estruendosa caída del privado, y aun después de
+la fuga, el caballero avilés, fiel a sus principios de lealtad, fue
+quizás el único palaciego que osara defenderle. Esto bastó. Una consigna
+sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo sufrir toda suerte de
+humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le vejó ante las
+damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos eclesiásticos
+le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera por mero
+esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el dogma. Estaba
+perdido. Aquel hijodalgo que creía no conocer el miedo conoció el
+terror, un terror sobrenatural, un terror por encima del coraje del
+hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey.</p>
+
+<p>Su varonil empaque tomó entonces un aspecto doblegado y taciturno. Su
+tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas reaparecieron.</p>
+
+<p>En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el Greco, hízole su
+retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el secreto
+íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el
+artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor,
+de la melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro
+amarillado y patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones
+extremas desecaba la carne y atosigaba y torcía los humores. El iris y
+la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido
+transparente, que parecía renovarse sin cesar, como el de una mirada
+viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como si luchara por
+contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano disfrazando a
+medias la honra colérica, el brío estrangulado.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz de religiosa
+esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del cuadro.</p>
+
+<p>Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la ancianidad,
+determinó refugiarse en su propia mansión, contando repartir los años
+que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo de los
+tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las señoriles estancias,
+nuevos infortunios, cada vez más inesperados y violentos, vinieron a
+buscarle allí mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su
+linaje y hasta su último resto de dicha en la tierra.</p>
+
+<p>Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre mundano.
+La educación que él la diera no había consistido sino en ceder a todos
+sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su veleidoso
+espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno
+gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le pareciese al
+hidalgo la más razonable exigencia. Con esta blandura corruptora creía
+agregar al propio afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento
+de su única hija habíala costado la vida.</p>
+
+<p>Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas que
+se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a la juvenil
+embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel pelinegro a
+cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña sabía apenas
+deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su séquito de dueñas,
+antes la servía para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que
+para custodiar su persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la
+corte, Beatriz gobernaba el solar a su antojo, cual infanta levantisca.
+Sin embargo, doña Alvarez, que había aprendido su oficio en las grandes
+casas de Madrid, solía dirigirla, ante los extraños, severos
+apercibimientos, que ella escuchaba con mohín mentiroso de enfado,
+comprendiendo que todo aquello contribuía a presentarla como una joya
+delicadísima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las más
+atildadas precauciones.</p>
+
+<p>De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a llenar Beatriz su
+misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada vez más
+ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de
+fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera
+quintaesencia de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto
+para el amor desapareció de su menuda persona, no quedando sino lo
+vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado de especia,
+el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo innumerables deseos.</p>
+
+<p>A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba casarla temprano, con
+algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro se le
+impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel descendiente de
+ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le
+inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las más heroicas
+empresas. Además, había notado que cada vez que pronunciaba su nombre
+delante de Beatriz, el rostro de la doncella se coloreaba al pronto de
+instantáneo rubor. Llevola tan sólo una vez a la corte para no poner en
+peligro su propósito, y trató de alejar a los hermanos San Vicente, cuya
+familiaridad debía inspirar a Ramiro perpetua desconfianza. Para esto
+ordenó a doña Alvarez que, así como Gonzalo o Pedro se presentasen de
+visita, estando él ausente, les hiciera decir que Beatriz no podía
+recibirles mientras su padre no regresara de la corte.</p>
+
+<p>El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pensó que
+fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una taberna, quiso entrar
+de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la espada; pero los
+porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron inconmovibles.</p>
+
+<p>Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro: el soborno de doña
+Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en
+doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el
+mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva
+Celestina de prodigiosos ardides.</p>
+
+<p>El rumor de aquel violento desaire corrió por la ciudad y fue el origen
+de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca tomó a su cargo la
+venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a más del cargo
+de comisario del Santo Oficio, serían armas sobradas para abatir algún
+día la soberbia de su pariente.</p>
+
+<p>Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontró sobre un
+bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a los criados y a las
+dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma alguna, que Ramiro
+era hijo de moro. Riose de aquella ridícula especie, y mientras
+despedazaba el papel, recordó la anterior invención sobre la complicidad
+del mancebo con los conspiradores de la morería. Los meses pasaron. Por
+fin, pocos días antes de la muerte de don Íñigo, volvió a recibir un
+billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar
+de la Hoz y de un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio
+y a tal hora, se le haría conocer toda la historia del nacimiento.</p>
+
+<p>Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompañado de un solo lacayo.
+Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnación, donde el rumor de
+una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le pareció que había
+sido burlado, un hombre menudo y encogido salió por detrás de una
+encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en mano, y
+acechando al hablar con sus ojos pequeños y vivos todo el contorno,
+repitió la historia que Medrano le había referido, en lo alto de la
+torre, durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los
+más verosímiles indicios, y afirmaba que cuando doña Guiomar se había
+casado con el caballero Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro.</p>
+
+<p>Sólo entonces, relacionando con aquella narración ciertos pormenores que
+él había observado indiferentemente en casa de don Íñigo, concibió don
+Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada tan misteriosa del padre
+y la hija para no volver, nunca más, a su casa de Segovia; en el
+nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral
+que llevaron durante algunos años; en la constante melancolía de doña
+Guiomar; en la escasa afección del anciano por su nieto; en el silencio
+que rodeaba la memoria de aquel Lope de Alcántara, muerto, sin embargo,
+tan gloriosamente por su Rey. La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué
+hacer? Había un medio de saberlo: preguntárselo derechamente a don
+Íñigo. Pero su viejo amigo estaba concluyendo.&mdash;No importa&mdash;se dijo, y,
+aquella misma tarde, se dirigió a la casa del moribundo.</p>
+
+<p>El anciano estaba rígido en el lecho. Como se esperaba su muerte por
+momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que prescribía para
+aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el mismo
+cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda había exhalado
+el último suspiro.</p>
+
+<p>Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron, el
+moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces Blázquez
+Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos de
+saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y
+venía a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les había ligado
+hasta entonces.</p>
+
+<p>&mdash;Vuesa merced se va&mdash;exclamó;&mdash;pero yo quedo, y solamente la palabra de
+vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.</p>
+
+<p>Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refirió la
+denuncia que acababa de llegarle.</p>
+
+<p>&mdash;Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una villana calumnia; pero
+en caso contrario&mdash;añadió don Alonso acercando su rostro al rostro del
+anciano y tomando el tratamiento familiar,&mdash;en caso contrario, vos, mi
+grande amigo, no permitiréis que esa desventura se extienda hasta mi
+casa. Por Nuestro señor Jesucristo, decidme, aquí a solas, agora que
+nadie nos escucha: ¿es esto verdad?</p>
+
+<p>Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo, como si su espíritu
+flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos,
+donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil y
+triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los párpados, un
+humor abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después, entreabrió
+lentamente la boca, y una sola sílaba, pronunciada con fuerza, como por
+otro ser invisible, una sílaba que era todo un inmenso dolor, resonó en
+el silencio:</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí!&mdash;dijo don Íñigo.</p>
+
+<p>Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro mundo. Ultimo
+aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para siempre en
+el mar de la eternidad.</p>
+
+<p class="top5">Pocos días después aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y
+aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don Diego,
+habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San Vicente y su
+esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja
+de Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de
+Blázquez Serrano con los culpables hacía verosímil la denuncia, con sólo
+presentarle como a uno de esos vasallos hipócritas que dan su sonrisa al
+monarca y el corazón a los rebeldes, y se hacen encontradizos en
+palacio, justamente cuando va a estallar en algún punto del reino la
+mina que ellos mismos ayudaron a socavar.</p>
+
+<p>Una carta de su maestresala trájole la primer advertencia. Por ella supo
+don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de ministros de
+justicia había invadido su mansión, penetrando en todas las cuadras,
+revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el último escritorio
+y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de
+amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados habían querido
+impedirlo, pero el alguacil les había amenazado con la horca, invocando
+el nombre de Su Majestad.</p>
+
+<p>Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin pérdida de tiempo, para
+tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba
+hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados comprobaban
+su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y los vocablos. Por
+fin, la generosa intervención del prior de Santo Tomás vino a socorrerle
+al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa.</p>
+
+<p>Sin embargo, pocos días después de la ejecución de Bracamonte, y no sin
+prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso para Madrid, con
+el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchón y arrojarse
+a los pies del soberano protestando de su inocencia.</p>
+
+<p>Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y don Alonso prosiguió
+su viaje con una carta del Conde. Durante el camino, reclinado en los
+cojines del coche, fue componiendo en su mente dramático discurso, con
+el cual contaba conmover el corazón del monarca. Ensayaba la mímica y la
+voz, trocaba un vocablo por otro, rehacía toda una frase y, lleno de
+confianza, cumplimentábase a sí mismo por el hallazgo de un epíteto más
+culto o de un hipérbaton más elegante.</p>
+
+<p>Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo Mayor
+le condujo.</p>
+
+<p>El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y llenos estaban los
+vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos, de
+cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se movía
+con actividad silenciosa y grave.</p>
+
+<p>El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico donde eran recibidos los
+embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de ungüentos
+medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el fondo.
+En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un hombrecillo
+hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray Diego de Chaves,
+acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar hacia el campo.</p>
+
+<p>El monarca más poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero,
+estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre un
+taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando sin
+cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a su
+izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y espolvoreaba
+de arenilla la reciente escritura.</p>
+
+<p>Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez había cobrado opaco
+blancor de yeso humedecido.</p>
+
+<p>No se oía en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de las
+péñolas en el papel.</p>
+
+<p>Afuera el aire resplandecía y el cielo azul brillaba como un límpido
+esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por momentos el Rey levantaba
+la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios desteñía
+del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.</p>
+
+<p>Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emoción,
+desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura suspendida del
+muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de condenados y
+demonios.</p>
+
+<p>Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando llegó el
+momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante él la rodilla,
+don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey leyó
+brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada hacia
+adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del
+mundo, dejó escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas
+perceptible:</p>
+
+<p>&mdash;Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura&mdash;dijo&mdash;bien
+pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a vuestra
+vista.</p>
+
+<p>Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su memoria;
+pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razón, inhibida de
+pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados, inocuos:</p>
+
+<p>&mdash;¡Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imaginé... soy todo
+inocente!</p>
+
+<p>El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron a moverse. Pero esta
+vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera podido distinguir
+una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un insecto, el mismo
+lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de otros
+soberanos.</p>
+
+<p>Por último, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del toisón,
+una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire señalando la
+puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán acentuose con un
+estremecimiento perentorio del índice. Toda réplica hubiera sido fatal.
+El caballero obedeció.</p>
+
+<p class="top5">Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas, en su coche, camino
+de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la sangre. Ya no
+quería seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido, buscaba
+sólo la forma de la venganza. Pensó con admiración y con envidia en su
+amigo Antonio Pérez; pensó en huir como él a una corte extranjera y
+lanzar desde allí contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor.
+De esta suerte haría eterno su nombre, y su honra vengada pondríase a la
+par de la grandeza del Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria
+abriose de pronto en su imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la
+figura sobrehumana de Felipe Segundo siguiéndole con la mirada a lo
+largo de los caminos. Todo su brío se desplomó. Hallose anonadado,
+vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo funesto.
+¡Ahora sí que su garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones
+palaciegas! Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo,
+de entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los
+cuatro muros de una celda.</p>
+
+<p>Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al cochero que se llegase
+al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el Prior.</p>
+
+<p>Era un mediodía frío y luminoso de fines de octubre. Los arrieros
+moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus botijos, echados
+panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas murallas y
+poderosos torreones parecía hartarse de sol. Reinaba en torno un sosiego
+resplandeciente y adusto. Don Alonso recordó el verso de Alighieri:</p>
+
+<p class="poem">
+Loco e in Inferno detto Malebolge,<br />
+Tutto di pietra e di color ferrigno,<br />
+Come la cerchia che d'intorno il volge.</p>
+
+<p>Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del Silencio.
+Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba extendido de
+espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta, sonreía
+dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo,
+sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blázquez
+Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa
+admiración.</p>
+
+<p>Una hora después salía del convento resuelto a ingresar a las órdenes.</p>
+
+<p>Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subió
+cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando
+silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.</p>
+
+<p>¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su ánimo aquellos
+vastos salones, donde había aglomerado con obstinada pasión tanto objeto
+valioso, escogido y adquirido por él, en sus viajes!</p>
+
+<p>¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta ceguera, cuánta
+puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo realismo de
+la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar
+marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar
+ataujías ante la expectativa de la muerte?</p>
+
+<p>¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras,
+del aparato de las libreas!</p>
+
+<p>¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la veía
+ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse
+cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de
+la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana,
+lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas
+las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya
+un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un
+aparato caedizo y funesto de vanagloria.</p>
+
+<p>Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran su
+lecho.</p>
+
+<p>&mdash;Aún queda remedio&mdash;se dijo de pronto, y levantose bruscamente para
+hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente
+determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una
+puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz
+juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija!</p>
+
+<p>De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal
+cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la dueña
+que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la cabeza,
+entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 1em;">Ventura quiso qu'os viese,</span><br />
+amor que luego os amase,<br />
+ausencia que n'os mirase<br />
+porqu'en veros no muriese:<br />
+todo lo hizo ventura,<br />
+ventura fue conosceros,<br />
+conosceros fue quereros,<br />
+quereros fue desventura.<br />
+<br />
+<span style="margin-left: 1em;">Presentes penas mortales</span><br />
+causan dolor verdadero;<br />
+sus muestras hacen señales<br />
+del triste mal venidero:<br />
+la muerte siento venir,<br />
+porque ventura consiente,<br />
+qu'el grave dolor presente<br />
+descubre lo por venir.<br />
+</p>
+
+<p>Con el último acento de aquella vieja canción castellana, doña Alvarez
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera vuestro galán para
+escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan regalada, que
+hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría las
+niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía.</p>
+
+<p>&mdash;¿De Ramiro dices?&mdash;preguntó la doncella.</p>
+
+<p>&mdash;Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna,
+soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le quisiera yo
+para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un ángel y
+el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez
+para dejarle hacer su deseo!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué nuevo presente os ha enviado el regidor? ¿Qué manto, qué sortija,
+qué conservas?</p>
+
+<p>&mdash;¿A mí con eso? Bien sabe Dios cuán limpias están aquestas manos
+hidalgas de grasa corredera.</p>
+
+<p>&mdash;Es gentil hombre en verdad don Gonzalo&mdash;interrumpió Beatriz poniendo
+su índice en la mejilla, con pensativo mirar.</p>
+
+<p>Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A las veces sólo quiero
+acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y qué celos me
+asaltan! Tengo celos no sé de quién, celos rabiosos de todos los
+estrados, de todas las celosías e aun de la fontana de la plazuela con
+sus mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis cabellos algún
+polvo de brujas el día aquel de las polillas?</p>
+
+<p>&mdash;Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas del
+arrabal, que han debido enseñarle, de seguro, los filtros, el
+aojamiento, las nóminas y todas sus tretas malditas.</p>
+
+<p>&mdash;Sois una perra&mdash;como dice Leocadia.</p>
+
+<p>&mdash;Buena borrasca es ella.</p>
+
+<p>&mdash;Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensar
+en Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está escondido en algún
+rincón de mi cámara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones;
+y a la mañana siguiente huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso lo es
+en verdad el señor regidor. Me quiere desde que yo era ansí, ansí, y qué
+rendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San
+Vicente no vale dos habas.</p>
+
+<p>&mdash;Eso dirá&mdash;interrumpió la dueña;&mdash;pero yo recuerdo haber oído afirmar
+al señor canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, que
+los señores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó mucho
+con los moros, y vienen de una María de la Cerda, y cuentan con dos
+condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de
+la capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no va predicando
+la alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose nunca
+un mancebo más cortés, más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas,
+cuál otro danza y tañe como él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía,
+en música un Orfeo. Y qué recato para penar, qué constancia en el
+querer. A mi fe, señora, que si él no consigue hablaros una vez tan
+sólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor al galán más
+gentil que jamás vieron los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Eso no podría ser sin daño para mi honra&mdash;repuso brusca y nerviosa
+Beatriz.</p>
+
+<p>Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él más
+parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio
+Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana
+vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar
+mi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente
+con su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la
+gran pluma negra que estila&mdash;agregó figurándola con el gesto al costado
+de su cabeza.&mdash;Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando
+corro a la vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric,
+tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre
+dice que Ramiro desciende de los linajes más antiguos y claros de
+Castilla.</p>
+
+<p>&mdash;Tric, tric, tac, tac&mdash;remedó burlescamente la dueña.</p>
+
+<p>&mdash;¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, con
+la jineta de capitán!</p>
+
+<p class="top5">Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momento
+en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente
+en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre
+capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo.</p>
+
+<p>Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva,
+refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En
+seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó por
+decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:</p>
+
+<p>&mdash;¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísima
+sangre con sangre de moros!</p>
+
+
+
+<h3><a name="Vb" id="Vb"></a>V</h3>
+
+
+<p>Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.</p>
+
+<p>La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea los
+hierros, requema el musgo de los tejados.</p>
+
+<p>Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la áspera
+voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el monástico
+silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la
+obscuridad de su alcoba.</p>
+
+<p>Los gallos cantan roncos y soñolientos.</p>
+
+<p>Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué ha sucedido?</p>
+
+<p>El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los
+paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de
+terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos
+los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la
+última baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los
+muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébano
+incrustada de marfil y una silla de roble.</p>
+
+<p>La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olor
+habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquella
+desvastación.</p>
+
+<p>Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos
+nuevamente de la pared.</p>
+
+<p>Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro está
+más enjuto, la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda su
+persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus
+negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus tacones.</p>
+
+<p>La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el
+respaldo de la silla.</p>
+
+<p>Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la conspiración
+imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espuma
+contra los obstáculos, a manera de bravo torrente.</p>
+
+<p>¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y cubrirle de infamia.
+Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de haberse
+quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San
+Vicente y el alférez, por la rabia de los celos; y los demás, por el
+envidioso temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo explicar
+si no, la insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quién
+podía pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz de
+semejante atentado contra Dios, contra el reino, contra su propia honra?</p>
+
+<p>Entretanto, reconfortábase al recordar el despreciativo gesto con que
+había respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseado
+quedarse ahí, sin agregar una sola palabra, mirándoles fieramente desde
+lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador Quiroga señaló con
+maliciosa expresión la daga sarracena que habían encontrado en la gaveta
+de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el comienzo,
+haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa, describiendo la
+escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y
+explicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una
+honrosa prenda de su jornada.</p>
+
+<p>No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, la
+infiel, su propia víctima, casi enloquecida por el tormento, en vez de
+tomar la venganza que se le brindaba tan fácil y terrible, confirmó su
+relato y su inocencia, acusándole de pérfido cristiano y de mal
+caballero, que no había sabido respetar la palabra comprometida.
+Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de angustiosa
+pasión que la sarracena le dirigió, por última vez, al ser arrastrada de
+nuevo a la tortura.</p>
+
+<p>Vino luego la declaración del Canónigo, y no volvieron a molestarle.</p>
+
+<p>Ya quedaba libre; pero ¡quién quitaría de su honra la mácula de
+semejante calumnia! ¡Ah, un agravio alevoso como aquél merecía,
+asimismo, secreta venganza! Pensó en Gonzalo, y, como si su espada fuera
+parte viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado
+acero una fruición homicida, bárbaro goce de sangre y de muerte.</p>
+
+<p>Detúvose un momento, y aproximose a una de las ventanas. El cuadro
+invariable que había contemplado tantas veces desde la infancia se
+manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del alto
+cerco almenado que suprimía todo horizonte; la adusta soberbia de los
+caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el
+entretejo de odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y
+villano de la existencia comunal que cada minucia recordaba, y, en fin,
+tanta sordidez, tanta monotonía, saltáronle a los ojos haciéndole
+considerar la estrechura de cárcel que había bastado a su ardimiento.</p>
+
+<p>Las palabras de Beatriz en el estrado le volvían a la memoria. ¡Sí, era
+preciso dejar alguna vez la alcándara y volar hacia la heroica cetrería!
+A él mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre al de
+aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna
+bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de
+Flandes.</p>
+
+<p>¿Qué había realizado hasta ahora que mereciera inscribirse en las
+crónicas? ¿Qué eran sus mejores hechos sino proezas de niño? Esta
+reflexión hízole sonreír con ambiciosa amargura, mientras sus ojos,
+enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lágrima.</p>
+
+<p>Resolvió, allí mismo, marcharse a Cartagena, por ver si encontraba
+todavía al capitán Antonio de Quiñones, ¡Quién sabe si no topaban al
+poco tiempo con alguna flota turquesca!</p>
+
+<p>Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo
+alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada
+le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había abandonado el
+mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y acababan de
+enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en la
+ciudad de Córdoba.</p>
+
+<p>Sentose ante la mesa.</p>
+
+<p>El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas.</p>
+
+<p>&mdash;Las tres&mdash;se dijo,&mdash;y el paje no llega con la merienda.</p>
+
+<p>Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues
+todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de
+diamantes para Beatriz.</p>
+
+<p>¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento
+cincuenta ducados?</p>
+
+<p>La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la
+mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las
+berzas que trajo Casilda!</p>
+
+<p>¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El
+hambre era santa.</p>
+
+<p>La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color
+de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un
+cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas
+de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?&mdash;preguntole Ramiro con
+sequedad, sospechando alguna trapacería.</p>
+
+<p>&mdash;Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son:
+ingenio, audacia y presteza&mdash;respondió el pícaro, remedando la gravedad
+de los doctores.</p>
+
+<p>En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los
+ecos del caserón.</p>
+
+<p>&mdash;Son los genoveses&mdash;exclamó Ramiro.&mdash;Corre a abrilles, Pablillos. No
+puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.</p>
+
+<p>&mdash;Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos
+dones de nuestra redonda madre&mdash;replicó Pablillos; y se retiró por la
+galería columpiando la canasta encima de su cabeza.</p>
+
+<p>Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano;
+Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al
+cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda
+contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como
+si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de
+un pájaro, el milagroso mendrugo.</p>
+
+<p>La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole:</p>
+
+<p>&mdash;Muchacho: ¿buscas amo?</p>
+
+<p>Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso,
+con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño.</p>
+
+<p>Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando
+él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se
+le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las
+mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso
+conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos
+puntales de su decadencia.</p>
+
+<p>Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los
+nudillos.</p>
+
+<p>&mdash;Entrad&mdash;dijo Ramiro.</p>
+
+<p>Y los genoveses se presentaron.</p>
+
+<p>Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El
+uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles
+y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz
+avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo
+de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias
+sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia
+los margaritaios.</p>
+
+<p>El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.</p>
+
+<p>&mdash;No he menester&mdash;respondió Ramiro guardando el talego.</p>
+
+<p>&mdash;Su señoría sabe&mdash;agregó el prestamista&mdash;que el último día de cueste
+año deberá dejar el palacio.</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como
+invitando a los genoveses a que se retirasen.</p>
+
+<p>El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna
+cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte
+ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las
+ritornaremos por poco más.</p>
+
+<p>Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había escuchado? ¡Vender los
+retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo
+brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo hecho de la
+ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para
+proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio?
+¡Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no!
+Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar,
+por unas viles monedas, aquellas imágenes, que él siempre conservaría,
+para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasión, de
+cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra.</p>
+
+<p>Dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Sépase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina
+su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el oro que ha
+robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su
+puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de
+estos retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de
+las Indias.</p>
+
+<p>Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su gesto implacable, como si
+confiara en que el espíritu inmortal de sus antepasados acababa, de
+presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda.
+Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se
+alejasen.</p>
+
+<p>Un instante después llegaba Pablillos con la humeante colación.</p>
+
+<p>Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo
+deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie, junto a la silla,
+relataba su reciente aventura:</p>
+
+<p>A la hora en que los porteros duermen la siesta, se había dirigido a la
+tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego
+de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de
+tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque
+venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a
+la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla
+y paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las
+provisiones no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto,
+diciendo con enfado al mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con
+todo, galápago, que tenía orden de mi Señor de no lo recibir si no
+llegaba luego, luego.» Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el
+portero habló por la mirilla. El se adelantó sin vacilar y pidiole que
+le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que había entrado a
+guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que
+llevaba.</p>
+
+<p>Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la
+voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin tardanza
+su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y
+aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía
+que emprender al siguiente día.</p>
+
+<p>La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del sillón y los
+dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los instantes le
+parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que
+debía traerle Casilda.</p>
+
+<p>Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que aparecía y desaparecía,
+ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela, abordajes heroicos,
+armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón salió de la
+cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y todos
+devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la
+mesa. De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y
+a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los
+muros en instantánea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y
+cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo.</p>
+
+<p>Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha
+contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos
+retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la
+frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la
+palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda
+llamole:</p>
+
+<p>&mdash;¡Mi señor! ¡mi señor!</p>
+
+<p>La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de
+costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no
+había querido recibirla.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero supo&mdash;preguntó Ramiro&mdash;que yo te mandaba?</p>
+
+<p>La muchacha respondió con una sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?</p>
+
+<p>&mdash;Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra
+merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al
+estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eso dijo?</p>
+
+<p>&mdash;Eso, señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?</p>
+
+<p>Poniéndose en pie, el mancebo repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Enfádome agora de veros tan necia.</p>
+
+<p>Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo
+mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose
+mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia,
+gritando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Fuera de aquí la bellaca!</p>
+
+<p>Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se
+alejaba por la galería.</p>
+
+<p>¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El
+orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué
+inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle
+todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al
+torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y
+endechas, como el más rendido de los amantes?</p>
+
+<p>De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la
+cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:</p>
+
+<p>&mdash;Puedes irte a dormir.</p>
+
+<p>&mdash;¿No ha oído vuesa merced&mdash;preguntó el muchacho&mdash;algo así como un
+rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de
+huesos?</p>
+
+<p>&mdash;Estarase alguno robando la argamasa del muro.</p>
+
+<p>&mdash;No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún ánima ensabanada!
+¡Yo tiemblo!</p>
+
+<p>Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería. La piedra, el
+ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara
+noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas.
+Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.</p>
+
+<p>El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la galería; espectral
+claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los
+arcos temerosamente.</p>
+
+<p>Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía pensar sino en Beatriz,
+y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre el muro, o en el
+veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y sublime,
+confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda
+su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o
+entre las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La
+solemne dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía
+respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre
+las losas y desteñidas al par de los tallos por la fantástica ceniza de
+la luna. No se escuchaba el más leve murmullo. El sosiego era profundo,
+pero su espíritu no se sentía verdaderamente solo. Algo como el hálito
+de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios tenebrosos.</p>
+
+<p>Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la
+derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo arco ornado de
+rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella dirección,
+advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era
+Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado,
+cual si estuvieran humedecidos.</p>
+
+<p>Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella compañera de infancia
+cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también una mujer, mujer
+bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeñada a
+fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un breve
+signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera
+caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que
+entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él
+podía gozar allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa
+criatura vendría a henchir de deleite su noche solitaria.</p>
+
+<p>Pero no, su corazón estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por
+eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más tiránico, más
+exclusivo que nunca, como el único amor concebible.</p>
+
+<p>Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo
+sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz había espantado con
+su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y
+mariposeaba desde entonces por delante de su alma.</p>
+
+
+
+<h3><a name="VIb" id="VIb"></a>VI</h3>
+
+
+<p>A la mañana siguiente, a la hora de costumbre, Ramiro encaminose a la
+calle de Beatriz. Pasó y repasó muchas veces por delante del palacio. La
+ventana no se entreabrió siquiera.</p>
+
+<p>A la tarde salió por la Puerta de San Vicente y fue a sentarse frente a
+la muralla. ¡La figurita diminuta que asomaba de ordinario allí arriba,
+sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia él, no apareció, ni
+volvería a aparecer nunca más!</p>
+
+<p>En los días siguientes, recorrió, sin descanso, yendo y viniendo, la
+calle de su amada. ¡Cuán terrible desengaño el que bajó hasta él desde
+las verdes celosías! No hay lenguaje más cruel para el enamorado que el
+de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en
+nombre de una mujer.</p>
+
+<p>Un colérico estupor le exaltaba y le desconcertaba a la vez; ira
+inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un peñasco
+sobre el culpable. Por debajo de aquel desvío de Beatriz había que
+buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y víctima de
+la misma impostura. ¡Quién sabe qué sospecha habrían logrado incrustarla
+en el corazón!</p>
+
+<p>Sin embargo, no quería pensar por ahora en Gonzalo. Según su altiva
+costumbre, buscaba disimularse a sí mismo toda intención de venganza, de
+suerte que la cólera sólo estallara en el instante del infalible
+castigo.</p>
+
+<p>Quiso la casualidad que uno de aquellos días, al pasar Ramiro bajo las
+ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma calle en dirección
+a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa servidumbre.
+Ramiro le saludó con franqueza, quitándose del todo la gorra. El hidalgo
+bajó rápidamente los ojos y respondió apenas con leve inclinación:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué es esto, Santísima Virgen!&mdash;se dijo el mancebo.</p>
+
+<p>Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e interpelar derechamente a
+don Alonso. ¡Pero no!...</p>
+
+<p>Llegado a su casa, y ahondando cada vez más sus cavilaciones, creyó
+encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia agregábase quizá la
+noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habría sido informado; y quién
+sabe si los años, enfriándole el corazón, no le habían tornado
+calculador y avariento.</p>
+
+<p>Sobrevínole de nuevo el asco de aquel «ruin lugar», como le llamara, en
+cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad cárcel, según él,
+donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles; donde la excesiva
+proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades
+monstruosas; donde se vivía bajo continuo espionaje, y cada rendija
+tenía una mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde
+todo impulso generoso topaba con muros más agobiantes que los que
+retajaban el escaso recinto de la ciudad, y, donde, en fin, sólo podían
+librarse del desengaño y del hastío aquellos que tenían el ala asaz
+nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía
+el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para
+irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en
+Italia, en las Indias.</p>
+
+<p>A fuerza de meditar en su propia situación, asaltole un pensamiento
+irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que había recibido
+de los usureros al azar de un instante. Multiplicaría, tal vez, su
+caudal en proporciones fantásticas. Viose ya subyugando el capricho de
+la fortuna y asiéndola del pescuezo como a una mujer que se resiste.
+Llenaría su cofre y sería poderoso por algunos meses. Era todo lo que
+deseaba. Se creería en la ciudad que había logrado restaurar su
+patrimonio, y don Alonso volvería a abrirle los brazos.</p>
+
+<p>El había entrado una vez, en compañía de otro mancebo, a un garito
+próximo a la Puerta del Puente, donde acudían a diario muy principales
+caballeros de la ciudad. Allí se había encontrado con don Enrique
+Dávila, encerrado ahora en el castillo de Turégano por la conspiración
+de los pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo,
+con Antonio Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y
+Pedro de San Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echándose a los
+hombros la segoviana capa, se dirigió, precedido de su paje, a la casa
+de juego.</p>
+
+<p>La luna no había salido aún, y al bajar por la Rúa, hacia el Adaja,
+Ramiro contemplaba las constelaciones. ¡Quién hubiera podido leer en
+aquella escritura suntuosa y estremecida!</p>
+
+<p>A eso de las cinco de la mañana estaba de vuelta en su aposento.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a la tablajería o al
+arrimarse a la mesa?&mdash;preguntole el paje, continuando la plática que
+traían desde el portal.</p>
+
+<p>&mdash;Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice o
+no hice.</p>
+
+<p>&mdash;Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca y
+poníame a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oración
+que yo me sé, les sacaba todos los cuartos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda?</p>
+
+<p>&mdash;No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo,
+con la hembra menos guardosa del mundo.</p>
+
+<p>Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle la
+capa, exclamó como espantado:</p>
+
+<p>&mdash;¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios!</p>
+
+<p>&mdash;Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.</p>
+
+<p>&mdash;¿La jugó también vuesa merced?</p>
+
+<p>&mdash;Juguela.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?</p>
+
+<p>&mdash;Todo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones para
+mañana y los días venideros?</p>
+
+<p>&mdash;Eso piénsalo tú, que eres villano&mdash;exclamó Ramiro muy cerca de la
+cólera.</p>
+
+<p>&mdash;No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueron
+siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que
+destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a vuesa
+merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía.</p>
+
+<p>Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó con
+cautelosa humildad:</p>
+
+<p>&mdash;Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me ha dicho,
+ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores.</p>
+
+<p>Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luz
+para dormirse, repuso como entre dientes:</p>
+
+<p>&mdash;Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan...</p>
+
+<p>El resto de la frase perdiose entre las mantas.</p>
+
+
+
+<h3><a name="VIIb" id="VIIb"></a>VII</h3>
+
+
+<p>Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinero
+de los genoveses, a quienes llevó los retratos con la primera lumbre del
+alba; pero después de referir los pormenores de la diligencia, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Debo comunicar también a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela,
+topé con Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía estarme
+esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blázquez
+tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su
+hermano el mayorazgo le pasea la calle a la señora Beatriz, entrada la
+noche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede
+ser sino della, dándole una cita para hoy; pues a través de una
+antepuerta hale oído exhalar muchos suspiros, diciendo: «Sí, bella
+namorada mía. ¡Sí que he de ir! Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese,
+señor Ramirillo.» Y encargome no dejara de referir esto último, palabra
+por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién acoge razones de un ebrio?&mdash;repuso Ramiro, desdeñosamente.</p>
+
+<p>Pero no por eso dejó de experimentar súbito calofrío que le bajó hasta
+las plantas.</p>
+
+<p>Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña situación, el menosprecio
+de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle su
+paje.</p>
+
+<p>El escudero palideció de pronto y, mesándose la barba, repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Amor de niña, agua en cestilla&mdash;luego alzando la frente:&mdash;¿No será
+alguna treta de Franco, el campanero?</p>
+
+<p>Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de los moriscos, meneó
+la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatar
+el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y ciñose la
+espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la hoja,
+oprimió con ambas manos la guarnición sobre su pecho, para rezar de
+aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la
+empuñadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada,
+envainolo otra vez en silencio.</p>
+
+<p>Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a rondar la casa de
+Beatriz. Quería saber lo que pasaba, instante por instante, por si era
+verdad lo del billete. El por su parte iría a esperar junto a la Puerta
+de San Vicente, y Pablillos haría de correo.</p>
+
+<p>Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y su criado dejaron la
+ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, por
+la parte de Mediodía, al pie de los muros. El muchacho caminaba por
+delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estómago más
+hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura
+que hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos
+memoriales, y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanas
+de la señora, habría de seguro una gresca digna de las calles de
+Salamanca. El, por su parte, creía poseer las mejores piernas del reino;
+y, a no ser que le cegaran de improviso haciéndole entrar la cabeza en
+el vientre de alguna guitarra, como le había acontecido cierta vez,
+riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.</p>
+
+<p>La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en su sangre hervor de
+vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar a
+los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los collados. La
+primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; ¡verde y
+plateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol chispeaba en la
+mica de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río,
+fingiendo como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de
+Villatoro. Todo parecía impregnado de claridad y de matutino frescor,
+hasta el tañer de las campanas, el sonido de los yunques, y el cantar de
+los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de Santiago. Algunas
+mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y un perfume
+rústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno.
+Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena.</p>
+
+<p>Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, díjole al paje que
+esperara en aquel sitio, mientras él iba a situarse frente a la muralla
+del Norte.</p>
+
+<p>Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de las
+cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababa
+de salir de su casa en una silla cubierta, y que, según les había dicho
+un viejo lacayo, aquel señor, después de algún tiempo, pasaba la noche
+en el convento de Santo Tomás.</p>
+
+<p>La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con el rostro casi
+oculto por el ala del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular a sus
+pies bajo la vibración alucinadora de la penumbra.</p>
+
+<p>De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perdía la
+mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a las
+seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo
+instintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasión y de sublime
+violencia.</p>
+
+<p>El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria muriente el oro del
+cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron.</p>
+
+<p>Desolada melancolía bañó de pronto la imponente rudeza de la muralla.
+Ramiro imaginó que las torres se sucedían a espacios iguales, como los
+<i>paternoster</i> del rosario; que las almenas figuraban las avemarías, y la
+Catedral, con su saliente cimborio, el hueco crucifijo lleno de
+reliquias de santos y caballeros.</p>
+
+<p>Cuando Pablillos volvió a presentarse sin ninguna noticia, su amo le
+manifestó que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y encaminose,
+en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraña.</p>
+
+<p>Al acercarse a la basílica hundió la mano en la faltriquera y extrajo el
+rosario de quince misterios que le había ofrecido su primer preceptor
+Fray Antonio de Jesús. Era un viejo rosario de Tierra Santa, cuyas
+cuentas, hechas de hueso de camello, habían sido ensartadas en fuerte y
+apretado cordón de seda blanca.</p>
+
+<p>«Lleva siempre contigo esta soga de estrangular demonios», habíale dicho
+el franciscano al ofrecérselo.</p>
+
+<p>La iglesia estaba sola y obscura. Una lámpara de plata ardía en la
+capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el extraño
+monumento dorado y azul de los Mártires. Bajó a la cripta. La milagrosa
+imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de
+pechos en el suelo, gemían hacia un rincón, cubiertas completamente por
+sus mantos, haciendo pensar en dos enormes murciélagos moribundos.</p>
+
+<p>Rezó con fervor los quince misterios, y cuando creyó que la sombra le
+permitiría caminar por las calles sin ser reconocido, se dirigió a la
+ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a pocos
+pasos de la casa de Beatriz.</p>
+
+<p>Esperó mucho tiempo.</p>
+
+<p>De pronto, un bulto humano rozole y pasó. Algo después vio llegar una
+ronda. Un corchete venía por delante meneando hacia uno y otro lado la
+humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza los
+semblantes de los ministros. Ramiro reconoció al alguacil Pedro Ronco
+por la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecían trazados con un
+tizón sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las
+espadas fuese alejando.</p>
+
+<p>Escuchose luego una voz:</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor! ¡Mi señor!</p>
+
+<p>Era Pablillos.</p>
+
+<p>Refirió que, un momento antes, un hombre enmascarado se había detenido
+frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo que Medrano le mandaba
+con aquella noticia, apareció un nuevo enmascarado, el cual, acercándose
+al primero, le interpeló con dureza. Ya parecían irse a las manos,
+cuando acertó a pasar la ronda. Haciendo abatir las máscaras y arrimada
+la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoció a los dos
+hermanos San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundón que se
+alejara al punto, si no quería acabar en la cárcel. El mayorazgo
+retirose también; pero, según el escudero, no tardaría en volver al
+mismo sitio.</p>
+
+<p>Ramiro fue a colocarse en la esquina más próxima. Encontrándose allí con
+Medrano, dijo a éste y al paje que le dejasen solo.</p>
+
+<p>La luna debía asomar hacia el naciente, pues la muralla comenzaba a
+contornear por ese lado sus triangulares almenas.</p>
+
+<p>Más de una hora pasó Ramiro sin apartar los ojos de la casa de Beatriz.
+Parecíale por momentos que el postigo de la puerta se entreabría y se
+cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asomó por la abertura. Las
+blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doña Alvarez. Cada
+vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin,
+chistó quedo, muy quedo, varias veces. Nadie respondía. El postigo
+cerrose.</p>
+
+<p>Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no volvería tal vez a
+presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la calle, la figura
+de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al pie de las
+ventanas.</p>
+
+<p>Ramiro desenvainó la espada, y tomándola de la hoja por encima de la
+capa, adelantose, prestamente, rozando la pared más obscura. ¡Era
+Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetán,
+reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con
+hermoso joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, también,
+noches pasadas, en la casa de juego.</p>
+
+<p>Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la puerta con los nudillos,
+Ramiro, corriendo hacia él, asiole el brazo en el aire. Luego,
+estrujándole con fuerza la máscara sobre el rostro, acabó por
+arrancársela con rabioso tirón. San Vicente desenvainó a su vez, y
+exclamando: «¡Muera!», se arrojó sobre su rival. Pero éste le esperaba
+ya con el acero tendido.</p>
+
+<p>Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la espada, gritó de nuevo:</p>
+
+<p>&mdash;Pida perdón el alevoso.</p>
+
+<p>&mdash;Vos a mí, villano, por vuestras calumnias menguadas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Muera entonces el perro morisco!&mdash;volvió a gritar San Vicente.</p>
+
+<p>&mdash;Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda.</p>
+
+<p>&mdash;No la he menester.</p>
+
+<p>&mdash;Pues busquemos, si os place, algún sitio más apartado, donde el rumor
+de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando que es el oro de
+vuestra bolsa.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos donde gustéis.</p>
+
+<p>Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta calleja, en la
+dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros,
+que él había observado en uno de sus paseos.</p>
+
+<p>Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de
+plata entre la incierta claridad de la noche.</p>
+
+<p>Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro se detuvo y trató de
+violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por fin, después de
+un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoyó
+su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió desde
+arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de
+los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián,
+con su valiente cortesanía.</p>
+
+<p>Era una cantera abandonada. La roca, formando una sola mole en forma de
+colina, no había permitido levantar vivienda alguna sobre su pétreo
+caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la
+derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables.</p>
+
+<p>Deteniéndose en el paraje más llano, los dos mancebos derribaron al
+suelo sus capas. Gonzalo arrojó también lejos de sí la rodela que
+llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes
+transparentes, esparcía sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de
+amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla
+del plenilunio.</p>
+
+<p>Los aceros se cruzaron.</p>
+
+<p>Gonzalo paraba los golpes con maestría, acechando el instante. Ramiro, a
+su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca, con molinetes
+fantásticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida, dejaba
+rebrillar la dentadura.</p>
+
+<p>San Vicente, a pesar de su destreza sentíase vacilar ante aquella
+máscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y, por fin,
+temiendo que el corazón le flaqueara, hizo una falsa y enviole a Ramiro
+una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atravesó de parte a
+parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces,
+iluminado por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia
+adelante, para dejar aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y
+tomando su propia espada, como quien alza un puñal, clavósela de golpe
+en medio del pecho. Luego se la hundió ferozmente, a través del
+justillo, toda entera, toda, toda, hasta los gavilanes.</p>
+
+<p>Gonzalo exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Esto es hecho!</p>
+
+<p>Y, lanzando por la boca una onda negrusca, desplomose.</p>
+
+<p>Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante; y su cabeza, sin
+vida, se dobló, se acostó de lado, sobre la piedra.</p>
+
+<p>Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime de su rival, Ramiro
+elevó una oración jaculatoria a la Virgen de la Soterraña. ¡Estaba
+vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un
+goce inmenso y bravío. Sintió erguirse en la brisa, como una cresta de
+gallo, la pluma de su sombrero, y experimentó en los talones una extraña
+sensación de fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz,
+hacia la luna, el grito de guerra de sus mayores.</p>
+
+<p>Asaltado por súbito pensamiento, se agachó hacia el cadáver, y
+desciñendo las agujetas, sacó de entre el jubón y la ensangrentada
+camisa un billete sin sobrescrito. Lo desplegó. La claridad era débil;
+pero, al mirar hacia el cielo, observó que la luna iba a pasar muy
+pronto tras una grieta de las nubes. Poco después sus ojos leyeron las
+siguientes palabras:</p>
+
+<p>«Sírvase vuesa merced venir esta noche pasadas las once. Golpee primero
+tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo le abriré.
+Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi señora
+irá luego a hablar con vuesa merced.</p>
+
+<p>»Vuestra fiel servidora, <i>Alvarez</i>.»</p>
+
+<p>Tomose la frente con ambas manos, ¡Era posible! ¿Sería verdad que
+Beatriz?... ¿No habría en todo aquello algún ardid infame de la dueña?
+Fácil era saberlo. Contuvo su meditación, e, instantáneamente, con
+nerviosa premura, cambió su negro sombrero por la gorra de Gonzalo.
+Arrastrando en seguida el cadáver hasta el borde de una cavidad que
+negreaba al pie de los muros, empujolo con el pie reciamente para que
+rodara hasta el fondo. Luego, recogiendo la clara capa del muerto,
+embozose con ella, haciendo de lo suyo un lío que apretó bajo el brazo.</p>
+
+<p>Cuando se disponía a saltar de nuevo la tapia, vio asomar por detrás dos
+rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y Pablillos, que
+habían presenciado desde allí toda la escena. Al caer a la calle, el
+escudero recibiole sobre su pecho, exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;Famosa estocada, ¡voto a Cristo! Huyamos, huyamos presto, no sea que
+vuelva la ronda.</p>
+
+<p>Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a esperarle al solar,
+y, dándoles la capa y el sombrero, enderezó resueltamente a la casa de
+Beatriz.</p>
+
+<p>Llegado ante la puerta, advirtió en el suelo la mascarilla negra de
+Gonzalo; cogiéndola con presteza se la puso en el rostro.</p>
+
+<p>Golpeó tres veces y luego otras dos con los nudillos. El paño de la capa
+desprendía afeminado perfume. Su espíritu comenzó a divagar. Vio y dejó
+de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con hilo de oro y
+piedras preciosas. Observó que los clavos de la puerta figuraban cabezas
+de leones. Llamó de nuevo. El exceso de emoción le embriagaba. Por fin,
+el cerrojo crujió levemente y el postigo entreabriose; doña Alvarez
+asomó la cabeza, y después de haberle observado un instante, le dijo en
+voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;¡Albricias, señor don Gonzalo!</p>
+
+<p>Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la mano con
+impaciencia:</p>
+
+<p>&mdash;Presto, presto&mdash;agregó;&mdash;cruce vuesa merced el patio y el huerto, y
+suba a la torre.</p>
+
+<p>Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, desde cuya plataforma había
+visto atardecer siendo niño, en compañía del enano, apoyó su espalda
+contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le
+inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emoción, comparables al
+comienzo de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura
+de la noche hacíale sonreír.</p>
+
+<p>Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero.
+El convento de la Encarnación, con sus tristes paredes pálidas, adormía
+en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de
+pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso huerto
+de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo,
+dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los
+ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora.
+Un perro latió de modo lúgubre al pie de la muralla.</p>
+
+<p>De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de vestidos.</p>
+
+<p>Ramiro se irguió.</p>
+
+<p>Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la
+torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La pálida tez
+de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus lustrosos
+cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco pavón
+de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás,
+vibrando en el aire cual doble serpiente.</p>
+
+<p>Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la
+tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio
+cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levantó el
+rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante. Sus
+labios parecían sorber la fluida claridad que bajaba del cielo.</p>
+
+<p>Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella aparición. Todo su ser no
+fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira para devorar el velo
+cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su señora,
+divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha;
+olvidó el papel de doña Alvarez y el drama reciente; olvidó como un
+ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la
+máscara que ocultaba su rostro; y pareciole que, después de un sueño
+desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y señor, sobre
+la torre de encantado castillo. Caminó hacia ella y asiola con dulzura.
+Beatriz se resistió débilmente; ¡en su labio, humedecido, temblaba una
+lucecilla azul, una gota de luna!</p>
+
+<p>Fue al principio un beso ideal, casi incorpóreo, tomado con el aliento,
+en la quietud, en la altura, sobre el sueño de la ciudad y las tierras;
+pero, al pronto, el indeciso contacto acabó por despertar los sentidos,
+y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino
+furor. Beatriz gimió sin poder esquivarse, mientras Ramiro sentía correr
+por su cuerpo sobrehumano deleite. ¡Al fin lograba la ansiada, la soñada
+caricia! ¡Era el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces
+imaginado! Pero, de pronto, en medio de aquel loco transporte, un
+relámpago de razón brilló en su cerebro. La realidad acababa de herirle
+de súbito. Fue algo espantoso. Con la boca estremecida aún sobre el
+rostro de la doncella, pensó de repente que estaba con la capa y la toca
+del muerto; que llevaba sobre el rostro una máscara; que Beatriz creía
+hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, ¡que aquel beso era el beso de
+otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a
+otro hombre!</p>
+
+<p>En ese instante la niña, levantando su rostro, exclamó con pasión:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, Gonzalo, cuán dichosa me hacéis!</p>
+
+<p>Y tendió de nuevo su boca insaciada.</p>
+
+<p>Ramiro recibió de lleno el aletazo de la demencia. Todo su ser rechinó
+cual la hoja ígnea que el espadero sumerge de golpe en el agua. Sentía
+que su mente giraba en una vorágine de negrura, y escuchaba dentro de su
+cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo
+sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: ¡el
+exterminio, la muerte!</p>
+
+<p>Tomó, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo beso de Beatriz,
+devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella gritó entre
+los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logró por fin
+desasirse. Entonces el mancebo, quitándose de golpe la máscara, rugió
+dos veces:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ramera! ¡Ramera!&mdash;enseñándola el rostro.</p>
+
+<p>La niña no pudo modular ni una sola palabra. Su boca, entreabierta,
+negra de horror, dejó escapar un quejido sordo, aciago, indefinible. El
+echose sobre ella, arrollándola al pie del parapeto y tapándole la boca
+con el manto para ahogar sus gemidos. Buscó su daga, y ya iba a
+desenvainarla, cuando un instinto rápido le contuvo. ¡Una correa!, ¡un
+cordel! ¿Dónde? Algo que pudiera anudarse. Intentó locamente
+desprenderse el cinturón, las ligas, los tirantes de la espada, el mismo
+cintillo del sombrero. De pronto su mano convulsa rozó las cuentas del
+rosario de Fray Antonio que colgaba de la faltriquera, e inspirado por
+el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los dientes junto al
+crucifijo, dejó caer algunas cuentas, y envolviéndolo al cuello de
+Beatriz, tiró con ambas manos, tiró en uno y otro sentido, hasta
+apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible.</p>
+
+<p>Luego descendió. Cruzó el huerto y el patio. La dueña esperaba dormida
+junto al postigo. El abrió sin despertarla y salió; pero cuando hubo
+dado algunos pasos por la callejuela, creyó escuchar, detrás de la
+puerta, la voz de doña Alvarez. Apresurando entonces el paso dejó caer
+de intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente.</p>
+
+<p>Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Rúa, llega al caserón. El
+escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por el postigo.</p>
+
+
+
+<h3><a name="VIIIb" id="VIIIb"></a>VIII</h3>
+
+
+<p>Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y convenido con
+Medrano el día en que habían de encontrarse en el pueblecillo de
+Cebreros, Ramiro abandonó la ciudad, al día siguiente, a la hora del
+alba.</p>
+
+<p>Escogió para salir la puerta de Antonio Vela. Al contemplar a su derecha
+el arrabal de Santiago, vínole a la memoria su amancebamiento con la
+hermosa morisca y pensó que aquella mujer había sido la causa de toda su
+malaventura, de todos sus yerros y desengaños. ¡Quién sabe si no había
+mediado algún hechizamiento! Acordose de su mirada última delante del
+Tribunal, y la sola evocación de aquellas pupilas llénole el ser de
+supersticiosa inquietud.</p>
+
+<p>Cuando hubo llegado a las primeras colinas del naciente detuvo su
+cabalgadura. El claro camino corría hacia el porvenir, en la coloración
+deliciosa de la mañana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno y
+otro lado los rayos rastreros del sol hacían brillar los tomillares
+cubiertos de rocío. Volvió el rostro. La ciudad le llamaba con una voz
+de tedio, de perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer,
+hízole pensar en el encarnado capucho del verdugo.</p>
+
+<p>Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder el alma para la
+eternidad.</p>
+
+<p>Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No pensaba, no quería
+pensar nunca más en la hija de Don Alonso a quien él creía haber dado
+muerte la noche antes. Pero la conciencia le venía repitiendo que si se
+llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caería,
+de fijo, sobre Pedro, creyéndole el matador de su hermano y de Beatriz.
+Un inocente sería condenado en su lugar.</p>
+
+<p>Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa cavilación, resolvió
+seguir el consejo del cielo. Rezó un <i>paternoster</i> y un avemaría, hizo
+girar a su rocín hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte, y, soltando
+la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabritó, pero un rato
+después se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino
+de Cebreros.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios lo quiere!&mdash;pensó Ramiro.&mdash;¡Un ángel lo aguija!</p>
+
+<p>No tardó en internarse en la fragosidad de la sierra. Perdido a las
+veces por el gesto vago de los pastores que solían señalarle algún
+sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un viento
+desesperante, las crueles parameras, donde le asaltó, más de una vez, el
+deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, llegó por
+fin a Cebreros, un día lluvioso, a la hora de la siesta.</p>
+
+<p>Paró en un mesón de los arrabales, y llegada la noche, acostose sobre
+una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos hombres que se
+hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clérigo anciano y
+un labrador se hacían las primeras preguntas:</p>
+
+<p>&mdash;¿Y adónde camina vuestra merced?, ¿puede saberse?</p>
+
+<p>&mdash;Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar después a Toledo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es de aquel lugar vuestra merced?</p>
+
+<p>&mdash;Soy de Tornadizos; pero llévame, al fin de los años, el deseo de
+presenciar un auto de la fe. Además, el capellán de las Clarisas es algo
+pariente mío, y quiero visitalle.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, bien... Yo soy de aquí mesmo, quiere decir de la nava. Allí he
+nacido e vivido los años que tengo, que son para esta Pascua de Navidad
+sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de sangre;
+pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria
+a los muchos hijos que tuvo. Finó de un mal que llaman...</p>
+
+<p>El clérigo aprovechó de aquella perplejidad para recobrar la palabra, y
+púsose a referir que, pocos días antes, habían pasado por su pueblo dos
+moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la Inquisición de
+Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por añadidura
+un rostro hermosísimo. Uno de los guardas habíale dicho, punto por
+punto, el delito de ambas mujeres.</p>
+
+<p>Ramiro escuchó entonces la adulterada historia de la conspiración por él
+descubierta.</p>
+
+<p>&mdash;Además, un mozo de mulas que viajaba con esa gente&mdash;dijo el
+clérigo&mdash;me aseguró que la hermosa morisca, valiéndose de un bebedizo
+diabólico, había logrado hechizar a uno de los mancebos más bizarros y
+piadosos de de ciudad tan cristiana, haciéndole renegar en poco tiempo
+de la fe de Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la conjura.</p>
+
+<p>&mdash;¡Válame Dios e la Virgen Santísima!&mdash;exclamó el labrador,
+santiguándose con espanto.</p>
+
+<p>Ramiro se incorporó sobre las mantas. Aquel gran pecado, aquel gran
+baldón de su vida había tomado cuerpo, había pasado los muros de Avila,
+y viajaba ahora por ventas y caminos.</p>
+
+<p>El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que llegaba del establo y el
+continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron su estado de
+angustia, figurándosele una viva parábola de su envilecimiento. Sentíase
+humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con agresiva
+arrogancia al pensar en los hombres.</p>
+
+<p>Después de tres días, como Medrano no llegaba, Ramiro resolvió continuar
+sin esperarle. Era una mañana esplendorosa de principios de mayo. Había
+sacado, él mismo su cuartago al soportal del mesón, y ya iba a poner el
+pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el reflejo de
+las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso
+pajecillo que parecía hacerle señas desde lejos. Llegó por fin el tal
+pajecillo junto a él, y, apeándose de la cabalgadura, encogido y
+lloroso, demandole una y otra mano para besárselas.</p>
+
+<p>Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus pestañas, su guedeja y todas
+sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que Ramiro tardó en
+reconocerla. Dijo que el mismo día de su partida, a eso de las dos de la
+tarde, Diego Franco, el campanero, había regresado a la Iglesia con un
+tajo en el rostro, y que interrogado por los señores Canónigos no había
+querido responder una sola palabra. Agregó en seguida, que su padre
+había sido llevado a la cárcel hasta tanto se averiguara la verdad de
+aquella cuchillada.</p>
+
+<p>&mdash;Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje, e se quite las
+barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre.</p>
+
+<p>Luego, bajando los párpados y ruborizándose bajo el polvo blanquecino
+que velaba su rostro, agregó que ella venía a ponerse a su servicio y
+que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;respondió Ramiro con frialdad;&mdash;más falta hacéis a vuestro padre
+que a mí. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo sigo para
+Toledo, adonde he de esperalle.</p>
+
+<p>Viendo que el clérigo y el labrador salían en ese instante de la posada,
+quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano derecha y diósela
+a la muchacha, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.</p>
+
+<p>Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó las espuelas.</p>
+
+<p>Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas por una que otra
+serranía de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitando
+los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche, llegó
+una mañana a la vista de la célebre ciudad de los concilios y
+espaderías, sin más incidente de importancia, en el camino, que una
+sorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admirado
+de su valor, hízole devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirle
+en su banda como segundo.</p>
+
+<p>A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas de
+mediodía, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente de
+Alcántara.</p>
+
+<p>Estaba en Toledo.</p>
+
+<hr class="full" />
+
+<h3><a name="TERCERA_PARTE" id="TERCERA_PARTE"></a>TERCERA PARTE</h3>
+
+
+
+<h3><a name="Ic" id="Ic"></a>I</h3>
+
+
+<p>Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas y
+plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor, solitario en el
+tumulto.</p>
+
+<p>La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que de
+costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y tomando la
+calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el paso
+desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta
+suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado
+ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin más
+ocupación que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitoso
+amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusión de trajes
+versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas rebosantes, y el
+polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños. Era el acopio
+cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la
+ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era
+toda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, sus
+balidos, su campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos,
+el joven avilés tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o
+Ajofrín, enfriadas por el rocío.</p>
+
+<p>Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguo
+torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundían en una
+ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico le estropeaba la
+bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le apartaba de un
+manotón. No había quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella
+puerta, donde los gañanes se complacían en hacer estallar sus alaridos,
+y los cencerros pastoriles resonaban como esquilones.</p>
+
+<p>Más tarde, después de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba el
+agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a uno, los escaparates
+de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi siempre, una
+hora antes del toque de oraciones, sin más que levantarse el mostacho
+con los dedos, entraba en el Zocodover y poníase a pasear por la plaza o
+por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer,
+la palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el
+largo espadón y sus raídas y polvorientas ropas, dábanle toda la traza
+de algún soldado de Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.</p>
+
+<p>Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión, fuele sumergiendo en
+un estado semejante a la placidez de las convalecencias. Olvidado casi
+de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por segura, y
+sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el recuerdo
+de sus amores con la morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su
+embarazoso rocín, para juntar de esta suerte algunos doblones que le
+evitaran por algún tiempo las ruines urgencias del dinero.</p>
+
+<p>Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz lo
+que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una hoja trágica
+doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba cuenta
+alguna en su contra.&mdash;La esposa o la desposada que nos burla&mdash;habíase
+dicho a sí mismo&mdash;se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez
+descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y después olvidarla,
+olvidarla del todo, barrer del corazón hasta su nombre, inhumar su
+recuerdo como un harapo de pestífero. He ahí la vieja ley de la honra.
+En cambio, el breve relato del clérigo, en la venta de Cebreros, había
+renovado en su espíritu cavilaciones y remordimientos que él
+consideraba abolidos para siempre. De modo imprevisto, las escenas
+lejanas de su amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con
+torturante viveza, y llegó a pensar que los demás pecados de su vida no
+sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma estaba perdida para la
+eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra el reino, contra
+la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a agitarle. ¿Qué era aquello
+del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho beber sin que él lo
+advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el clérigo decía, algún
+filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la mirada tan profunda,
+tan extraña, que su antigua manceba le había dirigido ante el Tribunal
+de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pensó en
+algún terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante
+todo el resto de su vida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué impulso incomprensible&mdash;preguntábase entonces&mdash;acababa de
+encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser conducida por los
+peones del Santo Oficio?</p>
+
+<p>Esta última reflexión hacíale estremecer por momentos y le llenaba de
+miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y complaciente le
+susurraba que su Divina Majestad había querido traerle a la ciudad
+justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de
+lujuria.</p>
+
+<p>Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como en
+una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y, meditando a
+un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá, a la sombra de
+las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefería una de
+esas iglesias íntimas, como San Andrés, San Torcuato, Santo Domingo el
+Real, San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar
+solitario, con el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su
+tribulación caminando y caminando por las calles, al azar de su
+capricho.</p>
+
+<p>Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy
+distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era neta
+y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el toledano
+arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde
+el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente
+entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles,
+angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y
+sólo en lo alto ardía, sobre la cal, la brusca faja de sol.</p>
+
+<p>Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su cofre
+de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve
+asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una
+alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la
+cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente;
+todo trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y el odio
+religioso, exaltado por su remordimiento, le contraía el corazón cuando
+atravesaba los barrios de la morería, entre las covachas atestadas de
+sedas multicolores, de bonetes de grana, de cereales, de especias, de
+perfumes. Los muros hasta la altura de un hombre, estaban ennegrecidos
+por el mismo roce indolente que adelgaza los pilares de las mezquitas.
+El converso, con sus velludas piernas cruzadas sobre el mostrador,
+llamaba a los compradores golpeando con fuerza el platillo de su balanza
+de cobre. Era la misma gárrula, las mismas gesticulaciones, las mismas
+amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho más
+tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro escuchaba el
+rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a pesar suyo, los pies
+desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca pintada y sus
+pestañas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces, hacia
+una y otra parte, los signos graves de la religión: los humilladeros,
+los paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los
+campanarios, donde brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por
+los infieles.</p>
+
+<p>El recordaba añejas historias que había leído o escuchado referentes a
+Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas de amantes, un
+olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba ahora
+con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpóreo
+de su alma.</p>
+
+<p>Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria. Sus
+monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el oprobio de los
+serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las tremendas
+virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre, la sombra de
+las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las mezquitas exorcisando
+los mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal habían
+ocultado y carcomido los arabescos. Las voces frenéticas de los monjes,
+en los coros obscuros, ahogaban en la memoria hasta el último eco del
+canto de los almuédanos. La cera y el aceite ardían de continuo. Los
+antiguos alminares lloraban con campanas católicas su remordimiento.</p>
+
+<p>Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación eterna brillaba en la
+pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las
+moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una
+existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente
+en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la
+portería de los beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente
+perfumes de iglesia. Aquella ciudad, profanada por los judíos y los
+moros, antojábasele a Ramiro, sumida como un solo ser, en inmenso dolor
+religioso; y, a la hora del crepúsculo, creía respirar a través de sus
+calles, errante hálito de vigilia, un aliento febril de insomnio, de
+penitencia.</p>
+
+<p>El también tenía que exorcisar su corazón, borrar otras lascivias y
+perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba
+como un peñasco entre Dios y su alma.</p>
+
+<p class="top5">Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó Ramiro amistad con el
+viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta. Se hubiera
+dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual hipnótico
+ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta los
+vendedores errantes se postraban junto a su mercancía, donde les tomaba
+el golpe de badajo. En la plaza, más de uno se terciaba el embozo y se
+quedaba dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes,
+pordioseros, soldados inválidos, menestrales sin trabajo, señores de la
+hoja con encerado bigote y calzas de color, y más de un hidalguejo de
+poca monta, se confundían en aquel reposo común bajo la lumbre
+meridiana. El caserío recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de
+zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.</p>
+
+<p>Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas verdachas y
+parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero le miraba de
+hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz muy baja
+y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte,
+prorrumpió:</p>
+
+<p>&mdash;¿Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa espada que
+lleva?</p>
+
+<p>Ramiro se la ofreció buenamente.</p>
+
+<p>El hombre, después de haber desenvainado como un palmo de hoja, observó
+atentamente el recazo:</p>
+
+<p>&mdash;No en vano&mdash;agregó&mdash;me había guiñado esta joya. He aquí la marca de mi
+padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya!</p>
+
+<p>Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta con la otra mano, y,
+arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con viveza. El
+metal vibró como una campana que sonara muy lejos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor hidalgo!&mdash;agregó
+Domingo de Aguirre.&mdash;El acero es cada día más sucio y el temple más
+ruin.</p>
+
+<p>&mdash;Dícese, en verdad&mdash;contestó Ramiro,&mdash;que habéis perdido algunos
+secretos de antaño.</p>
+
+<p>&mdash;En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la
+mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y en
+punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha perdido es
+la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como
+Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la
+alcancía. En mi tiempo batíamos cada espada como si nos estuviesen
+mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si no salía honrada e cumplida,
+como era menester, no la poníamos en la lonja por todo el oro de las
+Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por rematar una hoja e sacábala por última
+vez de las ascuas, color de hígado, y le untaba la riñonada para ponella
+a enfriar punta arriba, me temblaba el corazón, señor hidalgo!</p>
+
+<p>Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa ropilla
+color de avellana que dejaba entrever el jubón de terciopelo carmesí. Un
+cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero. Su rostro
+cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como un
+higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras
+todavía, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que habían
+vivido catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de
+las ataujías. El fuego había chamuscado sus manos verrugosas y obscuras
+como sarmientos. Su boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y
+firmeza.</p>
+
+<p>Aunque Ramiro había mirado siempre con aristocrático desprecio a todo
+aquel que envilecía sus manos en los oficios mecánicos, pensó esta vez
+que la sabia fabricación de las armas debiera estar exenta de villanía,
+como faena preclara puesta al servicio de las más altas empresas.
+Además, había oído decir que los señores toledanos no desdeñaban el
+trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran
+sitio de reunión y de esparcimiento de los nobles.</p>
+
+<p>Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un respeto especial.
+Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el hierro tenaz
+y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en generación
+el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza les había
+demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos, aquella insigne
+herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas, sus rodelas, sus
+estoques, sus armaduras, habían hecho tan famosa a Toledo como los
+concilios.</p>
+
+<p>Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora ambas manos
+en la suya y continuaba diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que fueron, cuando
+vemos que la nación entera va camino de su perdición?</p>
+
+<p>Ramiro hizo un gesto de asombro.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes claman y el Rey no
+las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo de los
+tributos, las industrias están enfermas del gusano de la alcabala, las
+ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado
+está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la
+sangre, aunque mañana perezcan. Daca, daca, y vénguese Menga contra el
+que venga.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y piensa vuesa merced&mdash;replicó Ramiro&mdash;que por tributo más o menos
+debiéramos abandonar las guerras honrosas que van asentando nuestro
+renombre por todo el mundo y harán de la nación española el asombro de
+los siglos venideros?</p>
+
+<p>Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin ánimo de contrariar
+aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos le
+traía a la memoria las palabras de Bracamonte.</p>
+
+<p>&mdash;Guerras honrosas, señor, eran las de antaño, cuando se ganaban reinos
+a punta de espada,&mdash;repuso el espadero;&mdash;pero no éstas en que todo se
+logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso vuesa merced que
+los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar
+nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al soldado de un
+entremés, que ha poco compuse...</p>
+
+<p>Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un figurante, recitó el
+siguiente discurso:</p>
+
+<p>&mdash;Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que suena
+en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los doblones, reales más
+lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba la vida por la gloria del
+rey, hogaño por su rostro acuñado en Segovia. Gánanse los ducados con
+ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, ¡y juro por San
+Andrés!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgárame hacer
+cuartos de mis ochavos.</p>
+
+<p>&mdash;Ingenioso lenguaje&mdash;exclamó Ramiro. Luego, levantando la cabeza y
+abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover, preguntó
+bruscamente:&mdash;¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la plaza donde
+celebra sus autos el Santo Oficio?</p>
+
+<p>&mdash;Aquí mesmo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y son tan lucidos como se dice?</p>
+
+<p>&mdash;Los de agora no son autos, sino autillos&mdash;contestó el espadero,
+agregando en seguida con melancólico semblante:&mdash;¡Ah cuán poco
+vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase
+poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el gusanillo.
+No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegrías de agora ¿qué
+tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de mancebo? ¿Qué se hizo
+aquella gala e aquella grandeza? ¿Quién verá otra vez aquellas entradas
+de príncipes e aquellas fiestas antiguas, e aquellas luminarias y
+disfraces, e aquellas bizarras coheterías de botafuegos y voladores?
+¿Qué fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar
+pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas
+de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles
+entoldadas? Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo&mdash;exclamó esta vez,
+meneando el índice negativamente.&mdash;Con la corte se marcharon los más
+grandes señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son agora
+como grano agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la
+seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la
+fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para
+hacella más pesada, doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e
+toman esclavos o moriscos para abaratar los jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la
+mesma, no, esta cabeza de las Españas!</p>
+
+<p>La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos indudables
+de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.</p>
+
+<p>Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acabó
+diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es hidalgo, y
+antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo hubiera ejercido
+mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo y entronca
+allá por los tiempos del Rey Sabio, con los señores de Haro, que es como
+decir el primer linaje de España.</p>
+
+
+
+<h3><a name="IIc" id="IIc"></a>II</h3>
+
+
+<p>En los días que siguieron Ramiro estrechó rápidamente su amistoso trato
+con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando esas bellezas de la
+antigua ciudad que el forastero no descubre por sí solo y que parecen
+cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los paseos
+terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al famoso
+maestro, los oficiales suspendían un instante su trabajo y los que
+estaban cubiertos se quitaban respetuosamente la gorra.</p>
+
+<p>Allí vio Ramiro, por primera vez, manipular las espadas ígneas, y
+contempló con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban a lanzarse
+en seguida hacia las más diversas comarcas, frenéticos de sangre y de
+honra.</p>
+
+<p>Unos eran acostados sobre los yunques para recibir el castigo de los
+martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser hundidos de
+pronto en el agua de las tinajas; a éstos, ya listos, les bañaban de
+sebo, como al hombre que le engrasan después de la tortura, o les
+llevaban al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la ataujía.</p>
+
+<p>De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de hierro surgían sin cesar
+cosas espléndidas: cascos de irisado pavón incrustados de oro purpúreo,
+rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote demasiado
+indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la hoja un limpio
+nombre cristiano, estoques de gala para el Rey, espadas de provecho
+encargadas con impaciencia por capitanes de Flandes.</p>
+
+<p>Oíase el jadear de los fuelles y el repique de las bigornias. Por
+momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil, abriendo el
+portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes sudorosas resplandores
+de infierno, arrojaba el puñado de arena o asía con las tenazas algún
+trozo de armadura, que semejaba la corteza de algún fruto rojo y
+fantástico.</p>
+
+<p>Hacia el fondo, el patio encalado abría una fascinación de aire libre; y
+los rayos del sol pasaban a través de un parral, varias veces
+centenario. Allí se agasajaba a las visitas, y más de un señor de título
+venía a escoger en persona una hoja para su espada.</p>
+
+<p>Hacía más de cinco años que Aguirre había abandonado el oficio. Era
+hombre adinerado y vivía a lo señor. Su casa, junto a Santiago del
+Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Años atrás, solía reunir en ella
+a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el encanto de la
+música, según el uso de Italia; pero, últimamente, una extraña tristeza,
+un desapego de todos los halagos del mundo, un creciente anhelo de
+terminar su vida en las órdenes, le iban ganando el corazón y el
+cerebro. Era profundamente piadoso. Formaba parte de varias cofradías y
+hermandades. Cuando se prosternaba en las iglesias ante alguna imagen de
+Nuestra Señora de la Merced, a la cual tenía particular devoción, su
+labio temblaba sin cesar, y los ojos, echados hacia el cielo, se le
+quedaban en blanco.</p>
+
+<p>Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle de su abolengo,
+Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigían, declaró su
+verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin mayores
+rodeos, contó su desgraciado amor y la doble muerte de su rival y de su
+amada.</p>
+
+<p>&mdash;Bien hizo vuesa merced&mdash;respondió el espadero tranquilamente.&mdash;¡Ay del
+varón que no hace lo mesmo! Tanto más, cuanto que habiendo matado en
+buena lid al galán, cobró vuesa merced el derecho de castigar de igual
+modo a la hembra. ¡Ah, si yo dijera también mi desengaño!</p>
+
+<p>Aguirre enmudeció y no volvieron a hablar de estos asuntos.</p>
+
+<p>Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de todo el dinero que le
+pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle únicamente en la
+escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata, comenzó a
+barruntar los momentos de angustia que podían sobrevenir. ¿Qué hacer? No
+había para qué pensar, claro está, en un oficio mecánico ¡antes la
+muerte! y mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su
+amigo el espadero. ¿Qué hacer, qué hacer?</p>
+
+<p>Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones quedaron en pie. Veces
+pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los alrededores
+para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a reunirse con
+Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan caballerosamente le ofreciera
+hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno ú otro camino; pero la
+vacilación era grande.</p>
+
+<p>Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y éste prometiole
+hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como paje de
+su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio de un señor
+tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre
+que desdoro, y aceptó.</p>
+
+<p>Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero de
+plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos, las toallas y
+el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la aljofaina,
+doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale también ofrecer,
+sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal
+que presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos
+cuando el cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo.</p>
+
+<p>En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su fantasía;
+pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea de un
+gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta
+grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más ruines
+trapacerías para conseguir algún resto de manjar, viniéronle ímpetus de
+salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor
+desventura, tocole como compañero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y
+meloso como un gitano, y de quien los demás referían las más chocarreras
+historias.</p>
+
+<p>En cambio, desde los primeros días sintiose atraído por el porte y la
+franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de
+Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un
+recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la
+frente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o dormís?&mdash;preguntole.</p>
+
+<p>&mdash;Meditaba, señor Velasco&mdash;repuso Ramiro,&mdash;en los graves desengaños de
+este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro llegar a ser
+algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de Córdoba; e agora he venido a
+parar en el más ruin y cuitado de los pajes. ¡Si mis ojos fueran capaces
+de llorar!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor&mdash;exclamó Velasco con las pupilas
+iluminadas por misterioso pensamiento.</p>
+
+<p>&mdash;¿A mí?</p>
+
+<p>&mdash;Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Veisme acaso cara de moro?&mdash;respondió Ramiro con enfado.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bajemos a la plaza e os lo diré.</p>
+
+<p>Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el escribano
+de raciones tomó primero la palabra y preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Habéis oído hablar de la arte notoria?</p>
+
+<p>&mdash;Sí; pero ignoro lo que sea.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que seguir durante un
+corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os ha de
+prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os
+vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende sabidor
+del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del
+lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese
+conveniente, o ver a través de la tierra do corren las venas del oro e
+do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin, en este mundo
+todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan codiciar, sin más
+ley que el antojo?</p>
+
+<p>&mdash;Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor Velasco&mdash;contestó
+Ramiro con sorna,&mdash;cualquier hombre se hiciera rey del mundo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!&mdash;musitó pensativamente su
+interlocutor.</p>
+
+<p>&mdash;Que si alguno&mdash;agregó Ramiro completando su pensamiento&mdash;pudiera
+hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no fuese para él un
+juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle por capitán y
+todas las naciones por emperador.</p>
+
+<p>&mdash;¿Luego consentís en acompañarme esta noche a la casa de ese sabio,
+para quien yo os pedí, no ha mucho, el día, el año e la hora de vuestro
+nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos visto jamás,
+e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la par de los
+ángeles?... ¿Os reís?</p>
+
+<p>&mdash;Paréceme&mdash;contestó Ramiro&mdash;que habéis topado con algún hechicero de
+marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queréis, que ya me prometo
+salvaros de alguna peligrosa brujería.</p>
+
+<p>Ramiro y su compañero no pudieron dejar el palacio hasta las diez y
+media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con blancuras de
+mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de las
+plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenían un
+color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad, suspendían
+en lo alto, barruntos de amor y de aventura. Loco bullicio de guitarras
+y laúdes subía de todos los barrios en el sosegado ambiente de la noche.</p>
+
+<p>Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda ruido de cuchilladas y
+luego una voz ronca que gritó fuertemente: «¡Confesión! ¡Confesión!»</p>
+
+<p>Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Sigamos, que no somos frailes ni corchetes.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí es&mdash;exclamó de pronto el escribano de raciones, al detenerse
+frente a una covacha del barrio de San Miguel.</p>
+
+<p>Después de cruzar dos patios, treparon una carcomida escalera y
+llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de un desván.
+Velasco silbó tres veces muy quedo y pronunció en seguida una palabra
+incomprensible. La puertecita abriose, y entraron.</p>
+
+<p>Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la derecha, pequeño aras
+marmóreo, cubierto de una piel de cordero, se diseñaba con misterioso
+claroscuro. No brillaba allí otra luz que la de un rayo de luna que
+entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las páginas de un
+libro enorme como un himnario, abierto sobre un facistol de forja todo
+negro. Veíanse, además, hacia una y otra parte, algunos hornillos, largo
+anteojo de latón y de cobre, un alambique, cuya trompa pasaba por un
+agujero a la cuadra vecina, y otros muchos objetos adivinados apenas en
+la penumbra astral de la estancia.</p>
+
+<p>&mdash;Esperad&mdash;exclamó Velasco,&mdash;esperad; no nos alleguemos aún.</p>
+
+<p>Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraña figura pintada en el
+infolio, dentro de dos triángulos de oro entrelazados.</p>
+
+<p>Nadie venía.</p>
+
+<p>De pronto la página del libro, produciendo el rumor peculiar de la
+vitela, se levantó lentamente, lentamente, y se dobló del todo ¡por sí
+sola! Ramiro se estremeció de la cabeza a los pies herido por el terror
+del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las imágenes que
+descubre con pena el nebuloso amanecer, una forma humana, inclinada
+sobre el libro, fuese perfilando prodigiosamente. Era un hombre en pie,
+de espaldas, inmóvil. Primero diseñose la larga cabellera, en seguida el
+capisayo con martas que le llegaba hasta más abajo de las rodillas,
+luego el brazo derecho y por fin la mano sobre la página. Cuando estuvo
+del todo aparente, volvió la cabeza y se adelantó, despacio, muy
+despacio, hacia Ramiro. Su rostro, de una extrema palidez de marfil,
+estaba surcado de hondas arrugas verticales, que iban a perderse entre
+la barba canosa, barba ensortijada por los dedos nerviosos, durante las
+horas de meditación. Los párpados estaban recargados de fatiga y de
+insomnio. Púsole a Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sintió la
+repelente aspereza de aquella piel quemada por los ácidos.</p>
+
+<p>El hombre dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Nacido bajo el dominio de Saturno, frenético de mando y de gloria.
+Soberbioso y magnánimo. Capricornio ha labrado este ceño.</p>
+
+<p>Levantole después el rostro hacia la luna, y mirándole fijamente la
+pupila, habló de este modo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! aquí veo la rotura de un aojamiento. El demonio entra y sale por
+ella cuando le place. No importa: una Salomé le hechizó, una virgen le
+salvará. Esperad&mdash;dijo después,&mdash;y tomando de encima del altar un
+estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos.</p>
+
+<p>El mancebo sintió un soplo glacial en la frente.</p>
+
+<p>&mdash;Os confesaréis de toda vuestra vida sin hablar palabra de mí, pena de
+perdición&mdash;agregó entonces el mago, dejando el acero.&mdash;Comulgaréis siete
+días en siete iglesias distintas, ayunaréis a pan y agua todo los
+viernes, rezando las oraciones que os ha de enseñar este hermano durante
+los siete primeros días de la luna nueva; luego, volveréis y os haré el
+más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación es única.</p>
+
+<p>Ramiro removió entonces los labios para preguntar si en todo aquello no
+había nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de Cristo; pero el
+mago, poniéndole el dedo en la boca, abrió un libro al azar, y leyó:</p>
+
+<p>«Aquél no puede ser el mayor Señor que tiene temor de alguna cosa.»</p>
+
+<p>«Más vale la libertad en el querer, en el recordar y en el saber que
+poseer un reino o un imperio.»</p>
+
+<p>Al terminar esta lectura se desvaneció nuevamente en la atmósfera cual
+vana visión.</p>
+
+<p>Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo llamáis a este hombre?</p>
+
+<p>&mdash;Mosén Raimundo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y sabéis de qué suerte se hace invisible?</p>
+
+<p>&mdash;Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio, tratada de misteriosa
+manera.</p>
+
+<p>&mdash;Y si es dueño de tanto poder, ¿cómo no se hace él mesmo señor de algún
+imperio?&mdash;agregó Ramiro, con la voz estremecida.</p>
+
+<p>&mdash;Porque éstos componen la familia santa de los magos, a la cual
+pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el famoso
+Simón, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e los de agora,
+en castigo de no haber podido esclarecer ciertos secretos, cuya cifra se
+perdió en el incendio de una gran librería de la antigüedad, siguen
+ascondidos en sus covachas, estudiando sin cesar; pero ansí que uno de
+ellos pueda decir: <i>¡Eureka!</i>, volverán a tomar el gobierno del mundo
+que antes les perteneció, según rezan los más antiguos documentos.</p>
+
+<p>Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el delirio. Costole mucho
+dormirse, y su sueño fue un tumultuoso desfilar de triunfos, de tesoros,
+de mujeres enjoyadas y lúbricas. Aquel estado duró varios días, y al
+errabundear por las calles, gozábase en repetir la frase deslumbradora:
+«Para haceros el más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación
+es única.» El no dudaba de la promesa del sabio, y ya escogía en su
+pensamiento lo que había de realizar cuando Mosén Raimundo le revelase
+los secretos de la magia. La conciencia le recordaba, entretanto, la
+absoluta reprobación de la Iglesia contra las artes ocultas y todo
+linaje de adivinaciones; pero su voluntad, mordida por la tentación y
+ansiosa de triunfar a todo trance en el mundo, clamaba por el prodigio.
+Los falaces argumentos se aglomeraban. ¡Conjuraría, ante todo, el
+hechizo de la sarracena y sería después el fuerte, el único, el
+caballero de Dios, el lleno de poder y de gloria!...</p>
+
+<p>Comenzó las oraciones y los ayunos.</p>
+
+<p>Llegado el momento de la confesión, Ramiro pidiole al espadero que le
+indicase algún sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre le condujo a
+la casa de don Antonio de Mendoza, canónigo de la Catedral y antiguo
+arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varón de grandes luces sagradas y
+gentiles, habitaba un antiguo palacio de su familia junto a San Juan de
+la Penitencia. Sus amplios salones, tapizados de cardenalicio damasco,
+al uso de Roma, congregaban todos los domingos, a mediodía, numerosa
+academia. Allí, el noble de título se codeaba con el hábil estafador de
+retablos o con el humilde maestro que forjaba con sus manos una hermosa
+reja de presbiterio.</p>
+
+<p>Ramiro no se sintió con ánimo bastante para descubrir su pecho de la
+primera vez, y resolvió confesarse gradualmente, concurriendo entretanto
+a la reunión de los domingos. Escuchó, entonces, los más imprevistos
+discursos, obscenas historias de convento, fablas chocarreras de
+clérigos amancebados; oyole decir al canónigo Zapata que el Papa era un
+asno; oyole contar al capitán Palominos, con cínico donaire, que en la
+campaña de Portugal, después de un día entero de combate, sus soldados,
+penetrando en una iglesia de Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y
+que a él, por ser el capitán, le ofrecieron el aceite de la lámpara del
+Santísimo.</p>
+
+<p>Como no se tocara a la entereza del dogma, don Antonio escuchaba sin
+enfado las más licenciosas parlerías y aún gustaba de poner en aprieto a
+los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de la
+academia.</p>
+
+<p>Era harto aficionado a los perfumes y hacíalos componer, según fórmulas
+exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse, cruzaba la pierna
+para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del zapato. Sus blancas
+manos regordetas parecían de mujer; pero los ojos aguileños y fuertes y
+la bronca voz, cuyos tonos profundos comunicaban su vibración a los
+objetos convecinos, denotaban hombría y reciedumbre. Sus breviarios
+ostentaban en la cubierta las armas de los Mendozas. Cuando pasaba de
+uno en otro salón, un paje caudatario, con morada librea, sostenía por
+detrás el extremo de su larga cola de chamelote.</p>
+
+<p>Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a los pies del Canónigo
+topó en los corredores con una dama arrebujada en su manto. En la última
+visita, como nadie se presentase a conducirle, abrió él mismo
+equivocadamente la puerta de un camarín y hallose con una preciosa
+mujer, acostada a lo largo de un diván moruno de terciopelo. La falda,
+levantada hasta más allá de las ligas, destapaba sus piernas macizas y
+cortas, que las medias de nácar ceñían tentadoramente. Colgado de la
+pared, admirable incensario de plata velaba el ambiente con nebuloso
+sahumerio. La dama se incorporó con un grito de espanto y Ramiro cerró
+de nuevo la puerta. Un rato después el Canónigo le mandaba decir con un
+paje que volviera pasado el toque de oraciones.</p>
+
+<p>Le recibió en una sala contigua a su oratorio. Estaba con el semblante
+encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin, la historia de sus
+amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando los ojos, arrimaba de
+tiempo en tiempo su pañizuelo a la canilla de un barrilillo de ámbar,
+colocado a su derecha, sobre un taburete de taracea.</p>
+
+<p>Cuando Ramiro terminó su relato, aquel hombre de iglesia, guiado sin
+duda por su aguzado instinto de confesor, comenzó a discurrir sobre las
+brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las nóminas y otras
+supersticiones semejantes, que eran como la telaraña del Diablo, donde
+muchísimas almas iban a prenderse para la eternidad. Ramiro aprovechó
+para inquirir si la arte notoria era contraria a la Santa Iglesia de
+Cristo.</p>
+
+<p>&mdash;¿La habéis ensayado alguna vez, hijo mío?&mdash;preguntó melífluamente el
+Canónigo.</p>
+
+<p>El mancebo tardó en contestar. Inesperado calofrío le corrió del rostro
+a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron fijamente en las
+suyas.</p>
+
+<p>&mdash;Aún no&mdash;respondió por fin Ramiro con la voz vacilante;&mdash;pero oigo
+encomialla a los demás.</p>
+
+<p>&mdash;¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga!&mdash;exclamó
+entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.&mdash;Ya se ve
+claramente&mdash;volvió a decir, dirigiéndose al mancebo&mdash;que aquellos amores
+os han dejado en el corazón su maldita pestilencia.</p>
+
+<p>En seguida, levantándose de la silla y fingiendo un enojo implacable,
+agregó:</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Vade retro! ¡vade retro!</i> señor hipócrita, señor apestado, señor
+brujo, leña de Satanás! Sépase el galancete que su alma están en
+propincuo peligro de perdición, si es que ya no la tiene vendida al
+infierno, y que a no existir el secreto sacramental sería entregado aquí
+mismo a los familiares del Santo Oficio. <i>Nego absolutionem, nego,
+nego!</i> Haga desde hoy penitencia sin tasa, expúlguese los demonios, que
+el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y cuidado no remate
+su vida en el palo del quemadero. <i>In nomine meo dæmonia ejicient.
+Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo!</i>
+No digo más.</p>
+
+<p>Ramiro bajó las escaleras sobándose los párpados y dialogando consigo en
+voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa de hablarle
+inspirado seguramente por el cielo. No podía ser sino Dios quien lanzaba
+por su intermedio ese anuncio, esa agnición, esa amenaza tremenda,
+buscando salvarle; no podía ser sino el soplo divino lo que había
+rasgado de arriba abajo su embozo de soberbia, dejándole desnudo y
+enmudecido, a imagen del primer hombre después de su falta.</p>
+
+<p>Como entrevistas a la luz de los relámpagos, las mayores culpas de su
+vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho de la morisca
+olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria; acordose de sus
+fementidas confesiones, de los pensamientos lascivos que él mismo
+suscitaba durante la misa al observar codiciosamente las formas de las
+mujeres prosternadas, de las muchas rebeliones de su orgullo contra los
+claros mandamientos del Señor, de semanas enteras en que no había
+querido imponerse ninguna mortificación ni rezar una sola vez el
+rosario. ¿A qué achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sin
+duda la infiel, con hipócrita dulzura, habíale instilado en el alma su
+propia pestilencia. El clérigo de la venta de Cerebros, Mosén Raimundo y
+el Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó a sentir en torno de
+su pecho la impresión de una serpiente que le ceñía. Ansiedad nueva y
+horrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la convicción de que el
+hechizo conservaba toda su fuerza y no se rompería hasta que Aixa no
+desapareciera del mundo. El auto de fe que iba a realizarse quedó para
+él como la suprema esperanza.</p>
+
+<p>Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde de Fuensalida, y se
+alojó en la posada del Sevillano.</p>
+
+<p>Días después, al cruzar las Cuatro Calles en compañía de Domingo de
+Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo de la
+Calcetería, una vistosa procesión con mucho ruido de atabales y
+ministriles.</p>
+
+<p>&mdash;Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando el auto de la
+fe&mdash;exclamó el espadero.&mdash;Si vuesa merced lo desea podemos aproximarnos.</p>
+
+
+
+<h3><a name="IIIc" id="IIIc"></a>III</h3>
+
+
+<p>Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad de los concilios
+parece susurrar en algarabía canciones de Oriente. El cielo, sin una
+nube, tiende su tafetán más azul; aquí y allá, la cal enseña, bajo los
+tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los
+balcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombrías
+vese espejear el azulejo de las cúpulas y alminares.</p>
+
+<p>Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledo
+aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos había
+cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En las
+plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre los
+cuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con elocuencia
+pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la Lonja y en torno a
+la parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos y bayetones pendían de
+casi todas las ventanas, enlutando los muros.</p>
+
+<p>Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde las primeras horas
+de la mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por el Demonio
+de asombrosa hermosura, sería condenada en el auto de fe de aquel año
+llegó en pocos días a los más escondidos lugarejos de los contornos, y
+no faltaron peregrinos que contaran por las ventas la historia de la
+conspiración y del mancebo renegado.</p>
+
+<p>Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de Aguirre
+había prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto.</p>
+
+<p>Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la plaza
+por la Calle Ancha, contando presenciar desde allí el desfile de la
+procesión. De una ventana baja, un caballero que reconoció a Domingo de
+Aguirre les ofreció dos taburetes. Subiendo sobre ellos consiguieron
+dominar todo el ámbito del Zocodover, henchido de apretada y rumorosa
+muchedumbre.</p>
+
+<p>Hacia la parte del poniente, y bañado ahora por el sol de la mañana, se
+levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparían en breve, según
+la costumbre, la Santa Inquisición, el Ayuntamiento, el Cabildo, la
+nobleza, los dignatarios y toda la clerecía. Los reos debían colocarse
+en otro cadalso más angosto, pero de igual altura, que abarcaba el
+costado meridional.</p>
+
+<p>Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne expectativa, el joven
+avilés pasaba sobre las cosas una mirada atónita y somera. Apenas si
+veía brillar confusamente sobre el tablado las labores de plata de los
+negros terciopelos, las armas de la Inquisición y del Rey bordadas
+sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmesíes, y, hacia el
+centro de la plaza, el oro del frontal color de sangre que prescribía la
+liturgia de aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al dirigir la vista
+hacia la alta cruz pintada de verde y cubierta por largo velo sombrío,
+que se levantaba en medio del altar, entre doce hachones ardientes,
+sintió un brusco estremecimiento, como si Dios mismo acabara de hablarle
+con su gráfico lenguaje.</p>
+
+<p>La plaza no podía contener mayor número de gente, y se escuchaba sin
+cesar el vocerío de los curiosos que pujaban y reñían a la entrada de
+las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y maldiciones,
+y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como el agua de los
+torrentes al entrar en los lagos. Cada balcón, cada ventana, cada
+tribuna, era un compacto racimo de damas y caballeros; además, numeroso
+gentío, encaramado quién sabe por dónde, recubría las techumbres; y todo
+aquello hormigueaba, hervía, zumbaba con la grandiosa palpitación de una
+multitud embriagada de sol y confundida en la misma impaciencia.</p>
+
+<p>Por fin las campanas de San Vicente comienzan a repicar anunciando la
+salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha, los soldados
+acuestan las alabardas conteniendo con pena al gentío, cuyo forcejeo
+incesante amenaza romper la doble valla de madera que viene de las
+cárceles y circunda uno y otro cadalso.</p>
+
+<p>La procesión se acerca. Un resplandor de alabardas cruza la Calcetería.</p>
+
+<p>Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a él dentro de breves
+instantes, Ramiro hundió la mano en la faltriquera y asió fuertemente su
+crucifijo de bronce.</p>
+
+<p>Encabezaban el desfile los soldados de la fe, orgullosos de las plumas
+flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de alquimia que les
+prestaba el Santísimo Tribunal. Eran soldados de ocasión, armados de
+alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban con paso solemne, entre
+desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar a las ventanas. Venían en
+seguida los doce clérigos de la parroquia de San Vicente con su
+estandarte; y luego, de dos en dos, montados en obscuros corceles, los
+Grandes de España y títulos de Castilla, todos vestidos de negro, pero
+recubiertos de joyas. Algunos habían hecho bordar en sus ferreruelos el
+hábito de la Santa Inquisición. Ramiro reconoció al Conde de Fuensalida
+por el ceñido traje de gorgorán bordado de oro, que semejaba de lejos
+damasquinada armadura. La plebe les miraba absorta y enmudecida, y no se
+escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las piedras. Hubiérase
+dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y funerarias.</p>
+
+<p>La llegada de los primeros penitenciados suscitó de nuevo el vocerío
+popular. Más de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin caperuza,
+pasaban ahora abrumados de vergüenza y sosteniendo en la mano una vela
+amarilla sin encender. Eran los que habían abjurado de sus errores y
+serían reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban, postrándose a
+los pies de los religiosos que iban con ellos, o besándoles las manos y
+el sayal con profundos gemidos. Unos traían al pescuezo, en señal de los
+centenares de azotes que habían de recibir, una cuerda anudada varias
+veces, a lo largo, y el pueblo contaba en voz alta los nudos, entonando
+un coro compungido y socarrón, a fin de aumentar el oprobio; otros se
+señalaban a distancia por la bayeta amarilla de los sambenitos, y la
+experta multitud deducía las culpas y condenaciones con sólo observar
+los pintarrajos de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban un aspa
+roja, media o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrés.</p>
+
+<p>Traídas por los fámulos del Tribunal, en lo alto de luengos mástiles
+verdes, y balanceándose por encima de la procesión, venían en seguida
+hasta seis figuras humanas hechas de paja y estameña. Impávidos
+muñecones con grandes ojos de betún y boca de almagre, peleles
+siniestros, cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban continuamente
+en el vacío, remedando la pataleta de los ahorcados.</p>
+
+<p>Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el espadero exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Estas son las efigies de los muertos y fugitivos las cuales serán
+agora condenadas en su lugar con celosa justicia.</p>
+
+<p>A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y balcones comenzaba a
+agitarse con extraño movimiento; los hombres se asomaban cuanto podían,
+las mujeres se santiguaban y persignaban a escape, levantando los ojos
+al cielo. Poco después todos los labios proferían una misma exclamación:</p>
+
+<p>&mdash;¡Los relajados!</p>
+
+<p>El espadero tuvo que acercar su boca al oído de Ramiro para decirle:</p>
+
+<p>&mdash;Son los que han de morir.</p>
+
+<p>Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco después,
+de un extremo al otro del Zocodover, el populacho rugía con salvaje
+fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto.</p>
+
+<p>Ramiro se empinó sobre el taburete.</p>
+
+<p>Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a cada uno
+de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba continuamente
+poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos llevaban, a
+más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la amarilla coroza,
+cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el
+coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría,
+alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesión de aquelarre,
+una cáfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al
+alumbrar de lleno las palideces patibularias, las femeninas guedejas
+lodosas de sudores febriles y polvo subterráneo, las atroces pupilas que
+parecían conservar aún la expresión de terror y de súplica que tomaron
+en el tormento.</p>
+
+<p>Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho se desquitaba
+cubriéndoles de escarnios y maldiciones.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¡ah! ¡mártires del Diablo, ya veréis cómo escuece!</p>
+
+<p>&mdash;¡Que os echen dos puñados de sal y un tantico de orégano!</p>
+
+<p>&mdash;¡Que le metan a ésa un cohete por debajo del rabo pa que le conozco su
+madre cuando la quema!</p>
+
+<p>Una mujer gritó desde una ventana:</p>
+
+<p>&mdash;¡Arrepentíos, desdichados; pensad en los infiernos!</p>
+
+<p>Pero un muchacho, sacando medio cuerpo fuera de la valla, respondió
+desde abajo, alzando los puños:</p>
+
+<p>&mdash;¡No! ¡No! ¡Al fuego y a cenar con el Demonio!</p>
+
+<p>Entonces nueva explosión de odio santo y homicida estalló en todas las
+gargantas:</p>
+
+<p>&mdash;¡Al fuego! ¡al fuego!</p>
+
+<p>Y los condenados comenzaron a desfilar entre un clamor sibilante y
+bravío comparable a la crepitación de un incendio.</p>
+
+<p>No faltó quien reconociera entre los condenados a un cerero de Orgaz que
+creía ser San Juan Bautista en persona y predicaba una nueva doctrina
+por los pueblos. El pobre hombre, deteniéndose por instantes, alzaba la
+mano y figuraba el gesto del Precursor en el Jordán. Una pálida doncella
+que, según algunos, era la monja renegada de que se hablaba en Toledo,
+escuchaba los insultos de la muchedumbre con infantil expresión de
+curiosidad y de ternura. A veces, apoyándose en el hombro del religioso
+y echando la cabeza hacia atrás, reía gozosamente, como una ebria. Un
+morisco, a quien todos conocían en los suburbios por sus pláticas
+obscenas, ejecutaba de tiempo en tiempo un movimiento bestial y
+acelerado para remedar la fornicación; los familiares tenían que
+zamarrearle con violencia. Pasó una anciana, seca y erguida, con las
+manos ligadas por detrás y la boca cubierta por negra mordaza. Ramiro no
+tardó en reconocer a Gulinar. Por fin el hombre que les había
+proporcionado los taburetes exclamó, mirando a lo largo de la calle:</p>
+
+<p>&mdash;Agora llega la morisca que hechizó al mancebo cristiano.</p>
+
+<p>Todas las bocas callaron.</p>
+
+<p>Aixa avanzaba lentamente, con las pupilas fijas en el cielo. Sus oídos
+escuchaban quizá rabeles divinos y voces inefables, y su espíritu,
+infinitamente lejos de la tierra, presentía las delicias del Alchanna y
+las sublimes recompensas que su religión promete a los mártires. Sin
+embargo, su flexible cuerpo conservaba los resabios de la tentación y de
+la danza, y sus pies desnudos se movían cadenciosos como si hicieran oír
+todavía el martilleo de las ajorcas. La palidez de su rostro daba terror
+y sus labios enseñaban los dientes con esa sonrisa incomprensible que
+suele asomar a la boca de los cadáveres.</p>
+
+<p>Después de observarla un momento, Ramiro tuvo que cerrar los ojos y
+apoyarse contra el muro, apretando de nuevo el crucifijo para sellar,
+para incrustar en su propia carne la imagen del Redentor. El resto del
+desfile violo pasar como en un sueño: innumerables religiosos de todos
+los hábitos; familiares a caballo con varas de ébano enriquecidas de
+plata; eclesiásticos en mulas enlutadas; el arca de las sentencias sobre
+una acémila que arrastraba por el suelo los flecos de oro de su morada
+cobertura; el rojo estandarte de la fe; blancor de golillas y cabrilleo
+de joyas sobre los trajes retintos.</p>
+
+<p>Por fin el espadero, después de decirle el nombre de algunos regidores,
+tocole el codo y exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Este que viene agora es el Cardenal-Arzobispo, observe vuesamerced su
+venerable presencia.</p>
+
+<p>Sobre fornido corcel de pelo bayo, don Gaspar de Quiroga,
+Cardenal-Arzobispo de Toledo, Inquisidor General y Consejero de Estado,
+avanzaba con imponente rigidez, rodeado de pajes y alabarderos. Era el
+papa de España y la sagrada máscara del Rey. Después de la sombría
+procesión, sus rojas vestiduras exaltaban el ánimo como un toque de
+chirimías. Salvo la morada muceta inquisitorial todo era para los ojos,
+desde el sombrero hasta la calza, un solo golpe de púrpura. Su ceño
+expresaba el rigor sacrosanto, sus ojos no pestañeaban siquiera. Pasó
+implacable, como el tormento; pomposo y sombrío, como el tremendo
+holocausto que iba a presidir; rojo, como la hoguera. La luz matinal
+hacía resplandecer con viveza el sillón de plata repujada y todo el oro
+y el alfójar de la gualdrapa color de amatista que caía hasta los cascos
+del palafrén. Nadie osó romper con un vítor el respetuoso silencio.</p>
+
+<p>Más de media hora empleó toda aquella procesión en ocupar sus asientos;
+la gradería mayor quedó recubierta de insigne muchedumbre. Los
+inquisidores se colocaron en el centro; el estado eclesiástico hacia el
+septentrion; la ciudad y los caballeros, hacia el mediodía.</p>
+
+<p>Los reos, acompañados de los familiares y religiosos, llenaron a su vez
+el otro cadalso.</p>
+
+<p>Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el tablado de abominación
+y de infamia. La curiosidad era inmensa. Allí comparecían de costumbre
+hechiceras que tenían pacto con el demonio y guisaban en sus nocturnos
+aquelarres toda suerte de daños contra las gentes; judaizantes, que
+asesinaban niños cristianos para embeber en su sangre una hostia
+consagrada y celebrar con ella nefandas ceremonias; luteranos, que
+buscaban demoler la santa Iglesia de Cristo difundiendo por España la
+peste de la herejía; alevosos moriscos, que seguían predicando las
+bellaquerías de su secta y el deber de la rebelión y la venganza.</p>
+
+<p>Los que habían de morir ocupaban los asientos más altos. Situado a la
+entrada de la calle, Ramiro les observaba de costado, sin poder
+distinguir a la sarracena.</p>
+
+<p>Dos horas más y aquellas víctimas infames arderían en la hoguera como
+los chivos expiatorios de la Escritura; los pueblos y los campos
+quedarían purificados y el Dios del moderno Israel, al aspirar desde el
+cielo el abundante olor del sacrificio, aplacaría su cólera y dejaría
+caer su bendición sobre la ciudad justiciera, más católica que Roma, más
+celosa que la antigua Jerusalén.</p>
+
+<p>El rito comenzaba. Un obispo acercose al altar. Los diáconos le tomaron
+la admirable mitra cuajada de gemas simbólicas ofrecida por el Cabildo.
+Poco después densa nube de incienso ascendía en el espacio luminoso como
+en los primeros sacrificios de la Antigua Ley. Terminados el sermón y la
+misa, el relator leyó el juramento del pueblo, y Ramiro unió su voz al
+<i>¡sí, juro!</i> brusco y atronador, proferido a la vez por toda la
+multitud, y que, al decir de los campesinos, se escuchaba a más de una
+legua a la redonda.</p>
+
+<p>Un cantor de la Catedral leyó en seguida la carta de los delitos y
+supersticiones contra la fe; y acto continuo los que habían abjurado de
+sus errores fueron conducidos a la jaula de madera, que se levantaba en
+medio de la plaza, para que escuchasen, uno a uno, en presencia del
+pueblo, la lectura de sus causas y condenaciones, antes de ser
+reconciliados.</p>
+
+<p>Aquella parte del auto producía de costumbre un hastío general. La
+multitud, anhelosa de ver comparecer a los relajados, daba, a cada
+instante, signos de impaciencia. Aguirre bostezó varias veces, y Ramiro,
+entrecerrando los párpados, apoyó la cabeza contra la negra colgadura
+que pendía de una ventana.</p>
+
+<p>Defensores de la fornicación, varios bígamos, judaizantes arrepentidos,
+falsos sacerdotes, un pordiosero que se hacía pasar en las aldeas por
+comisario del Santo Oficio y algunos gañanes que habían proferido
+blasfemias y juramentos, eran condenados a la pena de azotes, a prisión,
+a galeras.</p>
+
+<p>Una animación distraída circulaba por toda la plaza, y muchos prelados y
+dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un refrigerio o una
+breve colación detrás de la gradería. En las ventanas y balcones las
+damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa blancura y recibiendo
+refrescos y frutas confitadas de mano de los galanes. Ramiro sentía a
+través de sus pestañas asoleado movimiento de sedas en las tribunas.
+Galante murmullo bajaba ahora hasta él y parecíale respirar por
+instantes femeninos perfumes. Oíanse risas claras y festivas. Encima de
+su cabeza, el caballero que les había ofrecido los taburetes hablaba a
+media voz con una dama. Escuchó sin quererlo:</p>
+
+<p>&mdash;Decid miedo y no desvío, mi señora; que no quisiera caer cual nuevo
+Icaro.</p>
+
+<p>La mujer replicó:</p>
+
+<p>&mdash;Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de verdad, que ésas nunca
+se derriten con llevar ellas mes mas el fuego.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, esa tez, esa boca!</p>
+
+<p>&mdash;¡Por Dios, don Gonzalo, haceisme daño con las sortijas!</p>
+
+<p>Al oír aquel nombre Ramiro se enderezó con viveza y abrió del todo los
+ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo.</p>
+
+<p>El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en las fachadas
+fronteras y hacía resplandecer en las ventanas y balcones las joyas, el
+azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados.</p>
+
+<p>Llegoles por fin el turno a los que habían de morir. La poderosa emoción
+aplacó todos los rumores.</p>
+
+<p>Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas formarían horroroso
+amasijo de cuerpos carbonizados, subían a la jaula y escuchaban sus
+sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y haciendo
+temblar en la mano la vela verde encendida.</p>
+
+<p>Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto la hizo abjurar de
+sus creencias. En cambio, Aixa, apartándose del religioso, subió los
+peldaños con la resolución misteriosa de los sonámbulos. Ramiro oyó
+sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido
+reconciliada, cinco años antes, en un autillo de Murcia. Del tablado, de
+los techos, de los balcones, de toda la plaza, miles de voces la
+incitaban al arrepentimiento; pero muchos, que deseaban verla quemar en
+el brasero sin que fuese antes estrangulada, protestaban a gritos. No
+fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el religioso que la
+acompañaba señaló la cruz verde cubierta por el velo sombrío, ella
+volvió su rostro alargando el brazo derecho con un gesto de abominación.
+Entonces espantoso bramido, semejante a la explosión de una mina,
+estalló a la vez en todo el Zocodover. Oíanse vociferaciones brutales e
+inmundas. Algunos campesinos se frotaban los ojos con sus amuletos
+gallegos de azabache o con la cruz de sus rosarios, y rezaban en voz
+alta. Junto a Ramiro una aldeana harto hermosa, con retintos cabellos
+achatados sobre la frente y las orejas cubiertas por grandes conos de
+plata, gritaba sin descanso: «¡A hechizar demonios! ¡A hechizar
+demonios!» Religiosos de todas las órdenes se ponían de pie en las
+graderías y levantaban las manos para acallar a la muchedumbre.</p>
+
+<p class="top5">Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el Secretario del Santo
+Oficio entregó los relajados al Corregidor y a sus tenientes.</p>
+
+<p>Los reos fueron montados sobre escuálidos jumentos, y la trágica
+procesión enderezó por la Calle de las Armas, camino del quemadero. El
+auto continuaba, pero los familiares, según la nueva costumbre, subieron
+en sus caballos para presenciar el suplicio. La mayor parte del
+populacho se precipitó como un torrente en pos de ellos. Aguirre se
+había retirado hacía más de una hora, y Ramiro, bajando del taburete, se
+confundió con la muchedumbre, avanzando luego, sin ideas, sin designios,
+cual trágico despojo que arrastran las olas.</p>
+
+<p>Después de seguir durante algunos minutos la ribera del Tajo, el humano
+tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al comienzo de la
+Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso impulso, hendió la muchedumbre
+hasta llegar a la fila de alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a
+pocos pasos, sobre ancho terraplén de arena y de granito, seis palos de
+agarrotar con sus respectivas argollas, varias pilas de leña y una
+enorme cruz pintada de blanco. Hasta el símbolo de la sublime caridad
+tomaba en aquel paraje un aspecto repelente y cruel.</p>
+
+<p>Confusa aglomeración de frailes, de verdugos, de alguaciles, cubrió al
+instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados.</p>
+
+<p>Con muy poca emoción vio Ramiro estrangular a los arrepentidos. Algunos,
+al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban sobre su horrible
+cabeza colgante.</p>
+
+<p>El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta, bañaba de dorado rubor
+la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del vecino arrabal de
+Antequeruela.</p>
+
+<p>La tarde era lúcida y benigna. Un olor de tierra humedecida llegaba de
+la Vega. A esa hora, más de una mano morisca abría las acequias para
+embeber los regadíos.</p>
+
+<p>La figura de Aixa apareció de pronto al borde del brasero. Sus amarillas
+ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos absorbían la lumbre del
+poniente y cobraban sobre ella un esplendor bárbaro y fatídico.
+Hubiérase dicho la sacerdotisa de algún espantoso culto de inmolación y
+de éxtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las llamas. Un fraile
+dominico la predicaba sin descanso, y ora usando del ruego, ora de la
+amenaza, agitaba ante sus ojos la imagen de Cristo crucifijado. Por fin,
+todos oyeron la áspera voz del religioso, que gritó como enloquecido:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ultima vez: decid que abjuráis de vuestras creencias diabólicas!</p>
+
+<p>Aixa meneó la cabeza negativamente. Los alguaciles, los tenientes y
+otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de leña
+preparada para el suplicio. Ella volvió a menear del mismo modo la
+cabeza. Entonces, el dominico, asiéndola de los hombros, la empujó hacia
+el verdugo.</p>
+
+<p>Como si aquel movimiento hubiera soltado las traíllas a la furia
+popular, veinte o treinta energúmenos, hombres y mujeres, rompiendo la
+fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero para despedazar a
+la infiel. En cambio, los que querían verla morir en las llamas
+prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de protesta:</p>
+
+<p>&mdash;¡No la matéis! ¡No la matéis!</p>
+
+<p>Los verdugos se armaron con rajas de leña, y Ramiro advirtió que el
+hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre. Sin
+embargo, un labriego logró llegar hasta la morisca y asestarla un
+garrotazo en el hombro; una vieja la hincó por la espalda la hoja de una
+tijera atada a un carrizo; un dardo, venido quién sabe de dónde, se le
+clavó en el costado.</p>
+
+<p>En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la creciente confusión,
+levantaron a Aixa sobre la pila de leña, y habiéndola desvestido hasta
+la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero. Ella ablandaba su
+cuerpo y echaba los brazos atrás para facilitar el suplicio. El ocaso
+hizo resplandecer cual claro marfil su admirable desnudez.</p>
+
+<p>Cuando las primeras llamas, casi invisibles, lamieron sus plantas, Aixa,
+alzando los ojos al cielo, fijó su mirada en el delgado creciente de la
+luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad, entre nubecillas de
+oro.</p>
+
+<p>Los leños, atizados con fuelles enormes, comenzaron a chisporrotear. El
+humo se inflamaba por momentos, formando lenguas amarillentas y fugaces
+que se perdían en el espacio. Aixa no se movía. Sus largos cabellos
+flamearon. El refajo que habían dejado sobre sus piernas ardió
+bruscamente. Una horrible convulsión corrió por todo su cuerpo.
+Entonces, imponente columna de humo y de pavesas la envolvió de súbito,
+ascendiendo acelerada y terrible en la penumbra de la tarde. El fuego
+rugía. De pronto, una primera ráfaga nocturna, desviando hacia atrás la
+densa humareda, dejó ver la cabeza de Aixa colgando del madero cual
+espantoso fruto de pesadilla.</p>
+
+<p>Ante aquella visión Ramiro experimentó en toda su carne un
+estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la garganta al
+recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que el fuego
+acababa de destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro de su alma
+sofocó al nacer ese primer movimiento de ternura, haciéndole considerar
+que aquel humo sombrío de la hornaza era su abominable pecado, su
+lascivia, su deshonra, levantándose en partículas muertas para
+desvanecerse, para desaparecer del todo y por siempre en la inmensidad y
+en los vientos.</p>
+
+<p>Esforzose en experimentar inmenso desahogo; esforzose en pensar con
+alegría que los ojos terribles de la sarracena habían chirriado en las
+llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo cayendo a
+pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos diabólicos
+se habían hundido con su alma en la negrura de los infiernos; y
+sintiendo correr las lágrimas por su rostro, postrose de rodillas entre
+los pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza:</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, santa, santa Inquisición, tu justicia me redime, tu hoguera me
+salva!</p>
+
+<p>Ya los cadáveres de los otros ajusticiados ardían en montón sobre enorme
+pila incendiada, mientras las gentes del pueblo remolineaban en torno
+con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y mostrándose
+entre las llamas los miembros humanos que el fuego retorcía y levantaba
+por instantes como si conservasen aún restos de vida y de sufrimiento. A
+veces oíase un silbo peculiar y luego una chirriante crepitación, cual
+si una pella de sebo cayera sobre las brasas, y Ramiro escuchaba encima
+de su cabeza soeces exclamaciones y carcajadas espantosas que
+desconcertaban su entendimiento.</p>
+
+<p>Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el humano holocausto,
+tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro con la capa,
+se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo mismo y
+aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegrecía los
+senderos.</p>
+
+<p>Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y sombrío, angosta faja de
+crepúsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre de un horno.</p>
+
+
+
+<h3><a name="IVc" id="IVc"></a>IV</h3>
+
+
+<p>Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de encenderse en su
+pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche. A la vez,
+su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las más importunas imágenes del
+pasado, comparable al río torrentoso que se enturbia con sus propias
+orillas.</p>
+
+<p>Sentía Ramiro ansias inmensas de soledad y el horror de toda voz
+extraña, de todo ajeno semblante.</p>
+
+<p>Pasadas las cinco de la tarde dejó la posada y dirigiose a los ásperos
+collados del mediodía. Al cruzar el puente de San Martín, una tapada se
+le interpuso en el camino y con gracioso ademán abrió y cerró
+súbitamente su velo, enseñándole el rostro. Fue como un relámpago. Sin
+embargo, Ramiro reconoció al instante los ojos de Casilda, y en vez de
+detenerse, terciose la capa y enderezó a toda prisa hacia la otra
+ribera.</p>
+
+<p>Después de errar más de media hora, en la dirección del sudeste, sin
+alejarse del río, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la cruz de
+una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su
+profunda tribulación, la sorpresa del cuadro dejole absorto un momento,
+haciéndole presentir un sentido provechoso para su alma.</p>
+
+<p>Frente a él, en la margen opuesta, Toledo se extendía de naciente a
+poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados grises, sus
+pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso escarpamiento
+caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al parecer
+de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por
+allí, arrasando toda raíz y toda simiente. Ramiro pensó con religioso
+espanto en las cuestas del eterno castigo que los réprobos tienen que
+trepar con los pies y con las manos, para caer de nuevo en las ondas
+inflamadas, y volver a trepar y a caer sin perdón y sin tregua,
+indefinidamente.</p>
+
+<p>Sentose sobre un peñasco.</p>
+
+<p>El río se deslizaba a una hondura terrible entre rocas herrumbradas y
+fieras. Pareciole un río de culpas y expiaciones, como los que forja la
+imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que dolorosos
+espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las ondas con sus
+colgantes velos obscuros.</p>
+
+<p>Entretanto el caserío tomaba, con la hora, desolada blancura de huesos
+en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través de la
+vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera
+de la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los salmos.</p>
+
+<p>En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar bañado en melancólico
+reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa inspiración que
+aquellos muros habían alojado a uno de los reyes más gloriosos de la
+historia, a un monarca de monarcas que acabó por arrojar el cetro y la
+corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el
+fantasma del Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con el
+rostro medio oculto por la capilla de un hábito.</p>
+
+<p>¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo...!</p>
+
+<p>El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad tomó una coloración
+mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de transparente
+amatista. Algunas vidrieras que habían flameado un instante se apagaron.
+Ramiro dejose penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un
+signo, una voz de lo alto. En ese instante las campanas de la ciudad
+rompieron a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a distancia un
+canto prolongado y conmovedor que hacía pensar en las letanías de la
+muerte, y hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerosos
+campanarios vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro acordose
+de las campanas de Avila, de las tardes de su niñez en la torre
+solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada, siempre
+taciturna.</p>
+
+<p>Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba purificado, pero sentía su
+pecho ávido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la ermita
+para verter al pie del altar su congoja profunda. Levantose. El suelo y
+las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado, iba a
+desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una inflamada
+saeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho, sumergiéndole
+durante algunos segundos en un estado delicioso, gozado sólo con el
+alma.</p>
+
+<p>Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido trasverberado como la
+Madre Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse hasta él en todo
+su poder y misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas, de los
+goces que le esperaban cuando su alma, vencedora del mundo, se entregase
+por fin, con soberana pasión, a la soledad y a la penitencia.</p>
+
+<p>Un instante después regresaba a la ciudad en busca de un convento donde
+le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitaño.</p>
+
+
+
+<h3><a name="Vc" id="Vc"></a>V</h3>
+
+
+<p>Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el bordón, por encima del
+hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje las
+religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose Ramiro de
+Toledo, a la mañana siguiente, tomando a través de los montes la
+dirección del mediodía.</p>
+
+<p>Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin ceño, los ojos
+humedecidos.</p>
+
+<p>Caminó muchos días, de sol a sol, bebiendo de bruces en los arroyos y
+comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Más de un compasivo
+caminante le ofreció llevarle en el anca de su cabalgadura; pero él
+sonreía santamente y marcaba en el polvo con más fuerza la huella de sus
+sandalias. Dormía en el corral de las ventas o al borde de los caminos,
+donde le tomaba la noche.</p>
+
+<p>Por fin, una madrugada, después de larguísimo viaje, llegó a divisar
+desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Córdoba, bañada en el
+rubor húmedo y radioso del amanecer. Se hizo señalar desde allí, por una
+frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al pensar
+que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre, sintió que los
+sollozos le entrecortaban el aliento.</p>
+
+<p>Sin querer acercarse a la ciudad, y apartándose de los senderos,
+descubrió por fin, en el flanco de la montaña, una gruta escondida entre
+malezas y arbustos. Había en su interior una mesa hecha de ramas de
+alcornoque sin descorchar, un tintero de raíz de naranjo, un taburete,
+un azadón y varios cacharros hundidos en el lodo. De la parte más alta,
+colgaba un antiguo traje de caballero, y además, semejante a dos
+perniles ahumados, un par de botas de camino con sus espuelas.</p>
+
+<p>Esa misma noche, al encender el candil que llevaba consigo, y al ir a
+acostarse sobre un montón de hojarasca, hacia el fondo de la gruta,
+hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que apretaba
+todavía entre sus manos resecas las cuentas del rosario. Ramiro dejose
+caer de rodillas y alzó los brazos al cielo, dando gracias a Dios por
+haberle puesto, a la vez, en su camino, el anhelado refugio y el ejemplo
+de aquella muerte.</p>
+
+<p>Al otro día, por la mañana, dio sepultura al ermitaño y ordenó lo mejor
+que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde había resuelto pasar
+todo el resto de su existencia.</p>
+
+<p>Muy pronto una sublime voluptuosidad inundó su corazón. La continua
+plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las arduas e
+ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer el inefable
+orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba el alma
+infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del
+hombre. Se comparó a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por
+seguro que en los tiempos venideros su historia sería leída en hogares y
+refectorios para edificación de las almas.</p>
+
+<p>Las religiosas de Toledo habíanle puesto en el zurrón algunos libros de
+mística. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se propuso recorrer las
+tres vías espirituales descritas en los tratados, y lograr al fin la
+posesión de esa gloria máxima que había buscado hasta ahora por
+engañosos caminos.</p>
+
+<p>Pero la llama de los primeros días no pudo mantenerse; ya no volvió a
+sentir aquellos arrobos que encendían en la cripta de su alma las
+lámparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche de frío
+y de tinieblas cayó sobre su corazón; la lobreguez y la humedad de su
+guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible.</p>
+
+<p>Algunas tardes, deseando respirar libremente, salía a pasearse por la
+montaña hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y traía de los
+cortijos un perfume de azahares que reblandecía la voluntad y alejaba
+toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de labios
+entreabiertos, maliciosos pestañeos, aparecían ante él en la penumbra
+rosada o bajo la sombra azul de los árboles.</p>
+
+<p>Una apatía, una pereza invencible comenzó a postrar como un ensalmo sus
+miembros y su espíritu, hasta hacerle pasar la mayor parte del día
+tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los hoyuelos de la
+roca o las gotas de agua que caían de las vertientes. Las lagartijas,
+las cucarachas, los ratones y muchos insectos que le eran desconocidos,
+acabaron por trepar sobre su cuerpo, y él, en vez de espantarlos,
+mantenía completa inmovilidad, a fin de observar de cerca todos sus
+movimientos.</p>
+
+<p>Pasó semanas enteras sin rezar el rosario y sin bajar a la ciudad para
+oír la misa del domingo y pedir provisiones, como era su costumbre.</p>
+
+<p>Cierta mañana escuchó una voz de mujer a pocos pasos de la gruta:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 1em;">Cantan de Oliveros e cantan de Roldán</span><br />
+e non de Zurraquín, cá fue gran barragán.<br />
+<br />
+<span style="margin-left: 1em;">Cantan de Roldán o canta de Olivero</span><br />
+e non de Zurraquín, cá fue gran caballero.<br />
+</p>
+
+<p>Era un doble estribillo que Medrano, el escudero, no se cansaba de
+repetir. Pareciole la voz de Casilda. ¿No sería algún engaño de los
+sentidos? Levantose y miró un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta
+de un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la canción caía y
+se alejaba con ella graciosamente.</p>
+
+<p>Otra mañana, recogiendo leña por el contorno, descubrió al pie de un
+árbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su escondrijo y
+frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma señoril: varios
+anillos de plata ceñían la negra vaina de cuero; la hoja tenía la marca
+de Hortuño; la guarnición era calada y fina, como una randa.</p>
+
+<p>Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su pereza. Desde entonces
+pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores intersticios; y
+se complacía en sacarla a la luz para hacer correr una llama de sol a lo
+largo de la hoja, en empuñarla y blandirla con fuerza, en hacerla
+resoplar en el viento.</p>
+
+<p>Ya no salía nunca hacia el bosque que no la llevase consigo; y a veces,
+mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera sorprenderle,
+hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los árboles para
+recordar la terrible estocada con que había dado muerte a Gonzalo.</p>
+
+<p>Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu, inflado otra vez con el
+viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y loores de la vida y
+en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el mundo.</p>
+
+<p>Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto peñasco,
+y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando vio subir por
+la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y esbelto que
+agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia la gruta.</p>
+
+<p>El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente, mirando siempre con la
+misma curiosidad.</p>
+
+<p>Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de modo insufrible el
+tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a la hora del
+anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño lleno
+de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.</p>
+
+<p>Ramiro caminó hacia él, exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!</p>
+
+<p>El hombre prosiguió su camino.</p>
+
+<p>Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte, repitió:</p>
+
+<p>&mdash;¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!</p>
+
+<p>Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contestó secamente:</p>
+
+<p>&mdash;Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos. ¿Pensáis acaso que esa
+roñosa pereza borra crímenes y perjurios?</p>
+
+<p>El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano el freno de la
+cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo!</p>
+
+<p>Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia adelante y, por toda
+respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa imagen del
+Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba
+combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu a la
+cueva, cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la
+intención de darle muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para
+hundirla en aquel pecho sacrílego, una voz recia y dominante, una voz
+que penetró en sus entrañas, le contuvo de golpe:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que acuchilles al hombre que te
+engendró!</p>
+
+<p>Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho sombrero que
+llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor todo el rostro.
+Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa de reconocer al
+misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le
+había salvado la vida, dejándole después, como recuerdo, la valiosa daga
+sarracena.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, yo te engendré en la altiva doña Guiomar&mdash;prosiguió el anciano&mdash;y
+tu agüelo prefirió casalla en seguida con el viejo don Lope, en odio a
+mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di la vida por segunda
+vez, sacándote de entre las dagas de los creyentes; y fui expulsado de
+Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro, me pagaste en buena moneda
+cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisición a la
+infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que
+fuesen arrojadas a la hoguera, después de haberte curado y regalado con
+tanto amor como ellas te tenían!</p>
+
+<p>Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclamó por
+fin:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de un padre es siempre
+escuchada por Alá...; no, no me atrevo a maldecirte...!</p>
+
+<p>Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia atrás, y taloneando
+fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza, desapareciendo
+en seguida entre los peñascos.</p>
+
+<p>Ramiro le miró partir sin llamarle, y caminando hacia la cueva, fue a
+sentarse en el rincón más obscuro, oprimiendo el crucifijo contra su
+pecho.</p>
+
+<p>¿Qué había escuchado? ¿Su padre? ¡Un morisco!</p>
+
+<p>Todos los enigmas de su vida acudían a su memoria: la soledad de su
+infancia, la dureza del abuelo para con él, la continua y llorosa
+melancolía de doña Guiomar, las especies tan extrañas que había
+suscitado su lance con los conversos, el súbito desvío de Beatriz, el
+denuesto de Gonzalo en la callejuela... ¡el abnegado amor de aquel
+hombre de otra fe, de otra raza!; y vio que todo resultaba harto
+comprensible a la luz de la espantosa revelación.</p>
+
+<p>¿Sería verdad? ¿Sería, en efecto, hijo de moro? ¡Ah! Más valiera
+entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se derramase
+sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razón cayó en espantosa
+vorágine. Las ideas parecían ulular y remolinear como los vientos en una
+noche de vendaval. No quería, no quería pensar, y se hincaba las uñas en
+la frente para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas, resoplaba
+con furia como un hombre enajenado por el terror; pero la cavilación era
+cada vez más inexorable, más elocuente, más honda. Unas veces reía de
+su propia credulidad, desechando como el más grande de los absurdos las
+palabras del moro; otras llegaba a sentir total convencimiento, y se
+sorprendía de no haber concebido hasta ahora ninguna sospecha en medio
+de tantos indicios.</p>
+
+<p>De pronto, el mismo horror de aquella incertidumbre, le yergue sobre los
+talones. Enciende la candileja. Un pensamiento instantáneo acaba de
+cruzar por su mente. Sube al escabel, descuelga los viejos vestidos y
+las botas que penden de lo alto de la gruta. Un bolsillo de monedas
+suena en los gregüescos.</p>
+
+<p>Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de otro tiempo y ceñido
+la espada, salió de la cueva y se puso a errar en la noche. No le
+quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra
+esperanza que los galeones.</p>
+
+<p>Soñaba en alguna región de las Indias, donde las plantas, las frutas,
+las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para él y nada le recordase la
+tierra vieja y maligna en que había nacido, aquella tierra en que todo
+era adversidad, maleficio, embrujamiento. Sólo así podría escapar a la
+maldición que le perseguía quizá desde el vientre de la madre.</p>
+
+<p>Caminó incansablemente, empujado como Ashavero, por un viento misterioso
+que no movía las hojas de los árboles, y que él, con todas sus fuerzas,
+no hubiera podido resistir.</p>
+
+<p>De noche, en las ventas, al verle aparecer con el anticuado traje y la
+luenga barba en desorden, más de un gañán empinaba de golpe la taza de
+vino y se escapaba al corral haciéndose cruces.</p>
+
+<p>En cambio, de día, al cruzar por los pueblos, los chiquillos se mofaban
+de su estampa y le arrojaban por detrás cáscaras de nueces y puñados de
+polvo.</p>
+
+<p>Con el dinero que había encontrado en los gregüescos compró una mula
+para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este modo,
+después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad de
+Cádiz, a mediados de diciembre.</p>
+
+<p>El mismo día, recorriendo las calles, vio una bandera de compañía
+colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le dijeron que se
+había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un
+soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martínez, el
+alférez, ahí le tiene a su derecha.</p>
+
+<p>Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la calle
+a su antiguo paje vestido con galas de soldado.</p>
+
+<p>Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de
+Groninga, dos compañías de escopeteros españoles, sorprendidas por una
+carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Sólo Pablillos
+permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al siguiente día le
+hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; había perdido el habla
+y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera. Algunos
+dijeron entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que se
+había agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevos
+soldados le miraban como a un héroe, y toda la población como a una
+gloria gaditana. Al reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que
+pudiese, y cuando supo su resolución de entrar en la compañía como
+soldado, llevole en persona a comprar lo que hubiera menester para
+embarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de diciembre.</p>
+
+<p class="top5">El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres
+gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus velas
+numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro y de
+sangre.</p>
+
+<p>En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada, su
+imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte.</p>
+
+<p>Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta de
+América.</p>
+
+<p>Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una
+muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre la
+última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez más
+pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a poco el
+escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba
+sus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y despiadada canción que
+reía con las espumas.</p>
+
+
+
+<h3><a name="EPILOGO" id="EPILOGO"></a>EPILOGO</h3>
+
+
+<p>En el Perú, el año de 1605, en la Ciudad de los Reyes.</p>
+
+<p>Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme bajo el brillo de las
+constelaciones y sus campanarios se levantan, aquí y allá, más obscuros
+que la sombra. Luciérnagas y cocuyos enciéndense a millares encima de
+los huertos y atraviesan los árboles tenebrosos. El húmedo ambiente está
+henchido de perfumes, y óyese, como en la quietud de los campos, el
+concierto de los grillos y las ranas, sólo entrecortado por la voz de
+los serenos o los pasos de algún trasnochador que vuelve de los garitos.</p>
+
+<p>Poco a poco, soñolienta vislumbre enrojece en lo alto los cerros de San
+Cristóbal y Amancaes. Una brisa sutil y lánguida llega del mar. Los
+gallos no han cantado todavía.</p>
+
+<p>No lejos de la Plaza Mayor, en el huertecillo de humilde vivienda, una
+mujer, cuya blanca vestidura parece relucir en la sombra, va y viene por
+los senderos cual inquieto fantasma. Es Rosa, la hija menor de Gaspar
+Flores y María de Oliva. Todas las mañanas, antes de la salida del sol,
+junta piadosamente, en el jardín cultivado por ella, las flores que un
+instante después ha de llevar a la Virgen del Rosario, en la vecina
+iglesia de Santo Domingo.</p>
+
+<p>Aun en las noches más obscuras sus pupilas reconocen las corolas mejor
+abiertas, y parécele que todas claman hacia ella con místicas voces,
+anhelosas de morir sobre la pureza de los altares.</p>
+
+<p>Hacia un ángulo del huerto, la puertecita de encalada celda recorta en
+la obscuridad el dorado resplandor de un candil encendido. Es la ermita
+doméstica construida por Rosa para entregarse a la contemplación y la
+penitencia sin abandonar a sus padres y a sus hermanos.</p>
+
+<p>No ha escogido esa vida guiada por el remordimiento o los pesares. Ha
+nacido santa. Es milagrosa desde la cuna. Su primer aliento difundió en
+su morada un hálito del Paraíso. Es el lirio conventual, bendecido por
+Dios en la tierra y en la simiente. Diríase que los ángeles mueven y
+aderezan todo lo que ella pone bajo su intento. Las personas que la
+visitan advierten claridades y frescuras de otra vida en torno de su
+persona; y, de noche, se la reconoce en las más obscuras estancias por
+la misteriosa luz que desprenden sus cabellos.</p>
+
+<p>No ha cumplido aún veinte años y nadie ignora en Lima los asombrosos
+prodigios con que el Señor la favorece. Sólo ella encuentra natural que
+los pájaros se posen sobre su hombro o acompañen con sus trinos las
+fervorosas canciones que improvisa al son de la vihuela; o que, en los
+días de gran necesidad, cuando su madre o sus hermanas se sienten
+enfermas, maravillosas labores aparezcan, en un instante, bajo su aguja,
+recubriendo una a una las telas, sin agotar los ovillos.</p>
+
+<p>Comprende desde temprano que el sufrimiento y la pobreza son para Dios
+las más altas dignidades de esta vida; y visita de continuo los
+hospitales, entra en las covachas de los cholos y los indios, buscando
+las fiebres, las llagas, la lepra; asila en su oratorio a las ancianas
+que escarban las basuras de los muladares para buscar el sustento; cura
+con sus manos a bubosos y cancerosos abandonados por sus parientes.</p>
+
+<p>Su hermosura es a la vez angélica y perturbadora. Tiene del cirio el
+candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con misteriosa fiebre,
+van encendiendo, a pesar suyo, súbitas pasiones en el corazón de ricos y
+virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a ataviarse
+como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una oculta
+mortificación. La guirnalda de flores con que debe adornarse la frente,
+lleva por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor están
+embebidos en un cáustico que desuella las manos. Por fin, acosada de
+amenazas y violencias, declara su voto irrevocable de virginidad y su
+secreto desposorio con Jesucristo.</p>
+
+<p>Una noche, después de haber trabajado hasta muy tarde, a la luz del
+candil, soñó que aderezaba la saya para sus bodas espirituales, bordando
+sobre briscada estofa los Nueve Coros angélicos y los símbolos de la
+Trinidad y de la Santa Eucaristía. De pronto parécele que la quitan la
+aguja de las manos. Un ángel pálido, y de rizos muy negros, reluce de
+súbito ante ella, y le ofrece una corona de lágrimas y alba vestidura
+formada de postillas de lepra que la envía Nuestro Señor, desplegando,
+en seguida, el velo nupcial, incorpóreo velo, sólo visible para el alma,
+un velo hecho de suspiros y sollozos de este mundo.</p>
+
+<p class="top5">Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no despertar a los que
+duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las flores que ha
+de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando apenas los pliegues
+cándidos y simples de su túnica. Diríase que la poderosa fragancia la
+desvanece por momentos.</p>
+
+<p>Tierno rubor enciende por encima de los tejados los ópalos de la aurora.
+Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios cabellos
+humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar junto a las rejas
+se aspiran monjiles sahumerios recién encendidos en los estrados. Aquí y
+allá, un brazo desnudo asoma sin rumor entre las celosías y riega los
+albahaqueros. Oyese la tímida canturria de las esclavas que lavan los
+patios y los zaguanes.</p>
+
+<p>Rosa entra a la iglesia hollando con religioso respeto las losas
+sombrías. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la capilla
+mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro ataúd,
+las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal con que lo
+han amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un paño mortuorio.</p>
+
+<p>La doncella se aproxima.</p>
+
+<p>Un fraile dominico, con barba y sin tonsura, dormita a pocos pasos del
+féretro, sentado en un escaño. Rosa camina hacia él. El novicio abre
+entonces los ojos y murmura, como espantado:</p>
+
+<p>&mdash;¡Vive Dios! ¡Con ella soñaba, y la veía venir con ese sayal, con ese
+velo, con esas flores!</p>
+
+<p>Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente:</p>
+
+<p>&mdash;El Señor os conduce, niña santa. ¿Qué labios podrán rezar mejor que
+los vuestros por el alma de este difunto?</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién era...?&mdash;pregunta Rosa, observando el rostro del muerto.</p>
+
+<p>&mdash;A punto fijo, no lo sé yo tampoco&mdash;responde el religioso.&mdash;Jamás quiso
+revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el Caballero
+Trágico, como todos le llamábamos, ha sido un gran arrepentido, y que la
+peregrina historia de su conversión debiera publicarse a boca llena para
+ejemplo de pecadores.</p>
+
+<p>El fraile vacila un instante, pero clavando en la joven una mirada de
+arrobamiento, cual si hablase a una santa aparición, agrega con voz
+estremecida:</p>
+
+<p>&mdash;Yo le conocí en Huancavelica, hará cosa de seis años. Formó allí una
+banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio señalarme, y
+salíamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y minas
+ocultas; y todo lo alcanzábamos a fuerza de cuerda y de hierro.
+Prendíamos a los caciques y les dábamos tormento, e si no querían
+declarar, nos íbamos sobre sus chozas y nos hartábamos de sangre. ¡Ah!,
+no hubo saña como la nuestra. Después caíamos a esta ciudad de Lima, a
+consumir en los vicios el fruto de nuestros crímenes... Mucho más
+pudiera decir, sino que no es la ocasión.</p>
+
+<p>Rosa suspiró; y el novicio, pasándose la mano por el rostro, alzó la
+cabeza y prosiguió su relato:</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh alta potencia de Dios, y por cuántos medios mandas la luz a las
+almas hundidas en la tiniebla! Habéis de saber que, una vez, ese que
+agora duerme el sueño de la eternidad, viniendo conmigo a comulgar a
+esta parroquia, pues nunca abandonó el sumo Sacramento, os vio salir
+por la puerta de la sacristía, y, dejándome al punto, se puso a
+seguiros. Habiendo sabido después cuán piadosa erais y cuán alejada de
+todas las vanidades y pasiones del siglo, determinó, sin embargo,
+seduciros, o robaros a viva fuerza. Para eso, cierta mañana, hizome
+llevar una litera junto a vuestra casa, mientras él se dirigía a saltar
+la tapia del huerto...</p>
+
+<p>Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al llegar junto a mí,
+echome los brazos al cuello, exclamando: ¡Es una santa, una esposa de
+Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gemía como un hombre que no
+osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de herirle. Desde
+entonces púsose a observaros de lejos, y os vio derramar por todas
+partes vuestra cristiana bondad. Una envidia santa traspasó su corazón
+encallecido al escuchar las bendiciones de los miserables y al ver a
+tanto desgraciado que se echaba de hinojos en el suelo para besaros los
+pies. Abandonó sus galas, repartió joyas y dinero entre los
+menesterosos, y, habiéndome contagiado su nuevo frenesí, llevome consigo
+a los campos, para borrar con el bien todo el mal que habíamos sembrado
+por ellos. ¡Por mi fe! ¡Yo nunca pude imaginar remordimiento tan
+profundo, y qué hazañas de caridad y de penitencia! Dios perdone sus
+pecados, y quiera darme tiempo a mí mesmo para purgar los míos en esta
+santa casa de religiosos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cuál ha sido su muerte?&mdash;volvió a preguntar la doncella, con
+expresión tímida y ansiosa, sentándose en el extremo del escaño.</p>
+
+<p>&mdash;Su muerte&mdash;respondió el novicio&mdash;dice harto bien lo que fue su
+contrición. Allá por el mes de agosto, un indígena, a quien él curaba de
+un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a
+trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trágico quiso
+ponerse en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los días más
+de cinco horas en las entrañas de la tierra. Contrajo de esta suerte una
+fiebre tan brava, que en menos de una semana le privó de todo
+movimiento. Yo no hallé cosa mejor que cargarle sobre una mula y
+traelle a este Convento del Rosario, donde, después de largo padecer, ha
+fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos con sus acentos
+de humildad y de sublime confianza en la misericordia de Dios. Y agora
+debo deciros&mdash;agregó por fin con voz entrecortada por la emoción&mdash;que en
+sus últimos instantes mezclaba vuestro nombre al nombre de Cristo y de
+Nuestra Señora, doncella santa.</p>
+
+<p>Rosa acercose al ataúd. ¿Cómo dudar? Se hallaba ante el cadáver de aquel
+desconocido que había saltado una mañana las tapias de su huerto, y a
+quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios, habló
+largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras dictadas, sin
+duda, por el cielo.</p>
+
+<p>Fijó entonces sus pupilas, con profunda atención, en el descarnado
+rostro, y al reparar en la beatitud inefable que bañaba los párpados,
+comprendió que aquellos ojos hablan contemplado, antes de extinguirse,
+alguna visión deslumbradora del Paraíso.</p>
+
+<p>Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra después...</p>
+
+<p>El alba aclaraba apenas el templo con lívidos resplandores que bajaban
+de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso, adormecida en las
+naves, se rasgaba por instantes, como si los ángeles volasen en la
+penumbra.</p>
+
+<p>Rosa de Santa María arrodillose piadosamente, y murmuró una plegaria por
+el alma de aquel muerto.</p>
+
+<p>Y ésta fue la gloria de don Ramiro.</p>
+
+<p>FIN</p>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of Project Gutenberg's La gloria de don Ramiro, by Enrique Larreta
+
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+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ https://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
+
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