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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/29706-8.txt b/29706-8.txt new file mode 100644 index 0000000..7a71e8b --- /dev/null +++ b/29706-8.txt @@ -0,0 +1,4452 @@ +The Project Gutenberg EBook of Cartas de mi molino, by Alphonse Daudet + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Cartas de mi molino + +Author: Alphonse Daudet + +Translator: F. Cabañas + +Release Date: August 16, 2009 [EBook #29706] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARTAS DE MI MOLINO *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + + + + +BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN» + +ALFONSO DAUDET + +CARTAS DE MI MOLINO + +TRADUCCIÓN DE F. CABAÑAS + +BUENOS AIRES + +1911 + +Reservados los derechos de traducción. + +Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires + + + + +INDICE + + +Acta notarial + +Cartas de mi molino.--Instalación + +La Diligencia de Beaucaire + +La Mula del Papa + +El Faro de las Sanguinarias + +La Agonía de la goleta _Ligera_ + +Los Aduaneros + +Los Viejos + +El Subprefecto en el campo + +El Poeta Mistral + +Las Naranjas + +En Milianah.--Notas de viaje + +La Langosta + +En Camargue: + + I.--La Partida + + II.--La Cabaña + + III.--¡A la espera! + + IV.--Rojo y blanco + + V.--El Vaccarés + +Nostalgia de cuartel + +Las Emociones de un perdigón rojo + +El Emperador ciego o viaje a Bavaria para buscar una tragedia japonesa: + + I.-- El Señor coronel de Sieboldt + + II.--La Alemania del Sur + + III.--En «Droschke» + + IV.--El País de lo azul + + V.--Paseo sobre el Starnberg + + VI.--La Bavaria + + VII.--El Emperador ciego + + + + +ACTA NOTARIAL + + +«Compareció ante mí, Honorato Grapazi, notario residente en +Pamperigouste: + +»El señor Gaspar Mitifio, esposo de Vivette Cornille, avecindado y +residente en el lugar denominado Los Cigarrales; + +»Quien, por la presente escritura, vende y transfiere con todas las +garantías de hecho y de derecho, y libre completamente de deudas, +privilegios e hipotecas, + +»Al señor Alfonso Daudet, poeta, que reside en París, aquí presente y +aceptante, + +»Un molino harinero de viento, situado en el valle del Ródano, en la +Provenza, sobre una ladera poblada de pinos y carrascas; cuyo molino +está abandonado desde hace más de veinte años e inservible para la +molienda a causa de las vides silvestres, musgos, romeros y otras +hierbas parásitas que ascienden por él hasta las aspas. + +»Sin embargo, a pesar de su estado ruinoso, con su gran rueda rota, y la +plataforma llena de hierba nacida entre los ladrillos, el señor Alfonso +Daudet declara convenirle el citado molino y, encontrándolo apto para +servir en sus trabajos de poesía, lo toma por su cuenta y riesgo, y sin +reclamar nada contra el vendedor por causa de las reformas que +necesitará introducir en él. + +»La venta se hace al contado y mediante el precio convenido, que el +señor Daudet, poeta, ha mostrado y colocado sobre la mesa en dinero +contante y sonante, cuyo precio ha sido cobrado y guardado por el señor +Mitifio; todo ello a vista del notario y testigos que suscriben, de lo +cual se extiende carta de pago con reserva. + +»Contrato elevado en Pamperigouste, en el estudio de Honorato, estando +presentes Francet Mamaï, tañedor de pífano, y Luiset, alias el _Quique_, +portador de la cruz de los penitentes blancos. + +»Los cuales firman con las partes y el notario, previa lectura...» + + + + +CARTAS DE MI MOLINO + +INSTALACIÓN + + +¡Valiente susto les he dado a los conejos! Acostumbrados a ver durante +tanto tiempo cerrada la puerta del molino, las paredes y la plataforma +invadidas por la hierba, creían ya extinguida la raza de los molineros, +y encontrando buena la plaza, habíanla convertido en una especie de +cuartel general, un centro de operaciones estratégicas, el molino de +Jemmapes de los conejos. Sin exageración, lo menos veinte vi sentados +alrededor de la plataforma, calentándose las patas delanteras en un rayo +de luna, la noche en que llegué al molino. Al abrir una ventana, ¡zas! +todo el vivac sale de estampía a esconderse en la espesura, enseñando +las blancas posaderas y rabo al aire. Supongo que volverán. + +Otro que también se sorprende mucho al verme, es el vecino del piso +primero, un viejo búho, de siniestra catadura y rostro de pensador, el +cual reside en el molino hace ya más de veinte años. Lo encontré en la +cámara del sobradillo, inmóvil y erguido encima del árbol de cama, en +medio del cascote y las tejas que se han desprendido. Sus redondos ojos +me miraron un instante, asombrados, y, después, despavorido al no +conocerme, echó a correr chillando. ¡Hu, hu! y sacudió trabajosamente +las alas, grises de polvo; ¡qué diablo de pensadores, no se cepillan +jamás! No importa, tal como es, con su parpadeo de ojos y su cara +enfurruñada, ese inquilino silencioso me agrada más que cualquiera otro, +y no me corre prisa desahuciarlo. Conserva, como antes de habitario yo, +toda la parte alta del molino con una entrada por el tejado; yo me +reservo la planta baja, una piececita enjalbegada con cal, con la bóveda +rebajada como el refectorio de un convento. + + * * * * * + +Desde ella escribo con la puerta abierta de par en par, y un sol +espléndido. + +Un hermoso bosque de pinos, chispeante de luces, se extiende ante mí +hasta el pie del repecho. En el horizonte destácanse las agudas +cresterías de los Alpilles. No se percibe el ruido más insignificante. A +lo sumo, de tarde en tarde, el sonido de un pífano entre los espliegos, +un collarón de mulas en el camino. Todo ese magnífico paisaje provenzal +sólo vive por la luz. + +Y actualmente, ¿cómo he de echar de menos ese París ruidoso y obscuro? +¡Estoy tan bien en mi molino! Este es el rinconcito que yo anhelaba, un +rinconcito perfumado y cálido, a mil leguas de los periódicos, de los +coches de alquiler, de la niebla. ¡Y cuántas lindas cosas me rodean! No +hace más de una semana que me he instalado aquí, y tengo llena ya la +cabeza de impresiones y recuerdos. Ayer tarde, por no ir más lejos, +presencié el regreso de los rebaños a una _masía_ situada al pie de la +cuesta, y les juro que no cambiaría ese espectáculo por todos los +estrenos que hayan tenido ustedes en esta semana en París. Y si no, +juzguen. + +Sabrán que en Provenza se acostumbra enviar el ganado a los Alpes cuando +llegan los calores. Brutos y personas permanecen allí arriba durante +cinco o seis meses, alojados al sereno, con hierba hasta la altura del +vientre; después, cuando el otoño empieza a refrescar la atmósfera, +vuelven a bajar a la _masía_, y vuelta a rumiar burguesmente los grises +altozanos perfumados por el romero. Quedábamos en que ayer tarde +regresaban los rebaños. Desde por la mañana esperaba el zaguán, de par +en par abierto, y el suelo de los apriscos había sido alfombrado de paja +fresca. De hora en hora exclamaba la gente: «Ahora están en Eyguières, +ahora en el Paradón.» Luego, repentinamente, a la caída de la tarde, un +grito general de ¡ahí están! y allá abajo, en lontananza, veíamos +avanzar el rebaño envuelto en una espesa nube de polvo. Todo el camino +parece andar con él. Los viejos moruecos vienen a vanguardia, con los +cuernos hacia adelante y aspecto montaraz; sigue a éstos el grueso de +los carneros, las ovejas algo fatigadas y los corderos entre las patas +de sus madres, las mulas con perendengues rojos, llevando en serones los +lechales de un día, meciéndolos al andar; en último término, los perros, +sudorosos y con la lengua colgante hasta el suelo, y dos rabadanes, +grandísimos tunos, envueltos en mantas encarnadas, que les caen a modo +de capas hasta los pies. + +Desfila este cortejo ante nosotros alegremente y se precipita en el +zaguán, pateando con un ruido de chaparrón. Es digno de ver el +movimiento de asombro que se produce en toda la casa. Los grandes pavos +reales de color verde y oro, de cresta de tul, encaramados en sus +perchas han conocido a los que llegan y los reciben con una estridente +trompetería. Las aves de corral, recién dormidas, se despiertan +sobresaltadas. Todo el mundo está en pie: palomas, patos, pavos, +pintadas. El corral anda revuelto: las gallinas hablan de pasar en vela +la noche. Diríase que cada carnero ha traído entre la lana, juntamente +con un silvestre aroma de los Alpes, un poco de ese aire vivo de las +montañas que embriaga y hace bailar. + +En medio de esa algarabía, el rebaño penetra en su yacija. Nada tan +hechicero como esa instalación. Los borregos viejos enternécense al +contemplar de nuevo sus pesebres. Los corderos, los lechales, los que +nacieron durante el viaje y nunca han visto la granja, miran en derredor +con extrañeza. + +Pero es mucho más enternecedor el ver los perros, esos valientes perros +de pastor, atareadísimos tras de sus bestias y sin atender a otra cosa +más que a ellas en la _masía_. Aunque el perro de guarda los llama desde +el fondo de su nicho, y por más que el cubo del pozo, rebosando de agua +fresca, les hace señas, ellos se niegan a ver ni a oír nada, mientras el +ganado no esté recogido, pasada la tranca tras de la puertecilla con +postigo, y los pastores sentados alrededor de la mesa en la sala baja. +Sólo entonces consienten en irse a la perrera, y allí, mientras lamen su +cazuela de sopa, refieren a sus compañeros de la granja lo que han hecho +en lo alto de la montaña: un paisaje tétrico donde hay lobos y grandes +plantas digitales purpúreas coronadas de fresco rocío hasta el borde de +sus corolas. + + + + +LA DILIGENCIA DE BEAUCAIRE + + +En el mismo día de mi llegada aquí, había tomado la diligencia de +Beaucaire, una gran carraca vieja y destartalada que no necesita +recorrer mucho camino para regresar a casa, pero que se pasea con +lentitud a todo lo largo de la carretera para hacerse, por la noche, la +ilusión de que viene de muy lejos. Íbamos cinco en la baca, además del +conductor. + +Un guarda de Camargue, hombrecillo rechoncho y velludo, que trascendía a +montaraz, con ojos saltones inyectados de sangre y con aretes de plata +en las orejas; después dos boquereuses, un tahonero y su yerno, los dos +muy rojos, con mucho jadeo, pero de magníficos perfiles, dos medallas +romanas con la efigie de Vitelio. Finalmente, en la delantera y junto al +conductor, un hombre, o por decir mejor, un gorro, un enorme gorro de +piel de conejo, quien no decía nada de particular y miraba el camino con +aspecto de tristeza. + +Todos aquellos viajeros se conocían unos a otros, y hablaban de sus +asuntos en voz alta, con mucha libertad. El camargués refería que +regresaba de Nimes, citado por el juez de instrucción con motivo de un +garrotazo que había dado a un pastor. En Camargue tienen sangre viva. +¿Pues y en Beaucaire? ¿No pretendían degollarse nuestros dos boquereuses +a propósito de la Virgen Santísima? Parece ser que el tahonero era de +una parroquia dedicada de mucho tiempo atrás a Nuestra Señora, a la que +los provenzales conocen por el piadoso nombre de la Buena Madre y que +lleva en brazos al Niño Jesús; el yerno, por el contrario, cantaba ante +el facistol de una iglesia recién construida y consagrada a la +Inmaculada Concepción, esa hermosa imagen risueña que se representa con +los brazos colgantes y despidiendo rayos de luz las manos. De ahí +procedía la inquina. Merecía verse cómo se trataban esos dos buenos +católicos y cómo ponían a sus patronas celestiales. + +--¡Está buena tu Inmaculada! + +--¡Pues mira que tu Santa Madre! + +--¡Buenas las corrió la tuya en Palestina! + +--¡Y la tuya, tan horrorosa! ¿Quién sabe lo que habrá hecho? Que lo diga +si no San José. + +Para creerse en el puerto de Nápoles, no faltaba más que ver relucir las +navajas, y a fe mía, creo que efectivamente la teológica disputa hubiera +parado en eso, si el conductor no hubiera intervenido. + +--Déjennos en paz con sus vírgenes--dijo riéndose a los +boquereuses;--todo eso son chismes de mujeres, y en los que los hombres +no deben intervenir. + +Cuando concluyó hizo restallar la tralla con un mohín escéptico que +afilió a su opinión a todos los viajeros. + + * * * * * + +La discusión estaba terminada, pero, disparado ya el tahonero, +necesitaba desahogarse con alguien, y dirigiéndose al infeliz del +gorro, silencioso y triste en un rincón, preguntole con aire picaresco. + +--Amolador, ¿y tu mujer? ¿Por qué parroquia está? + +Es necesario creer que esta frase tendría una intención muy cómica, +puesto que en la baca todo el mundo se rió a carcajadas. El amolador no +se reía. Al ver esto, el tahonero dirigiose a mí. + +--¿No conoce usted, caballero, a la mujer del amolador? ¡Vaya con la +picaruela de la feligresa! En Beaucaire no existen dos como ella. + +Redobláronse las risas. El amolador no se movió, limitándose a decir en +voz baja, sin alzar la cabeza: + +--Cállate, tahonero. + +Pero al demonio del tahonero no le acomodaba el callarse, y prosiguió +acentuando la burla: + +--¡Cáspita! No puede quejarse el camarada de tener una mujer así. No hay +medio de aburrirse con ella un instante. ¡Figúrese usted! Una hermosa +que se hace robar cada seis meses, siempre tendrá algo que referir +cuando vuelve. Pues es igual. ¡Bonito hogar doméstico! Imagínese usted, +señor, que todavía no hacía un año que estaban casados cuando ¡paf! va +la mujer y se larga a España con un vendedor de chocolate. El esposo se +queda solito en la casa gimoteando y bebiendo. Estaba como loco. Después +de algún tiempo regresó al país la hermosa, vestida de española, con una +pandereta de sonajas. Todos le decíamos: + +--Ocúltate, porque te va a matar. + +Que si quieres, ¡matar! Volvieron a unirse muy tranquilos, y ella le ha +enseñado a tocar la pandereta. + +Hubo una nueva explosión de risas. Sin levantar la cabeza, murmuró de +nuevo el amolador desde su rincón: + +--Cállate, tahonero. + +Pero éste no hizo caso, y continuó: + +--¿Pensará usted, señor, que sin duda al volver de España permaneció +quieta la hermosa? ¡Quia! ¡Que si quieres! ¡Su marido había tomado +aquello con tanta calma! Eso la animó para volver a las andadas. Después +del español, hubo un oficial, a éste siguió un marinero del Ródano, más +tarde un músico, después, ¡qué sé yo! Y lo más notable del caso es que +a cada escapatoria se representaba la misma comedia y con igual aparato. +La mujer se marcha, el marido llora que se las pela, vuelve ella, +consuélase él. Y siempre se la llevan, y siempre la recobra. ¡Ya ve +usted si necesita tener paciencia ese marido! Debe también decirse que +la amoladora es extraordinariamente guapa... un verdadero bocado de +cardenal, pizpireta, muy mona, bien formada y además tiene la piel muy +blanca y los ojos de color de avellana que siempre miran a los hombres +riéndose. ¡Si por casualidad, querido parisiense, llega usted alguna vez +a pasar por Beaucaire!... + +--¡Oh, calla, tahonero, te lo suplico!--volvió a exclamar el pobre +amolador con voz desgarradora. + +En ese instante se paró la diligencia. Estábamos en la masía de los +Anglores. Allí se apearon los dos boquereuses, y juro a ustedes que no +hice nada por retenerlos. ¡Tahonero farsante! Estaba ya dentro del patio +del cortijo, y todavía se oían sus carcajadas. + + * * * * * + +Al salir la gente, pareció quedarse vacía la baca. El camargués habíase +apeado en Arlés, el conductor marchaba a pie por la carretera, junto a +los caballos. El amolador y yo, cada uno en su rincón respectivo, nos +quedamos solos allá arriba, sin chistar. Hacía calor, el cuero de la +baca echaba chispas. Por momentos sentí cerrárseme los ojos y que la +cabeza se me ponía pesada, pero me fue imposible dormir. Continuaba sin +cesar zumbándome en los oídos aquel «cállate, te lo suplico», tan +melancólico y tan dulce. Tampoco dormía el infeliz. Situado yo detrás de +él, veíale estremecerse sus cuadrados hombros, y su mano (una mano +paliducha y vasta) temblar sobre el respaldo de la banqueta, como si +fuera la mano de un viejo. Lloraba. + +--Ha llegado usted a su casa, señor parisiense--me gritó de repente el +conductor de la diligencia, y con la fusta apuntaba a mi verde colina, +con el molino clavado en la cúspide como una mariposa gigantesca. + +Bajé del vehículo apresuradamente. De paso junto al amolador, intenté +mirar más abajo de su gorro, hubiese querido verlo antes de marcharme. +Como si hubiera comprendido mi intención, el infeliz levantó bruscamente +la cabeza, y clavando la vista en mis ojos, me dijo con voz sorda: + +--Míreme bien, amigo, y si oye usted decir algún día que ha ocurrido una +desgracia en Beaucaire, podrá usted afirmar que conoce al autor de ella. + +Su rostro estaba apagado y triste, con ojos pequeños y mustios. + +Si en los ojos tenía lágrimas, en aquella voz había odio. El odio es la +cólera de los pusilánimes. En el caso de la amoladora, no las tendría yo +todas conmigo. + + + + +LA MULA DEL PAPA + + +Entre los innumerables dichos graciosos, proverbios o adagios con que +adornan sus discursos nuestros campesinos de Provenza, no conozco +ninguno más pintoresco ni extraño que éste. Junto a mi molino y quince +leguas en redondo, cuando se habla de un hombre rencoroso y vengativo, +suele decirse: + +«¡No te fíes de ese hombre, porque es como la mula del Papa, que te +guarda la coz siete años!» + +Durante mucho tiempo he estado investigando el origen de este proverbio, +qué quería decir aquello de la mula pontificia y esa coz guardada siete +años. Nadie ha podido informarme aquí acerca del particular, ni siquiera +Francet Mamaï, mi tañedor de pífano, quien conoce de pe a pa las +leyendas provenzales. Francet piensa, lo mismo que yo, que debe de ser +reminiscencia de alguna antigua crónica del país de Aviñón, pero no he +oído hablar jamás de ella, sino tan sólo por el proverbio. + +--Sólo en la biblioteca de las Cigarras puede usted encontrar algún +antecedente--me dijo el anciano pífano, riendo. + +No me pareció la idea completamente disparatada, y como la biblioteca de +las Cigarras está cerca de mi puerta, fui a encerrarme ocho días en +ella. + +Es una biblioteca maravillosa, admirablemente organizada, abierta +constantemente para los poetas, y servida por pequeños bibliotecarios +con címbalos que no cesan de dar música. Allí pasé algunos días +deliciosos, y después de una semana de investigaciones (hechas de +espaldas al suelo), descubrí, al fin, lo que deseaba, es decir, la +historia de mi mula y de esa famosa coz guardada siete años. El cuento +es bonito, aunque peque de inocente, y voy a tratar de narrarlo como lo +leí ayer mañana en un manuscrito de color del tiempo, que olía muy bien +a alhucema seca y cuyos registros eran largos hilos de la Virgen. + + * * * * * + +No habiendo visto Aviñón en tiempo de los Papas, no se ha visto nada. +Jamás existió ciudad alguna tan alegre, viva y animada como ella, en el +ardor por los festejos. Desde la mañana a la noche, todo eran +procesiones y peregrinaciones, con las calles alfombradas de flores, +empavesadas con tapices, llegadas de cardenales por el Ródano, ondeando +al viento los estandartes, flameantes de gallardetes las galeras, los +soldados del Papa entonando por las calles cánticos en latín, +acompañados de las matracas de los frailes mendicantes; después, de +arriba abajo de las casas que se apiñaban zumbando alrededor del gran +palacio papal como abejas en torno de su colmena, percibíase también el +tic tac de los bolillos que hacían randas, el vaivén de las lanzaderas +que confeccionaban los tisúes de oro para las casullas, los martillitos +de los cinceladores de vinajeras, las tablas de armonía ajustadas en los +talleres de guitarrero, las canciones de las urdidoras, y sobresaliendo +entre todos estos ruidos el tañido de las campanas y algunos sempiternos +tamboriles que roncaban allá abajo, hacia el puente. Porque entre +nosotros, cuando el pueblo está contento, necesita estar siempre +bailando, y como por aquellos tiempos las calles de la ciudad eran +excesivamente estrechas para la farándula, pífanos y tamboriles +situábanse en el puente de Aviñón, al viento fresco del Ródano, y día y +noche se estaba allí baila que bailarás. ¡Ah, qué dichosos tiempos, qué +ciudad tan feliz! Alabardas que no cortaban, prisiones de Estado donde +se ponía a refrescar el vino. Jamás hambre, nunca guerra. He aquí cómo +gobernaban a su pueblo los Papas del Condado. ¡Tal es la causa de que +los eche tanto de menos el pueblo! + + * * * * * + +Entre todos los Papas, merece citarse con especialidad uno que era un +buen viejo, llamado Bonifacio... ¡Oh, qué muerte más llorada la suya! +¡Era un príncipe tan amable, tan gracioso! ¡Se reía tan bien desde lo +alto de su mula! Y cuando alguno pasaba cerca de él, así fuese un +pobrete hilandero de _rubia_ o el gran Vegner de la ciudad, ¡le daba su +bendición con tanta cortesía! Un verdadero «Papa de Ivetot», pero de un +Ivetot de Provenza, con algo de picaresco en la risa, un tallo de +mejorana en la birreta, y sin el más insignificante trapicheo... La +única Juanota que siempre se le conoció a este santo padre era su viña, +una viñita plantada por él mismo a tres leguas de Aviñón, entre los +mirtos de Château-Neuf. + +Todos los domingos, concluidas las vísperas, el justo varón iba a +requebrarla, y cuando estaba allí arriba sentado al grato sol, con su +mula cerca, y en rededor suyo sus cardenales tendidos a la bartola, al +pie de las cepas, entonces mandaba destapar un frasco de vino de su +cosecha (ese hermoso vino, de color de rubí, conocido desde entonces acá +por el nombre de _Château-Neuf de los Papas_), y lo saboreaba a +sorbitos, mirando enternecido a su viña. Consumido el frasco, al caer de +la tarde volvíase alegremente a la ciudad, seguido de toda su corte, y +al atravesar el puente de Aviñón, en medio de los tamboriles y de las +farándulas, su mula, espoleada por la música, emprendía un trotecillo +saltarín mientras que él mismo marcaba el paso de la danza con la +birreta, lo cual era motivo de escándalo para los cardenales, pero hacía +exclamar a todo el pueblo: «¡Ah, qué gran príncipe! ¡Ah, valiente Papa!» +Después de su viña de Château-Neuf, lo que más estimaba en el mundo el +Papa era su mula. El bendito señor se pirraba por aquel cuadrúpedo. +Todas las noches, antes de irse a la cama, iba a ver si estaba cerrada +la cuadra, si tenía lleno el pesebre, y jamás abandonaba la mesa sin +hacer preparar en su presencia un gran ponche de vino a la francesa, con +mucho azúcar y aromas, que él mismo llevaba a su mula, a despecho de las +observaciones de los cardenales... Es necesario decir también que la +bestia valía la pena. Era una hermosa mula negra salpicada de alazán, +firme de piernas, de pelo lustroso, grupa ancha y redonda, que llevaba +erguida la enjuta cabecita guarnecida toda ella de perendengues, lazos, +cascabeles de plata, borlillas; además de estas buenas cualidades, +reunía otras que el Papa no apreciaba menos: era dulce como un ángel, +de cándido mirar y con un par de orejas largas en constante bamboleo, +que le daban aspecto bonachón... Todo Aviñón la respetaba, y cuando +pasaba por las calles no había agasajos que no se le hiciesen, pues +todos sabían que ése era el mejor medio de ser bien quisto en la corte, +y que con su aire inocente, la mula del Papa había conducido a más de +uno a la fortuna. Prueba de ello Tistet Védène y su maravillosa +aventura. + +Era al principio este Tistet Védène un descarado granuja, a quien su +padre Guy Védène, el escultor en oro, se había visto en la necesidad de +arrojar de su casa, porque además de que no quería trabajar, maleaba a +los aprendices. Durante seis meses viósele arrastrar su sayo por todos +los arroyos de las calles de Aviñón, pero principalmente hacia la parte +próxima al palacio papal; porque el pícaro tenía desde mucho tiempo +antes sus ideas respecto a la mula del Papa, y van a ver que no iba +descaminado... Un día que Su Santidad se paseaba a solas bajo las +murallas con su bestia, se le acerca de buenas a primeras mi Tistet y +le dice, juntando las manos con ademán de asombro: + +--¡Ah, Dios mío, gran Padre Santo, hermosa mula tiene!... Permítame +Vuestra Santidad que la contemple un poco... ¡Ah, Papa mío, qué mula tan +maravillosa!... El emperador de Alemania no tiene otra tal. + +Y la acariciaba, y le decía dulcemente como a una señorita: + +--Ven acá, alhaja, tesoro, mi perla fina... + +Y el bueno del Papa, enternecido, decía para sus adentros: + +--¡Qué guapo mozo!... ¡Qué cariñoso está con mi mula! + +¿Y saben ustedes lo que ocurrió al siguiente día? Tistet Védène cambió +su viejo tabardo amarillo por una preciosa alba de encajes, una capa de +coro de seda violeta, unos zapatos con hebillas, e ingresó en la +escolanía del Papa, donde antes de él no habían podido ingresar más que +los hijos de nobles y sobrinos de cardenales... ¡He ahí lo que es la +intriga!... Pero Tistet no paró ahí. + +Protegido ya por el Papa y al servicio de éste, el bribonzuelo continuó +la farsa que tan bien le había salido. Insolente con todo el mundo, +sólo tenía atenciones y miramientos con la mula, y siempre andaba por +los patios del palacio con un puñado de avena o una gavilla de zulla, +cuyos rosados racimos sacudía graciosamente mirando al balcón del Padre +Santo, como quien dice: «¡Jem!... ¿Para quién es esto?» + +Tantas cosas hizo, que a la postre el bueno del Papa, que se sentía +envejecer, le confió el cuidado de vigilar la cuadra y llevar a la mula +su ponche de vino a la francesa; lo cual movía ya a risa a los +cardenales. + + * * * * * + +Tampoco era esto cosa de risa para la mula. Por entonces, a la hora de +su vino, llegaban siempre junto a ella cinco o seis niños de coro, que +se metían pronto entre la paja con su capa de color de violeta y su alba +de encajes; después, al cabo de un momento, un buen olor caliente de +caramelo y de aromas perfumaba la cuadra, y aparecía Tistet Védène +llevando con precaución el ponche de vino a la francesa. Allí comenzaba +el martirio del pobre animal. + +Aquel vino aromoso que tanto le agradaba, que le daba calor, que le +ponía alas, cometían la crueldad de traérselo allí, a su pesebre, y +hacérselo respirar; después, cuando tenía impregnadas en el olor las +narices, ¡me alegro de verte bueno! ¡El hermoso licor de sonrosada llama +era engullido completamente por aquellos granujas!... Y si no hubieran +cometido más crimen que robarle el vino... Pero, todos esos seis eran +unos diablos, en cuanto bebían... Uno le tiraba de las orejas, otro del +rabo; Quiquet se le encaramaba en el lomo, Bélugnet le ponía su birrete, +y ni uno solo de aquellos pícaros pensaba que de una corveta o de una +sarta de coces el bueno del animal hubiera podido enviarlos a todos a +las nubes y aunque fuese más lejos... ¡Pero, no! Por algo se es la mula +del Papa, la mula de las bendiciones y de las indulgencias... Por muchas +travesuras que hicieran los muchachos, ella no se enfadaba, y sólo a +Tistet Védène guardaba ojeriza. Y, es claro, cuando sentía a éste detrás +de sí, le daba comezón en los cascos, y no le faltaba razón para ello. +¡Ese granujilla de Tistet hacíale unas jugarretas tan feas! ¡Eran tan +crueles sus invenciones después de beber!... + +¿A que no imaginan ustedes lo que se le ocurrió cierto día? ¡Hacerla +subir con él al campanil de la escolanía, allá arriba, arribota, a lo +más alto de palacio! Y no crean que es mentira lo que cuento; doscientos +mil provenzales lo han visto. Figúrense el terror de aquella infortunada +mula, cuando después de dar vueltas una hora a ciegas por una escalera +de caracol y haber subido no sé cuántos peldaños, encontrose de pronto +en una plataforma deslumbrante de luz, y a mil pies debajo de ella +contempló todo un Aviñón fantástico: las barracas del mercado tan +pequeñas como avellanas, los soldados del Papa delante de su cuartel +como hormigas rojas, y allá abajo, sobre un hilillo de plata, un +minúsculo puentecito, donde había bailes y más bailes... ¡Ah, pobre +bestia! ¡Qué susto! Del grito que soltó, retemblaron todas las vidrieras +del palacio. + +--¿Qué ocurre? ¿Qué sucede?--exclamó el Papa, asomándose al balcón +precipitadamente. + +Tistet Védène estaba ya en el patio, fingiendo que lloraba y mesándose +los cabellos: + +--¡Ah, gran Padre Santo, qué pasa! Pues pasa que la mula de Su +Santidad... ¡Dios mío! ¿Qué será de mí?... Pues pasa que la mula de Su +Santidad... ¡se ha encaramado al campanario!... + +--Pero, ¿ella sola? + +--Sí, señor, excelso Padre Santo, ella sola... ¡Mire, mire, allá +arriba!... ¿Ve Su Beatitud la punta de las orejas asomando?... Parecen +dos golondrinas... + +--¡Misericordia!--exclamó el pobre Papa alzando los ojos.--¿Es que se ha +vuelto loca? ¡Pero, si se va a matar! ¿Quieres bajarte, desventurada?... + +¡Cáspita! Lo que es ella no hubiera deseado otra cosa sino bajarse... +Pero, ¿por dónde? Por la escalera, no había ni qué pensarlo: a esas +alturas se sube, pero en la bajada hay peligro de perniquebrarse cien +veces... Y la pobre mula desconsolábase, y dando vueltas por la +plataforma con los ojazos presa del vértigo, pensaba en Tistet +Védène... + +--¡Ah, miserable, si de ésta escapo... menuda coz te suelto mañana +tempranito! + +Con este propósito de la coz, hacía de tripas corazón; sin eso, no +hubiera podido mantenerse en pie... Al fin pudo conseguirse bajarla de +allá arriba, pero no costó poco que digamos. Fue necesario descolgarla +en unas angarillas, con cuerdas y un gato. Ya comprenderán qué +humillación para la mula de un Papa eso de ser suspendida de aquella +altura, moviendo las patas en el aire, como un abejorro al cabo de un +hilo. ¡Y todo Aviñón que la miraba! + +A la infeliz bestia no le fue posible dormir en toda la noche. Parecíale +que daba vueltas constantemente por aquella maldita plataforma, siendo +el hazmerreír de toda la ciudad congregada abajo; luego, pensaba en ese +infame Tistet Védène y en la bonita coz con que iba a obsequiarle al día +siguiente por la mañana. ¡Oh, amigos míos, vaya una coz! Desde +Pamperigouste tenía que verse el humo... Pues bien, mientras en la +cuadra le preparaban este magnífico recibimiento, ¿saben lo que hacía +Tistet Védène? Deslizábase por el Ródano cantando en una galera +pontificia y se iba a la corte de Nápoles con la compañía de jóvenes +nobles que la ciudad mandaba todos los años junto a la reina Juana para +ejercitarse en la diplomacia y en las buenas maneras. Tistet no era +noble; pero el Papa deseaba a toda costa recompensarlo por los cuidados +que había tenido con su bestia, y especialmente por la actividad que +acababa de desplegar durante la empresa de salvamento. + +¡Valiente chasco se llevó la mula al día siguiente! + +--¡Ah, bandido; algo se ha olido él!--pensaba, mientras sacudía con +furia sus cascabeles.--Pero, es lo mismo, ¡anda, pillo! ¡Cuando vuelvas +te encontrarás con tu coz... te la guardo!... + +Y se la guardó. + +Después de la marcha de Tistet, la mula del Papa recobró su vida +sosegada y sus aires de otros tiempos. No más Quiquet ni Bélugnet en la +cuadra. Llegaron de nuevo los felices días del vino a la francesa, y con +ellos el buen humor, las largas siestas, y el pasito de gavota al cruzar +el puente de Aviñón. Sin embargo, desde su aventura dábanle muestras +constantes de frialdad en la ciudad; los viejos movían la cabeza, los +niños se reían señalando al campanario. El bueno del Papa mismo no +confiaba ya tanto en su amiga, y cuando se dejaba llevar al extremo de +echar un sueñecillo sobre los lomos de ella, el domingo a su regreso de +la viña, ocurríasele siempre esta consideración: «¡Si fuese a +despertarme allá arriba, en la plataforma!» Veía esto la mula, y sufría +sin chistar; solamente cuando en presencia de ella se pronunciaba el +nombre de Tistet Védène, erguíanse sus largas orejas, y afilaba con una +risita el hierro de sus cascos en el pavimento... + +Pasaron siete años, al cabo de los cuales, Tistet Védène, regresó de la +corte de Nápoles. No había concluido todavía el tiempo de su empeño en +ella; pero había sabido que el archipámpano de Sevilla había muerto +repentinamente en Aviñón, y como el cargo parecíale bueno, había +regresado muy a prisa para gestionar que se le otorgara. + +Cuando ese intrigante de Védène entró en el salón del palacio, costole +trabajo el conocerlo al Santo Padre: tanto era lo que había crecido y +engruesado. Preciso es también decir que, por su parte, el Papa se +había hecho viejo y no veía bien sin antiparras. + +Tistet no se acobardó. + +--¡Cómo! Excelso Padre Santo, ¿ya no me conoce Su Beatitud?... Soy yo, +¡Tistet Védène! + +--¿Védène?... + +--Sí, ya sabe... el que servía el vino francés a la mula. + +--¡Ah! Sí... sí... ya recuerdo... ¡Guapo mozo, ese Tistet Védène!... Y +ahora, ¿qué pretendes? + +--¡Oh! Poca cosa, Excelso Padre Santo... Venía a suplicarle... Y a +propósito, ¿conserva todavía Su Beatitud aquella mula? ¿Y está buena?... +¡Ah! ¡Cuánto me alegro!... Pues bien, venía a solicitar la plaza del +archipámpano de Sevilla, quien acaba de morir. + +--¡Archipámpano de Sevilla tú!... Pero si eres muy joven. Pues, ¿cuántos +años tienes? + +--Veinte años y dos meses, ilustre Pontífice; cinco años justos más que +la mula de Su Santidad... ¡Ah, bendita de Dios la valiente bestia!... +¡Si supiese Su Beatitud cuánto amaba yo a aquella mula! ¡Y con qué +sentimiento me acordaba de ella en Italia!... ¿Me permitirá Su Santidad +que la visite? + +--Sí, hijo mío, la visitarás--dijo el bueno del Papa, emocionado.--Y +puesto que tanto amas a aquel bendito animal, no permito que vivas lejos +de él. Desde este día quedas afecto a mi persona en calidad de +archipámpano... Mis cardenales gritarán, pero, ¡peor para ellos! ya +estoy acostumbrado... Vuelve mañana, al salir de vísperas, y Nos te +impondremos las insignias de tu beneficio delante de Nuestro cabildo, y +luego... te acompañaré a ver la mula, y vendrás a la viña con nosotros +dos... ¿Eh? ¡Ja, ja! ¡Anda, vete!... + +No es necesario decir lo satisfecho que iría Tistet Védène al salir del +salón del Solio, y con qué impaciencia aguardó la ceremonia del +siguiente día; pero mucho más satisfecha e impaciente que el bribón +estaba la mula. Desde el regreso de Védène hasta las vísperas del +siguiente día, la vengativa bestia no cesó de atiborrarse de avena y +cocear la pared con los cascos de atrás. También el animal hacía sus +preparativos para la ceremonia... + +Al día siguiente, después de haberse cantado vísperas, Tistet Védène +hizo su entrada en el patio del palacio papal. En él estaban todo el +alto clero, los cardenales con sus togas rojas, el «abogado del diablo» +de terciopelo negro, los abades de conventos con sus pequeñas mitras, +los mayordomos de fábrica de San Agrico, las sotanas violetas de la +escolanía sin que faltaran numerosos individuos del bajo clero, los +soldados del Papa de gran uniforme de gala, los ermitaños del monte +Ventoso con sus caras feroces y el monacillo que los sigue tocando la +campanilla, los hermanos disciplinantes desnudos de pecho y espalda, los +floridos sacristanes con toga de jueces; todos, toditos, hasta los que +hacen las aspersiones de agua bendita, y el que enciende y el que apaga +los cirios... nadie faltaba al solemne acto... ¡Ah! ¡Era una hermosa +ordenación! Campanas, petardos, sol, música, y siempre esos sonoros +tamboriles que guiaban la danza allá abajo, en el puente de Aviñón... + +Al presentarse Védène en medio de la asamblea, su empaque y su buen +talante produjeron un murmullo de admiración. Era un magnífico +provenzal, rubio, con largos cabellos de puntas rizadas y una barbita +corta y primeriza que parecía formada por vedijas de metal fino +desprendidas por el buril de su padre, el escultor en oro. Circularon +rumores de que los dedos de la reina Juana habían jugado algunas veces +con aquella rubia barba, y efectivamente el señor de Védène tenía el +glorioso aspecto y el mirar abstraído de los galanes amados por +reinas... Aquel día, para honrar a su nación, había sustituido su +vestido napolitano por un capisayo bordado de rosas, a la provenzala, y +sobre su capillo temblaba una gran pluma de ibis de Camargue. + +Al entrar el archipámpano, saludó galantemente a la concurrencia, y +dirigiose a la elevada escalinata, donde le aguardaba Su Santidad para +imponerle las insignias de su grado: la cuchara de boj amarillo y la +sotana de color de azafrán. Junto a la escalera estaba la mula, +enjaezada y dispuesta a partir para la viña... Al pasar cerca de ella, +sonriose satisfecho Tistet Védène y se detuvo para darle dos o tres +golpecitos cariñosos en la grupa, mirando con el rabillo del ojo si el +Papa lo observaba. La ocasión era propicia... La mula tomó impulso... + +--¡Toma, allá te va, bandido! ¡Siete años hacía que te la guardaba! + +Y le soltó una coz tan terrible, tan certera, que desde Pamperigouste se +vio el humo, una humareda de polvo rubio en la que revoloteó una pluma +de ibis... ¡Eso fue todo lo que quedó del infortunado Tistet Védène!... + +Pocas veces son las coces de mula tan fulminantes. Pero aquélla era una +mula papal. Y además, ¡figúrense ustedes!... ¡Hacía nada menos que siete +años que se la guardaba!... No hay ejemplo de odios eclesiásticos +semejante al mencionado. + + + + +EL FARO DE LAS SANGUINARIAS + + +No me fue posible, por muchos esfuerzos que hice, pegar los ojos aquella +noche. El mistral estaba furioso, y el estrépito de sus grandes silbidos +me desveló hasta el amanecer. El molino entero crujía, balanceando +pesadamente sus aspas mutiladas, que resonaban con el cierzo lo mismo +que el aparejo de un buque. Volaban las tejas de su destruida techumbre. +En lontananza, los pinos apretados que cubrían la colina se agitaban +zumbando entre sombras. Creyérase que era el alta mar... + +Esto trajo a mi memoria el recuerdo de mis gratos insomnios de hace tres +años, cuando yo vivía en el faro de las Sanguinarias, allá abajo, en la +costa de Córcega, a la entrada del golfo de Ajaccio, otro hermoso rincón +que encontré para meditar y estar a solas. + +Imagínense ustedes una isla rojiza de aspecto salvaje, el faro en una +punta, y en la otra una antigua torre genovesa, donde en mi tiempo +habitaba un águila. Abajo, en la orilla del agua, las ruinas de un +lazareto, invadido completamente por las hierbas; luego barrancos, +malezas, rocas enormes, algunas cabras montaraces, caballejos corsos +triscando con las crines al viento; finalmente, allá arriba, en la +altura, entre un torbellino de aves marinas, la casa del faro, con su +plataforma de mampostería blanca, donde paseaban los torreros de un lado +a otro, la verde puerta ojival, la torrecilla de hierro fundido, y +encima la gran linterna, cuyas facetas brillan al sol y despiden luz aun +en medio del día... He aquí la isla de las Sanguinarias, tal como la +volví a ver en mi imaginación esa noche, al oír roncar mis pinos. Antes +de poseer un molino, aquella isla encantada era donde iba yo a retirarme +siempre que necesitaba aire libre y soledad. + +--¿Qué hacía allí? + +Lo mismo que ahora aquí, quizá menos. Cuando soplaban el mistral o la +tramontana con extremada violencia, situábame entre dos peñascos al +borde del agua, en medio de las goletas, de los mirlos, de las +golondrinas, y allí permanecía todo el día, en esa especie de estupor y +delicioso anonadamiento que la contemplación del mar produce. ¿Verdad +que conocen ustedes esa grata embriaguez del alma? No se piensa, ni se +sueña. Todo el ser se escapa, vuela, se evapora. Se es la gaviota que se +zambulle, el polvo de espuma que sobrenada al sol entre dos olas, el +blanco humo de aquel vapor-correo que desaparece en la lejanía, esa +pequeña barca de rojo velamen dedicada a la pesca de corales, aquella +perla de agua, ese jirón de bruma, todo, menos uno mismo... ¡Oh, qué +deliciosas horas de semisueño y de divagaciones las que pasé en mi +isla!... + +Cuando el viento soplaba con fuerza impidiéndome estar a orillas del +agua, me encerraba en el patio del lazareto, un patio pequeño y +melancólico, todo él perfumado por el aroma del romero y del ajenjo +silvestres, y allí, junto al lienzo de las vetustas paredes, dejábame +invadir por el vago olor de abandono y de tristeza que envuelto en los +rayos del sol flotaba entre los aposentos de piedra, abiertos por todas +partes como tumbas antiguas. Un portazo o un salto ligero entre la +hierba interrumpía de vez en cuando el silencio monótono que reinaba en +aquel solitario lugar: era una cabra, que acudía a rumiar al resguardo +del viento. Al verme se detenía absorta, y quedábase plantada ante mí, +con aire vivaracho, los cuernos en alto, contemplándome con ojos +juveniles... + +El portavoz de los torreros me llamaba para comer a las cinco, y a esa +hora, por un senderito escarpado a pico entre los matorrales, suspenso +encima del mar, encaminábame lentamente al faro, volviendo a cada +momento la vista hacia aquel inmenso horizonte de agua y de luz, que +parecía ensancharse conforme ascendía yo. + + * * * * * + +El espectáculo era encantador desde la cima. Creo aún ver aquel +magnífico comedor, de anchas losas, paramentos de encina, la sopa de +peces humeante en medio, la puerta completamente abierta al blanco +terrado, y los resplandores del Poniente que lo inundaban de luz... +Allí me aguardaban siempre, para sentarse a la mesa, los torreros. Eran +tres: uno de Marsella y dos de Córcega; los tres pequeños, barbudos, con +igual rostro curtido y resquebrajado, e idéntico gabán de pelo de cabra, +pero de aspecto y humor completamente distintos y aun contrarios. + +De la manera de vivir de aquellas gentes, deducíase al punto la +diferencia de ambas razas. El marsellés, industrioso y vivo, siempre +atareado, en constante movimiento, recorría la isla desde la mañana a la +noche, cultivando, pescando, recogiendo huevos de aves marinas, +ocultándose entre los matorrales para ordeñar una cabra al paso, y +siempre dispuesto a hacer un alioli o a guisar alguna sopa de peces. + +Los corsos no se ocupaban absolutamente nada más que de su servicio; +considerábanse como funcionarios, y pasaban todo el día en la cocina +jugando siempre largas partidas de _scopa_, sin interrumpirlas más que +para volver a encender las pipas con aire grave, y para picar en la +palma de las manos grandes hojas de tabaco verde con las tijeras... + +Sin embargo, marsellés y corsos eran tres buenas personas, sencillos, +bonachones, y muy considerados para con su huésped, aunque en el fondo +lo creyeran un señor muy extraordinario. + +No les faltaban motivos para opinar así, ¡porque eso de encerrarse en el +faro!... ¡Y ellos, que encuentran tan largos los días, y son tan felices +cuando les llega el turno de bajar a tierra!... En la buena estación, +gozan de gran ventura todos los meses. Diez días de tierra firme por +treinta de faro: así lo prescribe el reglamento. Pero en el invierno y +durante los grandes temporales, no hay reglamentos que valgan. Arrecia +el vendaval, suben las olas, la espuma blanquea las Sanguinarias, y los +torreros de servicio permanecen bloqueados dos o tres meses +consecutivos, y no pocas veces hasta con circunstancias aterradoras. + +--Oiga usted, señor, lo que me ocurrió hace cinco años--me refería en +una ocasión el viejo Bartoli, mientras comíamos;--el caso me sucedió en +esta misma mesa donde estamos, una tarde de invierno, como ahora. +Aquella tarde sólo estábamos dos en el faro: un compañero llamado +Tchéco y yo... Los demás estaban en tierra, enfermos, con licencia, no +recuerdo bien... Habíamos concluido de comer, muy tranquilos... De +repente mi camarada deja de comer, me mira un momento con unos ojos +pícaros, y ¡cataplum! se cae encima de la mesa, con los brazos adelante. +Me acerco a él, lo muevo, lo llamo: «¡Oh, Tché!... ¡Oh, Tché!...» Nada: +¡estaba muerto!... ¡Imagínese usted qué susto! Más de una hora estuve +estupefacto y tembloroso ante aquel cadáver; después, de pronto, me +acuerdo del faro. No tuve tiempo más que de subir a la farola y +encender. La noche estaba ya encima... ¡Qué noche, caballero! El mar y +el viento no tenían sus voces naturales. Continuamente parecíame que +alguien me llamaba en la escalera... Y además, ¡una fiebre, una sed! +Nadie hubiera sido capaz de hacer que yo bajara... ¡Me daba tanto miedo +el difunto! Sin embargo, hacia el alba me animé un poco. Llevé a mi +compañero a su cama, le eché la sábana encima, recé algunas oraciones y +en seguida fui a hacer señales de alarma. + +Desgraciadamente había mar gruesa y de fondo: por más que llamé y +llamé, nadie acudió... Y yo a solas en el faro con mi pobre Tchéco, +¡sabe Dios hasta cuándo! Yo confiaba poder tenerlo conmigo hasta la +llegada del barco; pero a los tres días era aún completamente +imposible... ¿Cómo arreglármelas? ¿Llevarle fuera? ¿Enterrarlo? La roca +era sumamente dura; y hay tantos cuervos en la isla! Me apenaba el tener +que abandonarles aquel cristiano. Entonces pensé en bajarlo a uno de los +departamentos del lazareto... Toda una tarde empleé en aquella triste +faena, y le respondo a usted de que necesité valor... ¡Mire usted, +caballero! Hoy todavía, cuando bajo a esta parte de la isla en una tarde +de ventarrón, me parece llevar a cuestas el cadáver... + +¡Pobre viejo Bartoli! Sudaba sólo acordándose de ello. + +Así pasábamos las horas de la comida, charlando largo y tendido: el +faro, el mar, narraciones de naufragios, historias de bandidos corsos... +Luego, al obscurecer, el torrero del primer cuarto encendía su +candileja, tomaba la pipa, la calabaza, un grueso Plutarco de cantos +rojos, único volumen que constituía la biblioteca de las Sanguinarias, +y desaparecía por el fondo. Un momento después oíase en todo el faro un +estrépito de cadenas, de poleas, de grandes pesas de reloj a las cuales +se daba cuerda. + +Yo me sentaba fuera, en la terraza, durante ese tiempo. El sol, muy bajo +ya, descendía cada vez con más rapidez hacia el agua, llevándose tras de +sí todo el horizonte. Refrescaba el viento, la isla teñíase de color +violáceo. Por el espacio pasaba junto a mí con perezoso vuelo un gran +pajarraco: era el águila que acudía a guarecerse a la torre... Las +brumas del mar subían poco a poco. Bien pronto veíase tan sólo el blanco +festón de la espuma alrededor de la isla... De pronto, por encima de mi +cabeza, surgía una gran oleada de plácida luz. Estaba encendido el faro. +Dejando en sombras toda la isla, el luminoso haz de rayos iba a caer a +lo lejos en alta mar, y allí estaba yo rodeado de tinieblas, bajo +aquellas grandes ondas lumínicas que apenas me salpicaban al paso... +Pero el viento seguía refrescando. Era necesario recogerse. A tientas +cerraba el grueso portón y corría las barras de hierro; después, y +siempre a tientas, subía una escalerilla de fundición, que retemblaba y +sonaba con mis pasos y llegaba a la cúspide del faro. Por supuesto, allá +sí que había luz. + +Imagínense ustedes una gigantesca lámpara Cárcel, de seis filas de +mecheros, en torno de la cual giran lentamente las paredes de la +linterna, unas cerradas por enorme lente de cristal, otras abiertas a +una gran vidriera fija que preserva del viento a la llama... Al entrar +me deslumbraba. Esos cobres, esos estaños, esos reflectores de metal +blanco, esas paredes de cristal abombado que volteaban con grandes +círculos azulados, todo ese espejeo, toda esa balumba de luces, me +producían vértigos por un instante. + +A pesar de todo, mi vista se acostumbraba poco a poco a ello, +concluyendo yo por sentarme al pie mismo de la lámpara, junto al torrero +que leía su Plutarco en alta voz, por temor a dormirse. + +Allá fuera, la obscuridad, el abismo. En el balconcillo que circunda a +la vidriera, el viento corre aullando como un loco. Cruje el faro, la +mar brama. En el extremo de la isla, en las rompientes, las olas +simulan que disparan cañonazos. A veces, un dedo invisible toca en los +vidrios: algún ave nocturna atraída por la luz, y que se estrella la +cabeza contra el cristal. Dentro de la linterna centelleante y cálida, +nada más que el constante chisporroteo de la llama, el ruido del aceite +cayendo gota a gota, y el de la cadena que va desenrollándose, y una voz +monótona, que salmodia la vida de Demetrio de Falerea. + + * * * * * + +Mediada la noche, levantábase el torrero, examinaba por última vez sus +mechas, y bajábamos. En la escalera nos tropezábamos con el colega del +segundo cuarto, quien subía restregándose los ojos; se le entregaba la +calabaza y el Plutarco. Después, cuando nos íbamos a acostar, entrábamos +un momento en la habitación del fondo, hecha un revoltijo de cadenas, +grandes pesas, depósitos de estaño, calabrotes, y allí, a la luz del +candilejo, el torrero escribía en el gran libro del faro, abierto +constantemente. + +_Media noche. Buque a la vista por el horizonte. Mar gruesa. +Tempestad._ + + + + +LA AGONIA DE LA GOLETA «LIGERA» + + +Puesto que el mistral nos lanzó la otra noche a la costa de Córcega, +permítanme ustedes que les refiera una triste historia marítima de que +hablan con frecuencia los pescadores de por allá durante la velada, y +acerca de la cual me ha suministrado la casualidad datos muy +interesantes. + +Hace dos o tres años que ocurrió. + +Bogaba por el mar de Cerdeña, acompañado de siete u ocho carabineros de +mar. ¡Penoso viaje para un novicio! En todo el mes de marzo no habíamos +disfrutado de un solo día bueno. El viento del Este nos había combatido +con fiereza y el mar no abonanzaba. + +Una tarde, que capeábamos el temporal, nuestra barca se refugió a la +entrada del estrecho de Bonifacio, en medio de un archipiélago de +islillas. Su aspecto era tranquilizador: grandes rocas peladas, pobladas +de aves, algunas matas de ajenjo, espesuras de lentiscos, y acá y acullá +entre el fango algunos maderos que empezaban a pudrirse; pero, a fe mía, +para pasar la noche eran preferibles esas rocas siniestras al camarote +de una vieja barca a medio cubrir, donde entraba el oleaje como Pedro +por su casa, y con ella tuvimos que conformarnos. + +Tan pronto como desembarcamos y mientras los marineros encendían lumbre +para guisar la sopa de peces, me llamó el patrón, y mostrándome una +pequeña cerca de piedra blanca, perdida entre las brumas en el extremo +de la isla, me dijo: + +--¿Quiere usted venir al cementerio? + +--¡Un cementerio, patrón Lionetti! Pues, ¿dónde nos encontramos? + +--En las islas Lavezzi, señor. Aquí fueron enterrados los seiscientos +hombres de la fragata _Ligera_, en el lugar mismo en que se perdió hace +diez años... ¡Pobre gente! No son muy visitados y menos mal que llegamos +nosotros para decirles buenos días, puesto que ya estamos en él... + +--Con mucho gusto por mi parte, patrón. + + * * * * * + +¡Cuánta tristeza respira el cementerio de la _Ligera_!... Lo veo +todavía, con su bajo tapial, su puerta de hierro oxidada y difícil de +abrir, con centenares de cruces negras ocultas por la hierba. ¡Ni una +corona de siemprevivas, ni un recuerdo, nada!... ¡Ah, infelices muertos +abandonados, cuánto frío deben sentir en su tumba casual! + +Un momento estuvimos allí arrodillados. El patrón rezaba en voz alta. +Enormes goletas, únicos guardianes del cementerio, revoloteaban sobre +nuestras cabezas confundiendo sus roncos gritos con los lamentos del +mar. + +Cuando concluimos de rezar, regresamos tristemente hacia el rincón donde +había sido amarrada la barca. No perdieron el tiempo los marineros +durante nuestra ausencia. Encontramos una gran hoguera llameante +resguardada por un peñasco y la marmita que humeaba. Nos sentamos en +corro, con los pies juntos a la lumbre, y bien pronto tuvo cada cual +sobre sus rodillas, dentro de una cazuela de barro colorado, dos +rebanadas de pan moreno con mucho caldo. Nadie habló durante la comida: +estábamos mojados, teníamos hambre, y además la proximidad del +cementerio... A pesar de todo desocupamos las cazuelas, encendimos las +pipas y empezamos a charlar un poco. Como es natural, el tema de nuestra +conversación fue la _Ligera_. + +--Pero, dígame, ¿cómo ocurrió la catástrofe?--pregunté al patrón, quien +con la cabeza apoyada en las manos, miraba la lumbre con aire pensativo. + +--¿Que cómo ocurrió la catástrofe?--respondiome el bueno de Lionetti, +suspirando con amargura.--¡Ah! señor, nadie del mundo pudiera decirlo. +Todo lo que sabemos es que la _Ligera_, llena de tropas para Crimea, +había zarpado de Tolón la víspera por la tarde, con mal tiempo. De noche +todavía, empezó a arreciar el temporal. Viento, lluvia, mar alborotado +como nunca. Por la mañana amainó un poco el viento, pero el mar +continuaba tan fiero; y a todo esto, una maldita bruma del demonio, que +no permitía distinguir un fanal a cuatro pasos. No puede usted formarse +idea, señor, de lo traidoras que son esas brumas. Eso nada importa; +nadie me quita de la cabeza que la _Ligera_ debió perder el timón de +madrugada; porque, por muy densa que fuera la bruma, sin una avería, el +capitán no hubiese venido a estrellarse aquí. Era un experto marino, a +quien todos conocíamos. Había mandado la estación naval de Córcega +durante tres años y conocía la costa tan bien como yo, que no conozco +otra cosa. + +--¿Y a qué hora se supone que se estrelló la _Ligera_? + +--Debió ser a mediodía; sí, señor, en pleno mediodía... Pero, ¡cáspita! +con la bruma de mar, ese pleno mediodía no era más claro que una noche +obscura como boca de lobo... Un aduanero de la costa me refirió que +aquel día, habiendo salido de su caseta para sujetar los postigos, +próximamente a las once y media, una racha de viento le llevó la gorra, +y exponiéndose a ser llevado él mismo por la resaca, empezó a correr +tras de aquélla a cuatro patas, a lo largo de la playa. Comprenderá +usted que a los carabineros no les sobra la plata y una gorra cuesta +cara. Pues bien, parece ser que al levantar un momento la cabeza nuestro +hombre, vio, muy cerca de él, entre la bruma, un buque de alto bordo que +huía a palo seco, sotaventeando las islas Lavezzi. Este buque marchaba +con tanta velocidad, que el aduanero apenas tuvo tiempo de verlo bien. +Sin embargo, todo hace suponer que sería la _Ligera_, puesto que media +hora más tarde el pastor de las islas oyó en estas rocas... Pero +justamente viene aquí el pastor de que le hablo a usted; él mismo podrá +contarle el suceso... ¡Buenos días, Palombo!... Ven a calentarte un +poco; no temas, hombre. + +Acercose a nosotros tímidamente un hombre encapuchado, a quien veía yo +desde poco antes rondar alrededor de nuestra hoguera, y al cual había +tomado por uno de los tripulantes, pues no sabía que hubiese pastor +alguno en la isla. + +Era un viejo leproso, casi completamente idiota, atacado por no sé qué +enfermedad escorbútica que convertía sus labios en un gran morro, que +no podía mirarse sin repugnancia. Costó gran trabajo hacerle entender de +qué se trataba. Entonces, levantándose con un dedo el labio enfermo, el +viejo nos contó que, en efecto, desde su choza oyó aquel día, alrededor +de las doce, un horrible crujido en las peñas. Como toda la isla estaba +cubierta por el agua, no había podido salir, y sólo al siguiente día fue +cuando, al abrir la puerta, pudo ver la costa llena de restos y +cadáveres arrastrados hasta allí por el mar. Espantado, huyó a toda +prisa hacia su barca, para ir a Bonifacio a buscar gente. + +Tomó asiento el pastor, rendido de haber hablado tanto, y el patrón +reanudó su discurso: + +--Sí, señor; este pobre viejo fue quien nos avisó. Estaba casi loco de +miedo, y desde entonces tiene la cabeza a pájaros. Lo cierto es que +había motivo para ello... Figúrese usted seiscientos cadáveres +amontonados sobre la arena, revueltos con astillas de madera y jirones +de lona... ¡Pobre _Ligera_!... El mar la había molido de golpe y hecho +trizas en tal forma, que el pastor Palombo apenas ha podido encontrar +entre todos sus residuos con qué hacer una empalizada para su choza... +En cuanto a los hombres, desfigurados casi todos, espantosamente +mutilados... inspiraba compasión el verlos asidos unos a otros, en +racimos... Allí estaban el capitán con uniforme de gala, el capellán con +la estola al cuello; en un rincón, entre dos peñascos, un grumete con +los ojos abiertos... parecía vivo todavía; ¡pero, no! Era cosa decidida +que nadie se librara... + +Al llegar a este punto, el patrón se interrumpió, gritando: + +--¡Ten cuidado, Nardi, que se apaga la lumbre! + +Nardi arrojó en el brasero dos o tres pedazos de tablones embreados, que +se inflamaron, y Lionetti prosiguió: + +--Lo más triste de esta historia es esto: Tres semanas antes de la +catástrofe, una pequeña corbeta, que iba a Crimea, lo mismo que la +_Ligera_, naufragó del mismo modo y casi en el mismo sitio; sólo que +aquella vez pudimos salvar la tripulación y veinte soldados de +ingenieros que iban a bordo... ¡Es claro, esos pobres tiralíneas no +estaban en su elemento! Se les condujo a Bonifacio y permanecieron dos +días con nosotros en la _marina_... Después que se secaron bien y se +pusieron en pie, ¡buenas noches, buena suerte! ¡Regresaron a Tolón, +donde volvieron a ser embarcados para Crimea!... ¿A que usted no adivina +en qué buque?... ¡En la _Ligera_, señor!... Los vimos a todos veinte, +tumbados entre los muertos, en el sitio donde nos encontramos ahora... +Yo mismo conocí a un lindo sargento de finos bigotes, un pisaverde de +París, a quien había hospedado en mi casa y que nos había hecho reír +todo el tiempo con sus historias... Al encontrarlo allí, se me partió el +corazón... ¡Ah, Santa Madre!... + +Y, al decir esto, el honrado Lionetti sacudió, conmovido, la ceniza de +su pipa y se arrebujó en su capotón, dándome las buenas noches... +Durante algún tiempo, continuaron hablando a media voz los marineros... +Después, una tras otra, se apagaron las pipas... No se pronunció una +palabra más... Marchose el pastor viejo... Y yo me quedé solo soñando +despierto, en medio de la tripulación dormida. + + * * * * * + +Impresionado por el lúgubre relato que acababa de oír, intenté +reconstruir con la imaginación el pobre buque difunto y la historia de +esta agonía cuyos únicos testigos fueron las aves goletas. Algunos +detalles que me llamaron la atención, el capitán con uniforme de gala, +la estola del capellán, los veinte soldados de ingenieros, ayudáronme a +adivinar todos los detalles del drama... Veía zarpar de Tolón la +fragata, al obscurecer... Sale del puerto. Hay mar de fondo y un viento +huracanado; pero el capitán es un valiente marino, y todo el mundo está +tranquilo a bordo... + +A la madrugada, se levanta la bruma de mar. Comienzan todos a +inquietarse. Toda la tripulación está sobre cubierta. El capitán no +abandona la toldilla... En el entrepuente, donde van metidos los +soldados, la obscuridad es completa; la atmósfera está calurosa. Algunos +están enfermos, tendidos sobre sus petates. El buque cabecea +horriblemente; no se puede permanecer de pie. Hablan sentados en +corrillos en el suelo, abrazándose a los bancos; es necesario gritar +para oírse. Algunos empiezan a atemorizarse... ¡No es para menos el +caso! Son frecuentes los naufragios en estos parajes; si no, que lo +digan los «tiralíneas», y lo que éstos refieren es para asustar a +cualquiera. + +Especialmente, su sargento primero, un parisiense que siempre está de +broma, pone la carne de gallina con sus chanzonetas. + +--¡Un naufragio!... Pues, si es la cosa más divertida un naufragio. +Salimos del paso con un baño frío, y después nos conducen a Bonifacio, a +comer mirlos en casa del patrón Lionetti. + +Y los «tiralíneas» ríe que te reirás... + +De repente se oye un crujido... ¿Qué es eso? ¿Qué pasa?... + +--El timón se ha ido--dice un marinero calado de agua, el cual cruza +corriendo el entrepuente. + +--¡Buen viaje!--grita ese loco de sargento; pero esto ya no hace excitar +la risa. + +Gran barullo sobre el puente. La bruma impide verse. Los marineros van +de un lado para el otro horrorizados, a tientas... ¡Ya no hay timón! No +se puede maniobrar... La _Ligera_, perdido el rumbo, corre con tanta +velocidad como el viento... Entonces es cuando la ve pasar el aduanero; +son las once y media. A proa de la fragata suena un cañonazo... ¡Las +rompientes, las rompientes!... Todo concluyó: no hay más esperanza, va +derecha a la costa... El capitán desciende a su camarote... Al cabo de +un momento, ocupa nuevamente su puesto en la toldilla con uniforme de +gala... Ha querido engalanarse para morir. + +En el entrepuente se contemplan ansiosos los soldados, sin rechistar... +Los enfermos pretenden levantarse... el sargentito ya no se ríe... + +Entonces se abre la puerta y aparece en el umbral el capellán con su +estola, diciendo: + +--¡De rodillas, hijos míos! + +Todos obedecen. Con voz atronadora, el sacerdote comienza las preces por +los agonizantes. + +Sobreviene de pronto un choque formidable, un grito, uno solo, una +gritería inmensa, brazos tendidos, manos que se entrelazan, ojos +extraviados en los que se refleja con la rapidez del relámpago la +trágica visión de la muerte... + +¡Misericordia! + +Toda la noche la pasé lo mismo: soñando, evocando, a los diez años del +suceso, el alma del pobre buque cuyos restos me circundaban. A lo lejos, +en el estrecho, rugía la tempestad, la tempestad; la llama de la hoguera +inclinábase a uno y otro lado con las rachas de viento, y oía danzar a +nuestra barca junto a las rocas, haciendo crujir las amarras. + + + + +LOS ADUANEROS + + +Una vieja embarcación de la Aduana, semicubierta, era la _Emilia_, de +Porto-Vecchio, a bordo de la cual hice aquel viaje lúgubre a las islas +Lavezzi. Para resguardarse en ella del viento, de las olas y de la +lluvia, sólo había un pequeño pabellón embreado, lo suficientemente +amplio para contener escasamente una mesa y dos literas. Con tan pobres +recursos, merecían verse nuestros marineros con el mal cariz del tiempo. +Chorreaban los rostros, las blusas caladas de agua humeaban como ropa +blanca puesta a secar en estufa, y en pleno invierno los infelices +pasaban así días enteros, hasta las noches inclusive, acurrucados en sus +mojados asientos, tiritando entre aquella humedad malsana, porque no se +podía encender fuego a bordo, y muchas veces era difícil ganar la +costa... Pues bien, ni uno de aquellos hombres se quejaba. En los más +recios temporales, siempre los vi con idéntica placidez, del mismo buen +humor. Y, no obstante, ¡qué triste vida la de esos carabineros de mar! + +Casados casi todos ellos, con esposa e hijos en tierra, permanecen meses +enteros separados de su familia dando bordadas por aquellas tan +peligrosas costas, alimentándose solamente de pan enmohecido y cebollas +silvestres. ¡Jamás beben vino, nunca comen carne, porque la carne y el +vino cuestan caros, y su sueldo es sólo quinientos francos al año! +¡Figúrense ustedes si habrá obscuridad en la choza de allá abajo, en la +_marina_, y si los niños irán bien calzados!... ¡No le hace! Todas esas +gentes parecen contentas con su suerte. A popa, delante del camarote, +había un gran balde lleno de agua llovida, donde la tripulación calmaba +la sed, y recuerdo que, apurado el último buche, cada uno de esos pobres +diablos sacudía su escudilla con un ¡ah! de satisfacción, una expresión +de bienestar tan cómica como enternecedora. + +El que mostraba más alegría y satisfacción entre todos era un natural de +Bonifacio, tostado, pequeño y rechoncho, a quien llamaban Palombo. Este +pasábase el tiempo cantando aun en medio de los mayores temporales. +Cuando el oleaje tomaba el color del plomo, cuando el cielo obscuro por +la cerrazón llenábase de menudo granizo y venteaban todos la borrasca +que iba a venir, entonces, entre el silencio absoluto y la ansiedad de a +bordo, comenzaba a canturrear la voz reposada de Palombo: + + No, señor, + Es gran honor. + Es honrada Liseta y no fe...a: + Se queda en la alde...a... + +Y por muchas que fueran las rachas que hacían crujir el velamen, +zarandeando e inundando la barca, no dejaba de oírse la canción del +aduanero, balanceada cual una gaviota en la cresta de las olas. El +viento acompañaba en ocasiones con demasiada fuerza, y no se oían las +palabras; pero después de cada golpe de mar, entre el murmullo del agua +que chorreaba, oíase constantemente el estribillo de la canción: + + Es honrada Liseta y no fe...a: + Se queda en la alde...a... + +Pero llegó un día de viento y lluvia muy fuertes, en que ya no lo oí. +Era tan extraordinario el caso, que saqué del camarote la cabeza: + +--¡Eh, Palombo! ¿No cantas hoy? + +Palombo no respondió. Estaba inmóvil, tendido en su banco. Me acerqué a +él. Castañeteábanle los dientes; la fiebre hacía temblar todo su cuerpo. + +--Tiene una _puntura_--me dijeron afligidos sus camaradas. + +Ellos llaman _puntura_ a una punzada de costado, una pleuresía. Aquella +gran cerrazón plomiza, aquella barca chorreando agua, aquel pobre +febricitante arrebujado en un viejo capote de caucho que relucía bajo la +lluvia como una piel de foca: jamás he presenciado nada más lúgubre. El +frío, el viento y el vaivén de las olas no tardaron en agravar en su +enfermedad al pobre aduanero. Lo acometió el delirio y fue necesario +atracar. + +Después de mucho tiempo y no pequeños esfuerzos, entramos al obscurecer +en una ensenadita árida y silenciosa, animada solamente por el vuelo +circular de algunas aves. En cuanto de la playa alcanzaba la vista, +erguíanse altas rocas escarpadas, intrincados laberintos de arbustos +verdes, de un verde obscuro y hojas perennes. Abajo, junto al agua, una +casita blanca, con postigos grises, era el puesto de la Aduana. En medio +de ese desierto, aquel edificio del Estado, con cifras como una gorra de +uniforme, producía una impresión desagradable de indecible malestar. El +pobre Palombo fue desembarcado allí. ¡Triste asilo para un enfermo! +Encontramos al aduanero disponiéndose a comer al amor de la lumbre, en +compañía de su mujer y sus hijos. Todas aquellas gentes tenían caras +pálidas, amarillentas, grandes ojos sombreados por la fiebre. La madre, +joven todavía, con un niño de pechos en los brazos, estremecíase de frío +cuando hablaba con nosotros. + +--Es un puesto mortífero--me dijo en voz baja el inspector.--Nos vemos +en la necesidad de relevar a nuestros aduaneros cada dos años. La fiebre +de las marismas los mata. + +Sin embargo, se pretendía ir a buscar un módico. Para encontrar al más +próximo era preciso ir hasta Sartène, es decir, a seis u ocho leguas de +allí. ¿Cómo arreglárselas? Nuestros marineros estaban completamente +extenuados de cansancio, y no se podía enviar a uno de los niños tan +lejos. Entonces la mujer, inclinándose fuera, llamó: + +--¡Cecco!... ¡Cecco! + +Y entró un mocetón muy fornido, verdadero tipo de cazador en vedado o de +_bandito_, con su gorro de lana parda y su gabán de pelo de cabra. Al +desembarcar ya me había fijado en él, al verle sentado a la puerta, con +su pipa roja entre los dientes y un fusil entre las piernas, pero, +ignoro por qué, había huido al aproximarnos. Tal vez creyó que iban +gendarmes con nosotros. Cuando entró, ruborizose un poco la aduanera. + +--Es mi primo--nos dijo.--No hay temor de que éste se pierda entre la +espesura. + +Díjole después algunas palabras en voz baja, señalándole el enfermo. +Inclinose el hombre sin replicar, silbó a su perro y salió corriendo a +todo escape, escopeta al hombro, saltando de peña en peña a grandes +zancadas. + +Durante, ese tiempo, los niños, que parecían aterrados por la presencia +del inspector, concluyeron pronto de comer las castañas y el queso +blanco. ¡Y siempre agua, sólo agua en la mesa! Sin embargo, ¡hubiera +venido tan bien un trago de vino a los pequeños! ¡Ah, miseria! Al fin, +la madre subió a acostarlos; el padre, encendiendo el farol, fuese a +inspeccionar la costa, y nosotros continuamos velando a nuestro enfermo, +que se revolvía en su camastro cual si aun estuviese en alta mar, +zarandeado por el oleaje. Para calmar un poco su _puntura_, calentamos +guijarros y ladrillos, poniéndoselos en el costado. Una o dos veces, al +acercarme a su lecho, el infeliz me conoció, y para darme las gracias me +tendió trabajosamente la mano, una manaza rasposa y tan ardiente como +uno de aquellos ladrillos sacados del fuego. + +¡Triste velada! Fuera habíase recrudecido el temporal al expirar el día, +y era aquello un estrépito, una descarga cerrada, un surgidero de +espumarajos, la batalla entre los peñascos y las aguas. Un golpe de +viento de alta mar penetraba de vez en cuando en la caleta y envolvía +nuestra casa. Conocíase por el repentino aumento de las llamas, que +iluminaban de pronto los mohínos rostros de los marineros, agrupados en +derredor de la chimenea contemplando el fuego con esa plácida expresión +que da el hábito de las hermosas perspectivas y de los horizontes +inmensos. También, a veces, quejábase Palombo con dulzura. Entonces +volvían todos los ojos hacia el rincón obscuro, donde el pobre compañero +estaba en el trance de la muerte, lejos de los suyos y sin ayuda, y, +acongojados los pechos, oíanse grandes suspiros. Eso es todo cuanto +inspiraba a aquellos trabajadores del mar, pacientes y dulces, el +sentimiento de su propio infortunio. Nada de sublevaciones ni de +huelgas. + +¡Solamente un suspiro! Sin embargo, me equivoco. Al pasar uno de ellos +por delante de mí para arrojar un haz de leña al fuego, me dijo con voz +baja y conmovida: + +--¡Ya ve usted, señor, que en nuestro oficio se sufren a veces muchas +penas! + + + + +LOS VIEJOS + + +--¿Qué es eso, tío Azam? ¿Una carta? + +--Sí, señor... una carta que viene de París. + +¡Y poco orgulloso estaba el buen tío Azam con que la carta viniese de +París! Yo no. Algo me decía que aquella parisiense de la calle de Juan +Jacobo, al caer en mi mesa tan repentinamente y tan temprano, iba a +hacerme perder toda la mañana. No me había equivocado, como pueden +juzgar ustedes mismos. Decía así: + + * * * * * + +«Amigo mío: Necesito que me hagas un favor. Cierra por un día tu molino, +y ve en seguida a Eyguières, que es un lugarón que dista tres o cuatro +leguas de tu residencia, un paseo, como quien dice. Cuando llegues, +pregunta por el convento de las huérfanas. Pasado el convento, verás una +casa de un solo piso, contiene postigos grises y un jardinillo detrás. +Entra sin llamar, la puerta está siempre abierta, y cuando entres da +muchas vocea:--¡Buenos días, buena gente! Soy amigo de +Mauricio.--Entonces verás a dos viejecitos, ¡oh! pero viejos, reviejos, +archiviejos, tenderte los brazos desde el fondo de sus grandes sillones, +y los abrazas en mi nombre, de todo corazón, como si fuesen cosa tuya. +Después hablarán ustedes; ellos te preguntarán por mí, y yo seré el +único tema de su conversación; te contarán mil chocheces, que debes +escuchar sin reírte. ¿No te reirás, eh? Son mis abuelos, dos seres para +quienes yo soy toda su vida, y que no me han visto desde hace diez años. +¡Mira tú que diez años tienen días! Pero, ¿qué quieres? París me ha +hecho prisionero como a ellos la edad avanzada. Son tan viejos, que si +viniesen a verme, se quedarían en el camino. Afortunadamente, mi querido +molinero, andas tú por ahí abajo, y al abrazarte, los pobres creerán en +cierto modo que soy yo a quien abrazan. ¡Les he hablado tantas veces de +nosotros y de la buena amistad que nos une!» + + * * * * * + +¡Llévese el diablo la buena amistad! Justamente aquella mañana hacía un +tiempo hermoso, pero poco adecuado para rodar por los caminos, demasiado +mistral y excesivo sol, un verdadero día de Provenza. Cuando recibí +aquella maldita carta había ya elegido mi abrigo entre dos rocas, y +soñaba con pasar allí todo el día como un lagarto, inundándome de luz y +oyendo cantar los pinos. En fin, ¿qué vamos a hacerle? Cerré el molino +gruñendo y coloqué la llave debajo de la gatera. Tomé el garrote y la +pipa, y eché a andar. + +Llegué a Eyguières próximamente a las dos. El villorrio estaba desierto, +todo el mundo en el campo. En los olmos, junto a la acequia, blancos de +polvo, cantaban las cigarras como en pleno Crau. En la plaza de la +Alcaldía, tomando el sol, un asno, y en la fuente de la iglesia una +bandada de palomas, pero ni un alma a quien preguntar por el convento de +las huérfanas. Afortunadamente, aparecióseme de pronto una hada vieja, +hilando en cuclillas arrimada al quicio de su puerta, le expuse mi +deseo, y como aquella hada era muy poderosa, no necesitó más que +levantar la rueca, y alzose al punto ante mí, como por arte de magia, +el convento de las huérfanas. Era un caserón destartalado y obscuro, muy +satisfecho de lucir sobre su pórtico ojival una vetusta cruz de arenisca +roja, con una inscripción latina. Junto a aquella casa, vi otra más +pequeña con postigos grises, y el jardín detrás. + +La conocí en seguida y entré sin llamar. + +Durante toda mi vida recordaré aquel largo corredor fresco y tranquilo, +la pared pintada de color de rosa, el jardinillo que se entreveía en el +fondo a través de una cortina de color, y en todos los tableros flores y +violines descoloridos. Prodújome la misma impresión que hubiera +experimentado al entrar en la casa de algún antiguo bailío de los +tiempos de Maricastaña. Al fin del pasillo, a la izquierda, por una +puerta entornada oíase el tic tac de un enorme reloj y una voz infantil, +pero de niño de la escuela, que leía deteniéndose en cada sílaba: +En...ton...ces... San... I...re...ne...o... ex...cla...mó:... Yo... +soy... el... tri...go del... Se...ñor... Es... ne...ce...sa...rio... +que... me... tri...tu...ren... las... mue...las... de... es...tos... +a...ni...ma...les... Acerqueme con precaución a aquella puerta y miré. + +Entre la calma y la media luz de un cuartito, un buen anciano de pómulos +rojos, arrugado hasta la punta de los dedos, dormía embutido en un +sillón, con la boca abierta y las manos en las rodillas. A sus pies, una +niñita con traje azul, esclavina grande y capillo pequeño, el traje de +las huérfanas, leía la _Vida de San Ireneo_ en un libro más grande que +ella. Esta lectura milagrosa había ejercido notable influencia sobre +toda la casa. El viejo dormía en su sillón, las moscas en el cielo raso +y los pájaros en sus jaulas, allá abajo, en la ventana. El gran reloj +repetía con insistencia monótona su acompasado tic tac, tic tac. En toda +la estancia no estaba despierto nada más que un gran haz de luz que se +filtraba derecho y blanco por entre los postigos cerrados, lleno de +chispas vivientes y de valses microscópicos. En medio de aquel general +adormecimiento, la niña proseguía su lectura con aire grave: En... +se...gui...da... dos... le...o...nes... se... lan...za...ron... +so...bre... él... y... lo... de...vo...ra...ron... En ese momento entré +yo. Los leones de San Ireneo, entrando precipitadamente en la estancia, +no hubieran producido allí más asombro del que yo produje. ¡Un verdadero +efecto teatral! La pequeña exhala un grito, cáese el librote, +espabílanse los canarios y las moscas, el viejo se yergue sobresaltado, +despavorido y turbado yo mismo un poco, me paro en el umbral diciendo a +voces: + +--¡Buenos días, buenas gentes, soy amigo de Mauricio! + +¡Oh! Entonces, si ustedes hubieran visto al pobre viejo, si le hubiesen +visto precipitarse a mí, con los brazos extendidos, abrazarme, apretarme +las manos, correr trastornado por la habitación, repitiendo: + +--¡Dios mío, Dios mío! + +Reíansele todas las arrugas del rostro. Estaba rojo. Tartamudeaba. + +--¡Ah, caballero! ¡Ah, caballero! + +Ibase después al fondo, llamando: + +--¡Mamette! + +Se abre una puerta, y se oye en el pasillo un trotecito de ratón. Era +Mamette. Nada tan conmovedor como aquella viejecita con su gorro de +casco, su hábito carmelita y el pañuelo bordado, que por honrarme tenía +en la mano, conforme a la usanza antigua. ¡Cosa enternecedora: se +parecían! Con papalina y cosas amarillas también él hubiera podido +llamarse Mamette. Pero la verdadera Mamette había debido llorar mucho +durante su vida, y estaba aún más arrugada que la otra. También, como la +otra, tenía junto a sí una niña del asilo de huérfanas, guardianita con +esclavina azul que nunca la abandonaba, y el ver esos viejos amparados +por esas huérfanas, era lo más conmovedor que puede concebirse. + +Mamette, al entrar, había comenzado por hacerme una gran reverencia; +pero el viejo la paralizó con cuatro palabras: + +--Es amigo de Mauricio. + +Y he aquí que, al punto, tiembla, llora, pierde el pañuelo, se pone +encarnada, muy roja, aún más roja que él. ¡Esos viejos! La única gota de +sangre que tienen en las venas, se les sube a la cara a la más pequeña +emoción. + +--¡Pronto, pronto, una silla!--grita la vieja a su niña. + +--¡Abre los postigos!--dice el viejo a la suya. + +Y agarrándome cada cual por una mano, lleváronme de un trote a la +ventana, abierta de par en par, para contemplarme mejor. Acercan los +sillones, me instalo entre ambos en una silla de tijera, colócanse +detrás de nosotros las dos niñas de azul, y comienza el interrogatorio. + +--¿Cómo está? ¿Qué hace? ¿Por qué no ha venido a vernos? ¿Está contento? + +Y patatín, y patatán. Todo esto durante dos horas. + +Contesté del mejor modo posible a todas las preguntas, diciendo acerca +de mi amigo los detalles que conocía, inventando descaradamente los que +ignoraba, y guardándome, sobre todo, de confesar que jamás había +reparado en si cerraban bien sus ventanas, o de qué color era el papel +de su cuarto. + +--¡El papel de su cuarto! Es azul, señora, azul pálido con guirnaldas. + +--¿Verdad?--exclamaba conmovida la pobre vieja. + +Y dirigiéndose a su marido, agregaba: + +--¡Es tan buen muchacho!... + +--¡Oh, sí, es un buen muchacho!--repetía el otro lleno de entusiasmo. + +Y mientras que yo hablaba había entre ellos movimientos de cabeza, +sonrisitas maliciosas, guiños de ojos, aires de valor entendido. O bien, +el viejo que se aproximaba a mí diciéndome: + +--Hable usted más fuerte. Es un poco sorda. + +Y ella por su parte: + +--Le suplico que hable algo más alto. Es un poco teniente. + +Yo alzaba entonces la voz, y dábanme los dos las gracias con una +sonrisa, y entre esas lánguidas sonrisas con que se inclinaban hacia mí, +pretendiendo ver en el cristal de mis ojos la imagen de su Mauricio, +conmovíame el encontrar yo mismo aquella imagen, vaga, velada, casi +imperceptible, cual si viese a mi amigo sonreírseme, entre una bruma, en +las lejanías. + + * * * * * + +El viejo yérguese repentinamente en el sillón. + +--¿A que no adivinas en qué estoy pensando, Mamette? ¡Quizá no habrá +almorzado! + +Y Mamette, trastornada, levantando los ojos al cielo, exclama: + +--¡Sin almorzar! ¡Santo Dios! + +Pensé que hablaban todavía de Mauricio, e iba a responder que ese buen +muchacho jamás se ponía a la mesa después del mediodía. Pero no, era a +mí a quien se referían. Y eran de ver las idas y venidas cuando confesé +que todavía no me había desayunado. + +--¡En seguida, el cubierto, niñas! La mesa en medio del cuarto, el +mantel del domingo, los platos de flores. No se rían tanto, hagan el +favor, y vamos de prisita. + +Creo que, efectivamente, se apresuraron. Apenas en el tiempo necesario +para romper tres platos, encontrose servido el almuerzo. + +--¡Un buen almuercito!--me decía Mamette al conducirme a la mesa;--pero +es sólo para usted, porque nosotros ya comimos esta mañana. + +A cualquier hora que se visite a esos pobres viejos, siempre han comido +por la mañana. + +El buen almuercito de Mamette componíase de dos dedos de leche, unos +dátiles y una _barquette_, una cosa parecida a un pestiño, algo con que +alimentarse ella y sus canarios lo menos durante ocho días. ¡Y decir que +yo sólo me engullí todas aquellas provisiones! Así, pues, ¡qué +indignación alrededor de la mesa! ¡Cómo cuchicheaban las niñas vestidas +de azul, dándose con el codo! Y allá abajo, dentro de sus jaulas, cómo +parecían decirse los canarios: ¡Oh! ¿Pues no se come ese señor de una +sentada todo el pestiño? + +Efectivamente, me lo comí todo y casi sin darme cuenta de ello, +distraído como estaba mirando a mi alrededor aquella habitación clara y +apacible, donde flotaba como un olor a cosas antiguas. Lo que más me +llamaba la atención eran dos camitas de las cuales no podía separar los +ojos. Figurábame esos lechos, casi como dos cunas, a la hora del alba, +cuando están aún ocultos por sus grandes cortinajes de cenefas. Dan las +tres de la madrugada. A esa hora suelen despertarse todos los viejos. + +El pregunta: + +--¿Duermes, Mamette? + +--No, querido. + +--¿Verdad que Mauricio es un buen muchacho? + +--¡Oh, sí! Es un buen muchacho. + +Y así poco más o menos, imaginábame yo una charla completa, sólo con +haber visto esas dos camitas de viejo, colocadas una junto a otra. + +Durante este tiempo al extremo opuesto de la habitación desarrollábase +un drama terrible delante del armario. Tratábase de alcanzar allá +arriba, en la última tabla, cierto frasco de cerezas en aguardiente que +hacía diez años que aguardaba a Mauricio, y con cuya apertura quisieron +obsequiarme. A pesar de los ruegos de Mamette, el viejo se había +empeñado en ir a buscar él mismo las cerezas, y encaramado sobre una +silla, con gran espanto de su mujer, pretendía alcanzarlo. Figúrense el +cuadro: el viejo temblaba, y empinábase; las niñas vestidas de azul, +agarradas a la silla de éste, detrás de él Mamette, jadeante, con los +brazos tiesos, y dominando todo esto un leve aroma de bergamota que +despedían grandes pilas de ropa blanca amarillenta amontonada en el +armario abierto. Era encantador. + +Después de esfuerzos inauditos, consiguiose, por fin, sacar del armario +el famoso frasco y con él un antiguo vasito de plata completamente +abollado, el vaso que Mauricio usaba cuando era pequeño. Me lo llenaron +de cerezas hasta el borde, ¡le agradaban tanto a Mauricio las cerezas! Y +al servirme el viejo me murmuraba al oído con aire golosón: + +--¡Es usted muy dichoso pudiendo comerlas! Mi mujer es quien las ha +preparado. Va usted a probar cosa rica. + +Su mujer, ¡ah! las había preparado pero se le había olvidado ponerles el +azúcar. ¿Qué quieren? La vejez vuelve a uno distraído. ¡Pobre Mamette +mía! sus cerezas eran malísimas, a pesar de lo cual yo me las comí todas +sin pestañear, no dejando de ellas ni los rabos. + + * * * * * + +Cuando concluí de almorzar, me levanté para despedirme de mis huéspedes. +Ellos, por su gusto, me hubieran retenido todavía un rato, para hablar +de Mauricio, pero iba atardeciendo, estaba lejos el molino, y era +necesario emprender la marcha. + +El viejo se había puesto de pie al mismo tiempo que yo. + +--Mamette, trae mi sobretodo. Voy a acompañarlo hasta la plaza. + +Mamette en su fuero interno pensaba indudablemente en que hacía ya un +poco fresco para acompañarme hasta la plaza, pero tuvo la prudencia de +no exponer su opinión. Unicamente, mientras le ayudaba a meterse las +mangas del sobretodo, un bonito sobretodo de color rapé con botones de +nácar, oí a la buena señora que le decía dulcemente: + +--No regresarás muy tarde, ¿verdad? + +A lo que él respondió, con aire picaresco: + +--¡Jem! ¡Jem! No lo sé. Pudiera ocurrir. + +Después contempláronse riendo, y las niñitas vestidas de azul, de verlos +reír, reían, y en su rincón reíanse también a su manera, los canarios. +Dicho sea entre nosotros, creo que el olor de las cerezas las había +embriagado a todos una miajita. + +Cuando salimos el abuelo y yo, caía la tarde. La niña del vestido azul +nos seguía de lejos, para acompañarlo a la vuelta, pero él no la veía, +se enorgullecía de marchar de mi brazo como un hombre. Mamette, +radiante, observaba todo esto desde el quicio de la puerta, y al +contemplarnos, movía graciosamente la cabeza como si nos dijese: +«Todavía puede andar mi marido, a pesar de los años que tiene.» + + + + +EL SUBPREFECTO EN EL CAMPO + + +El señor subprefecto ha salido de expedición. Con el cochero delante y +el lacayo detrás, el coche de la subprefectura le conduce +majestuosamente a la Exposición regional de La-Combe-aux-Fées. El señor +subprefecto se puso en ese día memorable la hermosa casaca bordada, el +sombrerito apuntado, el pantalón estrecho galoneado de plata y la espada +de gala con empuñadura de nácar. Descansa sobre sus rodillas una gran +cartera de piel de zapa con relieves, y la contempla entristecido. + +El señor subprefecto contempla entristecido su cartera de zapa estampada +en hueco; piensa en el famoso discurso que en breve ha de pronunciar +delante del vecindario de La-Combe-aux-Fées. + +--Señores y queridos administrados. + +Pero, aunque se atusa con insistencia las rubias y sedosas patillas, y +repite veinte veces consecutivas: Señores y queridos administrados, no +acierta a continuar el discurso. + +No acierta a continuar el discurso... ¡Es tanto el calor que hace dentro +de aquel coche!... Hasta que se pierde en lontananza, el camino de +La-Combe-aux-Fées está lleno de polvo, bajo el sol de mediodía. El aire +abrasa... y especialmente los olmos de orillas del camino, cubiertos por +completo de blanco polvo, millares de cigarras pasan de uno a otro +árbol. El señor subprefecto se estremece repentinamente. Allá abajo, +junto a una ladera, divisa un verde robledal que parece hacerle señas. + +El bosquecillo de carrascas parece hacerle señas: + +--Venga usted aquí, subprefecto; al pie de mis árboles estará usted +perfectamente y podrá componer su discurso. + +El señor subprefecto queda seducido, apéase del coche y dice a sus +gentes que le esperen mientras él va a componer su discurso en el +pequeño robledal. + +En el bosquecillo de verdes carrascas hay pájaros, flores y fuentes +bajo la fina hierba... Al ver al señor subprefecto con sus lindos +pantalones y su cartera de zapa estampada, las aves se atemorizan y +enmudecen; las fuentes no se atreven a meter ruido y las flores +ocúltanse entre el césped. Toda esa gentecilla menuda jamás ha visto a +un subprefecto, e interrógase en voz baja quién será ese gran señor que +se pasea con pantalón de plata. + +Bajo el follaje interrógase la gentecilla menuda en voz baja quién es +ese señor con pantalón de plata. Mientras tanto el señor subprefecto, +encantado con el silencio y la frescura del bosque, se levanta los +faldones de la casaca, coloca sobre la hierba el sombrero apuntado y se +sienta en el musgo junto a una encina joven. Luego abre en las rodillas +la gran cartera de piel de zapa con relieves y extrae de ella un ancho +pliego de papel ministro. + +--¡Es un artista!--dice la curruca. + +--No--responde un pajarillo,--no es un artista, porque lleva pantalón de +plata; pero puede ser un príncipe. + +--Puede ser un príncipe--repite otro pajarito. + +--Ni un artista, ni un príncipe--interrumpe un viejo ruiseñor, que había +cantado durante una primavera en los jardines de la subprefectura.--Yo +lo conozco: es... ¡un subprefecto! + +Y por todo el bosquecillo repítese sin cesar: + +--¡Es un subprefecto! ¡Un subprefecto! + +--¡Está muy calvo!--observa una alondra muy moñuda. + +Las flores preguntan: + +--¿Es mala persona? + +--¿Es mala persona?--preguntan las flores. + +El viejo ruiseñor contesta: + +--¡No es completamente malo! + +Y con esta seguridad, los pájaros reanudan su canto, las fuentes vuelven +a correr y las flores a embalsamar el aire, como si aquel señor no +estuviese allí. Impasible en medio de toda aquella agradable algarabía, +el subprefecto invoca en su corazón a la Musa de los comicios agrícolas, +y lápiz en ristre, declama con voz de ceremonia: + +--Señores y queridos administrados... + +--Señores y queridos administrados--declama el subprefecto, con su voz +ceremoniosa. + +Interrumpido por una carcajada, vuelve la cabeza y no ve más que un gran +picoverde que lo mira riéndose, de patas en el sombrero apuntado. El +subprefecto se encoge de hombros e intenta reanudar su discurso; pero el +picoverde lo interrumpe, gritándole desde lejos: + +--¿Para qué sirve eso? + +--¡Cómo! ¿Para qué sirve eso?--dice el subprefecto, enrojeciendo y, +echando con un ademán a aquel pájaro insolente, prosigue a más y mejor: + +--Señores y queridos administrados--prosigue a más y mejor el +subprefecto. + +Y he aquí que en aquel momento se yerguen hacia él las flores desde la +punta de sus tallos, y le dicen con dulzura: + +--Señor subprefecto, ¿no advierte usted el gratísimo perfume que +exhalamos? + +Y las fuentes le obsequian bajo el musgo con una música divina, y entre +las ramas, sobre su cabeza, bandadas de currucas le gorjean sus notas +más sonoras, y todo el bosquecillo conspira para impedirle la +composición de su discurso. + +Todo el bosquecillo conspira para impedirle la composición de su +discurso. + +El señor subprefecto, embriagado de aromas, ebrio de música, pretende +inútilmente resistir el nuevo encanto que le invade. Colócase de codos +sobre la hierba, se desabrocha la hermosa casaca, y farfulla otras dos o +tres veces: + +--Señores y queridos administrados. Señores y queridos adminis... +Señores y queridos... + +Manda después a paseo a los administrados, y la Musa de los comicios +agrícolas vese obligada a cubrirse el rostro. + +Cúbrete el rostro, ¡oh, Musa de los comicios agrícolas! Cuando, +transcurrida una hora, las gentes de la subprefactura, intranquilos por +su señor, entran en el bosquecillo, contemplan horrorizados un +espectáculo que les hace retroceder. El señor subprefecto, despechugado +como un bohemio, estaba echado boca abajo sobre la hierba. Habíase +quitado la casaca, y mascando flores, el señor subprefecto componía +versos. + + + + +EL POETA MISTRAL + + +Al despertarme el domingo último e incorporarme en el lecho, creí, por +un instante, que estaba en la calle del Faubourg-Montmartre. Llovía; el +cielo estaba gris; el molino triste. Me espantó la idea de pasar en casa +aquel día de lluvia, y sentíme al punto ansioso de ir a calentarme un +poco a la de Federico Mistral, ese gran poeta que reside en Maillane, +villorrio que dista tres leguas de mis pinos. + +Dicho y hecho: una estaca de ramo de mirto, mi Montaigne, una manta, ¡y +al camino! + +No había un alma en los campos... Nuestra hermosa Provenza católica +otorga los domingos descanso a la tierra... Los perros solos en los +hogares, las granjas cerradas... De vez en cuando, una galera de +«ordinario» con el toldo chorreando; una vieja, cubierta la cabeza con +su mantón de color de hoja seca; mulas engalanadas con guarnición de +esparto azul y blanco, madroños rojos, cascabeles de plata, tirando de +una carreta en las que las gentes de las masías van a misa; después, +allá abajo, por entre los jirones de la bruma, una barca en el río y un +pescador de pie, lanzando su esparavel. + +Imposible de todo punto leer en el camino aquel día. Llovía a torrentes, +y la tramontana arrojaba el agua a cubos al rostro... Hice la caminata +de un tirón, y después de andar tres horas, percibí a la postre ante mí +los tres cipresitos en medio de los cuales guarécese del viento la +comarca de Maillane. + +No andaba ni un gato por las calles de la aldea; todo el mundo estaba en +misa mayor. Al pasar yo delante de la iglesia, zumbaba el piporro, y vi +relucir los cirios a través de las policromas vidrieras. + +El poeta habita al final del término municipal; en la postrera casa a la +izquierda, en el camino de Saint-Remy, una casita de un solo piso, con +un jardín delante... Entro muy despacio... ¡No hay nadie! La puerta del +salón está cerrada, pero oigo que detrás de ella andan y hablan en alta +voz... Conozco muchísimo ese paso y esa voz... Me detengo un instante en +el corredorcito enjalbegado con cal, puesta la mano en el pestillo de la +puerta, muy emocionado. El corazón me palpita. ¡Qué impresión! + +Ahí está. Trabaja... ¿Esperaré que termine la estrofa? ¡A fe mía, tanto +peor! ¡Adentro! + + * * * * * + +¡Ah, parisienses! Cuando el poeta de Maillane fue a visitar a ustedes +para enseñar a París su _Mireya_, y vieron a ese Chactas con traje de +ciudad, con cuello recto y sombrero alto, que le molestaba tanto como su +gloria, creyeron que ése era Mistral... No; no era él. En todo el mundo +no hay nada más que un Mistral, el que sorprendí yo el domingo último en +su lugarejo, con el sombrero de fieltro de alas anchas en la oreja, sin +chaleco, de chaquetón, con su roja faja catalana oprimiéndole los +riñones, brillantes los ojos, con el fuego de la inspiración en las +mejillas, hermoso con su dulce sonrisa, elegante como un pastor griego, +y caminando ligero, con las manos en los bolsillos componiendo versos. + +--¡Hola! ¿Tú aquí?--gritó Mistral, arrojándoseme de un salto al +cuello.--¡Qué buena idea has tenido de venir!... Justamente, hoy es la +fiesta de Maillane. Tenemos la música de Aviñón, toros, procesión, +farándula; esto será magnífico... Mi madre volverá pronto de misa, +almorzaremos y, después, a ver cómo bailan las muchachas bonitas. + +Mientras me hablaba, miré emocionado ese saloncito de papel claro, que +hacía mucho tiempo que no había visto y donde he pasado ya tan hermosas +horas. Todo estaba igual. Siempre el mismo sofá de cuadros amarillos, +los dos sillones de paja, la Venus de Milo, y la Venus de Arlés en la +chimenea, el retrato del poeta por Hébert, su fotografía por Esteban +Carjat, y en un rincón, cerca de la ventana, el escritorio, una humilde +mesita de oficial del registro, completamente atestada de librotes +viejos y de diccionarios. En medio de esa mesa de despacho, había un +gran cuaderno abierto... Era _Calendal_, el nuevo poema de Federico +Mistral, que verá la luz pública este año el día de Navidad. Hacía siete +años que Mistral trabajaba en ese poema, y cerca de seis meses que +escribió el último verso; sin embargo, todavía no se decide a separarse +de él. Es claro, siempre hay una estrofa que concluir, una rima más +sonora que encontrar... Aunque Mistral escribe en provenzal, pule sus +versos como si todos pudieran leerlos en ese idioma y tenerle en cuenta +sus esfuerzos de buen obrero... ¡Oh, valiente poeta! De Mistral hubiera +podido también decir Montaigne: Acuérdense de aquél a quien, como le +preguntasen por qué se tomaba tanto trabajo en un arte que sólo podía +llegar a conocimiento de reducido número de personas, respondió: «Pocas +necesito. Me basta una. Tengo suficiente con ninguna.» + + * * * * * + +Tenía yo en las manos el cuaderno de _Calendal_, y hojeábalo +profundamente emocionado... Una banda de pífanos y tamboriles resonó de +repente en la calle delante de la ventana, y he aquí Mistral que corre +al armario, saca de él vasos y botellas, coloca la mesa en medio del +salón, y abre la puerta a los músicos, diciéndome: + +--No debes reírte... Vienen a darme la alborada... Soy concejal. + +La gente invadió el saloncillo. Pusieron los tamboriles sobre las +sillas, la vieja bandera en un rincón, y circuló el vino trasañejo. +Después de consumir algunas botellas a la salud de don Federico, de +conversar gravemente acerca de la fiesta, de si la farándula será tan +bonita como el año anterior, de si serán bravos los toros, vanse los +músicos a dar la alborada a casa de los demás regidores. En ese momento +llega la madre de Mistral. + +En un momento ponen la mesa; un hermoso mantel blanco y dos cubiertos. +Yo conozco la costumbre de la casa: sé que, cuando Mistral tiene +convidados, su madre no se sienta a la mesa... La pobre anciana no habla +más que el provenzal, y pasaría grandes angustias si tuviera que +conversar con franceses... Por otra parte, hace falta en la cocina. + +¡Santo Dios, con qué comida más suculenta me obsequiaron aquella mañana! +Un trozo de cabrito asado, queso de monte, mostillo, higos, uvas +moscateles; todo ello rociado con ese exquisito _Château-neuf de los +Papas_, de un color rojo tan precioso en los vasos... + +A los postres, voy a buscar el cuaderno del poema y lo pongo en la mesa +delante de Mistral. + +--Habíamos convenido en salir--dijo sonriéndose el poeta. + +--¡No, no! _¡Calendal! ¡Calendal!_ + +Mistral transige y con su voz musical y dulce, llevando el compás de los +versos con la mano, empieza la lectura del primer canto: + + De una zagala loca de amor, + Ahora que ha dicho la desventura, + Cantaré, Dios mediante, un hijo de Cassis, + Un desgraciado pescador de anchoas... + +Fuera oíase el tañido de las campanas tocando a vísperas, estallaban los +cohetes en la plaza, pasaban y volvían a pasar pífanos y tamboriles por +las calles. Mugían los toros de Camargue, conducidos para la lidia. + +Acodado en el mantel, con lágrimas en los ojos, escuché la historia del +pescadorcillo provenzal. + + * * * * * + +Calendal es sólo un pescador; el amor lo transforma en héroe... Para +conquistar el corazón de su amada, la hermosa Estérelle, acomete +empresas milagrosas, y los doce trabajos de Hércules son nada si se +comparan con los suyos. + +Una vez, como se le ocurriera hacerse rico, inventa formidables artes de +pesca y arrastra al puerto todos los pescados del mar. Otra vez, va a +retar en su propio nido de águilas a un terrible bandido de las +gargantas de Ollionles, el conde Severan, entre sus matones y sus +rufianes... ¡Valiente mozo más templado es ese mocito Calendal! Un día +tropieza en Sainte-Beaume con dos partidas de artesanos que habían ido +allí a ventilar sus disputas a grandes golpes de compás, sobre el +sepulcro del maestro Yago, un provenzal que construyó la armadura del +templo de Salomón, si ustedes no se enojan. Calendal se lanza en medio +de la carnicería y pone paz a los compañeros sólo con hablarles... + +¡Empresas sobrehumanas!... Allá arriba, en las peñas de Lure, existía un +bosque de cedros inaccesibles, donde jamás leñador alguno se había +atrevido a subir. + +Va Calendal y permanece allí treinta días completamente solo. Durante +treinta días, óyese el ruido de su hacha, que resuena al hundirse en los +troncos. + +Ruge la selva; uno tras otro caen los viejos árboles gigantescos y +ruedan al fondo de los abismos, y cuando Calendal desciende, ya no queda +ni un cedro en la montaña... + +Después de todo y como premio de tales hazañas, el pescador de anchoas +obtiene el amor de Estérelle, y es nombrado cónsul por los habitantes de +Cassis. Tal es la historia de Calendal. Pero, ¿qué importa Calendal? Lo +que vive, sobre todo, en el poema, es la Provenza, la Provenza del mar, +la Provenza de la montaña, con su historia, sus costumbres, sus +tradiciones, sus paisajes, todo un pueblo candoroso y libre que ha +encontrado su gran poeta antes de perecer... + +Y ahora, ¡tracen caminos de hierros, planten postes telegráficos, +expulsen la lengua provenzal de las escuelas! + +¡Provenza ha de vivir eternamente en _Mireya_ y en _Calendal_! + + * * * * * + +--¡Basta de poesía!--dijo Mistral, cerrando su cuaderno.--Es preciso ver +la fiesta. + +Salimos. Todo el pueblo estaba en las calles; un ramalazo de cierzo +había disipado las nubes del cielo, que brillaba alegremente sobre las +rojas techumbres, mojadas por la lluvia. Llegamos a tiempo de presenciar +la procesión que regresaba. Durante una hora fue aquello un interminable +desfile de penitentes con capirotes, penitentes blancos, penitentes +azules, penitentes grises, cofradías de mozas con velo, estandartes +rojos con flores de oro, grandes imágenes, unas de madera desdoradas y +conducidas en cuatro hombros, y otras de loza coloridas como ídolos con +grandes ramos en la mano, capas de coro, incensarios, doseles de +terciopelo verde, crucifijos rodeados de seda blanca; todo esto +flameando al viento, entre la luz de los cirios y la del sol, en medio +de salmos, de letanías y de las campanas, que no cesaban de tocar a +rebato. + +Terminada la procesión y colocados nuevamente los santos en sus +capillas, fuimos a ver los toros, más tarde los juegos en la era, las +luchas de hombres, los tres saltos, el ahorcagato, el juego del odre y +todo el divertido aparato de las fiestas provenzales... Caía la noche +cuando regresamos a Maillane. En la plaza, frente al cafetín donde +Mistral pasa las veladas jugando su partida con su amigo Zidore, habían +encendido una hermosa hoguera... Organizábase la farándula. Faroles de +papel recortado brillaban por todas partes entre la obscuridad; la +juventud tomaba puesto, y en seguida, a un redoble de los tamboriles, +comenzó alrededor de las llamas un corro desenfrenado, estrepitoso, que +no había de cesar en toda la noche. + + * * * * * + +Después de cenar, sumamente rendidos de cansancio para correr de nuevo, +subimos a la alcoba de Mistral. Es un modesto dormitorio de campesino, +con dos grandes camas. Las paredes no están empapeladas; vense +descubiertas las vigas del techo... Hace cuatro años, cuando la Academia +concedió al autor de _Mireya_ el premio de tres mil francos, ocurriósele +a la señora Mistral una idea. + +--¿No te parece que empapelemos tu alcoba y le pongamos cielo +raso?--preguntó a su hijo. + +--¡No, no!--repuso Mistral.--Esto es el dinero de los poetas; no se le +puede tocar. + +Y el dormitorio volvió a quedar desnudo. Pero mientras que duró el +dinero de los poetas, los que han acudido a Mistral han encontrado +abierta su bolsa... + +Me había yo llevado a la alcoba el manuscrito de _Calendal_, e instele +para que me leyera otro pasaje antes de dormirme. Mistral eligió el +episodio de la loza. En pocas palabras es el siguiente: + +Celebrábase una gran comida, no sé dónde. Ponen en la mesa una hermosa +vajilla de loza de Moustiers. En el fondo de cada plato hay un asunto +provenzal, dibujado en azul sobre el vidriado; allí está contenida toda +la historia regional. + +Es digno de ver el hermoso amor con que está descrita esa hermosa +vajilla de loza; una estrofa para cada plato, otros tantos pequeños +poemas de un trabajo sencillo y erudito, acabados como una descripción +de Teócrito. + +Cuando me recitaba Mistral sus versos en aquella hermosa lengua +provenzal, latina en más de sus tres cuartas partes, hablada +antiguamente por las reinas y que hoy sólo comprenden los frailes, +admiraba yo en mi fuero interno a ese hombre. Y al pensar en el estado +ruinoso en que halló su lengua materna y en lo que con ella ha hecho, +imaginábame uno de esos vetustos palacios de los príncipes de Baux que +se ven en los Alpilles: sin techo, sin balaustradas en las escalinatas, +sin vidrios en las ventanas, quebrado el trébol de las ojivas, corroído +por el moho el escudo de las puertas; gallinas picoteando en el patio de +honor, cerdos hozando bajo las esbeltas columnillas de las galerías, el +asno paciendo dentro de la capilla, donde crece la hierba, las palomas +bebiendo en las grandes pilas de agua bendita, rebosantes de agua de +lluvia, y finalmente, entre esos escombros dos o tres familias de +labriegos que han construido chozas alrededor del vetusto palacio. + +Y después llega un día en que el hijo de uno de esos campesinos se +enamora de esas grandes ruinas y se indigna al verlas profanadas de ese +modo; a toda prisa arroja el ganado fuera del patio de honor, y viniendo +en su ayuda las hadas, por sí solo reedifica la monumental escalera, +vuelve a poner tableros en las paredes y vidrieras en los ventanajes, +reconstruye las torres, vuelve a dorar la sala del trono y pone en pie +el extenso palacio de otros tiempos, donde encontraron hospedaje papas y +emperatrices. + +Ese palacio restaurado es la lengua provenzal. + +Mistral es ese hijo del campesino. + + + + +LAS NARANJAS + + +Las naranjas tiene en París el triste aspecto de frutas caídas, que se +toman junto a los árboles. Cuando llegan, en pleno invierno lluvioso y +frío, su brillante corteza y su excesivo aroma, en estos países de +sabores moderados, les dan un aire extraño, algo bohemio. Durante las +noches de niebla, van tristemente costeando las aceras, amontonadas en +sus carritos ambulantes, al mezquino fulgor de un farolillo de papel +rojo. Un grito monótono y débil, perdido entre el rodar de los coches y +el barullo de los ómnibus, les sirve de escolta. + +--¡A veinte céntimos naranjas de Valencia! + +Para las tres cuartas partes de los parisienses, ese fruto traído de muy +lejos, de vulgar redondez, donde el árbol no ha dejado nada más que un +insignificante pedúnculo verde, participa de la golosina, de la +confitería. El papel de seda en que está envuelto, las festividades a +que acompaña, contribuyen a dicha impresión. Cuando enero se aproxima, +sobre todo, los millares de naranjas esparcidas por las calles, todas +esas cáscaras arrojadas en el barro del arroyo, hacen pensar en algún +gigantesco árbol de Navidad que sacudiese sobre París sus ramas cuajadas +de frutas artificiales. No hay rincón alguno donde no se vean. Tras los +limpios cristales de un escaparate, elegidas y adornadas; a la puerta de +prisiones y asilos, entre paquetes de bizcochos y pequeños montones de +manzanas; delante de los peristilos de los bailes y teatros los +domingos. Y su exquisito aroma se confunde con el olor del gas, el +chirrido de las mamparas, el polvo de las banquetas del paraíso. Hasta +se olvida que hacen falta naranjos para producir las naranjas; pues, +mientras que la fruta nos la envían directamente del Mediodía metida en +cajones, el árbol de la estufa donde pasa el invierno, cortado, +transformado, disfrazado, sólo una vez aparece, y durante breve tiempo, +al aire libre en los paseos públicos. + +Para conocer bien las naranjas es necesario verlas en los países que las +producen: en las islas Baleares, en Cerdeña, en Córcega, en Argelia, +entre el aire azul dorado, en la tibia atmósfera del Mediterráneo. Jamás +olvidaré un bosquecillo de naranjos que vi a las puertas de Blidah. +¡Allí sí que estaban hermosas! Entre el follaje obscuro, brillante, +barnizado, las frutas tenían el lustre de vasos de color, y doraban el +aire que las circundaba con esa aureola de esplendor que rodea a las +flores de tonos vivos. Algunos claros permitían ver a través de las +ramas las murallas de la reducida ciudad, el minarete de una mezquita, +la cúpula de un marabut, y en lo alto la enorme masa del Atlas, verde en +su base, nevada en la cima, como cubierta de blancas pieles, con +cabrilleos, con la blancura de copos caídos. + +Estando yo allí, una noche, por no sé qué fenómeno desconocido desde +treinta años atrás, aquella zona de escarchas invernales agitose sobre +la ciudad dormida, y Blidah se despertó transformada, empolvada de +blanco. En aquel aire argelino, tan tenue y tan puro, semejaba la nieve +polvo de nácar, con reflejos de plumas de pavo real. Lo más hermoso era +el bosque de naranjos. Las verdes hojas conservaban la nieve intacta y +enhiesta como sorbetes encima de platillos de laca, y todos los frutos +espolvoreados de escarcha ofrecían una entonación suave y espléndida, +una irradiación discreta, como el oro velado por transparentes telas +blancas. Aquello producía la vaga impresión de una fiesta de iglesia, de +sotanas rojas bajo albas de encajes, de dorados de altares rodeados de +randas de hilo... + +Sin embargo, mis más gratos recuerdos en materia de naranjas proceden de +Barbicaglia, un gran jardín junto a Ajaccio, donde pasaba yo la siesta +durante las horas de calor. Los naranjos, más altos y espaciados allí +que en Blidah, llegaban hasta el camino, solamente separado del huerto +por un seto vivo y una zanja. El mar, el inmenso mar azul, extendía su +vasta planicie inmediatamente después del huerto. ¡Qué buenas horas he +pasado en ese jardín! Por cima de mi cabeza, los naranjos florecidos y +con fruto quemaban los aromas de sus esencias. Una naranja madura +desprendíase del árbol, de vez en cuando, cayendo junto a mí, como +aletargada por el calor, con un ruido mate y sin eco en la tierra +apelmazada. Para apoderarme de ella, me bastaba extender la mano. Eran +soberbias frutas, de un rojo purpúreo en su interior. Parecíanme +exquisitas, y después ¡era tan hermoso el horizonte! Por entre las hojas +percibíase el mar, en espacios azules deslumbradores como trozos de +vidrio roto que espejearan entre las brumas del aire. Al mismo tiempo +que eso, el movimiento del oleaje conmoviendo la atmósfera a grandes +distancias, ese acompasado murmullo que nos mece como en una barca +invisible, el calor, el olor de las naranjas... ¡Ah, qué bien se podía +dormir en el huerto de Barbicaglia! + +No obstante, en ocasiones, en el momento más grato de la siesta, +despertábanme sobresaltado redobles de tambor. Eran infelices músicos +militares que ensayaban allá abajo, en el camino. A través de los claros +del seto brillaba el cobre de los tambores y veía yo los grandes +mandiles blancos encima del pantalón encarnado. Para guarecerse un poco +de la cegadora luz que el polvo del camino les enviaba de reflejo +despiadadamente, situábanse los pobres diablos junto al jardín, en la +breve sombra del seto. ¡Y valiente barullo el que armaban, y asfixiante +calor el que sufrían! Entonces, saliendo por fuerza de mi hipnotismo, me +entretenía arrojándoles algunos de esos hermosos frutos de oro rojo que +pendían al alcance de mi mano. El tambor a quien apuntaba se detenía. Un +minuto de vacilación, una mirada en torno para averiguar de dónde +vendría la soberbia naranja que rodaba hasta él por la zanja; recogíala +después con ligereza y mordía a boca llena, sin mondarla siquiera. + +Recuerdo además que cerca de Barbicaglia, y separado solamente por una +tapia baja, había un jardinillo bastante extraño, que dominaba yo desde +la altura en que estaba. Era un rincón de tierra, de vulgar diseño. Sus +calles, de brillante arena, encintadas de verdísimo boj, los dos +cipreses de su puerta de entrada, dábanle apariencia de una casa de +campo marsellesa. Ni una línea de sombra. En el fondo, un blanco +edificio de piedra, con ventanas de sótano al ras del suelo. Al pronto +creí que era una quinta; pero, después de mirar con más detenimiento, la +cruz que la remataba y una inscripción grabada en la piedra, y cuyo +texto no distinguía, me hicieron reconocer una tumba de familia corsa. +En las inmediaciones de Ajaccio hay muchas de esas capillitas +mortuorias, que se alzan solitarias rodeadas de jardines. La familia +acude allí los domingos a visitar a sus muertos. Comprendida de ese modo +la muerte, es menos triste que entre la confusión de los cementerios. +Sólo pasos amigos turban el silencio. + +Desde mi sitio contemplaba yo las idas y venidas de un anciano que +circulaba tranquilamente por las alamedas. Todo el día estaba podando +los árboles, cavando, regando, cortando las flores marchitas con +minucioso esmero. Después, a la caída del sol, entraba en la capillita +donde yacían los difuntos de su familia, guardaba los azadones, los +rastrillos, las grandes regaderas, todo esto tranquilamente, con la +serenidad de un jardinero de cementerio. No obstante, sin darse cuenta +de ello, ese buen hombre trabajaba con cierto recogimiento, acallando +los ruidos y con la puerta de la bóveda cerrada siempre discretamente, +cual si abrigara el temor de despertar a alguno. En medio de aquel +silencio absoluto, el arreglo del jardinillo no turbaba ni a un ave, y +su vecindad nada tenía de triste; pero el mar parecía así más inmenso, +el cielo más alto, y en aquella siesta interminable trascendía en torno +de ella el sentimiento del descanso eterno, entre la naturaleza +embriagadora, abrumadora, pletórica de vida. + + + + +EN MILIANAH + +NOTAS DE VIAJE + + +Voy a conducir a ustedes ahora a una linda y pequeña ciudad de Argelia, +a doscientas o trescientas leguas del molino, para que pasen allí el +día... Esto nos hará cambiar un poco de tantos tamboriles y cigarras... + +...Amenaza lluvia; el cielo está gris, la bruma envuelve las crestas del +monte Zaccar. Domingo triste... En mi cuartito de fonda, cuya ventana da +a las murallas árabes, procuro distraerme encendiendo cigarrillos... +Toda la biblioteca de la hospedería ha sido puesta a mi disposición; +entre una historia muy detallada del censo de la población y algunas +novelas de Paul de Kock, encuentro un tomo descabalado de Montaigne... +Abro el libro por donde él quiere abrirse, y vuelvo a leer la admirable +carta en que describe el autor la muerte de La Boétie... Heme aquí tan +meditabundo y sombrío como jamás lo estuve... Caen algunas gotas de +lluvia. Cada gota, al caer sobre el reborde de la ventana, dibuja una +ancha estrella en el polvo amontonado allí desde las lluvias del año +último. El libro se me cae de las manos y durante largo tiempo contemplo +aquella estrella melancólica... + +Dan las dos en el reloj de la ciudad, un antiguo _marabut_, cuyas +frágiles paredes blancas percibo desde aquí... ¡Pobre diablo de +_marabut_! ¿Quién le hubiese dicho hace treinta años que un día tenía +que sostener en medio del pecho una gran esfera municipal, y que todos +los domingos a las dos en punto daría la señal a todas las iglesias de +Milianah para tocar a vísperas?... ¡Tilín, talán! Ya han sido echadas a +vuelo las campanas... Tenemos para rato... Decididamente, esta +habitación es triste. Las grandes arañas de la mañana, que inspiran +pensamientos filosóficos, han fabricado sus telas en todos los +rincones... Vamos fuera. + + * * * * * + +Al llegar a la plaza mayor, la música del tercero de línea, que no se +intimida por un poco de lluvia, va a colocarse en torno de su director. +El general y sus hijas se asoman a una de las ventanas de la +comandancia; en la plaza, el subprefecto se pasea de un lado para el +otro, agarrado al brazo del juez de paz. Media docena de chiquillos +árabes medio desnudos juegan a las bochas en un rincón, gritando +desaforadamente. Allá abajo, acude un harapiento judío viejo a tomar un +rayo de sol que ayer había dejado en aquel sitio, y queda sorprendido al +no encontrarlo ya... «Uno, dos, tres: empiecen.» La música ejecuta una +antigua mazurka de Talexy, que tocaban los organillos el invierno último +debajo de mis ventanas. En otra época me aburría aquella mazurka; hoy me +conmueve hasta hacer brotar mis lágrimas. + +¡Oh, son muy dichosos los músicos del tercero! Fijos los ojos en las +semicorcheas, ebrios de ritmo y de ruido, sólo piensan en contar sus +compases. Su alma, toda su alma está en esa cuartilla de papel como la +palma de la mano, que tiembla en la punta del instrumento, sujeta por +dos dientes de cobre. «Uno, dos, tres: empiecen.» A eso lo reducen todo +esas gentes sencillas; los aires nacionales que tocan, jamás les +producen nostalgia... ¡Ay! A mí, que no soy de la charanga, aquella +música me entristece y me alejo... + + * * * * * + +¿Dónde pasaré distraído esta tarde gris dominguera? ¡Está bien! La +tienda de Sid'Omar se encuentra abierta... Entremos en casa de Sid'Omar. + +Sid'Omar tiene tienda y, sin embargo, no es tendero. Es un príncipe de +la sangre, hijo de un antiguo bey de Argel, a quien estrangularon los +genízaros... A la muerte de su padre, Sid'Omar refugiose en Milianah con +su madre, a quien adoraba, y allí residió algunos años como un gran +señor filósofo, rodeado de sus lebreles, sus halcones, sus caballos y +sus mujeres, en hermosos palacios muy frescos, llenos de naranjos y de +fuentes. Vinieron los franceses. Sid'Omar fue al principio enemigo +nuestro y aliado de Abd-el-Kader, pero concluyó por reñir con el emir y +se sometió. El emir, para tomar venganza, entró en Milianah estando +ausente Sid'Omar, saqueó sus palacios, taló sus naranjales, apoderose de +los caballos y de las mujeres e hizo aplastar la garganta de su madre +con la tapa de un arcón... La cólera de Sid'Omar fue terrible; alistose +en seguida al servicio de Francia, y mientras duró nuestra guerra contra +el emir no hubo un soldado mejor ni más bravo que él. Concluida la +guerra, Sid'Omar regresó a Milianah; pero, aun hoy, cuando se habla de +Abd-el-Kader en su presencia, palidece y le relampaguean los ojos. + +Sid'Omar tiene sesenta años, y a pesar de la edad y de la viruela, +conserva la hermosura del rostro: grandes pestañas, mirada de mujer, una +sonrisa seductora, modales de príncipe. Arruinado por la guerra, sólo le +queda de su antigua opulencia, una granja en la llanura de Chélif y una +casa en Milianah, donde vive muy modestamente con sus tres hijos +educados a su vista. Los jefes indígenas le profesan gran veneración... +Cuando hay discusiones, someten a su deliberación los asuntos que las +provocan, y su juicio es casi siempre ley. Sale poco; puede vérsele +todas las tardes en una tienda adjunta a su casa y que da a la calle. El +mobiliario de esa estancia no es rico; paredes blancas enlucidas con +cal, un banco circular de madera, cojines, largas pipas, dos braseros... +Ahí recibe Sid'Omar en audiencia y administra justicia. Un Salomón de +tienda. + + * * * * * + +El concurso es numeroso hoy, domingo. En torno de la sala están en +cuclillas una docena de jefes, arrebujados en sus albornoces. Cada uno +de ellos tiene junto a sí una gran pipa y una tacita de café en una fina +huevera de filigrana. Entro; todos permanecen inmóviles y atentos... +Desde su sitio, Sid'Omar me saluda con su más encantadora sonrisa, y me +invita con la mano a sentarme junto a él, en un gran almohadón de seda +amarilla; después, con un dedo en los labios, me aconseja que escuche. + +El caso es el siguiente. El caíd de los Beni-Zugzugs tuvo algunas +cuestiones con un judío de Milianah a causa de un lote de terreno, cuya +propiedad se disputaban; las dos partes convinieron en llevar el litigio +ante Sid'Omar y someterse a su fallo. Citáronse para el mismo día, así +como a los testigos; de pronto, el judío varía de opinión y viene solo, +sin testigos, a manifestar que prefiere someterse al fallo del juez de +paz de los franceses que al de Sid'Omar... En esto estaba el asunto +cuando yo llegué. + +El judío, un anciano de barba terrosa, túnica de color castaño y gorro +de terciopelo, levanta al cielo el rostro, pone ojos suplicantes, besa +las babuchas de Sid'Omar, inclina la cabeza, se arrodilla, junta las +manos... No entiendo el árabe; pero por la pantomima del judío, por sus +palabras _juez de paz, juez de paz_, que repite frecuentemente, adivino +este discurso: + +Confiamos en la rectitud de Sid'Omar, Sid'Omar es prudente, Sid'Omar es +justo... Sin embargo, el juez de paz resolverá mucho mejor esta +cuestión. + +El auditorio se indigna, pero permanece impasible, como árabe que es... +Sid'Omar, dios de la ironía, se sonríe escuchando, reclinado en su +almohadón, con la mirada abstraída y la boquilla de ámbar entre sus +labios. De pronto, en lo mejor de su perorata, el judío se ve cortado +por un enérgico ¡cáspita! que le hace enmudecer; al mismo tiempo, un +colono español, que está presente como testigo del caíd, abandona su +puesto, y aproximándose al Iscariote le suelta un chaparrón de insultos +en todos los idiomas y de todos colores, entre otros, cierto vocablo +francés sumamente ofensivo... El hijo de Sid'Omar, que comprende el +francés, se ruboriza al oír semejante palabra delante de su padre, y se +marcha de la sala. Fijémonos en este rasgo de la educación árabe. El +auditorio prosigue impasible y Sid'Omar siempre risueño. El judío se +levanta y dirígese a la puerta andando hacia atrás, temblando de miedo, +pero sin dejar de repetir a más y mejor su eterno _juez de paz, juez de +paz_... Sale. El español lánzase furioso tras él, lo alcanza en la +calle, y ¡pim, pam! por dos veces lo abofetea en los carrillos... El +Iscariote se arrodilla con los brazos en cruz... El español, un poco +avergonzado, vuelve a entrar en la tienda... Al verlo se levanta el +judío y pasea una mirada socarrona por la abigarrada multitud que lo +rodea. Vense gentes de todas razas; malteses, mahoneses, negros, árabes, +todos unidos por el odio a los judíos y gozosos porque han maltratado a +uno... El Iscariote vacila un instante; después, agarrando a un árabe +por la tela del albornoz, exclama: + +--Tú lo viste, Achmed, tú lo viste... Tú estabas delante... El cristiano +me maltrató... Serás testigo... bien... bien... Serás testigo. + +El árabe le obliga a soltar el albornoz y rechaza al judío... No sabe +nada, no ha presenciado nada: cabalmente en aquel momento miraba a otro +lado. + +--Tú, sí, Kaddur, tú lo has visto... has visto al cristiano cuando me +pegó--grita el infeliz Iscariote a un negrazo que está mondando un higo +chumbo. + +El negro manifiesta su desprecio, escupiendo y se marcha; no ha visto +nada... Tampoco ha visto nada ese muchacho maltés, cuyos ojos de carbón +brillan maliciosos bajo su birreta. Tampoco ha visto nada aquella +mahonesa de tez de ladrillo que se aleja riéndose con la cesta de +granadas encima de la cabeza... + +Aunque el judío grita, ruega y brujulea, ¡ni un testigo!... Nadie ha +visto nada... Afortunadamente, dos de sus correligionarios pasan +entonces por la calle, con las orejas gachas, arrimados a las paredes. +El judío los ve. + +--¡Pronto, pronto, hermanos! ¡A prisa, al agente de negocios! ¡A prisa, +al _juez de paz_!... Ustedes lo han visto, ustedes... ¡Han visto que han +maltratado al viejo! + +¿Que si lo han visto?... ¡Ya lo creo! + +...Gran movimiento en la tienda de Sid'Omar... El cafetero llena las +tazas, enciende otra vez las pipas. Charlan, se ríen a más y mejor. ¡Es +tan divertido ver zurrarle la badana a un judío!... En medio de la +zambra y del humo, me acerco despacio a la puerta; siento deseos de ir a +rondar un poco por la judería, para saber qué impresión ha producido a +los correligionarios del Iscariote la afrenta hecha a su hermano... + +--Venga a comer esta tarde, señor--me grita el bueno de Sid'Omar. + +Acepto, doy las gracias y me marcho. + +Todo el mundo anda alborotado en el barrio judío. El asunto ha producido +ya mucho ruido. No hay nadie en los tenduchos. Bordadores, sastres, +guarnicioneros, todo Israel se ha echado a la calle... Los hombres, con +gorro de terciopelo y medias de lana azul, gesticulando en grupos, con +mucha algazara... Las mujeres, desencajadas, abotagadas, tiesas como +ídolos de madera, con sus faldas escurridas, con peto de oro y el rostro +rodeado por cintas negras, mézclanse uno y otro grupo chillando como +gatas... En el momento de llegar yo, se arremolina la muchedumbre... +Apoyado en sus testigos, el judío, personaje principal de la comedia, +pasa por entre dos setos de gorros, bajo una lluvia de exhortaciones. + +--Toma venganza, hermano; vénganos, venga al pueblo judío. Nada temas; +la ley está en favor tuyo. + +Un horrible enano, hediendo a pez y a suela vieja, se acerca a mí con +aire gemebundo, y suspirando fuertemente. + +--¡Ya lo ves!--me dice.--¡Cómo nos tratan a los pobres judíos! ¡Es un +viejo! Mira. Poco ha faltado para que lo maten. + +No cabe duda de que el pobre Iscariote está más muerto que vivo. Pasa +por delante de mí, con la vista apagada y el semblante descompuesto; no +andando, sino arrastrándose... Sólo una fuerte indemnización puede +curarlo; así es que no lo llevan a casa del médico, sino a la del agente +de negocios. + + * * * * * + +En Argelia hay muchos agentes de negocios, casi tantos como langostas. +Puede creerse que el oficio es bueno. De todos modos tiene la ventaja de +que en él se puede entrar a la pata la llana, sin estudios, ni fianza, +ni avecindamiento. Como en París nos hacemos literatos, en Argelia se +hacen agentes de negocios. Sólo se necesita saber un poco de francés, +español y árabe, llevar siempre un código en el bolsillo, y tener, +especialmente, el temperamento de la profesión. + +Las funciones del agente son muy diversas: sucesivamente abogado, +procurador, corredor, perito, intérprete, tenedor de libros, +comisionista, escribiente de portal, es el maestro Yago de la colonia. +Pero Harpagón no tenía más que uno, y la colonia tiene muchos más de los +que ha menester. Sólo en Milianah se cuentan por docenas. Para evitar +los gastos de oficina, esos señores reciben generalmente a sus clientes +en el café de la plaza mayor, y celebran sus consultas--¿puede decirse +que las celebran?--entre el ajenjo y otra bebida. + +El digno Iscariote encamínase al café de la plaza mayor, acompañado de +sus dos testigos. No vayamos tras de ellos. + + * * * * * + +Cuando abandono el barrio judío, paso por delante de la oficina árabe. +Desde fuera, con su tejado de pizarra y el pabellón francés ondeando +encima, podía tomársele por una alcaldía rural. Conozco al intérprete; +entremos a fumar con él un cigarrillo. ¡Pitillo tras pitillo concluiré +por matar este domingo sin sol! + +Numerosos árabes andrajosos ocupan el patio que precede a la oficina. +Hay allí, haciendo antecámara, una cincuentena, agachados a lo largo de +las paredes, arrebujados en sus albornoces. Aquella antecámara beduina, +aunque está al aire libre, despide fuerte olor a piel humana. Pasemos +pronto de largo... En la oficina veo al intérprete enfrascado con dos +grandes vocingleros completamente desnudos bajo largas mantas +mugrientas, y narrando con airada mímica no sé qué historia de un +rosario robado. Tomo asiento en un rincón, sobre una estera y miro... +Bonito traje el del intérprete. ¡Y qué bien le sienta al intérprete de +Milianah! Parecen pintiparados el uno para el otro. El vestido es azul +celeste con alamares negros y relucientes botones de oro. El intérprete +es rubio, rosado, pelo rizado; un lindo húsar azul, bien humorado e +ingenioso; un poco parlanchín, ¡habla tantas lenguas! un poco escéptico, +¡ha conocido a Renán en la escuela orientalista! gran aficionado al +_sport_, tan satisfecho en el vivac árabe como en las veladas de la +subprefectura, bailarín como nadie y que hace el _cuscús_ como +cualquiera. Parisiense en una palabra; tal es mi hombre, y no es +extraño que las mujeres se pirren por él. En cuanto a _dandysmo_, no +tiene más que un rival: el sargento de la oficina árabe. Este, con su +levita de paño fino y sus polainas con botones de nácar, causa la +desesperación y la envidia a toda la guarnición. Destacado en la oficina +árabe, está rebajado del servicio de cuartel y siempre se le ve en la +calle, de guante blanco, recién rizado, con grandes cartapacios bajo el +brazo. Es admirado y temido. Es una autoridad. + +No hay duda; aquella historia del rosario robado lleva trazas de no +acabarse nunca. ¡Buenas tardes! No espero el final. + +Al marcharme, está en efervescencia la antecámara. La muchedumbre rodea +a un individuo de elevada estatura, pálido, altivo, envuelto en un +albornoz negro. Ese hombre había luchado ocho días antes con una pantera +en el Zaccar. La pantera fue muerta, pero el hombre sacó medio brazo +devorado. Va diariamente a la oficina árabe para hacer que le curen, y +siempre lo detienen en el patio para oírle referir su historia. Habla +lentamente y con una hermosa voz gutural. De vez en cuando entreabre el +albornoz y muestra, pegado al pecho, el brazo izquierdo arrebujado en +trapos ensangrentados. + + * * * * * + +Tan pronto como llego a la calle, estalla una violenta tempestad. +Lluvia, truenos, relámpagos, viento siroco... Pronto, a refugiarse en +cualquier sitio. Me meto por una puerta, al acaso, y me encuentro +rodeado de una camada de bohemios, amontonados bajo los arcos de un +patio morisco. Ese patio es una dependencia de la mezquita de Milianah; +es el refugio habitual de la piojería árabe, y se llama el _patio de los +pobres_. + +Grandes y escuálidos lebreles, llenos de miseria, se acercan dando +vueltas en torno mío con aire amenazador. Pegado a uno de los pilares de +la galería, procuro conservar buen continente, y sin hablar con nadie, +contemplo la lluvia que rebota en las losas de colores del patio. Los +bohemios están en el suelo, tendidos en grupos. Junto a mí, una mujer +joven y casi guapa, con la garganta y las piernas desnudas, con grandes +brazaletes de hierro en las muñecas y en los tobillos, canta un aire +exótico, de tres notas melancólicas y nasales. Mientras canta, da de +mamar a un niño pequeño completamente desnudo, de color broncíneo rojo, +y con el brazo que le queda libre, machaca cebada en un mortero de +piedra. La lluvia, empujada por un viento cruel, inunda a veces las +piernas de la madre y el cuerpo de su mamoncillo. La bohemia no repara +en ello y prosigue su cántico con las rachas, mientras que muele cebada +y da el pecho. + +Cesa la tempestad... Aprovechándome de un claro, me apresuro a abandonar +aquella corte de los milagros y encamínome al banquete de Sid'Omar; ya +es hora... Al cruzar la plaza mayor, he vuelto a encontrar al viejo +judío de antes. Se apoya en su agente de negocios; los testigos caminan +alegres detrás de él; una banda de asquerosos chicuelos judíos salta +alrededor. El agente se encarga de arreglar el asunto. Pedirá ante el +tribunal una indemnización de dos mil francos. + + * * * * * + +En casa de Sid'Omar me obsequian con una comida espléndida. El comedor +da a un elegante patio morisco, donde murmuran dos o tres fuentes... +Magnífica comida a la turca, que no vacilo en recomendar al barón +Brisse. Entre otros platos, mencionaré un pollo con almendras, un +alcuzcuz con vainilla, una tortuga con jugo de carne, algo pesado, pero +de sabor exquisito, y bizcochos con miel, llamados _bocadillos del +Kadí_... No se sirven más vinos que champaña. A pesar de la ley +musulmana, Sid'Omar bebe un poco de él, cuando los criados no pueden +verlo... Al concluir la comida, pasamos a la habitación de nuestro +huésped, donde nos ofrecen dulces, pipas y café... El mueblaje de este +dormitorio es sencillísimo: un diván, algunas esteras; al fondo, un gran +lecho altísimo sobre el cual hay almohaditas rojas bordadas de oro... +Pende de la pared una antigua pintura turca representando las proezas de +cierto almirante Hamadí. A juzgar por la muestra, en Turquía los +pintores no emplean más que un color en cada cuadro; en este cuadro se +ha utilizado el verde. El mar, el cielo, los navíos, el mismo almirante +Hamadí, todo es verde, ¡y qué verde!... + +La costumbre árabe exige retirarse temprano. Después de tomar el café y +de fumadas las pipas, saludo a mi anfitrión y lo dejo con sus mujeres. + + * * * * * + +¿Dónde acabaré de pasar la velada? Es muy temprano para acostarme, los +clarines de los _spahis_ no han tocado todavía retreta. Además, los +cojines de oro de Sid'Omar bailan en torno mío fantásticas farándulas +que no me dejarían dormir... Estoy delante del teatro; entraré un +momento. + +El teatro de Milianah no es otra cosa que un antiguo almacén de +forrajes, transformado bien o mal en sala de espectáculos. Enormes +quinqués que se llenan de aceite durante los entreactos, hacen oficio de +arañas. La cazuela está de pie, la orquesta en bancos. Las galerías +están muy orgullosas porque tienen sillas de paja... Rodea a la sala un +largo pasillo, obscuro, sin entarimar. Parece que se está en la calle, +nada falta para ello... La función había ya empezado cuando entré. Con +gran extrañeza por mi parte, los actores no son malos, me refiero a los +hombres; tienen arranque, vida... Casi todos ellos son aficionados, +soldados del 3º; el regimiento está orgulloso con esto y va todas las +noches a aplaudirlos. + +Respecto a las mujeres, ¡ay!... son ahora y siempre ese eterno femenino +de los teatros de provincias, presuntuoso, amanerado, ficticio... A +pesar de todo, entre estas damas hay dos que me interesan; dos judías de +Milianah, jovencitas, que pisan la escena por primera vez... Los padres +están en la sala y parecen encantados. Están convencidos de que sus +hijas van a ganar miles de duros en ese comercio. La leyenda de la +Raquel, israelita, millonaria y cómica, se ha extendido ya mucho entre +los judíos del Oriente. + +No hay nada más cómico y enternecedor que esas dos jóvenes judías en las +tablas. Están atemorizadas en un rincón del escenario, empolvadas, +pintadas, despechugadas y tiesas. Tienen frío, se avergüenzan. De vez en +cuando dicen una frase sin comprenderla, y mientras hablan, sus ojazos +hebreos contemplan al público con estupor. + + * * * * * + +Salgo del teatro... Todo está entre tinieblas. En un extremo de la +plaza, oigo gritos. Acaso algunos malteses en vías de explicarse a +navajazos. + +Me encamino lentamente a la fonda, a lo largo de las murallas. De la +llanura suben embriagadores aromas de naranjos y de tuyas. El aire es +tibio, el cielo casi diáfano... Allá abajo, al extremo del camino, +yérguese un viejo fantasma de paredón, resto de algún vetusto templo. +Ese muro es sagrado; todos los días acuden a él mujeres árabes a +colgarle _ex votos_, jirones de jaiques y de otras prendas, largas +trenzas de cabellos rubios sujetos con hilillo de plata, trozos de +albornoz... Al tibio soplo de la noche, y bajo un pálido rayo de luna +vese ondular ese abigarrado pendón de la estulticia humana. + + + + +LA LANGOSTA + + +Consignaré otro recuerdo de Argelia, y regresaré en seguida al molino... + +La noche de mi llegada a aquella granja del Sahel, me era imposible +dormir. La novedad del país, la molestia del viaje, el aullar de los +chacales y sobre todo un calor enervante, abrumador, una completa +sofocación, como si las mallas de la mosquitera no permitiesen pasar un +soplo de aire... Al abrir, de madrugada, la ventana, una bruma de estío, +densa y moviéndose lentamente, ribeteada de negro y rosa en los bordes, +flotaba en los aires como una nube de humo de pólvora sobre un campo de +batalla. No se movía una hoja, y en esos frondosos jardines que tenía +ante mis ojos, las viñas espaciadas sobre las laderas bajo espléndido +sol que azucara los vinos, los pequeños naranjos, los mandarineros en +interminables filas microscópicas, todo conservaba el mismo aspecto +mohíno, aquella inmovilidad de hojas en espera de la tempestad. Los +mismos bananeros, esos extensos cañaverales de un color verde claro, +agitados siempre por alguna brisa que enmaraña su fina cabellera tan +leve, alzábanse silenciosos y derechos, como penachos bien puestos en su +sitio. + +Permanecí un momento contemplando aquella maravillosa vegetación, donde +estaban reunidos todos los árboles del mundo, produciendo cada cual en +su estación respectiva, flores y frutos exóticos. Entre los campos de +trigo y los macizos de alcornoques, plateaba una corriente de agua +fresca, que agradaba contemplar en esa asfixiante madrugada, y admirando +a un tiempo el lujo y el orden de esas cosas, aquella hermosa quinta con +sus arcos moriscos, sus terrazas completamente blancas, de flor de +espino, las cuadras y los cobertizos agrupados en torno, recordaba yo +que veinte años antes, cuando aquellas intrépidas gentes se habían +instalado en ese valle del Sahel, no habían encontrado más que una mala +casilla de peón caminero y un terreno inculto, erizado de palmeras +enanas y lentiscos. Fue necesario crearlo y construirlo todo. A cada +instante, levantamiento de árabes. Había que abandonar el arado para +disparar. Después, las enfermedades, oftalmías, fiebres, la escasez de +cosechas, los tanteos de la inexperiencia, la lucha con una +administración ciega y siempre flotante. ¡Cuántos esfuerzos! ¡Qué de +fatigas! ¡Qué vigilancia más perseverante! + +Ahora, todavía, a pesar de haber pasado los malos tiempos y de la +fortuna con tantos esfuerzos adquirida, ambos, el hombre y la mujer, +eran quienes se levantaban primero en la granja. A aquella hora +matutina, oía sus idas y venidas por las grandes cocinas de la planta +baja, vigilando el café de los trabajadores. No tardó en sonar una +campana, y un momento después los obreros desfilaron por el camino. +Viñadores de Borgoña; labradores kabilas con fez rojo; peones mahoneses, +con las piernas al descubierto; malteses y luqueses; todo un pueblo +heterogéneo, difícil de dirigir. El hacendado, ante la puerta, +distribuía a cada uno de ellos su tarea de la jornada, con voz breve y +algo dura. Cuando terminó el buen hombre, levantó la cabeza y escudriñó +el cielo con desasosiego; después, al verme en la ventana, me dijo: + +--Mal tiempo hace para el cultivo... va a soplar el siroco. + +Efectivamente, a medida que se alzaba el sol, llegaban del Sur hasta +nosotros bocanadas de aire cálido y asfixiante, como si viniesen de la +puerta de un horno abierta y vuelta a cerrar. No se sabía adónde +guarecerse, ni cómo evitar la angustia. Así transcurrió toda la mañana. +Tomamos el café sobre las esteras de la galería, sin tener ánimo para +hablar ni movernos. Los perros, estirándose y buscando la frescura de +las losas, tumbábanse fatigados. El almuerzo nos reanimó un poco, un +almuerzo abundante y extraño, compuesto de carpas, truchas, jabalí, +erizo, manteca Stanelí, vinos de Crescia, guayabas, bananas, manjares +exóticos, cuyo conjunto semejaban a la naturaleza tan compleja que nos +rodeaba... Estábamos a punto de levantarnos de la mesa, cuando de +repente, por la puerta-ventana, cerrada para resguardarnos del calor del +jardín hecho un ascua de fuego, oyéronse grandes gritos: + +--¡La langosta! ¡La langosta! + +Mi anfitrión palideció como un hombre a quien anuncian un desastre, y +salimos precipitadamente. Durante diez minutos hubo en aquella casa, tan +sosegada poco antes, un ruido de pasos redoblados y voces indefinidas, +que se perdían como en la agitación de un despertar. Desde la sombra de +los vestíbulos, donde estaban durmiendo, lanzáronse fuera los criados +haciendo resonar con palos, horcas y bieldos todos los objetos de metal +que encontraban a mano, calderos de cobre, palanganas, cacerolas. Los +pastores hacían sonar el cuerno pastoril. Otros llevaban caracolas +marinas, trompas de caza. Aquello era un ruido espantoso, discordante, +que dominaban con notas sobreagudas los «¡yu, yu, yu!» de las mujeres +árabes de un aduar vecino que acudieron corriendo. Parece ser que en +ocasiones un gran ruido, un estremecimiento sonoro del aire, aleja la +langosta y le impide descender. + +Pero, ¿dónde estaban esos terribles insectos? En el cielo, vibrante de +calor, no se veía nada más que una nube aparecer por el horizonte, +cobriza, densa, como una nube de granizo, con el ruido de un huracán +entre las mil y mil ramas de un bosque. Aquella nube era la langosta. +Agarrados los unos a los otros estos insectos por sus alas secas +extendidas, volaban en montón, y a pesar de nuestros gritos y de +nuestros esfuerzos, la nube no cesaba de avanzar, proyectando en la +llanura una sombra inmensa. Pronto estuvo sobre nuestras cabezas; en los +bordes viose durante un segundo un desgarrón, una rotura. A semejanza de +los primeros granizos de un turbión de pedrisco, desprendiéronse +algunos, perceptibles, rojizos; al punto se deshizo toda la nube, +cayendo vertical y ruidosa aquella granizada de insectos. Los campos +quedaron cubiertos de saltamontes enormes, gordos como el dedo, en una +extensión inmensa. + +Entonces diose principio a la matanza. Horrendo murmullo de +aplastamiento de paja molida. Con gradas, azadones y arados revolvíase +aquel suelo movedizo, y cuantos más insectos se mataba más había. +Rebullíanse por capas, con sus altas patas enredadas unas en otras; los +de encima saltaban ágilmente para salvarse, agarrándose a los belfos de +los caballos enganchados para esa extraña labor. Los perros de la granja +y los del aduar, azuzados a campo traviesa, lanzábanse sobre ellos y los +trituraban furiosos. En ese momento llegaron dos compañías de turcos, +con la banda de cornetas al frente, a ayudar a los infelices colonos, y +la matanza varió de aspecto. + +Los soldados no aplastaban los insectos, sino que los quemaban +esparciendo largos regueros de pólvora. + +Rendido de fatiga, con el estómago revuelto por el hedor, me metí en +casa. Dentro de la quinta, había casi tantos insectos como fuera. +Entraron por las aberturas de las puertas y ventanas, por los tubos de +las chimeneas. Al borde de los tableros y en los cortinajes, roídos ya, +se arrastraban, caían, volaban, trepaban por las blancas paredes, con +una sombra gigantesca que hacía mayor su fealdad. Y siempre aquel olor +hediondo. En la comida fue preciso pasar sin agua. Las cisternas, las +fuentes, los pozos, los víveres de pesca, todo estaba inficionado. + +Por la noche, en mi alcoba, donde, no obstante, se habían matado enormes +cantidades, oía aún rebullicio debajo de los muebles, y ese crujir de +élitros semejante al peterreo de los dientes de ajo que estallan con los +calores fuertes. + +Tampoco me fue posible dormir aquella noche. + +Además, todos estaban despiertos alrededor de la granja. + +Serpeaban a ras de tierra llamaradas, de un extremo a otro de la +llanura. + +Los turcos continuaban la matanza. + +Al siguiente día, cuando abrí la ventana como la víspera, la langosta +había emigrado. Pero, ¡qué ruina dejaron tras de sí! Ni una flor, ni una +brizna de hierba; todo lo dejaron negro, corroído, calcinado. Los +bananos, los albaricoqueros, los abridores, los naranjos mandarines se +distinguían solamente por el aspecto de sus desnudas ramas, sin el +encanto y la ondulación de hojas que constituye la vida de los árboles. +Empezábase la limpieza de los cauces de agua, de los aljibes. Por +doquiera cavaban los peones la tierra para destruir los huevos puestos +por los insectos. Cada terrón era destripado, desmenuzándolo +esmeradamente. Y al ver las mil raíces blancas, llenas de savia, que +aparecían en esos destrozos de tierra fértil, el corazón se oprimía y el +alma se angustiaba... + + + + +EN CAMARGUE + + +I + +LA PARTIDA + + +El recado del guarda, medio en francés, medio en provenzal, que ha +traído un mensajero, anunciando que han pasado ya dos o tres buenas +bandadas de _galejones_, de _carlotinas_, y otras _aves de primera_, ha +producido gran rumor en el castillo. + +«Vendrá usted con nosotros», me han escrito mis amables vecinos. Y esta +mañana a las cinco estaba esperándome al pie de la cuesta su gran +_break_, cargado de escopetas, perros y víveres. Henos aquí rodando por +la carretera de Arlés, algo seca y árida en esta madrugada de diciembre, +en que apenas se distingue el pálido verdor de los olivos y el verde +intenso de las encinas, demasiado de invernadero y como ficticio. No +faltan madrugones que iluminan las vidrieras de las granjas, y en las +cresterías de piedra de la abadía de Montmajour, los quebrantahuesos +aletargados todavía por el sueño revolotean entre las ruinas. Sin +embargo, encontramos ya, a lo largo de las zanjas, campesinas viejas que +van al mercado, trotando en sus borriquillos. Vienen de la +Ville-des-Baux. ¡Seis leguas largas para sentarse una hora en las gradas +de San Trofino y vender paquetitos de hierbas medicinales recolectadas +en la montaña!... + +Divisamos ya las murallas de Arlés; murallas bajas y almenadas, como se +ven en las estampas antiguas, donde aparecen guerreros armados de lanzas +sobre terraplenes menores que ellos. Cruzamos a galope esta maravillosa +y pequeña ciudad, una de las más pintorescas de Francia, con sus +balcones esculpidos y barrigudos avanzando hasta el centro de las calles +estrechas, con sus vetustas casas renegridas, de puertas pequeñas, +moriscas, ojivales y bajas, que nos recuerdan los tiempos de Guillermo +Court-Nez y de los sarracenos. A aquellas horas no había aún nadie en +la calle. Sólo está animado el muelle del Ródano. El barco de vapor que +hace la travesía de Camargue calienta las calderas junto a los +escalones, dispuesto a partir. _Caseros_ con blusa roja, muchachas de La +Roquette que van a ganar el jornal en las faenas agrícolas, suben a +cubierta con nosotros, charlando y riéndose. Bajo las amplias mantillas +obscuras, levantadas a causa del fuerte viento de la mañana, la alta +cofia arlesina presta elegancia y empequeñece a la cabeza, con ribetes +de lindo descaro, algo así como deseos de erguirse para que la risa o la +frase picaresca vaya más lejos... Suena la campana; nos ponemos en +marcha. Con la triple velocidad del Ródano, de la hélice y del viento +mistral, extiéndense las dos orillas. De un lado está la Crau, una +llanura estéril y pedregosa. Del otro, la Camargue, más verde, que +prolonga hasta el mar su hierba corta y sus marismas cuajadas de +cañaverales. + +El vapor se detiene de vez en cuando junto a un pontón, a la izquierda o +a la derecha (al Imperio o al Reino, según se decía en la Edad Media, en +época del reino de Arlés, y como los marineros viejos del Ródano dicen +hoy todavía). En cada pontón vese una quinta blanca y un ramillete de +árboles. Desembarcan los trabajadores cargados de herramientas, y las +mujeres con la cesta al brazo, erguidas sobre su talle. Hacia el Imperio +o hacia el Reino, poco a poco va quedando vacío el vapor, y cuando +descendemos nosotros en el puente del Mas-de-Giraud, casi no queda nadie +a bordo. + +Para esperar al guarda que ha de venir en nuestra busca, entramos en el +Mas-de-Giraud, una antigua granja de los señores de Barbentane. En la +cocina alta, y alrededor de una mesa están todos los hombres de la +hacienda, labradores, viñadores, pastores, zagales, graves, silenciosos, +comiendo despacio, servidos por las mujeres, quienes comerán después. No +tarda el guarda con la carretilla. Verdadero tipo a lo Fenimore, +trampero por tierra y por agua, guardapesca y guardacaza, las gentes del +país le llaman el _Rondador_ porque, entre las brumas del alba o del +anochecer, ocúltase siempre entre los cañaverales, acechando, o bien +inmóvil en su barquichuelo, ocupado en vigilar sus atolladeros en los +estanques y en las acequias. Su profesión de espía perpetuo, es quizá +lo que le hace tan callado y taciturno. Sin embargo, mientras el +carretón lleno de escopetas y de cestas camina delante de nosotros, el +_Rondador_ nos entera de la caza, refiriéndonos el número de bandadas de +paso y los cuarteles en que las aves emigrantes se han posado. Charlando +nos internamos en la comarca. + +Después de atravesar los terrenos de cultivo, nos encontramos en plena +Camargue montaraz. Lagunas y acequias brillan hasta perderse de vista +entre los pastos y las salicarias. Bosquecillos de tamariscos y de cañas +ondulan como un mar en calma. Ningún árbol elevado turba el aspecto +liso, inmenso, de la llanura. Apriscos de ganado extienden de vez en +cuando su baja techumbre casi a nivel del suelo. Los rebaños +diseminados, tumbados en las hierbas salitrosas, o marchando apretados +en torno de la roja capa del pastor, no interrumpen la gran línea +uniforme, viéndose achicados por ese espacio infinito de horizontes +azules y claro cielo. Lo mismo que del mar, plano a pesar de sus olas, +despréndese de esa llanura una sensación de soledad, de inmensidad, +aumentada por el mistral que sopla incesantemente, sin trabas, y que, +con su poderoso aliento, parece aplanar y engrandecer el paisaje. El lo +doblega todo. Los arbustos más frágiles conservan la huella de su paso, +quedan torcidos, tumbados hacia el Sur, como dispuestos a fugarse... + + + + +II + +LA CABAÑA + + +La cabaña no es otra cosa que un techo de cañas y unas paredes de cañas +secas y amarillas. Tal vez nuestro punto de cita para la caza. Tipo de +la casa camarguesa, la cabaña no tiene más que una habitación alta, +grande, sin ventana; entra la luz por una puerta vidriera, que de noche +se cierra con postigos. A lo largo de los paredones enlucidos, +blanqueados con cal, hay armarios para colocar las armas, los morrales, +las botas que usamos para cruzar los pantanos. En el fondo vense cinco o +seis literas colocadas alrededor de un verdadero mástil plantado en el +suelo y que sirve de apoyo al techo. Por la noche, cuando sopla el +mistral y cruje la casa por todas partes, con el mar lejano y el viento +que lo aproxima, trae su ruido y lo ahueca, puede creerse uno acostado +en el camarote de un buque. + +Pero, especialmente por la tarde es cuando la cabaña está encantadora. +En nuestros buenos días de invierno meridional, me agrada estar solo +junto a la alta chimenea, donde arden humeantes algunas matas de +tamariscos. Con las rachas del mistral o de la tramontana, cruje la +puerta, chillan las cañas, y todas esas sacudidas son un ligero eco de +la gran conmoción de la naturaleza que me circunda. El sol de invierno, +agitado por la enorme corriente, se esparce, reúne sus rayos, los +dispersa. Corren grandes sombras bajo un cielo azul admirable. La luz y +los ruidos llegan por sacudidas, y las esquilas de los rebaños, oídas +repentinamente y olvidadas después, perdiéndose entre el viento, suenan +de nuevo bajo la puerta desencajada, con el hechizo de un estribillo de +canción... La hora exquisita es el crepúsculo, un poco antes del regreso +de los cazadores. Entonces el viento está tranquilo. Salgo un instante. +El ancho sol rojo desciende en paz, inflamado y sin calor. Llega la +noche, y roza con sus alas negras y húmedas, cuando pasa. Allá abajo, al +nivel del suelo, vese un fogonazo, con el brillo de una estrella roja +avivada por las tinieblas circunvecinas. En la escasa claridad que +resta, apresúrase todo bicho viviente. Un largo triángulo de patos vuela +muy abajo, cual si deseara tomar tierra; pero de pronto los aleja la +cabaña, donde brilla encendido el candil. El que va a la cabeza de la +columna, yergue el cuello, remonta el vuelo nuevamente, y todos los +demás se elevan tras de él con gritos salvajes. + +No tarda en oírse un inmenso pataleo, que se asemeja a un ruido de +lluvia. Miles de carneros llamados por los pastores y hostigados por los +perros, cuyo galopar confuso y alentar jadeante se perciben, amontónanse +con prisa, medrosos e indisciplinados, hacia los apriscos. Véome +envuelto, rozado, confundido dentro de ese torbellino de vellones +rizados, de balidos; una verdadera marejada, en que parece que los +pastores son arrastrados con su sombra por olas que saltan... Detrás de +los rebaños percíbense pasos conocidos, voces alegres. La cabaña está +llena, animada, ruidosa. Chisporrotean, al arder, los sarmientos +formando llama. Hay tanta mayor risa, cuanto mayor es el cansancio. Es +un aturdimiento de regocijada fatiga; las escopetas arrinconadas, las +grandes botas tiradas y revueltas, los morrales vacíos y junto a ellos +plumajes rojos, áureos, verdes, plateados, todos con manchas de sangre. +La mesa está puesta, y entre el husmillo de una sabrosa sopa de anguila, +queda todo en silencio, ese gran silencio de los apetitos robustos, que +solamente interrumpe el feroz gruñir de los perros lamiendo a tientas +sus cazuelas delante de la puerta. + +La velada no se prolongará mucho. Ya no quedamos junto al fuego, que +también parpadea, más que el guarda y yo. Charlamos; es decir, nos +dirigimos uno al otro frases a medias palabras al uso campesino, esas +interjecciones casi indias, breves y rápidas como las postrimeras +chispas de los consumidos sarmientos. Al fin, pónese de pie el guarda, +enciende la linterna, y piérdese su paso perezoso en la calma y +obscuridad de la noche silenciosa... + + + + +III + +¡A LA ESPERA! + + +_¡La espera!_ ¡Qué expresivo nombre éste, con el que se designa el +puesto donde aguarda emboscado el cazador, y esas horas imprecisas en +que todo _espera_, vacilando entre el día y la noche! El puesto de la +mañana, poco antes de amanecer; el puesto de la tarde, cuando el sol se +hunde en el ocaso. El de mi predilección es este último, sobre todo en +esos países de marismas, donde el agua de los estanques conserva la luz +tanto tiempo... + +En ocasiones, se utiliza como puesto el chinchorro, barquichuelo sin +quilla, estrecho, y que al movimiento más leve se pone por montera. +Oculto tras de los cañaverales, el cazador ojea los patos desde el fondo +de la barca, de la que sobresalen únicamente la visera de una gorra, el +cañón de la escopeta y la cabeza del perro, que olfatea el viento y papa +mosquitos, o bien inclina, con sus patazas extendidas, toda la barca +sobre una borda llenándola de agua. Esta _espera_ es sumamente +complicada para mi inexperiencia. Esta es la razón por la que casi +siempre voy a la espera a pie, zabulléndome en pleno pantano, con +enormes botas hechas de toda la longitud que el cuero permite. Camino +con lentitud, prudentemente, temeroso de hundirme en el légamo. Me +separo de los cañaverales, lleno de olores salitrosos y de saltos de +ranas. + +Por fin me acomodo en el primer islote de tamariscos, o rincón de tierra +seca, que encuentro. El guarda, en prueba de respetuosa consideración, +permite que me acompañe su perro, un enorme perro de los Pirineos, con +sus grandes lanas blancas, gran cazador y pescador inteligente, cuya +presencia me intimida un poco. Cuando pasa a mi alcance una chocha de +agua, me mira irónicamente echando atrás, con un movimiento de cabeza, a +lo artista, sus largas orejas flácidas que le cuelgan delante de los +ojos; después, posturas de parada, meneos de cola, toda una mímica de +impaciencia, como queriendo decirme: + +--¡Tira!... ¿Por qué no tiras, tonto? + +Tiro, y yerro la puntería. Entonces, con todo su cuerpo estirado, +bosteza y se alarga, fatigoso, aburrido, insolentemente... + +¡Pues bien, sí! No lo niego, soy un mal cazador. La _espera_, para mí, +es la tarde al caer, la luz que desaparece y se refugia en el agua, los +estanques que relucen, abrillantando hasta el tono de plata fina el +tinte gris del cielo ensombrecido. Me deleita este olor del agua, esta +misteriosa agitación de los insectos en los cañaverales, este suave +murmullo de las largas hojas estremeciéndose. Oyese a veces una nota +triste, y retumba en el cielo como el zumbido de una caracola marina. Es +el alcaraván que esconde en el fondo del agua su inmenso pico de ave +pescadora, y sopla... _¡ruuú!_ Bandadas de grullas vuelan por encima de +mi cabeza. Oigo el roce de las plumas, el ahuecamiento del plumón con el +viento fuerte, y hasta el crujido de la minúscula osamenta, rendida de +cansancio. Después, nada. La noche, las profundas tinieblas, siguiendo a +la escasa claridad del día, que sobre las aguas ha quedado retrasada. + +De repente advierto un estremecimiento, una especie de molestia +nerviosa, como si hubiese alguien detrás de mí. Al volverme veo a la +compañera de las noches hermosas, la luna; una ancha luna, enteramente +redonda, que llega suavemente, con un movimiento de ascensión muy +perceptible al principio, y que se retarda mientras que aquélla se aleja +del horizonte. + +Ya son bien perceptibles junto a mí los primeros rayos, y luego otros un +poco más lejos... Ahora está iluminada toda la marisma. La más pequeña +mata de hierba proyecta sombra. Concluyose la _espera_, las aves nos +ven; es forzoso volver a casa. Caminamos envueltos por una inundación de +luz azul, ligera, polvorienta, y cada uno de nuestros pasos en los +estanques y en las acequias, revuelve en ellos millares de estrellas +caídas y fulgores de rayos de luna que llegan hasta el fondo del +agua... + + + + +IV + +ROJO Y BLANCO + + +En una cabaña semejante a la nuestra, pero algo más rústica, y de la que +sólo dista un tiro de fusil, habita nuestro guarda, con su esposa y sus +dos hijos mayores: la moza, que prepara la comida de los hombres y +compone las redes para la pesca; y el mozo, que ayuda a su padre a +levantar las artes y a vigilar las compuertas de los estanques. Los dos +más jóvenes viven con su abuela en Arlés, y allí permanecerán hasta que +hayan aprendido a leer y celebrado la primera comunión, pues aquí están +muy lejos de la iglesia y la escuela, además de que el aire de Camargue +no vendría bien a esas criaturas. El hecho es que cuando llega el +verano, cuando las charcas se secan y el blanco légamo de las acequias +se agrieta con los grandes calores, es imposible habitar la isla. + +Yo pude apreciar eso una vez en el mes de agosto, viniendo a cazar +ánades silvestres, y jamás olvidaré el aspecto triste y feroz de este +paisaje abrasado. De trecho en trecho humeaban al sol los estanques como +inmensas cubas, conservando en el fondo un resto de vida en movimiento, +un hormigueo de salamandras, arañas y moscas de agua en busca de +rincones húmedos. Había allí un aire hediondo, una bruma de miasmas +densamente flotante, que innumerables torbellinos de mosquitos +espesaban. Todo el mundo tiritaba en casa del guarda, todo el mundo +padecía fiebres, y apenaba ver las caras amarillas y largas, los ojos +agrandados y con ojeras, de aquellos infelices que durante tres meses se +arrastraban bajo ese ancho sol inexorable que abrasa a los febricitantes +y no consigue hacerlos entrar en calor... ¡Triste y penosa vida la de +guardacaza en Camargue! Y menos mal que puede tener a su lado a su mujer +y sus hijos; pero dos leguas más lejos, en la marisma, vive un guarda de +caballos, completamente solo todo el año, de cabo a rabo, haciendo una +verdadera vida de Robinsón. En su choza de cañas, construida por él +mismo, no hay nada que no sea obra de sus manos, desde la hamaca tejida +con mimbres, y las tres piedras negras reunidas en forma de hogar, y los +troncos de tamarisco dispuestos en forma de escabeles, hasta la llave y +la cerradura de madera blanca con que se cierra esta extraña habitación. + +Este guarda es por lo menos tan extraño como su residencia. Es una +especie de filósofo silencioso como los solitarios, que oculta su +desconfianza de labriego bajo unas cejas espesas como matorrales. Cuando +no está en los pastos, vésele sentado junto a su puerta, descifrando +pacientemente, con una aplicación infantil y conmovedora, uno de esos +folletos de color de rosa, azules o amarillos en que están envueltos los +frascos de medicina que emplea para los caballos. El pobre diablo no se +distrae más que en la lectura, ni tiene más libros que éstos. Aunque +vecinas sus cabañas, nuestro guarda y él nunca se visitan. Hasta evitan +encontrarse. Un día que pregunté al _rondeîron_ la razón de esa +antipatía, me respondió con seriedad: + +--Tenemos distintas opiniones... El es rojo, y yo soy blanco. + +Y de esta manera, hasta en ese desierto cuya soledad hubiera debido +amistarlos, esos dos salvajes, tan ignorantes y sencillos uno como el +otro, esos dos boyeros de Teócrito, que solamente una vez cada año van a +la ciudad, y a quienes los cafetuchos de Arlés, con sus dorados espejos, +les deslumbran como si contemplasen el palacio de los Tolomeos, ¡las +opiniones políticas les ha proporcionado una razón para odiarse! + + + + +V + +EL VACCARÉS + + +El Vaccarés es el espectáculo más hermoso que puede presenciarse en +Camargue. Muchas veces, abandonando la caza, vengo a sentarme a orillas +de este mar salado, un mar pequeño que asemeja un trozo del grande, +encerrado entre las tierras y amansado por su mismo cautiverio. En vez +de esa sequedad, de esa aridez que comúnmente entristecen la costa, el +Vaccarés, con su ribera un poco alta, toda ella verde por la hierba +menuda, aterciopelada, ostenta su flora extraordinaria y hechicera: +centauras, tréboles acuáticos, gencianas y esas lindas salicarias, +azules en invierno, rojas en verano, que mudan su color con los cambios +atmosféricos, y con una floración no interrumpida, marcan las estaciones +por lo diverso de sus matices. + +Allá, a las cinco de la tarde, cuando el sol se pone, ofrecen admirable +perspectiva esas tres leguas de agua, sin una barca, sin una vela que +limite y dé variedad a su extensión. No es ya el íntimo deleite de los +estanques y acequias que aparecen, distanciados, entre los repliegues de +un terreno arcilloso, bajo el cual se filtra el agua por doquiera, +dispuesta a reaparecer en la menor depresión del terreno. Aquí la +impresión es grande, vasta. A lo lejos, ese cabrilleo de las ondas atrae +bandadas de fulgas, garzas reales, alcaravanes, flamencos de vientre +blanco y alas rosadas, alineándose para pescar a lo largo de las +márgenes, disponiendo sus diferentes colores en una larga faja igual, y +además ibis, verdaderos ibis de Egipto, que parecen estar en su propia +casa entre ese espléndido sol y ese mudo paisaje. Efectivamente, desde +mi sitio no percibo más que el chapoteo del agua y la voz del guarda que +llama a sus caballos, diseminados en la orilla. Todos tienen retumbantes +nombres: «¡Cifer!... ¡L'Estello!... ¡L'Estournello!»... Cuando se oye +nombrar cada bruto, corre dando al viento las crines, a comer avena en +la misma mano del guarda... + +Más lejos, en la misma orilla, vese una gran manada de bueyes, paciendo +libremente como los caballos. De vez en cuando distingo por encima de +unas matas de tamariscos la arista de sus dorsos encorvados, y sus +cuernecitos que se yerguen en forma de media luna. La mayoría de estos +bueyes de Camargue se crían para ser lidiados en las fiestas de los +pueblos, y algunos tienen ya fama en todos los circos de Provenza y +Languedoc. Así, por ejemplo, la manada que está más cerca, cuenta entre +otros con un terrible combatiente llamado _Romano_, que ha despanzurrado +a no sé cuántos hombres y caballos en las plazas de Arlés, de Nimes, de +Tarascón. Por eso, sus compañeros le han confiado la jefatura; porque en +esas extrañas piaras los brutos se gobiernan por sí mismos, agrupados +en torno de un toro viejo a quien eligen como guía. Cuando en la +Camargue descarga un huracán, terrible en esa gran llanura donde nada lo +desvía ni lo detiene, es curioso ver replegarse la manada detrás de su +jefe, con todas las cabezas inclinadas, volviendo hacia el lado de donde +el viento sopla, esas anchas testuces en que se condensa la fuerza del +buey. Los pastores provenzales llaman a esta maniobra: _volver cuernos +al viento_. ¡E infelices los rebaños que no se conformen con ello! +Cegada por la lluvia, empujada por el huracán, la manada en derrota gira +sobre sí misma, se extravía, se dispersa, y corriendo enloquecidos los +bueyes hacia adelante, pretendiendo alejarse de la tempestad, arrójanse +en el Ródano, en el Vaccarés o en el mar, donde casi todos perecen. + + + + +NOSTALGIA DE CUARTEL + + +Esta madrugada, cuando empezaba a alborear, me despierta con sobresalto +un tremendo redoble de tambor... ¡Rataplán, rataplán!... + +¿Qué es esto? ¡Un tambor en mis pinos, y a tales horas!... ¡Qué cosa más +extraña! + +Pronto, a prisa, me levanto y corro a abrir la puerta. + +¡No veo a nadie! Cesó el ruido... De entre unas labruscas húmedas, +vuelan dos o tres chorlitos sacudiéndose las alas. Entre los árboles se +mece una suave brisa... Hacia el Oriente, sobre la aguda cresta de los +Alpilles, amontónase un polvo de oro, de donde surge lentamente el +sol... El primer rayo roza ya la techumbre del molino. En el mismo +instante, el invisible tambor vuelve a redoblar en el campo bajo la +espesura... ¡Rataplán, rataplán!... + +¡El demonio llévese la piel de asno! Ya lo había olvidado. Pero, en fin, +¿quién será el bruto que saluda a la aurora en el fondo de los bosques +con un tambor?... Aunque miro, no veo a nadie... no diviso nada más que +las matas de alhucema y los pinos que se precipitan cuesta abajo hasta +el camino... Quizá se oculta en la espesura algún duende, resuelto a +burlarse de mí... Sin duda, es Ariel o maese Puck. El pícaro habrá +pensado, al pasar por delante de mi molino: + +--Ese parisiense está muy tranquilo ahí dentro; vamos a darle la +alborada. + +Y seguramente habrá tomado un bombo, y... ¡rataplán!... ¡rataplán!... + +--¿Quieres callarte, pícaro Puck? Vas a despertarme a las cigarras. + + * * * * * + +Pero no era Puck. + +Era Gouguet François, alias _Pistolete_, tambor del regimiento 31 de +infantería, a la sazón con licencia semestral. _Pistolete_ está +aburrido en el país, siente nostalgias, y cuando le prestan el +instrumento del cabildo municipal, se marcha melancólico a los bosques a +tocar el tambor, soñando con el cuartel del Príncipe Eugenio. + +Esta mañana ha venido a soñar a mi verde colinita... Allí está de pie, +recostado contra un pino, con el tambor entre las piernas, tocando si +Dios tiene qué... Bandas de perdigones espantados corren a sus pies sin +que lo note. Las hierbas aromáticas perfuman el aire en torno suyo, sin +que él las huela. + +No ve tampoco las sutiles telarañas que tiemblan al sol entre el ramaje, +ni las agujas de pino que caen sobre su tambor. Absorto en su sueño y en +su música, mira con amor moverse ligeros los palillos, y su caraza +estúpida se ensancha de placer a cada redoble. + +¡Rataplán! ¡Rataplán!... + +--¡Es muy hermoso el gran cuartel, con sus patios de anchas losas, sus +ventanas bien alineadas, su población con gorra cuartelera, y sus +galerías, bajo cuyos arcos se oye constantemente el ruido de las +tarteras!... + +¡Rataplán! ¡Rataplán!... + +--¡Oh, la sonora escalera, los corredores enlucidos con cal, la oliente +cuadra, los correajes que se lustran, la tabla del pan, las cajas de +betún, los camastros de hierro con manta gris, los fusiles que brillan +en el armero!... + +¡Rataplán! ¡Rataplán!... + +¡Rataplán! ¡Rataplán!... + +--¡Oh, qué días más hermosos los vividos en el cuerpo de guardia; los +naipes que ensucian los dedos y se pegan como pez, la sota de espadas +horrible con adornos a pluma, el incompleto tomo de una vieja novela de +Pigault-Lebrun arrojado encima de la cama de campaña!... + +¡Rataplán! ¡Rataplán!... + +--¡Oh, las interminables noches de centinela en la puerta de los +ministerios, la garita vieja donde entra la lluvia y en que los pies se +hielan!... ¡Los coches de lujo, que salpican de barro cuando pasan!... +¡Oh, el trabajo suplementario, los días de limpieza general, el cubo +pestífero, la cabecera de tabla, la fría diana en las mañanas lluviosas, +la retreta entre niebla a la hora de encender el gas, la lista por la +tarde, a la cual se llega arrojando el bofe!... + +¡Rataplán! ¡Rataplán!... + +--¡Oh, el bosque de Vincennes, los vastos guantes de algodón blanco, los +paseos por las fortificaciones, la barrera de la Estrella, el cornetín +de pistón de la sala de Marte, la bebida en las afueras, las +confidencias entre los hipos, los útiles de encender que se desenvainan, +la romanza sentimental que se canta con una mano puesta en el +corazón!... + + * * * * * + +¡Sueña, sueña, hombre infeliz, que no he de ir yo a impedírtelo!... +Golpea de firme en el tambor, toca haciendo un remolino con los brazos. +No puedes parecerme ridículo. + +Si sientes la nostalgia de tu cuartel, ¿no experimento yo la nostalgia +del mío? + +A mí me persigue mi París hasta aquí como el tuyo. Tú tocas el tambor +bajo los pinos. Yo emborrono cuartillas... ¡Somos los dos unos +provenzales! Allá, en los cuarteles de París, echábamos de menos +nuestros Alpilles azules y el silvestre olor del tomillo; ahora, aquí, +en plena Provenza, nos falta el cuartel, y amamos todo cuanto nos lo +hace recordar... + + * * * * * + +Las ocho suenan en la aldea. _Pistolete_, sin dejar sosegar los +palillos, ha decidido regresar... Oyesele bajar por el bosque, siempre +tocando... Y yo, tumbado sobre la hierba, enfermo de nostalgia, al oír +el ruido del tambor que se aleja, creo ver desfilar entre los pinos a +todo mi París... + +¡Ah, París!... ¡París!... ¡París siempre! + + + + +LAS EMOCIONES DE UN PERDIGON... ROJO + + +No ignoran ustedes que los perdigones andan en bandadas y anidan juntos +en el hueco de los surcos, para alzar el vuelo a la alarma más +insignificante, desparramándose como los granos que arrojan a la tierra +para que produzcan. Mi acompañamiento particular es alegre y numeroso y +acampa en un llano junto a la linde de un gran bosque, donde tenemos +buen botín y magníficos refugios a uno y otro lado. Por eso, desde que +sé correr, tengo buen plumaje y estoy bien alimentado, experimento la +alegría del vivir. Sin embargo, una cosa teníame algo intranquilo y era +esa célebre conclusión de la veda, de que nuestras madres hablan en voz +baja unas con otras. Un viejo de nuestra banda me decía siempre acerca +de esto: + +--No temas, Rojillo--me llaman Rojillo a causa de mi pico y de mis +patas, del color de la serba,--no temas, Rojillo. Yo te protegeré el día +de la apertura de la caza, y estoy seguro de que no ha de ocurrirte nada +desagradable. + +Es un macho viejo muy bribón y vivaracho todavía, aun cuando tiene ya +señalada la _herradura_ en el pecho y algunas plumas blancas esparcidas +por el cuerpo. De joven recibió en un ala un perdigón de plomo, y como +esto le ha hecho ser un poco pesado, mira dos veces antes de volar, mide +bien el tiempo y sale del apuro. Con frecuencia me llevaba consigo hasta +la entrada del bosque. Hay allí una rara casita, escondida entre los +castaños, muda como una madriguera vacía y siempre cerrada. + +--Mira bien esa casita, Rojillo--me decía el viejo;--cuando veas que +sale humo por la techumbre y están abiertas la puerta y las ventanas, +mala señal para nosotros. + +Y yo me fiaba de él, sabiendo positivamente que él era ducho en eso de +las aperturas de la caza. + +Efectivamente, la otra mañanita, al rayar el alba, oí que me llamaban +muy bajito dentro del surco... + +--Rojillo, Rojillo. + +Era mi viejo macho. Miraba de una manera extraña. + +--Vente en seguida--me dijo,--y haz lo que yo. + +Lo seguí medio adormilado, deslizándome por entre los terrenos, sin +volar, sin saltar casi, como un ratón. + +Íbamos por el lado del bosque, y al pasar observé que había humo en la +chimenea de la casita, luz en las ventanas, y frente a la puerta, de par +en par, unos cazadores, unos cazadores equipados completamente y una +traílla de perros que saltaban. Al pasar nosotros, gritó uno de los +cazadores: + +--Vamos a registrar el llano esta mañana, y luego, después de almorzar, +registraremos el bosque. + +Entonces comprendí por qué mi viejo compañero nos conducía tan aprisa a +la arboleda. A pesar de esto palpitábame el corazón, especialmente al +acordarme de mis pobres amigos. + +De repente, cuando llegábamos al lindero, echaron al galope detrás de +nosotros a los perros... + +--¡Agáchate, agáchate!--me dijo el viejo bajándose; al mismo tiempo, a +diez pasos de nosotros, una codorniz atemorizada abrió cuanto pudo sus +alas y su pico, y tendió el vuelo dando un grito de miedo. Oí un +formidable ruido y nos rodeó un polvo de un olor extraño, blanco y +caliente, aunque apenas había salido el sol. Estaba yo tan asustado que +ya me era imposible correr. Felizmente entrábamos en el bosque. Mi +camarada se acurrucó tras una pequeña encina, yo me coloqué junto a él y +ambos estuvimos allí ocultos, mirando por entre las hojas. + +En los campos oíase un terrible fuego de fusil. A cada escopetazo +cerraba yo los ojos despavorido; después, cuando los volvía a abrir, +veía el llano inmenso y desnudo, y los perros corriendo, olfateando +entre las briznas de hierba, entre las gavillas, girando sobre sí +mismos, alocados. Los cazadores juraban detrás de ellos y los llamaban; +las escopetas brillaban al sol. Hubo un momento en que me pareció ver +volar como hojas sueltas entre una nubecilla de humo, aun cuando en los +alrededores no había árbol alguno. Pero el viejo macho me dijo que eran +plumas, y efectivamente a cien pasos frente a nosotros un hermoso +perdigón gris cayó dentro de un surco, doblando su cabeza ensangrentada. + +Cuando ya el sol quemaba en lo alto, cesó repentinamente el tiroteo. Los +cazadores regresaban hacia la casita, donde se oía chisporrotear una +gran hoguera de sarmientos. Conversaban con la escopeta al hombro, +discutían los disparos hechos, y mientras tanto sus perros seguíanles +jadeantes, con la lengua colgando... + +--Van a almorzar--me dijo mi compañero;--vamos a hacer nosotros lo mismo +que ellos. + +Entramos en un sembrado de trigo morisco junto al bosque, un gran campo +blanco y negro, en flor y granado, con perfumes de almendra. Picoteaban +también allí unos hermosos faisanes de irisadas plumas, bajando sus +crestas rojas por temor a ser vistos. ¡Ah! ¡Estaban menos altivos que de +ordinario! Mientras comían, nos pidieron noticias preguntándonos si +había caído alguno de los suyos. Durante este tiempo, el almuerzo de los +cazadores, silencioso al principio, hacíase cada vez más bullicioso, +oíamos chocar las copas y saltar los corchos de las botellas. El viejo +macho me previno que ya era hora de volver a nuestro refugio. + +Podía decirse que a la sazón el bosque dormía. La charca adonde acuden +los gamos a beber no estaba enturbiada por ningún lengüetazo. No se veía +un hocico de conejo entre los serpoles del vivar. Percibíase solamente +un estremecimiento misterioso, como si cada hoja, cada brizna de hierba +protegiese una vida amenazada. ¡Esa caza de monte tiene tantos +escondrijos! Las gazaperas, la montanera, las fajinas, las malezas y +además los hoyitos de bosque que durante tanto tiempo conservan el agua +llovediza. Confieso que me hubiera agradado estar en el fondo de uno de +esos agujeros; mas mi acompañante prefería estar al descubierto, tener +anchuras, ver a lo lejos y sentir ante sí el campo libre. Hicimos bien, +porque los cazadores se internaban en la selva. + +¡Oh! No podré olvidar jamás aquella primera descarga en el bosque, aquel +tiroteo que horadaba las hojas como el granizo en abril y señalaba las +cortezas de los árboles. Un conejo pasó huyendo a todo correr a través +del camino, arrancando matitas de hierba con sus uñas extendidas. Una +ardilla descendió precipitadamente de un castaño, dejando caer castañas +aún verdes. Sintiéronse dos o tres pesados revuelos de gordos faisanes y +un barullo entre las ramas bajas y las hojas secas, al viento de ese +escopetazo que agitó, despertó y atemorizó a todo bicho viviente en el +bosque. Los musgaños se ocultaban en lo más hondo de sus agujeros. Un +escarabajo, que salió del hueco del árbol que nos guarecía, movía sus +ojos prominentes y estúpidos, yertos de terror. Por doquiera veíanse +pobres bichitos azorados, libélulas azules, moscardones, mariposas... +hasta un saltamontes pequeñito con alas de color escarlata, que se +detuvo junto a mi pico; pero también yo estaba sumamente asustado para +aprovecharme de su miedo. + +El viejo, por su parte, seguía siempre tan tranquilo. Muy atento a los +ladridos y a los disparos, hacíame señas cuando se aproximaban y nos +íbamos un poco más lejos, fuera de la pista de los perros, y muy ocultos +entre el follaje. Sin embargo, una vez mi sobresalto fue tremendo, +porque nos consideramos ya perdidos. La calle de árboles que teníamos +que cruzar estaba guardada a cada extremo por un cazador que atisbaba. +Por un lado, un mocetón con patillas negras, quien sonaba como una +panoplia vieja cuando se movía, con su cuchillo de monte y su cartuchera +y el cuerno de municiones, sin mencionar que sus polainas hebilladas +hasta las rodillas le hacían parecer aún más alto; en el otro extremo, +un viejecito, apoyado muy tranquilamente en un árbol, fumaba en su pipa, +guiñando los ojos como si tuviera sueño. Este no me asustaba, sino el +mocetón de allá abajo... + +--No entiendes nada de esto, Rojillo--me dijo mi camarada riéndose. Y +sin temor ninguno, con las alas abiertas de par en par, alzó el vuelo +casi entre las piernas del terrible cazador de las patillas. Y la verdad +es que el pobre hombre estaba tan engolfado con todos sus atavíos de +caza, tan distraído contemplándose de arriba abajo, que cuando se echó +al hombro la escopeta nos encontrábamos ya fuera de su alcance. ¡Ah! ¡Si +cuando los cazadores creen estar solos en un rincón de un bosque, +supieran cuántos ojuelos fijos les miran desde los matorrales, cuántos +piquitos puntiagudos contienen la risa al ver su torpeza!... + +Nosotros andábamos, andábamos sin detenernos. Considerando que lo mejor +que podía hacer era seguir a mi viejo acompañante, mis alas se +desplegaban a compás de las suyas, para replegarse y quedar inmóviles +tan pronto como él se detenía. Aun me parece ver todos los sitios por +donde pasamos: el conejar cuajado de brezos, lleno de madrigueras junto +a los árboles amarillentos, con esa gran cortina de robledales donde +creía ver escondida la muerte por doquiera, y la verde sendita por donde +mi madre la Perdiz había paseado tantas veces su pollada bajo el sol de +mayo, donde picoteábamos, saltando, las hormigas rojas que subían por +nuestras patas, donde encontrábamos faisanitos cebados, gordos como +pollastres, y que se negaban a jugar con nosotros. + +Vi como en un sueño mi senderito, en el momento en que lo atravesaba una +corza, erguida sobre sus delgadas patas con los ojos muy abiertos y +dispuesta a saltar. Después, la balsa adonde acudíamos en partidas de +quince o treinta, todos al mismo vuelo, alzándonos en un momento de la +llanura, para beber el agua del manantial y salpicarnos de gotitas que +rodaban sobre el lustroso plumaje... En medio de esa charca había una +aliseda, algo así como un ramillete muy espeso, y en aquel islote nos +guarecimos. Hubiera sido necesario que los perros tuviesen una nariz de +primera para ir a buscarnos en aquel sitio. A poco de llegar nosotros, +presentose un corzo arrastrándose sobre tres patas y dejando tras de sí +un surco rojo sobre el musgo. Daba tanta tristeza el verlo, que oculté +la cabeza bajo las hojas; pero oía al herido beber en la charca +resollando y ardiendo en fiebre... + +Declinaba el día. Los disparos de escopeta se alejaban y disminuían en +número. Después quedó todo en silencio... Aquello había terminado. +Entonces regresamos despacio a la llanura, para saber algo de nuestra +gente. Al pasar por delante de la casita de madera, presencié una cosa +horrible. + +En el borde de un hoyo, los unos cerca de los otros, yacían liebres de +rojo pelo y conejillos grises de cola blanca, con las patitas juntas por +la muerte, en actitud de implorar misericordia, y con ojos empañados +como si llorasen; además, perdices rojas, machos de perdiz grises, con +la _herradura_ como mi camarada, y perdigoncillos de aquel año que, como +yo, tenían todavía pelusa debajo de las plumas. ¿Hay nada más tétrico +que una ave muerta? ¡ Las alas son tan vivas! El verlas plegadas y frías +hace temblar... Un gran corzo, magnífico y tranquilo, parecía dormir, +con su lengüecita sonrosada fuera de la boca, cual si aun fuese a lamer. + +Y también estaban allí los cazadores, inclinados sobre aquella +carnicería, contando y tirando hacia sus morrales de las patas +ensangrentadas y de las alas rotas, con menosprecio de todas esas +heridas recientes. Los perros, atraillados para el camino, fruncían aún +sus hocicos en ristre, como si se dispusiesen a volver a lanzarse a los +tallares del soto. + +¡Oh, mientras el ancho sol ocultábase allá abajo y se alejaban todos +jadeantes, agrandando sus sombras sobre los terrones de los surcos y las +sendas húmedas con el sereno del crepúsculo, cómo maldecía yo, cómo +odiaba a toda la banda, hombres y animales!... Ni mi compañero ni yo +podíamos lanzar, como de costumbre, unas notitas de despedida a ese día +que expiraba. + +Vimos en nuestro camino infelices bestezuelas, muertas por un extraviado +perdigón de plomo y sirviendo de pasto a las hormigas; musgaños con el +hocico lleno de polvo, picazas, golondrinas derribadas al vuelo, +tendidas de espaldas y levantando sus yertas patitas hacia el cielo, de +donde descendía la noche precipitadamente, como suele en otoño, clara, +fría y húmeda. Pero lo que más profundamente conmovió todo mi ser fue +oír en los linderos del bosque, al margen del prado y allá abajo en los +juncales del río, llamamientos angustiosos, tristes y diseminados, que, +no siendo contestados por nadie, iban a perderse en las lejanías del +espacio. + + + + +EL EMPERADOR CIEGO + +O VIAJE A BAVARIA PARA BUSCAR UNA TRAGEDIA JAPONESA + + +I + +EL SEÑOR CORONEL DE SIEBOLDT + + +El señor de Sieboldt, el coronel bávaro al servicio de Holanda, señor de +Sieboldt cuyas notables obras acerca de la flora japonesa le han +conquistado merecida reputación en los círculos científicos, llegó a +París, durante la primavera de 1866, para someter al Emperador un vasto +proyecto de asociación internacional para la explotación de ese +maravilloso _Nipon-Jepen-Japon_ (Imperio de la salida del Sol), donde +había residido durante más de treinta años. Esperando que se le +concediera una audiencia en las Tullerías, el ilustre viajero (que no +obstante su larga permanencia en el Japón había continuado siendo muy +bávaro), pasaba sus veladas en una pequeña cervecería del arrabal +Poissonnière, acompañado por una señorita joven de Munich que viajaba +con él, y a quien presentaba como sobrina suya en todas partes. Allí fue +donde lo encontré yo. Al entrar él, volvíanse todos para contemplar la +fisonomía de ese anciano, firme y tieso con sus setenta y dos años, sus +largas barbas canas, su interminable hopalanda, su ojal lleno de cintas +con los distintivos de todas las academias científicas, y aquel extraño +aspecto, que revelaba a un tiempo timidez y desenvoltura. El coronel se +sentaba con mucha seriedad y sacaba del bolsillo un gran rábano negro; +después la joven señorita que lo acompañaba, con todas las trazas de una +alemana, de falda corta, chal de cenefa y sombrerito de viaje, cortaba +ese rábano en rodajas muy finas, al estilo de la tierra, las +espolvoreaba de sal, se las ofrecía a su _tío_, como ella le llamaba con +su vocecita de ratón, y los dos empezaban a rumiar uno frente a otro, +tranquila y sencillamente, sin suponer que su manera de conducirse en +París pudiera parecer a nadie ridícula, puesto que no hacían ni más ni +menos que lo que habían hecho en Munich. Verdad es que eran una pareja +original y simpática, y no tardamos en ser buenos amigos. El bueno del +hombre, viendo la satisfacción que experimentaba oyéndole hablar del +Japón, habíame pedido que revisara su Memoria, y yo me apresuré a +complacerlo, no sólo por amistad hacia ese viejo Simbad, sino también +para enfrascarme más y más en el estudio de ese hermoso país, el amor al +cual me había transmitido. La tal revisión me fue muy penosa. Toda la +Memoria estaba escrita en el francés estrafalario que hablaba el señor +de Sieboldt: «Si yo tenga accionistas... si yo _reuniría_ fondos...» +esos defectos de pronunciación que le hacían escribir desatinos como +éstos: «Los grandes _botes_ del Asia» por «los grandes _vates_ del Asia» +y «el _Jabón_» en lugar de «el _Japón_...» Agréguese a esto, frases de +cincuenta líneas sin signos de puntuación, sin una sola coma, sin ningún +descanso para respirar, y, no obstante, tan bien clasificadas en el +cerebro del autor, que le parecía imposible suprimir ni una sola +palabra, y cuando me ocurría tachar una línea en un lado, la volvía él a +escribir un poco más lejos... ¡Lo mismo da! Lo cierto es que ese diablo +de hombre era tan interesante con su _Jabón_, que me hacía olvidar las +fatigas del trabajo, y llegado el día de la audiencia, la Memoria casi +podía caminar por sí sola. + +¡Pobre veterano Sieboldt! Todavía me parece verlo irse a las Tullerías, +con todas sus cruces en el pecho, con ese brillante uniforme de coronel +(grana y oro) que no desembaulaba más que en las grandes ocasiones. Aun +cuando todo el tiempo estaba ¡brum! ¡brum! irguiendo su elevada +estatura, adiviné su emoción por el temblor de su brazo sobre el mío, y +especialmente, por la insólita palidez de su nariz, un narigón de +sabihondo, rojo por el estudio y por la cerveza de Munich. Cuando volví +a encontrarlo, por la noche, estaba triunfante: Napoleón III lo había +recibido entre dos puertas, escuchado durante cinco minutos y despedido +con su frase ordinaria: «Veré... pensaré en ello.» Sin más que eso, el +cándido japonés intentaba ya adquirir en arrendamiento el primer piso +del _Gran-Hôtel_, poner comunicados en los periódicos, publicar +prospectos; costome gran trabajo hacerle comprender que Su Majestad +quizá se tomase mucho tiempo para reflexionar y que, mientras, lo más +conveniente sería que volviera a Munich, donde la cámara estaba +precisamente a punto de votar un crédito para la adquisición de sus +grandes colecciones. Mis advertencias lo convencieron, y en recompensa +del trabajo que me tomé con su famosa Memoria, me prometió al marchar +enviarme una tragedia japonesa del siglo XVI, preciosa obra maestra +desconocida por completo en Europa, y que había traducido _ex profeso_ +para su amigo Meyerbeer. Cuando murió el maestro, se disponía a escribir +la música de los coros. Como ustedes ven, el excelente hombre deseaba +hacerme un verdadero obsequio. + +Desgraciadamente, algunos días después de su partida, estalló la guerra +en Alemania, y no volví a oír hablar más de mi tragedia. Habiendo +invadido los prusianos los reinos de Würtemberg y de Bavaria, era +bastante natural que su ardor patriótico y el gran trastorno de la +invasión hubieran hecho olvidar al coronel la tragedia japonesa que, +según me había manifestado, se titulaba _Emperador ciego_. Pero yo +pensaba en él más que nunca, y, no sólo por deseos de poseer la obra +ofrecida, sino también por curiosidad de ver de cerca lo que era la +guerra, la invasión (¡Dios mío, ahora la recuerdo muy bien con todos sus +horrores!) lo cierto es que una mañana temprano resolví marchar a +Munich. + + + + +II + +LA ALEMANIA DEL SUR + + +¡Pueden ustedes hablarme de los pueblos de sangre gorda! En plena +guerra, con ese sol achicharrante del mes de agosto, todo el país de más +allá del Rhin, desde el puente de Kehl hasta Munich, tenía su aspecto +tan frío y tan poco inquieto. Por las treinta ventanillas del vagón +würtembergués que me conducía lenta y pesadamente a través de la Suabia, +desfilaban paisajes, montañas, torrenteras, quebradas de magnífico +verdor en que se sentía la frescura de los arroyos. Por las pendientes +que desaparecían girando según avanzaban los vagones, había aldeanas +tiesas en medio de sus rebaños, vestidas con sayas coloradas y corpiños +de terciopelo, y los árboles eran tan verdes en derredor suyo, que +parecía todo aquello una pastorela sacada de una de esas cajitas de +abeto, que tan bien huelen a resina y a pino, de los bosques del Norte. +De trecho en trecho, una docena de soldados de infantería vestidos de +verde marcaban el paso en una pradera, con la cabeza erguida y una +pierna al aire, llevando sus fusiles a modo de ballestas: era el +ejército de cualquier principillo de Nassau. A veces también pasaban +trenes tan lentos como el nuestro, cargados con grandes barcas, donde +los soldados würtembergueses, amontonados como en una carroza alegórica, +cantaban barcarolas a tres voces, al huir ante los prusianos. Y nuestras +detenciones en todas las fondas, la inalterable sonrisa de los +camareros, aquellas redondas caras tudescas ensanchadas, con la +servilleta debajo de la barba, ante enormes tajadas de carne en salsa, y +el parque real de Stuttgart por el que circulan multitud de carretelas, +de galas, de cabalgatas, la música tocando valses y cancanes alrededor +de las fuentes, mientras se combatía en Kissingen; cierto que, al +acordarme de todo esto y pensar en lo que he visto cuatro años después +en ese mismo mes de agosto, esas locomotoras frenéticas corriendo sin +saber a dónde, como si la insolación hubiese enloquecido sus calderas, +los vagones detenidos en pleno campo de batalla, los carriles cortados, +los trenes pasando apuros, Francia mermada de día en día según se hacía +más corta la línea férrea del Este, y en todo el trayecto de las +abandonadas vías, el hacinamiento siniestro de esas estaciones, +solitarias en un país perdido, llenas de heridos olvidados allá como +bagajes... creo que aquella guerra de 1866 entre Prusia y los Estados +del Sur no era más que una guerra ficticia, y que, a pesar de cuanto nos +hayan podido decir, _lobo a lobo no se muerde_, si estos lobos son +germanos. + +Para convencerse de ello, es suficiente ver a Munich. La noche de mi +llegada, una hermosa noche de domingo llena de estrellas, toda la +población vagaba por las calles. Flotaba en el aire un alegre rumor +confuso, tan vago ante la luz como el polvo que levantaban los pasos de +todos aquellos paseantes. En el fondo de las bodegas de cerveza, +abovedadas y frescas; en los jardines de las cervecerías, donde mecían +sus pálidas luces los farolillos de colores; por todas partes, +mezclándose con el ruido de las pesadas tapaderas al caer sobre la boca +de los jarros de cerveza, percibíanse las notas del triunfo que salían +de los instrumentos de metal y los suspiros de los de madera. + +En una de esas cervecerías filarmónicas, encontré al coronel Sieboldt, +sentado, con su sobrina, ante su eterno rábano negro. + +En la mesa contigua tomaba un _bock_ el ministro de Negocios +Extranjeros, acompañado del tío del Rey. Alrededor, burgueses con sus +familias, oficiales con gafas y estudiantes con gorritas encarnadas, +azules, verdemar, graves todos y silenciosos, escuchaban muy atentamente +la orquesta de M. Gungel, y miraban subir el humo de sus pipas sin +importárseles un ardite de Prusia, como si no existiera. Al verme, el +coronel pareció turbarse un poco, y advertí que bajaba la voz para +hablarme en francés. En torno nuestro cuchicheaban: _Franzose... +Franzose..._ Todos me miraban con manifiesta antipatía: Salgamos--me +dijo el señor de Sieboldt, y cuando estuvimos fuera, encontré en él su +agradable sonrisa de otros tiempos. El buen hombre no había olvidado su +promesa, pero la clasificación de su colección japonesa, que acababa de +vender al Estado, le tenía ocupadísimo. Por eso no me había escrito. En +cuanto a mi tragedia, estaba en Würzburgo, en poder de la señora de +Sieboldt, y para llegar hasta allá necesitaba una autorización especial +de la Embajada Francesa, porque los prusianos se acercaban a Würzburgo y +era ya muy difícil el conseguir entrar en dicha población. Tenía tales +deseos de poseer mi _Emperador ciego_, que a no ser por el temor de +encontrar acostado al señor de Trevise, hubiera ido aquella misma noche +a la Embajada. + + + + +III + +EN «DROSCHKE» + + +El fondista de la _Grappe Bleu_ me hizo montar al día siguiente bien +temprano en uno de esos pequeños vehículos de alquiler que no faltan +nunca en los patios de las fondas para enseñar a los viajeros las +curiosidades de la ciudad, y desde donde se os aparecen como entre las +hojas de una guía los monumentos y las calles más importantes. No se +trataba entonces de llevarme a ver la ciudad, sino de conducirme a la +Embajada Francesa:--_¡Französische Ambassad!_--repitió el fondista dos +veces. El cochero, un hombrecillo con traje azul y un sombrero enorme, +parecía muy asombrado del nuevo destino que se daba a su coche, a su +_droschke_ (según dicen en Munich). Pero mi sorpresa fue mucho mayor que +la suya, cuando le vi volver la espalda al barrio noble, entrar en una +larga ronda de arrabal, llena de fábricas, casas de obreros y +jardinillos, atravesar las puertas y conducirme fuera de la ciudad. + +--¿Embajada Francesa?--le preguntaba yo frecuentemente con inquietud. + +--_Ya, ya_--respondía el hombrecillo, y seguíamos rodando. Deseaba pedir +algunos otros informes; pero era imposible porque mi conductor no +hablaba francés, y yo mismo por aquella época sólo conocía de la lengua +alemana dos o tres frases muy elementales, en que se trataba de pan, +cama y comida, y en manera alguna de embajador. Y aun esas frases no +podía pronunciarlas más que cantando; he aquí por qué. + +Algunos años antes, había emprendido con un camarada tan loco como yo, a +través de Alsacia, Suiza y el Ducado de Badén un verdadero viaje de +buhonero, con el saco a cuestas, a jornadas de doce leguas, rodeando las +poblaciones de las cuales sólo deseábamos ver las puertas, y marchando +siempre por sendas y atajos sin saber a dónde nos conducirían. Esto nos +proporcionaba, frecuentemente, la sorpresa de pernoctar a campo raso o +bajo el alero desmantelado de alguna granja; pero lo que hacía más +accidentada nuestra excursión es que ni uno ni otro sabíamos una palabra +alemana. Con el auxilio de un diccionario de bolsillo, que compramos al +pasar por Basilea, llegamos a construir algunas frases muy sencillas, +tan inocentes como _Vir vóllen trínken bier_ (deseamos beber cerveza), +_Vir vóllen essen käse_ (queremos comer queso); desgraciadamente, por +poco complicadas que parezcan, nos costaba mucho trabajo retener en la +memoria esas malditas frases. No las teníamos en la punta de la lengua, +como dicen los cómicos. Ocurriósenos entonces la idea de ponerlas en +música, y tan bien se adaptaba a ellas la tonadilla que compusimos, que +las palabras penetraron en nuestra memoria con las notas, y ya no podían +salir de allí las unas sin arrastrar consigo las otras. Curiosísima era +la cara que ponían los posaderos badeneses cuando por la noche +entrábamos en el gran comedor del Gasthaus, y después de desatar +nuestras mochilas, cantábamos con voz retumbante: + + Vir vóllen trínken bier (_bis_) + Vir vóllen, ya, vir vóllen + ¡Ya! + Vir vóllen trínken bier. + +Pero desde entonces acá me he _perfeccionado_ en el alemán. ¡He tenido +tantas ocasiones de aprenderlo!... Mi vocabulario se ha enriquecido con +una infinidad de locuciones, de frases. Aunque ya las hablo, no las +canto... ¡Oh, no; no me entran deseos de cantarlas!... + +Pero volvamos a mi coche. + +Andábamos muy despacio, por una avenida orillada de árboles y casas +blancas. De repente, detúvose el cochero. + +--_¡Da!_--me dijo, señalándome una casita oculta bajo las acacias, y que +me pareció muy silenciosa y retirada para ser una Embajada. En un ángulo +de la pared brillaban junto a una puerta tres botones de cobre +superpuestos. Tiro de uno al azar, ábrese la puerta y entro en un +vestíbulo elegante y cómodo, con flores y alfombras por doquier. En la +escalera estaban colocadas media docena de camareras bávaras que habían +acudido al oír mi campanillazo, con aquel aspecto de pájaros sin alas +tan poco gracioso, que tienen todas las mujeres del lado allá del Rhin. + +Pregunto:--¿Embajada Francesa?--Me lo hacen repetir dos veces y hete +aquí que empiezan a reír, pero a reír haciendo retemblar la baranda con +sus estremecimientos. Me vuelvo furioso hacia mi cochero, y le hago +comprender a fuerza de gestos que se ha equivocado, que la Embajada no +está allí. + +--Ya, ya--responde el hombrecillo sin inmutarse, y volvemos a Munich. + +Forzoso es creer que nuestro embajador de entonces variaba de +domicilio, frecuentemente, o bien que por no alterar mi cochero las +costumbres de su coche se le había antojado hacerme visitar, que quieras +que no, la ciudad y sus inmediaciones. Lo cierto es que pasamos toda la +mañana recorriendo Munich en todos los sentidos, en busca de aquella +fantástica Embajada. Después de otros dos o tres intentos, acabé por no +apearme ya del coche. El cochero iba y venía, deteníase en ciertas +calles y hacía como que se informaba. Me dejé llevar sin hacer otra cosa +que mirar en mi derredor. ¡Qué ciudad más aburrida y fría ese Munich, +con sus grandes paseos, sus alineados palacios, sus calles +extraordinariamente anchas y donde resuenan los pasos, su museo al aire +libre de notabilidades bávaras tan muertas dentro de sus blancas +estatuas! + +¡Qué gran número de columnas, de arcos, de frescos, de obeliscos, de +templos griegos, de propíleos, de dísticos en letras doradas sobre los +frontones! Todo esto esforzándose por parecer grandioso, pero parece +como que se siente el vacío y el énfasis de aquella falsa grandeza, al +ver en todos los confines de las avenidas los arcos triunfales por +donde no pasa más que el horizonte, los pórticos abiertos sobre el +espacio azul. Del mismo modo me imagino yo esas ciudades fantásticas, +mezcla de Italia y de Alemania, por donde Musset hace pasearse el +incurable tedio de su Fantasio y la peluca solemne y necia del príncipe +de Mantua. + +Cinco o seis horas duró esta carrera en coche, después de las cuales el +cochero volvió a llevarme triunfalmente al patio de la _Grappe-Bleue_, +haciendo restallar su látigo, orgullosísimo de haberme enseñado a +Munich. En cuanto a la Embajada, terminé por encontrarla dos calles más +allá de mi fonda, pero el descubrimiento no me sirvió para nada, porque +el canciller se negó a darme pasaporte para Würzburgo. Según parece, +éramos muy mal vistos por aquellos días en Baviera, un francés no +hubiera podido aventurarse sin peligro hasta los puestos avanzados. +Fueme por lo tanto preciso aguardar en Munich a que la señora de +Sieboldt tuviera ocasión de hacer llegar a mis manos la tragedia +japonesa. + + + + +IV + +EL PAÍS DE LO AZUL + + +¡Rareza humana! Esos buenos bávaros, que tanto nos vituperaban por no +haberles ayudado en esa guerra, no experimentaban la más mínima +animosidad contra los prusianos. Ni vergüenza por las derrotas, ni odio +al vencedor. ¡Es el primer ejército del mundo!--me decía orgulloso el +fondista de la _Grappe-Bleue_, al siguiente día de la batalla de +Kissingen;--y ésa era la opinión general en Munich. En los cafés +arrebatábanse de las manos los periódicos de Berlín. Reían hasta +desternillarse las cuchufletas del _Kladderadatsch_, esas burdas +chacotas berlinesas tan pesadas como el famoso martillo-pilón de la +fábrica de Krupp, de cincuenta mil kilogramos. No dudando nadie acerca +de la próxima entrada de los prusianos, cada cual preparábase a +recibirlos bien. Las cervecerías almacenaban gran número de salchichas +y de cochinillos de leche. En las casas particulares preparaban +alojamientos de oficiales. + +Los únicos que mostraban alguna inquietud eran los Museos. Un día, al +entrar en la Pinacoteca, encontré desnudas las paredes, y a los +empleados clavando grandes cajones llenos de cuadros preparados para +salir hacia el Sur. Se temía que el vencedor, muy respetuoso para con la +propiedad particular, no lo fuese tanto con las colecciones del Estado. +Por esta razón, de todos los Museos de la ciudad, sólo permanecía +abierto el del señor de Sieboldt. En su calidad de oficial holandés y +condecorado con la cruz del Aguila de Prusia, pensaba el coronel que +nadie intentaría atacar su colección en su presencia. Y mientras +esperaba la llegada de los prusianos, paseábase con su uniforme de gala +a través de los tres largos salones que el Rey le había concedido en el +jardín de la corte, especie de Palais-Royal más verde y tétrico que el +francés, rodeado de claustrales muros pintados al fresco. + +Esas curiosidades expuestas con rótulos en ese gran palacio triste +constituían, efectivamente, un museo, conjunto melancólico de cosas +traídas de países muy lejanos, separadas de su medio ambiente. El mismo +veterano Sieboldt parecía que formaba parte de él por su aspecto +extraño. Todos los días lo visitaba y pasábamos juntos largas horas +hojeando esos manuscritos japoneses ilustrados con láminas, esos libros +científicos o históricos, unos tan inmensos que no se podían abrir más +que en el suelo, otros tan largos como una uña, solamente legibles con +una lupa muy potente, dorados, finos, preciosos. El señor de Sieboldt me +hacía admirar su enciclopedia japonesa en noventa y dos tomos, o me +traducía una oda del _Hiah-nin_, obra valiosísima que había sido +publicada bajo los auspicios de los emperadores japoneses, y donde están +las biografías, los retratos y fragmentos líricos de los cien poetas más +famosos del Imperio. Después ordenábamos su colección de armas, los +cascos de oro con anchas carrilleras, las corazas, las cotas de mallas y +esos largos sables de mandoble que requirieron su caballero templario y +con los cuales puede abrirse el vientre tan bien. + +Explicábame las divisas de amor pintadas sobre las frágiles láminas de +nácar, me introducía en los hogares domésticos japoneses mostrándome el +modelo de su casa en Yeddo, una miniatura de laca, al que no faltaba un +solo detalle, desde las cortinillas de seda de las ventanas hasta las +grutas artificiales de rocalla del jardín, un jardinillo minúsculo +adornado con plantas enanas de la flora indígena. Lo que me agradaba +también mucho eran los objetos del culto japonés, sus diminutos dioses +de madera pintada, las casullas, los vasos sagrados y esas capillas +portátiles, verdaderos teatros de muñecas, que conservan los fieles en +un rincón de su casa. Los pequeños ídolos rojos están alineados en el +fondo, hacia adelante pende una cuerdecita con nudos. Al ir a comenzar +el japonés su oración, se inclina y toca con este cordón un timbre que +brilla junto al altar, excitando de este modo la atención de sus dioses. +Tenía yo un placer infantil en hacer sonar estos timbres mágicos y +dejando que mis ensueños volasen en alas de esas ondas sonoras hasta el +fondo de esas Asias orientales donde el sol que nace parece haberlo +dorado todo, desde las hojas de sus enormes sables hasta los cantos de +sus diminutos libros. + +Las calles de Munich producíanme un extraño efecto al salir de allí con +los ojos deslumbrados por todos aquellos reflejos de laca y jade, por +los chillones colores de los mapas geográficos, especialmente los días +en que el coronel me había leído una de aquellas odas japonesas de una +poesía casta, sublime, tan original como profunda. El Japón y Baviera, +estos dos países nuevos para mí, que iba conociendo casi al mismo +tiempo, mirando al uno al través del otro, se mezclaban y confundían +dentro de mi cerebro, convertidos en una especie de paisaje vago, en el +país de lo azul. Aquella línea azulada de los viajes que acababa de +contemplar en las tazas japonesas, representando los rasgos de las nubes +y el boceto de las aguas, la percibía en los azulados frescos de los +muros. ¡Y esos soldados azules que se adiestraban en el manejo de las +armas en las plazas, con sus cascos japoneses, y ese cielo despejado y +tranquilo, azul como la flor del _Vergiss-meinnicht_, y ese cochero +azul, que me conducía a la fonda de la _Grappe-Bleue_! + + + + +V + +PASEO SOBRE EL STARNBERG + + +También se armonizaba con las visiones azuladas del país entrevisto por +mí el lago centelleante, que espejea en lo más recóndito de mi memoria. +Sólo con escribir ese nombre de Starnberg, he vuelto a ver cerca de +Munich la extensa superficie de agua, tersa, llena de cielo, familiar y +viva por el humo de un vaporcillo que costeaba sus orillas. Rodeándola, +las obscuras masas de los grandes parques, separadas de trecho en +trecho, y como rotas por la blancura de las casas de campo. Más arriba +villorrios con los aleros apiñados, nidos de casas colocados sobre los +ribazos escarpados, más arriba aún, las montañas del Tirol, lejanas, del +color del aire en que flotan, y en un extremo de ese cuadro algo +clásico, pero tan encantador, el viejo, viejísimo batelero, con sus +largas polainas y su chaleco rojo con botones de plata, quien me paseó +un domingo entero enorgulleciéndose de llevar un francés en su barca. + +No era la primera vez que disfrutaba semejante honor. Acordábase +perfectamente de haber hecho pasar en su juventud el Starnberg a un +oficial. Hacía de esto sesenta años, y por el respeto con que me hablaba +el buen hombre, comprendí la impresión que debió de causarle aquel +francés de 1806, algún gracioso Oswaldo del primer imperio, con su +pantalón colán, sus botas con arrugas en la caña, un gigantesco +_schapska_ y atrevimientos de vencedor. Si el barquero del Starnberg +vive todavía, dudo que admire tanto a los franceses. + +Los habitantes de Munich pasean sus alegrías del domingo sobre ese +hermoso lago y dentro de los abiertos parques de las residencias que lo +circundan. La guerra no había alterado esta costumbre: El día que yo +pasé en él, al borde del agua, estaban atestados de gente los +merenderos, gruesas señoras sentadas en corro ahuecaban sus faldas sobre +las praderas. Por entre las ramas que se cruzan sobre el lago azul, +veíanse grupos de Gretchen y de estudiantes, envueltos en una aureola de +humo de las pipas. Algo más lejos, en un claro del parque Maximiliano, +una boda de campesinos, lucida y ruidosa, bebía delante de largas tablas +colocadas en banquillos, en tanto que un guarda de monte, con uniforme +verde y escopeta en mano, en la actitud de un hombre que dispara, +enseñaba a manejar ese maravilloso fusil de aguja, que con tanto éxito +empleaban los prusianos. Me era necesario el verlo para acordarme de que +se combatía a tan corta distancia de nosotros. Y sin embargo, era de +creer que había guerra, puesto que aquella misma noche, cuando regresaba +a Munich, vi en una plazuela, abrigada y recogida como una capilla de +iglesia, cirios que ardían alrededor de una _Maria-Säule_, y mujeres +arrodilladas, cuyos prolongados sollozos eran interrumpidos por las +plegarias. + + + + +VI + +LA BAVARIA + + +No obstante lo mucho que desde hace algunos años se ha escrito acerca de +la patriotería francesa, nuestras necedades patrióticas, nuestras +vanidades y nuestras fanfarronadas, no creo que exista en Europa un +pueblo más pretencioso, más vano, más infatuado consigo mismo que el +pueblo de Baviera. Su cortísima historia, diez páginas sueltas de la de +Alemania, puede leerse en las calles de Munich, gigantesca, +desproporcionada, toda en pinturas y en monumentos, como uno de esos +libros que se regalan a los niños como aguinaldo, con poco texto y +muchas láminas. En París sólo tenemos un arco de triunfo. En Baviera hay +diez, el pórtico de las Victorias, el pórtico de los Mariscales, y no sé +cuántos obeliscos erigidos _Al valor heroico de los guerreros bávaros_. + +Ser grande hombre en este país es conveniente, porque está seguro de +que su nombre será grabado en todas partes en mármoles y bronces, y se +le erigirá una estatua, por lo menos, en medio de una plaza o en lo alto +de algún friso entre victorias de mármol blanco. Esa monomanía por las +estatuas, las apoteosis y los monumentos conmemorativos, hasta tal +extremo llega entre estas buenas gentes, que en las esquinas de las +calles tienen puestos pedestales vacíos, dispuestos para los +desconocidos grandes hombres que surjan en el porvenir. En este momento +deben de estar ya ocupados casi todos ellos. ¡Les ha suministrado la +guerra de 1870 tantos héroes, tantos episodios gloriosos! + +Me complazco figurarme, por ejemplo, al ilustre general _von der_ Than +ligero de ropas, según la antigua usanza, en medio de un verde +jardinillo, con un hermoso pedestal adornado con bajos relieves que +representen por un lado los _Guerreros bávaros incendiando la aldea de +Bareilles_, y por el otro, los _Guerreros bávaros rematando a los +heridos franceses en la ambulancia de Woerth_. ¡Qué grandioso monumento +será! + +No contentos con tener tan profusamente esparcidos por la ciudad sus +grandes hombres, los bávaros los han reunido en un templo construido a +las puertas de Munich, y al cual denominan la _Sala de la gloria_. Bajo +un ancho pórtico con columnas de mármol que dan vuelta formando tres +lados de un cuadrado, están colocados en repisas los bustos de los +electores, de los reyes, de los generales, de los abogados, etcétera. +(El catálogo está de venta en la portería). + +Algo delante elévase una colosal estatua, una _Bavaria_ de noventa y dos +pies de altura, erguida sobre el último rellano de una de esas grandes +escalinatas tan melancólicas que ascienden al descubierto entre el verde +follaje de los jardines públicos. Con su piel de león al hombro, su +espada en una mano, y la corona de la gloria (¡en todas partes la +gloria!) en la otra, al ver aquella inmensa mole de bronce, al fin de +uno de esos días de agosto en que las sombras se alargan de un modo +extraordinario, llenaba la silenciosa llanura con su actitud enfática. +Alrededor de ella, a lo largo de la columnata, los perfiles de los +hombres célebres hacían muecas al sol poniente. ¡Y todo aquello tan +desolado, tan tétrico! Al oír resonar mis pasos sobre las losas, volvía +a experimentar aquella impresión de grandeza en el vacío que me +atormentaba desde mi llegada a Munich. + +Una escalerilla de fundición asciende dando vueltas por el interior de +la _Bavaria_. Se me antojó subir hasta lo más alto y sentarme un momento +dentro de la cabeza del coloso, un saloncito redondo alumbrado por dos +ventanas que son los ojos. A pesar de esos ojos abiertos un dirección al +horizonte azul de los Alpes, el calor allá dentro era asfixiante. El +bronce caldeado por el sol, me envolvía en un calor pesadísimo. Fueme +preciso bajar más que a escape. Pero, lo mismo da. Eso me fue suficiente +para conocerte, ¡oh, gran _Bavaria_ inflada y sonora! Había visto tu +pecho sin corazón, tus rollizos brazos de cantante hinchados y sin +músculos, tu espada de metal repujado, y sentido dentro de tu hueca +cabeza la pesada borrachera y el aplanamiento cerebral de un bebedor de +cerveza. ¡Y pensar que, al emprender esa insensata guerra de 1870, +contaron contigo nuestros diplomáticos! ¡Ah, si ellos se hubiesen +tomado también la molestia de subir por dentro de la _Bavaria_! + + + + +VII + +¡EL EMPERADOR CIEGO! + + +A los diez días de estancia en Munich, no había recibido aún ninguna +noticia de mi tragedia japonesa. Comenzaba a desesperar de poseerla, +cuando una noche, en el jardín de la cervecería donde acostumbrábamos +comer, vi llegar a mi coronel con la cara llena de júbilo. + +--¡Ya está en mi poder!--me dijo,--venga mañana por la mañana al museo. +La leeremos juntos. ¡Ya verá qué bonita es! + +Estaba muy animado aquella noche. Sus ojos brillaban al hablar. Recitaba +en alta voz pasajes de la tragedia e intentaba cantar los coros. Más de +una vez creyose obligada su sobrina a hacerle callar:--¡Tío, tío!--Yo +atribuía aquella fiebre, aquella exaltación, a un puro entusiasmo +lírico. Efectivamente, eran muy bellos los fragmentos que me recitaba, +y sentía prisa por posesionarme de mi obra maestra. + +Al día siguiente, al llegar al jardín de la corte, sorprendiome +extraordinariamente el encontrar cerrada la sala de las colecciones. La +ausencia del museo era tan extraña en el coronel, que corrí a su +domicilio con una vaga inquietud. La calle en que habitaba, una calle +del arrabal, tranquila y corta, con jardines y casitas bajas, me pareció +más agitada que de ordinario. + +La gente charlaba formando corrillos delante de las puertas. La de la +casa de Sieboldt estaba cerrada, pero las persianas no. + +Todo era entrar y salir las gentes con aspecto triste. Presentíase allí +una de esas catástrofes sumamente grandes para caber dentro del hogar, y +que se desbordan hasta el exterior. Cuando llegué, percibí gemidos +sollozantes. Salían del fondo de un pequeño corredor, de dentro de una +gran habitación atestada y clara como una sala de estudios. Veíase en +ella una larga mesa de madera blanca, libros, manuscritos, anaqueles con +colecciones, álbums encuadernados en brocato de seda; pendientes de la +pared había armas japonesas, estampas, grandes mapas geográficos, y +entre ese desbarajuste de viajes y de estudios, el coronel tendido sobre +su cama, con sus largas barbas blancas sobre su pecho, y la pobrecilla +sobrina llorando de rodillas en un rincón. + +El señor de Sieboldt había muerto repentinamente aquella noche. + +No quise detenerme más y aquella misma tarde salí de Munich sin ánimo +para perturbar toda aquella desolación nada más que por un antojo +literario, y por esta causa no pude saber de la maravillosa tragedia +japonesa más que el título: _¡El Emperador ciego!_ Más tarde he +presenciado la representación de otra tragedia, a la cual hubiera +convenido perfectamente este título importado de Alemania: tragedia +siniestra, saturada de lágrimas y sangre, y que no tenía nada de +japonesa. + +FIN + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Cartas de mi molino, by Alphonse Daudet + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARTAS DE MI MOLINO *** + +***** This file should be named 29706-8.txt or 29706-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/9/7/0/29706/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Cartas de mi molino + +Author: Alphonse Daudet + +Translator: F. Cabañas + +Release Date: August 16, 2009 [EBook #29706] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARTAS DE MI MOLINO *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + +<hr /> + +<p class="c"> +<img src="images/cover.jpg" +alt="cubierto" +width="383" +height="550" +/></p> + +<p class="c un top15"> BIBLIOTECA DE «LA NACION» </p> + +<h2>ALFONSO DAUDET</h2> + +<h1>CARTAS DE MI MOLINO</h1> + +<p class="c"><span class="smcap">TRADUCCIÓN DE</span> F. CABAÑAS</p> + +<p class="c"><img src="images/001.png" +alt="logo" +width="75" +height="78" +/></p> + +<p class="c"><b>BUENOS AIRES<br /> +1911</b></p> + +<p class="c">Reservados los derechos de traducción.</p> + +<p class="c">Imp. de <span class="smcap">La Nación</span>.—Buenos Aires</p> + +<hr /> + +<h3>INDICE</h3> + + +<ul class="toc"> +<li><a href="#ACTA_NOTARIAL">Acta notarial</a></li> +<li><a href="#CARTAS_DE_MI_MOLINO">Cartas de mi molino</a></li> +<li><a href="#LA_DILIGENCIA_DE_BEAUCAIRE">La Diligencia de Beaucaire</a></li> +<li><a href="#LA_MULA_DEL_PAPA">La Mula del Papa</a></li> +<li><a href="#EL_FARO_DE_LAS_SANGUINARIAS">El Faro de las Sanguinarias</a></li> +<li><a href="#LA_AGONIA_DE_LA_GOLETA_LIGERA">La Agonia de la goleta</a></li> +<li><a href="#LOS_ADUANEROS">Los Aduaneros</a></li> +<li><a href="#LOS_VIEJOS">Los Viejos</a></li> +<li><a href="#EL_SUBPREFECTO_EN_EL_CAMPO">El Subprefecto en el campo</a></li> +<li><a href="#EL_POETA_MISTRAL">El Poeta Mistral</a></li> +<li><a href="#LAS_NARANJAS">Las Naranjas</a></li> +<li><a href="#EN_MILIANAH">En Milianah</a></li> +<li><a href="#LA_LANGOSTA">La Langosta</a></li> +<li><a href="#EN_CAMARGUE">En Camargue</a> +<ul> +<li><a href="#Ia">I.—La Partida</a></li> +<li><a href="#IIa">II.—La Cabaña</a></li> +<li><a href="#IIIa">III.—¡A la espera!</a></li> +<li><a href="#IVa">IV:—Rojo y blanco</a></li> +<li><a href="#Va">V.—El Vaccarés</a></li> +</ul></li> +<li><a href="#NOSTALGIA_DE_CUARTEL">Nostalgia de cuartel</a></li> +<li><a href="#LAS_EMOCIONES_DE_UN_PERDIGON">Las Emociones de un perdigón rojo</a></li> +<li><a href="#EL_EMPERADOR_CIEGO">El Emperador ciego o viaje a Bavaria para buscar una tragedia +japonesa:</a> +<ul><li><a href="#Ib">I.— El Señor coronel de Sieboldt</a></li> +<li><a href="#IIb">II.—La Alemania del Sur</a></li> +<li><a href="#IIIb">III.—En «Droschke»</a></li> +<li><a href="#IVb">IV.—El País de lo azul</a></li> +<li><a href="#Vb">V.—Paseo sobre el Starnberg</a></li> +<li><a href="#VIb">VI.—La Bavaria</a></li> +<li><a href="#VIIb">VII.—El Emperador ciego</a></li> +</ul></li> +</ul> + + +<hr /> + + +<h3><a name="ACTA_NOTARIAL" id="ACTA_NOTARIAL"></a>ACTA NOTARIAL</h3> + + +<p>«Compareció ante mí, Honorato Grapazi, notario +residente en Pamperigouste:</p> + +<p>»El señor Gaspar Mitifio, esposo de Vivette +Cornille, avecindado y residente en el lugar +denominado Los Cigarrales;</p> + +<p>»Quien, por la presente escritura, vende y +transfiere con todas las garantías de hecho y +de derecho, y libre completamente de deudas, +privilegios e hipotecas,</p> + +<p>»Al señor Alfonso Daudet, poeta, que reside +en París, aquí presente y aceptante,</p> + +<p>»Un molino harinero de viento, situado en +el valle del Ródano, en la Provenza, sobre una +ladera poblada de pinos y carrascas; cuyo +molino está abandonado desde hace más de +veinte años e inservible para la molienda a +causa de las vides silvestres, musgos, romeros +y otras hierbas parásitas que ascienden por él +hasta las aspas.</p> + +<p>»Sin embargo, a pesar de su estado ruinoso, +con su gran rueda rota, y la plataforma llena +de hierba nacida entre los ladrillos, el señor +Alfonso Daudet declara convenirle el citado +molino y, encontrándolo apto para servir en +sus trabajos de poesía, lo toma por su cuenta +y riesgo, y sin reclamar nada contra el vendedor +por causa de las reformas que necesitará +introducir en él.</p> + +<p>»La venta se hace al contado y mediante el +precio convenido, que el señor Daudet, poeta, +ha mostrado y colocado sobre la mesa en dinero +contante y sonante, cuyo precio ha sido +cobrado y guardado por el señor Mitifio; todo +ello a vista del notario y testigos que suscriben, +de lo cual se extiende carta de pago +con reserva.</p> + +<p>»Contrato elevado en Pamperigouste, en el +estudio de Honorato, estando presentes Francet +Mamaï, tañedor de pífano, y Luiset, alias +el <i>Quique</i>, portador de la cruz de los penitentes +blancos.</p> + +<p>»Los cuales firman con las partes y el notario, +previa lectura...»</p> + + + +<h3><a name="CARTAS_DE_MI_MOLINO" id="CARTAS_DE_MI_MOLINO"></a>CARTAS DE MI MOLINO</h3> + +<p class="cabeza">INSTALACIÓN</p> + + +<p>¡Valiente susto les he dado a los conejos! +Acostumbrados a ver durante tanto tiempo +cerrada la puerta del molino, las paredes y la +plataforma invadidas por la hierba, creían ya +extinguida la raza de los molineros, y encontrando +buena la plaza, habíanla convertido en +una especie de cuartel general, un centro de +operaciones estratégicas, el molino de Jemmapes +de los conejos. Sin exageración, lo menos +veinte vi sentados alrededor de la plataforma, +calentándose las patas delanteras en un rayo +de luna, la noche en que llegué al molino. Al +abrir una ventana, ¡zas! todo el vivac sale de +estampía a esconderse en la espesura, enseñando +las blancas posaderas y rabo al aire. Supongo +que volverán.</p> + +<p>Otro que también se sorprende mucho al verme, +es el vecino del piso primero, un viejo +búho, de siniestra catadura y rostro de pensador, +el cual reside en el molino hace ya más de +veinte años. Lo encontré en la cámara del sobradillo, +inmóvil y erguido encima del árbol de +cama, en medio del cascote y las tejas que se +han desprendido. Sus redondos ojos me miraron +un instante, asombrados, y, después, despavorido +al no conocerme, echó a correr chillando. +¡Hu, hu! y sacudió trabajosamente las +alas, grises de polvo; ¡qué diablo de pensadores, +no se cepillan jamás! No importa, tal como +es, con su parpadeo de ojos y su cara enfurruñada, +ese inquilino silencioso me agrada +más que cualquiera otro, y no me corre prisa +desahuciarlo. Conserva, como antes de habitario +yo, toda la parte alta del molino con una entrada +por el tejado; yo me reservo la planta +baja, una piececita enjalbegada con cal, con la +bóveda rebajada como el refectorio de un convento.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Desde ella escribo con la puerta abierta de +par en par, y un sol espléndido.</p> + +<p>Un hermoso bosque de pinos, chispeante de +luces, se extiende ante mí hasta el pie del repecho. +En el horizonte destácanse las agudas +cresterías de los Alpilles. No se percibe el ruido +más insignificante. A lo sumo, de tarde en +tarde, el sonido de un pífano entre los espliegos, +un collarón de mulas en el camino. Todo +ese magnífico paisaje provenzal sólo vive por +la luz.</p> + +<p>Y actualmente, ¿cómo he de echar de menos +ese París ruidoso y obscuro? ¡Estoy tan +bien en mi molino! Este es el rinconcito que +yo anhelaba, un rinconcito perfumado y cálido, +a mil leguas de los periódicos, de los coches +de alquiler, de la niebla. ¡Y cuántas lindas +cosas me rodean! No hace más de una semana +que me he instalado aquí, y tengo llena +ya la cabeza de impresiones y recuerdos. Ayer +tarde, por no ir más lejos, presencié el regreso +de los rebaños a una <i>masía</i> situada al pie de +la cuesta, y les juro que no cambiaría ese espectáculo +por todos los estrenos que hayan tenido +ustedes en esta semana en París. Y si no, +juzguen.</p> + +<p>Sabrán que en Provenza se acostumbra enviar +el ganado a los Alpes cuando llegan los calores. +Brutos y personas permanecen allí arriba +durante cinco o seis meses, alojados al sereno, +con hierba hasta la altura del vientre; +después, cuando el otoño empieza a refrescar la +atmósfera, vuelven a bajar a la <i>masía</i>, y vuelta +a rumiar burguesmente +los grises altozanos +perfumados por el romero. Quedábamos en que +ayer tarde regresaban los rebaños. Desde por +la mañana esperaba el zaguán, de par en par +abierto, y el suelo de los apriscos había sido +alfombrado de paja fresca. De hora en hora exclamaba +la gente: «Ahora están en Eyguières, +ahora en el Paradón.» Luego, repentinamente, +a la caída de la tarde, un grito general de ¡ahí +están! y allá abajo, en lontananza, veíamos +avanzar el rebaño envuelto en una espesa nube +de polvo. Todo el camino parece andar con él. +Los viejos moruecos vienen a vanguardia, con +los cuernos hacia adelante y aspecto montaraz; +sigue a éstos el grueso de los carneros, las ovejas +algo fatigadas y los corderos entre las patas +de sus madres, las mulas con perendengues +rojos, llevando en serones los lechales de un +día, meciéndolos al andar; en último término, +los perros, sudorosos y con la lengua colgante +hasta el suelo, y dos rabadanes, grandísimos +tunos, envueltos en mantas encarnadas, que +les caen a modo de capas hasta los pies.</p> + +<p>Desfila este cortejo ante nosotros alegremente +y se precipita en el zaguán, pateando con +un ruido de chaparrón. Es digno de ver el +movimiento de asombro que se produce en toda +la casa. Los grandes pavos reales de color verde +y oro, de cresta de tul, encaramados en sus +perchas han conocido a los que llegan y los reciben +con una estridente trompetería. Las aves +de corral, recién dormidas, se despiertan sobresaltadas. +Todo el mundo está en pie: palomas, +patos, pavos, pintadas. El corral anda +revuelto: las gallinas hablan de pasar en vela +la noche. Diríase que cada carnero ha traído +entre la lana, juntamente con un silvestre aroma +de los Alpes, un poco de ese aire vivo de +las montañas que embriaga y hace bailar.</p> + +<p>En medio de esa algarabía, el rebaño penetra +en su yacija. Nada tan hechicero como esa +instalación. Los borregos viejos enternécense +al contemplar de nuevo sus pesebres. Los corderos, +los lechales, los que nacieron durante el +viaje y nunca han visto la granja, miran en +derredor con extrañeza.</p> + +<p>Pero es mucho más enternecedor el ver los +perros, esos valientes perros de pastor, atareadísimos +tras de sus bestias y sin atender a otra +cosa más que a ellas en la <i>masía</i>. Aunque el +perro de guarda los llama desde el fondo de +su nicho, y por más que el cubo del pozo, rebosando +de agua fresca, les hace señas, ellos se +niegan a ver ni a oír nada, mientras el ganado +no esté recogido, pasada la tranca tras de la +puertecilla con postigo, y los pastores sentados +alrededor de la mesa en la sala baja. Sólo entonces +consienten en irse a la perrera, y allí, +mientras lamen su cazuela de sopa, refieren a +sus compañeros de la granja lo que han hecho +en lo alto de la montaña: un paisaje tétrico +donde hay lobos y grandes plantas digitales +purpúreas coronadas de fresco rocío hasta el +borde de sus corolas.</p> + + + +<h3><a name="LA_DILIGENCIA_DE_BEAUCAIRE" id="LA_DILIGENCIA_DE_BEAUCAIRE"></a>LA DILIGENCIA DE BEAUCAIRE</h3> + + +<p>En el mismo día de mi llegada aquí, había +tomado la diligencia de Beaucaire, una gran +carraca vieja y destartalada que no necesita +recorrer mucho camino para regresar a casa, +pero que se pasea con lentitud a todo lo largo +de la carretera para hacerse, por la noche, la +ilusión de que viene de muy lejos. Íbamos cinco +en la baca, además del conductor.</p> + +<p>Un guarda de Camargue, hombrecillo rechoncho +y velludo, que trascendía a montaraz, +con ojos saltones inyectados de sangre y con +aretes de plata en las orejas; después dos boquereuses, +un tahonero y su yerno, los dos +muy rojos, con mucho jadeo, pero de magníficos +perfiles, dos medallas romanas con la efigie +de Vitelio. Finalmente, en la delantera y +junto al conductor, un hombre, o por decir mejor, +un gorro, un enorme gorro de piel de conejo, +quien no decía nada de particular y miraba +el camino con aspecto de tristeza.</p> + +<p>Todos aquellos viajeros se conocían unos a +otros, y hablaban de sus asuntos en voz alta, +con mucha libertad. El camargués refería que +regresaba de Nimes, citado por el juez de instrucción +con motivo de un garrotazo que había +dado a un pastor. En Camargue tienen +sangre viva. ¿Pues y en Beaucaire? ¿No pretendían +degollarse nuestros dos boquereuses a +propósito de la Virgen Santísima? Parece ser +que el tahonero era de una parroquia dedicada +de mucho tiempo atrás a Nuestra Señora, a la +que los provenzales conocen por el piadoso nombre +de la Buena Madre y que lleva en brazos al +Niño Jesús; el yerno, por el contrario, cantaba +ante el facistol de una iglesia recién construida +y consagrada a la Inmaculada Concepción, +esa hermosa imagen risueña que se representa +con los brazos colgantes y despidiendo +rayos de luz las manos. De ahí procedía la +inquina. Merecía verse cómo se trataban esos +dos buenos católicos y cómo ponían a sus patronas +celestiales.</p> + +<p>—¡Está buena tu Inmaculada!</p> + +<p>—¡Pues mira que tu Santa Madre!</p> + +<p>—¡Buenas las corrió la tuya en Palestina!</p> + +<p>—¡Y la tuya, tan horrorosa! ¿Quién sabe +lo que habrá hecho? Que lo diga si no San +José.</p> + +<p>Para creerse en el puerto de Nápoles, no +faltaba más que ver relucir las navajas, y a fe +mía, creo que efectivamente la teológica disputa +hubiera parado en eso, si el conductor no +hubiera intervenido.</p> + +<p>—Déjennos en paz con sus vírgenes—dijo +riéndose a los boquereuses;—todo eso son chismes +de mujeres, y en los que los hombres no +deben intervenir.</p> + +<p>Cuando concluyó hizo restallar la tralla con +un mohín escéptico que afilió a su opinión a +todos los viajeros.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>La discusión estaba terminada, pero, disparado +ya el tahonero, necesitaba desahogarse +con alguien, y dirigiéndose al infeliz del gorro, +silencioso y triste en un rincón, preguntole con +aire picaresco.</p> + +<p>—Amolador, ¿y tu mujer? ¿Por qué parroquia +está?</p> + +<p>Es necesario creer que esta frase tendría una +intención muy cómica, puesto que en la baca +todo el mundo se rió a carcajadas. El amolador +no se reía. Al ver esto, el tahonero dirigiose +a mí.</p> + +<p>—¿No conoce usted, caballero, a la mujer +del amolador? ¡Vaya con la picaruela de la +feligresa! En Beaucaire no existen dos como +ella.</p> + +<p>Redobláronse las risas. El amolador no se +movió, limitándose a decir en voz baja, sin alzar +la cabeza:</p> + +<p>—Cállate, tahonero.</p> + +<p>Pero al demonio del tahonero no le acomodaba +el callarse, y prosiguió acentuando la +burla:</p> + +<p>—¡Cáspita! No puede quejarse el camarada +de tener una mujer así. No hay medio de aburrirse +con ella un instante. ¡Figúrese usted! +Una hermosa que se hace robar cada seis meses, +siempre tendrá algo que referir cuando +vuelve. Pues es igual. ¡Bonito hogar doméstico! +Imagínese usted, señor, que todavía no hacía +un año que estaban casados cuando ¡paf! +va la mujer y se larga a España con un vendedor +de chocolate. El esposo se queda solito +en la casa gimoteando y bebiendo. Estaba como +loco. Después de algún tiempo regresó al +país la hermosa, vestida de española, con una +pandereta de sonajas. Todos le decíamos:</p> + +<p>—Ocúltate, porque te va a matar.</p> + +<p>Que si quieres, ¡matar! Volvieron a unirse +muy tranquilos, y ella le ha enseñado a tocar la +pandereta.</p> + +<p>Hubo una nueva explosión de risas. Sin levantar +la cabeza, murmuró de nuevo el amolador +desde su rincón:</p> + +<p>—Cállate, tahonero.</p> + +<p>Pero éste no hizo caso, y continuó:</p> + +<p>—¿Pensará usted, señor, que sin duda al +volver de España permaneció quieta la hermosa? +¡Quia! ¡Que si quieres! ¡Su marido había +tomado aquello con tanta calma! Eso la +animó para volver a las andadas. Después del +español, hubo un oficial, a éste siguió un marinero +del Ródano, más tarde un músico, después, +¡qué sé yo! Y lo más notable del caso +es que a cada escapatoria se representaba la +misma comedia y con igual aparato. La mujer +se marcha, el marido llora que se las pela, vuelve +ella, consuélase él. Y siempre se la llevan, y +siempre la recobra. ¡Ya ve usted si necesita tener +paciencia ese marido! Debe también decirse +que la amoladora es extraordinariamente +guapa... un verdadero bocado de cardenal, pizpireta, +muy mona, bien formada y además tiene +la piel muy blanca y los ojos de color de +avellana que siempre miran a los hombres riéndose. +¡Si por casualidad, querido parisiense, +llega usted alguna vez a pasar por Beaucaire!...</p> + +<p>—¡Oh, calla, tahonero, te lo suplico!—volvió +a exclamar el pobre amolador con voz desgarradora.</p> + +<p>En ese instante se paró la diligencia. Estábamos +en la masía de los Anglores. Allí se apearon +los dos boquereuses, y juro a ustedes que +no hice nada por retenerlos. ¡Tahonero farsante! +Estaba ya dentro del patio del cortijo, y +todavía se oían sus carcajadas.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Al salir la gente, pareció quedarse vacía la +baca. El camargués habíase apeado en Arlés, +el conductor marchaba a pie por la carretera, +junto a los caballos. El amolador y yo, cada uno +en su rincón respectivo, nos quedamos solos +allá arriba, sin chistar. Hacía calor, el cuero +de la baca echaba chispas. Por momentos sentí +cerrárseme los ojos y que la cabeza se me ponía +pesada, pero me fue imposible dormir. +Continuaba sin cesar zumbándome en los oídos +aquel «cállate, te lo suplico», tan melancólico +y tan dulce. Tampoco dormía el infeliz. Situado +yo detrás de él, veíale estremecerse sus cuadrados +hombros, y su mano (una mano paliducha +y vasta) temblar sobre el respaldo de la +banqueta, como si fuera la mano de un viejo. +Lloraba.</p> + +<p>—Ha llegado usted a su casa, señor parisiense—me +gritó de repente el conductor de la diligencia, +y con la fusta apuntaba a mi verde +colina, con el molino clavado en la cúspide como +una mariposa gigantesca.</p> + +<p>Bajé del vehículo apresuradamente. De paso +junto al amolador, intenté mirar más abajo de +su gorro, hubiese querido verlo antes de marcharme. +Como si hubiera comprendido mi intención, +el infeliz levantó bruscamente la cabeza, +y clavando la vista en mis ojos, me dijo +con voz sorda:</p> + +<p>—Míreme bien, amigo, y si oye usted decir +algún día que ha ocurrido una desgracia en +Beaucaire, podrá usted afirmar que conoce al +autor de ella.</p> + +<p>Su rostro estaba apagado y triste, con ojos +pequeños y mustios.</p> + +<p>Si en los ojos tenía lágrimas, en aquella voz +había odio. El odio es la cólera de los pusilánimes. +En el caso de la amoladora, no las tendría +yo todas conmigo.</p> + + + +<h3><a name="LA_MULA_DEL_PAPA" id="LA_MULA_DEL_PAPA"></a>LA MULA DEL PAPA</h3> + + +<p>Entre los innumerables dichos graciosos, +proverbios o adagios con que adornan sus discursos +nuestros campesinos de Provenza, no +conozco ninguno más pintoresco ni extraño que +éste. Junto a mi molino y quince leguas en redondo, +cuando se habla de un hombre rencoroso +y vengativo, suele decirse:</p> + +<p>«¡No te fíes de ese hombre, porque es como +la mula del Papa, que te guarda la coz siete +años!»</p> + +<p>Durante mucho tiempo he estado investigando +el origen de este proverbio, qué quería +decir aquello de la mula pontificia y esa coz +guardada siete años. Nadie ha podido informarme +aquí acerca del particular, ni siquiera +Francet Mamaï, mi tañedor de pífano, quien +conoce de pe a pa las leyendas provenzales. +Francet piensa, lo mismo que yo, que debe de +ser reminiscencia de alguna antigua crónica del +país de Aviñón, pero no he oído hablar jamás +de ella, sino tan sólo por el proverbio.</p> + +<p>—Sólo en la biblioteca de las Cigarras puede +usted encontrar algún antecedente—me dijo el +anciano pífano, riendo.</p> + +<p>No me pareció la idea completamente disparatada, +y como la biblioteca de las Cigarras +está cerca de mi puerta, fui a encerrarme ocho +días en ella.</p> + +<p>Es una biblioteca maravillosa, admirablemente +organizada, abierta constantemente para +los poetas, y servida por pequeños bibliotecarios +con címbalos que no cesan de dar música. +Allí pasé algunos días deliciosos, y después +de una semana de investigaciones (hechas +de espaldas al suelo), descubrí, al fin, lo que +deseaba, es decir, la historia de mi mula y de +esa famosa coz guardada siete años. El cuento +es bonito, aunque peque de inocente, y voy +a tratar de narrarlo como lo leí ayer mañana +en un manuscrito de color del tiempo, que olía +muy bien a alhucema seca y cuyos registros +eran largos hilos de la Virgen.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>No habiendo visto Aviñón en tiempo de los +Papas, no se ha visto nada. Jamás existió ciudad +alguna tan alegre, viva y animada como +ella, en el ardor por los festejos. Desde la mañana +a la noche, todo eran procesiones y peregrinaciones, +con las calles alfombradas de flores, +empavesadas con tapices, llegadas de cardenales +por el Ródano, ondeando al viento los +estandartes, flameantes de gallardetes las galeras, +los soldados del Papa entonando por las +calles cánticos en latín, acompañados de las +matracas de los frailes mendicantes; después, de +arriba abajo de las casas que se apiñaban zumbando +alrededor del gran palacio papal como +abejas en torno de su colmena, percibíase también +el tic tac de los bolillos que hacían randas, +el vaivén de las lanzaderas que confeccionaban +los tisúes de oro para las casullas, los martillitos +de los cinceladores de vinajeras, las tablas +de armonía ajustadas en los talleres de guitarrero, +las canciones de las urdidoras, y sobresaliendo +entre todos estos ruidos el tañido de +las campanas y algunos sempiternos tamboriles +que roncaban allá abajo, hacia el puente. +Porque entre nosotros, cuando el pueblo está +contento, necesita estar siempre bailando, y +como por aquellos tiempos las calles de la ciudad +eran excesivamente estrechas para la farándula, +pífanos y tamboriles situábanse en el +puente de Aviñón, al viento fresco del Ródano, +y día y noche se estaba allí baila que bailarás. +¡Ah, qué dichosos tiempos, qué ciudad tan feliz! +Alabardas que no cortaban, prisiones de +Estado donde se ponía a refrescar el vino. Jamás +hambre, nunca guerra. He aquí cómo gobernaban +a su pueblo los Papas del Condado. +¡Tal es la causa de que los eche tanto de menos +el pueblo!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Entre todos los Papas, merece citarse con +especialidad uno que era un buen viejo, llamado +Bonifacio... ¡Oh, qué muerte más llorada +la suya! ¡Era un príncipe tan amable, tan +gracioso! ¡Se reía tan bien desde lo alto de +su mula! Y cuando alguno pasaba cerca de +él, así fuese un pobrete hilandero de <i>rubia</i> o el +gran Vegner de la ciudad, ¡le daba su bendición +con tanta cortesía! Un verdadero «Papa +de Ivetot», pero de un Ivetot de Provenza, con +algo de picaresco en la risa, un tallo de mejorana +en la birreta, y sin el más insignificante trapicheo... +La única Juanota que siempre se le conoció +a este santo padre era su viña, una viñita +plantada por él mismo a tres leguas +de Aviñón, entre los mirtos de Château-Neuf.</p> + +<p>Todos los domingos, concluidas las vísperas, +el justo varón iba a requebrarla, y cuando estaba +allí arriba sentado al grato sol, con su mula +cerca, y en rededor suyo sus cardenales tendidos +a la bartola, al pie de las cepas, entonces +mandaba destapar un frasco de vino de su cosecha +(ese hermoso vino, de color de rubí, conocido +desde entonces acá por el nombre de +<i>Château-Neuf de los Papas</i>), y lo saboreaba a +sorbitos, mirando enternecido a su viña. Consumido +el frasco, al caer de la tarde volvíase +alegremente a la ciudad, seguido de toda su +corte, y al atravesar el puente de Aviñón, en +medio de los tamboriles y de las farándulas, su +mula, espoleada por la música, emprendía un +trotecillo saltarín mientras que él mismo marcaba +el paso de la danza con la birreta, lo cual +era motivo de escándalo para los cardenales, +pero hacía exclamar a todo el pueblo: «¡Ah, +qué gran príncipe! ¡Ah, valiente Papa!» Después +de su viña de Château-Neuf, lo que más +estimaba en el mundo el Papa era su mula. El +bendito señor se pirraba por aquel cuadrúpedo. +Todas las noches, antes de irse a la cama, iba +a ver si estaba cerrada la cuadra, si tenía lleno +el pesebre, y jamás abandonaba la mesa sin +hacer preparar en su presencia un gran ponche +de vino a la francesa, con mucho azúcar y +aromas, que él mismo llevaba a su mula, a despecho +de las observaciones de los cardenales... +Es necesario decir también que la bestia valía +la pena. Era una hermosa mula negra salpicada +de alazán, firme de piernas, de pelo lustroso, +grupa ancha y redonda, que llevaba erguida +la enjuta cabecita guarnecida toda ella +de perendengues, lazos, cascabeles de plata, +borlillas; además de estas buenas cualidades, +reunía otras que el Papa no apreciaba menos: +era dulce como un ángel, de cándido mirar y +con un par de orejas largas en constante bamboleo, +que le daban aspecto bonachón... Todo +Aviñón la respetaba, y cuando pasaba por las +calles no había agasajos que no se le hiciesen, +pues todos sabían que ése era el mejor medio +de ser bien quisto en la corte, y que con su +aire inocente, la mula del Papa había conducido +a más de uno a la fortuna. Prueba de ello +Tistet Védène y su maravillosa aventura.</p> + +<p>Era al principio este Tistet Védène un descarado +granuja, a quien su padre Guy Védène, +el escultor en oro, se había visto en la necesidad +de arrojar de su casa, porque además de +que no quería trabajar, maleaba a los aprendices. +Durante seis meses viósele arrastrar su +sayo por todos los arroyos de las calles de +Aviñón, pero principalmente hacia la parte +próxima al palacio papal; porque el pícaro tenía +desde mucho tiempo antes sus ideas respecto +a la mula del Papa, y van a ver que no +iba descaminado... Un día que Su Santidad se +paseaba a solas bajo las murallas con su bestia, +se le acerca de buenas a primeras mi Tistet y +le dice, juntando las manos con ademán de +asombro:</p> + +<p>—¡Ah, Dios mío, gran Padre Santo, hermosa +mula tiene!... Permítame Vuestra Santidad +que la contemple un poco... ¡Ah, Papa +mío, qué mula tan maravillosa!... El emperador +de Alemania no tiene otra tal.</p> + +<p>Y la acariciaba, y le decía dulcemente como +a una señorita:</p> + +<p>—Ven acá, alhaja, tesoro, mi perla fina...</p> + +<p>Y el bueno del Papa, enternecido, decía para +sus adentros:</p> + +<p>—¡Qué guapo mozo!... ¡Qué cariñoso está +con mi mula!</p> + +<p>¿Y saben ustedes lo que ocurrió al siguiente +día? Tistet Védène cambió su viejo tabardo +amarillo por una preciosa alba de encajes, una +capa de coro de seda violeta, unos zapatos con +hebillas, e ingresó en la escolanía del Papa, +donde antes de él no habían podido ingresar +más que los hijos de nobles y sobrinos de cardenales... +¡He ahí lo que es la intriga!... Pero +Tistet no paró ahí.</p> + +<p>Protegido ya por el Papa y al servicio de éste, +el bribonzuelo continuó la farsa que tan +bien le había salido. Insolente con todo el mundo, +sólo tenía atenciones y miramientos con la +mula, y siempre andaba por los patios del palacio +con un puñado de avena o una gavilla +de zulla, cuyos rosados racimos sacudía graciosamente +mirando al balcón del Padre Santo, +como quien dice: «¡Jem!... ¿Para quién es +esto?»</p> + +<p>Tantas cosas hizo, que a la postre el bueno +del Papa, que se sentía envejecer, le confió el +cuidado de vigilar la cuadra y llevar a la mula +su ponche de vino a la francesa; lo cual movía +ya a risa a los cardenales.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Tampoco era esto cosa de risa para la mula. +Por entonces, a la hora de su vino, llegaban +siempre junto a ella cinco o seis niños de coro, +que se metían pronto entre la paja con su capa +de color de violeta y su alba de encajes; después, +al cabo de un momento, un buen olor +caliente de caramelo y de aromas perfumaba +la cuadra, y aparecía Tistet Védène llevando +con precaución el ponche de vino a la francesa. +Allí comenzaba el martirio del pobre animal.</p> + +<p>Aquel vino aromoso que tanto le agradaba, +que le daba calor, que le ponía alas, cometían +la crueldad de traérselo allí, a su pesebre, y +hacérselo respirar; después, cuando tenía impregnadas +en el olor las narices, ¡me alegro de +verte bueno! ¡El hermoso licor de sonrosada +llama era engullido completamente por aquellos +granujas!... Y si no hubieran cometido más +crimen que robarle el vino... Pero, todos esos +seis eran unos diablos, en cuanto bebían... Uno +le tiraba de las orejas, otro del rabo; Quiquet +se le encaramaba en el lomo, Bélugnet le ponía +su birrete, y ni uno solo de aquellos pícaros +pensaba que de una corveta o de una sarta de +coces el bueno del animal hubiera podido enviarlos +a todos a las nubes y aunque fuese más +lejos... ¡Pero, no! Por algo se es la mula del +Papa, la mula de las bendiciones y de las indulgencias... +Por muchas travesuras que hicieran +los muchachos, ella no se enfadaba, y sólo +a Tistet Védène guardaba ojeriza. Y, es claro, +cuando sentía a éste detrás de sí, le daba comezón +en los cascos, y no le faltaba razón para +ello. ¡Ese granujilla de Tistet hacíale unas jugarretas +tan feas! ¡Eran tan crueles sus invenciones +después de beber!...</p> + +<p>¿A que no imaginan ustedes lo que se le ocurrió +cierto día? ¡Hacerla subir con él al campanil +de la escolanía, allá arriba, arribota, a +lo más alto de palacio! Y no crean que es mentira +lo que cuento; doscientos mil provenzales +lo han visto. Figúrense el terror de aquella +infortunada mula, cuando después de dar vueltas +una hora a ciegas por una escalera de caracol +y haber subido no sé cuántos peldaños, encontrose +de pronto en una plataforma deslumbrante +de luz, y a mil pies debajo de ella contempló +todo un Aviñón fantástico: las barracas +del mercado tan pequeñas como avellanas, los +soldados del Papa delante de su cuartel como +hormigas rojas, y allá abajo, sobre un hilillo +de plata, un minúsculo puentecito, donde había +bailes y más bailes... ¡Ah, pobre bestia! ¡Qué +susto! Del grito que soltó, retemblaron todas +las vidrieras del palacio.</p> + +<p>—¿Qué ocurre? ¿Qué sucede?—exclamó el +Papa, asomándose al balcón precipitadamente.</p> + +<p>Tistet Védène estaba ya en el patio, fingiendo +que lloraba y mesándose los cabellos:</p> + +<p>—¡Ah, gran Padre Santo, qué pasa! Pues +pasa que la mula de Su Santidad... ¡Dios mío! +¿Qué será de mí?... Pues pasa que la mula de +Su Santidad... ¡se ha encaramado al campanario!...</p> + +<p>—Pero, ¿ella sola?</p> + +<p>—Sí, señor, excelso Padre Santo, ella sola... +¡Mire, mire, allá arriba!... ¿Ve Su Beatitud +la punta de las orejas asomando?... Parecen +dos golondrinas...</p> + +<p>—¡Misericordia!—exclamó el pobre Papa +alzando los ojos.—¿Es que se ha vuelto loca? +¡Pero, si se va a matar! ¿Quieres bajarte, desventurada?...</p> + +<p>¡Cáspita! Lo que es ella no hubiera deseado +otra cosa sino bajarse... Pero, ¿por dónde? +Por la escalera, no había ni qué pensarlo: a +esas alturas se sube, pero en la bajada hay peligro +de perniquebrarse cien veces... Y la pobre +mula desconsolábase, y dando vueltas por +la plataforma con los ojazos presa del vértigo, +pensaba en Tistet Védène...</p> + +<p>—¡Ah, miserable, si de ésta escapo... menuda +coz te suelto mañana tempranito!</p> + +<p>Con este propósito de la coz, hacía de tripas +corazón; sin eso, no hubiera podido mantenerse +en pie... Al fin pudo conseguirse bajarla de +allá arriba, pero no costó poco que digamos. +Fue necesario descolgarla en unas angarillas, +con cuerdas y un gato. Ya comprenderán qué +humillación para la mula de un Papa eso de +ser suspendida de aquella altura, moviendo las +patas en el aire, como un abejorro al cabo de +un hilo. ¡Y todo Aviñón que la miraba!</p> + +<p>A la infeliz bestia no le fue posible dormir +en toda la noche. Parecíale que daba vueltas +constantemente por aquella maldita plataforma, +siendo el hazmerreír de toda la ciudad congregada +abajo; luego, pensaba en ese infame +Tistet Védène y en la bonita coz con que +iba a obsequiarle al día siguiente por la mañana. +¡Oh, amigos míos, vaya una coz! Desde +Pamperigouste tenía que verse el humo... +Pues bien, mientras en la cuadra le preparaban +este magnífico recibimiento, ¿saben lo que hacía +Tistet Védène? Deslizábase por el Ródano +cantando en una galera pontificia y se iba a la +corte de Nápoles con la compañía de jóvenes +nobles que la ciudad mandaba todos los años +junto a la reina Juana para ejercitarse en la +diplomacia y en las buenas maneras. Tistet no +era noble; pero el Papa deseaba a toda costa +recompensarlo por los cuidados que había tenido +con su bestia, y especialmente por la actividad +que acababa de desplegar durante la empresa +de salvamento.</p> + +<p>¡Valiente chasco se llevó la mula al día siguiente!</p> + +<p>—¡Ah, bandido; algo se ha olido él!—pensaba, +mientras sacudía con furia sus cascabeles.—Pero, +es lo mismo, ¡anda, pillo! ¡Cuando +vuelvas te encontrarás con tu coz... te la +guardo!...</p> + +<p>Y se la guardó.</p> + +<p>Después de la marcha de Tistet, la mula del +Papa recobró su vida sosegada y sus aires de +otros tiempos. No más Quiquet ni Bélugnet en +la cuadra. Llegaron de nuevo los felices días +del vino a la francesa, y con ellos el buen humor, +las largas siestas, y el pasito de gavota +al cruzar el puente de Aviñón. Sin embargo, +desde su aventura dábanle muestras constantes +de frialdad en la ciudad; los viejos movían la +cabeza, los niños se reían señalando al campanario. +El bueno del Papa mismo no confiaba +ya tanto en su amiga, y cuando se dejaba llevar +al extremo de echar un sueñecillo sobre los +lomos de ella, el domingo a su regreso de la viña, +ocurríasele siempre esta consideración: +«¡Si fuese a despertarme allá arriba, en la plataforma!» +Veía esto la mula, y sufría sin chistar; +solamente cuando en presencia de ella se +pronunciaba el nombre de Tistet Védène, erguíanse +sus largas orejas, y afilaba con una +risita el hierro de sus cascos en el pavimento...</p> + +<p>Pasaron siete años, al cabo de los cuales, Tistet +Védène, regresó de la corte de Nápoles. No +había concluido todavía el tiempo de su empeño +en ella; pero había sabido que el archipámpano +de Sevilla había muerto repentinamente en +Aviñón, y como el cargo parecíale bueno, había +regresado muy a prisa para gestionar que se le +otorgara.</p> + +<p>Cuando ese intrigante de Védène entró en el +salón del palacio, costole trabajo el conocerlo +al Santo Padre: tanto era lo que había crecido +y engruesado. Preciso es también decir que, +por su parte, el Papa se había hecho viejo y +no veía bien sin antiparras.</p> + +<p>Tistet no se acobardó.</p> + +<p>—¡Cómo! Excelso Padre Santo, ¿ya no me +conoce Su Beatitud?... Soy yo, ¡Tistet Védène!</p> + +<p>—¿Védène?...</p> + +<p>—Sí, ya sabe... el que servía el vino francés +a la mula.</p> + +<p>—¡Ah! Sí... sí... ya recuerdo... ¡Guapo mozo, +ese Tistet Védène!... Y ahora, ¿qué pretendes?</p> + +<p>—¡Oh! Poca cosa, Excelso Padre Santo... +Venía a suplicarle... Y a propósito, ¿conserva +todavía Su Beatitud aquella mula? ¿Y está +buena?... ¡Ah! ¡Cuánto me alegro!... Pues +bien, venía a solicitar la plaza del archipámpano +de Sevilla, quien acaba de morir.</p> + +<p>—¡Archipámpano de Sevilla tú!... Pero si +eres muy joven. Pues, ¿cuántos años tienes?</p> + +<p>—Veinte años y dos meses, ilustre Pontífice; +cinco años justos más que la mula de Su Santidad... +¡Ah, bendita de Dios la valiente bestia!... +¡Si supiese Su Beatitud cuánto amaba +yo a aquella mula! ¡Y con qué sentimiento +me acordaba de ella en Italia!... ¿Me permitirá +Su Santidad que la visite?</p> + +<p>—Sí, hijo mío, la visitarás—dijo el bueno del +Papa, emocionado.—Y puesto que tanto amas +a aquel bendito animal, no permito que vivas +lejos de él. Desde este día quedas afecto a mi +persona en calidad de archipámpano... Mis +cardenales gritarán, pero, ¡peor para ellos! ya +estoy acostumbrado... Vuelve mañana, al salir +de vísperas, y Nos te impondremos las insignias +de tu beneficio delante de Nuestro cabildo, +y luego... te acompañaré a ver la mula, +y vendrás a la viña con nosotros dos... ¿Eh? +¡Ja, ja! ¡Anda, vete!...</p> + +<p>No es necesario decir lo satisfecho que iría +Tistet Védène al salir del salón del Solio, y +con qué impaciencia aguardó la ceremonia del +siguiente día; pero mucho más satisfecha e +impaciente que el bribón estaba la mula. Desde +el regreso de Védène hasta las vísperas del siguiente +día, la vengativa bestia no cesó de atiborrarse +de avena y cocear la pared con los cascos +de atrás. También el animal hacía sus preparativos +para la ceremonia...</p> + +<p>Al día siguiente, después de haberse cantado +vísperas, Tistet Védène hizo su entrada en el +patio del palacio papal. En él estaban todo el +alto clero, los cardenales con sus togas rojas, el +«abogado del diablo» de terciopelo negro, los +abades de conventos con sus pequeñas mitras, +los mayordomos de fábrica de San Agrico, las +sotanas violetas de la escolanía sin que faltaran +numerosos individuos del bajo clero, los +soldados del Papa de gran uniforme de gala, +los ermitaños del monte Ventoso con sus caras +feroces y el monacillo que los sigue tocando +la campanilla, los hermanos disciplinantes desnudos +de pecho y espalda, los floridos sacristanes +con toga de jueces; todos, toditos, hasta +los que hacen las aspersiones de agua bendita, +y el que enciende y el que apaga los cirios... +nadie faltaba al solemne acto... ¡Ah! ¡Era una +hermosa ordenación! Campanas, petardos, sol, +música, y siempre esos sonoros tamboriles que +guiaban la danza allá abajo, en el puente de +Aviñón...</p> + +<p>Al presentarse Védène en medio de la asamblea, +su empaque y su buen talante produjeron +un murmullo de admiración. Era un magnífico +provenzal, rubio, con largos cabellos de puntas +rizadas y una barbita corta y primeriza que +parecía formada por vedijas de metal fino desprendidas +por el buril de su padre, el escultor en +oro. Circularon rumores de que los dedos de la +reina Juana habían jugado algunas veces con +aquella rubia barba, y efectivamente el señor +de Védène tenía el glorioso aspecto y el mirar +abstraído de los galanes amados por reinas... +Aquel día, para honrar a su nación, había sustituido +su vestido napolitano por un capisayo +bordado de rosas, a la provenzala, y sobre su +capillo temblaba una gran pluma de ibis de +Camargue.</p> + +<p>Al entrar el archipámpano, saludó galantemente +a la concurrencia, y dirigiose a la elevada +escalinata, donde le aguardaba Su Santidad +para imponerle las insignias de su grado: +la cuchara de boj amarillo y la sotana de color +de azafrán. Junto a la escalera estaba la mula, +enjaezada y dispuesta a partir para la viña... +Al pasar cerca de ella, sonriose satisfecho Tistet +Védène y se detuvo para darle dos o tres +golpecitos cariñosos en la grupa, mirando con +el rabillo del ojo si el Papa lo observaba. La +ocasión era propicia... La mula tomó impulso...</p> + +<p>—¡Toma, allá te va, bandido! ¡Siete años +hacía que te la guardaba!</p> + +<p>Y le soltó una coz tan terrible, tan certera, +que desde Pamperigouste se vio el humo, una +humareda de polvo rubio en la que revoloteó +una pluma de ibis... ¡Eso fue todo lo que quedó +del infortunado Tistet Védène!...</p> + +<p>Pocas veces son las coces de mula tan fulminantes. +Pero aquélla era una mula papal. Y +además, ¡figúrense ustedes!... ¡Hacía nada +menos que siete años que se la guardaba!... +No hay ejemplo de odios eclesiásticos semejante +al mencionado.</p> + + + +<h3><a name="EL_FARO_DE_LAS_SANGUINARIAS" id="EL_FARO_DE_LAS_SANGUINARIAS"></a>EL FARO DE LAS SANGUINARIAS</h3> + + +<p>No me fue posible, por muchos esfuerzos que +hice, pegar los ojos aquella noche. El mistral +estaba furioso, y el estrépito de sus grandes +silbidos me desveló hasta el amanecer. El molino +entero crujía, balanceando pesadamente sus +aspas mutiladas, que resonaban con el cierzo +lo mismo que el aparejo de un buque. Volaban +las tejas de su destruida techumbre. En lontananza, +los pinos apretados que cubrían la colina +se agitaban zumbando entre sombras. Creyérase +que era el alta mar...</p> + +<p>Esto trajo a mi memoria el recuerdo de mis +gratos insomnios de hace tres años, cuando yo +vivía en el faro de las Sanguinarias, allá abajo, +en la costa de Córcega, a la entrada del golfo +de Ajaccio, otro hermoso rincón que encontré +para meditar y estar a solas.</p> + +<p>Imagínense ustedes una isla rojiza de aspecto +salvaje, el faro en una punta, y en la otra +una antigua torre genovesa, donde en mi tiempo +habitaba un águila. Abajo, en la orilla del +agua, las ruinas de un lazareto, invadido completamente +por las hierbas; luego barrancos, +malezas, rocas enormes, algunas cabras montaraces, +caballejos corsos triscando con las crines +al viento; finalmente, allá arriba, en la altura, +entre un torbellino de aves marinas, la +casa del faro, con su plataforma de mampostería +blanca, donde paseaban los torreros de un +lado a otro, la verde puerta ojival, la torrecilla +de hierro fundido, y encima la gran linterna, +cuyas facetas brillan al sol y despiden luz aun +en medio del día... He aquí la isla de las Sanguinarias, +tal como la volví a ver en mi imaginación +esa noche, al oír roncar mis pinos. +Antes de poseer un molino, aquella isla encantada +era donde iba yo a retirarme siempre +que necesitaba aire libre y soledad.</p> + +<p>—¿Qué hacía allí?</p> + +<p>Lo mismo que ahora aquí, quizá menos. +Cuando soplaban el mistral o la tramontana +con extremada violencia, situábame entre +dos peñascos al borde del agua, en medio de las +goletas, de los mirlos, de las golondrinas, y +allí permanecía todo el día, en esa especie de +estupor y delicioso anonadamiento que la contemplación +del mar produce. ¿Verdad que conocen +ustedes esa grata embriaguez del alma? +No se piensa, ni se sueña. Todo el ser se escapa, +vuela, se evapora. Se es la gaviota que se +zambulle, el polvo de espuma que sobrenada +al sol entre dos olas, el blanco humo de aquel +vapor-correo que desaparece en la lejanía, esa +pequeña barca de rojo velamen dedicada a la +pesca de corales, aquella perla de agua, ese +jirón de bruma, todo, menos uno mismo... +¡Oh, qué deliciosas horas de semisueño y de +divagaciones las que pasé en mi isla!...</p> + +<p>Cuando el viento soplaba con fuerza impidiéndome +estar a orillas del agua, me encerraba +en el patio del lazareto, un patio pequeño y +melancólico, todo él perfumado por el aroma +del romero y del ajenjo silvestres, y allí, junto +al lienzo de las vetustas paredes, dejábame invadir +por el vago olor de abandono y de tristeza +que envuelto en los rayos del sol flotaba +entre los aposentos de piedra, abiertos por todas +partes como tumbas antiguas. Un portazo +o un salto ligero entre la hierba interrumpía de +vez en cuando el silencio monótono que reinaba +en aquel solitario lugar: era una cabra, que +acudía a rumiar al resguardo del viento. Al +verme se detenía absorta, y quedábase plantada +ante mí, con aire vivaracho, los cuernos +en alto, contemplándome con ojos juveniles...</p> + +<p>El portavoz de los torreros me llamaba para +comer a las cinco, y a esa hora, por un senderito +escarpado a pico entre los matorrales, suspenso +encima del mar, encaminábame lentamente +al faro, volviendo a cada momento la +vista hacia aquel inmenso horizonte de agua y +de luz, que parecía ensancharse conforme ascendía +yo.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>El espectáculo era encantador desde la cima. +Creo aún ver aquel magnífico comedor, de anchas +losas, paramentos de encina, la sopa de +peces humeante en medio, la puerta completamente +abierta al blanco terrado, y los resplandores +del Poniente que lo inundaban de +luz... Allí me aguardaban siempre, para sentarse +a la mesa, los torreros. Eran tres: uno +de Marsella y dos de Córcega; los tres pequeños, +barbudos, con igual rostro curtido y resquebrajado, +e idéntico gabán de pelo de cabra, +pero de aspecto y humor completamente +distintos y aun contrarios.</p> + +<p>De la manera de vivir de aquellas gentes, +deducíase al punto la diferencia de ambas razas. +El marsellés, industrioso y vivo, siempre +atareado, en constante movimiento, recorría la +isla desde la mañana a la noche, cultivando, +pescando, recogiendo huevos de aves marinas, +ocultándose entre los matorrales para ordeñar +una cabra al paso, y siempre dispuesto a hacer +un alioli o a guisar alguna sopa de peces.</p> + +<p>Los corsos no se ocupaban absolutamente +nada más que de su servicio; considerábanse como +funcionarios, y pasaban todo el día en la +cocina jugando siempre largas partidas de <i>scopa</i>, +sin interrumpirlas más que para volver a +encender las pipas con aire grave, y para picar +en la palma de las manos grandes hojas de tabaco +verde con las tijeras...</p> + +<p>Sin embargo, marsellés y corsos eran tres +buenas personas, sencillos, bonachones, y muy +considerados para con su huésped, aunque en +el fondo lo creyeran un señor muy extraordinario.</p> + +<p>No les faltaban motivos para opinar así, +¡porque eso de encerrarse en el faro!... ¡Y +ellos, que encuentran tan largos los días, y son +tan felices cuando les llega el turno de bajar +a tierra!... En la buena estación, gozan de +gran ventura todos los meses. Diez días de tierra +firme por treinta de faro: así lo prescribe +el reglamento. Pero en el invierno y durante +los grandes temporales, no hay reglamentos +que valgan. Arrecia el vendaval, suben las olas, +la espuma blanquea las Sanguinarias, y los +torreros de servicio permanecen bloqueados dos +o tres meses consecutivos, y no pocas veces +hasta con circunstancias aterradoras.</p> + +<p>—Oiga usted, señor, lo que me ocurrió hace +cinco años—me refería en una ocasión el viejo +Bartoli, mientras comíamos;—el caso me sucedió +en esta misma mesa donde estamos, una +tarde de invierno, como ahora. Aquella tarde +sólo estábamos dos en el faro: un compañero +llamado Tchéco y yo... Los demás estaban en +tierra, enfermos, con licencia, no recuerdo +bien... Habíamos concluido de comer, muy +tranquilos... De repente mi camarada deja de +comer, me mira un momento con unos ojos pícaros, +y ¡cataplum! se cae encima de la mesa, +con los brazos adelante. Me acerco a él, lo muevo, +lo llamo: «¡Oh, Tché!... ¡Oh, Tché!...» +Nada: ¡estaba muerto!... ¡Imagínese usted +qué susto! Más de una hora estuve estupefacto +y tembloroso ante aquel cadáver; después, +de pronto, me acuerdo del faro. No tuve tiempo +más que de subir a la farola y encender. La +noche estaba ya encima... ¡Qué noche, caballero! +El mar y el viento no tenían sus voces +naturales. Continuamente parecíame que alguien +me llamaba en la escalera... Y además, +¡una fiebre, una sed! Nadie hubiera sido capaz +de hacer que yo bajara... ¡Me daba tanto +miedo el difunto! Sin embargo, hacia el alba +me animé un poco. Llevé a mi compañero a +su cama, le eché la sábana encima, recé algunas +oraciones y en seguida fui a hacer señales +de alarma.</p> + +<p>Desgraciadamente había mar gruesa y de +fondo: por más que llamé y llamé, nadie acudió... +Y yo a solas en el faro con mi pobre +Tchéco, ¡sabe Dios hasta cuándo! Yo confiaba +poder tenerlo conmigo hasta la llegada del barco; +pero a los tres días era aún completamente +imposible... ¿Cómo arreglármelas? ¿Llevarle +fuera? ¿Enterrarlo? La roca era sumamente dura; +y hay tantos cuervos en la isla! Me apenaba +el tener que abandonarles aquel cristiano. +Entonces pensé en bajarlo a uno de los +departamentos del lazareto... Toda una tarde +empleé en aquella triste faena, y le respondo +a usted de que necesité valor... ¡Mire usted, +caballero! Hoy todavía, cuando bajo a esta +parte de la isla en una tarde de ventarrón, me +parece llevar a cuestas el cadáver...</p> + +<p>¡Pobre viejo Bartoli! Sudaba sólo acordándose +de ello.</p> + +<p>Así pasábamos las horas de la comida, charlando +largo y tendido: el faro, el mar, narraciones +de naufragios, historias de bandidos corsos... +Luego, al obscurecer, el torrero del primer +cuarto encendía su candileja, tomaba la +pipa, la calabaza, un grueso Plutarco de cantos +rojos, único volumen que constituía la biblioteca +de las Sanguinarias, y desaparecía por el +fondo. Un momento después oíase en todo el +faro un estrépito de cadenas, de poleas, de +grandes pesas de reloj a las cuales se daba +cuerda.</p> + +<p>Yo me sentaba fuera, en la terraza, durante +ese tiempo. El sol, muy bajo ya, descendía +cada vez con más rapidez hacia el agua, llevándose +tras de sí todo el horizonte. Refrescaba +el viento, la isla teñíase de color violáceo. +Por el espacio pasaba junto a mí con perezoso +vuelo un gran pajarraco: era el águila que acudía +a guarecerse a la torre... Las brumas del +mar subían poco a poco. Bien pronto veíase tan +sólo el blanco festón de la espuma alrededor +de la isla... De pronto, por encima de mi cabeza, +surgía una gran oleada de plácida luz. Estaba +encendido el faro. Dejando en sombras +toda la isla, el luminoso haz de rayos iba a +caer a lo lejos en alta mar, y allí estaba yo rodeado +de tinieblas, bajo aquellas grandes ondas +lumínicas que apenas me salpicaban al paso... +Pero el viento seguía refrescando. Era necesario +recogerse. A tientas cerraba el grueso +portón y corría las barras de hierro; después, +y siempre a tientas, subía una escalerilla de +fundición, que retemblaba y sonaba con mis +pasos y llegaba a la cúspide del faro. Por supuesto, +allá sí que había luz.</p> + +<p>Imagínense ustedes una gigantesca lámpara +Cárcel, de seis filas de mecheros, en torno de +la cual giran lentamente las paredes de la linterna, +unas cerradas por enorme lente de cristal, +otras abiertas a una gran vidriera fija que +preserva del viento a la llama... Al entrar me +deslumbraba. Esos cobres, esos estaños, esos +reflectores de metal blanco, esas paredes de +cristal abombado que volteaban con grandes +círculos azulados, todo ese espejeo, toda esa +balumba de luces, me producían vértigos por +un instante.</p> + +<p>A pesar de todo, mi vista se acostumbraba +poco a poco a ello, concluyendo yo por sentarme +al pie mismo de la lámpara, junto al +torrero que leía su Plutarco en alta voz, por +temor a dormirse.</p> + +<p>Allá fuera, la obscuridad, el abismo. En el +balconcillo que circunda a la vidriera, el viento +corre aullando como un loco. Cruje el faro, +la mar brama. En el extremo de la isla, en +las rompientes, las olas simulan que disparan +cañonazos. A veces, un dedo invisible toca en +los vidrios: algún ave nocturna atraída por la +luz, y que se estrella la cabeza contra el cristal. +Dentro de la linterna centelleante y cálida, +nada más que el constante chisporroteo de la +llama, el ruido del aceite cayendo gota a gota, +y el de la cadena que va desenrollándose, y una +voz monótona, que salmodia la vida de Demetrio +de Falerea.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Mediada la noche, levantábase el torrero, +examinaba por última vez sus mechas, y bajábamos. +En la escalera nos tropezábamos con +el colega del segundo cuarto, quien subía restregándose +los ojos; se le entregaba la calabaza +y el Plutarco. Después, cuando nos íbamos +a acostar, entrábamos un momento en la habitación +del fondo, hecha un revoltijo de cadenas, +grandes pesas, depósitos de estaño, calabrotes, +y allí, a la luz del candilejo, el torrero +escribía en el gran libro del faro, abierto constantemente.</p> + +<p><i>Media noche. Buque a la vista por el horizonte. +Mar gruesa. Tempestad.</i></p> + + + +<h3><a name="LA_AGONIA_DE_LA_GOLETA_LIGERA" id="LA_AGONIA_DE_LA_GOLETA_LIGERA"></a>LA AGONIA DE LA GOLETA «LIGERA»</h3> + + +<p>Puesto que el mistral nos lanzó la otra noche +a la costa de Córcega, permítanme ustedes +que les refiera una triste historia marítima de +que hablan con frecuencia los pescadores de +por allá durante la velada, y acerca de la cual +me ha suministrado la casualidad datos muy +interesantes.</p> + +<p>Hace dos o tres años que ocurrió.</p> + +<p>Bogaba por el mar de Cerdeña, acompañado +de siete u ocho carabineros de mar. ¡Penoso +viaje para un novicio! En todo el mes de marzo +no habíamos disfrutado de un solo día bueno. +El viento del Este nos había combatido +con fiereza y el mar no abonanzaba.</p> + +<p>Una tarde, que capeábamos el temporal, +nuestra barca se refugió a la entrada del estrecho +de Bonifacio, en medio de un archipiélago +de islillas. Su aspecto era tranquilizador: grandes +rocas peladas, pobladas de aves, algunas +matas de ajenjo, espesuras de lentiscos, y acá +y acullá entre el fango algunos maderos que +empezaban a pudrirse; pero, a fe mía, para pasar +la noche eran preferibles esas rocas siniestras +al camarote de una vieja barca a medio +cubrir, donde entraba el oleaje como Pedro +por su casa, y con ella tuvimos que conformarnos.</p> + +<p>Tan pronto como desembarcamos y mientras +los marineros encendían lumbre para guisar +la sopa de peces, me llamó el patrón, y +mostrándome una pequeña cerca de piedra +blanca, perdida entre las brumas en el extremo +de la isla, me dijo:</p> + +<p>—¿Quiere usted venir al cementerio?</p> + +<p>—¡Un cementerio, patrón Lionetti! Pues, +¿dónde nos encontramos?</p> + +<p>—En las islas Lavezzi, señor. Aquí fueron +enterrados los seiscientos hombres de la fragata +<i>Ligera</i>, en el lugar mismo en que se perdió +hace diez años... ¡Pobre gente! No son +muy visitados y menos mal que llegamos nosotros +para decirles buenos días, puesto que ya +estamos en él...</p> + +<p>—Con mucho gusto por mi parte, patrón.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>¡Cuánta tristeza respira el cementerio de la +<i>Ligera</i>!... Lo veo todavía, con su bajo tapial, +su puerta de hierro oxidada y difícil de abrir, +con centenares de cruces negras ocultas por la +hierba. ¡Ni una corona de siemprevivas, ni un +recuerdo, nada!... ¡Ah, infelices muertos abandonados, +cuánto frío deben sentir en su tumba +casual!</p> + +<p>Un momento estuvimos allí arrodillados. El +patrón rezaba en voz alta. Enormes goletas, +únicos guardianes del cementerio, revoloteaban +sobre nuestras cabezas confundiendo sus roncos +gritos con los lamentos del mar.</p> + +<p>Cuando concluimos de rezar, regresamos +tristemente hacia el rincón donde había sido +amarrada la barca. No perdieron el tiempo los +marineros durante nuestra ausencia. Encontramos +una gran hoguera llameante resguardada +por un peñasco y la marmita que humeaba. +Nos sentamos en corro, con los pies juntos a +la lumbre, y bien pronto tuvo cada cual sobre +sus rodillas, dentro de una cazuela de barro colorado, +dos rebanadas de pan moreno con mucho +caldo. Nadie habló durante la comida: estábamos +mojados, teníamos hambre, y además +la proximidad del cementerio... A pesar de todo +desocupamos las cazuelas, encendimos las +pipas y empezamos a charlar un poco. Como +es natural, el tema de nuestra conversación fue +la <i>Ligera</i>.</p> + +<p>—Pero, dígame, ¿cómo ocurrió la catástrofe?—pregunté +al patrón, quien con la cabeza +apoyada en las manos, miraba la lumbre con +aire pensativo.</p> + +<p>—¿Que cómo ocurrió la catástrofe?—respondiome +el bueno de Lionetti, suspirando con +amargura.—¡Ah! señor, nadie del mundo pudiera +decirlo. Todo lo que sabemos es que la +<i>Ligera</i>, llena de tropas para Crimea, había zarpado +de Tolón la víspera por la tarde, con mal +tiempo. De noche todavía, empezó a arreciar +el temporal. Viento, lluvia, mar alborotado como +nunca. Por la mañana amainó un poco el +viento, pero el mar continuaba tan fiero; y a +todo esto, una maldita bruma del demonio, que +no permitía distinguir un fanal a cuatro pasos. +No puede usted formarse idea, señor, de +lo traidoras que son esas brumas. Eso nada importa; +nadie me quita de la cabeza que la +<i>Ligera</i> debió perder el timón de madrugada; +porque, por muy densa que fuera la bruma, sin +una avería, el capitán no hubiese venido a estrellarse +aquí. Era un experto marino, a quien +todos conocíamos. Había mandado la estación +naval de Córcega durante tres años y conocía +la costa tan bien como yo, que no conozco otra +cosa.</p> + +<p>—¿Y a qué hora se supone que se estrelló la +<i>Ligera</i>?</p> + +<p>—Debió ser a mediodía; sí, señor, en pleno +mediodía... Pero, ¡cáspita! con la bruma de +mar, ese pleno mediodía no era más claro que +una noche obscura como boca de lobo... Un +aduanero de la costa me refirió que aquel día, +habiendo salido de su caseta para sujetar los +postigos, próximamente a las once y media, +una racha de viento le llevó la gorra, y exponiéndose +a ser llevado él mismo por la resaca, +empezó a correr tras de aquélla a cuatro patas, +a lo largo de la playa. Comprenderá usted que +a los carabineros no les sobra la plata y una +gorra cuesta cara. Pues bien, parece ser que +al levantar un momento la cabeza nuestro hombre, +vio, muy cerca de él, entre la bruma, un +buque de alto bordo que huía a palo seco, sotaventeando +las islas Lavezzi. Este buque marchaba +con tanta velocidad, que el aduanero +apenas tuvo tiempo de verlo bien. Sin embargo, +todo hace suponer que sería la <i>Ligera</i>, +puesto que media hora más tarde el pastor de +las islas oyó en estas rocas... Pero justamente +viene aquí el pastor de que le hablo a usted; +él mismo podrá contarle el suceso... ¡Buenos +días, Palombo!... Ven a calentarte un poco; +no temas, hombre.</p> + +<p>Acercose a nosotros tímidamente un hombre +encapuchado, a quien veía yo desde poco +antes rondar alrededor de nuestra hoguera, y al +cual había tomado por uno de los tripulantes, +pues no sabía que hubiese pastor alguno en la +isla.</p> + +<p>Era un viejo leproso, casi completamente +idiota, atacado por no sé qué enfermedad escorbútica +que convertía sus labios en un gran +morro, que no podía mirarse sin repugnancia. +Costó gran trabajo hacerle entender de qué +se trataba. Entonces, levantándose con un dedo +el labio enfermo, el viejo nos contó que, en +efecto, desde su choza oyó aquel día, alrededor +de las doce, un horrible crujido en las peñas. +Como toda la isla estaba cubierta por el agua, +no había podido salir, y sólo al siguiente día fue +cuando, al abrir la puerta, pudo ver la costa +llena de restos y cadáveres arrastrados hasta +allí por el mar. Espantado, huyó a toda prisa +hacia su barca, para ir a Bonifacio a buscar +gente.</p> + +<p>Tomó asiento el pastor, rendido de haber hablado +tanto, y el patrón reanudó su discurso:</p> + +<p>—Sí, señor; este pobre viejo fue quien nos +avisó. Estaba casi loco de miedo, y desde entonces +tiene la cabeza a pájaros. Lo cierto es +que había motivo para ello... Figúrese usted +seiscientos cadáveres amontonados sobre la +arena, revueltos con astillas de madera y jirones +de lona... ¡Pobre <i>Ligera</i>!... El mar la +había molido de golpe y hecho trizas en tal +forma, que el pastor Palombo apenas ha podido +encontrar entre todos sus residuos con qué +hacer una empalizada para su choza... En +cuanto a los hombres, desfigurados casi todos, +espantosamente mutilados... inspiraba compasión +el verlos asidos unos a otros, en racimos... +Allí estaban el capitán con uniforme de gala, +el capellán con la estola al cuello; en un rincón, +entre dos peñascos, un grumete con los +ojos abiertos... parecía vivo todavía; ¡pero, no! +Era cosa decidida que nadie se librara...</p> + +<p>Al llegar a este punto, el patrón se interrumpió, +gritando:</p> + +<p>—¡Ten cuidado, Nardi, que se apaga la lumbre!</p> + +<p>Nardi arrojó en el brasero dos o tres pedazos +de tablones embreados, que se inflamaron, +y Lionetti prosiguió:</p> + +<p>—Lo más triste de esta historia es esto: +Tres semanas antes de la catástrofe, una pequeña +corbeta, que iba a Crimea, lo mismo que +la <i>Ligera</i>, naufragó del mismo modo y casi en +el mismo sitio; sólo que aquella vez pudimos +salvar la tripulación y veinte soldados de ingenieros +que iban a bordo... ¡Es claro, esos +pobres tiralíneas no estaban en su elemento! +Se les condujo a Bonifacio y permanecieron +dos días con nosotros en la <i>marina</i>... Después +que se secaron bien y se pusieron en pie, ¡buenas +noches, buena suerte! ¡Regresaron a Tolón, +donde volvieron a ser embarcados para Crimea!... +¿A que usted no adivina en qué buque?... +¡En la <i>Ligera</i>, señor!... Los vimos a +todos veinte, tumbados entre los muertos, en +el sitio donde nos encontramos ahora... Yo +mismo conocí a un lindo sargento de finos bigotes, +un pisaverde de París, a quien había +hospedado en mi casa y que nos había hecho +reír todo el tiempo con sus historias... Al encontrarlo +allí, se me partió el corazón... ¡Ah, +Santa Madre!...</p> + +<p>Y, al decir esto, el honrado Lionetti sacudió, +conmovido, la ceniza de su pipa y se arrebujó +en su capotón, dándome las buenas noches... +Durante algún tiempo, continuaron hablando a +media voz los marineros... Después, una tras +otra, se apagaron las pipas... No se pronunció +una palabra más... Marchose el pastor viejo... +Y yo me quedé solo soñando despierto, en medio +de la tripulación dormida.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Impresionado por el lúgubre relato que acababa +de oír, intenté reconstruir con la imaginación +el pobre buque difunto y la historia de +esta agonía cuyos únicos testigos fueron las +aves goletas. Algunos detalles que me llamaron +la atención, el capitán con uniforme de +gala, la estola del capellán, los veinte soldados +de ingenieros, ayudáronme a adivinar todos los +detalles del drama... Veía zarpar de Tolón la +fragata, al obscurecer... Sale del puerto. Hay +mar de fondo y un viento huracanado; pero el +capitán es un valiente marino, y todo el mundo +está tranquilo a bordo...</p> + +<p>A la madrugada, se levanta la bruma de mar. +Comienzan todos a inquietarse. Toda la tripulación +está sobre cubierta. El capitán no abandona +la toldilla... En el entrepuente, donde +van metidos los soldados, la obscuridad es completa; +la atmósfera está calurosa. Algunos están +enfermos, tendidos sobre sus petates. El +buque cabecea horriblemente; no se puede permanecer +de pie. Hablan sentados en corrillos +en el suelo, abrazándose a los bancos; es necesario +gritar para oírse. Algunos empiezan a +atemorizarse... ¡No es para menos el caso! +Son frecuentes los naufragios en estos parajes; +si no, que lo digan los «tiralíneas», y lo que +éstos refieren es para asustar a cualquiera.</p> + +<p>Especialmente, su sargento primero, un parisiense +que siempre está de broma, pone la +carne de gallina con sus chanzonetas.</p> + +<p>—¡Un naufragio!... Pues, si es la cosa más +divertida un naufragio. Salimos del paso con +un baño frío, y después nos conducen a Bonifacio, +a comer mirlos en casa del patrón Lionetti.</p> + +<p>Y los «tiralíneas» ríe que te reirás...</p> + +<p>De repente se oye un crujido... ¿Qué es eso? +¿Qué pasa?...</p> + +<p>—El timón se ha ido—dice un marinero calado +de agua, el cual cruza corriendo el entrepuente.</p> + +<p>—¡Buen viaje!—grita ese loco de sargento; +pero esto ya no hace excitar la risa.</p> + +<p>Gran barullo sobre el puente. La bruma impide +verse. Los marineros van de un lado para +el otro horrorizados, a tientas... ¡Ya no hay +timón! No se puede maniobrar... La <i>Ligera</i>, +perdido el rumbo, corre con tanta velocidad +como el viento... Entonces es cuando la ve pasar +el aduanero; son las once y media. A proa +de la fragata suena un cañonazo... ¡Las rompientes, +las rompientes!... Todo concluyó: no +hay más esperanza, va derecha a la costa... +El capitán desciende a su camarote... Al cabo +de un momento, ocupa nuevamente su puesto +en la toldilla con uniforme de gala... Ha querido +engalanarse para morir.</p> + +<p>En el entrepuente se contemplan ansiosos +los soldados, sin rechistar... Los enfermos pretenden +levantarse... el sargentito ya no se ríe...</p> + +<p>Entonces se abre la puerta y aparece en el +umbral el capellán con su estola, diciendo:</p> + +<p>—¡De rodillas, hijos míos!</p> + +<p>Todos obedecen. Con voz atronadora, el sacerdote +comienza las preces por los agonizantes.</p> + +<p>Sobreviene de pronto un choque formidable, +un grito, uno solo, una gritería inmensa, brazos +tendidos, manos que se entrelazan, ojos extraviados +en los que se refleja con la rapidez del +relámpago la trágica visión de la muerte...</p> + +<p>¡Misericordia!</p> + +<p>Toda la noche la pasé lo mismo: soñando, +evocando, a los diez años del suceso, el alma +del pobre buque cuyos restos me circundaban. +A lo lejos, en el estrecho, rugía la tempestad, +la tempestad; la llama de la hoguera inclinábase +a uno y otro lado con las rachas de viento, +y oía danzar a nuestra barca junto a las +rocas, haciendo crujir las amarras.</p> + + + +<h3><a name="LOS_ADUANEROS" id="LOS_ADUANEROS"></a>LOS ADUANEROS</h3> + + +<p>Una vieja embarcación de la Aduana, semicubierta, +era la <i>Emilia</i>, de Porto-Vecchio, a +bordo de la cual hice aquel viaje lúgubre a las +islas Lavezzi. Para resguardarse en ella del +viento, de las olas y de la lluvia, sólo había un +pequeño pabellón embreado, lo suficientemente +amplio para contener escasamente una mesa y +dos literas. Con tan pobres recursos, merecían +verse nuestros marineros con el mal cariz del +tiempo. Chorreaban los rostros, las blusas caladas +de agua humeaban como ropa blanca puesta +a secar en estufa, y en pleno invierno los +infelices pasaban así días enteros, hasta las noches +inclusive, acurrucados en sus mojados +asientos, tiritando entre aquella humedad malsana, +porque no se podía encender fuego a bordo, +y muchas veces era difícil ganar la costa... +Pues bien, ni uno de aquellos hombres se quejaba. +En los más recios temporales, siempre +los vi con idéntica placidez, del mismo buen +humor. Y, no obstante, ¡qué triste vida la de +esos carabineros de mar!</p> + +<p>Casados casi todos ellos, con esposa e hijos +en tierra, permanecen meses enteros separados +de su familia dando bordadas por aquellas tan +peligrosas costas, alimentándose solamente de +pan enmohecido y cebollas silvestres. ¡Jamás +beben vino, nunca comen carne, porque la carne +y el vino cuestan caros, y su sueldo es sólo +quinientos francos al año! ¡Figúrense ustedes +si habrá obscuridad en la choza de allá abajo, +en la <i>marina</i>, y si los niños irán bien calzados!... +¡No le hace! Todas esas gentes parecen +contentas con su suerte. A popa, delante del +camarote, había un gran balde lleno de agua +llovida, donde la tripulación calmaba la sed, +y recuerdo que, apurado el último buche, cada +uno de esos pobres diablos sacudía su escudilla +con un ¡ah! de satisfacción, una expresión de +bienestar tan cómica como enternecedora.</p> + +<p>El que mostraba más alegría y satisfacción +entre todos era un natural de Bonifacio, tostado, +pequeño y rechoncho, a quien llamaban +Palombo. Este pasábase el tiempo cantando +aun en medio de los mayores temporales. Cuando +el oleaje tomaba el color del plomo, cuando +el cielo obscuro por la cerrazón llenábase de +menudo granizo y venteaban todos la borrasca +que iba a venir, entonces, entre el silencio absoluto +y la ansiedad de a bordo, comenzaba a +canturrear la voz reposada de Palombo:</p> + +<p class="poem"> +No, señor,<br /> +Es gran honor.<br /> +Es honrada Liseta y no fe...a:<br /> +Se queda en la alde...a...<br /> +</p> + +<p>Y por muchas que fueran las rachas que hacían +crujir el velamen, zarandeando e inundando +la barca, no dejaba de oírse la canción del +aduanero, balanceada cual una gaviota en la +cresta de las olas. El viento acompañaba en +ocasiones con demasiada fuerza, y no se oían +las palabras; pero después de cada golpe de +mar, entre el murmullo del agua que chorreaba, +oíase constantemente el estribillo de la +canción:</p> + +<p class="poem"> +Es honrada Liseta y no fe...a:<br /> +Se queda en la alde...a...<br /> +</p> + +<p>Pero llegó un día de viento y lluvia muy +fuertes, en que ya no lo oí. Era tan extraordinario +el caso, que saqué del camarote la cabeza:</p> + +<p>—¡Eh, Palombo! ¿No cantas hoy?</p> + +<p>Palombo no respondió. Estaba inmóvil, tendido +en su banco. Me acerqué a él. Castañeteábanle +los dientes; la fiebre hacía temblar todo +su cuerpo.</p> + +<p>—Tiene una <i>puntura</i>—me dijeron afligidos +sus camaradas.</p> + +<p>Ellos llaman <i>puntura</i> a una punzada de costado, +una pleuresía. Aquella gran cerrazón plomiza, +aquella barca chorreando agua, aquel pobre +febricitante arrebujado en un viejo capote +de caucho que relucía bajo la lluvia como una +piel de foca: jamás he presenciado nada más +lúgubre. El frío, el viento y el vaivén de las +olas no tardaron en agravar en su enfermedad +al pobre aduanero. Lo acometió el delirio y fue +necesario atracar.</p> + +<p>Después de mucho tiempo y no pequeños esfuerzos, +entramos al obscurecer en una ensenadita +árida y silenciosa, animada solamente +por el vuelo circular de algunas aves. En +cuanto de la playa alcanzaba la vista, erguíanse +altas rocas escarpadas, intrincados laberintos +de arbustos verdes, de un verde obscuro y hojas +perennes. Abajo, junto al agua, una casita +blanca, con postigos grises, era el puesto de la +Aduana. En medio de ese desierto, aquel edificio +del Estado, con cifras como una gorra de +uniforme, producía una impresión desagradable +de indecible malestar. El pobre Palombo +fue desembarcado allí. ¡Triste asilo para un +enfermo! Encontramos al aduanero disponiéndose +a comer al amor de la lumbre, en compañía +de su mujer y sus hijos. Todas aquellas +gentes tenían caras pálidas, amarillentas, grandes +ojos sombreados por la fiebre. La madre, +joven todavía, con un niño de pechos en los +brazos, estremecíase de frío cuando hablaba +con nosotros.</p> + +<p>—Es un puesto mortífero—me dijo en voz +baja el inspector.—Nos vemos en la necesidad +de relevar a nuestros aduaneros cada dos años. +La fiebre de las marismas los mata.</p> + +<p>Sin embargo, se pretendía ir a buscar un +módico. Para encontrar al más próximo era preciso +ir hasta Sartène, es decir, a seis u ocho +leguas de allí. ¿Cómo arreglárselas? Nuestros +marineros estaban completamente extenuados +de cansancio, y no se podía enviar a uno de los +niños tan lejos. Entonces la mujer, inclinándose +fuera, llamó:</p> + +<p>—¡Cecco!... ¡Cecco!</p> + +<p>Y entró un mocetón muy fornido, verdadero +tipo de cazador en vedado o de <i>bandito</i>, con su +gorro de lana parda y su gabán de pelo de cabra. +Al desembarcar ya me había fijado en él, +al verle sentado a la puerta, con su pipa roja +entre los dientes y un fusil entre las piernas, +pero, ignoro por qué, había huido al aproximarnos. +Tal vez creyó que iban gendarmes con +nosotros. Cuando entró, ruborizose un poco la +aduanera.</p> + +<p>—Es mi primo—nos dijo.—No hay temor +de que éste se pierda entre la espesura.</p> + +<p>Díjole después algunas palabras en voz baja, +señalándole el enfermo. Inclinose el hombre +sin replicar, silbó a su perro y salió corriendo +a todo escape, escopeta al hombro, saltando de +peña en peña a grandes zancadas.</p> + +<p>Durante, ese tiempo, los niños, que parecían +aterrados por la presencia del inspector, concluyeron +pronto de comer las castañas y el queso +blanco. ¡Y siempre agua, sólo agua en la +mesa! Sin embargo, ¡hubiera venido tan bien +un trago de vino a los pequeños! ¡Ah, miseria! +Al fin, la madre subió a acostarlos; el padre, +encendiendo el farol, fuese a inspeccionar la +costa, y nosotros continuamos velando a nuestro +enfermo, que se revolvía en su camastro +cual si aun estuviese en alta mar, zarandeado +por el oleaje. Para calmar un poco su <i>puntura</i>, +calentamos guijarros y ladrillos, poniéndoselos +en el costado. Una o dos veces, al acercarme a +su lecho, el infeliz me conoció, y para darme +las gracias me tendió trabajosamente la mano, +una manaza rasposa y tan ardiente como uno +de aquellos ladrillos sacados del fuego.</p> + +<p>¡Triste velada! Fuera habíase recrudecido +el temporal al expirar el día, y era aquello un +estrépito, una descarga cerrada, un surgidero +de espumarajos, la batalla entre los peñascos +y las aguas. Un golpe de viento de alta mar +penetraba de vez en cuando en la caleta y envolvía +nuestra casa. Conocíase por el repentino +aumento de las llamas, que iluminaban de pronto +los mohínos rostros de los marineros, agrupados +en derredor de la chimenea contemplando +el fuego con esa plácida expresión que da el +hábito de las hermosas perspectivas y de los +horizontes inmensos. También, a veces, quejábase +Palombo con dulzura. Entonces volvían +todos los ojos hacia el rincón obscuro, donde +el pobre compañero estaba en el trance de la +muerte, lejos de los suyos y sin ayuda, y, acongojados +los pechos, oíanse grandes suspiros. +Eso es todo cuanto inspiraba a aquellos trabajadores +del mar, pacientes y dulces, el sentimiento +de su propio infortunio. Nada de sublevaciones +ni de huelgas.</p> + +<p>¡Solamente un suspiro! Sin embargo, me +equivoco. Al pasar uno de ellos por delante de +mí para arrojar un haz de leña al fuego, me +dijo con voz baja y conmovida:</p> + +<p>—¡Ya ve usted, señor, que en nuestro oficio +se sufren a veces muchas penas!</p> + + + +<h3><a name="LOS_VIEJOS" id="LOS_VIEJOS"></a>LOS VIEJOS</h3> + + +<p>—¿Qué es eso, tío Azam? ¿Una carta?</p> + +<p>—Sí, señor... una carta que viene de París.</p> + +<p>¡Y poco orgulloso estaba el buen tío Azam +con que la carta viniese de París! Yo no. Algo +me decía que aquella parisiense de la calle de +Juan Jacobo, al caer en mi mesa tan repentinamente +y tan temprano, iba a hacerme perder +toda la mañana. No me había equivocado, +como pueden juzgar ustedes mismos. Decía así:</p> + +<p class="top5">«Amigo mío: Necesito que me hagas un favor. +Cierra por un día tu molino, y ve en seguida +a Eyguières, que es un lugarón que +dista tres o cuatro leguas de tu residencia, un +paseo, como quien dice. Cuando llegues, pregunta +por el convento de las huérfanas. Pasado +el convento, verás una casa de un solo +piso, contiene postigos grises y un jardinillo +detrás. Entra sin llamar, la puerta está +siempre abierta, y cuando entres da muchas +vocea:—¡Buenos días, buena gente! Soy +amigo de Mauricio.—Entonces verás a dos +viejecitos, ¡oh! pero viejos, reviejos, archiviejos, +tenderte los brazos desde el fondo de +sus grandes sillones, y los abrazas en mi nombre, +de todo corazón, como si fuesen cosa tuya. +Después hablarán ustedes; ellos te preguntarán +por mí, y yo seré el único tema de +su conversación; te contarán mil chocheces, +que debes escuchar sin reírte. ¿No te reirás, +eh? Son mis abuelos, dos seres para quienes +yo soy toda su vida, y que no me han visto +desde hace diez años. ¡Mira tú que diez años +tienen días! Pero, ¿qué quieres? París me ha +hecho prisionero como a ellos la edad avanzada. +Son tan viejos, que si viniesen a verme, +se quedarían en el camino. Afortunadamente, +mi querido molinero, andas tú por ahí abajo, +y al abrazarte, los pobres creerán en cierto +modo que soy yo a quien abrazan. ¡Les he +hablado tantas veces de nosotros y de la buena +amistad que nos une!»</p> + +<p class="top5">¡Llévese el diablo la buena amistad! Justamente +aquella mañana hacía un tiempo hermoso, +pero poco adecuado para rodar por los caminos, +demasiado mistral y excesivo sol, un +verdadero día de Provenza. Cuando recibí aquella +maldita carta había ya elegido mi abrigo +entre dos rocas, y soñaba con pasar allí todo +el día como un lagarto, inundándome de luz +y oyendo cantar los pinos. En fin, ¿qué vamos +a hacerle? Cerré el molino gruñendo y coloqué +la llave debajo de la gatera. Tomé el garrote y +la pipa, y eché a andar.</p> + +<p>Llegué a Eyguières próximamente a las dos. +El villorrio estaba desierto, todo el mundo en +el campo. En los olmos, junto a la acequia, +blancos de polvo, cantaban las cigarras como +en pleno Crau. En la plaza de la Alcaldía, tomando +el sol, un asno, y en la fuente de la +iglesia una bandada de palomas, pero ni un alma +a quien preguntar por el convento de las +huérfanas. Afortunadamente, aparecióseme de +pronto una hada vieja, hilando en cuclillas arrimada +al quicio de su puerta, le expuse mi deseo, +y como aquella hada era muy poderosa, no +necesitó más que levantar la rueca, y alzose al +punto ante mí, como por arte de magia, el convento +de las huérfanas. Era un caserón destartalado +y obscuro, muy satisfecho de lucir sobre +su pórtico ojival una vetusta cruz de arenisca +roja, con una inscripción latina. Junto a aquella +casa, vi otra más pequeña con postigos grises, +y el jardín detrás.</p> + +<p>La conocí en seguida y entré sin llamar.</p> + +<p>Durante toda mi vida recordaré aquel largo +corredor fresco y tranquilo, la pared pintada +de color de rosa, el jardinillo que se entreveía +en el fondo a través de una cortina de color, +y en todos los tableros flores y violines descoloridos. +Prodújome la misma impresión que hubiera +experimentado al entrar en la casa de algún +antiguo bailío de los tiempos de Maricastaña. +Al fin del pasillo, a la izquierda, por una +puerta entornada oíase el tic tac de un enorme +reloj y una voz infantil, pero de niño de la +escuela, que leía deteniéndose en cada sílaba: +En...ton...ces... San... I...re...ne...o... ex...cla...mó:... +Yo... soy... el... tri...go del... Se...ñor... +Es... ne...ce...sa...rio... que... me... +tri...tu...ren... las... mue...las... de... es...tos... +a...ni...ma...les... Acerqueme con precaución +a aquella puerta y miré.</p> + +<p>Entre la calma y la media luz de un cuartito, +un buen anciano de pómulos rojos, arrugado +hasta la punta de los dedos, dormía embutido +en un sillón, con la boca abierta y las manos +en las rodillas. A sus pies, una niñita con traje +azul, esclavina grande y capillo pequeño, el +traje de las huérfanas, leía la <i>Vida de San Ireneo</i> +en un libro más grande que ella. Esta lectura +milagrosa había ejercido notable influencia +sobre toda la casa. El viejo dormía en su +sillón, las moscas en el cielo raso y los pájaros +en sus jaulas, allá abajo, en la ventana. El gran +reloj repetía con insistencia monótona su acompasado +tic tac, tic tac. En toda la estancia no +estaba despierto nada más que un gran haz de +luz que se filtraba derecho y blanco por entre +los postigos cerrados, lleno de chispas vivientes +y de valses microscópicos. En medio de +aquel general adormecimiento, la niña proseguía +su lectura con aire grave: En... se...gui...da... +dos... le...o...nes... se... lan...za...ron... +so...bre... él... y... lo... de...vo...ra...ron... En +ese momento entré yo. Los leones de San Ireneo, +entrando precipitadamente en la estancia, no +hubieran producido allí más asombro del que +yo produje. ¡Un verdadero efecto teatral! La +pequeña exhala un grito, cáese el librote, espabílanse +los canarios y las moscas, el viejo se +yergue sobresaltado, despavorido y turbado yo +mismo un poco, me paro en el umbral diciendo +a voces:</p> + +<p>—¡Buenos días, buenas gentes, soy amigo +de Mauricio!</p> + +<p>¡Oh! Entonces, si ustedes hubieran visto al +pobre viejo, si le hubiesen visto precipitarse a +mí, con los brazos extendidos, abrazarme, apretarme +las manos, correr trastornado por la habitación, +repitiendo:</p> + +<p>—¡Dios mío, Dios mío!</p> + +<p>Reíansele todas las arrugas del rostro. Estaba +rojo. Tartamudeaba.</p> + +<p>—¡Ah, caballero! ¡Ah, caballero!</p> + +<p>Ibase después al fondo, llamando:</p> + +<p>—¡Mamette!</p> + +<p>Se abre una puerta, y se oye en el pasillo +un trotecito de ratón. Era Mamette. Nada tan +conmovedor como aquella viejecita con su gorro +de casco, su hábito carmelita y el pañuelo +bordado, que por honrarme tenía en la mano, +conforme a la usanza antigua. ¡Cosa enternecedora: +se parecían! Con papalina y cosas amarillas +también él hubiera podido llamarse Mamette. +Pero la verdadera Mamette había debido +llorar mucho durante su vida, y estaba aún más +arrugada que la otra. También, como la otra, +tenía junto a sí una niña del asilo de huérfanas, +guardianita con esclavina azul que nunca la +abandonaba, y el ver esos viejos amparados por +esas huérfanas, era lo más conmovedor que puede +concebirse.</p> + +<p>Mamette, al entrar, había comenzado por hacerme +una gran reverencia; pero el viejo la +paralizó con cuatro palabras:</p> + +<p>—Es amigo de Mauricio.</p> + +<p>Y he aquí que, al punto, tiembla, llora, pierde +el pañuelo, se pone encarnada, muy roja, +aún más roja que él. ¡Esos viejos! La única +gota de sangre que tienen en las venas, se les +sube a la cara a la más pequeña emoción.</p> + +<p>—¡Pronto, pronto, una silla!—grita la vieja +a su niña.</p> + +<p>—¡Abre los postigos!—dice el viejo a la +suya.</p> + +<p>Y agarrándome cada cual por una mano, lleváronme +de un trote a la ventana, abierta de +par en par, para contemplarme mejor. Acercan +los sillones, me instalo entre ambos en una silla +de tijera, colócanse detrás de nosotros las dos +niñas de azul, y comienza el interrogatorio.</p> + +<p>—¿Cómo está? ¿Qué hace? ¿Por qué no ha +venido a vernos? ¿Está contento?</p> + +<p>Y patatín, y patatán. Todo esto durante dos +horas.</p> + +<p>Contesté del mejor modo posible a todas las +preguntas, diciendo acerca de mi amigo los detalles +que conocía, inventando descaradamente +los que ignoraba, y guardándome, sobre todo, +de confesar que jamás había reparado en si +cerraban bien sus ventanas, o de qué color era +el papel de su cuarto.</p> + +<p>—¡El papel de su cuarto! Es azul, señora, +azul pálido con guirnaldas.</p> + +<p>—¿Verdad?—exclamaba conmovida la pobre +vieja.</p> + +<p>Y dirigiéndose a su marido, agregaba:</p> + +<p>—¡Es tan buen muchacho!...</p> + +<p>—¡Oh, sí, es un buen muchacho!—repetía +el otro lleno de entusiasmo.</p> + +<p>Y mientras que yo hablaba había entre ellos +movimientos de cabeza, sonrisitas maliciosas, +guiños de ojos, aires de valor entendido. O bien, +el viejo que se aproximaba a mí diciéndome:</p> + +<p>—Hable usted más fuerte. Es un poco sorda.</p> + +<p>Y ella por su parte:</p> + +<p>—Le suplico que hable algo más alto. Es un +poco teniente.</p> + +<p>Yo alzaba entonces la voz, y dábanme los +dos las gracias con una sonrisa, y entre esas +lánguidas sonrisas con que se inclinaban hacia +mí, pretendiendo ver en el cristal de mis ojos +la imagen de su Mauricio, conmovíame el encontrar +yo mismo aquella imagen, vaga, velada, +casi imperceptible, cual si viese a mi amigo +sonreírseme, entre una bruma, en las lejanías.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>El viejo yérguese repentinamente en el sillón.</p> + +<p>—¿A que no adivinas en qué estoy pensando, +Mamette? ¡Quizá no habrá almorzado!</p> + +<p>Y Mamette, trastornada, levantando los ojos +al cielo, exclama:</p> + +<p>—¡Sin almorzar! ¡Santo Dios!</p> + +<p>Pensé que hablaban todavía de Mauricio, e +iba a responder que ese buen muchacho jamás +se ponía a la mesa después del mediodía. Pero +no, era a mí a quien se referían. Y eran de ver +las idas y venidas cuando confesé que todavía +no me había desayunado.</p> + +<p>—¡En seguida, el cubierto, niñas! La mesa +en medio del cuarto, el mantel del domingo, +los platos de flores. No se rían tanto, hagan el +favor, y vamos de prisita.</p> + +<p>Creo que, efectivamente, se apresuraron. +Apenas en el tiempo necesario para romper tres +platos, encontrose servido el almuerzo.</p> + +<p>—¡Un buen almuercito!—me decía Mamette +al conducirme a la mesa;—pero es sólo para +usted, porque nosotros ya comimos esta mañana.</p> + +<p>A cualquier hora que se visite a esos pobres +viejos, siempre han comido por la mañana.</p> + +<p>El buen almuercito de Mamette componíase +de dos dedos de leche, unos dátiles y una <i>barquette</i>, +una cosa parecida a un pestiño, algo +con que alimentarse ella y sus canarios lo menos +durante ocho días. ¡Y decir que yo sólo me +engullí todas aquellas provisiones! Así, pues, +¡qué indignación alrededor de la mesa! ¡Cómo +cuchicheaban las niñas vestidas de azul, dándose +con el codo! Y allá abajo, dentro de sus +jaulas, cómo parecían decirse los canarios: +¡Oh! ¿Pues no se come ese señor de una sentada +todo el pestiño?</p> + +<p>Efectivamente, me lo comí todo y casi sin +darme cuenta de ello, distraído como estaba +mirando a mi alrededor aquella habitación clara +y apacible, donde flotaba como un olor a +cosas antiguas. Lo que más me llamaba la atención +eran dos camitas de las cuales no podía +separar los ojos. Figurábame esos lechos, casi +como dos cunas, a la hora del alba, cuando están +aún ocultos por sus grandes cortinajes de +cenefas. Dan las tres de la madrugada. A esa +hora suelen despertarse todos los viejos.</p> + +<p>El pregunta:</p> + +<p>—¿Duermes, Mamette?</p> + +<p>—No, querido.</p> + +<p>—¿Verdad que Mauricio es un buen muchacho?</p> + +<p>—¡Oh, sí! Es un buen muchacho.</p> + +<p>Y así poco más o menos, imaginábame yo +una charla completa, sólo con haber visto esas +dos camitas de viejo, colocadas una junto a +otra.</p> + +<p>Durante este tiempo al extremo opuesto de +la habitación desarrollábase un drama terrible +delante del armario. Tratábase de alcanzar allá +arriba, en la última tabla, cierto frasco de cerezas +en aguardiente que hacía diez años que +aguardaba a Mauricio, y con cuya apertura quisieron +obsequiarme. A pesar de los ruegos de +Mamette, el viejo se había empeñado en ir a +buscar él mismo las cerezas, y encaramado sobre +una silla, con gran espanto de su mujer, +pretendía alcanzarlo. Figúrense el cuadro: el +viejo temblaba, y empinábase; las niñas vestidas +de azul, agarradas a la silla de éste, detrás +de él Mamette, jadeante, con los brazos +tiesos, y dominando todo esto un leve aroma +de bergamota que despedían grandes pilas de +ropa blanca amarillenta amontonada en el armario +abierto. Era encantador.</p> + +<p>Después de esfuerzos inauditos, consiguiose, +por fin, sacar del armario el famoso frasco y +con él un antiguo vasito de plata completamente +abollado, el vaso que Mauricio usaba cuando +era pequeño. Me lo llenaron de cerezas hasta +el borde, ¡le agradaban tanto a Mauricio las +cerezas! Y al servirme el viejo me murmuraba +al oído con aire golosón:</p> + +<p>—¡Es usted muy dichoso pudiendo comerlas! +Mi mujer es quien las ha preparado. Va +usted a probar cosa rica.</p> + +<p>Su mujer, ¡ah! las había preparado pero se +le había olvidado ponerles el azúcar. ¿Qué quieren? +La vejez vuelve a uno distraído. ¡Pobre +Mamette mía! sus cerezas eran malísimas, a +pesar de lo cual yo me las comí todas sin pestañear, +no dejando de ellas ni los rabos.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Cuando concluí de almorzar, me levanté para +despedirme de mis huéspedes. Ellos, por su +gusto, me hubieran retenido todavía un rato, +para hablar de Mauricio, pero iba atardeciendo, +estaba lejos el molino, y era necesario emprender +la marcha.</p> + +<p>El viejo se había puesto de pie al mismo +tiempo que yo.</p> + +<p>—Mamette, trae mi sobretodo. Voy a acompañarlo +hasta la plaza.</p> + +<p>Mamette en su fuero interno pensaba indudablemente +en que hacía ya un poco fresco para +acompañarme hasta la plaza, pero tuvo la +prudencia de no exponer su opinión. Unicamente, +mientras le ayudaba a meterse las mangas +del sobretodo, un bonito sobretodo de color rapé +con botones de nácar, oí a la buena señora +que le decía dulcemente:</p> + +<p>—No regresarás muy tarde, ¿verdad?</p> + +<p>A lo que él respondió, con aire picaresco:</p> + +<p>—¡Jem! ¡Jem! No lo sé. Pudiera ocurrir.</p> + +<p>Después contempláronse riendo, y las niñitas +vestidas de azul, de verlos reír, reían, y en su +rincón reíanse también a su manera, los canarios. +Dicho sea entre nosotros, creo que el olor +de las cerezas las había embriagado a todos una +miajita.</p> + +<p>Cuando salimos el abuelo y yo, caía la tarde. +La niña del vestido azul nos seguía de lejos, +para acompañarlo a la vuelta, pero él no la veía, +se enorgullecía de marchar de mi brazo como +un hombre. Mamette, radiante, observaba todo +esto desde el quicio de la puerta, y al contemplarnos, +movía graciosamente la cabeza como +si nos dijese: «Todavía puede andar mi marido, +a pesar de los años que tiene.»</p> + + + +<h3><a name="EL_SUBPREFECTO_EN_EL_CAMPO" id="EL_SUBPREFECTO_EN_EL_CAMPO"></a>EL SUBPREFECTO EN EL CAMPO</h3> + + +<p>El señor subprefecto ha salido de expedición. +Con el cochero delante y el lacayo detrás, el +coche de la subprefectura le conduce majestuosamente +a la Exposición regional de La-Combe-aux-Fées. +El señor subprefecto se puso +en ese día memorable la hermosa casaca bordada, +el sombrerito apuntado, el pantalón estrecho +galoneado de plata y la espada de gala +con empuñadura de nácar. Descansa sobre sus +rodillas una gran cartera de piel de zapa con +relieves, y la contempla entristecido.</p> + +<p>El señor subprefecto contempla entristecido +su cartera de zapa estampada en hueco; piensa +en el famoso discurso que en breve ha de pronunciar +delante del vecindario de La-Combe-aux-Fées.</p> + +<p>—Señores y queridos administrados.</p> + +<p>Pero, aunque se atusa con insistencia las rubias +y sedosas patillas, y repite veinte veces +consecutivas: Señores y queridos administrados, +no acierta a continuar el discurso.</p> + +<p>No acierta a continuar el discurso... ¡Es +tanto el calor que hace dentro de aquel coche!... +Hasta que se pierde en lontananza, el +camino de La-Combe-aux-Fées está lleno de +polvo, bajo el sol de mediodía. El aire abrasa... +y especialmente los olmos de orillas del camino, +cubiertos por completo de blanco polvo, +millares de cigarras pasan de uno a otro árbol. +El señor subprefecto se estremece repentinamente. +Allá abajo, junto a una ladera, divisa +un verde robledal que parece hacerle señas.</p> + +<p>El bosquecillo de carrascas parece hacerle +señas:</p> + +<p>—Venga usted aquí, subprefecto; al pie de +mis árboles estará usted perfectamente y podrá +componer su discurso.</p> + +<p>El señor subprefecto queda seducido, apéase +del coche y dice a sus gentes que le esperen +mientras él va a componer su discurso en el +pequeño robledal.</p> + +<p>En el bosquecillo de verdes carrascas hay +pájaros, flores y fuentes bajo la fina hierba... +Al ver al señor subprefecto con sus lindos pantalones +y su cartera de zapa estampada, las +aves se atemorizan y enmudecen; las fuentes +no se atreven a meter ruido y las flores ocúltanse +entre el césped. Toda esa gentecilla menuda +jamás ha visto a un subprefecto, e interrógase +en voz baja quién será ese gran señor +que se pasea con pantalón de plata.</p> + +<p>Bajo el follaje interrógase la gentecilla menuda +en voz baja quién es ese señor con pantalón +de plata. Mientras tanto el señor subprefecto, +encantado con el silencio y la frescura +del bosque, se levanta los faldones de la casaca, +coloca sobre la hierba el sombrero apuntado +y se sienta en el musgo junto a una encina +joven. Luego abre en las rodillas la gran +cartera de piel de zapa con relieves y extrae +de ella un ancho pliego de papel ministro.</p> + +<p>—¡Es un artista!—dice la curruca.</p> + +<p>—No—responde un pajarillo,—no es un artista, +porque lleva pantalón de plata; pero puede +ser un príncipe.</p> + +<p>—Puede ser un príncipe—repite otro pajarito.</p> + +<p>—Ni un artista, ni un príncipe—interrumpe +un viejo ruiseñor, que había cantado durante +una primavera en los jardines de la subprefectura.—Yo +lo conozco: es... ¡un subprefecto!</p> + +<p>Y por todo el bosquecillo repítese sin cesar:</p> + +<p>—¡Es un subprefecto! ¡Un subprefecto!</p> + +<p>—¡Está muy calvo!—observa una alondra +muy moñuda.</p> + +<p>Las flores preguntan:</p> + +<p>—¿Es mala persona?</p> + +<p>—¿Es mala persona?—preguntan las flores.</p> + +<p>El viejo ruiseñor contesta:</p> + +<p>—¡No es completamente malo!</p> + +<p>Y con esta seguridad, los pájaros reanudan +su canto, las fuentes vuelven a correr y las +flores a embalsamar el aire, como si aquel señor +no estuviese allí. Impasible en medio de +toda aquella agradable algarabía, el subprefecto +invoca en su corazón a la Musa de los comicios +agrícolas, y lápiz en ristre, declama con +voz de ceremonia:</p> + +<p>—Señores y queridos administrados...</p> + +<p>—Señores y queridos administrados—declama +el subprefecto, con su voz ceremoniosa.</p> + +<p>Interrumpido por una carcajada, vuelve la +cabeza y no ve más que un gran picoverde que +lo mira riéndose, de patas en el sombrero apuntado. +El subprefecto se encoge de hombros e +intenta reanudar su discurso; pero el picoverde +lo interrumpe, gritándole desde lejos:</p> + +<p>—¿Para qué sirve eso?</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Para qué sirve eso?—dice el +subprefecto, enrojeciendo y, echando con un +ademán a aquel pájaro insolente, prosigue a +más y mejor:</p> + +<p>—Señores y queridos administrados—prosigue +a más y mejor el subprefecto.</p> + +<p>Y he aquí que en aquel momento se yerguen +hacia él las flores desde la punta de sus tallos, +y le dicen con dulzura:</p> + +<p>—Señor subprefecto, ¿no advierte usted el +gratísimo perfume que exhalamos?</p> + +<p>Y las fuentes le obsequian bajo el musgo con +una música divina, y entre las ramas, sobre su +cabeza, bandadas de currucas le gorjean sus +notas más sonoras, y todo el bosquecillo conspira +para impedirle la composición de su discurso.</p> + +<p>Todo el bosquecillo conspira para impedirle +la composición de su discurso.</p> + +<p>El señor subprefecto, embriagado de aromas, +ebrio de música, pretende inútilmente resistir +el nuevo encanto que le invade. Colócase de +codos sobre la hierba, se desabrocha la hermosa +casaca, y farfulla otras dos o tres veces:</p> + +<p>—Señores y queridos administrados. Señores +y queridos adminis... Señores y queridos...</p> + +<p>Manda después a paseo a los administrados, +y la Musa de los comicios agrícolas vese obligada +a cubrirse el rostro.</p> + +<p>Cúbrete el rostro, ¡oh, Musa de los comicios +agrícolas! Cuando, transcurrida una hora, las +gentes de la subprefactura, intranquilos por su +señor, entran en el bosquecillo, contemplan horrorizados +un espectáculo que les hace retroceder. +El señor subprefecto, despechugado como +un bohemio, estaba echado boca abajo sobre la +hierba. Habíase quitado la casaca, y mascando +flores, el señor subprefecto componía versos.</p> + + + +<h3><a name="EL_POETA_MISTRAL" id="EL_POETA_MISTRAL"></a>EL POETA MISTRAL</h3> + + +<p>Al despertarme el domingo último e incorporarme +en el lecho, creí, por un instante, que +estaba en la calle del Faubourg-Montmartre. +Llovía; el cielo estaba gris; el molino triste. +Me espantó la idea de pasar en casa aquel día +de lluvia, y sentíme al punto ansioso de ir a +calentarme un poco a la de Federico Mistral, +ese gran poeta que reside en Maillane, villorrio +que dista tres leguas de mis pinos.</p> + +<p>Dicho y hecho: una estaca de ramo de mirto, +mi Montaigne, una manta, ¡y al camino!</p> + +<p>No había un alma en los campos... Nuestra +hermosa Provenza católica otorga los domingos +descanso a la tierra... Los perros solos en los +hogares, las granjas cerradas... De vez en +cuando, una galera de «ordinario» con el toldo +chorreando; una vieja, cubierta la cabeza con +su mantón de color de hoja seca; mulas engalanadas +con guarnición de esparto azul y blanco, +madroños rojos, cascabeles de plata, tirando +de una carreta en las que las gentes de las +masías van a misa; después, allá abajo, por +entre los jirones de la bruma, una barca en el +río y un pescador de pie, lanzando su esparavel.</p> + +<p>Imposible de todo punto leer en el camino +aquel día. Llovía a torrentes, y la tramontana +arrojaba el agua a cubos al rostro... Hice la caminata +de un tirón, y después de andar tres +horas, percibí a la postre ante mí los tres cipresitos +en medio de los cuales guarécese del +viento la comarca de Maillane.</p> + +<p>No andaba ni un gato por las calles de la +aldea; todo el mundo estaba en misa mayor. +Al pasar yo delante de la iglesia, zumbaba el +piporro, y vi relucir los cirios a través de las +policromas vidrieras.</p> + +<p>El poeta habita al final del término municipal; +en la postrera casa a la izquierda, en el +camino de Saint-Remy, una casita de un solo +piso, con un jardín delante... Entro muy despacio... +¡No hay nadie! La puerta del salón +está cerrada, pero oigo que detrás de ella andan +y hablan en alta voz... Conozco muchísimo +ese paso y esa voz... Me detengo un instante +en el corredorcito enjalbegado con cal, +puesta la mano en el pestillo de la puerta, muy +emocionado. El corazón me palpita. ¡Qué impresión!</p> + +<p>Ahí está. Trabaja... ¿Esperaré que termine +la estrofa? ¡A fe mía, tanto peor! ¡Adentro!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>¡Ah, parisienses! Cuando el poeta de Maillane +fue a visitar a ustedes para enseñar a París +su <i>Mireya</i>, y vieron a ese Chactas con traje +de ciudad, con cuello recto y sombrero alto, +que le molestaba tanto como su gloria, creyeron +que ése era Mistral... No; no era él. En todo +el mundo no hay nada más que un Mistral, el +que sorprendí yo el domingo último en su lugarejo, +con el sombrero de fieltro de alas anchas +en la oreja, sin chaleco, de chaquetón, con su +roja faja catalana oprimiéndole los riñones, brillantes +los ojos, con el fuego de la inspiración +en las mejillas, hermoso con su dulce sonrisa, +elegante como un pastor griego, y caminando +ligero, con las manos en los bolsillos componiendo +versos.</p> + +<p>—¡Hola! ¿Tú aquí?—gritó Mistral, arrojándoseme +de un salto al cuello.—¡Qué buena +idea has tenido de venir!... Justamente, hoy +es la fiesta de Maillane. Tenemos la música de +Aviñón, toros, procesión, farándula; esto será +magnífico... Mi madre volverá pronto de misa, +almorzaremos y, después, a ver cómo bailan +las muchachas bonitas.</p> + +<p>Mientras me hablaba, miré emocionado ese +saloncito de papel claro, que hacía mucho tiempo +que no había visto y donde he pasado ya +tan hermosas horas. Todo estaba igual. Siempre +el mismo sofá de cuadros amarillos, los dos +sillones de paja, la Venus de Milo, y la Venus +de Arlés en la chimenea, el retrato del poeta +por Hébert, su fotografía por Esteban Carjat, +y en un rincón, cerca de la ventana, el escritorio, +una humilde mesita de oficial del registro, +completamente atestada de librotes viejos +y de diccionarios. En medio de esa mesa de +despacho, había un gran cuaderno abierto... +Era <i>Calendal</i>, el nuevo poema de Federico Mistral, +que verá la luz pública este año el día de +Navidad. Hacía siete años que Mistral trabajaba +en ese poema, y cerca de seis meses que +escribió el último verso; sin embargo, todavía +no se decide a separarse de él. Es claro, siempre +hay una estrofa que concluir, una rima +más sonora que encontrar... Aunque Mistral +escribe en provenzal, pule sus versos como si +todos pudieran leerlos en ese idioma y tenerle +en cuenta sus esfuerzos de buen obrero... ¡Oh, +valiente poeta! De Mistral hubiera podido también +decir Montaigne: Acuérdense de aquél a +quien, como le preguntasen por qué se tomaba +tanto trabajo en un arte que sólo podía llegar +a conocimiento de reducido número de personas, +respondió: «Pocas necesito. Me basta una. +Tengo suficiente con ninguna.»</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Tenía yo en las manos el cuaderno de <i>Calendal</i>, +y hojeábalo profundamente emocionado... +Una banda de pífanos y tamboriles resonó +de repente en la calle delante de la ventana, y +he aquí Mistral que corre al armario, saca de +él vasos y botellas, coloca la mesa en medio del +salón, y abre la puerta a los músicos, diciéndome:</p> + +<p>—No debes reírte... Vienen a darme la alborada... +Soy concejal.</p> + +<p>La gente invadió el saloncillo. Pusieron los +tamboriles sobre las sillas, la vieja bandera en +un rincón, y circuló el vino trasañejo. Después +de consumir algunas botellas a la salud de +don Federico, de conversar gravemente acerca +de la fiesta, de si la farándula será tan bonita +como el año anterior, de si serán bravos los +toros, vanse los músicos a dar la alborada a +casa de los demás regidores. En ese momento +llega la madre de Mistral.</p> + +<p>En un momento ponen la mesa; un hermoso +mantel blanco y dos cubiertos. Yo conozco la +costumbre de la casa: sé que, cuando Mistral +tiene convidados, su madre no se sienta a la +mesa... La pobre anciana no habla más que +el provenzal, y pasaría grandes angustias si +tuviera que conversar con franceses... Por otra +parte, hace falta en la cocina.</p> + +<p>¡Santo Dios, con qué comida más suculenta +me obsequiaron aquella mañana! Un trozo de +cabrito asado, queso de monte, mostillo, higos, +uvas moscateles; todo ello rociado con ese exquisito +<i>Château-neuf de los Papas</i>, de un color +rojo tan precioso en los vasos...</p> + +<p>A los postres, voy a buscar el cuaderno del +poema y lo pongo en la mesa delante de Mistral.</p> + +<p>—Habíamos convenido en salir—dijo sonriéndose +el poeta.</p> + +<p>—¡No, no! <i>¡Calendal! ¡Calendal!</i></p> + +<p>Mistral transige y con su voz musical y dulce, +llevando el compás de los versos con la mano, +empieza la lectura del primer canto:</p> + +<p class="poem"> +De una zagala loca de amor,<br /> +Ahora que ha dicho la desventura,<br /> +Cantaré, Dios mediante, un hijo de Cassis,<br /> +Un desgraciado pescador de anchoas...<br /> +</p> + +<p>Fuera oíase el tañido de las campanas tocando +a vísperas, estallaban los cohetes en la +plaza, pasaban y volvían a pasar pífanos y tamboriles +por las calles. Mugían los toros de Camargue, +conducidos para la lidia.</p> + +<p>Acodado en el mantel, con lágrimas en los +ojos, escuché la historia del pescadorcillo provenzal.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Calendal es sólo un pescador; el amor lo +transforma en héroe... Para conquistar el corazón +de su amada, la hermosa Estérelle, acomete +empresas milagrosas, y los doce trabajos +de Hércules son nada si se comparan con los +suyos.</p> + +<p>Una vez, como se le ocurriera hacerse rico, +inventa formidables artes de pesca y arrastra +al puerto todos los pescados del mar. Otra vez, +va a retar en su propio nido de águilas a un +terrible bandido de las gargantas de Ollionles, +el conde Severan, entre sus matones y sus rufianes... +¡Valiente mozo más templado es ese +mocito Calendal! Un día tropieza en Sainte-Beaume +con dos partidas de artesanos que habían +ido allí a ventilar sus disputas a grandes +golpes de compás, sobre el sepulcro del maestro +Yago, un provenzal que construyó la armadura +del templo de Salomón, si ustedes no +se enojan. Calendal se lanza en medio de la +carnicería y pone paz a los compañeros sólo +con hablarles...</p> + +<p>¡Empresas sobrehumanas!... Allá arriba, en +las peñas de Lure, existía un bosque de cedros +inaccesibles, donde jamás leñador alguno +se había atrevido a subir.</p> + +<p>Va Calendal y permanece allí treinta días +completamente solo. Durante treinta días, óyese +el ruido de su hacha, que resuena al hundirse +en los troncos.</p> + +<p>Ruge la selva; uno tras otro caen los viejos +árboles gigantescos y ruedan al fondo de los +abismos, y cuando Calendal desciende, ya no +queda ni un cedro en la montaña...</p> + +<p>Después de todo y como premio de tales hazañas, +el pescador de anchoas obtiene el amor +de Estérelle, y es nombrado cónsul por los habitantes +de Cassis. Tal es la historia de Calendal. +Pero, ¿qué importa Calendal? Lo que vive, +sobre todo, en el poema, es la Provenza, +la Provenza del mar, la Provenza de la montaña, +con su historia, sus costumbres, sus tradiciones, +sus paisajes, todo un pueblo candoroso +y libre que ha encontrado su gran poeta +antes de perecer...</p> + +<p>Y ahora, ¡tracen caminos de hierros, planten +postes telegráficos, expulsen la lengua provenzal +de las escuelas!</p> + +<p>¡Provenza ha de vivir eternamente en <i>Mireya</i> +y en <i>Calendal</i>!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—¡Basta de poesía!—dijo Mistral, cerrando +su cuaderno.—Es preciso ver la fiesta.</p> + +<p>Salimos. Todo el pueblo estaba en las calles; +un ramalazo de cierzo había disipado las nubes +del cielo, que brillaba alegremente sobre +las rojas techumbres, mojadas por la lluvia. +Llegamos a tiempo de presenciar la procesión +que regresaba. Durante una hora fue aquello un +interminable desfile de penitentes con capirotes, +penitentes blancos, penitentes azules, penitentes +grises, cofradías de mozas con velo, +estandartes rojos con flores de oro, grandes imágenes, +unas de madera desdoradas y conducidas +en cuatro hombros, y otras de loza coloridas +como ídolos con grandes ramos en la mano, +capas de coro, incensarios, doseles de terciopelo +verde, crucifijos rodeados de seda blanca; +todo esto flameando al viento, entre la luz +de los cirios y la del sol, en medio de salmos, +de letanías y de las campanas, que no cesaban +de tocar a rebato.</p> + +<p>Terminada la procesión y colocados nuevamente +los santos en sus capillas, fuimos a ver +los toros, más tarde los juegos en la era, las luchas +de hombres, los tres saltos, el ahorcagato, +el juego del odre y todo el divertido aparato de +las fiestas provenzales... Caía la noche cuando +regresamos a Maillane. En la plaza, frente al +cafetín donde Mistral pasa las veladas jugando +su partida con su amigo Zidore, habían encendido +una hermosa hoguera... Organizábase la +farándula. Faroles de papel recortado brillaban +por todas partes entre la obscuridad; la juventud +tomaba puesto, y en seguida, a un redoble +de los tamboriles, comenzó alrededor de las +llamas un corro desenfrenado, estrepitoso, que +no había de cesar en toda la noche.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Después de cenar, sumamente rendidos de +cansancio para correr de nuevo, subimos a la +alcoba de Mistral. Es un modesto dormitorio +de campesino, con dos grandes camas. Las paredes +no están empapeladas; vense descubiertas +las vigas del techo... Hace cuatro años, +cuando la Academia concedió al autor de <i>Mireya</i> +el premio de tres mil francos, ocurriósele +a la señora Mistral una idea.</p> + +<p>—¿No te parece que empapelemos tu alcoba +y le pongamos cielo raso?—preguntó a su +hijo.</p> + +<p>—¡No, no!—repuso Mistral.—Esto es el dinero +de los poetas; no se le puede tocar.</p> + +<p>Y el dormitorio volvió a quedar desnudo. Pero +mientras que duró el dinero de los poetas, +los que han acudido a Mistral han encontrado +abierta su bolsa...</p> + +<p>Me había yo llevado a la alcoba el manuscrito +de <i>Calendal</i>, e instele para que me leyera +otro pasaje antes de dormirme. Mistral eligió +el episodio de la loza. En pocas palabras es el +siguiente:</p> + +<p>Celebrábase una gran comida, no sé dónde. +Ponen en la mesa una hermosa vajilla de loza +de Moustiers. En el fondo de cada plato hay un +asunto provenzal, dibujado en azul sobre el vidriado; +allí está contenida toda la historia regional.</p> + +<p>Es digno de ver el hermoso amor con que +está descrita esa hermosa vajilla de loza; una +estrofa para cada plato, otros tantos pequeños +poemas de un trabajo sencillo y erudito, acabados +como una descripción de Teócrito.</p> + +<p>Cuando me recitaba Mistral sus versos en +aquella hermosa lengua provenzal, latina en +más de sus tres cuartas partes, hablada antiguamente +por las reinas y que hoy sólo comprenden +los frailes, admiraba yo en mi fuero +interno a ese hombre. Y al pensar en el estado +ruinoso en que halló su lengua materna y en +lo que con ella ha hecho, imaginábame uno de +esos vetustos palacios de los príncipes de Baux +que se ven en los Alpilles: sin techo, sin balaustradas +en las escalinatas, sin vidrios en las +ventanas, quebrado el trébol de las ojivas, corroído +por el moho el escudo de las puertas; +gallinas picoteando en el patio de honor, cerdos +hozando bajo las esbeltas columnillas de +las galerías, el asno paciendo dentro de la capilla, +donde crece la hierba, las palomas bebiendo +en las grandes pilas de agua bendita, +rebosantes de agua de lluvia, y finalmente, entre +esos escombros dos o tres familias de labriegos +que han construido chozas alrededor del +vetusto palacio.</p> + +<p>Y después llega un día en que el hijo de uno +de esos campesinos se enamora de esas grandes +ruinas y se indigna al verlas profanadas de +ese modo; a toda prisa arroja el ganado fuera +del patio de honor, y viniendo en su ayuda las +hadas, por sí solo reedifica la monumental escalera, +vuelve a poner tableros en las paredes +y vidrieras en los ventanajes, reconstruye las +torres, vuelve a dorar la sala del trono y pone +en pie el extenso palacio de otros tiempos, donde +encontraron hospedaje papas y emperatrices.</p> + +<p>Ese palacio restaurado es la lengua provenzal.</p> + +<p>Mistral es ese hijo del campesino.</p> + + + +<h3><a name="LAS_NARANJAS" id="LAS_NARANJAS"></a>LAS NARANJAS</h3> + + +<p>Las naranjas tiene en París el triste aspecto +de frutas caídas, que se toman junto a los árboles. +Cuando llegan, en pleno invierno lluvioso +y frío, su brillante corteza y su excesivo +aroma, en estos países de sabores moderados, +les dan un aire extraño, algo bohemio. Durante +las noches de niebla, van tristemente costeando +las aceras, amontonadas en sus carritos ambulantes, +al mezquino fulgor de un farolillo de +papel rojo. Un grito monótono y débil, perdido +entre el rodar de los coches y el barullo de los +ómnibus, les sirve de escolta.</p> + +<p>—¡A veinte céntimos naranjas de Valencia!</p> + +<p>Para las tres cuartas partes de los parisienses, +ese fruto traído de muy lejos, de vulgar redondez, +donde el árbol no ha dejado nada más +que un insignificante pedúnculo verde, participa +de la golosina, de la confitería. El papel +de seda en que está envuelto, las festividades +a que acompaña, contribuyen a dicha impresión. +Cuando enero se aproxima, sobre todo, +los millares de naranjas esparcidas por las calles, +todas esas cáscaras arrojadas en el barro +del arroyo, hacen pensar en algún gigantesco +árbol de Navidad que sacudiese sobre París sus +ramas cuajadas de frutas artificiales. No hay +rincón alguno donde no se vean. Tras los limpios +cristales de un escaparate, elegidas y adornadas; +a la puerta de prisiones y asilos, entre +paquetes de bizcochos y pequeños montones de +manzanas; delante de los peristilos de los bailes +y teatros los domingos. Y su exquisito aroma +se confunde con el olor del gas, el chirrido +de las mamparas, el polvo de las banquetas del +paraíso. Hasta se olvida que hacen falta naranjos +para producir las naranjas; pues, mientras +que la fruta nos la envían directamente del +Mediodía metida en cajones, el árbol de la estufa +donde pasa el invierno, cortado, transformado, +disfrazado, sólo una vez aparece, y durante +breve tiempo, al aire libre en los paseos +públicos.</p> + +<p>Para conocer bien las naranjas es necesario +verlas en los países que las producen: en las +islas Baleares, en Cerdeña, en Córcega, en Argelia, +entre el aire azul dorado, en la tibia atmósfera +del Mediterráneo. Jamás olvidaré un +bosquecillo de naranjos que vi a las puertas de +Blidah. ¡Allí sí que estaban hermosas! Entre +el follaje obscuro, brillante, barnizado, las frutas +tenían el lustre de vasos de color, y doraban +el aire que las circundaba con esa aureola de +esplendor que rodea a las flores de tonos vivos. +Algunos claros permitían ver a través de las +ramas las murallas de la reducida ciudad, el +minarete de una mezquita, la cúpula de un +marabut, y en lo alto la enorme masa del Atlas, +verde en su base, nevada en la cima, como +cubierta de blancas pieles, con cabrilleos, con +la blancura de copos caídos.</p> + +<p>Estando yo allí, una noche, por no sé qué +fenómeno desconocido desde treinta años atrás, +aquella zona de escarchas invernales agitose sobre +la ciudad dormida, y Blidah se despertó +transformada, empolvada de blanco. En aquel +aire argelino, tan tenue y tan puro, semejaba +la nieve polvo de nácar, con reflejos de plumas +de pavo real. Lo más hermoso era el bosque +de naranjos. Las verdes hojas conservaban la +nieve intacta y enhiesta como sorbetes encima +de platillos de laca, y todos los frutos espolvoreados +de escarcha ofrecían una entonación +suave y espléndida, una irradiación discreta, +como el oro velado por transparentes telas +blancas. Aquello producía la vaga impresión de +una fiesta de iglesia, de sotanas rojas bajo albas +de encajes, de dorados de altares rodeados de +randas de hilo...</p> + +<p>Sin embargo, mis más gratos recuerdos en +materia de naranjas proceden de Barbicaglia, +un gran jardín junto a Ajaccio, donde pasaba +yo la siesta durante las horas de calor. Los naranjos, +más altos y espaciados allí que en Blidah, +llegaban hasta el camino, solamente separado +del huerto por un seto vivo y una zanja. +El mar, el inmenso mar azul, extendía su +vasta planicie inmediatamente después del +huerto. ¡Qué buenas horas he pasado en ese +jardín! Por cima de mi cabeza, los naranjos +florecidos y con fruto quemaban los aromas de +sus esencias. Una naranja madura desprendíase +del árbol, de vez en cuando, cayendo junto +a mí, como aletargada por el calor, con un +ruido mate y sin eco en la tierra apelmazada. +Para apoderarme de ella, me bastaba extender +la mano. Eran soberbias frutas, de un rojo purpúreo +en su interior. Parecíanme exquisitas, y +después ¡era tan hermoso el horizonte! Por entre +las hojas percibíase el mar, en espacios azules +deslumbradores como trozos de vidrio roto +que espejearan entre las brumas del aire. Al +mismo tiempo que eso, el movimiento del oleaje +conmoviendo la atmósfera a grandes distancias, +ese acompasado murmullo que nos mece +como en una barca invisible, el calor, el olor +de las naranjas... ¡Ah, qué bien se podía dormir +en el huerto de Barbicaglia!</p> + +<p>No obstante, en ocasiones, en el momento +más grato de la siesta, despertábanme sobresaltado +redobles de tambor. Eran infelices músicos +militares que ensayaban allá abajo, en el +camino. A través de los claros del seto brillaba +el cobre de los tambores y veía yo los grandes +mandiles blancos encima del pantalón encarnado. +Para guarecerse un poco de la cegadora +luz que el polvo del camino les enviaba de reflejo +despiadadamente, situábanse los pobres +diablos junto al jardín, en la breve sombra del +seto. ¡Y valiente barullo el que armaban, y asfixiante +calor el que sufrían! Entonces, saliendo +por fuerza de mi hipnotismo, me entretenía +arrojándoles algunos de esos hermosos frutos +de oro rojo que pendían al alcance de mi mano. +El tambor a quien apuntaba se detenía. Un +minuto de vacilación, una mirada en torno para +averiguar de dónde vendría la soberbia naranja +que rodaba hasta él por la zanja; recogíala +después con ligereza y mordía a boca llena, +sin mondarla siquiera.</p> + +<p>Recuerdo además que cerca de Barbicaglia, +y separado solamente por una tapia baja, había +un jardinillo bastante extraño, que dominaba +yo desde la altura en que estaba. Era un +rincón de tierra, de vulgar diseño. Sus calles, +de brillante arena, encintadas de verdísimo boj, +los dos cipreses de su puerta de entrada, dábanle +apariencia de una casa de campo marsellesa. +Ni una línea de sombra. En el fondo, un +blanco edificio de piedra, con ventanas de sótano +al ras del suelo. Al pronto creí que era +una quinta; pero, después de mirar con más +detenimiento, la cruz que la remataba y una +inscripción grabada en la piedra, y cuyo texto +no distinguía, me hicieron reconocer una tumba +de familia corsa. En las inmediaciones de +Ajaccio hay muchas de esas capillitas mortuorias, +que se alzan solitarias rodeadas de jardines. +La familia acude allí los domingos a visitar +a sus muertos. Comprendida de ese modo +la muerte, es menos triste que entre la confusión +de los cementerios. Sólo pasos amigos turban +el silencio.</p> + +<p>Desde mi sitio contemplaba yo las idas y venidas +de un anciano que circulaba tranquilamente +por las alamedas. Todo el día estaba podando +los árboles, cavando, regando, cortando +las flores marchitas con minucioso esmero. +Después, a la caída del sol, entraba en la capillita +donde yacían los difuntos de su familia, +guardaba los azadones, los rastrillos, las grandes +regaderas, todo esto tranquilamente, con +la serenidad de un jardinero de cementerio. No +obstante, sin darse cuenta de ello, ese buen +hombre trabajaba con cierto recogimiento, acallando +los ruidos y con la puerta de la bóveda cerrada +siempre discretamente, cual si abrigara el +temor de despertar a alguno. En medio de aquel +silencio absoluto, el arreglo del jardinillo no turbaba +ni a un ave, y su vecindad nada tenía +de triste; pero el mar parecía así más inmenso, +el cielo más alto, y en aquella siesta interminable +trascendía en torno de ella el sentimiento +del descanso eterno, entre la naturaleza embriagadora, +abrumadora, pletórica de vida.</p> + + + +<h3><a name="EN_MILIANAH" id="EN_MILIANAH"></a>EN MILIANAH</h3> + +<p class="cabeza">NOTAS DE VIAJE</p> + + +<p>Voy a conducir a ustedes ahora a una linda +y pequeña ciudad de Argelia, a doscientas o +trescientas leguas del molino, para que pasen +allí el día... Esto nos hará cambiar un poco +de tantos tamboriles y cigarras...</p> + +<p>...Amenaza lluvia; el cielo está gris, la bruma +envuelve las crestas del monte Zaccar. Domingo +triste... En mi cuartito de fonda, cuya +ventana da a las murallas árabes, procuro distraerme +encendiendo cigarrillos... Toda la biblioteca +de la hospedería ha sido puesta a mi +disposición; entre una historia muy detallada +del censo de la población y algunas novelas de +Paul de Kock, encuentro un tomo descabalado +de Montaigne... Abro el libro por donde él +quiere abrirse, y vuelvo a leer la admirable carta +en que describe el autor la muerte de La +Boétie... Heme aquí tan meditabundo y sombrío +como jamás lo estuve... Caen algunas gotas +de lluvia. Cada gota, al caer sobre el reborde +de la ventana, dibuja una ancha estrella +en el polvo amontonado allí desde las lluvias +del año último. El libro se me cae de las manos +y durante largo tiempo contemplo aquella +estrella melancólica...</p> + +<p>Dan las dos en el reloj de la ciudad, un antiguo +<i>marabut</i>, cuyas frágiles paredes blancas +percibo desde aquí... ¡Pobre diablo de <i>marabut</i>! +¿Quién le hubiese dicho hace treinta años +que un día tenía que sostener en medio del +pecho una gran esfera municipal, y que todos +los domingos a las dos en punto daría la señal +a todas las iglesias de Milianah para tocar a +vísperas?... ¡Tilín, talán! Ya han sido echadas +a vuelo las campanas... Tenemos para rato... +Decididamente, esta habitación es triste. +Las grandes arañas de la mañana, que inspiran +pensamientos filosóficos, han fabricado sus +telas en todos los rincones... Vamos fuera.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Al llegar a la plaza mayor, la música del +tercero de línea, que no se intimida por un poco +de lluvia, va a colocarse en torno de su director. +El general y sus hijas se asoman a una +de las ventanas de la comandancia; en la plaza, +el subprefecto se pasea de un lado para el +otro, agarrado al brazo del juez de paz. Media +docena de chiquillos árabes medio desnudos juegan +a las bochas en un rincón, gritando desaforadamente. +Allá abajo, acude un harapiento +judío viejo a tomar un rayo de sol que ayer había +dejado en aquel sitio, y queda sorprendido +al no encontrarlo ya... «Uno, dos, tres: empiecen.» +La música ejecuta una antigua mazurka +de Talexy, que tocaban los organillos el invierno +último debajo de mis ventanas. En otra +época me aburría aquella mazurka; hoy me +conmueve hasta hacer brotar mis lágrimas.</p> + +<p>¡Oh, son muy dichosos los músicos del tercero! +Fijos los ojos en las semicorcheas, ebrios +de ritmo y de ruido, sólo piensan en contar +sus compases. Su alma, toda su alma está en +esa cuartilla de papel como la palma de la mano, +que tiembla en la punta del instrumento, +sujeta por dos dientes de cobre. «Uno, dos, +tres: empiecen.» A eso lo reducen todo esas +gentes sencillas; los aires nacionales que tocan, +jamás les producen nostalgia... ¡Ay! A mí, que +no soy de la charanga, aquella música me entristece +y me alejo...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>¿Dónde pasaré distraído esta tarde gris dominguera? +¡Está bien! La tienda de Sid'Omar +se encuentra abierta... Entremos en casa de +Sid'Omar.</p> + +<p>Sid'Omar tiene tienda y, sin embargo, no +es tendero. Es un príncipe de la sangre, hijo +de un antiguo bey de Argel, a quien estrangularon +los genízaros... A la muerte de su padre, +Sid'Omar refugiose en Milianah con su +madre, a quien adoraba, y allí residió algunos +años como un gran señor filósofo, rodeado de +sus lebreles, sus halcones, sus caballos y sus +mujeres, en hermosos palacios muy frescos, +llenos de naranjos y de fuentes. Vinieron los +franceses. Sid'Omar fue al principio enemigo +nuestro y aliado de Abd-el-Kader, pero concluyó +por reñir con el emir y se sometió. El +emir, para tomar venganza, entró en Milianah +estando ausente Sid'Omar, saqueó sus palacios, +taló sus naranjales, apoderose de los caballos +y de las mujeres e hizo aplastar la garganta +de su madre con la tapa de un arcón... +La cólera de Sid'Omar fue terrible; alistose en +seguida al servicio de Francia, y mientras duró +nuestra guerra contra el emir no hubo un soldado +mejor ni más bravo que él. Concluida la +guerra, Sid'Omar regresó a Milianah; pero, +aun hoy, cuando se habla de Abd-el-Kader en +su presencia, palidece y le relampaguean los +ojos.</p> + +<p>Sid'Omar tiene sesenta años, y a pesar de +la edad y de la viruela, conserva la hermosura +del rostro: grandes pestañas, mirada de mujer, +una sonrisa seductora, modales de príncipe. +Arruinado por la guerra, sólo le queda de su +antigua opulencia, una granja en la llanura de +Chélif y una casa en Milianah, donde vive muy +modestamente con sus tres hijos educados a +su vista. Los jefes indígenas le profesan gran +veneración... Cuando hay discusiones, someten +a su deliberación los asuntos que las provocan, +y su juicio es casi siempre ley. Sale poco; puede +vérsele todas las tardes en una tienda adjunta +a su casa y que da a la calle. El mobiliario +de esa estancia no es rico; paredes blancas enlucidas +con cal, un banco circular de madera, +cojines, largas pipas, dos braseros... Ahí recibe +Sid'Omar en audiencia y administra justicia. +Un Salomón de tienda.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>El concurso es numeroso hoy, domingo. En +torno de la sala están en cuclillas una docena +de jefes, arrebujados en sus albornoces. Cada +uno de ellos tiene junto a sí una gran pipa y +una tacita de café en una fina huevera de filigrana. +Entro; todos permanecen inmóviles y +atentos... Desde su sitio, Sid'Omar me saluda +con su más encantadora sonrisa, y me invita +con la mano a sentarme junto a él, en un gran +almohadón de seda amarilla; después, con un +dedo en los labios, me aconseja que escuche.</p> + +<p>El caso es el siguiente. El caíd de los Beni-Zugzugs +tuvo algunas cuestiones con un judío +de Milianah a causa de un lote de terreno, cuya +propiedad se disputaban; las dos partes convinieron +en llevar el litigio ante Sid'Omar y +someterse a su fallo. Citáronse para el mismo +día, así como a los testigos; de pronto, el judío +varía de opinión y viene solo, sin testigos, a +manifestar que prefiere someterse al fallo del +juez de paz de los franceses que al de Sid'Omar... En esto estaba el asunto cuando yo +llegué.</p> + +<p>El judío, un anciano de barba terrosa, túnica +de color castaño y gorro de terciopelo, levanta +al cielo el rostro, pone ojos suplicantes, +besa las babuchas de Sid'Omar, inclina la cabeza, +se arrodilla, junta las manos... No entiendo +el árabe; pero por la pantomima del judío, +por sus palabras <i>juez de paz, juez de paz</i>, +que repite frecuentemente, adivino este discurso:</p> + +<p>Confiamos en la rectitud de Sid'Omar, Sid'Omar es prudente, +Sid'Omar es justo... Sin +embargo, el juez de paz resolverá mucho mejor +esta cuestión.</p> + +<p>El auditorio se indigna, pero permanece impasible, +como árabe que es... Sid'Omar, dios de +la ironía, se sonríe escuchando, reclinado en +su almohadón, con la mirada abstraída y la boquilla +de ámbar entre sus labios. De pronto, en +lo mejor de su perorata, el judío se ve cortado +por un enérgico ¡cáspita! que le hace enmudecer; +al mismo tiempo, un colono español, +que está presente como testigo del caíd, abandona +su puesto, y aproximándose al Iscariote le +suelta un chaparrón de insultos en todos los +idiomas y de todos colores, entre otros, cierto +vocablo francés sumamente ofensivo... El hijo +de Sid'Omar, que comprende el francés, se ruboriza +al oír semejante palabra delante de su +padre, y se marcha de la sala. Fijémonos en +este rasgo de la educación árabe. El auditorio +prosigue impasible y Sid'Omar siempre risueño. +El judío se levanta y dirígese a la puerta +andando hacia atrás, temblando de miedo, pero +sin dejar de repetir a más y mejor su eterno +<i>juez de paz, juez de paz</i>... Sale. El español +lánzase furioso tras él, lo alcanza en la calle, y +¡pim, pam! por dos veces lo abofetea en los +carrillos... El Iscariote se arrodilla con los brazos +en cruz... El español, un poco avergonzado, +vuelve a entrar en la tienda... Al verlo se +levanta el judío y pasea una mirada socarrona +por la abigarrada multitud que lo rodea. Vense +gentes de todas razas; malteses, mahoneses, +negros, árabes, todos unidos por el odio a los +judíos y gozosos porque han maltratado a uno... +El Iscariote vacila un instante; después, agarrando +a un árabe por la tela del albornoz, exclama:</p> + +<p>—Tú lo viste, Achmed, tú lo viste... Tú estabas +delante... El cristiano me maltrató... Serás +testigo... bien... bien... Serás testigo.</p> + +<p>El árabe le obliga a soltar el albornoz y rechaza +al judío... No sabe nada, no ha presenciado +nada: cabalmente en aquel momento miraba +a otro lado.</p> + +<p>—Tú, sí, Kaddur, tú lo has visto... has visto +al cristiano cuando me pegó—grita el infeliz Iscariote +a un negrazo que está mondando un +higo chumbo.</p> + +<p>El negro manifiesta su desprecio, escupiendo +y se marcha; no ha visto nada... Tampoco ha +visto nada ese muchacho maltés, cuyos ojos de +carbón brillan maliciosos bajo su birreta. Tampoco +ha visto nada aquella mahonesa de tez +de ladrillo que se aleja riéndose con la cesta +de granadas encima de la cabeza...</p> + +<p>Aunque el judío grita, ruega y brujulea, ¡ni +un testigo!... Nadie ha visto nada... Afortunadamente, +dos de sus correligionarios pasan entonces +por la calle, con las orejas gachas, arrimados +a las paredes. El judío los ve.</p> + +<p>—¡Pronto, pronto, hermanos! ¡A prisa, al +agente de negocios! ¡A prisa, al <i>juez de paz</i>!... +Ustedes lo han visto, ustedes... ¡Han visto que +han maltratado al viejo!</p> + +<p>¿Que si lo han visto?... ¡Ya lo creo!</p> + +<p>...Gran movimiento en la tienda de Sid'Omar... El cafetero llena las tazas, enciende +otra vez las pipas. Charlan, se ríen a más y +mejor. ¡Es tan divertido ver zurrarle la badana +a un judío!... En medio de la zambra y del +humo, me acerco despacio a la puerta; siento +deseos de ir a rondar un poco por la judería, +para saber qué impresión ha producido a los +correligionarios del Iscariote la afrenta hecha +a su hermano...</p> + +<p>—Venga a comer esta tarde, señor—me grita +el bueno de Sid'Omar.</p> + +<p>Acepto, doy las gracias y me marcho.</p> + +<p>Todo el mundo anda alborotado en el barrio +judío. El asunto ha producido ya mucho ruido. +No hay nadie en los tenduchos. Bordadores, +sastres, guarnicioneros, todo Israel se ha +echado a la calle... Los hombres, con gorro de +terciopelo y medias de lana azul, gesticulando +en grupos, con mucha algazara... Las mujeres, +desencajadas, abotagadas, tiesas como ídolos +de madera, con sus faldas escurridas, con peto +de oro y el rostro rodeado por cintas negras, +mézclanse uno y otro grupo chillando como gatas... +En el momento de llegar yo, se arremolina +la muchedumbre... Apoyado en sus testigos, +el judío, personaje principal de la comedia, +pasa por entre dos setos de gorros, bajo +una lluvia de exhortaciones.</p> + +<p>—Toma venganza, hermano; vénganos, venga +al pueblo judío. Nada temas; la ley está en +favor tuyo.</p> + +<p>Un horrible enano, hediendo a pez y a suela +vieja, se acerca a mí con aire gemebundo, y +suspirando fuertemente.</p> + +<p>—¡Ya lo ves!—me dice.—¡Cómo nos tratan +a los pobres judíos! ¡Es un viejo! Mira. +Poco ha faltado para que lo maten.</p> + +<p>No cabe duda de que el pobre Iscariote está +más muerto que vivo. Pasa por delante de mí, +con la vista apagada y el semblante descompuesto; +no andando, sino arrastrándose... Sólo +una fuerte indemnización puede curarlo; así es +que no lo llevan a casa del médico, sino a la +del agente de negocios.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>En Argelia hay muchos agentes de negocios, +casi tantos como langostas. Puede creerse que +el oficio es bueno. De todos modos tiene la ventaja +de que en él se puede entrar a la pata la +llana, sin estudios, ni fianza, ni avecindamiento. +Como en París nos hacemos literatos, en +Argelia se hacen agentes de negocios. Sólo se +necesita saber un poco de francés, español y +árabe, llevar siempre un código en el bolsillo, +y tener, especialmente, el temperamento de la +profesión.</p> + +<p>Las funciones del agente son muy diversas: +sucesivamente abogado, procurador, corredor, +perito, intérprete, tenedor de libros, comisionista, +escribiente de portal, es el maestro Yago +de la colonia. Pero Harpagón no tenía más +que uno, y la colonia tiene muchos más de los +que ha menester. Sólo en Milianah se cuentan +por docenas. Para evitar los gastos de oficina, +esos señores reciben generalmente a sus clientes +en el café de la plaza mayor, y celebran +sus consultas—¿puede decirse que las celebran?—entre +el ajenjo y otra bebida.</p> + +<p>El digno Iscariote encamínase al café de la +plaza mayor, acompañado de sus dos testigos. +No vayamos tras de ellos.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Cuando abandono el barrio judío, paso por +delante de la oficina árabe. Desde fuera, con +su tejado de pizarra y el pabellón francés ondeando +encima, podía tomársele por una alcaldía +rural. Conozco al intérprete; entremos a +fumar con él un cigarrillo. ¡Pitillo tras pitillo +concluiré por matar este domingo sin sol!</p> + +<p>Numerosos árabes andrajosos ocupan el patio +que precede a la oficina. Hay allí, haciendo antecámara, +una cincuentena, agachados a lo largo +de las paredes, arrebujados en sus albornoces. +Aquella antecámara beduina, aunque está +al aire libre, despide fuerte olor a piel humana. +Pasemos pronto de largo... En la oficina veo al +intérprete enfrascado con dos grandes vocingleros +completamente desnudos bajo largas +mantas mugrientas, y narrando con airada mímica +no sé qué historia de un rosario robado. +Tomo asiento en un rincón, sobre una estera +y miro... Bonito traje el del intérprete. ¡Y qué +bien le sienta al intérprete de Milianah! Parecen +pintiparados el uno para el otro. El vestido +es azul celeste con alamares negros y relucientes +botones de oro. El intérprete es rubio, +rosado, pelo rizado; un lindo húsar azul, bien +humorado e ingenioso; un poco parlanchín, +¡habla tantas lenguas! un poco escéptico, ¡ha +conocido a Renán en la escuela orientalista! +gran aficionado al <i>sport</i>, tan satisfecho en el +vivac árabe como en las veladas de la subprefectura, +bailarín como nadie y que hace el <i>cuscús</i> +como cualquiera. Parisiense en una palabra; +tal es mi hombre, y no es extraño que las +mujeres se pirren por él. En cuanto a <i>dandysmo</i>, +no tiene más que un rival: el sargento de +la oficina árabe. Este, con su levita de paño +fino y sus polainas con botones de nácar, causa +la desesperación y la envidia a toda la guarnición. +Destacado en la oficina árabe, está rebajado +del servicio de cuartel y siempre se le +ve en la calle, de guante blanco, recién rizado, +con grandes cartapacios bajo el brazo. Es admirado +y temido. Es una autoridad.</p> + +<p>No hay duda; aquella historia del rosario robado +lleva trazas de no acabarse nunca. ¡Buenas +tardes! No espero el final.</p> + +<p>Al marcharme, está en efervescencia la antecámara. +La muchedumbre rodea a un individuo +de elevada estatura, pálido, altivo, envuelto en +un albornoz negro. Ese hombre había luchado +ocho días antes con una pantera en el Zaccar. +La pantera fue muerta, pero el hombre sacó +medio brazo devorado. Va diariamente a la +oficina árabe para hacer que le curen, y siempre +lo detienen en el patio para oírle referir su +historia. Habla lentamente y con una hermosa +voz gutural. De vez en cuando entreabre el +albornoz y muestra, pegado al pecho, el brazo +izquierdo arrebujado en trapos ensangrentados.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Tan pronto como llego a la calle, estalla una +violenta tempestad. Lluvia, truenos, relámpagos, +viento siroco... Pronto, a refugiarse en +cualquier sitio. Me meto por una puerta, al +acaso, y me encuentro rodeado de una camada +de bohemios, amontonados bajo los arcos de un +patio morisco. Ese patio es una dependencia de +la mezquita de Milianah; es el refugio habitual +de la piojería árabe, y se llama el <i>patio de los +pobres</i>.</p> + +<p>Grandes y escuálidos lebreles, llenos de miseria, +se acercan dando vueltas en torno mío +con aire amenazador. Pegado a uno de los pilares +de la galería, procuro conservar buen continente, +y sin hablar con nadie, contemplo la +lluvia que rebota en las losas de colores del +patio. Los bohemios están en el suelo, tendidos +en grupos. Junto a mí, una mujer joven +y casi guapa, con la garganta y las piernas desnudas, +con grandes brazaletes de hierro en las +muñecas y en los tobillos, canta un aire exótico, +de tres notas melancólicas y nasales. Mientras +canta, da de mamar a un niño pequeño completamente +desnudo, de color broncíneo rojo, y +con el brazo que le queda libre, machaca cebada +en un mortero de piedra. La lluvia, empujada +por un viento cruel, inunda a veces las +piernas de la madre y el cuerpo de su mamoncillo. +La bohemia no repara en ello y prosigue +su cántico con las rachas, mientras que muele +cebada y da el pecho.</p> + +<p>Cesa la tempestad... Aprovechándome de un +claro, me apresuro a abandonar aquella corte +de los milagros y encamínome al banquete de +Sid'Omar; ya es hora... Al cruzar la plaza mayor, +he vuelto a encontrar al viejo judío de antes. +Se apoya en su agente de negocios; los +testigos caminan alegres detrás de él; una banda +de asquerosos chicuelos judíos salta alrededor. +El agente se encarga de arreglar el asunto. Pedirá +ante el tribunal una indemnización de dos +mil francos.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>En casa de Sid'Omar me obsequian con una +comida espléndida. El comedor da a un elegante +patio morisco, donde murmuran dos o tres fuentes... +Magnífica comida a la turca, que no vacilo +en recomendar al barón Brisse. Entre otros +platos, mencionaré un pollo con almendras, un +alcuzcuz con vainilla, una tortuga con jugo de +carne, algo pesado, pero de sabor exquisito, y +bizcochos con miel, llamados <i>bocadillos del Kadí</i>... +No se sirven más vinos que champaña. A +pesar de la ley musulmana, Sid'Omar bebe un +poco de él, cuando los criados no pueden verlo... +Al concluir la comida, pasamos a la habitación +de nuestro huésped, donde nos ofrecen dulces, +pipas y café... El mueblaje de este dormitorio +es sencillísimo: un diván, algunas esteras; al +fondo, un gran lecho altísimo sobre el cual hay +almohaditas rojas bordadas de oro... Pende de +la pared una antigua pintura turca representando +las proezas de cierto almirante Hamadí. A +juzgar por la muestra, en Turquía los pintores +no emplean más que un color en cada cuadro; +en este cuadro se ha utilizado el verde. El mar, +el cielo, los navíos, el mismo almirante Hamadí, +todo es verde, ¡y qué verde!...</p> + +<p>La costumbre árabe exige retirarse temprano. +Después de tomar el café y de fumadas las +pipas, saludo a mi anfitrión y lo dejo con sus +mujeres.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>¿Dónde acabaré de pasar la velada? Es muy +temprano para acostarme, los clarines de los +<i>spahis</i> no han tocado todavía retreta. Además, +los cojines de oro de Sid'Omar bailan en torno +mío fantásticas farándulas que no me dejarían +dormir... Estoy delante del teatro; entraré un +momento.</p> + +<p>El teatro de Milianah no es otra cosa que +un antiguo almacén de forrajes, transformado +bien o mal en sala de espectáculos. Enormes +quinqués que se llenan de aceite durante los +entreactos, hacen oficio de arañas. La cazuela +está de pie, la orquesta en bancos. Las galerías +están muy orgullosas porque tienen sillas +de paja... Rodea a la sala un largo pasillo, obscuro, +sin entarimar. Parece que se está en la +calle, nada falta para ello... La función había +ya empezado cuando entré. Con gran extrañeza +por mi parte, los actores no son malos, me +refiero a los hombres; tienen arranque, vida... +Casi todos ellos son aficionados, soldados del +3º; el regimiento está orgulloso con esto y va +todas las noches a aplaudirlos.</p> + +<p>Respecto a las mujeres, ¡ay!... son ahora y +siempre ese eterno femenino de los teatros de +provincias, presuntuoso, amanerado, ficticio... +A pesar de todo, entre estas damas hay dos que +me interesan; dos judías de Milianah, jovencitas, +que pisan la escena por primera vez... Los +padres están en la sala y parecen encantados. +Están convencidos de que sus hijas van a ganar +miles de duros en ese comercio. La leyenda de +la Raquel, israelita, millonaria y cómica, se ha +extendido ya mucho entre los judíos del Oriente.</p> + +<p>No hay nada más cómico y enternecedor que +esas dos jóvenes judías en las tablas. Están +atemorizadas en un rincón del escenario, empolvadas, +pintadas, despechugadas y tiesas. +Tienen frío, se avergüenzan. De vez en cuando +dicen una frase sin comprenderla, y mientras +hablan, sus ojazos hebreos contemplan al público +con estupor.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Salgo del teatro... Todo está entre tinieblas. +En un extremo de la plaza, oigo gritos. Acaso +algunos malteses en vías de explicarse a navajazos.</p> + +<p>Me encamino lentamente a la fonda, a lo +largo de las murallas. De la llanura suben embriagadores +aromas de naranjos y de tuyas. El +aire es tibio, el cielo casi diáfano... Allá abajo, +al extremo del camino, yérguese un viejo fantasma +de paredón, resto de algún vetusto templo. +Ese muro es sagrado; todos los días acuden +a él mujeres árabes a colgarle <i>ex votos</i>, jirones +de jaiques y de otras prendas, largas +trenzas de cabellos rubios sujetos con hilillo de +plata, trozos de albornoz... Al tibio soplo de +la noche, y bajo un pálido rayo de luna vese +ondular ese abigarrado pendón de la estulticia +humana.</p> + + + +<h3><a name="LA_LANGOSTA" id="LA_LANGOSTA"></a>LA LANGOSTA</h3> + + +<p>Consignaré otro recuerdo de Argelia, y regresaré +en seguida al molino...</p> + +<p>La noche de mi llegada a aquella granja del +Sahel, me era imposible dormir. La novedad +del país, la molestia del viaje, el aullar de los +chacales y sobre todo un calor enervante, abrumador, +una completa sofocación, como si las +mallas de la mosquitera no permitiesen pasar +un soplo de aire... Al abrir, de madrugada, la +ventana, una bruma de estío, densa y moviéndose +lentamente, ribeteada de negro y rosa en +los bordes, flotaba en los aires como una nube +de humo de pólvora sobre un campo de batalla. +No se movía una hoja, y en esos frondosos +jardines que tenía ante mis ojos, las viñas +espaciadas sobre las laderas bajo espléndido sol +que azucara los vinos, los pequeños naranjos, +los mandarineros en interminables filas microscópicas, +todo conservaba el mismo aspecto mohíno, +aquella inmovilidad de hojas en espera de +la tempestad. Los mismos bananeros, esos extensos +cañaverales de un color verde claro, agitados +siempre por alguna brisa que enmaraña +su fina cabellera tan leve, alzábanse silenciosos +y derechos, como penachos bien puestos en su +sitio.</p> + +<p>Permanecí un momento contemplando aquella +maravillosa vegetación, donde estaban reunidos +todos los árboles del mundo, produciendo +cada cual en su estación respectiva, flores y +frutos exóticos. Entre los campos de trigo y +los macizos de alcornoques, plateaba una corriente +de agua fresca, que agradaba contemplar +en esa asfixiante madrugada, y admirando +a un tiempo el lujo y el orden de esas cosas, +aquella hermosa quinta con sus arcos moriscos, +sus terrazas completamente blancas, de flor de +espino, las cuadras y los cobertizos agrupados +en torno, recordaba yo que veinte años antes, +cuando aquellas intrépidas gentes se habían +instalado en ese valle del Sahel, no habían encontrado +más que una mala casilla de peón caminero +y un terreno inculto, erizado de palmeras +enanas y lentiscos. Fue necesario crearlo +y construirlo todo. A cada instante, levantamiento +de árabes. Había que abandonar el arado +para disparar. Después, las enfermedades, +oftalmías, fiebres, la escasez de cosechas, los +tanteos de la inexperiencia, la lucha con una +administración ciega y siempre flotante. ¡Cuántos +esfuerzos! ¡Qué de fatigas! ¡Qué vigilancia +más perseverante!</p> + +<p>Ahora, todavía, a pesar de haber pasado los +malos tiempos y de la fortuna con tantos esfuerzos +adquirida, ambos, el hombre y la mujer, +eran quienes se levantaban primero en la granja. +A aquella hora matutina, oía sus idas y +venidas por las grandes cocinas de la planta +baja, vigilando el café de los trabajadores. +No tardó en sonar una campana, y un momento +después los obreros desfilaron por el +camino. Viñadores de Borgoña; labradores kabilas +con fez rojo; peones mahoneses, con +las piernas al descubierto; malteses y luqueses; +todo un pueblo heterogéneo, difícil de +dirigir. El hacendado, ante la puerta, distribuía +a cada uno de ellos su tarea de la jornada, +con voz breve y algo dura. Cuando terminó +el buen hombre, levantó la cabeza y escudriñó +el cielo con desasosiego; después, al +verme en la ventana, me dijo:</p> + +<p>—Mal tiempo hace para el cultivo... va a +soplar el siroco.</p> + +<p>Efectivamente, a medida que se alzaba el sol, +llegaban del Sur hasta nosotros bocanadas de +aire cálido y asfixiante, como si viniesen de la +puerta de un horno abierta y vuelta a cerrar. +No se sabía adónde guarecerse, ni cómo evitar +la angustia. Así transcurrió toda la mañana. +Tomamos el café sobre las esteras de la galería, +sin tener ánimo para hablar ni movernos. +Los perros, estirándose y buscando la frescura +de las losas, tumbábanse fatigados. El almuerzo +nos reanimó un poco, un almuerzo abundante +y extraño, compuesto de carpas, truchas, jabalí, +erizo, manteca Stanelí, vinos de Crescia, +guayabas, bananas, manjares exóticos, cuyo +conjunto semejaban a la naturaleza tan compleja +que nos rodeaba... Estábamos a punto de +levantarnos de la mesa, cuando de repente, por +la puerta-ventana, cerrada para resguardarnos +del calor del jardín hecho un ascua de fuego, +oyéronse grandes gritos:</p> + +<p>—¡La langosta! ¡La langosta!</p> + +<p>Mi anfitrión palideció como un hombre a +quien anuncian un desastre, y salimos precipitadamente. +Durante diez minutos hubo en +aquella casa, tan sosegada poco antes, un ruido +de pasos redoblados y voces indefinidas, que se +perdían como en la agitación de un despertar. +Desde la sombra de los vestíbulos, donde estaban +durmiendo, lanzáronse fuera los criados haciendo +resonar con palos, horcas y bieldos todos +los objetos de metal que encontraban a mano, +calderos de cobre, palanganas, cacerolas. Los +pastores hacían sonar el cuerno pastoril. Otros +llevaban caracolas marinas, trompas de caza. +Aquello era un ruido espantoso, discordante, +que dominaban con notas sobreagudas los «¡yu, +yu, yu!» de las mujeres árabes de un aduar +vecino que acudieron corriendo. Parece ser que +en ocasiones un gran ruido, un estremecimiento +sonoro del aire, aleja la langosta y le impide +descender.</p> + +<p>Pero, ¿dónde estaban esos terribles insectos? +En el cielo, vibrante de calor, no se veía nada +más que una nube aparecer por el horizonte, +cobriza, densa, como una nube de granizo, con +el ruido de un huracán entre las mil y mil ramas +de un bosque. Aquella nube era la langosta. +Agarrados los unos a los otros estos insectos +por sus alas secas extendidas, volaban en montón, +y a pesar de nuestros gritos y de nuestros +esfuerzos, la nube no cesaba de avanzar, proyectando +en la llanura una sombra inmensa. +Pronto estuvo sobre nuestras cabezas; en los +bordes viose durante un segundo un desgarrón, +una rotura. A semejanza de los primeros granizos +de un turbión de pedrisco, desprendiéronse +algunos, perceptibles, rojizos; al punto se deshizo +toda la nube, cayendo vertical y ruidosa +aquella granizada de insectos. Los campos quedaron +cubiertos de saltamontes enormes, gordos +como el dedo, en una extensión inmensa.</p> + +<p>Entonces diose principio a la matanza. Horrendo +murmullo de aplastamiento de paja molida. +Con gradas, azadones y arados revolvíase +aquel suelo movedizo, y cuantos más insectos se +mataba más había. Rebullíanse por capas, con +sus altas patas enredadas unas en otras; los de +encima saltaban ágilmente para salvarse, agarrándose +a los belfos de los caballos enganchados +para esa extraña labor. Los perros de la +granja y los del aduar, azuzados a campo traviesa, +lanzábanse sobre ellos y los trituraban +furiosos. En ese momento llegaron dos compañías +de turcos, con la banda de cornetas al +frente, a ayudar a los infelices colonos, y la matanza +varió de aspecto.</p> + +<p>Los soldados no aplastaban los insectos, sino +que los quemaban esparciendo largos regueros +de pólvora.</p> + +<p>Rendido de fatiga, con el estómago revuelto +por el hedor, me metí en casa. Dentro de la +quinta, había casi tantos insectos como fuera. +Entraron por las aberturas de las puertas y ventanas, +por los tubos de las chimeneas. Al borde +de los tableros y en los cortinajes, roídos ya, +se arrastraban, caían, volaban, trepaban por las +blancas paredes, con una sombra gigantesca que +hacía mayor su fealdad. Y siempre aquel olor +hediondo. En la comida fue preciso pasar sin +agua. Las cisternas, las fuentes, los pozos, los +víveres de pesca, todo estaba inficionado.</p> + +<p>Por la noche, en mi alcoba, donde, no obstante, +se habían matado enormes cantidades, +oía aún rebullicio debajo de los muebles, y ese +crujir de élitros semejante al peterreo de los +dientes de ajo que estallan con los calores +fuertes.</p> + +<p>Tampoco me fue posible dormir aquella noche.</p> + +<p>Además, todos estaban despiertos alrededor +de la granja.</p> + +<p>Serpeaban a ras de tierra llamaradas, de un +extremo a otro de la llanura.</p> + +<p>Los turcos continuaban la matanza.</p> + +<p>Al siguiente día, cuando abrí la ventana como +la víspera, la langosta había emigrado. Pero, +¡qué ruina dejaron tras de sí! Ni una flor, +ni una brizna de hierba; todo lo dejaron negro, +corroído, calcinado. Los bananos, los albaricoqueros, +los abridores, los naranjos mandarines +se distinguían solamente por el aspecto de sus +desnudas ramas, sin el encanto y la ondulación +de hojas que constituye la vida de los árboles. +Empezábase la limpieza de los cauces de agua, +de los aljibes. Por doquiera cavaban los peones +la tierra para destruir los huevos puestos por los +insectos. Cada terrón era destripado, desmenuzándolo +esmeradamente. Y al ver las mil raíces +blancas, llenas de savia, que aparecían en esos +destrozos de tierra fértil, el corazón se oprimía +y el alma se angustiaba...</p> + + + +<h3><a name="EN_CAMARGUE" id="EN_CAMARGUE"></a>EN CAMARGUE</h3> + + +<h3><a name="Ia" id="Ia"></a>I</h3> + +<p class="cabeza">LA PARTIDA</p> + + +<p>El recado del guarda, medio en francés, medio +en provenzal, que ha traído un mensajero, +anunciando que han pasado ya dos o tres buenas +bandadas de <i>galejones</i>, de <i>carlotinas</i>, y otras +<i>aves de primera</i>, ha producido gran rumor en +el castillo.</p> + +<p>«Vendrá usted con nosotros», me han escrito +mis amables vecinos. Y esta mañana a las cinco +estaba esperándome al pie de la cuesta su +gran <i>break</i>, cargado de escopetas, perros y víveres. +Henos aquí rodando por la carretera de +Arlés, algo seca y árida en esta madrugada de +diciembre, en que apenas se distingue el pálido +verdor de los olivos y el verde intenso de las +encinas, demasiado de invernadero y como ficticio. +No faltan madrugones que iluminan las +vidrieras de las granjas, y en las cresterías de +piedra de la abadía de Montmajour, los quebrantahuesos +aletargados todavía por el sueño +revolotean entre las ruinas. Sin embargo, encontramos +ya, a lo largo de las zanjas, campesinas +viejas que van al mercado, trotando en +sus borriquillos. Vienen de la Ville-des-Baux. +¡Seis leguas largas para sentarse una hora en +las gradas de San Trofino y vender paquetitos +de hierbas medicinales recolectadas en la montaña!...</p> + +<p>Divisamos ya las murallas de Arlés; murallas +bajas y almenadas, como se ven en las estampas +antiguas, donde aparecen guerreros armados +de lanzas sobre terraplenes menores que +ellos. Cruzamos a galope esta maravillosa y pequeña +ciudad, una de las más pintorescas de +Francia, con sus balcones esculpidos y barrigudos +avanzando hasta el centro de las calles estrechas, +con sus vetustas casas renegridas, de +puertas pequeñas, moriscas, ojivales y bajas, +que nos recuerdan los tiempos de Guillermo +Court-Nez y de los sarracenos. A aquellas horas +no había aún nadie en la calle. Sólo está +animado el muelle del Ródano. El barco de vapor +que hace la travesía de Camargue calienta +las calderas junto a los escalones, dispuesto a +partir. <i>Caseros</i> con blusa roja, muchachas de +La Roquette que van a ganar el jornal en las +faenas agrícolas, suben a cubierta con nosotros, +charlando y riéndose. Bajo las amplias mantillas +obscuras, levantadas a causa del fuerte viento +de la mañana, la alta cofia arlesina presta elegancia +y empequeñece a la cabeza, con ribetes +de lindo descaro, algo así como deseos de erguirse +para que la risa o la frase picaresca vaya +más lejos... Suena la campana; nos ponemos +en marcha. Con la triple velocidad del Ródano, +de la hélice y del viento mistral, extiéndense +las dos orillas. De un lado está la Crau, una +llanura estéril y pedregosa. Del otro, la Camargue, +más verde, que prolonga hasta el mar su +hierba corta y sus marismas cuajadas de cañaverales.</p> + +<p>El vapor se detiene de vez en cuando junto +a un pontón, a la izquierda o a la derecha (al +Imperio o al Reino, según se decía en la Edad +Media, en época del reino de Arlés, y como +los marineros viejos del Ródano dicen hoy todavía). +En cada pontón vese una quinta blanca +y un ramillete de árboles. Desembarcan los trabajadores +cargados de herramientas, y las mujeres +con la cesta al brazo, erguidas sobre su +talle. Hacia el Imperio o hacia el Reino, poco a +poco va quedando vacío el vapor, y cuando descendemos +nosotros en el puente del Mas-de-Giraud, +casi no queda nadie a bordo.</p> + +<p>Para esperar al guarda que ha de venir en +nuestra busca, entramos en el Mas-de-Giraud, +una antigua granja de los señores de Barbentane. +En la cocina alta, y alrededor de una mesa +están todos los hombres de la hacienda, labradores, +viñadores, pastores, zagales, graves, +silenciosos, comiendo despacio, servidos por las +mujeres, quienes comerán después. No tarda +el guarda con la carretilla. Verdadero tipo a lo +Fenimore, trampero por tierra y por agua, guardapesca +y guardacaza, las gentes del país le llaman +el <i>Rondador</i> porque, entre las brumas del +alba o del anochecer, ocúltase siempre entre los +cañaverales, acechando, o bien inmóvil en su +barquichuelo, ocupado en vigilar sus atolladeros +en los estanques y en las acequias. Su profesión +de espía perpetuo, es quizá lo que le hace tan +callado y taciturno. Sin embargo, mientras el +carretón lleno de escopetas y de cestas camina +delante de nosotros, el <i>Rondador</i> nos entera +de la caza, refiriéndonos el número de bandadas +de paso y los cuarteles en que las aves +emigrantes se han posado. Charlando nos internamos +en la comarca.</p> + +<p>Después de atravesar los terrenos de cultivo, +nos encontramos en plena Camargue montaraz. +Lagunas y acequias brillan hasta perderse de +vista entre los pastos y las salicarias. Bosquecillos +de tamariscos y de cañas ondulan como +un mar en calma. Ningún árbol elevado turba +el aspecto liso, inmenso, de la llanura. Apriscos +de ganado extienden de vez en cuando su +baja techumbre casi a nivel del suelo. Los rebaños +diseminados, tumbados en las hierbas salitrosas, +o marchando apretados en torno de la +roja capa del pastor, no interrumpen la gran +línea uniforme, viéndose achicados por ese espacio +infinito de horizontes azules y claro cielo. +Lo mismo que del mar, plano a pesar de sus +olas, despréndese de esa llanura una sensación +de soledad, de inmensidad, aumentada por el +mistral que sopla incesantemente, sin trabas, +y que, con su poderoso aliento, parece aplanar +y engrandecer el paisaje. El lo doblega todo. +Los arbustos más frágiles conservan la huella +de su paso, quedan torcidos, tumbados hacia el +Sur, como dispuestos a fugarse...</p> + + + +<h3><a name="IIa" id="IIa"></a>II</h3> + +<p class="cabeza">LA CABAÑA</p> + + +<p>La cabaña no es otra cosa que un techo de +cañas y unas paredes de cañas secas y amarillas. +Tal vez nuestro punto de cita para la +caza. Tipo de la casa camarguesa, la cabaña no +tiene más que una habitación alta, grande, sin +ventana; entra la luz por una puerta vidriera, +que de noche se cierra con postigos. A lo largo +de los paredones enlucidos, blanqueados con +cal, hay armarios para colocar las armas, los +morrales, las botas que usamos para cruzar los +pantanos. En el fondo vense cinco o seis literas +colocadas alrededor de un verdadero mástil +plantado en el suelo y que sirve de apoyo al +techo. Por la noche, cuando sopla el mistral +y cruje la casa por todas partes, con el mar +lejano y el viento que lo aproxima, trae su ruido +y lo ahueca, puede creerse uno acostado en +el camarote de un buque.</p> + +<p>Pero, especialmente por la tarde es cuando la +cabaña está encantadora. En nuestros buenos +días de invierno meridional, me agrada estar +solo junto a la alta chimenea, donde arden humeantes +algunas matas de tamariscos. Con las +rachas del mistral o de la tramontana, cruje la +puerta, chillan las cañas, y todas esas sacudidas +son un ligero eco de la gran conmoción de +la naturaleza que me circunda. El sol de invierno, +agitado por la enorme corriente, se esparce, +reúne sus rayos, los dispersa. Corren +grandes sombras bajo un cielo azul admirable. +La luz y los ruidos llegan por sacudidas, y las +esquilas de los rebaños, oídas repentinamente y +olvidadas después, perdiéndose entre el viento, +suenan de nuevo bajo la puerta desencajada, +con el hechizo de un estribillo de canción... La +hora exquisita es el crepúsculo, un poco antes +del regreso de los cazadores. Entonces el viento +está tranquilo. Salgo un instante. El ancho +sol rojo desciende en paz, inflamado y sin calor. +Llega la noche, y roza con sus alas negras +y húmedas, cuando pasa. Allá abajo, al nivel +del suelo, vese un fogonazo, con el brillo de +una estrella roja avivada por las tinieblas circunvecinas. +En la escasa claridad que resta, +apresúrase todo bicho viviente. Un largo triángulo +de patos vuela muy abajo, cual si deseara +tomar tierra; pero de pronto los aleja la cabaña, +donde brilla encendido el candil. El que va +a la cabeza de la columna, yergue el cuello, remonta +el vuelo nuevamente, y todos los demás +se elevan tras de él con gritos salvajes.</p> + +<p>No tarda en oírse un inmenso pataleo, que +se asemeja a un ruido de lluvia. Miles de carneros +llamados por los pastores y hostigados por +los perros, cuyo galopar confuso y alentar jadeante +se perciben, amontónanse con prisa, medrosos +e indisciplinados, hacia los apriscos. Véome +envuelto, rozado, confundido dentro de ese +torbellino de vellones rizados, de balidos; una +verdadera marejada, en que parece que los pastores +son arrastrados con su sombra por olas +que saltan... Detrás de los rebaños percíbense +pasos conocidos, voces alegres. La cabaña está +llena, animada, ruidosa. Chisporrotean, al arder, +los sarmientos formando llama. Hay tanta +mayor risa, cuanto mayor es el cansancio. Es +un aturdimiento de regocijada fatiga; las escopetas +arrinconadas, las grandes botas tiradas y +revueltas, los morrales vacíos y junto a ellos +plumajes rojos, áureos, verdes, plateados, todos +con manchas de sangre. La mesa está puesta, +y entre el husmillo de una sabrosa sopa de +anguila, queda todo en silencio, ese gran silencio +de los apetitos robustos, que solamente +interrumpe el feroz gruñir de los perros lamiendo +a tientas sus cazuelas delante de la +puerta.</p> + +<p>La velada no se prolongará mucho. Ya no +quedamos junto al fuego, que también parpadea, +más que el guarda y yo. Charlamos; es +decir, nos dirigimos uno al otro frases a medias +palabras al uso campesino, esas interjecciones +casi indias, breves y rápidas como las +postrimeras chispas de los consumidos sarmientos. +Al fin, pónese de pie el guarda, enciende +la linterna, y piérdese su paso perezoso en la +calma y obscuridad de la noche silenciosa...</p> + + + +<h3><a name="IIIa" id="IIIa"></a>III</h3> + +<p class="cabeza">¡A LA ESPERA!</p> + + +<p><i>¡La espera!</i> ¡Qué expresivo nombre éste, con +el que se designa el puesto donde aguarda emboscado +el cazador, y esas horas imprecisas en +que todo <i>espera</i>, vacilando entre el día y la noche! +El puesto de la mañana, poco antes de +amanecer; el puesto de la tarde, cuando el sol +se hunde en el ocaso. El de mi predilección es +este último, sobre todo en esos países de marismas, +donde el agua de los estanques conserva +la luz tanto tiempo...</p> + +<p>En ocasiones, se utiliza como puesto el chinchorro, +barquichuelo sin quilla, estrecho, y que +al movimiento más leve se pone por montera. +Oculto tras de los cañaverales, el cazador ojea +los patos desde el fondo de la barca, de la que +sobresalen únicamente la visera de una gorra, +el cañón de la escopeta y la cabeza del perro, +que olfatea el viento y papa mosquitos, o bien +inclina, con sus patazas extendidas, toda la +barca sobre una borda llenándola de agua. Esta +<i>espera</i> es sumamente complicada para mi +inexperiencia. Esta es la razón por la que casi +siempre voy a la espera a pie, zabulléndome +en pleno pantano, con enormes botas hechas de +toda la longitud que el cuero permite. Camino +con lentitud, prudentemente, temeroso de hundirme +en el légamo. Me separo de los cañaverales, +lleno de olores salitrosos y de saltos de +ranas.</p> + +<p>Por fin me acomodo en el primer islote de +tamariscos, o rincón de tierra seca, que encuentro. +El guarda, en prueba de respetuosa +consideración, permite que me acompañe su +perro, un enorme perro de los Pirineos, con +sus grandes lanas blancas, gran cazador y pescador +inteligente, cuya presencia me intimida +un poco. Cuando pasa a mi alcance una chocha +de agua, me mira irónicamente echando +atrás, con un movimiento de cabeza, a lo artista, +sus largas orejas flácidas que le cuelgan +delante de los ojos; después, posturas de parada, +meneos de cola, toda una mímica de impaciencia, +como queriendo decirme:</p> + +<p>—¡Tira!... ¿Por qué no tiras, tonto?</p> + +<p>Tiro, y yerro la puntería. Entonces, con todo +su cuerpo estirado, bosteza y se alarga, fatigoso, +aburrido, insolentemente...</p> + +<p>¡Pues bien, sí! No lo niego, soy un mal +cazador. La <i>espera</i>, para mí, es la tarde al +caer, la luz que desaparece y se refugia en el +agua, los estanques que relucen, abrillantando +hasta el tono de plata fina el tinte gris del cielo +ensombrecido. Me deleita este olor del agua, +esta misteriosa agitación de los insectos en los +cañaverales, este suave murmullo de las largas +hojas estremeciéndose. Oyese a veces una nota +triste, y retumba en el cielo como el zumbido +de una caracola marina. Es el alcaraván que +esconde en el fondo del agua su inmenso pico +de ave pescadora, y sopla... <i>¡ruuú!</i> Bandadas +de grullas vuelan por encima de mi cabeza. +Oigo el roce de las plumas, el ahuecamiento del +plumón con el viento fuerte, y hasta el crujido +de la minúscula osamenta, rendida de cansancio. +Después, nada. La noche, las profundas +tinieblas, siguiendo a la escasa claridad del día, +que sobre las aguas ha quedado retrasada.</p> + +<p>De repente advierto un estremecimiento, una +especie de molestia nerviosa, como si hubiese +alguien detrás de mí. Al volverme veo a la compañera +de las noches hermosas, la luna; una +ancha luna, enteramente redonda, que llega +suavemente, con un movimiento de ascensión +muy perceptible al principio, y que se retarda +mientras que aquélla se aleja del horizonte.</p> + +<p>Ya son bien perceptibles junto a mí los primeros +rayos, y luego otros un poco más lejos... +Ahora está iluminada toda la marisma. La más +pequeña mata de hierba proyecta sombra. Concluyose +la <i>espera</i>, las aves nos ven; es forzoso +volver a casa. Caminamos envueltos por +una inundación de luz azul, ligera, polvorienta, +y cada uno de nuestros pasos en los estanques +y en las acequias, revuelve en ellos millares de +estrellas caídas y fulgores de rayos de luna que +llegan hasta el fondo del agua...</p> + + + +<h3><a name="IVa" id="IVa"></a>IV</h3> + +<p class="cabeza">ROJO Y BLANCO</p> + + +<p>En una cabaña semejante a la nuestra, pero +algo más rústica, y de la que sólo dista un tiro +de fusil, habita nuestro guarda, con su esposa +y sus dos hijos mayores: la moza, que prepara +la comida de los hombres y compone las redes +para la pesca; y el mozo, que ayuda a su +padre a levantar las artes y a vigilar las compuertas +de los estanques. Los dos más jóvenes +viven con su abuela en Arlés, y allí permanecerán +hasta que hayan aprendido a leer y celebrado +la primera comunión, pues aquí están +muy lejos de la iglesia y la escuela, además de +que el aire de Camargue no vendría bien a esas +criaturas. El hecho es que cuando llega el verano, +cuando las charcas se secan y el blanco +légamo de las acequias se agrieta con los grandes +calores, es imposible habitar la isla.</p> + +<p>Yo pude apreciar eso una vez en el mes de +agosto, viniendo a cazar ánades silvestres, y +jamás olvidaré el aspecto triste y feroz de este +paisaje abrasado. De trecho en trecho humeaban +al sol los estanques como inmensas cubas, +conservando en el fondo un resto de vida en +movimiento, un hormigueo de salamandras, +arañas y moscas de agua en busca de rincones +húmedos. Había allí un aire hediondo, una bruma +de miasmas densamente flotante, que innumerables +torbellinos de mosquitos espesaban. +Todo el mundo tiritaba en casa del guarda, +todo el mundo padecía fiebres, y apenaba +ver las caras amarillas y largas, los ojos agrandados +y con ojeras, de aquellos infelices que +durante tres meses se arrastraban bajo ese ancho +sol inexorable que abrasa a los febricitantes +y no consigue hacerlos entrar en calor... ¡Triste +y penosa vida la de guardacaza en Camargue! +Y menos mal que puede tener a su lado a su +mujer y sus hijos; pero dos leguas más lejos, +en la marisma, vive un guarda de caballos, +completamente solo todo el año, de cabo a rabo, +haciendo una verdadera vida de Robinsón. +En su choza de cañas, construida por él mismo, +no hay nada que no sea obra de sus manos, +desde la hamaca tejida con mimbres, y las +tres piedras negras reunidas en forma de hogar, +y los troncos de tamarisco dispuestos en +forma de escabeles, hasta la llave y la cerradura +de madera blanca con que se cierra esta extraña +habitación.</p> + +<p>Este guarda es por lo menos tan extraño como +su residencia. Es una especie de filósofo silencioso +como los solitarios, que oculta su desconfianza +de labriego bajo unas cejas espesas +como matorrales. Cuando no está en los pastos, +vésele sentado junto a su puerta, descifrando +pacientemente, con una aplicación infantil +y conmovedora, uno de esos folletos de +color de rosa, azules o amarillos en que están +envueltos los frascos de medicina que emplea +para los caballos. El pobre diablo no se distrae +más que en la lectura, ni tiene más libros que +éstos. Aunque vecinas sus cabañas, nuestro +guarda y él nunca se visitan. Hasta evitan encontrarse. +Un día que pregunté al <i>rondeîron</i> +la razón de esa antipatía, me respondió con +seriedad:</p> + +<p>—Tenemos distintas opiniones... El es rojo, +y yo soy blanco.</p> + +<p>Y de esta manera, hasta en ese desierto cuya +soledad hubiera debido amistarlos, esos dos +salvajes, tan ignorantes y sencillos uno como el +otro, esos dos boyeros de Teócrito, que solamente +una vez cada año van a la ciudad, y a +quienes los cafetuchos de Arlés, con sus dorados +espejos, les deslumbran como si contemplasen +el palacio de los Tolomeos, ¡las opiniones +políticas les ha proporcionado una razón +para odiarse!</p> + + + +<h3><a name="Va" id="Va"></a>V</h3> + +<p class="cabeza">EL VACCARÉS</p> + + +<p>El Vaccarés es el espectáculo más hermoso +que puede presenciarse en Camargue. Muchas +veces, abandonando la caza, vengo a sentarme +a orillas de este mar salado, un mar pequeño +que asemeja un trozo del grande, encerrado +entre las tierras y amansado por su mismo cautiverio. +En vez de esa sequedad, de esa aridez +que comúnmente entristecen la costa, el Vaccarés, +con su ribera un poco alta, toda ella verde +por la hierba menuda, aterciopelada, ostenta +su flora extraordinaria y hechicera: centauras, +tréboles acuáticos, gencianas y esas lindas salicarias, +azules en invierno, rojas en verano, que +mudan su color con los cambios atmosféricos, +y con una floración no interrumpida, marcan +las estaciones por lo diverso de sus matices.</p> + +<p>Allá, a las cinco de la tarde, cuando el sol +se pone, ofrecen admirable perspectiva esas +tres leguas de agua, sin una barca, sin una vela +que limite y dé variedad a su extensión. No +es ya el íntimo deleite de los estanques y acequias +que aparecen, distanciados, entre los repliegues +de un terreno arcilloso, bajo el cual +se filtra el agua por doquiera, dispuesta a reaparecer +en la menor depresión del terreno. +Aquí la impresión es grande, vasta. A lo lejos, +ese cabrilleo de las ondas atrae bandadas de +fulgas, garzas reales, alcaravanes, flamencos de +vientre blanco y alas rosadas, alineándose para +pescar a lo largo de las márgenes, disponiendo +sus diferentes colores en una larga faja igual, +y además ibis, verdaderos ibis de Egipto, que +parecen estar en su propia casa entre ese espléndido +sol y ese mudo paisaje. Efectivamente, +desde mi sitio no percibo más que el chapoteo +del agua y la voz del guarda que llama +a sus caballos, diseminados en la orilla. +Todos tienen retumbantes nombres: «¡Cifer!... +¡L'Estello!... ¡L'Estournello!»... Cuando se +oye nombrar cada bruto, corre dando al viento +las crines, a comer avena en la misma mano +del guarda...</p> + +<p>Más lejos, en la misma orilla, vese una gran +manada de bueyes, paciendo libremente como +los caballos. De vez en cuando distingo por +encima de unas matas de tamariscos la arista +de sus dorsos encorvados, y sus cuernecitos que +se yerguen en forma de media luna. La mayoría +de estos bueyes de Camargue se crían para +ser lidiados en las fiestas de los pueblos, y +algunos tienen ya fama en todos los circos de +Provenza y Languedoc. Así, por ejemplo, la +manada que está más cerca, cuenta entre otros +con un terrible combatiente llamado <i>Romano</i>, +que ha despanzurrado a no sé cuántos hombres +y caballos en las plazas de Arlés, de Nimes, de +Tarascón. Por eso, sus compañeros le han confiado +la jefatura; porque en esas extrañas piaras +los brutos se gobiernan por sí mismos, agrupados +en torno de un toro viejo a quien eligen +como guía. Cuando en la Camargue descarga +un huracán, terrible en esa gran llanura donde +nada lo desvía ni lo detiene, es curioso ver replegarse +la manada detrás de su jefe, con todas +las cabezas inclinadas, volviendo hacia el lado +de donde el viento sopla, esas anchas testuces +en que se condensa la fuerza del buey. Los +pastores provenzales llaman a esta maniobra: +<i>volver cuernos al viento</i>. ¡E infelices los rebaños +que no se conformen con ello! Cegada por +la lluvia, empujada por el huracán, la manada +en derrota gira sobre sí misma, se extravía, se +dispersa, y corriendo enloquecidos los bueyes +hacia adelante, pretendiendo alejarse de la tempestad, +arrójanse en el Ródano, en el Vaccarés +o en el mar, donde casi todos perecen.</p> + + + +<h3><a name="NOSTALGIA_DE_CUARTEL" id="NOSTALGIA_DE_CUARTEL"></a>NOSTALGIA DE CUARTEL</h3> + + +<p>Esta madrugada, cuando empezaba a alborear, +me despierta con sobresalto un tremendo +redoble de tambor... ¡Rataplán, rataplán!...</p> + +<p>¿Qué es esto? ¡Un tambor en mis pinos, y +a tales horas!... ¡Qué cosa más extraña!</p> + +<p>Pronto, a prisa, me levanto y corro a abrir +la puerta.</p> + +<p>¡No veo a nadie! Cesó el ruido... De entre +unas labruscas húmedas, vuelan dos o tres chorlitos +sacudiéndose las alas. Entre los árboles se +mece una suave brisa... Hacia el Oriente, sobre +la aguda cresta de los Alpilles, amontónase un +polvo de oro, de donde surge lentamente el +sol... El primer rayo roza ya la techumbre del +molino. En el mismo instante, el invisible tambor +vuelve a redoblar en el campo bajo la espesura... +¡Rataplán, rataplán!...</p> + +<p>¡El demonio llévese la piel de asno! Ya lo +había olvidado. Pero, en fin, ¿quién será el +bruto que saluda a la aurora en el fondo de los +bosques con un tambor?... Aunque miro, no +veo a nadie... no diviso nada más que las matas +de alhucema y los pinos que se precipitan +cuesta abajo hasta el camino... Quizá se oculta +en la espesura algún duende, resuelto a burlarse +de mí... Sin duda, es Ariel o maese Puck. +El pícaro habrá pensado, al pasar por delante +de mi molino:</p> + +<p>—Ese parisiense está muy tranquilo ahí dentro; +vamos a darle la alborada.</p> + +<p>Y seguramente habrá tomado un bombo, y... +¡rataplán!... ¡rataplán!...</p> + +<p>—¿Quieres callarte, pícaro Puck? Vas a despertarme +a las cigarras.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Pero no era Puck.</p> + +<p>Era Gouguet François, alias <i>Pistolete</i>, tambor +del regimiento 31 de infantería, a la sazón +con licencia semestral. <i>Pistolete</i> está aburrido +en el país, siente nostalgias, y cuando le prestan +el instrumento del cabildo municipal, se +marcha melancólico a los bosques a tocar el +tambor, soñando con el cuartel del Príncipe +Eugenio.</p> + +<p>Esta mañana ha venido a soñar a mi verde +colinita... Allí está de pie, recostado contra un +pino, con el tambor entre las piernas, tocando +si Dios tiene qué... Bandas de perdigones espantados +corren a sus pies sin que lo note. Las +hierbas aromáticas perfuman el aire en torno +suyo, sin que él las huela.</p> + +<p>No ve tampoco las sutiles telarañas que tiemblan +al sol entre el ramaje, ni las agujas de pino +que caen sobre su tambor. Absorto en su +sueño y en su música, mira con amor moverse +ligeros los palillos, y su caraza estúpida se +ensancha de placer a cada redoble.</p> + +<p>¡Rataplán! ¡Rataplán!...</p> + +<p>—¡Es muy hermoso el gran cuartel, con sus +patios de anchas losas, sus ventanas bien alineadas, +su población con gorra cuartelera, y +sus galerías, bajo cuyos arcos se oye constantemente +el ruido de las tarteras!...</p> + +<p>¡Rataplán! ¡Rataplán!...</p> + +<p>—¡Oh, la sonora escalera, los corredores enlucidos +con cal, la oliente cuadra, los correajes +que se lustran, la tabla del pan, las cajas de betún, +los camastros de hierro con manta gris, +los fusiles que brillan en el armero!...</p> + +<p>¡Rataplán! ¡Rataplán!...</p> + +<p>¡Rataplán! ¡Rataplán!...</p> + +<p>—¡Oh, qué días más hermosos los vividos +en el cuerpo de guardia; los naipes que ensucian +los dedos y se pegan como pez, la sota +de espadas horrible con adornos a pluma, el incompleto +tomo de una vieja novela de Pigault-Lebrun +arrojado encima de la cama de campaña!...</p> + +<p>¡Rataplán! ¡Rataplán!...</p> + +<p>—¡Oh, las interminables noches de centinela +en la puerta de los ministerios, la garita vieja +donde entra la lluvia y en que los pies se +hielan!... ¡Los coches de lujo, que salpican de +barro cuando pasan!... ¡Oh, el trabajo suplementario, +los días de limpieza general, el cubo +pestífero, la cabecera de tabla, la fría diana en +las mañanas lluviosas, la retreta entre niebla a +la hora de encender el gas, la lista por la tarde, +a la cual se llega arrojando el bofe!...</p> + +<p>¡Rataplán! ¡Rataplán!...</p> + +<p>—¡Oh, el bosque de Vincennes, los vastos +guantes de algodón blanco, los paseos por las +fortificaciones, la barrera de la Estrella, el cornetín +de pistón de la sala de Marte, la bebida +en las afueras, las confidencias entre los hipos, +los útiles de encender que se desenvainan, la +romanza sentimental que se canta con una +mano puesta en el corazón!...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>¡Sueña, sueña, hombre infeliz, que no he de +ir yo a impedírtelo!... Golpea de firme en el +tambor, toca haciendo un remolino con los brazos. +No puedes parecerme ridículo.</p> + +<p>Si sientes la nostalgia de tu cuartel, ¿no +experimento yo la nostalgia del mío?</p> + +<p>A mí me persigue mi París hasta aquí como +el tuyo. Tú tocas el tambor bajo los pinos. Yo +emborrono cuartillas... ¡Somos los dos unos +provenzales! Allá, en los cuarteles de París, +echábamos de menos nuestros Alpilles azules +y el silvestre olor del tomillo; ahora, aquí, en +plena Provenza, nos falta el cuartel, y amamos +todo cuanto nos lo hace recordar...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Las ocho suenan en la aldea. <i>Pistolete</i>, sin +dejar sosegar los palillos, ha decidido regresar... +Oyesele bajar por el bosque, siempre tocando... +Y yo, tumbado sobre la hierba, enfermo de nostalgia, +al oír el ruido del tambor que se aleja, +creo ver desfilar entre los pinos a todo mi +París...</p> + +<p>¡Ah, París!... ¡París!... ¡París siempre!</p> + + + +<h3><a name="LAS_EMOCIONES_DE_UN_PERDIGON" id="LAS_EMOCIONES_DE_UN_PERDIGON"></a>LAS EMOCIONES DE UN PERDIGON... +ROJO</h3> + + +<p>No ignoran ustedes que los perdigones andan +en bandadas y anidan juntos en el hueco de los +surcos, para alzar el vuelo a la alarma más insignificante, +desparramándose como los granos +que arrojan a la tierra para que produzcan. Mi +acompañamiento particular es alegre y numeroso +y acampa en un llano junto a la linde de +un gran bosque, donde tenemos buen botín y +magníficos refugios a uno y otro lado. Por eso, +desde que sé correr, tengo buen plumaje y estoy +bien alimentado, experimento la alegría +del vivir. Sin embargo, una cosa teníame algo +intranquilo y era esa célebre conclusión de la +veda, de que nuestras madres hablan en voz +baja unas con otras. Un viejo de nuestra banda +me decía siempre acerca de esto:</p> + +<p>—No temas, Rojillo—me llaman Rojillo a +causa de mi pico y de mis patas, del color de +la serba,—no temas, Rojillo. Yo te protegeré +el día de la apertura de la caza, y estoy seguro +de que no ha de ocurrirte nada desagradable.</p> + +<p>Es un macho viejo muy bribón y vivaracho +todavía, aun cuando tiene ya señalada la <i>herradura</i> +en el pecho y algunas plumas blancas esparcidas +por el cuerpo. De joven recibió en un +ala un perdigón de plomo, y como esto le ha +hecho ser un poco pesado, mira dos veces antes +de volar, mide bien el tiempo y sale del +apuro. Con frecuencia me llevaba consigo hasta +la entrada del bosque. Hay allí una rara casita, +escondida entre los castaños, muda como una +madriguera vacía y siempre cerrada.</p> + +<p>—Mira bien esa casita, Rojillo—me decía el +viejo;—cuando veas que sale humo por la techumbre +y están abiertas la puerta y las ventanas, +mala señal para nosotros.</p> + +<p>Y yo me fiaba de él, sabiendo positivamente +que él era ducho en eso de las aperturas de la +caza.</p> + +<p>Efectivamente, la otra mañanita, al rayar el +alba, oí que me llamaban muy bajito dentro +del surco...</p> + +<p>—Rojillo, Rojillo.</p> + +<p>Era mi viejo macho. Miraba de una manera +extraña.</p> + +<p>—Vente en seguida—me dijo,—y haz lo +que yo.</p> + +<p>Lo seguí medio adormilado, deslizándome por +entre los terrenos, sin volar, sin saltar casi, como +un ratón.</p> + +<p>Íbamos por el lado del bosque, y al pasar +observé que había humo en la chimenea de la +casita, luz en las ventanas, y frente a la puerta, +de par en par, unos cazadores, unos cazadores +equipados completamente y una traílla de perros +que saltaban. Al pasar nosotros, gritó uno +de los cazadores:</p> + +<p>—Vamos a registrar el llano esta mañana, y +luego, después de almorzar, registraremos el +bosque.</p> + +<p>Entonces comprendí por qué mi viejo compañero +nos conducía tan aprisa a la arboleda. A +pesar de esto palpitábame el corazón, especialmente +al acordarme de mis pobres amigos.</p> + +<p>De repente, cuando llegábamos al lindero, +echaron al galope detrás de nosotros a los perros...</p> + +<p>—¡Agáchate, agáchate!—me dijo el viejo bajándose; +al mismo tiempo, a diez pasos de nosotros, +una codorniz atemorizada abrió cuanto +pudo sus alas y su pico, y tendió el vuelo dando +un grito de miedo. Oí un formidable ruido +y nos rodeó un polvo de un olor extraño, blanco +y caliente, aunque apenas había salido el sol. +Estaba yo tan asustado que ya me era imposible +correr. Felizmente entrábamos en el bosque. +Mi camarada se acurrucó tras una pequeña encina, +yo me coloqué junto a él y ambos estuvimos +allí ocultos, mirando por entre las hojas.</p> + +<p>En los campos oíase un terrible fuego de +fusil. A cada escopetazo cerraba yo los ojos +despavorido; después, cuando los volvía a abrir, +veía el llano inmenso y desnudo, y los perros +corriendo, olfateando entre las briznas de hierba, +entre las gavillas, girando sobre sí mismos, +alocados. Los cazadores juraban detrás de ellos +y los llamaban; las escopetas brillaban al sol. +Hubo un momento en que me pareció ver volar +como hojas sueltas entre una nubecilla de humo, +aun cuando en los alrededores no había +árbol alguno. Pero el viejo macho me dijo que +eran plumas, y efectivamente a cien pasos frente +a nosotros un hermoso perdigón gris cayó +dentro de un surco, doblando su cabeza ensangrentada.</p> + +<p>Cuando ya el sol quemaba en lo alto, cesó +repentinamente el tiroteo. Los cazadores regresaban +hacia la casita, donde se oía chisporrotear +una gran hoguera de sarmientos. Conversaban +con la escopeta al hombro, discutían +los disparos hechos, y mientras tanto sus perros +seguíanles jadeantes, con la lengua colgando...</p> + +<p>—Van a almorzar—me dijo mi compañero;—vamos +a hacer nosotros lo mismo que ellos.</p> + +<p>Entramos en un sembrado de trigo morisco +junto al bosque, un gran campo blanco y negro, +en flor y granado, con perfumes de almendra. +Picoteaban también allí unos hermosos +faisanes de irisadas plumas, bajando sus crestas +rojas por temor a ser vistos. ¡Ah! ¡Estaban menos +altivos que de ordinario! Mientras comían, +nos pidieron noticias preguntándonos si había +caído alguno de los suyos. Durante este tiempo, +el almuerzo de los cazadores, silencioso al principio, +hacíase cada vez más bullicioso, oíamos +chocar las copas y saltar los corchos de las botellas. +El viejo macho me previno que ya era +hora de volver a nuestro refugio.</p> + +<p>Podía decirse que a la sazón el bosque dormía. +La charca adonde acuden los gamos a beber +no estaba enturbiada por ningún lengüetazo. +No se veía un hocico de conejo entre los +serpoles del vivar. Percibíase solamente un estremecimiento +misterioso, como si cada hoja, +cada brizna de hierba protegiese una vida amenazada. +¡Esa caza de monte tiene tantos escondrijos! +Las gazaperas, la montanera, las fajinas, +las malezas y además los hoyitos de bosque +que durante tanto tiempo conservan el agua +llovediza. Confieso que me hubiera agradado estar +en el fondo de uno de esos agujeros; mas +mi acompañante prefería estar al descubierto, +tener anchuras, ver a lo lejos y sentir ante sí +el campo libre. Hicimos bien, porque los cazadores +se internaban en la selva.</p> + +<p>¡Oh! No podré olvidar jamás aquella primera +descarga en el bosque, aquel tiroteo que +horadaba las hojas como el granizo en abril y +señalaba las cortezas de los árboles. Un conejo +pasó huyendo a todo correr a través del camino, +arrancando matitas de hierba con sus uñas extendidas. +Una ardilla descendió precipitadamente +de un castaño, dejando caer castañas +aún verdes. Sintiéronse dos o tres pesados revuelos +de gordos faisanes y un barullo entre las +ramas bajas y las hojas secas, al viento de ese +escopetazo que agitó, despertó y atemorizó a +todo bicho viviente en el bosque. Los musgaños +se ocultaban en lo más hondo de sus agujeros. +Un escarabajo, que salió del hueco del +árbol que nos guarecía, movía sus ojos prominentes +y estúpidos, yertos de terror. Por doquiera +veíanse pobres bichitos azorados, libélulas +azules, moscardones, mariposas... hasta un +saltamontes pequeñito con alas de color escarlata, +que se detuvo junto a mi pico; pero también +yo estaba sumamente asustado para aprovecharme +de su miedo.</p> + +<p>El viejo, por su parte, seguía siempre tan +tranquilo. Muy atento a los ladridos y a los +disparos, hacíame señas cuando se aproximaban +y nos íbamos un poco más lejos, fuera de +la pista de los perros, y muy ocultos entre el +follaje. Sin embargo, una vez mi sobresalto fue +tremendo, porque nos consideramos ya perdidos. +La calle de árboles que teníamos que cruzar +estaba guardada a cada extremo por un cazador +que atisbaba. Por un lado, un mocetón +con patillas negras, quien sonaba como una +panoplia vieja cuando se movía, con su cuchillo +de monte y su cartuchera y el cuerno de municiones, +sin mencionar que sus polainas hebilladas +hasta las rodillas le hacían parecer aún +más alto; en el otro extremo, un viejecito, apoyado +muy tranquilamente en un árbol, fumaba +en su pipa, guiñando los ojos como si tuviera +sueño. Este no me asustaba, sino el mocetón +de allá abajo...</p> + +<p>—No entiendes nada de esto, Rojillo—me +dijo mi camarada riéndose. Y sin temor ninguno, +con las alas abiertas de par en par, alzó +el vuelo casi entre las piernas del terrible cazador +de las patillas. Y la verdad es que el pobre +hombre estaba tan engolfado con todos sus +atavíos de caza, tan distraído contemplándose +de arriba abajo, que cuando se echó al hombro +la escopeta nos encontrábamos ya fuera de +su alcance. ¡Ah! ¡Si cuando los cazadores creen +estar solos en un rincón de un bosque, supieran +cuántos ojuelos fijos les miran desde los matorrales, +cuántos piquitos puntiagudos contienen +la risa al ver su torpeza!...</p> + +<p>Nosotros andábamos, andábamos sin detenernos. +Considerando que lo mejor que podía hacer +era seguir a mi viejo acompañante, mis alas +se desplegaban a compás de las suyas, para replegarse +y quedar inmóviles tan pronto como +él se detenía. Aun me parece ver todos los sitios +por donde pasamos: el conejar cuajado de +brezos, lleno de madrigueras junto a los árboles +amarillentos, con esa gran cortina de robledales +donde creía ver escondida la muerte +por doquiera, y la verde sendita por donde mi +madre la Perdiz había paseado tantas veces su +pollada bajo el sol de mayo, donde picoteábamos, +saltando, las hormigas rojas que subían +por nuestras patas, donde encontrábamos faisanitos +cebados, gordos como pollastres, y que +se negaban a jugar con nosotros.</p> + +<p>Vi como en un sueño mi senderito, en el +momento en que lo atravesaba una corza, erguida +sobre sus delgadas patas con los ojos muy +abiertos y dispuesta a saltar. Después, la balsa +adonde acudíamos en partidas de quince o treinta, +todos al mismo vuelo, alzándonos en un +momento de la llanura, para beber el agua del +manantial y salpicarnos de gotitas que rodaban +sobre el lustroso plumaje... En medio de +esa charca había una aliseda, algo así como un +ramillete muy espeso, y en aquel islote nos +guarecimos. Hubiera sido necesario que los +perros tuviesen una nariz de primera para ir a +buscarnos en aquel sitio. A poco de llegar nosotros, +presentose un corzo arrastrándose sobre +tres patas y dejando tras de sí un surco rojo +sobre el musgo. Daba tanta tristeza el verlo, +que oculté la cabeza bajo las hojas; pero oía +al herido beber en la charca resollando y ardiendo +en fiebre...</p> + +<p>Declinaba el día. Los disparos de escopeta se +alejaban y disminuían en número. Después +quedó todo en silencio... Aquello había terminado. +Entonces regresamos despacio a la llanura, +para saber algo de nuestra gente. Al pasar +por delante de la casita de madera, presencié +una cosa horrible.</p> + +<p>En el borde de un hoyo, los unos cerca de +los otros, yacían liebres de rojo pelo y conejillos +grises de cola blanca, con las patitas juntas +por la muerte, en actitud de implorar misericordia, +y con ojos empañados como si llorasen; +además, perdices rojas, machos de perdiz grises, +con la <i>herradura</i> como mi camarada, y perdigoncillos +de aquel año que, como yo, tenían todavía +pelusa debajo de las plumas. ¿Hay nada +más tétrico que una ave muerta? ¡ Las alas son +tan vivas! El verlas plegadas y frías hace temblar... +Un gran corzo, magnífico y tranquilo, +parecía dormir, con su lengüecita sonrosada +fuera de la boca, cual si aun fuese a lamer.</p> + +<p>Y también estaban allí los cazadores, inclinados +sobre aquella carnicería, contando y tirando +hacia sus morrales de las patas ensangrentadas +y de las alas rotas, con menosprecio +de todas esas heridas recientes. Los perros, +atraillados para el camino, fruncían aún sus hocicos +en ristre, como si se dispusiesen a volver +a lanzarse a los tallares del soto.</p> + +<p>¡Oh, mientras el ancho sol ocultábase allá +abajo y se alejaban todos jadeantes, agrandando +sus sombras sobre los terrones de los surcos +y las sendas húmedas con el sereno del crepúsculo, +cómo maldecía yo, cómo odiaba a toda +la banda, hombres y animales!... Ni mi compañero +ni yo podíamos lanzar, como de costumbre, +unas notitas de despedida a ese día +que expiraba.</p> + +<p>Vimos en nuestro camino infelices bestezuelas, +muertas por un extraviado perdigón de plomo +y sirviendo de pasto a las hormigas; musgaños +con el hocico lleno de polvo, picazas, golondrinas +derribadas al vuelo, tendidas de espaldas +y levantando sus yertas patitas hacia el +cielo, de donde descendía la noche precipitadamente, +como suele en otoño, clara, fría y húmeda. +Pero lo que más profundamente conmovió +todo mi ser fue oír en los linderos del bosque, +al margen del prado y allá abajo en los juncales +del río, llamamientos angustiosos, tristes +y diseminados, que, no siendo contestados por +nadie, iban a perderse en las lejanías del espacio.</p> + + + +<h3><a name="EL_EMPERADOR_CIEGO" id="EL_EMPERADOR_CIEGO"></a>EL EMPERADOR CIEGO</h3> + +<p class="cabeza">O VIAJE A BAVARIA PARA BUSCAR UNA TRAGEDIA JAPONESA</p> + + +<h3><a name="Ib" id="Ib"></a>I</h3> + +<p class="cabeza">EL SEÑOR CORONEL DE SIEBOLDT</p> + + +<p>El señor de Sieboldt, el coronel bávaro al +servicio de Holanda, señor de Sieboldt cuyas +notables obras acerca de la flora japonesa le +han conquistado merecida reputación en los +círculos científicos, llegó a París, durante la +primavera de 1866, para someter al Emperador +un vasto proyecto de asociación internacional +para la explotación de ese maravilloso <i>Nipon-Jepen-Japon</i> +(Imperio de la salida del Sol), donde +había residido durante más de treinta años. +Esperando que se le concediera una audiencia +en las Tullerías, el ilustre viajero (que no obstante +su larga permanencia en el Japón había +continuado siendo muy bávaro), pasaba sus veladas +en una pequeña cervecería del arrabal +Poissonnière, acompañado por una señorita joven +de Munich que viajaba con él, y a quien +presentaba como sobrina suya en todas partes. +Allí fue donde lo encontré yo. Al entrar él, +volvíanse todos para contemplar la fisonomía de +ese anciano, firme y tieso con sus setenta y dos +años, sus largas barbas canas, su interminable +hopalanda, su ojal lleno de cintas con los distintivos +de todas las academias científicas, y +aquel extraño aspecto, que revelaba a un tiempo +timidez y desenvoltura. El coronel se sentaba +con mucha seriedad y sacaba del bolsillo +un gran rábano negro; después la joven señorita +que lo acompañaba, con todas las trazas +de una alemana, de falda corta, chal de cenefa +y sombrerito de viaje, cortaba ese rábano en +rodajas muy finas, al estilo de la tierra, las espolvoreaba +de sal, se las ofrecía a su <i>tío</i>, como +ella le llamaba con su vocecita de ratón, y los +dos empezaban a rumiar uno frente a otro, tranquila +y sencillamente, sin suponer que su manera +de conducirse en París pudiera parecer a +nadie ridícula, puesto que no hacían ni más ni +menos que lo que habían hecho en Munich. +Verdad es que eran una pareja original y simpática, +y no tardamos en ser buenos amigos. +El bueno del hombre, viendo la satisfacción que +experimentaba oyéndole hablar del Japón, habíame +pedido que revisara su Memoria, y yo +me apresuré a complacerlo, no sólo por amistad +hacia ese viejo Simbad, sino también para +enfrascarme más y más en el estudio de ese +hermoso país, el amor al cual me había transmitido. +La tal revisión me fue muy penosa. +Toda la Memoria estaba escrita en el francés +estrafalario que hablaba el señor de Sieboldt: +«Si yo tenga accionistas... si yo <i>reuniría</i> fondos...» +esos defectos de pronunciación que le +hacían escribir desatinos como éstos: «Los +grandes <i>botes</i> del Asia» por «los grandes <i>vates</i> +del Asia» y «el <i>Jabón</i>» en lugar de «el <i>Japón</i>...» +Agréguese a esto, frases de cincuenta líneas sin +signos de puntuación, sin una sola coma, sin +ningún descanso para respirar, y, no obstante, +tan bien clasificadas en el cerebro del autor, +que le parecía imposible suprimir ni una sola +palabra, y cuando me ocurría tachar una línea +en un lado, la volvía él a escribir un poco más +lejos... ¡Lo mismo da! Lo cierto es que ese +diablo de hombre era tan interesante con su +<i>Jabón</i>, que me hacía olvidar las fatigas del trabajo, +y llegado el día de la audiencia, la Memoria +casi podía caminar por sí sola.</p> + +<p>¡Pobre veterano Sieboldt! Todavía me parece +verlo irse a las Tullerías, con todas sus +cruces en el pecho, con ese brillante uniforme +de coronel (grana y oro) que no desembaulaba +más que en las grandes ocasiones. Aun cuando +todo el tiempo estaba ¡brum! ¡brum! irguiendo +su elevada estatura, adiviné su emoción +por el temblor de su brazo sobre el mío, +y especialmente, por la insólita palidez de su +nariz, un narigón de sabihondo, rojo por el estudio +y por la cerveza de Munich. Cuando volví +a encontrarlo, por la noche, estaba triunfante: +Napoleón III lo había recibido entre dos puertas, +escuchado durante cinco minutos y despedido +con su frase ordinaria: «Veré... pensaré +en ello.» Sin más que eso, el cándido japonés +intentaba ya adquirir en arrendamiento el primer +piso del <i>Gran-Hôtel</i>, poner comunicados +en los periódicos, publicar prospectos; costome +gran trabajo hacerle comprender que Su Majestad +quizá se tomase mucho tiempo para reflexionar +y que, mientras, lo más conveniente +sería que volviera a Munich, donde la cámara +estaba precisamente a punto de votar un crédito +para la adquisición de sus grandes colecciones. +Mis advertencias lo convencieron, y en recompensa +del trabajo que me tomé con su famosa +Memoria, me prometió al marchar enviarme +una tragedia japonesa del siglo XVI, +preciosa obra maestra desconocida por completo +en Europa, y que había traducido <i>ex profeso</i> +para su amigo Meyerbeer. Cuando murió el +maestro, se disponía a escribir la música de los +coros. Como ustedes ven, el excelente hombre +deseaba hacerme un verdadero obsequio.</p> + +<p>Desgraciadamente, algunos días después de +su partida, estalló la guerra en Alemania, y no +volví a oír hablar más de mi tragedia. Habiendo +invadido los prusianos los reinos de Würtemberg +y de Bavaria, era bastante natural que +su ardor patriótico y el gran trastorno de la invasión +hubieran hecho olvidar al coronel la tragedia +japonesa que, según me había manifestado, +se titulaba <i>Emperador ciego</i>. Pero yo pensaba +en él más que nunca, y, no sólo por deseos +de poseer la obra ofrecida, sino también por +curiosidad de ver de cerca lo que era la guerra, +la invasión (¡Dios mío, ahora la recuerdo muy +bien con todos sus horrores!) lo cierto es que +una mañana temprano resolví marchar a Munich.</p> + + + +<h3><a name="IIb" id="IIb"></a>II</h3> + +<p class="cabeza">LA ALEMANIA DEL SUR</p> + + +<p>¡Pueden ustedes hablarme de los pueblos de +sangre gorda! En plena guerra, con ese sol +achicharrante del mes de agosto, todo el país +de más allá del Rhin, desde el puente de Kehl +hasta Munich, tenía su aspecto tan frío y tan +poco inquieto. Por las treinta ventanillas del +vagón würtembergués que me conducía lenta +y pesadamente a través de la Suabia, desfilaban +paisajes, montañas, torrenteras, quebradas de +magnífico verdor en que se sentía la frescura de +los arroyos. Por las pendientes que desaparecían +girando según avanzaban los vagones, había +aldeanas tiesas en medio de sus rebaños, vestidas +con sayas coloradas y corpiños de terciopelo, +y los árboles eran tan verdes en derredor +suyo, que parecía todo aquello una pastorela +sacada de una de esas cajitas de abeto, que tan +bien huelen a resina y a pino, de los bosques +del Norte. De trecho en trecho, una docena de +soldados de infantería vestidos de verde marcaban +el paso en una pradera, con la cabeza +erguida y una pierna al aire, llevando sus fusiles +a modo de ballestas: era el ejército de cualquier +principillo de Nassau. A veces también +pasaban trenes tan lentos como el nuestro, cargados +con grandes barcas, donde los soldados +würtembergueses, amontonados como en una +carroza alegórica, cantaban barcarolas a tres +voces, al huir ante los prusianos. Y nuestras +detenciones en todas las fondas, la inalterable +sonrisa de los camareros, aquellas redondas caras +tudescas ensanchadas, con la servilleta debajo +de la barba, ante enormes tajadas de carne +en salsa, y el parque real de Stuttgart por +el que circulan multitud de carretelas, de galas, +de cabalgatas, la música tocando valses y +cancanes alrededor de las fuentes, mientras se +combatía en Kissingen; cierto que, al acordarme +de todo esto y pensar en lo que he visto +cuatro años después en ese mismo mes de agosto, +esas locomotoras frenéticas corriendo sin +saber a dónde, como si la insolación hubiese +enloquecido sus calderas, los vagones detenidos +en pleno campo de batalla, los carriles cortados, +los trenes pasando apuros, Francia mermada +de día en día según se hacía más corta +la línea férrea del Este, y en todo el trayecto +de las abandonadas vías, el hacinamiento siniestro +de esas estaciones, solitarias en un país +perdido, llenas de heridos olvidados allá como +bagajes... creo que aquella guerra de 1866 entre +Prusia y los Estados del Sur no era más +que una guerra ficticia, y que, a pesar de cuanto +nos hayan podido decir, <i>lobo a lobo no se +muerde</i>, si estos lobos son germanos.</p> + +<p>Para convencerse de ello, es suficiente ver a +Munich. La noche de mi llegada, una hermosa +noche de domingo llena de estrellas, toda la +población vagaba por las calles. Flotaba en el +aire un alegre rumor confuso, tan vago ante +la luz como el polvo que levantaban los pasos +de todos aquellos paseantes. En el fondo +de las bodegas de cerveza, abovedadas y frescas; +en los jardines de las cervecerías, donde +mecían sus pálidas luces los farolillos de colores; +por todas partes, mezclándose con el ruido +de las pesadas tapaderas al caer sobre la boca +de los jarros de cerveza, percibíanse las notas +del triunfo que salían de los instrumentos +de metal y los suspiros de los de madera.</p> + +<p>En una de esas cervecerías filarmónicas, encontré +al coronel Sieboldt, sentado, con su sobrina, +ante su eterno rábano negro.</p> + +<p>En la mesa contigua tomaba un <i>bock</i> el ministro +de Negocios Extranjeros, acompañado +del tío del Rey. Alrededor, burgueses con sus +familias, oficiales con gafas y estudiantes con +gorritas encarnadas, azules, verdemar, graves +todos y silenciosos, escuchaban muy atentamente +la orquesta de M. Gungel, y miraban +subir el humo de sus pipas sin importárseles +un ardite de Prusia, como si no existiera. Al +verme, el coronel pareció turbarse un poco, y +advertí que bajaba la voz para hablarme en +francés. En torno nuestro cuchicheaban: <i>Franzose... +Franzose...</i> Todos me miraban con manifiesta +antipatía: Salgamos—me dijo el señor +de Sieboldt, y cuando estuvimos fuera, encontré +en él su agradable sonrisa de otros tiempos. +El buen hombre no había olvidado su +promesa, pero la clasificación de su colección +japonesa, que acababa de vender al Estado, le +tenía ocupadísimo. Por eso no me había escrito. +En cuanto a mi tragedia, estaba en Würzburgo, +en poder de la señora de Sieboldt, y para +llegar hasta allá necesitaba una autorización +especial de la Embajada Francesa, porque los +prusianos se acercaban a Würzburgo y era ya +muy difícil el conseguir entrar en dicha población. +Tenía tales deseos de poseer mi <i>Emperador +ciego</i>, que a no ser por el temor de encontrar +acostado al señor de Trevise, hubiera ido +aquella misma noche a la Embajada.</p> + + + +<h3><a name="IIIb" id="IIIb"></a>III</h3> + +<p class="cabeza">EN «DROSCHKE»</p> + + +<p>El fondista de la <i>Grappe Bleu</i> me hizo montar +al día siguiente bien temprano en uno de +esos pequeños vehículos de alquiler que no faltan +nunca en los patios de las fondas para enseñar +a los viajeros las curiosidades de la ciudad, +y desde donde se os aparecen como entre +las hojas de una guía los monumentos y las calles +más importantes. No se trataba entonces +de llevarme a ver la ciudad, sino de conducirme +a la Embajada Francesa:—<i>¡Französische +Ambassad!</i>—repitió el fondista dos veces. El +cochero, un hombrecillo con traje azul y un +sombrero enorme, parecía muy asombrado del +nuevo destino que se daba a su coche, a su +<i>droschke</i> (según dicen en Munich). Pero mi +sorpresa fue mucho mayor que la suya, cuando +le vi volver la espalda al barrio noble, entrar +en una larga ronda de arrabal, llena de fábricas, +casas de obreros y jardinillos, atravesar las +puertas y conducirme fuera de la ciudad.</p> + +<p>—¿Embajada Francesa?—le preguntaba yo +frecuentemente con inquietud.</p> + +<p>—<i>Ya, ya</i>—respondía el hombrecillo, y seguíamos +rodando. Deseaba pedir algunos otros +informes; pero era imposible porque mi conductor +no hablaba francés, y yo mismo por +aquella época sólo conocía de la lengua alemana +dos o tres frases muy elementales, en que +se trataba de pan, cama y comida, y en manera +alguna de embajador. Y aun esas frases no podía +pronunciarlas más que cantando; he aquí +por qué.</p> + +<p>Algunos años antes, había emprendido con +un camarada tan loco como yo, a través de Alsacia, +Suiza y el Ducado de Badén un verdadero +viaje de buhonero, con el saco a cuestas, +a jornadas de doce leguas, rodeando las poblaciones +de las cuales sólo deseábamos ver las +puertas, y marchando siempre por sendas y +atajos sin saber a dónde nos conducirían. Esto +nos proporcionaba, frecuentemente, la sorpresa +de pernoctar a campo raso o bajo el alero +desmantelado de alguna granja; pero lo que +hacía más accidentada nuestra excursión es que +ni uno ni otro sabíamos una palabra alemana. +Con el auxilio de un diccionario de bolsillo, que +compramos al pasar por Basilea, llegamos a +construir algunas frases muy sencillas, tan inocentes +como <i>Vir vóllen trínken bier</i> (deseamos +beber cerveza), <i>Vir vóllen essen käse</i> (queremos +comer queso); desgraciadamente, por poco +complicadas que parezcan, nos costaba mucho +trabajo retener en la memoria esas malditas +frases. No las teníamos en la punta de la +lengua, como dicen los cómicos. Ocurriósenos +entonces la idea de ponerlas en música, y tan +bien se adaptaba a ellas la tonadilla que compusimos, +que las palabras penetraron en nuestra +memoria con las notas, y ya no podían salir +de allí las unas sin arrastrar consigo las +otras. Curiosísima era la cara que ponían los +posaderos badeneses cuando por la noche entrábamos +en el gran comedor del Gasthaus, y +después de desatar nuestras mochilas, cantábamos +con voz retumbante:</p> + +<p class="poem"> +Vir vóllen trínken bier (<i>bis</i>)<br /> +Vir vóllen, ya, vir vóllen<br /> +<span style="margin-left: 6em;">¡Ya!</span><br /> +Vir vóllen trínken bier.<br /> +</p> + +<p>Pero desde entonces acá me he <i>perfeccionado</i> +en el alemán. ¡He tenido tantas ocasiones +de aprenderlo!... Mi vocabulario se ha enriquecido +con una infinidad de locuciones, de frases. +Aunque ya las hablo, no las canto... ¡Oh, no; +no me entran deseos de cantarlas!...</p> + +<p>Pero volvamos a mi coche.</p> + +<p>Andábamos muy despacio, por una avenida +orillada de árboles y casas blancas. De repente, +detúvose el cochero.</p> + +<p>—<i>¡Da!</i>—me dijo, señalándome una casita +oculta bajo las acacias, y que me pareció muy +silenciosa y retirada para ser una Embajada. En +un ángulo de la pared brillaban junto a una +puerta tres botones de cobre superpuestos. Tiro +de uno al azar, ábrese la puerta y entro en +un vestíbulo elegante y cómodo, con flores y +alfombras por doquier. En la escalera estaban +colocadas media docena de camareras bávaras +que habían acudido al oír mi campanillazo, con +aquel aspecto de pájaros sin alas tan poco gracioso, +que tienen todas las mujeres del lado allá +del Rhin.</p> + +<p>Pregunto:—¿Embajada Francesa?—Me lo +hacen repetir dos veces y hete aquí que empiezan +a reír, pero a reír haciendo retemblar la +baranda con sus estremecimientos. Me vuelvo +furioso hacia mi cochero, y le hago comprender +a fuerza de gestos que se ha equivocado, que la +Embajada no está allí.</p> + +<p>—Ya, ya—responde el hombrecillo sin inmutarse, +y volvemos a Munich.</p> + +<p>Forzoso es creer que nuestro embajador de +entonces variaba de domicilio, frecuentemente, +o bien que por no alterar mi cochero las costumbres +de su coche se le había antojado hacerme +visitar, que quieras que no, la ciudad y +sus inmediaciones. Lo cierto es que pasamos +toda la mañana recorriendo Munich en todos +los sentidos, en busca de aquella fantástica Embajada. +Después de otros dos o tres intentos, +acabé por no apearme ya del coche. El cochero +iba y venía, deteníase en ciertas calles y hacía +como que se informaba. Me dejé llevar sin hacer +otra cosa que mirar en mi derredor. ¡Qué +ciudad más aburrida y fría ese Munich, con +sus grandes paseos, sus alineados palacios, sus +calles extraordinariamente anchas y donde resuenan +los pasos, su museo al aire libre de notabilidades +bávaras tan muertas dentro de sus +blancas estatuas!</p> + +<p>¡Qué gran número de columnas, de arcos, +de frescos, de obeliscos, de templos griegos, de +propíleos, de dísticos en letras doradas sobre +los frontones! Todo esto esforzándose por parecer +grandioso, pero parece como que se siente +el vacío y el énfasis de aquella falsa grandeza, +al ver en todos los confines de las avenidas los +arcos triunfales por donde no pasa más que el +horizonte, los pórticos abiertos sobre el espacio +azul. Del mismo modo me imagino yo esas +ciudades fantásticas, mezcla de Italia y de Alemania, +por donde Musset hace pasearse el incurable +tedio de su Fantasio y la peluca solemne +y necia del príncipe de Mantua.</p> + +<p>Cinco o seis horas duró esta carrera en coche, +después de las cuales el cochero volvió a +llevarme triunfalmente al patio de la <i>Grappe-Bleue</i>, +haciendo restallar su látigo, orgullosísimo +de haberme enseñado a Munich. En cuanto +a la Embajada, terminé por encontrarla dos +calles más allá de mi fonda, pero el descubrimiento +no me sirvió para nada, porque el canciller +se negó a darme pasaporte para Würzburgo. +Según parece, éramos muy mal vistos +por aquellos días en Baviera, un francés no +hubiera podido aventurarse sin peligro hasta +los puestos avanzados. Fueme por lo tanto preciso +aguardar en Munich a que la señora de +Sieboldt tuviera ocasión de hacer llegar a mis +manos la tragedia japonesa.</p> + + + +<h3><a name="IVb" id="IVb"></a>IV</h3> + +<p class="cabeza">EL PAÍS DE LO AZUL</p> + + +<p>¡Rareza humana! Esos buenos bávaros, que +tanto nos vituperaban por no haberles ayudado +en esa guerra, no experimentaban la más +mínima animosidad contra los prusianos. Ni +vergüenza por las derrotas, ni odio al vencedor. +¡Es el primer ejército del mundo!—me +decía orgulloso el fondista de la <i>Grappe-Bleue</i>, +al siguiente día de la batalla de Kissingen;—y +ésa era la opinión general en Munich. En +los cafés arrebatábanse de las manos los periódicos +de Berlín. Reían hasta desternillarse las +cuchufletas del <i>Kladderadatsch</i>, esas burdas +chacotas berlinesas tan pesadas como el famoso +martillo-pilón de la fábrica de Krupp, de +cincuenta mil kilogramos. No dudando nadie +acerca de la próxima entrada de los prusianos, +cada cual preparábase a recibirlos bien. Las +cervecerías almacenaban gran número de salchichas +y de cochinillos de leche. En las casas +particulares preparaban alojamientos de oficiales.</p> + +<p>Los únicos que mostraban alguna inquietud +eran los Museos. Un día, al entrar en la Pinacoteca, +encontré desnudas las paredes, y a los +empleados clavando grandes cajones llenos de +cuadros preparados para salir hacia el Sur. Se +temía que el vencedor, muy respetuoso para +con la propiedad particular, no lo fuese tanto +con las colecciones del Estado. Por esta razón, +de todos los Museos de la ciudad, sólo permanecía +abierto el del señor de Sieboldt. En su +calidad de oficial holandés y condecorado con la +cruz del Aguila de Prusia, pensaba el coronel +que nadie intentaría atacar su colección en su +presencia. Y mientras esperaba la llegada de +los prusianos, paseábase con su uniforme de +gala a través de los tres largos salones que el +Rey le había concedido en el jardín de la corte, +especie de Palais-Royal más verde y tétrico que +el francés, rodeado de claustrales muros pintados +al fresco.</p> + +<p>Esas curiosidades expuestas con rótulos en +ese gran palacio triste constituían, efectivamente, +un museo, conjunto melancólico de cosas +traídas de países muy lejanos, separadas de +su medio ambiente. El mismo veterano Sieboldt +parecía que formaba parte de él por su +aspecto extraño. Todos los días lo visitaba y +pasábamos juntos largas horas hojeando esos +manuscritos japoneses ilustrados con láminas, +esos libros científicos o históricos, unos tan +inmensos que no se podían abrir más que en +el suelo, otros tan largos como una uña, solamente +legibles con una lupa muy potente, dorados, +finos, preciosos. El señor de Sieboldt +me hacía admirar su enciclopedia japonesa en +noventa y dos tomos, o me traducía una oda +del <i>Hiah-nin</i>, obra valiosísima que había sido +publicada bajo los auspicios de los emperadores +japoneses, y donde están las biografías, los +retratos y fragmentos líricos de los cien poetas +más famosos del Imperio. Después ordenábamos +su colección de armas, los cascos de oro +con anchas carrilleras, las corazas, las cotas de +mallas y esos largos sables de mandoble que +requirieron su caballero templario y con los +cuales puede abrirse el vientre tan bien.</p> + +<p>Explicábame las divisas de amor pintadas sobre +las frágiles láminas de nácar, me introducía +en los hogares domésticos japoneses mostrándome +el modelo de su casa en Yeddo, una miniatura +de laca, al que no faltaba un solo detalle, desde +las cortinillas de seda de las ventanas hasta +las grutas artificiales de rocalla del jardín, un +jardinillo minúsculo adornado con plantas enanas +de la flora indígena. Lo que me agradaba +también mucho eran los objetos del culto japonés, +sus diminutos dioses de madera pintada, +las casullas, los vasos sagrados y esas capillas +portátiles, verdaderos teatros de muñecas, que +conservan los fieles en un rincón de su casa. +Los pequeños ídolos rojos están alineados en +el fondo, hacia adelante pende una cuerdecita +con nudos. Al ir a comenzar el japonés su oración, +se inclina y toca con este cordón un timbre +que brilla junto al altar, excitando de este +modo la atención de sus dioses. Tenía yo un +placer infantil en hacer sonar estos timbres +mágicos y dejando que mis ensueños volasen +en alas de esas ondas sonoras hasta el fondo +de esas Asias orientales donde el sol que nace +parece haberlo dorado todo, desde las hojas de +sus enormes sables hasta los cantos de sus diminutos +libros.</p> + +<p>Las calles de Munich producíanme un extraño +efecto al salir de allí con los ojos deslumbrados +por todos aquellos reflejos de laca y +jade, por los chillones colores de los mapas geográficos, +especialmente los días en que el coronel +me había leído una de aquellas odas japonesas +de una poesía casta, sublime, tan original +como profunda. El Japón y Baviera, estos +dos países nuevos para mí, que iba conociendo +casi al mismo tiempo, mirando al uno al través +del otro, se mezclaban y confundían dentro +de mi cerebro, convertidos en una especie +de paisaje vago, en el país de lo azul. Aquella +línea azulada de los viajes que acababa de contemplar +en las tazas japonesas, representando +los rasgos de las nubes y el boceto de las +aguas, la percibía en los azulados frescos de +los muros. ¡Y esos soldados azules que se +adiestraban en el manejo de las armas en las +plazas, con sus cascos japoneses, y ese cielo +despejado y tranquilo, azul como la flor del +<i>Vergiss-meinnicht</i>, y ese cochero azul, que me +conducía a la fonda de la <i>Grappe-Bleue</i>!</p> + + + +<h3><a name="Vb" id="Vb"></a>V</h3> + +<p class="cabeza">PASEO SOBRE EL STARNBERG</p> + + +<p>También se armonizaba con las visiones azuladas +del país entrevisto por mí el lago centelleante, +que espejea en lo más recóndito de +mi memoria. Sólo con escribir ese nombre de +Starnberg, he vuelto a ver cerca de Munich la +extensa superficie de agua, tersa, llena de cielo, +familiar y viva por el humo de un vaporcillo +que costeaba sus orillas. Rodeándola, las +obscuras masas de los grandes parques, separadas +de trecho en trecho, y como rotas por la +blancura de las casas de campo. Más arriba villorrios +con los aleros apiñados, nidos de casas +colocados sobre los ribazos escarpados, más +arriba aún, las montañas del Tirol, lejanas, del +color del aire en que flotan, y en un extremo +de ese cuadro algo clásico, pero tan encantador, +el viejo, viejísimo batelero, con sus largas +polainas y su chaleco rojo con botones de +plata, quien me paseó un domingo entero enorgulleciéndose +de llevar un francés en su +barca.</p> + +<p>No era la primera vez que disfrutaba semejante +honor. Acordábase perfectamente de haber +hecho pasar en su juventud el Starnberg a +un oficial. Hacía de esto sesenta años, y por +el respeto con que me hablaba el buen hombre, +comprendí la impresión que debió de causarle +aquel francés de 1806, algún gracioso Oswaldo +del primer imperio, con su pantalón colán, +sus botas con arrugas en la caña, un gigantesco +<i>schapska</i> y atrevimientos de vencedor. +Si el barquero del Starnberg vive todavía, +dudo que admire tanto a los franceses.</p> + +<p>Los habitantes de Munich pasean sus alegrías +del domingo sobre ese hermoso lago y +dentro de los abiertos parques de las residencias +que lo circundan. La guerra no había alterado +esta costumbre: El día que yo pasé en +él, al borde del agua, estaban atestados de +gente los merenderos, gruesas señoras sentadas +en corro ahuecaban sus faldas sobre las praderas. +Por entre las ramas que se cruzan sobre +el lago azul, veíanse grupos de Gretchen y de +estudiantes, envueltos en una aureola de humo +de las pipas. Algo más lejos, en un claro del +parque Maximiliano, una boda de campesinos, +lucida y ruidosa, bebía delante de largas tablas +colocadas en banquillos, en tanto que un +guarda de monte, con uniforme verde y escopeta +en mano, en la actitud de un hombre que +dispara, enseñaba a manejar ese maravilloso +fusil de aguja, que con tanto éxito empleaban +los prusianos. Me era necesario el verlo para +acordarme de que se combatía a tan corta distancia +de nosotros. Y sin embargo, era de creer +que había guerra, puesto que aquella misma +noche, cuando regresaba a Munich, vi en una +plazuela, abrigada y recogida como una capilla +de iglesia, cirios que ardían alrededor de una +<i>Maria-Säule</i>, y mujeres arrodilladas, cuyos prolongados +sollozos eran interrumpidos por las +plegarias.</p> + + + +<h3><a name="VIb" id="VIb"></a>VI</h3> + +<p class="cabeza">LA BAVARIA</p> + + +<p>No obstante lo mucho que desde hace algunos +años se ha escrito acerca de la patriotería +francesa, nuestras necedades patrióticas, nuestras +vanidades y nuestras fanfarronadas, no +creo que exista en Europa un pueblo más pretencioso, +más vano, más infatuado consigo mismo +que el pueblo de Baviera. Su cortísima historia, +diez páginas sueltas de la de Alemania, +puede leerse en las calles de Munich, gigantesca, +desproporcionada, toda en pinturas y en +monumentos, como uno de esos libros que se +regalan a los niños como aguinaldo, con poco +texto y muchas láminas. En París sólo tenemos +un arco de triunfo. En Baviera hay diez, +el pórtico de las Victorias, el pórtico de los +Mariscales, y no sé cuántos obeliscos erigidos +<i>Al valor heroico de los guerreros bávaros</i>.</p> + +<p>Ser grande hombre en este país es conveniente, +porque está seguro de que su nombre +será grabado en todas partes en mármoles y +bronces, y se le erigirá una estatua, por lo +menos, en medio de una plaza o en lo alto de +algún friso entre victorias de mármol blanco. +Esa monomanía por las estatuas, las apoteosis +y los monumentos conmemorativos, hasta tal +extremo llega entre estas buenas gentes, que +en las esquinas de las calles tienen puestos pedestales +vacíos, dispuestos para los desconocidos +grandes hombres que surjan en el porvenir. +En este momento deben de estar ya ocupados +casi todos ellos. ¡Les ha suministrado la guerra +de 1870 tantos héroes, tantos episodios gloriosos!</p> + +<p>Me complazco figurarme, por ejemplo, al +ilustre general <i>von der</i> Than ligero de ropas, +según la antigua usanza, en medio de un verde +jardinillo, con un hermoso pedestal adornado +con bajos relieves que representen por un lado +los <i>Guerreros bávaros incendiando la aldea de +Bareilles</i>, y por el otro, los <i>Guerreros bávaros +rematando a los heridos franceses en la ambulancia +de Woerth</i>. ¡Qué grandioso monumento +será!</p> + +<p>No contentos con tener tan profusamente +esparcidos por la ciudad sus grandes hombres, +los bávaros los han reunido en un templo construido +a las puertas de Munich, y al cual denominan +la <i>Sala de la gloria</i>. Bajo un ancho +pórtico con columnas de mármol que dan vuelta +formando tres lados de un cuadrado, están +colocados en repisas los bustos de los electores, +de los reyes, de los generales, de los abogados, +etcétera. (El catálogo está de venta en la portería).</p> + +<p>Algo delante elévase una colosal estatua, una +<i>Bavaria</i> de noventa y dos pies de altura, erguida +sobre el último rellano de una de esas grandes +escalinatas tan melancólicas que ascienden +al descubierto entre el verde follaje de los jardines +públicos. Con su piel de león al hombro, +su espada en una mano, y la corona de la gloria +(¡en todas partes la gloria!) en la otra, al +ver aquella inmensa mole de bronce, al fin de +uno de esos días de agosto en que las sombras +se alargan de un modo extraordinario, llenaba +la silenciosa llanura con su actitud enfática. Alrededor +de ella, a lo largo de la columnata, los +perfiles de los hombres célebres hacían muecas +al sol poniente. ¡Y todo aquello tan desolado, +tan tétrico! Al oír resonar mis pasos sobre las +losas, volvía a experimentar aquella impresión +de grandeza en el vacío que me atormentaba +desde mi llegada a Munich.</p> + +<p>Una escalerilla de fundición asciende dando +vueltas por el interior de la <i>Bavaria</i>. Se me antojó +subir hasta lo más alto y sentarme un momento +dentro de la cabeza del coloso, un saloncito +redondo alumbrado por dos ventanas +que son los ojos. A pesar de esos ojos abiertos +un dirección al horizonte azul de los Alpes, el +calor allá dentro era asfixiante. El bronce caldeado +por el sol, me envolvía en un calor pesadísimo. +Fueme preciso bajar más que a escape. +Pero, lo mismo da. Eso me fue suficiente +para conocerte, ¡oh, gran <i>Bavaria</i> inflada y +sonora! Había visto tu pecho sin corazón, tus +rollizos brazos de cantante hinchados y sin +músculos, tu espada de metal repujado, y sentido +dentro de tu hueca cabeza la pesada borrachera +y el aplanamiento cerebral de un bebedor +de cerveza. ¡Y pensar que, al emprender +esa insensata guerra de 1870, contaron contigo +nuestros diplomáticos! ¡Ah, si ellos se +hubiesen tomado también la molestia de subir +por dentro de la <i>Bavaria</i>!</p> + + + +<h3><a name="VIIb" id="VIIb"></a>VII</h3> + +<p class="cabeza">¡EL EMPERADOR CIEGO!</p> + + +<p>A los diez días de estancia en Munich, no había +recibido aún ninguna noticia de mi tragedia +japonesa. Comenzaba a desesperar de poseerla, +cuando una noche, en el jardín de la +cervecería donde acostumbrábamos comer, vi +llegar a mi coronel con la cara llena de júbilo.</p> + +<p>—¡Ya está en mi poder!—me dijo,—venga +mañana por la mañana al museo. La leeremos +juntos. ¡Ya verá qué bonita es!</p> + +<p>Estaba muy animado aquella noche. Sus ojos +brillaban al hablar. Recitaba en alta voz pasajes +de la tragedia e intentaba cantar los coros. +Más de una vez creyose obligada su sobrina +a hacerle callar:—¡Tío, tío!—Yo atribuía +aquella fiebre, aquella exaltación, a un puro +entusiasmo lírico. Efectivamente, eran muy bellos +los fragmentos que me recitaba, y sentía +prisa por posesionarme de mi obra maestra.</p> + +<p>Al día siguiente, al llegar al jardín de la +corte, sorprendiome extraordinariamente el encontrar +cerrada la sala de las colecciones. La +ausencia del museo era tan extraña en el coronel, +que corrí a su domicilio con una vaga +inquietud. La calle en que habitaba, una calle +del arrabal, tranquila y corta, con jardines y +casitas bajas, me pareció más agitada que de +ordinario.</p> + +<p>La gente charlaba formando corrillos delante +de las puertas. La de la casa de Sieboldt estaba +cerrada, pero las persianas no.</p> + +<p>Todo era entrar y salir las gentes con aspecto +triste. Presentíase allí una de esas catástrofes +sumamente grandes para caber dentro del +hogar, y que se desbordan hasta el exterior. +Cuando llegué, percibí gemidos sollozantes. Salían +del fondo de un pequeño corredor, de dentro +de una gran habitación atestada y clara como +una sala de estudios. Veíase en ella una larga +mesa de madera blanca, libros, manuscritos, +anaqueles con colecciones, álbums encuadernados +en brocato de seda; pendientes de la +pared había armas japonesas, estampas, grandes +mapas geográficos, y entre ese desbarajuste +de viajes y de estudios, el coronel tendido sobre +su cama, con sus largas barbas blancas sobre +su pecho, y la pobrecilla sobrina llorando de +rodillas en un rincón.</p> + +<p>El señor de Sieboldt había muerto repentinamente +aquella noche.</p> + +<p>No quise detenerme más y aquella misma +tarde salí de Munich sin ánimo para perturbar +toda aquella desolación nada más que por un +antojo literario, y por esta causa no pude saber +de la maravillosa tragedia japonesa más que el +título: <i>¡El Emperador ciego!</i> Más tarde he presenciado +la representación de otra tragedia, a +la cual hubiera convenido perfectamente este +título importado de Alemania: tragedia siniestra, +saturada de lágrimas y sangre, y que no +tenía nada de japonesa.</p> + +<p class="c">FIN</p> + +<hr /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Cartas de mi molino, by Alphonse Daudet + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARTAS DE MI MOLINO *** + +***** This file should be named 29706-h.htm or 29706-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/9/7/0/29706/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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