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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/26231-8.txt b/26231-8.txt new file mode 100644 index 0000000..8c31631 --- /dev/null +++ b/26231-8.txt @@ -0,0 +1,8350 @@ +The Project Gutenberg EBook of Transfusión, by Enrique de Vedia + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Transfusión + +Author: Enrique de Vedia + +Commentator: Alejandro V. Murguiondo + +Release Date: August 8, 2008 [EBook #26231] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TRANSFUSIÓN *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net). + + + + + + + + + +BIBLIOTECA de LA NACIÓN + +ENRIQUE DE VEDIA + +TRANSFUSIÓN + +BUENOS AIRES + +1914 + +Derechos reservados. + +Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires + + + + +PRÓLOGO + + +_La novela cuya publicación iniciamos hoy significa un triunfo para su +autor y una conquista para las letras nacionales. Don Enrique de Vedia, +acreditado ya como escritor didáctico y publicista vigoroso, también +había hecho apreciar en varias ocasiones sus cualidades de narrador y +sus dotes de inventiva. Con todo, en el género puramente artístico y +literario, no había producido aún la obra que era dable esperar y que +hoy llega con_ TRANSFUSIÓN, _como un resumen de energías y una síntesis +de belleza_. + +_Es una novela autóctona en la más estricta acepción del vocablo, pero +lo es a la manera de las que soportan traslaciones a idiomas extraños y +ello merced a la universalidad del asunto. Este es muy original. Lo +constituye un problema de psicología individual. En su desarrollo el +autor muestra el descenso de un alma virtualmente generosa y, como +contraste, el renacer de otras embebidas en la substancia de aquélla. Y +en la notación de este doble proceso moral, el señor Vedia aguza el +análisis hasta sorprender los movimientos menos perceptibles del +espíritu en su crisis progresiva. Los personajes no se ocultan a sus +atisbos de observador, que sin abstraerse jamás, logra adueñarse a veces +de todo un carácter, merced a un sólo rasgo distintivo._ + +_De ahí que el novelista llegue a objetivarlos con intenso calor de +humanidad. Se animan y andan, y a medida que accionan y discurren se +advierte en ellos las modalidades de sus tendencias, de sus estados de +alma, según las condiciones que los determina. Son seres reales, por eso +viven en la novela, porque antes vivieron en la realidad, donde fueron +sorprendidos. De pronto parece que se va a dar con ellos. Tal es la +impresión de su verdad esencial. No nos referimos sólo a los caracteres +centrales de la novela, a los que forman el núcleo de su acción íntima, +sino también a las figuras de segundo término, o episódicas._ + +_El señor Vedia ha matizado_ TRANSFUSIÓN _con algunos trozos +descriptivos que pueden citarse como páginas de primer orden. Y cuando +del diálogo que tiene el sesgo de la frase hablada, el novelista pasa a +describir y eleva la forma, pone en ello gradaciones tan armónicas que +la transmisión se efectúa insensiblemente. Y ora evoque el despertar de +la ciudad o los vastos panoramas agrestes o los cuadros de costumbres +camperas, siempre ajusta a su naturaleza el estilo._ + +_Y ello en una forma ágil y fácil, siempre viva, animada siempre. De ahí +que el interés no decae un solo instante, sostenido aquí por la ternura, +allí por lo patético, allá por el drama íntimo, acullá por un revuelo +lírico y en todas partes por un perfecto acuerdo entre el mundo evocado +y la energía evocadora._ + +LA NACIÓN. + +Junio 10 de 1908. + + + + +Entre los juicios que esta obra mereció, cuando vio la luz pública, se +encuentra el siguiente, que expresa, con particular acierto, el concepto +ideológico y la finalidad moral a que «Transfusión» responde: + +«Rosario, julio 15 de 1908.--Señor Enrique de Vedia.--Buenos Aires.--Mi +distinguido amigo: Su bella concepción dramática, publicada en forma de +romance, ha terminado de una manera original y novedosa, dejándonos con +ganas. Efectivamente, acostumbrados en este género de producciones a que +se aten todos los cabos para cerrar el ciclo de los acontecimientos +referidos (artificio más que verdad), uno no se resigna a que deje de +contársele que Anastasio vino una noche a matar a Melchor, por ejemplo; +que Clota, desesperada, entró en un convento; que los padres del +protagonista murieron en un hospital porque éste les derrochó toda su +fortuna, concluyendo él mismo sus días en el manicomio, degenerado e +imbécil, en un acceso de _delirium tremens_ o maniatado por la parálisis +general progresiva. + +»La fuerza del hábito hace que uno espere el número siguiente para +continuar la fácil y agradable lectura que se realiza como si se oyera +un fonógrafo invisible que reproduce para el oído lo que los cuadros +admirablemente trazados reproducen cinematográficamente en la +imaginación y casi diríamos en la pantalla retiniana. + +»Ese final, en que queda Melchor, afirmado en la tranquera, con su +simbólico ramito de fresco cedrón, viendo partir a sus amigos, que se +llevan jirones de su psicología, es de una naturalidad tal, que recuerda +a los grandes maestros del arte literario cuando con los más sencillos +elementos realizan verdaderas creaciones. + +»Tan cierto es que un simple gesto, o una _pose_ revelan muchas veces +todo un mundo interno oculto al ojo vulgar que sólo ve la superficie. + +»Hay tal revelación de recóndita onomatopeya entre este sujeto así +plasmado en aquel ambiente todo nuestro, y el estado de su ánimo ante la +metamorfosis que el alcohol por una parte, el contagio moral por otra y +su indudable receptividad psíquica han producido en él, que al terminar +uno la lectura del capítulo, se queda inconscientemente en una actitud +análoga, con la vista clavada en un punto del espacio y una sonrisa de +aplomo dibujándose en los labios. + +»La transfusión está hecha, ¿para qué más? Sutil e inadvertidamente la +salud espiritual de Melchor ha sido absorbida por Ricardo y por Lorenzo, +los que a su vez le han dado a respirar sus almas enfermas, como las +flores, que al ampararse del oxígeno, que es la vida, exhalan el ácido +carbónico, que es la muerte. + +»El lector pudiera exigir que el fenómeno hubiese ido produciéndose +ocasionalmente a su vista y con casos concretos que le documenten, como +en un boletín clínico en que se anotan todas las modalidades de un +padecimiento cuyo curso insidioso o normal se sigue prolijamente, +catalogando epifenómenos y detalles de escrupulosa minuciosidad, pero +¿podría hacerse eso sin menoscabo del arte, generalizados por +excelencia, para producir el efecto emocional y convincente que se +busca? + +»El alcohol y la Venus son, por otra parte, auxiliares eficaces de +consumo orgánico y de degeneración, de que el autor echa mano con hábil +ingenio para producir el caso clínico observado y existente, sin duda +alguna en gran número, en este inmenso nosocomio del mundo. + +»Pinturas que son verdaderas fotografías con movimiento hay en su +romance, y Baldomero, representante genuino de nuestros hombres de +campo, de verba pintoresca y tranquilo razonar ecuánime, ha sido +arrancado de la realidad él mismo, en medio de aquella naturaleza +genuinamente argentina, de horizontes dilatados y soberana +magnificencia. + +»No tengo por delante su trabajo; el folletín vuela y muchas bellezas +escapan al ojear los recuerdos. Dejo, además, como usted ve, correr la +pluma en el natural desaliño epistolar, como que estamos conversando +familiarmente sobre las facciones de su primogénito. + +»Espero ver pronto en forma de libro su bella concepción, tan sencilla y +eficazmente presentada, para decirle en letras de molde todo lo que creo +debe decirse de ella al público. Desde luego, el deseo de verla hecha +carne y hueso en la escena de un teatro, me obsesiona desde el primer +momento. + +»¿La va a teatralizar? Bien lo merece. Aquel: «Yo estoy con Dios así»... +vale un Perú. Su afectísimo amigo, + +»ALEJANDRO V. MURGUIONDO.» + + + + +TRANSFUSIÓN + +[Publicada, por primera vez, en el folletín de «LA NACIÓN» en los meses +de junio y julio de 1908.] + + + * * * * * + + * * * * * + +--¿Suicidarte? ¿Pero comprendes bien lo que dices? + +--Y en definitiva, ¿para qué debo vivir? ¿Qué misión me espera? ¿Qué +ideal puede estimularme ya?... + +--No te diré cuál es la razón filosófica de tu existencia, porque la +ignoro; pero, puesto que vives, ¡vive! qué diablos. + +--Como cualquier animal... + +--¡Supongámoslo!... ¿y quién te ha dicho que los animales sufren en su +condición de tales?... + +--Tú echas todo a la broma y a la jarana, porque eres feliz. + +--No, Ricardo, yo no soy feliz en el concepto en que tú y todos +entienden la felicidad, porque la felicidad comprende un cúmulo de +circunstancias que jamás se encuentran reunidas; lo que hay es que yo no +quiero ser desgraciado y... ¡no lo soy! + +--Porque la desgracia no te agarra... + +--¡Me agarra a cada rato! ¡Me ha agarrado mil veces! pero la desgracia +se aburre conmigo. + +--No te entiendo. + +--¡Pues es claro! La desgracia es como una persona seria que se fastidia +en compañía de quien ríe constantemente. + +--Lo difícil, lo imposible es eso; reír siempre... + +--¡Qué ha de ser difícil! Todo es cuestión de resolverse, no sólo en +defensa propia, te diría, sino en homenaje a la risa que es, sin +disputa, nuestra patente de racionales. + +--Tampoco te entiendo. + +--¡Sí, hombre! Nosotros, los humanos, somos los únicos animales que +reímos y observa que la diferencia positiva que nos distingue de los +demás bichos de la creación es la de reír. + +--¿Y la de sufrir?... + +--¿Y quién te ha dicho que las gallinas de tu casa no sufren +horriblemente cuando se hace guiso de pollos? ¿O que los gatos de +nuestros tejados no se sumergen en un mar de tristeza cada vez que +nuestros fonderos ofrecen a sus clientes el «civet de liebre»?... ¿Sabes +lo que sucede?... + +--No sé adonde vas. + +--A esto: los animales sufren lo mismo que nosotros, pero no les +importa. + +--Eso dices tú. + +--No, Ricardo; esto lo demuestran los mismos animales, y si no observa a +las vacas, por ejemplo; ¿tú crees que una vaca a la que el tambero le +quita la leche que ella formó para su ternero no sufre? ¡Sufre, che! +pero se resigna. ¿Y sabes cómo lo demuestra?... ¡Comiendo de nuevo para +tener leche otra vez, en la esperanza de que le alcance al hijo de sus +entrañas!... + +--Comen para satisfacer una necesidad. + +--¡Justamente! y nosotros debemos hacer lo mismo; ¿o tú crees que no +necesitamos nutrirnos para seguir viviendo? + +--No sólo de pan vive el hombre. + +--¡Ya lo creo! pero así como nuestra economía animal nos exige alimentos +que se llaman pucheros, bifes, carbonada, locro--¿te gusta el locro? +¿qué rico es con pedacitos de cordero, eh?--bueno, pues lo mismo nuestro +ser moral reclama sus alimentos espirituales, que se llaman: +resignación, esperanza, jovialidad, ¡risa, ché! ¡risa!... ¡mucha risa! + +--Es muy fácil decirlo. + +--¡Y hacerlo! Yo lo hago, sin dejar de rendir mi obligado tributo a los +dolores morales; pero cuando uno de éstos me manifiesta intenciones de +molestarme demasiado, metiéndoseme muy adentro o quedándose en mí más +tiempo del tolerable, ¡me le planto delante, le suelto una carcajada y +le señalo la puerta: a embromar a otro! Lo mismo que con las personas; +como que hay «personas-dolor» y «personas-alegría». A una de éstas le +digo: ¡Cuánto gusto! ¡Adelante! Tome asiento;--a las otras les hago +decir con mi sirviente que no estoy. + +--¿Y qué haces cuando una de esas que llamas «personas-dolor» te +sorprende y te agarra sin poder evitarlo? + +--¿A qué hora? + +--¿Cómo a qué hora? + +--Sí, pues; porque según la hora será el rumbo que tome; si es de día la +llevo al club, a la Bolsa, a la casa de gobierno o a cualquier sitio que +tenga salas de espera y puertas de escape; si es de noche, al teatro y +en el primer entreacto ¡zas! me le escabullo. + +--Eso puede hacerse con las personas; pero no con los dolores morales. + +--¡Se hace lo mismo! Y aun es más fácil desprenderse de una pena que de +ciertas personas profesionales de la impertinencia. ¿Ignoras acaso que +el alcohol es un irresistible anestésico para todo dolor moral? + +--Sin duda; pero el remedio es peor que la enfermedad. + +--La tarea, pues, está en encontrar remedios que curen sin enfermar. + +--¿Cuáles serían?... + +--En tu caso ya te lo he dicho y repetido cien veces, y es necesario que +aceptes el tratamiento que te receto: te vienes con Lorenzo y conmigo a +la estancia del viejo; pasamos allá una temporada, cuanto más prolongada +mejor. Comes buenos churrascos; andas a caballo; tomas aire puro y, +contagiado por mí, acabarás por reírte de todo ese mundo de cosas +deleznables y subalternas que actualmente te tienen envuelto en +nieblas... ¡Contra las nieblas: sol, sol y mucho sol! y después vendrá +sola, vibrante, sonora, la risa, la sana, la enérgica, la invencible, la +fecunda, la suprema demostración de que no somos tan... animales... +¡Ríete!... ¡no seas pavo!... ¡¡Ríete!!... ¡Como yo!... ¡Así...! + +--Es que oyéndote a ti acaba uno por ver todo color de rosa. + +--¡Como tú quieras! ¿pero irás con nosotros, eh?... Ya ves que Lorenzo +ha resuelto acceder a mi pedido... y tú no puedes desairarme... por otra +parte, la partida depende de ti y... ¡sin ti no me voy!... e impedirás +que el pobre Lorenzo se cure también de sus males que son más o menos +los tuyos... + +--¿Y qué precisión hay en que yo les acompañe? + +--La de curarte y, sobre todo, ¡caramba! ya basta de explicaciones: ¿vas +o no? A esto he venido... por última vez... + +--Bueno, ¡iré! + +--¡Bravo!... ¡Venga un abrazo!... ¡Ya ha empezado tu mejoría! + +--Mi mejoría... Tú eres muy bueno, Melchor. + +--¡Ah!... ¡Soy una monada!...--contestó éste riendo de nuevo como lo +había hecho durante todo el diálogo sostenido con su amigo de la +infancia Ricardo Merrick, cuyo estado moral combatía desde algunos +meses, como combatía también el de otro amigo, Lorenzo Fraga, con quien +conservaba desde la escuela un hondo afecto, realmente fraternal. + +Ganada la batalla con Ricardo y convenida definitivamente la partida +para el campo, se dirigió a casa de Lorenzo a darle la buena noticia, y +luego a la suya, a la que ansiaba llegar pronto para darla también, como +lo hizo, en un verdadero estallido de su inconmensurable altruismo. + + * * * * * + + * * * * * + +--Ya no eres un niño, Melchor--le dijo su madre,--y debes saber lo que +haces; pero yo creo que extremas un poco las obligaciones de tu amistad +para con Lorenzo y Ricardo. + +--¡Pero, mamá! ¡Gran cosa! + +--Pues es nada, hijo: dejas tus ocupaciones por un tiempo que tú mismo +no sabes cuánto será; dejas a tu novia y nos dejas a nosotros por irte a +cuidar a dos amigos. + +--Están enfermos, mamá, y yo creo que puedo curarlos. + +--¿De cuándo acá eres médico? + +--El mal de ellos no lo cura un médico, sino un amigo. + +--Pues deja que los cure otro; ¿por qué razón has de ser tú? + +--Ellos no tienen ningún amigo como yo; así como yo no tengo ningún +amigo como ellos, mamá. + +--Todo eso está muy bueno; pero ¿qué quieres? yo no me resigno a que te +vayas así y a que cargues con esa responsabilidad. + +--¿Que me vaya cómo? + +--Pero dime, Melchor, ¿cuánto tiempo vas a faltar de aquí?--dijo la +señora quitándose los anteojos con que cosía. + +--Dos o tres meses. + +--¡Qué! Eso no lo sabes y aunque así fuera, tú también tienes +obligaciones a que «antes» no habrías faltado. + +--¡Si no voy a faltar! Mira: en la oficina me dan licencia, +reemplazándome el subjefe, un excelente compañero, mientras dure mi +ausencia. + +--¿Y el sueldo? + +--¡Es claro que lo cobrará él! + +--¿De modo que tú no figurarás para nada? + +--Figuraré con licencia; y Clota... también me ha dado licencia--agregó +Melchor, riendo y abrazando cariñosamente a su madre. + +--Pero yo no te la he dado todavía--replicó ella, mientras le miraba con +una de esas miradas con que sólo una madre sabe decir: ¡bendito seas! + +--¿Y serías capaz de negármela, cuando voy a realizar una obra buena? + +--Yo no puedo darte ni negarte licencia--dijo la señora cambiando el +tono de su voz;--tú tienes veintiocho años. + +--¡Todavía no!--interrumpió Melchor;--los cumplo en febrero--y +agregó:--¡qué afán de echarme edad! + +--¿Y tu padre, qué dice a todo esto? + +--¿Él? ¡él es el primero en alentarme! + +--¡Hum!--moduló la señora, agregando, como en un suspiro, al ponerse de +nuevo los anteojos:--¡En fin!... + +--Mira, mamita: déjate de «en fines», ¿eh? ¡No falta más sino que +reniegues de tu propia obra! + +--¿Qué obra? + +--¡Haberme hecho como soy! + +--Sí... mucho... + +--¡Pues es claro! ¿Vas a negarme que soy tu vivo retrato?... +¡Mírame!--dijo Melchor irguiéndose en cómica actitud, y agregó:--bueno, +ahora hay que preparar todo. + +--¡Melchor!... ¡Melchor!... ¡Melchor!...--entró gritando desaforadamente +su hermanita menor:--¡Te han traído un baúl lindísimo y nuevo! + +--Que lo pongan en mi cuarto, nena. + +--¡Y qué lindo es! ¡qué nuevo!--repetía la nena hondamente impresionada +ante el flamante baúl, que fue puesto en el cuarto de Melchor, y +contemplado escrupulosamente por toda la familia. + +Cuando Melchor quedó solo, abrió el baúl para empezar la tarea de +preparar su viaje, aproximó una silla y sentado en ella quedó +contemplando la luciente caja vacía. + +--¡Un baúl!--se decía Melchor,--¡un baúl es lo más parecido a una +persona!... ¡Pero si es cierto!... No hay nada tan parecido a los +hombres como los baúles... Un baúl nuevo como éste es igual, igualito a +un recién nacido... ¿Qué se le va a poner adentro...? ¡Psh!... ¡tantas +cosas...! A éste le toca recibir ropa limpia ahora; pero cuando vuelva, +¿cómo vendrá esta ropa?... ¿habré usado toda?... ¿volverá sucia?... +¿traerá toda?... ¿traerá menos?... ¿se le agregará ropa ajena?... acaso +sucia... quizá limpia... ¡quién sabe!... ¡Pero cómo se parece un baúl a +una persona!... Por lo pronto éste es igual a mí: le cabe en suerte +recibir ropa limpia... algunos libros de ideas sanas y servir para un +viaje proyectado con la mejor intención... + +«Lo mismo que mis padres hicieron conmigo: me llenaron de cosas +limpias... me pusieron dentro ideas sanas y generosas... ¡me pusieron lo +único que tienen!... y me prepararon para un viaje de buenas +intenciones... + +»¡Y qué diablos! Voy cumpliéndolas... ¡es la verdad!... en el fondo de +este baúl que se llama Melchor Astul... en el fondo, es decir, en la +conciencia, no guardo ningún agravio... ninguna ofensa... ningún +remordimiento... he hecho todo el bien que he podido... y sigo +haciéndolo... he pasado por tonto muchas veces; pero no he sentido +envidia por quienes me consideraron así... y ahora mismo sigo mi viaje +de buenas intenciones... y lo seguiré hasta el fin... ¡hasta que el baúl +se rompa!... o hasta que se acabe todo lo que tiene adentro... o lo +roben los hombres... ¡o lo ensucie el uso!... + +»...O lo ensucie el uso... ¡las cosas que dice uno de repente!... O lo +roben los hombres... O... lo... ensucie... el... uso...» + +* * * + +Buenos Aires inicia su despertar con roncos e incoherentes movimientos +de dormido. + +Hacia el oriente la vaga y tenue coloración auroral frente a la que las +sombras de la noche huyen como arreadas por las guías curvas de una +amarillenta luna en su último menguante. + +Los faroleros realizan a la carrera una tarea de resultados extraños, +pues al apagar la luz de los faroles entregan el campo a la más franca +irradiación de la indecisa luz con que el día se anuncia. + +Entre ella se destacan, como orugas luminosas, los primeros tranvías +conductores de semidespiertos obreros que se dirigen a sus tareas y a +intervalos se oye el seco trac-trac de los pequeños carritos que, al +salir del conventillo, caen del umbral a la acera y de ésta a la calle, +conducidos por el ambulante vendedor de verduras, que se dirige veloz +hacia el mercado de Abasto en busca de la enormemente copiosa provisión +de hortalizas con que hace un nutrido «agosto» en el breve espacio de +cada mañana. + +La claridad avanza, hundiéndose en la sombra a lo largo de las calles y +haciendo surgir la silueta de los vigilantes escalonados en la calzada, +mientras los noctámbulos pasan como espectros, bajo esa luz cuyos tintes +blanquecinos aumenta la lividez de sus rostros trasnochados. + +Como la más limpia nota de la aurora repiquetean campanas cuyo ritmo, de +lenta isocronía, parece bajar de planos más altos aún que los altos +campanarios, mientras--como surgiendo de entre las apretadas piezas del +entarugado--pasan veloces los carros que llevan a domicilio «el pan +nuestro de cada día»... + +Pausados, desfilan, entre el crepitar eclosionante de la madrugada, los +«nocheros» de plaza, cuyos jamelgos balancean la cabeza en oscilaciones +que parecen exteriorizar ideas de infinitas y melancólicas nostalgias. + +De todo rumbo surge el vibrante grito de los vendedores de diarios que +pululan llenando las calles--como esas bandadas de avecillas que en el +bosque cantan cuando el día llega,--y es de admirar el contraste que +ofrecen esos pilluelos diligentes y honrados, que a pulmón lleno +proclaman su luminosa mercancía, pasando rápidos y sonoros por el lado +del «repartidor de diarios» que, silencioso y grave, va echando por +entre buzones, celosías y rendijas la doblada hoja impresa que aquéllos +pregonan a gritos. + +Las puertas de calle se abren pesadamente, dando paso a esa emanación +peculiar que bien pudiera llamarse el regüeldo matinal de las casas, +mientras la sirvienta que abrió la puerta, se alisa el despeinado +cabello, como temerosa de que la sorprenda el lechero, el vigilante, el +repartidor de pan o el mucamo de enfrente... + +Desde cualquier sitio en que se mire a la distancia, vese la atmósfera +de la ciudad densa y cargada, y sólo el punto en que el observador se +coloca parece limpio y diáfano, ofreciéndose en el explicable fenómeno +de sobresaturación atmosférica el más vivo remedo del que los más +padecen al considerarse a sí mismos en el centro de la verdad luminosa, +mientras ven o creen ver a los demás obnubilados por las sombras del +desacierto. + +Ilusión de óptica en los dos casos, en que el vaho de la noche o del +error nos envuelve... + +El sonrosado de la aurora se diluye gradualmente en la celeste +diafanidad cenital, como si aquella coloración rojiza del primer +instante hubiera sido absorbida por el mismo sol, de tal modo a su paso +el rojo de su propia irradiación se desvanece y el contorno de la +inextinguible hoguera se destaca nítido en la eucarística limpidez del +cielo. + +Es la hora de las grandes honestidades... + +El que pasa la noche bajo las supremas angustias del juego--ése, para +quien la acción y el fin de la vida están en las astucias del tapete y +en sus éxitos repugnantes,--se alza bravamente ante los distinguidos +tahures o «clubmen» que le rodean y palpitante de emoción o de angustia, +proclama: + +--¡Caballeros! ¡No juego más; ya es de día! + +Más allá, alguien--acaso en ausencia del que abandona la carpeta,--ha +dicho también temblorosamente y en voz sibilante, como el vago chirrido +de un puñal que sale de la herida: + +--Bueno, basta; ya viene el día... + +Mientras tanto, el jornalero, el honesto jornalero de brazo nervudo y de +tórax fuerte y levantado como su conciencia, sale para el trabajo, +dejando en su modesto hogar a la compañera en la sencilla labor de cada +día, y, en el divino sueño de la infancia sana, los hijos de la salud y +el amor. + +Y mientras el gran vaho nocturnal se disipaba en aquella mañana de +enero, pudo oírse, a lo largo de las calles, el repiqueteo del cascabel +y el firme trotar de la soberbia yunta de zainos que arrastran la +victoria de Lorenzo Fraga, en el inusitado madrugón de aquel día. + +La victoria se detiene en la modesta casa de Melchor Astul, que desde +horas antes se apercibe para el viaje proyectado, tarea en la cual han +intervenido madre y hermanas, disputándose el éxito en los refinamientos +de la previsión, pues en los últimos detalles de un trajín semejante es +cuando se corre el riesgo de olvidar lo fundamental: el cepillo de +dientes; las zapatillas; el sobretodo por si refresca; el abotonador; la +pasta dentífrica; el betún, etc., etc. + +Nada se ha omitido, y sólo queda para mandar por encomienda el frac de +Melchor, que no cupo en el baúl y que «es bueno tener a la mano--según +lo aconsejó burlescamente su hermana mayor,--por si se daba algún baile +en el pueblo». + +--Bueno: ¡otro adiós! adiós, mamá; adiós, muchachas; díganle a tata que +no me despido otra vez por no despertarlo, y escriban, ¡eh! y no se +olviden del frac--y luego, dirigiéndose al cochero:--vamos a casa de +Merrick, ¿sabes? en la avenida. + +--El señor Ricardo está ya en casa; yo fui a buscarlo. + +--¡Ah! entonces vamos allá. + +Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al +romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la +regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de +la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor, +que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llamó a un vendedor +de diarios que descendía de un tranvía: + +--Dame _Nación_ y _Prensa_... + +--...No tengo cobre... + +--Déjalos, no más. ¡Vamos! + +Y la victoria continuó su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse +en el día como de costumbre: con un acto de relativa previsión y otro de +generosidad. + +Cuando el carruaje llegó a casa de Lorenzo, éste y Merrick esperaban en +la puerta de calle. + +--Estábamos haciendo votos por la prolongación de tu tardanza. + +--¿Por qué? + +--Porque así podríamos perder el tren y desistir de este viaje, para +nosotros estéril y para ti penoso. + +--¡No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo; +bajo en seguida. + +--Están en el balcón; nosotros ya nos despedimos. + +--Ya las he visto--dijo Melchor, mientras subía «de a cuatro» la amplia +escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que +en coro le hizo una de esas recepciones íntimas en que el deseo de reír +y de llorar se mezclan. + +La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala +que daba acceso al vestíbulo, interrumpió los saludos dirigidos a +Melchor diciéndole: + +--Venga para acá... venga el santo... el bueno... + +--¡Señora!--exclamó Melchor dirigiéndose hacia ella, que lo recibió con +los brazos abiertos exclamando: + +--Un abrazo... así... fuerte... ¡muy fuerte!--y rompió a llorar. + +Las hermanas de Lorenzo llevaron los pañuelos a los ojos y en medio de +un silencio de sollozos el padre de aquél se dirigió pausadamente hacia +el escritorio en el que penetró despacio... + +--¡Sólo usted... sólo usted es capaz de este sacrificio! + +--Qué sacrificio, señora, si Lorenzo es para mí un hermano. + +--Y usted es para mí un hijo desde hoy. + +--Bueno, señora; es decir: bueno, «mamita», dejémonos de llantos para +los que no hay motivo y ya verán ustedes cómo dentro de poco vuelve +Lorenzo hecho unas pascuas--dijo Melchor sonriendo al dominar la +intensa, la profunda emoción que sentía. + +--¡Dios lo oiga! + +--¡Y me oirá! ¡si yo estoy con Dios... así!...--repuso sonriendo al +cerrar la mano con un enérgico gesto, y agregó: + +--¡Bueno, adiós! que tenemos los minutos contados; adiós... «mamita», +adiós, Sofía; adiós, Carmencita; ¡hasta pronto, señor!--dirigiéndose al +viejo Fraga que salía del escritorio guardando el pañuelo entre el +chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su +saco... + +--¡Adiós, amigo, adiós! ¿y ya sabe, eh? cualquier cosa... + +--Sí, señor; pero no habrá necesidad de nada, ¡si llevamos provisiones +para cien años!--repuso Melchor con su jovialidad habitual. + +Y bajó la escalera, enviando todavía un ¡adiós! a todos, entre los que +dejaba una vez más el alivio moral que su carácter generoso y bueno +derramaba en los espíritus atribulados o enfermos. + +--¡Caramba, con tu despedida! + +--La señora me detuvo; pero estamos en tiempo, ¡vamos! + +--Al Once, ché--dijo Lorenzo al cochero y el carruaje partió. + +--Vamos a tener un viaje espléndido... sin tierra... fresco...--decía +Melchor,--¡ya verán qué maravilla de vida vamos a pasar!... y ¿qué tal? +Ricardo, ¿qué dices? + +--¿Yo?... ¡nada! ¿qué quieres que diga? + +--¡Quiero que hables! ¿oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides +lo que te decía anoche tu madre. + +--¡Mi madre!... + +--Sí, tu madre, ¿pues qué? + +--Mi madre ha sido feliz toda su vida. + +--¿Y tú, no?... ¡Qué rico tipo!... Mira, así--y reunía en un haz las +yemas de sus dedos,--así, ¿ves?... así hay consuelos para cada dolor. + +--Es posible. + +--No; es exacto y sólo un niño, y un niño pavo, llora porque no le dan +un juguete. + +--¡Un juguete!... + +--¿Y a qué hora llegamos a Trenque Lauquen?--interrumpió Lorenzo. + +--A las cinco; pero tenemos que pasar allí la noche para salir mañana a +la madrugada, bien temprano, camino de la «Celia». + +--¿Y a la estancia?--insistió Lorenzo. + +--Si los caminos están buenos, de 5 a 6 de la tarde. + +--¡Todo el día en coche! ¡Qué horror! + +--No; se hace una parada para almorzar y... sestear en la posta del +«Paso»... ¿Qué te parece, Ricardo, una siesta en pleno campo? + +--¿El qué?... + +--¡El qué!... ¿Estás dormido? + +--Estaba distraído. + +--Bueno, ya llegamos; ahora en el tren te repetiré el caso. + +En la estación les esperaba el sirviente de la familia de Fraga, Rufino +Mejía, uno de esos tipos criollos, sanos de cuerpo y de alma, que tenía +en la casa sueldo de gran sirviente y prerrogativas de patrón, bien +merecido todo en quince años de leales servicios, durante los cuales no +había podido convencerse de que Lorenzo los había vivido también. + +--Los equipajes ya están cargados, niño; pero, ¿sabe?... el baúl grande +no puede ir en este tren; pero va más tarde. + +--¿Por qué? + +--No sé qué me dijo el jefe, de que no hay furgón de encomiendas, porque +dice que es rápido de pasajeros. Traiga la valijita. + +--Toma, ¿y dónde está Melchor que no lo veo? + +--Ahí viene con D. Ricardo. + +Por entre la multitud de pasajeros, empleados y changadores que llenaban +el andén, apareció Melchor acompañando a Ricardo. + +--¿En qué andan? + +--Este, que quería comprar _La Nación_ y _La Prensa_, a pesar de que yo +los llevo. + +--Y yo también. + +--No importa--replicó Ricardo;--yo no puedo pasarme sin los diarios. + +--¡Pero si los teníamos! + +--Bueno, déjalo--dijo Melchor, en tono de broma,--cada loco con su +tema... y ya no faltan más que cinco minutos... ¿cargaron todo? + +--Todo, sí, señor--contestó Rufino. + +--Ché, ¿y las boletas? + +--Aquí están, niño. + +--¡Bueno, andando!--dijo Melchor. + +El grupo se dirigió al sitio que tenían tomado en el tren y que Rufino +había arreglado y elegido convenientemente al lado del coche-restaurant. + +--Este asiento para ti, Ricardo, y éste para ti, Lorenzo; así van a ir +más cómodos. + +--¿Y tú? + +--Yo... ¡aquí!--dijo Melchor dejándose caer en el asiento, con +estrepitosa satisfacción. + +--¿No te molesta ir dando la espalda a la máquina? + +--No; y así les veo a ustedes las caras y aprecio la impresión que el +viaje les hará. + +Sonó en ese instante la campana de partida; se oyó en toda dirección +despedidas en voz alta; la máquina contestó: ¡lista! con su ronco +silbato y en seguida resoplaron los cilindros y las bielas iniciaron el +movimiento propulsor de las ruedas y el tren, pesado y largo, empezó su +suave deslizamiento... + +--¡Adiós, adiós, Rufino!--exclamaron los viajeros asomados a las +ventanillas del coche. + +--¡Adiós! Adiós, don Ricardo, adiós, don Melchor, adiós, niño y cuídese +¡eh! y a ver si vuelve sano y contento. + +--¡Sí, Rufino, adiós!... ¡Que escriban! + +* * * + +En aquella actitud quedaron los viajeros en observación del panorama, +que se desarrollaba ante ellos a favor de la marcha acelerada del tren, +que a instantes parecía avanzar a saltos felinos y sinuosos. + +Melchor espiaba complacido a sus compañeros de viaje y viéndoles +distraídos en la contemplación del paisaje, habría continuado en la +misma postura, durante las diez horas del viaje que realizaba por ellos +y sólo por ellos. + +Su noble espíritu altruista, su grande alma generosa y buena, su corazón +limpio y sano--todo, ¡todo! su ser moral estaba empeñado en la obra de +reconfortar, de encauzar, de nuevo, a sus dos amigos moralmente +enfermos, y estimulado por la fe en sus propias energías abandonaba todo +cuanto podía halagar a cualquier hombre de su edad y en sus ambiciones +lícitas, con el ideal de regresar a Buenos Aires trayendo a Ricardo +Merrick y a Lorenzo Fraga, convertidos, de la melancolía neurasténica, +de la desilusión pasional y del escepticismo abrumador, a la jovialidad +confortativa, a la complacencia de «ser», a la suprema satisfacción de +vivir bajo la enérgica propulsión de una intensa salud físico-moral. + +--¡Ah!--pensaba Melchor, contemplando furtivamente a sus dos +amigos.--¿Qué dirán en casa de Lorenzo y en casa de Ricardo, cuando +vuelva con ellos, como van a volver, curados de tristezas y de +pavadas?... + +En ese instante Lorenzo se retiró de la ventanilla y se acomodó en su +asiento; Ricardo hizo lo propio, y Melchor continuó un momento +esperando, deliberadamente, que ellos solos iniciaran alguna +conversación, como lo hizo Lorenzo, diciendo: + +--Linda mañana, ¿eh? + +--¡Hola!--exclamó Melchor, sentándose a su vez y restregándose +efusivamente las manos.--¿Conque ya encontramos algo lindo? + +--¿Y qué quieres?... ¿Quieres que encontremos fea o desapacible a esta +espléndida mañana? + +--¡Bravo! ¡Progresamos! Conque espléndida, ¿eh? ¿No te decía yo que al +empezar este paseíto iniciaríamos la mejoría? + +--¡Déjate de tonteras!--interrumpió Ricardo,--pues nos vas a poner en el +caso de no poder hablar. + +--No... si no son tonteras... Ustedes son dos enfermos; yo soy el +«médico», y es justo que haga clínica, apreciando en todo su valor hasta +el síntoma menos importante para otro ojo menos experto. + +--¡Y en vez de clínica, haces tonteras... insisto! + +--Gracias por la amabilidad. + +--¿Vas a resentirte? + +--¡Qué esperanza! Nada más agradable que verse tratado así por un +amigo... + +--Que precisamente por serlo desde la infancia está autorizado... + +--¿A pegar?... + +--Yo no te pego; te hago una observación amistosa. + +--Sí; a ti te pasa lo que a esos chicos a quienes se les ha dicho que no +deben señalar con el índice y señalan con el anular o con el meñique; +pero señalan con el dedo... + +--¡Boooletos!--gritó el jefe de tren, con innecesaria voz de trueno, +cual si su autoridad se fundara acaso en eso, como la de los +discutidores empedernidos que gritan demasiado, porque ignoran que no se +gana la razón por la altura de la voz sino por la del concepto, como +ignoraba aquél que para obtener las boletas pedidas le bastaba la gorra +y el sacabocados. + +--Me ha dejado aturdido el grito del guarda--dijo Lorenzo, por romper el +silencio que siguió a la discusión que provocó Ricardo. + +--¡Realmente! ¡Qué pulmones!--repuso Melchor, agregando:--¡Cómo se +conoce que ese hombre vive viajando! + +--¿Y quién te dice que no vive en Buenos Aires?--replicó Ricardo. + +--¡Sus pulmones, el timbre de su voz y el color de su cara! + +--Esas son preocupaciones, de que muchos participan; pero yo veo que +todo el mundo vive sano y fuerte en la capital. + +--¡Sin duda! ¡Si Buenos Aires es una de las ciudades más sanas del +mundo!; pero cómo vas a comparar la vida en ella y aquí no más; +fíjate... mira qué maravillas de quintas. + +--Sí; muy lindas... + +--¡Y qué ambiente!... ¡Qué diafanidad!... ¡Ya por aquí sólo se toma olor +a flores, a yuyos, a campo, a naturaleza! + +--¿No se toma olor a ciudad? ¿Qué raro, eh?...--dijo riendo amablemente +Ricardo. + +--¡Eso es! No se toma olor a ciudad; es decir, olor a bodegones, a +cloacas, a hoteles, a multitudes. + +--¡A multitudes!... pero ¡qué buena observación! ¿Conque no hay +multitudes en despoblado? + +--Te digo multitudes, empleando una metonimia. + +--Una... ¿qué? + +--Una metonimia, de causa por efecto; y así te dije olor a multitudes +por no decirte olor a sudor. + +--¡Qué porquería! + +--¡Eso es! Olor a porquería; tal es, precisamente, el olor a ciudad. + +--Pero, ¡qué encono con la ciudad!--dijo Lorenzo, que parecía absorbido +en la contemplación del paisaje, renovado caleidoscópicamente a favor de +la marcha acelerada del tren. + +--No hay tal; es justicia al campo. + +--«Substituyendo cantidades iguales, Braulio eres», como en el cuento de +Larra. + +--No; de ninguna manera; mi entusiasmo por la vida del campo no importa +una condenación a la vida en las grandes ciudades. + +--Pero prefieres la primera. + +--¡Con toda mi alma! + +--Luego no te gusta vivir en Buenos Aires. + +--Que no me gusta...--replicó Melchor, subrayando las palabras,--tanto +como eso... a mí me gusta Buenos Aires como el mar, al que se parece. + +--¿Que Buenos Aires se parece al mar? + +--¡Ya lo creo! Como el mar es inmenso, como el mar tiene tempestades, +borrascas, abismos y movimientos arrolladores y hasta en sus grandes +calmas se parece. + +--¿Y por eso no te gusta? + +--Me gusta como el mar: para bañarme; pero no para quedarme en él; me +gusta Buenos Aires para pasar breves temporadas; ¡pero me sofoca la vida +entre más de un millón de personas que se agitan, hablan, se mueven, +atropellan, contagian, pegan, muerden! + +--¡¡Luján!!--gritó en el andén la misma formidable voz de los +«booletos». + +--¿Tendremos tiempo de bajar?--preguntó Lorenzo. + +--Algunos minutos--repuso Melchor;--bajemos. + +--¡Cuánta gente baja aquí!--dijo Ricardo al pisar el andén. + +--Son peregrinos en su mayor parte, devotos de la Virgen de Luján. + +--¡Pero cuántos! Fíjate... ¡Siguen bajando! + +--Esto es muy frecuente; vienen no sólo de Buenos Aires, sino hasta del +exterior. + +--¡Qué cosa bárbara!--exclamó Ricardo, agregando:--¿Y todos éstos +creerán? + +--Si no creyeran--le contestó Melchor,--no vendrían a traer sus ofrendas +y sus preces. + +--Eso... no...--replicó Ricardo, como distraídamente.--¿Vamos a ver? + +--¿A ver qué? + +--A ver qué hacen... cómo se forman... adónde van... + +--No hacen nada; no se forman, porque no vienen regimentados, y van, +probablemente, a la basílica, cada uno por su cuenta o en grupos. + +--¿Van caminando?... + +--¿Y cómo quieres que vayan? + +--Yo creía que irían hincados--dijo burlonamente Ricardo. + +--Quizá no falten quienes vayan así, por alguna promesa o por fanatismo. + +--Subamos, ché, que va a ser la hora. + +De nuevo en sus asientos, Ricardo reanudó el tema, diciendo: + +--Deben ser felices los que creen, ¿eh? + +--Si la felicidad está en creer--repuso Melchor,--todos deben ser +felices. + +--Todos los que creen. + +--¿Y tú crees que haya excepciones? + +--¡Cómo no ha de haberlas! y de primera fuerza: pregúntaselo a Voltaire. + +--¿A Voltaire? ¡Qué mal ejemplo has presentado!... + +¿Por qué?--repuso Ricardo, turbado visiblemente, pero dando a su voz una +inflexión destinada a disimular la contrariedad de haber citado por +oídas, ya que nunca había leído ni una línea del famoso escritor +francés. + +--Porque cuando Voltaire tuvo viruelas llamó al confesor. + +--No lo recuerdo... + +--Sí; lo llamó, y no debía ser tan descreído cuando ante la idea de +morir quiso ponerse bien con Dios. + +--¿Es cierto eso, Melchor?--preguntó Lorenzo. + +--Rigurosamente cierto: Voltaire hizo lo que todos; lo que aquel +filósofo positivista que al terminar una conferencia negando la +existencia del alma, anunció la próxima, diciendo a su auditorio: «el +sábado, si Dios quiere, demostraré que no hay Dios». + +--Por lo visto, eres todo un creyente--dijo Ricardo. + +--Yo sí, ché; ¿para qué negarlo? + +--Desde luego; creer y negar que se cree, debe ser cuando menos +fatigoso... + +--¡Y es... tan común! + +--¿Lo dices por mí? + +--¡Hombre!... tú me has dicho recién cosas peores. + +--Que has querido considerarlas así y tomar ahora una revancha +sangrienta. + +--¡Sangrienta!... + +--Pues es nada: me dices mentiroso, hipócrita... casi apóstata. + +--¡Apóstata!... ¡qué gracioso! + +--Advierte que el ateísmo y el panteísmo se dan la mano y que si me +supones renegando de «mi» religión, me colocas en plena apostasía. + +--¡Es ir lejos! + +--Tú me llevas... + +--¡Qué he de llevarte!... ¡Acaso explicablemente no he hablado nunca de +religión contigo y al tocar incidentalmente el tema he creído ver +confirmadas las mismas sospechas que me retrajeron antes, si alguna vez +pensé hablarte de estas cosas. + +--¿Puedo saber de qué índole son esas «sospechas», señor médico?... + +--¡Qué tema tan aburrido!--interrumpió Lorenzo. + +--¿Aburrido?... ¿por parte de quién? ¿de Ricardo?... ¿o de mí? + +--No he dicho que ustedes hagan aburrido el tema, sino que lo es en sí +mismo. + +--¿Por qué? + +--Porque hablarán todo el día y todo el mes sin arribar a nada. + +--¡Quién sabe!... + +--Sí, ché... Lorenzo tiene razón; entre un materialista y un +espiritualista como tú... + +--O como tú... + +--¿Cómo yo? + +--¡Como tú y como todos! Yo sé que «viste mucho» eso de darse a +filosofías spencerianas y diferir con los pobres de espíritu que creemos +en Dios y sostener que descendemos del mono--aunque no sepamos de dónde +desciende el mono,--y aunque se acabe por llamar al confesor en cuanto +aparecen viruelas. + +--Será así; yo me quedo con mis ideas evolucionistas. + +--¡Pero tu evolucionismo necesita un punto de partida, una base de +evolución, un átomo de vida! + +--Perfectamente. + +--¡Y bien: ahí, ahí está Dios! + +--¿Tan chiquito es Dios? + +--Tan chiquito para caber en el átomo como grande para llenar el +Universo. + +--¿También está en todo el Universo? + +--¡Bah! Contigo no se puede discutir esto porque haces broma, como +socorrido recurso de impotencia, desde que en lo íntimo tú eres tan +creyente y tan cristiano como yo. + +--¡Qué voy a ser! + +--¡Eres! y eres porque es tu madre, en cuyo seno has bebido estas ideas +y en cuyo hogar se cree en Dios y se observan los principios de la moral +cristiana que tú mismo practicas a cada rato. + +--Eso es cuestión de educación. + +--Sí, en cuanto a la moral que observamos; pero ello nada tiene que ver +con nuestros sentimientos religiosos. + +--Que yo no tengo. + +--Mira: no hay, no ha habido ni habrá jamás un ser humano que no sienta +a Dios en su conciencia y en su pensamiento, mientras tenga una y otro. +No hago cuestión de nombre; Dios; el sol; el buey Apis; la cabra de +Méndez; el budhismo; el mahometismo; el cristianismo; el animismo, etc., +todo eso representa a un mismo sentimiento, porque responde a una misma +impresión, y si nos es dado elegir, ¿cuál de todas las religiones del +mundo nos ofrece una moral más sana, más fecunda, más generosa que +nuestra moral cristiana en la fe de Dios? + +Lorenzo escuchaba el diálogo de Melchor y Ricardo mientras observaba el +campo con la cabeza apoyada en la mano derecha, y al escuchar las +últimas palabras de Melchor se volvió hacia éste, diciéndole: + +--¡Pareces un apóstol en pleno paganismo! + +--Bien puede haber de las dos cosas--replicó Melchor,--y más que fecundo +me resultaría este viaje si él me hubiera de servir para convertir a +ustedes. + +--¡Qué empeño!... + +--Muy explicable, por todo concepto; porque, ante todo, de algo hemos de +hablar para entretener el viaje, y en vez de discutir sobre modas, el +tema religioso puede darnos base para que ustedes tengan algo de lo que +les falta. + +--Lo que a mí me falta no me lo dará la religión--dijo Ricardo. + +--Por lo pronto te ha dado tema para hablar con más vivacidad de la que +te es habitual. + +--Lo mismo pasaría si habláramos de modas. + +--¡No, ché, Ricardo, por favor! No hablemos de modas por más que sea el +tema predilecto de los hombres de... la actualidad. + +--Eso es cierto--dijo Lorenzo,--más de una vez lo he comprobado. + +--Yo lo he comprobado cuantas veces he visto reunidos media docena de +caballeros y de damas. + +--No diré tanto; pero es frecuente... + +--¡Es fatal! en las reuniones de hoy se juega o se habla tonteras; yo no +me he encontrado en ninguna reunión en que no se haga una de estas dos +imbecilidades. + +--Tú exageras demasiado, Melchor: hay sin duda en nuestro ambiente +social mucha superficialidad, pero hay muchos estudiosos y no escasean +los centros realmente intelectuales. + +--¡No los he visto!... Yo suelo visitar a nuestras relaciones--y tú las +conoces, Lorenzo,--sin encontrar jamás, así: ¡jamás! nada que no sea un +«poker armado» o una acalorada discusión, entre damas y caballeros, +sobre el costo del sombrero de fulanita; ¡pero, hombre! sin ir más +lejos: la otra noche fui a lo de Méndez, ¿sabes? a lo de misia Edelmira, +porque era día de recibir. Estaba Pereyra con su mujer, el doctor Gener +con la suya, el diputado Targe, el senador Ramírez con la señora--y ¡qué +linda estaba!...--Eguina... las dos muchachas de Gori--¡dos +bagres!...--y no me acuerdo quiénes más, ¡pues no se habló más que de +sombreros y de yeguas! + +--¿De yeguas?... + +--¡De yeguas, ché! porque, según pude entender, la «Nona», que es la +señora de «Pepito», había vendido a «Toto», que es el marido de la +«Beba», una yegua del coche, en cuatrocientos pesos, que había invertido +en comprar un «modelo». + +--¿Qué es lo que dices? + +--¡Lo que oyes, Lorenzo!, porque has de haber observado que hoy es moda +en sociedad designar a las personas por el apodo o por el nombre, y no +por el apellido, y menos por el título; y así es de mal gusto hablar del +«doctor García» cuando se le puede designar por su nombre de pila: +Claudio, o por el sobrenombre, lo que es más distinguido: el «Nene», por +ejemplo. + +--¡Qué ridiculez! + +--¡Y cuando el «Nene» resulta un hombre del alto de esa puerta, y con +varios nenes de verdad a la cola! + +--¿Y lo del modelo? + +--¿Pero cómo?... ¿Qué, no sabes, Lorenzo?... ¡Ah!... yo aquella noche +aprendí eso y mucho más: un «modelo» es un sombrero de señora traído de +París para hacer otros iguales; pero que jamás valen lo que aquél y +según parece la «Nona» estaba loca por comprar uno que había visto; y +como «Pepito» (¡Pepito es decano de la Facultad!) no le daba los +cuatrocientos pesos que costaba, la «Nona» le vendió a «Toto», con +permiso de la «Beba», una de las yeguas del coche. + +--¡Cuánto disparate!... + +--Pues esos disparates fueron el tema de conversación durante toda la +reunión, siendo de advertir que los más eruditos mantenedores fueron +los caballeros... y esto es lo común... tratar temas de esa clase... o +jugar un «pocarcito»... + +--Ese juego se ha divulgado mucho realmente--dijo Lorenzo. + +--¡Y entre qué gente! Casi no hay casa donde no se jueguen partiditas +familiares, ché... a cinco pesos la caja, no más; ¡pero... con cada +«metejón»!... + +--¿Qué ciudad es esta a que vamos llegando? + +--¿Esto?... esto... es Mercedes--repuso Melchor,--aquí podremos bajar un +momento para estirar las piernas. + +* * * + +--Y en serio, Melchor, ¿habrías ido en la máquina? + +--¡Ya lo creo!... No sólo porque en ella se goza de un espectáculo mil +veces más hermoso que desde esta ventanilla, sino porque habría +conversado con el maquinista, en grande. + +--¡Yo no me explico, che, Lorenzo, estos gustos de Melchor!... ¡estas +excentricidades!... ¡Conversar con el maquinista!... + +--Asómbrate cuanto quieras; pero confiesa que sin motivo fundado. + +--¿Cómo sin motivo?... ¿De qué te puede servir semejante compañía? + +--Es claro que el maquinista no me informará sobre el estado de +relaciones entre el Japón y los Estados Unidos, en las que, por otra +parte, no me intereso, porque no me importa; pero a mí me complace mucho +estar con los tipos que me son simpáticos y de todos los hombres de +trabajo ninguno lo es tanto para mí como el maquinista de ferrocarril. + +--¡Puede ser!... + +--Sí, Ricardo, lo es. Tú, como muchos, no concibes que haya interés más +que en tus iguales: para ti los del Jockey o los del Círculo... fuera de +eso... nadie vale nada. + +--Por lo pronto, hace más de un año que no voy al club. + +--No irás, Ricardo, por cualquier razón; pero no por frecuentar a gente +de otra clase. + +--¿Y qué? ¿Supones que deje de ir al Círculo por visitar a los señores +maquinistas?... + +--No digo eso, pero aun asimismo... si fuéramos a compulsar enseñanzas +acaso los maquinistas--¡y como ellos tantos otros!--no sacaran la peor +parte... + +--¡No digas barbaridades!... + +--¡Si no las digo!... Las mejores enseñanzas que yo he recogido no las +recibí frecuentando a esas personas de que hablamos hace un momento y +que sólo tramitan chismografía social, sino de buenas gentes que ignoran +todo eso, pero que viven la vida intensamente. En la estancia van a +conocer ustedes a Baldomero, el capataz, un tipo genuinamente criollo, +que ha tenido sus contrastes y sus desgracias, pero que es amable y +jovial en todos los casos y que al preguntarle una vez: «¿Cómo le va, +Baldomero?...» me contestó así: «Aquí vamos, don Melchor, tragando +amargo y escupiendo dulce.» + +--¡Qué hermoso!--dijo Lorenzo. + +--¡Admirable! ché: fíjate bien en toda la filosofía de esa fórmula tan +sencilla puesta en boca de un hombre de campo que en medio de sus +contrariedades comprende que debe ser amable con quienes no tienen la +culpa de ellas y lo expresa así: «¡tragando amargo y escupiendo dulce!» + +--Es en bruto el concepto de Víctor Hugo... ¿te acuerdas?... en la +«Oración por todos»...--dijo Lorenzo,--cuando al hablarle de la madre +dice a su hija; más o menos, no me acuerdo bien: «que haciendo dos +porciones de la vida, bebió el acíbar y te dio la miel». + +--¡Eso es!... Con una diferencia para mí: que en un caso hay un verso +de «Víctor Hugo»... y en el otro la expresión sincera de un hombre de +corazón. + +--¿Y qué tiene que ver todo eso con los señores maquinistas?--dijo +Ricardo burlescamente. + +--¡Que es frecuente encontrar en gente de baja condición social +conceptos y formas que impresionan más que el mejor precepto editado por +el más campanudo moralista! + +--También con una diferencia, Melchor. + +--¿Cuál? + +--Que esos tipos dan, si acaso, un buen consejo cada cien años, mientras +que en un buen texto de moral encuentras cien preceptos por página. + +--La razón está en que esos tratadistas son acopiadores de máximas que +reeditan modernizándolas, mientras que nadie se ocupa en coleccionar las +que a millares circulan entre nuestra gente de pueblo. + +--¡A millares!... + +--Como suena, y si no, fíjate en la forma con que el maquinista que nos +lleva contestó a mi saludo cuando le pregunté: «¿cómo le va, amigo?»... +«Bien, por lo conforme»--me dijo. + +--¡No veo motivo para maravillarse por eso! + +--¡Cómo lo has de ver, Ricardo, si tú has demostrado mil veces que eres +incapaz de conformarte con tu suerte y hasta has pensado en que tu vida +debía concluir el día en que una tontuela casquivana te dijo que no le +daba la gana de quererte. A eso conduce el desprecio por todo lo que no +esté a la altura de nuestro nivel circunvecino; a eso conduce la fiel +observancia de ideas que nos inculca la vanidad, la petulancia y el +espejismo social, tras del que vamos como locos, fascinados por ideales +quiméricos o absurdos, mientras la verdadera filosofía, la del pueblo, +la del buen pueblo manso, trabajador y resignado, ¡es despreciada por su +origen «bajo»! ¡ése es el resultado de los que prefieren el libro con +lujosa encuademación!... por ahí se empieza o por ahí se acaba--lo que +es peor,--porque suele marcar el último tramo de una verdadera +perversión en las ideas que regulan nuestra manera de ser--y en +oposición al criterio con que se le enseñó al maquinista a sentirse +bien, «por lo conforme», se te ha taladrado los oídos con un grito ruin +y perverso que me parece estar oyendo: «es necesario no conformarse con +eso»: y así has vivido tú, y tú también, ¡y todos! torturándose en la +estúpida ambición de ambiciones nuevas. + +--¿Y acaso tú no las tienes? + +--¡Si yo no creo que la fórmula definitiva de nuestra perfectibilidad +consista en no tenerlas, sino en restringirlas sensatamente, hasta +ponerlas dentro de los límites de nuestro destino o de nuestra +capacidad, habituándonos a resignarse con esto! De lo contrario, surgen +los delitos, y los más de los crímenes; de cada mil robos uno se hará +por necesidad, los demás, ¡por ambiciones incontenibles! + +--¡Qué buena marcha llevamos! + +--Ya ves, Lorenzo, con esta velocidad vamos doscientos o trescientos +pasajeros, más o menos acaudalados... felices... de alta posición +social... de gran porvenir muchos... en manos del maquinista, que actúa +bajo una sola y tenaz preocupación: velar por nuestra vida. Un +movimiento de despecho, de envidia ruin--si cupiera en su alma fuerte y +sana,--bastaría para concluir con todos nosotros. + +--¡Y con él!--interrumpió Ricardo. + +--A él le bastaría con bajarse y dejar a la máquina en libertad. +Seguramente iríamos a darnos cuenta al otro mundo, si no se repetía el +caso de un maquinista que en esta misma vía y sabiendo que se había +escapado un tren de pasajeros, lo esperó subido al depósito de agua de +la estación en que se encontraba, «con licencia», y al pasar el tren se +arrojó al ténder, en el que por la violencia del choque se rompió las +dos piernas y así, arrastrándose penosamente, llegó hasta la palanca de +la máquina, paró al tren y salvó la vida de todos los pasajeros. + +--¡Lo haría pensando en la recompensa!--dijo Ricardo. + +--¡Vaya un elogio!... Lo hizo porque era maquinista de ferrocarril... ¡y +nada más! Con ese criterio la acción más noble y generosa resulta +despreciable y lo mismo podrías pensar de otro maquinista que, al entrar +con un tren rápido entre las quintas de Flores, vio un pequeño bulto en +la vía, que a la distancia le pareció un perro; pero cuando estuvo casi +encima, a pocos metros, vio que era una criatura, y sin tiempo material +para parar la máquina pasó en dos brincos hasta el miriñaque y al llegar +a la niñita, la levantó en alto con una mano, salvándola de una muerte +segura. + +--Ché, Lorenzo: ¿qué te parece la imaginación de Melchor?... + +--¡Imaginación!... En los archivos de esta empresa están los +antecedentes de estos dos casos y de muchos análogos. Si dudas, anda a +preguntar. + +--¡No me da tan fuerte! + +--Te lo aconsejo, porque dudas; no porque me importe que no creas, desde +que es verdad. + +--¡Es cuando fastidia más no ser creído! + +--¡Estás equivocadísimo! El que se fastidia de que no le crean, es, +generalmente, el que miente. El que dice la verdad no se encona con +quien no le cree; cuando más, lo compadece... + +* * * + +--Por lo que se ve, Chivilcoy debe ser una de las ciudades más +importantes de la provincia--dijo Ricardo. + +--Así es--contestó Lorenzo,--y ha prosperado extraordinariamente. + +--¿Qué población tiene? + +--Cerca de treinta mil habitantes. + +--¿Tanto, eh?... Y Melchor, ¿dónde está? + +--Me dijo que ya venía... Aquí viene. + +--Fui a hacer un telegrama--dijo Melchor, respondiendo a Ricardo. + +--¿Un telegrama?... ¿a quién? + +--Menos averigua Dios, y perdona... ¿Subamos? + +Instalados en sus asientos y de nuevo en marcha, Ricardo no pudo +reprimir su curiosidad e insistió en su pregunta: + +--Y al fin, ¿a quién telegrafiaste? + +--¡Qué curiosidad! + +--¿Es un secreto tan grande? + +--¡No, hombre!... Hice un telegrama que había prometido a Clota. + +La fisonomía de Ricardo se nubló intensamente, y aun cuando las sombras +de su espíritu no hubieran asomado al semblante, su repentino silencio +las habría delatado. + +Los tres amigos permanecieron callados un largo rato, en aparente +observación del paisaje, pero, en realidad, absortos en pensamientos más +o menos torcedores. + +Melchor había advertido el cambio brusco producido en Ricardo, al mismo +tiempo que observaba en Lorenzo uno de esos aplanamientos propios de su +estado de ánimo y que tan hondamente lo preocupaban; en el espíritu de +Ricardo, como en la naturaleza, las sombras se habían ennegrecido ante +la luz, y la idea de aquel telegrama, de aquel mensaje de amor y de +felicidad, irradiaba en su imaginación como un lampo de luz obnubilante. + +Por su parte, Lorenzo pretendía meditar sobre su estado mental, luchando +sin éxito con la incoherencia de sus ideas, en uno de esos curiosos +estados de conciencia en que la voluntad parece desmayar a cada impulso +y en que sólo se destaca nítido y claro el falso convencimiento de una +enfermedad imaginaria. + +Él quería pensar en las ulterioridades del viaje que realizaba, en la +posibilidad de reaccionar sobre un estado enfermizo, que, en realidad, +no existía; pero vagas visiones de la infancia se superponían +confusamente en su imaginación y al considerarlas fijadas en su memoria, +el recuerdo de sus íntimos surgía mezclado con extravagancias de +carácter sociológico o con problemas de política internacional, para +concluir pensando que todo su mal radicaba en el estómago, y que si +pudiera respirar bien, la circulación se haría cumplidamente y su +cerebro volvería a la plenitud de su perdida energía mental. + +En estas situaciones Lorenzo arribaba al convencimiento de ser víctima +de un mal incurable, a cuyo lento trabajo de destrucción debía asistir +resignadamente «hasta que me llegue la hora de morir del todo», pensaba. + +Bajo el imperio de esta obsesión había leído mucho y preguntado más, +para confirmar el convencimiento de poseer en cada caso el cuadro +sintomatológico de toda enfermedad, y era, entretanto, un organismo sano +y preparado para vivir a base de una discreta metodización de las +energías físicas e intelectuales, que había disipado con la +incontinencia propia de la edad y del enorme caudal que poseía. + +Melchor veía en el semblante de Lorenzo y en la vaguedad melancólica de +su mirada, el reflejo de lo que pasaba por su espíritu; pero esta vez le +atribulaba menos, porque el asentimiento obtenido de él para hacer el +viaje que realizaban y permanecer en el campo algún tiempo, lo había +considerado fundadamente como un gran paso hacia su curación, en la que +estaba leal, sincera, hondamente interesado. + +--¿En qué piensas?--le preguntó, golpeándole afablemente con la palma de +la mano en la rodilla. + +--¡Psh!... ¡En tantas cosas!... + +--¿En muchas?... + +--En muchas... + +--¿Alegres? + +--Si fuera como tú... + +--¡Qué modelito! ¿eh? pues imitarlo: ¡no vayas a creer que con las +personas ocurre lo que con los sombreros de señora!... ¡no! + +--Precisamente, Melchor; tú eres un modelo que todos estimamos en lo que +vale; pero si yo pretendiera imitarte resultaría un mamarracho. + +--¡Modestia... ché... modestia! Los hombres podemos y debemos imitarnos. +Yo podría ser igual a ti o a Ricardo, pero no me conviene... en cambio, +¿a ti te conviene ser como yo?... ¡pues me imitas! + +--Eso equivale a poner un changador fornido frente a un ser enteco y +decir a éste: ¡imítalo!... levanta los pesos que aquél... + +--¡Es muy distinto, Lorenzo!... Y aun asimismo, a fuerza de ejercicio +perseverante y metódico, el enteco puede llegar a imitar al changador; +pero en cambio tú no me negarás que el hombre más sucio y desidioso de +su persona puede reaccionar y ponerse, en una hora, a la altura del más +higiénico y acicalado... ¿no es verdad?... todo es cuestión de jabón... +¡mucho jabón!... y agua en abundancia. + +--¡En ese caso, es claro! pero dile a una madre que no llore la muerte +de su hijo... ¡Anda! ¡dile que ría!...--dijo Ricardo. + +--¡Me guardaré muy bien! + +--¡Bueno, pues!--agregó Lorenzo. + +--No, me guardaré muy bien, porque ello iría contra la energía moral +embotada momentáneamente por el dolor y porque es necesario, dulcemente +necesario llorar al hijo muerto; pero ninguna madre se ha pasado la vida +llorando la muerte de un hijo... se llora durante algún tiempo... más o +menos largo... pero al fin vuelve el equilibrio moral... llega la +resignación... la conformidad... el hábito, te diría, y gradualmente se +vuelve a la vida... se vuelve... ¡se vuelve a la risa!... ¡Esta es la +verdad en toda su crudeza! + +--Sí; pero ésa es la obra del tiempo. + +--¡En cambio, el individuo que pierde un ojo queda tuerto para siempre! + +--No sé qué me quieres decir. + +--Esto: que los más grandes dolores morales, el más grande de todos: el +de una madre que pierde a un hijo, es transitorio... es casi fugaz... y +que cuando todo nos enseña que todo es transitorio y deleznable, la +razón nos obliga a rechazar la perdurabilidad de un estado moral que nos +daña... ¡y está en nosotros rechazarlo!... no sólo por nuestra salud, +sino porque vivimos rodeados de otros seres a quienes no debemos +acongojar constantemente con el lamento de nuestras penas; porque esto +es perverso y es cobarde, y es indigno de hombres como nosotros, que +hemos nacido y crecido recibiendo beneficios y cariños y energías, de +nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos. + +A medida que Melchor hablaba, dando a su voz acentos de inusitada +vehemencia, Lorenzo experimentaba como un consuelo ternísimo +escuchándole y deseando que continuara en su disertación, que inoculaba +en su espíritu una extraña sensación de energías no sentidas. Nunca, +como en aquel momento había experimentado Lorenzo y Ricardo como él, la +influencia tonificante que Melchor les producía, nunca como en aquel +momento y realizando aquel viaje, se les había mostrado éste tan digno +de ser imitado, y nunca habían sentido más candente el rubor de la +propia debilidad, puesta en alto relieve por la tenaz y vibrante prédica +de Melchor, quien, advirtiendo el efecto que les producía, continuó +diciendo: + +--Yo no puedo pretender ofrecerme como un ejemplo de impecable +discreción; pero nunca he trasmitido a nadie ni la más mínima +participación en mis angustias ni en mis tristezas, que siempre han sido +consecuencia de mis actos, y tengo--invocando la amistad a que apelaba +Ricardo hace un rato,--el derecho de reprocharles en cuantas ocasiones +se me presenten, la inercia moral que ustedes revelan, que ustedes +cultivan. Así: «cultivan», como si fuera muy hermoso y muy digno +entregarse a todas las apatías y contaminar a cuantos nos rodean con la +baba de nuestras tristezas o de nuestras preocupaciones, en vez de +levantar el espíritu, por el propio esfuerzo, y simular, si es +necesario, una alegría que nos haga amables o cuando menos que no nos +convierta en motivo de pena para nuestros íntimos y para cuantos tenemos +que frecuentar. Tú, tú, Lorenzo, deberías vivir riendo y cantando en tu +casa, donde eres mimado e idolatrado hasta todos los extremos, y donde +has puesto una nota perversa de dolor infundado, desde el día en que te +creíste enfermo de un mal que no existe más que en tu imaginación y que +no has combatido hasta hoy en ninguna forma eficaz. Yo puedo hablarles +así porque, sin tener ni más inteligencia ni siquiera la ilustración de +ustedes, he cultivado la voluntad y me he aplicado a practicar los +preceptos que mil veces les he repetido, y que ustedes, con más caudal +que yo, pueden hacer efectivos desde el momento en que se resuelvan. Me +es duro hablarles así y sufro más yo diciéndoles estas cosas que ustedes +mereciéndolas; pero hemos salido de Buenos Aires dejando ustedes +virtualmente una promesa, y yo me he encargado de que la cumplan +contando con ustedes que al aceptar la idea de este viaje se ponían a mi +servicio; es decir, al de un propósito honesto y digno, en cuya +consecución el mayor beneficio será para ustedes. + +--Por mi parte--le interrumpió Ricardo--no he contraído con nadie la +obligación de divertirles y si mi carácter es así la culpa no es mía. + +--¡Tuya, y nada más que tuya! Por lo mismo que como Lorenzo has tenido +en tu casa cuanto has querido, el día en que alguien te negó algo te +sentiste desgraciado. Tú eres víctima de tu propia felicidad, Ricardo. +¡Vuélvete a ella! + +--¡Esas son frases, Melchor, y nada más! Porque tú, como nadie, sabes +que la desgracia se ha cebado en mí. + +Al oír esto, Melchor prorrumpió en una carcajada, diciendo al subrayar +cada sílaba: + +--...Que la desgracia se ha cebado en ti... ¡esto es divino!... + +--Ríe todo lo que quieras... eso es muy cómodo. + +--Pero cómo no he de reírme, Ricardo, si todas tus desgracias caben bajo +un mismo rótulo que inspira risa: «¡amores contrariados!» + +Y volvió a reír estrepitosamente. + +--¡Yo habría de verte si Clota te dejase por otro!--dijo Ricardo +calculando herir en lo más hondo. + +--¡Ya está!--prorrumpió vehementemente Melchor.--¿Quieres que te diga lo +que sucedería?... pues bien, escucha: primero pensaría: es mentira. + +--¡Ah! ¿Y si no fuera mentira? + +--Pero espérate, ¡caramba! ¡déjame hablar! Cuando me convenciera de que +Clota me reemplazaba sin vuelta, ¡me daría un furor tremendo!... y ganas +de matar al otro (jamás, en ningún caso, de matarme yo), y me pondría +triste después, muy triste durante dos o tres... horas--espérate, no me +interrumpas;--luego tomaría un coche; me iría a Palermo, vería allí un +mundo de muchachas jóvenes, lindas, dispuestas todas a quererme +mucho--como que esas muchachas van buscando a quien querer, ¿eh?--pero +yo no les haría caso, ese día, porque estaría muy triste; regresaría a +casa, y como en casa nadie tendría la culpa de que Clota me hubiese +olvidado por otro, diría al entrar en casa lo que un amigo mío en +circunstancias análogas: «ahora hay que reír» y entraría riéndome... mi +madre conocería que mi risa era fingida; me preguntaría la causa, y como +mi madre es mi madre, yo le diría: Clota me ha engañado; me mentía: se +ha comprometido con otro; y en seguida no más, abrazándola, agregaría: +¡pero tú no me has mentido nunca! ¡tú me quieres siempre!... y apoyado +en el cariño de mi madre y feliz con él, esperaría la llegada de... + +--¿De qué?... + +--¡De otra Clota más constante!--dijo Melchor riendo, y agregó:--el +mundo está lleno de Clotas, ché Ricardo; convéncete. + +--Eso lo dices ahora. + +--Ahora y siempre, porque mi tranquilidad, mi acción en la vida y mi +vida misma no pueden depender, ¡no deben depender! de la volubilidad de +una muchacha ni de dos... y, por otra parte, ¿quieres nada más ridículo, +nada más desairado, nada más cursi, que un hombre como nosotros, +eternamente triste porque lo dejó una novia para casarse con otro con +quien es «eternamente» feliz?... ¡Adonde iríamos a parar! + +--Según eso, la mujer no influye en el destino del hombre. + +--¡Vaya si influye!... ¡Ya lo creo!... pero la Mujer, ¿eh?... en el +destino del Hombre, ¿eh?... así, en términos generales, y no una mujer +especial y determinada en el destino de un hombre cualquiera; en mi +destino, por ejemplo... + +--¿Si pensará lo mismo tu novia?--dijo Lorenzo, sonriendo cariñosamente. + +--¡Seguramente no! ¡qué gracia! Ella no tiene por qué pensar en estas +cosas; pero tengo de ella una idea tal, la considero una muchacha tan +discreta y tan sensata, que estoy seguro de que si yo le ocasionara una +decepción, la recibiría virilmente, y no se entregaría a extremos +ridículos... + +Estas palabras produjeron en Ricardo, a quien iban dirigidas, una +impresión tan intensa, que pretendiendo disimularla, dijo dirigiéndose a +Lorenzo: + +--¡Ché!... ¿Y los diarios?... ¿dónde los han puesto que no los veo? + +--Están ahí arriba--respondió Melchor, señalándolos, y agregó:--¿no les +parece que sería bueno almorzar?... ¡Yo siento una languidez!... + +--Vamos a almorzar--repuso Lorenzo displicentemente, y se dirigieron al +coche-restaurant. + +* * * + +Durante el almuerzo Melchor derrochó los recursos de su espiritualidad +matizando la conversación mesurada y seria de Lorenzo, a quien, como de +costumbre, incitaba a la jovialidad, diciéndole más de una vez: + +--No temas... come; ¡pero ríe! porque la risa es el gran digestivo; +jamás la mesa llenará su función si no comprende estas tres condiciones +fundamentales: buenos y abundantes alimentos; buena y abundante +conversación: ¡y a cada bocado una carcajada formidable! + +--¡Estás hecho un Brillant-Savarin perfeccionado!--dijo Lorenzo. + +--¡Perfeccionado, ché! como que a los preceptos les sucede lo mismo que +a los gringos: se perfeccionan aquí... entre nosotros... Les pasa en +nuestro país lo que nos ocurría antes con nuestros cueros, que los +mandábamos a Europa para que nos los devolvieran curtidos y +utilizables... a nosotros nos mandan residuos cloacales y nuestra +vitalidad social los depura y los devuelve--¡cuando se van!--curtidos y +utilizables; pero dejando estas filosofías... ¡come!... ¿te sirvo otro +«filet»?... + +--No, gracias. + +--¡Come! ¡no seas maula!... Acuérdate de aquel consejo: «donde vayas a +comer, come mucho; si son tus amigos les darás placer; si son tus +enemigos, les darás rabia». + +Para estimular el apetito de sus compañeros, Melchor comía con exceso y +rompía los silencios con observaciones más o menos felices, destinadas a +reanudar la conversación y a disipar alguna sombra en el espíritu de sus +dos amigos. + +No estaba el de él desprovisto de ellas en absoluto, porque las +alusiones a Clota, mezcladas al recuerdo de aquellas palabras de su +madre: «dejas a tu novia», habían producido en su ánimo cierto escozor +que, sin perturbarle demasiado, persistía en él como el confuso +presentimiento de una amenaza. + +Él, que jamás había sentido la sensación de una sospecha vulgar; él, que +se había considerado siempre fuerte en la posesión espiritual de Clota; +él, que había desechado resueltamente toda preocupación recelosa, +experimentaba, por primera vez, una vaga, una tenuísima alucinación de +inquietud... + +No la habría descubierto el psicólogo más experimentado, tanto era de +incipiente; no la habrían ni siquiera presentido sus compañeros de +viaje: él mismo acaso no podía apreciarla en su exacta magnitud, que así +es de indeciso y sutil el germen inicial en las tribulaciones del +espíritu. + +En situaciones tales hay, más que una sensación ponderable, un +presentimiento realmente inconsciente y fugaz, como el breve relámpago +precursor de una remotísima tempestad; uno de esos destellos, +instantáneos y pálidos, que las grandes tormentas, en marcha, lanzan en +silencio al espacio cuando aun se encuentran muy por debajo de la línea +del horizonte sensible. + +--¡Qué es eso?--exclamó con asombro Lorenzo, poniéndose de pie. + +--¿Has oído?--dijo en el mismo tono Ricardo y casi al mismo tiempo +dirigiéndose a Melchor, que intensamente pálido contestó, levantándose +con violencia: + +--¡Sí!... ¡es a mí!... ¿qué habrá?... + +El tren acababa de entrar en la estación del Bragado, y de entre la +concurrencia bastante numerosa que ocupaba el andén había salido este +grito: + +--¡Señor Melchor Astul! + +El llamamiento se repitió hasta que, parado el convoy, descendieron los +tres amigos, y Melchor, impresionado y nervioso, abriéndose paso por +entre la concurrencia, respondía a los llamamientos gritando: + +--¡Aquí!... ¡Aquí!... + +Un mensajero del telégrafo se le acercó: + +--¿Cómo se llama usted, señor? + +--Melchor Astul. + +--¿Tiene alguna tarjeta... o algo? + +--¡Sí, hombre! ¡Sí, es él!--dijeron a dúo Lorenzo y Ricardo. + +El mensajero los contempló un instante, los miró, más bien, y +entregándoselo a Melchor, le dijo: + +--Un telegrama para usted. + +Melchor lo rompió temblorosamente y abriendo enormes sus grandes ojos +azules, mientras lo espiaban anhelosos Lorenzo y Ricardo, prorrumpió con +la voz ahogada por la emoción: + +--De Clota... ya vengo... voy a contestarle. + +--¿El recibo?... señor...--le reclamó el mensajero. + +--¡Ah... es cierto! ¿Tienes lápiz, Lorenzo? + +--No. + +--Yo tengo--dijo Ricardo. + +--Fírmale el recibo, ¿quieres?--y sacando del chaleco un montón de +moneditas las dio al mensajero, diciéndole: + +--Toma... para ti--y se dirigió al telégrafo, mientras Ricardo, apoyado +en la pared exterior de un vagón, escribía en el recibo del telegrama de +Clota, este nombre: «Melchor Astul». + +Lorenzo y Ricardo volvieron a subir al coche-restaurant, en el que el +mozo se ocupaba en poner en orden la mesa, cuyo mantel había sido +arrastrado en parte por Melchor al levantarse. + +--¿Alguna otra cosa, señores?... + +--Vamos a esperar al compañero. + +--¡Conforme!--respondió el mozo, dirigiéndose hacia el pequeño mostrador +del fondo, con movimientos idénticos a los de un pato que camina ligero. + +Después de un breve silencio, dijo Lorenzo: + +--Cómo se quieren, ¿eh?... + +--Y cómo tarda Melchor--respondió Ricardo, asomándose por la +ventanilla. + +Melchor, entretanto, contestaba al telegrama de Clota, que decía así: + +«Señor Melchor Astul.--Bragado.--En el tren de las 11,20 a. m.--Y yo +vivo en ti; viajo contigo, porque te has llevado mi +pensamiento.--Clota.» + +La contestación decía: + +«Señorita Clotilde Iraola, Callao, 925. Capital.--¡Te engañas! Es que mi +pensamiento se ha quedado en ti, renunciando a existir en otra forma, y +soy por eso eternamente tuyo.--Melchor.» + +Cuando Melchor regresó a la mesa, preguntó al sentarse: + +--¿De qué hablaban? + +--¡Ahora la curiosidad es tuya!--respondiole Ricardo. + +--Es que a mí me interesa todo lo que ustedes hablen. + +--Te ha puesto zalamero el telegrama... + +--No, Ricardo; la zalamería, cuando no es ingénita, es contagiada. + +--Yo no te he dicho que tú seas zalamero. + +--Y como ustedes tampoco lo son, y yo no estoy más que con ustedes, +quiere decir... + +--Te dije que te habías puesto zalamero con el telegrama. + +--¿Otra cosa, caballeros?--volvió a preguntar el mozo poniéndose la +servilleta bajo el brazo y apoyándose con ambas manos en la orilla de la +mesa. + +--Una tortilla de yerbas... ¿qué les parece?--dijo Melchor. + +--Por mí, no. + +--Entonces, ¿quemada, con azúcar? + +--Por mí, no--insistió Lorenzo, agregando:--Para mí, café. + +--Y para mí también. + +--Bueno; mozo, tráiganos café. + +--¡Conforme!--repuso el mozo, alejándose. + +--¡Mozo!..--gritó Melchor. + +--¡Vengo!--repuso éste, alzando la voz. + +--...Y cigarros. + +--¡Conforme! + +--Estaba pensando que hemos hecho una zoncera en quedarnos aquí. + +--Efectivamente; habríamos tenido tiempo de dar una vuelta por la +ciudad. + +--Lo han pensado tarde, porque ahí tocan la campana--dijo Melchor, +agregando:--¡Lo que se ha perdido el Bragado!... + +--Lo que hemos perdido, en parte, nosotros--replicó Lorenzo;--y estoy +maravillado... estoy absorto, viendo esto y pensando que hace cuarenta +años, no más, que los indios salvajes llegaban hasta aquí. + +--¿Aquí?... ¿al Bragado?...--preguntó Ricardo. + +--Precisamente... si éste era el límite, la línea de fronteras, marcada +por fortines... y hace cuarenta años, más o menos, que fue avanzado +hasta el 9 de Julio, fundado entonces. + +--¡Qué enormidad! + +--Lo que hay de enorme--continuó Lorenzo--es el crecimiento del país... +el desarrollo portentoso que ha alcanzado en tan poco tiempo... ¡y en +todos los grados de la civilización!... ¡Pensar que aquí estaban las +tolderías de los indios, y que hoy no hay en todo el país ni un solo +indio salvaje! + +--¡Y después nos quejamos!--interrumpió Melchor. + +--Así es. + +--¡Cómo se conoce, ¿eh? que somos hijos del país!...--insistió Melchor +socarronamente. + +--¿Por qué?--preguntaron Lorenzo y Ricardo. + +--¿Por qué? ¡Pues por el afán de quejarnos... «sin motivo»! + +--Eso se explica y constituye una fuerza social, porque revela el deseo +de alcanzar un mayor grado de progreso. + +--¡No, Lorenzo!... Si no me refiero a los que quieren más +ferro-carriles... ni más industrias... ni mejor gobierno... no--decía +Melchor, moviendo lateralmente el índice derecho, y dando a su voz +particular intención,--no... me refiero a cierto caballeros, que yo +conozco, y que siendo sanos, claman por salud, y que teniendo todo lo +necesario para ser felices, viven con el ceño arrugado y que... + +--¡Ya saliste con tu eterno tema!--le interrumpió Ricardo. + +--¡Eterno!... Así continuará mientras tenga amigos muy queridos que +siendo sanos se crean enfermos, y siendo felices se consideren +desgraciados. + +--«Todo es según el color del cristal con que se mira»--le respondió +Ricardo. + +--Y entonces, ¿por qué tomar un cristal ennegrecido cuando disponemos de +cristales rosados? + +--Tú, dispones. + +--¡Convenido! ¿Y por qué no usan ustedes o no aceptan mis +cristales?--insistió Melchor, riéndose cariñosamente. + +--Porque este café, visto al través de cualquier cristal rosado, seguirá +viéndose negro. + +--Pues se toma un cristal de un rosado más subido y... ¡ya está! Yo +tengo una colección de cristales en el bolsillo, y en cada caso, ¡zas! +saco el que me conviene. + +--¡Es una suerte!--dijo Ricardo.--Pero a mí no me sirven de gran cosa +tus cristales... + +--¡Qué! ¿Eres daltónico? + +--Tal vez... + +--¡Sí, hombre! tú y tú... ¡los dos! ¡Al fin encontré la fórmula de mi +diagnóstico!... ¡Daltonismo moral!...--exclamó Melchor, riendo con toda +su risa franca y contagiosa. + +--¿Y usted considera, señor médico--le preguntó Lorenzo, en tono por +excepción solemne y bromista al par--que nuestro «mal» sea curable? + +--Lo garantizo, como dicen ahora los que se las dan de puristas, y lo +garantizo porque han de saber ustedes que ustedes también tienen la +colección de cristales que yo tengo. + +--¿Nosotros? + +--¡Sí, señor... ustedes!--y agregó ahuecando la voz:--Para el daltonismo +moral, la imaginación tiene colores complementarios. + +--Quizá no dices un disparate--dijo Lorenzo. + +--¿Quieren una prueba?... Atiendan: un caballero insulta a otro; el +insultado mira; ve una paliza en perspectiva; siente miedo, y entonces +toma de su imaginación un color complementario... un color «sin +vergüenza», por ejemplo, y en seguida no más «ve» que el insultador es +despreciable, y... ¡lo desprecia! + +--¡Está gracioso!... + +--¿Otro ejemplo? ¡Nada convence tanto como la ejemplificación!... Un +caballero se enamora de una mujer, y ve de repente, o poco a poco, que +la mujer no lo quiere; pues toma de su imaginación el color +complementario que se necesita, color... «indiferencia»... o mejor aún: +color... «reciprocidad», y al instante «verá» que él tampoco la +quiere--y Melchor terminó con una vibrante carcajada. + +--¿Y si no se trata de un daltónico? + +--¡Bah... bah... bah!... ¡No seas tan ingenuo, Ricardo! ¡Si en lo moral +todos somos daltónicos! ¡Y todo el talento consiste en saber emplear los +colores complementarios! Convéncete: todos somos daltónicos. + +--De manera que, según tu teoría, el amor... + +--¿El amor?--le interrumpió vehementemente Melchor, y riéndose al mismo +tiempo que hablaba, le dijo:--¿el amor?... ¡qué gracioso!... ¿el +amor?... ¡daltonismo puro! + +* * * + +--Va a ser la una--dijo Lorenzo mirando su reloj,--me está dando sueño. + +--Es la digestión. + +--¡No, señor!--interrumpió Melchor.--No es la digestión... ¿qué sabes +tú?... Si fuera la digestión, sentiría siempre el mismo sueño después de +comer; ¡es el aire!... es un efecto de oxigenación... es ya la obra del +ambiente puro del campo. + +--Tal vez tienes razón; pero me siento como si hubiera tomado alcohol. + +--Exactamente... eso es... una especie de... + +--Borrachera sin vino--dijo Ricardo. + +--Justamente; tal es la sensación que todo habitante de las grandes +ciudades experimenta en el campo, bajo la influencia del aire puro... El +organismo, acostumbrado al aire enrarecido y contaminado de la ciudad, +siente las consecuencias de una oxigenación más intensa, y como el +oxígeno es el elemento vital, por excelencia, llegamos a la conclusión +de que estás, Lorenzo, empezando a sentirte... ¡ebrio de vida!... + +--¡Si fuera así! + +--¡Es así!... Yo te lo anuncié y estoy, como de costumbre, teniendo +razón. Ya verás: ¡dentro de quince días tendrás que hacer un gran +esfuerzo de memoria para acordarte de tus enfermedades!... Ni una sola +te quedará, para tener el gusto de... ¡quejarte! + +--Voy a buscar los diarios--dijo Ricardo poniéndose de pie. + +--Vamos para allá--dijo Lorenzo,--ya no tenemos nada que hacer aquí. + +--¡Qué!... ¿quieres seguir comiendo?...--le dijo Melchor, en broma, +alcanzándole su gorra de viaje. + +--¡Dios me libre! + +--Ché, Ricardo, ¿y tú, no quieres tomar algo? + +--¡Dios me libre!--repitió éste como un eco de Lorenzo. + +--¿Conque... Dios los libre?... ¿eh?... vamos progresando. + +--¡Vamos... a nuestros asientos!--contestó Ricardo al abrir la puerta +del coche-restaurant, y agregó al asegurarse la gorra, que tenía +puesta:--¡Cuidado con las gorras! que se ha levantado viento. + +Al encontrarse nuevamente en el sitio que ocupaban, dijo Melchor: + +--¿Los diarios, no?... ¿Tú querías los diarios, Ricardo? + +--Sí... pero, ¿quieres creer...? A mí también me está dando sueño. + +--¡Yo... me... duermo!--agregó Lorenzo. + +--Pues aprovechen... ¡nada!... Recostarse y dormir, que quien duerme +come. + +-¿Y tú? + +--Yo no tengo sueño... voy a leer los diarios. + +Lorenzo y Ricardo se dispusieron a dormir un rato, acomodándose lo mejor +posible en los asientos, no muy amplios, mientras Melchor sacaba los +diarios que había puesto en la percha y se ubicaba en un asiento +inmediato. + +Antes de desdoblarlos se levantó y fue a bajar las cortinillas del sitio +en que estaban sus dos amigos. + +--Voy a bajarlas para que nos les incomode la luz. + +--¡ Qué buena idea! + +--A mí no me molesta--dijo Ricardo. + +Vuelto a su asiento, Melchor tomó los diarios y quedó con ellos en la +mano, contemplando el paisaje monótono y espléndido al mismo tiempo, +como que ante su vista se extendía la llanura, de una horizontalidad +perfecta, cubierta en toda su extensión por maizales y linares matizados +a trechos con grupos de parvas secas y con los pequeños bosques de las +estancias, por las que pasaba el tren como ocupando el extremo de un +diámetro que girara sin cesar. + +--...Aquí realizaría el ideal de mi vida--pensaba Melchor,--en la más +pequeña de estas propiedades pasaría toda mi vida, reducido al trato de +los míos... mis padres... mis hermanos... Clota... los hijos que +tuviéramos... todos viviendo la vida sana y pura del campo... ¡Y pensar +que los dueños de estas estancias sólo vienen a pasar breves temporadas +en ellas cuando los arroja de la ciudad la prescripción imperiosa de la +crónica social que publican los diarios!... ¡Ah!... ¡es toda una tiranía +la vida moderna!... Vanidades que no tienen nombre... exigencias que no +tienen ningún fin moral... Absurdas necesidades que no conducen más que +a sacrificios improductivos... una desenfrenada carrera por aventajar al +que va delante... ¡y el poder arrollador de ese vértigo dantesco en que +todos vivimos pagando en lágrimas y en angustias y en ruindades y en +bajezas nuestro tributo miserable y estéril!... ¡Y cómo al alejarnos de +ese ambiente vemos la densidad de las sombras que lo envuelven!... +¡Cuántos hombres lacerados por la envidia... abrumados por el pesar de +obligaciones anonadadoras y contraídas con el solo fin de pagar dos +líneas de esa crónica social!... ¡Cuántas energías malogradas... y +cuánto sacrificio sin provecho!... ¡Superficialidad y mentira!... +¡mentira en todo!... La mentira contumaz en la sociedad entera... porque +no somos una sociedad en que se mienta más o menos... ¡somos una +sociedad que miente!... Si casi no hay un sólo hogar de alguna +apariencia en que no impere la mentira... Los padres simulan una +capacidad económica de que carecen... los hijos fingen una educación que +no tienen... ¡mienten!... las hijas gastan lujos que no han pagado... +mienten... las señoras... las señoras... las señoras... + +La imagen de su propia madre surgió en la imaginación de Melchor, al +rumiar mentalmente las últimas palabras y después de una breve pausa, en +que su espíritu quedó suspenso y absorto como ante un abismo, continuó +en sus meditaciones: + +--...¿Y por qué no ha de haber muchas como ella?... ¿Qué maldita forma +de perversidad nos impulsa a pensar mal, dando un asidero al +desconcepto, al prejuicio... a la calumnia misma... que casi nunca +ofrecemos al elogio... al aplauso... Oímos decir que se juega y nos +inclinamos a creer que juegan todos... sabemos que se miente y nos +sentimos dispuestos a considerar mentiroso a todo el mundo... ¡pero, por +qué, señor!... nos encontramos con un caso de adulterio... y... Por otra +parte, siempre habrá quien mienta... quien engañe... pero la virtud no +muere... ni la fidelidad... ¡porque no puede morir el afecto... porque +no puede morir el amor!... + +Melchor había dejado caer al suelo los diarios que tuvo en la mano y que +levantó y puso sobre el asiento que tenía delante. + +El tren marchaba aceleradamente bajo una larga, gruesa y horizontal +columna de humo que se proyectaba al costado de la vía en una sombra +sinuosa y ancha que se deslizaba chata por el suelo plano; pasaba como +escurriéndose por debajo de los alambrados; trepaba por sobre las parvas +inmediatas, para descender luego como un torrente; cruzaba flotante los +arroyos; espantaba a los teros que parecían huir alerteando un peligro; +subía por las paredes de las casas en los pueblos a que el tren llegaba +y al detenerse éste en las estaciones, parecía recogerse sobre sí misma +para erguirse en línea recta, como el brazo de un gladiador alzado en +alto después del triunfo. + +...«¿Por qué te has llevado mi pensamiento?»...--leía y releía Melchor +en el telegrama de Clota, que había sacado del bolsillo para +contemplarlo de nuevo como un diploma de felicidad, pensando: + +--...¡Qué misterioso intercambio de ideas, de anhelos, de aspiraciones +coincidentes, en esta suprema armonía de afecto que nos une!... ¡Cómo ha +sabido encontrar Clota la mejor forma de decir lo que yo también +pensaba... «te has llevado mi pensamiento»! ¡De qué manera se habrá +sentido, acompañándome con la imaginación, que ha producido esta fórmula +tan sencilla, tan exacta, tan delicada, tan honda!... «te has llevado mi +pensamiento»... ¿Si ocurrirá así?... porque desde que me he separado de +ella siento en mi cerebro, en mi corazón, en mi espíritu, ¡qué sé yo! +algo como una voz íntima que me dice: «Clota... soy Clota... ¿ves? estoy +contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!...» + +Melchor se repetía amorosamente las últimas palabras con que Clota le +había despedido la noche antes, cuando con las manos fuertemente tomadas +y los ojos lánguidos y firmes, puestos en los de él, le había dicho: + +--Hazme telegramas, escríbeme, escríbeme todos los días, cuéntame todo +lo que hagas, y cuando vayas en viaje, cuando estés lejos, piensa +que... estoy contigo... contigo para siempre... ¡para siempre! + +* * * + +--¿Parece que no has leído mucho?--dijo Ricardo a Melchor, asomándose +por sobre el espaldar del asiento y viendo doblados los ejemplares de +_La Nación_ y _La Prensa_. + +--En cambio parece que tú has dormido bastante--repuso Melchor, +levantándose. + +--No; he dormitado. + +--Lo mismo que yo--dijo Lorenzo, incorporándose;--¡si no se puede dormir +con el movimiento del tren! + +--¿Ni cuando estuvimos cerca, de una hora parados antes de llegar a +«Pehuajó»? + +--¿Parados?... ¿Por qué?... No me he dado cuenta. + +--¡Ni yo tampoco! + +--Porque la máquina que pusieron en la estación «Guanaco» no andaba +bien... ya lo había dicho el jefe... + +--¿Y por qué la pusieron? + +--Porque al descarrilarse la que traíamos se le rompió un eje. + +--¿Dónde descarrilamos? + +--¡Por lo visto han dormido, ché! + +--¿Y tú le crees a Melchor?... ¡Son cuentos! + +--Pero si ustedes no hubieran hecho más que dormitar los habrían +rectificado. + +--¡Es claro que he dormido algo! + +--¿Algo?... ¡tres horitas!... ¡como una! + +--¿Y qué hora es? + +--Más de las cuatro; ya nos falta poco. + +--En fin--dijo Lorenzo bostezando,--hemos acortado el viaje. + +--Parece que hay apetito, ¿eh? + +--¿Por qué, Melchor? + +--Porque los bostezos delatan sueño--que no puedes tener,--o languidez +de estómago que bien puedes tener porque almorzaste muy poco. + +--¡Qué esperanza! He almorzado el doble de lo habitual. + +--Mañana, en la posta del Paso, almorzarás el triple del doble y pasado +mañana en la «Celia», el cuádruple del triple. + +--Mira que eres exagerado--repuso Lorenzo riéndose. + +Ricardo, que había permanecido sentado contemplando el aspecto de los +plantíos, dijo, sin volver la cabeza, a Melchor que continuaba de pie: + +--Ché, Melchor, alcánzame _La Nación_, ¿quieres? + +--¿No quieres _La Prensa_? + +--¿Por qué?--dijo Ricardo volviéndose. + +--¡Porque tiene más páginas!--le contestó Melchor riendo y +agregó:--¡Cuando estamos para llegar se te ocurre leer!... + +--Es que no he visto los diarios hoy. + +--¡Pero los has comprado! + +--Creo que tú has hecho lo mismo. + +--Yo he cumplido con la práctica establecida: ¡comprar los diarios y no +leerlos después! + +--¿Quién hace eso? + +--¡Todo el mundo! ché, y la culpa la tienen los mismos diarios, y si no +fíjate--dijo Melchor tomando los que tenía en el asiento y +presentándoselos a Ricardo. + +--No te entiendo. + +--¡Que se necesita una semana para leer todo esto y ante la +imposibilidad de hacerlo acaba uno por no leer más que los títulos y a +veces ni eso! + +--¿De modo que los diarios no sirven para nada? + +--Van en ese camino, como que han pasado de la síntesis informativa a +la dilución abrumadora. + +--¡Es ganas de criticar! + +--No hay tal y en mí menos; pero mira... 36 páginas... y... 24 +páginas... + +--¡No es precisión leer hasta los avisos! + +--Partamos por mitad, lo que es excesivo, y tenemos 30 páginas de +lectura en sólo dos diarios... ¡eh!... agrégale otro tanto por la tarde. + +--Yo leo lo que me interesa. + +--Yo hago otra cosa: miro todo y no leo casi nada; por otra parte, +pienso que los diarios de hoy no llenan su objeto porque la volubilidad +pública reclama asuntos nuevos todos los días y, así, no es posible la +propaganda asidua en un propósito dado, desde que en cuanto un diario +insiste en un mismo tema el público lo deja por aburrido y por «latero». + +--Yo los he dejado deliberadamente para leerlos en la estancia--dijo +Lorenzo. + +-Pues te quedarás sin leerlos--repuso enérgica y cómicamente Melchor. + +--¿Cómo así? + +--¡Usted, señor D. Lorenzo, va a la «Celia» a pasear, comer y dormir! + +--¿Y por qué no hemos de leer también? + +--Porque yo mando. ¡Se leerá lo que yo indique y cuando yo lo disponga! + +--Lo que soy yo no puedo pasarme sin leer--insistió Lorenzo. + +--Leerá usted, señor... conozco las teorías modernas sobre fatiga +intelectual y los medios de combatirla y los aplicaré discretamente. + +--¿En qué consisten, ché?--preguntó Ricardo burlescamente. + +--En esto, muy sencillo; cuando se siente fatiga intelectual por exceso +de estudio hay tres medios de combatirla; primero, dejar la lectura, +procedimiento moroso cuando el mal es intenso; segundo, hacer ejercicios +físicos, procedimiento violento para restablecer el equilibrio de los +centros nerviosos; y tercero, cambiar de lectura... leer alguna cosa +sencilla... trivial... una novela, por ejemplo. + +--¡Pobres novelas!...--dijo Ricardo. + +--¡Estás eruditísimo!--exclamó sonriendo Lorenzo. + +--¡Esto no es nada! ¡Ya verás, Lorenzo, como con sólo un chambergo de +gran ala levantada te quito el... casquete neurasténico de Charcot! ¿Qué +tal? ¡y a esta altura! + +--¿Cómo a esta altura? + +--¡A la altura de Trenque Lauquen, adonde vamos llegando... fíjate! + +En ese instante se oyó un estampido formidable, como si la boca de un +cañón del «Belgrano» o del «San Martín» hubiera entrado en el coche y +vomitado un cañonazo: + +--¡¡¡Booooletooos!!! + +Cuando el jefe del tren llevó los que Melchor humildemente le entregó, +el convoy llegaba a su estación terminal. + +--¡Ahí está Hipólito!...--exclamó Melchor y asomándose por la ventanilla +del coche que aun marchaba, le gritó: + +--¡Hipólito!... ¡Hipólito!... ¡aquí!... + +--¿Quién es ése, ché? + +--El cochero de la estancia... ¡verán qué tipo!... toma tu valijita, +Lorenzo... y para ti Ricardo, toma... ¡tú que no puedes pasarte sin los +diarios!... + +--¡No seas pavo!... + +--¡Y cuatro!... mira: los tuyos y los míos... ¡los podrás leer +duplicadamente! + +Cuando descendieron del tren llegaba trotando pesadamente Hipólito, que +al encontrarse con los viajeros se sacó respetuosamente su gran +chambergo campero, y cuadrado--contrariendo la ordenanza militar, pues +que formaba vértice con las puntas de los pies casi unidas y los talones +a un geme de distancia--dijo tendiendo a Melchor su amplia mano de +trabajo: + +--¿Cómo va, D. Melchor?... ¿éstos son los señores?--agregó mirando a +Lorenzo y Ricardo. + +--Sí, Hipólito... mi amigo Lorenzo... + +--Para servirlo. + +--...y mi amigo Ricardo. + +--Para servirlo. + +--Y Baldomero, ¿no ha venido? + +--Sí, D. Melchor... ahí andaba con el jefe... ¿quiere que lo hable? + +--No... vamos para allá, muchachos--y volviéndose hacia Hipólito:--¿Qué +tal están los caminos? + +--Hay algún barro... con la lluvia: ¡qué ha llovido!... + +--El maíz estará lindo, entonces. + +--Así es... lindo está. + +En ese momento salía al encuentro de los viajeros el gran capataz de la +«Celia», Baldomero Luna, quien al ver a Melchor se dirigió hacia él +diciéndole efusivamente: + +--¡Cuánto bueno por acá! + +--¿Qué tal, Baldomero? + +--¡Ahora bien, muy bien! + +--¿Qué, ha sucedido algo?--le preguntó Melchor, mirándole fijamente y +conservándole tomadas ambas manos. + +--¡Si viera!... + +--Pero, ¿qué ha ocurrido? + +--¡Que usted no estaba aquí y ahora está! + +--¡Me había alarmado, caramba! + +Celebrando la ocurrencia de Baldomero se repitió la presentación de los +huéspedes y el grupo se dirigió hacia el gran break de la estancia que +se encontraba al otro extremo del andén. + +Al recorrer éste, Melchor fue objeto de las más afectuosas +demostraciones: + +--¡Don Melchor! ¡cuánto gusto!... + +--¡Don Melchor!... ¡qué alegría!... + +--¡Don Melchor!... ¿cómo le va?... + +Y no pasó por el lado de alguna persona sin provocar exclamaciones +análogas a las que invariablemente respondía dando la mano y con frases +amables. + +--¡Qué popularidad tienes aquí!--le dijo Lorenzo. + +--¿Y dónde no?...--le interrumpió Baldomero,--si donde está D. Melchor +está la fiesta... está la risa... ¡Si es como una gran alegría que anda +paseando! + +Hipólito, que marchaba respetuosamente detrás del grupo, se adelantó al +llegar al extremo del andén pidiendo órdenes a Melchor: + +--¿Van a dar una vuelta, D. Melchor?... ¿o van al hotel?... + +--¿Qué opinan ustedes? + +--Iremos a lavarnos--dijo Ricardo. + +--Me parece bien--agregó Lorenzo,--es muy temprano para pasear. + +--¡Perfectamente! vamos al hotel... vamos a pie... es cerca... allí, +¿ven?--dijo señalando con la mano y agregó, dirigiéndose a +Hipólito:--Espéranos allá. + +--Ché, Hipólito--le dijo Baldomero.--Y llévame de paso el «azulejo». + +El grupo se dirigió al hotel y a poco andar le interceptó el paso un +pilluelo que con la mano tendida dijo a Melchor por todo saludo: + +--Don Melchor... me da «una... moneditas»? + +Baldomero levantó en alto el rebenque de gruesa y ancha lonja, diciendo +al pilluelo: + +--¡Salí de aquí, muchacho! + +* * * + +--Vea, Garona, tiene que preparar una buena comidita para don Melchor y +esos mozos, ¿sabe?--decía Baldomero al dueño de casa, casa que +aventajaba sin duda a la más surtida y completa de las de la misma +capital, pues era hotel, tienda, ferretería, almacén, bar y... ¡botica! +todo junto, bajo la conspicua dirección de su dueño, Saverio Garona, +italiano gordo y bonachón que usaba alpargatas y chambergo. + +--«No» pierda cuidado, don Baldomero. + +--Hágales un buen asado de costillas con ensalada. + +--¿De pepino? + +--¿De pepinos, dice?... mejor de lechuga... y unos pollos... pero que +sean gordos... + +--¿Y de empezar?... + +--¿Es fresca esa ternera fiambre que he visto en el mostrador? + +--Fresca... fresca... fresca... es fresca... + +--Bueno, eso no, amigo Garona... pero usted sabe tener tallarines... + +--Hay de casualidá... + +--Ya está... ¡les pone una tallarinada!--dijo Baldomero riendo +bondadosamente, al dar un puntazo con el cabo del rebenque en el +abultado abdomen de Garona. + +--¡No sea juguetón!... y diga: ¿de postre? + +--¿Qué les va a poner? + +--Tengo lindo durazno en conserva. + +--¡Convenido! y ponga guayaba también y... ¡ya sabe!... ¿eh?... esto es +mío... no vaya a recibirle a don Melchor. + +--¡«No» pierda cuidado! + +Cuando Baldomero regresó a unirse con los viajeros, éstos habían +terminado la operación de lavarse y de telegrafiar a las familias y se +encontraban rodeados de amigos de Melchor que le acribillaban a +cumplimientos y a preguntas. + +--¡Caballeros!--exclamó Baldomero--los que quieran noticias pueden ir al +telégrafo... estos señores vienen a divertirse y no a contar cuentos. + +--Estamos muy entretenidos, conversando. + +--¡Ah!... ¡don Melchor!... ya tuvo una excusa--repuso Baldomero, y +agregó:--¡Este don Melchor tiene más aguante que la máquina del tren!... +¡Capaz de oírlos toda la noche!... + +--¡Miren quién habla!--dijo un viejo paisano que tenía entre todos el +alto prestigio de haber sido justiciero juez de paz,--cuando don Luna se +agacha a conversar es cosa de pedir pieza con cama. ¡Si tiene más música +que un órgano!... + +--Y cuando usted habla, viejo, ¿qué hay que hacer?... ¡irse!...--dijo +Baldomero riendo estrepitosamente, y agregó:--¡Vamos, don Melchor, a dar +una vuelta... vamos!... + +--Bueno, vamos... será hasta luego. + +--Hasta cuando usted mande--contestó el viejo por todos, y agregó +señalando a Baldomero con una guiñada picaresca;--Y no se olvide, don +Melchor: le recomiendo que me lo atienda... al recomendao. + +--¡Yo te he de dar!... viejo pícaro--dijo cariñosamente Baldomero. + +--¡Disculpas!--le replicó el viejo riendo y agregó:--...Por tratarme de +vos... ¡confianzudo el mocito!... + +--Simpático, el viejo, ¿eh?--dijo Lorenzo al subir al break. + +--¡Y diablo!--le contestó Baldomero,--él sabe darse maña para arreglar +cualquier enredo dejando contento a todos. + +--¿Debe ser muy viejo, no? + +--¡Viejísimo! señor, si cuando yo vine aquí, al campo de los «Astules» y +¡mire que hace años! ya era viejo blanco en canas... Y don Melchor, +¿para dónde agarramos? + +--¿Iremos hasta el arroyo? + +--¡Queda lejos! ¿No quiere ir más bien a tomar un mate con don +Casiano?... Así estos señores conocerán algo bueno... ¡Viera cómo se ha +puesto la Pampita! + +--¡Cómo no! ¡vamos! + +--A lo de don Casiano... ¡ché, Hipólito! + +Este, que se encontraba en su puesto esperando órdenes, volvió la cabeza +y preguntó: + +--¿Aquí a la casa? + +--No, a la chacra... están en la chacra... + +--¡Jiú!...--moduló Hipólito interjectivamente y los caballos partieron +guiados al parecer por un cadenero mosquiador que llevaba, por lujo, un +cascabel en la hociquera y ante cuyo empuje podía decirse también que +«se iba ensanchando» Trenque Lauquen. + +La chacra de don Casiano Contreras, situada en el límite del ejido, +tenía excepcional fama en el pago y de tal modo imperaba su prestigioso +atractivo que hasta los mismos caballos al dirigirse hacia ella, +parecían que trotaban con más firme y decidido empuje; pero, ¿qué +raro?... si era fama que los pájaros más cantores la preferían para sus +nidos, que las rosas se ponían en ella más rosadas y las violetas más +humildes y los sauces más llorones, y los álamos más rectos. ¡Y que +hasta los malevos, cuando pasaban de largo por sus tranqueras, sentían +ansias de hacerse buenos! + +¡De tal modo era intensa la esplendorosa irradiación de la «Pampita»...! + +--Parece que está pesado el camino--dijo Lorenzo. + +--Este pedazo está feo--le contestó Baldomero,--antes sabía haber un +pantano aquí; pero don Casiano lo está arreglando. + +--¡Jiu!...¡ Jiú!...--repetía Hipólito sin sacar el látigo de la latigera +y el break continuaba su marcha, por entre aquel gran silencio +interrumpido sólo por el vibrante arpegio de algún pájaro o el sonar +del cascabel cada vez que escarceaba, el cadenero. + + * * * * * + +--Quieto, Baldomero--dijo Melchor,--deje que la abra este pueblero: a +ver, Ricardo, una gauchada. + +--Vaya una gran dificultad--repuso éste bajando del break y dirigiéndose +a abrir la tranquera, ante la que se había detenido. + +Así lo hizo; el break pasó y se detuvo nuevamente. + +--¿La cierro?--preguntó Ricardo, provocando una leve sonrisa de +Hipólito. + +--Es mejor cerrarla, sí, señor--le contestó Baldomero al mismo tiempo +que Melchor exclamaba: + +--¡Qué pregunta!... ¡Chambón!... + +El break entró en la chacra ascendiendo la pendiente del camino que daba +acceso a la casa, en cuyo corredor estaba don Casiano que, al +reconocerlo a la distancia, dijo a la Pampita: + +Son los Astules... tomá el mate, hijita--y se dirigió al encuentro del +carruaje, que ascendía penosamente el final empinado de la cuesta. + +--¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!... + +--Torcé a la derecha, Hipólito--gritó don Casiano,--¡por ahí!... +¡detrás de las casuarinas!... es más liviano. + +Así lo hizo el cochero tomando el nuevo camino que se le indicaba y que +acababa de trazar don Casiano, para facilitar el acceso a la casa +edificada en la cumbre de una pequeña lomada. + +Descendieron los paseantes y luego de efusivas demostraciones les dijo +don Casiano: + +--Pasen... pasen, caballeros... aquí está más fresco... tomen asiento. + +--Qué hermosa chacra tiene usted, señor--dijo Lorenzo,--qué hermosos +árboles. + +--Sí, señor, si algo vale es por eso... tiene árboles hechos ya... la +chacrita vale por vieja, señor, al revés de las personas. + +--Yo he pensado siempre lo contrario, señor; los hombres jóvenes si +valen es por lo que prometen para cuando sean viejos. + +--Pero los viejos no prometen nada, señor, y en la vida hay que prometer +siempre... para valer algo... ¡aunque después no se de nada!--contestó +don Casiano, riéndose. + +--Es que ellos han dado y siguen dando. + +--¡Consejos!... que no se cumplen--le interrumpió a Lorenzo don Casiano, +agregando:--y, ¿qué van a tomar los señores?... ¿Querrán leche recién +ordeñada?... ¿o un matecito?... + +--Usted estaba «mateando», don Casiano--le dijo Melchor. + +--Seguiremos... si ustedes gustan--contestó levantándose y aproximándose +a una ventana, en la que, alzando la voz, dijo:--Pampita, trae mate, +hijita. + +--Hemos venido a molestar, señor. + +--¡No, señor!... ¿y por mucho tiempo? + +--Es verdad pensamos pasar aquí una temporada. + +--Dos o tres meses--agregó Ricardo. + +--¿Tanto tiempo? Vendrán por algún quehacer. + +--¡No, don Casiano!--dijo Melchor,--¿sabe por qué vienen?... míreles las +caras... ¡vienen a curarse!... + +--En verdad, que no parecen muy enfermos. + +--Son bromas de Melchor, señor--dijo Ricardo. + +--¿Bromas?... ¿A que digo «de qué» estás enfermo?... ¿Digo? + +--¡Pero esta muchacha que no viene!--exclamó el viejo, más que nada por +cambiar de conversación y aproximándose de nuevo a la ventana, +dijo:--¡Pampita! ¿y el mate? + +--¡Voy, tata! + +* * * + +--¡Divina!--pensaron simultáneamente Lorenzo y Ricardo al aparecer la +Pampita, a quien fueron presentados por Melchor y de quien recibieron un +saludo despojado de toda afectación. + +--¿Y el mate, hijita? + +--Ahí lo trae el «ñato», tata--repuso ella tomando una silla y +sentándose con la majestad de una reina y la sencillez de una niña. + +En efecto, el mate llegó en manos del «ñato», muchacho de quince años, +poseedor de una «superlativa» nariz ciranesca, que dio motivo a Lorenzo +para romper el silencio de estupor que siguió a la deslumbrante +aparición de la Pampita. + +--Creo que estoy, señorita, en la chacra de los contrastes. + +--¿Por qué, señor?--repuso ella envolviéndole en una verdadera +irradiación de sus inmensos ojos verdes, circundados de largas y crespas +pestañas negras. + +Cuando Lorenzo se encontró con la mirada de la Pampita; cuando vio +aquellos dos ojos inteligentes, apacibles, escudriñadores y profundos +como jamás habría creído encontrar; cuando vio que ella le miraba, creyó +que había cometido una inconveniencia, una falta, una descortesía +obligándola a mover aquellos ojos y a desplegar aquellos labios... + +--Me ha parecido oír el apodo del cebador de mate. + +--Es verdad--repuso ella sonriendo afablemente y dejando ver unos +dientes que no podían estar sin burla en otra boca, ni pertenecer sin +desdoro a otra dueña; tanto eran de perfectos. Yo pensaba lo mismo que +Lorenzo, señorita; estamos sin duda en la chacra de los contrastes. + +--¿Lo dice usted por el «ñato»? + +--Así es--le contestó Ricardo, abrumado de emoción ante aquel portento +de suprema belleza, de insuperable dignidad, de extraordinario candor. + +--Estaremos entonces en la chacra del contraste--dijo ella con la mayor +ingenuidad. + +--Entiendo que tenemos el honor de hablar con la Pampita--repuso Lorenzo +acentuando esta palabra. + +--No sé por qué el honor--contestó ella, estableciendo así la propiedad +del apodo. + +--Eso lo discutiremos después. + +--Ni veo qué tenga esto que ver con esos contrastes a que ustedes se +refieren. + +--Lo que nosotros no vemos es la razón para llamar a usted «Pampita». + +--Muy justa: ¡sí lo soy! yo he nacido aquí... en plena Pampa, y desde +chica me dicen así. + +--¿Sabe, Pampita, por qué le dicen todo eso?--le dijo Melchor y sin +esperar la respuesta continuó:--Porque en Buenos Aires, «pampita» se +entiende por «indiecita» ¡y como usted no les parece «tan india»... que +digamos! + +--¡Ah!--contestó ella rápidamente,--¿entonces en Buenos Aires las +palabras se entienden de distinto modo que aquí? + +Los tres viajeros se miraron como interrogándose sobre el alcance de +aquella observación y cuando se disponían a contestarla dijo don +Casiano: + +--Hijita, ya que estos señores no gustan mate, ¿por qué no les muestras +el jardín?... y les juntas unas florcitas, para que lleven. + +--Si ustedes lo desean... + +--Sí, ché, vayan--les dijo Melchor,--mientras mateamos nosotros con don +Casiano. + +--Por aquí--les dijo ella señalándoles un camino de paraísos y los dos +amigos siguieron la indicación bajo la influencia irresistible de aquel +gesto de sencilla majestad. + +Sin poder evitarlo los dos pensaban lo mismo, ante aquella criatura +excepcional de belleza y de cultura: ¿Cómo ha alcanzado este grado de +visible educación?--se preguntaban y como para confirmar una sospecha le +dijo Ricardo: + +--¿Usted ha estado mucho tiempo en Buenos Aires, señorita? + +--¡Pero, señor! si hubiera estado sabría el significado que allí se da a +las palabras que usamos aquí. + +--Bien podría, señorita, haber estado y no conocer el de todas las +palabras--replicó Lorenzo ligeramente turbado. + +--¿Ignoraría, señor, el de mi propio nombre?...--repuso riendo sin +ofender, riendo como si supiera que toda idea de agraviar se anularía en +ella por el prestigio avasallador de sus encantos, compulsados más en la +expresión y la palabra ajena que en su propio espejo. + +Antes de que Ricardo encontrara la fórmula de una respuesta presentable, +la Pampita tuvo la amabilidad de decirle: + +--¿Podría preguntar, sin indiscreción, por qué me ha hecho usted esa +pregunta? + +--...Porque... me parecía haberla visto allá... + +--¿Cuándo?... + +¡«Cuándo»! repitió para sí Lorenzo, pensando al mismo tiempo: «¡qué +preguntas formula esta muchacha!...» + +--Es difícil, señorita, fijar la fecha de una reminiscencia. + +--Más difícil es ser franco--repuso ella entre el asombro de sus dos +acompañantes. + +--Yo lo soy siempre que es necesario. + +--Quiere decir que en este caso no lo considera usted necesario, señor. + +--¿Y en qué consistiría mi falta de franqueza, señorita?--dijo Ricardo +envolviendo a Lorenzo en una mirada que parecía decir: «¡Ayúdame!», o +«déjanos solos». + +--¿En qué?... ¡Y usted me lo pregunta!...--dijo riendo sonoramente la +Pampita. + +--¡Sí!... ¡Yo!...--repuso Ricardo con la voz trémula. + +--Pues en no confesar que creyó usted encontrarse con una pampita... +legítima... inculta; y al oírme hablar no ha podido menos que pensar +que, necesariamente, debo haber sido educada en Buenos Aires... ¡Aquí +también hay, señor, quienes enseñan a leer... y hay libros... no +crea!... + +--¿Usted lee mucho?--le preguntó Ricardo, visiblemente confundido. + +--No cambie de conversación; ¡si no hablábamos de eso! ¿no es verdad, +señor?--repuso ella dirigiéndose a Lorenzo. + +--Aunque no fuera así, no la desmentiría, señorita. + +--¿Tampoco usted es capaz de ser franco? + +--Ya ve si lo sooy; le confieso lo que haría, con toda franqueza. + +--Me doy por vencida: cerremos el capítulo. Voy a juntarles unas flores. + +--Acaso es tarde ya, señorita--dijo Ricardo. + +--¡No!--le interrumpió vivamente ella.--¡No! Si no voy a darles o a +juntarles todas las flores del jardín... + +--¡Ni lo hemos podido pensar!--contestó Ricardo sonriendo y en el mismo +tono. + +--A mí me basta con una sola flor, señorita, que usted me dé... la que +usted prefiera... + +--¡Ah, señor! yo no tengo preferencias tratándose de flores; las quiero +a todas igualmente. + +--¿Y cuando no se trata de flores?--le dijo Ricardo, bajando un poco el +tono de la voz. + +--¿Y de qué?... ¿de pájaros?... ¡Me pasa lo mismo! + +--¿Y si se tratara de personas?--insistió Ricardo, más subyugado cada +vez por la Pampita. Exceptuando a mi padre y a mi hermana... más o menos +lo mismo. + +--¿No tiene usted más familia?--intercedió Lorenzo. + +--Sí, señor; pero parientes lejanos; mi madre y mis otros hermanos +murieron hace mucho tiempo... mi hermana se casó hace cuatro años... +vive allá... ve... derecho a ese rosal... ¡Ah!--agregó repentinamente +dirigiéndose a la planta,--vean qué dos pimpollos tan lindos, ¿eh?--y +cortándolos volvió con ellos al camino diciendo al separarlos--pues +estaban en un mismo gajo: uno para usted... y otro para usted... + +--Mil gracias--dijo Ricardo. + +--Un millón de gracias--dijo Lorenzo. + +--Usted es más generoso: ¡un millón! + +--Más derrochador, habrá querido decir usted, señorita--dijo Ricardo. + +--¿Por qué?... + +--Porque las ofrece a quien parece haberlas monopolizado todas... + +--¡Qué gracioso... o qué amable, más bien! ¿no le parece? + +--Como usted quiera. + +--Si yo no quiero... + +--¿A nadie? + +--Ya le he dicho: a mi padre. + +--¿Y a nadie más? + +--¡Qué curiosidad! A nadie más... + +--¿Será eso posible? + +--Tan posible, que así es. + +--Feliz de quien pueda compartir tanto afecto. + +--Me parece que los llaman--dijo la Pampita, parándose, y poniendo +atención, agregó:--Sí, los llaman... es don Baldomero, ¿volvamos? + +Por el mismo camino marchaba hacia ellos Baldomero, que al aproximarse +exclamó: + +--Me parece, señores, que les ha gustado... la chacra, ¿no? + +--Ya viene usted con sus locuras. + +--¿Locuras?... Y te parece locura, hijita, entusiasmarse hasta perder +los estribos, viendo...--y la señalaba a ella con la mano +extendida--esta preciosura de... chacra. + +--Estábamos realmente embelesados recorriendo este jardín--dijo Lorenzo. + +--Puede ser, señor; pero se me hace que no han de haber mirado mucho las +plantas; ¿qué decís vos, hijita?... Yo la trato a ésta así porque la he +tenido en mis faldas... ¡pero hace quince años! ¿eh?--dijo Baldomero +riéndose. + +--¿Y ya se van?--preguntó la Pampita dirigiéndose a Baldomero... + +--¡Avisa!...--le dijo éste, parándose y contemplándola fijamente. + +--Déjese de zonceras. ¡Cuándo tendrá juicio! + +--¡Es lo que te recomiendo siempre!... ¡pero no lo necesita!... ¡No +saben ustedes lo que vale esta prenda! + +--¡Cállese, le digo! + +Don Casiano, que con Melchor llegaba a reunirse con el grupo de la +Pampita, dijo a ésta: + +--¿Y ésas son las flores que les has juntado? + +--No quisieron más, tata. + +--¡Gran cosa! + +--Es suficiente, señor. + +--Apurémonos--dijo Melchor--que la noche se viene. + +Así lo hicieron, y al llegar al break se cambiaron efusivas expresiones +de amistad y promesas de repetir la visita, mientras Lorenzo y Ricardo +sentían una verdadera fascinación ejercida por aquella Pampita de veinte +años, que había resultado querer sólo a su padre... + +Momentos después de partir el break, la Pampita percibía claramente el +repiqueteo del cascabel del cadenero y las voces de Hipólito: + +--¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!... + +* * * + +Si Lorenzo y Ricardo habían salido hondamente entusiasmados con la +visita a la «Pampita», ésta, había quedado más impresionada que en +otros casos, ante la presencia de aquellos dos buenos mozos, gallardos y +cultos. + +Ella sabía bien cuánto influía en los hombres que la trataban; pero en +aquella circunstancia se acrecía su mujeril satisfacción por la calidad +visible de los visitantes y por la distinción social que la sola amistad +con Melchor significaba. + +No podía condensar en un pensamiento definido la vaga sensación que +experimentaba; pero en su espíritu sentía como una contrariedad porque +no se hubiera prolongado más la breve visita de los viajeros... + +De pie en el corredor del poniente, contemplaba el cielo encapotado, en +cuyo horizonte se cernía limitada por una línea casi recta, una +inconmensurable nube oscura sobre la faja de luz roja que parecía el +ruedo flotante del manto del sol, en marcha triunfal hacia otros +hemisferios. + +Aquella línea que fijaba nítidamente un límite visible entre la sombra y +la luz, cruzaba por la imaginación de la «Pampita» como un símbolo. + +--¿Si sucederá lo mismo en la vida?--pensaba.--¿Si habrá también en +nuestra existencia una línea como esa que estoy viendo por primera vez? +Una línea así... que marque la transición de un estado a otro... entre +dos maneras de ser... entre dos formas de vivir... ¿Y de qué lado de esa +línea misteriosa estaré yo?... ¿Viviré en la sombra, esperando la zona +de luz?... ¿o estaré en ésta y me espera la otra?... + +--Pampita, ¿y no comemos?--le preguntó don Casiano, interrumpiendo aquel +soliloquio, cuya causa podía estar y no estar en la casual línea de luz +del horizonte. + +--Sí, tata; ya mandé sacar--repuso, dirigiéndose hacia el comedor, +seguida de su padre. + +Camino del pueblo iba, entretanto, el break a largo trote, hablándose en +él del tema obligado: la «Pampita». + +--¡Si yo les dije que conocerían algo bueno!--decía Baldomero. + +--Como belleza física--decía Lorenzo,--yo no he visto nada que se le +parezca. + +--¡Y qué culta!... ¡qué educada!...--repetía Ricardo. + +--Bueno--decía Baldomero,--el viejo ha gastado un platal en esta +muchacha, con buenas maestras... de francés... y de piano... + +--¡Toca, el piano?... + +--¡Sabe francés?... + +--¡A la, perfección, señor! ¡Si cada que hay una fiesta es la +primera!--repuso Baldomero, agregando:--¡Y miren que la cortejan!... +¡Pero, señor!... ¡De aquí y de todas partes!... ¡Pero nada!... ¡Yo no +sé qué demonios de ideas le han metido en la cabeza a esta muchacha que +no quiere saber nada con «nadies»!... Así me ha sabido decir muchas +veces: «¡No me hable, Baldomero! ¡Yo no puedo pensar en «nadies» más que +en tata!»... ¡Fíjense!... ¡Y tan muchacha que es!... ¡Y tan linda!... +¡Porque miren que como linda, es linda!... ¿No?... + +--¿Y usted la ha festejado?--le preguntó Ricardo. + +--¡Atiéndamelo, don Melchor!... ¡Señor! ¡Si tengo hijos mozos!--contestó +riendo Baldomero, y agregó:--No, señor... Si la «Pampita» es como hija +mía... sólo que alguna vez he sentido ganas de hacer gancho... ¿sabe?... +¡porque ha tenido buenos partidos!... mozos bien... de posición... y el +viejo se puede morir... Bueno que ella tiene la hermana;--continuaba +Baldomero atendido por Lorenzo y Ricardo, vivamente interesados en +aquella relación,--¡y está bien casada!... con un hombre... decente... y +trabajador... siempre tendrá ese refugio, ¿no le parece, don Melchor? + +--Así es, Baldomero. + +--¡Siga!--dijeron a dúo Ricardo y Lorenzo. + +--¡Vean los señores!...--exclamó Baldomero. + +--...¡Si Mandinga no duerme!... ¿Mire que viniera a suceder!... ¿Y cuál +sería?... + +--Nada de eso--replicó Lorenzo,--me interesa, naturalmente, el caso de +una niña, tan excepcional como ésta. + +--¡Así se empieza!...--respondió Baldomero, riéndose, y agregó:--¿Pero +ya llegamos y sabe que el mate me anda retozando entre las tripas?... + +En la puerta del hotel esperaba Garona, cuya silueta se proyectaba en la +acera a favor del farol colgado en el zaguán, como la de una bordalesa +que tuviese encima una fuente enorme; de tal modo eran anchas las alas +de su chambergo criollo. + +Descendieron los paseantes y al entrar al hotel, dirigiéndose al +comedor, don Saverio se aproximó a Baldomero y le dijo al oído: + +--El asado se pasó un poquito, ¡vea! + +--¿Por qué no lo retiró, amigo? + +--¡Eh, qué quiere!... ¿Sabe?... es tarde... + +--¿Qué dice?--preguntó Melchor a Baldomero. + +--El hombre está afligido porque nos hemos demorado. + +--Ganaremos tiempo comiendo ligero--contestó Melchor al sentarse a la +mesa. + +El comedor estaba lleno de parroquianos de todas las trazas, que +observaban prolijamente a los recién llegados y, a no interponerse entre +unos y otros la figura amable de Melchor y la respetada de Baldomero, +habrían pasado un mal rato los dos viajeros, pues cuando Ricardo se puso +la servilleta en el cuello como un babero, bajo su cara afeitada, dijo +un paisano que estaba cerca: + +--¡Parece un «flaire» que va a decir misa!... + +Baldomero alcanzó a oír la pulla y levantándose fue hacia quien la había +lanzado y le dijo: + +--Vea, Martín: estos señores están conmigo, ¿entiende? + +--¿Y yo qué hago? + +--No le digo más--respondió Baldomero, disponiéndose a volver a su +asiento; pero al hacerlo oyó que el paisano decía como en un rezongo: + +--...¡Tá lindo... no va a poder hablar uno!... + +--¡A rebencazos te voy a tapar la jeta!--le dijo en voz baja Baldomero, +como para evitar ser oído por los demás. + +--¡Cualquier día!--respondió el paisano tomando disimuladamente un +botellón que tenía delante. + +--¡Soltá eso!... ¡Si no estuviera con estos señores!--repuso Baldomero +en voz aún más baja. + +--¡Cuando quiera, no más! + +--¡La facha!...--dijo Baldomero, volviendo a su asiento y dando por +terminado el incidente que no había pasado inadvertido en el comedor más +que para sus compañeros de mesa. + +--¿En qué andaba?--le preguntó Melchor. + +--Un encargue... que no me han cumplido--contestó como contrariado, para +explicar así la ligera emoción que le embargaba. Pero en ese momento, +Lorenzo, que ocupaba un asiento frente al hombre con quien Baldomero +había estado, vio que aquél, hablando con el compañero, se besaba sin +ruido el pulgar y el índice de la derecha en cruz. + +Don Saverio en persona y en homenaje a Melchor, servía la mesa, sobre la +que puso, para empezar, una verdadera montaña de tallarines al jugo. + +--Yo también me siento con apetito--dijo Ricardo dirigiéndose a +Baldomero y aludiendo a las palabras de éste en el break. + +--Es la mejor salsa, señor--repuso y agregó mirando a Lorenzo:--¿y +usted, señor, se siente con disposición? + +--No mucha. + +--«L'appetit vient en mangeant»--dijo Melchor, mientras levantaba en +toda la extensión de sus brazos los tenedores con que pretendía sacar de +la fuente los kilométricos tallarines. + +--¿Qué vino gustan tomar?--preguntó Baldomero, haciendo una verdadera +gambeta a la sentencia de Melchor. + +--Gracias, tomo agua--dijo Lorenzo. + +--Y yo también. + +--Para mí cualquiera.--dijo Ricardo. + +--¿Pero cómo?--insistió Baldomero,--¿van a comer sin vino? + +--Sin vino y con poca agua--repuso Melchor,--con la menos posible. + +--¡Qué! ¿Que el agua les hace mal? + +--Comiendo, sí, como a cualquiera, Baldomero. + +--¡Hoy nos vamos a enfermar todos, entonces--exclamó Baldomero, +riéndose.--¿No sienten?... Está lloviendo... + +--Llueve efectivamente, ¡qué chasco!--dijo Ricardo. + +--No, Baldomero, esa agua no enferma a nadie; pero fíjese usted que es +tan observador insistió Melchor,--que ningún animal come y bebe al mismo +tiempo. El único es el hombre; los demás animales comen cuando tienen +hambre y beben cuando tienen sed. + +--¿Sabe que es cierto?... + +--La observación no es mía... la he leído... no sé dónde... y la +sigo... + +--Yo también--dijo Ricardo,--por eso no como con agua... + +--¡Pero te encharcas con vino! ¡vaya una gracia!--repuso Lorenzo. + +La comida siguió sin nuevos incidentes hasta el preciso momento en que +don Saverio ponía sobre la mesa un fuentón de duraznos en almíbar y una +gran caja de guayaba, cuando apareció por la puerta el «ñato», con una +preciosa canasta en la mano y parándose junto a Melchor, le dijo: + +--Aquí le manda el patrón estos duraznos y dice que son de la chacra, +para que convide a sus amigos y que muchos recuerdos. + +¡El breve y gracioso moño de cinta celeste que cerraba la canasta no +estaba, no podía estar hecho por don Casiano!... + +* * * + +Al llegar el día, Melchor estaba de pie, habiendo abandonado la cama con +especial cuidado de no interrumpir el sueño de sus dos compañeros, hasta +que llegase el momento de partir. + +Hipólito tenía listo el break y Baldomero tomaba mate en compañía de +Garona, que hecho a las costumbres criollas, había aprendido a «hacer +roncar un cimarrón»--según la gráfica frase con que se da a entender que +se ha sorbido hasta la última gota del mate. + +La lluvia de la noche, bien que breve, había hecho descender la +temperatura y del suelo húmedo se alzaba un vaho saturado de emanaciones +olorosas, que daban particular densidad a la atmósfera. Podía decirse +que el aire estaba «gordo» y así se veía a la distancia denso y violáceo +como una tenue niebla invernal en pleno estío. + +El sol soslayaba la tierra con rayos tibios, como el suave calor de un +incendio que se inicia; pero que anunciaban para más tarde la alta +temperatura propia de la estación y de un día sin nubes que la +aplacaran. + +Comprendiéndolo así, Baldomero contestó al saludo de Melchor, que +elogiaba la mañana, diciéndole: + +--Ahora está lindo; pero «hoy va a cantar la chicharra», ¿y esos +hombres?... + +--Duermen todavía; no he querido despertarlos, para que descansen un +poco más. + +--¿Tomará un mate, don Melchor? ¿o prefiere café? + +--No, mate. ¿Es dulce? + +--¡Verdad que usted toma dulce! Vea, Garona, haga cebar dulce también. + +Garona llamó a una muchacha de servicio y minutos después Melchor tomaba +su mate. + +--¿Y los equipajes, Baldomero? + +--Ya van en viaje. El carro salió hará dos horas. + +--¡Pero vea usted!--dijo Melchor contemplando bondadosamente a +Garona.--¡Cómo se aclimatan estos gringos!... ¡Quién había de decirle, +don Saverio, que iba usted a tomar mate en su vida? + +--¡Qué quiere!... aquí aprendemos de todo... y quién sabe si hay alguno +que toma más mate «de» yo--contestó enfáticamente Garona, que hacía gala +de su capacidad de bocoy, considerando que el verdadero mérito de «un +buen gaucho» se revela por el número de mates que pueda tomar y no por +calidades de otro orden. + +--Cuando sea hora de salir, avise, Baldomero, para despertarlos. + +--Cuando quiera, estamos listos. + +--Bueno, don Saverio, haga llevar al cuarto café con leche, pan y +manteca, bien servido, ¿eh?--y con el mate en la mano se dirigió al +dormitorio de sus compañeros, a quienes dijo: + +--¡Muchachos!... ¡Aquí está la Pampita! + +--¡El qué?--exclamó Ricardo, irguiéndose rápidamente en la cama, al +mismo tiempo que Lorenzo se incorporaba también. + +--Que ya es de día...--contestó Melchor. + +--Pero, ¿qué fue lo que dijiste? + +--¡Nada!... que es hora de levantarse... + +--¡Juraría que te había oído nombrar a la Pampita! + +--¡Estás soñando! + +--Yo sí que he soñado con ella--dijo Lorenzo,--¡y qué linda estaba!... +Habíamos salido a caballo... los dos... por un camino largo... ¡muy +largo! + +--¡Que te parecería corto!--le interrumpió Melchor, agregando:--Bueno, +levántense... ya les van a traer desayuno--y como en ese momento +apareciera un sirviente llevándolo, le dijo:--Entre, ché, póngalo +aquí... en esta mesa--y volviéndose a Lorenzo y Ricardo:--les voy a +servir yo... ¿cuántos terrones?... + +--¿Y por qué no nos dan mate? + +--Es mejor café con leche; el mate produce acidez al estómago cuando no +se está acostumbrado a tomarlo como desayuno.. + +--¿Y tú lo estás?... + +--No; pero a mí no me hace nada. + +--Si... por darte corte con esta gente... toma café con leche... no seas +pavo--le dijo Ricardo. + +--Contesta... ¡macaneador!... ¿cuántos terrones?... + +--Para mí, tres--dijo Lorenzo. + +--Para mí... cinco. + +--¡Y querías tomar mate amargo!... + +--¿Quién desea un cimarrón?--preguntó Baldomero, parándose en la puerta, +y agregó:--Buenos días, señores. + +--Buenos días--contestaron;--pase adelante. + +--¿Han descansado? + +--Hemos dormido perfectamente. + +--¡Pero han soñado mucho!--dijo Melchor, riendo, mientras servía el +desayuno. + +--Si... ¿no? ¿y con quién? + +--Son pavadas de éste--repuso Ricardo. + +--¿Pavadas?... ¿Y el galope que ha pegado Lorenzo con la Pampita?... + +--¿Cómo es eso?... ¡Señor!... ¡Cuente!--exclamó Baldomero. + +--¡Cosas de Melchor, amigo! + +--Tú me lo has dicho recién. + +--Es que soñé realmente con que paseaba con ella a caballo. + +--¡No decía yo!... ¡Si se me hace que vamos a andar mal!--dijo +Baldomero, agregando:--¡Vaya que ella también haya soñado!... + +--Sería interesante--dijo Melchor--saber con quién... + +--¡Así es!--repuso Baldomero. + +--Se le podría preguntar...--dijo Ricardo sonriendo. + +--¿Y si resultase que era con Lorenzo? + +--¡Mejor para él! + +--¿Y si era contigo? + +--Peor para él y mejor para mí. + +--¡Qué! ¿Que ya se la están disputando?...--dijo Baldomero, y +agregó:--Si quieren podemos dar una vueltita por la chacra antes de ir +para la estancia. + +Ante esta proposición quedaron un instante perplejos Lorenzo y Ricardo, +que sentían vehementes deseos de aceptarla; pero éste se limitó a +preguntar: + +--¿Queda de camino? + +--Eso es lo de menos; los caballos son guapos... y así de paso dejaban +la canastita que la veo aquí... ¡pero sin el moño!... + +--Y sin los duraznos--repuso Ricardo. + +--Los duraznos los comimos anoche--intercedió Melchor,--pero yo no me he +comido el moño. + +--¡Ni yo! + +--¡Ni yo tampoco! + +--Yo sé decir--dijo Baldomero,--que anoche cuando la puse aquí lo +tenía. + +--Se lo habrán comido los ratones--dijo Ricardo. + +--¡Eso ha de ser!--dijo irónicamente Baldomero, agregando:--¡Miren que +no haber caído en la cuenta! + +--A propósito, Baldomero, ¿quiere pedir la cuenta a Garona? + +--Me dijo que la pagarían a la vuelta, don Melchor... + +--¿Cómo a la vuelta?... + +--Así me dijo... ¡y es tan porfiado el gringo!... + +--¡Son cosas suyas!... + +--¿Mías?... De Garona, querrá decirme... ¿y no les parece que es hora de +ir saliendo?... + +Los tres amigos se dirigieron al break que tenía en el pescante una gran +canasta con las provisiones para el almuerzo, y subieron en él después +de despedirse amablemente de cuantos encontraron al paso y de recomendar +a Garona que hiciera llegar en seguida la canastita a don Casiano. + +--¿Y usted, don Baldomero, no sube?--preguntó Lorenzo viendo que se +disponía a cerrar la portezuela del break. + +--Los voy a acompañar a caballo. + +--¿Hasta la estancia? + +--El azulejo es capaz de ir de un galope hasta Buenos Aires. + +Al partir el break a todo trote, Baldomero se puso al costado, galopando +con toda la bizarría del gaucho legendario, mientras su flete dejaba +ver, al levantar los remos y al mirar hacia adelante, con sus ojos +vivos, que éstos no alcanzaban a divisar distancia que lo cansase. + +No habían andado dos leguas, cuando Baldomero exclamó: + +--Pará, ché Hipólito; aquel hombre viene queriendo alcanzarnos. + +En efecto, era un peón de Garona, que al llegar próximo al break y antes +de que su caballo se detuviera del todo, se arrojó de él, bajándole la +rienda, y dirigiéndose a Melchor le dijo: + +--Aquí le traía estos telegramas. + +Melchor los tomó y leyendo ávidamente la dirección de cada uno los +repartió diciendo: + +--Este es para mí; señor Lorenzo Praga; señor Ricardo Merrick; éste +también es para mí. + +--De mamá, que están todos buenos--dijo Lorenzo. + +--Lo mismo en casa--agregó Ricardo. + +--Por casa también, sin novedad; el otro es de Clota. + +Ricardo dio vuelta la cabeza y se puso a mirar hacia adelante, mientras +Hipólito preguntaba: + +--¿Vamos?... + +--¡Vamos!... + +--¡Jiú!... ¡jiú!... + +* * * + +El sol al frente de los viajeros hizo exclamar a Ricardo: + +--Empieza a hacerse sentir el calor. + +--¿Quieres cambiar de asiento?--le dijo Melchor.--Aquí, Hipólito, ataja +algo; te di ese lugar para que fueras viendo con más comodidad. + +--No, si es lo mismo. + +--¡Mira que aquí hay una sombrita!--insistió Melchor encogiéndose tras +del cochero. + +--No, voy bien; es que hace calor, no más. + +--¿No quieres para atajarte del sol... un diario?...--le dijo Melchor +irónicamente. + +--Y a propósito, ¿los traes? + +--¡Todos!.... + +Baldomero que oyó hablar de diarios, aproximó su caballo hasta poner una +mano sobre el guardabarro lateral del break y preguntó: + +--¿Hablan de algo los diarios? + +--En la estancia le van a contestar, Baldomero, porque todavía no los +han leído...--repuso Melchor riéndose, y agregó:--Pero los compraron. + +Baldomero sonriéndose, separó el azulejo y con la mano de nuevo sobre el +muslo derecho continuó galopando con insuperable gallardía. + +El viento movía blandamente el ala de su chambergo y levantaba leves +nubecillas de polvo que los cascos del azulejo removían aún de entre el +césped, de tal modo era enérgica la fuerza con que los golpeaba. + +El panorama parecía indicar el límite de la superficie habitada, no sólo +porque las perspectivas del paisaje mostraban cada vez más raleadas las +poblaciones y más pequeños los detalles vistos a la distancia, sino +porque los ruidos, que llegaban al oído de los viajeros, eran extraños y +tristes, casi agoreros, y hasta el vuelo pausado y oblicuo de los +caranchos tenía el ritmo de una cadencia funeral. + +Las haciendas se alzaban perezosamente, entumecidas por el reposo de la +noche y el terneraje lanzaba en tonos quejumbrosos gritos que parecían +lamentos de agonizante, mientras al paso del break huían las vaquillonas +y los pequeños novillos, haciendo cabriolas que tenían todo el dengue de +mohines de burla, como si se los inspirase aquel grupo de viajeros que +en procura de salud moral marchaban aceleradamente hacia regiones de +inacabables melancolías. + +A ratos surgía, repentino y en gradación descendente, el trino +glutinante de alguna perdiz que huía a refugiarse en su mimetismo; los +teros saludaban a la distancia, lanzando su estridente grito y mientras +los tordos, los cardenales y los chingolos se paseaban por el lomo de +las vacas, las lechuzas parecían encogerse de hombros indiferentes o +despreciativas, al levantar el vuelo de poste a poste, a medida que el +break avanzaba en su camino. + +Separados por potreros que parecían dilatadísimos, veíanse los bosques +de las estancias disminuidos por las lejanías, hasta sugerir la idea de +pequeños montecillos, y así lo hizo notar Ricardo: + +--¿Por qué tienen tan pocos árboles junto a las casas, Baldomero? + +--¡No crea, señor, si son arboledas grandes!... Mire allá... ¿ve?... +derecho a aquella punta de hacienda... bueno... ése es campo de los +«Unzueces»... que tienen árboles por lujo... + +--¿Y no parece, eh? + +--Que queda lejos... pero el bosque es grande... + +Siguió un silencio prolongado, durante el cual Melchor sintió cien veces +impulsos de sacar del bolsillo el telegrama de Clota, pero se abstuvo +temeroso de provocar preguntas que no deseaba satisfacer. Ningún detalle +del camino escapaba a la curiosa observación de Lorenzo y de Ricardo, +que en más de un caso prefirieron ignorar la causa o la naturaleza de lo +que veían, antes de revelar ante Hipólito la impericia campera que +lógicamente padecían... + +--¡Viste!...--se limitaban a preguntarse recíprocamente al ver cruzar +una liebre o al ver aparecer en la puerta de su cueva algún vizcachón +valetudinario. + +En las postas del camino cambiaron caballos que Hipólito conocía hasta +en sus detalles más íntimos y sin tropiezos llegaron a la del «Paso», +donde debían almorzar y sestear, según lo anunciado por Melchor. + +--¿Sabe que hemos andado ligero, Baldomero? + +--¿Qué hora tiene, don Melchor? + +--Las diez menos cuarto. + +--¡Verdá! que hemos andado pronto... bueno que estos caballos son de +ley. + +--El que es de ley es el cochero--dijo Lorenzo,--y no le hacen justicia. + +--Y con caminos pesados--agregó Ricardo. + +--Algo... sí, señor... al salir del pueblo...; pero después, no... por +aquí está casi seco... es que hemos tenido caballos guapos... + +--¡Buenos días, don Melchor! ¡Cuánto gusto!--exclamó palmoteando la +dueña de casa. + +--¡Cómo está, doña Ramona! + +--¡Para servirlo!... «entre adentro» que está fuerte el sol... pasen, +señores. + +--¿Y Anastasio? + +--Anda por el campo, señor... y ¡miren que han venido temprano!... pero, +¿a qué hora salieron, don Baldomero? + +--No me fijé, amiga... serían las cinco. + +--¡Si cuando este muchacho me dijo que venía el breque... ¡qué le iba a +creer!... Siempre saben llegar al mediodía. + +--Realmente, Ramona: hemos venido como chasque. + +--¡Como chasque! Don Melchor... ¿y la familia quedó buena? + +--Todos buenos, gracias. + +--Pero siéntense, señores, que están parados... y entrá esa canasta, +muchacho... Anastasio no ha de tardar... ¿le cebo un mate, don +Melchor?... + +--¿Mate?... Creo que mis compañeros quieren algo más sólido... ¿qué tal, +Lorenzo?... + +--Venimos a tus órdenes. + +--¡Eso quiere decir que hay apetito!... ¿No te decía yo?...--y agregó, +alzando la voz:--¡Baldomero! + +--¡A la orden, don Melchor! + +--...aquí hay gente curiosa por ver lo que ha traído en la canasta. + +--¡Ni sé lo que haya puesto Garona!... Vaya sacando, amiga. ¿Quiere?... +Yo ya vengo--dijo desde la puerta Baldomero, teniendo del cabestro su +azulejo al que le había sacado el cojinillo. + +Mientras se disponía la mesa bajo la enramada del poniente, los tres +amigos salieron a «estirar las piernas» por las inmediaciones. + +--¿Por qué no llevan la escopeta? Don Melchor... puede que encuentren +algo... + +--No, Baldomero... las armas las carga el diablo... y estas vacas son +ajenas... + +--¡Lo dirás por ti; porque yo--replicó Ricardo en tono de broma,--donde +pongo el ojo pongo la bala! + +--¡El de mejor puntería!... + +--No soy tan certero como tú...--contestó intencionadamente Ricardo, +creyendo ver una alusión que no existía por cierto en la frase amistosa +de Melchor. Comprendiéndolo, éste le dijo: + +--Te he dado una broma, sin intención... pero ya que lo entiendes así... +veremos si le aciertas a la Pampita. + +--Parece que la Pampita te preocupa a ti más que a nosotros... Se lo +podríamos telegrafiar a Clota... ¿qué te parece? + +--Viniendo de ti tiene que parecerme bien. + +--¡Oíganle!... + +--Ché, Melchor; pero qué vida pasará aquí esta gente, ¿eh? + +--¡Te parece, Lorenzo! Viven muy contentos y muy sanos. + +--Yo creo que me moriría aquí antes de una semana. + +--En ti me lo explico perfectamente. + +--¿Por qué te lo explicas? + +--Porque aquí no vienen diarios todos los días... + +--No seas pavo--repuso cariñosamente Lorenzo; y la jira continuó sin +alejarse mucho de las casas, hasta que Baldomero les gritó: + +--¡Cuando gusten! + +Al sentarse a la mesa apareció Anastasio, cuya fisonomía impresionó +vivamente a Lorenzo y a Ricardo que en una rápida mirada se cambiaron la +misma impresión: ¡qué traza! + +En la expresión de Anastasio observaron, instantáneamente, un detalle +extraordinario: ¡reía sin risa! + +Toda su cara, en lo muscular, respondía a la intención de su dueño: los +labios se tendían abiertamente dejando ver una dentadura ennegrecida y +sólida; las comisuras de los párpados se contraían aumentando los surcos +radiales que partían de ellas; los pómulos se levantaban, las arrugas de +la frente disminuían... pero los ojos permanecían impávidos y fijos. +Casi podía decirse que al reír su envoltura corpórea, el alma quedaba +indiferente y seria. + +Inspiraba lástima y miedo. + +Saludó con breves palabras, con monosílabos casi, y fue la única persona +que no hizo a Melchor los agasajos que todos. Cuando éste le invitó a +participar del almuerzo rechazó el ofrecimiento con actitudes que lo +mismo parecían de recelo que de timidez. + +--Gracias... Ya churrasquié... + +--¿Dónde?... viejo...--preguntó asombrada Ramona, sin obtener +contestación. + +--Arrímese, Anastasio--insistió Baldomero,--mire que vale más llegar a +tiempo que andar rondando un año. + +--Así... dicen...--contestó Anastasio, sin moverse de su sitio y +castigando al suelo con la punta de su lonja. + +Terminado el almuerzo, se dispuso la siesta bajo la caliginosidad +creciente de un día de fuego y poco después de las 4 la caravana +continuó su marcha en línea recta, a la «Celia». + +Durante esta jornada se habló de Anastasio especialmente, pues habían +quedado Lorenzo y Ricardo impresionados con él. + +Melchor y Baldomero les referían la breve historia de aquel hombre +desgraciado, especie de «Don Alvaro» del desierto, a quien la fatalidad +le había puesto más de una vez en la boca del trabuco o en la punta del +cuchillo el corazón de las personas a quienes más quiso en la vida. + +Peleando en una pulpería una noche había muerto a su hermano, +confundiéndolo con su adversario, en medio de un entrevero; tiempo +después llegaba tarde de la noche a su rancho, y viendo un hombre junto +a la puerta, simuló pasar de largo por el camino, para sorprender mejor; +descendió del caballo y agazapándose entre las cicutas se dirigió hacia +aquel hombre que iba a robarle su felicidad; los perros no se sentían... + +Anastasio llegó hasta cerca de la puerta y oyó estas palabras, dichas +entre dientes como en un rezongo: + +--Abrí, te digo, soy yo. + +La puerta se abrió y un relámpago de celos precedió a un relámpago de +fuego: Anastasio había descargado su formidable trabuco sobre un +salteador y sobre su mujercita inocente, matando a los dos. + +--¿Y hace mucho tiempo?--preguntó Ricardo. + +--¿Qué hará?... irá para tres años... ¿no, don Melchor? + +--Por ahí, Baldomero; yo no me acuerdo bien. + +--Pero él se acuerda bien--moduló Ricardo como hablando consigo +mismo;--él se acuerda... ¡pobre hombre!... se ve que sufre una pena sin +consuelo... + +--¿Y doña Ramona?... Ché, Ricardo--le interrumpió Melchor, repitiéndole +al golpearle cariñosamente el muslo y mirándole fijo en sus ojos como +para subrayar la intención de la frase:--¿Y doña Ramona?... ¿No es un +consuelo?... + +* * * + +Iba cayendo la tarde... El sol parecía hundirse entre montañas de nubes +que él mismo pintaba con diversos tonos entre estallidos rectos de rayos +rojos. + +Por el lado del naciente se veían como apoyados al suelo en el límite +del horizonte espesos y multiformes cúmulos parduscos sobre los cuales +brillaba Júpiter parpadeante y sólo en la infinita limpidez del cielo. + +Largas hileras de haciendas mugientes regresaban de los jagüeles, con el +aspecto de trabajadores que volviesen de pesadas tareas; las majadas se +agrupaban como para solidarizarse ante la amenaza de peligros +nocturnales, y mientras un lechuzón permanecía temblequeando fijo en un +punto del espacio, pasaba cabizbajo a raudo trote un perro flaco y +desvalido, con rumbo a las casas... + +Había en toda la amplitud del paisaje notas de aurora y tonos de +indefinibles melancolías crepusculares... + +El break había transpuesto la última tranquera y realizaba la más breve +de las etapas entre la prolija observación del ganado, cuyos ejemplares +lo seguían con la vista, como reconociéndolo. + +--Ya estamos, muchachos: aquéllas son las casas. + +--¡Qué hermoso me parece todo esto!--exclamó Ricardo, ocultando quizá su +pensamiento íntimo. + +--Y a mí... ¡qué triste! + +--Déjate de ver cosas tristes, Lorenzo, y piensa que al franquear +aquella tranquera hemos hecho honda y firme la resolución de aquel +amigo, que les referí ayer: «¡Ahora, hay que reírse!» + +--Trataremos de reírnos. + +--¡Y lo haremos en grande!... ¡Yo ya me vengo riendo de pensar en las +consecuencias de los primeros galopes!... ¿Tú has andado muy poco a +caballo, Ricardo? + +--¡No he andado en mi vida! + +--Le daremos un caballito manso--dijo Baldomero, que en ese momento se +había aproximado al break;--el malacara de la niña Lola... ése es como +ir en coche... + +--¿Será como ése?... + +--¡Ah... no, señor!... cosa muy diferente... el malacara es de paseo... + +--¡Yo vengo asombrado de la resistencia de su caballo! + +--Y véalo, don Ricardo... ¡mire!... ¡viene «tironeando»!... como al +salir... + +Envanecido por los elogios al azulejo, Baldomero le hizo una +«aflojadita», en momentos que llegaban a la casa, y fue a detenerse bajo +los ombúes de la caballeriza, gritando: + +--¡Qué hacen que no llaman estos perros?... ¡fuera! _¡Nemo!_... ¡fuera! +_¡Bachicha!_... + +Los viajeros descendieron del coche, y entre saludos a la gente que les +esperaba se dirigieron a la casa por un caminito del jardín, guiados +por Melchor, que al entrar en las piezas les decía: + +--¡La sala... ya ven... hasta piano!... para ti, Ricardo, que eres tan +aficionado... Sigan... éste es el escritorio del viejo...--y alzando la +voz gritó:--¡Baldomero!... haga traer luz; sigan, muchachos: el cuarto +de mamá... estos dos son de las muchachas... éste no hay que +presentarlo: ¿qué les parece?... + +--¡Qué hermosura de comedor!... + +--Ahora vengan por aquí... miren... un cuarto de baño... + +--¡Espléndido! + +--Mi cuarto..... y éstos que siguen... ¿ven?... para huéspedes... otro +cuarto de baño... y todo con ventanas al corredor. + +--¡Es una gran casa! + +--De cuartos grandes no más, ché; pero es cómoda. Ahora, nos bañaremos, +si les parece, y comeremos en seguida.... Mañana recorremos lo demás. + +--¡Sí, ché, a bañarnos! + +--Vea, José--dijo Melchor, dirigiéndose al sirviente de la estancia que +les acompañaba con una lámpara en la mano,--ponga todo en los baños, +prontito, y encienda las luces. + +--Sí, señor. + +--Oiga, José... ¿dónde ha puesto los equipajes? + +--Lo suyo está en su cuarto; los otros los pusimos en la pieza grande. + +--No; tráigalos al cuarto al lado del mío... así los tenemos más a la +mano... ¿quieren que vayamos para allá? + +--¿Para dónde? + +--A sentarnos al frente mientras preparan el baño. + +--Bueno. + +Sentados en el corredor contemplaban los viajeros la llegada de la noche +y comentaban las incidencias del viaje, cuando de pronto dijo Ricardo +con una espontaneidad que asombró gratamente a Melchor: + +--¡Voy a probar el piano! ¿No estará cerrado? + +--Ha de tener la llave puesta, si no avisa--y volviéndose a Lorenzo:--¡y +qué bien toca Ricardo, eh?... + +--¡Hum!--hizo Lorenzo bajo la presión de una angustia intensísima que +crecía en su espíritu con el avance de la noche. + +De la sala salía el tenue resplandor de una lámpara a media luz; en los +árboles del jardín gorjeaban a intervalos pajaritos que parecían +buscarse mutuamente entre las tinieblas del follaje; a lo lejos se oían +balidos aislados, y sentados en silencio Lorenzo y Melchor, viendo por +entre las plantas el resplandor distante de la cocina, escuchaban las +primeras notas con que Ricardo estimulaba su memoria. + +--¿Qué vas a tocar? + +--No sé, ché, Melchor... estoy pensando. + +--¡Toca el pericón nacional!... que es de circunstancias. + +--No lo sé... + +--¿Y los tristes argentinos... que son tan lindos? + +--Tampoco... de memoria no los recuerdo. + +--¡Bueno! toca lo que te dé la gana. + +--El quinto nocturno... + +Y Ricardo atacó con exquisita delicadeza la bellísima melodía de Chopín, +cuyos acordes ponían en el ambiente una nota de intensa y honda +melancolía. + +--¡Qué es eso! Lorenzo, por Dios--exclamó de pronto Melchor, poniéndose +angustiosamente de pie y acercándose a su amigo, que había ocultado la +cabeza en el brazo derecho puesto sobre el respaldar de la silla y +lloraba a sollozos, mientras Ricardo continuaba tocando en el piano el +5.º nocturno de Chopín. + +--¡Qué es eso?... ¡Caramba!... ¿Qué tienes?...--repetía Melchor, +inclinado cariñosamente sobre el cuerpo de Lorenzo. + +--¡No sé!...--repuso éste, poniéndose de pie y reclinándose +lánguidamente en el pecho de Melchor,--no sé... hace rato... ¡tengo una +opresión...! que no oiga Ricardo... + +--Ven... ven conmigo... por aquí--y abrazados como dos hermanos que se +consuelan, como dos amantes que se idolatran, siguieron por un camino +del jardín hasta una pequeña glorieta en uno de cuyos bancos se +sentaron, oyendo claras y nítidas las sugerentes notas del nocturno. + +--¡Cuánto te incomodo!... + +--No, Lorenzo, tú no puedes incomodarme jamás... ¿pero qué tienes?... + +--...¡No sé!... aquí... no sé qué tengo... ¡ganas de llorar! + +--Llora... así... llora no más... eso te hará bien... + +Lorenzo lloraba a sollozos, recostada la cabeza en el hombro de Melchor, +de cuyos ojos caían silenciosas lágrimas sobre el cabello de su amigo... + +* * * + +--...Bueno... ¡ya pasó...! ¡Cuánto te incomodo!... + +--¡Al contrario!... acabas de darme un alegrón... + +--¿Esto más?... ¡eres un santo, Melchor! + +--¡Pues un alegrón! porque este llanto tuyo implica la crisis más franca +en tu estado puramente moral... con esas lágrimas sé ha volcado bajo la +presión ambiente, toda la enfermedad nerviosa de que padecías... + +--Ahora siento un gran alivio. + +--¡Es que ya estás curado!... ¿Vamos?... Te has pasado acumulando +lágrimas engendradas por preocupaciones ridículas, mientras tu organismo +se viciaba por influencia de esas mismas preocupaciones, y libre de +ellas, han bastado unas cuantas horas y un poco de aire puro y de nuevas +perspectivas para que tu organismo se revolucione y arroje de sí al +déspota que lo esclavizaba... y que ha salido... ¡llorando!... ché... +así son los tiranos... + +--¡Eres un santo, Melchor! + +--...lloran en cuanto no pueden seguir tiranizando... ¿te has fijado?... +ahora ya estás libre... ¿ves?... ya estás sano. + +--¡Tú eres capaz de curarme! + +--...ya puedes decir, en legítima posesión de ti mismo: «¡Ahora hay que +reír!» + +--Sí, ¡pero no vayas a reírte de mí! + +--¡Ni tú de mí, ¿eh? porque desde ahora todo te va a dar risa! + +En ese momento llegaban al corredor, en el que, asomado por la puerta de +la sala y haciendo visera con la mano, decía Ricardo: + +--¿Se han quedado dormidos?... + +--No, sería ofensivo--le contestó Melchor al subir al corredor,--porque +con mala música no se puede dormir, según la célebre anécdota. + +--¿Y de dónde vienen? + +--Nos alejamos un poco para oírte mejor. + +--No es cierto; yo debo decirte ahora la verdad, Ricardo; ¿a qué +engañarte?... ya no hay objeto: ¡he llorado como un tonto! + +--¿Has llorado?... ¿Por qué...? + +--¡Qué sé yo!... Ese nocturno me hizo llorar. + +--La tesis de Tolstoy en la Sonata de Kreutzer... ya ves si hay músicas +que no deben tocarse así no más. + +--Pero a Lorenzo le ha hecho bien; ya está curado. + +--¿Cómo así?... + +--Sí, Ricardo--repuso Lorenzo sonriéndose.--¡Ahora hay que reírse! + +* * * + +--¿Y Baldomero no viene a comer con nosotros?--preguntó Ricardo al +sentarse a la mesa. + +--Come con su familia. + +--¿Por qué no lo invitas, Melchor? ¡Es tan entretenido! + +--Son las nueve pasadas; ya ha comido, seguramente. + +--¿Vendrá a tomar el café con nosotros? + +--Hágale decir, José, a Baldomero, que venga, a tomar el café. + +--Aquí está Baldomero, don Melchor; ¿para qué me necesita?--dijo +tomándose en alto con ambas manos de los barrotes de la ventana que daba +al corredor. + +--¿Ya tomó café, Baldomero? + +--¿De desayuno?... todavía no, don Ricardo contestó Baldomero festejando +su propia ocurrencia. + +--¡Qué! ¿Es tan tarde?... + +--¡No, señor!... luego va a ser más tarde... + +--Aquí es necesario estar muy advertido, Ricardo--dijo Melchor,--porque +aquí... el que no corre... + +--¡Dispara, don Melchor!--dijo Baldomero completando picarescamente la +frase y dirigiéndose a entrar al comedor. + +--Parece que hay apetito, señores. + +--Es verdad, Baldomero... hasta yo estoy comiendo con gusto. + +--¿Qué sabe no tener ganas, don Lorenzo? + +--Pocas, generalmente... pero hoy tengo... es el aire del campo. + +--¡Quién sabe, señor!... Mire que en el pueblo es el mismo aire y puede +que alguien no tenga ganas... ¡de comer! + +--No habría de ser por culpa mía. + +--No digo tanto, don Lorenzo... es un decir, no más... ¿no le parece, +don Ricardo?... + +--¿De qué hablaban?... + +--¡Cuerpeador, el señor!... + +--No, Baldomero; es que estoy ocupado con esta costilla y no atendía... +por sacarle... + +--¿Quieres más asado?... + +--Ya que te empeñas... + +--¡Mire que se ha hecho de rogar, don Ricardo! ¿y no le hará mal comer +sin ganas?... + +--¿Sabe, Baldomero--interrumpió Lorenzo,--que estoy preocupado con una +cosa? + +--Usted dirá, señor. + +--¿Qué le dijo a usted ayer ese hombre con quien habló, cuando estábamos +comiendo? + +--¡Zonceras, señor!... que no valen la pena. + +--Pero usted estaba enojado, ¿no es verdad? + +--Tanto no, señor. + +--¡Sí! Usted parecía enojado y cuando usted volvió a sentarse con +nosotros vi que él se besaba la señal de la cruz y hablaba en voz baja +con el compañero, como profiriendo una amenaza. + +--¡Para que usted lo viera, don Lorenzo! ¿Qué quiere que haga ese +laucha? + +--Era Martín, ¿no, Baldomero? + +--Él era, don Melchor. ¡Fíjese!... + +--No hay enemigo pequeño, Baldomero. + +--¡Cuando hay enemigo, don Lorenzo! Pero Martín no es hombre para +pararse. + +--El que tiene aspecto de bravo es Anastasio, ¿no?--dijo Ricardo. + +--¿Ese?... ése es bravo con doña Ramona... + +--¿Es posible?--preguntó Lorenzo. + +--¡Le da una vida!... bueno que él se ha juntado por la necesidad no +más. + +--Y ella parece una mujer excelente. + +--Así es; sí, señor, ¡buenaza!... y no digamos que sea mala cosa... +porque aunque le ande cerca a los cuarenta... + +--Realmente--dijo Ricardo,--es más bien buena moza... ¡y ha de haber +sido linda! + +--¿Anastasio la castiga, Baldomero?--preguntó como dudando Melchor. + +--¡Si veinte veces la ha echado del rancho!... pero, ¿a dónde va a ir la +infeliz? + +--¿Por qué no la trae al campo, Baldomero?... Aquí habría trabajo que +darle... en el puesto de las aves... o para lavar. + +--Para eso sí... nunca estaría de más. + +--Debes realizar esa obra buena; pobre infeliz--dijo Lorenzo. + +--Mañana mismo nos vamos de un galope hasta el «Paso», ¿qué les parece? +y le hablo--respondió Melchor, que de pocos estímulos necesitaba, para +lanzarse en empresas de esa clase. + +--¿Y piensa traerla, don Melchor? + +--Traerla, no; pero ofrecerle que se venga cuando quiera... es un crimen +dejar a una mujer como ésa en semejante condición. + +--Harás perfectamente. + +--¿Y por qué no completa la obra, don Melchor? + +--¿Cómo?... + +--«Corriéndose» hasta el pueblo... y trayendo «alguien»... que sepa +tocar el piano... para que lo acompañe a don Ricardo... + +--¿Y a quién podría traer?--preguntó éste, ¿o hay pianistas que se +«alquilen»? + +--De eso no sé... yo conozco poco en el pueblo... ¿sabe quién le puede +informar? es don Casiano... + +--Lo que es por mí se pueden ahorrar el trabajo, porque también, +tratándose de tocar el piano, puedo aplicarme aquello de que «el buey +suelto bien se lame». + +--¡Más mejor se lamen dos, don Ricardo!--dijo Baldomero coreado por las +carcajadas de todos. + +--Así será... pero «solo» nací--replicó Ricardo siguiendo la +broma,--«solo» me como esta humita y «solo» toco el piano. + +--¡No vaya a hablar solo también; no sea el diablo que lo tomen por +loco...! + +--¿Y usted cree, Baldomero, que no hay más locos que los que hablan +solos?... + +--¡Qué voy a creer, señor!... ¡si hay locos de toda laya!... locos de +hambre... esos que hay ahora que les dicen locos de verano... ¡Si hasta +hay locos por... la Pampita!..... + +--Eso de los locos de hambre, ¿lo ha dicho por mí?... + +--No, señor; eso, no... coma no más tranquilo... + +--¡Qué Baldomero éste... es la piel de Judas! + +--¡No me la vaya a quitar, don Ricardo, que no tengo otra...! + +--Y a todo esto--dijo Lorenzo,--¿qué programa tenemos para mañana? + +--Si se animan iremos hasta lo de Anastasio. + +--¿A caballo, Melchor? + +--¡Claro está! + +--¿No es muy lejos para un «debut»? + +--¡No, hombre! Yendo en buenos caballos y despacio... + +--Yo preferiría que nos ensayáramos de a poco. + +--Vayan ustedes en el break; yo iré a caballo. + +--¡Eso es! Y así podremos alternar... un poco en tu caballo... y otro en +coche. + +--Si quieren--dijo Baldomero--hay caballos muy mansos y de lindo +andar... bueno, que para ir hasta lo de Anastasio es lejos, agregó +recapacitando. + +--¡Y usted hablaba de «corrernos» hasta el pueblo! + +--¡Es diferente, don Ricardo!... una cosa es ir a un encargue y otra es +ir... pongo por caso, a visitar la «Pampita». + +--Realmente, valdría la pena--dijo Lorenzo,--conque yo que nunca me he +fijado en muchacha alguna he quedado fuertemente impresionado con ésta. + +--¡Ya ves! Tú que decías que no encontrarías mujer a tu gusto, te estás +sintiendo tiernito ahora; ha sido necesario venir a estos mundos para +encontrarla. + +--Ya me estás casando, Melchor. + +--No digo tanto; pero tu declaración de ahora, y tu pesadilla de anoche +dejan pensar que este viaje puede resultar de grandes... enseñanzas. + +--Por lo pronto hemos recogido una--dijo Ricardo,--que va contra tus +ideas. + +--¿Cuál?... + +--¡El caso de Anastasio! Ahí tienes un hombre víctima inconsolable de un +dolor moral. + +--¿Vas a ponerme como ejemplo un ser inferior, inculto, torpe, aislado +de la sociedad en un medio que basta y sobra para llevar a la +misantropía? ¡No, pues! Si Anastasio fuera de la condición que nosotros +y tuviera el capital intelectual de que nosotros disponemos y viviera en +pleno Buenos Aires, había de encontrar en su propio espíritu y en las +influencias circundantes, los estímulos necesarios para triunfar de su +dolor por muy hondo que sea y que yo respeto en él, porque es él; porque +vive casi solo y a solas constantemente con sus recuerdos atribuladores; +pero que no respetaría ni en mí mismo puesto en la situación en que +estoy, felizmente. + +--¡Sabe que ha hablado lindo, don Melchor!--exclamó Baldomero. + +--Yo censuro--continuó diciendo vehementemente Melchor--a los que +acarician cualquier congoja como afanosos por conservarla el mayor +tiempo posible; yo anatematizo a los que se entregan con fruición a +todas las desesperaciones de cualquier dolor moral por intenso que sea, +y en vez de tirarlo al último rincón lo pasean en los labios como esos +pordioseros que van mostrando una llaga para excitar la caridad pública; +yo me refiero a los cobardes que se rinden sin luchar por no darse el +trabajo de esgrimir las armas qué tienen a la mano. + +Lorenzo y Ricardo escuchaban a Melchor como reos ante una acusación +irreducible, mientras Baldomero pensaba que su presencia era +inconveniente en aquel momento, en que comprendía instintivamente que +Melchor desempeñaba una función trascendental. + +--Bueno, don Melchor, voy a dejarlos. + +--¿Ya se va, Baldomero? ¿no quiere una copita de coñac? + +--Gracias, don Melchor, no tomo. + +--¡Tome! Yo también voy a tomar para festejar la venida de ustedes. + +--¿Vas a tomar coñac, Melchor?--le dijo Lorenzo con visible extrañeza. + +--¡Qué me va a hacer!... ¡una copita a la salud de ustedes... y de +Clota!... ¡agua... ché... me he abrasado!... + +--¡Para qué tomaste! + +--Bueno, don Melchor, yo voy a retirarme; ¿le digo entonces a Hipólito +que ate? + +--Sí, que ate, y que me ensillen el zaino. + +--¿Para qué hora piensan salir? + +--Yo voy a ir a despertarlo. + +--Será, señor, si no hace un paseo más largo... + +--¿Qué paseo? + +--El galope con la «Pampita»... + +--La «Pampita»... la «Pampita»...--repetían Lorenzo y Ricardo. + +* * * + +En el momento en que Lorenzo abría la puerta para salir al corredor, +llegaba Baldomero con el mate en la mano. + +--¡Vaya, don Lorenzo, así me gusta! + +--Ya ve: lavado y listo. + +--¿Y los compañeros? + +--Ricardo se está vistiendo; pero Melchor duerme todavía. + +--¿Duerme todavía?... Sabe que es raro. + +--Lo he despertado dos veces y se ha vuelto a dormir. + +--Y... ¿se anima a ir a caballo? + +--Hasta el «Paso»... es demasiado. + +--Están ensillando caballos para ustedes; yo mandé ensillar el malacara +de la niña Lola para don Ricardo, que le había prometido, y para usted +un overito de la nena, que es una malva. ¿No quiere un mate?... + +--¿Dulce? + +--¿Usted también toma dulce?... le daremos con azúcar. ¿Vamos para +allá?... + +--Bueno, ¿y no me desconocerán los perros? + +--Son mansos, no tenga reparo. + +A la tenuísima vislumbre de un amanecer apacible siguieron la estrecha +senda del jardín que daba acceso a las caballerizas, en las que a favor +de un farol pequeño y sucio el caballerizo ensillaba los caballos que un +muchacho rasqueteaba previamente. + +En el boj que bordeaba el camino, tropezaba Lorenzo a cada paso, al +mismo tiempo que esquivaba, al tacto, las guías con flores que los +rosales parecían tenderle como para brindarle las galas de sus +productos. + +Al presentarse en el sitio en que se rasqueteaban y ensillaban los +caballos, éstos resoplaron vibrantemente en forma que Lorenzo quiso +entender como una burla, casi como si fueran carcajadas caballunas, como +si hubieran sido capaces de pensar al verle: ¡Y éste es el que va a +montarnos!... mientras los perros le contemplaban a cierta distancia sin +que faltara alguno más confiado que se llegase a helarle las +pantorrillas con el soplido explorador de su hocico. + +Bajo el alero de la caballeriza tubaban palomas con tonos de dianas +distantes y el «errás-errás» de la rasqueta era apagado a veces por el +repentino aleteo de alguna gallina madrugadora que se descolgaba al +suelo y daba luego una pequeña carrerita cacareando a grito herido, como +si hubiera realizado una hazaña prodigiosa. + +Las vacas tamberas se aproximaban solas a sus palenques desoyendo los +reclamos temblorosos de sus crías embozaladas y mientras todo despertaba +a la tarea diurna en aquel breve trecho, cruzaba el espacio una bandada +de patos laguneros, rumbo a la luz, dejando caer desde lo alto gritos +que parecían decir como el del cuervo de Poé: «¡ja... más!... ¡ja... +más!...» + +El día avanzaba poniendo tintes amarillentos en las aristas de las cosas +haciéndolas surgir de entre la brumosidad ambiente y uno de los detalles +de aquel cuadro campestre que más llamó la atención de Lorenzo, fue un +perrazo bayo que se alzó de pronto sobre sus cuatro patas rígidas, +levantó la cola, recta como una espada, arqueó graciosamente su cuerpo y +lanzó un gran bostezo para echarse de nuevo lamiéndose los labios como +si lo paladeara... + +--Aquí está su overo, don Lorenzo, quítele lo desparejo... + +--¿Es un poco chico, no? + +--¿Cuándo ha visto licor en jarro de agua?... + +--¡Lo he visto en botellas! + +--¡Pero no en pipas! Si vamos a eso. ¡Este es un caballito... mire!... +¡qué usted verá!... + +--¿Y aquél? + +--¡Ese es el crédito de don Melchor! ¡Yo no sé qué le encuentra a ese +caballo!... ¡Porque si es el andar, no vale gran cosa... ni siquiera +sabe armarse... estrellero! ¡como el sólo! y hasta algo mosquiador... en +fin: es un gusto. + +--¿Y qué quiere decir estrellero? + +--Que va con la cabeza así... ¿ve?... y el cogote por lo +consiguiente--dijo Baldomero estirando el brazo y la mano hacia +adelante. + +--¿Y no tienen algún caballo de «sobrepaso»?--preguntó Lorenzo por +compensar en algo la ignorancia evidenciada. + +--Hay un petizo. ¡Fíjese!... ¿Quiere verlo?--y volviéndose al muchacho +que rasqueteaba al malacara dijo: + +--Ché, Juancito, echá el «Risueño»... + +--Está en el potrero de las coloradas. + +--¿Desde cuándo? + +--Afloja una mano--respondió el muchacho como si contestara a la +pregunta. + +--¿Y se llama «Risueño» el petizo?--preguntó sonriendo Lorenzo. + +--¿Sabe por qué le pusieron?... porque cuando siente el freno, que se lo +van a poner en la boca, sabe levantar el labio, que parece que se +estuviera riendo. + +--¡Ahí viene Ricardo!... ¡Qué _toilette_ tan larga! + +--No, es que me quedé hablando con Melchor; buenos días, Baldomero. + +--¿Cómo pasó la noche, don Ricardo? + +--He dormido muy bien... ¡qué linda mañana! ¿eh? + +--¿Y Melchor? + +--Me ha costado un triunfo despertarlo. Dice que tiene más pereza que +vergüenza. + +--¡Y él sabe ser madrugador!... Estará cansado... o puede que tenga un +atraso de sueño. + +--Voy a verlo, ya vuelvo, espérame aquí con Baldomero. + +Por la ventana del dormitorio vio Lorenzo al subir al corredor, que +Melchor estaba sentado en el borde de la cama con las manos sobre los +muslos en actitud de profundo ensimismamiento; pero en el mismo instante +en que le golpeó el vidrio, Melchor le miró sonriendo como si hubiera +estado pensando en cosas alegres. + +Lorenzo penetró en el dormitorio, ligeramente preocupado con la actitud +en que había sorprendido a Melchor, y le dijo: + +--¿No te sientes bien? + +--¿Yo?... ¡Perfectamente!... ¿Por qué? + +--Me dijo Ricardo que estabas sin muchas ganas de levantarte. + +--¡Cosas de Ricardo! ¡Tenía un poco de sueño y nada más!... en un +periquete me visto e iremos a dar un galope; espérate. + +Lorenzo se aproximó a la ventana, por la que se veía gran parte del +jardín, la casa de Baldomero a la izquierda y al fondo las caballerizas +rodeadas de corpulentos y seculares ombúes. + +En la parte posterior de la casa continuaba el jardín hasta el punto en +que empezaba el monte de frutales y era de tal modo vibrante y compacto, +si puede decirse, casi aturdidor, el cantar matinal de los pájaros, que +hizo exclamar a Lorenzo: + +--Parece una pajarera esta casa. + +--¿Has visto?... ¡Cuánto pájaro! ¿eh? Es que aquí no se les persigue y, +al contrario, cuando están las muchachas les echan montones de alpiste y +de maíz de guinea por todas partes. + +--¡Qué lindo es eso! + +--Aquí todo es lindo, ché, hay que convencerse, y si no fuera que la +estancia queda tan lejos de Buenos Aires, yo me vendría a vivir a ella +para siempre. + +--¿Y qué te lo impide?... Al fin tu empleo no te da gran cosa. + +--No; si yo lo conservo por ocuparme en algo y porque es de porvenir; +pero no sería justo que la condenase a Clota a este aislamiento... ¿Por +mí? Si yo me dejase llevar de mi tendencia no me movía más de aquí. + +--¡Te parece!... al mes saldrías volando para la ciudad... Nosotros no +hemos nacido para la vida embrutecedora del campo... para esta +soledad... este aislamiento... + +--Todo tiene sus encantos y sus compensaciones, Lorenzo. Aquí hay +soledad; pero hay salud; hay aislamiento pero no hay decepciones. + +--¿Y de qué decepciones puedes quejarte tú? + +--¡Bah!... Es que yo disimulo; pero si tú supieras cuántos me han +frecuentado asiduamente, cuando yo no tenía más tarea que atenderles y +distraerles y se me han retirado en cuanto me vieron ocupado o +preocupado. + +--¡Eso me parece muy natural! + +--¡Ah!... ¡Sí!... «¡muy natural!» Llevarme tribulaciones, angustias, +conflictos de todo género, para que yo los consolase o los arreglara y +el día que me tocaba quejarme a mí, encontrarme solo entre las cuatro +paredes de mi cuarto. + +--¡Pero tú no puedes decir eso, Melchor! ¡Tú menos que nadie! + +--¡Bah!... Con excepción de Ricardo y de ti, ¿dime? ¿cuáles son mis +amigos ahora? + +--¡Pero los de siempre, Melchor! Es claro que te frecuentan menos por +tus visitas a Clota... y porque, al fin y al cabo, tú también has +cambiado... ya no eres tan chacotón ni tan conversador como antes. + +--¡Yo no he cambiado!--le interrumpió Melchor con cierta vehemencia, +suspendiendo la tarea de anudarse la corbata.--¡Son ellos los que me +habrán hecho cambiar!... Los que supieron aprovecharme siempre que me +necesitaron, y para sacarme el cuerpo el día que pude necesitar de +ellos: ¡porque todos son así!... + +--¡Son ganas de quejarte! + +--¡Bueno! Así será, no hablemos más de esto; mira qué monada esa +ratoncita... ¡allí!... ¿La ves?... bajo aquel clavel... + +--¿Sabes cuál es su nombre técnico? + +--¡Qué voy a saber! + +--Troglodita. + +--¡Eso querría ser yo!... + +En ese momento se presentó en la puerta del cuarto Juancito, el pequeño +peón de la caballeriza, y dijo: + +--Buen día, don Melchor... ¿que si no van a ir? + +* * * + +--¡Qué barbaridad! ¡Ya no puedo tomar más!--dijo Ricardo poniendo en el +suelo un vaso con un poco de leche. + +--Ni yo tampoco: he tomado demasiada. + +--A mí sáqueme otro vaso, Águeda. + +--¡Será a la vaca, niño Melchor!--contestó la vieja que ordeñaba, riendo +de su propia ocurrencia y procurando cubrir con sus labios plegados de +arrugas el solo diente que le quedaba en la boca, largo y amarillento, +como hueso de bagual en una zanja. + +--¡Vea!... ¡Doña Águeda mojando también! + +--¡No se descuide, don Baldomero, que cuando llueve se mojan +todos!--replicó la vieja disponiéndose a ordeñar, al sentarse en +cuclillas al pie de una vaca negra que rumiaba tranquilamente, mientras +movía, sin éxito, el tronco de su cola atada en la punta a sus propios +garrones. + +--Yo he tenido que desayunarme con leche--dijo Lorenzo,--cansado de +esperar un mate dulce que me ofrecieron... + +--¡Pero, si usted se fue a conversar con don Melchor!... + +--Le digo por broma, Baldomero; si yo prefiero la leche. + +--¿Y al fin?... ¿Nos vamos a pasar aquí la mañana? + +--¡Cuando quieran!... ¿Van a ir a caballo?--preguntó Melchor. + +--Si hemos de ir hasta lo de Anastasio, prefiero el coche. + +--No, Lorenzo, iremos otro día; vamos a dar una vuelta por el campo, no +más. + +--Entonces nos ensayaremos... ¿qué te parece, Ricardo? + +--¡Convenido!... ¡a caballo! + +--¿Y eso?... ¿No decía, don Melchor, que iba a ir hoy para hablar a doña +Ramona?... + +--Iremos mañana, Baldomero, u otro día... Cuando estén más acostumbrados +al caballo, ¿no le parece?... + +--Como usted mande... ¿y no sería bueno consultarle primero al patrón? + +--No hay necesidad; al viejo le parece bien todo lo que yo hago, y +tratándose de una cosa así, más. + +Al tomar los caballos, dijo Ricardo: + +--¡Baldomero!... ¡bajo su responsabilidad! + +--Monte sin cuidado, señor. ¡Si el malacara es una dama! + +Efectivamente, ni el malacara de Ricardo, ni el overo de Lorenzo +parecieron darse por entendidos de la carga que tenían, pues quedaron +inmóviles en el mismo sitio, sin dar señales de vida. + +Los dos jinetes sentían la honda emoción de una expectativa +trascendental, temerosos de las consecuencias de una repentina +resolución de los nobles brutos, y abrumados también por la actitud de +intensa curiosidad con que eran observados por Baldomero, Hipólito, +José, Águeda, el caballerizo, Juancito, los perros, las vacas y hasta +las palomas que sobre los tirantes del techo inclinaban sus cabecitas +como para mirarlos mejor. + +--¿Vamos?...--dijo Melchor, correctamente montado en su zaino. + +--Bue...e...no--Contestó Ricardo, pensando:--¡Aquí va a pasar algo! + +Casi al pensamiento de Melchor respondió el zaino avanzando, con su +cabeza levantada como si explorase el horizonte; el malacara, por +instinto, que no por resolución de su jinete, lo siguió; viendo el overo +que sus compañeros se iban, no quiso quedarse solo y en un ex abrupto +mortificante, salió al trotecito. + +Lorenzo creyó, en el primer instante, que se había desbocado; pero no +perdió su serenidad hasta el extremo de no oír que Baldomero le decía: + +--Que se divierta. + +A favor de la marcha del overo pudo ponerse pronto al lado de Melchor, a +quien le preguntó, sin volver la cabeza por temor de perder el +equilibrio que a duras penas había podido conservar: + +--¿Por qué... me... habrá... dicho... Baldomero... que... me... +divierta?... + +--¡Qué encuentras de raro en eso? + +--¿Yo?... nada...--repuso Lorenzo que empezaba a sudar; y +agregó:--no... vayamos... tan... ligero... + +--Sujeta, si te incomoda el trote. + +Obedeció Lorenzo tan estrictamente, que el overo se paró. + +--¿Qué te pasa?... ¿Por qué te paras?... + +--«Él»... se paró. + +--¡Sigue... hombre!... + +El «hombre» no siguió; siguió el caballo, reanudando su irritante +trotecito a favor del cual los pantalones de Lorenzo se acortaban +aceleradamente. + +Ricardo había tomado posesión del malacara descubriendo en él una +condición salvadora: era íntimo amigo del zaino... ¡inseparable! y +resolvió no contrariar en lo más mínimo el noble afecto del noble bruto. +De esta suerte, a través del zaino y de Ricardo, Melchor gobernaba al +malacara, convertido por discreta resolución de su jinete en la sombra +del compañero de pesebre, cuyos movimientos seguía con absoluta +libertad. + +--Tu... caballo... sí... que... es... bueno...--dijo Lorenzo a quien el +zangoloteo a que el suyo lo obligaba le impedía emitir más de tres +sílabas seguidas. + +--Tiene muy buen tranco, realmente.--contestó Ricardo;--pero el tuyo es +más bonito. + +--¿Quieres... cambiar?... + +--No; voy bien, en éste. + +--Lolita hace lo que quiere en ese caballo--dijo Melchor. + +--¡Quién fuera Lolita!--pensó Ricardo. + +--¡Quién podrá hacerlo con este monstruo!--pensó Lorenzo. + +--Lo que despuntemos este alambrado, podremos galopar. + +--¿Para... qué?... Melchor... no... tenemos... apuro... + +Melchor, que había notado las angustias inmotivadas de Lorenzo, +prorrumpió en una carcajada, diciéndole: + +--¡Vienes temiéndole a ese caballo en el que la nena hace lo que quiere! + +--La... nena... ella... sabe... andar. + +--¡Pero si cualquiera sabe andar en ese caballo! + +--Es... que... yo... no... lo... conozco--repuso Lorenzo sudando a mares +y viendo pavorosamente que el fin del alambrado estaba próximo. + +Por la fatiga que sentía, por el calor que lo abrumaba, por la tirantez +de su ropa en toda dirección y por otros detalles concurrentes, +calculaba Lorenzo haber andado varias leguas, cuando al volver la cabeza +por un movimiento de instintiva curiosidad, vio a corta distancia que +Águeda desataba la cola de la lechera negra. + +--¿Galopemos?...--dijo Melchor inclinando ligeramente el cuerpo hacia +adelante, y los tres caballos aceptaron la invitación... + +Cuando Lorenzo iba a romper en una enérgica protesta, se encontró +galopando sin poder evitarlo; pero al mismo tiempo notó, o creyó notar, +que esa nueva forma de marcha era más soportable, bien que le molestaba +algo el movimiento de ascenso y descenso de los jinetes que llevaba al +lado. + +Lo agradable del galope no le impedía pensar, con cierta inquietud, en +un suceso inevitable, y en una observación de orden distinto: ¿Cómo será +al parar?; ¡qué difícil es hablar cuando se galopa!... + +El galope duró cuanto lo permitió la naturaleza del suelo, que a no +haberse interpuesto un bañado continuaría acaso todavía; y el paseo se +prolongó por mucho tiempo, pues pasado el momento de la prueba inicial, +Ricardo y Lorenzo se posesionaron resueltamente de sus caballos, a los +que, a ratos, creían sinceramente que ellos los habían domado. + +Sudorosos, contentos ¡«gauchos» ya! regresaron a las casas, en las que +entraron casi a media rienda, desoyendo las indicaciones de Melchor, +pues querían mostrar a «todo el mundo» que eran capaces de jinetear como +el mejor. + +Al bajar de los caballos sintieron, sin embargo, sensaciones no +experimentadas y reveladoras por lo mismo de anormalidades, cuyas +consecuencias no podían calcular: punzadas agudas en las plantas de los +pies; temblor en las piernas; ardor en los ojos y resistencia en la ropa +interior a desprenderse de algunas partes. + +* * * + +A la mañana siguiente, cuando Baldomero entró al dormitorio, con las +primeras luces del día, a despertarles, para montar en los caballos ya +ensillados, Lorenzo y Ricardo, dijeron casi al unísono: + +--¡Yo no puedo moverme!... ¡ay!... + +Melchor insistió tenazmente en la conveniencia de vencer los dolores que +sentían y volver a repetir la prueba del día anterior; pero toda +dialéctica resultó estéril: + +--«No puedo moverme.» + +--«Me duele todo el cuerpo.» + +--«No puedo darme vuelta»--contestaban. + +--Mañana será peor, levántense, no sean maulas. Convénzanse de que a +esos dolores, «como a todos», se les domina y vence con un poco de +voluntad. + +--¡Yo necesitaría toda la del mundo para mover una pierna!... ¡ay!... + +--Después les va a pesar... ¡vamos!... ¡un poco de energía y arriba!... +Vean que esos dolores perduran mucho si se les anda con paños tibios... +¡Vamos, pues, arriba!... Montamos a a caballo... + +-¡Ay!... + +-¡Ay!... + +--...y nos vamos de un galope... + +-¡Ay!... + +-¡Ay!... + +--...hasta lo de Anastasio. + +Todo fue inútil. La resistencia estimulada por dolores muy agudos, llegó +a la más rotunda negativa ante la idea de galopar «hasta lo de +Anastasio». + +--¡Pues yo voy!--dijo Melchor,--y voy no sólo porque estoy comprometido +conmigo mismo a ir, sino porque también me duele el cuerpo y estoy en la +certeza de que si hoy me dejo dominar por los dolores, mañana no podré +moverme; conque, hasta luego. + +--¿No vendrás a almorzar?... ¡Ay!... + +--Según: si me acometen dolores «tan horrendos» como los que a ustedes +les dominan, tendré que quedarme hasta que se me pasen; si no son tanto +que mi voluntad pueda vencerlos, estaré aquí de nueve a diez. + +Los dos enfermos quedaron en sus camas, comentando la energía física de +Melchor, mientras Baldomero se disponía a aplicarles los remedios de +circunstancias, estimulándoles también a levantarse y hacer un poco de +ejercicio. + +--¡Pero no a caballo!--contestaban. + +Entretanto, Melchor cruzaba campos, llevado por su zaino, cavilando +sobre la conducta de Lorenzo y Ricardo, que así se resistían a +acompañarle en la tarea que iba a desempeñar. + +Cuando llegó a casa de Anastasio encontró a Ramona poniendo agua a las +gallinas. + +--¡Don Melchor!... ¡Ave María!... ¡Qué sorpresa... y cuánto gusto!... + +--¿Cómo le va, Ramona? + +--¡Para servirlo!... ¿Y qué milagro?... ¿Solo?... ¿Qué lo trae por +aquí?... + +--Solo, sí, Ramona... ¿Y Anastasio?... + +--Salió ayer, don Melchor, y no ha vuelto... quién sabe «ande esté». + +--¿Y usted está sola?... + +--Sólita... así es. El muchacho anda por ahí... salió a recorrer... ¿Y +no quiere «entrar adentro»?... aquí hay «resolana»... para usted. + +Entraron al dormitorio de Anastasio: una pieza cuadrada y blanqueada que +tenía sobre una pared un rifle colgado y más abajo un trabuco mohoso; +una cama bien tendida con colcha de damasco azul y blanco; una mesa con +diversos tarritos y botellas de bebidas; tres gruesas sillas de pino y +paja y una percha de la que pendían diversas piezas de vestir; en las +paredes, manchadas por vinchucas, un almanaque conservando aún la hoja +del 31 de diciembre, varias estampas religiosas y un grabado grande con +el retrato del gobernador. + +--Tome asiento, don Melchor. ¡Pero cuánto gusto de verlo!... ¿Y solo ha +venido? + +--Ya le dije, Ramona: solo; mis compañeros quedaron en la estancia algo +doloridos porque ayer anduvieron mucho a caballo. + +--Así es... bueno, cuando no hay la costumbre... ¿Y usted no? + +--¡Ya ve: me he venido de un galope; mire por la puerta cómo ha sudado +el zaino! + +Para poder verlo desde el sitio en que se encontraba, tuvo que +aproximarse a Melchor hasta rozarlo casi con su cuerpo llevándole, por +un instante, mezclado al olor a campo, la dura sensación de aquel +contacto. + +--¿Y qué milagro?... ¿Don Melchor... le cebaré un matesito? + +Melchor se había quedado contemplándola, como distraído y tardó un poco +en decirle: + +--He venido, Ramona, gracias, no voy a tomar mate, para hablar con usted +y me alegro de encontrarla sola. + +Con un sencillo movimiento de cabeza Ramona echó hacia adelante su +larga, gruesa y renegrida trenza cuya extremidad ató con una hilacha que +arrancó del ruedo de su vestido. + +--Y he venido porque he sabido que Anastasio la maltrata... + +--El hombre es bueno, pero tiene mal genio, sí, señor. + +--...y un hombre así no la merece... Que varias veces la ha echado de +aquí... + +--Así es, sí, señor... + +--...y yo he venido para decirle que cuando quiera se puede ir a casa... +allí tendrá algún trabajito liviano... y podrá vivir respetada... + +--...¡Siempre tan bueno, don Melchor! + +--...y cuando venga la familia podrá ganar un sueldito ayudando en la +casa. + +--¡Bueno, que si Anastasio no bebiera!... porque todo es la bebida, +señor... + +--La bebida o lo que sea... usted no debe dejarse maltratar. + +--Si hasta ha querido llegar a matarme...--dijo Ramona derramando +algunas lágrimas. + +--Ya ve, pues, no, es preciso que usted abandone a este hombre que, al +fin y al cabo, ¿qué le da?... + +--Así es... sí, señor. + +--Bueno, déjese de llorar--dijo Melchor poniéndose de pie y golpeándole +cariñosamente la cabeza con la palma de la mano que ella tomó y apretó +suavemente entre las suyas. + +Momentos después regresaba Melchor a gran galope, meditando sobre la +torpeza humana que lleva a los hombres al vicio, a la sevicia y al +crimen, cuando basta casi siempre un ápice de energía y buen sentido +para triunfar, sin violencias, sobre toda idiosincrasia inicial. + +--Ya vuelve don Melchor--dijo Baldomero, divisándolo a la distancia, +desde la glorieta del jardín, hasta la que a duras penas se habían +trasladado los «doloridos». + +--¿Dónde?... + +--Allá... ¿ven?... derechito a la punta de aquel potrero... + +--Yo no veo nada. + +--¡Pero, don Ricardo!... mire de aquí... por entre los dos «ombuses» +aquellos... + +--Y eso que se ve, ¿es Melchor? + +--Él es, señor. + +--¡Qué vista! + +--Si se ve clarito... y viene lindo, no más, el zaino. + +--¿No decía usted que es un mancarrón? + +--Mancarrón, no, don Lorenzo... Como caballo es guapo; pero hay miles +mejores... de más vista... y de más lindo andar. + +--¿Y por qué lo ha elegido Melchor? + +--¡Ahí tiene!... ¡vaya uno a saber! Para él no hay otro igual... bueno, +que lo conoce. + +--¿Él lo amansó? + +--No, señor... yo se lo tironeaba al principio... pero lo acabó de +amansarlo un extranjero que trajeron de domador a la estancia de los +Cabrales, ¿sabe?... aquel monte que se ve allá... ¿ve? + +--Algún domador de escuela, ¿no? + +--Yo no sé en qué escuela habría aprendido... ¡pero para domar como +él!... + +--¿No sabía domar? + +--No es eso... ¡cada que me acuerdo!... ¡Mire que me he reído!... le +hablaba al caballo, ¿sabe? ¡como a un cristiano! ¡y le hablaba en su +lengua!... ¡fíjese!... ¡qué le iba a entender! + +--Ahora sí se distingue a Melchor. + +--¿Ha visto, don Ricardo?... ¡Si yo no sé mentir! + +--¿Qué bien viene, eh? + +--¡Ha de venir contento!... Si don Melchor es así... en haciendo el +bien... + +--¡Ah!... Melchor es un hombre excepcional--dijo Lorenzo. + +--¿Por aquí ha de tener mucho prestigio, no?--preguntó Ricardo. + +--¿Don Melchor?... ¡Con una palabra, junta a todo el mundo!... ¡Si don +Melchor es como la cocinera, que en cuando afila el cuchillo se le +amontonan las gatos. + +* * * + +--Ahora un poco de música, Ricardo--dijo Melchor levantándose de la +mesa. + +--Hay que pedir el asentimiento de Lorenzo... + +--¡Cómo te acuerdas!... ¿ eh? pero puedes tocar no más, sin temor de que +llore; ¡yo creo que a cada hora que paso aquí me renuevo de pies a +cabeza! + +--A mí me pasa lo mismo; tengo ganas de gritar a veces: ¡estoy +contento!... ¡Viva Melchor!... así... ché, como un chico--dijo Ricardo +abrazando efusivamente a su noble amigo. + +--¡No seas loco!... Esto no es más que el principio... dentro de dos +meses hablaremos. + +Los tres amigos se dirigieron hacia la sala por el amplio corredor, +débilmente iluminado por una luna nueva que apenas amortiguaba la luz de +sus estrellas más próximas, pero que daba realce a las flores más +blancas del jardín. + +--¿Qué quieren que toque?--preguntó Ricardo mientras procuraba encender +una lámpara de pie que estaba junto al piano. + +--Lo que quieras--le contestó Lorenzo,--aunque sea el quinto nocturno. + +--No, voy a tocar--dijo sentándose en la banqueta--la serenata de +Schuber. + +En el jardín frente a la puerta de la sala se sentaron Lorenzo y +Melchor, a quienes momentos después se agregó Baldomero, diciendo: + +--Con permiso, don Melchor, si no incomodo. + +--¡No, Baldomero! ¡Al contrario! Aquí estamos tomando fresco y oyendo el +piano. + +--Por eso he venido; cada que don Ricardo toca, siento una gran alegría, +señor, y se me hace que es la niña Lola y que está la familia, y hasta +me parece que el viejo anda por aquí. + +--Es el poder evocador de la música, Baldomero; probablemente usted no +ha oído aquí más que a las muchachas. + +--Así es, don Lorenzo. + +--Y al oír el piano su imaginación retrotrae escenas pasadas que se +actualizan en su espíritu y le hacen reconstruir el cuadro que vio la +primera vez. + +--...Así... será, sí, señor... yo... en eso no soy muy baquiano, don +Lorenzo; pero ¡mire que me gusta oír el piano! + +--Fíjate, Melchor, cómo perdura en Baldomero una impresión musical, +cuando por lo común son fugaces. + +--¿Fugaces?... ¡Qué disparate!... Precisamente es la sensación que por +más tiempo se fija en nosotros. + +--Estás equivocado: ¿a que no te acuerdas de algo de lo que oíste en la +última temporada teatral? + +--Posiblemente no podría repetirlo; pero si lo volviera a oír dentro de +algunos años lo recordaría y asistiría imaginativamente a la escena que +me rodeaba, la primera vez que lo escuché. + +--Eso quiere decir que tengo razón, aunque te parezca lo contrario; pues +la música te haría evocar un cuadro en el que algo más interesante para +ti te impresionó, uniéndose a la emoción musical que aisladamente, lo +repito, es fugaz. + +--¡Pero si tú mismo acabas de hablar del poder evocador de la música! + +--Cuando ella se vincula con otra impresión; tú has estado en el teatro +cien veces, habrás oído veinte o treinta óperas; pero sólo una mínima +parte de éstas tendrá poder evocador en tu espíritu: las que estén +vinculadas a sensaciones de otro orden. + +--¿Qué están diciendo ustedes de la música?--preguntó Ricardo, que se +aproximó arrastrando un grueso sillón de paja, en el que se sentó. + +--¿Qué, ya no toca más, don Ricardo?--le preguntó Baldomero, al mismo +tiempo en que Melchor le decía: + +--¡Macanas de éste!--señalando a Lorenzo. + +--No hay tal; yo decía que la música no tiene poder evocador sino cuando +está vinculada a sensaciones de otro orden; por ejemplo: yo he oído +«Bohéme» una noche en que me declaraba a mi novia; ¡es hipotético, eh!, +y en momentos en que ella me aceptaba vi a un bombero, en el paraíso, +que se sacaba el morrión y se pasaba el pañuelo por la cabeza; pues +desde entonces cada vez que oigo aquella ópera o que veo a un bombero +secarse el sudor surge en mi memoria, el cuadro completo de aquella +noche, sin que por esto pueda decir que hay un gran poder evocador en +los bomberos que sudan... + +--¡Pero lo hay en la música! + +--No lo niego; pero, ¿dónde está para nosotros cuando escuchamos una +ópera nueva?... ¿un himno nacional que no sea el nuestro?... ¿un trozo +cualquiera que no hayamos oído nunca, y que no tenga reminiscencias de +algo conocido?... + +--En cambio si dentro de veinte años oyeras tocar el 5.º nocturno, se te +representaría la escena de la otra noche. + +--¡Es claro! porque evocaría en mí el recuerdo de una situación moral +inolvidable, acaso me ocurriera lo mismo volviendo a ver a Baldomero. + +--¿Dentro de veinte años? ¡Don Lorenzo!... ¡Estaré en el otro mundo!... + +--¿Usted cree en el otro mundo, Baldomero?... + +Este se quitó el chambergo, miró al cielo estrellado y diáfano y después +de un breve instante de silencio exclamó bajando la cabeza: + +--Sí, creo, don Lorenzo... ¿y usted no?... + +--Yo no he pensado en eso todavía; pero puede ser que con el tiempo... + +--Ya es algo--le interrumpió Melchor, que estaba tendido en su sillón, y +tenía recostada la cabeza en el respaldo, de cuyos costados se había +tomado con las manos como para sostenerse mejor, y agregó, sin apartar +la mirada del cielo:--por ahí se empieza... tras la incredulidad +adquirida por frotamiento, que no por convicciones... llega la +indiferencia... luego se abandona gradualmente el afán de negar... y un +buen día... o una buena noche como ésta, se mira al cielo... se +contempla un momento esta portentosa... esta estupenda armonía +sideral... esta maravillosa rotación de soles y de repente brota en el +alma un punto de luz... que crece... se dilata... la llena... y la +ilumina... + +--¡A mí no me ha aparecido todavía el punto de luz!--dijo Ricardo, +riéndose. + +--Es que tu espíritu estará aún en estado sólido--le contestó Melchor. + +--¡El espíritu en estado sólido!... ¡qué gracioso! + +--Parece un disparate--insistió Melchor,--un contrasentido; pero acaso +no lo es porque bien puede compararse las diversas situaciones de +nuestro espíritu, frente a ciertas ideas, con los estados de los cuerpos +en la naturaleza: sólido, líquido y gaseoso. Tu espíritu--continuó +Melchor atentamente escuchado por Baldomero--está ante la idea de Dios, +por ejemplo, en estado sólido; el de Lorenzo en estado líquido, o de +equilibrio indiferente, y de ahí pasará al estado gaseoso, que le +permitirá elevarse... elevarse cada vez más y sentir energías, ante las +cuales toda presión resultará estéril para volverlo a sus estados +anteriores. + +--¡Has hecho un párrafo que bien podría figurar en un tratado de +psicofísica!--le dijo Ricardo. + +--Mejor estaría en el libro de tus memorias, cuando las escribas. + +--¿Tan cierto estás de mi conversión? + +--Como que estoy viendo a Júpiter; fíjate qué maravilla--dijo Melchor, +señalando al astro. + +--Realmente--exclamó Lorenzo;--qué bueno sería tener aquí un telescopio +para observarlo y ver sus satélites. + +--¡Ah! Con un telescopio nos pasaríamos las noches en claro. + +--Menos yo, ché, Melchor. + +--¿Por qué, Ricardo? + +--Porque me marea mirar al cielo. + +--¡Te marea!... ¿Pero que estás diciendo?... + +--Lo que oyes: Yo no tengo cabeza para contemplar estas cosas y si me +esfuerzo por entenderlas, acabo por aturdirme... ¡qué sé yo! + +--¡Pues, hombre!--dijo Lorenzo,--a mí me ha sucedido algo análogo; sobre +todo al calcular las distancias siderales... pensar que la luz de las +pléyades... aquel grupito... ¿ves, Ricardo?... tarda cuatrocientos mil +años en llegar a la tierra. + +--¡Ni con tropilla!--exclamó Baldomero. + +--Mira qué espléndido está Sirio, ché, Melchor. + +--Ese es el príncipe de nuestro cielo, Lorenzo, después de Venus; pero, +para mí, lo más hermoso son las estrellas dobles... ¿Tú no has visto con +telescopio, el alpha del Centauro? + +--Efectivamente es soberbia... como todas las dobles; pero de todo este +espectáculo grandioso--continuó Lorenzo,--hay algo en el firmamento más +grande para mí que él mismo y es la desesperante incógnita de su +origen... + +--¿Y la de su fin?--le preguntó Ricardo. + +--¿Cómo la de su fin? + +--Sí, Lorenzo, porque suponiendo que haya un Dios creador del universo, +admitiendo--lo que no es difícil,--que Dios existe y que ha hecho todo +eso, yo me pregunto: ¿para qué diablos lo ha hecho?... + +* * * + +--Cuando gusten, señores, ya están ensillados los caballos--exclamó +Baldomero aproximándose a la ventana del comedor, donde se encontraban +tomando te Lorenzo y Melchor, quien al oírle se volvió hacia la ventana +diciendo: + +--Vamos en seguida, esperamos a Ricardo que todavía está en el baño. + +--¡Y está linda la tarde!... fresquita. + +--¿Realmente, Baldomero, y usted nos acompañará?--le preguntó Lorenzo. + +--No, señor, yo voy a quedarme, que tengo un quehacer. + +--¿Y es tan urgente que no pueda dejarlo para otro día? + +--Así es, sí, señor, son datos que tengo que mandarle al patrón que me +los ha pedido. + +--¿Por qué no le encarga ese trabajo a Hipólito? + +--¿En cuestión de cuentas?--dijo Baldomero riéndose, y agregó:--ése «no +arrima ni bocha». + +En eso apareció Ricardo y preguntó: + +--¿Saldremos en los mismos caballos del otro día, no? + +--Menos don Lorenzo que me decía que quería un caballo más grande que el +overo. + +--¿Cuál le han ensillado, Baldomero? + +--El tostado, don Melchor; es el más grande que hay... + +--Grande y manso, le pedí; ¡no vaya a darme un potro! + +--¿Potro, dice, don Lorenzo?... Mire: ¡cuando ese caballo era potro +usted no había nacido!... + +--Bueno: andando--dijo Melchor, y se dirigieron a la caballeriza. + +Era una de esas deliciosas tardes de enero, en que el sol se oculta +entre nubes que lo aplacan tras un día templado y en que el ambiente del +campo parece que se empapa con las emanaciones de las flores silvestres +y de los pastos olorosos, y en que hasta los ganados se entregan al +placer de pasear por los potreros, recorriéndolos al acaso. + +Antes de subir a caballo, Ricardo y Lorenzo permanecieron un largo rato +contemplando a las gallinas que, ante la sola perspectiva de la +noche--aunque remota,--se entregaban al laborioso trajín de buscar +ubicación en las ramas de los árboles, sobre las ruedas de los carros, +en lo más alto de una escalera de mano arrimada a la pared y que +parecía ofrecer el mejor sitio para pasar la noche, de tal modo se +agitaban por conquistarla, discutiendo visiblemente en nerviosos +cacareos a que el respectivo gallo ponía término con picotazos que +parecían al mismo tiempo caricia y reproche, traducible así: «¡Estáte +quieta!» + +Lo propio ocurría con las palomas en sus casilleros, a los que entraban +y salían en continuo movimiento, interrumpido sólo para observar la +formidable encarnizada lucha que trababan de pronto dos machos +encrespados, cuyas gallardías y cuyos aletazos, sugerían la línea de dos +caballeros medioevales que, sobre los hombros las flotantes capas, +combatieran por la dama. + +Indiferente a todo, en la apariencia, y como un «manchón» colocado +cuidadosamente se veía en la cresta de una raíz del ombú grande, un gato +barcino que, de cuando en cuando, entreabría sus ojos lumínicos y +transparentes y como ajeno a toda intención carnicera, los dirigía hacia +las ramas, en las que cantaba de paso un pájaro que se dirigía a su +nido. + +Cuando Lorenzo se encontró sobre el tostado, exclamó: + +--¡Qué caballo tan ancho! + +--Así es; sí, señor; es un poco «sillón»--le contestó Baldomero, pero +ignorando Lorenzo la acepción en que se empleaba esta palabra, dijo a su +vez: + +--¿Sillón?... Esto parece más bien sofá... ¡me hace doler las piernas! + +--Pero tiene buen andar, don Lorenzo; y a éste puede castigarlo sin +asco. + +--¿Es muy lerdo? + +--Regular, señor; como todo caballo viejo. + +--¡Caramba con tus investigaciones!--dijo Melchor, agregando:--¡ni que +fueras a comprarlo! + +--Me lo estoy haciendo presentar, ¡ché! nada más natural. + +--Bueno, andando, que se nos va a pasar la tarde. + +El zaino salió en su estilo habitual, marchando tras de Ricardo, que se +había adelantado bastante, en «su» malacara; pero Melchor advirtió que +Lorenzo permanecía en la caballeriza, y se detuvo a decirle en voz alta: + +--¿Continúa el interrogatorio? + +--No... ché... + +--¿Y qué haces ahí?... ¡Ven! + +--¡Es que este caballo no anda!.... + +--Castíguelo sin recelo, don Lorenzo--le dijo Baldomero,--es medio +remolón al salir. + +Lorenzo siguió el consejo, pero notó que cada vez que le pegaba el +tostado hacía un movimiento de encogimiento, que él consideraba como la +amenaza de violencias alarmantes y en vez de acentuar disminuía la +intensidad de sus rebencazos, hasta reemplazarlos por amables golpes de +talón. + +--¡Péguele sin miedo, señor; si es de mañero!--le decía Baldomero. + +--Es que no anda... + +--Trae ese arreador, Juancito--dijo Baldomero al pequeño peón, que le +entregó el que tenía en la mano y que aquél enarboló amenazante, +mientras Lorenzo le decía: + +--¡No le pegue muy fuerte! + +Estimulado por Baldomero y por Melchor que había vuelto a la +caballeriza, el tostado realizó la proeza de salir al trote, moviéndose +con la brusquedad y violencia de un tranvía eléctrico salido de sus +rieles, en cuya capota o techo fuese montado Lorenzo, que para el caso +era igual. + +El novel caballero calculaba que sus equilibrios se agotarían a los +pocos minutos de aquella marcha, y cuando se disponía a disminuirla +enérgicamente, advirtió con espanto que se aceleraba por obra del +perrazo bayo que, como comprendiendo que el tostado no imponía respeto +a nadie, se entretenía en morderle los garrones por burla... + +Los mordiscos del perro determinaron una catástrofe, porque el tostado +comprendió que para salvarse de ellos debía alzar las patas y lo hizo +sin avisarlo a su jinete, que, al encontrarse en el plano inclinado que +el caballo formó en su breve posición defensiva, siguió la dirección +aquél, hasta su intersección con la línea horizontal del suelo. + +Al caer Lorenzo, el perro huyó despavorido, con la cola entre las +piernas; el tostado se quedó mirando a Lorenzo con profundo asombro, sin +comprender, evidentemente, la razón de aquella caída, mientras Baldomero +corría hacia el caído, que se levantó diciéndole: + +--¿Vio qué corcovo, eh?... + +--¿Se ha hecho daño, don Lorenzo? + +--No; ¡si en cuanto empezó a corcovear me bajé! + +Cuando Lorenzo decía estas palabras llegaron a su lado Melchor y +Ricardo, que reían desconsideradamente. + +--¿Cómo te caíste?--le preguntó éste. + +--¡Qué pregunta!... si no me caí; vi que empezaba a corcovear y resolví +bajarme... ¡qué pavada!... + +Y como viera que la causa principal--el perrazo bayo--había +desaparecido del sitio de la catástrofe, Lorenzo se aventuró a montar de +nuevo, estimulado sin duda por la experiencia recogida, que le enseñaba +cuánto suelen ser de soportables algunas caídas. + +El paseo continuó sin contratiempos, bien que disminuido en sus +encantos, para Lorenzo, por la insalvable dificultad de conseguir que su +caballo armonizara movimientos con los de sus amigos, pues el tostado +tenía el tranco más lento que los otros y el galope más tendido, de modo +que en el primer caso se quedaba atrás y en el otro se adelantaba +demasiado, cuando su jinete conseguía ponerlo en ese tren. + +El mismo Lorenzo llegó a reírse de su situación, diciendo: + +--¡Pobre caballo éste; qué galope tan feo tiene! + +Fue necesario renunciar al galope y ponerse al tranco, procurando +Lorenzo que su monumental caballo lo desarrollara dentro de límites +adecuados. + +En la intimidad con Melchor y en ausencia de testigos, se resarcieron +con creces del discreto silencio observado desde el pueblo hasta la +estancia, durante el viaje en el break y ni el más mínimo detalle +escapaba a las preguntas que formulaban Ricardo y Lorenzo: + +--¿Qué es eso? + +--¿Cómo se llama ese pájaro? + +--¿Qué animal es aquél?, etc., etc. + +Melchor les informaba pacientemente sobre las vizcachas y sus perjuicios +para el campo; sobre los caracteres de los teros, que gritaban lejos del +nido; de los chajaes, que alertean por todo motivo; de los avestruces, +que con un instinto asombroso ponen un huevo fuera del nido, para +alimentar después a sus charabones; de los padrillos y sus +procedimientos sultanescos y de cuanto detalle campestre cayó bajo la +observación entusiasta de sus dos amigos. + +Al regresar hacia las casas y agotados casi los temas, que el paseo +sugería, Lorenzo dijo: + +--Todo esto es muy interesante; pero lo mejor que he encontrado hasta +ahora para mí, es Baldomero, ¡qué gran tipo! + +--¿Más interesante que la «Pampita»?--le preguntó Melchor sonriéndose. + +--No para Ricardo, sin duda; pero sí para mí--y agregó:--Ricardo está +enamorado de la Pampita; pero yo lo estoy de Baldomero. + +--¿Te acuerdas de lo que te decía en el tren, hablándote de él?... + +--¿Hace mucho que está al servicio de ustedes? + +--Más de diez años, y gracias a él la estancia ha prosperado, porque +tiene todas las condiciones imaginables, sin ningún defecto: es +honradísimo a carta cabal y trabajador sin descanso. + +--¿Y su familia, ché? + +--La mujer es enferma... llena de manías... suele pasar temporadas +larguísimas sin salir de sus piezas. + +--¿Será neurasténica? + +--¡Qué sé yo!... lo que sé es que lo hace víctima de sus caprichos. + +--¡Pobre Baldomero!... y tan jovial siempre. + +En ese momento llegaron a una pequeña zanja de casi un metro de ancho, +que Melchor propuso saltar, como lo hizo en su zaino, deteniéndose del +otro lado. + +--A ver, Ricardo... ¡salta! + +El malacara, parado al borde de la zanja, cuya profundidad no llegaba a +medio metro, juntó las cuatro patas y a una incitación de su jinete, +saltó con él, que se había tomado prolijamente de la cabezada de su +montura y que experimentó, después del salto, la grata sensación de +conservarse en ella. + +--Ahora tú... + +--¿Y éste sabe saltar?--preguntó Lorenzo ligeramente pálido, mientras su +caballo, parado junto a la zanja, contemplaba el campo en toda +dirección. + +--¡Anímalo!... + +Así lo hizo Lorenzo, a puro talón, ocupadas las manos en funciones +previsoras, y cuando el tostado comprendió que se le ordenaba salvar el +obstáculo, estiró una mano que, mientras doblaba la otra, fue bajando +despacio, hasta afirmarla en el fondo de la zanja donde luego puso +aquélla, quedando en la violenta posición consiguiente; aproximó en +seguida las patas traseras una de las cuales metió en la zanja, que +finalmente pasó tras contorsiones que dieron a Lorenzo la sensación de +haber transmontado en dos trancos la mismísima cordillera de los Andes. + +* * * + +Después de una buena siesta conversaban en la glorieta del jardín +Lorenzo, Ricardo y Baldomero que a ratos veían, por entre las plantas y +los arbustos, la silueta de Melchor dando órdenes en la caballeriza. + +--¡No ha de ser sólo por buscar correspondencia!... don Ricardo--decía +Baldomero mientras armaba un cigarrillo cuyo papel, en el extremo +exterior pasó por la lengua alisando luego la parte humedecida, con la +yema del pulgar pasada de punta a punta. + +--Y por pasear un poco, Baldomero. + +--¡Y por hacer alguna visita!... + +--No haría más que cumplir lo prometido. + +--¡Confiesa, Ricardo, que la Pampita te quita el sueño! + +--Algo hay de eso... en realidad. Me interesaría volver a hablar con +ella... ¡qué demonio de muchacha!... ¡es tan linda!... ¡y tan +educadita!... + +--En eso, dificulto--dijo Baldomero--que haya otra igual... ¡porque +miren que don Casiano le ha puesto maestras!... Y de las mejores que +pudo traer de Buenos Aires... ¡Sí, señor! Si a veces sabían decirle que +la iba a enfermar con tanto estudio porque la pobrecita se pasaba los +días con los libros... y «meta» piano de sol a sol. + +--Es un caso curioso, como pocos; porque don Casiano no es un hombre +ilustrado, ¿no? ¿Qué se habrá propuesto con la Pampita? + +--Vea, don Ricardo--así sabía decirme el viejo cada que yo le decía lo +mismo:--«lo hago por su bien, amigo Baldomero, porque yo no me he de +casar otra vez... la muchachita es linda por demás y me la van a +codiciar... y yo no puedo tenerla atada a los tientos... así que he +creído que con la educación se le puede dar una defensa... para que +pueda estar sola... y andar por donde quiera... sin peligrar...» + +--¿Qué sensato el viejo, eh? + +--Y lo ha conseguido, don Ricardo, porque la Pampita no ha dado qué +decir, eso sí, y todos saben que el que cae a la chacra con malas +intenciones... ¡sale como escupida en plancha caliente!... + +--¡Qué buena comparación!--exclamó Ricardo riéndose a tiempo en que +Lorenzo decía: + +--La Pampita habrá salido ingénitamente honesta... porque lo que es la +educación no iba a corregir ni a morigerar un temperamento meridional +puesto en contacto asiduo con la naturaleza. + +--Bueno, de eso yo no entiendo, don Lorenzo; pero lo que sé decirle es +que la Pampita puede ir donde quiera sin que nadie le falte. + +--Yo creo que estás perfectamente equivocado, Lorenzo, porque, ¿cómo no +ha de haber influido la educación en ella como en toda persona? + +--¿Para conducirse honesta y virtuosa en la situación de ella?... +¿Asediada sin duda, a cada paso por individuos de toda condición? ¿Con +veinte años y la libertad de que ha debido gozar?... ¡Bah!... ¡eso no lo +hace la educación! + +--¡Vaya si lo hace! Y si no observa los diversos grados de moral que se +advierte en las sociedades menos educadas... compara a una niña de la +alta sociedad con una chinita inculta... ¿Cómo vas a sostener que tienen +el mismo pudor, ni la misma conciencia del propio decoro? + +--Esos son resultados del medio en que se vive. + +--Claro está, y según parece lo que don Casiano se proponía era poner a +su hija a cubierto de las influencias del medio en que debía vivir, +exactamente: tú lo has dicho. + +--En eso yo no entro--dijo Baldomero,--pero que la Pampita es una +muchacha decente... ¿eso?... ¡por donde la busquen!... Y póngala a la +prueba, don Lorenzo. + +--¡Si yo no lo pongo en duda! Basta verla para comprender lo que es, y +por otra parte si así no fuera, no la habría mandado el padre a pasear +sola con nosotros, por el jardín. + +--Lo que voy viendo en mi sentir, es que va ir saliendo cierto lo que yo +decía... ¡Si se me hace que la Pampita va ir a conocer Buenos Aires!... + +--Por lo pronto yo voy a... bañarme--dijo Lorenzo levantándose. + +--No te demores... que yo también quiero bañarme y usted acompáñeme a +traer duraznos... + +--Como quiera, don Ricardo. Vamos. + +Al dirigirse al monte de durazneros cruzaron el jardín en silencio; pero +al entrar en aquél, dijo Ricardo: + +--Baldomero, en los pocos días que lo he tratado me ha parecido +encontrar en usted un hombre serio, de experiencia y capaz de dar un +consejo. + +--Usted dirá, don Ricardo. + +--Yo quiero hacerle una confidencia, primero, para que se explique usted +mi situación. + +--Algo me habló don Melchor... + +--Él le habrá dicho entonces que he sido un hombre muy desgraciado en +mis aspiraciones. + +--¡Zonceras de mujeres!... + +--Por una de ellas he estado a punto de cometer un crimen si no hubiera +tenido un amigo como Melchor. + +--Eso no debe hacerse nunca, ni por nadie. + +--He sido engañado de la manera más cruel y más infame... haciéndoseme +el motivo de la burla y de la risa de toda la sociedad, por quien +calculaba que yo valía en plata más de lo que puedo tener... y no una +vez. + +--¡Olvídese, don Ricardo!... + +--Así lo he conseguido gracias a Melchor que me ha prestado energías y +voluntad para sobreponerme a todo... y para empezar a vivir de nuevo... +como si me hubiera dado un pedazo de su gran espíritu. + +--¡Capaz de dárselo todo!... + +--Él me ha salvado y gracias a él, y nada más que a él, cada día que +paso me siento más fuerte y más capaz de luchar como un hombre, tomando +«las cosas como son y no como deben ser». + +--¡Si don Melchor es capaz de sanar a un muerto! + +--Es lo que ha hecho conmigo y con Lorenzo... ¡y con tantos otros!... +Bueno, pues, ¿cómo cree usted que me recibiría la «Pampita», si yo le +mostrara pretensiones? + +--¡No le decía yo, don Ricardo!... + +--Conteste a mi pregunta, usted que la conoce perfectamente. + +--Vea, don Ricardo, para qué le voy a decir una cosa por otra: la +«Pampita» es una muchacha de mucha voluntad... ahora si usted la +quiebra... puede que agarre... + +--¿Cree usted que esté firmemente resuelta a conservarse al lado del +padre?... + +--¡Ni que hablar!... ¡Si ya le he dicho que ha tenido miles de +ocasiones!... mejorando lo presente; pero haga la diligencia, don +Ricardo... ¡de menos nos hizo Dios! + +--¿Usted querría acompañarme?... + +--Vea, don Ricardo, vaya solo, ¡que en cuestiones de mujeres... es como +en punto a domar!--dijo riéndose afablemente Baldomero--...¡entre dos no +sacan caballo bueno! + +--¿Y quién podría acompañarme? + +--¿Hasta el pueblo?... Juancito lo puede acompañar. + +--Convenido, y que esto quede entre nosotros, ¿eh?... + +--¡Don Ricardo, ni que hablar! + +* * * + +--¿Ché, Melchor, dónde pusiste los diarios que trajimos?... ¿Por qué te +ríes? + +--¡Pero, hombre!... ¡Recién se te ocurre leerlos!... + +--¿Y tú los has leído?... + +--¡Casi no los leía allá!... ¡y voy a venir a la estancia para ocuparme +en eso!... + +--¿Y para qué los trajiste? + +--¡Porque los compré!... + +--¿Y para qué los compraste? + +--Por no ser menos que tú. + +--Bueno, contesta: ¿dónde están?... + +--Ricardo los guardó, pero yo no sé dónde. + +--¡Qué fastidio!... ¡José!--dijo Lorenzo alzando la voz. + +--¿Señor? + +--Hágame el servicio de ver en nuestro dormitorio... o por ahí... si +están unos diarios... y tráigamelos. + +--Don Ricardo los guardó en el baúl, señor... pero se llevó la llave. + +--¡Qué contrariedad tan grande!... ¡Caramba!... ¿está seguro, José? + +--Sí, señor, si los guardó delante de mí... estaban arriba de la mesa +desde que ustedes vinieron. + +--¡Qué fastidio!... Bueno... vaya no más; ¿pero para qué los habrá +guardado?... ¡qué tontera tan grande!... + +--Realmente, Lorenzo, es como para sublevar... ¡como que yo también +estoy por indignarme!... + +--No digo eso; pero no me negarás que ha sido una tilinguería guardarlos +bajo llave... ¿asunto de qué?... + +--Lo ha de haber hecho sin darse cuenta... ¡calcula cómo tendría la +cabeza ante la idea de ir a conquistar a la «Pampita»! + +--¡Cómo le irá a Ricardo! ¿eh?... + +--Puede ser que le vaya bien. + +--Yo no creo que esté enamorado... así: fulminantemente. + +--¡Que no!... ¡piensa que es linda como un sol! + +--Aunque lo sea... para mí, Ricardo va tras la «Pampita» por un +movimiento de despecho y nada más. Él se ha entusiasmado con la idea de +lucirla en Palermo... y en el teatro... a los ojos de sus ex novias... +¡esto es todo! + +--¿Por qué pensar eso?... Ricardo es un temperamento extraordinariamente +apasionado, y yo me explico muy bien el paso que da. Ha visto en esta +muchacha un conjunto de cualidades de primer orden, casi excepcionales, +y no tiene nada de extraño que se sienta inclinado a ella. + +--Eso estaría muy bueno después de tratarla un tiempo. + +--No, Lorenzo, mira: en la vida, generalmente, se toma novia como se +toma casa: casi siempre por el aspecto. Son muy raros los que compulsan +serenamente las condiciones de las muchachas que tratan para elegir al +fin la que más convenga, y esto mismo es antipático, casi inmoral: ¡se +quiere porque sí y sepa Dios por qué! + +--¡Así son los chascos! + +--¡Perfectamente! pero es preferible equivocarse sin calcular a +equivocarse calculando. + +--Por eso yo me he puesto a cubierto de los dos casos--dijo Lorenzo +sonriendo afablemente. + +--¡Tú!... ¡qué gracia!... Tú has vivido en forma que no te permitía +pensar en «novias»... + +--Eso es historia antigua... + +--Felizmente para ti. Después el estudio te ha absorbido todo tu tiempo, +como que por una de esas reacciones muy explicables te pasaste a la otra +alforja... + +--Para recuperar lo perdido. + +--¡Una barbaridad!... ¡ché... dar de a tres años de ingeniería juntos... +y estudiar veinte horas diarias! + +--¡Qué exageración! + +--¡Bueno: diez y nueve!... Da gracias a Dios que pudiste substraerte a +esa vida. + +--No tuve más remedio... cuando me enfermé. + +--¡Qué enfermedad, ni qué embelecos! ¡Tú eres más sano que yo! y lo has +sido siempre. La prueba la tienes en tu estado actual; ya ves cómo te +repones por días; duermes perfectamente ahora; comes con bastante +apetito... ¡calcula cómo estarás dentro de un mes! + +--¡Todo te lo debo a ti!... y si vieras el bien que me hacías cuando me +estimulabas a reaccionar en los días en que me sentía más abatido... Hoy +recuerdo perfectamente la intensa influencia que ejercías en mi espíritu +y la situación de ánimo en que me dejabas después de aquellos sermones +inacabables... + +--Eso es historia antigua, te diré a mi vez. + +--Pero que llena mi espíritu como una enseñanza suprema. ¡Si a veces +pienso en que tú has realizado en mí un caso de «avatar», como el de +Gauthier, ¿te acuerdas? + +--No lo he leído. + +--¿No?... ¡qué raro! + +--Lo raro es que lo confiese, porque nadie lo hace; ¿te has fijado? + +--¿El qué? + +--Confesar que no se ha leído un libro de cierta notoriedad; ¿tú has +encontrado a alguien que confiese no haber leído a Sarmiento, a Mitre, a +López, a Estrada o a alguno de nuestros grandes autores de renombre? + +--Tal vez tienes razón. + +--¡Y sin tal vez! Yo no he hablado con una sola persona que me haya +dicho que no ha leído el «Facundo», por ejemplo. + +--Y lo habrán leído... + +--El dos por ciento de los que lo dicen... si hoy nadie lee, ché, nada +más que los programas de las carreras y la crónica social de los +diarios. + +--¡No me hagas acordar de los diarios! que me subleva pensar en la +conducta de Ricardo. + +--¿Qué canallada, eh? + +--Con permiso...--dijo Baldomero golpeando con los nudillos de la mano +en la puerta de la sala, donde conversaban Lorenzo y Melchor, recostado +éste en el sofá, mientras esperaban la hora de almorzar. + +--¡Entre, Baldomero! + +--¡Aquí está fresquito!--dijo éste sacándose el sombrero y peinándose el +cabello con los dedos. + +--Siéntese... ¿qué hay de nuevo? + +--Hay, don Melchor, que acaba de llegar Zenón, ¿sabe?, el peón de los +Cabrales, que venía de llevar unos animales para el campo de los +Unzueces y dice que por el cañadón de las tunas, ¿sabe?, encontró a doña +Ramona, que se viene de a pie con esta calor.. + +--¿Viene para acá? + +--Así dice. + +--¿Y por qué no la alzó? + +--Porque no es de anca el que montaba y venía con gran apuro de llegar +ligero, que de no, dice, le habría dado su caballo. + +--¡Pobre infeliz!... Bueno... Baldomero: ¿volvió el carrito de repartir +la carne a los puestos? + +--«Reciencito» llegó. + +--Vaya corriendo, y dígale a Hipólito que a todo lo que pueda salga con +el carrito y la traiga a esa infeliz. + +Instantes, después se oía el ruido del carrito que salía en la dirección +indicada. + +--¿Qué distancia hay, Melchor, de aquí al cañadón de las tunas? + +--Sus seis leguas largas, y calcula para caminarlas con este día. + +--¡Pobre mujer!... ¿qué le habrá pasado? + +--Alguna paliza del bestia de Anastasio. + +--¿Pero es posible que le pegue a esa mujer? + +--Es que bebe... tal vez algún «peludo»... por otra parte Anastasio es +un hombre de muy mal carácter y como te decía el otro día, ha tomado a +Ramona para tener quien le lave y le cocine; pero no le tiene ni el más +mínimo cariño. + +--¿Él la habrá despedido o ella vendrá no más por tu ofrecimiento? + +--No; sin un motivo fundado no se vendría. + +--¿Y no tendrá consecuencias para ti? + +--¿Qué consecuencias? + +--Él sabrá que se viene a la estancia, por supuesto. + +--Si no lo sabe ya, lo sabrá, ¿y qué tiene eso? + +--¡Quién sabe!, ese hombre tiene un aspecto diabólico. + +--¡Pero si Ramona no está casada con él!; ella es una mujer dueña de +hacer lo que quiera... y si él la maltrata puede venir a refugiarse aquí +o a donde le convenga. + +--Sí, lo comprendo; pero como ha mediado tu intervención, no sea el +diablo que él crea que tú la has sonsacado... + +--¡Y que lo crea, suponte!... Si fuera una chiquilina, vaya y pase... +pero ¡una mujer de casi cuarenta años! + +--¿Y no tiene familia? + +--Creo que sí... no estoy seguro... esta mujer vivió con un soldado de +la policía, al que lo mataron en un boliche, y después se unió con +Anastasio... es todo lo que sé. + +--Está el almuerzo, niño--dijo el sirviente; y los dos amigos pasaron al +comedor. + +Al terminar el almuerzo se presentó Baldomero y preguntó: + +--¿Dónde la va a poner a Ramona, don Melchor? + +--¡Es cierto!... Hay que buscarle alojamiento... ¿En sus piezas no +cabría?... + +--¿De dónde?... Si el patrón hubiera hecho los cuartos que dijo... + +--¿Y en los galpones?... + +--¿Qué?... ¿la piensa poner con los peones? + +--En el cuarto de Águeda. + +--Sólo bajo la cama... si la vieja duerme en el cuartito de las +herramientas, ¿sabe? que es un brete. + +--La pondremos entonces en el cuarto de las sirvientas, ¿no le parece? + +--Como usted disponga, don Melchor; pero quién sabe si a la señora le +gusta que esté aquí... + +--¡Que no! Si Ramona es una mujer limpia. + +--Ya empieza a darte trabajo esa mujer--dijo Lorenzo. + +--¡Ninguno!--replicó Melchor.--Nosotros si que vamos a darle trabajo: la +haremos nuestra sirvienta, y nos tenderá las camas mejor que José, para +lo que no se necesita mucho. + +--Hago lo que puedo, niño--dijo José, levantando las copas de la +mesa;--no soy muy baquiano en tender camas. + +--¡Si lo digo en broma, José! Usted las tiende perfectamente... +mal--agregó Melchor, en momentos que José se alejaba llevando una +bandeja al antecomedor. + +--¿Quedamos entonces que a doña Ramona la va poner en ese cuarto? + +--Eso es, Baldomero. + +Este se retiró, diciendo medio entre dientes «¡qué criolla diabla!... +cómo ha calzado»... + +* * * + +La tardanza de Ricardo empezaba a preocupar a Melchor, que se disponía a +ir o a mandar en su busca cuando al cabo de cuatro días de ausencia y en +momentos en que se levantaban de almorzar, llegó a la estancia bajo un +sol de fuego. + +--¿Cómo vienes a esta hora?--fue el saludo de Melchor. + +--¡Si vieran!--repuso Ricardo al bajar del caballo, que al pararse dejó +caer la cabeza hasta casi tocar el suelo con la barbada, al mismo tiempo +que palpitaban sus ijares con extraordinaria celeridad,--¡el monstruo de +Anastasio nos sacó cortitos!... ¿Y por aquí?... ¿qué tal?... ¡Uf!... +¡Qué calor!... ¡y qué hambre!... + +--Ven a almorzar, ¿o quieres bañarte antes? + +--No; me haría mal; ¡uf!... estoy muy agitado... qué calor tan +espantoso... ¡Si creía que no llegábamos nunca! + +--Siéntate aquí, mientras te traen el almuerzo. ¡Apúrese, José! Y +cuenta, ¿qué ha pasado?... + +--...Ahí traigo un montón de cartas... Pues cuando llegamos al «Paso», a +eso de las diez, en la esperanza de almorzar algo y esperar la caída del +sol, salió a recibirnos Anastasio con su facha patibularia. Al sofrenar +mi caballo, le di los buenos días, y no me contestó; pero creí no haber +sido oído, y me disponía a bajar, cuando dirigiéndose hacia mí, me dijo +textualmente: «Bajá, si querés que te cruce a lazazos». + +--¿Qué dices, Ricardo? + +--Lo que oyes; llámalo a Juancito y te lo repetirá. El pobre muchacho se +ha dado un susto mayúsculo. Cuando oí aquello, le pregunté: + +»--¿Por qué me dice eso, amigo? + +»--¡Porque lo voy a cumplir, hijo de tal!--me contestó. + +»En ese momento, Juancito, que se había bajado ya, montó de un salto y +acercándoseme, me dijo: «Vamos, don Ricardo, no le conteste»; pero yo le +dije: «No me insulte, Anastasio, porque le puede costar caro». Al oír +esto, se entró rápidamente y volvió a salir, poniéndose el cuchillo en +la cintura y con un amador en la mano, diciéndome: + +»--Caro me lo van a pagar ustedes--y al mismo tiempo gritaba hacia el +interior:--¡Enfréname el bayo! + +»Comprendí que iba a verme obligado a usar de mi revólver, y como +Juancito me gritaba de lejos que siguiera, que me iba a comprometer, +opté por aceptar su consejo y me alejé al galope, alcanzando a oírle +juramentos y amenazas contra ti. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?» + +--Que doña Ramona lo ha dejado y se ha venido; pero, ¡qué animal!... + +--No te decía yo, Melchor, que esto podría tener consecuencias. + +--¡Bah!... Perro que ladra, no muerde. + +--¿No muerde?... ¡Lo que soy yo no vuelvo a pasar por allí; y creo que +tú debes cuidarte de ese bandido. + +Al mismo tiempo que José avisaba que estaba listo el almuerzo de +Ricardo, Baldomero llegó y después de saludar a éste, dijo: + +--¿Ha visto, don Melchor, lo que ha sucedido? + +--Me estaba contando Ricardo. + +--¿Sabe que me están dando ganas de ir yo? + +--¡Ni se le ponga, Baldomero! Déjelo no más... eso, se arreglará solo. + +Ricardo se había levantado para almorzar y había sacado de un pequeño +paquete que le dio Juancito un montón de cartas que en su casi +totalidad estaban dirigidas a Melchor, a quien entregándoselas le dijo: + +--¡Ahí tienes lectura para rato! + +Melchor las tomó con cierta displicencia, preocupado con el incidente en +el Paso, y fue a sentarse en el escritorio, donde se aplicó a la tarea +de leerlas mientras Lorenzo hacía lo propio acompañando a Ricardo en la +mesa, junto con Baldomero. + +--De Clota...--decía Melchor a medida que leía los sobres;--ésta +también...; del viejo...; de Clota...; de Clota...; de mamá...; de +Lolita...; éstas tres de Clota... + +Y así fue clasificando las cartas que ponía reunidas por procedencias +hasta que, terminada esta operación previa, tomó todas las de Clota que +eran las más y procurando descifrar la fecha en el sello del correo que +inutiliza la estampilla perdió un buen rato en ponerlas por orden. + +--¡Cuántas cartas!... ¡qué barbaridad! Empezaré por la de mamá: + +«Hijo mío: Hace hoy ocho días que te fuiste y me parece que hace un año, +te extraño como si hiciera meses que no te viera, pero es porque para mí +es lo mismo no haberte visto en un mes que saber que no te voy a ver en +todo ese tiempo y por eso sufro ya como si estuviera hoy en el último +día de todos los que pasarán sin verte y sin oírte decir todos los +disparates con que me haces reír hasta cuando no tengo ganas de reírme. +Por aquí no hay más novedad, sino que tu Tata no se siente bien desde el +viernes, pero no es cosa de cuidado; todos te extrañan mucho y están +deseando que vuelvas; Clota ha llamado varias veces por teléfono para +pedir noticias y dice que no ha recibido cartas tuyas como nosotros +tampoco las hemos recibido, ¿qué es eso? ¿por qué no escribes? + +«Suspendo aquí porque en este momento entra Clota con la señora que +vienen a comer con nosotros. Recibe muchos abrazos muy fuertes de tu +madre. + +»P. S.--Rufino te manda muchos recuerdos.» + +Melchor quedó un largo rato con la cabeza apoyada en la mano izquierda +contemplando la carta que conservó en la derecha, mirándola con los ojos +desmesuramente abiertos, como si pretendiera ver algo más allá de +aquellos renglones trazados por la mano de su madre idolatrada, hasta +que de pronto la llevó a sus labios y la besó... + +Leyó después la de su padre, escrita el jueves, antes de sentirse mal; +las de sus hermanas, entre las que recibió una de la «nena» en que le +pedía que al regresar de la estancia le llevara «un pichón de paloma +pero que sea todo blanco»; las de sus amigos que invariablemente +lamentaban su «partida en secreto, como si no quisieras despedirte»; y +luego empezó a leer, por orden de fechas, las cartas de su novia. + +Más de una vez mientras las leía creyó alcanzar a ver que alguien se +asomaba por la puerta de la sala y así era en efecto, pues cuando +acababa de leer la última levantó de pronto la vista y vio en la puerta +a Ramona. + +--¿Qué quiere, Ramona?--le preguntó. + +Vestida con sus mejores trapitos y ceñida la cintura con una faja negra +que sobre la bata blanca marcaba nítidamente el límite de su robusto +talle, se aproximó cautelosamente mirando hacia el comedor y al estar +casi junto a Melchor le dijo: + +--¿Ha visto lo que ha hecho Anastasio?... + +--Eso no tiene importancia, Ramona, Anastasio estaría borracho... + +--Quién sabe, don Melchor... Anastasio es un hombre malo... muy malo... + +--¿Teme usted que le haga algo? + +--Por mí... no... don Melchor... y aunque me hiciera... aunque me +matara... ¿yo qué valgo?... + +--Anastasio se guardará muy bien de pensar en venir aquí a buscarla... +y con el tiempo se le pasará todo. + +--¿Usted cree, don Melchor? + +--Esté segura, Ramona... no le hará nada... no tema. + +--Ya le decía, don Melchor, por mí no tengo miedo ninguno. + +--Pues entonces, esté tranquila... o, ¿quiere volver al lado de él? + +--¿Por qué me dice «eso», don Melchor?--contestó ella aproximándosele +aún más, bajando la voz como temerosa de ser oída, e inundándole con +olor a cedrón de que tenía en la mano un gajo estrujado. + +--Le pregunto, Ramona, porque bien podría suceder. + +--¡Cómo había de ser!... ¿me cree capaz, don Melchor, de volverme con +ese hombre?... + +--Pues entonces esté tranquila, Ramona... vaya, no más, ocúpese de sus +cosas y no vuelva a hablarme de esto. + +--¿Me voy... entonces...? + +--Sí, Ramona; vaya no más. + +--Será hasta luego... entonces... ¡cuántas cartas ha recibido!... don +Melchor. + +--Es verdad... de la familia... y de mis amigos--dijo Melchor poniéndose +de pie, como para salir. + +--Ha de haber... alguna... otra... ¡no diga! + +--¡Bien puede ser!--le contestó sonriendo afablemente al dirigirse, como +lo hizo, hacia las piezas interiores contemplado desde la puerta del +escritorio por Ramona que al salir al corredor tiró a un cantero del +jardín el gajo de cedrón estrujado que tenía en la mano. + +* * * + +La sobremesa de Ricardo se había prolongado comentando el suceso del +«Paso» y refiriendo detalles de su permanencia en el pueblo cuando se +presentó Melchor diciendo: + +--Voy a guardar estas cartas... ya vuelvo--y siguió de largo para su +dormitorio del que regresó en seguida. + +--Total--dijo Baldomero al sentarse Melchor, dirigiéndose a +Ricardo,--muchos cuentos... y de lo principal... ¡nada! + +--¿Me esperabas a mí, no es cierto?--dijo Melchor y dirigiéndose al +sirviente que se retiraba después de haber guardado unos platos:--José, +antes de irse, deme una taza de café. + +--Empezaré, pues, por lo que Baldomero llama lo principal. + +--¿Y de no?... ¿a qué fue don Ricardo? + +--¡Andando! Tienes la palabra. + +--Y en una sola lo diré todo: la «Pampita»... + +--¿El qué? + +--...la «Pampita»... + +--¡Acaba! + +--¡Se hace de rogar!... don Ricardo. + +--...pues... la «Pampita»... + +--¡Estás muy pavo! + +--¡...me... ha... desahuciado! + +--¡Eso no es cierto! no lo dirías en ese tono. + +--Ciertísimo, Melchor. + +--No te creo. + +--Bueno, cuenta cómo fue--dijo Lorenzo. + +--Ante todo no deja de ser realmente excepcional esta confidencia hecha +por mí a todos ustedes, en un asunto que generalmente se tramita a solas +con la propia conciencia; pero sería ridículo que tuviera secretos para +contigo, Melchor, tratándose de un síntoma de salud moral, readquirida +por tu esfuerzo; sería cuando menos pavo que los guardara para contigo, +Lorenzo, en un caso en que nos hemos hecho confidencias y confesiones +recíprocas, y sería ingrato con el amigo Baldomero, si no le contase +cómo me fue con su consejo, pues han de saber ustedes que lo consulté +con él. Hecha esta declaración previa, que se impone, voy a referirles +el episodio. + +El lunes llegué al pueblo a las cuatro más o menos, porque me demoré muy +poco en el «Paso», y después de descansar un rato y bañarme, fui a lo de +don Casiano como a eso de las siete. Al pasar la tranquera... + +--¡Se le haría cuesta abajo!...--dijo Baldomero riéndose. + +--...¡al contrario!... vi que la «Pampita» estaba sentada en el +corredor, leyendo, y tan absorbida en la lectura que no me sintió llegar +hasta que estuve junto al corredor, bajo ese aguaribay grande, ¿se +acuerdan? que está a la derecha. Al verme, dijo como si se tratara de la +cosa más habitual: + +--¿Es usted... señor?... Buenas tardes...--y cerrando el libro que puso +sobre la silla al levantarse, se aproximó al borde del corredor, +mientras yo bajaba del caballo, cuyas riendas puse en una horqueta +formada por un gajo roto. + +Yo no puedo pensar en describirla... ¡era algo estupendo!... tenía la +cabeza envuelta en una gasa verde oscura, recogida atrás con unos +mechones de cabellos envueltos con la gasa sobre la nuca marmórea, y que +me parecían luchar entre sí como si defendieran una posesión divina... +yo no he visto... no... ¡no hay en el mundo una criatura que se le +parezca! + +--¡Sabe, don Ricardo, que está apretando... la calor! + +--No interrumpa, Baldomero... y no se ría de mí... que usted las ha de +haber pasado iguales... + +--Es un decir... don Ricardo. + +--Pues en cuanto bajé del caballo vi aparecer al «ñato», a otro +individuo que parecía peón, a una señora de buen aspecto y alguien +más... no me acuerdo... que me miraron desde una distancia y se alejaron +en seguida, en momentos en que la «Pampita» me tendía la mano y me +saludaba como a un viejo amigo, ofreciéndome asiento. Después supe que +aquella señora era su maestra de labores y que pasa una temporada con +ella. Le pregunté por su padre: «Está en el pueblo», me contestó, +agregando: «Quizá venga antes de comer; ¿quiere hablar con él?» «Sí... +y... no... señorita», le repuse. Ella me miró fijamente un instante y +girando sobre sí misma tomó del asiento que ocupaba el libro que había +estado leyendo y que fue a poner de canto entre las rejas de la ventana +próxima. Al volver a sentarse me dijo que no sabría descifrar el enigma +planteado con mi contestación. «Quizá» le contesté «fuera indiscreto +aclararlo sin su permiso.» «¿Y necesita usted de mi autorización para +hablar?», me preguntó riéndose. «No se ría usted» le dije, «porque acaso +hubiéramos de hablar de cosas serias... muy serias». «Vea, usted... +señor... a mí me interesan siempre las cosas serias... a pesar de ser +una muchacha como cualquiera... Cuando vienen ciertas personas a visitar +a tata y hablan de «cosas serias», yo me entretengo mucho más que con +las conversaciones de mis amigas... ¿qué raro, eh?» «En un espíritu +selecto como el de usted» le respondí, «eso se explica; pero, +desgraciadamente, mi conversación no tendrá aquel carácter, y permítame +que insista en pedirle su permiso para hablarle de las «cosas serias» a +que me he referido.» ¿Y quieren creer ustedes lo que me dijo?... Pues me +preguntó con una ingenuidad insuperable: «¿Usted va a comer con +nosotros?» Yo me quedé como aturdido y sólo atiné a decirle: «Creo que +usted no está segura de que su señor padre venga a comer...» «Por eso le +pregunto» me contestó, «para mandarlo buscar.» «Pues bien», le dije, en +una forma que no pude reprimir, «de usted depende que acepte su +inestimable invitación o que me retire inmediatamente, y acaso para +siempre». Yo había visto a la Pampita sonriente, amable, bromista, +seria, sin perder el gesto de suprema bondad que la distingue: ¿te +acuerdas, Lorenzo? Pero yo no había imaginado ver aquella divina +expresión de dignidad reposada y grave con que habló conmigo desde ese +instante para decirme después y reiteradamente: «Yo tengo que +agradecerle de veras, señor, el honor que usted me dispensa, pero que, +aun cuando me sintiera inclinada a aceptar, por mucho que no lo merezca, +no podría aceptarlo sin menoscabar el concepto que me he formado de mis +deberes de hija: yo me debo a mi padre, señor, y sería una criminal--yo +lo entiendo así, perdóneme--si lo abandonara en sus últimos años». «¿Ni +con el asentimiento de él?» le pregunté, y me contestó: «Ni con el +asentimiento de él... que me lo daría, estoy segura, si creyera que +podría hacerme más feliz...--pero que yo tendría que juzgar en su +verdadero significado: como un supremo sacrificio hecho por mí y que yo +no podría imponer ni aceptar». + +--¡No le decía!... don Ricardo... ¡si esa muchacha es tremenda!... Y +diga que usted iba con buenas intenciones... + +--¿Y al fin?--dijo Melchor,--¿a qué arribaron? + +--¡A nada!... A la noche volví y hablé con don Casiano largamente; le +expuse con toda franqueza mis aspiraciones y hasta lo que tengo y lo +que tendré con el tiempo en punto a recursos: llegué a decirle que +liquidaría todo y me vendría a establecer aquí; el buen viejo me trató +con toda consideración; pero diciéndome invariablemente: «Vea, señor, lo +que ella resuelva, estará bien... ¿qué quiere que yo me ponga a +contrariarla?... háblele usted, no más... y si es por visitarla, puede +venir cuando quiera». Así lo hice; el martes, casi pasé el día allí; +comí con ellos, tocamos el piano, conversamos largamente; volví ayer... +hemos estado horas y horas solos; pero la última palabra de la Pampita +al despedirme fue la primera: «Me debo a mi padre y no lo abandonaré en +sus últimos años». «¿Me permite usted que la frecuente?» le dije +teniéndole la mano tomada. «Siempre me será grata su visita», me +contestó, y cuando salí por la tranquera para venirme, la vi en el +corredor; la saludé con el sombrero y ella me contestó con la mano. Me +vine y... aquí estoy.» + +--Mi opinión, Ricardo, es que tú nos cuentas la mitad de la jornada; +pero con lo dicho me basta para comprender que esto es asunto concluido. + +--No he reservado nada, Melchor; te he dicho toda la verdad, ¿y +concluido?... ¿por qué?... + +--Porque si la Pampita no te aceptara de plano, te lo habría dicho o te +lo habría hecho saber por don Casiano. + +--Es claro que no les he repetido sílaba por sílaba cuanto hemos +hablado, pero tengo la certeza de que si don Casiano vive veinte años, +durante ellos la Pampita se conservará igual. + +--¡Qué se va a conservar!... ¡no seas ingenuo!... mantiene una actitud +simpática, porque es inteligentísima, para hacerse más interesante, pero +ha comprendido que tú eres un gran partido y no lo perderá. + +--Haces mal en hablar así... la Pampita es incapaz de una coquetería, ni +de una farsa: me ha revelado un propósito firme y sincero, que nada ni +nadie hará modificar. + +--Bueno; no te resientas. + +--¡Si no me resiento! + +--Haces una defensa que lo parece. + +--Es que tú pretendes presentar a la Pampita como a una cualquiera. + +--No, Ricardo, yo no puedo considerarla con tu criterio, esto es todo; +creo que es una mujer, y nada más; y así, la juzgo como a todas... +igualita a todas: las novias, o las solteras en un grupo: buenas, +amables, sencillas, modestas, etcétera... preparándose a formar el otro +grupo, ¡el antitético! + +--La Pampita no es de esa clase, Melchor, y tan no lo es, que se +conserva hace tiempo en la misma actitud y no la modificará ni por mí ni +por nadie. + +--Vuelve mañana; insiste; plantea un dilema de términos extremos, y ya +verás... ¡La Pampita no puede ser una mujer distinta de todas! + +--¡Pues lo es! y no me ciega un entusiasmo perturbador; pero sé +perfectamente que aun cuando me aceptara de plano, como tú dices, se +mantendría en su actitud de hoy, mientras viva su padre; podré ir +veinte, cien veces, y siempre me diría lo mismo. + +--¡Quién sabe! Ricardo, insiste y allá veremos. + +--Este no es asunto que se gane con la insistencia, ¿no es verdad, +Baldomero?... usted que la conoce bien. + +--Así es, sí, señor; pero lo que usted cuenta, ¿sabe? ya es un adelanto +y puede que volviendo muchas veces... porque vea, don Ricardo, que +«cuantos más chicharrones más grasa sale...»--contestó Baldomero +provocando carcajadas hasta del mismo Ricardo. + +--En fin--dijo Lorenzo,--yo pienso como Melchor: ¡ésta es campaña +ganada, Ricardo!... ¡Y tanto que si quieres acompañarnos a una siestita, +podrás dormir sobre tus laureles!... ¿eh?... + +--¡Qué va a dormir, Ricardo!... No está para eso. + +--¿Que no, Melchor? dormiré a pierna suelta, buena falta me hace. + +--Y a todo esto, Ricardo, ¿cuál es el síntoma de salud moral a que te +referiste? + +--¡Hombre!... que si la Pampita me desahuciara rotundamente, ¡y eso que +esta vez va como nunca!, yo me conformaría pensando... + +--¡Con los colores complementarios!--le interrumpió Melchor. + +--No, ché, pensando en lo que tú nos decías en el tren, ¿te acuerdas? +«el mundo está lleno de Clotas». + +* * * + +--¿Quiere que vayamos, don Melchor, a ver esa hacienda que han traído? + +--Bueno, ¿ustedes se animan? + +--No, ché, yo voy a quedarme para escribir a casa. + +--Y yo también; ya te dije. + +--Estoy por imitarlos, Baldomero, porque no escribo hace días. ¿Qué le +parece que fuéramos mañana a ver la hacienda? + +--Mejor que escriba mañana, don Melchor; de todos modos Hipólito saldrá +tarde... y siempre tendrá tiempo... también puede escribir luego, a la +noche, ¿no le parece? + +--¡Estoy tan cansado!... + +--¿De qué, don Melchor?... Usted ahora sabe cansarse de nada... + +--He andado tanto estos días... y he dormido poco en las últimas noches. + +--¡Tu receta, Melchor, acuérdate!--intercedió Ricardo,--contra el +cansancio, el ejercicio. + +--Sí, don Melchor, vamos; puede que hallemos algún animal que valga, +porque a veces en tropas así sabe venir, «un repente», algún mestizo de +sangre. + +--Bueno, voy a vestirme; ¿mandó ensillar? + +--¿En cuál va a ir?... ¿En el zaino?... + +--No; hágame ensillar el _Platero_... con recado, ¡eh!--repuso Melchor +dirigiéndose a su dormitorio. + +Bajo el corredor quedaron con Baldomero, Lorenzo y Ricardo tomando mate +y comentando el deseo de Melchor de montar al _Platero_, redomón que lo +era aún y que podía dar una sorpresa; pero las órdenes de Melchor se +cumplían al pie de la letra y momentos después el _Platero_ ensillado +giraba amenazante y piafando alrededor del pilar de la caballeriza en +que había sido atado. + +Melchor apareció calzando botas y vestido con amplia bombacha negra +ceñida por un cinturón de gamuza blanca; blusa negra; chambergo color +plomo; en el cuello un pañuelo celeste cuyas puntas delanteras caían +sobre la pechera de su camiseta y en la mano un pequeño rebenque, +trenzado, con virolas de plata. + +--¿Qué tal?--preguntó al presentarse. + +--¡Pareces un gaucho de verdad! + +--A mí me pareces otra cosa: un orillero de Palermo con ínfulas de +hombre de campo--dijo Lorenzo. + +--Mejor estaría de frac y sombrero de copa, ¿no?... + +--¡Sin duda! Cuando menos, Melchor, estarías en traje más propio de tu +condición. + +En ese momento apareció Ramona y dirigiéndose a Melchor le entregó un +perfumado pañuelo de manos, diciéndole: + +--Tanto pedírmelo y se iba sin él. + +--Es verdad, gracias. Conque, ¿vamos, Baldomero? + +--...Cuando... quiera... don Melchor--dijo Baldomero, que se había +quedado contemplando a Ramona. + +Acompañados por Ricardo y Lorenzo se dirigieron a la caballeriza donde +Hipólito palmeaba en la tabla del pescuezo al _Platero_, mientras lo +tenía sujeto por una oreja. + +--Aguarde que yo monte, don Melchor; ¡tenéselo, ché, Hipólito! + +--¿Por qué, Baldomero? + +--Para pechárselo, si es caso--repuso éste al montar en su «azulejo», +agregando:--Monte ahora, don Melchor. + +Este había puesto el pie en el estribo, pero el _Platero_ giraba sin +cesar y sin dar tiempo a montar, hasta, que parado un instante Melchor +aprovechó para volear la pierna en el mismo momento en que el redomón se +tendía de costado, como en una espantada, abalanzándose hasta dar +algunos pasos en las patas traseras. + +--¡Y que te me ibas!... ¡maula!...--gritó Melchor afirmándose en el +recado y dando un formidable rebencazo al _Platero_, que arqueándose +agachó la cabeza, lanzó como un rugido, dio un corcovo colosal que hizo +cimbrar a Melchor, y partió medio trabado avanzando de través hacia el +alambrado de la quinta, al que no llegó porque Baldomero, rápido y +oportuno, le puso el «azulejo» al lado, diciéndole a Melchor: + +--¡No lo castigue!--y los dos caballos partieron pujando como en una +carrera que hubiese de darse «puesta». + +--Cualquier día van a costarle caras estas gracias--dijo Lorenzo, +contemplando a Melchor sobre cuyos hombros se veía a la distancia las +puntas flotantes del pañuelo, agitadas por el vendaval que el _Platero_ +producía. + +--¡Ni potro que fuera... para sacarlo a don Melchor!--se aventuró a +decir Ramona, como si la agitara un hondo orgullo ante la proeza +realizada por su patrón. + +--Él mandó... por eso lo ensillé--dijo Hipólito, contestando a Lorenzo, +como si considerara que le alcanzaba el reproche. + +--Yo no hago un cargo a nadie, Hipólito; pero si un día ocurre una +desgracia todos vamos a ser culpables. + +--Mientras esté don Baldomero no ha de ser. + +--Dios lo quiera--repuso Ricardo, dirigiéndose con Lorenzo hacia el +escritorio, en el que se disponían a escribir. + +Sentados frente a frente y listos para empezar la tarea, dijo Ricardo, +golpeando con la pluma en el fondo del tintero, como si quisiera +empaparla mejor: + +--¿Sabes, Lorenzo, que estoy con una preocupación? + +--Yo tengo la misma. + +--¿Cuál? + +--Melchor. + +--¿Cómo has adivinado? + +--No podía ser otra. + +--¿Y en qué consiste la tuya? + +--En el cambio radical que se está operando y acentuando en él. + +--¡Has visto!... + +--Hace ya muchos días que lo observo, y hasta me ha parecido más de una +vez que se excedía en la mesa. + +--De eso es el sueño que lo invade después de comer, y yo lo he visto +muchas veces, entre horas, tomando coñac en el antecomedor. + +--¿Es posible?... ¿A más del vino de la mesa? + +--Él me ha dicho que lo toma para ayudar a la digestión... cuando come +demasiado. + +--...¡Un muchacho que nunca ha bebido!... Y en todo se le nota un cambio +alarmante... Está perezoso... indolente... todo lo deja para después... +tiene un montón de cartas sin contestar... + +--Hay otro detalle más extraño y es su afán de quejarse de todo: nadie +lo quiere, nadie le guarda consideración, sus amigos no le escriben, +¡qué sé yo! + +--A mí me tiene esto más preocupado de lo que tú te imaginas; pero no me +resuelvo a hablarle porque temo que se enoje; por otra parte, ya no es +un chico, y quién sabe a qué propósitos responde con su actual conducta. + +--A nada, ché, Lorenzo, ¿qué se va a proponer?... Es dejadez, no más; va +en camino de ponerse en el mismo estado de laxitud o de atrofiamiento +moral en que nosotros estábamos. + +--Y de que él nos sacó... + +--Sí, pero es distinto; nosotros teníamos causas que podían ser +combatidas por él, como lo hizo excitivamente; pero en él no ocurre lo +propio. + +--En él debe haber una causa también. + +--¡Vaya uno a buscarla!... ¡bah!... ¿y quién nos dice que todas las +amabilidades y todos los altruismos de Melchor no han respondido al +deseo de reciprocidades, que cree no haber conseguido y de ahí su estado +actual...? + +--¿Por qué pensar eso?... + +--Digo no más... porque veo que él cambia por instantes... y no para +mejorar... y además yo no encuentro la causa de este cambio, que a mí me +parece de muy mal aspecto... + +--Sí... realmente... pero... ¡en fin!... yo me encuentro perplejo, no sé +qué partido tomar... + +--Yo pienso que lo discreto es no meternos a redentores; si a él le +gusta la vida que está haciendo, ¡que la haga! + +--Tal vez pudiéramos influir en algún sentido... quizá volviéndonos a +Buenos Aires. + +--¡Ya estás pensando en eso!... + +--Tú podrías quedarte, desde que tienes un interés; pero yo me iría con +él. + +--Y crees que Melchor acepte el regreso ya... ¡No creas! + +--¿Y por qué no? + +--¿Pero no has observado que él lo pasa «ahora» muy bien?... + +--...Algo me ha parecido notar... + +--¡Sí, hombre! si Baldomero lo ha comprendido y me lo ha dicho anoche. +Creo que él piensa hablarle... + +--...¡Qué colmo sería!... + +Entretanto el _Platero_ había disminuido sus impulsos y galopaba +tranquilo como un caballo definitivamente domado. + +--Sujetemos, don Melchor. + +--Sujetemos--contestó éste poniendo su caballo al paso. Así siguieron +contemplando el estado del campo y el de las haciendas, gordas «a +rajarlas con la uña». + +--¿Qué año excepcional, eh? + +--Así es, don Melchor, para las siembras y la hacienda. + +--A eso me refiero. + +--Yo también... + +--¿Por qué me lo dice en ese tono? + +--Vea, don Melchor... yo quería hablar con usted... si me permite... +¿sabe?... porque no querría faltarle... ¿me comprende?... + +--Puede hablar, Baldomero, todo lo que quiera, lo que es por mí... + +--Yo digo por el respeto, ¿no?... porque a la verdad, que si el patrón +llegase a venir... + +--¿El qué?... ¡Hable claro! + +--Porque yo veo cosas... Don Melchor... ¡vamos!... que no están bien... +y en una persona como usted... don Melchor... que no es por alabarlo... +pero usted comprende bien que todo se sabe... y después son los +enredos... y vaya, que lo llegue a saber la familia. + +--Mire, Baldomero, yo he vivido bastante para necesitar consejos, ¿me +entiende? y sé lo que hago y hago lo que se me da mi real gana. + +--No digo lo contrario... no, señor; pero vea: esos mozos que están con +usted... + +--¡Son pavadas! de ellos, que quieren que me pase el día escribiendo +cartas a cuantos imbéciles me escriben... + +--No es eso... no... don Melchor... + +--...y que se espantan porque tomo vino en la mesa. + +--Tampoco... don Melchor... + +--...como si pudiera hacerme mal. + +--¿Quién va a decir eso?... + +--...porque ahora tomo y antes no tomaba... ¡bah!... + +--No es eso... don... + +--¡Bueno, Baldomero! ¡ya basta!... ¿me entiende?... No me venga usted +con pavadas que no voy a atender--exclamó Melchor vehementemente. + +--No le hablaré entonces, don Melchor. + +--¡Sí, es lo más discreto! ¡y basta! + +--...si se ha de incomodar... pero no son pavadas... no... señor... +no... son... pa... va... das...--repetía Baldomero, como hablando +consigo mismo y en silencio continuaron durante todo el tiempo que duró +la jira hasta que Melchor dijo: + +--¿Volvamos?... + +--Volvamos... don Melchor. + +* * * + +--Hoy es el día de más calor que hemos tenido, ¿no te parece?... + +--El termómetro lo confirma, Lorenzo; a las diez marcaba 39 grados. + +--¡Cómo estarán en Buenos Aires, ché, Melchor! + +--Ya ves... y tú decías que es preferible vivir allá. + +--Con todo, ché: los ventiladores... los baños... los helados... + +--En cambio aquí refresca a las tardes, y las noches son siempre +soportables, cuando menos. + +--¿Lloverá hoy?--preguntó Ricardo. + +--¡Sin duda!--dijo Melchor,--el barómetro marca ya 755 +milímetros--agregó, mirando al que pendía de la pared del comedor, donde +acababan de almorzar. + +--¡Qué agradable sería dormir la siesta bajo un buen aguacero! + +--Aquí tienes, ché, Ricardo, un día excelente para ir a visitar la +«Pampita»... y hacer méritos... + +--¡Hacer una barbaridad!... porque me moriría en el camino. + +Así habría sucedido sin duda, pues un sol de fuego caía a plomo sobre +los campos, en los que danzaba macábricamente un temblequeante vaho de +capas superpuestas entre las que todo se agitaba, desfigurándose con +perfiles movibles y ridículos, pues tan pronto parecía que los álamos y +los eucaliptus se encogían en contorsiones de dolor, como parecía que +los ombúes se empinaban en espirales, o que las vacas multiplicaban +repentinamente el número de sus patas, sus cabezas, o sus colas. + +Las ovejas se agrupaban protegiéndose mutuamente de la calcinación solar +de los sesos, que cada una ponía bajo el vientre de la vecina, hasta +ofrecer, en compacto conjunto, el aspecto de grandes quillangos puestos +a secar. + +En los sitios en que la densidad de las capas atmosféricas era mayor, +los fenómenos del espejismo se mostraban en forma de lagos y de ríos +que, no por ser idénticos a los verdaderos, llegaban a engañar al ojo +inerrable de los animales sedientos. + +Bajo la sombra de los ombúes de la caballeriza, se refugiaban los perros +echados de lado, con las patas estiradas como para ahorrarse el calor de +sus contactos, indiferentes a la presencia de las gallinas que buscando +la misma sombra, se ubicaban junto a ellos, salpicándolos con la tierra +que removían con las alas en procura de capas más frescas y sólo cuando +algún idilio gallináceo molestaba demasiado a un perro, éste se +levantaba resignadamente, daba algunos trancos, dirigía una mirada hacia +el campo como pensando: ¡qué calor tendrán las vacas!, y se echaba de +nuevo rezongando entre colmillos algún lamento perruno. + +De pronto un gallo, como si recordase repentinamente una orden, olvidada +al amanecer, lanzaba las cuatro notas de su vibrante canto al que sólo +respondía, por excepción, el ronco trisílabo de un gallito enano y +tuerto trepado al eje de un carro en la caballeriza, por cuyos pesebres +circulaban cacareando «sotto-voce» las gallinas más inquietas del +corral. + +En competencia con ellas, las movedizas ratoncitas pululaban gorjeando +vibrantemente y era interesante seguir el revoletear de cualquiera que, +del barrote superior de una ventana, modulaba su trino y se descolgaba +veloz hasta el pie de un rosal, donde cantaba de nuevo, para dirigirse +como en una diligencia urgente a posarse de costado en la pata del catre +en que dormía un peón, repetir allí su trinar aleteado y volar a un +tirante del techo de la caballeriza, recorrerlo afanosamente, como un +pesquisante tras del delincuente, aparecer por el otro extremo, mirando +a todos los rumbos y partir, de pronto, en línea recta hacia la glorieta +del jardín. + +A ratos se oía el «meee» tembloroso de algún corderito afligido; el +silbar, agudo y breve, de los cardenales bajo el corredor; la carcajada +burlona de los «pirinchos» y el trueno retumbante y sordo de una gran +tormenta que avanzaba lentamente, como llevada por viejos bueyes +cansados. + +A medida que el sol declinaba, ascendía la tormenta pesada y amenazante, +hasta que llegó un momento en que tomó vuelo, avanzó resueltamente sobre +el sol enviándole una avanzada de nubes que lo velaron un poco, mientras +el grueso de la tempestad proyectaba a lo lejos negras sombras que se +disipaban a trechos cada vez que, del seno de las nubes, partía el +repentino fogonazo de un relámpago cuya luz se mostraba por grandes +claros en las sombras del suelo--a la manera de los que se abren en los +camalotes o en las algas que cubren aguas tranquilas cuando se arroja +sobre ellos una piedra. + +De pronto cruzó una ráfaga de aire fresco que se aceleró por instantes, +intensificándose hasta disolver los grupos de sofocadas gallinas, +levantar torbellinos danzantes de polvo, sacudir los ramajes y aun +torcer las copas de los mismos ombúes, gruesos y anchos, como una +satisfacción sanchesca. + +Las palomas salieron del sopor en que habían dormitado, lanzándose en +dos bandadas a combatir con las rachas, como dos escuadrillas que +evolucionaran en un mar agitado, para regresar al puerto en línea, de +combate por rumbos contrarios. + +De pronto también las copas de los árboles volvieron a su posición +recta; el polvo quedó en suspensión descendiendo, lentamente, sobre el +suelo; las haciendas levantaron la cabeza como investigando la causa de +aquel cambio; los caballos relincharon un rezongo; el sol brilló de +nuevo en todo su esplendor, rencoroso y candente: la tormenta había +pasado en su colosal ruta parabólica, rumbo al poniente, donde pareció +detenerse, como a esperar al sol. + +Baldomero, de pie en la puerta de su dormitorio, dijo, prendiéndose el +tirador que sujetaba sus bombachas y mirando a la tormenta: + +--¡Ah!... ¡canalla!... no quisiste descargar... ¡Si la seca se afirma... +yo no sé qué va a ser!... + +Y como si la tormenta, envuelta en el conglomerado de sus cirrus +obedeciera a su voz, empezó a moverse hacia el sud, siguiendo la línea +del horizonte lentamente, casi agazapándose, como si quisiera realizar +un movimiento envolvente para tomar al sol por retaguardia, mientras +éste seguía en su aparente caída diurna. + +Al llenar el cuadrante que recorría, la tormenta desplegó sus avanzadas +hacia el cénit desarrollándose en toda su amplitud, y, a medida que el +sol descendía a su ocaso, ella ocupaba la imponderable inmensidad del +cielo, anticipando y ennegreciendo la luz crepuscular de aquella tarde. + +Cuando el sol se hundía, como una enorme elipse roja, tras las capas +atmosféricas que ondulaban sobre el suelo, la tormenta, silenciosa, +solemne, triunfal, descargó sus primeras gotas que, amplias y gruesas, +golpeaban en los ramajes y levantaban del suelo tenues circulillos de +polvo finísimo. + +Sin relámpagos, sin truenos, la lluvia se hacía más copiosa cada vez, +hasta convertirse en un diluvio nutrido y firme que el suelo absorbía +sediento, dejando que el exceso de agua se acumulara en pequeñas +corrientes que seguían el desnivel del piso como arroyos y ríos vistos +desde gran altura y mientras el formidable aguacero caía como una +colosal cortina chinesca de gruesos e infinitos hilos incoloros, las +movedizas «ratoncitas» trinaban en los tirantes de los aleros como +diciendo acongojadas: ¡qué va a ser de nosotras!... + +La lluvia continuó sin interrupción alegrando y reviviendo todo y cuando +los tres amigos, ya casi de noche, tomaban asiento en el comedor se oyó +ladrar los perros como si algo extraordinario ocurriera. + +--¿Qué sucede, José?--preguntó Melchor al sirviente que ponía la sopa en +la mesa. + +--Debe andar gente, don Melchor, por como ladran... voy a ver. + +Tras del sirviente salieron al corredor Melchor y Lorenzo que por el +ruido continuado de la lluvia sólo pudieron percibir los gritos de +Hipólito llamando a los perros y los de Baldomero que por el corredor de +sus piezas se dirigía a la caballeriza preguntando en voz alta: + +--¿Qué hay?... + +Momentos después se presentó Baldomero, de cuyo poncho se escurría el +agua por las puntas y dirigiéndose a Melchor le dijo: + +--Son dos gringos... mercachifles... que piden pasar la noche; ¡pero +cómo llueve!... + +--Pobres infelices--dijo Lorenzo al mismo tiempo que Ricardo +incorporándose al grupo preguntaba: + +--¿Qué es lo que hay? + +--Vea, Baldomero, dígales que esto no es posada. + +--¡Qué?... ¿Los vas a echar, Melchor?... + +--Déjelos, don Melchor--dijo Baldomero,--que duerman en la +caballeriza... ¿qué mal pueden hacer?... ¡Llueve tan feo!... + +--¡Como han venido, que se vayan! + +--No hagas eso, Melchor. + +--¡Pero! ¿qué es lo que hay?--repitió Ricardo. + +--Dos gringos, ché--le contestó Melchor,--dos bribones... que quieren +pasar aquí la noche. + +--¿Y...? déjalos... + +--¡Ni pienso!... Vaya, Baldomero, y hágalos salir del campo. + +--¿De «verdá», don Melchor...? + +--¿Pero no me entiende?... ¿o quiere que vaya yo?... + +--Déjalos, ¡infelices!--insistió Lorenzo. + +--¡No quiero!... ¡Vaya!... ¡No me da la gana!... + +--Está bien, don Melchor--dijo Baldomero dirigiéndose hacia la +caballeriza por el caminito del jardín en el que quedaron visibles, a la +luz del farol del corredor, las hondas huellas de sus botas. + +--¡Baldomero!--gritó Melchor aproximándose al límite del corredor, hasta +recibir algunas gotas de lluvia y haciendo bocina con la mano,--¡que los +acompañe Hipólito hasta la tranquera! + +--Está bien, señor--se oyó a la distancia bajo la lluvia y momentos +después los dos mercachifles cargados con un enorme peso que aquélla +aumentaba, salían chapaleando barro, conducidos por Hipólito a caballo, +mientras Melchor desdoblaba la servilleta que se ponía en las faldas, y +tomaba un plato de suculenta sopa de arroz con ajíes de la huerta... + +* * * + +--¡Así!...--decía Baldomero, juntando los dedos de ambas manos, y riendo +placenteramente,--¡así!... va a caer gente el domingo...¡Si se me hace +que no va a faltar nadie!... + +--¿Y vendrán muchachas?--preguntó Lorenzo. + +--¡Como gato al bofe!... señor. ¿En habiendo bailable?... ¡ni qué +hablar! ¡Y más cuando han sabido que es por festejar el santo de don +Melchor y qué habrá carneada... y carreras! ¡Viera don Lorenzo, cómo +abren los ojos, los mozos, cuando les digo que usted va a largar +«veinte» de premio al mejor flete criollo en seis cuadras!... ¡Si se me +hace que hasta de a pie la corrían! + +--¿Avisó al comisario, Baldomero? + +--Hoy de mañana le hablé, don Melchor, y me dijo que estaba gustoso y +que no faltaría. + +--Yo creo--dijo Ricardo,--que para un «fieston» como el que preparan +deberías invitar a don Casiano... quizás viniera. + +--¡Anda tú!... Vas mañana... y te lo traes el domingo. + +--¿En serio?... ¿Me autorizas para ir a invitarlo en tu nombre? + +--¡Por indicación tuya!... ¡pero no le digas que se trata de mi +cumpleaños, porque lo pondrías en el compromiso de regalarme algo y no +sea el diablo que me regalara... la «Pampita»! + +--¡No seas bárbaro!... Bueno: ¿voy? + +--Como te parezca... lo que es por mí... + +--Convenido; ¿me hará preparar caballo, Baldomero? + +--¿Cómo no, señor, si usted dispone? + +--¿Y me acompañará Juancito? + +--¡Sí, hombre!, te acompañará Juancito... y llevará el «tostado» ¡que es +de «anca»!... por si hay que traer a la «Pampita». + +--Te ha dado fuerte con la «Pampita»... + +--¡Más fuerte te ha dado a ti! + +--¿Y qué camino debemos tomar, Baldomero, para evitar un nuevo encuentro +con Anastasio? + +--Juancito le dirá, don Ricardo; pueden pasar por el campo de los Gómez, +¿sabe don Melchor? que no es una vuelta grande. + +--¡Y aunque sea! Yo soy capaz de dar la vuelta al mundo por no +encontrarme con Anastasio. + +--Qué, ¿le tiene tanto miedo? + +--Miedo, no, Baldomero; ¿pero a qué comprometerme? + +--¡Cuando ya estás comprometido con la «Pampita»!--dijo Melchor, +sonriendo. + +--¡Dale con la «Pampita»...! casi estoy por creer que te acuerdas más de +ella que de Clota... + +Melchor, que acababa con el mate que tenía en la mano, se lo dio a +Ramona, diciéndole: + +--No me dé más. + +La conversación continuó anticipando comentarios sobre las fiestas +proyectadas para festejar el cumpleaños de Melchor, postergado hasta el +domingo, con el objeto de poder darle todo el esplendor que, según +Baldomero, merecía. + +--Al fin son dos días, no más, mientras que mañana no podrían venir +muchos--decía éste. + +--Lo que a mí me interesa más es el baile--dijo Lorenzo,--porque nunca +he visto un «pericón», ni un «gato», ni nada de eso. + +--Pues saldrá de la «curiosidá», don Lorenzo. + +Baldomero se interrumpió de pronto, poniéndose de pie y mirando a la +distancia atentamente en forma que despertó la curiosidad de todos, que +se levantaron también preguntándole: + +--¿Qué mira?... + +--...Allá... Si no me engaño... viene un coche... y viene para acá... + +--¿Dónde? + +--...Allá... bajando la loma... ¿ve?... derechito a la tranquera... + +--¡Es cierto!--dijo Lorenzo.--Ahora lo veo perfectamente. + +--Y yo también--dijo Ricardo,--podríamos ir a salirle al encuentro; ¿qué +les parece? + +--Vamos, la tarde está fresca. + +--¡No ve! Don Melchor: ahí endereza a la tranquera, ¿quién será?... + +--Ahora lo sabremos, vamos. + +El grupo se dirigió al encuentro del coche que visiblemente se dirigía a +la «Celia». + +--Viene del pueblo, don Melchor... de la cochería de Gaspar, ¿sabe?... y +viene con una persona...--dijo Baldomero. + +--¿Quién será? + +--Alguno de los muchachos, ¿no te parece, Melchor?... que viene a pasar +el día de mañana contigo. + +--¡No, Lorenzo!... ¿quién va a pensar en eso! + +--¿Y por qué no?... + +--Porque no... + +El carruaje había pasado la tranquera y se aproximaba rápidamente al +grupo que se había detenido a contemplarlo bajo un árbol, cuando de +pronto vieron que el viajero les anticipaba un saludo agitando su +sombrero. + +--¡Es Rufino!... ¡Es Rufino!...--dijo Lorenzo y agregó con viva +satisfacción:--¡qué bueno! + +Efectivamente era Rufino, el viejo sirviente de la casa de Lorenzo, que +descendió del pescante de un salto y lo saludo como un amigo íntimo, +casi como un padre: + +--¡Cómo está, niño?... ¡Qué buena cara tiene!... ¿Se siente bien?... + +--Perfectamente, Rufino, ¿y por allá? + +--Todos están muy buenos... ¿cómo lo pasa, don Melchor?... ¿y usted, don +Ricardo?... + +Contestaron éstos amablemente y luego de presentarle a Baldomero, dieron +orden al cochero que entrase a la caballeriza y reunidos, todos, +regresaron a pie en dirección a las casas. + +--Pues, sí, niño, la señora tenía resuelto mandarme para verlo y para +que le trajera unas cosas que le manda a don Melchor--cosa que estuviera +aquí mañana, ¿no?--y que le trajese noticias de casa que están todos +buenos, a Dios gracias, y deseando verlo, como, a usted, don Ricardo, +que me dijo su mamá que le dijera que están muy contentos con sus +noticias y que por qué no les ha mandado el retrato de la niña. + +--Muy pronto irá, Rufino, quizás lo lleve yo mismo. + +--¿Qué, ya están por volverse, don Ricardo?... Viera qué calor en la +ciudad... ¡y miren que esto es lindo!... Si es una gloria estar aquí.... +El que no anda muy bien, es su papá, don Melchor. + +--¿Qué es lo que ha tenido?... En las cartas no me decían que estuviese +enfermo de cuidado... + +--Parece que lo atacó el hígado... y algo de los riñones también. + +--¿Ha estado en cama muchos días?... + +--Anteayer se levantó, don Melchor; pero los ha tenido medio afligidos +porque los médicos decían que por su edad que había que tener cuidado. + +--Y diga, amigo--le preguntó Baldomero,--¿ya está bien el viejo? + +--Bien del todo, no, señor; pero está mejor... eso sí... y cuidándose no +ha de suceder nada... ¿y sabe la novedad, niño?--agregó dirigiéndose a +Lorenzo,--que la niña Sofía está pedida y según me dijo la señora que le +dijera, que parece que para mayo o junio. + +--Sí, Rufino, Sofía me escribió dándome la noticia. + +--Las niñas no hablan de otra, cosa, niño, y todos los días se llenan +de amigas que la felicitan ¡y es un ir a las tiendas!... ¡Mire que da +trabajo un casamiento!... + +--¡Cuénteselo a don Ricardo, amigo!--dijo Baldomero riéndose. + +--¿Y por qué a mí?... Más cerca lo tiene a Melchor. + +--Ahora que me hace acordar: me dijo la señora, don Melchor, que le +dijera que la niña Clota los acompañó sin descanso en los días que el +señor estaba peor. + +--Pero... ¿qué ha estado mal el viejo?--le preguntó Melchor. + +--Sí, señor... al principio no estuvo muy bien, ¿no le decía?... pero ya +va mejor. + +El grupo se dirigió a la caballeriza de donde regresó a las piezas +interiores a las que Rufino y Baldomero llevaron los paquetes de que +aquél era portador y que fueron colocados en la mesa de la sala. + +Rufino entregó a Lorenzo algunas cosas diciéndole: + +--Esto le manda la señora, niño, y esta carta--y dirigiéndose a Melchor +agregó:--Estas cosas le mandan de su casa, don Melchor, y estas cartas +que me dieron y a más... espérese, don Melchor, aquí le traigo... pero, +¿dónde lo he puesto?--repetía buscando en los bolsillos interiores +afanosamente,--¡ah!... aquí está... esto que le mandaba la niña Clota... + +Melchor, que se había dispuesto a retirarse, al recibir los paquetes y +las cartas, se detuvo hasta que Rufino le entregó un pequeño estuche que +hizo exclamar a todos: + +--¡A ver!... ¡A ver!... + +Melchor puso todo sobre la mesa y con absoluta calma, sin apuro, casi +displicentemente, desató el pequeño estuche que abrió y, sin detenerse a +contemplarlo, lo mostró a Lorenzo y Ricardo que exclamaron: + +--¡Qué maravilla!... + +--¡Qué buen gusto!... + +La caballeriza, barrida y regada prolijamente, había sido desalojada de +cuanto podía disminuir su capacidad de salón de baile, dispuesto con +bancos en los costados; un gran farol sobre la pared del fondo; cuatro +farolitos chinescos colgantes del techo y guías de sauces adornando los +pilares del frente. + +En el monte de durazneros se había dispuesto lo necesario para el +almuerzo, consistente en una vaquillona con cuero, empanadas, frutas, +cerveza y limonada gaseosa en abundancia; todo listo para las doce bajo +la prolija vigilancia de Melchor que se hallaba vestido con traje de +gala: botas claras de cuero de chancho, bombacha de hilo crudo; tirador +de charol negro; camisa de seda celeste claro; blusa corta de grano de +oro; gran «panamá» con ancha cinta de colores; y por detrás, debajo de +la blusa asomaba el caño bruñido de un revólver. + +En los palenques no cabía ni un caballo más y bajo los ombúes estaban +los carros en que habían llegado las familias invitadas que se +diseminaron por los jardines y el monte, anticipando comentarios sobre +el esplendor de aquella fiesta excepcional. + +El paisanaje se había reunido en la «cancha» improvisada donde se medía +las distancias a correr y en cuyas inmediaciones «se caminaban» del +cabestro los parejeros que eran, sin disputa, tanto mejores cuanto peor +aspecto presentaban. + +--¡A ver!... ¡esa gente!... ¡Si no quieren churrasquear!--gritó Melchor +desde la puerta del jardín y el grupo abigarrado y cadencioso se dirigió +hacia el monte discutiendo a voces las condiciones de los caballos, que +los muchachos paseaban a morral: + +--¡Le tomo! amigo, dos paradas de a peso al «rosillo» contra el +«malacara»... + +--Doy tres a dos al «gateao», contra el que raye. + +--¡Quién dice que juega al «ruano»? + +--¡No crean!... ¡el «malacara» de este hombre es muy ligero!... ¡«pal» +pasto!... + +--Si cuando corre el «overo» de don Lucas uno no sabe, por lo ligero que +va, ¡si es que recula! + +--No té me habías de escapar, lagartija, si te corriese en él--dijo don +Lucas, el capataz en la estancia lindera de Cabral, dirigiéndose a un +peón joven, alto, delgado y lampiño que había estado a su servicio y que +al caminar doblaba las piernas como si tuviese desarticuladas las +rodillas. + +Al pasar por el camino del jardín inmediato a la sala, Melchor salió de +ésta, después de decir algo muy en secreto a Ramona, y se puso a la +cabeza del grupo al que sirvió de guía y al que había de quedar +vinculado en la fiesta, si pensaba seguir el consejo de aquélla:--No se +mezcle, don Melchor, con esas mujeres que pueden traerle un disgusto... + +Los comensales llegaron al monte en el que habitualmente no se oía más +ruido que el cantar de los pájaros y el seco «tac» de los duraznos que +caían, de las ramas al suelo, en el último grado de madurez. + +--¡A ver--gritó un viejo paisano, bajo, grueso, apellidado Montero,--si +echan reses a la playa! + +En diversos y pintorescos grupos se realizó el almuerzo presidido por la +mesa dispuesta para Melchor que sentó a ella a los convidados más +representativos: el comisario Maidagan, don Lucas, Baldomero, Lorenzo y +dos muchachas hijas de un colono alemán a las que puso a su lado, al +mismo tiempo que decía al hermano de ellas que las había acompañado: + +--Usted no cabe aquí, amigo; pero ha de ser buen gaucho... acomódese por +allí... + +Durante el almuerzo, Melchor tuvo extremadas atenciones con sus vecinas +a una de las que le dijo en los primeros momentos y en tono +confidencial: + +--Parece que mi amigo Lorenzo ha simpatizado con su hermanita... + +--¡Oj!... mi «guérmana» no «está» para un señor así. + +--Pero usted sí... para eso y mucho más... + +La muchacha ingenua y sencilla se puso más roja de lo que era: por +primera vez, en su vida, sintió en los oídos el palpitar acelerado y +martillante de su propio corazón y, como en un desvanecimiento extraño, +tuvo la visión fugaz de una hermosa casa de campo en cuya puerta un +carruaje esperase a su dueña... + +Melchor lo comprendió y cuando se disponía a insinuarse en el lenguaje +agresivo y mudo de una pasión fingida llamó su atención, y la de todos, +el viejo Montero, que alzándose a la distancia le gritó: + +--¡Don Melchor!... y no lo tome a mal: a la «salú» de su futura, la niña +Clota, que nos dice Hipólito... + +Y el viejo que tenía en frente al cochero de la estancia levantaba en +alto un jarro de lata tomado por los bordes con las puntas de los dedos +vueltos hacia abajo. + +--¡Por la niña Clota!... + +--¡Por la futura del patrón!...--gritaron en coro todos, cuando llegó +Ramona que, tocando suavemente en el hombro a Melchor, le dijo: + +--Se avista a don Ricardo que viene con Juancito--y regresó a las piezas +de la casa, no sin mirar despreciativamente a la rabia enrojecida que su +patrón tenía al lado. + +Momentos antes de terminar el almuerzo llegó Ricardo que, al encontrarse +con Melchor; lo abrazó efusivamente: + +--¡Que los cumplas muy felices! + +--¿Cómo te fue?... + +--¡Perfectamente!... + +--¿No te dije?... + +--...hasta donde es posible--agregó Ricardo tomando asiento donde no +había cabido el hermano de las rubias. + +Terminado el almuerzo, se entregaron los invitados a tocar la guitarra y +payar algunos, otros a jugar a las bochas, la taba o el truco, mientras +los invitados a la mesa de Melchor se dirigieron con éste a la sala para +oír a Ricardo en el piano. + +A los acordes de éste la gente empezó a reunirse en el corredor donde se +hizo una tertulia en que el piano alternaba con la guitarra, mientras +Melchor atendía a todos, como dueño de casa, haciendo servir algunas +botellas de sidra espumante. + +Llegó luego la hora de las carreras que debían empezar por la del premio +ofrecido por Lorenzo y en la que tomarían parte cinco caballos. + +La carrera debía ser largada por Lorenzo, teniendo por juez de raya al +comisario Maidagan, pero aquél no sospechó la laboriosa operación en que +se había comprometido, pues cada vez que calculó poder bajar la señal de +la partida debió desistir, porque el «overo» hacía punta, o el «ruano» +se quedaba atrás, o el «rosillo» se anticipaba, o el «malacara» se +volvía, o el «gateao» permanecía firme en la raya. + +Entre la línea fijada a los caballos y la de la partida definitiva, +ocupada por Lorenzo, había unos treinta metros que aquéllos recorrieron +treinta veces, sin presentarse en línea, hasta que por fin Lorenzo les +dijo: + +--Bueno, amigos, va la última: voy a largar... ¡y el que se quede atrás +que se quede! + +Los cinco caballos, ante esta amenaza, pasaron por delante de Lorenzo en +irreprochable formación; bajó la señal; sonaron los rebenques y el lote +partió, levantando tras sí como la cortina de polvo de un automóvil en +marcha. + +Todo el paisanaje se lanzó a escape tras los competidores entre los que +desde el «pique» hizo «punta» el «malacara» montado por Juancito--el +peón de la caballeriza solicitado al efecto por su dueño con la promesa +de darle dos pesos si ganaba la carrera.--Llegó segundo el «rosillo» +montado por su dueño, Lucas Bando, que había tomado varias «paradas» +dando «fila» con su cacaballo y que al bajar de éste dijo a gritos: + +--¡Meten un caballo de sangre y así qué gracia!... Con un animal de la +estancia... ¡«Pchá» que son vivos!... + +Melchor, que montaba el «zaino» y que había bebido más de lo habitual +por estimular a sus invitados, al oír a Bando, picó su caballo y +poniéndosele al lado le dijo: + +--¡Avisa si querés que estrene este arreador! + +--¡Sí!... usted está en su casa... y... ¿por qué hacen correr ese +caballo por criollo, entonces?... + +--Porque es criollo, ¿entendés «guacho»? + +--Vea, don Melchor, respete a la gente si quiere que no le falten... + +--¡Pero qué te has pensado, canalla!--dijo Melchor haciendo girar el +cinturón como para sacar el revólver. + +Hubo un instante de pavoroso silencio, durante el cual Bando se recostó +en el anca del «rosillo» y sereno y sonriente miró a Melchor, a quien +Maidagan tomó del brazo diciéndole: + +--¡Qué va a hacer!... Don Melchor... ¡Si no vale la pena!...--al mismo +tiempo que decía a Bando:--¡Monte y retírese, amigo! + +--¡Suélteme, Maidagan!... ¡Suélteme, le digo! + +--Primero voy a pagar honradamente lo que he perdido--repuso +Bando;--para irse hay tiempo... «anque» sea al otro mundo... + +Lorenzo y Ricardo se aproximaron a Melchor y lo llevaron para la +caballeriza, donde se habían refugiado las mujeres, y donde le tuvieron, +poco menos que a la fuerza, hasta que, apaciguados los ánimos, volvieron +al sitio de las carreras, que se tramitaban en inacabables discusiones, +y desde el cual pudieron ver a la distancia, que Lucas Bando se +alejaba, solo, llevando de tiro a su «rosillo». + +* * * + +En varias mesas puestas bajo el ombú grande, se había improvisado la +cantina, gratis, atendida por Rufino a pedido de Melchor, con la +recomendación de dar preferencia al despacho de limonada gaseosa. + +Terminadas las carreras se organizó el baile designándose bastonero al +viejo Montero que aceptó el cargo diciendo: + +--¡La primera pieza «pal» patrón!... + +La orquesta, formada por dos guitarras y un acordeón, rompió con una +habanera cadenciosa y sensual; las mujeres ocupaban los bancos, +abanicándose complacidas; los hombres de pie, sobre uno de los costados +descubiertos, las contemplaban «comentándolas», cuando avanzó Melchor y, +parándose frente a la rubia que había tenido al lado en la mesa, se sacó +un pequeño ramito del ojal y mientras los músicos suspendían la +ejecución de la habanera, le dijo; + +--Para la reina de la fiesta, a la que le pido quiera acompañarme a +iniciar el baile. + +La muchacha tornó el ramito y aceptando el brazo que Melchor le ofrecía +salió con él que, en seguida, hizo seña a los músicos para que +continuaran, mientras se paseaba con su compañera cuya mano derecha +apretaba fuertemente con la izquierda. + +Él estaba, sin duda, hermoso bajo la influencia de la profunda exitación +que lo dominaba. Sus mejillas habían recobrado el sonrosado color de +otros días y por sobre sus hondas ojeras brillaban sus enormes ojos de +fauno estival; los labios enrojecidos y gruesos y lascivos brotaban, +entre el bigote y la rubia barba crecida, como una roja amapola en un +trigal maduro y su aliento de horno quemaba las mejillas de su inocente +y sencilla compañera, cuyo respirar acelerado y ansioso contestaba, sin +palabras, a las tremantes insinuaciones de su gallardo y prestigioso +galán. + +Las guitarras sonaban metálicamente bajo los golpes violentos y secos en +las bordonas; el acordeón se quejaba en el desmayo rítmico de sus notas, +prolongadas en calderones que le exigían todo el desarrollo de su caja +y, aprovechando uno de éstos, Melchor se puso al frente de la rubia +arrastrando la pierna izquierda cuyo pie trazó en el suelo un +semicírculo y pasándole el brazo derecho por el talle, al que se ajustó +como un cinturón ardiente, le tomó, con toda delicadeza, la punta de los +dedos de su mano derecha que levantó hasta la altura de los hombros y +mirándola lánguidamente en los labios temblorosos, empezó a bailar tan +unido a ella + +«Que sus dos almas en una acaso se misturaron». + +--¡Quiébrela, niño...!--dijo una voz que partió del grupo de paisanos, +hacia el que Melchor lanzó una mirada de indignación visible... + +La pareja giraba lentamente, bajo las miradas de todos y con +especialidad del hermano de la rubia cuyos movimientos seguía ansioso y +lívido mientras le torturaban penosamente los comentarios circundantes. + +Cuando el acordeón, como una isoca que se encoge, se replegó ondulante +emitiendo su gorjeo final y los guitarristas rasguearon sobre las +cuerdas como en un pizzicatto decreciente y sonaron los aplausos y aquel +«cinturón ardiente» se corrió por la cintura como una culebra que se +desliza, y Melchor se inclinó en una graciosa reverencia sobre la +rubia, el hermano de ésta avanzó resueltamente y sin calcular la +impresión que provocaba en todos, la tomó del brazo diciéndole que era +hora de retirarse, al mismo tiempo que hacía una seña a la otra hermana +sentada con Lorenzo bajo el farol de la pared del fondo. + +Fue inútil cuanto se hizo por modificar la resolución que arrancaba del +baile a sus dos mejores prestigios; pero las criollas experimentaron un +alivio viendo alejarse a las dos rubias, cuyas mejillas tenían el color, +la pelusa y hasta el perfume de los priscos maduros. + +--...¡Cretino!... ¡Imbécil!...--repetía Melchor contemplando a las dos +muchachas que se alejaban llevadas por el hermano, en el carro bajo y +ancho del colono. + +--¡Rufino, deme un vaso de cerveza; de la que está en el balde! + +--No bebas más, Melchor... + +--Déjate de pavadas, Lorenzo; tengo sed. + +--Toma limonada. + +--¡Pero qué afán de darme consejos!... ¡Caramba!... Deme la cerveza, +Rufino. + +--Don Lorenzo--exclamó Baldomero desde la caballeriza,--aquí le han +hecho un pericón... Usted que quería verlo. ¡Venga!... + +Cuando Lorenzo salió de bajo el ombú de la cantina, oyó el compasado y +monótono «¡glú!... ¡gluglú!... ¡glú!» de las guitarras y el «¡ras!... +¡rasrrás!... ¡ras!» de los pies cepillando el piso al girar de los +bailarines, como en las cadenas de los lanceros. + +Tras de Lorenzo, se aproximó Melchor que a cada figura gritaba: + +--¡Más listos!... ¡más vivo ese movimiento!... ¡Parecen hombres de +palo!... + +Terminado el pericón, llegó Hipólito con una escalera y encendió la luz +de los faroles, pues la pared del fondo, en el lado del poniente, +proyectaba una sombra que oscurecía al local. Realizada aquella +operación, se ennegrecieron las «damas», que sentadas en los bancos +fueron revistadas por Melchor, de cuyo panamá bajó sobre los ojos el ala +delantera. + +Al llegar frente al farol de la pared vio, bajo la penumbra de éste, una +pareja que conversaba íntimamente. + +--¿Y ustedes?... ¿qué hacen, que no bailan? + +--«Ahura» hemos de bailar, señor, lo que toquen. + +--¡A ver!... Déjenme sentar a mí también--les dijo Melchor,--quiero +verles las caras. + +La pareja unida se corrió hacia un lado, dejando sitio junto al paisano; +pero Melchor le dijo a éste, metiendo el cabo de su rebenque entre él y +su compañera: + +--No, yo en el medio. + +En el mismo instante los músicos empezaron a tocar algo semejante a una +«mazurka» y levantándose rápido el paisano dijo a su compañera: + +--Acompáñeme, que ahí tocan. + +La criollita no se hizo repetir la invitación y de la mano de su +compañero se alejó mientras Melchor se sentaba y decía: + +--Vayan no más, que no se han de ir muy lejos...--pero no volvió a +verlos aquella tarde. + +El baile continuó hasta que al entrar la noche se retiraron los +convidados, muchos de los cuales destacaban, sobre las últimas +vislumbres del crepúsculo, la silueta oscilante en el caballo que por sí +sólo marchaba a la querencia. + +Aquella fiesta dejó en el espíritu de Lorenzo, de Ricardo y aun de +Rufino, una penosa impresión que se trasmitieron mutuamente mientras +Melchor, que la había engendrado, tomaba el baño que todas las tardes le +preparaba Ramona. + +--Yo no me debo meter, niño; pero, en mi sentir, don Melchor va +mal--decía Rufino,--y diga que don Baldomero no le pierde pisada... + +--En lo único que hace mal Melchor, es en querer alternar con esta +gente, Rufino. + +--Y otras cosas, niño, que me ha dejado comprender don Baldomero... ¡y +cómo lo quiere este hombre!... + +--¡Como todos! ¿quién no ha de querer a Melchor?--repuso Lorenzo. + +--Así es, niño; pero vea, don Baldomero dice que usted puede mucho y que +de no que le hable al patrón. + +--No ha de haber necesidad de nada, Rufino, porque esta fiesta no ha de +repetirse. + +--Más vale así, niño; ¡mire que seria una lástima!... + +--¿Y usted tiene todo listo para regresar mañana, Rufino?--le preguntó +Lorenzo para cortar la conversación. + +--Sí, niño, todo, sólo me faltan unas cartas que me dijo don Melchor que +me iba a dar. + +Terminado el baño de Melchor reapareció éste y pasaron al comedor donde +durante la comida comentó complacidamente los diversos episodios del +día, lamentando sólo no haber tenido tiempo de escribir las cartas que +había pensado enviar con Rufino, cuyo regreso estaba improrrogablemente +fijado para la mañana siguiente según lo tratado en la cochería de +Gaspar. + +--¿Parece que a ustedes no los ha dejado satisfechos la fiesta?--dijo de +pronto Melchor al terminar la comida. + +--¿Cómo no?...--repuso Ricardo,--hemos asistido a un espectáculo muy +interesante; yo no hablo mucho porque estoy cansado con el galopón de +esta mañana y el trajín de todo el día. + +--¿Y tú? + +--¿Yo?... ¿Qué más quieres que te diga?... Me parece que he elogiado +bastante, y de lo que no me merece elogios... ¿a qué hablar?... + +--¿Por ejemplo?... + +--Si te empeñas... me parece muy censurable tu afán de identificarte con +todo este chusmaje... de vestirte como ellos... hablar como ellos... ¡y +hasta beber a la par de ellos, Melchor! + +--¡Apareció el aristócrata!... ¿y qué más?... + +--¡Hombre!... mucho más que callo quizás por no fastidiarte. + +--Sí, ché Lorenzo, para hablar tonteras mejor es callarse... + +--Así será... ¡tonteras!--dijo Lorenzo levantándose de la mesa en +momentos en que Melchor decía a José: + +--Traiga el cognac... + +Al oír esto, Lorenzo, que trasponía la puerta del comedor, se detuvo un +instante y antes de continuar dijo: + +--¿También sería tontera criticarte eso?...--y se alejó. + +--¡Ven... no te vayas... ché Lorenzo!... ¡Si no me voy a +emborrachar!--dijo Melchor en voz alta y prorrumpió en una carcajada... + +* * * + +El ambiente de amables alegrías se había modificado gradualmente en la +estancia de Astul hasta ofrecer a ratos el aspecto de una casa de duelo. + +Ricardo, Lorenzo y Melchor paseaban como con desgano; se aislaban, acaso +sin determinarlo deliberadamente y cuando conversaban lo hacían sobre +temas indiferentes o fríos. Largas horas trascurrían sin hablarse y más +de una vez tomaban asiento en la mesa conservando cada uno el libro que +leía y al que servía de atril la copa o la botella que se tenía delante. + +Así había pasado la hora empleada en comer una tarde en que Ricardo +rompió el silencio diciendo: + +--¡Vamos a levantarnos de la mesa roncos! + +--Ustedes han dado en no hablar. + +--Seguimos tu ejemplo. + +--¿Y de qué quieres que hable, Ricardo?... ¡Yo tan luego!... No tengo +temas agradables, ché... + +--¡Yo tengo--dijo Lorenzo,--ahora que me acuerdo! Entre las cartas que +nos trajeron hoy recibí una del doctor Moreno en que me dice que te pida +permiso para mandar aquí a todos sus enfermos en vista de las noticias +que le daba de mi estado. + +--¡Al fin me da la razón ese pillo! + +--¿Pillo?... ¿Por qué?... el doctor Moreno es todo un caballero, +Melchor. + +--Sí... sin duda... un caballero que te habría declarado sano el primer +día que te vio, si no hubiera comprendido que eras un buen filón. + +--¿Pero por qué hablas así del doctor Moreno? + +--Porque todos «ésos» son iguales; mercaderes de la peor especie que en +la mayoría de los casos venden enfermedades a sanos y no salud a +enfermos... traficantes que toman a un hombre como el viejo y lo atan a +la cama para sacarles el jugo. + +--Yo no niego que haya médicos de esa índole; pero son la excepción... +Moreno es un hombre digno y serio. + +--¡Bah!... ¡Bah!... No me hables de los hombres serios--exclamó Melchor +reaccionando sobre la nerviosidad con que habló de los médicos y +sonriendo como si compadeciera a Lorenzo por su ingenuidad. + +--Que también, para ti, los hombres serios son... unos... + +--¡Truanes! en la mayoría de los casos--le interrumpió Melchor,--¡porque +casi siempre revisten de seriedad, fingida, un estado de conciencia que +haría poner colorado a un negro! + +--Te confieso que me aturdes cada vez que te oigo hablar así y que todo +mi discernimiento se desvanece cuando te veo en tren de escarnecer +despiadadamente todo cuanto debe merecernos respeto. + +--¿Pero crees, Lorenzo--interrumpió Melchor violentamente,--que yo +puedo, tener respeto por la cáfila de bribones que se habrán completado +para declarar enfermo al viejo... cuando el viejo no tiene más +«enfermedad» que la de tener algunos recursos?... ¿Y crees que yo puedo +o debo respetar a esos ceremoniosos caballeros que hablan solemnemente y +no se sonríen siquiera ante nadie, para poder pasar por «hombres +serios»?... ¡Bah! no seas infeliz: en la mayoría de los casos son unos +grandísimos trapalones que después de haber tocado en todos los fondos +de la corrupción y del vicio, ahitos de impudicias y de concupiscencias, +se cubren las llagas con el manto de los honestos y de los virtuosos... +verdaderos escenógrafos en el drama de la propia vida, que nos la pintan +o nos la muestran a la manera de esos telones teatrales que representan, +vistos de lejos, un hermoso paisaje apacible, hecho burdamente a +escobazos con pinturas ordinarias. + +--Me apena como no es decible todo lo que estás diciendo... tú no +pensabas así. + +--¡Es que he aprendido! + +--Yo también aprendí, y de ti especialmente, a pensar de otro modo y no +me pesa, Melchor, porque en mi experiencia, poca o mucha, los pillos +representan el uno por ciento de los hombres que he conocido. + +--¡Que no has conocido!... precisamente: ¡que no has conocido! porque +han sido suficientemente astutos para embaucarte. + +--¿De modo que la proporción es inversa?... + +--Posible... ¡casi seguramente!... + +--¡No digas eso, por Dios, Melchor!--exclamó Lorenzo poniéndose de pie y +caminando nerviosamente a lo largo del comedor, mientras Ricardo, echado +hacia atrás en su asiento, arrojaba al techo tenues espirales del humo +de su, cigarro, como deseando substraerse a la discusión. + +--No lo diré si te incomoda--repuso Melchor con voluptuosa indiferencia. + +--¡Me, desespera verte así!... Yo no sé qué influencias perniciosas +gravitan ahora en tu espíritu para hacerte ver las cosas y los +hombres... + +--¡Como son!--le interrumpió Melchor con vehemencia, agregando:--yo he +pasado diez años creyendo en todo lo bueno, lo amable, lo digno; yo he +pagado ya el tributo de mi inocencia; pero he aprendido a defenderme y a +calcular hasta la más solapada intención del que tengo delante y hoy me +siento capaz de juzgar a las cosas y a los hombres y a las mujeres sin +engañarme, ¿entiendes?... + +--¿Cómo he de entenderte, Melchor, si me hablas de condiciones negativas +desde que sólo te sirven para ver todo malo, corrupto, repugnante? + +--¿Y qué culpa tengo yo de que las cosas sean así?... + +--¡Es que no son!... Tú no puedes considerar así a tu madre, ni a tu +padre, ni a los de Ricardo ni a los míos. + +--Pongamos punto final, ché Lorenzo, si vas a argumentarme con las +madres... Son argumentos excesivos... y de los que seguramente no pienso +como tú. + +Lorenzo se disponía a contestar; pero se limitó a mirar fijamente a +Melchor que al notar su silencio se inclinó sobre la mesa para buscar, +por debajo de la gran lámpara colgante, la cara de su amigo que se +había parado al otro extremo de la mesa. + +--Mírame todo lo que quieras, Lorenzo, si no he dicho una blasfemia. + +--Te miro asombrado, sencillamente; creí que ibas a formular una +protesta de respeto, de reverencia para las madres y vi en seguida que +me equivocaba... una vez más. + +--Y qué te equivocabas, ¿por qué?... ¿pretendes imponerme, también, tus +ideas o fórmulas de amor filial?... ¿me consideras capaz de la villanía +de proclamar mi amor a mi madre como el más grande de los que mi corazón +puede y debe sentir? + +--¡Melchor!... ¡Pero qué estás diciendo, por Dios!... ¿Tú, el hijo +amantísimo, hace dos meses, vas a declarar ahora que no quieres a tu +santa madre? + +--Por mucho que te espantes y por mucho que ahueques la voz, te diré sin +sensiblerías ridículas que para mí el famoso amor a la madre encubre un +agravio miserable y ruin. + +--¡Qué monstruosidad!...--exclamó Lorenzo. + +Al oír esto y ver a Lorenzo que se tomaba la cabeza con ambas manos, +Melchor se levantó de la mesa, en la que acaso había bebido demasiado, y +dando en ella un puñetazo dijo poco menos que a gritos: + +--Con todos tus gestos de ridículo reproche y con todos tus desplantes +de moralista recién llegado, tú, tú no serías capaz de explicarme +satisfactoriamente esta difundida predilección por la madre... este +miserable afán de posponer al padre, invariablemente, en el orden de +nuestros afectos... esta, cobarde fórmula que la noción del adulterio +impone en los espíritus bajos... Habla... te callas, ¿eh?... Y quizás te +callas porque empiezas a comprender que te has vinculado, sin +reflexionarlo ni un instante, a esa agraviante predilección por la madre +que sólo se explica por medio de un raciocinio repugnante: ¡amo a mi +madre, sobre todas las cosas, porque tengo la certeza de que soy su +hijo! + +--Estás blasfemando, Melchor; pero sin duda mereces que se te +disculpe... tú no estás en condiciones de discutir «ahora»... mañana +hablaremos. + +--¿Qué me quieres decir?... ¿que estoy borracho?--rugió Melchor +aproximándose a Lorenzo en actitud amenazante. Al verlo Ricardo se +interpuso rápidamente, diciendo: + +--No discutan más, Melchor... tú te alteras demasiado. + +--Si no me altero, ché--repuso Melchor apaciblemente; pero alzando de +nuevo el tono de la voz exclamó;--¡sólo que no le voy a permitir a +Lorenzo ni a nadie, que me falte en mi casa! + +--Yo soy incapaz de ofenderte--dijo Lorenzo en el mismo instante en que +entrando al comedor y dirigiéndose a Melchor, dijo Baldomero: + +--Quiere venir un momento, don Melchor... + +--¿Para qué?... + +--Tengo que hablarlo; venga un momento... + +--¿Qué misterio es ése?... ¡Hable aquí, Baldomero!... + +Este se aproximó a Melchor y bajando la voz como si quisiera hablar para +él solo, pero dejándose oír por Lorenzo y Ricardo a quienes, por detrás +de Melchor, hacía señas de que no era cierto, le dijo: + +--Ahí está Anastasio... venga... Patroncito... + +Melchor se puso visiblemente pálido y dejándose llevar por Baldomero +salió del comedor. + +* * * + +Las cartas que Lorenzo y Ricardo habían enviado a sus familias fueron +portadoras de noticias cada vez más halagüeñas, pues a medida que +vivieron la vida sana del campo sintieron sus influencias en francas +manifestaciones de robustecimiento físico ya que en lo moral habían sido +definitivamente curados por la acción tenaz, y altruista de Melchor. + +Este en cambio había caído en un desnivel, que lo condujo rápidamente a +todos los grados de la perversión, como si las energías de su espíritu +se hubieran agotado o se hubieran trasvasado al de sus amigos, +respondiendo al principio en virtud del cual, cuando un platillo de la +balanza sube, el otro baja. + +La vida del campo, en sus formas genuinamente camperas, había +contribuido a culminar un proceso de decaimiento moral que se había +iniciado sutilmente en Melchor, con alguna antelación a su viaje a la +estancia; pero que no había pasado inadvertido para el espíritu de su +madre cuando le decía: «tienes deberes a que «_antes_» no habrías +faltado», y la libertad absoluta de que gozaba en la estancia; las +influencias circundantes, en el estímulo de los ejemplos que le +rodeaban; la avidez de energías físicas, equiparables a la del peón o +del toro y que se adueñó de su espíritu en cuanto lo encontró +desprevenido o débil; la distancia interpuesta entre sus jueces y sus +actos; las mismas resistencias subalternas con que solía chocar, todo +propendía a acelerar la caída y más de una vez mientras Ricardo +ejecutaba en el piano una sonata de Beethoven, Melchor en la +caballeriza, punteaba una milonga en la guitarra mugrienta de algún +peón. + +El aislamiento y el alcohol aceleraron el proceso de su agotamiento +moral y cuando un resto de luz iluminaba su cerebro haciéndole mirar +hacia atrás con vergüenza o hacia adelante con miedo se consolaba +pidiendo un mate a Ramona o bebiendo otra copa de cognac para reír en +seguida como un luchador que se conquista un triunfo. + +Sus reacciones eran fugaces; tenía a la mano los recursos para anularlas +y a ellos se acogía porque nunca le traicionaban ni le mentían, mientras +crecía en su espíritu el convencimiento de ser víctima de la +indiferencia y del egoísmo de todos los que deberían rodearle solícitos +para brindarle consuelos que le negaron, goces que le usurpaban y +energías que le habían robado, para concluir pensando: ya nadie se +interesa por mí... nadie me reclama con sinceridad, como si yo les +incomodara... nadie me da un consejo realmente honesto y digno de ser +aceptado... ¡nadie me escribe, siquiera., sino por forma!... + +Y entretanto las cartas amantísimas de su madre eran contestadas de +tarde en tarde y en breves líneas, y las cartas apasionadas y sinceras +de su novia muchas veces las leía Ramona antes que él y las de sus +amigos no merecían en muchos casos más que una mirada de burla o de +encono... + +Ninguna causa positiva justificó el descenso y la caída; pero había +prodigado su jovialidad ingénita hasta sentirse entristecido, y había +trasvasado sus altruismos hasta ponerse egoísta y había dilapidado sus +energías morales hasta caer exánime en la abyección y en el vicio. + +De nada valían las admoniciones amables de Lorenzo y Ricardo, ni los +consejos respetuosos de Baldomero, ni los reclamos angustiosos de la +propia madre, ni las hondas protestas de invariable y sincero afecto de +su novia; Melchor, el bueno, el digno, el honesto, el fuerte, había +caído, quizás para no levantarse más. + +Cuando, transcurridos más de dos meses, Lorenzo y Ricardo resolvieron +regresar a Buenos Aires en plena y amplia posesión de la salud +físico-moral que habían readquirido por la acción exclusiva y constante +de Melchor, éste les manifestó el propósito de quedarse en la estancia +«durante algunos días más». + +--No te quedes, ¿para qué? vente con nosotros--le repetía Lorenzo. + +--Tengo que hacer aquí. + +--¡Pero si no tienes nada que hacer, Melchor!, y aunque tuvieras, vente +con nosotros y te vuelves después. + +--Ahora no puedo, yo sé por qué lo digo. + +--¡Te inventas quehaceres, Melchor! Piensa que en tu casa están abatidos +por tu conducta... que tu padre está enfermo... que Clota tiene derecho +a exigirte que vayas... tú no puedes proceder así con esa niña. + +--Ni ella tampoco conmigo. + +--¡Vamos, Melchor... déjate de cavilaciones infundadas! Clota es una +muchacha excelente y te ha demostrado una consecuencia que parece que no +quisieras reconocer. + +--Sí, Melchor, Lorenzo tiene razón, tú no debes quedarte. + +--¡Tú también!... ¡Hombre!... ¡No faltaba más!... Por poco voy a tener +que pedirles permiso a ustedes para fumar un cigarrillo. + +--No, Melchor... nosotros no pretendemos contrariarte, ni primar en tus +resoluciones sensatas; pero tú necesitas, por tu bien, salir de aquí... +acuérdate de las últimas cartas de tu casa. + +--Yo las voy a contestar. + +--Contéstalas yendo, anda a ver a los viejos, arregla tu situación en tu +oficina. + +--¡Para lo que me importa del empleo¡ ¡bien me pueden destituir! + +--Pero evítalo, pide nueva licencia, o renuncia de una vez. + +--¡No quiero!... ¡Qué me echen!... ¡Mejor!... + +--¡Cómo ha de ser mejor!... Y sobre todo tu padre está enfermo. + +--El viejo no tiene nada... + +--Eso no lo sabes... Además, Clota... + +--¡Bueno: basta! ¡Al diablo!... ¡Yo no los traje a ustedes de +tutores!... ¡Váyanse cuando les dé la gana! ¿Entienden?... Yo sé lo que +hago... ¡Váyanse al diablo, y cuanto antes!... + +Al prorrumpir en estas exclamaciones, dichas a gritos, Melchor se había +levantado de la mesa en que almorzaban arrojando violentamente la +servilleta que al dar contra una copa la volteó y dirigiose a las piezas +interiores en una de las que entró dando un formidable portazo. + +--Debemos irnos ahora mismo, Lorenzo. + +--Sin pérdida de tiempo... esta situación no puede prolongarse... voy a +ver a Baldomero para que nos facilite los medios... ¡está colmada la +medida!... + +Tras de Lorenzo, salió Ricardo en busca de Baldomero a quien +encontraron entretenido en trenzar unas riendas con tientos de carnero +sujetos a una argolla en la pared de la caballeriza. + +--Baldomero--le dijo Lorenzo, intensamente agitado,--nosotros +necesitamos salir en seguida para el pueblo. + +--¿Y... eso?... + +--Sí, Baldomero, háganos el favor de darnos caballos, o el break; pero +sin demora; no debemos ni podemos permanecer aquí más tiempo. + +--Pero... ¿qué, ha pasado algo? + +--Lo que tenía que suceder, desgraciadamente. + +Baldomero dejó caer contra la pared la rienda que estaba haciendo y que +empezó a destrenzarse sola; se levantó del trozo de madera en que estaba +sentado y roscándose la cabeza, dijo: + +--¡Miren qué trabajo!... Ya decía yo... ¿y don Melchor? + +--No sabemos; después de insultarnos groseramente se fue para adentro... +y nos ha echado. + +--¿Qué dice, don Ricardo?... ¿Y está en su cuarto? + +--No, en su cuarto no está. + +--No... está... en... su... cuarto... ¡Voy a hablarlo! + +--Mande ensillar, primero. + +--¡Qué se van a ir a esta hora y con «esta» calor! ya vuelvo... miren +qué trabajo--agregó alejándose. + + * * * * * + + * * * * * + +--¿Dónde está don Melchor, Ramona? + +--Yo no sé. + +--...Hum... conque... no... sé... ¿eh? + +--¡Oh!... Y si no sé... ¿qué quiere que le haga?... Andará por ahí... + +--¿Por dónde?... ¡diga... le digo! + +--¿Y no le digo que no sé...? Búsquelo. + +--¿Qué hay conmigo?--dijo Melchor, saliendo al corredor y revelando en +su semblante y en sus gestos la profunda agitación que lo embargaba. + +--Nada, don Melchor... yo quería hablarlo... ¿quiere que vamos para +allá?--repuso Baldomero señalando hacia la sala. + +--¡Hable aquí, no más! ¿Qué hay?... + +Baldomero dirigió a Ramona una mirada que era una indicación de +alejarse, como lo hizo, y mientras Melchor se paseaba nerviosamente por +delante de él le dijo, en tono humilde y tímido: + +--Me dice don Lorenzo que se van... + +--¿Y...? ¡Qué se vayan!--contestó Melchor casi gritando. + +--Yo pensaba que no se iban a ir todavía, don Melchor. + +--¡Piense lo que le dé la gana! ¿Entiende?... + +--Y también pensaba que soy merecedor de que usted no me trate así, don +Melchor. + +--¡Pero qué pretende usted?... ¿Qué se ha figurado?--exclamó Melchor +parándose un instante frente a Baldomero en actitud amenazante. + +--Cálmese, don Melchor, si yo no le falto... yo sé respetar a la +gente... pero estos señores parece que se van a ir con mala impresión... + +--¡Mejor para ellos! + +--¿Por qué no les habla, don Melchor?... Son mozos buenos... vea... y... +¡mire que lo quieren a usted!... + +--¡A mí!... a mí no me quiere nadie, ¿entiende?... + +--¿Por qué dice eso?... + +--¡Porque es así!... Yo he tenido muchos amigos cuando tenía qué dar, +¿sabe, Baldomero? ¡pero se acabaron esos tiempos!... + +--¡Cómo se van a acabar, señor! ¡Si a usted lo quieren hasta los +chimangos!... + +--¡Yo sé lo que digo, ¿entiende? y no me chupo el dedo... y sé que ni +uno de los que se llamaron amigos míos se acuerda de mí para nada! + +--¿Sabe, don Melchor, que me está haciendo acordar al carancho que come +y grita al mismo tiempo?... porque, ¿dónde va a ir usted que no +encuentre amigos de verdad? + +--¡Eso era antes!... y ya lo ve: hasta éstos me dejan. + +--Porque usted los trató mal... don Melchor. + +--¡Mienten!... Son ellos... que se empeñan en convencerme de que soy un +sinvergüenza y un miserable y qué sé yo... + +--Les habrá entendido mal, don Melchor. + +--Les entiendo perfectamente y sé adonde van... ¡Es el recurso de todos! +enojarse después del beneficio para no tener el trabajo de dar un pucho +de gratitud... ¡Ruines!... Mientras lo precisan al amigo no se ofenden +por nada... ¡Todos... todos son iguales!... ¡y el día en que le han +sacado el jugo... ¡canallas!... se resienten por cualquier pavada... y +lo cuerean sin ascos!... + +--Cálmese, don Melchor; no hable así; estos señores son mozos bien... +¿quiere que los hable?... + +--¡Quiero que se vayan cuanto antes! Y que me dejen en paz... ¡que se +vayan a hablar mal de mí, a otra parte!--repuso Melchor gritando como +para ser oído por todos y entró a su cuarto diciendo en voz alta: + +--¡Ramona!... Deme un mate, que no he almorzado nada. + +* * * + +--Don Lorenzo, el coche está ya... + +--Vamos en seguida, Baldomero; háganos poner estas cosas en el break. + +--Y diga, don Lorenzo, ¿por qué no le hablan a don Melchor?... puede que +cambie. + +--Es inútil, Baldomero, él ha visto perfectamente que nos vamos y no nos +ha dicho ni una palabra... ¡Cómo ha de ser!... + +--¡Hágalo por los viejos!--dijo Baldomero dejando caer unas lágrimas que +quedaron como engarzadas en las puntas de su barba entrecana. + +--Nosotros sufrimos más que usted, porque no sólo asistimos al cuadro +que nos ofrece Melchor... sino que vamos a encontrarnos con su +familia... ¡sobre todo con la señora!... ¡con la madre! y calcule +nuestra situación... + +--¡Maldita sea la hora en que vine a encariñarme con esta gente para +tener que ver estas cosas!--dijo el noble Baldomero arrojando lejos un +bozal que tenía en la mano, y agregó casi entre sollozos:--¡Esto va a +matar a los viejos!... ¡al pobre viejo enfermo!... ¡un mozo así... ya +formado... y que es el orgullo de ellos... pobres... pobres viejos!... +¡éste es el pago!... ¡Mire, don Lorenzo: a mí no me da vergüenza +lagrimear delante de ustedes... ¿sabe?... porque ustedes van a ver +llorar a muchos hombres!... + +--Lo mismo nos pasa a nosotros, Baldomero; ¿pero qué quiere que +hagamos?... + +--...¡Es una fatalidad!... + +--Así es, Baldomero... y para mí es una pena como usted no se imagina... + +--¡Háblelo, don Lorenzo...! usted puede mucho... dígale cómo está el +viejo... ¡lléveselo, señor!... ¡lléveselo por lo que más quiera!... aquí +va a ser su perdición... + +En ese momento se oyó la voz de Melchor que gritó desde su cuarto: + +--¡Baldomero!... Hágame ensillar el zaino. + +--¡Voy, don Melchor!--contestó y como si no hubiera oído la orden se +dirigió hacia el sitio en que Melchor estaba, pasándose las mangas de su +blusa por los ojos. + +--Que me haga ensillar el zaino, le dije. + +--¿Piensa salir con esta calor? + +--Voy a acompañar a los muchachos que se van--contestó Melchor mientras, +sentado en el borde de su cama, se calzaba tranquilamente las botas de +montar. + +--¿Y usted también se va con ellos, don Melchor?...--le preguntó +insinuantemente Baldomero. + +--¡Ni pienso!... ¿a qué?... ¡No! Voy a acompañarlos hasta la tranquera +del bajo. + +--A mí se me hace, don Melchor, que andan con ganas de quedarse unos +días más, ¿sabe? para irse con usted... ¿por qué no les habla? + +--No, Baldomero, déjelos que se vayan--respondió Melchor continuando en +la tarea de vestirse, con la más extraordinaria tranquilidad de +espíritu,--ya no tienen nada que hacer aquí... vinieron a curarse... ya +están curados... ahora se van... nada más lógico... vinieron enfermos y +se van «sanitos»... vinieron descreídos... y usted les ha oído hablar de +Dios contemplando las noches estrelladas, ¿se acuerda?... vinieron +enfermos de cuerpo y alma... y se vuelven sanos... fuertes... con fe... +¡con todo!... sólo dejan aquí... lo que ya no sirve... lo que ya no +necesitan... ¡al amigo de «antes»!... ¡déjelos que se vayan!... ¡así son +todos! ¡todos!... ¡todos!... ¡igualitos!... + +--¡Siento como que me duele el corazón, oyéndolo hablar así, don +Melchor...! ¿por qué dice todo eso? + +--¡Porque es verdad! + +--Qué ha de ser, ¡señor!... y aunque fuera... que no lo es... siempre +hay quienes lo quieren de veras, don Melchor. + +--¡A mí?... ¡Bah!... + +--¿Y los viejos?... ¿y las niñas?... ¡sus hermanas, don Melchor! +¡recuérdese de la «nena»! + +Al oír esto Melchor que se ponía el «panamá» mirándose en el espejo del +ropero, dio vuelta rápidamente hacia Baldomero clavándole la vista como +en un reproche y cuando parecía que iba a prorrumpir en una amenaza dijo +como renunciando a ella y como para terminar con el diálogo: + +--¿Mandó ensillar el zaino? + +--...Voy... Sí, señor... voy... ¡cómo... ha... de... ser!...--contestó +Baldomero alejándose. + +Momentos después el caballerizo ensillaba al zaino sin que nadie más que +él estuviera en la caballeriza, que parecía abandonada. + +Águeda, José, Juancito y los peones comentaban, en la cocina, lo que +pasaba «adentro»; bajo el ombú grande estaba el break en cuyo estribo +trasero se había sentado Lorenzo que tenía la cabeza apoyada entre las +manos; en las gruesas raíces del ombú estaba sentado Hipólito y junto a +él, que con un palito trazaba marcas de hacienda en el suelo, Ricardo +de pie le consultaba sobre la hora de llegar al pueblo. + +Casi no se advertía más movimiento que el piafar de los caballos y el +batir continuo de sus colas espantando las moscas bravas y a ratos el +«_gué_»... «_gué_»... de alguna gallina que salía de los pastos en busca +de su nidal; ¡pero en medio del sopor de aquella hora bochornosa una +racha helada cruzaba por la estancia!... + +En eso apareció por el camino del jardín que daba acceso a la +caballeriza la figura esbelta de Melchor en cuyo rostro empalidecido se +destacaban las ojeras negras y profundas. Vestía su traje predilecto y +en el ojal de la blusa llevaba un hermoso gajo de sedrón... + +--¿Ya están listos, muchachos?--preguntó amablemente, casi sonriendo. + +--Sí, Melchor... ya estamos listos--le contestó Lorenzo, profundamente +abatido;--¿no tienes nada que mandar? + +--Nada, ché... recuerdos... y si van por casa le dices al viejo que le +voy a escribir... y que yo iré dentro de unos días... + +--¿Cuándo?... más o menos. + +--¡Hombre!... Cuando me desocupe. + +--¿Tienes algún trabajo que realizar?... + +--El que correspondería al mayordomo... un establecimiento como éste... +aunque no sea gran cosa, necesita un mayordomo. + +--¿Y Baldomero?... + +--Por ahí andará--dijo Melchor como si contestara a la pregunta, +dirigiéndose hacia su zaino y agregó:--cuando quieran. + +Los dos viajeros se despidieron de todas las personas del servicio y al +disponerse a hacerlo con Melchor, éste les dijo: + +--Los voy a acompañar. + +--¡Cómo?... Vas a molestarte... ¡y con este calor! + +Por toda respuesta Melchor montó a caballo y cerrándole violentamente +las espuelas se dirigió por el jardín, entre la estupefacción de todos, +hasta el corredor de la casa al que subió con su caballo y aproximándolo +a la ventana llamó a Ramona, de quién los viajeros no se habían +despedido. Habló con ella que instantes después le alcanzó un vaso, cuyo +contenido bebió de un trago, y por el mismo camino volvió a colocarse +junto al break que luego se puso en marcha acompañado por él en +silencio... Así llegaron a la tranquera que Melchor se apresuró a abrir +sin bajar del caballo; el break se detuvo y descendieron los dos +viajeros aproximándose a Melchor que apoyado en la estribera izquierda +recogió la pierna derecha en cuyo pie conservó colgante el estribo y +sostenido por ella parecía dispuesto a escuchar tranquilamente la +despedida en una actitud de tan visible indiferencia que desconcertó a +los dos desde el primer instante. + +--¡Bueno, Melchor, adiós! Sólo nos queda agradecerte cuanto has hecho +por nosotros--le dijo Lorenzo, fija y fríamente contemplado por +Melchor,--y pedirte disculpas por lo que te hemos incomodado. + +--Bueno, adiós, entonces, que les vaya bien. + +--Por mi parte, Melchor, no sabría cómo pagarte algo de lo mucho que has +hecho por mí. + +--¿Yo?... ¡Bah! A mí no me debes nada. + +--Si quieres--dijo Lorenzo,--encárgame algo para tu casa. + +--Les das recuerdos. + +--O para Clota. + +--«Y le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo iré dentro de +unos días»--volvió a repetir Melchor. + +--¡Cuanto antes, Melchor!--le dijo Lorenzo bajo la presión de una +emoción tan intensa que casi le ahogaba la voz.--¡Cuánto antes!... tú no +debes quedarte aquí. + +--Y me quedo. + +--Pero haces mal; si quisieras nos volveríamos a las casas para irnos +contigo mañana o pasado... ¿Quieres?... + +--No, váyanse no más, yo me quedo muy bien solo. + +--¡Cómo ha de ser!--exclamó Lorenzo ahogado por las ansias de llorar y +agregó:--yo seguiré mañana para Buenos Aires; pero Ricardo quedará unos +días en el pueblo, así es que cualquier cosa que necesites aquí o +allá... + +--¿Yo?... ¡Qué voy a necesitar!... + + * * * * * + + * * * * * + +¡«Jiú»!, moduló Hipólito y el coche partió a todo trote, como si una +fuerza superior lo arrancara de aquel sitio y al través de lágrimas +silenciosas vio Lorenzo que Melchor había bajado del caballo para cerrar +la tranquera, en la que apoyó luego los brazos cruzados, y bajo un sol +de fuego les contemplaba alejarse, mientras el zaino arrancaba, por +vicio, las matas de pasto que el freno le permitía morder... + +FIN + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Transfusión, by Enrique de Vedia + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TRANSFUSIÓN *** + +***** This file should be named 26231-8.txt or 26231-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/6/2/3/26231/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net). + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +https://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/26231-8.zip b/26231-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..47323af --- /dev/null +++ b/26231-8.zip diff --git a/26231-h.zip b/26231-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..89a2cb3 --- /dev/null +++ b/26231-h.zip diff --git a/26231-h/26231-h.htm b/26231-h/26231-h.htm new file mode 100644 index 0000000..2cf62d0 --- /dev/null +++ b/26231-h/26231-h.htm @@ -0,0 +1,8452 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of +Transfusión, por +Enrique de Vedia. + </title> + <style type="text/css"> +/*<![CDATA[ XML blockout */ +<!-- + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + text-indent: 2%; + } + .ast {text-align: center; + text-indent: 0%; + letter-spacing:2px; + font-size:120%; + font-weight:800; + margin-top:5%; + margin-bottom:5%; + } + .r {text-align: right; + margin-right:25%; + } + h1,h2,h3 { + text-align: center; + clear: both; + text-indent: 0%; + } + .blockquot{margin-left:50%; margin-right: 15%; + border-top:1px solid black; + border-bottom:1px solid black; + } + .top5 {margin-top: 5%;} + .top15 {margin-top: 15%;} + hr { width: 90%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; + color:black; + } + hr.full { width: 100%; + margin-top: 5%; + margin-bottom: 5%; + border: solid black; + height: 5px; } + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + background:#fdfdfd; + color:black; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + .smcap {font-variant: small-caps; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + img {border: none;} + .dot {text-align: center; + text-indent: 0%; + letter-spacing:10px; + } + .c {text-align: center; + text-indent: 0%; + } + .un {text-decoration: underline; + } + // --> + /* XML end ]]>*/ + </style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of Transfusión, by Enrique de Vedia + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Transfusión + +Author: Enrique de Vedia + +Commentator: Alejandro V. Murguiondo + +Release Date: August 8, 2008 [EBook #26231] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TRANSFUSIÓN *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net). + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> +<h3 class="un">BIBLIOTECA de LA NACIÓN</h3> + +<h3 class="top5">ENRIQUE DE VEDIA</h3> + +<p class="c">—————</p> + +<h1 style="font-size:60px;">TRANSFUSIÓN</h1> + +<p class="c top5"><img src="images/001.png" alt="image" /></p> + +<p class="c top5">BUENOS AIRES</p> + +<p class="c">1914</p> + + +<div class="blockquot top5"><p>Derechos reservados.</p></div> +<p class="c top5">Imp. de <span class="smcap">La Nación</span>.—Buenos Aires</p> + +<hr /> + +<h3 class="top15">PRÓLOGO</h3> + + +<p><i>La novela cuya publicación iniciamos hoy significa un triunfo para su +autor y una conquista para las letras nacionales. Don Enrique de Vedia, +acreditado ya como escritor didáctico y publicista vigoroso, también +había hecho apreciar en varias ocasiones sus cualidades de narrador y +sus dotes de inventiva. Con todo, en el género puramente artístico y +literario, no había producido aún la obra que era dable esperar y que +hoy llega con</i> <span class="smcap">Transfusión</span>, <i>como un resumen de energías y una síntesis +de belleza</i>.</p> + +<p><i>Es una novela autóctona en la más estricta acepción del vocablo, pero +lo es a la manera de las que soportan traslaciones a idiomas extraños y +ello merced a la universalidad del asunto. Este es muy original. Lo +constituye un problema de psicología individual. En su desarrollo el +autor muestra el descenso de un alma virtualmente generosa y, como +contraste, el renacer de otras embebidas en la substancia de aquélla. Y +en la notación de este doble proceso moral, el señor Vedia aguza el +análisis hasta sorprender los movimientos menos perceptibles del +espíritu en su crisis progresiva. Los personajes no se ocultan a sus +atisbos de observador, que sin abstraerse jamás, logra adueñarse a veces +de todo un carácter, merced a un sólo rasgo distintivo.</i></p> + +<p><i>De ahí que el novelista llegue a objetivarlos con intenso calor de +humanidad. Se animan y andan, y a medida que accionan y discurren se +advierte en ellos las modalidades de sus tendencias, de sus estados de +alma, según las condiciones que los determina. Son seres reales, por eso +viven en la novela, porque antes vivieron en la realidad, donde fueron +sorprendidos. De pronto parece que se va a dar con ellos. Tal es la +impresión de su verdad esencial. No nos referimos sólo a los caracteres +centrales de la novela, a los que forman el núcleo de su acción íntima, +sino también a las figuras de segundo término, o episódicas.</i></p> + +<p><i>El señor Vedia ha matizado</i> <span class="smcap">Transfusión</span> <i>con algunos trozos +descriptivos que pueden citarse como páginas de primer orden. Y cuando +del diálogo que tiene el sesgo de la frase hablada, el novelista pasa a +describir y eleva la forma, pone en ello gradaciones tan armónicas que +la transmisión se efectúa insensiblemente. Y ora evoque el despertar de +la ciudad o los vastos panoramas agrestes o los cuadros de costumbres +camperas, siempre ajusta a su naturaleza el estilo.</i></p> + +<p><i>Y ello en una forma ágil y fácil, siempre viva, animada siempre. De ahí +que el interés no decae un solo instante, sostenido aquí por la ternura, +allí por lo patético, allá por el drama íntimo, acullá por un revuelo +lírico y en todas partes por un perfecto acuerdo entre el mundo evocado +y la energía evocadora.</i></p> + +<p class="r"><span class="smcap">La Nación.</span></p> + +<p>Junio 10 de 1908.</p> +<hr /> + +<p class="top15">Entre los juicios que esta obra mereció, cuando vio la luz pública, se +encuentra el siguiente, que expresa, con particular acierto, el concepto +ideológico y la finalidad moral a que «Transfusión» responde:</p> + +<p>«Rosario, julio 15 de 1908.—Señor Enrique de Vedia.—Buenos Aires.—Mi +distinguido amigo: Su bella concepción dramática, publicada en forma de +romance, ha terminado de una manera original y novedosa, dejándonos con +ganas. Efectivamente, acostumbrados en este género de producciones a que +se aten todos los cabos para cerrar el ciclo de los acontecimientos +referidos (artificio más que verdad), uno no se resigna a que deje de +contársele que Anastasio vino una noche a matar a Melchor, por ejemplo; +que Clota, desesperada, entró en un convento; que los padres del +protagonista murieron en un hospital porque éste les derrochó toda su +fortuna, concluyendo él mismo sus días en el manicomio, degenerado e +imbécil, en un acceso de <i>delirium tremens</i> o maniatado por la parálisis +general progresiva.</p> + +<p>»La fuerza del hábito hace que uno espere el número siguiente para +continuar la fácil y agradable lectura que se realiza como si se oyera +un fonógrafo invisible que reproduce para el oído lo que los cuadros +admirablemente trazados reproducen cinematográficamente en la +imaginación y casi diríamos en la pantalla retiniana.</p> + +<p>»Ese final, en que queda Melchor, afirmado en la tranquera, con su +simbólico ramito de fresco cedrón, viendo partir a sus amigos, que se +llevan jirones de su psicología, es de una naturalidad tal, que recuerda +a los grandes maestros del arte literario cuando con los más sencillos +elementos realizan verdaderas creaciones.</p> + +<p>»Tan cierto es que un simple gesto, o una <i>pose</i> revelan muchas veces +todo un mundo interno oculto al ojo vulgar que sólo ve la superficie.</p> + +<p>»Hay tal revelación de recóndita onomatopeya entre este sujeto así +plasmado en aquel ambiente todo nuestro, y el estado de su ánimo ante la +metamorfosis que el alcohol por una parte, el contagio moral por otra y +su indudable receptividad psíquica han producido en él, que al terminar +uno la lectura del capítulo, se queda inconscientemente en una actitud +análoga, con la vista clavada en un punto del espacio y una sonrisa de +aplomo dibujándose en los labios.</p> + +<p>»La transfusión está hecha, ¿para qué más? Sutil e inadvertidamente la +salud espiritual de Melchor ha sido absorbida por Ricardo y por Lorenzo, +los que a su vez le han dado a respirar sus almas enfermas, como las +flores, que al ampararse del oxígeno, que es la vida, exhalan el ácido +carbónico, que es la muerte.</p> + +<p>»El lector pudiera exigir que el fenómeno hubiese ido produciéndose +ocasionalmente a su vista y con casos concretos que le documenten, como +en un boletín clínico en que se anotan todas las modalidades de un +padecimiento cuyo curso insidioso o normal se sigue prolijamente, +catalogando epifenómenos y detalles de escrupulosa minuciosidad, pero +¿podría hacerse eso sin menoscabo del arte, generalizados por +excelencia, para producir el efecto emocional y convincente que se +busca?</p> + +<p>»El alcohol y la Venus son, por otra parte, auxiliares eficaces de +consumo orgánico y de degeneración, de que el autor echa mano con hábil +ingenio para producir el caso clínico observado y existente, sin duda +alguna en gran número, en este inmenso nosocomio del mundo.</p> + +<p>»Pinturas que son verdaderas fotografías con movimiento hay en su +romance, y Baldomero, representante genuino de nuestros hombres de +campo, de verba pintoresca y tranquilo razonar ecuánime, ha sido +arrancado de la realidad él mismo, en medio de aquella naturaleza +genuinamente argentina, de horizontes dilatados y soberana +magnificencia.</p> + +<p>»No tengo por delante su trabajo; el folletín vuela y muchas bellezas +escapan al ojear los recuerdos. Dejo, además, como usted ve, correr la +pluma en el natural desaliño epistolar, como que estamos conversando +familiarmente sobre las facciones de su primogénito.</p> + +<p>»Espero ver pronto en forma de libro su bella concepción, tan sencilla y +eficazmente presentada, para decirle en letras de molde todo lo que creo +debe decirse de ella al público. Desde luego, el deseo de verla hecha +carne y hueso en la escena de un teatro, me obsesiona desde el primer +momento.</p> + +<p>»¿La va a teatralizar? Bien lo merece. Aquel: «Yo estoy con Dios así»... +vale un Perú. Su afectísimo amigo,</p> + +<p class="r smcap">»Alejandro V. Murguiondo.»</p> + + + +<hr /> + +<h2 class="top15">TRANSFUSIÓN</h2> + +<p class="c">[Publicada, por primera vez, en el folletín de «<span class="smcap">La Nación</span>» en los meses +de junio y julio de 1908.]</p> + + +<p class="dot">. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .</p> + +<p class="dot">. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .</p> + +<p>—¿Suicidarte? ¿Pero comprendes bien lo que dices?</p> + +<p>—Y en definitiva, ¿para qué debo vivir? ¿Qué misión me espera? ¿Qué +ideal puede estimularme ya?...</p> + +<p>—No te diré cuál es la razón filosófica de tu existencia, porque la +ignoro; pero, puesto que vives, ¡vive! qué diablos.</p> + +<p>—Como cualquier animal...</p> + +<p>—¡Supongámoslo!... ¿y quién te ha dicho que los animales sufren en su +condición de tales?...</p> + +<p>—Tú echas todo a la broma y a la jarana, porque eres feliz.</p> + +<p>—No, Ricardo, yo no soy feliz en el concepto en que tú y todos +entienden la felicidad, porque la felicidad comprende un cúmulo de +circunstancias que jamás se encuentran reunidas; lo que hay es que yo no +quiero ser desgraciado y... ¡no lo soy!</p> + +<p>—Porque la desgracia no te agarra...</p> + +<p>—¡Me agarra a cada rato! ¡Me ha agarrado mil veces! pero la desgracia +se aburre conmigo.</p> + +<p>—No te entiendo.</p> + +<p>—¡Pues es claro! La desgracia es como una persona seria que se fastidia +en compañía de quien ríe constantemente.</p> + +<p>—Lo difícil, lo imposible es eso; reír siempre...</p> + +<p>—¡Qué ha de ser difícil! Todo es cuestión de resolverse, no sólo en +defensa propia, te diría, sino en homenaje a la risa que es, sin +disputa, nuestra patente de racionales.</p> + +<p>—Tampoco te entiendo.</p> + +<p>—¡Sí, hombre! Nosotros, los humanos, somos los únicos animales que +reímos y observa que la diferencia positiva que nos distingue de los +demás bichos de la creación es la de reír.</p> + +<p>—¿Y la de sufrir?...</p> + +<p>—¿Y quién te ha dicho que las gallinas de tu casa no sufren +horriblemente cuando se hace guiso de pollos? ¿O que los gatos de +nuestros tejados no se sumergen en un mar de tristeza cada vez que +nuestros fonderos ofrecen a sus clientes el «civet de liebre»?... ¿Sabes +lo que sucede?...</p> + +<p>—No sé adonde vas.</p> + +<p>—A esto: los animales sufren lo mismo que nosotros, pero no les +importa.</p> + +<p>—Eso dices tú.</p> + +<p>—No, Ricardo; esto lo demuestran los mismos animales, y si no observa a +las vacas, por ejemplo; ¿tú crees que una vaca a la que el tambero le +quita la leche que ella formó para su ternero no sufre? ¡Sufre, che! +pero se resigna. ¿Y sabes cómo lo demuestra?... ¡Comiendo de nuevo para +tener leche otra vez, en la esperanza de que le alcance al hijo de sus +entrañas!...</p> + +<p>—Comen para satisfacer una necesidad.</p> + +<p>—¡Justamente! y nosotros debemos hacer lo mismo; ¿o tú crees que no +necesitamos nutrirnos para seguir viviendo?</p> + +<p>—No sólo de pan vive el hombre.</p> + +<p>—¡Ya lo creo! pero así como nuestra economía animal nos exige alimentos +que se llaman pucheros, bifes, carbonada, locro—¿te gusta el locro? +¿qué rico es con pedacitos de cordero, eh?—bueno, pues lo mismo nuestro +ser moral reclama sus alimentos espirituales, que se llaman: +resignación, esperanza, jovialidad, ¡risa, ché! ¡risa!... ¡mucha risa!</p> + +<p>—Es muy fácil decirlo.</p> + +<p>—¡Y hacerlo! Yo lo hago, sin dejar de rendir mi obligado tributo a los +dolores morales; pero cuando uno de éstos me manifiesta intenciones de +molestarme demasiado, metiéndoseme muy adentro o quedándose en mí más +tiempo del tolerable, ¡me le planto delante, le suelto una carcajada y +le señalo la puerta: a embromar a otro! Lo mismo que con las personas; +como que hay «personas-dolor» y «personas-alegría». A una de éstas le +digo: ¡Cuánto gusto! ¡Adelante! Tome asiento;—a las otras les hago +decir con mi sirviente que no estoy.</p> + +<p>—¿Y qué haces cuando una de esas que llamas «personas-dolor» te +sorprende y te agarra sin poder evitarlo?</p> + +<p>—¿A qué hora?</p> + +<p>—¿Cómo a qué hora?</p> + +<p>—Sí, pues; porque según la hora será el rumbo que tome; si es de día la +llevo al club, a la Bolsa, a la casa de gobierno o a cualquier sitio que +tenga salas de espera y puertas de escape; si es de noche, al teatro y +en el primer entreacto ¡zas! me le escabullo.</p> + +<p>—Eso puede hacerse con las personas; pero no con los dolores morales.</p> + +<p>—¡Se hace lo mismo! Y aun es más fácil desprenderse de una pena que de +ciertas personas profesionales de la impertinencia. ¿Ignoras acaso que +el alcohol es un irresistible anestésico para todo dolor moral?</p> + +<p>—Sin duda; pero el remedio es peor que la enfermedad.</p> + +<p>—La tarea, pues, está en encontrar remedios que curen sin enfermar.</p> + +<p>—¿Cuáles serían?...</p> + +<p>—En tu caso ya te lo he dicho y repetido cien veces, y es necesario que +aceptes el tratamiento que te receto: te vienes con Lorenzo y conmigo a +la estancia del viejo; pasamos allá una temporada, cuanto más prolongada +mejor. Comes buenos churrascos; andas a caballo; tomas aire puro y, +contagiado por mí, acabarás por reírte de todo ese mundo de cosas +deleznables y subalternas que actualmente te tienen envuelto en +nieblas... ¡Contra las nieblas: sol, sol y mucho sol! y después vendrá +sola, vibrante, sonora, la risa, la sana, la enérgica, la invencible, la +fecunda, la suprema demostración de que no somos tan... animales... +¡Ríete!... ¡no seas pavo!... ¡¡Ríete!!... ¡Como yo!... ¡Así...!</p> + +<p>—Es que oyéndote a ti acaba uno por ver todo color de rosa.</p> + +<p>—¡Como tú quieras! ¿pero irás con nosotros, eh?... Ya ves que Lorenzo +ha resuelto acceder a mi pedido... y tú no puedes desairarme... por otra +parte, la partida depende de ti y... ¡sin ti no me voy!... e impedirás +que el pobre Lorenzo se cure también de sus males que son más o menos +los tuyos...</p> + +<p>—¿Y qué precisión hay en que yo les acompañe?</p> + +<p>—La de curarte y, sobre todo, ¡caramba! ya basta de explicaciones: ¿vas +o no? A esto he venido... por última vez...</p> + +<p>—Bueno, ¡iré!</p> + +<p>—¡Bravo!... ¡Venga un abrazo!... ¡Ya ha empezado tu mejoría!</p> + +<p>—Mi mejoría... Tú eres muy bueno, Melchor.</p> + +<p>—¡Ah!... ¡Soy una monada!...—contestó éste riendo de nuevo como lo +había hecho durante todo el diálogo sostenido con su amigo de la +infancia Ricardo Merrick, cuyo estado moral combatía desde algunos +meses, como combatía también el de otro amigo, Lorenzo Fraga, con quien +conservaba desde la escuela un hondo afecto, realmente fraternal.</p> + +<p>Ganada la batalla con Ricardo y convenida definitivamente la partida +para el campo, se dirigió a casa de Lorenzo a darle la buena noticia, y +luego a la suya, a la que ansiaba llegar pronto para darla también, como +lo hizo, en un verdadero estallido de su inconmensurable altruismo.</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p>—Ya no eres un niño, Melchor—le dijo su madre,—y debes saber lo que +haces; pero yo creo que extremas un poco las obligaciones de tu amistad +para con Lorenzo y Ricardo.</p> + +<p>—¡Pero, mamá! ¡Gran cosa!</p> + +<p>—Pues es nada, hijo: dejas tus ocupaciones por un tiempo que tú mismo +no sabes cuánto será; dejas a tu novia y nos dejas a nosotros por irte a +cuidar a dos amigos.</p> + +<p>—Están enfermos, mamá, y yo creo que puedo curarlos.</p> + +<p>—¿De cuándo acá eres médico?</p> + +<p>—El mal de ellos no lo cura un médico, sino un amigo.</p> + +<p>—Pues deja que los cure otro; ¿por qué razón has de ser tú?</p> + +<p>—Ellos no tienen ningún amigo como yo; así como yo no tengo ningún +amigo como ellos, mamá.</p> + +<p>—Todo eso está muy bueno; pero ¿qué quieres? yo no me resigno a que te +vayas así y a que cargues con esa responsabilidad.</p> + +<p>—¿Que me vaya cómo?</p> + +<p>—Pero dime, Melchor, ¿cuánto tiempo vas a faltar de aquí?—dijo la +señora quitándose los anteojos con que cosía.</p> + +<p>—Dos o tres meses.</p> + +<p>—¡Qué! Eso no lo sabes y aunque así fuera, tú también tienes +obligaciones a que «antes» no habrías faltado.</p> + +<p>—¡Si no voy a faltar! Mira: en la oficina me dan licencia, +reemplazándome el subjefe, un excelente compañero, mientras dure mi +ausencia.</p> + +<p>—¿Y el sueldo?</p> + +<p>—¡Es claro que lo cobrará él!</p> + +<p>—¿De modo que tú no figurarás para nada?</p> + +<p>—Figuraré con licencia; y Clota... también me ha dado licencia—agregó +Melchor, riendo y abrazando cariñosamente a su madre.</p> + +<p>—Pero yo no te la he dado todavía—replicó ella, mientras le miraba con +una de esas miradas con que sólo una madre sabe decir: ¡bendito seas!</p> + +<p>—¿Y serías capaz de negármela, cuando voy a realizar una obra buena?</p> + +<p>—Yo no puedo darte ni negarte licencia—dijo la señora cambiando el +tono de su voz;—tú tienes veintiocho años.</p> + +<p>—¡Todavía no!—interrumpió Melchor;—los cumplo en febrero—y +agregó:—¡qué afán de echarme edad!</p> + +<p>—¿Y tu padre, qué dice a todo esto?</p> + +<p>—¿Él? ¡él es el primero en alentarme!</p> + +<p>—¡Hum!—moduló la señora, agregando, como en un suspiro, al ponerse de +nuevo los anteojos:—¡En fin!...</p> + +<p>—Mira, mamita: déjate de «en fines», ¿eh? ¡No falta más sino que +reniegues de tu propia obra!</p> + +<p>—¿Qué obra?</p> + +<p>—¡Haberme hecho como soy!</p> + +<p>—Sí... mucho...</p> + +<p>—¡Pues es claro! ¿Vas a negarme que soy tu vivo retrato?... +¡Mírame!—dijo Melchor irguiéndose en cómica actitud, y agregó:—bueno, +ahora hay que preparar todo.</p> + +<p>—¡Melchor!... ¡Melchor!... ¡Melchor!...—entró gritando desaforadamente +su hermanita menor:—¡Te han traído un baúl lindísimo y nuevo!</p> + +<p>—Que lo pongan en mi cuarto, nena.</p> + +<p>—¡Y qué lindo es! ¡qué nuevo!—repetía la nena hondamente impresionada +ante el flamante baúl, que fue puesto en el cuarto de Melchor, y +contemplado escrupulosamente por toda la familia.</p> + +<p>Cuando Melchor quedó solo, abrió el baúl para empezar la tarea de +preparar su viaje, aproximó una silla y sentado en ella quedó +contemplando la luciente caja vacía.</p> + +<p>—¡Un baúl!—se decía Melchor,—¡un baúl es lo más parecido a una +persona!... ¡Pero si es cierto!... No hay nada tan parecido a los +hombres como los baúles... Un baúl nuevo como éste es igual, igualito a +un recién nacido... ¿Qué se le va a poner adentro...? ¡Psh!... ¡tantas +cosas...! A éste le toca recibir ropa limpia ahora; pero cuando vuelva, +¿cómo vendrá esta ropa?... ¿habré usado toda?... ¿volverá sucia?... +¿traerá toda?... ¿traerá menos?... ¿se le agregará ropa ajena?... acaso +sucia... quizá limpia... ¡quién sabe!... ¡Pero cómo se parece un baúl a +una persona!... Por lo pronto éste es igual a mí: le cabe en suerte +recibir ropa limpia... algunos libros de ideas sanas y servir para un +viaje proyectado con la mejor intención...</p> + +<p>«Lo mismo que mis padres hicieron conmigo: me llenaron de cosas +limpias... me pusieron dentro ideas sanas y generosas... ¡me pusieron lo +único que tienen!... y me prepararon para un viaje de buenas +intenciones...</p> + +<p>»¡Y qué diablos! Voy cumpliéndolas... ¡es la verdad!... en el fondo de +este baúl que se llama Melchor Astul... en el fondo, es decir, en la +conciencia, no guardo ningún agravio... ninguna ofensa... ningún +remordimiento... he hecho todo el bien que he podido... y sigo +haciéndolo... he pasado por tonto muchas veces; pero no he sentido +envidia por quienes me consideraron así... y ahora mismo sigo mi viaje +de buenas intenciones... y lo seguiré hasta el fin... ¡hasta que el baúl +se rompa!... o hasta que se acabe todo lo que tiene adentro... o lo +roben los hombres... ¡o lo ensucie el uso!...</p> + +<p>»...O lo ensucie el uso... ¡las cosas que dice uno de repente!... O lo +roben los hombres... O... lo... ensucie... el... uso...»</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Buenos Aires inicia su despertar con roncos e incoherentes movimientos +de dormido.</p> + +<p>Hacia el oriente la vaga y tenue coloración auroral frente a la que las +sombras de la noche huyen como arreadas por las guías curvas de una +amarillenta luna en su último menguante.</p> + +<p>Los faroleros realizan a la carrera una tarea de resultados extraños, +pues al apagar la luz de los faroles entregan el campo a la más franca +irradiación de la indecisa luz con que el día se anuncia.</p> + +<p>Entre ella se destacan, como orugas luminosas, los primeros tranvías +conductores de semidespiertos obreros que se dirigen a sus tareas y a +intervalos se oye el seco trac-trac de los pequeños carritos que, al +salir del conventillo, caen del umbral a la acera y de ésta a la calle, +conducidos por el ambulante vendedor de verduras, que se dirige veloz +hacia el mercado de Abasto en busca de la enormemente copiosa provisión +de hortalizas con que hace un nutrido «agosto» en el breve espacio de +cada mañana.</p> + +<p>La claridad avanza, hundiéndose en la sombra a lo largo de las calles y +haciendo surgir la silueta de los vigilantes escalonados en la calzada, +mientras los noctámbulos pasan como espectros, bajo esa luz cuyos tintes +blanquecinos aumenta la lividez de sus rostros trasnochados.</p> + +<p>Como la más limpia nota de la aurora repiquetean campanas cuyo ritmo, de +lenta isocronía, parece bajar de planos más altos aún que los altos +campanarios, mientras—como surgiendo de entre las apretadas piezas del +entarugado—pasan veloces los carros que llevan a domicilio «el pan +nuestro de cada día»...</p> + +<p>Pausados, desfilan, entre el crepitar eclosionante de la madrugada, los +«nocheros» de plaza, cuyos jamelgos balancean la cabeza en oscilaciones +que parecen exteriorizar ideas de infinitas y melancólicas nostalgias.</p> + +<p>De todo rumbo surge el vibrante grito de los vendedores de diarios que +pululan llenando las calles—como esas bandadas de avecillas que en el +bosque cantan cuando el día llega,—y es de admirar el contraste que +ofrecen esos pilluelos diligentes y honrados, que a pulmón lleno +proclaman su luminosa mercancía, pasando rápidos y sonoros por el lado +del «repartidor de diarios» que, silencioso y grave, va echando por +entre buzones, celosías y rendijas la doblada hoja impresa que aquéllos +pregonan a gritos.</p> + +<p>Las puertas de calle se abren pesadamente, dando paso a esa emanación +peculiar que bien pudiera llamarse el regüeldo matinal de las casas, +mientras la sirvienta que abrió la puerta, se alisa el despeinado +cabello, como temerosa de que la sorprenda el lechero, el vigilante, el +repartidor de pan o el mucamo de enfrente...</p> + +<p>Desde cualquier sitio en que se mire a la distancia, vese la atmósfera +de la ciudad densa y cargada, y sólo el punto en que el observador se +coloca parece limpio y diáfano, ofreciéndose en el explicable fenómeno +de sobresaturación atmosférica el más vivo remedo del que los más +padecen al considerarse a sí mismos en el centro de la verdad luminosa, +mientras ven o creen ver a los demás obnubilados por las sombras del +desacierto.</p> + +<p>Ilusión de óptica en los dos casos, en que el vaho de la noche o del +error nos envuelve...</p> + +<p>El sonrosado de la aurora se diluye gradualmente en la celeste +diafanidad cenital, como si aquella coloración rojiza del primer +instante hubiera sido absorbida por el mismo sol, de tal modo a su paso +el rojo de su propia irradiación se desvanece y el contorno de la +inextinguible hoguera se destaca nítido en la eucarística limpidez del +cielo.</p> + +<p>Es la hora de las grandes honestidades...</p> + +<p>El que pasa la noche bajo las supremas angustias del juego—ése, para +quien la acción y el fin de la vida están en las astucias del tapete y +en sus éxitos repugnantes,—se alza bravamente ante los distinguidos +tahures o «clubmen» que le rodean y palpitante de emoción o de angustia, +proclama:</p> + +<p>—¡Caballeros! ¡No juego más; ya es de día!</p> + +<p>Más allá, alguien—acaso en ausencia del que abandona la carpeta,—ha +dicho también temblorosamente y en voz sibilante, como el vago chirrido +de un puñal que sale de la herida:</p> + +<p>—Bueno, basta; ya viene el día...</p> + +<p>Mientras tanto, el jornalero, el honesto jornalero de brazo nervudo y de +tórax fuerte y levantado como su conciencia, sale para el trabajo, +dejando en su modesto hogar a la compañera en la sencilla labor de cada +día, y, en el divino sueño de la infancia sana, los hijos de la salud y +el amor.</p> + +<p>Y mientras el gran vaho nocturnal se disipaba en aquella mañana de +enero, pudo oírse, a lo largo de las calles, el repiqueteo del cascabel +y el firme trotar de la soberbia yunta de zainos que arrastran la +victoria de Lorenzo Fraga, en el inusitado madrugón de aquel día.</p> + +<p>La victoria se detiene en la modesta casa de Melchor Astul, que desde +horas antes se apercibe para el viaje proyectado, tarea en la cual han +intervenido madre y hermanas, disputándose el éxito en los refinamientos +de la previsión, pues en los últimos detalles de un trajín semejante es +cuando se corre el riesgo de olvidar lo fundamental: el cepillo de +dientes; las zapatillas; el sobretodo por si refresca; el abotonador; la +pasta dentífrica; el betún, etc., etc.</p> + +<p>Nada se ha omitido, y sólo queda para mandar por encomienda el frac de +Melchor, que no cupo en el baúl y que «es bueno tener a la mano—según +lo aconsejó burlescamente su hermana mayor,—por si se daba algún baile +en el pueblo».</p> + +<p>—Bueno: ¡otro adiós! adiós, mamá; adiós, muchachas; díganle a tata que +no me despido otra vez por no despertarlo, y escriban, ¡eh! y no se +olviden del frac—y luego, dirigiéndose al cochero:—vamos a casa de +Merrick, ¿sabes? en la avenida.</p> + +<p>—El señor Ricardo está ya en casa; yo fui a buscarlo.</p> + +<p>—¡Ah! entonces vamos allá.</p> + +<p>Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al +romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la +regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de +la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor, +que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llamó a un vendedor +de diarios que descendía de un tranvía:</p> + +<p>—Dame <i>Nación</i> y <i>Prensa</i>...</p> + +<p>—...No tengo cobre...</p> + +<p>—Déjalos, no más. ¡Vamos!</p> + +<p>Y la victoria continuó su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse +en el día como de costumbre: con un acto de relativa previsión y otro de +generosidad.</p> + +<p>Cuando el carruaje llegó a casa de Lorenzo, éste y Merrick esperaban en +la puerta de calle.</p> + +<p>—Estábamos haciendo votos por la prolongación de tu tardanza.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque así podríamos perder el tren y desistir de este viaje, para +nosotros estéril y para ti penoso.</p> + +<p>—¡No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo; +bajo en seguida.</p> + +<p>—Están en el balcón; nosotros ya nos despedimos.</p> + +<p>—Ya las he visto—dijo Melchor, mientras subía «de a cuatro» la amplia +escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que +en coro le hizo una de esas recepciones íntimas en que el deseo de reír +y de llorar se mezclan.</p> + +<p>La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala +que daba acceso al vestíbulo, interrumpió los saludos dirigidos a +Melchor diciéndole:</p> + +<p>—Venga para acá... venga el santo... el bueno...</p> + +<p>—¡Señora!—exclamó Melchor dirigiéndose hacia ella, que lo recibió con +los brazos abiertos exclamando:</p> + +<p>—Un abrazo... así... fuerte... ¡muy fuerte!—y rompió a llorar.</p> + +<p>Las hermanas de Lorenzo llevaron los pañuelos a los ojos y en medio de +un silencio de sollozos el padre de aquél se dirigió pausadamente hacia +el escritorio en el que penetró despacio...</p> + +<p>—¡Sólo usted... sólo usted es capaz de este sacrificio!</p> + +<p>—Qué sacrificio, señora, si Lorenzo es para mí un hermano.</p> + +<p>—Y usted es para mí un hijo desde hoy.</p> + +<p>—Bueno, señora; es decir: bueno, «mamita», dejémonos de llantos para +los que no hay motivo y ya verán ustedes cómo dentro de poco vuelve +Lorenzo hecho unas pascuas—dijo Melchor sonriendo al dominar la +intensa, la profunda emoción que sentía.</p> + +<p>—¡Dios lo oiga!</p> + +<p>—¡Y me oirá! ¡si yo estoy con Dios... así!...—repuso sonriendo al +cerrar la mano con un enérgico gesto, y agregó:</p> + +<p>—¡Bueno, adiós! que tenemos los minutos contados; adiós... «mamita», +adiós, Sofía; adiós, Carmencita; ¡hasta pronto, señor!—dirigiéndose al +viejo Fraga que salía del escritorio guardando el pañuelo entre el +chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su +saco...</p> + +<p>—¡Adiós, amigo, adiós! ¿y ya sabe, eh? cualquier cosa...</p> + +<p>—Sí, señor; pero no habrá necesidad de nada, ¡si llevamos provisiones +para cien años!—repuso Melchor con su jovialidad habitual.</p> + +<p>Y bajó la escalera, enviando todavía un ¡adiós! a todos, entre los que +dejaba una vez más el alivio moral que su carácter generoso y bueno +derramaba en los espíritus atribulados o enfermos.</p> + +<p>—¡Caramba, con tu despedida!</p> + +<p>—La señora me detuvo; pero estamos en tiempo, ¡vamos!</p> + +<p>—Al Once, ché—dijo Lorenzo al cochero y el carruaje partió.</p> + +<p>—Vamos a tener un viaje espléndido... sin tierra... fresco...—decía +Melchor,—¡ya verán qué maravilla de vida vamos a pasar!... y ¿qué tal? +Ricardo, ¿qué dices?</p> + +<p>—¿Yo?... ¡nada! ¿qué quieres que diga?</p> + +<p>—¡Quiero que hables! ¿oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides +lo que te decía anoche tu madre.</p> + +<p>—¡Mi madre!...</p> + +<p>—Sí, tu madre, ¿pues qué?</p> + +<p>—Mi madre ha sido feliz toda su vida.</p> + +<p>—¿Y tú, no?... ¡Qué rico tipo!... Mira, así—y reunía en un haz las +yemas de sus dedos,—así, ¿ves?... así hay consuelos para cada dolor.</p> + +<p>—Es posible.</p> + +<p>—No; es exacto y sólo un niño, y un niño pavo, llora porque no le dan +un juguete.</p> + +<p>—¡Un juguete!...</p> + +<p>—¿Y a qué hora llegamos a Trenque Lauquen?—interrumpió Lorenzo.</p> + +<p>—A las cinco; pero tenemos que pasar allí la noche para salir mañana a +la madrugada, bien temprano, camino de la «Celia».</p> + +<p>—¿Y a la estancia?—insistió Lorenzo.</p> + +<p>—Si los caminos están buenos, de 5 a 6 de la tarde.</p> + +<p>—¡Todo el día en coche! ¡Qué horror!</p> + +<p>—No; se hace una parada para almorzar y... sestear en la posta del +«Paso»... ¿Qué te parece, Ricardo, una siesta en pleno campo?</p> + +<p>—¿El qué?...</p> + +<p>—¡El qué!... ¿Estás dormido?</p> + +<p>—Estaba distraído.</p> + +<p>—Bueno, ya llegamos; ahora en el tren te repetiré el caso.</p> + +<p>En la estación les esperaba el sirviente de la familia de Fraga, Rufino +Mejía, uno de esos tipos criollos, sanos de cuerpo y de alma, que tenía +en la casa sueldo de gran sirviente y prerrogativas de patrón, bien +merecido todo en quince años de leales servicios, durante los cuales no +había podido convencerse de que Lorenzo los había vivido también.</p> + +<p>—Los equipajes ya están cargados, niño; pero, ¿sabe?... el baúl grande +no puede ir en este tren; pero va más tarde.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—No sé qué me dijo el jefe, de que no hay furgón de encomiendas, porque +dice que es rápido de pasajeros. Traiga la valijita.</p> + +<p>—Toma, ¿y dónde está Melchor que no lo veo?</p> + +<p>—Ahí viene con D. Ricardo.</p> + +<p>Por entre la multitud de pasajeros, empleados y changadores que llenaban +el andén, apareció Melchor acompañando a Ricardo.</p> + +<p>—¿En qué andan?</p> + +<p>—Este, que quería comprar <i>La Nación</i> y <i>La Prensa</i>, a pesar de que yo +los llevo.</p> + +<p>—Y yo también.</p> + +<p>—No importa—replicó Ricardo;—yo no puedo pasarme sin los diarios.</p> + +<p>—¡Pero si los teníamos!</p> + +<p>—Bueno, déjalo—dijo Melchor, en tono de broma,—cada loco con su +tema... y ya no faltan más que cinco minutos... ¿cargaron todo?</p> + +<p>—Todo, sí, señor—contestó Rufino.</p> + +<p>—Ché, ¿y las boletas?</p> + +<p>—Aquí están, niño.</p> + +<p>—¡Bueno, andando!—dijo Melchor.</p> + +<p>El grupo se dirigió al sitio que tenían tomado en el tren y que Rufino +había arreglado y elegido convenientemente al lado del coche-restaurant.</p> + +<p>—Este asiento para ti, Ricardo, y éste para ti, Lorenzo; así van a ir +más cómodos.</p> + +<p>—¿Y tú?</p> + +<p>—Yo... ¡aquí!—dijo Melchor dejándose caer en el asiento, con +estrepitosa satisfacción.</p> + +<p>—¿No te molesta ir dando la espalda a la máquina?</p> + +<p>—No; y así les veo a ustedes las caras y aprecio la impresión que el +viaje les hará.</p> + +<p>Sonó en ese instante la campana de partida; se oyó en toda dirección +despedidas en voz alta; la máquina contestó: ¡lista! con su ronco +silbato y en seguida resoplaron los cilindros y las bielas iniciaron el +movimiento propulsor de las ruedas y el tren, pesado y largo, empezó su +suave deslizamiento...</p> + +<p>—¡Adiós, adiós, Rufino!—exclamaron los viajeros asomados a las +ventanillas del coche.</p> + +<p>—¡Adiós! Adiós, don Ricardo, adiós, don Melchor, adiós, niño y cuídese +¡eh! y a ver si vuelve sano y contento.</p> + +<p>—¡Sí, Rufino, adiós!... ¡Que escriban!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>En aquella actitud quedaron los viajeros en observación del panorama, +que se desarrollaba ante ellos a favor de la marcha acelerada del tren, +que a instantes parecía avanzar a saltos felinos y sinuosos.</p> + +<p>Melchor espiaba complacido a sus compañeros de viaje y viéndoles +distraídos en la contemplación del paisaje, habría continuado en la +misma postura, durante las diez horas del viaje que realizaba por ellos +y sólo por ellos.</p> + +<p>Su noble espíritu altruista, su grande alma generosa y buena, su corazón +limpio y sano—todo, ¡todo! su ser moral estaba empeñado en la obra de +reconfortar, de encauzar, de nuevo, a sus dos amigos moralmente +enfermos, y estimulado por la fe en sus propias energías abandonaba todo +cuanto podía halagar a cualquier hombre de su edad y en sus ambiciones +lícitas, con el ideal de regresar a Buenos Aires trayendo a Ricardo +Merrick y a Lorenzo Fraga, convertidos, de la melancolía neurasténica, +de la desilusión pasional y del escepticismo abrumador, a la jovialidad +confortativa, a la complacencia de «ser», a la suprema satisfacción de +vivir bajo la enérgica propulsión de una intensa salud físico-moral.</p> + +<p>—¡Ah!—pensaba Melchor, contemplando furtivamente a sus dos +amigos.—¿Qué dirán en casa de Lorenzo y en casa de Ricardo, cuando +vuelva con ellos, como van a volver, curados de tristezas y de +pavadas?...</p> + +<p>En ese instante Lorenzo se retiró de la ventanilla y se acomodó en su +asiento; Ricardo hizo lo propio, y Melchor continuó un momento +esperando, deliberadamente, que ellos solos iniciaran alguna +conversación, como lo hizo Lorenzo, diciendo:</p> + +<p>—Linda mañana, ¿eh?</p> + +<p>—¡Hola!—exclamó Melchor, sentándose a su vez y restregándose +efusivamente las manos.—¿Conque ya encontramos algo lindo?</p> + +<p>—¿Y qué quieres?... ¿Quieres que encontremos fea o desapacible a esta +espléndida mañana?</p> + +<p>—¡Bravo! ¡Progresamos! Conque espléndida, ¿eh? ¿No te decía yo que al +empezar este paseíto iniciaríamos la mejoría?</p> + +<p>—¡Déjate de tonteras!—interrumpió Ricardo,—pues nos vas a poner en el +caso de no poder hablar.</p> + +<p>—No... si no son tonteras... Ustedes son dos enfermos; yo soy el +«médico», y es justo que haga clínica, apreciando en todo su valor hasta +el síntoma menos importante para otro ojo menos experto.</p> + +<p>—¡Y en vez de clínica, haces tonteras... insisto!</p> + +<p>—Gracias por la amabilidad.</p> + +<p>—¿Vas a resentirte?</p> + +<p>—¡Qué esperanza! Nada más agradable que verse tratado así por un +amigo...</p> + +<p>—Que precisamente por serlo desde la infancia está autorizado...</p> + +<p>—¿A pegar?...</p> + +<p>—Yo no te pego; te hago una observación amistosa.</p> + +<p>—Sí; a ti te pasa lo que a esos chicos a quienes se les ha dicho que no +deben señalar con el índice y señalan con el anular o con el meñique; +pero señalan con el dedo...</p> + +<p>—¡Boooletos!—gritó el jefe de tren, con innecesaria voz de trueno, +cual si su autoridad se fundara acaso en eso, como la de los +discutidores empedernidos que gritan demasiado, porque ignoran que no se +gana la razón por la altura de la voz sino por la del concepto, como +ignoraba aquél que para obtener las boletas pedidas le bastaba la gorra +y el sacabocados.</p> + +<p>—Me ha dejado aturdido el grito del guarda—dijo Lorenzo, por romper el +silencio que siguió a la discusión que provocó Ricardo.</p> + +<p>—¡Realmente! ¡Qué pulmones!—repuso Melchor, agregando:—¡Cómo se +conoce que ese hombre vive viajando!</p> + +<p>—¿Y quién te dice que no vive en Buenos Aires?—replicó Ricardo.</p> + +<p>—¡Sus pulmones, el timbre de su voz y el color de su cara!</p> + +<p>—Esas son preocupaciones, de que muchos participan; pero yo veo que +todo el mundo vive sano y fuerte en la capital.</p> + +<p>—¡Sin duda! ¡Si Buenos Aires es una de las ciudades más sanas del +mundo!; pero cómo vas a comparar la vida en ella y aquí no más; +fíjate... mira qué maravillas de quintas.</p> + +<p>—Sí; muy lindas...</p> + +<p>—¡Y qué ambiente!... ¡Qué diafanidad!... ¡Ya por aquí sólo se toma olor +a flores, a yuyos, a campo, a naturaleza!</p> + +<p>—¿No se toma olor a ciudad? ¿Qué raro, eh?...—dijo riendo amablemente +Ricardo.</p> + +<p>—¡Eso es! No se toma olor a ciudad; es decir, olor a bodegones, a +cloacas, a hoteles, a multitudes.</p> + +<p>—¡A multitudes!... pero ¡qué buena observación! ¿Conque no hay +multitudes en despoblado?</p> + +<p>—Te digo multitudes, empleando una metonimia.</p> + +<p>—Una... ¿qué?</p> + +<p>—Una metonimia, de causa por efecto; y así te dije olor a multitudes +por no decirte olor a sudor.</p> + +<p>—¡Qué porquería!</p> + +<p>—¡Eso es! Olor a porquería; tal es, precisamente, el olor a ciudad.</p> + +<p>—Pero, ¡qué encono con la ciudad!—dijo Lorenzo, que parecía absorbido +en la contemplación del paisaje, renovado caleidoscópicamente a favor de +la marcha acelerada del tren.</p> + +<p>—No hay tal; es justicia al campo.</p> + +<p>—«Substituyendo cantidades iguales, Braulio eres», como en el cuento de +Larra.</p> + +<p>—No; de ninguna manera; mi entusiasmo por la vida del campo no importa +una condenación a la vida en las grandes ciudades.</p> + +<p>—Pero prefieres la primera.</p> + +<p>—¡Con toda mi alma!</p> + +<p>—Luego no te gusta vivir en Buenos Aires.</p> + +<p>—Que no me gusta...—replicó Melchor, subrayando las palabras,—tanto +como eso... a mí me gusta Buenos Aires como el mar, al que se parece.</p> + +<p>—¿Que Buenos Aires se parece al mar?</p> + +<p>—¡Ya lo creo! Como el mar es inmenso, como el mar tiene tempestades, +borrascas, abismos y movimientos arrolladores y hasta en sus grandes +calmas se parece.</p> + +<p>—¿Y por eso no te gusta?</p> + +<p>—Me gusta como el mar: para bañarme; pero no para quedarme en él; me +gusta Buenos Aires para pasar breves temporadas; ¡pero me sofoca la vida +entre más de un millón de personas que se agitan, hablan, se mueven, +atropellan, contagian, pegan, muerden!</p> + +<p>—¡¡Luján!!—gritó en el andén la misma formidable voz de los +«booletos».</p> + +<p>—¿Tendremos tiempo de bajar?—preguntó Lorenzo.</p> + +<p>—Algunos minutos—repuso Melchor;—bajemos.</p> + +<p>—¡Cuánta gente baja aquí!—dijo Ricardo al pisar el andén.</p> + +<p>—Son peregrinos en su mayor parte, devotos de la Virgen de Luján.</p> + +<p>—¡Pero cuántos! Fíjate... ¡Siguen bajando!</p> + +<p>—Esto es muy frecuente; vienen no sólo de Buenos Aires, sino hasta del +exterior.</p> + +<p>—¡Qué cosa bárbara!—exclamó Ricardo, agregando:—¿Y todos éstos +creerán?</p> + +<p>—Si no creyeran—le contestó Melchor,—no vendrían a traer sus ofrendas +y sus preces.</p> + +<p>—Eso... no...—replicó Ricardo, como distraídamente.—¿Vamos a ver?</p> + +<p>—¿A ver qué?</p> + +<p>—A ver qué hacen... cómo se forman... adónde van...</p> + +<p>—No hacen nada; no se forman, porque no vienen regimentados, y van, +probablemente, a la basílica, cada uno por su cuenta o en grupos.</p> + +<p>—¿Van caminando?...</p> + +<p>—¿Y cómo quieres que vayan?</p> + +<p>—Yo creía que irían hincados—dijo burlonamente Ricardo.</p> + +<p>—Quizá no falten quienes vayan así, por alguna promesa o por fanatismo.</p> + +<p>—Subamos, ché, que va a ser la hora.</p> + +<p>De nuevo en sus asientos, Ricardo reanudó el tema, diciendo:</p> + +<p>—Deben ser felices los que creen, ¿eh?</p> + +<p>—Si la felicidad está en creer—repuso Melchor,—todos deben ser +felices.</p> + +<p>—Todos los que creen.</p> + +<p>—¿Y tú crees que haya excepciones?</p> + +<p>—¡Cómo no ha de haberlas! y de primera fuerza: pregúntaselo a Voltaire.</p> + +<p>—¿A Voltaire? ¡Qué mal ejemplo has presentado!...</p> + +<p>¿Por qué?—repuso Ricardo, turbado visiblemente, pero dando a su voz una +inflexión destinada a disimular la contrariedad de haber citado por +oídas, ya que nunca había leído ni una línea del famoso escritor +francés.</p> + +<p>—Porque cuando Voltaire tuvo viruelas llamó al confesor.</p> + +<p>—No lo recuerdo...</p> + +<p>—Sí; lo llamó, y no debía ser tan descreído cuando ante la idea de +morir quiso ponerse bien con Dios.</p> + +<p>—¿Es cierto eso, Melchor?—preguntó Lorenzo.</p> + +<p>—Rigurosamente cierto: Voltaire hizo lo que todos; lo que aquel +filósofo positivista que al terminar una conferencia negando la +existencia del alma, anunció la próxima, diciendo a su auditorio: «el +sábado, si Dios quiere, demostraré que no hay Dios».</p> + +<p>—Por lo visto, eres todo un creyente—dijo Ricardo.</p> + +<p>—Yo sí, ché; ¿para qué negarlo?</p> + +<p>—Desde luego; creer y negar que se cree, debe ser cuando menos +fatigoso...</p> + +<p>—¡Y es... tan común!</p> + +<p>—¿Lo dices por mí?</p> + +<p>—¡Hombre!... tú me has dicho recién cosas peores.</p> + +<p>—Que has querido considerarlas así y tomar ahora una revancha +sangrienta.</p> + +<p>—¡Sangrienta!...</p> + +<p>—Pues es nada: me dices mentiroso, hipócrita... casi apóstata.</p> + +<p>—¡Apóstata!... ¡qué gracioso!</p> + +<p>—Advierte que el ateísmo y el panteísmo se dan la mano y que si me +supones renegando de «mi» religión, me colocas en plena apostasía.</p> + +<p>—¡Es ir lejos!</p> + +<p>—Tú me llevas...</p> + +<p>—¡Qué he de llevarte!... ¡Acaso explicablemente no he hablado nunca de +religión contigo y al tocar incidentalmente el tema he creído ver +confirmadas las mismas sospechas que me retrajeron antes, si alguna vez +pensé hablarte de estas cosas.</p> + +<p>—¿Puedo saber de qué índole son esas «sospechas», señor médico?...</p> + +<p>—¡Qué tema tan aburrido!—interrumpió Lorenzo.</p> + +<p>—¿Aburrido?... ¿por parte de quién? ¿de Ricardo?... ¿o de mí?</p> + +<p>—No he dicho que ustedes hagan aburrido el tema, sino que lo es en sí +mismo.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque hablarán todo el día y todo el mes sin arribar a nada.</p> + +<p>—¡Quién sabe!...</p> + +<p>—Sí, ché... Lorenzo tiene razón; entre un materialista y un +espiritualista como tú...</p> + +<p>—O como tú...</p> + +<p>—¿Cómo yo?</p> + +<p>—¡Como tú y como todos! Yo sé que «viste mucho» eso de darse a +filosofías spencerianas y diferir con los pobres de espíritu que creemos +en Dios y sostener que descendemos del mono—aunque no sepamos de dónde +desciende el mono,—y aunque se acabe por llamar al confesor en cuanto +aparecen viruelas.</p> + +<p>—Será así; yo me quedo con mis ideas evolucionistas.</p> + +<p>—¡Pero tu evolucionismo necesita un punto de partida, una base de +evolución, un átomo de vida!</p> + +<p>—Perfectamente.</p> + +<p>—¡Y bien: ahí, ahí está Dios!</p> + +<p>—¿Tan chiquito es Dios?</p> + +<p>—Tan chiquito para caber en el átomo como grande para llenar el +Universo.</p> + +<p>—¿También está en todo el Universo?</p> + +<p>—¡Bah! Contigo no se puede discutir esto porque haces broma, como +socorrido recurso de impotencia, desde que en lo íntimo tú eres tan +creyente y tan cristiano como yo.</p> + +<p>—¡Qué voy a ser!</p> + +<p>—¡Eres! y eres porque es tu madre, en cuyo seno has bebido estas ideas +y en cuyo hogar se cree en Dios y se observan los principios de la moral +cristiana que tú mismo practicas a cada rato.</p> + +<p>—Eso es cuestión de educación.</p> + +<p>—Sí, en cuanto a la moral que observamos; pero ello nada tiene que ver +con nuestros sentimientos religiosos.</p> + +<p>—Que yo no tengo.</p> + +<p>—Mira: no hay, no ha habido ni habrá jamás un ser humano que no sienta +a Dios en su conciencia y en su pensamiento, mientras tenga una y otro. +No hago cuestión de nombre; Dios; el sol; el buey Apis; la cabra de +Méndez; el budhismo; el mahometismo; el cristianismo; el animismo, etc., +todo eso representa a un mismo sentimiento, porque responde a una misma +impresión, y si nos es dado elegir, ¿cuál de todas las religiones del +mundo nos ofrece una moral más sana, más fecunda, más generosa que +nuestra moral cristiana en la fe de Dios?</p> + +<p>Lorenzo escuchaba el diálogo de Melchor y Ricardo mientras observaba el +campo con la cabeza apoyada en la mano derecha, y al escuchar las +últimas palabras de Melchor se volvió hacia éste, diciéndole:</p> + +<p>—¡Pareces un apóstol en pleno paganismo!</p> + +<p>—Bien puede haber de las dos cosas—replicó Melchor,—y más que fecundo +me resultaría este viaje si él me hubiera de servir para convertir a +ustedes.</p> + +<p>—¡Qué empeño!...</p> + +<p>—Muy explicable, por todo concepto; porque, ante todo, de algo hemos de +hablar para entretener el viaje, y en vez de discutir sobre modas, el +tema religioso puede darnos base para que ustedes tengan algo de lo que +les falta.</p> + +<p>—Lo que a mí me falta no me lo dará la religión—dijo Ricardo.</p> + +<p>—Por lo pronto te ha dado tema para hablar con más vivacidad de la que +te es habitual.</p> + +<p>—Lo mismo pasaría si habláramos de modas.</p> + +<p>—¡No, ché, Ricardo, por favor! No hablemos de modas por más que sea el +tema predilecto de los hombres de... la actualidad.</p> + +<p>—Eso es cierto—dijo Lorenzo,—más de una vez lo he comprobado.</p> + +<p>—Yo lo he comprobado cuantas veces he visto reunidos media docena de +caballeros y de damas.</p> + +<p>—No diré tanto; pero es frecuente...</p> + +<p>—¡Es fatal! en las reuniones de hoy se juega o se habla tonteras; yo no +me he encontrado en ninguna reunión en que no se haga una de estas dos +imbecilidades.</p> + +<p>—Tú exageras demasiado, Melchor: hay sin duda en nuestro ambiente +social mucha superficialidad, pero hay muchos estudiosos y no escasean +los centros realmente intelectuales.</p> + +<p>—¡No los he visto!... Yo suelo visitar a nuestras relaciones—y tú las +conoces, Lorenzo,—sin encontrar jamás, así: ¡jamás! nada que no sea un +«poker armado» o una acalorada discusión, entre damas y caballeros, +sobre el costo del sombrero de fulanita; ¡pero, hombre! sin ir más +lejos: la otra noche fui a lo de Méndez, ¿sabes? a lo de misia Edelmira, +porque era día de recibir. Estaba Pereyra con su mujer, el doctor Gener +con la suya, el diputado Targe, el senador Ramírez con la señora—y ¡qué +linda estaba!...—Eguina... las dos muchachas de Gori—¡dos +bagres!...—y no me acuerdo quiénes más, ¡pues no se habló más que de +sombreros y de yeguas!</p> + +<p>—¿De yeguas?...</p> + +<p>—¡De yeguas, ché! porque, según pude entender, la «Nona», que es la +señora de «Pepito», había vendido a «Toto», que es el marido de la +«Beba», una yegua del coche, en cuatrocientos pesos, que había invertido +en comprar un «modelo».</p> + +<p>—¿Qué es lo que dices?</p> + +<p>—¡Lo que oyes, Lorenzo!, porque has de haber observado que hoy es moda +en sociedad designar a las personas por el apodo o por el nombre, y no +por el apellido, y menos por el título; y así es de mal gusto hablar del +«doctor García» cuando se le puede designar por su nombre de pila: +Claudio, o por el sobrenombre, lo que es más distinguido: el «Nene», por +ejemplo.</p> + +<p>—¡Qué ridiculez!</p> + +<p>—¡Y cuando el «Nene» resulta un hombre del alto de esa puerta, y con +varios nenes de verdad a la cola!</p> + +<p>—¿Y lo del modelo?</p> + +<p>—¿Pero cómo?... ¿Qué, no sabes, Lorenzo?... ¡Ah!... yo aquella noche +aprendí eso y mucho más: un «modelo» es un sombrero de señora traído de +París para hacer otros iguales; pero que jamás valen lo que aquél y +según parece la «Nona» estaba loca por comprar uno que había visto; y +como «Pepito» (¡Pepito es decano de la Facultad!) no le daba los +cuatrocientos pesos que costaba, la «Nona» le vendió a «Toto», con +permiso de la «Beba», una de las yeguas del coche.</p> + +<p>—¡Cuánto disparate!...</p> + +<p>—Pues esos disparates fueron el tema de conversación durante toda la +reunión, siendo de advertir que los más eruditos mantenedores fueron +los caballeros... y esto es lo común... tratar temas de esa clase... o +jugar un «pocarcito»...</p> + +<p>—Ese juego se ha divulgado mucho realmente—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—¡Y entre qué gente! Casi no hay casa donde no se jueguen partiditas +familiares, ché... a cinco pesos la caja, no más; ¡pero... con cada +«metejón»!...</p> + +<p>—¿Qué ciudad es esta a que vamos llegando?</p> + +<p>—¿Esto?... esto... es Mercedes—repuso Melchor,—aquí podremos bajar un +momento para estirar las piernas.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—Y en serio, Melchor, ¿habrías ido en la máquina?</p> + +<p>—¡Ya lo creo!... No sólo porque en ella se goza de un espectáculo mil +veces más hermoso que desde esta ventanilla, sino porque habría +conversado con el maquinista, en grande.</p> + +<p>—¡Yo no me explico, che, Lorenzo, estos gustos de Melchor!... ¡estas +excentricidades!... ¡Conversar con el maquinista!...</p> + +<p>—Asómbrate cuanto quieras; pero confiesa que sin motivo fundado.</p> + +<p>—¿Cómo sin motivo?... ¿De qué te puede servir semejante compañía?</p> + +<p>—Es claro que el maquinista no me informará sobre el estado de +relaciones entre el Japón y los Estados Unidos, en las que, por otra +parte, no me intereso, porque no me importa; pero a mí me complace mucho +estar con los tipos que me son simpáticos y de todos los hombres de +trabajo ninguno lo es tanto para mí como el maquinista de ferrocarril.</p> + +<p>—¡Puede ser!...</p> + +<p>—Sí, Ricardo, lo es. Tú, como muchos, no concibes que haya interés más +que en tus iguales: para ti los del Jockey o los del Círculo... fuera de +eso... nadie vale nada.</p> + +<p>—Por lo pronto, hace más de un año que no voy al club.</p> + +<p>—No irás, Ricardo, por cualquier razón; pero no por frecuentar a gente +de otra clase.</p> + +<p>—¿Y qué? ¿Supones que deje de ir al Círculo por visitar a los señores +maquinistas?...</p> + +<p>—No digo eso, pero aun asimismo... si fuéramos a compulsar enseñanzas +acaso los maquinistas—¡y como ellos tantos otros!—no sacaran la peor +parte...</p> + +<p>—¡No digas barbaridades!...</p> + +<p>—¡Si no las digo!... Las mejores enseñanzas que yo he recogido no las +recibí frecuentando a esas personas de que hablamos hace un momento y +que sólo tramitan chismografía social, sino de buenas gentes que ignoran +todo eso, pero que viven la vida intensamente. En la estancia van a +conocer ustedes a Baldomero, el capataz, un tipo genuinamente criollo, +que ha tenido sus contrastes y sus desgracias, pero que es amable y +jovial en todos los casos y que al preguntarle una vez: «¿Cómo le va, +Baldomero?...» me contestó así: «Aquí vamos, don Melchor, tragando +amargo y escupiendo dulce.»</p> + +<p>—¡Qué hermoso!—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—¡Admirable! ché: fíjate bien en toda la filosofía de esa fórmula tan +sencilla puesta en boca de un hombre de campo que en medio de sus +contrariedades comprende que debe ser amable con quienes no tienen la +culpa de ellas y lo expresa así: «¡tragando amargo y escupiendo dulce!»</p> + +<p>—Es en bruto el concepto de Víctor Hugo... ¿te acuerdas?... en la +«Oración por todos»...—dijo Lorenzo,—cuando al hablarle de la madre +dice a su hija; más o menos, no me acuerdo bien: «que haciendo dos +porciones de la vida, bebió el acíbar y te dio la miel».</p> + +<p>—¡Eso es!... Con una diferencia para mí: que en un caso hay un verso +de «Víctor Hugo»... y en el otro la expresión sincera de un hombre de +corazón.</p> + +<p>—¿Y qué tiene que ver todo eso con los señores maquinistas?—dijo +Ricardo burlescamente.</p> + +<p>—¡Que es frecuente encontrar en gente de baja condición social +conceptos y formas que impresionan más que el mejor precepto editado por +el más campanudo moralista!</p> + +<p>—También con una diferencia, Melchor.</p> + +<p>—¿Cuál?</p> + +<p>—Que esos tipos dan, si acaso, un buen consejo cada cien años, mientras +que en un buen texto de moral encuentras cien preceptos por página.</p> + +<p>—La razón está en que esos tratadistas son acopiadores de máximas que +reeditan modernizándolas, mientras que nadie se ocupa en coleccionar las +que a millares circulan entre nuestra gente de pueblo.</p> + +<p>—¡A millares!...</p> + +<p>—Como suena, y si no, fíjate en la forma con que el maquinista que nos +lleva contestó a mi saludo cuando le pregunté: «¿cómo le va, amigo?»... +«Bien, por lo conforme»—me dijo.</p> + +<p>—¡No veo motivo para maravillarse por eso!</p> + +<p>—¡Cómo lo has de ver, Ricardo, si tú has demostrado mil veces que eres +incapaz de conformarte con tu suerte y hasta has pensado en que tu vida +debía concluir el día en que una tontuela casquivana te dijo que no le +daba la gana de quererte. A eso conduce el desprecio por todo lo que no +esté a la altura de nuestro nivel circunvecino; a eso conduce la fiel +observancia de ideas que nos inculca la vanidad, la petulancia y el +espejismo social, tras del que vamos como locos, fascinados por ideales +quiméricos o absurdos, mientras la verdadera filosofía, la del pueblo, +la del buen pueblo manso, trabajador y resignado, ¡es despreciada por su +origen «bajo»! ¡ése es el resultado de los que prefieren el libro con +lujosa encuademación!... por ahí se empieza o por ahí se acaba—lo que +es peor,—porque suele marcar el último tramo de una verdadera +perversión en las ideas que regulan nuestra manera de ser—y en +oposición al criterio con que se le enseñó al maquinista a sentirse +bien, «por lo conforme», se te ha taladrado los oídos con un grito ruin +y perverso que me parece estar oyendo: «es necesario no conformarse con +eso»: y así has vivido tú, y tú también, ¡y todos! torturándose en la +estúpida ambición de ambiciones nuevas.</p> + +<p>—¿Y acaso tú no las tienes?</p> + +<p>—¡Si yo no creo que la fórmula definitiva de nuestra perfectibilidad +consista en no tenerlas, sino en restringirlas sensatamente, hasta +ponerlas dentro de los límites de nuestro destino o de nuestra +capacidad, habituándonos a resignarse con esto! De lo contrario, surgen +los delitos, y los más de los crímenes; de cada mil robos uno se hará +por necesidad, los demás, ¡por ambiciones incontenibles!</p> + +<p>—¡Qué buena marcha llevamos!</p> + +<p>—Ya ves, Lorenzo, con esta velocidad vamos doscientos o trescientos +pasajeros, más o menos acaudalados... felices... de alta posición +social... de gran porvenir muchos... en manos del maquinista, que actúa +bajo una sola y tenaz preocupación: velar por nuestra vida. Un +movimiento de despecho, de envidia ruin—si cupiera en su alma fuerte y +sana,—bastaría para concluir con todos nosotros.</p> + +<p>—¡Y con él!—interrumpió Ricardo.</p> + +<p>—A él le bastaría con bajarse y dejar a la máquina en libertad. +Seguramente iríamos a darnos cuenta al otro mundo, si no se repetía el +caso de un maquinista que en esta misma vía y sabiendo que se había +escapado un tren de pasajeros, lo esperó subido al depósito de agua de +la estación en que se encontraba, «con licencia», y al pasar el tren se +arrojó al ténder, en el que por la violencia del choque se rompió las +dos piernas y así, arrastrándose penosamente, llegó hasta la palanca de +la máquina, paró al tren y salvó la vida de todos los pasajeros.</p> + +<p>—¡Lo haría pensando en la recompensa!—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¡Vaya un elogio!... Lo hizo porque era maquinista de ferrocarril... ¡y +nada más! Con ese criterio la acción más noble y generosa resulta +despreciable y lo mismo podrías pensar de otro maquinista que, al entrar +con un tren rápido entre las quintas de Flores, vio un pequeño bulto en +la vía, que a la distancia le pareció un perro; pero cuando estuvo casi +encima, a pocos metros, vio que era una criatura, y sin tiempo material +para parar la máquina pasó en dos brincos hasta el miriñaque y al llegar +a la niñita, la levantó en alto con una mano, salvándola de una muerte +segura.</p> + +<p>—Ché, Lorenzo: ¿qué te parece la imaginación de Melchor?...</p> + +<p>—¡Imaginación!... En los archivos de esta empresa están los +antecedentes de estos dos casos y de muchos análogos. Si dudas, anda a +preguntar.</p> + +<p>—¡No me da tan fuerte!</p> + +<p>—Te lo aconsejo, porque dudas; no porque me importe que no creas, desde +que es verdad.</p> + +<p>—¡Es cuando fastidia más no ser creído!</p> + +<p>—¡Estás equivocadísimo! El que se fastidia de que no le crean, es, +generalmente, el que miente. El que dice la verdad no se encona con +quien no le cree; cuando más, lo compadece...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—Por lo que se ve, Chivilcoy debe ser una de las ciudades más +importantes de la provincia—dijo Ricardo.</p> + +<p>—Así es—contestó Lorenzo,—y ha prosperado extraordinariamente.</p> + +<p>—¿Qué población tiene?</p> + +<p>—Cerca de treinta mil habitantes.</p> + +<p>—¿Tanto, eh?... Y Melchor, ¿dónde está?</p> + +<p>—Me dijo que ya venía... Aquí viene.</p> + +<p>—Fui a hacer un telegrama—dijo Melchor, respondiendo a Ricardo.</p> + +<p>—¿Un telegrama?... ¿a quién?</p> + +<p>—Menos averigua Dios, y perdona... ¿Subamos?</p> + +<p>Instalados en sus asientos y de nuevo en marcha, Ricardo no pudo +reprimir su curiosidad e insistió en su pregunta:</p> + +<p>—Y al fin, ¿a quién telegrafiaste?</p> + +<p>—¡Qué curiosidad!</p> + +<p>—¿Es un secreto tan grande?</p> + +<p>—¡No, hombre!... Hice un telegrama que había prometido a Clota.</p> + +<p>La fisonomía de Ricardo se nubló intensamente, y aun cuando las sombras +de su espíritu no hubieran asomado al semblante, su repentino silencio +las habría delatado.</p> + +<p>Los tres amigos permanecieron callados un largo rato, en aparente +observación del paisaje, pero, en realidad, absortos en pensamientos más +o menos torcedores.</p> + +<p>Melchor había advertido el cambio brusco producido en Ricardo, al mismo +tiempo que observaba en Lorenzo uno de esos aplanamientos propios de su +estado de ánimo y que tan hondamente lo preocupaban; en el espíritu de +Ricardo, como en la naturaleza, las sombras se habían ennegrecido ante +la luz, y la idea de aquel telegrama, de aquel mensaje de amor y de +felicidad, irradiaba en su imaginación como un lampo de luz obnubilante.</p> + +<p>Por su parte, Lorenzo pretendía meditar sobre su estado mental, luchando +sin éxito con la incoherencia de sus ideas, en uno de esos curiosos +estados de conciencia en que la voluntad parece desmayar a cada impulso +y en que sólo se destaca nítido y claro el falso convencimiento de una +enfermedad imaginaria.</p> + +<p>Él quería pensar en las ulterioridades del viaje que realizaba, en la +posibilidad de reaccionar sobre un estado enfermizo, que, en realidad, +no existía; pero vagas visiones de la infancia se superponían +confusamente en su imaginación y al considerarlas fijadas en su memoria, +el recuerdo de sus íntimos surgía mezclado con extravagancias de +carácter sociológico o con problemas de política internacional, para +concluir pensando que todo su mal radicaba en el estómago, y que si +pudiera respirar bien, la circulación se haría cumplidamente y su +cerebro volvería a la plenitud de su perdida energía mental.</p> + +<p>En estas situaciones Lorenzo arribaba al convencimiento de ser víctima +de un mal incurable, a cuyo lento trabajo de destrucción debía asistir +resignadamente «hasta que me llegue la hora de morir del todo», pensaba.</p> + +<p>Bajo el imperio de esta obsesión había leído mucho y preguntado más, +para confirmar el convencimiento de poseer en cada caso el cuadro +sintomatológico de toda enfermedad, y era, entretanto, un organismo sano +y preparado para vivir a base de una discreta metodización de las +energías físicas e intelectuales, que había disipado con la +incontinencia propia de la edad y del enorme caudal que poseía.</p> + +<p>Melchor veía en el semblante de Lorenzo y en la vaguedad melancólica de +su mirada, el reflejo de lo que pasaba por su espíritu; pero esta vez le +atribulaba menos, porque el asentimiento obtenido de él para hacer el +viaje que realizaban y permanecer en el campo algún tiempo, lo había +considerado fundadamente como un gran paso hacia su curación, en la que +estaba leal, sincera, hondamente interesado.</p> + +<p>—¿En qué piensas?—le preguntó, golpeándole afablemente con la palma de +la mano en la rodilla.</p> + +<p>—¡Psh!... ¡En tantas cosas!...</p> + +<p>—¿En muchas?...</p> + +<p>—En muchas...</p> + +<p>—¿Alegres?</p> + +<p>—Si fuera como tú...</p> + +<p>—¡Qué modelito! ¿eh? pues imitarlo: ¡no vayas a creer que con las +personas ocurre lo que con los sombreros de señora!... ¡no!</p> + +<p>—Precisamente, Melchor; tú eres un modelo que todos estimamos en lo que +vale; pero si yo pretendiera imitarte resultaría un mamarracho.</p> + +<p>—¡Modestia... ché... modestia! Los hombres podemos y debemos imitarnos. +Yo podría ser igual a ti o a Ricardo, pero no me conviene... en cambio, +¿a ti te conviene ser como yo?... ¡pues me imitas!</p> + +<p>—Eso equivale a poner un changador fornido frente a un ser enteco y +decir a éste: ¡imítalo!... levanta los pesos que aquél...</p> + +<p>—¡Es muy distinto, Lorenzo!... Y aun asimismo, a fuerza de ejercicio +perseverante y metódico, el enteco puede llegar a imitar al changador; +pero en cambio tú no me negarás que el hombre más sucio y desidioso de +su persona puede reaccionar y ponerse, en una hora, a la altura del más +higiénico y acicalado... ¿no es verdad?... todo es cuestión de jabón... +¡mucho jabón!... y agua en abundancia.</p> + +<p>—¡En ese caso, es claro! pero dile a una madre que no llore la muerte +de su hijo... ¡Anda! ¡dile que ría!...—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¡Me guardaré muy bien!</p> + +<p>—¡Bueno, pues!—agregó Lorenzo.</p> + +<p>—No, me guardaré muy bien, porque ello iría contra la energía moral +embotada momentáneamente por el dolor y porque es necesario, dulcemente +necesario llorar al hijo muerto; pero ninguna madre se ha pasado la vida +llorando la muerte de un hijo... se llora durante algún tiempo... más o +menos largo... pero al fin vuelve el equilibrio moral... llega la +resignación... la conformidad... el hábito, te diría, y gradualmente se +vuelve a la vida... se vuelve... ¡se vuelve a la risa!... ¡Esta es la +verdad en toda su crudeza!</p> + +<p>—Sí; pero ésa es la obra del tiempo.</p> + +<p>—¡En cambio, el individuo que pierde un ojo queda tuerto para siempre!</p> + +<p>—No sé qué me quieres decir.</p> + +<p>—Esto: que los más grandes dolores morales, el más grande de todos: el +de una madre que pierde a un hijo, es transitorio... es casi fugaz... y +que cuando todo nos enseña que todo es transitorio y deleznable, la +razón nos obliga a rechazar la perdurabilidad de un estado moral que nos +daña... ¡y está en nosotros rechazarlo!... no sólo por nuestra salud, +sino porque vivimos rodeados de otros seres a quienes no debemos +acongojar constantemente con el lamento de nuestras penas; porque esto +es perverso y es cobarde, y es indigno de hombres como nosotros, que +hemos nacido y crecido recibiendo beneficios y cariños y energías, de +nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos.</p> + +<p>A medida que Melchor hablaba, dando a su voz acentos de inusitada +vehemencia, Lorenzo experimentaba como un consuelo ternísimo +escuchándole y deseando que continuara en su disertación, que inoculaba +en su espíritu una extraña sensación de energías no sentidas. Nunca, +como en aquel momento había experimentado Lorenzo y Ricardo como él, la +influencia tonificante que Melchor les producía, nunca como en aquel +momento y realizando aquel viaje, se les había mostrado éste tan digno +de ser imitado, y nunca habían sentido más candente el rubor de la +propia debilidad, puesta en alto relieve por la tenaz y vibrante prédica +de Melchor, quien, advirtiendo el efecto que les producía, continuó +diciendo:</p> + +<p>—Yo no puedo pretender ofrecerme como un ejemplo de impecable +discreción; pero nunca he trasmitido a nadie ni la más mínima +participación en mis angustias ni en mis tristezas, que siempre han sido +consecuencia de mis actos, y tengo—invocando la amistad a que apelaba +Ricardo hace un rato,—el derecho de reprocharles en cuantas ocasiones +se me presenten, la inercia moral que ustedes revelan, que ustedes +cultivan. Así: «cultivan», como si fuera muy hermoso y muy digno +entregarse a todas las apatías y contaminar a cuantos nos rodean con la +baba de nuestras tristezas o de nuestras preocupaciones, en vez de +levantar el espíritu, por el propio esfuerzo, y simular, si es +necesario, una alegría que nos haga amables o cuando menos que no nos +convierta en motivo de pena para nuestros íntimos y para cuantos tenemos +que frecuentar. Tú, tú, Lorenzo, deberías vivir riendo y cantando en tu +casa, donde eres mimado e idolatrado hasta todos los extremos, y donde +has puesto una nota perversa de dolor infundado, desde el día en que te +creíste enfermo de un mal que no existe más que en tu imaginación y que +no has combatido hasta hoy en ninguna forma eficaz. Yo puedo hablarles +así porque, sin tener ni más inteligencia ni siquiera la ilustración de +ustedes, he cultivado la voluntad y me he aplicado a practicar los +preceptos que mil veces les he repetido, y que ustedes, con más caudal +que yo, pueden hacer efectivos desde el momento en que se resuelvan. Me +es duro hablarles así y sufro más yo diciéndoles estas cosas que ustedes +mereciéndolas; pero hemos salido de Buenos Aires dejando ustedes +virtualmente una promesa, y yo me he encargado de que la cumplan +contando con ustedes que al aceptar la idea de este viaje se ponían a mi +servicio; es decir, al de un propósito honesto y digno, en cuya +consecución el mayor beneficio será para ustedes.</p> + +<p>—Por mi parte—le interrumpió Ricardo—no he contraído con nadie la +obligación de divertirles y si mi carácter es así la culpa no es mía.</p> + +<p>—¡Tuya, y nada más que tuya! Por lo mismo que como Lorenzo has tenido +en tu casa cuanto has querido, el día en que alguien te negó algo te +sentiste desgraciado. Tú eres víctima de tu propia felicidad, Ricardo. +¡Vuélvete a ella!</p> + +<p>—¡Esas son frases, Melchor, y nada más! Porque tú, como nadie, sabes +que la desgracia se ha cebado en mí.</p> + +<p>Al oír esto, Melchor prorrumpió en una carcajada, diciendo al subrayar +cada sílaba:</p> + +<p>—...Que la desgracia se ha cebado en ti... ¡esto es divino!...</p> + +<p>—Ríe todo lo que quieras... eso es muy cómodo.</p> + +<p>—Pero cómo no he de reírme, Ricardo, si todas tus desgracias caben bajo +un mismo rótulo que inspira risa: «¡amores contrariados!»</p> + +<p>Y volvió a reír estrepitosamente.</p> + +<p>—¡Yo habría de verte si Clota te dejase por otro!—dijo Ricardo +calculando herir en lo más hondo.</p> + +<p>—¡Ya está!—prorrumpió vehementemente Melchor.—¿Quieres que te diga lo +que sucedería?... pues bien, escucha: primero pensaría: es mentira.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Y si no fuera mentira?</p> + +<p>—Pero espérate, ¡caramba! ¡déjame hablar! Cuando me convenciera de que +Clota me reemplazaba sin vuelta, ¡me daría un furor tremendo!... y ganas +de matar al otro (jamás, en ningún caso, de matarme yo), y me pondría +triste después, muy triste durante dos o tres... horas—espérate, no me +interrumpas;—luego tomaría un coche; me iría a Palermo, vería allí un +mundo de muchachas jóvenes, lindas, dispuestas todas a quererme +mucho—como que esas muchachas van buscando a quien querer, ¿eh?—pero +yo no les haría caso, ese día, porque estaría muy triste; regresaría a +casa, y como en casa nadie tendría la culpa de que Clota me hubiese +olvidado por otro, diría al entrar en casa lo que un amigo mío en +circunstancias análogas: «ahora hay que reír» y entraría riéndome... mi +madre conocería que mi risa era fingida; me preguntaría la causa, y como +mi madre es mi madre, yo le diría: Clota me ha engañado; me mentía: se +ha comprometido con otro; y en seguida no más, abrazándola, agregaría: +¡pero tú no me has mentido nunca! ¡tú me quieres siempre!... y apoyado +en el cariño de mi madre y feliz con él, esperaría la llegada de...</p> + +<p>—¿De qué?...</p> + +<p>—¡De otra Clota más constante!—dijo Melchor riendo, y agregó:—el +mundo está lleno de Clotas, ché Ricardo; convéncete.</p> + +<p>—Eso lo dices ahora.</p> + +<p>—Ahora y siempre, porque mi tranquilidad, mi acción en la vida y mi +vida misma no pueden depender, ¡no deben depender! de la volubilidad de +una muchacha ni de dos... y, por otra parte, ¿quieres nada más ridículo, +nada más desairado, nada más cursi, que un hombre como nosotros, +eternamente triste porque lo dejó una novia para casarse con otro con +quien es «eternamente» feliz?... ¡Adonde iríamos a parar!</p> + +<p>—Según eso, la mujer no influye en el destino del hombre.</p> + +<p>—¡Vaya si influye!... ¡Ya lo creo!... pero la Mujer, ¿eh?... en el +destino del Hombre, ¿eh?... así, en términos generales, y no una mujer +especial y determinada en el destino de un hombre cualquiera; en mi +destino, por ejemplo...</p> + +<p>—¿Si pensará lo mismo tu novia?—dijo Lorenzo, sonriendo cariñosamente.</p> + +<p>—¡Seguramente no! ¡qué gracia! Ella no tiene por qué pensar en estas +cosas; pero tengo de ella una idea tal, la considero una muchacha tan +discreta y tan sensata, que estoy seguro de que si yo le ocasionara una +decepción, la recibiría virilmente, y no se entregaría a extremos +ridículos...</p> + +<p>Estas palabras produjeron en Ricardo, a quien iban dirigidas, una +impresión tan intensa, que pretendiendo disimularla, dijo dirigiéndose a +Lorenzo:</p> + +<p>—¡Ché!... ¿Y los diarios?... ¿dónde los han puesto que no los veo?</p> + +<p>—Están ahí arriba—respondió Melchor, señalándolos, y agregó:—¿no les +parece que sería bueno almorzar?... ¡Yo siento una languidez!...</p> + +<p>—Vamos a almorzar—repuso Lorenzo displicentemente, y se dirigieron al +coche-restaurant.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Durante el almuerzo Melchor derrochó los recursos de su espiritualidad +matizando la conversación mesurada y seria de Lorenzo, a quien, como de +costumbre, incitaba a la jovialidad, diciéndole más de una vez:</p> + +<p>—No temas... come; ¡pero ríe! porque la risa es el gran digestivo; +jamás la mesa llenará su función si no comprende estas tres condiciones +fundamentales: buenos y abundantes alimentos; buena y abundante +conversación: ¡y a cada bocado una carcajada formidable!</p> + +<p>—¡Estás hecho un Brillant-Savarin perfeccionado!—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—¡Perfeccionado, ché! como que a los preceptos les sucede lo mismo que +a los gringos: se perfeccionan aquí... entre nosotros... Les pasa en +nuestro país lo que nos ocurría antes con nuestros cueros, que los +mandábamos a Europa para que nos los devolvieran curtidos y +utilizables... a nosotros nos mandan residuos cloacales y nuestra +vitalidad social los depura y los devuelve—¡cuando se van!—curtidos y +utilizables; pero dejando estas filosofías... ¡come!... ¿te sirvo otro +«filet»?...</p> + +<p>—No, gracias.</p> + +<p>—¡Come! ¡no seas maula!... Acuérdate de aquel consejo: «donde vayas a +comer, come mucho; si son tus amigos les darás placer; si son tus +enemigos, les darás rabia».</p> + +<p>Para estimular el apetito de sus compañeros, Melchor comía con exceso y +rompía los silencios con observaciones más o menos felices, destinadas a +reanudar la conversación y a disipar alguna sombra en el espíritu de sus +dos amigos.</p> + +<p>No estaba el de él desprovisto de ellas en absoluto, porque las +alusiones a Clota, mezcladas al recuerdo de aquellas palabras de su +madre: «dejas a tu novia», habían producido en su ánimo cierto escozor +que, sin perturbarle demasiado, persistía en él como el confuso +presentimiento de una amenaza.</p> + +<p>Él, que jamás había sentido la sensación de una sospecha vulgar; él, que +se había considerado siempre fuerte en la posesión espiritual de Clota; +él, que había desechado resueltamente toda preocupación recelosa, +experimentaba, por primera vez, una vaga, una tenuísima alucinación de +inquietud...</p> + +<p>No la habría descubierto el psicólogo más experimentado, tanto era de +incipiente; no la habrían ni siquiera presentido sus compañeros de +viaje: él mismo acaso no podía apreciarla en su exacta magnitud, que así +es de indeciso y sutil el germen inicial en las tribulaciones del +espíritu.</p> + +<p>En situaciones tales hay, más que una sensación ponderable, un +presentimiento realmente inconsciente y fugaz, como el breve relámpago +precursor de una remotísima tempestad; uno de esos destellos, +instantáneos y pálidos, que las grandes tormentas, en marcha, lanzan en +silencio al espacio cuando aun se encuentran muy por debajo de la línea +del horizonte sensible.</p> + +<p>—¡Qué es eso?—exclamó con asombro Lorenzo, poniéndose de pie.</p> + +<p>—¿Has oído?—dijo en el mismo tono Ricardo y casi al mismo tiempo +dirigiéndose a Melchor, que intensamente pálido contestó, levantándose +con violencia:</p> + +<p>—¡Sí!... ¡es a mí!... ¿qué habrá?...</p> + +<p>El tren acababa de entrar en la estación del Bragado, y de entre la +concurrencia bastante numerosa que ocupaba el andén había salido este +grito:</p> + +<p>—¡Señor Melchor Astul!</p> + +<p>El llamamiento se repitió hasta que, parado el convoy, descendieron los +tres amigos, y Melchor, impresionado y nervioso, abriéndose paso por +entre la concurrencia, respondía a los llamamientos gritando:</p> + +<p>—¡Aquí!... ¡Aquí!...</p> + +<p>Un mensajero del telégrafo se le acercó:</p> + +<p>—¿Cómo se llama usted, señor?</p> + +<p>—Melchor Astul.</p> + +<p>—¿Tiene alguna tarjeta... o algo?</p> + +<p>—¡Sí, hombre! ¡Sí, es él!—dijeron a dúo Lorenzo y Ricardo.</p> + +<p>El mensajero los contempló un instante, los miró, más bien, y +entregándoselo a Melchor, le dijo:</p> + +<p>—Un telegrama para usted.</p> + +<p>Melchor lo rompió temblorosamente y abriendo enormes sus grandes ojos +azules, mientras lo espiaban anhelosos Lorenzo y Ricardo, prorrumpió con +la voz ahogada por la emoción:</p> + +<p>—De Clota... ya vengo... voy a contestarle.</p> + +<p>—¿El recibo?... señor...—le reclamó el mensajero.</p> + +<p>—¡Ah... es cierto! ¿Tienes lápiz, Lorenzo?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Yo tengo—dijo Ricardo.</p> + +<p>—Fírmale el recibo, ¿quieres?—y sacando del chaleco un montón de +moneditas las dio al mensajero, diciéndole:</p> + +<p>—Toma... para ti—y se dirigió al telégrafo, mientras Ricardo, apoyado +en la pared exterior de un vagón, escribía en el recibo del telegrama de +Clota, este nombre: «Melchor Astul».</p> + +<p>Lorenzo y Ricardo volvieron a subir al coche-restaurant, en el que el +mozo se ocupaba en poner en orden la mesa, cuyo mantel había sido +arrastrado en parte por Melchor al levantarse.</p> + +<p>—¿Alguna otra cosa, señores?...</p> + +<p>—Vamos a esperar al compañero.</p> + +<p>—¡Conforme!—respondió el mozo, dirigiéndose hacia el pequeño mostrador +del fondo, con movimientos idénticos a los de un pato que camina ligero.</p> + +<p>Después de un breve silencio, dijo Lorenzo:</p> + +<p>—Cómo se quieren, ¿eh?...</p> + +<p>—Y cómo tarda Melchor—respondió Ricardo, asomándose por la +ventanilla.</p> + +<p>Melchor, entretanto, contestaba al telegrama de Clota, que decía así:</p> + +<p>«Señor Melchor Astul.—Bragado.—En el tren de las 11,20 a. m.—Y yo +vivo en ti; viajo contigo, porque te has llevado mi +pensamiento.—Clota.»</p> + +<p>La contestación decía:</p> + +<p>«Señorita Clotilde Iraola, Callao, 925. Capital.—¡Te engañas! Es que mi +pensamiento se ha quedado en ti, renunciando a existir en otra forma, y +soy por eso eternamente tuyo.—Melchor.»</p> + +<p>Cuando Melchor regresó a la mesa, preguntó al sentarse:</p> + +<p>—¿De qué hablaban?</p> + +<p>—¡Ahora la curiosidad es tuya!—respondiole Ricardo.</p> + +<p>—Es que a mí me interesa todo lo que ustedes hablen.</p> + +<p>—Te ha puesto zalamero el telegrama...</p> + +<p>—No, Ricardo; la zalamería, cuando no es ingénita, es contagiada.</p> + +<p>—Yo no te he dicho que tú seas zalamero.</p> + +<p>—Y como ustedes tampoco lo son, y yo no estoy más que con ustedes, +quiere decir...</p> + +<p>—Te dije que te habías puesto zalamero con el telegrama.</p> + +<p>—¿Otra cosa, caballeros?—volvió a preguntar el mozo poniéndose la +servilleta bajo el brazo y apoyándose con ambas manos en la orilla de la +mesa.</p> + +<p>—Una tortilla de yerbas... ¿qué les parece?—dijo Melchor.</p> + +<p>—Por mí, no.</p> + +<p>—Entonces, ¿quemada, con azúcar?</p> + +<p>—Por mí, no—insistió Lorenzo, agregando:—Para mí, café.</p> + +<p>—Y para mí también.</p> + +<p>—Bueno; mozo, tráiganos café.</p> + +<p>—¡Conforme!—repuso el mozo, alejándose.</p> + +<p>—¡Mozo!..—gritó Melchor.</p> + +<p>—¡Vengo!—repuso éste, alzando la voz.</p> + +<p>—...Y cigarros.</p> + +<p>—¡Conforme!</p> + +<p>—Estaba pensando que hemos hecho una zoncera en quedarnos aquí.</p> + +<p>—Efectivamente; habríamos tenido tiempo de dar una vuelta por la +ciudad.</p> + +<p>—Lo han pensado tarde, porque ahí tocan la campana—dijo Melchor, +agregando:—¡Lo que se ha perdido el Bragado!...</p> + +<p>—Lo que hemos perdido, en parte, nosotros—replicó Lorenzo;—y estoy +maravillado... estoy absorto, viendo esto y pensando que hace cuarenta +años, no más, que los indios salvajes llegaban hasta aquí.</p> + +<p>—¿Aquí?... ¿al Bragado?...—preguntó Ricardo.</p> + +<p>—Precisamente... si éste era el límite, la línea de fronteras, marcada +por fortines... y hace cuarenta años, más o menos, que fue avanzado +hasta el 9 de Julio, fundado entonces.</p> + +<p>—¡Qué enormidad!</p> + +<p>—Lo que hay de enorme—continuó Lorenzo—es el crecimiento del país... +el desarrollo portentoso que ha alcanzado en tan poco tiempo... ¡y en +todos los grados de la civilización!... ¡Pensar que aquí estaban las +tolderías de los indios, y que hoy no hay en todo el país ni un solo +indio salvaje!</p> + +<p>—¡Y después nos quejamos!—interrumpió Melchor.</p> + +<p>—Así es.</p> + +<p>—¡Cómo se conoce, ¿eh? que somos hijos del país!...—insistió Melchor +socarronamente.</p> + +<p>—¿Por qué?—preguntaron Lorenzo y Ricardo.</p> + +<p>—¿Por qué? ¡Pues por el afán de quejarnos... «sin motivo»!</p> + +<p>—Eso se explica y constituye una fuerza social, porque revela el deseo +de alcanzar un mayor grado de progreso.</p> + +<p>—¡No, Lorenzo!... Si no me refiero a los que quieren más +ferro-carriles... ni más industrias... ni mejor gobierno... no—decía +Melchor, moviendo lateralmente el índice derecho, y dando a su voz +particular intención,—no... me refiero a cierto caballeros, que yo +conozco, y que siendo sanos, claman por salud, y que teniendo todo lo +necesario para ser felices, viven con el ceño arrugado y que...</p> + +<p>—¡Ya saliste con tu eterno tema!—le interrumpió Ricardo.</p> + +<p>—¡Eterno!... Así continuará mientras tenga amigos muy queridos que +siendo sanos se crean enfermos, y siendo felices se consideren +desgraciados.</p> + +<p>—«Todo es según el color del cristal con que se mira»—le respondió +Ricardo.</p> + +<p>—Y entonces, ¿por qué tomar un cristal ennegrecido cuando disponemos de +cristales rosados?</p> + +<p>—Tú, dispones.</p> + +<p>—¡Convenido! ¿Y por qué no usan ustedes o no aceptan mis +cristales?—insistió Melchor, riéndose cariñosamente.</p> + +<p>—Porque este café, visto al través de cualquier cristal rosado, seguirá +viéndose negro.</p> + +<p>—Pues se toma un cristal de un rosado más subido y... ¡ya está! Yo +tengo una colección de cristales en el bolsillo, y en cada caso, ¡zas! +saco el que me conviene.</p> + +<p>—¡Es una suerte!—dijo Ricardo.—Pero a mí no me sirven de gran cosa +tus cristales...</p> + +<p>—¡Qué! ¿Eres daltónico?</p> + +<p>—Tal vez...</p> + +<p>—¡Sí, hombre! tú y tú... ¡los dos! ¡Al fin encontré la fórmula de mi +diagnóstico!... ¡Daltonismo moral!...—exclamó Melchor, riendo con toda +su risa franca y contagiosa.</p> + +<p>—¿Y usted considera, señor médico—le preguntó Lorenzo, en tono por +excepción solemne y bromista al par—que nuestro «mal» sea curable?</p> + +<p>—Lo garantizo, como dicen ahora los que se las dan de puristas, y lo +garantizo porque han de saber ustedes que ustedes también tienen la +colección de cristales que yo tengo.</p> + +<p>—¿Nosotros?</p> + +<p>—¡Sí, señor... ustedes!—y agregó ahuecando la voz:—Para el daltonismo +moral, la imaginación tiene colores complementarios.</p> + +<p>—Quizá no dices un disparate—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—¿Quieren una prueba?... Atiendan: un caballero insulta a otro; el +insultado mira; ve una paliza en perspectiva; siente miedo, y entonces +toma de su imaginación un color complementario... un color «sin +vergüenza», por ejemplo, y en seguida no más «ve» que el insultador es +despreciable, y... ¡lo desprecia!</p> + +<p>—¡Está gracioso!...</p> + +<p>—¿Otro ejemplo? ¡Nada convence tanto como la ejemplificación!... Un +caballero se enamora de una mujer, y ve de repente, o poco a poco, que +la mujer no lo quiere; pues toma de su imaginación el color +complementario que se necesita, color... «indiferencia»... o mejor aún: +color... «reciprocidad», y al instante «verá» que él tampoco la +quiere—y Melchor terminó con una vibrante carcajada.</p> + +<p>—¿Y si no se trata de un daltónico?</p> + +<p>—¡Bah... bah... bah!... ¡No seas tan ingenuo, Ricardo! ¡Si en lo moral +todos somos daltónicos! ¡Y todo el talento consiste en saber emplear los +colores complementarios! Convéncete: todos somos daltónicos.</p> + +<p>—De manera que, según tu teoría, el amor...</p> + +<p>—¿El amor?—le interrumpió vehementemente Melchor, y riéndose al mismo +tiempo que hablaba, le dijo:—¿el amor?... ¡qué gracioso!... ¿el +amor?... ¡daltonismo puro!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—Va a ser la una—dijo Lorenzo mirando su reloj,—me está dando sueño.</p> + +<p>—Es la digestión.</p> + +<p>—¡No, señor!—interrumpió Melchor.—No es la digestión... ¿qué sabes +tú?... Si fuera la digestión, sentiría siempre el mismo sueño después de +comer; ¡es el aire!... es un efecto de oxigenación... es ya la obra del +ambiente puro del campo.</p> + +<p>—Tal vez tienes razón; pero me siento como si hubiera tomado alcohol.</p> + +<p>—Exactamente... eso es... una especie de...</p> + +<p>—Borrachera sin vino—dijo Ricardo.</p> + +<p>—Justamente; tal es la sensación que todo habitante de las grandes +ciudades experimenta en el campo, bajo la influencia del aire puro... El +organismo, acostumbrado al aire enrarecido y contaminado de la ciudad, +siente las consecuencias de una oxigenación más intensa, y como el +oxígeno es el elemento vital, por excelencia, llegamos a la conclusión +de que estás, Lorenzo, empezando a sentirte... ¡ebrio de vida!...</p> + +<p>—¡Si fuera así!</p> + +<p>—¡Es así!... Yo te lo anuncié y estoy, como de costumbre, teniendo +razón. Ya verás: ¡dentro de quince días tendrás que hacer un gran +esfuerzo de memoria para acordarte de tus enfermedades!... Ni una sola +te quedará, para tener el gusto de... ¡quejarte!</p> + +<p>—Voy a buscar los diarios—dijo Ricardo poniéndose de pie.</p> + +<p>—Vamos para allá—dijo Lorenzo,—ya no tenemos nada que hacer aquí.</p> + +<p>—¡Qué!... ¿quieres seguir comiendo?...—le dijo Melchor, en broma, +alcanzándole su gorra de viaje.</p> + +<p>—¡Dios me libre!</p> + +<p>—Ché, Ricardo, ¿y tú, no quieres tomar algo?</p> + +<p>—¡Dios me libre!—repitió éste como un eco de Lorenzo.</p> + +<p>—¿Conque... Dios los libre?... ¿eh?... vamos progresando.</p> + +<p>—¡Vamos... a nuestros asientos!—contestó Ricardo al abrir la puerta +del coche-restaurant, y agregó al asegurarse la gorra, que tenía +puesta:—¡Cuidado con las gorras! que se ha levantado viento.</p> + +<p>Al encontrarse nuevamente en el sitio que ocupaban, dijo Melchor:</p> + +<p>—¿Los diarios, no?... ¿Tú querías los diarios, Ricardo?</p> + +<p>—Sí... pero, ¿quieres creer...? A mí también me está dando sueño.</p> + +<p>—¡Yo... me... duermo!—agregó Lorenzo.</p> + +<p>—Pues aprovechen... ¡nada!... Recostarse y dormir, que quien duerme +come.</p> + +<p>-¿Y tú?</p> + +<p>—Yo no tengo sueño... voy a leer los diarios.</p> + +<p>Lorenzo y Ricardo se dispusieron a dormir un rato, acomodándose lo mejor +posible en los asientos, no muy amplios, mientras Melchor sacaba los +diarios que había puesto en la percha y se ubicaba en un asiento +inmediato.</p> + +<p>Antes de desdoblarlos se levantó y fue a bajar las cortinillas del sitio +en que estaban sus dos amigos.</p> + +<p>—Voy a bajarlas para que nos les incomode la luz.</p> + +<p>—¡ Qué buena idea!</p> + +<p>—A mí no me molesta—dijo Ricardo.</p> + +<p>Vuelto a su asiento, Melchor tomó los diarios y quedó con ellos en la +mano, contemplando el paisaje monótono y espléndido al mismo tiempo, +como que ante su vista se extendía la llanura, de una horizontalidad +perfecta, cubierta en toda su extensión por maizales y linares matizados +a trechos con grupos de parvas secas y con los pequeños bosques de las +estancias, por las que pasaba el tren como ocupando el extremo de un +diámetro que girara sin cesar.</p> + +<p>—...Aquí realizaría el ideal de mi vida—pensaba Melchor,—en la más +pequeña de estas propiedades pasaría toda mi vida, reducido al trato de +los míos... mis padres... mis hermanos... Clota... los hijos que +tuviéramos... todos viviendo la vida sana y pura del campo... ¡Y pensar +que los dueños de estas estancias sólo vienen a pasar breves temporadas +en ellas cuando los arroja de la ciudad la prescripción imperiosa de la +crónica social que publican los diarios!... ¡Ah!... ¡es toda una tiranía +la vida moderna!... Vanidades que no tienen nombre... exigencias que no +tienen ningún fin moral... Absurdas necesidades que no conducen más que +a sacrificios improductivos... una desenfrenada carrera por aventajar al +que va delante... ¡y el poder arrollador de ese vértigo dantesco en que +todos vivimos pagando en lágrimas y en angustias y en ruindades y en +bajezas nuestro tributo miserable y estéril!... ¡Y cómo al alejarnos de +ese ambiente vemos la densidad de las sombras que lo envuelven!... +¡Cuántos hombres lacerados por la envidia... abrumados por el pesar de +obligaciones anonadadoras y contraídas con el solo fin de pagar dos +líneas de esa crónica social!... ¡Cuántas energías malogradas... y +cuánto sacrificio sin provecho!... ¡Superficialidad y mentira!... +¡mentira en todo!... La mentira contumaz en la sociedad entera... porque +no somos una sociedad en que se mienta más o menos... ¡somos una +sociedad que miente!... Si casi no hay un sólo hogar de alguna +apariencia en que no impere la mentira... Los padres simulan una +capacidad económica de que carecen... los hijos fingen una educación que +no tienen... ¡mienten!... las hijas gastan lujos que no han pagado... +mienten... las señoras... las señoras... las señoras...</p> + +<p>La imagen de su propia madre surgió en la imaginación de Melchor, al +rumiar mentalmente las últimas palabras y después de una breve pausa, en +que su espíritu quedó suspenso y absorto como ante un abismo, continuó +en sus meditaciones:</p> + +<p>—...¿Y por qué no ha de haber muchas como ella?... ¿Qué maldita forma +de perversidad nos impulsa a pensar mal, dando un asidero al +desconcepto, al prejuicio... a la calumnia misma... que casi nunca +ofrecemos al elogio... al aplauso... Oímos decir que se juega y nos +inclinamos a creer que juegan todos... sabemos que se miente y nos +sentimos dispuestos a considerar mentiroso a todo el mundo... ¡pero, por +qué, señor!... nos encontramos con un caso de adulterio... y... Por otra +parte, siempre habrá quien mienta... quien engañe... pero la virtud no +muere... ni la fidelidad... ¡porque no puede morir el afecto... porque +no puede morir el amor!...</p> + +<p>Melchor había dejado caer al suelo los diarios que tuvo en la mano y que +levantó y puso sobre el asiento que tenía delante.</p> + +<p>El tren marchaba aceleradamente bajo una larga, gruesa y horizontal +columna de humo que se proyectaba al costado de la vía en una sombra +sinuosa y ancha que se deslizaba chata por el suelo plano; pasaba como +escurriéndose por debajo de los alambrados; trepaba por sobre las parvas +inmediatas, para descender luego como un torrente; cruzaba flotante los +arroyos; espantaba a los teros que parecían huir alerteando un peligro; +subía por las paredes de las casas en los pueblos a que el tren llegaba +y al detenerse éste en las estaciones, parecía recogerse sobre sí misma +para erguirse en línea recta, como el brazo de un gladiador alzado en +alto después del triunfo.</p> + +<p>...«¿Por qué te has llevado mi pensamiento?»...—leía y releía Melchor +en el telegrama de Clota, que había sacado del bolsillo para +contemplarlo de nuevo como un diploma de felicidad, pensando:</p> + +<p>—...¡Qué misterioso intercambio de ideas, de anhelos, de aspiraciones +coincidentes, en esta suprema armonía de afecto que nos une!... ¡Cómo ha +sabido encontrar Clota la mejor forma de decir lo que yo también +pensaba... «te has llevado mi pensamiento»! ¡De qué manera se habrá +sentido, acompañándome con la imaginación, que ha producido esta fórmula +tan sencilla, tan exacta, tan delicada, tan honda!... «te has llevado mi +pensamiento»... ¿Si ocurrirá así?... porque desde que me he separado de +ella siento en mi cerebro, en mi corazón, en mi espíritu, ¡qué sé yo! +algo como una voz íntima que me dice: «Clota... soy Clota... ¿ves? estoy +contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!...»</p> + +<p>Melchor se repetía amorosamente las últimas palabras con que Clota le +había despedido la noche antes, cuando con las manos fuertemente tomadas +y los ojos lánguidos y firmes, puestos en los de él, le había dicho:</p> + +<p>—Hazme telegramas, escríbeme, escríbeme todos los días, cuéntame todo +lo que hagas, y cuando vayas en viaje, cuando estés lejos, piensa +que... estoy contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—¿Parece que no has leído mucho?—dijo Ricardo a Melchor, asomándose +por sobre el espaldar del asiento y viendo doblados los ejemplares de +<i>La Nación</i> y <i>La Prensa</i>.</p> + +<p>—En cambio parece que tú has dormido bastante—repuso Melchor, +levantándose.</p> + +<p>—No; he dormitado.</p> + +<p>—Lo mismo que yo—dijo Lorenzo, incorporándose;—¡si no se puede dormir +con el movimiento del tren!</p> + +<p>—¿Ni cuando estuvimos cerca, de una hora parados antes de llegar a +«Pehuajó»?</p> + +<p>—¿Parados?... ¿Por qué?... No me he dado cuenta.</p> + +<p>—¡Ni yo tampoco!</p> + +<p>—Porque la máquina que pusieron en la estación «Guanaco» no andaba +bien... ya lo había dicho el jefe...</p> + +<p>—¿Y por qué la pusieron?</p> + +<p>—Porque al descarrilarse la que traíamos se le rompió un eje.</p> + +<p>—¿Dónde descarrilamos?</p> + +<p>—¡Por lo visto han dormido, ché!</p> + +<p>—¿Y tú le crees a Melchor?... ¡Son cuentos!</p> + +<p>—Pero si ustedes no hubieran hecho más que dormitar los habrían +rectificado.</p> + +<p>—¡Es claro que he dormido algo!</p> + +<p>—¿Algo?... ¡tres horitas!... ¡como una!</p> + +<p>—¿Y qué hora es?</p> + +<p>—Más de las cuatro; ya nos falta poco.</p> + +<p>—En fin—dijo Lorenzo bostezando,—hemos acortado el viaje.</p> + +<p>—Parece que hay apetito, ¿eh?</p> + +<p>—¿Por qué, Melchor?</p> + +<p>—Porque los bostezos delatan sueño—que no puedes tener,—o languidez +de estómago que bien puedes tener porque almorzaste muy poco.</p> + +<p>—¡Qué esperanza! He almorzado el doble de lo habitual.</p> + +<p>—Mañana, en la posta del Paso, almorzarás el triple del doble y pasado +mañana en la «Celia», el cuádruple del triple.</p> + +<p>—Mira que eres exagerado—repuso Lorenzo riéndose.</p> + +<p>Ricardo, que había permanecido sentado contemplando el aspecto de los +plantíos, dijo, sin volver la cabeza, a Melchor que continuaba de pie:</p> + +<p>—Ché, Melchor, alcánzame <i>La Nación</i>, ¿quieres?</p> + +<p>—¿No quieres <i>La Prensa</i>?</p> + +<p>—¿Por qué?—dijo Ricardo volviéndose.</p> + +<p>—¡Porque tiene más páginas!—le contestó Melchor riendo y +agregó:—¡Cuando estamos para llegar se te ocurre leer!...</p> + +<p>—Es que no he visto los diarios hoy.</p> + +<p>—¡Pero los has comprado!</p> + +<p>—Creo que tú has hecho lo mismo.</p> + +<p>—Yo he cumplido con la práctica establecida: ¡comprar los diarios y no +leerlos después!</p> + +<p>—¿Quién hace eso?</p> + +<p>—¡Todo el mundo! ché, y la culpa la tienen los mismos diarios, y si no +fíjate—dijo Melchor tomando los que tenía en el asiento y +presentándoselos a Ricardo.</p> + +<p>—No te entiendo.</p> + +<p>—¡Que se necesita una semana para leer todo esto y ante la +imposibilidad de hacerlo acaba uno por no leer más que los títulos y a +veces ni eso!</p> + +<p>—¿De modo que los diarios no sirven para nada?</p> + +<p>—Van en ese camino, como que han pasado de la síntesis informativa a +la dilución abrumadora.</p> + +<p>—¡Es ganas de criticar!</p> + +<p>—No hay tal y en mí menos; pero mira... 36 páginas... y... 24 +páginas...</p> + +<p>—¡No es precisión leer hasta los avisos!</p> + +<p>—Partamos por mitad, lo que es excesivo, y tenemos 30 páginas de +lectura en sólo dos diarios... ¡eh!... agrégale otro tanto por la tarde.</p> + +<p>—Yo leo lo que me interesa.</p> + +<p>—Yo hago otra cosa: miro todo y no leo casi nada; por otra parte, +pienso que los diarios de hoy no llenan su objeto porque la volubilidad +pública reclama asuntos nuevos todos los días y, así, no es posible la +propaganda asidua en un propósito dado, desde que en cuanto un diario +insiste en un mismo tema el público lo deja por aburrido y por «latero».</p> + +<p>—Yo los he dejado deliberadamente para leerlos en la estancia—dijo +Lorenzo.</p> + +<p>-Pues te quedarás sin leerlos—repuso enérgica y cómicamente Melchor.</p> + +<p>—¿Cómo así?</p> + +<p>—¡Usted, señor D. Lorenzo, va a la «Celia» a pasear, comer y dormir!</p> + +<p>—¿Y por qué no hemos de leer también?</p> + +<p>—Porque yo mando. ¡Se leerá lo que yo indique y cuando yo lo disponga!</p> + +<p>—Lo que soy yo no puedo pasarme sin leer—insistió Lorenzo.</p> + +<p>—Leerá usted, señor... conozco las teorías modernas sobre fatiga +intelectual y los medios de combatirla y los aplicaré discretamente.</p> + +<p>—¿En qué consisten, ché?—preguntó Ricardo burlescamente.</p> + +<p>—En esto, muy sencillo; cuando se siente fatiga intelectual por exceso +de estudio hay tres medios de combatirla; primero, dejar la lectura, +procedimiento moroso cuando el mal es intenso; segundo, hacer ejercicios +físicos, procedimiento violento para restablecer el equilibrio de los +centros nerviosos; y tercero, cambiar de lectura... leer alguna cosa +sencilla... trivial... una novela, por ejemplo.</p> + +<p>—¡Pobres novelas!...—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¡Estás eruditísimo!—exclamó sonriendo Lorenzo.</p> + +<p>—¡Esto no es nada! ¡Ya verás, Lorenzo, como con sólo un chambergo de +gran ala levantada te quito el... casquete neurasténico de Charcot! ¿Qué +tal? ¡y a esta altura!</p> + +<p>—¿Cómo a esta altura?</p> + +<p>—¡A la altura de Trenque Lauquen, adonde vamos llegando... fíjate!</p> + +<p>En ese instante se oyó un estampido formidable, como si la boca de un +cañón del «Belgrano» o del «San Martín» hubiera entrado en el coche y +vomitado un cañonazo:</p> + +<p>—¡¡¡Booooletooos!!!</p> + +<p>Cuando el jefe del tren llevó los que Melchor humildemente le entregó, +el convoy llegaba a su estación terminal.</p> + +<p>—¡Ahí está Hipólito!...—exclamó Melchor y asomándose por la ventanilla +del coche que aun marchaba, le gritó:</p> + +<p>—¡Hipólito!... ¡Hipólito!... ¡aquí!...</p> + +<p>—¿Quién es ése, ché?</p> + +<p>—El cochero de la estancia... ¡verán qué tipo!... toma tu valijita, +Lorenzo... y para ti Ricardo, toma... ¡tú que no puedes pasarte sin los +diarios!...</p> + +<p>—¡No seas pavo!...</p> + +<p>—¡Y cuatro!... mira: los tuyos y los míos... ¡los podrás leer +duplicadamente!</p> + +<p>Cuando descendieron del tren llegaba trotando pesadamente Hipólito, que +al encontrarse con los viajeros se sacó respetuosamente su gran +chambergo campero, y cuadrado—contrariendo la ordenanza militar, pues +que formaba vértice con las puntas de los pies casi unidas y los talones +a un geme de distancia—dijo tendiendo a Melchor su amplia mano de +trabajo:</p> + +<p>—¿Cómo va, D. Melchor?... ¿éstos son los señores?—agregó mirando a +Lorenzo y Ricardo.</p> + +<p>—Sí, Hipólito... mi amigo Lorenzo...</p> + +<p>—Para servirlo.</p> + +<p>—...y mi amigo Ricardo.</p> + +<p>—Para servirlo.</p> + +<p>—Y Baldomero, ¿no ha venido?</p> + +<p>—Sí, D. Melchor... ahí andaba con el jefe... ¿quiere que lo hable?</p> + +<p>—No... vamos para allá, muchachos—y volviéndose hacia Hipólito:—¿Qué +tal están los caminos?</p> + +<p>—Hay algún barro... con la lluvia: ¡qué ha llovido!...</p> + +<p>—El maíz estará lindo, entonces.</p> + +<p>—Así es... lindo está.</p> + +<p>En ese momento salía al encuentro de los viajeros el gran capataz de la +«Celia», Baldomero Luna, quien al ver a Melchor se dirigió hacia él +diciéndole efusivamente:</p> + +<p>—¡Cuánto bueno por acá!</p> + +<p>—¿Qué tal, Baldomero?</p> + +<p>—¡Ahora bien, muy bien!</p> + +<p>—¿Qué, ha sucedido algo?—le preguntó Melchor, mirándole fijamente y +conservándole tomadas ambas manos.</p> + +<p>—¡Si viera!...</p> + +<p>—Pero, ¿qué ha ocurrido?</p> + +<p>—¡Que usted no estaba aquí y ahora está!</p> + +<p>—¡Me había alarmado, caramba!</p> + +<p>Celebrando la ocurrencia de Baldomero se repitió la presentación de los +huéspedes y el grupo se dirigió hacia el gran break de la estancia que +se encontraba al otro extremo del andén.</p> + +<p>Al recorrer éste, Melchor fue objeto de las más afectuosas +demostraciones:</p> + +<p>—¡Don Melchor! ¡cuánto gusto!...</p> + +<p>—¡Don Melchor!... ¡qué alegría!...</p> + +<p>—¡Don Melchor!... ¿cómo le va?...</p> + +<p>Y no pasó por el lado de alguna persona sin provocar exclamaciones +análogas a las que invariablemente respondía dando la mano y con frases +amables.</p> + +<p>—¡Qué popularidad tienes aquí!—le dijo Lorenzo.</p> + +<p>—¿Y dónde no?...—le interrumpió Baldomero,—si donde está D. Melchor +está la fiesta... está la risa... ¡Si es como una gran alegría que anda +paseando!</p> + +<p>Hipólito, que marchaba respetuosamente detrás del grupo, se adelantó al +llegar al extremo del andén pidiendo órdenes a Melchor:</p> + +<p>—¿Van a dar una vuelta, D. Melchor?... ¿o van al hotel?...</p> + +<p>—¿Qué opinan ustedes?</p> + +<p>—Iremos a lavarnos—dijo Ricardo.</p> + +<p>—Me parece bien—agregó Lorenzo,—es muy temprano para pasear.</p> + +<p>—¡Perfectamente! vamos al hotel... vamos a pie... es cerca... allí, +¿ven?—dijo señalando con la mano y agregó, dirigiéndose a +Hipólito:—Espéranos allá.</p> + +<p>—Ché, Hipólito—le dijo Baldomero.—Y llévame de paso el «azulejo».</p> + +<p>El grupo se dirigió al hotel y a poco andar le interceptó el paso un +pilluelo que con la mano tendida dijo a Melchor por todo saludo:</p> + +<p>—Don Melchor... me da «una... moneditas»?</p> + +<p>Baldomero levantó en alto el rebenque de gruesa y ancha lonja, diciendo +al pilluelo:</p> + +<p>—¡Salí de aquí, muchacho!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—Vea, Garona, tiene que preparar una buena comidita para don Melchor y +esos mozos, ¿sabe?—decía Baldomero al dueño de casa, casa que +aventajaba sin duda a la más surtida y completa de las de la misma +capital, pues era hotel, tienda, ferretería, almacén, bar y... ¡botica! +todo junto, bajo la conspicua dirección de su dueño, Saverio Garona, +italiano gordo y bonachón que usaba alpargatas y chambergo.</p> + +<p>—«No» pierda cuidado, don Baldomero.</p> + +<p>—Hágales un buen asado de costillas con ensalada.</p> + +<p>—¿De pepino?</p> + +<p>—¿De pepinos, dice?... mejor de lechuga... y unos pollos... pero que +sean gordos...</p> + +<p>—¿Y de empezar?...</p> + +<p>—¿Es fresca esa ternera fiambre que he visto en el mostrador?</p> + +<p>—Fresca... fresca... fresca... es fresca...</p> + +<p>—Bueno, eso no, amigo Garona... pero usted sabe tener tallarines...</p> + +<p>—Hay de casualidá...</p> + +<p>—Ya está... ¡les pone una tallarinada!—dijo Baldomero riendo +bondadosamente, al dar un puntazo con el cabo del rebenque en el +abultado abdomen de Garona.</p> + +<p>—¡No sea juguetón!... y diga: ¿de postre?</p> + +<p>—¿Qué les va a poner?</p> + +<p>—Tengo lindo durazno en conserva.</p> + +<p>—¡Convenido! y ponga guayaba también y... ¡ya sabe!... ¿eh?... esto es +mío... no vaya a recibirle a don Melchor.</p> + +<p>—¡«No» pierda cuidado!</p> + +<p>Cuando Baldomero regresó a unirse con los viajeros, éstos habían +terminado la operación de lavarse y de telegrafiar a las familias y se +encontraban rodeados de amigos de Melchor que le acribillaban a +cumplimientos y a preguntas.</p> + +<p>—¡Caballeros!—exclamó Baldomero—los que quieran noticias pueden ir al +telégrafo... estos señores vienen a divertirse y no a contar cuentos.</p> + +<p>—Estamos muy entretenidos, conversando.</p> + +<p>—¡Ah!... ¡don Melchor!... ya tuvo una excusa—repuso Baldomero, y +agregó:—¡Este don Melchor tiene más aguante que la máquina del tren!... +¡Capaz de oírlos toda la noche!...</p> + +<p>—¡Miren quién habla!—dijo un viejo paisano que tenía entre todos el +alto prestigio de haber sido justiciero juez de paz,—cuando don Luna se +agacha a conversar es cosa de pedir pieza con cama. ¡Si tiene más música +que un órgano!...</p> + +<p>—Y cuando usted habla, viejo, ¿qué hay que hacer?... ¡irse!...—dijo +Baldomero riendo estrepitosamente, y agregó:—¡Vamos, don Melchor, a dar +una vuelta... vamos!...</p> + +<p>—Bueno, vamos... será hasta luego.</p> + +<p>—Hasta cuando usted mande—contestó el viejo por todos, y agregó +señalando a Baldomero con una guiñada picaresca;—Y no se olvide, don +Melchor: le recomiendo que me lo atienda... al recomendao.</p> + +<p>—¡Yo te he de dar!... viejo pícaro—dijo cariñosamente Baldomero.</p> + +<p>—¡Disculpas!—le replicó el viejo riendo y agregó:—...Por tratarme de +vos... ¡confianzudo el mocito!...</p> + +<p>—Simpático, el viejo, ¿eh?—dijo Lorenzo al subir al break.</p> + +<p>—¡Y diablo!—le contestó Baldomero,—él sabe darse maña para arreglar +cualquier enredo dejando contento a todos.</p> + +<p>—¿Debe ser muy viejo, no?</p> + +<p>—¡Viejísimo! señor, si cuando yo vine aquí, al campo de los «Astules» y +¡mire que hace años! ya era viejo blanco en canas... Y don Melchor, +¿para dónde agarramos?</p> + +<p>—¿Iremos hasta el arroyo?</p> + +<p>—¡Queda lejos! ¿No quiere ir más bien a tomar un mate con don +Casiano?... Así estos señores conocerán algo bueno... ¡Viera cómo se ha +puesto la Pampita!</p> + +<p>—¡Cómo no! ¡vamos!</p> + +<p>—A lo de don Casiano... ¡ché, Hipólito!</p> + +<p>Este, que se encontraba en su puesto esperando órdenes, volvió la cabeza +y preguntó:</p> + +<p>—¿Aquí a la casa?</p> + +<p>—No, a la chacra... están en la chacra...</p> + +<p>—¡Jiú!...—moduló Hipólito interjectivamente y los caballos partieron +guiados al parecer por un cadenero mosquiador que llevaba, por lujo, un +cascabel en la hociquera y ante cuyo empuje podía decirse también que +«se iba ensanchando» Trenque Lauquen.</p> + +<p>La chacra de don Casiano Contreras, situada en el límite del ejido, +tenía excepcional fama en el pago y de tal modo imperaba su prestigioso +atractivo que hasta los mismos caballos al dirigirse hacia ella, +parecían que trotaban con más firme y decidido empuje; pero, ¿qué +raro?... si era fama que los pájaros más cantores la preferían para sus +nidos, que las rosas se ponían en ella más rosadas y las violetas más +humildes y los sauces más llorones, y los álamos más rectos. ¡Y que +hasta los malevos, cuando pasaban de largo por sus tranqueras, sentían +ansias de hacerse buenos!</p> + +<p>¡De tal modo era intensa la esplendorosa irradiación de la «Pampita»...!</p> + +<p>—Parece que está pesado el camino—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Este pedazo está feo—le contestó Baldomero,—antes sabía haber un +pantano aquí; pero don Casiano lo está arreglando.</p> + +<p>—¡Jiu!...¡ Jiú!...—repetía Hipólito sin sacar el látigo de la latigera +y el break continuaba su marcha, por entre aquel gran silencio +interrumpido sólo por el vibrante arpegio de algún pájaro o el sonar +del cascabel cada vez que escarceaba, el cadenero.</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p>—Quieto, Baldomero—dijo Melchor,—deje que la abra este pueblero: a +ver, Ricardo, una gauchada.</p> + +<p>—Vaya una gran dificultad—repuso éste bajando del break y dirigiéndose +a abrir la tranquera, ante la que se había detenido.</p> + +<p>Así lo hizo; el break pasó y se detuvo nuevamente.</p> + +<p>—¿La cierro?—preguntó Ricardo, provocando una leve sonrisa de +Hipólito.</p> + +<p>—Es mejor cerrarla, sí, señor—le contestó Baldomero al mismo tiempo +que Melchor exclamaba:</p> + +<p>—¡Qué pregunta!... ¡Chambón!...</p> + +<p>El break entró en la chacra ascendiendo la pendiente del camino que daba +acceso a la casa, en cuyo corredor estaba don Casiano que, al +reconocerlo a la distancia, dijo a la Pampita:</p> + +<p>Son los Astules... tomá el mate, hijita—y se dirigió al encuentro del +carruaje, que ascendía penosamente el final empinado de la cuesta.</p> + +<p>—¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!...</p> + +<p>—Torcé a la derecha, Hipólito—gritó don Casiano,—¡por ahí!... +¡detrás de las casuarinas!... es más liviano.</p> + +<p>Así lo hizo el cochero tomando el nuevo camino que se le indicaba y que +acababa de trazar don Casiano, para facilitar el acceso a la casa +edificada en la cumbre de una pequeña lomada.</p> + +<p>Descendieron los paseantes y luego de efusivas demostraciones les dijo +don Casiano:</p> + +<p>—Pasen... pasen, caballeros... aquí está más fresco... tomen asiento.</p> + +<p>—Qué hermosa chacra tiene usted, señor—dijo Lorenzo,—qué hermosos +árboles.</p> + +<p>—Sí, señor, si algo vale es por eso... tiene árboles hechos ya... la +chacrita vale por vieja, señor, al revés de las personas.</p> + +<p>—Yo he pensado siempre lo contrario, señor; los hombres jóvenes si +valen es por lo que prometen para cuando sean viejos.</p> + +<p>—Pero los viejos no prometen nada, señor, y en la vida hay que prometer +siempre... para valer algo... ¡aunque después no se de nada!—contestó +don Casiano, riéndose.</p> + +<p>—Es que ellos han dado y siguen dando.</p> + +<p>—¡Consejos!... que no se cumplen—le interrumpió a Lorenzo don Casiano, +agregando:—y, ¿qué van a tomar los señores?... ¿Querrán leche recién +ordeñada?... ¿o un matecito?...</p> + +<p>—Usted estaba «mateando», don Casiano—le dijo Melchor.</p> + +<p>—Seguiremos... si ustedes gustan—contestó levantándose y aproximándose +a una ventana, en la que, alzando la voz, dijo:—Pampita, trae mate, +hijita.</p> + +<p>—Hemos venido a molestar, señor.</p> + +<p>—¡No, señor!... ¿y por mucho tiempo?</p> + +<p>—Es verdad pensamos pasar aquí una temporada.</p> + +<p>—Dos o tres meses—agregó Ricardo.</p> + +<p>—¿Tanto tiempo? Vendrán por algún quehacer.</p> + +<p>—¡No, don Casiano!—dijo Melchor,—¿sabe por qué vienen?... míreles las +caras... ¡vienen a curarse!...</p> + +<p>—En verdad, que no parecen muy enfermos.</p> + +<p>—Son bromas de Melchor, señor—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¿Bromas?... ¿A que digo «de qué» estás enfermo?... ¿Digo?</p> + +<p>—¡Pero esta muchacha que no viene!—exclamó el viejo, más que nada por +cambiar de conversación y aproximándose de nuevo a la ventana, +dijo:—¡Pampita! ¿y el mate?</p> + +<p>—¡Voy, tata!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—¡Divina!—pensaron simultáneamente Lorenzo y Ricardo al aparecer la +Pampita, a quien fueron presentados por Melchor y de quien recibieron un +saludo despojado de toda afectación.</p> + +<p>—¿Y el mate, hijita?</p> + +<p>—Ahí lo trae el «ñato», tata—repuso ella tomando una silla y +sentándose con la majestad de una reina y la sencillez de una niña.</p> + +<p>En efecto, el mate llegó en manos del «ñato», muchacho de quince años, +poseedor de una «superlativa» nariz ciranesca, que dio motivo a Lorenzo +para romper el silencio de estupor que siguió a la deslumbrante +aparición de la Pampita.</p> + +<p>—Creo que estoy, señorita, en la chacra de los contrastes.</p> + +<p>—¿Por qué, señor?—repuso ella envolviéndole en una verdadera +irradiación de sus inmensos ojos verdes, circundados de largas y crespas +pestañas negras.</p> + +<p>Cuando Lorenzo se encontró con la mirada de la Pampita; cuando vio +aquellos dos ojos inteligentes, apacibles, escudriñadores y profundos +como jamás habría creído encontrar; cuando vio que ella le miraba, creyó +que había cometido una inconveniencia, una falta, una descortesía +obligándola a mover aquellos ojos y a desplegar aquellos labios...</p> + +<p>—Me ha parecido oír el apodo del cebador de mate.</p> + +<p>—Es verdad—repuso ella sonriendo afablemente y dejando ver unos +dientes que no podían estar sin burla en otra boca, ni pertenecer sin +desdoro a otra dueña; tanto eran de perfectos. Yo pensaba lo mismo que +Lorenzo, señorita; estamos sin duda en la chacra de los contrastes.</p> + +<p>—¿Lo dice usted por el «ñato»?</p> + +<p>—Así es—le contestó Ricardo, abrumado de emoción ante aquel portento +de suprema belleza, de insuperable dignidad, de extraordinario candor.</p> + +<p>—Estaremos entonces en la chacra del contraste—dijo ella con la mayor +ingenuidad.</p> + +<p>—Entiendo que tenemos el honor de hablar con la Pampita—repuso Lorenzo +acentuando esta palabra.</p> + +<p>—No sé por qué el honor—contestó ella, estableciendo así la propiedad +del apodo.</p> + +<p>—Eso lo discutiremos después.</p> + +<p>—Ni veo qué tenga esto que ver con esos contrastes a que ustedes se +refieren.</p> + +<p>—Lo que nosotros no vemos es la razón para llamar a usted «Pampita».</p> + +<p>—Muy justa: ¡sí lo soy! yo he nacido aquí... en plena Pampa, y desde +chica me dicen así.</p> + +<p>—¿Sabe, Pampita, por qué le dicen todo eso?—le dijo Melchor y sin +esperar la respuesta continuó:—Porque en Buenos Aires, «pampita» se +entiende por «indiecita» ¡y como usted no les parece «tan india»... que +digamos!</p> + +<p>—¡Ah!—contestó ella rápidamente,—¿entonces en Buenos Aires las +palabras se entienden de distinto modo que aquí?</p> + +<p>Los tres viajeros se miraron como interrogándose sobre el alcance de +aquella observación y cuando se disponían a contestarla dijo don +Casiano:</p> + +<p>—Hijita, ya que estos señores no gustan mate, ¿por qué no les muestras +el jardín?... y les juntas unas florcitas, para que lleven.</p> + +<p>—Si ustedes lo desean...</p> + +<p>—Sí, ché, vayan—les dijo Melchor,—mientras mateamos nosotros con don +Casiano.</p> + +<p>—Por aquí—les dijo ella señalándoles un camino de paraísos y los dos +amigos siguieron la indicación bajo la influencia irresistible de aquel +gesto de sencilla majestad.</p> + +<p>Sin poder evitarlo los dos pensaban lo mismo, ante aquella criatura +excepcional de belleza y de cultura: ¿Cómo ha alcanzado este grado de +visible educación?—se preguntaban y como para confirmar una sospecha le +dijo Ricardo:</p> + +<p>—¿Usted ha estado mucho tiempo en Buenos Aires, señorita?</p> + +<p>—¡Pero, señor! si hubiera estado sabría el significado que allí se da a +las palabras que usamos aquí.</p> + +<p>—Bien podría, señorita, haber estado y no conocer el de todas las +palabras—replicó Lorenzo ligeramente turbado.</p> + +<p>—¿Ignoraría, señor, el de mi propio nombre?...—repuso riendo sin +ofender, riendo como si supiera que toda idea de agraviar se anularía en +ella por el prestigio avasallador de sus encantos, compulsados más en la +expresión y la palabra ajena que en su propio espejo.</p> + +<p>Antes de que Ricardo encontrara la fórmula de una respuesta presentable, +la Pampita tuvo la amabilidad de decirle:</p> + +<p>—¿Podría preguntar, sin indiscreción, por qué me ha hecho usted esa +pregunta?</p> + +<p>—...Porque... me parecía haberla visto allá...</p> + +<p>—¿Cuándo?...</p> + +<p>¡«Cuándo»! repitió para sí Lorenzo, pensando al mismo tiempo: «¡qué +preguntas formula esta muchacha!...»</p> + +<p>—Es difícil, señorita, fijar la fecha de una reminiscencia.</p> + +<p>—Más difícil es ser franco—repuso ella entre el asombro de sus dos +acompañantes.</p> + +<p>—Yo lo soy siempre que es necesario.</p> + +<p>—Quiere decir que en este caso no lo considera usted necesario, señor.</p> + +<p>—¿Y en qué consistiría mi falta de franqueza, señorita?—dijo Ricardo +envolviendo a Lorenzo en una mirada que parecía decir: «¡Ayúdame!», o +«déjanos solos».</p> + +<p>—¿En qué?... ¡Y usted me lo pregunta!...—dijo riendo sonoramente la +Pampita.</p> + +<p>—¡Sí!... ¡Yo!...—repuso Ricardo con la voz trémula.</p> + +<p>—Pues en no confesar que creyó usted encontrarse con una pampita... +legítima... inculta; y al oírme hablar no ha podido menos que pensar +que, necesariamente, debo haber sido educada en Buenos Aires... ¡Aquí +también hay, señor, quienes enseñan a leer... y hay libros... no +crea!...</p> + +<p>—¿Usted lee mucho?—le preguntó Ricardo, visiblemente confundido.</p> + +<p>—No cambie de conversación; ¡si no hablábamos de eso! ¿no es verdad, +señor?—repuso ella dirigiéndose a Lorenzo.</p> + +<p>—Aunque no fuera así, no la desmentiría, señorita.</p> + +<p>—¿Tampoco usted es capaz de ser franco?</p> + +<p>—Ya ve si lo sooy; le confieso lo que haría, con toda franqueza.</p> + +<p>—Me doy por vencida: cerremos el capítulo. Voy a juntarles unas flores.</p> + +<p>—Acaso es tarde ya, señorita—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¡No!—le interrumpió vivamente ella.—¡No! Si no voy a darles o a +juntarles todas las flores del jardín...</p> + +<p>—¡Ni lo hemos podido pensar!—contestó Ricardo sonriendo y en el mismo +tono.</p> + +<p>—A mí me basta con una sola flor, señorita, que usted me dé... la que +usted prefiera...</p> + +<p>—¡Ah, señor! yo no tengo preferencias tratándose de flores; las quiero +a todas igualmente.</p> + +<p>—¿Y cuando no se trata de flores?—le dijo Ricardo, bajando un poco el +tono de la voz.</p> + +<p>—¿Y de qué?... ¿de pájaros?... ¡Me pasa lo mismo!</p> + +<p>—¿Y si se tratara de personas?—insistió Ricardo, más subyugado cada +vez por la Pampita. Exceptuando a mi padre y a mi hermana... más o menos +lo mismo.</p> + +<p>—¿No tiene usted más familia?—intercedió Lorenzo.</p> + +<p>—Sí, señor; pero parientes lejanos; mi madre y mis otros hermanos +murieron hace mucho tiempo... mi hermana se casó hace cuatro años... +vive allá... ve... derecho a ese rosal... ¡Ah!—agregó repentinamente +dirigiéndose a la planta,—vean qué dos pimpollos tan lindos, ¿eh?—y +cortándolos volvió con ellos al camino diciendo al separarlos—pues +estaban en un mismo gajo: uno para usted... y otro para usted...</p> + +<p>—Mil gracias—dijo Ricardo.</p> + +<p>—Un millón de gracias—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Usted es más generoso: ¡un millón!</p> + +<p>—Más derrochador, habrá querido decir usted, señorita—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¿Por qué?...</p> + +<p>—Porque las ofrece a quien parece haberlas monopolizado todas...</p> + +<p>—¡Qué gracioso... o qué amable, más bien! ¿no le parece?</p> + +<p>—Como usted quiera.</p> + +<p>—Si yo no quiero...</p> + +<p>—¿A nadie?</p> + +<p>—Ya le he dicho: a mi padre.</p> + +<p>—¿Y a nadie más?</p> + +<p>—¡Qué curiosidad! A nadie más...</p> + +<p>—¿Será eso posible?</p> + +<p>—Tan posible, que así es.</p> + +<p>—Feliz de quien pueda compartir tanto afecto.</p> + +<p>—Me parece que los llaman—dijo la Pampita, parándose, y poniendo +atención, agregó:—Sí, los llaman... es don Baldomero, ¿volvamos?</p> + +<p>Por el mismo camino marchaba hacia ellos Baldomero, que al aproximarse +exclamó:</p> + +<p>—Me parece, señores, que les ha gustado... la chacra, ¿no?</p> + +<p>—Ya viene usted con sus locuras.</p> + +<p>—¿Locuras?... Y te parece locura, hijita, entusiasmarse hasta perder +los estribos, viendo...—y la señalaba a ella con la mano +extendida—esta preciosura de... chacra.</p> + +<p>—Estábamos realmente embelesados recorriendo este jardín—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Puede ser, señor; pero se me hace que no han de haber mirado mucho las +plantas; ¿qué decís vos, hijita?... Yo la trato a ésta así porque la he +tenido en mis faldas... ¡pero hace quince años! ¿eh?—dijo Baldomero +riéndose.</p> + +<p>—¿Y ya se van?—preguntó la Pampita dirigiéndose a Baldomero...</p> + +<p>—¡Avisa!...—le dijo éste, parándose y contemplándola fijamente.</p> + +<p>—Déjese de zonceras. ¡Cuándo tendrá juicio!</p> + +<p>—¡Es lo que te recomiendo siempre!... ¡pero no lo necesita!... ¡No +saben ustedes lo que vale esta prenda!</p> + +<p>—¡Cállese, le digo!</p> + +<p>Don Casiano, que con Melchor llegaba a reunirse con el grupo de la +Pampita, dijo a ésta:</p> + +<p>—¿Y ésas son las flores que les has juntado?</p> + +<p>—No quisieron más, tata.</p> + +<p>—¡Gran cosa!</p> + +<p>—Es suficiente, señor.</p> + +<p>—Apurémonos—dijo Melchor—que la noche se viene.</p> + +<p>Así lo hicieron, y al llegar al break se cambiaron efusivas expresiones +de amistad y promesas de repetir la visita, mientras Lorenzo y Ricardo +sentían una verdadera fascinación ejercida por aquella Pampita de veinte +años, que había resultado querer sólo a su padre...</p> + +<p>Momentos después de partir el break, la Pampita percibía claramente el +repiqueteo del cascabel del cadenero y las voces de Hipólito:</p> + +<p>—¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Si Lorenzo y Ricardo habían salido hondamente entusiasmados con la +visita a la «Pampita», ésta, había quedado más impresionada que en +otros casos, ante la presencia de aquellos dos buenos mozos, gallardos y +cultos.</p> + +<p>Ella sabía bien cuánto influía en los hombres que la trataban; pero en +aquella circunstancia se acrecía su mujeril satisfacción por la calidad +visible de los visitantes y por la distinción social que la sola amistad +con Melchor significaba.</p> + +<p>No podía condensar en un pensamiento definido la vaga sensación que +experimentaba; pero en su espíritu sentía como una contrariedad porque +no se hubiera prolongado más la breve visita de los viajeros...</p> + +<p>De pie en el corredor del poniente, contemplaba el cielo encapotado, en +cuyo horizonte se cernía limitada por una línea casi recta, una +inconmensurable nube oscura sobre la faja de luz roja que parecía el +ruedo flotante del manto del sol, en marcha triunfal hacia otros +hemisferios.</p> + +<p>Aquella línea que fijaba nítidamente un límite visible entre la sombra y +la luz, cruzaba por la imaginación de la «Pampita» como un símbolo.</p> + +<p>—¿Si sucederá lo mismo en la vida?—pensaba.—¿Si habrá también en +nuestra existencia una línea como esa que estoy viendo por primera vez? +Una línea así... que marque la transición de un estado a otro... entre +dos maneras de ser... entre dos formas de vivir... ¿Y de qué lado de esa +línea misteriosa estaré yo?... ¿Viviré en la sombra, esperando la zona +de luz?... ¿o estaré en ésta y me espera la otra?...</p> + +<p>—Pampita, ¿y no comemos?—le preguntó don Casiano, interrumpiendo aquel +soliloquio, cuya causa podía estar y no estar en la casual línea de luz +del horizonte.</p> + +<p>—Sí, tata; ya mandé sacar—repuso, dirigiéndose hacia el comedor, +seguida de su padre.</p> + +<p>Camino del pueblo iba, entretanto, el break a largo trote, hablándose en +él del tema obligado: la «Pampita».</p> + +<p>—¡Si yo les dije que conocerían algo bueno!—decía Baldomero.</p> + +<p>—Como belleza física—decía Lorenzo,—yo no he visto nada que se le +parezca.</p> + +<p>—¡Y qué culta!... ¡qué educada!...—repetía Ricardo.</p> + +<p>—Bueno—decía Baldomero,—el viejo ha gastado un platal en esta +muchacha, con buenas maestras... de francés... y de piano...</p> + +<p>—¡Toca, el piano?...</p> + +<p>—¡Sabe francés?...</p> + +<p>—¡A la, perfección, señor! ¡Si cada que hay una fiesta es la +primera!—repuso Baldomero, agregando:—¡Y miren que la cortejan!... +¡Pero, señor!... ¡De aquí y de todas partes!... ¡Pero nada!... ¡Yo no +sé qué demonios de ideas le han metido en la cabeza a esta muchacha que +no quiere saber nada con «nadies»!... Así me ha sabido decir muchas +veces: «¡No me hable, Baldomero! ¡Yo no puedo pensar en «nadies» más que +en tata!»... ¡Fíjense!... ¡Y tan muchacha que es!... ¡Y tan linda!... +¡Porque miren que como linda, es linda!... ¿No?...</p> + +<p>—¿Y usted la ha festejado?—le preguntó Ricardo.</p> + +<p>—¡Atiéndamelo, don Melchor!... ¡Señor! ¡Si tengo hijos mozos!—contestó +riendo Baldomero, y agregó:—No, señor... Si la «Pampita» es como hija +mía... sólo que alguna vez he sentido ganas de hacer gancho... ¿sabe?... +¡porque ha tenido buenos partidos!... mozos bien... de posición... y el +viejo se puede morir... Bueno que ella tiene la hermana;—continuaba +Baldomero atendido por Lorenzo y Ricardo, vivamente interesados en +aquella relación,—¡y está bien casada!... con un hombre... decente... y +trabajador... siempre tendrá ese refugio, ¿no le parece, don Melchor?</p> + +<p>—Así es, Baldomero.</p> + +<p>—¡Siga!—dijeron a dúo Ricardo y Lorenzo.</p> + +<p>—¡Vean los señores!...—exclamó Baldomero.</p> + +<p>—...¡Si Mandinga no duerme!... ¿Mire que viniera a suceder!... ¿Y cuál +sería?...</p> + +<p>—Nada de eso—replicó Lorenzo,—me interesa, naturalmente, el caso de +una niña, tan excepcional como ésta.</p> + +<p>—¡Así se empieza!...—respondió Baldomero, riéndose, y agregó:—¿Pero +ya llegamos y sabe que el mate me anda retozando entre las tripas?...</p> + +<p>En la puerta del hotel esperaba Garona, cuya silueta se proyectaba en la +acera a favor del farol colgado en el zaguán, como la de una bordalesa +que tuviese encima una fuente enorme; de tal modo eran anchas las alas +de su chambergo criollo.</p> + +<p>Descendieron los paseantes y al entrar al hotel, dirigiéndose al +comedor, don Saverio se aproximó a Baldomero y le dijo al oído:</p> + +<p>—El asado se pasó un poquito, ¡vea!</p> + +<p>—¿Por qué no lo retiró, amigo?</p> + +<p>—¡Eh, qué quiere!... ¿Sabe?... es tarde...</p> + +<p>—¿Qué dice?—preguntó Melchor a Baldomero.</p> + +<p>—El hombre está afligido porque nos hemos demorado.</p> + +<p>—Ganaremos tiempo comiendo ligero—contestó Melchor al sentarse a la +mesa.</p> + +<p>El comedor estaba lleno de parroquianos de todas las trazas, que +observaban prolijamente a los recién llegados y, a no interponerse entre +unos y otros la figura amable de Melchor y la respetada de Baldomero, +habrían pasado un mal rato los dos viajeros, pues cuando Ricardo se puso +la servilleta en el cuello como un babero, bajo su cara afeitada, dijo +un paisano que estaba cerca:</p> + +<p>—¡Parece un «flaire» que va a decir misa!...</p> + +<p>Baldomero alcanzó a oír la pulla y levantándose fue hacia quien la había +lanzado y le dijo:</p> + +<p>—Vea, Martín: estos señores están conmigo, ¿entiende?</p> + +<p>—¿Y yo qué hago?</p> + +<p>—No le digo más—respondió Baldomero, disponiéndose a volver a su +asiento; pero al hacerlo oyó que el paisano decía como en un rezongo:</p> + +<p>—...¡Tá lindo... no va a poder hablar uno!...</p> + +<p>—¡A rebencazos te voy a tapar la jeta!—le dijo en voz baja Baldomero, +como para evitar ser oído por los demás.</p> + +<p>—¡Cualquier día!—respondió el paisano tomando disimuladamente un +botellón que tenía delante.</p> + +<p>—¡Soltá eso!... ¡Si no estuviera con estos señores!—repuso Baldomero +en voz aún más baja.</p> + +<p>—¡Cuando quiera, no más!</p> + +<p>—¡La facha!...—dijo Baldomero, volviendo a su asiento y dando por +terminado el incidente que no había pasado inadvertido en el comedor más +que para sus compañeros de mesa.</p> + +<p>—¿En qué andaba?—le preguntó Melchor.</p> + +<p>—Un encargue... que no me han cumplido—contestó como contrariado, para +explicar así la ligera emoción que le embargaba. Pero en ese momento, +Lorenzo, que ocupaba un asiento frente al hombre con quien Baldomero +había estado, vio que aquél, hablando con el compañero, se besaba sin +ruido el pulgar y el índice de la derecha en cruz.</p> + +<p>Don Saverio en persona y en homenaje a Melchor, servía la mesa, sobre la +que puso, para empezar, una verdadera montaña de tallarines al jugo.</p> + +<p>—Yo también me siento con apetito—dijo Ricardo dirigiéndose a +Baldomero y aludiendo a las palabras de éste en el break.</p> + +<p>—Es la mejor salsa, señor—repuso y agregó mirando a Lorenzo:—¿y +usted, señor, se siente con disposición?</p> + +<p>—No mucha.</p> + +<p>—«L'appetit vient en mangeant»—dijo Melchor, mientras levantaba en +toda la extensión de sus brazos los tenedores con que pretendía sacar de +la fuente los kilométricos tallarines.</p> + +<p>—¿Qué vino gustan tomar?—preguntó Baldomero, haciendo una verdadera +gambeta a la sentencia de Melchor.</p> + +<p>—Gracias, tomo agua—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Y yo también.</p> + +<p>—Para mí cualquiera.—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¿Pero cómo?—insistió Baldomero,—¿van a comer sin vino?</p> + +<p>—Sin vino y con poca agua—repuso Melchor,—con la menos posible.</p> + +<p>—¡Qué! ¿Que el agua les hace mal?</p> + +<p>—Comiendo, sí, como a cualquiera, Baldomero.</p> + +<p>—¡Hoy nos vamos a enfermar todos, entonces—exclamó Baldomero, +riéndose.—¿No sienten?... Está lloviendo...</p> + +<p>—Llueve efectivamente, ¡qué chasco!—dijo Ricardo.</p> + +<p>—No, Baldomero, esa agua no enferma a nadie; pero fíjese usted que es +tan observador insistió Melchor,—que ningún animal come y bebe al mismo +tiempo. El único es el hombre; los demás animales comen cuando tienen +hambre y beben cuando tienen sed.</p> + +<p>—¿Sabe que es cierto?...</p> + +<p>—La observación no es mía... la he leído... no sé dónde... y la +sigo...</p> + +<p>—Yo también—dijo Ricardo,—por eso no como con agua...</p> + +<p>—¡Pero te encharcas con vino! ¡vaya una gracia!—repuso Lorenzo.</p> + +<p>La comida siguió sin nuevos incidentes hasta el preciso momento en que +don Saverio ponía sobre la mesa un fuentón de duraznos en almíbar y una +gran caja de guayaba, cuando apareció por la puerta el «ñato», con una +preciosa canasta en la mano y parándose junto a Melchor, le dijo:</p> + +<p>—Aquí le manda el patrón estos duraznos y dice que son de la chacra, +para que convide a sus amigos y que muchos recuerdos.</p> + +<p>¡El breve y gracioso moño de cinta celeste que cerraba la canasta no +estaba, no podía estar hecho por don Casiano!...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Al llegar el día, Melchor estaba de pie, habiendo abandonado la cama con +especial cuidado de no interrumpir el sueño de sus dos compañeros, hasta +que llegase el momento de partir.</p> + +<p>Hipólito tenía listo el break y Baldomero tomaba mate en compañía de +Garona, que hecho a las costumbres criollas, había aprendido a «hacer +roncar un cimarrón»—según la gráfica frase con que se da a entender que +se ha sorbido hasta la última gota del mate.</p> + +<p>La lluvia de la noche, bien que breve, había hecho descender la +temperatura y del suelo húmedo se alzaba un vaho saturado de emanaciones +olorosas, que daban particular densidad a la atmósfera. Podía decirse +que el aire estaba «gordo» y así se veía a la distancia denso y violáceo +como una tenue niebla invernal en pleno estío.</p> + +<p>El sol soslayaba la tierra con rayos tibios, como el suave calor de un +incendio que se inicia; pero que anunciaban para más tarde la alta +temperatura propia de la estación y de un día sin nubes que la +aplacaran.</p> + +<p>Comprendiéndolo así, Baldomero contestó al saludo de Melchor, que +elogiaba la mañana, diciéndole:</p> + +<p>—Ahora está lindo; pero «hoy va a cantar la chicharra», ¿y esos +hombres?...</p> + +<p>—Duermen todavía; no he querido despertarlos, para que descansen un +poco más.</p> + +<p>—¿Tomará un mate, don Melchor? ¿o prefiere café?</p> + +<p>—No, mate. ¿Es dulce?</p> + +<p>—¡Verdad que usted toma dulce! Vea, Garona, haga cebar dulce también.</p> + +<p>Garona llamó a una muchacha de servicio y minutos después Melchor tomaba +su mate.</p> + +<p>—¿Y los equipajes, Baldomero?</p> + +<p>—Ya van en viaje. El carro salió hará dos horas.</p> + +<p>—¡Pero vea usted!—dijo Melchor contemplando bondadosamente a +Garona.—¡Cómo se aclimatan estos gringos!... ¡Quién había de decirle, +don Saverio, que iba usted a tomar mate en su vida?</p> + +<p>—¡Qué quiere!... aquí aprendemos de todo... y quién sabe si hay alguno +que toma más mate «de» yo—contestó enfáticamente Garona, que hacía gala +de su capacidad de bocoy, considerando que el verdadero mérito de «un +buen gaucho» se revela por el número de mates que pueda tomar y no por +calidades de otro orden.</p> + +<p>—Cuando sea hora de salir, avise, Baldomero, para despertarlos.</p> + +<p>—Cuando quiera, estamos listos.</p> + +<p>—Bueno, don Saverio, haga llevar al cuarto café con leche, pan y +manteca, bien servido, ¿eh?—y con el mate en la mano se dirigió al +dormitorio de sus compañeros, a quienes dijo:</p> + +<p>—¡Muchachos!... ¡Aquí está la Pampita!</p> + +<p>—¡El qué?—exclamó Ricardo, irguiéndose rápidamente en la cama, al +mismo tiempo que Lorenzo se incorporaba también.</p> + +<p>—Que ya es de día...—contestó Melchor.</p> + +<p>—Pero, ¿qué fue lo que dijiste?</p> + +<p>—¡Nada!... que es hora de levantarse...</p> + +<p>—¡Juraría que te había oído nombrar a la Pampita!</p> + +<p>—¡Estás soñando!</p> + +<p>—Yo sí que he soñado con ella—dijo Lorenzo,—¡y qué linda estaba!... +Habíamos salido a caballo... los dos... por un camino largo... ¡muy +largo!</p> + +<p>—¡Que te parecería corto!—le interrumpió Melchor, agregando:—Bueno, +levántense... ya les van a traer desayuno—y como en ese momento +apareciera un sirviente llevándolo, le dijo:—Entre, ché, póngalo +aquí... en esta mesa—y volviéndose a Lorenzo y Ricardo:—les voy a +servir yo... ¿cuántos terrones?...</p> + +<p>—¿Y por qué no nos dan mate?</p> + +<p>—Es mejor café con leche; el mate produce acidez al estómago cuando no +se está acostumbrado a tomarlo como desayuno..</p> + +<p>—¿Y tú lo estás?...</p> + +<p>—No; pero a mí no me hace nada.</p> + +<p>—Si... por darte corte con esta gente... toma café con leche... no seas +pavo—le dijo Ricardo.</p> + +<p>—Contesta... ¡macaneador!... ¿cuántos terrones?...</p> + +<p>—Para mí, tres—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Para mí... cinco.</p> + +<p>—¡Y querías tomar mate amargo!...</p> + +<p>—¿Quién desea un cimarrón?—preguntó Baldomero, parándose en la puerta, +y agregó:—Buenos días, señores.</p> + +<p>—Buenos días—contestaron;—pase adelante.</p> + +<p>—¿Han descansado?</p> + +<p>—Hemos dormido perfectamente.</p> + +<p>—¡Pero han soñado mucho!—dijo Melchor, riendo, mientras servía el +desayuno.</p> + +<p>—Si... ¿no? ¿y con quién?</p> + +<p>—Son pavadas de éste—repuso Ricardo.</p> + +<p>—¿Pavadas?... ¿Y el galope que ha pegado Lorenzo con la Pampita?...</p> + +<p>—¿Cómo es eso?... ¡Señor!... ¡Cuente!—exclamó Baldomero.</p> + +<p>—¡Cosas de Melchor, amigo!</p> + +<p>—Tú me lo has dicho recién.</p> + +<p>—Es que soñé realmente con que paseaba con ella a caballo.</p> + +<p>—¡No decía yo!... ¡Si se me hace que vamos a andar mal!—dijo +Baldomero, agregando:—¡Vaya que ella también haya soñado!...</p> + +<p>—Sería interesante—dijo Melchor—saber con quién...</p> + +<p>—¡Así es!—repuso Baldomero.</p> + +<p>—Se le podría preguntar...—dijo Ricardo sonriendo.</p> + +<p>—¿Y si resultase que era con Lorenzo?</p> + +<p>—¡Mejor para él!</p> + +<p>—¿Y si era contigo?</p> + +<p>—Peor para él y mejor para mí.</p> + +<p>—¡Qué! ¿Que ya se la están disputando?...—dijo Baldomero, y +agregó:—Si quieren podemos dar una vueltita por la chacra antes de ir +para la estancia.</p> + +<p>Ante esta proposición quedaron un instante perplejos Lorenzo y Ricardo, +que sentían vehementes deseos de aceptarla; pero éste se limitó a +preguntar:</p> + +<p>—¿Queda de camino?</p> + +<p>—Eso es lo de menos; los caballos son guapos... y así de paso dejaban +la canastita que la veo aquí... ¡pero sin el moño!...</p> + +<p>—Y sin los duraznos—repuso Ricardo.</p> + +<p>—Los duraznos los comimos anoche—intercedió Melchor,—pero yo no me he +comido el moño.</p> + +<p>—¡Ni yo!</p> + +<p>—¡Ni yo tampoco!</p> + +<p>—Yo sé decir—dijo Baldomero,—que anoche cuando la puse aquí lo +tenía.</p> + +<p>—Se lo habrán comido los ratones—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¡Eso ha de ser!—dijo irónicamente Baldomero, agregando:—¡Miren que +no haber caído en la cuenta!</p> + +<p>—A propósito, Baldomero, ¿quiere pedir la cuenta a Garona?</p> + +<p>—Me dijo que la pagarían a la vuelta, don Melchor...</p> + +<p>—¿Cómo a la vuelta?...</p> + +<p>—Así me dijo... ¡y es tan porfiado el gringo!...</p> + +<p>—¡Son cosas suyas!...</p> + +<p>—¿Mías?... De Garona, querrá decirme... ¿y no les parece que es hora de +ir saliendo?...</p> + +<p>Los tres amigos se dirigieron al break que tenía en el pescante una gran +canasta con las provisiones para el almuerzo, y subieron en él después +de despedirse amablemente de cuantos encontraron al paso y de recomendar +a Garona que hiciera llegar en seguida la canastita a don Casiano.</p> + +<p>—¿Y usted, don Baldomero, no sube?—preguntó Lorenzo viendo que se +disponía a cerrar la portezuela del break.</p> + +<p>—Los voy a acompañar a caballo.</p> + +<p>—¿Hasta la estancia?</p> + +<p>—El azulejo es capaz de ir de un galope hasta Buenos Aires.</p> + +<p>Al partir el break a todo trote, Baldomero se puso al costado, galopando +con toda la bizarría del gaucho legendario, mientras su flete dejaba +ver, al levantar los remos y al mirar hacia adelante, con sus ojos +vivos, que éstos no alcanzaban a divisar distancia que lo cansase.</p> + +<p>No habían andado dos leguas, cuando Baldomero exclamó:</p> + +<p>—Pará, ché Hipólito; aquel hombre viene queriendo alcanzarnos.</p> + +<p>En efecto, era un peón de Garona, que al llegar próximo al break y antes +de que su caballo se detuviera del todo, se arrojó de él, bajándole la +rienda, y dirigiéndose a Melchor le dijo:</p> + +<p>—Aquí le traía estos telegramas.</p> + +<p>Melchor los tomó y leyendo ávidamente la dirección de cada uno los +repartió diciendo:</p> + +<p>—Este es para mí; señor Lorenzo Praga; señor Ricardo Merrick; éste +también es para mí.</p> + +<p>—De mamá, que están todos buenos—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Lo mismo en casa—agregó Ricardo.</p> + +<p>—Por casa también, sin novedad; el otro es de Clota.</p> + +<p>Ricardo dio vuelta la cabeza y se puso a mirar hacia adelante, mientras +Hipólito preguntaba:</p> + +<p>—¿Vamos?...</p> + +<p>—¡Vamos!...</p> + +<p>—¡Jiú!... ¡jiú!...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>El sol al frente de los viajeros hizo exclamar a Ricardo:</p> + +<p>—Empieza a hacerse sentir el calor.</p> + +<p>—¿Quieres cambiar de asiento?—le dijo Melchor.—Aquí, Hipólito, ataja +algo; te di ese lugar para que fueras viendo con más comodidad.</p> + +<p>—No, si es lo mismo.</p> + +<p>—¡Mira que aquí hay una sombrita!—insistió Melchor encogiéndose tras +del cochero.</p> + +<p>—No, voy bien; es que hace calor, no más.</p> + +<p>—¿No quieres para atajarte del sol... un diario?...—le dijo Melchor +irónicamente.</p> + +<p>—Y a propósito, ¿los traes?</p> + +<p>—¡Todos!....</p> + +<p>Baldomero que oyó hablar de diarios, aproximó su caballo hasta poner una +mano sobre el guardabarro lateral del break y preguntó:</p> + +<p>—¿Hablan de algo los diarios?</p> + +<p>—En la estancia le van a contestar, Baldomero, porque todavía no los +han leído...—repuso Melchor riéndose, y agregó:—Pero los compraron.</p> + +<p>Baldomero sonriéndose, separó el azulejo y con la mano de nuevo sobre el +muslo derecho continuó galopando con insuperable gallardía.</p> + +<p>El viento movía blandamente el ala de su chambergo y levantaba leves +nubecillas de polvo que los cascos del azulejo removían aún de entre el +césped, de tal modo era enérgica la fuerza con que los golpeaba.</p> + +<p>El panorama parecía indicar el límite de la superficie habitada, no sólo +porque las perspectivas del paisaje mostraban cada vez más raleadas las +poblaciones y más pequeños los detalles vistos a la distancia, sino +porque los ruidos, que llegaban al oído de los viajeros, eran extraños y +tristes, casi agoreros, y hasta el vuelo pausado y oblicuo de los +caranchos tenía el ritmo de una cadencia funeral.</p> + +<p>Las haciendas se alzaban perezosamente, entumecidas por el reposo de la +noche y el terneraje lanzaba en tonos quejumbrosos gritos que parecían +lamentos de agonizante, mientras al paso del break huían las vaquillonas +y los pequeños novillos, haciendo cabriolas que tenían todo el dengue de +mohines de burla, como si se los inspirase aquel grupo de viajeros que +en procura de salud moral marchaban aceleradamente hacia regiones de +inacabables melancolías.</p> + +<p>A ratos surgía, repentino y en gradación descendente, el trino +glutinante de alguna perdiz que huía a refugiarse en su mimetismo; los +teros saludaban a la distancia, lanzando su estridente grito y mientras +los tordos, los cardenales y los chingolos se paseaban por el lomo de +las vacas, las lechuzas parecían encogerse de hombros indiferentes o +despreciativas, al levantar el vuelo de poste a poste, a medida que el +break avanzaba en su camino.</p> + +<p>Separados por potreros que parecían dilatadísimos, veíanse los bosques +de las estancias disminuidos por las lejanías, hasta sugerir la idea de +pequeños montecillos, y así lo hizo notar Ricardo:</p> + +<p>—¿Por qué tienen tan pocos árboles junto a las casas, Baldomero?</p> + +<p>—¡No crea, señor, si son arboledas grandes!... Mire allá... ¿ve?... +derecho a aquella punta de hacienda... bueno... ése es campo de los +«Unzueces»... que tienen árboles por lujo...</p> + +<p>—¿Y no parece, eh?</p> + +<p>—Que queda lejos... pero el bosque es grande...</p> + +<p>Siguió un silencio prolongado, durante el cual Melchor sintió cien veces +impulsos de sacar del bolsillo el telegrama de Clota, pero se abstuvo +temeroso de provocar preguntas que no deseaba satisfacer. Ningún detalle +del camino escapaba a la curiosa observación de Lorenzo y de Ricardo, +que en más de un caso prefirieron ignorar la causa o la naturaleza de lo +que veían, antes de revelar ante Hipólito la impericia campera que +lógicamente padecían...</p> + +<p>—¡Viste!...—se limitaban a preguntarse recíprocamente al ver cruzar +una liebre o al ver aparecer en la puerta de su cueva algún vizcachón +valetudinario.</p> + +<p>En las postas del camino cambiaron caballos que Hipólito conocía hasta +en sus detalles más íntimos y sin tropiezos llegaron a la del «Paso», +donde debían almorzar y sestear, según lo anunciado por Melchor.</p> + +<p>—¿Sabe que hemos andado ligero, Baldomero?</p> + +<p>—¿Qué hora tiene, don Melchor?</p> + +<p>—Las diez menos cuarto.</p> + +<p>—¡Verdá! que hemos andado pronto... bueno que estos caballos son de +ley.</p> + +<p>—El que es de ley es el cochero—dijo Lorenzo,—y no le hacen justicia.</p> + +<p>—Y con caminos pesados—agregó Ricardo.</p> + +<p>—Algo... sí, señor... al salir del pueblo...; pero después, no... por +aquí está casi seco... es que hemos tenido caballos guapos...</p> + +<p>—¡Buenos días, don Melchor! ¡Cuánto gusto!—exclamó palmoteando la +dueña de casa.</p> + +<p>—¡Cómo está, doña Ramona!</p> + +<p>—¡Para servirlo!... «entre adentro» que está fuerte el sol... pasen, +señores.</p> + +<p>—¿Y Anastasio?</p> + +<p>—Anda por el campo, señor... y ¡miren que han venido temprano!... pero, +¿a qué hora salieron, don Baldomero?</p> + +<p>—No me fijé, amiga... serían las cinco.</p> + +<p>—¡Si cuando este muchacho me dijo que venía el breque... ¡qué le iba a +creer!... Siempre saben llegar al mediodía.</p> + +<p>—Realmente, Ramona: hemos venido como chasque.</p> + +<p>—¡Como chasque! Don Melchor... ¿y la familia quedó buena?</p> + +<p>—Todos buenos, gracias.</p> + +<p>—Pero siéntense, señores, que están parados... y entrá esa canasta, +muchacho... Anastasio no ha de tardar... ¿le cebo un mate, don +Melchor?...</p> + +<p>—¿Mate?... Creo que mis compañeros quieren algo más sólido... ¿qué tal, +Lorenzo?...</p> + +<p>—Venimos a tus órdenes.</p> + +<p>—¡Eso quiere decir que hay apetito!... ¿No te decía yo?...—y agregó, +alzando la voz:—¡Baldomero!</p> + +<p>—¡A la orden, don Melchor!</p> + +<p>—...aquí hay gente curiosa por ver lo que ha traído en la canasta.</p> + +<p>—¡Ni sé lo que haya puesto Garona!... Vaya sacando, amiga. ¿Quiere?... +Yo ya vengo—dijo desde la puerta Baldomero, teniendo del cabestro su +azulejo al que le había sacado el cojinillo.</p> + +<p>Mientras se disponía la mesa bajo la enramada del poniente, los tres +amigos salieron a «estirar las piernas» por las inmediaciones.</p> + +<p>—¿Por qué no llevan la escopeta? Don Melchor... puede que encuentren +algo...</p> + +<p>—No, Baldomero... las armas las carga el diablo... y estas vacas son +ajenas...</p> + +<p>—¡Lo dirás por ti; porque yo—replicó Ricardo en tono de broma,—donde +pongo el ojo pongo la bala!</p> + +<p>—¡El de mejor puntería!...</p> + +<p>—No soy tan certero como tú...—contestó intencionadamente Ricardo, +creyendo ver una alusión que no existía por cierto en la frase amistosa +de Melchor. Comprendiéndolo, éste le dijo:</p> + +<p>—Te he dado una broma, sin intención... pero ya que lo entiendes así... +veremos si le aciertas a la Pampita.</p> + +<p>—Parece que la Pampita te preocupa a ti más que a nosotros... Se lo +podríamos telegrafiar a Clota... ¿qué te parece?</p> + +<p>—Viniendo de ti tiene que parecerme bien.</p> + +<p>—¡Oíganle!...</p> + +<p>—Ché, Melchor; pero qué vida pasará aquí esta gente, ¿eh?</p> + +<p>—¡Te parece, Lorenzo! Viven muy contentos y muy sanos.</p> + +<p>—Yo creo que me moriría aquí antes de una semana.</p> + +<p>—En ti me lo explico perfectamente.</p> + +<p>—¿Por qué te lo explicas?</p> + +<p>—Porque aquí no vienen diarios todos los días...</p> + +<p>—No seas pavo—repuso cariñosamente Lorenzo; y la jira continuó sin +alejarse mucho de las casas, hasta que Baldomero les gritó:</p> + +<p>—¡Cuando gusten!</p> + +<p>Al sentarse a la mesa apareció Anastasio, cuya fisonomía impresionó +vivamente a Lorenzo y a Ricardo que en una rápida mirada se cambiaron la +misma impresión: ¡qué traza!</p> + +<p>En la expresión de Anastasio observaron, instantáneamente, un detalle +extraordinario: ¡reía sin risa!</p> + +<p>Toda su cara, en lo muscular, respondía a la intención de su dueño: los +labios se tendían abiertamente dejando ver una dentadura ennegrecida y +sólida; las comisuras de los párpados se contraían aumentando los surcos +radiales que partían de ellas; los pómulos se levantaban, las arrugas de +la frente disminuían... pero los ojos permanecían impávidos y fijos. +Casi podía decirse que al reír su envoltura corpórea, el alma quedaba +indiferente y seria.</p> + +<p>Inspiraba lástima y miedo.</p> + +<p>Saludó con breves palabras, con monosílabos casi, y fue la única persona +que no hizo a Melchor los agasajos que todos. Cuando éste le invitó a +participar del almuerzo rechazó el ofrecimiento con actitudes que lo +mismo parecían de recelo que de timidez.</p> + +<p>—Gracias... Ya churrasquié...</p> + +<p>—¿Dónde?... viejo...—preguntó asombrada Ramona, sin obtener +contestación.</p> + +<p>—Arrímese, Anastasio—insistió Baldomero,—mire que vale más llegar a +tiempo que andar rondando un año.</p> + +<p>—Así... dicen...—contestó Anastasio, sin moverse de su sitio y +castigando al suelo con la punta de su lonja.</p> + +<p>Terminado el almuerzo, se dispuso la siesta bajo la caliginosidad +creciente de un día de fuego y poco después de las 4 la caravana +continuó su marcha en línea recta, a la «Celia».</p> + +<p>Durante esta jornada se habló de Anastasio especialmente, pues habían +quedado Lorenzo y Ricardo impresionados con él.</p> + +<p>Melchor y Baldomero les referían la breve historia de aquel hombre +desgraciado, especie de «Don Alvaro» del desierto, a quien la fatalidad +le había puesto más de una vez en la boca del trabuco o en la punta del +cuchillo el corazón de las personas a quienes más quiso en la vida.</p> + +<p>Peleando en una pulpería una noche había muerto a su hermano, +confundiéndolo con su adversario, en medio de un entrevero; tiempo +después llegaba tarde de la noche a su rancho, y viendo un hombre junto +a la puerta, simuló pasar de largo por el camino, para sorprender mejor; +descendió del caballo y agazapándose entre las cicutas se dirigió hacia +aquel hombre que iba a robarle su felicidad; los perros no se sentían...</p> + +<p>Anastasio llegó hasta cerca de la puerta y oyó estas palabras, dichas +entre dientes como en un rezongo:</p> + +<p>—Abrí, te digo, soy yo.</p> + +<p>La puerta se abrió y un relámpago de celos precedió a un relámpago de +fuego: Anastasio había descargado su formidable trabuco sobre un +salteador y sobre su mujercita inocente, matando a los dos.</p> + +<p>—¿Y hace mucho tiempo?—preguntó Ricardo.</p> + +<p>—¿Qué hará?... irá para tres años... ¿no, don Melchor?</p> + +<p>—Por ahí, Baldomero; yo no me acuerdo bien.</p> + +<p>—Pero él se acuerda bien—moduló Ricardo como hablando consigo +mismo;—él se acuerda... ¡pobre hombre!... se ve que sufre una pena sin +consuelo...</p> + +<p>—¿Y doña Ramona?... Ché, Ricardo—le interrumpió Melchor, repitiéndole +al golpearle cariñosamente el muslo y mirándole fijo en sus ojos como +para subrayar la intención de la frase:—¿Y doña Ramona?... ¿No es un +consuelo?...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Iba cayendo la tarde... El sol parecía hundirse entre montañas de nubes +que él mismo pintaba con diversos tonos entre estallidos rectos de rayos +rojos.</p> + +<p>Por el lado del naciente se veían como apoyados al suelo en el límite +del horizonte espesos y multiformes cúmulos parduscos sobre los cuales +brillaba Júpiter parpadeante y sólo en la infinita limpidez del cielo.</p> + +<p>Largas hileras de haciendas mugientes regresaban de los jagüeles, con el +aspecto de trabajadores que volviesen de pesadas tareas; las majadas se +agrupaban como para solidarizarse ante la amenaza de peligros +nocturnales, y mientras un lechuzón permanecía temblequeando fijo en un +punto del espacio, pasaba cabizbajo a raudo trote un perro flaco y +desvalido, con rumbo a las casas...</p> + +<p>Había en toda la amplitud del paisaje notas de aurora y tonos de +indefinibles melancolías crepusculares...</p> + +<p>El break había transpuesto la última tranquera y realizaba la más breve +de las etapas entre la prolija observación del ganado, cuyos ejemplares +lo seguían con la vista, como reconociéndolo.</p> + +<p>—Ya estamos, muchachos: aquéllas son las casas.</p> + +<p>—¡Qué hermoso me parece todo esto!—exclamó Ricardo, ocultando quizá su +pensamiento íntimo.</p> + +<p>—Y a mí... ¡qué triste!</p> + +<p>—Déjate de ver cosas tristes, Lorenzo, y piensa que al franquear +aquella tranquera hemos hecho honda y firme la resolución de aquel +amigo, que les referí ayer: «¡Ahora, hay que reírse!»</p> + +<p>—Trataremos de reírnos.</p> + +<p>—¡Y lo haremos en grande!... ¡Yo ya me vengo riendo de pensar en las +consecuencias de los primeros galopes!... ¿Tú has andado muy poco a +caballo, Ricardo?</p> + +<p>—¡No he andado en mi vida!</p> + +<p>—Le daremos un caballito manso—dijo Baldomero, que en ese momento se +había aproximado al break;—el malacara de la niña Lola... ése es como +ir en coche...</p> + +<p>—¿Será como ése?...</p> + +<p>—¡Ah... no, señor!... cosa muy diferente... el malacara es de paseo...</p> + +<p>—¡Yo vengo asombrado de la resistencia de su caballo!</p> + +<p>—Y véalo, don Ricardo... ¡mire!... ¡viene «tironeando»!... como al +salir...</p> + +<p>Envanecido por los elogios al azulejo, Baldomero le hizo una +«aflojadita», en momentos que llegaban a la casa, y fue a detenerse bajo +los ombúes de la caballeriza, gritando:</p> + +<p>—¡Qué hacen que no llaman estos perros?... ¡fuera! <i>¡Nemo!</i>... ¡fuera! +<i>¡Bachicha!</i>...</p> + +<p>Los viajeros descendieron del coche, y entre saludos a la gente que les +esperaba se dirigieron a la casa por un caminito del jardín, guiados +por Melchor, que al entrar en las piezas les decía:</p> + +<p>—¡La sala... ya ven... hasta piano!... para ti, Ricardo, que eres tan +aficionado... Sigan... éste es el escritorio del viejo...—y alzando la +voz gritó:—¡Baldomero!... haga traer luz; sigan, muchachos: el cuarto +de mamá... estos dos son de las muchachas... éste no hay que +presentarlo: ¿qué les parece?...</p> + +<p>—¡Qué hermosura de comedor!...</p> + +<p>—Ahora vengan por aquí... miren... un cuarto de baño...</p> + +<p>—¡Espléndido!</p> + +<p>—Mi cuarto..... y éstos que siguen... ¿ven?... para huéspedes... otro +cuarto de baño... y todo con ventanas al corredor.</p> + +<p>—¡Es una gran casa!</p> + +<p>—De cuartos grandes no más, ché; pero es cómoda. Ahora, nos bañaremos, +si les parece, y comeremos en seguida.... Mañana recorremos lo demás.</p> + +<p>—¡Sí, ché, a bañarnos!</p> + +<p>—Vea, José—dijo Melchor, dirigiéndose al sirviente de la estancia que +les acompañaba con una lámpara en la mano,—ponga todo en los baños, +prontito, y encienda las luces.</p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—Oiga, José... ¿dónde ha puesto los equipajes?</p> + +<p>—Lo suyo está en su cuarto; los otros los pusimos en la pieza grande.</p> + +<p>—No; tráigalos al cuarto al lado del mío... así los tenemos más a la +mano... ¿quieren que vayamos para allá?</p> + +<p>—¿Para dónde?</p> + +<p>—A sentarnos al frente mientras preparan el baño.</p> + +<p>—Bueno.</p> + +<p>Sentados en el corredor contemplaban los viajeros la llegada de la noche +y comentaban las incidencias del viaje, cuando de pronto dijo Ricardo +con una espontaneidad que asombró gratamente a Melchor:</p> + +<p>—¡Voy a probar el piano! ¿No estará cerrado?</p> + +<p>—Ha de tener la llave puesta, si no avisa—y volviéndose a Lorenzo:—¡y +qué bien toca Ricardo, eh?...</p> + +<p>—¡Hum!—hizo Lorenzo bajo la presión de una angustia intensísima que +crecía en su espíritu con el avance de la noche.</p> + +<p>De la sala salía el tenue resplandor de una lámpara a media luz; en los +árboles del jardín gorjeaban a intervalos pajaritos que parecían +buscarse mutuamente entre las tinieblas del follaje; a lo lejos se oían +balidos aislados, y sentados en silencio Lorenzo y Melchor, viendo por +entre las plantas el resplandor distante de la cocina, escuchaban las +primeras notas con que Ricardo estimulaba su memoria.</p> + +<p>—¿Qué vas a tocar?</p> + +<p>—No sé, ché, Melchor... estoy pensando.</p> + +<p>—¡Toca el pericón nacional!... que es de circunstancias.</p> + +<p>—No lo sé...</p> + +<p>—¿Y los tristes argentinos... que son tan lindos?</p> + +<p>—Tampoco... de memoria no los recuerdo.</p> + +<p>—¡Bueno! toca lo que te dé la gana.</p> + +<p>—El quinto nocturno...</p> + +<p>Y Ricardo atacó con exquisita delicadeza la bellísima melodía de Chopín, +cuyos acordes ponían en el ambiente una nota de intensa y honda +melancolía.</p> + +<p>—¡Qué es eso! Lorenzo, por Dios—exclamó de pronto Melchor, poniéndose +angustiosamente de pie y acercándose a su amigo, que había ocultado la +cabeza en el brazo derecho puesto sobre el respaldar de la silla y +lloraba a sollozos, mientras Ricardo continuaba tocando en el piano el +5.º nocturno de Chopín.</p> + +<p>—¡Qué es eso?... ¡Caramba!... ¿Qué tienes?...—repetía Melchor, +inclinado cariñosamente sobre el cuerpo de Lorenzo.</p> + +<p>—¡No sé!...—repuso éste, poniéndose de pie y reclinándose +lánguidamente en el pecho de Melchor,—no sé... hace rato... ¡tengo una +opresión...! que no oiga Ricardo...</p> + +<p>—Ven... ven conmigo... por aquí—y abrazados como dos hermanos que se +consuelan, como dos amantes que se idolatran, siguieron por un camino +del jardín hasta una pequeña glorieta en uno de cuyos bancos se +sentaron, oyendo claras y nítidas las sugerentes notas del nocturno.</p> + +<p>—¡Cuánto te incomodo!...</p> + +<p>—No, Lorenzo, tú no puedes incomodarme jamás... ¿pero qué tienes?...</p> + +<p>—...¡No sé!... aquí... no sé qué tengo... ¡ganas de llorar!</p> + +<p>—Llora... así... llora no más... eso te hará bien...</p> + +<p>Lorenzo lloraba a sollozos, recostada la cabeza en el hombro de Melchor, +de cuyos ojos caían silenciosas lágrimas sobre el cabello de su amigo...</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p>—...Bueno... ¡ya pasó...! ¡Cuánto te incomodo!...</p> + +<p>—¡Al contrario!... acabas de darme un alegrón...</p> + +<p>—¿Esto más?... ¡eres un santo, Melchor!</p> + +<p>—¡Pues un alegrón! porque este llanto tuyo implica la crisis más franca +en tu estado puramente moral... con esas lágrimas sé ha volcado bajo la +presión ambiente, toda la enfermedad nerviosa de que padecías...</p> + +<p>—Ahora siento un gran alivio.</p> + +<p>—¡Es que ya estás curado!... ¿Vamos?... Te has pasado acumulando +lágrimas engendradas por preocupaciones ridículas, mientras tu organismo +se viciaba por influencia de esas mismas preocupaciones, y libre de +ellas, han bastado unas cuantas horas y un poco de aire puro y de nuevas +perspectivas para que tu organismo se revolucione y arroje de sí al +déspota que lo esclavizaba... y que ha salido... ¡llorando!... ché... +así son los tiranos...</p> + +<p>—¡Eres un santo, Melchor!</p> + +<p>—...lloran en cuanto no pueden seguir tiranizando... ¿te has fijado?... +ahora ya estás libre... ¿ves?... ya estás sano.</p> + +<p>—¡Tú eres capaz de curarme!</p> + +<p>—...ya puedes decir, en legítima posesión de ti mismo: «¡Ahora hay que +reír!»</p> + +<p>—Sí, ¡pero no vayas a reírte de mí!</p> + +<p>—¡Ni tú de mí, ¿eh? porque desde ahora todo te va a dar risa!</p> + +<p>En ese momento llegaban al corredor, en el que, asomado por la puerta de +la sala y haciendo visera con la mano, decía Ricardo:</p> + +<p>—¿Se han quedado dormidos?...</p> + +<p>—No, sería ofensivo—le contestó Melchor al subir al corredor,—porque +con mala música no se puede dormir, según la célebre anécdota.</p> + +<p>—¿Y de dónde vienen?</p> + +<p>—Nos alejamos un poco para oírte mejor.</p> + +<p>—No es cierto; yo debo decirte ahora la verdad, Ricardo; ¿a qué +engañarte?... ya no hay objeto: ¡he llorado como un tonto!</p> + +<p>—¿Has llorado?... ¿Por qué...?</p> + +<p>—¡Qué sé yo!... Ese nocturno me hizo llorar.</p> + +<p>—La tesis de Tolstoy en la Sonata de Kreutzer... ya ves si hay músicas +que no deben tocarse así no más.</p> + +<p>—Pero a Lorenzo le ha hecho bien; ya está curado.</p> + +<p>—¿Cómo así?...</p> + +<p>—Sí, Ricardo—repuso Lorenzo sonriéndose.—¡Ahora hay que reírse!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—¿Y Baldomero no viene a comer con nosotros?—preguntó Ricardo al +sentarse a la mesa.</p> + +<p>—Come con su familia.</p> + +<p>—¿Por qué no lo invitas, Melchor? ¡Es tan entretenido!</p> + +<p>—Son las nueve pasadas; ya ha comido, seguramente.</p> + +<p>—¿Vendrá a tomar el café con nosotros?</p> + +<p>—Hágale decir, José, a Baldomero, que venga, a tomar el café.</p> + +<p>—Aquí está Baldomero, don Melchor; ¿para qué me necesita?—dijo +tomándose en alto con ambas manos de los barrotes de la ventana que daba +al corredor.</p> + +<p>—¿Ya tomó café, Baldomero?</p> + +<p>—¿De desayuno?... todavía no, don Ricardo contestó Baldomero festejando +su propia ocurrencia.</p> + +<p>—¡Qué! ¿Es tan tarde?...</p> + +<p>—¡No, señor!... luego va a ser más tarde...</p> + +<p>—Aquí es necesario estar muy advertido, Ricardo—dijo Melchor,—porque +aquí... el que no corre...</p> + +<p>—¡Dispara, don Melchor!—dijo Baldomero completando picarescamente la +frase y dirigiéndose a entrar al comedor.</p> + +<p>—Parece que hay apetito, señores.</p> + +<p>—Es verdad, Baldomero... hasta yo estoy comiendo con gusto.</p> + +<p>—¿Qué sabe no tener ganas, don Lorenzo?</p> + +<p>—Pocas, generalmente... pero hoy tengo... es el aire del campo.</p> + +<p>—¡Quién sabe, señor!... Mire que en el pueblo es el mismo aire y puede +que alguien no tenga ganas... ¡de comer!</p> + +<p>—No habría de ser por culpa mía.</p> + +<p>—No digo tanto, don Lorenzo... es un decir, no más... ¿no le parece, +don Ricardo?...</p> + +<p>—¿De qué hablaban?...</p> + +<p>—¡Cuerpeador, el señor!...</p> + +<p>—No, Baldomero; es que estoy ocupado con esta costilla y no atendía... +por sacarle...</p> + +<p>—¿Quieres más asado?...</p> + +<p>—Ya que te empeñas...</p> + +<p>—¡Mire que se ha hecho de rogar, don Ricardo! ¿y no le hará mal comer +sin ganas?...</p> + +<p>—¿Sabe, Baldomero—interrumpió Lorenzo,—que estoy preocupado con una +cosa?</p> + +<p>—Usted dirá, señor.</p> + +<p>—¿Qué le dijo a usted ayer ese hombre con quien habló, cuando estábamos +comiendo?</p> + +<p>—¡Zonceras, señor!... que no valen la pena.</p> + +<p>—Pero usted estaba enojado, ¿no es verdad?</p> + +<p>—Tanto no, señor.</p> + +<p>—¡Sí! Usted parecía enojado y cuando usted volvió a sentarse con +nosotros vi que él se besaba la señal de la cruz y hablaba en voz baja +con el compañero, como profiriendo una amenaza.</p> + +<p>—¡Para que usted lo viera, don Lorenzo! ¿Qué quiere que haga ese +laucha?</p> + +<p>—Era Martín, ¿no, Baldomero?</p> + +<p>—Él era, don Melchor. ¡Fíjese!...</p> + +<p>—No hay enemigo pequeño, Baldomero.</p> + +<p>—¡Cuando hay enemigo, don Lorenzo! Pero Martín no es hombre para +pararse.</p> + +<p>—El que tiene aspecto de bravo es Anastasio, ¿no?—dijo Ricardo.</p> + +<p>—¿Ese?... ése es bravo con doña Ramona...</p> + +<p>—¿Es posible?—preguntó Lorenzo.</p> + +<p>—¡Le da una vida!... bueno que él se ha juntado por la necesidad no +más.</p> + +<p>—Y ella parece una mujer excelente.</p> + +<p>—Así es; sí, señor, ¡buenaza!... y no digamos que sea mala cosa... +porque aunque le ande cerca a los cuarenta...</p> + +<p>—Realmente—dijo Ricardo,—es más bien buena moza... ¡y ha de haber +sido linda!</p> + +<p>—¿Anastasio la castiga, Baldomero?—preguntó como dudando Melchor.</p> + +<p>—¡Si veinte veces la ha echado del rancho!... pero, ¿a dónde va a ir la +infeliz?</p> + +<p>—¿Por qué no la trae al campo, Baldomero?... Aquí habría trabajo que +darle... en el puesto de las aves... o para lavar.</p> + +<p>—Para eso sí... nunca estaría de más.</p> + +<p>—Debes realizar esa obra buena; pobre infeliz—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Mañana mismo nos vamos de un galope hasta el «Paso», ¿qué les parece? +y le hablo—respondió Melchor, que de pocos estímulos necesitaba, para +lanzarse en empresas de esa clase.</p> + +<p>—¿Y piensa traerla, don Melchor?</p> + +<p>—Traerla, no; pero ofrecerle que se venga cuando quiera... es un crimen +dejar a una mujer como ésa en semejante condición.</p> + +<p>—Harás perfectamente.</p> + +<p>—¿Y por qué no completa la obra, don Melchor?</p> + +<p>—¿Cómo?...</p> + +<p>—«Corriéndose» hasta el pueblo... y trayendo «alguien»... que sepa +tocar el piano... para que lo acompañe a don Ricardo...</p> + +<p>—¿Y a quién podría traer?—preguntó éste, ¿o hay pianistas que se +«alquilen»?</p> + +<p>—De eso no sé... yo conozco poco en el pueblo... ¿sabe quién le puede +informar? es don Casiano...</p> + +<p>—Lo que es por mí se pueden ahorrar el trabajo, porque también, +tratándose de tocar el piano, puedo aplicarme aquello de que «el buey +suelto bien se lame».</p> + +<p>—¡Más mejor se lamen dos, don Ricardo!—dijo Baldomero coreado por las +carcajadas de todos.</p> + +<p>—Así será... pero «solo» nací—replicó Ricardo siguiendo la +broma,—«solo» me como esta humita y «solo» toco el piano.</p> + +<p>—¡No vaya a hablar solo también; no sea el diablo que lo tomen por +loco...!</p> + +<p>—¿Y usted cree, Baldomero, que no hay más locos que los que hablan +solos?...</p> + +<p>—¡Qué voy a creer, señor!... ¡si hay locos de toda laya!... locos de +hambre... esos que hay ahora que les dicen locos de verano... ¡Si hasta +hay locos por... la Pampita!.....</p> + +<p>—Eso de los locos de hambre, ¿lo ha dicho por mí?...</p> + +<p>—No, señor; eso, no... coma no más tranquilo...</p> + +<p>—¡Qué Baldomero éste... es la piel de Judas!</p> + +<p>—¡No me la vaya a quitar, don Ricardo, que no tengo otra...!</p> + +<p>—Y a todo esto—dijo Lorenzo,—¿qué programa tenemos para mañana?</p> + +<p>—Si se animan iremos hasta lo de Anastasio.</p> + +<p>—¿A caballo, Melchor?</p> + +<p>—¡Claro está!</p> + +<p>—¿No es muy lejos para un «debut»?</p> + +<p>—¡No, hombre! Yendo en buenos caballos y despacio...</p> + +<p>—Yo preferiría que nos ensayáramos de a poco.</p> + +<p>—Vayan ustedes en el break; yo iré a caballo.</p> + +<p>—¡Eso es! Y así podremos alternar... un poco en tu caballo... y otro en +coche.</p> + +<p>—Si quieren—dijo Baldomero—hay caballos muy mansos y de lindo +andar... bueno, que para ir hasta lo de Anastasio es lejos, agregó +recapacitando.</p> + +<p>—¡Y usted hablaba de «corrernos» hasta el pueblo!</p> + +<p>—¡Es diferente, don Ricardo!... una cosa es ir a un encargue y otra es +ir... pongo por caso, a visitar la «Pampita».</p> + +<p>—Realmente, valdría la pena—dijo Lorenzo,—conque yo que nunca me he +fijado en muchacha alguna he quedado fuertemente impresionado con ésta.</p> + +<p>—¡Ya ves! Tú que decías que no encontrarías mujer a tu gusto, te estás +sintiendo tiernito ahora; ha sido necesario venir a estos mundos para +encontrarla.</p> + +<p>—Ya me estás casando, Melchor.</p> + +<p>—No digo tanto; pero tu declaración de ahora, y tu pesadilla de anoche +dejan pensar que este viaje puede resultar de grandes... enseñanzas.</p> + +<p>—Por lo pronto hemos recogido una—dijo Ricardo,—que va contra tus +ideas.</p> + +<p>—¿Cuál?...</p> + +<p>—¡El caso de Anastasio! Ahí tienes un hombre víctima inconsolable de un +dolor moral.</p> + +<p>—¿Vas a ponerme como ejemplo un ser inferior, inculto, torpe, aislado +de la sociedad en un medio que basta y sobra para llevar a la +misantropía? ¡No, pues! Si Anastasio fuera de la condición que nosotros +y tuviera el capital intelectual de que nosotros disponemos y viviera en +pleno Buenos Aires, había de encontrar en su propio espíritu y en las +influencias circundantes, los estímulos necesarios para triunfar de su +dolor por muy hondo que sea y que yo respeto en él, porque es él; porque +vive casi solo y a solas constantemente con sus recuerdos atribuladores; +pero que no respetaría ni en mí mismo puesto en la situación en que +estoy, felizmente.</p> + +<p>—¡Sabe que ha hablado lindo, don Melchor!—exclamó Baldomero.</p> + +<p>—Yo censuro—continuó diciendo vehementemente Melchor—a los que +acarician cualquier congoja como afanosos por conservarla el mayor +tiempo posible; yo anatematizo a los que se entregan con fruición a +todas las desesperaciones de cualquier dolor moral por intenso que sea, +y en vez de tirarlo al último rincón lo pasean en los labios como esos +pordioseros que van mostrando una llaga para excitar la caridad pública; +yo me refiero a los cobardes que se rinden sin luchar por no darse el +trabajo de esgrimir las armas qué tienen a la mano.</p> + +<p>Lorenzo y Ricardo escuchaban a Melchor como reos ante una acusación +irreducible, mientras Baldomero pensaba que su presencia era +inconveniente en aquel momento, en que comprendía instintivamente que +Melchor desempeñaba una función trascendental.</p> + +<p>—Bueno, don Melchor, voy a dejarlos.</p> + +<p>—¿Ya se va, Baldomero? ¿no quiere una copita de coñac?</p> + +<p>—Gracias, don Melchor, no tomo.</p> + +<p>—¡Tome! Yo también voy a tomar para festejar la venida de ustedes.</p> + +<p>—¿Vas a tomar coñac, Melchor?—le dijo Lorenzo con visible extrañeza.</p> + +<p>—¡Qué me va a hacer!... ¡una copita a la salud de ustedes... y de +Clota!... ¡agua... ché... me he abrasado!...</p> + +<p>—¡Para qué tomaste!</p> + +<p>—Bueno, don Melchor, yo voy a retirarme; ¿le digo entonces a Hipólito +que ate?</p> + +<p>—Sí, que ate, y que me ensillen el zaino.</p> + +<p>—¿Para qué hora piensan salir?</p> + +<p>—Yo voy a ir a despertarlo.</p> + +<p>—Será, señor, si no hace un paseo más largo...</p> + +<p>—¿Qué paseo?</p> + +<p>—El galope con la «Pampita»...</p> + +<p>—La «Pampita»... la «Pampita»...—repetían Lorenzo y Ricardo.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>En el momento en que Lorenzo abría la puerta para salir al corredor, +llegaba Baldomero con el mate en la mano.</p> + +<p>—¡Vaya, don Lorenzo, así me gusta!</p> + +<p>—Ya ve: lavado y listo.</p> + +<p>—¿Y los compañeros?</p> + +<p>—Ricardo se está vistiendo; pero Melchor duerme todavía.</p> + +<p>—¿Duerme todavía?... Sabe que es raro.</p> + +<p>—Lo he despertado dos veces y se ha vuelto a dormir.</p> + +<p>—Y... ¿se anima a ir a caballo?</p> + +<p>—Hasta el «Paso»... es demasiado.</p> + +<p>—Están ensillando caballos para ustedes; yo mandé ensillar el malacara +de la niña Lola para don Ricardo, que le había prometido, y para usted +un overito de la nena, que es una malva. ¿No quiere un mate?...</p> + +<p>—¿Dulce?</p> + +<p>—¿Usted también toma dulce?... le daremos con azúcar. ¿Vamos para +allá?...</p> + +<p>—Bueno, ¿y no me desconocerán los perros?</p> + +<p>—Son mansos, no tenga reparo.</p> + +<p>A la tenuísima vislumbre de un amanecer apacible siguieron la estrecha +senda del jardín que daba acceso a las caballerizas, en las que a favor +de un farol pequeño y sucio el caballerizo ensillaba los caballos que un +muchacho rasqueteaba previamente.</p> + +<p>En el boj que bordeaba el camino, tropezaba Lorenzo a cada paso, al +mismo tiempo que esquivaba, al tacto, las guías con flores que los +rosales parecían tenderle como para brindarle las galas de sus +productos.</p> + +<p>Al presentarse en el sitio en que se rasqueteaban y ensillaban los +caballos, éstos resoplaron vibrantemente en forma que Lorenzo quiso +entender como una burla, casi como si fueran carcajadas caballunas, como +si hubieran sido capaces de pensar al verle: ¡Y éste es el que va a +montarnos!... mientras los perros le contemplaban a cierta distancia sin +que faltara alguno más confiado que se llegase a helarle las +pantorrillas con el soplido explorador de su hocico.</p> + +<p>Bajo el alero de la caballeriza tubaban palomas con tonos de dianas +distantes y el «errás-errás» de la rasqueta era apagado a veces por el +repentino aleteo de alguna gallina madrugadora que se descolgaba al +suelo y daba luego una pequeña carrerita cacareando a grito herido, como +si hubiera realizado una hazaña prodigiosa.</p> + +<p>Las vacas tamberas se aproximaban solas a sus palenques desoyendo los +reclamos temblorosos de sus crías embozaladas y mientras todo despertaba +a la tarea diurna en aquel breve trecho, cruzaba el espacio una bandada +de patos laguneros, rumbo a la luz, dejando caer desde lo alto gritos +que parecían decir como el del cuervo de Poé: «¡ja... más!... ¡ja... +más!...»</p> + +<p>El día avanzaba poniendo tintes amarillentos en las aristas de las cosas +haciéndolas surgir de entre la brumosidad ambiente y uno de los detalles +de aquel cuadro campestre que más llamó la atención de Lorenzo, fue un +perrazo bayo que se alzó de pronto sobre sus cuatro patas rígidas, +levantó la cola, recta como una espada, arqueó graciosamente su cuerpo y +lanzó un gran bostezo para echarse de nuevo lamiéndose los labios como +si lo paladeara...</p> + +<p>—Aquí está su overo, don Lorenzo, quítele lo desparejo...</p> + +<p>—¿Es un poco chico, no?</p> + +<p>—¿Cuándo ha visto licor en jarro de agua?...</p> + +<p>—¡Lo he visto en botellas!</p> + +<p>—¡Pero no en pipas! Si vamos a eso. ¡Este es un caballito... mire!... +¡qué usted verá!...</p> + +<p>—¿Y aquél?</p> + +<p>—¡Ese es el crédito de don Melchor! ¡Yo no sé qué le encuentra a ese +caballo!... ¡Porque si es el andar, no vale gran cosa... ni siquiera +sabe armarse... estrellero! ¡como el sólo! y hasta algo mosquiador... en +fin: es un gusto.</p> + +<p>—¿Y qué quiere decir estrellero?</p> + +<p>—Que va con la cabeza así... ¿ve?... y el cogote por lo +consiguiente—dijo Baldomero estirando el brazo y la mano hacia +adelante.</p> + +<p>—¿Y no tienen algún caballo de «sobrepaso»?—preguntó Lorenzo por +compensar en algo la ignorancia evidenciada.</p> + +<p>—Hay un petizo. ¡Fíjese!... ¿Quiere verlo?—y volviéndose al muchacho +que rasqueteaba al malacara dijo:</p> + +<p>—Ché, Juancito, echá el «Risueño»...</p> + +<p>—Está en el potrero de las coloradas.</p> + +<p>—¿Desde cuándo?</p> + +<p>—Afloja una mano—respondió el muchacho como si contestara a la +pregunta.</p> + +<p>—¿Y se llama «Risueño» el petizo?—preguntó sonriendo Lorenzo.</p> + +<p>—¿Sabe por qué le pusieron?... porque cuando siente el freno, que se lo +van a poner en la boca, sabe levantar el labio, que parece que se +estuviera riendo.</p> + +<p>—¡Ahí viene Ricardo!... ¡Qué <i>toilette</i> tan larga!</p> + +<p>—No, es que me quedé hablando con Melchor; buenos días, Baldomero.</p> + +<p>—¿Cómo pasó la noche, don Ricardo?</p> + +<p>—He dormido muy bien... ¡qué linda mañana! ¿eh?</p> + +<p>—¿Y Melchor?</p> + +<p>—Me ha costado un triunfo despertarlo. Dice que tiene más pereza que +vergüenza.</p> + +<p>—¡Y él sabe ser madrugador!... Estará cansado... o puede que tenga un +atraso de sueño.</p> + +<p>—Voy a verlo, ya vuelvo, espérame aquí con Baldomero.</p> + +<p>Por la ventana del dormitorio vio Lorenzo al subir al corredor, que +Melchor estaba sentado en el borde de la cama con las manos sobre los +muslos en actitud de profundo ensimismamiento; pero en el mismo instante +en que le golpeó el vidrio, Melchor le miró sonriendo como si hubiera +estado pensando en cosas alegres.</p> + +<p>Lorenzo penetró en el dormitorio, ligeramente preocupado con la actitud +en que había sorprendido a Melchor, y le dijo:</p> + +<p>—¿No te sientes bien?</p> + +<p>—¿Yo?... ¡Perfectamente!... ¿Por qué?</p> + +<p>—Me dijo Ricardo que estabas sin muchas ganas de levantarte.</p> + +<p>—¡Cosas de Ricardo! ¡Tenía un poco de sueño y nada más!... en un +periquete me visto e iremos a dar un galope; espérate.</p> + +<p>Lorenzo se aproximó a la ventana, por la que se veía gran parte del +jardín, la casa de Baldomero a la izquierda y al fondo las caballerizas +rodeadas de corpulentos y seculares ombúes.</p> + +<p>En la parte posterior de la casa continuaba el jardín hasta el punto en +que empezaba el monte de frutales y era de tal modo vibrante y compacto, +si puede decirse, casi aturdidor, el cantar matinal de los pájaros, que +hizo exclamar a Lorenzo:</p> + +<p>—Parece una pajarera esta casa.</p> + +<p>—¿Has visto?... ¡Cuánto pájaro! ¿eh? Es que aquí no se les persigue y, +al contrario, cuando están las muchachas les echan montones de alpiste y +de maíz de guinea por todas partes.</p> + +<p>—¡Qué lindo es eso!</p> + +<p>—Aquí todo es lindo, ché, hay que convencerse, y si no fuera que la +estancia queda tan lejos de Buenos Aires, yo me vendría a vivir a ella +para siempre.</p> + +<p>—¿Y qué te lo impide?... Al fin tu empleo no te da gran cosa.</p> + +<p>—No; si yo lo conservo por ocuparme en algo y porque es de porvenir; +pero no sería justo que la condenase a Clota a este aislamiento... ¿Por +mí? Si yo me dejase llevar de mi tendencia no me movía más de aquí.</p> + +<p>—¡Te parece!... al mes saldrías volando para la ciudad... Nosotros no +hemos nacido para la vida embrutecedora del campo... para esta +soledad... este aislamiento...</p> + +<p>—Todo tiene sus encantos y sus compensaciones, Lorenzo. Aquí hay +soledad; pero hay salud; hay aislamiento pero no hay decepciones.</p> + +<p>—¿Y de qué decepciones puedes quejarte tú?</p> + +<p>—¡Bah!... Es que yo disimulo; pero si tú supieras cuántos me han +frecuentado asiduamente, cuando yo no tenía más tarea que atenderles y +distraerles y se me han retirado en cuanto me vieron ocupado o +preocupado.</p> + +<p>—¡Eso me parece muy natural!</p> + +<p>—¡Ah!... ¡Sí!... «¡muy natural!» Llevarme tribulaciones, angustias, +conflictos de todo género, para que yo los consolase o los arreglara y +el día que me tocaba quejarme a mí, encontrarme solo entre las cuatro +paredes de mi cuarto.</p> + +<p>—¡Pero tú no puedes decir eso, Melchor! ¡Tú menos que nadie!</p> + +<p>—¡Bah!... Con excepción de Ricardo y de ti, ¿dime? ¿cuáles son mis +amigos ahora?</p> + +<p>—¡Pero los de siempre, Melchor! Es claro que te frecuentan menos por +tus visitas a Clota... y porque, al fin y al cabo, tú también has +cambiado... ya no eres tan chacotón ni tan conversador como antes.</p> + +<p>—¡Yo no he cambiado!—le interrumpió Melchor con cierta vehemencia, +suspendiendo la tarea de anudarse la corbata.—¡Son ellos los que me +habrán hecho cambiar!... Los que supieron aprovecharme siempre que me +necesitaron, y para sacarme el cuerpo el día que pude necesitar de +ellos: ¡porque todos son así!...</p> + +<p>—¡Son ganas de quejarte!</p> + +<p>—¡Bueno! Así será, no hablemos más de esto; mira qué monada esa +ratoncita... ¡allí!... ¿La ves?... bajo aquel clavel...</p> + +<p>—¿Sabes cuál es su nombre técnico?</p> + +<p>—¡Qué voy a saber!</p> + +<p>—Troglodita.</p> + +<p>—¡Eso querría ser yo!...</p> + +<p>En ese momento se presentó en la puerta del cuarto Juancito, el pequeño +peón de la caballeriza, y dijo:</p> + +<p>—Buen día, don Melchor... ¿que si no van a ir?</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—¡Qué barbaridad! ¡Ya no puedo tomar más!—dijo Ricardo poniendo en el +suelo un vaso con un poco de leche.</p> + +<p>—Ni yo tampoco: he tomado demasiada.</p> + +<p>—A mí sáqueme otro vaso, Águeda.</p> + +<p>—¡Será a la vaca, niño Melchor!—contestó la vieja que ordeñaba, riendo +de su propia ocurrencia y procurando cubrir con sus labios plegados de +arrugas el solo diente que le quedaba en la boca, largo y amarillento, +como hueso de bagual en una zanja.</p> + +<p>—¡Vea!... ¡Doña Águeda mojando también!</p> + +<p>—¡No se descuide, don Baldomero, que cuando llueve se mojan +todos!—replicó la vieja disponiéndose a ordeñar, al sentarse en +cuclillas al pie de una vaca negra que rumiaba tranquilamente, mientras +movía, sin éxito, el tronco de su cola atada en la punta a sus propios +garrones.</p> + +<p>—Yo he tenido que desayunarme con leche—dijo Lorenzo,—cansado de +esperar un mate dulce que me ofrecieron...</p> + +<p>—¡Pero, si usted se fue a conversar con don Melchor!...</p> + +<p>—Le digo por broma, Baldomero; si yo prefiero la leche.</p> + +<p>—¿Y al fin?... ¿Nos vamos a pasar aquí la mañana?</p> + +<p>—¡Cuando quieran!... ¿Van a ir a caballo?—preguntó Melchor.</p> + +<p>—Si hemos de ir hasta lo de Anastasio, prefiero el coche.</p> + +<p>—No, Lorenzo, iremos otro día; vamos a dar una vuelta por el campo, no +más.</p> + +<p>—Entonces nos ensayaremos... ¿qué te parece, Ricardo?</p> + +<p>—¡Convenido!... ¡a caballo!</p> + +<p>—¿Y eso?... ¿No decía, don Melchor, que iba a ir hoy para hablar a doña +Ramona?...</p> + +<p>—Iremos mañana, Baldomero, u otro día... Cuando estén más acostumbrados +al caballo, ¿no le parece?...</p> + +<p>—Como usted mande... ¿y no sería bueno consultarle primero al patrón?</p> + +<p>—No hay necesidad; al viejo le parece bien todo lo que yo hago, y +tratándose de una cosa así, más.</p> + +<p>Al tomar los caballos, dijo Ricardo:</p> + +<p>—¡Baldomero!... ¡bajo su responsabilidad!</p> + +<p>—Monte sin cuidado, señor. ¡Si el malacara es una dama!</p> + +<p>Efectivamente, ni el malacara de Ricardo, ni el overo de Lorenzo +parecieron darse por entendidos de la carga que tenían, pues quedaron +inmóviles en el mismo sitio, sin dar señales de vida.</p> + +<p>Los dos jinetes sentían la honda emoción de una expectativa +trascendental, temerosos de las consecuencias de una repentina +resolución de los nobles brutos, y abrumados también por la actitud de +intensa curiosidad con que eran observados por Baldomero, Hipólito, +José, Águeda, el caballerizo, Juancito, los perros, las vacas y hasta +las palomas que sobre los tirantes del techo inclinaban sus cabecitas +como para mirarlos mejor.</p> + +<p>—¿Vamos?...—dijo Melchor, correctamente montado en su zaino.</p> + +<p>—Bue...e...no—Contestó Ricardo, pensando:—¡Aquí va a pasar algo!</p> + +<p>Casi al pensamiento de Melchor respondió el zaino avanzando, con su +cabeza levantada como si explorase el horizonte; el malacara, por +instinto, que no por resolución de su jinete, lo siguió; viendo el overo +que sus compañeros se iban, no quiso quedarse solo y en un ex abrupto +mortificante, salió al trotecito.</p> + +<p>Lorenzo creyó, en el primer instante, que se había desbocado; pero no +perdió su serenidad hasta el extremo de no oír que Baldomero le decía:</p> + +<p>—Que se divierta.</p> + +<p>A favor de la marcha del overo pudo ponerse pronto al lado de Melchor, a +quien le preguntó, sin volver la cabeza por temor de perder el +equilibrio que a duras penas había podido conservar:</p> + +<p>—¿Por qué... me... habrá... dicho... Baldomero... que... me... +divierta?...</p> + +<p>—¡Qué encuentras de raro en eso?</p> + +<p>—¿Yo?... nada...—repuso Lorenzo que empezaba a sudar; y +agregó:—no... vayamos... tan... ligero...</p> + +<p>—Sujeta, si te incomoda el trote.</p> + +<p>Obedeció Lorenzo tan estrictamente, que el overo se paró.</p> + +<p>—¿Qué te pasa?... ¿Por qué te paras?...</p> + +<p>—«Él»... se paró.</p> + +<p>—¡Sigue... hombre!...</p> + +<p>El «hombre» no siguió; siguió el caballo, reanudando su irritante +trotecito a favor del cual los pantalones de Lorenzo se acortaban +aceleradamente.</p> + +<p>Ricardo había tomado posesión del malacara descubriendo en él una +condición salvadora: era íntimo amigo del zaino... ¡inseparable! y +resolvió no contrariar en lo más mínimo el noble afecto del noble bruto. +De esta suerte, a través del zaino y de Ricardo, Melchor gobernaba al +malacara, convertido por discreta resolución de su jinete en la sombra +del compañero de pesebre, cuyos movimientos seguía con absoluta +libertad.</p> + +<p>—Tu... caballo... sí... que... es... bueno...—dijo Lorenzo a quien el +zangoloteo a que el suyo lo obligaba le impedía emitir más de tres +sílabas seguidas.</p> + +<p>—Tiene muy buen tranco, realmente.—contestó Ricardo;—pero el tuyo es +más bonito.</p> + +<p>—¿Quieres... cambiar?...</p> + +<p>—No; voy bien, en éste.</p> + +<p>—Lolita hace lo que quiere en ese caballo—dijo Melchor.</p> + +<p>—¡Quién fuera Lolita!—pensó Ricardo.</p> + +<p>—¡Quién podrá hacerlo con este monstruo!—pensó Lorenzo.</p> + +<p>—Lo que despuntemos este alambrado, podremos galopar.</p> + +<p>—¿Para... qué?... Melchor... no... tenemos... apuro...</p> + +<p>Melchor, que había notado las angustias inmotivadas de Lorenzo, +prorrumpió en una carcajada, diciéndole:</p> + +<p>—¡Vienes temiéndole a ese caballo en el que la nena hace lo que quiere!</p> + +<p>—La... nena... ella... sabe... andar.</p> + +<p>—¡Pero si cualquiera sabe andar en ese caballo!</p> + +<p>—Es... que... yo... no... lo... conozco—repuso Lorenzo sudando a mares +y viendo pavorosamente que el fin del alambrado estaba próximo.</p> + +<p>Por la fatiga que sentía, por el calor que lo abrumaba, por la tirantez +de su ropa en toda dirección y por otros detalles concurrentes, +calculaba Lorenzo haber andado varias leguas, cuando al volver la cabeza +por un movimiento de instintiva curiosidad, vio a corta distancia que +Águeda desataba la cola de la lechera negra.</p> + +<p>—¿Galopemos?...—dijo Melchor inclinando ligeramente el cuerpo hacia +adelante, y los tres caballos aceptaron la invitación...</p> + +<p>Cuando Lorenzo iba a romper en una enérgica protesta, se encontró +galopando sin poder evitarlo; pero al mismo tiempo notó, o creyó notar, +que esa nueva forma de marcha era más soportable, bien que le molestaba +algo el movimiento de ascenso y descenso de los jinetes que llevaba al +lado.</p> + +<p>Lo agradable del galope no le impedía pensar, con cierta inquietud, en +un suceso inevitable, y en una observación de orden distinto: ¿Cómo será +al parar?; ¡qué difícil es hablar cuando se galopa!...</p> + +<p>El galope duró cuanto lo permitió la naturaleza del suelo, que a no +haberse interpuesto un bañado continuaría acaso todavía; y el paseo se +prolongó por mucho tiempo, pues pasado el momento de la prueba inicial, +Ricardo y Lorenzo se posesionaron resueltamente de sus caballos, a los +que, a ratos, creían sinceramente que ellos los habían domado.</p> + +<p>Sudorosos, contentos ¡«gauchos» ya! regresaron a las casas, en las que +entraron casi a media rienda, desoyendo las indicaciones de Melchor, +pues querían mostrar a «todo el mundo» que eran capaces de jinetear como +el mejor.</p> + +<p>Al bajar de los caballos sintieron, sin embargo, sensaciones no +experimentadas y reveladoras por lo mismo de anormalidades, cuyas +consecuencias no podían calcular: punzadas agudas en las plantas de los +pies; temblor en las piernas; ardor en los ojos y resistencia en la ropa +interior a desprenderse de algunas partes.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>A la mañana siguiente, cuando Baldomero entró al dormitorio, con las +primeras luces del día, a despertarles, para montar en los caballos ya +ensillados, Lorenzo y Ricardo, dijeron casi al unísono:</p> + +<p>—¡Yo no puedo moverme!... ¡ay!...</p> + +<p>Melchor insistió tenazmente en la conveniencia de vencer los dolores que +sentían y volver a repetir la prueba del día anterior; pero toda +dialéctica resultó estéril:</p> + +<p>—«No puedo moverme.»</p> + +<p>—«Me duele todo el cuerpo.»</p> + +<p>—«No puedo darme vuelta»—contestaban.</p> + +<p>—Mañana será peor, levántense, no sean maulas. Convénzanse de que a +esos dolores, «como a todos», se les domina y vence con un poco de +voluntad.</p> + +<p>—¡Yo necesitaría toda la del mundo para mover una pierna!... ¡ay!...</p> + +<p>—Después les va a pesar... ¡vamos!... ¡un poco de energía y arriba!... +Vean que esos dolores perduran mucho si se les anda con paños tibios... +¡Vamos, pues, arriba!... Montamos a a caballo...</p> + +<p>-¡Ay!...</p> + +<p>-¡Ay!...</p> + +<p>—...y nos vamos de un galope...</p> + +<p>-¡Ay!...</p> + +<p>-¡Ay!...</p> + +<p>—...hasta lo de Anastasio.</p> + +<p>Todo fue inútil. La resistencia estimulada por dolores muy agudos, llegó +a la más rotunda negativa ante la idea de galopar «hasta lo de +Anastasio».</p> + +<p>—¡Pues yo voy!—dijo Melchor,—y voy no sólo porque estoy comprometido +conmigo mismo a ir, sino porque también me duele el cuerpo y estoy en la +certeza de que si hoy me dejo dominar por los dolores, mañana no podré +moverme; conque, hasta luego.</p> + +<p>—¿No vendrás a almorzar?... ¡Ay!...</p> + +<p>—Según: si me acometen dolores «tan horrendos» como los que a ustedes +les dominan, tendré que quedarme hasta que se me pasen; si no son tanto +que mi voluntad pueda vencerlos, estaré aquí de nueve a diez.</p> + +<p>Los dos enfermos quedaron en sus camas, comentando la energía física de +Melchor, mientras Baldomero se disponía a aplicarles los remedios de +circunstancias, estimulándoles también a levantarse y hacer un poco de +ejercicio.</p> + +<p>—¡Pero no a caballo!—contestaban.</p> + +<p>Entretanto, Melchor cruzaba campos, llevado por su zaino, cavilando +sobre la conducta de Lorenzo y Ricardo, que así se resistían a +acompañarle en la tarea que iba a desempeñar.</p> + +<p>Cuando llegó a casa de Anastasio encontró a Ramona poniendo agua a las +gallinas.</p> + +<p>—¡Don Melchor!... ¡Ave María!... ¡Qué sorpresa... y cuánto gusto!...</p> + +<p>—¿Cómo le va, Ramona?</p> + +<p>—¡Para servirlo!... ¿Y qué milagro?... ¿Solo?... ¿Qué lo trae por +aquí?...</p> + +<p>—Solo, sí, Ramona... ¿Y Anastasio?...</p> + +<p>—Salió ayer, don Melchor, y no ha vuelto... quién sabe «ande esté».</p> + +<p>—¿Y usted está sola?...</p> + +<p>—Sólita... así es. El muchacho anda por ahí... salió a recorrer... ¿Y +no quiere «entrar adentro»?... aquí hay «resolana»... para usted.</p> + +<p>Entraron al dormitorio de Anastasio: una pieza cuadrada y blanqueada que +tenía sobre una pared un rifle colgado y más abajo un trabuco mohoso; +una cama bien tendida con colcha de damasco azul y blanco; una mesa con +diversos tarritos y botellas de bebidas; tres gruesas sillas de pino y +paja y una percha de la que pendían diversas piezas de vestir; en las +paredes, manchadas por vinchucas, un almanaque conservando aún la hoja +del 31 de diciembre, varias estampas religiosas y un grabado grande con +el retrato del gobernador.</p> + +<p>—Tome asiento, don Melchor. ¡Pero cuánto gusto de verlo!... ¿Y solo ha +venido?</p> + +<p>—Ya le dije, Ramona: solo; mis compañeros quedaron en la estancia algo +doloridos porque ayer anduvieron mucho a caballo.</p> + +<p>—Así es... bueno, cuando no hay la costumbre... ¿Y usted no?</p> + +<p>—¡Ya ve: me he venido de un galope; mire por la puerta cómo ha sudado +el zaino!</p> + +<p>Para poder verlo desde el sitio en que se encontraba, tuvo que +aproximarse a Melchor hasta rozarlo casi con su cuerpo llevándole, por +un instante, mezclado al olor a campo, la dura sensación de aquel +contacto.</p> + +<p>—¿Y qué milagro?... ¿Don Melchor... le cebaré un matesito?</p> + +<p>Melchor se había quedado contemplándola, como distraído y tardó un poco +en decirle:</p> + +<p>—He venido, Ramona, gracias, no voy a tomar mate, para hablar con usted +y me alegro de encontrarla sola.</p> + +<p>Con un sencillo movimiento de cabeza Ramona echó hacia adelante su +larga, gruesa y renegrida trenza cuya extremidad ató con una hilacha que +arrancó del ruedo de su vestido.</p> + +<p>—Y he venido porque he sabido que Anastasio la maltrata...</p> + +<p>—El hombre es bueno, pero tiene mal genio, sí, señor.</p> + +<p>—...y un hombre así no la merece... Que varias veces la ha echado de +aquí...</p> + +<p>—Así es, sí, señor...</p> + +<p>—...y yo he venido para decirle que cuando quiera se puede ir a casa... +allí tendrá algún trabajito liviano... y podrá vivir respetada...</p> + +<p>—...¡Siempre tan bueno, don Melchor!</p> + +<p>—...y cuando venga la familia podrá ganar un sueldito ayudando en la +casa.</p> + +<p>—¡Bueno, que si Anastasio no bebiera!... porque todo es la bebida, +señor...</p> + +<p>—La bebida o lo que sea... usted no debe dejarse maltratar.</p> + +<p>—Si hasta ha querido llegar a matarme...—dijo Ramona derramando +algunas lágrimas.</p> + +<p>—Ya ve, pues, no, es preciso que usted abandone a este hombre que, al +fin y al cabo, ¿qué le da?...</p> + +<p>—Así es... sí, señor.</p> + +<p>—Bueno, déjese de llorar—dijo Melchor poniéndose de pie y golpeándole +cariñosamente la cabeza con la palma de la mano que ella tomó y apretó +suavemente entre las suyas.</p> + +<p>Momentos después regresaba Melchor a gran galope, meditando sobre la +torpeza humana que lleva a los hombres al vicio, a la sevicia y al +crimen, cuando basta casi siempre un ápice de energía y buen sentido +para triunfar, sin violencias, sobre toda idiosincrasia inicial.</p> + +<p>—Ya vuelve don Melchor—dijo Baldomero, divisándolo a la distancia, +desde la glorieta del jardín, hasta la que a duras penas se habían +trasladado los «doloridos».</p> + +<p>—¿Dónde?...</p> + +<p>—Allá... ¿ven?... derechito a la punta de aquel potrero...</p> + +<p>—Yo no veo nada.</p> + +<p>—¡Pero, don Ricardo!... mire de aquí... por entre los dos «ombuses» +aquellos...</p> + +<p>—Y eso que se ve, ¿es Melchor?</p> + +<p>—Él es, señor.</p> + +<p>—¡Qué vista!</p> + +<p>—Si se ve clarito... y viene lindo, no más, el zaino.</p> + +<p>—¿No decía usted que es un mancarrón?</p> + +<p>—Mancarrón, no, don Lorenzo... Como caballo es guapo; pero hay miles +mejores... de más vista... y de más lindo andar.</p> + +<p>—¿Y por qué lo ha elegido Melchor?</p> + +<p>—¡Ahí tiene!... ¡vaya uno a saber! Para él no hay otro igual... bueno, +que lo conoce.</p> + +<p>—¿Él lo amansó?</p> + +<p>—No, señor... yo se lo tironeaba al principio... pero lo acabó de +amansarlo un extranjero que trajeron de domador a la estancia de los +Cabrales, ¿sabe?... aquel monte que se ve allá... ¿ve?</p> + +<p>—Algún domador de escuela, ¿no?</p> + +<p>—Yo no sé en qué escuela habría aprendido... ¡pero para domar como +él!...</p> + +<p>—¿No sabía domar?</p> + +<p>—No es eso... ¡cada que me acuerdo!... ¡Mire que me he reído!... le +hablaba al caballo, ¿sabe? ¡como a un cristiano! ¡y le hablaba en su +lengua!... ¡fíjese!... ¡qué le iba a entender!</p> + +<p>—Ahora sí se distingue a Melchor.</p> + +<p>—¿Ha visto, don Ricardo?... ¡Si yo no sé mentir!</p> + +<p>—¿Qué bien viene, eh?</p> + +<p>—¡Ha de venir contento!... Si don Melchor es así... en haciendo el +bien...</p> + +<p>—¡Ah!... Melchor es un hombre excepcional—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—¿Por aquí ha de tener mucho prestigio, no?—preguntó Ricardo.</p> + +<p>—¿Don Melchor?... ¡Con una palabra, junta a todo el mundo!... ¡Si don +Melchor es como la cocinera, que en cuando afila el cuchillo se le +amontonan las gatos.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—Ahora un poco de música, Ricardo—dijo Melchor levantándose de la +mesa.</p> + +<p>—Hay que pedir el asentimiento de Lorenzo...</p> + +<p>—¡Cómo te acuerdas!... ¿ eh? pero puedes tocar no más, sin temor de que +llore; ¡yo creo que a cada hora que paso aquí me renuevo de pies a +cabeza!</p> + +<p>—A mí me pasa lo mismo; tengo ganas de gritar a veces: ¡estoy +contento!... ¡Viva Melchor!... así... ché, como un chico—dijo Ricardo +abrazando efusivamente a su noble amigo.</p> + +<p>—¡No seas loco!... Esto no es más que el principio... dentro de dos +meses hablaremos.</p> + +<p>Los tres amigos se dirigieron hacia la sala por el amplio corredor, +débilmente iluminado por una luna nueva que apenas amortiguaba la luz de +sus estrellas más próximas, pero que daba realce a las flores más +blancas del jardín.</p> + +<p>—¿Qué quieren que toque?—preguntó Ricardo mientras procuraba encender +una lámpara de pie que estaba junto al piano.</p> + +<p>—Lo que quieras—le contestó Lorenzo,—aunque sea el quinto nocturno.</p> + +<p>—No, voy a tocar—dijo sentándose en la banqueta—la serenata de +Schuber.</p> + +<p>En el jardín frente a la puerta de la sala se sentaron Lorenzo y +Melchor, a quienes momentos después se agregó Baldomero, diciendo:</p> + +<p>—Con permiso, don Melchor, si no incomodo.</p> + +<p>—¡No, Baldomero! ¡Al contrario! Aquí estamos tomando fresco y oyendo el +piano.</p> + +<p>—Por eso he venido; cada que don Ricardo toca, siento una gran alegría, +señor, y se me hace que es la niña Lola y que está la familia, y hasta +me parece que el viejo anda por aquí.</p> + +<p>—Es el poder evocador de la música, Baldomero; probablemente usted no +ha oído aquí más que a las muchachas.</p> + +<p>—Así es, don Lorenzo.</p> + +<p>—Y al oír el piano su imaginación retrotrae escenas pasadas que se +actualizan en su espíritu y le hacen reconstruir el cuadro que vio la +primera vez.</p> + +<p>—...Así... será, sí, señor... yo... en eso no soy muy baquiano, don +Lorenzo; pero ¡mire que me gusta oír el piano!</p> + +<p>—Fíjate, Melchor, cómo perdura en Baldomero una impresión musical, +cuando por lo común son fugaces.</p> + +<p>—¿Fugaces?... ¡Qué disparate!... Precisamente es la sensación que por +más tiempo se fija en nosotros.</p> + +<p>—Estás equivocado: ¿a que no te acuerdas de algo de lo que oíste en la +última temporada teatral?</p> + +<p>—Posiblemente no podría repetirlo; pero si lo volviera a oír dentro de +algunos años lo recordaría y asistiría imaginativamente a la escena que +me rodeaba, la primera vez que lo escuché.</p> + +<p>—Eso quiere decir que tengo razón, aunque te parezca lo contrario; pues +la música te haría evocar un cuadro en el que algo más interesante para +ti te impresionó, uniéndose a la emoción musical que aisladamente, lo +repito, es fugaz.</p> + +<p>—¡Pero si tú mismo acabas de hablar del poder evocador de la música!</p> + +<p>—Cuando ella se vincula con otra impresión; tú has estado en el teatro +cien veces, habrás oído veinte o treinta óperas; pero sólo una mínima +parte de éstas tendrá poder evocador en tu espíritu: las que estén +vinculadas a sensaciones de otro orden.</p> + +<p>—¿Qué están diciendo ustedes de la música?—preguntó Ricardo, que se +aproximó arrastrando un grueso sillón de paja, en el que se sentó.</p> + +<p>—¿Qué, ya no toca más, don Ricardo?—le preguntó Baldomero, al mismo +tiempo en que Melchor le decía:</p> + +<p>—¡Macanas de éste!—señalando a Lorenzo.</p> + +<p>—No hay tal; yo decía que la música no tiene poder evocador sino cuando +está vinculada a sensaciones de otro orden; por ejemplo: yo he oído +«Bohéme» una noche en que me declaraba a mi novia; ¡es hipotético, eh!, +y en momentos en que ella me aceptaba vi a un bombero, en el paraíso, +que se sacaba el morrión y se pasaba el pañuelo por la cabeza; pues +desde entonces cada vez que oigo aquella ópera o que veo a un bombero +secarse el sudor surge en mi memoria, el cuadro completo de aquella +noche, sin que por esto pueda decir que hay un gran poder evocador en +los bomberos que sudan...</p> + +<p>—¡Pero lo hay en la música!</p> + +<p>—No lo niego; pero, ¿dónde está para nosotros cuando escuchamos una +ópera nueva?... ¿un himno nacional que no sea el nuestro?... ¿un trozo +cualquiera que no hayamos oído nunca, y que no tenga reminiscencias de +algo conocido?...</p> + +<p>—En cambio si dentro de veinte años oyeras tocar el 5.º nocturno, se te +representaría la escena de la otra noche.</p> + +<p>—¡Es claro! porque evocaría en mí el recuerdo de una situación moral +inolvidable, acaso me ocurriera lo mismo volviendo a ver a Baldomero.</p> + +<p>—¿Dentro de veinte años? ¡Don Lorenzo!... ¡Estaré en el otro mundo!...</p> + +<p>—¿Usted cree en el otro mundo, Baldomero?...</p> + +<p>Este se quitó el chambergo, miró al cielo estrellado y diáfano y después +de un breve instante de silencio exclamó bajando la cabeza:</p> + +<p>—Sí, creo, don Lorenzo... ¿y usted no?...</p> + +<p>—Yo no he pensado en eso todavía; pero puede ser que con el tiempo...</p> + +<p>—Ya es algo—le interrumpió Melchor, que estaba tendido en su sillón, y +tenía recostada la cabeza en el respaldo, de cuyos costados se había +tomado con las manos como para sostenerse mejor, y agregó, sin apartar +la mirada del cielo:—por ahí se empieza... tras la incredulidad +adquirida por frotamiento, que no por convicciones... llega la +indiferencia... luego se abandona gradualmente el afán de negar... y un +buen día... o una buena noche como ésta, se mira al cielo... se +contempla un momento esta portentosa... esta estupenda armonía +sideral... esta maravillosa rotación de soles y de repente brota en el +alma un punto de luz... que crece... se dilata... la llena... y la +ilumina...</p> + +<p>—¡A mí no me ha aparecido todavía el punto de luz!—dijo Ricardo, +riéndose.</p> + +<p>—Es que tu espíritu estará aún en estado sólido—le contestó Melchor.</p> + +<p>—¡El espíritu en estado sólido!... ¡qué gracioso!</p> + +<p>—Parece un disparate—insistió Melchor,—un contrasentido; pero acaso +no lo es porque bien puede compararse las diversas situaciones de +nuestro espíritu, frente a ciertas ideas, con los estados de los cuerpos +en la naturaleza: sólido, líquido y gaseoso. Tu espíritu—continuó +Melchor atentamente escuchado por Baldomero—está ante la idea de Dios, +por ejemplo, en estado sólido; el de Lorenzo en estado líquido, o de +equilibrio indiferente, y de ahí pasará al estado gaseoso, que le +permitirá elevarse... elevarse cada vez más y sentir energías, ante las +cuales toda presión resultará estéril para volverlo a sus estados +anteriores.</p> + +<p>—¡Has hecho un párrafo que bien podría figurar en un tratado de +psicofísica!—le dijo Ricardo.</p> + +<p>—Mejor estaría en el libro de tus memorias, cuando las escribas.</p> + +<p>—¿Tan cierto estás de mi conversión?</p> + +<p>—Como que estoy viendo a Júpiter; fíjate qué maravilla—dijo Melchor, +señalando al astro.</p> + +<p>—Realmente—exclamó Lorenzo;—qué bueno sería tener aquí un telescopio +para observarlo y ver sus satélites.</p> + +<p>—¡Ah! Con un telescopio nos pasaríamos las noches en claro.</p> + +<p>—Menos yo, ché, Melchor.</p> + +<p>—¿Por qué, Ricardo?</p> + +<p>—Porque me marea mirar al cielo.</p> + +<p>—¡Te marea!... ¿Pero que estás diciendo?...</p> + +<p>—Lo que oyes: Yo no tengo cabeza para contemplar estas cosas y si me +esfuerzo por entenderlas, acabo por aturdirme... ¡qué sé yo!</p> + +<p>—¡Pues, hombre!—dijo Lorenzo,—a mí me ha sucedido algo análogo; sobre +todo al calcular las distancias siderales... pensar que la luz de las +pléyades... aquel grupito... ¿ves, Ricardo?... tarda cuatrocientos mil +años en llegar a la tierra.</p> + +<p>—¡Ni con tropilla!—exclamó Baldomero.</p> + +<p>—Mira qué espléndido está Sirio, ché, Melchor.</p> + +<p>—Ese es el príncipe de nuestro cielo, Lorenzo, después de Venus; pero, +para mí, lo más hermoso son las estrellas dobles... ¿Tú no has visto con +telescopio, el alpha del Centauro?</p> + +<p>—Efectivamente es soberbia... como todas las dobles; pero de todo este +espectáculo grandioso—continuó Lorenzo,—hay algo en el firmamento más +grande para mí que él mismo y es la desesperante incógnita de su +origen...</p> + +<p>—¿Y la de su fin?—le preguntó Ricardo.</p> + +<p>—¿Cómo la de su fin?</p> + +<p>—Sí, Lorenzo, porque suponiendo que haya un Dios creador del universo, +admitiendo—lo que no es difícil,—que Dios existe y que ha hecho todo +eso, yo me pregunto: ¿para qué diablos lo ha hecho?...</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p>—Cuando gusten, señores, ya están ensillados los caballos—exclamó +Baldomero aproximándose a la ventana del comedor, donde se encontraban +tomando te Lorenzo y Melchor, quien al oírle se volvió hacia la ventana +diciendo:</p> + +<p>—Vamos en seguida, esperamos a Ricardo que todavía está en el baño.</p> + +<p>—¡Y está linda la tarde!... fresquita.</p> + +<p>—¿Realmente, Baldomero, y usted nos acompañará?—le preguntó Lorenzo.</p> + +<p>—No, señor, yo voy a quedarme, que tengo un quehacer.</p> + +<p>—¿Y es tan urgente que no pueda dejarlo para otro día?</p> + +<p>—Así es, sí, señor, son datos que tengo que mandarle al patrón que me +los ha pedido.</p> + +<p>—¿Por qué no le encarga ese trabajo a Hipólito?</p> + +<p>—¿En cuestión de cuentas?—dijo Baldomero riéndose, y agregó:—ése «no +arrima ni bocha».</p> + +<p>En eso apareció Ricardo y preguntó:</p> + +<p>—¿Saldremos en los mismos caballos del otro día, no?</p> + +<p>—Menos don Lorenzo que me decía que quería un caballo más grande que el +overo.</p> + +<p>—¿Cuál le han ensillado, Baldomero?</p> + +<p>—El tostado, don Melchor; es el más grande que hay...</p> + +<p>—Grande y manso, le pedí; ¡no vaya a darme un potro!</p> + +<p>—¿Potro, dice, don Lorenzo?... Mire: ¡cuando ese caballo era potro +usted no había nacido!...</p> + +<p>—Bueno: andando—dijo Melchor, y se dirigieron a la caballeriza.</p> + +<p>Era una de esas deliciosas tardes de enero, en que el sol se oculta +entre nubes que lo aplacan tras un día templado y en que el ambiente del +campo parece que se empapa con las emanaciones de las flores silvestres +y de los pastos olorosos, y en que hasta los ganados se entregan al +placer de pasear por los potreros, recorriéndolos al acaso.</p> + +<p>Antes de subir a caballo, Ricardo y Lorenzo permanecieron un largo rato +contemplando a las gallinas que, ante la sola perspectiva de la +noche—aunque remota,—se entregaban al laborioso trajín de buscar +ubicación en las ramas de los árboles, sobre las ruedas de los carros, +en lo más alto de una escalera de mano arrimada a la pared y que +parecía ofrecer el mejor sitio para pasar la noche, de tal modo se +agitaban por conquistarla, discutiendo visiblemente en nerviosos +cacareos a que el respectivo gallo ponía término con picotazos que +parecían al mismo tiempo caricia y reproche, traducible así: «¡Estáte +quieta!»</p> + +<p>Lo propio ocurría con las palomas en sus casilleros, a los que entraban +y salían en continuo movimiento, interrumpido sólo para observar la +formidable encarnizada lucha que trababan de pronto dos machos +encrespados, cuyas gallardías y cuyos aletazos, sugerían la línea de dos +caballeros medioevales que, sobre los hombros las flotantes capas, +combatieran por la dama.</p> + +<p>Indiferente a todo, en la apariencia, y como un «manchón» colocado +cuidadosamente se veía en la cresta de una raíz del ombú grande, un gato +barcino que, de cuando en cuando, entreabría sus ojos lumínicos y +transparentes y como ajeno a toda intención carnicera, los dirigía hacia +las ramas, en las que cantaba de paso un pájaro que se dirigía a su +nido.</p> + +<p>Cuando Lorenzo se encontró sobre el tostado, exclamó:</p> + +<p>—¡Qué caballo tan ancho!</p> + +<p>—Así es; sí, señor; es un poco «sillón»—le contestó Baldomero, pero +ignorando Lorenzo la acepción en que se empleaba esta palabra, dijo a su +vez:</p> + +<p>—¿Sillón?... Esto parece más bien sofá... ¡me hace doler las piernas!</p> + +<p>—Pero tiene buen andar, don Lorenzo; y a éste puede castigarlo sin +asco.</p> + +<p>—¿Es muy lerdo?</p> + +<p>—Regular, señor; como todo caballo viejo.</p> + +<p>—¡Caramba con tus investigaciones!—dijo Melchor, agregando:—¡ni que +fueras a comprarlo!</p> + +<p>—Me lo estoy haciendo presentar, ¡ché! nada más natural.</p> + +<p>—Bueno, andando, que se nos va a pasar la tarde.</p> + +<p>El zaino salió en su estilo habitual, marchando tras de Ricardo, que se +había adelantado bastante, en «su» malacara; pero Melchor advirtió que +Lorenzo permanecía en la caballeriza, y se detuvo a decirle en voz alta:</p> + +<p>—¿Continúa el interrogatorio?</p> + +<p>—No... ché...</p> + +<p>—¿Y qué haces ahí?... ¡Ven!</p> + +<p>—¡Es que este caballo no anda!....</p> + +<p>—Castíguelo sin recelo, don Lorenzo—le dijo Baldomero,—es medio +remolón al salir.</p> + +<p>Lorenzo siguió el consejo, pero notó que cada vez que le pegaba el +tostado hacía un movimiento de encogimiento, que él consideraba como la +amenaza de violencias alarmantes y en vez de acentuar disminuía la +intensidad de sus rebencazos, hasta reemplazarlos por amables golpes de +talón.</p> + +<p>—¡Péguele sin miedo, señor; si es de mañero!—le decía Baldomero.</p> + +<p>—Es que no anda...</p> + +<p>—Trae ese arreador, Juancito—dijo Baldomero al pequeño peón, que le +entregó el que tenía en la mano y que aquél enarboló amenazante, +mientras Lorenzo le decía:</p> + +<p>—¡No le pegue muy fuerte!</p> + +<p>Estimulado por Baldomero y por Melchor que había vuelto a la +caballeriza, el tostado realizó la proeza de salir al trote, moviéndose +con la brusquedad y violencia de un tranvía eléctrico salido de sus +rieles, en cuya capota o techo fuese montado Lorenzo, que para el caso +era igual.</p> + +<p>El novel caballero calculaba que sus equilibrios se agotarían a los +pocos minutos de aquella marcha, y cuando se disponía a disminuirla +enérgicamente, advirtió con espanto que se aceleraba por obra del +perrazo bayo que, como comprendiendo que el tostado no imponía respeto +a nadie, se entretenía en morderle los garrones por burla...</p> + +<p>Los mordiscos del perro determinaron una catástrofe, porque el tostado +comprendió que para salvarse de ellos debía alzar las patas y lo hizo +sin avisarlo a su jinete, que, al encontrarse en el plano inclinado que +el caballo formó en su breve posición defensiva, siguió la dirección +aquél, hasta su intersección con la línea horizontal del suelo.</p> + +<p>Al caer Lorenzo, el perro huyó despavorido, con la cola entre las +piernas; el tostado se quedó mirando a Lorenzo con profundo asombro, sin +comprender, evidentemente, la razón de aquella caída, mientras Baldomero +corría hacia el caído, que se levantó diciéndole:</p> + +<p>—¿Vio qué corcovo, eh?...</p> + +<p>—¿Se ha hecho daño, don Lorenzo?</p> + +<p>—No; ¡si en cuanto empezó a corcovear me bajé!</p> + +<p>Cuando Lorenzo decía estas palabras llegaron a su lado Melchor y +Ricardo, que reían desconsideradamente.</p> + +<p>—¿Cómo te caíste?—le preguntó éste.</p> + +<p>—¡Qué pregunta!... si no me caí; vi que empezaba a corcovear y resolví +bajarme... ¡qué pavada!...</p> + +<p>Y como viera que la causa principal—el perrazo bayo—había +desaparecido del sitio de la catástrofe, Lorenzo se aventuró a montar de +nuevo, estimulado sin duda por la experiencia recogida, que le enseñaba +cuánto suelen ser de soportables algunas caídas.</p> + +<p>El paseo continuó sin contratiempos, bien que disminuido en sus +encantos, para Lorenzo, por la insalvable dificultad de conseguir que su +caballo armonizara movimientos con los de sus amigos, pues el tostado +tenía el tranco más lento que los otros y el galope más tendido, de modo +que en el primer caso se quedaba atrás y en el otro se adelantaba +demasiado, cuando su jinete conseguía ponerlo en ese tren.</p> + +<p>El mismo Lorenzo llegó a reírse de su situación, diciendo:</p> + +<p>—¡Pobre caballo éste; qué galope tan feo tiene!</p> + +<p>Fue necesario renunciar al galope y ponerse al tranco, procurando +Lorenzo que su monumental caballo lo desarrollara dentro de límites +adecuados.</p> + +<p>En la intimidad con Melchor y en ausencia de testigos, se resarcieron +con creces del discreto silencio observado desde el pueblo hasta la +estancia, durante el viaje en el break y ni el más mínimo detalle +escapaba a las preguntas que formulaban Ricardo y Lorenzo:</p> + +<p>—¿Qué es eso?</p> + +<p>—¿Cómo se llama ese pájaro?</p> + +<p>—¿Qué animal es aquél?, etc., etc.</p> + +<p>Melchor les informaba pacientemente sobre las vizcachas y sus perjuicios +para el campo; sobre los caracteres de los teros, que gritaban lejos del +nido; de los chajaes, que alertean por todo motivo; de los avestruces, +que con un instinto asombroso ponen un huevo fuera del nido, para +alimentar después a sus charabones; de los padrillos y sus +procedimientos sultanescos y de cuanto detalle campestre cayó bajo la +observación entusiasta de sus dos amigos.</p> + +<p>Al regresar hacia las casas y agotados casi los temas, que el paseo +sugería, Lorenzo dijo:</p> + +<p>—Todo esto es muy interesante; pero lo mejor que he encontrado hasta +ahora para mí, es Baldomero, ¡qué gran tipo!</p> + +<p>—¿Más interesante que la «Pampita»?—le preguntó Melchor sonriéndose.</p> + +<p>—No para Ricardo, sin duda; pero sí para mí—y agregó:—Ricardo está +enamorado de la Pampita; pero yo lo estoy de Baldomero.</p> + +<p>—¿Te acuerdas de lo que te decía en el tren, hablándote de él?...</p> + +<p>—¿Hace mucho que está al servicio de ustedes?</p> + +<p>—Más de diez años, y gracias a él la estancia ha prosperado, porque +tiene todas las condiciones imaginables, sin ningún defecto: es +honradísimo a carta cabal y trabajador sin descanso.</p> + +<p>—¿Y su familia, ché?</p> + +<p>—La mujer es enferma... llena de manías... suele pasar temporadas +larguísimas sin salir de sus piezas.</p> + +<p>—¿Será neurasténica?</p> + +<p>—¡Qué sé yo!... lo que sé es que lo hace víctima de sus caprichos.</p> + +<p>—¡Pobre Baldomero!... y tan jovial siempre.</p> + +<p>En ese momento llegaron a una pequeña zanja de casi un metro de ancho, +que Melchor propuso saltar, como lo hizo en su zaino, deteniéndose del +otro lado.</p> + +<p>—A ver, Ricardo... ¡salta!</p> + +<p>El malacara, parado al borde de la zanja, cuya profundidad no llegaba a +medio metro, juntó las cuatro patas y a una incitación de su jinete, +saltó con él, que se había tomado prolijamente de la cabezada de su +montura y que experimentó, después del salto, la grata sensación de +conservarse en ella.</p> + +<p>—Ahora tú...</p> + +<p>—¿Y éste sabe saltar?—preguntó Lorenzo ligeramente pálido, mientras su +caballo, parado junto a la zanja, contemplaba el campo en toda +dirección.</p> + +<p>—¡Anímalo!...</p> + +<p>Así lo hizo Lorenzo, a puro talón, ocupadas las manos en funciones +previsoras, y cuando el tostado comprendió que se le ordenaba salvar el +obstáculo, estiró una mano que, mientras doblaba la otra, fue bajando +despacio, hasta afirmarla en el fondo de la zanja donde luego puso +aquélla, quedando en la violenta posición consiguiente; aproximó en +seguida las patas traseras una de las cuales metió en la zanja, que +finalmente pasó tras contorsiones que dieron a Lorenzo la sensación de +haber transmontado en dos trancos la mismísima cordillera de los Andes.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Después de una buena siesta conversaban en la glorieta del jardín +Lorenzo, Ricardo y Baldomero que a ratos veían, por entre las plantas y +los arbustos, la silueta de Melchor dando órdenes en la caballeriza.</p> + +<p>—¡No ha de ser sólo por buscar correspondencia!... don Ricardo—decía +Baldomero mientras armaba un cigarrillo cuyo papel, en el extremo +exterior pasó por la lengua alisando luego la parte humedecida, con la +yema del pulgar pasada de punta a punta.</p> + +<p>—Y por pasear un poco, Baldomero.</p> + +<p>—¡Y por hacer alguna visita!...</p> + +<p>—No haría más que cumplir lo prometido.</p> + +<p>—¡Confiesa, Ricardo, que la Pampita te quita el sueño!</p> + +<p>—Algo hay de eso... en realidad. Me interesaría volver a hablar con +ella... ¡qué demonio de muchacha!... ¡es tan linda!... ¡y tan +educadita!...</p> + +<p>—En eso, dificulto—dijo Baldomero—que haya otra igual... ¡porque +miren que don Casiano le ha puesto maestras!... Y de las mejores que +pudo traer de Buenos Aires... ¡Sí, señor! Si a veces sabían decirle que +la iba a enfermar con tanto estudio porque la pobrecita se pasaba los +días con los libros... y «meta» piano de sol a sol.</p> + +<p>—Es un caso curioso, como pocos; porque don Casiano no es un hombre +ilustrado, ¿no? ¿Qué se habrá propuesto con la Pampita?</p> + +<p>—Vea, don Ricardo—así sabía decirme el viejo cada que yo le decía lo +mismo:—«lo hago por su bien, amigo Baldomero, porque yo no me he de +casar otra vez... la muchachita es linda por demás y me la van a +codiciar... y yo no puedo tenerla atada a los tientos... así que he +creído que con la educación se le puede dar una defensa... para que +pueda estar sola... y andar por donde quiera... sin peligrar...»</p> + +<p>—¿Qué sensato el viejo, eh?</p> + +<p>—Y lo ha conseguido, don Ricardo, porque la Pampita no ha dado qué +decir, eso sí, y todos saben que el que cae a la chacra con malas +intenciones... ¡sale como escupida en plancha caliente!...</p> + +<p>—¡Qué buena comparación!—exclamó Ricardo riéndose a tiempo en que +Lorenzo decía:</p> + +<p>—La Pampita habrá salido ingénitamente honesta... porque lo que es la +educación no iba a corregir ni a morigerar un temperamento meridional +puesto en contacto asiduo con la naturaleza.</p> + +<p>—Bueno, de eso yo no entiendo, don Lorenzo; pero lo que sé decirle es +que la Pampita puede ir donde quiera sin que nadie le falte.</p> + +<p>—Yo creo que estás perfectamente equivocado, Lorenzo, porque, ¿cómo no +ha de haber influido la educación en ella como en toda persona?</p> + +<p>—¿Para conducirse honesta y virtuosa en la situación de ella?... +¿Asediada sin duda, a cada paso por individuos de toda condición? ¿Con +veinte años y la libertad de que ha debido gozar?... ¡Bah!... ¡eso no lo +hace la educación!</p> + +<p>—¡Vaya si lo hace! Y si no observa los diversos grados de moral que se +advierte en las sociedades menos educadas... compara a una niña de la +alta sociedad con una chinita inculta... ¿Cómo vas a sostener que tienen +el mismo pudor, ni la misma conciencia del propio decoro?</p> + +<p>—Esos son resultados del medio en que se vive.</p> + +<p>—Claro está, y según parece lo que don Casiano se proponía era poner a +su hija a cubierto de las influencias del medio en que debía vivir, +exactamente: tú lo has dicho.</p> + +<p>—En eso yo no entro—dijo Baldomero,—pero que la Pampita es una +muchacha decente... ¿eso?... ¡por donde la busquen!... Y póngala a la +prueba, don Lorenzo.</p> + +<p>—¡Si yo no lo pongo en duda! Basta verla para comprender lo que es, y +por otra parte si así no fuera, no la habría mandado el padre a pasear +sola con nosotros, por el jardín.</p> + +<p>—Lo que voy viendo en mi sentir, es que va ir saliendo cierto lo que yo +decía... ¡Si se me hace que la Pampita va ir a conocer Buenos Aires!...</p> + +<p>—Por lo pronto yo voy a... bañarme—dijo Lorenzo levantándose.</p> + +<p>—No te demores... que yo también quiero bañarme y usted acompáñeme a +traer duraznos...</p> + +<p>—Como quiera, don Ricardo. Vamos.</p> + +<p>Al dirigirse al monte de durazneros cruzaron el jardín en silencio; pero +al entrar en aquél, dijo Ricardo:</p> + +<p>—Baldomero, en los pocos días que lo he tratado me ha parecido +encontrar en usted un hombre serio, de experiencia y capaz de dar un +consejo.</p> + +<p>—Usted dirá, don Ricardo.</p> + +<p>—Yo quiero hacerle una confidencia, primero, para que se explique usted +mi situación.</p> + +<p>—Algo me habló don Melchor...</p> + +<p>—Él le habrá dicho entonces que he sido un hombre muy desgraciado en +mis aspiraciones.</p> + +<p>—¡Zonceras de mujeres!...</p> + +<p>—Por una de ellas he estado a punto de cometer un crimen si no hubiera +tenido un amigo como Melchor.</p> + +<p>—Eso no debe hacerse nunca, ni por nadie.</p> + +<p>—He sido engañado de la manera más cruel y más infame... haciéndoseme +el motivo de la burla y de la risa de toda la sociedad, por quien +calculaba que yo valía en plata más de lo que puedo tener... y no una +vez.</p> + +<p>—¡Olvídese, don Ricardo!...</p> + +<p>—Así lo he conseguido gracias a Melchor que me ha prestado energías y +voluntad para sobreponerme a todo... y para empezar a vivir de nuevo... +como si me hubiera dado un pedazo de su gran espíritu.</p> + +<p>—¡Capaz de dárselo todo!...</p> + +<p>—Él me ha salvado y gracias a él, y nada más que a él, cada día que +paso me siento más fuerte y más capaz de luchar como un hombre, tomando +«las cosas como son y no como deben ser».</p> + +<p>—¡Si don Melchor es capaz de sanar a un muerto!</p> + +<p>—Es lo que ha hecho conmigo y con Lorenzo... ¡y con tantos otros!... +Bueno, pues, ¿cómo cree usted que me recibiría la «Pampita», si yo le +mostrara pretensiones?</p> + +<p>—¡No le decía yo, don Ricardo!...</p> + +<p>—Conteste a mi pregunta, usted que la conoce perfectamente.</p> + +<p>—Vea, don Ricardo, para qué le voy a decir una cosa por otra: la +«Pampita» es una muchacha de mucha voluntad... ahora si usted la +quiebra... puede que agarre...</p> + +<p>—¿Cree usted que esté firmemente resuelta a conservarse al lado del +padre?...</p> + +<p>—¡Ni que hablar!... ¡Si ya le he dicho que ha tenido miles de +ocasiones!... mejorando lo presente; pero haga la diligencia, don +Ricardo... ¡de menos nos hizo Dios!</p> + +<p>—¿Usted querría acompañarme?...</p> + +<p>—Vea, don Ricardo, vaya solo, ¡que en cuestiones de mujeres... es como +en punto a domar!—dijo riéndose afablemente Baldomero—...¡entre dos no +sacan caballo bueno!</p> + +<p>—¿Y quién podría acompañarme?</p> + +<p>—¿Hasta el pueblo?... Juancito lo puede acompañar.</p> + +<p>—Convenido, y que esto quede entre nosotros, ¿eh?...</p> + +<p>—¡Don Ricardo, ni que hablar!</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—¿Ché, Melchor, dónde pusiste los diarios que trajimos?... ¿Por qué te +ríes?</p> + +<p>—¡Pero, hombre!... ¡Recién se te ocurre leerlos!...</p> + +<p>—¿Y tú los has leído?...</p> + +<p>—¡Casi no los leía allá!... ¡y voy a venir a la estancia para ocuparme +en eso!...</p> + +<p>—¿Y para qué los trajiste?</p> + +<p>—¡Porque los compré!...</p> + +<p>—¿Y para qué los compraste?</p> + +<p>—Por no ser menos que tú.</p> + +<p>—Bueno, contesta: ¿dónde están?...</p> + +<p>—Ricardo los guardó, pero yo no sé dónde.</p> + +<p>—¡Qué fastidio!... ¡José!—dijo Lorenzo alzando la voz.</p> + +<p>—¿Señor?</p> + +<p>—Hágame el servicio de ver en nuestro dormitorio... o por ahí... si +están unos diarios... y tráigamelos.</p> + +<p>—Don Ricardo los guardó en el baúl, señor... pero se llevó la llave.</p> + +<p>—¡Qué contrariedad tan grande!... ¡Caramba!... ¿está seguro, José?</p> + +<p>—Sí, señor, si los guardó delante de mí... estaban arriba de la mesa +desde que ustedes vinieron.</p> + +<p>—¡Qué fastidio!... Bueno... vaya no más; ¿pero para qué los habrá +guardado?... ¡qué tontera tan grande!...</p> + +<p>—Realmente, Lorenzo, es como para sublevar... ¡como que yo también +estoy por indignarme!...</p> + +<p>—No digo eso; pero no me negarás que ha sido una tilinguería guardarlos +bajo llave... ¿asunto de qué?...</p> + +<p>—Lo ha de haber hecho sin darse cuenta... ¡calcula cómo tendría la +cabeza ante la idea de ir a conquistar a la «Pampita»!</p> + +<p>—¡Cómo le irá a Ricardo! ¿eh?...</p> + +<p>—Puede ser que le vaya bien.</p> + +<p>—Yo no creo que esté enamorado... así: fulminantemente.</p> + +<p>—¡Que no!... ¡piensa que es linda como un sol!</p> + +<p>—Aunque lo sea... para mí, Ricardo va tras la «Pampita» por un +movimiento de despecho y nada más. Él se ha entusiasmado con la idea de +lucirla en Palermo... y en el teatro... a los ojos de sus ex novias... +¡esto es todo!</p> + +<p>—¿Por qué pensar eso?... Ricardo es un temperamento extraordinariamente +apasionado, y yo me explico muy bien el paso que da. Ha visto en esta +muchacha un conjunto de cualidades de primer orden, casi excepcionales, +y no tiene nada de extraño que se sienta inclinado a ella.</p> + +<p>—Eso estaría muy bueno después de tratarla un tiempo.</p> + +<p>—No, Lorenzo, mira: en la vida, generalmente, se toma novia como se +toma casa: casi siempre por el aspecto. Son muy raros los que compulsan +serenamente las condiciones de las muchachas que tratan para elegir al +fin la que más convenga, y esto mismo es antipático, casi inmoral: ¡se +quiere porque sí y sepa Dios por qué!</p> + +<p>—¡Así son los chascos!</p> + +<p>—¡Perfectamente! pero es preferible equivocarse sin calcular a +equivocarse calculando.</p> + +<p>—Por eso yo me he puesto a cubierto de los dos casos—dijo Lorenzo +sonriendo afablemente.</p> + +<p>—¡Tú!... ¡qué gracia!... Tú has vivido en forma que no te permitía +pensar en «novias»...</p> + +<p>—Eso es historia antigua...</p> + +<p>—Felizmente para ti. Después el estudio te ha absorbido todo tu tiempo, +como que por una de esas reacciones muy explicables te pasaste a la otra +alforja...</p> + +<p>—Para recuperar lo perdido.</p> + +<p>—¡Una barbaridad!... ¡ché... dar de a tres años de ingeniería juntos... +y estudiar veinte horas diarias!</p> + +<p>—¡Qué exageración!</p> + +<p>—¡Bueno: diez y nueve!... Da gracias a Dios que pudiste substraerte a +esa vida.</p> + +<p>—No tuve más remedio... cuando me enfermé.</p> + +<p>—¡Qué enfermedad, ni qué embelecos! ¡Tú eres más sano que yo! y lo has +sido siempre. La prueba la tienes en tu estado actual; ya ves cómo te +repones por días; duermes perfectamente ahora; comes con bastante +apetito... ¡calcula cómo estarás dentro de un mes!</p> + +<p>—¡Todo te lo debo a ti!... y si vieras el bien que me hacías cuando me +estimulabas a reaccionar en los días en que me sentía más abatido... Hoy +recuerdo perfectamente la intensa influencia que ejercías en mi espíritu +y la situación de ánimo en que me dejabas después de aquellos sermones +inacabables...</p> + +<p>—Eso es historia antigua, te diré a mi vez.</p> + +<p>—Pero que llena mi espíritu como una enseñanza suprema. ¡Si a veces +pienso en que tú has realizado en mí un caso de «avatar», como el de +Gauthier, ¿te acuerdas?</p> + +<p>—No lo he leído.</p> + +<p>—¿No?... ¡qué raro!</p> + +<p>—Lo raro es que lo confiese, porque nadie lo hace; ¿te has fijado?</p> + +<p>—¿El qué?</p> + +<p>—Confesar que no se ha leído un libro de cierta notoriedad; ¿tú has +encontrado a alguien que confiese no haber leído a Sarmiento, a Mitre, a +López, a Estrada o a alguno de nuestros grandes autores de renombre?</p> + +<p>—Tal vez tienes razón.</p> + +<p>—¡Y sin tal vez! Yo no he hablado con una sola persona que me haya +dicho que no ha leído el «Facundo», por ejemplo.</p> + +<p>—Y lo habrán leído...</p> + +<p>—El dos por ciento de los que lo dicen... si hoy nadie lee, ché, nada +más que los programas de las carreras y la crónica social de los +diarios.</p> + +<p>—¡No me hagas acordar de los diarios! que me subleva pensar en la +conducta de Ricardo.</p> + +<p>—¿Qué canallada, eh?</p> + +<p>—Con permiso...—dijo Baldomero golpeando con los nudillos de la mano +en la puerta de la sala, donde conversaban Lorenzo y Melchor, recostado +éste en el sofá, mientras esperaban la hora de almorzar.</p> + +<p>—¡Entre, Baldomero!</p> + +<p>—¡Aquí está fresquito!—dijo éste sacándose el sombrero y peinándose el +cabello con los dedos.</p> + +<p>—Siéntese... ¿qué hay de nuevo?</p> + +<p>—Hay, don Melchor, que acaba de llegar Zenón, ¿sabe?, el peón de los +Cabrales, que venía de llevar unos animales para el campo de los +Unzueces y dice que por el cañadón de las tunas, ¿sabe?, encontró a doña +Ramona, que se viene de a pie con esta calor..</p> + +<p>—¿Viene para acá?</p> + +<p>—Así dice.</p> + +<p>—¿Y por qué no la alzó?</p> + +<p>—Porque no es de anca el que montaba y venía con gran apuro de llegar +ligero, que de no, dice, le habría dado su caballo.</p> + +<p>—¡Pobre infeliz!... Bueno... Baldomero: ¿volvió el carrito de repartir +la carne a los puestos?</p> + +<p>—«Reciencito» llegó.</p> + +<p>—Vaya corriendo, y dígale a Hipólito que a todo lo que pueda salga con +el carrito y la traiga a esa infeliz.</p> + +<p>Instantes, después se oía el ruido del carrito que salía en la dirección +indicada.</p> + +<p>—¿Qué distancia hay, Melchor, de aquí al cañadón de las tunas?</p> + +<p>—Sus seis leguas largas, y calcula para caminarlas con este día.</p> + +<p>—¡Pobre mujer!... ¿qué le habrá pasado?</p> + +<p>—Alguna paliza del bestia de Anastasio.</p> + +<p>—¿Pero es posible que le pegue a esa mujer?</p> + +<p>—Es que bebe... tal vez algún «peludo»... por otra parte Anastasio es +un hombre de muy mal carácter y como te decía el otro día, ha tomado a +Ramona para tener quien le lave y le cocine; pero no le tiene ni el más +mínimo cariño.</p> + +<p>—¿Él la habrá despedido o ella vendrá no más por tu ofrecimiento?</p> + +<p>—No; sin un motivo fundado no se vendría.</p> + +<p>—¿Y no tendrá consecuencias para ti?</p> + +<p>—¿Qué consecuencias?</p> + +<p>—Él sabrá que se viene a la estancia, por supuesto.</p> + +<p>—Si no lo sabe ya, lo sabrá, ¿y qué tiene eso?</p> + +<p>—¡Quién sabe!, ese hombre tiene un aspecto diabólico.</p> + +<p>—¡Pero si Ramona no está casada con él!; ella es una mujer dueña de +hacer lo que quiera... y si él la maltrata puede venir a refugiarse aquí +o a donde le convenga.</p> + +<p>—Sí, lo comprendo; pero como ha mediado tu intervención, no sea el +diablo que él crea que tú la has sonsacado...</p> + +<p>—¡Y que lo crea, suponte!... Si fuera una chiquilina, vaya y pase... +pero ¡una mujer de casi cuarenta años!</p> + +<p>—¿Y no tiene familia?</p> + +<p>—Creo que sí... no estoy seguro... esta mujer vivió con un soldado de +la policía, al que lo mataron en un boliche, y después se unió con +Anastasio... es todo lo que sé.</p> + +<p>—Está el almuerzo, niño—dijo el sirviente; y los dos amigos pasaron al +comedor.</p> + +<p>Al terminar el almuerzo se presentó Baldomero y preguntó:</p> + +<p>—¿Dónde la va a poner a Ramona, don Melchor?</p> + +<p>—¡Es cierto!... Hay que buscarle alojamiento... ¿En sus piezas no +cabría?...</p> + +<p>—¿De dónde?... Si el patrón hubiera hecho los cuartos que dijo...</p> + +<p>—¿Y en los galpones?...</p> + +<p>—¿Qué?... ¿la piensa poner con los peones?</p> + +<p>—En el cuarto de Águeda.</p> + +<p>—Sólo bajo la cama... si la vieja duerme en el cuartito de las +herramientas, ¿sabe? que es un brete.</p> + +<p>—La pondremos entonces en el cuarto de las sirvientas, ¿no le parece?</p> + +<p>—Como usted disponga, don Melchor; pero quién sabe si a la señora le +gusta que esté aquí...</p> + +<p>—¡Que no! Si Ramona es una mujer limpia.</p> + +<p>—Ya empieza a darte trabajo esa mujer—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—¡Ninguno!—replicó Melchor.—Nosotros si que vamos a darle trabajo: la +haremos nuestra sirvienta, y nos tenderá las camas mejor que José, para +lo que no se necesita mucho.</p> + +<p>—Hago lo que puedo, niño—dijo José, levantando las copas de la +mesa;—no soy muy baquiano en tender camas.</p> + +<p>—¡Si lo digo en broma, José! Usted las tiende perfectamente... +mal—agregó Melchor, en momentos que José se alejaba llevando una +bandeja al antecomedor.</p> + +<p>—¿Quedamos entonces que a doña Ramona la va poner en ese cuarto?</p> + +<p>—Eso es, Baldomero.</p> + +<p>Este se retiró, diciendo medio entre dientes «¡qué criolla diabla!... +cómo ha calzado»...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>La tardanza de Ricardo empezaba a preocupar a Melchor, que se disponía a +ir o a mandar en su busca cuando al cabo de cuatro días de ausencia y en +momentos en que se levantaban de almorzar, llegó a la estancia bajo un +sol de fuego.</p> + +<p>—¿Cómo vienes a esta hora?—fue el saludo de Melchor.</p> + +<p>—¡Si vieran!—repuso Ricardo al bajar del caballo, que al pararse dejó +caer la cabeza hasta casi tocar el suelo con la barbada, al mismo tiempo +que palpitaban sus ijares con extraordinaria celeridad,—¡el monstruo de +Anastasio nos sacó cortitos!... ¿Y por aquí?... ¿qué tal?... ¡Uf!... +¡Qué calor!... ¡y qué hambre!...</p> + +<p>—Ven a almorzar, ¿o quieres bañarte antes?</p> + +<p>—No; me haría mal; ¡uf!... estoy muy agitado... qué calor tan +espantoso... ¡Si creía que no llegábamos nunca!</p> + +<p>—Siéntate aquí, mientras te traen el almuerzo. ¡Apúrese, José! Y +cuenta, ¿qué ha pasado?...</p> + +<p>—...Ahí traigo un montón de cartas... Pues cuando llegamos al «Paso», a +eso de las diez, en la esperanza de almorzar algo y esperar la caída del +sol, salió a recibirnos Anastasio con su facha patibularia. Al sofrenar +mi caballo, le di los buenos días, y no me contestó; pero creí no haber +sido oído, y me disponía a bajar, cuando dirigiéndose hacia mí, me dijo +textualmente: «Bajá, si querés que te cruce a lazazos».</p> + +<p>—¿Qué dices, Ricardo?</p> + +<p>—Lo que oyes; llámalo a Juancito y te lo repetirá. El pobre muchacho se +ha dado un susto mayúsculo. Cuando oí aquello, le pregunté:</p> + +<p>»—¿Por qué me dice eso, amigo?</p> + +<p>»—¡Porque lo voy a cumplir, hijo de tal!—me contestó.</p> + +<p>»En ese momento, Juancito, que se había bajado ya, montó de un salto y +acercándoseme, me dijo: «Vamos, don Ricardo, no le conteste»; pero yo le +dije: «No me insulte, Anastasio, porque le puede costar caro». Al oír +esto, se entró rápidamente y volvió a salir, poniéndose el cuchillo en +la cintura y con un amador en la mano, diciéndome:</p> + +<p>»—Caro me lo van a pagar ustedes—y al mismo tiempo gritaba hacia el +interior:—¡Enfréname el bayo!</p> + +<p>»Comprendí que iba a verme obligado a usar de mi revólver, y como +Juancito me gritaba de lejos que siguiera, que me iba a comprometer, +opté por aceptar su consejo y me alejé al galope, alcanzando a oírle +juramentos y amenazas contra ti. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?»</p> + +<p>—Que doña Ramona lo ha dejado y se ha venido; pero, ¡qué animal!...</p> + +<p>—No te decía yo, Melchor, que esto podría tener consecuencias.</p> + +<p>—¡Bah!... Perro que ladra, no muerde.</p> + +<p>—¿No muerde?... ¡Lo que soy yo no vuelvo a pasar por allí; y creo que +tú debes cuidarte de ese bandido.</p> + +<p>Al mismo tiempo que José avisaba que estaba listo el almuerzo de +Ricardo, Baldomero llegó y después de saludar a éste, dijo:</p> + +<p>—¿Ha visto, don Melchor, lo que ha sucedido?</p> + +<p>—Me estaba contando Ricardo.</p> + +<p>—¿Sabe que me están dando ganas de ir yo?</p> + +<p>—¡Ni se le ponga, Baldomero! Déjelo no más... eso, se arreglará solo.</p> + +<p>Ricardo se había levantado para almorzar y había sacado de un pequeño +paquete que le dio Juancito un montón de cartas que en su casi +totalidad estaban dirigidas a Melchor, a quien entregándoselas le dijo:</p> + +<p>—¡Ahí tienes lectura para rato!</p> + +<p>Melchor las tomó con cierta displicencia, preocupado con el incidente en +el Paso, y fue a sentarse en el escritorio, donde se aplicó a la tarea +de leerlas mientras Lorenzo hacía lo propio acompañando a Ricardo en la +mesa, junto con Baldomero.</p> + +<p>—De Clota...—decía Melchor a medida que leía los sobres;—ésta +también...; del viejo...; de Clota...; de Clota...; de mamá...; de +Lolita...; éstas tres de Clota...</p> + +<p>Y así fue clasificando las cartas que ponía reunidas por procedencias +hasta que, terminada esta operación previa, tomó todas las de Clota que +eran las más y procurando descifrar la fecha en el sello del correo que +inutiliza la estampilla perdió un buen rato en ponerlas por orden.</p> + +<p>—¡Cuántas cartas!... ¡qué barbaridad! Empezaré por la de mamá:</p> + +<p>«Hijo mío: Hace hoy ocho días que te fuiste y me parece que hace un año, +te extraño como si hiciera meses que no te viera, pero es porque para mí +es lo mismo no haberte visto en un mes que saber que no te voy a ver en +todo ese tiempo y por eso sufro ya como si estuviera hoy en el último +día de todos los que pasarán sin verte y sin oírte decir todos los +disparates con que me haces reír hasta cuando no tengo ganas de reírme. +Por aquí no hay más novedad, sino que tu Tata no se siente bien desde el +viernes, pero no es cosa de cuidado; todos te extrañan mucho y están +deseando que vuelvas; Clota ha llamado varias veces por teléfono para +pedir noticias y dice que no ha recibido cartas tuyas como nosotros +tampoco las hemos recibido, ¿qué es eso? ¿por qué no escribes?</p> + +<p>«Suspendo aquí porque en este momento entra Clota con la señora que +vienen a comer con nosotros. Recibe muchos abrazos muy fuertes de tu +madre.</p> + +<p>»P. S.—Rufino te manda muchos recuerdos.»</p> + +<p>Melchor quedó un largo rato con la cabeza apoyada en la mano izquierda +contemplando la carta que conservó en la derecha, mirándola con los ojos +desmesuramente abiertos, como si pretendiera ver algo más allá de +aquellos renglones trazados por la mano de su madre idolatrada, hasta +que de pronto la llevó a sus labios y la besó...</p> + +<p>Leyó después la de su padre, escrita el jueves, antes de sentirse mal; +las de sus hermanas, entre las que recibió una de la «nena» en que le +pedía que al regresar de la estancia le llevara «un pichón de paloma +pero que sea todo blanco»; las de sus amigos que invariablemente +lamentaban su «partida en secreto, como si no quisieras despedirte»; y +luego empezó a leer, por orden de fechas, las cartas de su novia.</p> + +<p>Más de una vez mientras las leía creyó alcanzar a ver que alguien se +asomaba por la puerta de la sala y así era en efecto, pues cuando +acababa de leer la última levantó de pronto la vista y vio en la puerta +a Ramona.</p> + +<p>—¿Qué quiere, Ramona?—le preguntó.</p> + +<p>Vestida con sus mejores trapitos y ceñida la cintura con una faja negra +que sobre la bata blanca marcaba nítidamente el límite de su robusto +talle, se aproximó cautelosamente mirando hacia el comedor y al estar +casi junto a Melchor le dijo:</p> + +<p>—¿Ha visto lo que ha hecho Anastasio?...</p> + +<p>—Eso no tiene importancia, Ramona, Anastasio estaría borracho...</p> + +<p>—Quién sabe, don Melchor... Anastasio es un hombre malo... muy malo...</p> + +<p>—¿Teme usted que le haga algo?</p> + +<p>—Por mí... no... don Melchor... y aunque me hiciera... aunque me +matara... ¿yo qué valgo?...</p> + +<p>—Anastasio se guardará muy bien de pensar en venir aquí a buscarla... +y con el tiempo se le pasará todo.</p> + +<p>—¿Usted cree, don Melchor?</p> + +<p>—Esté segura, Ramona... no le hará nada... no tema.</p> + +<p>—Ya le decía, don Melchor, por mí no tengo miedo ninguno.</p> + +<p>—Pues entonces, esté tranquila... o, ¿quiere volver al lado de él?</p> + +<p>—¿Por qué me dice «eso», don Melchor?—contestó ella aproximándosele +aún más, bajando la voz como temerosa de ser oída, e inundándole con +olor a cedrón de que tenía en la mano un gajo estrujado.</p> + +<p>—Le pregunto, Ramona, porque bien podría suceder.</p> + +<p>—¡Cómo había de ser!... ¿me cree capaz, don Melchor, de volverme con +ese hombre?...</p> + +<p>—Pues entonces esté tranquila, Ramona... vaya, no más, ocúpese de sus +cosas y no vuelva a hablarme de esto.</p> + +<p>—¿Me voy... entonces...?</p> + +<p>—Sí, Ramona; vaya no más.</p> + +<p>—Será hasta luego... entonces... ¡cuántas cartas ha recibido!... don +Melchor.</p> + +<p>—Es verdad... de la familia... y de mis amigos—dijo Melchor poniéndose +de pie, como para salir.</p> + +<p>—Ha de haber... alguna... otra... ¡no diga!</p> + +<p>—¡Bien puede ser!—le contestó sonriendo afablemente al dirigirse, como +lo hizo, hacia las piezas interiores contemplado desde la puerta del +escritorio por Ramona que al salir al corredor tiró a un cantero del +jardín el gajo de cedrón estrujado que tenía en la mano.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>La sobremesa de Ricardo se había prolongado comentando el suceso del +«Paso» y refiriendo detalles de su permanencia en el pueblo cuando se +presentó Melchor diciendo:</p> + +<p>—Voy a guardar estas cartas... ya vuelvo—y siguió de largo para su +dormitorio del que regresó en seguida.</p> + +<p>—Total—dijo Baldomero al sentarse Melchor, dirigiéndose a +Ricardo,—muchos cuentos... y de lo principal... ¡nada!</p> + +<p>—¿Me esperabas a mí, no es cierto?—dijo Melchor y dirigiéndose al +sirviente que se retiraba después de haber guardado unos platos:—José, +antes de irse, deme una taza de café.</p> + +<p>—Empezaré, pues, por lo que Baldomero llama lo principal.</p> + +<p>—¿Y de no?... ¿a qué fue don Ricardo?</p> + +<p>—¡Andando! Tienes la palabra.</p> + +<p>—Y en una sola lo diré todo: la «Pampita»...</p> + +<p>—¿El qué?</p> + +<p>—...la «Pampita»...</p> + +<p>—¡Acaba!</p> + +<p>—¡Se hace de rogar!... don Ricardo.</p> + +<p>—...pues... la «Pampita»...</p> + +<p>—¡Estás muy pavo!</p> + +<p>—¡...me... ha... desahuciado!</p> + +<p>—¡Eso no es cierto! no lo dirías en ese tono.</p> + +<p>—Ciertísimo, Melchor.</p> + +<p>—No te creo.</p> + +<p>—Bueno, cuenta cómo fue—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Ante todo no deja de ser realmente excepcional esta confidencia hecha +por mí a todos ustedes, en un asunto que generalmente se tramita a solas +con la propia conciencia; pero sería ridículo que tuviera secretos para +contigo, Melchor, tratándose de un síntoma de salud moral, readquirida +por tu esfuerzo; sería cuando menos pavo que los guardara para contigo, +Lorenzo, en un caso en que nos hemos hecho confidencias y confesiones +recíprocas, y sería ingrato con el amigo Baldomero, si no le contase +cómo me fue con su consejo, pues han de saber ustedes que lo consulté +con él. Hecha esta declaración previa, que se impone, voy a referirles +el episodio.</p> + +<p>El lunes llegué al pueblo a las cuatro más o menos, porque me demoré muy +poco en el «Paso», y después de descansar un rato y bañarme, fui a lo de +don Casiano como a eso de las siete. Al pasar la tranquera...</p> + +<p>—¡Se le haría cuesta abajo!...—dijo Baldomero riéndose.</p> + +<p>—...¡al contrario!... vi que la «Pampita» estaba sentada en el +corredor, leyendo, y tan absorbida en la lectura que no me sintió llegar +hasta que estuve junto al corredor, bajo ese aguaribay grande, ¿se +acuerdan? que está a la derecha. Al verme, dijo como si se tratara de la +cosa más habitual:</p> + +<p>—¿Es usted... señor?... Buenas tardes...—y cerrando el libro que puso +sobre la silla al levantarse, se aproximó al borde del corredor, +mientras yo bajaba del caballo, cuyas riendas puse en una horqueta +formada por un gajo roto.</p> + +<p>Yo no puedo pensar en describirla... ¡era algo estupendo!... tenía la +cabeza envuelta en una gasa verde oscura, recogida atrás con unos +mechones de cabellos envueltos con la gasa sobre la nuca marmórea, y que +me parecían luchar entre sí como si defendieran una posesión divina... +yo no he visto... no... ¡no hay en el mundo una criatura que se le +parezca!</p> + +<p>—¡Sabe, don Ricardo, que está apretando... la calor!</p> + +<p>—No interrumpa, Baldomero... y no se ría de mí... que usted las ha de +haber pasado iguales...</p> + +<p>—Es un decir... don Ricardo.</p> + +<p>—Pues en cuanto bajé del caballo vi aparecer al «ñato», a otro +individuo que parecía peón, a una señora de buen aspecto y alguien +más... no me acuerdo... que me miraron desde una distancia y se alejaron +en seguida, en momentos en que la «Pampita» me tendía la mano y me +saludaba como a un viejo amigo, ofreciéndome asiento. Después supe que +aquella señora era su maestra de labores y que pasa una temporada con +ella. Le pregunté por su padre: «Está en el pueblo», me contestó, +agregando: «Quizá venga antes de comer; ¿quiere hablar con él?» «Sí... +y... no... señorita», le repuse. Ella me miró fijamente un instante y +girando sobre sí misma tomó del asiento que ocupaba el libro que había +estado leyendo y que fue a poner de canto entre las rejas de la ventana +próxima. Al volver a sentarse me dijo que no sabría descifrar el enigma +planteado con mi contestación. «Quizá» le contesté «fuera indiscreto +aclararlo sin su permiso.» «¿Y necesita usted de mi autorización para +hablar?», me preguntó riéndose. «No se ría usted» le dije, «porque acaso +hubiéramos de hablar de cosas serias... muy serias». «Vea, usted... +señor... a mí me interesan siempre las cosas serias... a pesar de ser +una muchacha como cualquiera... Cuando vienen ciertas personas a visitar +a tata y hablan de «cosas serias», yo me entretengo mucho más que con +las conversaciones de mis amigas... ¿qué raro, eh?» «En un espíritu +selecto como el de usted» le respondí, «eso se explica; pero, +desgraciadamente, mi conversación no tendrá aquel carácter, y permítame +que insista en pedirle su permiso para hablarle de las «cosas serias» a +que me he referido.» ¿Y quieren creer ustedes lo que me dijo?... Pues me +preguntó con una ingenuidad insuperable: «¿Usted va a comer con +nosotros?» Yo me quedé como aturdido y sólo atiné a decirle: «Creo que +usted no está segura de que su señor padre venga a comer...» «Por eso le +pregunto» me contestó, «para mandarlo buscar.» «Pues bien», le dije, en +una forma que no pude reprimir, «de usted depende que acepte su +inestimable invitación o que me retire inmediatamente, y acaso para +siempre». Yo había visto a la Pampita sonriente, amable, bromista, +seria, sin perder el gesto de suprema bondad que la distingue: ¿te +acuerdas, Lorenzo? Pero yo no había imaginado ver aquella divina +expresión de dignidad reposada y grave con que habló conmigo desde ese +instante para decirme después y reiteradamente: «Yo tengo que +agradecerle de veras, señor, el honor que usted me dispensa, pero que, +aun cuando me sintiera inclinada a aceptar, por mucho que no lo merezca, +no podría aceptarlo sin menoscabar el concepto que me he formado de mis +deberes de hija: yo me debo a mi padre, señor, y sería una criminal—yo +lo entiendo así, perdóneme—si lo abandonara en sus últimos años». «¿Ni +con el asentimiento de él?» le pregunté, y me contestó: «Ni con el +asentimiento de él... que me lo daría, estoy segura, si creyera que +podría hacerme más feliz...—pero que yo tendría que juzgar en su +verdadero significado: como un supremo sacrificio hecho por mí y que yo +no podría imponer ni aceptar».</p> + +<p>—¡No le decía!... don Ricardo... ¡si esa muchacha es tremenda!... Y +diga que usted iba con buenas intenciones...</p> + +<p>—¿Y al fin?—dijo Melchor,—¿a qué arribaron?</p> + +<p>—¡A nada!... A la noche volví y hablé con don Casiano largamente; le +expuse con toda franqueza mis aspiraciones y hasta lo que tengo y lo +que tendré con el tiempo en punto a recursos: llegué a decirle que +liquidaría todo y me vendría a establecer aquí; el buen viejo me trató +con toda consideración; pero diciéndome invariablemente: «Vea, señor, lo +que ella resuelva, estará bien... ¿qué quiere que yo me ponga a +contrariarla?... háblele usted, no más... y si es por visitarla, puede +venir cuando quiera». Así lo hice; el martes, casi pasé el día allí; +comí con ellos, tocamos el piano, conversamos largamente; volví ayer... +hemos estado horas y horas solos; pero la última palabra de la Pampita +al despedirme fue la primera: «Me debo a mi padre y no lo abandonaré en +sus últimos años». «¿Me permite usted que la frecuente?» le dije +teniéndole la mano tomada. «Siempre me será grata su visita», me +contestó, y cuando salí por la tranquera para venirme, la vi en el +corredor; la saludé con el sombrero y ella me contestó con la mano. Me +vine y... aquí estoy.»</p> + +<p>—Mi opinión, Ricardo, es que tú nos cuentas la mitad de la jornada; +pero con lo dicho me basta para comprender que esto es asunto concluido.</p> + +<p>—No he reservado nada, Melchor; te he dicho toda la verdad, ¿y +concluido?... ¿por qué?...</p> + +<p>—Porque si la Pampita no te aceptara de plano, te lo habría dicho o te +lo habría hecho saber por don Casiano.</p> + +<p>—Es claro que no les he repetido sílaba por sílaba cuanto hemos +hablado, pero tengo la certeza de que si don Casiano vive veinte años, +durante ellos la Pampita se conservará igual.</p> + +<p>—¡Qué se va a conservar!... ¡no seas ingenuo!... mantiene una actitud +simpática, porque es inteligentísima, para hacerse más interesante, pero +ha comprendido que tú eres un gran partido y no lo perderá.</p> + +<p>—Haces mal en hablar así... la Pampita es incapaz de una coquetería, ni +de una farsa: me ha revelado un propósito firme y sincero, que nada ni +nadie hará modificar.</p> + +<p>—Bueno; no te resientas.</p> + +<p>—¡Si no me resiento!</p> + +<p>—Haces una defensa que lo parece.</p> + +<p>—Es que tú pretendes presentar a la Pampita como a una cualquiera.</p> + +<p>—No, Ricardo, yo no puedo considerarla con tu criterio, esto es todo; +creo que es una mujer, y nada más; y así, la juzgo como a todas... +igualita a todas: las novias, o las solteras en un grupo: buenas, +amables, sencillas, modestas, etcétera... preparándose a formar el otro +grupo, ¡el antitético!</p> + +<p>—La Pampita no es de esa clase, Melchor, y tan no lo es, que se +conserva hace tiempo en la misma actitud y no la modificará ni por mí ni +por nadie.</p> + +<p>—Vuelve mañana; insiste; plantea un dilema de términos extremos, y ya +verás... ¡La Pampita no puede ser una mujer distinta de todas!</p> + +<p>—¡Pues lo es! y no me ciega un entusiasmo perturbador; pero sé +perfectamente que aun cuando me aceptara de plano, como tú dices, se +mantendría en su actitud de hoy, mientras viva su padre; podré ir +veinte, cien veces, y siempre me diría lo mismo.</p> + +<p>—¡Quién sabe! Ricardo, insiste y allá veremos.</p> + +<p>—Este no es asunto que se gane con la insistencia, ¿no es verdad, +Baldomero?... usted que la conoce bien.</p> + +<p>—Así es, sí, señor; pero lo que usted cuenta, ¿sabe? ya es un adelanto +y puede que volviendo muchas veces... porque vea, don Ricardo, que +«cuantos más chicharrones más grasa sale...»—contestó Baldomero +provocando carcajadas hasta del mismo Ricardo.</p> + +<p>—En fin—dijo Lorenzo,—yo pienso como Melchor: ¡ésta es campaña +ganada, Ricardo!... ¡Y tanto que si quieres acompañarnos a una siestita, +podrás dormir sobre tus laureles!... ¿eh?...</p> + +<p>—¡Qué va a dormir, Ricardo!... No está para eso.</p> + +<p>—¿Que no, Melchor? dormiré a pierna suelta, buena falta me hace.</p> + +<p>—Y a todo esto, Ricardo, ¿cuál es el síntoma de salud moral a que te +referiste?</p> + +<p>—¡Hombre!... que si la Pampita me desahuciara rotundamente, ¡y eso que +esta vez va como nunca!, yo me conformaría pensando...</p> + +<p>—¡Con los colores complementarios!—le interrumpió Melchor.</p> + +<p>—No, ché, pensando en lo que tú nos decías en el tren, ¿te acuerdas? +«el mundo está lleno de Clotas».</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—¿Quiere que vayamos, don Melchor, a ver esa hacienda que han traído?</p> + +<p>—Bueno, ¿ustedes se animan?</p> + +<p>—No, ché, yo voy a quedarme para escribir a casa.</p> + +<p>—Y yo también; ya te dije.</p> + +<p>—Estoy por imitarlos, Baldomero, porque no escribo hace días. ¿Qué le +parece que fuéramos mañana a ver la hacienda?</p> + +<p>—Mejor que escriba mañana, don Melchor; de todos modos Hipólito saldrá +tarde... y siempre tendrá tiempo... también puede escribir luego, a la +noche, ¿no le parece?</p> + +<p>—¡Estoy tan cansado!...</p> + +<p>—¿De qué, don Melchor?... Usted ahora sabe cansarse de nada...</p> + +<p>—He andado tanto estos días... y he dormido poco en las últimas noches.</p> + +<p>—¡Tu receta, Melchor, acuérdate!—intercedió Ricardo,—contra el +cansancio, el ejercicio.</p> + +<p>—Sí, don Melchor, vamos; puede que hallemos algún animal que valga, +porque a veces en tropas así sabe venir, «un repente», algún mestizo de +sangre.</p> + +<p>—Bueno, voy a vestirme; ¿mandó ensillar?</p> + +<p>—¿En cuál va a ir?... ¿En el zaino?...</p> + +<p>—No; hágame ensillar el <i>Platero</i>... con recado, ¡eh!—repuso Melchor +dirigiéndose a su dormitorio.</p> + +<p>Bajo el corredor quedaron con Baldomero, Lorenzo y Ricardo tomando mate +y comentando el deseo de Melchor de montar al <i>Platero</i>, redomón que lo +era aún y que podía dar una sorpresa; pero las órdenes de Melchor se +cumplían al pie de la letra y momentos después el <i>Platero</i> ensillado +giraba amenazante y piafando alrededor del pilar de la caballeriza en +que había sido atado.</p> + +<p>Melchor apareció calzando botas y vestido con amplia bombacha negra +ceñida por un cinturón de gamuza blanca; blusa negra; chambergo color +plomo; en el cuello un pañuelo celeste cuyas puntas delanteras caían +sobre la pechera de su camiseta y en la mano un pequeño rebenque, +trenzado, con virolas de plata.</p> + +<p>—¿Qué tal?—preguntó al presentarse.</p> + +<p>—¡Pareces un gaucho de verdad!</p> + +<p>—A mí me pareces otra cosa: un orillero de Palermo con ínfulas de +hombre de campo—dijo Lorenzo.</p> + +<p>—Mejor estaría de frac y sombrero de copa, ¿no?...</p> + +<p>—¡Sin duda! Cuando menos, Melchor, estarías en traje más propio de tu +condición.</p> + +<p>En ese momento apareció Ramona y dirigiéndose a Melchor le entregó un +perfumado pañuelo de manos, diciéndole:</p> + +<p>—Tanto pedírmelo y se iba sin él.</p> + +<p>—Es verdad, gracias. Conque, ¿vamos, Baldomero?</p> + +<p>—...Cuando... quiera... don Melchor—dijo Baldomero, que se había +quedado contemplando a Ramona.</p> + +<p>Acompañados por Ricardo y Lorenzo se dirigieron a la caballeriza donde +Hipólito palmeaba en la tabla del pescuezo al <i>Platero</i>, mientras lo +tenía sujeto por una oreja.</p> + +<p>—Aguarde que yo monte, don Melchor; ¡tenéselo, ché, Hipólito!</p> + +<p>—¿Por qué, Baldomero?</p> + +<p>—Para pechárselo, si es caso—repuso éste al montar en su «azulejo», +agregando:—Monte ahora, don Melchor.</p> + +<p>Este había puesto el pie en el estribo, pero el <i>Platero</i> giraba sin +cesar y sin dar tiempo a montar, hasta, que parado un instante Melchor +aprovechó para volear la pierna en el mismo momento en que el redomón se +tendía de costado, como en una espantada, abalanzándose hasta dar +algunos pasos en las patas traseras.</p> + +<p>—¡Y que te me ibas!... ¡maula!...—gritó Melchor afirmándose en el +recado y dando un formidable rebencazo al <i>Platero</i>, que arqueándose +agachó la cabeza, lanzó como un rugido, dio un corcovo colosal que hizo +cimbrar a Melchor, y partió medio trabado avanzando de través hacia el +alambrado de la quinta, al que no llegó porque Baldomero, rápido y +oportuno, le puso el «azulejo» al lado, diciéndole a Melchor:</p> + +<p>—¡No lo castigue!—y los dos caballos partieron pujando como en una +carrera que hubiese de darse «puesta».</p> + +<p>—Cualquier día van a costarle caras estas gracias—dijo Lorenzo, +contemplando a Melchor sobre cuyos hombros se veía a la distancia las +puntas flotantes del pañuelo, agitadas por el vendaval que el <i>Platero</i> +producía.</p> + +<p>—¡Ni potro que fuera... para sacarlo a don Melchor!—se aventuró a +decir Ramona, como si la agitara un hondo orgullo ante la proeza +realizada por su patrón.</p> + +<p>—Él mandó... por eso lo ensillé—dijo Hipólito, contestando a Lorenzo, +como si considerara que le alcanzaba el reproche.</p> + +<p>—Yo no hago un cargo a nadie, Hipólito; pero si un día ocurre una +desgracia todos vamos a ser culpables.</p> + +<p>—Mientras esté don Baldomero no ha de ser.</p> + +<p>—Dios lo quiera—repuso Ricardo, dirigiéndose con Lorenzo hacia el +escritorio, en el que se disponían a escribir.</p> + +<p>Sentados frente a frente y listos para empezar la tarea, dijo Ricardo, +golpeando con la pluma en el fondo del tintero, como si quisiera +empaparla mejor:</p> + +<p>—¿Sabes, Lorenzo, que estoy con una preocupación?</p> + +<p>—Yo tengo la misma.</p> + +<p>—¿Cuál?</p> + +<p>—Melchor.</p> + +<p>—¿Cómo has adivinado?</p> + +<p>—No podía ser otra.</p> + +<p>—¿Y en qué consiste la tuya?</p> + +<p>—En el cambio radical que se está operando y acentuando en él.</p> + +<p>—¡Has visto!...</p> + +<p>—Hace ya muchos días que lo observo, y hasta me ha parecido más de una +vez que se excedía en la mesa.</p> + +<p>—De eso es el sueño que lo invade después de comer, y yo lo he visto +muchas veces, entre horas, tomando coñac en el antecomedor.</p> + +<p>—¿Es posible?... ¿A más del vino de la mesa?</p> + +<p>—Él me ha dicho que lo toma para ayudar a la digestión... cuando come +demasiado.</p> + +<p>—...¡Un muchacho que nunca ha bebido!... Y en todo se le nota un cambio +alarmante... Está perezoso... indolente... todo lo deja para después... +tiene un montón de cartas sin contestar...</p> + +<p>—Hay otro detalle más extraño y es su afán de quejarse de todo: nadie +lo quiere, nadie le guarda consideración, sus amigos no le escriben, +¡qué sé yo!</p> + +<p>—A mí me tiene esto más preocupado de lo que tú te imaginas; pero no me +resuelvo a hablarle porque temo que se enoje; por otra parte, ya no es +un chico, y quién sabe a qué propósitos responde con su actual conducta.</p> + +<p>—A nada, ché, Lorenzo, ¿qué se va a proponer?... Es dejadez, no más; va +en camino de ponerse en el mismo estado de laxitud o de atrofiamiento +moral en que nosotros estábamos.</p> + +<p>—Y de que él nos sacó...</p> + +<p>—Sí, pero es distinto; nosotros teníamos causas que podían ser +combatidas por él, como lo hizo excitivamente; pero en él no ocurre lo +propio.</p> + +<p>—En él debe haber una causa también.</p> + +<p>—¡Vaya uno a buscarla!... ¡bah!... ¿y quién nos dice que todas las +amabilidades y todos los altruismos de Melchor no han respondido al +deseo de reciprocidades, que cree no haber conseguido y de ahí su estado +actual...?</p> + +<p>—¿Por qué pensar eso?...</p> + +<p>—Digo no más... porque veo que él cambia por instantes... y no para +mejorar... y además yo no encuentro la causa de este cambio, que a mí me +parece de muy mal aspecto...</p> + +<p>—Sí... realmente... pero... ¡en fin!... yo me encuentro perplejo, no sé +qué partido tomar...</p> + +<p>—Yo pienso que lo discreto es no meternos a redentores; si a él le +gusta la vida que está haciendo, ¡que la haga!</p> + +<p>—Tal vez pudiéramos influir en algún sentido... quizá volviéndonos a +Buenos Aires.</p> + +<p>—¡Ya estás pensando en eso!...</p> + +<p>—Tú podrías quedarte, desde que tienes un interés; pero yo me iría con +él.</p> + +<p>—Y crees que Melchor acepte el regreso ya... ¡No creas!</p> + +<p>—¿Y por qué no?</p> + +<p>—¿Pero no has observado que él lo pasa «ahora» muy bien?...</p> + +<p>—...Algo me ha parecido notar...</p> + +<p>—¡Sí, hombre! si Baldomero lo ha comprendido y me lo ha dicho anoche. +Creo que él piensa hablarle...</p> + +<p>—...¡Qué colmo sería!...</p> + +<p>Entretanto el <i>Platero</i> había disminuido sus impulsos y galopaba +tranquilo como un caballo definitivamente domado.</p> + +<p>—Sujetemos, don Melchor.</p> + +<p>—Sujetemos—contestó éste poniendo su caballo al paso. Así siguieron +contemplando el estado del campo y el de las haciendas, gordas «a +rajarlas con la uña».</p> + +<p>—¿Qué año excepcional, eh?</p> + +<p>—Así es, don Melchor, para las siembras y la hacienda.</p> + +<p>—A eso me refiero.</p> + +<p>—Yo también...</p> + +<p>—¿Por qué me lo dice en ese tono?</p> + +<p>—Vea, don Melchor... yo quería hablar con usted... si me permite... +¿sabe?... porque no querría faltarle... ¿me comprende?...</p> + +<p>—Puede hablar, Baldomero, todo lo que quiera, lo que es por mí...</p> + +<p>—Yo digo por el respeto, ¿no?... porque a la verdad, que si el patrón +llegase a venir...</p> + +<p>—¿El qué?... ¡Hable claro!</p> + +<p>—Porque yo veo cosas... Don Melchor... ¡vamos!... que no están bien... +y en una persona como usted... don Melchor... que no es por alabarlo... +pero usted comprende bien que todo se sabe... y después son los +enredos... y vaya, que lo llegue a saber la familia.</p> + +<p>—Mire, Baldomero, yo he vivido bastante para necesitar consejos, ¿me +entiende? y sé lo que hago y hago lo que se me da mi real gana.</p> + +<p>—No digo lo contrario... no, señor; pero vea: esos mozos que están con +usted...</p> + +<p>—¡Son pavadas! de ellos, que quieren que me pase el día escribiendo +cartas a cuantos imbéciles me escriben...</p> + +<p>—No es eso... no... don Melchor...</p> + +<p>—...y que se espantan porque tomo vino en la mesa.</p> + +<p>—Tampoco... don Melchor...</p> + +<p>—...como si pudiera hacerme mal.</p> + +<p>—¿Quién va a decir eso?...</p> + +<p>—...porque ahora tomo y antes no tomaba... ¡bah!...</p> + +<p>—No es eso... don...</p> + +<p>—¡Bueno, Baldomero! ¡ya basta!... ¿me entiende?... No me venga usted +con pavadas que no voy a atender—exclamó Melchor vehementemente.</p> + +<p>—No le hablaré entonces, don Melchor.</p> + +<p>—¡Sí, es lo más discreto! ¡y basta!</p> + +<p>—...si se ha de incomodar... pero no son pavadas... no... señor... +no... son... pa... va... das...—repetía Baldomero, como hablando +consigo mismo y en silencio continuaron durante todo el tiempo que duró +la jira hasta que Melchor dijo:</p> + +<p>—¿Volvamos?...</p> + +<p>—Volvamos... don Melchor.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—Hoy es el día de más calor que hemos tenido, ¿no te parece?...</p> + +<p>—El termómetro lo confirma, Lorenzo; a las diez marcaba 39 grados.</p> + +<p>—¡Cómo estarán en Buenos Aires, ché, Melchor!</p> + +<p>—Ya ves... y tú decías que es preferible vivir allá.</p> + +<p>—Con todo, ché: los ventiladores... los baños... los helados...</p> + +<p>—En cambio aquí refresca a las tardes, y las noches son siempre +soportables, cuando menos.</p> + +<p>—¿Lloverá hoy?—preguntó Ricardo.</p> + +<p>—¡Sin duda!—dijo Melchor,—el barómetro marca ya 755 +milímetros—agregó, mirando al que pendía de la pared del comedor, donde +acababan de almorzar.</p> + +<p>—¡Qué agradable sería dormir la siesta bajo un buen aguacero!</p> + +<p>—Aquí tienes, ché, Ricardo, un día excelente para ir a visitar la +«Pampita»... y hacer méritos...</p> + +<p>—¡Hacer una barbaridad!... porque me moriría en el camino.</p> + +<p>Así habría sucedido sin duda, pues un sol de fuego caía a plomo sobre +los campos, en los que danzaba macábricamente un temblequeante vaho de +capas superpuestas entre las que todo se agitaba, desfigurándose con +perfiles movibles y ridículos, pues tan pronto parecía que los álamos y +los eucaliptus se encogían en contorsiones de dolor, como parecía que +los ombúes se empinaban en espirales, o que las vacas multiplicaban +repentinamente el número de sus patas, sus cabezas, o sus colas.</p> + +<p>Las ovejas se agrupaban protegiéndose mutuamente de la calcinación solar +de los sesos, que cada una ponía bajo el vientre de la vecina, hasta +ofrecer, en compacto conjunto, el aspecto de grandes quillangos puestos +a secar.</p> + +<p>En los sitios en que la densidad de las capas atmosféricas era mayor, +los fenómenos del espejismo se mostraban en forma de lagos y de ríos +que, no por ser idénticos a los verdaderos, llegaban a engañar al ojo +inerrable de los animales sedientos.</p> + +<p>Bajo la sombra de los ombúes de la caballeriza, se refugiaban los perros +echados de lado, con las patas estiradas como para ahorrarse el calor de +sus contactos, indiferentes a la presencia de las gallinas que buscando +la misma sombra, se ubicaban junto a ellos, salpicándolos con la tierra +que removían con las alas en procura de capas más frescas y sólo cuando +algún idilio gallináceo molestaba demasiado a un perro, éste se +levantaba resignadamente, daba algunos trancos, dirigía una mirada hacia +el campo como pensando: ¡qué calor tendrán las vacas!, y se echaba de +nuevo rezongando entre colmillos algún lamento perruno.</p> + +<p>De pronto un gallo, como si recordase repentinamente una orden, olvidada +al amanecer, lanzaba las cuatro notas de su vibrante canto al que sólo +respondía, por excepción, el ronco trisílabo de un gallito enano y +tuerto trepado al eje de un carro en la caballeriza, por cuyos pesebres +circulaban cacareando «sotto-voce» las gallinas más inquietas del +corral.</p> + +<p>En competencia con ellas, las movedizas ratoncitas pululaban gorjeando +vibrantemente y era interesante seguir el revoletear de cualquiera que, +del barrote superior de una ventana, modulaba su trino y se descolgaba +veloz hasta el pie de un rosal, donde cantaba de nuevo, para dirigirse +como en una diligencia urgente a posarse de costado en la pata del catre +en que dormía un peón, repetir allí su trinar aleteado y volar a un +tirante del techo de la caballeriza, recorrerlo afanosamente, como un +pesquisante tras del delincuente, aparecer por el otro extremo, mirando +a todos los rumbos y partir, de pronto, en línea recta hacia la glorieta +del jardín.</p> + +<p>A ratos se oía el «meee» tembloroso de algún corderito afligido; el +silbar, agudo y breve, de los cardenales bajo el corredor; la carcajada +burlona de los «pirinchos» y el trueno retumbante y sordo de una gran +tormenta que avanzaba lentamente, como llevada por viejos bueyes +cansados.</p> + +<p>A medida que el sol declinaba, ascendía la tormenta pesada y amenazante, +hasta que llegó un momento en que tomó vuelo, avanzó resueltamente sobre +el sol enviándole una avanzada de nubes que lo velaron un poco, mientras +el grueso de la tempestad proyectaba a lo lejos negras sombras que se +disipaban a trechos cada vez que, del seno de las nubes, partía el +repentino fogonazo de un relámpago cuya luz se mostraba por grandes +claros en las sombras del suelo—a la manera de los que se abren en los +camalotes o en las algas que cubren aguas tranquilas cuando se arroja +sobre ellos una piedra.</p> + +<p>De pronto cruzó una ráfaga de aire fresco que se aceleró por instantes, +intensificándose hasta disolver los grupos de sofocadas gallinas, +levantar torbellinos danzantes de polvo, sacudir los ramajes y aun +torcer las copas de los mismos ombúes, gruesos y anchos, como una +satisfacción sanchesca.</p> + +<p>Las palomas salieron del sopor en que habían dormitado, lanzándose en +dos bandadas a combatir con las rachas, como dos escuadrillas que +evolucionaran en un mar agitado, para regresar al puerto en línea, de +combate por rumbos contrarios.</p> + +<p>De pronto también las copas de los árboles volvieron a su posición +recta; el polvo quedó en suspensión descendiendo, lentamente, sobre el +suelo; las haciendas levantaron la cabeza como investigando la causa de +aquel cambio; los caballos relincharon un rezongo; el sol brilló de +nuevo en todo su esplendor, rencoroso y candente: la tormenta había +pasado en su colosal ruta parabólica, rumbo al poniente, donde pareció +detenerse, como a esperar al sol.</p> + +<p>Baldomero, de pie en la puerta de su dormitorio, dijo, prendiéndose el +tirador que sujetaba sus bombachas y mirando a la tormenta:</p> + +<p>—¡Ah!... ¡canalla!... no quisiste descargar... ¡Si la seca se afirma... +yo no sé qué va a ser!...</p> + +<p>Y como si la tormenta, envuelta en el conglomerado de sus cirrus +obedeciera a su voz, empezó a moverse hacia el sud, siguiendo la línea +del horizonte lentamente, casi agazapándose, como si quisiera realizar +un movimiento envolvente para tomar al sol por retaguardia, mientras +éste seguía en su aparente caída diurna.</p> + +<p>Al llenar el cuadrante que recorría, la tormenta desplegó sus avanzadas +hacia el cénit desarrollándose en toda su amplitud, y, a medida que el +sol descendía a su ocaso, ella ocupaba la imponderable inmensidad del +cielo, anticipando y ennegreciendo la luz crepuscular de aquella tarde.</p> + +<p>Cuando el sol se hundía, como una enorme elipse roja, tras las capas +atmosféricas que ondulaban sobre el suelo, la tormenta, silenciosa, +solemne, triunfal, descargó sus primeras gotas que, amplias y gruesas, +golpeaban en los ramajes y levantaban del suelo tenues circulillos de +polvo finísimo.</p> + +<p>Sin relámpagos, sin truenos, la lluvia se hacía más copiosa cada vez, +hasta convertirse en un diluvio nutrido y firme que el suelo absorbía +sediento, dejando que el exceso de agua se acumulara en pequeñas +corrientes que seguían el desnivel del piso como arroyos y ríos vistos +desde gran altura y mientras el formidable aguacero caía como una +colosal cortina chinesca de gruesos e infinitos hilos incoloros, las +movedizas «ratoncitas» trinaban en los tirantes de los aleros como +diciendo acongojadas: ¡qué va a ser de nosotras!...</p> + +<p>La lluvia continuó sin interrupción alegrando y reviviendo todo y cuando +los tres amigos, ya casi de noche, tomaban asiento en el comedor se oyó +ladrar los perros como si algo extraordinario ocurriera.</p> + +<p>—¿Qué sucede, José?—preguntó Melchor al sirviente que ponía la sopa en +la mesa.</p> + +<p>—Debe andar gente, don Melchor, por como ladran... voy a ver.</p> + +<p>Tras del sirviente salieron al corredor Melchor y Lorenzo que por el +ruido continuado de la lluvia sólo pudieron percibir los gritos de +Hipólito llamando a los perros y los de Baldomero que por el corredor de +sus piezas se dirigía a la caballeriza preguntando en voz alta:</p> + +<p>—¿Qué hay?...</p> + +<p>Momentos después se presentó Baldomero, de cuyo poncho se escurría el +agua por las puntas y dirigiéndose a Melchor le dijo:</p> + +<p>—Son dos gringos... mercachifles... que piden pasar la noche; ¡pero +cómo llueve!...</p> + +<p>—Pobres infelices—dijo Lorenzo al mismo tiempo que Ricardo +incorporándose al grupo preguntaba:</p> + +<p>—¿Qué es lo que hay?</p> + +<p>—Vea, Baldomero, dígales que esto no es posada.</p> + +<p>—¡Qué?... ¿Los vas a echar, Melchor?...</p> + +<p>—Déjelos, don Melchor—dijo Baldomero,—que duerman en la +caballeriza... ¿qué mal pueden hacer?... ¡Llueve tan feo!...</p> + +<p>—¡Como han venido, que se vayan!</p> + +<p>—No hagas eso, Melchor.</p> + +<p>—¡Pero! ¿qué es lo que hay?—repitió Ricardo.</p> + +<p>—Dos gringos, ché—le contestó Melchor,—dos bribones... que quieren +pasar aquí la noche.</p> + +<p>—¿Y...? déjalos...</p> + +<p>—¡Ni pienso!... Vaya, Baldomero, y hágalos salir del campo.</p> + +<p>—¿De «verdá», don Melchor...?</p> + +<p>—¿Pero no me entiende?... ¿o quiere que vaya yo?...</p> + +<p>—Déjalos, ¡infelices!—insistió Lorenzo.</p> + +<p>—¡No quiero!... ¡Vaya!... ¡No me da la gana!...</p> + +<p>—Está bien, don Melchor—dijo Baldomero dirigiéndose hacia la +caballeriza por el caminito del jardín en el que quedaron visibles, a la +luz del farol del corredor, las hondas huellas de sus botas.</p> + +<p>—¡Baldomero!—gritó Melchor aproximándose al límite del corredor, hasta +recibir algunas gotas de lluvia y haciendo bocina con la mano,—¡que los +acompañe Hipólito hasta la tranquera!</p> + +<p>—Está bien, señor—se oyó a la distancia bajo la lluvia y momentos +después los dos mercachifles cargados con un enorme peso que aquélla +aumentaba, salían chapaleando barro, conducidos por Hipólito a caballo, +mientras Melchor desdoblaba la servilleta que se ponía en las faldas, y +tomaba un plato de suculenta sopa de arroz con ajíes de la huerta...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—¡Así!...—decía Baldomero, juntando los dedos de ambas manos, y riendo +placenteramente,—¡así!... va a caer gente el domingo...¡Si se me hace +que no va a faltar nadie!...</p> + +<p>—¿Y vendrán muchachas?—preguntó Lorenzo.</p> + +<p>—¡Como gato al bofe!... señor. ¿En habiendo bailable?... ¡ni qué +hablar! ¡Y más cuando han sabido que es por festejar el santo de don +Melchor y qué habrá carneada... y carreras! ¡Viera don Lorenzo, cómo +abren los ojos, los mozos, cuando les digo que usted va a largar +«veinte» de premio al mejor flete criollo en seis cuadras!... ¡Si se me +hace que hasta de a pie la corrían!</p> + +<p>—¿Avisó al comisario, Baldomero?</p> + +<p>—Hoy de mañana le hablé, don Melchor, y me dijo que estaba gustoso y +que no faltaría.</p> + +<p>—Yo creo—dijo Ricardo,—que para un «fieston» como el que preparan +deberías invitar a don Casiano... quizás viniera.</p> + +<p>—¡Anda tú!... Vas mañana... y te lo traes el domingo.</p> + +<p>—¿En serio?... ¿Me autorizas para ir a invitarlo en tu nombre?</p> + +<p>—¡Por indicación tuya!... ¡pero no le digas que se trata de mi +cumpleaños, porque lo pondrías en el compromiso de regalarme algo y no +sea el diablo que me regalara... la «Pampita»!</p> + +<p>—¡No seas bárbaro!... Bueno: ¿voy?</p> + +<p>—Como te parezca... lo que es por mí...</p> + +<p>—Convenido; ¿me hará preparar caballo, Baldomero?</p> + +<p>—¿Cómo no, señor, si usted dispone?</p> + +<p>—¿Y me acompañará Juancito?</p> + +<p>—¡Sí, hombre!, te acompañará Juancito... y llevará el «tostado» ¡que es +de «anca»!... por si hay que traer a la «Pampita».</p> + +<p>—Te ha dado fuerte con la «Pampita»...</p> + +<p>—¡Más fuerte te ha dado a ti!</p> + +<p>—¿Y qué camino debemos tomar, Baldomero, para evitar un nuevo encuentro +con Anastasio?</p> + +<p>—Juancito le dirá, don Ricardo; pueden pasar por el campo de los Gómez, +¿sabe don Melchor? que no es una vuelta grande.</p> + +<p>—¡Y aunque sea! Yo soy capaz de dar la vuelta al mundo por no +encontrarme con Anastasio.</p> + +<p>—Qué, ¿le tiene tanto miedo?</p> + +<p>—Miedo, no, Baldomero; ¿pero a qué comprometerme?</p> + +<p>—¡Cuando ya estás comprometido con la «Pampita»!—dijo Melchor, +sonriendo.</p> + +<p>—¡Dale con la «Pampita»...! casi estoy por creer que te acuerdas más de +ella que de Clota...</p> + +<p>Melchor, que acababa con el mate que tenía en la mano, se lo dio a +Ramona, diciéndole:</p> + +<p>—No me dé más.</p> + +<p>La conversación continuó anticipando comentarios sobre las fiestas +proyectadas para festejar el cumpleaños de Melchor, postergado hasta el +domingo, con el objeto de poder darle todo el esplendor que, según +Baldomero, merecía.</p> + +<p>—Al fin son dos días, no más, mientras que mañana no podrían venir +muchos—decía éste.</p> + +<p>—Lo que a mí me interesa más es el baile—dijo Lorenzo,—porque nunca +he visto un «pericón», ni un «gato», ni nada de eso.</p> + +<p>—Pues saldrá de la «curiosidá», don Lorenzo.</p> + +<p>Baldomero se interrumpió de pronto, poniéndose de pie y mirando a la +distancia atentamente en forma que despertó la curiosidad de todos, que +se levantaron también preguntándole:</p> + +<p>—¿Qué mira?...</p> + +<p>—...Allá... Si no me engaño... viene un coche... y viene para acá...</p> + +<p>—¿Dónde?</p> + +<p>—...Allá... bajando la loma... ¿ve?... derechito a la tranquera...</p> + +<p>—¡Es cierto!—dijo Lorenzo.—Ahora lo veo perfectamente.</p> + +<p>—Y yo también—dijo Ricardo,—podríamos ir a salirle al encuentro; ¿qué +les parece?</p> + +<p>—Vamos, la tarde está fresca.</p> + +<p>—¡No ve! Don Melchor: ahí endereza a la tranquera, ¿quién será?...</p> + +<p>—Ahora lo sabremos, vamos.</p> + +<p>El grupo se dirigió al encuentro del coche que visiblemente se dirigía a +la «Celia».</p> + +<p>—Viene del pueblo, don Melchor... de la cochería de Gaspar, ¿sabe?... y +viene con una persona...—dijo Baldomero.</p> + +<p>—¿Quién será?</p> + +<p>—Alguno de los muchachos, ¿no te parece, Melchor?... que viene a pasar +el día de mañana contigo.</p> + +<p>—¡No, Lorenzo!... ¿quién va a pensar en eso!</p> + +<p>—¿Y por qué no?...</p> + +<p>—Porque no...</p> + +<p>El carruaje había pasado la tranquera y se aproximaba rápidamente al +grupo que se había detenido a contemplarlo bajo un árbol, cuando de +pronto vieron que el viajero les anticipaba un saludo agitando su +sombrero.</p> + +<p>—¡Es Rufino!... ¡Es Rufino!...—dijo Lorenzo y agregó con viva +satisfacción:—¡qué bueno!</p> + +<p>Efectivamente era Rufino, el viejo sirviente de la casa de Lorenzo, que +descendió del pescante de un salto y lo saludo como un amigo íntimo, +casi como un padre:</p> + +<p>—¡Cómo está, niño?... ¡Qué buena cara tiene!... ¿Se siente bien?...</p> + +<p>—Perfectamente, Rufino, ¿y por allá?</p> + +<p>—Todos están muy buenos... ¿cómo lo pasa, don Melchor?... ¿y usted, don +Ricardo?...</p> + +<p>Contestaron éstos amablemente y luego de presentarle a Baldomero, dieron +orden al cochero que entrase a la caballeriza y reunidos, todos, +regresaron a pie en dirección a las casas.</p> + +<p>—Pues, sí, niño, la señora tenía resuelto mandarme para verlo y para +que le trajera unas cosas que le manda a don Melchor—cosa que estuviera +aquí mañana, ¿no?—y que le trajese noticias de casa que están todos +buenos, a Dios gracias, y deseando verlo, como, a usted, don Ricardo, +que me dijo su mamá que le dijera que están muy contentos con sus +noticias y que por qué no les ha mandado el retrato de la niña.</p> + +<p>—Muy pronto irá, Rufino, quizás lo lleve yo mismo.</p> + +<p>—¿Qué, ya están por volverse, don Ricardo?... Viera qué calor en la +ciudad... ¡y miren que esto es lindo!... Si es una gloria estar aquí.... +El que no anda muy bien, es su papá, don Melchor.</p> + +<p>—¿Qué es lo que ha tenido?... En las cartas no me decían que estuviese +enfermo de cuidado...</p> + +<p>—Parece que lo atacó el hígado... y algo de los riñones también.</p> + +<p>—¿Ha estado en cama muchos días?...</p> + +<p>—Anteayer se levantó, don Melchor; pero los ha tenido medio afligidos +porque los médicos decían que por su edad que había que tener cuidado.</p> + +<p>—Y diga, amigo—le preguntó Baldomero,—¿ya está bien el viejo?</p> + +<p>—Bien del todo, no, señor; pero está mejor... eso sí... y cuidándose no +ha de suceder nada... ¿y sabe la novedad, niño?—agregó dirigiéndose a +Lorenzo,—que la niña Sofía está pedida y según me dijo la señora que le +dijera, que parece que para mayo o junio.</p> + +<p>—Sí, Rufino, Sofía me escribió dándome la noticia.</p> + +<p>—Las niñas no hablan de otra, cosa, niño, y todos los días se llenan +de amigas que la felicitan ¡y es un ir a las tiendas!... ¡Mire que da +trabajo un casamiento!...</p> + +<p>—¡Cuénteselo a don Ricardo, amigo!—dijo Baldomero riéndose.</p> + +<p>—¿Y por qué a mí?... Más cerca lo tiene a Melchor.</p> + +<p>—Ahora que me hace acordar: me dijo la señora, don Melchor, que le +dijera que la niña Clota los acompañó sin descanso en los días que el +señor estaba peor.</p> + +<p>—Pero... ¿qué ha estado mal el viejo?—le preguntó Melchor.</p> + +<p>—Sí, señor... al principio no estuvo muy bien, ¿no le decía?... pero ya +va mejor.</p> + +<p>El grupo se dirigió a la caballeriza de donde regresó a las piezas +interiores a las que Rufino y Baldomero llevaron los paquetes de que +aquél era portador y que fueron colocados en la mesa de la sala.</p> + +<p>Rufino entregó a Lorenzo algunas cosas diciéndole:</p> + +<p>—Esto le manda la señora, niño, y esta carta—y dirigiéndose a Melchor +agregó:—Estas cosas le mandan de su casa, don Melchor, y estas cartas +que me dieron y a más... espérese, don Melchor, aquí le traigo... pero, +¿dónde lo he puesto?—repetía buscando en los bolsillos interiores +afanosamente,—¡ah!... aquí está... esto que le mandaba la niña Clota...</p> + +<p>Melchor, que se había dispuesto a retirarse, al recibir los paquetes y +las cartas, se detuvo hasta que Rufino le entregó un pequeño estuche que +hizo exclamar a todos:</p> + +<p>—¡A ver!... ¡A ver!...</p> + +<p>Melchor puso todo sobre la mesa y con absoluta calma, sin apuro, casi +displicentemente, desató el pequeño estuche que abrió y, sin detenerse a +contemplarlo, lo mostró a Lorenzo y Ricardo que exclamaron:</p> + +<p>—¡Qué maravilla!...</p> + +<p>—¡Qué buen gusto!...</p> + +<p>La caballeriza, barrida y regada prolijamente, había sido desalojada de +cuanto podía disminuir su capacidad de salón de baile, dispuesto con +bancos en los costados; un gran farol sobre la pared del fondo; cuatro +farolitos chinescos colgantes del techo y guías de sauces adornando los +pilares del frente.</p> + +<p>En el monte de durazneros se había dispuesto lo necesario para el +almuerzo, consistente en una vaquillona con cuero, empanadas, frutas, +cerveza y limonada gaseosa en abundancia; todo listo para las doce bajo +la prolija vigilancia de Melchor que se hallaba vestido con traje de +gala: botas claras de cuero de chancho, bombacha de hilo crudo; tirador +de charol negro; camisa de seda celeste claro; blusa corta de grano de +oro; gran «panamá» con ancha cinta de colores; y por detrás, debajo de +la blusa asomaba el caño bruñido de un revólver.</p> + +<p>En los palenques no cabía ni un caballo más y bajo los ombúes estaban +los carros en que habían llegado las familias invitadas que se +diseminaron por los jardines y el monte, anticipando comentarios sobre +el esplendor de aquella fiesta excepcional.</p> + +<p>El paisanaje se había reunido en la «cancha» improvisada donde se medía +las distancias a correr y en cuyas inmediaciones «se caminaban» del +cabestro los parejeros que eran, sin disputa, tanto mejores cuanto peor +aspecto presentaban.</p> + +<p>—¡A ver!... ¡esa gente!... ¡Si no quieren churrasquear!—gritó Melchor +desde la puerta del jardín y el grupo abigarrado y cadencioso se dirigió +hacia el monte discutiendo a voces las condiciones de los caballos, que +los muchachos paseaban a morral:</p> + +<p>—¡Le tomo! amigo, dos paradas de a peso al «rosillo» contra el +«malacara»...</p> + +<p>—Doy tres a dos al «gateao», contra el que raye.</p> + +<p>—¡Quién dice que juega al «ruano»?</p> + +<p>—¡No crean!... ¡el «malacara» de este hombre es muy ligero!... ¡«pal» +pasto!...</p> + +<p>—Si cuando corre el «overo» de don Lucas uno no sabe, por lo ligero que +va, ¡si es que recula!</p> + +<p>—No té me habías de escapar, lagartija, si te corriese en él—dijo don +Lucas, el capataz en la estancia lindera de Cabral, dirigiéndose a un +peón joven, alto, delgado y lampiño que había estado a su servicio y que +al caminar doblaba las piernas como si tuviese desarticuladas las +rodillas.</p> + +<p>Al pasar por el camino del jardín inmediato a la sala, Melchor salió de +ésta, después de decir algo muy en secreto a Ramona, y se puso a la +cabeza del grupo al que sirvió de guía y al que había de quedar +vinculado en la fiesta, si pensaba seguir el consejo de aquélla:—No se +mezcle, don Melchor, con esas mujeres que pueden traerle un disgusto...</p> + +<p>Los comensales llegaron al monte en el que habitualmente no se oía más +ruido que el cantar de los pájaros y el seco «tac» de los duraznos que +caían, de las ramas al suelo, en el último grado de madurez.</p> + +<p>—¡A ver—gritó un viejo paisano, bajo, grueso, apellidado Montero,—si +echan reses a la playa!</p> + +<p>En diversos y pintorescos grupos se realizó el almuerzo presidido por la +mesa dispuesta para Melchor que sentó a ella a los convidados más +representativos: el comisario Maidagan, don Lucas, Baldomero, Lorenzo y +dos muchachas hijas de un colono alemán a las que puso a su lado, al +mismo tiempo que decía al hermano de ellas que las había acompañado:</p> + +<p>—Usted no cabe aquí, amigo; pero ha de ser buen gaucho... acomódese por +allí...</p> + +<p>Durante el almuerzo, Melchor tuvo extremadas atenciones con sus vecinas +a una de las que le dijo en los primeros momentos y en tono +confidencial:</p> + +<p>—Parece que mi amigo Lorenzo ha simpatizado con su hermanita...</p> + +<p>—¡Oj!... mi «guérmana» no «está» para un señor así.</p> + +<p>—Pero usted sí... para eso y mucho más...</p> + +<p>La muchacha ingenua y sencilla se puso más roja de lo que era: por +primera vez, en su vida, sintió en los oídos el palpitar acelerado y +martillante de su propio corazón y, como en un desvanecimiento extraño, +tuvo la visión fugaz de una hermosa casa de campo en cuya puerta un +carruaje esperase a su dueña...</p> + +<p>Melchor lo comprendió y cuando se disponía a insinuarse en el lenguaje +agresivo y mudo de una pasión fingida llamó su atención, y la de todos, +el viejo Montero, que alzándose a la distancia le gritó:</p> + +<p>—¡Don Melchor!... y no lo tome a mal: a la «salú» de su futura, la niña +Clota, que nos dice Hipólito...</p> + +<p>Y el viejo que tenía en frente al cochero de la estancia levantaba en +alto un jarro de lata tomado por los bordes con las puntas de los dedos +vueltos hacia abajo.</p> + +<p>—¡Por la niña Clota!...</p> + +<p>—¡Por la futura del patrón!...—gritaron en coro todos, cuando llegó +Ramona que, tocando suavemente en el hombro a Melchor, le dijo:</p> + +<p>—Se avista a don Ricardo que viene con Juancito—y regresó a las piezas +de la casa, no sin mirar despreciativamente a la rabia enrojecida que su +patrón tenía al lado.</p> + +<p>Momentos antes de terminar el almuerzo llegó Ricardo que, al encontrarse +con Melchor; lo abrazó efusivamente:</p> + +<p>—¡Que los cumplas muy felices!</p> + +<p>—¿Cómo te fue?...</p> + +<p>—¡Perfectamente!...</p> + +<p>—¿No te dije?...</p> + +<p>—...hasta donde es posible—agregó Ricardo tomando asiento donde no +había cabido el hermano de las rubias.</p> + +<p>Terminado el almuerzo, se entregaron los invitados a tocar la guitarra y +payar algunos, otros a jugar a las bochas, la taba o el truco, mientras +los invitados a la mesa de Melchor se dirigieron con éste a la sala para +oír a Ricardo en el piano.</p> + +<p>A los acordes de éste la gente empezó a reunirse en el corredor donde se +hizo una tertulia en que el piano alternaba con la guitarra, mientras +Melchor atendía a todos, como dueño de casa, haciendo servir algunas +botellas de sidra espumante.</p> + +<p>Llegó luego la hora de las carreras que debían empezar por la del premio +ofrecido por Lorenzo y en la que tomarían parte cinco caballos.</p> + +<p>La carrera debía ser largada por Lorenzo, teniendo por juez de raya al +comisario Maidagan, pero aquél no sospechó la laboriosa operación en que +se había comprometido, pues cada vez que calculó poder bajar la señal de +la partida debió desistir, porque el «overo» hacía punta, o el «ruano» +se quedaba atrás, o el «rosillo» se anticipaba, o el «malacara» se +volvía, o el «gateao» permanecía firme en la raya.</p> + +<p>Entre la línea fijada a los caballos y la de la partida definitiva, +ocupada por Lorenzo, había unos treinta metros que aquéllos recorrieron +treinta veces, sin presentarse en línea, hasta que por fin Lorenzo les +dijo:</p> + +<p>—Bueno, amigos, va la última: voy a largar... ¡y el que se quede atrás +que se quede!</p> + +<p>Los cinco caballos, ante esta amenaza, pasaron por delante de Lorenzo en +irreprochable formación; bajó la señal; sonaron los rebenques y el lote +partió, levantando tras sí como la cortina de polvo de un automóvil en +marcha.</p> + +<p>Todo el paisanaje se lanzó a escape tras los competidores entre los que +desde el «pique» hizo «punta» el «malacara» montado por Juancito—el +peón de la caballeriza solicitado al efecto por su dueño con la promesa +de darle dos pesos si ganaba la carrera.—Llegó segundo el «rosillo» +montado por su dueño, Lucas Bando, que había tomado varias «paradas» +dando «fila» con su cacaballo y que al bajar de éste dijo a gritos:</p> + +<p>—¡Meten un caballo de sangre y así qué gracia!... Con un animal de la +estancia... ¡«Pchá» que son vivos!...</p> + +<p>Melchor, que montaba el «zaino» y que había bebido más de lo habitual +por estimular a sus invitados, al oír a Bando, picó su caballo y +poniéndosele al lado le dijo:</p> + +<p>—¡Avisa si querés que estrene este arreador!</p> + +<p>—¡Sí!... usted está en su casa... y... ¿por qué hacen correr ese +caballo por criollo, entonces?...</p> + +<p>—Porque es criollo, ¿entendés «guacho»?</p> + +<p>—Vea, don Melchor, respete a la gente si quiere que no le falten...</p> + +<p>—¡Pero qué te has pensado, canalla!—dijo Melchor haciendo girar el +cinturón como para sacar el revólver.</p> + +<p>Hubo un instante de pavoroso silencio, durante el cual Bando se recostó +en el anca del «rosillo» y sereno y sonriente miró a Melchor, a quien +Maidagan tomó del brazo diciéndole:</p> + +<p>—¡Qué va a hacer!... Don Melchor... ¡Si no vale la pena!...—al mismo +tiempo que decía a Bando:—¡Monte y retírese, amigo!</p> + +<p>—¡Suélteme, Maidagan!... ¡Suélteme, le digo!</p> + +<p>—Primero voy a pagar honradamente lo que he perdido—repuso +Bando;—para irse hay tiempo... «anque» sea al otro mundo...</p> + +<p>Lorenzo y Ricardo se aproximaron a Melchor y lo llevaron para la +caballeriza, donde se habían refugiado las mujeres, y donde le tuvieron, +poco menos que a la fuerza, hasta que, apaciguados los ánimos, volvieron +al sitio de las carreras, que se tramitaban en inacabables discusiones, +y desde el cual pudieron ver a la distancia, que Lucas Bando se +alejaba, solo, llevando de tiro a su «rosillo».</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>En varias mesas puestas bajo el ombú grande, se había improvisado la +cantina, gratis, atendida por Rufino a pedido de Melchor, con la +recomendación de dar preferencia al despacho de limonada gaseosa.</p> + +<p>Terminadas las carreras se organizó el baile designándose bastonero al +viejo Montero que aceptó el cargo diciendo:</p> + +<p>—¡La primera pieza «pal» patrón!...</p> + +<p>La orquesta, formada por dos guitarras y un acordeón, rompió con una +habanera cadenciosa y sensual; las mujeres ocupaban los bancos, +abanicándose complacidas; los hombres de pie, sobre uno de los costados +descubiertos, las contemplaban «comentándolas», cuando avanzó Melchor y, +parándose frente a la rubia que había tenido al lado en la mesa, se sacó +un pequeño ramito del ojal y mientras los músicos suspendían la +ejecución de la habanera, le dijo;</p> + +<p>—Para la reina de la fiesta, a la que le pido quiera acompañarme a +iniciar el baile.</p> + +<p>La muchacha tornó el ramito y aceptando el brazo que Melchor le ofrecía +salió con él que, en seguida, hizo seña a los músicos para que +continuaran, mientras se paseaba con su compañera cuya mano derecha +apretaba fuertemente con la izquierda.</p> + +<p>Él estaba, sin duda, hermoso bajo la influencia de la profunda exitación +que lo dominaba. Sus mejillas habían recobrado el sonrosado color de +otros días y por sobre sus hondas ojeras brillaban sus enormes ojos de +fauno estival; los labios enrojecidos y gruesos y lascivos brotaban, +entre el bigote y la rubia barba crecida, como una roja amapola en un +trigal maduro y su aliento de horno quemaba las mejillas de su inocente +y sencilla compañera, cuyo respirar acelerado y ansioso contestaba, sin +palabras, a las tremantes insinuaciones de su gallardo y prestigioso +galán.</p> + +<p>Las guitarras sonaban metálicamente bajo los golpes violentos y secos en +las bordonas; el acordeón se quejaba en el desmayo rítmico de sus notas, +prolongadas en calderones que le exigían todo el desarrollo de su caja +y, aprovechando uno de éstos, Melchor se puso al frente de la rubia +arrastrando la pierna izquierda cuyo pie trazó en el suelo un +semicírculo y pasándole el brazo derecho por el talle, al que se ajustó +como un cinturón ardiente, le tomó, con toda delicadeza, la punta de los +dedos de su mano derecha que levantó hasta la altura de los hombros y +mirándola lánguidamente en los labios temblorosos, empezó a bailar tan +unido a ella</p> + +<p>«Que sus dos almas en una acaso se misturaron».</p> + +<p>—¡Quiébrela, niño...!—dijo una voz que partió del grupo de paisanos, +hacia el que Melchor lanzó una mirada de indignación visible...</p> + +<p>La pareja giraba lentamente, bajo las miradas de todos y con +especialidad del hermano de la rubia cuyos movimientos seguía ansioso y +lívido mientras le torturaban penosamente los comentarios circundantes.</p> + +<p>Cuando el acordeón, como una isoca que se encoge, se replegó ondulante +emitiendo su gorjeo final y los guitarristas rasguearon sobre las +cuerdas como en un pizzicatto decreciente y sonaron los aplausos y aquel +«cinturón ardiente» se corrió por la cintura como una culebra que se +desliza, y Melchor se inclinó en una graciosa reverencia sobre la +rubia, el hermano de ésta avanzó resueltamente y sin calcular la +impresión que provocaba en todos, la tomó del brazo diciéndole que era +hora de retirarse, al mismo tiempo que hacía una seña a la otra hermana +sentada con Lorenzo bajo el farol de la pared del fondo.</p> + +<p>Fue inútil cuanto se hizo por modificar la resolución que arrancaba del +baile a sus dos mejores prestigios; pero las criollas experimentaron un +alivio viendo alejarse a las dos rubias, cuyas mejillas tenían el color, +la pelusa y hasta el perfume de los priscos maduros.</p> + +<p>—...¡Cretino!... ¡Imbécil!...—repetía Melchor contemplando a las dos +muchachas que se alejaban llevadas por el hermano, en el carro bajo y +ancho del colono.</p> + +<p>—¡Rufino, deme un vaso de cerveza; de la que está en el balde!</p> + +<p>—No bebas más, Melchor...</p> + +<p>—Déjate de pavadas, Lorenzo; tengo sed.</p> + +<p>—Toma limonada.</p> + +<p>—¡Pero qué afán de darme consejos!... ¡Caramba!... Deme la cerveza, +Rufino.</p> + +<p>—Don Lorenzo—exclamó Baldomero desde la caballeriza,—aquí le han +hecho un pericón... Usted que quería verlo. ¡Venga!...</p> + +<p>Cuando Lorenzo salió de bajo el ombú de la cantina, oyó el compasado y +monótono «¡glú!... ¡gluglú!... ¡glú!» de las guitarras y el «¡ras!... +¡rasrrás!... ¡ras!» de los pies cepillando el piso al girar de los +bailarines, como en las cadenas de los lanceros.</p> + +<p>Tras de Lorenzo, se aproximó Melchor que a cada figura gritaba:</p> + +<p>—¡Más listos!... ¡más vivo ese movimiento!... ¡Parecen hombres de +palo!...</p> + +<p>Terminado el pericón, llegó Hipólito con una escalera y encendió la luz +de los faroles, pues la pared del fondo, en el lado del poniente, +proyectaba una sombra que oscurecía al local. Realizada aquella +operación, se ennegrecieron las «damas», que sentadas en los bancos +fueron revistadas por Melchor, de cuyo panamá bajó sobre los ojos el ala +delantera.</p> + +<p>Al llegar frente al farol de la pared vio, bajo la penumbra de éste, una +pareja que conversaba íntimamente.</p> + +<p>—¿Y ustedes?... ¿qué hacen, que no bailan?</p> + +<p>—«Ahura» hemos de bailar, señor, lo que toquen.</p> + +<p>—¡A ver!... Déjenme sentar a mí también—les dijo Melchor,—quiero +verles las caras.</p> + +<p>La pareja unida se corrió hacia un lado, dejando sitio junto al paisano; +pero Melchor le dijo a éste, metiendo el cabo de su rebenque entre él y +su compañera:</p> + +<p>—No, yo en el medio.</p> + +<p>En el mismo instante los músicos empezaron a tocar algo semejante a una +«mazurka» y levantándose rápido el paisano dijo a su compañera:</p> + +<p>—Acompáñeme, que ahí tocan.</p> + +<p>La criollita no se hizo repetir la invitación y de la mano de su +compañero se alejó mientras Melchor se sentaba y decía:</p> + +<p>—Vayan no más, que no se han de ir muy lejos...—pero no volvió a +verlos aquella tarde.</p> + +<p>El baile continuó hasta que al entrar la noche se retiraron los +convidados, muchos de los cuales destacaban, sobre las últimas +vislumbres del crepúsculo, la silueta oscilante en el caballo que por sí +sólo marchaba a la querencia.</p> + +<p>Aquella fiesta dejó en el espíritu de Lorenzo, de Ricardo y aun de +Rufino, una penosa impresión que se trasmitieron mutuamente mientras +Melchor, que la había engendrado, tomaba el baño que todas las tardes le +preparaba Ramona.</p> + +<p>—Yo no me debo meter, niño; pero, en mi sentir, don Melchor va +mal—decía Rufino,—y diga que don Baldomero no le pierde pisada...</p> + +<p>—En lo único que hace mal Melchor, es en querer alternar con esta +gente, Rufino.</p> + +<p>—Y otras cosas, niño, que me ha dejado comprender don Baldomero... ¡y +cómo lo quiere este hombre!...</p> + +<p>—¡Como todos! ¿quién no ha de querer a Melchor?—repuso Lorenzo.</p> + +<p>—Así es, niño; pero vea, don Baldomero dice que usted puede mucho y que +de no que le hable al patrón.</p> + +<p>—No ha de haber necesidad de nada, Rufino, porque esta fiesta no ha de +repetirse.</p> + +<p>—Más vale así, niño; ¡mire que seria una lástima!...</p> + +<p>—¿Y usted tiene todo listo para regresar mañana, Rufino?—le preguntó +Lorenzo para cortar la conversación.</p> + +<p>—Sí, niño, todo, sólo me faltan unas cartas que me dijo don Melchor que +me iba a dar.</p> + +<p>Terminado el baño de Melchor reapareció éste y pasaron al comedor donde +durante la comida comentó complacidamente los diversos episodios del +día, lamentando sólo no haber tenido tiempo de escribir las cartas que +había pensado enviar con Rufino, cuyo regreso estaba improrrogablemente +fijado para la mañana siguiente según lo tratado en la cochería de +Gaspar.</p> + +<p>—¿Parece que a ustedes no los ha dejado satisfechos la fiesta?—dijo de +pronto Melchor al terminar la comida.</p> + +<p>—¿Cómo no?...—repuso Ricardo,—hemos asistido a un espectáculo muy +interesante; yo no hablo mucho porque estoy cansado con el galopón de +esta mañana y el trajín de todo el día.</p> + +<p>—¿Y tú?</p> + +<p>—¿Yo?... ¿Qué más quieres que te diga?... Me parece que he elogiado +bastante, y de lo que no me merece elogios... ¿a qué hablar?...</p> + +<p>—¿Por ejemplo?...</p> + +<p>—Si te empeñas... me parece muy censurable tu afán de identificarte con +todo este chusmaje... de vestirte como ellos... hablar como ellos... ¡y +hasta beber a la par de ellos, Melchor!</p> + +<p>—¡Apareció el aristócrata!... ¿y qué más?...</p> + +<p>—¡Hombre!... mucho más que callo quizás por no fastidiarte.</p> + +<p>—Sí, ché Lorenzo, para hablar tonteras mejor es callarse...</p> + +<p>—Así será... ¡tonteras!—dijo Lorenzo levantándose de la mesa en +momentos en que Melchor decía a José:</p> + +<p>—Traiga el cognac...</p> + +<p>Al oír esto, Lorenzo, que trasponía la puerta del comedor, se detuvo un +instante y antes de continuar dijo:</p> + +<p>—¿También sería tontera criticarte eso?...—y se alejó.</p> + +<p>—¡Ven... no te vayas... ché Lorenzo!... ¡Si no me voy a +emborrachar!—dijo Melchor en voz alta y prorrumpió en una carcajada...</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>El ambiente de amables alegrías se había modificado gradualmente en la +estancia de Astul hasta ofrecer a ratos el aspecto de una casa de duelo.</p> + +<p>Ricardo, Lorenzo y Melchor paseaban como con desgano; se aislaban, acaso +sin determinarlo deliberadamente y cuando conversaban lo hacían sobre +temas indiferentes o fríos. Largas horas trascurrían sin hablarse y más +de una vez tomaban asiento en la mesa conservando cada uno el libro que +leía y al que servía de atril la copa o la botella que se tenía delante.</p> + +<p>Así había pasado la hora empleada en comer una tarde en que Ricardo +rompió el silencio diciendo:</p> + +<p>—¡Vamos a levantarnos de la mesa roncos!</p> + +<p>—Ustedes han dado en no hablar.</p> + +<p>—Seguimos tu ejemplo.</p> + +<p>—¿Y de qué quieres que hable, Ricardo?... ¡Yo tan luego!... No tengo +temas agradables, ché...</p> + +<p>—¡Yo tengo—dijo Lorenzo,—ahora que me acuerdo! Entre las cartas que +nos trajeron hoy recibí una del doctor Moreno en que me dice que te pida +permiso para mandar aquí a todos sus enfermos en vista de las noticias +que le daba de mi estado.</p> + +<p>—¡Al fin me da la razón ese pillo!</p> + +<p>—¿Pillo?... ¿Por qué?... el doctor Moreno es todo un caballero, +Melchor.</p> + +<p>—Sí... sin duda... un caballero que te habría declarado sano el primer +día que te vio, si no hubiera comprendido que eras un buen filón.</p> + +<p>—¿Pero por qué hablas así del doctor Moreno?</p> + +<p>—Porque todos «ésos» son iguales; mercaderes de la peor especie que en +la mayoría de los casos venden enfermedades a sanos y no salud a +enfermos... traficantes que toman a un hombre como el viejo y lo atan a +la cama para sacarles el jugo.</p> + +<p>—Yo no niego que haya médicos de esa índole; pero son la excepción... +Moreno es un hombre digno y serio.</p> + +<p>—¡Bah!... ¡Bah!... No me hables de los hombres serios—exclamó Melchor +reaccionando sobre la nerviosidad con que habló de los médicos y +sonriendo como si compadeciera a Lorenzo por su ingenuidad.</p> + +<p>—Que también, para ti, los hombres serios son... unos...</p> + +<p>—¡Truanes! en la mayoría de los casos—le interrumpió Melchor,—¡porque +casi siempre revisten de seriedad, fingida, un estado de conciencia que +haría poner colorado a un negro!</p> + +<p>—Te confieso que me aturdes cada vez que te oigo hablar así y que todo +mi discernimiento se desvanece cuando te veo en tren de escarnecer +despiadadamente todo cuanto debe merecernos respeto.</p> + +<p>—¿Pero crees, Lorenzo—interrumpió Melchor violentamente,—que yo +puedo, tener respeto por la cáfila de bribones que se habrán completado +para declarar enfermo al viejo... cuando el viejo no tiene más +«enfermedad» que la de tener algunos recursos?... ¿Y crees que yo puedo +o debo respetar a esos ceremoniosos caballeros que hablan solemnemente y +no se sonríen siquiera ante nadie, para poder pasar por «hombres +serios»?... ¡Bah! no seas infeliz: en la mayoría de los casos son unos +grandísimos trapalones que después de haber tocado en todos los fondos +de la corrupción y del vicio, ahitos de impudicias y de concupiscencias, +se cubren las llagas con el manto de los honestos y de los virtuosos... +verdaderos escenógrafos en el drama de la propia vida, que nos la pintan +o nos la muestran a la manera de esos telones teatrales que representan, +vistos de lejos, un hermoso paisaje apacible, hecho burdamente a +escobazos con pinturas ordinarias.</p> + +<p>—Me apena como no es decible todo lo que estás diciendo... tú no +pensabas así.</p> + +<p>—¡Es que he aprendido!</p> + +<p>—Yo también aprendí, y de ti especialmente, a pensar de otro modo y no +me pesa, Melchor, porque en mi experiencia, poca o mucha, los pillos +representan el uno por ciento de los hombres que he conocido.</p> + +<p>—¡Que no has conocido!... precisamente: ¡que no has conocido! porque +han sido suficientemente astutos para embaucarte.</p> + +<p>—¿De modo que la proporción es inversa?...</p> + +<p>—Posible... ¡casi seguramente!...</p> + +<p>—¡No digas eso, por Dios, Melchor!—exclamó Lorenzo poniéndose de pie y +caminando nerviosamente a lo largo del comedor, mientras Ricardo, echado +hacia atrás en su asiento, arrojaba al techo tenues espirales del humo +de su, cigarro, como deseando substraerse a la discusión.</p> + +<p>—No lo diré si te incomoda—repuso Melchor con voluptuosa indiferencia.</p> + +<p>—¡Me, desespera verte así!... Yo no sé qué influencias perniciosas +gravitan ahora en tu espíritu para hacerte ver las cosas y los +hombres...</p> + +<p>—¡Como son!—le interrumpió Melchor con vehemencia, agregando:—yo he +pasado diez años creyendo en todo lo bueno, lo amable, lo digno; yo he +pagado ya el tributo de mi inocencia; pero he aprendido a defenderme y a +calcular hasta la más solapada intención del que tengo delante y hoy me +siento capaz de juzgar a las cosas y a los hombres y a las mujeres sin +engañarme, ¿entiendes?...</p> + +<p>—¿Cómo he de entenderte, Melchor, si me hablas de condiciones negativas +desde que sólo te sirven para ver todo malo, corrupto, repugnante?</p> + +<p>—¿Y qué culpa tengo yo de que las cosas sean así?...</p> + +<p>—¡Es que no son!... Tú no puedes considerar así a tu madre, ni a tu +padre, ni a los de Ricardo ni a los míos.</p> + +<p>—Pongamos punto final, ché Lorenzo, si vas a argumentarme con las +madres... Son argumentos excesivos... y de los que seguramente no pienso +como tú.</p> + +<p>Lorenzo se disponía a contestar; pero se limitó a mirar fijamente a +Melchor que al notar su silencio se inclinó sobre la mesa para buscar, +por debajo de la gran lámpara colgante, la cara de su amigo que se +había parado al otro extremo de la mesa.</p> + +<p>—Mírame todo lo que quieras, Lorenzo, si no he dicho una blasfemia.</p> + +<p>—Te miro asombrado, sencillamente; creí que ibas a formular una +protesta de respeto, de reverencia para las madres y vi en seguida que +me equivocaba... una vez más.</p> + +<p>—Y qué te equivocabas, ¿por qué?... ¿pretendes imponerme, también, tus +ideas o fórmulas de amor filial?... ¿me consideras capaz de la villanía +de proclamar mi amor a mi madre como el más grande de los que mi corazón +puede y debe sentir?</p> + +<p>—¡Melchor!... ¡Pero qué estás diciendo, por Dios!... ¿Tú, el hijo +amantísimo, hace dos meses, vas a declarar ahora que no quieres a tu +santa madre?</p> + +<p>—Por mucho que te espantes y por mucho que ahueques la voz, te diré sin +sensiblerías ridículas que para mí el famoso amor a la madre encubre un +agravio miserable y ruin.</p> + +<p>—¡Qué monstruosidad!...—exclamó Lorenzo.</p> + +<p>Al oír esto y ver a Lorenzo que se tomaba la cabeza con ambas manos, +Melchor se levantó de la mesa, en la que acaso había bebido demasiado, y +dando en ella un puñetazo dijo poco menos que a gritos:</p> + +<p>—Con todos tus gestos de ridículo reproche y con todos tus desplantes +de moralista recién llegado, tú, tú no serías capaz de explicarme +satisfactoriamente esta difundida predilección por la madre... este +miserable afán de posponer al padre, invariablemente, en el orden de +nuestros afectos... esta, cobarde fórmula que la noción del adulterio +impone en los espíritus bajos... Habla... te callas, ¿eh?... Y quizás te +callas porque empiezas a comprender que te has vinculado, sin +reflexionarlo ni un instante, a esa agraviante predilección por la madre +que sólo se explica por medio de un raciocinio repugnante: ¡amo a mi +madre, sobre todas las cosas, porque tengo la certeza de que soy su +hijo!</p> + +<p>—Estás blasfemando, Melchor; pero sin duda mereces que se te +disculpe... tú no estás en condiciones de discutir «ahora»... mañana +hablaremos.</p> + +<p>—¿Qué me quieres decir?... ¿que estoy borracho?—rugió Melchor +aproximándose a Lorenzo en actitud amenazante. Al verlo Ricardo se +interpuso rápidamente, diciendo:</p> + +<p>—No discutan más, Melchor... tú te alteras demasiado.</p> + +<p>—Si no me altero, ché—repuso Melchor apaciblemente; pero alzando de +nuevo el tono de la voz exclamó;—¡sólo que no le voy a permitir a +Lorenzo ni a nadie, que me falte en mi casa!</p> + +<p>—Yo soy incapaz de ofenderte—dijo Lorenzo en el mismo instante en que +entrando al comedor y dirigiéndose a Melchor, dijo Baldomero:</p> + +<p>—Quiere venir un momento, don Melchor...</p> + +<p>—¿Para qué?...</p> + +<p>—Tengo que hablarlo; venga un momento...</p> + +<p>—¿Qué misterio es ése?... ¡Hable aquí, Baldomero!...</p> + +<p>Este se aproximó a Melchor y bajando la voz como si quisiera hablar para +él solo, pero dejándose oír por Lorenzo y Ricardo a quienes, por detrás +de Melchor, hacía señas de que no era cierto, le dijo:</p> + +<p>—Ahí está Anastasio... venga... Patroncito...</p> + +<p>Melchor se puso visiblemente pálido y dejándose llevar por Baldomero +salió del comedor.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>Las cartas que Lorenzo y Ricardo habían enviado a sus familias fueron +portadoras de noticias cada vez más halagüeñas, pues a medida que +vivieron la vida sana del campo sintieron sus influencias en francas +manifestaciones de robustecimiento físico ya que en lo moral habían sido +definitivamente curados por la acción tenaz, y altruista de Melchor.</p> + +<p>Este en cambio había caído en un desnivel, que lo condujo rápidamente a +todos los grados de la perversión, como si las energías de su espíritu +se hubieran agotado o se hubieran trasvasado al de sus amigos, +respondiendo al principio en virtud del cual, cuando un platillo de la +balanza sube, el otro baja.</p> + +<p>La vida del campo, en sus formas genuinamente camperas, había +contribuido a culminar un proceso de decaimiento moral que se había +iniciado sutilmente en Melchor, con alguna antelación a su viaje a la +estancia; pero que no había pasado inadvertido para el espíritu de su +madre cuando le decía: «tienes deberes a que «<i>antes</i>» no habrías +faltado», y la libertad absoluta de que gozaba en la estancia; las +influencias circundantes, en el estímulo de los ejemplos que le +rodeaban; la avidez de energías físicas, equiparables a la del peón o +del toro y que se adueñó de su espíritu en cuanto lo encontró +desprevenido o débil; la distancia interpuesta entre sus jueces y sus +actos; las mismas resistencias subalternas con que solía chocar, todo +propendía a acelerar la caída y más de una vez mientras Ricardo +ejecutaba en el piano una sonata de Beethoven, Melchor en la +caballeriza, punteaba una milonga en la guitarra mugrienta de algún +peón.</p> + +<p>El aislamiento y el alcohol aceleraron el proceso de su agotamiento +moral y cuando un resto de luz iluminaba su cerebro haciéndole mirar +hacia atrás con vergüenza o hacia adelante con miedo se consolaba +pidiendo un mate a Ramona o bebiendo otra copa de cognac para reír en +seguida como un luchador que se conquista un triunfo.</p> + +<p>Sus reacciones eran fugaces; tenía a la mano los recursos para anularlas +y a ellos se acogía porque nunca le traicionaban ni le mentían, mientras +crecía en su espíritu el convencimiento de ser víctima de la +indiferencia y del egoísmo de todos los que deberían rodearle solícitos +para brindarle consuelos que le negaron, goces que le usurpaban y +energías que le habían robado, para concluir pensando: ya nadie se +interesa por mí... nadie me reclama con sinceridad, como si yo les +incomodara... nadie me da un consejo realmente honesto y digno de ser +aceptado... ¡nadie me escribe, siquiera., sino por forma!...</p> + +<p>Y entretanto las cartas amantísimas de su madre eran contestadas de +tarde en tarde y en breves líneas, y las cartas apasionadas y sinceras +de su novia muchas veces las leía Ramona antes que él y las de sus +amigos no merecían en muchos casos más que una mirada de burla o de +encono...</p> + +<p>Ninguna causa positiva justificó el descenso y la caída; pero había +prodigado su jovialidad ingénita hasta sentirse entristecido, y había +trasvasado sus altruismos hasta ponerse egoísta y había dilapidado sus +energías morales hasta caer exánime en la abyección y en el vicio.</p> + +<p>De nada valían las admoniciones amables de Lorenzo y Ricardo, ni los +consejos respetuosos de Baldomero, ni los reclamos angustiosos de la +propia madre, ni las hondas protestas de invariable y sincero afecto de +su novia; Melchor, el bueno, el digno, el honesto, el fuerte, había +caído, quizás para no levantarse más.</p> + +<p>Cuando, transcurridos más de dos meses, Lorenzo y Ricardo resolvieron +regresar a Buenos Aires en plena y amplia posesión de la salud +físico-moral que habían readquirido por la acción exclusiva y constante +de Melchor, éste les manifestó el propósito de quedarse en la estancia +«durante algunos días más».</p> + +<p>—No te quedes, ¿para qué? vente con nosotros—le repetía Lorenzo.</p> + +<p>—Tengo que hacer aquí.</p> + +<p>—¡Pero si no tienes nada que hacer, Melchor!, y aunque tuvieras, vente +con nosotros y te vuelves después.</p> + +<p>—Ahora no puedo, yo sé por qué lo digo.</p> + +<p>—¡Te inventas quehaceres, Melchor! Piensa que en tu casa están abatidos +por tu conducta... que tu padre está enfermo... que Clota tiene derecho +a exigirte que vayas... tú no puedes proceder así con esa niña.</p> + +<p>—Ni ella tampoco conmigo.</p> + +<p>—¡Vamos, Melchor... déjate de cavilaciones infundadas! Clota es una +muchacha excelente y te ha demostrado una consecuencia que parece que no +quisieras reconocer.</p> + +<p>—Sí, Melchor, Lorenzo tiene razón, tú no debes quedarte.</p> + +<p>—¡Tú también!... ¡Hombre!... ¡No faltaba más!... Por poco voy a tener +que pedirles permiso a ustedes para fumar un cigarrillo.</p> + +<p>—No, Melchor... nosotros no pretendemos contrariarte, ni primar en tus +resoluciones sensatas; pero tú necesitas, por tu bien, salir de aquí... +acuérdate de las últimas cartas de tu casa.</p> + +<p>—Yo las voy a contestar.</p> + +<p>—Contéstalas yendo, anda a ver a los viejos, arregla tu situación en tu +oficina.</p> + +<p>—¡Para lo que me importa del empleo¡ ¡bien me pueden destituir!</p> + +<p>—Pero evítalo, pide nueva licencia, o renuncia de una vez.</p> + +<p>—¡No quiero!... ¡Qué me echen!... ¡Mejor!...</p> + +<p>—¡Cómo ha de ser mejor!... Y sobre todo tu padre está enfermo.</p> + +<p>—El viejo no tiene nada...</p> + +<p>—Eso no lo sabes... Además, Clota...</p> + +<p>—¡Bueno: basta! ¡Al diablo!... ¡Yo no los traje a ustedes de +tutores!... ¡Váyanse cuando les dé la gana! ¿Entienden?... Yo sé lo que +hago... ¡Váyanse al diablo, y cuanto antes!...</p> + +<p>Al prorrumpir en estas exclamaciones, dichas a gritos, Melchor se había +levantado de la mesa en que almorzaban arrojando violentamente la +servilleta que al dar contra una copa la volteó y dirigiose a las piezas +interiores en una de las que entró dando un formidable portazo.</p> + +<p>—Debemos irnos ahora mismo, Lorenzo.</p> + +<p>—Sin pérdida de tiempo... esta situación no puede prolongarse... voy a +ver a Baldomero para que nos facilite los medios... ¡está colmada la +medida!...</p> + +<p>Tras de Lorenzo, salió Ricardo en busca de Baldomero a quien +encontraron entretenido en trenzar unas riendas con tientos de carnero +sujetos a una argolla en la pared de la caballeriza.</p> + +<p>—Baldomero—le dijo Lorenzo, intensamente agitado,—nosotros +necesitamos salir en seguida para el pueblo.</p> + +<p>—¿Y... eso?...</p> + +<p>—Sí, Baldomero, háganos el favor de darnos caballos, o el break; pero +sin demora; no debemos ni podemos permanecer aquí más tiempo.</p> + +<p>—Pero... ¿qué, ha pasado algo?</p> + +<p>—Lo que tenía que suceder, desgraciadamente.</p> + +<p>Baldomero dejó caer contra la pared la rienda que estaba haciendo y que +empezó a destrenzarse sola; se levantó del trozo de madera en que estaba +sentado y roscándose la cabeza, dijo:</p> + +<p>—¡Miren qué trabajo!... Ya decía yo... ¿y don Melchor?</p> + +<p>—No sabemos; después de insultarnos groseramente se fue para adentro... +y nos ha echado.</p> + +<p>—¿Qué dice, don Ricardo?... ¿Y está en su cuarto?</p> + +<p>—No, en su cuarto no está.</p> + +<p>—No... está... en... su... cuarto... ¡Voy a hablarlo!</p> + +<p>—Mande ensillar, primero.</p> + +<p>—¡Qué se van a ir a esta hora y con «esta» calor! ya vuelvo... miren +qué trabajo—agregó alejándose.</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p>—¿Dónde está don Melchor, Ramona?</p> + +<p>—Yo no sé.</p> + +<p>—...Hum... conque... no... sé... ¿eh?</p> + +<p>—¡Oh!... Y si no sé... ¿qué quiere que le haga?... Andará por ahí...</p> + +<p>—¿Por dónde?... ¡diga... le digo!</p> + +<p>—¿Y no le digo que no sé...? Búsquelo.</p> + +<p>—¿Qué hay conmigo?—dijo Melchor, saliendo al corredor y revelando en +su semblante y en sus gestos la profunda agitación que lo embargaba.</p> + +<p>—Nada, don Melchor... yo quería hablarlo... ¿quiere que vamos para +allá?—repuso Baldomero señalando hacia la sala.</p> + +<p>—¡Hable aquí, no más! ¿Qué hay?...</p> + +<p>Baldomero dirigió a Ramona una mirada que era una indicación de +alejarse, como lo hizo, y mientras Melchor se paseaba nerviosamente por +delante de él le dijo, en tono humilde y tímido:</p> + +<p>—Me dice don Lorenzo que se van...</p> + +<p>—¿Y...? ¡Qué se vayan!—contestó Melchor casi gritando.</p> + +<p>—Yo pensaba que no se iban a ir todavía, don Melchor.</p> + +<p>—¡Piense lo que le dé la gana! ¿Entiende?...</p> + +<p>—Y también pensaba que soy merecedor de que usted no me trate así, don +Melchor.</p> + +<p>—¡Pero qué pretende usted?... ¿Qué se ha figurado?—exclamó Melchor +parándose un instante frente a Baldomero en actitud amenazante.</p> + +<p>—Cálmese, don Melchor, si yo no le falto... yo sé respetar a la +gente... pero estos señores parece que se van a ir con mala impresión...</p> + +<p>—¡Mejor para ellos!</p> + +<p>—¿Por qué no les habla, don Melchor?... Son mozos buenos... vea... y... +¡mire que lo quieren a usted!...</p> + +<p>—¡A mí!... a mí no me quiere nadie, ¿entiende?...</p> + +<p>—¿Por qué dice eso?...</p> + +<p>—¡Porque es así!... Yo he tenido muchos amigos cuando tenía qué dar, +¿sabe, Baldomero? ¡pero se acabaron esos tiempos!...</p> + +<p>—¡Cómo se van a acabar, señor! ¡Si a usted lo quieren hasta los +chimangos!...</p> + +<p>—¡Yo sé lo que digo, ¿entiende? y no me chupo el dedo... y sé que ni +uno de los que se llamaron amigos míos se acuerda de mí para nada!</p> + +<p>—¿Sabe, don Melchor, que me está haciendo acordar al carancho que come +y grita al mismo tiempo?... porque, ¿dónde va a ir usted que no +encuentre amigos de verdad?</p> + +<p>—¡Eso era antes!... y ya lo ve: hasta éstos me dejan.</p> + +<p>—Porque usted los trató mal... don Melchor.</p> + +<p>—¡Mienten!... Son ellos... que se empeñan en convencerme de que soy un +sinvergüenza y un miserable y qué sé yo...</p> + +<p>—Les habrá entendido mal, don Melchor.</p> + +<p>—Les entiendo perfectamente y sé adonde van... ¡Es el recurso de todos! +enojarse después del beneficio para no tener el trabajo de dar un pucho +de gratitud... ¡Ruines!... Mientras lo precisan al amigo no se ofenden +por nada... ¡Todos... todos son iguales!... ¡y el día en que le han +sacado el jugo... ¡canallas!... se resienten por cualquier pavada... y +lo cuerean sin ascos!...</p> + +<p>—Cálmese, don Melchor; no hable así; estos señores son mozos bien... +¿quiere que los hable?...</p> + +<p>—¡Quiero que se vayan cuanto antes! Y que me dejen en paz... ¡que se +vayan a hablar mal de mí, a otra parte!—repuso Melchor gritando como +para ser oído por todos y entró a su cuarto diciendo en voz alta:</p> + +<p>—¡Ramona!... Deme un mate, que no he almorzado nada.</p> + +<p class="ast">*<br />* *</p> + +<p>—Don Lorenzo, el coche está ya...</p> + +<p>—Vamos en seguida, Baldomero; háganos poner estas cosas en el break.</p> + +<p>—Y diga, don Lorenzo, ¿por qué no le hablan a don Melchor?... puede que +cambie.</p> + +<p>—Es inútil, Baldomero, él ha visto perfectamente que nos vamos y no nos +ha dicho ni una palabra... ¡Cómo ha de ser!...</p> + +<p>—¡Hágalo por los viejos!—dijo Baldomero dejando caer unas lágrimas que +quedaron como engarzadas en las puntas de su barba entrecana.</p> + +<p>—Nosotros sufrimos más que usted, porque no sólo asistimos al cuadro +que nos ofrece Melchor... sino que vamos a encontrarnos con su +familia... ¡sobre todo con la señora!... ¡con la madre! y calcule +nuestra situación...</p> + +<p>—¡Maldita sea la hora en que vine a encariñarme con esta gente para +tener que ver estas cosas!—dijo el noble Baldomero arrojando lejos un +bozal que tenía en la mano, y agregó casi entre sollozos:—¡Esto va a +matar a los viejos!... ¡al pobre viejo enfermo!... ¡un mozo así... ya +formado... y que es el orgullo de ellos... pobres... pobres viejos!... +¡éste es el pago!... ¡Mire, don Lorenzo: a mí no me da vergüenza +lagrimear delante de ustedes... ¿sabe?... porque ustedes van a ver +llorar a muchos hombres!...</p> + +<p>—Lo mismo nos pasa a nosotros, Baldomero; ¿pero qué quiere que +hagamos?...</p> + +<p>—...¡Es una fatalidad!...</p> + +<p>—Así es, Baldomero... y para mí es una pena como usted no se imagina...</p> + +<p>—¡Háblelo, don Lorenzo...! usted puede mucho... dígale cómo está el +viejo... ¡lléveselo, señor!... ¡lléveselo por lo que más quiera!... aquí +va a ser su perdición...</p> + +<p>En ese momento se oyó la voz de Melchor que gritó desde su cuarto:</p> + +<p>—¡Baldomero!... Hágame ensillar el zaino.</p> + +<p>—¡Voy, don Melchor!—contestó y como si no hubiera oído la orden se +dirigió hacia el sitio en que Melchor estaba, pasándose las mangas de su +blusa por los ojos.</p> + +<p>—Que me haga ensillar el zaino, le dije.</p> + +<p>—¿Piensa salir con esta calor?</p> + +<p>—Voy a acompañar a los muchachos que se van—contestó Melchor mientras, +sentado en el borde de su cama, se calzaba tranquilamente las botas de +montar.</p> + +<p>—¿Y usted también se va con ellos, don Melchor?...—le preguntó +insinuantemente Baldomero.</p> + +<p>—¡Ni pienso!... ¿a qué?... ¡No! Voy a acompañarlos hasta la tranquera +del bajo.</p> + +<p>—A mí se me hace, don Melchor, que andan con ganas de quedarse unos +días más, ¿sabe? para irse con usted... ¿por qué no les habla?</p> + +<p>—No, Baldomero, déjelos que se vayan—respondió Melchor continuando en +la tarea de vestirse, con la más extraordinaria tranquilidad de +espíritu,—ya no tienen nada que hacer aquí... vinieron a curarse... ya +están curados... ahora se van... nada más lógico... vinieron enfermos y +se van «sanitos»... vinieron descreídos... y usted les ha oído hablar de +Dios contemplando las noches estrelladas, ¿se acuerda?... vinieron +enfermos de cuerpo y alma... y se vuelven sanos... fuertes... con fe... +¡con todo!... sólo dejan aquí... lo que ya no sirve... lo que ya no +necesitan... ¡al amigo de «antes»!... ¡déjelos que se vayan!... ¡así son +todos! ¡todos!... ¡todos!... ¡igualitos!...</p> + +<p>—¡Siento como que me duele el corazón, oyéndolo hablar así, don +Melchor...! ¿por qué dice todo eso?</p> + +<p>—¡Porque es verdad!</p> + +<p>—Qué ha de ser, ¡señor!... y aunque fuera... que no lo es... siempre +hay quienes lo quieren de veras, don Melchor.</p> + +<p>—¡A mí?... ¡Bah!...</p> + +<p>—¿Y los viejos?... ¿y las niñas?... ¡sus hermanas, don Melchor! +¡recuérdese de la «nena»!</p> + +<p>Al oír esto Melchor que se ponía el «panamá» mirándose en el espejo del +ropero, dio vuelta rápidamente hacia Baldomero clavándole la vista como +en un reproche y cuando parecía que iba a prorrumpir en una amenaza dijo +como renunciando a ella y como para terminar con el diálogo:</p> + +<p>—¿Mandó ensillar el zaino?</p> + +<p>—...Voy... Sí, señor... voy... ¡cómo... ha... de... ser!...—contestó +Baldomero alejándose.</p> + +<p>Momentos después el caballerizo ensillaba al zaino sin que nadie más que +él estuviera en la caballeriza, que parecía abandonada.</p> + +<p>Águeda, José, Juancito y los peones comentaban, en la cocina, lo que +pasaba «adentro»; bajo el ombú grande estaba el break en cuyo estribo +trasero se había sentado Lorenzo que tenía la cabeza apoyada entre las +manos; en las gruesas raíces del ombú estaba sentado Hipólito y junto a +él, que con un palito trazaba marcas de hacienda en el suelo, Ricardo +de pie le consultaba sobre la hora de llegar al pueblo.</p> + +<p>Casi no se advertía más movimiento que el piafar de los caballos y el +batir continuo de sus colas espantando las moscas bravas y a ratos el +«<i>gué</i>»... «<i>gué</i>»... de alguna gallina que salía de los pastos en busca +de su nidal; ¡pero en medio del sopor de aquella hora bochornosa una +racha helada cruzaba por la estancia!...</p> + +<p>En eso apareció por el camino del jardín que daba acceso a la +caballeriza la figura esbelta de Melchor en cuyo rostro empalidecido se +destacaban las ojeras negras y profundas. Vestía su traje predilecto y +en el ojal de la blusa llevaba un hermoso gajo de sedrón...</p> + +<p>—¿Ya están listos, muchachos?—preguntó amablemente, casi sonriendo.</p> + +<p>—Sí, Melchor... ya estamos listos—le contestó Lorenzo, profundamente +abatido;—¿no tienes nada que mandar?</p> + +<p>—Nada, ché... recuerdos... y si van por casa le dices al viejo que le +voy a escribir... y que yo iré dentro de unos días...</p> + +<p>—¿Cuándo?... más o menos.</p> + +<p>—¡Hombre!... Cuando me desocupe.</p> + +<p>—¿Tienes algún trabajo que realizar?...</p> + +<p>—El que correspondería al mayordomo... un establecimiento como éste... +aunque no sea gran cosa, necesita un mayordomo.</p> + +<p>—¿Y Baldomero?...</p> + +<p>—Por ahí andará—dijo Melchor como si contestara a la pregunta, +dirigiéndose hacia su zaino y agregó:—cuando quieran.</p> + +<p>Los dos viajeros se despidieron de todas las personas del servicio y al +disponerse a hacerlo con Melchor, éste les dijo:</p> + +<p>—Los voy a acompañar.</p> + +<p>—¡Cómo?... Vas a molestarte... ¡y con este calor!</p> + +<p>Por toda respuesta Melchor montó a caballo y cerrándole violentamente +las espuelas se dirigió por el jardín, entre la estupefacción de todos, +hasta el corredor de la casa al que subió con su caballo y aproximándolo +a la ventana llamó a Ramona, de quién los viajeros no se habían +despedido. Habló con ella que instantes después le alcanzó un vaso, cuyo +contenido bebió de un trago, y por el mismo camino volvió a colocarse +junto al break que luego se puso en marcha acompañado por él en +silencio... Así llegaron a la tranquera que Melchor se apresuró a abrir +sin bajar del caballo; el break se detuvo y descendieron los dos +viajeros aproximándose a Melchor que apoyado en la estribera izquierda +recogió la pierna derecha en cuyo pie conservó colgante el estribo y +sostenido por ella parecía dispuesto a escuchar tranquilamente la +despedida en una actitud de tan visible indiferencia que desconcertó a +los dos desde el primer instante.</p> + +<p>—¡Bueno, Melchor, adiós! Sólo nos queda agradecerte cuanto has hecho +por nosotros—le dijo Lorenzo, fija y fríamente contemplado por +Melchor,—y pedirte disculpas por lo que te hemos incomodado.</p> + +<p>—Bueno, adiós, entonces, que les vaya bien.</p> + +<p>—Por mi parte, Melchor, no sabría cómo pagarte algo de lo mucho que has +hecho por mí.</p> + +<p>—¿Yo?... ¡Bah! A mí no me debes nada.</p> + +<p>—Si quieres—dijo Lorenzo,—encárgame algo para tu casa.</p> + +<p>—Les das recuerdos.</p> + +<p>—O para Clota.</p> + +<p>—«Y le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo iré dentro de +unos días»—volvió a repetir Melchor.</p> + +<p>—¡Cuanto antes, Melchor!—le dijo Lorenzo bajo la presión de una +emoción tan intensa que casi le ahogaba la voz.—¡Cuánto antes!... tú no +debes quedarte aquí.</p> + +<p>—Y me quedo.</p> + +<p>—Pero haces mal; si quisieras nos volveríamos a las casas para irnos +contigo mañana o pasado... ¿Quieres?...</p> + +<p>—No, váyanse no más, yo me quedo muy bien solo.</p> + +<p>—¡Cómo ha de ser!—exclamó Lorenzo ahogado por las ansias de llorar y +agregó:—yo seguiré mañana para Buenos Aires; pero Ricardo quedará unos +días en el pueblo, así es que cualquier cosa que necesites aquí o +allá...</p> + +<p>—¿Yo?... ¡Qué voy a necesitar!...</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p class="dot">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p>¡«Jiú»!, moduló Hipólito y el coche partió a todo trote, como si una +fuerza superior lo arrancara de aquel sitio y al través de lágrimas +silenciosas vio Lorenzo que Melchor había bajado del caballo para cerrar +la tranquera, en la que apoyó luego los brazos cruzados, y bajo un sol +de fuego les contemplaba alejarse, mientras el zaino arrancaba, por +vicio, las matas de pasto que el freno le permitía morder...</p> + +<p class="c top5">FIN</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Transfusión, by Enrique de Vedia + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TRANSFUSIÓN *** + +***** This file should be named 26231-h.htm or 26231-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/6/2/3/26231/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net). + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +https://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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