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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 02:48:29 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La gloria de don Ramiro + una vida en tiempos de Felipe segundo + +Author: Enrique Larreta + +Release Date: September 6, 2009 [EBook #29920] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GLORIA DE DON RAMIRO *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + + + + +BIBLIOTECA DE «LA NACION» + +ENRIQUE LARRETA + +LA GLORIA + +DE + +DON RAMIRO + +UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO + +EDICIÓN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR + +BUENOS AIRES +1911 + +Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado a +la imprenta el 24 de julio de 1908. + +_Es propiedad del autor y queda hecho el depósito que marca la ley._ + +Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires + + + + +PRIMERA PARTE + + + + +I + + +Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón, +escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres. + +Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allí +el aire exterior, en los días templados, entraba libremente por las +ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumor +de los molinos y batanes en el Adaja. + +¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo, +y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde se +acostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sólo +animadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos de +sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una +sombra. + +Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura al +párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecía +llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban en +complacerle, en agasajarle. + +Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas +fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contaban +historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otras +milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, de +princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabía +cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cada +vez más goloso de pavura y de misterio. + +La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la +torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la faja +de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes, +lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscuro +dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca en +repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservando +todavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá, +en el reinado anterior. + +En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, con +sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno de +ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo +apoyado en el alféizar. + +Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todo +el caserío. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada hacia +el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, más +que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba los +corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de las +iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedral +levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco. + +Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el +Valle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuera +de los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras +a distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una +coloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba +extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje. + +Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el +curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que se +deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos +chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrás +de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los +picachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales. + +Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en +redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras, +cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símbolo +eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránica +leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo +piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos. Los +monjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta del +rosario. + +Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelos +acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una línea +segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondo +verde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre la +urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el +polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del +poniente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando +de soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado +como zumos añejos en los cajones de las sacristías. + +La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecían +llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una de +las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas ya +era de noche. + +Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestando +un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. La +ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir, +por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas. +Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio +de aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himno +alucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálito +sagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas de +cirios. + +Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y del +Purgatorio. + + * * * * * + +Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en la +cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños era +inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo la +puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta del +espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrer +el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran +infantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía de +asiento. Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero para +secarse las suelas. + +Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, había +dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatro +años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda de +platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficio +mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino +soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al Emperador +Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y +galeazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos +desprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco. +Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos. +Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedades +vergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada, +de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especias +en que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces a +punto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, en +los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera +que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que +mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel. + +El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos, +había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos. +Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía la +brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus +castellanas espuelas por las losas de Nápoles. + +Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, lleno +de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado, +calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tarea +tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza. + +A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadas +retazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosas +de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda la +vida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantaba +con áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados para +remedar a los ciegos. + +Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por el +mar. + +Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir +algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma el +dedo sobre las cejas, le preguntó: + +--Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda? + +El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de su +escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices. +Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración. + +El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con su +espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchas +de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero al +advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el piso +y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso a +escucharle. + +Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre de +los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambor +destemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar las +vergüenzas de aquella jornada. + +Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse +de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos; +aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras se +entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el +fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades +desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló de +soldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de los +turcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos a +mordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de lo +alto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró su +funesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle. + +Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de lucha +desesperada. + +--Ya íbamos llegando a las galeras--decía.--Los moros escopeteros, +después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados por +nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmo +en el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado, +como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme, ¡pesia a tal!, una +cuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!--exclamó por fin, +con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en el +cofre. + +Una de las criadas canturrió: + + ¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar! + +Pero el antiguo soldado agregó sin oírla: + +--¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A +las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellos +agora que falta don Juan, el de Lepanto? + +Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero y +alzando la espada, repuso con asombrosa expresión: + +--Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me +señala. + +Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro, +exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado: + +--¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda de +Dios e la Virgen! + +Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y +una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro, +penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos +fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y +su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura: + +--Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos +alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada? + +El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder: + +--Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño. + +--Otras serán, hijo mío--repuso entonces la llorosa mujer--, las armas +que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su Santa +Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro de +religión que no ese hierro. + +Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos el +estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella, + +--¿Por esto lloráis?--la preguntó. + +--No, hijo mío--repuso la madre, dominada por la congoja.--Conduéleme +una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa de +Ahumada... Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Alba +de Tormes. + +Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la +estancia. Algunas mujeres sollozaron. + + * * * * * + +El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias +tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas +cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérase +dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, y +resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria. + +Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabras +del _Angelus_. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron a +responder. + +El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando las +palmas como los niños. + +Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primer +aliento somnífero de la noche. + + + + +II + + +Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año de +1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su heredad. El +viaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre, la +carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras, +penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una hora +después de la salida del sol. + +Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida de +misterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, para +asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las +iglesias vecinas. + +El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegas +de tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer doña +Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos de +la Puerta de la Mala Ventura. + +Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste, +recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunas +almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costra +rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión la +agujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar el +rosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho. +El resto del caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedras +irregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de los +muros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enorme +cerradura, había servido en otro tiempo para defender la puerta a +flechazos. Las rejas eran toscas y tristes. + +La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esas +portadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros. +Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas en +semicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otro +lado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en sus +cuarteles los blasones de las principales familias avilesas: el +pajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blázques, la cabria y el +mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de la +puerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de algún alcázar +andaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más alta +servía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente a +una Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardía +continuamente un farolillo. + +El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustrales +galerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios labrados +en los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier, respetando, +tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas, +que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario de +ruinoso convento. + +El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto, donde +él mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces iba y venía +bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase horas +enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientos +y contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en su +espejo circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar para +el anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entre +ellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio. + +El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La majestad +y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de las +polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban +obscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos de +familia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa y +otros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por los +estrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras de +Turquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo y +telaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditarios +roídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez; pero ricos +pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con su +incesante sahumerio. + +Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del palacio, +don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Había +traído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho libro de +caballerías, no pocos de devoción, _Las Epístolas_ de Séneca, _De +Oficiis_ de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo, un Virgilio y +algunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera armilar con +zodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fue +encontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotes +arábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia de +un canónigo de la Iglesia Mayor. + +Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo que +el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los estantes. ¿Para +qué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota se +repetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le iba +desecando el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces el +sopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo de +pesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro las +representaciones de su pasada existencia. + +Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro y +la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos. +En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usaba +humildes pieles corderinas. Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde el +día de _Quatour Coronatorum_ hasta el día de Navidad; otra desde el +Domingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurrección. + +Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. El +corto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Sus +ojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creía +descender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido, +etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovia +nombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de los +caballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar. + +Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo como +indigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censos +de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de un +cofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión de Valsaín o en +su «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto que sus +bodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después de +casada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de los +moriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre el +atávico rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientes +demostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar al +soberano contra aquellos perros infieles. Muchos resolvieron +acompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para armar, a su +costa, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos. + +A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por una +cólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida, +arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de las +persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general. + +El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por medio +de espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada. + +En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de un +cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados de +rosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudo +de la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por un +terrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago, +en pago de sus servicios. + +Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayores +pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la +Alpujarra. + + * * * * * + +Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y un +señoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto en +Avila como en Segovia, desdeñando la administración personal de la +propia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y las +funciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad creía +asegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballeresca +de confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de +Madrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisión +alguna en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar a +crédito en la vecindad lo que se iba necesitando. + +Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuya +altivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando uno +a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacía +descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con las +piezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas de +América, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sin +embargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una sopera +con candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, y +algún hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera de +sus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza de +vino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros y +judíos. + + + + +III + + +Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de la +cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de +la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sin +hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de +la platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la +calle, cobraba un eco solemne. + +Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba +algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se +acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie +hablaba. + +No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o un +dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba +del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento, +inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba +las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras +sí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo +de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo +huyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro +monjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas +basquiñas de la adolescencia. + +Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido en +casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera de +un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el +sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro, +y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él +invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su +padre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar +amistad, que era ya citada por todos en Segovia. + +Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los +libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos +como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, tal +vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca +paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón, +cuando todos dormían. + +La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un +filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero +que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del +palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios y +raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida +cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una +sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los +jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos +y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo. + +Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación el +rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar +por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido a +lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras +preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados. + +Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una voz +llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El +billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de +una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobre +Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno. + +Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su +embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse. +Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecía +de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, en +Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su +nombre y su raza. Era un morisco. + +--Decid a vuestro amo--exclamó al despedirse--que yo quise herille su +honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizo +sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora +en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas. + +El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomar +con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que se +moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre. + +¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, y +aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada +relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se +realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió +solo para Flandes. + +Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo Sancho +Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno había +sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia. + +Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su +pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquella +sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermiza +palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura +entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el +rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su +cuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo +que era posible, la nueva reforma del Carmelo. + +Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar de +residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allí +vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de +1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y +Capricornio. + + + + +IV + + +Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el +azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin una +alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos que +hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de su +niñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre +un dedo sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismo +melancólico, pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedas +y el rostro como apenado. Había algo de monstruoso en el contraste de +sus tiernas facciones con el ceño de aquella frente cargada, al parecer, +de adultos pensamientos. + +Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devoción. +Asistía con él todos los días a la misa de alba en las parroquias de San +Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles que +ofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcer +de impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario de +quince misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelo +humildemente ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y +depositar, asimismo, su ósculo en el escapulario de los religiosos para +ganar indulgencias. + +Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomar +castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas, +inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las +noches leía; junto a su lecho, en el _Flos Sanctorum_ la historia del +santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los +milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la +Madre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale los +coloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo, en medio +de la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando su +cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por la +madre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado y +temeroso aroma de santidad. + +Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El abuelo +no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el caserón, miraba +por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, subía a la +estancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la cuadra de +los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartaba +de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a las +puertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a un +ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que +parecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas +inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente. +Nunca faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos de +naipes. Parte de la servidumbre pasaba allí varias horas del día +durmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veíanse +las ostentosas libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata. + +Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capaz +de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos del +diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal, +íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas +subterráneas. + +La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde traída +de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el estío, se +retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del año +quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetraba +en su interior todos los días para coger el huevo que una gallina +misteriosa ponía sobre los cojines de bronceado guadamacil. + + * * * * * + +A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le veía +internarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. A +través de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasión, +endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíale +ocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo y +de su gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de Nuestro +Salvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la Santísima +Virgen. Le creyó asegurado, y, pareciéndole a ella misma imprudente +seguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante, +resolvió que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo. + +Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por las +doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata, +gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba a +despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia +un costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y un +Pater, le despachaba con un beso. + +Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Era +una revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro monótono del +caserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su espíritu. +Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y +heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias +del hombre y el orgullo de los linajes. + +Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de las +parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de +sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, su +retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle después +para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y +pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguo +soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las +inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Así +supo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero Nalvillos con la +mora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le contó por primera +vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesenta +rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso _el +Batallador_; así como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, que +fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro. + +La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de los +inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzaba +los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que, +en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides, +subió a las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas de +barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los +infieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyéndola bien +defendida. + + * * * * * + +Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generoso +camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de San +Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el +portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo +trabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas y +en Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas. + +Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, en +lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamaba +el escudero. + +Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerda +oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a una +altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujero +practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco +después, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar, +hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse, +presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojo +de llaves y en la otra un farol encendido. + +Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna del +templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse con +las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejaba +penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de +incienso. + +La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajo +un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de una +zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negros +como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de la +techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella +elevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico. + +Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase el +bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamaban +_la extremeña_, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba las +dos campanas más gruesas, dejándole a él los clarillos y esquilones. + +Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieron +los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudido +hasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones espantosas que +amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los aires, +como una paja, en el sonoroso turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su +faena, mostraba todas las calzas hasta la carne. + +Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio +rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como su +bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba al +marido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor que +renovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro la +observaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuando +nadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, trataba +de animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras. + + * * * * * + +Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia covacha, +jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el niño llamaba +al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio con +su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que +hablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que el +escudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y +que, descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en el +tormento antes que denunciarle. + +Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo de +una casucha, detrás de San Pedro. + +A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siempre +con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando de +admiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus ropas, +besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era +ella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de la +improvisada ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo, +alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquella +criatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinal +llegó a despertarle, en el correr de los días, cierto extraño deleite, +que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo. + + + + +V + + +Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona con +quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don Alonso +Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban +contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de los +Aguilas, no tardaron en conocerse. + +No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de los +Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altas +proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso +descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer +Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde +Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de +los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y +casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo +databa la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de a +caballo de la ciudad, en servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo o +adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro +linaje. Otrosí su pendonero o alférez». + +En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serrano +y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta otra casa +clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco lises +alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones +rampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre en +su familia. + +Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte, +unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejores +linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del huerto, y +su defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo residía +breve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso. +En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, donde +pasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido de +alguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un +duro cautiverio. + +Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de guzmán, +batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota de +arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vida +otra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. A +los diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a los +treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por su +comportamiento en la flota, el hábito de Calatrava. + +Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres en +Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta el +delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a +menudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido +íntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiares +como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía las +_Metamorfosis_, o la _Jerusalén libertada_, que las ásperas epístolas de +San Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedral +hacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles con un +peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos de +ensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Clori +y a Galatea. Llevaba concluida una traducción de _El laberinto de amor_, +sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una feliz +imitación de la _Arcadia_ de Sannázaro. Para él, aquella naturaleza +desolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal no +merecía un hemistiquio. + +Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados y +todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todo +aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida cortesana, +agravado por los exquisitos refinamientos «que», según don Íñigo, «la +prudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles para +afeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosa +envoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se +tardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba por +debajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que su +honra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazón o la +mejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas en +el calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar hasta él, desde +temprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora de +Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y del +bello vivir. + +Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre. +La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no envilecerse en +ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de condición +levantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombre +debía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el +sombrero. + +Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corte +espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más ancha. +Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos modelos +del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia eran +dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y +el pomo de sus dagas. + +Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de un +Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber dado +dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que le +presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, y +él contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el +Consejo de Italia a la primer coyuntura. + +Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o +de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el culto +ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida +señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia, +comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro. + +Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embeleso +eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi dorados, +provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor para +cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que sus +manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia, +donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre. + +Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas +fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de +Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una +fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el precioso +florecimiento. + +Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir +centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generación +innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas +alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la +gran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco +tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber +tomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los +marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un +movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un +pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado a +mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz +astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído +en su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor de +la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas +blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canales +internados en el misterio. + +Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y +polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas, +donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables. + + * * * * * + +Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa amistad +ceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamaba +en tono altivo y profético contra la política del monarca, quien, a la +vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en su +reino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando de +hito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes recompensados +con grandes honores y mercedes. + +Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topó +con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de alto +y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente alguna +imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un infante +embrujado. + +Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz de +profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos, como a +una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, al +verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasión +que él mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenzó a +agasajarle. Al siguiente día le mandó buscar con su enano. Hízole +enseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole él mismo a +conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez años, que les +recibió en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojín +azul, entre las dueñas. + +Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo los +brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción profunda, +indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la mano sobre +el hombro y salieron. + + + + +VI + + +La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casi +al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles. +Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas +fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor, +había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y +a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa +casería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa +maleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo se +adivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícil +avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, se +defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina. + +En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el +aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos +limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los +jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos +imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas, +negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en +el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las +escalinatas y los follajes. + +Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad. +Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con su +hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejo +de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además, +haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones, +mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela, +le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano +hasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía. + +Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga +por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de reja +y ancha hoja de dos filos. + +--Este acero--decía señalando su fina espada escuderil--es doncel, no +sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero +aquéste--agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo +soldado--ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja. +¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más +de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola +turquesca! + +Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al +empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentro +del pecho. + +Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus +músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñando +esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todo +soldado que llegaba a la vejez. + +Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia +de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso del +monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas que +ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume +tornábanle al pronto extremadamente sensible. + +Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudo +un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del +sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vista +del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y +tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún +audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo +ademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la +lucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre +la cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles. + +Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su +espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya +sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del +valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era +llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser +aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre. + + * * * * * + +Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de +jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron +comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo. +Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a +la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los +remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento. + +El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud. + + + + +VII + + +Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan +empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasador +se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como +el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol se +tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño +levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos. + +Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje era +aún más austero bajo aquella claridad implacable. + +Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras. + +Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra +de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros, +tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa +acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cada +momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes. + +Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las _Aventuras de Silves +de la Selva_ y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que +formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina. + +Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentos +la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un +rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro una +medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que el +agua conserva en las alcarrazas. + +De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza. +Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío. + +--¿Dónde vais?--gritole. + +El escudero indicó con breve ademán que le siguiese. + +Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano +contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el +perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso, +mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba +en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban +llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del +mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los +caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos, +vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando +encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó +por su imaginación. + +Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin +pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma, +mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo +soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la +otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos +esperan», salió de la cuadra. + +Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda +cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con +seis hombres armados de chuzos y horquillas. + +El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto +distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces +de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un +cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio. + + * * * * * + +Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también +entre los árboles. + +Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo +que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y +campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte. +Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los +asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra +a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo +bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando. + +Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas +antiguas. + +Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus +rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de +estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama +surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el +oro de sus pétalos sobre el cielo de añil. + +Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro. + + * * * * * + +Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el +patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha +espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro. + +--¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!--exclamó la mujer. + +Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó: + +--¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el +rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba. +¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo! + +--No fue Medrano. + +--¿Y quién? + +--Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir +corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo. +Luego hachele el pescuezo. + +--¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las +barbas!--exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera +dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie. + +Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo +que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y +tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas +repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario. + + * * * * * + +La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin, +al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que +invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron. +Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera +entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el +niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre +el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco +soponcio. + +La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del +mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sin +vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don +Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el +coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a +Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus +temblorosas manitas, blancas como la luna. + + + + +VIII + + +Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar +sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la +coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado. + +Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como +lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz, +con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase +ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del +lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma +fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se +fundía de ternura. + +Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para +Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba +abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la +luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas +veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado +silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada +exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale +que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no +alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida +con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a +solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las +constelaciones. + +Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso +pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y +de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia. + +Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que +separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa +vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la +frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas +celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada! + +Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no +quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole, +entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y, +cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que +pasara a su jardín. + +Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo +de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla. + +Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados, +hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin +sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos. +Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más +menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba, +aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del +verano. + +Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que, +caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el +brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión, +Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con +violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa, +loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos +a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo +inolvidable. + +Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil +aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada, +soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa +existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo +peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó: + +--¿Os holgara ser aína mi esposa? + +Ella repuso: + +--Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano? + +Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al +parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que +aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de +cascabel. + + * * * * * + +Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de +legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca +Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe +de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de +las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos +eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se +aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima +Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus +rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente +la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los +juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca +hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal +que ataca, de ordinario, a los donceles. + +Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde +luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par. + +Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos, +advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente +para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que +podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo +fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi +sonriente. + +Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el +mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los +árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos. + +Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino +jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el +cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su +primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un +olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el +brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un +clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente. + +Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no +pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible, +brotó de su pecho. + +Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron. + + + + +IX + + +Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijo +en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para +enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en +Salamanca. + +Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doña +Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos de +la gramática latina, un religioso franciscano del convento de San +Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era +escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la +tarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en +las lecciones. Solía decir a su discípulo: + +--Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lo +poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han +de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los +sabios cristianos y gentiles. + +Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello, +como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias +terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de +monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico, +adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus +sermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda. +Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza +en este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre el +nido de un ave que duerme. + +Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De +esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos de +soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación. + +En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio +donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil, +súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre +obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un +velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de +un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor +que su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padre +franciscano. + +Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la Iglesia +Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fue +llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros +arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de +arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los +ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a +medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los +demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes +en el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellos +sus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, a +modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la +espada. + +Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en +medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento de +gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió: + +--Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de la +verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico me +ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del +«Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con +harto peligro de caer de bruces en la herejía. + +Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la +mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título: +_Summa Theologica_, en gordas letras antiguas. + +--Esta obra, este monumento, este tabernáculo--prosiguió el +canónigo--resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisol +de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en +la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contra +ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a +guisa de _vestibulum_, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro +Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de +Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el +alma racional muere con el cuerpo. + +Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encima +de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, calose +las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética. + +Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las +claras el vértigo. + +--No os importe--le dijo el canónigo al terminar--si de esta primera vez +no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria. + +Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes y +teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociese +como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo +Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los más +doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y +qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a +través de sus _primos_ y _secundos_, de sus _ergos_ y _distingos_. +Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con +ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de +la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer +su conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase al +pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los +ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, que +dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuello +a más de un eclesiástico. + +Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante, +si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña de +la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiénes +eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, los +Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre +moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia. +¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara su +envidiada grandeza? Aquél, y no otro... _Ergo_! Pero él conocía +demasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los +que combatían en España los principios de los escolásticos, los que +negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies +inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidad +del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos +del Demonio. + +El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no era +posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minar +aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en su +seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle +el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejía +era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más +firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido. +Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes. +Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero +eran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, _el +Brocense_, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se +invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de +Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su _Catecismo Cristiano_. +Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde +por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones, +sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para +siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres. +¡La podrido a la hoguera, y amén! + +¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerra +de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejarían +escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandes +se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se +lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por +medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y +Andalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera. + +El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los +procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la +responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de +cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo +elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no +sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas y +desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la +bancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de la +Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por su +tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio +en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército +de arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir. +España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de +las batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre +los infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor los +enemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos, +como los soldados de Tito en Jerusalén. + +Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una +bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con el +fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo +derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más +prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia, +que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veía +sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que se +grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero +cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando +se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerraba +como un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del _Antiguo +Testamento_, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable, +tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos. +Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar un +rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran +comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que +guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta, +conviene destruirlas y hacer otras nuevas. + +Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres +tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenaces +tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismos +pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un +olor raro y voluptuoso de Oriente. + +Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las +horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa y +repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la +llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus +escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de +dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo +súcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él, +bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico, +largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograban +desvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras de +alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el +sosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su +rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión! + +¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de +horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite. +Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se +castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la +columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito, +variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible, +el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote +la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple +tiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única +y sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y +sentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente. + +Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a las +bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo los +cedros, temblaban de lujuria como panteras... + + * * * * * + +Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había +levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. A +aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y +de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán, +provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria +dormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas. + +¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de la +iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento +donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonaban +allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un +infolio. + +Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchía +de una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer las +inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes +completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer», +«Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieron +quizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto +que nuestro pie remueve en los osarios. + +En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos y +caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor Don +Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noble +caballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego +del Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida +como una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que +una voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores. + +Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al +recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo +una piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre +la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino un +fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar +un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir +el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la +salvación eterna. + +En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábale +contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, y +sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia la +parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un +cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del +torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no +había querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar +a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábase +entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano de +vida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a veces +emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos y +eternos? + +Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de +Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordar +de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza +del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer +del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: _omnem concubitum +cum re non ejusdem speciei_, de la demonialidad o _copula cum Dæmone_, +que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el +comercio con los íncubos y súcubos de donde, _aliquoties nascuntur +homines_. + +--Y es de este modo--afirmaba--como debe nacer el Anticristo, según un +gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según Tito +Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro _el Grande_, +según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en una +religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito +heresiarca que llevaba el nombre de Lutero. + +Era menester mucha cautela.--La tentación--decía--palpita por doquier. +Todo es arma y cebo para el Demonio. + +Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en un +cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle la +piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia. +De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gesto +espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y +exclamando:--_¡Vade retro, vade retro!_ El Enemigo acababa de mostrarle +en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer. + +Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, a +concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne, +tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por +instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar. + +Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de +haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el _Cantar de los +cantares_, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella +le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalaban +los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farol +al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa +reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los +cervatillos mellizos» del cantar. + +Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde +dormía un olor sagrado de cirios y de incienso. + +Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallose +frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones +más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil. +¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzó +a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo. + +Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la +calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril. + + + + +X + + +A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó un +aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas, +imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso. +Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada +apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos. + +Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su +tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le +enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna +pone en el mármol. + +El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad, +recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro +interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos +de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de +Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables, +hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el +primer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se +señalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila, +apellidado _El rayo de la guerra_, servía ahora de ejemplar a los +flamencos. + +--¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vida +gallarda y desembarazada del soldado!--exclamaba el canónigo. + +No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima +carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensaba +tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano, +escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien de +la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de +calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin +rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia +de sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus +colegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una +silla episcopal. + +--Los muy bellacos y alicortos--decía--barruntan que apenas el águila +se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto. + +El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud y +el gran pecado de su alma. + +Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y +habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miró +derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudó +que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados, +pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o +en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su +familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España. +Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y +conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura, +llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamente +Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan de +Austria. Al tomar en sus manos _Los Comentarios_, era él quien conducía +las cohortes a través de las Galias; pero, en los _idus_ de marzo, más +sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y, +escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a +uno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba +a la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin, +de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre +toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su +imaginación soñaba según las estampas. + +El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar la +tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lo +mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico le +dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbre +absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar a +ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en +la tierra. + +Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre el +Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba +rodar sus pensamientos. + +Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión, +gritos de guerra, suspiros de éxtasis. + +Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovido +hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente, +abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubes +doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando +todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera +muralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella +misma. + +Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevación +de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunos +palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se +cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz +era al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de +eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su +conocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primer +momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si +de todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre. + +Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales de +cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venían +hablando de comida y de jornal: + +--Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante el +maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos a +llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil +mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia. + +--¿Qué os respondió? + +--Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed que +haríais morir de envidia a muchos obispos. + +--¿Eso dijo? + +--Cabal. + +--Paciencia, Martín. + +Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado. + +Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa +leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por +debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera. +Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura... + +Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlaba +de todas las vanidades del hombre. + +Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la +tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en el +céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con +el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos +ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que +imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro, +mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una +moneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole: + +--¿Sois muslim o castellanuelo? + +--Cristiano viejo, por la gracia de Dios--contestó Ramiro. + +La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo: + +--Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las +ídolas--exclamó con voz agorera y fatal.--Echaréis a Agar y a su fiyo, +está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos riegue +la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger, +ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!, +los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es +buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y +serán honrados en gradas altas y aventajadas! + +Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su +destino. + +--¡Tu jofor, tu jofor!--balbució la morisca. + +Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica, +soltola de pronto. + +Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del +canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se +acercaba. + +--_Chiromanciam habemus_--gritó el lectoral. + +Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se la +alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarse +lentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodar +de la moneda sobre los guijarros. + +Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el +canónigo compuso la siguiente oración: + +--Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí +una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba +hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan +haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados +de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar +sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que +llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el +filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles +hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a +bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta +la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por +manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia +la Meca, hacia el _alquibla_, como ellos mesmos se expresan. No beben +vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta +cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica. +Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o +azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según +su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal +con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las +sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de +fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo. + +Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido +reciamente, prosiguió: + +--En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está; +pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le +hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las +cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos +habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar, +tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas +de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el +primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a +mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz +de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la +injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de +Roma. + +El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto +y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron +hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al +mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua +del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían +concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de +San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento. + +--¿Qué hacer--continuó diciendo el canónigo--con este enemigo casero +tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día +nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche +nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro, +me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y +trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol +junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a +Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien +ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino. + +La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más +exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución +solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea. + +--Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de +España. La avaricia moderna, señores--exclamó esta vez.--¡Ah! ya son +contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de +honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los +nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos +perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos, +engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que +con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus +tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de +los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del +Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho--añadió, +bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,--si la Inquisición, +la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas +aragonesas? + +Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en +el teatro de su imaginativa, prosiguió: + +--¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del +reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable +para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos +traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada +cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos +pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como +alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a +las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y +abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa +llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a +Juvenal--volvió a decir,--él nos declara que no hay linaje de maldad en +que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso +opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con +la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la +naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto +emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi +que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para +rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos +de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de +carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas +cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la +mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga +llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento. + +Había terminado y escupió varias veces. + +Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban +llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus +candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor +anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la +reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era +una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora +y su pupila fosforescía de modo extraño. + +Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondo +de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su +discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y más +dulce: + +--El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasiones +privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestro +propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvar +una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano +retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el +muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un +Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la +secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o +pida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo, +que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan +de cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir +sin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo +mío--agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,--otra +ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios +mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendo +a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo, +del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta +quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia», +_nec misereberis earum_. Y así mismo, por boca del profeta Samuel, +mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar +hombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar +rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también, +como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta +ponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el +pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe +extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia, +Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quien +Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra +propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total +exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano, +antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las +claras, rematar la obra de purificación. + +--El miedo a la sangre, hijo mío--prosiguió diciendo el canónigo,--es un +bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad, +de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La +sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la +hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los +nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que +resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se +quieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura. + +Meditó un instante y continuó: + +--Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales a +éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetas +enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo +que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los +falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay +que saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería +un blando acabar, poco a poco. + +Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebo +le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría. +Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo +levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del +anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas. + +El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro, +y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que +el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos, +en el barrio de San Gil. + + + + +XI + + +El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes, +Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey, +recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las +suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas, +preguntole con brusquedad y misterio: + +--¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para +una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta +vuesamerced--agregó--que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha +religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte +que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo. + +El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara +arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto, +después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió +con viveza. + +--Sí, tal. Ya le tengo. + +--Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá +escogido con acierto--replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en +el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de +velludo pardo. + +En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos +esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo +que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un +levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles +con las manos en la masa. + +--Tenemos sospechas--agregó--de que en esta ciudad existe un escondite +de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de +Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo +con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y +abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras +abandonadas, les tienden solapadamente la mano. + +Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a +su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería +compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera +en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino +de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a +explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente. +El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible +comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo, +por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido. + +El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas +del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había, +tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario. +Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un +esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora, +púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había +logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más +influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el +Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su +barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su +labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto. + +La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las +más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La +Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de +Milán, Tomás de San Vicente, llamado _el Valeroso_, y, sobre todo, Ruy +López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre +podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de +Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía +del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados +en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en +Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San +Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia +sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo. + +Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del +aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas +antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte; +y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios +y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como +señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal. + +De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor +una voz desesperada que comenzó a gritar: + +--¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto! + +El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un +lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de +sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a +arrojarse a los pies de su señor. + +--¿Qué sucede?--preguntó mal despierto el hidalgo. + +--Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega, +ahí está!--agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de +pies a cabeza como endemoniado. + +En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la +boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote +levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo +centellear, en el aire, su larga espada desnuda. + +El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa +agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el +rostro con el acero. + +--¡Teneos, en nombre de Cristo!--gritó reciamente el canónigo, asiéndole +el brazo. + +El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado +examinaba su propia sangre en los dedos. + +--No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito, +sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa +de mí--rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y +recorriendo a trancos la cuadra.--Vuestra es la culpa, señor, que me +habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores, +las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de +joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo, +la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste! +Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro +y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la +ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín, +para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el +mesmo vientre? + +Afeminando la voz de modo burlesco, continuó: + +--Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia, +y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en +Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis +harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le +deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir +sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante +mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!, +pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año, +señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto--exclamó, haciendo +sonar la uña del pulgar en los dientes.--Agora os llega este caparazón +y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados. +Todavía este puerco--exclamó señalando al lacayo--me lo enseña de lejos +con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces. + +Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar +la mirada. + +--¡Ah, señor!--prosiguió el segundón--la postre no os sabrá tan dulce +como esperáis, ¡No! ¡No!--gritó bruscamente, golpeando con el tacón en +el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera, +semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando +desnuda su pierna muy blanca y vellosa. + +Esta vez el hidalgo se atrevió a decir: + +--Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En +cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia. + +El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a +cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió +a gritar: + +--¡No! ¡No!... + +En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de +la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de +metal y de seda. + +--Seguro estoy--dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber +saludado al canónigo--que reñíais a nuestro padre. + +--Así es verdad--contestó el hidalgo;--me reñía porque os enviaba ese +caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo. + +El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban +bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo +turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los +arabescos de plata y de oro. + +Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas +que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El +rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como +despertando: + +--Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña--exclamó.--Peor +para él si no sabe aceptar su condición. + +Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en +las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos +crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de +insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y +descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga. + +De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo, +apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro +hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave +y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez +era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de +hierro. + +--¿Qué pensará vuesamerced--exclamó, dirigiéndose al lectoral--de tamaña +vergüenza? + +Luego, encarándose con su esposo: + +--Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya +para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas. + +El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban +nerviosamente los brazos del sillón. + +Doña Urraca prosiguió: + +--¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja +volver por la honra de vuestra casa? + +Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo. + +--Ya os he dicho mil veces, señora--replicó levantando la frente y +mostrando sus ojos humedecidos,--que mi sangre es tan clara y tan limpia +como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y +que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por +ventura--agregó poniéndose en pie--es cosa de nada un linaje que viene +de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con +dos condestables de Castilla? + +Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo +de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su +preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los +mancebos, díjoles con imperio: + +--Vosotros seguidme. + +Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos +hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por +el corredor el golpeteo de las espuelas. + +Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía +decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó +un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza +afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella +delicada misión. + +Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un +viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como +una mujer. + + + + +XII + + +El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad, +como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón +inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales. +No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia. + +Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y en +un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido. +Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a menudo, +descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma del +almenado _Cimborio_, que forma a la vez el ábside de la Catedral y el +torreón más ancho y más fuerte de la muralla. + +Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser la +irritación del insomnio, como una ablución de rocio. + +La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer +encendiera su primer rubor en el naciente. + +No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía. + +La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario. + +El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de hierbas +invisibles que sus pies hollaban al caminar. + +Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí y allá, como +suspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en tonos +lechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y flotar una +confianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal, +que él asemejaba a la claridad que la eucaristía difunde en el alma. + +Las torres y contrafuertes del templo fingían majestuosa visión entre el +cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla se +alejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos, hasta +desaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la evocación +legendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís, Lanzarote... +desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes dejaban los +castillos. Sus armaduras reflejaban la claridad nebulosa... + +Un gallo cantó. + +Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que le +habían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como no era fácil +leer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la piedra. + +Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban el +plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente. Ya se +distinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas azules, +abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían sobre el +adarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó a disiparse, a +hacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra purpúrea se encendió en +el naciente, comparable a un alfanje de cobre. + +En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispo +destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída de la +Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen de +aurora. + +Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, las +sombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande, junto +a San Pedro. + +Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en las +bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas. + +El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascua +desnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza hacia lo alto +dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama de +Moisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de la +Escritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los +adoradores del becerro. + +--He aquí--exclama--que el Señor se sirve agora de este signo, harto +elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y blasfemo de +Mahoma. + +Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a cumplir un santo +deber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante misión no le +encamina derecho a los más grandes honores. + +Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su esperanza en aquel +mancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para llevarle después +como halcón en el dedo. El señor de San Vicente había dicho que +comunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. ¿No +sacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra? + +No habían sonado aún las doce campanadas de mediodía cuando Vargas +Orozco mandó en busca de su discípulo. + +Sentáronse en un escaño de la sala capitular. + +Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz, +enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el arrabal +de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en los +bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era preciso +hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante +conspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras: + +--Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular un +amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo propósito. + +Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de la +iglesia. El canónigo volvió a decir: + +--Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansan +aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servir +a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos +remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros ese +tuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo. + +Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo que +acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, de +confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligero +el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario, +envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con las +cuentas. + +--Esto que agora emprenderéis--agregó el lectoral--será en servicio de +la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducir +por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabios +designios os indiquen. + +Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra. + +En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña crestería +plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente del +cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y +navegaban en la luz. + +Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes, +rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro y +el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un tosco +relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquello +bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y una +nubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los +obreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era una +espuela, un acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamente +en la mano, y levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba a +través de la vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira: + +--¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habrá +hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblema +de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su solo +ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo. + +Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gesto +grave y casi compungido, prosiguió: + +--¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la casa +y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas! + +Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en el +sepulcro, terminó de este modo: + +--Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño, reliquia de la vieja +honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por el alma +desconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte. + +Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó una plegaria. Ramiro +le imitó. + + + + +XIII + + +El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su desparramada +energía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado y +quimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las horas y las horas +imaginando hazañas inauditas o exaltando ansias de imperio y de +grandeza, que él miraba luego colmarse una a una, a lo largo del +porvenir, como tinajas de subterráneo tesoro. + +El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo compañero de +su edad. Desde temprano, a pesar de la oposición de su madre, buscó el +trato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un Núñez Vela, a un +Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dávila, a Nuño Zimbrón. +Soñó con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sin +ambages, en rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tardó en +advertir que sigiloso encono crispaba todos los labios en su presencia y +que su mano calurosa no estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio, +los demás se agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad común hacia +él, aquella tácita conspiración, parecía estrecharles mayormente. + +--¿Por qué? ¿Por qué?--se preguntaba sin cesar con varonil mansedumbre y +sin querer pensar en la venganza,--¿por qué no me ha sido dado lograr +esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbécil y a veces a un +malvado, a un felón?--No maliciaba aún el peligro de aquel ingenuo +aliento de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendían. + +Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con Miguel Rengifo, el único +amigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo calor: + +--Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho señalado me hacen +gobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para haceros mi +primer capitán. + +Rengifo, a quien todos llamaban _el enano_, por su mezquina estatura, +giró sobre sus talones y respondió con enfado: + +--¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame junto a mí, e os +haga mi capitán? + +Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dos +veces en su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo la espalda. + + * * * * * + +Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago. +El temor del peligro le había dejado para siempre desde los primeros +años de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propia +vida y la ajena. El orgullo de su misión vino a duplicar su ardimiento. +Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno. +Quién sabe si no se le había escogido deliberadamente, desde la Corte, +con la traza de una casual designación. De todos modos, aunque así no +fuera, el monarca oiría muy pronto su nombre. + +A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería, +imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale ver +ante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose gravemente +y echándole al cuello la venera de un hábito. + +Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que no +atrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada templada +en Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don Rodrigo del +Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por debajo +del jubón. + +Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulando +un andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la cuesta del +mediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más tráfago y rumor +que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire y +al sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquillos +casi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cada +instante estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento de +tornos y telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita. + +Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevaban +gregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de colores +aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las callejas +la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, sí, en +su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún sangriento clavel, +prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se esquivaba +al andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se detenían +para contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía. +Otros levantaban la cabeza y sorbían el aire como camellos, +libidinosamente. + +Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna moneda +excesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna mozuela, o +zapatos infantiles con que después obsequiaba a las madres moriscas. +Comenzó sus paseos con el corazón encogido por el odio; pero, poco a +poco, su misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, y +la dulzura que recogía de todo los rostros, le fueron ablandando la +entraña y haciéndole descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquella +vida graciosa y sensual de los musulmanes. + +Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El más concurrido se +levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un morisco a quien +llamaban _el Nazareno_, por su semejanza quizá con algún Crucifijo muy +barbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la mañana o a las seis +de la tarde, caía a aquel figón toda clase de gentes. Trajineros que +dejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle que +entraban secándose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros, +olleros, caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba también las +piernas sobre el esparto, y pidiendo cualquier golosina, poníase a +observar por debajo del aludo sombrero. Cierta mañana pasó al trascorral +y vio matar una ternera con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dos +ancianos inclinaron el rostro balbuceando una oración, y, al notar que +aquel mancebo no se inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramiro +se retiró orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tardó +en advertir que los alguaciles que caían al figón presenciaban a menudo +aquellos ritos diabólicos, y que _el Nazareno_ los cohechaba con solo un +rubio y chispeante buñuelo, recién sacado de la sartén. + +Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en algarabía y no pudo +contestar. Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y, desde +entonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles. + +Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos árboles, por +detrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte detonación +y a la vez breve silbido que pasó por encima de su cabeza. Volvió la +mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire. +Le habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la espada y recorrió +velozmente el paraje en todo sentido. No había nadie. Al continuar su +camino y al descubrirse instintivamente, advirtió, a uno y otro lado de +la cumbre de su sombrero, dos agujeritos redondos. + +No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos le +recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta vez +le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La idea +del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sin +embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y +luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó +súbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo, +deteniéndolo el brazo: + +--Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo. + +Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de hermosa +ataujía de oro purpúreo. + +Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino. + +El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable. + +No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidas +veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa preocupado +con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en las +puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que había +dado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?... + +Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria el +semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo, +representándose, a la vez, toda la escena lejana... + +Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a una +cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron. +Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre las damas, y +parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, y +galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de +los hidalgos. + +Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila de +cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose por +un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las traíllas, +los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta +distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el +vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un +árbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se +hacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, los +ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y no +era posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a los +hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venido +quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva sobre lustroso +corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del otro lado +del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los +ventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otra +el puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero, +volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorra +a las damas, alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el +viento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos. +Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacería, se +desmayó; y parecíale ahora que aquel cazador misterioso no era otro que +el personaje que acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero y +de oro purpúreo. + +--¿A qué pensar en esto?--se dijo por último.--Lo que importa es que +estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un amorío! +Sin esta máscara no podré continuar. + +Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cántaro, +desfilaron por su mente. + +El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de +celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancura +de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas, una +flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramiro +se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguez +de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue y +temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes. + +Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón del +Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y verdoso. +Era casi de noche. + + + + +XIV + + +Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta de +Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados del +arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura. + +Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el +aspecto de un mercado berberisco. + +Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la +sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedor +de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite +para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más +lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías. + +--Alguna gresca de matarifes, alguna muerte--se dijo. + +Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los +jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de +alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad. +Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó. + +Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y +bailadoras. + +Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros, +mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las +aves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza de +altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros. + +Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo +desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto +halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas +cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques +de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre +los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro +de aquellos que llamaban _letrados_ en Castilla, por sus alas escritas, +a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos +laneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y +no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se +dignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban. +Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer +de Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero +que bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda +del galgo. + +Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le +quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de +los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires, +para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en +forma de codorniz. + +Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos +pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de +posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable +volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El +pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre +cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las +heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo +formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos +avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro +lado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias. + +En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la +cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria. +Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo y +siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la +anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera. + +--¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?--preguntó la mujer, +mirándole en el rostro con azucarada sonrisa. + +Luego, misteriosamente, bajando la voz: + +--¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más +cosa en el día que perfumarse e cantar. + +El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer +habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba: + +--Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la +zaga de mí, sin hablarme. + +Ramiro la siguió desde lejos. + +Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer +llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares +eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje +junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las +flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera +desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como +en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las +paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían +pensar en una casa cristiana. + +Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por +cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la +hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a +otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble +gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con +sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave +peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta +criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos +entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de +luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo, +difícil de apreciar, se detuvo. + +Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La +anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la +mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a +juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del +ambiente. + +Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de +caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún +episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos. + +--Si mi constelación--decíase ahora a sí mismo--no anuncia que he de +morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el +contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme? + +Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces +un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió +el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su +sentido. + +Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estancia +con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre +obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanes +contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcos +policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillas +incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de +cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer, +dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando: + +--¡Aixa! ¡Aixa!--en el silencio. + +Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla +pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina, +abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco +minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua +escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las +inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En +aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas color +de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra, +introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciole +soñar! + +Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz +sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos +cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del +zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una +alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que +sucede a los baños. + +Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida +de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de +terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino la +desnuda belleza de una joven sumergida en el agua. + +La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por +el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los copos +destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la +oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era también +su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?... +Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las +cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de +ensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible +mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura. + +De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas +se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro. +El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento. + +En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y +amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos +desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes, +los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no +alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño, +púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y +corrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de +pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si +aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a +mirar hacia la misma parte del muro. + +Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua, +rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende. + +Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos +bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correr +por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las +abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra. + +La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y +brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando la +criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una +tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y +entregose, como muerta, al pincel y al ungüento. + +Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar, +presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose, +con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el uso +de Oriente. + +En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en su +conciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de los +baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad, +el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo +corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los +admirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un +anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San +Macario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el +sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios +excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; en +fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre el +estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio, +todo pasó por su mente como a la luz del relámpago. + +Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las +traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí +estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de +su juventud! + +Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en el +torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigía +a tomar las babuchas en el hueco del muro. + +La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó un +grito de espanto. + +Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del +baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos +retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un +blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde +tafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la +hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su +rostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabas +guturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopelado +carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al +reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica, +que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblante +claro y tranquilo como la luna. + +--¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?--exclamó.--¡Bienvenido seas! Perdón, +si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al +sombrero. + +--No me hizo daño la flor--replicó Ramiro,--pero sí vuestra risa. + +--¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogida +cabe la reja, e no me catabas. + +Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba, +ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo. +Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracena +preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgaba +sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento +ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas; +y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer +semibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras +sus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio +polvillo de lujuria y de nigromancia. + + + + +XV + + +Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares +de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo, +desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su +existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía +ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese +columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes +aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba +en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia +quería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían de +correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro, +clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando +presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus +recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando +fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un +guiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el +vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que +aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que +buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución del +canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas +sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío +para facilitar su comisión? + +Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió que +era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba. +Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el +dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besos +húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios. + +Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda +visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tan +severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus +labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como +si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes. + +El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Ya +era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces, +junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que le +arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole +los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso +delicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le +llenaba de sensualidad y de luz todo el ser. + +Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar, +destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando, +insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vida +habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus +ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas +de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de +cendal, perfumada de almizcle. + +Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago +de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta +prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el +esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose, +por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático +hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las +dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual +ella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras como +sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo. + +A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes +pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las +charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le +preguntaba: + +--¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesma +creencia que tu Aixa, tú? + +Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hasta +el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo: + +--¿Lo juras? ¿Lo juras? + +El, buscándola, musitaba como ebrio: + +--¡Sí; lo juro! ¡Lo juro! + +Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las +almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje +evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo +Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España. + +Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María: + +«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el +saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril, +nuestro espíritu en forma humana.--Soy el mensajero a ti, de parte de +Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.--¿De dónde +podrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a +mí ningún hombre, ni he sido mala?...--Tu hijo será el milagro y la +dicha del universo.» + +Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua, +con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte. + +«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador y +pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por el +ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio, +sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola +de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales +envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y +Alcafur, juntando frenética su rostro con el suyo. + +Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada +compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más +íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su +frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las +cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la +respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura: + +--Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por +alguna calleja nos miraremos con odio. + +--Será o no será--respondió la sarracena.--Los destinos van colgados de +nuestro cuello. + +Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días +acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un +taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un +librejo centenario, prorrumpió: + +--Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me +darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio +Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer. + +En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó: + +--Está en palabras harto ascondidas. + +Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser +la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila. + +Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los +almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente. + +--Es fácil conocello--dijo entonces la morisca, con acento claro y +jubiloso;--lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro +guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de +El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre +de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la +plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca +ríe, camina despacio. + +Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro +azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En +seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había +advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo +dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la +contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre +fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte +le sobrecogiera en dicho estado. + +Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema +Visión. + +Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro +estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español, +resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo +sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los +párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba +cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas +cavilaciones. + +Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios +alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se +emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados, +extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias +inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a +abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el +supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la +danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera +Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser +Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del +sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada +diferente. + +El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la +mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su +mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a +inundarla el corazón. + +Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose +lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer +de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de +arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente, +como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo +maduro de aromas. + +Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo, +Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los +codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas +sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y +otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante +agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas. +Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba +profundamente. + +De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una +música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son +ardiente como las arenas, obscuro como los bazares. + +Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro +y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró +sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor +sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero +todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso +diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y +brazaletes. + +La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus +pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas +visiones, se inclinó por fin sobre el hombro. + +Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los +ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a +sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas, +apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si +tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas, +se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla +el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los +lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la +madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y +acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria +en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima +muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios, +el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de +claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de +los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola +contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del +éxtasis. + +El la llamó varias veces:--¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!--palpándola los brazos, +las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica y +glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa +él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias. + +Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezclada +con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores +sobre la muerte. + + + + +XVI + + +Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primera +vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero cierto +día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó la +daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fue +grande al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas y +revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una +jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra, +sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio, +indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la morería. +Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en el patio el +morisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con la +anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones. + +Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casa +misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en la +calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sus +talones y se puso a caminar hacia el naciente. + +--Segura estoy--dijo la anciana a Ramiro--que este perro vase agora a +juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte--agregó, señalando +en la dirección de Santo Tomás:--Algún lazo os quieren armar, señor +caballero. + +Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella. +Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño, +levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura +mostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas. +Dicha abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo, +era imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban. Sin +embargo, el acceso no era difícil. + +Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiro +entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba su +caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole los +brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre +las vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una +terraza descubierta que avanzaba hacia el mediodía. + +Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban en +torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el +paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda +esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto +anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro, +una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, el +hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también: +la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos su +almadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado gesto en el agua, y +luego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menor +contacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevábase la red a la +boca y gemía de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras +sus empapadas sortijas relucían en la penumbra. + +Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando en +silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las +montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza, +hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno en +medio de la terraza. + +Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con una +larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz, hablaban +tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los +principales señores de la ciudad, de sus genealogías, de sus +parentescos. + +Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y su +mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones. + +El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso subía de +los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, el +caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés embermejaba +hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como nunca la +religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y de +grana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acaso +entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos +conversos. ¿Rezarían con él las avemarías? + +El y ellos callaban. + +De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de caravana +más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo, hacia el +costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención. Ramiro creyó +distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste. +Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior del +_idzan_, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en +medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales, +hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde. +Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y otro sobre las peñas, y, +entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte, +entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recita +palabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos en la memoria. + +Ella dijo: + +«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para darme +tormento.» + +El replicó: + +«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba, +gime cuando el sol toca el poniente.» + +Y siguieron alternando: + +«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle +toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.» + +«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando +llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de los +hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el +remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de +Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi +otro quibla que el sepulcro del profeta.» + +Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintió +que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y un +acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en la +conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus +mayores. + +Aixa continuó: + +«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de +Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El +kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra +amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la +polvareda de los camellos.» + +El respondió: + +«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem. +¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que da +vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo de +la Cava.» + +Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo +impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre. + +El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su +pecho. + +En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la +campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas, +respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes, +y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto, +tocaban las oraciones. + +Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiese +traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras y +cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la cual +desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, se +redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algo +odioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez, +en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia. + +Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los +ojos del mancebo. + +La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso +anochecer. + + + + +XVII + + +Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar al +señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendió +para acompañarle. + +Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como si +buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunas +personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de +Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de +indagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos. + +--Bien respondido--replicó don Alonso--si fuera yo algún oficioso +impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado +siempre como a un hijo. + +Una pausa subrayó la intención de aquella frase. + +--Corren acerca de vuesa merced--añadió, tratando de atenuar con una +sonrisa la dureza de las palabras--las más peregrinas especies. Unos +propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para +transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han +comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien +asegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una +vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estas +patrañas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he de +hablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste a +explicar vuestros cotidianos paseos por la morería. + +Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangre +encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dio +algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en +seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había +recibido en nombre de Su Majestad. + +--¡Ah! Harto bien se me alcanza--agregó--de dónde pueden venir esas +aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuando +determine vengarme. + +Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, y +mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, le +dijo: + +--Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tan +limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras que +acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea, +dadme esos brazos! + +Se estrecharon ceremoniosamente. + +Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada, +resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo en +cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes +honores. + + * * * * * + +La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz +desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Cruda +claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su conducta, el +olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministro +de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no había +querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese +a perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio había +logrado sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyos +muros guardaban, quizá, el secreto de la conspiración? + +Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediante +cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho libro +de religión ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vida +abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Se +desceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida en +algún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se +inclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado el +momento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino él +quien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadas +invenciones que le había referido el hidalgo. + +Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo de +la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura +brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a experimentar los +primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se mezclaba +ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejor +de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya +fascinación podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá en +lo más hondo de su conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla +perecer, sin arma alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus +propias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua, +con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica le +sirviera de sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobraban +al morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa del +fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un +negro amasijo, repelente. + +Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa, más +enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento y +quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de una mano +sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acento +superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo, +semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados, +la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían +hasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su +pérdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puede +arrollar o desarrollar, con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otra +vez dueño de sí mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimo +instintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez para +arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobrado +derecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en la +apostasía y el perjurio. + +La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzábale +por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con semejante +enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellas +blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y, +demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos, +sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados en +lágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido. + +Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos los +recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba disimuladamente +los muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en cambio, no +hacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era la +cantinela monótona, el ruego único, desesperado. Junto a Granada, sobre +el Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con una +puertecita roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil, +lasciva, y cuasi llorosa. + +Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca, +le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca, le había +revelado lo que pasaba por él. + +--Es secreto--agregó--que a ti mismo se te asconde. + +Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y los +sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El doloroso +recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado por +aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante +ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la +anciana sacó de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La +cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin híspida y espesa. La +cintura era ceñida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasaban +de parte a parte la garganta. Ramiro sabía harto bien lo que aquello +significaba, y tembló por la doncella, ante el pavoroso recurso de la +hechicería. + +Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de la +catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de +los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabara +de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo +la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas +manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió: + +--Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis en +grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosa +jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo pueden +resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me +extraña lo que acabáis de referir acerca de su grande hermosura +corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos más sotiles de la +tentación y él mesmo suele alojarse en sus personas, como se comprueba +de continuo. Urge, Ramiro, desatar ese ñudo de una sola cuchillada, como +nos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposición y los +tapujos de esa casa, tengo para mí que ha de ser sitio de clandestinas +reuniones, y pienso agora que si llegárades a introduciros en ella, a +eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderíais, +de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha +de asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o no +llevara, al menos, estos hábitos graves! + +Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba +resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma noche +tentaría la sorpresa. + +Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón apoyado en el +libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesiástica +prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecer +parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que +llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo. Enorme +mitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía y +apagaba, y volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras. + + * * * * * + +Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su casa, ya +entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que le +diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la +capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana. +Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas +historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio. +Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croar +numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal, +invisible en la sombra, hacía latir su cencerro. + +Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en el +plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban +deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura. + +La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emoción +peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino a +distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un cielo +en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los +muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica, +espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en +animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios +entre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus +conjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica, +que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre. + +Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería una +corneja! + +Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta abertura, +Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Del +lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban con +sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas y +desaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numeroso +bajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin, +otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba como +boca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido más de una hora sin que +nadie llegase, Ramiro emprendió a su vez el escalamiento. La ventana +estaba entreabierta. Descorrió el tapiz. Densa obscuridad llenaba la +primera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeó +los azulejos. + +Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando la +sombra con el estoque. + + + + +XVIII + + +Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa había +hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando +rabiosamente la víscera. + +Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor +cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llaga +hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas. + +Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado para +siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo +viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajo +las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el +tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los +incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura. + +Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen +dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La +habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba por +alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecía +chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos +de silencio. Acababa de sonar el toque de la una. + +Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos +rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañido +de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las +losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia, +sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina +al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo +entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro. + +El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas +familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescura +de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones; +pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solía +bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones +ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la +vibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y +columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los +campos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútrida +calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre las +otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado. + +Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel +calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta. +Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían entrado +personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba +ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos +numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna. + +Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez +más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos +pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hasta +recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo. + +Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando +luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoque +tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristales +del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva +sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado +tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los +divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió, +hacia el rincón obscuro, el trazo de luz! + +Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no se +había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con +sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó que +el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La +sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban las +manos y los brazos con respetuosa sensualidad. + +Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba +todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podía +significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya +punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor +colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su +discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba +junto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro +escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar +la atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el +yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro +mundo. + +Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la +puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron +de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció: + +--¡El bajá! + +Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas +se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado +presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado +secreto del Sultán de Turquía el que llegaba. + +A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir +atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel +imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa +morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes +ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo +entrado en la cuadra del baño, exclamó: + +--¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú! + +Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole de +las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muy +quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que +acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su +amada le puso la mano sobre los ojos. + +El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el +alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservaban +aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le +rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo de +los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto. + +Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble sabor +de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados, +emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable, +desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con +certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su +martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su +virilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura. + +Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendo +menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre el +resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su +imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en +el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible +apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y +acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado de +estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muy +hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitando +su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos +secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se +adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban, +amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de +sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto, +sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los +cuerpos que recibían la punta como pellejos de vino. + +Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas con +el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado de +larga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las +dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario +desapareció en la tiniebla. + +Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás, +fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón, +un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su +desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío +del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para +ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa +luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que, +abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con su +cuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía: + +--¡Ebni! ¡Ebni!... + +Luego sobrevino el desmayo. + +Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí, +hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de +Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la +vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de +aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones +de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y +Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un +ungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia +hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en +precioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento. + +Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, como +a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares de +pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos. + +Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre, +la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se +ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado +junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente +y se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo +único que denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica +arrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles y +refinados. + +--Voy a dejarte--exclamó.--La maldición de los creyentes ha caído sobre +mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quiero +pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia, +avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan +huir. + +Ramiro accedió con un signo de cabeza. + +--¿Lo prometes por tu honra?--preguntole en seguida. + +--Sí--contestó el mancebo. + +--¿Lo juras? + +--Lo juro. + +--Eso basta--replicó el musulmán; agregando:--¡Alá, para él la oración y +la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el +espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte +referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia, +flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra. + +El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro. +Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra. +Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiro +que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le +esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había +visto montar y alejarse. + + + + +XIX + + +Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y +determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, al +siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia. +Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un +largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían +tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber +revelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba +empeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejante +compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la +idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado la +muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se +hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia _juradera_ del +reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba +haber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a +punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por +haber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos. + +El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el +mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado +resonante para la hora y la ocasión, le preguntó: + +--¿Qué ha sido esto? + +Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo de +declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y, +así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos. + +--No puede ser--replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba como +confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante. + +Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caído +en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron. + +El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel +aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que su +discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no +volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había +tiempo que perder. + +--Valor, valor, hijo mío--exclamó.--Si habéis de morir o no de esta +cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presenta +sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos. +¡Ea, sus! valeroso cachorro. + +Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores. +Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras, +cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale al +oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez +junto a él, le tocaba en el hombro. + +Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino, +hizo llamar al lectoral. + +--¿Cree vuesa merced--le preguntó--que existe algún medio honroso de +anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoy +dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele, +sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte? + +--Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel--respondió el +Canónigo--en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester +Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque del +alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio, +requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, a +saber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó, +puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delito +contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obliga +ni engendra perjurio: «Ca el juramento, que es cosa santa--dice, si mal +no recuerdo, la ley del Rey Sabio--no fue establecido para mal facer; +mas para las cosas derechas, facer e guardar.» Luego dividió el asunto +en dos partes. De un lado ponía los compromisos caballerescos y +legítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, más +precioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentos +anatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, y +de los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte +sorprendía a un alma con semejante pecado, arrojábala derecho a las +peores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho en +favor de los enemigos de la religión. + +Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya no +vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, le +hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su Divina +Majestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que su +compromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle al +cuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejó +en la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera de +llegar a la casa de los moriscos y las señas de Aixa, de Gulinar y de +algunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el alma de la mácula +horrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Señor, que ya +no quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento. + +Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doña +Guiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron. + +Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa hemorragia que +enrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de docta +disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría, +resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas, +fue sangrado del brazo y del tobillo. + +Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La calentura le +exaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la extenuación. La +carne toda se sentía fenecer. Era una sensación glacial, tenebrosa. Su +sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que visitó, +siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los innumerables esqueletos +apilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto en +el anónimo de toda aquella leña humana entremezclada por el monástico +desprecio. + +Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del cual sólo nociones +enormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, el +castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible de +su conciencia. + +Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el letargo. La gangrena +difundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más famosas reliquias +pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y puestas en +contacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, habían +resultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la Extremaunción, +administrada por su primer maestro, el viejo fraile franciscano. Doña +Guiomar le daba ya por perdido. Por fin, a indicación de varias amigas, +mandó en busca de una conversa del arrabal que realizaba curas +milagrosas. La mujer lavó la herida copiosamente con un cocimiento, +aplicó un emplasto, prescribió un brebaje y recomendó que no acercasen +cosa alguna a la llaga si no querían corromperla. Dos días después +cesaba el delirio y la calentura decrecía. + +Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada por tantos autores +sacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la delicia de +vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a maravillarle. +Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa puerilidad las +nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón formulaba de +nuevo las preguntas elementales que acosaron su niñez. ¿Dónde se +redondea el granizo? ¿Quién hace resonar los atambores del trueno? +¿Quién fabrica los vientos? ¿De dó vienen?... + +Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan un +lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos; las +riquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las heroicas +aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus +esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversas +comarcas del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la presa de +gloria: he ahí las diversas expresiones de todo aquel blasonado granito +que sus ojos contemplaban sin fatigarse. + +Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia más +fuerte. Consideró que Dios no le había llamado porque le reservaba para +algún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la primera +prueba de las vidas predestinadas. Recordó la biografía de los héroes. +El comienzo de la fortuna orilló casi siempre los despeñaderos. La hoja +mejor batida era aquella que había estado más cerca de partirse en la +bigornia. Nueva confianza en su destino erguía ahora su hercúlea +voluntad, y sentíase como ebrio de ilusión, llegando a decirse a sí +mismo las frases admirativas que su sola presencia provocaría muy pronto +por doquier. Luego examinaba, ponderaba. ¿Qué linaje en Castilla más +claro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia como el diamante. +Además, estaba destinado a recibir uno de los más opulentos mayorazgos +de Segovia. Pensó sin inquietud en los mancebos de las otras familias, +demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, en +ardid, en denuedo. + +La gloria volvía a sonreírle cual una esclava impaciente y desnuda, +ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares. + + + + +XX + + +Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la +techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió muy +despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre. + +Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla los +cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sin +carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos +señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella +solía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el +aviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos +nos espera. + +Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estaban +visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy quedo y +con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera +cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores del +lance con los moriscos. + +--Paréceme--exclamó gravemente--que te pudiste ahorrar tanto riesgo, +tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetes +bastaba. + +Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño y +desengaño de toda acción ambiciosa. + +--Esto lo hiciste--agregó--por punto de honra. Harta dicha será que no +te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como tú, +Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscar +por ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada +sea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como +a otro San Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de qué +modo tan patente el Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de +la muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te +cumple pagar esa segunda vida que te concede. + +Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase +restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. El +señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajoso +destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes. + +Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante la +menor impresión. + +Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspenso +entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto que +expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía reservarle. +En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando que +don Alonso Blázquez subía las escaleras. + +El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las +calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre una +lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto para +aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia, +hermoseando la expresión ante su propia imagen. + +Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su madre +echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, señalando un +contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedras +preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña Guiomar, al +tomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja +despaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que el +hierro tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve +levantarse ante sí pavoroso fantasma. + +El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo más +tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuas +algunos granos de incienso que sacó de su escarcela. + +En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura, +don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un retrato en su +marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia y +adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de su +amigo. + +A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey +generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandes +cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras, en +servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose el +encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz. +Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase al +pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manos +eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del +sebillo en los guantes descabezados. + +--El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey--díjole +a Ramiro, antes de despedirse,--dejando a una parte el largo padecer, +que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sin +recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para +vuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme. +Vuesa merced--agregó--no tendrá con esto más trabajo que reunir sus +pergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la lumbre +del sol. + +Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados, +estrechó en las suyas aquella mano generosa. + +Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar +arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostro +oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras +incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros: + +--¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar? + +Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante: + +--Una gran desdicha--respondió,--la más grande, la más cruel que podía +acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición! + +--¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís? + +--Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del +mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciome +ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar de +esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón? + +Luego, con la frase entrecortada por el llanto: + +--Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radioso +por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niño +su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo! + +Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin +levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por el +dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose +en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una +transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la +estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con +voz casi hombruna y justiciera, exclamó: + +--Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para +Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre +la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad. + +Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olor +de cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramiro +sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida. + +La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó en +presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, y +alumbrada ella misma como imagen entre cirios. + + + + +XXI + + +En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la más +visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso Blázquez +Serrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas principales +para tratar del asunto de los conversos. La reunión se repitió. El +número de los invitados se fue acrecentando. A la simple jícara se +agregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen del +aristocrático mentidero del señor de la Hoz. + +Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio los +varones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquella +reunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos +regidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito imprevisto. +Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado. +Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico doméstico +se apoderó de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, y +perdió mucho tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntario +ademán o la frase imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo para +él mismo era obscura la razón. Aquel anciano despilfarrado y enfermo, +que no podía convertirse en un rival para nadie, era el dueño de casa +guisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado por su casamiento +a los más antiguos linajes de la ciudad, habíase conservado +completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y San +Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salas +de su mansión eran amplias, la servidumbre numerosa, la pastelería +excelente. + +El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal, +compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse corrillos de +tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se refugiaba, +evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba a +introducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién le traía; el +hidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor del +agasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano de +número... + +Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad dominante, y +casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la cuestión +actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa sobre +sus heroicos servicios en la campaña de la Alpujarra. De lisonja en +lisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, y +ya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto, +como si en verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes de +aquella guerra santa y vengadora. + +Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el número +de los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros de plata, +nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses sus mejores +tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo sacristán +de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Un +famoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja. +El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a la +servidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a +sus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayos +apostados a lo largo de los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cada +cual con un hacha de cera encendida. Gastábase tanta luminaria como en +la Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y señoril. + +Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos los +rostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más graves se +adelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su +herida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso, +se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que hacía +las veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la Anunciación y +de un religioso franciscano de San Antonio, las personas que allí +estaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, uno +que otro, su jornada, lo hicieron en términos tales, que parecían +referirse a la diligencia más o menos provechosa de algún alguacil. El +desengaño le dejó confundido, y, no sintiéndose con aliento para pasar a +la cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y prelados, agazapose +en el más obscuro rincón, entre un grupo de religiosos. El franciscano, +arrimando su taburete, le dijo en voz baja: + +--¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro está +que vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos y +calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habrá +de llevárselo el viento como la paja. + +--¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?--preguntó Ramiro. + +--Habladurías, habladurías--replicó el religioso con ademán de +desprecio. + +--No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nunca +daña saber por dónde habemos de ser combatidos. + +--Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a punto +de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba noticias +a los conversos... que la riña fue por cuestión de la paga... + +En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galas +de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco: + +--¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos por +piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, que +fenecemos! + +El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase, apretándose al +mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos. Alguien le habló en +voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca como +avergonzado. + +Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos +señores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro y +al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto de +asombro y se dirigió a saludarle: + +--Enhorabuena--exclamó, alargando los brazos.--Grata señal es ésta; +pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos de ver +y escuchar a vuesamerced. + +--Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas. + +--Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como éste, +todo su lance con los moriscos, punto por punto. + +--Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me encienda la +calentura. + +A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observó, con +inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrería, que el +mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomándola +por fin en su mano, exclamó: + +--Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos? + +--No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso +permitir que los demás me acabasen a cuchilladas. + +El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombro +de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le escuchara: + +--Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento y +esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa. + +--Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción. + +--Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que la +lealtad sea por momentos amarga. + +--¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios! + +--Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar cómo, +cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y presentes de los +conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la enseñarán como prueba. + +Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la mano +a la frente y, sin poder articular una sola palabra, una sola +exclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su aposento. + + * * * * * + +De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya varias horas que don +Alonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón predilecto, frente a +don Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al mediodía para +retirarse después del toque de oraciones. Eso cuando él mismo no se +invitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida de _triunfo_ con el +anciano. La intimidad acordábale fueros especiales, movíase como en su +propia casa, se chanceaba con los religiosos, sabíale el nombre a todos +los criados. Su situación era, sin duda, la más prominente. Su vieja +amistad con el Conde de Chinchón y su parentesco con el Marqués de +Velada era causa de que los menos informados le atribuyesen grande +influencia en la Corte, ilusión que él mismo alimentaba repitiendo a +menudo las dos o tres frases que Su Majestad le había dirigido en su +larga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiración +tan grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por aquel +espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos. + +Todos conocían su lealtad impecable y aquel su empeño de aguijonear +ambiciones: «¿Qué espera vuesamerced, señor Deán, para pretender la +mitra que tanto se merece?» «El peor enemigo de vuesa merced, señor +Alférez, es su propia modestia, que sé yo de muchos que, con la mitad de +los servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandan +ejércitos. Si vuesa merced no se enfada, en mi próximo viaje a la +corte...» y dejaba caer en el oído del soldado alguna deslumbradora +promesa. + +Movíase la conversación, casi siempre, en derredor de los temas que él +decantaba. Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una pregunta era +como abrir una compuerta de regadío. Su inundante palabra se derramaba +sin término sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada, +cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestros +célebres, de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor, +su discurso cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobre +el gobierno de la Monarquía, el disimulo cortesano hacíale adoptar un +lenguaje incoloro y mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas +salvedades acerca de la secreta razón de muchas resoluciones de los +príncipes. + +En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el Sol, +descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con la más clara +nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la política +del Rey. + +La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y sola. El discurso +flameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada y su ademán +eran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza no estaba segura +sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catástrofe; +pero el hidalgo demostraba importársele una higa de la delación y del +riesgo, perorando aún con más vivo coraje cuando se hallaban presentes +el señor Corregidor don Alonso de Cárcamo o el fraile dominico en quien +todos sospechaban un espía del Santo Oficio y del Monarca. Su reto +infanzón y feudal no bajaba la voz; y parecía volar, como un cartel +atado a una saeta, por encima de las murallas, hacia la Corte. + +Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes formaban como un fofo +plumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale siempre harto +holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabría +comenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse retintas, como dos +plumas de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada áspera, su gesto macho +y soberbioso. Adivinábasele, desde lejos, la cólera fácil. No era muy +docto; pero nunca faltaba en sus discursos uno que otro texto latino +sobre la decadencia de las repúblicas. + +El menosprecio que el Soberano hacía continuamente de la opinión de las +Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se imponían sin +consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las franquicias +rotas, los fueros moribundos: tales eran los tópicos predilectos de sus +arengas. El Gobierno se había convertido, según él, en un potro de +extraer caudales y estrangular alientos. España, que había sobrepujado +en valor a Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la péñola de +los privados y el balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo era +hambre, cohecho, terror. Ya era muerta la varonil altivez de donde +nacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy la hombría de bien +era desacato; el fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los honores y +mercedes que antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían los +caballeros, hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo +de ducados. + +--¿Es cosa derecha--preguntaba--que el Rey se haga de caudales vendiendo +hidalguías como trastos de almoneda o recargando a la nobleza de nuevos +tributos y haciéndola pechera y villana? Y todo ello para que Flandes +esté cada vez menos seguro; para que el francés, a quien ya le teníamos +del collar del jubón, vuelva a provocarnos, y el inglés degüelle, tale y +saquee, a su guisa, en nuestras costas. Fuimos los dueños de la riqueza, +y agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la +hambre, mucha orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta +pidiendo un mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando la +protesta unánime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos en +qué para aqueste menosprecio. + +Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces la +carraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a alguno de +los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don Enrique +Dávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale absorto y +vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión, acabando casi +siempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte, +como hechizado. El contagio de la rebelión se apoderaba de algunos +oyentes. Marcos López, cura de Santo Tomé, aseguraba que Santiago +Apóstol se le había aparecido una noche diciéndole que, si la nobleza +castellana no volvía por el respeto de sus fueros, España estaba +perdida. El médico Valdivieso y el licenciado Daza Zimbrón alentaban a +Bracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernán de Guillamas, +que había sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería con +patriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de los +dictámenes de todo el reino congregado. + +Los demás, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos e +inmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no faltaba quien +entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida, con tal +que evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo incendiario de +Bracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a modo de encendida +antorcha que golpeara a lo largo las añejas colgaduras. + +Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada, llegados recientemente +del Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos fabulosos, +segundones miserables enriquecidos de súbito por algún tesoro enterrado, +huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre enjabonaba +los dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no se +escurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos de +Castilla, habituados a imaginar ante el más escueto horizonte todos los +espejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los párpados para +soñar mejor en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a la +riqueza, sin la infamante paciencia del mercader, y veían pasar por su +imaginación tierras inverosímiles, en las cuales el pie topaba a cada +paso con venas de oro desnudo. + +Los que llegaban de Italia traían obsequios y misivas y daban las +últimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes, +como Antonio Dávila, _el verrugoso_, o Pedro Rengifo, el de la +cuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referían +innumerables heroísmos de los soldados de España. + +El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosa +armonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en sus botas +lodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón de Isabel +y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditaba +los presagios de decadencia; pero los más curábanse mayormente del color +de una pluma o del rumor de las propias espuelas. + +Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus rivalidades eran +disimuladas, pero profundas. Después de enredar, con escolástica +destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto y +ponzoñoso latín que agriaba la reunión. + +Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmósfera era densa y +candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso sahumerio de los +pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que desprendían +los religiosos. Las maderas de las ventanas cerrábanse de ordinario a +las tres de la tarde. El herraje de los braseros parecía atizarse +entonces en la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera de +servidumbre trayendo una aurora de luminaria, que resplandecía en la +palidez de los rostros, en la blancura de las lechuguillas, en el sayal +amarillento de los dominicos, haciendo chispear las veneras de las +Ordenes militares y los preciosos joyeles sobre los terciopelos y +brocados. + +Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La ambición o la penitencia, +ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes, desgrasaban las +carnes y labraban ictéricos surcos en los rostros. Rostros a la vez +altaneros y tristes, do el brío solía disimular terrores y la constante +aspiración hacia Dios iluminaba en lo alto las visionarias pupilas. + + + + +XXII + + +La turbia claridad que bajaba de las nubes alumbraba apenas el libro. +Ramiro leía por tercera vez el mismo pasaje de «La vanidad del mundo»: + +«Si fingiéramos que la tierra estuviese en el cielo estrellado y la +tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podría de acá abajo +divisar por su pequeñez. Y si en respecto del firmamento es la tierra +como un punto, ¿cuánto será menor puntillo respecto del cielo empíreo? +¿Pues qué dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses señor dél, sino +un angosto nido de hormigas, por los reales y anchos palacios del +cielo?» + +Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella traspasaron +luminosamente su espíritu. Señalando la página e inclinando su cuerpo +sobre el brazo del sillón, miró pensativamente hacia afuera, a través de +los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso nublado, +cuya cepa debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las +murallas. A pesar de tener cabe sí un brasero con lumbre, Ramiro sentía +colarse por las rendijas ese estremecimiento glacial de la atmósfera que +anuncia la nevasca. Las losas de la calle y los sillares de los palacios +tomaban tonos lívidos, ateridos. El viento ululaba. + +Era uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza y +doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo. ¡Cuán mágico +sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales +el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras indefinida +confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza +al caer una interjección uraña y reconfortante, y el ascua nos recibe +con su ardiente fascinación que amodorra las ansias y desapega de todos +los afanes del siglo. + +Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba ceñudo, el aire maligno +y poblado, quizá, de espíritus dañosos. Las lúgubres consejas, +escuchadas allá en la torre, siendo niño, volvían a la memoria del +mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna +chimenea, le inquietaba. Hubiérase dicho que un miedo mudo hacía +palidecer todas las cosas, la teja, la ventana cerrada, el árbol de los +patios. Algunos campesinos bajaban presurosos hacia la Puerta de Don +Antonio Vela, acuciando sus machos y borricos. Ramiro adivinaba en la +dirección del Sudeste, por detrás de las sierras, un agazapamiento de +vendaval, pronto a lanzarse sobre la dehesa, destechando cabañas, +reventando los trojes, descuajando los árboles. + +¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! Soñó en la paz de los +monasterios, en la ascética fruición de la celda durante los días y +noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los +coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la +cera, del incienso. + +El brutal desengaño que sufriera, días antes, al presentarse en la +reunión, habíale llenado el pecho de asco y rencor hacia los hombres. + +--¡Por cuestión de la paga!--repetía por momentos, recordando las +palabras del religioso.--¿De quién podía venir aquella especie si no de +su rival? ¿Debía también perdonarle con el heroico perdón de los santos? + +La frase de doña Guiomar: «Harta dicha será que no os desluzcan la +jornada mediante alguna calumnia», tomaba ahora en su mente acento de +profecía. + +¿Para qué afanarse, pues, en el siglo, si toda honra estaba a la merced +de cualquier lengua malvada? Y aunque así no fuera: ¿De qué valían las +glorias y loores del mundo, de este «nido de hormigas», como lo +apellidaba el inspirado religioso? ¿No era, acaso, todo ello castillo de +cañas para el fuego de la muerte? ¿Qué más valía el paso de un hombre +sobre la tierra?... Cualquier frágil baratija duraba más que su dueño. +Otros galanes habían de aderezarse quizá, el juvenil mostacho ante aquel +su espejo, cuando él no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de +Venecia pasaba de padres a hijos más vividora que las manos soberbias +que la alzaban en los festines. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer? + +El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas de su ánimo. + +Volvió a mirar hacia la calle. + +Una hora pasó. Era un domingo de fines de febrero. La esquila de la +Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de costumbre +iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos aforrados de +martas; otros a pie, embozados completamente en sus ferreruelos o en sus +capas de lluvia, y manteniendo apenas una abertura por donde escapaba el +aliento blanquecino. Los clérigos se arrebozaban con sus lobas; los +dominicos, en sus manteos; los franciscanos y carmelitas traían el +rostro cubierto bajo la puntiaguda capilla y los brazos cruzados por +dentro de las mangas. Ramiro vio llegar a Vargas Orozco con la nariz +amoratada por el frío; el paje caudatario le sostenía por detrás la cola +superflua. Creyó reconocer a don Pedro Valderrábano por las calzas de +velludo amarillo y sus pantuflos con pieles. Cuatro valentones +custodiaban la silla de don Enrique Dávila, tres de ellos con alabarda y +rodela, el otro con hermosa ballesta incrustada de marfil. + +Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abrió de nuevo «La vanidad +del mundo». En ese instante, después de anunciarse con el golpecito de +costumbre, entró Casilda en la habitación. Un estremecimiento inusitado +agitaba sus pestañas. Acercose al escritorio, removió la arquilla de +las obleas, requirió las torcidas del velón, estiró las holandas del +lecho. Palpábalo todo con gesto bobo y encogido, como si quisiera +comunicar o pedir alguna cosa y no se hallase con ánimo. + +--¿Buscas algo?--la preguntó el mancebo. + +--Nada, señor; sólo que mi padre me manda llamar y miro porque todo +quede bien aparejado para la noche. + +La idea de recompensar con alguna dádiva los cuidados que aquella +muchacha le había prodigado, durante tantos días de sufrimiento, le +asaltó a Ramiro por la primera vez. Díjola entonces: + +--Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo. ¿Ves una escarcela +verde? Bien, tráela. + +Cogió tres ducados y alargóselos, exclamando: + +--Toma para alfileres, Casilda. + +Ella, al sentir en la palma de la mano el frío de las monedas, dejolas +caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un reptil. El +rostro se le enrojeció de vergüenza, y su pecho, henchido por la +emoción, dejó escapar un suspiro. Luego sonrió tristemente, diciendo: + +--¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?... ¡No, no, por Dios! + +--¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte, acaso, un obsequio? + +--No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro interés. Deseo decir +a vuestra merced--agregó vacilando un instante y bajando la voz--algo +que sucede en esta casa. + +--Sí, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la dueña... Me +lo dirás otra vez. + +--Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un negocio... ¿cómo +decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que la +justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se puede +seguir a vuestra merced. + +--Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede? + +Casilda tembló como sacudida por aquel acento imperioso, y luego repuso: + +--Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que aquí vienen, acabada +la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de aquella +en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen palabras contra +el Rey y hablan de levantar bandera. + +--¿Por quién sabes todo eso? + +--Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo pasado, ya de +noche. + +--Dilo todo, date prisa. + +--Al entrar oí unas voces que parecían salir de una alacena; pero, como +yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era. Vacía lo estaba; +pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra y eran en +la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A mi +ver, deben ser muchos señores, y entre ellos está el señor cura de Santo +Tomé, con su catarro, y el señor de Bracamonte, con su voz tan áspera, y +el de... + +Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galería cortó su +narración. + +--¿Quién?--demandó Ramiro. + +--Yo soy--respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo la hoja y +penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a Casilda, +aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó: + +--¿Os lo ha referido? + +--¿Qué? + +--Lo que acontece en esta casa. + +--¿A qué quiere aludir vuesa merced? + +--A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo, +conducidos por el maestresala. + +En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las cuadras vecinas: + +--¡A la enorme felonía--gritó--de esos malos caballeros! + +--Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden oílle--interrumpió +Ramiro, agregando:--De suerte que vuesa merced lo sabe también por... + +--Por esta rapaza--contestó el Canónigo señalando a Casilda. + +El diálogo se desarrolló vivamente y quedó convenido que, antes de que +terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse de la verdad, +escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el +mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando +que a él le parecía más derecho requerir con franqueza a don Enrique +Dávila o al mismo Bracamonte; pero el Canónigo le hizo pensar en la +necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse al peligro de que +su llaga se reabriese en el tráfago de las escaleras, le dijo: + +--Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que os hicisteis herir, +una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa. + +Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido número +de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano, hidalgo viejo +y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y +mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie, +junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina. +Ramiro, después de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a +un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra. + +Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba en su +mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un +criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada frecuencia. +Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo, +forrada de pieles. + +Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca. Cuando +quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de +locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única pasión +que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era +barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños. + +Ramiro no escuchó sino el final de su discurso: + +--Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las +provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al +Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de +París e decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la persona +que ha de sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque exponiendo a +Flandes, hubiéramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a +aquella monarquía de la pestilencia luterana. + +--¡Qué brava guisa de guerrear!--dijo don Pedro Valderrábano, con tono +amistoso y burlesco.--En un quítame allá esas pajas desbarata vuesa +merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre una +poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don Enrique, +que no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el +brasero. + +El regidor Gaspar González Heredia, queriendo amortiguar el picante de +aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don Enrique: + +--Quizá el ejército del Duque no era suficiente para tamaña empresa, y +hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho ardid y coraje, que +pelea a la cabeza de sus soldados. + +--Con eso--le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que alardeaba de +táctico--no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues el +jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés, ya que ha de +dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que +si él mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como +aconteció a los persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey +Darío, y en España muerto el rey don Rodrigo, y en Hungría, en nuestros +tiempos, muerto el rey Ludovico, en la batalla que dio temerariamente a +los turcos. + +Prodújose un rumor de admiración. + +--¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas cartas de +Francia?--preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la Compañía +de Jesús. + +--Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo una ha logrado +llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del Bearnés +sobre París, en diciembre pasado. + +--Sepamos, sepamos. + +--Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la media noche, cuando +todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se echa de ver la +mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta Papal, donde +se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra Compañía. Al asomar +los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de +alarma. Los vecinos despiertan, tócase a rebato, y el hereje se retira +desengañado. + +--Grande gloria para vuestra religión--dijo alguno. + +--Un venturoso accidente en verdad--respondió el padre Rodríguez. + +Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del Convento de +Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con aparente +mansedumbre: + +--Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas. + +--¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián? + +--_Anseres Capitolini_, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá +que os falta añejo abolengo. + +Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero +nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del padre +Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se perdieron +en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una +predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la +Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con +el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de doña María Vela, +monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de santo. Su palidez +cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus +grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura. + +--Son tan grandes--decía--las mercedes que Dios la hace y tan apegadas +sus razones al amor divino, que no cabe dudar. + +--De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa merced, +señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos +inclinado a creellas. + +--Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la madre +Teresa de Jesús. + +--En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qué para esta monja, +que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y revelaciones; no +tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que así conviene para +mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a entender ser +posible en ellas la perfección evangélica. + +--Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta experiencia tengo de +su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de Satanás. + +--Me dicen que fue vuesa merced--preguntó el licenciado Zimbrón, +dirigiéndose al capellán--quien aconsejó administralla el santo Viático +para hacella aflojar las mandíbulas. + +--No, no; fue el padre Julián, el padre Julián. + +--¿Vuesa merced presenció el milagro? + +--Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía abierta su boca +hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una lámpara. Más de +nueve días pasó con los dientes tan apretados, que el hombre más fuerte +no hubiera logrado separárselos y sin que fuera posible hacella pasar +una gota de caldo. + +La conversación recayó, como de costumbre, en la crónica de los +asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella ciudad. + +Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una voz que le denunciaba +las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o cual religiosa. +En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de súbito +arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al leer una +anotación de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de San Gregorio. +Sor Angela de la Encarnación era estrujada y abofetea la por Satanás a +la vista de todas sus compañeras, y, últimamente, arrojada por él, desde +lo alto de una galería al jardincillo del convento, no recibió daño +alguno. Además, todos los lunes, que es el día que corresponde a la +Oración en el Huerto, sudaba a imitación de Nuestro Señor, tanta sangre +de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres túnicas al día. + +Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extraño y los +semblantes más recios se ablandaban y palidecían como oreados por un +soplo divinal. + +La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía haberse levantado hasta +una región convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre el vuelo +cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como los perfumados +carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la penitencia, +atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba en +todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave inverosímil y +familiar. Se hablaba de él con regocijo, pero sin espanto. + +El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante, la garduña de almas, +la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los diálogos. Muchos de +los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían parlado y +chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y de San José; +otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas +y a los olores y poniendo motes a los galanes. Referíanse con el mismo +entusiasmo sus prodigios que sus gracejos, y todos se complacían en +hablar llanamente de un ser que los ojos del alma veían ahora en la +gloria del Paraíso. + +--Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su +cuerpo--dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de una +graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo. + +--Esa trapacería se la debemos al Duque de Alba--replicó el señor de +Navamorcuende. + +Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron aquellas palabras de +don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a Ramiro que, no +hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el cuerpo +milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de +una noche de tempestad, habíase dirigido al sepulcro de la madre Teresa, +y descubriendo el cadáver, abriole el pecho con un filoso cuchillo, +metió la mano por la herida y arrancó el corazón. Luego, aquella +sobrehumana mujer, poniendo la reliquia entre dos platos de roble, se lo +llevó consigo a la celda. Al siguiente día, el inconfundible perfume que +embalsamaba los claustros, denunció el sublime sacrilegio. + +Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y el aire denso de la +sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintiéndose penetrar +hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban aquellos últimos +relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la primera mención de +los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas +decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus +caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeñecidos +ante la sublimidad de la gloria penitente. + +Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía susurrar en el fondo de su +conciencia, le habló de esta manera: + +Abandona la brega de los hombres. No hay vida más heroica, más fuerte, +vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero del vano +ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor. Ese acrecienta +como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo día, asedia o se +defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra +grandiosos combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos +ignorados y maravillosos. Sólo aquél tiende su vuelo por los espacios de +la eternidad, logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la +vanidad, la brevedad y el terreno dolor. + +Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba resuelto. Bajando los +párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su futura +santidad. + + * * * * * + +Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo retemblar +las vidrieras, desgarró su visión. + +--¿Qué es esto?--exclamaron algunos. + +Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie, +abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar +cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro +pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de +Bracamonte. Nueva exclamación estalló: + +--¡Viva don Diego! + +Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y +solemne. + +--Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de +Bracamonte--exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el +concurso. + +--Parece--dijo Valderrábano,--que de algunos días a esta parte, apenas +le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando +todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan. + +--Quiera Dios no le empujen a alguna demasía--agregó con lenta +modulación el Canónigo lectoral. + +Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras otras +escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dávila +respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa haciendo saltar +entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena. + +--Don Enrique: «Las barajas excusallas»--dijo entonces el Lectoral. + +--Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»--replicole el señor de +Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su +familia. + +Minutos después entraba Bracamonte. + +--¿Qué nueva?--preguntole don Enrique, dejando el asiento. + +A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada +de nieve, Bracamonte repuso: + +--Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio +Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón. + +Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor +numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió: + +--¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición? +Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla. + +Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar: + +--Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de la +tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón, que +tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no osarán +luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la +olla! + +Ramiro sintió que le apretaban el brazo. + +--Salgamos, que es tiempo--murmurole al oído el Lectoral. + +Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos. + + * * * * * + +Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidos +por Casilda, ya era de noche. + +--Cae nieve--dijo la muchacha mirando hacia el patio. + +Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de espera, +comenzó a escucharse, a través de las tablas de la alhacena, cavada a +medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban penetrando +en la estancia vecina. No había rendija alguna por donde se pudiese +atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente a los +congregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela. + +--Las nuevas cartas--dijo Bracamonte--son del Barón de Bárboles, de +Miguel de Gurrea y del señor de Purroy. + +Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y la +agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor de +Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses los +amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda, hermanos +de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos +por sus padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.» + +--Sí; la república se pierde--agregó con brusquedad Bracamonte, +comunicando a su voz una resonancia imprudente.--¿Y, por ventura, +debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus más claros +varones, es hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo buscan por +todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la pública, +sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir a la más antigua +nobleza del reino, no dejándola, como sabemos, regentar los negocios, e +inventando contra ella, cada día, nuevos pechos y humillaciones? Si el +puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado, agora, en +acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos? ¡Ea!: +mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de +nuestros mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si +es preciso, la vida en la demanda, antes que la honra. Aragón sólo +espera nuestra señal para arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve, +Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a la zaga, apenas nosotros +marchemos. + +Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de Bracamonte. +Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz resonó, adusta, +inconfundible. + +--Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha +destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda queda +puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide, +hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi diestra disparar un +venablo. + +Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a otro en +la obscuridad. + +--¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!--exclamó el Lectoral asiendo del brazo a su +discípulo. + +--¡Sí; él es!--dijo, tan sólo, el mancebo. + +Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas. + +--Es un tirano--dijo alguien claramente. + +--Su confesor--agregó el cura de Santo Tomé--ha de arder en el infierno, +porque le absuelve. + +Otros exclamaron: + +--Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros. + +--Es harto tarde. + +--Que se lea, y partiremos. + +Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila leyó el +histórico pasquín. + +«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos respetos +ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es sólo la +nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede no da lugar +a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te agradecen tus +servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago +de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera! +¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia +que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es +tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasión a que +aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan +de atrás conservada y por las leyes de estos reinos defendida.» + +El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender al +lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos. + +--Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique--exclamaron algunos. + +--Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los +portales del Mercado. + +--Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que, llegado +el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el +sitio que convenga. + +Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse. + + + + +XXIII + + +Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su +discípulo, exclamó con profético vozarrón:--Todo esto habrá de concluir +sobre un cadalso. + +Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezada +ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecía +bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio, repuso: + +--Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los +honrados. Yo he de mostrar--agregó, levantando el rostro hacia la lumbre +y golpeando con el puño sobre la mesa--que aún quedan en la nobleza +castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía. + +--Por el hábito que tengo--replicó el Canónigo,--si estoy por decir que +ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os van +a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandio +y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino +vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno +en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso +pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo, +con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro, +concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o +iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y +así figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó +semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima. + +--¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de +nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó la +vida por ellos. + +--Malaventurado yo--replicó el Lectoral--si he de cosechar esa espiga. +¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de +tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte? + +Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro +sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán vasto +y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones: + +--¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis de +la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que la +república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación más +temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la +tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio +de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange +macedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas +españolas tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose +jamás un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como +Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un +trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de David con la +sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de +Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente +por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España! +¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este +príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos +que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos +una hilacha tan sólo del capotillo?... + +Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba +atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella catilinaria +que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos +Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio. + +Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se +hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en +la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de costumbre. +Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al +suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así +como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino +de Salamanca. + +--A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el empellón +que ha menester--agregó con inusitada sonrisa, al retirarse. + +Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas +impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente y, +acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve, +resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de +encantamiento. + +Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas. + +Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo +tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó +suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador. + +Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía las techumbres y las +almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo, en claras +armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando de Dios, +entre la innumerable blancura de los serafines! + +--¿Sabéis lo que pienso, Ramiro?--exclamó de pronto el Canónigo, con +todo el busto hundido en la obscuridad;--pienso que vuestra virtuosa +madre acaba de hablaros por boca de ángel, como se dice, y que agora +más que nunca, en presencia del riesgo propincuo que corren a la vez +vuestra alma y vuestra honra, os debéis echar sin tardanza en brazos de +la Santa Iglesia. Ella sólo puede asosegaros esos bullentes borbotones +del cerebro y salvaros de caer en la pasión del orgullo, en esa +peligrosa y aborrecible pasión que nos convierte en un fruto mollar para +el Demonio. Dios queriendo, hijo mío, yo seré muy pronto promovido a +Obispo de Cartagena o de Orense, como lo asegura don Alonso. Lejos de la +mentecatez y la envidia, no tardará mi nombre en correr por toda España. +Mi saber saldrá de la cueva cabildera cual generoso vino olvidado, y +encenderá, por doquier, el espíritu de los hombres. Se me pedirá a cada +ocasión mi dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabará por decir: +«Esto piensa su señoría, Lorenzo Vargas Orozco, y no habrá más que +agregar.» Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos será +llamaros a mi lado; y allí dará principio la verdadera ocasión que el +Cielo os depara. Al fin lo comprendo. ¡Por ahí, por ahí! ¡Dios lo +quiere! + +Ramiro meditó. Sentado ahora en la silla, junto a la ventana, miraba +hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil. Por último, +inclinándose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono pausado y +casi doliente, repuso: + +--A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere, como dice vuesa +merced, y me lo expresa arrancándome allá del abrazo de la muerte, +mostrándome aquí las bajezas del mundo y la vanidad de todas las glorias +humanas, o hablándome con el ruego de mi madre, como acaba de hacello. +Clamo, entonces, con todas mis potencias, hacia su Divina Majestad, +demandándola una de esas mercedes que hace diariamente a algunas almas y +que manifiestan de un golpe su predilección; pero, nada, nada me +responde, e todo mi ser desengañado tiene que replegar de nuevo su +ardimiento, en la hondura, en la tiniebla. Yo quisiera--agregó en voz +bien alta, tendiendo ambos brazos hacia la verdosa claridad, en la cual +sus manos resplandecieron de modo perturbador,--yo quisiera subir de un +solo ímpetu a una de las moradas de arrobamiento que describe la Madre +Teresa de Jesús; gozar, aunque fuera un instante, de ese deliquio, de +ese éxtasis, en que ella caía de continuo; llegar a Dios, en fin, de un +solo y soberano vuelo del alma, y anegarme, abismarme en su +contemplación. + +Hizo una breve pausa y prosiguió: + +--O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente, mediante el cual el +Señor me significase su complacencia: desprenderme del suelo durante la +plegaria, ver señalarse en mi cuerpo una llaga de la Pasión, escuchar +una palabra de una de esas imágenes de Nuestra Señora que tantos +milagros han obrado en esta ciudad con toscos villanos y campesinos; o +recibir, en fin, de lo alto, alguna locución que yo debiese, a mi vez, +transmitir a los hombres. ¡Pero hasta agora nada! Mi cuerpo semeja un +costal lleno de cantos, mis manos siguen tan mondas como siempre, y el +cielo mudo y cerrado para mí. Cuanto a las imágenes de Nuestra Señora de +las Vacas e de la Soterraña, a fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e +oscilan, como entre el humo de un cirio; pero hablarme, eso nunca; ¡y +qué negrura en la mente, qué sequedad, qué apretamiento acá en el +corazón! ¡ah!... + +Llevose las manos al pecho. + +--¡En qué peligro estáis, hijo mío! Agora hecho de ver, y en quien menos +lo deseara, el daño que pueden hacer en las almas de corta experiencia y +estudio, los escritos milagreros, quitándoles toda humildad e +despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales, con gran regocijo +del Demonio. La tal Teresa y todos cuantos escribieron o escriben sobre +mística, en lengua vulgar, van haciendo harto mal por España, incitando +al desprecio del duro camino escolástico y engolosinando a los incautos +con visiones y revelaciones, coloquios y éxtasis, y todos los sueños que +engendra la beodez contemplativa. Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que +el humo de la antorcha viva de la verdad, e los que buscan sólo ese humo +pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo escudriñar los secretos +de la Escritura y de la ardua enseñanza escolástica, esperan que Dios se +los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con El, cara a cara, como +si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un paso estáis, Ramiro, de las +peores herejías que apestan a España, e mucho me temo que, llevado por +esa gula espiritual, os hundáis, sin sabello, en la locura de los +begardos, o alguien os denuncie al Santo Oficio de alumbrado o de +quietista. + +--Yo no hago sino anhelar para mí lo que encarece en sus escritos la +madre Teresa de Jesús, a quien todos tienen por santa--exclamó +nerviosamente el mancebo. + +--¿Y por ventura--replicó a su vez el Canónigo--no han sido bastante +aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena de la Cruz y +de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido recelo acerca de +toda revelación mujeril? ¡Ah, hijas de Eva!--exclamó esta vez, +removiendo los brazos en la sombra con un ademán que Ramiro no alcanzó a +distinguir. + +Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algún odioso +pensamiento, prosiguió: + +--Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era +lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como vemos en +Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: _Væ, filii +desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui +ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis_. Y +vemos en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios continuamente, +y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les respondía, hablaba +con ellos y no se enojaba, porque aún no estaba asentada la fe. Pero, +agora, bajo la ley nueva, todo está consumado y la fe fundamentada _per +sæcula, sæculorum_; y no hay para qué preguntar a Dios como antes, +porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es su más soberana +palabra, nos lo habló todo junto, de una vez, y no tiene más que +hablar. De aquí, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le pide +revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hiciérades, pues, +en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Tomás, +que éste es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino +áspero, pero seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora +luz; lo otro, el humo irritante que perturba la visión y el cerebro. + +La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo quedaba +la pura emanación de la mente; y las ideas parecían brillar con más +fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros. + + + + +XXIV + + +Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de la +una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al +azar el _Cordial_, el _Arte de bien morir_, el _Contemptus Mundi_. La +vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No se escuchaba en +la estancia otro rumor que el de las páginas en el silencio. De pronto, +una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia afuera. +La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo del +lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul +de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas +de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la +dueña, caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo. + +La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velo +descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeaba +tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de la +mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La blancura de aquel +rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y era, en +verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y +moribunda. + +Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendo +florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuando +iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella máscara +triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los +vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando +vaivén de la silla, desapareció con su gente. + +Ramiro arrojó el _Arte de bien morir_ sobre una mesa cubierta de libros. + +A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose +perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir. + + * * * * * + +Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la +lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de +nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle a +menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica. +Cierto día le dijo: + +--La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros a +testificar. + +Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la +calle, exclamó: + +--Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es algún +maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van diciendo algunos +que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años, y que, si +esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en matrimonio. +Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la +Iglesia. + +Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y cuyos +gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó: + +--Agora llega la estación libidinosa. + +Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un +círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al +menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la +influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la +gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de +marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una docena de veces, +_ex carpo manus_; pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia +de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasión; luego no +había más que pedir». + +La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa del +año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas +como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de +los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro +vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo +de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las +armas de su linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos +le precedían. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla +salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por +un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió +impulsos de salir al balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete, +rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra. + + + + +XXV + + +No bien despabilada todavía, la guedeja en desorden, los ojos medrosos +de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro, Beatriz, sentada al +borde del lecho, dejábase vestir por sus esclavas y doncellas. + +Era el sábado santo y faltaba menos de una hora para la misa de Gloria +en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve campanadas. + +Costábale mucho levantarse tan temprano. La caricia matinal de las +holandas la amortecía la voluntad, haciéndola soñar en goces +indefinidos. + +Las parlerías de doña Alvarez, y además las desnudas estatuas de metal y +de mármol, traídas de Italia por don Alonso, habían disipado desde +temprano su inocencia. + +Leocadia, su criada favorita, después de restregarla y besarla los pies +repetidas veces, estirábala ahora, sobre las piernas, las ceñidas medias +color de bronce, cuya seda reflejó, sobre la escultural perfección, +firme trazo de luz. Luego, habiéndola calzado las rojas chinelas +perfumadas con ámbar, levantó delicadamente la camisa de noche y diola +un beso en la carne. La niña la contuvo con ambas manos, exhalando +melindrosa quejumbre. + +La misma doncella sacó después de un arcón otra camisa con puntas y vino +a ofrecérsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz, cogiendo y +desplegando aquella prenda olorosa y encintada, cerró, tras sí, los +damascos amarillos que pendían del sobrecielo. Sus piernas, más fuertes +que el resto de su persona, quedaron asomando por la abertura. Preciosos +rapacejos de diamantes exornaban las ligas. + +Tibio perfume, que no venía de ningún pomo de olor, ni arquilla de +esencias, sino del lecho entreabierto y de las ropas de la víspera, +abandonadas sobre los taburetes, sahumaba el ambiente de la alcoba. + +Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el aguamanil, la +jofaina. Otra, el patético albayalde para la tez y el sanguinolento bote +para amapolar levemente las mejillas. Beatriz dejose apenas lavar. El +frío del agua la hacía golpear en el suelo con el chapín. La criada la +pasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo de un céfiro, +el paño humedecido. En cambio, ella aceptaba con delicia los perfumes. +¿Para qué más? ¿Acaso el ámbar, el agua de ángel, la algalia, no dejaban +el cuerpo oloroso cual mazo de flores? + +Dos esclavas de Italia la servían de rodillas. La más joven sabía +alargar los ojos con el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba aretes +enormes y un turbante verde con listas gualdas y purpurinas. Era +lánguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso la había +comprado a un capitán de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de la +Corte, era ella quien le llevaba al lecho, todas las noches, el +cocimiento aromatizado para dormir. + +Beatriz pidió su libro de devoción, para meditar, a su modo, el Misterio +del día, mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya negrura imitaba +a trechos la morada vislumbre del palisandro. + +Una cascada de sol, traspasando los vidrios, entraba de sesgo en la +estancia. El don rutilante y divino chispeaba en los objetos de plata, +en el nácar y el metal de las incrustaciones, en el galón de las +colgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia de oro de la +mitología. Afuera, el resplandor matinal iluminaba las cornisas más +altas; y el cielo, sin una nube, iba disipando su niebla. + +Habíanla alcanzado el devocionario entreabierto. La miniatura +representaba a Nuestro Señor subiendo en los aires, con blanco +estandarte en la diestra, mientras los guardas caían despavoridos en +torno del sepulcro. Leyó con infantil dificultad la epístola de San +Pablo a los colosios, siguiendo la línea con el índice. Luego la +narración de San Mateo: María Magdalena y la otra María camino del +sepulcro, la piedra removida, las resplandecientes palabras del ángel +anunciando la Resurrección. + +La imagen de aquel milagro de los milagros la conmovió profundamente. Un +júbilo indecible la inundaba al imaginar a Jesús en su glorioso vuelo, +después de las angustias del Calvario. Había que reír, que cantar; había +que vestir las telas más ricas y escoger las joyas mejores. ¡Jesús había +resucitado! Tomó en la mano el espejo y ensayó ante el cristal +prolongada sonrisa, enseñando los dientes. + +Por fin, vestida de amarillento brocado que los toques de plata y las +rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el cabello rizado con +primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo, levantada por el +corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa, aliñada, +abullonada, crujiente, comenzó a pasearse por la habitación, mirando, +por encima de su hombro, las cenefas de la nacarada basquiña y la pompa +del faldellín. Sus orejas diminutas balanceaban las arracadas de +diamantes de una abuela. + +Las criadas la seguían como a una paloma que se escurre. Una buscaba +ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el cinturón de tela de +oro recamado de aljófar. Leocadia, tomando un gran buche de agua de +olor, afinó entre sus dientes un chorro continuo, y, girando en torno, +rociolo con maestría, desde el ruedo de la saya hasta la almidonada +gorguera. + +Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos esperaban en el +recibimiento. + +--Llamen a Alvarez--exclamó Beatriz. + +Un instante después llegaba la dueña con mucho rumor de cuentas y +gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doña Alvarez, mirando a +la niña al través de sus anteojos, prorrumpió: + +--¡Infantica preciosa! ¡estrella de Belén! ¡Alabado sea Dios, que os +hizo bella y salada como una perla del mar! + +Beatriz, mirándose en el espejo, afectaba, entretanto, los más diversos +visajes. Ora entornaba los párpados con desmayadizo temblor, como si +respirara un perfume doloroso; ora los abría desmesuradamente; y +resumiendo, a la vez, su boca de carmín, parecía ofrecerla a un galán +imaginario, como confitada fresa, como incitante golosina purpúrea. + +La dueña la preguntó casi al oído: + +--¿Pasó por esta calle? + +--¿De quién decís?--repuso la niña. + +--De Gonzalo. + +--¿Lo sé yo acaso? + +--Sí que debió. Vile entrar muchas veces en la iglesia. Os buscaba como +sabueso que va oliendo las hierbas. + +--¡Bah! + +--Harto galán le veréis, que es regalo de los ojos con su traje color de +acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y ¡válame Dios! ¡qué plumas +tan bizarras! Todas las niñas volvían la cabeza para miralle. ¿Qué será +cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecéis uno y otro nacidos +bajo la mesma constelación. ¡Lucida pareja! El será el nácar y vos la +perla, señora mía! + +--¿A qué iglesia fuiste? + +--A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo me hice dar, por un +canónigo amigo, del incienso y del estoraque. ¡Donosa fiesta! El templo +güele mejor que un vergel. Démonos prisa, que llegaremos tarde. + +Tomándola el cristal, echola encima un manto y trájola con presteza la +estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra manita, +remedando el empaque de las señoras. + +Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose contra el respaldo de +la silla para contrarrestar el vaivén, y, al lento paso de los +silleteros, cruzó entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una imagen, +la boca pía, los ojos recoletos. + +Un lacayo llevaba por delante la almohada postratoria con el escudo de +los Blázquez ricamente bordado. + + + + +XXVI + + +Avila resplandecía en el oro húmedo y blanquecino de la mañana, como una +pequeña Jerusalén. La religiosa emoción la henchía, la perfumaba. Las +flores de los árboles, asomando por encima de las tapias, pendían sobre +las callejuelas. Impaciente alegría parecía bajar de las campanas +silenciosas y difundirse sobre todo el caserío. Beatriz aspiró aquella +flotante sublimidad, presintiendo algo misterioso y cercano que iba a +conmover su existencia. + +El villanaje circulaba con pena por las calles, y la niña miraba con +asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de requesón, y hacían +crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos semblantes +traslucían el asombro del hecho remotísimo que la Iglesia festejaba, y +las pupilas iban como pujadas hacia afuera con estupor semejante al de +San Juan y San Pedro camino del sepulcro. + +Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el escudero tuvo que hacer +apartar a los rústicos para dar paso a la silla. A más de las cabañas y +caseríos de los contornos, muchos pueblos comarcanos habían volcado +buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que apenas si +bastaba para los vecinos. Los más diversos ropajes ardían bajo la mágica +luz, en movedizo apiñamiento multicolor. Veíanse sayas rojas o verdes +como los pimientos, color de almagre como las calabazas, moradas como +las berenjenas, capas y coletos pardos como la piel de los tubérculos, +negras ropas de ancianos que iban tomando la torcida color de las +alubias, vistosos dengues y pañolones donde parecía haberse reventado +toda la hortaliza. No faltaban las zagalas de égloga, en trenzas y en +corpiño, zagalas de Sotalvo, de Tornadizos, de Fontiveros, lavanderas o +pastoras, que no habían logrado quitarse el olor de las lejías o el tufo +de los chotos y cervatillos. Hombres secos y taciturnos, de afeitada +boca monástica y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los señores, +apoyados en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las +mujeres hablaban alegremente. Las más acaudaladas traían mandiles de +relumbrón, y casi todas, collares de coral, pendientes mudéjares y +plateadas cruces y medallas que semejaban ex-votos de camarín. Buena +parte de aquella gente había dejado sus lejanas chozas o alquerías antes +del amanecer, a la luz de las estrellas. + +--¡Atrás os digo!--gritaba allí un corchete ebrio de poder, empujando +malamente a los rústicos, a fin de conservar el humano callejón por +donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros. + +--¿Quiere el seor alguacil que le hurguemos las patas a esa señora +mula?--le replicaba una moza de la ciudad. + +--Atrás os digo, y van dos. + +--¡Pus quite esos dedos! + +--Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado. + +Los buhoneros aprovechaban para vender. + +--Señora hermosa, por un real se lleva este rosario. + +--Darete, a lo más, un cuarto. + +--¿Trasero o delantero? + +--¡Oste con el bellaco! + + * * * * * + +El templo estaba henchido de muchedumbre y todo jaspeado en lo alto de +sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban de las vidrieras +colorían de tintes espectrales la piedra y el alabastro, esmaltaban el +oro de los púlpitos, pavonaban el obscuro nogal. Beatriz fue a +arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la capilla mayor. Los +dignatarios, resplandecientes de joyas y de veneras, ocupaban los +escaños del centro. + +El canto de las letanías seguía resonando bajo las bóvedas, potente, +monótono, sublime. Por fin los diáconos aparecen recubiertos de blancas +vestiduras. + +Principiada la misa, Beatriz advirtió que Gonzalo de San Vicente, +vestido como dijera la dueña, se arrodillaba sobre el guante, hacia la +nave opuesta, observándola de hito en hito al santiguarse. Ella +correspondió con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspiró +profundamente volviendo los ojos al libro. + +Su Señoría don Jerónimo Manrique de Lara ofertaba el incienso con sus +manos huesosas y pálidas. El humazo litúrgico llenó en un instante, cual +milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al preste y a los +diáconos, amortiguando los oros, y cubriendo con asoleado velo de +perfume las pinturas del retablo. + +De pronto, la voz del pontífice entona las primeras palabras del +_Gloria_, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese túmulo de +silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la mañana del jueves, +descuélganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el +alarido de las chirimías, el turbión resoplante del órgano y, allá +arriba, allá afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el +acelerado repique de todas las campanas, frenéticas, locas, delirantes, +cantando y echando a los vientos el regocijo sublime y milenario de la +Resurrección. + +En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha, +contra una columna del crucero, el fantasma... ¡la persona misma de +Ramiro! + +El órgano y los bronces seguían resonando. Un vendaval de religiosa +alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se +sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la resurrección +del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo rostro figurósele, al +pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasión. + +Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro comenzó a retirarse, +lentamente. + +Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra el +muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de su +linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas las +puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a +una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a +Beatriz. + +--¡Es fuerza vencer aquí mesmo!--se dijo. Y, empujado por irresistible +movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta +suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó a +ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez, +brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto +imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella +vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su +temblorosa mano hacia la mano de Ramiro. + +Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo +tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y +levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba +del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra. + +Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada +plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y +torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para +los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida +un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios +sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol +embriagador, sintió en su frente el beso o la mordedura de invisible +quimera. + +Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales +desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El +se sentía también renacer con las flores y los follajes. + +Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de +cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la +noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurrección +y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la +mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo, +parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada +frescura que bajara de las estrellas. + +Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió en +el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba +reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión. + +Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y, habiéndole +oído quejarse, se atrevió a decirle: + +--Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli. Vino +la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé de la flota, +y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un caño de arcabuz +bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme. + +Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente barrote +aplicado a la herida le dejó curado para siempre. + + + + +XXVII + + +Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas +interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El +entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad, +sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la +acción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre. + +Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante de +fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad ingresar a +la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto, +lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a una altura +inaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo +contrario sería perderse para esta vida y para la otra, pues el Señor no +perdonaba semejantes perjurios. + +Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno susurraba que +aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era hombre capaz +de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar en +el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la voluptuosidad y +del orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura: «Tiempo habrá de +vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el mal +de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de +las espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime +reverso realizado en los claustros.» + +Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo la +elocuencia acomodaticia del Tentador. + +En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo que +él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su rival y mostrádole +que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su desposada. +¿A qué más? + + * * * * * + +Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el +camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como de +costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en todo el +mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba, allá abajo, un +aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alcázar dobló +hacia la izquierda, y siguió caminando sin detenerse. + +Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de la +tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual cobrizo +relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se +revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para +contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese +instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas. + +Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuos +remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una calma +de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada instante +sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por +aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada +cabaña la frente y el pecho de los labriegos. + +Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a +la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora entre +cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él mismo por la +sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que, surgiendo +de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se volcaba por la +calleja. + +Detuvo el paso y recostose en el muro frontero. + +Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la cadera, +y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hasta +recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irguió de nuevo, su +empapado corpiño mostró los hombros y los pechos como si estuviesen +desnudos. + +La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a Ramiro una +figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después del larguísimo +encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la mujer. ¿Sería, en +verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del +aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía temblar a los +santos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas +sin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con +visible complacencia las formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómo +podía ser tan grande pecado gustar sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto +miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar de una bella criatura como del +fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban con cautelosa +mirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una, como en +los sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelo +del mundo? + +A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente. + +Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y doña +Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro manto de la +doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida por el +polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos. +Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores. + +Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su +cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro. +Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al barro +humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña Alvarez, +levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz +baja y severa: + +--La hija de un Blázquez no bebe en la rúa. + +La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán, que se acercaba +haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente: + +--El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced a +saludalle. + + + + +XXVIII + + +Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se engalanó como nunca y, a +las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La sangre, la +imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos de +una barca en el viento. Además, no le faltaron razones para demostrarse +a sí mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si había de partir +en breve, no hallaría mejor ocasión para desligar a don Alonso de la +promesa del hábito y declarar al padre y a la hija el objeto de su +viaje. + +Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas, Blázquez Serrano +regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro adquirido en la +corte. + +--Algunos--decía--lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo veo +patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría de los +perfiles. + +La mueca de muda admiración, la mano que se encartucha como un anteojo, +la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente para volver a +acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de contagioso +entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea. + +El docto señor de Mújica exclamó por último: + +--Es digno de Apeles y de Parracio. + +Ramiro hubiera querido también expresar su parecer. Estaba convencido de +que a la mayor parte de aquellos señores se le alcanzaba muy poco del +arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo delirio y +exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los héroes y +los santos. Consideró entonces el privilegio de aquella gloria que nadie +quería desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y +pontífices, y pensó que él mismo, ejercitando su asombrosa vocación, +hubiera llegado muy pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza, +con sólo un haz de pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura +alfeñicada y femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio. +Sentía desde niño la fruición de los interiores sombríos, donde las +pupilas descansan de la refracción implacable de las tierras y un solo +rayo de sol revela bruscamente el color y la forma. Para él la pintura +debía seguir también ese anhelo, consolar el sentido y tornar más fuerte +y más hondo el ensueño, como el claroscuro de las estancias. + +Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos +y, después de un momento, preguntole en voz baja: + +--¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija +Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente +moza y danzante. + +Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de +las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento +para decirle: + +--Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá que +olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad... + +--Mejor así, señor--interrumpió Ramiro,--pues yo mesmo no sé agora si lo +aceptara. + +--¿Y qué diría vuesa merced--continuó don Alonso--si le nombraran +regidor, como al hijo de San Vicente? + +--¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo más +alta sería mi ambición. ¡O César o nada!--agregó Ramiro sonriendo. + +Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin +distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia, +adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que +acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó: + +--Lléguese vuesa merced a la tarima. + +Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos pasos +felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y +porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un +céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado +sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo +sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó. + +Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole distinguir bruscamente +a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas de terciopelo, y +a los sonrientes galanes que las atendían, doblando la rodilla sobre el +corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a postrarse junto a Beatriz. +Su confusión era enorme. La niña le preguntaba por los suyos, y él +respondía como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su +grotesca aparición. Vergüenza mayor no había pasado jamás. ¿Qué gesto, +qué palabra podría hacerle recobrar su apostura? + +Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se excusaba débilmente. Sus +ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada blancura de su tez +vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y +doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un +concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían +para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los +rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un murmullo +preparatorio. + +De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de compañero el alférez +Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que juraba _¡per Baco!_ a +cada instante, para hacer reír a las niñas. + +Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao, +la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡_per Baco_: la gallarda!, y, +tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un +pañizuelo perfumado. + +Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos sonaban con +anticuada languidez y el lucido soldado conducía majestuosamente a la +niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos. Ella le +miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire levantada +por la onda de las vihuelas; ora evitándole con apicarado temor en algún +apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo +acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de +la sombra a la claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la +bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil, +estallaba en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido, +anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale +por momentos que su alma toda se iba también en pos de aquel faldellín, +como el humo rastrero. + +Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo. +Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su +padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al alférez, +adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el +abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose +apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose +a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que +hubiese podido bailarlo en un plato. + +Ella cantaba: + + Pisaré yo el polvico + tan a menudico, + +y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las +guitarras: + + Pisaré yo el polvó + tan a menudó. + +--_¡Per Baco! ¡Per Baco!_--gritaba el alférez, punteando el compás con +las palmas. + +Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de +terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso. +Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una +jícara de oro. + +--No, tráeme un barro--la dijo Beatriz. + +La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un +búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo de +aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a +devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la +imitaron. + +Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas de +los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de sí +mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una pregunta +de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído +con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus +estudios. + +--Tengo por seguro--díjole entonces Beatriz--que vuesa merced ha de +llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien +sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale +mil bachilleres. + +--Gloria no pequeña procura así mesmo el saber--repuso Ramiro. + +--¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos o +franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran +batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho, +pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... Así +quisiera ver a vuesa merced y aún mejor. + +--¿Tanto admiráis al alférez? + +--Es harto gracioso y valiente. + +Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel y +un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas. + +Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todo +ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos, +dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de algún +silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse +cual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a +decir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser, +encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su +conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible. +Dejose llevar. + +La palabra de Beatriz le sorprendió: + +--Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías? + +Ramiro no quiso contestar. + +--¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces. + +--Esa ya cerró, Beatriz--replicó entonces el mancebo;--otra es la que +agora vase reabriendo y haciéndome morir. + +--¿Morir? + +--Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo muriera. + +--¡Ingenioso!... + +--Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos. + +Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar de +espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa +voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia +ella, prosiguió: + +--Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, allá en la +heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo pensaba entonces +que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y mis +pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben +de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro, Beatriz!... + +La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la suya. +Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente. + +--¡Cuán dichoso me siento!--balbuceó entonces Ramiro.--Decidme que +apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda +llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía! + +Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella. + +En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz +oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería +que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su +Majestad, el nombramiento de Regidor. + +Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un +momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas +y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la +reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas. + + + + +XXIX + + +Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor +de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su +gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo +consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un +intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar +a Casilda. + +La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e +íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una +sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello +burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según +andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos, +aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de +San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano +menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando +puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la +hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma +noche de la boda. + + * * * * * + +Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir +para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría +a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella +ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de +piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la +gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su +vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra +senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus +manos. + +El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba +en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer +detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio +de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente +al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar +entre almena y almena. + +La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio, +esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran +silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie +la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de +un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete, +comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos +preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido +el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la +solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía: + + «Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me + escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una + gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por + medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el + cura de San Juan debe volver esta semana. + +»Dichoso viaje, mi señor bachiller. + + Beatriz. + +»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un + dedo, jugando en el huerto con los amigos.» + +Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al +día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora, +sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el +cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía +acompañarle hasta Castellanos de la Cañada. + +Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la +diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto +sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su +chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los +limones que se resecan. + +A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las +lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas +a la torre del caserón. + + + + +XXX + + +«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más que +a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado otras +nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.» + +Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo. + +Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de +Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro +contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo, +en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba. Luego +refería su previo ingreso a las Escuelas Menores. + +«Es de maravillarse--decía--que, siendo aquí vieja costumbre atormentar +a los _nuevos_ con las más crueles invenciones, así que yo penetré en el +claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano puesta en la +guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no +hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué suerte; pero todos conocen +mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante díjome ayer que, desde +que él viene a las escuelas, no tiene memoria de otro _nuevo_ que haya +escapado a los gargajos.» Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel +capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en +Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi +resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para +fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar. +En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.» + +Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra más +breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del Arzobispo le +exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto--agregaba--ha +sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que +están allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con +saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros +agüelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo +de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros +blasones. ¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!» + +Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un +lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes, porque su abuelo +se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un mal +misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios +estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando +humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez +se extendía por toda la casa. Las dueñas y los criados se apretaban las +narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doña +Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese +ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que prolongaba para +ella aquel cerrado aposento. + +Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la +Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo: + +--Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo. + +Don Íñigo había sido enterrado la víspera. + +Cuando el mancebo penetró en las cuadras que habitaba el anciano, +pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir adelante, tal era +la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba como +lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que ya no +volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de medicinas, +el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había quedado +revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad +de la lucha postrera. + +Entró a la librería y, al mirar los volúmenes amontonados sobre el suelo +y las gafas de asta marcando la página de un infolio, para continuar +otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza amarilla, +donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los rótulos; y +más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa, +ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una +profunda tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí +estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo, +siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia. + +Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de nuevo en su muda +monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró, en breves +palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo patrimonio. +Estaban completamente arruinados. Se había vivido, hasta entonces, +demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeñando +a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por último, +en montón, platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era, +según ella, la única persona que conocía en la casa el manejo del +patrimonio, y que hubiera ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de +marcharse para su país, a recoger una herencia. No les quedaba sino el +solar, empeñado casi por entero, y algunos escudos guardados en un +cofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón y +resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales. + +--De todos modos--añadió doña Guiomar--ya no precisas de muchos dineros. +La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso que puedes +cursar la Teología en el mesmo seminario de esta ciudad. + +Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor. + +¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que venían +hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más remotos +antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos +señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su +tierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos? + +En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía que la +falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, su +instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos bienes +perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante de +meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no había +determinado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que su +voz se alterase, díjola también el gran delito que sería seguirla +esperanzando con su falsa vocación eclesiástica. + +Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaron +nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces +Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas manos, y +mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus designios y +que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresión +que produciría en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel acto +menguado. + +--Yo trataré con los ginoveses--agregó;--algo quedará que entregalles; +aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!, no +vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar! + +Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho: + +--Con lo que acabas de decir--repuso--mi vida en el siglo ha terminado. +Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone. + +Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminó +hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorció +debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia. + + + + +SEGUNDA PARTE + + + + +I + + +El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, _el Prudente_. + +Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a fines +del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo la +simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el recelo, +volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del ejército +castellano. Había llegado el momento de la regia venganza. + +Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las +gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitán +de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar las +estampas de una tienda de libros. + +«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza», tal +era la orden manuscrita de Felipe Segundo.--¿Y quién me condena?--había +preguntado el Justicia al oír la lectura de la sentencia.--El Rey +mismo--le respondieron.--Nadie puede ser mi juez--replicó--sino Rey y +reino juntos en Cortes. + +Al otro día el primer magistrado de Aragón era degollado por mano de +verdugo. De este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y desgarraba para +siempre los fueros de varios siglos. Otros señores y, entre ellos, don +Diego de Heredia, barón de Bárboles, y don Juan de Luna, señor de +Purroy, habían de seguir igual suerte, después de soportar feroces +tormentos. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda perecieron +misteriosamente en sus prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban del +señoril derecho de morir descabezados, fueron arrastrados por las +calles, en un serón de infamia, hasta el garrote. + +Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y roto para siempre el +brío de aquel soberbio Aragón, que sólo cada tres años se dignaba +arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna. + +De igual modo los pueblos de Castilla habían sido escarmentados años +antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las Comunidades; pero +todavía solía advertirse en ellos uno que otro conato levantisco, como +el que hace erguir sobre las patas traseras a los rocines castrados. No +ya los señores, sino que también los pecheros comenzaban a vociferar. +Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de ofrecer +la ocasión. + +El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de paso para Francia, +penetraba en Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas o +paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las Carnicerías +Nuevas, de la casa de los Valderrábano y en otros sitios públicos de la +ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que Ramiro y el Canónigo +oyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en el piso bajo del caserón. + +Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de Cárcamo despachó un correo +al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan sólo un negro puñado de +ministros para que formasen la causa. Se esperaba un castigo leve, y los +más chocarreros componían letrillas y jácaras sobre el asunto. + +El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A don +Diego de Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado Daza Zimbrón +se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tomó Marcos López +sufriría privación del sacerdocio y beneficio, confiscación de la mitad +de sus bienes, diez años de galeras y destierro _ad vitam_; el +escribano de número Antonio Díaz, azotes, diez años de galeras y el +mismo destierro. + +Para muchos la intervención de la Providencia era patente, y a su amparo +el príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo, completaba su obra. +Nada de albedríos diseminados, nada de figurerías ni arrogancias que +estorbasen el poder. La unidad era el primer precepto de su Arte Real, +la unidad invulnerable y absoluta, a imagen y semejanza de aquella otra +unidad que gobernaba los orbes. No más voluntad que la suya, no más +pensamiento que el suyo, no más fe que la que él mismo profesaba. El +soberano del moderno Israel debía revestirse de las tres potencias +tutelares: la ley, la espada y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, el +Josué y el Aarón de su pueblo. Todos los tronos y las sedes le servirían +de escala para elevarse hasta los cielos y recibir él solo la consigna +del Altísimo. Su sombra cubriría las comarcas y los mares; y las +naciones le mirarían como al nuevo arcángel, armado del hierro y la +llama, vencedor de Satán. + +Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel monstruoso delirio le +secaba los miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua, hidrópico de +tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta de los +pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga a los +ejércitos y abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales; y la +bancarrota crecía, se envedijaba, se enmarañaba cual inmensa madeja de +pasadilla. Las deudas tenían aliento de fiebre, la real hacienda +jadeaba; cada año se gastaban los ingresos de cinco años venideros. + +¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo apañó +las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias para +particulares; mercó las hidalguías, los juros, los empleos; invitó a los +clérigos a legitimar sus hijos sacrílegos mediante un puñado de reales; +gravó la exportación de la lana; impuso contribución sobre el pan y +sobre el vino, antes libres; se apoderó de la sal; confiscó los +maestrazgos del mar; dobló el almojarifazgo, y triplicó en poco tiempo +la terrible alcabala. Los pueblos desmolados se echaban a morir. Avila, +Toro, Córdoba y Granada se negaron a aceptar el encabezamiento de 1576. +En las naciones extrañas el solo nombre de Felipe Segundo hacía +palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron por fin un nudo a la bolsa +y volvieron la espalda. Otros no sabían si continuar o romper para +siempre, como el judío que ha prestado a un tahúr de luenga espada. Los +genoveses, entretanto, se defendían con la usura. A partir del año 1590, +el desbarajuste fue pavoroso para la hacienda del Rey. Las Cortes, +corrompidas por el Monarca, habían exigido a las ciudades ocho millones +de ducados. + +Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos de Dios. Un hechizo +maléfico parecía esterilizar los terruños, parar los molinos, los +tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos no +sabían ya cómo ganar el sustento y salían a hurtarlo donde lo hallasen. +Se vivía en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una presa. Las +trapacerías del hambre formaron una arte honrosa y sutil, que tuvo su +romancero y sus manuales, sus poetas y bachilleres. El mal atacaba más +duramente a los hidalgos de patrimonio extinguido, cuya estirpe clara y +antigua no les permitía infamar sus manos en los oficios. Más de uno +comía del mendrugo que hurtaba su paje, y suspiraba con digna tristeza, +bajo la capa, al aspirar, de paso, el sabroso calor de las pastelerías. +El estudiante imitó, para vivir, los ardides perrunos. Sus piernas de +lebrel eran el terror del comercio. Fue entonces el glorioso tiempo de +la olla común. Los conventos se hincharon de monjes; sus porterías, de +sopistas. El hospital y la cárcel fueron buscados como refugios +venturosos, donde se comía regularmente y como de milagro. Millares de +infelices se fraguaban pústulas sangrientas o perpetraban delitos para +ser alimentados. Las calles estaban llenas de limosneros fingidos; los +campos, de falsos anacoretas; los puertos, de famélicos hidalgos que +venían a pedir una plaza en los galeones. + +A esta angustia de las entrañas se agregaba la zozobra del ánimo, la +honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan sólo, del Santo +Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey. Y +entretanto parecía que el mismo viento murmurase calumnias y que la +delación se agazapara bajo el lecho en que se dormía, entre los pliegues +de las antepuertas, en el rincón de los oratorios. Muchos, como don +Alonso, recelaban de sus propios labios durante el sueño, y evitaban +adormirse en los sillones, entre el paso de la servidumbre. + +Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era seguro. _Ne contumax +silentium, ne suspecta libertas._ La idea temblaba en el cerebro, y no +hubo pluma que osara estampar lo que el alma ocultaba en su cripta más +honda. En cambio se hablaba con delicia de los países lejanos y de la +inviolable paz de los claustros. + +No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al Monarca, sintiendo +triunfar o sufrir en él su propio orgullo fanático; la mayoría, bajo la +pavorosa coerción, acababa por encomiarle. + +La virilidad pareció resumirse entonces en la propia sangre atosigando +las vísceras, y el antiguo valor tomó la forma del estoico desdén de +todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las tiranías. Más +de uno repugnado de su propio servilismo, a una simple señal del +Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las venas, como Séneca o +Petronio. + +El humor español se hizo reservado y sombrío. Una verdadera peste de +melancolía se propagó por todo el país como un vaho de purgatorio, +inficionando las almas. + +Los hidalgos vestían de luto; la madera al uso era el ébano. Jamás fue +tan lúgubre el aparato de la muerte. + +El espíritu se empeñó en extraer sus ideas primordiales del sepulcro +mismo y de sus terribles podredumbres. + + * * * * * + +Ramiro llegó de Salamanca el domingo 16 de febrero de 1592, dos días +después de publicadas las sentencias. El Canónigo fue a visitarlo y +enumerole una a una las condenaciones. No pareció muy satisfecho al +decirle que a don Enrique Dávila y al licenciado Daza les habían +otorgado la apelación. En cuanto a don Diego, sería ajusticiado al +siguiente día. + +--Ya veis, hijo mío--agregó,--que vuestro abuelo se ha marchado a +tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal cocido. +Cuidad vos agora, hijo mío, las palabras, y teneos muy quedo, por un +espacio. + +--¿Y quién ha dado los nombres?--preguntó Ramiro. + +--Alguno será--replicó el lectoral--que no quiso ver a España destrozada +otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador. + +Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de Su +Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante la ausencia del +caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo hasta la última +gaveta y llevándose un gran fajo de papeles. + +--¿En dónde será ajusticiado don Diego?--volvió a preguntar bruscamente +Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por algún pensamiento +dominador. + +--En el Mercado Chico--replicó el Canónigo.--Ayer le fue notificada la +sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el Santísimo +Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a mediodía, para llevarle +a degollar. Ya es cosa convenida que ningún noble ha de ir a saludalle, +y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta clase +de espectáculos, veranle sólo en la mula las gentes de ley y las +Comunidades y Cofradías. + +Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró con vehemencia que si +los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en aquel trance +final, eran todos unos malos caballeros. + +--Nadie ignora--exclamó--que el don Diego, a más de su antiguo y +glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin +duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo decir +que he de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi +propio interés ni en la razón o sin razón de su condena. + +Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y maestro +creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza antes de +responderle. + +--Haced lo que os plazca--le dijo;--pero cuidad que vuestra inadvertida +juventud no os enderece por donde tal vez no queréis caminar. Don Diego +será, como decís, harto infanzón, aun que de cepa gabacha y no española, +sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y aleve +con su Rey. + +--Don Diego--repuso Ramiro con el rostro demudado--es gran caballero y +no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa merced. + +--Pues yo repito--replicó de mala manera el lectoral, mostrando los +dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño--que don Diego es +traidor y cobarde. + +--¡Y yo digo que miente vuesa merced!--gritó Ramiro, ebrio de cólera. + +El Canónigo dio un paso hacia adelante con la diestra en alto y pronta a +asestar el bofetón; pero el terrible ceño de Ramiro le contuvo. +Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose ambas manos al +rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El insulto flotaba +irreparable, y parecía hacerse oír, otra y otra vez, en el silencio. El +Canónigo musitaba, gemía, suspiraba, con el rostro cubierto. Por fin, +bajando las manos, embozose con furia, y, después de buscar la salida +como un ciego a lo largo del muro, desapareció de la cuadra, dando con +el pie, hacia atrás, un terrible portazo. + +Ramiro sintió que todo su maquinal apegamiento hacia aquel hombre +acababa de trocarse en súbito rencor. La crispada y hostil actitud, que +aún conservaba, suscitábale nuevos impulsos de odio contra su víctima. + +Cuando comenzó a serenarse, dijo en voz alta, sentándose en el sillón: + +--¡No he menester de él, ni de nadie! + + + + +II + + +Pocos días para Avila más tristes que aquel lunes, 17 de febrero de +1592. La ciudad despertó en una expectativa siniestra. El horror del +suplicio inminente parecía flotar por todas partes mezclado a la niebla +de la mañana. + +En medio del Mercado Chico se levantaba un gran cubo negro, el cadalso; +y las ráfagas del Norte sacudían contra el esqueleto de pino la bayeta +patibularia. Fúnebres ministros de justicia se agitaban en derredor. A +eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el crucifijo. Más +tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las dos negras +almohadas para el reo. La llovizna caía por momentos, fina, glacial. + +El tráfago de todos los días comenzaba; pero los vecinos iban y venían +más graves que de costumbre, coceando la nieve de la víspera. Algunos +hablaban misteriosamente al encontrarse; otros discutían en los mesones +con insólita nerviosidad sin alzar demasiado la voz, pero arrufando el +hocico y tomándose a veces las partes viriles con toda la mano, para dar +más vigor a sus bravatas y juramentos. + +Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones de la nobleza tenían +el aspecto de rostros patéticos y enmudecidos. Aspirábase en el aire ese +espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razón; y una sombra +de infamia envolvía a Avila entera. El más altivo de sus caballeros iba +a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera sido mengua mayor +arrasar las ochenta y ocho torres, que esperaban ahora, con extraña +lividez, la rotura de aquella cerviz, donde parecía haberse encarnado la +fiereza de la muralla. + +Corrió la voz de que, a las dos de la tarde, don Diego sería sacado de +la Alhóndiga. Aquel edificio correspondía como prisión a los nobles y se +levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alcázar, por la parte de +afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro llegó ante el blasonado +frontis, los empleados de la justicia regia y comunal se aglomeraban y +zumbaban como moscas a uno y otro lado del portalón y en torno a la +fuente; mientras las cofradías y las órdenes esperaban, en larga hilera, +desde la plaza del Mercado hasta más allá del convento de Santa María de +Gracia. Los monjes rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino +los raspados mentones, por debajo de las capillas; sus manos cruzadas +por dentro de las mangas, dejaban colgar los rosarios. Todas las voces, +todos los balbuceos de franciscanos, dominicos, agustinos, jerónimos, +teatinos, carmelitas, se unían en un coro uniforme, que aumentaba la +pavura, cual dolorosa plegaria de otro mundo. La persistente llovizna +escarchaba los hábitos y parecía embeber todas las cosas en su tristeza. +Algunas mujeres plañían. + +Más de una hora pasó Ramiro codeandose con el vulgacho. No había sino +gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado con los brazos +desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gañanes de la dehesa, harto +morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y medias coloradas. + +Por fin un portero sacó del zaguán de la Alhóndiga una mula cubierta de +fúnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados de blanco a la +altura de los ojos. Se produjo un movimiento general. Tres alguaciles +montaron en sus caballos. + +Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si hallaba algún conocido, +cuando una brusca exclamación brotó de la multitud y fue a rebotar +contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte acababa de aparecer +en la puerta de la prisión. Caminaba a su izquierda el Guardián de los +descalzos, fray Antonio de Ulloa. + +Lo primero que hería la mirada era la palidez plomiza de su semblante, +acentuada por la negrura del capuz que le habían echado sobre los +hombros. El bigote y la barba habían encanecido del todo. Avanzaba +tieso, indómito, solemne, mirando hacia las nubes y pisando con fuerza, +como el que marcha entero en la honra. + +Ramiro experimentó rápido calofrío, y cuando, al verle montar en la +infamante cabalgadura, advirtió que sus manos estaban ligadas por negro +listón y que de su pie derecho pendía una cadena, sintió que hubiera +dado allí mismo la vida por libertar a aquel hombre magnífico, víctima +de su rancia altivez castellana. Era el último Cid, el último +_reptador_, llevado al suplicio por viles sayones asalariados. Cerró +entonces los ojos un momento para contener su emoción, y pareciole oír +de nuevo los discursos del hidalgo en la asamblea, aquellos discursos +que salían de su boca como los hierros de la hornalla, chisporroteantes +y temibles. Ya no volvería a perorar con el pie derecho en la tarima del +brasero y el estoque bajo el sobaco. ¡Iba a morir! + +El cortejo penetró en la ciudad por la puerta del Mercado Grande, tomó +la calle de San Jerónimo y luego la de Andrín. Caminaban por delante las +cofradías de la Caridad y la Misericordia tañendo sus plañideras +campanillas. Una voz áspera y poderosa gritaba, de trecho en trecho, el +pregón de la muerte. + +«Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor a ese hombre, +por culpable en haberse puesto en partes públicas unos papeles +desvergonzados contra Su Majestad Real. Manda muera por ello.» + +Ramiro caminaba a la par del alguacil Pedro Ronco, que iba montado en su +famoso rocín todo negro. Los religiosos entonaban una salmodia lúgubre +que daba terror. Detrás de ellos venía Bracamonte en la mula, cual si +fuera el espectro del orgullo. Su lúgubre continente hacía estallar, en +las puertas y ventanas, el sollozo de las mujeres, que invocaban a Santa +Catalina, a los Santos Mártires y a la Santísima Virgen. Las ropas +negras de los alguaciles y corchetes despedían, con la humedad, un tufo +de orines trasnochados. Doce pobres, con sendas hachas encendidas, +esperaban a la puerta de San Juan, y su oración temblaba a la par de las +llamas humosas que el viento doblaba y estremecía. + +Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso, don Diego se apeó de +la mula y subió serenamente las gradas. Hincose, y pidió un libro de +horas para confesarse con fray Antonio. Ramiro, colocado muy cerca, +escuchó las palabras del _Miserere_, del Credo, de las Letanías. + +Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre. Algunos curiosos +habían logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del poniente. +Por fin el verdugo se acercó a decir que ya era tiempo. El escribano de +la comisión requirió por tres veces a Bracamonte que hiciera confesión +abierta del crimen. Ramiro oyole decir que don Enrique Dávila y el +licenciado Daza eran inocentes y que sólo él era culpable. El escribano +exigió que lo jurase. Entonces escuchose una voz entera que repuso: + +--No me sigáis predicando, que no diré más. + +Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos fueron atraídos por el +madero contra el cual había de ser descabezado; su rostro cobró una +blancura terrible, pero se sobrepuso al instante, y, levantando la +frente, miró por última vez la ciudad, el cielo, la luz preciosa de la +vida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas palabras, y oyose +vasto rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por su parte, buscó atraer +su mirada, para dirigirle un último saludo; pero aquel espíritu ya +estaba lejos de la tierra y se anticipaba a la muerte. + +Por fin, cual si hubiera distinguido algún signo de lo alto, don Diego +encaminose a recibir la negra venda en los ojos, y, sentándose en la +almohada, cogió por detrás el madero con sus propias manos, ajustó la +cabeza, y alzando la barba ofreció el pescuezo al espantoso cuchillo. + +Ramiro observó adrede la pálida testa muerta de súbito y que, asida de +los cabellos, fue mostrada hacia los cuatro lados de la plaza, en nombre +del Rey. Entonces, con gesto amplio, magnífico, para que todos le +vieran, quitose la gorra, exclamando: + +--¡Dios reciba tu alma, gran caballero! + +Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos quiso prenderle allí +mismo; pero el otro le contuvo. Ramiro se retiró. + +Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo entregole un billete +lacrado. Don Diego de Valderrábano le comunicaba que, a las seis de la +tarde, se reunirían en su casa varios amigos, a fin de pedir permiso al +Corregidor para enterrar ellos mismos el cuerpo de Bracamonte; y en muy +graves palabras le invitaba a acompañarles en la demanda. + +Aquella noche algunos caballeros enlutados atravesaban la ciudad a la +luz de las hachas, llevando sobre los hombros largo ataúd, que fueron a +depositar en la capilla de Mosen Rubí. Valderrábano, al dejar la +iglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y lloró tiernamente. + + + + +III + + +Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres visiones le robaban el +sueño, y los pormenores del suplicio se reproducían en su memoria, +suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir con aquella +valentía. Sin embargo, en caso semejante, él hubiera hablado a la +muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos extraordinarios. +Pero, por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero hacíale +meditar en el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto, +que, a la vez que dispensaba los más grandes honores, podía suprimir la +existencia más bizarra con un trazo de péñola. + +A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a señalar las rendijas +de la ventana, el amor de Beatriz se encendió como nunca en su pecho. +Pensó en ella apasionadamente. Pensó con frenesí en el goce de vivir y +de amar, animando junto a él la ilusión de una boca bajo la suya, de +sedosa cabellera perfumada, entre sus propias holandas. + +Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a la +doncella. Consideró que las personas que venían todos los días a dar el +pésame por la muerte de don Íñigo le ocuparían la tarde. Era menester +escapar. A la una comenzó a engalanarse. Cuando el criado le echaba por +fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo atrencillado, una +dueña vino a decirle que Beatriz subía las escaleras, y que, no estando +ataviada aún doña Guiomar, era necesario entretener a la visita. + +--¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!--exclamó Ramiro para su coleto; y dando un +último toque a sus cabellos, salió de la estancia. + +Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues los demás habían sido +desguarnidos por los usureros. Reflexionó, sin embargo, que, a pesar de +su vejez y abandono, aquel salón trascendía a grandeza grave y a rancio +abolengo. Levantó el cerrojo y entró. + +Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada según el estilo +flamenco, italiano y mudéjar de los tiempos del Emperador. Desde la +muerte de doña Brianda del Aguila permaneció sin abrirse, como esas +salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso misterio. Don +Íñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias más fáciles de +renovar. Decíase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros había +celebrado su primera reunión clandestina; y por mucho tiempo corrió +entre el vulgo la leyenda de que los espectros de los ajusticiados, se +congregaban allí dentro, en las noches de luna. Por eso tal vez, nadie +quiso habitar aquella casa durante un cuarto de siglo. + +Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos habían temblado +sobre los cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se abriesen las +puertas para velar en el antiguo estrado de doña Brianda el cadáver de +su padre. + +Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus muros +viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras y +coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se desprende y +retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se veían +sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños, bufetes, contadores, +donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa +adherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la concha. +¡Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las +colgaduras, cubiertas de telaraña, pendían con hipnótica apariencia, y +el polvo aclaraba, a manera de luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro, +al entrar, oyó carreras furtivas bajo los muebles. Un taladro dejó de +roer. + +La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes, +dividía en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima, +almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos femeninos. +Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía perdurar a manera de +viejo perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos de las +ancianas. + +¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel carcomido aparato no +esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse de súbito. + +Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia. + +Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba aún la ceniza de los +últimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas en la +galería, y Beatriz apareció vestida de negro y olorosa como un sahumador +encendido. + +Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dejó caer su manto +hacia atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba, quedose en la estancia +vecina. + +--¡Solos!--se dijo el mancebo. + +Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa estremecía en torno de +ellos lo ignorado. La niña miró con extrañeza los muebles y las +colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego púsose a +observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y sintiéndose +incapaz, bajo la viva emoción, de formular algún concepto cortesano, +Ramiro profirió: + +--Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres, que +murieron hace mucho. + +Hizo una pausa y continuó: + +--¡Nosotros también pasaremos como ellos, Beatriz! + +Y al pronunciar esta frase hundió su mirada en los ojos de la doncella +con doble y profunda expresión de sensualidad y de tristeza. + +Una de las pinturas representaba un busto de mujer. Listada caperuza +adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos. + +--¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa! ¡Antes morir!--observó +la niña, agregando:--Mirad: tenía en el cuello un lunar como el mío. + +Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su +garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella blanquísima +piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa pimienta. + +De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de baile, +Beatriz exclamó: + +--¡Basta de muertos!--agregando con cortesana sonrisa:--Bien sé que sois +de sangre muy clara y que podéis referir grandes cosas de los agüelos; +pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día. + +--Tiempo queda--repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas +inesperado rubor. + +--Mi padre--añadió Beatriz,--siendo un mancebillo, marchose a la guerra. +Esto lo digo sólo por aguijaros. + +--Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la +guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los peligros, +ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte. + +--Incomprensible os volvéis. + +--Decidme--exclamó Ramiro sonriendo:--¿qué batalla habrá por el mundo +más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro corazón, qué +infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi señora? + +--Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo decís de vero. + +Los dos callaron. + +Estaban ambos vestidos de terciopelo negro atrencillado con aforros de +seda, y sólo sus rostros y sus manos recogían la claridad escasa de la +penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpúsculos, entraba tras una madera +entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una gran tapicería +que atrajo la mirada de Beatriz. + +Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno y otro hicieron una +mueca involuntaria. Respirábase allí rara hediondez. Ramiro comprendió. +Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor respirado, al llegar +de Salamanca, en el cuarto de don Íñigo; y toda duda quedó desvanecida +al advertir sobre el suelo las gotas de cera de los hachones. + +La tapicería representaba un asunto de amor. Ramiro la había descifrado +días antes, con el auxilio de un padre dominico. Veíase, hacia la +izquierda, a María Padilla, la favorita de don Pedro, sentada en +fabuloso jardín, amarillo y azul. Un pavo real abría su fastuosa +pantalla junto a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el +hombro de la dama, el Rey de Castilla, vestido de rojo capisayo +descolorido, enseñábala sobre el dedo un halcón montano con capirote de +púrpura. Una ondulación, un aliento espectral parecía mover por +instantes la tela. + +Ramiro dijo brevemente lo que había leído en las historias sobre +aquellos amores, y a él mismo le pareció que sus palabras diseminaban +lúbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se encendieron. + +Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes figuras, y sus retinas +sólo tomaron el vivo bermellón de aquellas dos bocas intactas, que +parecían retardar la voluptuosa caricia en los años. + +Ramiro pensó que de un momento a otro podía llegar alguna persona, su +madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a solas, que no +volvería tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Preparó en su espíritu la +frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a los pies de aquella +mujer. Dio algunos pasos hacia el muro para recobrar su entereza. Un +ángulo de la tapicería estaba doblado hacia adentro; él lo cogió +maquinalmente e hizo dar a la tela brusca socollada. Entonces sucedió un +hecho harto extraño: envueltas en una nube de polvo, inesperadas, +sorprendentes, salieron por debajo de la colgadura innumerables +polillas. Era un verdadero enjambre espantado, indeciso, de maripositas +grises, hechas como de tierra, que desprendían una arena finísima al +volar y resplandecían por instantes, a modo de luciérnagas, en el rayo +de sol. + +Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre los vestidos de +Beatriz, adhiriéndose al jubón y a la saya y cubriendo su manto. La niña +repetía el mismo ademán de repugnancia y de miedo, sin atreverse a +tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los quitaba, uno a +uno, entre sonriente y avergonzado. + +Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas aleteaban sin cesar. El +mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasándola el brazo por +detrás de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el rostro, y, +en medio de toda la vejez, de la descomposición, de la muerte que le +rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda +juventud, toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca, aquella +boca roja de Beatriz, que el demonio carnal la había enseñado a salivar +brevemente, y a ensanchar y contraer, de inquietante manera. Ramiro +cercó con su brazo el cuello de la niña oprimiéndola con dulzura. Sintió +entonces el impulso frenético de poner sus labios sobre los labios de la +doncella, de beber y morder en ellos el amor, la lujuria, el delirio, +¡locamente!, y la atrajo por fin hacia él con rabiosa vehemencia. + +Beatriz lanzó un grito: + +--¡Alvarez! + +Uno y otro volvieron el rostro. La dueña contorneaba su forma ancha y +sombría en el luminoso vano de la puerta, que acababa de abrirse. + +--¡Las polillas! ¡Las polillas!--volvió a gritar Beatriz, sacudiéndose +el manto. + +Un instante después, cuando la dueña terminaba apenas de borrar en los +vestidos de su señora la última señal de los insectos, un lacayo vino a +decir que doña Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no quiso +acompañar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a evitar en +aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con muda +reverencia, y se alejó por los corredores. + + * * * * * + +Aquella tarde, aquella noche y en los días que siguieron, Ramiro recordó +sin cesar el coloquio del estrado. + +Parejas con la tiránica pasión, su orgullo viril crecía ilimitadamente. +Ni una brizna de desconfianza brotó en su cerebro, ni una sola reflexión +adversa. Sentíase más seguro que nunca. El grito de Beatriz no fue sino +el clamor de su voluntad totalmente rendida. La había sentido vibrar +entre sus brazos con el mismo estremecimiento de la sarracena y otras +mujeres, cuando él las atraía para besarlas; y parecíale llevar aún en +la mano el loco latir de aquel corazón bajo el duro azabache. + +En cambio, él también quedaba herido por Beatriz, y quizá para siempre. +Ya no podía concebir el resto de su vida sin el amor y la total posesión +de la doncella. ¿Para qué soñar, ambicionar, afanarse, si no lograba la +caricia que acababa de escapar a su ansia? ¿Qué era el mundo y sus +loores sin aquella victoria? ¿Cómo soportar que otro hombre?... + +Su ensueño amoroso oscilaba entre el arrobamiento y las fiebres impuras. +Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las beatitudes de la +pasión ideal; otras, la sangre clamaba impaciente por la suprema +codicia. Ora soñaba que sus labios sorbían el éxtasis en los labios de +su amada, cual paradisíaco rocío; ora, que sus deseos eran las abejas +temibles cayendo en enjambre sobre una fruta entreabierta. + +Luego imaginaba lo que haría, cuando fuera su esposo para apartarla de +la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus galanes: La +llevaría a un país muy lejano, a alguna ínsula salvaje; o se encerraría +con ella en una morada que no tuviese más abertura que el ferrado +portón, para no dejarla salir sino muy de mañana a la iglesia más +próxima, bajo un manto amplio y espeso que la ocultara todo el rostro y +sólo dejase a los demás su sombra pasajera y arrebujada. Si alguno osaba +requebrarla al pasar o seguirla con descaro, ya sabría él despacharlo al +otro mundo por el más listo de los correos, con una oblea harto roja en +medio del pecho. + +Una noche, metido en la cama, fuese quedando dormido sin apagar el +candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado con Beatriz y +era capitán de corazas en alguna tierra de América. Encontraba un tesoro +inmenso, cientos de vasijas sepulcrales repletas de oro. Salvaba al +ejército en una terrible sorpresa. Ganaba él mismo numerosas batallas. +Era hecho Virrey... + +Al día siguiente un alguacil de la Santa Inquisición diole, en su propia +mano, una cédula por la cual se le llamaba a testificar, por segunda +vez, en el proceso de los moriscos. + + + + +IV + + +Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano creyó sentir el acecho +de las peores especies demoníacas descritas por los teólogos. Su ánima +brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más obscuras regiones +de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba continuamente. Su +elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el más profundo +convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la vida, en +el desvío total de todo goce, de todo triunfo. + +¿Hacia qué corredor lleno de celadas había enderezado sus pasos? ¿Qué +escalera de maleficios habíase puesto a descender a la vejez? Todo se le +tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice Laoconte sofocado +por la serpiente. + +--¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!--exclamaba a veces, dirigiendo la +mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento de la +divinidad. + +Por el contrario, en los instantes de contrición, acusábase a sí mismo +de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgías de otro +tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las riquezas, su +desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador +empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de +crímenes. + +La adversidad había esperado para llagarle el corazón los años de +senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo mundo +material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas +familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil colgadura, +un paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga, +exhalaban a veces, para él un sentido perturbador, vahos de espanto y de +demencia. Hubiérase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle +lúgubres presagios. + +Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las penitencias, inventó +cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en incesante +plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse con +el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose con tremenda +incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La eternidad de los +castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba +su mente. Entretanto, Jesús y la Virgen ya no eran las claras figuras +desprendidas de los cuadros de Italia, sino luengos y pálidos espectros, +bañados en un sudor de purgatorio, y cuyas pupilas parecían contemplar +continuamente el dolor de las ánimas condenadas. + +Aquel caballero filósofo, que se había burlado siempre de los bajos +temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras había sido la +mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de miedo, y +temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El anochecer era la +hora terrible. La última luz del crepúsculo, agonizando estremecida en +los interiores, le sumergía en ansiedad inexplicable. A veces, imágenes +de cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecían en la +penumbra; llamaba entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando +cerrar las ventanas, hacía encender sobre las mesas, sobre los +contadores, sobre todos los muebles, numerosos candelabros, candelabros +traídos de todas las estancias. Pero aun en medio de aquella +deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que reverberaba en su +rostro, veíasele palidecer y pasarse la crispada mano por la frente, +como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visión. + +No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaños +cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante la +bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor festines y +cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea promesa de +hacerle otorgar, en la primera ocasión, una silla en el Consejo de +Italia. Luego, cuando la estruendosa caída del privado, y aun después de +la fuga, el caballero avilés, fiel a sus principios de lealtad, fue +quizás el único palaciego que osara defenderle. Esto bastó. Una consigna +sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo sufrir toda suerte de +humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le vejó ante las +damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos eclesiásticos +le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera por mero +esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el dogma. Estaba +perdido. Aquel hijodalgo que creía no conocer el miedo conoció el +terror, un terror sobrenatural, un terror por encima del coraje del +hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey. + +Su varonil empaque tomó entonces un aspecto doblegado y taciturno. Su +tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas reaparecieron. + +En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el Greco, hízole su +retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el secreto +íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el +artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor, +de la melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro +amarillado y patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones +extremas desecaba la carne y atosigaba y torcía los humores. El iris y +la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido +transparente, que parecía renovarse sin cesar, como el de una mirada +viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como si luchara por +contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano disfrazando a +medias la honra colérica, el brío estrangulado. + +Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz de religiosa +esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del cuadro. + +Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la ancianidad, +determinó refugiarse en su propia mansión, contando repartir los años +que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo de los +tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las señoriles estancias, +nuevos infortunios, cada vez más inesperados y violentos, vinieron a +buscarle allí mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su +linaje y hasta su último resto de dicha en la tierra. + +Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre mundano. +La educación que él la diera no había consistido sino en ceder a todos +sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su veleidoso +espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno +gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le pareciese al +hidalgo la más razonable exigencia. Con esta blandura corruptora creía +agregar al propio afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento +de su única hija habíala costado la vida. + +Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas que +se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a la juvenil +embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel pelinegro a +cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña sabía apenas +deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su séquito de dueñas, +antes la servía para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que +para custodiar su persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la +corte, Beatriz gobernaba el solar a su antojo, cual infanta levantisca. +Sin embargo, doña Alvarez, que había aprendido su oficio en las grandes +casas de Madrid, solía dirigirla, ante los extraños, severos +apercibimientos, que ella escuchaba con mohín mentiroso de enfado, +comprendiendo que todo aquello contribuía a presentarla como una joya +delicadísima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las más +atildadas precauciones. + +De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a llenar Beatriz su +misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada vez más +ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de +fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera +quintaesencia de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto +para el amor desapareció de su menuda persona, no quedando sino lo +vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado de especia, +el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo innumerables deseos. + +A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba casarla temprano, con +algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro se le +impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel descendiente de +ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le +inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las más heroicas +empresas. Además, había notado que cada vez que pronunciaba su nombre +delante de Beatriz, el rostro de la doncella se coloreaba al pronto de +instantáneo rubor. Llevola tan sólo una vez a la corte para no poner en +peligro su propósito, y trató de alejar a los hermanos San Vicente, cuya +familiaridad debía inspirar a Ramiro perpetua desconfianza. Para esto +ordenó a doña Alvarez que, así como Gonzalo o Pedro se presentasen de +visita, estando él ausente, les hiciera decir que Beatriz no podía +recibirles mientras su padre no regresara de la corte. + +El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pensó que +fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una taberna, quiso entrar +de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la espada; pero los +porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron inconmovibles. + +Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro: el soborno de doña +Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en +doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el +mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva +Celestina de prodigiosos ardides. + +El rumor de aquel violento desaire corrió por la ciudad y fue el origen +de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca tomó a su cargo la +venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a más del cargo +de comisario del Santo Oficio, serían armas sobradas para abatir algún +día la soberbia de su pariente. + +Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontró sobre un +bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a los criados y a las +dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma alguna, que Ramiro +era hijo de moro. Riose de aquella ridícula especie, y mientras +despedazaba el papel, recordó la anterior invención sobre la complicidad +del mancebo con los conspiradores de la morería. Los meses pasaron. Por +fin, pocos días antes de la muerte de don Íñigo, volvió a recibir un +billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar +de la Hoz y de un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio +y a tal hora, se le haría conocer toda la historia del nacimiento. + +Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompañado de un solo lacayo. +Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnación, donde el rumor de +una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le pareció que había +sido burlado, un hombre menudo y encogido salió por detrás de una +encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en mano, y +acechando al hablar con sus ojos pequeños y vivos todo el contorno, +repitió la historia que Medrano le había referido, en lo alto de la +torre, durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los +más verosímiles indicios, y afirmaba que cuando doña Guiomar se había +casado con el caballero Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro. + +Sólo entonces, relacionando con aquella narración ciertos pormenores que +él había observado indiferentemente en casa de don Íñigo, concibió don +Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada tan misteriosa del padre +y la hija para no volver, nunca más, a su casa de Segovia; en el +nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral +que llevaron durante algunos años; en la constante melancolía de doña +Guiomar; en la escasa afección del anciano por su nieto; en el silencio +que rodeaba la memoria de aquel Lope de Alcántara, muerto, sin embargo, +tan gloriosamente por su Rey. La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué +hacer? Había un medio de saberlo: preguntárselo derechamente a don +Íñigo. Pero su viejo amigo estaba concluyendo.--No importa--se dijo, y, +aquella misma tarde, se dirigió a la casa del moribundo. + +El anciano estaba rígido en el lecho. Como se esperaba su muerte por +momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que prescribía para +aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el mismo +cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda había exhalado +el último suspiro. + +Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron, el +moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces Blázquez +Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos de +saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y +venía a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les había ligado +hasta entonces. + +--Vuesa merced se va--exclamó;--pero yo quedo, y solamente la palabra de +vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita. + +Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refirió la +denuncia que acababa de llegarle. + +--Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una villana calumnia; pero +en caso contrario--añadió don Alonso acercando su rostro al rostro del +anciano y tomando el tratamiento familiar,--en caso contrario, vos, mi +grande amigo, no permitiréis que esa desventura se extienda hasta mi +casa. Por Nuestro señor Jesucristo, decidme, aquí a solas, agora que +nadie nos escucha: ¿es esto verdad? + +Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo, como si su espíritu +flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos, +donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil y +triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los párpados, un +humor abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después, entreabrió +lentamente la boca, y una sola sílaba, pronunciada con fuerza, como por +otro ser invisible, una sílaba que era todo un inmenso dolor, resonó en +el silencio: + +--¡Sí!--dijo don Íñigo. + +Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro mundo. Ultimo +aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para siempre en +el mar de la eternidad. + + * * * * * + +Pocos días después aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y +aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don Diego, +habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San Vicente y su +esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja +de Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de +Blázquez Serrano con los culpables hacía verosímil la denuncia, con sólo +presentarle como a uno de esos vasallos hipócritas que dan su sonrisa al +monarca y el corazón a los rebeldes, y se hacen encontradizos en +palacio, justamente cuando va a estallar en algún punto del reino la +mina que ellos mismos ayudaron a socavar. + +Una carta de su maestresala trájole la primer advertencia. Por ella supo +don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de ministros de +justicia había invadido su mansión, penetrando en todas las cuadras, +revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el último escritorio +y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de +amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados habían querido +impedirlo, pero el alguacil les había amenazado con la horca, invocando +el nombre de Su Majestad. + +Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin pérdida de tiempo, para +tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba +hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados comprobaban +su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y los vocablos. Por +fin, la generosa intervención del prior de Santo Tomás vino a socorrerle +al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa. + +Sin embargo, pocos días después de la ejecución de Bracamonte, y no sin +prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso para Madrid, con +el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchón y arrojarse +a los pies del soberano protestando de su inocencia. + +Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y don Alonso prosiguió +su viaje con una carta del Conde. Durante el camino, reclinado en los +cojines del coche, fue componiendo en su mente dramático discurso, con +el cual contaba conmover el corazón del monarca. Ensayaba la mímica y la +voz, trocaba un vocablo por otro, rehacía toda una frase y, lleno de +confianza, cumplimentábase a sí mismo por el hallazgo de un epíteto más +culto o de un hipérbaton más elegante. + +Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo Mayor +le condujo. + +El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y llenos estaban los +vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos, de +cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se movía +con actividad silenciosa y grave. + +El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico donde eran recibidos los +embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de ungüentos +medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el fondo. +En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un hombrecillo +hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray Diego de Chaves, +acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar hacia el campo. + +El monarca más poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero, +estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre un +taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando sin +cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a su +izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y espolvoreaba +de arenilla la reciente escritura. + +Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez había cobrado opaco +blancor de yeso humedecido. + +No se oía en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de las +péñolas en el papel. + +Afuera el aire resplandecía y el cielo azul brillaba como un límpido +esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por momentos el Rey levantaba +la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios desteñía +del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente. + +Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emoción, +desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura suspendida del +muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de condenados y +demonios. + +Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando llegó el +momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante él la rodilla, +don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey leyó +brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada hacia +adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del +mundo, dejó escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas +perceptible: + +--Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura--dijo--bien +pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a vuestra +vista. + +Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su memoria; +pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razón, inhibida de +pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados, inocuos: + +--¡Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imaginé... soy todo +inocente! + +El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron a moverse. Pero esta +vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera podido distinguir +una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un insecto, el mismo +lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de otros +soberanos. + +Por último, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del toisón, +una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire señalando la +puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán acentuose con un +estremecimiento perentorio del índice. Toda réplica hubiera sido fatal. +El caballero obedeció. + + * * * * * + +Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas, en su coche, camino +de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la sangre. Ya no +quería seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido, buscaba +sólo la forma de la venganza. Pensó con admiración y con envidia en su +amigo Antonio Pérez; pensó en huir como él a una corte extranjera y +lanzar desde allí contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor. +De esta suerte haría eterno su nombre, y su honra vengada pondríase a la +par de la grandeza del Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria +abriose de pronto en su imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la +figura sobrehumana de Felipe Segundo siguiéndole con la mirada a lo +largo de los caminos. Todo su brío se desplomó. Hallose anonadado, +vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo funesto. +¡Ahora sí que su garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones +palaciegas! Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo, +de entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los +cuatro muros de una celda. + +Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al cochero que se llegase +al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el Prior. + +Era un mediodía frío y luminoso de fines de octubre. Los arrieros +moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus botijos, echados +panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas murallas y +poderosos torreones parecía hartarse de sol. Reinaba en torno un sosiego +resplandeciente y adusto. Don Alonso recordó el verso de Alighieri: + + Loco e in Inferno detto Malebolge, + Tutto di pietra e di color ferrigno, + Come la cerchia che d'intorno il volge. + +Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del Silencio. +Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba extendido de +espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta, sonreía +dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo, +sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blázquez +Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa +admiración. + +Una hora después salía del convento resuelto a ingresar a las órdenes. + +Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subió +cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando +silencio a los criados que se adelantaban a recibirle. + +¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su ánimo aquellos +vastos salones, donde había aglomerado con obstinada pasión tanto objeto +valioso, escogido y adquirido por él, en sus viajes! + +¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta ceguera, cuánta +puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo realismo de +la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar +marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar +ataujías ante la expectativa de la muerte? + +¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras, +del aparato de las libreas! + +¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la veía +ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse +cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de +la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana, +lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas +las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya +un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un +aparato caedizo y funesto de vanagloria. + +Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran su +lecho. + +--Aún queda remedio--se dijo de pronto, y levantose bruscamente para +hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente +determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una +puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz +juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija! + +De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal +cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la dueña +que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la cabeza, +entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba: + + Ventura quiso qu'os viese, + amor que luego os amase, + ausencia que n'os mirase + porqu'en veros no muriese: + todo lo hizo ventura, + ventura fue conosceros, + conosceros fue quereros, + quereros fue desventura. + + Presentes penas mortales + causan dolor verdadero; + sus muestras hacen señales + del triste mal venidero: + la muerte siento venir, + porque ventura consiente, + qu'el grave dolor presente + descubre lo por venir. + +Con el último acento de aquella vieja canción castellana, doña Alvarez +exclamó: + +--¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera vuestro galán para +escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan regalada, que +hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría las +niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía. + +--¿De Ramiro dices?--preguntó la doncella. + +--Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna, +soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le quisiera yo +para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un ángel y +el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez +para dejarle hacer su deseo! + +--¿Qué nuevo presente os ha enviado el regidor? ¿Qué manto, qué sortija, +qué conservas? + +--¿A mí con eso? Bien sabe Dios cuán limpias están aquestas manos +hidalgas de grasa corredera. + +--Es gentil hombre en verdad don Gonzalo--interrumpió Beatriz poniendo +su índice en la mejilla, con pensativo mirar. + +Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó: + +--Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A las veces sólo quiero +acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y qué celos me +asaltan! Tengo celos no sé de quién, celos rabiosos de todos los +estrados, de todas las celosías e aun de la fontana de la plazuela con +sus mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis cabellos algún +polvo de brujas el día aquel de las polillas? + +--Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas del +arrabal, que han debido enseñarle, de seguro, los filtros, el +aojamiento, las nóminas y todas sus tretas malditas. + +--Sois una perra--como dice Leocadia. + +--Buena borrasca es ella. + +--Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensar +en Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está escondido en algún +rincón de mi cámara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones; +y a la mañana siguiente huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso lo es +en verdad el señor regidor. Me quiere desde que yo era ansí, ansí, y qué +rendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San +Vicente no vale dos habas. + +--Eso dirá--interrumpió la dueña;--pero yo recuerdo haber oído afirmar +al señor canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, que +los señores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó mucho +con los moros, y vienen de una María de la Cerda, y cuentan con dos +condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de +la capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no va predicando +la alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose nunca +un mancebo más cortés, más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas, +cuál otro danza y tañe como él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía, +en música un Orfeo. Y qué recato para penar, qué constancia en el +querer. A mi fe, señora, que si él no consigue hablaros una vez tan +sólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor al galán más +gentil que jamás vieron los ojos. + +--Eso no podría ser sin daño para mi honra--repuso brusca y nerviosa +Beatriz. + +Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió: + +--Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él más +parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio +Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana +vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar +mi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente +con su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la +gran pluma negra que estila--agregó figurándola con el gesto al costado +de su cabeza.--Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando +corro a la vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric, +tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre +dice que Ramiro desciende de los linajes más antiguos y claros de +Castilla. + +--Tric, tric, tac, tac--remedó burlescamente la dueña. + +--¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, con +la jineta de capitán! + + * * * * * + +Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momento +en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente +en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre +capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo. + +Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva, +refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En +seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó por +decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne: + +--¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísima +sangre con sangre de moros! + + + + +V + + +Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana. + +La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea los +hierros, requema el musgo de los tejados. + +Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la áspera +voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el monástico +silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la +obscuridad de su alcoba. + +Los gallos cantan roncos y soñolientos. + +Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón. + +--¿Qué ha sucedido? + +El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los +paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de +terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos +los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la +última baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los +muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébano +incrustada de marfil y una silla de roble. + +La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olor +habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquella +desvastación. + +Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos +nuevamente de la pared. + +Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro está +más enjuto, la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda su +persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus +negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus tacones. + +La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el +respaldo de la silla. + +Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la conspiración +imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espuma +contra los obstáculos, a manera de bravo torrente. + +¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y cubrirle de infamia. +Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de haberse +quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San +Vicente y el alférez, por la rabia de los celos; y los demás, por el +envidioso temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo explicar +si no, la insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quién +podía pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz de +semejante atentado contra Dios, contra el reino, contra su propia honra? + +Entretanto, reconfortábase al recordar el despreciativo gesto con que +había respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseado +quedarse ahí, sin agregar una sola palabra, mirándoles fieramente desde +lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador Quiroga señaló con +maliciosa expresión la daga sarracena que habían encontrado en la gaveta +de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el comienzo, +haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa, describiendo la +escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y +explicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una +honrosa prenda de su jornada. + +No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, la +infiel, su propia víctima, casi enloquecida por el tormento, en vez de +tomar la venganza que se le brindaba tan fácil y terrible, confirmó su +relato y su inocencia, acusándole de pérfido cristiano y de mal +caballero, que no había sabido respetar la palabra comprometida. +Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de angustiosa +pasión que la sarracena le dirigió, por última vez, al ser arrastrada de +nuevo a la tortura. + +Vino luego la declaración del Canónigo, y no volvieron a molestarle. + +Ya quedaba libre; pero ¡quién quitaría de su honra la mácula de +semejante calumnia! ¡Ah, un agravio alevoso como aquél merecía, +asimismo, secreta venganza! Pensó en Gonzalo, y, como si su espada fuera +parte viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado +acero una fruición homicida, bárbaro goce de sangre y de muerte. + +Detúvose un momento, y aproximose a una de las ventanas. El cuadro +invariable que había contemplado tantas veces desde la infancia se +manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del alto +cerco almenado que suprimía todo horizonte; la adusta soberbia de los +caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el +entretejo de odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y +villano de la existencia comunal que cada minucia recordaba, y, en fin, +tanta sordidez, tanta monotonía, saltáronle a los ojos haciéndole +considerar la estrechura de cárcel que había bastado a su ardimiento. + +Las palabras de Beatriz en el estrado le volvían a la memoria. ¡Sí, era +preciso dejar alguna vez la alcándara y volar hacia la heroica cetrería! +A él mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre al de +aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna +bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de +Flandes. + +¿Qué había realizado hasta ahora que mereciera inscribirse en las +crónicas? ¿Qué eran sus mejores hechos sino proezas de niño? Esta +reflexión hízole sonreír con ambiciosa amargura, mientras sus ojos, +enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lágrima. + +Resolvió, allí mismo, marcharse a Cartagena, por ver si encontraba +todavía al capitán Antonio de Quiñones, ¡Quién sabe si no topaban al +poco tiempo con alguna flota turquesca! + +Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo +alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada +le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había abandonado el +mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y acababan de +enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en la +ciudad de Córdoba. + +Sentose ante la mesa. + +El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas. + +--Las tres--se dijo,--y el paje no llega con la merienda. + +Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues +todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de +diamantes para Beatriz. + +¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento +cincuenta ducados? + +La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la +mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las +berzas que trajo Casilda! + +¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El +hambre era santa. + +La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color +de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un +cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas +de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta. + +--¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?--preguntole Ramiro con +sequedad, sospechando alguna trapacería. + +--Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son: +ingenio, audacia y presteza--respondió el pícaro, remedando la gravedad +de los doctores. + +En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los +ecos del caserón. + +--Son los genoveses--exclamó Ramiro.--Corre a abrilles, Pablillos. No +puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia. + +--Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos +dones de nuestra redonda madre--replicó Pablillos; y se retiró por la +galería columpiando la canasta encima de su cabeza. + +Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano; +Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al +cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda +contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como +si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de +un pájaro, el milagroso mendrugo. + +La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole: + +--Muchacho: ¿buscas amo? + +Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso, +con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño. + +Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando +él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se +le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las +mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso +conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos +puntales de su decadencia. + +Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los +nudillos. + +--Entrad--dijo Ramiro. + +Y los genoveses se presentaron. + +Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El +uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles +y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz +avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo +de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias +sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia +los margaritaios. + +El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo: + +--Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta. + +--No he menester--respondió Ramiro guardando el talego. + +--Su señoría sabe--agregó el prestamista--que el último día de cueste +año deberá dejar el palacio. + +--Sí--respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como +invitando a los genoveses a que se retirasen. + +El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna +cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y +exclamó: + +--Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte +ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las +ritornaremos por poco más. + +Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había escuchado? ¡Vender los +retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo +brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo hecho de la +ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para +proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio? +¡Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no! +Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar, +por unas viles monedas, aquellas imágenes, que él siempre conservaría, +para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasión, de +cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra. + +Dijo: + +--Sépase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina +su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el oro que ha +robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su +puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de +estos retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de +las Indias. + +Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su gesto implacable, como si +confiara en que el espíritu inmortal de sus antepasados acababa, de +presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda. +Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se +alejasen. + +Un instante después llegaba Pablillos con la humeante colación. + +Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo +deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie, junto a la silla, +relataba su reciente aventura: + +A la hora en que los porteros duermen la siesta, se había dirigido a la +tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego +de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de +tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque +venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a +la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla +y paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las +provisiones no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto, +diciendo con enfado al mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con +todo, galápago, que tenía orden de mi Señor de no lo recibir si no +llegaba luego, luego.» Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el +portero habló por la mirilla. El se adelantó sin vacilar y pidiole que +le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que había entrado a +guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que +llevaba. + +Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la +voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin tardanza +su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y +aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía +que emprender al siguiente día. + +La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del sillón y los +dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los instantes le +parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que +debía traerle Casilda. + +Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que aparecía y desaparecía, +ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela, abordajes heroicos, +armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón salió de la +cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y todos +devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la +mesa. De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y +a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los +muros en instantánea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y +cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo. + +Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha +contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos +retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la +frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la +palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda +llamole: + +--¡Mi señor! ¡mi señor! + +La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de +costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no +había querido recibirla. + +--¿Pero supo--preguntó Ramiro--que yo te mandaba? + +La muchacha respondió con una sonrisa. + +--¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio? + +--Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra +merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al +estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas. + +--¿Eso dijo? + +--Eso, señor. + +--¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada? + +--¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo? + +Poniéndose en pie, el mancebo repuso: + +--Enfádome agora de veros tan necia. + +Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo +mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose +mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia, +gritando: + +--¡Fuera de aquí la bellaca! + +Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se +alejaba por la galería. + +¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El +orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué +inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle +todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al +torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y +endechas, como el más rendido de los amantes? + +De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la +cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje: + +--Puedes irte a dormir. + +--¿No ha oído vuesa merced--preguntó el muchacho--algo así como un +rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de +huesos? + +--Estarase alguno robando la argamasa del muro. + +--No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún ánima ensabanada! +¡Yo tiemblo! + +Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería. La piedra, el +ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara +noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas. +Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio. + +El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la galería; espectral +claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los +arcos temerosamente. + +Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía pensar sino en Beatriz, +y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre el muro, o en el +veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y sublime, +confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda +su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o +entre las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La +solemne dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía +respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre +las losas y desteñidas al par de los tallos por la fantástica ceniza de +la luna. No se escuchaba el más leve murmullo. El sosiego era profundo, +pero su espíritu no se sentía verdaderamente solo. Algo como el hálito +de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios tenebrosos. + +Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la +derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo arco ornado de +rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella dirección, +advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era +Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado, +cual si estuvieran humedecidos. + +Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella compañera de infancia +cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también una mujer, mujer +bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeñada a +fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un breve +signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera +caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que +entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él +podía gozar allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa +criatura vendría a henchir de deleite su noche solitaria. + +Pero no, su corazón estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por +eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más tiránico, más +exclusivo que nunca, como el único amor concebible. + +Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo +sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz había espantado con +su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y +mariposeaba desde entonces por delante de su alma. + + + + +VI + + +A la mañana siguiente, a la hora de costumbre, Ramiro encaminose a la +calle de Beatriz. Pasó y repasó muchas veces por delante del palacio. La +ventana no se entreabrió siquiera. + +A la tarde salió por la Puerta de San Vicente y fue a sentarse frente a +la muralla. ¡La figurita diminuta que asomaba de ordinario allí arriba, +sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia él, no apareció, ni +volvería a aparecer nunca más! + +En los días siguientes, recorrió, sin descanso, yendo y viniendo, la +calle de su amada. ¡Cuán terrible desengaño el que bajó hasta él desde +las verdes celosías! No hay lenguaje más cruel para el enamorado que el +de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en +nombre de una mujer. + +Un colérico estupor le exaltaba y le desconcertaba a la vez; ira +inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un peñasco +sobre el culpable. Por debajo de aquel desvío de Beatriz había que +buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y víctima de +la misma impostura. ¡Quién sabe qué sospecha habrían logrado incrustarla +en el corazón! + +Sin embargo, no quería pensar por ahora en Gonzalo. Según su altiva +costumbre, buscaba disimularse a sí mismo toda intención de venganza, de +suerte que la cólera sólo estallara en el instante del infalible +castigo. + +Quiso la casualidad que uno de aquellos días, al pasar Ramiro bajo las +ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma calle en dirección +a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa servidumbre. +Ramiro le saludó con franqueza, quitándose del todo la gorra. El hidalgo +bajó rápidamente los ojos y respondió apenas con leve inclinación: + +--¡Qué es esto, Santísima Virgen!--se dijo el mancebo. + +Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e interpelar derechamente a +don Alonso. ¡Pero no!... + +Llegado a su casa, y ahondando cada vez más sus cavilaciones, creyó +encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia agregábase quizá la +noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habría sido informado; y quién +sabe si los años, enfriándole el corazón, no le habían tornado +calculador y avariento. + +Sobrevínole de nuevo el asco de aquel «ruin lugar», como le llamara, en +cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad cárcel, según él, +donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles; donde la excesiva +proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades +monstruosas; donde se vivía bajo continuo espionaje, y cada rendija +tenía una mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde +todo impulso generoso topaba con muros más agobiantes que los que +retajaban el escaso recinto de la ciudad, y, donde, en fin, sólo podían +librarse del desengaño y del hastío aquellos que tenían el ala asaz +nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía +el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para +irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en +Italia, en las Indias. + +A fuerza de meditar en su propia situación, asaltole un pensamiento +irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que había recibido +de los usureros al azar de un instante. Multiplicaría, tal vez, su +caudal en proporciones fantásticas. Viose ya subyugando el capricho de +la fortuna y asiéndola del pescuezo como a una mujer que se resiste. +Llenaría su cofre y sería poderoso por algunos meses. Era todo lo que +deseaba. Se creería en la ciudad que había logrado restaurar su +patrimonio, y don Alonso volvería a abrirle los brazos. + +El había entrado una vez, en compañía de otro mancebo, a un garito +próximo a la Puerta del Puente, donde acudían a diario muy principales +caballeros de la ciudad. Allí se había encontrado con don Enrique +Dávila, encerrado ahora en el castillo de Turégano por la conspiración +de los pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo, +con Antonio Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y +Pedro de San Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echándose a los +hombros la segoviana capa, se dirigió, precedido de su paje, a la casa +de juego. + +La luna no había salido aún, y al bajar por la Rúa, hacia el Adaja, +Ramiro contemplaba las constelaciones. ¡Quién hubiera podido leer en +aquella escritura suntuosa y estremecida! + +A eso de las cinco de la mañana estaba de vuelta en su aposento. + +--¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a la tablajería o al +arrimarse a la mesa?--preguntole el paje, continuando la plática que +traían desde el portal. + +--Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice o +no hice. + +--Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca y +poníame a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oración +que yo me sé, les sacaba todos los cuartos. + +--¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda? + +--No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo, +con la hembra menos guardosa del mundo. + +Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle la +capa, exclamó como espantado: + +--¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios! + +--Fuese la soga tras el caldero, Pablillos. + +--¿La jugó también vuesa merced? + +--Juguela. + +--¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal? + +--Todo. + +--¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones para +mañana y los días venideros? + +--Eso piénsalo tú, que eres villano--exclamó Ramiro muy cerca de la +cólera. + +--No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueron +siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que +destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a vuesa +merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía. + +Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó con +cautelosa humildad: + +--Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me ha dicho, +ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores. + +Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luz +para dormirse, repuso como entre dientes: + +--Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan... + +El resto de la frase perdiose entre las mantas. + + + + +VII + + +Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinero +de los genoveses, a quienes llevó los retratos con la primera lumbre del +alba; pero después de referir los pormenores de la diligencia, le dijo: + +--Debo comunicar también a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela, +topé con Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía estarme +esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blázquez +tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su +hermano el mayorazgo le pasea la calle a la señora Beatriz, entrada la +noche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede +ser sino della, dándole una cita para hoy; pues a través de una +antepuerta hale oído exhalar muchos suspiros, diciendo: «Sí, bella +namorada mía. ¡Sí que he de ir! Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese, +señor Ramirillo.» Y encargome no dejara de referir esto último, palabra +por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa. + +--¿Quién acoge razones de un ebrio?--repuso Ramiro, desdeñosamente. + +Pero no por eso dejó de experimentar súbito calofrío que le bajó hasta +las plantas. + +Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña situación, el menosprecio +de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle su +paje. + +El escudero palideció de pronto y, mesándose la barba, repuso: + +--Amor de niña, agua en cestilla--luego alzando la frente:--¿No será +alguna treta de Franco, el campanero? + +Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de los moriscos, meneó +la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatar +el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y ciñose la +espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la hoja, +oprimió con ambas manos la guarnición sobre su pecho, para rezar de +aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la +empuñadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada, +envainolo otra vez en silencio. + +Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a rondar la casa de +Beatriz. Quería saber lo que pasaba, instante por instante, por si era +verdad lo del billete. El por su parte iría a esperar junto a la Puerta +de San Vicente, y Pablillos haría de correo. + +Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y su criado dejaron la +ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, por +la parte de Mediodía, al pie de los muros. El muchacho caminaba por +delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estómago más +hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura +que hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos +memoriales, y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanas +de la señora, habría de seguro una gresca digna de las calles de +Salamanca. El, por su parte, creía poseer las mejores piernas del reino; +y, a no ser que le cegaran de improviso haciéndole entrar la cabeza en +el vientre de alguna guitarra, como le había acontecido cierta vez, +riberas del Tormes, estaba seguro de su persona. + +La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en su sangre hervor de +vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar a +los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los collados. La +primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; ¡verde y +plateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol chispeaba en la +mica de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río, +fingiendo como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de +Villatoro. Todo parecía impregnado de claridad y de matutino frescor, +hasta el tañer de las campanas, el sonido de los yunques, y el cantar de +los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de Santiago. Algunas +mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y un perfume +rústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno. +Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena. + +Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, díjole al paje que +esperara en aquel sitio, mientras él iba a situarse frente a la muralla +del Norte. + +Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de las +cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababa +de salir de su casa en una silla cubierta, y que, según les había dicho +un viejo lacayo, aquel señor, después de algún tiempo, pasaba la noche +en el convento de Santo Tomás. + +La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con el rostro casi +oculto por el ala del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular a sus +pies bajo la vibración alucinadora de la penumbra. + +De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perdía la +mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a las +seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo +instintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasión y de sublime +violencia. + +El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria muriente el oro del +cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron. + +Desolada melancolía bañó de pronto la imponente rudeza de la muralla. +Ramiro imaginó que las torres se sucedían a espacios iguales, como los +_paternoster_ del rosario; que las almenas figuraban las avemarías, y la +Catedral, con su saliente cimborio, el hueco crucifijo lleno de +reliquias de santos y caballeros. + +Cuando Pablillos volvió a presentarse sin ninguna noticia, su amo le +manifestó que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y encaminose, +en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraña. + +Al acercarse a la basílica hundió la mano en la faltriquera y extrajo el +rosario de quince misterios que le había ofrecido su primer preceptor +Fray Antonio de Jesús. Era un viejo rosario de Tierra Santa, cuyas +cuentas, hechas de hueso de camello, habían sido ensartadas en fuerte y +apretado cordón de seda blanca. + +«Lleva siempre contigo esta soga de estrangular demonios», habíale dicho +el franciscano al ofrecérselo. + +La iglesia estaba sola y obscura. Una lámpara de plata ardía en la +capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el extraño +monumento dorado y azul de los Mártires. Bajó a la cripta. La milagrosa +imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de +pechos en el suelo, gemían hacia un rincón, cubiertas completamente por +sus mantos, haciendo pensar en dos enormes murciélagos moribundos. + +Rezó con fervor los quince misterios, y cuando creyó que la sombra le +permitiría caminar por las calles sin ser reconocido, se dirigió a la +ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a pocos +pasos de la casa de Beatriz. + +Esperó mucho tiempo. + +De pronto, un bulto humano rozole y pasó. Algo después vio llegar una +ronda. Un corchete venía por delante meneando hacia uno y otro lado la +humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza los +semblantes de los ministros. Ramiro reconoció al alguacil Pedro Ronco +por la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecían trazados con un +tizón sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las +espadas fuese alejando. + +Escuchose luego una voz: + +--¡Señor! ¡Mi señor! + +Era Pablillos. + +Refirió que, un momento antes, un hombre enmascarado se había detenido +frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo que Medrano le mandaba +con aquella noticia, apareció un nuevo enmascarado, el cual, acercándose +al primero, le interpeló con dureza. Ya parecían irse a las manos, +cuando acertó a pasar la ronda. Haciendo abatir las máscaras y arrimada +la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoció a los dos +hermanos San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundón que se +alejara al punto, si no quería acabar en la cárcel. El mayorazgo +retirose también; pero, según el escudero, no tardaría en volver al +mismo sitio. + +Ramiro fue a colocarse en la esquina más próxima. Encontrándose allí con +Medrano, dijo a éste y al paje que le dejasen solo. + +La luna debía asomar hacia el naciente, pues la muralla comenzaba a +contornear por ese lado sus triangulares almenas. + +Más de una hora pasó Ramiro sin apartar los ojos de la casa de Beatriz. +Parecíale por momentos que el postigo de la puerta se entreabría y se +cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asomó por la abertura. Las +blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doña Alvarez. Cada +vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin, +chistó quedo, muy quedo, varias veces. Nadie respondía. El postigo +cerrose. + +Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no volvería tal vez a +presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la calle, la figura +de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al pie de las +ventanas. + +Ramiro desenvainó la espada, y tomándola de la hoja por encima de la +capa, adelantose, prestamente, rozando la pared más obscura. ¡Era +Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetán, +reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con +hermoso joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, también, +noches pasadas, en la casa de juego. + +Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la puerta con los nudillos, +Ramiro, corriendo hacia él, asiole el brazo en el aire. Luego, +estrujándole con fuerza la máscara sobre el rostro, acabó por +arrancársela con rabioso tirón. San Vicente desenvainó a su vez, y +exclamando: «¡Muera!», se arrojó sobre su rival. Pero éste le esperaba +ya con el acero tendido. + +Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la espada, gritó de nuevo: + +--Pida perdón el alevoso. + +--Vos a mí, villano, por vuestras calumnias menguadas. + +--¡Muera entonces el perro morisco!--volvió a gritar San Vicente. + +--Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda. + +--No la he menester. + +--Pues busquemos, si os place, algún sitio más apartado, donde el rumor +de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando que es el oro de +vuestra bolsa. + +--Vamos donde gustéis. + +Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta calleja, en la +dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros, +que él había observado en uno de sus paseos. + +Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de +plata entre la incierta claridad de la noche. + +Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro se detuvo y trató de +violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por fin, después de +un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoyó +su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió desde +arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de +los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián, +con su valiente cortesanía. + +Era una cantera abandonada. La roca, formando una sola mole en forma de +colina, no había permitido levantar vivienda alguna sobre su pétreo +caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la +derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables. + +Deteniéndose en el paraje más llano, los dos mancebos derribaron al +suelo sus capas. Gonzalo arrojó también lejos de sí la rodela que +llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes +transparentes, esparcía sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de +amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla +del plenilunio. + +Los aceros se cruzaron. + +Gonzalo paraba los golpes con maestría, acechando el instante. Ramiro, a +su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca, con molinetes +fantásticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida, dejaba +rebrillar la dentadura. + +San Vicente, a pesar de su destreza sentíase vacilar ante aquella +máscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y, por fin, +temiendo que el corazón le flaqueara, hizo una falsa y enviole a Ramiro +una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atravesó de parte a +parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces, +iluminado por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia +adelante, para dejar aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y +tomando su propia espada, como quien alza un puñal, clavósela de golpe +en medio del pecho. Luego se la hundió ferozmente, a través del +justillo, toda entera, toda, toda, hasta los gavilanes. + +Gonzalo exclamó: + +--¡Esto es hecho! + +Y, lanzando por la boca una onda negrusca, desplomose. + +Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante; y su cabeza, sin +vida, se dobló, se acostó de lado, sobre la piedra. + +Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime de su rival, Ramiro +elevó una oración jaculatoria a la Virgen de la Soterraña. ¡Estaba +vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un +goce inmenso y bravío. Sintió erguirse en la brisa, como una cresta de +gallo, la pluma de su sombrero, y experimentó en los talones una extraña +sensación de fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz, +hacia la luna, el grito de guerra de sus mayores. + +Asaltado por súbito pensamiento, se agachó hacia el cadáver, y +desciñendo las agujetas, sacó de entre el jubón y la ensangrentada +camisa un billete sin sobrescrito. Lo desplegó. La claridad era débil; +pero, al mirar hacia el cielo, observó que la luna iba a pasar muy +pronto tras una grieta de las nubes. Poco después sus ojos leyeron las +siguientes palabras: + +«Sírvase vuesa merced venir esta noche pasadas las once. Golpee primero +tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo le abriré. +Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi señora +irá luego a hablar con vuesa merced. + +»Vuestra fiel servidora, _Alvarez_.» + +Tomose la frente con ambas manos, ¡Era posible! ¿Sería verdad que +Beatriz?... ¿No habría en todo aquello algún ardid infame de la dueña? +Fácil era saberlo. Contuvo su meditación, e, instantáneamente, con +nerviosa premura, cambió su negro sombrero por la gorra de Gonzalo. +Arrastrando en seguida el cadáver hasta el borde de una cavidad que +negreaba al pie de los muros, empujolo con el pie reciamente para que +rodara hasta el fondo. Luego, recogiendo la clara capa del muerto, +embozose con ella, haciendo de lo suyo un lío que apretó bajo el brazo. + +Cuando se disponía a saltar de nuevo la tapia, vio asomar por detrás dos +rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y Pablillos, que +habían presenciado desde allí toda la escena. Al caer a la calle, el +escudero recibiole sobre su pecho, exclamando: + +--Famosa estocada, ¡voto a Cristo! Huyamos, huyamos presto, no sea que +vuelva la ronda. + +Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a esperarle al solar, +y, dándoles la capa y el sombrero, enderezó resueltamente a la casa de +Beatriz. + +Llegado ante la puerta, advirtió en el suelo la mascarilla negra de +Gonzalo; cogiéndola con presteza se la puso en el rostro. + +Golpeó tres veces y luego otras dos con los nudillos. El paño de la capa +desprendía afeminado perfume. Su espíritu comenzó a divagar. Vio y dejó +de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con hilo de oro y +piedras preciosas. Observó que los clavos de la puerta figuraban cabezas +de leones. Llamó de nuevo. El exceso de emoción le embriagaba. Por fin, +el cerrojo crujió levemente y el postigo entreabriose; doña Alvarez +asomó la cabeza, y después de haberle observado un instante, le dijo en +voz baja: + +--¡Albricias, señor don Gonzalo! + +Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la mano con +impaciencia: + +--Presto, presto--agregó;--cruce vuesa merced el patio y el huerto, y +suba a la torre. + +Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, desde cuya plataforma había +visto atardecer siendo niño, en compañía del enano, apoyó su espalda +contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le +inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emoción, comparables al +comienzo de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura +de la noche hacíale sonreír. + +Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero. +El convento de la Encarnación, con sus tristes paredes pálidas, adormía +en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de +pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso huerto +de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo, +dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los +ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora. +Un perro latió de modo lúgubre al pie de la muralla. + +De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de vestidos. + +Ramiro se irguió. + +Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la +torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La pálida tez +de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus lustrosos +cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco pavón +de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás, +vibrando en el aire cual doble serpiente. + +Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la +tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio +cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levantó el +rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante. Sus +labios parecían sorber la fluida claridad que bajaba del cielo. + +Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella aparición. Todo su ser no +fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira para devorar el velo +cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su señora, +divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha; +olvidó el papel de doña Alvarez y el drama reciente; olvidó como un +ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la +máscara que ocultaba su rostro; y pareciole que, después de un sueño +desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y señor, sobre +la torre de encantado castillo. Caminó hacia ella y asiola con dulzura. +Beatriz se resistió débilmente; ¡en su labio, humedecido, temblaba una +lucecilla azul, una gota de luna! + +Fue al principio un beso ideal, casi incorpóreo, tomado con el aliento, +en la quietud, en la altura, sobre el sueño de la ciudad y las tierras; +pero, al pronto, el indeciso contacto acabó por despertar los sentidos, +y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino +furor. Beatriz gimió sin poder esquivarse, mientras Ramiro sentía correr +por su cuerpo sobrehumano deleite. ¡Al fin lograba la ansiada, la soñada +caricia! ¡Era el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces +imaginado! Pero, de pronto, en medio de aquel loco transporte, un +relámpago de razón brilló en su cerebro. La realidad acababa de herirle +de súbito. Fue algo espantoso. Con la boca estremecida aún sobre el +rostro de la doncella, pensó de repente que estaba con la capa y la toca +del muerto; que llevaba sobre el rostro una máscara; que Beatriz creía +hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, ¡que aquel beso era el beso de +otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a +otro hombre! + +En ese instante la niña, levantando su rostro, exclamó con pasión: + +--¡Ah, Gonzalo, cuán dichosa me hacéis! + +Y tendió de nuevo su boca insaciada. + +Ramiro recibió de lleno el aletazo de la demencia. Todo su ser rechinó +cual la hoja ígnea que el espadero sumerge de golpe en el agua. Sentía +que su mente giraba en una vorágine de negrura, y escuchaba dentro de su +cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo +sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: ¡el +exterminio, la muerte! + +Tomó, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo beso de Beatriz, +devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella gritó entre +los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logró por fin +desasirse. Entonces el mancebo, quitándose de golpe la máscara, rugió +dos veces: + +--¡Ramera! ¡Ramera!--enseñándola el rostro. + +La niña no pudo modular ni una sola palabra. Su boca, entreabierta, +negra de horror, dejó escapar un quejido sordo, aciago, indefinible. El +echose sobre ella, arrollándola al pie del parapeto y tapándole la boca +con el manto para ahogar sus gemidos. Buscó su daga, y ya iba a +desenvainarla, cuando un instinto rápido le contuvo. ¡Una correa!, ¡un +cordel! ¿Dónde? Algo que pudiera anudarse. Intentó locamente +desprenderse el cinturón, las ligas, los tirantes de la espada, el mismo +cintillo del sombrero. De pronto su mano convulsa rozó las cuentas del +rosario de Fray Antonio que colgaba de la faltriquera, e inspirado por +el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los dientes junto al +crucifijo, dejó caer algunas cuentas, y envolviéndolo al cuello de +Beatriz, tiró con ambas manos, tiró en uno y otro sentido, hasta +apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible. + +Luego descendió. Cruzó el huerto y el patio. La dueña esperaba dormida +junto al postigo. El abrió sin despertarla y salió; pero cuando hubo +dado algunos pasos por la callejuela, creyó escuchar, detrás de la +puerta, la voz de doña Alvarez. Apresurando entonces el paso dejó caer +de intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente. + +Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Rúa, llega al caserón. El +escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por el postigo. + + + + +VIII + + +Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y convenido con +Medrano el día en que habían de encontrarse en el pueblecillo de +Cebreros, Ramiro abandonó la ciudad, al día siguiente, a la hora del +alba. + +Escogió para salir la puerta de Antonio Vela. Al contemplar a su derecha +el arrabal de Santiago, vínole a la memoria su amancebamiento con la +hermosa morisca y pensó que aquella mujer había sido la causa de toda su +malaventura, de todos sus yerros y desengaños. ¡Quién sabe si no había +mediado algún hechizamiento! Acordose de su mirada última delante del +Tribunal, y la sola evocación de aquellas pupilas llénole el ser de +supersticiosa inquietud. + +Cuando hubo llegado a las primeras colinas del naciente detuvo su +cabalgadura. El claro camino corría hacia el porvenir, en la coloración +deliciosa de la mañana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno y +otro lado los rayos rastreros del sol hacían brillar los tomillares +cubiertos de rocío. Volvió el rostro. La ciudad le llamaba con una voz +de tedio, de perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer, +hízole pensar en el encarnado capucho del verdugo. + +Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder el alma para la +eternidad. + +Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No pensaba, no quería +pensar nunca más en la hija de Don Alonso a quien él creía haber dado +muerte la noche antes. Pero la conciencia le venía repitiendo que si se +llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caería, +de fijo, sobre Pedro, creyéndole el matador de su hermano y de Beatriz. +Un inocente sería condenado en su lugar. + +Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa cavilación, resolvió +seguir el consejo del cielo. Rezó un _paternoster_ y un avemaría, hizo +girar a su rocín hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte, y, soltando +la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabritó, pero un rato +después se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino +de Cebreros. + +--¡Dios lo quiere!--pensó Ramiro.--¡Un ángel lo aguija! + +No tardó en internarse en la fragosidad de la sierra. Perdido a las +veces por el gesto vago de los pastores que solían señalarle algún +sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un viento +desesperante, las crueles parameras, donde le asaltó, más de una vez, el +deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, llegó por +fin a Cebreros, un día lluvioso, a la hora de la siesta. + +Paró en un mesón de los arrabales, y llegada la noche, acostose sobre +una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos hombres que se +hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clérigo anciano y +un labrador se hacían las primeras preguntas: + +--¿Y adónde camina vuestra merced?, ¿puede saberse? + +--Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar después a Toledo. + +--¿Es de aquel lugar vuestra merced? + +--Soy de Tornadizos; pero llévame, al fin de los años, el deseo de +presenciar un auto de la fe. Además, el capellán de las Clarisas es algo +pariente mío, y quiero visitalle. + +--Bien, bien... Yo soy de aquí mesmo, quiere decir de la nava. Allí he +nacido e vivido los años que tengo, que son para esta Pascua de Navidad +sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de sangre; +pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria +a los muchos hijos que tuvo. Finó de un mal que llaman... + +El clérigo aprovechó de aquella perplejidad para recobrar la palabra, y +púsose a referir que, pocos días antes, habían pasado por su pueblo dos +moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la Inquisición de +Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por añadidura +un rostro hermosísimo. Uno de los guardas habíale dicho, punto por +punto, el delito de ambas mujeres. + +Ramiro escuchó entonces la adulterada historia de la conspiración por él +descubierta. + +--Además, un mozo de mulas que viajaba con esa gente--dijo el +clérigo--me aseguró que la hermosa morisca, valiéndose de un bebedizo +diabólico, había logrado hechizar a uno de los mancebos más bizarros y +piadosos de de ciudad tan cristiana, haciéndole renegar en poco tiempo +de la fe de Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la conjura. + +--¡Válame Dios e la Virgen Santísima!--exclamó el labrador, +santiguándose con espanto. + +Ramiro se incorporó sobre las mantas. Aquel gran pecado, aquel gran +baldón de su vida había tomado cuerpo, había pasado los muros de Avila, +y viajaba ahora por ventas y caminos. + +El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que llegaba del establo y el +continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron su estado de +angustia, figurándosele una viva parábola de su envilecimiento. Sentíase +humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con agresiva +arrogancia al pensar en los hombres. + +Después de tres días, como Medrano no llegaba, Ramiro resolvió continuar +sin esperarle. Era una mañana esplendorosa de principios de mayo. Había +sacado, él mismo su cuartago al soportal del mesón, y ya iba a poner el +pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el reflejo de +las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso +pajecillo que parecía hacerle señas desde lejos. Llegó por fin el tal +pajecillo junto a él, y, apeándose de la cabalgadura, encogido y +lloroso, demandole una y otra mano para besárselas. + +Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus pestañas, su guedeja y todas +sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que Ramiro tardó en +reconocerla. Dijo que el mismo día de su partida, a eso de las dos de la +tarde, Diego Franco, el campanero, había regresado a la Iglesia con un +tajo en el rostro, y que interrogado por los señores Canónigos no había +querido responder una sola palabra. Agregó en seguida, que su padre +había sido llevado a la cárcel hasta tanto se averiguara la verdad de +aquella cuchillada. + +--Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje, e se quite las +barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre. + +Luego, bajando los párpados y ruborizándose bajo el polvo blanquecino +que velaba su rostro, agregó que ella venía a ponerse a su servicio y +que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese. + +--No--respondió Ramiro con frialdad;--más falta hacéis a vuestro padre +que a mí. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo sigo para +Toledo, adonde he de esperalle. + +Viendo que el clérigo y el labrador salían en ese instante de la posada, +quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano derecha y diósela +a la muchacha, diciendo: + +--Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo. + +Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó las espuelas. + +Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas por una que otra +serranía de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitando +los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche, llegó +una mañana a la vista de la célebre ciudad de los concilios y +espaderías, sin más incidente de importancia, en el camino, que una +sorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admirado +de su valor, hízole devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirle +en su banda como segundo. + +A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas de +mediodía, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente de +Alcántara. + +Estaba en Toledo. + + + + +TERCERA PARTE + + + + +I + + +Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas y +plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor, solitario en el +tumulto. + +La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que de +costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y tomando la +calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el paso +desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta +suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado +ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin más +ocupación que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitoso +amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusión de trajes +versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas rebosantes, y el +polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños. Era el acopio +cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la +ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era +toda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, sus +balidos, su campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos, +el joven avilés tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o +Ajofrín, enfriadas por el rocío. + +Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguo +torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundían en una +ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico le estropeaba la +bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le apartaba de un +manotón. No había quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella +puerta, donde los gañanes se complacían en hacer estallar sus alaridos, +y los cencerros pastoriles resonaban como esquilones. + +Más tarde, después de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba el +agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a uno, los escaparates +de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi siempre, una +hora antes del toque de oraciones, sin más que levantarse el mostacho +con los dedos, entraba en el Zocodover y poníase a pasear por la plaza o +por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer, +la palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el +largo espadón y sus raídas y polvorientas ropas, dábanle toda la traza +de algún soldado de Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz. + +Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión, fuele sumergiendo en +un estado semejante a la placidez de las convalecencias. Olvidado casi +de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por segura, y +sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el recuerdo +de sus amores con la morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su +embarazoso rocín, para juntar de esta suerte algunos doblones que le +evitaran por algún tiempo las ruines urgencias del dinero. + +Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz lo +que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una hoja trágica +doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba cuenta +alguna en su contra.--La esposa o la desposada que nos burla--habíase +dicho a sí mismo--se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez +descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y después olvidarla, +olvidarla del todo, barrer del corazón hasta su nombre, inhumar su +recuerdo como un harapo de pestífero. He ahí la vieja ley de la honra. +En cambio, el breve relato del clérigo, en la venta de Cebreros, había +renovado en su espíritu cavilaciones y remordimientos que él +consideraba abolidos para siempre. De modo imprevisto, las escenas +lejanas de su amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con +torturante viveza, y llegó a pensar que los demás pecados de su vida no +sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma estaba perdida para la +eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra el reino, contra +la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo. + +Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a agitarle. ¿Qué era aquello +del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho beber sin que él lo +advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el clérigo decía, algún +filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la mirada tan profunda, +tan extraña, que su antigua manceba le había dirigido ante el Tribunal +de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pensó en +algún terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante +todo el resto de su vida. + +--¿Qué impulso incomprensible--preguntábase entonces--acababa de +encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser conducida por los +peones del Santo Oficio? + +Esta última reflexión hacíale estremecer por momentos y le llenaba de +miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y complaciente le +susurraba que su Divina Majestad había querido traerle a la ciudad +justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de +lujuria. + +Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como en +una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y, meditando a +un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá, a la sombra de +las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefería una de +esas iglesias íntimas, como San Andrés, San Torcuato, Santo Domingo el +Real, San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar +solitario, con el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su +tribulación caminando y caminando por las calles, al azar de su +capricho. + +Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy +distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era neta +y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el toledano +arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde +el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente +entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles, +angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y +sólo en lo alto ardía, sobre la cal, la brusca faja de sol. + +Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su cofre +de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve +asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una +alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la +cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente; +todo trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y el odio +religioso, exaltado por su remordimiento, le contraía el corazón cuando +atravesaba los barrios de la morería, entre las covachas atestadas de +sedas multicolores, de bonetes de grana, de cereales, de especias, de +perfumes. Los muros hasta la altura de un hombre, estaban ennegrecidos +por el mismo roce indolente que adelgaza los pilares de las mezquitas. +El converso, con sus velludas piernas cruzadas sobre el mostrador, +llamaba a los compradores golpeando con fuerza el platillo de su balanza +de cobre. Era la misma gárrula, las mismas gesticulaciones, las mismas +amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho más +tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro escuchaba el +rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a pesar suyo, los pies +desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca pintada y sus +pestañas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces, hacia +una y otra parte, los signos graves de la religión: los humilladeros, +los paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los +campanarios, donde brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por +los infieles. + +El recordaba añejas historias que había leído o escuchado referentes a +Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas de amantes, un +olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba ahora +con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpóreo +de su alma. + +Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria. Sus +monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el oprobio de los +serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las tremendas +virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre, la sombra de +las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las mezquitas exorcisando +los mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal habían +ocultado y carcomido los arabescos. Las voces frenéticas de los monjes, +en los coros obscuros, ahogaban en la memoria hasta el último eco del +canto de los almuédanos. La cera y el aceite ardían de continuo. Los +antiguos alminares lloraban con campanas católicas su remordimiento. + +Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación eterna brillaba en la +pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las +moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una +existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente +en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la +portería de los beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente +perfumes de iglesia. Aquella ciudad, profanada por los judíos y los +moros, antojábasele a Ramiro, sumida como un solo ser, en inmenso dolor +religioso; y, a la hora del crepúsculo, creía respirar a través de sus +calles, errante hálito de vigilia, un aliento febril de insomnio, de +penitencia. + +El también tenía que exorcisar su corazón, borrar otras lascivias y +perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba +como un peñasco entre Dios y su alma. + + * * * * * + +Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó Ramiro amistad con el +viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta. Se hubiera +dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual hipnótico +ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta los +vendedores errantes se postraban junto a su mercancía, donde les tomaba +el golpe de badajo. En la plaza, más de uno se terciaba el embozo y se +quedaba dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes, +pordioseros, soldados inválidos, menestrales sin trabajo, señores de la +hoja con encerado bigote y calzas de color, y más de un hidalguejo de +poca monta, se confundían en aquel reposo común bajo la lumbre +meridiana. El caserío recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de +zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales. + +Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas verdachas y +parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero le miraba de +hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz muy baja +y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte, +prorrumpió: + +--¿Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa espada que +lleva? + +Ramiro se la ofreció buenamente. + +El hombre, después de haber desenvainado como un palmo de hoja, observó +atentamente el recazo: + +--No en vano--agregó--me había guiñado esta joya. He aquí la marca de mi +padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya! + +Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta con la otra mano, y, +arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con viveza. El +metal vibró como una campana que sonara muy lejos. + +--¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor hidalgo!--agregó +Domingo de Aguirre.--El acero es cada día más sucio y el temple más +ruin. + +--Dícese, en verdad--contestó Ramiro,--que habéis perdido algunos +secretos de antaño. + +--En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la +mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y en +punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha perdido es +la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como +Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la +alcancía. En mi tiempo batíamos cada espada como si nos estuviesen +mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si no salía honrada e cumplida, +como era menester, no la poníamos en la lonja por todo el oro de las +Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por rematar una hoja e sacábala por última +vez de las ascuas, color de hígado, y le untaba la riñonada para ponella +a enfriar punta arriba, me temblaba el corazón, señor hidalgo! + +Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa ropilla +color de avellana que dejaba entrever el jubón de terciopelo carmesí. Un +cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero. Su rostro +cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como un +higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras +todavía, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que habían +vivido catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de +las ataujías. El fuego había chamuscado sus manos verrugosas y obscuras +como sarmientos. Su boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y +firmeza. + +Aunque Ramiro había mirado siempre con aristocrático desprecio a todo +aquel que envilecía sus manos en los oficios mecánicos, pensó esta vez +que la sabia fabricación de las armas debiera estar exenta de villanía, +como faena preclara puesta al servicio de las más altas empresas. +Además, había oído decir que los señores toledanos no desdeñaban el +trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran +sitio de reunión y de esparcimiento de los nobles. + +Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un respeto especial. +Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el hierro tenaz +y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en generación +el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza les había +demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos, aquella insigne +herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas, sus rodelas, sus +estoques, sus armaduras, habían hecho tan famosa a Toledo como los +concilios. + +Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora ambas manos +en la suya y continuaba diciendo: + +--¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que fueron, cuando +vemos que la nación entera va camino de su perdición? + +Ramiro hizo un gesto de asombro. + +--Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes claman y el Rey no +las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo de los +tributos, las industrias están enfermas del gusano de la alcabala, las +ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado +está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la +sangre, aunque mañana perezcan. Daca, daca, y vénguese Menga contra el +que venga. + +--¿Y piensa vuesa merced--replicó Ramiro--que por tributo más o menos +debiéramos abandonar las guerras honrosas que van asentando nuestro +renombre por todo el mundo y harán de la nación española el asombro de +los siglos venideros? + +Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin ánimo de contrariar +aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos le +traía a la memoria las palabras de Bracamonte. + +--Guerras honrosas, señor, eran las de antaño, cuando se ganaban reinos +a punta de espada,--repuso el espadero;--pero no éstas en que todo se +logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso vuesa merced que +los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar +nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al soldado de un +entremés, que ha poco compuse... + +Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un figurante, recitó el +siguiente discurso: + +--Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que suena +en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los doblones, reales más +lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba la vida por la gloria del +rey, hogaño por su rostro acuñado en Segovia. Gánanse los ducados con +ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, ¡y juro por San +Andrés!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgárame hacer +cuartos de mis ochavos. + +--Ingenioso lenguaje--exclamó Ramiro. Luego, levantando la cabeza y +abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover, preguntó +bruscamente:--¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la plaza donde +celebra sus autos el Santo Oficio? + +--Aquí mesmo. + +--¿Y son tan lucidos como se dice? + +--Los de agora no son autos, sino autillos--contestó el espadero, +agregando en seguida con melancólico semblante:--¡Ah cuán poco +vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase +poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el gusanillo. +No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegrías de agora ¿qué +tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de mancebo? ¿Qué se hizo +aquella gala e aquella grandeza? ¿Quién verá otra vez aquellas entradas +de príncipes e aquellas fiestas antiguas, e aquellas luminarias y +disfraces, e aquellas bizarras coheterías de botafuegos y voladores? +¿Qué fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar +pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas +de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles +entoldadas? Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo--exclamó esta vez, +meneando el índice negativamente.--Con la corte se marcharon los más +grandes señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son agora +como grano agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la +seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la +fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para +hacella más pesada, doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e +toman esclavos o moriscos para abaratar los jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la +mesma, no, esta cabeza de las Españas! + +La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos indudables +de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol. + +Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acabó +diciendo: + +--Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es hidalgo, y +antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo hubiera ejercido +mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo y entronca +allá por los tiempos del Rey Sabio, con los señores de Haro, que es como +decir el primer linaje de España. + + + + +II + + +En los días que siguieron Ramiro estrechó rápidamente su amistoso trato +con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando esas bellezas de la +antigua ciudad que el forastero no descubre por sí solo y que parecen +cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los paseos +terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al famoso +maestro, los oficiales suspendían un instante su trabajo y los que +estaban cubiertos se quitaban respetuosamente la gorra. + +Allí vio Ramiro, por primera vez, manipular las espadas ígneas, y +contempló con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban a lanzarse +en seguida hacia las más diversas comarcas, frenéticos de sangre y de +honra. + +Unos eran acostados sobre los yunques para recibir el castigo de los +martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser hundidos de +pronto en el agua de las tinajas; a éstos, ya listos, les bañaban de +sebo, como al hombre que le engrasan después de la tortura, o les +llevaban al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la ataujía. + +De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de hierro surgían sin cesar +cosas espléndidas: cascos de irisado pavón incrustados de oro purpúreo, +rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote demasiado +indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la hoja un limpio +nombre cristiano, estoques de gala para el Rey, espadas de provecho +encargadas con impaciencia por capitanes de Flandes. + +Oíase el jadear de los fuelles y el repique de las bigornias. Por +momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil, abriendo el +portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes sudorosas resplandores +de infierno, arrojaba el puñado de arena o asía con las tenazas algún +trozo de armadura, que semejaba la corteza de algún fruto rojo y +fantástico. + +Hacia el fondo, el patio encalado abría una fascinación de aire libre; y +los rayos del sol pasaban a través de un parral, varias veces +centenario. Allí se agasajaba a las visitas, y más de un señor de título +venía a escoger en persona una hoja para su espada. + +Hacía más de cinco años que Aguirre había abandonado el oficio. Era +hombre adinerado y vivía a lo señor. Su casa, junto a Santiago del +Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Años atrás, solía reunir en ella +a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el encanto de la +música, según el uso de Italia; pero, últimamente, una extraña tristeza, +un desapego de todos los halagos del mundo, un creciente anhelo de +terminar su vida en las órdenes, le iban ganando el corazón y el +cerebro. Era profundamente piadoso. Formaba parte de varias cofradías y +hermandades. Cuando se prosternaba en las iglesias ante alguna imagen de +Nuestra Señora de la Merced, a la cual tenía particular devoción, su +labio temblaba sin cesar, y los ojos, echados hacia el cielo, se le +quedaban en blanco. + +Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle de su abolengo, +Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigían, declaró su +verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin mayores +rodeos, contó su desgraciado amor y la doble muerte de su rival y de su +amada. + +--Bien hizo vuesa merced--respondió el espadero tranquilamente.--¡Ay del +varón que no hace lo mesmo! Tanto más, cuanto que habiendo matado en +buena lid al galán, cobró vuesa merced el derecho de castigar de igual +modo a la hembra. ¡Ah, si yo dijera también mi desengaño! + +Aguirre enmudeció y no volvieron a hablar de estos asuntos. + +Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de todo el dinero que le +pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle únicamente en la +escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata, comenzó a +barruntar los momentos de angustia que podían sobrevenir. ¿Qué hacer? No +había para qué pensar, claro está, en un oficio mecánico ¡antes la +muerte! y mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su +amigo el espadero. ¿Qué hacer, qué hacer? + +Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones quedaron en pie. Veces +pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los alrededores +para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a reunirse con +Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan caballerosamente le ofreciera +hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno ú otro camino; pero la +vacilación era grande. + +Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y éste prometiole +hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como paje de +su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio de un señor +tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre +que desdoro, y aceptó. + +Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero de +plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos, las toallas y +el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la aljofaina, +doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale también ofrecer, +sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal +que presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos +cuando el cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo. + +En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su fantasía; +pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea de un +gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta +grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más ruines +trapacerías para conseguir algún resto de manjar, viniéronle ímpetus de +salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor +desventura, tocole como compañero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y +meloso como un gitano, y de quien los demás referían las más chocarreras +historias. + +En cambio, desde los primeros días sintiose atraído por el porte y la +franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de +Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un +recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la +frente. + +--¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o dormís?--preguntole. + +--Meditaba, señor Velasco--repuso Ramiro,--en los graves desengaños de +este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro llegar a ser +algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de Córdoba; e agora he venido a +parar en el más ruin y cuitado de los pajes. ¡Si mis ojos fueran capaces +de llorar! + +--¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor--exclamó Velasco con las pupilas +iluminadas por misterioso pensamiento. + +--¿A mí? + +--Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa. + +--¿Veisme acaso cara de moro?--respondió Ramiro con enfado. + +--Pues bajemos a la plaza e os lo diré. + +Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el escribano +de raciones tomó primero la palabra y preguntó: + +--¿Habéis oído hablar de la arte notoria? + +--Sí; pero ignoro lo que sea. + +--¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que seguir durante un +corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os ha de +prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os +vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende sabidor +del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del +lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese +conveniente, o ver a través de la tierra do corren las venas del oro e +do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin, en este mundo +todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan codiciar, sin más +ley que el antojo? + +--Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor Velasco--contestó +Ramiro con sorna,--cualquier hombre se hiciera rey del mundo. + +--¡Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!--musitó pensativamente su +interlocutor. + +--Que si alguno--agregó Ramiro completando su pensamiento--pudiera +hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no fuese para él un +juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle por capitán y +todas las naciones por emperador. + +--¿Luego consentís en acompañarme esta noche a la casa de ese sabio, +para quien yo os pedí, no ha mucho, el día, el año e la hora de vuestro +nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos visto jamás, +e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la par de los +ángeles?... ¿Os reís? + +--Paréceme--contestó Ramiro--que habéis topado con algún hechicero de +marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queréis, que ya me prometo +salvaros de alguna peligrosa brujería. + +Ramiro y su compañero no pudieron dejar el palacio hasta las diez y +media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con blancuras de +mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de las +plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenían un +color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad, suspendían +en lo alto, barruntos de amor y de aventura. Loco bullicio de guitarras +y laúdes subía de todos los barrios en el sosegado ambiente de la noche. + +Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda ruido de cuchilladas y +luego una voz ronca que gritó fuertemente: «¡Confesión! ¡Confesión!» + +Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo diciendo: + +--Sigamos, que no somos frailes ni corchetes. + +--Aquí es--exclamó de pronto el escribano de raciones, al detenerse +frente a una covacha del barrio de San Miguel. + +Después de cruzar dos patios, treparon una carcomida escalera y +llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de un desván. +Velasco silbó tres veces muy quedo y pronunció en seguida una palabra +incomprensible. La puertecita abriose, y entraron. + +Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la derecha, pequeño aras +marmóreo, cubierto de una piel de cordero, se diseñaba con misterioso +claroscuro. No brillaba allí otra luz que la de un rayo de luna que +entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las páginas de un +libro enorme como un himnario, abierto sobre un facistol de forja todo +negro. Veíanse, además, hacia una y otra parte, algunos hornillos, largo +anteojo de latón y de cobre, un alambique, cuya trompa pasaba por un +agujero a la cuadra vecina, y otros muchos objetos adivinados apenas en +la penumbra astral de la estancia. + +--Esperad--exclamó Velasco,--esperad; no nos alleguemos aún. + +Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraña figura pintada en el +infolio, dentro de dos triángulos de oro entrelazados. + +Nadie venía. + +De pronto la página del libro, produciendo el rumor peculiar de la +vitela, se levantó lentamente, lentamente, y se dobló del todo ¡por sí +sola! Ramiro se estremeció de la cabeza a los pies herido por el terror +del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las imágenes que +descubre con pena el nebuloso amanecer, una forma humana, inclinada +sobre el libro, fuese perfilando prodigiosamente. Era un hombre en pie, +de espaldas, inmóvil. Primero diseñose la larga cabellera, en seguida el +capisayo con martas que le llegaba hasta más abajo de las rodillas, +luego el brazo derecho y por fin la mano sobre la página. Cuando estuvo +del todo aparente, volvió la cabeza y se adelantó, despacio, muy +despacio, hacia Ramiro. Su rostro, de una extrema palidez de marfil, +estaba surcado de hondas arrugas verticales, que iban a perderse entre +la barba canosa, barba ensortijada por los dedos nerviosos, durante las +horas de meditación. Los párpados estaban recargados de fatiga y de +insomnio. Púsole a Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sintió la +repelente aspereza de aquella piel quemada por los ácidos. + +El hombre dijo: + +--Nacido bajo el dominio de Saturno, frenético de mando y de gloria. +Soberbioso y magnánimo. Capricornio ha labrado este ceño. + +Levantole después el rostro hacia la luna, y mirándole fijamente la +pupila, habló de este modo: + +--¡Oh! aquí veo la rotura de un aojamiento. El demonio entra y sale por +ella cuando le place. No importa: una Salomé le hechizó, una virgen le +salvará. Esperad--dijo después,--y tomando de encima del altar un +estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos. + +El mancebo sintió un soplo glacial en la frente. + +--Os confesaréis de toda vuestra vida sin hablar palabra de mí, pena de +perdición--agregó entonces el mago, dejando el acero.--Comulgaréis siete +días en siete iglesias distintas, ayunaréis a pan y agua todo los +viernes, rezando las oraciones que os ha de enseñar este hermano durante +los siete primeros días de la luna nueva; luego, volveréis y os haré el +más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación es única. + +Ramiro removió entonces los labios para preguntar si en todo aquello no +había nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de Cristo; pero el +mago, poniéndole el dedo en la boca, abrió un libro al azar, y leyó: + +«Aquél no puede ser el mayor Señor que tiene temor de alguna cosa.» + +«Más vale la libertad en el querer, en el recordar y en el saber que +poseer un reino o un imperio.» + +Al terminar esta lectura se desvaneció nuevamente en la atmósfera cual +vana visión. + +Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro preguntó: + +--¿Cómo llamáis a este hombre? + +--Mosén Raimundo. + +--¿Y sabéis de qué suerte se hace invisible? + +--Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio, tratada de misteriosa +manera. + +--Y si es dueño de tanto poder, ¿cómo no se hace él mesmo señor de algún +imperio?--agregó Ramiro, con la voz estremecida. + +--Porque éstos componen la familia santa de los magos, a la cual +pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el famoso +Simón, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e los de agora, +en castigo de no haber podido esclarecer ciertos secretos, cuya cifra se +perdió en el incendio de una gran librería de la antigüedad, siguen +ascondidos en sus covachas, estudiando sin cesar; pero ansí que uno de +ellos pueda decir: _¡Eureka!_, volverán a tomar el gobierno del mundo +que antes les perteneció, según rezan los más antiguos documentos. + +Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el delirio. Costole mucho +dormirse, y su sueño fue un tumultuoso desfilar de triunfos, de tesoros, +de mujeres enjoyadas y lúbricas. Aquel estado duró varios días, y al +errabundear por las calles, gozábase en repetir la frase deslumbradora: +«Para haceros el más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación +es única.» El no dudaba de la promesa del sabio, y ya escogía en su +pensamiento lo que había de realizar cuando Mosén Raimundo le revelase +los secretos de la magia. La conciencia le recordaba, entretanto, la +absoluta reprobación de la Iglesia contra las artes ocultas y todo +linaje de adivinaciones; pero su voluntad, mordida por la tentación y +ansiosa de triunfar a todo trance en el mundo, clamaba por el prodigio. +Los falaces argumentos se aglomeraban. ¡Conjuraría, ante todo, el +hechizo de la sarracena y sería después el fuerte, el único, el +caballero de Dios, el lleno de poder y de gloria!... + +Comenzó las oraciones y los ayunos. + +Llegado el momento de la confesión, Ramiro pidiole al espadero que le +indicase algún sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre le condujo a +la casa de don Antonio de Mendoza, canónigo de la Catedral y antiguo +arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varón de grandes luces sagradas y +gentiles, habitaba un antiguo palacio de su familia junto a San Juan de +la Penitencia. Sus amplios salones, tapizados de cardenalicio damasco, +al uso de Roma, congregaban todos los domingos, a mediodía, numerosa +academia. Allí, el noble de título se codeaba con el hábil estafador de +retablos o con el humilde maestro que forjaba con sus manos una hermosa +reja de presbiterio. + +Ramiro no se sintió con ánimo bastante para descubrir su pecho de la +primera vez, y resolvió confesarse gradualmente, concurriendo entretanto +a la reunión de los domingos. Escuchó, entonces, los más imprevistos +discursos, obscenas historias de convento, fablas chocarreras de +clérigos amancebados; oyole decir al canónigo Zapata que el Papa era un +asno; oyole contar al capitán Palominos, con cínico donaire, que en la +campaña de Portugal, después de un día entero de combate, sus soldados, +penetrando en una iglesia de Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y +que a él, por ser el capitán, le ofrecieron el aceite de la lámpara del +Santísimo. + +Como no se tocara a la entereza del dogma, don Antonio escuchaba sin +enfado las más licenciosas parlerías y aún gustaba de poner en aprieto a +los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de la +academia. + +Era harto aficionado a los perfumes y hacíalos componer, según fórmulas +exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse, cruzaba la pierna +para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del zapato. Sus blancas +manos regordetas parecían de mujer; pero los ojos aguileños y fuertes y +la bronca voz, cuyos tonos profundos comunicaban su vibración a los +objetos convecinos, denotaban hombría y reciedumbre. Sus breviarios +ostentaban en la cubierta las armas de los Mendozas. Cuando pasaba de +uno en otro salón, un paje caudatario, con morada librea, sostenía por +detrás el extremo de su larga cola de chamelote. + +Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a los pies del Canónigo +topó en los corredores con una dama arrebujada en su manto. En la última +visita, como nadie se presentase a conducirle, abrió él mismo +equivocadamente la puerta de un camarín y hallose con una preciosa +mujer, acostada a lo largo de un diván moruno de terciopelo. La falda, +levantada hasta más allá de las ligas, destapaba sus piernas macizas y +cortas, que las medias de nácar ceñían tentadoramente. Colgado de la +pared, admirable incensario de plata velaba el ambiente con nebuloso +sahumerio. La dama se incorporó con un grito de espanto y Ramiro cerró +de nuevo la puerta. Un rato después el Canónigo le mandaba decir con un +paje que volviera pasado el toque de oraciones. + +Le recibió en una sala contigua a su oratorio. Estaba con el semblante +encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin, la historia de sus +amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando los ojos, arrimaba de +tiempo en tiempo su pañizuelo a la canilla de un barrilillo de ámbar, +colocado a su derecha, sobre un taburete de taracea. + +Cuando Ramiro terminó su relato, aquel hombre de iglesia, guiado sin +duda por su aguzado instinto de confesor, comenzó a discurrir sobre las +brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las nóminas y otras +supersticiones semejantes, que eran como la telaraña del Diablo, donde +muchísimas almas iban a prenderse para la eternidad. Ramiro aprovechó +para inquirir si la arte notoria era contraria a la Santa Iglesia de +Cristo. + +--¿La habéis ensayado alguna vez, hijo mío?--preguntó melífluamente el +Canónigo. + +El mancebo tardó en contestar. Inesperado calofrío le corrió del rostro +a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron fijamente en las +suyas. + +--Aún no--respondió por fin Ramiro con la voz vacilante;--pero oigo +encomialla a los demás. + +--¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga!--exclamó +entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.--Ya se ve +claramente--volvió a decir, dirigiéndose al mancebo--que aquellos amores +os han dejado en el corazón su maldita pestilencia. + +En seguida, levantándose de la silla y fingiendo un enojo implacable, +agregó: + +--_¡Vade retro! ¡vade retro!_ señor hipócrita, señor apestado, señor +brujo, leña de Satanás! Sépase el galancete que su alma están en +propincuo peligro de perdición, si es que ya no la tiene vendida al +infierno, y que a no existir el secreto sacramental sería entregado aquí +mismo a los familiares del Santo Oficio. _Nego absolutionem, nego, +nego!_ Haga desde hoy penitencia sin tasa, expúlguese los demonios, que +el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y cuidado no remate +su vida en el palo del quemadero. _In nomine meo dæmonia ejicient. +Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo!_ +No digo más. + +Ramiro bajó las escaleras sobándose los párpados y dialogando consigo en +voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa de hablarle +inspirado seguramente por el cielo. No podía ser sino Dios quien lanzaba +por su intermedio ese anuncio, esa agnición, esa amenaza tremenda, +buscando salvarle; no podía ser sino el soplo divino lo que había +rasgado de arriba abajo su embozo de soberbia, dejándole desnudo y +enmudecido, a imagen del primer hombre después de su falta. + +Como entrevistas a la luz de los relámpagos, las mayores culpas de su +vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho de la morisca +olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria; acordose de sus +fementidas confesiones, de los pensamientos lascivos que él mismo +suscitaba durante la misa al observar codiciosamente las formas de las +mujeres prosternadas, de las muchas rebeliones de su orgullo contra los +claros mandamientos del Señor, de semanas enteras en que no había +querido imponerse ninguna mortificación ni rezar una sola vez el +rosario. ¿A qué achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sin +duda la infiel, con hipócrita dulzura, habíale instilado en el alma su +propia pestilencia. El clérigo de la venta de Cerebros, Mosén Raimundo y +el Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó a sentir en torno de +su pecho la impresión de una serpiente que le ceñía. Ansiedad nueva y +horrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la convicción de que el +hechizo conservaba toda su fuerza y no se rompería hasta que Aixa no +desapareciera del mundo. El auto de fe que iba a realizarse quedó para +él como la suprema esperanza. + +Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde de Fuensalida, y se +alojó en la posada del Sevillano. + +Días después, al cruzar las Cuatro Calles en compañía de Domingo de +Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo de la +Calcetería, una vistosa procesión con mucho ruido de atabales y +ministriles. + +--Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando el auto de la +fe--exclamó el espadero.--Si vuesa merced lo desea podemos aproximarnos. + + + + +III + + +Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad de los concilios +parece susurrar en algarabía canciones de Oriente. El cielo, sin una +nube, tiende su tafetán más azul; aquí y allá, la cal enseña, bajo los +tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los +balcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombrías +vese espejear el azulejo de las cúpulas y alminares. + +Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledo +aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos había +cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En las +plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre los +cuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con elocuencia +pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la Lonja y en torno a +la parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos y bayetones pendían de +casi todas las ventanas, enlutando los muros. + +Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde las primeras horas +de la mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por el Demonio +de asombrosa hermosura, sería condenada en el auto de fe de aquel año +llegó en pocos días a los más escondidos lugarejos de los contornos, y +no faltaron peregrinos que contaran por las ventas la historia de la +conspiración y del mancebo renegado. + +Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de Aguirre +había prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto. + +Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la plaza +por la Calle Ancha, contando presenciar desde allí el desfile de la +procesión. De una ventana baja, un caballero que reconoció a Domingo de +Aguirre les ofreció dos taburetes. Subiendo sobre ellos consiguieron +dominar todo el ámbito del Zocodover, henchido de apretada y rumorosa +muchedumbre. + +Hacia la parte del poniente, y bañado ahora por el sol de la mañana, se +levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparían en breve, según +la costumbre, la Santa Inquisición, el Ayuntamiento, el Cabildo, la +nobleza, los dignatarios y toda la clerecía. Los reos debían colocarse +en otro cadalso más angosto, pero de igual altura, que abarcaba el +costado meridional. + +Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne expectativa, el joven +avilés pasaba sobre las cosas una mirada atónita y somera. Apenas si +veía brillar confusamente sobre el tablado las labores de plata de los +negros terciopelos, las armas de la Inquisición y del Rey bordadas +sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmesíes, y, hacia el +centro de la plaza, el oro del frontal color de sangre que prescribía la +liturgia de aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al dirigir la vista +hacia la alta cruz pintada de verde y cubierta por largo velo sombrío, +que se levantaba en medio del altar, entre doce hachones ardientes, +sintió un brusco estremecimiento, como si Dios mismo acabara de hablarle +con su gráfico lenguaje. + +La plaza no podía contener mayor número de gente, y se escuchaba sin +cesar el vocerío de los curiosos que pujaban y reñían a la entrada de +las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y maldiciones, +y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como el agua de los +torrentes al entrar en los lagos. Cada balcón, cada ventana, cada +tribuna, era un compacto racimo de damas y caballeros; además, numeroso +gentío, encaramado quién sabe por dónde, recubría las techumbres; y todo +aquello hormigueaba, hervía, zumbaba con la grandiosa palpitación de una +multitud embriagada de sol y confundida en la misma impaciencia. + +Por fin las campanas de San Vicente comienzan a repicar anunciando la +salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha, los soldados +acuestan las alabardas conteniendo con pena al gentío, cuyo forcejeo +incesante amenaza romper la doble valla de madera que viene de las +cárceles y circunda uno y otro cadalso. + +La procesión se acerca. Un resplandor de alabardas cruza la Calcetería. + +Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a él dentro de breves +instantes, Ramiro hundió la mano en la faltriquera y asió fuertemente su +crucifijo de bronce. + +Encabezaban el desfile los soldados de la fe, orgullosos de las plumas +flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de alquimia que les +prestaba el Santísimo Tribunal. Eran soldados de ocasión, armados de +alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban con paso solemne, entre +desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar a las ventanas. Venían en +seguida los doce clérigos de la parroquia de San Vicente con su +estandarte; y luego, de dos en dos, montados en obscuros corceles, los +Grandes de España y títulos de Castilla, todos vestidos de negro, pero +recubiertos de joyas. Algunos habían hecho bordar en sus ferreruelos el +hábito de la Santa Inquisición. Ramiro reconoció al Conde de Fuensalida +por el ceñido traje de gorgorán bordado de oro, que semejaba de lejos +damasquinada armadura. La plebe les miraba absorta y enmudecida, y no se +escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las piedras. Hubiérase +dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y funerarias. + +La llegada de los primeros penitenciados suscitó de nuevo el vocerío +popular. Más de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin caperuza, +pasaban ahora abrumados de vergüenza y sosteniendo en la mano una vela +amarilla sin encender. Eran los que habían abjurado de sus errores y +serían reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban, postrándose a +los pies de los religiosos que iban con ellos, o besándoles las manos y +el sayal con profundos gemidos. Unos traían al pescuezo, en señal de los +centenares de azotes que habían de recibir, una cuerda anudada varias +veces, a lo largo, y el pueblo contaba en voz alta los nudos, entonando +un coro compungido y socarrón, a fin de aumentar el oprobio; otros se +señalaban a distancia por la bayeta amarilla de los sambenitos, y la +experta multitud deducía las culpas y condenaciones con sólo observar +los pintarrajos de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban un aspa +roja, media o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrés. + +Traídas por los fámulos del Tribunal, en lo alto de luengos mástiles +verdes, y balanceándose por encima de la procesión, venían en seguida +hasta seis figuras humanas hechas de paja y estameña. Impávidos +muñecones con grandes ojos de betún y boca de almagre, peleles +siniestros, cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban continuamente +en el vacío, remedando la pataleta de los ahorcados. + +Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el espadero exclamó: + +--Estas son las efigies de los muertos y fugitivos las cuales serán +agora condenadas en su lugar con celosa justicia. + +A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y balcones comenzaba a +agitarse con extraño movimiento; los hombres se asomaban cuanto podían, +las mujeres se santiguaban y persignaban a escape, levantando los ojos +al cielo. Poco después todos los labios proferían una misma exclamación: + +--¡Los relajados! + +El espadero tuvo que acercar su boca al oído de Ramiro para decirle: + +--Son los que han de morir. + +Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco después, +de un extremo al otro del Zocodover, el populacho rugía con salvaje +fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto. + +Ramiro se empinó sobre el taburete. + +Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a cada uno +de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba continuamente +poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos llevaban, a +más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la amarilla coroza, +cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el +coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría, +alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesión de aquelarre, +una cáfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al +alumbrar de lleno las palideces patibularias, las femeninas guedejas +lodosas de sudores febriles y polvo subterráneo, las atroces pupilas que +parecían conservar aún la expresión de terror y de súplica que tomaron +en el tormento. + +Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho se desquitaba +cubriéndoles de escarnios y maldiciones. + +--¡Ah! ¡ah! ¡mártires del Diablo, ya veréis cómo escuece! + +--¡Que os echen dos puñados de sal y un tantico de orégano! + +--¡Que le metan a ésa un cohete por debajo del rabo pa que le conozco su +madre cuando la quema! + +Una mujer gritó desde una ventana: + +--¡Arrepentíos, desdichados; pensad en los infiernos! + +Pero un muchacho, sacando medio cuerpo fuera de la valla, respondió +desde abajo, alzando los puños: + +--¡No! ¡No! ¡Al fuego y a cenar con el Demonio! + +Entonces nueva explosión de odio santo y homicida estalló en todas las +gargantas: + +--¡Al fuego! ¡al fuego! + +Y los condenados comenzaron a desfilar entre un clamor sibilante y +bravío comparable a la crepitación de un incendio. + +No faltó quien reconociera entre los condenados a un cerero de Orgaz que +creía ser San Juan Bautista en persona y predicaba una nueva doctrina +por los pueblos. El pobre hombre, deteniéndose por instantes, alzaba la +mano y figuraba el gesto del Precursor en el Jordán. Una pálida doncella +que, según algunos, era la monja renegada de que se hablaba en Toledo, +escuchaba los insultos de la muchedumbre con infantil expresión de +curiosidad y de ternura. A veces, apoyándose en el hombro del religioso +y echando la cabeza hacia atrás, reía gozosamente, como una ebria. Un +morisco, a quien todos conocían en los suburbios por sus pláticas +obscenas, ejecutaba de tiempo en tiempo un movimiento bestial y +acelerado para remedar la fornicación; los familiares tenían que +zamarrearle con violencia. Pasó una anciana, seca y erguida, con las +manos ligadas por detrás y la boca cubierta por negra mordaza. Ramiro no +tardó en reconocer a Gulinar. Por fin el hombre que les había +proporcionado los taburetes exclamó, mirando a lo largo de la calle: + +--Agora llega la morisca que hechizó al mancebo cristiano. + +Todas las bocas callaron. + +Aixa avanzaba lentamente, con las pupilas fijas en el cielo. Sus oídos +escuchaban quizá rabeles divinos y voces inefables, y su espíritu, +infinitamente lejos de la tierra, presentía las delicias del Alchanna y +las sublimes recompensas que su religión promete a los mártires. Sin +embargo, su flexible cuerpo conservaba los resabios de la tentación y de +la danza, y sus pies desnudos se movían cadenciosos como si hicieran oír +todavía el martilleo de las ajorcas. La palidez de su rostro daba terror +y sus labios enseñaban los dientes con esa sonrisa incomprensible que +suele asomar a la boca de los cadáveres. + +Después de observarla un momento, Ramiro tuvo que cerrar los ojos y +apoyarse contra el muro, apretando de nuevo el crucifijo para sellar, +para incrustar en su propia carne la imagen del Redentor. El resto del +desfile violo pasar como en un sueño: innumerables religiosos de todos +los hábitos; familiares a caballo con varas de ébano enriquecidas de +plata; eclesiásticos en mulas enlutadas; el arca de las sentencias sobre +una acémila que arrastraba por el suelo los flecos de oro de su morada +cobertura; el rojo estandarte de la fe; blancor de golillas y cabrilleo +de joyas sobre los trajes retintos. + +Por fin el espadero, después de decirle el nombre de algunos regidores, +tocole el codo y exclamó: + +--Este que viene agora es el Cardenal-Arzobispo, observe vuesamerced su +venerable presencia. + +Sobre fornido corcel de pelo bayo, don Gaspar de Quiroga, +Cardenal-Arzobispo de Toledo, Inquisidor General y Consejero de Estado, +avanzaba con imponente rigidez, rodeado de pajes y alabarderos. Era el +papa de España y la sagrada máscara del Rey. Después de la sombría +procesión, sus rojas vestiduras exaltaban el ánimo como un toque de +chirimías. Salvo la morada muceta inquisitorial todo era para los ojos, +desde el sombrero hasta la calza, un solo golpe de púrpura. Su ceño +expresaba el rigor sacrosanto, sus ojos no pestañeaban siquiera. Pasó +implacable, como el tormento; pomposo y sombrío, como el tremendo +holocausto que iba a presidir; rojo, como la hoguera. La luz matinal +hacía resplandecer con viveza el sillón de plata repujada y todo el oro +y el alfójar de la gualdrapa color de amatista que caía hasta los cascos +del palafrén. Nadie osó romper con un vítor el respetuoso silencio. + +Más de media hora empleó toda aquella procesión en ocupar sus asientos; +la gradería mayor quedó recubierta de insigne muchedumbre. Los +inquisidores se colocaron en el centro; el estado eclesiástico hacia el +septentrion; la ciudad y los caballeros, hacia el mediodía. + +Los reos, acompañados de los familiares y religiosos, llenaron a su vez +el otro cadalso. + +Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el tablado de abominación +y de infamia. La curiosidad era inmensa. Allí comparecían de costumbre +hechiceras que tenían pacto con el demonio y guisaban en sus nocturnos +aquelarres toda suerte de daños contra las gentes; judaizantes, que +asesinaban niños cristianos para embeber en su sangre una hostia +consagrada y celebrar con ella nefandas ceremonias; luteranos, que +buscaban demoler la santa Iglesia de Cristo difundiendo por España la +peste de la herejía; alevosos moriscos, que seguían predicando las +bellaquerías de su secta y el deber de la rebelión y la venganza. + +Los que habían de morir ocupaban los asientos más altos. Situado a la +entrada de la calle, Ramiro les observaba de costado, sin poder +distinguir a la sarracena. + +Dos horas más y aquellas víctimas infames arderían en la hoguera como +los chivos expiatorios de la Escritura; los pueblos y los campos +quedarían purificados y el Dios del moderno Israel, al aspirar desde el +cielo el abundante olor del sacrificio, aplacaría su cólera y dejaría +caer su bendición sobre la ciudad justiciera, más católica que Roma, más +celosa que la antigua Jerusalén. + +El rito comenzaba. Un obispo acercose al altar. Los diáconos le tomaron +la admirable mitra cuajada de gemas simbólicas ofrecida por el Cabildo. +Poco después densa nube de incienso ascendía en el espacio luminoso como +en los primeros sacrificios de la Antigua Ley. Terminados el sermón y la +misa, el relator leyó el juramento del pueblo, y Ramiro unió su voz al +_¡sí, juro!_ brusco y atronador, proferido a la vez por toda la +multitud, y que, al decir de los campesinos, se escuchaba a más de una +legua a la redonda. + +Un cantor de la Catedral leyó en seguida la carta de los delitos y +supersticiones contra la fe; y acto continuo los que habían abjurado de +sus errores fueron conducidos a la jaula de madera, que se levantaba en +medio de la plaza, para que escuchasen, uno a uno, en presencia del +pueblo, la lectura de sus causas y condenaciones, antes de ser +reconciliados. + +Aquella parte del auto producía de costumbre un hastío general. La +multitud, anhelosa de ver comparecer a los relajados, daba, a cada +instante, signos de impaciencia. Aguirre bostezó varias veces, y Ramiro, +entrecerrando los párpados, apoyó la cabeza contra la negra colgadura +que pendía de una ventana. + +Defensores de la fornicación, varios bígamos, judaizantes arrepentidos, +falsos sacerdotes, un pordiosero que se hacía pasar en las aldeas por +comisario del Santo Oficio y algunos gañanes que habían proferido +blasfemias y juramentos, eran condenados a la pena de azotes, a prisión, +a galeras. + +Una animación distraída circulaba por toda la plaza, y muchos prelados y +dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un refrigerio o una +breve colación detrás de la gradería. En las ventanas y balcones las +damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa blancura y recibiendo +refrescos y frutas confitadas de mano de los galanes. Ramiro sentía a +través de sus pestañas asoleado movimiento de sedas en las tribunas. +Galante murmullo bajaba ahora hasta él y parecíale respirar por +instantes femeninos perfumes. Oíanse risas claras y festivas. Encima de +su cabeza, el caballero que les había ofrecido los taburetes hablaba a +media voz con una dama. Escuchó sin quererlo: + +--Decid miedo y no desvío, mi señora; que no quisiera caer cual nuevo +Icaro. + +La mujer replicó: + +--Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de verdad, que ésas nunca +se derriten con llevar ellas mes mas el fuego. + +--¡Ah, esa tez, esa boca! + +--¡Por Dios, don Gonzalo, haceisme daño con las sortijas! + +Al oír aquel nombre Ramiro se enderezó con viveza y abrió del todo los +ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo. + +El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en las fachadas +fronteras y hacía resplandecer en las ventanas y balcones las joyas, el +azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados. + +Llegoles por fin el turno a los que habían de morir. La poderosa emoción +aplacó todos los rumores. + +Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas formarían horroroso +amasijo de cuerpos carbonizados, subían a la jaula y escuchaban sus +sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y haciendo +temblar en la mano la vela verde encendida. + +Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto la hizo abjurar de +sus creencias. En cambio, Aixa, apartándose del religioso, subió los +peldaños con la resolución misteriosa de los sonámbulos. Ramiro oyó +sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido +reconciliada, cinco años antes, en un autillo de Murcia. Del tablado, de +los techos, de los balcones, de toda la plaza, miles de voces la +incitaban al arrepentimiento; pero muchos, que deseaban verla quemar en +el brasero sin que fuese antes estrangulada, protestaban a gritos. No +fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el religioso que la +acompañaba señaló la cruz verde cubierta por el velo sombrío, ella +volvió su rostro alargando el brazo derecho con un gesto de abominación. +Entonces espantoso bramido, semejante a la explosión de una mina, +estalló a la vez en todo el Zocodover. Oíanse vociferaciones brutales e +inmundas. Algunos campesinos se frotaban los ojos con sus amuletos +gallegos de azabache o con la cruz de sus rosarios, y rezaban en voz +alta. Junto a Ramiro una aldeana harto hermosa, con retintos cabellos +achatados sobre la frente y las orejas cubiertas por grandes conos de +plata, gritaba sin descanso: «¡A hechizar demonios! ¡A hechizar +demonios!» Religiosos de todas las órdenes se ponían de pie en las +graderías y levantaban las manos para acallar a la muchedumbre. + + * * * * * + +Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el Secretario del Santo +Oficio entregó los relajados al Corregidor y a sus tenientes. + +Los reos fueron montados sobre escuálidos jumentos, y la trágica +procesión enderezó por la Calle de las Armas, camino del quemadero. El +auto continuaba, pero los familiares, según la nueva costumbre, subieron +en sus caballos para presenciar el suplicio. La mayor parte del +populacho se precipitó como un torrente en pos de ellos. Aguirre se +había retirado hacía más de una hora, y Ramiro, bajando del taburete, se +confundió con la muchedumbre, avanzando luego, sin ideas, sin designios, +cual trágico despojo que arrastran las olas. + +Después de seguir durante algunos minutos la ribera del Tajo, el humano +tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al comienzo de la +Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso impulso, hendió la muchedumbre +hasta llegar a la fila de alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a +pocos pasos, sobre ancho terraplén de arena y de granito, seis palos de +agarrotar con sus respectivas argollas, varias pilas de leña y una +enorme cruz pintada de blanco. Hasta el símbolo de la sublime caridad +tomaba en aquel paraje un aspecto repelente y cruel. + +Confusa aglomeración de frailes, de verdugos, de alguaciles, cubrió al +instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados. + +Con muy poca emoción vio Ramiro estrangular a los arrepentidos. Algunos, +al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban sobre su horrible +cabeza colgante. + +El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta, bañaba de dorado rubor +la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del vecino arrabal de +Antequeruela. + +La tarde era lúcida y benigna. Un olor de tierra humedecida llegaba de +la Vega. A esa hora, más de una mano morisca abría las acequias para +embeber los regadíos. + +La figura de Aixa apareció de pronto al borde del brasero. Sus amarillas +ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos absorbían la lumbre del +poniente y cobraban sobre ella un esplendor bárbaro y fatídico. +Hubiérase dicho la sacerdotisa de algún espantoso culto de inmolación y +de éxtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las llamas. Un fraile +dominico la predicaba sin descanso, y ora usando del ruego, ora de la +amenaza, agitaba ante sus ojos la imagen de Cristo crucifijado. Por fin, +todos oyeron la áspera voz del religioso, que gritó como enloquecido: + +--¡Ultima vez: decid que abjuráis de vuestras creencias diabólicas! + +Aixa meneó la cabeza negativamente. Los alguaciles, los tenientes y +otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de leña +preparada para el suplicio. Ella volvió a menear del mismo modo la +cabeza. Entonces, el dominico, asiéndola de los hombros, la empujó hacia +el verdugo. + +Como si aquel movimiento hubiera soltado las traíllas a la furia +popular, veinte o treinta energúmenos, hombres y mujeres, rompiendo la +fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero para despedazar a +la infiel. En cambio, los que querían verla morir en las llamas +prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de protesta: + +--¡No la matéis! ¡No la matéis! + +Los verdugos se armaron con rajas de leña, y Ramiro advirtió que el +hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre. Sin +embargo, un labriego logró llegar hasta la morisca y asestarla un +garrotazo en el hombro; una vieja la hincó por la espalda la hoja de una +tijera atada a un carrizo; un dardo, venido quién sabe de dónde, se le +clavó en el costado. + +En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la creciente confusión, +levantaron a Aixa sobre la pila de leña, y habiéndola desvestido hasta +la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero. Ella ablandaba su +cuerpo y echaba los brazos atrás para facilitar el suplicio. El ocaso +hizo resplandecer cual claro marfil su admirable desnudez. + +Cuando las primeras llamas, casi invisibles, lamieron sus plantas, Aixa, +alzando los ojos al cielo, fijó su mirada en el delgado creciente de la +luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad, entre nubecillas de +oro. + +Los leños, atizados con fuelles enormes, comenzaron a chisporrotear. El +humo se inflamaba por momentos, formando lenguas amarillentas y fugaces +que se perdían en el espacio. Aixa no se movía. Sus largos cabellos +flamearon. El refajo que habían dejado sobre sus piernas ardió +bruscamente. Una horrible convulsión corrió por todo su cuerpo. +Entonces, imponente columna de humo y de pavesas la envolvió de súbito, +ascendiendo acelerada y terrible en la penumbra de la tarde. El fuego +rugía. De pronto, una primera ráfaga nocturna, desviando hacia atrás la +densa humareda, dejó ver la cabeza de Aixa colgando del madero cual +espantoso fruto de pesadilla. + +Ante aquella visión Ramiro experimentó en toda su carne un +estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la garganta al +recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que el fuego +acababa de destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro de su alma +sofocó al nacer ese primer movimiento de ternura, haciéndole considerar +que aquel humo sombrío de la hornaza era su abominable pecado, su +lascivia, su deshonra, levantándose en partículas muertas para +desvanecerse, para desaparecer del todo y por siempre en la inmensidad y +en los vientos. + +Esforzose en experimentar inmenso desahogo; esforzose en pensar con +alegría que los ojos terribles de la sarracena habían chirriado en las +llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo cayendo a +pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos diabólicos +se habían hundido con su alma en la negrura de los infiernos; y +sintiendo correr las lágrimas por su rostro, postrose de rodillas entre +los pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza: + +--¡Oh, santa, santa Inquisición, tu justicia me redime, tu hoguera me +salva! + +Ya los cadáveres de los otros ajusticiados ardían en montón sobre enorme +pila incendiada, mientras las gentes del pueblo remolineaban en torno +con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y mostrándose +entre las llamas los miembros humanos que el fuego retorcía y levantaba +por instantes como si conservasen aún restos de vida y de sufrimiento. A +veces oíase un silbo peculiar y luego una chirriante crepitación, cual +si una pella de sebo cayera sobre las brasas, y Ramiro escuchaba encima +de su cabeza soeces exclamaciones y carcajadas espantosas que +desconcertaban su entendimiento. + +Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el humano holocausto, +tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro con la capa, +se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo mismo y +aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegrecía los +senderos. + +Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y sombrío, angosta faja de +crepúsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre de un horno. + + + + +IV + + +Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de encenderse en su +pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche. A la vez, +su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las más importunas imágenes del +pasado, comparable al río torrentoso que se enturbia con sus propias +orillas. + +Sentía Ramiro ansias inmensas de soledad y el horror de toda voz +extraña, de todo ajeno semblante. + +Pasadas las cinco de la tarde dejó la posada y dirigiose a los ásperos +collados del mediodía. Al cruzar el puente de San Martín, una tapada se +le interpuso en el camino y con gracioso ademán abrió y cerró +súbitamente su velo, enseñándole el rostro. Fue como un relámpago. Sin +embargo, Ramiro reconoció al instante los ojos de Casilda, y en vez de +detenerse, terciose la capa y enderezó a toda prisa hacia la otra +ribera. + +Después de errar más de media hora, en la dirección del sudeste, sin +alejarse del río, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la cruz de +una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su +profunda tribulación, la sorpresa del cuadro dejole absorto un momento, +haciéndole presentir un sentido provechoso para su alma. + +Frente a él, en la margen opuesta, Toledo se extendía de naciente a +poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados grises, sus +pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso escarpamiento +caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al parecer +de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por +allí, arrasando toda raíz y toda simiente. Ramiro pensó con religioso +espanto en las cuestas del eterno castigo que los réprobos tienen que +trepar con los pies y con las manos, para caer de nuevo en las ondas +inflamadas, y volver a trepar y a caer sin perdón y sin tregua, +indefinidamente. + +Sentose sobre un peñasco. + +El río se deslizaba a una hondura terrible entre rocas herrumbradas y +fieras. Pareciole un río de culpas y expiaciones, como los que forja la +imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que dolorosos +espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las ondas con sus +colgantes velos obscuros. + +Entretanto el caserío tomaba, con la hora, desolada blancura de huesos +en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través de la +vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera +de la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los salmos. + +En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar bañado en melancólico +reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa inspiración que +aquellos muros habían alojado a uno de los reyes más gloriosos de la +historia, a un monarca de monarcas que acabó por arrojar el cetro y la +corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el +fantasma del Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con el +rostro medio oculto por la capilla de un hábito. + +¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo...! + +El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad tomó una coloración +mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de transparente +amatista. Algunas vidrieras que habían flameado un instante se apagaron. +Ramiro dejose penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un +signo, una voz de lo alto. En ese instante las campanas de la ciudad +rompieron a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a distancia un +canto prolongado y conmovedor que hacía pensar en las letanías de la +muerte, y hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerosos +campanarios vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro acordose +de las campanas de Avila, de las tardes de su niñez en la torre +solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada, siempre +taciturna. + +Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba purificado, pero sentía su +pecho ávido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la ermita +para verter al pie del altar su congoja profunda. Levantose. El suelo y +las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado, iba a +desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una inflamada +saeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho, sumergiéndole +durante algunos segundos en un estado delicioso, gozado sólo con el +alma. + +Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido trasverberado como la +Madre Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse hasta él en todo +su poder y misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas, de los +goces que le esperaban cuando su alma, vencedora del mundo, se entregase +por fin, con soberana pasión, a la soledad y a la penitencia. + +Un instante después regresaba a la ciudad en busca de un convento donde +le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitaño. + + + + +V + + +Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el bordón, por encima del +hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje las +religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose Ramiro de +Toledo, a la mañana siguiente, tomando a través de los montes la +dirección del mediodía. + +Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin ceño, los ojos +humedecidos. + +Caminó muchos días, de sol a sol, bebiendo de bruces en los arroyos y +comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Más de un compasivo +caminante le ofreció llevarle en el anca de su cabalgadura; pero él +sonreía santamente y marcaba en el polvo con más fuerza la huella de sus +sandalias. Dormía en el corral de las ventas o al borde de los caminos, +donde le tomaba la noche. + +Por fin, una madrugada, después de larguísimo viaje, llegó a divisar +desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Córdoba, bañada en el +rubor húmedo y radioso del amanecer. Se hizo señalar desde allí, por una +frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al pensar +que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre, sintió que los +sollozos le entrecortaban el aliento. + +Sin querer acercarse a la ciudad, y apartándose de los senderos, +descubrió por fin, en el flanco de la montaña, una gruta escondida entre +malezas y arbustos. Había en su interior una mesa hecha de ramas de +alcornoque sin descorchar, un tintero de raíz de naranjo, un taburete, +un azadón y varios cacharros hundidos en el lodo. De la parte más alta, +colgaba un antiguo traje de caballero, y además, semejante a dos +perniles ahumados, un par de botas de camino con sus espuelas. + +Esa misma noche, al encender el candil que llevaba consigo, y al ir a +acostarse sobre un montón de hojarasca, hacia el fondo de la gruta, +hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que apretaba +todavía entre sus manos resecas las cuentas del rosario. Ramiro dejose +caer de rodillas y alzó los brazos al cielo, dando gracias a Dios por +haberle puesto, a la vez, en su camino, el anhelado refugio y el ejemplo +de aquella muerte. + +Al otro día, por la mañana, dio sepultura al ermitaño y ordenó lo mejor +que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde había resuelto pasar +todo el resto de su existencia. + +Muy pronto una sublime voluptuosidad inundó su corazón. La continua +plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las arduas e +ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer el inefable +orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba el alma +infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del +hombre. Se comparó a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por +seguro que en los tiempos venideros su historia sería leída en hogares y +refectorios para edificación de las almas. + +Las religiosas de Toledo habíanle puesto en el zurrón algunos libros de +mística. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se propuso recorrer las +tres vías espirituales descritas en los tratados, y lograr al fin la +posesión de esa gloria máxima que había buscado hasta ahora por +engañosos caminos. + +Pero la llama de los primeros días no pudo mantenerse; ya no volvió a +sentir aquellos arrobos que encendían en la cripta de su alma las +lámparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche de frío +y de tinieblas cayó sobre su corazón; la lobreguez y la humedad de su +guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible. + +Algunas tardes, deseando respirar libremente, salía a pasearse por la +montaña hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y traía de los +cortijos un perfume de azahares que reblandecía la voluntad y alejaba +toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de labios +entreabiertos, maliciosos pestañeos, aparecían ante él en la penumbra +rosada o bajo la sombra azul de los árboles. + +Una apatía, una pereza invencible comenzó a postrar como un ensalmo sus +miembros y su espíritu, hasta hacerle pasar la mayor parte del día +tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los hoyuelos de la +roca o las gotas de agua que caían de las vertientes. Las lagartijas, +las cucarachas, los ratones y muchos insectos que le eran desconocidos, +acabaron por trepar sobre su cuerpo, y él, en vez de espantarlos, +mantenía completa inmovilidad, a fin de observar de cerca todos sus +movimientos. + +Pasó semanas enteras sin rezar el rosario y sin bajar a la ciudad para +oír la misa del domingo y pedir provisiones, como era su costumbre. + +Cierta mañana escuchó una voz de mujer a pocos pasos de la gruta: + + Cantan de Oliveros e cantan de Roldán + e non de Zurraquín, cá fue gran barragán. + + Cantan de Roldán o canta de Olivero + e non de Zurraquín, cá fue gran caballero. + +Era un doble estribillo que Medrano, el escudero, no se cansaba de +repetir. Pareciole la voz de Casilda. ¿No sería algún engaño de los +sentidos? Levantose y miró un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta +de un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la canción caía y +se alejaba con ella graciosamente. + +Otra mañana, recogiendo leña por el contorno, descubrió al pie de un +árbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su escondrijo y +frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma señoril: varios +anillos de plata ceñían la negra vaina de cuero; la hoja tenía la marca +de Hortuño; la guarnición era calada y fina, como una randa. + +Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su pereza. Desde entonces +pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores intersticios; y +se complacía en sacarla a la luz para hacer correr una llama de sol a lo +largo de la hoja, en empuñarla y blandirla con fuerza, en hacerla +resoplar en el viento. + +Ya no salía nunca hacia el bosque que no la llevase consigo; y a veces, +mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera sorprenderle, +hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los árboles para +recordar la terrible estocada con que había dado muerte a Gonzalo. + +Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu, inflado otra vez con el +viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y loores de la vida y +en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el mundo. + +Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto peñasco, +y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando vio subir por +la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y esbelto que +agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia la gruta. + +El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente, mirando siempre con la +misma curiosidad. + +Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de modo insufrible el +tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a la hora del +anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño lleno +de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro. + +Ramiro caminó hacia él, exclamando: + +--¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan! + +El hombre prosiguió su camino. + +Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte, repitió: + +--¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan! + +Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contestó secamente: + +--Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos. ¿Pensáis acaso que esa +roñosa pereza borra crímenes y perjurios? + +El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano el freno de la +cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo: + +--¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo! + +Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia adelante y, por toda +respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa imagen del +Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba +combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu a la +cueva, cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la +intención de darle muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para +hundirla en aquel pecho sacrílego, una voz recia y dominante, una voz +que penetró en sus entrañas, le contuvo de golpe: + +--¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que acuchilles al hombre que te +engendró! + +Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho sombrero que +llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor todo el rostro. +Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa de reconocer al +misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le +había salvado la vida, dejándole después, como recuerdo, la valiosa daga +sarracena. + +--Sí, yo te engendré en la altiva doña Guiomar--prosiguió el anciano--y +tu agüelo prefirió casalla en seguida con el viejo don Lope, en odio a +mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di la vida por segunda +vez, sacándote de entre las dagas de los creyentes; y fui expulsado de +Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro, me pagaste en buena moneda +cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisición a la +infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que +fuesen arrojadas a la hoguera, después de haberte curado y regalado con +tanto amor como ellas te tenían! + +Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclamó por +fin: + +--¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de un padre es siempre +escuchada por Alá...; no, no me atrevo a maldecirte...! + +Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia atrás, y taloneando +fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza, desapareciendo +en seguida entre los peñascos. + +Ramiro le miró partir sin llamarle, y caminando hacia la cueva, fue a +sentarse en el rincón más obscuro, oprimiendo el crucifijo contra su +pecho. + +¿Qué había escuchado? ¿Su padre? ¡Un morisco! + +Todos los enigmas de su vida acudían a su memoria: la soledad de su +infancia, la dureza del abuelo para con él, la continua y llorosa +melancolía de doña Guiomar, las especies tan extrañas que había +suscitado su lance con los conversos, el súbito desvío de Beatriz, el +denuesto de Gonzalo en la callejuela... ¡el abnegado amor de aquel +hombre de otra fe, de otra raza!; y vio que todo resultaba harto +comprensible a la luz de la espantosa revelación. + +¿Sería verdad? ¿Sería, en efecto, hijo de moro? ¡Ah! Más valiera +entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se derramase +sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razón cayó en espantosa +vorágine. Las ideas parecían ulular y remolinear como los vientos en una +noche de vendaval. No quería, no quería pensar, y se hincaba las uñas en +la frente para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas, resoplaba +con furia como un hombre enajenado por el terror; pero la cavilación era +cada vez más inexorable, más elocuente, más honda. Unas veces reía de +su propia credulidad, desechando como el más grande de los absurdos las +palabras del moro; otras llegaba a sentir total convencimiento, y se +sorprendía de no haber concebido hasta ahora ninguna sospecha en medio +de tantos indicios. + +De pronto, el mismo horror de aquella incertidumbre, le yergue sobre los +talones. Enciende la candileja. Un pensamiento instantáneo acaba de +cruzar por su mente. Sube al escabel, descuelga los viejos vestidos y +las botas que penden de lo alto de la gruta. Un bolsillo de monedas +suena en los gregüescos. + +Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de otro tiempo y ceñido +la espada, salió de la cueva y se puso a errar en la noche. No le +quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra +esperanza que los galeones. + +Soñaba en alguna región de las Indias, donde las plantas, las frutas, +las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para él y nada le recordase la +tierra vieja y maligna en que había nacido, aquella tierra en que todo +era adversidad, maleficio, embrujamiento. Sólo así podría escapar a la +maldición que le perseguía quizá desde el vientre de la madre. + +Caminó incansablemente, empujado como Ashavero, por un viento misterioso +que no movía las hojas de los árboles, y que él, con todas sus fuerzas, +no hubiera podido resistir. + +De noche, en las ventas, al verle aparecer con el anticuado traje y la +luenga barba en desorden, más de un gañán empinaba de golpe la taza de +vino y se escapaba al corral haciéndose cruces. + +En cambio, de día, al cruzar por los pueblos, los chiquillos se mofaban +de su estampa y le arrojaban por detrás cáscaras de nueces y puñados de +polvo. + +Con el dinero que había encontrado en los gregüescos compró una mula +para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este modo, +después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad de +Cádiz, a mediados de diciembre. + +El mismo día, recorriendo las calles, vio una bandera de compañía +colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le dijeron que se +había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un +soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó: + +--Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martínez, el +alférez, ahí le tiene a su derecha. + +Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la calle +a su antiguo paje vestido con galas de soldado. + +Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de +Groninga, dos compañías de escopeteros españoles, sorprendidas por una +carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Sólo Pablillos +permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al siguiente día le +hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; había perdido el habla +y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera. Algunos +dijeron entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que se +había agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevos +soldados le miraban como a un héroe, y toda la población como a una +gloria gaditana. Al reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que +pudiese, y cuando supo su resolución de entrar en la compañía como +soldado, llevole en persona a comprar lo que hubiera menester para +embarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de diciembre. + + * * * * * + +El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres +gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus velas +numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro y de +sangre. + +En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada, su +imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte. + +Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta de +América. + +Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una +muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre la +última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez más +pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a poco el +escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba +sus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y despiadada canción que +reía con las espumas. + + + + +EPILOGO + + +En el Perú, el año de 1605, en la Ciudad de los Reyes. + +Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme bajo el brillo de las +constelaciones y sus campanarios se levantan, aquí y allá, más obscuros +que la sombra. Luciérnagas y cocuyos enciéndense a millares encima de +los huertos y atraviesan los árboles tenebrosos. El húmedo ambiente está +henchido de perfumes, y óyese, como en la quietud de los campos, el +concierto de los grillos y las ranas, sólo entrecortado por la voz de +los serenos o los pasos de algún trasnochador que vuelve de los garitos. + +Poco a poco, soñolienta vislumbre enrojece en lo alto los cerros de San +Cristóbal y Amancaes. Una brisa sutil y lánguida llega del mar. Los +gallos no han cantado todavía. + +No lejos de la Plaza Mayor, en el huertecillo de humilde vivienda, una +mujer, cuya blanca vestidura parece relucir en la sombra, va y viene por +los senderos cual inquieto fantasma. Es Rosa, la hija menor de Gaspar +Flores y María de Oliva. Todas las mañanas, antes de la salida del sol, +junta piadosamente, en el jardín cultivado por ella, las flores que un +instante después ha de llevar a la Virgen del Rosario, en la vecina +iglesia de Santo Domingo. + +Aun en las noches más obscuras sus pupilas reconocen las corolas mejor +abiertas, y parécele que todas claman hacia ella con místicas voces, +anhelosas de morir sobre la pureza de los altares. + +Hacia un ángulo del huerto, la puertecita de encalada celda recorta en +la obscuridad el dorado resplandor de un candil encendido. Es la ermita +doméstica construida por Rosa para entregarse a la contemplación y la +penitencia sin abandonar a sus padres y a sus hermanos. + +No ha escogido esa vida guiada por el remordimiento o los pesares. Ha +nacido santa. Es milagrosa desde la cuna. Su primer aliento difundió en +su morada un hálito del Paraíso. Es el lirio conventual, bendecido por +Dios en la tierra y en la simiente. Diríase que los ángeles mueven y +aderezan todo lo que ella pone bajo su intento. Las personas que la +visitan advierten claridades y frescuras de otra vida en torno de su +persona; y, de noche, se la reconoce en las más obscuras estancias por +la misteriosa luz que desprenden sus cabellos. + +No ha cumplido aún veinte años y nadie ignora en Lima los asombrosos +prodigios con que el Señor la favorece. Sólo ella encuentra natural que +los pájaros se posen sobre su hombro o acompañen con sus trinos las +fervorosas canciones que improvisa al son de la vihuela; o que, en los +días de gran necesidad, cuando su madre o sus hermanas se sienten +enfermas, maravillosas labores aparezcan, en un instante, bajo su aguja, +recubriendo una a una las telas, sin agotar los ovillos. + +Comprende desde temprano que el sufrimiento y la pobreza son para Dios +las más altas dignidades de esta vida; y visita de continuo los +hospitales, entra en las covachas de los cholos y los indios, buscando +las fiebres, las llagas, la lepra; asila en su oratorio a las ancianas +que escarban las basuras de los muladares para buscar el sustento; cura +con sus manos a bubosos y cancerosos abandonados por sus parientes. + +Su hermosura es a la vez angélica y perturbadora. Tiene del cirio el +candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con misteriosa fiebre, +van encendiendo, a pesar suyo, súbitas pasiones en el corazón de ricos y +virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a ataviarse +como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una oculta +mortificación. La guirnalda de flores con que debe adornarse la frente, +lleva por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor están +embebidos en un cáustico que desuella las manos. Por fin, acosada de +amenazas y violencias, declara su voto irrevocable de virginidad y su +secreto desposorio con Jesucristo. + +Una noche, después de haber trabajado hasta muy tarde, a la luz del +candil, soñó que aderezaba la saya para sus bodas espirituales, bordando +sobre briscada estofa los Nueve Coros angélicos y los símbolos de la +Trinidad y de la Santa Eucaristía. De pronto parécele que la quitan la +aguja de las manos. Un ángel pálido, y de rizos muy negros, reluce de +súbito ante ella, y le ofrece una corona de lágrimas y alba vestidura +formada de postillas de lepra que la envía Nuestro Señor, desplegando, +en seguida, el velo nupcial, incorpóreo velo, sólo visible para el alma, +un velo hecho de suspiros y sollozos de este mundo. + + * * * * * + +Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no despertar a los que +duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las flores que ha +de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando apenas los pliegues +cándidos y simples de su túnica. Diríase que la poderosa fragancia la +desvanece por momentos. + +Tierno rubor enciende por encima de los tejados los ópalos de la aurora. +Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios cabellos +humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar junto a las rejas +se aspiran monjiles sahumerios recién encendidos en los estrados. Aquí y +allá, un brazo desnudo asoma sin rumor entre las celosías y riega los +albahaqueros. Oyese la tímida canturria de las esclavas que lavan los +patios y los zaguanes. + +Rosa entra a la iglesia hollando con religioso respeto las losas +sombrías. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la capilla +mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro ataúd, +las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal con que lo +han amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un paño mortuorio. + +La doncella se aproxima. + +Un fraile dominico, con barba y sin tonsura, dormita a pocos pasos del +féretro, sentado en un escaño. Rosa camina hacia él. El novicio abre +entonces los ojos y murmura, como espantado: + +--¡Vive Dios! ¡Con ella soñaba, y la veía venir con ese sayal, con ese +velo, con esas flores! + +Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente: + +--El Señor os conduce, niña santa. ¿Qué labios podrán rezar mejor que +los vuestros por el alma de este difunto? + +--¿Quién era...?--pregunta Rosa, observando el rostro del muerto. + +--A punto fijo, no lo sé yo tampoco--responde el religioso.--Jamás quiso +revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el Caballero +Trágico, como todos le llamábamos, ha sido un gran arrepentido, y que la +peregrina historia de su conversión debiera publicarse a boca llena para +ejemplo de pecadores. + +El fraile vacila un instante, pero clavando en la joven una mirada de +arrobamiento, cual si hablase a una santa aparición, agrega con voz +estremecida: + +--Yo le conocí en Huancavelica, hará cosa de seis años. Formó allí una +banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio señalarme, y +salíamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y minas +ocultas; y todo lo alcanzábamos a fuerza de cuerda y de hierro. +Prendíamos a los caciques y les dábamos tormento, e si no querían +declarar, nos íbamos sobre sus chozas y nos hartábamos de sangre. ¡Ah!, +no hubo saña como la nuestra. Después caíamos a esta ciudad de Lima, a +consumir en los vicios el fruto de nuestros crímenes... Mucho más +pudiera decir, sino que no es la ocasión. + +Rosa suspiró; y el novicio, pasándose la mano por el rostro, alzó la +cabeza y prosiguió su relato: + +--¡Oh alta potencia de Dios, y por cuántos medios mandas la luz a las +almas hundidas en la tiniebla! Habéis de saber que, una vez, ese que +agora duerme el sueño de la eternidad, viniendo conmigo a comulgar a +esta parroquia, pues nunca abandonó el sumo Sacramento, os vio salir +por la puerta de la sacristía, y, dejándome al punto, se puso a +seguiros. Habiendo sabido después cuán piadosa erais y cuán alejada de +todas las vanidades y pasiones del siglo, determinó, sin embargo, +seduciros, o robaros a viva fuerza. Para eso, cierta mañana, hizome +llevar una litera junto a vuestra casa, mientras él se dirigía a saltar +la tapia del huerto... + +Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al llegar junto a mí, +echome los brazos al cuello, exclamando: ¡Es una santa, una esposa de +Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gemía como un hombre que no +osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de herirle. Desde +entonces púsose a observaros de lejos, y os vio derramar por todas +partes vuestra cristiana bondad. Una envidia santa traspasó su corazón +encallecido al escuchar las bendiciones de los miserables y al ver a +tanto desgraciado que se echaba de hinojos en el suelo para besaros los +pies. Abandonó sus galas, repartió joyas y dinero entre los +menesterosos, y, habiéndome contagiado su nuevo frenesí, llevome consigo +a los campos, para borrar con el bien todo el mal que habíamos sembrado +por ellos. ¡Por mi fe! ¡Yo nunca pude imaginar remordimiento tan +profundo, y qué hazañas de caridad y de penitencia! Dios perdone sus +pecados, y quiera darme tiempo a mí mesmo para purgar los míos en esta +santa casa de religiosos. + +--¿Y cuál ha sido su muerte?--volvió a preguntar la doncella, con +expresión tímida y ansiosa, sentándose en el extremo del escaño. + +--Su muerte--respondió el novicio--dice harto bien lo que fue su +contrición. Allá por el mes de agosto, un indígena, a quien él curaba de +un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a +trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trágico quiso +ponerse en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los días más +de cinco horas en las entrañas de la tierra. Contrajo de esta suerte una +fiebre tan brava, que en menos de una semana le privó de todo +movimiento. Yo no hallé cosa mejor que cargarle sobre una mula y +traelle a este Convento del Rosario, donde, después de largo padecer, ha +fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos con sus acentos +de humildad y de sublime confianza en la misericordia de Dios. Y agora +debo deciros--agregó por fin con voz entrecortada por la emoción--que en +sus últimos instantes mezclaba vuestro nombre al nombre de Cristo y de +Nuestra Señora, doncella santa. + +Rosa acercose al ataúd. ¿Cómo dudar? Se hallaba ante el cadáver de aquel +desconocido que había saltado una mañana las tapias de su huerto, y a +quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios, habló +largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras dictadas, sin +duda, por el cielo. + +Fijó entonces sus pupilas, con profunda atención, en el descarnado +rostro, y al reparar en la beatitud inefable que bañaba los párpados, +comprendió que aquellos ojos hablan contemplado, antes de extinguirse, +alguna visión deslumbradora del Paraíso. + +Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra después... + +El alba aclaraba apenas el templo con lívidos resplandores que bajaban +de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso, adormecida en las +naves, se rasgaba por instantes, como si los ángeles volasen en la +penumbra. + +Rosa de Santa María arrodillose piadosamente, y murmuró una plegaria por +el alma de aquel muerto. + +Y ésta fue la gloria de don Ramiro. + +FIN + + + + + +End of Project Gutenberg's La gloria de don Ramiro, by Enrique Larreta + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GLORIA DE DON RAMIRO *** + +***** This file should be named 29920-8.txt or 29920-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/9/9/2/29920/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at https://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/29920-8.zip b/29920-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..023d5ad --- /dev/null +++ b/29920-8.zip diff --git a/29920-h.zip b/29920-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..83a93bd --- /dev/null +++ b/29920-h.zip diff --git a/29920-h/29920-h.htm b/29920-h/29920-h.htm new file mode 100644 index 0000000..271d12b --- /dev/null +++ b/29920-h/29920-h.htm @@ -0,0 +1,10885 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" +"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> + <head> +<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> +<title> + The Project Gutenberg eBook of La gloria de don Ramiro, por Enrique Larreta. +</title> +<style type="text/css"> + p {margin-top:.75em;text-align:justify;margin-bottom:.75em;text-indent:2%;} + +.c {text-align:center;text-indent:0%;} + +.cun15 {text-align:center;text-indent:0%;text-decoration:underline;} + +.r {text-align:right;margin-right:25%;} + + h1,h2 {text-align:center;clear:both;} + + h3 {margin-top:15%;text-align:center;clear:both;} + +.spc {letter-spacing:5px;} + + ul {list-style-type: none;text-indent:0%;} + +div.toc {margin:10% auto 10% auto; border:4px gray double;padding:0.25%;} + +.top5 {margin-top:5%;} + + hr {width:15%;margin:2em auto 2em auto;clear:both;color:black;} + + hr.full {width:100%;margin:5% auto 5% auto;border:4px double gray;} + + body{margin-left:10%;margin-right:10%;background:#fdfdfd;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} + +a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + + link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + +a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} + +a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} + +.smcap {font-variant:small-caps;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:95%;} + + img {border:none;padding:5%;} + +.carta{margin:5% 5% 5% 5%;} + +.poem {margin:5% auto 5% 30%;white-space:nowrap;text-indent:0%;} +</style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of La gloria de don Ramiro, by Enrique Larreta + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La gloria de don Ramiro + una vida en tiempos de Felipe segundo + +Author: Enrique Larreta + +Release Date: September 6, 2009 [EBook #29920] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GLORIA DE DON RAMIRO *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<p class="cun15"> BIBLIOTECA DE «LA NACION» </p> + + +<h3 class="top5 spc">ENRIQUE LARRETA</h3> + +<hr /> + +<h2 class="spc">LA GLORIA</h2> + +<p class="c">DE</p> + +<h1 class="spc">DON RAMIRO</h1> + +<p class="c">UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO</p> + +<hr /> + +<p class="c smcap">EDICIÓN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR</p> + +<p class="c"><img src="images/001.png" +alt="logo" +width="78" +height="75" /></p> + +<p class="c">BUENOS AIRES<br /> +1911</p> + +<p class="c">Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado a +la imprenta el 24 de julio de 1908.</p> + +<p class="c"><i>Es propiedad del autor y queda hecho el depósito que marca la ley.</i></p> + +<p class="c">Imp. de <span class="smcap">La Nación</span>.—Buenos Aires</p> + +<div class="toc"> +<ul> +<li><a href="#PRIMERA_PARTE">PRIMERA PARTE</a><br /> +<ul><li><a href="#I">I, </a> +<a href="#II">II, </a> +<a href="#III">III, </a> +<a href="#IV">IV, </a> +<a href="#V">V, </a> +<a href="#VI">VI, </a> +<a href="#VII">VII, </a> +<a href="#VIII">VIII, </a> +<a href="#IX">IX, </a> +<a href="#X">X, </a> +<a href="#XI">XI, </a> +<a href="#XII">XII, </a> +<a href="#XIII">XIII, </a> +<a href="#XIV">XIV, </a> +<a href="#XV">XV, </a> +<a href="#XVI">XVI, </a> +<a href="#XVII">XVII, </a> +<a href="#XVIII">XVIII, </a> +<a href="#XIX">XIX, </a> +<a href="#XX">XX, </a> +<a href="#XXI">XXI, </a> +<a href="#XXII">XXII, </a> +<a href="#XXIII">XXIII, </a> +<a href="#XXIV">XXIV, </a> +<a href="#XXV">XXV, </a> +<a href="#XXVI">XXVI, </a> +<a href="#XXVII">XXVII, </a> +<a href="#XXVIII">XXVIII, </a> +<a href="#XXIX">XXIX, </a> +<a href="#XXX">XXX</a></li> +</ul></li> + + +<li><a href="#SEGUNDA_PARTE">SEGUNDA PARTE</a> +<ul><li><a href="#Ib">I, </a> +<a href="#IIb">II, </a> +<a href="#IIIb">III, </a> +<a href="#IVb">IV, </a> +<a href="#Vb">V, </a> +<a href="#VIb">VI, </a> +<a href="#VIIb">VII, </a> +<a href="#VIIIb">VIII</a></li> +</ul></li> + +<li><a href="#TERCERA_PARTE">TERCERA PARTE</a> +<ul><li><a href="#Ic">I, </a> +<a href="#IIc">II, </a> +<a href="#IIIc">III, </a> +<a href="#IVc">IV, </a> +<a href="#Vc">V</a></li> +</ul></li> + +<li><a href="#EPILOGO">EPILOGO</a></li> +</ul> +</div> + +<hr class="full" /> + +<h3><a name="PRIMERA_PARTE" id="PRIMERA_PARTE"></a>PRIMERA PARTE</h3> + + + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + + +<p>Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón, +escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.</p> + +<p>Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allí +el aire exterior, en los días templados, entraba libremente por las +ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumor +de los molinos y batanes en el Adaja.</p> + +<p>¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo, +y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde se +acostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sólo +animadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos de +sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una +sombra.</p> + +<p>Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura al +párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecía +llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban en +complacerle, en agasajarle.</p> + +<p>Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas +fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contaban +historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otras +milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, de +princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabía +cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cada +vez más goloso de pavura y de misterio.</p> + +<p>La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la +torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la faja +de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes, +lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscuro +dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca en +repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservando +todavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá, +en el reinado anterior.</p> + +<p>En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, con +sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno de +ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo +apoyado en el alféizar.</p> + +<p>Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todo +el caserío. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada hacia +el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, más +que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba los +corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de las +iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedral +levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.</p> + +<p>Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el +Valle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuera +de los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras +a distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una +coloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba +extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.</p> + +<p>Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el +curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que se +deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos +chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrás +de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los +picachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.</p> + +<p>Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en +redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras, +cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símbolo +eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránica +leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo +piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos. Los +monjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta del +rosario.</p> + +<p>Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelos +acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una línea +segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondo +verde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre la +urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el +polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del +poniente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando +de soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado +como zumos añejos en los cajones de las sacristías.</p> + +<p>La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecían +llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una de +las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas ya +era de noche.</p> + +<p>Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestando +un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. La +ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir, +por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas. +Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio +de aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himno +alucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálito +sagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas de +cirios.</p> + +<p>Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y del +Purgatorio.</p> + +<p class="top5">Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en la +cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños era +inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo la +puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta del +espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrer +el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran +infantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía de +asiento. Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero para +secarse las suelas.</p> + +<p>Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, había +dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatro +años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda de +platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficio +mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino +soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al Emperador +Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y +galeazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos +desprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco. +Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos. +Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedades +vergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada, +de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especias +en que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces a +punto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, en +los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera +que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que +mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.</p> + +<p>El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos, +había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos. +Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía la +brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus +castellanas espuelas por las losas de Nápoles.</p> + +<p>Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, lleno +de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado, +calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tarea +tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.</p> + +<p>A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadas +retazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosas +de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda la +vida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantaba +con áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados para +remedar a los ciegos.</p> + +<p>Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por el +mar.</p> + +<p>Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir +algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma el +dedo sobre las cejas, le preguntó:</p> + +<p>—Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?</p> + +<p>El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de su +escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices. +Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.</p> + +<p>El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con su +espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchas +de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero al +advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el piso +y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso a +escucharle.</p> + +<p>Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre de +los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambor +destemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar las +vergüenzas de aquella jornada.</p> + +<p>Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse +de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos; +aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras se +entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el +fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades +desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló de +soldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de los +turcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos a +mordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de lo +alto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró su +funesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle.</p> + +<p>Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de lucha +desesperada.</p> + +<p>—Ya íbamos llegando a las galeras—decía.—Los moros escopeteros, +después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados por +nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmo +en el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado, +como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme, ¡pesia a tal!, una +cuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!—exclamó por fin, +con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en el +cofre.</p> + +<p>Una de las criadas canturrió:</p> + +<p class="c">¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!</p> + +<p>Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:</p> + +<p>—¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A +las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellos +agora que falta don Juan, el de Lepanto?</p> + +<p>Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero y +alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:</p> + +<p>—Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me +señala.</p> + +<p>Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro, +exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:</p> + +<p>—¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda de +Dios e la Virgen!</p> + +<p>Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y +una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro, +penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos +fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y +su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:</p> + +<p>—Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos +alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?</p> + +<p>El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:</p> + +<p>—Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.</p> + +<p>—Otras serán, hijo mío—repuso entonces la llorosa mujer—, las armas +que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su Santa +Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro de +religión que no ese hierro.</p> + +<p>Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos el +estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,</p> + +<p>—¿Por esto lloráis?—la preguntó.</p> + +<p>—No, hijo mío—repuso la madre, dominada por la congoja.—Conduéleme +una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa de +Ahumada... Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Alba +de Tormes.</p> + +<p>Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la +estancia. Algunas mujeres sollozaron.</p> + +<p class="top5">El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias +tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas +cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérase +dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, y +resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.</p> + +<p>Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabras +del <i>Angelus</i>. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron a +responder.</p> + +<p>El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando las +palmas como los niños.</p> + +<p>Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primer +aliento somnífero de la noche.</p> + + + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + + +<p>Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año de +1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su heredad. El +viaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre, la +carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras, +penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una hora +después de la salida del sol.</p> + +<p>Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida de +misterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, para +asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las +iglesias vecinas.</p> + +<p>El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegas +de tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer doña +Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos de +la Puerta de la Mala Ventura.</p> + +<p>Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste, +recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunas +almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costra +rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión la +agujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar el +rosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho. +El resto del caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedras +irregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de los +muros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enorme +cerradura, había servido en otro tiempo para defender la puerta a +flechazos. Las rejas eran toscas y tristes.</p> + +<p>La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esas +portadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros. +Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas en +semicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otro +lado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en sus +cuarteles los blasones de las principales familias avilesas: el +pajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blázques, la cabria y el +mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de la +puerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de algún alcázar +andaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más alta +servía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente a +una Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardía +continuamente un farolillo.</p> + +<p>El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustrales +galerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios labrados +en los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier, respetando, +tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas, +que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario de +ruinoso convento.</p> + +<p>El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto, donde +él mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces iba y venía +bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase horas +enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientos +y contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en su +espejo circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar para +el anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entre +ellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio.</p> + +<p>El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La majestad +y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de las +polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban +obscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos de +familia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa y +otros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por los +estrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras de +Turquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo y +telaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditarios +roídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez; pero ricos +pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con su +incesante sahumerio.</p> + +<p>Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del palacio, +don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Había +traído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho libro de +caballerías, no pocos de devoción, <i>Las Epístolas</i> de Séneca, <i>De +Oficiis</i> de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo, un Virgilio y +algunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera armilar con +zodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fue +encontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotes +arábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia de +un canónigo de la Iglesia Mayor.</p> + +<p>Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo que +el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los estantes. ¿Para +qué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota se +repetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le iba +desecando el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces el +sopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo de +pesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro las +representaciones de su pasada existencia.</p> + +<p>Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro y +la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos. +En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usaba +humildes pieles corderinas. Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde el +día de <i>Quatour Coronatorum</i> hasta el día de Navidad; otra desde el +Domingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurrección.</p> + +<p>Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. El +corto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Sus +ojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creía +descender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido, +etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovia +nombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de los +caballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.</p> + +<p>Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo como +indigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censos +de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de un +cofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión de Valsaín o en +su «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto que sus +bodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después de +casada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de los +moriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre el +atávico rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientes +demostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar al +soberano contra aquellos perros infieles. Muchos resolvieron +acompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para armar, a su +costa, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.</p> + +<p>A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por una +cólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida, +arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de las +persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general.</p> + +<p>El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por medio +de espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.</p> + +<p>En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de un +cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados de +rosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudo +de la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por un +terrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago, +en pago de sus servicios.</p> + +<p>Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayores +pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la +Alpujarra.</p> + +<p class="top5">Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y un +señoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto en +Avila como en Segovia, desdeñando la administración personal de la +propia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y las +funciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad creía +asegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballeresca +de confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de +Madrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisión +alguna en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar a +crédito en la vecindad lo que se iba necesitando.</p> + +<p>Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuya +altivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando uno +a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacía +descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con las +piezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas de +América, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sin +embargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una sopera +con candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, y +algún hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera de +sus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza de +vino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros y +judíos.</p> + + + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + + +<p>Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de la +cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de +la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sin +hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de +la platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la +calle, cobraba un eco solemne.</p> + +<p>Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba +algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se +acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie +hablaba.</p> + +<p>No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o un +dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba +del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento, +inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba +las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras +sí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo +de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo +huyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro +monjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas +basquiñas de la adolescencia.</p> + +<p>Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido en +casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera de +un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el +sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro, +y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él +invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su +padre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar +amistad, que era ya citada por todos en Segovia.</p> + +<p>Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los +libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos +como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, tal +vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca +paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón, +cuando todos dormían.</p> + +<p>La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un +filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero +que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del +palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios y +raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida +cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una +sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los +jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos +y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.</p> + +<p>Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación el +rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar +por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido a +lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras +preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.</p> + +<p>Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una voz +llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El +billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de +una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobre +Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.</p> + +<p>Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su +embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse. +Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecía +de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, en +Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su +nombre y su raza. Era un morisco.</p> + +<p>—Decid a vuestro amo—exclamó al despedirse—que yo quise herille su +honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizo +sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora +en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.</p> + +<p>El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomar +con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que se +moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.</p> + +<p>¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, y +aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada +relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se +realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió +solo para Flandes.</p> + +<p>Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo Sancho +Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno había +sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.</p> + +<p>Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su +pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquella +sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermiza +palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura +entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el +rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su +cuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo +que era posible, la nueva reforma del Carmelo.</p> + +<p>Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar de +residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allí +vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de +1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y +Capricornio.</p> + + + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + + +<p>Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el +azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin una +alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos que +hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de su +niñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre +un dedo sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismo +melancólico, pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedas +y el rostro como apenado. Había algo de monstruoso en el contraste de +sus tiernas facciones con el ceño de aquella frente cargada, al parecer, +de adultos pensamientos.</p> + +<p>Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devoción. +Asistía con él todos los días a la misa de alba en las parroquias de San +Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles que +ofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcer +de impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario de +quince misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelo +humildemente ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y +depositar, asimismo, su ósculo en el escapulario de los religiosos para +ganar indulgencias.</p> + +<p>Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomar +castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas, +inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las +noches leía; junto a su lecho, en el <i>Flos Sanctorum</i> la historia del +santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los +milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la +Madre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale los +coloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo, en medio +de la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando su +cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por la +madre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado y +temeroso aroma de santidad.</p> + +<p>Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El abuelo +no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el caserón, miraba +por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, subía a la +estancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la cuadra de +los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartaba +de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a las +puertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a un +ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que +parecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas +inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente. +Nunca faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos de +naipes. Parte de la servidumbre pasaba allí varias horas del día +durmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veíanse +las ostentosas libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata.</p> + +<p>Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capaz +de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos del +diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal, +íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas +subterráneas.</p> + +<p>La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde traída +de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el estío, se +retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del año +quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetraba +en su interior todos los días para coger el huevo que una gallina +misteriosa ponía sobre los cojines de bronceado guadamacil.</p> + +<p class="top5">A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le veía +internarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. A +través de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasión, +endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíale +ocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo y +de su gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de Nuestro +Salvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la Santísima +Virgen. Le creyó asegurado, y, pareciéndole a ella misma imprudente +seguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante, +resolvió que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo.</p> + +<p>Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por las +doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata, +gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba a +despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia +un costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y un +Pater, le despachaba con un beso.</p> + +<p>Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Era +una revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro monótono del +caserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su espíritu. +Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y +heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias +del hombre y el orgullo de los linajes.</p> + +<p>Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de las +parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de +sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, su +retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle después +para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y +pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguo +soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las +inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Así +supo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero Nalvillos con la +mora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le contó por primera +vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesenta +rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso <i>el +Batallador</i>; así como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, que +fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.</p> + +<p>La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de los +inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzaba +los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que, +en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides, +subió a las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas de +barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los +infieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyéndola bien +defendida.</p> + +<p class="top5">Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generoso +camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de San +Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el +portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo +trabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas y +en Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas.</p> + +<p>Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, en +lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamaba +el escudero.</p> + +<p>Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerda +oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a una +altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujero +practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco +después, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar, +hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse, +presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojo +de llaves y en la otra un farol encendido.</p> + +<p>Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna del +templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse con +las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejaba +penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de +incienso.</p> + +<p>La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajo +un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de una +zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negros +como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de la +techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella +elevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.</p> + +<p>Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase el +bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamaban +<i>la extremeña</i>, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba las +dos campanas más gruesas, dejándole a él los clarillos y esquilones.</p> + +<p>Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieron +los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudido +hasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones espantosas que +amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los aires, +como una paja, en el sonoroso turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su +faena, mostraba todas las calzas hasta la carne.</p> + +<p>Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio +rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como su +bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba al +marido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor que +renovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro la +observaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuando +nadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, trataba +de animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.</p> + +<p class="top5">Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia covacha, +jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el niño llamaba +al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio con +su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que +hablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que el +escudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y +que, descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en el +tormento antes que denunciarle.</p> + +<p>Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo de +una casucha, detrás de San Pedro.</p> + +<p>A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siempre +con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando de +admiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus ropas, +besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era +ella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de la +improvisada ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo, +alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquella +criatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinal +llegó a despertarle, en el correr de los días, cierto extraño deleite, +que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo.</p> + + + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + + +<p>Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona con +quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don Alonso +Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban +contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de los +Aguilas, no tardaron en conocerse.</p> + +<p>No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de los +Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altas +proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso +descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer +Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde +Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de +los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y +casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo +databa la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de a +caballo de la ciudad, en servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo o +adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro +linaje. Otrosí su pendonero o alférez».</p> + +<p>En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serrano +y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta otra casa +clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco lises +alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones +rampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre en +su familia.</p> + +<p>Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte, +unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejores +linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del huerto, y +su defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo residía +breve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso. +En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, donde +pasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido de +alguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un +duro cautiverio.</p> + +<p>Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de guzmán, +batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota de +arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vida +otra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. A +los diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a los +treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por su +comportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.</p> + +<p>Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres en +Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta el +delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a +menudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido +íntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiares +como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía las +<i>Metamorfosis</i>, o la <i>Jerusalén libertada</i>, que las ásperas epístolas de +San Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedral +hacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles con un +peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos de +ensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Clori +y a Galatea. Llevaba concluida una traducción de <i>El laberinto de amor</i>, +sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una feliz +imitación de la <i>Arcadia</i> de Sannázaro. Para él, aquella naturaleza +desolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal no +merecía un hemistiquio.</p> + +<p>Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados y +todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todo +aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida cortesana, +agravado por los exquisitos refinamientos «que», según don Íñigo, «la +prudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles para +afeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosa +envoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se +tardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba por +debajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que su +honra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazón o la +mejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas en +el calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar hasta él, desde +temprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora de +Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y del +bello vivir.</p> + +<p>Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre. +La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no envilecerse en +ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de condición +levantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombre +debía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el +sombrero.</p> + +<p>Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corte +espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más ancha. +Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos modelos +del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia eran +dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y +el pomo de sus dagas.</p> + +<p>Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de un +Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber dado +dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que le +presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, y +él contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el +Consejo de Italia a la primer coyuntura.</p> + +<p>Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o +de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el culto +ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida +señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia, +comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.</p> + +<p>Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embeleso +eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi dorados, +provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor para +cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que sus +manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia, +donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.</p> + +<p>Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas +fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de +Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una +fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el precioso +florecimiento.</p> + +<p>Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir +centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generación +innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas +alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la +gran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco +tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber +tomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los +marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un +movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un +pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado a +mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz +astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído +en su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor de +la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas +blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canales +internados en el misterio.</p> + +<p>Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y +polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas, +donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.</p> + +<p class="top5">Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa amistad +ceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamaba +en tono altivo y profético contra la política del monarca, quien, a la +vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en su +reino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando de +hito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes recompensados +con grandes honores y mercedes.</p> + +<p>Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topó +con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de alto +y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente alguna +imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un infante +embrujado.</p> + +<p>Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz de +profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos, como a +una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, al +verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasión +que él mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenzó a +agasajarle. Al siguiente día le mandó buscar con su enano. Hízole +enseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole él mismo a +conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez años, que les +recibió en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojín +azul, entre las dueñas.</p> + +<p>Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo los +brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción profunda, +indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la mano sobre +el hombro y salieron.</p> + + + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + + +<p>La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casi +al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles. +Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas +fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor, +había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y +a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa +casería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa +maleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo se +adivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícil +avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, se +defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina.</p> + +<p>En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el +aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos +limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los +jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos +imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas, +negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en +el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las +escalinatas y los follajes.</p> + +<p>Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad. +Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con su +hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejo +de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además, +haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones, +mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela, +le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano +hasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.</p> + +<p>Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga +por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de reja +y ancha hoja de dos filos.</p> + +<p>—Este acero—decía señalando su fina espada escuderil—es doncel, no +sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero +aquéste—agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo +soldado—ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja. +¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más +de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola +turquesca!</p> + +<p>Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al +empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentro +del pecho.</p> + +<p>Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus +músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñando +esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todo +soldado que llegaba a la vejez.</p> + +<p>Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia +de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso del +monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas que +ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume +tornábanle al pronto extremadamente sensible.</p> + +<p>Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudo +un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del +sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vista +del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y +tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún +audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo +ademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la +lucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre +la cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles.</p> + +<p>Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su +espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya +sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del +valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era +llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser +aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.</p> + +<p class="top5">Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de +jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron +comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo. +Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a +la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los +remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.</p> + +<p>El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.</p> + + + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + + +<p>Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan +empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasador +se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como +el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol se +tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño +levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.</p> + +<p>Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje era +aún más austero bajo aquella claridad implacable.</p> + +<p>Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.</p> + +<p>Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra +de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros, +tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa +acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cada +momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.</p> + +<p>Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las <i>Aventuras de Silves +de la Selva</i> y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que +formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.</p> + +<p>Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentos +la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un +rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro una +medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que el +agua conserva en las alcarrazas.</p> + +<p>De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza. +Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.</p> + +<p>—¿Dónde vais?—gritole.</p> + +<p>El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.</p> + +<p>Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano +contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el +perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso, +mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba +en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban +llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del +mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los +caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos, +vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando +encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó +por su imaginación.</p> + +<p>Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin +pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma, +mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo +soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la +otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos +esperan», salió de la cuadra.</p> + +<p>Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda +cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con +seis hombres armados de chuzos y horquillas.</p> + +<p>El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto +distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces +de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un +cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.</p> + +<p class="top5">Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también +entre los árboles.</p> + +<p>Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo +que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y +campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte. +Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los +asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra +a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo +bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.</p> + +<p>Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas +antiguas.</p> + +<p>Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus +rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de +estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama +surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el +oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.</p> + +<p>Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.</p> + +<p class="top5">Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el +patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha +espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.</p> + +<p>—¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!—exclamó la mujer.</p> + +<p>Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:</p> + +<p>—¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el +rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba. +¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!</p> + +<p>—No fue Medrano.</p> + +<p>—¿Y quién?</p> + +<p>—Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir +corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo. +Luego hachele el pescuezo.</p> + +<p>—¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las +barbas!—exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera +dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.</p> + +<p>Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo +que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y +tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas +repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.</p> + +<p class="top5">La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin, +al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que +invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron. +Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera +entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el +niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre +el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco +soponcio.</p> + +<p>La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del +mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sin +vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don +Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el +coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a +Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus +temblorosas manitas, blancas como la luna.</p> + + + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + + +<p>Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar +sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la +coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.</p> + +<p>Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como +lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz, +con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase +ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del +lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma +fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se +fundía de ternura.</p> + +<p>Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para +Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba +abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la +luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas +veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado +silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada +exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale +que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no +alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida +con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a +solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las +constelaciones.</p> + +<p>Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso +pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y +de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.</p> + +<p>Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que +separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa +vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la +frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas +celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!</p> + +<p>Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no +quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole, +entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y, +cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que +pasara a su jardín.</p> + +<p>Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo +de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.</p> + +<p>Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados, +hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin +sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos. +Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más +menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba, +aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del +verano.</p> + +<p>Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que, +caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el +brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión, +Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con +violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa, +loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos +a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo +inolvidable.</p> + +<p>Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil +aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada, +soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa +existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo +peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:</p> + +<p>—¿Os holgara ser aína mi esposa?</p> + +<p>Ella repuso:</p> + +<p>—Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?</p> + +<p>Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al +parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que +aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de +cascabel.</p> + +<p class="top5">Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de +legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca +Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe +de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de +las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos +eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se +aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima +Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus +rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente +la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los +juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca +hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal +que ataca, de ordinario, a los donceles.</p> + +<p>Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde +luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.</p> + +<p>Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos, +advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente +para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que +podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo +fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi +sonriente.</p> + +<p>Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el +mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los +árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.</p> + +<p>Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino +jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el +cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su +primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un +olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el +brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un +clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.</p> + +<p>Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no +pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible, +brotó de su pecho.</p> + +<p>Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.</p> + + + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + + +<p>Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijo +en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para +enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en +Salamanca.</p> + +<p>Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doña +Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos de +la gramática latina, un religioso franciscano del convento de San +Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era +escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la +tarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en +las lecciones. Solía decir a su discípulo:</p> + +<p>—Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lo +poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han +de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los +sabios cristianos y gentiles.</p> + +<p>Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello, +como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias +terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de +monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico, +adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus +sermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda. +Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza +en este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre el +nido de un ave que duerme.</p> + +<p>Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De +esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos de +soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.</p> + +<p>En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio +donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil, +súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre +obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un +velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de +un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor +que su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padre +franciscano.</p> + +<p>Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la Iglesia +Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fue +llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros +arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de +arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los +ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a +medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los +demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes +en el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellos +sus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, a +modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la +espada.</p> + +<p>Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en +medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento de +gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:</p> + +<p>—Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de la +verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico me +ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del +«Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con +harto peligro de caer de bruces en la herejía.</p> + +<p>Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la +mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título: +<i>Summa Theologica</i>, en gordas letras antiguas.</p> + +<p>—Esta obra, este monumento, este tabernáculo—prosiguió el +canónigo—resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisol +de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en +la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contra +ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a +guisa de <i>vestibulum</i>, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro +Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de +Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el +alma racional muere con el cuerpo.</p> + +<p>Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encima +de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, calose +las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.</p> + +<p>Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las +claras el vértigo.</p> + +<p>—No os importe—le dijo el canónigo al terminar—si de esta primera vez +no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.</p> + +<p>Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes y +teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociese +como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo +Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los más +doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y +qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a +través de sus <i>primos</i> y <i>secundos</i>, de sus <i>ergos</i> y <i>distingos</i>. +Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con +ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de +la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer +su conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase al +pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los +ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, que +dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuello +a más de un eclesiástico.</p> + +<p>Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante, +si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña de +la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiénes +eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, los +Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre +moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia. +¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara su +envidiada grandeza? Aquél, y no otro... <i>Ergo</i>! Pero él conocía +demasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los +que combatían en España los principios de los escolásticos, los que +negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies +inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidad +del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos +del Demonio.</p> + +<p>El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no era +posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minar +aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en su +seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle +el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejía +era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más +firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido. +Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes. +Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero +eran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, <i>el +Brocense</i>, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se +invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de +Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su <i>Catecismo Cristiano</i>. +Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde +por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones, +sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para +siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres. +¡La podrido a la hoguera, y amén!</p> + +<p>¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerra +de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejarían +escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandes +se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se +lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por +medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y +Andalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.</p> + +<p>El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los +procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la +responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de +cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo +elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no +sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas y +desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la +bancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de la +Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por su +tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio +en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército +de arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir. +España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de +las batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre +los infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor los +enemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos, +como los soldados de Tito en Jerusalén.</p> + +<p>Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una +bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con el +fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo +derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más +prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia, +que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veía +sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que se +grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero +cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando +se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerraba +como un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del <i>Antiguo +Testamento</i>, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable, +tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos. +Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar un +rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran +comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que +guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta, +conviene destruirlas y hacer otras nuevas.</p> + +<p>Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres +tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenaces +tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismos +pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un +olor raro y voluptuoso de Oriente.</p> + +<p>Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las +horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa y +repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la +llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus +escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de +dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo +súcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él, +bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico, +largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograban +desvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras de +alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el +sosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su +rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!</p> + +<p>¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de +horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite. +Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se +castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la +columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito, +variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible, +el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote +la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple +tiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única +y sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y +sentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.</p> + +<p>Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a las +bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo los +cedros, temblaban de lujuria como panteras...</p> + +<p class="top5">Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había +levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. A +aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y +de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán, +provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria +dormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.</p> + +<p>¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de la +iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento +donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonaban +allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un +infolio.</p> + +<p>Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchía +de una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer las +inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes +completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer», +«Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieron +quizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto +que nuestro pie remueve en los osarios.</p> + +<p>En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos y +caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor Don +Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noble +caballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego +del Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida +como una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que +una voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores.</p> + +<p>Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al +recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo +una piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre +la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino un +fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar +un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir +el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la +salvación eterna.</p> + +<p>En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábale +contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, y +sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia la +parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un +cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del +torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no +había querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar +a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábase +entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano de +vida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a veces +emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos y +eternos?</p> + +<p>Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de +Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordar +de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza +del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer +del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: <i>omnem concubitum +cum re non ejusdem speciei</i>, de la demonialidad o <i>copula cum Dæmone</i>, +que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el +comercio con los íncubos y súcubos de donde, <i>aliquoties nascuntur +homines</i>.</p> + +<p>—Y es de este modo—afirmaba—como debe nacer el Anticristo, según un +gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según Tito +Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro <i>el Grande</i>, +según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en una +religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito +heresiarca que llevaba el nombre de Lutero.</p> + +<p>Era menester mucha cautela.—La tentación—decía—palpita por doquier. +Todo es arma y cebo para el Demonio.</p> + +<p>Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en un +cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle la +piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia. +De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gesto +espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y +exclamando:—<i>¡Vade retro, vade retro!</i> El Enemigo acababa de mostrarle +en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.</p> + +<p>Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, a +concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne, +tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por +instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.</p> + +<p>Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de +haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el <i>Cantar de los +cantares</i>, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella +le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalaban +los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farol +al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa +reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los +cervatillos mellizos» del cantar.</p> + +<p>Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde +dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.</p> + +<p>Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallose +frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones +más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil. +¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzó +a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.</p> + +<p>Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la +calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.</p> + + + +<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3> + + +<p>A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó un +aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas, +imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso. +Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada +apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.</p> + +<p>Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su +tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le +enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna +pone en el mármol.</p> + +<p>El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad, +recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro +interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos +de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de +Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables, +hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el +primer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se +señalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila, +apellidado <i>El rayo de la guerra</i>, servía ahora de ejemplar a los +flamencos.</p> + +<p>—¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vida +gallarda y desembarazada del soldado!—exclamaba el canónigo.</p> + +<p>No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima +carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensaba +tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano, +escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien de +la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de +calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin +rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia +de sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus +colegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una +silla episcopal.</p> + +<p>—Los muy bellacos y alicortos—decía—barruntan que apenas el águila +se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto.</p> + +<p>El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud y +el gran pecado de su alma.</p> + +<p>Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y +habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miró +derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudó +que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados, +pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o +en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su +familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España. +Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y +conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura, +llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamente +Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan de +Austria. Al tomar en sus manos <i>Los Comentarios</i>, era él quien conducía +las cohortes a través de las Galias; pero, en los <i>idus</i> de marzo, más +sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y, +escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a +uno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba +a la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin, +de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre +toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su +imaginación soñaba según las estampas.</p> + +<p>El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar la +tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lo +mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico le +dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbre +absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar a +ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en +la tierra.</p> + +<p>Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre el +Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba +rodar sus pensamientos.</p> + +<p>Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión, +gritos de guerra, suspiros de éxtasis.</p> + +<p>Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovido +hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente, +abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubes +doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando +todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera +muralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella +misma.</p> + +<p>Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevación +de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunos +palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se +cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz +era al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de +eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su +conocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primer +momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si +de todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre.</p> + +<p>Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales de +cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venían +hablando de comida y de jornal:</p> + +<p>—Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante el +maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos a +llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil +mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.</p> + +<p>—¿Qué os respondió?</p> + +<p>—Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed que +haríais morir de envidia a muchos obispos.</p> + +<p>—¿Eso dijo?</p> + +<p>—Cabal.</p> + +<p>—Paciencia, Martín.</p> + +<p>Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.</p> + +<p>Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa +leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por +debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera. +Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...</p> + +<p>Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlaba +de todas las vanidades del hombre.</p> + +<p>Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la +tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en el +céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con +el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos +ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que +imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro, +mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una +moneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:</p> + +<p>—¿Sois muslim o castellanuelo?</p> + +<p>—Cristiano viejo, por la gracia de Dios—contestó Ramiro.</p> + +<p>La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:</p> + +<p>—Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las +ídolas—exclamó con voz agorera y fatal.—Echaréis a Agar y a su fiyo, +está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos riegue +la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger, +ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!, +los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es +buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y +serán honrados en gradas altas y aventajadas!</p> + +<p>Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su +destino.</p> + +<p>—¡Tu jofor, tu jofor!—balbució la morisca.</p> + +<p>Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica, +soltola de pronto.</p> + +<p>Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del +canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se +acercaba.</p> + +<p>—<i>Chiromanciam habemus</i>—gritó el lectoral.</p> + +<p>Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se la +alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarse +lentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodar +de la moneda sobre los guijarros.</p> + +<p>Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el +canónigo compuso la siguiente oración:</p> + +<p>—Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí +una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba +hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan +haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados +de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar +sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que +llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el +filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles +hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a +bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta +la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por +manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia +la Meca, hacia el <i>alquibla</i>, como ellos mesmos se expresan. No beben +vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta +cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica. +Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o +azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según +su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal +con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las +sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de +fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.</p> + +<p>Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido +reciamente, prosiguió:</p> + +<p>—En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está; +pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le +hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las +cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos +habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar, +tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas +de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el +primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a +mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz +de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la +injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de +Roma.</p> + +<p>El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto +y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron +hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al +mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua +del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían +concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de +San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.</p> + +<p>—¿Qué hacer—continuó diciendo el canónigo—con este enemigo casero +tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día +nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche +nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro, +me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y +trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol +junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a +Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien +ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.</p> + +<p>La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más +exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución +solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.</p> + +<p>—Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de +España. La avaricia moderna, señores—exclamó esta vez.—¡Ah! ya son +contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de +honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los +nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos +perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos, +engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que +con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus +tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de +los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del +Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho—añadió, +bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,—si la Inquisición, +la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas +aragonesas?</p> + +<p>Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en +el teatro de su imaginativa, prosiguió:</p> + +<p>—¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del +reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable +para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos +traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada +cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos +pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como +alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a +las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y +abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa +llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a +Juvenal—volvió a decir,—él nos declara que no hay linaje de maldad en +que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso +opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con +la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la +naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto +emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi +que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para +rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos +de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de +carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas +cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la +mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga +llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.</p> + +<p>Había terminado y escupió varias veces.</p> + +<p>Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban +llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus +candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor +anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la +reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era +una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora +y su pupila fosforescía de modo extraño.</p> + +<p>Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondo +de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su +discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y más +dulce:</p> + +<p>—El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasiones +privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestro +propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvar +una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano +retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el +muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un +Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la +secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o +pida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo, +que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan +de cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir +sin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo +mío—agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,—otra +ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios +mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendo +a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo, +del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta +quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia», +<i>nec misereberis earum</i>. Y así mismo, por boca del profeta Samuel, +mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar +hombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar +rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también, +como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta +ponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el +pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe +extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia, +Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quien +Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra +propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total +exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano, +antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las +claras, rematar la obra de purificación.</p> + +<p>—El miedo a la sangre, hijo mío—prosiguió diciendo el canónigo,—es un +bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad, +de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La +sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la +hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los +nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que +resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se +quieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura.</p> + +<p>Meditó un instante y continuó:</p> + +<p>—Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales a +éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetas +enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo +que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los +falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay +que saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería +un blando acabar, poco a poco.</p> + +<p>Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebo +le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría. +Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo +levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del +anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.</p> + +<p>El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro, +y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que +el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos, +en el barrio de San Gil.</p> + + + +<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3> + + +<p>El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes, +Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey, +recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las +suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas, +preguntole con brusquedad y misterio:</p> + +<p>—¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para +una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta +vuesamerced—agregó—que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha +religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte +que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.</p> + +<p>El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara +arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto, +después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió +con viveza.</p> + +<p>—Sí, tal. Ya le tengo.</p> + +<p>—Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá +escogido con acierto—replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en +el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de +velludo pardo.</p> + +<p>En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos +esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo +que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un +levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles +con las manos en la masa.</p> + +<p>—Tenemos sospechas—agregó—de que en esta ciudad existe un escondite +de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de +Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo +con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y +abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras +abandonadas, les tienden solapadamente la mano.</p> + +<p>Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a +su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería +compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera +en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino +de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a +explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente. +El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible +comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo, +por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.</p> + +<p>El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas +del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había, +tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario. +Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un +esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora, +púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había +logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más +influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el +Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su +barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su +labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.</p> + +<p>La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las +más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La +Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de +Milán, Tomás de San Vicente, llamado <i>el Valeroso</i>, y, sobre todo, Ruy +López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre +podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de +Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía +del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados +en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en +Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San +Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia +sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.</p> + +<p>Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del +aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas +antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte; +y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios +y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como +señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.</p> + +<p>De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor +una voz desesperada que comenzó a gritar:</p> + +<p>—¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!</p> + +<p>El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un +lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de +sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a +arrojarse a los pies de su señor.</p> + +<p>—¿Qué sucede?—preguntó mal despierto el hidalgo.</p> + +<p>—Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega, +ahí está!—agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de +pies a cabeza como endemoniado.</p> + +<p>En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la +boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote +levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo +centellear, en el aire, su larga espada desnuda.</p> + +<p>El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa +agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el +rostro con el acero.</p> + +<p>—¡Teneos, en nombre de Cristo!—gritó reciamente el canónigo, asiéndole +el brazo.</p> + +<p>El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado +examinaba su propia sangre en los dedos.</p> + +<p>—No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito, +sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa +de mí—rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y +recorriendo a trancos la cuadra.—Vuestra es la culpa, señor, que me +habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores, +las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de +joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo, +la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste! +Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro +y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la +ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín, +para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el +mesmo vientre?</p> + +<p>Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:</p> + +<p>—Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia, +y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en +Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis +harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le +deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir +sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante +mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!, +pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año, +señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto—exclamó, haciendo +sonar la uña del pulgar en los dientes.—Agora os llega este caparazón +y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados. +Todavía este puerco—exclamó señalando al lacayo—me lo enseña de lejos +con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.</p> + +<p>Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar +la mirada.</p> + +<p>—¡Ah, señor!—prosiguió el segundón—la postre no os sabrá tan dulce +como esperáis, ¡No! ¡No!—gritó bruscamente, golpeando con el tacón en +el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera, +semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando +desnuda su pierna muy blanca y vellosa.</p> + +<p>Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:</p> + +<p>—Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En +cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.</p> + +<p>El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a +cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió +a gritar:</p> + +<p>—¡No! ¡No!...</p> + +<p>En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de +la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de +metal y de seda.</p> + +<p>—Seguro estoy—dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber +saludado al canónigo—que reñíais a nuestro padre.</p> + +<p>—Así es verdad—contestó el hidalgo;—me reñía porque os enviaba ese +caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.</p> + +<p>El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban +bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo +turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los +arabescos de plata y de oro.</p> + +<p>Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas +que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El +rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como +despertando:</p> + +<p>—Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña—exclamó.—Peor +para él si no sabe aceptar su condición.</p> + +<p>Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en +las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos +crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de +insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y +descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.</p> + +<p>De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo, +apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro +hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave +y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez +era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de +hierro.</p> + +<p>—¿Qué pensará vuesamerced—exclamó, dirigiéndose al lectoral—de tamaña +vergüenza?</p> + +<p>Luego, encarándose con su esposo:</p> + +<p>—Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya +para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.</p> + +<p>El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban +nerviosamente los brazos del sillón.</p> + +<p>Doña Urraca prosiguió:</p> + +<p>—¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja +volver por la honra de vuestra casa?</p> + +<p>Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.</p> + +<p>—Ya os he dicho mil veces, señora—replicó levantando la frente y +mostrando sus ojos humedecidos,—que mi sangre es tan clara y tan limpia +como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y +que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por +ventura—agregó poniéndose en pie—es cosa de nada un linaje que viene +de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con +dos condestables de Castilla?</p> + +<p>Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo +de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su +preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los +mancebos, díjoles con imperio:</p> + +<p>—Vosotros seguidme.</p> + +<p>Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos +hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por +el corredor el golpeteo de las espuelas.</p> + +<p>Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía +decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó +un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza +afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella +delicada misión.</p> + +<p>Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un +viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como +una mujer.</p> + + + +<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3> + + +<p>El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad, +como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón +inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales. +No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.</p> + +<p>Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y en +un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido. +Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a menudo, +descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma del +almenado <i>Cimborio</i>, que forma a la vez el ábside de la Catedral y el +torreón más ancho y más fuerte de la muralla.</p> + +<p>Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser la +irritación del insomnio, como una ablución de rocio.</p> + +<p>La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer +encendiera su primer rubor en el naciente.</p> + +<p>No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.</p> + +<p>La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario.</p> + +<p>El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de hierbas +invisibles que sus pies hollaban al caminar.</p> + +<p>Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí y allá, como +suspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en tonos +lechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y flotar una +confianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal, +que él asemejaba a la claridad que la eucaristía difunde en el alma.</p> + +<p>Las torres y contrafuertes del templo fingían majestuosa visión entre el +cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla se +alejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos, hasta +desaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la evocación +legendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís, Lanzarote... +desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes dejaban los +castillos. Sus armaduras reflejaban la claridad nebulosa...</p> + +<p>Un gallo cantó.</p> + +<p>Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que le +habían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como no era fácil +leer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la piedra.</p> + +<p>Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban el +plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente. Ya se +distinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas azules, +abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían sobre el +adarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó a disiparse, a +hacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra purpúrea se encendió en +el naciente, comparable a un alfanje de cobre.</p> + +<p>En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispo +destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída de la +Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen de +aurora.</p> + +<p>Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, las +sombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande, junto +a San Pedro.</p> + +<p>Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en las +bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.</p> + +<p>El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascua +desnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza hacia lo alto +dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama de +Moisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de la +Escritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los +adoradores del becerro.</p> + +<p>—He aquí—exclama—que el Señor se sirve agora de este signo, harto +elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y blasfemo de +Mahoma.</p> + +<p>Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a cumplir un santo +deber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante misión no le +encamina derecho a los más grandes honores.</p> + +<p>Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su esperanza en aquel +mancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para llevarle después +como halcón en el dedo. El señor de San Vicente había dicho que +comunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. ¿No +sacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra?</p> + +<p>No habían sonado aún las doce campanadas de mediodía cuando Vargas +Orozco mandó en busca de su discípulo.</p> + +<p>Sentáronse en un escaño de la sala capitular.</p> + +<p>Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz, +enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el arrabal +de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en los +bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era preciso +hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante +conspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras:</p> + +<p>—Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular un +amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo propósito.</p> + +<p>Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de la +iglesia. El canónigo volvió a decir:</p> + +<p>—Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansan +aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servir +a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos +remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros ese +tuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.</p> + +<p>Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo que +acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, de +confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligero +el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario, +envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con las +cuentas.</p> + +<p>—Esto que agora emprenderéis—agregó el lectoral—será en servicio de +la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducir +por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabios +designios os indiquen.</p> + +<p>Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.</p> + +<p>En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña crestería +plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente del +cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y +navegaban en la luz.</p> + +<p>Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes, +rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro y +el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un tosco +relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquello +bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y una +nubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los +obreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era una +espuela, un acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamente +en la mano, y levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba a +través de la vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira:</p> + +<p>—¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habrá +hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblema +de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su solo +ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.</p> + +<p>Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gesto +grave y casi compungido, prosiguió:</p> + +<p>—¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la casa +y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!</p> + +<p>Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en el +sepulcro, terminó de este modo:</p> + +<p>—Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño, reliquia de la vieja +honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por el alma +desconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte.</p> + +<p>Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó una plegaria. Ramiro +le imitó.</p> + + + +<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3> + + +<p>El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su desparramada +energía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado y +quimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las horas y las horas +imaginando hazañas inauditas o exaltando ansias de imperio y de +grandeza, que él miraba luego colmarse una a una, a lo largo del +porvenir, como tinajas de subterráneo tesoro.</p> + +<p>El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo compañero de +su edad. Desde temprano, a pesar de la oposición de su madre, buscó el +trato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un Núñez Vela, a un +Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dávila, a Nuño Zimbrón. +Soñó con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sin +ambages, en rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tardó en +advertir que sigiloso encono crispaba todos los labios en su presencia y +que su mano calurosa no estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio, +los demás se agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad común hacia +él, aquella tácita conspiración, parecía estrecharles mayormente.</p> + +<p>—¿Por qué? ¿Por qué?—se preguntaba sin cesar con varonil mansedumbre y +sin querer pensar en la venganza,—¿por qué no me ha sido dado lograr +esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbécil y a veces a un +malvado, a un felón?—No maliciaba aún el peligro de aquel ingenuo +aliento de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendían.</p> + +<p>Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con Miguel Rengifo, el único +amigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo calor:</p> + +<p>—Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho señalado me hacen +gobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para haceros mi +primer capitán.</p> + +<p>Rengifo, a quien todos llamaban <i>el enano</i>, por su mezquina estatura, +giró sobre sus talones y respondió con enfado:</p> + +<p>—¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame junto a mí, e os +haga mi capitán?</p> + +<p>Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dos +veces en su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo la espalda.</p> + +<p class="top5">Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago. +El temor del peligro le había dejado para siempre desde los primeros +años de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propia +vida y la ajena. El orgullo de su misión vino a duplicar su ardimiento. +Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno. +Quién sabe si no se le había escogido deliberadamente, desde la Corte, +con la traza de una casual designación. De todos modos, aunque así no +fuera, el monarca oiría muy pronto su nombre.</p> + +<p>A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería, +imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale ver +ante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose gravemente +y echándole al cuello la venera de un hábito.</p> + +<p>Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que no +atrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada templada +en Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don Rodrigo del +Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por debajo +del jubón.</p> + +<p>Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulando +un andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la cuesta del +mediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más tráfago y rumor +que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire y +al sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquillos +casi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cada +instante estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento de +tornos y telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita.</p> + +<p>Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevaban +gregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de colores +aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las callejas +la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, sí, en +su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún sangriento clavel, +prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se esquivaba +al andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se detenían +para contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía. +Otros levantaban la cabeza y sorbían el aire como camellos, +libidinosamente.</p> + +<p>Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna moneda +excesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna mozuela, o +zapatos infantiles con que después obsequiaba a las madres moriscas. +Comenzó sus paseos con el corazón encogido por el odio; pero, poco a +poco, su misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, y +la dulzura que recogía de todo los rostros, le fueron ablandando la +entraña y haciéndole descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquella +vida graciosa y sensual de los musulmanes.</p> + +<p>Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El más concurrido se +levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un morisco a quien +llamaban <i>el Nazareno</i>, por su semejanza quizá con algún Crucifijo muy +barbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la mañana o a las seis +de la tarde, caía a aquel figón toda clase de gentes. Trajineros que +dejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle que +entraban secándose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros, +olleros, caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba también las +piernas sobre el esparto, y pidiendo cualquier golosina, poníase a +observar por debajo del aludo sombrero. Cierta mañana pasó al trascorral +y vio matar una ternera con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dos +ancianos inclinaron el rostro balbuceando una oración, y, al notar que +aquel mancebo no se inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramiro +se retiró orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tardó +en advertir que los alguaciles que caían al figón presenciaban a menudo +aquellos ritos diabólicos, y que <i>el Nazareno</i> los cohechaba con solo un +rubio y chispeante buñuelo, recién sacado de la sartén.</p> + +<p>Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en algarabía y no pudo +contestar. Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y, desde +entonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles.</p> + +<p>Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos árboles, por +detrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte detonación +y a la vez breve silbido que pasó por encima de su cabeza. Volvió la +mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire. +Le habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la espada y recorrió +velozmente el paraje en todo sentido. No había nadie. Al continuar su +camino y al descubrirse instintivamente, advirtió, a uno y otro lado de +la cumbre de su sombrero, dos agujeritos redondos.</p> + +<p>No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos le +recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta vez +le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La idea +del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sin +embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y +luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó +súbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo, +deteniéndolo el brazo:</p> + +<p>—Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.</p> + +<p>Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de hermosa +ataujía de oro purpúreo.</p> + +<p>Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.</p> + +<p>El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable.</p> + +<p>No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidas +veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa preocupado +con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en las +puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que había +dado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?...</p> + +<p>Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria el +semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo, +representándose, a la vez, toda la escena lejana...</p> + +<p>Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a una +cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron. +Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre las damas, y +parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, y +galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de +los hidalgos.</p> + +<p>Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila de +cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose por +un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las traíllas, +los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta +distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el +vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un +árbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se +hacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, los +ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y no +era posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a los +hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venido +quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva sobre lustroso +corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del otro lado +del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los +ventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otra +el puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero, +volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorra +a las damas, alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el +viento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos. +Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacería, se +desmayó; y parecíale ahora que aquel cazador misterioso no era otro que +el personaje que acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero y +de oro purpúreo.</p> + +<p>—¿A qué pensar en esto?—se dijo por último.—Lo que importa es que +estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un amorío! +Sin esta máscara no podré continuar.</p> + +<p>Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cántaro, +desfilaron por su mente.</p> + +<p>El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de +celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancura +de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas, una +flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramiro +se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguez +de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue y +temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.</p> + +<p>Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón del +Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y verdoso. +Era casi de noche.</p> + + + +<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3> + + +<p>Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta de +Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados del +arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.</p> + +<p>Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el +aspecto de un mercado berberisco.</p> + +<p>Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la +sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedor +de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite +para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más +lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.</p> + +<p>—Alguna gresca de matarifes, alguna muerte—se dijo.</p> + +<p>Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los +jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de +alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad. +Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.</p> + +<p>Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y +bailadoras.</p> + +<p>Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros, +mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las +aves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza de +altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.</p> + +<p>Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo +desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto +halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas +cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques +de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre +los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro +de aquellos que llamaban <i>letrados</i> en Castilla, por sus alas escritas, +a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos +laneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y +no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se +dignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban. +Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer +de Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero +que bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda +del galgo.</p> + +<p>Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le +quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de +los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires, +para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en +forma de codorniz.</p> + +<p>Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos +pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de +posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable +volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El +pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre +cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las +heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo +formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos +avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro +lado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.</p> + +<p>En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la +cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria. +Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo y +siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la +anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.</p> + +<p>—¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?—preguntó la mujer, +mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.</p> + +<p>Luego, misteriosamente, bajando la voz:</p> + +<p>—¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más +cosa en el día que perfumarse e cantar.</p> + +<p>El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer +habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:</p> + +<p>—Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la +zaga de mí, sin hablarme.</p> + +<p>Ramiro la siguió desde lejos.</p> + +<p>Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer +llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares +eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje +junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las +flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera +desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como +en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las +paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían +pensar en una casa cristiana.</p> + +<p>Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por +cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la +hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a +otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble +gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con +sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave +peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta +criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos +entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de +luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo, +difícil de apreciar, se detuvo.</p> + +<p>Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La +anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la +mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a +juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del +ambiente.</p> + +<p>Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de +caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún +episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.</p> + +<p>—Si mi constelación—decíase ahora a sí mismo—no anuncia que he de +morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el +contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?</p> + +<p>Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces +un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió +el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su +sentido.</p> + +<p>Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estancia +con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre +obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanes +contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcos +policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillas +incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de +cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer, +dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:</p> + +<p>—¡Aixa! ¡Aixa!—en el silencio.</p> + +<p>Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla +pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina, +abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco +minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua +escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las +inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En +aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas color +de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra, +introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciole +soñar!</p> + +<p>Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz +sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos +cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del +zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una +alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que +sucede a los baños.</p> + +<p>Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida +de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de +terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino la +desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.</p> + +<p>La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por +el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los copos +destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la +oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era también +su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?... +Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las +cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de +ensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible +mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.</p> + +<p>De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas +se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro. +El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.</p> + +<p>En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y +amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos +desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes, +los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no +alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño, +púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y +corrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de +pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si +aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a +mirar hacia la misma parte del muro.</p> + +<p>Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua, +rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.</p> + +<p>Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos +bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correr +por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las +abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.</p> + +<p>La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y +brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando la +criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una +tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y +entregose, como muerta, al pincel y al ungüento.</p> + +<p>Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar, +presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose, +con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el uso +de Oriente.</p> + +<p>En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en su +conciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de los +baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad, +el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo +corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los +admirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un +anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San +Macario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el +sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios +excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; en +fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre el +estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio, +todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.</p> + +<p>Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las +traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí +estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de +su juventud!</p> + +<p>Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en el +torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigía +a tomar las babuchas en el hueco del muro.</p> + +<p>La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó un +grito de espanto.</p> + +<p>Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del +baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos +retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un +blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde +tafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la +hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su +rostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabas +guturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopelado +carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al +reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica, +que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblante +claro y tranquilo como la luna.</p> + +<p>—¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?—exclamó.—¡Bienvenido seas! Perdón, +si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al +sombrero.</p> + +<p>—No me hizo daño la flor—replicó Ramiro,—pero sí vuestra risa.</p> + +<p>—¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogida +cabe la reja, e no me catabas.</p> + +<p>Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba, +ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo. +Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracena +preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgaba +sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento +ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas; +y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer +semibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras +sus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio +polvillo de lujuria y de nigromancia.</p> + + + +<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV</h3> + + +<p>Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares +de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo, +desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su +existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía +ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese +columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes +aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba +en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia +quería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían de +correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro, +clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando +presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus +recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando +fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un +guiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el +vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que +aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que +buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución del +canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas +sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío +para facilitar su comisión?</p> + +<p>Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió que +era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba. +Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el +dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besos +húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.</p> + +<p>Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda +visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tan +severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus +labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como +si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.</p> + +<p>El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Ya +era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces, +junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que le +arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole +los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso +delicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le +llenaba de sensualidad y de luz todo el ser.</p> + +<p>Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar, +destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando, +insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vida +habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus +ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas +de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de +cendal, perfumada de almizcle.</p> + +<p>Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago +de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta +prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el +esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose, +por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático +hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las +dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual +ella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras como +sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.</p> + +<p>A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes +pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las +charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le +preguntaba:</p> + +<p>—¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesma +creencia que tu Aixa, tú?</p> + +<p>Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hasta +el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:</p> + +<p>—¿Lo juras? ¿Lo juras?</p> + +<p>El, buscándola, musitaba como ebrio:</p> + +<p>—¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!</p> + +<p>Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las +almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje +evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo +Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.</p> + +<p>Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:</p> + +<p>«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el +saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril, +nuestro espíritu en forma humana.—Soy el mensajero a ti, de parte de +Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.—¿De dónde +podrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a +mí ningún hombre, ni he sido mala?...—Tu hijo será el milagro y la +dicha del universo.»</p> + +<p>Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua, +con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.</p> + +<p>«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador y +pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por el +ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio, +sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola +de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales +envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y +Alcafur, juntando frenética su rostro con el suyo.</p> + +<p>Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada +compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más +íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su +frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las +cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la +respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:</p> + +<p>—Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por +alguna calleja nos miraremos con odio.</p> + +<p>—Será o no será—respondió la sarracena.—Los destinos van colgados de +nuestro cuello.</p> + +<p>Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días +acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un +taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un +librejo centenario, prorrumpió:</p> + +<p>—Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me +darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio +Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.</p> + +<p>En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:</p> + +<p>—Está en palabras harto ascondidas.</p> + +<p>Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser +la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.</p> + +<p>Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los +almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.</p> + +<p>—Es fácil conocello—dijo entonces la morisca, con acento claro y +jubiloso;—lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro +guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de +El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre +de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la +plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca +ríe, camina despacio.</p> + +<p>Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro +azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En +seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había +advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo +dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la +contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre +fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte +le sobrecogiera en dicho estado.</p> + +<p>Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema +Visión.</p> + +<p>Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro +estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español, +resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo +sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los +párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba +cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas +cavilaciones.</p> + +<p>Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios +alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se +emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados, +extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias +inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a +abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el +supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la +danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera +Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser +Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del +sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada +diferente.</p> + +<p>El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la +mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su +mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a +inundarla el corazón.</p> + +<p>Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose +lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer +de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de +arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente, +como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo +maduro de aromas.</p> + +<p>Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo, +Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los +codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas +sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y +otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante +agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas. +Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba +profundamente.</p> + +<p>De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una +música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son +ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.</p> + +<p>Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro +y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró +sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor +sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero +todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso +diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y +brazaletes.</p> + +<p>La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus +pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas +visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.</p> + +<p>Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los +ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a +sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas, +apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si +tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas, +se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla +el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los +lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la +madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y +acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria +en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima +muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios, +el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de +claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de +los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola +contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del +éxtasis.</p> + +<p>El la llamó varias veces:—¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!—palpándola los brazos, +las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica y +glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa +él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias.</p> + +<p>Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezclada +con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores +sobre la muerte.</p> + + + +<h3><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h3> + + +<p>Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primera +vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero cierto +día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó la +daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fue +grande al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas y +revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una +jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra, +sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio, +indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la morería. +Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en el patio el +morisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con la +anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.</p> + +<p>Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casa +misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en la +calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sus +talones y se puso a caminar hacia el naciente.</p> + +<p>—Segura estoy—dijo la anciana a Ramiro—que este perro vase agora a +juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte—agregó, señalando +en la dirección de Santo Tomás:—Algún lazo os quieren armar, señor +caballero.</p> + +<p>Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella. +Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño, +levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura +mostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas. +Dicha abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo, +era imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban. Sin +embargo, el acceso no era difícil.</p> + +<p>Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiro +entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba su +caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole los +brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre +las vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una +terraza descubierta que avanzaba hacia el mediodía.</p> + +<p>Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban en +torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el +paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda +esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto +anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro, +una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, el +hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también: +la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos su +almadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado gesto en el agua, y +luego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menor +contacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevábase la red a la +boca y gemía de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras +sus empapadas sortijas relucían en la penumbra.</p> + +<p>Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando en +silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las +montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza, +hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno en +medio de la terraza.</p> + +<p>Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con una +larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz, hablaban +tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los +principales señores de la ciudad, de sus genealogías, de sus +parentescos.</p> + +<p>Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y su +mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones.</p> + +<p>El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso subía de +los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, el +caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés embermejaba +hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como nunca la +religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y de +grana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acaso +entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos +conversos. ¿Rezarían con él las avemarías?</p> + +<p>El y ellos callaban.</p> + +<p>De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de caravana +más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo, hacia el +costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención. Ramiro creyó +distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste. +Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior del +<i>idzan</i>, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en +medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales, +hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde. +Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y otro sobre las peñas, y, +entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte, +entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recita +palabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos en la memoria.</p> + +<p>Ella dijo:</p> + +<p>«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para darme +tormento.»</p> + +<p>El replicó:</p> + +<p>«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba, +gime cuando el sol toca el poniente.»</p> + +<p>Y siguieron alternando:</p> + +<p>«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle +toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»</p> + +<p>«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando +llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de los +hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el +remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de +Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi +otro quibla que el sepulcro del profeta.»</p> + +<p>Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintió +que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y un +acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en la +conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus +mayores.</p> + +<p>Aixa continuó:</p> + +<p>«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de +Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El +kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra +amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la +polvareda de los camellos.»</p> + +<p>El respondió:</p> + +<p>«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem. +¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que da +vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo de +la Cava.»</p> + +<p>Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo +impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.</p> + +<p>El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su +pecho.</p> + +<p>En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la +campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas, +respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes, +y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto, +tocaban las oraciones.</p> + +<p>Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiese +traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras y +cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la cual +desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, se +redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algo +odioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez, +en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.</p> + +<p>Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los +ojos del mancebo.</p> + +<p>La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso +anochecer.</p> + + + +<h3><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h3> + + +<p>Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar al +señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendió +para acompañarle.</p> + +<p>Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como si +buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunas +personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de +Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de +indagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos.</p> + +<p>—Bien respondido—replicó don Alonso—si fuera yo algún oficioso +impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado +siempre como a un hijo.</p> + +<p>Una pausa subrayó la intención de aquella frase.</p> + +<p>—Corren acerca de vuesa merced—añadió, tratando de atenuar con una +sonrisa la dureza de las palabras—las más peregrinas especies. Unos +propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para +transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han +comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien +asegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una +vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estas +patrañas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he de +hablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste a +explicar vuestros cotidianos paseos por la morería.</p> + +<p>Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangre +encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dio +algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en +seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había +recibido en nombre de Su Majestad.</p> + +<p>—¡Ah! Harto bien se me alcanza—agregó—de dónde pueden venir esas +aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuando +determine vengarme.</p> + +<p>Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, y +mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, le +dijo:</p> + +<p>—Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tan +limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras que +acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea, +dadme esos brazos!</p> + +<p>Se estrecharon ceremoniosamente.</p> + +<p>Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada, +resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo en +cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes +honores.</p> + +<p class="top5">La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz +desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Cruda +claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su conducta, el +olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministro +de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no había +querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese +a perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio había +logrado sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyos +muros guardaban, quizá, el secreto de la conspiración?</p> + +<p>Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediante +cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho libro +de religión ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vida +abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Se +desceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida en +algún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se +inclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado el +momento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino él +quien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadas +invenciones que le había referido el hidalgo.</p> + +<p>Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo de +la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura +brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a experimentar los +primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se mezclaba +ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejor +de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya +fascinación podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá en +lo más hondo de su conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla +perecer, sin arma alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus +propias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua, +con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica le +sirviera de sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobraban +al morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa del +fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un +negro amasijo, repelente.</p> + +<p>Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa, más +enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento y +quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de una mano +sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acento +superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo, +semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados, +la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían +hasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su +pérdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puede +arrollar o desarrollar, con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otra +vez dueño de sí mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimo +instintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez para +arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobrado +derecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en la +apostasía y el perjurio.</p> + +<p>La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzábale +por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con semejante +enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellas +blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y, +demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos, +sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados en +lágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido.</p> + +<p>Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos los +recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba disimuladamente +los muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en cambio, no +hacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era la +cantinela monótona, el ruego único, desesperado. Junto a Granada, sobre +el Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con una +puertecita roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil, +lasciva, y cuasi llorosa.</p> + +<p>Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca, +le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca, le había +revelado lo que pasaba por él.</p> + +<p>—Es secreto—agregó—que a ti mismo se te asconde.</p> + +<p>Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y los +sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El doloroso +recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado por +aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante +ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la +anciana sacó de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La +cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin híspida y espesa. La +cintura era ceñida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasaban +de parte a parte la garganta. Ramiro sabía harto bien lo que aquello +significaba, y tembló por la doncella, ante el pavoroso recurso de la +hechicería.</p> + +<p>Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de la +catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de +los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabara +de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo +la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas +manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió:</p> + +<p>—Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis en +grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosa +jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo pueden +resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me +extraña lo que acabáis de referir acerca de su grande hermosura +corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos más sotiles de la +tentación y él mesmo suele alojarse en sus personas, como se comprueba +de continuo. Urge, Ramiro, desatar ese ñudo de una sola cuchillada, como +nos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposición y los +tapujos de esa casa, tengo para mí que ha de ser sitio de clandestinas +reuniones, y pienso agora que si llegárades a introduciros en ella, a +eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderíais, +de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha +de asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o no +llevara, al menos, estos hábitos graves!</p> + +<p>Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba +resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma noche +tentaría la sorpresa.</p> + +<p>Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón apoyado en el +libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesiástica +prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecer +parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que +llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo. Enorme +mitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía y +apagaba, y volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.</p> + +<p class="top5">Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su casa, ya +entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que le +diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la +capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana. +Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas +historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio. +Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croar +numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal, +invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.</p> + +<p>Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en el +plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban +deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.</p> + +<p>La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emoción +peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino a +distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un cielo +en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los +muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica, +espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en +animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios +entre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus +conjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica, +que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.</p> + +<p>Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería una +corneja!</p> + +<p>Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta abertura, +Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Del +lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban con +sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas y +desaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numeroso +bajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin, +otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba como +boca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido más de una hora sin que +nadie llegase, Ramiro emprendió a su vez el escalamiento. La ventana +estaba entreabierta. Descorrió el tapiz. Densa obscuridad llenaba la +primera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeó +los azulejos.</p> + +<p>Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando la +sombra con el estoque.</p> + + + +<h3><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h3> + + +<p>Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa había +hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando +rabiosamente la víscera.</p> + +<p>Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor +cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llaga +hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.</p> + +<p>Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado para +siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo +viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajo +las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el +tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los +incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.</p> + +<p>Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen +dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La +habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba por +alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecía +chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos +de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.</p> + +<p>Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos +rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañido +de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las +losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia, +sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina +al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo +entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.</p> + +<p>El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas +familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescura +de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones; +pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solía +bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones +ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la +vibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y +columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los +campos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútrida +calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre las +otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.</p> + +<p>Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel +calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta. +Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían entrado +personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba +ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos +numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.</p> + +<p>Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez +más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos +pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hasta +recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.</p> + +<p>Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando +luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoque +tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristales +del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva +sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado +tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los +divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió, +hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!</p> + +<p>Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no se +había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con +sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó que +el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La +sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban las +manos y los brazos con respetuosa sensualidad.</p> + +<p>Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba +todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podía +significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya +punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor +colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su +discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba +junto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro +escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar +la atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el +yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro +mundo.</p> + +<p>Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la +puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron +de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:</p> + +<p>—¡El bajá!</p> + +<p>Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas +se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado +presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado +secreto del Sultán de Turquía el que llegaba.</p> + +<p>A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir +atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel +imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa +morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes +ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo +entrado en la cuadra del baño, exclamó:</p> + +<p>—¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!</p> + +<p>Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole de +las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muy +quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que +acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su +amada le puso la mano sobre los ojos.</p> + +<p>El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el +alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservaban +aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le +rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo de +los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto.</p> + +<p>Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble sabor +de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados, +emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable, +desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con +certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su +martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su +virilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.</p> + +<p>Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendo +menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre el +resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su +imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en +el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible +apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y +acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado de +estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muy +hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitando +su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos +secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se +adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban, +amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de +sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto, +sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los +cuerpos que recibían la punta como pellejos de vino.</p> + +<p>Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas con +el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado de +larga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las +dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario +desapareció en la tiniebla.</p> + +<p>Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás, +fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón, +un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su +desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío +del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para +ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa +luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que, +abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con su +cuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía:</p> + +<p>—¡Ebni! ¡Ebni!...</p> + +<p>Luego sobrevino el desmayo.</p> + +<p>Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí, +hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de +Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la +vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de +aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones +de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y +Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un +ungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia +hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en +precioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.</p> + +<p>Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, como +a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares de +pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.</p> + +<p>Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre, +la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se +ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado +junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente +y se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo +único que denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica +arrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles y +refinados.</p> + +<p>—Voy a dejarte—exclamó.—La maldición de los creyentes ha caído sobre +mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quiero +pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia, +avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan +huir.</p> + +<p>Ramiro accedió con un signo de cabeza.</p> + +<p>—¿Lo prometes por tu honra?—preguntole en seguida.</p> + +<p>—Sí—contestó el mancebo.</p> + +<p>—¿Lo juras?</p> + +<p>—Lo juro.</p> + +<p>—Eso basta—replicó el musulmán; agregando:—¡Alá, para él la oración y +la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el +espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte +referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia, +flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.</p> + +<p>El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro. +Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra. +Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiro +que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le +esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había +visto montar y alejarse.</p> + + + +<h3><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h3> + + +<p>Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y +determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, al +siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia. +Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un +largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían +tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber +revelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba +empeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejante +compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la +idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado la +muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se +hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia <i>juradera</i> del +reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba +haber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a +punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por +haber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.</p> + +<p>El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el +mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado +resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:</p> + +<p>—¿Qué ha sido esto?</p> + +<p>Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo de +declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y, +así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.</p> + +<p>—No puede ser—replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba como +confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.</p> + +<p>Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caído +en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.</p> + +<p>El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel +aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que su +discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no +volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había +tiempo que perder.</p> + +<p>—Valor, valor, hijo mío—exclamó.—Si habéis de morir o no de esta +cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presenta +sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos. +¡Ea, sus! valeroso cachorro.</p> + +<p>Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores. +Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras, +cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale al +oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez +junto a él, le tocaba en el hombro.</p> + +<p>Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino, +hizo llamar al lectoral.</p> + +<p>—¿Cree vuesa merced—le preguntó—que existe algún medio honroso de +anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoy +dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele, +sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?</p> + +<p>—Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel—respondió el +Canónigo—en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester +Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque del +alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio, +requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, a +saber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó, +puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delito +contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obliga +ni engendra perjurio: «Ca el juramento, que es cosa santa—dice, si mal +no recuerdo, la ley del Rey Sabio—no fue establecido para mal facer; +mas para las cosas derechas, facer e guardar.» Luego dividió el asunto +en dos partes. De un lado ponía los compromisos caballerescos y +legítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, más +precioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentos +anatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, y +de los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte +sorprendía a un alma con semejante pecado, arrojábala derecho a las +peores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho en +favor de los enemigos de la religión.</p> + +<p>Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya no +vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, le +hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su Divina +Majestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que su +compromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle al +cuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejó +en la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera de +llegar a la casa de los moriscos y las señas de Aixa, de Gulinar y de +algunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el alma de la mácula +horrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Señor, que ya +no quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento.</p> + +<p>Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doña +Guiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron.</p> + +<p>Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa hemorragia que +enrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de docta +disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría, +resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas, +fue sangrado del brazo y del tobillo.</p> + +<p>Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La calentura le +exaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la extenuación. La +carne toda se sentía fenecer. Era una sensación glacial, tenebrosa. Su +sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que visitó, +siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los innumerables esqueletos +apilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto en +el anónimo de toda aquella leña humana entremezclada por el monástico +desprecio.</p> + +<p>Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del cual sólo nociones +enormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, el +castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible de +su conciencia.</p> + +<p>Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el letargo. La gangrena +difundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más famosas reliquias +pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y puestas en +contacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, habían +resultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la Extremaunción, +administrada por su primer maestro, el viejo fraile franciscano. Doña +Guiomar le daba ya por perdido. Por fin, a indicación de varias amigas, +mandó en busca de una conversa del arrabal que realizaba curas +milagrosas. La mujer lavó la herida copiosamente con un cocimiento, +aplicó un emplasto, prescribió un brebaje y recomendó que no acercasen +cosa alguna a la llaga si no querían corromperla. Dos días después +cesaba el delirio y la calentura decrecía.</p> + +<p>Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada por tantos autores +sacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la delicia de +vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a maravillarle. +Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa puerilidad las +nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón formulaba de +nuevo las preguntas elementales que acosaron su niñez. ¿Dónde se +redondea el granizo? ¿Quién hace resonar los atambores del trueno? +¿Quién fabrica los vientos? ¿De dó vienen?...</p> + +<p>Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan un +lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos; las +riquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las heroicas +aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus +esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversas +comarcas del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la presa de +gloria: he ahí las diversas expresiones de todo aquel blasonado granito +que sus ojos contemplaban sin fatigarse.</p> + +<p>Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia más +fuerte. Consideró que Dios no le había llamado porque le reservaba para +algún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la primera +prueba de las vidas predestinadas. Recordó la biografía de los héroes. +El comienzo de la fortuna orilló casi siempre los despeñaderos. La hoja +mejor batida era aquella que había estado más cerca de partirse en la +bigornia. Nueva confianza en su destino erguía ahora su hercúlea +voluntad, y sentíase como ebrio de ilusión, llegando a decirse a sí +mismo las frases admirativas que su sola presencia provocaría muy pronto +por doquier. Luego examinaba, ponderaba. ¿Qué linaje en Castilla más +claro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia como el diamante. +Además, estaba destinado a recibir uno de los más opulentos mayorazgos +de Segovia. Pensó sin inquietud en los mancebos de las otras familias, +demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, en +ardid, en denuedo.</p> + +<p>La gloria volvía a sonreírle cual una esclava impaciente y desnuda, +ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares.</p> + + + +<h3><a name="XX" id="XX"></a>XX</h3> + + +<p>Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la +techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió muy +despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre.</p> + +<p>Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla los +cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sin +carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos +señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella +solía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el +aviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos +nos espera.</p> + +<p>Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estaban +visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy quedo y +con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera +cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores del +lance con los moriscos.</p> + +<p>—Paréceme—exclamó gravemente—que te pudiste ahorrar tanto riesgo, +tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetes +bastaba.</p> + +<p>Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño y +desengaño de toda acción ambiciosa.</p> + +<p>—Esto lo hiciste—agregó—por punto de honra. Harta dicha será que no +te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como tú, +Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscar +por ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada +sea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como +a otro San Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de qué +modo tan patente el Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de +la muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te +cumple pagar esa segunda vida que te concede.</p> + +<p>Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase +restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. El +señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajoso +destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.</p> + +<p>Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante la +menor impresión.</p> + +<p>Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspenso +entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto que +expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía reservarle. +En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando que +don Alonso Blázquez subía las escaleras.</p> + +<p>El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las +calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre una +lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto para +aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia, +hermoseando la expresión ante su propia imagen.</p> + +<p>Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su madre +echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, señalando un +contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedras +preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña Guiomar, al +tomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja +despaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que el +hierro tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve +levantarse ante sí pavoroso fantasma.</p> + +<p>El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo más +tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuas +algunos granos de incienso que sacó de su escarcela.</p> + +<p>En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura, +don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un retrato en su +marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia y +adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de su +amigo.</p> + +<p>A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey +generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandes +cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras, en +servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose el +encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz. +Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase al +pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manos +eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del +sebillo en los guantes descabezados.</p> + +<p>—El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey—díjole +a Ramiro, antes de despedirse,—dejando a una parte el largo padecer, +que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sin +recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para +vuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme. +Vuesa merced—agregó—no tendrá con esto más trabajo que reunir sus +pergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la lumbre +del sol.</p> + +<p>Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados, +estrechó en las suyas aquella mano generosa.</p> + +<p>Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar +arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostro +oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras +incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:</p> + +<p>—¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?</p> + +<p>Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:</p> + +<p>—Una gran desdicha—respondió,—la más grande, la más cruel que podía +acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!</p> + +<p>—¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?</p> + +<p>—Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del +mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciome +ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar de +esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?</p> + +<p>Luego, con la frase entrecortada por el llanto:</p> + +<p>—Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radioso +por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niño +su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!</p> + +<p>Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin +levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por el +dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose +en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una +transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la +estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con +voz casi hombruna y justiciera, exclamó:</p> + +<p>—Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para +Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre +la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.</p> + +<p>Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olor +de cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramiro +sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida.</p> + +<p>La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó en +presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, y +alumbrada ella misma como imagen entre cirios.</p> + + + +<h3><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h3> + + +<p>En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la más +visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso Blázquez +Serrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas principales +para tratar del asunto de los conversos. La reunión se repitió. El +número de los invitados se fue acrecentando. A la simple jícara se +agregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen del +aristocrático mentidero del señor de la Hoz.</p> + +<p>Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio los +varones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquella +reunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos +regidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito imprevisto. +Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado. +Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico doméstico +se apoderó de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, y +perdió mucho tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntario +ademán o la frase imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo para +él mismo era obscura la razón. Aquel anciano despilfarrado y enfermo, +que no podía convertirse en un rival para nadie, era el dueño de casa +guisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado por su casamiento +a los más antiguos linajes de la ciudad, habíase conservado +completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y San +Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salas +de su mansión eran amplias, la servidumbre numerosa, la pastelería +excelente.</p> + +<p>El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal, +compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse corrillos de +tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se refugiaba, +evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba a +introducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién le traía; el +hidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor del +agasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano de +número...</p> + +<p>Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad dominante, y +casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la cuestión +actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa sobre +sus heroicos servicios en la campaña de la Alpujarra. De lisonja en +lisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, y +ya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto, +como si en verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes de +aquella guerra santa y vengadora.</p> + +<p>Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el número +de los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros de plata, +nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses sus mejores +tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo sacristán +de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Un +famoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja. +El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a la +servidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a +sus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayos +apostados a lo largo de los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cada +cual con un hacha de cera encendida. Gastábase tanta luminaria como en +la Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y señoril.</p> + +<p>Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos los +rostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más graves se +adelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su +herida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso, +se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que hacía +las veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la Anunciación y +de un religioso franciscano de San Antonio, las personas que allí +estaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, uno +que otro, su jornada, lo hicieron en términos tales, que parecían +referirse a la diligencia más o menos provechosa de algún alguacil. El +desengaño le dejó confundido, y, no sintiéndose con aliento para pasar a +la cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y prelados, agazapose +en el más obscuro rincón, entre un grupo de religiosos. El franciscano, +arrimando su taburete, le dijo en voz baja:</p> + +<p>—¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro está +que vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos y +calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habrá +de llevárselo el viento como la paja.</p> + +<p>—¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?—preguntó Ramiro.</p> + +<p>—Habladurías, habladurías—replicó el religioso con ademán de +desprecio.</p> + +<p>—No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nunca +daña saber por dónde habemos de ser combatidos.</p> + +<p>—Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a punto +de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba noticias +a los conversos... que la riña fue por cuestión de la paga...</p> + +<p>En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galas +de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco:</p> + +<p>—¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos por +piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, que +fenecemos!</p> + +<p>El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase, apretándose al +mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos. Alguien le habló en +voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca como +avergonzado.</p> + +<p>Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos +señores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro y +al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto de +asombro y se dirigió a saludarle:</p> + +<p>—Enhorabuena—exclamó, alargando los brazos.—Grata señal es ésta; +pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos de ver +y escuchar a vuesamerced.</p> + +<p>—Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.</p> + +<p>—Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como éste, +todo su lance con los moriscos, punto por punto.</p> + +<p>—Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me encienda la +calentura.</p> + +<p>A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observó, con +inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrería, que el +mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomándola +por fin en su mano, exclamó:</p> + +<p>—Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?</p> + +<p>—No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso +permitir que los demás me acabasen a cuchilladas.</p> + +<p>El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombro +de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le escuchara:</p> + +<p>—Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento y +esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.</p> + +<p>—Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción.</p> + +<p>—Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que la +lealtad sea por momentos amarga.</p> + +<p>—¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!</p> + +<p>—Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar cómo, +cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y presentes de los +conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la enseñarán como prueba.</p> + +<p>Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la mano +a la frente y, sin poder articular una sola palabra, una sola +exclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su aposento.</p> + +<p class="top5">De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya varias horas que don +Alonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón predilecto, frente a +don Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al mediodía para +retirarse después del toque de oraciones. Eso cuando él mismo no se +invitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida de <i>triunfo</i> con el +anciano. La intimidad acordábale fueros especiales, movíase como en su +propia casa, se chanceaba con los religiosos, sabíale el nombre a todos +los criados. Su situación era, sin duda, la más prominente. Su vieja +amistad con el Conde de Chinchón y su parentesco con el Marqués de +Velada era causa de que los menos informados le atribuyesen grande +influencia en la Corte, ilusión que él mismo alimentaba repitiendo a +menudo las dos o tres frases que Su Majestad le había dirigido en su +larga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiración +tan grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por aquel +espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos.</p> + +<p>Todos conocían su lealtad impecable y aquel su empeño de aguijonear +ambiciones: «¿Qué espera vuesamerced, señor Deán, para pretender la +mitra que tanto se merece?» «El peor enemigo de vuesa merced, señor +Alférez, es su propia modestia, que sé yo de muchos que, con la mitad de +los servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandan +ejércitos. Si vuesa merced no se enfada, en mi próximo viaje a la +corte...» y dejaba caer en el oído del soldado alguna deslumbradora +promesa.</p> + +<p>Movíase la conversación, casi siempre, en derredor de los temas que él +decantaba. Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una pregunta era +como abrir una compuerta de regadío. Su inundante palabra se derramaba +sin término sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada, +cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestros +célebres, de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor, +su discurso cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobre +el gobierno de la Monarquía, el disimulo cortesano hacíale adoptar un +lenguaje incoloro y mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas +salvedades acerca de la secreta razón de muchas resoluciones de los +príncipes.</p> + +<p>En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el Sol, +descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con la más clara +nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la política +del Rey.</p> + +<p>La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y sola. El discurso +flameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada y su ademán +eran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza no estaba segura +sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catástrofe; +pero el hidalgo demostraba importársele una higa de la delación y del +riesgo, perorando aún con más vivo coraje cuando se hallaban presentes +el señor Corregidor don Alonso de Cárcamo o el fraile dominico en quien +todos sospechaban un espía del Santo Oficio y del Monarca. Su reto +infanzón y feudal no bajaba la voz; y parecía volar, como un cartel +atado a una saeta, por encima de las murallas, hacia la Corte.</p> + +<p>Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes formaban como un fofo +plumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale siempre harto +holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabría +comenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse retintas, como dos +plumas de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada áspera, su gesto macho +y soberbioso. Adivinábasele, desde lejos, la cólera fácil. No era muy +docto; pero nunca faltaba en sus discursos uno que otro texto latino +sobre la decadencia de las repúblicas.</p> + +<p>El menosprecio que el Soberano hacía continuamente de la opinión de las +Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se imponían sin +consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las franquicias +rotas, los fueros moribundos: tales eran los tópicos predilectos de sus +arengas. El Gobierno se había convertido, según él, en un potro de +extraer caudales y estrangular alientos. España, que había sobrepujado +en valor a Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la péñola de +los privados y el balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo era +hambre, cohecho, terror. Ya era muerta la varonil altivez de donde +nacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy la hombría de bien +era desacato; el fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los honores y +mercedes que antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían los +caballeros, hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo +de ducados.</p> + +<p>—¿Es cosa derecha—preguntaba—que el Rey se haga de caudales vendiendo +hidalguías como trastos de almoneda o recargando a la nobleza de nuevos +tributos y haciéndola pechera y villana? Y todo ello para que Flandes +esté cada vez menos seguro; para que el francés, a quien ya le teníamos +del collar del jubón, vuelva a provocarnos, y el inglés degüelle, tale y +saquee, a su guisa, en nuestras costas. Fuimos los dueños de la riqueza, +y agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la +hambre, mucha orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta +pidiendo un mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando la +protesta unánime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos en +qué para aqueste menosprecio.</p> + +<p>Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces la +carraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a alguno de +los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don Enrique +Dávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale absorto y +vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión, acabando casi +siempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte, +como hechizado. El contagio de la rebelión se apoderaba de algunos +oyentes. Marcos López, cura de Santo Tomé, aseguraba que Santiago +Apóstol se le había aparecido una noche diciéndole que, si la nobleza +castellana no volvía por el respeto de sus fueros, España estaba +perdida. El médico Valdivieso y el licenciado Daza Zimbrón alentaban a +Bracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernán de Guillamas, +que había sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería con +patriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de los +dictámenes de todo el reino congregado.</p> + +<p>Los demás, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos e +inmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no faltaba quien +entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida, con tal +que evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo incendiario de +Bracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a modo de encendida +antorcha que golpeara a lo largo las añejas colgaduras.</p> + +<p>Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada, llegados recientemente +del Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos fabulosos, +segundones miserables enriquecidos de súbito por algún tesoro enterrado, +huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre enjabonaba +los dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no se +escurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos de +Castilla, habituados a imaginar ante el más escueto horizonte todos los +espejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los párpados para +soñar mejor en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a la +riqueza, sin la infamante paciencia del mercader, y veían pasar por su +imaginación tierras inverosímiles, en las cuales el pie topaba a cada +paso con venas de oro desnudo.</p> + +<p>Los que llegaban de Italia traían obsequios y misivas y daban las +últimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes, +como Antonio Dávila, <i>el verrugoso</i>, o Pedro Rengifo, el de la +cuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referían +innumerables heroísmos de los soldados de España.</p> + +<p>El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosa +armonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en sus botas +lodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón de Isabel +y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditaba +los presagios de decadencia; pero los más curábanse mayormente del color +de una pluma o del rumor de las propias espuelas.</p> + +<p>Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus rivalidades eran +disimuladas, pero profundas. Después de enredar, con escolástica +destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto y +ponzoñoso latín que agriaba la reunión.</p> + +<p>Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmósfera era densa y +candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso sahumerio de los +pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que desprendían +los religiosos. Las maderas de las ventanas cerrábanse de ordinario a +las tres de la tarde. El herraje de los braseros parecía atizarse +entonces en la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera de +servidumbre trayendo una aurora de luminaria, que resplandecía en la +palidez de los rostros, en la blancura de las lechuguillas, en el sayal +amarillento de los dominicos, haciendo chispear las veneras de las +Ordenes militares y los preciosos joyeles sobre los terciopelos y +brocados.</p> + +<p>Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La ambición o la penitencia, +ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes, desgrasaban las +carnes y labraban ictéricos surcos en los rostros. Rostros a la vez +altaneros y tristes, do el brío solía disimular terrores y la constante +aspiración hacia Dios iluminaba en lo alto las visionarias pupilas.</p> + + + +<h3><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h3> + + +<p>La turbia claridad que bajaba de las nubes alumbraba apenas el libro. +Ramiro leía por tercera vez el mismo pasaje de «La vanidad del mundo»:</p> + +<p>«Si fingiéramos que la tierra estuviese en el cielo estrellado y la +tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podría de acá abajo +divisar por su pequeñez. Y si en respecto del firmamento es la tierra +como un punto, ¿cuánto será menor puntillo respecto del cielo empíreo? +¿Pues qué dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses señor dél, sino +un angosto nido de hormigas, por los reales y anchos palacios del +cielo?»</p> + +<p>Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella traspasaron +luminosamente su espíritu. Señalando la página e inclinando su cuerpo +sobre el brazo del sillón, miró pensativamente hacia afuera, a través de +los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso nublado, +cuya cepa debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las +murallas. A pesar de tener cabe sí un brasero con lumbre, Ramiro sentía +colarse por las rendijas ese estremecimiento glacial de la atmósfera que +anuncia la nevasca. Las losas de la calle y los sillares de los palacios +tomaban tonos lívidos, ateridos. El viento ululaba.</p> + +<p>Era uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza y +doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo. ¡Cuán mágico +sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales +el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras indefinida +confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza +al caer una interjección uraña y reconfortante, y el ascua nos recibe +con su ardiente fascinación que amodorra las ansias y desapega de todos +los afanes del siglo.</p> + +<p>Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba ceñudo, el aire maligno +y poblado, quizá, de espíritus dañosos. Las lúgubres consejas, +escuchadas allá en la torre, siendo niño, volvían a la memoria del +mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna +chimenea, le inquietaba. Hubiérase dicho que un miedo mudo hacía +palidecer todas las cosas, la teja, la ventana cerrada, el árbol de los +patios. Algunos campesinos bajaban presurosos hacia la Puerta de Don +Antonio Vela, acuciando sus machos y borricos. Ramiro adivinaba en la +dirección del Sudeste, por detrás de las sierras, un agazapamiento de +vendaval, pronto a lanzarse sobre la dehesa, destechando cabañas, +reventando los trojes, descuajando los árboles.</p> + +<p>¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! Soñó en la paz de los +monasterios, en la ascética fruición de la celda durante los días y +noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los +coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la +cera, del incienso.</p> + +<p>El brutal desengaño que sufriera, días antes, al presentarse en la +reunión, habíale llenado el pecho de asco y rencor hacia los hombres.</p> + +<p>—¡Por cuestión de la paga!—repetía por momentos, recordando las +palabras del religioso.—¿De quién podía venir aquella especie si no de +su rival? ¿Debía también perdonarle con el heroico perdón de los santos?</p> + +<p>La frase de doña Guiomar: «Harta dicha será que no os desluzcan la +jornada mediante alguna calumnia», tomaba ahora en su mente acento de +profecía.</p> + +<p>¿Para qué afanarse, pues, en el siglo, si toda honra estaba a la merced +de cualquier lengua malvada? Y aunque así no fuera: ¿De qué valían las +glorias y loores del mundo, de este «nido de hormigas», como lo +apellidaba el inspirado religioso? ¿No era, acaso, todo ello castillo de +cañas para el fuego de la muerte? ¿Qué más valía el paso de un hombre +sobre la tierra?... Cualquier frágil baratija duraba más que su dueño. +Otros galanes habían de aderezarse quizá, el juvenil mostacho ante aquel +su espejo, cuando él no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de +Venecia pasaba de padres a hijos más vividora que las manos soberbias +que la alzaban en los festines. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer?</p> + +<p>El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas de su ánimo.</p> + +<p>Volvió a mirar hacia la calle.</p> + +<p>Una hora pasó. Era un domingo de fines de febrero. La esquila de la +Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de costumbre +iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos aforrados de +martas; otros a pie, embozados completamente en sus ferreruelos o en sus +capas de lluvia, y manteniendo apenas una abertura por donde escapaba el +aliento blanquecino. Los clérigos se arrebozaban con sus lobas; los +dominicos, en sus manteos; los franciscanos y carmelitas traían el +rostro cubierto bajo la puntiaguda capilla y los brazos cruzados por +dentro de las mangas. Ramiro vio llegar a Vargas Orozco con la nariz +amoratada por el frío; el paje caudatario le sostenía por detrás la cola +superflua. Creyó reconocer a don Pedro Valderrábano por las calzas de +velludo amarillo y sus pantuflos con pieles. Cuatro valentones +custodiaban la silla de don Enrique Dávila, tres de ellos con alabarda y +rodela, el otro con hermosa ballesta incrustada de marfil.</p> + +<p>Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abrió de nuevo «La vanidad +del mundo». En ese instante, después de anunciarse con el golpecito de +costumbre, entró Casilda en la habitación. Un estremecimiento inusitado +agitaba sus pestañas. Acercose al escritorio, removió la arquilla de +las obleas, requirió las torcidas del velón, estiró las holandas del +lecho. Palpábalo todo con gesto bobo y encogido, como si quisiera +comunicar o pedir alguna cosa y no se hallase con ánimo.</p> + +<p>—¿Buscas algo?—la preguntó el mancebo.</p> + +<p>—Nada, señor; sólo que mi padre me manda llamar y miro porque todo +quede bien aparejado para la noche.</p> + +<p>La idea de recompensar con alguna dádiva los cuidados que aquella +muchacha le había prodigado, durante tantos días de sufrimiento, le +asaltó a Ramiro por la primera vez. Díjola entonces:</p> + +<p>—Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo. ¿Ves una escarcela +verde? Bien, tráela.</p> + +<p>Cogió tres ducados y alargóselos, exclamando:</p> + +<p>—Toma para alfileres, Casilda.</p> + +<p>Ella, al sentir en la palma de la mano el frío de las monedas, dejolas +caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un reptil. El +rostro se le enrojeció de vergüenza, y su pecho, henchido por la +emoción, dejó escapar un suspiro. Luego sonrió tristemente, diciendo:</p> + +<p>—¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?... ¡No, no, por Dios!</p> + +<p>—¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte, acaso, un obsequio?</p> + +<p>—No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro interés. Deseo decir +a vuestra merced—agregó vacilando un instante y bajando la voz—algo +que sucede en esta casa.</p> + +<p>—Sí, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la dueña... Me +lo dirás otra vez.</p> + +<p>—Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un negocio... ¿cómo +decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que la +justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se puede +seguir a vuestra merced.</p> + +<p>—Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede?</p> + +<p>Casilda tembló como sacudida por aquel acento imperioso, y luego repuso:</p> + +<p>—Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que aquí vienen, acabada +la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de aquella +en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen palabras contra +el Rey y hablan de levantar bandera.</p> + +<p>—¿Por quién sabes todo eso?</p> + +<p>—Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo pasado, ya de +noche.</p> + +<p>—Dilo todo, date prisa.</p> + +<p>—Al entrar oí unas voces que parecían salir de una alacena; pero, como +yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era. Vacía lo estaba; +pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra y eran en +la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A mi +ver, deben ser muchos señores, y entre ellos está el señor cura de Santo +Tomé, con su catarro, y el señor de Bracamonte, con su voz tan áspera, y +el de...</p> + +<p>Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galería cortó su +narración.</p> + +<p>—¿Quién?—demandó Ramiro.</p> + +<p>—Yo soy—respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo la hoja y +penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a Casilda, +aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó:</p> + +<p>—¿Os lo ha referido?</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—Lo que acontece en esta casa.</p> + +<p>—¿A qué quiere aludir vuesa merced?</p> + +<p>—A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo, +conducidos por el maestresala.</p> + +<p>En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las cuadras vecinas:</p> + +<p>—¡A la enorme felonía—gritó—de esos malos caballeros!</p> + +<p>—Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden oílle—interrumpió +Ramiro, agregando:—De suerte que vuesa merced lo sabe también por...</p> + +<p>—Por esta rapaza—contestó el Canónigo señalando a Casilda.</p> + +<p>El diálogo se desarrolló vivamente y quedó convenido que, antes de que +terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse de la verdad, +escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el +mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando +que a él le parecía más derecho requerir con franqueza a don Enrique +Dávila o al mismo Bracamonte; pero el Canónigo le hizo pensar en la +necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse al peligro de que +su llaga se reabriese en el tráfago de las escaleras, le dijo:</p> + +<p>—Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que os hicisteis herir, +una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa.</p> + +<p>Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido número +de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano, hidalgo viejo +y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y +mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie, +junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina. +Ramiro, después de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a +un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra.</p> + +<p>Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba en su +mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un +criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada frecuencia. +Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo, +forrada de pieles.</p> + +<p>Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca. Cuando +quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de +locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única pasión +que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era +barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.</p> + +<p>Ramiro no escuchó sino el final de su discurso:</p> + +<p>—Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las +provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al +Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de +París e decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la persona +que ha de sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque exponiendo a +Flandes, hubiéramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a +aquella monarquía de la pestilencia luterana.</p> + +<p>—¡Qué brava guisa de guerrear!—dijo don Pedro Valderrábano, con tono +amistoso y burlesco.—En un quítame allá esas pajas desbarata vuesa +merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre una +poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don Enrique, +que no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el +brasero.</p> + +<p>El regidor Gaspar González Heredia, queriendo amortiguar el picante de +aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don Enrique:</p> + +<p>—Quizá el ejército del Duque no era suficiente para tamaña empresa, y +hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho ardid y coraje, que +pelea a la cabeza de sus soldados.</p> + +<p>—Con eso—le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que alardeaba de +táctico—no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues el +jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés, ya que ha de +dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que +si él mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como +aconteció a los persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey +Darío, y en España muerto el rey don Rodrigo, y en Hungría, en nuestros +tiempos, muerto el rey Ludovico, en la batalla que dio temerariamente a +los turcos.</p> + +<p>Prodújose un rumor de admiración.</p> + +<p>—¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas cartas de +Francia?—preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la Compañía +de Jesús.</p> + +<p>—Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo una ha logrado +llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del Bearnés +sobre París, en diciembre pasado.</p> + +<p>—Sepamos, sepamos.</p> + +<p>—Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la media noche, cuando +todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se echa de ver la +mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta Papal, donde +se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra Compañía. Al asomar +los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de +alarma. Los vecinos despiertan, tócase a rebato, y el hereje se retira +desengañado.</p> + +<p>—Grande gloria para vuestra religión—dijo alguno.</p> + +<p>—Un venturoso accidente en verdad—respondió el padre Rodríguez.</p> + +<p>Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del Convento de +Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con aparente +mansedumbre:</p> + +<p>—Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.</p> + +<p>—¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián?</p> + +<p>—<i>Anseres Capitolini</i>, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá +que os falta añejo abolengo.</p> + +<p>Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero +nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del padre +Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se perdieron +en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una +predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la +Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con +el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de doña María Vela, +monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de santo. Su palidez +cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus +grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.</p> + +<p>—Son tan grandes—decía—las mercedes que Dios la hace y tan apegadas +sus razones al amor divino, que no cabe dudar.</p> + +<p>—De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa merced, +señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos +inclinado a creellas.</p> + +<p>—Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la madre +Teresa de Jesús.</p> + +<p>—En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qué para esta monja, +que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y revelaciones; no +tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que así conviene para +mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a entender ser +posible en ellas la perfección evangélica.</p> + +<p>—Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta experiencia tengo de +su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de Satanás.</p> + +<p>—Me dicen que fue vuesa merced—preguntó el licenciado Zimbrón, +dirigiéndose al capellán—quien aconsejó administralla el santo Viático +para hacella aflojar las mandíbulas.</p> + +<p>—No, no; fue el padre Julián, el padre Julián.</p> + +<p>—¿Vuesa merced presenció el milagro?</p> + +<p>—Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía abierta su boca +hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una lámpara. Más de +nueve días pasó con los dientes tan apretados, que el hombre más fuerte +no hubiera logrado separárselos y sin que fuera posible hacella pasar +una gota de caldo.</p> + +<p>La conversación recayó, como de costumbre, en la crónica de los +asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella ciudad.</p> + +<p>Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una voz que le denunciaba +las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o cual religiosa. +En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de súbito +arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al leer una +anotación de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de San Gregorio. +Sor Angela de la Encarnación era estrujada y abofetea la por Satanás a +la vista de todas sus compañeras, y, últimamente, arrojada por él, desde +lo alto de una galería al jardincillo del convento, no recibió daño +alguno. Además, todos los lunes, que es el día que corresponde a la +Oración en el Huerto, sudaba a imitación de Nuestro Señor, tanta sangre +de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres túnicas al día.</p> + +<p>Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extraño y los +semblantes más recios se ablandaban y palidecían como oreados por un +soplo divinal.</p> + +<p>La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía haberse levantado hasta +una región convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre el vuelo +cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como los perfumados +carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la penitencia, +atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba en +todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave inverosímil y +familiar. Se hablaba de él con regocijo, pero sin espanto.</p> + +<p>El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante, la garduña de almas, +la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los diálogos. Muchos de +los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían parlado y +chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y de San José; +otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas +y a los olores y poniendo motes a los galanes. Referíanse con el mismo +entusiasmo sus prodigios que sus gracejos, y todos se complacían en +hablar llanamente de un ser que los ojos del alma veían ahora en la +gloria del Paraíso.</p> + +<p>—Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su +cuerpo—dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de una +graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.</p> + +<p>—Esa trapacería se la debemos al Duque de Alba—replicó el señor de +Navamorcuende.</p> + +<p>Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron aquellas palabras de +don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a Ramiro que, no +hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el cuerpo +milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de +una noche de tempestad, habíase dirigido al sepulcro de la madre Teresa, +y descubriendo el cadáver, abriole el pecho con un filoso cuchillo, +metió la mano por la herida y arrancó el corazón. Luego, aquella +sobrehumana mujer, poniendo la reliquia entre dos platos de roble, se lo +llevó consigo a la celda. Al siguiente día, el inconfundible perfume que +embalsamaba los claustros, denunció el sublime sacrilegio.</p> + +<p>Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y el aire denso de la +sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintiéndose penetrar +hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban aquellos últimos +relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la primera mención de +los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas +decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus +caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeñecidos +ante la sublimidad de la gloria penitente.</p> + +<p>Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía susurrar en el fondo de su +conciencia, le habló de esta manera:</p> + +<p>Abandona la brega de los hombres. No hay vida más heroica, más fuerte, +vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero del vano +ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor. Ese acrecienta +como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo día, asedia o se +defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra +grandiosos combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos +ignorados y maravillosos. Sólo aquél tiende su vuelo por los espacios de +la eternidad, logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la +vanidad, la brevedad y el terreno dolor.</p> + +<p>Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba resuelto. Bajando los +párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su futura +santidad.</p> + +<p class="top5">Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo retemblar +las vidrieras, desgarró su visión.</p> + +<p>—¿Qué es esto?—exclamaron algunos.</p> + +<p>Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie, +abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar +cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro +pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de +Bracamonte. Nueva exclamación estalló:</p> + +<p>—¡Viva don Diego!</p> + +<p>Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y +solemne.</p> + +<p>—Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de +Bracamonte—exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el +concurso.</p> + +<p>—Parece—dijo Valderrábano,—que de algunos días a esta parte, apenas +le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando +todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan.</p> + +<p>—Quiera Dios no le empujen a alguna demasía—agregó con lenta +modulación el Canónigo lectoral.</p> + +<p>Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras otras +escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dávila +respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa haciendo saltar +entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.</p> + +<p>—Don Enrique: «Las barajas excusallas»—dijo entonces el Lectoral.</p> + +<p>—Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»—replicole el señor de +Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su +familia.</p> + +<p>Minutos después entraba Bracamonte.</p> + +<p>—¿Qué nueva?—preguntole don Enrique, dejando el asiento.</p> + +<p>A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada +de nieve, Bracamonte repuso:</p> + +<p>—Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio +Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.</p> + +<p>Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor +numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió:</p> + +<p>—¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición? +Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla.</p> + +<p>Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar:</p> + +<p>—Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de la +tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón, que +tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no osarán +luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la +olla!</p> + +<p>Ramiro sintió que le apretaban el brazo.</p> + +<p>—Salgamos, que es tiempo—murmurole al oído el Lectoral.</p> + +<p>Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.</p> + +<p class="top5">Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidos +por Casilda, ya era de noche.</p> + +<p>—Cae nieve—dijo la muchacha mirando hacia el patio.</p> + +<p>Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de espera, +comenzó a escucharse, a través de las tablas de la alhacena, cavada a +medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban penetrando +en la estancia vecina. No había rendija alguna por donde se pudiese +atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente a los +congregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.</p> + +<p>—Las nuevas cartas—dijo Bracamonte—son del Barón de Bárboles, de +Miguel de Gurrea y del señor de Purroy.</p> + +<p>Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y la +agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor de +Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses los +amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda, hermanos +de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos +por sus padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.»</p> + +<p>—Sí; la república se pierde—agregó con brusquedad Bracamonte, +comunicando a su voz una resonancia imprudente.—¿Y, por ventura, +debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus más claros +varones, es hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo buscan por +todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la pública, +sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir a la más antigua +nobleza del reino, no dejándola, como sabemos, regentar los negocios, e +inventando contra ella, cada día, nuevos pechos y humillaciones? Si el +puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado, agora, en +acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos? ¡Ea!: +mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de +nuestros mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si +es preciso, la vida en la demanda, antes que la honra. Aragón sólo +espera nuestra señal para arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve, +Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a la zaga, apenas nosotros +marchemos.</p> + +<p>Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de Bracamonte. +Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz resonó, adusta, +inconfundible.</p> + +<p>—Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha +destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda queda +puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide, +hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi diestra disparar un +venablo.</p> + +<p>Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a otro en +la obscuridad.</p> + +<p>—¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!—exclamó el Lectoral asiendo del brazo a su +discípulo.</p> + +<p>—¡Sí; él es!—dijo, tan sólo, el mancebo.</p> + +<p>Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas.</p> + +<p>—Es un tirano—dijo alguien claramente.</p> + +<p>—Su confesor—agregó el cura de Santo Tomé—ha de arder en el infierno, +porque le absuelve.</p> + +<p>Otros exclamaron:</p> + +<p>—Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.</p> + +<p>—Es harto tarde.</p> + +<p>—Que se lea, y partiremos.</p> + +<p>Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila leyó el +histórico pasquín.</p> + +<p>«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos respetos +ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es sólo la +nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede no da lugar +a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te agradecen tus +servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago +de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera! +¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia +que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es +tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasión a que +aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan +de atrás conservada y por las leyes de estos reinos defendida.»</p> + +<p>El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender al +lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.</p> + +<p>—Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique—exclamaron algunos.</p> + +<p>—Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los +portales del Mercado.</p> + +<p>—Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que, llegado +el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el +sitio que convenga.</p> + +<p>Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.</p> + + + +<h3><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h3> + + +<p>Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su +discípulo, exclamó con profético vozarrón:—Todo esto habrá de concluir +sobre un cadalso.</p> + +<p>Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezada +ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecía +bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio, repuso:</p> + +<p>—Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los +honrados. Yo he de mostrar—agregó, levantando el rostro hacia la lumbre +y golpeando con el puño sobre la mesa—que aún quedan en la nobleza +castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.</p> + +<p>—Por el hábito que tengo—replicó el Canónigo,—si estoy por decir que +ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os van +a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandio +y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino +vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno +en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso +pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo, +con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro, +concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o +iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y +así figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó +semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.</p> + +<p>—¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de +nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó la +vida por ellos.</p> + +<p>—Malaventurado yo—replicó el Lectoral—si he de cosechar esa espiga. +¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de +tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?</p> + +<p>Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro +sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán vasto +y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:</p> + +<p>—¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis de +la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que la +república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación más +temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la +tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio +de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange +macedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas +españolas tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose +jamás un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como +Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un +trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de David con la +sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de +Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente +por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España! +¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este +príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos +que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos +una hilacha tan sólo del capotillo?...</p> + +<p>Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba +atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella catilinaria +que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos +Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio.</p> + +<p>Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se +hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en +la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de costumbre. +Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al +suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así +como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino +de Salamanca.</p> + +<p>—A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el empellón +que ha menester—agregó con inusitada sonrisa, al retirarse.</p> + +<p>Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas +impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente y, +acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve, +resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de +encantamiento.</p> + +<p>Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas.</p> + +<p>Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo +tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó +suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.</p> + +<p>Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía las techumbres y las +almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo, en claras +armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando de Dios, +entre la innumerable blancura de los serafines!</p> + +<p>—¿Sabéis lo que pienso, Ramiro?—exclamó de pronto el Canónigo, con +todo el busto hundido en la obscuridad;—pienso que vuestra virtuosa +madre acaba de hablaros por boca de ángel, como se dice, y que agora +más que nunca, en presencia del riesgo propincuo que corren a la vez +vuestra alma y vuestra honra, os debéis echar sin tardanza en brazos de +la Santa Iglesia. Ella sólo puede asosegaros esos bullentes borbotones +del cerebro y salvaros de caer en la pasión del orgullo, en esa +peligrosa y aborrecible pasión que nos convierte en un fruto mollar para +el Demonio. Dios queriendo, hijo mío, yo seré muy pronto promovido a +Obispo de Cartagena o de Orense, como lo asegura don Alonso. Lejos de la +mentecatez y la envidia, no tardará mi nombre en correr por toda España. +Mi saber saldrá de la cueva cabildera cual generoso vino olvidado, y +encenderá, por doquier, el espíritu de los hombres. Se me pedirá a cada +ocasión mi dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabará por decir: +«Esto piensa su señoría, Lorenzo Vargas Orozco, y no habrá más que +agregar.» Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos será +llamaros a mi lado; y allí dará principio la verdadera ocasión que el +Cielo os depara. Al fin lo comprendo. ¡Por ahí, por ahí! ¡Dios lo +quiere!</p> + +<p>Ramiro meditó. Sentado ahora en la silla, junto a la ventana, miraba +hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil. Por último, +inclinándose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono pausado y +casi doliente, repuso:</p> + +<p>—A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere, como dice vuesa +merced, y me lo expresa arrancándome allá del abrazo de la muerte, +mostrándome aquí las bajezas del mundo y la vanidad de todas las glorias +humanas, o hablándome con el ruego de mi madre, como acaba de hacello. +Clamo, entonces, con todas mis potencias, hacia su Divina Majestad, +demandándola una de esas mercedes que hace diariamente a algunas almas y +que manifiestan de un golpe su predilección; pero, nada, nada me +responde, e todo mi ser desengañado tiene que replegar de nuevo su +ardimiento, en la hondura, en la tiniebla. Yo quisiera—agregó en voz +bien alta, tendiendo ambos brazos hacia la verdosa claridad, en la cual +sus manos resplandecieron de modo perturbador,—yo quisiera subir de un +solo ímpetu a una de las moradas de arrobamiento que describe la Madre +Teresa de Jesús; gozar, aunque fuera un instante, de ese deliquio, de +ese éxtasis, en que ella caía de continuo; llegar a Dios, en fin, de un +solo y soberano vuelo del alma, y anegarme, abismarme en su +contemplación.</p> + +<p>Hizo una breve pausa y prosiguió:</p> + +<p>—O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente, mediante el cual el +Señor me significase su complacencia: desprenderme del suelo durante la +plegaria, ver señalarse en mi cuerpo una llaga de la Pasión, escuchar +una palabra de una de esas imágenes de Nuestra Señora que tantos +milagros han obrado en esta ciudad con toscos villanos y campesinos; o +recibir, en fin, de lo alto, alguna locución que yo debiese, a mi vez, +transmitir a los hombres. ¡Pero hasta agora nada! Mi cuerpo semeja un +costal lleno de cantos, mis manos siguen tan mondas como siempre, y el +cielo mudo y cerrado para mí. Cuanto a las imágenes de Nuestra Señora de +las Vacas e de la Soterraña, a fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e +oscilan, como entre el humo de un cirio; pero hablarme, eso nunca; ¡y +qué negrura en la mente, qué sequedad, qué apretamiento acá en el +corazón! ¡ah!...</p> + +<p>Llevose las manos al pecho.</p> + +<p>—¡En qué peligro estáis, hijo mío! Agora hecho de ver, y en quien menos +lo deseara, el daño que pueden hacer en las almas de corta experiencia y +estudio, los escritos milagreros, quitándoles toda humildad e +despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales, con gran regocijo +del Demonio. La tal Teresa y todos cuantos escribieron o escriben sobre +mística, en lengua vulgar, van haciendo harto mal por España, incitando +al desprecio del duro camino escolástico y engolosinando a los incautos +con visiones y revelaciones, coloquios y éxtasis, y todos los sueños que +engendra la beodez contemplativa. Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que +el humo de la antorcha viva de la verdad, e los que buscan sólo ese humo +pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo escudriñar los secretos +de la Escritura y de la ardua enseñanza escolástica, esperan que Dios se +los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con El, cara a cara, como +si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un paso estáis, Ramiro, de las +peores herejías que apestan a España, e mucho me temo que, llevado por +esa gula espiritual, os hundáis, sin sabello, en la locura de los +begardos, o alguien os denuncie al Santo Oficio de alumbrado o de +quietista.</p> + +<p>—Yo no hago sino anhelar para mí lo que encarece en sus escritos la +madre Teresa de Jesús, a quien todos tienen por santa—exclamó +nerviosamente el mancebo.</p> + +<p>—¿Y por ventura—replicó a su vez el Canónigo—no han sido bastante +aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena de la Cruz y +de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido recelo acerca de +toda revelación mujeril? ¡Ah, hijas de Eva!—exclamó esta vez, +removiendo los brazos en la sombra con un ademán que Ramiro no alcanzó a +distinguir.</p> + +<p>Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algún odioso +pensamiento, prosiguió:</p> + +<p>—Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era +lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como vemos en +Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: <i>Væ, filii +desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui +ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis</i>. Y +vemos en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios continuamente, +y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les respondía, hablaba +con ellos y no se enojaba, porque aún no estaba asentada la fe. Pero, +agora, bajo la ley nueva, todo está consumado y la fe fundamentada <i>per +sæcula, sæculorum</i>; y no hay para qué preguntar a Dios como antes, +porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es su más soberana +palabra, nos lo habló todo junto, de una vez, y no tiene más que +hablar. De aquí, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le pide +revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hiciérades, pues, +en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Tomás, +que éste es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino +áspero, pero seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora +luz; lo otro, el humo irritante que perturba la visión y el cerebro.</p> + +<p>La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo quedaba +la pura emanación de la mente; y las ideas parecían brillar con más +fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.</p> + + + +<h3><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h3> + + +<p>Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de la +una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al +azar el <i>Cordial</i>, el <i>Arte de bien morir</i>, el <i>Contemptus Mundi</i>. La +vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No se escuchaba en +la estancia otro rumor que el de las páginas en el silencio. De pronto, +una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia afuera. +La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo del +lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul +de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas +de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la +dueña, caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo.</p> + +<p>La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velo +descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeaba +tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de la +mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La blancura de aquel +rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y era, en +verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y +moribunda.</p> + +<p>Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendo +florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuando +iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella máscara +triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los +vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando +vaivén de la silla, desapareció con su gente.</p> + +<p>Ramiro arrojó el <i>Arte de bien morir</i> sobre una mesa cubierta de libros.</p> + +<p>A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose +perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir.</p> + +<p class="top5">Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la +lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de +nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle a +menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica. +Cierto día le dijo:</p> + +<p>—La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros a +testificar.</p> + +<p>Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la +calle, exclamó:</p> + +<p>—Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es algún +maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van diciendo algunos +que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años, y que, si +esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en matrimonio. +Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la +Iglesia.</p> + +<p>Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y cuyos +gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:</p> + +<p>—Agora llega la estación libidinosa.</p> + +<p>Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un +círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al +menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la +influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la +gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de +marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una docena de veces, +<i>ex carpo manus</i>; pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia +de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasión; luego no +había más que pedir».</p> + +<p>La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa del +año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas +como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de +los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro +vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo +de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las +armas de su linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos +le precedían. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla +salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por +un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió +impulsos de salir al balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete, +rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.</p> + + + +<h3><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h3> + + +<p>No bien despabilada todavía, la guedeja en desorden, los ojos medrosos +de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro, Beatriz, sentada al +borde del lecho, dejábase vestir por sus esclavas y doncellas.</p> + +<p>Era el sábado santo y faltaba menos de una hora para la misa de Gloria +en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve campanadas.</p> + +<p>Costábale mucho levantarse tan temprano. La caricia matinal de las +holandas la amortecía la voluntad, haciéndola soñar en goces +indefinidos.</p> + +<p>Las parlerías de doña Alvarez, y además las desnudas estatuas de metal y +de mármol, traídas de Italia por don Alonso, habían disipado desde +temprano su inocencia.</p> + +<p>Leocadia, su criada favorita, después de restregarla y besarla los pies +repetidas veces, estirábala ahora, sobre las piernas, las ceñidas medias +color de bronce, cuya seda reflejó, sobre la escultural perfección, +firme trazo de luz. Luego, habiéndola calzado las rojas chinelas +perfumadas con ámbar, levantó delicadamente la camisa de noche y diola +un beso en la carne. La niña la contuvo con ambas manos, exhalando +melindrosa quejumbre.</p> + +<p>La misma doncella sacó después de un arcón otra camisa con puntas y vino +a ofrecérsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz, cogiendo y +desplegando aquella prenda olorosa y encintada, cerró, tras sí, los +damascos amarillos que pendían del sobrecielo. Sus piernas, más fuertes +que el resto de su persona, quedaron asomando por la abertura. Preciosos +rapacejos de diamantes exornaban las ligas.</p> + +<p>Tibio perfume, que no venía de ningún pomo de olor, ni arquilla de +esencias, sino del lecho entreabierto y de las ropas de la víspera, +abandonadas sobre los taburetes, sahumaba el ambiente de la alcoba.</p> + +<p>Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el aguamanil, la +jofaina. Otra, el patético albayalde para la tez y el sanguinolento bote +para amapolar levemente las mejillas. Beatriz dejose apenas lavar. El +frío del agua la hacía golpear en el suelo con el chapín. La criada la +pasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo de un céfiro, +el paño humedecido. En cambio, ella aceptaba con delicia los perfumes. +¿Para qué más? ¿Acaso el ámbar, el agua de ángel, la algalia, no dejaban +el cuerpo oloroso cual mazo de flores?</p> + +<p>Dos esclavas de Italia la servían de rodillas. La más joven sabía +alargar los ojos con el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba aretes +enormes y un turbante verde con listas gualdas y purpurinas. Era +lánguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso la había +comprado a un capitán de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de la +Corte, era ella quien le llevaba al lecho, todas las noches, el +cocimiento aromatizado para dormir.</p> + +<p>Beatriz pidió su libro de devoción, para meditar, a su modo, el Misterio +del día, mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya negrura imitaba +a trechos la morada vislumbre del palisandro.</p> + +<p>Una cascada de sol, traspasando los vidrios, entraba de sesgo en la +estancia. El don rutilante y divino chispeaba en los objetos de plata, +en el nácar y el metal de las incrustaciones, en el galón de las +colgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia de oro de la +mitología. Afuera, el resplandor matinal iluminaba las cornisas más +altas; y el cielo, sin una nube, iba disipando su niebla.</p> + +<p>Habíanla alcanzado el devocionario entreabierto. La miniatura +representaba a Nuestro Señor subiendo en los aires, con blanco +estandarte en la diestra, mientras los guardas caían despavoridos en +torno del sepulcro. Leyó con infantil dificultad la epístola de San +Pablo a los colosios, siguiendo la línea con el índice. Luego la +narración de San Mateo: María Magdalena y la otra María camino del +sepulcro, la piedra removida, las resplandecientes palabras del ángel +anunciando la Resurrección.</p> + +<p>La imagen de aquel milagro de los milagros la conmovió profundamente. Un +júbilo indecible la inundaba al imaginar a Jesús en su glorioso vuelo, +después de las angustias del Calvario. Había que reír, que cantar; había +que vestir las telas más ricas y escoger las joyas mejores. ¡Jesús había +resucitado! Tomó en la mano el espejo y ensayó ante el cristal +prolongada sonrisa, enseñando los dientes.</p> + +<p>Por fin, vestida de amarillento brocado que los toques de plata y las +rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el cabello rizado con +primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo, levantada por el +corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa, aliñada, +abullonada, crujiente, comenzó a pasearse por la habitación, mirando, +por encima de su hombro, las cenefas de la nacarada basquiña y la pompa +del faldellín. Sus orejas diminutas balanceaban las arracadas de +diamantes de una abuela.</p> + +<p>Las criadas la seguían como a una paloma que se escurre. Una buscaba +ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el cinturón de tela de +oro recamado de aljófar. Leocadia, tomando un gran buche de agua de +olor, afinó entre sus dientes un chorro continuo, y, girando en torno, +rociolo con maestría, desde el ruedo de la saya hasta la almidonada +gorguera.</p> + +<p>Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos esperaban en el +recibimiento.</p> + +<p>—Llamen a Alvarez—exclamó Beatriz.</p> + +<p>Un instante después llegaba la dueña con mucho rumor de cuentas y +gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doña Alvarez, mirando a +la niña al través de sus anteojos, prorrumpió:</p> + +<p>—¡Infantica preciosa! ¡estrella de Belén! ¡Alabado sea Dios, que os +hizo bella y salada como una perla del mar!</p> + +<p>Beatriz, mirándose en el espejo, afectaba, entretanto, los más diversos +visajes. Ora entornaba los párpados con desmayadizo temblor, como si +respirara un perfume doloroso; ora los abría desmesuradamente; y +resumiendo, a la vez, su boca de carmín, parecía ofrecerla a un galán +imaginario, como confitada fresa, como incitante golosina purpúrea.</p> + +<p>La dueña la preguntó casi al oído:</p> + +<p>—¿Pasó por esta calle?</p> + +<p>—¿De quién decís?—repuso la niña.</p> + +<p>—De Gonzalo.</p> + +<p>—¿Lo sé yo acaso?</p> + +<p>—Sí que debió. Vile entrar muchas veces en la iglesia. Os buscaba como +sabueso que va oliendo las hierbas.</p> + +<p>—¡Bah!</p> + +<p>—Harto galán le veréis, que es regalo de los ojos con su traje color de +acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y ¡válame Dios! ¡qué plumas +tan bizarras! Todas las niñas volvían la cabeza para miralle. ¿Qué será +cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecéis uno y otro nacidos +bajo la mesma constelación. ¡Lucida pareja! El será el nácar y vos la +perla, señora mía!</p> + +<p>—¿A qué iglesia fuiste?</p> + +<p>—A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo me hice dar, por un +canónigo amigo, del incienso y del estoraque. ¡Donosa fiesta! El templo +güele mejor que un vergel. Démonos prisa, que llegaremos tarde.</p> + +<p>Tomándola el cristal, echola encima un manto y trájola con presteza la +estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra manita, +remedando el empaque de las señoras.</p> + +<p>Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose contra el respaldo de +la silla para contrarrestar el vaivén, y, al lento paso de los +silleteros, cruzó entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una imagen, +la boca pía, los ojos recoletos.</p> + +<p>Un lacayo llevaba por delante la almohada postratoria con el escudo de +los Blázquez ricamente bordado.</p> + + + +<h3><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h3> + + +<p>Avila resplandecía en el oro húmedo y blanquecino de la mañana, como una +pequeña Jerusalén. La religiosa emoción la henchía, la perfumaba. Las +flores de los árboles, asomando por encima de las tapias, pendían sobre +las callejuelas. Impaciente alegría parecía bajar de las campanas +silenciosas y difundirse sobre todo el caserío. Beatriz aspiró aquella +flotante sublimidad, presintiendo algo misterioso y cercano que iba a +conmover su existencia.</p> + +<p>El villanaje circulaba con pena por las calles, y la niña miraba con +asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de requesón, y hacían +crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos semblantes +traslucían el asombro del hecho remotísimo que la Iglesia festejaba, y +las pupilas iban como pujadas hacia afuera con estupor semejante al de +San Juan y San Pedro camino del sepulcro.</p> + +<p>Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el escudero tuvo que hacer +apartar a los rústicos para dar paso a la silla. A más de las cabañas y +caseríos de los contornos, muchos pueblos comarcanos habían volcado +buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que apenas si +bastaba para los vecinos. Los más diversos ropajes ardían bajo la mágica +luz, en movedizo apiñamiento multicolor. Veíanse sayas rojas o verdes +como los pimientos, color de almagre como las calabazas, moradas como +las berenjenas, capas y coletos pardos como la piel de los tubérculos, +negras ropas de ancianos que iban tomando la torcida color de las +alubias, vistosos dengues y pañolones donde parecía haberse reventado +toda la hortaliza. No faltaban las zagalas de égloga, en trenzas y en +corpiño, zagalas de Sotalvo, de Tornadizos, de Fontiveros, lavanderas o +pastoras, que no habían logrado quitarse el olor de las lejías o el tufo +de los chotos y cervatillos. Hombres secos y taciturnos, de afeitada +boca monástica y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los señores, +apoyados en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las +mujeres hablaban alegremente. Las más acaudaladas traían mandiles de +relumbrón, y casi todas, collares de coral, pendientes mudéjares y +plateadas cruces y medallas que semejaban ex-votos de camarín. Buena +parte de aquella gente había dejado sus lejanas chozas o alquerías antes +del amanecer, a la luz de las estrellas.</p> + +<p>—¡Atrás os digo!—gritaba allí un corchete ebrio de poder, empujando +malamente a los rústicos, a fin de conservar el humano callejón por +donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros.</p> + +<p>—¿Quiere el seor alguacil que le hurguemos las patas a esa señora +mula?—le replicaba una moza de la ciudad.</p> + +<p>—Atrás os digo, y van dos.</p> + +<p>—¡Pus quite esos dedos!</p> + +<p>—Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado.</p> + +<p>Los buhoneros aprovechaban para vender.</p> + +<p>—Señora hermosa, por un real se lleva este rosario.</p> + +<p>—Darete, a lo más, un cuarto.</p> + +<p>—¿Trasero o delantero?</p> + +<p>—¡Oste con el bellaco!</p> + +<p class="top5">El templo estaba henchido de muchedumbre y todo jaspeado en lo alto de +sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban de las vidrieras +colorían de tintes espectrales la piedra y el alabastro, esmaltaban el +oro de los púlpitos, pavonaban el obscuro nogal. Beatriz fue a +arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la capilla mayor. Los +dignatarios, resplandecientes de joyas y de veneras, ocupaban los +escaños del centro.</p> + +<p>El canto de las letanías seguía resonando bajo las bóvedas, potente, +monótono, sublime. Por fin los diáconos aparecen recubiertos de blancas +vestiduras.</p> + +<p>Principiada la misa, Beatriz advirtió que Gonzalo de San Vicente, +vestido como dijera la dueña, se arrodillaba sobre el guante, hacia la +nave opuesta, observándola de hito en hito al santiguarse. Ella +correspondió con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspiró +profundamente volviendo los ojos al libro.</p> + +<p>Su Señoría don Jerónimo Manrique de Lara ofertaba el incienso con sus +manos huesosas y pálidas. El humazo litúrgico llenó en un instante, cual +milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al preste y a los +diáconos, amortiguando los oros, y cubriendo con asoleado velo de +perfume las pinturas del retablo.</p> + +<p>De pronto, la voz del pontífice entona las primeras palabras del +<i>Gloria</i>, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese túmulo de +silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la mañana del jueves, +descuélganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el +alarido de las chirimías, el turbión resoplante del órgano y, allá +arriba, allá afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el +acelerado repique de todas las campanas, frenéticas, locas, delirantes, +cantando y echando a los vientos el regocijo sublime y milenario de la +Resurrección.</p> + +<p>En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha, +contra una columna del crucero, el fantasma... ¡la persona misma de +Ramiro!</p> + +<p>El órgano y los bronces seguían resonando. Un vendaval de religiosa +alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se +sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la resurrección +del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo rostro figurósele, al +pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasión.</p> + +<p>Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro comenzó a retirarse, +lentamente.</p> + +<p>Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra el +muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de su +linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas las +puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a +una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a +Beatriz.</p> + +<p>—¡Es fuerza vencer aquí mesmo!—se dijo. Y, empujado por irresistible +movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta +suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó a +ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez, +brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto +imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella +vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su +temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.</p> + +<p>Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo +tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y +levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba +del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra.</p> + +<p>Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada +plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y +torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para +los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida +un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios +sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol +embriagador, sintió en su frente el beso o la mordedura de invisible +quimera.</p> + +<p>Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales +desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El +se sentía también renacer con las flores y los follajes.</p> + +<p>Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de +cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la +noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurrección +y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la +mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo, +parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada +frescura que bajara de las estrellas.</p> + +<p>Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió en +el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba +reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.</p> + +<p>Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y, habiéndole +oído quejarse, se atrevió a decirle:</p> + +<p>—Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli. Vino +la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé de la flota, +y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un caño de arcabuz +bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme.</p> + +<p>Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente barrote +aplicado a la herida le dejó curado para siempre.</p> + + + +<h3><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII</h3> + + +<p>Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas +interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El +entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad, +sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la +acción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.</p> + +<p>Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante de +fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad ingresar a +la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto, +lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a una altura +inaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo +contrario sería perderse para esta vida y para la otra, pues el Señor no +perdonaba semejantes perjurios.</p> + +<p>Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno susurraba que +aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era hombre capaz +de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar en +el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la voluptuosidad y +del orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura: «Tiempo habrá de +vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el mal +de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de +las espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime +reverso realizado en los claustros.»</p> + +<p>Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo la +elocuencia acomodaticia del Tentador.</p> + +<p>En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo que +él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su rival y mostrádole +que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su desposada. +¿A qué más?</p> + +<p class="top5">Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el +camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como de +costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en todo el +mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba, allá abajo, un +aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alcázar dobló +hacia la izquierda, y siguió caminando sin detenerse.</p> + +<p>Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de la +tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual cobrizo +relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se +revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para +contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese +instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.</p> + +<p>Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuos +remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una calma +de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada instante +sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por +aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada +cabaña la frente y el pecho de los labriegos.</p> + +<p>Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a +la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora entre +cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él mismo por la +sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que, surgiendo +de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se volcaba por la +calleja.</p> + +<p>Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.</p> + +<p>Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la cadera, +y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hasta +recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irguió de nuevo, su +empapado corpiño mostró los hombros y los pechos como si estuviesen +desnudos.</p> + +<p>La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a Ramiro una +figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después del larguísimo +encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la mujer. ¿Sería, en +verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del +aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía temblar a los +santos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas +sin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con +visible complacencia las formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómo +podía ser tan grande pecado gustar sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto +miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar de una bella criatura como del +fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban con cautelosa +mirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una, como en +los sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelo +del mundo?</p> + +<p>A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.</p> + +<p>Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y doña +Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro manto de la +doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida por el +polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos. +Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores.</p> + +<p>Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su +cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro. +Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al barro +humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña Alvarez, +levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz +baja y severa:</p> + +<p>—La hija de un Blázquez no bebe en la rúa.</p> + +<p>La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán, que se acercaba +haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente:</p> + +<p>—El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced a +saludalle.</p> + + + +<h3><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII</h3> + + +<p>Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se engalanó como nunca y, a +las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La sangre, la +imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos de +una barca en el viento. Además, no le faltaron razones para demostrarse +a sí mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si había de partir +en breve, no hallaría mejor ocasión para desligar a don Alonso de la +promesa del hábito y declarar al padre y a la hija el objeto de su +viaje.</p> + +<p>Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas, Blázquez Serrano +regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro adquirido en la +corte.</p> + +<p>—Algunos—decía—lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo veo +patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría de los +perfiles.</p> + +<p>La mueca de muda admiración, la mano que se encartucha como un anteojo, +la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente para volver a +acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de contagioso +entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea.</p> + +<p>El docto señor de Mújica exclamó por último:</p> + +<p>—Es digno de Apeles y de Parracio.</p> + +<p>Ramiro hubiera querido también expresar su parecer. Estaba convencido de +que a la mayor parte de aquellos señores se le alcanzaba muy poco del +arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo delirio y +exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los héroes y +los santos. Consideró entonces el privilegio de aquella gloria que nadie +quería desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y +pontífices, y pensó que él mismo, ejercitando su asombrosa vocación, +hubiera llegado muy pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza, +con sólo un haz de pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura +alfeñicada y femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio. +Sentía desde niño la fruición de los interiores sombríos, donde las +pupilas descansan de la refracción implacable de las tierras y un solo +rayo de sol revela bruscamente el color y la forma. Para él la pintura +debía seguir también ese anhelo, consolar el sentido y tornar más fuerte +y más hondo el ensueño, como el claroscuro de las estancias.</p> + +<p>Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos +y, después de un momento, preguntole en voz baja:</p> + +<p>—¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija +Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente +moza y danzante.</p> + +<p>Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de +las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento +para decirle:</p> + +<p>—Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá que +olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...</p> + +<p>—Mejor así, señor—interrumpió Ramiro,—pues yo mesmo no sé agora si lo +aceptara.</p> + +<p>—¿Y qué diría vuesa merced—continuó don Alonso—si le nombraran +regidor, como al hijo de San Vicente?</p> + +<p>—¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo más +alta sería mi ambición. ¡O César o nada!—agregó Ramiro sonriendo.</p> + +<p>Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin +distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia, +adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que +acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó:</p> + +<p>—Lléguese vuesa merced a la tarima.</p> + +<p>Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos pasos +felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y +porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un +céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado +sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo +sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó.</p> + +<p>Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole distinguir bruscamente +a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas de terciopelo, y +a los sonrientes galanes que las atendían, doblando la rodilla sobre el +corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a postrarse junto a Beatriz. +Su confusión era enorme. La niña le preguntaba por los suyos, y él +respondía como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su +grotesca aparición. Vergüenza mayor no había pasado jamás. ¿Qué gesto, +qué palabra podría hacerle recobrar su apostura?</p> + +<p>Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se excusaba débilmente. Sus +ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada blancura de su tez +vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y +doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un +concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían +para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los +rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un murmullo +preparatorio.</p> + +<p>De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de compañero el alférez +Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que juraba <i>¡per Baco!</i> a +cada instante, para hacer reír a las niñas.</p> + +<p>Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao, +la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡<i>per Baco</i>: la gallarda!, y, +tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un +pañizuelo perfumado.</p> + +<p>Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos sonaban con +anticuada languidez y el lucido soldado conducía majestuosamente a la +niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos. Ella le +miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire levantada +por la onda de las vihuelas; ora evitándole con apicarado temor en algún +apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo +acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de +la sombra a la claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la +bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil, +estallaba en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido, +anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale +por momentos que su alma toda se iba también en pos de aquel faldellín, +como el humo rastrero.</p> + +<p>Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo. +Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su +padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al alférez, +adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el +abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose +apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose +a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que +hubiese podido bailarlo en un plato.</p> + +<p>Ella cantaba:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;">Pisaré yo el polvico</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">tan a menudico,</span><br /> +</p> + +<p>y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las +guitarras:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;">Pisaré yo el polvó</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">tan a menudó.</span><br /> +</p> + +<p>—<i>¡Per Baco! ¡Per Baco!</i>—gritaba el alférez, punteando el compás con +las palmas.</p> + +<p>Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de +terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso. +Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una +jícara de oro.</p> + +<p>—No, tráeme un barro—la dijo Beatriz.</p> + +<p>La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un +búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo de +aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a +devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la +imitaron.</p> + +<p>Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas de +los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de sí +mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una pregunta +de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído +con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus +estudios.</p> + +<p>—Tengo por seguro—díjole entonces Beatriz—que vuesa merced ha de +llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien +sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale +mil bachilleres.</p> + +<p>—Gloria no pequeña procura así mesmo el saber—repuso Ramiro.</p> + +<p>—¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos o +franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran +batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho, +pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... Así +quisiera ver a vuesa merced y aún mejor.</p> + +<p>—¿Tanto admiráis al alférez?</p> + +<p>—Es harto gracioso y valiente.</p> + +<p>Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel y +un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.</p> + +<p>Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todo +ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos, +dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de algún +silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse +cual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a +decir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser, +encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su +conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible. +Dejose llevar.</p> + +<p>La palabra de Beatriz le sorprendió:</p> + +<p>—Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?</p> + +<p>Ramiro no quiso contestar.</p> + +<p>—¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces.</p> + +<p>—Esa ya cerró, Beatriz—replicó entonces el mancebo;—otra es la que +agora vase reabriendo y haciéndome morir.</p> + +<p>—¿Morir?</p> + +<p>—Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo muriera.</p> + +<p>—¡Ingenioso!...</p> + +<p>—Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.</p> + +<p>Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar de +espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa +voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia +ella, prosiguió:</p> + +<p>—Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, allá en la +heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo pensaba entonces +que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y mis +pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben +de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro, Beatriz!...</p> + +<p>La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la suya. +Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.</p> + +<p>—¡Cuán dichoso me siento!—balbuceó entonces Ramiro.—Decidme que +apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda +llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!</p> + +<p>Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.</p> + +<p>En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz +oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería +que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su +Majestad, el nombramiento de Regidor.</p> + +<p>Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un +momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas +y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la +reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.</p> + + + +<h3><a name="XXIX" id="XXIX"></a>XXIX</h3> + + +<p>Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor +de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su +gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo +consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un +intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar +a Casilda.</p> + +<p>La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e +íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una +sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello +burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según +andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos, +aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de +San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano +menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando +puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la +hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma +noche de la boda.</p> + +<p class="top5">Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir +para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría +a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella +ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de +piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la +gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su +vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra +senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus +manos.</p> + +<p>El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba +en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer +detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio +de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente +al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar +entre almena y almena.</p> + +<p>La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio, +esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran +silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie +la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de +un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete, +comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos +preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido +el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la +solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:</p> + +<div class="carta"><p>«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me +escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una +gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por +medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el +cura de San Juan debe volver esta semana.</p> + +<p>»Dichoso viaje, mi señor bachiller.</p> + +<p class="r">Beatriz.</p> + +<p>»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un +dedo, jugando en el huerto con los amigos.»</p></div> + +<p>Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al +día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora, +sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el +cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía +acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.</p> + +<p>Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la +diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto +sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su +chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los +limones que se resecan.</p> + +<p>A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las +lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas +a la torre del caserón.</p> + + + +<h3><a name="XXX" id="XXX"></a>XXX</h3> + + +<p>«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más que +a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado otras +nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»</p> + +<p>Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo.</p> + +<p>Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de +Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro +contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo, +en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba. Luego +refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.</p> + +<p>«Es de maravillarse—decía—que, siendo aquí vieja costumbre atormentar +a los <i>nuevos</i> con las más crueles invenciones, así que yo penetré en el +claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano puesta en la +guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no +hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué suerte; pero todos conocen +mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante díjome ayer que, desde +que él viene a las escuelas, no tiene memoria de otro <i>nuevo</i> que haya +escapado a los gargajos.» Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel +capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en +Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi +resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para +fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar. +En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»</p> + +<p>Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra más +breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del Arzobispo le +exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto—agregaba—ha +sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que +están allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con +saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros +agüelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo +de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros +blasones. ¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!»</p> + +<p>Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un +lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes, porque su abuelo +se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un mal +misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios +estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando +humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez +se extendía por toda la casa. Las dueñas y los criados se apretaban las +narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doña +Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese +ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que prolongaba para +ella aquel cerrado aposento.</p> + +<p>Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la +Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:</p> + +<p>—Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo.</p> + +<p>Don Íñigo había sido enterrado la víspera.</p> + +<p>Cuando el mancebo penetró en las cuadras que habitaba el anciano, +pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir adelante, tal era +la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba como +lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que ya no +volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de medicinas, +el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había quedado +revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad +de la lucha postrera.</p> + +<p>Entró a la librería y, al mirar los volúmenes amontonados sobre el suelo +y las gafas de asta marcando la página de un infolio, para continuar +otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza amarilla, +donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los rótulos; y +más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa, +ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una +profunda tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí +estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo, +siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia.</p> + +<p>Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de nuevo en su muda +monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró, en breves +palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo patrimonio. +Estaban completamente arruinados. Se había vivido, hasta entonces, +demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeñando +a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por último, +en montón, platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era, +según ella, la única persona que conocía en la casa el manejo del +patrimonio, y que hubiera ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de +marcharse para su país, a recoger una herencia. No les quedaba sino el +solar, empeñado casi por entero, y algunos escudos guardados en un +cofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón y +resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.</p> + +<p>—De todos modos—añadió doña Guiomar—ya no precisas de muchos dineros. +La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso que puedes +cursar la Teología en el mesmo seminario de esta ciudad.</p> + +<p>Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.</p> + +<p>¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que venían +hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más remotos +antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos +señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su +tierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?</p> + +<p>En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía que la +falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, su +instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos bienes +perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante de +meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no había +determinado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que su +voz se alterase, díjola también el gran delito que sería seguirla +esperanzando con su falsa vocación eclesiástica.</p> + +<p>Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaron +nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces +Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas manos, y +mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus designios y +que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresión +que produciría en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel acto +menguado.</p> + +<p>—Yo trataré con los ginoveses—agregó;—algo quedará que entregalles; +aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!, no +vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar!</p> + +<p>Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:</p> + +<p>—Con lo que acabas de decir—repuso—mi vida en el siglo ha terminado. +Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.</p> + +<p>Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminó +hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorció +debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia.</p> + +<hr class="full" /> + +<h3><a name="SEGUNDA_PARTE" id="SEGUNDA_PARTE"></a>SEGUNDA PARTE</h3> + + + +<h3><a name="Ib" id="Ib"></a>I</h3> + + +<p>El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, <i>el Prudente</i>.</p> + +<p>Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a fines +del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo la +simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el recelo, +volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del ejército +castellano. Había llegado el momento de la regia venganza.</p> + +<p>Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las +gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitán +de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar las +estampas de una tienda de libros.</p> + +<p>«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza», tal +era la orden manuscrita de Felipe Segundo.—¿Y quién me condena?—había +preguntado el Justicia al oír la lectura de la sentencia.—El Rey +mismo—le respondieron.—Nadie puede ser mi juez—replicó—sino Rey y +reino juntos en Cortes.</p> + +<p>Al otro día el primer magistrado de Aragón era degollado por mano de +verdugo. De este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y desgarraba para +siempre los fueros de varios siglos. Otros señores y, entre ellos, don +Diego de Heredia, barón de Bárboles, y don Juan de Luna, señor de +Purroy, habían de seguir igual suerte, después de soportar feroces +tormentos. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda perecieron +misteriosamente en sus prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban del +señoril derecho de morir descabezados, fueron arrastrados por las +calles, en un serón de infamia, hasta el garrote.</p> + +<p>Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y roto para siempre el +brío de aquel soberbio Aragón, que sólo cada tres años se dignaba +arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna.</p> + +<p>De igual modo los pueblos de Castilla habían sido escarmentados años +antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las Comunidades; pero +todavía solía advertirse en ellos uno que otro conato levantisco, como +el que hace erguir sobre las patas traseras a los rocines castrados. No +ya los señores, sino que también los pecheros comenzaban a vociferar. +Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de ofrecer +la ocasión.</p> + +<p>El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de paso para Francia, +penetraba en Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas o +paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las Carnicerías +Nuevas, de la casa de los Valderrábano y en otros sitios públicos de la +ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que Ramiro y el Canónigo +oyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en el piso bajo del caserón.</p> + +<p>Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de Cárcamo despachó un correo +al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan sólo un negro puñado de +ministros para que formasen la causa. Se esperaba un castigo leve, y los +más chocarreros componían letrillas y jácaras sobre el asunto.</p> + +<p>El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A don +Diego de Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado Daza Zimbrón +se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tomó Marcos López +sufriría privación del sacerdocio y beneficio, confiscación de la mitad +de sus bienes, diez años de galeras y destierro <i>ad vitam</i>; el +escribano de número Antonio Díaz, azotes, diez años de galeras y el +mismo destierro.</p> + +<p>Para muchos la intervención de la Providencia era patente, y a su amparo +el príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo, completaba su obra. +Nada de albedríos diseminados, nada de figurerías ni arrogancias que +estorbasen el poder. La unidad era el primer precepto de su Arte Real, +la unidad invulnerable y absoluta, a imagen y semejanza de aquella otra +unidad que gobernaba los orbes. No más voluntad que la suya, no más +pensamiento que el suyo, no más fe que la que él mismo profesaba. El +soberano del moderno Israel debía revestirse de las tres potencias +tutelares: la ley, la espada y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, el +Josué y el Aarón de su pueblo. Todos los tronos y las sedes le servirían +de escala para elevarse hasta los cielos y recibir él solo la consigna +del Altísimo. Su sombra cubriría las comarcas y los mares; y las +naciones le mirarían como al nuevo arcángel, armado del hierro y la +llama, vencedor de Satán.</p> + +<p>Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel monstruoso delirio le +secaba los miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua, hidrópico de +tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta de los +pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga a los +ejércitos y abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales; y la +bancarrota crecía, se envedijaba, se enmarañaba cual inmensa madeja de +pasadilla. Las deudas tenían aliento de fiebre, la real hacienda +jadeaba; cada año se gastaban los ingresos de cinco años venideros.</p> + +<p>¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo apañó +las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias para +particulares; mercó las hidalguías, los juros, los empleos; invitó a los +clérigos a legitimar sus hijos sacrílegos mediante un puñado de reales; +gravó la exportación de la lana; impuso contribución sobre el pan y +sobre el vino, antes libres; se apoderó de la sal; confiscó los +maestrazgos del mar; dobló el almojarifazgo, y triplicó en poco tiempo +la terrible alcabala. Los pueblos desmolados se echaban a morir. Avila, +Toro, Córdoba y Granada se negaron a aceptar el encabezamiento de 1576. +En las naciones extrañas el solo nombre de Felipe Segundo hacía +palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron por fin un nudo a la bolsa +y volvieron la espalda. Otros no sabían si continuar o romper para +siempre, como el judío que ha prestado a un tahúr de luenga espada. Los +genoveses, entretanto, se defendían con la usura. A partir del año 1590, +el desbarajuste fue pavoroso para la hacienda del Rey. Las Cortes, +corrompidas por el Monarca, habían exigido a las ciudades ocho millones +de ducados.</p> + +<p>Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos de Dios. Un hechizo +maléfico parecía esterilizar los terruños, parar los molinos, los +tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos no +sabían ya cómo ganar el sustento y salían a hurtarlo donde lo hallasen. +Se vivía en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una presa. Las +trapacerías del hambre formaron una arte honrosa y sutil, que tuvo su +romancero y sus manuales, sus poetas y bachilleres. El mal atacaba más +duramente a los hidalgos de patrimonio extinguido, cuya estirpe clara y +antigua no les permitía infamar sus manos en los oficios. Más de uno +comía del mendrugo que hurtaba su paje, y suspiraba con digna tristeza, +bajo la capa, al aspirar, de paso, el sabroso calor de las pastelerías. +El estudiante imitó, para vivir, los ardides perrunos. Sus piernas de +lebrel eran el terror del comercio. Fue entonces el glorioso tiempo de +la olla común. Los conventos se hincharon de monjes; sus porterías, de +sopistas. El hospital y la cárcel fueron buscados como refugios +venturosos, donde se comía regularmente y como de milagro. Millares de +infelices se fraguaban pústulas sangrientas o perpetraban delitos para +ser alimentados. Las calles estaban llenas de limosneros fingidos; los +campos, de falsos anacoretas; los puertos, de famélicos hidalgos que +venían a pedir una plaza en los galeones.</p> + +<p>A esta angustia de las entrañas se agregaba la zozobra del ánimo, la +honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan sólo, del Santo +Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey. Y +entretanto parecía que el mismo viento murmurase calumnias y que la +delación se agazapara bajo el lecho en que se dormía, entre los pliegues +de las antepuertas, en el rincón de los oratorios. Muchos, como don +Alonso, recelaban de sus propios labios durante el sueño, y evitaban +adormirse en los sillones, entre el paso de la servidumbre.</p> + +<p>Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era seguro. <i>Ne contumax +silentium, ne suspecta libertas.</i> La idea temblaba en el cerebro, y no +hubo pluma que osara estampar lo que el alma ocultaba en su cripta más +honda. En cambio se hablaba con delicia de los países lejanos y de la +inviolable paz de los claustros.</p> + +<p>No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al Monarca, sintiendo +triunfar o sufrir en él su propio orgullo fanático; la mayoría, bajo la +pavorosa coerción, acababa por encomiarle.</p> + +<p>La virilidad pareció resumirse entonces en la propia sangre atosigando +las vísceras, y el antiguo valor tomó la forma del estoico desdén de +todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las tiranías. Más +de uno repugnado de su propio servilismo, a una simple señal del +Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las venas, como Séneca o +Petronio.</p> + +<p>El humor español se hizo reservado y sombrío. Una verdadera peste de +melancolía se propagó por todo el país como un vaho de purgatorio, +inficionando las almas.</p> + +<p>Los hidalgos vestían de luto; la madera al uso era el ébano. Jamás fue +tan lúgubre el aparato de la muerte.</p> + +<p>El espíritu se empeñó en extraer sus ideas primordiales del sepulcro +mismo y de sus terribles podredumbres.</p> + +<p class="top5">Ramiro llegó de Salamanca el domingo 16 de febrero de 1592, dos días +después de publicadas las sentencias. El Canónigo fue a visitarlo y +enumerole una a una las condenaciones. No pareció muy satisfecho al +decirle que a don Enrique Dávila y al licenciado Daza les habían +otorgado la apelación. En cuanto a don Diego, sería ajusticiado al +siguiente día.</p> + +<p>—Ya veis, hijo mío—agregó,—que vuestro abuelo se ha marchado a +tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal cocido. +Cuidad vos agora, hijo mío, las palabras, y teneos muy quedo, por un +espacio.</p> + +<p>—¿Y quién ha dado los nombres?—preguntó Ramiro.</p> + +<p>—Alguno será—replicó el lectoral—que no quiso ver a España destrozada +otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.</p> + +<p>Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de Su +Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante la ausencia del +caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo hasta la última +gaveta y llevándose un gran fajo de papeles.</p> + +<p>—¿En dónde será ajusticiado don Diego?—volvió a preguntar bruscamente +Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por algún pensamiento +dominador.</p> + +<p>—En el Mercado Chico—replicó el Canónigo.—Ayer le fue notificada la +sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el Santísimo +Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a mediodía, para llevarle +a degollar. Ya es cosa convenida que ningún noble ha de ir a saludalle, +y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta clase +de espectáculos, veranle sólo en la mula las gentes de ley y las +Comunidades y Cofradías.</p> + +<p>Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró con vehemencia que si +los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en aquel trance +final, eran todos unos malos caballeros.</p> + +<p>—Nadie ignora—exclamó—que el don Diego, a más de su antiguo y +glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin +duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo decir +que he de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi +propio interés ni en la razón o sin razón de su condena.</p> + +<p>Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y maestro +creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza antes de +responderle.</p> + +<p>—Haced lo que os plazca—le dijo;—pero cuidad que vuestra inadvertida +juventud no os enderece por donde tal vez no queréis caminar. Don Diego +será, como decís, harto infanzón, aun que de cepa gabacha y no española, +sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y aleve +con su Rey.</p> + +<p>—Don Diego—repuso Ramiro con el rostro demudado—es gran caballero y +no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa merced.</p> + +<p>—Pues yo repito—replicó de mala manera el lectoral, mostrando los +dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño—que don Diego es +traidor y cobarde.</p> + +<p>—¡Y yo digo que miente vuesa merced!—gritó Ramiro, ebrio de cólera.</p> + +<p>El Canónigo dio un paso hacia adelante con la diestra en alto y pronta a +asestar el bofetón; pero el terrible ceño de Ramiro le contuvo. +Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose ambas manos al +rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El insulto flotaba +irreparable, y parecía hacerse oír, otra y otra vez, en el silencio. El +Canónigo musitaba, gemía, suspiraba, con el rostro cubierto. Por fin, +bajando las manos, embozose con furia, y, después de buscar la salida +como un ciego a lo largo del muro, desapareció de la cuadra, dando con +el pie, hacia atrás, un terrible portazo.</p> + +<p>Ramiro sintió que todo su maquinal apegamiento hacia aquel hombre +acababa de trocarse en súbito rencor. La crispada y hostil actitud, que +aún conservaba, suscitábale nuevos impulsos de odio contra su víctima.</p> + +<p>Cuando comenzó a serenarse, dijo en voz alta, sentándose en el sillón:</p> + +<p>—¡No he menester de él, ni de nadie!</p> + + + +<h3><a name="IIb" id="IIb"></a>II</h3> + + +<p>Pocos días para Avila más tristes que aquel lunes, 17 de febrero de +1592. La ciudad despertó en una expectativa siniestra. El horror del +suplicio inminente parecía flotar por todas partes mezclado a la niebla +de la mañana.</p> + +<p>En medio del Mercado Chico se levantaba un gran cubo negro, el cadalso; +y las ráfagas del Norte sacudían contra el esqueleto de pino la bayeta +patibularia. Fúnebres ministros de justicia se agitaban en derredor. A +eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el crucifijo. Más +tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las dos negras +almohadas para el reo. La llovizna caía por momentos, fina, glacial.</p> + +<p>El tráfago de todos los días comenzaba; pero los vecinos iban y venían +más graves que de costumbre, coceando la nieve de la víspera. Algunos +hablaban misteriosamente al encontrarse; otros discutían en los mesones +con insólita nerviosidad sin alzar demasiado la voz, pero arrufando el +hocico y tomándose a veces las partes viriles con toda la mano, para dar +más vigor a sus bravatas y juramentos.</p> + +<p>Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones de la nobleza tenían +el aspecto de rostros patéticos y enmudecidos. Aspirábase en el aire ese +espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razón; y una sombra +de infamia envolvía a Avila entera. El más altivo de sus caballeros iba +a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera sido mengua mayor +arrasar las ochenta y ocho torres, que esperaban ahora, con extraña +lividez, la rotura de aquella cerviz, donde parecía haberse encarnado la +fiereza de la muralla.</p> + +<p>Corrió la voz de que, a las dos de la tarde, don Diego sería sacado de +la Alhóndiga. Aquel edificio correspondía como prisión a los nobles y se +levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alcázar, por la parte de +afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro llegó ante el blasonado +frontis, los empleados de la justicia regia y comunal se aglomeraban y +zumbaban como moscas a uno y otro lado del portalón y en torno a la +fuente; mientras las cofradías y las órdenes esperaban, en larga hilera, +desde la plaza del Mercado hasta más allá del convento de Santa María de +Gracia. Los monjes rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino +los raspados mentones, por debajo de las capillas; sus manos cruzadas +por dentro de las mangas, dejaban colgar los rosarios. Todas las voces, +todos los balbuceos de franciscanos, dominicos, agustinos, jerónimos, +teatinos, carmelitas, se unían en un coro uniforme, que aumentaba la +pavura, cual dolorosa plegaria de otro mundo. La persistente llovizna +escarchaba los hábitos y parecía embeber todas las cosas en su tristeza. +Algunas mujeres plañían.</p> + +<p>Más de una hora pasó Ramiro codeandose con el vulgacho. No había sino +gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado con los brazos +desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gañanes de la dehesa, harto +morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y medias coloradas.</p> + +<p>Por fin un portero sacó del zaguán de la Alhóndiga una mula cubierta de +fúnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados de blanco a la +altura de los ojos. Se produjo un movimiento general. Tres alguaciles +montaron en sus caballos.</p> + +<p>Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si hallaba algún conocido, +cuando una brusca exclamación brotó de la multitud y fue a rebotar +contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte acababa de aparecer +en la puerta de la prisión. Caminaba a su izquierda el Guardián de los +descalzos, fray Antonio de Ulloa.</p> + +<p>Lo primero que hería la mirada era la palidez plomiza de su semblante, +acentuada por la negrura del capuz que le habían echado sobre los +hombros. El bigote y la barba habían encanecido del todo. Avanzaba +tieso, indómito, solemne, mirando hacia las nubes y pisando con fuerza, +como el que marcha entero en la honra.</p> + +<p>Ramiro experimentó rápido calofrío, y cuando, al verle montar en la +infamante cabalgadura, advirtió que sus manos estaban ligadas por negro +listón y que de su pie derecho pendía una cadena, sintió que hubiera +dado allí mismo la vida por libertar a aquel hombre magnífico, víctima +de su rancia altivez castellana. Era el último Cid, el último +<i>reptador</i>, llevado al suplicio por viles sayones asalariados. Cerró +entonces los ojos un momento para contener su emoción, y pareciole oír +de nuevo los discursos del hidalgo en la asamblea, aquellos discursos +que salían de su boca como los hierros de la hornalla, chisporroteantes +y temibles. Ya no volvería a perorar con el pie derecho en la tarima del +brasero y el estoque bajo el sobaco. ¡Iba a morir!</p> + +<p>El cortejo penetró en la ciudad por la puerta del Mercado Grande, tomó +la calle de San Jerónimo y luego la de Andrín. Caminaban por delante las +cofradías de la Caridad y la Misericordia tañendo sus plañideras +campanillas. Una voz áspera y poderosa gritaba, de trecho en trecho, el +pregón de la muerte.</p> + +<p>«Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor a ese hombre, +por culpable en haberse puesto en partes públicas unos papeles +desvergonzados contra Su Majestad Real. Manda muera por ello.»</p> + +<p>Ramiro caminaba a la par del alguacil Pedro Ronco, que iba montado en su +famoso rocín todo negro. Los religiosos entonaban una salmodia lúgubre +que daba terror. Detrás de ellos venía Bracamonte en la mula, cual si +fuera el espectro del orgullo. Su lúgubre continente hacía estallar, en +las puertas y ventanas, el sollozo de las mujeres, que invocaban a Santa +Catalina, a los Santos Mártires y a la Santísima Virgen. Las ropas +negras de los alguaciles y corchetes despedían, con la humedad, un tufo +de orines trasnochados. Doce pobres, con sendas hachas encendidas, +esperaban a la puerta de San Juan, y su oración temblaba a la par de las +llamas humosas que el viento doblaba y estremecía.</p> + +<p>Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso, don Diego se apeó de +la mula y subió serenamente las gradas. Hincose, y pidió un libro de +horas para confesarse con fray Antonio. Ramiro, colocado muy cerca, +escuchó las palabras del <i>Miserere</i>, del Credo, de las Letanías.</p> + +<p>Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre. Algunos curiosos +habían logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del poniente. +Por fin el verdugo se acercó a decir que ya era tiempo. El escribano de +la comisión requirió por tres veces a Bracamonte que hiciera confesión +abierta del crimen. Ramiro oyole decir que don Enrique Dávila y el +licenciado Daza eran inocentes y que sólo él era culpable. El escribano +exigió que lo jurase. Entonces escuchose una voz entera que repuso:</p> + +<p>—No me sigáis predicando, que no diré más.</p> + +<p>Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos fueron atraídos por el +madero contra el cual había de ser descabezado; su rostro cobró una +blancura terrible, pero se sobrepuso al instante, y, levantando la +frente, miró por última vez la ciudad, el cielo, la luz preciosa de la +vida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas palabras, y oyose +vasto rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por su parte, buscó atraer +su mirada, para dirigirle un último saludo; pero aquel espíritu ya +estaba lejos de la tierra y se anticipaba a la muerte.</p> + +<p>Por fin, cual si hubiera distinguido algún signo de lo alto, don Diego +encaminose a recibir la negra venda en los ojos, y, sentándose en la +almohada, cogió por detrás el madero con sus propias manos, ajustó la +cabeza, y alzando la barba ofreció el pescuezo al espantoso cuchillo.</p> + +<p>Ramiro observó adrede la pálida testa muerta de súbito y que, asida de +los cabellos, fue mostrada hacia los cuatro lados de la plaza, en nombre +del Rey. Entonces, con gesto amplio, magnífico, para que todos le +vieran, quitose la gorra, exclamando:</p> + +<p>—¡Dios reciba tu alma, gran caballero!</p> + +<p>Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos quiso prenderle allí +mismo; pero el otro le contuvo. Ramiro se retiró.</p> + +<p>Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo entregole un billete +lacrado. Don Diego de Valderrábano le comunicaba que, a las seis de la +tarde, se reunirían en su casa varios amigos, a fin de pedir permiso al +Corregidor para enterrar ellos mismos el cuerpo de Bracamonte; y en muy +graves palabras le invitaba a acompañarles en la demanda.</p> + +<p>Aquella noche algunos caballeros enlutados atravesaban la ciudad a la +luz de las hachas, llevando sobre los hombros largo ataúd, que fueron a +depositar en la capilla de Mosen Rubí. Valderrábano, al dejar la +iglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y lloró tiernamente.</p> + + + +<h3><a name="IIIb" id="IIIb"></a>III</h3> + + +<p>Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres visiones le robaban el +sueño, y los pormenores del suplicio se reproducían en su memoria, +suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir con aquella +valentía. Sin embargo, en caso semejante, él hubiera hablado a la +muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos extraordinarios. +Pero, por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero hacíale +meditar en el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto, +que, a la vez que dispensaba los más grandes honores, podía suprimir la +existencia más bizarra con un trazo de péñola.</p> + +<p>A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a señalar las rendijas +de la ventana, el amor de Beatriz se encendió como nunca en su pecho. +Pensó en ella apasionadamente. Pensó con frenesí en el goce de vivir y +de amar, animando junto a él la ilusión de una boca bajo la suya, de +sedosa cabellera perfumada, entre sus propias holandas.</p> + +<p>Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a la +doncella. Consideró que las personas que venían todos los días a dar el +pésame por la muerte de don Íñigo le ocuparían la tarde. Era menester +escapar. A la una comenzó a engalanarse. Cuando el criado le echaba por +fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo atrencillado, una +dueña vino a decirle que Beatriz subía las escaleras, y que, no estando +ataviada aún doña Guiomar, era necesario entretener a la visita.</p> + +<p>—¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!—exclamó Ramiro para su coleto; y dando un +último toque a sus cabellos, salió de la estancia.</p> + +<p>Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues los demás habían sido +desguarnidos por los usureros. Reflexionó, sin embargo, que, a pesar de +su vejez y abandono, aquel salón trascendía a grandeza grave y a rancio +abolengo. Levantó el cerrojo y entró.</p> + +<p>Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada según el estilo +flamenco, italiano y mudéjar de los tiempos del Emperador. Desde la +muerte de doña Brianda del Aguila permaneció sin abrirse, como esas +salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso misterio. Don +Íñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias más fáciles de +renovar. Decíase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros había +celebrado su primera reunión clandestina; y por mucho tiempo corrió +entre el vulgo la leyenda de que los espectros de los ajusticiados, se +congregaban allí dentro, en las noches de luna. Por eso tal vez, nadie +quiso habitar aquella casa durante un cuarto de siglo.</p> + +<p>Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos habían temblado +sobre los cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se abriesen las +puertas para velar en el antiguo estrado de doña Brianda el cadáver de +su padre.</p> + +<p>Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus muros +viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras y +coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se desprende y +retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se veían +sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños, bufetes, contadores, +donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa +adherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la concha. +¡Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las +colgaduras, cubiertas de telaraña, pendían con hipnótica apariencia, y +el polvo aclaraba, a manera de luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro, +al entrar, oyó carreras furtivas bajo los muebles. Un taladro dejó de +roer.</p> + +<p>La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes, +dividía en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima, +almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos femeninos. +Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía perdurar a manera de +viejo perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos de las +ancianas.</p> + +<p>¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel carcomido aparato no +esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse de súbito.</p> + +<p>Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia.</p> + +<p>Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba aún la ceniza de los +últimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas en la +galería, y Beatriz apareció vestida de negro y olorosa como un sahumador +encendido.</p> + +<p>Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dejó caer su manto +hacia atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba, quedose en la estancia +vecina.</p> + +<p>—¡Solos!—se dijo el mancebo.</p> + +<p>Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa estremecía en torno de +ellos lo ignorado. La niña miró con extrañeza los muebles y las +colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego púsose a +observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y sintiéndose +incapaz, bajo la viva emoción, de formular algún concepto cortesano, +Ramiro profirió:</p> + +<p>—Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres, que +murieron hace mucho.</p> + +<p>Hizo una pausa y continuó:</p> + +<p>—¡Nosotros también pasaremos como ellos, Beatriz!</p> + +<p>Y al pronunciar esta frase hundió su mirada en los ojos de la doncella +con doble y profunda expresión de sensualidad y de tristeza.</p> + +<p>Una de las pinturas representaba un busto de mujer. Listada caperuza +adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos.</p> + +<p>—¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa! ¡Antes morir!—observó +la niña, agregando:—Mirad: tenía en el cuello un lunar como el mío.</p> + +<p>Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su +garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella blanquísima +piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa pimienta.</p> + +<p>De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de baile, +Beatriz exclamó:</p> + +<p>—¡Basta de muertos!—agregando con cortesana sonrisa:—Bien sé que sois +de sangre muy clara y que podéis referir grandes cosas de los agüelos; +pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día.</p> + +<p>—Tiempo queda—repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas +inesperado rubor.</p> + +<p>—Mi padre—añadió Beatriz,—siendo un mancebillo, marchose a la guerra. +Esto lo digo sólo por aguijaros.</p> + +<p>—Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la +guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los peligros, +ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte.</p> + +<p>—Incomprensible os volvéis.</p> + +<p>—Decidme—exclamó Ramiro sonriendo:—¿qué batalla habrá por el mundo +más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro corazón, qué +infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi señora?</p> + +<p>—Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo decís de vero.</p> + +<p>Los dos callaron.</p> + +<p>Estaban ambos vestidos de terciopelo negro atrencillado con aforros de +seda, y sólo sus rostros y sus manos recogían la claridad escasa de la +penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpúsculos, entraba tras una madera +entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una gran tapicería +que atrajo la mirada de Beatriz.</p> + +<p>Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno y otro hicieron una +mueca involuntaria. Respirábase allí rara hediondez. Ramiro comprendió. +Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor respirado, al llegar +de Salamanca, en el cuarto de don Íñigo; y toda duda quedó desvanecida +al advertir sobre el suelo las gotas de cera de los hachones.</p> + +<p>La tapicería representaba un asunto de amor. Ramiro la había descifrado +días antes, con el auxilio de un padre dominico. Veíase, hacia la +izquierda, a María Padilla, la favorita de don Pedro, sentada en +fabuloso jardín, amarillo y azul. Un pavo real abría su fastuosa +pantalla junto a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el +hombro de la dama, el Rey de Castilla, vestido de rojo capisayo +descolorido, enseñábala sobre el dedo un halcón montano con capirote de +púrpura. Una ondulación, un aliento espectral parecía mover por +instantes la tela.</p> + +<p>Ramiro dijo brevemente lo que había leído en las historias sobre +aquellos amores, y a él mismo le pareció que sus palabras diseminaban +lúbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se encendieron.</p> + +<p>Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes figuras, y sus retinas +sólo tomaron el vivo bermellón de aquellas dos bocas intactas, que +parecían retardar la voluptuosa caricia en los años.</p> + +<p>Ramiro pensó que de un momento a otro podía llegar alguna persona, su +madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a solas, que no +volvería tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Preparó en su espíritu la +frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a los pies de aquella +mujer. Dio algunos pasos hacia el muro para recobrar su entereza. Un +ángulo de la tapicería estaba doblado hacia adentro; él lo cogió +maquinalmente e hizo dar a la tela brusca socollada. Entonces sucedió un +hecho harto extraño: envueltas en una nube de polvo, inesperadas, +sorprendentes, salieron por debajo de la colgadura innumerables +polillas. Era un verdadero enjambre espantado, indeciso, de maripositas +grises, hechas como de tierra, que desprendían una arena finísima al +volar y resplandecían por instantes, a modo de luciérnagas, en el rayo +de sol.</p> + +<p>Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre los vestidos de +Beatriz, adhiriéndose al jubón y a la saya y cubriendo su manto. La niña +repetía el mismo ademán de repugnancia y de miedo, sin atreverse a +tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los quitaba, uno a +uno, entre sonriente y avergonzado.</p> + +<p>Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas aleteaban sin cesar. El +mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasándola el brazo por +detrás de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el rostro, y, +en medio de toda la vejez, de la descomposición, de la muerte que le +rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda +juventud, toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca, aquella +boca roja de Beatriz, que el demonio carnal la había enseñado a salivar +brevemente, y a ensanchar y contraer, de inquietante manera. Ramiro +cercó con su brazo el cuello de la niña oprimiéndola con dulzura. Sintió +entonces el impulso frenético de poner sus labios sobre los labios de la +doncella, de beber y morder en ellos el amor, la lujuria, el delirio, +¡locamente!, y la atrajo por fin hacia él con rabiosa vehemencia.</p> + +<p>Beatriz lanzó un grito:</p> + +<p>—¡Alvarez!</p> + +<p>Uno y otro volvieron el rostro. La dueña contorneaba su forma ancha y +sombría en el luminoso vano de la puerta, que acababa de abrirse.</p> + +<p>—¡Las polillas! ¡Las polillas!—volvió a gritar Beatriz, sacudiéndose +el manto.</p> + +<p>Un instante después, cuando la dueña terminaba apenas de borrar en los +vestidos de su señora la última señal de los insectos, un lacayo vino a +decir que doña Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no quiso +acompañar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a evitar en +aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con muda +reverencia, y se alejó por los corredores.</p> + +<p class="top5">Aquella tarde, aquella noche y en los días que siguieron, Ramiro recordó +sin cesar el coloquio del estrado.</p> + +<p>Parejas con la tiránica pasión, su orgullo viril crecía ilimitadamente. +Ni una brizna de desconfianza brotó en su cerebro, ni una sola reflexión +adversa. Sentíase más seguro que nunca. El grito de Beatriz no fue sino +el clamor de su voluntad totalmente rendida. La había sentido vibrar +entre sus brazos con el mismo estremecimiento de la sarracena y otras +mujeres, cuando él las atraía para besarlas; y parecíale llevar aún en +la mano el loco latir de aquel corazón bajo el duro azabache.</p> + +<p>En cambio, él también quedaba herido por Beatriz, y quizá para siempre. +Ya no podía concebir el resto de su vida sin el amor y la total posesión +de la doncella. ¿Para qué soñar, ambicionar, afanarse, si no lograba la +caricia que acababa de escapar a su ansia? ¿Qué era el mundo y sus +loores sin aquella victoria? ¿Cómo soportar que otro hombre?...</p> + +<p>Su ensueño amoroso oscilaba entre el arrobamiento y las fiebres impuras. +Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las beatitudes de la +pasión ideal; otras, la sangre clamaba impaciente por la suprema +codicia. Ora soñaba que sus labios sorbían el éxtasis en los labios de +su amada, cual paradisíaco rocío; ora, que sus deseos eran las abejas +temibles cayendo en enjambre sobre una fruta entreabierta.</p> + +<p>Luego imaginaba lo que haría, cuando fuera su esposo para apartarla de +la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus galanes: La +llevaría a un país muy lejano, a alguna ínsula salvaje; o se encerraría +con ella en una morada que no tuviese más abertura que el ferrado +portón, para no dejarla salir sino muy de mañana a la iglesia más +próxima, bajo un manto amplio y espeso que la ocultara todo el rostro y +sólo dejase a los demás su sombra pasajera y arrebujada. Si alguno osaba +requebrarla al pasar o seguirla con descaro, ya sabría él despacharlo al +otro mundo por el más listo de los correos, con una oblea harto roja en +medio del pecho.</p> + +<p>Una noche, metido en la cama, fuese quedando dormido sin apagar el +candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado con Beatriz y +era capitán de corazas en alguna tierra de América. Encontraba un tesoro +inmenso, cientos de vasijas sepulcrales repletas de oro. Salvaba al +ejército en una terrible sorpresa. Ganaba él mismo numerosas batallas. +Era hecho Virrey...</p> + +<p>Al día siguiente un alguacil de la Santa Inquisición diole, en su propia +mano, una cédula por la cual se le llamaba a testificar, por segunda +vez, en el proceso de los moriscos.</p> + + + +<h3><a name="IVb" id="IVb"></a>IV</h3> + + +<p>Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano creyó sentir el acecho +de las peores especies demoníacas descritas por los teólogos. Su ánima +brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más obscuras regiones +de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba continuamente. Su +elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el más profundo +convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la vida, en +el desvío total de todo goce, de todo triunfo.</p> + +<p>¿Hacia qué corredor lleno de celadas había enderezado sus pasos? ¿Qué +escalera de maleficios habíase puesto a descender a la vejez? Todo se le +tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice Laoconte sofocado +por la serpiente.</p> + +<p>—¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!—exclamaba a veces, dirigiendo la +mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento de la +divinidad.</p> + +<p>Por el contrario, en los instantes de contrición, acusábase a sí mismo +de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgías de otro +tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las riquezas, su +desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador +empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de +crímenes.</p> + +<p>La adversidad había esperado para llagarle el corazón los años de +senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo mundo +material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas +familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil colgadura, +un paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga, +exhalaban a veces, para él un sentido perturbador, vahos de espanto y de +demencia. Hubiérase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle +lúgubres presagios.</p> + +<p>Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las penitencias, inventó +cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en incesante +plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse con +el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose con tremenda +incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La eternidad de los +castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba +su mente. Entretanto, Jesús y la Virgen ya no eran las claras figuras +desprendidas de los cuadros de Italia, sino luengos y pálidos espectros, +bañados en un sudor de purgatorio, y cuyas pupilas parecían contemplar +continuamente el dolor de las ánimas condenadas.</p> + +<p>Aquel caballero filósofo, que se había burlado siempre de los bajos +temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras había sido la +mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de miedo, y +temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El anochecer era la +hora terrible. La última luz del crepúsculo, agonizando estremecida en +los interiores, le sumergía en ansiedad inexplicable. A veces, imágenes +de cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecían en la +penumbra; llamaba entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando +cerrar las ventanas, hacía encender sobre las mesas, sobre los +contadores, sobre todos los muebles, numerosos candelabros, candelabros +traídos de todas las estancias. Pero aun en medio de aquella +deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que reverberaba en su +rostro, veíasele palidecer y pasarse la crispada mano por la frente, +como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visión.</p> + +<p>No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaños +cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante la +bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor festines y +cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea promesa de +hacerle otorgar, en la primera ocasión, una silla en el Consejo de +Italia. Luego, cuando la estruendosa caída del privado, y aun después de +la fuga, el caballero avilés, fiel a sus principios de lealtad, fue +quizás el único palaciego que osara defenderle. Esto bastó. Una consigna +sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo sufrir toda suerte de +humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le vejó ante las +damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos eclesiásticos +le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera por mero +esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el dogma. Estaba +perdido. Aquel hijodalgo que creía no conocer el miedo conoció el +terror, un terror sobrenatural, un terror por encima del coraje del +hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey.</p> + +<p>Su varonil empaque tomó entonces un aspecto doblegado y taciturno. Su +tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas reaparecieron.</p> + +<p>En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el Greco, hízole su +retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el secreto +íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el +artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor, +de la melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro +amarillado y patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones +extremas desecaba la carne y atosigaba y torcía los humores. El iris y +la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido +transparente, que parecía renovarse sin cesar, como el de una mirada +viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como si luchara por +contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano disfrazando a +medias la honra colérica, el brío estrangulado.</p> + +<p>Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz de religiosa +esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del cuadro.</p> + +<p>Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la ancianidad, +determinó refugiarse en su propia mansión, contando repartir los años +que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo de los +tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las señoriles estancias, +nuevos infortunios, cada vez más inesperados y violentos, vinieron a +buscarle allí mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su +linaje y hasta su último resto de dicha en la tierra.</p> + +<p>Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre mundano. +La educación que él la diera no había consistido sino en ceder a todos +sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su veleidoso +espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno +gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le pareciese al +hidalgo la más razonable exigencia. Con esta blandura corruptora creía +agregar al propio afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento +de su única hija habíala costado la vida.</p> + +<p>Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas que +se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a la juvenil +embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel pelinegro a +cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña sabía apenas +deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su séquito de dueñas, +antes la servía para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que +para custodiar su persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la +corte, Beatriz gobernaba el solar a su antojo, cual infanta levantisca. +Sin embargo, doña Alvarez, que había aprendido su oficio en las grandes +casas de Madrid, solía dirigirla, ante los extraños, severos +apercibimientos, que ella escuchaba con mohín mentiroso de enfado, +comprendiendo que todo aquello contribuía a presentarla como una joya +delicadísima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las más +atildadas precauciones.</p> + +<p>De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a llenar Beatriz su +misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada vez más +ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de +fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera +quintaesencia de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto +para el amor desapareció de su menuda persona, no quedando sino lo +vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado de especia, +el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo innumerables deseos.</p> + +<p>A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba casarla temprano, con +algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro se le +impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel descendiente de +ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le +inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las más heroicas +empresas. Además, había notado que cada vez que pronunciaba su nombre +delante de Beatriz, el rostro de la doncella se coloreaba al pronto de +instantáneo rubor. Llevola tan sólo una vez a la corte para no poner en +peligro su propósito, y trató de alejar a los hermanos San Vicente, cuya +familiaridad debía inspirar a Ramiro perpetua desconfianza. Para esto +ordenó a doña Alvarez que, así como Gonzalo o Pedro se presentasen de +visita, estando él ausente, les hiciera decir que Beatriz no podía +recibirles mientras su padre no regresara de la corte.</p> + +<p>El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pensó que +fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una taberna, quiso entrar +de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la espada; pero los +porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron inconmovibles.</p> + +<p>Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro: el soborno de doña +Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en +doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el +mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva +Celestina de prodigiosos ardides.</p> + +<p>El rumor de aquel violento desaire corrió por la ciudad y fue el origen +de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca tomó a su cargo la +venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a más del cargo +de comisario del Santo Oficio, serían armas sobradas para abatir algún +día la soberbia de su pariente.</p> + +<p>Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontró sobre un +bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a los criados y a las +dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma alguna, que Ramiro +era hijo de moro. Riose de aquella ridícula especie, y mientras +despedazaba el papel, recordó la anterior invención sobre la complicidad +del mancebo con los conspiradores de la morería. Los meses pasaron. Por +fin, pocos días antes de la muerte de don Íñigo, volvió a recibir un +billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar +de la Hoz y de un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio +y a tal hora, se le haría conocer toda la historia del nacimiento.</p> + +<p>Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompañado de un solo lacayo. +Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnación, donde el rumor de +una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le pareció que había +sido burlado, un hombre menudo y encogido salió por detrás de una +encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en mano, y +acechando al hablar con sus ojos pequeños y vivos todo el contorno, +repitió la historia que Medrano le había referido, en lo alto de la +torre, durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los +más verosímiles indicios, y afirmaba que cuando doña Guiomar se había +casado con el caballero Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro.</p> + +<p>Sólo entonces, relacionando con aquella narración ciertos pormenores que +él había observado indiferentemente en casa de don Íñigo, concibió don +Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada tan misteriosa del padre +y la hija para no volver, nunca más, a su casa de Segovia; en el +nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral +que llevaron durante algunos años; en la constante melancolía de doña +Guiomar; en la escasa afección del anciano por su nieto; en el silencio +que rodeaba la memoria de aquel Lope de Alcántara, muerto, sin embargo, +tan gloriosamente por su Rey. La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué +hacer? Había un medio de saberlo: preguntárselo derechamente a don +Íñigo. Pero su viejo amigo estaba concluyendo.—No importa—se dijo, y, +aquella misma tarde, se dirigió a la casa del moribundo.</p> + +<p>El anciano estaba rígido en el lecho. Como se esperaba su muerte por +momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que prescribía para +aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el mismo +cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda había exhalado +el último suspiro.</p> + +<p>Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron, el +moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces Blázquez +Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos de +saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y +venía a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les había ligado +hasta entonces.</p> + +<p>—Vuesa merced se va—exclamó;—pero yo quedo, y solamente la palabra de +vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.</p> + +<p>Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refirió la +denuncia que acababa de llegarle.</p> + +<p>—Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una villana calumnia; pero +en caso contrario—añadió don Alonso acercando su rostro al rostro del +anciano y tomando el tratamiento familiar,—en caso contrario, vos, mi +grande amigo, no permitiréis que esa desventura se extienda hasta mi +casa. Por Nuestro señor Jesucristo, decidme, aquí a solas, agora que +nadie nos escucha: ¿es esto verdad?</p> + +<p>Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo, como si su espíritu +flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos, +donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil y +triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los párpados, un +humor abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después, entreabrió +lentamente la boca, y una sola sílaba, pronunciada con fuerza, como por +otro ser invisible, una sílaba que era todo un inmenso dolor, resonó en +el silencio:</p> + +<p>—¡Sí!—dijo don Íñigo.</p> + +<p>Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro mundo. Ultimo +aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para siempre en +el mar de la eternidad.</p> + +<p class="top5">Pocos días después aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y +aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don Diego, +habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San Vicente y su +esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja +de Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de +Blázquez Serrano con los culpables hacía verosímil la denuncia, con sólo +presentarle como a uno de esos vasallos hipócritas que dan su sonrisa al +monarca y el corazón a los rebeldes, y se hacen encontradizos en +palacio, justamente cuando va a estallar en algún punto del reino la +mina que ellos mismos ayudaron a socavar.</p> + +<p>Una carta de su maestresala trájole la primer advertencia. Por ella supo +don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de ministros de +justicia había invadido su mansión, penetrando en todas las cuadras, +revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el último escritorio +y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de +amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados habían querido +impedirlo, pero el alguacil les había amenazado con la horca, invocando +el nombre de Su Majestad.</p> + +<p>Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin pérdida de tiempo, para +tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba +hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados comprobaban +su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y los vocablos. Por +fin, la generosa intervención del prior de Santo Tomás vino a socorrerle +al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa.</p> + +<p>Sin embargo, pocos días después de la ejecución de Bracamonte, y no sin +prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso para Madrid, con +el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchón y arrojarse +a los pies del soberano protestando de su inocencia.</p> + +<p>Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y don Alonso prosiguió +su viaje con una carta del Conde. Durante el camino, reclinado en los +cojines del coche, fue componiendo en su mente dramático discurso, con +el cual contaba conmover el corazón del monarca. Ensayaba la mímica y la +voz, trocaba un vocablo por otro, rehacía toda una frase y, lleno de +confianza, cumplimentábase a sí mismo por el hallazgo de un epíteto más +culto o de un hipérbaton más elegante.</p> + +<p>Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo Mayor +le condujo.</p> + +<p>El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y llenos estaban los +vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos, de +cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se movía +con actividad silenciosa y grave.</p> + +<p>El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico donde eran recibidos los +embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de ungüentos +medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el fondo. +En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un hombrecillo +hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray Diego de Chaves, +acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar hacia el campo.</p> + +<p>El monarca más poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero, +estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre un +taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando sin +cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a su +izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y espolvoreaba +de arenilla la reciente escritura.</p> + +<p>Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez había cobrado opaco +blancor de yeso humedecido.</p> + +<p>No se oía en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de las +péñolas en el papel.</p> + +<p>Afuera el aire resplandecía y el cielo azul brillaba como un límpido +esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por momentos el Rey levantaba +la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios desteñía +del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.</p> + +<p>Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emoción, +desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura suspendida del +muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de condenados y +demonios.</p> + +<p>Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando llegó el +momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante él la rodilla, +don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey leyó +brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada hacia +adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del +mundo, dejó escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas +perceptible:</p> + +<p>—Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura—dijo—bien +pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a vuestra +vista.</p> + +<p>Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su memoria; +pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razón, inhibida de +pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados, inocuos:</p> + +<p>—¡Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imaginé... soy todo +inocente!</p> + +<p>El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron a moverse. Pero esta +vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera podido distinguir +una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un insecto, el mismo +lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de otros +soberanos.</p> + +<p>Por último, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del toisón, +una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire señalando la +puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán acentuose con un +estremecimiento perentorio del índice. Toda réplica hubiera sido fatal. +El caballero obedeció.</p> + +<p class="top5">Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas, en su coche, camino +de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la sangre. Ya no +quería seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido, buscaba +sólo la forma de la venganza. Pensó con admiración y con envidia en su +amigo Antonio Pérez; pensó en huir como él a una corte extranjera y +lanzar desde allí contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor. +De esta suerte haría eterno su nombre, y su honra vengada pondríase a la +par de la grandeza del Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria +abriose de pronto en su imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la +figura sobrehumana de Felipe Segundo siguiéndole con la mirada a lo +largo de los caminos. Todo su brío se desplomó. Hallose anonadado, +vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo funesto. +¡Ahora sí que su garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones +palaciegas! Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo, +de entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los +cuatro muros de una celda.</p> + +<p>Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al cochero que se llegase +al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el Prior.</p> + +<p>Era un mediodía frío y luminoso de fines de octubre. Los arrieros +moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus botijos, echados +panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas murallas y +poderosos torreones parecía hartarse de sol. Reinaba en torno un sosiego +resplandeciente y adusto. Don Alonso recordó el verso de Alighieri:</p> + +<p class="poem"> +Loco e in Inferno detto Malebolge,<br /> +Tutto di pietra e di color ferrigno,<br /> +Come la cerchia che d'intorno il volge.</p> + +<p>Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del Silencio. +Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba extendido de +espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta, sonreía +dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo, +sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blázquez +Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa +admiración.</p> + +<p>Una hora después salía del convento resuelto a ingresar a las órdenes.</p> + +<p>Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subió +cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando +silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.</p> + +<p>¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su ánimo aquellos +vastos salones, donde había aglomerado con obstinada pasión tanto objeto +valioso, escogido y adquirido por él, en sus viajes!</p> + +<p>¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta ceguera, cuánta +puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo realismo de +la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar +marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar +ataujías ante la expectativa de la muerte?</p> + +<p>¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras, +del aparato de las libreas!</p> + +<p>¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la veía +ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse +cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de +la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana, +lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas +las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya +un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un +aparato caedizo y funesto de vanagloria.</p> + +<p>Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran su +lecho.</p> + +<p>—Aún queda remedio—se dijo de pronto, y levantose bruscamente para +hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente +determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una +puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz +juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija!</p> + +<p>De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal +cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la dueña +que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la cabeza, +entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 1em;">Ventura quiso qu'os viese,</span><br /> +amor que luego os amase,<br /> +ausencia que n'os mirase<br /> +porqu'en veros no muriese:<br /> +todo lo hizo ventura,<br /> +ventura fue conosceros,<br /> +conosceros fue quereros,<br /> +quereros fue desventura.<br /> +<br /> +<span style="margin-left: 1em;">Presentes penas mortales</span><br /> +causan dolor verdadero;<br /> +sus muestras hacen señales<br /> +del triste mal venidero:<br /> +la muerte siento venir,<br /> +porque ventura consiente,<br /> +qu'el grave dolor presente<br /> +descubre lo por venir.<br /> +</p> + +<p>Con el último acento de aquella vieja canción castellana, doña Alvarez +exclamó:</p> + +<p>—¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera vuestro galán para +escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan regalada, que +hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría las +niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía.</p> + +<p>—¿De Ramiro dices?—preguntó la doncella.</p> + +<p>—Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna, +soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le quisiera yo +para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un ángel y +el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez +para dejarle hacer su deseo!</p> + +<p>—¿Qué nuevo presente os ha enviado el regidor? ¿Qué manto, qué sortija, +qué conservas?</p> + +<p>—¿A mí con eso? Bien sabe Dios cuán limpias están aquestas manos +hidalgas de grasa corredera.</p> + +<p>—Es gentil hombre en verdad don Gonzalo—interrumpió Beatriz poniendo +su índice en la mejilla, con pensativo mirar.</p> + +<p>Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó:</p> + +<p>—Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A las veces sólo quiero +acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y qué celos me +asaltan! Tengo celos no sé de quién, celos rabiosos de todos los +estrados, de todas las celosías e aun de la fontana de la plazuela con +sus mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis cabellos algún +polvo de brujas el día aquel de las polillas?</p> + +<p>—Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas del +arrabal, que han debido enseñarle, de seguro, los filtros, el +aojamiento, las nóminas y todas sus tretas malditas.</p> + +<p>—Sois una perra—como dice Leocadia.</p> + +<p>—Buena borrasca es ella.</p> + +<p>—Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensar +en Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está escondido en algún +rincón de mi cámara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones; +y a la mañana siguiente huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso lo es +en verdad el señor regidor. Me quiere desde que yo era ansí, ansí, y qué +rendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San +Vicente no vale dos habas.</p> + +<p>—Eso dirá—interrumpió la dueña;—pero yo recuerdo haber oído afirmar +al señor canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, que +los señores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó mucho +con los moros, y vienen de una María de la Cerda, y cuentan con dos +condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de +la capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no va predicando +la alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose nunca +un mancebo más cortés, más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas, +cuál otro danza y tañe como él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía, +en música un Orfeo. Y qué recato para penar, qué constancia en el +querer. A mi fe, señora, que si él no consigue hablaros una vez tan +sólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor al galán más +gentil que jamás vieron los ojos.</p> + +<p>—Eso no podría ser sin daño para mi honra—repuso brusca y nerviosa +Beatriz.</p> + +<p>Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:</p> + +<p>—Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él más +parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio +Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana +vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar +mi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente +con su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la +gran pluma negra que estila—agregó figurándola con el gesto al costado +de su cabeza.—Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando +corro a la vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric, +tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre +dice que Ramiro desciende de los linajes más antiguos y claros de +Castilla.</p> + +<p>—Tric, tric, tac, tac—remedó burlescamente la dueña.</p> + +<p>—¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, con +la jineta de capitán!</p> + +<p class="top5">Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momento +en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente +en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre +capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo.</p> + +<p>Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva, +refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En +seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó por +decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:</p> + +<p>—¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísima +sangre con sangre de moros!</p> + + + +<h3><a name="Vb" id="Vb"></a>V</h3> + + +<p>Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.</p> + +<p>La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea los +hierros, requema el musgo de los tejados.</p> + +<p>Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la áspera +voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el monástico +silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la +obscuridad de su alcoba.</p> + +<p>Los gallos cantan roncos y soñolientos.</p> + +<p>Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón.</p> + +<p>—¿Qué ha sucedido?</p> + +<p>El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los +paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de +terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos +los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la +última baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los +muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébano +incrustada de marfil y una silla de roble.</p> + +<p>La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olor +habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquella +desvastación.</p> + +<p>Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos +nuevamente de la pared.</p> + +<p>Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro está +más enjuto, la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda su +persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus +negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus tacones.</p> + +<p>La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el +respaldo de la silla.</p> + +<p>Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la conspiración +imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espuma +contra los obstáculos, a manera de bravo torrente.</p> + +<p>¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y cubrirle de infamia. +Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de haberse +quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San +Vicente y el alférez, por la rabia de los celos; y los demás, por el +envidioso temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo explicar +si no, la insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quién +podía pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz de +semejante atentado contra Dios, contra el reino, contra su propia honra?</p> + +<p>Entretanto, reconfortábase al recordar el despreciativo gesto con que +había respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseado +quedarse ahí, sin agregar una sola palabra, mirándoles fieramente desde +lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador Quiroga señaló con +maliciosa expresión la daga sarracena que habían encontrado en la gaveta +de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el comienzo, +haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa, describiendo la +escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y +explicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una +honrosa prenda de su jornada.</p> + +<p>No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, la +infiel, su propia víctima, casi enloquecida por el tormento, en vez de +tomar la venganza que se le brindaba tan fácil y terrible, confirmó su +relato y su inocencia, acusándole de pérfido cristiano y de mal +caballero, que no había sabido respetar la palabra comprometida. +Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de angustiosa +pasión que la sarracena le dirigió, por última vez, al ser arrastrada de +nuevo a la tortura.</p> + +<p>Vino luego la declaración del Canónigo, y no volvieron a molestarle.</p> + +<p>Ya quedaba libre; pero ¡quién quitaría de su honra la mácula de +semejante calumnia! ¡Ah, un agravio alevoso como aquél merecía, +asimismo, secreta venganza! Pensó en Gonzalo, y, como si su espada fuera +parte viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado +acero una fruición homicida, bárbaro goce de sangre y de muerte.</p> + +<p>Detúvose un momento, y aproximose a una de las ventanas. El cuadro +invariable que había contemplado tantas veces desde la infancia se +manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del alto +cerco almenado que suprimía todo horizonte; la adusta soberbia de los +caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el +entretejo de odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y +villano de la existencia comunal que cada minucia recordaba, y, en fin, +tanta sordidez, tanta monotonía, saltáronle a los ojos haciéndole +considerar la estrechura de cárcel que había bastado a su ardimiento.</p> + +<p>Las palabras de Beatriz en el estrado le volvían a la memoria. ¡Sí, era +preciso dejar alguna vez la alcándara y volar hacia la heroica cetrería! +A él mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre al de +aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna +bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de +Flandes.</p> + +<p>¿Qué había realizado hasta ahora que mereciera inscribirse en las +crónicas? ¿Qué eran sus mejores hechos sino proezas de niño? Esta +reflexión hízole sonreír con ambiciosa amargura, mientras sus ojos, +enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lágrima.</p> + +<p>Resolvió, allí mismo, marcharse a Cartagena, por ver si encontraba +todavía al capitán Antonio de Quiñones, ¡Quién sabe si no topaban al +poco tiempo con alguna flota turquesca!</p> + +<p>Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo +alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada +le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había abandonado el +mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y acababan de +enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en la +ciudad de Córdoba.</p> + +<p>Sentose ante la mesa.</p> + +<p>El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas.</p> + +<p>—Las tres—se dijo,—y el paje no llega con la merienda.</p> + +<p>Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues +todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de +diamantes para Beatriz.</p> + +<p>¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento +cincuenta ducados?</p> + +<p>La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la +mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las +berzas que trajo Casilda!</p> + +<p>¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El +hambre era santa.</p> + +<p>La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color +de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un +cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas +de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.</p> + +<p>—¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?—preguntole Ramiro con +sequedad, sospechando alguna trapacería.</p> + +<p>—Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son: +ingenio, audacia y presteza—respondió el pícaro, remedando la gravedad +de los doctores.</p> + +<p>En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los +ecos del caserón.</p> + +<p>—Son los genoveses—exclamó Ramiro.—Corre a abrilles, Pablillos. No +puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.</p> + +<p>—Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos +dones de nuestra redonda madre—replicó Pablillos; y se retiró por la +galería columpiando la canasta encima de su cabeza.</p> + +<p>Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano; +Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al +cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda +contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como +si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de +un pájaro, el milagroso mendrugo.</p> + +<p>La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole:</p> + +<p>—Muchacho: ¿buscas amo?</p> + +<p>Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso, +con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño.</p> + +<p>Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando +él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se +le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las +mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso +conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos +puntales de su decadencia.</p> + +<p>Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los +nudillos.</p> + +<p>—Entrad—dijo Ramiro.</p> + +<p>Y los genoveses se presentaron.</p> + +<p>Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El +uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles +y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz +avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo +de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias +sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia +los margaritaios.</p> + +<p>El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:</p> + +<p>—Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.</p> + +<p>—No he menester—respondió Ramiro guardando el talego.</p> + +<p>—Su señoría sabe—agregó el prestamista—que el último día de cueste +año deberá dejar el palacio.</p> + +<p>—Sí—respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como +invitando a los genoveses a que se retirasen.</p> + +<p>El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna +cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y +exclamó:</p> + +<p>—Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte +ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las +ritornaremos por poco más.</p> + +<p>Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había escuchado? ¡Vender los +retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo +brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo hecho de la +ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para +proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio? +¡Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no! +Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar, +por unas viles monedas, aquellas imágenes, que él siempre conservaría, +para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasión, de +cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra.</p> + +<p>Dijo:</p> + +<p>—Sépase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina +su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el oro que ha +robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su +puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de +estos retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de +las Indias.</p> + +<p>Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su gesto implacable, como si +confiara en que el espíritu inmortal de sus antepasados acababa, de +presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda. +Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se +alejasen.</p> + +<p>Un instante después llegaba Pablillos con la humeante colación.</p> + +<p>Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo +deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie, junto a la silla, +relataba su reciente aventura:</p> + +<p>A la hora en que los porteros duermen la siesta, se había dirigido a la +tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego +de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de +tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque +venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a +la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla +y paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las +provisiones no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto, +diciendo con enfado al mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con +todo, galápago, que tenía orden de mi Señor de no lo recibir si no +llegaba luego, luego.» Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el +portero habló por la mirilla. El se adelantó sin vacilar y pidiole que +le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que había entrado a +guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que +llevaba.</p> + +<p>Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la +voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin tardanza +su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y +aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía +que emprender al siguiente día.</p> + +<p>La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del sillón y los +dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los instantes le +parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que +debía traerle Casilda.</p> + +<p>Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que aparecía y desaparecía, +ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela, abordajes heroicos, +armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón salió de la +cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y todos +devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la +mesa. De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y +a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los +muros en instantánea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y +cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo.</p> + +<p>Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha +contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos +retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la +frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la +palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda +llamole:</p> + +<p>—¡Mi señor! ¡mi señor!</p> + +<p>La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de +costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no +había querido recibirla.</p> + +<p>—¿Pero supo—preguntó Ramiro—que yo te mandaba?</p> + +<p>La muchacha respondió con una sonrisa.</p> + +<p>—¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?</p> + +<p>—Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra +merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al +estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.</p> + +<p>—¿Eso dijo?</p> + +<p>—Eso, señor.</p> + +<p>—¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?</p> + +<p>—¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?</p> + +<p>Poniéndose en pie, el mancebo repuso:</p> + +<p>—Enfádome agora de veros tan necia.</p> + +<p>Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo +mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose +mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia, +gritando:</p> + +<p>—¡Fuera de aquí la bellaca!</p> + +<p>Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se +alejaba por la galería.</p> + +<p>¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El +orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué +inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle +todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al +torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y +endechas, como el más rendido de los amantes?</p> + +<p>De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la +cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:</p> + +<p>—Puedes irte a dormir.</p> + +<p>—¿No ha oído vuesa merced—preguntó el muchacho—algo así como un +rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de +huesos?</p> + +<p>—Estarase alguno robando la argamasa del muro.</p> + +<p>—No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún ánima ensabanada! +¡Yo tiemblo!</p> + +<p>Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería. La piedra, el +ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara +noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas. +Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.</p> + +<p>El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la galería; espectral +claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los +arcos temerosamente.</p> + +<p>Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía pensar sino en Beatriz, +y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre el muro, o en el +veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y sublime, +confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda +su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o +entre las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La +solemne dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía +respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre +las losas y desteñidas al par de los tallos por la fantástica ceniza de +la luna. No se escuchaba el más leve murmullo. El sosiego era profundo, +pero su espíritu no se sentía verdaderamente solo. Algo como el hálito +de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios tenebrosos.</p> + +<p>Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la +derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo arco ornado de +rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella dirección, +advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era +Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado, +cual si estuvieran humedecidos.</p> + +<p>Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella compañera de infancia +cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también una mujer, mujer +bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeñada a +fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un breve +signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera +caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que +entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él +podía gozar allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa +criatura vendría a henchir de deleite su noche solitaria.</p> + +<p>Pero no, su corazón estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por +eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más tiránico, más +exclusivo que nunca, como el único amor concebible.</p> + +<p>Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo +sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz había espantado con +su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y +mariposeaba desde entonces por delante de su alma.</p> + + + +<h3><a name="VIb" id="VIb"></a>VI</h3> + + +<p>A la mañana siguiente, a la hora de costumbre, Ramiro encaminose a la +calle de Beatriz. Pasó y repasó muchas veces por delante del palacio. La +ventana no se entreabrió siquiera.</p> + +<p>A la tarde salió por la Puerta de San Vicente y fue a sentarse frente a +la muralla. ¡La figurita diminuta que asomaba de ordinario allí arriba, +sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia él, no apareció, ni +volvería a aparecer nunca más!</p> + +<p>En los días siguientes, recorrió, sin descanso, yendo y viniendo, la +calle de su amada. ¡Cuán terrible desengaño el que bajó hasta él desde +las verdes celosías! No hay lenguaje más cruel para el enamorado que el +de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en +nombre de una mujer.</p> + +<p>Un colérico estupor le exaltaba y le desconcertaba a la vez; ira +inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un peñasco +sobre el culpable. Por debajo de aquel desvío de Beatriz había que +buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y víctima de +la misma impostura. ¡Quién sabe qué sospecha habrían logrado incrustarla +en el corazón!</p> + +<p>Sin embargo, no quería pensar por ahora en Gonzalo. Según su altiva +costumbre, buscaba disimularse a sí mismo toda intención de venganza, de +suerte que la cólera sólo estallara en el instante del infalible +castigo.</p> + +<p>Quiso la casualidad que uno de aquellos días, al pasar Ramiro bajo las +ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma calle en dirección +a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa servidumbre. +Ramiro le saludó con franqueza, quitándose del todo la gorra. El hidalgo +bajó rápidamente los ojos y respondió apenas con leve inclinación:</p> + +<p>—¡Qué es esto, Santísima Virgen!—se dijo el mancebo.</p> + +<p>Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e interpelar derechamente a +don Alonso. ¡Pero no!...</p> + +<p>Llegado a su casa, y ahondando cada vez más sus cavilaciones, creyó +encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia agregábase quizá la +noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habría sido informado; y quién +sabe si los años, enfriándole el corazón, no le habían tornado +calculador y avariento.</p> + +<p>Sobrevínole de nuevo el asco de aquel «ruin lugar», como le llamara, en +cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad cárcel, según él, +donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles; donde la excesiva +proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades +monstruosas; donde se vivía bajo continuo espionaje, y cada rendija +tenía una mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde +todo impulso generoso topaba con muros más agobiantes que los que +retajaban el escaso recinto de la ciudad, y, donde, en fin, sólo podían +librarse del desengaño y del hastío aquellos que tenían el ala asaz +nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía +el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para +irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en +Italia, en las Indias.</p> + +<p>A fuerza de meditar en su propia situación, asaltole un pensamiento +irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que había recibido +de los usureros al azar de un instante. Multiplicaría, tal vez, su +caudal en proporciones fantásticas. Viose ya subyugando el capricho de +la fortuna y asiéndola del pescuezo como a una mujer que se resiste. +Llenaría su cofre y sería poderoso por algunos meses. Era todo lo que +deseaba. Se creería en la ciudad que había logrado restaurar su +patrimonio, y don Alonso volvería a abrirle los brazos.</p> + +<p>El había entrado una vez, en compañía de otro mancebo, a un garito +próximo a la Puerta del Puente, donde acudían a diario muy principales +caballeros de la ciudad. Allí se había encontrado con don Enrique +Dávila, encerrado ahora en el castillo de Turégano por la conspiración +de los pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo, +con Antonio Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y +Pedro de San Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echándose a los +hombros la segoviana capa, se dirigió, precedido de su paje, a la casa +de juego.</p> + +<p>La luna no había salido aún, y al bajar por la Rúa, hacia el Adaja, +Ramiro contemplaba las constelaciones. ¡Quién hubiera podido leer en +aquella escritura suntuosa y estremecida!</p> + +<p>A eso de las cinco de la mañana estaba de vuelta en su aposento.</p> + +<p>—¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a la tablajería o al +arrimarse a la mesa?—preguntole el paje, continuando la plática que +traían desde el portal.</p> + +<p>—Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice o +no hice.</p> + +<p>—Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca y +poníame a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oración +que yo me sé, les sacaba todos los cuartos.</p> + +<p>—¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda?</p> + +<p>—No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo, +con la hembra menos guardosa del mundo.</p> + +<p>Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle la +capa, exclamó como espantado:</p> + +<p>—¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios!</p> + +<p>—Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.</p> + +<p>—¿La jugó también vuesa merced?</p> + +<p>—Juguela.</p> + +<p>—¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?</p> + +<p>—Todo.</p> + +<p>—¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones para +mañana y los días venideros?</p> + +<p>—Eso piénsalo tú, que eres villano—exclamó Ramiro muy cerca de la +cólera.</p> + +<p>—No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueron +siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que +destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a vuesa +merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía.</p> + +<p>Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó con +cautelosa humildad:</p> + +<p>—Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me ha dicho, +ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores.</p> + +<p>Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luz +para dormirse, repuso como entre dientes:</p> + +<p>—Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan...</p> + +<p>El resto de la frase perdiose entre las mantas.</p> + + + +<h3><a name="VIIb" id="VIIb"></a>VII</h3> + + +<p>Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinero +de los genoveses, a quienes llevó los retratos con la primera lumbre del +alba; pero después de referir los pormenores de la diligencia, le dijo:</p> + +<p>—Debo comunicar también a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela, +topé con Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía estarme +esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blázquez +tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su +hermano el mayorazgo le pasea la calle a la señora Beatriz, entrada la +noche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede +ser sino della, dándole una cita para hoy; pues a través de una +antepuerta hale oído exhalar muchos suspiros, diciendo: «Sí, bella +namorada mía. ¡Sí que he de ir! Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese, +señor Ramirillo.» Y encargome no dejara de referir esto último, palabra +por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa.</p> + +<p>—¿Quién acoge razones de un ebrio?—repuso Ramiro, desdeñosamente.</p> + +<p>Pero no por eso dejó de experimentar súbito calofrío que le bajó hasta +las plantas.</p> + +<p>Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña situación, el menosprecio +de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle su +paje.</p> + +<p>El escudero palideció de pronto y, mesándose la barba, repuso:</p> + +<p>—Amor de niña, agua en cestilla—luego alzando la frente:—¿No será +alguna treta de Franco, el campanero?</p> + +<p>Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de los moriscos, meneó +la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatar +el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y ciñose la +espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la hoja, +oprimió con ambas manos la guarnición sobre su pecho, para rezar de +aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la +empuñadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada, +envainolo otra vez en silencio.</p> + +<p>Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a rondar la casa de +Beatriz. Quería saber lo que pasaba, instante por instante, por si era +verdad lo del billete. El por su parte iría a esperar junto a la Puerta +de San Vicente, y Pablillos haría de correo.</p> + +<p>Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y su criado dejaron la +ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, por +la parte de Mediodía, al pie de los muros. El muchacho caminaba por +delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estómago más +hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura +que hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos +memoriales, y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanas +de la señora, habría de seguro una gresca digna de las calles de +Salamanca. El, por su parte, creía poseer las mejores piernas del reino; +y, a no ser que le cegaran de improviso haciéndole entrar la cabeza en +el vientre de alguna guitarra, como le había acontecido cierta vez, +riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.</p> + +<p>La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en su sangre hervor de +vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar a +los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los collados. La +primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; ¡verde y +plateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol chispeaba en la +mica de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río, +fingiendo como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de +Villatoro. Todo parecía impregnado de claridad y de matutino frescor, +hasta el tañer de las campanas, el sonido de los yunques, y el cantar de +los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de Santiago. Algunas +mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y un perfume +rústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno. +Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena.</p> + +<p>Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, díjole al paje que +esperara en aquel sitio, mientras él iba a situarse frente a la muralla +del Norte.</p> + +<p>Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de las +cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababa +de salir de su casa en una silla cubierta, y que, según les había dicho +un viejo lacayo, aquel señor, después de algún tiempo, pasaba la noche +en el convento de Santo Tomás.</p> + +<p>La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con el rostro casi +oculto por el ala del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular a sus +pies bajo la vibración alucinadora de la penumbra.</p> + +<p>De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perdía la +mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a las +seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo +instintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasión y de sublime +violencia.</p> + +<p>El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria muriente el oro del +cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron.</p> + +<p>Desolada melancolía bañó de pronto la imponente rudeza de la muralla. +Ramiro imaginó que las torres se sucedían a espacios iguales, como los +<i>paternoster</i> del rosario; que las almenas figuraban las avemarías, y la +Catedral, con su saliente cimborio, el hueco crucifijo lleno de +reliquias de santos y caballeros.</p> + +<p>Cuando Pablillos volvió a presentarse sin ninguna noticia, su amo le +manifestó que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y encaminose, +en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraña.</p> + +<p>Al acercarse a la basílica hundió la mano en la faltriquera y extrajo el +rosario de quince misterios que le había ofrecido su primer preceptor +Fray Antonio de Jesús. Era un viejo rosario de Tierra Santa, cuyas +cuentas, hechas de hueso de camello, habían sido ensartadas en fuerte y +apretado cordón de seda blanca.</p> + +<p>«Lleva siempre contigo esta soga de estrangular demonios», habíale dicho +el franciscano al ofrecérselo.</p> + +<p>La iglesia estaba sola y obscura. Una lámpara de plata ardía en la +capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el extraño +monumento dorado y azul de los Mártires. Bajó a la cripta. La milagrosa +imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de +pechos en el suelo, gemían hacia un rincón, cubiertas completamente por +sus mantos, haciendo pensar en dos enormes murciélagos moribundos.</p> + +<p>Rezó con fervor los quince misterios, y cuando creyó que la sombra le +permitiría caminar por las calles sin ser reconocido, se dirigió a la +ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a pocos +pasos de la casa de Beatriz.</p> + +<p>Esperó mucho tiempo.</p> + +<p>De pronto, un bulto humano rozole y pasó. Algo después vio llegar una +ronda. Un corchete venía por delante meneando hacia uno y otro lado la +humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza los +semblantes de los ministros. Ramiro reconoció al alguacil Pedro Ronco +por la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecían trazados con un +tizón sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las +espadas fuese alejando.</p> + +<p>Escuchose luego una voz:</p> + +<p>—¡Señor! ¡Mi señor!</p> + +<p>Era Pablillos.</p> + +<p>Refirió que, un momento antes, un hombre enmascarado se había detenido +frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo que Medrano le mandaba +con aquella noticia, apareció un nuevo enmascarado, el cual, acercándose +al primero, le interpeló con dureza. Ya parecían irse a las manos, +cuando acertó a pasar la ronda. Haciendo abatir las máscaras y arrimada +la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoció a los dos +hermanos San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundón que se +alejara al punto, si no quería acabar en la cárcel. El mayorazgo +retirose también; pero, según el escudero, no tardaría en volver al +mismo sitio.</p> + +<p>Ramiro fue a colocarse en la esquina más próxima. Encontrándose allí con +Medrano, dijo a éste y al paje que le dejasen solo.</p> + +<p>La luna debía asomar hacia el naciente, pues la muralla comenzaba a +contornear por ese lado sus triangulares almenas.</p> + +<p>Más de una hora pasó Ramiro sin apartar los ojos de la casa de Beatriz. +Parecíale por momentos que el postigo de la puerta se entreabría y se +cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asomó por la abertura. Las +blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doña Alvarez. Cada +vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin, +chistó quedo, muy quedo, varias veces. Nadie respondía. El postigo +cerrose.</p> + +<p>Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no volvería tal vez a +presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la calle, la figura +de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al pie de las +ventanas.</p> + +<p>Ramiro desenvainó la espada, y tomándola de la hoja por encima de la +capa, adelantose, prestamente, rozando la pared más obscura. ¡Era +Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetán, +reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con +hermoso joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, también, +noches pasadas, en la casa de juego.</p> + +<p>Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la puerta con los nudillos, +Ramiro, corriendo hacia él, asiole el brazo en el aire. Luego, +estrujándole con fuerza la máscara sobre el rostro, acabó por +arrancársela con rabioso tirón. San Vicente desenvainó a su vez, y +exclamando: «¡Muera!», se arrojó sobre su rival. Pero éste le esperaba +ya con el acero tendido.</p> + +<p>Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la espada, gritó de nuevo:</p> + +<p>—Pida perdón el alevoso.</p> + +<p>—Vos a mí, villano, por vuestras calumnias menguadas.</p> + +<p>—¡Muera entonces el perro morisco!—volvió a gritar San Vicente.</p> + +<p>—Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda.</p> + +<p>—No la he menester.</p> + +<p>—Pues busquemos, si os place, algún sitio más apartado, donde el rumor +de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando que es el oro de +vuestra bolsa.</p> + +<p>—Vamos donde gustéis.</p> + +<p>Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta calleja, en la +dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros, +que él había observado en uno de sus paseos.</p> + +<p>Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de +plata entre la incierta claridad de la noche.</p> + +<p>Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro se detuvo y trató de +violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por fin, después de +un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoyó +su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió desde +arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de +los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián, +con su valiente cortesanía.</p> + +<p>Era una cantera abandonada. La roca, formando una sola mole en forma de +colina, no había permitido levantar vivienda alguna sobre su pétreo +caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la +derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables.</p> + +<p>Deteniéndose en el paraje más llano, los dos mancebos derribaron al +suelo sus capas. Gonzalo arrojó también lejos de sí la rodela que +llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes +transparentes, esparcía sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de +amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla +del plenilunio.</p> + +<p>Los aceros se cruzaron.</p> + +<p>Gonzalo paraba los golpes con maestría, acechando el instante. Ramiro, a +su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca, con molinetes +fantásticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida, dejaba +rebrillar la dentadura.</p> + +<p>San Vicente, a pesar de su destreza sentíase vacilar ante aquella +máscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y, por fin, +temiendo que el corazón le flaqueara, hizo una falsa y enviole a Ramiro +una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atravesó de parte a +parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces, +iluminado por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia +adelante, para dejar aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y +tomando su propia espada, como quien alza un puñal, clavósela de golpe +en medio del pecho. Luego se la hundió ferozmente, a través del +justillo, toda entera, toda, toda, hasta los gavilanes.</p> + +<p>Gonzalo exclamó:</p> + +<p>—¡Esto es hecho!</p> + +<p>Y, lanzando por la boca una onda negrusca, desplomose.</p> + +<p>Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante; y su cabeza, sin +vida, se dobló, se acostó de lado, sobre la piedra.</p> + +<p>Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime de su rival, Ramiro +elevó una oración jaculatoria a la Virgen de la Soterraña. ¡Estaba +vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un +goce inmenso y bravío. Sintió erguirse en la brisa, como una cresta de +gallo, la pluma de su sombrero, y experimentó en los talones una extraña +sensación de fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz, +hacia la luna, el grito de guerra de sus mayores.</p> + +<p>Asaltado por súbito pensamiento, se agachó hacia el cadáver, y +desciñendo las agujetas, sacó de entre el jubón y la ensangrentada +camisa un billete sin sobrescrito. Lo desplegó. La claridad era débil; +pero, al mirar hacia el cielo, observó que la luna iba a pasar muy +pronto tras una grieta de las nubes. Poco después sus ojos leyeron las +siguientes palabras:</p> + +<p>«Sírvase vuesa merced venir esta noche pasadas las once. Golpee primero +tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo le abriré. +Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi señora +irá luego a hablar con vuesa merced.</p> + +<p>»Vuestra fiel servidora, <i>Alvarez</i>.»</p> + +<p>Tomose la frente con ambas manos, ¡Era posible! ¿Sería verdad que +Beatriz?... ¿No habría en todo aquello algún ardid infame de la dueña? +Fácil era saberlo. Contuvo su meditación, e, instantáneamente, con +nerviosa premura, cambió su negro sombrero por la gorra de Gonzalo. +Arrastrando en seguida el cadáver hasta el borde de una cavidad que +negreaba al pie de los muros, empujolo con el pie reciamente para que +rodara hasta el fondo. Luego, recogiendo la clara capa del muerto, +embozose con ella, haciendo de lo suyo un lío que apretó bajo el brazo.</p> + +<p>Cuando se disponía a saltar de nuevo la tapia, vio asomar por detrás dos +rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y Pablillos, que +habían presenciado desde allí toda la escena. Al caer a la calle, el +escudero recibiole sobre su pecho, exclamando:</p> + +<p>—Famosa estocada, ¡voto a Cristo! Huyamos, huyamos presto, no sea que +vuelva la ronda.</p> + +<p>Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a esperarle al solar, +y, dándoles la capa y el sombrero, enderezó resueltamente a la casa de +Beatriz.</p> + +<p>Llegado ante la puerta, advirtió en el suelo la mascarilla negra de +Gonzalo; cogiéndola con presteza se la puso en el rostro.</p> + +<p>Golpeó tres veces y luego otras dos con los nudillos. El paño de la capa +desprendía afeminado perfume. Su espíritu comenzó a divagar. Vio y dejó +de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con hilo de oro y +piedras preciosas. Observó que los clavos de la puerta figuraban cabezas +de leones. Llamó de nuevo. El exceso de emoción le embriagaba. Por fin, +el cerrojo crujió levemente y el postigo entreabriose; doña Alvarez +asomó la cabeza, y después de haberle observado un instante, le dijo en +voz baja:</p> + +<p>—¡Albricias, señor don Gonzalo!</p> + +<p>Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la mano con +impaciencia:</p> + +<p>—Presto, presto—agregó;—cruce vuesa merced el patio y el huerto, y +suba a la torre.</p> + +<p>Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, desde cuya plataforma había +visto atardecer siendo niño, en compañía del enano, apoyó su espalda +contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le +inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emoción, comparables al +comienzo de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura +de la noche hacíale sonreír.</p> + +<p>Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero. +El convento de la Encarnación, con sus tristes paredes pálidas, adormía +en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de +pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso huerto +de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo, +dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los +ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora. +Un perro latió de modo lúgubre al pie de la muralla.</p> + +<p>De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de vestidos.</p> + +<p>Ramiro se irguió.</p> + +<p>Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la +torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La pálida tez +de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus lustrosos +cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco pavón +de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás, +vibrando en el aire cual doble serpiente.</p> + +<p>Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la +tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio +cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levantó el +rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante. Sus +labios parecían sorber la fluida claridad que bajaba del cielo.</p> + +<p>Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella aparición. Todo su ser no +fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira para devorar el velo +cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su señora, +divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha; +olvidó el papel de doña Alvarez y el drama reciente; olvidó como un +ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la +máscara que ocultaba su rostro; y pareciole que, después de un sueño +desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y señor, sobre +la torre de encantado castillo. Caminó hacia ella y asiola con dulzura. +Beatriz se resistió débilmente; ¡en su labio, humedecido, temblaba una +lucecilla azul, una gota de luna!</p> + +<p>Fue al principio un beso ideal, casi incorpóreo, tomado con el aliento, +en la quietud, en la altura, sobre el sueño de la ciudad y las tierras; +pero, al pronto, el indeciso contacto acabó por despertar los sentidos, +y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino +furor. Beatriz gimió sin poder esquivarse, mientras Ramiro sentía correr +por su cuerpo sobrehumano deleite. ¡Al fin lograba la ansiada, la soñada +caricia! ¡Era el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces +imaginado! Pero, de pronto, en medio de aquel loco transporte, un +relámpago de razón brilló en su cerebro. La realidad acababa de herirle +de súbito. Fue algo espantoso. Con la boca estremecida aún sobre el +rostro de la doncella, pensó de repente que estaba con la capa y la toca +del muerto; que llevaba sobre el rostro una máscara; que Beatriz creía +hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, ¡que aquel beso era el beso de +otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a +otro hombre!</p> + +<p>En ese instante la niña, levantando su rostro, exclamó con pasión:</p> + +<p>—¡Ah, Gonzalo, cuán dichosa me hacéis!</p> + +<p>Y tendió de nuevo su boca insaciada.</p> + +<p>Ramiro recibió de lleno el aletazo de la demencia. Todo su ser rechinó +cual la hoja ígnea que el espadero sumerge de golpe en el agua. Sentía +que su mente giraba en una vorágine de negrura, y escuchaba dentro de su +cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo +sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: ¡el +exterminio, la muerte!</p> + +<p>Tomó, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo beso de Beatriz, +devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella gritó entre +los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logró por fin +desasirse. Entonces el mancebo, quitándose de golpe la máscara, rugió +dos veces:</p> + +<p>—¡Ramera! ¡Ramera!—enseñándola el rostro.</p> + +<p>La niña no pudo modular ni una sola palabra. Su boca, entreabierta, +negra de horror, dejó escapar un quejido sordo, aciago, indefinible. El +echose sobre ella, arrollándola al pie del parapeto y tapándole la boca +con el manto para ahogar sus gemidos. Buscó su daga, y ya iba a +desenvainarla, cuando un instinto rápido le contuvo. ¡Una correa!, ¡un +cordel! ¿Dónde? Algo que pudiera anudarse. Intentó locamente +desprenderse el cinturón, las ligas, los tirantes de la espada, el mismo +cintillo del sombrero. De pronto su mano convulsa rozó las cuentas del +rosario de Fray Antonio que colgaba de la faltriquera, e inspirado por +el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los dientes junto al +crucifijo, dejó caer algunas cuentas, y envolviéndolo al cuello de +Beatriz, tiró con ambas manos, tiró en uno y otro sentido, hasta +apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible.</p> + +<p>Luego descendió. Cruzó el huerto y el patio. La dueña esperaba dormida +junto al postigo. El abrió sin despertarla y salió; pero cuando hubo +dado algunos pasos por la callejuela, creyó escuchar, detrás de la +puerta, la voz de doña Alvarez. Apresurando entonces el paso dejó caer +de intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente.</p> + +<p>Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Rúa, llega al caserón. El +escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por el postigo.</p> + + + +<h3><a name="VIIIb" id="VIIIb"></a>VIII</h3> + + +<p>Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y convenido con +Medrano el día en que habían de encontrarse en el pueblecillo de +Cebreros, Ramiro abandonó la ciudad, al día siguiente, a la hora del +alba.</p> + +<p>Escogió para salir la puerta de Antonio Vela. Al contemplar a su derecha +el arrabal de Santiago, vínole a la memoria su amancebamiento con la +hermosa morisca y pensó que aquella mujer había sido la causa de toda su +malaventura, de todos sus yerros y desengaños. ¡Quién sabe si no había +mediado algún hechizamiento! Acordose de su mirada última delante del +Tribunal, y la sola evocación de aquellas pupilas llénole el ser de +supersticiosa inquietud.</p> + +<p>Cuando hubo llegado a las primeras colinas del naciente detuvo su +cabalgadura. El claro camino corría hacia el porvenir, en la coloración +deliciosa de la mañana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno y +otro lado los rayos rastreros del sol hacían brillar los tomillares +cubiertos de rocío. Volvió el rostro. La ciudad le llamaba con una voz +de tedio, de perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer, +hízole pensar en el encarnado capucho del verdugo.</p> + +<p>Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder el alma para la +eternidad.</p> + +<p>Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No pensaba, no quería +pensar nunca más en la hija de Don Alonso a quien él creía haber dado +muerte la noche antes. Pero la conciencia le venía repitiendo que si se +llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caería, +de fijo, sobre Pedro, creyéndole el matador de su hermano y de Beatriz. +Un inocente sería condenado en su lugar.</p> + +<p>Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa cavilación, resolvió +seguir el consejo del cielo. Rezó un <i>paternoster</i> y un avemaría, hizo +girar a su rocín hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte, y, soltando +la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabritó, pero un rato +después se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino +de Cebreros.</p> + +<p>—¡Dios lo quiere!—pensó Ramiro.—¡Un ángel lo aguija!</p> + +<p>No tardó en internarse en la fragosidad de la sierra. Perdido a las +veces por el gesto vago de los pastores que solían señalarle algún +sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un viento +desesperante, las crueles parameras, donde le asaltó, más de una vez, el +deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, llegó por +fin a Cebreros, un día lluvioso, a la hora de la siesta.</p> + +<p>Paró en un mesón de los arrabales, y llegada la noche, acostose sobre +una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos hombres que se +hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clérigo anciano y +un labrador se hacían las primeras preguntas:</p> + +<p>—¿Y adónde camina vuestra merced?, ¿puede saberse?</p> + +<p>—Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar después a Toledo.</p> + +<p>—¿Es de aquel lugar vuestra merced?</p> + +<p>—Soy de Tornadizos; pero llévame, al fin de los años, el deseo de +presenciar un auto de la fe. Además, el capellán de las Clarisas es algo +pariente mío, y quiero visitalle.</p> + +<p>—Bien, bien... Yo soy de aquí mesmo, quiere decir de la nava. Allí he +nacido e vivido los años que tengo, que son para esta Pascua de Navidad +sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de sangre; +pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria +a los muchos hijos que tuvo. Finó de un mal que llaman...</p> + +<p>El clérigo aprovechó de aquella perplejidad para recobrar la palabra, y +púsose a referir que, pocos días antes, habían pasado por su pueblo dos +moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la Inquisición de +Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por añadidura +un rostro hermosísimo. Uno de los guardas habíale dicho, punto por +punto, el delito de ambas mujeres.</p> + +<p>Ramiro escuchó entonces la adulterada historia de la conspiración por él +descubierta.</p> + +<p>—Además, un mozo de mulas que viajaba con esa gente—dijo el +clérigo—me aseguró que la hermosa morisca, valiéndose de un bebedizo +diabólico, había logrado hechizar a uno de los mancebos más bizarros y +piadosos de de ciudad tan cristiana, haciéndole renegar en poco tiempo +de la fe de Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la conjura.</p> + +<p>—¡Válame Dios e la Virgen Santísima!—exclamó el labrador, +santiguándose con espanto.</p> + +<p>Ramiro se incorporó sobre las mantas. Aquel gran pecado, aquel gran +baldón de su vida había tomado cuerpo, había pasado los muros de Avila, +y viajaba ahora por ventas y caminos.</p> + +<p>El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que llegaba del establo y el +continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron su estado de +angustia, figurándosele una viva parábola de su envilecimiento. Sentíase +humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con agresiva +arrogancia al pensar en los hombres.</p> + +<p>Después de tres días, como Medrano no llegaba, Ramiro resolvió continuar +sin esperarle. Era una mañana esplendorosa de principios de mayo. Había +sacado, él mismo su cuartago al soportal del mesón, y ya iba a poner el +pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el reflejo de +las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso +pajecillo que parecía hacerle señas desde lejos. Llegó por fin el tal +pajecillo junto a él, y, apeándose de la cabalgadura, encogido y +lloroso, demandole una y otra mano para besárselas.</p> + +<p>Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus pestañas, su guedeja y todas +sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que Ramiro tardó en +reconocerla. Dijo que el mismo día de su partida, a eso de las dos de la +tarde, Diego Franco, el campanero, había regresado a la Iglesia con un +tajo en el rostro, y que interrogado por los señores Canónigos no había +querido responder una sola palabra. Agregó en seguida, que su padre +había sido llevado a la cárcel hasta tanto se averiguara la verdad de +aquella cuchillada.</p> + +<p>—Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje, e se quite las +barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre.</p> + +<p>Luego, bajando los párpados y ruborizándose bajo el polvo blanquecino +que velaba su rostro, agregó que ella venía a ponerse a su servicio y +que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese.</p> + +<p>—No—respondió Ramiro con frialdad;—más falta hacéis a vuestro padre +que a mí. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo sigo para +Toledo, adonde he de esperalle.</p> + +<p>Viendo que el clérigo y el labrador salían en ese instante de la posada, +quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano derecha y diósela +a la muchacha, diciendo:</p> + +<p>—Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.</p> + +<p>Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó las espuelas.</p> + +<p>Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas por una que otra +serranía de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitando +los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche, llegó +una mañana a la vista de la célebre ciudad de los concilios y +espaderías, sin más incidente de importancia, en el camino, que una +sorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admirado +de su valor, hízole devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirle +en su banda como segundo.</p> + +<p>A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas de +mediodía, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente de +Alcántara.</p> + +<p>Estaba en Toledo.</p> + +<hr class="full" /> + +<h3><a name="TERCERA_PARTE" id="TERCERA_PARTE"></a>TERCERA PARTE</h3> + + + +<h3><a name="Ic" id="Ic"></a>I</h3> + + +<p>Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas y +plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor, solitario en el +tumulto.</p> + +<p>La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que de +costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y tomando la +calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el paso +desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta +suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado +ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin más +ocupación que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitoso +amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusión de trajes +versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas rebosantes, y el +polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños. Era el acopio +cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la +ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era +toda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, sus +balidos, su campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos, +el joven avilés tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o +Ajofrín, enfriadas por el rocío.</p> + +<p>Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguo +torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundían en una +ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico le estropeaba la +bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le apartaba de un +manotón. No había quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella +puerta, donde los gañanes se complacían en hacer estallar sus alaridos, +y los cencerros pastoriles resonaban como esquilones.</p> + +<p>Más tarde, después de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba el +agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a uno, los escaparates +de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi siempre, una +hora antes del toque de oraciones, sin más que levantarse el mostacho +con los dedos, entraba en el Zocodover y poníase a pasear por la plaza o +por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer, +la palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el +largo espadón y sus raídas y polvorientas ropas, dábanle toda la traza +de algún soldado de Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.</p> + +<p>Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión, fuele sumergiendo en +un estado semejante a la placidez de las convalecencias. Olvidado casi +de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por segura, y +sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el recuerdo +de sus amores con la morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su +embarazoso rocín, para juntar de esta suerte algunos doblones que le +evitaran por algún tiempo las ruines urgencias del dinero.</p> + +<p>Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz lo +que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una hoja trágica +doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba cuenta +alguna en su contra.—La esposa o la desposada que nos burla—habíase +dicho a sí mismo—se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez +descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y después olvidarla, +olvidarla del todo, barrer del corazón hasta su nombre, inhumar su +recuerdo como un harapo de pestífero. He ahí la vieja ley de la honra. +En cambio, el breve relato del clérigo, en la venta de Cebreros, había +renovado en su espíritu cavilaciones y remordimientos que él +consideraba abolidos para siempre. De modo imprevisto, las escenas +lejanas de su amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con +torturante viveza, y llegó a pensar que los demás pecados de su vida no +sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma estaba perdida para la +eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra el reino, contra +la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo.</p> + +<p>Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a agitarle. ¿Qué era aquello +del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho beber sin que él lo +advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el clérigo decía, algún +filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la mirada tan profunda, +tan extraña, que su antigua manceba le había dirigido ante el Tribunal +de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pensó en +algún terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante +todo el resto de su vida.</p> + +<p>—¿Qué impulso incomprensible—preguntábase entonces—acababa de +encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser conducida por los +peones del Santo Oficio?</p> + +<p>Esta última reflexión hacíale estremecer por momentos y le llenaba de +miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y complaciente le +susurraba que su Divina Majestad había querido traerle a la ciudad +justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de +lujuria.</p> + +<p>Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como en +una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y, meditando a +un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá, a la sombra de +las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefería una de +esas iglesias íntimas, como San Andrés, San Torcuato, Santo Domingo el +Real, San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar +solitario, con el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su +tribulación caminando y caminando por las calles, al azar de su +capricho.</p> + +<p>Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy +distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era neta +y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el toledano +arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde +el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente +entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles, +angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y +sólo en lo alto ardía, sobre la cal, la brusca faja de sol.</p> + +<p>Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su cofre +de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve +asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una +alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la +cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente; +todo trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y el odio +religioso, exaltado por su remordimiento, le contraía el corazón cuando +atravesaba los barrios de la morería, entre las covachas atestadas de +sedas multicolores, de bonetes de grana, de cereales, de especias, de +perfumes. Los muros hasta la altura de un hombre, estaban ennegrecidos +por el mismo roce indolente que adelgaza los pilares de las mezquitas. +El converso, con sus velludas piernas cruzadas sobre el mostrador, +llamaba a los compradores golpeando con fuerza el platillo de su balanza +de cobre. Era la misma gárrula, las mismas gesticulaciones, las mismas +amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho más +tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro escuchaba el +rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a pesar suyo, los pies +desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca pintada y sus +pestañas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces, hacia +una y otra parte, los signos graves de la religión: los humilladeros, +los paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los +campanarios, donde brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por +los infieles.</p> + +<p>El recordaba añejas historias que había leído o escuchado referentes a +Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas de amantes, un +olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba ahora +con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpóreo +de su alma.</p> + +<p>Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria. Sus +monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el oprobio de los +serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las tremendas +virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre, la sombra de +las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las mezquitas exorcisando +los mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal habían +ocultado y carcomido los arabescos. Las voces frenéticas de los monjes, +en los coros obscuros, ahogaban en la memoria hasta el último eco del +canto de los almuédanos. La cera y el aceite ardían de continuo. Los +antiguos alminares lloraban con campanas católicas su remordimiento.</p> + +<p>Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación eterna brillaba en la +pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las +moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una +existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente +en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la +portería de los beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente +perfumes de iglesia. Aquella ciudad, profanada por los judíos y los +moros, antojábasele a Ramiro, sumida como un solo ser, en inmenso dolor +religioso; y, a la hora del crepúsculo, creía respirar a través de sus +calles, errante hálito de vigilia, un aliento febril de insomnio, de +penitencia.</p> + +<p>El también tenía que exorcisar su corazón, borrar otras lascivias y +perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba +como un peñasco entre Dios y su alma.</p> + +<p class="top5">Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó Ramiro amistad con el +viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta. Se hubiera +dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual hipnótico +ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta los +vendedores errantes se postraban junto a su mercancía, donde les tomaba +el golpe de badajo. En la plaza, más de uno se terciaba el embozo y se +quedaba dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes, +pordioseros, soldados inválidos, menestrales sin trabajo, señores de la +hoja con encerado bigote y calzas de color, y más de un hidalguejo de +poca monta, se confundían en aquel reposo común bajo la lumbre +meridiana. El caserío recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de +zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.</p> + +<p>Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas verdachas y +parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero le miraba de +hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz muy baja +y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte, +prorrumpió:</p> + +<p>—¿Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa espada que +lleva?</p> + +<p>Ramiro se la ofreció buenamente.</p> + +<p>El hombre, después de haber desenvainado como un palmo de hoja, observó +atentamente el recazo:</p> + +<p>—No en vano—agregó—me había guiñado esta joya. He aquí la marca de mi +padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya!</p> + +<p>Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta con la otra mano, y, +arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con viveza. El +metal vibró como una campana que sonara muy lejos.</p> + +<p>—¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor hidalgo!—agregó +Domingo de Aguirre.—El acero es cada día más sucio y el temple más +ruin.</p> + +<p>—Dícese, en verdad—contestó Ramiro,—que habéis perdido algunos +secretos de antaño.</p> + +<p>—En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la +mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y en +punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha perdido es +la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como +Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la +alcancía. En mi tiempo batíamos cada espada como si nos estuviesen +mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si no salía honrada e cumplida, +como era menester, no la poníamos en la lonja por todo el oro de las +Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por rematar una hoja e sacábala por última +vez de las ascuas, color de hígado, y le untaba la riñonada para ponella +a enfriar punta arriba, me temblaba el corazón, señor hidalgo!</p> + +<p>Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa ropilla +color de avellana que dejaba entrever el jubón de terciopelo carmesí. Un +cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero. Su rostro +cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como un +higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras +todavía, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que habían +vivido catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de +las ataujías. El fuego había chamuscado sus manos verrugosas y obscuras +como sarmientos. Su boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y +firmeza.</p> + +<p>Aunque Ramiro había mirado siempre con aristocrático desprecio a todo +aquel que envilecía sus manos en los oficios mecánicos, pensó esta vez +que la sabia fabricación de las armas debiera estar exenta de villanía, +como faena preclara puesta al servicio de las más altas empresas. +Además, había oído decir que los señores toledanos no desdeñaban el +trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran +sitio de reunión y de esparcimiento de los nobles.</p> + +<p>Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un respeto especial. +Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el hierro tenaz +y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en generación +el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza les había +demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos, aquella insigne +herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas, sus rodelas, sus +estoques, sus armaduras, habían hecho tan famosa a Toledo como los +concilios.</p> + +<p>Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora ambas manos +en la suya y continuaba diciendo:</p> + +<p>—¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que fueron, cuando +vemos que la nación entera va camino de su perdición?</p> + +<p>Ramiro hizo un gesto de asombro.</p> + +<p>—Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes claman y el Rey no +las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo de los +tributos, las industrias están enfermas del gusano de la alcabala, las +ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado +está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la +sangre, aunque mañana perezcan. Daca, daca, y vénguese Menga contra el +que venga.</p> + +<p>—¿Y piensa vuesa merced—replicó Ramiro—que por tributo más o menos +debiéramos abandonar las guerras honrosas que van asentando nuestro +renombre por todo el mundo y harán de la nación española el asombro de +los siglos venideros?</p> + +<p>Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin ánimo de contrariar +aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos le +traía a la memoria las palabras de Bracamonte.</p> + +<p>—Guerras honrosas, señor, eran las de antaño, cuando se ganaban reinos +a punta de espada,—repuso el espadero;—pero no éstas en que todo se +logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso vuesa merced que +los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar +nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al soldado de un +entremés, que ha poco compuse...</p> + +<p>Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un figurante, recitó el +siguiente discurso:</p> + +<p>—Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que suena +en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los doblones, reales más +lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba la vida por la gloria del +rey, hogaño por su rostro acuñado en Segovia. Gánanse los ducados con +ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, ¡y juro por San +Andrés!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgárame hacer +cuartos de mis ochavos.</p> + +<p>—Ingenioso lenguaje—exclamó Ramiro. Luego, levantando la cabeza y +abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover, preguntó +bruscamente:—¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la plaza donde +celebra sus autos el Santo Oficio?</p> + +<p>—Aquí mesmo.</p> + +<p>—¿Y son tan lucidos como se dice?</p> + +<p>—Los de agora no son autos, sino autillos—contestó el espadero, +agregando en seguida con melancólico semblante:—¡Ah cuán poco +vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase +poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el gusanillo. +No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegrías de agora ¿qué +tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de mancebo? ¿Qué se hizo +aquella gala e aquella grandeza? ¿Quién verá otra vez aquellas entradas +de príncipes e aquellas fiestas antiguas, e aquellas luminarias y +disfraces, e aquellas bizarras coheterías de botafuegos y voladores? +¿Qué fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar +pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas +de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles +entoldadas? Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo—exclamó esta vez, +meneando el índice negativamente.—Con la corte se marcharon los más +grandes señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son agora +como grano agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la +seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la +fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para +hacella más pesada, doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e +toman esclavos o moriscos para abaratar los jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la +mesma, no, esta cabeza de las Españas!</p> + +<p>La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos indudables +de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.</p> + +<p>Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acabó +diciendo:</p> + +<p>—Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es hidalgo, y +antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo hubiera ejercido +mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo y entronca +allá por los tiempos del Rey Sabio, con los señores de Haro, que es como +decir el primer linaje de España.</p> + + + +<h3><a name="IIc" id="IIc"></a>II</h3> + + +<p>En los días que siguieron Ramiro estrechó rápidamente su amistoso trato +con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando esas bellezas de la +antigua ciudad que el forastero no descubre por sí solo y que parecen +cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los paseos +terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al famoso +maestro, los oficiales suspendían un instante su trabajo y los que +estaban cubiertos se quitaban respetuosamente la gorra.</p> + +<p>Allí vio Ramiro, por primera vez, manipular las espadas ígneas, y +contempló con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban a lanzarse +en seguida hacia las más diversas comarcas, frenéticos de sangre y de +honra.</p> + +<p>Unos eran acostados sobre los yunques para recibir el castigo de los +martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser hundidos de +pronto en el agua de las tinajas; a éstos, ya listos, les bañaban de +sebo, como al hombre que le engrasan después de la tortura, o les +llevaban al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la ataujía.</p> + +<p>De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de hierro surgían sin cesar +cosas espléndidas: cascos de irisado pavón incrustados de oro purpúreo, +rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote demasiado +indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la hoja un limpio +nombre cristiano, estoques de gala para el Rey, espadas de provecho +encargadas con impaciencia por capitanes de Flandes.</p> + +<p>Oíase el jadear de los fuelles y el repique de las bigornias. Por +momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil, abriendo el +portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes sudorosas resplandores +de infierno, arrojaba el puñado de arena o asía con las tenazas algún +trozo de armadura, que semejaba la corteza de algún fruto rojo y +fantástico.</p> + +<p>Hacia el fondo, el patio encalado abría una fascinación de aire libre; y +los rayos del sol pasaban a través de un parral, varias veces +centenario. Allí se agasajaba a las visitas, y más de un señor de título +venía a escoger en persona una hoja para su espada.</p> + +<p>Hacía más de cinco años que Aguirre había abandonado el oficio. Era +hombre adinerado y vivía a lo señor. Su casa, junto a Santiago del +Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Años atrás, solía reunir en ella +a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el encanto de la +música, según el uso de Italia; pero, últimamente, una extraña tristeza, +un desapego de todos los halagos del mundo, un creciente anhelo de +terminar su vida en las órdenes, le iban ganando el corazón y el +cerebro. Era profundamente piadoso. Formaba parte de varias cofradías y +hermandades. Cuando se prosternaba en las iglesias ante alguna imagen de +Nuestra Señora de la Merced, a la cual tenía particular devoción, su +labio temblaba sin cesar, y los ojos, echados hacia el cielo, se le +quedaban en blanco.</p> + +<p>Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle de su abolengo, +Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigían, declaró su +verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin mayores +rodeos, contó su desgraciado amor y la doble muerte de su rival y de su +amada.</p> + +<p>—Bien hizo vuesa merced—respondió el espadero tranquilamente.—¡Ay del +varón que no hace lo mesmo! Tanto más, cuanto que habiendo matado en +buena lid al galán, cobró vuesa merced el derecho de castigar de igual +modo a la hembra. ¡Ah, si yo dijera también mi desengaño!</p> + +<p>Aguirre enmudeció y no volvieron a hablar de estos asuntos.</p> + +<p>Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de todo el dinero que le +pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle únicamente en la +escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata, comenzó a +barruntar los momentos de angustia que podían sobrevenir. ¿Qué hacer? No +había para qué pensar, claro está, en un oficio mecánico ¡antes la +muerte! y mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su +amigo el espadero. ¿Qué hacer, qué hacer?</p> + +<p>Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones quedaron en pie. Veces +pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los alrededores +para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a reunirse con +Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan caballerosamente le ofreciera +hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno ú otro camino; pero la +vacilación era grande.</p> + +<p>Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y éste prometiole +hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como paje de +su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio de un señor +tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre +que desdoro, y aceptó.</p> + +<p>Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero de +plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos, las toallas y +el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la aljofaina, +doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale también ofrecer, +sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal +que presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos +cuando el cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo.</p> + +<p>En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su fantasía; +pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea de un +gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta +grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más ruines +trapacerías para conseguir algún resto de manjar, viniéronle ímpetus de +salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor +desventura, tocole como compañero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y +meloso como un gitano, y de quien los demás referían las más chocarreras +historias.</p> + +<p>En cambio, desde los primeros días sintiose atraído por el porte y la +franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de +Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un +recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la +frente.</p> + +<p>—¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o dormís?—preguntole.</p> + +<p>—Meditaba, señor Velasco—repuso Ramiro,—en los graves desengaños de +este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro llegar a ser +algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de Córdoba; e agora he venido a +parar en el más ruin y cuitado de los pajes. ¡Si mis ojos fueran capaces +de llorar!</p> + +<p>—¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor—exclamó Velasco con las pupilas +iluminadas por misterioso pensamiento.</p> + +<p>—¿A mí?</p> + +<p>—Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa.</p> + +<p>—¿Veisme acaso cara de moro?—respondió Ramiro con enfado.</p> + +<p>—Pues bajemos a la plaza e os lo diré.</p> + +<p>Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el escribano +de raciones tomó primero la palabra y preguntó:</p> + +<p>—¿Habéis oído hablar de la arte notoria?</p> + +<p>—Sí; pero ignoro lo que sea.</p> + +<p>—¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que seguir durante un +corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os ha de +prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os +vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende sabidor +del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del +lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese +conveniente, o ver a través de la tierra do corren las venas del oro e +do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin, en este mundo +todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan codiciar, sin más +ley que el antojo?</p> + +<p>—Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor Velasco—contestó +Ramiro con sorna,—cualquier hombre se hiciera rey del mundo.</p> + +<p>—¡Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!—musitó pensativamente su +interlocutor.</p> + +<p>—Que si alguno—agregó Ramiro completando su pensamiento—pudiera +hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no fuese para él un +juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle por capitán y +todas las naciones por emperador.</p> + +<p>—¿Luego consentís en acompañarme esta noche a la casa de ese sabio, +para quien yo os pedí, no ha mucho, el día, el año e la hora de vuestro +nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos visto jamás, +e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la par de los +ángeles?... ¿Os reís?</p> + +<p>—Paréceme—contestó Ramiro—que habéis topado con algún hechicero de +marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queréis, que ya me prometo +salvaros de alguna peligrosa brujería.</p> + +<p>Ramiro y su compañero no pudieron dejar el palacio hasta las diez y +media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con blancuras de +mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de las +plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenían un +color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad, suspendían +en lo alto, barruntos de amor y de aventura. Loco bullicio de guitarras +y laúdes subía de todos los barrios en el sosegado ambiente de la noche.</p> + +<p>Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda ruido de cuchilladas y +luego una voz ronca que gritó fuertemente: «¡Confesión! ¡Confesión!»</p> + +<p>Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo diciendo:</p> + +<p>—Sigamos, que no somos frailes ni corchetes.</p> + +<p>—Aquí es—exclamó de pronto el escribano de raciones, al detenerse +frente a una covacha del barrio de San Miguel.</p> + +<p>Después de cruzar dos patios, treparon una carcomida escalera y +llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de un desván. +Velasco silbó tres veces muy quedo y pronunció en seguida una palabra +incomprensible. La puertecita abriose, y entraron.</p> + +<p>Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la derecha, pequeño aras +marmóreo, cubierto de una piel de cordero, se diseñaba con misterioso +claroscuro. No brillaba allí otra luz que la de un rayo de luna que +entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las páginas de un +libro enorme como un himnario, abierto sobre un facistol de forja todo +negro. Veíanse, además, hacia una y otra parte, algunos hornillos, largo +anteojo de latón y de cobre, un alambique, cuya trompa pasaba por un +agujero a la cuadra vecina, y otros muchos objetos adivinados apenas en +la penumbra astral de la estancia.</p> + +<p>—Esperad—exclamó Velasco,—esperad; no nos alleguemos aún.</p> + +<p>Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraña figura pintada en el +infolio, dentro de dos triángulos de oro entrelazados.</p> + +<p>Nadie venía.</p> + +<p>De pronto la página del libro, produciendo el rumor peculiar de la +vitela, se levantó lentamente, lentamente, y se dobló del todo ¡por sí +sola! Ramiro se estremeció de la cabeza a los pies herido por el terror +del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las imágenes que +descubre con pena el nebuloso amanecer, una forma humana, inclinada +sobre el libro, fuese perfilando prodigiosamente. Era un hombre en pie, +de espaldas, inmóvil. Primero diseñose la larga cabellera, en seguida el +capisayo con martas que le llegaba hasta más abajo de las rodillas, +luego el brazo derecho y por fin la mano sobre la página. Cuando estuvo +del todo aparente, volvió la cabeza y se adelantó, despacio, muy +despacio, hacia Ramiro. Su rostro, de una extrema palidez de marfil, +estaba surcado de hondas arrugas verticales, que iban a perderse entre +la barba canosa, barba ensortijada por los dedos nerviosos, durante las +horas de meditación. Los párpados estaban recargados de fatiga y de +insomnio. Púsole a Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sintió la +repelente aspereza de aquella piel quemada por los ácidos.</p> + +<p>El hombre dijo:</p> + +<p>—Nacido bajo el dominio de Saturno, frenético de mando y de gloria. +Soberbioso y magnánimo. Capricornio ha labrado este ceño.</p> + +<p>Levantole después el rostro hacia la luna, y mirándole fijamente la +pupila, habló de este modo:</p> + +<p>—¡Oh! aquí veo la rotura de un aojamiento. El demonio entra y sale por +ella cuando le place. No importa: una Salomé le hechizó, una virgen le +salvará. Esperad—dijo después,—y tomando de encima del altar un +estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos.</p> + +<p>El mancebo sintió un soplo glacial en la frente.</p> + +<p>—Os confesaréis de toda vuestra vida sin hablar palabra de mí, pena de +perdición—agregó entonces el mago, dejando el acero.—Comulgaréis siete +días en siete iglesias distintas, ayunaréis a pan y agua todo los +viernes, rezando las oraciones que os ha de enseñar este hermano durante +los siete primeros días de la luna nueva; luego, volveréis y os haré el +más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación es única.</p> + +<p>Ramiro removió entonces los labios para preguntar si en todo aquello no +había nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de Cristo; pero el +mago, poniéndole el dedo en la boca, abrió un libro al azar, y leyó:</p> + +<p>«Aquél no puede ser el mayor Señor que tiene temor de alguna cosa.»</p> + +<p>«Más vale la libertad en el querer, en el recordar y en el saber que +poseer un reino o un imperio.»</p> + +<p>Al terminar esta lectura se desvaneció nuevamente en la atmósfera cual +vana visión.</p> + +<p>Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro preguntó:</p> + +<p>—¿Cómo llamáis a este hombre?</p> + +<p>—Mosén Raimundo.</p> + +<p>—¿Y sabéis de qué suerte se hace invisible?</p> + +<p>—Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio, tratada de misteriosa +manera.</p> + +<p>—Y si es dueño de tanto poder, ¿cómo no se hace él mesmo señor de algún +imperio?—agregó Ramiro, con la voz estremecida.</p> + +<p>—Porque éstos componen la familia santa de los magos, a la cual +pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el famoso +Simón, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e los de agora, +en castigo de no haber podido esclarecer ciertos secretos, cuya cifra se +perdió en el incendio de una gran librería de la antigüedad, siguen +ascondidos en sus covachas, estudiando sin cesar; pero ansí que uno de +ellos pueda decir: <i>¡Eureka!</i>, volverán a tomar el gobierno del mundo +que antes les perteneció, según rezan los más antiguos documentos.</p> + +<p>Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el delirio. Costole mucho +dormirse, y su sueño fue un tumultuoso desfilar de triunfos, de tesoros, +de mujeres enjoyadas y lúbricas. Aquel estado duró varios días, y al +errabundear por las calles, gozábase en repetir la frase deslumbradora: +«Para haceros el más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación +es única.» El no dudaba de la promesa del sabio, y ya escogía en su +pensamiento lo que había de realizar cuando Mosén Raimundo le revelase +los secretos de la magia. La conciencia le recordaba, entretanto, la +absoluta reprobación de la Iglesia contra las artes ocultas y todo +linaje de adivinaciones; pero su voluntad, mordida por la tentación y +ansiosa de triunfar a todo trance en el mundo, clamaba por el prodigio. +Los falaces argumentos se aglomeraban. ¡Conjuraría, ante todo, el +hechizo de la sarracena y sería después el fuerte, el único, el +caballero de Dios, el lleno de poder y de gloria!...</p> + +<p>Comenzó las oraciones y los ayunos.</p> + +<p>Llegado el momento de la confesión, Ramiro pidiole al espadero que le +indicase algún sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre le condujo a +la casa de don Antonio de Mendoza, canónigo de la Catedral y antiguo +arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varón de grandes luces sagradas y +gentiles, habitaba un antiguo palacio de su familia junto a San Juan de +la Penitencia. Sus amplios salones, tapizados de cardenalicio damasco, +al uso de Roma, congregaban todos los domingos, a mediodía, numerosa +academia. Allí, el noble de título se codeaba con el hábil estafador de +retablos o con el humilde maestro que forjaba con sus manos una hermosa +reja de presbiterio.</p> + +<p>Ramiro no se sintió con ánimo bastante para descubrir su pecho de la +primera vez, y resolvió confesarse gradualmente, concurriendo entretanto +a la reunión de los domingos. Escuchó, entonces, los más imprevistos +discursos, obscenas historias de convento, fablas chocarreras de +clérigos amancebados; oyole decir al canónigo Zapata que el Papa era un +asno; oyole contar al capitán Palominos, con cínico donaire, que en la +campaña de Portugal, después de un día entero de combate, sus soldados, +penetrando en una iglesia de Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y +que a él, por ser el capitán, le ofrecieron el aceite de la lámpara del +Santísimo.</p> + +<p>Como no se tocara a la entereza del dogma, don Antonio escuchaba sin +enfado las más licenciosas parlerías y aún gustaba de poner en aprieto a +los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de la +academia.</p> + +<p>Era harto aficionado a los perfumes y hacíalos componer, según fórmulas +exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse, cruzaba la pierna +para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del zapato. Sus blancas +manos regordetas parecían de mujer; pero los ojos aguileños y fuertes y +la bronca voz, cuyos tonos profundos comunicaban su vibración a los +objetos convecinos, denotaban hombría y reciedumbre. Sus breviarios +ostentaban en la cubierta las armas de los Mendozas. Cuando pasaba de +uno en otro salón, un paje caudatario, con morada librea, sostenía por +detrás el extremo de su larga cola de chamelote.</p> + +<p>Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a los pies del Canónigo +topó en los corredores con una dama arrebujada en su manto. En la última +visita, como nadie se presentase a conducirle, abrió él mismo +equivocadamente la puerta de un camarín y hallose con una preciosa +mujer, acostada a lo largo de un diván moruno de terciopelo. La falda, +levantada hasta más allá de las ligas, destapaba sus piernas macizas y +cortas, que las medias de nácar ceñían tentadoramente. Colgado de la +pared, admirable incensario de plata velaba el ambiente con nebuloso +sahumerio. La dama se incorporó con un grito de espanto y Ramiro cerró +de nuevo la puerta. Un rato después el Canónigo le mandaba decir con un +paje que volviera pasado el toque de oraciones.</p> + +<p>Le recibió en una sala contigua a su oratorio. Estaba con el semblante +encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin, la historia de sus +amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando los ojos, arrimaba de +tiempo en tiempo su pañizuelo a la canilla de un barrilillo de ámbar, +colocado a su derecha, sobre un taburete de taracea.</p> + +<p>Cuando Ramiro terminó su relato, aquel hombre de iglesia, guiado sin +duda por su aguzado instinto de confesor, comenzó a discurrir sobre las +brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las nóminas y otras +supersticiones semejantes, que eran como la telaraña del Diablo, donde +muchísimas almas iban a prenderse para la eternidad. Ramiro aprovechó +para inquirir si la arte notoria era contraria a la Santa Iglesia de +Cristo.</p> + +<p>—¿La habéis ensayado alguna vez, hijo mío?—preguntó melífluamente el +Canónigo.</p> + +<p>El mancebo tardó en contestar. Inesperado calofrío le corrió del rostro +a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron fijamente en las +suyas.</p> + +<p>—Aún no—respondió por fin Ramiro con la voz vacilante;—pero oigo +encomialla a los demás.</p> + +<p>—¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga!—exclamó +entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.—Ya se ve +claramente—volvió a decir, dirigiéndose al mancebo—que aquellos amores +os han dejado en el corazón su maldita pestilencia.</p> + +<p>En seguida, levantándose de la silla y fingiendo un enojo implacable, +agregó:</p> + +<p>—<i>¡Vade retro! ¡vade retro!</i> señor hipócrita, señor apestado, señor +brujo, leña de Satanás! Sépase el galancete que su alma están en +propincuo peligro de perdición, si es que ya no la tiene vendida al +infierno, y que a no existir el secreto sacramental sería entregado aquí +mismo a los familiares del Santo Oficio. <i>Nego absolutionem, nego, +nego!</i> Haga desde hoy penitencia sin tasa, expúlguese los demonios, que +el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y cuidado no remate +su vida en el palo del quemadero. <i>In nomine meo dæmonia ejicient. +Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo!</i> +No digo más.</p> + +<p>Ramiro bajó las escaleras sobándose los párpados y dialogando consigo en +voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa de hablarle +inspirado seguramente por el cielo. No podía ser sino Dios quien lanzaba +por su intermedio ese anuncio, esa agnición, esa amenaza tremenda, +buscando salvarle; no podía ser sino el soplo divino lo que había +rasgado de arriba abajo su embozo de soberbia, dejándole desnudo y +enmudecido, a imagen del primer hombre después de su falta.</p> + +<p>Como entrevistas a la luz de los relámpagos, las mayores culpas de su +vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho de la morisca +olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria; acordose de sus +fementidas confesiones, de los pensamientos lascivos que él mismo +suscitaba durante la misa al observar codiciosamente las formas de las +mujeres prosternadas, de las muchas rebeliones de su orgullo contra los +claros mandamientos del Señor, de semanas enteras en que no había +querido imponerse ninguna mortificación ni rezar una sola vez el +rosario. ¿A qué achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sin +duda la infiel, con hipócrita dulzura, habíale instilado en el alma su +propia pestilencia. El clérigo de la venta de Cerebros, Mosén Raimundo y +el Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó a sentir en torno de +su pecho la impresión de una serpiente que le ceñía. Ansiedad nueva y +horrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la convicción de que el +hechizo conservaba toda su fuerza y no se rompería hasta que Aixa no +desapareciera del mundo. El auto de fe que iba a realizarse quedó para +él como la suprema esperanza.</p> + +<p>Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde de Fuensalida, y se +alojó en la posada del Sevillano.</p> + +<p>Días después, al cruzar las Cuatro Calles en compañía de Domingo de +Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo de la +Calcetería, una vistosa procesión con mucho ruido de atabales y +ministriles.</p> + +<p>—Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando el auto de la +fe—exclamó el espadero.—Si vuesa merced lo desea podemos aproximarnos.</p> + + + +<h3><a name="IIIc" id="IIIc"></a>III</h3> + + +<p>Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad de los concilios +parece susurrar en algarabía canciones de Oriente. El cielo, sin una +nube, tiende su tafetán más azul; aquí y allá, la cal enseña, bajo los +tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los +balcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombrías +vese espejear el azulejo de las cúpulas y alminares.</p> + +<p>Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledo +aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos había +cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En las +plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre los +cuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con elocuencia +pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la Lonja y en torno a +la parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos y bayetones pendían de +casi todas las ventanas, enlutando los muros.</p> + +<p>Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde las primeras horas +de la mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por el Demonio +de asombrosa hermosura, sería condenada en el auto de fe de aquel año +llegó en pocos días a los más escondidos lugarejos de los contornos, y +no faltaron peregrinos que contaran por las ventas la historia de la +conspiración y del mancebo renegado.</p> + +<p>Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de Aguirre +había prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto.</p> + +<p>Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la plaza +por la Calle Ancha, contando presenciar desde allí el desfile de la +procesión. De una ventana baja, un caballero que reconoció a Domingo de +Aguirre les ofreció dos taburetes. Subiendo sobre ellos consiguieron +dominar todo el ámbito del Zocodover, henchido de apretada y rumorosa +muchedumbre.</p> + +<p>Hacia la parte del poniente, y bañado ahora por el sol de la mañana, se +levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparían en breve, según +la costumbre, la Santa Inquisición, el Ayuntamiento, el Cabildo, la +nobleza, los dignatarios y toda la clerecía. Los reos debían colocarse +en otro cadalso más angosto, pero de igual altura, que abarcaba el +costado meridional.</p> + +<p>Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne expectativa, el joven +avilés pasaba sobre las cosas una mirada atónita y somera. Apenas si +veía brillar confusamente sobre el tablado las labores de plata de los +negros terciopelos, las armas de la Inquisición y del Rey bordadas +sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmesíes, y, hacia el +centro de la plaza, el oro del frontal color de sangre que prescribía la +liturgia de aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al dirigir la vista +hacia la alta cruz pintada de verde y cubierta por largo velo sombrío, +que se levantaba en medio del altar, entre doce hachones ardientes, +sintió un brusco estremecimiento, como si Dios mismo acabara de hablarle +con su gráfico lenguaje.</p> + +<p>La plaza no podía contener mayor número de gente, y se escuchaba sin +cesar el vocerío de los curiosos que pujaban y reñían a la entrada de +las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y maldiciones, +y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como el agua de los +torrentes al entrar en los lagos. Cada balcón, cada ventana, cada +tribuna, era un compacto racimo de damas y caballeros; además, numeroso +gentío, encaramado quién sabe por dónde, recubría las techumbres; y todo +aquello hormigueaba, hervía, zumbaba con la grandiosa palpitación de una +multitud embriagada de sol y confundida en la misma impaciencia.</p> + +<p>Por fin las campanas de San Vicente comienzan a repicar anunciando la +salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha, los soldados +acuestan las alabardas conteniendo con pena al gentío, cuyo forcejeo +incesante amenaza romper la doble valla de madera que viene de las +cárceles y circunda uno y otro cadalso.</p> + +<p>La procesión se acerca. Un resplandor de alabardas cruza la Calcetería.</p> + +<p>Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a él dentro de breves +instantes, Ramiro hundió la mano en la faltriquera y asió fuertemente su +crucifijo de bronce.</p> + +<p>Encabezaban el desfile los soldados de la fe, orgullosos de las plumas +flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de alquimia que les +prestaba el Santísimo Tribunal. Eran soldados de ocasión, armados de +alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban con paso solemne, entre +desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar a las ventanas. Venían en +seguida los doce clérigos de la parroquia de San Vicente con su +estandarte; y luego, de dos en dos, montados en obscuros corceles, los +Grandes de España y títulos de Castilla, todos vestidos de negro, pero +recubiertos de joyas. Algunos habían hecho bordar en sus ferreruelos el +hábito de la Santa Inquisición. Ramiro reconoció al Conde de Fuensalida +por el ceñido traje de gorgorán bordado de oro, que semejaba de lejos +damasquinada armadura. La plebe les miraba absorta y enmudecida, y no se +escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las piedras. Hubiérase +dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y funerarias.</p> + +<p>La llegada de los primeros penitenciados suscitó de nuevo el vocerío +popular. Más de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin caperuza, +pasaban ahora abrumados de vergüenza y sosteniendo en la mano una vela +amarilla sin encender. Eran los que habían abjurado de sus errores y +serían reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban, postrándose a +los pies de los religiosos que iban con ellos, o besándoles las manos y +el sayal con profundos gemidos. Unos traían al pescuezo, en señal de los +centenares de azotes que habían de recibir, una cuerda anudada varias +veces, a lo largo, y el pueblo contaba en voz alta los nudos, entonando +un coro compungido y socarrón, a fin de aumentar el oprobio; otros se +señalaban a distancia por la bayeta amarilla de los sambenitos, y la +experta multitud deducía las culpas y condenaciones con sólo observar +los pintarrajos de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban un aspa +roja, media o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrés.</p> + +<p>Traídas por los fámulos del Tribunal, en lo alto de luengos mástiles +verdes, y balanceándose por encima de la procesión, venían en seguida +hasta seis figuras humanas hechas de paja y estameña. Impávidos +muñecones con grandes ojos de betún y boca de almagre, peleles +siniestros, cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban continuamente +en el vacío, remedando la pataleta de los ahorcados.</p> + +<p>Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el espadero exclamó:</p> + +<p>—Estas son las efigies de los muertos y fugitivos las cuales serán +agora condenadas en su lugar con celosa justicia.</p> + +<p>A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y balcones comenzaba a +agitarse con extraño movimiento; los hombres se asomaban cuanto podían, +las mujeres se santiguaban y persignaban a escape, levantando los ojos +al cielo. Poco después todos los labios proferían una misma exclamación:</p> + +<p>—¡Los relajados!</p> + +<p>El espadero tuvo que acercar su boca al oído de Ramiro para decirle:</p> + +<p>—Son los que han de morir.</p> + +<p>Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco después, +de un extremo al otro del Zocodover, el populacho rugía con salvaje +fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto.</p> + +<p>Ramiro se empinó sobre el taburete.</p> + +<p>Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a cada uno +de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba continuamente +poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos llevaban, a +más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la amarilla coroza, +cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el +coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría, +alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesión de aquelarre, +una cáfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al +alumbrar de lleno las palideces patibularias, las femeninas guedejas +lodosas de sudores febriles y polvo subterráneo, las atroces pupilas que +parecían conservar aún la expresión de terror y de súplica que tomaron +en el tormento.</p> + +<p>Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho se desquitaba +cubriéndoles de escarnios y maldiciones.</p> + +<p>—¡Ah! ¡ah! ¡mártires del Diablo, ya veréis cómo escuece!</p> + +<p>—¡Que os echen dos puñados de sal y un tantico de orégano!</p> + +<p>—¡Que le metan a ésa un cohete por debajo del rabo pa que le conozco su +madre cuando la quema!</p> + +<p>Una mujer gritó desde una ventana:</p> + +<p>—¡Arrepentíos, desdichados; pensad en los infiernos!</p> + +<p>Pero un muchacho, sacando medio cuerpo fuera de la valla, respondió +desde abajo, alzando los puños:</p> + +<p>—¡No! ¡No! ¡Al fuego y a cenar con el Demonio!</p> + +<p>Entonces nueva explosión de odio santo y homicida estalló en todas las +gargantas:</p> + +<p>—¡Al fuego! ¡al fuego!</p> + +<p>Y los condenados comenzaron a desfilar entre un clamor sibilante y +bravío comparable a la crepitación de un incendio.</p> + +<p>No faltó quien reconociera entre los condenados a un cerero de Orgaz que +creía ser San Juan Bautista en persona y predicaba una nueva doctrina +por los pueblos. El pobre hombre, deteniéndose por instantes, alzaba la +mano y figuraba el gesto del Precursor en el Jordán. Una pálida doncella +que, según algunos, era la monja renegada de que se hablaba en Toledo, +escuchaba los insultos de la muchedumbre con infantil expresión de +curiosidad y de ternura. A veces, apoyándose en el hombro del religioso +y echando la cabeza hacia atrás, reía gozosamente, como una ebria. Un +morisco, a quien todos conocían en los suburbios por sus pláticas +obscenas, ejecutaba de tiempo en tiempo un movimiento bestial y +acelerado para remedar la fornicación; los familiares tenían que +zamarrearle con violencia. Pasó una anciana, seca y erguida, con las +manos ligadas por detrás y la boca cubierta por negra mordaza. Ramiro no +tardó en reconocer a Gulinar. Por fin el hombre que les había +proporcionado los taburetes exclamó, mirando a lo largo de la calle:</p> + +<p>—Agora llega la morisca que hechizó al mancebo cristiano.</p> + +<p>Todas las bocas callaron.</p> + +<p>Aixa avanzaba lentamente, con las pupilas fijas en el cielo. Sus oídos +escuchaban quizá rabeles divinos y voces inefables, y su espíritu, +infinitamente lejos de la tierra, presentía las delicias del Alchanna y +las sublimes recompensas que su religión promete a los mártires. Sin +embargo, su flexible cuerpo conservaba los resabios de la tentación y de +la danza, y sus pies desnudos se movían cadenciosos como si hicieran oír +todavía el martilleo de las ajorcas. La palidez de su rostro daba terror +y sus labios enseñaban los dientes con esa sonrisa incomprensible que +suele asomar a la boca de los cadáveres.</p> + +<p>Después de observarla un momento, Ramiro tuvo que cerrar los ojos y +apoyarse contra el muro, apretando de nuevo el crucifijo para sellar, +para incrustar en su propia carne la imagen del Redentor. El resto del +desfile violo pasar como en un sueño: innumerables religiosos de todos +los hábitos; familiares a caballo con varas de ébano enriquecidas de +plata; eclesiásticos en mulas enlutadas; el arca de las sentencias sobre +una acémila que arrastraba por el suelo los flecos de oro de su morada +cobertura; el rojo estandarte de la fe; blancor de golillas y cabrilleo +de joyas sobre los trajes retintos.</p> + +<p>Por fin el espadero, después de decirle el nombre de algunos regidores, +tocole el codo y exclamó:</p> + +<p>—Este que viene agora es el Cardenal-Arzobispo, observe vuesamerced su +venerable presencia.</p> + +<p>Sobre fornido corcel de pelo bayo, don Gaspar de Quiroga, +Cardenal-Arzobispo de Toledo, Inquisidor General y Consejero de Estado, +avanzaba con imponente rigidez, rodeado de pajes y alabarderos. Era el +papa de España y la sagrada máscara del Rey. Después de la sombría +procesión, sus rojas vestiduras exaltaban el ánimo como un toque de +chirimías. Salvo la morada muceta inquisitorial todo era para los ojos, +desde el sombrero hasta la calza, un solo golpe de púrpura. Su ceño +expresaba el rigor sacrosanto, sus ojos no pestañeaban siquiera. Pasó +implacable, como el tormento; pomposo y sombrío, como el tremendo +holocausto que iba a presidir; rojo, como la hoguera. La luz matinal +hacía resplandecer con viveza el sillón de plata repujada y todo el oro +y el alfójar de la gualdrapa color de amatista que caía hasta los cascos +del palafrén. Nadie osó romper con un vítor el respetuoso silencio.</p> + +<p>Más de media hora empleó toda aquella procesión en ocupar sus asientos; +la gradería mayor quedó recubierta de insigne muchedumbre. Los +inquisidores se colocaron en el centro; el estado eclesiástico hacia el +septentrion; la ciudad y los caballeros, hacia el mediodía.</p> + +<p>Los reos, acompañados de los familiares y religiosos, llenaron a su vez +el otro cadalso.</p> + +<p>Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el tablado de abominación +y de infamia. La curiosidad era inmensa. Allí comparecían de costumbre +hechiceras que tenían pacto con el demonio y guisaban en sus nocturnos +aquelarres toda suerte de daños contra las gentes; judaizantes, que +asesinaban niños cristianos para embeber en su sangre una hostia +consagrada y celebrar con ella nefandas ceremonias; luteranos, que +buscaban demoler la santa Iglesia de Cristo difundiendo por España la +peste de la herejía; alevosos moriscos, que seguían predicando las +bellaquerías de su secta y el deber de la rebelión y la venganza.</p> + +<p>Los que habían de morir ocupaban los asientos más altos. Situado a la +entrada de la calle, Ramiro les observaba de costado, sin poder +distinguir a la sarracena.</p> + +<p>Dos horas más y aquellas víctimas infames arderían en la hoguera como +los chivos expiatorios de la Escritura; los pueblos y los campos +quedarían purificados y el Dios del moderno Israel, al aspirar desde el +cielo el abundante olor del sacrificio, aplacaría su cólera y dejaría +caer su bendición sobre la ciudad justiciera, más católica que Roma, más +celosa que la antigua Jerusalén.</p> + +<p>El rito comenzaba. Un obispo acercose al altar. Los diáconos le tomaron +la admirable mitra cuajada de gemas simbólicas ofrecida por el Cabildo. +Poco después densa nube de incienso ascendía en el espacio luminoso como +en los primeros sacrificios de la Antigua Ley. Terminados el sermón y la +misa, el relator leyó el juramento del pueblo, y Ramiro unió su voz al +<i>¡sí, juro!</i> brusco y atronador, proferido a la vez por toda la +multitud, y que, al decir de los campesinos, se escuchaba a más de una +legua a la redonda.</p> + +<p>Un cantor de la Catedral leyó en seguida la carta de los delitos y +supersticiones contra la fe; y acto continuo los que habían abjurado de +sus errores fueron conducidos a la jaula de madera, que se levantaba en +medio de la plaza, para que escuchasen, uno a uno, en presencia del +pueblo, la lectura de sus causas y condenaciones, antes de ser +reconciliados.</p> + +<p>Aquella parte del auto producía de costumbre un hastío general. La +multitud, anhelosa de ver comparecer a los relajados, daba, a cada +instante, signos de impaciencia. Aguirre bostezó varias veces, y Ramiro, +entrecerrando los párpados, apoyó la cabeza contra la negra colgadura +que pendía de una ventana.</p> + +<p>Defensores de la fornicación, varios bígamos, judaizantes arrepentidos, +falsos sacerdotes, un pordiosero que se hacía pasar en las aldeas por +comisario del Santo Oficio y algunos gañanes que habían proferido +blasfemias y juramentos, eran condenados a la pena de azotes, a prisión, +a galeras.</p> + +<p>Una animación distraída circulaba por toda la plaza, y muchos prelados y +dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un refrigerio o una +breve colación detrás de la gradería. En las ventanas y balcones las +damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa blancura y recibiendo +refrescos y frutas confitadas de mano de los galanes. Ramiro sentía a +través de sus pestañas asoleado movimiento de sedas en las tribunas. +Galante murmullo bajaba ahora hasta él y parecíale respirar por +instantes femeninos perfumes. Oíanse risas claras y festivas. Encima de +su cabeza, el caballero que les había ofrecido los taburetes hablaba a +media voz con una dama. Escuchó sin quererlo:</p> + +<p>—Decid miedo y no desvío, mi señora; que no quisiera caer cual nuevo +Icaro.</p> + +<p>La mujer replicó:</p> + +<p>—Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de verdad, que ésas nunca +se derriten con llevar ellas mes mas el fuego.</p> + +<p>—¡Ah, esa tez, esa boca!</p> + +<p>—¡Por Dios, don Gonzalo, haceisme daño con las sortijas!</p> + +<p>Al oír aquel nombre Ramiro se enderezó con viveza y abrió del todo los +ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo.</p> + +<p>El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en las fachadas +fronteras y hacía resplandecer en las ventanas y balcones las joyas, el +azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados.</p> + +<p>Llegoles por fin el turno a los que habían de morir. La poderosa emoción +aplacó todos los rumores.</p> + +<p>Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas formarían horroroso +amasijo de cuerpos carbonizados, subían a la jaula y escuchaban sus +sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y haciendo +temblar en la mano la vela verde encendida.</p> + +<p>Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto la hizo abjurar de +sus creencias. En cambio, Aixa, apartándose del religioso, subió los +peldaños con la resolución misteriosa de los sonámbulos. Ramiro oyó +sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido +reconciliada, cinco años antes, en un autillo de Murcia. Del tablado, de +los techos, de los balcones, de toda la plaza, miles de voces la +incitaban al arrepentimiento; pero muchos, que deseaban verla quemar en +el brasero sin que fuese antes estrangulada, protestaban a gritos. No +fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el religioso que la +acompañaba señaló la cruz verde cubierta por el velo sombrío, ella +volvió su rostro alargando el brazo derecho con un gesto de abominación. +Entonces espantoso bramido, semejante a la explosión de una mina, +estalló a la vez en todo el Zocodover. Oíanse vociferaciones brutales e +inmundas. Algunos campesinos se frotaban los ojos con sus amuletos +gallegos de azabache o con la cruz de sus rosarios, y rezaban en voz +alta. Junto a Ramiro una aldeana harto hermosa, con retintos cabellos +achatados sobre la frente y las orejas cubiertas por grandes conos de +plata, gritaba sin descanso: «¡A hechizar demonios! ¡A hechizar +demonios!» Religiosos de todas las órdenes se ponían de pie en las +graderías y levantaban las manos para acallar a la muchedumbre.</p> + +<p class="top5">Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el Secretario del Santo +Oficio entregó los relajados al Corregidor y a sus tenientes.</p> + +<p>Los reos fueron montados sobre escuálidos jumentos, y la trágica +procesión enderezó por la Calle de las Armas, camino del quemadero. El +auto continuaba, pero los familiares, según la nueva costumbre, subieron +en sus caballos para presenciar el suplicio. La mayor parte del +populacho se precipitó como un torrente en pos de ellos. Aguirre se +había retirado hacía más de una hora, y Ramiro, bajando del taburete, se +confundió con la muchedumbre, avanzando luego, sin ideas, sin designios, +cual trágico despojo que arrastran las olas.</p> + +<p>Después de seguir durante algunos minutos la ribera del Tajo, el humano +tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al comienzo de la +Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso impulso, hendió la muchedumbre +hasta llegar a la fila de alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a +pocos pasos, sobre ancho terraplén de arena y de granito, seis palos de +agarrotar con sus respectivas argollas, varias pilas de leña y una +enorme cruz pintada de blanco. Hasta el símbolo de la sublime caridad +tomaba en aquel paraje un aspecto repelente y cruel.</p> + +<p>Confusa aglomeración de frailes, de verdugos, de alguaciles, cubrió al +instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados.</p> + +<p>Con muy poca emoción vio Ramiro estrangular a los arrepentidos. Algunos, +al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban sobre su horrible +cabeza colgante.</p> + +<p>El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta, bañaba de dorado rubor +la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del vecino arrabal de +Antequeruela.</p> + +<p>La tarde era lúcida y benigna. Un olor de tierra humedecida llegaba de +la Vega. A esa hora, más de una mano morisca abría las acequias para +embeber los regadíos.</p> + +<p>La figura de Aixa apareció de pronto al borde del brasero. Sus amarillas +ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos absorbían la lumbre del +poniente y cobraban sobre ella un esplendor bárbaro y fatídico. +Hubiérase dicho la sacerdotisa de algún espantoso culto de inmolación y +de éxtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las llamas. Un fraile +dominico la predicaba sin descanso, y ora usando del ruego, ora de la +amenaza, agitaba ante sus ojos la imagen de Cristo crucifijado. Por fin, +todos oyeron la áspera voz del religioso, que gritó como enloquecido:</p> + +<p>—¡Ultima vez: decid que abjuráis de vuestras creencias diabólicas!</p> + +<p>Aixa meneó la cabeza negativamente. Los alguaciles, los tenientes y +otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de leña +preparada para el suplicio. Ella volvió a menear del mismo modo la +cabeza. Entonces, el dominico, asiéndola de los hombros, la empujó hacia +el verdugo.</p> + +<p>Como si aquel movimiento hubiera soltado las traíllas a la furia +popular, veinte o treinta energúmenos, hombres y mujeres, rompiendo la +fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero para despedazar a +la infiel. En cambio, los que querían verla morir en las llamas +prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de protesta:</p> + +<p>—¡No la matéis! ¡No la matéis!</p> + +<p>Los verdugos se armaron con rajas de leña, y Ramiro advirtió que el +hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre. Sin +embargo, un labriego logró llegar hasta la morisca y asestarla un +garrotazo en el hombro; una vieja la hincó por la espalda la hoja de una +tijera atada a un carrizo; un dardo, venido quién sabe de dónde, se le +clavó en el costado.</p> + +<p>En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la creciente confusión, +levantaron a Aixa sobre la pila de leña, y habiéndola desvestido hasta +la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero. Ella ablandaba su +cuerpo y echaba los brazos atrás para facilitar el suplicio. El ocaso +hizo resplandecer cual claro marfil su admirable desnudez.</p> + +<p>Cuando las primeras llamas, casi invisibles, lamieron sus plantas, Aixa, +alzando los ojos al cielo, fijó su mirada en el delgado creciente de la +luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad, entre nubecillas de +oro.</p> + +<p>Los leños, atizados con fuelles enormes, comenzaron a chisporrotear. El +humo se inflamaba por momentos, formando lenguas amarillentas y fugaces +que se perdían en el espacio. Aixa no se movía. Sus largos cabellos +flamearon. El refajo que habían dejado sobre sus piernas ardió +bruscamente. Una horrible convulsión corrió por todo su cuerpo. +Entonces, imponente columna de humo y de pavesas la envolvió de súbito, +ascendiendo acelerada y terrible en la penumbra de la tarde. El fuego +rugía. De pronto, una primera ráfaga nocturna, desviando hacia atrás la +densa humareda, dejó ver la cabeza de Aixa colgando del madero cual +espantoso fruto de pesadilla.</p> + +<p>Ante aquella visión Ramiro experimentó en toda su carne un +estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la garganta al +recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que el fuego +acababa de destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro de su alma +sofocó al nacer ese primer movimiento de ternura, haciéndole considerar +que aquel humo sombrío de la hornaza era su abominable pecado, su +lascivia, su deshonra, levantándose en partículas muertas para +desvanecerse, para desaparecer del todo y por siempre en la inmensidad y +en los vientos.</p> + +<p>Esforzose en experimentar inmenso desahogo; esforzose en pensar con +alegría que los ojos terribles de la sarracena habían chirriado en las +llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo cayendo a +pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos diabólicos +se habían hundido con su alma en la negrura de los infiernos; y +sintiendo correr las lágrimas por su rostro, postrose de rodillas entre +los pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza:</p> + +<p>—¡Oh, santa, santa Inquisición, tu justicia me redime, tu hoguera me +salva!</p> + +<p>Ya los cadáveres de los otros ajusticiados ardían en montón sobre enorme +pila incendiada, mientras las gentes del pueblo remolineaban en torno +con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y mostrándose +entre las llamas los miembros humanos que el fuego retorcía y levantaba +por instantes como si conservasen aún restos de vida y de sufrimiento. A +veces oíase un silbo peculiar y luego una chirriante crepitación, cual +si una pella de sebo cayera sobre las brasas, y Ramiro escuchaba encima +de su cabeza soeces exclamaciones y carcajadas espantosas que +desconcertaban su entendimiento.</p> + +<p>Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el humano holocausto, +tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro con la capa, +se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo mismo y +aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegrecía los +senderos.</p> + +<p>Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y sombrío, angosta faja de +crepúsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre de un horno.</p> + + + +<h3><a name="IVc" id="IVc"></a>IV</h3> + + +<p>Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de encenderse en su +pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche. A la vez, +su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las más importunas imágenes del +pasado, comparable al río torrentoso que se enturbia con sus propias +orillas.</p> + +<p>Sentía Ramiro ansias inmensas de soledad y el horror de toda voz +extraña, de todo ajeno semblante.</p> + +<p>Pasadas las cinco de la tarde dejó la posada y dirigiose a los ásperos +collados del mediodía. Al cruzar el puente de San Martín, una tapada se +le interpuso en el camino y con gracioso ademán abrió y cerró +súbitamente su velo, enseñándole el rostro. Fue como un relámpago. Sin +embargo, Ramiro reconoció al instante los ojos de Casilda, y en vez de +detenerse, terciose la capa y enderezó a toda prisa hacia la otra +ribera.</p> + +<p>Después de errar más de media hora, en la dirección del sudeste, sin +alejarse del río, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la cruz de +una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su +profunda tribulación, la sorpresa del cuadro dejole absorto un momento, +haciéndole presentir un sentido provechoso para su alma.</p> + +<p>Frente a él, en la margen opuesta, Toledo se extendía de naciente a +poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados grises, sus +pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso escarpamiento +caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al parecer +de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por +allí, arrasando toda raíz y toda simiente. Ramiro pensó con religioso +espanto en las cuestas del eterno castigo que los réprobos tienen que +trepar con los pies y con las manos, para caer de nuevo en las ondas +inflamadas, y volver a trepar y a caer sin perdón y sin tregua, +indefinidamente.</p> + +<p>Sentose sobre un peñasco.</p> + +<p>El río se deslizaba a una hondura terrible entre rocas herrumbradas y +fieras. Pareciole un río de culpas y expiaciones, como los que forja la +imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que dolorosos +espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las ondas con sus +colgantes velos obscuros.</p> + +<p>Entretanto el caserío tomaba, con la hora, desolada blancura de huesos +en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través de la +vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera +de la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los salmos.</p> + +<p>En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar bañado en melancólico +reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa inspiración que +aquellos muros habían alojado a uno de los reyes más gloriosos de la +historia, a un monarca de monarcas que acabó por arrojar el cetro y la +corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el +fantasma del Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con el +rostro medio oculto por la capilla de un hábito.</p> + +<p>¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo...!</p> + +<p>El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad tomó una coloración +mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de transparente +amatista. Algunas vidrieras que habían flameado un instante se apagaron. +Ramiro dejose penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un +signo, una voz de lo alto. En ese instante las campanas de la ciudad +rompieron a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a distancia un +canto prolongado y conmovedor que hacía pensar en las letanías de la +muerte, y hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerosos +campanarios vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro acordose +de las campanas de Avila, de las tardes de su niñez en la torre +solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada, siempre +taciturna.</p> + +<p>Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba purificado, pero sentía su +pecho ávido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la ermita +para verter al pie del altar su congoja profunda. Levantose. El suelo y +las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado, iba a +desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una inflamada +saeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho, sumergiéndole +durante algunos segundos en un estado delicioso, gozado sólo con el +alma.</p> + +<p>Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido trasverberado como la +Madre Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse hasta él en todo +su poder y misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas, de los +goces que le esperaban cuando su alma, vencedora del mundo, se entregase +por fin, con soberana pasión, a la soledad y a la penitencia.</p> + +<p>Un instante después regresaba a la ciudad en busca de un convento donde +le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitaño.</p> + + + +<h3><a name="Vc" id="Vc"></a>V</h3> + + +<p>Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el bordón, por encima del +hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje las +religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose Ramiro de +Toledo, a la mañana siguiente, tomando a través de los montes la +dirección del mediodía.</p> + +<p>Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin ceño, los ojos +humedecidos.</p> + +<p>Caminó muchos días, de sol a sol, bebiendo de bruces en los arroyos y +comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Más de un compasivo +caminante le ofreció llevarle en el anca de su cabalgadura; pero él +sonreía santamente y marcaba en el polvo con más fuerza la huella de sus +sandalias. Dormía en el corral de las ventas o al borde de los caminos, +donde le tomaba la noche.</p> + +<p>Por fin, una madrugada, después de larguísimo viaje, llegó a divisar +desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Córdoba, bañada en el +rubor húmedo y radioso del amanecer. Se hizo señalar desde allí, por una +frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al pensar +que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre, sintió que los +sollozos le entrecortaban el aliento.</p> + +<p>Sin querer acercarse a la ciudad, y apartándose de los senderos, +descubrió por fin, en el flanco de la montaña, una gruta escondida entre +malezas y arbustos. Había en su interior una mesa hecha de ramas de +alcornoque sin descorchar, un tintero de raíz de naranjo, un taburete, +un azadón y varios cacharros hundidos en el lodo. De la parte más alta, +colgaba un antiguo traje de caballero, y además, semejante a dos +perniles ahumados, un par de botas de camino con sus espuelas.</p> + +<p>Esa misma noche, al encender el candil que llevaba consigo, y al ir a +acostarse sobre un montón de hojarasca, hacia el fondo de la gruta, +hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que apretaba +todavía entre sus manos resecas las cuentas del rosario. Ramiro dejose +caer de rodillas y alzó los brazos al cielo, dando gracias a Dios por +haberle puesto, a la vez, en su camino, el anhelado refugio y el ejemplo +de aquella muerte.</p> + +<p>Al otro día, por la mañana, dio sepultura al ermitaño y ordenó lo mejor +que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde había resuelto pasar +todo el resto de su existencia.</p> + +<p>Muy pronto una sublime voluptuosidad inundó su corazón. La continua +plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las arduas e +ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer el inefable +orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba el alma +infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del +hombre. Se comparó a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por +seguro que en los tiempos venideros su historia sería leída en hogares y +refectorios para edificación de las almas.</p> + +<p>Las religiosas de Toledo habíanle puesto en el zurrón algunos libros de +mística. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se propuso recorrer las +tres vías espirituales descritas en los tratados, y lograr al fin la +posesión de esa gloria máxima que había buscado hasta ahora por +engañosos caminos.</p> + +<p>Pero la llama de los primeros días no pudo mantenerse; ya no volvió a +sentir aquellos arrobos que encendían en la cripta de su alma las +lámparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche de frío +y de tinieblas cayó sobre su corazón; la lobreguez y la humedad de su +guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible.</p> + +<p>Algunas tardes, deseando respirar libremente, salía a pasearse por la +montaña hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y traía de los +cortijos un perfume de azahares que reblandecía la voluntad y alejaba +toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de labios +entreabiertos, maliciosos pestañeos, aparecían ante él en la penumbra +rosada o bajo la sombra azul de los árboles.</p> + +<p>Una apatía, una pereza invencible comenzó a postrar como un ensalmo sus +miembros y su espíritu, hasta hacerle pasar la mayor parte del día +tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los hoyuelos de la +roca o las gotas de agua que caían de las vertientes. Las lagartijas, +las cucarachas, los ratones y muchos insectos que le eran desconocidos, +acabaron por trepar sobre su cuerpo, y él, en vez de espantarlos, +mantenía completa inmovilidad, a fin de observar de cerca todos sus +movimientos.</p> + +<p>Pasó semanas enteras sin rezar el rosario y sin bajar a la ciudad para +oír la misa del domingo y pedir provisiones, como era su costumbre.</p> + +<p>Cierta mañana escuchó una voz de mujer a pocos pasos de la gruta:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 1em;">Cantan de Oliveros e cantan de Roldán</span><br /> +e non de Zurraquín, cá fue gran barragán.<br /> +<br /> +<span style="margin-left: 1em;">Cantan de Roldán o canta de Olivero</span><br /> +e non de Zurraquín, cá fue gran caballero.<br /> +</p> + +<p>Era un doble estribillo que Medrano, el escudero, no se cansaba de +repetir. Pareciole la voz de Casilda. ¿No sería algún engaño de los +sentidos? Levantose y miró un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta +de un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la canción caía y +se alejaba con ella graciosamente.</p> + +<p>Otra mañana, recogiendo leña por el contorno, descubrió al pie de un +árbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su escondrijo y +frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma señoril: varios +anillos de plata ceñían la negra vaina de cuero; la hoja tenía la marca +de Hortuño; la guarnición era calada y fina, como una randa.</p> + +<p>Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su pereza. Desde entonces +pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores intersticios; y +se complacía en sacarla a la luz para hacer correr una llama de sol a lo +largo de la hoja, en empuñarla y blandirla con fuerza, en hacerla +resoplar en el viento.</p> + +<p>Ya no salía nunca hacia el bosque que no la llevase consigo; y a veces, +mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera sorprenderle, +hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los árboles para +recordar la terrible estocada con que había dado muerte a Gonzalo.</p> + +<p>Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu, inflado otra vez con el +viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y loores de la vida y +en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el mundo.</p> + +<p>Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto peñasco, +y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando vio subir por +la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y esbelto que +agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia la gruta.</p> + +<p>El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente, mirando siempre con la +misma curiosidad.</p> + +<p>Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de modo insufrible el +tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a la hora del +anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño lleno +de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.</p> + +<p>Ramiro caminó hacia él, exclamando:</p> + +<p>—¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!</p> + +<p>El hombre prosiguió su camino.</p> + +<p>Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte, repitió:</p> + +<p>—¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!</p> + +<p>Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contestó secamente:</p> + +<p>—Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos. ¿Pensáis acaso que esa +roñosa pereza borra crímenes y perjurios?</p> + +<p>El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano el freno de la +cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo:</p> + +<p>—¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo!</p> + +<p>Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia adelante y, por toda +respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa imagen del +Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba +combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu a la +cueva, cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la +intención de darle muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para +hundirla en aquel pecho sacrílego, una voz recia y dominante, una voz +que penetró en sus entrañas, le contuvo de golpe:</p> + +<p>—¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que acuchilles al hombre que te +engendró!</p> + +<p>Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho sombrero que +llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor todo el rostro. +Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa de reconocer al +misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le +había salvado la vida, dejándole después, como recuerdo, la valiosa daga +sarracena.</p> + +<p>—Sí, yo te engendré en la altiva doña Guiomar—prosiguió el anciano—y +tu agüelo prefirió casalla en seguida con el viejo don Lope, en odio a +mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di la vida por segunda +vez, sacándote de entre las dagas de los creyentes; y fui expulsado de +Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro, me pagaste en buena moneda +cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisición a la +infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que +fuesen arrojadas a la hoguera, después de haberte curado y regalado con +tanto amor como ellas te tenían!</p> + +<p>Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclamó por +fin:</p> + +<p>—¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de un padre es siempre +escuchada por Alá...; no, no me atrevo a maldecirte...!</p> + +<p>Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia atrás, y taloneando +fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza, desapareciendo +en seguida entre los peñascos.</p> + +<p>Ramiro le miró partir sin llamarle, y caminando hacia la cueva, fue a +sentarse en el rincón más obscuro, oprimiendo el crucifijo contra su +pecho.</p> + +<p>¿Qué había escuchado? ¿Su padre? ¡Un morisco!</p> + +<p>Todos los enigmas de su vida acudían a su memoria: la soledad de su +infancia, la dureza del abuelo para con él, la continua y llorosa +melancolía de doña Guiomar, las especies tan extrañas que había +suscitado su lance con los conversos, el súbito desvío de Beatriz, el +denuesto de Gonzalo en la callejuela... ¡el abnegado amor de aquel +hombre de otra fe, de otra raza!; y vio que todo resultaba harto +comprensible a la luz de la espantosa revelación.</p> + +<p>¿Sería verdad? ¿Sería, en efecto, hijo de moro? ¡Ah! Más valiera +entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se derramase +sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razón cayó en espantosa +vorágine. Las ideas parecían ulular y remolinear como los vientos en una +noche de vendaval. No quería, no quería pensar, y se hincaba las uñas en +la frente para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas, resoplaba +con furia como un hombre enajenado por el terror; pero la cavilación era +cada vez más inexorable, más elocuente, más honda. Unas veces reía de +su propia credulidad, desechando como el más grande de los absurdos las +palabras del moro; otras llegaba a sentir total convencimiento, y se +sorprendía de no haber concebido hasta ahora ninguna sospecha en medio +de tantos indicios.</p> + +<p>De pronto, el mismo horror de aquella incertidumbre, le yergue sobre los +talones. Enciende la candileja. Un pensamiento instantáneo acaba de +cruzar por su mente. Sube al escabel, descuelga los viejos vestidos y +las botas que penden de lo alto de la gruta. Un bolsillo de monedas +suena en los gregüescos.</p> + +<p>Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de otro tiempo y ceñido +la espada, salió de la cueva y se puso a errar en la noche. No le +quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra +esperanza que los galeones.</p> + +<p>Soñaba en alguna región de las Indias, donde las plantas, las frutas, +las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para él y nada le recordase la +tierra vieja y maligna en que había nacido, aquella tierra en que todo +era adversidad, maleficio, embrujamiento. Sólo así podría escapar a la +maldición que le perseguía quizá desde el vientre de la madre.</p> + +<p>Caminó incansablemente, empujado como Ashavero, por un viento misterioso +que no movía las hojas de los árboles, y que él, con todas sus fuerzas, +no hubiera podido resistir.</p> + +<p>De noche, en las ventas, al verle aparecer con el anticuado traje y la +luenga barba en desorden, más de un gañán empinaba de golpe la taza de +vino y se escapaba al corral haciéndose cruces.</p> + +<p>En cambio, de día, al cruzar por los pueblos, los chiquillos se mofaban +de su estampa y le arrojaban por detrás cáscaras de nueces y puñados de +polvo.</p> + +<p>Con el dinero que había encontrado en los gregüescos compró una mula +para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este modo, +después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad de +Cádiz, a mediados de diciembre.</p> + +<p>El mismo día, recorriendo las calles, vio una bandera de compañía +colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le dijeron que se +había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un +soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó:</p> + +<p>—Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martínez, el +alférez, ahí le tiene a su derecha.</p> + +<p>Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la calle +a su antiguo paje vestido con galas de soldado.</p> + +<p>Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de +Groninga, dos compañías de escopeteros españoles, sorprendidas por una +carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Sólo Pablillos +permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al siguiente día le +hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; había perdido el habla +y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera. Algunos +dijeron entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que se +había agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevos +soldados le miraban como a un héroe, y toda la población como a una +gloria gaditana. Al reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que +pudiese, y cuando supo su resolución de entrar en la compañía como +soldado, llevole en persona a comprar lo que hubiera menester para +embarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de diciembre.</p> + +<p class="top5">El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres +gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus velas +numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro y de +sangre.</p> + +<p>En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada, su +imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte.</p> + +<p>Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta de +América.</p> + +<p>Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una +muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre la +última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez más +pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a poco el +escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba +sus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y despiadada canción que +reía con las espumas.</p> + + + +<h3><a name="EPILOGO" id="EPILOGO"></a>EPILOGO</h3> + + +<p>En el Perú, el año de 1605, en la Ciudad de los Reyes.</p> + +<p>Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme bajo el brillo de las +constelaciones y sus campanarios se levantan, aquí y allá, más obscuros +que la sombra. Luciérnagas y cocuyos enciéndense a millares encima de +los huertos y atraviesan los árboles tenebrosos. El húmedo ambiente está +henchido de perfumes, y óyese, como en la quietud de los campos, el +concierto de los grillos y las ranas, sólo entrecortado por la voz de +los serenos o los pasos de algún trasnochador que vuelve de los garitos.</p> + +<p>Poco a poco, soñolienta vislumbre enrojece en lo alto los cerros de San +Cristóbal y Amancaes. Una brisa sutil y lánguida llega del mar. Los +gallos no han cantado todavía.</p> + +<p>No lejos de la Plaza Mayor, en el huertecillo de humilde vivienda, una +mujer, cuya blanca vestidura parece relucir en la sombra, va y viene por +los senderos cual inquieto fantasma. Es Rosa, la hija menor de Gaspar +Flores y María de Oliva. Todas las mañanas, antes de la salida del sol, +junta piadosamente, en el jardín cultivado por ella, las flores que un +instante después ha de llevar a la Virgen del Rosario, en la vecina +iglesia de Santo Domingo.</p> + +<p>Aun en las noches más obscuras sus pupilas reconocen las corolas mejor +abiertas, y parécele que todas claman hacia ella con místicas voces, +anhelosas de morir sobre la pureza de los altares.</p> + +<p>Hacia un ángulo del huerto, la puertecita de encalada celda recorta en +la obscuridad el dorado resplandor de un candil encendido. Es la ermita +doméstica construida por Rosa para entregarse a la contemplación y la +penitencia sin abandonar a sus padres y a sus hermanos.</p> + +<p>No ha escogido esa vida guiada por el remordimiento o los pesares. Ha +nacido santa. Es milagrosa desde la cuna. Su primer aliento difundió en +su morada un hálito del Paraíso. Es el lirio conventual, bendecido por +Dios en la tierra y en la simiente. Diríase que los ángeles mueven y +aderezan todo lo que ella pone bajo su intento. Las personas que la +visitan advierten claridades y frescuras de otra vida en torno de su +persona; y, de noche, se la reconoce en las más obscuras estancias por +la misteriosa luz que desprenden sus cabellos.</p> + +<p>No ha cumplido aún veinte años y nadie ignora en Lima los asombrosos +prodigios con que el Señor la favorece. Sólo ella encuentra natural que +los pájaros se posen sobre su hombro o acompañen con sus trinos las +fervorosas canciones que improvisa al son de la vihuela; o que, en los +días de gran necesidad, cuando su madre o sus hermanas se sienten +enfermas, maravillosas labores aparezcan, en un instante, bajo su aguja, +recubriendo una a una las telas, sin agotar los ovillos.</p> + +<p>Comprende desde temprano que el sufrimiento y la pobreza son para Dios +las más altas dignidades de esta vida; y visita de continuo los +hospitales, entra en las covachas de los cholos y los indios, buscando +las fiebres, las llagas, la lepra; asila en su oratorio a las ancianas +que escarban las basuras de los muladares para buscar el sustento; cura +con sus manos a bubosos y cancerosos abandonados por sus parientes.</p> + +<p>Su hermosura es a la vez angélica y perturbadora. Tiene del cirio el +candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con misteriosa fiebre, +van encendiendo, a pesar suyo, súbitas pasiones en el corazón de ricos y +virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a ataviarse +como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una oculta +mortificación. La guirnalda de flores con que debe adornarse la frente, +lleva por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor están +embebidos en un cáustico que desuella las manos. Por fin, acosada de +amenazas y violencias, declara su voto irrevocable de virginidad y su +secreto desposorio con Jesucristo.</p> + +<p>Una noche, después de haber trabajado hasta muy tarde, a la luz del +candil, soñó que aderezaba la saya para sus bodas espirituales, bordando +sobre briscada estofa los Nueve Coros angélicos y los símbolos de la +Trinidad y de la Santa Eucaristía. De pronto parécele que la quitan la +aguja de las manos. Un ángel pálido, y de rizos muy negros, reluce de +súbito ante ella, y le ofrece una corona de lágrimas y alba vestidura +formada de postillas de lepra que la envía Nuestro Señor, desplegando, +en seguida, el velo nupcial, incorpóreo velo, sólo visible para el alma, +un velo hecho de suspiros y sollozos de este mundo.</p> + +<p class="top5">Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no despertar a los que +duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las flores que ha +de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando apenas los pliegues +cándidos y simples de su túnica. Diríase que la poderosa fragancia la +desvanece por momentos.</p> + +<p>Tierno rubor enciende por encima de los tejados los ópalos de la aurora. +Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios cabellos +humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar junto a las rejas +se aspiran monjiles sahumerios recién encendidos en los estrados. Aquí y +allá, un brazo desnudo asoma sin rumor entre las celosías y riega los +albahaqueros. Oyese la tímida canturria de las esclavas que lavan los +patios y los zaguanes.</p> + +<p>Rosa entra a la iglesia hollando con religioso respeto las losas +sombrías. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la capilla +mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro ataúd, +las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal con que lo +han amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un paño mortuorio.</p> + +<p>La doncella se aproxima.</p> + +<p>Un fraile dominico, con barba y sin tonsura, dormita a pocos pasos del +féretro, sentado en un escaño. Rosa camina hacia él. El novicio abre +entonces los ojos y murmura, como espantado:</p> + +<p>—¡Vive Dios! ¡Con ella soñaba, y la veía venir con ese sayal, con ese +velo, con esas flores!</p> + +<p>Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente:</p> + +<p>—El Señor os conduce, niña santa. ¿Qué labios podrán rezar mejor que +los vuestros por el alma de este difunto?</p> + +<p>—¿Quién era...?—pregunta Rosa, observando el rostro del muerto.</p> + +<p>—A punto fijo, no lo sé yo tampoco—responde el religioso.—Jamás quiso +revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el Caballero +Trágico, como todos le llamábamos, ha sido un gran arrepentido, y que la +peregrina historia de su conversión debiera publicarse a boca llena para +ejemplo de pecadores.</p> + +<p>El fraile vacila un instante, pero clavando en la joven una mirada de +arrobamiento, cual si hablase a una santa aparición, agrega con voz +estremecida:</p> + +<p>—Yo le conocí en Huancavelica, hará cosa de seis años. Formó allí una +banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio señalarme, y +salíamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y minas +ocultas; y todo lo alcanzábamos a fuerza de cuerda y de hierro. +Prendíamos a los caciques y les dábamos tormento, e si no querían +declarar, nos íbamos sobre sus chozas y nos hartábamos de sangre. ¡Ah!, +no hubo saña como la nuestra. Después caíamos a esta ciudad de Lima, a +consumir en los vicios el fruto de nuestros crímenes... Mucho más +pudiera decir, sino que no es la ocasión.</p> + +<p>Rosa suspiró; y el novicio, pasándose la mano por el rostro, alzó la +cabeza y prosiguió su relato:</p> + +<p>—¡Oh alta potencia de Dios, y por cuántos medios mandas la luz a las +almas hundidas en la tiniebla! Habéis de saber que, una vez, ese que +agora duerme el sueño de la eternidad, viniendo conmigo a comulgar a +esta parroquia, pues nunca abandonó el sumo Sacramento, os vio salir +por la puerta de la sacristía, y, dejándome al punto, se puso a +seguiros. Habiendo sabido después cuán piadosa erais y cuán alejada de +todas las vanidades y pasiones del siglo, determinó, sin embargo, +seduciros, o robaros a viva fuerza. Para eso, cierta mañana, hizome +llevar una litera junto a vuestra casa, mientras él se dirigía a saltar +la tapia del huerto...</p> + +<p>Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al llegar junto a mí, +echome los brazos al cuello, exclamando: ¡Es una santa, una esposa de +Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gemía como un hombre que no +osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de herirle. Desde +entonces púsose a observaros de lejos, y os vio derramar por todas +partes vuestra cristiana bondad. Una envidia santa traspasó su corazón +encallecido al escuchar las bendiciones de los miserables y al ver a +tanto desgraciado que se echaba de hinojos en el suelo para besaros los +pies. Abandonó sus galas, repartió joyas y dinero entre los +menesterosos, y, habiéndome contagiado su nuevo frenesí, llevome consigo +a los campos, para borrar con el bien todo el mal que habíamos sembrado +por ellos. ¡Por mi fe! ¡Yo nunca pude imaginar remordimiento tan +profundo, y qué hazañas de caridad y de penitencia! Dios perdone sus +pecados, y quiera darme tiempo a mí mesmo para purgar los míos en esta +santa casa de religiosos.</p> + +<p>—¿Y cuál ha sido su muerte?—volvió a preguntar la doncella, con +expresión tímida y ansiosa, sentándose en el extremo del escaño.</p> + +<p>—Su muerte—respondió el novicio—dice harto bien lo que fue su +contrición. Allá por el mes de agosto, un indígena, a quien él curaba de +un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a +trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trágico quiso +ponerse en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los días más +de cinco horas en las entrañas de la tierra. Contrajo de esta suerte una +fiebre tan brava, que en menos de una semana le privó de todo +movimiento. Yo no hallé cosa mejor que cargarle sobre una mula y +traelle a este Convento del Rosario, donde, después de largo padecer, ha +fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos con sus acentos +de humildad y de sublime confianza en la misericordia de Dios. Y agora +debo deciros—agregó por fin con voz entrecortada por la emoción—que en +sus últimos instantes mezclaba vuestro nombre al nombre de Cristo y de +Nuestra Señora, doncella santa.</p> + +<p>Rosa acercose al ataúd. ¿Cómo dudar? Se hallaba ante el cadáver de aquel +desconocido que había saltado una mañana las tapias de su huerto, y a +quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios, habló +largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras dictadas, sin +duda, por el cielo.</p> + +<p>Fijó entonces sus pupilas, con profunda atención, en el descarnado +rostro, y al reparar en la beatitud inefable que bañaba los párpados, +comprendió que aquellos ojos hablan contemplado, antes de extinguirse, +alguna visión deslumbradora del Paraíso.</p> + +<p>Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra después...</p> + +<p>El alba aclaraba apenas el templo con lívidos resplandores que bajaban +de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso, adormecida en las +naves, se rasgaba por instantes, como si los ángeles volasen en la +penumbra.</p> + +<p>Rosa de Santa María arrodillose piadosamente, y murmuró una plegaria por +el alma de aquel muerto.</p> + +<p>Y ésta fue la gloria de don Ramiro.</p> + +<p>FIN</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of Project Gutenberg's La gloria de don Ramiro, by Enrique Larreta + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GLORIA DE DON RAMIRO *** + +***** This file should be named 29920-h.htm or 29920-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/9/9/2/29920/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/29920-h/images/001.png b/29920-h/images/001.png Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..a6942a9 --- /dev/null +++ b/29920-h/images/001.png diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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