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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 02:14:28 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El prisionero de Zenda + +Author: Anthony Hope + +Release Date: March 11, 2008 [EBook #24801] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRISIONERO DE ZENDA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<h3 class="un">BIBLIOTECA de LA NACIÓN</h3> + +<h2 class="top5">ANTONIO HOPE</h2> + +<p class="c">—————</p> + +<h1 class="top15">EL PRISIONERO DE ZENDA</h1> + +<p class="c top15"><img src="images/001.png" alt="image" /></p> +<p class="c top5">BUENOS AIRES<br />1909</p> + +<hr /> +<h2 class="top5">INDICE</h2> + +<table summary="toc" cellspacing="0" cellpadding="0"> +<tr><td align="right"><a href="#I">I.</a></td><td>—Los Raséndil, y dos palabras acerca de los Elsberg</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#II">II.</a></td><td>—Que trata del color de los cabellos</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#III">III.</a></td><td>—Francachela nocturna con un pariente lejano</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#IV">IV.</a></td><td>—El Rey acude a la cita</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#V">V.</a></td><td>—Aventuras de un suplente</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#VI">VI.</a></td><td>—El secreto de un sótano</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#VII">VII.</a></td><td>—Su majestad duerme en Estrelsau</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#VIII">VIII.</a></td><td>—Prima rubia y hermano moreno</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#IX">IX.</a></td><td>—Una nueva catapulta</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#X">X.</a></td><td>—Amores por cuenta ajena</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XI">XI.</a></td><td>—Caza mayor</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XII">XII.</a></td><td>—Un anzuelo bien cebado</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XIII">XIII.</a></td><td>—Nueva escala de Jacob</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XIV">XIV.</a></td><td>—Rondando el castillo</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XV">XV.</a></td><td>—Tentación</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XVI">XVI.</a></td><td>—Un plan desesperado</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XVII">XVII.</a></td><td>—A media noche</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XVIII">XVIII.</a></td><td>—Golpe de mano</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XIX">XIX.</a></td><td>—Cara a cara en el bosque</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XX">XX.</a></td><td>—El prisionero y el Rey</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XXI">XXI.</a></td><td>—¡Hay algo más que amor!</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#XXII">XXII.</a></td><td>—Presente, pasado ¿y futuro?</td></tr> +</table> + +<hr /> +<h2 class="top15"><a name="I" id="I"></a>I</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">los raséndil, y dos palabras acerca de los elsberg</span></p> + + +<p>—¡Pero cuándo llegará el día que hagas algo de provecho, +Rodolfo!—exclamó la mujer de mi hermano.</p> + +<p>—Mi querida Rosa—repliqué, soltando la cucharilla de que me servía +para despachar un huevo,—¿de dónde sacas tú que yo deba hacer cosa +alguna, sea o no de provecho? Mi situación es desahogada; poseo una +renta casi suficiente para mis gastos (porque sabido es que nadie +considera la renta propia como del todo suficiente); gozo de una +posición social envidiable: hermano de lord Burlesdón y cuñado de la +encantadora Condesa, su esposa. ¿No te parece bastante?</p> + +<p>—Veintinueve años tienes, y no has hecho más que...</p> + +<p>—¿Pasar el tiempo? Es verdad. Pero en mi familia no necesitamos hacer +otra cosa.</p> + +<p>Esta salida mía no dejó de producir en Rosa cierto disgustillo, porque +todo el mundo sabe (y de aquí que no haya inconveniente en repetirlo) +que por muy bonita y distinguida que ella sea, su familia no es con +mucho de tan alta alcurnia como la de Raséndil. Amén de sus atractivos +personales, poseía Rosa una gran fortuna, y mi hermano Roberto tuvo la +discreción de no fijarse mucho en sus pergaminos. A éstos se refirió la +siguiente observación de Rosa, que dijo:</p> + +<p>—Las familias de alto linaje son, por regla general, peores que las +otras.</p> + +<p>Al oir esto, no pude menos de llevarme la mano a la cabeza y acariciar +mis rojos cabellos; sabía perfectamente lo que ella quería decir.</p> + +<p>—¡Cuánto me alegro de que Roberto sea moreno!—agregó.</p> + +<p>En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y trabaja antes de +almorzar, entró en el comedor, y, dirigiendo una mirada a su esposa, +acarició suavemente su mejilla, algo más encendida que de costumbre.</p> + +<p>—¿Qué ocurre, querida mía?—le preguntó.</p> + +<p>—Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo—dije como +ofendido.</p> + +<p>—¡Oh! En cuanto a lo del pelo no es culpa suya—admitió Rosa.</p> + +<p>—Por regla general, aparece una vez en cada generación—dijo mi +hermano.—Y lo mismo pasa con la nariz. Rodolfo ha heredado ambas cosas.</p> + +<p>—Que por cierto me gustan mucho—dije levantándome y haciendo una +reverencia ante el retrato de la condesa Amelia.</p> + +<p>Mi cuñada lanzó una exclamación de impaciencia.</p> + +<p>—Quisiera que quitases de ahí ese retrato, Roberto—dijo.</p> + +<p>—¡Pero, querida!—exclamó mi hermano.</p> + +<p>—¡Santo Cielo!—añadí yo.</p> + +<p>—Entonces, siquiera podríamos olvidarlo—continuó Rosa.</p> + +<p>—A duras penas, mientras ande Rodolfo por aquí—observó mi hermano.</p> + +<p>—¿Y por qué olvidarlo?—pregunté yo.</p> + +<p>—¡Rodolfo!—exclamó mi cuñada ruborizándose y más bonita que nunca.</p> + +<p>Me eché a reír y volví a mi almuerzo. Por lo pronto me había librado de +seguir discutiendo la cuestión de lo que yo debería hacer o emprender. Y +para cerrar la polémica y también, lo confieso, para exasperar un poco +más a mi severa cuñadita, añadí:</p> + +<p>—¡La verdad es que me alegro de ser todo un Elsberg!</p> + +<p>Cuando leo una obra cualquiera paso siempre por alto las explicaciones; +pero desde el momento en que me pongo a escribir, yo mismo comprendo que +una explicación es aquí inevitable. De lo contrario, nadie entenderá por +qué mi nariz y mi cabello tienen el don de irritar a mi cuñada y por qué +digo de mí que soy un Elsberg. Desde luego, por muy alto que piquen los +Raséndil, el mero hecho de pertenecer a esa familia no justifica la +pretensión de consanguinidad con el linaje aun más noble de los Elsberg, +que son de estirpe regia. ¿Qué parentesco puede existir entre Ruritania +y Burlesdón, entre los moradores del palacio de Estrelsau o el castillo +de Zenda y los de nuestra casa paterna en Londres?</p> + +<p>Pues bien (y conste que voy a sacar a relucir el mismísimo escándalo que +mi querida condesa de Burlesdón quisiera ver olvidado para siempre); es +el caso que allá por los años de 1733, ocupando el trono inglés Jorge +II, hallándose la nación en paz por el momento, y no habiendo empezado +aún las contiendas entre el Rey y el príncipe de Gales, vino a visitar +la corte de Inglaterra un regio personaje, conocido más tarde en la +historia con el nombre de Rodolfo III de Ruritania. Era este Príncipe un +mancebo alto y hermoso, a quien caracterizaban (y no me toca a mí decir +si en favor o en perjuicio suyo) una nariz extremadamente larga, aguzada +y recta, y una cabellera de color rojo obscuro; en una palabra, la nariz +y el cabello que han distinguido a los Elsberg desde tiempo inmemorial. +Permaneció algunos meses en Inglaterra, donde fue objeto del +recibimiento más cortés; pero su salida del país dio algo que hablar. +Tuvo un duelo (y muy galante conducta fue la suya al prescindir para el +caso de su alto rango), siendo su adversario un noble muy conocido en la +buena sociedad de aquel tiempo, no sólo por sus propios méritos, sino +también como esposo de una dama hermosísima. Resultado de aquel duelo +fue una grave herida que recibió el príncipe Rodolfo, y apenas curado de +ella lo sacó ocultamente del país el embajador de Ruritania, a quien dio +no poco que hacer aquella aventura de su Príncipe. El noble salió ileso, +pero en la mañana misma del duelo, que fue por demás húmeda y fría, +contrajo una dolencia que acabó con él a los seis meses de la partida de +Rodolfo. Dos meses después dio a luz su esposa un niño que heredó el +título y la fortuna de Burlesdón. Fue esta dama la condesa Amelia, cuyo +retrato quería retirar mi cuñada del lugar que ocupaba en la casa de mi +hermano; y su esposo fue Jaime, cuarto conde de Burlesdón y +vigésimo-segundo barón Raséndil, inscrito bajo ambos títulos en la «Guía +Oficial de los Pares de Inglaterra,» y caballero de la Orden de la +Jarretiera. Cuanto a Rodolfo, regresó a Ruritania, se casó y subió al +trono, que sus sucesores han ocupado hasta el momento en que escribo, +con excepción de un breve intervalo. Y diré, para terminar, que si el +lector visita la galería de retratos de Burlesdón, verá entre los +cincuenta pertenecientes a los últimos cien años, cinco o seis, el del +quinto Conde inclusive, que se distinguen por la nariz larga, recta y +aguzada y el abundante cabello de color rojo obscuro. Estos cinco o seis +tienen también ojos azules, siendo así que entre los Raséndil predominan +los ojos negros.</p> + +<p>Esta es la explicación, y me alegro de haber salido de ella; las manchas +de honrada familia son asunto delicado, pero lo cierto es que la +transmisión por herencia, de que tanto se habla, es la chismosa mayor y +más temible que existe; para ella no hay discreción ni secreto que +valga, y a lo mejor inscribe las notas más escandalosas en la «Guía de +los Pares.»</p> + +<p>Observará el lector que mi cuñada, dando muestras de escasísima lógica, +se empeñaba en considerar mi rojiza cabellera casi como una ofensa y en +hacerme responsable de ella, apresurándose a suponer en mí, sin otro +fundamento que esos rasgos externos, cualidades que por ningún concepto +poseo, y mostrando como prueba de tan injusta deducción, lo que ella +daba en llamar la vida inútil y sin objeto determinado que he llevado +hasta la fecha. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que esa vida me +ha proporcionado no escaso placer y abundantes enseñanzas. He estudiado +en una universidad alemana y hablo el alemán con tanta facilidad y +perfección como el inglés; lo mismo digo del francés, mascullo el +italiano y sé jurar en español. No tiro mal la espada, manejo la pistola +perfectamente y soy jinete consumado. Tengo completo dominio sobre mí +mismo, no obstante el color engañador de mis cabellos; y si el lector +insiste en que a pesar de todo lo dicho me hubiera valido más dedicarme +a algún trabajo útil, sólo añadiré que mis padres me habían dejado en +herencia diez mil pesos de renta y un carácter aventurero.</p> + +<p>—La diferencia entre tu hermano y tú—prosiguió mi cuñada, que también +gusta de sermonear un poco de cuando en cuando,—está en que él reconoce +los deberes de su posición y tú no ves más que las ventajas de la tuya. +Ahí tienes a Sir Jacobo Borrodale ofreciéndote precisamente la +oportunidad que necesitas y que más te conviene.</p> + +<p>—¡Gracias mil!—murmuré.</p> + +<p>Tiene prometida una embajada para dentro de seis meses, y Roberto está +seguro de que te ofrecerá el puesto de agregado. Acéptalo, Rodolfo, +aunque sólo sea por complacerme.</p> + +<p>Puesta la cuestión en este terreno y con mi cuñadita frunciendo las +cejas y dirigiéndome una de sus más irresistibles miradas, no le quedaba +a un tunante como yo más remedio que ceder, compungido y pesaroso. +Además, pensé que el puesto ofrecido no dejaría de proporcionarme grata +oportunidad de divertirme y pasarlo divinamente, y por lo tanto +repliqué:</p> + +<p>—Mi querida hermana, si dentro de seis meses no se presenta algún +obstáculo imprevisto y Sir Jacobo no se opone, que me cuelguen si no me +agrego a su embajada.</p> + +<p>—¡Qué bueno eres, Rodolfo! ¡Cuánto me alegro!</p> + +<p>—¿Y adónde va destinado el futuro embajador?</p> + +<p>—Todavía no lo sabe, pero sí está seguro de que será un puesto de +primer orden.</p> + +<p>—Hermana mía—dije,—por complacerte iré aunque sea a una legación de +tres al cuarto. No me gusta hacer las cosas a medias.</p> + +<p>Es decir, que mi promesa estaba hecha; pero seis meses son seis meses, +una eternidad, y como había que pasarlos de alguna manera, me eché a +pensar en seguida diversos planes que me permitieran esperar +agradablemente el principio de mis tareas diplomáticas; esto suponiendo +que los agregados de embajada se ocupen en algo, cosa que no he podido +averiguar, porque, como se verá más adelante, nunca llegué a ser +<i>attaché</i> de Sir Jacobo ni de nadie. Y lo primero que se me ocurrió, +casi repentinamente, fue hacer un viajecillo a Ruritania. Parecerá +extraño que yo no hubiera visitado nunca aquel país; pero mi padre (a +pesar de cierta mal disimulada simpatía por los Elsberg, que le llevó a +darme a mí, su hijo segundo, el famoso nombre de Rodolfo, favorito entre +los de aquella regia familia), se había mostrado siempre opuesto a dicho +viaje; y muerto él, mi hermano y Rosa habían aceptado la tradición de +nuestra familia, que tácitamente cerraba a los Raséndil las puertas de +Ruritania. Pero desde el momento en que pensé visitar aquel país, se +despertó vivamente mi curiosidad y el deseo de verlo. Después de todo, +las narices largas y el pelo rojo no eran patrimonio exclusivo de los +Elsberg, y la vieja historia que he reseñado, a duras penas podía +considerarse como razón suficiente para impedirme visitar un importante +reino que había desempeñado papel nada menospreciable en la historia de +Europa y que podía volver a hacerlo bajo la dirección de un monarca +joven y animoso, como se decía que lo era el nuevo Rey. Mi resolución +acabó de afirmarse al leer en los periódicos que Rodolfo V iba a ser +coronado solemnemente en Estrelsau tres semanas después y que la +ceremonia prometía ser magnífica. Decidí presenciarla y comencé mis +preparativos de viaje sin perder momento. Pero como nunca había +acostumbrado enterar a mis parientes del itinerario de mis excursiones, +y además en aquel caso esperaba resuelta oposición por su parte, me +limité a decir que salía para el Tirol, objeto favorito de mis viajes, y +me gané la aprobación de Rosa diciéndole que iba a estudiar los +problemas sociales y políticos del interesante pueblo tirolés.</p> + +<p>—Mi viaje puede dar también un resultado que no sospechas—añadí con +gran misterio.</p> + +<p>—¿Qué quieres decir?—preguntó Rosa.</p> + +<p>—Nada, sino que existe cierto vacío que pudiera llenarse con una obra +concienzuda sobre...</p> + +<p>—¿Piensas escribir un libro?—exclamó mi cuñada +palmoteando.—¡Magnífico proyecto! ¿Verdad, Roberto?</p> + +<p>—En nuestros días es la mejor manera de comenzar una carrera +política—asintió mi hermano, que había compuesto ya, no uno, sino +varios libros. «Teorías antiguas y hechos modernos,» «El resultado +final» y algunas otras obras originales de Burlesdón gozan muy justo +renombre.</p> + +<p>—Tiene mucha razón Roberto—declaré.</p> + +<p>—Prométeme que lo harás—dijo Rosa muy entusiasmada con mi plan.</p> + +<p>—Nada de promesas, pero si reúno suficientes materiales lo haré.</p> + +<p>—No se puede pedir más—dijo Roberto.</p> + +<p>—¡Qué materiales ni qué calabazas!—exclamó Rosa, haciendo un gracioso +mohín.</p> + +<p>Pero no cedí, y tuvo que contentarse con aquella promesa condicional. +Por mi parte, hubiera apostado cualquier cosa a que mi excursión +veraniega no daría por resultado ni una sola página. Y la mejor prueba +de que me equivocaba de medio a medio, es que estoy escribiendo el +prometido libro, aunque confieso que ni me puede servir a mí para +lanzarme a la política, ni tiene nada que ver con el Tirol.</p> + +<p>Y bien puedo añadir que tampoco merecería la aprobación de la Condesa mi +cuñada, suponiendo que yo lo sometiese a su severa censura; cosa que me +guardaré muy bien de hacer.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="II" id="II"></a>II</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">que trata del color de los cabellos</span></p> + + +<p>Mi tío Guillermo solía decir, y lo sentaba como máxima invariable, que +nadie debe pasar por París sin detenerse allí veinticuatro horas. Y yo, +con el respeto debido a la madura experiencia de mi tío, me instalé en +el Hotel Continental de aquella ciudad, resuelto a pasar allí un día y +una noche, camino del... Tirol. Fui a ver a Jorge Federly en la +embajada, comimos juntos en Durand y después nos fuimos a la Opera; tras +una ligera cena nos presentamos en casa de Beltrán, poeta de alguna +reputación y corresponsal de <i>La Crítica</i>, de Londres. Ocupaba un piso +muy cómodo, y hallamos allí algunos amigos suyos, personas muy +simpáticas todas, con quienes pasamos el rato agradablemente, fumando y +conversando. Sin embargo, noté que el dueño de la casa estaba preocupado +y silencioso, y cuando se hubieron despedido todos los demás y +quedádonos solos con él Federly y yo, empecé a bromear a Beltrán, hasta +que exclamó, dejándose caer en el sofá:</p> + +<p>—¡Pues nada, que tienes tú razón y estoy enamorado, perdidamente +enamorado!</p> + +<p>—Así escribirás mejores versos—le dije por vía de consuelo.</p> + +<p>Se limitó a fumar furiosamente sin decir palabra, en tanto que Federly, +de espaldas a la chimenea, lo contemplaba con cruel sonrisa.</p> + +<p>—Es lo de siempre, y lo mejor que puedes hacer es cantar de plano, +Beltranillo—dijo Federly.—La novia se te va de París mañana.</p> + +<p>—Ya lo sé—repuso Beltrán furioso.</p> + +<p>—Pero lo mismo da que se vaya o que se quede. ¡La dama pica muy alto +para ti, poeta!</p> + +<p>—¿Y a mí qué?</p> + +<p>—Vuestra conversación me interesaría muchísimo más—observé,—si +supiera de quién estáis hablando.</p> + +<p>—Antonieta Maubán—dijo Federly.</p> + +<p>—De Maubán—gruñó Beltrán.</p> + +<p>—¡Hola!—exclamé.—¡Conque esas tenemos, mocito!</p> + +<p>—¿Me haces el favor de dejarme en paz?</p> + +<p>—¿Y adónde va?—pregunté, porque la dama gozaba de cierta celebridad y +su nombre no me era desconocido.</p> + +<p>Jorge hizo sonar las monedas que tenía en el bolsillo, miró a Beltrán +dirigiéndole su más despiadada sonrisa y replicó:</p> + +<p>—Nadie lo sabe. Y a propósito, Beltrán; la otra noche vi en su casa a +todo un personaje, el duque de Estrelsau. ¿Le conoces?</p> + +<p>—Sí, ¿y qué?</p> + +<p>—Muy cumplido caballero, a fe mía.</p> + +<p>Era evidente que las alusiones de Jorge al Duque tenían por objeto +aumentar las penas del pobre Beltrán, de donde inferí que el Duque había +distinguido a la señora de Maubán con sus atenciones. Era ella viuda, +hermosa, rica, y la voz pública decíala ambiciosa. Nada tenía de extraño +que procurase, como lo había insinuado Jorge, conquistar a un personaje +que ocupaba en su país lugar inmediato al del Rey; porque el Duque era +hijo del finado rey de Ruritania y de su segunda y morganática esposa y, +por consiguiente, hermano paterno del nuevo Rey. Había sido el favorito +de su padre, quien fue objeto de muy desfavorables comentarios al +crearlo Duque y dar por nombre a su ducado el de la capital del Reino. +Su madre había sido de buena familia pero no de alta nobleza.</p> + +<p>—¿Sigue en París el Duque?—pregunté.</p> + +<p>—¡Oh, no! Se ha ido porque tiene que asistir a la coronación; ceremonia +que de seguro no le hará mucha gracia. ¡Pero no desesperes, Beltrán! Con +la bella Antonieta no se ha de casar, por lo menos mientras no fracase +otro plan. Sin embargo, quizás ella...—Hizo una pausa y dijo, +riéndose:—No es fácil resistir las atenciones de un príncipe real, ¿no +es así, Rodolfo?</p> + +<p>—¿Te callarás?—le dije, y levantándome, dejé a Beltrán en las garras +de Jorge y me fui al hotel.</p> + +<p>Al siguiente día Jorge Federly me acompañó a la estación, donde tomé un +billete para Dresde.</p> + +<p>—¿Vas a contemplar las pinturas?—preguntó Jorge guiñándome el ojo.</p> + +<p>Jorge es un murmurador incorregible, y si hubiese sabido que yo iba a +Ruritania, la noticia hubiera llegado a Londres en tres días. Iba, pues, +a darle una respuesta evasiva cuando le vi dirigirse apresuradamente al +otro extremo del andén y saludar a una joven bonita y muy elegantemente +vestida, que acababa de dejar la sala de espera. Podría tener unos +treinta o treinta y dos años y era alta, morena y algo gruesa. Mientras +hablaba con Jorge noté que me miraba, con gran disgusto mío, porque no +me consideraba muy presentable con el largo gabán ruso que me envolvía +para preservarme del frío en aquella destemplada mañana de abril, sin +contar la bufanda que llevaba al cuello y el sombrero de fieltro calado +hasta las orejas.</p> + +<p>—Tienes una encantadora compañera de viaje—me dijo Federly al +reunírseme.—Esa es la diosa adorada de Beltrán, la bella Antonieta, +que va, como tú, a Dresde... a ver pinturas también, probablemente. Sin +embargo, me extraña que precisamente ahora no desee tener el honor de +conocerte.</p> + +<p>—No he podido serle presentado—dije un tanto mohino.</p> + +<p>—Pero yo me ofrecí a presentarte y me contestó que otra vez sería. No +importa, chico; quizás haya un descarrilamiento o un choque durante el +viaje y tengas oportunidad de dejar plantado al duque de Estrelsau.</p> + +<p>Pero ni la señora de Maubán ni yo tuvimos el menor desastre, y bien +puedo afirmarlo de ella con tanta seguridad como de mí, porque tras una +noche de descanso en Dresde, al continuar mi jornada, la vi subir a un +coche del mismo tren que yo había tomado. Comprendiendo que deseaba +hallarse sola, evité cuidadosamente acercármele; pero vi que llevaba el +mismo punto de destino que yo y no dejé de observarla atentamente sin +que ella lo notase.</p> + +<p>Tan luego llegamos a la frontera de Ruritania (y por cierto que el viejo +administrador de la aduana se quedó mirándome con tal fijeza que me hizo +recordar más que nunca mi parentesco con los Elsberg), compré unos +periódicos y me hallé con noticias que modificaron mi itinerario. Por +motivos no muy claramente explicados, se había anticipado repentinamente +la fecha de la coronación, fijándola para dos días después. En todo el +país se hablaba de la solemne ceremonia y era evidente que Estrelsau, la +capital, estaba atestada de forasteros. Las habitaciones disponibles +alquiladas todas, los hoteles llenos, iba a serme muy difícil obtener +hospedaje, y dado que lo consiguiera tendría que pagarlo a precio +exorbitante. Resolví, pues, detenerme en Zenda, pequeña población a +quince leguas de la capital y a cinco de la frontera. El tren en que yo +iba, llegaba a Zenda aquella noche; podría pasar el día siguiente, +martes, recorriendo las cercanías, que tenían fama de muy pintorescas, +dando una ojeada al famoso castillo e ir por tren a Estrelsau el +miércoles, para volver aquella misma noche a dormir a Zenda.</p> + +<p>Dicho y hecho. Me quedé en Zenda y desde el andén vi a la señora de +Maubán, que evidentemente iba sin detenerse hasta Estrelsau, donde por +lo visto contaba o esperaba conseguir el alojamiento que yo no había +tenido la previsión de procurarme de antemano. Me sonreí al pensar en la +sorpresa de Jorge Federly si hubiera llegado a saber que ella y yo +habíamos viajado tanto tiempo en buena compañía.</p> + +<p>Me recibieron muy bien en el hotel, que no pasaba de ser una posada, +presidida por una corpulenta matrona y sus dos hijas; gente bonachona y +tranquila, que parecía cuidarse muy poco de lo que sucedía en la +capital. El preferido de la buena señora era el Duque, porque el +testamento del difunto Rey lo había hecho dueño y señor de las +posesiones reales en Zenda y del castillo, que se elevaba +majestuosamente sobre escarpada colina al extremo del valle, a media +legua escasa del hotel. Mi huéspeda no vacilaba en decir que sentía no +ver al Duque en el trono, en lugar de su hermano.</p> + +<p>—¡Por lo menos al duque Miguel lo conocemos!—exclamaba.—Ha vivido +siempre entre nosotros y no hay ruritano que no sepa de él. Pero el Rey +es casi un extraño; ha residido tanto tiempo fuera del país, que apenas +si de cada diez hay uno que lo haya visto.</p> + +<p>—Y ahora—apoyó una de las muchachas,—dicen que se ha afeitado la +barba y que no hay quien lo conozca.</p> + +<p>—¡Que se ha quitado la barba!—exclamó la madre.—¿Quién te lo ha +dicho?</p> + +<p>—Juan, el guardabosque del Duque, que ha visto al Rey.</p> + +<p>—¡Ah, sí! El Rey, señor mío, está de cacería en una posesión que tiene +el Duque, ahí en el bosque; de Zenda irá a Estrelsau para la coronación +el miércoles por la mañana.</p> + +<p>Me interesó la noticia y resolví dirigir al día siguiente mis pasos +hacia la casa del guarda, con la esperanza de ver al Rey.</p> + +<p>—¡Ojalá se quedase cazando toda la vida!—me decía mi +huéspeda.—Cuentan que la caza, el vino y otra cosa que me callo, es lo +único que le gusta o le importa. Pues que coronen al Duque; eso es lo +que yo quisiera, y no me importa que me oigan.</p> + +<p>—¡Cállese usted, madre!—dijeron ambas mozas.</p> + +<p>—¡Oh, son muchos los que piensan como yo!—insistió la vieja.</p> + +<p>Reclinado en cómodo sillón, de brazos, me reía al oirlas.</p> + +<p>—Lo que es yo—declaró la menor de las hijas, una rubia regordeta y +sonriente,—aborrezco a Miguel el Negro. ¡A mí déme usted un Elsberg +rojo, madre! Del Rey dicen que es tan rojo como... como...</p> + +<p>Me miró maliciosamente y lanzó una carcajada, sin hacer caso de la cara +hosca que ponía su hermana.</p> + +<p>—Pues mira que muchos han maldecido antes de ahora a esos Elsberg +pelirrojos—refunfuñó la buena mujer; y yo me acordé en seguida de +Jaime, cuarto conde de Burlesdón.</p> + +<p>—¡Pero nunca los ha maldecido una mujer!—exclamó la moza.</p> + +<p>—También, y más de una, cuando ya era tarde—fue la severa respuesta, +que dejó a la doncella callada y confusa.</p> + +<p>—¿Cómo es que el Rey se halla aquí, en tierras del Duque?—pregunté +para romper el embarazoso silencio.</p> + +<p>—El Duque lo invitó, mi buen señor, a que descansase aquí hasta el +miércoles, mientras él preparaba la recepción del Rey en Estrelsau.</p> + +<p>—¿Es decir que son buenos amigos?</p> + +<p>—Los mejores del mundo.</p> + +<p>Pero la linda rubia no era de las que se callan por largo tiempo, y +exclamó:</p> + +<p>—¡Sí, se quieren tanto como pueden quererse dos hombres que ambicionan +el mismo trono y la misma mujer!</p> + +<p>Su madre le dirigió una mirada furibunda, pero aquellas palabras habían +picado mi curiosidad; y antes de que la vieja pudiera reñirla, le +pregunté:</p> + +<p>—¿Cómo es eso? ¿La misma mujer?</p> + +<p>—Todo el mundo sabe que Miguel el Negro—bueno, madre, el duque +Miguel,—daría su alma por casarse con su prima, la princesa Favia, que +está destinada al Rey.</p> + +<p>—¡Pobre Duque!—repuse.—Declaro que empiezo a compadecerlo. Pero el +segundón tiene que contentarse con lo que el mayor le deje, y aun dar +gracias a Dios de que algo le toque.—Y pensando en lo que a mí mismo me +sucedía, me encogí de hombros y me eché a reír. También recordé entonces +a Antonieta de Maubán y su viaje a Estrelsau.</p> + +<p>—Lo que es Miguel el Negro...—continuó la muchacha arrostrando la +indignación de su madre; pero en aquel momento se oyeron unos pesados +pasos y una voz brusca preguntó, con acento amenazador:</p> + +<p>—¿Quién habla del duque Miguel con tan poco respeto y en sus propias +tierras?</p> + +<p>La muchacha dio un ligero grito, entre atemorizada y risueña.</p> + +<p>—¿No me acusarás a tu amo, Juan?—preguntó.</p> + +<p>—Ahí tienes lo que nos traes con tu charla—dijo la madre.</p> + +<p>El hombre que había hablado entró en la habitación.</p> + +<p>—Tenemos un huésped, Juan—dijo la posadera al recién llegado, que +inmediatamente se quitó la gorra. Pero al verme retrocedió un paso, +como ante una aparición.</p> + +<p>—¿Qué tienes, Juan?—preguntó la mayor de las jóvenes.—Este señor es +un viajero, que viene a ver la coronación.</p> + +<p>El guardabosque se había repuesto de su sorpresa, pero seguía mirándome +fijamente, con expresión de intensa curiosidad no exenta de amenaza.</p> + +<p>—Buenas noches—le dije.</p> + +<p>—Buenas noches, señor—murmuró, observándome sin cesar, hasta que la +rubia exclamó con gran risa:</p> + +<p>—¡Sí, míralo bien, Juan; es tu color favorito! Lo ha sorprendido el +color de su cabello, señor viajero; color que no es el que más vemos +aquí en Zenda.</p> + +<p>—Dispense el señor—balbuceó el mozo, todavía sorprendido.—No creí +encontrar aquí más que a los de casa.</p> + +<p>—Denle ustedes un vaso de vino para que lo beba a mi salud. Buenas +noches a todos, y gracias, señoras mías, por su bondad y su grata +conversación.</p> + +<p>Me levante, e inclinándome ligeramente me dirigí hacia la puerta. La +alegre muchacha corrió a alumbrar el camino y el joven retrocedió un +paso, fijos los ojos en mí. Al llegar a su lado me dijo:</p> + +<p>—Con perdón, señor: ¿conoce usted al Rey?</p> + +<p>—Jamás lo he visto, pero espero conocerlo el miércoles.</p> + +<p>Nada más dijo, pero presentí que sus ojos siguieron clavados en mí hasta +que se cerró la puerta. Mi picaresca conductora iba delante y al subir +la escalera me dijo:</p> + +<p>—No hay remedio; el pelo de usted es de un color que no le gusta a +Juan.</p> + +<p>—¿Prefiere quizás el tuyo, eh?</p> + +<p>—¡Oh! quiero decir en un hombre—replicó coquetonamente.</p> + +<p>—Vamos a ver—dije asiendo el candelero que tenía ella en la +mano;—¿qué importa que un hombre tenga el pelo de tal o cual color?</p> + +<p>—Lo que sé es que a mí me gusta el de usted; es el rojo de los Elsberg.</p> + +<p>—Te repito que lo del color es una bicoca, una fruslería. Como ésta; +toma.—Y le di algunas monedas.</p> + +<p>—¡Cielo santo!—exclamó.—Lo que es esta noche voy a cerrar la puerta +de la cocina, por si acaso.</p> + +<p>De entonces acá he aprendido que el color del pelo es en ocasiones +detalle de la más alta importancia para un hombre.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="III" id="III"></a>III</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">francachela nocturna con un pariente lejano</span></p> + + +<p>La conducta del guardabosque del Duque al siguiente día, fue tan atenta +y se mostró tan servicial, que hubiera bastado para reconciliarme con +él, suponiendo que yo hubiese podido guardarle el menor rencor porque a +él le gustase o no el color de mi cabello. Habiendo sabido que me +dirigía a la capital, se presentó cuando estaba yo almorzando para +decirme que una hermana suya, casada con un acomodado mercader de +Estrelsau, lo había invitado a ocupar un cuarto en su casa durante las +fiestas de la coronación. Que había aceptado de mil amores, pero ahora +se hallaba con que sus deberes no le permitían ausentarse. Por lo tanto +me rogaba que aceptase la invitación en su lugar, asegurándome que la +casa, aunque modesta, era cómoda y limpia, y que su hermana se avendría +al cambio con placer; acabando por recordarme las molestias que me +aguardaban en los coches atestados del tren, en mis idas y venidas +entre Zenda y Estrelsau. Acepté su oferta sin la menor vacilación y él +fue a telegrafiar a su hermana mientras yo preparaba mis efectos para +tomar el próximo tren. Pero me quedaba todavía el deseo de ir al bosque +y llegarme hasta la casilla del guarda; y cuando mi linda camarera me +dijo que podía tomar el tren en otra estación, andando cosa de dos +leguas a través del bosque, resolví enviar mi equipaje directamente a +las señas que había dejado Juan, dar mi paseo y continuar después el +viaje a Estrelsau. Juan había partido ya y nada supo de este cambio en +mis planes; pero como el único efecto había de ser un retraso de algunas +horas en mi llegada a la casa de su hermana, no había para qué enterarlo +de ello, y desde luego mi futura huéspeda no se había de preocupar por +mi tardanza.</p> + +<p>Tomé una ligera colación poco antes de mediodía, y habiéndome despedido +de la buena mujer y sus hijas, prometiendo volver a verlas a mi regreso, +comencé el ascenso de la colina que lleva al castillo y desde éste al +bosque de Zenda. Media hora de pausado andar me llevó a las puertas del +castillo. Fortaleza en otro tiempo, los macizos muros se hallaban +todavía en buen estado y aparecían muy imponentes. Tras ellos se veía +otra sección de la antigua fortaleza, y después de ésta, separada por +un ancho y profundo foso que rodeaba también los antiguos edificios, +hallábase una hermosa quinta moderna, mandada construir por el difunto +Rey y que al presente era la residencia de campo del duque de Estrelsau. +Ambas porciones, antigua y moderna, se comunicaban por medio de un +puente levadizo, único medio de acceso a la parte antigua de la +construcción; en cambio en frente de la quinta se extendía una hermosa y +ancha avenida. Era aquella una posesión ideal. Cuando «Miguel el Negro» +deseaba compañía, habitaba la quinta; si quería estar solo le bastaba +cruzar el puente, alzarlo tras sí, y hubieran sido necesarios un +regimiento y una batería de sitio para sacarlo de allí. Proseguí mi +camino, alegrándome de ver que el pobre duque Miguel, ya que no pudiese +conseguir trono ni princesa, tenía por lo menos una residencia no +inferior a la de ningún otro príncipe de Europa.</p> + +<p>No tardé en llegar al bosque, cuyos frondosos árboles me proporcionaron +fresca sombra por más de una hora. Las ramas se entrelazaban sobre mi +cabeza y los rayos del sol podían apenas deslizarse entre las hojas, +poniendo aquí y allá brillantes toques sobre el húmedo césped. Encantado +con aquel lugar, me senté al pie de un árbol, apoyé la espalda contra su +tronco y extendiendo las piernas me entregué a la contemplación de la +solemne belleza del bosque, a la vez que aspiraba el delicioso aroma de +un buen cigarro. Consumido éste y al parecer satisfecha mi contemplación +estética, me quedé profundamente dormido, sin cuidarme para nada del +tren que debía de llevarme a Estrelsau ni de la rapidez con que iban +deslizándose las horas de aquella tarde. Pensar en trenes en aquel lugar +hubiera sido un sacrilegio. Lejos de eso, me puse a soñar que era el +feliz esposo de la princesa Flavia, con la cual habitaba en el castillo +de Zenda y me paseaba por las sombreadas alamedas del bosque, todo lo +cual constituía un sueño muy placentero por cierto. No ocultaré que me +hallaba en el acto de estampar un ardiente beso en los lindos labios de +la Princesa, cuando oí una voz estridente, que al principio me pareció +parte de mi sueño, y que decía:</p> + +<p>—¡Pero, hombre, si parece cosa, del diablo! No hay más que afeitarlo y +ya tenemos al Rey hecho y derecho.</p> + +<p>Aquella ocurrencia me pareció bastante rara, aun para soñada; ¡el +sacrificio de mi bien cuidada barba y aguzada perilla transformarme en +un monarca! Hallábame a punto de besar otra vez a mi princesa, cuando me +convencí, muy a mi pesar, de que estaba despierto.</p> + +<p>Abrí los ojos y vi a dos hombres que me contemplaban con gran +curiosidad. Ambos vestían trajes de caza y llevaban sus escopetas. Bajo +y robusto uno de ellos, con una cabeza redonda como bala de cañón, +áspero bigote gris y pequeños ojos azules. El otro era joven, esbelto, +de mediana estatura, moreno y de distinguido porte. Desde luego me +pareció el primero un veterano y el otro un joven noble, pero también +soldado. Más tarde tuve ocasión de ver confirmado mi juicio.</p> + +<p>El de más edad se adelantó, haciendo seña al otro de que le siguiera; y +éste lo hizo así, descubriéndose cortésmente, a tiempo que yo me ponía +en pie.</p> + +<p>—¡Hasta la misma estatura!—oí murmurar al veterano, mientras parecía +medir atentamente con la vista los seis pies y dos pulgadas de estatura +que Dios me ha dado. Después, haciendo el saludo militar, dijo:</p> + +<p>—¿Me sería permitido preguntarle a usted su nombre?</p> + +<p>—Mi opinión, señores míos—contesté sonriéndome,—es que habiendo +tomado ustedes la iniciativa en este encuentro, les toca también +comenzar por decirme sus nombres.</p> + +<p>El joven se adelantó con faz risueña.</p> + +<p>—El coronel Sarto—dijo presentando a su compañero.—Y yo soy Federico +de Tarlein; ambos al servicio del rey de Ruritania.</p> + +<p>Me incliné y dije descubriéndome:</p> + +<p>—Mi nombre es Rodolfo Raséndil y soy un viajero inglés. También he sido +por dos años oficial del ejército de Su Majestad la Reina.</p> + +<p>—Pues en tal caso somos hermanos de armas—repuso Tarlein tendiéndome +la mano, que estreché gustoso.</p> + +<p>—¡Raséndil, Raséndil!—murmuró el coronel Sarto. De repente pareció +despertarse un claro recuerdo en su memoria y exclamó:</p> + +<p>—¡Por vida de! ¿Sois Burlesdón?</p> + +<p>—Mi hermano es el actual Conde de este título.</p> + +<p>—¡Claro está! Con esa cabeza no podía ser otra cosa—dijo echándose a +reír.—¿No conoce usted la historia, Tarlein?</p> + +<p>El joven me miró, algo cortado, con una delicadeza que mi cuñada hubiera +admirado grandemente. Y deseoso yo de tranquilizarlo, dije chanceándome:</p> + +<p>—¡Ah! Por lo visto la historia es tan bien conocida aquí como entre +nosotros.</p> + +<p>—¡Conocida!—exclamó Sarto.—Y como siga usted algún tiempo en el país +no habrá en toda Ruritania quien la dude.</p> + +<p>Empecé a sentirme algo inquieto. Si hubiera sabido hasta qué punto +podía leerse mi genealogía en mi aspecto, lo hubiera pensado mucho antes +de visitar a Ruritania. Pero a lo hecho pecho.</p> + +<p>En aquel momento se oyó una voz imperiosa entre los árboles:</p> + +<p>—¡Federico! ¿Dónde te has metido, hombre?</p> + +<p>Tarlein se sobresaltó y dijo apresuradamente:</p> + +<p>—¡El Rey!</p> + +<p>El viejo Sarto se limitó a reírse con sorna.</p> + +<p>No tardó en aparecer un joven, a cuya vista lancé una exclamación de +asombro; y él, al verme, retrocedió un paso, no menos atónito que yo. A +no ser por mi barba, por cierta expresión de dignidad debida a su alto +rango y también por media pulgada menos de estatura que él podía tener, +el rey de Ruritania hubiera podido pasar por Rodolfo Raséndil y yo por +el rey Rodolfo.</p> + +<p>Permanecimos un momento inmóviles, contemplándonos. Después me descubrí +y saludé respetuosamente. El Rey recobró entonces el uso de la palabra y +preguntó con extrañeza:</p> + +<p>—Coronel, Federico ¿quién es este caballero?</p> + +<p>Iba yo a contestar, cuando el coronel Sarto se interpuso y empezó a +hablar al rey en voz baja, con su tono gruñón. La estatura del Rey +aventajaba mucho a la de Sarto, y mientras escuchaba a éste, sus ojos se +fijaban de cuando en cuando en los míos. Por mi parte lo contemplé larga +y detenidamente. Nuestra semejanza era en verdad extraordinaria, si bien +noté asimismo los puntos de diferencia. La cara del Rey era ligeramente +más llena que la mía, el óvalo de su contorno un tanto más pronunciado, +muy poco, y me pareció o me imaginé que a las líneas de su boca les +faltaba algo de la firmeza (obstinación quizás) que denunciaban mis +comprimidos labios. Pero con todo esto y a pesar de esas diferencias +menores, nuestro parecido subsistía, innegable, evidente, portentoso.</p> + +<p>El coronel dejó de hablar, pero el rostro del Rey siguió contraído; por +último, moviéronse sus labios, se encorvó su nariz (exactamente como le +sucede a la mía cuando me río), parpadeó y acabó por echarse a reír de +tan buena gana y tan fuertemente, que sus carcajadas resonaron en el +bosque, proclamando la jovial disposición de su ánimo.</p> + +<p>—¡Bienvenido, primo mío!—exclamó acercándose y dándome una palmada en +el hombro, sin cesar de reírse.—Muy disculpable es mi sorpresa, porque +no todos los días ve un hombre su propia imagen contemplándole frente a +frente. ¿Verdad, señores?</p> + +<p>—Espero no haber incurrido en el desagrado de Vuestra +Majestad...—comencé a decir.</p> + +<p>—¡No, a fe mía! Y la verdad es que nadie con más razón puede aspirar al +favor del Rey. ¿Adónde se dirige usted?</p> + +<p>—A Estrelsau, para presenciar la coronación.</p> + +<p>El Rey miró a sus servidores; continuaba sonriéndose, pero su expresión +revelaba ligera inquietud. Sin embargo, el lado cómico de la situación +volvió a imponérsele.</p> + +<p>—¡Tarlein!—exclamó,—daría mil escudos por contemplar mañana la cara +de mi hermano Miguel cuando vea que somos dos. ¡Un par de Reyes, nada +menos!—Y sus alegres carcajadas resonaron de nuevo.</p> + +<p>—Hablando seriamente—dijo Tarlein,—dudo que sea muy acertada la +visita del señor Raséndil a Estrelsau en estos momentos.</p> + +<p>El Rey encendió un cigarrillo.</p> + +<p>—¿Y bien, Sarto?—preguntó.</p> + +<p>—No debe de ir—gruñó el veterano.</p> + +<p>—Veamos, coronel; es decir que el señor Raséndil me haría un servicio +si...</p> + +<p>—Eso, eso; Vuestra Majestad puede darle la forma más cortés y +diplomática que juzgue conveniente—dijo Sarto sacando del bolsillo una +enorme pipa.</p> + +<p>—¡Basta, señor!—exclamé dirigiéndome al Rey.—Hoy mismo saldré de +Ruritania.</p> + +<p>—¡Eso no!—exclamó el Rey.—Cenará usted conmigo esta noche, suceda +después lo que quiera, ¡Voto a! como dice Sarto; no se encuentra uno de +manos a boca con un pariente todos los días.</p> + +<p>—Nuestra cena de esta noche será sobria—dijo Tarlein.</p> + +<p>—No tal—repuso el Rey,—teniendo por convidado a nuestro primo. No por +eso olvido que debemos partir mañana temprano, Tarlein.</p> + +<p>—Tampoco lo olvido yo—dijo el coronel fumando gravemente,—pero +siempre habrá tiempo de pensar en ello mañana.</p> + +<p>—¡Ah, viejo Sarto!—exclamó el Rey.—¡Bien dicho! Cada cosa a su +tiempo. Andando, señor Raséndil. Y a propósito, ¿qué nombre le han +puesto a usted?</p> + +<p>—El mismo de Vuestra Majestad—contesté inclinándome.</p> + +<p>—¡Bravo! Eso prueba que no se avergüenzan de nosotros—repuso +riéndose.—¡Vamos, primo Rodolfo. No tengo palacio ni casa propia por +aquí, pero mi amado hermano Miguel me presta una de las suyas y en ella +procuraremos tratarlo a usted lo mejor posible.—Y tomando mi brazo, +indico a los otros que nos siguiesen y nos pusimos en camino.</p> + +<p>Anduvimos por el bosque cosa de media hora y el Rey fumó cigarrillos y +charló incesantemente. Mostró vivo interés por mi familia, se rió en +grande cuando hablé de los retratos con cabellera de Elsberg, existentes +en nuestra galería de antepasados y redobló su risa al oir que mi +expedición a Ruritania era secreta.</p> + +<p>—¿Es decir que tiene usted que visitar a su depravado primo a +escondidas?—dijo.</p> + +<p>Al salir del bosque nos hallamos ante un rústico pabellón de caza. Era +una construcción de un solo piso, toda de madera. Salió a recibirnos un +hombrecillo con modesta librea, y la única otra persona que allí +habitaba era una vieja, la madre de Juan, el guardabosque del Duque, +según averigüé después.</p> + +<p>—¿Está lista la cena, José?—preguntó el Rey.</p> + +<p>El hombrecillo contestó que todo estaba pronto y no tardamos en +sentarnos a una mesa abundantemente servida. El Rey comía con apetito, +Tarlein moderadamente y Sarto con voracidad. Yo me mostré buen comedor, +como lo he sido siempre, y el Rey lo notó, sin ocultar su aprobación.</p> + +<p>—Nosotros, los Elsberg, nos portamos siempre bien en la mesa, +observó.—Pero ¿qué es esto? ¿Estamos comiendo en seco? ¡Vino, José! Eso +de engullir sin beber se queda para los animales. ¡Pronto, pronto!</p> + +<p>José puso apresuradamente sobre la mesa numerosas botellas.</p> + +<p>—¡Acuérdese Vuestra Majestad de la ceremonia de mañana!—dijo Tarlein.</p> + +<p>—¡Eso es, mañana!—repitió el viejo Sarto.</p> + +<p>El Rey vació una copa a la salud de «su primo Rodolfo,» como tenía la +bondad de llamarme, y yo apuré otra en honor «del color de los Elsberg,» +brindis que le hizo reír mucho. No diré si era buena la carne que +comíamos, pero sí que los vinos eran exquisitos y que les hicimos +justicia. Tarlein se aventuró una vez a detener la mano del Rey.</p> + +<p>—¿Cómo se entiende?—exclamó éste—Acuérdate, Federico, de que debes +partir mañana antes que yo, y por lo tanto tienes que dejar de beber dos +horas antes.</p> + +<p>Tarlein vio que yo no comprendía.</p> + +<p>—El coronel y yo—me explicó,—saldremos de aquí a las seis de la +mañana para ir a caballo a Zenda, regresaremos con la guardia de honor a +las ocho, y entonces cabalgaremos todos juntos hasta la estación.</p> + +<p>—¡El diablo cargue con la tal guardia de honor!—gruñó Sarto.</p> + +<p>—No, ha sido una atención muy delicada de mi hermano el pedir esa +distinción para su regimiento—dijo el Rey.—¡Ea, primo! Tú no tienes +que levantarte temprano. ¡Venga otra botella!</p> + +<p>Y despaché otra botella, o, mejor dicho, parte de ella, porque lo menos +los dos tercios de su contenido se los apropió el monarca. Tarlein +renunció a predicar moderación y pronto nos pusimos todos tan alegres de +cascos como sueltos de lengua. El Rey empezó a hablar de lo que se +proponía hacer; Sarto, de lo que había hecho; Tarlein se destapó por +unas aventuras amorosas, y a mí me dio por encomiar los altos méritos de +la dinastía de los Elsberg. Hablábamos todos a la vez y seguíamos al pie +de la letra la máxima favorita de Sarto: mañana será otro día.</p> + +<p>—Por fin, el Rey puso su copa sobre la mesa y se reclinó en la silla.</p> + +<p>—Ya he bebido bastante—dijo.</p> + +<p>—No seré yo quien contradiga al Rey—asentí.</p> + +<p>La verdad es que había bebido demasiado. Y entonces se presentó José y +puso delante del Rey un venerable frasco, que, por su apariencia, debía +de haber reposado largos años en obscuro sótano.</p> + +<p>—Su Alteza el duque de Estrelsau me ordenó presentar este frasco al Rey +cuando hubiese gustado ya otros vinos menos añejos, y suplicarle que lo +bebiera en prenda del cariño que le profesa su hermano.</p> + +<p>—¡Bravo, Miguel!—exclamó el Rey.—¡Destápalo pronto, José! ¿Pues qué +se ha creído mi caro hermano? ¿Que me iba a asustar una botella más?</p> + +<p>Destapado el frasco, José llenó el vaso del Rey. Apenas hubo probado el +vino nos dirigió una mirada solemne, muy en consonancia con el estado en +que se hallaba, y dijo:</p> + +<p>—¡Caballeros, amigos míos, primo Rodolfo (¡cuidado que es escandalosa +la historia esa, Rodolfo!), la mitad de Ruritania os pertenece desde +este momento. ¡Pero no me pidáis una sola gota de este frasco divino, +que vacío a la salud de... de ese taimado, del bribón de mi hermano, +Miguel el Negro!</p> + +<p>Y llevándose el frasco a los labios bebió hasta la última gota, lo lanzó +después lejos de sí y apoyando los brazos en la mesa dejó caer sobre +ellos la cabeza.</p> + +<p>Bebimos una vez más a la salud del Rey y es todo lo que recuerdo de +aquella noche. Que no es poco recordar.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">el rey acude a la cita</span></p> + + +<p>Al despertarme no hubiera podido decir si había dormido un minuto o un +año. Me despertó repentinamente una sensación de frío; el agua chorreaba +de mi cabeza, cara y traje, y frente a mí divisé al viejo Sarto, con su +burlona sonrisa y con un cubo vacío en la mano. Sentado a la mesa, +Federico de Tarlein, pálido y desencajado como un muerto.</p> + +<p>Me puse en pie de un salto, y exclamé encolerizado:</p> + +<p>—¡Esto pasa de broma, señor mío!</p> + +<p>—¡Bah! No tenemos tiempo de disputar. No había modo de despertarlo, y +son las cinco.</p> + +<p>—Repito, coronel...—iba a continuar más irritado que nunca, aunque +medio helado el cuerpo, cuando me interrumpió Tarlein apartándose de la +mesa y diciéndome:</p> + +<p>—Mire usted, Raséndil.</p> + +<p>El Rey yacía tendido cuan largo era en el suelo. Tenía el rostro tan +rojo como el cabello y respiraba pesadamente. Sarto, el irrespetuoso +veterano, le dio un fuerte puntapié, pero no se movió. Entonces noté que +la cara y cabeza del Rey estaban tan mojadas como las mías.</p> + +<p>—Ya hace media hora que procuramos despertarlo—dijo Tarlein.</p> + +<p>—Bebió tres veces más que cualquiera de nosotros—gruñó Sarto.</p> + +<p>Me arrodillé y le tomé el pulso, cuya lentitud y debilidad eran +alarmantes.</p> + +<p>—¿Narcótico?... ¿la última botella?—pregunté con voz apenas +perceptible.</p> + +<p>—Vaya usted a saber—dijo Sarto.</p> + +<p>—Hay que llamar a un médico.</p> + +<p>—No encontraríamos uno en tres leguas a la redonda; y además ni cien +médicos son capaces de hacerlo ir a Estrelsau. Sé muy bien en qué estado +se halla. Todavía seguirá seis o siete horas por lo menos sin mover pie +ni mano.</p> + +<p>—¿Y la coronación?—exclamé horrorizado.</p> + +<p>Tarlein se encogió de hombros, como tenía por costumbre.</p> + +<p>—Tendremos que avisar que está enfermo—dijo.</p> + +<p>—Me parece lo único que podemos hacer—asentí.</p> + +<p>El viejo Sarto, en quien la francachela de la víspera no dejara el más +leve rastro, había encendido su pipa y fumaba furiosamente.</p> + +<p>—Si no lo coronan hoy—dijo,—apuesto un reino a que no lo coronan +nunca.</p> + +<p>—¿Pero, por qué?</p> + +<p>—Toda la nación, puede decirse, está esperándolo allá en la capital con +la mitad del ejército, y digo, con Miguel el Negro a la cabeza. +¿Mandaremos a decirles que el Rey está borracho?</p> + +<p>—¡Que está enfermo!</p> + +<p>—¿Enfermo?—repitió Sarto con sarcasmo.—Demasiado saben la enfermedad +que le aqueja. No sería la primera vez.</p> + +<p>—Digan lo que quieran—repuso Tarlein con desaliento.—Yo mismo llevaré +la noticia y la daré lo mejor que sepa y pueda.</p> + +<p>—¿Creen ustedes que el Rey está bajo la influencia de un +narcótico?—preguntó Sarto.</p> + +<p>—Yo sí lo creo—repliqué.</p> + +<p>—¿Y quién es el culpable?</p> + +<p>—Ese infame, Miguel el Negro—rugió Tarlein.</p> + +<p>—Así es—continuó el veterano;—para que no pudiera concurrir a la +coronación. Raséndil no conoce todavía a nuestro sin par Miguel. Pero +usted, Tarlein, ¿cree usted que el Duque no tiene ya elegido candidato +al trono, el candidato de la mitad de los habitantes de Estrelsau? Tan +cierto como hay Dios, Rodolfo pierde la corona si no se presenta hoy en +la capital. Cuidado que yo conozco a Miguel el Negro.</p> + +<p>—¿No podríamos llevarlo nosotros mismos a la ciudad?—pregunté.</p> + +<p>—Bonita figura haría—dijo Sarto con profundo desprecio.</p> + +<p>Tarlein ocultó el rostro entre las manos. La respiración del Rey se hizo +más ruidosa y Sarto lo empujó con el pie.</p> + +<p>—¡Maldito borracho!—murmuró.—¡Pero es un Elsberg, es el hijo de su +padre, y el diablo me lleve si permito que Miguel el Negro usurpe su +puesto!</p> + +<p>Permanecimos en silencio algunos instantes; después Sarto, frunciendo +las pobladas cejas y retirando su pipa de la boca, dijo dirigiéndose a +mí:</p> + +<p>—A medida que el hombre envejece cree en el hado. El hado lo ha traído +a usted aquí y el hado lo lleva también a Estrelsau.</p> + +<p>—¡Cielo santo!—murmuré, retrocediendo tembloroso.</p> + +<p>Tarlein me miró con viva ansiedad.</p> + +<p>—¡Imposible!—dije sordamente.—Lo descubrirían.</p> + +<p>—Es una posibilidad contra una certeza—dijo Sarto.—Si se afeita +usted apuesto a que nadie duda que sea el Rey. ¿Tiene usted miedo?</p> + +<p>—¡Señor mío!</p> + +<p>—¡Vamos, joven, calma! Ya sabemos que si lo descubren le cuesta a usted +la vida, y también a mí y a Federico. Pero si se niega usted, le juro +que Miguel el Negro se sentará en el trono antes de que acabe el día y +el Rey yacerá en una prisión o en su tumba.</p> + +<p>—El Rey no lo perdonaría nunca—balbuceé.</p> + +<p>—¿Pero somos mujerzuelas o qué? ¿Quién se cuida de que el Rey perdone o +no?</p> + +<p>Medité profundamente, y en la habitación no se oía otro rumor que el +tic-tac del reloj, cuyo péndulo osciló cincuenta, sesenta, setenta +veces; por fin mi rostro debió reflejar mis pensamientos, porque de +repente el viejo Sarto asió mi mano y exclamó conmovido:</p> + +<p>—¿Irá usted?</p> + +<p>—Sí, iré—dije mirando el postrado cuerpo del Rey.</p> + +<p>—Esta noche—continuó Sarto apresuradamente y en voz baja,—debemos +pasarla en palacio, de acuerdo con el programa trazado de antemano. Pues +bien, apenas nos dejen solos, se queda Federico de guardia en la cámara +del Rey, montamos a caballo usted y yo y nos venimos aquí a escape. El +Rey estará esperándonos, informado de todo por José, e inmediatamente +se pondrá conmigo camino de Estrelsau, mientras que usted saldrá +disparado para la frontera, como si lo persiguiera una legión de +demonios.</p> + +<p>Comprendí el plan en un instante e hice un ademán de aprobación.</p> + +<p>—Siempre es una probabilidad—dijo Tarlein,—que por primera vez +mostraba alguna confianza en el proyecto.</p> + +<p>—Si antes no descubren la substitución—indiqué.</p> + +<p>—¡Y si la descubren, yo me encargo de mandar a Miguel el Negro a los +profundos infiernos antes de que me toque el turno, como hay +Dios!—exclamó Sarto.—Siéntese usted en esa silla, joven.</p> + +<p>Obedecí y él se precipitó fuera de la habitación, gritando: «¡José, +José!» Volvió a los dos minutos y José con él, trayendo este último un +jarro de agua caliente, jabón y navajas de afeitar. El pobre mozo tembló +al oir las explicaciones que el coronel creyó necesario darle antes de +decirle que me afeitase.</p> + +<p>De repente Tarlein se dio una palmada en la frente exclamando:</p> + +<p>—¡Pero la guardia, la guardia de honor, que vendrá aquí, verá y se +enterará de todo!</p> + +<p>—¡Bah! No la esperaremos. Iremos a caballo a la estación de Hofbau, +donde tomaremos el tren, y cuando llegue la guardia ya habrá volado el +pájaro.</p> + +<p>—¿Y el Rey?</p> + +<p>—En el sótano, adonde lo voy a transportar ahora mismo.</p> + +<p>—¿Y si lo descubren?</p> + +<p>—No lo descubrirán. José se encargará de despistarlos.</p> + +<p>—Pero...</p> + +<p>—¡Basta ya!—rugió Sarto, dando una patada en el suelo.—¡Por vida de! +¿No sé yo lo que arriesgamos? Si lo descubren no se verá en peor +predicamento que si no lo coronan hoy en Estrelsau.</p> + +<p>Hablando así abrió la puerta de par en par e inclinándose asió y levantó +en sus brazos el cuerpo del Rey, dando prueba de un vigor que yo estaba +lejos de suponerle. En aquel instante apareció en la puerta la madre de +Juan el guardabosque. Permaneció allí algunos momentos y sin manifestar +la menor sorpresa nos volvió la espalda y se alejó por el corredor.</p> + +<p>—¿Habrá oído?—preguntó Tarlein.</p> + +<p>—¡Yo le cerraré la boca!—dijo Sarto con siniestro acento;—y salió +llevándose el cuerpo inerte del Rey.</p> + +<p>Por mi parte, me dejé caer, medio alelado, en amplio sillón, y José +procedió a rasurarme sin pérdida de momento; no tardó en desaparecer mi +pobre barba, quedando mi cara tan monda como la del Rey. Al mirarme +Tarlein, no pudo menos de exclamar, asombrado:</p> + +<p>—¡Por Dios vivo! ¡Ahora sí que realizaremos nuestro plan.</p> + +<p>Eran las seis y no teníamos tiempo que perder. Sarto me llevó +apresuradamente al cuarto del Rey, donde me puse el uniforme de coronel +de la Guardia Real, no olvidando preguntar a Sarto, mientras me calzaba +las botas, qué había sido de la vieja.</p> + +<p>—Me juró que nada había oído—contestó el coronel;—pero para mayor +seguridad la até de manos y pies, la amordacé de firme y la tengo bajo +llave en la carbonera, pared por medio del sótano donde duerme el Rey. +José cuidará de ambos más tarde.</p> + +<p>No pude reprimir la risa y el mismo Sarto me imitó.</p> + +<p>—Me figuro—continuó,—que cuando José anuncie a la escolta la partida +del Rey, la atribuirán a que nos temíamos una mala pasada. Desde luego +juraría que Miguel el Negro no espera ver hoy al Rey en Estrelsau.</p> + +<p>Me puse el casco y Sarto me entregó la regia espada, mirándome +prolongada y cuidadosamente.</p> + +<p>—¡Gracias a Dios que el Rey se afeitó la barba!—exclamó.</p> + +<p>—¿Por qué lo hizo?—pregunté.</p> + +<p>—Porque la princesa Flavia así lo quiso. Y ahora, a caballo.</p> + +<p>—¿Está todo seguro aquí?</p> + +<p>—Nada está seguro hoy, pero cuanto podemos hacer está hecho.</p> + +<p>En aquel momento se nos unió Tarlein, que vestía uniforme de capitán del +mismo regimiento que yo, y a Sarto le bastaron cinco minutos para +ponerse también su respectivo uniforme. José anunció que los caballos +estaban listos; montamos y partimos al trote rápido. Había empezado la +peligrosa aventura. ¿Cuál sería su término?</p> + +<p>El aire fresco de la mañana despejó mi cabeza y pude darme perfecta +cuenta de cuanto me iba diciendo Sarto, que mostraba sorprendente +serenidad. Tarlein apenas habló y cabalgaba como si estuviera dormido; +pero Sarto, sin dedicar una sola palabra más al Rey, empezó a instruirme +desde luego en mil cosas que necesitaba saber, a enseñarme +minuciosamente todo lo relativo a mi vida pasada, a mi familia, mis +gustos, ocupaciones, defectos, amigos y servidores. Me detalló la +etiqueta de la Corte de Ruritania, prometiendo hallarse constantemente a +mi lado para indicarme los personajes a quienes yo debía conocer y la +mayor o menor ceremonia con que convenía recibirlos y tratarlos.</p> + +<p>—Y a propósito—me dijo,—¿supongo que es usted católico?</p> + +<p>—No por cierto—contesté.</p> + +<p>—¡Santo Dios, un hereje!—gimió el veterano; y en seguida me enumeró +una porción de prácticas y ceremonias del culto católico que me +importaba conocer.</p> + +<p>—Afortunadamente—continuó,—no se esperará que esté usted muy al +tanto, porque el Rey se ha mostrado ya bastante descuidado e indiferente +en materia de religión. Pero hay que aparecer lo más afable del mundo +con el cardenal, a quien esperamos atraer a nuestro partido ahora que +tiene una cuestión pendiente con Miguel el Negro sobre asuntos de +procedencia.</p> + +<p>Llegamos a la estación, y Tarlein, que había recobrado en parte su +presencia de ánimo, dijo brevemente al sorprendido jefe de estación, que +el Rey había tenido a bien modificar sus planes. Llegó el tren, tomamos +asiento en un coche de primera, y Sarto, cómodamente arrellanado, +reanudó su lección. Consulté mi reloj, mejor dicho el reloj del Rey, y +vi que eran las ocho en punto.</p> + +<p>—¿Habrán ido a buscarnos?—¡pregunté.</p> + +<p>—¡Con tal que no descubran al Rey!—dijo Tarlein inquieto, mientras que +el impasible Sarto se encogía de hombros.</p> + +<p>A las nueve y media vi por la ventanilla las torres y los edificios más +elevados de una gran ciudad.</p> + +<p>—Vuestra capital, señor—dijo Sarto con cómica reverencia, e +inclinándose me tomó el pulso.—Algo agitado—continuó con su eterno +tono gruñón.</p> + +<p>—¡Como que no soy de piedra!—exclamé.</p> + +<p>—Pero servirá usted para el caso—dijo satisfecho.—En cambio este +Federico de mis pecados parece sufrir un ataque de tercianas. ¡Saca el +frasco, muchacho, y toma un trago!</p> + +<p>Tarlein lo hizo como se lo decían.</p> + +<p>—Llegamos con una hora de anticipación—observó Sarto.—En cuanto +echemos pie a tierra enviaremos aviso de la llegada de Vuestra Majestad, +porque lo que es ahora no habrá nadie esperándonos. Y entretanto...</p> + +<p>—Entretanto—dije yo,—el Rey acabará por darse a Satanás si tiene que +seguir mucho tiempo todavía sin almorzar.</p> + +<p>El viejo Sarto se rió socarronamente y me tendió la mano.</p> + +<p>—¡Es usted un verdadero Elsberg!—dijo. Después nos miró detenidamente +y exclamó:—¡Dios haga que nos veamos vivos esta noche!</p> + +<p>—¡Amén!—fue el comentario de Federico de Tarlein.</p> + +<p>El tren se detuvo. Mis dos compañeros bajaron al andén, descubriéndose y +dejando abierta la portezuela del coche. Por un momento fui presa de una +profunda emoción. Después afirmé el casco sobre mi cabeza, dirigí al +Cielo (lo confieso sin avergonzarme) una breve y ferviente súplica, y +bajé al andén de la estación de Estrelsau.</p> + +<p>Momentos después todo era movimiento y confusión; hombres que se +acercaban apresuradamente, sombrero en mano, y partían con no menor +celeridad; otros que me conducían al restaurant de la estación, jinetes +que salían a escape con dirección a los cuarteles, a la catedral, a la +residencia del duque Miguel. Tomaba yo el último sorbo de mi taza de +café cuando se oyeron los alegres tañidos de las campanas en toda la +ciudad, y poco después llegaron a mis oídos los acordes de una banda de +música y las primeras aclamaciones de la multitud.</p> + +<p>¡El rey Rodolfo V se hallaba en su leal ciudad de Estrelsau!</p> + +<p>—¡Viva el Rey!—gritaba el pueblo fuera de la estación.—¡Dios proteja +a nuestro Soberano!</p> + +<p>En los labios del viejo Sarto apareció irónica sonrisa.</p> + +<p>—¡Dios los proteja a los dos!—le oí murmurar.—¡Animo, joven!—y su +mano estrechó disimuladamente la mía.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="V" id="V"></a>V</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">aventuras de un suplente</span></p> + + +<p>Volví al andén seguido de cerca por Federico de Tarlein y el coronel +Sarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tenía el revólver a +mano y de que mi espada salía fácilmente de la vaina. Me esperaba un +alegre grupo de jefes militares y grandes dignatarios y al frente de +ellos un anciano alto, de porte marcial y cubierto el pecho de cruces y +medallas. Ostentaba la banda roja y amarilla de la Rosa de Ruritania +que, dicho sea de paso, decoraba también mi indigno pecho.</p> + +<p>—El general Estrakenz—murmuró Sarto, haciéndome saber así que me +hallaba en presencia del más famoso veterano del ejército de Ruritania.</p> + +<p>Detrás del General se hallaba un hombrecillo que vestía amplio ropaje +rojo y negro.</p> + +<p>—El Canciller del Reino—murmuró Sarto.</p> + +<p>El General me saludó con algunas leales palabras y en seguida me +presentó las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, éste era +víctima de una indisposición súbita que le impedía venir a la estación, +pero me rogaba que le permitiese esperarme en la catedral. Manifesté mi +sentimiento, acepté bondadosamente las excusas del General y recibí los +plácemes de muchos y muy distinguidos personajes. Ninguno manifestó la +menor sospecha y sentí que iba recobrando la serenidad y que mi corazón +latía menos apresuradamente. Pero Tarlein seguía pálido y noté que le +temblaba la mano al dársela al General.</p> + +<p>El cortejo formó frente a la estación, donde monté a caballo, teniéndome +el estribo el anciano General. Los dignatarios civiles tomaron asiento +en sus carruajes y comencé a recorrer las calles de Estrelsau, con +Estrakenz a mi derecha y Sarto (que como mi primer ayudante tenía +derecho a ello) a mi izquierda. La ciudad consta de una parte antigua y +otra moderna. Anchas avenidas y barrios enteros de magníficos edificios +rodean la primitiva ciudad, con sus calles estrechas, tortuosas y +pintorescas. En los barrios modernos residen las clases acomodadas, y en +el centro están situadas las tiendas y vive una población pobre, +turbulenta y en parte criminal, que se oculta en sus obscuras +callejuelas.</p> + +<p>Aquellas divisiones sociales y locales correspondían, según los informes +suministrados por Sarto, a otra distinción mucho más importante para mí. +La Ciudad Nueva estaba toda por el Rey; para la Ciudad Vieja, Miguel de +Estrelsau era una esperanza, un héroe y un ídolo.</p> + +<p>Brillante era el golpe de vista al pasar la cabalgata por la Avenida +Central y también en la gran plaza donde se alzaba el palacio regio. +Allí me encontraba rodeado de mis más adictos partidarios. Todas las +casas ostentaban rojas colgaduras y banderas; en la calles habían +construido gradas para los espectadores y pasé saludando a derecha e +izquierda, entre entusiastas aclamaciones, saludado a mi vez por +millares de blancos pañuelos. Los balcones estaban llenos de damas +vistosamente ataviadas, que aplaudían, saludaban y me dirigían sus más +seductoras miradas. Caía sobre mí una lluvia de rosas; tomé un precioso +capullo que se había enredado en las crines de mi caballo y lo coloqué +en el ojal de mi levita de uniforme. El General se sonrió con ironía. Yo +le había dirigido frecuentes miradas, pero su impasible semblante no me +revelaba si era o no de los míos.</p> + +<p>—Para los Elsberg, la rosa roja, General—le dije alegremente; a lo +cual contestó con un ademán afirmativo.</p> + +<p>He dicho «alegremente» y parecerá extraño. Pero la verdad es que me +hallaba por completo bajo el dominio de la intensa excitación creada por +aquellas circunstancias excepcionales. En aquel momento no distaba mucho +de creerme realmente el Rey, y alzando la frente dirigí una mirada de +triunfo a los balcones atestados de hermosas. De repente me sobresalté; +acababa de ver, fijos los ojos en mí, el hermoso rostro de mi compañera +de viaje, Antonieta de Maubán; noté que también ella parecía +sorprendida, que se movían sus labios y que se inclinaba hacia mí como +para verme mejor. Me repuse de mi sorpresa inmediatamente y sostuve su +mirada con toda calma. Pero también me acordé del revólver, pronto a +empuñarlo. ¿Qué hubiera sucedido si la hermosa dama hubiese gritado en +aquel momento: «¡Ese no es el Rey!»?</p> + +<p>Pero, en fin, pasamos sin tropiezo hasta llegar a un punto donde el +General, volviéndose en la silla, hizo una señal con la mano e +inmediatamente nos rodearon los coraceros, de suerte que ninguna persona +del pueblo hubiera podido llegarse hasta mí. Era que salíamos ya de la +Ciudad Nueva para entrar en los barrios del duque Miguel, y aquella +precaución del General me indicó con más claridad aún de lo que hubieran +podido hacerlo las palabras, cuál era el estado de la opinión en +aquella parte de la ciudad. Pero ya que el hado me había convertido en +Rey, lo menos que podía yo hacer era representar dignamente, mi papel.</p> + +<p>—¿Por qué este cambio, General?—pregunté.</p> + +<p>Estrakenz se mordió el cano bigote.</p> + +<p>—Es más prudente, señor—murmuró.</p> + +<p>Inmediatamente detuve mi caballo.</p> + +<p>—Sigan andando los que me preceden—mandé,—hasta llegar a cincuenta +varas de mí; y usted, General, y el coronel Sarto, esperarán aquí con el +resto de la escolta hasta que yo también me haya adelantado otras +cincuenta varas. Quiero ir absolutamente solo, para demostrar a mi +pueblo que tengo confianza en él.</p> + +<p>Sarto extendió una mano hacia mí, y el General pareció vacilar.</p> + +<p>—¿No han sido comprendidas mis órdenes?—pregunté; y el General, +mordiéndose otra vez el bigote, dio las órdenes necesarias.—Vi que +Sarto se sonreía ligeramente, pero también me hizo con la cabeza una +señal negativa. Cierto es que si me hubieran asesinado aquel día en las +calles de Estrelsau, el bueno de Sarto se hubiera visto en apurado +trance.</p> + +<p>No estará de más decir aquí que yo llevaba puesto un uniforme blanco y +cruzada al pecho la ancha banda de la rosa; el casco era de plata con +adornos de oro, y las altas botas de montar completaban mi atavío. +Hubiera sido hacer una injusticia al Rey el no confesar, modestia +aparte, que con aquellos arreos hacía yo muy buena figura a caballo. Tal +fue también la opinión del pueblo, pues al adelantarme aislado por las +callejas sombrías y apenas decoradas de la Ciudad Vieja, se oyó primero +un murmullo, después una aclamación, y una viejecilla asomada al balcón +de una casucha, repitió en alta voz el dicho tradicional y popularísimo:</p> + +<p>—«¡Es rojo, luego es bueno!»</p> + +<p>Al oirla me sonreí y quitándome el casco mostré al pueblo mi roja +cabeza, acto que fue acogido con grandes aclamaciones.</p> + +<p>Cabalgando solo, el paseo era mucho más interesante para mí, porque +podía oir los comentarios del pueblo.</p> + +<p>—Parece más pálido que de costumbre—dijo uno.</p> + +<p>—Y tú parecerías un espectro si llevaras la vida que él hace—fue la +irrespetuosa respuesta de otro.</p> + +<p>—Es más alto de lo que yo creía—comentó un tercero.</p> + +<p>—Sus retratos no le hacen mucho favor—dijo una bonita muchacha, +cuidando de que yo la oyese. Pura lisonja, sin duda.</p> + +<p>Pero, a pesar de aquellas muestras aisladas de aprobación e interés, la +mayoría de la población miguelista me recibió en silencio y con ceñudos +semblantes, y en gran número de casas se veía el retrato de mi muy amado +hermano, irónica manera de dar la bienvenida al Rey. Me alegré de que +éste no estuviera allí para presenciar el nada grato espectáculo. Era +Rodolfo de carácter poco sufrido y probablemente no lo hubiera tomado +con la imperturbable calma que yo demostré.</p> + +<p>Llegamos por fin a la catedral, cuya gran mole de piedra obscura, +embellecida con numerosas estatuas y las puertas más primorosas entre +las de todos los templos de Europa, se alzaba ante mí por primera vez, +haciéndose comprender toda la audacia de mi conducta. Al desmontar vi +confusamente cuanto me rodeaba; el General, Sarto y la multitud de +sacerdotes y religiosos que a la puerta esperaban. Y con igual vaguedad +se me aparecían todos los objetos al recorrer la gran nave central, +mientras el órgano dejaba oir sus notas majestuosas. No distinguí la +brillante concurrencia que llenaba el templo, y apenas vi al venerable +cardenal cuando dejó su solio para recibirme. Tan sólo dos rostros se me +aparecieron con toda precisión y claridad: el de una joven, pálido y +encantador, realzado por una corona del hermoso cabello rojo de los +Elsberg (porque en una mujer es hermosísimo); y el semblante de un +hombre cuyas encendidas mejillas, negro cabello y obscuros ojos de +penetrante mirada, me anunciaron que me hallaba por fin en presencia de +mi hermano, Miguel el Negro. Y al verme, sus mejillas palidecieron de +repente y el casco se le escapó de las manos y cayó ruidosamente al +suelo. Era indudable que hasta aquel momento no había creído en la +presencia del Rey en Estrelsau.</p> + +<p>No recuerdo cosa alguna de lo que sucedió después. Me arrodillé ante el +altar y el cardenal ungió mi frente; después extendí la mano y tomé de +las suyas la corona de Ruritania, que puse sobre mi cabeza, prestando a +la vez el juramento regio. Volvió a oirse el órgano, el General ordenó a +los heraldos que me proclamasen y Rodolfo V quedó coronado Rey; +imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnífico que hoy adorna mi +comedor. El retrato del Rey es acabadísimo.</p> + +<p>La dama de pálido rostro y encantadora cabellera se aproximó entonces, +sostenida la cola del vestido por dos pajecillos, y el heraldo anunció:</p> + +<p>—¡Su Alteza Real la princesa Flavia!</p> + +<p>Hízome profunda reverencia y tomando mí mano la beso. Vacilé un +momento. Después la atraje hacia mí y deposité dos besos en sus +mejillas, que coloreó el rubor. Tras ella, Su Eminencia el cardenal +llevó también mi mano a sus labios y me presentó una carta autógrafa de +Su Santidad, ¡la primera y la última que he recibido de tan elevado +personaje!</p> + +<p>Vino después el duque de Estrelsau. Juraría que le temblaban las piernas +y miraba a derecha e izquierda como si hubiera querido huir de allí; +tenía el rostro amoratado, y al tomar mi mano con las agitadísimas suyas +para besarla, noté que sus labios estaban secos y ardientes. Dirigí una +rápida mirada a Sarto, que se sonreía socarronamente, y resuelto a +cumplir mi deber hasta el fin, en la posición que me había deparado la +suerte, abracé a mi muy amado Miguel y le di un beso fraternal. No dudo +que uno y otro nos alegramos de ver terminada aquella comedia.</p> + +<p>Pero ni en el rostro de la Princesa, ni en el de ninguna otra persona +allí presente, noté el menor indicio de duda o extrañeza. Si el Rey +hubiera estado a mi lado, habrían podido distinguirnos sin gran +dificultad. Pero no podían imaginarse que yo fuese otro que el Rey, +tanta era nuestra semejanza; y allí permanecí por espacio de una hora, +tan a mis anchas y al fin tan fatigado por la ceremonia como si hubiese +sido Rey toda la vida. Continuó el besamanos y me saludaron también +todos los miembros del cuerpo diplomático extranjero, entre ellos lord +Tofán, el Embajador inglés, en cuyos salones de la Plaza Grosvenor de +Londres, había bailado yo una docena de veces. A Dios gracias, el buen +señor era medio cegato y no se dio por entendido.</p> + +<p>Vino después el regreso por las calles de la capital hasta palacio, y no +dejé de oir algunos vivas al duque Miguel, quien, según me dijo después +Tarlein, iba royéndose las uñas y como absorto en negros pensamientos, +tan anonadado que hasta sus mismos admiradores convinieron en que debió +haber mostrado menos desaliento. Hice el camino de regreso en una +carretela descubierta, teniendo a mi lado a la princesa Flavia, lo cual +hizo exclamar a un palurdo:</p> + +<p>—¿Cuándo es la boda?</p> + +<p>La pregunta le valió una puñada por parte de otro espectador, que gritó: +«¡Viva el duque Miguel!» y la Princesa volvió a ruborizarse, más hermosa +que nunca.</p> + +<p>Grande era el aprieto en que me hallaba junto a ella, porque había +olvidado preguntar a Sarto el estado exacto de mis relaciones con +Flavia; y a decir verdad, si yo hubiera sido el Rey, habría deseado que +aquellas relaciones estuviesen lo más avanzadas posible, porque ni soy +de piedra ni podía olvidar el par de besos dados a mi bella prima. En la +duda, preferí guardar silencio, hasta que algo más tranquila la +Princesa, me dijo:</p> + +<p>—¿Sabes Rodolfo, que te encuentro hoy algo cambiado?</p> + +<p>No era extraño, pero la pregunta era algo inquietante.</p> + +<p>—Me pareces—continuó—más grave y serio, hasta pensativo, y casi estoy +por decir también que más delgado. ¿Será posible que tú, con tu +carácter, hayas empezado a tomar la vida en serio?</p> + +<p>Por donde se verá que la princesa Flavia tenía del Rey un concepto muy +parecido al que mi cuñada Rosa tenía formado de mí. Hice un esfuerzo +para sostener aquella difícil conversación.</p> + +<p>—¿Te sería grato ese cambio?—le pregunté dulcemente.</p> + +<p>—¡Oh, demasiado conoces mi opinión sobre ese punto!—contestó apartando +la vista.</p> + +<p>—Procuraré hacer siempre lo que sea de tu agrado—continué; y al notar +su sonrisa y el leve rubor, no pude menos de decirme, que por lo pronto, +representaba bien el panel de Rey y aun le estaba haciendo a éste un +famoso servicio. Proseguí, pues, con toda sinceridad.</p> + +<p>—Te aseguro, mi querida prima, que nada en mi vida me ha afectado tan +profundamente como la recepción de que he sido objeto hoy.</p> + +<p>Volvió a aparecer su animada sonrisa, que se disipó un instante después, +al murmurar:</p> + +<p>—¿Reparaste en Miguel?</p> + +<p>—Sí, no parecía muy satisfecho que digamos.</p> + +<p>—¡Tén cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello. Ya sabes +que...</p> + +<p>—Sí, ya sé que ambiciona precisamente lo que yo poseo.</p> + +<p>—Eso es. ¡Silencio!</p> + +<p>Entonces (y el hecho no tiene justificación posible, porque obligué y +comprometí al Rey mucho más de lo que tenía derecho a hacer) me sentí +dominado por la hermosa y continué:</p> + +<p>—Y también algo más que no poseo aún, pero que espero conquistar algún +día.</p> + +<p>De haber sido yo el Rey, la respuesta que recibí me hubiera parecido +suficientemente animadora:</p> + +<p>—¿No crees, primo, haber contraído hoy bastantes responsabilidades para +un solo día?</p> + +<p>El estampido de los cañones y el toque penetrante de las cornetas nos +anunciaron que habíamos llegado al palacio. Nos esperaban guardias y +lacayos formados en largas hileras; y dando la mano a la Princesa subí +con ella la gran escalera del regio edificio, morada de mis antepasados, +de la cual tomé posesión como Rey coronado. Me senté después a mi propia +mesa, teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de ésta a Miguel +el Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrás de mi sillón se +hallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la mesa vi a Federico de +Tarlein, quien, por cierto, apuró su primera copa de champaña algo antes +de lo que en rigor se lo permitía la etiqueta.</p> + +<p>No pude menos de preguntarme qué estaría haciendo en aquel momento el +rey de Ruritania.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">el secreto de un sótano</span></p> + + +<p>Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo. +Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto encendió su pipa y +aunque no formuló la menor felicitación por el maravilloso éxito de +nuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente la +satisfacción, de que estaba poseído. Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo y +algunas copas de buen vino habían hecho de él otro hombre.</p> + +<p>—¡Qué recuerdo para usted el de este día!—exclamó.—Confieso que yo +también quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Raséndil, con +tomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negro +pareciese hoy más negro y tétrico que nunca, visto que usted y la +Princesa parecían tener tantas cosas que decirse.</p> + +<p>—¡Qué hermosa es!—exclamé.</p> + +<p>—Prescindamos de ella—dijo Sarto.—¿Está usted pronto a partir?</p> + +<p>—Sí—contesté con un suspiro.</p> + +<p>Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo Raséndil, +transformación a la cual me referí chanceándome.</p> + +<p>—Y afortunado será usted—comentó Sarto,—si a las doce no es el +<i>finado</i> Roberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi cabeza segura +sobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. ¿Sabe usted, +amigo Raséndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda? +Se retiró a una habitación para leerlas a solas y al salir parecía +aturdido.</p> + +<p>—Estoy pronto—dije, sintiéndome menos dispuesto que nunca a prolongar +mi permanencia en Estrelsau.</p> + +<p>—Tengo que extender un permiso para que podamos salir de la +ciudad—continuó Sarto, sentándose.—Miguel es Gobernador de la plaza, +como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarán obstáculos. El +documento tiene que firmarlo usted.</p> + +<p>—Querido coronel, no he nacido para falsificador.</p> + +<p>Sarto sacó un papel del bolsillo.</p> + +<p>—Aquí está la firma del Rey—dijo.—Y aquí tengo un pliego de papel de +calco. Si en diez minutos no consigue usted escribir «Rodolfo» de una +manera presentable, lo escribiré yo.</p> + +<p>—Pues escríbalo usted desde luego—dije,—que mi habilidad no llega a +tanto.</p> + +<p>El coronel puso manos a la obra y no tardó en presentarnos una +falsificación muy pasable.</p> + +<p>—Y ahora, Federico—prosiguió,—el Rey se retira porque está muy +fatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cámara a +nadie hasta mañana a las nueve. A nadie ¿comprende usted?</p> + +<p>—Comprendo perfectamente.</p> + +<p>—Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata. Contestará +usted que sólo los Príncipes de la sangre tienen derecho a ello.</p> + +<p>—Bueno se pondrá el Duque—replicó Tarlein echándose a, reír.</p> + +<p>—¿Queda bien entendido?—repitió Sarto.—Si la puerta de la cámara real +se abre durante nuestra ausencia, ha de ser después de muerto usted...</p> + +<p>—No hay para qué recordármelo, coronel—repuso Tarlein con altivez.</p> + +<p>—Ahora, envuélvase usted en esta amplia capa—continuó Sarto +dirigiéndose a mí,—y póngase esta gorra de cuartel. Es usted mi +ordenanza, que me acompaña esta noche al pabellón de caza que usted +sabe.</p> + +<p>—Hay un obstáculo—dije,—y es que no existe caballo capaz de recorrer +más de quince leguas conmigo a cuestas.</p> + +<p>—Por eso montará usted dos, uno aquí y otro en Zenda. ¿Estamos listos?</p> + +<p>—Por mi parte lo estoy—contesté.</p> + +<p>Tarlein me tendió la mano.</p> + +<p>—Por si acaso—dijo;—y nos estrechamos la mano cordialmente.</p> + +<p>—¡Nada de niñerías!—gruñó el coronel.—¡En marcha!</p> + +<p>Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acercó a la pared del fondo.</p> + +<p>—En tiempo del viejo Rey—dijo,—hacíamos uso frecuente de este camino.</p> + +<p>Le seguí y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor, +hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abrió. Salimos y nos +hallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la parte +de atrás del palacio. Allí nos esperaba un hombre con dos caballos; uno +alazán, magnífico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte y +brioso. Sarto me indicó que montase el primero y sin decir palabra nos +pusimos en marcha. Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamos +las calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con la +capa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatores +cabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, y +cuando llegamos a las murallas se oía todavía el tañido de las campanas +que daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no había +obscurecido aún.</p> + +<p>—Mano al revólver—me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.—Si el +guarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.</p> + +<p>Empuñé mi arma. Sarto llamó y vimos acercarse a una chiquilla de trece o +catorce años. La suerte nos favorecía.</p> + +<p>—Mi padre ha ido a ver al Rey, señor oficial—dijo.</p> + +<p>—Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aquí—me dijo Sarto con +sorna y a media voz.</p> + +<p>—Pero me encargó que no abriese la puerta.</p> + +<p>—¿Sí, eh?—dijo Sarto desmontando.—Pues dame la llave.—La mozuela +tenía la llave en la mano. Sarto le dio una moneda de oro.</p> + +<p>—He aquí una orden del Rey. Enséñasela a tu padre. ¡Abre esa puerta, +muchacha!</p> + +<p>Eché pie a tierra, abrimos entre los dos la pesada puerta y haciendo +salir a nuestros caballos volvimos a cerrarla.</p> + +<p>—Lo siento por el guarda, si el Duque averigua que estaba ausente de su +puesto. Y ahora, joven, al trote. No conviene acelerar mucho el paso +mientras sigamos cerca de la ciudad.</p> + +<p>Ya algo más apartados de las murallas y cerrada la noche, disminuyó el +peligro y pusimos los caballos al galope. El magnífico animal que yo +montaba iba tan ligero como si no llevase la menor carga. La noche era +hermosa y no tardó en aparecer la luna. Hablamos poco y eso reducido +casi exclusivamente a los progresos que hacíamos en nuestra jornada.</p> + +<p>—Quisiera saber el contenido de los despachos que recibió el +Duque—dije una vez.</p> + +<p>—También yo—se limitó a contestarme Sarto</p> + +<p>Nos detuvimos para vaciar un vaso de vino y dar pienso a los caballos, +con lo que perdimos media hora. No me arriesgué a entrar en el figón y +me quedé con los caballos en la cuadra. Continuamos la marcha y +llevábamos recorrida más de la mitad del camino, unas nueve leguas, +cuando Sarto se detuvo repentinamente.</p> + +<p>—¿Oye usted?—me dijo.</p> + +<p>Escuché atentamente. A lo lejos, detrás de nosotros, resonaban pisadas +de caballos. Eran entonces las nueve y media y en el silencio de la +noche la fuerte brisa que se había levantado traía muy distintamente +hasta nosotros aquel rumor lejano. Miré a Sarto.</p> + +<p>—¡Adelante!—exclamó,—y poniendo espuelas al caballo se lanzó al +galope.</p> + +<p>Cuando volvimos a detenernos nada oímos, pero a poco se repitió el +rumor. El coronel desmontó y aplicó el oído a tierra.</p> + +<p>—Son dos—dijo,—y están a un cuarto de legua. Por fortuna el camino es +tortuoso y la dirección del viento nos favorece.</p> + +<p>Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotros +y los que sin duda nos perseguían. Habíamos llegado al bosque de Zenda y +a la media hora nos hallamos en una bifurcación del camino. Sarto detuvo +su caballo.</p> + +<p>—El sendero de la derecha es el nuestro—dijo.—El de la izquierda +conduce al castillo y ambos son de unas tres leguas. Desmonte usted.</p> + +<p>—¡Pero nos alcanzarán!—exclamé.</p> + +<p>—¡Pie a tierra!—repitió bruscamente; y obedecí.</p> + +<p>El bosque era espesísimo desde la orilla misma del camino. Ocultamos +nuestros caballos entre los árboles, les vendamos los ojos y +permanecimos inmóviles junto a ellos.</p> + +<p>—¿Quiere usted saber quiénes son?—murmuré</p> + +<p>—Sí, y adónde van.</p> + +<p>Entonces noté que su diestra empuñaba un revólver. Oíase cada vez más +próximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitud +y el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgaduras +no habían dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.</p> + +<p>—¡Ahí están!—murmuró Sarto.</p> + +<p>—¡Es el Duque!</p> + +<p>—Me lo figuraba—contestó.</p> + +<p>Era el Duque, en efecto; y con él un robusto gañán a quien yo conocía y +que más tarde aprendió a conocerme a mí más de lo que hubiera querido; +era Máximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza. +Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que el +dedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para mí que +hubiera dado diez años de su vida por pegarle un balazo a Miguel el +Negro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tanta +facilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revólver. Posé la mano +sobre su brazo, y movió la cabeza negativamente, para tranquilizarme: el +deber ante todo era su máxima.</p> + +<p>—¿Qué camino tomaremos?—preguntó el Duque.</p> + +<p>—El del castillo, Alteza—aconsejó su compañero.</p> + +<p>—Allí sabremos la verdad.</p> + +<p>El Duque vaciló un momento.</p> + +<p>—Me parecía haber oído pasos de caballo—dijo.</p> + +<p>—No creo que nadie nos preceda, Alteza.</p> + +<p>—¿Por qué no ir al pabellón de caza?</p> + +<p>—Temo una celada. Si «todo va bien,» es inútil ir al pabellón. En caso +contrario el aviso no es más que una celada.</p> + +<p>De repente el caballo del Duque relinchó. Un momento nos bastó para +cubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y después +apuntamos al Duque y su compañero con nuestros revólvers. De habernos +descubierto los hubiéramos matado allí mismo, o hécholos prisioneros.</p> + +<p>—¡A Zenda, pues!—exclamó por fin Miguel y clavando las espuelas a su +caballo lo lanzó al galope.</p> + +<p>Sarto siguió apuntándole, con expresión tan dolorida en el rostro que me +costó trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos allí diez minutos +más.</p> + +<p>—Ya lo ha oído usted—dijo Sarto.—Le han mandado a decir que «todo va +bien.»</p> + +<p>—¿Y qué quieren decir con eso?—pregunté.</p> + +<p>—¡Dios sabe!—contestó Sarto frunciendo el ceño.</p> + +<p>—Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en la +mayor incertidumbre.</p> + +<p>Montamos otra vez y tomamos el camino del pabellón con toda la rapidez +que permitía el cansancio de nuestros caballos. No pronunciamos palabra +durante aquel último tramo de nuestra jornada y nos asaltaban mil +temores. «Todo va bien.» ¿Qué significaba esa frase? ¿Le habría ocurrido +algo al Rey?</p> + +<p>Llegamos por fin a la puerta del pabellón, en el que todo parecía +tranquilo y silencioso. Nadie acudió a recibirnos y desmontamos +precipitadamente. De repente, Sarto oprimió mi brazo.</p> + +<p>—¡Mire usted!—exclamó señalando al suelo.</p> + +<p>Vi a mis pies cinco o seis pañuelos de seda hechos trizas y me volví +hacia él.</p> + +<p>—Son los pañuelos con que até a la vieja—me dijo.</p> + +<p>—Asegure usted los caballos y sígame.</p> + +<p>La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación donde +habíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún los restos de +la cena y numerosas botellas vacías.</p> + +<p>—¡Adelante!—exclamó Sarto, que por primera vez parecía próximo a +perder su maravillosa serenidad.</p> + +<p>Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del sótano. +La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.</p> + +<p>—Han descubierto a la vieja—dije.</p> + +<p>—Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos—repuso el coronel.</p> + +<p>Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al parecer +en el mismo estado en que la habíamos dejado aquella mañana.</p> + +<p>—Entremos, todo va bien—dije.</p> + +<p>Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro palideció a +la vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta se +extendía una gran mancha roja que cubría parte del pasillo del sótano. +Sarto se apoyó en la pared opuesta a la puerta. Traté de abrir ésta, +pero estaba cerrada.</p> + +<p>—¿Dónde está José?—preguntó Sarto.</p> + +<p>—¿Dónde está el Rey?—fue mi respuesta.</p> + +<p>El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte volví +corriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de hierro +destinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargué con +ella fuertes golpes sobre la puerta y por último disparé mi revólver +contra la cerradura, que saltó en pedazos y se abrió la puerta.</p> + +<p>—¡Venga una luz!—dije,—pero Sarto siguió apoyado en la pared, +inmóvil.</p> + +<p>Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba profundamente a +su señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera creído de él semejante +cosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que podía revelarnos aquel +sótano. Fui al comedor, tomé de la mesa un candelero de plata y encendí +una vela: la esperma hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómo +temblaba ésta, y cuán disculpable era la agitación de Sarto.</p> + +<p>Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más obscuro en +los bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos varas en el sótano +y elevé la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas arañas +que corrían por la pared, un par de botellas vacías en el suelo y más +allá, en un rincón, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con los +brazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, me +arrodillé a su lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor. +Porque era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.</p> + +<p>Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y volviéndome vi los ojos +brillantes y espantados de Sarto.</p> + +<p>—¡El Rey, Dios mío, Rey!—articuló sordamente.</p> + +<p>Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.</p> + +<p>—El Rey no está aquí—dije.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">su majestad duerme en estrelsau</span></p> + + +<p>Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice salir del +sótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude. Permanecimos en +el comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Después el viejo +Sarto se frotó los ojos, dio un profundo suspiro y pareció recobrar su +calma habitual. Al oir la una en el reloj de repisa, golpeó fuertemente +el suelo con el pie y exclamó:</p> + +<p>—¡Se han apoderado del Rey!</p> + +<p>—Sí—contesté.—«¡Todo va bien!» como decía el despacho recibido por el +Duque. ¡Qué rato pasaría al oir esta mañana las salvas que saludaban al +Rey! ¿Cuándo recibió el mensaje?</p> + +<p>—Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente antes de que +llegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porque +supongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.</p> + +<p>—¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!—exclamé.—Bien puedo +decir que no soy el único que ha pasado un día de prueba. ¿Pero qué +pensaría él de todo esto, Sarto?</p> + +<p>—¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que piensa ahora.</p> + +<p>—Tenemos que volver a la capital—dije poniéndome de pie +apresuradamente.—Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay allí y +ponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.</p> + +<p>Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la vela que +goteaba sobre la mesa.</p> + +<p>—¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí cruzados de +brazos!—exclamé.</p> + +<p>Sarto continuó fumando en silencio.</p> + +<p>—¡Maldita vieja!—gruñó por fin.—Lograría atraer su atención de alguna +manera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y como +digo, de una manera ú otra dieron con él. Si no hubiera usted ido a +Estrelsau, usted, Federico y yo estaríamos a estas horas en el reino de +los Cielos.</p> + +<p>—¿Y el Rey?</p> + +<p>—¿Quién sabe dónde está el Rey en este momento?</p> + +<p>—¡Partamos!—exclamé; pero Sarto siguió inmóvil. Y de repente se echó a +reír.</p> + +<p>—¡Por vida de!—exclamó;—no le hemos dado mal sofocón a Miguel el +Negro.</p> + +<p>—¡Vamos, vamos!—repetí.</p> + +<p>—¡Y no es malo tampoco el que le espera!—añadió con aviesa sonrisa que +acentuó las arrugas de su atezado rostro.—Corriente, joven, volveremos +a Estrelsau. El Rey estará otra vez mañana en su capital.</p> + +<p>—¿El Rey?</p> + +<p>—¡El Rey coronado hoy!</p> + +<p>—¿Está usted loco?—exclamé.</p> + +<p>—Si volviéramos y confesásemos la jugada que les hemos hecho ¿cuánto +daría usted por nuestras vidas?</p> + +<p>—Ni más ni menos que lo que valen.</p> + +<p>—¿Y por el trono del Rey? ¿Se imagina usted que a los nobles y al +pueblo les hará pizca de gracia verse burlados como los ha burlado +usted? ¿Cree usted que seguirán amando y respetando a un Rey que, +demasiado borracho para ser coronado, les envió a su criado para que lo +representase en aquel acto?</p> + +<p>—¡El Rey fue víctima de un narcótico y yo no soy su criado!</p> + +<p>—Me limito a dar la versión que hará de lo ocurrido Miguel el Negro.</p> + +<p>Dejó su asiento, se me acercó y posando la mano sobre mi hombro, dijo:</p> + +<p>—Raséndil, si se porta usted como un hombre, todavía puede usted salvar +al Rey. ¡A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!</p> + +<p>—Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven han +averiguado...</p> + +<p>—Pero no pueden decir palabra!—gritó Sarto con expresión de +triunfo.—Los tenemos en nuestro poder. ¿Cómo han de denunciarle a usted +sin denunciarse a sí mismos? ¿Osarán decir al país: «Ese hombre es un +impostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemos +asesinado a su servidor?» ¿Pueden hacer tal cosa?</p> + +<p>La situación se me apareció de repente con toda claridad. Me conociese o +no el Duque, tenía que callarse. ¿Qué podía hacer mientras no presentase +al verdadero Rey? Y si éste apareciese, ¿qué sería del Duque? Por un +momento me sentí convencido, pero no tardé en comprender todas las +dificultades del proyecto.</p> + +<p>—Me descubrirán—dije.</p> + +<p>—Quizás, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho. Ante todo, +es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario, +Miguel será dueño de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces ¿qué +valdría la vida del Rey? ¿dónde estaría su trono? ¡Joven, tiene usted +que aceptar!</p> + +<p>—¿Y si matan al Rey?</p> + +<p>—Lo matarán si es que no lo mata usted.</p> + +<p>—¿Y si lo han asesinado ya?</p> + +<p>—En tal caso ¡voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel el +Negro y reinará usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dado +muerte; como tampoco lo harán mientras siga usted en el trono. Matar al +verdadero Rey, en tales condiciones, sería en beneficio exclusivo de +usted.</p> + +<p>Era un plan descabellado, una empresa más loca y difícil aún que la +jugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero al +escuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que teníamos a nuestro +favor. Además, era yo joven, activo y se me ofrecía un papel tal y en +tales circunstancias como jamás le había tocado en suerte a ningún +hombre.</p> + +<p>—Me descubrirán—repetí.</p> + +<p>—Quizás—volvió a decir Sarto.—¡Vamos a Estrelsau! Mire usted que si +seguimos aquí nos van a coger como en una ratonera.</p> + +<p>—¡Sarto!—exclamé.—¡voy a intentarlo!</p> + +<p>—¡Bien, joven, bien! Ahora sólo falta que nos hayan dejado los caballos +que tenía aquí de repuesto. Voy a ver.</p> + +<p>—Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz—dije.</p> + +<p>—No hay tiempo para eso.</p> + +<p>—Pues he de hacerlo.</p> + +<p>—¡El demonio me lleve!—gruñó.—Lo hago a usted Rey, y... Bueno, pues +lo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos. +No será muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe gran +cosa. ¡Pobre José! Era todo un hombre.</p> + +<p>Salió y yo bajé al sótano. Tomé el cuerpo en mis brazos y lo llevé por +el corredor hasta cerca de la puerta del pabellón, donde lo deposité en +el suelo, recordando, que necesitábamos azadones para cavar la fosa. En +aquel momento regresó Sarto.</p> + +<p>—Los caballos están ahí—dijo—Uno de ellos es hermano del que le trajo +a usted aquí. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse ese +trabajo.</p> + +<p>—No me iré hasta dejar a José bajo tierra.</p> + +<p>—¡A que sí!</p> + +<p>—No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.</p> + +<p>—¡Terco!—exclamó.—Venga usted aquí.</p> + +<p>Me llevó a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa de +quinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino de +Zenda. Eran siete ú ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevaban +al hombro palas y azadones.</p> + +<p>—Esos le ahorrarán a usted el trabajo—dijo Sarto.—Vámonos.</p> + +<p>Tenía razón.—Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel, +enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacilé, +pero se apoderó de mí un deseo irresistible de castigarlos, y señalando +al cadáver del pobre José, dije a Sarto:</p> + +<p>—Venguémoslo, coronel!</p> + +<p>—¿Desea usted proporcionarle compañía, eh? Pero no deja de ser +arriesgado.</p> + +<p>—No me voy sin darles una lección—insistí.</p> + +<p>Sarto vaciló.</p> + +<p>—Pues bien—dijo,—no es lo más acertado, pero se ha conducido usted +bien y hay que complacerle. Después de todo, si caemos nos habremos +ahorrado una porción de disgustos y cavilaciones. Yo le diré a usted +cómo sorprenderlos.</p> + +<p>Cerró cuidadosamente la puerta—que teníamos apenas entreabierta,—y +pasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrás, +junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabellón había un +camino destinado a los coches.</p> + +<p>—¿Tiene usted a mano el revólver? preguntó Sarto.</p> + +<p>—No, quiero caer sobre ellos espada en mano—repliqué.</p> + +<p>—¡Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche. +Corriente.</p> + +<p>Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos en +silencio. Por fin oímos los pasos de los recién llegados en el camino de +coches, al otro lado del pabellón, donde se detuvieron y uno de ellos +exclamó:</p> + +<p>—¡Id a buscar al muerto y traedlo aquí!</p> + +<p>—¡Ahora!—murmuró Sarto.</p> + +<p>Clavamos espuelas y dando vuelta a la casa nos precipitamos sobre +aquellos bribones. Sarto me dijo después que había matado a uno y lo +creí, pero por lo pronto lo perdí de vista. Lo que sé es que de un tajo +le abrí la cabeza a uno de los jinetes, que cayó al suelo. Entonces me +hallé frente a frente de un mocetón y vi también que a mi derecha +quedaba otro enemigo. Era peligroso seguir allí y hundí otra vez las +espuelas en los ijares de mi caballo, a la vez que clavaba mi espada en +el pecho del rufián que tenía delante. La bala de su revólver me rozó +una oreja; tiré de la espada, pero no pudiendo arrancársela del cuerpo +la solté y salí a escape en seguimiento de Sarto, a quien divisé en +aquel momento a unas veinte varas de distancia. Agité la mano en señal +de despedida, pero la bajé inmediatamente dando un grito, porque una +bala me había alcanzado en un dedo. Sarto se volvió hacia mí y sonó otro +disparo, pero como sólo tenían revólvers pronto nos pusimos fuera de +tiro. Entonces Sarto se echó a reír.</p> + +<p>—Uno yo y dos usted—dijo.—No lo hemos hecho mal y el pobre José +tendrá compañía.</p> + +<p>—Sí, partida completa—repuse; estaba furioso y me alegraba de haber +despachado a dos de aquellos truhanes.</p> + +<p>—Y con eso les ha caído también algún trabajo a los +restantes—prosiguió el coronel.—¿Cree usted que lo han reconocido?</p> + +<p>—Al recibir la estocada el segundo, le oí exclamar: «¡el Rey!»</p> + +<p>—¡Bravo! No vamos a darle poco que hacer a Miguel el Negro.</p> + +<p>Nos detuvimos un instante para vendar mi dedo, que sangraba +abundantemente y me dolía no poco, pues la bala había interesado algo el +hueso. Después galopamos de nuevo en silencio, disipada ya la excitación +de la lucha. Despuntó el día, frío y despejado, y un labrador nos +proporcionó algún alimento y pienso para los caballos. Pretexté un dolor +de muelas y me cubrí la cara casi por completo. Tras larga carrera +llegamos por fin a Estrelsau, entre ocho y nueve de la mañana. Todas las +puertas de la ciudad estaban abiertas como de ordinario, excepto cuando +las cerraban el capricho o las intrigas del Duque. Entramos en la +capital siguiendo el mismo camino que habíamos recorrido la noche +anterior, pero rendidos de cansancio, tanto jinetes como caballos. Las +calles estaban aún más desiertas que la víspera, como si los moradores +buscasen en el sueño el necesario descanso tras las fiestas y +prolongados regocijos de la noche precedente, y apenas hallamos alma +viviente a nuestro paso. Junto a la puertecilla de palacio nos esperaba +el fiel servidor de Sarto.</p> + +<p>—¿No ha habido novedad, señor?—preguntó.</p> + +<p>—Todo va bien—dijo Sarto,—a tiempo que su criado tomaba mi mano para +besarla.</p> + +<p>—¡El Rey está herido!—exclamó.</p> + +<p>—No es nada—dije desmontando.—Me lastimé el dedo cerrando una puerta.</p> + +<p>—Y sobre todo silencio—dijo Sarto;—aunque a ti, mi buen Freiler, es +casi inútil recomendártelo.</p> + +<p>El interpelado se encogió de hombros.</p> + +<p>—A todos los jóvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando en +cuando—dijo.—¿Por qué no ha de gustarle también al Rey?</p> + +<p>La risa de Sarto pareció confirmar aquella interpretación de mi breve +ausencia.</p> + +<p>—Mi sistema—dijo cuando hubimos entrado—es no confiar en nadie más +allá de donde sea absolutamente necesario confiar.</p> + +<p>Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de Tarlein, vestido +y reclinado en el sofá. Parecía haber dormido, pero nuestra entrada lo +despertó. Incorporándose vivamente me dirigió una mirada y con un grito +de alegría se arrodilló a mis pies.</p> + +<p>—¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!—exclamó, procurando +asir mi mano.</p> + +<p>Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo—cualesquiera que fuesen +sus faltas,—sabía hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes no +me atreví a hablar ni disipar la ilusión del pobre joven. Pero el viejo +Sarto no era de los que se conmovían y dando palmadas exclamó:</p> + +<p>—¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir de boca!</p> + +<p>Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.</p> + +<p>—¡Estáis herido, señor!—exclamó.</p> + +<p>—No es más que un rasguño—dije,—pero...—y me detuve.</p> + +<p>Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en el rostro. +Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente retrocedió un paso.</p> + +<p>—¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?—gritó.</p> + +<p>—¡Silencio, imprudente!—dijo Sarto.—No tan alto. Este es el Rey.</p> + +<p>Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano</p> + +<p>—¡Pronto, a su cámara! ¡Fuera esa gorra y esas botas! Métase usted en +cama y cubra bien todo el traje con las sábanas.</p> + +<p>Hícelo así en un abrir y cerrar de ojos y momentos después aparecía +Sarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, que +se acercó a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba al +servicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntar +cómo seguía Su Majestad después de la fatiga de la víspera.</p> + +<p>—Dé usted las gracias a mi prima—dije,—y asegúrele que jamás me he +sentido mejor.</p> + +<p>—El Rey ha pasado toda la noche en un sueño—agregó el viejo Sarto, a +quien, según empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira de +vez en cuando, nada más que por el gusto de mentir.</p> + +<p>El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y salió de la cámara. +Había terminado la comedia y el rostro pálido de Tarlein nos llamó a la +realidad; por más que en definitiva la farsa proyectada iba a +convertirse para nosotros en <i>única</i> realidad.</p> + +<p>—¿Ha muerto el Rey?—preguntó.</p> + +<p>—¡Dios no lo quiera!—contesté.—¡Pero se halla en poder de Miguel el +Negro!</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">prima rubia y hermano moreno</span></p> + + +<p>La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey +apócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente día +comenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que +tenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcé +apresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Rey +bebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes. +Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y a +quien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino de +perlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; tras +discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que me +bastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller +atestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de +fórmulas y juramentos. Recibí más tarde al embajador de Francia, que me +presentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó la +ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadores +hasta entonces. En los días siguientes se repitió el acto hasta quedar +recibido todo el cuerpo diplomático, formalidad que hay que cumplir cada +vez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logré verme solo. Llamé +a mi nuevo sirviente (habíamos elegido para reemplazar al pobre José, a +un joven que nunca había visto al Rey) le ordené que me trajese un +refresco y volviéndome hacia Sarto le manifesté la esperanza de que por +fin me dejasen descansar algo.</p> + +<p>—Pero ¡cómo se entiende!—exclamó Federico de Tarlein, que también se +hallaba presente.—¿No vamos a desollar a Miguel el Negro?</p> + +<p>—Poco a poco, caballerito—dijo Sarto frunciendo el ceño.—Sería una +satisfacción, sin duda, pero podría costarnos cara. ¿Creen ustedes +posible que si cae Miguel deje vivo al Rey?</p> + +<p>—Además—añadí,—¿qué motivo de queja puede alegarse contra mi amado +hermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?</p> + +<p>—¿Es decir que nada haremos?</p> + +<p>—Por lo pronto se trata de no hacer una tontería—gruñó Sarto.</p> + +<p>—La situación—dije,—me recuerda la escena dominante de una de +nuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes se +amenazan mutuamente con sus revólveres. Porque la verdad es que no puedo +denunciar a Miguel sin denunciarme a mí mismo...</p> + +<p>—Y al Rey—interrumpió Sarto.</p> + +<p>—Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra mí +sin acusarse gravemente.</p> + +<p>—Situación llena de interés—comentó el viejo Sarto.</p> + +<p>—Si me descubren—proseguí,—lo confesaré todo y me veré cara a cara +con el Duque; pero por ahora no hago más que esperar su próxima jugada.</p> + +<p>—Que será matar al Rey—dijo Tarlein.</p> + +<p>—Se guardará bien de hacerlo—repuso Sarto.</p> + +<p>—Tres de los seis están en Estrelsau—continuó Tarlein.</p> + +<p>—¿Tres no más? ¿Está usted seguro?—preguntó el veterano coronel con +vivo interés.</p> + +<p>—Segurísimo. La mitad de la cuadrilla.</p> + +<p>—¡Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres están vigilándolo en +su prisión!—exclamó Sarto.</p> + +<p>—¡Verdad es!—dijo Tarlein.—Si el Rey hubiera muerto los seis +estarían aquí con Miguel el Negro. ¿Sabe usted que el Duque ha +regresado, coronel?</p> + +<p>—Sí, lo sé. ¡El diablo le lleve!</p> + +<p>—A ver, señores míos—dije.—¿Quiénes son esos seis de que tanto +hablan?</p> + +<p>—No tardará usted en trabar conocimiento con ellos—contestó +Sarto.—Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y que +le pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francés, uno +belga y el otro compatriota de usted.</p> + +<p>—Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si el +Duque se lo manda.</p> + +<p>—Quizás me corten el mío—se me ocurrió decir.</p> + +<p>—Es muy posible—asintió Sarto.—¿Quiénes son los que están aquí, +Tarlein?</p> + +<p>—De Gautet, Bersonín y Dechard.</p> + +<p>—¡Los extranjeros! Es más claro que la luz del día. El Duque los ha +traído consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porque +quiere comprometer a estos últimos todo lo posible.</p> + +<p>—¿Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos en +el pabellón de caza, coronel?—pregunté.</p> + +<p>—No, por desgracia; de lo contrario ya no serían seis, sino cuatro.</p> + +<p>Por lo pronto había adquirido yo una cualidad regia, la de no revelar +todo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis más íntimos amigos. Había +tomado una resolución irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayor +grado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidad +alguna al Duque; esperando calmar así la oposición de sus partidarios y +conseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguel +apareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como un +ser ingrato y descastado.</p> + +<p>No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con él. En +interés del Rey convenía seguir guardando el secreto, y mientras éste no +se descubriese tenía yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilación +había de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.</p> + +<p>Pedí un caballo, y en compañía de Federico de Tarlein recorrí la gran +avenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayor +cortesía. Pasé después por algunas calles, me detuve para comprar flores +a una linda muchacha, a quien pagué con una moneda de oro; y habiendo +atraído suficientemente la atención pública, hasta el punto de notar que +me seguían más de quinientas personas, tomé el camino del palacio que +habitaba la princesa Flavia, a quien envié a preguntar si se dignaba +recibirme. Aquel paso creó vivo interés en el pueblo y fue saludado con +aclamaciones. La Princesa era popularísima y el Canciller mismo no había +vacilado en decirme que cuanto más asiduamente hiciese yo la corte a mi +noble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sería la +satisfacción de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad del +nuevo soberano. Claro está que el Canciller no tenía idea de los +obstáculos que me impedían seguir su leal y excelente consejo. Díjeme, +sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein la +aprobó con gran entusiasmo, que no dejó de sorprenderme algo, hasta que +descubrí que él también tenía sus motivos para querer visitar el palacio +de Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de sus +pensamientos.</p> + +<p>La etiqueta favoreció los deseos de Tarlein; pues mientras yo fui +recibido en el salón de la Princesa, él permaneció en la antecámara con +la linda Condesa; y no dudo que logró contemplarla y hablarle a su +saber, a pesar de las otras muchas personas que allí esperaban. Pero lo +más importante para mí en aquel momento era el delicado paso que iba a +dar en la dificilísima partida empeñada. Tenía que atraer a la +Princesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tenía que +mostrarle afecto y no sentirlo. Consistía mi papel en hacer el amor por +cuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la más +hermosa que había visto en mi vida. Me recibió con encantadora +confusión, que hizo aún más difíciles los primeros momentos de nuestra +entrevista. Del éxito de mis esfuerzos para realizar el programa antes +trazado, se juzgará más adelante.</p> + +<p>—Vuestra Majestad está conquistando preciados lauros—me dijo, dándome +por primera vez aquel alto tratamiento.—Como uno de los príncipes de +Shakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo al +convertirse en Rey.</p> + +<p>—Dos cosas te ruego, prima mía—le contesté.—Que, Rey o no, me digas +siempre lo que tu corazón te dicte, y que continúes llamándome por mi +nombre.</p> + +<p>—Me miró un instante y dijo:</p> + +<p>—Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todo +en ti parece cambiado, hasta tu rostro.</p> + +<p>Agradecí el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversación, +por lo que dije:</p> + +<p>—Mi hermano está de vuelta, según me han anunciado.</p> + +<p>—Sí, está aquí—repuso frunciendo ligeramente el ceño.</p> + +<p>—Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por mucho +tiempo—observé sonriéndome.—Más vale así, y me alegro de verlo aquí. +Cuanto más cerca mejor.</p> + +<p>La Princesa me dirigió una rápida mirada y preguntó:</p> + +<p>—¿Qué quieres decir, primo? ¿Que así podrás?...</p> + +<p>—Ver mejor lo que hace, eso es. Y tú, ¿por qué te alegras de ello?</p> + +<p>—No he dicho tal cosa.</p> + +<p>—Pero no falta quien lo diga por ti.</p> + +<p>—Nunca faltan personas insolentes—observó con encantadora altivez.</p> + +<p>—¿Y quizás sea yo una de ellas?</p> + +<p>—Vuestra Majestad no puede serlo nunca—dijo haciéndome cómica +reverencia.—A no ser que quieras decir...</p> + +<p>-¿Qué?</p> + +<p>—Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aquí o en otra +parte—añadió picarescamente.</p> + +<p>A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.</p> + +<p>—¿No te importa que tu primo Miguel?...</p> + +<p>—¿Mi primo Miguel? Yo le llamo siempre el duque de Estrelsau.</p> + +<p>—Y Miguel cuando le hablas.</p> + +<p>—Sí, por orden del Rey tu padre.</p> + +<p>—Eso es. ¿Y ahora por orden mía?</p> + +<p>—Si así me lo mandas.</p> + +<p>—Desde luego. Conviene que todos nos mostremos muy amables con nuestro +querido Miguel.</p> + +<p>—¿Y supongo que también me ordenas recibir a sus amigos?</p> + +<p>—¿Los seis?</p> + +<p>—¿Tú también los llamas así?</p> + +<p>—Por seguir la moda. Pero no te mando recibir más que a las personas a +quienes tú quieras hacer esa honra.</p> + +<p>—¿Excepto a ti?</p> + +<p>—Por lo que a mí se refiere, no tengo órdenes que darte. Me limito a +suplicar.</p> + +<p>En aquel momento se oyeron vítores en la calle. La Princesa corrió hacia +uno de los balcones.</p> + +<p>—¡Es él!—exclamó.—¡El duque de Estrelsau!</p> + +<p>Me sonreí, pero nada dije, y ella volvió a su asiento. Permanecimos +breves instantes en silencio. Cesó el clamor callejero, pero oímos +rumor de voces y pasos en la antecámara. Empecé a hablar sobre diversos +temas, y al cabo de algunos minutos me pregunté qué se habría hecho del +Duque. Sin embargo, me pareció que no me tocaba intervenir en el asunto, +cuando de repente, y con gran sorpresa mía, cruzó Flavia las manos y +exclamó con agitada voz:</p> + +<p>—¿Te parece bien irritarlo así?</p> + +<p>—¿Irritarlo? ¿A quién? ¿Cómo?</p> + +<p>—Haciéndolo esperar tanto.</p> + +<p>—Pero, prima mía, si yo no quiero hacerlo esperar ni...</p> + +<p>—¿Es decir, que puede entrar?</p> + +<p>—Sin duda, si tú se lo permites.</p> + +<p>Flavia me miró con curiosidad.</p> + +<p>—¡Qué cosas tienes!—dijo.—Demasiado sabes que mientras estés conmigo +no pueden anunciarme a nadie.</p> + +<p>¡Valiosa prerrogativa regia!</p> + +<p>—No hay nada como la etiqueta—dije.—Pero había olvidado esa regla por +completo. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, ¿podrían +anunciarte a ti?</p> + +<p>—Lo sabes tan bien como yo—contestó admirada.—Podrían anunciarme, +porque soy princesa de la sangre.</p> + +<p>—Jamás pude acordarme de todas esas distinciones—dije, en tanto +interiormente maldecía a Tarlein por no haberme instruido mejor.—Pero +sabré reparar mi falta.</p> + +<p>—Me dirigí presuroso a la puerta, y abriéndola de par en par entré en +la antecámara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado el +semblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estaban +en pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un sillón +galanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levantó de un salto, +mostrando tanto respeto hacia mí como indiferencia hacia el Duque. No +era extraño que éste no le tuviese buena voluntad.</p> + +<p>Tendí la mano a Miguel, que la estrechó, y le di un abrazo. Después lo +conduje yo mismo a la habitación inmediata.</p> + +<p>—Hermano—le dije,—de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallaba +aquí, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permiso +para conducir a Vuestra Alteza a su lado.</p> + +<p>Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunas +buenas cualidades, no tenía la de saber ocultar sus impresiones. Aun el +más indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo viéndome a +solas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de que +procuró disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por el +verdadero Rey. Comprendía yo que esto último era imposible, y me +figuraba la ira de que estaría poseído al tributarme homenaje y al oirme +hablar de «Miguel» y «Flavia.»</p> + +<p>—Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano—observó +con fingido interés.</p> + +<p>—Sí, me puse a jugar con un perro faldero—dije, resuelto a burlarme de +él,—y ya sabe Vuestra Alteza cuán falsos y traidores son.</p> + +<p>Se sonrió sarcásticamente y me miró con fijeza breves momentos.</p> + +<p>—¡Pero esas mordeduras son peligrosas!—exclamó alarmada la Princesa.</p> + +<p>—Nada temas, prima mía—dije.—Otra cosa sería si yo hubiese permitido +al gozquecillo morderme más profundamente.</p> + +<p>—¿Pero, le han dado muerte?</p> + +<p>—Todavía no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.</p> + +<p>—¿Y si lo fuese?—preguntó Miguel con su siniestra sonrisa.</p> + +<p>—Lo despacharíamos en un santiamén, hermano.</p> + +<p>—¿Pero no volverás a jugar con él?—preguntó Flavia.</p> + +<p>—Puede que sí.</p> + +<p>—¿Y si vuelve a morderte?</p> + +<p>—Procurará hacerlo, no lo dudo—contesté sonriéndome.</p> + +<p>Después, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarme +ofendido, empecé a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia y +por la lealtad que me había demostrado el día de la coronación. Pasé +después a hacer un caluroso elogio del pabellón de caza que había puesto +a mi disposición. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porque +levantóse de repente y se despidió en breves frases. Sin embargo, +llegado a la puerta, se detuvo para decir:</p> + +<p>—Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados a +Vuestra Majestad. Esperan en la antecámara.</p> + +<p>Inmediatamente me llegué al Duque y tomé su brazo, a pesar del gesto +avinagrado que puso, y entramos en la antecámara como buenos hermanos. +Hizo Miguel un ademán y se adelantaron tres hombres.</p> + +<p>—Estos caballeros—dijo el Duque con la más graciosa y perfecta +cortesía,—son los más leales y adictos servidores de Vuestra Majestad, +a la vez que fieles amigos míos.</p> + +<p>—Títulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda mi +estimación.</p> + +<p>Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujeto +alto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belga +Bersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque no +contaba mucho más de treinta años. Y por último el inglés Dechard, de +cara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Tenía +muy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. «Buena +espada, pero un bribón de marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés, +con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, que +reprimió en seguida.</p> + +<p>—Es decir que el caballero Dechard está en el secreto—pensé.</p> + +<p>Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví para +despedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta que separa ambas +habitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:</p> + +<p>—Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...</p> + +<p>—¿De qué?</p> + +<p>—Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale y +significa tu vida para...</p> + +<p>—¿Para quién?</p> + +<p>—Para Ruritania.</p> + +<p>¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé; ambos +caminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la verdad.</p> + +<p>—¿Sólo para Ruritania?—le pregunté dulcemente.</p> + +<p>Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.</p> + +<p>—Y también para tus amigos—dijo.</p> + +<p>—¿Amigos?</p> + +<p>—Y para tu prima—murmuró por fin;—tu amante prima.</p> + +<p>No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí mismo.</p> + +<p>Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga, +sin cuidarse de los lacayos que le observaban.</p> + +<p>—¡Qué diantre!—dijo.—No todo ha de ser conspirar y el amor reclama +también sus derechos.</p> + +<p>—Lo mismo digo—contesté; y Tarlein me siguió respetuosamente.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">una nueva catapulta</span></p> + + +<p>No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida en aquellos +días, revestiría gran interés para los que nada saben de lo que ocurre +dentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelación de +alguno de los secretos que allí descubrí, tendría gran valor para los +estadistas de Europa. Pero lejos de mí una y otra cosa. Por un lado el +temor a la monotonía del relato y por otro el riesgo de parecer +indiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollándose +calladamente bajo la tranquila apariencia de la política ruritana. Sí +diré que mi impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasé +mis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que me +fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos +olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no +recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían de +serme, perfectamente conocidas. Pero salí en bien de todo, y lo +atribuyo, como ya lo indiqué antes, a la audacia misma de mi temeraria +empresa. Tengo para mí, que en iguales condiciones de parecido físico, +me fue más fácil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otra +persona cualquiera.</p> + +<p>Un día entró Sarto en la habitación donde me hallaba y arrojándome una +carta, dijo:</p> + +<p>—Ahí va eso para usted. Letra de mujer si no me engaño. Pero ante todo +tengo que darle una noticia.</p> + +<p>—¿Qué es ello?</p> + +<p>—El Rey está en el castillo de Zenda.</p> + +<p>—¿Cómo lo sabe usted?</p> + +<p>—Porque allí está la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis. +Lo tengo bien averiguado: Laugrán, Crastein, el mozo Ruperto Henzar, +tres bribones, a fe mía, como no hay otros en toda Ruritania.</p> + +<p>—¿Y bien?</p> + +<p>—Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contra +el castillo, con infantería, caballería y artillería.</p> + +<p>—¿Para qué? ¿Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo en +seco?</p> + +<p>—Probablemente—refunfuñó Sarto.—Y con eso no hallaríamos ni aun el +cadáver del Rey.</p> + +<p>—¿Pero está usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?</p> + +<p>—Lo creo muy probable. No sólo están allí los tres belitres citados, +sino que el puente levadizo permanece alzado día y noche y a nadie se +permite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel. +Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.</p> + +<p>—Yo seré quien vaya a Zenda—dije.</p> + +<p>—¿Está usted loco?</p> + +<p>—Repito que iré, algún día.</p> + +<p>—Puede ser, y lo más probable es que se quede usted allí.</p> + +<p>—¡Oh, eso está por ver!—repuse con arrogancia.</p> + +<p>—Vamos, parece que hoy está Vuestra Majestad de mal humor. ¿Cómo van +los amores?</p> + +<p>—¡Silencio!—exclamé.</p> + +<p>Me contempló por un momento y encendió su pipa. Tenía razón al decir que +estaba yo de un humor insufrible, y continué furioso:</p> + +<p>—Me siguen por todas partes media docena de espías.</p> + +<p>—Ya lo sé; yo se lo tengo mandado—contestó muy tranquilo.</p> + +<p>—¿Y a qué viene eso?</p> + +<p>—Pues a que Miguel no vería con malos ojos la desaparición de usted. +Una vez quitado usted de en medio podría él realizar la jugada que +antes le echamos a perder, o por lo menos lo intentaría.</p> + +<p>—Yo me basto para defenderme.</p> + +<p>—De Gautet, Bersonín y Dechard están en Estrelsau; cualquiera de ellos, +joven, lo degollaría a usted con tanto primor y gusto como... como lo +haría yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho más traidoramente. +¿Qué dice esa carta?</p> + +<p>La abrí y leí en alta voz:</p> + +<p>«Si el Rey desea saber nuevas de gran interés para él, le bastará seguir +las indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nueva +hay una casa en el centro de extenso jardín. La casa tiene un pórtico +con la estatua de una ninfa en el centro. El jardín está rodeado de una +tapia y en ésta, por la parte de atrás de la casa, hay una puertecilla. +Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, verá un cenador a +veinte varas de la puerta. Suba los seis escalones que a él conducen, +entre, y hallará en el cenador a una persona que le impondrá de lo que +más vivamente atañe hoy a su vida y a su trono. Estas líneas están +trazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia este +aviso pondrá en peligro su vida. No enseñe el Rey esta carta a nadie; +va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro no +perdona.»</p> + +<p>—No—comentó Sarto;—pero también sabe dictar una carta muy zalamera.</p> + +<p>Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el anónimo cuando noté unas líneas +escritas al dorso:</p> + +<p>«Si el Rey duda, consulte al coronel Sarto...»</p> + +<p>—¿Eh?—hizo el veterano asombrado.—¿Me toma por tan sandio como a +usted?</p> + +<p>Indicándole que guardase silencio continué la lectura:</p> + +<p>—«Pregúntele qué mujer está más dispuesta que ninguna otra a impedir el +matrimonio del Duque con su prima y por consiguiente a impedir también +que alcance la corona. Pregúntele si el nombre de esa mujer empieza con +A.»</p> + +<p>Me puse en pie de un salto y el coronel colocó su pipa sobre la mesa.</p> + +<p>—¡Antonieta de Maubán como hay Dios!—exclamé.</p> + +<p>—¿Y cómo lo sabe usted?—preguntó Sarto.</p> + +<p>Le dije cuanto sabía de aquella dama, y Sarto hizo un ademán de +aprobación.</p> + +<p>—Lo cierto es—dijo pensativo,—que ha tenido un disgusto serio con el +Duque.</p> + +<p>—Si quisiera podría sernos útil—observé.</p> + +<p>—Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.</p> + +<p>—Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré a la cita, +Sarto.</p> + +<p>—No; yo iré.</p> + +<p>—Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante.</p> + +<p>—Iré al cenador.</p> + +<p>—¡Que me ahorquen si lo permito!—exclamé levantándome y apoyando la +espalda en la repisa de la chimenea.—Sarto—añadí,—tengo confianza en +esa mujer e iré.</p> + +<p>—Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá usted.</p> + +<p>—O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra—le dije.</p> + +<p>Sarto empezaba a aprender hasta dónde podía dictarme a mí y dónde y +cuándo tenía que ceder y someterse.</p> + +<p>—Estamos tomando las cosas con sobrada calma—continué.—Cada día que +dejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongación +de esta farsa mía constituye, también, un peligro más. Sarto, ha llegado +el momento de jugar el todo por el todo.</p> + +<p>—Así sea—suspiró.</p> + +<p>A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestros +caballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarle +nuestros propósitos. La noche era obscurísima. Yo no llevaba espada, +pero sí el revólver, un largo puñal y una linterna sorda. Llegamos a la +puertecilla, desmontamos, y Sarto me tendió la mano.</p> + +<p>—Esperaré aquí—dijo.—Si oigo un disparo, me...</p> + +<p>—Permanezca usted aquí, como la única esperanza de salvación que le +queda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca también usted.</p> + +<p>—Es verdad, joven. ¡Buena suerte!</p> + +<p>Empujé la puerta, que cedió, y me hallé en un jardín abundante en +plantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por él +tomé, cautelosamente. Tenía oculta la luz de la linterna y mi diestra +empuñaba el revólver. No percibía el menor sonido. Pronto distinguí los +vagos contornos del cenador, cuyos peldaños subí. La puerta de madera y +muy endeble, se abrió en seguida y una mujer que allí esperaba se +apoderó vivamente de mi mano.</p> + +<p>—Cierre usted la puerta—murmuró.</p> + +<p>Obedecí y dirigí hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido de +corte, con ricas joyas, y su hermosura aparecía deslumbradora bajo la +viva luz que la inundaba. El cenador no tenía más mueblaje que un par +de sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafés.</p> + +<p>—No hable usted—me dijo.—No tenemos tiempo para ello. Limítese usted +a escucharme, señor Raséndil. Escribí la carta por orden del Duque.</p> + +<p>—Lo sospechaba—dije.</p> + +<p>—Dentro de veinte minutos estarán aquí tres hombres que se proponen +asesinarlo a usted.</p> + +<p>—Tres... ¿Los tres aquellos?</p> + +<p>—Sí, tiene usted que partir antes de que lleguen. De lo contrario +perecerá usted esta noche...</p> + +<p>—O perecerán ellos.</p> + +<p>—¡Escúcheme usted! Una vez asesinado llevarán su cuerpo a uno de los +barrios bajos de la ciudad, donde lo descubrirán. Miguel hará prender en +seguida a todos los amigos de usted, Sarto y Tarlein los primeros; +proclamará el estado de sitio en la capital y enviará un mensajero a +Zenda. Los otros tres asesinarán al Rey en el castillo y el Duque se +proclamará a sí mismo o a la Princesa; a sí mismo si llegado el momento +se considera suficientemente fuerte para hacerlo. De todos modos, se +casará con ella y será Rey de hecho y pronto también de nombre. +¿Comprende usted?</p> + +<p>—No es malo el plan. Pero usted, señora, ¿cómo es que?...</p> + +<p>—Diga usted, si quiere, que estoy celosa. Pero, ¡Dios eterno! ¿puedo, +acaso, verlo casado con ella? Y ahora, retírese usted. Pero recuerde, y +esto es lo que principalmente quería decirle, que nunca, ni de día ni de +noche, estará usted seguro aquí. Tres personas, tres guardianes le +siguen a usted constantemente ¿no es así? Pues a ellos los siguen y +espían otros tres. Esas hechuras de Miguel no se hallan nunca a más de +quinientos pasos de usted. Si llega un momento en que lo hallen solo +está usted perdido. La puerta del jardín está ya cerrada y guardada por +ellos. A este lado del cenador, junto a la tapia, hallará una escalera, +puesta allí para salvarlo...</p> + +<p>—¿Y usted?</p> + +<p>—Yo representaré mi papel. Si el Duque descubre lo que estoy haciendo, +no volverá usted a verme nunca. De lo contrario, quizás yo... Pero no +importa. Parta usted.</p> + +<p>—¿Y qué le dirá usted?</p> + +<p>—Que usted no acudió a la cita. Que sospechó el lazo.</p> + +<p>Tomé su mano y deposité en ella un beso.</p> + +<p>—Señora—dije,—ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche. +¿En qué parte del castillo lo tienen?</p> + +<p>—Al otro lado del puente levadizo—dijo bajando la voz,—hay una maciza +puerta, y tras ella queda... ¿Oye usted? ¿Qué ruido es ese?</p> + +<p>Se oían pasos fuera del cenador.</p> + +<p>—¡Están ahí! ¡Han anticipado su venida! ¡Dios mío, Dios mío!—exclamó, +pálida como un cadáver.</p> + +<p>—No podían llegar más a tiempo—dije.</p> + +<p>—Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ahí. +¿Los ve usted?</p> + +<p>Apliqué el ojo a la puerta y divisé vagamente tres hombres al pie de la +escalinata. Monté el revólver y Antonieta posó su mano sobre la mía.</p> + +<p>—Podrá usted matar uno de ellos—murmuró.—¿Y después?</p> + +<p>—¡Señor Raséndil!—oímos decir, en inglés y con perfecto acento.</p> + +<p>No contesté.</p> + +<p>—Deseamos hablarle. ¿Promete usted no hacer fuego hasta habernos oído?</p> + +<p>—¿Tengo el gusto de hablar con el señor Dechard?—pregunté.</p> + +<p>—No importa el nombre.</p> + +<p>—Pues entonces prescindan ustedes del mío.</p> + +<p>—Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposición.</p> + +<p>Yo seguía mirando por la hendidura y vi que mis enemigos habían subido +dos escalones y que tres revólvers apuntaban a la puerta.</p> + +<p>—¿Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar la +tregua convenida.</p> + +<p>—No confíe usted en ellos—murmuró Antonieta.</p> + +<p>—Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta—dije.</p> + +<p>—Pero también puede usted abrirla cuando le parezca y disparar—repuso +Dechard,—y aunque lo mataríamos, siempre moriría también uno de +nosotros. ¿Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?</p> + +<p>—Desconfíe usted—repitió Antonieta.</p> + +<p>Me ocurrió una idea, que juzgué practicable.</p> + +<p>—Prometo no disparar antes que ustedes—dije.—Pero no los dejaré +entrar. Quédense donde están y hablen.</p> + +<p>—Aceptado—dijo Dechard.</p> + +<p>Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado de +la puerta. No pude oir lo que se decían, pero vi que Dechard hablaba al +oído del más alto de sus compañeros. De Gautet, según creo.</p> + +<p>—Secreto tenemos—pensé.</p> + +<p>Y añadí en voz alta:</p> + +<p>—Veamos, señores, cuáles son esas proposiciones.</p> + +<p>—Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.</p> + +<p>—No, no—murmuró Antonieta casi imperceptiblemente.—Todo es una +traición.</p> + +<p>—Generosa oferta—dije sin perderles de vista un momento.</p> + +<p>Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conocía bien a +aquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo que +proyectaban era precipitarse sobre mí repentinamente durante mi +conversación con ellos.</p> + +<p>—Déjenme ustedes meditar su promesa unos instantes—añadí, pareciéndome +oir burlona risa al otro lado de la puerta.</p> + +<p>—Póngase usted ahí, contra la pared, fuera del alcance de los +revólvers—murmuré dirigiéndome a Antonieta.</p> + +<p>—¿Qué va usted a hacer?—preguntó alarmada.</p> + +<p>—Ya lo verá usted.</p> + +<p>Así la mesita de hierro por las patas y la levanté poniéndola ante mí a +manera de escudo que me protegía por completo cabeza y pecho. Aunque +pesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes había +colgado del cinto la linterna y puesto el revólver en un bolsillo, bien +al alcance de la mano. De repente vi que la puerta se abría algunas +líneas, como movida por el viento, o impulsada quizás por una mano para +probar si cedía. Retrocedí, apartándome de la puerta cuanto pude y +guareciéndome tras la mesa de hierro en la posición que dejo descrita.</p> + +<p>—Acepto su oferta, señores—grité,—confiando en su palabra de +caballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...</p> + +<p>—¡Ábrala usted!—exclamó Dechard.</p> + +<p>—¡Se abre hacia fuera!</p> + +<p>—¡Qué diantres, Bersonín—gritó impaciente Dechard.—¿Tienes miedo a un +hombre solo?</p> + +<p>Me sonreí al oirle y en el mismo instante se abrió la puerta +violentamente. La luz de una linterna me mostró a los tres rufianes +agrupados en el umbral y apuntando con sus revólvers. Lancé un grito y +me precipité sobre ellos a la carrera. Sonó una triple detonación y tres +proyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogió +de lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entre +gritos y juramentos. Antonieta de Maubán lanzó un agudo chillido, al que +yo, levantándome de un salto, contesté con una carcajada.</p> + +<p>De Gautet y Bersonín yacían en tierra como aturdidos. A Dechard le cayó +la mesa encima, pero al incorporarme yo, la echó a un lado y volvió a +hacerme fuego. Levanté mi revólver y disparé casi sin apuntar. Oí una +blasfemia y apreté a correr como un gamo, sin dejar de reírme. Alguien +corría también detrás de mí, y tendiendo el brazo en su dirección solté +otro balazo al azar. Los pasos cesaron.</p> + +<p>—¡Con tal que halle la escalera!—pensé, porque la tapia era alta y +estaba erizada de púas.</p> + +<p>Sí, allí estaba y subí por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me incliné +sobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos oí un tiro. Era Sarto, +que habiendo oído los disparos en el jardín se desesperaba por abrir la +puertecilla y al fin la emprendía a tiros con la cerradura. Había +olvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha. +Al ver aquello volví a reírme, salté al suelo y poniéndole la mano en el +hombro le dije:</p> + +<p>—A casa y a la cama, viejo mío. Tengo que contarle a usted la historia +más graciosa que ha oído en su vida.</p> + +<p>Se volvió, absorto, y exclamó, estrechando mi mano:</p> + +<p>—¡Salvado! ¡Salvado!</p> + +<p>Pero en seguida refunfuñó como acostumbraba.</p> + +<p>—¿De qué demonios se ríe usted?</p> + +<p>—De cuatro convidados, al figurármelos en torno de cierta mesa...</p> + +<p>Y volví a soltar la carcajada, pensando en la ridícula derrota del +formidable y malparado trío.</p> + +<p>Y como habrá observado el lector, cumplí mi palabra y no disparé hasta +que mis enemigos rompieron el fuego.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="X" id="X"></a>X</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">amores por cuenta ajena</span></p> + + +<p>Era costumbre establecida que el jefe de la policía me enviase todas las +tardes un informe sobre la situación en la capital y el estado de la +opinión pública; documento que también contenía datos relativos a las +personas que la policía tenía orden de vigilar. Desde mi llegada a +Estrelsau, Sarto me leía el referido informe, comentando muchas noticias +de interés que solía contener. El día siguiente a mi aventura en el +cenador, trajeron el parte de policía en ocasión de hallarme jugando una +partida de tresillo con Federico de Tarlein.</p> + +<p>—Muy interesante viene el informe de esta tarde—dijo Sarto sentándose.</p> + +<p>—¿Habla de cierta aventura nocturna?...</p> + +<p>El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:</p> + +<p>—Leo en primer lugar: «Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de la +capital (repentinamente, al parecer) acompañado de algunos de sus +servidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en dirección +del cual salió, no por el tren, sino a caballo. Los señores de Gautet, +Bersonín y Dechard le siguieron una hora más tarde, llevando el último +un brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero se +sospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.»</p> + +<p>—Informes auténticos—observé, alegrándome al saber que el bribón tenía +buena memoria mía.</p> + +<p>—«La señora de Maubán—siguió leyendo Sarto,—a quien se vigila por +orden superior, tomó el tren de mediodía. Pidió billete para Dresde...»</p> + +<p>—Antigua costumbre suya—comenté.</p> + +<p>—«Pero el tren de Dresde pasa por Zenda.» ¡Si será listo el autor del +parte éste! Y por último, oiga usted lo que dice aquí: «El estado de la +opinión en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey» (ya +sabe usted que al jefe de policía le hemos mandado ser muy franco), +«porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informes +adquiridos entre las personas más allegadas a la princesa Flavia, se +sabe que está muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblo +habla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau, +proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciar +que el Rey dará esta noche un baile en honor de la Princesa, y la +noticia ha producido desde luego el mejor efecto.»</p> + +<p>—Y a mí me coge de nuevo—observé.</p> + +<p>—¡Oh, los preparativos están todos hechos!—exclamó Tarlein +riéndose.—Yo me he encargado de eso.</p> + +<p>Sarto se volvió hacia mí para decirme con imperioso acento:</p> + +<p>—¡Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!</p> + +<p>—A lo cual estoy más que dispuesto, como pueda verme con ella a +solas—contesté.—De seguro no cree usted que la tarea pueda parecerme +ingrata ni difícil, ¿eh, Sarto?</p> + +<p>Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:</p> + +<p>—Tarea es esa que hallará usted más fácil de lo que piensa. Mire usted, +Raséndil, me duele decírselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elga +me ha confesado que la Princesa está prendada del Rey, y que desde el +día de la coronación su afecto por él ha ido en aumento. También es +cierto que está muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.</p> + +<p>—¡Buena la hemos hecho!—exclamé angustiado.</p> + +<p>—¿Y eso qué?—dijo Sarto.—Supongo que más de una vez le habrá usted +dicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ella +quiere.</p> + +<p>Tarlein, que estaba enamorado, comprendió mejor la penosa situación en +que yo me veía, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.</p> + +<p>—Sin embargo—prosiguió impasible el viejo Sarto,—creo que esta noche +debe usted declarársele.</p> + +<p>—¡Santo cielo¡—exclamé.</p> + +<p>—O poco menos. Y por mi parte mandaré a los periódicos una nota +semioficial.</p> + +<p>—¡No haré semejante cosa!—dije.—¡Ni usted tampoco! Desde ahora me +niego rotundamente a engañar de tal modo a la Princesa.</p> + +<p>Sarto clavó en mí sus ojillos penetrantes. Después apareció en sus +labios sardónica sonrisa.</p> + +<p>—Corriente, joven; como usted quiera. Vaya, limítese usted a +tranquilizarla un poco, como pueda. Y ahora hablemos de Miguel.</p> + +<p>—¡A quien Dios confunda!—dije.—Ya hablaremos de él otro día. +Tarlein, vamos a dar una vuelta por los jardines.</p> + +<p>Sarto cedió inmediatamente. Bajo sus bruscas maneras se ocultaba +prodigioso tacto y también, como lo fui reconociendo más y más cada día, +un profundo conocimiento del corazón humano. ¿Por qué se mostró tan poco +exigente conmigo respecto de la Princesa? Porque sabía que la belleza de +ésta y mi natural impulso me habían de llevar mucho más allá que todos +sus argumentos, y que cuanto menos pensase yo en aquella trama, tanto +más probable sería que la llevase adelante. No podía ocultársele la +desventura que acarrearía a la Princesa, pero esta consideración nada +significaba para él. ¿Puedo decir, con toda sinceridad, que hacía mal? +Suponiendo que el Rey volviese al trono, le devolveríamos la Princesa. +Pero ¿y si no lográsemos libertarlo? Punto era éste del cual jamás +habíamos hablado. Pero yo tenía la idea de que, en tal caso, Sarto se +proponía instalarme en el trono de Ruritania y sostenerme en él toda la +vida. Al mismo Satanás hubiera él puesto en el trono antes que a Miguel +el Negro.</p> + +<p>El baile fue suntuoso. Lo inauguré yo con la princesa Flavia y con ella +bailé también después, seguidos ambos por las miradas y los comentarios +de la brillante concurrencia. Llegó la hora de la cena y en medio de +ella me puse en pie, enloquecido por las miradas de mi prima, y +quitándome el collar de la Rosa de Oro se lo puse al cuello. Aquel acto +fue acogido con unánimes aplausos, y vi que Sarto se sonreía satisfecho, +pero no Tarlein, cuya sombría expresión revelaba su disgusto. Pasamos el +resto de la cena en silencio; ni Flavia ni yo podíamos hablar. Por fin, +a una señal de Tarlein, me levanté, ofrecí mi brazo a la Princesa y +recorriendo el salón de uno a otro extremo, la conduje a una habitación +contigua, más pequeña, donde nos sirvieron el café. Las damas y +caballeros de nuestro séquito se retiraron y quedamos solos.</p> + +<p>Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio. La noche +era hermosísima. Flavia tomó asiento y yo permanecí en pie ante ella. +Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momento +no me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivalía a +una interrogación; mirada a la que siguió fugaz rubor.</p> + +<p>¡Ah, si la hubieseis visto en aquel instante! Me olvidé del Rey +prisionero en Zenda y del que reinaba en Estrelsau. Ella era una +Princesa, yo un impostor. Pero ¿acaso pensé en ello un solo momento? Lo +que hice fue doblar la rodilla ante la bella y tomar su mano entre las +mías. Nada dije. ¿Para qué? Me bastaban los suaves rumores de aquella +hermosa noche y el perfume de las flores que nos rodeaban, únicos +testigos del beso que deposité en sus labios.</p> + +<p>Flavia me rechazó dulcemente, exclamando:</p> + +<p>—¡Ah! Pero ¿es verdad?...</p> + +<p>—¿Si es verdad mi amor?—dije en voz baja, con apasionado acento.—¡Te +amo más que a mi vida, más que a la verdad misma, más que a mi honor!</p> + +<p>No pareció dar a mis palabras otro valor que el de una de tantas +exageraciones del lenguaje de los enamorados.</p> + +<p>—¡Oh, si no fueses Rey! ¡Entonces podría demostrarte cuánto te amo! +¿Por qué te quiero tanto ahora, Rodolfo?</p> + +<p>—¿Ahora?</p> + +<p>—Sí, últimamente. Antes... antes no era así.</p> + +<p>El orgullo del triunfo embargó mi ánimo. ¡Era yo, Rodolfo Raséndil, +quien la había conquistado!</p> + +<p>—¿No me amabas antes?—pregunté rodeándole el talle con mi brazo.</p> + +<p>Me miró sonriente y dijo:</p> + +<p>—¿Será tu corona? Este nuevo sentimiento se me despertó en mí el día de +la coronación.</p> + +<p>—¿No antes?—le pregunté ansioso.</p> + +<p>Dejóme oir su argentina risa y contestó:</p> + +<p>—Hablas como si desearas oirme repetir que no te amaba cuando no eras +Rey.</p> + +<p>—Pero ¿es eso cierto?</p> + +<p>—Sí—murmuró casi imperceptiblemente.—Pero tén cuidado, Rodolfo, sé +prudente. Mira que ahora estará furioso.</p> + +<p>—¿Quién? ¿Miguel? ¡Oh, si no fuera más que eso!</p> + +<p>—¿Qué quieres decir, Rodolfo?</p> + +<p>Aquella era la última oportunidad que podía ofrecérseme. Logré +dominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me aparté dos o +tres pasos de ella.</p> + +<p>—Si yo no fuera Rey—comencé,—si fuese un simple caballero...</p> + +<p>Antes de que pudiera añadir una palabra puso ella su mano sobre la mía, +diciendo:</p> + +<p>—Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejarías de ser mi Rey.</p> + +<p>—¡Dios me perdone!—dije para mí. Y estrechando su mano volví a +preguntarle:—¿pero si no fuese Rey?</p> + +<p>—Basta—murmuró.—No merezco que dudes de mí de esa manera. ¡Ah, +Rodolfo! ¿Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podría +mirarte como te miro yo?</p> + +<p>Después inclinó el rostro, procurando ocultarlo. Más de un minuto +permanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de su +hermosura y de las circunstancias en que nos hallábamos, apelé a mi +honor y a mi conciencia.</p> + +<p>—Flavia—dije con voz tan alterada que no parecía la mía,—has de saber +que no soy...</p> + +<p>Elevábanse sus ojos hacia mí cuando oímos, pesados pasos en el enarenado +sendero del jardín y un hombre se detuvo ante el abierto balcón. Flavia +lanzó un ligero grito y se apartó de mí rápidamente. La frase que mis +labios habían comenzado quedó interrumpida. Sarto, pues era él, se +inclinó profundamente, grave y sombrío.</p> + +<p>—Perdonad, señor—dijo,—pero Su Eminencia el cardenal espera hace un +cuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antes +de partir.</p> + +<p>—No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia—repuse.</p> + +<p>Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos y +ruborizado el rostro, tendió su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadie +que haya visto a una mujer en la exaltación producida por el amor, podía +ocultársele lo que aquel ademán significaba. Con triste sonrisa se +inclinó el veterano y besó la mano que ella le tendía, diciendo con +cariñosa y conmovida voz:</p> + +<p>—Alegre o triste, feliz o desgraciada, ¡Dios proteja siempre a Vuestra +Alteza!</p> + +<p>Hizo una pausa y añadió, mirándome y cuadrándose como un soldado:</p> + +<p>—Pero ante todo y sobre todo está el Rey. ¡Dios lo proteja!</p> + +<p>Y Flavia, besando mi mano, murmuró:</p> + +<p>—¡Así sea! ¡Oh, Dios mío, te ruego que así sea!</p> + +<p>Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos de +despedida, me vi separado de ella. Cuantos me habían saludado se +dirigían en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejando +tras sí miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dudé que, en +cumplimiento de su irrevocable resolución, iba dando a todos la noticia +que acababa de adivinar más bien que oir. Preservar la corona para el +verdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afán. +Flavia, yo y aun el mismo Rey, no éramos más que otras tantas cartas +puestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limitó a +propagar la nueva dentro de los muros del palacio, y así fue que al +descender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla a +su carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpió en +aclamaciones entusiastas. ¿Qué podía hacer yo? De haber hablado +entonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumo +hubieran creído que el Rey se había vuelto loco. Los manejos de Sarto y +mi propia pasión me habían impulsado; la retirada no era ya posible y la +pasión seguía llevándome hacia delante. Aquella noche aparecí ante todo +Estrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.</p> + +<p>Por fin, a las tres de la mañana, cuando empezaba a romper el alba, me +vi en mis habitaciones sin más compañía que la de Sarto. Contemplaba +distraídamente el fuego; mi compañero fumaba su pipa y Tarlein se había +retirado a descansar, negándose a dirigirme la palabra. Cerca de mí, +sobre la mesa, se veía una rosa de las que Flavia había llevado al pecho +aquella noche. Ella misma me la había entregado, después de besarla.</p> + +<p>Sarto hizo ademán de tomarla, pero detuve su mano con rápido ademán, +diciéndole:</p> + +<p>—Es mía, no de usted... ni del Rey.</p> + +<p>—Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey—dijo.</p> + +<p>—¿Y quién puede impedirme ganar otra a favor mío?—pregunté iracundo, +volviéndome hacia él.</p> + +<p>—Sé muy bien lo que está usted pensando—contestó.—Pero su honor se lo +prohibe.</p> + +<p>—¿Y es usted quien viene a hablarme de honor?</p> + +<p>—Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puede +perjudicar a la muchacha...</p> + +<p>—No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villano +desalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisión de Zenda +mientras Miguel y yo nos disputamos aquí lo que vale más que la +corona... ¿Me comprende usted bien?</p> + +<p>—Sí, adelante.</p> + +<p>—Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Si +esta comedia, por usted preparada, continúa una semana más, va usted a +hallarse con otro problema entre manos, y de los más difíciles. ¿Cree +usted poder resolverlo?</p> + +<p>—Sí lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendría que +habérselas conmigo y que matarme.</p> + +<p>—Con usted y con veinte más. ¿Qué significaría eso para mí? Sin contar +con que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted y +ahogarlo con sus propias mentiras.</p> + +<p>—No lo niego.</p> + +<p>—Como podría casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermano +a...</p> + +<p>—También es cierto—asintió el viejo soldado.</p> + +<p>—¡Pues entonces, en nombre del Cielo—grité extendiendo hacia él los +puños,—corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a su +capital y a su trono!</p> + +<p>Sarto se puso en pie y me miró fijamente.</p> + +<p>—¿Y la Princesa?—preguntó.</p> + +<p>Incliné la cabeza y tomando la rosa la oprimí hasta destrozarla entre +mis manos y mis labios. Sentí la diestra de Sarto sobre mi hombro y oí +que decía, con turbada voz:</p> + +<p>—¡Por Dios vivo! Es usted más Elsberg que todos ellos. Pero yo he +comido el pan del Rey y mi deber es servirle. ¡Iremos a Zenda!</p> + +<p>Le miré y tomé su mano. Ambos teníamos lágrimas en los ojos.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">caza mayor</span></p> + + +<p>Asaltábame una tentación terrible. Quería que Miguel, obligado a ello +por mí, diese muerte al Rey. Me creía en situación de afrontar la ira y +el poder del Duque y de retener a la fuerza la corona, no por ambición, +sino porque el Rey de Ruritania era el esposo destinado a la princesa +Flavia. ¡Sarto, Tarlein! ¿Qué me importaban? ¿Qué significan los +obstáculos, ni cómo examinarlos y medirlos a sangre fría cuando la +pasión ciega domina al hombre por completo?</p> + +<p>Hermosa mañana aquella en que me dirigí a pie al palacio de la Princesa, +llevando en la mano un ramo de preciosas flores. La razón de estado +excusaba mi amor; y si bien las atenciones que prodigaba a mi supuesta +prima eran nuevos incentivos a la pasión que me impulsaba, me unían +también más estrechamente al pueblo de la gran ciudad, que adoraba a la +Princesa. Encontré a la condesa Elga cogiendo flores en el jardín y le +rogué que ofreciese las mías a su señora. La amada de Tarlein parecía +radiante de felicidad, olvidada por el momento del odio que el duque de +Estrelsau profesaba al predilecto de su corazón, único obstáculo que +hasta entonces había empañado la dicha de ambos amantes.</p> + +<p>—Y ese obstáculo—me dijo con picaresca sonrisa,—lo ha suprimido +Vuestra Majestad. Llevaré gustosa estas flores a la Princesa. ¿Quiere +Vuestra Majestad que le diga lo primero que Su Alteza hará con ellas?</p> + +<p>Nos hallábamos en una amplia terraza inmediata al palacio.</p> + +<p>—¡Señora!—llamó alegremente la Condesa, y a su vez apareció Flavia en +uno de los abiertos balcones del primer piso.</p> + +<p>Me descubrí y saludé profundamente. La Princesa tenía puesta una blanca +bata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contestó a mi saludo +enviándome un beso y dijo:</p> + +<p>—Sube con el Rey, Elga. Le ofreceré siquiera una taza de café.</p> + +<p>La Condesa me miró de soslayo sonriéndose y me precedió hasta la +habitación donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevo +como verdaderos amantes y en seguida me presentó dos cartas. Era una de +Miguel el Negro, invitándola cortésmente a pasar el día en el castillo +de Zenda, como tenía por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuando +el parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arrojé +al suelo la carta con desprecio, lo que hizo reír a Flavia, que me +presentó la segunda misiva.</p> + +<p>—Ignoro quién me la envía—dijo.—Léela.</p> + +<p>Un momento me bastó para saber quién había trazado aquellas líneas. Era +la misma letra de la esquela que me había dado cita en el cenador de +Antonieta de Maubán, y decía:</p> + +<p>«No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre de +caer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitación alguna +suya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastará +apenas para protegerla. Enseñe esta carta al que reina hoy en +Estrelsau.»</p> + +<p>—¿Por qué no dice «al Rey?»—preguntó Flavia inclinándose hacia mí +hasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.—¿Será broma?</p> + +<p>—Si tienes en algo tu vida, y aun más que tu vida, amor mío, haz al pie +de la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviaré fuerza +suficiente para proteger este palacio, del cual no saldrás sino +custodiada por numerosa guardia.</p> + +<p>—¿Es esa una orden que me da el Rey?—preguntó altiva.</p> + +<p>—Lo es, Flavia. Orden que obedecerás... si me amas.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó, con expresión tal que le di otro beso.</p> + +<p>—¿Sabes quién ha escrito eso?—preguntó.</p> + +<p>—Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga mía, y +más diré, lo envía una mujer desgraciada. Precisa contestar que estás +indispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda. Presenta tus excusas en la +forma más fría y ceremoniosa que sepas.</p> + +<p>—¿Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar la +cólera de Miguel?—me dijo con orgullosa sonrisa.</p> + +<p>—Nada hay que yo no esté dispuesto a hacer por tu propia seguridad—fue +mi contestación.</p> + +<p>Poco después me separé de ella, no sin esfuerzo, y tomé el camino de la +casa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto. Había tratado algo al +anciano General, creía conocerlo y lo estimaba. No así Sarto, pero yo +había aprendido ya que éste sólo estaba satisfecho cuando él mismo lo +hacía todo, y que a menudo lo impulsaba, más que el deber, un +sentimiento de rivalidad. La situación era tan crítica que Sarto y +Tarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenían que +acompañarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por lo +que yo amaba más en el mundo y me permitiese dedicarme con ánimo +tranquilo a la empresa de libertar al Rey.</p> + +<p>El General me recibió con afectuosa lealtad. Le hice confidencias +parciales, le encomendé la guardia de la Princesa y mirándole fija y +significativamente le ordené que no permitiese a ningún emisario del +Duque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de una +docena de nuestros amigos, por lo menos.</p> + +<p>—Quizás no se engañe Vuestra Majestad—dijo, moviendo tristemente la +encanecida cabeza.—A hombres que valían más que el Duque les he visto +hacer peores cosas por amor.</p> + +<p>Yo más que nadie podía apreciar el valor de aquellas palabras, y dije:</p> + +<p>—Pero hay en todo esto algo más que amor, General. El amor puede +satisfacer su corazón. Pero ¿no necesita y procura algo más para saciar +la ambición que le devora?</p> + +<p>—Ojalá le juzgue mal Vuestra Majestad.</p> + +<p>—General, voy a ausentarme de Estrelsau por algunos días. Todas las +noches le enviaré a usted un mensajero. Si durante tres días +consecutivos no recibe usted noticias mías, publicará un decreto que +dejaré en su poder, privando al Duque del Gobierno de Estrelsau y +nombrándolo a usted en su lugar. En seguida declarará usted la capital +en estado de sitio, y mandará a decir al Duque que exige ser recibido en +audiencia por el Rey... ¿Me comprende usted bien?</p> + +<p>—Perfectamente, señor.</p> + +<p>—Si en el plazo de veinticuatro horas no consigue usted ver al +Rey—continué posando mi mano sobre su rodilla,—eso significará que el +Rey habrá muerto y que usted deberá proclamar al heredero de la corona. +¿Sabe usted quién es?</p> + +<p>—La princesa Flavia.</p> + +<p>—Júreme usted por Dios y por su honor que la defenderá y apoyará hasta +morir por ella, que matará, si es necesario, al traidor, y que la pondrá +en el trono que hoy ocupo.</p> + +<p>—¡Lo juro, por Dios y por mi honor! Y ruego a Dios que proteja a +Vuestra Majestad, porque creo que la misión que se propone está llena de +peligros.</p> + +<p>—Lo único que espero es que esa misión no cueste otras vidas más +valiosas que la mía—dije levantándome y ofreciéndole mi +mano.—General—continué,—quizás llegue un día en que oiga usted +revelaciones inesperadas concernientes al hombre que en este momento le +dirige la palabra. Cualesquiera que sean ¿qué opina usted de la +conducta de ese hombre desde el día en que fue proclamado Rey en +Estrelsau?</p> + +<p>El anciano, estrechando mi mano, me habló de hombre a hombre.</p> + +<p>—He conocido a muchos Elsberg—dijo.—Y ¡suceda lo que quiera, <i>usted</i> +se ha portado como buen Rey y como un valiente; y también como el más +galante caballero de todos ellos.</p> + +<p>—Sea ese mi epitafio—dije,—el día en que otro ocupe el trono de +Ruritania.</p> + +<p>—¡Lejano esté ese día y no viva yo para verlo!—exclamó Estrakenz, +contraídas las facciones.</p> + +<p>Ambos nos hallábamos profundamente conmovidos. Me senté para escribir el +decreto que debía de entregarle, y dije:</p> + +<p>—Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todavía moverlo.</p> + +<p>Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepción de +mi nombre y a pesar de los esfuerzos que había hecho para imitar la +letra del Rey, distaba mucho de la perfección.</p> + +<p>—La verdad es, señor—observó el General,—que este carácter de letra +se diferencia bastante del que todos conocemos. Circunstancia deplorable +en este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que la +orden no procede del Rey.</p> + +<p>—General—exclamé sonriéndome,—¿de qué sirven los cañones de Estrelsau +si con ellos no puede disiparse una mera sospecha?</p> + +<p>Tomó el documento en sus manos, sonriéndose a su vez de la ocurrencia +mía.</p> + +<p>—El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompañarán—continué.</p> + +<p>—¿Va Vuestra Majestad a ver al Duque?—preguntó en voz baja.</p> + +<p>—Sí; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla en +Zenda.</p> + +<p>—Quisiera poder ir con Vuestra Majestad—dijo retorciendo el blanco +bigote.—Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.</p> + +<p>—Aquí le dejo a usted algo más precioso que la vida y la corona—le +dije;—y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que más merezca +mi confianza.</p> + +<p>—Le devolveré a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto no +es posible la haré Reina.</p> + +<p>Nos separamos, regresé a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababa +de hacer. Sarto refunfuñó algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio su +aprobación a mi plan, animándose a medida que se acercaba la hora de +realizarlo. También Tarlein se manifestó dispuesto a todo, aunque por +estar enamorado arriesgaba más que Sarto. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Para +Tarlein el triunfo de mi empresa significaba también el de su amor, su +unión con la joven a quien adoraba, en tanto que para mí, era aquel +triunfo señal cierta de sufrimientos más crueles que cuantos pudiera +proporcionarme el fracaso de mis planes. Así lo comprendió él también, +porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tomó mi brazo y me +dijo:</p> + +<p>—Dura prueba es ésta para usted; mas no por ello disminuirá un ápice la +confianza que me merecen su rectitud y su hidalguía.</p> + +<p>Desvié el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi ánimo; +bastaba que presenciase lo que me proponía hacer. Ni aun Tarlein mismo +había descubierto toda la verdad, porque no se había atrevido a elevar +sus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo había +hecho yo.</p> + +<p>Quedó por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismos +que se verán más adelante. Se anunció que a la mañana siguiente +saldríamos a una cacería, lo dispuse todo para mi ausencia y sólo una +cosa me quedaba ya por hacer, la más penosa y difícil. Al anochecer +crucé en coche las calles más concurridas y me dirigí a la residencia de +Flavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mis +temores y tristezas, me sonreí al notar la frialdad y altivez con que +me recibió mi amada. Había oído ya que el Rey se proponía salir de +Estrelsau para ir de caza.</p> + +<p>—Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente para +retenerle en la capital—dijo golpeando ligeramente el suelo con el +pie.—Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad alguna +mayor distracción, pero fui bastante inocente para creer...</p> + +<p>—¿Qué?—pregunté inclinándome hacia ella.</p> + +<p>—Que aunque sólo fuese por dos o tres días, después de... de lo +ocurrido anoche, quizás Vuestra Majestad se sentiría suficientemente +complacido para no necesitar otras distracciones. Espero que los +jabalíes consigan interesarlo y distraerlo más que yo—agregó.</p> + +<p>—Precisamente voy en busca de un jabalí—dije,—y de los más feroces y +corpulentos—y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar sus +cabellos, pero ella apartó la cabeza.</p> + +<p>—¿Estás irritada conmigo?—pregunté fingiendo sorpresa y deseoso de +aumentar un tanto su enojo. Nunca la había visto irritada hasta entonces +y la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.</p> + +<p>—¿Tengo acaso el derecho de enojarme?—preguntó.—Cierto es que anoche +tuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de mí era una hora +perdida. Pero tratándose de un jabalí enorme ya es cosa muy diferente.</p> + +<p>—Tan enorme que quizás sea yo cazado por él.</p> + +<p>Flavia nada dijo.</p> + +<p>—¿No te conmueve mi propio peligro?</p> + +<p>Como continuase muda, acerqué mi rostro al suyo, que procuraba ocultar a +mis miradas y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.</p> + +<p>—¿Lloras porque corro peligro?</p> + +<p>—Te portas ahora como solías ser antes, pero no como el Rey... como el +Rey que yo había aprendido a amar.</p> + +<p>Lancé un gemido y la estreché sobre mi corazón.</p> + +<p>—¡Amor mío!—exclamé olvidado de todo para no pensar más que en +ella;—¿has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?</p> + +<p>—Pero entonces, Rodolfo... ¿vas acaso?...</p> + +<p>—Sí, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.</p> + +<p>Flavia estaba densamente pálida.</p> + +<p>—Ya ves, pues, querida mía, que no soy el amante ingrato que suponías. +Pero no permaneceré ausente mucho tiempo.</p> + +<p>—¿Me escribirás, Rodolfo?</p> + +<p>Aunque pareciese debilidad por mi parte, no podía decir cosa, alguna +que despertase sus sospechas.</p> + +<p>—Te enviaré mi corazón todos los días—respondí.</p> + +<p>—¿Y no correrás peligro?</p> + +<p>—Ninguno que pueda yo evitar.</p> + +<p>—¿Cuándo volverás? ¡Oh, qué largos me parecerán ahora los días!</p> + +<p>—¿Que cuándo volveré?—repetí.—No lo sé, no puedo saberlo.</p> + +<p>—¿Pronto, Rodolfo, pronto?</p> + +<p>—Sólo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada mía...</p> + +<p>—¡Oh, cállate, Rodolfo! ¡Cállate!—y posó sus labios sobre los míos.</p> + +<p>—Si yo no volviese—murmuré,—tendrías que ocupar mi puesto, porque +entonces tú serías la única representante de nuestra casa. Tu deber +entonces sería reinar, no llorarme.</p> + +<p>Irguióse con toda la majestad de una Reina y exclamó:</p> + +<p>—¡Sí, lo haría! ¡Ceñiría la corona y representaría mi papel! Pero ¡ah! +mi corazón moriría contigo...</p> + +<p>Se detuvo, y aproximándose otra vez a mí murmuró dulcemente:</p> + +<p>—¡Vuelve pronto, Rodolfo!</p> + +<p>Su voz, su acento, me dominaron.</p> + +<p>—¡Juro—exclame,—verte una vez más, pero yo mismo, antes de morir!</p> + +<p>—¿Tú mismo? ¿Qué quieres decir?—preguntó fijando en mi sus asombrados +ojos.</p> + +<p>No me atreví a pedirle perdón; le hubiera parecido un insulto. No podía +decirle entonces quién era yo. Flavia lloraba y me limité a enjugar sus +lágrimas.</p> + +<p>—¿Es acaso posible—pregunté,—que hombre alguno no regrese al lado de +la mujer más hermosa del mundo?—dije.—¡Un centenar de Migueles no +podrían impedírmelo!</p> + +<p>Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.</p> + +<p>—¿No permitirás que Miguel te mate?</p> + +<p>—No, amor mío.</p> + +<p>—¿Ni que te separe de mí?</p> + +<p>—No, amor mío.</p> + +<p>—¿Nadie podrá separarte de mí?</p> + +<p>Y una vez más contesté:</p> + +<p>—No, amor mío.</p> + +<p>Y sin embargo, existía un hombre—no Miguel,—que debía de separarme de +ella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El recuerdo de aquel +hombre, la arrogante figura que yo había contemplado por primera vez en +el bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el sótano del +pabellón de caza, se me aparecía entonces como una doble sombra, +interponiéndose, separándome de Flavia, que yacía pálida y casi +desvanecida en mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor, +como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigue +aún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y +(¿quién sabe?) quizás aun más allá de la tumba.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">un anzuelo bien cebado</span></p> + + +<p>A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza el +castillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyas +laderas cubre el bosque, está construida la hermosa residencia del conde +Estanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. El +Conde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la había puesto a mi +disposición y a ella nos dirigíamos. Elegida en apariencia por la +abundante caza de sus cercanías, entre la que no escaseaban los +jabalíes, lo había sido principalmente por su inmediación a la magnífica +residencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de la +población. Por la mañana salieron de Estrelsau numerosas personas de mi +servidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos a +mediodía, yendo buena parte del camino por tren y haciendo después la +jornada a caballo hasta la posesión de Tarlein.</p> + +<p>Me acompañaban diez bizarros caballeros, además de Sarto y Tarlein, +cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se les +dijo parte de la verdad, revelándoles también la tentativa contra mi +vida hecha en el cenador de Antonieta de Maubán, para estimular su celo +y acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo además que +éste tenía preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey, +cuyo rescate era uno de los objetos de la expedición; pero añadiendo que +la mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra su +díscolo hermano, respecto de las cuales nada más podía revelárseles por +entonces. Jóvenes, leales y valientes, les bastaba que el Rey +manifestase sus deseos; lo único que deseaban era mostrarle su buena +voluntad, y tanto mejor si para ello tenían que desenvainar la espada.</p> + +<p>Así quedó trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palacio +de Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombrío y amenazador al +otro lado del valle. Por mi parte traté de no pensar por el momento en +Flavia y de dedicarme con toda energía al cumplimiento de mi ardua +empresa. Era ésta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisión. La +fuerza era inútil; había que idear alguna estratagema y yo tenía ya un +proyecto en embrión; pero me veía muy contrariado por la publicidad dada +a mi salida de la capital. Miguel debía de estar ya perfectamente +enterado de mi expedición y de su verdadero objeto, pues ni por un +momento podía engañarle el pretexto de la cacería. Pero había que +aceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porque +tanto Sarto como yo reconocíamos que la situación era ya insostenible. +Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no podía +creer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El veía y +apreciaba la oportunidad que se me ofrecía, como la veía yo, como la +había visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudo +que hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrúpulo; pero +no sin quitar antes de en medio a Rodolfo Raséndil.</p> + +<p>En todo esto iba pensando yo por el camino, y no había permanecido más +de una hora en la casa cuando se presentó una imponente embajada enviada +por el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antes +intentaron asesinarme, pero sí diputó la otra mitad del sexteto, +Laugrán, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantes +mocetones, soberbiamente montados y equipados, el último de los cuales, +Henzar, que no contaría más de veintidós o veintitrés años, me dirigió +un bien pensado discurso, manifestándome que mi cariñoso hermano se veía +privado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de poner +su residencia a mi disposición, porque así él como varios de sus +servidores estaban atacados de escarlatina. Así lo aseguró, con +sardónica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribón como +bien parecido, de quien se decía que andaban enamoradas muchas y muy +principales damas.</p> + +<p>—Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar más +parecido a mí que de ordinario, a lo menos por el color—dije.—¿Sufre +mucho?</p> + +<p>—No tanto que no pueda atender a sus asuntos, señor.</p> + +<p>—Espero que no se contarán entre los otros enfermos mis tres buenos +amigos De Gautet, Bersonín y Dechard—continué.—Del último he oído +decir que está herido.</p> + +<p>Laugrán y Crastein hicieron una feísima mueca, pero el joven Henzar se +sonrió al decir:</p> + +<p>—Dechard espera hallar muy pronto bálsamo eficaz para su herida.</p> + +<p>Por mi parte me eché a reír, porque sabía que para mi malparado enemigo +no había más que un remedio: venganza.</p> + +<p>—¿Se sentarán ustedes a mi mesa, señores?—pregunté.</p> + +<p>El joven Ruperto declinó respetuosamente la invitación, alegando que +importantes deberes los llamaban al castillo.</p> + +<p>—Pues entonces—dije con un ademán de despedida,—¡hasta nuestra +próxima entrevista, que espero nos permitirá conocernos mejor!</p> + +<p>—¡Y para ello, ojalá que Vuestra Majestad nos proporcione pronta +oportunidad!—agregó Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sarto +miró a éste con tal expresión de desprecio y burla que el veterano +apretó los puños y sus ojos brillaron amenazadores.</p> + +<p>Cuanto a mí, me agradaba aquel bribón franco y alegre y lo prefería con +mucho a sus dos compañeros de sombrío rostro y siniestra mirada. Más +vale ser un bribón con gracia que sin ella.</p> + +<p>Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que me +habían preparado mis cocineros, dejé que los caballeros de mi séquito la +despachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yo +cabalgaba en compañía de Tarlein hacia la villa de Zenda y más +particularmente hacia cierta posada que allí conocía. La excursión +ofrecía poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muy +concurrido y lo único que hice fue envolverme en una amplia capa. Un +lacayo nos seguía a distancia.</p> + +<p>—Tarlein—dije al llegar a la población;—en la posada adonde nos +dirigimos hay una muchacha muy linda.</p> + +<p>—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó.</p> + +<p>—Porque he estado en ella.</p> + +<p>—¿Desde?...</p> + +<p>—No, antes.</p> + +<p>—Pero le reconocerán a usted.</p> + +<p>—Probablemente. Y por lo mismo, he aquí lo que vamos a hacer. Somos dos +caballeros del séquito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas. +El otro dispondrá que nos sirvan de comer en habitación separada, con +una botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tan +avisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadie +más, será quien nos sirva a la mesa.</p> + +<p>—¿Y si ella se niega a servirnos?</p> + +<p>—Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo hará por mí.</p> + +<p>Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha y +poco después a ésta, se dio orden de servirnos la comida, me instalé en +una pieza reservada para nosotros, y no tardó en reunírseme Tarlein.</p> + +<p>—La chica será quien nos sirva—dijo.</p> + +<p>—Y de lo contrario—añadí,—hubiera yo dudado mucho del buen gusto de +la condesa Elga.</p> + +<p>Entró la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa para +evitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llenó un vaso, +que me ofreció.</p> + +<p>—¿Sufre mucho este caballero?—preguntó la joven.</p> + +<p>—Ni más ni menos que la primera vez que te vio—dije desembarazándome.</p> + +<p>Dio ella un ligero grito y exclamó:</p> + +<p>—¡Con que era el Rey! Así se lo dije a mi madre apenas vi el retrato de +Su Majestad. ¡Oh, señor, perdón!</p> + +<p>—No recuerdo tener nada que perdonarte—dije.</p> + +<p>—Pero, señor, todas aquellas cosas que dijimos...</p> + +<p>—¡Oh, te las perdono de todo corazón!</p> + +<p>—Voy a decirle a mi madre...</p> + +<p>—Ni una palabra—le ordené.—Vé a traer la comida y nada digas a nadie +sobre la presencia del Rey en esta casa.</p> + +<p>Volvió a los pocos momentos llena de curiosidad.</p> + +<p>—¿Y Juan?—le pregunté, empezando a comer.—¿Qué tal está?</p> + +<p>—Apenas le vemos ahora, señor.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Yo le dije que venía por aquí muy a menudo.</p> + +<p>—¿Es decir que está enfadado y se oculta?</p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—¿Pero tú puedes hacerlo volver por aquí?</p> + +<p>—Es muy probable...</p> + +<p>—¡Oh, sí! Yo sé lo mucho que tú vales y puedes—le dije, haciéndola +ruborizarse de placer.</p> + +<p>—Pero, señor, no sólo es eso lo que lo aleja de Zenda. En el castillo +tienen ahora mucho que hacer.</p> + +<p>—Pero si el Duque no está de caza...</p> + +<p>—No, señor; pero Juan tiene a su cargo el servicio interior.</p> + +<p>—¿Juan convertido en doncella de servicio?</p> + +<p>La muchacha se desvivía por chismear un poco.</p> + +<p>—Es que no hay allí nadie más que pueda hacerlo—explicó.—Ni una sola +mujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero es +falso, sin duda.</p> + +<p>—No importa, sepamos lo que dicen.</p> + +<p>—Pues corre el rumor de que en el castillo habita una señora. Lo cierto +es que Juan tiene que servir a los caballeros que allí residen ahora.</p> + +<p>—¡Pobre Juan! No dejará de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoy +seguro de que nunca le faltará media hora para venir a verte. ¿Tú lo +quieres?</p> + +<p>—No mucho, señor.</p> + +<p>—¿Pero quieres servir al Rey?</p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—Pues entonces, mándale a decir que le esperas junto a la gran piedra +que hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo, +mañana a las diez de la noche.</p> + +<p>—¿Piensa usted hacerle algún daño, señor?</p> + +<p>—Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lo +bastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerda +que nadie ha de saber que el Rey ha estado aquí.</p> + +<p>Hablé con alguna severidad, porque nunca está de más infundir cierto +grado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo, +suavicé la severidad de mis palabras, haciéndole un valioso presente. +Comimos, volví a embozarme y precedido de Tarlein me dirigí adonde nos +esperaban los caballos.</p> + +<p>No eran más de las ocho y media de la noche, había mucha gente en las +calles para una población tan pequeña y era fácil ver que los buenos +vecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y no +era extraño, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zenda +les parecía indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos las +calles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tan +luego salimos al campo.</p> + +<p>—¿Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?—preguntó Tarlein.</p> + +<p>—Sí, y convendrá usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo. +Nuestra bonita Dalila de la posada, atraerá al Sansón del castillo. La +precaución del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo no +basta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que no +haya faldas en cincuenta leguas a la redonda.</p> + +<p>—Conque las haya en Estrelsau me basta—dijo el enamorado Tarlein dando +un suspiro.</p> + +<p>Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudo +oirse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente a +recibirnos.</p> + +<p>—¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!—exclamó.—¿No ha +asomado ninguno de ellos por el camino?</p> + +<p>—¿De quiénes habla usted, coronel?—pregunté, echando pie a tierra.</p> + +<p>Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.</p> + +<p>—Joven—dijo,—basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estos +alrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompañemos +media docena de nosotros. ¿Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?</p> + +<p>El caballero de este nombre, uno de los de mi séquito, era un arrogante +mozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mío.</p> + +<p>—Pues está arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.</p> + +<p>—¡Qué me dice usted!</p> + +<p>—Lo que oye. Después de comer se le ocurrió ir a dar un paseo por el +bosque, y a lo mejor divisó entre los árboles a tres hombres, uno de los +cuales le apuntó con un fusil. Como estaba desarmado, echó a correr en +dirección a esta casa, pero sonó un disparo, le atravesaron un brazo y +cuando llegó aquí estaba a punto de caer desvanecido.</p> + +<p>Hizo Sarto una pausa y continuó:</p> + +<p>—Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.</p> + +<p>—Es muy probable—dije.—Primera sangre a favor de Miguel.</p> + +<p>—Quisiera saber cuál de los dos tríos es el autor de esa hazaña—dijo +Tarlein.</p> + +<p>—Sarto—dije a mi vez,—mi salida de esta noche tenía objeto +importante, como lo verá usted más adelante. Pero por lo pronto puedo +asegurar una cosa.</p> + +<p>—¿Y es?</p> + +<p>—Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de que me ha +colmado Ruritania, si saliese del país dejando con vida a uno siquiera +de los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos al +país.</p> + +<p>Sarto, al oirme, tomó y estrechó mi mano.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">nueva escala de jacob</span></p> + + +<p>A la mañana siguiente di algunas órdenes y me sentí más satisfecho que +nunca. Había puesto manos a la obra, al trabajo, y éste, ya que no cura +el amor, es por lo menos como un narcótico que nos permite olvidarlo +temporalmente. Sarto, que andaba agitado y nervioso, se sorprendió mucho +al verme aquella mañana, arrellanado en cómodo sillón de brazos, +escuchando la canción amorosa que con muy buena voz entonaba uno de los +caballeros de mi séquito. Tal era mi ocupación cuando el más joven de +los Seis, Ruperto Henzar, que no temía a Dios ni al diablo, se adelantó +de repente a caballo, con tanta calma como si detrás de cada árbol no +pudiese tener yo apostado un buen, tirador, y ni más ni menos que si +cabalgase en el parque de Estrelsau.</p> + +<p>Se acercó a mí, saludándome con cómica reverencia, y solicitó hablarme a +solas para comunicarme un mensaje del duque Miguel. Hice que se +retirasen todos y Henzar, sentándose a mi lado, comenzó:</p> + +<p>—¿El Rey está enamorado a lo que parece?</p> + +<p>—No de la vida, señor mío—contesté sonriéndome.</p> + +<p>—Más vale así. Pero estamos solos. Usted, Raséndil...</p> + +<p>—¿Qué es eso? ¿Cómo se entiende?—le dije en tono seco y arrogante, +haciendo ademán de levantarme.</p> + +<p>—¿Qué ocurre?—preguntó.</p> + +<p>—Pues nada, sino que iba a llamar para que le trajeran a usted su +caballo. Si ignora usted cómo dirigirse al Rey, es indispensable que mi +hermano elija otro embajador.</p> + +<p>—¿Para qué continuar esta farsa?—preguntó con suma indiferencia, +sacudiendo con su latiguillo el polvo que cubría sus altas botas.</p> + +<p>—Porque la farsa no ha terminado todavía—repliqué;—y mientras dure me +reservo el derecho de usar el nombre que mejor me cuadre.</p> + +<p>—Corriente. Lo único que me proponía hacer era hablarle con entera +franqueza. Porque no le quiero a usted mal, es usted todo un hombre.</p> + +<p>—Por tal me tengo, modestia aparte. Soy honrado con los hombres y honro +y respeto a las mujeres, señor mío.</p> + +<p>Me dirigió una mirada iracunda.</p> + +<p>—¿Vive su madre de usted?—proseguí.</p> + +<p>—No, ha muerto.</p> + +<p>—Tanto mejor para ella—dije, gozándome al oir la maldición que me +lanzó entre dientes.—Y ahora, oigamos ese mensaje.</p> + +<p>Le había herido en lo vivo, porque todo el mundo sabía que Henzar había +instalado a una querida en su propia casa, y destrozado el corazón de su +madre, muerta de pesar. Toda su arrogancia desapareció por el momento.</p> + +<p>—El Duque le ofrece a usted más de lo que yo le ofrecería—murmuró.—Mi +opinión era que le mandase a usted la cuerda con que merece ser +ahorcado, pero él se empeñó en darle un salvo-conducto hasta la frontera +y quinientos mil pesos.</p> + +<p>—Pues entre las dos ofertas prefiero la de usted, señor mío.</p> + +<p>—¿Es decir que rehusa usted la del Duque?</p> + +<p>—Desde luego.</p> + +<p>—Así se lo dije a Su Alteza.</p> + +<p>Y el bribón que había recobrado todo su aplomo, me dirigió la más alegre +de sus sonrisas.</p> + +<p>—La verdad es, acá entre nosotros, que Miguel no sabe ni puede +comprender lo que es un caballero.</p> + +<p>—¿Y usted?—dije riéndome en sus barbas.</p> + +<p>—Yo sí. Corriente: pues le daremos a usted la cuerda.</p> + +<p>—Lo malo es que no vivirá usted para verme ahorcado con ella—observé.</p> + +<p>—¿Me hace Vuestra Majestad el honor de buscarme querella?</p> + +<p>—Para eso sería preciso que tuviera usted siquiera algunos años más.</p> + +<p>—Maldito lo que eso importa. Joven o no, me basto y me sobro para el +caso—dijo con burlona risa.</p> + +<p>—¿Cómo está su prisionero?</p> + +<p>—¿El Rey?</p> + +<p>—Su prisionero, digo.</p> + +<p>—¡Ah, sí! Había olvidado los deseos de Vuestra Majestad. Pues el preso +vive todavía.</p> + +<p>Dejó su asiento, le imité y sonriéndose dijo:</p> + +<p>—¿Y qué tal la bella Princesa? Apuesto a que el próximo Elsberg será +rojo, por más que Miguel el Negro le haga las veces de padre...</p> + +<p>Di un salto hacia él cerrando los puños. No retrocedió una sola línea y +siguió mirándome con expresión y sonrisa insolentes.</p> + +<p>—¡Vete, antes de que te haga pedazos!—murmuré.</p> + +<p>Me había pagado con creces la alusión a la muerte de su madre.</p> + +<p>Lo que hizo después fue buena muestra de su increíble audacia. Mis +amigos se hallaban a cincuenta pasos de distancia. Heznar ordenó a un +lacayo que le trajese su caballo y despidió al criado dándole una moneda +de oro. Yo permanecía inmóvil, sin sospechar cosa alguna. Fingió que iba +a montar, pero volviéndose de repente hacia mí, con la mano izquierda en +el cinto y tendiéndome la diestra, dijo:</p> + +<p>—Aquí está mi mano.</p> + +<p>Me limité a inclinarme e hice lo que él había previsto: crucé ambas +manos a la espalda. Rápida como el rayo brilló en alto su daga y se +clavó en mi hombro: de no haberme apartado bruscamente me hubiera +atravesado el corazón. Retrocedí lanzando un grito, saltó él en la silla +sin tocar el estribo y salió disparado como una flecha, perseguido por +gritos y tiros de revólver, tan inútiles éstos como aquéllos. Me dejé +caer en mi sillón, mirando cómo el malvado desaparecía al extremo de la +avenida. Después me rodearon mis amigos y perdí el conocimiento.</p> + +<p>Supongo que me llevaron al lecho, donde pasé muchas horas de las que +nunca conservé el menor recuerdo. Era de noche cuando recobré el +conocimiento y vi a Tarlein a mi lado. Me sentía débil y fatigado, pero +Tarlein se apresuró a darme la buena noticia de que mi herida curaría +pronto y que entretanto todo iba bien, pues Juan el guardabosque había +caído en el lazo que le tendimos y se hallaba en nuestro poder.</p> + +<p>—Y lo más raro es—continuó Tarlein,—que no parece muy contrariado de +verse aquí. Sin duda se dice que le tiene más cuenta no figurar como +testigo del crimen que Miguel prepara con el auxilio de sus Seis +matachines.</p> + +<p>Aquella idea me hizo concebir muy buenas esperanzas en la cooperación de +nuestro prisionero. Dispuse que me lo trajeran en seguida, y pronto +llegó acompañado de Sarto, que le hizo tomar asiento junto a mi lecho. +Estaba atemorizado, pero también nosotros abrigábamos nuestros recelos +después de la tentativa de Ruperto Henzar, y Sarto cuidó de tenerlo muy +al alcance de su revólver mientras duró la entrevista. Al entrar tenía +atadas las manos, pero inmediatamente hice que lo desataran.</p> + +<p>No detallaré todas las garantías y recompensas que le ofrecimos y que en +su día fueron cumplidas religiosamente, de suerte que hoy vive con +holgura, aunque no diré dónde. Era más débil que perverso y muy pronto +nos convencimos de que hasta entonces había obrado por temor al Duque y +a su hermano Máximo más que por adhesión a la causa de aquél. Pero todos +estaban convencidos de su lealtad; y aunque ignoraba los planes secretos +de su amo, su conocimiento de la disposición interior del castillo, y +de las medidas tomadas en él, lo hacían un auxiliar precioso. He aquí en +breve los informes que nos proporcionó:</p> + +<p>Debajo del piso del castillo había dos pequeñas celdas labradas en la +roca viva, a las cuales se bajaba por medio de una escalera de piedra +que comenzaba a un extremo del puente levadizo. Una de dichas celdas +carecía de ventanas y había que tener siempre en ella velas encendidas. +La segunda tenía una ventana cuadrada que daba al foso. En esta celda +velaban siempre de día y de noche, tres de los Seis, con orden de +defender la puerta que daba a la otra celda, en caso de ataque, mientras +les fuera posible; pero dado que los asaltantes parecieran próximos a +triunfar, Henzar y Dechard, uno de los cuales se hallaba siempre allí, +tenían orden expresa del Duque de separarse de sus compañeros, entrar en +la celda inmediata y matar al Rey. Allí estaba preso éste, bien tratado +hasta entonces, pero sin armas y atados los brazos con delgadas cadenas +de acero que apenas le permitían moverlos. Es decir que antes de +franquear nosotros la segunda puerta habría muerto el Rey. ¿Y su cuerpo? +¿No sería éste la prueba más clara y comprometedora del crimen de +Miguel?</p> + +<p>—No señor—dijo Juan.—Su Alteza ha pensado en eso, y el asesino del +Rey no tiene más que abrir la reja de hierro que encierra la ventana de +la celda, reja cuyo marco gira sobre sus goznes. El hueco de la ventana +está hoy obstruido por un enorme tubo, capaz de dar paso al cuerpo de un +hombre, y cuyo extremo opuesto llega precisamente hasta la superficie +del agua que llena el foso. Muerto el Rey, su matador arrastra el cuerpo +hasta la ventana, le ata un peso de plomo que allí tienen preparado y +desliza el cadáver por el tubo hasta el agua del foso, que mide allí +veinte pies de profundidad. Hecho esto, da un grito que sirve de señal a +los otros, se arroja a su vez por el tubo, le siguen los demás si +pueden, y mientras el cuerpo del Rey va derecho al fondo del foso, los +asesinos nadan hacia la orilla opuesta, donde varios hombres tienen +orden de esperarlos con cuerdas para sacarlos del agua y caballos para +huir, si no queda otro recurso. En este caso Miguel huiría también con +ellos. Pero si les quedase alguna esperanza de triunfar, volverían al +castillo y cogerían a sus enemigos en las dos piezas subterráneas, como +en una trampa. Este es el plan de Su Alteza, pero sólo se propone +emplearlo en último extremo, porque su intento es no matar al Rey hasta +haberlo matado a usted, o hasta tener la seguridad de que podrá +despacharlo poco después de muerto el Rey. Y ahora, señor, le ruego que +me proteja, porque si el duque Miguel llega a saber lo que he hecho, no +habrá tormento bastante cruel para mí.</p> + +<p>Por el relato de Juan, que completamos con nuestras preguntas, supimos +también que en caso de ataque al castillo por una fuerza numerosa, como +la que yo el Rey podía reunir, sus defensores renunciarían a toda +resistencia, limitándose a matar al Rey y arrojar su cadáver al fondo +del foso. Pero en lugar de huir los asesinos, uno de ellos debía ocupar +el lugar del Rey en el calabozo y pedir a los asaltantes favor y +justicia a grandes gritos; llamado entonces Miguel, declararía que el +preso había ofendido a la señora Maubán y por eso sufría aquel castigo; +y que él, el Duque, se alegraba de tener aquella oportunidad para +aclarar lo ocurrido en la fortaleza y contradecir y disipar ciertos +rumores que habían circulado acerca de la presencia de un misterioso +prisionero en el castillo de Zenda. Burlados entonces los invasores, se +retirarían, permitiendo al Duque disponer con toda calma del cuerpo del +Rey.</p> + +<p>Sarto, Tarlein y yo en mi lecho oíamos con horror aquellos detalles de +la maldad del Duque y de la audacia de su plan. Fuese yo al castillo +ocultándome o en pleno día, solo o al frente de mis tropas, el Rey +estaba condenado a morir antes de que yo pudiera acercármele. Si Miguel +me vencía todo acababa allí, pero de ser yo vencedor no tendría medios +de castigarlo, ni de mostrar su culpa sin descubrir también la mía. Pero +por lo pronto sería yo Rey, ¡Rey! pensamiento que hacía latir mi corazón +apresuradamente; y el porvenir se encargaría de decidir en la lucha +entre él y yo. Hasta entonces me había inclinado a creer que el Duque +gustaba de dejar a sus amigos los peligros de la empresa; pero desde +aquel momento comprendí que se reservaba la dirección de la misma y que +no le faltaban ni audacia ni astucia.</p> + +<p>—¿Conoce el Rey esos detalles?—pregunté.</p> + +<p>—Mi hermano y yo—contestó Juan,—colocamos el tubo, dirigidos por el +señor de Henzar, pues estaba de guardia aquel día. El Rey preguntó lo +que aquello significaba y el señor de Henzar le contestó riéndose que +era una nueva «Escala de Jacob,» por la cual, como dice la Biblia, pasan +los hombres de la tierra al Cielo; y que si llegase el caso de hacer el +viaje, aquel camino sería más propio de un Rey, que pasaría por él con +toda comodidad, sin verse expuesto a las miradas de los curiosos. +Después soltó otra carcajada y pidió al Rey permiso, para volver a +llenar su vaso, porque Su Majestad estaba comiendo. Valiente como es el +Rey y como lo son todos los Elsberg, palideció al mirar el siniestro +tubo y oir al villano que así se mofaba de él.—¡Ah, señores!—acabó +diciendo Juan,—en el castillo de Zenda le cortan la cabeza a un hombre +con tanta frescura como juegan una partida de cartas; y precisamente ese +Henzar es el más cruel de todos... y el más temible también cuando hay +mujeres cerca.</p> + +<p>Cesó de hablar el guardabosque y dispuse que Tarlein diese orden de +vigilarlo cuidadosamente. Pero antes de que se lo llevaran le dije:</p> + +<p>—Si alguien te pregunta si hay un prisionero en Zenda, puedes contestar +que sí, pero si te preguntan quién es cállate. Todas mis promesas no +podrían salvarte la vida si alguien llegase a saber que el Rey está en +el castillo. ¡Yo mismo te mataría como un perro si la verdad se +sospechase siquiera en esta casa!</p> + +<p>Cuando hubo salido miré a Sarto.</p> + +<p>—¡Difícil empresa, amigo!—le dije.</p> + +<p>—Tanto—respondió moviendo pensativamente la encanecida cabeza,—que +según toda probabilidad dentro de un año seguirá usted siendo Rey de +Ruritania. Y dicho esto desahogó su cólera lanzando una sarta de +maldiciones contra Miguel el Negro.</p> + +<p>—Mi opinión es—dije reclinándome en las almohadas,—que sólo tenemos +dos medios de sacar al Rey vivo de Zenda. El uno es lograr que los +amigos del Duque le hagan traición...</p> + +<p>—Prescinda usted de ese medio—dijo Sarto.—Veamos el otro.</p> + +<p>—¡Pues el otro—dije,—es ni más ni menos que un milagro del Cielo!</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">rondando el castillo</span></p> + + +<p>Grande hubiera sido la sorpresa del buen pueblo ruritano si hubiera +podido oir la conversación que acabo de transcribir, porque según las +noticias oficiales yo me había herido con un venablo durante una +cacería. Por orden mía el primer boletín oficial hizo constar que la +herida era algo grave, lo cual ocasionó viva sensación en Estrelsau y +produjo el triple resultado siguiente, que yo estaba lejos de esperar: +primero, ofendí gravemente a los médicos de la Corte, prohibiéndoles que +vinieran a mi lado a excepción de un joven cirujano amigo de Tarlein, en +quien podíamos confiar; segundo, el general Estrakenz mandó a decirme +que, a pesar de sus órdenes y las mías, la Princesa se disponía a salir +para Tarlein, escoltada por él (noticia que a pesar de lo alarmante que +era me llenó de alegría y orgullo); y tercero, que mi buen hermano el +Duque, perfectamente enterado de la procedencia de mi herida, creyó que +mi estado era grave y aun que se hallaba en peligro mi vida.</p> + +<p>Esto último lo supe por Juan, en quien tuve que confiar, mandándole +volver a Zenda, donde Ruperto Henzar le hizo dar de latigazos por el +crimen de haber pasado toda una noche fuera del castillo, engatusado por +alguna mozuela del pueblo. Aquel castigo aumentó el odio de Juan hacia +Henzar y el Duque, y me respondió de su auxilio y lealtad más que cuanto +hubieran podido hacerlo todas mis ofertas y promesas.</p> + +<p>Poco diré de la llegada de Flavia. Es aquél un recuerdo que no puedo +renovar sin dolor. Nunca olvidaré su alegría al verme casi restablecido +y no moribundo como temía; y sus quejas y reproches por no haber +confiado en ella y díchole la verdad, justifican en parte los medios de +que me valí para aplacarla. Su presencia fue para mí en aquellas +circunstancias lo que la vista del cielo para el condenado réprobo, y +tanto más dulce porque yo sabía la suerte casi inevitable que me hubiera +impedido volver a verla sin aquella su última visita. Dos días pasé con +ella en completa inacción, al cabo de los cuales el duque de Estrelsau +tuvo a bien anunciar que me había preparado una partida de caza.</p> + +<p>Se acercaba el momento decisivo. Sarto y yo habíamos acordado, tras +ansiosas conferencias, arriesgar el golpe; afirmándonos en esta +resolución las malas noticias que Juan nos daba sobre la salud del Rey, +que palidecía y se debilitaba con aquel prolongado encierro. En mi +opinión, Rey o no, la muerte instantánea recibida de un balazo o una +estocada, era preferible mil veces a la lenta agonía que esperaba al +joven Soberano en su calabozo. Desde este punto de vista, importaba +obrar prontamente a favor del Rey; pero no menos interesado estaba yo en +ello por cuenta propia. Estrakenz insistía en la necesidad de mi +inmediato matrimonio, al cual me impulsaban también mis deseos, hasta el +punto de hacerme vacilar en la senda del deber. No me creía capaz de +faltar a éste, pero sí podía ocurrírseme huir, abandonar el país, lo +cual hubiera significado la ruina de los Elsberg. Es más: como no soy +santo (dígalo mi cuñadita), podría llegar un momento de ofuscación que +me hiciera cometer una falta irreparable.</p> + +<p>Jamás había ocurrido caso semejante en la historia de ningún pueblo. El +hermano del Rey y el que personificaba a éste en el trono, empeñados en +una guerra a muerte, disputándose la persona del verdadero Rey, sin que +el país se diera cuenta de ello, en medio de la más profunda paz y a las +puertas de una población tranquila y confiada. Y, sin embargo, tal era +en aquellos momentos la situación entre el castillo de Zenda y la morada +de los Tarlein. Cuando recuerdo ahora aquella época me pregunto si +estuve loco. Sarto me ha dicho después que por entonces yo no admitía +intervención alguna ni aceptaba consejos de nadie; que me conduje como +Rey absoluto de Ruritania. Por ninguna parte veía solución que pudiera +hacerme atractiva la vida, y por lo mismo la arriesgue de la manera más +temeraria. Al principio trataron de protegerme, quisieron evitar que me +expusiese al peligro; pero, cuando comprendieron que mi resolución era +inquebrantable, se dijeron, dándose o no cuenta de la verdad, que el +único medio era fiarlo todo a la suerte y dejarme llevar adelante, a mi +manera, la lucha mortal emprendida contra Miguel.</p> + +<p>A la noche siguiente dejé muy tarde la mesa en que acababa de comer en +compañía de Flavia y la conduje hasta la puerta de sus habitaciones. +Allí besé su mano y me despedí de ella deseándole tranquilo reposo. +Inmediatamente cambié de traje y salí. Sarto y Tarlein me esperaban con +tres hombres y los caballos. Sarto llevaba consigo una larga cuerda, y +ambos iban bien armados. Cuanto a mí, sólo tenía una pequeña maza y un +agudo puñal. Dimos un largo rodeo para no cruzar el pueblo, y al cabo +de una hora subíamos la cuesta que conducía al castillo de Zenda. Era la +noche obscura y tormentosa; el viento soplaba con furia, agitando los +árboles, y llovía a cántaros. Llegados a un bosquecillo no muy distante +de la fortaleza, dispuse que nuestros tres acompañantes se quedasen allí +con los caballos. Sarto tenía un silbato con el cual podía llamarlos en +mi auxilio; pero hasta aquel momento nadie nos había visto ni aparecía +señal de peligro. Yo tenía la esperanza de que Miguel siguiera +desprevenido, creyéndome postrado todavía en el lecho. Llegamos sin +tropiezo a la cumbre y a la orilla del cenagoso foso. Sarto, sin perder +momento, ató la cuerda al tronco de un árbol inmediato al foso. Yo me +quité las botas, tomé un trago de licor, estreché las manos de mis dos +amigos sin hacer caso de la mirada suplicante de Tarlein, y después de +asegurarme de que el puñal salía fácilmente de la vaina, así la maza con +los dientes y me aproximé al foso. Iba a inspeccionar la «Escala de +Jacob.»</p> + +<p>Con ayuda de la cuerda me deslicé suavemente en el agua, nada fría, +porque el día había sido muy caluroso. Crucé a nado el foso y seguí +nadando junto a los altos muros de la fortaleza, sin ver a más de tres +varas de distancia y con muy buenas esperanzas de no ser descubierto. En +la parte nueva del castillo se veían algunas luces, y oí también risas +y cantos, pareciéndome distinguir entre las voces la de Ruperto Henzar, +a quien me figuré excitado por el vino. Descansé un momento, y +orientándome pensé que si la descripción hecha por Juan era exacta, +debía hallarme en aquel momento al pie de la ventana que buscaba. Volví +a nadar lentamente, y a tres pasos vi una sombra; era el enorme cilindro +que saliendo de la ventana llegaba a flor de agua. Su diámetro era, +aproximadamente, doble que el cuerpo de un hombre. Iba a acercarme más, +cuando divisé al otro lado del tubo la proa de un bote. Mi corazón latió +con violencia y permanecí inmóvil. Escuchando atentamente, oí en el bote +un rumor como el de una persona que cambiase de posición. ¿Quién era +aquel hombre encargado de guardar la invención diabólica de Miguel? +¿Estaba despierto o dormido? Llevé maquinalmente la mano al puño de mi +daga, y al propio tiempo noté con alegría que hacía pie. Los cimientos +del castillo proyectaban hacia el foso formando un reborde de unas +quince pulgadas, sobre el cual posé ambos pies con agua hasta el pecho. +Después me incliné y miré por debajo del tubo.</p> + +<p>En el bote vi a un hombre y a su lado brillaba el cañón de un fusil. +¡Era el centinela! Permanecía inmóvil, y a poco pude oir su +respiración, fuerte y acompasada. ¡Dormía! Arrodillándome sobre el +reborde, adelanté el cuerpo por debajo del tubo hasta poner mi rostro a +media vara del suyo. Era Máximo Holf, un hombrachón, hermano de Juan. +Deslicé la mano hasta el cinto y saqué el puñal. El recuerdo de aquel +momento es el que más me remuerde en mi vida, y no quiero ni pensar si +fue aquél un acto varonil o una traición. Lo único que me dije fue: «Es +esta una guerra a muerte, y de mí depende la vida del Rey.» Llegué junto +al bote, respirando apenas, fijé los ojos en el punto donde quería +descargar el golpe y alcé el brazo armado. El centinela hizo un +movimiento y abrió los ojos; los abrió desmesuradamente, mirándome con +expresión de terror intenso, y empuñó el fusil. Descargué el golpe. Y +desde la orilla opuesta oí el coro de una canción de amor.</p> + +<p>Dejando a mi víctima en el bote, me volví hacia la «Escala de Jacob.» +Tenía poco tiempo disponible. Además, de un momento a otro podían venir +a relevar al centinela. Inclinándome sobre el tubo, lo examiné desde el +punto en que proyectaba del agua hasta su extremidad superior, que +parecía hundirse en el macizo muro. No presentaba la menor solución de +continuidad; pero mi corazón latió precipitadamente al notar que por su +parte superior, donde entraba en el hueco del muro, se deslizaba un +tenue rayo de luz. ¡Aquella luz procedía de la celda del Rey! Apoyé el +hombro contra el tubo, y el intersticio por donde salía la luz se +ensanchó perceptiblemente, algunas líneas. Desistí en seguida; aquella +prueba me bastaba para convencerme de que el tubo no estaba sólidamente +adherido al muro por su parte superior.</p> + +<p>Entonces oí una voz brusca, que decía:</p> + +<p>—Y ahora, si Vuestra Majestad no desea mi compañía por más largo +tiempo, le dejaré descansar. Pero antes tengo que asegurarle las muñecas +con este precioso par de brazaletes...—¡Era Dechard, cuyo acento inglés +reconocí al instante!</p> + +<p>—¿Desea Vuestra Majestad darme alguna orden antes de separarnos?</p> + +<p>Entonces la voz del Rey, cavernosa y débil, muy distinta de aquella otra +tan alegre que había oído en el bosque de Zenda, contestó:</p> + +<p>—Ruegue usted a mi hermano que me mate, que abrevie esta muerte lenta.</p> + +<p>—El Duque no desea la muerte de Vuestra Majestad—replicó burlonamente +Dechard;—a lo menos... por ahora. Si llega el momento, allí está el +camino que lleva derecho a la gloria.</p> + +<p>—Está bien—dijo el Rey.—Y ahora, si sus instrucciones se lo +permiten, déjeme usted solo.</p> + +<p>—¡Buenas noches y gratos sueños!—exclamó el rufián.</p> + +<p>La luz desapareció y oí el ruido de los cerrojos y después los sollozos +del Rey. Se creía solo. ¿Quién podía oirle y mofarse de su llanto?</p> + +<p>No me atreví a hablarle. Podía escapársele una exclamación de sorpresa +que nos vendiera. Nada me quedaba por hacer aquella noche sino ponerme +en salvo y ocultar el cadáver del centinela, cuyo hallazgo en aquellas +circunstancias hubiera puesto en guardia a mis enemigos. Desaté el bote +y subí a él. El viento soplaba con violencia y nadie podía oir el ruido +de los remos. Me dirigí rápidamente al punto donde me esperaba Sarto, y +en el momento de tocar la orilla oí un penetrante silbido detrás de mí, +al lado opuesto del foso.</p> + +<p>—¡Eh, Máximo!—gritó una voz.</p> + +<p>Llamé a Sarto por lo bajo, cayó la cuerda en el bote y con ella até el +cadáver. Después salté a la orilla.</p> + +<p>—Silbe usted también—ordené a Sarto,—para llamar a nuestra gente y +entretanto icemos el cuerpo que ahí traigo. No hablemos ahora.</p> + +<p>Llegaron nuestros hombres y apenas tuvimos el cadáver de Máximo en +tierra, vimos a tres jinetes que saliendo del otro lado del castillo, +se dirigían hacia nosotros, aunque no podían vernos todavía, porque +estábamos a pie.</p> + +<p>—¡Obscura está la maldita noche!—exclamó una voz penetrante.</p> + +<p>Era Ruperto Henzar, que un momento después se halló frente a mis +compañeros. Inmediatamente sonaron varios tiros y me adelanté seguido de +Sarto y Tarlein.</p> + +<p>—¡Mata, mata!—aullaba Ruperto, y un gemido me anunció que el bribón +daba el ejemplo a su gente.</p> + +<p>—¡Estoy perdido, Ruperto!—exclamó al caer uno de los que le +seguían.—Son tres contra uno. ¡Sálvate!</p> + +<p>Me precipité hacia Ruperto, empuñando la maza, y le vi inclinarse sobre +su caballo.</p> + +<p>—¿Te han despachado también a ti, Crastein?—gritó.—No obtuvo +respuesta. Di un salto y así las riendas del caballo.</p> + +<p>—¡Por fin!—exclamé.</p> + +<p>Creía tenerlo seguro. Mis amigos le rodeaban y no parecía quedarle otro +recurso que rendirse o morir.</p> + +<p>—¡Por fin!—repetí.</p> + +<p>—¡Calla! ¡es el cómico!—exclamó,—y de un poderoso tajo cortó mi maza +en dos. Preferí la huida a la muerte y (me avergüenzo de confesarlo) +eché a correr. Aquel Ruperto Henzar era un verdadero demonio. Le vi +lanzarse a escape y arrojarse al agua con su caballo, entre una +granizada de balas. La profunda obscuridad que reinaba le salvó la vida. +Ganó la orilla opuesta del foso y desapareció.</p> + +<p>—¡El diablo le lleve!—exclamó Sarto.</p> + +<p>—Lástima que sea tan gran bribón. ¿Quiénes han caído?</p> + +<p>—Laugrán y Crastein.</p> + +<p>Allí estaban sus ensangrentados cadáveres, que arrojamos al foso junto +con el de Máximo, pues ya era inútil ocultarlo. Montamos a caballo y +bajamos la cuesta, llevándonos el cuerpo de uno de nuestros amigos cuya +muerte lamenté profundamente.</p> + +<p>También me inquietaba más que nunca la suerte del Rey y me dolía verme +burlado una vez más por Ruperto Henzar, que además de escaparse me había +llamado cómico.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XV" id="XV"></a>XV</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">tentación</span></p> + + +<p>Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeñada +entre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que la +caracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente la +atención pública. Los duelos entre personas de las clases más elevadas, +era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los que +participaban también los amigos y servidores de los principales +contendientes. Sin embargo, después del encuentro que dejo reseñado, +circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Era +imposible ocultar a los parientes de las víctimas la muerte de sus +deudos. Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en los +términos más enérgicos por el gran Canciller, en el cual se decía que +habiendo tomado aquella práctica proporciones inusitadas, quedaba +prohibida bajo rigurosas penas, a excepción de ciertos casos contados y +gravísimos. Envié un mensaje de pésame al Duque y recibí de él cortés y +amistosa respuesta; porque es de notar que ni él ni yo podíamos jugar a +cartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir una +concordia que hasta entonces había engañado al público.</p> + +<p>Lo peor era que el disimulo me imponía nuevas dilaciones, y entretanto +podía morir el Rey o podían transportarlo a otra prisión desconocida +para mí. Durante aquella tregua tuve el consuelo de ver que Flavia +aprobaba cordialmente mi edicto contra el duelo, si bien me rogó que lo +prohibiese en absoluto.</p> + +<p>—Lo haré después de nuestra boda—le dije sonriéndome.</p> + +<p>Uno de los más curiosos resultados de la tregua y del derecho que la +dictó, fue la conversión de la villa de Zenda, en una especie de zona +neutral en la que ambos bandos podían encontrarse sin peligro durante el +día; de noche no hubiera yo fiado gran cosa en su protección. Por +entonces tuve también un encuentro que aunque chistoso, no dejó de +preocuparme bastante. Cabalgando un día entre Flavia y Sarto, vimos +acercarse un coche descubierto tirado por dos caballos, en el cual iba +un pomposo personaje que echó pie a tierra y me saludó profundamente. +Entonces reconocí al jefe de policía de la capital.</p> + +<p>—Puedo asegurar a Vuestra Majestad—me dijo,—que estoy haciendo +cumplir al pie de la letra las órdenes dictadas contra el duelo.</p> + +<p>Y temiéndome yo que su presencia en Zenda tuviese por objeto seguir +dando allí pruebas de igual celo que en Estrelsau, resolví impedírselo +cuanto antes.</p> + +<p>—¿Es ese el motivo de su venida a Zenda, señor prefecto?—le pregunté.</p> + +<p>—¡Oh, no, señor! Me trae el deseo de complacer al Embajador inglés...</p> + +<p>—¿De qué se trata—dije aparentando indiferencia.</p> + +<p>—Parece que un joven compatriota del señor Embajador, miembro de +distinguida familia, ha desaparecido. Ni amigos ni parientes han tenido +la menor noticia suya desde hace dos meses, y hay motivos para creer que +ha estado en Zenda. Flavia dedicaba escasa atención a las palabras del +prefecto. Por mi parte no me atrevía a mirar a Sarto.</p> + +<p>—¿Qué motivos son esos?</p> + +<p>—Un amigo suyo que reside en París, el señor Federly, ha dado informes +que hacen creer en su presencia aquí, y los empleados del ferrocarril +recuerdan haber visto el nombre del viajero en su equipaje.</p> + +<p>—¿Y ese nombre?</p> + +<p>—Raséndil, señor.</p> + +<p>En la manera de decirlo comprendí que el tal nombre nada significaba +para él. Dirigió luego una rápida mirada a Flavia y prosiguió, bajando +la voz:</p> + +<p>—Se cree que ha venido en seguimiento de una mujer. ¿Ha oído hablar +Vuestra Majestad de cierta señora de Maubán?</p> + +<p>—Sí—dije mirando involuntariamente hacia el castillo.—Esa dama llegó +a Ruritania al mismo tiempo que el Raséndil de quien habla usted.</p> + +<p>El prefecto me miró fijamente, como interrogándome.</p> + +<p>—Sarto—dije,—tengo que hablar un momento a solas con el prefecto. +Escolte usted a la Princesa. Veamos, señor prefecto; ¿qué quiere usted +decir?—pregunté.</p> + +<p>Se me acercó y me incliné hacia él.</p> + +<p>—¿Y si el joven ese hubiera estado enamorado de la +dama?—murmuró.—Nada se ha sabido de él en los dos meses—y a su vez el +prefecto dirigió una mirada al castillo.</p> + +<p>—Sí, la señora de Maubán está allí—dije con toda calma.—Pero no creo +que Raséndil... ¿es ese el nombre?</p> + +<p>—El Duque no tolera rivales—murmuró.</p> + +<p>—Tiene usted razón—repuse con absoluta sinceridad.—Pero la suposición +esa implica un grave cargo.</p> + +<p>Iba el prefecto a excusarse, pero sin darle tiempo le dije casi al oído:</p> + +<p>—El asunto es serio. Vuelva usted a Estrelsau...</p> + +<p>—Pero, señor, tengo y sigo aquí una pista que...</p> + +<p>—Vuelva usted a Estrelsau—repetí.—Diga al embajador que ha +descubierto una pista, pero que necesita una o dos semanas para seguirla +con éxito. Y entretanto yo mismo me encargaré de investigar el asunto.</p> + +<p>—El embajador se muestra muy apremiante, señor.</p> + +<p>—Cálmelo usted. Es evidente que si las sospechas de usted son fundadas, +hay que proceder con la mayor prudencia. Nada de escándalo. Regrese +usted esta misma noche.</p> + +<p>Prometió hacerlo así y me reuní con mi comitiva, algo más tranquilo. +Importaba evitar toda investigación de mi paradero por una o dos +semanas, y el prefecto había andado muy cerca de descubrir la verdad. +Algún día podrían ser útiles sus sospechas, pero por lo pronto sólo +significaban un grave peligro para el Rey. Maldije a Federly de todo +corazón por no haber sabido refrenar la lengua.</p> + +<p>—¿Y bien?—preguntó Flavia.—¿Ha terminado la conferencia?</p> + +<p>—De la manera más satisfactoria—contesté.—Volvamos atrás; estamos +casi en tierras del Duque.</p> + +<p>Habíamos llegado al extremo del pueblo, y al pie mismo de la colina +donde empezaba el pendiente camino del castillo. Admirando estábamos la +solidez de sus altas murallas, cuando vimos salir de ella numerosas +personas que lentamente empezaron el descenso de la cuesta.</p> + +<p>—Retirémonos—dijo Sarto.</p> + +<p>—No, preferiría permanecer aquí—fue la opinión de Flavia.</p> + +<p>Puse mi caballo junto al suyo y esperamos la aproximación del cortejo. +Venían en primer término dos sirvientes a caballo, con negras libreas +galoneadas de plata. Seguíanlos un coche fúnebre tirado por cuatro +caballos, y en él un féretro cubierto con negros crespones. Detrás iba +un jinete enlutado y sombrero en mano. Sarto se descubrió a su vez y +Flavia dijo, posando su mano sobre mi brazo:</p> + +<p>—Es uno de los caballeros muertos en la última reyerta, ¿verdad?</p> + +<p>—Vé a preguntar de quién es el cadáver que escoltan—dije a uno de mis +lacayos.</p> + +<p>Acercóse a los sirvientes que iban delante del féretro, quienes lo +dirigieron al enlutado caballero.</p> + +<p>—Es Ruperto Henzar—murmuró Sarto.</p> + +<p>Era él, en efecto, y no tardó en adelantarse al trote, ordenando al +cortejo que se detuviera en el camino. Me saludó con profundo respeto, +pero la triste expresión de su semblante desapareció en una sonrisa al +ver que Sarto llevaba la mano al pecho. También me sonreí yo, adivinando +tan bien como Ruperto lo que el veterano ocultaba en el bolsillo del +pecho.</p> + +<p>—Vuestra Majestad pregunta de quién son los restos que escoltamos. Son +los de mi querido amigo Alberto de Laugrán.</p> + +<p>—Nadie deplora más que yo su desgraciada muerte—dije,—y lo prueba el +edicto que evitará la repetición de esos encuentros.</p> + +<p>—¡Pobre señor de Laugrán!—exclamó Flavia con dulzura.</p> + +<p>Ruperto le lanzó una mirada que me exasperó, porque con ella supo +expresar aquel libertino toda la admiración que le inspiraba la +Princesa.</p> + +<p>—Vuestra Majestad es siempre bondadoso—continuó.—Por mi parte, a la +vez que siento la muerte de mi amigo, no olvido que esa es la ley común +y que muy pronto les tocará a otros el turno.</p> + +<p>—Reflexión que a todos nos importa tener presente—dije.</p> + +<p>—Aun a los Reyes—insistió el truhán con cómica unción, haciendo soltar +al viejo Sarto media docena de reniegos entre dientes.</p> + +<p>—Muy cierto es eso—repuse.—¿Qué noticias me da usted de mi hermano?</p> + +<p>—Ha mejorado mucho, señor.</p> + +<p>—De lo cual me alegro.</p> + +<p>—Y espera ir a Estrelsau tan luego esté completamente restablecido.</p> + +<p>—¿Es decir que sólo se halla convaleciente?</p> + +<p>—Le quedan dos o tres molestias pasajeras de las que espera librarse +muy pronto.</p> + +<p>—Sírvase usted expresarle—dijo Flavia,—mi vivo deseo de que esas +molestias desaparezcan en breve.</p> + +<p>—El deseo de Vuestra Alteza es también el muy humilde mío—replicó +Roberto Henzar, mirándola con insistencia y expresión tales, que el +rubor coloreó el rostro de la joven.</p> + +<p>Me incliné y Ruperto, saludando profundamente, ordenó a sus servidores +que continuasen su camino. Súbito impulso me obligó a seguirle, y al +oir él las pisadas de mi caballo se volvió en la silla rápidamente, como +temeroso de que ni la presencia de la Princesa pudiera contenerme.</p> + +<p>—La otra noche peleó usted como un valiente—le dije en voz +baja.—Decídase usted, joven; entregúeme a su prisionero y le respondo +de que no ha de pesarle.</p> + +<p>Me miró con burlona sonrisa, pero de repente se me acercó y dijo:</p> + +<p>—Estoy desarmado y el amigo Sarto podría despacharme de un balazo con +la mayor facilidad.</p> + +<p>—Nada tema—le dije.</p> + +<p>—Demasiado lo sé, por desgracia—replicó.—Oiga usted. Tiempo atrás le +hice una oferta en nombre del Duque...</p> + +<p>—¡No quiero mensajes de parte de Miguel el Negro!—exclamé.</p> + +<p>—Pues entonces oiga usted el plan que le propongo por mi cuenta. Ordene +un ataque decisivo contra el castillo, encomendando la dirección del +asalto a Tarlein y al viejo coronel...</p> + +<p>—¡Adelante!</p> + +<p>—Pero diciéndome de antemano la hora exacta del ataque.</p> + +<p>—Eso es. ¡Me infunde usted tanta confianza!</p> + +<p>—¡Bah! Sarto y Tarlein caerán en la refriega, como caerá también el +Duque.</p> + +<p>—¡Hola!</p> + +<p>—Sí, Miguel el Negro, como un miserable que es. Cuanto al Rey, tomará +el camino del infierno por la «Escala de Jacob.» ¡Ah! ¿También sabe +usted eso? Y quedarán sólo dos hombres cara a cara: Ruperto Henzar y +usted, rey de Ruritania.</p> + +<p>Se detuvo un momento, y con voz que la emoción agitaba, continuó:</p> + +<p>—¿No es una jugada soberbia? Pues, ¿y la apuesta? Para usted el trono y +la beldad que desde allí nos mira; para mí una recompensa suficiente +y... la gratitud del Rey.</p> + +<p>—Es usted el mismo demonio, señor de Henzar—le dije.</p> + +<p>—Bueno, usted piénselo y tenga en cuenta también que no deja de +costarme duro esfuerzo eso de ceder así tan fácilmente la muchacha +aquella—y su insolente mirada volvió a fijarse en Flavia.</p> + +<p>—¡Póngase usted fuera de mi alcance!—exclamé; sin embargo, un momento +después la audacia misma de aquel malvado me hizo reír.</p> + +<p>—¿Es decir, que usted haría traición al Duque?—pregunté.</p> + +<p>Por toda respuesta aplicó a Miguel un epíteto que no merecía, pues era +el Duque hijo de una unión legal, aunque morganática, y añadió en tono +confidencial:</p> + +<p>—Me estorba. ¿Comprende usted? Es un bruto celoso. Anoche mismo me +interrumpió tan inoportunamente que estuve a punto de clavarle un puñal.</p> + +<p>Aquellos detalles me interesaban vivamente.</p> + +<p>—¿Una mujer?—pregunté.</p> + +<p>—Sí, y preciosa. Usted la ha visto.</p> + +<p>—¡Ah! La del cenador, la noche aquella en que tres amigos de usted se +estrellaron contra una mesita de hierro...</p> + +<p>—¿Qué otra cosa puede esperarse de gaznápiros como Dechard y De Gautet? +¡Ojalá hubiera estado yo allí!</p> + +<p>—¿Y el Duque se mezcla en el asunto?</p> + +<p>—No es eso precisamente. Quien quiere mezclarse soy yo.</p> + +<p>—¿Y ella prefiere al Duque?</p> + +<p>—¡Sí, la tonta! Pues bien, ya conoce usted mi plan, y piénselo—dijo; e +inclinándose, espoleó su caballo y partió en seguimiento del fúnebre +cortejo.</p> + +<p>Volví adonde me esperaban Flavia y Sarto, pensando en el extraño +carácter de aquel desalmado, cuyo igual no he vuelto a ver en mi vida.</p> + +<p>—¡Qué arrogante tipo!—fue el comentario de Flavia, que, mujer al fin, +no se había ofendido con las expresivas ojeadas de Ruperto Henzar.—¡Y +cómo parece sentir la muerte de su amigo!—prosiguió.</p> + +<p>—Más le valdría pensar en la suya propia que no anda lejos—dijo Sarto +bruscamente.—Por mi parte me sentía descontento e irritado al pensar +que en realidad yo no tenía más derecho al amor de la Princesa que el +insolente Henzar. Seguí silencioso a su lado hasta que, cerca ya de +Tarlein y habiendo anochecido, dejó Sarto que nos adelantásemos un +tanto, quedándose él atrás para impedir todo súbito ataque de nuestros +enemigos. Entonces Flavia me dijo con su voz dulcísima:</p> + +<p>—Sonríete, Rodolfo, si no quieres verme llorar. ¿Estás enojado?</p> + +<p>—¡Oh, no! La culpa la tiene ese malvado Henzar.</p> + +<p>Lo cual no impidió que ambos llegásemos sonrientes a las puertas de +Tarlein, donde me entregaron una carta llevada para mí, según dijeron +los sirvientes, por un joven desconocido. Abrí el sobre y leí:</p> + +<p>«Juan se encarga de llevar estas líneas a su destino. Soy la que le +envió a usted otro aviso en ocasión anterior. ¡Hoy le pido en nombre de +Dios, que me libre de esta guarida de asesinos!—A. de M.»</p> + +<p>Entregué la esquela a Sarto, en quien no hizo mella la súplica lastimera +de la dama, limitándose a decir:</p> + +<p>—Suya es la culpa. ¿Quién la llevó al castillo?</p> + +<p>Sin embargo, no considerándome yo enteramente irresponsable de lo +ocurrido, resolví compadecerme de Antonieta de Maubán.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">un plan desesperado</span></p> + + +<p>Desde el día en que recorrí a caballo las calles de Zenda y hablé en +público con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir de todo pretexto +de enfermedad. El efecto de mi presencia se notó desde luego en la +guarnición de Zenda, cuyos oficiales y soldados desaparecieron de la +población y sus cercanías para encerrarse en el castillo, donde reinaba +la más perfecta vigilancia, como pudieron observarlo mis amigos en sus +exploraciones. No veía medio practicable de socorrer al Rey y a la +señora de Maubán. El Duque me retaba sin disimulo. Se había mostrado +fuera del castillo, no tomándose siquiera la molestia de explicar o +excusar su ausencia. El tiempo apremiaba. Por una parte me preocupaban +los rumores e investigaciones de que he dado cuenta, con motivo de la +desaparición de Raséndil; y por otra, sabía que mi ausencia de la +capital ocasionaba vivo descontento. Mayor hubiera sido éste sin la +presencia de Flavia a mi lado y sólo por esta razón le permitía yo +seguir en Zenda, rodeada de peligros y aumentando con sus encantos la +pasión que me dominaba. Como si esto no bastase, mis celosos consejeros, +el Canciller y el general Estrakenz se presentaron en Zenda, instándome +a que designase día para la solemnización de mis esponsales, ceremonia +que en Ruritania es casi tan obligatoria y sagrada como el matrimonio +mismo. Tuve que hacer lo que me pedían, con Flavia sentada a mi lado +oyéndolo todo, y les anuncié que el acto se celebraría quince días +después, en la catedral de Estrelsau. La noticia fue recibida con +extraordinarias manifestaciones de aprobación y alegría en todo el +Reino, y supongo que sólo dos hombres la deploraron: el Duque y yo. +Cuanto al Rey, lo único que me atreví a esperar fue que no llegase a sus +oídos.</p> + +<p>Juan volvió a salir ocultamente del castillo tres días después, a riesgo +de su vida pero impulsado por la codicia. Nos dijo que cuando el Duque +supo la noticia de la próxima ceremonia se puso furioso; que su +exasperación aumentó al declarar Ruperto que yo era muy capaz de casarme +con la Princesa y que así lo haría indudablemente; y que Ruperto acabó +felicitando a la señora de Maubán, allí presente, porque pronto se +vería libre de Flavia, su rival. El Duque echó mano a la espada, sin que +al joven noble pareciese importarle un bledo la cólera de su señor, a +quien felicitó también por haber proporcionado a Ruritania un Rey como +no lo había tenido en muchos años. «Y lo que es la Princesa, terminó +diciendo Henzar (según el relato de Juan), tampoco puede quejarse porque +el diablo le manda novio más galán que el que le había deparado el +Cielo.» El Duque le mandó retirarse de su presencia, pero Henzar no +obedeció hasta haber obtenido de la dama el permiso de besar su mano, +como lo hizo rendidamente ante las miradas furiosas de Miguel.</p> + +<p>Noticia de más importancia para mí fue la que también nos dio Juan sobre +la grave enfermedad del Rey. Juan le había visto, demacrado y débil; su +estado llegó a ser tan alarmante que el Duque llamó al castillo a un +médico de Estrelsau, el cual examinó al Rey, salió del calabozo pálido y +temblando y rogó a Miguel que le permitiese volver a la capital y no +mezclarse más en el asunto; pero Miguel se lo prohibió, anunciándole que +quedaba preso con el Rey y que respondía de la vida de éste hasta el día +en que el Duque quisiera quitársela. A instancias del médico permitió +que la señora de Maubán visitase al Rey, a quien prestó solícitos +cuidados. La vida del monarca se hallaba, pues, en peligro inminente, a +la vez que yo seguía sano y vigoroso; contraste que exasperó a los +moradores del castillo ocasionando continuos disgustos y reyertas. Sólo +Ruperto Henzar continuaba tan contento como siempre, y según decía Juan, +riéndose a carcajadas porque el Duque ponía siempre de guardia a Dechard +cuando la señora de Maubán se hallaba en la celda del Rey; precaución no +del todo inútil por parte de mi prudente hermano.</p> + +<p>Tal fue el relato de Juan, que le valió buena recompensa; y aunque me +pidió que le permitiese quedarse en Tarlein, conseguí que regresase al +castillo, donde lo necesitaba mucho más, encargándole anunciase a la +señora de Maubán que estaba procurando auxiliarla y que ella dijese al +Rey en mi nombre algunas frases de esperanza y de consuelo.</p> + +<p>—¿Cómo vigilan ahora al Rey?—pregunté, recordando que dos de los Seis +habían muerto y que igual suerte había cabido a Máximo Holf.</p> + +<p>—Dechard y Bersonín están de guardia por la noche y Ruperto Henzar y De +Gautet, de día—contestó Juan.</p> + +<p>—¿No más que dos a la vez?</p> + +<p>—Pero el resto de la guardia está en el primer piso, precisamente +sobre la prisión del Rey, y allí puede oirse todo grito o señal dados +desde abajo.</p> + +<p>—¿Sobre la prisión del Rey? No sabía yo eso. ¿Existe alguna +comunicación directa entre el calabozo y la sala de guardia?</p> + +<p>—No, señor. Hay que bajar algunos escalones, cruzar el puente levadizo +y desde allí bajar al encierro del Rey.</p> + +<p>—¿Está cerrada la puerta que lleva al puente?</p> + +<p>—Sólo los cuatro caballeros tienen la llave.</p> + +<p>—¿Y también la de la reja de entrada a la prisión?—pregunté +acercándome a Juan.</p> + +<p>—Creo que esa únicamente la tienen Dechard y Henzar.</p> + +<p>—¿Dónde habita el Duque?</p> + +<p>—En la parte nueva del castillo, en el primer piso. Sus habitaciones +quedan a la derecha del puente levadizo.</p> + +<p>—¿Y la señora de Maubán?</p> + +<p>—A la izquierda. Pero cuando se retira cierran la puerta por fuera.</p> + +<p>—¿Para impedir que huya?</p> + +<p>—Sin duda, señor.</p> + +<p>—¿Y quizás también por otra razón?</p> + +<p>—Es posible.</p> + +<p>—¿Supongo que el Duque se reserva esa llave?</p> + +<p>—Sí, señor. Y también la del puente, después de alzarlo, y nadie puede +cruzar el foso por él sin que lo sepa y lo permita el Duque.</p> + +<p>—¿Y tú, dónde duermes?</p> + +<p>—En el cuarto que hay a la entrada del castillo nuevo, con otros cinco +criados.</p> + +<p>—¿Armados?</p> + +<p>—Con picas, porque el Duque no quiere confiarles armas de fuego.</p> + +<p>Aquellos informes me decidieron por fin y formé resueltamente un nuevo +plan de ataque. Había fracasado cuando lo emprendí por la «Escala de +Jacob,» y me dije que fracasaría también intentándolo contra el cuerpo +de guardia. Resolví, pues, dirigirlo contra el lado opuesto del +castillo.</p> + +<p>—Te he prometido diez mil pesos—dije a Juan.—Te daré veinticinco mil +si mañana por la noche haces lo que yo te diga. Pero ante todo ¿saben +esos criados quién es el prisionero?</p> + +<p>—No, señor; creen que es un caballero enemigo del Duque.</p> + +<p>—¿Y no dudarán que yo soy el Rey?</p> + +<p>—¿Cómo han de dudarlo, señor?</p> + +<p>—Pues escucha, Juan: mañana, a las dos en punto de la madrugada, abre +de par en par la puerta principal del castillo nuevo, la que da al +frente ¿entiendes bien?</p> + +<p>—¿Estará usted allí, señor?</p> + +<p>—Nada de preguntas. Haz lo que te digo. Da cualquier excusa para salir +de tu cuarto. Nada más exijo de ti.</p> + +<p>—Y una vez abierta la puerta ¿puedo escaparme por ella?</p> + +<p>—Sí, a todo correr. Toma esta esquela, que entregarás a la señora de +Maubán. La he escrito en francés a propósito para que no puedas +enterarte de ella. Y dile que si tiene en algo la vida de todos +nosotros, no deje de hacer lo que en ella le indico.</p> + +<p>Juan temblaba al oirme, pero no me quedaba elección posible y tuve que +fiar en él. No me atreví a esperar más porque temí que el Rey muriese en +su prisión.</p> + +<p>Despedí a Juan y sólo entonces di cuenta de mi plan a Tarlein y Sarto. +Este último manifestó su desaprobación desde luego.</p> + +<p>—¿Por qué no espera usted?—me preguntó.</p> + +<p>—Porque puede morir el Rey. Y si no muere puede llegar el día de los +esponsales.</p> + +<p>Sarto se mordió el blanco bigote, y Tarlein, poniéndome la mano sobre el +hombro, exclamó:</p> + +<p>—Dice usted bien. ¡Probemos!</p> + +<p>—Con usted cuento, Tarlein—le dije.</p> + +<p>—Corriente—contestó.—Pero lo que es usted, Raséndil, se queda aquí +cuidando a la Princesa.</p> + +<p>Los ojos de Sarto brillaron.</p> + +<p>—¡Eso es, eso es!—exclamó.—Así burlaríamos los designios de Miguel +cualquiera que fuese el resultado de nuestra empresa. Al paso que si +usted tomase parte activa en ella y lo matasen, como matarían también al +Rey ¿qué sería de todos nosotros?</p> + +<p>—Servirían ustedes a la reina Flavia—repliqué,—y ojalá pudiese yo +hacer otro tanto.</p> + +<p>Siguió una pausa y después dijo el viejo Sarto, con expresión tan +cómica, que Tarlein y yo nos echamos a reír:</p> + +<p>—¿Por qué no se casaría el finado rey Rodolfo III con la bisabuela +aquella de usted, Raséndil?</p> + +<p>—Al grano, al grano—le dije.—Se trata del Rey actual.</p> + +<p>—Es verdad—asintió Tarlein.</p> + +<p>—Además—continué,—si he consentido ser impostor en beneficio del Rey, +jamás lo seré en provecho propio. Y si el Rey no se halla vivo y en su +trono antes del día fijado para la celebración de los esponsales, +confesaré y proclamaré la verdad, sean cualesquiera las consecuencia.</p> + +<p>—Irá usted con nosotros al ataque del castillo—dijo Sarto.</p> + +<p>He aquí mi plan. Una numerosa fuerza mandada por Sarto se dirigiría +sigilosamente a la puerta principal del castillo nuevo. Si se viese +descubierta, la consigna sería matar a cuantos hallasen a su paso, +empleando exclusivamente el arma blanca. Si no se presentase obstáculo +imprevisto, Sarto y su gente se hallarían a la puerta al abrirla Juan. +Suponiendo que su sola presencia y el nombre del Rey no bastasen para +someter a los servidores del castillo, habría que apoderarse de ellos a +la fuerza. Al mismo tiempo (y de esto dependía principalmente el buen +éxito de mi plan) Antonieta de Maubán prorrumpiría en agudos gritos, +pidiendo auxilio al Duque y alternando con el nombre de éste el de +Ruperto Henzar. Mi esperanza estribaba en que el Duque saliese furioso +de sus habitaciones, situadas al lado opuesto de las de Antonieta y +cayese vivo en manos de Sarto. Continuarían los gritos, mi gente bajaría +el puente levadizo y extraño sería que Ruperto, al oir su nombre a voces +en tales circunstancias, no bajase de su cuarto y procurase cruzar el +puente. Cuanto a De Gautet, su presencia dependía del azar.</p> + +<p>Tan luego Ruperto pusiese el pie en el puente empezaría mi papel. +Contaba yo tomar otro baño en el foso, llevando conmigo una pequeña +escala que me serviría en primer lugar para esperar con relativa +comodidad, poniendo la escala contra el muro y apoyando en ella manos y +pies mientras estuviese en el agua. Llegada la hora, subiría por la +escala al puente y de mí dependería que ni Henzar ni De Gautet lo +cruzasen con vida. Muertos éstos quedarían tan sólo dos de los Seis, con +los cuales esperaba acabar también a favor de la confusión y de una +violenta acometida. Si ambos obedeciesen las órdenes recibidas del +Duque, la vida del Rey dependería de la rapidez con que pudiésemos +forzar la puerta exterior; y me felicito al pensar que Dechard y no +Ruperto era el encargado de la guardia nocturna del Rey. Aunque Dechard +tenía serenidad y valor, carecía del ímpetu y la osadía increíble de +Henzar. También contaba yo con que, siendo Dechard el único entre ellos +verdaderamente adicto al Duque, dejase solo a Bersonín guardando al Rey +y se precipitase hacia el puente para tomar parte en la lucha al lado +opuesto.</p> + +<p>Tal era mi plan, verdaderamente desesperado. Para engañar al enemigo +dispuse que aquella noche iluminasen vivamente todas las habitaciones de +mi residencia, como si diera en ella una gran fiesta, congregando al +efecto a muchos de nuestros amigos y mandando que la música tocase toda +la noche. Estrakenz era uno de los que debían de hallarse allí, con +encargo de hacer todo lo posible para que la Princesa no notase mi +partida. Le ordené que si a la mañana siguiente no estuviésemos de +regreso, se pusiese en marcha hacia el castillo con todas sus fuerzas y +exigiese públicamente la entrega del Rey. Si Miguel el Negro no +estuviese allí, el General llevaría a la Princesa a Estrelsau, para +proclamar la traición de Miguel y la muerte probable del Rey, +congregando en torno de Flavia a los mejores elementos del Reino. A +decir verdad, esto era precisamente lo que yo esperaba que sucedería.</p> + +<p>En mi opinión, ni al Rey, ni a Miguel ni a mí nos quedaba más que un día +de vida. Me resignaba a morir, sobre todo si conmigo moría también +Miguel el Negro y si por mi propia mano libraba a Ruritania de Ruperto +Henzar, ya que no pudiese salvar la vida del Rey.</p> + +<p>Nuestra conferencia terminó bastante tarde y pasé a las habitaciones de +la Princesa. Se mostró algo pensativa, pero al despedirnos me abrazó +cariñosamente, a la vez que deslizó una sortija en mi dedo. Usaba yo el +anillo del Rey, pero tenía puesto también uno más pequeño, de oro liso, +con la leyenda de las armas de mi familia: <i>Nil Quæ Feci</i>. Me lo quité y +poniéndolo en el dedo de Flavia, le indiqué con un ademán que me +permitiese retirarme. Comprendió, y apartándose un tanto me miró con los +ojos llenos de lágrimas.</p> + +<p>—Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas Reina—le dije.</p> + +<p>—Use o no otros, llevaré éste mientras viva y aun después de +muerta—dijo besándolo.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">a media noche</span></p> + + +<p>Llegó la noche hermosa y clara, aunque yo la hubiera preferido tan +obscura y tormentosa como la que protegió mi primera expedición, pero la +fortuna no quiso mostrárseme favorable. No obstante, contaba deslizarme +lo más cerca posible al muro, para no ser visto desde las ventanas del +castillo nuevo que daban a la parte del foso por donde me proponía +escalar el puente. Por Juan supe que habían fijado sólidamente al muro +la «Escala de Jacob,» de tal suerte, que sólo empleando substancias +explosivas o atacándola a golpes de pico hubiera sido posible moverla de +su sitio y el estrépito producido por tales medios hubiera advertido en +seguida a los del castillo. Pero esa nueva precaución había de serme +favorable, porque confiados en ella no vigilarían tanto el foso. Aun +suponiendo que Juan me hiciese traición, ignoraba aquella parte de mi +plan y sin duda esperaba verme atacar la puerta principal a la cabeza de +mi gente. Allí—como le dije a Sarto,—estaba el verdadero peligro.</p> + +<p>—Y allí—agregué,—se hallará usted. ¿Todavía no está usted satisfecho?</p> + +<p>No, no lo estaba. Lo que él quería era acompañarme, a lo cual me negué +terminantemente. Un hombre solo podía acercarse sin ser visto; con dos +el riesgo hubiera sido mucho mayor, y cuando me dijo que mi vida era +demasiado preciosa para arriesgarla solo, le mandé guardar silencio, +asegurándole que si el Rey no escapase con vida aquella noche tampoco +viviría yo.</p> + +<p>La columna mandada por Sarto salió de Tarlein a media noche y tomó por +la derecha un camino poco frecuentado que no pasaba por el pueblo de +Zenda. Si no ocurría tropiezo alguno, la columna debía de hallarse +frente al castillo a las dos menos cuarto, y tenía orden de dejar los +caballos a buena distancia de la fortaleza, en un punto convenido de +antemano, acercarse después cautelosamente a la entrada y esperar que +Juan abriese la puerta. Si a las dos permaneciese cerrada, Sarto +mandaría a Tarlein a reunirse conmigo al otro lado del castillo, y +suponiendo que yo viviese todavía, decidiríamos entonces si convenía o +no intentar un asalto decisivo. Si Tarlein no me hallase, él y Sarto +deberían de regresar con su gente a Tarlein a toda prisa, llamar al +General y con éste y todas las fuerzas disponibles atacar abiertamente +el castillo. Mi ausencia significaría que yo había muerto y sabía que en +tal caso el Rey no me sobreviviría cinco minutos.</p> + +<p>Dejando por el momento a Sarto y su gente, referiré lo que hice por mi +parte aquella memorable noche. Salí del palacio de Tarlein montando el +mismo vigoroso caballo en que regresé del pabellón de caza a Estrelsau +el día de la coronación. Iba armado con revólver y espada y envuelto en +amplia capa, bajo la cual llevaba ceñido y abrigado traje de lana, +gruesas medias y ligero calzado de lona, como lo requería mi plan. Había +tomado la precaución de frotarme bien todo el cuerpo con aceite y de +llevar conmigo un frasco de licor, para contrarrestar en lo posible los +efectos de mi prolongada inmersión. También me enrollé a la cintura una +cuerda delgada y sólida y no olvidé la escala. Salí después de Sarto y +tomé el camino más corto de la izquierda, que a las doce y media me +llevó al lindero del bosque. Até mi caballo en el centro de espeso grupo +de árboles, dejando mi revólver en la pistolera porque me hubiera sido +inútil, y escala en mano me dirigí a la orilla del foso, donde até +sólidamente la cuerda a un árbol cercano y asiéndola me deslicé en el +agua. El reloj de la torre dio la una cuando empecé a nadar lo más cerca +posible al muro del castillo y empujando ante mí la escala. Llegado al +cilindro por donde pensaban arrojar el cadáver del Rey, sentí bajo mis +pies el reborde que allí formaban los cimientos; y haciendo pie me +incliné bajo el enorme tubo, traté en vano de moverlo y esperé. Recuerdo +que en aquellos momentos pareció disiparse toda mi ansiedad por el Rey y +aun mi amor a Flavia, para no pensar más que en una cosa: el deseo +vivísimo de fumar. Deseo que, como se comprenderá, me fue imposible +satisfacer.</p> + +<p>Apoyado de espaldas en el muro de la prisión del Rey, divisaba en lo +alto a unas diez varas a mi derecha la armazón elegante y ligera del +puente levadizo. Dos varas más acá y casi al mismo nivel del puente vi +una ventana que, según los informes de Juan, pertenecía a la habitación +del Duque. La ventana correspondiente al otro lado, era sin duda la de +Antonieta. Temía vivamente que ésta olvidase mis instrucciones y el +ataque nocturno de que debía de fingirse víctima a las dos en punto. Me +reía al pensar en el papel que había destinado a Ruperto Henzar, pero +tenía con éste una cuenta pendiente y todavía me dolía la puñalada que +me había dado en el hombro a traición y con sin igual audacia, en +presencia de todos mis amigos, en la terraza del palacio de Tarlein.</p> + +<p>De repente se iluminó la habitación del Duque, cuyas mal cerradas +persianas me permitieron ver en parte el interior de la misma, +poniéndome de puntillas sobre la sumergida roca. Luego se abrieron las +persianas por completo y distinguí el gracioso contorno de Antonieta de +Maubán, destacándose con toda precisión en la viva luz del cuarto. +Anhelaba decirle muy quedo: «¡Acuérdese usted!» pero no me atreví, y fue +fortuna, porque muy pronto apareció a su lado un hombre, que trató de +enlazar con su brazo el talle de la dama. Apartóse ésta rápidamente y oí +la risa burlona de su compañero. Era Ruperto, que inclinándose hacia +ella murmuró algunas palabras. Antonieta extendió la mano hacia el foso +y dijo, con voz resuelta:</p> + +<p>—¡Antes me arrojaría por esta ventana!</p> + +<p>Ruperto se asomó y volviéndose después hacia ella, dijo:</p> + +<p>—¡Vamos, Antonieta, usted se chancea! ¿Es posible? ¡Por Dios, qué dice +usted!</p> + +<p>No obtuvo respuesta, o por lo menos nada oí; Ruperto golpeó varias veces +el repecho de la ventana y continuó:</p> + +<p>—¡El diablo cargue con el Duque! ¿No le basta la Princesa? Y usted +misma ¿qué atractivos halla en él?</p> + +<p>—Si yo le repitiera lo que usted dice...</p> + +<p>—Repítaselo usted en buena hora—dijo Ruperto con la mayor +indiferencia;—y viendola desprevenida, se le acercó de un salto y la +besó, echándose después a reír y exclamando:</p> + +<p>—¡Ahora tiene usted algo más que contarle!</p> + +<p>De haber tenido mi revólver, la tentación hubiera sido quizás demasiado +fuerte, pero desarmado como estaba, agregué aquel nuevo desmán a la +cuenta que tenía pendiente con Ruperto.</p> + +<p>—Y eso que al Duque—continuó,—maldito lo que se le importa. Está loco +por la Princesa y no habla más que de cortarle el pescuezo al coquillo.</p> + +<p>Bueno era saberlo.</p> + +<p>—Y si yo le hago ese servicio ¿sabe usted lo que me ofrece?</p> + +<p>La pobre mujer elevó ambas manos sobre su cabeza, no sé si suplicante o +desesperada.</p> + +<p>—Pero no me gusta esperar—dijo Ruperto; y comprendí que iba a poner de +nuevo sus manos sobre Antonieta, cuando oí el ruido que hacía una puerta +al abrirse dentro de la habitación, y una voz que decía ásperamente:</p> + +<p>—¿Qué hace usted aquí, señor mío?</p> + +<p>Ruperto volvió la espalda a la ventana, saludó y dijo con su voz fuerte +y alegre de siempre:</p> + +<p>—Pues estoy tratando de excusar la ausencia de Vuestra Alteza. ¿Podía +dejar sola a esta señora?</p> + +<p>El Duque se adelantó, asió a Ruperto por el brazo y señalando la +ventana, exclamó:</p> + +<p>—¡En el foso hay lugar para otros además del Rey!</p> + +<p>—¿Me amenaza Vuestra Alteza?—preguntó el joven.</p> + +<p>—Una amenaza es más de lo que muchos obtienen de mí—replicó Miguel.</p> + +<p>—Lo cual no impide que Raséndil, a pesar de tantas amenazas, siga vivo.</p> + +<p>—¿Soy yo acaso responsable de las torpezas de los que me sirven?</p> + +<p>—En cambio Vuestra Alteza no corre el riesgo de cometer +torpezas—replicó Ruperto con sorna.</p> + +<p>No podía decírsele más claro a Miguel que evitaba el peligro. Gran +dominio debía de tener sobre sí mismo, porque le oí contestar con calma:</p> + +<p>—¡Basta ya! No disputemos, Ruperto. ¿Están en sus puestos Dechard y +Bersonín?</p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—No le necesito a usted por ahora.</p> + +<p>—No estoy fatigado...</p> + +<p>—Sírvase usted dejarnos—ordenó impaciete Miguel.—Dentro de diez +minutos quedará retirado el puente levadizo y supongo que no querrá +usted regresar a nado a su cuarto.</p> + +<p>Desapareció la silueta de Henzar y oí la puerta que se cerraba tras él. +Antonieta y Miguel quedaron solos y noté con pesar que el último cerraba +la ventana. Todavía los vi hablar unos momentos, Antonieta movió la +cabeza negativamente y el Duque se apartó de ella con ademán impaciente. +Perdí de vista a la dama, volví a oir la puerta que le daba paso y el +Duque cerró las persianas.</p> + +<p>—¡De Gautet! ¡Eh, De Gautet!—llamó una voz desde el +puente.—¡Despacha, hombre, si no quieres tomar un baño antes de meterte +en cama!</p> + +<p>Era la voz de Ruperto y momentos después él y De Gautet dándose el brazo +cruzaban el puente. Llegados al centro de éste, Ruperto detuvo a su +compañero, se inclinó, mirando hacía el foso, y yo me oculté prontamente +tras la «Escala de Jacob.»</p> + +<p>Entonces Henzar se divirtió a su modo. Tomó de manos de su amigo una +botella que éste llevaba, la aplicó a sus labios y arrojándola furioso +al agua exclamó:</p> + +<p>—¡Apenas una gota!</p> + +<p>A juzgar por el sonido y por los círculos trazados en el agua, la +botella cayó muy cerca del tubo que me ocultaba a menos de una vara. Y +Ruperto, sacando el revólver, la convirtió en blanco de sus disparos. +Los dos primeros no le acertaron, pero dieron en el tubo, y el tercero +rompió la botella en mil pedazos. Supuse que con aquello se daría por +satisfecho, pero siguió disparando contra el tubo hasta vaciar su arma, +el último de cuyos proyectiles me rozó los cabellos.</p> + +<p>—¡Ah del puente!—gritó una voz con gran regocijo mío.</p> + +<p>—¡Un momento!—exclamaron Ruperto y De Gautet, echando a correr.</p> + +<p>Retirado el puente, todo quedó tranquilo. El reloj dio la una y cuarto, +y yo me desperecé, bostezando.</p> + +<p>Habían transcurrido diez minutos, cuando oí un ligero ruido a mi +derecha. Miré por encima del tubo y vi una sombra, la vaga silueta de un +hombre, en la puerta que daba al puente. Reconocí la gallarda apostura +de Ruperto. Tenía una espada en la mano y permaneció inmóvil algunos +momentos. Me pregunté alarmado qué nueva maldad meditaba aquel bribón. +Le oí reírse con sorna, como solía, y le vi volver de cara al muro, dar +un paso hacia mí, y luego, con gran sorpresa por mi parte, empezó a +bajar por al muro mismo. Comprendí que en éste había peldaños, ya +cortados en la piedra, ya clavados de trecho en trecho entre los +sillares. Ruperto, llegó por fin al último y poniendo su espada entre +los dientes se deslizó en el agua sin hacer el menor ruido. Tratándose +sólo de exponer mi vida, le hubiera salido al encuentro sin vacilación +alguna; con verdadero placer hubiera saldado allí nuestras cuentas, cara +a cara y espada en mano, sin testigos, en la soledad de aquella hermosa +noche. Pero ¿qué sería entonces del Rey? Me dominé y seguí espiando sus +movimientos con creciente interés.</p> + +<p>Nadó pausadamente hasta llegar al lado opuesto; el muro tenía también +allí peldaños, por los cuales subió hasta verse en la otra parte que +también daba al puente, la cual abrió con una llave que le vi sacar del +bolsillo. Después desapareció sin que la entornada o cerrada puerta +hiciera el más pequeño ruido.</p> + +<p>Abandonando mi escala, pues era evidente que ya no la necesitaba, nade +hacia el puente, escalé la mitad del muro y allí me detuve, espada en +mano, escuchando atentamente. La ventana del Duque estaba cerrada, y la +habitación, al parecer en profunda obscuridad. En la de Antonieta había +luz. Nada interrumpió el silencio de la noche, hasta que dio la una y +media en el gran reloj de la torre.</p> + +<p>Evidentemente no era yo el único que conspiraba aquella noche en el +castillo.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">golpe de mano</span></p> + + +<p>La situación en que me hallaba no era por cierto muy favorable para +entrar en hondas meditaciones. Sin embargo, no dejé de reconocer y +decirme que el nuevo proyecto de Henzar, por infame que fuese, +significaba una ventaja para mí; la de situarlo al lado opuesto del +foso, separado por lo tanto del Rey. No sería culpa mía si lograba +regresar a la otra orilla. Los restantes con quienes tenía que +habérmelas eran tres: dos de guardia y De Gautet dormido. ¡Ah, si +hubiera tenido las llaves en mi poder! Con ellas lo hubiera arriesgado +todo y atacado a Dechard y Bersonín antes de que sus secuaces pudieran +acudir en su auxilio. Pero, por lo pronto, me veía forzado a esperar que +la llegada de mi gente llamase la atención de los que tenían las llaves, +o de algunos de ellos, induciéndoles a cruzar el puente y ponerse a mi +alcance. Esperé cinco minutos más que me parecieron media hora, y +entonces empezó el próximo acto en aquel drama de tan inesperadas cuanto +rápidas escenas.</p> + +<p>Todo estaba tranquilo en la opuesta orilla. La habitación del Duque +seguía cerrada y obscura, pero en la ventana de Antonieta se veía el +reflejo de la luz que brillaba en su cuarto. Entonces oí el leve rumor, +apenas perceptible. Provenía del otro lado de la puerta que daba paso al +puente, y no tardé en oir también el ruido de una llave cuidadosamente +introducida en la cerradura. ¿Qué puerta era aquélla? Imaginábame a +Henzar con la espada en una mano, la llave en la otra y en los labios su +cínica sonrisa, pero no conocía con certeza sus designios.</p> + +<p>Pronto salí de dudas. A los pocos momentos, mucho antes de que mis +amigos llegasen a la puerta del castillo y antes también de que Juan +pensase en abrirla, se oyó un gran estrépito en la habitación iluminada, +como si la lámpara hubiese sido arrojada violentamente al suelo y +desapareció la luz que salía por la ventana. Al mismo tiempo partió de +la habitación un grito penetrante: «¡Socorro, Miguel! ¡Socorro!;» y a +estas voces siguieron otros gritos desesperados que revelaban indecible +terror.</p> + +<p>Presa de mortal angustia, permanecía yo en el más alto peldaño, asido al +quicio de la puerta con una mano y sosteniendo en la otra la espada. De +repente noté que el arco de entrada era más ancho que el puente y +formaba un obscuro ángulo, en el que me oculté apresuradamente. Desde +allí dominaba aquella vía de comunicación entre el antiguo castillo y la +construcción moderna.</p> + +<p>Entonces resonó otro grito agudo. Se oyó después el golpe dado contra la +pared por una puerta abierta violentamente, y la voz de Miguel que +gritaba: «¡Abre, Antonieta! En nombre del Cielo, ¿qué sucede?»</p> + +<p>La respuesta fue precisamente la que yo había escrito en mi carta:</p> + +<p>—«¡Socorro, Miguel! ¡Es Henzar!»</p> + +<p>El Duque lanzó una blasfemia y golpeó violentamente la puerta. En aquel +instante oí abrirse una ventana sobre mí cabeza, la voz de un hombre +preguntando: «¿Qué es eso? ¿qué ocurre?» y después pasos precipitados. +Oprimí firmemente el puño de mi espada. Si De Gautet llegaba a salir su +muerte era segura.</p> + +<p>Oí después el choque de dos aceros, las pisadas, de los combatientes y +el grito de uno de ellos al caer herido. Se abrieron de golpe las +persianas, lo que me permitió ver a Ruperto Henzar que, de espaldas a +la ventana y tendiéndose a fondo, exclamó:</p> + +<p>—¡Para ti, Juan! ¡Y ahora te toca el turno, Miguel! ¡Acércate!</p> + +<p>Es decir, que Juan estaba allí, que había acudido probablemente en +auxilio del Duque. Y en tal caso, ¿cómo había de abrir a tiempo la +puerta del castillo? Porque me temía que Ruperto acababa de matarlo.</p> + +<p>—¡Socorro!—gritó débilmente el Duque.</p> + +<p>Oí pasos en la escalera inmediata a la puerta donde me ocultaba y +también rumor de voces a mi derecha, hacia abajo, en dirección a la +celda del Rey. Pero antes de que ocurriese cosa alguna de la parte de +acá del foso, vi por la ventana de Antonieta que cinco o seis hombres +rodeaban a Ruperto. Este les hacía frente con sin igual destreza y brío, +y por un momento los obligó a retroceder. Aquella pausa le bastó para +saltar sobre el antepecho de la ventana, blandiendo su espada, +sonriente, ebrio de sangre. Después, dando una carcajada, se lanzó de +cabeza al agua.</p> + +<p>Nada más supe de Ruperto por entonces, porque al arrojarse él al foso +asomó por la puerta inmediata a mí el aguzado rostro de De Gautet. Sin +vacilar un momento levanté la espada, le descargué un golpe con toda la +fuerza que Dios me ha dado y cayo muerto: ni una palabra, ni un gemido. +Me arrodillé junto al cadáver y le registré ansiosamente los bolsillos, +murmurando: «¡Las llaves, las llaves!» No encontrándolas, furioso, +golpeé (¡Dios me perdone!) el rostro de aquel muerto.</p> + +<p>Por fin descubrí las llaves. Eran tres, e introduciendo la mayor en la +cerradura de la puerta que conducía a la prisión del Rey, vi que giraba +sin dificultad. ¡La puerta estaba abierta! Entré, y cerrándola tras mí +con el menor ruido posible, retiré la llave y la guardé en el bolsillo.</p> + +<p>Me hallé en lo alto de una escalera de piedra, alumbrada débilmente por +una lámpara de aceite. Descolgué ésta y permaneciendo inmóvil, escuché.</p> + +<p>—¿Qué demonios será?—preguntó una voz al otro lado de la puerta que +quedaba al pie de la escalera.</p> + +<p>—¿Te parece que lo matemos?—dijo otra voz.</p> + +<p>—Espera un poco; mira que si damos el golpe antes de tiempo tendremos +un disgusto serio,—fue la respuesta de Dechard, que oí con indecible +placer.</p> + +<p>Siguió un breve silencio y después oí que descorrían cautelosamente el +cerrojo. Apagué en seguida la lámpara que tenía en la mano y volví a +colgarla del gancho fijo en la pared.</p> + +<p>—Está obscuro. Se ha apagado la lámpara. ¿Tienes fósforos?—dijo +Bersonín.</p> + +<p>Pero había llegado el momento. Antes de que pudieran hacer luz bajé cuan +aprisa pude los escalones y me lancé contra la puerta, cuyo cerrojo +había descorrido Bersonín y que cedió al golpe. Allí estaba el belga +empuñando la espada y con él Dechard, sentado en un sofá. Bersonín, +sorprendido al verme, retrocedió; Dechard saltó sobre su espada. Ataqué +furiosamente al primero, acosándole hasta la pared. Aunque valiente, no +era esgrimidor de primera fuerza y pronto cayó a mis pies. Me volví +hacia donde estaba Dechard, pero éste había desaparecido; fiel a la +consigna recibida del Duque, en lugar de atacarme había corrido a la +puerta de la otra celda y cerrádola tras sí. ¿Qué sería del Rey en aquel +momento?</p> + +<p>No dudo que Dechard le hubiera dado muerte y a mí también, sin la +intervención de un adicto servidor que dio la vida por su soberano. +Forcé la puerta y vi al Rey en un rincón, impotente, debilitado por la +enfermedad, moviendo de un lado a otro sus manos encadenadas, riéndose, +medio loco. Dechard y el médico estaban en el centro del calabozo; el +último se había abrazado al asesino con todas sus fuerzas, impidiéndole +por el momento mover los brazos. Pero Dechard no tardó en desasirse y +en atravesar con su espada al indefenso médico.</p> + +<p>Después se volvió hacia mí, gritándome:</p> + +<p>—¡Por fin!</p> + +<p>Cruzamos los aceros. Por fortuna mía, ni él ni Bersonín tenían a mano +los revólvers al sorprenderlos yo. Los encontré más tarde, cargados, en +la otra habitación, sobre la repisa de la chimenea. Empezamos, pues, el +combate con armas iguales. La lucha fue silenciosa, encarnizada, mortal. +De sus peripecias conservo escaso recuerdo, pero sé que Dechard manejaba +la espada tan bien como yo; mejor aún, porque conocía más tretas y +golpes secretos, que le permitieron acosarme y hacerme retroceder hasta +la reja que guardaba la entrada de la «Escala de Jacob.» Apareció en sus +labios una sonrisa y su espada me atravesó el brazo izquierdo.</p> + +<p>No me envanezco de aquel combate. Creo que mi enemigo hubiera acabado +conmigo y asesinado después al Rey, porque era el duelista más hábil que +he conocido; pero cuando me veía en mayor aprieto, se incorporó el Rey +de un salto, cadavérico y fuera de sí, gritando:</p> + +<p>—¡Es mi primo Rodolfo! ¡Mi primo Rodolfo! ¡Yo te ayudaré, primo! Y +asiendo su silla, que a duras penas pudo levantar del suelo, se acercó a +nosotros. Era aquel un auxilio inesperado.</p> + +<p>—¡Adelante!—le grité.—¡Un golpe con la silla!</p> + +<p>Dechard me dirigió una estocada furiosa, que apenas pude parar.</p> + +<p>—¡Adelante!—volví a gritar al Rey.—¡Pronto, pronto!</p> + +<p>El Rey lanzó una carcajada y se adelantó de nuevo, empujando la silla.</p> + +<p>Dechard, blasfemando, saltó hacia atrás, y antes de que pudiera darme +cuenta de lo que iba a hacer, dirigió su arma contra el Rey, que cayó +lanzando un doloroso gemido. El ágil espadachín me hizo frente otra vez, +pero al volverse resbaló en el charco de sangre inmediato al cadáver del +médico, y cayó al suelo. Me lancé sobre él con la rapidez del rayo, y +asiéndole por la garganta lo atravesé de parte a parte. El miserable +cayó sobre el cuerpo de su víctima, lanzándome una maldición.</p> + +<p>¿Había muerto el Rey? Mi primer pensamiento fue para él y corrí a su +lado. Parecía cadáver; tenía una enorme herida en la frente y permanecía +inmóvil, tendido en el suelo. Me arrodillé y apliqué el oído a su pecho; +pero antes de que pudiera cerciorarme de su muerte oí el chirrido de las +cadenas del puente al bajarlo, y un momento después descansaba en su +lugar contra el muro, del lado del foso en que yo estaba. Iba, pues, a +verme cogido en una trampa, y el Rey conmigo, si todavía estaba vivo. +Tenía que abandonarlo a su suerte. Torné la espada y volví a la primera +habitación. ¿Quién había echado el puente? ¿Habrían sido mis amigos? En +tal caso todo iría bien. Mi mirada se dirigió a los revólvers y tomando +uno de ellos me dirigí a la puerta de la escalera y escuché. Necesitaba +también unos momentos de descanso. Rasgué la manga de mi camisa y con +ella me vendé el brazo lo mejor posible. Escuché otra, vez; hubiera dado +cuanto poseía por oir la voz de Sarto, porque me sentía débil, casi +exánime y el bribón de Ruperto seguía suelto por el castillo. Pero +comprendiendo que me sería más fácil defender la estrecha puerta situada +en la parte superior de la escalera que la muy ancha que daba entrada a +las celdas, subí los escalones casi arrastrándome y me detuve detrás de +la puerta.</p> + +<p>Lo primero que oí fue la risa burlona y altanera de Ruperto, risa +extraña en aquellas circunstancias y en aquel lugar. Desde luego +indicaba que no habían llegado mis amigos, pues de lo contrario hubieran +despachado a Ruperto a tiros. ¡Y el reloj dio las dos y media! ¡Dios +mío! ¿Sería posible que viendo la puerta cerrada y no hallándome a +orillas del foso, hubiesen regresado a Tarlein con la noticia de la +muerte del Rey y la mía? Muertes que por cierto parecían muy próximas, +que ocurrirían probablemente antes de que Sarto y los suyos llegasen a +Tarlein. ¿No lo anunciaba así la risa triunfante de Ruperto?</p> + +<p>Permanecí algunos instantes anonadado, apoyándome contra la puerta. +Luego me incorporé vivamente, porque Ruperto gritaba con despreciativo +acento:</p> + +<p>—¡Ea, venid! ¡Aquí está el puente! ¡A no ser que Miguel el Negro os lo +prohiba, perros, para convertirse él mismo en campeón de su dama! ¡Vén a +batirte por ella, Miguel!</p> + +<p>Si la lucha había de ser entre tres bien podía yo tomar parte en ella, +por malparado que estuviese. Di vuelta a la llave, entreabrí la puerta y +miré.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">cara a cara en el bosque</span></p> + + +<p>Nada pude ver por el momento, porque la viva luz de las antorchas y +linternas que brillaban al otro lado del puente me deslumbró. Pero no +tardé en distinguir los detalles de aquella escena singular. El puente +estaba echado. En su más lejano extremo, un grupo de servidores del +Duque, dos o tres de los cuales llevaban las luces de que he hablado y +los otros tres o cuatro estaban armados con largas picas dirigidas hacia +adelante, en actitud defensiva. Formaban apretado grupo y la palidez de +sus rostros denotaba la agitación de que estaban poseídos. La verdad es +que contemplaban con espanto a un hombre, plantado en medio del puente, +espada en mano. Era Ruperto Henzar, en mangas de camisa, ensangrentada +ésta sobre el pecho; pero su aspecto resuelto y erguido cuerpo, me +indicaron desde luego que estaba ileso o cuando más levísimamente +herido. Allí se hallaba, cortando el paso del puente, retando a sus +contrarios y al Duque mismo; al paso que aquéllos, sin armas de fuego, +temblaban ante el denodado joven, sin osar atacarlo. Hablábanse en voz +baja y tras ellos, apoyado contra el dintel de la puerta, vi a mi amigo +Juan, que con un pañuelo procuraba restañar la sangre que manaba de una +herida recibida en la mejilla.</p> + +<p>Una casualidad providencial me hacía dueño de la situación. Aquellos +cobardes no se atreverían conmigo más que con Ruperto; y en cuanto a +éste, me bastaba alzar el brazo y de un disparo mandarlo al otro mundo a +dar cuenta de sus crímenes. Ignoraba hasta mi presencia allí. Sin +embargo, nada de eso hice. ¿Por qué? Nunca lo he sabido. Había ya dado +muerte a un hombre, de noche y traidoramente, y a otro más bien por +suerte que por maña. Pero a pesar de ser Ruperto tan gran villano, me +repugnaba la idea de unirme a la turba que lo amenazaba para matarlo. +Quizás fuese esta la causa. Por otra parte, me fascinaba la curiosidad, +el vivo deseo de presenciar el fin de aquella escena.</p> + +<p>—¡Miguel! ¡Perro! ¡Vén si te atreves!—gritaba Ruperto, avanzando un +paso hacia el grupo de sus temblorosos enemigos.—¡Miguel! ¡bastardo!</p> + +<p>La respuesta se la dio el agudo grito de una mujer.</p> + +<p>—¡Muerto, Dios mío! ¡Ha muerto!</p> + +<p>—¡Muerto!—vociferó Ruperto.—¡Ah, el golpe fue más certero de lo que +yo creía!—y lanzó una carcajada triunfante.—¡Abajo esas armas, +vosotros! ¡Ahora soy vuestro amo! ¡Abajo, digo!</p> + +<p>Creo que le hubieran obedecido, a no haberse elevado en aquel preciso +momento súbito y lejano rumor, como de gritos y golpes dados al lado +opuesto del castillo. El corazón me saltó en el pecho. Era sin duda mi +gente, que por fortuna desobedecía mis órdenes y venía en mi busca. Las +voces continuaban, pero la atención de todos los presentes se fijó por +entonces en una aparición inesperada. El grupo de soldados del Duque se +abrió para dar paso a una mujer que se adelantaba vacilante. Era +Antonieta de Maubán, vistiendo blanca y holgada bata, suelto a la +espalda el negro cabello, pálido el rostro y cuyos ojos brillaban +amenazadores a la luz de las antorchas. Su trémula mano empuñaba un +revólver y adelantándose por el puente apuntó a Ruperto y disparó. La +baja vino a estrellarse en el muro, a alguna distancia de mi cabeza.</p> + +<p>—¡Ah, señora!—exclamó Ruperto riéndose.—¡Si sus ojos no fueran más +mortíferos que su revólver, no me vería yo en este lance, ni Miguel, a +estas horas, en el infierno!</p> + +<p>Antonieta, sin dedicar la menor atención a aquellas palabras, hizo un +poderoso esfuerzo y logró permanecer inmóvil, rígida. Después levantó el +arma lentamente y apuntó con calma.</p> + +<p>Esperar allí hubiera sido una locura por parte de Ruperto. Tenía que +lanzarse sobre ella, corriendo el riesgo de recibir un balazo, o +retroceder hacia mí. Por mi parte le apunté también.</p> + +<p>Pero no hizo una cosa ni otra. Antes de que ella hubiera asegurado la +puntería, saludó graciosamente y gritó: «¡No puedo matar a la que he +besado!» y sin que Antonieta o yo pudiéramos impedírselo, apoyó la mano +sobre la barandilla del puente y saltó ligeramente al foso.</p> + +<p>En aquel mismo instante oí pasos precipitados y la voz de Sarto que +decía: «¡Dios eterno, es el Duque! ¡Muerto!» Comprendí entonces que el +Rey no me necesitaba ya, y arrojando al suelo mi revólver corrí hacia el +puente. Oí gritos de sorpresa: «¡El Rey, el Rey!» pero imitando a +Ruperto Henzar salté al foso, espada en mano, resuelto a terminar de una +vez mi contienda con él. A quince varas de distancia, sobre el agua, +veía su rizada cabeza.</p> + +<p>Nadaba rápidamente, y sin esfuerzo, al paso que yo, cansado y resentido +de mi herida, no podría alcanzarle. Nadé algún tiempo en silencio, pero +al verle doblar el ángulo del castillo, le grité:</p> + +<p>—¡Alto, Ruperto!</p> + +<p>Dirigió una mirada atrás, pero siguió nadando. Habíase acercado a la +alta orilla y comprendí que buscaba lugar favorable para tomar tierra. +No lo había, pero me acordé de mi cuerda, que probablemente colgaría +donde yo la había dejado horas antes. Mientras él exploraba el terreno +me le acerqué bastante, pero de pronto le oí lanzar una exclamación de +alegría y comprendí que había descubierto la cuerda.</p> + +<p>Empezó a subir por ella y tan cerca estaba yo que le oí murmurar: «¿Cómo +demonios ha venido esto aquí?» Llegué a la cuerda y él me vio, +suspendido como estaba, pero no pude alcanzarle.</p> + +<p>—¿Quién va?—preguntó sobresaltado.</p> + +<p>Creo que a primera vista me tomó por el Rey y no lo extrañé porque mi +palidez contribuía al engaño; pero muy pronto exclamó:</p> + +<p>—¡Calla, si es el comiquillo! ¿Qué hace usted por aquí?</p> + +<p>Diciendo esto llegó a la orilla. Yo tenía asida la cuerda, pero me +detuve. Ruperto se hallaba en terreno firme, con la espada en la mano y +nada más fácil que hendirme de un tajo la cabeza o atravesarme de una +estocada si me arriesgaba a subir. Solté la cuerda.</p> + +<p>—No importa—dije;—lo esencial es que aquí estoy y aquí me quedo.</p> + +<p>Me miró sonriéndose.</p> + +<p>—El diablo son las mujeres...—empezó a decir, cuándo se oyó la gran +campana del castillo que tocaba a rebato, y fuertes gritos que parecían +salir del foso.</p> + +<p>Ruperto volvió a sonreírse y me hizo un saludo de despedida con la mano.</p> + +<p>—Mucho hubiera deseado habérmelas con usted—dijo,—pero la cosa se +pone fea; y desapareció de mi vista.</p> + +<p>En un instante, sin pensar en el peligro, subí por la cuerda. Le vi a +treinta varas de distancia, corriendo como un gamo en dirección al +bosque. Era la primera vez que Ruperto se mostraba más prudente que +animoso. Corrí tras él, gritándole que se detuviese, pero no me hizo +caso. Ileso y ágil ganaba terreno a cada paso; pero yo, olvidado de +todo, excepto del deseo de vengarme, seguí sus huellas y muy pronto +desaparecimos ambos en el bosque de Zenda.</p> + +<p>Eran las tres de la mañana y empezaba a despuntar el día. Me hallaba en +una avenida larga y recta, cubierta de césped y a cien varas de +distancia corría Ruperto, flotante al viento el rizado cabello. Me +sentía rendido y respiraba fatigosamente; le ví volver el rostro y +saludarme otra vez con la mano. Se burlaba de mí, porque veía que me era +imposible alcanzarle. Tuve que detenerme para respirar y un momento +después Henzar torció rápidamente a la derecha y desapareció.</p> + +<p>Creí que todo había terminado y me dejé caer abatido sobre la hierba. +Pero eché a correr de nuevo en seguida, porque oí salir del bosque el +grito de una mujer. Haciendo un esfuerzo supremo llegué al lugar donde +Ruperto había cambiado de rumbo, e imitándole, volví a verle, en +compañía de una muchacha, a la que obligaba a bajar del caballo que +montaba. Ella era sin duda la que había lanzado aquel grito. Parecía una +campesina y llevaba una cesta pendiente del brazo. Probablemente se +dirigía al mercado de Zenda. El caballo era fuerte y de buena estampa. +El truhán de Ruperto la posó en tierra sin hacer caso de sus gritos, +pero sin violencia; al contrario, la besó riéndose y le dio dinero. +Después montó de un salto, a mujeriegas, y me esperó. Yo me detuve y le +esperé a mi vez.</p> + +<p>Dirigió su caballo hacia mí, pero lo detuvo a corta distancia y alzando +la mano preguntó:</p> + +<p>—¿Qué ha hecho usted en el castillo?</p> + +<p>—He matado a sus tres amigos—respondí.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Bajó usted a la prisión?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Y el Rey?</p> + +<p>—Fue herido por Dechard, a quien di muerte, y espero que el Rey viva.</p> + +<p>—¡Necio!—exclamó Ruperto jovialmente.</p> + +<p>—Otra cosa hice.</p> + +<p>—¿Y fue?</p> + +<p>—Perdonarle a usted la vida. Me hallaba detrás de usted en el puente, +revólver en mano.</p> + +<p>—¡Digo! ¡Pues estuve entre dos fuegos!</p> + +<p>—¡Apéese usted—le grité,—y luche como un hombre!</p> + +<p>—¿En presencia de una dama?—dijo señalando a la muchacha.—¡Qué cosas +tiene Vuestra Majestad!</p> + +<p>Entonces, furioso, sin saber lo que hacía, corrí hacia él. Pareció +vacilar un instante, pero después refrenó el caballo y me esperó. +Continué mi carrera, enloquecido, así las riendas y le dirigí una +estocada, que paró, devolviéndome el golpe. Retrocedí un paso y renové +el ataque, pero aquella vez le abrí la mejilla y salté atrás antes de +que él pudiera alcanzarme. Parecía desconcertado por la violencia de mi +ataque, pues de lo contrario creo que hubiera acabado conmigo. Caí sobre +una rodilla, jadeante, esperando verme atropellado por su caballo. Así +hubiera sucedido indudablemente, pero en aquel instante resonó un grito +a nuestras espaldas y volviéndome vi a un jinete que acababa de dejar la +avenida y galopaba por el sendero, revólver en mano. Era Federico +Tarlein, mi fiel amigo. Ruperto lo reconoció también, y comprendió que +había perdido la partida. Tomó la debida posición en la silla, pero +todavía se detuvo un momento, para decirme con su eterna sonrisa:</p> + +<p>—¡Hasta la vista, Rodolfo Raséndil!</p> + +<p>Después, sangrándole la mejilla, pero apuesto y gallardo siempre, +moviéndose en la silla con la facilidad y maestría de costumbre, me +saludó; se inclinó también hacia la joven campesina, que se había +acercado fascinada; y con un ademán se despidió a su vez de Tarlein, que +habiéndose puesto a tiro levantó el revólver y disparó. La bala estuvo a +punto de acabar con Ruperto, porque le hizo pedazos el puño de la espada +que en la diestra tenía. Soltó el arma, sacudiendo los dedos, golpeó los +costados del caballo con los talones y lanzando una blasfemia, partió al +galope.</p> + +<p>Le miré alejarse de la larga avenida, con tanta soltura como si se +tratase de un paseo a caballo, como si no fuera desangrándose por sus +heridas.</p> + +<p>Todavía se volvió una vez más para saludarnos con la mano, y se ocultó a +nuestra vista, indomable y airoso como siempre, tan valiente como +perverso. Y yo arrojé al suelo mi espada y supliqué a Tarlein que lo +persiguiese. Pero lejos de eso detuvo su caballo, desmontó y corriendo +hacia mí me abrazó estrechamente. A tiempo llegaba, porque la herida que +recibí en la lucha con Dechard había vuelto a abrirse y la sangre corría +abundante, formando roja mancha en el suelo.</p> + +<p>—¡Pues entonces déme usted su caballo!—grité, apartándolo de mí.—Di +algunos pasos hacia el caballo, tambaleándome, y caí de bruces. Tarlein +se arrodilló a mi lado.</p> + +<p>—¡Federico!—dije.</p> + +<p>—Sí, amigo mío, amigo querido—me contestó con la dulzura de una mujer.</p> + +<p>—¿Vive el Rey?</p> + +<p>Sacó su pañuelo, limpió con él mis labios y me besó en la frente.</p> + +<p>—¡Si, vive, gracias al más valiente caballero que he +conocido!—contestó en voz baja.</p> + +<p>La pobre campesina seguía allí, llorosa y sorprendida, porque me había +visto en Zenda y creía que el Rey yacía pálido y ensangrentado a sus +pies.</p> + +<p>Al oir aquellas palabras de Tarlein quise gritar:</p> + +<p>«¡Viva el Rey!» pero no pude, y recliné la cabeza en los brazos de mi +amigo, lanzando un gemido; mas temeroso de que él interpretase mal mi +silencio, volví a abrir los ojos y procuré articular aquellas palabras: +«¡Viva!...» ¡Imposible! Mortalmente cansado, transido de frío, me cobijé +en brazos de Tarlein, cerré los ojos y quedé desvanecido.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XX" id="XX"></a>XX</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">el prisionero y el rey</span></p> + + +<p>Para que se comprenda bien lo ocurrido en el castillo de Zenda, tengo +que completar el relato de lo que yo en persona vi e hice aquella noche +con una breve reseña de lo que más tarde supe por Tarlein y la señora de +Maubán. Esta me explicó por qué el grito que yo le había mandado dar +como señal se había convertido de estratagema en siniestra realidad y +oídose mucho antes de la hora convenida; grito que por un momento +apareció ser la ruina de todas nuestras esperanzas, pero que vino a +favorecerlas en definitiva. La desgraciada mujer, impulsada, según creo, +por verdadero afecto al duque de Estrelsau, no menos que por la +brillante perspectiva ofrecida a su ambición, había seguido al Duque, a +petición de éste, de París a Ruritania. Era Miguel hombre de violentas +pasiones, pero de voluntad más poderosa todavía. Con frío egoísmo lo +tomó todo sin dar cosa alguna en cambio, y Antonieta no tardó en +descubrir que tenía una rival en la princesa Flavia; desesperada, no +reparó en medios para conservar el amor del Duque. Al propio tiempo se +vio mezclada en las audaces maquinaciones de éste. Resuelta a no +abandonarlo, unida a él por los lazos de su impura pasión y por sus +propias esperanzas, no quiso, sin embargo, servirle de pretexto para +llevarme a la muerte. De aquí las cartas que me había escrito +revelándome el peligro. No pretenderé averiguar si las líneas dirigidas +a Flavia las habían dictado el afecto o el odio, la compasión o los +celos: pero nos fueron también de gran servicio. Cuando el Duque fue a +Zenda ella le acompañó; y allí pudo comprender por primera vez la +crueldad de Miguel en toda su extensión y se apiadó su alma del +desgraciado Rey. Desde aquel instante estuvo de nuestra parte. Pero por +lo que ella misma me dijo comprendo que, mujer al fin, seguía queriendo +al Duque y esperaba obtener del Rey la vida de aquél, cuando no su +perdón, en recompensa de sus propios servicios a nuestra causa. No +deseaba el triunfo de Miguel, abominaba su crimen y mucho más el premio +que con él se proponía alcanzar el Duque, la mano de su prima, la +princesa Flavia.</p> + +<p>Otros elementos que figuraron en el drama de Zenda fueron el libertinaje +y la audacia de Ruperto. Quizás se sintió atraído por la belleza de +Antonieta; quizás le bastara saber que ésta pertenecía a otro hombre y +le odiaba a él. Por muchos días habían menudeado los conflictos y las +discusiones entre Miguel y Ruperto, acrecentándose su odio, y la reyerta +que yo presencié entre ellos en la habitación del Duque no fue más que +una de tantas. Cuando revelé a la señora de Maubán las ofertas que me +había hecho Ruperto, no se mostró admirada; ella misma había aconsejado +a Miguel que desconfiase de Ruperto, aun en los momentos en que me +escribía rogándome que la rescatase del poder de ambos. Aquella noche +resolvió Ruperto realizar sus inicuos designios y proporcionándose una +llave de la habitación de Antonieta, la había sorprendido en ella. Sus +gritos atrajeron al Duque, lucharon ambos en la obscuridad, dio Ruperto +un golpe mortal a su señor y al precipitarse los criados en la +habitación, escapó él por la ventana, como dejo referido. Ignorando la +muerte del Duque, había regresado al puente para renovar el combate. No +sé lo que se propondría hacer con los otros tres secuaces de Miguel y +cómplices suyos, pero creo que no había formado plan alguno, porque la +muerte del Duque fue impremeditada por su parte. Sola Antonieta con el +herido, procuró restañar la sangre, pero inútilmente; y habiendo +expirado el Duque poco después, oyó ella las voces de reto de Ruperto y +acudió a castigarlo y vengarse. A mí no me vio hasta que me lancé al +foso, en persecución de nuestro común enemigo.</p> + +<p>En aquel instante entraron mis amigos en escena. Habían llegado al +castillo nuevo a la hora convenida, y esperaron cerca de la puerta, que +no se abrió porque Juan se vio arrastrado con los otros en auxilio del +Duque; es más, deseoso de disipar toda sospecha, se había distinguido +muy especialmente atacando a Ruperto en persona, lo que le había valido +una estocada de éste. Sarto esperó hasta cerca de las dos y media, y +después, en cumplimiento de mis órdenes, había enviado a Tarlein a +buscarme por las cercanías del foso. No hallándome, habían conferenciado +ambos, proponiendo Sarto seguir al pie de la letra mis instrucciones y +regresar a escape a Tarlein; pero el buen Federico se negó rotundamente +a abandonarme, cualesquiera que fuesen las órdenes recibidas. +Discutieron algunos minutos, cedió Sarto, envió un destacamento mandado +por Berstein al palacio de Tarlein en busca del general Estrakenz, y el +resto de la fuerza atacó furiosamente la gran puerta del castillo. +Resistióles ésta unos quince minutos y cayó por fin, en el momento mismo +en que Antonieta disparaba su revólver contra Ruperto. Sarto y ocho de +sus soldados se precipitaron en el castillo; la primera habitación a que +llegaron fue la de Miguel, que yacía tendido en el suelo, atravesado de +una estocada. Entonces lanzó Sarto el grito que yo había oído: «¡El +Duque ha muerto!» y atacó a los servidores de Miguel, que aterrorizados +se rindieron a discreción. Antonieta se arrojó sollozando a los pies de +Sarto, a quien sólo pudo decir que me había visto lanzarme al agua desde +el otro extremo del puente.</p> + +<p>—¿Y el prisionero?—le preguntó el coronel.</p> + +<p>Pero ella se limitó a mover negativamente la cabeza, y Sarto, Federico y +sus acompañantes cruzaron en silencio el puente, hasta tropezar con el +cadáver de De Gautet.</p> + +<p>Escucharon ávidamente, pero ningún rumor llegó hasta ellos desde las +celdas, lo que les hizo temer que el Rey había sido asesinado por sus +guardianes y su cuerpo arrojado al foso, escapando aquéllos a su vez por +la «Escala de Jacob.» Sin embargo, el hecho de haber sido visto ya cerca +de allí les infundía alguna esperanza (así me lo dijo el buen Tarlein); +por lo que volviendo a la habitación de Miguel, en la que estaba orando +Antonieta, hallaron un manojo de llaves y entre ellas la de la puerta +de la prisión que yo había cerrado tras mí al salir. Abrieron; la +escalera estaba a obscuras y al principio no quisieron encender una +antorcha, temiendo servir de blanco a sus enemigos. Pero no tardó en +exclamar Federico: «¡La puerta está abierta! ¡Y hay luz en la celda!» +Bajaron resueltamente y en la primera celda sólo hallaron el cadáver de +Bersonín, lo que les impulsó a dar gracias a Dios, exclamando Sarto: +«¡No hay duda! ¡Raséndil ha pasado por aquí!»</p> + +<p>Precipitándose después en la inmediata estancia, vieron el cuerpo +exánime de Dechard sobre el del médico y a pocos pasos el del Rey, +tendido de espaldas, junto a su derribada silla. «¡Muerto!» exclamó +Tarlein; y Sarto los hizo salir a todos, excepto Tarlein, y +arrodillándose junto al Rey no tardó en descubrir que vivía y que con +solícitos cuidados su salvación era segura. Le cubrieron el rostro, lo +transportaron a la habitación de Miguel, en cuyo lecho lo pusieron y +Antonieta suspendió sus preces para bañar la ensangrentada frente del +Rey y vendar sus heridas, en tanto llegaba un médico. Y Sarto, +convencido más que nunca de mi reciente presencia allí y habiendo oído +el relato de Antonieta, envió a Tarlein en mi busca, por foso y bosque. +Federico halló primero mi caballo, tembló por mi suerte y me descubrió +al fin, guiado por el grito con que yo había retado a Ruperto. Su gozo +fue tan intenso como si de su propio hermano se tratara, y en su cariño +y ansiedad por mí, desdeñó cosa tan importante como la muerte de Ruperto +Henzar. Sin embargo, yo hubiera sentido no haberlo castigado por mi +propia mano.</p> + +<p>Una vez realizado tan felizmente el rescate del Rey, le tocaba a Sarto +ocultar a todos el cautiverio de éste. Antonieta de Maubán y Juan el +guardabosque (bastante malparado este último por el momento para andar +en chismes) habían jurado guardar secreto; y Tarlein se había adelantado +en busca, no del Rey, sino del ignorado amigo del monarca que se había +aparecido por un momento en el puente, ante los sorprendidos servidores +del Duque. Se había verificado la sustitución, y el Rey, herido +gravemente, según a todos se dijo, por los carceleros que tenían cautivo +a uno de sus fieles amigos, había vencido por fin y se hallaba en la +habitación de Miguel el Negro. Allí lo habían conducido, cubierto el +rostro, desde su prisión subterránea y allí se había dado orden de +llevarme sigilosamente tan luego me encontrasen. También se despachó un +mensajero al palacio de Tarlein, con encargo de anunciar al general +Estrakenz y a la Princesa, que el Rey se hallaba en salvo y deseaba +conferenciar con el General sin pérdida de momento. Cuanto a Flavia, +debía permanecer en Tarlein hasta que el Rey le enviase nuevas +instrucciones. Así había preparado Sarto las cosas mientras se reponía +un tanto el Rey, después de haber escapado casi por milagro de las +asechanzas de su inicuo hermano.</p> + +<p>El ingenioso plan del astuto coronel prosperó sin tropiezo, hasta +encontrar un obstáculo que a menudo trastorna los proyectos mejor +combinados: la voluntad o el capricho de una mujer. En este caso, +cualesquiera que fuesen las órdenes del Rey, las instrucciones de Sarto +y los consejos del General, Flavia se negó a permanecer en Tarlein +mientras su amado se hallaba herido en Zenda, y el carruaje de la +Princesa siguió de cerca al General y su escolta cuando éste se puso en +camino del castillo. Así pasaron por el pueblo, donde se decía ya que +habiéndose dirigido el Rey al castillo la noche anterior, para +reconvenir amistosamente a su hermano por el trato dado a uno de los +amigos del Rey prisionero en la fortaleza, se había visto atacado a +traición; que tras una lucha desesperada habían perecido el Duque y +varios caballeros suyos, y que el Rey, aunque herido, había logrado +apoderarse del castillo. Todos estos rumores causaron, como se +comprenderá, profunda sensación; empezó a funcionar el telégrafo, pero +cuando las noticias llegaron a la capital, ya se había recibido allí la +orden de poner tropas sobre las armas, e impedir toda manifestación +hostil en los barrios donde predominaban los partidarios del Duque.</p> + +<p>Subía el carruaje de la princesa Flavia el pendiente camino del +castillo, con el General cabalgando al estribo y rogándole todavía que +volviese a Tarlein, a tiempo que Federico y el supuesto prisionero de +Zenda llegaban al lindero del bosque. Al recobrar el sentido me puse en +marcha, apoyado en el brazo de Federico, y próximos ya a salir del +bosque vi a la Princesa. Una mirada de mi amigo me hizo comprender +repentinamente que no debía verme ni hablar otra vez con Flavia y caí de +rodillas tras unos arbustos. Pero habíamos olvidado a la joven +campesina, que nos había seguido y no estaba dispuesta a perder aquella +ocasión de congraciarse con la Princesa y de ganar unas monedas de oro; +así fue que apenas nos ocultamos, salió corriendo al camino y saludando, +exclamó:</p> + +<p>—¡Señora, el Rey está allí, detrás de aquellas matas! ¿Quiere Vuestra +Alteza que la guíe hasta él?</p> + +<p>—¿Qué tontería es esa, muchacha?—dijo el General.—El Rey está en el +castillo, herido.</p> + +<p>—A que no. Herido sí, pero está allí, con el conde Federico, y no en el +castillo—insistió la moza.</p> + +<p>—¿Está en dos lugares a la vez, o es que hay dos Reyes?—preguntó +Flavia sorprendida.—¿Cómo sabes que está allí?</p> + +<p>—Lo vi persiguiendo a un caballero, señora, y pelearon hasta que llegó +el conde Federico; el otro me quitó el caballo de mi padre y se escapó, +pero el Rey está allí con el Conde. ¡Cómo, señora! ¿Hay acaso otro +hombre como el Rey en Ruritania?</p> + +<p>—No, hija mía—contestó Flavia dulcemente, (me lo dijeron después); y +se sonrió y dio dinero a la muchacha.—Voy yo misma a ver a ese +caballero—dijo haciendo ademán de bajar del coche.</p> + +<p>Pero en aquel momento llegó Sarto al galope, procedente del castillo, y +al ver a la Princesa resolvió sacar el mejor partido posible de las +circunstancias y comenzó por decirle que el Rey estaba perfectamente +atendido y fuera de peligro.</p> + +<p>—¿En el castillo?—preguntó Flavia.</p> + +<p>—¿Pues dónde había de estar, señora?—repuso el coronel inclinándose.</p> + +<p>—Es que esta muchacha dice que ha visto al Rey allí, con el conde +Federico.</p> + +<p>Sarto miró a la moza sonríendose y con expresión de incredulidad.</p> + +<p>—Estas chicas en cuanto ven un apuesto caballero, se creen que es el +Rey—dijo.</p> + +<p>—Pues entonces, el que yo digo y el Rey se parecen como si fueran +hermanos—replicó la campesina, algo vacilante pero insistiendo todavía +en su tema.</p> + +<p>Sarto miró en torno. En el rostro del General se adivinaba muda +interrogación. Los ojos de Flavia no eran menos elocuentes. La sospecha +cunde con facilidad portentosa.</p> + +<p>—Voy a ver quién es ese hombre—dijo Sarto.</p> + +<p>—No, iré yo misma—exclamó la Princesa.</p> + +<p>—Pues en tal caso, venga Vuestra Alteza sola—murmuró Sarto.</p> + +<p>Y ella, obedeciendo a aquella extraña indicación y notando también la +súplica que se veía en el rostro del veterano, rogó al General y su +séquito que esperasen allí; dijo Sarto a la muchacha que se apartase a +distancia, y él y Flavia se dirigieron a pie hacia donde estábamos. +Cuando los vi acercarse, me senté, agobiado, en el suelo y oculté la +cara entre las manos. No podía mirarla. Federico se arrodilló a mi lado, +puesta la mano en mi hombro.</p> + +<p>—Hable Vuestra Alteza en voz baja—dijo Sarto al llegar con la Princesa +a nuestro lado; y después oí un grito ahogado, que parecía expresar +alegría y temor a la vez, y su voz que decía:</p> + +<p>—¡Es él! ¿Estás herido, sufres?</p> + +<p>Corrió a mi lado y con suave esfuerzo apartó mis manos, pero yo seguí +con los ojos fijos en tierra.</p> + +<p>—¡Es el Rey!—exclamó.—¿Quiere usted decirme, coronel Sarto, qué +significa la broma de que hace poco pretendía usted hacerme objeto?</p> + +<p>Nadie contestó; los tres seguimos silenciosos ante ella. Prescindiendo +de testigos, me abrazó y me dio un beso. Entonces dijo Sarto, con voz +ronca y baja:</p> + +<p>—No es el Rey. No lo acaricie Vuestra Alteza; no es el Rey.</p> + +<p>—Pero, ¿acaso no conozco yo a mi amado? ¡Rodolfo, amor mío!</p> + +<p>-No es el Rey—repitió Sarto; y el acongojado Tarlein no pudo reprimir +un sollozo.</p> + +<p>Entonces, al oir aquel sollozo, comprendió Flavia que había en todo +aquello algo más que una chanza o una equivocación.</p> + +<p>—¡Sí, es el Rey!—exclamó.—Es su cara; su anillo, el mío. ¡Oh, sí, es +mi amor!</p> + +<p>—Vuestro amor, señora, sí—dijo Sarto.—Pero el Rey está allí, en el +castillo. Este caballero...</p> + +<p>—¡Mírame, Rodolfo! ¡Mírame!—gritó, oprimiendo mi rostro entre sus +manos.—¿Por qué permites que me atormenten así? ¡Dime, qué significa +esto!</p> + +<p>Entonces hablé, fijos mis ojos en los suyos.</p> + +<p>—¡Dios me perdone, señora!—dije.—No soy el Rey.</p> + +<p>Sentí en mis mejillas el temblor convulsivo de sus manos. Miró fijamente +mi cara, escudriñándola, como no ha sido mirada jamás la cara de un +hombre. Y yo, mudo otra vez, vi nacer y agrandarse en sus ojos el +asombro, la duda, el terror. Disminuyó gradualmente la presión de sus +manos; miró a Sarto, a Federico y volvió a clavar los ojos en mí; +después, repentinamente, vaciló, cayó hacia adelante en mis brazos, y +yo, con un grito de dolor, la estreché sobre mi pecho y besé sus labios. +Sarto me tocó el brazo. Le miré, deposité suavemente el cuerpo de Flavia +sobre la hierba, y de pie a su lado, contemplándola, maldije al Cielo +por haberme salvado de la espada de Ruperto para hacerme sufrir aquel +dolor tan intenso, tan atroz.</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">¡hay algo más que amor!</span></p> + + +<p>Había cerrado la noche y me hallaba en la celda que acababa de ser +prisión del Rey en el castillo de Zenda. Había desaparecido el tubo +apodado «Escala de Jacob» por Ruperto Henzar, y en la obscuridad +brillaban las luces de una habitación situada al otro lado del foso. +Reinaba profundo silencio, en contraste con el fragor de la reciente +lucha. Yo había pasado el día en el bosque, con Federico, después de +separarme de la Princesa, a quien dejamos en compañía de Sarto. +Protegido por la obscuridad, me habían conducido al castillo e instalado +en la celda. Nada me importaba el recuerdo de que un poco antes habían +muerto allí tres hombres, dos de ellos por mi mano. Me había arrojado +sobre un colchón inmediato a la ventana y contemplaba las negras aguas +del foso. Juan, pálido todavía a consecuencia de su herida, me había +servido la cena. Me dijo que el Rey iba reponiéndose, que había visto a +la Princesa y conferenciado largamente con Sarto y Tarlein. El General +había regresado a Estrelsau, Miguel el Negro yacía en su ataúd y junto a +él velaba Antonieta de Maubán. Desde mi retiro había oído el fúnebre +canto y las preces de los religiosos.</p> + +<p>Fuera circulaban extraños rumores. Decían unos que el prisionero de +Zenda había muerto; otros que había desaparecido pero estaba vivo; +aseguraban algunos que era un buen amigo del Rey a quien había prestado +valioso servicio en Inglaterra, en cierta aventura; y no faltaba quien +sabía que, habiendo descubierto las tramas del Duque, se había éste +apoderado de él y arrojádolo en una mazmorra. Pero los más avisados +prescindían de suposiciones y comentarios, limitándose a decir que sólo +se sabría la verdad cuando el coronel Sarto tuviese a bien revelarla.</p> + +<p>Así charló Juan hasta que lo despedí, y me quedé solo, pensando no en lo +porvenir, sino, como sucede a menudo después de las grandes crisis, en +los sucesos de aquellas últimas semanas, pasándoles mental revista con +verdadero asombro. Allá en lo alto se oía, interrumpiendo el silencio de +la noche, el ruido producido por las banderas del castillo flotando al +viento o golpeando sus astas. En una de éstas, ondeaba el estandarte del +Duque y sobre él la real insignia, el pabellón de Ruritania. Y nos +acostumbramos tan pronto a todo, que me costó algún esfuerzo convencerme +de que ya no ondeaba, como hasta entonces, en honor mío.</p> + +<p>No tardó en presentarse Federico de Tarlein. Me dijo brevemente que el +Rey deseaba verme, y juntos cruzamos el puente levadizo y entramos en la +que había sido cámara del duque Miguel.</p> + +<p>El Rey yacía en el lecho, tendido por el médico que nosotros habíamos +llevado a Tarlein y que se apresuró a decirme en voz baja que abreviase +mi visita. El Rey me tendió la mano y estrechó la mía. Federico y el +médico se apartaron, dirigiéndose a una de las entreabiertas ventanas.</p> + +<p>Retiré el anillo del Rey que tenía en mi dedo y lo puse en el suyo.</p> + +<p>—He procurado llevarlo con honra, señor—le dije.</p> + +<p>—No puedo hablar mucho—repuso con voz débil.—He tenido una viva +discusión con Sarto y el General, quienes me lo han dicho todo. Yo +quería llevarlo a usted a Estrelsau, tenerlo allí a mi lado y decir a +todos lo que ha hecho; quería que usted fuese mi mejor y más querido +amigo, primo Rodolfo. Pero me dicen que no debo hacerlo y que se ha de +guardar el secreto... si tal cosa es posible.</p> + +<p>—Tienen razón, señor. Permítame partir Vuestra Majestad. Mi misión aquí +ha terminado.</p> + +<p>—Sí, y la ha cumplido usted como ningún otro hombre hubiera podido +hacerlo. Cuando vuelvan a verme habré dejado crecer mi barba, sin contar +que estaré desfigurado por mi enfermedad. Nadie se sorprenderá de que el +Rey parezca tan cambiado. Pero fuera de eso, procuraré que no noten en +mí ningún otro cambio. Usted me ha enseñado a ser Rey.</p> + +<p>—Señor—dije,—no merezco ni puedo aceptar los elogios de Vuestra +Majestad. Sólo a la bondad del Cielo debo el no ser hoy un traidor mayor +aún que el mismo Duque.</p> + +<p>Me miró con alguna extrañeza, pero no es de enfermos graves descifrar +enigmas y renunció a interrogarme. Su mirada se fijó en la sortija de +Flavia que yo llevaba puesta. Creí que iba a hablarme de ello, pero +después de tocar distraídamente el anillo algunos instantes, dejó caer +la cabeza sobre la almohada.</p> + +<p>—No sé cuándo volveré a verle—dijo con voz apenas perceptible.</p> + +<p>—Tan luego vuelva a necesitarme Vuestra Majestad—contesté.</p> + +<p>Cerró los ojos. Tarlein y el médico se acercaron. Besé la mano del Rey y +salí con Tarlein. No he vuelto a ver al joven soberano.</p> + +<p>Ya fuera de la habitación, noté que Federico, en lugar de dirigirse a la +derecha y al puente levadizo, torció a la izquierda y sin decir palabra +me hizo subir una escalera y nos hallamos en un amplio corredor del +castillo.</p> + +<p>—¿Adónde vamos?—pregunté.</p> + +<p>—Ella ha enviado a llamarle—respondió Tarlein sin mirarme.—Cuando +haya terminado esta entrevista, vuelva usted al puente. Allí lo +esperaré.</p> + +<p>—¿Qué desea?—dije respirando agitadamente.</p> + +<p>Me indicó con un ademán que no podía contestar a mi pregunta.</p> + +<p>—¿Lo sabe todo?</p> + +<p>—Sí, todo.</p> + +<p>Abrió una puerta, me hizo entrar impulsándome suavemente y cerró tras +mí. Me hallé en una sala pequeña y lujosamente amueblada. Al principio +creí hallarme solo, porque las dos velas encendidas sobre una mesa +tenían pantallas y despedían escasa luz. Pero casi en seguida vi a una +mujer, en pie, cerca de la ventana. Me dirigí a ella, doblé una rodilla +y tomándole una mano la llevé a mis labios. No habló ni se movió. Me +levanté y, a pesar de la indecisa luz, noté la palidez de sus mejillas, +vi la aureola que le formaban sus hermosos cabellos y sin darme cuenta +de ello pronuncié dulcemente su nombre:</p> + +<p>—¡Flavia!</p> + +<p>Se estremeció ligeramente y miró en torno.</p> + +<p>Después se lanzó hacia mí y asiéndome el brazo dijo:</p> + +<p>—¡No estés en pie! ¡No, siéntate! Estás herido. ¡Aquí, siéntate aquí!</p> + +<p>Me hizo sentar en el sofá y apoyó la mano en mi frente.</p> + +<p>—¡Cómo te arde la frente!—dijo cayendo de rodillas a mi lado.</p> + +<p>Reclinó la cabeza sobre mi pecho y la oí murmurar:</p> + +<p>—¡Pobre amor mío! ¡Cómo te arde la frente!</p> + +<p>Por mi parte había ido allí con el propósito de humillarme, de implorar +su perdón; pero lejos de eso, lo único que dije fue:</p> + +<p>—¡Te amo, Flavia, con todas mis fuerzas, con toda mi alma!</p> + +<p>Porque el amor nos permite leer en el corazón del ser amado, porque lo +que la turbaba y la hacía sentirse avergonzada, no era su amor por mí, +sino el temor de que así como yo había sido fingido Rey, hubiera +representado también el papel de amante y recibido sus besos burlándome +interiormente de ella.</p> + +<p>—¡Con todas mis fuerzas, con toda mi alma!—repetí, y su rostro oprimió +más fuertemente mi pecho.—¡Siempre, desde el primer instante en que te +vi, allá en la catedral! Para mí no ha existido desde entonces más que +una mujer en el mundo y jamás existirá otra. ¡Pero Dios me perdone el +engaño de que te he hecho víctima!</p> + +<p>—¡Te obligaron a ello!—dijo prontamente; y luego, alzando la frente y +fijos sus ojos en los míos, añadió:</p> + +<p>—Quizás hubiera sucedido lo mismo aun revelándome la verdad. ¡Porque mi +amor eras siempre tú, no el Rey!</p> + +<p>Y levantándose, me dio un beso.</p> + +<p>—Me proponía confesártelo todo—dije.—Iba a hacerlo la noche del +baile, en Estrelsau, pero Sarto me interrumpió. Después... no pude, no +me atreví a correr el riesgo de perderte antes... ¡antes de que llegase +el momento en que por fuerza había de perderte! Adorada mía, ¿sabes que +por ti pensé dejar al Rey abandonado a su suerte?</p> + +<p>—¡Lo sé, lo sé! Y ahora...¿qué vamos a hacer ahora, Rodolfo?</p> + +<p>La atraje hacia mí, y abrazándola la dije:</p> + +<p>—Voy a partir esta noche!</p> + +<p>—¡Ah, no, no!—exclamó.—¡No esta noche!</p> + +<p>—Tengo que irme, antes de que me vean otros. ¿Y cómo quieres que me +quede, alma mía, a no ser?...</p> + +<p>—¡Si pudiera partir contigo!—murmuró.</p> + +<p>—¡En nombre del Cielo!—exclamé bruscamente.—¡No digas eso!</p> + +<p>—¿Por qué no? Te amo. ¡Eres tan caballero tan noble como el Rey!</p> + +<p>Entonces falté a todos mis principios, hice traición a cuanto debía +respetar. La tomé en mis brazos y le supliqué con palabras que no puedo +reproducir aquí, que me siguiera, que desafiase al mundo entero a +arrancarla de mis brazos. Y por algún tiempo me escuchó, sorprendida y +dominada. Pero cuando me miró empecé a avergonzarme de mi conducta, me +faltó la voz, balbuceé algunas palabras y por fin guardé silencio.</p> + +<p>Flavia se apartó de mí, buscando apoyo en la pared, y yo quedé humillado +y tembloroso, sabiendo lo que había hecho, despreciándome a mí mismo, +pero también resuelto a no desdecirme. Así permanecimos largo tiempo.</p> + +<p>—¡Estoy loco!—dije tristemente.</p> + +<p>—Aun loco te adoro, amor mío—contestó.</p> + +<p>Tenía inclinado el rostro, pero vi el brillo de las lágrimas que +surcaban sus mejillas. Tuve que buscar apoyo en el respaldo del sofá.</p> + +<p>—¡Hay algo más que amor!—dijo en voz baja, con dulcísimo acento.—Si +el amor lo fuese todo, yo podría seguirte hasta el fin del mundo, aunque +tuviese que vestir harapos, porque mi corazón te pertenece. Pero ¿no +existe algo más que el amor?</p> + +<p>No contesté. Ahora me avergüenzo de no haber asentido, de no haber +facilitado sus esfuerzos con mis palabras.</p> + +<p>Se me acercó y me puso la mano sobre el hombro, mano que torné y oprimí +entre las mías.</p> + +<p>—Bien sé—continuó,—que se habla y se escribe como si el amor lo fuese +todo. Quizás lo sea para algunos. Pero si lo fuera también para ti, +Rodolfo, hubieras dejado morir al Rey en su prisión.</p> + +<p>Llevé su mano a mis labios.</p> + +<p>—¿Y la honra de la mujer, Rodolfo? ¿Ella me manda ser fiel a mi patria +y a mi cuna? ¡No sé por qué Dios me ha hecho amarte; pero también sé que +me ordena quedarme!</p> + +<p>Seguí guardando silencio y ella continuó tras una pausa:</p> + +<p>—Llevaré siempre tu anillo en mi dedo; tu corazón estará eternamente +junto al mío, tu beso en mis labios. Pero debes partir y yo debo +quedarme. Y quizás deba yo también hacer algo más, algo cuya sola idea +es ahora para mí peor que la muerte...</p> + +<p>Comprendí lo que quería decir y temblé. Pero no quise mostrarme menos +animoso que ella. Me levanté y tomé su mano.</p> + +<p>—Haz lo que quieras o lo que debas—dije.—Creo que a seres como tú, +Dios mismo les indica el camino que han de seguir. Mi carga es más +ligera que la tuya, porque yo también llevaré siempre tu anillo, y tu +corazón estará eternamente junto al mío; pero jamás habrá en mis labios +otro beso que el tuyo. ¡Dios te dé fuerza y consuelo, alma mía!</p> + +<p>Llegó a nuestros oídos un canto solemne. Eran las preces que elevaban +los sacerdotes en la capilla por las almas de los muertos. Aquel canto +fúnebre resonaba como un adiós tristísimo a nuestra pasada dicha, como +una súplica en nombre de nuestro eterno amor. Con sus manos entre las +mías, escuchamos las dulces y melancólicas notas.</p> + +<p>—¡Mi Reina y mi Cielo!—dije.</p> + +<p>—¡Mi amante y leal caballero!—respondió Flavia.—Quizá no volvamos a +vernos. ¡Un beso y parte!</p> + +<p>Le di un beso, pero se abrazó a mí, murmurando mi nombre una y cien +veces. Por fin me separé de ella.</p> + +<p>Dirigí mis rápidos pasos al puente, donde me esperaban Sarto y Federico. +A indicación suya, cambié de traje, y ocultando el rostro como lo había +hecho antes varias veces, montamos a caballo a la puerta del castillo y +cabalgamos todo el resto de la noche. Al amanecer nos hallamos en una +pequeña estación inmediata a la frontera. Faltaba algún tiempo para la +llegada del tren y nos dirigimos por una pradera al cercano arroyuelo. +Me prometieron enviarme noticias y me colmaron de atenciones y elogios; +aun el viejo Sarto estaba afectado y Tarlein profundamente conmovido. +Escuché como en sueños cuanto decían, pero aquella dulce voz «¡Rodolfo! +¡Rodolfo! ¡Rodolfo!» resonaba todavía en mis oídos, como un grito de +amor y desesperación. Comprendieron por fin que mi pensamiento estaba +lejos de allí y nos paseamos en silencio, hasta que Federico tocó mi +brazo y vi a gran distancia el azulado humo de la locomotora. Entonces +les tendí las manos.</p> + +<p>—Hoy nos conducimos como niños—dije;—pero en días recientes nos hemos +portado como hombres ¿verdad, Sarto, Federico, amigos míos?</p> + +<p>—Hemos vencido a los traidores e instalado al Rey sólidamente en su +trono—repuso Sarto.</p> + +<p>De repente Tarlein, antes de que yo pudiese adivinar su propósito, se +descubrió, se inclinó como solía hacerlo y me besó la mano, que retiré +vivamente.</p> + +<p>—¡No siempre—dijo,—hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar la +corona!</p> + +<p>El rostro de Sarto se contrajo al estrechar mi mano.</p> + +<p>—El diablo se mezcla en muchas cosas y las echa a perder—dijo.</p> + +<p>Las personas que estaban en la estación, miraban con insistencia al +desconocido de alta estatura y encubiertas facciones, pero no hicimos el +menor caso de su curiosidad. Volvimos a estrecharnos las manos en +silencio, y aquella vez ambos—cosa extraña por parte de Sarto,—se +descubrieron y permanecieron descubiertos hasta que desapareció a su +vista el tren que me conducía. Todos creyeron que algún alto personaje, +deseoso de guardar el incógnito, había tomado el tren en aquella +insignificante estación; cuando en realidad no era otro que Rodolfo +Raséndil, caballero inglés, segundón de buena casa; pero, en fin, hombre +de no gran fortuna, posición ni rango. Profundo hubiera sido el +desencanto de muchos al saberlo, pero no tanto como su curiosidad y su +sorpresa de haberlo sabido todo. Porque, cualesquiera que fuese mi +condición presente, había sido Rey por tres meses; prueba a la que se +han visto sometidos muy pocos hombres. Y sin duda, hubiera yo dedicado +mayor atención a este tema, si no la hubiese embargado casi por completo +aquella voz que parecía salir de las torres de Zenda, visibles todavía +en lontananza; aquel grito de amor de una mujer, que llegaba a mis +oídos, que penetraba hasta mi corazón y que decía: «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! +¡Rodolfo!»</p> + +<p>¡Todavía me parecía oirlo!</p> + + + +<h2 class="top15"><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">presente, pasado ¿y futuro?</span></p> + + +<p>Los detalles de mi regreso al hogar, son poco interesantes. Fui +directamente al Tirol, donde pasé quince días en la mayor quietud y +buena parte de ellos en cama, con fuerte fiebre; fui también víctima de +una reacción nerviosa, que me dejó débil como un niño. Tan luego me +hospedé, escribí a mi hermano, anunciándole mi próximo regreso; lo cual +bastaba para poner término a las investigaciones que se hacían para +averiguar mi paradero, y que probablemente traerían ocupado todavía al +jefe de policía de Estrelsau. Dejé crecer de nuevo bigote y perilla, y +ambos eran ya de respetable dimensión cuando bajé del tren en París y me +presenté en casa de mi amigo Jorge Federly. Mi entrevista con él fue +notable, principalmente por el número de falsedades tan involuntarias +como inevitables que le dije; y me burlé cruelmente de él cuando me +confesó que me había sospechado de haber ido a Estrelsau en seguimiento +de Antonieta de Maubán. Supe que ésta se hallaba de regreso en París, +pero vivía muy retiradamente; cosa que los murmuradores explicaban con +la mayor facilidad. ¿Acaso no eran conocidas de todos la traición y la +muerte del duque Miguel? Sin embargo, Jorge aconsejó a nuestro común +amigo Beltrán que no perdiese toda esperanza, porque, como él decía con +la mayor frescura, «un poeta vivo vale más que un Duque muerto.» Después +preguntó, dirigiéndose a mí:</p> + +<p>—¿Qué le ha pasado a tu bigote?</p> + +<p>—La verdad es—dije con mucho misterio,—que las circunstancias obligan +a veces a un hombre a modificar su aspecto todo lo posible y... Pero va +creciendo que es un gusto.</p> + +<p>—¡Hola!—exclamó Jorge.—Luego no andaba yo tan descaminado, y si no ha +sido la hermosa Antonieta, se tratará de otra sirena.</p> + +<p>—Siempre hay por medio alguna sirena, Jorge—dije sentenciosamente.</p> + +<p>Pero Jorge no se contentó hasta que me hubo arrancado (con gran elogio +de su propia destreza) los pormenores de una aventura amorosa con sus +puntas y ribetes de escándalo, que me había detenido todo aquel tiempo +en las tranquilas regiones del Tirol. En cambio de mis revelaciones, me +favoreció Jorge con lo que él llamaba «detalles ocultos» (conocidos sólo +de los diplomáticos), sobre la verdadera marcha de los sucesos en +Ruritania, las tramas y conspiraciones de aquel país. En su opinión, +podía decirse a favor de Miguel el Negro mucho más de lo que el público +sospechaba y también me indicó sus bien fundadas sospechas de que el +misterioso prisionero de Zenda, a quien los periódicos habían dedicado +no pocos sueltos, no era un hombre (y aquí tuve que hacer un esfuerzo +para no reírme), sino una mujer disfrazada de hombre; y que la verdadera +causa de las discordias entre el Rey y su hermano, era el favor de +aquella dama, que ambos se disputaban.</p> + +<p>—Quizás fuese la mismísima señora de Maubán—sugerí.</p> + +<p>—¡No!—exclamó Jorge resueltamente.—La señora de Maubán estaba celosa +de ella y para vengarse del Duque lo denunció al Rey. Y en confirmación +de lo que digo, añadiré que la princesa Flavia se muestra ahora muy +indiferente para con el Rey, después de haber estado con él lo más +afectuosa y amante.</p> + +<p>Llegados aquí, cambié de conversación y me libré de los informes +«inspirados» de Jorge. Si los diplomáticos no han obtenido datos más +exactos que los de mi amigo, bien puedo decir que, por lo menos en esta +ocasión, no ganaron su sueldo.</p> + +<p>Durante mi permanencia en París escribí a la señora de Maubán, pero no +me atreví a visitarla. Y en contestación recibí una carta muy sentida, +en la que me decía que la generosidad del Rey y su gratitud hacia mí la +obligaban a guardar el más profundo secreto. También manifestaba el +propósito de retirarse por completo de la sociedad e ir a residir en el +campo. No sé si realizó este propósito, pero es muy probable, porque no +he vuelto a verla ni oído hablar de ella. Es innegable que amaba al +duque de Estrelsau; y su conducta al morir éste, demostró que ni aun +conociendo el verdadero carácter de aquel hombre había cesado su +estimación por él.</p> + +<p>Me quedaba por librar una última batalla, en la que tenía la seguridad +de salir completamente derrotado. ¿No regresaba del Tirol sin haber +hecho el menor estudio de sus habitantes, instituciones, topografía, +fauna ni flora? Había malgastado mi tiempo de la manera usual, +frívolamente, como diría mi cuñada; y contra veredicto basado en tales +pruebas, no me quedaba defensa posible. Puede imaginarse el lector la +cara con que me presentaría en nuestra casa de Londres, pero, en suma, +no tuve tan mal recibimiento como esperaba. No había hecho lo que Rosa +deseaba, es verdad, pero sí lo que ella había profetizado; no había +tomado notas, hecho observaciones ni recogido materiales de ninguna +clase. En cambio mi hermano había tenido la debilidad de creer y +asegurar todo lo contrario.</p> + +<p>Al regresar yo con las manos vacías, fue tal el afán de Rosa para +demostrar a mi hermano su error, que se olvidó de reñirme, dedicando +casi todas sus quejas al silencio que yo había guardado en mi ausencia, +no dándoles la menor noticia de mi paradero.</p> + +<p>—Hemos malgastado un tiempo precioso buscándote—dijo.</p> + +<p>—Ya lo sé—respondí.—La mitad de nuestros embajadores han perdido el +sueño por culpa mía. Jorge Federly me lo ha dicho. Pero ¿a qué viene +tanta ansiedad? Como si yo no me bastara...</p> + +<p>—¡Oh, no es eso!—exclamó desdeñosamente.—Lo único que yo quería era +darte noticias de sir Jacobo Borrodale. Ya sabes que ha conseguido una +embajada, de la que tomará posesión dentro de un mes, y nos ha escrito +diciendo que espera llevarte consigo.</p> + +<p>—¿Adónde va?</p> + +<p>—Lo han nombrado para suceder a lord Tofán en Estrelsau. No podías +desear mejor destino fuera de París.</p> + +<p>—¡Estrelsau! ¡Tate!—dije mirando a mi hermano de reojo.</p> + +<p>—¡Oh! ¡<i>Eso</i> no importa!—continuó Rosa impaciente.—Conque ¿vas o no?</p> + +<p>—No, creo que no.</p> + +<p>—¡Eres capaz de desesperar a un santo!</p> + +<p>—No creo deber ir a Estrelsau, querida Rosa. ¿Te parece que sería... +conveniente?</p> + +<p>—¡Bah! ¿Quién se acuerda ya de esas vetustas historias?</p> + +<p>Por toda respuesta saqué del bolsillo un retrato del rey de Ruritania. +Había sido hecho un mes antes de subir al trono y llevaba toda la barba. +Lo puse en manos de Rosa y le pregunté:</p> + +<p>—Por si no has visto el retrato de Rodolfo V, ahí lo tienes. ¿Crees +todavía que nadie se acordará de aquella vieja historia si me presento +en la Corte de Ruritania?</p> + +<p>Mi cuñada miró el retrato y después a mí.</p> + +<p>—¡Cielo santo!—exclamó arrojando la fotografía sobre la mesa.</p> + +<p>—¿Y tú qué dices, Roberto?—pregunté.</p> + +<p>Mi hermano se dirigió a un velador, y empezó a rebuscar en un montón de +periódicos, hasta dar con un número de La Ilustración. Abriéndolo, nos +señaló un grabado de doble página que representaba la coronación de +Rodolfo V en Estrelsau. Puso la fotografía junto al grabado y yo me +senté frente a ellos; al lado opuesto de la mesa, contemplándolos. +Recordé a Sarto, al general Estrakenz, al cardenal con su ropaje +púrpura; vi luego el rostro de Miguel el Negro y por último la esbelta +figura de la Princesa. Permanecí largo tiempo absorto en mis recuerdos, +hasta que mi hermano me puso la mano sobre el hombro, mirándome +fijamente.</p> + +<p>—La semejanza, como ves, es grande—le dije.—Creo que no debo de ir a +Ruritania.</p> + +<p>Rosa, aunque medio convencida, rehusó rendirse.</p> + +<p>—No es más que una excusa—dijo.—Lo que hay es que no quieres tornarte +el menor trabajo. ¡Cuando pienso que podrías llegar a ser Embajador!</p> + +<p>—Pero es que no quiero ser Embajador.</p> + +<p>—No te apures, que no llegarás a tanto.</p> + +<p>¡Yo que había sido Rey!</p> + +<p>Mi linda Rosa nos dejó, muy enojada; y mi hermano, encendiendo un +cigarrillo, volvió a mirarme con la mayor curiosidad y fijeza.</p> + +<p>—La persona representada en ese grabado...—comenzó a decir.</p> + +<p>—¿Y qué?—le interrumpí.—Lo que prueba es que el rey de Ruritania y tu +modesto hermano se parecen como dos gotas de agua.</p> + +<p>Roberto movió la cabeza negativamente.</p> + +<p>—Sí; lo supongo—dijo.—Pero lo que es yo, distingo perfectamente la +diferencia entre tu cara y la que esa fotografía representa.</p> + +<p>—¿Pero no entre mi cara y la del grabado?</p> + +<p>—La fotografía y el grabado se parecen, pero...</p> + +<p>—¿Pero qué?</p> + +<p>—El grabado se parece más a ti.</p> + +<p>Mi hermano es todo un hombre, y a pesar de ser casado y de adorar a su +mujer, nunca vacilaría yo en confiarle un secreto mío. Pero aquel +secreto no me pertenecía y no podía revelárselo.</p> + +<p>—Pues yo—dije resueltamente,—creo que la cara del retrato se me +parece más que la otra. Pero de todos modos, Roberto, no iré a +Estrelsau.</p> + +<p>—No, Rodolfo, no vayas a Estrelsau—dijo mi hermano.</p> + +<p>Y no sé si sospecha algo, o si ha llegado a descubrir una parte de la +verdad. En tal caso se lo tiene muy callado y ni él ni yo aludimos jamás +al asunto. Sir Jacobo Borrodale tuvo que procurarse otro agregado.</p> + +<p>Desde que ocurrieron los sucesos aquí referidos, he vivido tranquilo y +muy retiradamente en una casita de campo. Para mí no tienen ya interés +los móviles que de ordinario atraen a hombres de mi posición y de mi +edad. No me agradan el brillo y los placeres de la sociedad, ni las +emociones de la política. La condesa de Burlesdón dice que no tengo +remedio y mis vecinos me creen indolente, soñador y arisco. Pero soy +joven, y a veces me imagino—los supersticiosos lo llamarán quizás un +presentimiento,—que mi papel en esta vida no ha terminado aún; que, +algún día, de una ú otra manera, volveré a participar en asuntos y +sucesos de alta importancia, y tendré que oponer mi astucia a la de mis +enemigos y la fuerza de mi brazo a los golpes del contrario. Tales son a +menudo mis pensamientos cuando con mi escopeta o mi caña de pescar vago +solitario por el bosque o las orillas del río. No sé si llegarán a +convertirse en realidad, y menos aún si en tal caso tendrán por teatro +el que yo me imagino; sólo sé que anhelo vivamente verme otra vez en las +concurridas calles de Estrelsau, o a los pies de los sombríos muros del +castillo de Zenda.</p> + +<p>Y ya, perdido en mis meditaciones, suelo prescindir de lo futuro y +recordar aquel pasado extraño e inolvidable. Presentando ante mi vista, +en larga serie de cuadros, la primera y alegre francachela con el Rey, +mi furioso ataque con la mesita de hierro en el cenador, la noche en el +foso, la persecución por el bosque; amigos y enemigos, los que +aprendieron a respetarme y quererme y los que procuraron arrancarme la +vida. Y entre estos últimos, descuella el único que de ellos vive, no sé +dónde, aunque estoy seguro de que donde se halle, continuará siendo el +malvado de siempre, el seductor de mujeres, el tormento y enemigo jurado +de otros hombres. ¿Dónde, dónde está Ruperto Henzar, aquel adolescente +que estuvo tan próximo a vencerme? Siempre que recuerdo o pronuncio su +nombre, la sangre circula más rápida por mis venas y cierro +maquinalmente los puños; entonces también me parece oir con más claridad +aquella voz del hado, que a manera de presentimiento me anuncia futuros +encuentros con Ruperto. Por eso sigo ejercitándome en el manejo de las +armas y no quiero pensar siquiera en que algún día he de perder el vigor +de la juventud.</p> + +<p>Una vez al año interrumpo la monotonía de mi sosegada vida. Entonces voy +a Dresde, donde me espera mi amigo y compañero querido, Federico de +Tarlein. El año pasado lo acompañaban su bonita mujer, Elga, y un +precioso y robusto niño. Esas visitas duran una semana, que Federico y +yo pasamos siempre juntos y durante las cuales me refiere todo lo que +ocurre en Estrelsau; por las noches, mientras paseamos fumando, hablamos +de Sarto, del Rey y con frecuencia de Ruperto Henzar; y ya tarde, a lo +último, hablamos también de Flavia. Porque Federico lleva consigo a +Dresde todos los años una cajita; en ella una rosa y, rodeando el tallo, +una esquela diminuta que sólo contiene estas palabras: +«Rodolfo—Flavia—siempre.» Yo le envío con Federico idéntico mensaje. +Estos y los anillos que ella y yo llevamos, constituyen todo lo que hoy +me une a la reina de Ruritania. Porque—más noble y grande, como yo +mismo le dije, por ese acto,—ha llevado el cumplimiento de su deber +para con su país y su regia estirpe hasta el punto de contraer +matrimonio con el Rey, conquistando para éste el amor de sus subditos, +asegurando la paz y concordia del país a costa de su propio sacrificio.</p> + +<p>Hay momentos en que no me atrevo a pensar en ello, pero en cambio hay +otros en los que me pongo a la altura de su abnegación; y entonces doy +gracias a Dios por haberme concedido amar a la mujer más noble que +existe, a la vez que la más hermosa, y por haber impedido que mi amor +llegase a ser un día obstáculo insuperable para el cumplimiento de la +altísima misión de Flavia.</p> + +<p>¿Volveré a contemplar sus adoradas facciones, aquel pálido rostro y la +hermosa cabellera rubia? No lo sé; sobre esto nada, me dice el hado, +nada los presentimientos. No lo sé. En este mundo, probablemente—casi +con seguridad,—no volveré a verla. ¿Y en otras regiones, en otra vida, +de la que hoy no podemos formar concepto ni idea, llegaremos a vernos +algún día, juntos, sin nada, que pueda separarnos ni contrariar nuestro +amor? Tampoco lo sabemos, ni yo ni nadie. Pero si así no fuese, si nunca +he de poder dirigirle la palabra, ni contemplar su dulce rostro, ni oir +sus frases de amor, entonces, a este lado de la tumba, viviré como debe +vivir el hombre a quien ella ama; y después, lo único que anhelo y pido +para el más allá, es el sueño de los sueños.</p> + +<p class="c top15">FIN</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El prisionero de Zenda, by Anthony Hope + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRISIONERO DE ZENDA *** + +***** This file should be named 24801-h.htm or 24801-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/4/8/0/24801/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +http://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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