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El jues +que vaya. + +Comenzó á vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebusca +lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordándose de +los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio +de hombre solo. + +Dos médicos tenía á sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel +día estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames +desde la noche anterior, para curar á varios mineros heridos por una +explosión de dinamita. + +Kataliñ le ayudó á ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la calle +mientras el doctor se calaba la boina y requería su _cachaba_, grueso +cayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas á +las minas. + +--Oye, Kataliñ--dijo al trasponer la puerta.--¿Sabes quién es el muerto? + +--_El Maestrico_ disen. El que enseñaba por la noche el abesedario á los +pinches y era novio de esa que llaman _La Charanga_. ¡Cómo está +Gallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasía. + +--Lo de siempre--murmuró el médico.--El crimen pasional. A estos +bárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer. + +Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta. + +--Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que le +esperan en Bilbao. No haga á su primo una de las suyas. + +Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel +primo que le había invitado á comer por ser sus días. En todo el +distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una +admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y +poderío, le temían como á una fuerza omnipotente. + +El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de +frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de los +montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta +descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del +Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los +lentes y siguió adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignada +del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus +zapatos de monte se pegaban al barro; la _cachaba_ iba marcando con su +lanza un agujero á cada paso. + +La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas de +las minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban +camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos +camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se +pegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en +ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el +extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir +entre ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito +minero. Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridad +en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los _chimbos_ de +Bilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa +porque era primo hermano de Sánchez Morueta y éste no ocultaba su gran +cariño al médico... + +¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía muchos años que no había +estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sin +que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los más +íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por él, lo +mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se +mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían +minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos +inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras: +de él, todo de él. Y de él también, los altos hornos que ardían día y +noche junto al Nervión, fabricando el acero, y gran parte de los vapores +atracados á los muelles de la ría cargando mineral ó descargando hulla, +y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos +los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un +sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que +funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se +dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer á +un hombre rico de la noche á la mañana con sólo desearlo. Hasta los +señores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que +prestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor +Aresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y de +hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la +lluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombres +se agolpasen en torno de él, con la furia brutal de la codicia, +obligándolo á aislarse, á permanecer invisible, para no perecer bajo el +formidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médico +había solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la +cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecían +faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama +de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían +dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fué á aislarse en las +minas, cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de +Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina. + +Los contratistas, los capataces, los _químicos_, toda la gente que +formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba á Aresti, poniendo en +su adoración algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio á +las riquezas materiales. + +--Le gusta vivir con nosotros--decían con orgullo.--Mejor prefiere una +merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Sánchez +Morueta tiene en Las Arenas... ¡Ser primo de Don José y pasarse meses +sin verlo!... ¡Pero qué famoso es el doctor! + +El mísero rebaño de los mineros, albergado en los barracones y cantinas, +tenía una fe ciega en su ciencia, le miraba como á un brujo capaz de los +mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano. +Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de lisiados, que, al +conservar la vida después de horribles catástrofes, proclamaban la +maestría del cirujano. + +--¡Que venga Don Luis!--gemía el minero herido por la explosión de un +barreno, ó el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la +cantera. + +Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los lentes del doctor, sus +ojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba en punta llena +de canas precoces, los infelices sentíanse animados por repentina +confianza; no percibían la llegada de la muerte, esperando hasta el +último momento el milagro que había de salvarles. + +Los otros médicos del distrito eran recibidos por los enfermos con +triste resignación. ¡Don Luis: sólo el doctor Aresti! Y las señoras de +Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se +aburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo, +sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, sólo por +el gusto de hablar con el doctor, que á más de su ciencia llevaba con él +algo de la grandeza de Sánchez Morueta y de las altas clases de Bilbao +hasta las cuales soñaban con llegar algún día. Los maridos no +necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los +asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le +buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagruélicas. +Le llevaban con ellos á las pruebas de bueyes y las apuestas de +barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de +la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros. + +La noche anterior, Aresti se había acostado tarde. Ya que había de comer +en Bilbao invitado por _Don José_ (que así era conocido por antonomasia +el poderoso Sánchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual +nombre, no querían dejar de obsequiar al doctor. Y hasta más de media +noche duró la cena en el fondín principal del pueblo: un banquete de +platos populares y substanciosos, tales como los soñaban aquellos ricos +improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda +clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile +de viandas vulgares rociadas desde la primera á la última con champagne +de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el +distintivo de la riqueza; lo único que habían podido copiar de las +clases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien su +opulencia y lo gastaban á cajas, abriendo á golpes las botellas, riendo +como niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos á +otros con la espuma, bebiéndolo en tanques y llenando á veces las +palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que á +los postres nunca dejaba de producir hilaridad. + +Aresti sonreía recordando la fiesta de la noche anterior, las +extravagancias infantiles de aquellos rústicos, enriquecidos rápidamente +é imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y +laboriosa que llevaban en el monte. + +Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló largo rato una colina +roja que se alzaba á un lado del camino. Aquella tumefacción del paisaje +era obra del hombre. La montaña se había formado espuerta sobre +espuerta. A su sombra habían nacido Gallarta y la riqueza del distrito. +Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoña, la explotación más +famosa de las Encartaciones: toda de mineral _campanil_ y del más rico. +Allí habían comenzado su fortuna Sánchez Morueta y otros potentados de +Bilbao. Sólo quedaba como recuerdo la montaña de escoria. El dinero +estaba en la villa, y en las entrañas de la tierra los siervos anónimos +que habían dejado parte de su existencia en el arranque del mineral. + +Aresti vió un grupo de gente á un lado del camino. Pasaban corriendo +junto á él chiquillos y mujeres. A veces se detenían para llamar á los +que estaban en los desmontes inmediatos. + +--¡Ené! ¡Han matado al _Maestrico_! ¡Vamos á verlo! + +Y seguían corriendo hacia el gentío, en el cual se destacaban los negros +uniformes y las boinas con chapa de una pareja de miñones. Algunos +muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atraídos por el suceso, +llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos. +Familiarizados con el explosivo, metíanse entre los grupos empujando +para abrirse paso y ver al muerto. + +En medio del camino estaban inmóviles varias carretas con sus bueyes de +raza vasca, pequeños, de patas finas, con una piel de carnero entre los +cuernos adornando el yugo. + +Al llegar el doctor se abrió el compacto grupo, dejando ver un hombre +tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre +formaban una máscara sobre su rostro. Aresti no tuvo más que inclinarse +para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes. + +El juez municipal, un contratista de los que habían cenado con Aresti, +le habló del suceso, lamentando el madrugón que le había proporcionado. +El pobre _Maestrico_ debía haber muerto casi instantáneamente. Tenía un +golpe en el corazón, una de aquellas puñaladas que sólo se veían en las +minas donde vive tanta gente salida del presidio. Además, le habían +herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Debían ser dos los +que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volvía de Bilbao. Para +el juez, el suceso no ofrecía dudas. De allí iría á prender á los +culpables sin miedo á equivocarse. + +Recordaba á Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un +andaluz, de carácter triste y pocas palabras que había rodado por el +mundo buscándose la vida en América en cien oficios, y trabajando en +todas las minas de España. Por las noches, cuando volvía del trabajo, +daba lecciones á los pinches. Vivía á pupilo en casa de los padres de +_la Charanga_, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta á la +chavalería de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado +de presidio, un rebelde que iba de una á otra cantera despedido siempre +por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atención +por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un +arsenal de armas oculto. El _Maestrico_ se había enamorado de _la +Charanga_ con la pasión reconcentrada y silenciosa de un hombre de +cuarenta años. Los padres le querían, alabando sus costumbres sobrias, +su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de +bestia alegre, decía que sí á todo, continuando sus relaciones con el +matoncillo. Iban á casarse en aquella misma semana. El _Maestrico_ había +marchado el día anterior á Bilbao para comprar algunos regalos á la +novia y, al regreso, el amante y su padre le habían esperado en el +camino. + +Aresti oyó unos gemidos á su espalda. Entre el gentío, un minero viejo +se llevaba las manos á los ojos. + +--Antón... pobre _Maestrico_. ¡Matar á un hombre así! ¡Tan bueno!... +¡tan trabajador! + +Era el padre de _la Charanga_, que lloraba ante el cadáver de su pupilo. + +El médico se fijó en el abultado abdomen del muerto, é hizo que un miñón +desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela +blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sueñan las muchachas +de las minas como una elegancia suprema. El pobre _Maestrico_ había ido +á la villa para comprar este regalo á su novia. + +Se abrió el grupo con cierto rumor de curiosidad, como á la llegada de +un personaje esperado. Era _la Charanga_, con las manos en las fuertes +caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado, +mostrando al sonreír sus dientes agudos de loba impúdica. + +--¿Pero es verdad que han matao á _ese_?... + +Y fijaba su mirada en el médico, con la misma expresión de lúbrica +generosidad con que muchas veces le había invitado á seguirla cuando le +encontraba en el campo. Después contempló el cadáver fríamente, sin +emoción, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompió á reír. + +--¡Rediós! ¡Pus ya podía yo anoche esperar mis botas!... + +Fué todo lo que se le ocurrió ante el cadáver del que iba á ser su +marido. Y rompiendo á codazos por entre los hombres que se conmovían al +contacto de sus caderas, salió del grupo, alejándose con soberbia +indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor á ella iba á ir á +presidio. + +--¡La bestia!--dijo el médico al juez, siguiéndola con la mirada.--La +hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos +se maten por poseerla... Esto sólo se ve aquí. + +Y Aresti sonreía con la satisfacción del naturalista que contempla en +su gabinete un animal extraordinario. + +Llegaban de Gallarta nuevos grupos atraídos por la noticia del +asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miñones en +busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadáver, +llevándolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor +emprendió el regreso y, cerca ya de Gallarta, notó que un muchacho de +unos catorce años, un pinche de los que trabajaban en las minas, le +seguía, marchando tan pronto á su lado como delante, siempre volviendo +la cara hacia él, mirándole con unos ojos desmesuradamente abiertos, +suplicantes y vidriosos como si fuesen á saltarles las lágrimas. + +--¿Qué se ofrece caballero?--dijo Aresti con su voz alegre que parecía +esparcir la confianza entre los desgraciados. + +--Señor dotor--gimió el muchacho.--Mi padre... mi pobre padre. + +Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se +ahogaron las palabras en su garganta y rompió á llorar. + +Aresti se fijó en él. No era del país: debía ser _maketo_, de los que +llegaban en cuadrillas de Castilla ó de León, empujados por el hambre, +atraídos por los jornales de las minas. Un pantalón azul, con piezas +superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus +zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprimía una +camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la +maraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de +una boina vieja. Olía á juventud descuidada, á ropas mantenidas sobre la +carne meses enteros. Aresti conocía este perfume de las minas; el hedor +de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la +misma envoltura. + +--Tu padre... ya te entiendo--dijo bondadosamente.--¿Y qué le ocurre á +tu padre? Vamos á ver. + +El pinche se explicó trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga, +en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al amanecer había querido +levantarse para ir al trabajo como los demás compañeros, pero le ardía +la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera. +Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo, +señor?... Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido á +perder el jornal del día!... + +Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándole +con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostración +de la gravedad del enfermo. + +Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría al médico que estaba +en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompió á llorar +de nuevo. + +--Señor dotor... Usted, sólo usted... Se lo pido por lo que quiera más +en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más que todos +juntos. La gente dice que usted hace milagros... + +Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces sin +saber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo su +lenguaje y con él quisiera convencer al médico. + +--Basta, muchacho--dijo Aresti riendo.--No sigas. Iré á Labarga para que +no me beses más con tu cara sucia... Buena se va á poner Kataliñ cuando +sepa que subo al monte. + +El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menos +dificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y +habían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacía +tres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellos +tenían allá su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las +mujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombres +emprendían la peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos, +de once reales ó tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el +país. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y +plantar la del año próximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era +dura, morían algunos; pero se podía volver á casa con buenos ahorros. + +--Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once ú doce. Damos un +real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va por +las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral +destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y +no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos á +casa á los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros. + +--Pues vais á ser ricos cualquier día--dijo Aresti. + +--¡Quia! ¡no señor!--contestó el muchacho cándidamente.--Ricos nunca lo +seremos. ¡Aun si ese dinero fuese para nosotros!... + +--¿Es que lo regalais?... + +--Se lo llevan los mandones. Con él pagamos la contribución. + +Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando una vez más la +sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada +á las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en su +cerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de +campamento, encorvados ante la piedra roja, arañándola de sol á sol con +un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación, +acelerando día por día la ruina de su organismo; y este sacrificio +obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridículo +sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y +pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado. + +Al entrar en Gallarta, el médico pasó apresuradamente ante su casa, +temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al +monte. + +--Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y aún he de tomar el tren +para Bilbao. + +Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta +empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustándose +á todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios construidos con +mineral en la época que éste no era tan buscado; gruesos paredones +agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y +los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes +aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates +del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los +establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas +ventanas con vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendo +zapatos ó quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa, +enviados á las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A +causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas +tenían varios peldaños ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran +profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar á ellas. Los +establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La +calle, con sus tiendas estrechas y lóbregas y sus casas de poca altura, +hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe. Algunas carretas +permanecían detenidas á las puertas de las tabernas, moviendo los +bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro +gritaban los conductores ante los vasos de vino. + +Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como estaba á aquel país +montuoso, y apoyándose en la _cachaba_ seguía sin dificultad al pinche +que casi corría por el camino, con dirección á Labarga, uno de los +barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación minera. Así +como ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y se +ensanchaba el paisaje. Agrandábanse los montes y se velaban los valles +bajo la bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, que +guarda la desembocadura de la ría de Bilbao, recortaba sobre el cielo +plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies +extendía el mar su ancha faja obscura, cortada á trechos por otros +montes más bajos, metiéndose en triángulos, tierra adentro, en forma de +ensenadas y rías. + +Hacía algún tiempo que el doctor no había subido á pie la cuesta de +Labarga y encontraba cierta novedad al espectáculo. Sin dejar de andar, +iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al +pie de Serantes, era San Pedro Abanto; más allá, al lado de una ría, +alzábase la montaña de Somorrostro. Dos nombres famosos que conocía toda +España después de la guerra civil. Como una resurrección de aquella +lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas +inmediatas al camino, tembló la tierra con sorda trepidación y +estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por +el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban á una hora +fija, por la mañana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus +cornetas para que se alejase la gente. Más allá de las minas inmediatas +sonaron nuevas detonaciones, y luego otras más lejanas, estremeciéndose +toda la cuenca minera con un incesante cañoneo como si tronasen baterías +ocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes. + +Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las +Encartaciones, cuando el ejército liberal intentaba levantar el sitio de +Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de +la guerra y la destrucción, habían popularizado los nombres de dos +humildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates; pero +como si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces á +los viejos del país y á muchos de los contratistas que eran entonces +aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al +cura de su anteiglesia, habían tomado las armas en defensa del Señor y +los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del +llano, habían matado de un certero cañonazo á los dos mejores generales +del carlismo. Después, el médico miraba el monte de Somorrostro con sus +ásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún se +encontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la gran +carnicería: los batallones del gobierno, la infantería de marina, con la +bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro, +pugnaban por subir á lo más alto para vencer al enemigo, y éste los +fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fría +anticipación, y pareciéndole poco mortífero el fusil, apelaba á +procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las +alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las +minas, y estos carros de la muerte descendían saltando de peñasco en +peñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba á cada choque, á +cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los +celtíberos bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas +locas rompían las masas de pantalones rojos ó azules que en vano +intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su férreo volteo, hacían +crujir los huesos, deshilachaban los músculos, y, manchadas de sangre, +seguían rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucción. + +--¡Imbéciles! ¡imbéciles--repetía mentalmente el doctor. + +Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos +montes y en otros de más allá; en todos los que dormían eternamente en +las entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una +simple cuestión de personas, hábilmente explotada en nombre del +sentimiento religioso y de la repulsión que siente el vascongado por +toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro. + +Contrastando con estos recuerdos de una época de violencias, rodeaban al +doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el +movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra. +Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus cables +sobre los robustos postes y deslizándose por ellos, pasaba el rosario de +tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeñaderos, +descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los +descargaderos de Ortuella, la vía férrea del Triano, que es el +respiradero de las minas. + +En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corrían sobre los +rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por +caballos, empujadas otras por hombres. Veíanse grandes plataformas de +madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehículos +amarrados á una cadena sin fin. La vía automática de una compañía +extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que +parecían seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas, en opuestas +direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su +camino en línea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y +atravesando las alturas por túneles pendientes que los devoraban. + +El paisaje aparecía trastornado por la mano del hombre. El minero +violaba á la Naturaleza, volcándola, desordenando sus ropajes. Todo +había cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo por la +piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban +convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas: +lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el +pavoroso corte del despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas; +las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapábanse ahora con +rezumamiento fangoso por las angostas galerías que perforaban las +pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su +carne, mostraban el armazón calcáreo, la triste osamenta. Los prados de +otras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo +había desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un viento de +fuego. Sólo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierra +codiciada por el hombre, que parecía haber ardido con interna +combustión. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante. +Crecía la hierba allí donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las +plataformas carcomidas, delatando una explotación abandonada. En estos +rincones pacían algunos rebaños de ovejas panzudas, de largas lanas, +dando con sus esquilas una nota de calma pastoril á aquel paisaje +desolado que parecía recién surgido de una catástrofe geológica. + +El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de +esos cráteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de +sus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad fuese obra +del hombre en tan pocos años. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando +el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos. +Los caballos parecían por su tamaño escapados de una caja de juguetes. + +Aresti, ante este desgarrón de la corteza terrestre que mostraba al aire +sus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas anatómicas +reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como +huesos; las fajas de mena rojiza tenían el tono sanguinolento de los +músculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso +de los intestinos. + +A un extremo de la gigantesca excavación la montaña se había venido +abajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y enormes +pedruscos. El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años antes. +La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída á una cuadrilla de +obreros que trabajaba en su base. Unos habían perecido aplastados +instantáneamente: otros habían quedado enterrados en vida, en un +socavón, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La +gente acudía para pegar sus oídos con horror á los peñascos +desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los +gemidos de los infelices que perecían lentamente en la obscuridad de las +entrañas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los días. Centenares +de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver +la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, sólo +habían avanzado algunos metros y ya no se oía nada: de la tierra no +salía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios +cadáveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cráneo +aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando +aún en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del +socavón en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la +cueva se pudrían tras el gigantesco tapón de mineral que los había +aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocían. Habían +llegado á las minas poco antes y los capataces sólo anotaban sus apodos. +Tal vez en algún rincón de España los esperarían aún, creyendo que +cuanto más larga fuese la ausencia mayores serían los ahorros. + +Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salían gemidos del +derrumbamiento. Durante unos meses viéronse en el camino de Labarga +formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las +casas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobres +almas en pena de la mina. Pero cierta mañana apareció tendido en el +camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo +fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron á salir fantasmas, ni +nadie sintió deseos de adornar la catástrofe con grotescas apariciones. + +El recuerdo de los enterrados fué borrándose en la memoria de todos. Las +desgracias, en aquella explotación cruel que gastaba las vidas de muchos +miles de hombres, superponíanse unas á otras con frecuencia, ocultando y +desvaneciendo las anteriores. Un día, las vagonetas, al chocar unas con +otras, aplastaban á un obrero: otro día saltaban de los rieles al bajar +por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo, +que no recelaba la muerte traidora que llegaba á sus espaldas: los +barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen +espigas; llovían pedruscos en mitad de la faena, matando +instantáneamente; y por si esto no era bastante, había que contar con +los navajazos á la salida de la taberna, con las riñas en la cantera, +con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad de +aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual +vivían confundidos los que al salir de los penales de Santoña, +Valladolid ó Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las +minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y á nadie se +preguntaba quién era y de dónde venía... + +La Muerte rondaba en torno del mísero populacho, como un lobo alrededor +del rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los dientes agudos. +Zarpazo aquí, dentellada allá, la gran enemiga se mostraba infatigable. +Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas por +carne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un +perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega +fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la +misma montaña, llegando apenas á la opulenta Bilbao. El mineral marchaba +ría abajo sin que nadie pensase en lo que había costado su arranque del +suelo. + +Aresti salió de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle única +de Labarga, dos filas de míseras casuchas puestas sobre los peñascos que +bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían palacios, +comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas, +conocidas en el país con el nombre de _chabolas_, con tabiques de madera +delgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dos +piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera, +y la superior, al abrirse, era la única ventana que daba á la casa luz y +aire. Las incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones, +reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella +fuese á convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre +cuerdas los guiñapos de color indefinible puestos á secar. Algunas +gallinas flacas y espeluznadas corrían por el camino. Los niños +permanecían sentados ante las puertas, graves é inmóviles, como si +fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos del +llano. + +Al ver al doctor, salían las mujeres á las puertas de sus tugurios, +sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo +de pronto el miedo á enfermedades que tenían olvidadas. + +--¡Chicas, es don Luis!--se gritaban unas á otras.--¡Señor doctor, aquí! +¡Míreme usted este chico!... ¡Entre á ver á mi madre! + +Pero Aresti conocía de larga fecha estos recibimientos; el furor que +acometía á todos por estar enfermos apenas le veían, sin ocurrírseles +bajar al hospital más que en casos de extrema gravedad. Y seguía +adelante sonriendo á unas, contestando á otras alegremente, precedido +por el pinche zamorano que volvía la cara como si temiese verle +secuestrado por el grupo de comadres. + +Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una +casucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi ocultos bajo las +cejas y un gesto de desdén contraía á cada momento su cara negruzca. Al +ver al médico no se llevó la mano á la boina ni abandonó su inmovilidad +de fakir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la miseria +que le rodeaba. + +--¡Salud, amigo _Barbas_!--dijo el médico alegremente, deteniéndose ante +él.--¿Qué hay compañero? + +--Mucho y malo, don Luis. + +--Y esa revolución ¿cuándo la hacemos?... + +El _Barbas_ miró un instante á Aresti con ojos ceñudos, como si fuese á +insultarle: después escupió la nicotina de sus labios con un gesto +desdeñoso. + +--Búrlese, don Luis. Usted está acostumbrado á oír quejarse de dolor lo +mismo al rico que al pobre, á ver que todos mueren igual; por eso toma á +risa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales. Hace +usted bien. Ríase... pero el trueno gordo se acerca. Algún día +encontrarán su merecido todos los ladrones... ¡todos! incluso su primo +Sánchez Morueta. + +--¡Compañero! ¿y yo?--dijo el doctor.--¿Qué vas á hacer de mí? + +--Usted es un guasón que se ríe de la vida... pero entre burlas y veras +hace bien á los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los +nuestros. + +--Gracias, compañero _Barbas_. + +Y dando á entender al solitario con un gesto que volvería para hablar +con él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta le esperaba +impaciente el pinche. + +Era la _casa de peones_, el miserable albergue de las montañas mineras, +donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado á visitar +aquellos tugurios que olían á rancho agrio, á humo y á «perro mojado». +En la entrada de la casa estaba el fogón con algo de loza vieja alineada +en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso, +como si las tablas trasudasen de una pieza á otra la suciedad y la mugre +de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por +los pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables +zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las +manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirándose con ojos bizcos +los cuernos del pañuelo rojo arrollado á la cabeza. Unos gatos flacos y +espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de +la olla: unos animales lúgubres, de mirada feroz, tigres empequeñecidos +que parecían alimentarse con el hambre que sobraba á sus amos. + +La vieja rompió en lamentaciones al conocer á don Luis. El pobre peón +estaba muy malito: ¡á ver si lo sacaba adelante!... Ella le había tomado +ley después de tenerlo varios años en su casa. Y al lamentarse, había +tal expresión de frío egoísmo en sus ojos, que el doctor la atajó +brutalmente: + +--Sobre todo, lo que usted más siente, tía Gertrudis, es perder un real +diario si muere. + +--¡Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay más casas de peones. +Mi probe viejo está casi baldao del reuma y gana menos que un pinche +escogiendo mineral en los lavaderos. ¡Y muchas gracias que lo aguantan, +y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... ¡Ay +Señor, después de trabajar toda la vida! El médico levantó una +cortinilla de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz, +ocupado por la cama de los viejos. Levantó otra, y vió un cuartucho no +mucho más grande, obstruido completamente por un camastro enorme, +formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En él dormía toda +la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin +separación alguna, sin más aire que el que entraba por la puerta y las +grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz cubrían el +tablado: cuatro mantas cosidas unas á otras formaban la cubierta común +de los ocho, y junto á la pared yacían destripadas y mustias algunas +almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las +cabezas. + +Aresti pensó con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio. +Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques +arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de +arrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas á su primitivo sitio. +Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao +ó tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas ó, +cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor ó +mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que podía +tocarse con las manos, hacíase irrespirable á las pocas horas, +espesándose con el vaho de tantos cuerpos, impregnándose del olor de +suciedad. Los parásitos anidados en los pliegues del camastro, en las +junturas de la madera, en los agujeros del techo, salían de caza con la +excitación del calor, ensañándose al amparo de la obscuridad en los +cuerpos inánimes que duermen con el sueño embrutecedor de la fatiga. En +las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte á parte la +casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos +vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los +sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad +fraterniza. + +El médico consideraba que aquellos ocho hombres que dormían en común +eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las +aventuras de su peregrinación anual: y su pensamiento iba hacia otras +casas de peones, tan míseras como aquella, donde los hombres acostados +en la misma cama no se habían visto nunca; donde el infeliz muchacho, +recién llegado de su tierra, dormía en contacto con un individuo, con +otro que también acababa de llegar á la mina, tal vez recién salido del +presidio ó fugitivo por algún crimen. Los cuerpos extraños se juntaban +bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne +sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta +promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jóvenes, de inocentes +jayanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante, +conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una +forzada abstinencia de la carne, en un país donde por las condiciones +del trabajo, los hombres son mucho más numerosos que las mujeres, y la +continua afluencia de presidiarios licenciados traía consigo todas las +criminales aberraciones de la virilidad aislada. + +Aresti vió al enfermo en el fondo del camastro, junto á la pared, +respirando jadeante. Estaba acostumbrado á visitar los tabucos de los +mineros: nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó encima del +tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una cerilla +y entonces vió en el tabique de la cabecera que en otros tiempos había +sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando +generales contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto de +bandas y cruces, héroes de la guerra que se habían cubierto de gloria +entregando territorios al enemigo ó fusilando en masa á indígenas +indefensos. + +El médico no pudo contener su risa. + +--¿Por qué estarán aquí estos tíos?... + +Las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin fijarse en los +personajes; ó tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado, cándido +y entusiasta, que creería haber servido á las órdenes de caudillos +inmortales. + +El enfermo tenía los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel +ardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la +lluvia de la noche anterior. + +--Una pulmonía de padre y señor mío--dijo el doctor arrojando la cerilla +y saliendo del camastro otra vez de rodillas. + +Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una hoja de su cartera, +encargando al pobre pinche, que después de la visita parecía más +tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital. + +Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer varias +recomendaciones á la vieja, vió que le aguardaba en medio del camino un +contratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el +chaleco brillábale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas +fabricadas con la tela impermeable que servía de forro á las cajas de +dinamita. + +--Hola, _Milord_--dijo el médico.--¿Qué, hoy no hay oficios divinos en +la capilla de Baracaldo? + +--No, don Luis--dijo el contratista con cierta unción en sus +palabras.--Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no es +de fiesta. + +--¿Y _Milady_, siempre tan hermosa y elegante? + +--Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos más que unos pobres +patanes con un poquito de protección. + +Después de esto, el llamado _Milord_ rogó al médico, que ya que estaba +en Labarga, se llegase á la cantina de _Tocino_, el capataz de su +confianza, que llevaba varios días inmóvil en la cama por el reuma. +Aresti se resistía alegando su viaje á Bilbao. + +--Un momento nada más, don Luis: entrar y salir. Yo también tengo prisa +por llegarme á la mina. ¡El pobre _Tocino_ me hace tanta falta cuando no +está allí!... + +El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá de Labarga, hasta +una altura donde estaba establecida la tienda de _Tocino_. Por el camino +bromeaba con el contratista sobre su religión. El _Milord_ había sido +capataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar al +ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y +no dejar descanso á los peones de sol á sol. La protección del jefe lo +elevó á contratista, colocándole en el camino de la riqueza, y, no +sabiendo cómo mostrar su gratitud al inglés, había abrazado el +protestantismo. La despreocupación religiosa era general en las minas: +sólo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y +para ligarse más íntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis +años en un colegio de Inglaterra, volviendo de allá la muchacha con un +exterior púdico y unas costumbres de _confort_ que regocijaban á toda +Gallarta. Los domingos, _Milord_ y _Milady_ bajaban á Baracaldo, +vestidos con trajes que encargaban á Londres, para confundirse con las +familias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en las +minas ó en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capilla +evangélica del país. Aresti, que había cogido cierto miedo á los +_flirts_ con _Milady_, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y +que conocía ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana +durante la noche, ensalzaba irónicamente al padre lo mucho que su +robusto retoño había ganado después de la cepilladura en el extranjero. + +--¡La educación inglesa!--decía _Milord_ abriendo mucho la boca para +marcar su admiración.--¡Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la +chica... Es verdad que acostumbrada á tantas finuras, se aburre aquí +entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi +ambición, y es casarla con algún señor de la compañía. + +--Hará usted bien--dijo el médico con zumbona gravedad, recordando las +ligerezas de la niña al verse libre en las minas, después de las +pudibundeces del colegio.--Esos señores son aquí los únicos que pueden +cargar con ella. + +Llegaron á la cantina de _Tocino_, una casa aislada, de mampostería, con +un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda +la tierra de las Encartaciones y además el abra de Bilbao, la ría, +Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervión, +parecían formar una sola urbe. En último término, entre montañas, se +adivinaba la villa heroica é industriosa: el humo de las fundiciones y +fábricas se confundía con el cielo plomizo. A la entrada de la ría, el +alto puente de Vizcaya marcábase como un arco triunfal de negro encaje. + +La cantina ocupaba el piso bajo, amontonándose en ella los más diversos +objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros +pendientes del techo... Allí estaban almacenados todos los víveres, por +cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las +canteras. Aresti conocía aquella alimentación; alubias y patatas con un +poco de tocino. El arroz, sólo era buscado cuando la patata resultaba +cara. Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano +entre grandes manojos de cebollas y ajos. + +El pan se amontonaba detrás del mostrador, al amparo de los dueños, como +si éstos temiesen los hurtos de los parroquianos ó una súbita acometida +de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas +por la ranciedad, esparcía acre hedor. De las viguetas del techo pendían +baterías de cocina, y en las estanterías se alineaban piezas de tela, +botes de conservas, ferretería, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo +tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que +objetos, parecían sacados de una excavación después de un entierro de +siglos. + +Tras el mostrador estaba la mujer de _Tocino_ con su hijo, un +adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero +Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban á +los parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que le +hacía recordar á los judíos. La gente del contorno les odiaba. Al menor +intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan +por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspecto +de miseria y sordidez más triste que el de la gente de fuera. El doctor +recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, á los que había +asistido por curiosidad; los apóstrofes á los explotadores de las +cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean +chupándoles la sangre; y se decía con gravedad: + +--No; pues á éstos les luce poco la tal alimentación. + +A la entrada de la cantina existía una especie de jaula de madera con un +ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueño de la +tienda, envuelto en mantas, quejándose á cada momento, pero sin dejar de +repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos, +que le servían para su complicada contabilidad. + +El _Milord_ manifestó su extrañeza viéndole allí. ¡Él, que le traía nada +menos que al doctor Aresti creyéndolo en peligro de muerte!... Mientras +el médico le examinaba con la indiferencia del que está habituado á +casos más graves, _Tocino_ prorrumpía en lamentaciones, haciéndole coro +su mujer. Estaba enfermo más de lo que creían: no podía moverse: los +dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y había que repasar +las cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga. + +--Vaya, _Tocino_--dijo Aresti;--lo que tienes es poca cosa, +desaparecerá con el cambio de tiempo. ¡Quejarse así un hombrachón que +parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que +engordas con lo que robas. + +--¡Pero qué cosas tiene este don Luis!--exclamó el _Milord_ mirando á la +tendera, que enseñaba sus dientes amarillos para sonreír lo mismo que el +protector de su marido. + +--¡Robar!--mugió _Tocino_.--¡Robar! ¡Siempre está usted con lo mismo! +Tanto oye usted á los trabajadores, en su manía de mimarlos cuando se +los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aquí á +nadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es de uno. + +Y _Tocino_ se indignaba, olvidando los dolores. Él vendía sus artículos +al fiado ¿estamos?... se exponía á perderlos, ¿y qué cosa más natural +que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el día del +pago en las minas?... Había que conocer á los obreros: cada uno de un +país; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al +fiado, y el día de cobranza, si les era posible hacían lo que ellos +llaman _la curva_; cobraban y se iban á la taberna, rehuyendo el pasar +por la tienda de comestibles. A bien que esto no les valía con _Tocino_ +y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él les +pagaba allí mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevaban +comido. Aun así había sus quiebras, pues los que sólo trabajaban una +semana, desaparecían después de haber tomado al fiado más de lo que +importaban sus jornales. + +Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas seguía +recriminándolo. + +--_Tocino_, tú eres un ladrón que vendes á los obreros los artículos +averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar más caros que en +la villa. + +--Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges--gritó +el capataz enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo que decían +los obreros en sus reuniones. + +--_Tocino_, tú abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen +libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene á tu tienda le +quitas el trabajo en la cantera. + +--Los amigos son para ayudarse unos á otros. ¿Qué tiene de particular +que yo sólo dé trabajo á los que se surten de mi establecimiento? + +--Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja, +descontándole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda á +mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se +hace en todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir á +crédito y se vea obligado á comer lo que queréis darle y al precio que +mejor os parece. + +--Vaya; ahora me toca á mí--dijo riendo el _Milord_.--Pero este don Luis +es peor que los predicadores de blusa que vienen á echar soflamas en el +frontón de Gallarta. Suerte que no le da á usted por hablar en público. + +--_Milord_: á todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros +rápidamente con el hierro y aun arañáis algunos céntimos en el jornal y +el estómago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los +capataces. Vais á medias. De día explotáis los brazos y de noche los +estómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de +peones forasteros que vienen á rabiar y á ahorrar durante algunos meses, +pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más en +el país y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre +aquí, acabe por conoceros. + +El doctor cortó la conversación recordando su viaje á Bilbao, y salió de +la cantina después de hacer varias recomendaciones para la curación de +_Tocino_. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero con una +expresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del +doctor. + +El contratista siguió adelante, hacia su mina, y Aresti descendió á +Labarga pensando en la miseria del rebaño humano esparcido por la +montaña. Varias veces había intentado rebelarse, y los resultados de su +protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en más de una ocasión, +con sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respeto +á la vida humana era mayor que en los primeros años de explotación. +Aresti recordaba su llegada á las minas, cuando se vivía en ellas casi +con las armas en la mano, como en Alaska ó en los primitivos _placeres_ +de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el +vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo á los trabajadores +rebeldes; ya no existía la tarifa de la carne humana, cotizándose las +desgracias «veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas». Se +asociaban los trabajadores establecidos en el país, creaban núcleos de +resistencia, inspiraban cierto temor á los explotadores, logrando con +esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero aún faltaba la +cohesión entre ellos, á causa del vaivén de la población minera, de +aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el +invierno y el hambre en las míseras comarcas del interior y se retiraba +al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huían á su +tierra así que se iniciaba una huelga y aparecía en las minas la guardia +civil. Habían venido á ganar dinero y evitaban los conflictos pasando +por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses +miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compañeros +establecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente rural, +que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos +al fin habían de volver á sus tierras. Los labriegos convertidos en +mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que +imposibilitaba la ascensión de los que vivían en el país. + +La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de +galerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta maestría, el +personal no era fácil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero +en las pródigas Encartaciones el hierro forma montañas enteras: la +explotación es á cielo abierto; sólo se necesita hacer saltar la piedra, +recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el +bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas +á sustituir sin esfuerzo alguno á todo el que abandonaba su puesto +protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigración, +cortándose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la +población obrera de las Encartaciones, era difícil que el trabajo +conquistase todos sus derechos. + +Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobló el paso al +entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no oír los +llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante. + +--Don Luis, un momento... + +Era el _Barbas_, que había abandonado su inmovilidad de fakir para +detener al doctor. + +--¿Qué hay, compañero? + +--Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aquí, de lo +que hacen esos ladrones. + +Y le mostraba con gesto trágico su casucha. Como Aresti no parecía +comprenderse, el _Barbas_ le mostró la parte superior de su barraca +falta de techumbre. + +--Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos +de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian +y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace una +semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la +calle, pero el _Barbas_ firme en su puesto con la compañera. La pobre +vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se +menea de ahí. Me han de tener á la vista siempre. Hay para rato si +piensan librarse de mí... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor. +Quieren quitarme el suelo así como me han robado el techo. Piensan +excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus +estacas, para ver si así me voy... ¡Pues no me iré! El _Barbas_, en su +sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni +trabajo, ni me voy... Espero, ¿sabe usted?, espero que llegue la gorda; +espero el día en que toda la montaña baje al llano y yo pueda quitarles +el techo y el piso á todos los _chalets_ que se han hecho esos +pintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores á costa de +los pobres. + +Y el _Barbas_ acompañó un buen trecho al doctor, mugiendo sus +maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos más +inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades +maléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la montaña, sin +mostrarse más que por la mediación de administradores y capataces, si +explotaban la mina directamente, ó de contratistas si creían más +ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral. + +Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vió venir hacia él un +hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi +parecía una mulilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos á +don Facundo, el cura párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sido +trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava, y afirmaba +que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. «Paz, mucha +paz; para todos hay vida en el mundo.» Y en santa paz vivía, siendo gran +amigo de Aresti, y tomando á broma las doctrinas revolucionarias que el +doctor, por aburrimiento, exponía á los ricos de Gallarta después de sus +famosas cenas. Cierta vez que el médico, cansado de la monotonía de su +existencia, se divirtió en propagar el budhismo entre los rudos +contratistas y hasta intentó algunas ceremonias del culto indostánico, á +estilo de las que había presenciado en el museo Guimet de París, el cura +no manifestó indignación, «Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los +sabios: ya se cansará.» Para él, la religión verdadera no decrecía ni +experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos, +casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros. + +A misa sólo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre +vacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba en que él no +tenía libre un momento, y continuamente veían todos trotar su burra +blanca por los caminos y atajos de la montaña. Aquel curato valía más +que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de +Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente +marchase á la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su +ataúd por el vozarrón del cura. Había días en que acompañaba cinco +entierros en los lugares más lejanos de la parroquia; asunto de leguas. +Pero él no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura +infatigable, y montado en ella acudía á todas partes. Delante, marchaba +el ataúd en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban +alaridos y se mesaban el pelo con desesperación de gitanas, y detrás don +Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido á pie +por el sacristán, al que llamaba su «corneta de órdenes», siempre +cantando, pues los parientes ponían reparos á la hora de pagar si +cantaba poco, repitiendo automáticamente los versículos del oficio de +difuntos, al mismo tiempo que se daba el compás esgrimiendo sobre su +cabeza la vara de fresno con que arreaba á la cabalgadura. + +Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma. + +--Aprisa, hijos míos--decía á los conductores del cadáver--que hoy aún +me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda. + +Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de +acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de +luna clarísima, al retirarse á casa después de una cena con los +contratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que +rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre, +vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas á +otro, envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba á +cada paso. Después, una especie de centauro agrandado por el misterio de +la noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir: + + Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt... + +--Buenas noches, don Luis--dijo el cura al reconocer al doctor.--Con +este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he +dejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja! + +Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su lúgubre cantinela, á +la luz de la luna, camino del cementerio. + +Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de la +parroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No, carape!: él +tenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo, +tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación +parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores del +obispado después de dar un tiento doloroso á los ahorros y cuando al fin +habían acabado por colocar á sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstos +á las _faenas menudas_ del templo, reservándose él los entierros. + +Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia. +Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de mineral con +los señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar un +vistazo al trabajo de los peones. Pero á pesar de que sus negocios +marchaban bien y á la hora del champagne, en las cenas de los +contratistas, le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más de +cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera época +de las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cual +vivía á su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrecía +los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes medios +de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado +por bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar el +paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo en +Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba +más caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando el +cura inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á San +Antonio. Aún reía el doctor recordando la candidez con que explicaba el +cura esta preferencia. + +--No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí en +Gallarta hay tanto buey.... + +Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso de su cabalgadura. + +--A la mina, ¿eh?--preguntó Aresti. + +--Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un rato á ver lo que hacen +aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo +humano. Hay que trabajar, don Luis. + +--¿Pero hoy no es día de fiesta?... + +--¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere decirme con su +sonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y deben +guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajan +en todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones, +después de tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada. +Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: le +dejo para que se burle de mí á sus anchas. + +Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta. + +--¿Dicen que han matado al _Maestrico_?... Vaya un caso. Era un buen +muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A la tarde entierro! +¡Arre burra! + +Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que había +caído trabajo. + +Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se vió detenido por un +hombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja Catalina le +llamaba furiosa desde adentro. + +--¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá usted el tren! Ya le he +dicho á ese condenao que su primo le espera y no está usted para +canciones... + +Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre, +diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!» Tembló por su mano, +cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callosos +y gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculatura +de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacía +recordar á Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que +había admirado en su niñez. + +--Vengo á lo del otro día--dijo con alguna torpeza, pero mirando al +médico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso defendiendo +sus pretensiones. + +--¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo. ¡Me buscan tantos!... + +Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una sonrisa maliciosa +animó su rostro. + +--¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del practicante. Tú eres el marido +de esa... Bien ¿y qué? + +--Quiero que usted arregle eso, don Luis--continuó el gigantón con +energía;--ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran escándalo. +Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo testigos. +Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que le +corresponde, irá á un presidio y ella á la galera. + +--Sí, hombre, sí--dijo Aresti.--Recuerdo tu asunto. Me gusta verte más +tranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo? + +--Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza sufra castigo. ¿Va á ser +él de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él. + +--Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte +duros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en +el hospital!... ¡Si es más pobre que tú!... + +--Bueno--dijo el gigantón con aspecto indeciso, rascándose la cabeza por +debajo de la boina.--Pus que sean quince... ó que sean doce, ya que +usted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con menos de +doce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo ver +con una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Ir +á presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, que +paguen, ya que quieren hacer el guapo! + +Y se alejó, después de recomendar varias veces al médico, con tono +suplicante, que no olvidase su asunto. + +Aresti, mientras despachaba el desayuno y vestía sus ropas de fiesta, +colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraña psicología +de una gran parte de las gentes de las minas. + +De jóvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo +oculto en la faja, dispuestos á disputarse la hembra á puñaladas. +Asesinaban al rival como al infeliz _Maestrico_; y después, de casados, +satisfecho el primer ímpetu de su apetito exacerbado por la escasez de +mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas; +olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar más que en el +dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rápidas y +milagrosos encumbramientos que parecía soplar sobre las minas. Se +exterminaban por una cuestión de jornales ó de comestibles, y al +encontrarse frente á frente con el adulterio, torcían el gesto como ante +una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su +desgracia cierto provecho. + + + + +II + + +Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara á +Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la +estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de la +ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonaban +sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto +importante los llamaba á la villa. + +El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos de +fundición--«los castillos feudales de Sánchez Morueta» según decía el +doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,--y +después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los +descargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando +de la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el +nivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, con +los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos, +y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como +juguetes. Los de las explotaciones del país eran de un rojo antipático, +de escombros de mineral, desmoronándose con las lluvias sus pendientes, +revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de realzar con el más +leve adorno los instrumentos de explotación. En la ría, junto á las +grúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el casco +invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los +mástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargados +de hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar el +negro mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por las +vías de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar +al punto más avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua, +soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos +riberas de la ría estaban en continua función, vomitando y absorviendo; +entregando el mineral de sus montañas y apoderándose del carbón +extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas +de los buques; los nombres más exóticos é impronunciables lucían en sus +costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguían los +veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul. + +Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ría +con sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta, admirábase la paz +de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos, +removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y las +piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían el +baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevo +á rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres +lavaban sus guiñapos casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo, +como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de +Bilbao: los lavados del mineral enrojecían hasta la corriente del +Nervión. La industria, al enriquecer al país, corrompía las aguas puras +y cristalinas de la época pastoril. El doctor recordaba la miseria de +los peones de las minas, que les hacía huir de las fuentes de la +montaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestión. +Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque, ensuciando +su estómago, hacía menos frecuente el hambre. + +Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las estaciones de la +orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban +su caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasaban +pequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de +cabotaje de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo á +las revueltas; vapores que rompían las aguas con imperceptible +movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del +bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la +moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar +púdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fábricas, negros, +de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos, ligeramente +dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de un +hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias +minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo el +paisaje, como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzando +por las quebraduras de la montaña donde están las vías férreas del +mineral, resbalando por las dos orillas de la ría tras las chimeneas de +los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los +remolcadores y de las máquinas giratorias de sus grúas. + +Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera +vez. + +--Bilbao es grande--se decía con cierto orgullo.--Hay que confesar que +esta gente ha hecho mucho, ¡Lástima que valga tan poco cuando la sacan +de sus negocios!... + +Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al +aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de +nuevo. Quedaba atrás, confundiéndose con otras montañas, el famoso pico +de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche +Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada +del liberalismo, que aún vivía en todas las memorias agrandado por las +fantásticas proporciones que da la tradición. Después aparecía entre los +montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que +irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo, +señor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones +triangulares, y á sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su +arboleda montaña arriba, hasta la cumbre coronada por una granja +vaquería. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían +levantado los jesuítas una imagen de San José, con un arco de focos +eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso +recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la +orden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no +queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El +doctor hallaba natural que fuese San José el escogido para esta +glorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de +la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para +formar la sociedad del porvenir. + +Adivinábase la proximidad de la villa. A un lado surgían entre los +campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas +que eran como las avanzadas de una población desbordada y en continuo +avance. Al otro se cubrían las orillas de la ría de almacenes, tinglados +y grúas, elevándose el carbón en montañas, sin dejar un espacio de +muelle libre. Las embarcaciones tocábanse unas á otras amarradas á las +enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja húmeda y +fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Veíase el +incesante ir y venir de las _cargueras_, míseras mujeres de ropas sucias +y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los +tablones que servían de puente entre los buques y el muelle. Unas +llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbón; otras descargaban los +fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre +que había de ser consumido en el interior de la península. + +Detúvose el tren después de atravesar un túnel, y el doctor, subiendo +una larga escalera, se vió en el sitio más céntrico de la villa, junto +al puente del Arenal, donde parecía condensarse todo el movimiento de la +población. En aquel pedazo de ribera, robando á las aguas parte de su +curso y hasta aprovechándose del subsuelo, la iniciativa industrial +había escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de +Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao +nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la República de Abando, con +sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete +pisos, y sus plazas de geométrica rigidez. Al otro lado del puente, la +Bilbao tradicional; la Bilbao de los _chimbos_, de los hijos del país +que habían conocido la llegada de gentes del interior, atraídas por la +prosperidad de las minas, y que formaban ahora más de la mitad del +vecindario. Allí estaban las famosas Siete Calles, núcleo de la antigua +villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y +morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, erguía sus torres +de un gótico ridículo la iglesia de los jesuítas, con su residencia +anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geométrica, los +hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos +fabulosamente por las minas de la noche á la mañana. + +Aresti pasó el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvías y +las carretas, y entró en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga +reflejaba en las aguas del Nervión su arquitectura pretenciosa cargada +de cariátides y estatuas; al otro, extendía el paseo sus filas de +plátanos, por entre cuyas copas asomaban los mástiles y chimeneas de los +buques atracados á la orilla. Piaban los pájaros, saltando sobre la +arena de las avenidas, pero sus gritos perdíanse entre el bramido de las +locomotoras, el silbido de los tranvías y el mugido de algún vapor que +entraba lentamente ría arriba. + +Aresti dió un vistazo á la acera llamada el _boulevard_, ocupada siempre +por los curiosos estacionados ante los cafés. Frente al Suizo, se +colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentándose de la +decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban á gritos los +diarios recién llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el +centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla caída sobre +los ojos y la falda agarrada y bien ceñida, de modo que al andar se +marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y, +bien proporcionadas. Aresti fijábase en la separación del hombre y la +mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su +sitio. El hombre á los negocios y la mujer sola á la iglesia ó á hacer +visitas, como única diversión. Pasó una pareja cogida del brazo. + +--Serán forasteros--se dijo el doctor.--Tal vez algún empleado de los +que envía el gobierno. _Maketos_, como dicen mis paisanos. + +Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicolás, fué +en busca de su primo. El poderoso Sánchez Morueta vivía en su hotel de +Las Arenas, evitándose así el molesto asedio que parásitos y protegidos +le hacían sufrir en Bilbao. Además, habituado á las costumbres inglesas, +gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus múltiples +negocios le hacían venir casi todos los días al escritorio que tenía en +la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las mañanas, á todo correr +de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metiéndose en el +escritorio como si huyera. Aun así, tenía que separar muchas veces con +sus fuertes puños á los que le esperaban en la puerta, para proponerle +negocios disparatados ó pedirle dinero. Una vez en su despacho, era +difícil abordarle al través de los escribientes y criados que guardaban +la escalera. A la salida, Sánchez Morueta sólo osaba poner el pie en la +calle cuando tenía su carruaje cerca y podía escapar, ante la mirada +atónita de los solicitantes que esperaban horas y más horas. Los +despechados, la turba pedigüeña que en vano le asediaba y bloqueaba, +llamábanle «El solitario de Las Arenas», «El ogro de la Sendeja», que +era donde tenía su escritorio, y hasta afirmaban, faltando á la verdad, +que su carruaje sólo tenía un asiento, para evitarse de este modo toda +compañía. Transcurrían meses enteros sin que penetrasen en su despacho +otras personas que algún corredor de confianza ó los principales +empleados del escritorio, que recibían sus órdenes. Con los otros +capitalistas de la población--muchos de ellos compañeros de la juventud, +que habían marchado juntos con él en la primera etapa por el camino de +la fortuna--se comunicaba telefónicamente tuteándose, pero en estilo +conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos. + +Aresti siguió su marcha á lo largo del muelle, mirando los remolinos del +agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para +examinar dos barcos de cabotaje, dos _cachemerines_ de la costa, con los +títulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por +extraños cargamentos, en los que se confundían los fardos de bacalao con +mesas y sillerías embaladas. Ofrecían igual aspecto que los carromatos +de los ordinarios de los pueblos, cargados de los más diversos objetos. +En uno de los buques, la tripulación se agrupaba á proa en torno del +hornillo donde hervía el caldero del rancho. Los barcos estaban tan +hundidos á causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, veía el +fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de él, +tostados, enjutos, habituados á la lucha mortal con el mar cántabro, le +hacían recordar á su padre, entrevisto en los primeros años de su vida y +del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga. + +El doctor, separándose del muelle, pasó á la acera de la Sendeja. El +escritorio de su primo estaba en un caserón antiguo y señorial, todo de +piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un +gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero +y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su +fortuna á la Iglesia, se negaba á vender el edificio á Sánchez Morueta, +dándose la satisfacción de tener por inquilino á uno de los primeros +ricos de Bilbao. + +Aresti no osó subir directamente al despacho de su primo, temiendo la +resistencia de algún portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de +los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefirió +entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la +casa, bajo la dirección de un antiguo amigo de la familia, el capitán +Matías Iriondo. Aquella oficina era lo único accesible del edificio, +donde se podía entrar á la buena de Dios, sin miedo á esperar ni á +porteros inflexibles. + +--¿Está el _Capi_?...--preguntó Aresti á los escribientes que trabajaban +tras un atajadizo de cristales. + +--¡Pasa, _Planeta_, pasa!--gritó alguien tras una puerta del fondo del +corredor. + +Y Aresti entró, al mismo tiempo que el capitán, el _Capi_ como le +llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia él con los +brazos abiertos. + +--Te he conocido con sólo oírte, Luisillo--dijo Iriondo con su voz +bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y +obligado á hacerse oír entre los mugidos del viento y de las olas.--¡Ay, +_Planeta_!... Te encuentro algo aviejado. + +Y había que oír la expresión cariñosa que daba el marino al mote de +_Planeta_ aplicado al doctor. Para él, en su habla bilbaína, los hombres +se dividían en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de +utilidad y no tenían mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de +nada, á los que llamaba _arlotes_. Y luego venían los _planetas_, gente +simpática y buena, pero sin seriedad ni sentido práctico; los calaveras; +los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas +que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian +el dinero llegando á la vejez sin salir de pobres. ¿Y qué mayor +_planeta_ que aquel médico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao, +prefería vivir entre los brutos de las minas? + +--¡Ah, _Planeta_!--decía sin soltar á Luis de entre sus brazos.--Lo +menos hace medio año que no te veo. Y siempre tan loco, ¿verdad? Siempre +coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho. +¡Apuesto cualquier cosa á que aún no has reunido mil duros!... + +Y reía, con lástima cariñosa, de su querido _Planeta_, al que +consideraba en eterna infancia, como un niño revoltoso que había que +dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cariño. + +--_Capi_, pues tú tampoco estás muy joven que digamos. Te probaba más el +mar. + +--Tienes razón--dijo Iriondo con melancolía.--¡Si al menos pudiese ir +todos los días al monte con la escopeta, á cazar _chimbos_!... Pero hay +que despachar cinco ó seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse +el mundo y todos trabajamos como negros... Además, nos hacemos viejos, +Luisillo. Tú olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto, +cuando tú aún jugabas en Olaveaga en la huerta de tu tío. + +Aresti admiraba el vigor del capitán. Estaba en los cincuenta años. Era +bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia á +ensancharse, como si fuera á cuadrársele el cuerpo. Su cara se había +recocido, como él decía, en casi todos los puntos de la línea +ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su +barba, en la que sólo apuntaban algunas canas. Tenía las córneas de los +ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban +de frente, brillaban con una expresión de bondad. Conocía todas las +picardías del mundo: había pasado en su juventud por todos los +desórdenes de las gentes de mar, que después de meses enteros de +aislamiento y privación sobre las olas, bajan á tierra como lobos. Había +brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones +diabólicas de los negros; se había rozado con hembras de todos los +colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, después de +una vida de aventuras, notábase en él la honrada simplicidad de esos +marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos +cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar +á contaminarse con ellas, sacudiéndolas apenas vuelven al desierto del +océano. + +El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas +veces había contado el _Capi_ de sobremesa en casa de Sánchez Morueta, +con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar +atención en el entrecejo de la señora que temía á cada instante +extralimitaciones en el relato. No había mar en el globo en el cual no +hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde +el _cachemerin_ al trasatlántico. De joven había hecho el cabotaje entre +el archipiélago de Luzón y las Molucas. El sultán de allá era gran +amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese +entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. ¿Para qué? Con un +tabaco de Manila podía llevárselas él a todas sin permiso de sultanillo. +Había trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de +California; montañas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a +Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hacía memoria, con +sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con +ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que +los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra, +gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las +costas de África con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, sentía +la nostalgia del azul negruzco e intenso del Océano, del verde luminoso +y diáfano del mar de las Antillas, de la larga ondulación del Pacífico y +las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterráneo le +inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría y Nápoles, +verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. «Desde Gibraltar a +Suez--decía--, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en +el mar, y ahora esperan en los puertos.» + +Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la infancia, le había +proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos +barcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales de +su principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeña +fortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Era +bilbaíno á la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir +el domingo con la escopeta al hombro á cazar _chimbos_ en los montes, +pajarillos de varias clases, que habían proporcionado un mote á los +hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes +que no tenía trabajo, á algún _chacolín_ del camino de Begoña á saborear +el bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país. Sus +amigos _chacolineros_ pasaban por el despacho para noticiarle +misteriosamente cuándo se abría pipa nueva. + +--Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche á un _chacolín_ de +dos años. + +Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre, +parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja, +algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buques +en las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios que +importaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos, +regalo de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que más +estimaba el capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre se +estaba preocupando del tiempo. + +--Tenía muchas ganas de verte--dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio +ante la mesa.--¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día en las +minas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada parece +que no se dedica á otra cosa. ¡Ay, _Planeta_! Y cómo va á alegrarse Pepe +cuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes su +genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por +ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuanto +menos se habla, mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, ese +ingenierete tan simpático que tiene en los altos hornos. ¡Las veces que +Pepe te recuerda! Un día, hablando de tí y de tus _planetadas_, le oí +decir. «Ese chico, ese chico debía estar á mi lado». + +--Oye _Capi_; ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina? ¿ha metido +ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas? + +El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra de +inquietud. No podía disimular su turbación. + +--No sé... la veo poco. Debe estar como siempre... + +Y añadió con repentina resolución: + +--Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo á mis +barcos, y fuera de ellos nada me importa. + +Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la +esposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que +helaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó para +subir al despacho de su primo. + +--Por la escalera no--dijo el capitán.--Sube por ahí: es la escalerilla +interior y llegarás más pronto. Hasta luego: yo también soy de la +cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevará en su carruaje.... Si +estás falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta +las dos no comeremos. + +El doctor subió por una escalerilla de madera con cubierta de cristales, +que á través de un patio interior ponía en comunicación el entresuelo +con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con +mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas +y taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandes +libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corrían +por las cornisas de una á otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban +relojes eléctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fábricas +de la casa, adornaban las paredes. + +Aresti, después de una corta espera, fué introducido en aquel despacho, +del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde +Sánchez Morueta fabricaba raudales de oro con sólo concentrar su +pensamiento. + +--¿Cómo estás, Luis?... + +Lo primero que vió el doctor fué una mano tendida hacia él, una mano +firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de héroe +prehistórico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo á un +cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi +le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conocía la villa entera, +virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia +abajo una luz fría. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las +solapas del traje parecía suavizar los salientes enérgicos de los +pómulos y las fuertes articulaciones de su mandíbula robusta y +prominente como la de los animales de presa. Tenía cana la barba, gris +el pelo y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud, de +fuerza serena, de energía reposada y tenaz, que se comunicaba á cuantos +le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la +naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilio +que las energías del músculo y del pensamiento, y acababan por +posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la +porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia á los +blasones de armas de la provincia, decía hablando de él: «Mi primo se ha +escapado del escudo de Vizcaya». + +Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento +y la acción en continuo uso. + +Conservó un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujándola +con sólo un ligero movimiento, y pasada esta efusión extraordinaria en +él, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto á la mesa +manejando papeles y hojas telegráficas. + +--Siéntate, Luis--dijo como si le diese una orden--acabo en seguida. + +Y le volvió la espalda, olvidándolo, mientras el secretario sonreía +servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias +reverencias. Aresti conocía de muchos años á aquel hombrecillo que había +comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza +de Sánchez Morueta. El capitán le llamaba «el perro de doña Cristina» +por la protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta con +que él le correspondía. Aresti despreciábale por las sonrisas con que +saludaba su parentesco con el amo. + +Mientras el millonario leía los papeles, cambiando de vez en cuando +alguna palabra con su secretario, el médico, hundido en un sillón, +dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufrían una decepción al entrar +allí, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente +Sánchez Morueta. La habitación era sencilla: dos grandes balcones sobre +la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel +imitación de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio +con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos +se hubiera de dormir. En un rincón, una caja de hierro; en otro una +antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo +arqueológico del país, y en las paredes, modelos en relieve de los +principales vapores de la casa y una enorme fotografía del «_Goizeko +izarra_» (_Estrella de la mañana_), el yate de tres mástiles y doble +chimenea, que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, como +si Sánchez Morueta hubiese perdido su afición á los viajes. Sobre la +chimenea se alineaban en escala de tamaños, fragmentos pulidos de rieles +y piezas de fundición, muestras flamantes del acero fabricado en los +altos hornos de la casa. Un pequeño estante contenía libros ingleses, +anuarios comerciales, catálogos de navegación, memorias sobre minería y +metalurgia. El único libro que estaba entre los papeles de la mesa de +trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el +_Yacht Register_ de más reciente publicación, como si el millonario +encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento á +los potentados de la tierra que más dichosos que él, podían vagar por +los mares. El despacho tenía el mismo aspecto de sobriedad y robustez de +su dueño. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo +sólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los grandes +buques. Aresti resumía la impresión en pocas palabras; «Allí todo olía á +inglés.... Hasta el traje del amo». + +Al concentrar la atención en su primo, volvía á admirar sus manos; +aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y pensamiento +aparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en línea +recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como +animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza +propia para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respeto +supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se +entregarían vencidos, anonadados. Nada podía resistir á aquellas +hermosas garras de bestia luchadora é inteligente. El movimiento de la +sangre en sus venas de grueso relieve, parecía el latido de un +pensamiento oculto. + +Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con sólo un movimiento todos +los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande +hombre indicaron al secretario con fría mirada que podía retirarse á la +habitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con grandes +estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de +mineral bajo campanas de vidrio. + +--Don José, un momento,--dijo el hombrecillo;--me permito recordar á +usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor. + +Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclinó +hacia él, murmurando algunas palabras. + +El millonario dudó algunos momentos mirando á su primo. + +--Es un favor que te pide Cristina--dijo con alguna vacilación.--Al +saber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á Begoña para +ver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita. + +Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se +apresuró á añadir. + +--Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis días y que hay que +tener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho. Es +una visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado de todos. +¿Qué te cuesta darlas gusto?... + +En su mirada y su acento había tal tono de súplica, que Aresti aceptó +mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á su +poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el «hijo favorito de +la fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar. + +--Goicochea te acompañará--dijo señalando á su secretario.--Toma abajo +mi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea. Hasta luego, Luis. + +Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si una repentina +preocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente. + +Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido carruaje del +millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando +sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niñez. +Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente +teñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuesta +de Begoña. Terminaba el desfile de casas. Ensanchábase el horizonte, +extendiéndose entre las montañas los campos verdes, y los robledales de +tono bronceado, interrumpidos á trechos por las blancas manchas de las +caserías. El sol asomaba por primera vez en la mañana al través de un +desgarrón de las nubes, y el humo que se extendía sobre la villa tomaba +una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del +camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta el +tradicional _branque_, el ramo verde que indica la buena bebida del +país. Eran los famosos _chacolines_ con sus rótulos: «Se venden +voladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería. + +Goicochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto al +primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares +con cierto entusiasmo. + +--Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud... +los famosos días del sitio. Usted sería muy niño entonces, y ya no se +acordará. + +Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando: + +--¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco más ó menos ahí +estaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de cerca, +viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los +centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecían +lumbre... para matarse si era preciso al amanecer. + +--Usted sería de _los auxiliares_, como mi primo Pepe,--dijo Aresti;--de +los que defendían la villa. + +Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en seguida recobró su +aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa: + +--¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio +vizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis: +calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegado +los ocho hijos que ahora me devoran. + +Y como si tuviera interés en que el doctor conociese exactamente sus +creencias, siguió hablando: + +--Por supuesto, que ahora me río de aquellas locuras. ¡Y pensar que en +Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya +no soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces expusimos la +pelleja. + +--¿Pues qué son ustedes?... + +--¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?... Nacionalistas; +bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á ser lo +que fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiénes +han traído á este país la mala peste de la libertad y todas sus +impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los _maketos_: y don Carlos +no es más que un _maketo_, tan liberal como los que hoy reinan, y además +tiene los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yo +digo, don Luis. Quédese la Maketania con su gente sin religión y sin +virtud y deje libre á la honrada y noble Bizkaya.... con B alta ¿eh? con +B alta, y con K, pues la gente de España para robarnos en todo, hasta +mete mano en nuestro nombre escribiéndolo de distinta manera. + +Y con el índice trazaba en el espacio grandes _bes_ para que constase +una vez más su protesta ortográfica. + +El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía el camino en medio de +una paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes edificios de +reciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de órdenes +antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señoras +ricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á parar +una parte no pequeña de las ganancias de las minas. La limosna +cuantiosa, y los legados testamentarios cubrían de conventos ó iglesias +aquella parte del monte Artagán. El silencio monacal, que parecía +extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que +exhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la fiebre de +los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las +torrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: se +entreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil, +blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciado +por este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandes +católica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus +beguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles alas, como mariposas +de nieve. + +Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don +Tomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en otros tiempos +confesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un justo si +la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la iglesia +de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la República +de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales. + +Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver á +éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidad +de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado más de +una vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos cierta +esperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había +ensalzado tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podía +acostarse; se ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de su +dolencia. Tenía enfermo el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Por +más que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su +astucia aguzada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio, entre +aquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo. + +--¡Lo mismo que los otros!--gimió.--¡Ay Virgen de Begoña!... ¡Virgen de +Begoñaaa! + +El acento desesperado con que llamaba á la Virgen, revelaba el egoísmo +de la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando un milagro, +con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas +las leyes de la existencia. + +Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al templo y se descubrió +como si le pesara volver á la villa sin saludar á la imagen. + +--Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis? Nos queda tiempo +de sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la Virgen desde que +le coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita. Entremos y yo +pediré un poco por el desgraciado don Tomás. + +Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde que era niño, y le +interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos de +abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante +las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país +hostiles á la nacionalidad española y á sus progresos. + +Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas +las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario, +amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después de la +misa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de +anteiglesias, en época de fueros. + +Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el +altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devoción +compungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Los +reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su +atención. Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de San +Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para +las señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañeros +de oficio adornan un dormitorio ó un _budoir_. El gusto artístico del +jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gótico +sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras +pendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas +peregrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en +vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de +la Virgen. + +Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared, á +la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera, +representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar con los palos +rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco +desmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risa +como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos +el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran +votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones +vizcaínas, por haberlas salvado la imagen de Begoña de espantosas +tempestades. Los cuadros más antiguos y borrosos representaban +bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre las +olas, flotando entre estas algún mástil roto: los más modernos eran +vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta +barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge +siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que +siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia. + +Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, hablábale al +oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa. + +--Mírela usted--decía señalando á la imagen.--¡Qué hermosa es! ¡Y qué +bien le sienta la corona!... + +Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra», como decía él en sus +cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea, +como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros. La +cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada como un +globo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto de +toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas +arrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese +aumentar la hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre el +pequeñuelo que la Virgen mostraba entre sus manos. + +--Cuántas joyas ¿eh?--murmuraba con entusiasmo Goicochea.--Esto sólo se +ve en este país. Aquí hay religión y riqueza. + +El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de las +minas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria á aquellos +regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos, +sobre un madero tallado. + +--¡Si usted hubiese visto el acto de la coronación!--continuó la voz de +Goicochea con sordina.--Aún me estremezco de entusiasmo recordándolo. +Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince días de +peregrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por aquí: +peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir, +peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos al +frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, y +de padres jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence: +diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como Señora de +Vizcaya. Fíjese usted bien.... _¡Señora!_ Vizcaya sólo ha tenido +Señores. Hasta Dios es para nosotros _Jaungoicoa_ ó sea «Señor de +arriba.» Eso de reyes y reinas es cosa de los _maketos_. Desde el día de +la coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestras +cuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre. +La cosa fué conmovedora: como organizada por los principales del +partido.... Pero vámonos, que aquí molestamos hablando. + +Goicochea salió del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos +aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen. + +En el porche de la iglesia continuó dando expansión á su entusiasmo. + +--¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le enternece eso?... + +--Sí--dijo Aresti con gravedad.--A mí me conmueve la piedad de los +hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á la +Virgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado. +Gran cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los días +á marineros ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no son +nada, y se salvan á pesar de no tener una Virgen de Begoña á quien +recomendarse. Además, vaya usted á saber los vizcaínos que se habrán +ahogado después de implorar á la Virgen. Esos no han podido venir aquí á +contarlo. + +El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado al +médico. + +--Don Luis--dijo con acento dulzón.--No empiece usted á soltar de las +suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de +la Virgen, y que ésta le castigará. + +--No; yo no me burlo de la fe--dijo Aresti.--El hombre es naturalmente +cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus fuerzas; basta +que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me +acuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas, +un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de +burlarse de la idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes. +Un día, un peón despedido por él del trabajo, le dió una puñalada de +muerte. Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió en +lloros y aclamaciones á la Virgen, lo mismo que don Tomás. Se agarró á +la misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo. Llamaba á la +Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle. + +--¿Y llegó á salvarse?--dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un +milagro. + +--No; murió á las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado á +nadie. + +Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la +conversación. + +--¡Qué hermosa vista!--dijo señalando la parte de la villa que se +alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas +de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.--Esto es +el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí! +¡Cuánta riqueza!... + +Luego, añadió en tono confidencial. + +--Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es +imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro +sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos, +de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quien +más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no se +necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo +tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay +más que Vizcaya y su _Señora_ santísima. Pregunte usted si quieren +volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los +he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y +ahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas +que en su juventud cogieron el fusil. _Necuacuam_, ninguno sueña +remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera +existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las +cosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos +el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos +importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encima +de la Patria y del Rey. + +Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse +ante su gesto. + +--A ver: siga usted, señor Goicochea,--dijo el doctor.--Me interesa eso, +pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de ser +nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se +emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus +_guiris_, sus _ches_ de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil +como en otros tiempos. + +Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que +había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles, +llamados _ches_ en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que +componían la guarnición durante el sitio. + +--Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena +dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á España +las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremos +como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por el +Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo +entiende: allí se prepara el porvenir. + +Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatas +alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario, +para él, de la sabiduría humana. + +--Pues hay para rato, señor Goicochea--dijo el médico saliendo del +porche en busca del carruaje. + +--No diré que no, don Luis. Nuestra redención es algo difícil por la +continua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbres +de España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar y á hacer +fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya. +Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los +apellidos vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos el +vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha +traído la prosperidad. Pero todo se andará. Yo pienso lo que García +Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, según cuentan los padres de +Deusto, fué el estadista más grande del siglo. ¿Sabe usted lo que dijo +al recibir la puñalada que lo mató? «Dios no muere nunca».... Pues eso +digo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor que siente +hacia su santísima madre, es su hija predilecta. + +Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció amoscarse por la +mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que +acogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez Morueta; +pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía cierta +repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de +impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír +una misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conducta +proporcionaba á la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la +influencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éste +las acompañase alguna vez á la iglesia. ¡Que hombres los dos! ¡Imposible +parecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!... + +A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el coche, camino de Las +Arenas con su primo y el capitán Iriondo. Goicochea, invitado también á +la comida de familia, había salido antes en el tranvía. + +--Tú no descansas--decía el médico á su primo,--¡todos los días Las +Arenas á Bilbao! + +--Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría meses +enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las +mañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandar +que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en +el jardín, oyendo á Pepita que toca el piano. + +--¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz--exclamó el médico. + +Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en sus +palabras cierta ironía. + +--Sí: la vida de familia--dijo.--Es la que más me gusta. Lástima que en +este Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de influencias +extrañas. Tú bien lo sabes, Luis. + +Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, como +sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje +los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba la +aristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de la +Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ría +sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veía +ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que había +admirado por la mañana en el tren. + +Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su +mutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria: allí +habían nacido los tres. + +Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas á sus +compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud. + +Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al señor Juan Sánchez, el +padre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador +obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó á +todos del bajo fondo social en que habían nacido. No era del país: había +llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en +Olaveaga como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que tenía +varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y +flores á Bilbao. Fué una vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á la +ría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus _aguaduchos_ ó +avenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos que +hacían zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y +las gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y de +maderas, necesitando, para esta conducción, de hombres expertos. Ir de +Bilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo osaban emprender los +atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban _carrozas_. La +góndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la única +embarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los gabarreros, +intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente, y +Olaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á las +casas más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamás +había averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos +de la ría ó en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, y +siempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le +llamaban á él. Así fué reuniendo una fortuna para su hijo único, que +andando el tiempo había de ser el famoso Sánchez Morueta. En aquella +época, el futuro millonario iba todas las mañanas al instituto de +Bilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería marino, pero de los +de altura, para navegar y comerciar en grande, á través de todos los +mares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho de +su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión, +seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño +entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti, +hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de +hortelanos, se habían unido con hombres de mar; pero la casada con el +gabarrero, tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró de +Chomín Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo, que navegaba por el +Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto á +perecer en un día de galerna. A los ocho años de casados, ocurrió la +catástrofe. Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando en +brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba +con asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los +rincones de la casa de su hermana. + +--No te apures, mujer--decía el señor Juan.--Otras están peor que tú, +que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de hambre, ya que +según parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo, +que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico. + +Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándole +hijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no poder llevar +en sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan alto +como él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal á +su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en la +gabarra ó por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano, +acariciándolo como si fuese un nuevo hijo. + +Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y Sánchez Morueta fué +para él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para el +pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia. + +Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis, dejándolo en las +banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores la cuenta +de sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas, cantándole +los viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole patrañas +que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría +histórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo +habían fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicas +de Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qué +nombre dar á su aglomeración de chozas. Un día, por divertirse, +arrojaron al Nervión un botijo vacío. _Bil, bil, bil_ cantaba el agua al +penetrar en él y cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro +_bao_. Los pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarrero +miraba al pequeño y á las dos mujeres que le escuchaban atónitas, +admirando su sabiduría del pasado. + +El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que había +terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino, +se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al poco tiempo, no +satisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se quedó en +Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína. + +Su madre murió de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un +surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niñez, y que su +marido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del mundo, +morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al +mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió más +unido á su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: la +ría ofrecía cada vez menos alicientes para él. + +Comenzaba á despertar la explotación de las minas y se hablaba de +limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vapores +llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Y +descuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante el +porvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el +pueblo, no tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus +progresos. + +--¡Diablo de rapaz!--decía hablando de él con los viejos camaradas de la +ría.--¡De dónde habrá sacado tanto talento! ¡Nadie hubiera dicho que de +aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!... + +Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas, cuando le +hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tenía á los +señores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los catorce +años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿qué +quería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abierta +para costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser Sumo +Pontífice. Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico? +¿quería ser médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado el +gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin ¡vaya por +la medicina! Y como puesto á hacer las cosas había que hacerlas bien, le +enviaría á estudiar á Madrid. No reparaba en gasto más ó menos. Para eso +había trabajado él, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que, +con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le habían +conocido descalzo y despechugado, remando en la ría, entregarían las +vidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo á +todas horas «señor doctor». + +Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de la +familia, el tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad á Sánchez +Morueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga. Venía á la +conquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes que +los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero. +El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia +abaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y +ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellas +montañas un período de explotación loca, de rápidas fortunas: el que +primero se apoderase del mineral sería rico como un príncipe. Dinero... +necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo +entendió; pero tenía fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad, +aquel pensamiento siempre reconcentrado y en función: y le entregó sus +ahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construido +imitando á las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga. + +Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Morueta, aquella +transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos, +las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para +enriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve +estremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de la +montaña. Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el +llamado _campanil_, que era el más rico, allí ponía sus manos de +vencedor, diciendo: «Esto es mío». Compraba minas para venderlas al mes +siguiente á los ingleses que llegaban detrás de él. Tenía en el abra los +vapores á docenas, cargándolos de aquellos terrones rojos que eran como +oro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con admiración: sonaba su nombre +á todas horas. Mientras los demás dormían, él había visto claro; cuando +la gente comenzaba á despertar, ya era él millonario. Tras sus espaldas +de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y +tardíos buscadores de la fortuna. + +«Tu primo está loco--escribía el señor Juan á su sobrino.--Esto es un +escándalo; los millones entran en casa como una inundación. Ahora habla +de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral +á Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión, +que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡qué +sé yo cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puede +durar». + +Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y la madre de Luis +vivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un +batallón de empleados, sirvientes y parásitos. Una vida de abundancia y +de movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos en sus +huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los +montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además, +el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer +dignamente los honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una +_señorita_ de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y +temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que +Sánchez Morueta había tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivía +estrechamente de las flacas rentas de algunas caserías: nobleza agrícola +que hacía remontar sus blasones á los tiempos casi fabulosos de Vizcaya, +á _Jaun Zuria_ el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa +fortuna del hijo del gabarrero, había accedido á emparentar con él. +Sánchez Morueta, casi al día siguiente de la boda, había continuado su +vida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer, +de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo ante los dos +ancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos +criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las +iglesias y las visitas á las principales familias de Bilbao. La +satisfacción de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia +de las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en +el matrimonio. + +Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su carrera, ocurrió la +muerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado de la fortuna +de su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala +suerte, repitiendo tenazmente que «aquello no podía durar». Al +presentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con su +gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias como +á los triunfos. Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con +que le apretó sobre su pecho, fueron las únicas muestras de emoción por +la muerte de su padre. + +--Luis--dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,--sigue tu +carrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles ante los +gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu +padre. + +Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en el +Barrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los más +célebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antes +que él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su +prestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de +pariente de Sánchez Morueta. + +Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos +hornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral de Vizcaya +monopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos, embriagándolo +con la borrachera de la fortuna. + +La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París: había +languidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que la +asustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se +instaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por los +cuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. La +acompañaba tardes enteras hablándola de París, la famosa ciudad del +pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo +había entrevisto en un rápido viaje de bodas. De toda la familia del +marido, Aresti era el único que lograba despertar en ella cierta +simpatía. Además, Sánchez Morueta siempre estaba ausente; sólo le veía +por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su +pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, se +enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba +consejos acerca de vestidos y joyas, recordando _in mente_ sus tratos +con ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, y +halagaba su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de +Bilbao. + +Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando á +éste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando, sin darse cuenta +de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadores +que el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios, según +Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco +en Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas, +sin separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y para +esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la +tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones, +se dedicó á proponer á Luis todas las jóvenes casaderas que conocía, +enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor. + +Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le convenía como la pequeña +de Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana, +emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas, +aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había gastado +mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las +familias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto la +diferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocracia +antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hija +de la fortuna, á la cual se había dignado descender. + +Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña de Lizamendi no le +parecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el +doctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el +salón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados consejos de su +prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila de +Sánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala _proporción_ la de +Lizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia de +familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la +profesión, encontrando, al volver á casa una boca sonriente que le +besase, unos brazos que vinieran á sorprenderle con repentina caricia, +mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien veía él que +Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la +mayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin más +horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias á la +iglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría á su imagen y +semejanza. ¡Infeliz doctor!... + +Al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente, +burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer! ¡Transformarla!.... +Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer aplastado en +el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas. Se +casaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no quería +separarse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba un +hombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estaba +enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba á +todas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por +fundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado, y que +una vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida de +visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la +otra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras el cual se ocultaba la +esposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo nuevo que no era +de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia +disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción. +Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre +jesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban á +Luis, con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir +gratuitamente á los elegidos del Señor. El médico racionalista se veía +convertido por su familia en un trotaconventos, curando á gentes que +insultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión de +darle las gracias echándole en cara su falta de religiosidad. ¿Dónde +estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? ¿Dónde +aquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con su +dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?... + +Aresti, á los dos años de casado, adquirió la convicción de que su +esposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la certidumbre de que +ella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el padre de +moda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entre +mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á los +negocios y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones de +su vida. Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su +mujer extrañas influencias que venían de fuera. En su casa, á solas con +Antonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que le +espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que á cada arranque de +pasión parecían interponerse entre su mujer y él. + +--¿Por qué estás siempre leyendo?--preguntaba á veces la joven.--¡Ay, +esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría! + +Con frecuencia, echábale en cara su falta de religiosidad; le oía con +sonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos científicos, pensando en +los fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella ciencia +malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le herían +menos en sus ilusiones. ¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía en +París, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se +acentuaba entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos +de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias ó las +artes, pero que en presencia de los señores recobraban su humilde +condición, y seguían siendo esclavos. + +Al intentar una débil protesta, se aterraba apreciando la separación +moral que existía entre él y su mujer. + +--Nosotras somos así--decía con altivez.--Cada uno es como se ha +educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase. + +La madre y la hermana iban más lejos. + +--Nosotras somos las de Lizamendi--le decían con arrogancia.--¿Y quién +eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría. + +Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un +abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separación +de lo que él consideraba su familia. + +¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatua +fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupaciones +religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis--decía su +esposa--mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer +examen de conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía +hasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era +suya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en una +especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas +conocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas +que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la +Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis! +¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á la +Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notaba +en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez +estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba +sus acciones. + +Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la +cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio +hostil de su mujer. + +--¿Pero quién eres tú?--le dijeron un día.--Un pobretón que, aunque +ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre +en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves para +otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de +filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero +como tu primo Sánchez Morueta!... + +Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por más +tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada +sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia. + +Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á las +minas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna, +salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no! +Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas +humillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer +dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos. +Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, para +justificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de su +carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías. + +Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió toda +relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar así +á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción +como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez +Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su +propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa +se contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua +amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao, +sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo. + +Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las +Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrina +Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en +estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en +apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como +avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos +religiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de la +ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las +tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irónicamente +«la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las +asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas, +en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta. + +Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su +primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco era +dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa, +para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su +hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el +dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de +humillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin +regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba +obligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amargura +del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría +momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograba +ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias. + +El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores que +esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dormían en las +aguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo. +En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de +Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para +resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. El +millonario lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme y +gallardo, una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida del +mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias +y preocupaciones terrestres. + +Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte +con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos +hornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, sus +numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los +extensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros. +Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el +martilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de los +convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su +chorro de chispas y escorias. + +Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era obra de su primo! + +--¡Qué hermoso!--exclamó dando con el codo al millonario y mostrándole +sus fundiciones.--¡Y pensar que de pequeño has correteado entre los +chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. ¿Hay alguien más +feliz que tú?... + +Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con inquietud, como si +temiera que se burlase. Después añadió con voz lenta: + +--Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A +mí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve.... +Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva. + + + + +III + + +Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta por ser sus días. No +estaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y su +hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitán +Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero +director de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctor +Aresti y Fermín Urquiola. + +Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de +la señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran simpatía. Era +un antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar la +Universidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismo +que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba +á sí misma distinguida, admirábale por su fuerza muscular y el +entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era +el organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones piadosas. +Su ideal consistía en tener á los _liberalitos_ en un puño y no dejar +que las gentes de la Maketania se apoderasen del país. Pasaba en Bilbao +por ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchas +electorales, se le veía con la boina sobre los ojos, empuñando un enorme +garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La +rizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros de +bohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las +hacía recordar la cara adorada de su ídolo. + +--¡Se le parece al señor!...--murmuraban.--Tiene toda la cara de don +Carlos. + +Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la más +leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso de +entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos del +fugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra, +apenas si le había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se +ayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao, +que veían en él un acabado ejemplar de la juventud sana educada en +Deusto. Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la misma +violencia de su partido cuando se batía en los montes. Por las noches +mezclábase en los escándalos de ciertas casas del barrio de San +Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices +mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda +sobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigos +tenían fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendo +benévolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida: +ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos. + +Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto, pero no osaba +manifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que parecía +orgullosa de su sobrino. + +--Este animal viene indudablemente por Pepita--decía Aresti, á quien +interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad. + +Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las insinuaciones de la +madre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero de los altos +hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían +intimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudiera +molestar á sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que +proyectaban los padres de la Compañía para entretener y conservar bajo +su dominio á una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos +temas, la joven se alejaba de él y permanecía silenciosa, como +abroquelada por la instintiva repulsión que parecía inspirarle el famoso +discípulo de Deusto. + +Aresti veía en su sobrina la niña rica de las familias de su tierra; +educada primero por las monjas y dirigida después por el confesor hasta +en los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad adormecida, +y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativa +propia. + +El doctor reconocía que no era gran cosa como mujer: la alegría de la +juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de +muchacha sana en la que todos los encantos femeniles están aún +recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma +definitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueleto +fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus +brazos delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primera +evolución de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el +bienestar, guardando aún los signos de su origen. + +Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recién +creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo +y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la +envidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como su +padre, cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas ó +asistía por las tardes á las conferencias de las Hijas de María. Los +jóvenes salidos de Deusto hablaban con fruición de ella y de los +millones del padre. «¡Qué magnífico bocado!» Y cada uno acariciaba la +posibilidad de que le tocase la lotería del matrimonio, en un país donde +casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios +vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de +algún padre jesuíta. + +La comida deslizábase placenteramente. Todos sentían la dulzura del +bienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor, al que daban, +el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión de +suntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucían +su brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por las +vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento, +las verdes copas de los árboles del jardín. La mesa era servida por +criadas jóvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y +rojas como melocotones, daban una impresión de perfume primaveral +semejante al de las flores que adornaban la mesa. + +Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía mucho tiempo que no la +había visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de Lizamendi; ni +una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la visita que +por la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola, encontraba +en ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se había +cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en él +cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual +recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella +los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de +la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura. + +--Esta se entrega--pensaba Aresti.--Huele á incienso como las otras. + +El médico atraía las miradas y las preguntas de todos los convidados. +Era un original que despertaba interés, viviendo como un solitario en la +montaña, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con +cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á Aresti +como si fuese un viajero de vuelta de una exploración por países +salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se +presentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía para +enriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomaban +alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de +trabajo rudo y aquellas _chabolas_, donde dormían amontonados los +hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias +con tocino, sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecía +más hermoso, y sonreían al desfile de manjares, á las _angulas_ del +país, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platos +extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á la +fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tenía delante, y +en las cuales iban cayendo los vinos más diversos, desde el _Tokay_ y el +_Chablis_ del principio de la comida, hasta el _Cordón Rouge_ y el +_Pomery_, que servirían al final. + +Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el +café ó en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud +piadosa y elegante que le tenía por capitán. Él no era enemigo del +pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre +escribía encíclica sobre encíclica en favor de los obreros. Pero el +pueblo era para él, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con +el cura y el señor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen +á él las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas +costumbres, sin más diversión que bailar el _aurrescu_ los domingos y la +_espata danza_ en las fiestas del patrón, ni otros vicios que empinar un +poco el codo en las romerías. Aquella gente vivía feliz en su estado, +sin soñar en _repartos_ ni en revoluciones; antes bien, dispuesta á dar +su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen á él del +populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las +provincias, _maketos_ llegados en invasión, trayendo con ellos lo peor +de España, contaminando con sus vicios la pureza del país; siempre +descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los +ricos y comparando su miseria con el bienestar de los demás, como si +hasta en el cielo no existiesen categorías y clases. + +Y ante la mirada acariciadora de su tía, que admiraba sus ardorosas +palabras, continuó el fuerte discípulo de Deusto: + +--Los míos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y demás +zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi +todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansía bajar un +día á Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos á tiros. + +Aresti volvióse hacia su primo, que comía silencioso, lanzando alguna +que otra mirada al sobrino de su mujer. + +--¿Qué te parece, Pepe, cómo piensan estos jóvenes? + +Y encarándose con Urquiola, le dijo con una timidez irónica, dando á +entender su deseo de rehuir discusiones con él. + +--Pues esa pillería venida de... España; ese rebaño _maketo_ y pecador, +es el que trabaja y da prosperidad á Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo +en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral ¿qué sería de esta +tierra? Los buenos, los del país, no hacemos más que vigilar su trabajo +y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aquí antes que ellos +llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados á +América para mantener á los blancos. Vienen empujados por la miseria, y +ya que no podemos agradecer su sacrificio con el látigo, les pagamos con +malas palabras. + +Urquiola encabritábase ante las palabras desdeñosas del doctor. +Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneración: la prueba +era que no ahorraban, que no hacían el menor esfuerzo por salir de su +estado. + +--¡El ahorro!--exclamó Aresti.--¡Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos +cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma +clase que les explotan en el alimento y en la casa!... + +--Eso no--intervino Sánchez Morueta, con autoridad.--Ya sabes, Luis, que +no estoy conforme con tus ideas. El obrero español es víctima de la +imprevisión. En otros países es distinto: el trabajador se forma un +pequeño capital para la vejez... + +--¡Bah! En otros países ocurre lo que aquí. Y lo que hace que el obrero +moderno sea rebelde y se entregue á la lucha de clase, es la convicción +de que, por más que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldrá de su +miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de +trabajo rudimentario, de industria doméstica, aún podía soñar con +hacerse patrono; podía con sus ahorros adquirir los útiles necesarios y +convertir su casa en un pequeño taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que +ayune un obrero tuyo, amasando céntimo sobre céntimo, ¿llegará á ser +accionista de tus fundiciones? ¿podrá adquirir un pedazo de las minas, +con todo el material necesario para la explotación? + +--Eso está bien--arguyó Urquiola con acento triunfante.--Este doctor +dice á veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos +tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que +volver á la época en que no había progreso y los hombres vivían +tranquilos. + +Sánchez Morueta miró al joven con unos ojos que alarmaron á doña +Cristina, haciéndola temer por su sobrino. + +--Eso es una majadería--dijo con calmosa gravedad.--Eso sólo puede +decirse á la salida de Deusto. ¡Suprimir el progreso porque trae algunas +complicaciones!... + +Y aquel hombre siempre silencioso, habló lentamente, pero con gran +energía. Era un admirador religioso del capital. Aresti conocía su +entusiasmo frío y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los +descubrimientos industriales, había revolucionado el mundo. El +millonario era á modo de un poeta del capital, y sacudiendo su +ensimismamiento, rompió en un himno á aquella fuerza casi sagrada, +puesta en manos de contadísimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que +era un auxiliar indispensable, sufría crisis y miserias, ¿pero por esto +había que renegar del progreso, legítimo hijo del capitalismo +industrial? La gran revolución moderna era obra de la religión del +dinero, en la cual figuraba Sánchez Morueta como el más ferviente +devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, había multiplicado +los productos, y disminuido su valor, poniéndolos así al alcance de la +mayoría, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba +de comodidades que no habían conocido los ricos de otros tiempos. El +capital al servicio de la industria había civilizado territorios +salvajes, había destruido fronteras históricas, estableciendo mercados +en todo el globo: él era quien surcaba las tierras vírgenes con los +rails de los ferrocarriles, quien removía los mares para tender los +cables telegráficos, quien ponía en comunicación los productos de uno y +otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las +grandes hambres que habían hecho rugir á la humanidad en otros siglos. +Los poderes históricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los +reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de +guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes +ejércitos, tenían que mendigar en sus apuros á los capitalistas ocultos +en sus escritorios. Detrás de los imperios victoriosos estaban ocultos +los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo á +la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran república de los +capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, dueña de +la suerte del mundo. Y lo que más entusiasmaba á Sánchez Morueta, en +esta secta oculta de universal poderío, era que sólo á la capacidad le +estaba reservado entrar en ella. La jerarquía industrial no era como las +dominaciones sacerdotales ó guerreras del pasado, en las que se figuraba +sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de +capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo, +aprovechando los residuos de su desgracia, venía á iniciarse en la +poderosa secta. ¿Dónde encontrar una institución tan grande y poderosa y +á la par tan _democrática_ y modesta? ¿Y había locos que pedían la +muerte ó la modificación de una fuerza que había transformado la +Tierra?... + +Aresti protestó. Él reconocía las grandezas del régimen capitalista, las +ventajas sociales que había reportado á la humanidad con el auxilio del +trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios. +Pero el trabajo ¿veía recompensados igualmente sus esfuerzos? ¿No se +encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse á +principios del siglo XIX la gran revolución industrial? + +--Eso es un error, Luis--dijo el millonario.--El trabajo está mejor que +nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el +interés del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones +obreras el tipo de los jornales. + +--¡Bah!--dijo el doctor con gesto de desprecio.--¡El aumento de unos +reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada +sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal +equilibrio, aumentándose el precio de los productos, y el trabajador, +con más dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios +de postura, creyendo engañar con ellos á la enfermedad. Al trabajador de +nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en +esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el +sitio que le corresponde, ser dueño de lo que produce. + +Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor. +Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el único que +sonreía con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella +cuestión. + +Doña Cristina, temiendo que la polémica acabase por turbar la placidez +de la comida, intervino, preguntando á Aresti por sus amigos de +Gallarta. Pepita apoyó á su madre. La gustaba conocer las +excentricidades de aquellos contratistas que no sabían en qué emplear su +riqueza. Reía con alegría de niña educada aristocráticamente, al +enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la víspera, +que, no hacían más que seguirlas huellas de su padre. + +Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave ironía, describió los +banquetes pantagruélicos de las minas, con sus lluvias de _Cordón +Rouge_. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos +originales aquellos ricos, que aún guardaban la boina y los zapatones +del obrero. Bajaban á la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes +de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo más extravagante y +chillón, todo lo que en almacenes y tiendas no sabían á quién colocar; +muebles complicados y bizarros que se cubrían de polvo de mineral, sin +que sus dueños osasen acercarse á ellos, por miedo á deslucirlos. Cada +vez que el doctor, después de una visita, quería lavarse las manos, +quedaba asombrado ante las toallas con más colores que el iris, y las +pastillas de jabón en forma de tigre ó de lagarto que parecían +fabricadas para reyezuelos del África. Todos se extasiaban ante el +asombro del médico, aceptándolo como una admiración muda. Algunos, como +recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual +si fuese un tesoro. Realizaban la ilusión acariciada tantas veces en su +época de pobreza. «Pruébelo, doctor: es de lo más selecto de la Rioja: á +tantos duros la arroba.» Otros se cubrían de brillantes las manos y el +pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si +fuesen animalillos delicados y frágiles que al menor roce se podían +desvanecer. No osaban rascarse porque, según ellos, el pelo rayaba y +deslucía las joyas. + +Y en su vida monótona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin +otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un +nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educación de los hijos. Los +enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen á los +señores de la villa. Los padres los querían ingenieros, como los +ingleses que venían á explotar las minas: las madres los soñaban +elegantes, y de cuerpo delicado, como los señoritos que hacían la parada +en la acera del _boulevard_ del Arenal. Unos enviaban sus hijos á +Francia; otros á Suiza; el vecino de más allá, guiado por el deseo de +excitar la envidia del compañero, empaquetaba su descendiente para +Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvían de allá +revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haciéndose admirar +por los trajes, y asombrando á sus madres con la costumbre del _tub_, +del baño diario, del duchazo á cada momento, lo que escandalizaba á unas +gentes que en su juventud dormían vestidas. Pero los instintos +hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoños de la montaña: +resucitaba en ellos el gusto á la antigua vida y poco á poco abandonaban +los trajes exóticos, agarraban la escopeta y volvían, como sus padres, á +las comilonas, á la caza y hablar de ganancias de miles de duros, +acordándose de su educación extranjera como de un sueño. + +La apuesta era la pasión más vehemente, el placer más vivo de los ricos +encerrados en la montaña. Las pruebas de bueyes y los desafíos de +barrenadores hacían que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto á +la fuerza, la adoración á la brutalidad, con todos los encantos del +juego de azar. Tenían en las minas mozos hábiles en el manejo del +barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero ó +un pelotari famoso. En Gallarta había un jayán, vencedor en todas las +apuestas, que los contratistas llevaban á sus cenas, cuidándolo como si +fuese una mujer amada, tentándole los músculos para apreciar si su vigor +decrecía, engordándolo á todas horas con champagne y fiambres, con igual +mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos á las +gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipúzcoa, llevando en +triunfo á su barrenador favorito, para que luchase con los más fuertes +de otras comarcas. Ofreciendo los billetes á puñados, seguían durante +horas enteras el jadear de su ídolo, atacando con el hierro la piedra, +hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando +victoria más por el orgullo de la clase que por las ganancias de la +apuesta. + +Todo les servía para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba á +manos llenas. Se valían para sus porfías lo mismo de la voracidad de los +perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes +habíanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que aún hacía reír +al doctor. Tratábase de saber quién sería capaz de tragarse más sopas de +leche, si los galgos enjutos é insaciables de uno de los contratistas ó +los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estómago +sin fondo, que nunca creían llegado el momento de levantarse de la mesa. +Toda la gente desocupada del distrito acudió á presenciar el +espectáculo. Se depositaban á puñados los billetes de Banco, como si +fuesen retazos de papel sin ningún valor; unos por los perros, otros por +los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y +el rebaño miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto, +ante las rojas trincheras. + +--Las sopas de leche se servían en cubos--continuó Aresti.--Los galgos, +en un momento, ¡zás, zás!, se las tragaban sin pestañear; lo mismo que +si le echasen cartas á un buzón. Los jayanes comían lentamente, sin +mostrar prisa. Así estuvieron varias horas.... + +--¿Y quién ganó?--preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la +estúpida apuesta. + +--¿Quién había de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo +después con su filosofía de palurdo: «Estaba seguro de mis muchachos: el +animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere más, y el hombre, +como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente». Y no +se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y á los pocos +días, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompañó +cantando hasta el cementerio. + +A pesar de este final triste, los convidados de Sánchez Morueta reían, +encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes. + +Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida. El capitán Iriondo +después de brindar por su principal y amigo se despidió, alegando que +tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fué con +él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una +habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre. + +Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, harían música. +Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna canción vascongada +de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del +ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á llegar hasta el +comedor las escalas y arpegios del piano. + +Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión, +mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al jardín. La +tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en +las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el +jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido +de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las +verjas. + +El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el +único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cariño le echó +sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el día, +que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete +con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El cariño +á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena +digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos +bondadosos é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya +para romper á hablar. + +--Vamos, desembucha--dijo el médico alegremente.--Ya sé que soy tu +confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisión de +palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma, como +diría uno de esos curas, amigos de tu mujer. + +Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de +extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un momento +alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de +coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas +ocupaciones! ¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la +montaña, donde todos le pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la +servidumbre de la riqueza, á vigilar y ordenar la llegada de aquel +chorro de dinero que se metía por sus puertas sin desviar su curso, se +aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada +espera, que es el más triste de los fastidios. + +Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal. +Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y +fecundarla con ardorosa violación. _Había llegado_ como los políticos +célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, +conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos, +aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre +tenían la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la +combinación política del día siguiente, en la obra artística, que les +bullía en la imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al +ir á darla forma. Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de +su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre. Había querido +ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un +rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y +perenne. ¿Para qué quería más? Establecía nuevas fabricaciones, y, al +poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. +Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe +la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él; +estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus +brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante. + +Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si las huelgas cerraban +momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes +mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en +distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el +prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un +aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde +revolotean libres los pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba +el mar, y tenía casi á la puerta de su casa un palacio flotante, el +yate, cuya fotografía publicaban los periódicos ilustrados para envidia +de los infelices: pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver +llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia; se +aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos, haciendo +vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija +no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas +estancias en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera, +guardando una instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña +y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos. + +El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con +brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su fortuna, y ahora se +debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y +descansar. + +No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguiría +viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la +fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir +la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que +estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído +encontrar remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la +construcción; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas +de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los +cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado; encontraba pueril +levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía; fabricar +avisperos en que se cobijarían otros tan tristes como él, pero animados +siquiera por el amargo placer de envidiarle. + +--Me aburro, Luis--decía el millonario.--Siento una tristeza sin +esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más terrible +que todas, pues pocos hombres la conocen. + +Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y +las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los +que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el +invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como +placas de oro. + +Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si +aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo +bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta +lamentarse en medio de la opulencia de su vida! + +--Entonces,--dijo el doctor--eres infeliz porque nada te falta, porque +posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos. + +El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que +da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza, +para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus +estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle. + +Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella +marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el +mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de +varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á +uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país, +satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa +destruida y la familia ausente. + +Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le +relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su +lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de +protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los +sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?» + +Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia. + +--Lo que llaman mi palacio--murmuró--no es para mí más que una casa de +huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi +juventud de empleado; eso es todo. + +--¿Y tu mujer? ¿Y Cristina? + +--¡Mi mujer!--dijo el millonario con amargura:--yo no tengo mujer: sólo +tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida +material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped +que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de +respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo +vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis +millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar +de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca. + +Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor +alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su +hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La +amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus +amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se +había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador; +porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en +Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia +completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había +indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los +continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y +rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y +era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por +su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una +pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo +del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus +ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba +exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni +ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah! +¡cuando descansase--se decía entonces--cuando viera asegurada su +fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su +opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de +Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en +vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una +excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy +interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa +administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con +la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de +Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido +para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por +alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó +en el salón de visitas de los padres de la Compañía. + +Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los +negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con +delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como +si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las +vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más +allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de +vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin +dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera +la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas +era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un +marido á su mujer con _melifluidades_ de esas que sólo se ven en los +amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del +pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar +de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir +el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta +tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos +por darla vida. + +Nada malo podía decir de ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, +que aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su +carne y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el +millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un +arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la +carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si +estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no +turbaban su voluntad. + +Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse +con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la +perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en +la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas. +Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su +cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de +triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la +esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta +satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el +lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las +madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa +ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez +Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba +ella en vísperas de una comunión aparatosa!... + +Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para +siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor +dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad +ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una +servidumbre cruel de su sexo. + +--Es muy honrada, muy virtuosa--dijo con amargura el millonario,--pero, +para mí, como si no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la +vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable. + +Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta, +cantando al piano el _Goizeko izarra_, la invocación melancólica á la +estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas +esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de +la tarde. + +--¿Y esa?--preguntó el médico.--¿No tienes á tu hija?... + +El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne +de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su +esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de +su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica. +Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa. +Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de +negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su +nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla +con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no +entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la +infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando +en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un +hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal +de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le +indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida +de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de +su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin +que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar, +como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á +casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su +salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma +eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba +frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él. + +--La amo--decía el millonario,--la amo á pesar de todo. Pepita me quiere +á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente +cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella +me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que +pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy +loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza, +este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre; +el único pariente verdadero. + +Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto +conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta: era la de +muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces +del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios +eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se +perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando +consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella +dedicándose á la devoción. + +Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si +ansiase decirle toda la verdad. Así era él también: necesitaba amor y +amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la había +buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del +sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía +soñar y sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le +retrogradaba á la juventud. Y con arrobamientos de adolescente, +recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor. + +Había comenzado por una aventura vulgarísima: un encuentro en Biarritz +con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida +en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena juventud había +corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las +relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando +no volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con +remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á +sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en +Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante +de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada +del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los +tablados de los _music-hall_. ¿Qué tenía aquella mujer que le +trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el +sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como +una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las +preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al considerarse +culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación +de vida que le sacaba del letargo de su existencia. + +Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad +monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil +le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la +correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que +estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de +champagne y música chillona de café concierto. La expansión, dulcemente +truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de _petit coco ó mon +gros cheri_, hacíale sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era +una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi +en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia, +sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias +felinas de una bayadera asiática. + +Había acabado por arrancar á Judith de su vida de aventuras, por +instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila que vive +de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había +desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa +hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y +costureras, que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho +del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero +se escandalizaba y enfurecía ante la _cocotte_, la hembra que pusiera +en sus sonrisas algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las +necesidades de la carne. Otros más valientes que él habían intentado +aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y +todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras. Hasta habían +cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas, para obligarlas á +levantar el campo. + +El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó tres días, +pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno. Todos +le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que +animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar +más soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor +esmero del adorno de su persona. + +--Tú mismo--decía al médico,--te has extrañado de este cambio muchas +veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres. + +Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con +entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no hacía +mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de +placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar +una gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en +sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por +mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le +sonreía, cómo salían á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando +se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid. +Aquella era su verdadera casa: allí pasaba los mejores días, y á no ser +por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría á +terminar su existencia. + +Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente: había +afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de duración. Sólo á +un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia... ¡Tenía un hijo! +Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se +apresuró á añadir: + +--Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío! ¡bien mío! Un niño de +tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de +Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin +conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que +soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi +lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho! + +Y hablaba enternecido de aquel hogar oculto, de la familia improvisada +que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar +tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua _divette_ +aventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y +entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El +millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza +afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él. + +--Un verdadero hijo del amor--decía el hombretón con sonrisa +placentera.--No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni +esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado! +¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana. + +Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de +indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más +hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en +los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber +y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono, +en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla +casera. + +Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus +paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente, +sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de +la tertulia de doña Cristina. + +--¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco +fuera, ocultándome como un malhechor!--exclamó el millonario, como si el +recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.--Pero no +creas, Luis, que estoy arrepentido--añadió con resolución.--Yo tengo +derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero +dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto? + +Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si +proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos. +La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar +con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era +que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no +existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese +amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor +desgracia es abrir los ojos. + +--Me quiere, Luis, me quiere--interrumpió el millonario +apresuradamente.--¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era +yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos +de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era +yo Sánchez Morueta. + +El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su +optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el +asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales +para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras +arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su +riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su +primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les +ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los +que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una +compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su +existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó +egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y +valerosos--él, por ejemplo,--rompían abiertamente, no queriendo vivir +encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con +la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera. + +Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco +por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no +tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de +educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al +aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las +mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é +hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los +poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer +gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje +aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando +el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de +la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para +vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á +las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más +diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de +las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza. + +No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los +aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar +su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del +demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de +heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros +funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer: +las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas +ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo +que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su +teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la +arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el +armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían +acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico. + +Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio, +para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta +la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué +habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados +por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse +obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo +al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se +presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una +devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo, +dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba +desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales +se movían, sin conocer el impulso de sus acciones. + +Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes, +porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en +mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El doctor se +indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las +mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que +aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban +al hogar las exigencias de una dominación acaparadora. + +--Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa--dijo el +doctor,--¿qué has hecho para evitarlo?... + +Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él? +¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?... + +--Tú has dejado, como los otros--continuó el doctor,--que tu mujer +buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te +extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de +adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se +comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de +negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á +los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de +su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna, +¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas, +separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto +que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus +propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna +vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan. + +El millonario sonrió con desdén. + +--¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!... Efectivamente, son gente +antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me +batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan +de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas. +¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos, +cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?... + +Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de +sonreír. + +--No sigas, Pepe--dijo el doctor.--Adivino lo que piensas. Soy un cursi. +Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que +instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal +de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo +intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán +astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las +horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al +Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios. + +--¡Yo no digo tanto!--exclamó el millonario.--Yo no creo en ellos, y +hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al +jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y +heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas +partes y creer en sus venenos y puñales. + +--Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra +nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me +ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa +que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden +contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les +ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré +lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo, +llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado +para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á +repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse +de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de +que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos +y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece, +diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en +cambio el cielo.» + +Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en +la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos +era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se +distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como +apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de +riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían +enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su +talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de +fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se +evidenciase su vulgaridad. + +El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían +ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos, +podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea, +temibles únicamente para los que viven á su sombra. + +Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia +era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás +órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había +apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes, +despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los +procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas +épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer +dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto +voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho +indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía +afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al +pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana. +Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en +acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y +vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete +se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía +había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo +había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el +catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el +jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que +decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el +_Jesu_ de Roma. + +--Esto á mí en nada me interesa--acabó diciendo Aresti.--Yo vivo fuera +del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro. + +Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con +la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas +religiosas; no le preocupaban. + +--A tí, sí--dijo Aresti con energía.--A tí deben preocuparte. Crees que +vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con +curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles +ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el +círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de +la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario +Sánchez Morueta! + +El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían +oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que +alguna vez hacían memoria de ellas. + +--¿Pero es que Londres es Bilbao?--gritó exasperado el doctor.--¿Acaso +Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las +naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en +cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no +concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos, +puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y +perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan +como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el +jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la +_cursilería_! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!... + +--Sí; aquí dominan mucho--dijo el millonario con gravedad.--Yo sé que á +otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de +capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó +retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen... +pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú +creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios; +han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no +necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no +entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me +impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la +gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí +alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos +señores de la Residencia? + +--No: no vienen--dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.--¿Y para +que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu +permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija? +Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las +aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la +familia.... + +--Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces +mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe +para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo. + +Aresti estaba pensativo y parecía no oírle. + +--El otro día--dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria--leí +un drama en francés y me acordó de tí. Era _La Intrusa_ de Mæterlinck, +¿Conoces eso?... + +El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura. + +--La _Intrusa_--continuó el médico,--es la Muerte, que entra en las +casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso. + +Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la +mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde. +En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad: +fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el +cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en +el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados, +ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces +despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores +caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de +inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en +la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento. +Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia +cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible, +con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y +después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se +adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante +la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la +enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La +enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama +atravesando todos los obstáculos; la _Intrusa_, para la que no hay +puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta +presencia. + +Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á +su primo, que parecía no comprenderle. + +--En tu casa ocurre lo mismo--dijo tras larga pausa.--Crees que ese +enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu +mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que +llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos +los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando +regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de +María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No +percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te +mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario +que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí, +pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu +hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un +instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso. +Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo. + +Sánchez Morueta reía ruidosamente. + +--Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te +ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos... y +demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi +familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga +con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer +yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de +comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa +que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no +lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú. + +Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no +quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus +creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y +recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo +británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una +misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos. + +Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de +la libertad. + +--Yo también creo lo mismo--exclamó;--pero en un país como ese de que +hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la +persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias +diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una +especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende +dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad +absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y +por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro +siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las +leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres. +Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han +de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con +esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las +creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando +exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un +siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por +completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy +un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi +país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero +ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la +violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar +á su tierra de la miseria del pasado. + +Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus +palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida, +hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir +una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el +mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia +los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, +abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos. +Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían +empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros +sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser +los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para +existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía +conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad. + +Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que +en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus +barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la +desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los +expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la +vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la +existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen +sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza +contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la +apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado +perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las +gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir +las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como +obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las +miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en +cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su +alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de +lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y +que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este +mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que +más allá no existe otro mejor. + +Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego +homicida. + +--Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un +hombre _moderno_ como tú se exprese de tal modo. + +Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su +primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía +lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros +pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la +Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la +libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había +servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento, +pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes, +aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo +y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á +paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por +delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa +sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos +cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se +podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español +lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que +turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían +la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos +aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los +procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al +fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba +de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban +de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los +católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para +demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién +podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de +familiar del Santo Oficio? + +Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba +la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían +con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo +impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la +gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no +se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó +más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como +algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que +hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología +revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos +cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba +del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía +instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con +el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el +trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores, +buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las +huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: +las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que +cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos +tenían por final la quema de algún convento. + +--Y es que el pueblo--continuó Aresti--adivina por instinto cuál es el +enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se +junta para algo que no dirija contra él sus iras. + +El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en +apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la +Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban; +vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de +temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los +ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus +miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por +instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de +avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo. +Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos, +haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la +limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado, +obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las +miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que +sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se +vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores. + +Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la +historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero +inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes +de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre +sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que +provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban +venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué +comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que +después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la +inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres. + +--España es un país de olvido--decía el doctor.--Aún se estremecen en +Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro +horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros +poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han +encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué +una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para +divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de +la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por +segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de +mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo. + +Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado, +Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de +sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora +de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de +aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en +nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos +que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus +divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad, +como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor +motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes +del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su +contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país +donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de +Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante +de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales +pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por +él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como +holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían +víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo +durante siglos á su imagen y semejanza?... + +El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su +cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y +defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de +la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el +caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura: +Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el +inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio +de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal +y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de +escombros. + +--¡Estás loco!--exclamó Sánchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa +fama de hombre que tiene _cosas_. Si te tomase en serio, habría para +sentir horror por lo que dices. + +Aresti se encogió de hombros. + +--Pero ven acá, mediquillo chiflado--continuó el millonario.--Reconozco +que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que +yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han +puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos +no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se +encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es +tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha +libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la +civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen +salirse de él! + +--¡Ahora me toca á mí reír!--exclamó el doctor. + +Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus +razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de +la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación, +la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por +el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del +rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento, +compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!... +Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los +esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las +ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y +se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por +encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en +medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos. + +Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran +los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del +ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y +evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía +Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos. +Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y +sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del +jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el +ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la +fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No +había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España, +que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior, +condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su +existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y +famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe. +Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta +del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la +riqueza. + +La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la +codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en +provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante +la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había +de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó +si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los +dominadores acampados sobre ella. + +Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía +ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la +Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos +de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que +poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de +hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de +imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los +espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía +vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la +razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á +rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con +unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones +indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se +indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus +crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de +combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como +locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que +no intentaran imponerse por la violencia. + +--¡El respeto á la libertad!--continuó el doctor dirigiéndose á su +primo.--Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que en una +colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera. + +Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al mismo tiempo que la +describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la bestia, ¿Con +qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para ser +libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como +en su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía +abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su +agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de +una zarpada, desgarrándole el pecho con los colmillos. + +--Suelta á la pantera de nuestra historia--gritaba el médico;--déjala en +libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella +unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y +ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua. + +--¿Y qué quieres?--preguntó Sánchez Morueta.--¿Matarla? ¿Crees que eso +es posible, de un golpe? + +--Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo. + +Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió con convicción: + +--Matar la fiera sería lo mejor. Pero de no ser así, hay que conservarla +entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uñas, +arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan +convertido la pantera en un perro manso y débil, entonces, ¡puerta +abierta! ¡libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en +ella, bastará un puntapié para volverla al orden. + + + + +IV + + +El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Sánchez Morueta, +ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcción, con las +paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se +alzaban entre aquél y la ría. + +Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administración, con la +pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de +mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparcía por toda España +en forma de rieles, lingotes y máquinas, y de los jornales de un +ejército de obreros ennegrecidos y tostados junto á los hornos. Arriba, +en lo más alto, estaban los _técnicos_, el cerebro que dirigía aquel +establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad. + +Esta parte de la casa era la única que los trabajadores veían sin odio. +Los días de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las +ventanas del primer piso, como si fuesen á asomar á ellas los +administradores que regateaban el precio de su faena, cercenándolo con +multas y descuentos por tardanzas ó descuidos en el trabajo. Si miraban +más arriba era con el respeto que á la gente sencilla inspira el +estudio. + +Aquellos señores que pasaban el día inclinados ante los tableros de +dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada ó alineando +números y letras para sus cálculos, eran mirados como seres superiores. +El rebaño obrero sentíase en contacto más íntimo con aquellos hombres +que se limitaban á dirigirles en su trabajo, que con los otros de la +administración que les entregaban el dinero. + +Bajaban á ciertas horas del día á los talleres, para dar sus órdenes á +los contramaestres, y volvían á encerrarse en su estudio misterioso, sin +que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era +Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conocía á +todos los trabajadores, llamándolos por sus nombres. Cuando ellos veían +á don Fernando en los talleres, les parecía el trabajo menos pesado y +procuraban que su tarea fuese más rápida, como si el ingeniero hubiese +de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parecía tener +alrededor de su persona el ambiente de simpatía y atracción de los +grandes caudillos, de los apóstoles que arrastran las masas. Había +nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenían +quejas que formular iban á él, aun sabiendo que su influencia no +alcanzaba á la administración, y después de escuchar sus consejos se +retiraban más tranquilos, como si hubieran conseguido algo. + +La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa +espontánea, reflejo de un carácter recto, transparente y sin dobleces, +cautivaban á unos hombres habituados á la voz imperiosa de los +contramaestres y á las respuestas altivas de los escribientes de la +dirección. + +Vivía como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja +cuyo marido había muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje +servía para mantener á la viuda. En torno de él había fabricado el +afecto de los humildes una aureola de bondad. + +Una gran parte de su sueldo la enviaba á su madre y sus hermanas, que +residían en la ciudad de Levante donde él había nacido. La pobre señora +había intentado vivir cerca de él, pero temía al clima de Bilbao. Muchos +obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado +en bandos, de anticuada distinción, que paseaba en los días serenos por +cerca de la ría, apoyada en sus dos hijas, quejándose de las lluvias +frecuentes de aquel país, de la atmósfera cargada de carbón y polvo de +hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en +los naranjales caldeados por un viento ardoroso. + +Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el interés que +mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el menor +esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún +trabajador que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado. +El elogio que hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.» +Además, le querían, por verle siempre en guerra con los señores de la +administración, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas +trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para +colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compañeros suyos de +las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se preocupaban más de los +pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valiéndose de ciertos +espionajes de taller, los tenían sometidos á continua vigilancia, +clasificándolos según sus creencias. + +Un día el ingeniero había tenido un choque con la administración, al ver +despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un obrero antiguo. Todos +los compañeros recordaban que un mes antes su camarada había enterrado +civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un hijo +suyo, y acusaban á los _culebrones_ de la dirección de una ruin +venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después +de matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que +debían pensar? ¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como +ciertos hipócritas que halagaban de este modo á los amos, para +procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusión en les oficinas y +acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El millonario, abstraído en +sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fábricas, y se indignó +contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se +aprovechaban de las facultades que él les daba, para imponer sus +creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero volvió á +ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al +ingeniero esta victoria. + +Si Sánchez Morueta gozaba de algún afecto entre los miles de hombres que +le veían pasar como un fantasma por el edificio de la dirección, era un +reflejo del cariño que todos sentían por Sanabre. Aquella gente +adivinaba la simpatía que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don +Fernando estuviese al lado del millonario, no había que temer que +entrase en los altos hornos el espíritu de purificación santurrona que +reinaba en otras fábricas. Él defendía los intereses de su principal, +procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres +todos quedaban en libertad. No ocurría lo que en las fábricas y las +minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos +periódicos ó la asistencia á un mitin, para ser despedido con ridículos +pretextos. ¿Qué le pediría al amo aquel don Fernando tan bueno y +simpático que no se lo concediese? + +Y así era: Sánchez Morueta sentía por Sanabre un afecto casi paternal. +Encontraba en él algo de aquel hijo, que en vano había esperado en los +primeros tiempos de su matrimonio. Hacía ocho años que se había +presentado una mañana en su escritorio con una carta de recomendación de +un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero +industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener á su +madre y sus hermanas que subsistían de una mísera pensión del Estado. Su +padre había sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres +de guerra: la espada pasaba de generación en generación, como +instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero á él no +le gustaba la profesión de soldado: se parecía á su madre. Y Sánchez +Morueta, examinando al muchacho, reconocía que efectivamente había en él +muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos +finas, la piel lustrosa, de un moreno pálido, los ojos grandes y dulces, +tal vez en demasía para un hombre, y una dentadura igual y nítida, sin +esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote, +ensortijado con cierta arrogancia, era la única herencia física de sus +belicosos antecesores. + +El millonario sintió simpatía por el joven desde el primer instante. Tal +vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la +delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energías, su viveza de +carácter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo «Parece un tenor»--se +dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariñado con su +idea, no oía ópera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los +cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba á su +joven ingeniero. + +Sanabre no tardó en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre +de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas +veces, antes de hablar, salía al encuentro de su pensamiento, lo +adivinaba, cumpliendo las órdenes que el millonario aún no había +formulado. Además, el ingeniero tenía sus ideas propias, y las +comunicaba con una discreción tan suave, que el principal acababa por +creerlas suyas. + +Cuando Sánchez Morueta le tomó bajo su protección acababa de fundar los +altos hornos. Sanabre entró en el despacho de los ingenieros como un +simple agregado, trabajando á las órdenes de un inglés, que había +construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde, +pues pasada esta hora, el _whisky_, bebido en abundancia durante el día, +le impulsaba á las mayores extravagancias. Cuando el inglés volvió á su +país, Sánchez Morueta miró con sonrisa paternal á su ingenierillo. +«Muchacho, ¿te atreverías tú con todo eso?... ¡Vaya si se atrevió! El +millonario reconocía que desde que Sanabre estaba al frente de los altos +hornos marchaba la explotación con más regularidad, siendo menos +frecuentes los conflictos entre la administración y el ejército obrero. +Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la +complicada máquina, acudía á remediar la aspereza con su dulzura y sus +buenas palabras. A no ser por él, hubieran surgido varias veces en los +talleres la protesta y la huelga. + +Los de la administración--por exceso de celo y por antipatía instintiva +hacia la masa jornalera, que vivía sin acordarse de la religión, +hablando á todas horas de sus derechos,--inventaban á cada paso nuevas +reglamentaciones para cercenar algunos céntimos de los jornales ó +aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea +hablaban de la necesidad de «velar por los intereses de la casa», y al +mismo tiempo, de meter en un puño á aquella gentuza, cada vez más +exigente y respondona. Pero Sanabre estaba allí y servía de +intermediario y pacificador. ¿Qué le importaban á un potentado como +Sánchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa +entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna. + +El millonario aceptaba silenciosamente la opinión de su ingeniero, y +renacía la paz, mientras los _jesuitones de la Dirección_ (así los +designaban en los talleres), sonreían hipócritamente á Sanabre, +agradeciéndole las derrotas con felina amabilidad. + +Muchos obreros habían notado cierta transformación en la persona y las +costumbres del ingeniero director. Vestía con más esmero, y los que +estaban habituados á verle en los talleres con boina y zapatos de suela +de cáñamo, sin preocuparse del polvo del carbón ni de las chispas del +acero, se inquietaban ahora cariñosamente por los trajes nuevos y los +sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo +descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los +cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban +la atención de las mujeres que trabajaban en el carbón, pobres seres +enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenían algo que +pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable. + +--¡Chicas: nos lo han cambiado!--se decían;--ya no es don Fernando: +parece un señoritingo de los del Arenal. ¿Quién será la novia?... + +Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina +transformación. + +Algunas noches le veían los obreros salir en un coche para Portugalete: +de allí pasaba por el puente colgante á Las Arenas. De alguna de estas +excursiones volvía con una flor en la solapa, conservándola varios días, +hasta que se secaba. Los trabajadores que tenían más confianza con él, +sonreían al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este +adorno de la solapa, mientras pasaba revista á los talleres. + +--¿Cuándo es la boda, don Fernando?--le preguntaban. + +Y él contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como +si desease comunicar algo de su felicidad á cuantos le rodeaban. La +visión de un jardín, y de una mujer, marchaban ante él por los negros y +ruidosos talleres, embelleciéndolo todo como un rayo de sol. + +Una tarde de verano, escribía Sanabre en su despacho, junto á una +ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ría, con dos vapores, un +trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla +opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un niño, +y de bigote erizado, trabajaba cerca de él, y en la habitación inmediata +los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteniéndose algunas veces +para pedir aclaraciones. + +Sanabre parecía inquieto; miraba de vez en cuando á sus subordinados con +ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba +en él, volvía á escribir, no en los papeles de marca grande que usaba +para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero +parecía acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de +artista. + +Más de dos páginas había llenado, cuando alguien dió con el bastón +fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovió á todo el +personal, habituado á la calma casi monástica de aquella oficina. + +--A ver, ¿dónde está ese ingenierete?... + +Lo primero que vió Sanabre al levantar la cabeza fué el brillo de unos +lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandonó su sillón confuso é +indeciso, dudando entre salir al encuentro de aquél ú ocultar la carta. + +Los empleados, que le conocían vagamente como pariente del principal, +volvieron á enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todavía +atolondrado por la inesperada visita, le ofrecía una silla junto á la +ventana. + +El doctor explicaba su presencia allí. Había bajado de Gallarta, llamado +por la mujer de un antiguo contratista que ahora vivía en el Desierto. +Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas señoras, aunque se +trasladasen á Bilbao ó fueran á vivir al otro extremo del mundo, no +querían otro médico que el doctor Aresti, obligándolo á ir de un lado á +otro como un comisionista de la salud. ¡Maldito carácter que no le +permitía negarse á nada! Y mientras venía la hora de coger el último +tren de las minas, se había dicho: «Vamos á echar un párrafo con el +ingenierito y de paso veré el gran feudo industrial de mi primo....» + +Acariciando con amistosas palmadas á Sanabre, le decía con tono +malicioso: + +--Desde el día del santo de Pepe que no te había visto. Cuántas cosas +han pasado desde entonces ¿eh?... Parece que todo va bien. + +Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que éste le tratase con igual +confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, á pesar de su +carácter comunicativo. Los escudriñadores ojos de Aresti, habituados al +examen rápido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos á aquella carta +que Sanabre pretendía ocultar. + +--Eso no será ningún trabajo de ingeniería--dijo en voz baja y con +sonrisa burlona.--Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... ¡Vaya +un modo de velar por los intereses de mi primo, señor ingeniero! Y de +seguro que en esos cajones hay algo más que planos y estudios. Cartitas +de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografía: +tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, señor ingeniero. Eso +es _muy propio_ de la seriedad de una oficina como esta. + +Y reía viendo la confusión de Fernando, el cual instintivamente volvía +la mirada hacia los cajones de un _secretaire_ inmediato, desconcertado +por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temió Sanabre que +sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de allí +cuanto antes, y se puso de pie invitando á Aresti á seguirle. ¿De veras +que no había visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las +mejores: había cuela de mineral. Y salió de la oficina seguido por el +doctor. + +Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vías +férreas y cubierta de polvo de carbón, el médico detuvo á su guía, como +si le interesase más hablar con él, que contemplar la riqueza industrial +de su primo. + +--Vamos á ver, Fernandito--dijo cogiéndolo por un botón de la +americana.--Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu +gente: ¿cómo van esos amores?... + +Sanabre se ruborizó, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le +desconcertaba la mirada del doctor, fija en él con la tenacidad +insolente de los miopes. + +--¡Pero ingeniero del demonio! No niegues. ¡Si lo sé todo!... Vaya por +descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo +el _Capi_ cuando vino á cazar _chimbos_ á la montaña. Ya sabes que él es +hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en +casa de Pepe. Conque dime, ¿cuándo piensas ser mi sobrino? + +Sanabre se entregó: con aquel hombre no valían disimulos. Además, el +doctor le había inspirado una gran confianza y sentía el anhelo de todo +enamorado por comunicar su felicidad. ¿A quién mejor que al bondadoso +Aresti, que además aparecía ante sus ojos engrandecido por su parentesco +con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirtió en una +verbosidad atropellada. Quería contar de un golpe toda la historia de +sus amores: se extrañaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo +que él y le escuchase con gesto irónico, que daba á su cara una +expresión de Mefistófeles bondadoso. + +¡Ay, qué tarde aquélla, en la que Pepita, paseando por su jardín de Las +Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le había +contestado afirmativamente! Era la única vez que Sanabre creía haber +estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los árboles, de +aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como +avergonzados, al pronunciar el mágico monosílabo. Lo cierto era que al +anochecer salió del hotel de Las Arenas tambaleándose, y eso que durante +la comida no osó beber más que agua, por el respeto que le infundía +Sánchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya había vaciado sus bolsillos, +derramando un puñado de pesetas entre la chiquillería que miraba con +cierto asombro á un señorito, con el sombrero echado atrás, andando á +grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un +lado á otro del vagón, con una nerviosidad que inspiraba cierta +inquietud á los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos +musicales que tenían algo de tierno y amoroso, todos los dúos en que el +tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasión á la tiple. ¡Qué +noche, doctor!... Después se había serenado; su felicidad adquirió +cierto sosiego, pero aun así, cada día le traía nuevas y profundas +emociones. Llegaba á Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Sánchez +Morueta, como si éste fuese á presentarse iracundo é imponente, +señalándole con gesto mudo la puerta. Tenían que librarse de la +vigilancia de doña Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita +con la que le entregaba Pepita en un rincón del hotel, ó en una revuelta +del jardín: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la _aña_ +de su novia, la ama seca que, después de criar á la niña, se había +quedado á su lado disputando su influencia, primero á la institutriz, y +ahora á las doncellas y demás servidumbre femenina de la casa. + +Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de +Pepita; cómo las leía y releía; cuántas veces en mitad de su visita á +los talleres, acometía su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha +de que tal párrafo envolvía cierta frialdad, y volaba de nuevo á su +despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la +letra amada, como un jeroglífico que ocultaba su felicidad. Él no había +creído nunca que pudiera amarse tan intensamente. Había conocido á +Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardín, +bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al más leve descuido +gritaba como un loro arisco: «¡Miss!...» ¿Quién le hubiera dicho +entonces que se había de enamorar de aquella chiquilla? ¡Porque él +estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor! + +Y Aresti, sonreía con cierta compasión ante las cosas fútiles que +constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las +inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una +sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia +vulgar. + +--Es esta tu primera novia, ¿verdad?--dijo Aresti.--Ya se conoce: todos +hemos pasado por eso. Es el sarampión de la juventud. Un signo de fuerza +y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo, +sigue. + +La única tristeza de Sanabre era la consideración de la gran desigualdad +de fortuna entre él y su novia. ¿Qué diría su principal cuando se +enterase? Le creería un aventurero que intentaba apoderarse de su +inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era +para muchos la única carrera un buen matrimonio, ¿qué pensarían de un +ingeniero pobre que ponía los ojos nada menos que en la hija de Sánchez +Morueta?... + +Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. ¿No +creería él también que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la +riqueza? Esta duda le entristecía. Él amaba á Pepita... porque sí. +¿Quién sabe por qué se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de +Bilbao, huraña y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres +vivían separados, era Pepita la única joven con la que había tenido +algún trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce +otros obstáculos que los de la naturaleza, le había sorprendido, +inflamando sus treinta años, la edad de las grandes pasiones. ¡Ay! ¡Cómo +deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse á él, le agradeciera +no sólo su amor sino su trabajo! ¡Qué! ¿no le creía el doctor?... + +--Te creo, muchacho--dijo Aresti--Claro es que no te sabrá mal ser yerno +de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aquí las hojuelas +son tu amor. Tú eres de otra raza; tú vienes de abajo, del Sur, de un +país de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar +menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto á la mujer... +¡tanto! que á veces se la da de puñaladas para tirarse luego del pelo +ante su cadáver. Sois unos animales más vehementes, más complicados é +interesantes que los de aquí. Tengo la certeza de que si esto sigue, aún +te verán alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando +serenatas ante la ventana de mi sobrina. + +Aresti, por no molestar al ingeniero, cambió de tono y le habló con +gravedad. Podía prepararse á sufrir disgustos. Aquello no sabía él cómo +podía acabar; lo más probable era que terminase de mal modo. + +--Lo sé--dijo Sanabre con tristeza.--Temo al principal cuando se entere. +Se indignará, sin que le falte razón para ello. + +--Mi primo es el menos temible. No tiene opinión formada sobre el +porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que tú, que +eres un trabajador, continúes su obra. Hay que esperar siempre algo +bueno de su carácter.... ¡Otros son los que debes temer! + +Y hablaban de su prima, la «antipáticamente virtuosa» como él la +llamaba: aquella Cristina que se creía postergada por haberse unido á +Sánchez Morueta á pesar de que éste le trajo la fortuna. ¿Qué iba á +decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un +empleado de su casa? Ella sólo apreciaba dos cualidades, como las únicas +respetables en el mundo: una gran fortuna ó un nombre histórico, +relacionado con las glorias del país vasco y de la religión.... + +--Además, ingeniero de Dios--continuó el doctor:--tienes que luchar con +Fermín Urquiola, que también parece que anda tras de la chica, no sé si +por impulso propio ó empujado por la madre. + +Aquí se irguió Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido. +A ese no le tenía miedo. Estaba seguro de que inspiraba á Pepita una +aversión irresistible: bastaba ver con qué despego le trataba. Aquellas +niñas criadas junto á las faldas de sus madres, conocían todo lo que +pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en +asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre más allá +de las rejas. Pepita conocía la vida de aquel señorito, mezcla de matón +clerical y de calavera rústico, que pasaba las noches en las casas del +barrio de San Francisco y había sido conducido varias veces al juzgado +por borracheras tumultuosas. No, á ese no podía quererlo Pepita: lo +despreciaba á pesar de que la perseguía en las visitas, extremando con +ella su cortesía empalagosa copiada de los padres de la Compañía. Se +retiraba de él con cierta impresión de asco: como si la pudiera manchar +con impuros contagios, á los que ella, en su inocencia, daba formas +monstruosas. + +--Y de mi sobrina ¿estás muy seguro?--preguntó el doctor fríamente, con +forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven. + +Sanabre sentía la ciega convicción de todo amante. Sí: estaba seguro de +que le amaba: ¿Por qué le había de engañar, halagando sus ilusiones? El +ingeniero no comprendía la pregunta del doctor. + +--Es que sois de diversa raza--continuó Aresti--Tal vez me engañe, pero +¡qué quieres!; desde aquí, sin haber leído vuestras cartas, sin haberos +escuchado, apostaría algo á que, de los dos, tú eres el que quieres más +y mejor. + +Sanabre quedó silencioso un momento. Parecía asombrado, como si de +repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que veía +algo nuevo. Acudían de golpe á su memoria hechos olvidados, palabras en +las que no había puesto atención, mil insignificancias que parecían +removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba éste en lo cierto. +Pepita no parecía tomar el amor con el mismo apasionamiento que él. Era +un incidente que alegraba su vida dándole nuevos deseos, pero sin llegar +á turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engañarse con +dulces ilusiones, el egoísmo varonil, inclinado siempre á creer en una +predilección en favor suyo, se sublevaron en Fernando. + +--No, doctor: me quiere. Tengo pruebas. + +Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y +cuadernos de cálculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa, +en las que Pepita juraba quererlo «más que á su vida» y terminaba +invariablemente «tuya hasta la muerte.» Para Sanabre, estos juramentos +eran más solemnes é inconmovibles que las sentencias de un tribunal. + +--Pues si ella te quiere--dijo el doctor--¡adelante, muchacho! y á ver +cuándo te llamo sobrino. + +Sintiendo cierta conmiseración por su optimismo, intentó animarle, +disminuyendo los obstáculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al +padre, á pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no había que +tenerle gran miedo. Era cuestión de que el descubrimiento le pillase de +buen talante. Aún pasaría tiempo antes de que se enterase, preocupado +como estaba por los nuevos negocios que le obligaban á trasladarse á +Madrid todos los meses. Además: él sabía lo que era el amor (¡vaya si lo +sabía!) y no era hombre que de buenas á primeras se indignase contra un +joven, porque no había sabido resistirse á las inclinaciones de su +corazón. Quedaban otros enemigos, y además la malicia de la gente, que +creería cálculo lo que era amor.... Pero ¡qué demonio! un ingeniero no +era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje, +desde hacía años, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas +ó en el primer capítulo un protagonista joven, noble, arrogante, que +sólo abría la boca para decir cosas hermosas y _profundas_, ya se sabía, +era un ingeniero. + +--Lo malo--añadió Aresti, recobrado su tono irónico--es que en este +Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en +otros países como un primer galán del porvenir; pero aquí, ¡hijo mío!, +el héroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de +Deusto. + +Y antes de que Sanabre volviera á hablar de su amor, el médico añadió, +cogiéndole de un brazo: + +--Vaya; enséñame todo eso. Piensa que aún tengo que ir á Gallarta. + +Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de +residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una +complicada telaraña de vías férreas. Sanabre enumeraba todos los medios +de comunicación que convertían el establecimiento en una red complicada, +con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de vía. +Tenían un ferrocarril directo á las minas; otro para las mercancías, que +empalmaba con la vecina estación; vías para los embarcaderos, vías para +comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilómetros de rieles +que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos +puntos, al encontrarse las vías, se tendían unas sobre terraplenes y +otras pasaban por debajo, al través de pequeños túneles. El espacio +estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los teléfonos, y los +cables de los tranvías aéreos. Entre esta red de acero alzábanse +numerosos postes, con sus faros eléctricos semejantes á lunas apagadas. +Los guardas paseaban por las vías con la carabina pendiente del hombro y +el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas ó las orillas +de la ría por donde se colaban los merodeadores en busca de la +_chatarra_, acero viejo, piezas de máquinas desmontadas ó rollos de +alambre, que vendían en los baratillos de Bilbao. La ría--según decía el +capitán Iriondo--era peor que una carretera antigua. Así que cerraba la +noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevándose todo +lo que estaba suelto en barcas y edificios. + +El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que +aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicación. +Aquello era obra suya y proporcionaba á la casa, sin nuevos gastos, una +fuerza de más de dos mil caballos. Después venían los hornos para hacer +el cok, que extraían del carbón, el alquitrán y el amoníaco. + +Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa +estaba atracado á la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que +sólo se le veían la chimenea y los mástiles. En aquélla destacábanse +pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Sánchez Morueta. +La grúa del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el +agua. El tanque, que contenía una tonelada de combustible, salía de las +entrañas del barco, se remontaba hasta la punta del puente aéreo y, +deslizándose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar +su contenido en una de las varias montañas de hulla que se interponían +entre aquella parte del establecimiento y la ría. Otro vapor con bandera +inglesa, estaba inmóvil, un poco más allá, hundido hasta la línea de +flotación, esperando su turno para descargar. + +--Consumimos mil toneladas diarias--decía el ingeniero con +orgullo.--Necesitamos más de un barco cada veinticuatro horas. + +Después, enseñó al doctor el triturador del carbón, donde trabajaban las +mujeres entre una nube de polvillo que las cubría la cara, dándolas un +aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos, +en medio de su máscara negra. + +Los grandes talleres, para la reparación de las maquinarias de la casa y +construcción de máquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la +curiosidad del doctor. + +--Conozco esto--dijo Aresti.--Lo he visto muchas veces fuera de aquí. Lo +que á mí me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra +industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y señalaba los +altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que +subía hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor +de volcán envolvió á los dos hombres al aproximarse á los altos hornos. +Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una +regularidad geométrica por pequeñas zanjas que servían de moldes al +mineral en fusión. Por este cuadriculado del suelo corría el hierro +líquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra +ardía, obligando al doctor á mover continuamente los pies. Los gruesos +muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel. +El ingeniero, habituado á esta temperatura, describía con gran calma la +función de los altos hornos. + +Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil +quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en +los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entrañas, +formábase el metal que descendía por su peso hasta salir por la base de +las torres. Día y noche ardían los altos hornos: el enfriamiento era su +muerte. Calentarlos y ponerlos en disposición de funcionar, costaba una +fortuna. Si se apagaban había que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto +de medio millón. + +Un descuido en el trabajo, una huelga, podía costar la existencia á +aquellos gigantes de la industria, que sólo vivían ardiendo y tragando +combustible á todas horas. Cuando surgía una huelga en la montaña y los +ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, había que echarles +carbón lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra, +con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la +industria, y podían inutilizarse al menor descuido. + +Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el médico, asombrado +por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecían servir de +pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoración de +las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los ídolos +ígneos que cocían dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las +víctimas humanas. + +--Ahora van á sangrar--dijo Sanabre, señalando á un obrero viejo que +hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra +refractaria. + +Se abrió un pequeño agujero en la base de una de las torres y apareció +un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que +herían la vista. Se fué agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de +sangre de toro, corrió por la tierra con un chisporroteo ruidoso. + +--¿Eso es el hierro?--preguntó Aresti. + +--No: es escoria. El hierro vendrá después. + +El médico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa. +Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se +enrojecían los ojos; parecía que las pestañas iban á consumirse, +secábase la piel sintiéndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies +movíanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos. + +Aresti admiraba á los trabajadores, que estaban allí como en su casa, +habituados á una temperatura asfixiante, moviéndose como salamandras +entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el +incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles el esqueleto y la +piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo +cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor +les hacía exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en +partículas de ardiente arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de +horrorosas quemaduras. + +Sanabre señaló la boca del horno. Iba á comenzar la colada. No era una +estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una gran hostia +de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que +abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal, +esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti +creyó morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto +con la atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas +en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que +revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos +verdosos que zumbaban un instante, desvaneciéndose para dejar paso á +otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa +intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba por las canales +con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada, y al +quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha +del enfriamiento. + +El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre. + +--Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir. + +Aun vieron como, cambiando de dirección la canal del horno, arrojaba su +chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el +caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á +transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete, +salió á toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos, +arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido +rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas. + +Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la mano del ingeniero. + +--¡Guíame, Virgilio!--dijo riendo.--Yo voy como el poeta de los +infiernos: cuida de que no nos quememos. + +Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos hornos, saltando los +arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por encima de una de +las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta la cruz de +los pantalones. + +--¡Por fin!... Aquí se respira--dijo el doctor al descender de la meseta +donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme. + +Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose aire con el pañuelo. + +--Parece mentira, Fernandito--dijo con su acento zumbón--que viviendo +aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un botijo +grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la +nieve. + +--Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que este es más +_pintoresco_. + +Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran +enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios +abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de +voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga, llegaban hasta +ellas por unas pasarelas de acero. + +Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran +descubrimiento industrial que había abaratado el acero, enriqueciendo á +Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como los de +las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los +hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más +caro; pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más +salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía, +con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor, +que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de él por +una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio +y el manganeso: así se formaba el acero. No era de clase tan superior +como el Siemens, por ejemplo, pero servía perfectamente para los rieles +de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna. + +Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del +espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del taller, +y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca +del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía +del vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El +metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un +torbellino de chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué +fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti +recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los +altos hornos. + +Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía recto por el espacio +un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo +plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino, +descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en +cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su +chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el +chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos +los colores del iris. Fuera del taller aún era de día. El sol, en el +ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los cobertizos; pero los ojos, +deslumbrados por este resplandor de incendio, lo veían todo negro, como +si hubiese llegado la noche. + +El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía los +moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y aparecía el +lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si +fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su +enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en +un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los +hornos de laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como +si fuese un ídolo arrastrado por sus fieles. + +Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original +belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas gentes que sólo +aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda sensación +artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una +impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento +industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un +juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar +el Vesubio. ¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de +la ciencia, hacían poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las +fuerzas de la naturaleza. + +Y así seguía el doctor, desbordando su admiración en entusiásticas +palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que +manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller, +pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas +del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies +cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para +librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al +rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con +aquellos infernales panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne +en humo, dejando el hueso al descubierto. Podían matar á un hombre con +su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de +chamusquina, un poco de vapor: después, nada.... Y los conos diabólicos +atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si +gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro, +evaporándola. + +Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el +calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel mundo de +incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una +tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con +su blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce. + +Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al +salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de cilindros que +los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita prolongación. +Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban +los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa +de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una +bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua +de muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de +las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el +extremo opuesto, para volver á entrar, siempre cambiando de forma. +Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal +rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surgía +por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada: +y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con ruidosos quejidos, +como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por fin, no era +más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel. + +El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba á los obreros negros +y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el +ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover +pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración. +Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas +veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría +él, de verse condenado por la fatalidad social á aquella labor que +embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en un ambiente de +fuego. Una sed eterna, semejante á la de los condenados, martirizaba á +aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de allí, que la paz y la +sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegría +momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir +aquella vida de salamandra!... + +El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire +libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos +veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos, +interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del alambre. +El ingeniero hablaba de lo _curiosa_ que era esta manipulación, pero +Aresti no quiso seguirle. + +--Ya he visto bastante--dijo con acento de cansancio.--Esto es un gran +espectáculo... para el invierno. + +Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de las máquinas, viendo +cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban +los dos de la frescura del crepúsculo. + +--Es una vida dura--dijo el doctor, que seguía pensando en los obreros +del fuego.--Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de +los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la +civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este +modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro +para pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se +muestre contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un +modelo de dulzura! + +Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía apreciar á todas +horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración infinita por +los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era _algo +socialista_; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal +confesión. + +--Lo más amargo de la miseria de estas gentes--dijo el médico--no +consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el +pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea. + +Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que había sorprendido en +todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las +fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero acaso +comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para +muchos, la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su +bienestar, comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas +que llevaban en sus terruños los años de sequía y mala cosecha. En las +fábricas eran los jornales superiores á los del resto de la península y +no se sufrían los grandes paros á que se veía obligada la industria +pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en +las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo rencor, una ira +reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas horas +fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el +malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que +acababa de pasar por allí, á la vista de todos, tocando á algunos y +volviendo la espalda á los demás. + +El explotador de la mina había sido jornalero al lado de muchos que +ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían conocido los +trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las +habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El bracero +que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de +la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia +revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial, +habituado á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades +anónimas, monstruos acéfalos de la industria, irritábase á cada momento +contra el gran patrono de reciente formación. + +Todos habían presenciado el despertar de la riqueza; habían tomado parte +en él; era cosa suya; y más que la miseria, les atormentaba el +sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber vivido en +medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el +malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de +las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la +comparación eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y +caprichosa que empuja á los otros; la convicción del fracaso, más viva y +dolorosa, ante las rápidas elevaciones presenciadas todos los días, la +tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace +soñar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia +adelante que da el afortunado. + +El ingeniero reconocía la certeza de las observaciones del doctor. La +situación de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y +los aumentos de jornal, era de un efecto momentáneo. Él creía, como +Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo; cambiar la +organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única +religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una +hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del +presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo, +reconocía también aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el +de los despechados, que veían enriquecerse á sus compañeros de miseria, +ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria. + +Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la +penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas, subiendo y +bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial. + +--Lo que me irrita--dijo el doctor--en todas estas grandes fortunas que +se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su infecundidad +para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza +individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países +hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo, +esos tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte +escandalosa é indecente, y que mueren dejando centenares de millones, +tienen, al menos, la discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El +uno funda una universidad, el otro un museo, el de más allá una +biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipación y +perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron durante su vida. Pero +aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezón de perpetuar +su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si se preocupa del +porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del +presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran +escándalo del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida +haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero á +su mujer... y que su mujer se lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos +potentados como mi primo que se defienden: pero, créeme: si aquí no +viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí todos trabajamos, +sin saberlo, para el jesuíta. + +Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de +nuevo contra su tierra. + +--Además, me indignaba la tristeza de este país. Cuando Bilbao era una +villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se +divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos +se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades +mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas +improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros +internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los +bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe.... +Por aquí ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua +Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos señores +vestidos de negro del tiempo de los Austrias. + +El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre +el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una +prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el +de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de +admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se +oponían á las fiestas de sociedad. + +Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por +Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y +al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si +alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las +jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la +alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una +monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, _guardador de la +inocencia_, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que, +atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones +monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos +horizontes á la desmoralización. + +¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con +entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada +de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios +blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el +puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la +cabeza caída, tristes. + +--Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien +cuidado. Falta la alegría, falta el alma de un pueblo libre, que cuando +termina el trabajo quiere entregarse á la vida. Muy bonitas esas calles +nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de +ciudad: debían circular por sus aceras unas cuantas docenas de +_cocottes_ elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte +educasen á esa juventud habituada á la vida unisexual de Deusto y de la +cofradía de San Luis. + +El ingeniero protestó, con el rubor del enamorado que vive en plena +idealidad. + +--¡Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes. + +Aresti pareció irritarse. Lo que él proclamaba era la vida, la juventud, +el amor, tal como los concebía. Respetaba la virtud, pero no consideraba +necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Además, porque +la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de +las calles, ¿resultaba acaso la villa una población de costumbres +virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su +curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede, +esparciéndose en arroyos fangosos. Él conocía su Bilbao. Los jóvenes, +emborrachándose para matar el fastidio, agarrándose en bailes públicos +con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma más bestial, sin +el más leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos +al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite, +sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo más +que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa á +estilo católico, florecía el vicio bajo las formas más antipáticas. + +Aresti, en sus visitas de médico, había conocido los barrios altos de la +villa, el albergue de las servidoras de la prostitución. Todas eran +pequeñas, flacas, de rostro aniñado, con el raquitismo de la miseria. +Las había de treinta y cinco años, que se presentaban con la falda +corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la +infancia. Era el género más solicitado. El instinto reprimido, al no +encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su +aberración el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la +vida en aquel país la descoyuntaban formándola á su gusto, haciendo un +crimen del instinto del sexo, obligándolo á refugiarse en inmundos +rincones. Los ricos que podían proporcionarse las dulzuras amorosas con +su más seductora decoración, entraban al amparo de la noche, ocultándose +como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros, +más audaces, asediaban á la costurerilla de la familia y comenzaban con +ella una novela de amor, insípida y vulgar, conservándola en la casa de +los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento á cambio de la +protección del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La +cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el +padre pobre que transige con la prostitución de la hija, porque ayuda á +ir viviendo y se oculta en la propia casa. + +¡Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones +de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada +en su país. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no había más seres +vivos que los pájaros negros que lo cubrían con sus alas. Sólo en las +últimas capas sociales existía algo de alegría, allí donde llegaban +amortiguadas ó no llegaban las influencias de la religión. + +El doctor únicamente había sentido el roce de la vida, algún domingo por +la tarde, en los chacolines de las afueras ó en la explanada de la +Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas +callejeras, los bailes vascongados y de la montaña de Santander. + +Los demás estaban muertos por el fastidio ó corrompidos por la opresión. +Conocía jóvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de +traje todos los días. Otros iban en automóvil por las calles, sin rumbo +determinado, parándose ante una casa para subir de nuevo en el vehículo +y seguir la marcha, como sí huyesen del fastidio que iba tras ellos. + +¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la alegría de un pueblo +opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y +ennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida problemática, bajo el +testimonio de ciertos hombres que tampoco la habían visto?... + +El doctor terminó enérgicamente sus protestas, viendo próximo el momento +de tomar el tren. + +--Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando +sonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con +el alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que, créeme, ¡hijo +mío!... tanta virtud me da asco. + + + + +V + + +Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que ya +comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo +seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una +chimenea. + +Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en Bilbao á +una junta de señoras católicas, de la que era presidenta, en el Colegio +del Sagrado Corazón. + +Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de dolores de +cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doña +Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del _aña_ Nicanora. + +Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana, muy atareado +por los nuevos negocios que todos los meses hacían necesaria su +presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias. +No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é +interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin +ver aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y +que á ella se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como +una protesta muda. + +Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No se la +escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes elegantes de +otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que +nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba +algunas veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la +aconsejaba mirando los periódicos de modas, con la misma bondad con que +una persona mayor discute con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida +de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas +interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasar +los límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la carne, +de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad cantada como +mérito celestial en la vida de muchos santos. + +Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa repeler los +mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su gusto, afirmando +que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido desapareciendo poco +á poco todos los muebles que significaban ostentación ó comodidad. En el +resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en su +cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho +bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba +casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines +representando á Jesús y á María, abriéndose el pecho para ofrecer sus +corazones inflamados. + +Muchos días las criadas encontraban la cama intacta. La señora--según +ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina--dormía en el suelo ó +no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso +á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de sangre. Una doncella +había recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturón de esparto, +un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas monjitas de +Begoña. + +Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á que sometía su cuerpo +la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una dulzura melosa en +la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor contrariedad y +exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba arrastrar +por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que +exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase +dentro del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su +arrebato. + +El marido no parecía advertir el abandono físico y la transformación +moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su cuarto. +Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y sin +pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta, +como si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba +de ella, haciendo imposible todo retroceso. + +Pepita seguía, con una expresión de lástima en los ojos, el tocado +rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo de +coquetería. + +--Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien. + +Doña Cristina movió la cabeza. + +--No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á su edad. Ya soy +vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para +bien de la religión. + +--¿Pero si es una capota muy _seria_, muy _religiosa_? + +--La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y +antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero. + +Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto sabroso de la madurez, +que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía complacerse con +dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la +mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las +ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como +si estuviera en perpetua oración. + +Doña Cristina iba á salir. + +--Mamá, ya sabes mi encargo--dijo Pepita. + +--No lo olvido--contestó la madre con sonrisa bondadosa.--No debía +hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede +mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito, +para que las buenas madres no se enteren de tu pereza. + +Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras +cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el +salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las +congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una +pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su +cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se +encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las +monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una +curiosidad meticulosa. + +Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas +de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el +principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que +figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados +las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus +colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado +con un nuevo título: _Océano de Bondad_. Y nadie podía adivinar el +sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del +mapa. + +Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la +esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez +Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso, +habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el +cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus +negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El +automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era +un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un +homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los +jesuítas. Era el _dernier cri_ de la devoción; daba á entender, según +ella, que el progreso no está reñido con el dogma. + +Doña Cristina dió al _chauffeur_ la orden de llegar pronto á Bilbao y el +vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que +llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en +la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva +romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y +no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente. +Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado +amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al +monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las +fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los +_maketos_ de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra, +gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus +mitins _fetiche_ y _nido de ratas_ á la milagrosa imagen de la patrona +de Vizcaya. + +A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é +inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda +en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de +acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía. + +Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban +los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la +religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola. +Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes +tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín +era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una +amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia +del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel +templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus +visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola +largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las +reglas de la Compañía á las visitas femeniles. + +Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre, +enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro +sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y +todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad, +dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y +los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día, +para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por +ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos +humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso +que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso +los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos +bajo la sotana de la obediencia. + +La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo +lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado +al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y +ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de +luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos +los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las +principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos +principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían +el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores +revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de +bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la +Iglesia, únicos depositarios de la verdad. + +El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los +alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este +acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo +se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse +algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su +patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras +de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre +nubes, revoloteando camino del cielo. + +Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de +los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones +que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como +vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban +los más puestos de _smoking_, muy elegantes, como hijos de buenas +familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las +sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en +el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de +Salamanca y muy rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de +mirarse largamente, se saludaban con la mano... ¡Angelitos! + +Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de _punta_, +ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer +las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado +con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que +representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y +pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la +impiedad de la falsa ciencia moderna. + +Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto +de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga +deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron +los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»... Urquiola +sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio +indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus +dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á +perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor +mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas, +preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no +pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los +Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la +bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España. + +En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro. +Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los +Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin +miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y +revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran +de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba +excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas +cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno +cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta +parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. _La +viejecita_ se titulaba _El viejecito_: todas las obras perdían su título +femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos +primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse +quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros... +¡Serafines del cielo! + +Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba +que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan +caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena +causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada +por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía +el país. + +La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las +calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas +con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los +muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era +bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos, +ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y +¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios, +allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino +se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les +faltase el consejo de los sabios Padres. + +Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría +en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo. + +Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del +vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con +la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en +todo lo que les rodea una nueva vida. + +Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de +verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo, +ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo. + +Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las +Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias +de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo +de obreros pasaba, camino del _chacolín_, por entre un bosquecillo de +pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el +«_Boga, boga, marinero_» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado +sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La +ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como +los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya +plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando +carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren +de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo +sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del +horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de +espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora +invisible. + +Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre +la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol meridional; todo aquel +pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas sobre el que +pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio sus +torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde. + +Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en el fondo, con un +escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de todas +aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al +saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno +sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus +barrancos y oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más +próximas, que parecía iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el +pico de Banderas. Después sobresalían sobre ellas, á una enorme +distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes del país, el Mañaría +y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de +nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se +desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita +recordaba sus terrores de la niñez, cuando su _aña_, para imponerla +silencio, la amenazaba con llamar á la _Dama de Amboto_, especie de hada +maléfica, hija de un _Jaun_, de un caudillo legendario, que vivía como +encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para +quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con +toda clase de maleficios. + +La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la contemplación del +paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si +pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un +momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un +pañuelo que le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse +la curiosidad de la gente. Después ya no vió nada y creyendo en un +engaño del deseo siguió contemplando el paisaje, con mirada vaga, +sumiéndose poco á poco en una dulce somnolencia. + +La joven despertó al sentir en su espalda la mano del _aña_. + +--_Ése_ está ahí--dijo con tono misterioso.--Habrá que bajar al jardín. + +A la melancolía sucedió en la joven la inquietud, el temor. Había venido +preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y +al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un delito. La +_aña_ reía ante los temores de la señorita, á la que trataba con la +misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal podía haber +en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo la +mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba +tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba +que de un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina +tras un arriate del jardín. + +Solamente había accedido á la entrevista después de los infinitos ruegos +de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez á solas +con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras +cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que +llevaba y traía la _aña_ complaciente. + +Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la vista de la +servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero +dentro de la casa. + +Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando atravesaba ya la +verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la señora no +estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo +regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el +jardín, pasaría á saludarla. + +Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción de la timidez, al +verse frente á frente. + +--¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.--Deciros algo: +hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre. + +Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen +lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha +pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar. + +De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos, +poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no +encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la +calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los +dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir +considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de +la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco +envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del +amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el +crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia, +el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio +caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un +chisporroteo de oro. + +Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con +la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la +mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las horas +de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la +vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase +misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones. + +--Mira, nena--decía el ingeniero subiendo de tono en su +apasionamiento.--Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo +creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te +amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe +que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan +dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma. + +Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el _Goizeko +izarra_, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la +letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más +hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le +tradujesen la letra. + +--Ya la sé--continuó el joven--la conozco y creo en ella: siento su +infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en +el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve...» +Eso es lo que yo pienso, mi vida. + +Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del +amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y +esplendor. + +Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su +novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad que le +causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que +una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por +distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con +acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por +los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin +mentiras. + +Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de viento helado, una +frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza aparte, sentía +una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de su +vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la +emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía +en el aire. + +--No, nena--dijo el amante.--Es tu alma entera lo que pones, sin +saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero no +te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te +perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres, +Pepita, dí que me amas. + +La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de viva voz lo que tantas +veces había escrito en sus cartas. + +--¿No lo sabes?--respondió evasivamente.--¿No te lo he dicho muchas +veces? + +--Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que me amas. + +Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos, dijo con cierta +gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne: + +--Sí, te quiero: te amo, Fernando. + +¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo mejor de la entrevista, +y la recogió en su memoria, esforzándose por conservarla con toda su +luz, para que le acompañase en las largas horas que pasaba allá en la +fundición entregado á la vida de los recuerdos. + +Sanabre se convencía de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz, +valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho. +Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar de +canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza, +mostrábase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal +abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez: +el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y +energía, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera; +ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladín membrudo, +creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los +sueños de las vírgenes. + +--Sí, te quiero--repetía Pepita.--Por mí no temas, no seas niño, nunca +me dirás adiós. + +--Bebé, ¡dulce bebé!--exclamaba con entusiasmo el ingeniero.--¡Cuánto te +amo! ¡Qué feliz soy!... + +Y el _aña_ Nicanora, que los seguía á corta distancia, oyendo muchas de +sus palabras, sonrió con cierta lástima. Todos los novios eran lo mismo; +iguales los aldeanos que los señoritos; alguna diferencia en las +palabras, y nada más. Sólo sabían decirse tonterías, poniendo en sus +voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo +que se dijeran. ¡Ah la juventud!... Y seguía sonriendo con indulgencia +de veterano ante el entusiasmo de los dos jóvenes. + +Fernando, más tranquilo después de las palabras de su novia, hablaba del +por venir. Trabajaría; ¡quién sabe hasta dónde puede llegar un hombre! +Desde que estaba enamorado, sentíase con nuevas fuerzas para el trabajo. +Bullían en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de +realizarse, darían nuevas ganancias á Sánchez Morueta. + +Pero el recuerdo de su jefe abatió las ilusiones del ingeniero. + +--¿Que dirá tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis +cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueño muchas veces... +¿Y tu madre? ¡Qué miedo la tengo!... Somos muy felices amándonos, pero +el porvenir nos guarda muchos dolores. ¡Si todos en tu familia fuesen +como el doctor!... + +Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que seguía sus +amores. + +--Sí, mi tío es muy bueno--dijo Pepita hablando del doctor como de un +pariente lejano, del que sólo se acordaba la familia de tarde en +tarde.--¡Lástima que tenga esas ideas! Es un _planeta_ muy simpático, +pero mamá cree que está loco. + +Lo incierto de su porvenir, llevó de nuevo á los dos jóvenes á hablar de +sus amores. + +Fernando sentía miedo. Los padres de ella proyectarían casarla con el +vástago de alguna familia millonaria; tal vez con un señorito de escasa +fortuna, que pudiera ofrecerla viejos títulos de nobleza. En todos +pensarían antes que en él, que no era más que un servidor intelectual de +la familia. ¡La perdería amándola tanto!... ¡La diferencia de fortuna, +la maldita ley de clases, les cerraría el camino, separándolos!... + +--Tonto, ¡pero si yo sólo te quiero á tí!--decía la joven sonriendo. + +Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de +agradecimiento, intentó coger las manos de su amada. Ésta las retiró +detrás del talle, frunciendo las cejas con gesto duro. + +--Quieto, ¿eh?--dijo pasando sin transición de la dulzura á la altivez, +con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el joven +intentase una monstruosidad. + +De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus +paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este es un país sin +corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el +novio.» + +Sanabre quedó largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco +movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de la viveza de su +protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien reanudase la +conversación. + +--Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu marido--dijo el +ingeniero tristemente. + +La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz tierna de enamorada. + +--Con ese, nunca, ¡nunca! + +Y habló de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias +de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias señoritas de la villa y +escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la que mejor le +conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes, en las +tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía +á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían +que tenía una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con +la que vivía maritalmente. Hasta había oído decir que tenían hijos. + +--¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!--repetía con gestos de repugnancia. + +Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente +á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente tan querido +por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún +defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura: + +--Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad que piensas como mi +tío?... Dime que no, Fernando; dime que no. + +El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes, +de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre +recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra muchacha +inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le +preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de +romper en un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor. +Pero el miedo al ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de +alarmar á un alma soñolienta. + +--Sí, vida mía, tengo religión--dijo evasivamente.--Creo que el hombre +debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo. + +Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre. Si le hacía aquella +pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas veces de +Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día que +era igual á su primo el doctor. + +--¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese +verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que nos viésemos +para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo decía +yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un +poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es +imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío. + +Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que +contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió: + +--Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los muchachos de Bilbao, á +confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en la Residencia?... + +Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué decir, mientras Pepita +seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los domingos en la +iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos se leía +por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera +ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días +festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de +la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella--no sabía +explicarlo bien--creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se +hallaba más cerca. Además, la religión era allí más distinguida: sólo se +veían personas decentes. + +--Tengo mucho que hacer--dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.--Yo +pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión. + +La joven siguió hablando, inspirada ahora por el egoísmo del amor. Nada +perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse simpático á +ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás, +trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo +hacían llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos +cerrados. ¡Si ellos quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no +tendrían que temer nada!... + +--Fernandito--decía con voz acariciadora.--Ve por allí; hazte simpático: +tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún Padre la hablase +de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!... + +--Veremos, veremos--murmuró indeciso el ingeniero. + +Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le proponía su +novia. Experimentaba la cobardía del amor, y cerraba los ojos. Él, que +era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la mujer amada ¿por +qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del +éxito?... + +--Te quiero--dijo con entusiasmo.--No hay nada que me detenga para +llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia, seré +_luis_: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu familia +no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?... + +Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su inquietud amorosa +traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella entrevista. + +Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar á su novio +como si temiera que este leyese en su pensamiento. + +--Dí, mi vida--seguía preguntando el ingeniero.--¿Y si se oponen á +nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú? + +La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura: + +--Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo. + +--Lo sé, y mi alma se llena de alegría al escucharte. Pero hablemos +seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices. Yo soy pobre y tú +eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de opulencia +por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te +amaría mucho... mucho? + +Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida que la proponían, ni +sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero. + +--Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico. + +Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que no creía en la +posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á gentes de +otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la +rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la +primera en todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario +hablar. + +--¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si nos separan?... +¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás para ser mi +mujer?... + +Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de asombro, como si +escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no +previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de lo +humano. + +--Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca. + +Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas. Quería conocer su +valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir +la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía +tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te +amo.» ¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos +lo que debía hacerse cuando llegase el momento. + +Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía ofendida de que se le +quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de nuevo en el +doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el +burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de +razas distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero +adivinaba algo de ridículo en su situación, como si realizándose las +irónicas fantasías del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata +ante el hotel del millonario. + +Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deteníanse para contemplar +una flor rara, seguían con atención infantil los saltitos de los +pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su +apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por +primera vez el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces +hubiese permanecido oculto entre nubes. + +Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y podía presentarse doña +Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de +angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba +llevando sobre el alma el peso de su decepción. + +--¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!--dijo cogiendo una mano de +Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.--¡Dime que, +ocurra lo que ocurra, no me olvidarás! + +--Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca. + +Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma +tolerancia con que se entrega un objeto precioso al niño enfurruñado, +para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con +arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la +potente garra de Sánchez Morueta. + +La intervención del _aña_ interrumpió su embriaguez amorosa. El portero +acababa de abrir la verja y el automóvil de la casa, tras un retroceso +para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del +jardín. + +Corrieron los jóvenes, seguidos por el _aña_, hacia la entrada del +hotel, para salir al encuentro de doña Cristina. + +Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con el ingeniero, miró +severamente al _aña_. Pero la mujerona le contestó con otra mirada +arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad no +admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había +paseado con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal +había en ello?... + +Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á la señora de su jefe. +Había venido para saber cuándo regresaría don José de su viaje. + +Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse ahorrado la molestia +de la visita, preguntando por teléfono. + +--Es que, además, deseaba ver á ustedes--dijo Sanabre. + +--Muchas gracias--contestó con altivez la señora.--Agradezco su +atención. ¿Entra usted?... + +Y con los ojos le daba á entender que podía retirarse. + +La joven vió como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Después +subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible aparición +de su madre encolerizada. + +No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz temblona de ira y la del +_aña_ que le contestaba con no menos acritud. + +Por la noche, al reunirse en el comedor, doña Cristina miró á su hija +con insistencia, pero sus palabras fueron breves. + +--Que sea la última vez--dijo--que recibas visitas, ni dentro de casa... +ni en el jardín. También es casualidad, venir ese... individuo, la misma +tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma. + +Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si quisieran escudriñar +el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno disimulo que +no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor. + + + + +VI + + +El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatándose la +proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que +apagaba el último parpadeo de las estrellas. + +Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros +trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal, +con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que tenían su trabajo +en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la bruma de su +profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de +barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en +la parte alta de la ría las luces de los _anguleros_, que durante la +noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes. +Las aves marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de +la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el +mar, siguiendo la tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del +Abra. + +Comenzaban á abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacerías, +tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á los fieles á misa +y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con +aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua, semejante al +olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á las +campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes +de los barcos y los gritos de las _cargueras_ que reñían por +preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á +tierra, con la cabeza abrumada por los fardos. + +Por las calles comenzaban á rodar los carros de la _sarama_ recogiendo +el estiércol: las vendedoras de _fotes_ llamaban á las puertas +repartiendo los panecillos del desayuno. + +Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del +mercado de San Antón, y las aldeanas que se detenían á descansar por un +momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras +de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al oír el _taf-taf_ de un +automóvil. El vehículo pasó veloz por la gran plaza, desapareciendo, +ensanche adelante, al otro lado del puente. + +Las que eran de la villa, conocieron á la esposa y la hija de Sánchez +Morueta, sentadas tras el _chauffeur_ de ancha gorra y aspecto +extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las +cubrían los ojos. + +Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun +madrugaba más que ellas. Irían á la iglesia de la Residencia á +confesarse con los padres jesuítas. Allí iba todo el señorío. + +El automóvil aceleró su marcha por las amplias calles del ensanche, +desiertas á aquellas horas, y paró con violenta rapidez entre los +carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazón, +una obra prodigiosa de confitería arquitectónica, en la que el blanco de +las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros. + +Doña Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un +cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacción que si +penetrase en un salón elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una +dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvación +del alma. + +Reconocía una vez más el talento de los buenos Padres al admirar la +decoración del templo. Era _gótico_, pero no tenía la crudeza blanca, la +sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival sé +convertía en polícroma: el oro y el bermellón chorreaban por los nervios +de los pilares, y los arcos apuntados: las bóvedas, eran azules con +estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan _bonita_, +sólo podían imaginarla los Padres de la Compañía. + +Y la de Sánchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre +que había de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su +comparación del hermoso templo con el forro interior de uno de esos +baúles que usan las criadas, matizados de chillones colorines. ¡Decir +tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado +para comodidad y suave placer de los fieles! El órgano desgarrador y +tempestuoso había sido reemplazado por el armónium; en vez de los santos +negruzcos y horripilantes de la antigua devoción española veíanse +imágenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual +corresponde á un culto de personas decentes; las lámparas de luz +eléctrica, en gran profusión, sustituían á los cirios humosos que con su +olor de cera daban mareos á las señoras. + +Doña Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes +arrodilladas á los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba +muy concurrido el templo. Pero la de Sánchez Morueta reconocía la +influencia de la estación en la clase de público. Las señoras eran menos +que en el invierno. La _gente baja_, menestrales acomodadas, y viejas +beatas de medios de vida problemáticos, se aprovechaban del veraneo de +las señoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus +santos sacerdotes. + +Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que más +gente tenía formada ante sus rejillas. Tardaría mucho en llegarles el +turno para la confesión. + +Al reconocer á las dos señoras, hubo un movimiento de respeto y +curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y +con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreciéndolas +su puesto en la fila. Doña Cristina hizo un signo de aprobación con la +cabeza y abriendo su portamonedas dió una peseta á cada una de ellas. + +Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos +concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre Paulí á pesar +de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de la +rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa +con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño. + +La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con sólo dos +penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando +las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con +calma. + +Doña Cristina experimentaba la emoción de la doncella que tiente la +proximidad del hombre amado. + +El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora admiraba su energía, +su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio, que había sido +militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre +de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los +escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los +actos del Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él +por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes +que sólo hablaban de piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura +de Jesús. Era el jabalí de la Iglesia, que al verse en terreno +favorable, en aquella tierra donde crecía frondoso el bosque de la fe y +de la sumisión ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos á todos +lados. «A los enemigos de la religión, palo», decía con fiera +arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola. + +No perdonaba medio para propagar sus belicosos propósitos. Sus sermones +en las grandes romerías, en las fiestas de la Asociación de la Vela +Nocturna y otras corporaciones que le tenían por director, eran arengas +de caudillo, hablando de matar ó morir como los paladines de las +Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto «A las +señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado +que hablar hasta en el Congreso de los Diputados. + +Era un hombre de lucha que iba recto á su fin, atropellando las +doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto tronaba +contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la +caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á +las elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente, +para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella +institución del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño +al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad. + +Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que +fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras, amenazando con no +comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al candidato +liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que +enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros; +las damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables, +arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas +electorales. Y enfrente de este gran ejército manejado por el Padre +Paulí, un candidato de una buena fe paradisíaca, que hacía discursos +sobre la regeneración material de la nación y la política hidráulica, +pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual Vizcaya, en el que +llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo importaba á los +_maketos_, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de África. +Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en una +iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter +antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la +Iglesia que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que +quien no está á sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!... + +En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las +gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico jesuíta un +prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los últimos +restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y +su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta, +recordándole que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó +mil pesetas para la elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia +libertad de que gozaba en el manejo del dinero, dió dos mil duros al +Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez +Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doña Cristina tembló en +el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parecía escuchar la +risa irónica del doctor Aresti, allá en las minas. Temía la explosión +ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una mujer, que no era +para él más que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los +días y siguió callando, como si pasada la primera impresión de cólera, +sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera +turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su +casa. + +Doña Cristina también había perdido su primitiva inquietud al +transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente +ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia +conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía +por todos los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su +marido. El jesuíta la comparó en una reunión de señoras con las mujeres +fuertes de la Biblia y con un sinnúmero de santas, todas princesas ó +consejeras de reyes. «Con señoras tan valerosas, pronto volverá el +reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era otro panegirista que en +las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre risas, la gran treta +que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara de vinagre. + +Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora entraba en aquella +iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo de la +victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres +como si fuese de su familia. + +El confesor, después de despachar á varias penitentas, sacó la cabeza +por delante del sagrado cajón, lanzando una rápida mirada á la fila de +señoras, mientras musitaba algunas oraciones. + +--Me ha conocido--pensó doña Cristina con orgullo--No tardará en +despedir á la que está delante. + +Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla allí en verano. La +afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el +servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, sólo de +tarde en tarde hacía sus visitas al templo de la Residencia. De seguro +que el buen Padre pensaba: «Algo extraordinario le ocurre á mi hija de +confesión.» Y así era efectivamente. + +No peligraba la salud de su alma ni traía ningún grave pecado que la +abrumase con su peso. Pero el jesuíta quería que se le dijera todo, +absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas, +único medio de que éstas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una +confesión extraordinaria, como esposa y como madre cristiana. + +Primeramente, quería hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho +de su esposo. + +Sánchez Morueta había llegado el día anterior, después de una +permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio: +millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales +había de tratar nuevos negocios. Esto, según él daba á entender en sus +escasas palabras. Pero doña Cristina dudaba ya de todo desde que dos +días antes de que regresase el millonario, había encontrado revolviendo +los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de ámbar y +con la firma de una mujer, una tal Judith, que debía ser una pagana, una +pecadora, á juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no había +entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantásticos y +además estaba en francés. Pero las pocas palabras que había podido +adivinar, y más que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender +desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor +desenfado. ¡Qué asco! Toda la castidad de doña Cristina, su horror á la +carne vil, se revolvió al contacto de aquel papel. No quiso verlo más y +lo abandonó en el mismo sitio donde lo había encontrado. Sabía lo +necesario: su marido tenía una amante: tal vez por esto pasaba tanto +tiempo fuera de Bilbao... + +En el primer momento, doña Cristina experimentó una sensación +desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo. +Sintió por Sánchez Morueta un interés más grande que en los primeros +tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la +infidelidad. Tal vez iba á conocer el amor á impulsos de la cólera. Pero +aquello sólo duró un instante: su alma, que parecía despertar é +incorporarse, volvióse del otro lado y continuó su sueño. + +Si Pepe tenía una querida ¿á ella qué? Mejor: su indiferencia encontraba +una justificación. Viviría más segura en su castidad: se sentiría más +fuerte, pudiendo echar algo en cara á aquel hombre que parecía dominarla +con su silencio. Era lo que á ella le faltaba. Doña Cristina se había +irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel +hombre que vivía tranquilo, sin acordarse de la religión, cerrando su +casa á los ministros de Dios. + +De aquella carta pecadora le había quedado el principio impreso en la +memoria: «_Mon gros loup cheri_». ¿Qué querría decir esto? Y adivinando +algo horrible y grotesco á la par, como los diablos panzudos pintados +en ciertas estampas, sonreía en medio de su repugnancia, pensando en la +figura algo ridícula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando +á una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorándolos. + +Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quería +comunicárselo al Padre Paulí, y que éste la ayudara con sus consejos. +Además, tenía que hablarle de la niña, rogando que la diese un buen +repasón. Estaba en la edad de los caprichos y las _tonterías_, y ella, +después de la tarde en que la había sorprendido en el jardín con el +ingenierillo, sentía cierta intranquilidad. Hasta había efectuado un +registro minucioso en el cuarto de la niña, presintiendo cartitas +escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada había +encontrado; pero le daba el corazón que algo existía. Tal vez lo +guardaba oculto la _aña_ Nicanora, complaciente siempre con la señorita. + +Había terminado su confesión la señora arrodillada delante de ella, y +doña Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del +lado opuesto. Se abrió por fin el ventanillo y Pepita vió por encima de +los hombros de su madre una sombra que murmuraba: + +--¡Hola Cristina! ¡hija mía! ¿A qué obedece esta visita tan +extraordinaria?... + +Pepita no oyó más: su madre pegó la cabeza á la rejilla, ahogándose las +palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo. + +La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil +la incrustación de los tacones de sus botas, leía en su devocionario +automáticamente, mientras pensaba lo que diría al confesor. + +Estaba junto á su mamá y llegaban hasta ella algunas de sus palabras +como un lejano susurro. + +Pepita comprendió que su madre hablaba de una carta que debía +interesarla mucho, á juzgar por las veces que la nombró. La joven púsose +á temblar pensando en las que tenía ocultas, como una prueba de delito, +allá en su hotel de Las Arenas. Pero doña Cristina levantó la voz un +poco más, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso +y Pepita la oyó decir con gran dificultad, vacilando á cada sílaba +«_Mon... gros... loup... cheri..._» + +No: aquello no iba con ella... ¿Pero por qué decía su madre tales cosas? +¿Qué lobo era aquel, en francés, que su madre llevaba tan trabajosamente +hasta los oídos del buen Padre? Y Pepita se mordía los labios para no +reír, sin saber ciertamente por qué le regocijaba esta frase que no +había encontrado nunca en sus libros cuando la enseñaban francés. + +Luego cesó de oír. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la +rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta +Pepita como el balbucear de un pequeñuelo: «Ña... ña... ña». Debía reñir +á la madre á juzgar por lo encogida que ésta se mostraba, con la cabeza +entre los hombros, como si la abrumase el interminable regaño del +confesor. + +La voz de doña Cristina volvió de nuevo al oído de su hija: + +--Es verdad Padre: yo tengo la culpa. ¡Pero es una esclavitud tan +dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocación me +llamaba á otra parte. Pero la juventud se engaña siempre y ¡era yo +entonces tan niña!... + +Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo el «Ña... ña... ña» +siempre con tono de reproche durante muchos minutos. + +--¿Cree usted Padre--volvió á murmurar la señora--que no he hecho yo +nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería aquel en +que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que +le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes... +Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado +respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los +hombres. + +Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más imperioso, como si diese una +orden, y doña Cristina achicábase ante la reja, obediente á su director, +pero anonadada por el sacrificio que la imponía. + +--Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco que eso me produce! +¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no hay otro +remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son +sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias +de la vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué +repugnancia, Dios mío!... + +El «Ña... ña... ña» tomó una expresión interrogante. + +--Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros tiempos, á preocuparme +de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este +sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á Dios. + +El murmullo del confesor sonó largamente, como si diese consejos. De vez +en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus afirmaciones de +penitenta sumisa. + +--Así lo haré, Padre. + +--_¿Ña... ña... ña?_ + +--Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré acordarme de mis tiempos de +vanidad. + +--_¿Ña... ña... ña?_ + +--¿Quiere usted que sea hoy mismo? ¿Después de haber recibido al +Señor?... Bien: porque usted lo dice. Será un nuevo sacrificio. + +Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doña Cristina volvió la +cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su +confesión; y al ver tan próxima á Pepita, fijos en el devocionario sus +ojos cándidos, se pegó más á la rejilla. La joven ya no oyó más que un +lejano susurro, sin distinguir una palabra. + +Al terminar la confesión, la madre fué á arrodillarse en el centro del +templo y Pepita ocupó su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor +despachó rápidamente á la penitenta del lado opuesto, y volvió á abrir +el ventanillo. + +--Hola, buena pieza. ¿Eres tú?--dijo cariñosamente á Pepita.--¿Ya has +hecho el acto de contrición? Pues á ver esos pecadillos, á hacer la +colada del alma, que aquí está el Padre Paulí para absolver á las niñas +que son buenas y sumisas. + +Y mientras la joven iba soltando con automática regularidad los pecados +de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia, +deseos de humillar á las amigas, desobediencias á su madre, miraba á +través de la rejilla al famoso jesuíta, su cara sin una arruga, la nariz +aguileña, aquella sonrisa dulce que parecía acariciar, pero que á ella +le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que +extraía las verdades por hondas que se ocultasen. + +--Bien, ¿y qué más?--dijo el jesuíta cuando ella se detuvo dando por +terminada la enumeración de sus pecados. + +--Nada más, Padre. No recuerdo otros pecados. + +--Rebusca bien en tu conciencia, hijita. ¿Nada de nuevo ha ocurrido en +tu vida desde la última vez que nos vimos? Piénsalo. Mira que con el +Padre Paulí no valen engaños: que hasta mí llega un pajarito que me +cuenta todo lo que hacen las niñas embusteras, y que yo sé cuándo me +dicen la verdad y cuándo me mienten. + +Pepita comenzaba á sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y +maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, según afirmaba +su madre. Con él de nada servían los tapujos. Y su inquietud convirtióse +en miedo cuando vió que el sacerdote cesaba de sonreír y la hablaba con +los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmovía desde el púlpito +á la distinguida muchedumbre de sus fieles. + +--Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más bonita que tú, y más +rica, pues sus padres eran reyes... + +Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes, +sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella. + +--Un día, en un sarao de la corte, cuando más llamaba la atención por su +hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los +cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa +asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una +horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un +pecado que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba +la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo. + +Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador horrorizado, hacía +estremecer á la joven. El final de la historia no era más +tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la +princesa, y la desdichada descendía con el peso de su pecado á los +infiernos. + +--Vamos, hija mía--dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su +sonrisa después de la historia horripilante.--Tú eres más buena que la +princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor. +Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no +mienten, pero que tiene una correa para castigar á las que son malas y +rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo +para tí, como si lo fuera... ¡Tú tienes un novio! + +--No, Padre--dijo Pepita con voz trémula, intentando todavía +defenderse.--Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los +demás... que le tengo cierta simpatía... + +--¡Vaya por el amigo!--exclamó bondadosamente el confesor.--Y este amigo +te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de mamá. No digas +que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas +y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si es +inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!... + +Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez del pajarito, como si +fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia. + +La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí tomó entonces un +tono solemne: + +--Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido un grave pecado, +pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo has hecho, +indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y espero +que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo +grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe +vivir agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que +es el mundo, querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á +mamá, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si éste puede +ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los +rodean! Vamos que merecías una zurra, como las chicuelas malcriadas que +hacen alguna diablura. + +Y su mano blanca se movía tras la rejilla con burlona expresión de +amenaza. + +--Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las jovencitas del día, +pídele á tu madre un libro titulado «_La entrada en el mundo._» Si ella +no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de +memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por +otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los +muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad +de Deusto y es una guía completa de lo que debe pensar y hacer en el +mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no +necesita más para ser un modelo de caballeros católicos y excelentes +padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los capítulos que se +titulan «_La elección de estado_» y «_Antes que te cases_»... y verás lo +que le corresponde hacer á la juventud cristiana para conservar pura su +alma y no ofender á Dios. Para la elección de estado hay que meditar +mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santísima Virgen, +tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el bienaventurado y +glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe +escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y +especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo +maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y +sobre todo, de vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro. + +Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si éste fuese +el personaje más importante entre todos los citados. + +--¿Qué es el director espiritual?--continuó.--El librito lo dice +claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija +vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres +se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os +queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros +confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen +á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de +Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que +_galantería_ mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del +pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes, +chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir +de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan +muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de +nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á +buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que +ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin +venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en +Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del +Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce +que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una +santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese +médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que +entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del +siglo. + +La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su +pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce: + +--Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó +menos como tu tío el médico. + +--¡Ay, no, Padre!--se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión +para defender á su novio.--es muy buen católico: me lo dijo el otro día +cuando hablamos en el jardín. + +--¡Hum, hum!--tosió el jesuíta--¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas +escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que +puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo +conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?... + +--Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se +inscribiría en los _Luises_, que haría todo lo que yo le mandase. Crea +usted, Padre, que no es malo. + +--¡Je, je!--rió maliciosamente el confesor.--No está mal la resolución. +Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al +matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados. +El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo +un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles +que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú, +hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era +más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la +voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no +podré darte la absolución. ¿Entiendes?... + +Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente. + +--Pero tú eres buena--continuó el jesuíta cambiando de tono--y tú +obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese hombre: +un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la +Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras +á ese individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por +consejo de mi director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las +mujeres, tenéis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle +saber, de un modo que no deje lugar á dudas, que todo acabó, que ya no +te acuerdas de él, que lo pasado fué una falta de la que te muestras +arrepentida... ¿Estamos? + +Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que +adivinase el confesor si esta emoción era por la pena del rompimiento ó +por el miedo que le inspiraba su pecado. + +--¡Tonta! ¡tontita!--dijo para tranquilizarla.--¡Si todo esto es por tu +bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay +tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu +padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija +de Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los +hombres más útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan +números! Eso de las princesas casándose con pastores, sólo se ve en las +comedias. Aún es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece á +tus padres, á mamá sobre todo, pues las mujeres saben más de estas +cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu amigo, tu segundo padre, y +entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que te hará feliz y aun +elevará más tu rango en el mundo. + +Calló un momento el jesuíta, como si preparase un avance decisivo. + +--¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de +nuestra Universidad!... Una joven como tú--continuó--merece unirse con +una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad +de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con +un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de +Estado, y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es +difícil encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola. + +Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no. + +--¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de él? Es uno de los +alumnos de _punta_ que han salido de nuestra Universidad. Con una docena +como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta población aparecería +como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la reconquista de +España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de +Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de +tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el +pobre Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas +maldicientes!... ¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste +no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente +inclinado hacia tí, con el amor honesto y respetuoso de un joven +cristiano. Las que te hablan contra él, es porque te tienen envidia. + +Después de este hábil halago á la vanidad de la joven, continuó con una +expresión de bondad y tolerancia: + +--Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fué nuestro padre San +Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar, +y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y +de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente +después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para +que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que +entonces se llamaban _botas polidas_... Urquiola es joven, y rebosa en +él la energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al +servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de +pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas +cambian según los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo, +lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa, +rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado +que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermín; un soldado, +un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas, +porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de su +mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que +tenga á su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué +le miran con tanto agrado tus amigas? Porque están seguras de su +porvenir. Fermín será diputado en las primeras elecciones, figurará en +Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte +de esta nación, que seguramente se cambiará, de no olvidarnos Dios!... + +Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobación ó protesta ante +los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo haber avanzado +demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho. + +--No creas que tengo un interés especial en que sea Urquiola quien haga +feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más tenacidad que yo, +pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es ese, que sea +otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria +y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas +como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás +y desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes +seguir sus costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con +el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la +fortuna les sonríe, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo +tan hermoso como tú, que eres buena y no querrás amargar los últimos +años de su vida. + +Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve mohín, de la felicidad +conyugal de los Sánchez Morueta. + +--Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por aquí con más +frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo +tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho +cuidado con ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que +nunca puedas volver á leerlas, cayendo de nuevo en el pecado? + +--Sí, Padre. + +--¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por terminadas para siempre +las locuras? + +--Sí, Padre. + +--Muy bien: vamos á la absolución. + +Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á la joven al través de +la rejilla: después sacó la mano por el frente del confesonario para que +se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto preparando una +sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á arrodillarse al +lado de su madre. + +Comulgaron tras una breve espera, después de rezar su penitencia y +salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á las amigas +que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios. + +El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas siguiendo la ribera de la +ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol. + +Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más hermoso que otros +días. + +--¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el recibir al Señor? Dí +que hemos empleado bien la mañana. + +Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de la señora, como si se +aproximase un peligro que quería olvidar. + +Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pasó horas +enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente, +rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que +escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la _aña_ Nicanora, +rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para +entregarlo á don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina +fueron inútiles. La niña estaba de mal humor y no quería contestar. + +Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de la comida. Llamó +varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando dobladas +sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la +servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese +algo extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa. + +Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste por su esfuerzo +epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre. + +--¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te has puesto!... + +Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la +doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con +llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?... +Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y +polvorientos; una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un +taller de la _rue de la Paix_ cuatro años antes, cuando ella volvía ya +la espalda á las vanidades del mundo. + +Había engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente +estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos y +comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como +un mallón sobre las caderas. + +--Qué, ¿te parezco bien?--dijo la madre, pavoneándose como una niña ante +la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla +resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una +resurrección histórica. + +Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo _fru fru_ de sus finas +ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había +prodigado con cierta indiscreción. + +Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su +mujer, acabó por levantar la cabeza. + +--¿Qué te parezco, Pepe?--dijo ella con una sonrisa que contrastaba con +el temblor de su voz. + +El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de +fruto maduro. + +--No estás mal--y fijó de nuevo sus ojos en el periódico. + +--Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que +llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á +esto, Pepe?... + +--Harás bien:--y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el +pensamiento lejos, muy lejos. + +La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con +un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas +nerviosidades. + +Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en +los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la +servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la +casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á +golpear á todos. + +Pepita también estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en +el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida de Biarritz, +queriendo que le describiera alguna _toilette_ de las muchas que habría +visto en aquella sociedad elegante. + +Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija. Era la +única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba con la cabeza +baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos +se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una expresión +desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba +por su novedad cierta molestia. + +Después de comer, el millonario se entró en su despacho. + +Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la +hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió con paso +resuelto en busca de su marido. + +Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se +acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas medrosas que +iban en busca del ogro. + +Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez Morueta, que +creía en la llamada de un criado: notó el movimiento instintivo de sus +manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos +colores que releía con gesto hosco. + +Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de recuerdos, +volvió á su memoria el «_Mon gros loup cheri_», y sin saber por qué, +sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de aspecto +imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á +entender, aquella frase de _cocotte_, que debía encerrar algún misterio +mágico para apoderarse de los hombres. + +--¿Qué quieres? ¿qué ocurre?--preguntó el marido con extrañeza. + +¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el lápiz de +tocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que no lograba +dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se +aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores. + +Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y apelando al +recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas carnosidades, los +hombros del temido ogro. + +--¡Pepe... Pepe!--murmuró con voz tenue, como un gemido dulce. + +Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con besos +ardorosos. + +El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda de carne +femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le envolvía, por +los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los +dientes de láctea blancura. + +Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una ráfaga. Su mano +poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante aquellos ojos +fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento, su +alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos. + +Después, la voz del marido sonó en el silencio de la habitación, +lacónica, triste y monótona: + +--Es tarde, Cristina, es tarde. + + + + +VII + + +Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su despacho +contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó en el asiento con +sorpresa, viendo entrar á su principal. + +Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su secretario +que tardaría unas dos semanas en regresar, y se presentaba +inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le habría +torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne +gravedad?... + +Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes +aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario, era que +hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba +envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos. + +--A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise +usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no +me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado, +mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A +ver, ¡que suba el _Capi_! Llame usted á don Matías. ¡En seguida; +listo!... + +Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le +esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas, +como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la +serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus +arrebatos. + +Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando +casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos +atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no +pasaba de la puerta. + +--Pepe, ¿qué tienes?--dijo el marino con el acento afectuoso de un +antiguo camarada. + +--Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de +las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en +seguida. + +--Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él +tiene sus ocupaciones... + +--¡He dicho que venga en seguida!--gritó el millonario.--Dile que le +necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier +cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es +mi único amigo. + +--Está bien--gruñó el capitán.--Los demás somos unos perros. + +Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su +paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir +contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes. + +De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con +ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para +continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su +irritado principal. + +--Señor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse +inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar el sol, adonde le dé +la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida. + +Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó que iba a recibir algún +golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, salió +apresuradamente. + +Las oficinas parecían desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante +sus papeles, temblando al oír tras de los cortinajes aquella voz +furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y juramentos +verdaderamente extraños en tan grave personaje. + +En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un +enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de incesantes paseos, se +dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando +antes un botón eléctrico. + +Entró un ordenanza con aire azorado. + +--Tráeme un café.... pero bien fuerte. + +Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de +los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para él, +con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisición era motivo +de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa ó en los +negocios de minas. + +Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese señales de +existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y +corrió el criado al despacho. + +--Trae otro café. + +Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar por las dos colillas +arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como +un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los había encontrado +al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía irrespirable, sin +que él se diese cuenta de ello. + +Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido +para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el +despacho, atraído por el timbre. + +--Dile al capitán que suba--dijo el millonario. + +--Don Matías no está, señor--contestó el criado. + +Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de +la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la +costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos +hacían lo mismo. + +--Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se +te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides. + +Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y +coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El +millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y +como perdida en un punto lejano, muy lejano. + +Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un +poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste +fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase +los platos casi intactos. + +--Mira, hijo mío--dijo con dulzura inesperada.--Llévate todo eso; +cómetelo y que de salud te sirva. + +Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella +inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos. + +Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor +dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta +actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el +bienestar del que en nada piensa. + +Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho, +el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida. + +--¡Esto es un horno!--gritó el médico,--¡Aquí no se puede respirar; qué +humareda; parece un incendio! + +Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de +tabaco en que se envolvía su primo. + +--¿Qué pasa?--dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.--¿Qué +te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara... + +Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro. +Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más +de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una +expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga +física, como si no hubiese dormido en algunas noches. + +--¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta. + +Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él +ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos +dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia. + +--¡Ay, Luis!--suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo, +las manos de su primo.--Mi vida terminó. Han matado todas mis +ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron! + +Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la +pequeñez del doctor con su corpachón. + +--¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas como una señorita +desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á llorar como +los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos +por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte. + +El millonario fué á hablar, y Aresti le interrumpió de nuevo: + +--Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero, +aguarda ahí fuera. Lo he encontrado en la estación del Desierto, y al +saber que habías llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te +esperaba con impaciencia. + +Sánchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algún asunto +urgente de la fundición. ¿Qué le importaban á él los altos hornos, y las +minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala +suerte. ¡Para lo que servía la riqueza!... Y revolvía sus ojos furiosos +por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poderío +industrial, haciéndolo responsable de su desgracia. + +En aquel momento aborrecía al muchacho que esperaba en las oficinas. ¡La +juventud! ¡la insípida y antipática juventud! Aquel ingenierillo no +tenía otros medios de vida que los que él le diese: ni riqueza, ni +poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos años, por su cara de +madamita con bigote, no le ocurriera lo que á él con todos sus millones. +¡Cristo! ¿Para qué servía, pues, el dinero? + +Aresti se impacientaba. + +--Bueno, hombre: deja en paz á ese chico, y si no quieres verle en +seguida, que aguarde. Pero cuéntame, Pepe ¿qué te pasa? + +--¡Judith!...--gimió el millonario.--Ya sabes quién digo... + +Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su +tristeza. + +--Sí, Judith--dijo Aresti animándolo para que hablase.--Aquella +francesa, ó judía, ó lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo... +la madre de aquel niño tan hermoso... el _hijo del amor_. Estoy +enterado. ¿Y qué ha hecho la tal Judith? ¿Alguna perrada? ¿La has +sorprendido con alguien? ¿Ha huido y no sabes dónde está? Habla, hombre: +cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas, +nada me cogerá de sorpresa. + +Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo +que su primo iba á contarle; seguro de que aquella novela de amor, +desarrollada en el ocaso de la madurez, había de tener un desenlace +triste. + +Sánchez Morueta comenzó á hablar con lentitud, como si le doliese, con +profundo desgarrón, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer +dolor, se animaba, se enardecía, embriagándose en la amargura de su +desgracia. + +Había conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos +meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios +de su carácter. ¿No lo había notado Aresti? + +De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito +de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad. + +Varias cartas anónimas le habían avisado las infidelidades de Judith. +Alguna buena alma que conocía su dicha y deseaba turbarla: tal vez una +antigua compañera de la _divette_, envidiosa de su bienestar. Y el +grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tenía miles +de brazos á sus órdenes y flotas en el mar como un príncipe de la +moderna realeza, había descendido durante algunos meses á una vida de +espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las +denuncias. + +--¡Ay, el amor, Luis!--exclamaba.--¡Cuán pequeños nos hace! ¡Cómo nos +envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la certeza +de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que +he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!... + +Al llegar el verano, Judith había ido, como de costumbre, á una casita +que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la tenía más cerca +de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los +misteriosos avisos. + +Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un +_monsieur Jules_, joven, hermoso y elegante, de problemática vida; un +aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de _croupier_ en +los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba á las +estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía conocerle mucho +tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra que se da +cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la +hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las +aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de +acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios. + +Sánchez Morueta, después de la lectura de los anónimos, recordaba haber +oído su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando +de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el aventurero había +pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía caliente, +apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las +peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de +«asegurar su posición», como ella decía, con una voracidad creciente, +como si la guiase un oculto consejero. + +El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué podía importarle este +chorreo de riqueza que no marcaba la más leve desnivelación en su +fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía haciéndole +abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo de +su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á +tantos causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano +verde, engañado y _pagano_, eterno personaje de todos los cuentos y las +comedias parisienses! Él había sido _le vieux_ del que se ríe la pareja +joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de +Banco. ¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á +la familia y á las malditas conveniencias sociales, había salido de la +triste aventura sin matar á ninguno de los dos!... + +--¡Pero, hombre, siéntate!--decía el doctor asustado al verle ir y venir +por el despacho como un loco.--No golpees los muebles. Ya sé que de un +puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho +muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se +burle una pájara de esas? Sigue contando... sigue. + +Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el +relato pasó de un salto á la escena final de su novela amorosa, á la +última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de +Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida. + +Sánchez Morueta había llegado sin avisarla, sorprendiendo al _monsieur +Jules_ casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no había sido +completa. No le había visto: sólo había adivinado su presencia en el +desorden de la habitación, en los detalles que revelaban una fuga +rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la puerta +cerrada. + +Después, la escena había sido horrible entre él y su amante. ¡Ay, la +mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de acabar de +una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la +situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más; +mantenerlo en la dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar +la verdad. «Vivimos de mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en +las horas de abandono, cuando en brazos de Sánchez Morueta recordaba su +pasado de aventuras. Pero ahora ya no quería mentir; estaba enamorada de +su _Jules_, enamorada frenética, con celos de fiera al ver que se lo +disputaban otras más jóvenes; y para atraérselo para siempre, +legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al amante rico, en +destrozarle el alma con su cínica franqueza. + +¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era joven y guapo! ¡Con +qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario revolvíase +con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una +provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus +desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le +regocijaba en los primeros tiempos de su amor. + +--Sí, _mon vieux_. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se _badina pas_. Si +tú me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser +amigo del pobre _Jules_. Y si no, la puerta está abierta. Será lo mejor. +_Voilà._ + +La cínica proposición había hecho rugir al gigante, levantando sus +zarpas con furor homicida. Pero ella ¡la maldita! tenía la tenacidad +glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser +asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de +desafío. + +--Sí, pégame; eso es muy español. Mátame, como matan en tu tierra á las +mujeres, cuando no quieren amar. Anda, _don José_; ya estamos en el +final de _Carmen_. ¿Dónde guardas la navaja?... + +Él había sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se dió cuenta de +su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los +peligros de la existencia errante. Y lloró como un miserable, suplicó +vilmente para que no lo abandonase. Hasta creía recordar que se había +arrodillado, agarrándose á sus piernas, sintiendo la desesperación de +perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parecía despedirse de +él al través de la batista que la cubría. + +Sánchez Morueta, hablaba á su primo con la cabeza baja, como un +criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y únicamente cerrando +los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su +conciencia. + +Había sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las +lágrimas con que había mojado durante toda la noche el cuello insensible +de aquella mujer. + +Ella se había apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada +del pobre patriarca, y con la conmiseración maternal que siente toda +mujer por un hombre que llora, lo había tomado en sus brazos, apoyándole +la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acariciándole las barbas +encanecidas. + +La gratitud y la lástima la hacían ser bondadosa, con palabras de triste +consuelo. ¡Ah, _gros coco_! Había que tomar la vida tal como se +presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empeñarse en pedir +imposibles. Cada uno se enamoraba á su hora. Él la quería, siendo casi +un viejo: ¿por qué se extrañaba de que ella, siendo joven, tuviese +también su momento de debilidad, enamorándose de aquel _Jules_ que +poseía para las mujeres un encanto malsano y dominador? + +Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual +trabajaba á su modo, sin acordarse del corazón, para asegurar su +porvenir. Pero después, con el bienestar llegaba la dulce tontería del +amor. Esto había hecho él, pasando la juventud absorbido en la caza de +la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la época en que +otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurría á ella al ver asegurado +su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso. +¿Por qué no había de conocer su verdadero amor con sus penas y alegrías +después de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... ¡Ah +_mon vieux_! Había que tomar la vida con serenidad filosófica. A cada +cual su turno. + +Después intentaba consolarle hablando del pasado. No debía desesperarse +el enorme _bebé_ que se adormecía llorando sobre su hombro. Podía +afirmar que había sido amado más que muchos otros. Primeramente, le +había querido con una simpatía pálida y pasiva, porque era bueno con +ella, porque la había sacado de su antigua vida de artista errante, +dándola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira. +Después le había admirado, con una admiración rayana en el amor, al +apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hacía nacer +nuevas industrias, el poder mágico, que esclavizaba el dinero, la +inteligencia que hacía danzar los millones, sin que ninguno se saliera +de línea. Ella adoraba á los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no +presentarse el otro, con algo que no podía explicar. Tal vez era el +encanto de la corrupción y de la juventud, que la enardecía, haciéndola +cometer locuras; pero aun así confesaba que no podía compararse aquel +hombre con _su viejo_ tan bueno y tan generoso... ¿Por qué no había de +aceptar el obstáculo como lo hacían otros? Aún podían ser felices: los +tres vivirían en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que +poseía una fortuna, gracias á él: era buena muchacha y haría lo +necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario +contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.--«Yo solo, +yo solo.» Judith se indignaba. _¡Grosse bête, va!_ Lo que él pedía era +imposible. Ella no podía separarse del que amaba, y tampoco quería +mentir: ella tenía corazón. + +El doctor interrumpió á su primo, que se complacía con doloroso deleite +en detallar los recuerdos de aquella noche. + +--¿Pero, y el niño? ¿Y el _hijo del amor_?--preguntó con cierta ironía. + +Sánchez Morueta miró al médico con unos ojos que pedían piedad. +Recordaba el entusiasmo con que había hablado á Aresti del pequeñín: +renacían en su memoria las palabras al describir su belleza delicada: +«un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.» + +--No te burles, Luis, es una crueldad. Tú lo adivinaste, sin duda, +cuando te hablé de él. También esta ilusión ha desaparecido. No queda +nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida. +Se lo ha llevado todo... todo. + +Y recordaba, cómo por segunda vez sintió el instinto homicida al ver la +sonrisa burlona con que acogió ella el recuerdo del pequeñuelo. ¡Ah, la +cruel! ¡Con qué sencillez le había arrebatado la última ilusión, +diciéndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la +de aquel tunante que llenaba su pensamiento! ¡Qué tirón tan doloroso en +su alma!... Esta vez, Judith, á pesar de su insolencia, había sentido +miedo ante el gesto desesperado de _su viejo_. Pero ¡ay! aquella mujer +de carácter doble é inexplicable era invencible. De sus crueldades, +hacía un mérito. Manteniendo en el millonario la ilusión de la +paternidad, podía seguir explotándolo. Así se lo había aconsejado su +amante. Pero ella era una buena muchacha y no quería mentir cuando +llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretendía que su antiguo +protector le agradeciese la cruel confesión. No: el niño no era su hijo. +Y lo repetía satisfecha, como si de este modo afirmase más sus derechos +sobre el hombre amado, colocando el pequeñuelo como un compromiso eterno +entre ella y el _amante de corazón_. + +Sánchez Morueta salió de aquella casa con el alma rendida por los +crueles descubrimientos. ¡Ni amor, ni hijo! Sólo la convicción del +fracaso; la tristeza de haber creído en una dicha que él mismo se +forjaba engañándose, y un profundo desgarrón en su dignidad, el arañazo +del ridículo en que había vivido durante varios años, que él creía los +mejores de su existencia. + +Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo. Por la noche, el deseo +amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de á dónde se +dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith. + +Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de otra noche como la +anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad +de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con su +amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años +desaparecería sin dejar rastro. + +--Más vale así--dijo el doctor. + +--Sí: mejor es que haya huido. + +Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobardía de la segunda +noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo á +Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación +envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una +sombra de felicidad á la que agarrarse. + +Se hizo un largo silencio. El millonario, después de terminado el +relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si al echar +fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un +golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el +desfallecimiento del hambre. + +--Y ahora, ¿qué piensas hacer?--preguntó Aresti. + +--¿Y tú me lo preguntas?--dijo con desaliento el millonario.--¡Qué sé +yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida. Desde anoche +que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aquí +y llamarte. Tú eres lo único que me resta... + +Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras éste se encogía de +hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar á su primo. + +--Me siento mal, Luis--dijo quejumbrosamente Sánchez Morueta.--Yo me +conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus consecuencias más +adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu vida, dímelo! + +Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego +que no osase moverse é implorase un guía. + +--¿Qué quieres que te aconseje?--dijo el médico.--Lo que yo te puedo +decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?... + +El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para qué? Aquello había +terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la decepción, pero el +mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan +fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando +curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo +del ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay! +¡cómo le aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba +por delante! ¡Qué miedo le causaba la monotonía de una vida sin +ilusiones! + +--Vaya, Pepe: no hay que ser niño--dijo el doctor con autoridad.--Ni +estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi consejo? +Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu +familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste +al lado de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no +sea cierto, esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no +conocerás la infidelidad, ni los celos. + +El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La familia! ¡Su mujer! +También esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra. + +Entre él y Cristina se habían agrandado las distancias; no podía esperar +una reconciliación. Él, en su enardecimiento amoroso, no había negado +los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en su despacho. Y con +la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su escena con +Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después, la +explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su +infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la +separación moral en que vivían. + +El doctor le escuchaba pensativo. + +--¿Cristina fué en busca tuya?--preguntó con cierto asombro.--Pues +vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido entre +vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto +por tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque +alguien se lo ha mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará. + +Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre. + +--Vuelve, hombre--continuó el doctor:--es la única solución que puedo +ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa necesidad de +amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio para +llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro +de tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad, +fabricándome ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!... + +El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogiéndolo con un +gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una especie de +santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en +emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan +de la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como +aquellos ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer +podía proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa, +sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se reía del +doctor. En el mundo sólo tenía importancia lo que se relacionase con él. +¡A ver cómo no reventaban todas las gentes por cuya triste situación se +preocupaba su primo! Si él era infeliz con toda su fortuna, ¿por qué +habían de ser dichosas semejantes garrapatas?... + +Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la +tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo +acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas, +más de una hora. + +--Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa, +que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando +de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse, pero ahora +esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo. + +--¡Se va!... ¿Y por qué?... + +--¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no puede vivir aquí. Tal +vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta extraño: es cosa +de la juventud. + +Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo +que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba alegría la posibilidad +de que el joven sufriera como él. Era un consuelo egoísta y feroz ver +que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en +gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al +ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!... + +Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver á los altos hornos +después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el último +momento. + +Venía para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan +pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista +baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los +ojos. + +Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara +juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala bestia; llevaba la +señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos. + +De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de los penados, unidos +eternamente por la misma cadena. + +--¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en la fundición?... +¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla. + +El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni disgusto ni ambición de +dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía la nostalgia de +ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de los de su +tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para América; +aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de +llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se +marchaba. + +El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisión de las palabras +del joven, se convenció de que éste mentía. + +Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con que le había +distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba resuelto á +la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los +altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes. + +--¡Te vas, hijo mío!--exclamó el millonario con repentino +enternecimiento.--Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí +donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve. +No nos despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á... + +El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le +interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la +fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si +Sánchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por +allá, pasaría él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta +nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de +Las Arenas. + +--Adiós, hijo mío... Hasta la vista. + +Y estrechó con efusión la mano del joven. + +Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por +tantas emociones, se dejó caer en el sillón. + +--Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el +vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de +la casa de huéspedes, la ausencia del cariño. + +--No, Pepe--dijo al doctor.--Tengo la certeza de que ahora encontrarás +allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera. + +--¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?... + +--Yo nunca--dijo Aresti.--Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y +lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu +vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún +es á qué precio vas á pagarla. + + + + +VIII + + +El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin +que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los +recuerdos del millonario. + +De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez +Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al +escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era +caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los +negocios minaban su salud. + +--Es la crisis que él temía--pensó el médico.--Pero cuando no me llama +sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa. + +Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta +que éste le llamase. + +Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El +marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo. + +--No es que yo crea que va á morir--dijo el capitán--pero muchacho, anda +muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta +parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por +su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de +lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina +parece otra; nunca la he visto tan alegre. + +Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud, +yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera +considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta +elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la +daban el aspecto de una beata. + +Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas +y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura +del agradecimiento. + +En fin, querido _planeta_--continuó el capitán--que parecen unos novios. +No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros, +completamente. + +Aresti sonreía. + +--¿Entonces--preguntó--la casa de mi primo será un nido de amor? + +--Hombre, yo te diré--repuso el capitán con cierta vacilación.--Me gusta +que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo. +Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de +Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña +Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de +Nicanora, el _aña_? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo +necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho +que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita +parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero +la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro +de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me +rompieran la cabeza cuando al sitio!... + +--Y Pepe ¿qué dice?... + +--Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena +su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras +cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un +disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir +á verle. + +--¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia: +allí no hago yo falta. + +--Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta +por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á +su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta +de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el _Capi_ es muy franco. +Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola +ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa +en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la +mala cara que pueda hacerte tu parienta!... + +Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque tenían á su primo en +una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban á otro +médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al instante. +Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al +mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas +gentes ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una +bomba. ¡Je, je, je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el +tranvía. + +Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez Morueta, encontró en +un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola. + +Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oyó un rumor de +voces, hablando con apresuramiento, y después un ruido de pasos y de +faldas en fuga. + +--¡No quiero verle!--gritó una voz sofocada que el médico creyó +reconocer. + +Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba aquella fuga +misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á entender lo +inoportuno de su llegada. + +El doctor pensó que las que habían huido para evitarse su presencia eran +las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su +mujer. + +La entrevista fué glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el +menor esfuerzo por disimular la antipatía que le inspiraba el médico. +Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se presentaba +allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña +absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico +á otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas +se separaban para siempre. + +Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba como si no se diera +cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto +asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un +aparecido. + +Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró con inquietud á una +puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á pasarla. + +--No sé si podrás verle--dijo con los labios apretados.--Está delicado: +no gusta de recibir visitas. + +--¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos... + +Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de pie y se dirigió á la +puerta que comunicaba el salón con el despacho del millonario. + +Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un grito de alegría, +reconociendo á su primo. + +--¡Luis! ¡Luisito!... + +Y le tendió las manos sin abandonar el sillón. Aresti le abrazó. +Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había adelgazado +mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en su +rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la +nariz más grande y pesada. + +Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer momento de expansión +se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que +Aresti leyera la cubierta del volumen. + +Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie cerca de los dos +hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones fraternales. + +Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la enfermedad. Conocía +aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba en el +organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba. + +--¡Un trastorno moral! Eso es--dijo la señora con voz áspera.--Siempre +que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado. Por +fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él +cómo se adquieren. + +Y á continuación, para cortar la entrevista, recordó á su marido la +conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo. + +--¡Pero, si es Luis!--dijo el gigantón sin atreverse á mirar á su +esposa.--¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba mucho +que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como +hermanos. + +Y su acento humilde parecía excusarse de este cariño, pedir perdón á la +esposa por un afecto superior á su voluntad. Se notaba en él la +abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta +y teme á cada momento que le recuerde su pasado. + +Apareció Pepita en la puerta haciendo señas misteriosas á su madre y +ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de +Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían despedirse de +las señoras. + +Al quedar solos los dos hombres, el medicó se aproximo á su primo. Les +dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera +situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?... + +Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer. + +--Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué +cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que +deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro +hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que +descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme. + +Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la +fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más +leve movimiento. + +--¿Y _aquello_?--preguntó misteriosamente el doctor.--¿Se olvidó ya por +completo?... + +El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un +movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las +palabras de su primo. No debía recordarle _aquello_: le causaba +vergüenza y repugnancia. + +Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de +su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al +despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose +entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos +primos. + +Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer +comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las +puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como +si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.» + +El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban +á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con +satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no +dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!... + +Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente +con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su +lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de +enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico, +le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la +prohibición, obsequiaba al tío. + +Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á +Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que +le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el +cigarro con que le había alegrado poco antes. + +Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo +iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola +en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito +de la obra. + +--¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy _profunda_? Pues el segundo +tomo todavía es mejor. + +Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti, +como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más +notables que se habían publicado en el siglo: las «_Respuestas á las +objeciones más comunes contra la religión_» del Padre Segundo Franco, un +jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por +tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa +ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición +y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como +crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse. +Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas, +con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la +Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro. + +--Usted debía leerlo, doctor--dijo con impertinencia el abogado de +Deusto. + +Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de +las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se +probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier +vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó: + +--Joven--dijo con gravedad desdeñosa,--hace muchos años que leo lo que +mejor me parece, sin necesidad de consejero. + +Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su +primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro. + +Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían +mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle, +buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora +animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el +médico. + +Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que +preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de +Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan +hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y +honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de +grandeza. + +Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus +enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el +abogado, cuyas palabras le irritaban. + +--¿Y qué tiempos fueron esos?--preguntó irónicamente. + +Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella +oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios +literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un +vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del +Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los +_Jaunes_ prudentes y valerosos; cuando la mala peste del _maketismo_ no +había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los +vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á +los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus +descendientes habían derrotado á los _guiris_ y los _ches_ de pantalones +rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus +libertades. + +Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos +batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de +historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias +nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de +Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de +hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería. + +--No: Vizcaya no tiene apenas historia--continuó el doctor,--y por esto +posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo +que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está +en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que +pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo +colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para +explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á +la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes +cabelludos y zafios que en Padura gritaban _¡sabelian, sabelian sarrtu!_ +avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el +vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que +obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede +producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi +primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que +pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín +moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas +industriales, que todos aquellos _Jaunes_, sucios, barbudos y llenos de +costras. + +Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío, +temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á +la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que +la discusión no quedase ahogada. + +--No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas +tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo +rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree. + +Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas +fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el +afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que +experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á +la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella +lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el +deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la +dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los +jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de +las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa. + +Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento. +Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y +miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran +vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas? +Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por +dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San +Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la +revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de +evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que +mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo +conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas... + +Aresti le interrumpió: + +--Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo, +el mundo ingrato no ensalza su sabiduría. + +Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á +caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como +apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto +muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su +fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya +conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la +masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio! +Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán +por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes +religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los +ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver! +¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los +tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de +sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban +su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También +les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los +poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido. +¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos; +hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de +los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban +destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no +podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo. +Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á +los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu +religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los +magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si +buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse +engañar por absurdas propagandas... + +¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin +voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida +ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los +conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y +especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los +conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un +cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían +insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían +hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó +menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de +empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban +contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se +lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las +cuestiones del trabajo?... + +Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle +aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que, +por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta. + +El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el +joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus +palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el +deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin +consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella +casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una +calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su +pensamiento. + +A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y +rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que +éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los +directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase +superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no +iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y +locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero +enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de +la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía +por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser +oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna. + +El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de +modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el +cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa +transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su +verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de +experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro. +Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la +tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los +oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida +que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única +fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como +á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte, +declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que +únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la +tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el +ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar. + +Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados. + +--¿Y la caridad?--gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral +cristiana? + +--¡La caridad!--contestó el médico sonriendo con sarcasmo.--Es el medio +de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los +desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el +buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que +perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral +cristiana. + +Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería +más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una +aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban +el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas +del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin +excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no +dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar. +La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes +bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas +de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de +los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se +equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne +con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que +ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo. +Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba, +entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de +que su Dios los había maldecido. + +Los privilegiados empleaban la religión como un escudo. «Nada de esperar +en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y había que +ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo podía ser +feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la muerte; +dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia +le quieren arrebatar...» + +Así se expresaban los que tenían interés en que continuase en la tierra +todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias. ¿Cómo no habían +de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba el +camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que +la quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden +sobornar con dádivas á los sacerdotes? + +El cristianismo había engañado al pobre, manteniéndolo en su triste +estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el +carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el extremo de su +cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á él!... +Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio +á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban. +Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie +de funcionario invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos +sus buenos servicios, levantándole viviendas, derramando el dinero á +manos llenas entre los que se llamaban sus representantes... + +Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas enrojecidas. ¿Qué +horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía +acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber +provocado al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase. +Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado +por la sorda y desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de +Deusto temía aparecer vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al +doctor con exclamaciones burlonas ó con gestos escandalizados. «Está +loco: este hombre está loco.» Aprovechando una pausa de Aresti, _colocó_ +la objeción que tenía preparada. Criticar era fácil. Pero ya que el +doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, debía decir cuál +era la suya. + +Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era posible que no lo +entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto. Además, una moral +con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la mañana como un +sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el +pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera +etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral +para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo +de los humanos, tenía forma. + +--Yo--dijo Aresti con sencillez--adoro la Justicia Social como fin y +creo en la Ciencia como medio. + +Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La +moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que +era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la +Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo _no_ +donde el catecismo dice _sí_ y _sí_ donde dice _no_, se tiene hecha y +derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con +esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los +pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los +grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta +definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento. + +Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la +proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia +podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque +Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna. +Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de +impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas. +Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero +materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda +desmoralización. + +El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba +al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de +existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo +tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de +podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían +castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin +miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que +no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción +de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los +semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que +contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al +infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben +apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie +hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos +á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el +crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea +posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas. + +--¿Es esta su moral, doctor--preguntaba irónicamente el abogado.--¿No es +esto lo que se desprende de la ciencia moderna?... + +Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de +lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza +baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó +los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho +no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer +tendría razón al elogiar sus cualidades. + +Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios, +con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y +las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos +atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era +que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los +períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente? + +El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de +moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una +regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que +porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre +no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la +violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad +desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á +desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma +parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia +podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de +inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los +que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad +egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la +vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra +sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo. + +Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de +los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó, +cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si +su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que +lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la +importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de +la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos +inventados por las religiones. + +El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la +humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un +componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á +su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de +haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus +sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos +animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no +duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la +necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción. +En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste +(deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea +sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte +de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su +vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un +cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal +colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas +satisfacciones morales. + +--Hacer el bien á los semejantes--continuó Aresti--sin esperanza de +recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los +hombres del _materialismo_, es ser más idealista que el devoto que +compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de +la tierra. + +El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las +religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se +desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo +nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y +mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y +al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni +en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de +socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos +los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido +siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de +la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba +generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de +la conciencia colectiva. + +Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el +menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello +eran _filosofías alemanas_, monsergas confusas que habían inventado los +impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en +Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el +Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los +_filósofos_!... + +Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y +desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello +no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que +consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos +electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de +Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión +personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral +cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo +ante las señoras sus energías de apóstol. + +Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma +religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la +esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las +inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el +cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los +naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino +estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en +amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un +individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la +humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose +sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el +pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale +saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el +trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo +y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el +esfuerzo continuo hacia el mejoramiento. + +El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza +de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser +hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia. +El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución +incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de +sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea +justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de +humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas. +¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las +explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la +injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é +ignorantes? + +En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que +le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había +descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser +siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la +tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento. +Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica +aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra: +suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía +empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación +dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus +necesidades. + +El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios, +el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco +podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la +abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el +pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales. + +--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--decía el +médico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á +la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los +acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto +y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y +hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No +mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la +realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que +salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha, +suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo, +pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la +humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son, +como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas +sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios. + +Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis! +¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado +por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la +actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del +trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban +contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que +la ensalzasen. + +La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su +sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su +instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación, +queriendo auxiliar á Urquiola. + +--No entiendo esa moral--dijo á Aresti con voz ruda.--Nada me importa: +esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos +con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la +humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?... + +Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba +al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni +soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para +que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y +doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan +buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel... + +--A eso conduce vuestra moral--añadió con dureza.--A hacer infeliz á una +pobre criatura, buena como una santa. + +Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él, +convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y +Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza +humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en +silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros. + +Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía +un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento +ruidoso y que no volviese. + +--Ya que no crees en nada de la religión--dijo tras una larga pausa, con +una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es +para tí nuestro divino redentor? + +¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva, +como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos +ojos azules que le miraban con desprecio!... + +--¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo +con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su +sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y +practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las +autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos +que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo. + +Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las +explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta +calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de +ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado +su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta! +Para una millonaria era este el más refinado de los insultos. + +--¿Has oído, Pepe?--gritó mirando á su esposo.--¿Y tú consientes estas +atrocidades en tu casa? + +Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como +asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque. + +--Me voy--siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su +esposo.--No quiero escuchar más á este hombre. + +Y dirigiéndose á Pepita, añadió: + +--Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu +padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles. + +Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un +momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de +presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en +nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de +«poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le +inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar _al +tío_ y acabó por marcharse en busca de las señoras. + +Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como +anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el +silencio. + +--Pepe, adiós--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo +una mano á su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes +eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir. + +--¡No te vayas así!--exclamó el millonario con ansiedad.--De seguro que +estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina +es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la +paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á +las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has +estado fuertecito... + +--Adiós, Pepe--volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza +que ahora caía débil y sin voluntad.--Que seas muy feliz. + +--Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará: +ya sabes que otras veces también habéis regañado... + +--Adiós, adiós. + +Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando +excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus +espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco +fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia. + + + + +IX + + +A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los +obreros de las minas. + +Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor +Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca +minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas, +afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero +que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En +Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á +navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su +deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un +gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los +mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su +petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la +música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros +de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la +propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las +fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los +representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría +taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de +las teorías revolucionarias. + +El _Milord_, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de +los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en +la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á +sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la +vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres +con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían. +Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando +en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la +montaña. Ahora, el _Milord_ hablaba con terror de frecuentes robos de +dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían +ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á +armar!... + +Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa +de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de +los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda +circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría, +y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques +inactivos esperando una carga que no llegaría nunca. + +--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de +Inglaterra.--Esto va á ser la muerte de las minas. + +Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los +peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres +eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas +presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las +huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían +mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los +compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito +de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas +que los otros pudieran conseguir. + +--¡Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al _Milord_ y á otros +contratistas.--¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que +el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?... + +Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las +costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las +empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo +se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el +fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco +perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á +que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro. +Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban +el jornal para no morirse de hambre. + +El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor +del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe, +y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de +Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña. + +--Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen +perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al +cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de +badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que +llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las +Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?... + +Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de +hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más +escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote. + +A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos +por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas +nocturnas. + +Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos +los notables de Gallarta. El _Chiquito de Ciérvana_, el barrenador +famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de +Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía +verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de +allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no +fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia +al lado de su barrenador. + +Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y +menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse +con el _Chiquito de Ciérvana_, que era la gloria más grande de las +Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que +pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable +cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los +detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta +por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la +lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones +que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la +apuesta. + +Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que +en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de +cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al +dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos. + +En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo. +Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra +aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las +canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos +artistas. + +Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos +de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los _pobres +cuitados_ de Guipúzcoa. El _Chiquito de Ciérvana_ era vigilado y mimado +como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por +las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía +y bebía. + +--¿Cómo va ese valor?--le preguntaban tentándole los brazos duros y +elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con +una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su +resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el _Chiquito_ se dejaba +agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos +recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle +el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume. + +Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa +victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho +_Cordón Rouge_, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su +superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona _sangardúa_ +de sus montañas. + +Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á +Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla +su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos +admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por +ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía +interés por ella. + +Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer +el trabajo del _Chiquito_. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién +era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba +el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su +barrenador. + +Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos +del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el _Chiquito_?... Y +como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes. +Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de +Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles, +echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con +retos á los bilbaínos de las minas. + +La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El +_Chiquito_ había salido el día antes con varios de sus admiradores para +estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron +después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el +convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los +mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de +cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión. +Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de +pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las +que _tienen cartera_. + +Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había +comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de +caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las +calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas +mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si +fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á +gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única +autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que +un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de +escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos +de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro +sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de +uñas chatas, abrumados por enormes sortijas. + +Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una +verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba +con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con +altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión +campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado +desafiarles?... _¡Pobres cuitados!_ + +Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos á los balcones de +la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en +primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio +de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los +juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones +de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían +delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón +formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba +que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las +boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al +momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío. + +Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas, +encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros +arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un +molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra +profundamente aplastada. + +La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las +fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente, +como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los +gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por +sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba +algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se +hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las +abrumadas bestias. + +Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no +ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más +gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan +con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión +los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á +los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar +carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario +trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la +miseria campestre. + +El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo, +recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por +el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos, +de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos +Olímpicos. + +--Sí; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de +corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas. + +Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre +el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor +se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas. + +Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio +vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían +haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella +tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle, +estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio +tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de +aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los +comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra, +cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar +su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su +imagen. + +Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de +San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que +se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa, +resultaban comunes á toda una raza. + +El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían +las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de +voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca», +que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión +varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la +Vendée. El odio al _guiri_, al español de pantalones rojos llegado de +las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como +una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad +madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de +los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con +su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos. + +Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y +poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo +del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen +infranqueables. + +Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del +Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni +alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos +donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En +todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y +confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por +lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad. +Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el +bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el +suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de +haber dado al mundo un santo de fama universal. + +Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó +el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas +de los _aizkoralaris_ ó partidores de leña y la apuesta de los +barrenadores, quedaba para la tarde. + +Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los +del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras +repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado +desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la +fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle +huyendo de la atmósfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de +tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas +por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta, +guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con +la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre +como un fusil. + +Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una +taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón +cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el +alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el +viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad +sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una +entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que +contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido +la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y +estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que +cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin +pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica. + +El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los _versolaris_, los +trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía +florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos +campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una +gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las +rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la +muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del +chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de +viva voz, un _versolari_ iniciaba el tema, seguro de que al momento +surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el +razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la +interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al +público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus +versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de +fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las +grandes ciudades. + +Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias +de los _versolaris_ y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de +producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana +alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma +sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran +espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento +divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los _versolaris_ eran +graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes +de comprender sus palabras. + +El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los +hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los +versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la +tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación, +ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la +belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del +cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven +en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los +sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la +hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á +vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento. + +Más de una hora llevaban los _versolaris_ lanzándose razonamientos de +balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre +volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la +voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas +del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de +cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran +renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún +admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste, +después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias. + +A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió +á ella la gente, oyendo el silbido del _chistu_, que hacía locas +escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los +_versolaris_ se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la +fiesta. + +Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros, +fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores +sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar? +No había que tener miedo por cantidad más ó menos: _había cartera_ de +sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros, +habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas +en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á +ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar +perdón. + +La fiesta comenzó por la lucha de los _aizkoralaris_. Habían colocado en +el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados +en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el _chistu_ y el +_dambolin_, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus +hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y +subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo. + +Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los +mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de +toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de +leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de +Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como +leñadores á aquellos rústicos. + +Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas +marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un +golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de +aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin +necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían +los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el +crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno +de los _aizkoralaris_ iba delante de los otros; les avanzaba por +momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de +pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer +el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un +tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de +los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién +era el vencedor. + +Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda, +confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y +otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes +arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el +momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia +tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores. + +La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros, +cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus +instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso +adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron +al espacio libre. + +Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su +mirada por encima de los hombros que tenían delante. + +El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados, +ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El +_Chiquito de Ciérvana_ se pavoneaba con la palanca al hombro, +presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en +la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones. + +--¡Olé, mi niño!--gritaban los mineros. _¡Ené el Chiquito!..._ Ahora se +va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí _hay cartera_ para él! + +Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las +plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus +carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las +recogiesen. El _Chiquito_ sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus +protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto +taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de +todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se +despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre +las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían +perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó +llegase más adelante sería el vencedor. + +Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las +piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que +formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el +orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie, +con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer: +sus brazos mostraban la regularidad de una máquina. + +Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos. +Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y +levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los +movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén +del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos: +rugían _¡haup! ¡haup!_ al doblarse por la cintura, señalando cada golpe +con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con +los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún +que el barrenador. + +Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza. +Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una +aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una +carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el +_¡haup! ¡haup!_ de los acompañantes con una regularidad mecánica, +interrumpidos algunas veces por el _¡brrr!_ de los barrenadores, que al +respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga. + +Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes +humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes, +fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía. + +Transcurrieron algunos minutos. El _Chiquito_ trabajaba más aprisa que +su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la +veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo +movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y +cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que +pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero. +¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!... + +--¡Olé, _Chiquito_!--gritaron agitando sus manos cargadas de +pedrería.--_¡Haup!... ¡haup!_ + +Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que +servían de auxiliares á su barrenador. + +La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos +los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate, +entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos +contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del +nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El +hombre-caballo frente al hombre-buey. El _Chiquito de Ciérvana_, +vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer +arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le +rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que +mugían junto á su oído _¡haup! ¡haup!_ Él era quien reglamentaba los +movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por +ellos como lo hacía su contrincante. + +En cambio, el _Chiquito_ deteníase algunas veces, lanzaba en torno una +mirada satisfecha, se escupía en las manos, y agarrando de nuevo el +perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente aún no se había +detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando +la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin. + +Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la marcha de la lucha. +El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á otra sin +levantar la vista. El _Chiquito_ le llevaba aún un agujero de ventaja +como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su +alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro por cada +peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban +su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del +país. ¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!... + +La segunda hora de la lucha se desarrolló en silencio. La gente parecía +anonadada por la monotonía del espectáculo. La espera interminable +embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto no hubo +gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á +iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el +_Chiquito_ que hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca. + +Aresti presentía este suceso desde mucho antes. El _Chiquito_ se detenía +á descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresión de +triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habíanse sucedido al lado +de él varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el +relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban tenían que +gritar _¡haup, haup, haup!_ con más lentitud, esforzándose en vano por +animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra como si fuese una +bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo, sin poder +salir de su paso. + +El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la +cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el +busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y +recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales, +muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de +actividad. + +Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí +ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían +como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de +su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con +_Cordón Rouge_. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla +en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus +enemigos. + +Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso. +¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!... +Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces +con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más +de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra +de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!... + +Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los +acompañantes del _Chiquito_, se colocaban á ambos lados quitándose las +chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su +corpulencia; mugían _¡haup, haup!_ con toda la fuerza de sus pulmones, +como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del +barrenador. + +El _Chiquito_ cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus +protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado +por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á +imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran +cosa. + +--¡Arrea, ladrón!--mugían sus ricos padrinos--¡Fuerza... porrones! ¡Me +caso con tu madre!... + +Y de este modo iban intercalando en el continuo _¡haup, haup!_ toda +clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que +hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para +caer de nuevo en el desaliento. + +Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El _Chiquito_ estaba en +la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente +había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en +torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con +el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo. + +Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les +permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas +gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que +los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la +fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor +del guipuzcoano. + +Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El +gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos +de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna +próxima. + +Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido +como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á +muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de +huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En +el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él. + +Dentro del casino encontró al _Chiquito_ tendido en una banqueta, +envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño +poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones +algunos de las minas. + +--¿Qué dice usted de esto, doctor?--preguntaron á Aresti con +desesperación. + +Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían +civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne, +le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro +de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el +vencido. + +Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena +gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la +banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían +atiborrado á todas horas. + +--¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición al champagne. +Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil +duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos perdido +por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si apareces +en las minas. + +Cada cual se alejaba, después de desahogar su cólera, con la +precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los compañeros, sin +acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota que borra +toda amistad. + +El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompió á llorar. + +--¡Don Luis! ¡Don Luis!... + +Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil que los lamentos de +los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas del +hospital. + +Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós comilonas y agasajos, el +trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado con envidia por sus +antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras acompañando á +los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser un +trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si +volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un +remordimiento las grandes cantidades que había hecho perder á los +señores. + +--Me iré--gemía.--¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me embarcaré en el +primer barco que salga para América. + +Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían para llevarse al +_Chiquito_: querían agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No +debía entristecerse: ya habían visto todos que era un gran barrenador. +Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con aquellos señores +tan fanfarrones: él no era más que un _mandado_. Su contrincante le +esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas. + +Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como un testimonio de su +gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo. + +Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer; la gente se había +esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las puertas de las +tabernas. Los _versolaris_, cada vez más ebrios, espoleados por el gran +suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el triunfo de los de la +tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que provocaban el +regocijo de los aldeanos. + +Iban alejándose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos +de campesinos bebían el último trago con los del pueblo, antes de +emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa +lucha durante la velada en la casería. + +En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se +había reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un +_aurresku_, la gran danza vasca que tenía algo de rito primitivo. Un +ágil bailarín que era el conductor del _aurresku_ lo iniciaba con el +paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y después de +pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una serie +de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar +en el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había +ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición +social, se negase á este honor. Aresti había visto á señoras de la +rancia nobleza admitiendo el _aurresku_ con campesinos y marineros. Era +una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer +apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos. +Ella no hacía más que completar el cuadro, mientras él, al son de las +interminables escalas del pito, parecía hablar con los pies, con la +mímica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y +alardes inauditos de agilidad gimnástica, que recordaban á Aresti las +danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de Aclimatación de +París. + +El público elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero +hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del doctor. Aquel +_aurresku_ no le llamaba la atención; él los había visto danzados por +reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto _aurresku_ +bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado +para nadie, por ser la danza vascongada la más honesta del mundo. + +Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un fondín que servía de +alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él sentía también +el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como una +curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de +encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían +ido á pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del +lugar de la derrota. + +El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas +de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedería +era como una antesala del convento. + +A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo el camino recto que +atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había caído +durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y +limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas +de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del +vapor, la nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los +robledales. Los rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el +verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos +vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas. + +Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto monumental y +aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio +de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la +iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la +estatua de mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da +acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos +túneles de hojarasca, ofrecían su fresca sombra de tonos verdosos. + +El doctor contempló con cierta admiración el edificio enorme y +aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas tenían un +arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra +arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si +quisieran ser conocidos de lejos. + +La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda +de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con un escudo de +armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos +rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo, +de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas, +lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca. + +A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos alas del monasterio, de +rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificación, +enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto de la +cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII. + +A un lado extendía su corriente el río Urola, pasando bajo un puente +metálico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto +lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban á hacer +ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el monasterio. + +Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de +mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los altares +eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de +color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de +fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo +de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una +sensación de dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y +bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitería. Los +segmentos de la cúpula estaban ocupados por grandes escudos de las +naciones donde la Orden ignaciana había adquirido más arraigo; las +_provincias_ de la Compañía, como ella las llamaba en su ensueño de +dominación universal. + +El doctor abandonó la iglesia después de haber distraído con su +presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas +ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de +distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa +del santo. + +En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa solicitud de todos los +parásitos que viven á la sombra de un monumento frecuentado por +viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la que se +vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas +para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San +Ignacio?... + +Se indignó el mendigo ante esta concurrencia. ¡Largo de allí! ¿No tenían +bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y él fué +quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía á un patio +descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una +campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar +por él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas +cuantas piezas de cobre. + +--Ahora mismo saldrá el hermano. + +Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el +agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la +antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había abarcado +en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo +dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación. + +La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al ser tragada por el +monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba de +albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba +el período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos +superpuestos de aquella España católica que aún tenía moros en su +territorio. El cuerpo inferior, el más grande y fuerte, era de grandes +bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y éstas pequeñas y +profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir á cubierto de +sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con +ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de dibujo árabe, +y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes, +que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la +sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país +vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia, +copiada de los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo +artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en +ellas á la caída de la tarde, después de haber leído un libro de +caballerías. + +Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la dualidad de carácter +del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al +cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva, +el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido en +humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea, +sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo. + +Se abrió la portería y salió el hermano. + +--¡Santos y buenos días!--dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al +mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rápida mirada +al visitante. + +Era un joven que llamaba la atención por la delgadez del cuello que +hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus orejas abiertas como +abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la piel florecía +con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras +rezumando, con una frescura que atraía á las moscas. + +Era el hermano encargado de enseñar la casa del santo. Por debajo de las +sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que andaba sin el +menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los demás +servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin +turbar el aislamiento de los Padres. + +Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas de su calzado, que +eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificación +más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido +interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no +pudiendo entrar en el monasterio. + +Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada rellano, y entraron +en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la +atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía tocarse +con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso +artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos +encuadramientos. + +El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las +telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas: +testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas á la +Compañía. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrás de un +vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras +de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta leía un libro, vestido +con gregüescos y capotillo de vueltas de velludo como un galán del +teatro clásico. Una batería oculta de luces eléctricas iluminaba esta +exhibición de feria. + +El hermano no podía ocultar su admiración cada vez que explicaba el +significado de esta parte del altar, no obstante los años que llevaba +enseñándola á los forasteros. Aquella figura de cera era de don Íñigo +de Loyola, cuando aún no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la +Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo +en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fué el +punto de partida de su conversión. + +Con voz de _cicerone_ convencido, el hermano explicaba á Aresti la +historia del santo. + +--Dios le llamó á su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvidó de +todo, á pesar de que era un caballero muy galán y mundano. Porque +nuestro santo padre San Ignacio era militar, ¿sabe usted?... militar. + +Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiración y respeto. +El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia, +los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden había +sido soldado, sonreía con cierta malicia, como si pensase en los +devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales +alguna habría tocado al santo, cuando aún no pensaba en serlo. Le +llenaba de orgullo la nobleza y el carácter caballeresco de la juventud +del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenían entre sus +iniciadores más que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las +últimas capas sociales. + +Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera, +tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombrío, en el vasco de +carácter complicado, que llenó el mundo con su nombre, siendo cada +período de su vida una contradicción violenta. Primero, el soldado +presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer +bello, y perder la rudeza propia de su país. Después, al convencerse de +que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la +raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces +le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo +tiempo, se convierte en matón de la Virgen, queriendo dar de puñaladas á +un morisco que blasfema de ella, y poco después se deja apedrear por los +chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas +extravagancias, remedo de las de San Francisco de Asís. Pero la dulzura +poética del solitario de la Umbría, su santidad soñadora, no cabe en el +carácter positivo y práctico de un vasco. Ya que se dedica á Dios, ha de +ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe +servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea +renacen en él. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana +necesita un fuerte auxilio, y lleva á la religión la disciplina del +campamento, fundando, no una Orden, sino una Compañía, organizando un +ejército negro que ofrece á los Papas, formando los soldados en el molde +de su férrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio, +con la rigidez de los autómatas, con esa insensibilidad que hace +invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte +de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillería, toma aires de +vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre +los príncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y +muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentáneamente al +catolicismo conservándole los pueblos latinos. + +Aresti admiraba á Íñigo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza, +incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando +instintivamente el poder y la riqueza de la santidad ascética, por la +que habían pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la +penitencia, comidos de parásitos, sin otra fortuna que la soga ceñida á +los riñones. + +Había sido un admirable comerciante de la religión: un talento práctico +surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra, +ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía, +aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban +por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas, +para la mayor gloria de su Dios. + +El hermano sacó al médico de su ensimismamiento, enseñándole la parte +superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazón del santo. +Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo, como sabía +todo el mundo, estaba depositado en el _Jesu_ de Roma. + +--Sí: lo conozco. Lo he visto--dijo Aresti. + +Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al +simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se +interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase +dónde estaba el cuerpo de San Ignacio. + +--¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!--exclamó el hermano mirándolo con +cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos. + +--Sí--dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le +admirase aquel pobre hombre.--Estuve cuando la última peregrinación. + +El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno +de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad; +muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que +despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía +considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo +todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del +que pasa mucho tiempo condenado al silencio. + +Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder +el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin +otro adorno que un retablo. + +--Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,--dijo con voz meliflua--y +aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para +entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que +nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa. +Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado +por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo. + +Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba. + +--Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el +suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo. +En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el +suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como +recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del +santo. + +--Sería de rabia--dijo Aresti con gravedad imperturbable. + +--De rabia y de miedo--contestó el hermano con modestia.--Tal vez el +maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden. + +Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez +que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la +admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El +cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el +cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que +quisiera tocar el cielo. + +--En esta habitación--dijo el lego--nació nuestro santo fundador. Aquí +tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá +oído hablar de ella.... + +Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta +impaciencia: + +--Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido. + +--¡Oh! mucho--dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre. + +--Ya esperaba yo--continuó el lego--que un señor como usted conocería al +hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el +tiempo preciso. + +Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad +universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus +glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido, +se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de +anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los +frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II. + +--Entonces--dijo Aresti--los padres de la Compañía, avisados con tiempo +no serían víctimas de las turbas. + +--A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid--contestó el +lego.--El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no +haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los +asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún +día un santo más de nuestra Orden. + +Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro +llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el +hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor +devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase. + +--¿Quiere usted ver el monasterio?--le preguntó. + +Esta invitación no la hacía á todos los visitantes: pero con él era +distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el cuerpo +de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería +cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas +del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes +que trabajaban de carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que +deseaban emanciparse del terruño, prestando sus brazos á la Compañía +para el trabajo reposado y lento de las casas de religión; libres ya de +la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvación +eterna, sólo con obedecer ciegamente á los superiores. + +--¿Quiere usted subir á la biblioteca?--preguntó el hermano.--Tiene poco +que ver: todo en ella es antiguo. + +--Lo antiguo era lo mejor--dijo Aresti con gravedad. + +--Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente +como usted! No como la gente de ahora que sólo lee novelas y libros +malos contra la religión. + +La biblioteca estaba en el último piso; una gran sala, por cuyas +ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde ellas los +montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de +la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y +latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores +teológicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en +favor y defensa de la Compañía de Jesús. Aresti leía con curiosidad los +nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y á los cuales +atribuía el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en +aquella biblioteca: olía á sepultura. + +Descendieron á los claustros. El médico temía encontrarse con algún +Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á aquella hora +los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros únicamente +pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose sin +ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio +varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de +mármol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua. + +Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda de las que servían de +alojamiento á los seglares durante los diez días que duraban los +ejercicios. + +--Pobrecito--decía el hermano enseñándola,--pero decentito y limpio. +Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta +ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras +curiosean su alma. + +El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones. +Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro +se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta. + +Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor +artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos +de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los +propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en +la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y +sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se +establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas +y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por +el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo. +Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido +mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y +además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras, +figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los +tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes +imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos +propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa. + +Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito +para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios +espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los +jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la +cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos +sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón +acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo +único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba +prohibido, era mal visto por los superiores. + +--Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?--dijo el hermano con el deseo de +prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba +con tanta atención. + +Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo +había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el +hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio +monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles +frutales. + +Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían +ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta. + +Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de +pronto una duda y quisiera salir de ella. + +--Es un señor muy rico, ¡muy rico!--dijo el hermano, adivinando su +curiosidad.--Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de +Bilbao y que le llaman... + +Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo +el ruido de los pasos. + +--¡Pepe!...--gritó el doctor. + +La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta. + +--¡Luis!... ¡Primo!...--exclamó éste no menos sorprendido. + +Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia +semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado. + +El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para +detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo +respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los +Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas +horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían +á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría +una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente +con el personaje. + +Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato. + +--¿Tú aquí?... + +Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro. + +Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en +él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la +voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de +extraordinario desde la última vez que se habían visto. + +Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de +lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el +hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis +días y le faltaban cuatro. + +--¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida? + +--Sí--contestó el millonario con sencillez.--Me sienta perfectamente: no +tienes más que mirarme. + +Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del +enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su +mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus +primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro. + +El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida +en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada +por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de +la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora +aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía +misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la +tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba +de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su +director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una +descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla +para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las +siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los +dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho +durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba. + +Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la +extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era +superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el +refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos +años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los +primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura +de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad, +empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse +de la humana insignificancia. + +El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel +Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus +agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba +nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón. + +--Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi +mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir +de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia +cristiana, como dice.... + +Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba. +Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía, +queriendo imponer su convicción: + +--Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu +error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los +tratases! + +Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios, +pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el +Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones +cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de +Bilbao. + +--Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría +para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es: +penas y maldiciones. + +Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como +en presencia de un enfermo; de «un caso interesante». + +--¿Y qué es eso que llevas ahí?--dijo de pronto, agarrando el libro que +su primo conservaba cerrado en una mano. + +Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en +pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los +_Ejercicios espirituales de San Ignacio_, explicados por el Padre +Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido +sobre los últimos años del reinado de Isabel II. + +Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa +cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad, +hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo +capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza +humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más +conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de +maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una +piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto, +como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir +en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los +dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, +venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias +del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio +preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con +el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe +malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de +tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las +almas después de los santos ejercicios. + +Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á +meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se +meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la +misericordia de Dios. + +--¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan +vulgares, tan groseras como las pinta ese libro? + +La firme mirada de Aresti turbó á su primo. + +--Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me +callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto +bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la +tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen +susurrándome cuentos al oído. + +El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir: + +--Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas +meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni +nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y +no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no +encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo. + +Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna +sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto +desesperado. + +Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una +página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de +horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso +é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le +acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y +complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar; +también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se +enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la +lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido. +Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una +grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de +la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos +mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que +con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre, +que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues +eres hombre de humo ó tierra.» + +--¡Lee esto! ¡lee esto!--decía el millonario abriendo el libro por +aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.--¡La +Muerte!--murmuraba luego.--Se habla de ella muchas veces, pero sin +pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué +horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar +el pasto del gusano.... + +Después, en voz baja, dijo al doctor: + +--Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo +que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con +creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y +bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á +engaños. + +Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba +la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades +de un negocio. + +Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado, +por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices. + +--Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente +simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías +callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que +todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases +con la inmensa equivocación de que hay algo?... + +El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se +separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza, +como si fuesen otros hombres. + +Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora +callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese +escuchado de lejos parte de la conversación. + +Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los +ojos y parecía decirle: + +--¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte! + + + + +X + + +A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del +mes de Septiembre. + +El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas +y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de +Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los +patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los +cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión +popular era el _ultimátum_ que lanzaban los trabajadores. + +Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores +cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de +la villa. + +No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con +gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos +rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al +santuario de Begoña. + +El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y +los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso, +que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más +insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa. + +En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón +estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la +romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban +nerviosamente sus _cachabas_, oyendo las burlas de la gente de las +fábricas. + +Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran +menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de +Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la +tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!... + +Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba. + +Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones +de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á +él, husmeaba sus manos. + +--¿Buscas la bronca, eh?...--dijo al médico.--Tú vienes porque te gustan +estas cosas, y yo me voy por no verlas. + +Se marchaba á cazar _chimbos_ á cualquier parte: le interesaba huir de +Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría. + +--El aire huele á pólvora, querido _Planeta_: van á llover palos. Al +venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la +que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos +los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de +Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las +iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías. +El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el +zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto, +para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre +dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en +ver estas cosas. + +Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la +posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y +los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el +jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo +que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos +veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina +blanca. + +--En esto llevas razón, Luis--dijo el capitán enardeciéndose.--Si me +voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba +al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta +para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y +carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si +aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los +amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin +tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy +darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como +señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en +el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue +pronto el momento de matar perros liberales. + +El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se +mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse +cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le +irritaba. + +--Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez +Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en +el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante +hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta +tarde camino de Begoña. + +El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino +hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había +sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola. + +--Es otro hombre--dijo Iriondo con tristeza.--Aquella casa ya no es la +misma. + +Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que +teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso. + +--¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres +mi amigo y quieres á Pepe. ¡Ay, _planeta_! Aquello ya no es casa, es un +convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por +traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados. +No se separa de él un instante. + +Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban; +todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño +inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no +haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez +Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo +le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de +tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario +callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar +sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes +imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el +viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal +atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é +independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes +se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el +Pepe que él conoció. + +--Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el +escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que +había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de +su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor +salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La +mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No +sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla +de ella, pero á las minas no llegan estas cosas. + +Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un +periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía +en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una +esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda +del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí +le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba +concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había +provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de +la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un +escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la +influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos. + +--Y Pepe--continuó el capitán,--sin enterarse de nada; y si algo sabe, +como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es +mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que +Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus +necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida +y absoluta la de esa gente!... + +Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo +la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta +los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la +casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al +servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas +tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen +del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario +del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y +acciones. + +La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros +que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó +se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo! +¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana; +obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras +á los cargadores del Nervión!... + +--Pues, ¿y en los altos hornos?--exclamó después el capitán,--Allí va á +haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los +beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se +fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno. +Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas +no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los +que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la +calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan +como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se +inscriben en las sociedades de obreros católicos. + +El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad, +irritaban al marino. + +--Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el +traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á +mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante +á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que +encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por +arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más +fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué +porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras +la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima +á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas +en su alma.» + +Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se +despidió de Aresti. + +--Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez +vaya en ella Pepe con su escapulario. + +Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería +capaz de exhibirse en aquella farsa?... + +Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que +llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería +verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los +devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena +senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa +esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El +millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación; +defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían +sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La +madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!... +El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á +Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo +Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por +miedo á los impíos. + +--Irá, estoy seguro--dijo el capitán con tristeza.--Lo arrastrarán, la +familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis, +y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de +esta tarde va á ser de cuidado. + +El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente +del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é +inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo +más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían +el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre +banderas el mismo rótulo en honor de la _Señora de Vizcaya_. Las gentes +mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía +estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa +contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de +obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al +vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones. + +--¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!... + +Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al +atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que +le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la +boina. + +--Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo. + +Era el _Barbas_, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas +de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores, +escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo +que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja +compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á +la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta +limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba +con ojos feroces á los obreros. + +--¡Bestias!--les gritaba como si cometiesen un crimen.--¡Tenéis la +dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!... + +El doctor contestó á su saludo alegremente. + +--¡Compañero! ¿Tú aquí?... + +Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto, +sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado, +ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen. + +--¿Y el mitin?--preguntó Aresti.--¿No vas al mitin? + +El _Barbas_ hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en +bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y +cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro; +reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que +trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos _cataplasmeros_. Y en +esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas +paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento +del obrero. + +--Cataplasmeros, doctor--gritaba.--Nada más que cataplasmeros. Este es +un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre +que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas +organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco +á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero +y entonces seguirán al _Barbas_ y á otros como él, y en veinticuatro +horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la +justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede, +aunque acabe el mundo. + +Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo +que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres +se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los +enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos +celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el +monte como un perro sin abrigo. + +La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba +el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha +oliendo la pólvora. + +--¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!--exclamó con alegría, mirando al otro +lado del puente. + +Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de +la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una +mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas. + +Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las +mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la _Señora de +Vizcaya_. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima +de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas. + +Aresti se vió solo. El _Barbas_ corría hacia el gentío, dando gritos de +entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el +doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre, +lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La +caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella, +creyendo evitar así mayores desmanes. + +Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las +calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población +cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos +aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República; +algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence, +viendo en estas loas á la _Señora de Vizcaya_ un hipócrita insulto á la +integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella +Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen. + +El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de +la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los +cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de +monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas +caer sobre el gentío, que las hacía pedazos. + +Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el +Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte +de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo, +rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas. + +La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la +manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del _Barbas_. +¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!... + +Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido +chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo +incendiario, extinguiendo el fuego. + +Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer. +Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después. + +--A la tarde, aquí--se decían unos á otros al alejarse. + +Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba +también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los +de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde +las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San +Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la +atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia, +desafiando á los enemigos. + +Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el +gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que +desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando +hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de +la tarde con aires de caudillo. + +Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse +la romería. Al fin, era un suceso que _amenizaba_ la vida monótona y +gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á +los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente, +para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro. + +En una mesa cercana disputaban dos señores. + +--Me he fijado bien en la manifestación--gritaba uno de ellos.--Todos +eran Pérez y Martínez, todos _maketos_ é hijos de _maketos_, mala gente, +de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro +apellidos vascongados. + +Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una +prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra. + +--Pues, yo los tengo--gritaba su interlocutor con acometividad,--y digo +que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y +¡ojalá arrastren á todos los jesuítas! + +La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el +restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco +para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos. + +A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca +del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de +las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias +noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador, +al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban +despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca +la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando +las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para +reunirse todas en San Nicolás. + +Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas +cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba +desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba +instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de +unos y otros. + +Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la +muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló +una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones +interrumpidas por tiros. + +Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los +estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno +de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del +desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los +hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario +de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la +muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los +disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un +himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como +respuesta, _La Marsellesa_ ó _La Internacional_. + +Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre +avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y +otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con +los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil +cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en +la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto +que iba á subir á Begoña; el _señorio_ de Bilbao, en el que figuraban +las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los +alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las +asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad +creciente del pueblo. + +Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se +viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los +bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de +fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas +por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al +mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella +balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas +familias querían darles. + +Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar +á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de +Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder +realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las +montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios. + +--¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran +los liberales! + +Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas +aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los +aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que +aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los +impíos de la odiada Bilbao. + +Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las +de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar +arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el +gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron +satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal +hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de +resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si +pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió +destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la +cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la +celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil +desconocida por Aresti. + +El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la +plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la +fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al +recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la +cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y +comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros +de los revólvers. + +Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las +aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los +cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas. + +En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el +suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban, +manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por +los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba +el combate entre los más resueltos de una y otra parte. + +De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de +revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la +romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del +paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros +carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en +la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus +devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó +individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces +se golpeaban, creyendo herir á un enemigo. + +Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las +balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los +troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los +combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol +se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le +hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos. + +En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se +recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre +un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca. + +--¡Tú acabarás!--decía blandiendo una faca y desviándose de un salto +cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole. + +Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna +detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura, +abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma +con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos. + +Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un +golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un +garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de +espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y +comenzó á dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin +acordarse de que podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la +embriaguez de la sangre. + +De pronto se sintió detenido en su avance por una espalda que caía +contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el +raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la +edad. Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara +ensangrentada, y al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer +sobre él haciéndolo rodar por tierra. + +Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del caído, levantó el +bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño que resonaba +sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el brazo en +alto al reconocer al hombre que le acometía. + +--¡Tú!... ¡tú!...--gritó con una voz que parecía desgarrarle la +garganta. + +Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño levantado, las barbas en +desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo de exterminar á la +canalla impía que insultaba á las personas decentes y había hecho +refugiarse á las señoras en la iglesia. + +Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza como avergonzado. En el +mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus mejillas +escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le había +escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de +herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era +el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido +y feliz, á aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara +ensangrentada. + +El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin expresión, unos ojos +bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la +mano por la barba borrando el escupitajo del odio. + +Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como +unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí. + +--Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña! + +Y le arrastró con paternal solicitud, como si el millonario fuese el +primer estandarte de la romería. + +Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho +bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de la gente que +huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil +corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se +agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras, +dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban +algunos hombres, llevando en sus brazos un herido. + +Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San +Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban á +tiros. + +La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde aquella altura, rugía +impotente, y en un arranque de desesperación, intentó arrojarse al +asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de +interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que +brillaban cañones de fusil y correajes lustrosos. + +Dos compañías de infantería habían entrado en la plaza á paso +gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los _guiris_, +los _ches_, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su +pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la +resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la +boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los +tiros de revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la +romería. + +Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente +hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y +hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y +vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos +con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban +en ellos á los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus +hermanos, y que aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El +deber, con su peso férreo é irresistible, mantenía inmóvil á la doble +fila de hombres azules y rojos. + +Un oficial vaciló un instante y entregando su sable á un soldado, se +llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le habían +herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se +contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura +de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña +frente á frente con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia, +á manos tal vez de un sacristán, de uno de aquellos efebos católicos +que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando á la +religión y la Virgen. + +La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la plaza. Salían en +bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y +emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes. + +La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oía cómo se +alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban acceso al +santuario. + +--¡Viva la Virgen!--gritaban con el enardecimiento de una lucha en la +que habían llevado la mejor parte. + +--¡A Begoña! ¡A Begoña!--aullaba Urquiola agitando el revólver al frente +de un grupo. + +Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con frecuentes +descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los que +al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de +protesta. + +Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San Nicolás. Un muerto +yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá, los grupos +rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento á +lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á +sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas +declaraciones. + +Aresti pasó más de una hora de botica en botica y de café en café, +solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado allí donde +guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención, con +los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos +de la muchedumbre iban después hacia el hospital. + +Atendió indistintamente á unos y otros, á los que llevaban en el pecho +el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo del dolor +creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República. La +carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las +aceras y los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza, +haciéndole pensar con lástima en la eterna infancia de los hombres: +¡Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que +estaba allá en lo alto, entre luces y flores, mientras existían en el +mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban +para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de todos los humanos! + +Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoña, la +carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las entrañas de madera +del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón roía las +patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería. + +El médico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de +aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respiró +satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos. + +Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en el encuentro con su +primo, que seguramente sería el último. La injuria á Sánchez Morueta le +mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído sobre su alma. +¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre ellos, +matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un +pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como +los hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma, +separándose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia: +Aresti estaba solo en el mundo. + +Varios grupos de muchachos corrían vociferando por las riberas del +Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de la cruz. +¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después de +la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles, +escalando las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de +aquella Bilbao tradicional. + +Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados después hasta la +ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quería vengar en +aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por +otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza en la +ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión +con la ligera porosidad de la madera vieja. + +La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el tardo descenso de +las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían viendo el +cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mártires, +insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas. + +Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su hornacina, era la que +más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!... Y la silbaban +é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas, mostrando +á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un +gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si +quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la +piedad del marinero: iba á salvar á la Virgen. + +Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de manejar el remo, y, +levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió con él un +golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua para +no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en +aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre +las aguas se mostraba la impiedad de la villa!... + +Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con +movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoció al +_Barbas_. + +--Lo de hoy no vale nada--gritaba.--No me parece mal que les metan mano +á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente, pero después +de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido la +batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del +monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los +ladrones de aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas +ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A +cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, ¡dinamita... roño! +¡dinamita! + +Aresti se alejó para que no le viese aquel energúmeno, que parecía +enardecido por la sangre de la reciente lucha. + +Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico las minas, con su +población miserable, roída por las necesidades materiales y la +desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos +picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el +trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y +feliz. Después del choque provocado por el fanatismo dominador, vendría +la huelga de los infelices, la reclamación imperiosa de la miseria. + +Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas montañas que cerraban el +horizonte: una horda hambrienta que algún día caería sobre la población +como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba +amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los +enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y +bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en +nombre del pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos +sitiadores llevarían la miseria como bandera, y como grito de combate el +derecho á la vida. + +Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza +origen de tantos males. ¿Para qué servían los tesoros de las minas? Se +había embellecido exteriormente la población, tomando el aspecto de una +capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ría por las +chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que antes. +Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos +de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus +manos en los bienes materiales. + +Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de +tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo sería más +pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la +vida. + +La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que aún no conocía +el valor del hierro, era más feliz, con la paz de un trabajo lento y +ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna, +con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza +disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros +beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del +intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse +al lado de los favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio +de una participación en el botín. + +El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus entrañas de hierro, +había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos y para qué el +parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de +todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para +dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria, +con el alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los +odios sociales!... + +Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban vida para veinte +años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después vendría el +agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo al +descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había +cubierto durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la +tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos, +á los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se +aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el +hierro que habían respetado los métodos antiguos. En Gallarta se +derribaban casas enteras, construidas algunos años antes, para +aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la +época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se +aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras +esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles +todas las extratagemas de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra +pobre y estéril, sin la menor partícula de hierro, y entonces vendría el +¡sálvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta á la pobreza, la +fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engañaba su hambre +trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su +vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en el arca de su +riqueza, para flotar sobre este Diluvio final. + +La Fortuna habría pasado un momento por aquella tierra, como por otros +países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao ofrecería el aspecto +de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes, llenando el +mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos cementerios +de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche, la +ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo +el mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus +contados barcos, tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin +pájaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, serían +ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen +aún más trágica la soledad de las metrópolis muertas. + +Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueños de tanta +riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de +la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus +complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y +seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos +del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su +puerto, la existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra +roja arrancada de la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire +de sus pulmones, y al faltar de repente, caería la villa ostentosa con +repentina muerte, desaparecería, como el decorado de una comedia de +magia, aquella riqueza creada de la noche á la mañana, que era para la +masa infeliz una opulencia insultante. + +Tal vez algún día los pasos de los raros transeuntes despertasen el +mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero +al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que el mar +enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en +tarde remontase su corriente algún barco mercante. + +Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser +la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre +y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del +remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus +calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los +que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de +hambre ante los palacios de los ricos. + +Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos +hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban +hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la +tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola +como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban, +como si en ellos no existiesen hijos de su Dios. + +Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los +invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto +antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una +catástrofe providencial y salvadora. + +Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el +agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol +ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la +lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se +detuviera en las revueltas de la corriente. + +Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del +crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti, +elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo +de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba, +rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban +aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen +inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites. + +Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún +tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados +sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas +hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como +una estrella perdida en la noche. + +El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por +el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo. + +Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las +religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos +ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las +leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante +el negro secreto de la muerte! + +El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído +por él, lo seguía á lo largo de la ribera. + +Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen +los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que habían mantenido á los +hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la +humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez, +con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias +terrenales, como medio seguro de ganar el cielo... + +No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y +debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los +hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos +hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de +la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses +del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. +Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr +siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa +desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos +primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras +sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las +dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia +Social. + +FIN + +Playa de la Malvarrosa (Valencia). + +Abril-Junio de 1904. + + * * * * * + + +DEL MISMO AUTOR + +NOVELAS + +=Arroz y tartana.= _Una peseta._ + +=Flor de Mayo.= _Una peseta._ + +=La Barraca.= _3'50 pesetas._ + +=Entre naranjos.= _3 pesetas._ + +=Cañas y barro.= _3 pesetas._ + +=Sónnica la cortesana.= 3 pesetas. + +=La Catedral.= 3 pesetas. + +CUENTOS + +=Cuentos valencianos.= _Una peseta._ + +=La Condenada.= _Una peseta._ + +VIAJES + +=París= (_agotada_). + +=En el país del Arte= (_Tres meses en Italia_). 1'50 ptas. + + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 24466 *** diff --git a/24466-h/24466-h.htm b/24466-h/24466-h.htm new file mode 100644 index 0000000..bbd7101 --- /dev/null +++ b/24466-h/24466-h.htm @@ -0,0 +1,10497 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of El Intruso, par Vicente Blasco Ibáñez. + </title> + <style type="text/css"> + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + text-indent: 2%; + } + .playa {font-size:90%; + text-indent:-2%; + margin:5%; + } + h1,h2,h3 { + text-align: center; + clear: both; + } + .top5 {margin-top: 5%;} + .top15 {margin-top: 15%;} + hr { width: 50%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; + color:black; + } + hr.full { width: 100%; + margin-top: 5%; + margin-bottom: 5%; + border: solid black; + height: 5px; } + table {margin-left: auto; margin-right: auto;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + background:#fdfdfd; + color:black; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + ul {list-style-type: none;text-indent: -1em;} + .un {text-decoration: underline; + } + a:link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {background-color: #ffffff; color: red; text-decoration:underline; } + .smcap {font-variant: small-caps; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + .c {text-align: center; + text-indent: 0%; + } + </style> + </head> +<body> +<div>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 24466 ***</div> + +<hr class="full" /> + +<h2><span class="smcap">Vicente Blasco Ibáñez</span></h2> + +<hr style="width:10%;" /> + +<h1>EL INTRUSO</h1> + +<p class="c">—NOVELA—</p> + +<p class="c">22.000</p> + +<p class="c">F. Sempere y C.ª, Editores</p> + +<p class="c">CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32</p> + +<p class="c">VALENCIA</p> + +<p class="c">1904</p> + +<hr /> +<table summary="toc" cellpadding="0" cellspacing="0"> +<tr><td>Capítulos: +<a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X</b></a><br /> +</td></tr> +</table> + + +<hr /> + +<h3 class="top15"><a name="I" id="I"></a>I</h3> + +<p>Comenzaba á clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose +empujado en un hombro. Lo primero que vió fué el rostro de manzana seca, +verdoso y arrugado de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos del +pañuelo que llevaba la vieja arrollado á las sienes.</p> + +<p>—Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues +que vaya.</p> + +<p>Comenzó á vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebusca +lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordándose de +los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio +de hombre solo.</p> + +<p>Dos médicos tenía á sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel +día estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames +desde la noche anterior, para curar á varios mineros heridos por una +explosión de dinamita.</p> + +<p>Kataliñ le ayudó á ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la calle +mientras el doctor se calaba la boina y requería su <i>cachaba</i>, grueso +cayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas á +las minas.</p> + +<p>—Oye, Kataliñ—dijo al trasponer la puerta.—¿Sabes quién es el muerto?</p> + +<p>—<i>El Maestrico</i> disen. El que enseñaba por la noche el abesedario á los +pinches y era novio de esa que llaman <i>La Charanga</i>. ¡Cómo está +Gallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasía.</p> + +<p>—Lo de siempre—murmuró el médico.—El crimen pasional. A estos +bárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.</p> + +<p>Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta.</p> + +<p>—Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que le +esperan en Bilbao. No haga á su primo una de las suyas.</p> + +<p>Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel +primo que le había invitado á comer por ser sus días. En todo el +distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una +admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y +poderío, le temían como á una fuerza omnipotente.</p> + +<p>El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de +frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de los +montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta +descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del +Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los +lentes y siguió adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignada +del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus +zapatos de monte se pegaban al barro; la <i>cachaba</i> iba marcando con su +lanza un agujero á cada paso.</p> + +<p>La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas de +las minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban +camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos +camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se +pegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en +ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el +extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir +entre ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito +minero. Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridad +en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los <i>chimbos</i> de +Bilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa +porque era primo hermano de Sánchez Morueta y éste no ocultaba su gran +cariño al médico...</p> + +<p>¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía muchos años que no había +estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sin +que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los más +íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por él, lo +mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se +mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían +minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos +inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras: +de él, todo de él. Y de él también, los altos hornos que ardían día y +noche junto al Nervión, fabricando el acero, y gran parte de los vapores +atracados á los muelles de la ría cargando mineral ó descargando hulla, +y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos +los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un +sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que +funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se +dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer á +un hombre rico de la noche á la mañana con sólo desearlo. Hasta los +señores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que +prestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor +Aresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y de +hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la +lluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombres +se agolpasen en torno de él, con la furia brutal de la codicia, +obligándolo á aislarse, á permanecer invisible, para no perecer bajo el +formidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médico +había solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la +cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecían +faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama +de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían +dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fué á aislarse en las +minas, cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de +Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.</p> + +<p>Los contratistas, los capataces, los <i>químicos</i>, toda la gente que +formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba á Aresti, poniendo en +su adoración algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio á +las riquezas materiales.</p> + +<p>—Le gusta vivir con nosotros—decían con orgullo.—Mejor prefiere una +merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Sánchez +Morueta tiene en Las Arenas... ¡Ser primo de Don José y pasarse meses +sin verlo!... ¡Pero qué famoso es el doctor!</p> + +<p>El mísero rebaño de los mineros, albergado en los barracones y cantinas, +tenía una fe ciega en su ciencia, le miraba como á un brujo capaz de los +mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano. +Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de lisiados, que, al +conservar la vida después de horribles catástrofes, proclamaban la +maestría del cirujano.</p> + +<p>—¡Que venga Don Luis!—gemía el minero herido por la explosión de un +barreno, ó el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la +cantera.</p> + +<p>Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los lentes del doctor, sus +ojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba en punta llena +de canas precoces, los infelices sentíanse animados por repentina +confianza; no percibían la llegada de la muerte, esperando hasta el +último momento el milagro que había de salvarles.</p> + +<p>Los otros médicos del distrito eran recibidos por los enfermos con +triste resignación. ¡Don Luis: sólo el doctor Aresti! Y las señoras de +Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se +aburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo, +sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, sólo por +el gusto de hablar con el doctor, que á más de su ciencia llevaba con él +algo de la grandeza de Sánchez Morueta y de las altas clases de Bilbao +hasta las cuales soñaban con llegar algún día. Los maridos no +necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los +asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le +buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagruélicas. +Le llevaban con ellos á las pruebas de bueyes y las apuestas de +barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de +la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.</p> + +<p>La noche anterior, Aresti se había acostado tarde. Ya que había de comer +en Bilbao invitado por <i>Don José</i> (que así era conocido por antonomasia +el poderoso Sánchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual +nombre, no querían dejar de obsequiar al doctor. Y hasta más de media +noche duró la cena en el fondín principal del pueblo: un banquete de +platos populares y substanciosos, tales como los soñaban aquellos ricos +improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda +clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile +de viandas vulgares rociadas desde la primera á la última con champagne +de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el +distintivo de la riqueza; lo único que habían podido copiar de las +clases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien su +opulencia y lo gastaban á cajas, abriendo á golpes las botellas, riendo +como niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos á +otros con la espuma, bebiéndolo en tanques y llenando á veces las +palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que á +los postres nunca dejaba de producir hilaridad.</p> + +<p>Aresti sonreía recordando la fiesta de la noche anterior, las +extravagancias infantiles de aquellos rústicos, enriquecidos rápidamente +é imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y +laboriosa que llevaban en el monte.</p> + +<p>Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló largo rato una colina +roja que se alzaba á un lado del camino. Aquella tumefacción del paisaje +era obra del hombre. La montaña se había formado espuerta sobre +espuerta. A su sombra habían nacido Gallarta y la riqueza del distrito. +Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoña, la explotación más +famosa de las Encartaciones: toda de mineral <i>campanil</i> y del más rico. +Allí habían comenzado su fortuna Sánchez Morueta y otros potentados de +Bilbao. Sólo quedaba como recuerdo la montaña de escoria. El dinero +estaba en la villa, y en las entrañas de la tierra los siervos anónimos +que habían dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.</p> + +<p>Aresti vió un grupo de gente á un lado del camino. Pasaban corriendo +junto á él chiquillos y mujeres. A veces se detenían para llamar á los +que estaban en los desmontes inmediatos.</p> + +<p>—¡Ené! ¡Han matado al <i>Maestrico</i>! ¡Vamos á verlo!</p> + +<p>Y seguían corriendo hacia el gentío, en el cual se destacaban los negros +uniformes y las boinas con chapa de una pareja de miñones. Algunos +muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atraídos por el suceso, +llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos. +Familiarizados con el explosivo, metíanse entre los grupos empujando +para abrirse paso y ver al muerto.</p> + +<p>En medio del camino estaban inmóviles varias carretas con sus bueyes de +raza vasca, pequeños, de patas finas, con una piel de carnero entre los +cuernos adornando el yugo.</p> + +<p>Al llegar el doctor se abrió el compacto grupo, dejando ver un hombre +tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre +formaban una máscara sobre su rostro. Aresti no tuvo más que inclinarse +para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.</p> + +<p>El juez municipal, un contratista de los que habían cenado con Aresti, +le habló del suceso, lamentando el madrugón que le había proporcionado. +El pobre <i>Maestrico</i> debía haber muerto casi instantáneamente. Tenía un +golpe en el corazón, una de aquellas puñaladas que sólo se veían en las +minas donde vive tanta gente salida del presidio. Además, le habían +herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Debían ser dos los +que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volvía de Bilbao. Para +el juez, el suceso no ofrecía dudas. De allí iría á prender á los +culpables sin miedo á equivocarse.</p> + +<p>Recordaba á Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un +andaluz, de carácter triste y pocas palabras que había rodado por el +mundo buscándose la vida en América en cien oficios, y trabajando en +todas las minas de España. Por las noches, cuando volvía del trabajo, +daba lecciones á los pinches. Vivía á pupilo en casa de los padres de +<i>la Charanga</i>, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta á la +chavalería de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado +de presidio, un rebelde que iba de una á otra cantera despedido siempre +por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atención +por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un +arsenal de armas oculto. El <i>Maestrico</i> se había enamorado de <i>la +Charanga</i> con la pasión reconcentrada y silenciosa de un hombre de +cuarenta años. Los padres le querían, alabando sus costumbres sobrias, +su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de +bestia alegre, decía que sí á todo, continuando sus relaciones con el +matoncillo. Iban á casarse en aquella misma semana. El <i>Maestrico</i> había +marchado el día anterior á Bilbao para comprar algunos regalos á la +novia y, al regreso, el amante y su padre le habían esperado en el +camino.</p> + +<p>Aresti oyó unos gemidos á su espalda. Entre el gentío, un minero viejo +se llevaba las manos á los ojos.</p> + +<p>—Antón... pobre <i>Maestrico</i>. ¡Matar á un hombre así! ¡Tan bueno!... +¡tan trabajador!</p> + +<p>Era el padre de <i>la Charanga</i>, que lloraba ante el cadáver de su pupilo.</p> + +<p>El médico se fijó en el abultado abdomen del muerto, é hizo que un miñón +desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela +blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sueñan las muchachas +de las minas como una elegancia suprema. El pobre <i>Maestrico</i> había ido +á la villa para comprar este regalo á su novia.</p> + +<p>Se abrió el grupo con cierto rumor de curiosidad, como á la llegada de +un personaje esperado. Era <i>la Charanga</i>, con las manos en las fuertes +caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado, +mostrando al sonreír sus dientes agudos de loba impúdica.</p> + +<p>—¿Pero es verdad que han matao á <i>ese</i>?...</p> + +<p>Y fijaba su mirada en el médico, con la misma expresión de lúbrica +generosidad con que muchas veces le había invitado á seguirla cuando le +encontraba en el campo. Después contempló el cadáver fríamente, sin +emoción, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompió á reír.</p> + +<p>—¡Rediós! ¡Pus ya podía yo anoche esperar mis botas!...</p> + +<p>Fué todo lo que se le ocurrió ante el cadáver del que iba á ser su +marido. Y rompiendo á codazos por entre los hombres que se conmovían al +contacto de sus caderas, salió del grupo, alejándose con soberbia +indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor á ella iba á ir á +presidio.</p> + +<p>—¡La bestia!—dijo el médico al juez, siguiéndola con la mirada.—La +hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos +se maten por poseerla... Esto sólo se ve aquí.</p> + +<p>Y Aresti sonreía con la satisfacción del naturalista que contempla en +su gabinete un animal extraordinario.</p> + +<p>Llegaban de Gallarta nuevos grupos atraídos por la noticia del +asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miñones en +busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadáver, +llevándolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor +emprendió el regreso y, cerca ya de Gallarta, notó que un muchacho de +unos catorce años, un pinche de los que trabajaban en las minas, le +seguía, marchando tan pronto á su lado como delante, siempre volviendo +la cara hacia él, mirándole con unos ojos desmesuradamente abiertos, +suplicantes y vidriosos como si fuesen á saltarles las lágrimas.</p> + +<p>—¿Qué se ofrece caballero?—dijo Aresti con su voz alegre que parecía +esparcir la confianza entre los desgraciados.</p> + +<p>—Señor dotor—gimió el muchacho.—Mi padre... mi pobre padre.</p> + +<p>Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se +ahogaron las palabras en su garganta y rompió á llorar.</p> + +<p>Aresti se fijó en él. No era del país: debía ser <i>maketo</i>, de los que +llegaban en cuadrillas de Castilla ó de León, empujados por el hambre, +atraídos por los jornales de las minas. Un pantalón azul, con piezas +superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus +zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprimía una +camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la +maraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de +una boina vieja. Olía á juventud descuidada, á ropas mantenidas sobre la +carne meses enteros. Aresti conocía este perfume de las minas; el hedor +de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la +misma envoltura.</p> + +<p>—Tu padre... ya te entiendo—dijo bondadosamente.—¿Y qué le ocurre á +tu padre? Vamos á ver.</p> + +<p>El pinche se explicó trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga, +en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al amanecer había querido +levantarse para ir al trabajo como los demás compañeros, pero le ardía +la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera. +Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo, +señor?... Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido á +perder el jornal del día!...</p> + +<p>Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándole +con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostración +de la gravedad del enfermo.</p> + +<p>Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría al médico que estaba +en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompió á llorar +de nuevo.</p> + +<p>—Señor dotor... Usted, sólo usted... Se lo pido por lo que quiera más +en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más que todos +juntos. La gente dice que usted hace milagros...</p> + +<p>Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces sin +saber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo su +lenguaje y con él quisiera convencer al médico.</p> + +<p>—Basta, muchacho—dijo Aresti riendo.—No sigas. Iré á Labarga para que +no me beses más con tu cara sucia... Buena se va á poner Kataliñ cuando +sepa que subo al monte.</p> + +<p>El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menos +dificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y +habían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacía +tres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellos +tenían allá su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las +mujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombres +emprendían la peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos, +de once reales ó tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el +país. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y +plantar la del año próximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era +dura, morían algunos; pero se podía volver á casa con buenos ahorros.</p> + +<p>—Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once ú doce. Damos un +real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va por +las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral +destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y +no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos á +casa á los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros.</p> + +<p>—Pues vais á ser ricos cualquier día—dijo Aresti.</p> + +<p>—¡Quia! ¡no señor!—contestó el muchacho cándidamente.—Ricos nunca lo +seremos. ¡Aun si ese dinero fuese para nosotros!...</p> + +<p>—¿Es que lo regalais?...</p> + +<p>—Se lo llevan los mandones. Con él pagamos la contribución.</p> + +<p>Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando una vez más la +sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada +á las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en su +cerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de +campamento, encorvados ante la piedra roja, arañándola de sol á sol con +un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación, +acelerando día por día la ruina de su organismo; y este sacrificio +obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridículo +sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y +pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.</p> + +<p>Al entrar en Gallarta, el médico pasó apresuradamente ante su casa, +temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al +monte.</p> + +<p>—Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y aún he de tomar el tren +para Bilbao.</p> + +<p>Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta +empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustándose +á todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios construidos con +mineral en la época que éste no era tan buscado; gruesos paredones +agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y +los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes +aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates +del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los +establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas +ventanas con vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendo +zapatos ó quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa, +enviados á las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A +causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas +tenían varios peldaños ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran +profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar á ellas. Los +establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La +calle, con sus tiendas estrechas y lóbregas y sus casas de poca altura, +hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe. Algunas carretas +permanecían detenidas á las puertas de las tabernas, moviendo los +bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro +gritaban los conductores ante los vasos de vino.</p> + +<p>Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como estaba á aquel país +montuoso, y apoyándose en la <i>cachaba</i> seguía sin dificultad al pinche +que casi corría por el camino, con dirección á Labarga, uno de los +barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación minera. Así +como ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y se +ensanchaba el paisaje. Agrandábanse los montes y se velaban los valles +bajo la bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, que +guarda la desembocadura de la ría de Bilbao, recortaba sobre el cielo +plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies +extendía el mar su ancha faja obscura, cortada á trechos por otros +montes más bajos, metiéndose en triángulos, tierra adentro, en forma de +ensenadas y rías.</p> + +<p>Hacía algún tiempo que el doctor no había subido á pie la cuesta de +Labarga y encontraba cierta novedad al espectáculo. Sin dejar de andar, +iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al +pie de Serantes, era San Pedro Abanto; más allá, al lado de una ría, +alzábase la montaña de Somorrostro. Dos nombres famosos que conocía toda +España después de la guerra civil. Como una resurrección de aquella +lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas +inmediatas al camino, tembló la tierra con sorda trepidación y +estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por +el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban á una hora +fija, por la mañana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus +cornetas para que se alejase la gente. Más allá de las minas inmediatas +sonaron nuevas detonaciones, y luego otras más lejanas, estremeciéndose +toda la cuenca minera con un incesante cañoneo como si tronasen baterías +ocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes.</p> + +<p>Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las +Encartaciones, cuando el ejército liberal intentaba levantar el sitio de +Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de +la guerra y la destrucción, habían popularizado los nombres de dos +humildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates; pero +como si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces á +los viejos del país y á muchos de los contratistas que eran entonces +aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al +cura de su anteiglesia, habían tomado las armas en defensa del Señor y +los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del +llano, habían matado de un certero cañonazo á los dos mejores generales +del carlismo. Después, el médico miraba el monte de Somorrostro con sus +ásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún se +encontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la gran +carnicería: los batallones del gobierno, la infantería de marina, con la +bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro, +pugnaban por subir á lo más alto para vencer al enemigo, y éste los +fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fría +anticipación, y pareciéndole poco mortífero el fusil, apelaba á +procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las +alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las +minas, y estos carros de la muerte descendían saltando de peñasco en +peñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba á cada choque, á +cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los +celtíberos bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas +locas rompían las masas de pantalones rojos ó azules que en vano +intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su férreo volteo, hacían +crujir los huesos, deshilachaban los músculos, y, manchadas de sangre, +seguían rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucción.</p> + +<p>—¡Imbéciles! ¡imbéciles—repetía mentalmente el doctor.</p> + +<p>Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos +montes y en otros de más allá; en todos los que dormían eternamente en +las entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una +simple cuestión de personas, hábilmente explotada en nombre del +sentimiento religioso y de la repulsión que siente el vascongado por +toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.</p> + +<p>Contrastando con estos recuerdos de una época de violencias, rodeaban al +doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el +movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra. +Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus cables +sobre los robustos postes y deslizándose por ellos, pasaba el rosario de +tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeñaderos, +descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los +descargaderos de Ortuella, la vía férrea del Triano, que es el +respiradero de las minas.</p> + +<p>En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corrían sobre los +rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por +caballos, empujadas otras por hombres. Veíanse grandes plataformas de +madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehículos +amarrados á una cadena sin fin. La vía automática de una compañía +extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que +parecían seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas, en opuestas +direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su +camino en línea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y +atravesando las alturas por túneles pendientes que los devoraban.</p> + +<p>El paisaje aparecía trastornado por la mano del hombre. El minero +violaba á la Naturaleza, volcándola, desordenando sus ropajes. Todo +había cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo por la +piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban +convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas: +lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el +pavoroso corte del despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas; +las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapábanse ahora con +rezumamiento fangoso por las angostas galerías que perforaban las +pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su +carne, mostraban el armazón calcáreo, la triste osamenta. Los prados de +otras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo +había desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un viento de +fuego. Sólo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierra +codiciada por el hombre, que parecía haber ardido con interna +combustión. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante. +Crecía la hierba allí donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las +plataformas carcomidas, delatando una explotación abandonada. En estos +rincones pacían algunos rebaños de ovejas panzudas, de largas lanas, +dando con sus esquilas una nota de calma pastoril á aquel paisaje +desolado que parecía recién surgido de una catástrofe geológica.</p> + +<p>El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de +esos cráteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de +sus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad fuese obra +del hombre en tan pocos años. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando +el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos. +Los caballos parecían por su tamaño escapados de una caja de juguetes.</p> + +<p>Aresti, ante este desgarrón de la corteza terrestre que mostraba al aire +sus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas anatómicas +reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como +huesos; las fajas de mena rojiza tenían el tono sanguinolento de los +músculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso +de los intestinos.</p> + +<p>A un extremo de la gigantesca excavación la montaña se había venido +abajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y enormes +pedruscos. El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años antes. +La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída á una cuadrilla de +obreros que trabajaba en su base. Unos habían perecido aplastados +instantáneamente: otros habían quedado enterrados en vida, en un +socavón, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La +gente acudía para pegar sus oídos con horror á los peñascos +desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los +gemidos de los infelices que perecían lentamente en la obscuridad de las +entrañas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los días. Centenares +de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver +la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, sólo +habían avanzado algunos metros y ya no se oía nada: de la tierra no +salía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios +cadáveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cráneo +aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando +aún en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del +socavón en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la +cueva se pudrían tras el gigantesco tapón de mineral que los había +aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocían. Habían +llegado á las minas poco antes y los capataces sólo anotaban sus apodos. +Tal vez en algún rincón de España los esperarían aún, creyendo que +cuanto más larga fuese la ausencia mayores serían los ahorros.</p> + +<p>Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salían gemidos del +derrumbamiento. Durante unos meses viéronse en el camino de Labarga +formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las +casas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobres +almas en pena de la mina. Pero cierta mañana apareció tendido en el +camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo +fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron á salir fantasmas, ni +nadie sintió deseos de adornar la catástrofe con grotescas apariciones.</p> + +<p>El recuerdo de los enterrados fué borrándose en la memoria de todos. Las +desgracias, en aquella explotación cruel que gastaba las vidas de muchos +miles de hombres, superponíanse unas á otras con frecuencia, ocultando y +desvaneciendo las anteriores. Un día, las vagonetas, al chocar unas con +otras, aplastaban á un obrero: otro día saltaban de los rieles al bajar +por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo, +que no recelaba la muerte traidora que llegaba á sus espaldas: los +barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen +espigas; llovían pedruscos en mitad de la faena, matando +instantáneamente; y por si esto no era bastante, había que contar con +los navajazos á la salida de la taberna, con las riñas en la cantera, +con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad de +aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual +vivían confundidos los que al salir de los penales de Santoña, +Valladolid ó Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las +minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y á nadie se +preguntaba quién era y de dónde venía...</p> + +<p>La Muerte rondaba en torno del mísero populacho, como un lobo alrededor +del rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los dientes agudos. +Zarpazo aquí, dentellada allá, la gran enemiga se mostraba infatigable. +Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas por +carne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un +perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega +fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la +misma montaña, llegando apenas á la opulenta Bilbao. El mineral marchaba +ría abajo sin que nadie pensase en lo que había costado su arranque del +suelo.</p> + +<p>Aresti salió de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle única +de Labarga, dos filas de míseras casuchas puestas sobre los peñascos que +bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían palacios, +comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas, +conocidas en el país con el nombre de <i>chabolas</i>, con tabiques de madera +delgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dos +piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera, +y la superior, al abrirse, era la única ventana que daba á la casa luz y +aire. Las incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones, +reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella +fuese á convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre +cuerdas los guiñapos de color indefinible puestos á secar. Algunas +gallinas flacas y espeluznadas corrían por el camino. Los niños +permanecían sentados ante las puertas, graves é inmóviles, como si +fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos del +llano.</p> + +<p>Al ver al doctor, salían las mujeres á las puertas de sus tugurios, +sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo +de pronto el miedo á enfermedades que tenían olvidadas.</p> + +<p>—¡Chicas, es don Luis!—se gritaban unas á otras.—¡Señor doctor, aquí! +¡Míreme usted este chico!... ¡Entre á ver á mi madre!</p> + +<p>Pero Aresti conocía de larga fecha estos recibimientos; el furor que +acometía á todos por estar enfermos apenas le veían, sin ocurrírseles +bajar al hospital más que en casos de extrema gravedad. Y seguía +adelante sonriendo á unas, contestando á otras alegremente, precedido +por el pinche zamorano que volvía la cara como si temiese verle +secuestrado por el grupo de comadres.</p> + +<p>Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una +casucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi ocultos bajo las +cejas y un gesto de desdén contraía á cada momento su cara negruzca. Al +ver al médico no se llevó la mano á la boina ni abandonó su inmovilidad +de fakir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la miseria +que le rodeaba.</p> + +<p>—¡Salud, amigo <i>Barbas</i>!—dijo el médico alegremente, deteniéndose ante +él.—¿Qué hay compañero?</p> + +<p>—Mucho y malo, don Luis.</p> + +<p>—Y esa revolución ¿cuándo la hacemos?...</p> + +<p>El <i>Barbas</i> miró un instante á Aresti con ojos ceñudos, como si fuese á +insultarle: después escupió la nicotina de sus labios con un gesto +desdeñoso.</p> + +<p>—Búrlese, don Luis. Usted está acostumbrado á oír quejarse de dolor lo +mismo al rico que al pobre, á ver que todos mueren igual; por eso toma á +risa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales. Hace +usted bien. Ríase... pero el trueno gordo se acerca. Algún día +encontrarán su merecido todos los ladrones... ¡todos! incluso su primo +Sánchez Morueta.</p> + +<p>—¡Compañero! ¿y yo?—dijo el doctor.—¿Qué vas á hacer de mí?</p> + +<p>—Usted es un guasón que se ríe de la vida... pero entre burlas y veras +hace bien á los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los +nuestros.</p> + +<p>—Gracias, compañero <i>Barbas</i>.</p> + +<p>Y dando á entender al solitario con un gesto que volvería para hablar +con él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta le esperaba +impaciente el pinche.</p> + +<p>Era la <i>casa de peones</i>, el miserable albergue de las montañas mineras, +donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado á visitar +aquellos tugurios que olían á rancho agrio, á humo y á «perro mojado». +En la entrada de la casa estaba el fogón con algo de loza vieja alineada +en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso, +como si las tablas trasudasen de una pieza á otra la suciedad y la mugre +de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por +los pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables +zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las +manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirándose con ojos bizcos +los cuernos del pañuelo rojo arrollado á la cabeza. Unos gatos flacos y +espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de +la olla: unos animales lúgubres, de mirada feroz, tigres empequeñecidos +que parecían alimentarse con el hambre que sobraba á sus amos.</p> + +<p>La vieja rompió en lamentaciones al conocer á don Luis. El pobre peón +estaba muy malito: ¡á ver si lo sacaba adelante!... Ella le había tomado +ley después de tenerlo varios años en su casa. Y al lamentarse, había +tal expresión de frío egoísmo en sus ojos, que el doctor la atajó +brutalmente:</p> + +<p>—Sobre todo, lo que usted más siente, tía Gertrudis, es perder un real +diario si muere.</p> + +<p>—¡Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay más casas de peones. +Mi probe viejo está casi baldao del reuma y gana menos que un pinche +escogiendo mineral en los lavaderos. ¡Y muchas gracias que lo aguantan, +y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... ¡Ay +Señor, después de trabajar toda la vida! El médico levantó una +cortinilla de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz, +ocupado por la cama de los viejos. Levantó otra, y vió un cuartucho no +mucho más grande, obstruido completamente por un camastro enorme, +formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En él dormía toda +la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin +separación alguna, sin más aire que el que entraba por la puerta y las +grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz cubrían el +tablado: cuatro mantas cosidas unas á otras formaban la cubierta común +de los ocho, y junto á la pared yacían destripadas y mustias algunas +almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las +cabezas.</p> + +<p>Aresti pensó con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio. +Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques +arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de +arrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas á su primitivo sitio. +Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao +ó tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas ó, +cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor ó +mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que podía +tocarse con las manos, hacíase irrespirable á las pocas horas, +espesándose con el vaho de tantos cuerpos, impregnándose del olor de +suciedad. Los parásitos anidados en los pliegues del camastro, en las +junturas de la madera, en los agujeros del techo, salían de caza con la +excitación del calor, ensañándose al amparo de la obscuridad en los +cuerpos inánimes que duermen con el sueño embrutecedor de la fatiga. En +las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte á parte la +casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos +vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los +sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad +fraterniza.</p> + +<p>El médico consideraba que aquellos ocho hombres que dormían en común +eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las +aventuras de su peregrinación anual: y su pensamiento iba hacia otras +casas de peones, tan míseras como aquella, donde los hombres acostados +en la misma cama no se habían visto nunca; donde el infeliz muchacho, +recién llegado de su tierra, dormía en contacto con un individuo, con +otro que también acababa de llegar á la mina, tal vez recién salido del +presidio ó fugitivo por algún crimen. Los cuerpos extraños se juntaban +bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne +sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta +promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jóvenes, de inocentes +jayanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante, +conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una +forzada abstinencia de la carne, en un país donde por las condiciones +del trabajo, los hombres son mucho más numerosos que las mujeres, y la +continua afluencia de presidiarios licenciados traía consigo todas las +criminales aberraciones de la virilidad aislada.</p> + +<p>Aresti vió al enfermo en el fondo del camastro, junto á la pared, +respirando jadeante. Estaba acostumbrado á visitar los tabucos de los +mineros: nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó encima del +tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una cerilla +y entonces vió en el tabique de la cabecera que en otros tiempos había +sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando +generales contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto de +bandas y cruces, héroes de la guerra que se habían cubierto de gloria +entregando territorios al enemigo ó fusilando en masa á indígenas +indefensos.</p> + +<p>El médico no pudo contener su risa.</p> + +<p>—¿Por qué estarán aquí estos tíos?...</p> + +<p>Las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin fijarse en los +personajes; ó tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado, cándido +y entusiasta, que creería haber servido á las órdenes de caudillos +inmortales.</p> + +<p>El enfermo tenía los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel +ardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la +lluvia de la noche anterior.</p> + +<p>—Una pulmonía de padre y señor mío—dijo el doctor arrojando la cerilla +y saliendo del camastro otra vez de rodillas.</p> + +<p>Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una hoja de su cartera, +encargando al pobre pinche, que después de la visita parecía más +tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.</p> + +<p>Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer varias +recomendaciones á la vieja, vió que le aguardaba en medio del camino un +contratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el +chaleco brillábale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas +fabricadas con la tela impermeable que servía de forro á las cajas de +dinamita.</p> + +<p>—Hola, <i>Milord</i>—dijo el médico.—¿Qué, hoy no hay oficios divinos en +la capilla de Baracaldo?</p> + +<p>—No, don Luis—dijo el contratista con cierta unción en sus +palabras.—Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no es +de fiesta.</p> + +<p>—¿Y <i>Milady</i>, siempre tan hermosa y elegante?</p> + +<p>—Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos más que unos pobres +patanes con un poquito de protección.</p> + +<p>Después de esto, el llamado <i>Milord</i> rogó al médico, que ya que estaba +en Labarga, se llegase á la cantina de <i>Tocino</i>, el capataz de su +confianza, que llevaba varios días inmóvil en la cama por el reuma. +Aresti se resistía alegando su viaje á Bilbao.</p> + +<p>—Un momento nada más, don Luis: entrar y salir. Yo también tengo prisa +por llegarme á la mina. ¡El pobre <i>Tocino</i> me hace tanta falta cuando no +está allí!...</p> + +<p>El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá de Labarga, hasta +una altura donde estaba establecida la tienda de <i>Tocino</i>. Por el camino +bromeaba con el contratista sobre su religión. El <i>Milord</i> había sido +capataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar al +ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y +no dejar descanso á los peones de sol á sol. La protección del jefe lo +elevó á contratista, colocándole en el camino de la riqueza, y, no +sabiendo cómo mostrar su gratitud al inglés, había abrazado el +protestantismo. La despreocupación religiosa era general en las minas: +sólo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y +para ligarse más íntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis +años en un colegio de Inglaterra, volviendo de allá la muchacha con un +exterior púdico y unas costumbres de <i>confort</i> que regocijaban á toda +Gallarta. Los domingos, <i>Milord</i> y <i>Milady</i> bajaban á Baracaldo, +vestidos con trajes que encargaban á Londres, para confundirse con las +familias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en las +minas ó en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capilla +evangélica del país. Aresti, que había cogido cierto miedo á los +<i>flirts</i> con <i>Milady</i>, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y +que conocía ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana +durante la noche, ensalzaba irónicamente al padre lo mucho que su +robusto retoño había ganado después de la cepilladura en el extranjero.</p> + +<p>—¡La educación inglesa!—decía <i>Milord</i> abriendo mucho la boca para +marcar su admiración.—¡Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la +chica... Es verdad que acostumbrada á tantas finuras, se aburre aquí +entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi +ambición, y es casarla con algún señor de la compañía.</p> + +<p>—Hará usted bien—dijo el médico con zumbona gravedad, recordando las +ligerezas de la niña al verse libre en las minas, después de las +pudibundeces del colegio.—Esos señores son aquí los únicos que pueden +cargar con ella.</p> + +<p>Llegaron á la cantina de <i>Tocino</i>, una casa aislada, de mampostería, con +un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda +la tierra de las Encartaciones y además el abra de Bilbao, la ría, +Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervión, +parecían formar una sola urbe. En último término, entre montañas, se +adivinaba la villa heroica é industriosa: el humo de las fundiciones y +fábricas se confundía con el cielo plomizo. A la entrada de la ría, el +alto puente de Vizcaya marcábase como un arco triunfal de negro encaje.</p> + +<p>La cantina ocupaba el piso bajo, amontonándose en ella los más diversos +objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros +pendientes del techo... Allí estaban almacenados todos los víveres, por +cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las +canteras. Aresti conocía aquella alimentación; alubias y patatas con un +poco de tocino. El arroz, sólo era buscado cuando la patata resultaba +cara. Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano +entre grandes manojos de cebollas y ajos.</p> + +<p>El pan se amontonaba detrás del mostrador, al amparo de los dueños, como +si éstos temiesen los hurtos de los parroquianos ó una súbita acometida +de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas +por la ranciedad, esparcía acre hedor. De las viguetas del techo pendían +baterías de cocina, y en las estanterías se alineaban piezas de tela, +botes de conservas, ferretería, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo +tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que +objetos, parecían sacados de una excavación después de un entierro de +siglos.</p> + +<p>Tras el mostrador estaba la mujer de <i>Tocino</i> con su hijo, un +adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero +Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban á +los parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que le +hacía recordar á los judíos. La gente del contorno les odiaba. Al menor +intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan +por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspecto +de miseria y sordidez más triste que el de la gente de fuera. El doctor +recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, á los que había +asistido por curiosidad; los apóstrofes á los explotadores de las +cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean +chupándoles la sangre; y se decía con gravedad:</p> + +<p>—No; pues á éstos les luce poco la tal alimentación.</p> + +<p>A la entrada de la cantina existía una especie de jaula de madera con un +ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueño de la +tienda, envuelto en mantas, quejándose á cada momento, pero sin dejar de +repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos, +que le servían para su complicada contabilidad.</p> + +<p>El <i>Milord</i> manifestó su extrañeza viéndole allí. ¡Él, que le traía nada +menos que al doctor Aresti creyéndolo en peligro de muerte!... Mientras +el médico le examinaba con la indiferencia del que está habituado á +casos más graves, <i>Tocino</i> prorrumpía en lamentaciones, haciéndole coro +su mujer. Estaba enfermo más de lo que creían: no podía moverse: los +dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y había que repasar +las cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga.</p> + +<p>—Vaya, <i>Tocino</i>—dijo Aresti;—lo que tienes es poca cosa, +desaparecerá con el cambio de tiempo. ¡Quejarse así un hombrachón que +parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que +engordas con lo que robas.</p> + +<p>—¡Pero qué cosas tiene este don Luis!—exclamó el <i>Milord</i> mirando á la +tendera, que enseñaba sus dientes amarillos para sonreír lo mismo que el +protector de su marido.</p> + +<p>—¡Robar!—mugió <i>Tocino</i>.—¡Robar! ¡Siempre está usted con lo mismo! +Tanto oye usted á los trabajadores, en su manía de mimarlos cuando se +los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aquí á +nadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es de uno.</p> + +<p>Y <i>Tocino</i> se indignaba, olvidando los dolores. Él vendía sus artículos +al fiado ¿estamos?... se exponía á perderlos, ¿y qué cosa más natural +que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el día del +pago en las minas?... Había que conocer á los obreros: cada uno de un +país; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al +fiado, y el día de cobranza, si les era posible hacían lo que ellos +llaman <i>la curva</i>; cobraban y se iban á la taberna, rehuyendo el pasar +por la tienda de comestibles. A bien que esto no les valía con <i>Tocino</i> +y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él les +pagaba allí mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevaban +comido. Aun así había sus quiebras, pues los que sólo trabajaban una +semana, desaparecían después de haber tomado al fiado más de lo que +importaban sus jornales.</p> + +<p>Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas seguía +recriminándolo.</p> + +<p>—<i>Tocino</i>, tú eres un ladrón que vendes á los obreros los artículos +averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar más caros que en +la villa.</p> + +<p>—Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges—gritó +el capataz enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo que decían +los obreros en sus reuniones.</p> + +<p>—<i>Tocino</i>, tú abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen +libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene á tu tienda le +quitas el trabajo en la cantera.</p> + +<p>—Los amigos son para ayudarse unos á otros. ¿Qué tiene de particular +que yo sólo dé trabajo á los que se surten de mi establecimiento?</p> + +<p>—Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja, +descontándole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda á +mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se +hace en todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir á +crédito y se vea obligado á comer lo que queréis darle y al precio que +mejor os parece.</p> + +<p>—Vaya; ahora me toca á mí—dijo riendo el <i>Milord</i>.—Pero este don Luis +es peor que los predicadores de blusa que vienen á echar soflamas en el +frontón de Gallarta. Suerte que no le da á usted por hablar en público.</p> + +<p>—<i>Milord</i>: á todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros +rápidamente con el hierro y aun arañáis algunos céntimos en el jornal y +el estómago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los +capataces. Vais á medias. De día explotáis los brazos y de noche los +estómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de +peones forasteros que vienen á rabiar y á ahorrar durante algunos meses, +pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más en +el país y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre +aquí, acabe por conoceros.</p> + +<p>El doctor cortó la conversación recordando su viaje á Bilbao, y salió de +la cantina después de hacer varias recomendaciones para la curación de +<i>Tocino</i>. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero con una +expresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del +doctor.</p> + +<p>El contratista siguió adelante, hacia su mina, y Aresti descendió á +Labarga pensando en la miseria del rebaño humano esparcido por la +montaña. Varias veces había intentado rebelarse, y los resultados de su +protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en más de una ocasión, +con sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respeto +á la vida humana era mayor que en los primeros años de explotación. +Aresti recordaba su llegada á las minas, cuando se vivía en ellas casi +con las armas en la mano, como en Alaska ó en los primitivos <i>placeres</i> +de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el +vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo á los trabajadores +rebeldes; ya no existía la tarifa de la carne humana, cotizándose las +desgracias «veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas». Se +asociaban los trabajadores establecidos en el país, creaban núcleos de +resistencia, inspiraban cierto temor á los explotadores, logrando con +esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero aún faltaba la +cohesión entre ellos, á causa del vaivén de la población minera, de +aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el +invierno y el hambre en las míseras comarcas del interior y se retiraba +al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huían á su +tierra así que se iniciaba una huelga y aparecía en las minas la guardia +civil. Habían venido á ganar dinero y evitaban los conflictos pasando +por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses +miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compañeros +establecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente rural, +que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos +al fin habían de volver á sus tierras. Los labriegos convertidos en +mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que +imposibilitaba la ascensión de los que vivían en el país.</p> + +<p>La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de +galerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta maestría, el +personal no era fácil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero +en las pródigas Encartaciones el hierro forma montañas enteras: la +explotación es á cielo abierto; sólo se necesita hacer saltar la piedra, +recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el +bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas +á sustituir sin esfuerzo alguno á todo el que abandonaba su puesto +protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigración, +cortándose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la +población obrera de las Encartaciones, era difícil que el trabajo +conquistase todos sus derechos.</p> + +<p>Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobló el paso al +entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no oír los +llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.</p> + +<p>—Don Luis, un momento...</p> + +<p>Era el <i>Barbas</i>, que había abandonado su inmovilidad de fakir para +detener al doctor.</p> + +<p>—¿Qué hay, compañero?</p> + +<p>—Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aquí, de lo +que hacen esos ladrones.</p> + +<p>Y le mostraba con gesto trágico su casucha. Como Aresti no parecía +comprenderse, el <i>Barbas</i> le mostró la parte superior de su barraca +falta de techumbre.</p> + +<p>—Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos +de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian +y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace una +semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la +calle, pero el <i>Barbas</i> firme en su puesto con la compañera. La pobre +vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se +menea de ahí. Me han de tener á la vista siempre. Hay para rato si +piensan librarse de mí... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor. +Quieren quitarme el suelo así como me han robado el techo. Piensan +excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus +estacas, para ver si así me voy... ¡Pues no me iré! El <i>Barbas</i>, en su +sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni +trabajo, ni me voy... Espero, ¿sabe usted?, espero que llegue la gorda; +espero el día en que toda la montaña baje al llano y yo pueda quitarles +el techo y el piso á todos los <i>chalets</i> que se han hecho esos +pintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores á costa de +los pobres.</p> + +<p>Y el <i>Barbas</i> acompañó un buen trecho al doctor, mugiendo sus +maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos más +inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades +maléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la montaña, sin +mostrarse más que por la mediación de administradores y capataces, si +explotaban la mina directamente, ó de contratistas si creían más +ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.</p> + +<p>Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vió venir hacia él un +hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi +parecía una mulilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos á +don Facundo, el cura párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sido +trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava, y afirmaba +que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. «Paz, mucha +paz; para todos hay vida en el mundo.» Y en santa paz vivía, siendo gran +amigo de Aresti, y tomando á broma las doctrinas revolucionarias que el +doctor, por aburrimiento, exponía á los ricos de Gallarta después de sus +famosas cenas. Cierta vez que el médico, cansado de la monotonía de su +existencia, se divirtió en propagar el budhismo entre los rudos +contratistas y hasta intentó algunas ceremonias del culto indostánico, á +estilo de las que había presenciado en el museo Guimet de París, el cura +no manifestó indignación, «Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los +sabios: ya se cansará.» Para él, la religión verdadera no decrecía ni +experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos, +casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.</p> + +<p>A misa sólo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre +vacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba en que él no +tenía libre un momento, y continuamente veían todos trotar su burra +blanca por los caminos y atajos de la montaña. Aquel curato valía más +que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de +Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente +marchase á la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su +ataúd por el vozarrón del cura. Había días en que acompañaba cinco +entierros en los lugares más lejanos de la parroquia; asunto de leguas. +Pero él no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura +infatigable, y montado en ella acudía á todas partes. Delante, marchaba +el ataúd en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban +alaridos y se mesaban el pelo con desesperación de gitanas, y detrás don +Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido á pie +por el sacristán, al que llamaba su «corneta de órdenes», siempre +cantando, pues los parientes ponían reparos á la hora de pagar si +cantaba poco, repitiendo automáticamente los versículos del oficio de +difuntos, al mismo tiempo que se daba el compás esgrimiendo sobre su +cabeza la vara de fresno con que arreaba á la cabalgadura.</p> + +<p>Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma.</p> + +<p>—Aprisa, hijos míos—decía á los conductores del cadáver—que hoy aún +me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.</p> + +<p>Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de +acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de +luna clarísima, al retirarse á casa después de una cena con los +contratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que +rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre, +vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas á +otro, envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba á +cada paso. Después, una especie de centauro agrandado por el misterio de +la noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir:</p> + +<p><br /> +<span style="margin-left: 20%;">Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt...</span><br /> +<br /> +</p> + +<p>—Buenas noches, don Luis—dijo el cura al reconocer al doctor.—Con +este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he +dejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja!</p> + +<p>Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su lúgubre cantinela, á +la luz de la luna, camino del cementerio.</p> + +<p>Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de la +parroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No, carape!: él +tenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo, +tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación +parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores del +obispado después de dar un tiento doloroso á los ahorros y cuando al fin +habían acabado por colocar á sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstos +á las <i>faenas menudas</i> del templo, reservándose él los entierros.</p> + +<p>Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia. +Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de mineral con +los señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar un +vistazo al trabajo de los peones. Pero á pesar de que sus negocios +marchaban bien y á la hora del champagne, en las cenas de los +contratistas, le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más de +cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera época +de las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cual +vivía á su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrecía +los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes medios +de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado +por bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar el +paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo en +Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba +más caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando el +cura inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á San +Antonio. Aún reía el doctor recordando la candidez con que explicaba el +cura esta preferencia.</p> + +<p>—No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí en +Gallarta hay tanto buey....</p> + +<p>Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso de su cabalgadura.</p> + +<p>—A la mina, ¿eh?—preguntó Aresti.</p> + +<p>—Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un rato á ver lo que hacen +aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo +humano. Hay que trabajar, don Luis.</p> + +<p>—¿Pero hoy no es día de fiesta?...</p> + +<p>—¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere decirme con su +sonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y deben +guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajan +en todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones, +después de tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada. +Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: le +dejo para que se burle de mí á sus anchas.</p> + +<p>Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.</p> + +<p>—¿Dicen que han matado al <i>Maestrico</i>?... Vaya un caso. Era un buen +muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A la tarde entierro! +¡Arre burra!</p> + +<p>Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que había +caído trabajo.</p> + +<p>Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se vió detenido por un +hombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja Catalina le +llamaba furiosa desde adentro.</p> + +<p>—¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá usted el tren! Ya le he +dicho á ese condenao que su primo le espera y no está usted para +canciones...</p> + +<p>Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre, +diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!» Tembló por su mano, +cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callosos +y gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculatura +de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacía +recordar á Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que +había admirado en su niñez.</p> + +<p>—Vengo á lo del otro día—dijo con alguna torpeza, pero mirando al +médico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso defendiendo +sus pretensiones.</p> + +<p>—¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo. ¡Me buscan tantos!...</p> + +<p>Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una sonrisa maliciosa +animó su rostro.</p> + +<p>—¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del practicante. Tú eres el marido +de esa... Bien ¿y qué?</p> + +<p>—Quiero que usted arregle eso, don Luis—continuó el gigantón con +energía;—ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran escándalo. +Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo testigos. +Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que le +corresponde, irá á un presidio y ella á la galera.</p> + +<p>—Sí, hombre, sí—dijo Aresti.—Recuerdo tu asunto. Me gusta verte más +tranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo?</p> + +<p>—Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza sufra castigo. ¿Va á ser +él de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él.</p> + +<p>—Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte +duros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en +el hospital!... ¡Si es más pobre que tú!...</p> + +<p>—Bueno—dijo el gigantón con aspecto indeciso, rascándose la cabeza por +debajo de la boina.—Pus que sean quince... ó que sean doce, ya que +usted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con menos de +doce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo ver +con una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Ir +á presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, que +paguen, ya que quieren hacer el guapo!</p> + +<p>Y se alejó, después de recomendar varias veces al médico, con tono +suplicante, que no olvidase su asunto.</p> + +<p>Aresti, mientras despachaba el desayuno y vestía sus ropas de fiesta, +colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraña psicología +de una gran parte de las gentes de las minas.</p> + +<p>De jóvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo +oculto en la faja, dispuestos á disputarse la hembra á puñaladas. +Asesinaban al rival como al infeliz <i>Maestrico</i>; y después, de casados, +satisfecho el primer ímpetu de su apetito exacerbado por la escasez de +mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas; +olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar más que en el +dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rápidas y +milagrosos encumbramientos que parecía soplar sobre las minas. Se +exterminaban por una cuestión de jornales ó de comestibles, y al +encontrarse frente á frente con el adulterio, torcían el gesto como ante +una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su +desgracia cierto provecho.</p> + + +<h3 class="top15"><a name="II" id="II"></a>II</h3> + + +<p>Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara á +Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la +estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de la +ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonaban +sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto +importante los llamaba á la villa.</p> + +<p>El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos de +fundición—«los castillos feudales de Sánchez Morueta» según decía el +doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,—y +después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los +descargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando +de la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el +nivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, con +los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos, +y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como +juguetes. Los de las explotaciones del país eran de un rojo antipático, +de escombros de mineral, desmoronándose con las lluvias sus pendientes, +revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de realzar con el más +leve adorno los instrumentos de explotación. En la ría, junto á las +grúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el casco +invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los +mástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargados +de hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar el +negro mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por las +vías de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar +al punto más avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua, +soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos +riberas de la ría estaban en continua función, vomitando y absorviendo; +entregando el mineral de sus montañas y apoderándose del carbón +extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas +de los buques; los nombres más exóticos é impronunciables lucían en sus +costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguían los +veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.</p> + +<p>Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ría +con sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta, admirábase la paz +de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos, +removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y las +piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían el +baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevo +á rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres +lavaban sus guiñapos casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo, +como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de +Bilbao: los lavados del mineral enrojecían hasta la corriente del +Nervión. La industria, al enriquecer al país, corrompía las aguas puras +y cristalinas de la época pastoril. El doctor recordaba la miseria de +los peones de las minas, que les hacía huir de las fuentes de la +montaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestión. +Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque, ensuciando +su estómago, hacía menos frecuente el hambre.</p> + +<p>Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las estaciones de la +orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban +su caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasaban +pequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de +cabotaje de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo á +las revueltas; vapores que rompían las aguas con imperceptible +movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del +bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la +moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar +púdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fábricas, negros, +de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos, ligeramente +dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de un +hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias +minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo el +paisaje, como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzando +por las quebraduras de la montaña donde están las vías férreas del +mineral, resbalando por las dos orillas de la ría tras las chimeneas de +los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los +remolcadores y de las máquinas giratorias de sus grúas.</p> + +<p>Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera +vez.</p> + +<p>—Bilbao es grande—se decía con cierto orgullo.—Hay que confesar que +esta gente ha hecho mucho, ¡Lástima que valga tan poco cuando la sacan +de sus negocios!...</p> + +<p>Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al +aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de +nuevo. Quedaba atrás, confundiéndose con otras montañas, el famoso pico +de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche +Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada +del liberalismo, que aún vivía en todas las memorias agrandado por las +fantásticas proporciones que da la tradición. Después aparecía entre los +montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que +irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo, +señor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones +triangulares, y á sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su +arboleda montaña arriba, hasta la cumbre coronada por una granja +vaquería. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían +levantado los jesuítas una imagen de San José, con un arco de focos +eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso +recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la +orden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no +queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El +doctor hallaba natural que fuese San José el escogido para esta +glorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de +la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para +formar la sociedad del porvenir.</p> + +<p>Adivinábase la proximidad de la villa. A un lado surgían entre los +campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas +que eran como las avanzadas de una población desbordada y en continuo +avance. Al otro se cubrían las orillas de la ría de almacenes, tinglados +y grúas, elevándose el carbón en montañas, sin dejar un espacio de +muelle libre. Las embarcaciones tocábanse unas á otras amarradas á las +enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja húmeda y +fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Veíase el +incesante ir y venir de las <i>cargueras</i>, míseras mujeres de ropas sucias +y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los +tablones que servían de puente entre los buques y el muelle. Unas +llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbón; otras descargaban los +fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre +que había de ser consumido en el interior de la península.</p> + +<p>Detúvose el tren después de atravesar un túnel, y el doctor, subiendo +una larga escalera, se vió en el sitio más céntrico de la villa, junto +al puente del Arenal, donde parecía condensarse todo el movimiento de la +población. En aquel pedazo de ribera, robando á las aguas parte de su +curso y hasta aprovechándose del subsuelo, la iniciativa industrial +había escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de +Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao +nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la República de Abando, con +sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete +pisos, y sus plazas de geométrica rigidez. Al otro lado del puente, la +Bilbao tradicional; la Bilbao de los <i>chimbos</i>, de los hijos del país +que habían conocido la llegada de gentes del interior, atraídas por la +prosperidad de las minas, y que formaban ahora más de la mitad del +vecindario. Allí estaban las famosas Siete Calles, núcleo de la antigua +villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y +morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, erguía sus torres +de un gótico ridículo la iglesia de los jesuítas, con su residencia +anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geométrica, los +hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos +fabulosamente por las minas de la noche á la mañana.</p> + +<p>Aresti pasó el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvías y +las carretas, y entró en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga +reflejaba en las aguas del Nervión su arquitectura pretenciosa cargada +de cariátides y estatuas; al otro, extendía el paseo sus filas de +plátanos, por entre cuyas copas asomaban los mástiles y chimeneas de los +buques atracados á la orilla. Piaban los pájaros, saltando sobre la +arena de las avenidas, pero sus gritos perdíanse entre el bramido de las +locomotoras, el silbido de los tranvías y el mugido de algún vapor que +entraba lentamente ría arriba.</p> + +<p>Aresti dió un vistazo á la acera llamada el <i>boulevard</i>, ocupada siempre +por los curiosos estacionados ante los cafés. Frente al Suizo, se +colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentándose de la +decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban á gritos los +diarios recién llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el +centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla caída sobre +los ojos y la falda agarrada y bien ceñida, de modo que al andar se +marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y, +bien proporcionadas. Aresti fijábase en la separación del hombre y la +mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su +sitio. El hombre á los negocios y la mujer sola á la iglesia ó á hacer +visitas, como única diversión. Pasó una pareja cogida del brazo.</p> + +<p>—Serán forasteros—se dijo el doctor.—Tal vez algún empleado de los +que envía el gobierno. <i>Maketos</i>, como dicen mis paisanos.</p> + +<p>Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicolás, fué +en busca de su primo. El poderoso Sánchez Morueta vivía en su hotel de +Las Arenas, evitándose así el molesto asedio que parásitos y protegidos +le hacían sufrir en Bilbao. Además, habituado á las costumbres inglesas, +gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus múltiples +negocios le hacían venir casi todos los días al escritorio que tenía en +la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las mañanas, á todo correr +de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metiéndose en el +escritorio como si huyera. Aun así, tenía que separar muchas veces con +sus fuertes puños á los que le esperaban en la puerta, para proponerle +negocios disparatados ó pedirle dinero. Una vez en su despacho, era +difícil abordarle al través de los escribientes y criados que guardaban +la escalera. A la salida, Sánchez Morueta sólo osaba poner el pie en la +calle cuando tenía su carruaje cerca y podía escapar, ante la mirada +atónita de los solicitantes que esperaban horas y más horas. Los +despechados, la turba pedigüeña que en vano le asediaba y bloqueaba, +llamábanle «El solitario de Las Arenas», «El ogro de la Sendeja», que +era donde tenía su escritorio, y hasta afirmaban, faltando á la verdad, +que su carruaje sólo tenía un asiento, para evitarse de este modo toda +compañía. Transcurrían meses enteros sin que penetrasen en su despacho +otras personas que algún corredor de confianza ó los principales +empleados del escritorio, que recibían sus órdenes. Con los otros +capitalistas de la población—muchos de ellos compañeros de la juventud, +que habían marchado juntos con él en la primera etapa por el camino de +la fortuna—se comunicaba telefónicamente tuteándose, pero en estilo +conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.</p> + +<p>Aresti siguió su marcha á lo largo del muelle, mirando los remolinos del +agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para +examinar dos barcos de cabotaje, dos <i>cachemerines</i> de la costa, con los +títulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por +extraños cargamentos, en los que se confundían los fardos de bacalao con +mesas y sillerías embaladas. Ofrecían igual aspecto que los carromatos +de los ordinarios de los pueblos, cargados de los más diversos objetos. +En uno de los buques, la tripulación se agrupaba á proa en torno del +hornillo donde hervía el caldero del rancho. Los barcos estaban tan +hundidos á causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, veía el +fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de él, +tostados, enjutos, habituados á la lucha mortal con el mar cántabro, le +hacían recordar á su padre, entrevisto en los primeros años de su vida y +del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.</p> + +<p>El doctor, separándose del muelle, pasó á la acera de la Sendeja. El +escritorio de su primo estaba en un caserón antiguo y señorial, todo de +piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un +gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero +y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su +fortuna á la Iglesia, se negaba á vender el edificio á Sánchez Morueta, +dándose la satisfacción de tener por inquilino á uno de los primeros +ricos de Bilbao.</p> + +<p>Aresti no osó subir directamente al despacho de su primo, temiendo la +resistencia de algún portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de +los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefirió +entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la +casa, bajo la dirección de un antiguo amigo de la familia, el capitán +Matías Iriondo. Aquella oficina era lo único accesible del edificio, +donde se podía entrar á la buena de Dios, sin miedo á esperar ni á +porteros inflexibles.</p> + +<p>—¿Está el <i>Capi</i>?...—preguntó Aresti á los escribientes que trabajaban +tras un atajadizo de cristales.</p> + +<p>—¡Pasa, <i>Planeta</i>, pasa!—gritó alguien tras una puerta del fondo del +corredor.</p> + +<p>Y Aresti entró, al mismo tiempo que el capitán, el <i>Capi</i> como le +llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia él con los +brazos abiertos.</p> + +<p>—Te he conocido con sólo oírte, Luisillo—dijo Iriondo con su voz +bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y +obligado á hacerse oír entre los mugidos del viento y de las olas.—¡Ay, +<i>Planeta</i>!... Te encuentro algo aviejado.</p> + +<p>Y había que oír la expresión cariñosa que daba el marino al mote de +<i>Planeta</i> aplicado al doctor. Para él, en su habla bilbaína, los hombres +se dividían en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de +utilidad y no tenían mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de +nada, á los que llamaba <i>arlotes</i>. Y luego venían los <i>planetas</i>, gente +simpática y buena, pero sin seriedad ni sentido práctico; los calaveras; +los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas +que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian +el dinero llegando á la vejez sin salir de pobres. ¿Y qué mayor +<i>planeta</i> que aquel médico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao, +prefería vivir entre los brutos de las minas?</p> + +<p>—¡Ah, <i>Planeta</i>!—decía sin soltar á Luis de entre sus brazos.—Lo +menos hace medio año que no te veo. Y siempre tan loco, ¿verdad? Siempre +coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho. +¡Apuesto cualquier cosa á que aún no has reunido mil duros!...</p> + +<p>Y reía, con lástima cariñosa, de su querido <i>Planeta</i>, al que +consideraba en eterna infancia, como un niño revoltoso que había que +dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cariño.</p> + +<p>—<i>Capi</i>, pues tú tampoco estás muy joven que digamos. Te probaba más el +mar.</p> + +<p>—Tienes razón—dijo Iriondo con melancolía.—¡Si al menos pudiese ir +todos los días al monte con la escopeta, á cazar <i>chimbos</i>!... Pero hay +que despachar cinco ó seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse +el mundo y todos trabajamos como negros... Además, nos hacemos viejos, +Luisillo. Tú olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto, +cuando tú aún jugabas en Olaveaga en la huerta de tu tío.</p> + +<p>Aresti admiraba el vigor del capitán. Estaba en los cincuenta años. Era +bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia á +ensancharse, como si fuera á cuadrársele el cuerpo. Su cara se había +recocido, como él decía, en casi todos los puntos de la línea +ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su +barba, en la que sólo apuntaban algunas canas. Tenía las córneas de los +ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban +de frente, brillaban con una expresión de bondad. Conocía todas las +picardías del mundo: había pasado en su juventud por todos los +desórdenes de las gentes de mar, que después de meses enteros de +aislamiento y privación sobre las olas, bajan á tierra como lobos. Había +brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones +diabólicas de los negros; se había rozado con hembras de todos los +colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, después de +una vida de aventuras, notábase en él la honrada simplicidad de esos +marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos +cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar +á contaminarse con ellas, sacudiéndolas apenas vuelven al desierto del +océano.</p> + +<p>El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas +veces había contado el <i>Capi</i> de sobremesa en casa de Sánchez Morueta, +con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar +atención en el entrecejo de la señora que temía á cada instante +extralimitaciones en el relato. No había mar en el globo en el cual no +hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde +el <i>cachemerin</i> al trasatlántico. De joven había hecho el cabotaje entre +el archipiélago de Luzón y las Molucas. El sultán de allá era gran +amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese +entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. ¿Para qué? Con un +tabaco de Manila podía llevárselas él a todas sin permiso de sultanillo. +Había trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de +California; montañas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a +Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hacía memoria, con +sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con +ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que +los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra, +gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las +costas de África con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, sentía +la nostalgia del azul negruzco e intenso del Océano, del verde luminoso +y diáfano del mar de las Antillas, de la larga ondulación del Pacífico y +las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterráneo le +inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría y Nápoles, +verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. «Desde Gibraltar a +Suez—decía—, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en +el mar, y ahora esperan en los puertos.»</p> + +<p>Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la infancia, le había +proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos +barcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales de +su principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeña +fortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Era +bilbaíno á la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir +el domingo con la escopeta al hombro á cazar <i>chimbos</i> en los montes, +pajarillos de varias clases, que habían proporcionado un mote á los +hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes +que no tenía trabajo, á algún <i>chacolín</i> del camino de Begoña á saborear +el bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país. Sus +amigos <i>chacolineros</i> pasaban por el despacho para noticiarle +misteriosamente cuándo se abría pipa nueva.</p> + +<p>—Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche á un <i>chacolín</i> de +dos años.</p> + +<p>Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre, +parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja, +algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buques +en las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios que +importaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos, +regalo de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que más +estimaba el capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre se +estaba preocupando del tiempo.</p> + +<p>—Tenía muchas ganas de verte—dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio +ante la mesa.—¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día en las +minas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada parece +que no se dedica á otra cosa. ¡Ay, <i>Planeta</i>! Y cómo va á alegrarse Pepe +cuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes su +genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por +ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuanto +menos se habla, mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, ese +ingenierete tan simpático que tiene en los altos hornos. ¡Las veces que +Pepe te recuerda! Un día, hablando de tí y de tus <i>planetadas</i>, le oí +decir. «Ese chico, ese chico debía estar á mi lado».</p> + +<p>—Oye <i>Capi</i>; ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina? ¿ha metido +ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?</p> + +<p>El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra de +inquietud. No podía disimular su turbación.</p> + +<p>—No sé... la veo poco. Debe estar como siempre...</p> + +<p>Y añadió con repentina resolución:</p> + +<p>—Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo á mis +barcos, y fuera de ellos nada me importa.</p> + +<p>Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la +esposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que +helaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó para +subir al despacho de su primo.</p> + +<p>—Por la escalera no—dijo el capitán.—Sube por ahí: es la escalerilla +interior y llegarás más pronto. Hasta luego: yo también soy de la +cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevará en su carruaje.... Si +estás falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta +las dos no comeremos.</p> + +<p>El doctor subió por una escalerilla de madera con cubierta de cristales, +que á través de un patio interior ponía en comunicación el entresuelo +con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con +mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas +y taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandes +libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corrían +por las cornisas de una á otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban +relojes eléctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fábricas +de la casa, adornaban las paredes.</p> + +<p>Aresti, después de una corta espera, fué introducido en aquel despacho, +del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde +Sánchez Morueta fabricaba raudales de oro con sólo concentrar su +pensamiento.</p> + +<p>—¿Cómo estás, Luis?...</p> + +<p>Lo primero que vió el doctor fué una mano tendida hacia él, una mano +firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de héroe +prehistórico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo á un +cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi +le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conocía la villa entera, +virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia +abajo una luz fría. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las +solapas del traje parecía suavizar los salientes enérgicos de los +pómulos y las fuertes articulaciones de su mandíbula robusta y +prominente como la de los animales de presa. Tenía cana la barba, gris +el pelo y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud, de +fuerza serena, de energía reposada y tenaz, que se comunicaba á cuantos +le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la +naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilio +que las energías del músculo y del pensamiento, y acababan por +posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la +porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia á los +blasones de armas de la provincia, decía hablando de él: «Mi primo se ha +escapado del escudo de Vizcaya».</p> + +<p>Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento +y la acción en continuo uso.</p> + +<p>Conservó un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujándola +con sólo un ligero movimiento, y pasada esta efusión extraordinaria en +él, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto á la mesa +manejando papeles y hojas telegráficas.</p> + +<p>—Siéntate, Luis—dijo como si le diese una orden—acabo en seguida.</p> + +<p>Y le volvió la espalda, olvidándolo, mientras el secretario sonreía +servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias +reverencias. Aresti conocía de muchos años á aquel hombrecillo que había +comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza +de Sánchez Morueta. El capitán le llamaba «el perro de doña Cristina» +por la protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta con +que él le correspondía. Aresti despreciábale por las sonrisas con que +saludaba su parentesco con el amo.</p> + +<p>Mientras el millonario leía los papeles, cambiando de vez en cuando +alguna palabra con su secretario, el médico, hundido en un sillón, +dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufrían una decepción al entrar +allí, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente +Sánchez Morueta. La habitación era sencilla: dos grandes balcones sobre +la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel +imitación de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio +con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos +se hubiera de dormir. En un rincón, una caja de hierro; en otro una +antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo +arqueológico del país, y en las paredes, modelos en relieve de los +principales vapores de la casa y una enorme fotografía del «<i>Goizeko +izarra</i>» (<i>Estrella de la mañana</i>), el yate de tres mástiles y doble +chimenea, que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, como +si Sánchez Morueta hubiese perdido su afición á los viajes. Sobre la +chimenea se alineaban en escala de tamaños, fragmentos pulidos de rieles +y piezas de fundición, muestras flamantes del acero fabricado en los +altos hornos de la casa. Un pequeño estante contenía libros ingleses, +anuarios comerciales, catálogos de navegación, memorias sobre minería y +metalurgia. El único libro que estaba entre los papeles de la mesa de +trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el +<i>Yacht Register</i> de más reciente publicación, como si el millonario +encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento á +los potentados de la tierra que más dichosos que él, podían vagar por +los mares. El despacho tenía el mismo aspecto de sobriedad y robustez de +su dueño. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo +sólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los grandes +buques. Aresti resumía la impresión en pocas palabras; «Allí todo olía á +inglés.... Hasta el traje del amo».</p> + +<p>Al concentrar la atención en su primo, volvía á admirar sus manos; +aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y pensamiento +aparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en línea +recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como +animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza +propia para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respeto +supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se +entregarían vencidos, anonadados. Nada podía resistir á aquellas +hermosas garras de bestia luchadora é inteligente. El movimiento de la +sangre en sus venas de grueso relieve, parecía el latido de un +pensamiento oculto.</p> + +<p>Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con sólo un movimiento todos +los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande +hombre indicaron al secretario con fría mirada que podía retirarse á la +habitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con grandes +estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de +mineral bajo campanas de vidrio.</p> + +<p>—Don José, un momento,—dijo el hombrecillo;—me permito recordar á +usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor.</p> + +<p>Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclinó +hacia él, murmurando algunas palabras.</p> + +<p>El millonario dudó algunos momentos mirando á su primo.</p> + +<p>—Es un favor que te pide Cristina—dijo con alguna vacilación.—Al +saber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á Begoña para +ver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita.</p> + +<p>Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se +apresuró á añadir.</p> + +<p>—Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis días y que hay que +tener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho. Es +una visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado de todos. +¿Qué te cuesta darlas gusto?...</p> + +<p>En su mirada y su acento había tal tono de súplica, que Aresti aceptó +mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á su +poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el «hijo favorito de +la fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.</p> + +<p>—Goicochea te acompañará—dijo señalando á su secretario.—Toma abajo +mi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea. Hasta luego, Luis.</p> + +<p>Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si una repentina +preocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente.</p> + +<p>Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido carruaje del +millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando +sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niñez. +Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente +teñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuesta +de Begoña. Terminaba el desfile de casas. Ensanchábase el horizonte, +extendiéndose entre las montañas los campos verdes, y los robledales de +tono bronceado, interrumpidos á trechos por las blancas manchas de las +caserías. El sol asomaba por primera vez en la mañana al través de un +desgarrón de las nubes, y el humo que se extendía sobre la villa tomaba +una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del +camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta el +tradicional <i>branque</i>, el ramo verde que indica la buena bebida del +país. Eran los famosos <i>chacolines</i> con sus rótulos: «Se venden +voladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería.</p> + +<p>Goicochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto al +primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares +con cierto entusiasmo.</p> + +<p>—Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud... +los famosos días del sitio. Usted sería muy niño entonces, y ya no se +acordará.</p> + +<p>Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando:</p> + +<p>—¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco más ó menos ahí +estaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de cerca, +viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los +centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecían +lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.</p> + +<p>—Usted sería de <i>los auxiliares</i>, como mi primo Pepe,—dijo Aresti;—de +los que defendían la villa.</p> + +<p>Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en seguida recobró su +aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa:</p> + +<p>—¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio +vizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis: +calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegado +los ocho hijos que ahora me devoran.</p> + +<p>Y como si tuviera interés en que el doctor conociese exactamente sus +creencias, siguió hablando:</p> + +<p>—Por supuesto, que ahora me río de aquellas locuras. ¡Y pensar que en +Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya +no soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces expusimos la +pelleja.</p> + +<p>—¿Pues qué son ustedes?...</p> + +<p>—¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?... Nacionalistas; +bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á ser lo +que fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiénes +han traído á este país la mala peste de la libertad y todas sus +impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los <i>maketos</i>: y don Carlos +no es más que un <i>maketo</i>, tan liberal como los que hoy reinan, y además +tiene los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yo +digo, don Luis. Quédese la Maketania con su gente sin religión y sin +virtud y deje libre á la honrada y noble Bizkaya.... con B alta ¿eh? con +B alta, y con K, pues la gente de España para robarnos en todo, hasta +mete mano en nuestro nombre escribiéndolo de distinta manera.</p> + +<p>Y con el índice trazaba en el espacio grandes <i>bes</i> para que constase +una vez más su protesta ortográfica.</p> + +<p>El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía el camino en medio de +una paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes edificios de +reciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de órdenes +antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señoras +ricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á parar +una parte no pequeña de las ganancias de las minas. La limosna +cuantiosa, y los legados testamentarios cubrían de conventos ó iglesias +aquella parte del monte Artagán. El silencio monacal, que parecía +extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que +exhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la fiebre de +los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las +torrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: se +entreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil, +blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciado +por este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandes +católica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus +beguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles alas, como mariposas +de nieve.</p> + +<p>Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don +Tomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en otros tiempos +confesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un justo si +la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la iglesia +de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la República +de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.</p> + +<p>Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver á +éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidad +de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado más de +una vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos cierta +esperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había +ensalzado tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podía +acostarse; se ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de su +dolencia. Tenía enfermo el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Por +más que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su +astucia aguzada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio, entre +aquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo.</p> + +<p>—¡Lo mismo que los otros!—gimió.—¡Ay Virgen de Begoña!... ¡Virgen de +Begoñaaa!</p> + +<p>El acento desesperado con que llamaba á la Virgen, revelaba el egoísmo +de la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando un milagro, +con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas +las leyes de la existencia.</p> + +<p>Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al templo y se descubrió +como si le pesara volver á la villa sin saludar á la imagen.</p> + +<p>—Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis? Nos queda tiempo +de sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la Virgen desde que +le coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita. Entremos y yo +pediré un poco por el desgraciado don Tomás.</p> + +<p>Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde que era niño, y le +interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos de +abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante +las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país +hostiles á la nacionalidad española y á sus progresos.</p> + +<p>Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas +las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario, +amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después de la +misa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de +anteiglesias, en época de fueros.</p> + +<p>Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el +altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devoción +compungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Los +reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su +atención. Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de San +Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para +las señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañeros +de oficio adornan un dormitorio ó un <i>budoir</i>. El gusto artístico del +jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gótico +sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras +pendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas +peregrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en +vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de +la Virgen.</p> + +<p>Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared, á +la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera, +representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar con los palos +rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco +desmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risa +como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos +el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran +votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones +vizcaínas, por haberlas salvado la imagen de Begoña de espantosas +tempestades. Los cuadros más antiguos y borrosos representaban +bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre las +olas, flotando entre estas algún mástil roto: los más modernos eran +vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta +barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge +siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que +siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.</p> + +<p>Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, hablábale al +oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa.</p> + +<p>—Mírela usted—decía señalando á la imagen.—¡Qué hermosa es! ¡Y qué +bien le sienta la corona!...</p> + +<p>Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra», como decía él en sus +cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea, +como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros. La +cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada como un +globo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto de +toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas +arrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese +aumentar la hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre el +pequeñuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.</p> + +<p>—Cuántas joyas ¿eh?—murmuraba con entusiasmo Goicochea.—Esto sólo se +ve en este país. Aquí hay religión y riqueza.</p> + +<p>El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de las +minas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria á aquellos +regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos, +sobre un madero tallado.</p> + +<p>—¡Si usted hubiese visto el acto de la coronación!—continuó la voz de +Goicochea con sordina.—Aún me estremezco de entusiasmo recordándolo. +Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince días de +peregrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por aquí: +peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir, +peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos al +frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, y +de padres jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence: +diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como Señora de +Vizcaya. Fíjese usted bien.... <i>¡Señora!</i> Vizcaya sólo ha tenido +Señores. Hasta Dios es para nosotros <i>Jaungoicoa</i> ó sea «Señor de +arriba.» Eso de reyes y reinas es cosa de los <i>maketos</i>. Desde el día de +la coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestras +cuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre. +La cosa fué conmovedora: como organizada por los principales del +partido.... Pero vámonos, que aquí molestamos hablando.</p> + +<p>Goicochea salió del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos +aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.</p> + +<p>En el porche de la iglesia continuó dando expansión á su entusiasmo.</p> + +<p>—¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le enternece eso?...</p> + +<p>—Sí—dijo Aresti con gravedad.—A mí me conmueve la piedad de los +hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á la +Virgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado. +Gran cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los días +á marineros ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no son +nada, y se salvan á pesar de no tener una Virgen de Begoña á quien +recomendarse. Además, vaya usted á saber los vizcaínos que se habrán +ahogado después de implorar á la Virgen. Esos no han podido venir aquí á +contarlo.</p> + +<p>El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado al +médico.</p> + +<p>—Don Luis—dijo con acento dulzón.—No empiece usted á soltar de las +suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de +la Virgen, y que ésta le castigará.</p> + +<p>—No; yo no me burlo de la fe—dijo Aresti.—El hombre es naturalmente +cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus fuerzas; basta +que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me +acuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas, +un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de +burlarse de la idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes. +Un día, un peón despedido por él del trabajo, le dió una puñalada de +muerte. Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió en +lloros y aclamaciones á la Virgen, lo mismo que don Tomás. Se agarró á +la misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo. Llamaba á la +Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle.</p> + +<p>—¿Y llegó á salvarse?—dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un +milagro.</p> + +<p>—No; murió á las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado á +nadie.</p> + +<p>Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la +conversación.</p> + +<p>—¡Qué hermosa vista!—dijo señalando la parte de la villa que se +alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas +de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.—Esto es +el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí! +¡Cuánta riqueza!...</p> + +<p>Luego, añadió en tono confidencial.</p> + +<p>—Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es +imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro +sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos, +de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quien +más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no se +necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo +tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay +más que Vizcaya y su <i>Señora</i> santísima. Pregunte usted si quieren +volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los +he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y +ahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas +que en su juventud cogieron el fusil. <i>Necuacuam</i>, ninguno sueña +remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera +existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las +cosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos +el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos +importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encima +de la Patria y del Rey.</p> + +<p>Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse +ante su gesto.</p> + +<p>—A ver: siga usted, señor Goicochea,—dijo el doctor.—Me interesa eso, +pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de ser +nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se +emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus +<i>guiris</i>, sus <i>ches</i> de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil +como en otros tiempos.</p> + +<p>Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que +había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles, +llamados <i>ches</i> en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que +componían la guarnición durante el sitio.</p> + +<p>—Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena +dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á España +las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremos +como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por el +Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo +entiende: allí se prepara el porvenir.</p> + +<p>Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatas +alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario, +para él, de la sabiduría humana.</p> + +<p>—Pues hay para rato, señor Goicochea—dijo el médico saliendo del +porche en busca del carruaje.</p> + +<p>—No diré que no, don Luis. Nuestra redención es algo difícil por la +continua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbres +de España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar y á hacer +fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya. +Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los +apellidos vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos el +vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha +traído la prosperidad. Pero todo se andará. Yo pienso lo que García +Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, según cuentan los padres de +Deusto, fué el estadista más grande del siglo. ¿Sabe usted lo que dijo +al recibir la puñalada que lo mató? «Dios no muere nunca».... Pues eso +digo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor que siente +hacia su santísima madre, es su hija predilecta.</p> + +<p>Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció amoscarse por la +mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que +acogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez Morueta; +pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía cierta +repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de +impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír +una misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conducta +proporcionaba á la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la +influencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éste +las acompañase alguna vez á la iglesia. ¡Que hombres los dos! ¡Imposible +parecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...</p> + +<p>A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el coche, camino de Las +Arenas con su primo y el capitán Iriondo. Goicochea, invitado también á +la comida de familia, había salido antes en el tranvía.</p> + +<p>—Tú no descansas—decía el médico á su primo,—¡todos los días Las +Arenas á Bilbao!</p> + +<p>—Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría meses +enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las +mañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandar +que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en +el jardín, oyendo á Pepita que toca el piano.</p> + +<p>—¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz—exclamó el médico.</p> + +<p>Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en sus +palabras cierta ironía.</p> + +<p>—Sí: la vida de familia—dijo.—Es la que más me gusta. Lástima que en +este Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de influencias +extrañas. Tú bien lo sabes, Luis.</p> + +<p>Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, como +sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje +los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba la +aristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de la +Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ría +sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veía +ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que había +admirado por la mañana en el tren.</p> + +<p>Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su +mutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria: allí +habían nacido los tres.</p> + +<p>Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas á sus +compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.</p> + +<p>Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al señor Juan Sánchez, el +padre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador +obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó á +todos del bajo fondo social en que habían nacido. No era del país: había +llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en +Olaveaga como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que tenía +varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y +flores á Bilbao. Fué una vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á la +ría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus <i>aguaduchos</i> ó +avenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos que +hacían zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y +las gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y de +maderas, necesitando, para esta conducción, de hombres expertos. Ir de +Bilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo osaban emprender los +atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban <i>carrozas</i>. La +góndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la única +embarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los gabarreros, +intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente, y +Olaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á las +casas más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamás +había averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos +de la ría ó en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, y +siempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le +llamaban á él. Así fué reuniendo una fortuna para su hijo único, que +andando el tiempo había de ser el famoso Sánchez Morueta. En aquella +época, el futuro millonario iba todas las mañanas al instituto de +Bilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería marino, pero de los +de altura, para navegar y comerciar en grande, á través de todos los +mares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho de +su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión, +seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño +entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti, +hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de +hortelanos, se habían unido con hombres de mar; pero la casada con el +gabarrero, tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró de +Chomín Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo, que navegaba por el +Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto á +perecer en un día de galerna. A los ocho años de casados, ocurrió la +catástrofe. Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando en +brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba +con asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los +rincones de la casa de su hermana.</p> + +<p>—No te apures, mujer—decía el señor Juan.—Otras están peor que tú, +que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de hambre, ya que +según parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo, +que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico.</p> + +<p>Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándole +hijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no poder llevar +en sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan alto +como él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal á +su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en la +gabarra ó por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano, +acariciándolo como si fuese un nuevo hijo.</p> + +<p>Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y Sánchez Morueta fué +para él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para el +pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia.</p> + +<p>Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis, dejándolo en las +banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores la cuenta +de sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas, cantándole +los viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole patrañas +que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría +histórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo +habían fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicas +de Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qué +nombre dar á su aglomeración de chozas. Un día, por divertirse, +arrojaron al Nervión un botijo vacío. <i>Bil, bil, bil</i> cantaba el agua al +penetrar en él y cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro +<i>bao</i>. Los pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarrero +miraba al pequeño y á las dos mujeres que le escuchaban atónitas, +admirando su sabiduría del pasado.</p> + +<p>El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que había +terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino, +se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al poco tiempo, no +satisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se quedó en +Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína.</p> + +<p>Su madre murió de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un +surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niñez, y que su +marido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del mundo, +morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al +mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió más +unido á su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: la +ría ofrecía cada vez menos alicientes para él.</p> + +<p>Comenzaba á despertar la explotación de las minas y se hablaba de +limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vapores +llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Y +descuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante el +porvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el +pueblo, no tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus +progresos.</p> + +<p>—¡Diablo de rapaz!—decía hablando de él con los viejos camaradas de la +ría.—¡De dónde habrá sacado tanto talento! ¡Nadie hubiera dicho que de +aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!...</p> + +<p>Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas, cuando le +hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tenía á los +señores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los catorce +años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿qué +quería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abierta +para costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser Sumo +Pontífice. Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico? +¿quería ser médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado el +gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin ¡vaya por +la medicina! Y como puesto á hacer las cosas había que hacerlas bien, le +enviaría á estudiar á Madrid. No reparaba en gasto más ó menos. Para eso +había trabajado él, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que, +con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le habían +conocido descalzo y despechugado, remando en la ría, entregarían las +vidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo á +todas horas «señor doctor».</p> + +<p>Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de la +familia, el tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad á Sánchez +Morueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga. Venía á la +conquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes que +los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero. +El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia +abaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y +ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellas +montañas un período de explotación loca, de rápidas fortunas: el que +primero se apoderase del mineral sería rico como un príncipe. Dinero... +necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo +entendió; pero tenía fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad, +aquel pensamiento siempre reconcentrado y en función: y le entregó sus +ahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construido +imitando á las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.</p> + +<p>Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Morueta, aquella +transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos, +las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para +enriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve +estremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de la +montaña. Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el +llamado <i>campanil</i>, que era el más rico, allí ponía sus manos de +vencedor, diciendo: «Esto es mío». Compraba minas para venderlas al mes +siguiente á los ingleses que llegaban detrás de él. Tenía en el abra los +vapores á docenas, cargándolos de aquellos terrones rojos que eran como +oro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con admiración: sonaba su nombre +á todas horas. Mientras los demás dormían, él había visto claro; cuando +la gente comenzaba á despertar, ya era él millonario. Tras sus espaldas +de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y +tardíos buscadores de la fortuna.</p> + +<p>«Tu primo está loco—escribía el señor Juan á su sobrino.—Esto es un +escándalo; los millones entran en casa como una inundación. Ahora habla +de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral +á Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión, +que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡qué +sé yo cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puede +durar».</p> + +<p>Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y la madre de Luis +vivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un +batallón de empleados, sirvientes y parásitos. Una vida de abundancia y +de movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos en sus +huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los +montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además, +el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer +dignamente los honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una +<i>señorita</i> de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y +temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que +Sánchez Morueta había tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivía +estrechamente de las flacas rentas de algunas caserías: nobleza agrícola +que hacía remontar sus blasones á los tiempos casi fabulosos de Vizcaya, +á <i>Jaun Zuria</i> el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa +fortuna del hijo del gabarrero, había accedido á emparentar con él. +Sánchez Morueta, casi al día siguiente de la boda, había continuado su +vida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer, +de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo ante los dos +ancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos +criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las +iglesias y las visitas á las principales familias de Bilbao. La +satisfacción de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia +de las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en +el matrimonio.</p> + +<p>Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su carrera, ocurrió la +muerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado de la fortuna +de su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala +suerte, repitiendo tenazmente que «aquello no podía durar». Al +presentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con su +gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias como +á los triunfos. Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con +que le apretó sobre su pecho, fueron las únicas muestras de emoción por +la muerte de su padre.</p> + +<p>—Luis—dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,—sigue tu +carrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles ante los +gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu +padre.</p> + +<p>Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en el +Barrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los más +célebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antes +que él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su +prestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de +pariente de Sánchez Morueta.</p> + +<p>Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos +hornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral de Vizcaya +monopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos, embriagándolo +con la borrachera de la fortuna.</p> + +<p>La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París: había +languidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que la +asustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se +instaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por los +cuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. La +acompañaba tardes enteras hablándola de París, la famosa ciudad del +pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo +había entrevisto en un rápido viaje de bodas. De toda la familia del +marido, Aresti era el único que lograba despertar en ella cierta +simpatía. Además, Sánchez Morueta siempre estaba ausente; sólo le veía +por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su +pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, se +enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba +consejos acerca de vestidos y joyas, recordando <i>in mente</i> sus tratos +con ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, y +halagaba su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de +Bilbao.</p> + +<p>Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando á +éste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando, sin darse cuenta +de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadores +que el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios, según +Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco +en Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas, +sin separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y para +esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la +tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones, +se dedicó á proponer á Luis todas las jóvenes casaderas que conocía, +enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor.</p> + +<p>Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le convenía como la pequeña +de Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana, +emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas, +aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había gastado +mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las +familias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto la +diferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocracia +antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hija +de la fortuna, á la cual se había dignado descender.</p> + +<p>Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña de Lizamendi no le +parecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el +doctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el +salón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados consejos de su +prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila de +Sánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala <i>proporción</i> la de +Lizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia de +familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la +profesión, encontrando, al volver á casa una boca sonriente que le +besase, unos brazos que vinieran á sorprenderle con repentina caricia, +mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien veía él que +Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la +mayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin más +horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias á la +iglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría á su imagen y +semejanza. ¡Infeliz doctor!...</p> + +<p>Al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente, +burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer! ¡Transformarla!.... +Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer aplastado en +el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas. Se +casaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no quería +separarse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba un +hombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estaba +enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba á +todas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por +fundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado, y que +una vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida de +visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la +otra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras el cual se ocultaba la +esposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo nuevo que no era +de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia +disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción. +Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre +jesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban á +Luis, con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir +gratuitamente á los elegidos del Señor. El médico racionalista se veía +convertido por su familia en un trotaconventos, curando á gentes que +insultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión de +darle las gracias echándole en cara su falta de religiosidad. ¿Dónde +estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? ¿Dónde +aquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con su +dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?...</p> + +<p>Aresti, á los dos años de casado, adquirió la convicción de que su +esposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la certidumbre de que +ella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el padre de +moda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entre +mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á los +negocios y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones de +su vida. Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su +mujer extrañas influencias que venían de fuera. En su casa, á solas con +Antonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que le +espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que á cada arranque de +pasión parecían interponerse entre su mujer y él.</p> + +<p>—¿Por qué estás siempre leyendo?—preguntaba á veces la joven.—¡Ay, +esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría!</p> + +<p>Con frecuencia, echábale en cara su falta de religiosidad; le oía con +sonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos científicos, pensando en +los fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella ciencia +malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le herían +menos en sus ilusiones. ¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía en +París, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se +acentuaba entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos +de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias ó las +artes, pero que en presencia de los señores recobraban su humilde +condición, y seguían siendo esclavos.</p> + +<p>Al intentar una débil protesta, se aterraba apreciando la separación +moral que existía entre él y su mujer.</p> + +<p>—Nosotras somos así—decía con altivez.—Cada uno es como se ha +educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.</p> + +<p>La madre y la hermana iban más lejos.</p> + +<p>—Nosotras somos las de Lizamendi—le decían con arrogancia.—¿Y quién +eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría.</p> + +<p>Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un +abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separación +de lo que él consideraba su familia.</p> + +<p>¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatua +fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupaciones +religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis—decía su +esposa—mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer +examen de conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía +hasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era +suya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en una +especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas +conocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas +que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la +Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis! +¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á la +Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notaba +en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez +estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba +sus acciones.</p> + +<p>Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la +cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio +hostil de su mujer.</p> + +<p>—¿Pero quién eres tú?—le dijeron un día.—Un pobretón que, aunque +ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre +en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves para +otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de +filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero +como tu primo Sánchez Morueta!...</p> + +<p>Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por más +tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada +sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.</p> + +<p>Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á las +minas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna, +salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no! +Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas +humillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer +dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos. +Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, para +justificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de su +carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.</p> + +<p>Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió toda +relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar así +á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción +como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez +Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su +propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa +se contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua +amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao, +sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.</p> + +<p>Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las +Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrina +Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en +estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en +apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como +avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos +religiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de la +ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las +tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irónicamente +«la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las +asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas, +en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.</p> + +<p>Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su +primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco era +dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa, +para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su +hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el +dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de +humillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin +regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba +obligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amargura +del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría +momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograba +ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.</p> + +<p>El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores que +esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dormían en las +aguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo. +En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de +Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para +resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. El +millonario lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme y +gallardo, una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida del +mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias +y preocupaciones terrestres.</p> + +<p>Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte +con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos +hornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, sus +numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los +extensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros. +Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el +martilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de los +convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su +chorro de chispas y escorias.</p> + +<p>Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era obra de su primo!</p> + +<p>—¡Qué hermoso!—exclamó dando con el codo al millonario y mostrándole +sus fundiciones.—¡Y pensar que de pequeño has correteado entre los +chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. ¿Hay alguien más +feliz que tú?...</p> + +<p>Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con inquietud, como si +temiera que se burlase. Después añadió con voz lenta:</p> + +<p>—Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A +mí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve.... +Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="III" id="III"></a>III</h3> + + +<p>Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta por ser sus días. No +estaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y su +hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitán +Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero +director de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctor +Aresti y Fermín Urquiola.</p> + +<p>Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de +la señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran simpatía. Era +un antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar la +Universidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismo +que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba +á sí misma distinguida, admirábale por su fuerza muscular y el +entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era +el organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones piadosas. +Su ideal consistía en tener á los <i>liberalitos</i> en un puño y no dejar +que las gentes de la Maketania se apoderasen del país. Pasaba en Bilbao +por ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchas +electorales, se le veía con la boina sobre los ojos, empuñando un enorme +garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La +rizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros de +bohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las +hacía recordar la cara adorada de su ídolo.</p> + +<p>—¡Se le parece al señor!...—murmuraban.—Tiene toda la cara de don +Carlos.</p> + +<p>Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la más +leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso de +entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos del +fugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra, +apenas si le había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se +ayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao, +que veían en él un acabado ejemplar de la juventud sana educada en +Deusto. Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la misma +violencia de su partido cuando se batía en los montes. Por las noches +mezclábase en los escándalos de ciertas casas del barrio de San +Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices +mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda +sobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigos +tenían fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendo +benévolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida: +ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.</p> + +<p>Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto, pero no osaba +manifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que parecía +orgullosa de su sobrino.</p> + +<p>—Este animal viene indudablemente por Pepita—decía Aresti, á quien +interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad.</p> + +<p>Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las insinuaciones de la +madre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero de los altos +hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían +intimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudiera +molestar á sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que +proyectaban los padres de la Compañía para entretener y conservar bajo +su dominio á una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos +temas, la joven se alejaba de él y permanecía silenciosa, como +abroquelada por la instintiva repulsión que parecía inspirarle el famoso +discípulo de Deusto.</p> + +<p>Aresti veía en su sobrina la niña rica de las familias de su tierra; +educada primero por las monjas y dirigida después por el confesor hasta +en los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad adormecida, +y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativa +propia.</p> + +<p>El doctor reconocía que no era gran cosa como mujer: la alegría de la +juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de +muchacha sana en la que todos los encantos femeniles están aún +recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma +definitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueleto +fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus +brazos delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primera +evolución de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el +bienestar, guardando aún los signos de su origen.</p> + +<p>Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recién +creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo +y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la +envidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como su +padre, cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas ó +asistía por las tardes á las conferencias de las Hijas de María. Los +jóvenes salidos de Deusto hablaban con fruición de ella y de los +millones del padre. «¡Qué magnífico bocado!» Y cada uno acariciaba la +posibilidad de que le tocase la lotería del matrimonio, en un país donde +casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios +vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de +algún padre jesuíta.</p> + +<p>La comida deslizábase placenteramente. Todos sentían la dulzura del +bienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor, al que daban, +el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión de +suntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucían +su brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por las +vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento, +las verdes copas de los árboles del jardín. La mesa era servida por +criadas jóvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y +rojas como melocotones, daban una impresión de perfume primaveral +semejante al de las flores que adornaban la mesa.</p> + +<p>Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía mucho tiempo que no la +había visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de Lizamendi; ni +una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la visita que +por la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola, encontraba +en ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se había +cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en él +cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual +recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella +los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de +la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.</p> + +<p>—Esta se entrega—pensaba Aresti.—Huele á incienso como las otras.</p> + +<p>El médico atraía las miradas y las preguntas de todos los convidados. +Era un original que despertaba interés, viviendo como un solitario en la +montaña, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con +cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á Aresti +como si fuese un viajero de vuelta de una exploración por países +salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se +presentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía para +enriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomaban +alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de +trabajo rudo y aquellas <i>chabolas</i>, donde dormían amontonados los +hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias +con tocino, sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecía +más hermoso, y sonreían al desfile de manjares, á las <i>angulas</i> del +país, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platos +extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á la +fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tenía delante, y +en las cuales iban cayendo los vinos más diversos, desde el <i>Tokay</i> y el +<i>Chablis</i> del principio de la comida, hasta el <i>Cordón Rouge</i> y el +<i>Pomery</i>, que servirían al final.</p> + +<p>Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el +café ó en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud +piadosa y elegante que le tenía por capitán. Él no era enemigo del +pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre +escribía encíclica sobre encíclica en favor de los obreros. Pero el +pueblo era para él, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con +el cura y el señor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen +á él las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas +costumbres, sin más diversión que bailar el <i>aurrescu</i> los domingos y la +<i>espata danza</i> en las fiestas del patrón, ni otros vicios que empinar un +poco el codo en las romerías. Aquella gente vivía feliz en su estado, +sin soñar en <i>repartos</i> ni en revoluciones; antes bien, dispuesta á dar +su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen á él del +populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las +provincias, <i>maketos</i> llegados en invasión, trayendo con ellos lo peor +de España, contaminando con sus vicios la pureza del país; siempre +descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los +ricos y comparando su miseria con el bienestar de los demás, como si +hasta en el cielo no existiesen categorías y clases.</p> + +<p>Y ante la mirada acariciadora de su tía, que admiraba sus ardorosas +palabras, continuó el fuerte discípulo de Deusto:</p> + +<p>—Los míos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y demás +zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi +todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansía bajar un +día á Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos á tiros.</p> + +<p>Aresti volvióse hacia su primo, que comía silencioso, lanzando alguna +que otra mirada al sobrino de su mujer.</p> + +<p>—¿Qué te parece, Pepe, cómo piensan estos jóvenes?</p> + +<p>Y encarándose con Urquiola, le dijo con una timidez irónica, dando á +entender su deseo de rehuir discusiones con él.</p> + +<p>—Pues esa pillería venida de... España; ese rebaño <i>maketo</i> y pecador, +es el que trabaja y da prosperidad á Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo +en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral ¿qué sería de esta +tierra? Los buenos, los del país, no hacemos más que vigilar su trabajo +y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aquí antes que ellos +llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados á +América para mantener á los blancos. Vienen empujados por la miseria, y +ya que no podemos agradecer su sacrificio con el látigo, les pagamos con +malas palabras.</p> + +<p>Urquiola encabritábase ante las palabras desdeñosas del doctor. +Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneración: la prueba +era que no ahorraban, que no hacían el menor esfuerzo por salir de su +estado.</p> + +<p>—¡El ahorro!—exclamó Aresti.—¡Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos +cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma +clase que les explotan en el alimento y en la casa!...</p> + +<p>—Eso no—intervino Sánchez Morueta, con autoridad.—Ya sabes, Luis, que +no estoy conforme con tus ideas. El obrero español es víctima de la +imprevisión. En otros países es distinto: el trabajador se forma un +pequeño capital para la vejez...</p> + +<p>—¡Bah! En otros países ocurre lo que aquí. Y lo que hace que el obrero +moderno sea rebelde y se entregue á la lucha de clase, es la convicción +de que, por más que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldrá de su +miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de +trabajo rudimentario, de industria doméstica, aún podía soñar con +hacerse patrono; podía con sus ahorros adquirir los útiles necesarios y +convertir su casa en un pequeño taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que +ayune un obrero tuyo, amasando céntimo sobre céntimo, ¿llegará á ser +accionista de tus fundiciones? ¿podrá adquirir un pedazo de las minas, +con todo el material necesario para la explotación?</p> + +<p>—Eso está bien—arguyó Urquiola con acento triunfante.—Este doctor +dice á veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos +tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que +volver á la época en que no había progreso y los hombres vivían +tranquilos.</p> + +<p>Sánchez Morueta miró al joven con unos ojos que alarmaron á doña +Cristina, haciéndola temer por su sobrino.</p> + +<p>—Eso es una majadería—dijo con calmosa gravedad.—Eso sólo puede +decirse á la salida de Deusto. ¡Suprimir el progreso porque trae algunas +complicaciones!...</p> + +<p>Y aquel hombre siempre silencioso, habló lentamente, pero con gran +energía. Era un admirador religioso del capital. Aresti conocía su +entusiasmo frío y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los +descubrimientos industriales, había revolucionado el mundo. El +millonario era á modo de un poeta del capital, y sacudiendo su +ensimismamiento, rompió en un himno á aquella fuerza casi sagrada, +puesta en manos de contadísimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que +era un auxiliar indispensable, sufría crisis y miserias, ¿pero por esto +había que renegar del progreso, legítimo hijo del capitalismo +industrial? La gran revolución moderna era obra de la religión del +dinero, en la cual figuraba Sánchez Morueta como el más ferviente +devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, había multiplicado +los productos, y disminuido su valor, poniéndolos así al alcance de la +mayoría, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba +de comodidades que no habían conocido los ricos de otros tiempos. El +capital al servicio de la industria había civilizado territorios +salvajes, había destruido fronteras históricas, estableciendo mercados +en todo el globo: él era quien surcaba las tierras vírgenes con los +rails de los ferrocarriles, quien removía los mares para tender los +cables telegráficos, quien ponía en comunicación los productos de uno y +otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las +grandes hambres que habían hecho rugir á la humanidad en otros siglos. +Los poderes históricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los +reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de +guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes +ejércitos, tenían que mendigar en sus apuros á los capitalistas ocultos +en sus escritorios. Detrás de los imperios victoriosos estaban ocultos +los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo á +la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran república de los +capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, dueña de +la suerte del mundo. Y lo que más entusiasmaba á Sánchez Morueta, en +esta secta oculta de universal poderío, era que sólo á la capacidad le +estaba reservado entrar en ella. La jerarquía industrial no era como las +dominaciones sacerdotales ó guerreras del pasado, en las que se figuraba +sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de +capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo, +aprovechando los residuos de su desgracia, venía á iniciarse en la +poderosa secta. ¿Dónde encontrar una institución tan grande y poderosa y +á la par tan <i>democrática</i> y modesta? ¿Y había locos que pedían la +muerte ó la modificación de una fuerza que había transformado la +Tierra?...</p> + +<p>Aresti protestó. Él reconocía las grandezas del régimen capitalista, las +ventajas sociales que había reportado á la humanidad con el auxilio del +trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios. +Pero el trabajo ¿veía recompensados igualmente sus esfuerzos? ¿No se +encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse á +principios del siglo XIX la gran revolución industrial?</p> + +<p>—Eso es un error, Luis—dijo el millonario.—El trabajo está mejor que +nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el +interés del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones +obreras el tipo de los jornales.</p> + +<p>—¡Bah!—dijo el doctor con gesto de desprecio.—¡El aumento de unos +reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada +sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal +equilibrio, aumentándose el precio de los productos, y el trabajador, +con más dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios +de postura, creyendo engañar con ellos á la enfermedad. Al trabajador de +nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en +esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el +sitio que le corresponde, ser dueño de lo que produce.</p> + +<p>Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor. +Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el único que +sonreía con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella +cuestión.</p> + +<p>Doña Cristina, temiendo que la polémica acabase por turbar la placidez +de la comida, intervino, preguntando á Aresti por sus amigos de +Gallarta. Pepita apoyó á su madre. La gustaba conocer las +excentricidades de aquellos contratistas que no sabían en qué emplear su +riqueza. Reía con alegría de niña educada aristocráticamente, al +enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la víspera, +que, no hacían más que seguirlas huellas de su padre.</p> + +<p>Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave ironía, describió los +banquetes pantagruélicos de las minas, con sus lluvias de <i>Cordón +Rouge</i>. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos +originales aquellos ricos, que aún guardaban la boina y los zapatones +del obrero. Bajaban á la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes +de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo más extravagante y +chillón, todo lo que en almacenes y tiendas no sabían á quién colocar; +muebles complicados y bizarros que se cubrían de polvo de mineral, sin +que sus dueños osasen acercarse á ellos, por miedo á deslucirlos. Cada +vez que el doctor, después de una visita, quería lavarse las manos, +quedaba asombrado ante las toallas con más colores que el iris, y las +pastillas de jabón en forma de tigre ó de lagarto que parecían +fabricadas para reyezuelos del África. Todos se extasiaban ante el +asombro del médico, aceptándolo como una admiración muda. Algunos, como +recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual +si fuese un tesoro. Realizaban la ilusión acariciada tantas veces en su +época de pobreza. «Pruébelo, doctor: es de lo más selecto de la Rioja: á +tantos duros la arroba.» Otros se cubrían de brillantes las manos y el +pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si +fuesen animalillos delicados y frágiles que al menor roce se podían +desvanecer. No osaban rascarse porque, según ellos, el pelo rayaba y +deslucía las joyas.</p> + +<p>Y en su vida monótona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin +otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un +nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educación de los hijos. Los +enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen á los +señores de la villa. Los padres los querían ingenieros, como los +ingleses que venían á explotar las minas: las madres los soñaban +elegantes, y de cuerpo delicado, como los señoritos que hacían la parada +en la acera del <i>boulevard</i> del Arenal. Unos enviaban sus hijos á +Francia; otros á Suiza; el vecino de más allá, guiado por el deseo de +excitar la envidia del compañero, empaquetaba su descendiente para +Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvían de allá +revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haciéndose admirar +por los trajes, y asombrando á sus madres con la costumbre del <i>tub</i>, +del baño diario, del duchazo á cada momento, lo que escandalizaba á unas +gentes que en su juventud dormían vestidas. Pero los instintos +hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoños de la montaña: +resucitaba en ellos el gusto á la antigua vida y poco á poco abandonaban +los trajes exóticos, agarraban la escopeta y volvían, como sus padres, á +las comilonas, á la caza y hablar de ganancias de miles de duros, +acordándose de su educación extranjera como de un sueño.</p> + +<p>La apuesta era la pasión más vehemente, el placer más vivo de los ricos +encerrados en la montaña. Las pruebas de bueyes y los desafíos de +barrenadores hacían que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto á +la fuerza, la adoración á la brutalidad, con todos los encantos del +juego de azar. Tenían en las minas mozos hábiles en el manejo del +barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero ó +un pelotari famoso. En Gallarta había un jayán, vencedor en todas las +apuestas, que los contratistas llevaban á sus cenas, cuidándolo como si +fuese una mujer amada, tentándole los músculos para apreciar si su vigor +decrecía, engordándolo á todas horas con champagne y fiambres, con igual +mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos á las +gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipúzcoa, llevando en +triunfo á su barrenador favorito, para que luchase con los más fuertes +de otras comarcas. Ofreciendo los billetes á puñados, seguían durante +horas enteras el jadear de su ídolo, atacando con el hierro la piedra, +hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando +victoria más por el orgullo de la clase que por las ganancias de la +apuesta.</p> + +<p>Todo les servía para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba á +manos llenas. Se valían para sus porfías lo mismo de la voracidad de los +perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes +habíanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que aún hacía reír +al doctor. Tratábase de saber quién sería capaz de tragarse más sopas de +leche, si los galgos enjutos é insaciables de uno de los contratistas ó +los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estómago +sin fondo, que nunca creían llegado el momento de levantarse de la mesa. +Toda la gente desocupada del distrito acudió á presenciar el +espectáculo. Se depositaban á puñados los billetes de Banco, como si +fuesen retazos de papel sin ningún valor; unos por los perros, otros por +los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y +el rebaño miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto, +ante las rojas trincheras.</p> + +<p>—Las sopas de leche se servían en cubos—continuó Aresti.—Los galgos, +en un momento, ¡zás, zás!, se las tragaban sin pestañear; lo mismo que +si le echasen cartas á un buzón. Los jayanes comían lentamente, sin +mostrar prisa. Así estuvieron varias horas....</p> + +<p>—¿Y quién ganó?—preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la +estúpida apuesta.</p> + +<p>—¿Quién había de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo +después con su filosofía de palurdo: «Estaba seguro de mis muchachos: el +animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere más, y el hombre, +como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente». Y no +se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y á los pocos +días, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompañó +cantando hasta el cementerio.</p> + +<p>A pesar de este final triste, los convidados de Sánchez Morueta reían, +encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.</p> + +<p>Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida. El capitán Iriondo +después de brindar por su principal y amigo se despidió, alegando que +tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fué con +él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una +habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.</p> + +<p>Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, harían música. +Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna canción vascongada +de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del +ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á llegar hasta el +comedor las escalas y arpegios del piano.</p> + +<p>Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión, +mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al jardín. La +tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en +las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el +jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido +de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las +verjas.</p> + +<p>El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el +único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cariño le echó +sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el día, +que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete +con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El cariño +á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena +digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos +bondadosos é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya +para romper á hablar.</p> + +<p>—Vamos, desembucha—dijo el médico alegremente.—Ya sé que soy tu +confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisión de +palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma, como +diría uno de esos curas, amigos de tu mujer.</p> + +<p>Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de +extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un momento +alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de +coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas +ocupaciones! ¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la +montaña, donde todos le pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la +servidumbre de la riqueza, á vigilar y ordenar la llegada de aquel +chorro de dinero que se metía por sus puertas sin desviar su curso, se +aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada +espera, que es el más triste de los fastidios.</p> + +<p>Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal. +Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y +fecundarla con ardorosa violación. <i>Había llegado</i> como los políticos +célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, +conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos, +aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre +tenían la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la +combinación política del día siguiente, en la obra artística, que les +bullía en la imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al +ir á darla forma. Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de +su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre. Había querido +ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un +rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y +perenne. ¿Para qué quería más? Establecía nuevas fabricaciones, y, al +poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. +Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe +la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él; +estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus +brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.</p> + +<p>Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si las huelgas cerraban +momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes +mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en +distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el +prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un +aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde +revolotean libres los pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba +el mar, y tenía casi á la puerta de su casa un palacio flotante, el +yate, cuya fotografía publicaban los periódicos ilustrados para envidia +de los infelices: pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver +llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia; se +aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos, haciendo +vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija +no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas +estancias en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera, +guardando una instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña +y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.</p> + +<p>El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con +brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su fortuna, y ahora se +debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y +descansar.</p> + +<p>No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguiría +viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la +fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir +la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que +estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído +encontrar remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la +construcción; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas +de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los +cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado; encontraba pueril +levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía; fabricar +avisperos en que se cobijarían otros tan tristes como él, pero animados +siquiera por el amargo placer de envidiarle.</p> + +<p>—Me aburro, Luis—decía el millonario.—Siento una tristeza sin +esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más terrible +que todas, pues pocos hombres la conocen.</p> + +<p>Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y +las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los +que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el +invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como +placas de oro.</p> + +<p>Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si +aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo +bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta +lamentarse en medio de la opulencia de su vida!</p> + +<p>—Entonces,—dijo el doctor—eres infeliz porque nada te falta, porque +posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.</p> + +<p>El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que +da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza, +para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus +estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle.</p> + +<p>Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella +marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el +mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de +varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á +uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país, +satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa +destruida y la familia ausente.</p> + +<p>Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le +relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su +lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de +protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los +sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?»</p> + +<p>Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia.</p> + +<p>—Lo que llaman mi palacio—murmuró—no es para mí más que una casa de +huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi +juventud de empleado; eso es todo.</p> + +<p>—¿Y tu mujer? ¿Y Cristina?</p> + +<p>—¡Mi mujer!—dijo el millonario con amargura:—yo no tengo mujer: sólo +tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida +material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped +que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de +respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo +vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis +millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar +de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca.</p> + +<p>Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor +alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su +hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La +amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus +amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se +había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador; +porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en +Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia +completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había +indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los +continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y +rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y +era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por +su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una +pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo +del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus +ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba +exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni +ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah! +¡cuando descansase—se decía entonces—cuando viera asegurada su +fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su +opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de +Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en +vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una +excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy +interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa +administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con +la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de +Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido +para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por +alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó +en el salón de visitas de los padres de la Compañía.</p> + +<p>Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los +negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con +delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como +si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las +vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más +allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de +vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin +dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera +la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas +era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un +marido á su mujer con <i>melifluidades</i> de esas que sólo se ven en los +amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del +pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar +de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir +el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta +tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos +por darla vida.</p> + +<p>Nada malo podía decir de ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que +aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne +y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el +millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un +arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la +carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si +estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no +turbaban su voluntad.</p> + +<p>Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse +con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la +perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en +la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas. +Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su +cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de +triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la +esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta +satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el +lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las +madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa +ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez +Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba +ella en vísperas de una comunión aparatosa!...</p> + +<p>Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para +siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor +dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad +ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una +servidumbre cruel de su sexo.</p> + +<p>—Es muy honrada, muy virtuosa—dijo con amargura el millonario,—pero, +para mí, como si no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la +vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.</p> + +<p>Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta, +cantando al piano el <i>Goizeko izarra</i>, la invocación melancólica á la +estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas +esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de +la tarde.</p> + +<p>—¿Y esa?—preguntó el médico.—¿No tienes á tu hija?...</p> + +<p>El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne +de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su +esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de +su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica. +Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa. +Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de +negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su +nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla +con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no +entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la +infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando +en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un +hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal +de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le +indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida +de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de +su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin +que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar, +como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á +casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su +salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma +eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba +frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él.</p> + +<p>—La amo—decía el millonario,—la amo á pesar de todo. Pepita me quiere +á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente +cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella +me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que +pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy +loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza, +este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre; +el único pariente verdadero.</p> + +<p>Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto +conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta: era la de +muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces +del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios +eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se +perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando +consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella +dedicándose á la devoción.</p> + +<p>Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si +ansiase decirle toda la verdad. Así era él también: necesitaba amor y +amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la había +buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del +sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía +soñar y sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le +retrogradaba á la juventud. Y con arrobamientos de adolescente, +recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor.</p> + +<p>Había comenzado por una aventura vulgarísima: un encuentro en Biarritz +con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida +en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena juventud había +corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las +relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando +no volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con +remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á +sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en +Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante +de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada +del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los +tablados de los <i>music-hall</i>. ¿Qué tenía aquella mujer que le +trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el +sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como +una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las +preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al considerarse +culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación +de vida que le sacaba del letargo de su existencia.</p> + +<p>Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad +monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil +le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la +correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que +estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de +champagne y música chillona de café concierto. La expansión, dulcemente +truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de <i>petit coco ó mon +gros cheri</i>, hacíale sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era +una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi +en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia, +sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias +felinas de una bayadera asiática.</p> + +<p>Había acabado por arrancar á Judith de su vida de aventuras, por +instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila que vive +de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había +desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa +hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y +costureras, que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho +del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero +se escandalizaba y enfurecía ante la <i>cocotte</i>, la hembra que pusiera +en sus sonrisas algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las +necesidades de la carne. Otros más valientes que él habían intentado +aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y +todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras. Hasta habían +cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas, para obligarlas á +levantar el campo.</p> + +<p>El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó tres días, +pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno. Todos +le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que +animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar +más soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor +esmero del adorno de su persona.</p> + +<p>—Tú mismo—decía al médico,—te has extrañado de este cambio muchas +veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres.</p> + +<p>Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con +entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no hacía +mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de +placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar +una gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en +sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por +mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le +sonreía, cómo salían á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando +se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid. +Aquella era su verdadera casa: allí pasaba los mejores días, y á no ser +por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría á +terminar su existencia.</p> + +<p>Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente: había +afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de duración. Sólo á +un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia... ¡Tenía un hijo! +Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se +apresuró á añadir:</p> + +<p>—Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío! ¡bien mío! Un niño de +tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de +Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin +conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que +soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi +lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho!</p> + +<p>Y hablaba enternecido de aquel hogar oculto, de la familia improvisada +que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar +tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua <i>divette</i> +aventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y +entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El +millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza +afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él.</p> + +<p>—Un verdadero hijo del amor—decía el hombretón con sonrisa +placentera.—No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni +esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado! +¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana.</p> + +<p>Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de +indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más +hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en +los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber +y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono, +en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla +casera.</p> + +<p>Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus +paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente, +sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de +la tertulia de doña Cristina.</p> + +<p>—¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco +fuera, ocultándome como un malhechor!—exclamó el millonario, como si el +recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.—Pero no +creas, Luis, que estoy arrepentido—añadió con resolución.—Yo tengo +derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero +dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto?</p> + +<p>Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si +proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos. +La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar +con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era +que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no +existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese +amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor +desgracia es abrir los ojos.</p> + +<p>—Me quiere, Luis, me quiere—interrumpió el millonario +apresuradamente.—¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era +yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos +de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era +yo Sánchez Morueta.</p> + +<p>El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su +optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el +asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales +para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras +arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su +riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su +primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les +ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los +que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una +compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su +existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó +egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y +valerosos—él, por ejemplo,—rompían abiertamente, no queriendo vivir +encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con +la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera.</p> + +<p>Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco +por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no +tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de +educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al +aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las +mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é +hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los +poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer +gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje +aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando +el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de +la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para +vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á +las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más +diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de +las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.</p> + +<p>No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los +aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar +su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del +demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de +heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros +funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer: +las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas +ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo +que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su +teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la +arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el +armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían +acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico.</p> + +<p>Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio, +para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta +la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué +habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados +por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse +obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo +al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se +presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una +devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo, +dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba +desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales +se movían, sin conocer el impulso de sus acciones.</p> + +<p>Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes, +porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en +mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El doctor se +indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las +mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que +aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban +al hogar las exigencias de una dominación acaparadora.</p> + +<p>—Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa—dijo el +doctor,—¿qué has hecho para evitarlo?...</p> + +<p>Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él? +¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?...</p> + +<p>—Tú has dejado, como los otros—continuó el doctor,—que tu mujer +buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te +extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de +adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se +comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de +negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á +los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de +su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna, +¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas, +separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto +que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus +propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna +vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.</p> + +<p>El millonario sonrió con desdén.</p> + +<p>—¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!... Efectivamente, son gente +antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me +batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan +de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas. +¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos, +cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?...</p> + +<p>Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de +sonreír.</p> + +<p>—No sigas, Pepe—dijo el doctor.—Adivino lo que piensas. Soy un cursi. +Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que +instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal +de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo +intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán +astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las +horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al +Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios.</p> + +<p>—¡Yo no digo tanto!—exclamó el millonario.—Yo no creo en ellos, y +hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al +jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y +heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas +partes y creer en sus venenos y puñales.</p> + +<p>—Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra +nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me +ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa +que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden +contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les +ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré +lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo, +llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado +para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á +repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse +de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de +que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos +y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece, +diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en +cambio el cielo.»</p> + +<p>Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en +la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos +era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se +distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como +apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de +riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían +enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su +talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de +fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se +evidenciase su vulgaridad.</p> + +<p>El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían +ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos, +podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea, +temibles únicamente para los que viven á su sombra.</p> + +<p>Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia +era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás +órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había +apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes, +despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los +procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas +épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer +dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto +voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho +indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía +afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al +pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana. +Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en +acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y +vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete +se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía +había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo +había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el +catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el +jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que +decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el +<i>Jesu</i> de Roma.</p> + +<p>—Esto á mí en nada me interesa—acabó diciendo Aresti.—Yo vivo fuera +del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.</p> + +<p>Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con +la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas +religiosas; no le preocupaban.</p> + +<p>—A tí, sí—dijo Aresti con energía.—A tí deben preocuparte. Crees que +vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con +curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles +ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el +círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de +la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario +Sánchez Morueta!</p> + +<p>El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían +oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que +alguna vez hacían memoria de ellas.</p> + +<p>—¿Pero es que Londres es Bilbao?—gritó exasperado el doctor.—¿Acaso +Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las +naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en +cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no +concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos, +puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y +perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan +como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el +jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la +<i>cursilería</i>! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...</p> + +<p>—Sí; aquí dominan mucho—dijo el millonario con gravedad.—Yo sé que á +otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de +capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó +retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen... +pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú +creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios; +han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no +necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no +entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me +impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la +gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí +alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos +señores de la Residencia?</p> + +<p>—No: no vienen—dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.—¿Y para +que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu +permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija? +Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las +aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la +familia....</p> + +<p>—Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces +mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe +para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo.</p> + +<p>Aresti estaba pensativo y parecía no oírle.</p> + +<p>—El otro día—dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria—leí +un drama en francés y me acordó de tí. Era <i>La Intrusa</i> de Mæterlinck, +¿Conoces eso?...</p> + +<p>El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura.</p> + +<p>—La <i>Intrusa</i>—continuó el médico,—es la Muerte, que entra en las +casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.</p> + +<p>Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la +mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde. +En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad: +fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el +cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en +el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados, +ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces +despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores +caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de +inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en +la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento. +Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia +cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible, +con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y +después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se +adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante +la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la +enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La +enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama +atravesando todos los obstáculos; la <i>Intrusa</i>, para la que no hay +puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta +presencia.</p> + +<p>Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á +su primo, que parecía no comprenderle.</p> + +<p>—En tu casa ocurre lo mismo—dijo tras larga pausa.—Crees que ese +enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu +mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que +llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos +los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando +regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de +María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No +percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te +mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario +que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí, +pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu +hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un +instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso. +Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo.</p> + +<p>Sánchez Morueta reía ruidosamente.</p> + +<p>—Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te +ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos... y +demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi +familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga +con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer +yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de +comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa +que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no +lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú.</p> + +<p>Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no +quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus +creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y +recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo +británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una +misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.</p> + +<p>Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de +la libertad.</p> + +<p>—Yo también creo lo mismo—exclamó;—pero en un país como ese de que +hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la +persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias +diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una +especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende +dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad +absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y +por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro +siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las +leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres. +Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han +de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con +esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las +creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando +exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un +siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por +completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy +un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi +país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero +ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la +violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar +á su tierra de la miseria del pasado.</p> + +<p>Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus +palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida, +hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir +una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el +mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia +los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, +abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos. +Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían +empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros +sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser +los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para +existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía +conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad.</p> + +<p>Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que +en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus +barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la +desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los +expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la +vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la +existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen +sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza +contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la +apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado +perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las +gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir +las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como +obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las +miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en +cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su +alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de +lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y +que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este +mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que +más allá no existe otro mejor.</p> + +<p>Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego +homicida.</p> + +<p>—Eres un inquisidor—dijo su primo soriendo.—Parece mentira que un +hombre <i>moderno</i> como tú se exprese de tal modo.</p> + +<p>Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su +primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía +lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros +pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la +Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la +libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había +servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento, +pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes, +aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo +y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á +paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por +delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa +sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos +cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se +podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español +lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que +turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían +la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos +aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los +procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al +fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba +de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban +de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los +católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para +demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién +podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de +familiar del Santo Oficio?</p> + +<p>Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba +la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían +con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo +impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la +gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no +se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó +más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como +algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que +hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología +revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos +cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba +del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía +instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con +el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el +trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores, +buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las +huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: +las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que +cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos +tenían por final la quema de algún convento.</p> + +<p>—Y es que el pueblo—continuó Aresti—adivina por instinto cuál es el +enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se +junta para algo que no dirija contra él sus iras.</p> + +<p>El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en +apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la +Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban; +vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de +temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los +ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus +miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por +instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de +avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo. +Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos, +haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la +limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado, +obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las +miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que +sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se +vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores.</p> + +<p>Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la +historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero +inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes +de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre +sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que +provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban +venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué +comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que +después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la +inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.</p> + +<p>—España es un país de olvido—decía el doctor.—Aún se estremecen en +Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro +horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros +poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han +encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué +una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para +divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de +la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por +segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de +mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.</p> + +<p>Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado, +Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de +sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora +de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de +aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en +nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos +que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus +divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad, +como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor +motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes +del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su +contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país +donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de +Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante +de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales +pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por +él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como +holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían +víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo +durante siglos á su imagen y semejanza?...</p> + +<p>El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su +cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y +defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de +la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el +caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura: +Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el +inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio +de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal +y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de +escombros.</p> + +<p>—¡Estás loco!—exclamó Sánchez Morueta riendo.—Por eso te ponen esa +fama de hombre que tiene <i>cosas</i>. Si te tomase en serio, habría para +sentir horror por lo que dices.</p> + +<p>Aresti se encogió de hombros.</p> + +<p>—Pero ven acá, mediquillo chiflado—continuó el millonario.—Reconozco +que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que +yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han +puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos +no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se +encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es +tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha +libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la +civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen +salirse de él!</p> + +<p>—¡Ahora me toca á mí reír!—exclamó el doctor.</p> + +<p>Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus +razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de +la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación, +la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por +el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del +rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento, +compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!... +Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los +esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las +ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y +se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por +encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en +medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos.</p> + +<p>Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran +los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del +ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y +evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía +Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos. +Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y +sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del +jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el +ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la +fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No +había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España, +que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior, +condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su +existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y +famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe. +Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta +del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la +riqueza.</p> + +<p>La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la +codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en +provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante +la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había +de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó +si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los +dominadores acampados sobre ella.</p> + +<p>Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía +ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la +Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos +de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que +poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de +hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de +imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los +espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía +vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la +razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á +rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con +unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones +indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se +indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus +crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de +combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como +locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que +no intentaran imponerse por la violencia.</p> + +<p>—¡El respeto á la libertad!—continuó el doctor dirigiéndose á su +primo.—Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que en una +colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.</p> + +<p>Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al mismo tiempo que la +describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la bestia, ¿Con +qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para ser +libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como +en su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía +abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su +agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de +una zarpada, desgarrándole el pecho con los colmillos.</p> + +<p>—Suelta á la pantera de nuestra historia—gritaba el médico;—déjala en +libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella +unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y +ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua.</p> + +<p>—¿Y qué quieres?—preguntó Sánchez Morueta.—¿Matarla? ¿Crees que eso +es posible, de un golpe?</p> + +<p>—Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.</p> + +<p>Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió con convicción:</p> + +<p>—Matar la fiera sería lo mejor. Pero de no ser así, hay que conservarla +entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uñas, +arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan +convertido la pantera en un perro manso y débil, entonces, ¡puerta +abierta! ¡libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en +ella, bastará un puntapié para volverla al orden.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + + +<p>El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Sánchez Morueta, +ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcción, con las +paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se +alzaban entre aquél y la ría.</p> + +<p>Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administración, con la +pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de +mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparcía por toda España +en forma de rieles, lingotes y máquinas, y de los jornales de un +ejército de obreros ennegrecidos y tostados junto á los hornos. Arriba, +en lo más alto, estaban los <i>técnicos</i>, el cerebro que dirigía aquel +establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.</p> + +<p>Esta parte de la casa era la única que los trabajadores veían sin odio. +Los días de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las +ventanas del primer piso, como si fuesen á asomar á ellas los +administradores que regateaban el precio de su faena, cercenándolo con +multas y descuentos por tardanzas ó descuidos en el trabajo. Si miraban +más arriba era con el respeto que á la gente sencilla inspira el +estudio.</p> + +<p>Aquellos señores que pasaban el día inclinados ante los tableros de +dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada ó alineando +números y letras para sus cálculos, eran mirados como seres superiores. +El rebaño obrero sentíase en contacto más íntimo con aquellos hombres +que se limitaban á dirigirles en su trabajo, que con los otros de la +administración que les entregaban el dinero.</p> + +<p>Bajaban á ciertas horas del día á los talleres, para dar sus órdenes á +los contramaestres, y volvían á encerrarse en su estudio misterioso, sin +que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era +Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conocía á +todos los trabajadores, llamándolos por sus nombres. Cuando ellos veían +á don Fernando en los talleres, les parecía el trabajo menos pesado y +procuraban que su tarea fuese más rápida, como si el ingeniero hubiese +de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parecía tener +alrededor de su persona el ambiente de simpatía y atracción de los +grandes caudillos, de los apóstoles que arrastran las masas. Había +nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenían +quejas que formular iban á él, aun sabiendo que su influencia no +alcanzaba á la administración, y después de escuchar sus consejos se +retiraban más tranquilos, como si hubieran conseguido algo.</p> + +<p>La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa +espontánea, reflejo de un carácter recto, transparente y sin dobleces, +cautivaban á unos hombres habituados á la voz imperiosa de los +contramaestres y á las respuestas altivas de los escribientes de la +dirección.</p> + +<p>Vivía como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja +cuyo marido había muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje +servía para mantener á la viuda. En torno de él había fabricado el +afecto de los humildes una aureola de bondad.</p> + +<p>Una gran parte de su sueldo la enviaba á su madre y sus hermanas, que +residían en la ciudad de Levante donde él había nacido. La pobre señora +había intentado vivir cerca de él, pero temía al clima de Bilbao. Muchos +obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado +en bandos, de anticuada distinción, que paseaba en los días serenos por +cerca de la ría, apoyada en sus dos hijas, quejándose de las lluvias +frecuentes de aquel país, de la atmósfera cargada de carbón y polvo de +hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en +los naranjales caldeados por un viento ardoroso.</p> + +<p>Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el interés que +mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el menor +esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún +trabajador que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado. +El elogio que hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.» +Además, le querían, por verle siempre en guerra con los señores de la +administración, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas +trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para +colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compañeros suyos de +las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se preocupaban más de los +pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valiéndose de ciertos +espionajes de taller, los tenían sometidos á continua vigilancia, +clasificándolos según sus creencias.</p> + +<p>Un día el ingeniero había tenido un choque con la administración, al ver +despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un obrero antiguo. Todos +los compañeros recordaban que un mes antes su camarada había enterrado +civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un hijo +suyo, y acusaban á los <i>culebrones</i> de la dirección de una ruin +venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después +de matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que +debían pensar? ¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como +ciertos hipócritas que halagaban de este modo á los amos, para +procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusión en les oficinas y +acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El millonario, abstraído en +sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fábricas, y se indignó +contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se +aprovechaban de las facultades que él les daba, para imponer sus +creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero volvió á +ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al +ingeniero esta victoria.</p> + +<p>Si Sánchez Morueta gozaba de algún afecto entre los miles de hombres que +le veían pasar como un fantasma por el edificio de la dirección, era un +reflejo del cariño que todos sentían por Sanabre. Aquella gente +adivinaba la simpatía que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don +Fernando estuviese al lado del millonario, no había que temer que +entrase en los altos hornos el espíritu de purificación santurrona que +reinaba en otras fábricas. Él defendía los intereses de su principal, +procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres +todos quedaban en libertad. No ocurría lo que en las fábricas y las +minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos +periódicos ó la asistencia á un mitin, para ser despedido con ridículos +pretextos. ¿Qué le pediría al amo aquel don Fernando tan bueno y +simpático que no se lo concediese?</p> + +<p>Y así era: Sánchez Morueta sentía por Sanabre un afecto casi paternal. +Encontraba en él algo de aquel hijo, que en vano había esperado en los +primeros tiempos de su matrimonio. Hacía ocho años que se había +presentado una mañana en su escritorio con una carta de recomendación de +un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero +industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener á su +madre y sus hermanas que subsistían de una mísera pensión del Estado. Su +padre había sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres +de guerra: la espada pasaba de generación en generación, como +instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero á él no +le gustaba la profesión de soldado: se parecía á su madre. Y Sánchez +Morueta, examinando al muchacho, reconocía que efectivamente había en él +muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos +finas, la piel lustrosa, de un moreno pálido, los ojos grandes y dulces, +tal vez en demasía para un hombre, y una dentadura igual y nítida, sin +esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote, +ensortijado con cierta arrogancia, era la única herencia física de sus +belicosos antecesores.</p> + +<p>El millonario sintió simpatía por el joven desde el primer instante. Tal +vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la +delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energías, su viveza de +carácter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo «Parece un tenor»—se +dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariñado con su +idea, no oía ópera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los +cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba á su +joven ingeniero.</p> + +<p>Sanabre no tardó en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre +de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas +veces, antes de hablar, salía al encuentro de su pensamiento, lo +adivinaba, cumpliendo las órdenes que el millonario aún no había +formulado. Además, el ingeniero tenía sus ideas propias, y las +comunicaba con una discreción tan suave, que el principal acababa por +creerlas suyas.</p> + +<p>Cuando Sánchez Morueta le tomó bajo su protección acababa de fundar los +altos hornos. Sanabre entró en el despacho de los ingenieros como un +simple agregado, trabajando á las órdenes de un inglés, que había +construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde, +pues pasada esta hora, el <i>whisky</i>, bebido en abundancia durante el día, +le impulsaba á las mayores extravagancias. Cuando el inglés volvió á su +país, Sánchez Morueta miró con sonrisa paternal á su ingenierillo. +«Muchacho, ¿te atreverías tú con todo eso?... ¡Vaya si se atrevió! El +millonario reconocía que desde que Sanabre estaba al frente de los altos +hornos marchaba la explotación con más regularidad, siendo menos +frecuentes los conflictos entre la administración y el ejército obrero. +Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la +complicada máquina, acudía á remediar la aspereza con su dulzura y sus +buenas palabras. A no ser por él, hubieran surgido varias veces en los +talleres la protesta y la huelga.</p> + +<p>Los de la administración—por exceso de celo y por antipatía instintiva +hacia la masa jornalera, que vivía sin acordarse de la religión, +hablando á todas horas de sus derechos,—inventaban á cada paso nuevas +reglamentaciones para cercenar algunos céntimos de los jornales ó +aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea +hablaban de la necesidad de «velar por los intereses de la casa», y al +mismo tiempo, de meter en un puño á aquella gentuza, cada vez más +exigente y respondona. Pero Sanabre estaba allí y servía de +intermediario y pacificador. ¿Qué le importaban á un potentado como +Sánchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa +entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.</p> + +<p>El millonario aceptaba silenciosamente la opinión de su ingeniero, y +renacía la paz, mientras los <i>jesuitones de la Dirección</i> (así los +designaban en los talleres), sonreían hipócritamente á Sanabre, +agradeciéndole las derrotas con felina amabilidad.</p> + +<p>Muchos obreros habían notado cierta transformación en la persona y las +costumbres del ingeniero director. Vestía con más esmero, y los que +estaban habituados á verle en los talleres con boina y zapatos de suela +de cáñamo, sin preocuparse del polvo del carbón ni de las chispas del +acero, se inquietaban ahora cariñosamente por los trajes nuevos y los +sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo +descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los +cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban +la atención de las mujeres que trabajaban en el carbón, pobres seres +enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenían algo que +pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.</p> + +<p>—¡Chicas: nos lo han cambiado!—se decían;—ya no es don Fernando: +parece un señoritingo de los del Arenal. ¿Quién será la novia?...</p> + +<p>Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina +transformación.</p> + +<p>Algunas noches le veían los obreros salir en un coche para Portugalete: +de allí pasaba por el puente colgante á Las Arenas. De alguna de estas +excursiones volvía con una flor en la solapa, conservándola varios días, +hasta que se secaba. Los trabajadores que tenían más confianza con él, +sonreían al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este +adorno de la solapa, mientras pasaba revista á los talleres.</p> + +<p>—¿Cuándo es la boda, don Fernando?—le preguntaban.</p> + +<p>Y él contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como +si desease comunicar algo de su felicidad á cuantos le rodeaban. La +visión de un jardín, y de una mujer, marchaban ante él por los negros y +ruidosos talleres, embelleciéndolo todo como un rayo de sol.</p> + +<p>Una tarde de verano, escribía Sanabre en su despacho, junto á una +ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ría, con dos vapores, un +trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla +opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un niño, +y de bigote erizado, trabajaba cerca de él, y en la habitación inmediata +los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteniéndose algunas veces +para pedir aclaraciones.</p> + +<p>Sanabre parecía inquieto; miraba de vez en cuando á sus subordinados con +ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba +en él, volvía á escribir, no en los papeles de marca grande que usaba +para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero +parecía acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de +artista.</p> + +<p>Más de dos páginas había llenado, cuando alguien dió con el bastón +fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovió á todo el +personal, habituado á la calma casi monástica de aquella oficina.</p> + +<p>—A ver, ¿dónde está ese ingenierete?...</p> + +<p>Lo primero que vió Sanabre al levantar la cabeza fué el brillo de unos +lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandonó su sillón confuso é +indeciso, dudando entre salir al encuentro de aquél ú ocultar la carta.</p> + +<p>Los empleados, que le conocían vagamente como pariente del principal, +volvieron á enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todavía +atolondrado por la inesperada visita, le ofrecía una silla junto á la +ventana.</p> + +<p>El doctor explicaba su presencia allí. Había bajado de Gallarta, llamado +por la mujer de un antiguo contratista que ahora vivía en el Desierto. +Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas señoras, aunque se +trasladasen á Bilbao ó fueran á vivir al otro extremo del mundo, no +querían otro médico que el doctor Aresti, obligándolo á ir de un lado á +otro como un comisionista de la salud. ¡Maldito carácter que no le +permitía negarse á nada! Y mientras venía la hora de coger el último +tren de las minas, se había dicho: «Vamos á echar un párrafo con el +ingenierito y de paso veré el gran feudo industrial de mi primo....»</p> + +<p>Acariciando con amistosas palmadas á Sanabre, le decía con tono +malicioso:</p> + +<p>—Desde el día del santo de Pepe que no te había visto. Cuántas cosas +han pasado desde entonces ¿eh?... Parece que todo va bien.</p> + +<p>Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que éste le tratase con igual +confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, á pesar de su +carácter comunicativo. Los escudriñadores ojos de Aresti, habituados al +examen rápido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos á aquella carta +que Sanabre pretendía ocultar.</p> + +<p>—Eso no será ningún trabajo de ingeniería—dijo en voz baja y con +sonrisa burlona.—Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... ¡Vaya +un modo de velar por los intereses de mi primo, señor ingeniero! Y de +seguro que en esos cajones hay algo más que planos y estudios. Cartitas +de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografía: +tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, señor ingeniero. Eso +es <i>muy propio</i> de la seriedad de una oficina como esta.</p> + +<p>Y reía viendo la confusión de Fernando, el cual instintivamente volvía +la mirada hacia los cajones de un <i>secretaire</i> inmediato, desconcertado +por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temió Sanabre que +sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de allí +cuanto antes, y se puso de pie invitando á Aresti á seguirle. ¿De veras +que no había visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las +mejores: había cuela de mineral. Y salió de la oficina seguido por el +doctor.</p> + +<p>Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vías +férreas y cubierta de polvo de carbón, el médico detuvo á su guía, como +si le interesase más hablar con él, que contemplar la riqueza industrial +de su primo.</p> + +<p>—Vamos á ver, Fernandito—dijo cogiéndolo por un botón de la +americana.—Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu +gente: ¿cómo van esos amores?...</p> + +<p>Sanabre se ruborizó, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le +desconcertaba la mirada del doctor, fija en él con la tenacidad +insolente de los miopes.</p> + +<p>—¡Pero ingeniero del demonio! No niegues. ¡Si lo sé todo!... Vaya por +descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo +el <i>Capi</i> cuando vino á cazar <i>chimbos</i> á la montaña. Ya sabes que él es +hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en +casa de Pepe. Conque dime, ¿cuándo piensas ser mi sobrino?</p> + +<p>Sanabre se entregó: con aquel hombre no valían disimulos. Además, el +doctor le había inspirado una gran confianza y sentía el anhelo de todo +enamorado por comunicar su felicidad. ¿A quién mejor que al bondadoso +Aresti, que además aparecía ante sus ojos engrandecido por su parentesco +con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirtió en una +verbosidad atropellada. Quería contar de un golpe toda la historia de +sus amores: se extrañaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo +que él y le escuchase con gesto irónico, que daba á su cara una +expresión de Mefistófeles bondadoso.</p> + +<p>¡Ay, qué tarde aquélla, en la que Pepita, paseando por su jardín de Las +Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le había +contestado afirmativamente! Era la única vez que Sanabre creía haber +estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los árboles, de +aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como +avergonzados, al pronunciar el mágico monosílabo. Lo cierto era que al +anochecer salió del hotel de Las Arenas tambaleándose, y eso que durante +la comida no osó beber más que agua, por el respeto que le infundía +Sánchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya había vaciado sus bolsillos, +derramando un puñado de pesetas entre la chiquillería que miraba con +cierto asombro á un señorito, con el sombrero echado atrás, andando á +grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un +lado á otro del vagón, con una nerviosidad que inspiraba cierta +inquietud á los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos +musicales que tenían algo de tierno y amoroso, todos los dúos en que el +tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasión á la tiple. ¡Qué +noche, doctor!... Después se había serenado; su felicidad adquirió +cierto sosiego, pero aun así, cada día le traía nuevas y profundas +emociones. Llegaba á Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Sánchez +Morueta, como si éste fuese á presentarse iracundo é imponente, +señalándole con gesto mudo la puerta. Tenían que librarse de la +vigilancia de doña Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita +con la que le entregaba Pepita en un rincón del hotel, ó en una revuelta +del jardín: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la <i>aña</i> +de su novia, la ama seca que, después de criar á la niña, se había +quedado á su lado disputando su influencia, primero á la institutriz, y +ahora á las doncellas y demás servidumbre femenina de la casa.</p> + +<p>Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de +Pepita; cómo las leía y releía; cuántas veces en mitad de su visita á +los talleres, acometía su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha +de que tal párrafo envolvía cierta frialdad, y volaba de nuevo á su +despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la +letra amada, como un jeroglífico que ocultaba su felicidad. Él no había +creído nunca que pudiera amarse tan intensamente. Había conocido á +Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardín, +bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al más leve descuido +gritaba como un loro arisco: «¡Miss!...» ¿Quién le hubiera dicho +entonces que se había de enamorar de aquella chiquilla? ¡Porque él +estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!</p> + +<p>Y Aresti, sonreía con cierta compasión ante las cosas fútiles que +constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las +inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una +sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia +vulgar.</p> + +<p>—Es esta tu primera novia, ¿verdad?—dijo Aresti.—Ya se conoce: todos +hemos pasado por eso. Es el sarampión de la juventud. Un signo de fuerza +y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo, +sigue.</p> + +<p>La única tristeza de Sanabre era la consideración de la gran desigualdad +de fortuna entre él y su novia. ¿Qué diría su principal cuando se +enterase? Le creería un aventurero que intentaba apoderarse de su +inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era +para muchos la única carrera un buen matrimonio, ¿qué pensarían de un +ingeniero pobre que ponía los ojos nada menos que en la hija de Sánchez +Morueta?...</p> + +<p>Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. ¿No +creería él también que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la +riqueza? Esta duda le entristecía. Él amaba á Pepita... porque sí. +¿Quién sabe por qué se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de +Bilbao, huraña y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres +vivían separados, era Pepita la única joven con la que había tenido +algún trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce +otros obstáculos que los de la naturaleza, le había sorprendido, +inflamando sus treinta años, la edad de las grandes pasiones. ¡Ay! ¡Cómo +deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse á él, le agradeciera +no sólo su amor sino su trabajo! ¡Qué! ¿no le creía el doctor?...</p> + +<p>—Te creo, muchacho—dijo Aresti—Claro es que no te sabrá mal ser yerno +de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aquí las hojuelas +son tu amor. Tú eres de otra raza; tú vienes de abajo, del Sur, de un +país de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar +menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto á la mujer... +¡tanto! que á veces se la da de puñaladas para tirarse luego del pelo +ante su cadáver. Sois unos animales más vehementes, más complicados é +interesantes que los de aquí. Tengo la certeza de que si esto sigue, aún +te verán alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando +serenatas ante la ventana de mi sobrina.</p> + +<p>Aresti, por no molestar al ingeniero, cambió de tono y le habló con +gravedad. Podía prepararse á sufrir disgustos. Aquello no sabía él cómo +podía acabar; lo más probable era que terminase de mal modo.</p> + +<p>—Lo sé—dijo Sanabre con tristeza.—Temo al principal cuando se entere. +Se indignará, sin que le falte razón para ello.</p> + +<p>—Mi primo es el menos temible. No tiene opinión formada sobre el +porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que tú, que +eres un trabajador, continúes su obra. Hay que esperar siempre algo +bueno de su carácter.... ¡Otros son los que debes temer!</p> + +<p>Y hablaban de su prima, la «antipáticamente virtuosa» como él la +llamaba: aquella Cristina que se creía postergada por haberse unido á +Sánchez Morueta á pesar de que éste le trajo la fortuna. ¿Qué iba á +decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un +empleado de su casa? Ella sólo apreciaba dos cualidades, como las únicas +respetables en el mundo: una gran fortuna ó un nombre histórico, +relacionado con las glorias del país vasco y de la religión....</p> + +<p>—Además, ingeniero de Dios—continuó el doctor:—tienes que luchar con +Fermín Urquiola, que también parece que anda tras de la chica, no sé si +por impulso propio ó empujado por la madre.</p> + +<p>Aquí se irguió Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido. +A ese no le tenía miedo. Estaba seguro de que inspiraba á Pepita una +aversión irresistible: bastaba ver con qué despego le trataba. Aquellas +niñas criadas junto á las faldas de sus madres, conocían todo lo que +pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en +asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre más allá +de las rejas. Pepita conocía la vida de aquel señorito, mezcla de matón +clerical y de calavera rústico, que pasaba las noches en las casas del +barrio de San Francisco y había sido conducido varias veces al juzgado +por borracheras tumultuosas. No, á ese no podía quererlo Pepita: lo +despreciaba á pesar de que la perseguía en las visitas, extremando con +ella su cortesía empalagosa copiada de los padres de la Compañía. Se +retiraba de él con cierta impresión de asco: como si la pudiera manchar +con impuros contagios, á los que ella, en su inocencia, daba formas +monstruosas.</p> + +<p>—Y de mi sobrina ¿estás muy seguro?—preguntó el doctor fríamente, con +forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.</p> + +<p>Sanabre sentía la ciega convicción de todo amante. Sí: estaba seguro de +que le amaba: ¿Por qué le había de engañar, halagando sus ilusiones? El +ingeniero no comprendía la pregunta del doctor.</p> + +<p>—Es que sois de diversa raza—continuó Aresti—Tal vez me engañe, pero +¡qué quieres!; desde aquí, sin haber leído vuestras cartas, sin haberos +escuchado, apostaría algo á que, de los dos, tú eres el que quieres más +y mejor.</p> + +<p>Sanabre quedó silencioso un momento. Parecía asombrado, como si de +repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que veía +algo nuevo. Acudían de golpe á su memoria hechos olvidados, palabras en +las que no había puesto atención, mil insignificancias que parecían +removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba éste en lo cierto. +Pepita no parecía tomar el amor con el mismo apasionamiento que él. Era +un incidente que alegraba su vida dándole nuevos deseos, pero sin llegar +á turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engañarse con +dulces ilusiones, el egoísmo varonil, inclinado siempre á creer en una +predilección en favor suyo, se sublevaron en Fernando.</p> + +<p>—No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.</p> + +<p>Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y +cuadernos de cálculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa, +en las que Pepita juraba quererlo «más que á su vida» y terminaba +invariablemente «tuya hasta la muerte.» Para Sanabre, estos juramentos +eran más solemnes é inconmovibles que las sentencias de un tribunal.</p> + +<p>—Pues si ella te quiere—dijo el doctor—¡adelante, muchacho! y á ver +cuándo te llamo sobrino.</p> + +<p>Sintiendo cierta conmiseración por su optimismo, intentó animarle, +disminuyendo los obstáculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al +padre, á pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no había que +tenerle gran miedo. Era cuestión de que el descubrimiento le pillase de +buen talante. Aún pasaría tiempo antes de que se enterase, preocupado +como estaba por los nuevos negocios que le obligaban á trasladarse á +Madrid todos los meses. Además: él sabía lo que era el amor (¡vaya si lo +sabía!) y no era hombre que de buenas á primeras se indignase contra un +joven, porque no había sabido resistirse á las inclinaciones de su +corazón. Quedaban otros enemigos, y además la malicia de la gente, que +creería cálculo lo que era amor.... Pero ¡qué demonio! un ingeniero no +era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje, +desde hacía años, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas +ó en el primer capítulo un protagonista joven, noble, arrogante, que +sólo abría la boca para decir cosas hermosas y <i>profundas</i>, ya se sabía, +era un ingeniero.</p> + +<p>—Lo malo—añadió Aresti, recobrado su tono irónico—es que en este +Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en +otros países como un primer galán del porvenir; pero aquí, ¡hijo mío!, +el héroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de +Deusto.</p> + +<p>Y antes de que Sanabre volviera á hablar de su amor, el médico añadió, +cogiéndole de un brazo:</p> + +<p>—Vaya; enséñame todo eso. Piensa que aún tengo que ir á Gallarta.</p> + +<p>Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de +residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una +complicada telaraña de vías férreas. Sanabre enumeraba todos los medios +de comunicación que convertían el establecimiento en una red complicada, +con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de vía. +Tenían un ferrocarril directo á las minas; otro para las mercancías, que +empalmaba con la vecina estación; vías para los embarcaderos, vías para +comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilómetros de rieles +que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos +puntos, al encontrarse las vías, se tendían unas sobre terraplenes y +otras pasaban por debajo, al través de pequeños túneles. El espacio +estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los teléfonos, y los +cables de los tranvías aéreos. Entre esta red de acero alzábanse +numerosos postes, con sus faros eléctricos semejantes á lunas apagadas. +Los guardas paseaban por las vías con la carabina pendiente del hombro y +el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas ó las orillas +de la ría por donde se colaban los merodeadores en busca de la +<i>chatarra</i>, acero viejo, piezas de máquinas desmontadas ó rollos de +alambre, que vendían en los baratillos de Bilbao. La ría—según decía el +capitán Iriondo—era peor que una carretera antigua. Así que cerraba la +noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevándose todo +lo que estaba suelto en barcas y edificios.</p> + +<p>El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que +aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicación. +Aquello era obra suya y proporcionaba á la casa, sin nuevos gastos, una +fuerza de más de dos mil caballos. Después venían los hornos para hacer +el cok, que extraían del carbón, el alquitrán y el amoníaco.</p> + +<p>Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa +estaba atracado á la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que +sólo se le veían la chimenea y los mástiles. En aquélla destacábanse +pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Sánchez Morueta. +La grúa del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el +agua. El tanque, que contenía una tonelada de combustible, salía de las +entrañas del barco, se remontaba hasta la punta del puente aéreo y, +deslizándose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar +su contenido en una de las varias montañas de hulla que se interponían +entre aquella parte del establecimiento y la ría. Otro vapor con bandera +inglesa, estaba inmóvil, un poco más allá, hundido hasta la línea de +flotación, esperando su turno para descargar.</p> + +<p>—Consumimos mil toneladas diarias—decía el ingeniero con +orgullo.—Necesitamos más de un barco cada veinticuatro horas.</p> + +<p>Después, enseñó al doctor el triturador del carbón, donde trabajaban las +mujeres entre una nube de polvillo que las cubría la cara, dándolas un +aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos, +en medio de su máscara negra.</p> + +<p>Los grandes talleres, para la reparación de las maquinarias de la casa y +construcción de máquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la +curiosidad del doctor.</p> + +<p>—Conozco esto—dijo Aresti.—Lo he visto muchas veces fuera de aquí. Lo +que á mí me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra +industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y señalaba los +altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que +subía hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor +de volcán envolvió á los dos hombres al aproximarse á los altos hornos. +Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una +regularidad geométrica por pequeñas zanjas que servían de moldes al +mineral en fusión. Por este cuadriculado del suelo corría el hierro +líquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra +ardía, obligando al doctor á mover continuamente los pies. Los gruesos +muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel. +El ingeniero, habituado á esta temperatura, describía con gran calma la +función de los altos hornos.</p> + +<p>Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil +quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en +los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entrañas, +formábase el metal que descendía por su peso hasta salir por la base de +las torres. Día y noche ardían los altos hornos: el enfriamiento era su +muerte. Calentarlos y ponerlos en disposición de funcionar, costaba una +fortuna. Si se apagaban había que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto +de medio millón.</p> + +<p>Un descuido en el trabajo, una huelga, podía costar la existencia á +aquellos gigantes de la industria, que sólo vivían ardiendo y tragando +combustible á todas horas. Cuando surgía una huelga en la montaña y los +ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, había que echarles +carbón lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra, +con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la +industria, y podían inutilizarse al menor descuido.</p> + +<p>Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el médico, asombrado +por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecían servir de +pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoración de +las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los ídolos +ígneos que cocían dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las +víctimas humanas.</p> + +<p>—Ahora van á sangrar—dijo Sanabre, señalando á un obrero viejo que +hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra +refractaria.</p> + +<p>Se abrió un pequeño agujero en la base de una de las torres y apareció +un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que +herían la vista. Se fué agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de +sangre de toro, corrió por la tierra con un chisporroteo ruidoso.</p> + +<p>—¿Eso es el hierro?—preguntó Aresti.</p> + +<p>—No: es escoria. El hierro vendrá después.</p> + +<p>El médico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa. +Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se +enrojecían los ojos; parecía que las pestañas iban á consumirse, +secábase la piel sintiéndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies +movíanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.</p> + +<p>Aresti admiraba á los trabajadores, que estaban allí como en su casa, +habituados á una temperatura asfixiante, moviéndose como salamandras +entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el +incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles el esqueleto y la +piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo +cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor +les hacía exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en +partículas de ardiente arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de +horrorosas quemaduras.</p> + +<p>Sanabre señaló la boca del horno. Iba á comenzar la colada. No era una +estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una gran hostia +de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que +abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal, +esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti +creyó morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto +con la atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas +en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que +revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos +verdosos que zumbaban un instante, desvaneciéndose para dejar paso á +otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa +intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba por las canales +con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada, y al +quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha +del enfriamiento.</p> + +<p>El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.</p> + +<p>—Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.</p> + +<p>Aun vieron como, cambiando de dirección la canal del horno, arrojaba su +chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el +caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á +transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete, +salió á toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos, +arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido +rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.</p> + +<p>Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la mano del ingeniero.</p> + +<p>—¡Guíame, Virgilio!—dijo riendo.—Yo voy como el poeta de los +infiernos: cuida de que no nos quememos.</p> + +<p>Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos hornos, saltando los +arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por encima de una de +las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta la cruz de +los pantalones.</p> + +<p>—¡Por fin!... Aquí se respira—dijo el doctor al descender de la meseta +donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.</p> + +<p>Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose aire con el pañuelo.</p> + +<p>—Parece mentira, Fernandito—dijo con su acento zumbón—que viviendo +aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un botijo +grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la +nieve.</p> + +<p>—Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que este es más +<i>pintoresco</i>.</p> + +<p>Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran +enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios +abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de +voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga, llegaban hasta +ellas por unas pasarelas de acero.</p> + +<p>Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran +descubrimiento industrial que había abaratado el acero, enriqueciendo á +Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como los de +las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los +hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más +caro; pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más +salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía, +con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor, +que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de él por +una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio +y el manganeso: así se formaba el acero. No era de clase tan superior +como el Siemens, por ejemplo, pero servía perfectamente para los rieles +de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.</p> + +<p>Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del +espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del taller, +y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca +del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía +del vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El +metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un +torbellino de chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué +fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti +recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los +altos hornos.</p> + +<p>Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía recto por el espacio +un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo +plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino, +descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en +cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su +chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el +chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos +los colores del iris. Fuera del taller aún era de día. El sol, en el +ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los cobertizos; pero los ojos, +deslumbrados por este resplandor de incendio, lo veían todo negro, como +si hubiese llegado la noche.</p> + +<p>El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía los +moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y aparecía el +lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si +fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su +enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en +un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los +hornos de laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como +si fuese un ídolo arrastrado por sus fieles.</p> + +<p>Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original +belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas gentes que sólo +aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda sensación +artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una +impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento +industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un +juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar +el Vesubio. ¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de +la ciencia, hacían poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las +fuerzas de la naturaleza.</p> + +<p>Y así seguía el doctor, desbordando su admiración en entusiásticas +palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que +manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller, +pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas +del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies +cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para +librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al +rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con +aquellos infernales panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne +en humo, dejando el hueso al descubierto. Podían matar á un hombre con +su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de +chamusquina, un poco de vapor: después, nada.... Y los conos diabólicos +atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si +gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro, +evaporándola.</p> + +<p>Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el +calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel mundo de +incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una +tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con +su blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce.</p> + +<p>Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al +salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de cilindros que +los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita prolongación. +Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban +los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa +de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una +bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua +de muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de +las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el +extremo opuesto, para volver á entrar, siempre cambiando de forma. +Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal +rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surgía +por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada: +y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con ruidosos quejidos, +como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por fin, no era +más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.</p> + +<p>El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba á los obreros negros +y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el +ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover +pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración. +Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas +veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría +él, de verse condenado por la fatalidad social á aquella labor que +embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en un ambiente de +fuego. Una sed eterna, semejante á la de los condenados, martirizaba á +aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de allí, que la paz y la +sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegría +momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir +aquella vida de salamandra!...</p> + +<p>El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire +libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos +veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos, +interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del alambre. +El ingeniero hablaba de lo <i>curiosa</i> que era esta manipulación, pero +Aresti no quiso seguirle.</p> + +<p>—Ya he visto bastante—dijo con acento de cansancio.—Esto es un gran +espectáculo... para el invierno.</p> + +<p>Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de las máquinas, viendo +cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban +los dos de la frescura del crepúsculo.</p> + +<p>—Es una vida dura—dijo el doctor, que seguía pensando en los obreros +del fuego.—Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de +los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la +civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este +modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro +para pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se +muestre contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un +modelo de dulzura!</p> + +<p>Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía apreciar á todas +horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración infinita por +los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era <i>algo +socialista</i>; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal +confesión.</p> + +<p>—Lo más amargo de la miseria de estas gentes—dijo el médico—no +consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el +pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea.</p> + +<p>Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que había sorprendido en +todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las +fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero acaso +comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para +muchos, la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su +bienestar, comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas +que llevaban en sus terruños los años de sequía y mala cosecha. En las +fábricas eran los jornales superiores á los del resto de la península y +no se sufrían los grandes paros á que se veía obligada la industria +pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en +las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo rencor, una ira +reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas horas +fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el +malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que +acababa de pasar por allí, á la vista de todos, tocando á algunos y +volviendo la espalda á los demás.</p> + +<p>El explotador de la mina había sido jornalero al lado de muchos que +ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían conocido los +trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las +habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El bracero +que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de +la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia +revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial, +habituado á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades +anónimas, monstruos acéfalos de la industria, irritábase á cada momento +contra el gran patrono de reciente formación.</p> + +<p>Todos habían presenciado el despertar de la riqueza; habían tomado parte +en él; era cosa suya; y más que la miseria, les atormentaba el +sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber vivido en +medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el +malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de +las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la +comparación eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y +caprichosa que empuja á los otros; la convicción del fracaso, más viva y +dolorosa, ante las rápidas elevaciones presenciadas todos los días, la +tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace +soñar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia +adelante que da el afortunado.</p> + +<p>El ingeniero reconocía la certeza de las observaciones del doctor. La +situación de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y +los aumentos de jornal, era de un efecto momentáneo. Él creía, como +Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo; cambiar la +organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única +religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una +hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del +presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo, +reconocía también aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el +de los despechados, que veían enriquecerse á sus compañeros de miseria, +ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.</p> + +<p>Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la +penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas, subiendo y +bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.</p> + +<p>—Lo que me irrita—dijo el doctor—en todas estas grandes fortunas que +se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su infecundidad +para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza +individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países +hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo, +esos tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte +escandalosa é indecente, y que mueren dejando centenares de millones, +tienen, al menos, la discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El +uno funda una universidad, el otro un museo, el de más allá una +biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipación y +perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron durante su vida. Pero +aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezón de perpetuar +su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si se preocupa del +porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del +presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran +escándalo del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida +haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero á +su mujer... y que su mujer se lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos +potentados como mi primo que se defienden: pero, créeme: si aquí no +viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí todos trabajamos, +sin saberlo, para el jesuíta.</p> + +<p>Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de +nuevo contra su tierra.</p> + +<p>—Además, me indignaba la tristeza de este país. Cuando Bilbao era una +villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se +divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos +se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades +mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas +improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros +internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los +bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe.... +Por aquí ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua +Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos señores +vestidos de negro del tiempo de los Austrias.</p> + +<p>El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre +el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una +prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el +de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de +admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se +oponían á las fiestas de sociedad.</p> + +<p>Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por +Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y +al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si +alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las +jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la +alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una +monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, <i>guardador de la +inocencia</i>, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que, +atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones +monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos +horizontes á la desmoralización.</p> + +<p>¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con +entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada +de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios +blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el +puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la +cabeza caída, tristes.</p> + +<p>—Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien +cuidado. Falta la alegría, falta el alma de un pueblo libre, que cuando +termina el trabajo quiere entregarse á la vida. Muy bonitas esas calles +nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de +ciudad: debían circular por sus aceras unas cuantas docenas de +<i>cocottes</i> elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte +educasen á esa juventud habituada á la vida unisexual de Deusto y de la +cofradía de San Luis.</p> + +<p>El ingeniero protestó, con el rubor del enamorado que vive en plena +idealidad.</p> + +<p>—¡Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.</p> + +<p>Aresti pareció irritarse. Lo que él proclamaba era la vida, la juventud, +el amor, tal como los concebía. Respetaba la virtud, pero no consideraba +necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Además, porque +la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de +las calles, ¿resultaba acaso la villa una población de costumbres +virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su +curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede, +esparciéndose en arroyos fangosos. Él conocía su Bilbao. Los jóvenes, +emborrachándose para matar el fastidio, agarrándose en bailes públicos +con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma más bestial, sin +el más leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos +al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite, +sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo más +que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa á +estilo católico, florecía el vicio bajo las formas más antipáticas.</p> + +<p>Aresti, en sus visitas de médico, había conocido los barrios altos de la +villa, el albergue de las servidoras de la prostitución. Todas eran +pequeñas, flacas, de rostro aniñado, con el raquitismo de la miseria. +Las había de treinta y cinco años, que se presentaban con la falda +corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la +infancia. Era el género más solicitado. El instinto reprimido, al no +encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su +aberración el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la +vida en aquel país la descoyuntaban formándola á su gusto, haciendo un +crimen del instinto del sexo, obligándolo á refugiarse en inmundos +rincones. Los ricos que podían proporcionarse las dulzuras amorosas con +su más seductora decoración, entraban al amparo de la noche, ocultándose +como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros, +más audaces, asediaban á la costurerilla de la familia y comenzaban con +ella una novela de amor, insípida y vulgar, conservándola en la casa de +los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento á cambio de la +protección del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La +cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el +padre pobre que transige con la prostitución de la hija, porque ayuda á +ir viviendo y se oculta en la propia casa.</p> + +<p>¡Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones +de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada +en su país. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no había más seres +vivos que los pájaros negros que lo cubrían con sus alas. Sólo en las +últimas capas sociales existía algo de alegría, allí donde llegaban +amortiguadas ó no llegaban las influencias de la religión.</p> + +<p>El doctor únicamente había sentido el roce de la vida, algún domingo por +la tarde, en los chacolines de las afueras ó en la explanada de la +Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas +callejeras, los bailes vascongados y de la montaña de Santander.</p> + +<p>Los demás estaban muertos por el fastidio ó corrompidos por la opresión. +Conocía jóvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de +traje todos los días. Otros iban en automóvil por las calles, sin rumbo +determinado, parándose ante una casa para subir de nuevo en el vehículo +y seguir la marcha, como sí huyesen del fastidio que iba tras ellos.</p> + +<p>¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la alegría de un pueblo +opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y +ennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida problemática, bajo el +testimonio de ciertos hombres que tampoco la habían visto?...</p> + +<p>El doctor terminó enérgicamente sus protestas, viendo próximo el momento +de tomar el tren.</p> + +<p>—Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando +sonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con +el alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que, créeme, ¡hijo +mío!... tanta virtud me da asco.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="V" id="V"></a>V</h3> + + +<p>Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que ya +comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo +seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una +chimenea.</p> + +<p>Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en Bilbao á +una junta de señoras católicas, de la que era presidenta, en el Colegio +del Sagrado Corazón.</p> + +<p>Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de dolores de +cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doña +Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del <i>aña</i> Nicanora.</p> + +<p>Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana, muy atareado +por los nuevos negocios que todos los meses hacían necesaria su +presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias. +No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é +interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin +ver aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y +que á ella se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como +una protesta muda.</p> + +<p>Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No se la +escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes elegantes de +otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que +nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba +algunas veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la +aconsejaba mirando los periódicos de modas, con la misma bondad con que +una persona mayor discute con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida +de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas +interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasar +los límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la carne, +de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad cantada como +mérito celestial en la vida de muchos santos.</p> + +<p>Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa repeler los +mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su gusto, afirmando +que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido desapareciendo poco +á poco todos los muebles que significaban ostentación ó comodidad. En el +resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en su +cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho +bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba +casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines +representando á Jesús y á María, abriéndose el pecho para ofrecer sus +corazones inflamados.</p> + +<p>Muchos días las criadas encontraban la cama intacta. La señora—según +ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina—dormía en el suelo ó +no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso +á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de sangre. Una doncella +había recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturón de esparto, +un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas monjitas de +Begoña.</p> + +<p>Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á que sometía su cuerpo +la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una dulzura melosa en +la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor contrariedad y +exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba arrastrar +por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que +exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase +dentro del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su +arrebato.</p> + +<p>El marido no parecía advertir el abandono físico y la transformación +moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su cuarto. +Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y sin +pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta, +como si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba +de ella, haciendo imposible todo retroceso.</p> + +<p>Pepita seguía, con una expresión de lástima en los ojos, el tocado +rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo de +coquetería.</p> + +<p>—Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.</p> + +<p>Doña Cristina movió la cabeza.</p> + +<p>—No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á su edad. Ya soy +vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para +bien de la religión.</p> + +<p>—¿Pero si es una capota muy <i>seria</i>, muy <i>religiosa</i>?</p> + +<p>—La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y +antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.</p> + +<p>Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto sabroso de la madurez, +que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía complacerse con +dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la +mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las +ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como +si estuviera en perpetua oración.</p> + +<p>Doña Cristina iba á salir.</p> + +<p>—Mamá, ya sabes mi encargo—dijo Pepita.</p> + +<p>—No lo olvido—contestó la madre con sonrisa bondadosa.—No debía +hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede +mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito, +para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.</p> + +<p>Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras +cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el +salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las +congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una +pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su +cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se +encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las +monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una +curiosidad meticulosa.</p> + +<p>Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas +de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el +principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que +figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados +las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus +colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado +con un nuevo título: <i>Océano de Bondad</i>. Y nadie podía adivinar el +sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del +mapa.</p> + +<p>Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la +esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez +Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso, +habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el +cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus +negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El +automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era +un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un +homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los +jesuítas. Era el <i>dernier cri</i> de la devoción; daba á entender, según +ella, que el progreso no está reñido con el dogma.</p> + +<p>Doña Cristina dió al <i>chauffeur</i> la orden de llegar pronto á Bilbao y el +vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que +llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en +la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva +romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y +no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente. +Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado +amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al +monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las +fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los +<i>maketos</i> de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra, +gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus +mitins <i>fetiche</i> y <i>nido de ratas</i> á la milagrosa imagen de la patrona +de Vizcaya.</p> + +<p>A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é +inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda +en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de +acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.</p> + +<p>Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban +los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la +religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola. +Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes +tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín +era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una +amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia +del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel +templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus +visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola +largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las +reglas de la Compañía á las visitas femeniles.</p> + +<p>Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre, +enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro +sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y +todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad, +dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y +los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día, +para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por +ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos +humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso +que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso +los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos +bajo la sotana de la obediencia.</p> + +<p>La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo +lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado +al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y +ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de +luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos +los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las +principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos +principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían +el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores +revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de +bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la +Iglesia, únicos depositarios de la verdad.</p> + +<p>El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los +alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este +acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo +se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse +algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su +patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras +de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre +nubes, revoloteando camino del cielo.</p> + +<p>Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de +los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones +que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como +vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban +los más puestos de <i>smoking</i>, muy elegantes, como hijos de buenas +familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las +sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en +el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de +Salamanca y muy rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de +mirarse largamente, se saludaban con la mano... ¡Angelitos!</p> + +<p>Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de <i>punta</i>, +ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer +las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado +con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que +representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y +pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la +impiedad de la falsa ciencia moderna.</p> + +<p>Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto +de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga +deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron +los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»... Urquiola +sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio +indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus +dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á +perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor +mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas, +preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no +pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los +Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la +bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España.</p> + +<p>En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro. +Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los +Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin +miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y +revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran +de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba +excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas +cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno +cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta +parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. <i>La +viejecita</i> se titulaba <i>El viejecito</i>: todas las obras perdían su título +femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos +primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse +quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros... +¡Serafines del cielo!</p> + +<p>Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba +que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan +caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena +causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada +por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía +el país.</p> + +<p>La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las +calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas +con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los +muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era +bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos, +ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y +¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios, +allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino +se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les +faltase el consejo de los sabios Padres.</p> + +<p>Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría +en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.</p> + +<p>Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del +vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con +la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en +todo lo que les rodea una nueva vida.</p> + +<p>Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de +verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo, +ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.</p> + +<p>Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las +Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias +de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo +de obreros pasaba, camino del <i>chacolín</i>, por entre un bosquecillo de +pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el +«<i>Boga, boga, marinero</i>» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado +sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La +ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como +los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya +plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando +carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren +de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo +sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del +horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de +espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora +invisible.</p> + +<p>Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre +la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol meridional; todo aquel +pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas sobre el que +pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio sus +torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.</p> + +<p>Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en el fondo, con un +escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de todas +aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al +saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno +sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus +barrancos y oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más +próximas, que parecía iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el +pico de Banderas. Después sobresalían sobre ellas, á una enorme +distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes del país, el Mañaría +y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de +nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se +desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita +recordaba sus terrores de la niñez, cuando su <i>aña</i>, para imponerla +silencio, la amenazaba con llamar á la <i>Dama de Amboto</i>, especie de hada +maléfica, hija de un <i>Jaun</i>, de un caudillo legendario, que vivía como +encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para +quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con +toda clase de maleficios.</p> + +<p>La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la contemplación del +paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si +pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un +momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un +pañuelo que le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse +la curiosidad de la gente. Después ya no vió nada y creyendo en un +engaño del deseo siguió contemplando el paisaje, con mirada vaga, +sumiéndose poco á poco en una dulce somnolencia.</p> + +<p>La joven despertó al sentir en su espalda la mano del <i>aña</i>.</p> + +<p>—<i>Ése</i> está ahí—dijo con tono misterioso.—Habrá que bajar al jardín.</p> + +<p>A la melancolía sucedió en la joven la inquietud, el temor. Había venido +preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y +al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un delito. La +<i>aña</i> reía ante los temores de la señorita, á la que trataba con la +misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal podía haber +en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo la +mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba +tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba +que de un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina +tras un arriate del jardín.</p> + +<p>Solamente había accedido á la entrevista después de los infinitos ruegos +de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez á solas +con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras +cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que +llevaba y traía la <i>aña</i> complaciente.</p> + +<p>Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la vista de la +servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero +dentro de la casa.</p> + +<p>Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando atravesaba ya la +verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la señora no +estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo +regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el +jardín, pasaría á saludarla.</p> + +<p>Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción de la timidez, al +verse frente á frente.</p> + +<p>—¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.—Deciros algo: +hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre.</p> + +<p>Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen +lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha +pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.</p> + +<p>De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos, +poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no +encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la +calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los +dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir +considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de +la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco +envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del +amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el +crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia, +el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio +caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un +chisporroteo de oro.</p> + +<p>Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con +la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la +mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las horas +de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la +vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase +misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.</p> + +<p>—Mira, nena—decía el ingeniero subiendo de tono en su +apasionamiento.—Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo +creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te +amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe +que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan +dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.</p> + +<p>Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el <i>Goizeko +izarra</i>, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la +letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más +hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le +tradujesen la letra.</p> + +<p>—Ya la sé—continuó el joven—la conozco y creo en ella: siento su +infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en +el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve...» +Eso es lo que yo pienso, mi vida.</p> + +<p>Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del +amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y +esplendor.</p> + +<p>Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su +novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad que le +causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que +una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por +distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con +acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por +los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin +mentiras.</p> + +<p>Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de viento helado, una +frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza aparte, sentía +una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de su +vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la +emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía +en el aire.</p> + +<p>—No, nena—dijo el amante.—Es tu alma entera lo que pones, sin +saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero no +te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te +perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres, +Pepita, dí que me amas.</p> + +<p>La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de viva voz lo que tantas +veces había escrito en sus cartas.</p> + +<p>—¿No lo sabes?—respondió evasivamente.—¿No te lo he dicho muchas +veces?</p> + +<p>—Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que me amas.</p> + +<p>Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos, dijo con cierta +gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:</p> + +<p>—Sí, te quiero: te amo, Fernando.</p> + +<p>¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo mejor de la entrevista, +y la recogió en su memoria, esforzándose por conservarla con toda su +luz, para que le acompañase en las largas horas que pasaba allá en la +fundición entregado á la vida de los recuerdos.</p> + +<p>Sanabre se convencía de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz, +valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho. +Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar de +canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza, +mostrábase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal +abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez: +el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y +energía, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera; +ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladín membrudo, +creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los +sueños de las vírgenes.</p> + +<p>—Sí, te quiero—repetía Pepita.—Por mí no temas, no seas niño, nunca +me dirás adiós.</p> + +<p>—Bebé, ¡dulce bebé!—exclamaba con entusiasmo el ingeniero.—¡Cuánto te +amo! ¡Qué feliz soy!...</p> + +<p>Y el <i>aña</i> Nicanora, que los seguía á corta distancia, oyendo muchas de +sus palabras, sonrió con cierta lástima. Todos los novios eran lo mismo; +iguales los aldeanos que los señoritos; alguna diferencia en las +palabras, y nada más. Sólo sabían decirse tonterías, poniendo en sus +voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo +que se dijeran. ¡Ah la juventud!... Y seguía sonriendo con indulgencia +de veterano ante el entusiasmo de los dos jóvenes.</p> + +<p>Fernando, más tranquilo después de las palabras de su novia, hablaba del +por venir. Trabajaría; ¡quién sabe hasta dónde puede llegar un hombre! +Desde que estaba enamorado, sentíase con nuevas fuerzas para el trabajo. +Bullían en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de +realizarse, darían nuevas ganancias á Sánchez Morueta.</p> + +<p>Pero el recuerdo de su jefe abatió las ilusiones del ingeniero.</p> + +<p>—¿Que dirá tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis +cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueño muchas veces... +¿Y tu madre? ¡Qué miedo la tengo!... Somos muy felices amándonos, pero +el porvenir nos guarda muchos dolores. ¡Si todos en tu familia fuesen +como el doctor!...</p> + +<p>Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que seguía sus +amores.</p> + +<p>—Sí, mi tío es muy bueno—dijo Pepita hablando del doctor como de un +pariente lejano, del que sólo se acordaba la familia de tarde en +tarde.—¡Lástima que tenga esas ideas! Es un <i>planeta</i> muy simpático, +pero mamá cree que está loco.</p> + +<p>Lo incierto de su porvenir, llevó de nuevo á los dos jóvenes á hablar de +sus amores.</p> + +<p>Fernando sentía miedo. Los padres de ella proyectarían casarla con el +vástago de alguna familia millonaria; tal vez con un señorito de escasa +fortuna, que pudiera ofrecerla viejos títulos de nobleza. En todos +pensarían antes que en él, que no era más que un servidor intelectual de +la familia. ¡La perdería amándola tanto!... ¡La diferencia de fortuna, +la maldita ley de clases, les cerraría el camino, separándolos!...</p> + +<p>—Tonto, ¡pero si yo sólo te quiero á tí!—decía la joven sonriendo.</p> + +<p>Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de +agradecimiento, intentó coger las manos de su amada. Ésta las retiró +detrás del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.</p> + +<p>—Quieto, ¿eh?—dijo pasando sin transición de la dulzura á la altivez, +con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el joven +intentase una monstruosidad.</p> + +<p>De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus +paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este es un país sin +corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el +novio.»</p> + +<p>Sanabre quedó largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco +movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de la viveza de su +protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien reanudase la +conversación.</p> + +<p>—Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu marido—dijo el +ingeniero tristemente.</p> + +<p>La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz tierna de enamorada.</p> + +<p>—Con ese, nunca, ¡nunca!</p> + +<p>Y habló de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias +de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias señoritas de la villa y +escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la que mejor le +conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes, en las +tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía +á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían +que tenía una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con +la que vivía maritalmente. Hasta había oído decir que tenían hijos.</p> + +<p>—¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!—repetía con gestos de repugnancia.</p> + +<p>Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente +á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente tan querido +por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún +defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura:</p> + +<p>—Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad que piensas como mi +tío?... Dime que no, Fernando; dime que no.</p> + +<p>El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes, +de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre +recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra muchacha +inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le +preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de +romper en un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor. +Pero el miedo al ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de +alarmar á un alma soñolienta.</p> + +<p>—Sí, vida mía, tengo religión—dijo evasivamente.—Creo que el hombre +debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.</p> + +<p>Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre. Si le hacía aquella +pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas veces de +Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día que +era igual á su primo el doctor.</p> + +<p>—¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese +verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que nos viésemos +para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo decía +yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un +poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es +imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío.</p> + +<p>Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que +contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió:</p> + +<p>—Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los muchachos de Bilbao, á +confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en la Residencia?...</p> + +<p>Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué decir, mientras Pepita +seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los domingos en la +iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos se leía +por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera +ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días +festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de +la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella—no sabía +explicarlo bien—creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se +hallaba más cerca. Además, la religión era allí más distinguida: sólo se +veían personas decentes.</p> + +<p>—Tengo mucho que hacer—dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.—Yo +pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión.</p> + +<p>La joven siguió hablando, inspirada ahora por el egoísmo del amor. Nada +perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse simpático á +ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás, +trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo +hacían llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos +cerrados. ¡Si ellos quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no +tendrían que temer nada!...</p> + +<p>—Fernandito—decía con voz acariciadora.—Ve por allí; hazte simpático: +tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún Padre la hablase +de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!...</p> + +<p>—Veremos, veremos—murmuró indeciso el ingeniero.</p> + +<p>Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le proponía su +novia. Experimentaba la cobardía del amor, y cerraba los ojos. Él, que +era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la mujer amada ¿por +qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del +éxito?...</p> + +<p>—Te quiero—dijo con entusiasmo.—No hay nada que me detenga para +llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia, seré +<i>luis</i>: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu familia +no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?...</p> + +<p>Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su inquietud amorosa +traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella entrevista.</p> + +<p>Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar á su novio +como si temiera que este leyese en su pensamiento.</p> + +<p>—Dí, mi vida—seguía preguntando el ingeniero.—¿Y si se oponen á +nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú?</p> + +<p>La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura:</p> + +<p>—Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.</p> + +<p>—Lo sé, y mi alma se llena de alegría al escucharte. Pero hablemos +seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices. Yo soy pobre y tú +eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de opulencia +por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te +amaría mucho... mucho?</p> + +<p>Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida que la proponían, ni +sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.</p> + +<p>—Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico.</p> + +<p>Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que no creía en la +posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á gentes de +otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la +rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la +primera en todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario +hablar.</p> + +<p>—¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si nos separan?... +¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás para ser mi +mujer?...</p> + +<p>Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de asombro, como si +escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no +previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de lo +humano.</p> + +<p>—Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca.</p> + +<p>Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas. Quería conocer su +valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir +la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía +tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te +amo.» ¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos +lo que debía hacerse cuando llegase el momento.</p> + +<p>Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía ofendida de que se le +quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de nuevo en el +doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el +burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de +razas distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero +adivinaba algo de ridículo en su situación, como si realizándose las +irónicas fantasías del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata +ante el hotel del millonario.</p> + +<p>Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deteníanse para contemplar +una flor rara, seguían con atención infantil los saltitos de los +pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su +apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por +primera vez el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces +hubiese permanecido oculto entre nubes.</p> + +<p>Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y podía presentarse doña +Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de +angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba +llevando sobre el alma el peso de su decepción.</p> + +<p>—¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!—dijo cogiendo una mano de +Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.—¡Dime que, +ocurra lo que ocurra, no me olvidarás!</p> + +<p>—Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca.</p> + +<p>Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma +tolerancia con que se entrega un objeto precioso al niño enfurruñado, +para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con +arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la +potente garra de Sánchez Morueta.</p> + +<p>La intervención del <i>aña</i> interrumpió su embriaguez amorosa. El portero +acababa de abrir la verja y el automóvil de la casa, tras un retroceso +para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del +jardín.</p> + +<p>Corrieron los jóvenes, seguidos por el <i>aña</i>, hacia la entrada del +hotel, para salir al encuentro de doña Cristina.</p> + +<p>Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con el ingeniero, miró +severamente al <i>aña</i>. Pero la mujerona le contestó con otra mirada +arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad no +admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había +paseado con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal +había en ello?...</p> + +<p>Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á la señora de su jefe. +Había venido para saber cuándo regresaría don José de su viaje.</p> + +<p>Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse ahorrado la molestia +de la visita, preguntando por teléfono.</p> + +<p>—Es que, además, deseaba ver á ustedes—dijo Sanabre.</p> + +<p>—Muchas gracias—contestó con altivez la señora.—Agradezco su +atención. ¿Entra usted?...</p> + +<p>Y con los ojos le daba á entender que podía retirarse.</p> + +<p>La joven vió como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Después +subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible aparición +de su madre encolerizada.</p> + +<p>No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz temblona de ira y la del +<i>aña</i> que le contestaba con no menos acritud.</p> + +<p>Por la noche, al reunirse en el comedor, doña Cristina miró á su hija +con insistencia, pero sus palabras fueron breves.</p> + +<p>—Que sea la última vez—dijo—que recibas visitas, ni dentro de casa... +ni en el jardín. También es casualidad, venir ese... individuo, la misma +tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma.</p> + +<p>Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si quisieran escudriñar +el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno disimulo que +no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + + +<p>El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatándose la +proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que +apagaba el último parpadeo de las estrellas.</p> + +<p>Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros +trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal, +con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que tenían su trabajo +en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la bruma de su +profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de +barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en +la parte alta de la ría las luces de los <i>anguleros</i>, que durante la +noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes. +Las aves marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de +la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el +mar, siguiendo la tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del +Abra.</p> + +<p>Comenzaban á abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacerías, +tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á los fieles á misa +y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con +aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua, semejante al +olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á las +campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes +de los barcos y los gritos de las <i>cargueras</i> que reñían por +preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á +tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.</p> + +<p>Por las calles comenzaban á rodar los carros de la <i>sarama</i> recogiendo +el estiércol: las vendedoras de <i>fotes</i> llamaban á las puertas +repartiendo los panecillos del desayuno.</p> + +<p>Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del +mercado de San Antón, y las aldeanas que se detenían á descansar por un +momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras +de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al oír el <i>taf-taf</i> de un +automóvil. El vehículo pasó veloz por la gran plaza, desapareciendo, +ensanche adelante, al otro lado del puente.</p> + +<p>Las que eran de la villa, conocieron á la esposa y la hija de Sánchez +Morueta, sentadas tras el <i>chauffeur</i> de ancha gorra y aspecto +extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las +cubrían los ojos.</p> + +<p>Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun +madrugaba más que ellas. Irían á la iglesia de la Residencia á +confesarse con los padres jesuítas. Allí iba todo el señorío.</p> + +<p>El automóvil aceleró su marcha por las amplias calles del ensanche, +desiertas á aquellas horas, y paró con violenta rapidez entre los +carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazón, +una obra prodigiosa de confitería arquitectónica, en la que el blanco de +las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.</p> + +<p>Doña Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un +cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacción que si +penetrase en un salón elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una +dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvación +del alma.</p> + +<p>Reconocía una vez más el talento de los buenos Padres al admirar la +decoración del templo. Era <i>gótico</i>, pero no tenía la crudeza blanca, la +sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival sé +convertía en polícroma: el oro y el bermellón chorreaban por los nervios +de los pilares, y los arcos apuntados: las bóvedas, eran azules con +estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan <i>bonita</i>, +sólo podían imaginarla los Padres de la Compañía.</p> + +<p>Y la de Sánchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre +que había de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su +comparación del hermoso templo con el forro interior de uno de esos +baúles que usan las criadas, matizados de chillones colorines. ¡Decir +tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado +para comodidad y suave placer de los fieles! El órgano desgarrador y +tempestuoso había sido reemplazado por el armónium; en vez de los santos +negruzcos y horripilantes de la antigua devoción española veíanse +imágenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual +corresponde á un culto de personas decentes; las lámparas de luz +eléctrica, en gran profusión, sustituían á los cirios humosos que con su +olor de cera daban mareos á las señoras.</p> + +<p>Doña Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes +arrodilladas á los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba +muy concurrido el templo. Pero la de Sánchez Morueta reconocía la +influencia de la estación en la clase de público. Las señoras eran menos +que en el invierno. La <i>gente baja</i>, menestrales acomodadas, y viejas +beatas de medios de vida problemáticos, se aprovechaban del veraneo de +las señoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus +santos sacerdotes.</p> + +<p>Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que más +gente tenía formada ante sus rejillas. Tardaría mucho en llegarles el +turno para la confesión.</p> + +<p>Al reconocer á las dos señoras, hubo un movimiento de respeto y +curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y +con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreciéndolas +su puesto en la fila. Doña Cristina hizo un signo de aprobación con la +cabeza y abriendo su portamonedas dió una peseta á cada una de ellas.</p> + +<p>Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos +concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre Paulí á pesar +de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de la +rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa +con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño.</p> + +<p>La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con sólo dos +penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando +las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con +calma.</p> + +<p>Doña Cristina experimentaba la emoción de la doncella que tiente la +proximidad del hombre amado.</p> + +<p>El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora admiraba su energía, +su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio, que había sido +militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre +de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los +escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los +actos del Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él +por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes +que sólo hablaban de piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura +de Jesús. Era el jabalí de la Iglesia, que al verse en terreno +favorable, en aquella tierra donde crecía frondoso el bosque de la fe y +de la sumisión ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos á todos +lados. «A los enemigos de la religión, palo», decía con fiera +arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola.</p> + +<p>No perdonaba medio para propagar sus belicosos propósitos. Sus sermones +en las grandes romerías, en las fiestas de la Asociación de la Vela +Nocturna y otras corporaciones que le tenían por director, eran arengas +de caudillo, hablando de matar ó morir como los paladines de las +Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto «A las +señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado +que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.</p> + +<p>Era un hombre de lucha que iba recto á su fin, atropellando las +doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto tronaba +contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la +caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á +las elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente, +para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella +institución del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño +al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.</p> + +<p>Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que +fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras, amenazando con no +comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al candidato +liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que +enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros; +las damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables, +arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas +electorales. Y enfrente de este gran ejército manejado por el Padre +Paulí, un candidato de una buena fe paradisíaca, que hacía discursos +sobre la regeneración material de la nación y la política hidráulica, +pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual Vizcaya, en el que +llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo importaba á los +<i>maketos</i>, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de África. +Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en una +iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter +antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la +Iglesia que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que +quien no está á sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!...</p> + +<p>En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las +gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico jesuíta un +prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los últimos +restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y +su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta, +recordándole que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó +mil pesetas para la elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia +libertad de que gozaba en el manejo del dinero, dió dos mil duros al +Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez +Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doña Cristina tembló en +el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parecía escuchar la +risa irónica del doctor Aresti, allá en las minas. Temía la explosión +ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una mujer, que no era +para él más que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los +días y siguió callando, como si pasada la primera impresión de cólera, +sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera +turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su +casa.</p> + +<p>Doña Cristina también había perdido su primitiva inquietud al +transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente +ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia +conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía +por todos los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su +marido. El jesuíta la comparó en una reunión de señoras con las mujeres +fuertes de la Biblia y con un sinnúmero de santas, todas princesas ó +consejeras de reyes. «Con señoras tan valerosas, pronto volverá el +reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era otro panegirista que en +las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre risas, la gran treta +que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara de vinagre.</p> + +<p>Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora entraba en aquella +iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo de la +victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres +como si fuese de su familia.</p> + +<p>El confesor, después de despachar á varias penitentas, sacó la cabeza +por delante del sagrado cajón, lanzando una rápida mirada á la fila de +señoras, mientras musitaba algunas oraciones.</p> + +<p>—Me ha conocido—pensó doña Cristina con orgullo—No tardará en +despedir á la que está delante.</p> + +<p>Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla allí en verano. La +afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el +servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, sólo de +tarde en tarde hacía sus visitas al templo de la Residencia. De seguro +que el buen Padre pensaba: «Algo extraordinario le ocurre á mi hija de +confesión.» Y así era efectivamente.</p> + +<p>No peligraba la salud de su alma ni traía ningún grave pecado que la +abrumase con su peso. Pero el jesuíta quería que se le dijera todo, +absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas, +único medio de que éstas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una +confesión extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.</p> + +<p>Primeramente, quería hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho +de su esposo.</p> + +<p>Sánchez Morueta había llegado el día anterior, después de una +permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio: +millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales +había de tratar nuevos negocios. Esto, según él daba á entender en sus +escasas palabras. Pero doña Cristina dudaba ya de todo desde que dos +días antes de que regresase el millonario, había encontrado revolviendo +los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de ámbar y +con la firma de una mujer, una tal Judith, que debía ser una pagana, una +pecadora, á juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no había +entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantásticos y +además estaba en francés. Pero las pocas palabras que había podido +adivinar, y más que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender +desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor +desenfado. ¡Qué asco! Toda la castidad de doña Cristina, su horror á la +carne vil, se revolvió al contacto de aquel papel. No quiso verlo más y +lo abandonó en el mismo sitio donde lo había encontrado. Sabía lo +necesario: su marido tenía una amante: tal vez por esto pasaba tanto +tiempo fuera de Bilbao...</p> + +<p>En el primer momento, doña Cristina experimentó una sensación +desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo. +Sintió por Sánchez Morueta un interés más grande que en los primeros +tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la +infidelidad. Tal vez iba á conocer el amor á impulsos de la cólera. Pero +aquello sólo duró un instante: su alma, que parecía despertar é +incorporarse, volvióse del otro lado y continuó su sueño.</p> + +<p>Si Pepe tenía una querida ¿á ella qué? Mejor: su indiferencia encontraba +una justificación. Viviría más segura en su castidad: se sentiría más +fuerte, pudiendo echar algo en cara á aquel hombre que parecía dominarla +con su silencio. Era lo que á ella le faltaba. Doña Cristina se había +irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel +hombre que vivía tranquilo, sin acordarse de la religión, cerrando su +casa á los ministros de Dios.</p> + +<p>De aquella carta pecadora le había quedado el principio impreso en la +memoria: «<i>Mon gros loup cheri</i>». ¿Qué querría decir esto? Y adivinando +algo horrible y grotesco á la par, como los diablos panzudos pintados +en ciertas estampas, sonreía en medio de su repugnancia, pensando en la +figura algo ridícula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando +á una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorándolos.</p> + +<p>Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quería +comunicárselo al Padre Paulí, y que éste la ayudara con sus consejos. +Además, tenía que hablarle de la niña, rogando que la diese un buen +repasón. Estaba en la edad de los caprichos y las <i>tonterías</i>, y ella, +después de la tarde en que la había sorprendido en el jardín con el +ingenierillo, sentía cierta intranquilidad. Hasta había efectuado un +registro minucioso en el cuarto de la niña, presintiendo cartitas +escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada había +encontrado; pero le daba el corazón que algo existía. Tal vez lo +guardaba oculto la <i>aña</i> Nicanora, complaciente siempre con la señorita.</p> + +<p>Había terminado su confesión la señora arrodillada delante de ella, y +doña Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del +lado opuesto. Se abrió por fin el ventanillo y Pepita vió por encima de +los hombros de su madre una sombra que murmuraba:</p> + +<p>—¡Hola Cristina! ¡hija mía! ¿A qué obedece esta visita tan +extraordinaria?...</p> + +<p>Pepita no oyó más: su madre pegó la cabeza á la rejilla, ahogándose las +palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.</p> + +<p>La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil +la incrustación de los tacones de sus botas, leía en su devocionario +automáticamente, mientras pensaba lo que diría al confesor.</p> + +<p>Estaba junto á su mamá y llegaban hasta ella algunas de sus palabras +como un lejano susurro.</p> + +<p>Pepita comprendió que su madre hablaba de una carta que debía +interesarla mucho, á juzgar por las veces que la nombró. La joven púsose +á temblar pensando en las que tenía ocultas, como una prueba de delito, +allá en su hotel de Las Arenas. Pero doña Cristina levantó la voz un +poco más, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso +y Pepita la oyó decir con gran dificultad, vacilando á cada sílaba +«<i>Mon... gros... loup... cheri...</i>»</p> + +<p>No: aquello no iba con ella... ¿Pero por qué decía su madre tales cosas? +¿Qué lobo era aquel, en francés, que su madre llevaba tan trabajosamente +hasta los oídos del buen Padre? Y Pepita se mordía los labios para no +reír, sin saber ciertamente por qué le regocijaba esta frase que no +había encontrado nunca en sus libros cuando la enseñaban francés.</p> + +<p>Luego cesó de oír. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la +rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta +Pepita como el balbucear de un pequeñuelo: «Ña... ña... ña». Debía reñir +á la madre á juzgar por lo encogida que ésta se mostraba, con la cabeza +entre los hombros, como si la abrumase el interminable regaño del +confesor.</p> + +<p>La voz de doña Cristina volvió de nuevo al oído de su hija:</p> + +<p>—Es verdad Padre: yo tengo la culpa. ¡Pero es una esclavitud tan +dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocación me +llamaba á otra parte. Pero la juventud se engaña siempre y ¡era yo +entonces tan niña!...</p> + +<p>Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo el «Ña... ña... ña» +siempre con tono de reproche durante muchos minutos.</p> + +<p>—¿Cree usted Padre—volvió á murmurar la señora—que no he hecho yo +nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería aquel en +que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que +le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes... +Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado +respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los +hombres.</p> + +<p>Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más imperioso, como si diese una +orden, y doña Cristina achicábase ante la reja, obediente á su director, +pero anonadada por el sacrificio que la imponía.</p> + +<p>—Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco que eso me produce! +¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no hay otro +remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son +sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias +de la vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué +repugnancia, Dios mío!...</p> + +<p>El «Ña... ña... ña» tomó una expresión interrogante.</p> + +<p>—Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros tiempos, á preocuparme +de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este +sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á Dios.</p> + +<p>El murmullo del confesor sonó largamente, como si diese consejos. De vez +en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus afirmaciones de +penitenta sumisa.</p> + +<p>—Así lo haré, Padre.</p> + +<p>—<i>¿Ña... ña... ña?</i></p> + +<p>—Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré acordarme de mis tiempos de +vanidad.</p> + +<p>—<i>¿Ña... ña... ña?</i></p> + +<p>—¿Quiere usted que sea hoy mismo? ¿Después de haber recibido al +Señor?... Bien: porque usted lo dice. Será un nuevo sacrificio.</p> + +<p>Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doña Cristina volvió la +cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su +confesión; y al ver tan próxima á Pepita, fijos en el devocionario sus +ojos cándidos, se pegó más á la rejilla. La joven ya no oyó más que un +lejano susurro, sin distinguir una palabra.</p> + +<p>Al terminar la confesión, la madre fué á arrodillarse en el centro del +templo y Pepita ocupó su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor +despachó rápidamente á la penitenta del lado opuesto, y volvió á abrir +el ventanillo.</p> + +<p>—Hola, buena pieza. ¿Eres tú?—dijo cariñosamente á Pepita.—¿Ya has +hecho el acto de contrición? Pues á ver esos pecadillos, á hacer la +colada del alma, que aquí está el Padre Paulí para absolver á las niñas +que son buenas y sumisas.</p> + +<p>Y mientras la joven iba soltando con automática regularidad los pecados +de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia, +deseos de humillar á las amigas, desobediencias á su madre, miraba á +través de la rejilla al famoso jesuíta, su cara sin una arruga, la nariz +aguileña, aquella sonrisa dulce que parecía acariciar, pero que á ella +le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que +extraía las verdades por hondas que se ocultasen.</p> + +<p>—Bien, ¿y qué más?—dijo el jesuíta cuando ella se detuvo dando por +terminada la enumeración de sus pecados.</p> + +<p>—Nada más, Padre. No recuerdo otros pecados.</p> + +<p>—Rebusca bien en tu conciencia, hijita. ¿Nada de nuevo ha ocurrido en +tu vida desde la última vez que nos vimos? Piénsalo. Mira que con el +Padre Paulí no valen engaños: que hasta mí llega un pajarito que me +cuenta todo lo que hacen las niñas embusteras, y que yo sé cuándo me +dicen la verdad y cuándo me mienten.</p> + +<p>Pepita comenzaba á sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y +maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, según afirmaba +su madre. Con él de nada servían los tapujos. Y su inquietud convirtióse +en miedo cuando vió que el sacerdote cesaba de sonreír y la hablaba con +los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmovía desde el púlpito +á la distinguida muchedumbre de sus fieles.</p> + +<p>—Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más bonita que tú, y más +rica, pues sus padres eran reyes...</p> + +<p>Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes, +sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.</p> + +<p>—Un día, en un sarao de la corte, cuando más llamaba la atención por su +hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los +cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa +asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una +horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un +pecado que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba +la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.</p> + +<p>Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador horrorizado, hacía +estremecer á la joven. El final de la historia no era más +tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la +princesa, y la desdichada descendía con el peso de su pecado á los +infiernos.</p> + +<p>—Vamos, hija mía—dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su +sonrisa después de la historia horripilante.—Tú eres más buena que la +princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor. +Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no +mienten, pero que tiene una correa para castigar á las que son malas y +rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo +para tí, como si lo fuera... ¡Tú tienes un novio!</p> + +<p>—No, Padre—dijo Pepita con voz trémula, intentando todavía +defenderse.—Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los +demás... que le tengo cierta simpatía...</p> + +<p>—¡Vaya por el amigo!—exclamó bondadosamente el confesor.—Y este amigo +te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de mamá. No digas +que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas +y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si es +inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!...</p> + +<p>Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez del pajarito, como si +fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.</p> + +<p>La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí tomó entonces un +tono solemne:</p> + +<p>—Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido un grave pecado, +pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo has hecho, +indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y espero +que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo +grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe +vivir agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que +es el mundo, querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á +mamá, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si éste puede +ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los +rodean! Vamos que merecías una zurra, como las chicuelas malcriadas que +hacen alguna diablura.</p> + +<p>Y su mano blanca se movía tras la rejilla con burlona expresión de +amenaza.</p> + +<p>—Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las jovencitas del día, +pídele á tu madre un libro titulado «<i>La entrada en el mundo.</i>» Si ella +no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de +memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por +otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los +muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad +de Deusto y es una guía completa de lo que debe pensar y hacer en el +mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no +necesita más para ser un modelo de caballeros católicos y excelentes +padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los capítulos que se +titulan «<i>La elección de estado</i>» y «<i>Antes que te cases</i>»... y verás lo +que le corresponde hacer á la juventud cristiana para conservar pura su +alma y no ofender á Dios. Para la elección de estado hay que meditar +mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santísima Virgen, +tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el bienaventurado y +glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe +escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y +especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo +maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y +sobre todo, de vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro.</p> + +<p>Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si éste fuese +el personaje más importante entre todos los citados.</p> + +<p>—¿Qué es el director espiritual?—continuó.—El librito lo dice +claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija +vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres +se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os +queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros +confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen +á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de +Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que +<i>galantería</i> mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del +pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes, +chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir +de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan +muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de +nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á +buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que +ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin +venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en +Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del +Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce +que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una +santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese +médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que +entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del +siglo.</p> + +<p>La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su +pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:</p> + +<p>—Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó +menos como tu tío el médico.</p> + +<p>—¡Ay, no, Padre!—se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión +para defender á su novio.—es muy buen católico: me lo dijo el otro día +cuando hablamos en el jardín.</p> + +<p>—¡Hum, hum!—tosió el jesuíta—¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas +escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que +puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo +conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...</p> + +<p>—Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se +inscribiría en los <i>Luises</i>, que haría todo lo que yo le mandase. Crea +usted, Padre, que no es malo.</p> + +<p>—¡Je, je!—rió maliciosamente el confesor.—No está mal la resolución. +Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al +matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados. +El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo +un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles +que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú, +hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era +más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la +voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no +podré darte la absolución. ¿Entiendes?...</p> + +<p>Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.</p> + +<p>—Pero tú eres buena—continuó el jesuíta cambiando de tono—y tú +obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese hombre: +un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la +Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras +á ese individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por +consejo de mi director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las +mujeres, tenéis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle +saber, de un modo que no deje lugar á dudas, que todo acabó, que ya no +te acuerdas de él, que lo pasado fué una falta de la que te muestras +arrepentida... ¿Estamos?</p> + +<p>Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que +adivinase el confesor si esta emoción era por la pena del rompimiento ó +por el miedo que le inspiraba su pecado.</p> + +<p>—¡Tonta! ¡tontita!—dijo para tranquilizarla.—¡Si todo esto es por tu +bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay +tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu +padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija +de Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los +hombres más útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan +números! Eso de las princesas casándose con pastores, sólo se ve en las +comedias. Aún es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece á +tus padres, á mamá sobre todo, pues las mujeres saben más de estas +cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu amigo, tu segundo padre, y +entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que te hará feliz y aun +elevará más tu rango en el mundo.</p> + +<p>Calló un momento el jesuíta, como si preparase un avance decisivo.</p> + +<p>—¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de +nuestra Universidad!... Una joven como tú—continuó—merece unirse con +una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad +de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con +un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de +Estado, y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es +difícil encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola.</p> + +<p>Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no.</p> + +<p>—¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de él? Es uno de los +alumnos de <i>punta</i> que han salido de nuestra Universidad. Con una docena +como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta población aparecería +como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la reconquista de +España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de +Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de +tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el +pobre Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas +maldicientes!... ¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste +no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente +inclinado hacia tí, con el amor honesto y respetuoso de un joven +cristiano. Las que te hablan contra él, es porque te tienen envidia.</p> + +<p>Después de este hábil halago á la vanidad de la joven, continuó con una +expresión de bondad y tolerancia:</p> + +<p>—Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fué nuestro padre San +Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar, +y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y +de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente +después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para +que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que +entonces se llamaban <i>botas polidas</i>... Urquiola es joven, y rebosa en +él la energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al +servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de +pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas +cambian según los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo, +lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa, +rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado +que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermín; un soldado, +un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas, +porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de su +mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que +tenga á su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué +le miran con tanto agrado tus amigas? Porque están seguras de su +porvenir. Fermín será diputado en las primeras elecciones, figurará en +Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte +de esta nación, que seguramente se cambiará, de no olvidarnos Dios!...</p> + +<p>Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobación ó protesta ante +los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo haber avanzado +demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho.</p> + +<p>—No creas que tengo un interés especial en que sea Urquiola quien haga +feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más tenacidad que yo, +pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es ese, que sea +otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria +y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas +como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás +y desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes +seguir sus costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con +el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la +fortuna les sonríe, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo +tan hermoso como tú, que eres buena y no querrás amargar los últimos +años de su vida.</p> + +<p>Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve mohín, de la felicidad +conyugal de los Sánchez Morueta.</p> + +<p>—Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por aquí con más +frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo +tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho +cuidado con ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que +nunca puedas volver á leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?</p> + +<p>—Sí, Padre.</p> + +<p>—¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por terminadas para siempre +las locuras?</p> + +<p>—Sí, Padre.</p> + +<p>—Muy bien: vamos á la absolución.</p> + +<p>Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á la joven al través de +la rejilla: después sacó la mano por el frente del confesonario para que +se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto preparando una +sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á arrodillarse al +lado de su madre.</p> + +<p>Comulgaron tras una breve espera, después de rezar su penitencia y +salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á las amigas +que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios.</p> + +<p>El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas siguiendo la ribera de la +ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.</p> + +<p>Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más hermoso que otros +días.</p> + +<p>—¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el recibir al Señor? Dí +que hemos empleado bien la mañana.</p> + +<p>Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de la señora, como si se +aproximase un peligro que quería olvidar.</p> + +<p>Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pasó horas +enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente, +rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que +escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la <i>aña</i> Nicanora, +rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para +entregarlo á don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina +fueron inútiles. La niña estaba de mal humor y no quería contestar.</p> + +<p>Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de la comida. Llamó +varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando dobladas +sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la +servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese +algo extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa.</p> + +<p>Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste por su esfuerzo +epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre.</p> + +<p>—¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te has puesto!...</p> + +<p>Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la +doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con +llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?... +Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y +polvorientos; una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un +taller de la <i>rue de la Paix</i> cuatro años antes, cuando ella volvía ya +la espalda á las vanidades del mundo.</p> + +<p>Había engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente +estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos y +comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como +un mallón sobre las caderas.</p> + +<p>—Qué, ¿te parezco bien?—dijo la madre, pavoneándose como una niña ante +la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla +resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una +resurrección histórica.</p> + +<p>Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo <i>fru fru</i> de sus finas +ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había +prodigado con cierta indiscreción.</p> + +<p>Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su +mujer, acabó por levantar la cabeza.</p> + +<p>—¿Qué te parezco, Pepe?—dijo ella con una sonrisa que contrastaba con +el temblor de su voz.</p> + +<p>El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de +fruto maduro.</p> + +<p>—No estás mal—y fijó de nuevo sus ojos en el periódico.</p> + +<p>—Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que +llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á +esto, Pepe?...</p> + +<p>—Harás bien:—y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el +pensamiento lejos, muy lejos.</p> + +<p>La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con +un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas +nerviosidades.</p> + +<p>Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en +los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la +servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la +casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á +golpear á todos.</p> + +<p>Pepita también estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en +el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida de Biarritz, +queriendo que le describiera alguna <i>toilette</i> de las muchas que habría +visto en aquella sociedad elegante.</p> + +<p>Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija. Era la +única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba con la cabeza +baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos +se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una expresión +desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba +por su novedad cierta molestia.</p> + +<p>Después de comer, el millonario se entró en su despacho.</p> + +<p>Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la +hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió con paso +resuelto en busca de su marido.</p> + +<p>Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se +acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas medrosas que +iban en busca del ogro.</p> + +<p>Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez Morueta, que +creía en la llamada de un criado: notó el movimiento instintivo de sus +manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos +colores que releía con gesto hosco.</p> + +<p>Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de recuerdos, +volvió á su memoria el «<i>Mon gros loup cheri</i>», y sin saber por qué, +sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de aspecto +imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á +entender, aquella frase de <i>cocotte</i>, que debía encerrar algún misterio +mágico para apoderarse de los hombres.</p> + +<p>—¿Qué quieres? ¿qué ocurre?—preguntó el marido con extrañeza.</p> + +<p>¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el lápiz de +tocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que no lograba +dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se +aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.</p> + +<p>Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y apelando al +recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas carnosidades, los +hombros del temido ogro.</p> + +<p>—¡Pepe... Pepe!—murmuró con voz tenue, como un gemido dulce.</p> + +<p>Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con besos +ardorosos.</p> + +<p>El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda de carne +femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le envolvía, por +los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los +dientes de láctea blancura.</p> + +<p>Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una ráfaga. Su mano +poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante aquellos ojos +fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento, su +alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.</p> + +<p>Después, la voz del marido sonó en el silencio de la habitación, +lacónica, triste y monótona:</p> + +<p>—Es tarde, Cristina, es tarde.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + + +<p>Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su despacho +contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó en el asiento con +sorpresa, viendo entrar á su principal.</p> + +<p>Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su secretario +que tardaría unas dos semanas en regresar, y se presentaba +inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le habría +torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne +gravedad?...</p> + +<p>Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes +aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario, era que +hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba +envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos.</p> + +<p>—A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise +usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no +me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado, +mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A +ver, ¡que suba el <i>Capi</i>! Llame usted á don Matías. ¡En seguida; +listo!...</p> + +<p>Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le +esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas, +como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la +serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus +arrebatos.</p> + +<p>Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando +casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos +atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no +pasaba de la puerta.</p> + +<p>—Pepe, ¿qué tienes?—dijo el marino con el acento afectuoso de un +antiguo camarada.</p> + +<p>—Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de +las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en +seguida.</p> + +<p>—Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él +tiene sus ocupaciones...</p> + +<p>—¡He dicho que venga en seguida!—gritó el millonario.—Dile que le +necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier +cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es +mi único amigo.</p> + +<p>—Está bien—gruñó el capitán.—Los demás somos unos perros.</p> + +<p>Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su +paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir +contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.</p> + +<p>De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con +ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para +continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su +irritado principal.</p> + +<p>—Señor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse +inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar el sol, adonde le dé +la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida.</p> + +<p>Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó que iba a recibir algún +golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, salió +apresuradamente.</p> + +<p>Las oficinas parecían desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante +sus papeles, temblando al oír tras de los cortinajes aquella voz +furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y juramentos +verdaderamente extraños en tan grave personaje.</p> + +<p>En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un +enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de incesantes paseos, se +dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando +antes un botón eléctrico.</p> + +<p>Entró un ordenanza con aire azorado.</p> + +<p>—Tráeme un café.... pero bien fuerte.</p> + +<p>Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de +los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para él, +con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisición era motivo +de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa ó en los +negocios de minas.</p> + +<p>Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese señales de +existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y +corrió el criado al despacho.</p> + +<p>—Trae otro café.</p> + +<p>Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar por las dos colillas +arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como +un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los había encontrado +al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía irrespirable, sin +que él se diese cuenta de ello.</p> + +<p>Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido +para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el +despacho, atraído por el timbre.</p> + +<p>—Dile al capitán que suba—dijo el millonario.</p> + +<p>—Don Matías no está, señor—contestó el criado.</p> + +<p>Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de +la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la +costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos +hacían lo mismo.</p> + +<p>—Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se +te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.</p> + +<p>Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y +coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El +millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y +como perdida en un punto lejano, muy lejano.</p> + +<p>Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un +poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste +fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase +los platos casi intactos.</p> + +<p>—Mira, hijo mío—dijo con dulzura inesperada.—Llévate todo eso; +cómetelo y que de salud te sirva.</p> + +<p>Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella +inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.</p> + +<p>Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor +dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta +actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el +bienestar del que en nada piensa.</p> + +<p>Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho, +el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida.</p> + +<p>—¡Esto es un horno!—gritó el médico,—¡Aquí no se puede respirar; qué +humareda; parece un incendio!</p> + +<p>Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de +tabaco en que se envolvía su primo.</p> + +<p>—¿Qué pasa?—dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.—¿Qué +te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...</p> + +<p>Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro. +Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más +de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una +expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga +física, como si no hubiese dormido en algunas noches.</p> + +<p>—¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.</p> + +<p>Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él +ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos +dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.</p> + +<p>—¡Ay, Luis!—suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo, +las manos de su primo.—Mi vida terminó. Han matado todas mis +ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!</p> + +<p>Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la +pequeñez del doctor con su corpachón.</p> + +<p>—¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas como una señorita +desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á llorar como +los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos +por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.</p> + +<p>El millonario fué á hablar, y Aresti le interrumpió de nuevo:</p> + +<p>—Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero, +aguarda ahí fuera. Lo he encontrado en la estación del Desierto, y al +saber que habías llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te +esperaba con impaciencia.</p> + +<p>Sánchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algún asunto +urgente de la fundición. ¿Qué le importaban á él los altos hornos, y las +minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala +suerte. ¡Para lo que servía la riqueza!... Y revolvía sus ojos furiosos +por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poderío +industrial, haciéndolo responsable de su desgracia.</p> + +<p>En aquel momento aborrecía al muchacho que esperaba en las oficinas. ¡La +juventud! ¡la insípida y antipática juventud! Aquel ingenierillo no +tenía otros medios de vida que los que él le diese: ni riqueza, ni +poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos años, por su cara de +madamita con bigote, no le ocurriera lo que á él con todos sus millones. +¡Cristo! ¿Para qué servía, pues, el dinero?</p> + +<p>Aresti se impacientaba.</p> + +<p>—Bueno, hombre: deja en paz á ese chico, y si no quieres verle en +seguida, que aguarde. Pero cuéntame, Pepe ¿qué te pasa?</p> + +<p>—¡Judith!...—gimió el millonario.—Ya sabes quién digo...</p> + +<p>Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su +tristeza.</p> + +<p>—Sí, Judith—dijo Aresti animándolo para que hablase.—Aquella +francesa, ó judía, ó lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo... +la madre de aquel niño tan hermoso... el <i>hijo del amor</i>. Estoy +enterado. ¿Y qué ha hecho la tal Judith? ¿Alguna perrada? ¿La has +sorprendido con alguien? ¿Ha huido y no sabes dónde está? Habla, hombre: +cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas, +nada me cogerá de sorpresa.</p> + +<p>Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo +que su primo iba á contarle; seguro de que aquella novela de amor, +desarrollada en el ocaso de la madurez, había de tener un desenlace +triste.</p> + +<p>Sánchez Morueta comenzó á hablar con lentitud, como si le doliese, con +profundo desgarrón, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer +dolor, se animaba, se enardecía, embriagándose en la amargura de su +desgracia.</p> + +<p>Había conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos +meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios +de su carácter. ¿No lo había notado Aresti?</p> + +<p>De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito +de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.</p> + +<p>Varias cartas anónimas le habían avisado las infidelidades de Judith. +Alguna buena alma que conocía su dicha y deseaba turbarla: tal vez una +antigua compañera de la <i>divette</i>, envidiosa de su bienestar. Y el +grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tenía miles +de brazos á sus órdenes y flotas en el mar como un príncipe de la +moderna realeza, había descendido durante algunos meses á una vida de +espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las +denuncias.</p> + +<p>—¡Ay, el amor, Luis!—exclamaba.—¡Cuán pequeños nos hace! ¡Cómo nos +envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la certeza +de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que +he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!...</p> + +<p>Al llegar el verano, Judith había ido, como de costumbre, á una casita +que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la tenía más cerca +de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los +misteriosos avisos.</p> + +<p>Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un +<i>monsieur Jules</i>, joven, hermoso y elegante, de problemática vida; un +aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de <i>croupier</i> en +los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba á las +estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía conocerle mucho +tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra que se da +cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la +hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las +aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de +acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.</p> + +<p>Sánchez Morueta, después de la lectura de los anónimos, recordaba haber +oído su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando +de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el aventurero había +pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía caliente, +apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las +peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de +«asegurar su posición», como ella decía, con una voracidad creciente, +como si la guiase un oculto consejero.</p> + +<p>El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué podía importarle este +chorreo de riqueza que no marcaba la más leve desnivelación en su +fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía haciéndole +abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo de +su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á +tantos causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano +verde, engañado y <i>pagano</i>, eterno personaje de todos los cuentos y las +comedias parisienses! Él había sido <i>le vieux</i> del que se ríe la pareja +joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de +Banco. ¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á +la familia y á las malditas conveniencias sociales, había salido de la +triste aventura sin matar á ninguno de los dos!...</p> + +<p>—¡Pero, hombre, siéntate!—decía el doctor asustado al verle ir y venir +por el despacho como un loco.—No golpees los muebles. Ya sé que de un +puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho +muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se +burle una pájara de esas? Sigue contando... sigue.</p> + +<p>Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el +relato pasó de un salto á la escena final de su novela amorosa, á la +última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de +Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida.</p> + +<p>Sánchez Morueta había llegado sin avisarla, sorprendiendo al <i>monsieur +Jules</i> casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no había sido +completa. No le había visto: sólo había adivinado su presencia en el +desorden de la habitación, en los detalles que revelaban una fuga +rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la puerta +cerrada.</p> + +<p>Después, la escena había sido horrible entre él y su amante. ¡Ay, la +mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de acabar de +una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la +situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más; +mantenerlo en la dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar +la verdad. «Vivimos de mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en +las horas de abandono, cuando en brazos de Sánchez Morueta recordaba su +pasado de aventuras. Pero ahora ya no quería mentir; estaba enamorada de +su <i>Jules</i>, enamorada frenética, con celos de fiera al ver que se lo +disputaban otras más jóvenes; y para atraérselo para siempre, +legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al amante rico, en +destrozarle el alma con su cínica franqueza.</p> + +<p>¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era joven y guapo! ¡Con +qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario revolvíase +con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una +provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus +desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le +regocijaba en los primeros tiempos de su amor.</p> + +<p>—Sí, <i>mon vieux</i>. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se <i>badina pas</i>. Si +tú me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser +amigo del pobre <i>Jules</i>. Y si no, la puerta está abierta. Será lo mejor. +<i>Voilà.</i></p> + +<p>La cínica proposición había hecho rugir al gigante, levantando sus +zarpas con furor homicida. Pero ella ¡la maldita! tenía la tenacidad +glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser +asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de +desafío.</p> + +<p>—Sí, pégame; eso es muy español. Mátame, como matan en tu tierra á las +mujeres, cuando no quieren amar. Anda, <i>don José</i>; ya estamos en el +final de <i>Carmen</i>. ¿Dónde guardas la navaja?...</p> + +<p>Él había sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se dió cuenta de +su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los +peligros de la existencia errante. Y lloró como un miserable, suplicó +vilmente para que no lo abandonase. Hasta creía recordar que se había +arrodillado, agarrándose á sus piernas, sintiendo la desesperación de +perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parecía despedirse de +él al través de la batista que la cubría.</p> + +<p>Sánchez Morueta, hablaba á su primo con la cabeza baja, como un +criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y únicamente cerrando +los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su +conciencia.</p> + +<p>Había sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las +lágrimas con que había mojado durante toda la noche el cuello insensible +de aquella mujer.</p> + +<p>Ella se había apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada +del pobre patriarca, y con la conmiseración maternal que siente toda +mujer por un hombre que llora, lo había tomado en sus brazos, apoyándole +la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acariciándole las barbas +encanecidas.</p> + +<p>La gratitud y la lástima la hacían ser bondadosa, con palabras de triste +consuelo. ¡Ah, <i>gros coco</i>! Había que tomar la vida tal como se +presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empeñarse en pedir +imposibles. Cada uno se enamoraba á su hora. Él la quería, siendo casi +un viejo: ¿por qué se extrañaba de que ella, siendo joven, tuviese +también su momento de debilidad, enamorándose de aquel <i>Jules</i> que +poseía para las mujeres un encanto malsano y dominador?</p> + +<p>Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual +trabajaba á su modo, sin acordarse del corazón, para asegurar su +porvenir. Pero después, con el bienestar llegaba la dulce tontería del +amor. Esto había hecho él, pasando la juventud absorbido en la caza de +la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la época en que +otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurría á ella al ver asegurado +su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso. +¿Por qué no había de conocer su verdadero amor con sus penas y alegrías +después de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... ¡Ah +<i>mon vieux</i>! Había que tomar la vida con serenidad filosófica. A cada +cual su turno.</p> + +<p>Después intentaba consolarle hablando del pasado. No debía desesperarse +el enorme <i>bebé</i> que se adormecía llorando sobre su hombro. Podía +afirmar que había sido amado más que muchos otros. Primeramente, le +había querido con una simpatía pálida y pasiva, porque era bueno con +ella, porque la había sacado de su antigua vida de artista errante, +dándola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira. +Después le había admirado, con una admiración rayana en el amor, al +apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hacía nacer +nuevas industrias, el poder mágico, que esclavizaba el dinero, la +inteligencia que hacía danzar los millones, sin que ninguno se saliera +de línea. Ella adoraba á los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no +presentarse el otro, con algo que no podía explicar. Tal vez era el +encanto de la corrupción y de la juventud, que la enardecía, haciéndola +cometer locuras; pero aun así confesaba que no podía compararse aquel +hombre con <i>su viejo</i> tan bueno y tan generoso... ¿Por qué no había de +aceptar el obstáculo como lo hacían otros? Aún podían ser felices: los +tres vivirían en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que +poseía una fortuna, gracias á él: era buena muchacha y haría lo +necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario +contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.—«Yo solo, +yo solo.» Judith se indignaba. <i>¡Grosse bête, va!</i> Lo que él pedía era +imposible. Ella no podía separarse del que amaba, y tampoco quería +mentir: ella tenía corazón.</p> + +<p>El doctor interrumpió á su primo, que se complacía con doloroso deleite +en detallar los recuerdos de aquella noche.</p> + +<p>—¿Pero, y el niño? ¿Y el <i>hijo del amor</i>?—preguntó con cierta ironía.</p> + +<p>Sánchez Morueta miró al médico con unos ojos que pedían piedad. +Recordaba el entusiasmo con que había hablado á Aresti del pequeñín: +renacían en su memoria las palabras al describir su belleza delicada: +«un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.»</p> + +<p>—No te burles, Luis, es una crueldad. Tú lo adivinaste, sin duda, +cuando te hablé de él. También esta ilusión ha desaparecido. No queda +nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida. +Se lo ha llevado todo... todo.</p> + +<p>Y recordaba, cómo por segunda vez sintió el instinto homicida al ver la +sonrisa burlona con que acogió ella el recuerdo del pequeñuelo. ¡Ah, la +cruel! ¡Con qué sencillez le había arrebatado la última ilusión, +diciéndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la +de aquel tunante que llenaba su pensamiento! ¡Qué tirón tan doloroso en +su alma!... Esta vez, Judith, á pesar de su insolencia, había sentido +miedo ante el gesto desesperado de <i>su viejo</i>. Pero ¡ay! aquella mujer +de carácter doble é inexplicable era invencible. De sus crueldades, +hacía un mérito. Manteniendo en el millonario la ilusión de la +paternidad, podía seguir explotándolo. Así se lo había aconsejado su +amante. Pero ella era una buena muchacha y no quería mentir cuando +llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretendía que su antiguo +protector le agradeciese la cruel confesión. No: el niño no era su hijo. +Y lo repetía satisfecha, como si de este modo afirmase más sus derechos +sobre el hombre amado, colocando el pequeñuelo como un compromiso eterno +entre ella y el <i>amante de corazón</i>.</p> + +<p>Sánchez Morueta salió de aquella casa con el alma rendida por los +crueles descubrimientos. ¡Ni amor, ni hijo! Sólo la convicción del +fracaso; la tristeza de haber creído en una dicha que él mismo se +forjaba engañándose, y un profundo desgarrón en su dignidad, el arañazo +del ridículo en que había vivido durante varios años, que él creía los +mejores de su existencia.</p> + +<p>Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo. Por la noche, el deseo +amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de á dónde se +dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith.</p> + +<p>Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de otra noche como la +anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad +de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con su +amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años +desaparecería sin dejar rastro.</p> + +<p>—Más vale así—dijo el doctor.</p> + +<p>—Sí: mejor es que haya huido.</p> + +<p>Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobardía de la segunda +noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo á +Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación +envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una +sombra de felicidad á la que agarrarse.</p> + +<p>Se hizo un largo silencio. El millonario, después de terminado el +relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si al echar +fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un +golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el +desfallecimiento del hambre.</p> + +<p>—Y ahora, ¿qué piensas hacer?—preguntó Aresti.</p> + +<p>—¿Y tú me lo preguntas?—dijo con desaliento el millonario.—¡Qué sé +yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida. Desde anoche +que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aquí +y llamarte. Tú eres lo único que me resta...</p> + +<p>Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras éste se encogía de +hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar á su primo.</p> + +<p>—Me siento mal, Luis—dijo quejumbrosamente Sánchez Morueta.—Yo me +conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus consecuencias más +adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu vida, dímelo!</p> + +<p>Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego +que no osase moverse é implorase un guía.</p> + +<p>—¿Qué quieres que te aconseje?—dijo el médico.—Lo que yo te puedo +decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?...</p> + +<p>El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para qué? Aquello había +terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la decepción, pero el +mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan +fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando +curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo +del ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay! +¡cómo le aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba +por delante! ¡Qué miedo le causaba la monotonía de una vida sin +ilusiones!</p> + +<p>—Vaya, Pepe: no hay que ser niño—dijo el doctor con autoridad.—Ni +estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi consejo? +Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu +familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste +al lado de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no +sea cierto, esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no +conocerás la infidelidad, ni los celos.</p> + +<p>El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La familia! ¡Su mujer! +También esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.</p> + +<p>Entre él y Cristina se habían agrandado las distancias; no podía esperar +una reconciliación. Él, en su enardecimiento amoroso, no había negado +los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en su despacho. Y con +la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su escena con +Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después, la +explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su +infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la +separación moral en que vivían.</p> + +<p>El doctor le escuchaba pensativo.</p> + +<p>—¿Cristina fué en busca tuya?—preguntó con cierto asombro.—Pues +vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido entre +vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto +por tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque +alguien se lo ha mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará.</p> + +<p>Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre.</p> + +<p>—Vuelve, hombre—continuó el doctor:—es la única solución que puedo +ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa necesidad de +amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio para +llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro +de tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad, +fabricándome ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...</p> + +<p>El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogiéndolo con un +gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una especie de +santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en +emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan +de la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como +aquellos ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer +podía proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa, +sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se reía del +doctor. En el mundo sólo tenía importancia lo que se relacionase con él. +¡A ver cómo no reventaban todas las gentes por cuya triste situación se +preocupaba su primo! Si él era infeliz con toda su fortuna, ¿por qué +habían de ser dichosas semejantes garrapatas?...</p> + +<p>Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la +tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo +acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas, +más de una hora.</p> + +<p>—Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa, +que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando +de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse, pero ahora +esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo.</p> + +<p>—¡Se va!... ¿Y por qué?...</p> + +<p>—¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no puede vivir aquí. Tal +vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta extraño: es cosa +de la juventud.</p> + +<p>Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo +que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba alegría la posibilidad +de que el joven sufriera como él. Era un consuelo egoísta y feroz ver +que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en +gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al +ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!...</p> + +<p>Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver á los altos hornos +después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el último +momento.</p> + +<p>Venía para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan +pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista +baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los +ojos.</p> + +<p>Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara +juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala bestia; llevaba la +señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.</p> + +<p>De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de los penados, unidos +eternamente por la misma cadena.</p> + +<p>—¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en la fundición?... +¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla.</p> + +<p>El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni disgusto ni ambición de +dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía la nostalgia de +ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de los de su +tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para América; +aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de +llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se +marchaba.</p> + +<p>El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisión de las palabras +del joven, se convenció de que éste mentía.</p> + +<p>Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con que le había +distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba resuelto á +la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los +altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes.</p> + +<p>—¡Te vas, hijo mío!—exclamó el millonario con repentino +enternecimiento.—Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí +donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve. +No nos despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á...</p> + +<p>El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le +interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la +fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si +Sánchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por +allá, pasaría él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta +nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de +Las Arenas.</p> + +<p>—Adiós, hijo mío... Hasta la vista.</p> + +<p>Y estrechó con efusión la mano del joven.</p> + +<p>Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por +tantas emociones, se dejó caer en el sillón.</p> + +<p>—Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el +vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de +la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.</p> + +<p>—No, Pepe—dijo al doctor.—Tengo la certeza de que ahora encontrarás +allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.</p> + +<p>—¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...</p> + +<p>—Yo nunca—dijo Aresti.—Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y +lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu +vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún +es á qué precio vas á pagarla.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + + +<p>El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin +que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los +recuerdos del millonario.</p> + +<p>De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez +Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al +escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era +caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los +negocios minaban su salud.</p> + +<p>—Es la crisis que él temía—pensó el médico.—Pero cuando no me llama +sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa.</p> + +<p>Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta +que éste le llamase.</p> + +<p>Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El +marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo.</p> + +<p>—No es que yo crea que va á morir—dijo el capitán—pero muchacho, anda +muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta +parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por +su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de +lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina +parece otra; nunca la he visto tan alegre.</p> + +<p>Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud, +yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera +considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta +elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la +daban el aspecto de una beata.</p> + +<p>Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas +y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura +del agradecimiento.</p> + +<p>En fin, querido <i>planeta</i>—continuó el capitán—que parecen unos novios. +No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros, +completamente.</p> + +<p>Aresti sonreía.</p> + +<p>—¿Entonces—preguntó—la casa de mi primo será un nido de amor?</p> + +<p>—Hombre, yo te diré—repuso el capitán con cierta vacilación.—Me gusta +que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo. +Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de +Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña +Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de +Nicanora, el <i>aña</i>? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo +necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho +que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita +parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero +la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro +de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me +rompieran la cabeza cuando al sitio!...</p> + +<p>—Y Pepe ¿qué dice?...</p> + +<p>—Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena +su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras +cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un +disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir +á verle.</p> + +<p>—¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia: +allí no hago yo falta.</p> + +<p>—Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta +por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á +su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta +de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el <i>Capi</i> es muy franco. +Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola +ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa +en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la +mala cara que pueda hacerte tu parienta!...</p> + +<p>Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque tenían á su primo en +una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban á otro +médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al instante. +Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al +mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas +gentes ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una +bomba. ¡Je, je, je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el +tranvía.</p> + +<p>Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez Morueta, encontró en +un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.</p> + +<p>Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oyó un rumor de +voces, hablando con apresuramiento, y después un ruido de pasos y de +faldas en fuga.</p> + +<p>—¡No quiero verle!—gritó una voz sofocada que el médico creyó +reconocer.</p> + +<p>Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba aquella fuga +misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á entender lo +inoportuno de su llegada.</p> + +<p>El doctor pensó que las que habían huido para evitarse su presencia eran +las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su +mujer.</p> + +<p>La entrevista fué glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el +menor esfuerzo por disimular la antipatía que le inspiraba el médico. +Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se presentaba +allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña +absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico +á otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas +se separaban para siempre.</p> + +<p>Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba como si no se diera +cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto +asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un +aparecido.</p> + +<p>Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró con inquietud á una +puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á pasarla.</p> + +<p>—No sé si podrás verle—dijo con los labios apretados.—Está delicado: +no gusta de recibir visitas.</p> + +<p>—¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos...</p> + +<p>Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de pie y se dirigió á la +puerta que comunicaba el salón con el despacho del millonario.</p> + +<p>Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un grito de alegría, +reconociendo á su primo.</p> + +<p>—¡Luis! ¡Luisito!...</p> + +<p>Y le tendió las manos sin abandonar el sillón. Aresti le abrazó. +Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había adelgazado +mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en su +rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la +nariz más grande y pesada.</p> + +<p>Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer momento de expansión +se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que +Aresti leyera la cubierta del volumen.</p> + +<p>Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie cerca de los dos +hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones fraternales.</p> + +<p>Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la enfermedad. Conocía +aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba en el +organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.</p> + +<p>—¡Un trastorno moral! Eso es—dijo la señora con voz áspera.—Siempre +que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado. Por +fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él +cómo se adquieren.</p> + +<p>Y á continuación, para cortar la entrevista, recordó á su marido la +conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.</p> + +<p>—¡Pero, si es Luis!—dijo el gigantón sin atreverse á mirar á su +esposa.—¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba mucho +que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como +hermanos.</p> + +<p>Y su acento humilde parecía excusarse de este cariño, pedir perdón á la +esposa por un afecto superior á su voluntad. Se notaba en él la +abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta +y teme á cada momento que le recuerde su pasado.</p> + +<p>Apareció Pepita en la puerta haciendo señas misteriosas á su madre y +ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de +Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían despedirse de +las señoras.</p> + +<p>Al quedar solos los dos hombres, el medicó se aproximo á su primo. Les +dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera +situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?...</p> + +<p>Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer.</p> + +<p>—Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué +cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que +deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro +hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que +descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.</p> + +<p>Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la +fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más +leve movimiento.</p> + +<p>—¿Y <i>aquello</i>?—preguntó misteriosamente el doctor.—¿Se olvidó ya por +completo?...</p> + +<p>El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un +movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las +palabras de su primo. No debía recordarle <i>aquello</i>: le causaba +vergüenza y repugnancia.</p> + +<p>Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de +su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al +despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose +entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos +primos.</p> + +<p>Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer +comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las +puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como +si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»</p> + +<p>El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban +á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con +satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no +dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!...</p> + +<p>Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente +con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su +lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de +enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico, +le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la +prohibición, obsequiaba al tío.</p> + +<p>Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á +Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que +le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el +cigarro con que le había alegrado poco antes.</p> + +<p>Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo +iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola +en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito +de la obra.</p> + +<p>—¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy <i>profunda</i>? Pues el segundo +tomo todavía es mejor.</p> + +<p>Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti, +como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más +notables que se habían publicado en el siglo: las «<i>Respuestas á las +objeciones más comunes contra la religión</i>» del Padre Segundo Franco, un +jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por +tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa +ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición +y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como +crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse. +Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas, +con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la +Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro.</p> + +<p>—Usted debía leerlo, doctor—dijo con impertinencia el abogado de +Deusto.</p> + +<p>Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de +las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se +probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier +vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:</p> + +<p>—Joven—dijo con gravedad desdeñosa,—hace muchos años que leo lo que +mejor me parece, sin necesidad de consejero.</p> + +<p>Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su +primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.</p> + +<p>Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían +mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle, +buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora +animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el +médico.</p> + +<p>Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que +preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de +Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan +hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y +honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de +grandeza.</p> + +<p>Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus +enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el +abogado, cuyas palabras le irritaban.</p> + +<p>—¿Y qué tiempos fueron esos?—preguntó irónicamente.</p> + +<p>Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella +oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios +literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un +vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del +Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los +<i>Jaunes</i> prudentes y valerosos; cuando la mala peste del <i>maketismo</i> no +había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los +vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á +los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus +descendientes habían derrotado á los <i>guiris</i> y los <i>ches</i> de pantalones +rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus +libertades.</p> + +<p>Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos +batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de +historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias +nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de +Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de +hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.</p> + +<p>—No: Vizcaya no tiene apenas historia—continuó el doctor,—y por esto +posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo +que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está +en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que +pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo +colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para +explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á +la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes +cabelludos y zafios que en Padura gritaban <i>¡sabelian, sabelian sarrtu!</i> +avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el +vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que +obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede +producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi +primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que +pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín +moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas +industriales, que todos aquellos <i>Jaunes</i>, sucios, barbudos y llenos de +costras.</p> + +<p>Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío, +temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á +la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que +la discusión no quedase ahogada.</p> + +<p>—No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas +tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo +rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.</p> + +<p>Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas +fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el +afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que +experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á +la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella +lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el +deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la +dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los +jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de +las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.</p> + +<p>Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento. +Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y +miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran +vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas? +Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por +dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San +Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la +revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de +evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que +mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo +conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...</p> + +<p>Aresti le interrumpió:</p> + +<p>—Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo, +el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.</p> + +<p>Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á +caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como +apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto +muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su +fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya +conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la +masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio! +Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán +por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes +religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los +ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver! +¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los +tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de +sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban +su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También +les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los +poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido. +¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos; +hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de +los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban +destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no +podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo. +Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á +los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu +religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los +magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si +buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse +engañar por absurdas propagandas...</p> + +<p>¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin +voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida +ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los +conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y +especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los +conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un +cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían +insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían +hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó +menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de +empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban +contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se +lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las +cuestiones del trabajo?...</p> + +<p>Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle +aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que, +por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.</p> + +<p>El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el +joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus +palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el +deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin +consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella +casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una +calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su +pensamiento.</p> + +<p>A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y +rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que +éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los +directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase +superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no +iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y +locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero +enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de +la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía +por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser +oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.</p> + +<p>El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de +modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el +cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa +transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su +verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de +experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro. +Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la +tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los +oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida +que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única +fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como +á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte, +declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que +únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la +tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el +ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.</p> + +<p>Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.</p> + +<p>—¿Y la caridad?—gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral +cristiana?</p> + +<p>—¡La caridad!—contestó el médico sonriendo con sarcasmo.—Es el medio +de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los +desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el +buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que +perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral +cristiana.</p> + +<p>Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería +más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una +aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban +el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas +del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin +excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no +dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar. +La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes +bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas +de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de +los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se +equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne +con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que +ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo. +Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba, +entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de +que su Dios los había maldecido.</p> + +<p>Los privilegiados empleaban la religión como un escudo. «Nada de esperar +en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y había que +ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo podía ser +feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la muerte; +dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia +le quieren arrebatar...»</p> + +<p>Así se expresaban los que tenían interés en que continuase en la tierra +todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias. ¿Cómo no habían +de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba el +camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que +la quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden +sobornar con dádivas á los sacerdotes?</p> + +<p>El cristianismo había engañado al pobre, manteniéndolo en su triste +estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el +carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el extremo de su +cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á él!... +Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio +á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban. +Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie +de funcionario invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos +sus buenos servicios, levantándole viviendas, derramando el dinero á +manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...</p> + +<p>Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas enrojecidas. ¿Qué +horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía +acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber +provocado al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase. +Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado +por la sorda y desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de +Deusto temía aparecer vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al +doctor con exclamaciones burlonas ó con gestos escandalizados. «Está +loco: este hombre está loco.» Aprovechando una pausa de Aresti, <i>colocó</i> +la objeción que tenía preparada. Criticar era fácil. Pero ya que el +doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, debía decir cuál +era la suya.</p> + +<p>Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era posible que no lo +entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto. Además, una moral +con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la mañana como un +sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el +pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera +etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral +para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo +de los humanos, tenía forma.</p> + +<p>—Yo—dijo Aresti con sencillez—adoro la Justicia Social como fin y +creo en la Ciencia como medio.</p> + +<p>Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La +moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que +era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la +Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo <i>no</i> +donde el catecismo dice <i>sí</i> y <i>sí</i> donde dice <i>no</i>, se tiene hecha y +derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con +esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los +pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los +grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta +definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.</p> + +<p>Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la +proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia +podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque +Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna. +Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de +impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas. +Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero +materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda +desmoralización.</p> + +<p>El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba +al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de +existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo +tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de +podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían +castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin +miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que +no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción +de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los +semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que +contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al +infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben +apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie +hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos +á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el +crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea +posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.</p> + +<p>—¿Es esta su moral, doctor—preguntaba irónicamente el abogado.—¿No es +esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...</p> + +<p>Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de +lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza +baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó +los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho +no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer +tendría razón al elogiar sus cualidades.</p> + +<p>Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios, +con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y +las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos +atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era +que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los +períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente?</p> + +<p>El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de +moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una +regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que +porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre +no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la +violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad +desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á +desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma +parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia +podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de +inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los +que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad +egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la +vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra +sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.</p> + +<p>Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de +los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó, +cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si +su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que +lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la +importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de +la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos +inventados por las religiones.</p> + +<p>El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la +humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un +componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á +su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de +haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus +sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos +animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no +duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la +necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción. +En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste +(deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea +sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte +de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su +vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un +cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal +colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas +satisfacciones morales.</p> + +<p>—Hacer el bien á los semejantes—continuó Aresti—sin esperanza de +recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los +hombres del <i>materialismo</i>, es ser más idealista que el devoto que +compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de +la tierra.</p> + +<p>El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las +religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se +desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo +nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y +mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y +al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni +en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de +socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos +los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido +siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de +la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba +generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de +la conciencia colectiva.</p> + +<p>Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el +menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello +eran <i>filosofías alemanas</i>, monsergas confusas que habían inventado los +impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en +Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el +Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los +<i>filósofos</i>!...</p> + +<p>Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y +desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello +no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que +consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos +electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de +Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión +personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral +cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo +ante las señoras sus energías de apóstol.</p> + +<p>Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma +religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la +esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las +inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el +cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los +naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino +estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en +amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un +individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la +humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose +sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el +pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale +saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el +trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo +y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el +esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.</p> + +<p>El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza +de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser +hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia. +El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución +incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de +sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea +justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de +humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas. +¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las +explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la +injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é +ignorantes?</p> + +<p>En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que +le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había +descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser +siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la +tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento. +Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica +aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra: +suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía +empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación +dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus +necesidades.</p> + +<p>El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios, +el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco +podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la +abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el +pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.</p> + +<p>—Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera—decía el +médico con entusiasmo.—Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á +la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los +acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto +y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y +hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No +mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la +realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que +salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha, +suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo, +pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la +humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son, +como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas +sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.</p> + +<p>Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis! +¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado +por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la +actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del +trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban +contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que +la ensalzasen.</p> + +<p>La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su +sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su +instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación, +queriendo auxiliar á Urquiola.</p> + +<p>—No entiendo esa moral—dijo á Aresti con voz ruda.—Nada me importa: +esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos +con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la +humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...</p> + +<p>Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba +al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni +soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para +que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y +doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan +buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...</p> + +<p>—A eso conduce vuestra moral—añadió con dureza.—A hacer infeliz á una +pobre criatura, buena como una santa.</p> + +<p>Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él, +convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y +Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza +humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en +silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.</p> + +<p>Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía +un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento +ruidoso y que no volviese.</p> + +<p>—Ya que no crees en nada de la religión—dijo tras una larga pausa, con +una sonrisa dulce que daba miedo,—tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es +para tí nuestro divino redentor?</p> + +<p>¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva, +como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos +ojos azules que le miraban con desprecio!...</p> + +<p>—¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo +con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su +sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y +practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las +autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos +que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.</p> + +<p>Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las +explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta +calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de +ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado +su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta! +Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.</p> + +<p>—¿Has oído, Pepe?—gritó mirando á su esposo.—¿Y tú consientes estas +atrocidades en tu casa?</p> + +<p>Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como +asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.</p> + +<p>—Me voy—siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su +esposo.—No quiero escuchar más á este hombre.</p> + +<p>Y dirigiéndose á Pepita, añadió:</p> + +<p>—Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu +padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.</p> + +<p>Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un +momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de +presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en +nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de +«poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le +inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar <i>al +tío</i> y acabó por marcharse en busca de las señoras.</p> + +<p>Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como +anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el +silencio.</p> + +<p>—Pepe, adiós—dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo +una mano á su primo.—Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes +eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.</p> + +<p>—¡No te vayas así!—exclamó el millonario con ansiedad.—De seguro que +estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina +es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la +paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á +las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has +estado fuertecito...</p> + +<p>—Adiós, Pepe—volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza +que ahora caía débil y sin voluntad.—Que seas muy feliz.</p> + +<p>—Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará: +ya sabes que otras veces también habéis regañado...</p> + +<p>—Adiós, adiós.</p> + +<p>Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando +excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus +espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco +fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + + +<p>A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los +obreros de las minas.</p> + +<p>Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor +Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca +minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas, +afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero +que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En +Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á +navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su +deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un +gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los +mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su +petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la +música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros +de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la +propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las +fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los +representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría +taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de +las teorías revolucionarias.</p> + +<p>El <i>Milord</i>, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de +los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en +la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á +sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la +vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres +con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían. +Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando +en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la +montaña. Ahora, el <i>Milord</i> hablaba con terror de frecuentes robos de +dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían +ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á +armar!...</p> + +<p>Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa +de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de +los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda +circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría, +y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques +inactivos esperando una carga que no llegaría nunca.</p> + +<p>—Esto se pone feo, don Luis—suspiraba el admirador de +Inglaterra.—Esto va á ser la muerte de las minas.</p> + +<p>Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los +peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres +eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas +presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las +huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían +mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los +compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito +de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas +que los otros pudieran conseguir.</p> + +<p>—¡Pero, malditos!—exclamaba el doctor, oyendo al <i>Milord</i> y á otros +contratistas.—¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que +el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...</p> + +<p>Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las +costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las +empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo +se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el +fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco +perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á +que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro. +Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban +el jornal para no morirse de hambre.</p> + +<p>El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor +del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe, +y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de +Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña.</p> + +<p>—Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen +perros—exclamaba indignado.—Cada vez hay menos entierros. Ya van al +cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de +badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que +llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las +Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...</p> + +<p>Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de +hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más +escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.</p> + +<p>A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos +por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas +nocturnas.</p> + +<p>Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos +los notables de Gallarta. El <i>Chiquito de Ciérvana</i>, el barrenador +famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de +Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía +verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de +allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no +fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia +al lado de su barrenador.</p> + +<p>Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y +menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse +con el <i>Chiquito de Ciérvana</i>, que era la gloria más grande de las +Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que +pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable +cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los +detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta +por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la +lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones +que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la +apuesta.</p> + +<p>Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que +en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de +cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al +dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.</p> + +<p>En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo. +Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra +aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las +canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos +artistas.</p> + +<p>Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos +de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los <i>pobres +cuitados</i> de Guipúzcoa. El <i>Chiquito de Ciérvana</i> era vigilado y mimado +como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por +las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía +y bebía.</p> + +<p>—¿Cómo va ese valor?—le preguntaban tentándole los brazos duros y +elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con +una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su +resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el <i>Chiquito</i> se dejaba +agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos +recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle +el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.</p> + +<p>Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa +victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho +<i>Cordón Rouge</i>, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su +superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona <i>sangardúa</i> +de sus montañas.</p> + +<p>Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á +Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla +su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos +admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por +ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía +interés por ella.</p> + +<p>Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer +el trabajo del <i>Chiquito</i>. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién +era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba +el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su +barrenador.</p> + +<p>Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos +del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el <i>Chiquito</i>?... Y +como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes. +Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de +Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles, +echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con +retos á los bilbaínos de las minas.</p> + +<p>La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El +<i>Chiquito</i> había salido el día antes con varios de sus admiradores para +estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron +después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el +convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los +mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de +cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión. +Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de +pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las +que <i>tienen cartera</i>.</p> + +<p>Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había +comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de +caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las +calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas +mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si +fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á +gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única +autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que +un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de +escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos +de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro +sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de +uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.</p> + +<p>Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una +verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba +con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con +altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión +campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado +desafiarles?... <i>¡Pobres cuitados!</i></p> + +<p>Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos á los balcones de +la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en +primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio +de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los +juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones +de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían +delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón +formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba +que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las +boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al +momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío.</p> + +<p>Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas, +encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros +arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un +molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra +profundamente aplastada.</p> + +<p>La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las +fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente, +como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los +gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por +sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba +algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se +hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las +abrumadas bestias.</p> + +<p>Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no +ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más +gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan +con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión +los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á +los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar +carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario +trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la +miseria campestre.</p> + +<p>El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo, +recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por +el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos, +de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos +Olímpicos.</p> + +<p>—Sí; se parecen—pensaba Aresti.—Pero como se asemejan el ave de +corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.</p> + +<p>Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre +el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor +se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.</p> + +<p>Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio +vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían +haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella +tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle, +estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio +tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de +aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los +comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra, +cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar +su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su +imagen.</p> + +<p>Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de +San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que +se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa, +resultaban comunes á toda una raza.</p> + +<p>El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían +las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de +voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca», +que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión +varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la +Vendée. El odio al <i>guiri</i>, al español de pantalones rojos llegado de +las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como +una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad +madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de +los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con +su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.</p> + +<p>Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y +poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo +del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen +infranqueables.</p> + +<p>Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del +Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni +alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos +donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En +todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y +confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por +lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad. +Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el +bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el +suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de +haber dado al mundo un santo de fama universal.</p> + +<p>Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó +el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas +de los <i>aizkoralaris</i> ó partidores de leña y la apuesta de los +barrenadores, quedaba para la tarde.</p> + +<p>Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los +del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras +repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado +desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la +fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle +huyendo de la atmósfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de +tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas +por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta, +guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con +la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre +como un fusil.</p> + +<p>Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una +taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón +cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el +alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el +viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad +sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una +entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que +contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido +la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y +estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que +cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin +pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.</p> + +<p>El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los <i>versolaris</i>, los +trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía +florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos +campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una +gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las +rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la +muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del +chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de +viva voz, un <i>versolari</i> iniciaba el tema, seguro de que al momento +surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el +razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la +interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al +público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus +versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de +fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las +grandes ciudades.</p> + +<p>Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias +de los <i>versolaris</i> y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de +producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana +alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma +sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran +espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento +divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los <i>versolaris</i> eran +graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes +de comprender sus palabras.</p> + +<p>El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los +hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los +versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la +tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación, +ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la +belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del +cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven +en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los +sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la +hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á +vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.</p> + +<p>Más de una hora llevaban los <i>versolaris</i> lanzándose razonamientos de +balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre +volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la +voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas +del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de +cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran +renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún +admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste, +después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.</p> + +<p>A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió +á ella la gente, oyendo el silbido del <i>chistu</i>, que hacía locas +escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los +<i>versolaris</i> se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la +fiesta.</p> + +<p>Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros, +fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores +sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar? +No había que tener miedo por cantidad más ó menos: <i>había cartera</i> de +sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros, +habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas +en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á +ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar +perdón.</p> + +<p>La fiesta comenzó por la lucha de los <i>aizkoralaris</i>. Habían colocado en +el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados +en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el <i>chistu</i> y el +<i>dambolin</i>, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus +hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y +subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.</p> + +<p>Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los +mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de +toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de +leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de +Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como +leñadores á aquellos rústicos.</p> + +<p>Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas +marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un +golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de +aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin +necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían +los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el +crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno +de los <i>aizkoralaris</i> iba delante de los otros; les avanzaba por +momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de +pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer +el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un +tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de +los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién +era el vencedor.</p> + +<p>Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda, +confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y +otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes +arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el +momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia +tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.</p> + +<p>La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros, +cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus +instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso +adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron +al espacio libre.</p> + +<p>Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su +mirada por encima de los hombros que tenían delante.</p> + +<p>El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados, +ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El +<i>Chiquito de Ciérvana</i> se pavoneaba con la palanca al hombro, +presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en +la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.</p> + +<p>—¡Olé, mi niño!—gritaban los mineros. <i>¡Ené el Chiquito!...</i> Ahora se +va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí <i>hay cartera</i> para él!</p> + +<p>Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las +plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus +carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las +recogiesen. El <i>Chiquito</i> sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus +protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto +taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de +todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se +despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre +las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían +perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó +llegase más adelante sería el vencedor.</p> + +<p>Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las +piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que +formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el +orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie, +con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer: +sus brazos mostraban la regularidad de una máquina.</p> + +<p>Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos. +Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y +levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los +movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén +del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos: +rugían <i>¡haup! ¡haup!</i> al doblarse por la cintura, señalando cada golpe +con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con +los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún +que el barrenador.</p> + +<p>Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza. +Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una +aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una +carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el +<i>¡haup! ¡haup!</i> de los acompañantes con una regularidad mecánica, +interrumpidos algunas veces por el <i>¡brrr!</i> de los barrenadores, que al +respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga.</p> + +<p>Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes +humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes, +fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía.</p> + +<p>Transcurrieron algunos minutos. El <i>Chiquito</i> trabajaba más aprisa que +su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la +veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo +movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y +cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que +pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero. +¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!...</p> + +<p>—¡Olé, <i>Chiquito</i>!—gritaron agitando sus manos cargadas de +pedrería.—<i>¡Haup!... ¡haup!</i></p> + +<p>Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que +servían de auxiliares á su barrenador.</p> + +<p>La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos +los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate, +entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos +contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del +nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El +hombre-caballo frente al hombre-buey. El <i>Chiquito de Ciérvana</i>, +vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer +arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le +rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que +mugían junto á su oído <i>¡haup! ¡haup!</i> Él era quien reglamentaba los +movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por +ellos como lo hacía su contrincante.</p> + +<p>En cambio, el <i>Chiquito</i> deteníase algunas veces, lanzaba en torno una +mirada satisfecha, se escupía en las manos, y agarrando de nuevo el +perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente aún no se había +detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando +la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.</p> + +<p>Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la marcha de la lucha. +El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á otra sin +levantar la vista. El <i>Chiquito</i> le llevaba aún un agujero de ventaja +como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su +alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro por cada +peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban +su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del +país. ¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!...</p> + +<p>La segunda hora de la lucha se desarrolló en silencio. La gente parecía +anonadada por la monotonía del espectáculo. La espera interminable +embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto no hubo +gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á +iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el +<i>Chiquito</i> que hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.</p> + +<p>Aresti presentía este suceso desde mucho antes. El <i>Chiquito</i> se detenía +á descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresión de +triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habíanse sucedido al lado +de él varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el +relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban tenían que +gritar <i>¡haup, haup, haup!</i> con más lentitud, esforzándose en vano por +animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra como si fuese una +bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo, sin poder +salir de su paso.</p> + +<p>El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la +cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el +busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y +recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales, +muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de +actividad.</p> + +<p>Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí +ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían +como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de +su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con +<i>Cordón Rouge</i>. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla +en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus +enemigos.</p> + +<p>Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso. +¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!... +Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces +con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más +de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra +de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...</p> + +<p>Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los +acompañantes del <i>Chiquito</i>, se colocaban á ambos lados quitándose las +chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su +corpulencia; mugían <i>¡haup, haup!</i> con toda la fuerza de sus pulmones, +como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del +barrenador.</p> + +<p>El <i>Chiquito</i> cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus +protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado +por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á +imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran +cosa.</p> + +<p>—¡Arrea, ladrón!—mugían sus ricos padrinos—¡Fuerza... porrones! ¡Me +caso con tu madre!...</p> + +<p>Y de este modo iban intercalando en el continuo <i>¡haup, haup!</i> toda +clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que +hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para +caer de nuevo en el desaliento.</p> + +<p>Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El <i>Chiquito</i> estaba en +la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente +había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en +torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con +el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.</p> + +<p>Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les +permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas +gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que +los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la +fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor +del guipuzcoano.</p> + +<p>Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El +gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos +de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna +próxima.</p> + +<p>Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido +como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á +muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de +huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En +el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.</p> + +<p>Dentro del casino encontró al <i>Chiquito</i> tendido en una banqueta, +envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño +poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones +algunos de las minas.</p> + +<p>—¿Qué dice usted de esto, doctor?—preguntaron á Aresti con +desesperación.</p> + +<p>Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían +civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne, +le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro +de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el +vencido.</p> + +<p>Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena +gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la +banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían +atiborrado á todas horas.</p> + +<p>—¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición al champagne. +Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil +duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos perdido +por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si apareces +en las minas.</p> + +<p>Cada cual se alejaba, después de desahogar su cólera, con la +precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los compañeros, sin +acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota que borra +toda amistad.</p> + +<p>El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompió á llorar.</p> + +<p>—¡Don Luis! ¡Don Luis!...</p> + +<p>Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil que los lamentos de +los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas del +hospital.</p> + +<p>Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós comilonas y agasajos, el +trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado con envidia por sus +antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras acompañando á +los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser un +trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si +volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un +remordimiento las grandes cantidades que había hecho perder á los +señores.</p> + +<p>—Me iré—gemía.—¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me embarcaré en el +primer barco que salga para América.</p> + +<p>Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían para llevarse al +<i>Chiquito</i>: querían agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No +debía entristecerse: ya habían visto todos que era un gran barrenador. +Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con aquellos señores +tan fanfarrones: él no era más que un <i>mandado</i>. Su contrincante le +esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.</p> + +<p>Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como un testimonio de su +gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.</p> + +<p>Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer; la gente se había +esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las puertas de las +tabernas. Los <i>versolaris</i>, cada vez más ebrios, espoleados por el gran +suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el triunfo de los de la +tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que provocaban el +regocijo de los aldeanos.</p> + +<p>Iban alejándose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos +de campesinos bebían el último trago con los del pueblo, antes de +emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa +lucha durante la velada en la casería.</p> + +<p>En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se +había reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un +<i>aurresku</i>, la gran danza vasca que tenía algo de rito primitivo. Un +ágil bailarín que era el conductor del <i>aurresku</i> lo iniciaba con el +paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y después de +pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una serie +de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar +en el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había +ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición +social, se negase á este honor. Aresti había visto á señoras de la +rancia nobleza admitiendo el <i>aurresku</i> con campesinos y marineros. Era +una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer +apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos. +Ella no hacía más que completar el cuadro, mientras él, al son de las +interminables escalas del pito, parecía hablar con los pies, con la +mímica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y +alardes inauditos de agilidad gimnástica, que recordaban á Aresti las +danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de Aclimatación de +París.</p> + +<p>El público elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero +hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del doctor. Aquel +<i>aurresku</i> no le llamaba la atención; él los había visto danzados por +reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto <i>aurresku</i> +bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado +para nadie, por ser la danza vascongada la más honesta del mundo.</p> + +<p>Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un fondín que servía de +alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él sentía también +el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como una +curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de +encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían +ido á pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del +lugar de la derrota.</p> + +<p>El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas +de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedería +era como una antesala del convento.</p> + +<p>A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo el camino recto que +atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había caído +durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y +limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas +de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del +vapor, la nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los +robledales. Los rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el +verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos +vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.</p> + +<p>Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto monumental y +aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio +de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la +iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la +estatua de mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da +acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos +túneles de hojarasca, ofrecían su fresca sombra de tonos verdosos.</p> + +<p>El doctor contempló con cierta admiración el edificio enorme y +aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas tenían un +arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra +arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si +quisieran ser conocidos de lejos.</p> + +<p>La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda +de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con un escudo de +armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos +rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo, +de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas, +lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.</p> + +<p>A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos alas del monasterio, de +rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificación, +enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto de la +cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.</p> + +<p>A un lado extendía su corriente el río Urola, pasando bajo un puente +metálico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto +lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban á hacer +ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el monasterio.</p> + +<p>Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de +mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los altares +eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de +color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de +fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo +de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una +sensación de dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y +bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitería. Los +segmentos de la cúpula estaban ocupados por grandes escudos de las +naciones donde la Orden ignaciana había adquirido más arraigo; las +<i>provincias</i> de la Compañía, como ella las llamaba en su ensueño de +dominación universal.</p> + +<p>El doctor abandonó la iglesia después de haber distraído con su +presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas +ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de +distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa +del santo.</p> + +<p>En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa solicitud de todos los +parásitos que viven á la sombra de un monumento frecuentado por +viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la que se +vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas +para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San +Ignacio?...</p> + +<p>Se indignó el mendigo ante esta concurrencia. ¡Largo de allí! ¿No tenían +bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y él fué +quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía á un patio +descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una +campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar +por él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas +cuantas piezas de cobre.</p> + +<p>—Ahora mismo saldrá el hermano.</p> + +<p>Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el +agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la +antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había abarcado +en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo +dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación.</p> + +<p>La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al ser tragada por el +monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba de +albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba +el período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos +superpuestos de aquella España católica que aún tenía moros en su +territorio. El cuerpo inferior, el más grande y fuerte, era de grandes +bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y éstas pequeñas y +profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir á cubierto de +sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con +ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de dibujo árabe, +y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes, +que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la +sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país +vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia, +copiada de los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo +artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en +ellas á la caída de la tarde, después de haber leído un libro de +caballerías.</p> + +<p>Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la dualidad de carácter +del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al +cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva, +el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido en +humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea, +sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo.</p> + +<p>Se abrió la portería y salió el hermano.</p> + +<p>—¡Santos y buenos días!—dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al +mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rápida mirada +al visitante.</p> + +<p>Era un joven que llamaba la atención por la delgadez del cuello que +hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus orejas abiertas como +abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la piel florecía +con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras +rezumando, con una frescura que atraía á las moscas.</p> + +<p>Era el hermano encargado de enseñar la casa del santo. Por debajo de las +sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que andaba sin el +menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los demás +servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin +turbar el aislamiento de los Padres.</p> + +<p>Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas de su calzado, que +eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificación +más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido +interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no +pudiendo entrar en el monasterio.</p> + +<p>Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada rellano, y entraron +en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la +atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía tocarse +con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso +artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos +encuadramientos.</p> + +<p>El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las +telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas: +testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas á la +Compañía. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrás de un +vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras +de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta leía un libro, vestido +con gregüescos y capotillo de vueltas de velludo como un galán del +teatro clásico. Una batería oculta de luces eléctricas iluminaba esta +exhibición de feria.</p> + +<p>El hermano no podía ocultar su admiración cada vez que explicaba el +significado de esta parte del altar, no obstante los años que llevaba +enseñándola á los forasteros. Aquella figura de cera era de don Íñigo +de Loyola, cuando aún no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la +Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo +en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fué el +punto de partida de su conversión.</p> + +<p>Con voz de <i>cicerone</i> convencido, el hermano explicaba á Aresti la +historia del santo.</p> + +<p>—Dios le llamó á su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvidó de +todo, á pesar de que era un caballero muy galán y mundano. Porque nuestro +santo padre San Ignacio era militar, ¿sabe usted?... militar.</p> + +<p>Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiración y respeto. +El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia, +los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden había +sido soldado, sonreía con cierta malicia, como si pensase en los +devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales +alguna habría tocado al santo, cuando aún no pensaba en serlo. Le +llenaba de orgullo la nobleza y el carácter caballeresco de la juventud +del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenían entre sus +iniciadores más que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las +últimas capas sociales.</p> + +<p>Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera, +tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombrío, en el vasco de +carácter complicado, que llenó el mundo con su nombre, siendo cada +período de su vida una contradicción violenta. Primero, el soldado +presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer +bello, y perder la rudeza propia de su país. Después, al convencerse de +que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la +raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces +le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo +tiempo, se convierte en matón de la Virgen, queriendo dar de puñaladas á +un morisco que blasfema de ella, y poco después se deja apedrear por los +chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas +extravagancias, remedo de las de San Francisco de Asís. Pero la dulzura +poética del solitario de la Umbría, su santidad soñadora, no cabe en el +carácter positivo y práctico de un vasco. Ya que se dedica á Dios, ha de +ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe +servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea +renacen en él. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana +necesita un fuerte auxilio, y lleva á la religión la disciplina del +campamento, fundando, no una Orden, sino una Compañía, organizando un +ejército negro que ofrece á los Papas, formando los soldados en el molde +de su férrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio, +con la rigidez de los autómatas, con esa insensibilidad que hace +invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte +de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillería, toma aires de +vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre +los príncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y +muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentáneamente al +catolicismo conservándole los pueblos latinos.</p> + +<p>Aresti admiraba á Íñigo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza, +incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando +instintivamente el poder y la riqueza de la santidad ascética, por la +que habían pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la +penitencia, comidos de parásitos, sin otra fortuna que la soga ceñida á +los riñones.</p> + +<p>Había sido un admirable comerciante de la religión: un talento práctico +surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra, +ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía, +aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban +por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas, +para la mayor gloria de su Dios.</p> + +<p>El hermano sacó al médico de su ensimismamiento, enseñándole la parte +superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazón del santo. +Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo, como sabía +todo el mundo, estaba depositado en el <i>Jesu</i> de Roma.</p> + +<p>—Sí: lo conozco. Lo he visto—dijo Aresti.</p> + +<p>Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al +simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se +interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase +dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.</p> + +<p>—¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!—exclamó el hermano mirándolo con +cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos.</p> + +<p>—Sí—dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le +admirase aquel pobre hombre.—Estuve cuando la última peregrinación.</p> + +<p>El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno +de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad; +muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que +despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía +considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo +todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del +que pasa mucho tiempo condenado al silencio.</p> + +<p>Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder +el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin +otro adorno que un retablo.</p> + +<p>—Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,—dijo con voz meliflua—y +aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para +entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que +nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa. +Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado +por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.</p> + +<p>Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba.</p> + +<p>—Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el +suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo. +En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el +suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como +recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del +santo.</p> + +<p>—Sería de rabia—dijo Aresti con gravedad imperturbable.</p> + +<p>—De rabia y de miedo—contestó el hermano con modestia.—Tal vez el +maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden.</p> + +<p>Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez +que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la +admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El +cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el +cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que +quisiera tocar el cielo.</p> + +<p>—En esta habitación—dijo el lego—nació nuestro santo fundador. Aquí +tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá +oído hablar de ella....</p> + +<p>Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta +impaciencia:</p> + +<p>—Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido.</p> + +<p>—¡Oh! mucho—dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre.</p> + +<p>—Ya esperaba yo—continuó el lego—que un señor como usted conocería al +hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el +tiempo preciso.</p> + +<p>Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad +universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus +glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido, +se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de +anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los +frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II.</p> + +<p>—Entonces—dijo Aresti—los padres de la Compañía, avisados con tiempo +no serían víctimas de las turbas.</p> + +<p>—A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid—contestó el +lego.—El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no +haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los +asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún +día un santo más de nuestra Orden.</p> + +<p>Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro +llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el +hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor +devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.</p> + +<p>—¿Quiere usted ver el monasterio?—le preguntó.</p> + +<p>Esta invitación no la hacía á todos los visitantes: pero con él era +distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el cuerpo +de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería +cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas +del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes +que trabajaban de carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que +deseaban emanciparse del terruño, prestando sus brazos á la Compañía +para el trabajo reposado y lento de las casas de religión; libres ya de +la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvación +eterna, sólo con obedecer ciegamente á los superiores.</p> + +<p>—¿Quiere usted subir á la biblioteca?—preguntó el hermano.—Tiene poco +que ver: todo en ella es antiguo.</p> + +<p>—Lo antiguo era lo mejor—dijo Aresti con gravedad.</p> + +<p>—Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente +como usted! No como la gente de ahora que sólo lee novelas y libros +malos contra la religión.</p> + +<p>La biblioteca estaba en el último piso; una gran sala, por cuyas +ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde ellas los +montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de +la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y +latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores +teológicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en +favor y defensa de la Compañía de Jesús. Aresti leía con curiosidad los +nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y á los cuales +atribuía el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en +aquella biblioteca: olía á sepultura.</p> + +<p>Descendieron á los claustros. El médico temía encontrarse con algún +Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á aquella hora +los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros únicamente +pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose sin +ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio +varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de +mármol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.</p> + +<p>Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda de las que servían de +alojamiento á los seglares durante los diez días que duraban los +ejercicios.</p> + +<p>—Pobrecito—decía el hermano enseñándola,—pero decentito y limpio. +Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta +ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras +curiosean su alma.</p> + +<p>El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones. +Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro +se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.</p> + +<p>Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor +artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos +de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los +propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en +la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y +sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se +establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas +y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por +el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo. +Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido +mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y +además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras, +figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los +tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes +imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos +propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.</p> + +<p>Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito +para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios +espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los +jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la +cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos +sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón +acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo +único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba +prohibido, era mal visto por los superiores.</p> + +<p>—Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?—dijo el hermano con el deseo de +prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba +con tanta atención.</p> + +<p>Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo +había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el +hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio +monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles +frutales.</p> + +<p>Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían +ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.</p> + +<p>Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de +pronto una duda y quisiera salir de ella.</p> + +<p>—Es un señor muy rico, ¡muy rico!—dijo el hermano, adivinando su +curiosidad.—Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de +Bilbao y que le llaman...</p> + +<p>Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo +el ruido de los pasos.</p> + +<p>—¡Pepe!...—gritó el doctor.</p> + +<p>La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta.</p> + +<p>—¡Luis!... ¡Primo!...—exclamó éste no menos sorprendido.</p> + +<p>Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia +semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.</p> + +<p>El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para +detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo +respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los +Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas +horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían +á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría +una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente +con el personaje.</p> + +<p>Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato.</p> + +<p>—¿Tú aquí?...</p> + +<p>Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro.</p> + +<p>Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en +él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la +voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de +extraordinario desde la última vez que se habían visto.</p> + +<p>Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de +lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el +hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis +días y le faltaban cuatro.</p> + +<p>—¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?</p> + +<p>—Sí—contestó el millonario con sencillez.—Me sienta perfectamente: no +tienes más que mirarme.</p> + +<p>Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del +enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su +mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus +primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.</p> + +<p>El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida +en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada +por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de +la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora +aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía +misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la +tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba +de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su +director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una +descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla +para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las +siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los +dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho +durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.</p> + +<p>Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la +extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era +superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el +refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos +años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los +primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura +de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad, +empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse +de la humana insignificancia.</p> + +<p>El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel +Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus +agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba +nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.</p> + +<p>—Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi +mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir +de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia +cristiana, como dice....</p> + +<p>Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba. +Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía, +queriendo imponer su convicción:</p> + +<p>—Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu +error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los +tratases!</p> + +<p>Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios, +pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el +Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones +cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de +Bilbao.</p> + +<p>—Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría +para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es: +penas y maldiciones.</p> + +<p>Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como +en presencia de un enfermo; de «un caso interesante».</p> + +<p>—¿Y qué es eso que llevas ahí?—dijo de pronto, agarrando el libro que +su primo conservaba cerrado en una mano.</p> + +<p>Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en +pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los +<i>Ejercicios espirituales de San Ignacio</i>, explicados por el Padre +Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido +sobre los últimos años del reinado de Isabel II.</p> + +<p>Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa +cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad, +hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo +capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza +humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más +conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de +maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una +piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto, +como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir +en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los +dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, +venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias +del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio +preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con +el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe +malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de +tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las +almas después de los santos ejercicios.</p> + +<p>Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á +meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se +meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la +misericordia de Dios.</p> + +<p>—¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan +vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?</p> + +<p>La firme mirada de Aresti turbó á su primo.</p> + +<p>—Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me +callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto +bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la +tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen +susurrándome cuentos al oído.</p> + +<p>El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir:</p> + +<p>—Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas +meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni +nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y +no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no +encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.</p> + +<p>Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna +sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto +desesperado.</p> + +<p>Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una +página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de +horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso +é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le +acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y +complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar; +también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se +enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la +lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido. +Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una +grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de +la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos +mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que +con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre, +que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues +eres hombre de humo ó tierra.»</p> + +<p>—¡Lee esto! ¡lee esto!—decía el millonario abriendo el libro por +aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.—¡La +Muerte!—murmuraba luego.—Se habla de ella muchas veces, pero sin +pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué +horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar +el pasto del gusano....</p> + +<p>Después, en voz baja, dijo al doctor:</p> + +<p>—Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo +que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con +creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y +bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á +engaños.</p> + +<p>Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba +la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades +de un negocio.</p> + +<p>Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado, +por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices.</p> + +<p>—Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente +simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías +callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que +todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases +con la inmensa equivocación de que hay algo?...</p> + +<p>El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se +separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza, +como si fuesen otros hombres.</p> + +<p>Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora +callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese +escuchado de lejos parte de la conversación.</p> + +<p>Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los +ojos y parecía decirle:</p> + +<p>—¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte!</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="X" id="X"></a>X</h3> + + +<p>A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del +mes de Septiembre.</p> + +<p>El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas +y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de +Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los +patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los +cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión +popular era el <i>ultimátum</i> que lanzaban los trabajadores.</p> + +<p>Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores +cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de +la villa.</p> + +<p>No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con +gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos +rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al +santuario de Begoña.</p> + +<p>El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y +los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso, +que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más +insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.</p> + +<p>En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón +estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la +romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban +nerviosamente sus <i>cachabas</i>, oyendo las burlas de la gente de las +fábricas.</p> + +<p>Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran +menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de +Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la +tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...</p> + +<p>Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.</p> + +<p>Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones +de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á +él, husmeaba sus manos.</p> + +<p>—¿Buscas la bronca, eh?...—dijo al médico.—Tú vienes porque te gustan +estas cosas, y yo me voy por no verlas.</p> + +<p>Se marchaba á cazar <i>chimbos</i> á cualquier parte: le interesaba huir de +Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.</p> + +<p>—El aire huele á pólvora, querido <i>Planeta</i>: van á llover palos. Al +venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la +que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos +los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de +Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las +iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías. +El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el +zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto, +para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre +dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en +ver estas cosas.</p> + +<p>Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la +posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y +los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el +jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo +que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos +veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina +blanca.</p> + +<p>—En esto llevas razón, Luis—dijo el capitán enardeciéndose.—Si me +voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba +al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta +para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y +carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si +aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los +amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin +tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy +darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como +señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en +el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue +pronto el momento de matar perros liberales.</p> + +<p>El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se +mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse +cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le +irritaba.</p> + +<p>—Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez +Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en +el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante +hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta +tarde camino de Begoña.</p> + +<p>El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino +hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había +sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.</p> + +<p>—Es otro hombre—dijo Iriondo con tristeza.—Aquella casa ya no es la +misma.</p> + +<p>Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que +teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.</p> + +<p>—¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres +mi amigo y quieres á Pepe. ¡Ay, <i>planeta</i>! Aquello ya no es casa, es un +convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por +traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados. +No se separa de él un instante.</p> + +<p>Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban; +todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño +inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no +haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez +Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo +le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de +tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario +callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar +sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes +imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el +viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal +atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é +independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes +se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el +Pepe que él conoció.</p> + +<p>—Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el +escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que +había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de +su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor +salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La +mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No +sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla +de ella, pero á las minas no llegan estas cosas.</p> + +<p>Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un +periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía +en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una +esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda +del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí +le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba +concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había +provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de +la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un +escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la +influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.</p> + +<p>—Y Pepe—continuó el capitán,—sin enterarse de nada; y si algo sabe, +como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es +mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que +Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus +necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida +y absoluta la de esa gente!...</p> + +<p>Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo +la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta +los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la +casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al +servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas +tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen +del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario +del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y +acciones.</p> + +<p>La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros +que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó +se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo! +¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana; +obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras +á los cargadores del Nervión!...</p> + +<p>—Pues, ¿y en los altos hornos?—exclamó después el capitán,—Allí va á +haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los +beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se +fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno. +Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas +no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los +que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la +calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan +como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se +inscriben en las sociedades de obreros católicos.</p> + +<p>El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad, +irritaban al marino.</p> + +<p>—Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el +traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á +mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante +á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que +encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por +arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más +fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué +porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras +la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima +á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas +en su alma.»</p> + +<p>Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se +despidió de Aresti.</p> + +<p>—Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez +vaya en ella Pepe con su escapulario.</p> + +<p>Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería +capaz de exhibirse en aquella farsa?...</p> + +<p>Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que +llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería +verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los +devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena +senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa +esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El +millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación; +defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían +sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La +madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!... +El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á +Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo +Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por +miedo á los impíos.</p> + +<p>—Irá, estoy seguro—dijo el capitán con tristeza.—Lo arrastrarán, la +familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis, +y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de +esta tarde va á ser de cuidado.</p> + +<p>El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente +del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é +inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo +más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían +el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre +banderas el mismo rótulo en honor de la <i>Señora de Vizcaya</i>. Las gentes +mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía +estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa +contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de +obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al +vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones.</p> + +<p>—¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...</p> + +<p>Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al +atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que +le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la +boina.</p> + +<p>—Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo.</p> + +<p>Era el <i>Barbas</i>, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas +de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores, +escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo +que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja +compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á +la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta +limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba +con ojos feroces á los obreros.</p> + +<p>—¡Bestias!—les gritaba como si cometiesen un crimen.—¡Tenéis la +dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...</p> + +<p>El doctor contestó á su saludo alegremente.</p> + +<p>—¡Compañero! ¿Tú aquí?...</p> + +<p>Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto, +sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado, +ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.</p> + +<p>—¿Y el mitin?—preguntó Aresti.—¿No vas al mitin?</p> + +<p>El <i>Barbas</i> hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en +bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y +cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro; +reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que +trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos <i>cataplasmeros</i>. Y en +esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas +paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento +del obrero.</p> + +<p>—Cataplasmeros, doctor—gritaba.—Nada más que cataplasmeros. Este es +un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre +que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas +organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco +á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero +y entonces seguirán al <i>Barbas</i> y á otros como él, y en veinticuatro +horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la +justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede, +aunque acabe el mundo.</p> + +<p>Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo +que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres +se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los +enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos +celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el +monte como un perro sin abrigo.</p> + +<p>La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba +el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha +oliendo la pólvora.</p> + +<p>—¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!—exclamó con alegría, mirando al otro +lado del puente.</p> + +<p>Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de +la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una +mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.</p> + +<p>Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las +mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la <i>Señora de +Vizcaya</i>. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima +de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.</p> + +<p>Aresti se vió solo. El <i>Barbas</i> corría hacia el gentío, dando gritos de +entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el +doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre, +lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La +caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella, +creyendo evitar así mayores desmanes.</p> + +<p>Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las +calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población +cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos +aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República; +algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence, +viendo en estas loas á la <i>Señora de Vizcaya</i> un hipócrita insulto á la +integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella +Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.</p> + +<p>El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de +la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los +cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de +monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas +caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.</p> + +<p>Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el +Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte +de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo, +rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.</p> + +<p>La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la +manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del <i>Barbas</i>. +¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...</p> + +<p>Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido +chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo +incendiario, extinguiendo el fuego.</p> + +<p>Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer. +Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.</p> + +<p>—A la tarde, aquí—se decían unos á otros al alejarse.</p> + +<p>Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba +también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los +de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde +las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San +Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la +atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia, +desafiando á los enemigos.</p> + +<p>Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el +gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que +desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando +hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de +la tarde con aires de caudillo.</p> + +<p>Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse +la romería. Al fin, era un suceso que <i>amenizaba</i> la vida monótona y +gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á +los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente, +para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.</p> + +<p>En una mesa cercana disputaban dos señores.</p> + +<p>—Me he fijado bien en la manifestación—gritaba uno de ellos.—Todos +eran Pérez y Martínez, todos <i>maketos</i> é hijos de <i>maketos</i>, mala gente, +de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro +apellidos vascongados.</p> + +<p>Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una +prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.</p> + +<p>—Pues, yo los tengo—gritaba su interlocutor con acometividad,—y digo +que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y +¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!</p> + +<p>La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el +restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco +para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.</p> + +<p>A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca +del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de +las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias +noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador, +al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban +despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca +la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando +las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para +reunirse todas en San Nicolás.</p> + +<p>Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas +cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba +desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba +instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de +unos y otros.</p> + +<p>Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la +muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló +una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones +interrumpidas por tiros.</p> + +<p>Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los +estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno +de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del +desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los +hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario +de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la +muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los +disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un +himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como +respuesta, <i>La Marsellesa</i> ó <i>La Internacional</i>.</p> + +<p>Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre +avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y +otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con +los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil +cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en +la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto +que iba á subir á Begoña; el <i>señorio</i> de Bilbao, en el que figuraban +las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los +alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las +asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad +creciente del pueblo.</p> + +<p>Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se +viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los +bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de +fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas +por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al +mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella +balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas +familias querían darles.</p> + +<p>Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar +á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de +Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder +realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las +montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.</p> + +<p>—¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran +los liberales!</p> + +<p>Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas +aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los +aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que +aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los +impíos de la odiada Bilbao.</p> + +<p>Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las +de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar +arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el +gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron +satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal +hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de +resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si +pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió +destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la +cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la +celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil +desconocida por Aresti.</p> + +<p>El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la +plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la +fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al +recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la +cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y +comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros +de los revólvers.</p> + +<p>Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las +aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los +cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.</p> + +<p>En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el +suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban, +manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por +los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba +el combate entre los más resueltos de una y otra parte.</p> + +<p>De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de +revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la +romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del +paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros +carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en +la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus +devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó +individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces +se golpeaban, creyendo herir á un enemigo.</p> + +<p>Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las +balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los +troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los +combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol +se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le +hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.</p> + +<p>En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se +recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre +un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.</p> + +<p>—¡Tú acabarás!—decía blandiendo una faca y desviándose de un salto +cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole.</p> + +<p>Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna +detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura, +abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma +con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.</p> + +<p>Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un +golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un +garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de +espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y +comenzó á dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin +acordarse de que podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la +embriaguez de la sangre.</p> + +<p>De pronto se sintió detenido en su avance por una espalda que caía +contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el +raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la +edad. Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara +ensangrentada, y al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer +sobre él haciéndolo rodar por tierra.</p> + +<p>Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del caído, levantó el +bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño que resonaba +sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el brazo en +alto al reconocer al hombre que le acometía.</p> + +<p>—¡Tú!... ¡tú!...—gritó con una voz que parecía desgarrarle la +garganta.</p> + +<p>Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño levantado, las barbas en +desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo de exterminar á la +canalla impía que insultaba á las personas decentes y había hecho +refugiarse á las señoras en la iglesia.</p> + +<p>Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza como avergonzado. En el +mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus mejillas +escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le había +escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de +herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era +el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido +y feliz, á aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara +ensangrentada.</p> + +<p>El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin expresión, unos ojos +bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la +mano por la barba borrando el escupitajo del odio.</p> + +<p>Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como +unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí.</p> + +<p>—Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña!</p> + +<p>Y le arrastró con paternal solicitud, como si el millonario fuese el +primer estandarte de la romería.</p> + +<p>Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho +bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de la gente que +huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil +corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se +agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras, +dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban +algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.</p> + +<p>Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San +Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban á +tiros.</p> + +<p>La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde aquella altura, rugía +impotente, y en un arranque de desesperación, intentó arrojarse al +asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de +interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que +brillaban cañones de fusil y correajes lustrosos.</p> + +<p>Dos compañías de infantería habían entrado en la plaza á paso +gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los <i>guiris</i>, +los <i>ches</i>, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su +pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la +resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la +boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los +tiros de revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la +romería.</p> + +<p>Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente +hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y +hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y +vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos +con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban +en ellos á los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus +hermanos, y que aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El +deber, con su peso férreo é irresistible, mantenía inmóvil á la doble +fila de hombres azules y rojos.</p> + +<p>Un oficial vaciló un instante y entregando su sable á un soldado, se +llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le habían +herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se +contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura +de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña +frente á frente con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia, +á manos tal vez de un sacristán, de uno de aquellos efebos católicos +que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando á la +religión y la Virgen.</p> + +<p>La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la plaza. Salían en +bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y +emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes.</p> + +<p>La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oía cómo se +alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban acceso al +santuario.</p> + +<p>—¡Viva la Virgen!—gritaban con el enardecimiento de una lucha en la +que habían llevado la mejor parte.</p> + +<p>—¡A Begoña! ¡A Begoña!—aullaba Urquiola agitando el revólver al frente +de un grupo.</p> + +<p>Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con frecuentes +descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los que +al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de +protesta.</p> + +<p>Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San Nicolás. Un muerto +yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá, los grupos +rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento á +lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á +sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas +declaraciones.</p> + +<p>Aresti pasó más de una hora de botica en botica y de café en café, +solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado allí donde +guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención, con +los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos +de la muchedumbre iban después hacia el hospital.</p> + +<p>Atendió indistintamente á unos y otros, á los que llevaban en el pecho +el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo del dolor +creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República. La +carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las +aceras y los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza, +haciéndole pensar con lástima en la eterna infancia de los hombres: +¡Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que +estaba allá en lo alto, entre luces y flores, mientras existían en el +mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban +para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de todos los humanos!</p> + +<p>Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoña, la +carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las entrañas de madera +del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón roía las +patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería.</p> + +<p>El médico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de +aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respiró +satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos.</p> + +<p>Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en el encuentro con su +primo, que seguramente sería el último. La injuria á Sánchez Morueta le +mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído sobre su alma. +¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre ellos, +matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un +pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como +los hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma, +separándose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia: +Aresti estaba solo en el mundo.</p> + +<p>Varios grupos de muchachos corrían vociferando por las riberas del +Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de la cruz. +¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después de +la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles, +escalando las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de +aquella Bilbao tradicional.</p> + +<p>Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados después hasta la +ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quería vengar en +aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por +otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza en la +ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión +con la ligera porosidad de la madera vieja.</p> + +<p>La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el tardo descenso de +las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían viendo el +cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mártires, +insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas.</p> + +<p>Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su hornacina, era la que +más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!... Y la silbaban +é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas, mostrando +á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un +gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si +quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la +piedad del marinero: iba á salvar á la Virgen.</p> + +<p>Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de manejar el remo, y, +levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió con él un +golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua para +no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en +aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre +las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...</p> + +<p>Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con +movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoció al +<i>Barbas</i>.</p> + +<p>—Lo de hoy no vale nada—gritaba.—No me parece mal que les metan mano +á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente, pero después +de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido la +batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del +monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los +ladrones de aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas +ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A +cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, ¡dinamita... roño! +¡dinamita!</p> + +<p>Aresti se alejó para que no le viese aquel energúmeno, que parecía +enardecido por la sangre de la reciente lucha.</p> + +<p>Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico las minas, con su +población miserable, roída por las necesidades materiales y la +desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos +picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el +trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y +feliz. Después del choque provocado por el fanatismo dominador, vendría +la huelga de los infelices, la reclamación imperiosa de la miseria.</p> + +<p>Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas montañas que cerraban el +horizonte: una horda hambrienta que algún día caería sobre la población +como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba +amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los +enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y +bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en +nombre del pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos +sitiadores llevarían la miseria como bandera, y como grito de combate el +derecho á la vida.</p> + +<p>Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza +origen de tantos males. ¿Para qué servían los tesoros de las minas? Se +había embellecido exteriormente la población, tomando el aspecto de una +capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ría por las +chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que antes. +Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos +de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus +manos en los bienes materiales.</p> + +<p>Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de +tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo sería más +pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la +vida.</p> + +<p>La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que aún no conocía +el valor del hierro, era más feliz, con la paz de un trabajo lento y +ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna, +con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza +disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros +beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del +intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse +al lado de los favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio +de una participación en el botín.</p> + +<p>El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus entrañas de hierro, +había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos y para qué el +parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de +todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para +dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria, +con el alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los +odios sociales!...</p> + +<p>Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban vida para veinte +años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después vendría el +agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo al +descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había +cubierto durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la +tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos, +á los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se +aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el +hierro que habían respetado los métodos antiguos. En Gallarta se +derribaban casas enteras, construidas algunos años antes, para +aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la +época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se +aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras +esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles +todas las extratagemas de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra +pobre y estéril, sin la menor partícula de hierro, y entonces vendría el +¡sálvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta á la pobreza, la +fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engañaba su hambre +trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su +vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en el arca de su +riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.</p> + +<p>La Fortuna habría pasado un momento por aquella tierra, como por otros +países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao ofrecería el aspecto +de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes, llenando el +mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos cementerios +de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche, la +ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo +el mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus +contados barcos, tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin +pájaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, serían +ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen +aún más trágica la soledad de las metrópolis muertas.</p> + +<p>Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueños de tanta +riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de +la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus +complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y +seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos +del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su +puerto, la existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra +roja arrancada de la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire +de sus pulmones, y al faltar de repente, caería la villa ostentosa con +repentina muerte, desaparecería, como el decorado de una comedia de +magia, aquella riqueza creada de la noche á la mañana, que era para la +masa infeliz una opulencia insultante.</p> + +<p>Tal vez algún día los pasos de los raros transeuntes despertasen el +mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero +al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que el mar +enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en +tarde remontase su corriente algún barco mercante.</p> + +<p>Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser +la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre +y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del +remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus +calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los +que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de +hambre ante los palacios de los ricos.</p> + +<p>Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos +hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban +hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la +tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola +como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban, +como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.</p> + +<p>Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los +invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto +antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una +catástrofe providencial y salvadora.</p> + +<p>Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el +agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol +ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la +lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se +detuviera en las revueltas de la corriente.</p> + +<p>Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del +crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti, +elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo +de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba, +rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban +aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen +inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites.</p> + +<p>Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún +tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados +sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas +hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como +una estrella perdida en la noche.</p> + +<p>El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por +el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo.</p> + +<p>Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las +religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos +ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las +leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante +el negro secreto de la muerte!</p> + +<p>El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído +por él, lo seguía á lo largo de la ribera.</p> + +<p>Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen +los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que habían mantenido á los +hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la +humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez, +con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias +terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...</p> + +<p>No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y +debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los +hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos +hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de +la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses +del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. +Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr +siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa +desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos +primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras +sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las +dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia +Social.</p> + +<p class="c top5">FIN</p> + +<p class="playa">Playa de la Malvarrosa (Valencia).<br /> +Abril-Junio de 1904.</p> + +<hr /> + +<p class="c">DEL MISMO AUTOR</p> + +<ul> +<li><span class="un">NOVELAS</span> +<ul><li><b>Arroz y tartana.</b> <i>Una peseta.</i></li> +<li><b>Flor de Mayo.</b> <i>Una peseta.</i></li> +<li><b>La Barraca.</b> <i>3'50 pesetas.</i></li> +<li><b>Entre naranjos.</b> <i>3 pesetas.</i></li> +<li><b>Cañas y barro.</b> <i>3 pesetas.</i></li> +<li><b>Sónnica la cortesana.</b> 3 pesetas.</li> +<li><b>La Catedral.</b> 3 pesetas.</li></ul> +</li> +</ul> + + +<ul> +<li><span class="un">CUENTOS</span> +<ul><li><b>Cuentos valencianos.</b> <i>Una peseta.</i></li> +<li><b>La Condenada.</b> <i>Una peseta.</i></li></ul> +</li> +</ul> + +<ul> +<li><span class="un">VIAJES</span> +<ul><li><b>París</b> (<i>agotada</i>).</li> +<li><b>En el país del Arte</b> (<i>Tres meses en Italia</i>). 1'50 ptas.</li></ul> +</li> +</ul> + +<hr class="full" /> + +<div>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 24466 ***</div> +</body> +</html> + diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El intruso + +Author: Vicente Blasco Ibez + +Release Date: January 31, 2008 [EBook #24466] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was +produced from images generously made available by the +Digital & Multimedia Center, Michigan State University +Libraries.) + + + + + + + + + +VICENTE BLASCO IBEZ + +EL INTRUSO + +--NOVELA-- + +22.000 + +F. Sempere y C., Editores + +CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32 + +VALENCIA + +1904 + + + + +I + + +Comenzaba clarear el da cuando despert el doctor Aresti, sintindose +empujado en un hombro. Lo primero que vi fu el rostro de manzana seca, +verdoso y arrugado de Katali, su ama de llaves, y los dos cuernos del +pauelo que llevaba la vieja arrollado las sienes. + +--Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues +que vaya. + +Comenz vestirse el doctor, despus de largos desperezos y una rebusca +lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordndose de +los estantes de la inmediata habitacin, se extendan por su dormitorio +de hombre solo. + +Dos mdicos tena sus rdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel +da estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames +desde la noche anterior, para curar varios mineros heridos por una +explosin de dinamita. + +Katali le ayud ponerse el recio gabn, y abri la puerta de la calle +mientras el doctor se calaba la boina y requera su _cachaba_, grueso +cayado con contera de lanza, que le acompaaba siempre en sus visitas +las minas. + +--Oye, Katali--dijo al trasponer la puerta.--Sabes quin es el muerto? + +--_El Maestrico_ disen. El que enseaba por la noche el abesedario los +pinches y era novio de esa que llaman _La Charanga_. Cmo est +Gallarta, Seor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasa. + +--Lo de siempre--murmur el mdico.--El crimen pasional. A estos +brbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer. + +Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llam desde la puerta. + +--Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San Jos y que le +esperan en Bilbao. No haga su primo una de las suyas. + +Aresti not la entonacin de respeto con que hablaba la vieja de aquel +primo que le haba invitado comer por ser sus das. En todo el +distrito minero nadie hablaba de l sin subrayar el nombre con una +admiracin casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y +podero, le teman como una fuerza omnipotente. + +El doctor, al salir de Gallarta, se abroch el gabn, estremecindose de +fro. El cielo plomizo y brumoso se confunda con las crestas de los +montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta +descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del +Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirm los +lentes y sigui adelante todava sooliento, con esa pasividad resignada +del mdico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus +zapatos de monte se pegaban al barro; la _cachaba_ iba marcando con su +lanza un agujero cada paso. + +La noche anterior haba cenado Aresti con unos cuantos contratistas de +las minas, lo ms distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban +camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos +camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se +pegaban al mdico acosndolo con toda clase de agasajos. Despertaba en +ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que haba estudiado en el +extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir +entre ellos, en la sociedad primitiva y casi brbara del distrito +minero. Esto les halagaba como si fuese una declaracin de superioridad +en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los _chimbos_ de +Bilbao. Adems, respetaban al doctor con cierta adoracin supersticiosa +porque era primo hermano de Snchez Morueta y ste no ocultaba su gran +cario al mdico... + +Snchez Morueta! Cmo quin dice nada! Haca muchos aos que no haba +estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurran los meses sin +que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los ms +ntimos del famoso personaje. Pero ya se poda preguntar por l, lo +mismo al gobernador de Bilbao que al ltimo pinche de Gallarta: nadie se +mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se vean +minas y ms minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos +inclinados, tranvas areos, rebaos de hombres atacando las canteras: +de l, todo de l. Y de l tambin, los altos hornos que ardan da y +noche junto al Nervin, fabricando el acero, y gran parte de los vapores +atracados los muelles de la ra cargando mineral descargando hulla, +y muchos ms que paseaban la bandera de la matrcula de Bilbao por todos +los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un +sinnmero de fbricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que +funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se +dejaba ver, pero se senta su presencia en todas partes. Poda hacer +un hombre rico de la noche la maana con slo desearlo. Hasta los +seores de Madrid que gobernaban el pas le buscaban y mimaban para que +prestase ayuda al Estado en sus apuros y emprstitos. Y el doctor +Aresti, amado por Snchez Morueta con un afecto doble de padre y de +hermano, se empeaba en vivir fuera de su proteccin, ms all de la +lluvia de oro que pareca caer de su mirada y que haca que los hombres +se agolpasen en torno de l, con la furia brutal de la codicia, +obligndolo aislarse, permanecer invisible, para no perecer bajo el +formidable empujn de los adoradores!... La nica merced que el mdico +haba solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la +cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecan +faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama +de prctico de los hospitales de Pars, con la popularidad que le haban +dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fu aislarse en las +minas, cuando an no tena treinta aos, viviendo en una casita de +Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina. + +Los contratistas, los capataces, los _qumicos_, toda la gente que +formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba Aresti, poniendo en +su adoracin algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio +las riquezas materiales. + +--Le gusta vivir con nosotros--decan con orgullo.--Mejor prefiere una +merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Snchez +Morueta tiene en Las Arenas... Ser primo de Don Jos y pasarse meses +sin verlo!... Pero qu famoso es el doctor! + +El msero rebao de los mineros, albergado en los barracones y cantinas, +tena una fe ciega en su ciencia, le miraba como un brujo capaz de los +mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano. +Pasaban por los caminos de la montaa un sinnmero de lisiados, que, al +conservar la vida despus de horribles catstrofes, proclamaban la +maestra del cirujano. + +--Que venga Don Luis!--gema el minero herido por la explosin de un +barreno, el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la +cantera. + +Y al ver con la mirada vidriosa de la agona los lentes del doctor, sus +ojos irnicos bajo unas cejas mefistoflicas y la barba en punta llena +de canas precoces, los infelices sentanse animados por repentina +confianza; no perciban la llegada de la muerte, esperando hasta el +ltimo momento el milagro que haba de salvarles. + +Los otros mdicos del distrito eran recibidos por los enfermos con +triste resignacin. Don Luis: slo el doctor Aresti! Y las seoras de +Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se +aburran en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo, +sentan enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, slo por +el gusto de hablar con el doctor, que ms de su ciencia llevaba con l +algo de la grandeza de Snchez Morueta y de las altas clases de Bilbao +hasta las cuales soaban con llegar algn da. Los maridos no +necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los +asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le +buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagrulicas. +Le llevaban con ellos las pruebas de bueyes y las apuestas de +barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de +la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros. + +La noche anterior, Aresti se haba acostado tarde. Ya que haba de comer +en Bilbao invitado por _Don Jos_ (que as era conocido por antonomasia +el poderoso Snchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual +nombre, no queran dejar de obsequiar al doctor. Y hasta ms de media +noche dur la cena en el fondn principal del pueblo: un banquete de +platos populares y substanciosos, tales como los soaban aquellos ricos +improvisados en su poca de hambre: conejos de monte, gallinas en toda +clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile +de viandas vulgares rociadas desde la primera la ltima con champagne +de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el +distintivo de la riqueza; lo nico que haban podido copiar de las +clases elevadas. Lo queran del ms caro para que constase bien su +opulencia y lo gastaban cajas, abriendo golpes las botellas, riendo +como nios cuando el lquido se derramaba por el suelo, mojndose unos +otros con la espuma, bebindolo en tanques y llenando veces las +palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que +los postres nunca dejaba de producir hilaridad. + +Aresti sonrea recordando la fiesta de la noche anterior, las +extravagancias infantiles de aquellos rsticos, enriquecidos rpidamente + imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y +laboriosa que llevaban en el monte. + +Sin detenerse en su marcha, el doctor contempl largo rato una colina +roja que se alzaba un lado del camino. Aquella tumefaccin del paisaje +era obra del hombre. La montaa se haba formado espuerta sobre +espuerta. A su sombra haban nacido Gallarta y la riqueza del distrito. +Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoa, la explotacin ms +famosa de las Encartaciones: toda de mineral _campanil_ y del ms rico. +All haban comenzado su fortuna Snchez Morueta y otros potentados de +Bilbao. Slo quedaba como recuerdo la montaa de escoria. El dinero +estaba en la villa, y en las entraas de la tierra los siervos annimos +que haban dejado parte de su existencia en el arranque del mineral. + +Aresti vi un grupo de gente un lado del camino. Pasaban corriendo +junto l chiquillos y mujeres. A veces se detenan para llamar los +que estaban en los desmontes inmediatos. + +--En! Han matado al _Maestrico_! Vamos verlo! + +Y seguan corriendo hacia el gento, en el cual se destacaban los negros +uniformes y las boinas con chapa de una pareja de miones. Algunos +muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atrados por el suceso, +llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos. +Familiarizados con el explosivo, metanse entre los grupos empujando +para abrirse paso y ver al muerto. + +En medio del camino estaban inmviles varias carretas con sus bueyes de +raza vasca, pequeos, de patas finas, con una piel de carnero entre los +cuernos adornando el yugo. + +Al llegar el doctor se abri el compacto grupo, dejando ver un hombre +tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre +formaban una mscara sobre su rostro. Aresti no tuvo ms que inclinarse +para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes. + +El juez municipal, un contratista de los que haban cenado con Aresti, +le habl del suceso, lamentando el madrugn que le haba proporcionado. +El pobre _Maestrico_ deba haber muerto casi instantneamente. Tena un +golpe en el corazn, una de aquellas pualadas que slo se vean en las +minas donde vive tanta gente salida del presidio. Adems, le haban +herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Deban ser dos los +que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volva de Bilbao. Para +el juez, el suceso no ofreca dudas. De all ira prender los +culpables sin miedo equivocarse. + +Recordaba Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un +andaluz, de carcter triste y pocas palabras que haba rodado por el +mundo buscndose la vida en Amrica en cien oficios, y trabajando en +todas las minas de Espaa. Por las noches, cuando volva del trabajo, +daba lecciones los pinches. Viva pupilo en casa de los padres de +_la Charanga_, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta la +chavalera de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado +de presidio, un rebelde que iba de una otra cantera despedido siempre +por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atencin +por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un +arsenal de armas oculto. El _Maestrico_ se haba enamorado de _la +Charanga_ con la pasin reconcentrada y silenciosa de un hombre de +cuarenta aos. Los padres le queran, alabando sus costumbres sobrias, +su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de +bestia alegre, deca que s todo, continuando sus relaciones con el +matoncillo. Iban casarse en aquella misma semana. El _Maestrico_ haba +marchado el da anterior Bilbao para comprar algunos regalos la +novia y, al regreso, el amante y su padre le haban esperado en el +camino. + +Aresti oy unos gemidos su espalda. Entre el gento, un minero viejo +se llevaba las manos los ojos. + +--Antn... pobre _Maestrico_. Matar un hombre as! Tan bueno!... +tan trabajador! + +Era el padre de _la Charanga_, que lloraba ante el cadver de su pupilo. + +El mdico se fij en el abultado abdomen del muerto, hizo que un min +desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela +blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que suean las muchachas +de las minas como una elegancia suprema. El pobre _Maestrico_ haba ido + la villa para comprar este regalo su novia. + +Se abri el grupo con cierto rumor de curiosidad, como la llegada de +un personaje esperado. Era _la Charanga_, con las manos en las fuertes +caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado, +mostrando al sonrer sus dientes agudos de loba impdica. + +--Pero es verdad que han matao _ese_?... + +Y fijaba su mirada en el mdico, con la misma expresin de lbrica +generosidad con que muchas veces le haba invitado seguirla cuando le +encontraba en el campo. Despus contempl el cadver framente, sin +emocin, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompi rer. + +--Redis! Pus ya poda yo anoche esperar mis botas!... + +Fu todo lo que se le ocurri ante el cadver del que iba ser su +marido. Y rompiendo codazos por entre los hombres que se conmovan al +contacto de sus caderas, sali del grupo, alejndose con soberbia +indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor ella iba ir +presidio. + +--La bestia!--dijo el mdico al juez, siguindola con la mirada.--La +hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos +se maten por poseerla... Esto slo se ve aqu. + +Y Aresti sonrea con la satisfaccin del naturalista que contempla en +su gabinete un animal extraordinario. + +Llegaban de Gallarta nuevos grupos atrados por la noticia del +asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miones en +busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadver, +llevndolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor +emprendi el regreso y, cerca ya de Gallarta, not que un muchacho de +unos catorce aos, un pinche de los que trabajaban en las minas, le +segua, marchando tan pronto su lado como delante, siempre volviendo +la cara hacia l, mirndole con unos ojos desmesuradamente abiertos, +suplicantes y vidriosos como si fuesen saltarles las lgrimas. + +--Qu se ofrece caballero?--dijo Aresti con su voz alegre que pareca +esparcir la confianza entre los desgraciados. + +--Seor dotor--gimi el muchacho.--Mi padre... mi pobre padre. + +Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se +ahogaron las palabras en su garganta y rompi llorar. + +Aresti se fij en l. No era del pas: deba ser _maketo_, de los que +llegaban en cuadrillas de Castilla de Len, empujados por el hambre, +atrados por los jornales de las minas. Un pantaln azul, con piezas +superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus +zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprima una +camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la +maraa de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de +una boina vieja. Ola juventud descuidada, ropas mantenidas sobre la +carne meses enteros. Aresti conoca este perfume de las minas; el hedor +de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la +misma envoltura. + +--Tu padre... ya te entiendo--dijo bondadosamente.--Y qu le ocurre +tu padre? Vamos ver. + +El pinche se explic trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga, +en una casa de peones, muy enfermo; se mora. Al amanecer haba querido +levantarse para ir al trabajo como los dems compaeros, pero le arda +la piel, deliraba. El da antes haba llovido y se moj en la cantera. +l, que era su hijo, se haba quedado para cuidarle. Pero cmo, +seor?... Estaba muy malo, mucho. Para que l se hubiera decidido +perder el jornal del da!... + +Y el muchacho repiti lo de la prdida del jornal varias veces, dndole +con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostracin +de la gravedad del enfermo. + +Aresti crey consolarle, prometiendo que enviara al mdico que estaba +en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompi llorar +de nuevo. + +--Seor dotor... Usted, slo usted... Se lo pido por lo que quiera ms +en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe ms que todos +juntos. La gente dice que usted hace milagros... + +Y apoderndose de una mano del doctor, se la bes repetidas veces sin +saber qu decir, como si estas muestras de veneracin fuesen todo su +lenguaje y con l quisiera convencer al mdico. + +--Basta, muchacho--dijo Aresti riendo.--No sigas. Ir Labarga para que +no me beses ms con tu cara sucia... Buena se va poner Katali cuando +sepa que subo al monte. + +El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habl con menos +dificultad contestando sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y +haban venido las minas su padre y l con seis paisanos ms. Haca +tres aos que realizaban este viaje la entrada del invierno. Ellos +tenan all su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las +mujeres se encargaban de los campos durante el fro y los hombres +emprendan la peregrinacin Bilbao en busca de los jornales fabulosos, +de once reales tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el +pas. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y +plantar la del ao prximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era +dura, moran algunos; pero se poda volver casa con buenos ahorros. + +--Yo, seor dotor, gano siete reales: mi padre once doce. Damos un +real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aqu todo va por +las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral +destroza mucho. Adems, casi todas las semanas llueve en esta tierra y +no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos +casa los diez meses con cuarenta cincuenta duros. + +--Pues vais ser ricos cualquier da--dijo Aresti. + +--Quia! no seor!--contest el muchacho cndidamente.--Ricos nunca lo +seremos. Aun si ese dinero fuese para nosotros!... + +--Es que lo regalais?... + +--Se lo llevan los mandones. Con l pagamos la contribucin. + +Aresti camin un buen rato en silencio, admirando una vez ms la +sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada + las privaciones, sin la ms leve vegetacin de ideas de protesta en su +cerebro estril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de +campamento, encorvados ante la piedra roja, arandola de sol sol con +un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentacin, +acelerando da por da la ruina de su organismo; y este sacrificio +obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridculo +sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y +pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado. + +Al entrar en Gallarta, el mdico pas apresuradamente ante su casa, +temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al +monte. + +--Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y an he de tomar el tren +para Bilbao. + +Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta +empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustndose + todas sus tortuosidades. Eran mseros edificios construidos con +mineral en la poca que ste no era tan buscado; gruesos paredones +agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y +los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes +aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates +del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los +establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas +ventanas con vidrios empaados servan de escaparates, exhibiendo +zapatos quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa, +enviados las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A +causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas +tenan varios peldaos ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran +profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar ellas. Los +establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La +calle, con sus tiendas estrechas y lbregas y sus casas de poca altura, +haca recordar la tortuosa va de una poblacin rabe. Algunas carretas +permanecan detenidas las puertas de las tabernas, moviendo los +bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro +gritaban los conductores ante los vasos de vino. + +Aresti tena buenas piernas, acostumbrado como estaba aquel pas +montuoso, y apoyndose en la _cachaba_ segua sin dificultad al pinche +que casi corra por el camino, con direccin Labarga, uno de los +barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotacin minera. As +como ascendan por el spero camino, era ms fuerte el viento y se +ensanchaba el paisaje. Agrandbanse los montes y se velaban los valles +bajo la bruma de la maana. Por la parte del mar, el Serantes, que +guarda la desembocadura de la ra de Bilbao, recortaba sobre el cielo +plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies +extenda el mar su ancha faja obscura, cortada trechos por otros +montes ms bajos, metindose en tringulos, tierra adentro, en forma de +ensenadas y ras. + +Haca algn tiempo que el doctor no haba subido pie la cuesta de +Labarga y encontraba cierta novedad al espectculo. Sin dejar de andar, +iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al +pie de Serantes, era San Pedro Abanto; ms all, al lado de una ra, +alzbase la montaa de Somorrostro. Dos nombres famosos que conoca toda +Espaa despus de la guerra civil. Como una resurreccin de aquella +lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas +inmediatas al camino, tembl la tierra con sorda trepidacin y +estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por +el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban una hora +fija, por la maana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus +cornetas para que se alejase la gente. Ms all de las minas inmediatas +sonaron nuevas detonaciones, y luego otras ms lejanas, estremecindose +toda la cuenca minera con un incesante caoneo como si tronasen bateras +ocultas en todos los repliegues y cspides de los montes. + +Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las +Encartaciones, cuando el ejrcito liberal intentaba levantar el sitio de +Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de +la guerra y la destruccin, haban popularizado los nombres de dos +humildes aldeas de Vizcaya. l no haba presenciado los combates; pero +como si los hubiera visto, despus de escuchar su relato tantas veces +los viejos del pas y muchos de los contratistas que eran entonces +aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al +cura de su anteiglesia, haban tomado las armas en defensa del Seor y +los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del +llano, haban matado de un certero caonazo los dos mejores generales +del carlismo. Despus, el mdico miraba el monte de Somorrostro con sus +speras pendientes, aislado, lgubre como una pirmide. An se +encontraban osamentas al cavar en las faldas. All haba sido la gran +carnicera: los batallones del gobierno, la infantera de marina, con la +bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro, +pugnaban por subir lo ms alto para vencer al enemigo, y ste los +fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fra +anticipacin, y parecindole poco mortfero el fusil, apelaba +procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las +alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las +minas, y estos carros de la muerte descendan saltando de peasco en +peasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba cada choque, +cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los +celtberos brbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas +locas rompan las masas de pantalones rojos azules que en vano +intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su frreo volteo, hacan +crujir los huesos, deshilachaban los msculos, y, manchadas de sangre, +seguan rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destruccin. + +--Imbciles! imbciles--repeta mentalmente el doctor. + +Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos +montes y en otros de ms all; en todos los que dorman eternamente en +las entraas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una +simple cuestin de personas, hbilmente explotada en nombre del +sentimiento religioso y de la repulsin que siente el vascongado por +toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro. + +Contrastando con estos recuerdos de una poca de violencias, rodeaban al +doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el +movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra. +Los tranvas areos para la conduccin del mineral apoyaban sus cables +sobre los robustos postes y deslizndose por ellos, pasaba el rosario de +tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeaderos, +descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los +descargaderos de Ortuella, la va frrea del Triano, que es el +respiradero de las minas. + +En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corran sobre los +rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por +caballos, empujadas otras por hombres. Veanse grandes plataformas de +madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehculos +amarrados una cadena sin fin. La va automtica de una compaa +extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que +parecan seres animados. Los vehculos rodaban en dos filas, en opuestas +direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su +camino en lnea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y +atravesando las alturas por tneles pendientes que los devoraban. + +El paisaje apareca trastornado por la mano del hombre. El minero +violaba la Naturaleza, volcndola, desordenando sus ropajes. Todo +haba cambiado de lugar. Las cumbres haban sido echadas abajo por la +piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban +convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecan desgarradas: +lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el +pavoroso corte del despeadero. Habase cambiado el curso de las aguas; +las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapbanse ahora con +rezumamiento fangoso por las angostas galeras que perforaban las +pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su +carne, mostraban el armazn calcreo, la triste osamenta. Los prados de +otras pocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo +haba desaparecido, como si soplara sobre aquellas montaas un viento de +fuego. Slo quedaba el pedrusco frreo, el terrn rojo, la tierra +codiciada por el hombre, que pareca haber ardido con interna +combustin. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante. +Creca la hierba all donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las +plataformas carcomidas, delatando una explotacin abandonada. En estos +rincones pacan algunos rebaos de ovejas panzudas, de largas lanas, +dando con sus esquilas una nota de calma pastoril aquel paisaje +desolado que pareca recin surgido de una catstrofe geolgica. + +El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de +esos crteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de +sus convulsiones. Pareca imposible que aquella profundidad fuese obra +del hombre en tan pocos aos. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando +el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos. +Los caballos parecan por su tamao escapados de una caja de juguetes. + +Aresti, ante este desgarrn de la corteza terrestre que mostraba al aire +sus entraas, recordaba las formas y colores de las piezas anatmicas +reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como +huesos; las fajas de mena rojiza tenan el tono sanguinolento de los +msculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso +de los intestinos. + +A un extremo de la gigantesca excavacin la montaa se haba venido +abajo, formando una cascada inmvil de ondas de tierra y enormes +pedruscos. El mdico recordaba la catstrofe ocurrida cuatro aos antes. +La cantera se haba derrumbado, cogiendo en su cada una cuadrilla de +obreros que trabajaba en su base. Unos haban perecido aplastados +instantneamente: otros haban quedado enterrados en vida, en un +socavn, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La +gente acuda para pegar sus odos con horror los peascos +desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los +gemidos de los infelices que perecan lentamente en la obscuridad de las +entraas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los das. Centenares +de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver +la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, slo +haban avanzado algunos metros y ya no se oa nada: de la tierra no +sala ningn lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios +cadveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el crneo +aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando +an en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del +socavn en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la +cueva se pudran tras el gigantesco tapn de mineral que los haba +aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocan. Haban +llegado las minas poco antes y los capataces slo anotaban sus apodos. +Tal vez en algn rincn de Espaa los esperaran an, creyendo que +cuanto ms larga fuese la ausencia mayores seran los ahorros. + +Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salan gemidos del +derrumbamiento. Durante unos meses vironse en el camino de Labarga +formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las +casas temblaban los muchachos y las jvenes, oyendo hablar de las pobres +almas en pena de la mina. Pero cierta maana apareci tendido en el +camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo +fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron salir fantasmas, ni +nadie sinti deseos de adornar la catstrofe con grotescas apariciones. + +El recuerdo de los enterrados fu borrndose en la memoria de todos. Las +desgracias, en aquella explotacin cruel que gastaba las vidas de muchos +miles de hombres, superponanse unas otras con frecuencia, ocultando y +desvaneciendo las anteriores. Un da, las vagonetas, al chocar unas con +otras, aplastaban un obrero: otro da saltaban de los rieles al bajar +por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo, +que no recelaba la muerte traidora que llegaba sus espaldas: los +barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen +espigas; llovan pedruscos en mitad de la faena, matando +instantneamente; y por si esto no era bastante, haba que contar con +los navajazos la salida de la taberna, con las rias en la cantera, +con las disputas en los das de cobro, con la feroz acometividad de +aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual +vivan confundidos los que al salir de los penales de Santoa, +Valladolid Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las +minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y nadie se +preguntaba quin era y de dnde vena... + +La Muerte rondaba en torno del msero populacho, como un lobo alrededor +del rebao, siempre vigilante, con las uas afuera y los dientes agudos. +Zarpazo aqu, dentellada all, la gran enemiga se mostraba infatigable. +Siempre haba en el hospital ms de una docena de camas ocupadas por +carne enferma que peda entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un +perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega +fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la +misma montaa, llegando apenas la opulenta Bilbao. El mineral marchaba +ra abajo sin que nadie pensase en lo que haba costado su arranque del +suelo. + +Aresti sali de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle nica +de Labarga, dos filas de mseras casuchas puestas sobre los peascos que +bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecan palacios, +comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas, +conocidas en el pas con el nombre de _chabolas_, con tabiques de madera +delgada y techumbre de planchas corrodas. Las puertas estaban en dos +piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera, +y la superior, al abrirse, era la nica ventana que daba la casa luz y +aire. Las incesantes lluvias haban podrido aquellas habitaciones, +reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella +fuese convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre +cuerdas los guiapos de color indefinible puestos secar. Algunas +gallinas flacas y espeluznadas corran por el camino. Los nios +permanecan sentados ante las puertas, graves inmviles, como si +fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillera de los pueblos del +llano. + +Al ver al doctor, salan las mujeres las puertas de sus tugurios, +sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo +de pronto el miedo enfermedades que tenan olvidadas. + +--Chicas, es don Luis!--se gritaban unas otras.--Seor doctor, aqu! +Mreme usted este chico!... Entre ver mi madre! + +Pero Aresti conoca de larga fecha estos recibimientos; el furor que +acometa todos por estar enfermos apenas le vean, sin ocurrrseles +bajar al hospital ms que en casos de extrema gravedad. Y segua +adelante sonriendo unas, contestando otras alegremente, precedido +por el pinche zamorano que volva la cara como si temiese verle +secuestrado por el grupo de comadres. + +Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una +casucha que era la peor del barrio. Tena los ojos casi ocultos bajo las +cejas y un gesto de desdn contraa cada momento su cara negruzca. Al +ver al mdico no se llev la mano la boina ni abandon su inmovilidad +de fakir, como si estuviera abstrado en la contemplacin de la miseria +que le rodeaba. + +--Salud, amigo _Barbas_!--dijo el mdico alegremente, detenindose ante +l.--Qu hay compaero? + +--Mucho y malo, don Luis. + +--Y esa revolucin cundo la hacemos?... + +El _Barbas_ mir un instante Aresti con ojos ceudos, como si fuese +insultarle: despus escupi la nicotina de sus labios con un gesto +desdeoso. + +--Brlese, don Luis. Usted est acostumbrado or quejarse de dolor lo +mismo al rico que al pobre, ver que todos mueren igual; por eso toma +risa las cosas de los hombres. Al fin no somos ms que animales. Hace +usted bien. Rase... pero el trueno gordo se acerca. Algn da +encontrarn su merecido todos los ladrones... todos! incluso su primo +Snchez Morueta. + +--Compaero! y yo?--dijo el doctor.--Qu vas hacer de m? + +--Usted es un guasn que se re de la vida... pero entre burlas y veras +hace bien los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los +nuestros. + +--Gracias, compaero _Barbas_. + +Y dando entender al solitario con un gesto que volvera para hablar +con l, subi los peldaos de una casucha en cuya puerta le esperaba +impaciente el pinche. + +Era la _casa de peones_, el miserable albergue de las montaas mineras, +donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado visitar +aquellos tugurios que olan rancho agrio, humo y perro mojado. +En la entrada de la casa estaba el fogn con algo de loza vieja alineada +en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso, +como si las tablas trasudasen de una pieza otra la suciedad y la mugre +de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por +los pauelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables +zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las +manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirndose con ojos bizcos +los cuernos del pauelo rojo arrollado la cabeza. Unos gatos flacos y +espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de +la olla: unos animales lgubres, de mirada feroz, tigres empequeecidos +que parecan alimentarse con el hambre que sobraba sus amos. + +La vieja rompi en lamentaciones al conocer don Luis. El pobre pen +estaba muy malito: ver si lo sacaba adelante!... Ella le haba tomado +ley despus de tenerlo varios aos en su casa. Y al lamentarse, haba +tal expresin de fro egosmo en sus ojos, que el doctor la ataj +brutalmente: + +--Sobre todo, lo que usted ms siente, ta Gertrudis, es perder un real +diario si muere. + +--Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay ms casas de peones. +Mi probe viejo est casi baldao del reuma y gana menos que un pinche +escogiendo mineral en los lavaderos. Y muchas gracias que lo aguantan, +y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... Ay +Seor, despus de trabajar toda la vida! El mdico levant una +cortinilla de percal rojo y desteido que ocultaba un tugurio sin luz, +ocupado por la cama de los viejos. Levant otra, y vi un cuartucho no +mucho ms grande, obstruido completamente por un camastro enorme, +formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En l dorma toda +la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin +separacin alguna, sin ms aire que el que entraba por la puerta y las +grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maz cubran el +tablado: cuatro mantas cosidas unas otras formaban la cubierta comn +de los ocho, y junto la pared yacan destripadas y mustias algunas +almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las +cabezas. + +Aresti pens con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio. +Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques +arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de +arrastrarlas hasta el depsito de mena y volverlas su primitivo sitio. +Despus de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao + tocino, dorman en aquel tabuco, sin quitarse ms que las botas , +cuando ms, el chaquetn, conservando las ropas impregnadas de sudor +mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que poda +tocarse con las manos, hacase irrespirable las pocas horas, +espesndose con el vaho de tantos cuerpos, impregnndose del olor de +suciedad. Los parsitos anidados en los pliegues del camastro, en las +junturas de la madera, en los agujeros del techo, salan de caza con la +excitacin del calor, ensandose al amparo de la obscuridad en los +cuerpos innimes que duermen con el sueo embrutecedor de la fatiga. En +las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte parte la +casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos +vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los +sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad +fraterniza. + +El mdico consideraba que aquellos ocho hombres que dorman en comn +eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las +aventuras de su peregrinacin anual: y su pensamiento iba hacia otras +casas de peones, tan mseras como aquella, donde los hombres acostados +en la misma cama no se haban visto nunca; donde el infeliz muchacho, +recin llegado de su tierra, dorma en contacto con un individuo, con +otro que tambin acababa de llegar la mina, tal vez recin salido del +presidio fugitivo por algn crimen. Los cuerpos extraos se juntaban +bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne +sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta +promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jvenes, de inocentes +jayanes recin venidos de su tierra y veteranos de la vida errante, +conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una +forzada abstinencia de la carne, en un pas donde por las condiciones +del trabajo, los hombres son mucho ms numerosos que las mujeres, y la +continua afluencia de presidiarios licenciados traa consigo todas las +criminales aberraciones de la virilidad aislada. + +Aresti vi al enfermo en el fondo del camastro, junto la pared, +respirando jadeante. Estaba acostumbrado visitar los tabucos de los +mineros: nada le extraaba, y con agilidad de muchacho salt encima del +tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendi una cerilla +y entonces vi en el tabique de la cabecera que en otros tiempos haba +sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando +generales contemporneos, con el ros calado y el pecho cubierto de +bandas y cruces, hroes de la guerra que se haban cubierto de gloria +entregando territorios al enemigo fusilando en masa indgenas +indefensos. + +El mdico no pudo contener su risa. + +--Por qu estarn aqu estos tos?... + +Las estampas habran sido pegadas como adorno, sin fijarse en los +personajes; tal vez seran recuerdos de algn antiguo soldado, cndido +y entusiasta, que creera haber servido las rdenes de caudillos +inmortales. + +El enfermo tena los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel +arda. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la +lluvia de la noche anterior. + +--Una pulmona de padre y seor mo--dijo el doctor arrojando la cerilla +y saliendo del camastro otra vez de rodillas. + +Afuera, junto al fogn, escribi una receta en una hoja de su cartera, +encargando al pobre pinche, que despus de la visita pareca ms +tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital. + +Cuando Aresti sali de la barraca, despus de hacer varias +recomendaciones la vieja, vi que le aguardaba en medio del camino un +contratista de los ms amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el +chaleco brillbale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas +fabricadas con la tela impermeable que serva de forro las cajas de +dinamita. + +--Hola, _Milord_--dijo el mdico.--Qu, hoy no hay oficios divinos en +la capilla de Baracaldo? + +--No, don Luis--dijo el contratista con cierta uncin en sus +palabras.--Demasiado sabe usted que en nuestra religin este da no es +de fiesta. + +--Y _Milady_, siempre tan hermosa y elegante? + +--Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos ms que unos pobres +patanes con un poquito de proteccin. + +Despus de esto, el llamado _Milord_ rog al mdico, que ya que estaba +en Labarga, se llegase la cantina de _Tocino_, el capataz de su +confianza, que llevaba varios das inmvil en la cama por el reuma. +Aresti se resista alegando su viaje Bilbao. + +--Un momento nada ms, don Luis: entrar y salir. Yo tambin tengo prisa +por llegarme la mina. El pobre _Tocino_ me hace tanta falta cuando no +est all!... + +El doctor se dej conducir algunos minutos ms all de Labarga, hasta +una altura donde estaba establecida la tienda de _Tocino_. Por el camino +bromeaba con el contratista sobre su religin. El _Milord_ haba sido +capataz de las minas de una compaa inglesa, logrando interesar al +ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y +no dejar descanso los peones de sol sol. La proteccin del jefe lo +elev contratista, colocndole en el camino de la riqueza, y, no +sabiendo cmo mostrar su gratitud al ingls, haba abrazado el +protestantismo. La despreocupacin religiosa era general en las minas: +slo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y +para ligarse ms ntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis +aos en un colegio de Inglaterra, volviendo de all la muchacha con un +exterior pdico y unas costumbres de _confort_ que regocijaban toda +Gallarta. Los domingos, _Milord_ y _Milady_ bajaban Baracaldo, +vestidos con trajes que encargaban Londres, para confundirse con las +familias de los ingenieros y los mecnicos ingleses empleados en las +minas en las fundiciones de la ra, que llenaban la nica capilla +evanglica del pas. Aresti, que haba cogido cierto miedo los +_flirts_ con _Milady_, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y +que conoca ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana +durante la noche, ensalzaba irnicamente al padre lo mucho que su +robusto retoo haba ganado despus de la cepilladura en el extranjero. + +--La educacin inglesa!--deca _Milord_ abriendo mucho la boca para +marcar su admiracin.--Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la +chica... Es verdad que acostumbrada tantas finuras, se aburre aqu +entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi +ambicin, y es casarla con algn seor de la compaa. + +--Har usted bien--dijo el mdico con zumbona gravedad, recordando las +ligerezas de la nia al verse libre en las minas, despus de las +pudibundeces del colegio.--Esos seores son aqu los nicos que pueden +cargar con ella. + +Llegaron la cantina de _Tocino_, una casa aislada, de mampostera, con +un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda +la tierra de las Encartaciones y adems el abra de Bilbao, la ra, +Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervin, +parecan formar una sola urbe. En ltimo trmino, entre montaas, se +adivinaba la villa heroica industriosa: el humo de las fundiciones y +fbricas se confunda con el cielo plomizo. A la entrada de la ra, el +alto puente de Vizcaya marcbase como un arco triunfal de negro encaje. + +La cantina ocupaba el piso bajo, amontonndose en ella los ms diversos +objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros +pendientes del techo... All estaban almacenados todos los vveres, por +cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las +canteras. Aresti conoca aquella alimentacin; alubias y patatas con un +poco de tocino. El arroz, slo era buscado cuando la patata resultaba +cara. Adems, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano +entre grandes manojos de cebollas y ajos. + +El pan se amontonaba detrs del mostrador, al amparo de los dueos, como +si stos temiesen los hurtos de los parroquianos una sbita acometida +de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas +por la ranciedad, esparca acre hedor. De las viguetas del techo pendan +bateras de cocina, y en las estanteras se alineaban piezas de tela, +botes de conservas, ferretera, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo +tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que +objetos, parecan sacados de una excavacin despus de un entierro de +siglos. + +Tras el mostrador estaba la mujer de _Tocino_ con su hijo, un +adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero +Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban +los parroquianos desprecindolos, y en su aspecto miserable, algo que le +haca recordar los judos. La gente del contorno les odiaba. Al menor +intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan +por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenan un aspecto +de miseria y sordidez ms triste que el de la gente de fuera. El doctor +recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, los que haba +asistido por curiosidad; los apstrofes los explotadores de las +cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean +chupndoles la sangre; y se deca con gravedad: + +--No; pues stos les luce poco la tal alimentacin. + +A la entrada de la cantina exista una especie de jaula de madera con un +ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueo de la +tienda, envuelto en mantas, quejndose cada momento, pero sin dejar de +repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos, +que le servan para su complicada contabilidad. + +El _Milord_ manifest su extraeza vindole all. l, que le traa nada +menos que al doctor Aresti creyndolo en peligro de muerte!... Mientras +el mdico le examinaba con la indiferencia del que est habituado +casos ms graves, _Tocino_ prorrumpa en lamentaciones, hacindole coro +su mujer. Estaba enfermo ms de lo que crean: no poda moverse: los +dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y haba que repasar +las cuentas, ya que estaba cerca el da de la paga. + +--Vaya, _Tocino_--dijo Aresti;--lo que tienes es poca cosa, +desaparecer con el cambio de tiempo. Quejarse as un hombrachn que +parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que +engordas con lo que robas. + +--Pero qu cosas tiene este don Luis!--exclam el _Milord_ mirando la +tendera, que enseaba sus dientes amarillos para sonrer lo mismo que el +protector de su marido. + +--Robar!--mugi _Tocino_.--Robar! Siempre est usted con lo mismo! +Tanto oye usted los trabajadores, en su mana de mimarlos cuando se +los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aqu +nadie se roba. Aqu lo nico que se hace es defender lo que es de uno. + +Y _Tocino_ se indignaba, olvidando los dolores. l venda sus artculos +al fiado estamos?... se expona perderlos, y qu cosa ms natural +que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el da del +pago en las minas?... Haba que conocer los obreros: cada uno de un +pas; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al +fiado, y el da de cobranza, si les era posible hacan lo que ellos +llaman _la curva_; cobraban y se iban la taberna, rehuyendo el pasar +por la tienda de comestibles. A bien que esto no les vala con _Tocino_ +y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. l les +pagaba all mismo su trabajo y all mismo les descontaba lo que llevaban +comido. Aun as haba sus quiebras, pues los que slo trabajaban una +semana, desaparecan despus de haber tomado al fiado ms de lo que +importaban sus jornales. + +Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas segua +recriminndolo. + +--_Tocino_, t eres un ladrn que vendes los obreros los artculos +averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar ms caros que en +la villa. + +--Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges--grit +el capataz enrojeciendo de indignacin con el recuerdo de lo que decan +los obreros en sus reuniones. + +--_Tocino_, t abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen +libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene tu tienda le +quitas el trabajo en la cantera. + +--Los amigos son para ayudarse unos otros. Qu tiene de particular +que yo slo d trabajo los que se surten de mi establecimiento? + +--T robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja, +descontndole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda +mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se +hace en todas partes, sino por meses, para que as tenga que vivir +crdito y se vea obligado comer lo que queris darle y al precio que +mejor os parece. + +--Vaya; ahora me toca m--dijo riendo el _Milord_.--Pero este don Luis +es peor que los predicadores de blusa que vienen echar soflamas en el +frontn de Gallarta. Suerte que no le da usted por hablar en pblico. + +--_Milord_: todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros +rpidamente con el hierro y aun arais algunos cntimos en el jornal y +el estmago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los +capataces. Vais medias. De da explotis los brazos y de noche los +estmagos. Hacis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de +peones forasteros que vienen rabiar y ahorrar durante algunos meses, +pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan ms en +el pas y ya veris la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre +aqu, acabe por conoceros. + +El doctor cort la conversacin recordando su viaje Bilbao, y sali de +la cantina despus de hacer varias recomendaciones para la curacin de +_Tocino_. La mujer y el hijo sonrean servilmente, pero con una +expresin hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del +doctor. + +El contratista sigui adelante, hacia su mina, y Aresti descendi +Labarga pensando en la miseria del rebao humano esparcido por la +montaa. Varias veces haba intentado rebelarse, y los resultados de su +protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en ms de una ocasin, +con sangre, no le haban hecho mejorar gran cosa. nicamente el respeto + la vida humana era mayor que en los primeros aos de explotacin. +Aresti recordaba su llegada las minas, cuando se viva en ellas casi +con las armas en la mano, como en Alaska en los primitivos _placeres_ +de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el +vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo los trabajadores +rebeldes; ya no exista la tarifa de la carne humana, cotizndose las +desgracias veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas. Se +asociaban los trabajadores establecidos en el pas, creaban ncleos de +resistencia, inspiraban cierto temor los explotadores, logrando con +esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero an faltaba la +cohesin entre ellos, causa del vaivn de la poblacin minera, de +aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el +invierno y el hambre en las mseras comarcas del interior y se retiraba +al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huan su +tierra as que se iniciaba una huelga y apareca en las minas la guardia +civil. Haban venido ganar dinero y evitaban los conflictos pasando +por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses +miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compaeros +establecidos en el pas, pensando con el duro egosmo de la gente rural, +que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos +al fin haban de volver sus tierras. Los labriegos convertidos en +mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que +imposibilitaba la ascensin de los que vivan en el pas. + +La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de +galeras subterrneas, con sus peligros que exigen cierta maestra, el +personal no era fcil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero +en las prdigas Encartaciones el hierro forma montaas enteras: la +explotacin es cielo abierto; slo se necesita hacer saltar la piedra, +recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el +bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas + sustituir sin esfuerzo alguno todo el que abandonaba su puesto +protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigracin, +cortndose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la +poblacin obrera de las Encartaciones, era difcil que el trabajo +conquistase todos sus derechos. + +Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobl el paso al +entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no or los +llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante. + +--Don Luis, un momento... + +Era el _Barbas_, que haba abandonado su inmovilidad de fakir para +detener al doctor. + +--Qu hay, compaero? + +--Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aqu, de lo +que hacen esos ladrones. + +Y le mostraba con gesto trgico su casucha. Como Aresti no pareca +comprenderse, el _Barbas_ le mostr la parte superior de su barraca +falta de techumbre. + +--Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos +de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian +y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cmo echarme. Hace una +semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la +calle, pero el _Barbas_ firme en su puesto con la compaera. La pobre +vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se +menea de ah. Me han de tener la vista siempre. Hay para rato si +piensan librarse de m... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor. +Quieren quitarme el suelo as como me han robado el techo. Piensan +excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus +estacas, para ver si as me voy... Pues no me ir! El _Barbas_, en su +sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni +trabajo, ni me voy... Espero, sabe usted?, espero que llegue la gorda; +espero el da en que toda la montaa baje al llano y yo pueda quitarles +el techo y el piso todos los _chalets_ que se han hecho esos +pintureros, esos piojos resucitados que la echan de seores costa de +los pobres. + +Y el _Barbas_ acompa un buen trecho al doctor, mugiendo sus +maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos ms +inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades +malficas que hacan sentir la fuerza de su poder en la montaa, sin +mostrarse ms que por la mediacin de administradores y capataces, si +explotaban la mina directamente, de contratistas si crean ms +ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral. + +Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vi venir hacia l un +hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi +pareca una mulilla. Por la cabalgadura conoci Aresti desde muy lejos +don Facundo, el cura prroco de Gallarta. Haca diez aos que haba sido +trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de lava, y afirmaba +que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. Paz, mucha +paz; para todos hay vida en el mundo. Y en santa paz viva, siendo gran +amigo de Aresti, y tomando broma las doctrinas revolucionarias que el +doctor, por aburrimiento, expona los ricos de Gallarta despus de sus +famosas cenas. Cierta vez que el mdico, cansado de la monotona de su +existencia, se divirti en propagar el budhismo entre los rudos +contratistas y hasta intent algunas ceremonias del culto indostnico, +estilo de las que haba presenciado en el museo Guimet de Pars, el cura +no manifest indignacin, Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los +sabios: ya se cansar. Para l, la religin verdadera no decreca ni +experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos, +casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros. + +A misa slo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre +vaca, pero el pas era muy religioso y la prueba estaba en que l no +tena libre un momento, y continuamente vean todos trotar su burra +blanca por los caminos y atajos de la montaa. Aquel curato vala ms +que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de +Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente +marchase la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su +atad por el vozarrn del cura. Haba das en que acompaaba cinco +entierros en los lugares ms lejanos de la parroquia; asunto de leguas. +Pero l no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura +infatigable, y montado en ella acuda todas partes. Delante, marchaba +el atad en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban +alaridos y se mesaban el pelo con desesperacin de gitanas, y detrs don +Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido pie +por el sacristn, al que llamaba su corneta de rdenes, siempre +cantando, pues los parientes ponan reparos la hora de pagar si +cantaba poco, repitiendo automticamente los versculos del oficio de +difuntos, al mismo tiempo que se daba el comps esgrimiendo sobre su +cabeza la vara de fresno con que arreaba la cabalgadura. + +Un alto en la marcha era lo nico que le haca perder la calma. + +--Aprisa, hijos mos--deca los conductores del cadver--que hoy an +me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda. + +Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de +acompaar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de +luna clarsima, al retirarse casa despus de una cena con los +contratistas, en las afueras de Gallarta. Oy un canto lgubre que +rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vi pasar un hombre, +vacilante sobre sus piernas, que pareca ebrio, llevando cuestas +otro, envuelto en una sbana, con un brazo colgante que le golpeaba +cada paso. Despus, una especie de centauro agrandado por el misterio de +la noche, que mova algo negro como una espada, sin cesar de mugir: + + Qui dormiunt in terr pulvere, evigilabunt... + +--Buenas noches, don Luis--dijo el cura al reconocer al doctor.--Con +este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he +dejado para lo ltimo... Despus dir usted que la Iglesia no trabaja! + +Y en el silencio de la noche, volvi reanudar su lgubre cantinela, +la luz de la luna, camino del cementerio. + +Lo nico que le indignaba era que le hablasen de la extensin de la +parroquia y lo difcil de servirla un hombre solo. No, carape!: l +tena fuerzas para servir Dios hasta que reventase; sobre todo, +tratndose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificacin +parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver los seores del +obispado despus de dar un tiento doloroso los ahorros y cuando al fin +haban acabado por colocar sus rdenes dos vicarios, dedic stos + las _faenas menudas_ del templo, reservndose l los entierros. + +Las asombrosas fortunas creadas en las minas haban tentado su codicia. +l tambin tena sus contratas; tambin pactaba arranque de mineral con +los seores de Bilbao iba sobre la burra de los entierros echar un +vistazo al trabajo de los peones. Pero pesar de que sus negocios +marchaban bien y la hora del champagne, en las cenas de los +contratistas, le haca confesar el mdico que llevaba reunidos ms de +cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera poca +de las minas, cuando l y don Luis eran recin llegados y cada cual +viva su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborreca +los tranvas areos, los planos inclinados, todos los recientes medios +de conduccin. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado +por bueyes hasta la ra, y haba guardas en los caminos para ordenar el +paso de las carretas que alegraban la montaa con sus chirridos. Slo en +Gallarta existan ms de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba +ms caro y el dinero se reparta entre ms gente. Entonces fu cuando el +cura inaugur su iglesia y al buscar un santo patrn eligi San +Antonio. An rea el doctor recordando la candidez con que explicaba el +cura esta preferencia. + +--No puede ser otro. San Antonio es el patrn de las bestias y aqu en +Gallarta hay tanto buey.... + +Al reconocer don Facundo al mdico, refren el paso de su cabalgadura. + +--A la mina, eh?--pregunt Aresti. + +--S seor: acabo de largar mi misita y ahora un rato ver lo que hacen +aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo +humano. Hay que trabajar, don Luis. + +--Pero hoy no es da de fiesta?... + +--Ah, grandsimo zumbn! Ya adivino lo que quiere decirme con su +sonrisa. S, da de fiesta es, segn nuestra Madre la Iglesia, y deben +guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cmo los pobres trabajan +en todas las canteras. Yo no voy privar de un jornal mis peones, +despus de tantos das de lluvia, en los que no han podido hacer nada. +Adems, tengo mis contratos con el dueo de la mina... Vaya, adis: le +dejo para que se burle de m sus anchas. + +Iba ya arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta. + +--Dicen que han matado al _Maestrico_?... Vaya un caso. Era un buen +muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... A la tarde entierro! +Arre burra! + +Y se alej con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que haba +cado trabajo. + +Cuando el doctor fu entrar en su casa todava se vi detenido por un +hombre que le esperaba sentado junto la puerta. La vieja Catalina le +llamaba furiosa desde adentro. + +--Qu est fro el desayuno!... Qu no coger usted el tren! Ya le he +dicho ese condenao que su primo le espera y no est usted para +canciones... + +Pero Aresti no la hizo caso y se dej abordar por aquel hombre, +dicindose mentalmente: Qu magnfico animal! Tembl por su mano, +cuando se la agarr el gigantn con una de sus garras de dedos callosos +y gruesos. Bajo la blusa se delataba cada movimiento una musculatura +de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, haca +recordar Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que +haba admirado en su niez. + +--Vengo lo del otro da--dijo con alguna torpeza, pero mirando al +mdico en los ojos como dispuesto pelear, si era preciso defendiendo +sus pretensiones. + +--A lo del otro da?... Pues hijo, no me acuerdo. Me buscan tantos!... + +Pero de pronto, el doctor pareci recordar, y una sonrisa maliciosa +anim su rostro. + +--Ah, s! Ya me acuerdo: vienes lo del practicante. T eres el marido +de esa... Bien y qu? + +--Quiero que usted arregle eso, don Luis--continu el gigantn con +energa;-- lo arregla usted que es tan bueno doy el gran escndalo. +Ya le dije cmo los pill en mi casa el domingo pasado: tengo testigos. +Los llevar al juzgado, y si l no se pone en razn y hace lo que le +corresponde, ir un presidio y ella la galera. + +--S, hombre, s--dijo Aresti.--Recuerdo tu asunto. Me gusta verte ms +tranquilo que el otro da. Pero qu voy a hacer yo? + +--Arreglarlo, seor dotor: que ese sinvergenza sufra castigo. Va ser +l de mejor pasta que otros? Al juzgado ir con l. + +--Pero pides demasiado, hijo mo. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte +duros: pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en +el hospital!... Si es ms pobre que t!... + +--Bueno--dijo el gigantn con aspecto indeciso, rascndose la cabeza por +debajo de la boina.--Pus que sean quince... que sean doce, ya que +usted se empea. Pero de ah no bajo nada. No me conformo con menos de +doce dar el escndalo. En usted confo, dotor. Ya le quisiera yo ver +con una perra como la ma: sabra lo que es bueno. Qu he de hacer? Ir + presidio y que se mueran de hambre mis pequeos? Que paguen, que +paguen, ya que quieren hacer el guapo! + +Y se alej, despus de recomendar varias veces al mdico, con tono +suplicante, que no olvidase su asunto. + +Aresti, mientras despachaba el desayuno y vesta sus ropas de fiesta, +colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraa psicologa +de una gran parte de las gentes de las minas. + +De jvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo +oculto en la faja, dispuestos disputarse la hembra pualadas. +Asesinaban al rival como al infeliz _Maestrico_; y despus, de casados, +satisfecho el primer mpetu de su apetito exacerbado por la escasez de +mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas; +olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar ms que en el +dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rpidas y +milagrosos encumbramientos que pareca soplar sobre las minas. Se +exterminaban por una cuestin de jornales de comestibles, y al +encontrarse frente frente con el adulterio, torcan el gesto como ante +una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su +desgracia cierto provecho. + + + + +II + + +Ms de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara +Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la +estacin de El Desierto, experiment ante el magnfico panorama de la +ra la misma impresin de asombro de los aldeanos que slo abandonaban +sus caseros la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto +importante los llamaba la villa. + +El tren dej atrs los torreones gemelos de los altos hornos de +fundicin--los castillos feudales de Snchez Morueta segn deca el +doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,--y +despus de atravesar un tnel, avanz por la ribera cruzando los +descargaderos de mineral. Eran estos modo de baluartes que, arrancando +de la montaa, llegaban hasta la ra, elevados algunos metros sobre el +nivel de los campos. Los de las compaas extranjeras eran verdes, con +los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos, +y las pequeas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como +juguetes. Los de las explotaciones del pas eran de un rojo antiptico, +de escombros de mineral, desmoronndose con las lluvias sus pendientes, +revelando el espritu de sus dueos, incapaces de realzar con el ms +leve adorno los instrumentos de explotacin. En la ra, junto las +gras que funcionaban incesantemente, dorman los vapores, con el casco +invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los +mstiles. Suban de sus entraas los grandes tanques de hierro cargados +de hulla inglesa y, deslizndose por los rails areos, iban volcar el +negro mineral en las enormes montaas de las fbricas. Corran por las +vas de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar +al punto ms avanzado inclinbanse como si quisieran arrojarse al agua, +soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos +riberas de la ra estaban en continua funcin, vomitando y absorviendo; +entregando el mineral de sus montaas y apoderndose del carbn +extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas +de los buques; los nombres ms exticos impronunciables lucan en sus +costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguan los +veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul. + +Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ra +con sus barcos y fbricas: por la ventanilla opuesta, admirbase la paz +de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos, +removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrs y las +piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movan el +baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvan de nuevo + rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres +lavaban sus guiapos casi tendidas al borde de arroyos de lquido rojo, +como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de +Bilbao: los lavados del mineral enrojecan hasta la corriente del +Nervin. La industria, al enriquecer al pas, corrompa las aguas puras +y cristalinas de la poca pastoril. El doctor recordaba la miseria de +los peones de las minas, que les haca huir de las fuentes de la +montaa, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestin. +Preferan el lquido rojo impuro de los lavaderos porque, ensuciando +su estmago, haca menos frecuente el hambre. + +Avanzaba l tren hacia Bilbao, detenindose en las estaciones de la +orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban +su casero hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ra pasaban +pequeos remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de +cabotaje de las matrculas de la costa, navegando lentamente por miedo +las revueltas; vapores que rompan las aguas con imperceptible +movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del +bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la +moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar +pdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fbricas, negros, +de espesos vellones, como rebaos de la noche; blancos, ligeramente +dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiracin de un +hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias +minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetase por todo el +paisaje, como una nota caracterstica del panorama bilbano, avanzando +por las quebraduras de la montaa donde estn las vas frreas del +mineral, resbalando por las dos orillas de la ra tras las chimeneas de +los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los +remolcadores y de las mquinas giratorias de sus gras. + +Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera +vez. + +--Bilbao es grande--se deca con cierto orgullo.--Hay que confesar que +esta gente ha hecho mucho, Lstima que valga tan poco cuando la sacan +de sus negocios!... + +Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al +aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de +nuevo. Quedaba atrs, confundindose con otras montaas, el famoso pico +de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche +Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada +del liberalismo, que an viva en todas las memorias agrandado por las +fantsticas proporciones que da la tradicin. Despus apareca entre los +montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que +irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo, +seor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones +triangulares, y sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su +arboleda montaa arriba, hasta la cumbre coronada por una granja +vaquera. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, haban +levantado los jesutas una imagen de San Jos, con un arco de focos +elctricos. Mientras dorman los buenos padres, el semicrculo luminoso +recordaba los pueblos de la ra y la misma Bilbao que all estaba la +orden poderosa y dominadora, pronta siempre ponerse de pie, no +queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El +doctor hallaba natural que fuese San Jos el escogido para esta +glorificacin; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de +la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para +formar la sociedad del porvenir. + +Adivinbase la proximidad de la villa. A un lado surgan entre los +campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas +que eran como las avanzadas de una poblacin desbordada y en continuo +avance. Al otro se cubran las orillas de la ra de almacenes, tinglados +y gras, elevndose el carbn en montaas, sin dejar un espacio de +muelle libre. Las embarcaciones tocbanse unas otras amarradas las +enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja hmeda y +fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Vease el +incesante ir y venir de las _cargueras_, mseras mujeres de ropas sucias +y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los +tablones que servan de puente entre los buques y el muelle. Unas +llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbn; otras descargaban los +fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre +que haba de ser consumido en el interior de la pennsula. + +Detvose el tren despus de atravesar un tnel, y el doctor, subiendo +una larga escalera, se vi en el sitio ms cntrico de la villa, junto +al puente del Arenal, donde pareca condensarse todo el movimiento de la +poblacin. En aquel pedazo de ribera, robando las aguas parte de su +curso y hasta aprovechndose del subsuelo, la iniciativa industrial +haba escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de +Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao +nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la Repblica de Abando, con +sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete +pisos, y sus plazas de geomtrica rigidez. Al otro lado del puente, la +Bilbao tradicional; la Bilbao de los _chimbos_, de los hijos del pas +que haban conocido la llegada de gentes del interior, atradas por la +prosperidad de las minas, y que formaban ahora ms de la mitad del +vecindario. All estaban las famosas Siete Calles, ncleo de la antigua +villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y +morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, ergua sus torres +de un gtico ridculo la iglesia de los jesutas, con su residencia +anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geomtrica, los +hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos +fabulosamente por las minas de la noche la maana. + +Aresti pas el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvas y +las carretas, y entr en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga +reflejaba en las aguas del Nervin su arquitectura pretenciosa cargada +de caritides y estatuas; al otro, extenda el paseo sus filas de +pltanos, por entre cuyas copas asomaban los mstiles y chimeneas de los +buques atracados la orilla. Piaban los pjaros, saltando sobre la +arena de las avenidas, pero sus gritos perdanse entre el bramido de las +locomotoras, el silbido de los tranvas y el mugido de algn vapor que +entraba lentamente ra arriba. + +Aresti di un vistazo la acera llamada el _boulevard_, ocupada siempre +por los curiosos estacionados ante los cafs. Frente al Suizo, se +colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentndose de la +decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban gritos los +diarios recin llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el +centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla cada sobre +los ojos y la falda agarrada y bien ceida, de modo que al andar se +marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y, +bien proporcionadas. Aresti fijbase en la separacin del hombre y la +mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su +sitio. El hombre los negocios y la mujer sola la iglesia hacer +visitas, como nica diversin. Pas una pareja cogida del brazo. + +--Sern forasteros--se dijo el doctor.--Tal vez algn empleado de los +que enva el gobierno. _Maketos_, como dicen mis paisanos. + +Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicols, fu +en busca de su primo. El poderoso Snchez Morueta viva en su hotel de +Las Arenas, evitndose as el molesto asedio que parsitos y protegidos +le hacan sufrir en Bilbao. Adems, habituado las costumbres inglesas, +gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus mltiples +negocios le hacan venir casi todos los das al escritorio que tena en +la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las maanas, todo correr +de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metindose en el +escritorio como si huyera. Aun as, tena que separar muchas veces con +sus fuertes puos los que le esperaban en la puerta, para proponerle +negocios disparatados pedirle dinero. Una vez en su despacho, era +difcil abordarle al travs de los escribientes y criados que guardaban +la escalera. A la salida, Snchez Morueta slo osaba poner el pie en la +calle cuando tena su carruaje cerca y poda escapar, ante la mirada +atnita de los solicitantes que esperaban horas y ms horas. Los +despechados, la turba pedigea que en vano le asediaba y bloqueaba, +llambanle El solitario de Las Arenas, El ogro de la Sendeja, que +era donde tena su escritorio, y hasta afirmaban, faltando la verdad, +que su carruaje slo tena un asiento, para evitarse de este modo toda +compaa. Transcurran meses enteros sin que penetrasen en su despacho +otras personas que algn corredor de confianza los principales +empleados del escritorio, que reciban sus rdenes. Con los otros +capitalistas de la poblacin--muchos de ellos compaeros de la juventud, +que haban marchado juntos con l en la primera etapa por el camino de +la fortuna--se comunicaba telefnicamente tutendose, pero en estilo +conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos. + +Aresti sigui su marcha lo largo del muelle, mirando los remolinos del +agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para +examinar dos barcos de cabotaje, dos _cachemerines_ de la costa, con los +ttulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por +extraos cargamentos, en los que se confundan los fardos de bacalao con +mesas y silleras embaladas. Ofrecan igual aspecto que los carromatos +de los ordinarios de los pueblos, cargados de los ms diversos objetos. +En uno de los buques, la tripulacin se agrupaba proa en torno del +hornillo donde herva el caldero del rancho. Los barcos estaban tan +hundidos causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, vea el +fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de l, +tostados, enjutos, habituados la lucha mortal con el mar cntabro, le +hacan recordar su padre, entrevisto en los primeros aos de su vida y +del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga. + +El doctor, separndose del muelle, pas la acera de la Sendeja. El +escritorio de su primo estaba en un casern antiguo y seorial, todo de +piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un +gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero +y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su +fortuna la Iglesia, se negaba vender el edificio Snchez Morueta, +dndose la satisfaccin de tener por inquilino uno de los primeros +ricos de Bilbao. + +Aresti no os subir directamente al despacho de su primo, temiendo la +resistencia de algn portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de +los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefiri +entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la +casa, bajo la direccin de un antiguo amigo de la familia, el capitn +Matas Iriondo. Aquella oficina era lo nico accesible del edificio, +donde se poda entrar la buena de Dios, sin miedo esperar ni +porteros inflexibles. + +--Est el _Capi_?...--pregunt Aresti los escribientes que trabajaban +tras un atajadizo de cristales. + +--Pasa, _Planeta_, pasa!--grit alguien tras una puerta del fondo del +corredor. + +Y Aresti entr, al mismo tiempo que el capitn, el _Capi_ como le +llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia l con los +brazos abiertos. + +--Te he conocido con slo orte, Luisillo--dijo Iriondo con su voz +bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y +obligado hacerse or entre los mugidos del viento y de las olas.--Ay, +_Planeta_!... Te encuentro algo aviejado. + +Y haba que or la expresin cariosa que daba el marino al mote de +_Planeta_ aplicado al doctor. Para l, en su habla bilbana, los hombres +se dividan en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de +utilidad y no tenan mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de +nada, los que llamaba _arlotes_. Y luego venan los _planetas_, gente +simptica y buena, pero sin seriedad ni sentido prctico; los calaveras; +los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas +que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian +el dinero llegando la vejez sin salir de pobres. Y qu mayor +_planeta_ que aquel mdico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao, +prefera vivir entre los brutos de las minas? + +--Ah, _Planeta_!--deca sin soltar Luis de entre sus brazos.--Lo +menos hace medio ao que no te veo. Y siempre tan loco, verdad? Siempre +coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho. +Apuesto cualquier cosa que an no has reunido mil duros!... + +Y rea, con lstima cariosa, de su querido _Planeta_, al que +consideraba en eterna infancia, como un nio revoltoso que haba que +dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cario. + +--_Capi_, pues t tampoco ests muy joven que digamos. Te probaba ms el +mar. + +--Tienes razn--dijo Iriondo con melancola.--Si al menos pudiese ir +todos los das al monte con la escopeta, cazar _chimbos_!... Pero hay +que despachar cinco seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse +el mundo y todos trabajamos como negros... Adems, nos hacemos viejos, +Luisillo. T olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto, +cuando t an jugabas en Olaveaga en la huerta de tu to. + +Aresti admiraba el vigor del capitn. Estaba en los cincuenta aos. Era +bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia +ensancharse, como si fuera cuadrrsele el cuerpo. Su cara se haba +recocido, como l deca, en casi todos los puntos de la lnea +ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su +barba, en la que slo apuntaban algunas canas. Tena las crneas de los +ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban +de frente, brillaban con una expresin de bondad. Conoca todas las +picardas del mundo: haba pasado en su juventud por todos los +desrdenes de las gentes de mar, que despus de meses enteros de +aislamiento y privacin sobre las olas, bajan tierra como lobos. Haba +brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones +diablicas de los negros; se haba rozado con hembras de todos los +colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, despus de +una vida de aventuras, notbase en l la honrada simplicidad de esos +marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos +cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar + contaminarse con ellas, sacudindolas apenas vuelven al desierto del +ocano. + +El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas +veces haba contado el _Capi_ de sobremesa en casa de Snchez Morueta, +con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar +atencin en el entrecejo de la seora que tema cada instante +extralimitaciones en el relato. No haba mar en el globo en el cual no +hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde +el _cachemerin_ al trasatlntico. De joven haba hecho el cabotaje entre +el archipilago de Luzn y las Molucas. El sultn de all era gran +amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese +entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. Para qu? Con un +tabaco de Manila poda llevrselas l a todas sin permiso de sultanillo. +Haba trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de +California; montaas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a +Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; haca memoria, con +sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con +ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que +los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra, +gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las +costas de frica con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, senta +la nostalgia del azul negruzco e intenso del Ocano, del verde luminoso +y difano del mar de las Antillas, de la larga ondulacin del Pacfico y +las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterrneo le +inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandra y Npoles, +verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. Desde Gibraltar a +Suez--deca--, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en +el mar, y ahora esperan en los puertos. + +Su amistad con Snchez Morueta, que databa de la infancia, le haba +proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos +barcos de la casa; y adems, no cargaba un buque extranjero minerales de +su principal que no lo despachase l, acumulando as una pequea +fortuna que le envidiaban sus antiguos compaeros de navegacin. Era +bilbano la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir +el domingo con la escopeta al hombro cazar _chimbos_ en los montes, +pajarillos de varias clases, que haban proporcionado un mote los +hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes +que no tena trabajo, algn _chacoln_ del camino de Begoa saborear +el bacalao la vizcana, rocindolo con el vinillo agrio del pas. Sus +amigos _chacolineros_ pasaban por el despacho para noticiarle +misteriosamente cundo se abra pipa nueva. + +--Capitn, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche un _chacoln_ de +dos aos. + +Y el capitn abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre, +pareca un cuarto de marinera, sin ms adornos que una mesa vieja, +algunas sillas, un botijo en un rincn y algunas fotografas de buques +en las paredes. Pareca imposible que all se hablase de negocios que +importaban millones. Un barmetro enorme, dorado y con vistosos adornos, +regalo de Snchez Morueta, era el nico objeto notable y el que ms +estimaba el capitn, pues, por sus hbitos de hombre de mar, siempre se +estaba preocupando del tiempo. + +--Tena muchas ganas de verte--dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio +ante la mesa.--Las veces que he pensado en ir pasar un da en las +minas! All hay caza ahora, verdad? Slo que la gente acomodada parece +que no se dedica otra cosa. Ay, _Planeta_! Y cmo va alegrarse Pepe +cuando te vea. Yo hace cuatro das que no le he hablado. Ya sabes su +genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por +ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con l, cuanto +menos se habla, mejor. Su debilidad eres t... t y Fernandito, ese +ingenierete tan simptico que tiene en los altos hornos. Las veces que +Pepe te recuerda! Un da, hablando de t y de tus _planetadas_, le o +decir. Ese chico, ese chico deba estar mi lado. + +--Oye _Capi_; y cmo anda mi prima, la santa doa Cristina? ha metido +ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas? + +El capitn ces de sonrer y por sus ojos cndidos pas una sombra de +inquietud. No poda disimular su turbacin. + +--No s... la veo poco. Debe estar como siempre... + +Y aadi con repentina resolucin: + +--Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo mis +barcos, y fuera de ellos nada me importa. + +Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la +esposa de Snchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que +helaba las palabras y cohiba el pensamiento. Aresti se levant para +subir al despacho de su primo. + +--Por la escalera no--dijo el capitn.--Sube por ah: es la escalerilla +interior y llegars ms pronto. Hasta luego: yo tambin soy de la +cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevar en su carruaje.... Si +ests falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta +las dos no comeremos. + +El doctor subi por una escalerilla de madera con cubierta de cristales, +que travs de un patio interior pona en comunicacin el entresuelo +con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con +mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas +y taquillas de madera rojiza, as como los lomos de cobre de los grandes +libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corran +por las cornisas de una otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban +relojes elctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fbricas +de la casa, adornaban las paredes. + +Aresti, despus de una corta espera, fu introducido en aquel despacho, +del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde +Snchez Morueta fabricaba raudales de oro con slo concentrar su +pensamiento. + +--Cmo ests, Luis?... + +Lo primero que vi el doctor fu una mano tendida hacia l, una mano +firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de hroe +prehistrico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo un +cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi +le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conoca la villa entera, +virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia +abajo una luz fra. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las +solapas del traje pareca suavizar los salientes enrgicos de los +pmulos y las fuertes articulaciones de su mandbula robusta y +prominente como la de los animales de presa. Tena cana la barba, gris +el pelo y, sin embargo, pareca envolverle un nimbo de juventud, de +fuerza serena, de energa reposada y tenaz, que se comunicaba cuantos +le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la +naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin ms auxilio +que las energas del msculo y del pensamiento, y acababan por +posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la +porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia los +blasones de armas de la provincia, deca hablando de l: Mi primo se ha +escapado del escudo de Vizcaya. + +Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento +y la accin en continuo uso. + +Conserv un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujndola +con slo un ligero movimiento, y pasada esta efusin extraordinaria en +l, volvise hacia su secretario, que permaneca de pie junto la mesa +manejando papeles y hojas telegrficas. + +--Sintate, Luis--dijo como si le diese una orden--acabo en seguida. + +Y le volvi la espalda, olvidndolo, mientras el secretario sonrea +servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias +reverencias. Aresti conoca de muchos aos aquel hombrecillo que haba +comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza +de Snchez Morueta. El capitn le llamaba el perro de doa Cristina +por la proteccin que le dispensaba la seora y la adhesin absoluta con +que l le corresponda. Aresti desprecibale por las sonrisas con que +saludaba su parentesco con el amo. + +Mientras el millonario lea los papeles, cambiando de vez en cuando +alguna palabra con su secretario, el mdico, hundido en un silln, +dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufran una decepcin al entrar +all, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente +Snchez Morueta. La habitacin era sencilla: dos grandes balcones sobre +la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel +imitacin de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio +con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos +se hubiera de dormir. En un rincn, una caja de hierro; en otro una +antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo +arqueolgico del pas, y en las paredes, modelos en relieve de los +principales vapores de la casa y una enorme fotografa del _Goizeko +izarra_ (_Estrella de la maana_), el yate de tres mstiles y doble +chimenea, que permaneca amarrado todo el ao en la baha de Axpe, como +si Snchez Morueta hubiese perdido su aficin los viajes. Sobre la +chimenea se alineaban en escala de tamaos, fragmentos pulidos de rieles +y piezas de fundicin, muestras flamantes del acero fabricado en los +altos hornos de la casa. Un pequeo estante contena libros ingleses, +anuarios comerciales, catlogos de navegacin, memorias sobre minera y +metalurgia. El nico libro que estaba entre los papeles de la mesa de +trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el +_Yacht Register_ de ms reciente publicacin, como si el millonario +encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento +los potentados de la tierra que ms dichosos que l, podan vagar por +los mares. El despacho tena el mismo aspecto de sobriedad y robustez de +su dueo. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo +slido y discreto que slo se encuentra en las cmaras de los grandes +buques. Aresti resuma la impresin en pocas palabras; All todo ola +ingls.... Hasta el traje del amo. + +Al concentrar la atencin en su primo, volva admirar sus manos; +aquellas manos nicas, que parecan dotadas de vida y pensamiento +aparte; que iban instintivamente, entre el montn de papeles, en lnea +recta y sin vacilacin hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como +animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza +propia para vivir por s solas. Aresti las admiraba con cierto respeto +supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se +entregaran vencidos, anonadados. Nada poda resistir aquellas +hermosas garras de bestia luchadora inteligente. El movimiento de la +sangre en sus venas de grueso relieve, pareca el latido de un +pensamiento oculto. + +Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con slo un movimiento todos +los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande +hombre indicaron al secretario con fra mirada que poda retirarse la +habitacin inmediata donde tena su despacho: una pieza con grandes +estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de +mineral bajo campanas de vidrio. + +--Don Jos, un momento,--dijo el hombrecillo;--me permito recordar +usted el encargo de doa Cristina, ya que est aqu el seor doctor. + +Y como Snchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclin +hacia l, murmurando algunas palabras. + +El millonario dud algunos momentos mirando su primo. + +--Es un favor que te pide Cristina--dijo con alguna vacilacin.--Al +saber que venas hoy, me encarg que subieses un momento Begoa para +ver don Toms, ese cura viejo que algunas veces nos visita. + +Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se +apresur aadir. + +--Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis das y que hay que +tener contentas las seoras. Mi mujer y mi hija se alegrarn mucho. Es +una visita corta: el pobre, segn parece, est desahuciado de todos. +Qu te cuesta darlas gusto?... + +En su mirada y su acento haba tal tono de splica, que Aresti acept +mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso su +poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el hijo favorito de +la fortuna, como l lo llamaba, tena sus disgustos dentro del hogar. + +--Goicochea te acompaar--dijo sealando su secretario.--Toma abajo +mi carruaje, y, mientras vuelves, terminar mi tarea. Hasta luego, Luis. + +Y cogiendo una pluma, comenz escribir, como si una repentina +preocupacin le hiciese olvidar por completo su pariente. + +Aresti, llevando al lado Goicochea en el mullido carruaje del +millonario, pas por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando +sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niez. +Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente +teidas. El carruaje comenz ascender penosamente por la spera cuesta +de Begoa. Terminaba el desfile de casas. Ensanchbase el horizonte, +extendindose entre las montaas los campos verdes, y los robledales de +tono bronceado, interrumpidos trechos por las blancas manchas de las +caseras. El sol asomaba por primera vez en la maana al travs de un +desgarrn de las nubes, y el humo que se extenda sobre la villa tomaba +una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del +camino levantbanse casas aisladas, ostentando en su puerta el +tradicional _branque_, el ramo verde que indica la buena bebida del +pas. Eran los famosos _chacolines_ con sus rtulos: Se venden +voladores, para que el estruendo fuese completo en das de romera. + +Goicochea, que no era hombre silencioso y crea faltar al respeto al +primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares +con cierto entusiasmo. + +--Me gusta pasar por aqu, seor doctor, porque recuerdo mi juventud... +los famosos das del sitio. Usted sera muy nio entonces, y ya no se +acordar. + +Animado por la mirada interrogante del doctor, sigui hablando: + +--Ve usted dnde hemos dejado la crcel? Pues poco ms menos ah +estaba la lnea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilbamos de cerca, +vindonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los +centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecan +lumbre... para matarse si era preciso al amanecer. + +--Usted sera de _los auxiliares_, como mi primo Pepe,--dijo Aresti;--de +los que defendan la villa. + +Goicochea di un respingo en su asiento, pero en seguida recobr su +aspecto plcido y contest con humilde sonrisa: + +--Quia, no seor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio +vizcano y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis: +calaveradas. Entonces tena uno la cabeza ligera y an no haban llegado +los ocho hijos que ahora me devoran. + +Y como si tuviera inters en que el doctor conociese exactamente sus +creencias, sigui hablando: + +--Por supuesto, que ahora me ro de aquellas locuras. Y pensar que en +Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya +no soy carlista, y como yo, la mayora de los que entonces expusimos la +pelleja. + +--Pues qu son ustedes?... + +--Qu hemos de ser, don Luis? No lo sabe usted?... Nacionalistas; +bizkaitarras; partidarios de que el Seoro de Vizcaya vuelva ser lo +que fu, con sus fueros benditos y mucha religin, pero mucha. Quines +han trado este pas la mala peste de la libertad y todas sus +impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los _maketos_: y don Carlos +no es ms que un _maketo_, tan liberal como los que hoy reinan, y adems +tiene los escndalos de su vida impropia de un catlico.... Lo que yo +digo, don Luis. Qudese la Maketania con su gente sin religin y sin +virtud y deje libre la honrada y noble Bizkaya.... con B alta eh? con +B alta, y con K, pues la gente de Espaa para robarnos en todo, hasta +mete mano en nuestro nombre escribindolo de distinta manera. + +Y con el ndice trazaba en el espacio grandes _bes_ para que constase +una vez ms su protesta ortogrfica. + +El carruaje rodaba por los altos de Begoa. Dorma el camino en medio de +una paz monacal. A un lado y otro alzbanse grandes edificios de +reciente construccin. Eran conventos ocupados por frailes de rdenes +antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las seoras +ricas de la villa haba levantado aquellos palacios. All iba parar +una parte no pequea de las ganancias de las minas. La limosna +cuantiosa, y los legados testamentarios cubran de conventos iglesias +aquella parte del monte Artagn. El silencio monacal, que pareca +extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que +exhalaba abajo la poblacin, dominada aquella hora por la fiebre de +los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las +torrecillas de ladrillo rojo, llamando gentes invisibles: se +entreabra un portn con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil, +blanca y almidonada y un rincn de huerto frondoso. Aresti, influenciado +por este ambiente, pensaba en los msticos retiros de la Flandes +catlica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus +beguinas cubiertas por tocas ntidas, de movibles alas, como mariposas +de nieve. + +Goicochea segua hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don +Toms, el cura que iban visitar; un santo varn que en otros tiempos +confesaba la de Snchez Morueta y que pronto morira como un justo si +la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje par ante la iglesia +de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la Repblica; la Repblica +de Begoa, que an conservaba esta denominacin de los tiempos forales. + +Aresti, guiado por su acompaante, entr en la casa del cura para ver +ste, inmvil en un silln, desalentado y tembloroso ante la proximidad +de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que haba disputado ms de +una vez en casa de Snchez Morueta, el viejo mostr en sus gestos cierta +esperanza. A ver si poda salvarlo con aquella ciencia que haba +ensalzado tantas veces al discutir con l! No poda dormir, no poda +acostarse; se ahogaba. Aresti conoci primera vista la gravedad de su +dolencia. Tena enfermo el corazn, el rgano rebelde todo reparo. Por +ms que intent animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su +astucia aguzada por el miedo, adivin la ineficacia del remedio, entre +aquellos planes de curacin que Aresti le propona por decir algo. + +--Lo mismo que los otros!--gimi.--Ay Virgen de Begoa!... Virgen de +Begoaaa! + +El acento desesperado con que llamaba la Virgen, revelaba el egosmo +de la vida, agarrndose la ltima esperanza, implorando un milagro, +con la ilusin de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas +las leyes de la existencia. + +Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea mir al templo y se descubri +como si le pesara volver la villa sin saludar la imagen. + +--Podamos entrar un momento, no le parece, don Luis? Nos queda tiempo +de sobra. Usted, indudablemente, no habr visto la Virgen desde que +le coronaron como Seora de Vizcaya? Pues est muy bonita. Entremos y yo +pedir un poco por el desgraciado don Toms. + +Aresti se dej conducir. No haba estado all desde que era nio, y le +interesaba ver las grandes reformas que la devocin de los ricos de +abajo haba realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante +las guerras y al que afluan ahora todos los sentimientos del pas +hostiles la nacionalidad espaola y sus progresos. + +Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas +las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reuna el vecindario, +amparado de la lluvia, para tratar los asuntos pblicos despus de la +misa. Por algo, la mayora de los pueblos vizcanos tomaron el ttulo de +anteiglesias, en poca de fueros. + +Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el +altar mayor, dejndose caer de rodillas ante la Virgen con devocin +compungida, Aresti pase por el templo, examinndolo. Los +reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su +atencin. Eran piezas de esa ebanistera parisin del barrio de San +Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para +las seoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compaeros +de oficio adornan un dormitorio un _budoir_. El gusto artstico del +jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gtico +sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras +pendan, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas +peregrinaciones, y cubran las paredes lpidas conmemorativas en +vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronacin de +la Virgen. + +Al mdico le interesaban ms los votos que se extendan por la pared, +la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cndida y grosera, +representando olas alborotadas, barcos prximos zozobrar con los palos +rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco +desmantelado, un rayo semejante una lombriz roja. Provocaban la risa +como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos +el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran +votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones +vizcanas, por haberlas salvado la imagen de Begoa de espantosas +tempestades. Los cuadros ms antiguos y borrosos representaban +bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritndose sobre las +olas, flotando entre estas algn mstil roto: los ms modernos eran +vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta +barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge +siempre ante las catstrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que +siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia. + +Goicochea haba cesado de rezar y, acercndose al doctor, hablbale al +odo con la satisfaccin del que muestra las bellezas de su propia casa. + +--Mrela usted--deca sealando la imagen.--Qu hermosa es! Y qu +bien le sienta la corona!... + +Aresti miraba la imagen, el fetiche bizkaitarra, como deca l en sus +cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea, +como todas las imgenes espaolas que son famosas y hacen milagros. La +cabecita de beb pareca abrumada por una alta corona, inflada como un +globo; hasta sus pies descenda, como un miriaque, el manto cubierto de +toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas +arrojadas manos llenas por la devocin, como si el brillo pudiese +aumentar la hermosura de la imagen, esparcanse tambin sobre el +pequeuelo que la Virgen mostraba entre sus manos. + +--Cuntas joyas eh?--murmuraba con entusiasmo Goicochea.--Esto slo se +ve en este pas. Aqu hay religin y riqueza. + +El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebao de las +minas, calculando en cunto habra contribuido su miseria aquellos +regalos intiles, colocados por la fe y la ostentacin de unos pocos, +sobre un madero tallado. + +--Si usted hubiese visto el acto de la coronacin!--continu la voz de +Goicochea con sordina.--An me estremezco de entusiasmo recordndolo. +Fu cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince das de +peregrinacin de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pas por aqu: +peregrinacin de seoras, peregrinacin de criadas de servir, +peregrinacin de obreros; las anteiglesias en masa con sus prrocos al +frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las rdenes, y +de padres jesutas: pero sermones buenos de veras, en vascuence: +diciendo lo que significaba la coronacin de la Virgen como Seora de +Vizcaya. Fjese usted bien.... _Seora!_ Vizcaya slo ha tenido +Seores. Hasta Dios es para nosotros _Jaungoicoa_ sea Seor de +arriba. Eso de reyes y reinas es cosa de los _maketos_. Desde el da de +la coronacin de la Seora, que moralmente hemos arreglado nuestras +cuentas con los que viven del Ebro para all, separndonos para siempre. +La cosa fu conmovedora: como organizada por los principales del +partido.... Pero vmonos, que aqu molestamos hablando. + +Goicochea sali del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos +aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen. + +En el porche de la iglesia continu dando expansin su entusiasmo. + +--Y ha visto usted cuntos milagros? No le enternece eso?... + +--S--dijo Aresti con gravedad.--A m me conmueve la piedad de los +hombres de mar que vienen aqu descalzos, trayendo su recuerdo la +Virgen, por haber estado prximos naufragar y no haber naufragado. +Gran cosa es la fe. Lo mismo que ellos, les ocurre casi todos los das + marineros ingleses, suecos americanos que son protestantes no son +nada, y se salvan pesar de no tener una Virgen de Begoa quien +recomendarse. Adems, vaya usted saber los vizcanos que se habrn +ahogado despus de implorar la Virgen. Esos no han podido venir aqu +contarlo. + +El secretario hizo un movimiento de extraeza, mirando escandalizado al +mdico. + +--Don Luis--dijo con acento dulzn.--No empiece usted soltar de las +suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de +la Virgen, y que sta le castigar. + +--No; yo no me burlo de la fe--dijo Aresti.--El hombre es naturalmente +cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera sus fuerzas; basta +que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me +acuerdo de mister Peterson, un ingeniero ingls empleado en las minas, +un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perda ocasin de +burlarse de la idolatra de los catlicos y de su culto las imgenes. +Un da, un pen despedido por l del trabajo, le di una pualada de +muerte. Cuando se convenci de que no podamos salvarle, rompi en +lloros y aclamaciones la Virgen, lo mismo que don Toms. Se agarr +la misma fe de las mujeres ms ignorantes del pueblo. Llamaba la +Virgen de Begoa con un vozarrn que se oa desde la calle. + +--Y lleg salvarse?--dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un +milagro. + +--No; muri las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado +nadie. + +Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvi el curso de la +conversacin. + +--Qu hermosa vista!--dijo sealando la parte de la villa que se +alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ra y las montaas +de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.--Esto es +el ms hermoso balcn de Vizcaya. Cunto trabajo se abarca desde aqu! +Cunta riqueza!... + +Luego, aadi en tono confidencial. + +--Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es +imposible volver nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro +sitio como el ltimo, matara Vizcaya. Qu sera de los altos hornos, +de tanta fbrica y tanta va frrea?... Por esto hemos abandonado, quien +ms quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir Dios no se +necesita de poltica. Nosotros somos cada vez ms intransigentes en lo +tocante la sacrosanta religin; pero pelearse por reyes? Aqu no hay +ms que Vizcaya y su _Seora_ santsima. Pregunte usted si quieren +volver las andadas, muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los +he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y +ahora van camino de millonarios. Vea usted muchos dueos de las minas +que en su juventud cogieron el fusil. _Necuacuam_, ninguno suea +remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera +existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habran llegado las +cosas mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos +el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos +importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que est por encima +de la Patria y del Rey. + +Como Aresti sonrea socarronamente, el hombrecillo pareci intimidarse +ante su gesto. + +--A ver: siga usted, seor Goicochea,--dijo el doctor.--Me interesa eso, +pues, al fin, vizcano soy, aunque no tenga el honor de ser +nacionalista. Y cmo vamos conseguir que Bizkaya (con B alta) se +emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus +_guiris_, sus _ches_ de pantalones rojos, prontos disparar el fusil +como en otros tiempos. + +Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que +haba odo algunos como Goicochea, designar los soldados espaoles, +llamados _ches_ en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que +componan la guarnicin durante el sitio. + +--Se har sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena +direccin. Poco poco se hace camino. O nosotros impondremos Espaa +las sanas costumbres y creencias de los antepasados, nos aislaremos +como ciertos pueblos de Amrica, que viven felices, gobernados por el +Sagrado Corazn de Jess. All estn los que dirigen y son gente que lo +entiende: all se prepara el porvenir. + +Y sealaba en direccin la ra, como si al travs de las inmediatas +alturas viese con la imaginacin la Universidad de Deusto, santuario, +para l, de la sabidura humana. + +--Pues hay para rato, seor Goicochea--dijo el mdico saliendo del +porche en busca del carruaje. + +--No dir que no, don Luis. Nuestra redencin es algo difcil por la +continua inmigracin de gentes que traen con ellas las malas costumbres +de Espaa. Lo peorcito de cada casa, que viene aqu trabajar y hacer +fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya. +Cada vez son ms: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los +apellidos vascongados. Todos son Martnez Garca, y se habla menos el +vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha +trado la prosperidad. Pero todo se andar. Yo pienso lo que Garca +Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, segn cuentan los padres de +Deusto, fu el estadista ms grande del siglo. Sabe usted lo que dijo +al recibir la pualada que lo mat? Dios no muere nunca.... Pues eso +digo yo. Dios no muere y no morir Vizcaya que, por el amor que siente +hacia su santsima madre, es su hija predilecta. + +Ya no dijo ms en todo el camino. Al fin, pareci amoscarse por la +mirada irnica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que +acoga sus palabras. Reconoca en l un digno primo de Snchez Morueta; +pues el secretario, pesar de su servilismo exterior, senta cierta +repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de +impiedad, viva separado de la religin, pasando meses enteros sin or +una misa. l conoca los hondos disgustos que esta conducta +proporcionaba la buena doa Cristina, la cual, slo valindose de la +influencia que ejerca su hija sobre el padre, poda conseguir que ste +las acompaase alguna vez la iglesia. Que hombres los dos! Imposible +pareca que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!... + +A las dos de la tarde se vi Aresti de nuevo en el coche, camino de Las +Arenas con su primo y el capitn Iriondo. Goicochea, invitado tambin +la comida de familia, haba salido antes en el tranva. + +--T no descansas--deca el mdico su primo,--todos los das Las +Arenas Bilbao! + +--Todos los das. Cuando edifiqu el hotel, cre que me quedara meses +enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las +maanas voy de un lado otro, sin saber qu hacer y acabo por mandar +que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en +el jardn, oyendo Pepita que toca el piano. + +--La vida de familia!... T eres feliz--exclam el mdico. + +Su primo le mir con ojos interrogantes, como si encontrase en sus +palabras cierta irona. + +--S: la vida de familia--dijo.--Es la que ms me gusta. Lstima que en +este Bilbao no pueda uno gozarla sus anchas, libre de influencias +extraas. T bien lo sabes, Luis. + +Y call, mientras el mdico quedaba tambin silencioso y cabizbajo, como +sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje +los hoteles vistosos del Campo del Volantn, donde se albergaba la +aristocracia de la villa; despus las verjas y escalinatas de la +Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ra +sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti vea +ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que haba +admirado por la maana en el tren. + +Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su +mutismo, animndose con repentina alegra. Aquella era su patria: all +haban nacido los tres. + +Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, haca preguntas sus +compaeros, recordndoles los incidentes de la juventud. + +An vea, como si lo tuviera ante sus ojos, al seor Juan Snchez, el +padre de Snchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador +obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirn los despeg +todos del bajo fondo social en que haban nacido. No era del pas: haba +llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, establecindose en +Olaveaga como gabarrero, y casndose con una joven del pueblo, que tena +varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y +flores Bilbao. Fu una vida de trabajo: la mujer la huerta y l la +ra, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus _aguaduchos_ +avenidas que la convertan en torrente y sus revueltas y bajos que +hacan zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y +las gabarras suban hasta la villa los cargamentos de bacalao y de +maderas, necesitando, para esta conduccin, de hombres expertos. Ir de +Bilbao Portugalete era entonces un viaje que slo osaban emprender los +atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban _carrozas_. La +gndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la nica +embarcacin que surcaba la ra con frecuencia. Los gabarreros, +intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rpidamente, y +Olaveaga era el pueblo ms rico del Nervin. El seor Juan serva las +casas ms importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jams +haba averiado los gneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos +de la ra en la vuelta de la Salve; conoca las aguas palmo palmo, y +siempre que haba que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le +llamaban l. As fu reuniendo una fortuna para su hijo nico, que +andando el tiempo haba de ser el famoso Snchez Morueta. En aquella +poca, el futuro millonario iba todas las maanas al instituto de +Bilbao, estudiar Nutica, pues su padre le quera marino, pero de los +de altura, para navegar y comerciar en grande, travs de todos los +mares, como l lo haca en la ra. El honrado gabarrero, satisfecho de +su suerte, dueo de muchos de los lanchones que surcaban el Nervin, +seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, comparta su cario +entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti, +hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de +hortelanos, se haban unido con hombres de mar; pero la casada con el +gabarrero, tuvo ms suerte que su hermana menor, que se enamor de +Chomn Aresti, un mocetn de la matrcula de Bermeo, que navegaba por el +Cantbrico como patrn de balandros de cabotaje, siempre expuesto +perecer en un da de galerna. A los ocho aos de casados, ocurri la +catstrofe. Chomn se ahog en un naufragio, y la viuda, llevando en +brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tena seis aos y se miraba +con asombro el negro trajecito, llor desesperadamente por todos los +rincones de la casa de su hermana. + +--No te apures, mujer--deca el seor Juan.--Otras estn peor que t, +que tienes tu hermana y me tienes m. No morirs de hambre, ya que +segn parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aqu estoy yo, +que rabio, porque la ma slo me ha dado un chico. + +Y as era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dndole +hijos, conforme prosperaba la casa. Sentase cohibido al no poder llevar +en sus brazos aquel mocetn que estudiaba en Bilbao y era tan alto +como l y mucho ms serio. Por esto agarr con un entusiasmo paternal +su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron todas horas en la +gabarra por las orillas de la ra, con el pequeo cogido de la mano, +acaricindolo como si fuese un nuevo hijo. + +Aresti no conoci otro padre que el seor Juan, y Snchez Morueta fu +para l un hermano. El mocetn grave, de carcter spero, tuvo para el +pequeo dulzuras y atenciones que sorprendan la familia. + +Cuando el gabarrero iba Bilbao, llevbase Luis, dejndolo en las +banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los seores la cuenta +de sus viajes. Por las noches lo dorma sobre sus rodillas, cantndole +los viejos zortzicos de los barqueros del Nervin relatndole patraas +que el pobre hombre apreciaba como lo ms indiscutible de la sabidura +histrica. Gustbale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo +haban fundado unos pescadores orillas de la ra, entre las repblicas +de Begoa y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qu +nombre dar su aglomeracin de chozas. Un da, por divertirse, +arrojaron al Nervin un botijo vaco. _Bil, bil, bil_ cantaba el agua al +penetrar en l y cuando casi lleno se fu fondo, lanza un sonoro +_bao_. Los pescadores gritaron Bilbao ser su nombre. Y el gabarrero +miraba al pequeo y las dos mujeres que le escuchaban atnitas, +admirando su sabidura del pasado. + +El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que haba +terminado su carrera en compaa de Matas Iriondo, hijo de un vecino, +se embarc en un vapor que haca viajes Inglaterra. Al poco tiempo, no +satisfecho de la vida del mar deseoso de mayor medro, se qued en +Londres, entrando como empleado en una casa vizcana. + +Su madre muri de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un +surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niez, y que su +marido no poda hacerla abandonar. Haba querido, al irse del mundo, +morir abrazada aquellas hortalizas que todas las maanas llevaba al +mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El seor Juan se sinti ms +unido su cuada y su sobrino. El hijo escriba de tarde en tarde: la +ra ofreca cada vez menos alicientes para l. + +Comenzaba despertar la explotacin de las minas y se hablaba de +limpiar el Nervin, convirtindolo en un puerto para que los vapores +llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. Adis las gabarras! Y +descuidando un negocio cuya muerte vea prxima, tranquilo ante el +porvenir, pues posea una fortuna de la que se hablaba con asombro en el +pueblo, no tuvo otra ocupacin que cuidarse de Luisillo y admirar sus +progresos. + +--Diablo de rapaz!--deca hablando de l con los viejos camaradas de la +ra.--De dnde habr sacado tanto talento! Nadie hubiera dicho que de +aquel pobre patrn de Bermeo pudiera salir un hijo as!... + +Y el gabarrero temblaba de emocin, saltndole las lgrimas, cuando le +hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tena los +seores del Instituto. Lleg el momento de que Aresti, los catorce +aos, escogiera una carrera y el viejo consult su voluntad. A ver qu +quera ser? con franqueza! All estaba el to Juan con la bolsa abierta +para costearle la carrera que ms le gustase... aunque quisiera ser Sumo +Pontfice. Marino no: ya haba bastante con uno en la familia. Mdico? +quera ser mdico? Algo ms grande y de mayor brillo haba soado el +gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin vaya por +la medicina! Y como puesto hacer las cosas haba que hacerlas bien, le +enviara estudiar Madrid. No reparaba en gasto ms menos. Para eso +haba trabajado l, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que, +con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le haban +conocido descalzo y despechugado, remando en la ra, entregaran las +vidas su sobrino, vindolo llegar como una esperanza y llamndolo +todas horas seor doctor. + +Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurri la gran transformacin de la +familia, el tirn loco de la suerte que sac de la obscuridad Snchez +Morueta. Su primo se present inesperadamente en Olaveaga. Vena la +conquista de la Fortuna; saba dnde estaba oculta y llegaba antes que +los dems, aprovechando sus estudios y observaciones en pas extranjero. +El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia +abaratando la fabricacin, haca necesarios los hierros sin fsforo y +ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba comenzar en aquellas +montaas un perodo de explotacin loca, de rpidas fortunas: el que +primero se apoderase del mineral sera rico como un prncipe. Dinero... +necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo +entendi; pero tena fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad, +aquel pensamiento siempre reconcentrado y en funcin: y le entreg sus +ahorros, vendi las gabarras y hasta la casa nueva que haba construido +imitando las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga. + +Entonces comenz la historia del poderoso Snchez Morueta, aquella +transformacin de cuento mgico, atropellndose los negocios fabulosos, +las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para +enriquecer aquel hombrn que vea llegar los millones sin el ms leve +estremecimiento en su rostro impasible. Se apoder rpidamente de la +montaa. All donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el +llamado _campanil_, que era el ms rico, all pona sus manos de +vencedor, diciendo: Esto es mo. Compraba minas para venderlas al mes +siguiente los ingleses que llegaban detrs de l. Tena en el abra los +vapores docenas, cargndolos de aquellos terrones rojos que eran como +oro. Bilbao hablaba de Snchez Morueta con admiracin: sonaba su nombre + todas horas. Mientras los dems dorman, l haba visto claro; cuando +la gente comenzaba despertar, ya era l millonario. Tras sus espaldas +de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y +tardos buscadores de la fortuna. + +Tu primo est loco--escriba el seor Juan su sobrino.--Esto es un +escndalo; los millones entran en casa como una inundacin. Ahora habla +de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral + Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervin, +que fabriquen carriles, puentes enteros, caones, navos de guerra qu +s yo cuntas locuras ms! Creme, Luisillo; esto es demasiado: no puede +durar. + +Y hablaba con asombro de su nueva existencia. l y la madre de Luis +vivan con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un +batalln de empleados, sirvientes y parsitos. Una vida de abundancia y +de movimiento que haca pensar melanclicamente los dos viejos en sus +huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueas, al abrigo de los +montes, con la ra enfrente como un espejo en los das de sol. Adems, +el poderoso prncipe de la industria se haba casado para hacer +dignamente los honores la fortuna que llegaba. Su mujer era una +_seorita_ de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y +temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que +Snchez Morueta haba tenido en Londres. Su familia de hidalgos viva +estrechamente de las flacas rentas de algunas caseras: nobleza agrcola +que haca remontar sus blasones los tiempos casi fabulosos de Vizcaya, + _Jaun Zuria_ el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa +fortuna del hijo del gabarrero, haba accedido emparentar con l. +Snchez Morueta, casi al da siguiente de la boda, haba continuado su +vida de agitacin, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer, +de una belleza rubia, spera y dura, frunca el entrecejo ante los dos +ancianos que vejetaban tmidamente en la casa, como si fuesen unos +criados distinguidos, y viva sola, repartiendo su tiempo entre las +iglesias y las visitas las principales familias de Bilbao. La +satisfaccin de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia +de las amigas con su riqueza, eran las nicas dulzuras que encontraba en +el matrimonio. + +Despus, cuando Aresti estaba prximo terminar su carrera, ocurri la +muerte del seor Juan. El viejo se fu del mundo asustado de la fortuna +de su hijo, creyndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala +suerte, repitiendo tenazmente que aquello no poda durar. Al +presentarse Luis en Bilbao vi su primo en plena gloria, con su +gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible las desgracias como + los triunfos. Sus prpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con +que le apret sobre su pecho, fueron las nicas muestras de emocin por +la muerte de su padre. + +--Luis--dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,--sigue tu +carrera: despus irs al extranjero. Estudia... no vaciles ante los +gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu +padre. + +Y Aresti vivi tres aos en Pars, hizo la vida de estudiante en el +Barrio Latino, fu interno en los hospitales, al lado de los ms +clebres cirujanos, y la fama de sus estudios lleg hasta Bilbao antes +que l regresase. Cuando volvi, su carrera estaba hecha, entrando en su +prestigio lo mismo el xito de sus operaciones que la calidad de +pariente de Snchez Morueta. + +Su primo haba realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos +hornos de fundicin junto la ra, casi todo el mineral de Vizcaya +monopolizado por l, y el dinero acudiendo sus manos, embriagndolo +con la borrachera de la fortuna. + +La madre de Aresti haba muerto mientras l estaba en Pars: haba +languidecido, como su cuado, en aquel ambiente de grandeza que la +asustaba. El joven doctor no tena otra familia que la de su primo y se +instal en su casa. Cristina, que haba tenido una hija y por los +cuidados de la maternidad sala poco de casa, acogi bien al doctor. La +acompaaba tardes enteras hablndola de Pars, la famosa ciudad del +pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo +haba entrevisto en un rpido viaje de bodas. De toda la familia del +marido, Aresti era el nico que lograba despertar en ella cierta +simpata. Adems, Snchez Morueta siempre estaba ausente; slo le vea +por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su +pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretena, se +enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba +consejos acerca de vestidos y joyas, recordando _in mente_ sus tratos +con ciertas amigas de Pars, encargaba para ella peridicos de modas, y +halagaba su vanidad, afirmando que era la seora mejor vestida de +Bilbao. + +Cristina slo torca el gesto y pareca enfadarse con el doctor cuando +ste se le escapaba alguna afirmacin impa, cuando, sin darse cuenta +de ello, se burlaba de la devocin de las seoras y de los predicadores +que el entusiasmo de todas ellas pona en boga. Eran resabios, segn +Cristina, de su permanencia en un pas de vicios, donde se piensa poco +en Dios. No poda estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesutas, +sin separarse por eso de la religin? Deba sentar la cabeza, y para +esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la +tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones, +se dedic proponer Luis todas las jvenes casaderas que conoca, +enumerando sus mritos entre las risas y protestas del doctor. + +Un da, le habl con gran decisin. Ninguna le convena como la pequea +de Lizamendi. La mam era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana, +emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas, +aunque mejor se haban visto en otros tiempos; el padre haba gastado +mucho en la guerra, arruinndose por la buena causa, como todas las +familias decentes del pas. Y Cristina daba entender en su gesto la +diferencia inabordable que an exista para ella, entre la aristocracia +antigua, defensora de la tradicin, y aquella otra recin formada hija +de la fortuna, la cual se haba dignado descender. + +Aresti se vi asediado por su parienta. La pequea de Lizamendi no le +pareca mal. La mam aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el +doctor encontraba las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el +saln de su casa. Al fin acab por ceder los reiterados consejos de su +prima, que parecan apoyados por el silencio y la mirada tranquila de +Snchez Morueta. Si haba de casarse, no era mala _proporcin_ la de +Lizamendi. l haba soado algunas veces con la tranquila existencia de +familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la +profesin, encontrando, al volver casa una boca sonriente que le +besase, unos brazos que vinieran sorprenderle con repentina caricia, +mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien vea l que +Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la +mayora de las nias de su clase, con una instruccin de monja, sin ms +horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias la +iglesia. Pero l despertara aquella alma; l la formara su imagen y +semejanza. Infeliz doctor!... + +Al recordar este perodo de su pasado, Aresti sonrea amargamente, +burlndose de su optimismo. Cambiar l su mujer! Transformarla!.... +l era quien haba estado prximo anularse, desaparecer aplastado en +el engranaje lento y montono de esa vida gris de las almas muertas. Se +casaron, y Aresti se traslad la casa de su mujer. La madre no quera +separarse de la hija; adems, la familia, como ella deca, necesitaba un +hombre para mayor respeto. El joven mdico crey de buena fe que estaba +enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbana, la acompaaba +todas partes, haca esfuerzos por avivar el cario conyugal, por +fundirse moralmente con aquella mueca que se le haba entregado, y que +una vez cumplidos los deberes conyugales, quera seguir su vida de +visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la +otra hermana eran un perpetuo obstculo, tras el cual se ocultaba la +esposa. Lentamente se vea Aresti empujado un mundo nuevo que no era +de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia +dispona de l como de un objeto de lujo que la daba cierta distincin. +Si en un convento haba una monja enferma de gravedad, si un padre +jesuta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban +Luis, con indicaciones que eran rdenes, contentas de poder servir +gratuitamente los elegidos del Seor. El mdico racionalista se vea +convertido por su familia en un trotaconventos, curando gentes que +insultaban su ciencia despus de aprovecharla y no perdan ocasin de +darle las gracias echndole en cara su falta de religiosidad. Dnde +estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? Dnde +aquella mujer enamorada y entusiasta que le haba de ayudar con su +dulzura en las speras investigaciones de la ciencia?... + +Aresti, los dos aos de casado, adquiri la conviccin de que su +esposa no le amaba. Es ms: le sirvi de consuelo la certidumbre de que +ella no poda amar nadie. La iglesia, la confesin con el padre de +moda, un buen vestido para dar envidia las amigas y el visiteo entre +mujeres, lejos del hombre que no era ms que el macho destinado los +negocios y traer dinero casa; estas eran todas las aspiraciones de +su vida. Adems, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su +mujer extraas influencias que venan de fuera. En su casa, solas con +Antonieta, presenta la existencia de invisibles fantasmas que le +espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que cada arranque de +pasin parecan interponerse entre su mujer y l. + +--Por qu ests siempre leyendo?--preguntaba veces la joven.--Ay, +esos libros! Con qu gusto los quemara! + +Con frecuencia, echbale en cara su falta de religiosidad; le oa con +sonrisa de lstima, hablar de sus entusiasmos cientficos, pensando en +los fragmentos de sermn que haba escuchado contra aquella ciencia +malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le heran +menos en sus ilusiones. Estaba solo! Ms solo que cuando viva en +Pars, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se +acentuaba entre l y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos +de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias las +artes, pero que en presencia de los seores recobraban su humilde +condicin, y seguan siendo esclavos. + +Al intentar una dbil protesta, se aterraba apreciando la separacin +moral que exista entre l y su mujer. + +--Nosotras somos as--deca con altivez.--Cada uno es como se ha +educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase. + +La madre y la hermana iban ms lejos. + +--Nosotras somos las de Lizamendi--le decan con arrogancia.--Y quin +eres t? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ra. + +Y con un gesto de soberbia, parecan abrir entre ellas y el mdico un +abismo que nunca haba de llenarse, que le condenaba eterna separacin +de lo que l consideraba su familia. + +Cuntas veces, creyendo acariciar una mujer, besaba una estatua +fra que se entregaba l con rigidez de autmata! Las preocupaciones +religiosas, llegaban hasta su dormitorio. Djame, Luis--deca su +esposa--maana tengo comunin en las Hijas de Mara, y necesito hacer +examen de conciencia. Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extenda +hasta la vida conyugal. Aresti se deca amargamente que su mujer no era +suya, que dispona de ella menos que medias, compartindola en una +especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas +conoca. A veces, Antonieta, en sus momentos de clera, tena franquezas +que asustaban al doctor. Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la +Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... Ay, Luis! +Cmo te amara si echases rodar todos esos libros y fueses la +Iglesia como van las personas decentes!.... Con gran frecuencia notaba +en su despacho la desaparicin de revistas y libros, que tal vez +estaran en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba +sus acciones. + +Lo que le haca perder la calma era la insolencia con que la suegra y la +cuada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio +hostil de su mujer. + +--Pero quin eres t?--le dijeron un da.--Un pobretn que, aunque +ganas algo, casi ests mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre +en casa del gabarrero nosotras ramos ms ricas que hoy. No sirves para +otra cosa que para tragarte libros impos y repetir sandeces de +filsofos contra Dios y la religin. Si al menos supieras ganar dinero +como tu primo Snchez Morueta!... + +Aresti no quiso sufrir ms. Qu haca entre aquella gente? Por ms +tiempo que transcurriera, por ms que se mantuviese en resignada +sumisin nunca llegara fundirse con su nueva familia. + +Entonces fu cuando pidi su primo que le enviara de mdico las +minas, y, empaquetando los libros que constituan su nica fortuna, +sali de aquella casa lo mismo que haba entrado. Ay, lo mismo no! +Haba sacrificado su porvenir; haba sufrido dos aos de amargas +humillaciones; ya no poda dignamente unir su destino al de otra mujer +dentro de una sociedad gobernada por las leyes ms que por los efectos. +Adems, dejaba sus espaldas las tres seoras de Lizamendi, que, para +justificar la fuga del doctor, hablaban todos de la grosera de su +carcter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impas. + +Despus de esta fuga, la esposa de Snchez Morueta, casi rompi toda +relacin con el doctor. Hablaba indignada de l su marido. Dejar as + la pobre Antonieta, que era un ngel, un modelo de virtud y devocin +como todas las mujeres de la familia!... Fu preciso que Snchez +Morueta, con su grave autoridad que no admita rplicas, manifestase su +propsito de seguir recibiendo Aresti en su casa, para que la esposa +se contuviera ante el doctor. Pero termin entre los dos la antigua +amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar Bilbao, +sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo. + +Cuando Snchez Morueta abandon la villa para habitar su hotel de Las +Arenas, Aresti fu verle con ms frecuencia. Le interesaba su sobrina +Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en +estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, corts en +apariencia, pero implacablemente hostil de la seora, que as como +avanzaba en edad, adquira fama en Bilbao por sus entusiasmos +religiosos. La maternidad y los aos, la hacan retirarse de la +ostentacin elegante, abdicar de la supremaca que ejerca en las +tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irnicamente +la gran cristiana, y era la primera en todas las juntas de las +asociaciones religiosas y pas fundaciones, sembrando manos llenas, +en cofradas y conventos, el dinero de Snchez Morueta. + +Aresti, al llegar este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su +primo, sentado junto l en el carruaje. Ay! Aquel tampoco era +dichoso. La suerte le esperaba todos los das la puerta de su casa, +para acompaarlo por el mundo, pero no le segua hasta el interior de su +hogar. No se vea obligado romper como l con la familia, porque el +dinero le daba una superioridad irresistible, ponindolo cubierto de +humillaciones; porque con un puado de su riqueza, esparcida sin +regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba +obligado hacer vida comn. Pero se senta solo: se notaba la amargura +del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegra +momentnea que experimentaba al ver su primo, el nico que lograba +ablandar su carcter hurao, excitando sus confidencias. + +El carruaje haba dejado atrs la drsena de Axpe, llena de vapores que +esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dorman en las +aguas muertas. Era el hospital de los barcos, segn palabras de Iriondo. +En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de +Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para +resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cmaras. El +millonario lanz al pasar una mirada melanclica sobre su yate enorme y +gallardo, una mirada en la que vi Aresti la nostalgia de la vida del +mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias +y preocupaciones terrestres. + +Se aproximaban Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte +con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos +hornos de Snchez Morueta elevaban sus torreones de fundicin, sus +numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los +extensos cobertizos notbase el hormigueo de varios miles de obreros. +Llegaban arrollados por el viento los estrpitos de la industria, el +martilleo poderoso, los resoplidos de las mquinas, el mugido de los +convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su +chorro de chispas y escorias. + +Aresti admiraba esta grandeza industrial. Todo era obra de su primo! + +--Qu hermoso!--exclam dando con el codo al millonario y mostrndole +sus fundiciones.--Y pensar que de pequeo has correteado entre los +chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. Hay alguien ms +feliz que t?... + +Snchez Morueta mir un instante su primo, con inquietud, como si +temiera que se burlase. Despus aadi con voz lenta: + +--S, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A +m me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve.... +Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva. + + + + +III + + +Fu una comida ntima la que di Snchez Morueta por ser sus das. No +estaban en el comedor otras seoras que la esposa del millonario y su +hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitn +Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero +director de los altos hornos, parientes de la familia como el doctor +Aresti y Fermn Urquiola. + +Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de +la seora, aunque Snchez Morueta no mostraba por l gran simpata. Era +un antiguo discpulo de Deusto, que, despus de abandonar la +Universidad, segua las rdenes de los Padres de la Compaa lo mismo +que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba + s misma distinguida, admirbale por su fuerza muscular y el +entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era +el organizador y el hombre de accin de todas las asociaciones piadosas. +Su ideal consista en tener los _liberalitos_ en un puo y no dejar +que las gentes de la Maketania se apoderasen del pas. Pasaba en Bilbao +por ser uno de los jvenes ms elegantes, pero cuando llegaban luchas +electorales, se le vea con la boina sobre los ojos, empuando un enorme +garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La +rizosa y poblada barba, la nariz aguilea y pesada y sus ojos negros de +bohemio, dbanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las +haca recordar la cara adorada de su dolo. + +--Se le parece al seor!...--murmuraban.--Tiene toda la cara de don +Carlos. + +Y Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la ms +leve ofensa, le satisfaca que los partidarios, por exceso de +entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoros del +fugitivo rey de las montaas. Su familia, arruinada por la guerra, +apenas si le haba dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se +ayudaba buscando la proteccin de las familias ms linajudas de Bilbao, +que vean en l un acabado ejemplar de la juventud sana educada en +Deusto. Alborotaba en las luchas polticas, llevando ellas la misma +violencia de su partido cuando se bata en los montes. Por las noches +mezclbase en los escndalos de ciertas casas del barrio de San +Francisco, donde ejerca alguna superioridad sobre las infelices +mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda +sobre su nacimiento que le converta casi en un prncipe. Los amigos +tenan fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegan, sonriendo +benvolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida: +ya le casaran ventajosamente y sera un modelo de caballeros cristinos. + +Snchez Morueta le vea en su casa con disgusto, pero no osaba +manifestarlo claramente por consideracin doa Cristina, que pareca +orgullosa de su sobrino. + +--Este animal viene indudablemente por Pepita--deca Aresti, quien +interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egosmo y brutalidad. + +Y se fijaba en su sobrina, la cual, pesar de las insinuaciones de la +madre, mostraba ms inclinacin por Sanabre, el ingeniero de los altos +hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecan +intimidarla. Gustaba la joven de saber por l todo cuanto pudiera +molestar sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que +proyectaban los padres de la Compaa para entretener y conservar bajo +su dominio una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos +temas, la joven se alejaba de l y permaneca silenciosa, como +abroquelada por la instintiva repulsin que pareca inspirarle el famoso +discpulo de Deusto. + +Aresti vea en su sobrina la nia rica de las familias de su tierra; +educada primero por las monjas y dirigida despus por el confesor hasta +en los hechos ms pequeos de su existencia; con la voluntad adormecida, +y considerando como un pecado, el ms leve intento de iniciativa +propia. + +El doctor reconoca que no era gran cosa como mujer: la alegra de la +juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de +muchacha sana en la que todos los encantos femeniles estn an +recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma +definitiva. A travs de su belleza en agraz, adivinbase el esqueleto +fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus +brazos delicados, haba mucho de Snchez Morueta. Era la primera +evolucin de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el +bienestar, guardando an los signos de su origen. + +Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recin +creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo +y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la +envidia ajena. La hija de Snchez Morueta era tan admirada como su +padre, cuando iba Bilbao or misa en la iglesia de los jesutas +asista por las tardes las conferencias de las Hijas de Mara. Los +jvenes salidos de Deusto hablaban con fruicin de ella y de los +millones del padre. Qu magnfico bocado! Y cada uno acariciaba la +posibilidad de que le tocase la lotera del matrimonio, en un pas donde +casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios +vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de +algn padre jesuta. + +La comida deslizbase placenteramente. Todos sentan la dulzura del +bienestar, la satisfaccin de la vida, en aquel comedor, al que daban, +el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresin de +suntuosidad discreta y seorial. Las grandes piezas del servicio lucan +su brillo mate de plata vieja y slida, trabajada martillo. Por las +vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento, +las verdes copas de los rboles del jardn. La mesa era servida por +criadas jvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y +rojas como melocotones, daban una impresin de perfume primaveral +semejante al de las flores que adornaban la mesa. + +Aresti estaba sentado al lado de su prima. Haca mucho tiempo que no la +haba visto tan amable. Ni la ms leve alusin las de Lizamendi; ni +una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradeca la visita que +por la maana haba hecho Begoa. El doctor, examinndola, encontraba +en ella algo de monacal, pesar de que en honor al da se haba +cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero haba en l +cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual +recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella +los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de +la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura. + +--Esta se entrega--pensaba Aresti.--Huele incienso como las otras. + +El mdico atraa las miradas y las preguntas de todos los convidados. +Era un original que despertaba inters, viviendo como un solitario en la +montaa, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con +cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos Aresti +como si fuese un viajero de vuelta de una exploracin por pases +salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se +presentaban ante muchos de ellos como un pas lejano, que serva para +enriquecer los potentados de la villa, pero al cual slo se asomaban +alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de +trabajo rudo y aquellas _chabolas_, donde dorman amontonados los +hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias +con tocino, sentan la voluptuosidad del egosmo. El comedor les pareca +ms hermoso, y sonrean al desfile de manjares, las _angulas_ del +pas, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, los platos +extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Snchez Morueta y la +fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tena delante, y +en las cuales iban cayendo los vinos ms diversos, desde el _Tokay_ y el +_Chablis_ del principio de la comida, hasta el _Cordn Rouge_ y el +_Pomery_, que serviran al final. + +Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el +caf en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud +piadosa y elegante que le tena por capitn. l no era enemigo del +pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre +escriba encclica sobre encclica en favor de los obreros. Pero el +pueblo era para l, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con +el cura y el seor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen + l las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas +costumbres, sin ms diversin que bailar el _aurrescu_ los domingos y la +_espata danza_ en las fiestas del patrn, ni otros vicios que empinar un +poco el codo en las romeras. Aquella gente viva feliz en su estado, +sin soar en _repartos_ ni en revoluciones; antes bien, dispuesta dar +su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen l del +populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las +provincias, _maketos_ llegados en invasin, trayendo con ellos lo peor +de Espaa, contaminando con sus vicios la pureza del pas; siempre +descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los +ricos y comparando su miseria con el bienestar de los dems, como si +hasta en el cielo no existiesen categoras y clases. + +Y ante la mirada acariciadora de su ta, que admiraba sus ardorosas +palabras, continu el fuerte discpulo de Deusto: + +--Los mos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y dems +zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi +todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansa bajar un +da Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos tiros. + +Aresti volvise hacia su primo, que coma silencioso, lanzando alguna +que otra mirada al sobrino de su mujer. + +--Qu te parece, Pepe, cmo piensan estos jvenes? + +Y encarndose con Urquiola, le dijo con una timidez irnica, dando +entender su deseo de rehuir discusiones con l. + +--Pues esa pillera venida de... Espaa; ese rebao _maketo_ y pecador, +es el que trabaja y da prosperidad Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo +en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral qu sera de esta +tierra? Los buenos, los del pas, no hacemos ms que vigilar su trabajo +y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aqu antes que ellos +llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados +Amrica para mantener los blancos. Vienen empujados por la miseria, y +ya que no podemos agradecer su sacrifico con el ltigo, les pagamos con +malas palabras. + +Urquiola encabritbase ante las palabras desdeosas del doctor. +Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneracin: la prueba +era que no ahorraban, que no hacan el menor esfuerzo por salir de su +estado. + +--El ahorro!--exclam Aresti.--Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos +cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma +clase que les explotan en el alimento y en la casa!... + +--Eso no--intervino Snchez Morueta, con autoridad.--Ya sabes, Luis, que +no estoy conforme con tus ideas. El obrero espaol es vctima de la +imprevisin. En otros pases es distinto: el trabajador se forma un +pequeo capital para la vejez... + +--Bah! En otros pases ocurre lo que aqu. Y lo que hace que el obrero +moderno sea rebelde y se entregue la lucha de clase, es la conviccin +de que, por ms que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldr de su +miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de +trabajo rudimentario, de industria domstica, an poda soar con +hacerse patrono; poda con sus ahorros adquirir los tiles necesarios y +convertir su casa en un pequeo taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que +ayune un obrero tuyo, amasando cntimo sobre cntimo, llegar ser +accionista de tus fundiciones? podr adquirir un pedazo de las minas, +con todo el material necesario para la explotacin? + +--Eso est bien--arguy Urquiola con acento triunfante.--Este doctor +dice veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos +tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que +volver la poca en que no haba progreso y los hombres vivan +tranquilos. + +Snchez Morueta mir al joven con unos ojos que alarmaron doa +Cristina, hacindola temer por su sobrino. + +--Eso es una majadera--dijo con calmosa gravedad.--Eso slo puede +decirse la salida de Deusto. Suprimir el progreso porque trae algunas +complicaciones!... + +Y aquel hombre siempre silencioso, habl lentamente, pero con gran +energa. Era un admirador religioso del capital. Aresti conoca su +entusiasmo fro y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los +descubrimientos industriales, haba revolucionado el mundo. El +millonario era modo de un poeta del capital, y sacudiendo su +ensimismamiento, rompi en un himno aquella fuerza casi sagrada, +puesta en manos de contadsimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que +era un auxiliar indispensable, sufra crisis y miserias, pero por esto +haba que renegar del progreso, legtimo hijo del capitalismo +industrial? La gran revolucin moderna era obra de la religin del +dinero, en la cual figuraba Snchez Morueta como el ms ferviente +devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, haba multiplicado +los productos, y disminuido su valor, ponindolos as al alcance de la +mayora, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba +de comodidades que no haban conocido los ricos de otros tiempos. El +capital al servicio de la industria haba civilizado territorios +salvajes, haba destruido fronteras histricas, estableciendo mercados +en todo el globo: l era quien surcaba las tierras vrgenes con los +rails de los ferrocarriles, quien remova los mares para tender los +cables telegrficos, quien pona en comunicacin los productos de uno y +otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las +grandes hambres que haban hecho rugir la humanidad en otros siglos. +Los poderes histricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los +reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de +guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes +ejrcitos, tenan que mendigar en sus apuros los capitalistas ocultos +en sus escritorios. Detrs de los imperios victoriosos estaban ocultos +los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo +la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran repblica de los +capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, duea de +la suerte del mundo. Y lo que ms entusiasmaba Snchez Morueta, en +esta secta oculta de universal podero, era que slo la capacidad le +estaba reservado entrar en ella. La jerarqua industrial no era como las +dominaciones sacerdotales guerreras del pasado, en las que se figuraba +sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de +capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo, +aprovechando los residuos de su desgracia, vena iniciarse en la +poderosa secta. Dnde encontrar una institucin tan grande y poderosa y + la par tan _democrtica_ y modesta? Y haba locos que pedan la +muerte la modificacin de una fuerza que haba transformado la +Tierra?... + +Aresti protest. l reconoca las grandezas del rgimen capitalista, las +ventajas sociales que haba reportado la humanidad con el auxilio del +trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios. +Pero el trabajo vea recompensados igualmente sus esfuerzos? No se +encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse +principios del siglo XIX la gran revolucin industrial? + +--Eso es un error, Luis--dijo el millonario.--El trabajo est mejor que +nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el +inters del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones +obreras el tipo de los jornales. + +--Bah!--dijo el doctor con gesto de desprecio.--El aumento de unos +reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada +sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal +equilibrio, aumentndose el precio de los productos, y el trabajador, +con ms dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios +de postura, creyendo engaar con ellos la enfermedad. Al trabajador de +nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en +esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el +sitio que le corresponde, ser dueo de lo que produce. + +Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor. +Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el nico que +sonrea con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella +cuestin. + +Doa Cristina, temiendo que la polmica acabase por turbar la placidez +de la comida, intervino, preguntando Aresti por sus amigos de +Gallarta. Pepita apoy su madre. La gustaba conocer las +excentricidades de aquellos contratistas que no saban en qu emplear su +riqueza. Rea con alegra de nia educada aristocrticamente, al +enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la vspera, +que, no hacan ms que seguirlas huellas de su padre. + +Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave irona, describi los +banquetes pantagrulicos de las minas, con sus lluvias de _Cordn +Rouge_. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos +originales aquellos ricos, que an guardaban la boina y los zapatones +del obrero. Bajaban la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes +de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo ms extravagante y +chilln, todo lo que en almacenes y tiendas no saban quin colocar; +muebles complicados y bizarros que se cubran de polvo de mineral, sin +que sus dueos osasen acercarse ellos, por miedo deslucirlos. Cada +vez que el doctor, despus de una visita, quera lavarse las manos, +quedaba asombrado ante las toallas con ms colores que el iris, y las +pastillas de jabn en forma de tigre de lagarto que parecan +fabricadas para reyezuelos del frica. Todos se extasiaban ante el +asombro del mdico, aceptndolo como una admiracin muda. Algunos, como +recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual +si fuese un tesoro. Realizaban la ilusin acariciada tantas veces en su +poca de pobreza. Prubelo, doctor: es de lo ms selecto de la Rioja: +tantos duros la arroba. Otros se cubran de brillantes las manos y el +pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si +fuesen animalillos delicados y frgiles que al menor roce se podan +desvanecer. No osaban rascarse porque, segn ellos, el pelo rayaba y +desluca las joyas. + +Y en su vida montona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin +otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un +nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educacin de los hijos. Los +enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen los +seores de la villa. Los padres los queran ingenieros, como los +ingleses que venan explotar las minas: las madres los soaban +elegantes, y de cuerpo delicado, como los seoritos que hacan la parada +en la acera del _boulevard_ del Arenal. Unos enviaban sus hijos +Francia; otros Suiza; el vecino de ms all, guiado por el deseo de +excitar la envidia del compaero, empaquetaba su descendiente para +Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvan de all +revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, hacindose admirar +por los trajes, y asombrando sus madres con la costumbre del _tub_, +del bao diario, del duchazo cada momento, lo que escandalizaba unas +gentes que en su juventud dorman vestidas. Pero los instintos +hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoos de la montaa: +resucitaba en ellos el gusto la antigua vida y poco poco abandonaban +los trajes exticos, agarraban la escopeta y volvan, como sus padres, +las comilonas, la caza y hablar de ganancias de miles de duros, +acordndose de su educacin extranjera como de un sueo. + +La apuesta era la pasin ms vehemente, el placer ms vivo de los ricos +encerrados en la montaa. Las pruebas de bueyes y los desafos de +barrenadores hacan que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto +la fuerza, la adoracin la brutalidad, con todos los encantos del +juego de azar. Tenan en las minas mozos hbiles en el manejo del +barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero +un pelotari famoso. En Gallarta haba un jayn, vencedor en todas las +apuestas, que los contratistas llevaban sus cenas, cuidndolo como si +fuese una mujer amada, tentndole los msculos para apreciar si su vigor +decreca, engordndolo todas horas con champagne y fiambres, con igual +mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos las +gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipzcoa, llevando en +triunfo su barrenador favorito, para que luchase con los ms fuertes +de otras comarcas. Ofreciendo los billetes puados, seguan durante +horas enteras el jadear de su dolo, atacando con el hierro la piedra, +hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando +victoria ms por el orgullo de la clase que por las ganancias de la +apuesta. + +Todo les serva para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba +manos llenas. Se valan para sus porfas lo mismo de la voracidad de los +perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes +habanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que an haca rer +al doctor. Tratbase de saber quin sera capaz de tragarse ms sopas de +leche, si los galgos enjutos insaciables de uno de los contratistas +los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estmago +sin fondo, que nunca crean llegado el momento de levantarse de la mesa. +Toda la gente desocupada del distrito acudi presenciar el +espectculo. Se depositaban puados los billetes de Banco, como si +fuesen retazos de papel sin ningn valor; unos por los perros, otros por +los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y +el rebao miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto, +ante las rojas trincheras. + +--Las sopas de leche se servan en cubos--continu Aresti.--Los galgos, +en un momento, zs, zs!, se las tragaban sin pestaear; lo mismo que +si le echasen cartas un buzn. Los jayanes coman lentamente, sin +mostrar prisa. As estuvieron varias horas.... + +--Y quin gan?--preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la +estpida apuesta. + +--Quin haba de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo +despus con su filosofa de palurdo: Estaba seguro de mis muchachos: el +animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere ms, y el hombre, +como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente. Y no +se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y los pocos +das, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompa +cantando hasta el cementerio. + +A pesar de este final triste, los convidados de Snchez Morueta rean, +encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes. + +Era bien entrada la tarde cuando termin la comida. El capitn Iriondo +despus de brindar por su principal y amigo se despidi, alegando que +tena la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fu con +l para dar el ltimo vistazo al escritorio. Las seoras pasaron una +habitacin inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre. + +Esperaban algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, haran msica. +Los dos jvenes rogaron Pepita que cantase alguna cancin vascongada +de las antiguas, tan melanclicas y dulces, distintas completamente del +ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron llegar hasta el +comedor las escalas y arpegios del piano. + +Snchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestin, +mordiendo un magnfico cigarro, habl Aresti de bajar al jardn. La +tarde se haba serenado y quera gozar de los ltimos rayos de sol en +las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el +jardn. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ra, el ruido +de los tranvas al otro lado de las planchas de hierro que cubran las +verjas. + +El millonario mostraba su satisfaccin al verse solo con el mdico, el +nico amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cario le ech +sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el da, +que estaba sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete +con gentes ante las cuales se mostraba abstrado y silencioso. El cario + su Luis, quien vea de tarde en tarde, y la placidez de una buena +digestin, inclinbanle las confidencias; y miraba Aresti con ojos +bondadosos interrogantes, como si slo esperase una indicacin suya +para romper hablar. + +--Vamos, desembucha--dijo el mdico alegremente.--Ya s que soy tu +confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisin de +palabras para m. Qu te pasa? Aqu tienes el mdico de tu alma, como +dira uno de esos curas, amigos de tu mujer. + +Snchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurra de +extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: slo tena un momento +alegre cuando se encontraba con l. Cuntas veces senta el impulso de +coger el tren ir buscarle en las minas! Pero tena tantas +ocupaciones! Senta tanto miedo presentarse en aquel feudo de la +montaa, donde todos le pedan algo!... Slo en Bilbao, condenado la +servidumbre de la riqueza, vigilar y ordenar la llegada de aquel +chorro de dinero que se meta por sus puertas sin desviar su curso, se +aburra, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada +espera, que es el ms triste de los fastidios. + +Haba amado y haba sufrido como todos los que batallan por un ideal. +Saba lo que era forcejear zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y +fecundarla con ardorosa violacin. _Haba llegado_ como los polticos +clebres los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, +conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos, +aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre +tenan la ilusin puesta en el maana; pensaban con inquietud en la +combinacin poltica del da siguiente, en la obra artstica, que les +bulla en la imaginacin, temblando, con el vago temor de la torpeza, al +ir darla forma. Pero l... l, todo lo tena hecho: las ambiciones de +su vida se haban realizado, cristalizndose para siempre. Haba querido +ser dueo de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dndole un +rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y +perenne. Para qu quera ms? Estableca nuevas fabricaciones, y, al +poco tiempo marchaban por s solas con una exactitud desesperante. +Construa barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catstrofe +la monotona de su existencia. La desgracia era impotente para l; +estaba abroquelado y aunque ella corriese estrecharle entre sus +brazos, la caricia mortal sera un roce insignificante. + +Si sus barcos se perdan, estaban asegurados; si las huelgas cerraban +momentneamente sus fbricas, no por esto sufrira su capital grandes +mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, l tena otras y otras en +distintos puntos de Espaa, que aguardaban la explotacin. Era el +prisionero de su buena suerte: se mova entre rejas de oro, en un +aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde +revolotean libres los pjaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba +el mar, y tena casi la puerta de su casa un palacio flotante, el +yate, cuya fotografa publicaban los peridicos ilustrados para envidia +de los infelices: pero apenas emprenda un viaje, tena que volver +llamado por sus negocios. Adems, l era un hombre de familia; se +aburra en la soledad del ocano en los puertos ruidosos, haciendo +vida de clibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija +no conoca mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas +estancias en Londres, volva presurosa su pas, donde era la primera, +guardando una instintiva aversin las grandes ciudades de gente huraa +y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos. + +El millonario era el esclavo de su propia obra. Haba levantado con +brazos de titn, en torno de l, la alta torre de su fortuna, y ahora se +debata encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y +descansar. + +No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguira +viniendo l, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la +fortuna quera volverle la espalda, sera ya tarde para hacerle sufrir +la amargura de su infidelidad. Era tan rico, haba llegado tan alto, que +estaba cubierto de toda inquietud. Por un instante haba credo +encontrar remedio su aburrimiento, entregndose la borrachera de la +construccin; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas +de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los +cuentos de hadas. Pero aquello tambin haba pasado; encontraba pueril +levantar colmenas y ms colmenas para gentes que no conoca; fabricar +avisperos en que se cobijaran otros tan tristes como l, pero animados +siquiera por el amargo placer de envidiarle. + +--Me aburro, Luis--deca el millonario.--Siento una tristeza sin +esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, ms terrible +que todas, pues pocos hombres la conocen. + +Y mirando en torno de l, abarcaba en sus ojos el magnfico edificio y +las avenidas del jardn, con sus altas arboledas, sus arriates en los +que comenzaban asomar las primeras flores, y all en el fondo, el +invernadero, cuyos cristales, baados por el sol poniente, relucan como +placas de oro. + +Aresti pensaba en la gente msera y doliente de las minas. Ay, si +aquellos hombres que engaaban su estmago con agua sucia, no teniendo +bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Snchez Morueta +lamentarse en medio de la opulencia de su vida! + +--Entonces,--dijo el doctor--eres infeliz porque nada te falta, porque +posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos. + +El millonario movi melanclicamente la cabeza. S; posea todo lo que +da la felicidad aparentemente; por esto nadie comunicaba su tristeza, +para que no le creyesen loco. nicamente su primo, que conoca por sus +estudios las rarezas de la vida, se atreva hablarle. + +Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar despus de aquella +marcha ruidosa por la vida, en la cual haba hecho, en pocos aos, el +mismo camino que otras familias de potentados slo recorren despus de +varias generaciones. Haba conquistado la riqueza, pero era semejante +uno de aquellos forasteros infelices que, al volver su pas, +satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa +destruida y la familia ausente. + +Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le +relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al or su +lamento contra la soledad moral en que viva, le seal con expresin de +protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los +sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. Y aquello? + +Snchez Morueta levant los hombros con expresin de indiferencia. + +--Lo que llaman mi palacio--murmur--no es para m ms que una casa de +huspedes. Vivo mejor que en la msera pensin de Londres, donde pas mi +juventud de empleado; eso es todo. + +--Y tu mujer? Y Cristina? + +--Mi mujer!--dijo el millonario con amargura:--yo no tengo mujer: slo +tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida +material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el husped +que trae dinero casa y al que se le corresponde con un poco de +respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cmo +vivimos. T, en tu pobreza, no has sido ms afortunado que yo con mis +millones. T lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos odo hablar +de alguien que se llama Amor, pero por aqu no ha pasado nunca. + +Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor +alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su +hermano. Se haba unido con Cristina en los albores de su fortuna. La +amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus +amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se +haba casado por unir una gloria ms sus satisfacciones de triunfador; +porque le halagaba emparentar con los que haban sido sus amos en +Londres, y aquella seorita, de una aristocracia tradicional y rancia +completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor haba +indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los +continuos viajes, no le permitan con su mujer ms que pasajeras y +rpidas intimidades. Pero para l no exista otra mujer en el mundo, y +era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atradas por +su opulencia. S: l reconoca ahora que haba amado Cristina con una +pasin, en que se mezclaba el deseo la mujer y el respeto instintivo +del hijo del gabarrero la seorita que haba tenido entre sus +ascendientes, casi fabulosos, los seores de Vizcaya. Ahora se daba +exacta cuenta de su amor, que en aquella poca no hallaba tiempo ni +ocasin para exteriorizarse en la intimidad de la vida domstica. Ah! +cuando descansase--se deca entonces--cuando viera asegurada su +fortuna, qu feliz sera con aquella mujer, digna compaera de su +opulencia, que pareca reinar sobre la gente ms encopetada de +Bilbao!... Pero lleg el ansiado descanso, y al buscar su mujer, en +vano se esforz por encontrarla. Tena ante l una buena madre, una +excelente duea de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy +interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa +administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con +la misma minuciosidad que cuando viva en el arruinado casern de +Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido +para restaurar una capilla que fuese ms suntuosa que la costeada por +alguna de las seoras que se codeaban con ella, en las Hijas de Mara +en el saln de visitas de los padres de la Compaa. + +Snchez Morueta, resucitado la juventud despus de su triunfo en los +negocios, sufra un desencanto cada vez que se aproximaba su mujer con +delicadezas arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como +si este cario extremado la ofendiera, colocndola al nivel de las +vendedoras de amor. Para ella, la pasin matrimonial no haba de ir ms +all de la intimidad, fra y casi mecnica, de sus primeros tiempos de +vida comn. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin +dar escndalo, procreando hijos para servir Dios y que no se perdiera +la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas +era un pecado repugnante, propio de gentes sin religin. Tratar un +marido su mujer con _melifluidades_ de esas que slo se ven en los +amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del +pecado. La esposa cristiana haba de ser casta en el pensamiento; cuidar +de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir +el hogar. Ms all slo iban las mujeres perdidas. Y Snchez Morueta +tropezaba con una estatua impasible, estrellndose en todos sus intentos +por darla vida. + +Nada malo poda decir ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que +aunque quisiera faltar sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne +y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jams recordaba el +millonario haber notado en su compaera un momento de abandono, un +arrebato de pasin. Cuando l se doblegaba bajo el estremecimiento de la +carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si +estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no +turbaban su voluntad. + +Snchez Morueta lleg pensar si Cristina amara otro, si al casarse +con l por inters, habra dejado en su pasado alguna ilusin que an la +persegua. Pero despus de examinar sus predilecciones intimidades en +la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desech sus sospechas. +Ella slo quera su esposo, si es que aquello era querer. En su +cario, no haba fuerzas para ms. Y convencido de que nunca haba de +triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fu alejndose, sin que la +esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayud con no oculta +satisfaccin este divorcio. Transcurri el tiempo y al abandonar el +lujo de sus primeros aos de matrimonio, para tomar sitio entre las +madres de severa respetabilidad, comenz seguir dentro de su casa +ciertas prcticas austeras y casi conventuales. Cuntas veces Snchez +Morueta se haba visto rechazado con ira, porque era Cuaresma estaba +ella en vsperas de una comunin aparatosa!... + +Al establecerse definitivamente la separacin, al alejarse l para +siempre, la mujer pareci agradecrselo con sus miradas, con una mayor +dulzura en el trato. Era, sin duda, ms feliz, libre de la asiduidad +ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una +servidumbre cruel de su sexo. + +--Es muy honrada, muy virtuosa--dijo con amargura el millonario,--Pero, +para m, como s no existiera. Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la +vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable. + +Llegaba hasta el jardn la vocecita de la hija de Snchez Morueta, +cantando al piano el _Goizeko izarra_, la invocacin melanclica la +estrella de la maana. La tristeza potica de las montaas vascas +esparcase por el jardn ingls, dorado por el ltimo llamear del sol de +la tarde. + +--Y esa?--pregunt el mdico.--No tienes tu hija?... + +El potentado se expres con apasionamiento. Amaba su hija: era carne +de su carne: el nico recuerdo de la pasin que haba sentido por su +esposa. El cario Pepita era lo que mantena las apariencias de paz de +su casa: lo nico que le ayudaba sobrellevar la tristeza domstica. +Era como un puente que mantena la comunicacin entre l y su esposa. +Por ella continuaba Snchez Morueta su existencia febril de hombre de +negocios. Tena la obligacin de defender lo que la perteneca por su +nacimiento. Su porvenir le causaba veces gran inquietud. Poda casarla +con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no +entrase para nada el amor. Pero no era esto perpetuar en la hija la +infelicidad del padre? Observaba Pepita, y se entristeca, adivinando +en ella una reproduccin de su madre. Quera casarla por amor, con un +hombre al que se sintiera inclinada, pero no vea en ella la menor seal +de apasionamiento. Se casara, sin ardor y sin protesta, con el que le +indicaran sus padres, para continuar con ms libertad la vida inspida +de ostentaciones y de devocin elegante. Ella, como las otras jvenes de +su clase, vea en la unin con el hombre un medio de independencia, sin +que el corazn llegara interesarse. Ira administrar otro hogar, +como su madre diriga el suyo: cuidar un marido que trajese dinero +casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su +saln. De su padre slo tena algo en lo fsico: la educacin y el alma +eran de su madre. Si Snchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba +frente su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguira l. + +--La amo--deca el millonario,--la amo pesar de todo. Pepita me quiere + su manera; es cariosa conmigo, me mima y me adora, especialmente +cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero tambin junto ella +me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que +pertenezcamos distinta raza. No s explicarme, Luis: tal vez estoy +loco; pero jams siento con ellas, que son mi familia, esta confianza, +este dulce abandono que t me inspiras. Y es que t eres de mi sangre; +el nico pariente verdadero. + +Aresti segua moviendo la cabeza, como quien oye una cancin harto +conocida. No le extraaba la situacin de Snchez Morueta: era la de +muchos poderosos de aquella tierra. Vivan rodeados de todos los goces +del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios +eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se +perdiera. Marido y mujer vivan en aislamiento moral: l buscando +consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella +dedicndose la devocin. + +Snchez Morueta interrumpi estas consideraciones de su primo, como si +ansiase decirle toda la verdad. As era l tambin: necesitaba amor y +amaba. Ya que la alegra de la vida no entraba en su casa, la haba +buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfaccin del +sexo: era una pasin que endulzaba el ocaso de su madurez y le haca +soar y sentir los cincuenta aos, con una intensidad que le +retrogradaba la juventud. Y con arrobamientos de adolescente, +recrendose en el relato, record toda la novela de su amor. + +Haba comenzado por una aventura vulgarsima: un encuentro en Biarritz +con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida +en Francia, pero hija de judos: una mujer que en plena juventud haba +corrido medio mundo y conoca casi todos los idiomas europeos. Las +relaciones haban ido estrechndose. Apenas se separaba de ella jurando +no volver verla, avergonzado de su vileza y acordndose de su hija con +remordimiento, senta la necesidad de buscarla de nuevo, se propona +s mismo un negocio que haca necesaria su presencia en Pars, en +Madrid, all donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante +de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada +del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los +tablados de los _music-hall_. Qu tena aquella mujer que le +trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el +sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como +una rfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las +preocupaciones y los escrpulos. Snchez Morueta, al considerarse +culpable, se senta ms hombre. El remordimiento era una manifestacin +de vida que le sacaba del letargo de su existencia. + +Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad +montona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil +le salan al encuentro en la mesa de su despacho, entre la +correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que +estremeca su carne y pareca traerle una rfaga cargada de taponazos de +champagne y msica chillona de caf concierto. La expansin, dulcemente +truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de _petit coco mon +gros cheri_, hacale sonrer juvenilmente bajo su barba venerable. Era +una pasin que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi +en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia, +sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias +felinas de una bayadera asitica. + +Haba acabado por arrancar Judith de su vida de aventuras, por +instalarla definitivamente en Madrid, como una seora tranquila que vive +de sus rentas. Pens por un momento traerla Bilbao, pero haba +desistido de ello, no por miedo la familia, sino por temor la villa +hipcrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y +costureras, que cerraba los ojos sonrea bondadosa ante el capricho +del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condicin de pobres, pero +se escandalizaba y enfureca ante la _cocotte_, la hembra que pusiera +en sus sonrisas algo de distincin, y rodeara de una sombra de amor las +necesidades de la carne. Otros ms valientes que l haban intentado +aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y +todo el vecindario se amotin contra las extranjeras. Hasta haban +cortado las caeras del agua y la luz de sus casas, para obligarlas +levantar el campo. + +El millonario iba con frecuencia Madrid por dos tres das, +pretextando juntas de accionistas gestiones cerca del gobierno. Todos +le encontraban rejuvenecido; vean en l algo nuevo inexplicable, que +animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que pareca dar +ms soltura su cuerpo de hombre de lucha, y le haca cuidar con mayor +esmero del adorno de su persona. + +--T mismo--deca al mdico,--te has extraado de este cambio muchas +veces. Es el amor, Luis. Nada como l alegra los hombres. + +Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con +entusiasmo, queriendo convencer su primo de que su madurez no haca +mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de +placeres. Estaba seguro de que le quera. No era que l pudiese inspirar +una gran pasin: pero cansada de la antigua vida, se haba refugiado en +sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por +mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No haba ms que ver cmo le +sonrea, cmo salan su encuentro los brazos blancos y suaves cuando +se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid. +Aquella era su verdadera casa: all pasaba los mejores das, y no ser +por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, all ira +terminar su existencia. + +Adems, un suceso inesperado los haba unido ms estrechamente: haba +afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco aos de duracin. Slo +un hombre como su primo poda hacerle tal confidencia... Tena un hijo! +Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se +apresur aadir: + +--T eres el nico que lo sabe: un hijo... mo! bien mo! Un nio de +tres aos que empieza hablar, y al verme me llama: El pap de +Bilbao! El amor me da lo que tantas veces dese en mi casa sin +conseguirlo. Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que +soy su padre, pero pienso en l, espero que crezca y ya vendr mi +lado! ya har por l cuanto pueda, que ser mucho! + +Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la familia improvisada +que era para l la verdadera. Judith, engordando en su bienestar +tranquilo; aburguesndose hasta hacer olvidar la antigua _divette_ +aventurera, Snchez Morueta la quera mejor as: la crea ms suya. Y +entre los dos, aquel pequeuelo de una asombrosa precocidad. El +millonario se enorgulleca vindolo tan hermoso, con una belleza +afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningn rasgo de l. + +--Un verdadero hijo del amor--deca el hombretn con sonrisa +placentera.--No hay en el pequeo nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni +esta cara de gigantn. Rubio como el oro, y tan blanco! tan delicado! +tan poquita cosa! Parece un beb de porcelana. + +Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de +indignar las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los ms +hermosos: tenan algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en +los retoos engendrados por las parejas legales, que procrean por deber +y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y montono, +en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla +casera. + +Snchez Morueta call como fatigado por su confesin. En uno de sus +paseos haban llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente, +sonando sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de +la tertulia de doa Cristina. + +--Y pensar que poda haber encontrado en mi casa la felicidad que busco +fuera, ocultndome como un malhechor!--exclam el millonario, como si el +recuerdo de su familia despertase en l cierto remordimiento.--Pero no +creas, Luis, que estoy arrepentido--aadi con resolucin.--Yo tengo +derecho ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero +d algo, Luis. Qu opinas de todo esto? + +Aresti encogi los hombros. De aquellos amores no quera hablar. Si +proporcionaban su primo cierta felicidad, haca bien en continuarlos. +La vida es triste y la pericia del hombre est en alegrarla, en iluminar +con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era +que aquella mujer le amase segn l deca: pero aunque el amor no +existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que l se creyese +amado. En el mundo se vive de la ilusin y la mentira, y la mayor +desgracia es abrir los ojos. + +--Me quiere, Luis, me quiere--interrumpi el millonario +apresuradamente.--Por qu haba de fingir? Si hubiera sabido quin era +yo cuando la conoc, an podra dudar. Pero en nuestros primeros tiempos +de amor me crea un hombre de corta fortuna. Tard mucho saber que era +yo Snchez Morueta. + +El doctor asombrbase ante la firme conviccin de su primo. Celebraba su +optimismo: as, su dicha no correra peligro. l no se mezclaba en el +asunto. A ser feliz ya que tena fuerza de voluntad y medios sociales +para crearse una segunda familia, que vivira en el foso, mientras +arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su +riqueza. A Aresti slo le interesaban los infortunios domsticos de su +primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que l, les +ocurra otros. Era el eterno obstculo con que tropezaban todos los +que en aquella tierra queran encontrar en la esposa algo ms que una +compaera y administradora. Unos haban de buscar la alegra de su +existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobarda +egosmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, ms resueltos y +valerosos--l, por ejemplo,--rompan abiertamente, no queriendo vivir +encadenados un alma muerta y volvan su existencia de solteros, con +la amargura de no poder buscar pblicamente una nueva compaera. + +Aresti no censuraba las mujeres de su pas. Eran como eran, un poco +por la frialdad de la raza nada propensa apasionarse por lo que no +tenga un fin inmediato y prctico, y muchsimo ms por defecto de +educacin, porque los mismos hombres las haban acostumbrado al +aislamiento, la separacin de sexos, asociarse las mujeres con las +mujeres, no viendo en el hombre ms que una mquina de fabricar dinero +hijos. Qu haba hecho al casarse Snchez Morueta? Lo que todos los +poderosos de su pas. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer +gran caso de la voluntad de los contrayentes: despus, el viaje +aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando +el marido volver cuanto antes reanudar sus negocios. Y el mismo da de +la vuelta Bilbao, l, al escritorio, ganar dinero, al club, para +vivir entre hombres solos, dejando la mujer entregada para siempre +las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin ms +diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de +las compaeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza. + +No conocan la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los +aristcratas de otros pases. Los padres de la Compaa, para asegurar +su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del +demonio, propias de otras tierras que no haban gozado la gran dicha de +heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros +funcionaban con los palcos vacos, sin que ellos asomara una mujer: +las fiestas del verano eran el nico esparcimiento anual para todas +ellas. Faltas de diversin, ansiosas de reunirse, de or msica, de algo +que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su +teatro, pasando el da en el templo del Corazn de Jess, all donde la +arquitectura afeminada y ridcula, cargada de oro y bermelln, el +armonium, las voces hermafroditas y las bombillas elctricas, parecan +acariciarlas con un halago que tena tanto de mundanal como de mstico. + +Aresti sonrea amargamente. Ay: estaba bien discurrido aquel asedio, +para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta +la dominacin del esposo! De ellos era principalmente la culpa, Qu +haban de hacer unos seres dbiles, faltos de direccin, arrastrados +por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veanse +obligadas una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo slo +al hombre en el preciso momento del deseo; y el hbil jesuta se +presentaba como un remedio su tristeza, entretena su fastidio con una +devocin dulzona y afeminada, era el eunuco guardin, el verdadero amo, +dirigiendo su antojo al tropel de odaliscas cristianas. As llegaba +desde la sombra apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales +se movan, sin conocer el impulso de sus acciones. + +Algunos an se mostraban satisfechos y agradecidos los sacerdotes, +porque proporcionaban dulce entretenimiento sus esposas, dejndolos en +mayor libertad para sus negocios y placeres.... Imbciles! El doctor se +indignaba ante aquella intrusin, que haba acabado por cambiar las +mujeres de su pas, matndolas el alma, convirtindolas en autmatas que +aborrecan como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban +al hogar las exigencias de una dominacin acaparadora. + +--T mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa--dijo el +doctor,--qu has hecho para evitarlo?... + +Snchez Morueta hizo un gesto de extraeza. l? qu poda evitar l? +Poda acaso cambiar el carcter de su esposa?... + +--T has dejado, como los otros--continu el doctor,--que tu mujer +buscase un remedio su soledad, entregndose la devocin. Y te +extraas de que Cristina haya ido separndose de t! Es un caso de +adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se +comprende lo que m me ocurri: yo no soy rico, y en este pas de +negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Adems, junto +los prejuicios de la que fu mi compaera, estaban como refuerzo los de +su madre y su hermana. Pero t, que tienes la autoridad de la fortuna, +cmo has dejado que fuesen apoderndose de una mujer la que amabas, +separndola de t? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto +que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus +propias barbas han cortejado tu mujer y te la han robado. S alguna +vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan. + +El millonario sonri con desdn. + +--Bah! Los jesutas! Ya sali tu tema!... Efectivamente, son gente +antiptica; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me +bat en el ltimo sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan +de habas; yo tomara el fusil otra vez, si volviesen los carlistas. +Pero aun crees t, Luis, en esa leyenda de los jesutas tenebrosos, +cometiendo los mismos crmenes que ellos atribuyen los masones?... + +Y Snchez Morueta miraba con ojos compasivos su primo, sin dejar de +sonrer. + +--No sigas, Pepe--dijo el doctor.--Adivino lo que piensas. Soy un cursi. +Conozco la frase: es un magnfico pararrayos para desviar el odio que +instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal +de los jesutas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo +intelectual, lo moderno, es creer ojos cerrados en cualquier patn +astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las +horas en el confesionario enterndose de vidas ajenas y adorando al +Corazn de Jess, que coloca por encima de Dios. + +--Yo no digo tanto!--exclam el millonario.--Yo no creo en ellos, y +hasta me ro de sus cosas. Pero reconocers conmigo que eso del odio al +jesuta es algo anticuado. Slo aquellos progresistas cndidos y +heroicos de otros tiempos, podan ver la mano del jesuta en todas +partes y creer en sus venenos y puales. + +--Yo no creo en su tenebroso podero ni en sus venganzas. En esta tierra +nadie se atreve como yo hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me +ocurre. As que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa +que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden +contra m. Aislados nada valen: pero hay que temerles all donde les +ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. Cmo te explicar +lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo, +llegan producir una epidemia. Si encuentran un ser dbil preparado +para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto +repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse +de nada por s mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de +que no lo buscarn. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos +y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece, +dicindoles: Dominadnos, haced de nosotros lo que queris, y dadnos en +cambio el cielo. + +Aresti no crea, como los enemigos de la Compaa en otros tiempos, en +la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabidura de sus individuos +era una leyenda. Haba entre ellos (que eran miles) algunos que se +distinguan en las ciencias y en las artes, nada ms que como +apreciables medianas. Llevando siglos de existencia, disponiendo de +riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no haban +enriquecido la humanidad con un slo descubrimiento de importancia. Su +talento consista en presentar al vulgo las medianas como genios de +fama universal y colocar la mayora restante en sitios donde no se +evidenciase su vulgaridad. + +El mdico se rea igualmente de su poder. Slo alcanzaba los que caan +ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicacin con ellos, +poda burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea, +temibles nicamente para los que viven su sombra. + +Aresti reconoca, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia +era mayor que nunca. Cuando Loyola haba fundado su Compaa, las dems +rdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la ms moderna se haba +apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Adems, los frailes, +despojados de sus riquezas de otros siglos, tenan ahora que copiar los +procedimientos de los jesutas, que tanto les repugnaban en pasadas +pocas. Tenan que marchar la zaga de ellos, imitndolos para hacer +dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto +voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compaa, haba hecho +indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta poda +afirmarse que el ejrcito monstico de igo de Loyola haba salvado al +pontificado en el trance, terrible para l, de la revolucin luterana. +Era la antigua fbula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en +accin. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y +vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete +se negaba descender, condenndolo eterna servidumbre. La compaa +haba salvado al Papa, pero esclavizndolo para siempre. El cristianismo +haba muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el +catolicismo ya no era ms que una palabra: la verdadera religin era el +jesuitismo. El Papa que bendice segua en el Vaticano; pero el Papa que +decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el +_Jesu_ de Roma. + +--Esto m en nada me interesa--acab diciendo Aresti.--Yo vivo fuera +del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro. + +Su primo hizo un gesto de asentimiento. A l tampoco. l no hablaba con +la audacia del doctor, pero viva de hecho fuera de las prcticas +religiosas; no le preocupaban. + +--A t, s--dijo Aresti con energa.--A t deben preocuparte. Crees que +vives fuera de esa influencia, porque no vas misa, ni te tratas con +curas; pero todo llegar, t irs, y hasta es posible que te arrodilles +ante algn confesonario de la iglesia de los jesutas. Ests en el +crculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de +la familia; ya te agarrarn. Apenas si es mal bocado el millonario +Snchez Morueta! + +El aludido sonri. Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reiran +oyndoles hablar de tales gentes. All las despreciaban, si es que +alguna vez hacan memoria de ellas. + +--Pero es que Londres es Bilbao?--grit exasperado el doctor.--Acaso +Inglaterra es Espaa? Ya s yo que se ren de ellos en todas las +naciones modernas y poderosas: nicamente Francia se rasca de vez en +cuando para echrselos lejos. Pero vivimos en Espaa, una nacin que no +concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos, +puede aplicarse los Estados. Contra los fuertes se estrellan y +perecen, pero de los dbiles, predispuestos al contagio, se apoderan +como una enfermedad. Eso de cursi podr aplicarse al que suee con el +jesuta temible, en Londres en Berln: pero aqu vaya con la +_cursilera_! y no puedes moverte sin tropezar con ellos!... + +--S; aqu dominan mucho--dijo el millonario con gravedad.--Yo s que +otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de +capitales ajenos, los han elevado los han hundido, envindoles +retirndoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen... +pero es all donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque t +creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios; +han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no +necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme dao. Aqu no +entrarn por ms que se empeen. Ya lo sabe Cristina: es lo nico que me +impulsara romper con ella, separarme, sin miedo lo que dijese la +gente. T que sonres y hasta parece que te burlas: has visto aqu +alguna vez una sotana? tienes noticia de que vengan visitarnos esos +seores de la Residencia? + +--No: no vienen--dijo Aresti sin abandonar su gesto irnico.--Y para +que haban de venir? Hace tiempo que estn dentro: no necesitan de tu +permiso. A quin haban de buscar en tu casa? A tu mujer y tu hija? +Ya les ahorras esa molestia envindolas t mismo donde ellos las +aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la +familia.... + +--Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces +mi carcter. He dicho que no entran y no entrarn. Sera un buen golpe +para ellos apoderarse de Snchez Morueta; pero pierden el tiempo. + +Aresti estaba pensativo y pareca no orle. + +--El otro da--dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria--le +un drama en francs y me acord de t. Era _La Intrusa_ de Mterlinck, +Conoces eso?... + +El millonario movi la cabeza: l no tena tiempo para la literatura. + +--La _Intrusa_--continu el mdico,--es la Muerte, que entra en las +casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso. + +Y Aresti relat la escena lgubre de la familia reunida en torno de la +mesa, en la penumbra, ms all del crculo de luz de una pantalla verde. +En la alcoba cercana est una enferma, con el sopor de la gravedad: +fuera de la casa, lo lejos, se oye afilar una guadaa, rayando el +cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en +el jardn. Se asoman y no ven nadie. Los cisnes graznan asustados, +ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces +despiertan en el tazn de la fuente, ocultndose temblorosos: las flores +caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de +inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve nadie. Ya suenan pasos en +la escalinata: la puerta se abre, pesar de que no sopla el viento. +Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia +cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible, +con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y +despus, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se +adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante +la lmpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la +enferma y vuelve caer sin que nadie haya entrado. Un gemido!... La +enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama +atravesando todos los obstculos; la _Intrusa_, para la que no hay +puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta +presencia. + +Y Aresti, despus de relatar la obra de Mterlinck, miraba silencioso +su primo, que pareca no comprenderle. + +--En tu casa ocurre lo mismo--dijo tras larga pausa.--Crees que ese +enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse tu +mesa y ocupar un silln en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que +lleg hasta tu misma alcoba. T te lamentabas de ello hace poco. Todos +los das vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando +regresan de la Iglesia de los jesutas de sus juntas de Hijas de +Mara. No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No +percibes su roce? El ltimo de tus criados lo ve y t ests ciego. Te +mira todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario +que tienes y ese seorito pariente de Cristina, que busca unirse t, +pensando en tus millones ms que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu +hija. Ellas te agarrarn cuando te sientas dbil; aprovecharn un +instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso. +Te crees libre de l y ronda todas horas en torno tuyo. + +Snchez Morueta rea ruidosamente. + +--Ests loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te +ha trastornado el seso. A qu tanto fantasma, y dramas, intrusos... y +demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad mi +familia, para que se entregue las prcticas religiosas y se entretenga +con esa devocin bonita, inventada por los jesutas. Qu he de hacer +yo, si eso las divierte! Quieres acaso que me Imponga como un tirano de +comedia, y diga: Se acab el trato con los Padres, aqu no hay ms misa +que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel? Eso no +lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez ms que t. + +Hablaba con una firmeza britnica de su respeto la libertad. l no +quera violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus +creencias y que le dejaran l con las suyas. Libertad para todos. Y +recordaba su educacin en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo +britnico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una +misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos. + +Aresti pareci irritado por la calma serena con que su primo hablaba de +la libertad. + +--Yo tambin creo lo mismo--exclam;--pero en un pas como ese de que +hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la +persecucin por delitos de conciencia. Adems, hay all creencias +diversas, y unas otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una +especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende +dominar al Estado y dirigir las familias. Pero hablar de libertad +absoluta en este pas, que es famoso en el mundo por la Inquisicin y +por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro +siglos de tirana clerical. La unidad catlica no est consignada en las +leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres. +Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han +de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. Y vienes t con +esa pachorra inglesa hablndome de libertad y de respeto todas las +creencias!... Eso puede ser en otros pases; podr ser aqu, cuando +exista esa Espaa nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un +siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse salir por +completo de las entraas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy +un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi +pas, no como me lo ensean los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero +ser un inquisidor al revs, me entiendes?, un hombre que suea con la +violencia, con el hierro y con el fuego, como nico remedio para limpiar + su tierra de la miseria del pasado. + +Y Aresti, siempre irnico y zumbn, se exaltaba hablando. Lata en sus +palabras el odio la influencia oculta que haba truncado su vida, +hirindolo en sus afectos de hombre pacfico, impidindole constituir +una familia. l amaba la libertad; pero era la libertad para el +mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia +los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, +abrazndose instituciones que estaban muertas desde haca siglos. +Adems, por qu conceder las ventajas de la libertad los que haban +empleado antao su inmenso podero combatindola, arrumbando escombros +sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso rbol, queran ser +los primeros en gozar de su sombra? No: l no reconoca derecho para +existir unas creencias que eran la negacin de la vida; no poda +conceder la libertad los tradicionales enemigos de esa misma libertad. + +Encarndose con Snchez Morueta, preguntbale qu hara si supiera que +en su escritorio existan hombres que deseaban el naufragio de sus +barcos, el incendio de sus fbricas, el agotamiento de sus minas, la +desaparicin total de todo lo que era la existencia de su casa. No los +expulsara, indignado? Pues esto deseaba l para los enemigos de la +vida, para los que maldecan como pecados las ms gratas dulzuras de la +existencia; para los que adoraban la castidad antiptica de la virgen +sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza +contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacan la +apologa de la vagancia y la miseria convirtindolas en el estado +perfecto; y tenan el hambre como signo de santidad y apartaban las +gentes de las felicidades positivas de la tierra, hacindolas dirigir +las miradas un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como +obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las +miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en +cambio, con el sello de la execracin las nicas alegras que estn su +alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamndola valle de +lgrimas. No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues darles gusto y +que dejaran el sitio libre los pecadores, los malvados que aman este +mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que +ms all no existe otro mejor. + +Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillndole los ojos con fuego +homicida. + +--Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un +hombre _moderno_ como t se exprese de tal modo. + +Aresti no quiso protestar. No le infunda repugnancia el mote de su +primo. Inquisidor? sea. Toda la Espaa, ansiosa de algo nuevo, senta +lo mismo que l, slo que no llegaba razonar sus impulsos. En otros +pueblos ms adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe la +Razn, se haba verificado dulcemente, en medio del respeto y la +libertad. La Reforma, con su espritu de crtica y libre examen, haba +servido de puente. Pero en esta tierra haba que dar un salto violento, +pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes, +an en pie y poderosas, la vida moderna. El trnsito haba de ser rudo +y brutal. Era un ensueo querer guiar al pueblo mansamente, pasito +paso: haba que correr, que saltar, derribando lo que an quedase por +delante. Haba que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa +sobre este pueblo: su educacin intolerante que databa de ayer. En unos +cuantos aos de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se +podan extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo espaol +lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cmo el ms leve atentado que +turbaba la paz pblica, hasta las clases ms elevadas y cultas, pedan +la suspensin del derecho y la intervencin de la fuerza. Los ricos +aplaudan la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los +procedimientos salvajes de la Inquisicin; los pobres admiraban al +fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba +de dinamita; los gobiernos, ante el ms insignificante motn, abominaban +de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los +catlicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para +demostrar que estaban limpios de todo origen judo mahometano. Quin +podra jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile de +familiar del Santo Oficio? + +Y el doctor, que haba asistido muchas reuniones populares, recordaba +la gradacin de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudan +con un entusiasmo algo forzado, por costumbre ms que por espontneo +impulso, los ataques al rgimen poltico. Los reyes estaban lejos, y la +gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que an no +se haba extinguido, pero que deba desaparecer fatalmente, ms pronto +ms tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestin social como +algo positivo relacionado con su bienestar; pero por ms esfuerzos que +hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociologa +revolucionaria, la gente slo vea la ventaja de aumentar en unos +cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba +del jesuta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se pona +instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con +el fulgor diablico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el +trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puos amenazadores, +buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, seor de Espaa. Las +huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: +las manifestaciones populares silbaban insultaban toda sotana que +cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos +tenan por final la quema de algn convento. + +--Y es que el pueblo--continu Aresti--adivina por instinto cul es el +enemigo ms prximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se +junta para algo que no dirija contra l sus iras. + +El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconoca que en +apariencia ningn odio ni temor deban sentir las masas contra la +Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban misa, ni se confesaban; +vivan separados del cura, desprecindolo. Por qu, pues, haban de +temerle? Los jesutas y los frailes slo visitaban las casas de los +ricos y no podan esperar los pobres que se introdujeran en sus +miserables tugurios. Por qu, pues, odiarlos? Era que la masa, por +instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta toda tentativa de +avance. Estancando la vida del pas, cortaban el paso los de abajo. +Ellos eran los que les haban tenido en la ignorancia durante siglos, +hacindoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la +limosna, inculcndoles un respeto supersticioso para el potentado, +obligndoles creer que deben aceptarse como dones celestes las +miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que +slo consegua ventajas en fuerza de rebeldas y revoluciones, se +vengaba del engao de varios siglos persiguiendo los impostores. + +Adems, exista un impulso de fuerza tradicional. Da las entraas de la +historia patria se desprenda un hlito de santo salvajismo. El brasero +inquisitorial arda durante siglos; el cielo azul obscurecase con nubes +de holln humano; reyes, magnates y populacho haban asistido entre +sermones y cnticos las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que +provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban +venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo nico delito fu +comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que +despus ha explicado la ciencia, nias inocentes que seguan con la +inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres. + +--Espaa es un pas de olvido--deca el doctor.--An se estremecen en +Francia recordando la matanza de San Bartolom, que dur veinticuatro +horas. Y aqu es cursi decir que hubo Inquisicin! Hasta cerebros +poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revs se han +encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fu +una institucin digna de elogios; como quien dice un jueguecito para +divertir al pueblo. En otros pases levantan estatuas los vctimas de +la intolerancia religiosa. Aqu la Iglesia omnipotente los ha matado por +segunda vez, creando el vaco en la historia. De tantos miles de +mrtires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo. + +Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado, +Aresti, que viva en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de +sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba ser la ejecutora +de una revancha histrica. Slo en el pueblo perduraba el recuerdo de +aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido framente en +nombre de Dios al travs de los siglos; de aquellos sacrificios humanos +que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus +divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad, +como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentbase ahora, al menor +motn, quemar los edificios que servan de albergue los representantes +del pasado odioso; algn da los incendiaran de veras con todo su +contenido humano. Esto parecera brutal, pero era lgico en un pas +donde todava no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de +Europa. Aqu an no se haban presentado. El hombre sera el habitante +de la Espaa nueva; pero antes tenan que evolucionar mucho los actuales +pobladores del pas, dignos descendientes del inquisidor, educados por +l en el desprecio la vida humana, en la facilidad de inmolarla como +holocausto las creencias. De qu se quejaban los que maana seran +vctimas, si ellos haban envenenado el alma de un pueblo, formndolo +durante siglos su imagen y semejanza?... + +El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su +cuerpo, forman la concha, el caparazn que les sirve de vestido y +defensa. El espaol no tena otro jugo que el de la intolerancia, el de +la violencia. As le haban formado y as era. En otros tiempos, el +caparazn era negro; ahora sera rojo; pero siempre la misma envoltura: +l estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el +inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegara el hombre, limpio +de todo deseo de venganza, sin miedo enemigos tradicionales, fraternal +y dulce, que levantara el edificio moderno sobre el solar limpio de +escombros. + +--Ests loco!--exclam Snchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa +fama de hombre que tiene _cosas_. Si te tomase en serio, habra para +sentir horror por lo que dices. + +Aresti se encogi de hombros. + +--Pero ven ac, mediquillo chiflado--continu el millonario.--Reconozco +que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como t dices. Ya sabes que +yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han +puesto nuestro pas. Pero qu la violencia? Para acabar con ellos +no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los grmenes que se +encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es +tal vez darles ms fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... Mucha +libertad, mucho progreso, y ya vers como las costumbres de la +civilizacin les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen +salirse de l! + +--Ahora me toca m rer!--exclam el doctor. + +Y rea mirando su primo con ojos compasivos, mientras contestaba sus +razonamientos.... Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de +la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominacin, +la incultura del pas, la servidumbre de la mujer encadenada ellos por +el sentimentalismo de la ignorancia! Cuando contaban con el apoyo del +rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento, +compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!... +Mientras aquellos enemigos existieran, seran estriles todos los +esfuerzos para reanimar el pas. Slo ellos se aprovechaban de las +ventajas del progreso nacional. Eran los perros ms fuertes y giles, y +se zampaban los mendrugos que la civilizacin arrojaba al paso, por +encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastn espaol soaba en +medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parsitos. + +Haba que fijarse en el trabajo de los padres de la Compaa, que eran +los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del +ejrcito religioso, el nico que tena el secreto de sus marchas y +evoluciones y ocupaba las tiendas de distincin. Se engrandeca +Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues all ellos. +Adquira Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y +sobre las techumbres de las bodegas alzbase dominadora la iglesia del +jesuta. Descubra Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el +ignaciano pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la +fbrica de autmatas y la tienda donde se vende la salvacin eterna. No +haba una mancha de prosperidad y riqueza en el msero mapa de Espaa, +que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior, +condenadas hambre perpetua y un cultivo africano, no conocan su +existencia. La Espaa msera quedaba para los curas montaraces y +famlicos, para los merodeadores despreciables del ejrcito de la Fe. +Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta +del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: exista la +riqueza. + +La fbrica nueva, la mina descubierta, los campos recin roturados, la +codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en +provecho suyo y vena lentamente sus manos. Aresti se indignaba ante +la suerte de su pas, tierra de maldicin, tierra condenada, que haba +de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, +si se abra las caricias de la civilizacin era en provecho de los +dominadores acampados sobre ella. + +Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantena +ante l en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la +Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los catlicos +de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que +posean la verdad absoluta. Dios se haba tomado la molestia de +hablarles para transmitrsela, y sentan eternamente la necesidad de +imponerla los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando los +espritus rebeldes que se resistan recibir el beneficio. Poda +vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la +razn, pues la razn no se considera infalible y est pronta +rectificarse. Pero cmo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con +unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones +indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se +indignaban ferozmente viendo desodo Dios, que habla por su boca. Sus +crmenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponan el deber de +combatirlos. Podan respetarse sus creencias, pero vigilndolos como +locos peligrosos, tenindolos en perpetuo estado de debilidad para que +no intentaran imponerse por la violencia. + +--El respeto la libertad!--continu el doctor dirigindose su +primo.--Oyndote, me pareces igual un filntropo loco, que en una +coleccin de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera. + +Y Aresti, en su exaltacin, mimaba la escena, al mismo tiempo que la +describa de viva voz. El filntropo ideal compadeca la bestia, Con +qu derecho la tenan entre hierros? La fiera haba nacido para ser +libre: tena derecho la vida de las selvas, sin obstculo alguno, como +en su primera edad, Goza de tu libertad, pobre pantera, deca +abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su +agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatindole de +una zarpada, desgarrndole el pecho con los colmillos. + +--Suelta la pantera de nuestra historia--gritaba el mdico;--djala en +libertad, despus que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella +unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y +ya vers cmo corresponde tu candidez de liberal la antigua. + +--Y qu quieres?--pregunt Snchez Morueta.--Matarla? Crees que eso +es posible, de un golpe? + +--As deba ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo. + +Qued en silencio Aresti largo rato, y luego aadi con conviccin: + +--Matar la fiera sera lo mejor. Pero de no ser as, hay que conservarla +entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uas, +arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan +convertido la pantera en un perro manso y dbil, entonces, puerta +abierta! libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en +ella, bastar un puntapi para volverla al orden. + + + + +IV + + +El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Snchez Morueta, +ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construccin, con las +paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se +alzaban entre aqul y la ra. + +Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administracin, con la +pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de +mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparca por toda Espaa +en forma de rieles, lingotes y mquinas, y de los jornales de un +ejrcito de obreros ennegrecidos y tostados junto los hornos. Arriba, +en lo ms alto, estaban los _tcnicos_, el cerebro que diriga aquel +establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad. + +Esta parte de la casa era la nica que los trabajadores vean sin odio. +Los das de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las +ventanas del primer piso, como si fuesen asomar ellas los +administradores que regateaban el precio de su faena, cercenndolo con +multas y descuentos por tardanzas descuidos en el trabajo. Si miraban +ms arriba era con el respeto que la gente sencilla inspira el +estudio. + +Aquellos seores que pasaban el da inclinados ante los tableros de +dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada alineando +nmeros y letras para sus clculos, eran mirados como seres superiores. +El rebao obrero sentase en contacto ms ntimo con aquellos hombres +que se limitaban dirigirles en su trabajo, que con los otros de la +administracin que les entregaban el dinero. + +Bajaban ciertas horas del da los talleres, para dar sus rdenes +los contramaestres, y volvan encerrarse en su estudio misterioso, sin +que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era +Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conoca +todos los trabajadores, llamndolos por sus nombres. Cuando ellos vean + don Fernando en los talleres, les pareca el trabajo menos pesado y +procuraban que su tarea fuese ms rpida, como si el ingeniero hubiese +de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven pareca tener +alrededor de su persona el ambiente de simpata y atraccin de los +grandes caudillos, de los apstoles que arrastran las masas. Haba +nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenan +quejas que formular iban l, aun sabiendo que su influencia no +alcanzaba la administracin, y despus de escuchar sus consejos se +retiraban ms tranquilos, como si hubieran conseguido algo. + +La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa +espontnea, reflejo de un carcter recto, transparente y sin dobleces, +cautivaban unos hombres habituados la voz imperiosa de los +contramaestres y las respuestas altivas de los escribientes de la +direccin. + +Viva como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja +cuyo marido haba muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje +serva para mantener la viuda. En torno de l haba fabricado el +afecto de los humildes una aureola de bondad. + +Una gran parte de su sueldo la enviaba su madre y sus hermanas, que +residan en la ciudad de Levante donde l haba nacido. La pobre seora +haba intentado vivir cerca de l, pero tema al clima de Bilbao. Muchos +obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado +en bandos, de anticuada distincin, que paseaba en los das serenos por +cerca de la ra, apoyada en sus dos hijas, quejndose de las lluvias +frecuentes de aquel pas, de la atmsfera cargada de carbn y polvo de +hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en +los naranjales caldeados por un viento ardoroso. + +Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el inters que +mostraba por ellos. Aquel seorito era de los suyos. Sin el menor +esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar algn +trabajador que por enfermedades de la familia se vea en trance apurado. +El elogio que hacan de l era siempre el mismo: No tiene nada suyo. +Adems, le queran, por verle siempre en guerra con los seores de la +administracin, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas +trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para +colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compaeros suyos de +las cofradas de Bilbao, piadosos seores que se preocupaban ms de los +pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valindose de ciertos +espionajes de taller, los tenan sometidos continua vigilancia, +clasificndolos segn sus creencias. + +Un da el ingeniero haba tenido un choque con la administracin, al ver +despedido del trabajo, por ftiles pretextos, un obrero antiguo. Todos +los compaeros recordaban que un mes antes su camarada haba enterrado +civilmente, con gran escndalo de las devotas del pueblo, un hijo +suyo, y acusaban los _culebrones_ de la direccin de una ruin +venganza. Los ms exaltados gritaban en son de amenaza. Es que despus +de matarse trabajando, iban imponerles cambio del jornal lo que +deban pensar? Tendran que ir con una vela en las procesiones, como +ciertos hipcritas que halagaban de este modo los amos, para +procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusin en les oficinas y +acab por presentarse Snchez Morueta. El millonario, abstrado en +sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fbricas, y se indign +contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se +aprovechaban de las facultades que l les daba, para imponer sus +creencias. l no quera su sombra ms que trabajo. El obrero volvi +ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeci al +ingeniero esta victoria. + +Si Snchez Morueta gozaba de algn afecto entre los miles de hombres que +le vean pasar como un fantasma por el edificio de la direccin, era un +reflejo del cario que todos sentan por Sanabre. Aquella gente +adivinaba la simpata que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don +Fernando estuviese al lado del millonario, no haba que temer que +entrase en los altos hornos el espritu de purificacin santurrona que +reinaba en otras fbricas. l defenda los intereses de su principal, +procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres +todos quedaban en libertad. No ocurra lo que en las fbricas y las +minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos +peridicos la asistencia un mitin, para ser despedido con ridculos +pretextos. Qu le pedira al amo aquel don Fernando tan bueno y +simptico que no se lo concediese? + +Y as era: Snchez Morueta senta por Sanabre un afecto casi paternal. +Encontraba en l algo de aquel hijo, que en vano haba esperado en los +primeros tiempos de su matrimonio. Haca ocho aos que se haba +presentado una maana en su escritorio con una carta de recomendacin de +un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero +industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener su +madre y sus hermanas que subsistan de una msera pensin del Estado. Su +padre haba sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres +de guerra: la espada pasaba de generacin en generacin, como +instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero l no +le gustaba la profesin de soldado: se pareca su madre. Y Snchez +Morueta, examinando al muchacho, reconoca que efectivamente haba en l +muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos +finas, la piel lustrosa, de un moreno plido, los ojos grandes y dulces, +tal vez en demasa para un hombre, y una dentadura igual y ntida, sin +esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote, +ensortijado con cierta arrogancia, era la nica herencia fsica de sus +belicosos antecesores. + +El millonario sinti simpata por el joven desde el primer instante. Tal +vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la +delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energas, su viveza de +carcter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo Parece un tenor--se +dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariado con su +idea, no oa pera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los +cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba su +joven ingeniero. + +Sanabre no tard en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre +de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas +veces, antes de hablar, sala al encuentro de su pensamiento, lo +adivinaba, cumpliendo las rdenes que el millonario an no haba +formulado. Adems, el ingeniero tena sus ideas propias, y las +comunicaba con una discrecin tan suave, que el principal acababa por +creerlas suyas. + +Cuando Snchez Morueta le tom bajo su proteccin acababa de fundar los +altos hornos. Sanabre entr en el despacho de los ingenieros como un +simple agregado, trabajando las rdenes de un ingls, que haba +construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde, +pues pasada esta hora, el _whisky_, bebido en abundancia durante el da, +le impulsaba las mayores extravagancias. Cuando el ingls volvi su +pas, Snchez Morueta mir con sonrisa paternal su ingenierillo. +Muchacho, te atreveras t con todo eso?... Vaya si se atrevi! El +millonario reconoca que desde que Sanabre estaba al frente de los altos +hornos marchaba la explotacin con ms regularidad, siendo menos +frecuentes los conflictos entre la administracin y el ejrcito obrero. +Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la +complicada mquina, acuda remediar la aspereza con su dulzura y sus +buenas palabras. A no ser por l, hubieran surgido varias veces en los +talleres la protesta y la huelga. + +Los de la administracin--por exceso de celo y por antipata instintiva +hacia la masa jornalera, que viva sin acordarse de la religin, +hablando todas horas de sus derechos,--inventaban cada paso nuevas +reglamentaciones para cercenar algunos cntimos de los jornales +aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea +hablaban de la necesidad de velar por los intereses de la casa, y al +mismo tiempo, de meter en un puo aquella gentuza, cada vez ms +exigente y respondona. Pero Sanabre estaba all y serva de +intermediario y pacificador. Qu le importaban un potentado como +Snchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa +entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna. + +El millonario aceptaba silenciosamente la opinin de su ingeniero, y +renaca la paz, mientras los _jesuitones de la Direccin_ (as los +designaban en los talleres), sonrean hipcritamente Sanabre, +agradecindole las derrotas con felina amabilidad. + +Muchos obreros haban notado cierta transformacin en la persona y las +costumbres del ingeniero director. Vesta con ms esmero, y los que +estaban habituados verle en los talleres con boina y zapatos de suela +de camo, sin preocuparse del polvo del carbn ni de las chispas del +acero, se inquietaban ahora cariosamente por los trajes nuevos y los +sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo +descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los +cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban +la atencin de las mujeres que trabajaban en el carbn, pobres seres +enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenan algo que +pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable. + +--Chicas: nos lo han cambiado!--se decan;--ya no es don Fernando: +parece un seoritingo de los del Arenal. Quin ser la novia?... + +Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina +transformacin. + +Algunas noches le vean los obreros salir en un coche para Portugalete: +de all pasaba por el puente colgante Las Arenas. De alguna de estas +excursiones volva con una flor en la solapa, conservndola varios das, +hasta que se secaba. Los trabajadores que tenan ms confianza con l, +sonrean al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este +adorno de la solapa, mientras pasaba revista los talleres. + +--Cundo es la boda, don Fernando?--le preguntaban. + +Y l contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como +si desease comunicar algo de su felicidad cuantos le rodeaban. La +visin de un jardn, y de una mujer, marchaban ante l por los negros y +ruidosos talleres, embellecindolo todo como un rayo de sol. + +Una tarde de verano, escriba Sanabre en su despacho, junto una +ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ra, con dos vapores, un +trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla +opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un nio, +y de bigote erizado, trabajaba cerca de l, y en la habitacin inmediata +los delineantes dibujaban sobre los tableros, detenindose algunas veces +para pedir aclaraciones. + +Sanabre pareca inquieto; miraba de vez en cuando sus subordinados con +ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba +en l, volva escribir, no en los papeles de marca grande que usaba +para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero +pareca acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de +artista. + +Ms de dos pginas haba llenado, cuando alguien di con el bastn +fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovi todo el +personal, habituado la calma casi monstica de aquella oficina. + +--A ver, dnde est ese ingenierete?... + +Lo primero que vi Sanabre al levantar la cabeza fu el brillo de unos +lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandon su silln confuso +indeciso, dudando entre salir al encuentro de aqul ocultar la carta. + +Los empleados, que le conocan vagamente como pariente del principal, +volvieron enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todava +atolondrado por la inesperada visita, le ofreca una silla junto la +ventana. + +El doctor explicaba su presencia all. Haba bajado de Gallarta, llamado +por la mujer de un antiguo contratista que ahora viva en el Desierto. +Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas seoras, aunque se +trasladasen Bilbao fueran vivir al otro extremo del mundo, no +queran otro mdico que el doctor Aresti, obligndolo ir de un lado +otro como un comisionista de la salud. Maldito carcter que no le +permita negarse nada! Y mientras vena la hora de coger el ltimo +tren de las minas, se haba dicho: Vamos echar un prrafo con el +ingenierito y de paso ver el gran feudo industrial de mi primo.... + +Acariciando con amistosas palmadas Sanabre, le deca con tono +malicioso: + +--Desde el da del santo de Pepe que no te haba visto. Cuntas cosas +han pasado desde entonces eh?... Parece que todo va bien. + +Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que ste le tratase con igual +confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, pesar de su +carcter comunicativo. Los escudriadores ojos de Aresti, habituados al +examen rpido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos aquella carta +que Sanabre pretenda ocultar. + +--Eso no ser ningn trabajo de ingeniera--dijo en voz baja y con +sonrisa burlona.--Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... Vaya +un modo de velar por los intereses de mi primo, seor ingeniero! Y de +seguro que en esos cajones hay algo ms que planos y estudios. Cartitas +de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografa: +tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, seor ingeniero. Eso +es _muy propio_ de la seriedad de una oficina como esta. + +Y rea viendo la confusin de Fernando, el cual instintivamente volva +la mirada hacia los cajones de un _secretaire_ inmediato, desconcertado +por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temi Sanabre que +sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de all +cuanto antes, y se puso de pie invitando Aresti seguirle. De veras +que no haba visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las +mejores: haba cuela de mineral. Y sali de la oficina seguido por el +doctor. + +Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vas +frreas y cubierta de polvo de carbn, el mdico detuvo su gua, como +si le interesase ms hablar con l, que contemplar la riqueza industrial +de su primo. + +--Vamos ver, Fernandito--dijo cogindolo por un botn de la +americana.--Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu +gente: cmo van esos amores?... + +Sanabre se ruboriz, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le +desconcertaba la mirada del doctor, fija en l con la tenacidad +insolente de los miopes. + +--Pero ingeniero del demonio! No niegues. Si lo s todo!... Vaya por +descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo +el _Capi_ cuando vino cazar _chimbos_ la montaa. Ya sabes que l es +hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en +casa de Pepe. Conque dime, cundo piensas ser mi sobrino? + +Sanabre se entreg: con aquel hombre no valan disimulos. Adems, el +doctor le haba inspirado una gran confianza y senta el anhelo de todo +enamorado por comunicar su felicidad. A quin mejor que al bondadoso +Aresti, que adems apareca ante sus ojos engrandecido por su parentesco +con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirti en una +verbosidad atropellada. Quera contar de un golpe toda la historia de +sus amores: se extraaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo +que l y le escuchase con gesto irnico, que daba su cara una +expresin de Mefistfeles bondadoso. + +Ay, qu tarde aqulla, en la que Pepita, paseando por su jardn de Las +Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le haba +contestado afirmativamente! Era la nica vez que Sanabre crea haber +estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los rboles, de +aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como +avergonzados, al pronunciar el mgico monoslabo. Lo cierto era que al +anochecer sali del hotel de Las Arenas tambalendose, y eso que durante +la comida no os beber ms que agua, por el respeto que le infunda +Snchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya haba vaciado sus bolsillos, +derramando un puado de pesetas entre la chiquillera que miraba con +cierto asombro un seorito, con el sombrero echado atrs, andando +grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un +lado otro del vagn, con una nerviosidad que inspiraba cierta +inquietud los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos +musicales que tenan algo de tierno y amoroso, todos los dos en que el +tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasin la tiple. Qu +noche, doctor!... Despus se haba serenado; su felicidad adquiri +cierto sosiego, pero aun as, cada da le traa nuevas y profundas +emociones. Llegaba Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Snchez +Morueta, como si ste fuese presentarse iracundo imponente, +sealndole con gesto mudo la puerta. Tenan que librarse de la +vigilancia de doa Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita +con la que le entregaba Pepita en un rincn del hotel, en una revuelta +del jardn: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la _aa_ +de su novia, la ama seca que, despus de criar la nia, se haba +quedado su lado disputando su influencia, primero la institutriz, y +ahora las doncellas y dems servidumbre femenina de la casa. + +Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de +Pepita; cmo las lea y relea; cuntas veces en mitad de su visita +los talleres, acometa su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha +de que tal prrafo envolva cierta frialdad, y volaba de nuevo su +despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la +letra amada, como un jeroglfico que ocultaba su felicidad. l no haba +credo nunca que pudiera amarse tan intensamente. Haba conocido +Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardn, +bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al ms leve descuido +gritaba como un loro arisco: Miss!... Quin le hubiera dicho +entonces que se haba de enamorar de aquella chiquilla? Porque l +estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor! + +Y Aresti, sonrea con cierta compasin ante las cosas ftiles que +constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las +inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una +sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia +vulgar. + +--Es esta tu primera novia, verdad?--dijo Aresti.--Ya se conoce: todos +hemos pasado por eso. Es el sarampin de la juventud. Un signo de fuerza +y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo, +sigue. + +La nica tristeza de Sanabre era la consideracin de la gran desigualdad +de fortuna entre l y su novia. Qu dira su principal cuando se +enterase? Le creera un aventurero que intentaba apoderarse de su +inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era +para muchos la nica carrera un buen matrimonio, qu pensaran de un +ingeniero pobre que pona los ojos nada menos que en la hija de Snchez +Morueta?... + +Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. No +creera l tambin que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la +riqueza? Esta duda le entristeca. l amaba Pepita... porque s. +Quin sabe por qu se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de +Bilbao, huraa y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres +vivan separados, era Pepita la nica joven con la que haba tenido +algn trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce +otros obstculos que los de la naturaleza, le haba sorprendido, +inflamando sus treinta aos, la edad de las grandes pasiones. Ay! Cmo +deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse l, le agradeciera +no slo su amor sino su trabajo! Qu! no le crea el doctor?... + +--Te creo, muchacho--dijo Aresti--Claro es que no te sabr mal ser yerno +de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aqu las hojuelas +son tu amor. T eres de otra raza; t vienes de abajo, del Sur, de un +pas de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar +menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto la mujer... +tanto! que veces se la da de pualadas para tirarse luego del pelo +ante su cadver. Sois unos animales ms vehementes, ms complicados +interesantes que los de aqu. Tengo la certeza de que si esto sigue, an +te vern alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando +serenatas ante la ventana de mi sobrina. + +Aresti, por no molestar al ingeniero, cambi de tono y le habl con +gravedad. Poda prepararse sufrir disgustos. Aquello no saba l cmo +poda acabar; lo ms probable era que terminase de mal modo. + +--Lo s--dijo Sanabre con tristeza.--Temo al principal cuando se entere. +Se indignar, sin que le falte razn para ello. + +--Mi primo es el menos temible. No tiene opinin formada sobre el +porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que t, que +eres un trabajador, contines su obra. Hay que esperar siempre algo +bueno de su carcter.... Otros son los que debes temer! + +Y hablaban de su prima, la antipticamente virtuosa como l la +llamaba: aquella Cristina que se crea postergada por haberse unido +Snchez Morueta pesar de que ste le trajo la fortuna. Qu iba +decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un +empleado de su casa? Ella slo apreciaba dos cualidades, como las nicas +respetables en el mundo: una gran fortuna un nombre histrico, +relacionado con las glorias del pas vasco y de la religin.... + +--Adems, ingeniero de Dios--continu el doctor:--tienes que luchar con +Fermn Urquiola, que tambin parece que anda tras de la chica, no s si +por impulso propio empujado por la madre. + +Aqu se irgui Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido. +A ese no le tena miedo. Estaba seguro de que inspiraba Pepita una +aversin irresistible: bastaba ver con qu despego le trataba. Aquellas +nias criadas junto las faldas de sus madres, conocan todo lo que +pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en +asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre ms all +de las rejas. Pepita conoca la vida de aquel seorito, mezcla de matn +clerical y de calavera rstico, que pasaba las noches en las casas del +barrio de San Francisco y haba sido conducido varias veces al juzgado +por borracheras tumultuosas. No, ese no poda quererlo Pepita: lo +despreciaba pesar de que la persegua en las visitas, extremando con +ella su cortesa empalagosa copiada de los padres de la Compaa. Se +retiraba de l con cierta impresin de asco: como si la pudiera manchar +con impuros contagios, los que ella, en su inocencia, daba formas +monstruosas. + +--Y de mi sobrina ests muy seguro?--pregunt el doctor framente, con +forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven. + +Sanabre senta la ciega conviccin de todo amante. S: estaba seguro de +que le amaba: Por qu le haba de engaar, halagando sus ilusiones? El +ingeniero no comprenda la pregunta del doctor. + +--Es que sois de diversa raza--continu Aresti--Tal vez me engae, pero +qu quieres!; desde aqu, sin haber ledo vuestras cartas, sin haberos +escuchado, apostara algo que, de los dos, t eres el que quieres ms +y mejor. + +Sanabre qued silencioso un momento. Pareca asombrado, como si de +repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que vea +algo nuevo. Acudan de golpe su memoria hechos olvidados, palabras en +las que no haba puesto atencin, mil insignificancias que parecan +removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba ste en lo cierto. +Pepita no pareca tomar el amor con el mismo apasionamiento que l. Era +un incidente que alegraba su vida dndole nuevos deseos, pero sin llegar + turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engaarse con +dulces ilusiones, el egosmo varonil, inclinado siempre creer en una +predileccin en favor suyo, se sublevaron en Fernando. + +--No, doctor: me quiere. Tengo pruebas. + +Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y +cuadernos de clculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa, +en las que Pepita juraba quererlo ms que su vida y terminaba +invariablemente tuya hasta la muerte. Para Sanabre, estos juramentos +eran ms solemnes inconmovibles que las sentencias de un tribunal. + +--Pues si ella te quiere--dijo el doctor--adelante, muchacho! y ver +cundo te llamo sobrino. + +Sintiendo cierta conmiseracin por su optimismo, intent animarle, +disminuyendo los obstculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al +padre, pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no haba que +tenerle gran miedo. Era cuestin de que el descubrimiento le pillase de +buen talante. An pasara tiempo antes de que se enterase, preocupado +como estaba por los nuevos negocios que le obligaban trasladarse +Madrid todos los meses. Adems: l saba lo que era el amor (vaya si lo +saba!) y no era hombre que de buenas primeras se indignase contra un +joven, porque no haba sabido resistirse las inclinaciones de su +corazn. Quedaban otros enemigos, y adems la malicia de la gente, que +creera clculo lo que era amor.... Pero qu demonio! un ingeniero no +era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje, +desde haca aos, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas + en el primer captulo un protagonista joven, noble, arrogante, que +slo abra la boca para decir cosas hermosas y _profundas_, ya se saba, +era un ingeniero. + +--Lo malo--aadi Aresti, recobrado su tono irnico--es que en este +Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en +otros pases como un primer galn del porvenir; pero aqu, hijo mo!, +el hroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de +Deusto. + +Y antes de que Sanabre volviera hablar de su amor, el mdico aadi, +cogindole de un brazo: + +--Vaya; ensame todo eso. Piensa que an tengo que ir Gallarta. + +Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de +residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una +complicada telaraa de vas frreas. Sanabre enumeraba todos los medios +de comunicacin que convertan el establecimiento en una red complicada, +con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de va. +Tenan un ferrocarril directo las minas; otro para las mercancas, que +empalmaba con la vecina estacin; vas para los embarcaderos, vas para +comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilmetros de rieles +que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos +puntos, al encontrarse las vas, se tendan unas sobre terraplenes y +otras pasaban por debajo, al travs de pequeos tneles. El espacio +estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los telfonos, y los +cables de los tranvas areos. Entre esta red de acero alzbanse +numerosos postes, con sus faros elctricos semejantes lunas apagadas. +Los guardas paseaban por las vas con la carabina pendiente del hombro y +el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas las orillas +de la ra por donde se colaban los merodeadores en busca de la +_chatarra_, acero viejo, piezas de mquinas desmontadas rollos de +alambre, que vendan en los baratillos de Bilbao. La ra--segn deca el +capitn Iriondo--era peor que una carretera antigua. As que cerraba la +noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevndose todo +lo que estaba suelto en barcas y edificios. + +El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que +aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicacin. +Aquello era obra suya y proporcionaba la casa, sin nuevos gastos, una +fuerza de ms de dos mil caballos. Despus venan los hornos para hacer +el cok, que extraan del carbn, el alquitrn y el amonaco. + +Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa +estaba atracado la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que +slo se le vean la chimenea y los mstiles. En aqulla destacbanse +pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Snchez Morueta. +La gra del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el +agua. El tanque, que contena una tonelada de combustible, sala de las +entraas del barco, se remontaba hasta la punta del puente areo y, +deslizndose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar +su contenido en una de las varias montaas de hulla que se interponan +entre aquella parte del establecimiento y la ra. Otro vapor con bandera +inglesa, estaba inmvil, un poco ms all, hundido hasta la lnea de +flotacin, esperando su turno para descargar. + +--Consumimos mil toneladas diarias--deca el ingeniero con +orgullo.--Necesitamos ms de un barco cada veinticuatro horas. + +Despus, ense al doctor el triturador del carbn, donde trabajaban las +mujeres entre una nube de polvillo que las cubra la cara, dndolas un +aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos, +en medio de su mscara negra. + +Los grandes talleres, para la reparacin de las maquinarias de la casa y +construccin de mquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la +curiosidad del doctor. + +--Conozco esto--dijo Aresti.--Lo he visto muchas veces fuera de aqu. Lo +que m me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra +industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y sealaba los +altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que +suba hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor +de volcn envolvi los dos hombres al aproximarse los altos hornos. +Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una +regularidad geomtrica por pequeas zanjas que servan de moldes al +mineral en fusin. Por este cuadriculado del suelo corra el hierro +lquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra +arda, obligando al doctor mover continuamente los pies. Los gruesos +muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel. +El ingeniero, habituado esta temperatura, describa con gran calma la +funcin de los altos hornos. + +Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil +quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en +los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entraas, +formbase el metal que descenda por su peso hasta salir por la base de +las torres. Da y noche ardan los altos hornos: el enfriamiento era su +muerte. Calentarlos y ponerlos en disposicin de funcionar, costaba una +fortuna. Si se apagaban haba que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto +de medio milln. + +Un descuido en el trabajo, una huelga, poda costar la existencia +aquellos gigantes de la industria, que slo vivan ardiendo y tragando +combustible todas horas. Cuando surga una huelga en la montaa y los +ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, haba que echarles +carbn lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra, +con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la +industria, y podan inutilizarse al menor descuido. + +Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el mdico, asombrado +por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecan servir de +pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoracin de +las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los dolos +gneos que cocan dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las +vctimas humanas. + +--Ahora van sangrar--dijo Sanabre, sealando un obrero viejo que +hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra +refractaria. + +Se abri un pequeo agujero en la base de una de las torres y apareci +un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que +heran la vista. Se fu agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de +sangre de toro, corri por la tierra con un chisporroteo ruidoso. + +--Eso es el hierro?--pregunt Aresti. + +--No: es escoria. El hierro vendr despus. + +El mdico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa. +Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se +enrojecan los ojos; pareca que las pestaas iban consumirse, +secbase la piel sintindose en cada poro una aguja ardiente, y los pies +movanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos. + +Aresti admiraba los trabajadores, que estaban all como en su casa, +habituados una temperatura asfixiante, movindose como salamandras +entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el +incendio hubiese absorbido sus msculos, dejndoles el esqueleto y la +piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo +cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor +les haca exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en +partculas de ardiente araazo. Algunos mostraban las cicatrices de +horrorosas quemaduras. + +Sanabre seal la boca del horno. Iba comenzar la colada. No era una +estrella lo que se abra en la tierra refractaria: era una gran hostia +de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que +abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descenda por la canal, +esparcindose en espesa ondulacin en las cuadrculas del suelo. Aresti +crey morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto +con la atmsfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas +en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que +revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos +verdosos que zumbaban un instante, desvanecindose para dejar paso +otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa +intenso al salir del horno con ruidosas grgaras; rodaba por las canales +con la torpeza del barro, enrojecindose como sangre coagulada, y al +quedar inmvil en los moldes, se cubra de un polvo blanco, la escarcha +del enfriamiento. + +El mdico no poda seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre. + +--Vmonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir. + +Aun vieron como, cambiando de direccin la canal del horno, arrojaba su +chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el +caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente +transformarse en acero. Silb la locomotora, pequea como un juguete, +sali toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos, +arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el lquido +rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas. + +Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tom la mano del ingeniero. + +--Guame, Virgilio!--dijo riendo.--Yo voy como el poeta de los +infiernos: cuida de que no nos quememos. + +Y avanzaba por la plataforma inmediata los altos hornos, saltando los +arroyos de metal en ebullicin. Cada vez que pasaba por encima de una de +las zanjas, una bocanada de fuego suba por sus piernas hasta la cruz de +los pantalones. + +--Por fin!... Aqu se respira--dijo el doctor al descender de la meseta +donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme. + +Pas un buen rato limpindose el sudor y hacindose aire con el pauelo. + +--Parece mentira, Fernandito--dijo con su acento zumbn--que viviendo +aqu tengas nimo para pensar en amores. Yo soara con un botijo +grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la +nieve. + +--Pues an nos queda por ver otro infierno: slo que este es ms +_pintoresco_. + +Y el ingeniero gui al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran +enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios +abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de +voltearlas cuando lo exigan las operaciones de la carga, llegaban hasta +ellas por unas pasarelas de acero. + +Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran +descubrimiento industrial que haba abaratado el acero, enriqueciendo +Bilbao al mismo tiempo, pues exiga minerales sin fsforo, como los de +las montaas vizcanas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los +hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento ms lento y ms +caro; pero ahora todo el metal para vas frreas, que era el de ms +salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describa, +con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor, +que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de l por +una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio +y el manganeso: as se formaba el acero. No era de clase tan superior +como el Siemens, por ejemplo, pero serva perfectamente para los rieles +de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna. + +Aresti apenas le oa, aturdido como estaba por la grandeza del +espectculo. Era un rugido inmenso que conmova la techumbre del taller, +y haca temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca +del convertidor, impulsos de la corriente de aire comprimido que vena +del vecino edificio, donde estaban las grandes mquinas inyectadoras. El +metal en ebullicin arrojaba por la boca superior de la campana un +torbellino de chispas, un ramillete de fuego. Pero qu chispas! qu +fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti +recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los +altos hornos. + +Soplaba la campana su ensordecedor rugido y suba recto por el espacio +un surtidor que se abra en lo alto como una palmera roja, esparciendo +plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino, +descendiendo despus para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en +cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su +chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surga el +chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos +los colores del iris. Fuera del taller an era de da. El sol, en el +ocaso, iluminaba el suelo, ms all de los cobertizos; pero los ojos, +deslumbrados por este resplandor de incendio, lo vean todo negro, como +si hubiese llegado la noche. + +El acero lquido caa en moldes de forma cnica. Una gra mova los +moldes, voltendolos cuando el acero se solidificaba; y apareca el +lingote cnico, en forma de pan de azcar, de un blanco rosa, como si +fuese de hielo con una luz interior, esparcindose las cenizas de su +enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en +un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los +hornos de laminacin, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como +si fuese un dolo arrastrado por sus fieles. + +Aresti ya no senta el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original +belleza del espectculo. All quera ver l ciertas gentes que slo +aspiraban la poesa en el polvo de lo antiguo, negando toda sensacin +artstica los descubrimientos modernos. Ningn poeta haba dado una +impresin de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento +industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un +juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar +el Vesubio. Qu volcn ms hermoso que aqul? Los hombres, al amparo de +la ciencia, hacan poesa sin saberlo; la poesa viril, la de las +fuerzas de la naturaleza. + +Y as segua el doctor, desbordando su admiracin en entusisticas +palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que +manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller, +pareci volverle la realidad. Saltaban en torno de ellos las molculas +del acero gneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies +cubiertos de trapos, y tenan que sacudirlos con frecuencia para +librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al +rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El ms ligero roce con +aquellos infernales panes de azcar, converta instantneamente la carne +en humo, dejando el hueso al descubierto. Podan matar un hombre con +su contacto, sin dejar en el ambiente ms que un leve hedor de +chamusquina, un poco de vapor: despus, nada.... Y los conos diablicos +atraan con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si +gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro, +evaporndola. + +Aresti pas al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el +calor. Haba perdido el instinto de la conservacin en aquel mundo de +incendios y de fuerzas ensordecedoras. Senta caprichos de nio, una +tendencia acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con +su blancura sonrosada, que podan comerse su mano con slo el roce. + +Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al +salir de ellos caan en el tren de laminar, una serie de cilindros que +los torturaban, los aplastaban, adelgazndolos en infinita prolongacin. +Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban +los lingotes por entre los cilindros, que se movan lentamente. La masa +de acero enrojecida, pasaba arrastrndose junto sus pies, como una +bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua +de muerte, pero en el momento en que iba tocarles, un hbil golpe de +las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde sala por el +extremo opuesto, para volver entrar, siempre cambiando de forma. +Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal +rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surga +por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada: +y en sucesivos pases adelgazbase, se estiraba con ruidosos quejidos, +como protestando de la dolorosa dislocacin, hasta que, por fin, no era +ms que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel. + +El mdico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba los obreros negros +y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el +ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover +pesadsimas masas en una atmsfera que apenas permita la respiracin. +Aresti comprenda ahora la injusticia con que haba censurado muchas +veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que hara +l, de verse condenado por la fatalidad social aquella labor que +embotaba los sentidos y pareca evaporar el cerebro en un ambiente de +fuego. Una sed eterna, semejante la de los condenados, martirizaba +aquellos infelices. Qu otro placer al salir de all, que la paz y la +sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegra +momentnea, engaando al hombre con ficticias fuerzas para seguir +aquella vida de salamandra!... + +El mdico pas de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire +libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos +veanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos, +interminables cintas de acero. All estaba la fabricacin del alambre. +El ingeniero hablaba de lo _curiosa_ que era esta manipulacin, pero +Aresti no quiso seguirle. + +--Ya he visto bastante--dijo con acento de cansancio.--Esto es un gran +espectculo... para el invierno. + +All, cielo raso, oyendo de lejos el estrpito de las mquinas, viendo +cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban +los dos de la frescura del crepsculo. + +--Es una vida dura--dijo el doctor, que segua pensando en los obreros +del fuego.--Me dirn que este trabajo horrible es una consecuencia de +los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la +civilizacin. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este +modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro +para pensar.... Y aun se extraan algunos de que esta pobre gente no se +muestre contenta, y crea que el mundo est mal arreglado y no es un +modelo de dulzura! + +Sanabre aprobaba las palabras del doctor. l, poda apreciar todas +horas la dureza de aquel trabajo, senta una conmiseracin infinita por +los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. l era _algo +socialista_; pero slo con el doctor Aresti se atreva hacer tal +confesin. + +--Lo ms amargo de la miseria de estas gentes--dijo el mdico--no +consiste slo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el +pan. Est en el ambiente desmoralizador que les rodea. + +Y Aresti describa el sufrimiento psicolgico que haba sorprendido en +todo ejrcito obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las +fbricas. Los peones de las canteras vivan como bestias, pero acaso +coman y dorman mejor los labriegos del interior de Espaa? Para +muchos, la vida de las minas hasta constitua un mejoramiento de su +bienestar, comparada con la existencia msera de bestias desamparadas +que llevaban en sus terruos los aos de sequa y mala cosecha. En las +fbricas eran los jornales superiores los del resto de la pennsula y +no se sufran los grandes paros que se vea obligada la industria +pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en +las fbricas todo el que trabajaba senta un sordo rencor, una ira +reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si todas horas +fuesen vctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el +malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que +acababa de pasar por all, la vista de todos, tocando algunos y +volviendo la espalda los dems. + +El explotador de la mina haba sido jornalero al lado de muchos que +ahora eran sus peones; al dueo de la fbrica lo haban conocido los +trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las +haban visto formarse los mismos que sufran su servidumbre. El bracero +que en su pas miraba con tradicional respeto los que eran dueos de +la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolva aqu con audacia +revolucionaria contra el compaero enriquecido. El obrero industrial, +habituado sufrir en otras partes la tirana de las sociedades +annimas, monstruos acfalos de la industria, irritbase cada momento +contra el gran patrono de reciente formacin. + +Todos haban presenciado el despertar de la riqueza; haban tomado parte +en l; era cosa suya; y ms que la miseria, les atormentaba el +sufrimiento moral de la desigualdad, la decepcin de haber vivido en +medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el +malestar de todas las aglomeraciones humanas de formacin reciente; de +las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la +comparacin eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y +caprichosa que empuja los otros; la conviccin del fracaso, ms viva y +dolorosa, ante las rpidas elevaciones presenciadas todos los das, la +tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace +soar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia +adelante que da el afortunado. + +El ingeniero reconoca la certeza de las observaciones del doctor. La +situacin de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y +los aumentos de jornal, era de un efecto momentneo. l crea, como +Aresti, que aquel malestar slo tena un arreglo; cambiar la +organizacin del mundo y proclamar la Justicia Social como nica +religin y nica ley, suprimiendo la caridad que no es ms que una +hipocresa que coloca la mscara de la dulzura sobre las crueldades del +presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo, +reconoca tambin aquel otro especialsimo descubierto por el doctor; el +de los despechados, que vean enriquecerse sus compaeros de miseria, +ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria. + +Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la +penumbra del crepsculo, travs de las lneas frreas, subiendo y +bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial. + +--Lo que me irrita--dijo el doctor--en todas estas grandes fortunas que +se forman de la noche la maana, es su ineficacia, su infecundidad +para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza +individual, pero, qu demonio! hay que reconocer que en otros pases +hace algn bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo, +esos tos que atraen el dinero sus manos, con una buena suerte +escandalosa indecente, y que mueren dejando centenares de millones, +tienen, al menos, la discrecin de hacerse perdonar con obras tiles. El +uno funda una universidad, el otro un museo, el de ms all una +biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipacin y +perfeccionamiento de aquellos quienes explotaron durante su vida. Pero +aqu el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezn de perpetuar +su nombre, construye un convento funda una capilla. Si se preocupa del +porvenir es para que en lo futuro contine la imbecilidad del +presente.... Ya sabes cmo defino yo al rico de esta tierra, con gran +escndalo del vulgo, que me cree loco. Un seor que pasa su vida +haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero +su mujer... y que su mujer se lo d al jesuta.... An quedan algunos +potentados como mi primo que se defienden: pero, creme: si aqu no +viene una revolucin, esto ser otro Paraguay: aqu todos trabajamos, +sin saberlo, para el jesuta. + +Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de +nuevo contra su tierra. + +--Adems, me indignaba la tristeza de este pas. Cuando Bilbao era una +villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se +diverta mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos +se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades +mineras, con su aglomeracin de gentes diversas y sus fortunas +improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros +internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los +bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe.... +Por aqu ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua +Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos seores +vestidos de negro del tiempo de los Austrias. + +El ingeniero, escuchndole, vea el cuadro de la villa, aburrida sobre +el montn de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una +prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el +de la posesin; adornando sus casas con un lujo que nadie haba de +admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrpulos religiosos se +oponan las fiestas de sociedad. + +Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por +Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y +al volver Bilbao, seguan su vida de escrpulos y nimiedades. Si +alguna vez se reunan en un saln las grandes familias, quedaban las +jvenes un lado y los muchachos otro, mirndose de lejos, como si la +alegra expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una +monstruosidad. Tal vez en este aislamiento hurao, _guardador de la +inocencia_, les ocurra lo que ciertos escritores de la Iglesia que, +atenaceados por la castidad, describan placeres inauditos, aberraciones +monstruosas que nunca haban existido, abriendo con esto nuevos +horizontes la desmoralizacin. + +De qu le serva la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con +entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ra bordeada +de fbricas y doks, que parece un trozo del Tmesis; sus altos palacios +blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena todas horas el +puente del Arenal. Magnfica jaula! Pero los pjaros mudos, con la +cabeza cada, tristes. + +--Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien +cuidado. Falta la alegra, falta el alma de un pueblo libre, que cuando +termina el trabajo quiere entregarse la vida. Muy bonitas esas calles +nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de +ciudad: deban circular por sus aceras unas cuantas docenas de +_cocottes_ elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte +educasen esa juventud habituada la vida unisexual de Deusto y de la +cofrada de San Luis. + +El ingeniero protest, con el rubor del enamorado que vive en plena +idealidad. + +--Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes. + +Aresti pareci irritarse. Lo que l proclamaba era la vida, la juventud, +el amor, tal como los conceba. Respetaba la virtud, pero no consideraba +necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Adems, porque +la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de +las calles, resultaba acaso la villa una poblacin de costumbres +virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su +curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede, +esparcindose en arroyos fangosos. l conoca su Bilbao. Los jvenes, +emborrachndose para matar el fastidio, agarrndose en bailes pblicos +con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma ms bestial, sin +el ms leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos +al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite, +sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo ms +que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa +estilo catlico, floreca el vicio bajo las formas ms antipticas. + +Aresti, en sus visitas de mdico, haba conocido los barrios altos de la +villa, el albergue de las servidoras de la prostitucin. Todas eran +pequeas, flacas, de rostro aniado, con el raquitismo de la miseria. +Las haba de treinta y cinco aos, que se presentaban con la falda +corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la +infancia. Era el gnero ms solicitado. El instinto reprimido, al no +encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su +aberracin el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la +vida en aquel pas la descoyuntaban formndola su gusto, haciendo un +crimen del instinto del sexo, obligndolo refugiarse en inmundos +rincones. Los ricos que podan proporcionarse las dulzuras amorosas con +su ms seductora decoracin, entraban al amparo de la noche, ocultndose +como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros, +ms audaces, asediaban la costurerilla de la familia y comenzaban con +ella una novela de amor, inspida y vulgar, conservndola en la casa de +los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento cambio de la +proteccin del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La +cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el +padre pobre que transige con la prostitucin de la hija, porque ayuda +ir viviendo y se oculta en la propia casa. + +Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones +de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada +en su pas. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no haba ms seres +vivos que los pjaros negros que lo cubran con sus alas. Slo en las +ltimas capas sociales exista algo de alegra, all donde llegaban +amortiguadas no llegaban las influencias de la religin. + +El doctor nicamente haba sentido el roce de la vida, algn domingo por +la tarde, en los chacolines de las afueras en la explanada de la +Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas +callejeras, los bailes vascongados y de la montaa de Santander. + +Los dems estaban muertos por el fastidio corrompidos por la opresin. +Conoca jvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de +traje todos los das. Otros iban en automvil por las calles, sin rumbo +determinado, parndose ante una casa para subir de nuevo en el vehculo +y seguir la marcha, como s huyesen del fastidio que iba tras ellos. + +Y para eso serva la riqueza? Y sta era la alegra de un pueblo +opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y +ennegreca con el tedio, creyendo en otra vida problemtica, bajo el +testimonio de ciertos hombres que tampoco la haban visto?... + +El doctor termin enrgicamente sus protestas, viendo prximo el momento +de tomar el tren. + +--Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando +sonre y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con +el alma muerta, es tan virtuosa, tan virtuosa! que, creme, hijo +mo!... tanta virtud me da asco. + + + + +V + + +Doa Cristina daba el ltimo toque sus cabellos rubios, que ya +comenzaban encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo +segua en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mrmol de una +chimenea. + +Eran las tres de la tarde, y las cuatro tena que asistir en Bilbao +una junta de seoras catlicas, de la que era presidenta, en el Colegio +del Sagrado Corazn. + +Pepita no la acompaaba. Deca estar enferma; se quejaba de dolores de +cabeza, senta un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doa +Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del _aa_ Nicanora. + +Snchez Morueta estaba en Madrid desde haca una semana, muy atareado +por los nuevos negocios que todos los meses hacan necesaria su +presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias. +No era que el millonario se opusiese los gustos de su mujer +interviniera en su vida; pero se senta mejor cuando estaba sola, sin +ver aquellos ojos fros, que no transparentaban el ms leve reproche, y +que ella se le antojaba que la seguan en todos sus movimientos, como +una protesta muda. + +Pepita presenciaba desde un rincn el tocado de su madre. No se la +escapaba el gran cambio que sta haba sufrido. Los trajes elegantes de +otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que +nuevos encargos Pars y Madrid vinieran sustituirlos. Se preocupaba +algunas veces de las galas de su hija; quera verla elegante, y la +aconsejaba mirando los peridicos de modas, con la misma bondad con que +una persona mayor discute con un nio sobre juegos. Iba siempre vestida +de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas +interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba rebasar +los lmites de la higiene. Revelbase en ella el desprecio la carne, +de los devotos fervientes; el abandono fsico, la suciedad cantada como +mrito celestial en la vida de muchos santos. + +Deseaba mortificar su carne, y su hija la vea en la mesa repeler los +mejores platos, los que en otros tiempos eran ms de su gusto, afirmando +que ahora le repugnaban. De su dormitorio haban ido desapareciendo poco + poco todos los muebles que significaban ostentacin comodidad. En el +resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y slido, mientras en su +cuarto slo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que haba hecho +bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba +casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines +representando Jess y Mara, abrindose el pecho para ofrecer sus +corazones inflamados. + +Muchos das las criadas encontraban la cama intacta. La seora--segn +ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina--dorma en el suelo +no dorma. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso + las pilas del lavadero, tenan salpicaduras de sangre. Una doncella +haba recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturn de esparto, +un cilicio de los ms sencillos que fabricaban ciertas monjitas de +Begoa. + +Todos en la casa adivinaban las mortificaciones que someta su cuerpo +la seora, y sin embargo, la vean sonriente, con una dulzura melosa en +la voz y en el gesto, elevando los ojos la menor contrariedad y +exclamando: Todo sea por Dios. En ciertos momentos se dejaba arrastrar +por su carcter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que +exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegbase +dentro del caparazn de su bondad y con los ojos peda perdn por su +arrebato. + +El marido no pareca advertir el abandono fsico y la transformacin +moral de su esposa. Haca aos que no pisaba el suelo de su cuarto. +Cuando hablaba con ella volva la vista la miraba con ojos vagos y sin +pensamiento, que parecan no verla. Ni una protesta, ni una pregunta, +como si en el fondo le complaciese esta transformacin que le apartaba +de ella, haciendo imposible todo retroceso. + +Pepita segua, con una expresin de lstima en los ojos, el tocado +rpido de su madre, que se peinaba ciegas sin el menor rasgo de +coquetera. + +--Mam, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien. + +Doa Cristina movi la cabeza. + +--No, hija, nada de sombreros. Eso pas. Cada cosa su edad. Ya soy +vieja y no est bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para +bien de la religin. + +--Pero si es una capota muy _seria_, muy _religiosa_? + +--La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y +antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero. + +Y aquella mujer todava hermosa, con el encanto sabroso de la madurez, +que ensanchaba sus formas, aterciopelndolas, pareca complacerse con +dolorosa coquetera en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la +mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las +ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como +si estuviera en perpetua oracin. + +Doa Cristina iba salir. + +--Mam, ya sabes mi encargo--dijo Pepita. + +--No lo olvido--contest la madre con sonrisa bondadosa.--No deba +hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede +mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tirar por t del hilito, +para que las buenas madres no se enteren de tu pereza. + +Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compaeras +cuando no queran asistir las reuniones de las Hijas de Mara. En el +saln del colegio haba un gran cuadro con los nombres de las +congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una +pequea bola de marfil. Al entrar las seoras tiraban cada una de su +cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se +encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engaando las +monjas, que, terminada la reunin, examinaban la lista con una +curiosidad meticulosa. + +Pepita, pensando en el cuadro, vea el saln de reuniones de las Hijas +de Mara con su lujo monstico y el mapa de la Orden, que era el +principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que +figuraban Europa y Amrica, marcndose con pequeos corazones inflamados +las poblaciones donde el jusuitismo femenil tena establecidos sus +colegios. El Atlntico, de un azul de confitera, haba sido rebautizado +con un nuevo ttulo: _Ocano de Bondad_. Y nadie poda adivinar el +sentido de esta bondad, atribuida al Atlntico por la monja autora del +mapa. + +Doa Cristina sali apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la +esperaba el automvil, una mquina soberbia que haba costado Snchez +Morueta cincuenta mil francos en Pars y de la que apenas haca uso, +habituado como estaba al carruaje de sus primeros aos de opulencia, el +cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le haca pensar en sus +negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El +automvil era para las seoras. Pepita aprecibalo en mucho porque era +un motivo de envidia para las amigas; doa Cristina consideraba como un +homenaje la Fe, el llegar en l las puertas de la iglesia de los +jesutas. Era el _dernier cri_ de la devocin; daba entender, segn +ella, que el progreso no est reido con el dogma. + +Doa Cristina di al _chauffeur_ la orden de llegar pronto Bilbao y el +vehculo sali toda velocidad por entre los tranvas y carruajes que +llevaban la gente Las Arenas. La seora de Snchez Morueta pensaba en +la importancia de la reunin. Iban tratar la conveniencia de una nueva +romera Begoa, tan ruidosa como la de la coronacin de la Virgen, y +no saban si hacerla en el mismo ao dejarla para el siguiente. +Convena organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el pas vascongado +amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cnticos al +monte Artagn, como protesta contra las gentes de las minas y las +fbricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los +_maketos_ de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra, +gentes que hablaban de Repblica y de anticlericalismo y llamaban en sus +mitins _fetiche_ y _nido de ratas_ la milagrosa imagen de la patrona +de Vizcaya. + +A la reunin de las seoras haban de asistir como directores +inspiradores el Padre Paul, un jesuta batallador, que estaba de moda +en el plpito y el confesonario, y Fermn Urquiola, que era su hombre de +accin, mi brazo derecho, segn deca aquel tribuno de la Compaa. + +Doa Cristina admiraba su sobrino viendo el afecto con que le trataban +los Padres, cmo le hacan partcipe de sus proyectos en bien de la +religiosidad del pas. Era casi una pasin lo que senta por Urquiola. +Cuando la visitaba, vea en l al representante de aquellos sacerdotes +tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermn +era una prolongacin de la Compaa que llegaba hasta ella. Senta una +amarga decepcin de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia +del saln de visitas. Quera saber cmo era Deusto por dentro, aquel +templo de la sabidura envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus +visitas al hotel, cada vez ms frecuentes, la deleitaba hablndola +largas horas de los lugares que ella no poda ver por oponerse las +reglas de la Compaa las visitas femeniles. + +Entretenala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre, +enumerando sus mritos: uno haba viajado por pases salvajes; otro +saba seis idiomas; el de ms all tocaba el violn como un ngel y +todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad, +dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y +los zapatos que limpiaban los fmulos, y vestindose al romper el da, +para emprender su santa obra!... Vivan con cierto desahogo, pero por +ninguna parte se vean las riquezas de que hablaban los impos. Y todos +humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso +que los haba entre ellos que haban sido grandes en el mundo! Por eso +los Padres de la Compaa tenan algo de prncipes arrepentidos, ocultos +bajo la sotana de la obediencia. + +La Universidad de Deusto an interesaba ms doa Cristina. Cmo +lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado +al ir y volver su casa; no poder correr por la montaa de su parque, y +ver de cerca el San Jos, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de +luces elctricas! La sabidura de los buenos Padres se revelaba en todos +los detalles del establecimiento. All estudiaban los hijos de las +principales familias de Espaa. La nobleza rancia y los ricos de sanos +principios, recluan sus vstagos en la santa escuela. All no corran +el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores +revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se serva despus de +bien pasada por el tamiz de Santo Toms y otros grandes sabios de la +Iglesia, nicos depositarios de la verdad. + +El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los +alumnos en cuatro secciones que vivan aisladas, evitndose con este +acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones slo +se contemplaban de lejos en contadas fiestas del ao al verificarse +algn acto literario en el gran saln, que pareca un teatro con su +patio y sus galeras. En el techo pintado al fresco, veanse las figuras +de San Ignacio y los Padres ms famosos de la Compaa, todos entre +nubes, revoloteando camino del cielo. + +Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de +los alumnos, y en las galeras los estudiantes de las cuatro estaciones +que, al verse frente frente, se examinaban con curiosidad, como +vecinos de una misma casa, que slo se tropiezan de tarde en tarde. Iban +los ms puestos de _smoking_, muy elegantes, como hijos de buenas +familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucan las +sortijas. Da una galera otra se miraban con gemelos, lo mismo que en +el teatro, enterndose unos de otros. Aquel pequeito, guapo, es de +Salamanca y muy rico... Ese moreno simptico es andaluz. Y despus de +mirarse largamente, se saludaban con la mano... Angelitos! + +Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de _punta_, +ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que haba de hacer +las objeciones, oponiendo reparos las santas doctrinas, era preparado +con anticipacin. Llevaba aprendidas unas cuantas tonteras, que +representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebata y +pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la +impiedad de la falsa ciencia moderna. + +Un ao, Urquiola, siendo estudiante del ltimo curso, se haba cubierto +de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga +deliberacin. Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron +los atentados de su familia contra la Compaa de Jess?... Urquiola +sostuvo la afirmacin, demostrando que la guillotina haba sido un medio +indirecto de Dios para castigar los reyes que osaron expulsar de sus +dominios los jesutas. Muerte infierno para los que se atrevan +perseguir los verdaderos representantes de Jess!... Su contradictor +mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tmidas, +preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no +pudieron continuarse los ejercicios, pues no falt quien indicase los +Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la +bondad de los que les haban abierto de nuevo las puertas de Espaa. + +En las Pascuas de Navidad, el saln de actos se converta en un teatro. +Hasta en esto admiraba doa Cristina el talento y la virtud de los +Padres. Si todos los teatros fuesen como aqul, podran asistir sin +miedo las madres cristianas! La msica era de las zarzuelillas y +revistas en boga: pero en la letra est el pecado, y las palabras eran +de ciertos Padres aficionados la versificacin. La mujer estaba +excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas +cantan la falda de percal planch, moviendo las caderas, un alumno +cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta +pareca sonrer el sombro San Ignacio que volaba en el techo. _La +viejecita_ se titulaba _El viejecito_: todas las obras perdan su ttulo +femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertanse en dos +primitos, compaeros de colegio, que, agarrados de la mano jurbanse +quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros... +Serafines del cielo! + +Doa Cristina conmovase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba +que su sobrino se haba educado en aquella Universidad. As era tan +caballero, tan cristiano, y dedicaba sus msculos de atleta la buena +causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada +por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompa +el pas. + +La esposa del millonario se sublevaba cuando oa hablar de las +calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas +con repentina bondad. Descarros de la juventud y malos ejemplos de los +muchachos que no haban sido educados en Deusto! Pero su fondo era +bueno y aquello pasara. Urquiola estaba reservado para altos destinos, +ahora que se mezclaba en las luchas polticas. Tena buenos directores y +quin sabe si llegara ser diputado, repitiendo la palabra de Dios, +all en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino +se bastaban para volver Bilbao al buen camino, siempre que no les +faltase el consejo de los sabios Padres. + +Y la esposa de Snchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corra +en su automvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo. + +Pepita, desde una ventana de su cuarto, sigui un momento la marcha del +vehculo y al verle desaparecer, esparci su mirada por el paisaje, con +la vaguedad melanclica de los que se sienten enamorados y perciben en +todo lo que les rodea una nueva vida. + +Nunca le haba parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de +verano. Estaba habituada verlo desde su infancia, y, sin embargo, +ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo. + +Las gentes que pasaban al borde de la ra, por la carretera de Las +Arenas, le parecan ms simpticas que las de otros das. Eran familias +de Bilbao que bajaban del tranva para ir la orilla del mar. Un grupo +de obreros pasaba, camino del _chacoln_, por entre un bosquecillo de +pinos. Cantaban gritos, excitados por la proximidad del mar, el +_Boga, boga, marinero_ de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado +sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la haca llorar. La +ra brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como +los fragmentos de un espejo. Ms all del puente de Vizcaya, cuya +plataforma iba y vena pendiente de su manojo de cables, transportando +carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren +de Portugalete, extendase el abra como un desgarrn del cielo, moviendo +sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la lnea del +horizonte contra la muralla del rompeolas, coronndola de una nube de +espuma que corra de un lado otro como el humear de una locomotora +invisible. + +Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre +la ra, un pedazo de Londres baado por un sol meridional; todo aquel +pueblo de cobertizos fabriles innumerables chimeneas sobre el que +pesaba el podero de Snchez Morueta y que esparca en el espacio sus +torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde. + +Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrbase en el fondo, con un +escalonamiento de montaas. La joven conoca los nombres de todas +aquellas cumbres. Las haba visto durante muchos aos todos los das, al +saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno +sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus +barrancos y oquedades, destacndose sobre la inmensidad azul. Las ms +prximas, que pareca iban tocarse con la mano, eran Luchana y el +pico de Banderas. Despus sobresalan sobre ellas, una enorme +distancia, en pleno rin de Vizcaya, los gigantes del pas, el Maara +y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de +nieve, la Pea de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se +desarrollaban los cuentos ms tenebrosos de la imaginacin vasca. Pepita +recordaba sus terrores de la niez, cuando su _aa_, para imponerla +silencio, la amenazaba con llamar la _Dama de Amboto_, especie de hada +malfica, hija de un _Jaun_, de un caudillo legendario, que viva como +encantada en lo alto del peasco y nicamente sala de su cueva para +quemar las mieses, matar nios y perseguir los pobres aldeanos con +toda clase de maleficios. + +La joven permaneci mucho tiempo abstrada en la contemplacin del +paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si +pretendiera reconocer alguien de los que pasaban la ra. Crey por un +momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un +pauelo que le saludaba con cierta discrecin como temeroso de atraerse +la curiosidad de la gente. Despus ya no vi nada y creyendo en un +engao del deseo sigui contemplando el paisaje, con mirada vaga, +sumindose poco poco en una dulce somnolencia. + +La joven despert al sentir en su espalda la mano del _aa_. + +--_se_ est ah--dijo con tono misterioso.--Habr que bajar al jardn. + +A la melancola sucedi en la joven la inquietud, el temor. Haba venido +preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y +al llegar el momento temblaba como si fuese realizar un delito. La +_aa_ rea ante los temores de la seorita, la que trataba con la +misma familiaridad que cuando era nia. Inocente! Qu mal poda haber +en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardn y bajo la +mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba +tranquilizarse: el respeto y el miedo su mam la dominaban. Esperaba +que de un momento otro apareciese la severa figura de doa Cristina +tras un arriate del jardn. + +Solamente haba accedido la entrevista despus de los infinitos ruegos +de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez solas +con su novia, teniendo que contentarse con las rpidas palabras +cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe con las cartas que +llevaba y traa la _aa_ complaciente. + +Pepita quera que se encontrasen en el jardn, la vista de la +servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero +dentro de la casa. + +Cuando la joven se vi bajo los rboles, Fernando atravesaba ya la +verja, hacindose de nuevas ante el portero, al saber que la seora no +estaba en casa. Vena visitarla y enterarse de paso de cundo +regresara don Jos de su viaje; pero ya que la seorita estaba en el +jardn, pasara saludarla. + +Los dos jvenes quedaron indecisos, con la emocin de la timidez, al +verse frente frente. + +--Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.--Deciros algo: +hablad sin miedo. Aqu estoy yo para avisar si algo ocurre. + +Y poco poco fu quedndose rezagada, dejando que los novios anduviesen +lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha +pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cmo empezar. + +De vez en cuando se miraban sonriendo. l la acariciaba con los ojos, +poniendo en su gesto toda la pasin, que se revolva inquieta, no +encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardn, la +calma de aquella tarde de verano pareca adormecer el pensamiento de los +dos, dando una vida extraordinaria sus sentidos. Crean percibir +considerablemente agrandados los movimientos del corazn, los latidos de +la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco poco +envolvales la alegra de la naturaleza, cmplice de las dulzuras del +amor; el canturreo del agua desgranndose en el tazn de una fuente, el +crujido de los troncos al estallar sus cortezas impulsos de la savia, +el lento murmullo de las hojas movindose solemnemente en el espacio +caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un +chisporroteo de oro. + +Fernando fu el que habl primero, comenzando como todos los amantes con +la expresin de la felicidad que senta al verse por fin junto la +mujer amada. Cmo haba deseado aquel momento!... Recordaba las horas +de muda contemplacin, all en su despacho de los altos hornos, con la +vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase +misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones. + +--Mira, nena--deca el ingeniero subiendo de tono en su +apasionamiento.--Tu voz, tu divina voz es lo que ms me conmueve. Yo +creo que te quise siempre; desde que te conoc, siendo an muy nia. Te +amaba sin darme cuenta de ello; pero el da en que v claro, en que supe +que te quera, fu escuchando una de esas canciones vascongadas, tan +dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma. + +Fernando se haba dado cuenta de su amor oyndola cantar el _Goizeko +izarra_, la invocacin la estrella de la maana. l no entenda la +letra, pero la msica, ah la msica! haba penetrado en l hasta lo ms +hondo, como un araazo que despert su alma. Despus haba hecho que le +tradujesen la letra. + +--Ya la s--continu el joven--la conozco y creo en ella: siento su +infinita ternura, La estrella de la maana, sin mancha alguna brilla en +el horizonte: pero tu lado, querida ma, palidece y casi no se ve... +Eso es lo que yo pienso, mi vida. + +Y con el nfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del +amanecer, resultando que la amante venca la estrella en hermosura y +esplendor. + +Pepita, tranquilizada ya, rea ante el entusiasmo hiperblico de su +novio. Qu exagerado! Qu... romntico! Pero era verdad que le +causaba tanta impresin su voz?... Y se extraaba de buena fe, de que +una cancin pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por +distraerse: parecale una locura tomar en serio lo que se dice con +acompaamiento de msica: todo eran falsedades dulces, inventadas por +los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso s, pero al fin +mentiras. + +Por la memoria de Fernando pas, como una rfaga de viento helado, una +frase que varias veces haba odo al doctor. Aquella raza aparte, senta +una aficin loca por la msica: cantaba en todos los momentos de su +vida, y sus cantos tenan la tristeza melanclica del paisaje; pero la +emocin era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perda +en el aire. + +--No, nena--dijo el amante.--Es tu alma entera lo que pones, sin +saberlo, en tu voz. T eres para m la estrella de la cancin; pero no +te dir como al final de ella: Adis para siempre, adis. Si yo te +perdiese despus de ser amado, no s qu sera de m. D que me quieres, +Pepita, d que me amas. + +La joven, con cierto pudor, resistase decir de viva voz lo que tantas +veces haba escrito en sus cartas. + +--No lo sabes?--respondi evasivamente.--No te lo he dicho muchas +veces? + +--Pero, reptelo, quiero orlo de tus labios. D que me amas. + +Y Pepita, mirndole por primera vez en los ojos, dijo con cierta +gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne: + +--S, te quiero: te amo, Fernando. + +Oh aquella mirada!... Fu para el ingeniero lo mejor de la entrevista, +y la recogi en su memoria, esforzndose por conservarla con toda su +luz, para que le acompaase en las largas horas que pasaba all en la +fundicin entregado la vida de los recuerdos. + +Sanabre se convenca de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz, +valan ms que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho. +Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al orle hablar de +canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza, +mostrbase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal +abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez: +el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y +energa, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera; +ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladn membrudo, +creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los +sueos de las vrgenes. + +--S, te quiero--repeta Pepita.--Por m no temas, no seas nio, nunca +me dirs adis. + +--Beb, dulce beb!--exclamaba con entusiasmo el ingeniero.--Cunto te +amo! Qu feliz soy!... + +Y el _aa_ Nicanora, que los segua corta distancia, oyendo muchas de +sus palabras, sonri con cierta lstima. Todos los novios eran lo mismo; +iguales los aldeanos que los seoritos; alguna diferencia en las +palabras, y nada ms. Slo saban decirse tonteras, poniendo en sus +voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo +que se dijeran. Ah la juventud!... Y segua sonriendo con indulgencia +de veterano ante el entusiasmo de los dos jvenes. + +Fernando, ms tranquilo despus de las palabras de su novia, hablaba del +por venir. Trabajara; quin sabe hasta dnde puede llegar un hombre! +Desde que estaba enamorado, sentase con nuevas fuerzas para el trabajo. +Bullan en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de +realizarse, daran nuevas ganancias Snchez Morueta. + +Pero el recuerdo de su jefe abati las ilusiones del ingeniero. + +--Que dir tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis +cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueo muchas veces... +Y tu madre? Qu miedo la tengo!... Somos muy felices amndonos, pero +el porvenir nos guarda muchos dolores. Si todos en tu familia fuesen +como el doctor!... + +Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que segua sus +amores. + +--S, mi to es muy bueno--dijo Pepita hablando del doctor como de un +pariente lejano, del que slo se acordaba la familia de tarde en +tarde.--Lstima que tenga esas ideas! Es un _planeta_ muy simptico, +pero mam cree que est loco. + +Lo incierto de su porvenir, llev de nuevo los dos jvenes hablar de +sus amores. + +Fernando senta miedo. Los padres de ella proyectaran casarla con el +vstago de alguna familia millonaria; tal vez con un seorito de escasa +fortuna, que pudiera ofrecerla viejos ttulos de nobleza. En todos +pensaran antes que en l, que no era ms que un servidor intelectual de +la familia. La perdera amndola tanto!... La diferencia de fortuna, +la maldita ley de clases, les cerrara el camino, separndolos!... + +--Tonto, pero si yo slo te quiero t!--deca la joven sonriendo. + +Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de +agradecimiento, intent coger las manos de su amada. sta las retir +detrs del talle, frunciendo las cejas con gesto duro. + +--Quieto, eh?--dijo pasando sin transicin de la dulzura la altivez, +con una voz que no pareca la misma, ofendida, como si el joven +intentase una monstruosidad. + +De nuevo pas por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus +paradojas atrevidas que le valan la fama de loco. Este es un pas sin +corazn, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el +novio. + +Sanabre qued largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco +movimiento de la joven. Pepita pareca arrepentida de la viveza de su +protesta, pero callaba, aguardando que fuese l quien reanudase la +conversacin. + +--Tal vez quiera tu madre que Fermn Urquiola sea tu marido--dijo el +ingeniero tristemente. + +La joven aprovech la ocasin para recobrar su voz tierna de enamorada. + +--Con ese, nunca, nunca! + +Y habl de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias +de buen mozo, cortejando un tiempo varias seoritas de la villa y +escogiendo entre ellas, con la frialdad del clculo, la que mejor le +conviniera por su fortuna. Adems, conoca su vida. Las jvenes, en las +tertulias, hablaban de l hurtadillas, como de un don Juan que atraa + las tontas con el malfico encanto de sus calaveradas. Todas saban +que tena una mujer, all en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con +la que viva maritalmente. Hasta haba odo decir que tenan hijos. + +--Oh! Con ese nunca, nunca!--repeta con gestos de repugnancia. + +Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente + ella, en la apreciacin de los mritos de aquel pariente tan querido +por doa Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algn +defecto moral de su novio, pregunt ste con dulzura: + +--Dime, Fernando. T tienes religin? Es verdad que piensas como mi +to?... Dime que no, Fernando; dime que no. + +El ingeniero mir su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes, +de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre +record un momento Fausto en el jardn de Margarita. Otra muchacha +inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germnica, le +preguntaba l en un jardn cul era su religin. Sinti impulsos de +romper en un himno sus creencias humanas, como el fantstico doctor. +Pero el miedo al ridculo le contuvo; su instinto le avis el riesgo de +alarmar un alma soolienta. + +--S, vida ma, tengo religin--dijo evasivamente.--Creo que el hombre +debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo. + +Pepita pareci no comprenderle y habl de su madre. Si le haca aquella +pregunta era porque doa Cristina, que se acordaba pocas veces de +Fernando, no viendo en l ms que un dependiente, haba dicho un da que +era igual su primo el doctor. + +--Si supieras cunto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese +verdad! No quise decrtelo en las cartas; pero deseaba que nos visemos +para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo deca +yo; si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso s, un +poquito romntico, como todos los que no son de esta tierra; pero es +imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi to. + +Y aproximndose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que +contrastaba con la huraa repulsin de poco antes, aadi: + +--Ya que crees en Dios, por qu no vas, como los muchachos de Bilbao, +confesarte con los Padres? Por qu no te veo nunca en la Residencia?... + +Sanabre se encogi de hombros, no sabiendo qu decir, mientras Pepita +segua hablando. l indudablemente ira misa todos los domingos en la +iglesia ms prxima los altos hornos, verdad? Y en sus ojos se lea +por anticipado la afirmacin la pregunta, como si no pudiera +ocurrrsele la sospecha de que el joven pasase sin or misa los das +festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de +la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella--no saba +explicarlo bien--crea que en aquel templo tan bonito y tan cmodo se +hallaba ms cerca. Adems, la religin era all ms distinguida: slo se +vean personas decentes. + +--Tengo mucho que hacer--dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.--Yo +pertenezco mis deberes. El trabajo tambin es una religin. + +La joven sigui hablando, inspirada ahora por el egosmo del amor. Nada +perdera aproximndose los Padres, intentando hacerse simptico +ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los dems, +trabajando por su felicidad. Para ellos no existan obstculos: todo lo +hacan llano con su sabidura. Haba que seguirlos con los ojos +cerrados. Si ellos quisieran ayudarles! ay; entonces s que no +tendran que temer nada!... + +--Fernandito--deca con voz acariciadora.--Ve por all; hazte simptico: +tengo la certeza de que mam te mirara mejor si algn Padre la hablase +de t... Y yo sera tan dichosa!... + +--Veremos, veremos--murmur indeciso el ingeniero. + +Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le propona su +novia. Experimentaba la cobarda del amor, y cerraba los ojos. l, que +era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir la mujer amada por +qu haba de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del +xito?... + +--Te quiero--dijo con entusiasmo.--No hay nada que me detenga para +llegar hasta t. Buscar esos Padres, ir la Residencia, ser +_luis_: todo lo que t me digas. Pero y si pesar de esto tu familia +no me admite? Y si tu madre quiere casarte con otro?... + +Sanabre abordaba por fin la gran cuestin que su inquietud amorosa +traa preparada; lo que ms le haba hecho desear aquella entrevista. + +Pepita baj los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar su novio +como si temiera que este leyese en su pensamiento. + +--D, mi vida--segua preguntando el ingeniero.--Y si se oponen +nuestro amor?... Si nos separan que hars t? + +La joven eludi la respuesta, diciendo con ternura: + +--Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo. + +--Lo s, y mi alma se llena de alegra al escucharte. Pero hablemos +seriamente: dejemos los romanticismos, como t dices. Yo soy pobre y t +eres inmensamente rica. Seras capaz de cambiar tu vida de opulencia +por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te +amara mucho... mucho? + +Pepita no pareci conmoverse ante el cambio de vida que la proponan, ni +sinti miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero. + +--T trabajars, Fernando: t sers rico. + +Y lo deca con su conviccin de muchacha feliz que no crea en la +posibilidad de la miseria; como si sta estuviera reservada gentes de +otra raza y no pudiese llegar ella ni ninguno de los que la +rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacan ser la +primera en todas partes, le pareca un absurdo del que era innecesario +hablar. + +--Y si tus padres te ordenan que me olvides? Y si nos separan?... +Sers capaz de resistirte su voluntad? Les desobedecers para ser mi +mujer?... + +Se agrandaron los ojos de Pepita con expresin de asombro, como si +escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no +previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los lmites de lo +humano. + +--Te quiero, Fernando: yo no te olvidar nunca. + +Y no dijo ms. Su novio la acosaba con preguntas. Quera conocer su +valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir +la extensin de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eluda +tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: Te quiero, te +amo. A qu hablar de lo que an estaba por venir? Ya pensaran los dos +lo que deba hacerse cuando llegase el momento. + +Quedaron en un silencio doloroso. Ella pareca ofendida de que se le +quisiera obligar violentas resoluciones: l pensaba de nuevo en el +doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le haba hablado el +burln Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de +razas distintas; sentan las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero +adivinaba algo de ridculo en su situacin, como si realizndose las +irnicas fantasas del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata +ante el hotel del millonario. + +An pasearon mucho tiempo los dos amantes. Detenanse para contemplar +una flor rara, seguan con atencin infantil los saltitos de los +pjaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su +apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y vean por +primera vez el jardn con todas sus bellezas, como si hasta entonces +hubiese permanecido oculto entre nubes. + +Sanabre deseaba irse. Comenzaba caer la tarde y poda presentarse doa +Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de +angustia que le esperaban all en los altos hornos, si se retiraba +llevando sobre el alma el peso de su decepcin. + +--Cuando menos, dime que me querrs siempre!--dijo cogiendo una mano de +Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.--Dime que, +ocurra lo que ocurra, no me olvidars! + +--S; te quiero: no podr olvidarte nunca. + +Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma +tolerancia con que se entrega un objeto precioso al nio enfurruado, +para consolarle. El ingeniero quera olvidar y acariciaba con +arrobamiento aquella mano que recordaba, al travs de su figura, la +potente garra de Snchez Morueta. + +La intervencin del _aa_ interrumpi su embriaguez amorosa. El portero +acababa de abrir la verja y el automvil de la casa, tras un retroceso +para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del +jardn. + +Corrieron los jvenes, seguidos por el _aa_, hacia la entrada del +hotel, para salir al encuentro de doa Cristina. + +Al descender sta del automvil y ver Pepita con el ingeniero, mir +severamente al _aa_. Pero la mujerona le contest con otra mirada +arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigedad no +admitir repulsas. Aquel seorito haba venido de visita y se haba +paseado con Pepita por el jardn, siempre bajo su vigilancia: qu mal +haba en ello?... + +Sanabre no pudo ocultar su turbacin al saludar la seora de su jefe. +Haba venido para saber cundo regresara don Jos de su viaje. + +Doa Cristina le contest duramente. Poda haberse ahorrado la molestia +de la visita, preguntando por telfono. + +--Es que, adems, deseaba ver ustedes--dijo Sanabre. + +--Muchas gracias--contest con altivez la seora.--Agradezco su +atencin. Entra usted?... + +Y con los ojos le daba entender que poda retirarse. + +La joven vi como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Despus +subi su cuarto, esperando de un momento otro la temible aparicin +de su madre encolerizada. + +No subi. Pepita crey or lo lejos su voz temblona de ira y la del +_aa_ que le contestaba con no menos acritud. + +Por la noche, al reunirse en el comedor, doa Cristina mir su hija +con insistencia, pero sus palabras fueron breves. + +--Que sea la ltima vez--dijo--que recibas visitas, ni dentro de casa... +ni en el jardn. Tambin es casualidad, venir ese... individuo, la misma +tarde en que te quedas sola, diciendo que ests enferma. + +Y sus ojos parecan penetrar en la joven, como si quisieran escudriar +el alma; pero Pepita permaneci impasible, con ese sereno disimulo que +no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor. + + + + +VI + + +El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatndose la +proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que +apagaba el ltimo parpadeo de las estrellas. + +Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros +trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal, +con la comida envuelta en un pauelo, los obreros que tenan su trabajo +en las orillas de la ra. El Nervin mostrbase entre la bruma de su +profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de +barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagbanse en +la parte alta de la ra las luces de los _anguleros_, que durante la +noche iluminaban el cauce como una procesin de invisibles penitentes. +Las aves marinas, atradas por el resplandor rojizo de la iluminacin de +la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendan sus alas hacia el +mar, siguiendo la tortuosa calle de la ra hasta la inmensa plaza del +Abra. + +Comenzaban abrirse los establecimientos de la gente pobre; abaceras, +tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando los fieles misa +y como atradas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con +aspecto mixto de bruja y duea, y ese tufo de ropa antigua, semejante al +olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban las +campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes +de los barcos y los gritos de las _cargueras_ que rean por +preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivn de los buques +tierra, con la cabeza abrumada por los fardos. + +Por las calles comenzaban rodar los carros de la _sarama_ recogiendo +el estircol: las vendedoras de _fotes_ llamaban las puertas +repartiendo los panecillos del desayuno. + +Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del +mercado de San Antn, y las aldeanas que se detenan descansar por un +momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras +de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al or el _taf-taf_ de un +automvil. El vehculo pas veloz por la gran plaza, desapareciendo, +ensanche adelante, al otro lado del puente. + +Las que eran de la villa, conocieron la esposa y la hija de Snchez +Morueta, sentadas tras el _chauffeur_ de ancha gorra y aspecto +extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las +cubran los ojos. + +Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun +madrugaba ms que ellas. Iran la iglesia de la Residencia +confesarse con los padres jesutas. All iba todo el seoro. + +El automvil aceler su marcha por las amplias calles del ensanche, +desiertas aquellas horas, y par con violenta rapidez entre los +carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazn, +una obra prodigiosa de confitera arquitectnica, en la que el blanco de +las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros. + +Doa Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un +cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfaccin que si +penetrase en un saln elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una +dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvacin +del alma. + +Reconoca una vez ms el talento de los buenos Padres al admirar la +decoracin del templo. Era _gtico_, pero no tena la crudeza blanca, la +sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival s +converta en polcroma: el oro y el bermelln chorreaban por los nervios +de los pilares, y los arcos apuntados: las bvedas, eran azules con +estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan _bonita_, +slo podan imaginarla los Padres de la Compaa. + +Y la de Snchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre +que haba de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su +comparacin del hermoso templo con el forro interior de uno de esos +bales que usan las criadas, matizados de chillones colorines. Decir +tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado +para comodidad y suave placer de los fieles! El rgano desgarrador y +tempestuoso haba sido reemplazado por el armnium; en vez de los santos +negruzcos y horripilantes de la antigua devocin espaola veanse +imgenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual +corresponde un culto de personas decentes; las lmparas de luz +elctrica, en gran profusin, sustituan los cirios humosos que con su +olor de cera daban mareos las seoras. + +Doa Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes +arrodilladas los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba +muy concurrido el templo. Pero la de Snchez Morueta reconoca la +influencia de la estacin en la clase de pblico. Las seoras eran menos +que en el invierno. La _gente baja_, menestrales acomodadas, y viejas +beatas de medios de vida problemticos, se aprovechaban del veraneo de +las seoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus +santos sacerdotes. + +Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que ms +gente tena formada ante sus rejillas. Tardara mucho en llegarles el +turno para la confesin. + +Al reconocer las dos seoras, hubo un movimiento de respeto y +curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y +con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofrecindolas +su puesto en la fila. Doa Cristina hizo un signo de aprobacin con la +cabeza y abriendo su portamonedas di una peseta cada una de ellas. + +Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos +concurrido. Realmente ellas les agradaba poco el Padre Paul pesar +de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando travs de la +rejilla perciba el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa +con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebao. + +La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con slo dos +penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando +las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con +calma. + +Doa Cristina experimentaba la emocin de la doncella que tiente la +proximidad del hombre amado. + +El Padre Paul era un varn famoso. La buena seora admiraba su energa, +su fuerza de voluntad, viendo en l algo de San Ignacio, que haba sido +militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre +de guerra. No haba ms qu leer los papeles liberales, enterarse de los +escndalos que haban provocado, hasta en Madrid, las palabras y los +actos del Padre Paul, para convencerse de que nadie trabajaba como l +por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes +que slo hablaban de piedad y perdn para los enemigos, y de la dulzura +de Jess. Era el jabal de la Iglesia, que al verse en terreno +favorable, en aquella tierra donde creca frondoso el bosque de la fe y +de la sumisin ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos todos +lados. A los enemigos de la religin, palo, deca con fiera +arrogancia, que enardeca su laico auxiliar Fermn Urquiola. + +No perdonaba medio para propagar sus belicosos propsitos. Sus sermones +en las grandes romeras, en las fiestas de la Asociacin de la Vela +Nocturna y otras corporaciones que le tenan por director, eran arengas +de caudillo, hablando de matar morir como los paladines de las +Cruzadas, por el sagrado Corazn de Jess. Su celebro folleto A las +seoras catlicas, publicado en vsperas de unas elecciones, haba dado +que hablar hasta en el Congreso de los Diputados. + +Era un hombre de lucha que iba recto su fin, atropellando las +doctrinas religiosas para defender la religin. En su folleto tronaba +contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la +caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo deban dedicarlo +las elecciones, comprar votos, corromper la voluntad de la gente, +para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella +institucin del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeo +al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad. + +Doa Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que +fu victorioso caudillo el Padre Paul. Las seoras, amenazando con no +comprar en los establecimientos cuyos dueos votasen al candidato +liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que +enloqueca la gente y la haca terminar sus disputas palos y tiros; +las damas ricas, deslizndose en los tugurios de los miserables, +arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas +electorales. Y enfrente de este gran ejrcito manejado por el Padre +Paul, un candidato de una buena fe paradisaca, que haca discursos +sobre la regeneracin material de la nacin y la poltica hidrulica, +pidiendo canales y pantanos, como si un pas cual Vizcaya, en el que +llueve todo el ao, pudiera interesarle lo que slo importaba los +_maketos_, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de frica. +Hasta haba comulgado solemnemente la vspera de la eleccin, en una +iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carcter +antirreligioso. Infeliz! como si estas habilidades valiesen con la +Iglesia que es maestra en ellas! cmo si no supiesen los buenos que +quien no est sus rdenes en cuerpo y alma, est contra ella!... + +En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las +gentes religiosas, y que esparca en torno del enrgico jesuta un +prestigio de caudillo invencible, haba roto doa Cristina los ltimos +restos de la intimidad puramente amistosa que an exista entra ella y +su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Snchez Morueta, +recordndole que haba peleado durante el sitio, y el millonario entreg +mil pesetas para la eleccin. El mismo da doa Cristina, con la amplia +libertad de que gozaba en el manejo del dinero, di dos mil duros al +Padre Paul. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cay sobre Snchez +Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doa Cristina tembl en +el primer momento ante el silencio de su esposo. Le pareca escuchar la +risa irnica del doctor Aresti, all en las minas. Tema la explosin +ruidosa del gigante que se vea ridiculizado por una mujer, que no era +para l ms que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los +das y sigui callando, como si pasada la primera impresin de clera, +slo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera +turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su +casa. + +Doa Cristina tambin haba perdido su primitiva inquietud al +transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente +ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia +conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paul vala +por todos los terrores que le haba hecho sufrir el gesto hosco de su +marido. El jesuta la compar en una reunin de seoras con las mujeres +fuertes de la Biblia y con un sinnmero de santas, todas princesas +consejeras de reyes. Con seoras tan valerosas, pronto volver el +reinado de Jess sobre la tierra. Urquiola era otro panegirista que en +las reuniones de jvenes catlicos ensalzaba, entre risas, la gran treta +que su ta haba jugado aquel marido gigantn con cara de vinagre. + +Despus del ruidoso triunfo, la piadosa seora entraba en aquella +iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compaerismo de la +victoria y su tan comentado sacrificio, la unan los buenos Padres +como si fuese de su familia. + +El confesor, despus de despachar varias penitentas, sac la cabeza +por delante del sagrado cajn, lanzando una rpida mirada la fila de +seoras, mientras musitaba algunas oraciones. + +--Me ha conocido--pens doa Cristina con orgullo--No tardar en +despedir la que est delante. + +Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla all en verano. La +afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el +servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, slo de +tarde en tarde haca sus visitas al templo de la Residencia. De seguro +que el buen Padre pensaba: Algo extraordinario le ocurre mi hija de +confesin. Y as era efectivamente. + +No peligraba la salud de su alma ni traa ningn grave pecado que la +abrumase con su peso. Pero el jesuta quera que se le dijera todo, +absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas, +nico medio de que stas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una +confesin extraordinaria, como esposa y como madre cristiana. + +Primeramente, quera hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho +de su esposo. + +Snchez Morueta haba llegado el da anterior, despus de una +permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio: +millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales +haba de tratar nuevos negocios. Esto, segn l daba entender en sus +escasas palabras. Pero doa Cristina dudaba ya de todo desde que dos +das antes de que regresase el millonario, haba encontrado revolviendo +los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de mbar y +con la firma de una mujer, una tal Judith, que deba ser una pagana, una +pecadora, juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no haba +entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantsticos y +adems estaba en francs. Pero las pocas palabras que haba podido +adivinar, y ms que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender +desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor +desenfado. Qu asco! Toda la castidad de doa Cristina, su horror la +carne vil, se revolvi al contacto de aquel papel. No quiso verlo ms y +lo abandon en el mismo sitio donde lo haba encontrado. Saba lo +necesario: su marido tena una amante: tal vez por esto pasaba tanto +tiempo fuera de Bilbao... + +En el primer momento, doa Cristina experiment una sensacin +desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo. +Sinti por Snchez Morueta un inters ms grande que en los primeros +tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la +infidelidad. Tal vez iba conocer el amor impulsos de la clera. Pero +aquello slo dur un instante: su alma, que pareca despertar +incorporarse, volvise del otro lado y continu su sueo. + +Si Pepe tena una querida ella qu? Mejor: su indiferencia encontraba +una justificacin. Vivira ms segura en su castidad: se sentira ms +fuerte, pudiendo echar algo en cara aquel hombre que pareca dominarla +con su silencio. Era lo que ella le faltaba. Doa Cristina se haba +irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel +hombre que viva tranquilo, sin acordarse de la religin, cerrando su +casa los ministros de Dios. + +De aquella carta pecadora le haba quedado el principio impreso en la +memoria: _Mon gros loup cheri_. Qu querra decir esto? Y adivinando +algo horrible y grotesco la par, como los diablos panzudos pintados +en ciertas estampas, sonrea en medio de su repugnancia, pensando en la +figura algo ridcula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando + una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorndolos. + +Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quera +comunicrselo al Padre Paul, y que ste la ayudara con sus consejos. +Adems, tena que hablarle de la nia, rogando que la diese un buen +repasn. Estaba en la edad de los caprichos y las _tonteras_, y ella, +despus de la tarde en que la haba sorprendido en el jardn con el +ingenierillo, senta cierta intranquilidad. Hasta haba efectuado un +registro minucioso en el cuarto de la nia, presintiendo cartitas +escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada haba +encontrado; pero le daba el corazn que algo exista. Tal vez lo +guardaba oculto la _aa_ Nicanora, complaciente siempre con la seorita. + +Haba terminado su confesin la seora arrodillada delante de ella, y +doa Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del +lado opuesto. Se abri por fin el ventanillo y Pepita vi por encima de +los hombros de su madre una sombra que murmuraba: + +--Hola Cristina! hija ma! A qu obedece esta visita tan +extraordinaria?... + +Pepita no oy ms: su madre peg la cabeza la rejilla, ahogndose las +palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo. + +La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil +la incrustacin de los tacones de sus botas, lea en su devocionario +automticamente, mientras pensaba lo que dira al confesor. + +Estaba junto su mam y llegaban hasta ella algunas de sus palabras +como un lejano susurro. + +Pepita comprendi que su madre hablaba de una carta que deba +interesarla mucho, juzgar por las veces que la nombr. La joven psose + temblar pensando en las que tena ocultas, como una prueba de delito, +all en su hotel de Las Arenas. Pero doa Cristina levant la voz un +poco ms, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso +y Pepita la oy decir con gran dificultad, vacilando cada slaba +_Mon... gros... loup... cheri..._ + +No: aquello no iba con ella... Pero por qu deca su madre tales cosas? +Qu lobo era aquel, en francs, que su madre llevaba tan trabajosamente +hasta los odos del buen Padre? Y Pepita se morda los labios para no +rer, sin saber ciertamente por qu le regocijaba esta frase que no +haba encontrado nunca en sus libros cuando la enseaban francs. + +Luego ces de or. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la +rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta +Pepita como el balbucear de un pequeuelo: a... a... a. Deba reir + la madre juzgar por lo encogida que sta se mostraba, con la cabeza +entre los hombros, como si la abrumase el interminable regao del +confesor. + +La voz de doa Cristina volvi de nuevo al odo de su hija: + +--Es verdad Padre: yo tengo la culpa. Pero es una esclavitud tan +dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocacin me +llamaba otra parte. Pero la juventud se engaa siempre y era yo +entonces tan nia!... + +Call, y de nuevo volvi susurrar como un aleteo el a... a... a +siempre con tono de reproche durante muchos minutos. + +--Cree usted Padre--volvi murmurar la seora--que no he hecho yo +nada por atraerle al buen camino? El da mejor de mi vida sera aquel en +que le viese al lado de los buenos, ayudando Dios con los bienes que +le ha dado, aconsejndose de personas sabias y virtuosas como ustedes... +Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado +respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los +hombres. + +Volvi sonar el a... a... a... ms imperioso, como si diese una +orden, y doa Cristina achicbase ante la reja, obediente su director, +pero anonadada por el sacrificio que la impona. + +--Lo har, Padre, lo har. Si supiera usted el asco que eso me produce! +Tan tranquila que yo viva!... Pero obedecer, ya que no hay otro +remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son +sacrificios que impone Dios para la conservacin del mundo: exigencias +de la vil materia... Obedecer, Padre, pero cunto me cuesta! qu +repugnancia, Dios mo!... + +El a... a... a tom una expresin interrogante. + +--S, Padre, s: ser otra. Volver como en otros tiempos, preocuparme +de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este +sacrificio. Copiar las seducciones mundanas para servir Dios. + +El murmullo del confesor son largamente, como si diese consejos. De vez +en cuando, le interrumpa doa Cristina con sus afirmaciones de +penitenta sumisa. + +--As lo har, Padre. + +--_a... a... a?_ + +--Ya he olvidado esas cosas, pero procurar acordarme de mis tiempos de +vanidad. + +--_a... a... a?_ + +--Quiere usted que sea hoy mismo? Despus de haber recibido al +Seor?... Bien: porque usted lo dice. Ser un nuevo sacrificio. + +Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doa Cristina volvi la +cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su +confesin; y al ver tan prxima Pepita, fijos en el devocionario sus +ojos cndidos, se peg ms la rejilla. La joven ya no oy ms que un +lejano susurro, sin distinguir una palabra. + +Al terminar la confesin, la madre fu arrodillarse en el centro del +templo y Pepita ocup su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor +despach rpidamente la penitenta del lado opuesto, y volvi abrir +el ventanillo. + +--Hola, buena pieza. Eres t?--dijo cariosamente Pepita.--Ya has +hecho el acto de contricin? Pues ver esos pecadillos, hacer la +colada del alma, que aqu est el Padre Paul para absolver las nias +que son buenas y sumisas. + +Y mientras la joven iba soltando con automtica regularidad los pecados +de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia, +deseos de humillar las amigas, desobediencias su madre, miraba +travs de la rejilla al famoso jesuta, su cara sin una arruga, la nariz +aguilea, aquella sonrisa dulce que pareca acariciar, pero que ella +le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que +extraa las verdades por hondas que se ocultasen. + +--Bien, y qu ms?--dijo el jesuta cuando ella se detuvo dando por +terminada la enumeracin de sus pecados. + +--Nada ms, Padre. No recuerdo otros pecados. + +--Rebusca bien en tu conciencia, hijita. Nada de nuevo ha ocurrido en +tu vida desde la ltima vez que nos vimos? Pinsalo. Mira que con el +Padre Paul no valen engaos: que hasta m llega un pajarito que me +cuenta todo lo que hacen las nias embusteras, y que yo s cundo me +dicen la verdad y cundo me mienten. + +Pepita comenzaba sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y +maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, segn afirmaba +su madre. Con l de nada servan los tapujos. Y su inquietud convirtise +en miedo cuando vi que el sacerdote cesaba de sonrer y la hablaba con +los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmova desde el plpito + la distinguida muchedumbre de sus fieles. + +--Oye, hija ma. Una vez rase una princesa ms bonita que t, y ms +rica, pues sus padres eran reyes... + +Y describa la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes, +sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella. + +--Un da, en un sarao de la corte, cuando ms llamaba la atencin por su +hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los +cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa +asomaba, y volva ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una +horrible serpiente... Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un +pecado que la princesa haba querido ocultar su confesor y que tomaba +la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo. + +Y el Padre Paul, con su voz trmula de predicador horrorizado, haca +estremecer la joven. El final de la historia no era ms +tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazn la +princesa, y la desdichada descenda con el peso de su pecado los +infiernos. + +--Vamos, hija ma--dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su +sonrisa despus de la historia horripilante.--T eres ms buena que la +princesa: t no querrs perder tu alma ocultando las faltas al confesor. +Aqu tienes al Padre Paul que es un buenazo con las nias que no +mienten, pero que tiene una correa para castigar las que son malas y +rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo +para t, como si lo fuera... T tienes un novio! + +--No, Padre--dijo Pepita con voz trmula, intentando todava +defenderse.--Es un amigo... Un amigo, pues!... que lo distingo de los +dems... que le tengo cierta simpata... + +--Vaya por el amigo!--exclam bondadosamente el confesor.--Y este amigo +te escribe cartitas y t las contestas hurtadillas de mam. No digas +que no: no mientas... Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas +y en que os habis visto y hablado en el jardn de Las Arenas. Si es +intil negar! Si yo todo lo s por el pajarito!... + +Y el jesuta insista complacido en aquella oez del pajarito, como si +fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia. + +La joven acab por confesarlo todo y el Padre Paul tom entonces un +tono solemne: + +--Pues, hija ma; tengo que decirte que has cometido un grave pecado, +pero tiempo ests de arrepentirte y purificarte de l. Lo has hecho, +indudablemente, sin saber lo que hacas, porque t eres buena y espero +que el arrepentimiento te volver la gracia de Dios. T sabes lo +grave que resulta tu falta? Una mueca como t, una mocosa que debe +vivir agarrada las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que +es el mundo, querer arreglarse por s misma el porvenir, y engaar +mam, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si ste puede +ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los +rodean! Vamos que merecas una zurra, como las chicuelas malcriadas que +hacen alguna diablura. + +Y su mano blanca se mova tras la rejilla con burlona expresin de +amenaza. + +--T, que eres aficionada lecturas como todas las jovencitas del da, +pdele tu madre un libro titulado _La entrada en el mundo._ Si ella +no lo tiene, te lo dar tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de +memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por +otros Padres no menos sabios de la Compaa. Se la regalamos los +muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad +de Deusto y es una gua completa de lo que debe pensar y hacer en el +mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no +necesita ms para ser un modelo de caballeros catlicos y excelentes +padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los captulos que se +titulan _La eleccin de estado_ y _Antes que te cases_... y vers lo +que le corresponde hacer la juventud cristiana para conservar pura su +alma y no ofender Dios. Para la eleccin de estado hay que meditar +mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santsima Virgen, +tal como lo dispone en sus Ejercicios Espirituales el bienaventurado y +glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe +escogerse despus de la oracin, de la meditacin, del examen atento; y +especialmente, fjate bien en esto, criatura!, despus del consejo +maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y +sobre todo, de vuestro director espiritual. As lo dice el libro. + +Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si ste fuese +el personaje ms importante entre todos los citados. + +--Qu es el director espiritual?--continu.--El librito lo dice +claramente: Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija +vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres +se oponen vuestro casamiento, creed que ser por vuestro bien. Si os +queda alguna duda sometedla la censura prudente de vuestros +confesores, y si stos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen + medida de vuestros deseos es porque saldrn conforme la voluntad de +Dios que es lo que ms os interesa. Eso del amor, no es ms que +_galantera_ mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del +pecado, que nunca puede dominar una alma cristiana. Ah tienes, +chiquita, todo un compendio de sabidura que siguen los jvenes al salir +de nuestras aulas, y son felices. Y esto, que respetan y acatan +muchachos con ms barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de +nuestra Universidad, lo atropellas t, mueca ignorante? Te atreves +buscar marido por tu propia cuenta y tener amoros, cuando hombres que +ostentan ttulos acadmicos no osan poner los ojos en una mujer sin +venir aqu antes decirme: Padre Paul, he pensado en Fulana en +Zutana: me conviene? y se van tan satisfechos de los consejos del +Padre, siguindolos fielmente?... Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce +que en tu casa falta una buena direccin pesar de que mam es casi una +santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese +mdico loco de las minas que ha hecho infeliz su pobre mujer, y que +entran all gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del +siglo. + +La joven sentase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su +pecado. El confesor continu con una sonrisa dulce: + +--Y ese seor ingeniero que te ha trastornado el seso, ser poco ms +menos como tu to el mdico. + +--Ay, no, Padre!--se apresur decir Pepita aprovechando la ocasin +para defender su novio.--es muy buen catlico: me lo dijo el otro da +cuando hablamos en el jardn. + +--Hum, hum!--tosi el jesuta--Dnde ha estudiado? En alguna de esas +escuelas donde slo ensean lo que llaman ciencia y que no es ms que +puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. Catlico y no lo +conozco?... Catlico joven y no viene por aqu?... + +--Me prometi que vendra, Padre. Dijo que se confesara aqu; que se +inscribira en los _Luises_, que hara todo lo que yo le mandase. Crea +usted, Padre, que no es malo. + +--Je, je!--ri maliciosamente el confesor.--No est mal la resolucin. +Pero nosotros, esas conversiones de ltima hora con vistas al +matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados. +El Padre Paul es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engaarlo +un boquirrubio de esos la moderna. Queremos en nuestro jardn rboles +que hayamos plantado nosotros, guindolos desde que son tiernos... Y t, +hija ma, con qu calor defiendes ese hombre! Veo que el peligro era +ms grave de lo que crea. Si persistes en esa mala pasin, contra la +voluntad de tus padres y de tu director espiritual, ests en pecado y no +podr darte la absolucin. Entiendes?... + +Tembl la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente. + +--Pero t eres buena--continu el jesuta cambiando de tono--y t +obedecers. Maana me envas todas las cartas que tengas de ese hombre: +un paquetito nombre mo y que lo entreguen al portero de la +Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras + ese individuo. Muy seor mo: por no disgustar mis padres... por +consejo de mi director espiritual... en fin, t lo escribirs bien: las +mujeres, tenis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle +saber, de un modo que no deje lugar dudas, que todo acab, que ya no +te acuerdas de l, que lo pasado fu una falta de la que te muestras +arrepentida... Estamos? + +Pepita movi la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que +adivinase el confesor si esta emocin era por la pena del rompimiento +por el miedo que le inspiraba su pecado. + +--Tonta! tontita!--dijo para tranquilizarla.--Si todo esto es por tu +bien!... Quin es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay +tantos, un trabajador de levita, qu necesita de protectores como tu +padre para ganar la comida. Mire usted que estara bien, ver la hija +de Snchez Morueta casada con un ganapn, de esos que creen ser los +hombres ms tiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan +nmeros! Eso de las princesas casndose con pastores, slo se ve en las +comedias. An es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece +tus padres, mam sobre todo, pues las mujeres saben ms de estas +cosas. Confa en el Padre Paul, que es tu amigo, tu segundo padre, y +entre todos ya vers cmo te elegimos un hombre que te har feliz y aun +elevar ms tu rango en el mundo. + +Call un momento el jesuta, como si preparase un avance decisivo. + +--Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de +nuestra Universidad!... Una joven como t--continu--merece unirse con +una gran fortuna un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad +de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. Pues casarse con +un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de +Estado, y se cubra de gloria sirviendo Dios y su pas! Eso no es +difcil encontrarlo. Ah tienes, por ejemplo, tu primo Urquiola. + +Pepita hizo un mohn de protesta. No: ese no. + +--Por qu no, chiquilla? Tienes algo que decir de l? Es uno de los +alumnos de _punta_ que han salido de nuestra Universidad. Con una docena +como l, Bilbao sera nuestro por completo, y esta poblacin aparecera +como otra Covadonga, desde la cual emprenderamos la reconquista de +Espaa encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de +Dios... Comprendo por qu tuerces el gesto: chismes y enredos de +tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atraccin en el +pobre Urquiola, slo saben hablar de l. Ya las arreglar yo esas +maldicientes!... Y sabes por qu se ocupan tanto de Fermn? Porque ste +no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente +inclinado hacia t, con el amor honesto y respetuoso de un joven +cristiano. Las que te hablan contra l, es porque te tienen envidia. + +Despus de este hbil halago la vanidad de la joven, continu con una +expresin de bondad y tolerancia: + +--Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fu nuestro padre San +Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar, +y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y +de gustar las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente +despus de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para +que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que +entonces se llamaban _botas polidas_... Urquiola es joven, y rebosa en +l la energa, el exceso de expansin y de fuerza que ha puesto al +servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de +pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas +cambian segn los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo, +lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa, +rodeado de su familia, la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado +que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermn; un soldado, +un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas, +porque las necesidades de la campaa le obligan vivir fuera de su +mundo... Pero ya vers cmo cambia, cmo sienta la cabeza el da que +tenga su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. Sabes por qu +le miran con tanto agrado tus amigas? Porque estn seguras de su +porvenir. Fermn ser diputado en las primeras elecciones, figurar en +Madrid, y quien sabe lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte +de esta nacin, que seguramente se cambiar, de no olvidarnos Dios!... + +Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobacin protesta ante +los palabras del jesuta, y ste se detuvo, creyendo haber avanzado +demasiado. Por aquel da bien estaba con lo dicho. + +--No creas que tengo un inters especial en que sea Urquiola quien haga +feliz tu vida. Tal vez tu mam lo defienda con ms tenacidad que yo, +pues de su sangre es y conoce sus mritos. Por m, si no es ese, que sea +otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria +y de la religin, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas +como todas las doncellas catlicas y decentes, sin disgustar tus paps +y desobedecer tu director. T eres de una familia cristiana y debes +seguir sus costumbres. Mrate en el espejo de tus padres: se unieron con +el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la +fortuna les sonre, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo +tan hermoso como t, que eres buena y no querrs amargar los ltimos +aos de su vida. + +Y el confesor hablaba gravemente, sin el ms leve mohn, de la felicidad +conyugal de los Snchez Morueta. + +--Basta por hoy. He dicho tu madre que vengis por aqu con ms +frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo +tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho +cuidado con ella. Quedamos en que me enviars esas cartas, para que +nunca puedas volver leerlas, cayendo de nuevo en el pecado? + +--S, Padre. + +--Escribirs hoy mismo ese seor dando por terminadas para siempre +las locuras? + +--S, Padre. + +--Muy bien: vamos la absolucin. + +Y musitando sus latines, el Padre Paul bendijo la joven al travs de +la rejilla: despus sac la mano por el frente del confesonario para que +se la besase. Mientras abra el ventanillo opuesto preparando una +sonrisa como saludo la nueva penitenta, Pepita fu arrodillarse al +lado de su madre. + +Comulgaron tras una breve espera, despus de rezar su penitencia y +salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza las amigas +que an estaban arrodilladas ante los confesonarios. + +El automvil emprendi el regreso Las Arenas siguiendo la ribera de la +ra que pareca irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol. + +Doa Cristina sonrea al paisaje, encontrndolo ms hermoso que otros +das. + +--Pero no has notado, Pepita, qu alegra da el recibir al Seor? D +que hemos empleado bien la maana. + +Al entrar en el hotel se entristeci el rostro de la seora, como si se +aproximase un peligro que quera olvidar. + +Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pas horas +enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente, +rompiendo pliegos sin que llegasen satisfacerle las cartas que +escriba. Por fin entreg un sobre cerrado la _aa_ Nicanora, +rogndola que aquella misma tarde fuese los altos hornos para +entregarlo don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina +fueron intiles. La nia estaba de mal humor y no quera contestar. + +Doa Cristina permaneci invisible hasta la hora de la comida. Llam +varias veces su doncella que iba de un lado otro, llevando dobladas +sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la +servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese +algo extraordinario. Doa Cristina revolva su olvidado guardarropa. + +Al bajar Pepita al comedor, enfurruada y triste por su esfuerzo +epistolar, no pudo contener la admiracin, viendo su madre. + +--Pero, mam! Qu guapa ests! Qu elegante te has puesto!... + +Guapa... s que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la +doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con +llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. Pero... elegante?... +Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y +polvorientos; una pieza magnfica que haba llegado Bilbao desde un +taller de la _rue de la Paix_ cuatro aos antes, cuando ella volva ya +la espalda las vanidades del mundo. + +Haba engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente +estirada, pareca prxima estallar impulso de los ocultos y +comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como +un malln sobre las caderas. + +--Qu, te parezco bien?--dijo la madre, pavonendose como una nia ante +la admiracin de su hija, que haba conocido aquella moda y al verla +resucitar inesperadamente, senta la extraeza que causa una +resurreccin histrica. + +Al moverse doa Cristina sonaba el subversivo _fru fru_ de sus finas +ropas interiores y se esparcan en el ambiente los perfumes que se haba +prodigado con cierta indiscrecin. + +Snchez Morueta que lea un peridico sin notar la presencia de su +mujer, acab por levantar la cabeza. + +--Qu te parezco, Pepe?--dijo ella con una sonrisa que contrastaba con +el temblor de su voz. + +El millonario desliz una rpida ojeada sobre su incitante esplendor de +fruto maduro. + +--No ests mal--y fij de nuevo sus ojos en el peridico. + +--Ahora voy volver la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que +llegue la vejez. Nuestra hija va tener en m una rival. Qu dices +esto, Pepe?... + +--Hars bien:--y sigui leyendo, sin saber lo que lea, con el +pensamiento lejos, muy lejos. + +La comida fu triste. El millonario haba llegado de su ltimo viaje con +un gesto melanclico, que desapareca de pronto, dando lugar extraas +nerviosidades. + +l, que pasaba siempre por el hotel como un sonmbulo, sin reparar en +los detalles de la vida domstica ni dirigir la palabra la +servidumbre, vena regaando desde el da anterior con todos los de la +casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puos como si fuese +golpear todos. + +Pepita tambin estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en +el comedor y haca preguntas su padre sobre la vida de Biarritz, +queriendo que le describiera alguna _toilette_ de las muchas que habra +visto en aquella sociedad elegante. + +Snchez Morueta se esforzaba por contestar gusto de su hija. Era la +nica persona ante la cual se abata su mal humor. Hablaba con la cabeza +baja, evitando mirar su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos +se haban encontrado con los de Cristina, fijos en l con una expresin +desconocida. Esta caricia muda que tena algo de splica, le causaba +por su novedad cierta molestia. + +Despus de comer, el millonario se entr en su despacho. + +Cristina dej pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la +hicieron saber que Pepita estaba en el saln, se dirigi con paso +resuelto en busca de su marido. + +Tembl al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se +acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas nias medrosas que +iban en busca del ogro. + +Al entrar en el despacho vi el gesto de asombro de Snchez Morueta, que +crea en la llamada de un criado: not el movimiento instintivo de sus +manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos +colores que relea con gesto hosco. + +Aquellas cartas ella las conoca. Por una asociacin de recuerdos, +volvi su memoria el _Mon gros loup cheri_, y sin saber por qu, +sinti una tentacin infantil de rer ante el gigantn de aspecto +imponente; de arrojarse su cuello, repitiendo, como Dios le diera +entender, aquella frase de _cocotte_, que deba encerrar algn misterio +mgico para apoderarse de los hombres. + +--Qu quieres? qu ocurre?--pregunt el marido con extraeza. + +Querer?... Bien se lo decan aquellos ojos agrandados por el lpiz de +tocador, en los que el instinto femenil pona el fuego que no lograba +dar la pasin: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se +aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores. + +Al estar junto l, no supo qu decir ni cmo empezar y apelando al +recurso de la accin, abarc en sus brazos de blancas carnosidades, los +hombros del temido ogro. + +--Pepe... Pepe!--murmur con voz tenue, como un gemido dulce. + +Y su boca se abri paso entre las barbas patriarcales, con besos +ardorosos. + +El grande hombre vacil un momento, atolondrado por la onda de carne +femenil que caa sobre l, por el perfume incitante que le envolva, por +los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los +dientes de lctea blancura. + +Pero fu la debilidad de un instante, que pas como una rfaga. Su mano +poderosa apart la mujer, y sta se sinti perdida, ante aquellos ojos +fros que parecan no verla, como si su atencin, su pensamiento, su +alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos. + +Despus, la voz del marido son en el silencio de la habitacin, +lacnica, triste y montona: + +--Es tarde, Cristina, es tarde. + + + + +VII + + +Estaba el seor Goicochea media maana, trabajando en su despacho +contiguo al de Snchez Morueta, cuando se incorpor en el asiento con +sorpresa, viendo entrar su principal. + +Tres das antes haba salido para Biarritz, manifestando su secretario +que tardara unas dos semanas en regresar, y se presentaba +inesperadamente, con una cara que daba miedo. Qu negocio se le habra +torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne +gravedad?... + +Su voz sonaba trmula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes +aparecan descompuestos, y lo que ms asustaba al secretario, era que +hablaba mucho, que haba perdido su concisin caracterstica y vacilaba +envolviendo en palabras y ms palabras sus tardos pensamientos. + +--A ver, Goicochea; que lleven casa el equipaje que est abajo. Avise +usted por telfono que luego ir.... No, diga usted que no voy, que no +me esperen comer. Ir la noche. Pero, qu hace usted ah parado, +mirndome como un bobo?... Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A +ver, que suba el _Capi_! Llame usted don Matas. En seguida; +listo!... + +Goicochea sali del despacho temblando, al pensar en el da que le +esperaba. Conoca el carcter de su gigante: pocas rachas, pero buenas, +como l deca. Slo muy de tarde en tarde, le haba visto perder la +serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus +arrebatos. + +Cuando subi el capitn Iriondo, encontr Snchez Morueta paseando +casi saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos +atrs y la cabeza baja. Tard algn tiempo en ver Iriondo, que no +pasaba de la puerta. + +--Pepe, qu tienes?--dijo el marino con el acento afectuoso de un +antiguo camarada. + +--Nada: cosas mas, no te ocupes de m.... Vas llamar al telfono de +las minas y que busquen mi primo Luis, que le digan que venga en +seguida. + +--Pero, hombre, no ser tan pronto como quieres. Gallarta est lejos: l +tiene sus ocupaciones... + +--He dicho que venga en seguida!--grit el millonario.--Dile que le +necesito al momento; que estoy enfermo, que voy morir... cualquier +cosa. Que venga pronto!... Y Luis vendr, porque me quiere de veras: es +mi nico amigo. + +--Est bien--gru el capitn.--Los dems somos unos perros. + +Y encogindose de hombros sali del despacho. Snchez Morueta sigui su +paseo grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir +contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes. + +De pronto se detuvo en la puerta de la habitacin contigua, mirando con +ojos feroces al secretario, que se haba escurrido hasta su mesa para +continuar el trabajo. El pobre hombre tembl al verse enfrente de su +irritado principal. + +--Seor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse +inmediatamente. Necesito estar solo; vyase a tomar el sol, adonde le d +la gana.... al capacho! pero mrchese en seguida. + +Miraba al secretario de tal modo, que ste crey que iba a recibir algn +golpe s tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, sali +apresuradamente. + +Las oficinas parecan desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante +sus papeles, temblando al or tras de los cortinajes aquella voz +furiosa, que matizaba sus rdenes con interjecciones y juramentos +verdaderamente extraos en tan grave personaje. + +En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un +enfermo. Snchez Morueta, despus de una hora de incesantes paseos, se +dej caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando +antes un botn elctrico. + +Entr un ordenanza con aire azorado. + +--Treme un caf.... pero bien fuerte. + +Cuando lleg el caf, Snchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de +los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para l, +con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisicin era motivo +de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa en los +negocios de minas. + +Transcurri otra hora, sin que el millonario diese seales de +existencia. El timbre son de nuevo en el silencio del escritorio y +corri el criado al despacho. + +--Trae otro caf. + +Snchez Morueta fumaba el tercer cigarro, juzgar por las dos colillas +arrojadas sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como +un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los haba encontrado +al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se haca irrespirable, sin +que l se diese cuenta de ello. + +Mucho despus de medio da, cuando los empleados se deslizaron sin ruido +para ir comer sus casas, volvi trotar el criado hacia el +despacho, atrado por el timbre. + +--Dile al capitn que suba--dijo el millonario. + +--Don Matas no est, seor--contest el criado. + +Por primera vez se le ocurri Snchez Morueta mirar el gran reloj de +la chimenea. Cmo haba pasado el tiempo! Y ms por la fuerza de la +costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que aquella hora todos +hacan lo mismo. + +--Ve donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que t se +te ocurra. Sobre todo, un buen caf: no lo olvides. + +Cuando volvi el criado con una gran bandeja llena de platos y +coberteras brillantes, la atmsfera del despacho era ms densa. El +millonario segua fumando, inmvil en su silln, con la vista vaga y +como perdida en un punto lejano, muy lejano. + +Apenas toc los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebi un +poco de vino, prob la fruta y se abalanz por fin al caf, como si ste +fuese su nico alimento. Despus hizo sea al criado para que se llevase +los platos casi intactos. + +--Mira, hijo mo--dijo con dulzura inesperada.--Llvate todo eso; +cmetelo y que de salud te sirva. + +Al quedarse solo encendi otro cigarro, adoptando en su silln aquella +inmovilidad en la que pareca soar con los ojos abiertos. + +Snchez Morueta no supo ciertamente si lleg dormirse. Era un sopor +dulce que no le haca perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta +actitud, el tiempo transcurra para l inadvertido, y senta el +bienestar del que en nada piensa. + +Cuando, la cada de la tarde, entr el doctor Aresti en el despacho, +el millonario se reanim, volviendo de un golpe la vida. + +--Esto es un horno!--grit el mdico,--Aqu no se puede respirar; qu +humareda; parece un incendio! + +Y se fu los balcones, abrindolos para que se disolviera la nube de +tabaco en que se envolva su primo. + +--Qu pasa?--dijo Aresti cuando pudo respirar con algn desahogo.--Qu +te ocurre, Pepe? Ests enfermo? A ver esa cara... + +Y despus de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro. +Efectivamente; algo malo le ocurra. Pareca aviejado de un golpe en ms +de diez aos: los pmulos salientes, los ojos hundidos, con una +expresin de tristeza y desaliento. Adems revelaba una gran fatiga +fsica, como si no hubiese dormido en algunas noches. + +--Vamos ver; qu tienes? Cuenta, hijo, cuenta. + +Snchez Morueta sinti el mismo dolor que si de pronto se abriesen en l +ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos +dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia. + +--Ay, Luis!--suspir el gigante con un acento casi infantil, cogiendo, +las manos de su primo.--Mi vida termin. Han matado todas mis +ilusiones... Se fueron!... se fueron! + +Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la +pequeez del doctor con su corpachn. + +--Energa, Pepe! Qu es esto, que te desplomas como una seorita +desvanecida? Firmes, vive Cristo! Slo te falta echarte llorar como +los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos +por qu crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte. + +El millonario fu hablar, y Aresti le interrumpi de nuevo: + +--Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero, +aguarda ah fuera. Lo he encontrado en la estacin del Desierto, y al +saber que habas llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te +esperaba con impaciencia. + +Snchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algn asunto +urgente de la fundicin. Qu le importaban l los altos hornos, y las +minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala +suerte. Para lo que serva la riqueza!... Y revolva sus ojos furiosos +por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del podero +industrial, hacindolo responsable de su desgracia. + +En aquel momento aborreca al muchacho que esperaba en las oficinas. La +juventud! la inspida y antiptica juventud! Aquel ingenierillo no +tena otros medios de vida que los que l le diese: ni riqueza, ni +poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos aos, por su cara de +madamita con bigote, no le ocurriera lo que l con todos sus millones. +Cristo! Para qu serva, pues, el dinero? + +Aresti se impacientaba. + +--Bueno, hombre: deja en paz ese chico, y si no quieres verle en +seguida, que aguarde. Pero cuntame, Pepe qu te pasa? + +--Judith!...--gimi el millonario.--Ya sabes quin digo... + +Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su +tristeza. + +--S, Judith--dijo Aresti animndolo para que hablase.--Aquella +francesa, juda, lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo... +la madre de aquel nio tan hermoso... el _hijo del amor_. Estoy +enterado. Y qu ha hecho la tal Judith? Alguna perrada? La has +sorprendido con alguien? Ha huido y no sabes dnde est? Habla, hombre: +cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas, +nada me coger de sorpresa. + +Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo +que su primo iba contarle; seguro de que aquella novela de amor, +desarrollada en el ocaso de la madurez, haba de tener un desenlace +triste. + +Snchez Morueta comenz hablar con lentitud, como si le doliese, con +profundo desgarrn, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer +dolor, se animaba, se enardeca, embriagndose en la amargura de su +desgracia. + +Haba conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos +meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios +de su carcter. No lo haba notado Aresti? + +De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito +de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad. + +Varias cartas annimas le haban avisado las infidelidades de Judith. +Alguna buena alma que conoca su dicha y deseaba turbarla: tal vez una +antigua compaera de la _divette_, envidiosa de su bienestar. Y el +grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tena miles +de brazos sus rdenes y flotas en el mar como un prncipe de la +moderna realeza, haba descendido durante algunos meses una vida de +espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las +denuncias. + +--Ay, el amor, Luis!--exclamaba.--Cun pequeos nos hace! Cmo nos +envilece cuando llega tarde, una edad en que queremos, sin la certeza +de que nos quieran!... Ahora me avergenzo, pensando en las cosas que +he tenido que descender. Y si no fuese ms que esto!... + +Al llegar el verano, Judith haba ido, como de costumbre, una casita +que el millonario le haba comprado en Biarritz. As la tena ms cerca +de Bilbao. All se haba convencido de que no le engaaban los +misteriosos avisos. + +Hablbanle stos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un +_monsieur Jules_, joven, hermoso y elegante, de problemtica vida; un +aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de _croupier_ en +los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba las +estaciones elegantes de los Pirineos. Judith pareca conocerle mucho +tiempo. Era ms joven que ella, y con el furor de una hembra que se da +cuenta de su prximo ocaso, se agarraba aquel profesional de la +hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las +aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de +acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios. + +Snchez Morueta, despus de la lectura de los annimos, recordaba haber +odo su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando +de l como de un amigo antiguo. Saba, adems, que el aventurero haba +pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todava caliente, +apenas emprenda el regreso Bilbao. Ahora se daba cuenta de las +peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afn de riquezas, de +asegurar su posicin, como ella deca, con una voracidad creciente, +como si la guiase un oculto consejero. + +El millonario no lamentaba su generosidad. Qu poda importarle este +chorreo de riqueza que no marcaba la ms leve desnivelacin en su +fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfureca hacindole +abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridculo de +su situacin. l, Snchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que +tantos causaba miedo, convertido en ese tipo grotesco del anciano +verde, engaado y _pagano_, eterno personaje de todos los cuentos y las +comedias parisienses! l haba sido _le vieux_ del que se re la pareja +joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de +Banco. Dios de Dios! Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo +la familia y las malditas conveniencias sociales, haba salido de la +triste aventura sin matar ninguno de los dos!... + +--Pero, hombre, sintate!--deca el doctor asustado al verle ir y venir +por el despacho como un loco.--No golpees los muebles. Ya s que de un +puetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho +muy bien. Acaso eres t el primero, ni sers el ltimo, de quien se +burle una pjara de esas? Sigue contando... sigue. + +Tard el millonario algn tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el +relato pas de un salto la escena final de su novela amorosa, la +ltima entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de +Biarritz donde haba pasado los mejores veranos de su vida. + +Snchez Morueta haba llegado sin avisarla, sorprendiendo al _monsieur +Jules_ casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no haba sido +completa. No le haba visto: slo haba adivinado su presencia en el +desorden de la habitacin, en los detalles que revelaban una fuga +rpida, mientras la doncella de Judith le entretena ante la puerta +cerrada. + +Despus, la escena haba sido horrible entre l y su amante. Ay, la +mala hembra! Qu franqueza tan cruel la suya! Qu deseo de acabar de +una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la +situacin! Poda haber seguido engandole; negar una vez ms; +mantenerlo en la dulce ceguera que le adormeca, sin fuerzas para buscar +la verdad. Vivimos de mentiras: slo el engao es dulce, deca ella en +las horas de abandono, cuando en brazos de Snchez Morueta recordaba su +pasado de aventuras. Pero ahora ya no quera mentir; estaba enamorada de +su _Jules_, enamorada frentica, con celos de fiera al ver que se lo +disputaban otras ms jvenes; y para atrarselo para siempre, +legalizando su situacin, no vacilaba en atropellar al amante rico, en +destrozarle el alma con su cnica franqueza. + +Ay, cmo adoraba aquel bergante, slo porque era joven y guapo! Con +qu insolencia haba proclamado su pasin!... El millonario revolvase +con furia al recordar la escena. Vea los ojos de ella, de una +provocacin insolente, unos ojos de loba en celo y an crea or sus +desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le +regocijaba en los primeros tiempos de su amor. + +--S, _mon vieux_. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se _badina pas_. Si +t me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser +amigo del pobre _Jules_. Y si no, la puerta est abierta. Ser lo mejor. +_Voil._ + +La cnica proposicin haba hecho rugir al gigante, levantando sus +zarpas con furor homicida. Pero ella la maldita! tena la tenacidad +glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser +asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de +desafo. + +--S, pgame; eso es muy espaol. Mtame, como matan en tu tierra las +mujeres, cuando no quieren amar. Anda, _don Jos_; ya estamos en el +final de _Carmen_. Dnde guardas la navaja?... + +l haba sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se di cuenta de +su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los +peligros de la existencia errante. Y llor como un miserable, suplic +vilmente para que no lo abandonase. Hasta crea recordar que se haba +arrodillado, agarrndose sus piernas, sintiendo la desesperacin de +perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume pareca despedirse de +l al travs de la batista que la cubra. + +Snchez Morueta, hablaba su primo con la cabeza baja, como un +criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y nicamente cerrando +los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su +conciencia. + +Haba sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las +lgrimas con que haba mojado durante toda la noche el cuello insensible +de aquella mujer. + +Ella se haba apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada +del pobre patriarca, y con la conmiseracin maternal que siente toda +mujer por un hombre que llora, lo haba tomado en sus brazos, apoyndole +la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acaricindole las barbas +encanecidas. + +La gratitud y la lstima la hacan ser bondadosa, con palabras de triste +consuelo. Ah, _gros coco_! Haba que tomar la vida tal como se +presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empearse en pedir +imposibles. Cada uno se enamoraba su hora. l la quera, siendo casi +un viejo: por qu se extraaba de que ella, siendo joven, tuviese +tambin su momento de debilidad, enamorndose de aquel _Jules_ que +posea para las mujeres un encanto malsano y dominador? + +Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual +trabajaba su modo, sin acordarse del corazn, para asegurar su +porvenir. Pero despus, con el bienestar llegaba la dulce tontera del +amor. Esto haba hecho l, pasando la juventud absorbido en la caza de +la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la poca en que +otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurra ella al ver asegurado +su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso. +Por qu no haba de conocer su verdadero amor con sus penas y alegras +despus de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... Ah +_mon vieux_! Haba que tomar la vida con serenidad filosfica. A cada +cual su turno. + +Despus intentaba consolarle hablando del pasado. No deba desesperarse +el enorme _beb_ que se adormeca llorando sobre su hombro. Poda +afirmar que haba sido amado ms que muchos otros. Primeramente, le +haba querido con una simpata plida y pasiva, porque era bueno con +ella, porque la haba sacado de su antigua vida de artista errante, +dndola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira. +Despus le haba admirado, con una admiracin rayana en el amor, al +apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que haca nacer +nuevas industrias, el poder mgico, que esclavizaba el dinero, la +inteligencia que haca danzar los millones, sin que ninguno se saliera +de lnea. Ella adoraba los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no +presentarse el otro, con algo que no poda explicar. Tal vez era el +encanto de la corrupcin y de la juventud, que la enardeca, hacindola +cometer locuras; pero aun as confesaba que no poda compararse aquel +hombre con _su viejo_ tan bueno y tan generoso... Por qu no haba de +aceptar el obstculo como lo hacan otros? An podan ser felices: los +tres viviran en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que +posea una fortuna, gracias l: era buena muchacha y hara lo +necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario +contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.--Yo solo, +yo solo. Judith se indignaba. _Grosse bte, va!_ Lo que l peda era +imposible. Ella no poda separarse del que amaba, y tampoco quera +mentir: ella tena corazn. + +El doctor interrumpi su primo, que se complaca con doloroso deleite +en detallar los recuerdos de aquella noche. + +--Pero, y el nio? Y el _hijo del amor_?--pregunt con cierta irona. + +Snchez Morueta mir al mdico con unos ojos que pedan piedad. +Recordaba el entusiasmo con que haba hablado Aresti del pequen: +renacan en su memoria las palabras al describir su belleza delicada: +un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece. + +--No te burles, Luis, es una crueldad. T lo adivinaste, sin duda, +cuando te habl de l. Tambin esta ilusin ha desaparecido. No queda +nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida. +Se lo ha llevado todo... todo. + +Y recordaba, cmo por segunda vez sinti el instinto homicida al ver la +sonrisa burlona con que acogi ella el recuerdo del pequeuelo. Ah, la +cruel! Con qu sencillez le haba arrebatado la ltima ilusin, +dicindole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la +de aquel tunante que llenaba su pensamiento! Qu tirn tan doloroso en +su alma!... Esta vez, Judith, pesar de su insolencia, haba sentido +miedo ante el gesto desesperado de _su viejo_. Pero ay! aquella mujer +de carcter doble inexplicable era invencible. De sus crueldades, +haca un mrito. Manteniendo en el millonario la ilusin de la +paternidad, poda seguir explotndolo. As se lo haba aconsejado su +amante. Pero ella era una buena muchacha y no quera mentir cuando +llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretenda que su antiguo +protector le agradeciese la cruel confesin. No: el nio no era su hijo. +Y lo repeta satisfecha, como si de este modo afirmase ms sus derechos +sobre el hombre amado, colocando el pequeuelo como un compromiso eterno +entre ella y el _amante de corazn_. + +Snchez Morueta sali de aquella casa con el alma rendida por los +crueles descubrimientos. Ni amor, ni hijo! Slo la conviccin del +fracaso; la tristeza de haber credo en una dicha que l mismo se +forjaba engandose, y un profundo desgarrn en su dignidad, el araazo +del ridculo en que haba vivido durante varios aos, que l crea los +mejores de su existencia. + +Vag todo el da por Biarritz como un sonmbulo. Por la noche, el deseo +amoroso fu ms fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de dnde se +diriga, se vi de pronto llamando la puerta de Judith. + +Fu en vano. Ella tema, sin duda, la repeticin de otra noche como la +anterior: senta miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad +de un amor desesperado. Nadie le respondi. Judith haba huido con su +amante y el pequeuelo. Adis, para siempre. La ilusin de varios aos +desaparecera sin dejar rastro. + +--Ms vale as--dijo el doctor. + +--S: mejor es que haya huido. + +Snchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobarda de la segunda +noche. Se tena miedo s mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo +Judith, hubiese pasado por todo, se habra sometido una situacin +envilecedora, cambio de conservar algo de la antigua ilusin, una +sombra de felicidad la que agarrarse. + +Se hizo un largo silencio. El millonario, despus de terminado el +relato, se hundi en el silln, anonadado, sin fuerzas, como si al echar +fuera de s el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre l, de un +golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el +desfallecimiento del hambre. + +--Y ahora, qu piensas hacer?--pregunt Aresti. + +--Y t me lo preguntas?--dijo con desaliento el millonario.--Qu s +yo! No puedo pensar. Dmelo t, que sabes ms de la vida. Desde anoche +que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aqu +y llamarte. T eres lo nico que me resta... + +Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras ste se encoga de +hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar su primo. + +--Me siento mal, Luis--dijo quejumbrosamente Snchez Morueta.--Yo me +conozco. Este disgusto no quedar aqu: sentir sus consecuencias ms +adelante... Qu voy hacer? Qu me aconsejas? Por tu vida, dmelo! + +Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego +que no osase moverse implorase un gua. + +--Qu quieres que te aconseje?--dijo el mdico.--Lo que yo te puedo +decir, te lo dira cualquiera. Piensas buscar esa mujer?... + +El millonario hizo un gesto negativo. No, para qu? Aquello haba +terminado. No poda olvidarla; eso nunca: le dola la decepcin, pero el +mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan +fcilmente iba librarse de su recuerdo. Sufra en silencio, intentando +curarse: sera un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo +del ridculo en que haba vivido bastara para darle fuerza. Pero, ay! +cmo le aterraba la soledad de aquella existencia que an le quedaba +por delante! Qu miedo le causaba la monotona de una vida sin +ilusiones! + +--Vaya, Pepe: no hay que ser nio--dijo el doctor con autoridad.--Ni +ests solo, ni te hallas tan falto de afectos. No deseas mi consejo? +Pues ah lo tienes. Vuelve los ojos tu casa: procura unirte tu +familia. Invntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste +al lado de una desconocida. Imagnate que tu mujer te adora, y aunque no +sea cierto, esa mentira resultar menos dolorosa que la otra, pues no +conocers la infidelidad, ni los celos. + +El millonario movi tristemente la cabeza. La familia! Su mujer! +Tambin esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra. + +Entre l y Cristina se haban agrandado las distancias; no poda esperar +una reconciliacin. l, en su enardecimiento amoroso, no haba negado +los hechos la tarde en que su esposa le sorprendi en su despacho. Y con +la falta de escrpulos del dolor, relataba Aresti su escena con +Cristina, la frialdad con que haba acogido sus caricias, y despus, la +explicacin tempestuosa entre los dos: ella echndole en cara su +infidelidad: l aceptndola con altivez, como una consecuencia de la +separacin moral en que vivan. + +El doctor le escuchaba pensativo. + +--Cristina fu en busca tuya?--pregunt con cierto asombro.--Pues +vuelve ella y la encontrars. No te asustes por lo ocurrido entre +vosotros. O te busc porque en ella ha despertado un repentino afecto +por t (y permite que te diga que esto es extraordinario) porque +alguien se lo ha mandado. De un modo otro, vuelve: ella te aceptar. + +Snchez Morueta le miraba con incertidumbre. + +--Vuelve, hombre--continu el doctor:--es la nica solucin que puedo +ofrecerte. Ya s que esto no es gran cosa para t, con esa necesidad de +amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre ser un remedio para +llenar ese vaco de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro +de tu piel encontrara otros medios para emplear mi actividad, +fabricndome ilusiones. Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!... + +El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogindolo con un +gesto desdeoso. Dedicar su vida los de abajo: ser una especie de +santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en +emancipar moralmente los parias del trabajo, proporcionndoles el pan +de la instruccin! Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como +aquellos ricachones de que hablaba el mdico!... Bah! Y qu placer +poda proporcionarle esto?... Su egosmo profundo de hombre de presa, +sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se rea del +doctor. En el mundo slo tena importancia lo que se relacionase con l. +A ver cmo no reventaban todas las gentes por cuya triste situacin se +preocupaba su primo! Si l era infeliz con toda su fortuna, por qu +haban de ser dichosas semejantes garrapatas?... + +Otra vez volvi hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la +tarde; lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo +acordarse Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas, +ms de una hora. + +--Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa, +que viene despedirse de t. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando +de esto todo el camino. Ha tardado algunos das decidirse, pero ahora +esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestrtelo. + +--Se va!... Y por qu?... + +--Qu s yo! Cosas de muchachos. Creer que ya no puede vivir aqu. Tal +vez sufra como t el mal de amores. En l no resulta extrao: es cosa +de la juventud. + +Snchez Morueta no pregunt ms. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo +que no quera conocer. Al mismo tiempo le causaba alegra la posibilidad +de que el joven sufriera como l. Era un consuelo egosta y feroz ver +que todos llegaba la desgracia, sin reparar en aos ni en +gallardas... Por esto accedi al ruego de su primo, haciendo llamar al +ingeniero. A ver, que pasase aquel compaero de desgracia!... + +Fernando no quiso sentarse; tena prisa por volver los altos hornos +despus del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el ltimo +momento. + +Vena para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan +pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista +baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los +ojos. + +Snchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara +juvenil. Oh! A este tambin le haba mordido la mala bestia; llevaba la +seal en su palidez, en la tristeza de sus ojos. + +De pronto, sinti por l la fraternidad dolorosa de los penados, unidos +eternamente por la misma cadena. + +--Te vas, hijo mo!... Es algn disgusto all en la fundicin?... +Acaso quieres ganar ms?... Si es por dinero, habla. + +El ingeniero contest con gestos negativos. Ni disgusto ni ambicin de +dinero. Era que se haba cansado de vivir all; senta la nostalgia de +ver pases nuevos: le arrastraba la movilidad de carcter de los de su +tierra. Ira Asturias Catalua; tal vez se embarcase para Amrica; +an no se haba buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusin de +llevar con l su madre un clima que fuese mejor. Por esto slo se +marchaba. + +El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisin de las palabras +del joven, se convenci de que ste menta. + +Sanabre sigui hablando. No olvidaba la bondad con que le haba +distinguido su jefe: senta alejarse de su lado, pero estaba resuelto +la separacin y tardara en irse lo que tardase en encargarse de los +altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, all estara sus rdenes. + +--Te vas, hijo mo!--exclam el millonario con repentino +enternecimiento.--Ya sabes que te he querido casi como un hijo. All +donde ests, si necesitas algo de m, habla; si quieres volver, vuelve. +No nos despidamos ahora. Ir verte: vendrs ... + +El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le +interrumpi. Cuando quisiera algo de l, mientras estuviese en la +fundicin, poda darle sus rdenes por telfono. Ya se veran, si +Snchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por +all, pasara l por el escritorio antes de marcharse. Snchez Morueta +nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de +Las Arenas. + +--Adis, hijo mo... Hasta la vista. + +Y estrech con efusin la mano del joven. + +Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por +tantas emociones, se dej caer en el silln. + +--Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el +vaco alrededor de m... Y ahora, al volver mi hogar, la frialdad de +la casa de huspedes, la ausencia del cario. + +--No, Pepe--dijo al doctor.--Tengo la certeza de que ahora encontrars +all lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera. + +--Y t? Me abandonars tambin t?... + +--Yo nunca--dijo Aresti.--Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y +lo que t necesitas, no est mi alcance el drtelo. La alegra de tu +vida slo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no s an +es qu precio vas pagarla. + + + + +VIII + + +El grande hombre estaba enfermo. Haba transcurrido cerca de un mes sin +que Aresti fuese verle, pues no quera despertar con su presencia los +recuerdos del millonario. + +De vez en cuando, llegaban l vagas noticias del estado de Snchez +Morueta por los contratistas de las minas. Don Jos no iba al +escritorio; don Jos estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era +caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quera abarcar demasiado y los +negocios minaban su salud. + +--Es la crisis que l tema--pens el mdico.--Pero cuando no me llama +sus razones tendr... Debe haber cambiado mucho aquella casa. + +Y segua en Gallarta, con el propsito de no visitar su primo hasta +que ste le llamase. + +Un da, en Bilbao, se encontr en el Arenal con el capitn Iriondo. El +marino se extraaba de que Aresti no hubiese visitado su primo. + +--No es que yo crea que va morir--dijo el capitn--pero muchacho, anda +muy malucho. No s qu mala mosca le ha picado de algn tiempo esta +parte. No come, est tristn, pasa el da sentado, dejndose cuidar por +su mujer y su hija como si fuese un nio. En fin, que no es ni sombra de +lo que fu. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doa Cristina +parece otra; nunca la he visto tan alegre. + +Y describa la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud, +yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera +considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta +elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la +daban el aspecto de una beata. + +Cuidaba y mimaba su marido con gran cario y l la segua en sus idas +y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura +del agradecimiento. + +En fin, querido _planeta_--continu el capitn--que parecen unos novios. +No s qu diablos habrn andado en esto, pero los dos son otros, +completamente. + +Aresti sonrea. + +--Entonces--pregunt--la casa de mi primo ser un nido de amor? + +--Hombre, yo te dir--repuso el capitn con cierta vacilacin.--Me gusta +que estn as, tan amartelados, pero no me place todo lo que all veo. +Por ejemplo, tienes todas horas metido en el hotel al fantasmn de +Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doa +Cristina no hace nada sin consultrselo. Adems, te acuerdas de +Nicanora, el _aa_? Pues la han enviado su pueblo con todo lo +necesario para comprarse unos terruos y un par de vacas. Me han dicho +que la ech doa Cristina, despus de una escena algo fuerte... Pepita +parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero +la mam los aproxima, y ya vers como esto acaba en boda. Ese cachorro +de Deusto tal vez sea mi jefe. Cristo! Y para esto me expuse que me +rompieran la cabeza cuando al sitio!... + +--Y Pepe qu dice?... + +--Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y todo lo que ordena +su mujer contesta que s con la cabeza. Por dentro tal vez pensar otras +cosas, pero no se atreve contradecir su Cristina, darla un +disgusto, metiendo en cintura ese atrevidillo... Yo creo que debas ir + verle. + +--Yo?... No me ha llamado. Adems, no me tienta ese cuadro de familia: +all no hago yo falta. + +--S, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta +por t. No te llama... qu s yo por qu? Tal vez por no contrariar +su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta +de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el _Capi_ es muy franco. +All no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola +ha metido en la casa un mdico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa +en t. Ve verlo y le dars un alegrn. Valiente cosa te importa la +mala cara que pueda hacerte tu parienta!... + +Aresti pareci encabritarse oyendo esto. Conque tenan su primo en +una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban otro +mdico como si l hubiese muerto?... Pues all se iba al instante. +Senta curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al +mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondran aquellas +gentes ante su presencia inesperada. Caera en Las Arenas como una +bomba. Je, je, je! Y riendo se despidi del capitn, para subir en el +tranva. + +Cuando media tarde entr en el hotel de Snchez Morueta, encontr en +un saln su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola. + +Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oy un rumor de +voces, hablando con apresuramiento, y despus un ruido de pasos y de +faldas en fuga. + +--No quiero verle!--grit una voz sofocada que el mdico crey +reconocer. + +Al entrar en la habitacin not algo que denunciaba aquella fuga +misteriosa. El gesto con que le recibi su prima, le di entender lo +inoportuno de su llegada. + +El doctor pens que las que haban huido para evitarse su presencia eran +las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su +mujer. + +La entrevista fu glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el +menor esfuerzo por disimular la antipata que le inspiraba el mdico. +Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeosa. A qu se presentaba +all? Quin le haba llamado? Doa Cristina se senta ahora duea +absoluta del suelo que pisaba. Ella un lado con los suyos, y el mdico + otro. Era un extrao odioso: la sangre de nada vala cuando las almas +se separaban para siempre. + +Pero el doctor despreci esta hostilidad. Hablaba como si no se diera +cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto +asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un +aparecido. + +Aresti quiso ver Morueta, y doa Cristina mir con inquietud una +puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase pasarla. + +--No s si podrs verle--dijo con los labios apretados.--Est delicado: +no gusta de recibir visitas. + +--Bah! Los mdicos entramos donde hay enfermos... + +Y sin esperar el permiso de la seora, psose de pie y se dirigi la +puerta que comunicaba el saln con el despacho del millonario. + +Al levantarse el tapiz, Snchez Morueta di un grito de alegra, +reconociendo su primo. + +--Luis! Luisito!... + +Y le tendi las manos sin abandonar el silln. Aresti le abraz. +Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Haba adelgazado +mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tena hundidos, y en su +rostro enjuto se marcaban los pmulos con agudas aristas, pareciendo la +nariz ms grande y pesada. + +Estaba leyendo un pequeo libro, y pasado el primer momento de expansin +se apresur ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que +Aresti leyera la cubierta del volumen. + +Doa Cristina sigui al mdico, quedando de pie cerca de los dos +hombres, con ceo imponente, vigilando sus expansiones fraternales. + +Aresti se haca explicar todos los sntomas de la enfermedad. Conoca +aquello: no era ms que un trastorno moral que se reflejaba en el +organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba. + +--Un trastorno moral! Eso es--dijo la seora con voz spera.--Siempre +que hablases con tanta verdad. Pepe viva demasiado... agitado. Por +fortuna, est en buenas manos y curar. La calma y la dulzura ya sabe l +cmo se adquieren. + +Y continuacin, para cortar la entrevista, record su marido la +conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo. + +--Pero, si es Luis!--dijo el gigantn sin atreverse mirar su +esposa.--Si con este tengo el mayor gusto en hablar! Si deseaba mucho +que viniese!... Ya ves, es el ltimo que queda de mi familia. Somos como +hermanos. + +Y su acento humilde pareca excusarse de este cario, pedir perdn la +esposa por un afecto superior su voluntad. Se notaba en l la +abdicacin del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta +y teme cada momento que le recuerde su pasado. + +Apareci Pepita en la puerta haciendo seas misteriosas su madre y +sta la sigui fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de +Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y queran despedirse de +las seoras. + +Al quedar solos los dos hombres, el medic se aproximo su primo. Les +dejaran solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera +situacin del millonario. Cmo viva en su casa? Era feliz?... + +Snchez Morueta slo supo hablar de su mujer. + +--Es un ngel... un verdadero ngel. Debas ver cmo me cuida, de qu +cario me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es ms que +deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro +hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que +descansa despus de una marcha forzada; no me atrevo moverme. + +Pero, pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la +fragilidad de aquella paz que le envolva, y temiese romperla con el ms +leve movimiento. + +--Y _aquello_?--pregunt misteriosamente el doctor.--Se olvid ya por +completo?... + +El hombrn palideci como si despertase junto un peligro hizo un +movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las +palabras de su primo. No deba recordarle _aquello_: le causaba +vergenza y repugnancia. + +Ya no pudieron hablar ms. Entr doa Cristina, pero esta vez seguida de +su hija y Urquiola. Despus de despedir las amigas, se trasladaban al +despacho para sentarse en torno de Snchez Morueta, interponindose +entre l y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos +primos. + +Deba ser esta irrupcin obra de doa Cristina, dispuesta hacer +comprender rudamente al mdico su deseo de cerrarle para siempre las +puertas de la casa. Aresti vea los ojos de los tres, fijos en l, como +si le dijeran: Qu haces aqu? Vete: t no eres de los nuestros. + +El millonario acoga con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban + l, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba su primo con +satisfaccin. Cmo le queran! eh? Cmo sentan la necesidad de no +dejarlo solo, resarcindole de la antigua frialdad! Oh, la familia!... + +Hasta Urquiola alcanzaba su gratitud. No poda permanecer indiferente +con aquel muchachn que le llamaba to boca llena, extendiendo l su +lejano parentesco con la seora. Adems le protega en sus deseos de +enfermo. Cuando doa Cristina, atendiendo las indicaciones del mdico, +le ocultaba los cigarros, Urquiola buscbalos, y, echando broma la +prohibicin, obsequiaba al to. + +Aresti sonrea ante la solicitud de aclito respetuoso con que mimaba +Snchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que +le ofreca una cerilla, apenas se apagaba entre sus dbiles dedos el +cigarro con que le haba alegrado poco antes. + +Doa Cristina miraba al joven, que pareca indeciso, no sabiendo cmo +iniciar la realizacin de algo que haba prometido. Al fijarse Urquiola +en el libro que asomaba un bolsillo del millonario, habl del mrito +de la obra. + +--Le gusta usted, to? Verdad que es muy _profunda_? Pues el segundo +tomo todava es mejor. + +Y antes de que el to pudiera contestar, Urquiola se dirigi Aresti, +como si slo por l hubiese hablado del libro. Era una de las obras ms +notables que se haban publicado en el siglo: las _Respuestas las +objeciones ms comunes contra la religin_ del Padre Segundo Franco, un +jesuta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por +tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa +ciencia, que no es ms que soberbia, sus embustes contra la Inquisicin +y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como +crmenes. Al que lo lea no le quedaba otro remedio que convertirse. +Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus pginas, +con esa fuerza de razonamiento que slo poseen los Padres de la +Compaa. El que an estaba en el error era porque no conoca el libro. + +--Usted deba leerlo, doctor--dijo con impertinencia el abogado de +Deusto. + +Aresti conoca la obra. Recordaba haber hojeado, cuando viva en casa de +las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se +probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier +vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irrit: + +--Joven--dijo con gravedad desdeosa,--hace muchos aos que leo lo que +mejor me parece, sin necesidad de consejero. + +Snchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su +primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro. + +Pasaron en silencio un largo rato. Doa Cristina y su sobrino seguan +mirndose. Parecan dispuestos hostilizar al doctor, exasperarle, +buscando un rompimiento para que no volviese ms a la casa. La seora +animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusin con el +mdico. + +Urquiola habl de la gran peregrinacin la Virgen de Begoa, que +preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de +Septiembre. Mucho haba costado de organizar, pero sera una fiesta tan +hermosa como la de la Coronacin; un alarde de la Vizcaya religiosa y +honrada que quera ser libre y volver sus antiguos tiempos de +grandeza. + +Aresti se haba impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus +enemigos; pero senta agitarse su carcter batallador y rebelde ante el +abogado, cuyas palabras le irritaban. + +--Y qu tiempos fueron esos?--pregunt irnicamente. + +Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella +oratoria ruidosa que tantos xitos le haba valido en los ejercicios +literarios de Deusto, acometi impetuosamente. Pareca imposible que un +vizcano hiciese tal pregunta! Qu tiempos haban de ser? Los del +Seoro; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los +_Jaunes_ prudentes y valerosos; cuando la mala peste del _maketismo_ no +haba an invadido la santa tierra del rbol de Guernica; cuando los +vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacan morder el polvo +los espaoles, del mismo modo que siglos despus, en nuestra poca, sus +descendientes haban derrotado los _guiris_ y los _ches_ de pantalones +rojos que enviaba Espaa para acabar con los ltimos restos de sus +libertades. + +Aresti sonri con desprecio. Ya haban salido Padura y las otras dos +batallas contra los castellanos! Dichoso pas aquel, tan falto de +historia que tena que inventarla, dando la importancia de glorias +nacionales tres miserables combates de horda, all en los tiempos de +Mari-Castaa; tres contiendas peazos, golpes de cachiporra y de +hacha, un poco mayores nada ms que cualquier ria de romera. + +--No: Vizcaya no tiene apenas historia--continu el doctor,--y por esto +posee la energa de los pueblos jvenes. Su grandeza empieza ahora; slo +que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y est +en la ra, en el puerto, en las ruinas y las fbricas, en los buques que +pasean por todos los mares la bandera de su matrcula, en el esfuerzo +colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para +explotarla. Los vizcanos que en otros tiempos iban en sus barquitos +la pesca de la ballena, valen ms, para m, que todos esos hroes +cabelludos y zafios que en Padura gritaban _sabelian, sabelian sarrtu!_ +avisndose que deban herir con sus chuzos los espaoles en el +vientre. Este es un pas que no ha dado en los tiempos pasados ms que +obispos y marinos. Ahora despuntan los nicos hombres notables que puede +producir esta raza con sus especiales condiciones. Ve usted ah mi +primo que no suea con la gloria histrica, ni se preocupa de lo que +pensarn de l en el porvenir? Pues es el verdadero hroe, el paladn +moderno. Ha hecho l ms por la gloria de Vizcaya con sus empresas +industriales, que todos aquellos _Jaunes_, sucios, barbudos y llenos de +costras. + +Urquiola call, desconcertado ante este elogio su querido to, +temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado +la gloria de su nombre. Pero doa Cristina vino en su auxilio para que +la discusin no quedase ahogada. + +--No te esfuerces, Fermn. Al doctor le importan poco las santas +tradiciones de Vizcaya. Lo que l le molesta es ver todo un pueblo +rendir homenaje nuestra santa Patrona, en la que l no cree. + +Aresti se encogi de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas +fiestas: eran para l espectculos curiosos, en los que estudiaba el +afn por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que +experimentan la debilidad y la ignorancia. l daba su verdadero valor +la manifestacin del prximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella +lo de menos. La gran masa inconsciente subira al monte Artagn, con el +deseo egosta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la +direccin la llevaran los que soaban con la independencia vasca, y los +jesutas, que insistan en sus alardes, temiendo la propaganda social de +las minas y el espritu antirreligioso de los trabajadores de la villa. + +Al or mentar los jesutas, Urquiola di un respingo en su asiento. +Ahora se senta en terreno fuerte: era como si atacasen su familia. Y +mir las dos mujeres, como invitndolas que presenciasen el gran +vapuleo que iba dar al impo... Qu tena que decir de los jesutas? +Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por +dirigir las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San +Ignacio, haban contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la +revolucin religiosa, prestando los pueblos latinos la gran merced de +evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que +mantenan en toda su pureza el catolicismo. Y sabios?... l mismo +conoca en Deusto un Padre que hablaba cinco idiomas... + +Aresti le interrumpi: + +--Yo conozco empleados de hoteles que poseen ms lenguas y sin embargo, +el mundo ingrato no ensalza su sabidura. + +Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese +caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. l estaba all como +apstol: quera aplastar al impo, de cuya ciencia hablaban con respeto +muchos tontos. Y continu su apologa del jesuitismo, hablando de su +fundacin, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya +conoca l todas las calumnias lanzadas contra la orden. Mentiras de la +masonera, que temblaba de clera y miedo ante los hijos de San Ignacio! +Se hablaba de la rapacidad de los jesutas, de su codicia, de su afn +por atesorar dinero. Embustes de los impos y de ciertas rdenes +religiosas, rodas por la envidia, que no reparaban que al herir los +ignacianos socavaban el ms fuerte cimiento del catolicismo. A ver! +dnde estaban esos tesoros? Quin los haba visto?... Y aunque los +tuvieran, qu? Como deca muy bien un Padre de la Compaa en uno de +sus libros, el mundo nada perda con que fuesen ricos, pues dedicaban +su dinero la instruccin levantando Colegios y Universidades. Tambin +les echaban en cara el que slo buscasen el trato con los ricos y los +poderosos, educando nicamente los jvenes de nacimiento distinguido. +Y qu se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impos; +hasta en el cielo hay jerarquas y los Padres se dedicaban al cultivo de +los de arriba, de los que por su nacimiento su fortuna estaban +destinados ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no +podan evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo. +Agarrndose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando +los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenan el espritu +religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los +magistrados, los militares, afirmando el porvenir ms slidamente que si +buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto dejarse +engaar por absurdas propagandas... + +Ah, el populacho! Con qu asco hablaba Urquiola de la masa sin +voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida +ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebao, que en los +conflictos de la miseria se revolva contra los sacerdotes y +especialmente contra los jesutas. Si surga una huelga, apedreaban los +conventos de la Orden; si al ir en manifestacin por la calle vean un +cura, lo silbaban y lo perseguan; en sus mitins, cuando queran +insultar uno de sus opresores, le llamaban jesuta. Qu dao podan +hacer los Padres toda aquella gente que peda aumento de jornal +menos horas de trabajo? No tenan minas ni fbricas, no eran dueos de +empresas industriales, no explotaban al trabajador, por qu, pues, iban +contra ellos? No era natural que dejasen en paz los sacerdotes y se +lanzaran nicamente contra los ricos? A qu mezclar la religin en las +cuestiones del trabajo?... + +Y el abogado miraba Aresti con superioridad, seguro de haberle +aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que, +por defender sus maestros, atacaba Snchez Morueta. + +El doctor sentase irritado por el aire de triunfador que tomaba el +joven ante las dos mujeres, las cuales parecan admiradas de sus +palabras. Arroj de su nimo todo escrpulo de prudencia, sinti el +deseo de escandalizar su devota prima, de exponer sus ideas sin +consideracin alguna, cerrndose para siempre las puertas de aquella +casa. Le queran echar, pero l se ira antes!... Y habl con una +calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su +pensamiento. + +A l no le extraaba que el ejrcito de la miseria, en sus protestas y +rebeldas, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, pesar de que +stos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los +directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma la clase +superior; la moldeaban su gusto. Los tiros de los desesperados, no +iban, pues, mal dirigidos. Parecan en el primer momento caprichosos y +locos, errando la ventura, pero en realidad heran al verdadero +enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de +la desesperacin dnde estaba la causa de sus males. La sociedad tena +por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos poda ser +oportuna, pero que haba fracasado al contacto de la vida moderna. + +El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de +modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el +cristiano no da importancia una sociedad por la que pasa +transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su +verdadera vida est ms all de la muerte. Veinte siglos lleva de +experiencia la moral cristiana y ha dado de s todo lo que tiene dentro. +Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la +tierra, dejndola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los +oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida +que nadie ha visto, encontrarn satisfaccin sus dolores. Su nica +frmula clara es la de la fraternidad universal; ama tu prjimo como + t mismo, y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte, +declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que +nicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la +tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el +ser diablico al que hay que perseguir y exterminar. + +Urquiola y doa Cristina se miraban escandalizados. + +--Y la caridad?--grit el abogado. Y la sublime caridad de la moral +cristiana? + +--La caridad!--contest el mdico sonriendo con sarcasmo.--Es el medio +de sostener la pobreza, de fomentarla, hacindola eterna. Los +desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el +buscarla mientras pueden, viendo en ella una institucin degradante, que +perpeta su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral +cristiana. + +Recordaba la maldicin de Jess los ricos, su promesa de que les sera +ms difcil entrar en los cielos que un camello por el agujero de una +aguja. Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo Jess, reclamaban +el peligro de ser ricos: todos se exponan sin miedo alguno las llamas +del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin +excepcin, deseaban ejercer la caridad, tomndolo todo para s, y no +dando ms que aquello que juzgaban innecesario que no podan guardar. +La caridad no influa para nada en el progreso de los humanos: antes +bien, era un obstculo. No suprima la esclavitud, no trocaba las formas +de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la divisin de +los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se +equivocaban al odiar una religin que exige al miserable que se resigne +con su suerte y no reclama de los ricos ms que una caridad de la que +ellos son los nicos jueces, pudiendo graduarla conforme su egosmo. +Los desesperados vean que, as como amenguaba la fe abajo, era arriba, +entre los ricos, donde la religin encontraba sus defensores, pesar de +que su Dios los haba maldecido. + +Los privilegiados empleaban la religin como un escudo. Nada de esperar +en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y haba que +ir la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo poda ser +feliz en su miseria con la esperanza del paraso despus de la muerte; +dulce ilusin, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia +le quieren arrebatar... + +As se expresaban los que tenan inters en que continuase en la tierra +todo lo mismo, la sombra protectora de las creencias. Cmo no haban +de indignarse los infelices contra una religin que les cerraba el +camino de la justicia y el bienestar aqu abajo, para no darles ms que +la quimrica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden +sobornar con ddivas los sacerdotes? + +El cristianismo haba engaado al pobre, mantenindolo en su triste +estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el +carcelero espiritual que sostena durante veinte siglos el extremo de su +cadena. Ya que haba llegado el instante de la revuelta sus y l!... +Era el enemigo secular; los dems haban crecido su amparo... El odio + toda religin era instintivo all donde las masas obreras despertaban. +Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie +de funcionario invisible de la burguesa, al que retribuan los ricos +sus buenos servicios, levantndole viviendas, derramando el dinero +manos llenas entre los que se llamaban sus representantes... + +Doa Cristina abanicbase furiosamente las mejillas enrojecidas. Qu +horrores iba soltando aquella voz suave irnica que pareca +acariciarla con profundos araazos?... Ahora se arrepenta de haber +provocado al impo y haca seas Urquiola para que no le contestase. +Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de all empujado +por la sorda y desdeosa hostilidad de todos. Pero el discpulo de +Deusto tema aparecer vencido los ojos de Pepita, interrumpa al +doctor con exclamaciones burlonas con gestos escandalizados. Est +loco: este hombre est loco. Aprovechando una pausa de Aresti, _coloc_ +la objecin que tena preparada. Criticar era fcil. Pero ya que el +doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, deba decir cul +era la suya. + +Aresti sonri, mirando con lstima al joven. Era posible que no lo +entendiese: aquellas cosas no las enseaban en Deusto. Adems, una moral +con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche la maana como un +sermn de los padres de la Compaa. Bastante haba hecho el +pensamiento moderno en menos de un siglo; y an estaba en la primera +etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun as, su moral, una moral +para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo +de los humanos, tena forma. + +--Yo--dijo Aresti con sencillez--adoro la Justicia Social como fin y +creo en la Ciencia como medio. + +Urquiola rompi rer con una carcajada insolente. La ciencia! La +moderna ciencia de los revolucionarios y los impos! Ya saba l lo que +era aquello. Y la defina con arreglo al libro de un Padre famoso de la +Compaa. Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo _no_ +donde el catecismo dice _s_ y _s_ donde dice _no_, se tiene hecha y +derecha toda la pretendida ciencia moderna. Urquiola se pavoneaba con +esta definicin que converta el catecismo en centro de todos los +pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los +grandes hombres de la historia. Doa Cristina, creyendo que esta +definicin tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento. + +Pero el abogado no se fij en esta admiracin, enardecido por la +proximidad de su triunfo. All quera l al doctor, Conque la ciencia +poda servir de medio instrumento la moral?... En Deusto, aunque +Aresti no lo creyera, tambin les enseaban algo de la ciencia moderna. +Levantaban nada ms que una punta del velo que ocultaba este cmulo de +impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas. +l conoca un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero +materialismo, incompatible con todo ideal, instrumento de toda +desmoralizacin. + +El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba +al alma: nada del Dios omnipotente que haba formado el mundo: nada de +existencia espiritual despus de perecer la materia. Esta vida slo +tena por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de +podredumbre: polvo: nada. Como no exista otra vida, no existan +castigos y todos podan hacer lo que mejor placiera sus instintos, sin +miedo la clera de Dios. La bestia libre y sin sancin alguna! Ya que +no haba que temer los castigos, para qu renunciar la satisfaccin +de los apetitos? Por qu imponerse privaciones respetando los +semejantes?... A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que +contenan sus pasiones por la esperanza del cielo el miedo al +infierno! Los fuertes deben aplastar los dbiles: los dbiles deben +apelar la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie +hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigir cuentas cuando volvamos + confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el +crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea +posible, sin escrpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas. + +--Es esta su moral, doctor--preguntaba irnicamente el abogado.--No es +esto lo que se desprende de la ciencia moderna?... + +Las dos mujeres mostraban su admiracin por Urquiola con miradas de +lstima al mdico. Hasta Snchez Morueta, que permaneca con la cabeza +baja, como molestado por una polmica cuya intencin adivinaba, levant +los ojos fijndolos con cierta extraeza en el abogado. Aquel muchacho +no se expresaba mal. Ya no le crea tan necio, y pensaba si su mujer +tendra razn al elogiar sus cualidades. + +Aresti acogi la sarcstica descripcin de aquella sociedad sin Dios, +con rostro impasible. Si la religin era un freno para los apetitos y +las violencias por qu la criminalidad era ms frecuente en los pueblos +atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? Cmo era +que los mayores crmenes de la historia haban coincidido con los +perodos en que el entusiasmo religioso era ms ardiente? + +El mdico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de +moralidad y el crimen slo son resultados de la incultura de una +regresin parcial del cerebro. Adems, de dnde sacaba Urquiola que +porque no existiese una sancin divina para la moral, porque el hombre +no sintiera el temor los castigos eternos, se haba de entregar la +violencia atropellando sus semejantes? El hombre de mentalidad +desarrollada, saba que aunque condenado por la naturaleza +desaparecer, no por esto desaparecera la humanidad de la que forma +parte. Slo el ser inculto y brutal, con el egosmo de la ignorancia +poda incurrir en tales crmenes. Slo podan pensar as los pobres de +inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los +que no ven en el mundo nada ms all de su propia individualidad +egosta; los que slo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la +vida eterna, y s hacen algn bien es con la idea de que giran una letra +sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo. + +Quedaban an muchos seres de una mentalidad limitada, semejante la de +los hombres primitivos, que slo se preocupaban de sus personas , +cuando ms, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si +su individualidad fuese el centro del universo, no interesndole ms que +lo que ve y lo que toca. Esos, en su egosmo, tienen tal concepto de la +importancia de su persona, que necesitan que sta se perpete despus de +la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos +inventados por las religiones. + +El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la +humanidad tanto ms que de la de su individuo. Sabe que es un +componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga +su especie, est seguro de que su pensamiento vivir an despus de +haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus +sentidos. Tiene la inteligencia ms desarrollada que los rganos +animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no +duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la +necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena accin. +En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste +(deseo egosta que ningn beneficio proporciona los dems), desea +sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando sta la parte +de bienestar felicidad que puede contribuir con el trabajo de su +vida. Qu moral ms generosa?... El ensueo individual y egosta de un +cielo falso intil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal +colectivo, que est de acuerdo con su razn y le procura las ms altas +satisfacciones morales. + +--Hacer el bien los semejantes--continu Aresti--sin esperanza de +recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impos modernos, los +hombres del _materialismo_, es ser ms idealista que el devoto que +compra su parte de paraso con oraciones que no remedian ningn mal de +la tierra. + +El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las +religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se +desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. Cmo poner al mismo +nivel al egosta crdulo que con unos cuantos sacrificios y +mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegra en el cielo, y +al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni +en el agradecimiento de divinos fantasmas, nicamente por la alegra de +socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos +los que tripulan el barco errante de la Tierra!... As haban procedido +siempre los grandes mrtires y los genios. Era la moral de los hroes de +la humanidad: en otros siglos se haba mostrado aislada, pero ahora iba +generalizndose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmacin de +la conciencia colectiva. + +Doa Cristina y su hija miraban con extraeza al doctor sin hacer el +menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello +eran _filosofas alemanas_, monsergas confusas que haban inventado los +impos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en +Dios y seguir lo que la Iglesia ensea. Ay, si estuviera presente el +Padre Paul, que tan soberanas palizas soltaba desde el plpito los +_filsofos_!... + +Urquiola ocult con una sonrisa de superioridad desdeosa la turbacin y +desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello +no le haban hablado en Deusto ni una palabra, y colrico por lo que +consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos +electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de +Snchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestin +personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral +cristiana, hubiese atizado unos cuantos puetazos al impo, luciendo +ante las seoras sus energas de apstol. + +Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no poda callarse. El sofisma +religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin ms consuelo que la +esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las +inteligencias modernas. La moral no consista, como la proclamaba el +cristianismo, en achicarse, en recogerse en s mismo, en amputar los +naturales instintos, en hacerse pequeo para pasar por el camino +estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en +amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egosmo de un +individuo, sino la comunin con las aspiraciones colectivas de la +humanidad. El hombre moderno no deba perder el tiempo preguntndose +sobre el origen del mal si la naturaleza est corrompida por el +pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastbale +saber que la naturaleza, buena mala, se modifica transforma por el +trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo +y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como nico gua el +esfuerzo continuo hacia el mejoramiento. + +El hombre estaba condenado hacerlo todo por s mismo, sin la esperanza +de fantsticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser +hombre era glorioso y duro. Slo poda contar con un apoyo: la Ciencia. +El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolucin +incesante de las sociedades, modificaban la concepcin de la vida y de +sus fines. El hombre moderno, valindose de la crtica, tena una idea +justa de los lmites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de +humildad. No pretenda conocer lo absoluto ni el origen de las cosas. +Pero es que las religiones las conocan tampoco? Eran racionales las +explicaciones de los que crean en una Providencia amparadora de la +injusticia, y en un plan de creacin ideado por unos hebreos nmadas +ignorantes? + +En cambio, el hombre conoca mejor, gracias la ciencia, el mundo que +le rodeaba. Si no saba la causa primera de muchos fenmenos, haba +descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser +siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la +tena sus rdenes, hacindola trabajar para su comodidad y sustento. +Ante l se abatan obstculos que parecan eternos: la mecnica +aprovechaba las fuerzas naturales; modificbase la faz de la Tierra: +suprimase el espacio al acortar las distancias, y el planeta pareca +empequeecerse, hacindose cada vez ms confortable, como una habitacin +dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus +necesidades. + +El hombre ya no quera fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios, +el fantasma bondadoso terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco +poda tolerar la moral cristiana, basada en la resignacin y en la +abstencin. Esta moral no era ms que un arte de mutilar la vida bajo el +pretexto de guardar sus formas ms altas, sea las espirituales. + +--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--deca el +mdico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna +la compaa de los hombres, sabiendo que no existen los ngeles, y los +acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto +y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y +hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No +mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la +realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que +salva el alma, empua los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha, +suda en su eterna batalla con el sueo por transformarlo y embellecerlo, +pensando que las fatigas del presente sern buenas obras para la +humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son, +como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de ncar, cruzadas +sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan Dios. + +Snchez Morueta contemplaba con admiracin su primo. Ah; su Luis! +Que hombre!... Su pensamiento tmido y fluctuante sentase arrastrado +por las palabras del mdico. Le entusiasmaba aquella apologa de la +actividad universal. l era un sacerdote privilegiado y feliz del +trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban +contra l, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfaca que +la ensalzasen. + +La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su +sobrino, el cual no poda asir muchas de las ideas del doctor. Con su +instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversacin, +queriendo auxiliar Urquiola. + +--No entiendo esa moral--dijo Aresti con voz ruda.--Nada me importa: +esa queda para... sabios como t. Nosotros, los brutos, nos contentamos +con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz la +humanidad, por qu no te acuerdas de la pobre de tu mujer?... + +Y hablaba con sorda clera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba +al visitarla, recordando el pasado. Se vea en una situacin difcil, ni +soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultndolo casi, para +que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separacin. Y +doa Cristina se indignaba al decir esto. Qu haba de ser ella! Tan +buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ngel... + +--A eso conduce vuestra moral--aadi con dureza.--A hacer infeliz una +pobre criatura, buena como una santa. + +Aresti call. Pareca atolondrado por la injusticia del ataque. l, +convertido en verdugo de un ngel! Y aquel ngel era su mujer, y +Cristina le echaba en cara su crimen despus de haber visto la aspereza +humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefiri acoger en +silencio el ataque, sin ms protesta que un encogimiento de hombros. + +Pero la de Snchez Morueta no quera verle as. Una voz lanzada, senta +un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento +ruidoso y que no volviese. + +--Ya que no crees en nada de la religin--dijo tras una larga pausa, con +una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creers en Jess... Qu es +para t nuestro divino redentor? + +Con qu alegra habl Aresti, lentamente, con voz suave incisiva, +como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos +ojos azules que le miraban con desprecio!... + +--Jess?... Fu un gran poeta de la poesa moral. Yo amo su recuerdo +con la ternura de la compasin, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su +sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicndolas y +practicndolas al revs. Su asesinato fu una conspiracin de las +autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos +que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo. + +Doa Cristina psose de pie con nervioso impulso. Haba escuchado las +explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta +calma, pesar de que adivinaba ataques al cielo y Dios. Pero esto de +ahora iba contra Jess; y la indignaba, ms an que si hubiesen negado +su existencia, aquello de llamarle poeta. El hijo de Dios un poeta! +Para una millonaria era este el ms refinado de los insultos. + +--Has odo, Pepe?--grit mirando su esposo.--Y t consientes estas +atrocidades en tu casa? + +Los ojos tmidos de Snchez Morueta iban de su mujer su primo, como +asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque. + +--Me voy--sigui gritando doa Cristina al ver la indecisin de su +esposo.--No quiero escuchar ms este hombre. + +Y dirigindose Pepita, aadi: + +--Nia, vmonos. Bastantes atrocidades has odo. Dale gracias tu +padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles. + +Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levant, dudando un +momento entre seguirlas acometer al doctor. Aquel era el momento de +presentarse como un paladn de la fe, de hacer la cuestin personal en +nombre de Jess y que se tragara el mdico puetazos aquello de +poeta, que no le indignaba l menos que doa Cristina. Pero le +inspiraba gran respeto la presencia del millonario, tema disgustar _al +to_ y acab por marcharse en busca de las seoras. + +Quedaron largo rato Aresti y Snchez Morueta, con la cabeza baja, como +anonadados por el incidente. El doctor fu el primero en romper el +silencio. + +--Pepe, adis--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo +una mano su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer y t consientes +eso? Al fin es tu esposa y con ella has de vivir. + +--No te vayas as!--exclam el millonario con ansiedad.--De seguro que +ests enfadado; adivino que no vas volver. No rias conmigo: Cristina +es as, y qu voy yo hacerla? T mismo lo has dicho. La familia... la +paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y +las mujeres hay que respetrselas. La verdad es que t tambin has +estado fuertecito... + +--Adis, Pepe--volvi repetir el mdico, abandonando aquella manaza +que ahora caa dbil y sin voluntad.--Que seas muy feliz. + +--Pero nos veremos, eh? Vendrs verme al escritorio?... Esto pasar: +ya sabes que otras veces tambin habis regaado... + +--Adis, adis. + +Y el doctor Aresti, sin escuchar su primo, que le segua formulando +excusas, sali de all, con la conviccin de que dejaba muerto sus +espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco +fraternal y perda lo ltimo que le restaba de su familia. + + + + +IX + + +A mediados de Agosto se inici una agitacin de protesta entre los +obreros de las minas. + +Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor +Aresti, hablaban de los sntomas de rebelin en las aldeas de la cuenca +minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas, +afirmando que los capataces eran los verdaderos dueos, y que el obrero +que no se surta de vveres en ellas era despedido del trabajo. En +Pucheta, que era donde vivan los ms levantiscos, haban ido +navajazos un da de paga, por negarse dos trabajadores satisfacer su +deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un +gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistiran todos los +mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su +peticin en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la +msica los domingos, hablaran los amigos del pueblo, aquellos obreros +de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban la +propaganda de las doctrinas socialistas y la organizacin de las +fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebelda, los +representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayora +taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de +las teoras revolucionarias. + +El _Milord_, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de +los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en +la faja, y los que no se atrevan maltratar los peones por miedo +sus venganzas de gato, le infundan mucho miedo. Ellos eran la +vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo los hombres +con sus audacias, hacindolos ir ms all de lo que se proponan. +Algunas veces haban osado apedrear de lejos la guardia civil, cuando +en vsperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la +montaa. Ahora, el _Milord_ hablaba con terror de frecuentes robos de +dinamita en los depsitos de las canteras. Los cartuchos deban +ocultarlos los pinches en previsin de lo que ocurriera. Buena se iba +armar!... + +Al atrevimiento de los muchachos haba que aadir la clera estrepitosa +de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de +los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda +circulacin de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ra, +y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques +inactivos esperando una carga que no llegara nunca. + +--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de +Inglaterra.--Esto va ser la muerte de las minas. + +Para darse cuenta de lo crtico de la situacin, bastaba ver que los +peones gallegos tomaban el tren y se iban su pas. Aquellos hombres +eran capaces de rebelarse por su inters personal, pero apenas +presentan protestas colectivas, escapaban asustados hacia su pas. Las +huelgas les olan poltica, algo peligroso en que no deban +mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los +compaeros, deslizbanse prudentemente hacia su tierra, con el propsito +de volver cuando todo pasase, aprovechndose entonces de las ventajas +que los otros pudieran conseguir. + +--Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al _Milord_ y otros +contratistas.--No es justo lo que piden? Qu menos pueden reclamar que +el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?... + +Los contratistas torcan el gesto, excusndose en la inercia de las +costumbres. Eran los seores de la villa, los mineros ricos, las +empresas extranjeras, los que deban dar el ejemplo. Ellos lo antiguo +se atenan. Adems, el miedo la huelga no causaba gran impresin en el +fondo de su nimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco +perderan; el mineral no iba desaparecer en las canteras; aguardara +que fuesen arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro. +Tenan para vivir, y se rendiran antes que ellos los que necesitaban +el jornal para no morirse de hambre. + +El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor +del rebao rebelde. No haba religin, cada vez se entibiaba ms la fe, +y as andaba todo de perdido. La propaganda diablica de los obreros de +Bilbao haba llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaa. + +--Ya mueren aqu las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen +perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al +cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de +badulaques que se pirran por molestar la Iglesia asistiendo eso que +llaman actos civiles. Seores... entierros civiles en las +Encartaciones! Quin poda figurarse que veramos esto?... + +Y el cura insista en lo de los entierros, como si de todos los actos de +hostilidad indiferencia para la religin, fuese este el ms +escandaloso y que ms profundamente hera su pudor de sacerdote. + +A pesar de la agitacin obrera, los amigos de Aresti sentanse atrados +por otro asunto, del que hablaban con gran inters en sus francachelas +nocturnas. + +Exista pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos +los notables de Gallarta. El _Chiquito de Cirvana_, el barrenador +famoso, haba recibido una especie de reto de un desconocido de +Guipzcoa, para que midiese sus fuerzas con l. El encuentro deba +verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de +all hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no +fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentndose en Azpeitia +al lado de su barrenador. + +Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. Vaya si iran! Y +menuda paliza les aguardaba los guipuzcoanos pretenciosos! Atreverse +con el _Chiquito de Cirvana_, que era la gloria ms grande de las +Encartaciones! Miles de duros apostaran ellos contra las pesetas que +pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipzcoa, que vivan del miserable +cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los +detalles de la apuesta, con arreglo lo convenido por cartas y hasta +por mensajeros, con los lejanos enemigos. El prximo domingo sera la +lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el nmero de perforaciones +que los dos barrenadores haran en la piedra y la duracin de la +apuesta. + +Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar ms que +en este desafo de destreza y vigor. Era la apuesta ms famosa de +cuantas haban concertado aquellos hombres, en su afn de arriesgar al +dinero que con tanta facilidad llegaba sus manos. + +En esta lucha se interesaba el espritu de clase y el patriotismo. +Vizcanos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra +aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las +canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos +artistas. + +Al aproximarse el da de la lucha, mostraban los contratistas los fajos +de billetes de Banco, con los que haban de anonadar los _pobres +cuitados_ de Guipzcoa. El _Chiquito de Cirvana_ era vigilado y mimado +como si fuese una tiple hermosa. No iba las minas, y acompaaba por +las noches los contratistas, preocupndose todos ellos de lo que coma +y beba. + +--Cmo va ese valor?--le preguntaban tentndole los brazos duros y +elsticos, que parecan de acero, pasndole las manos por el pecho con +una suavidad casi femenil, golpendole el trax y complacindose en su +resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el _Chiquito_ se dejaba +agasajar con sonrisa de dolo, irguiendo su pequeo cuerpo de msculos +recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle +el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume. + +Ganara, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa +victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacan beber champagne, mucho +_Cordn Rouge_, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su +superioridad sobre aquel rival que slo conocera la dulzona _sangarda_ +de sus montaas. + +Los contratistas obligaron al doctor Aresti que les acompaase +Azpeitia. Ellos no gozaran la victoria por completo de no presenciarla +su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos +admiradores rudos y entusiastas, no poda separarse de ellos, acab por +ser de la partida. En fuerza de orles hablar de la apuesta senta +inters por ella. + +Era el nico que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia deba conocer +el trabajo del _Chiquito_. Los de Gallarta, en cambio, no saban quin +era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba +el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su +barrenador. + +Aquello pareca una encerrona: haba que ser prudentes. Pero los amigos +del doctor le contestaban con risas. Dejarse vencer el _Chiquito_?... Y +como prueba de su confianza, enseaban de nuevo los fajos de billetes. +Ms de cincuenta mil duros iban apostar entre todos, si es que los de +Azpeitia tenan redaos para hacerles cara. Haba que correrles, +echndoles el dinero las narices; as aprenderan no ir otra vez con +retos los bilbanos de las minas. + +La partida, el domingo al amanecer, fu casi una espedicin triunfal. El +_Chiquito_ haba salido el da antes con varios de sus admiradores para +estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron +despus con el doctor eran los ms respetables, y llevaban con ellos el +convoy de la expedicin, enormes cestos de fiambres encargados los +mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de +cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsin. +Slo en Bilbao se saba comer: lo dems era tierra de salvajes, pas de +pobreza donde mora uno de hambre de asco, aunque fuese persona de las +que _tienen cartera_. + +Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Haba +comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de +caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las +calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas +mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si +fuesen de una raza distinta, los arrogantes mineros, que se llamaban +gritos y se abran paso reclamando el auxilio del alguacil, nica +autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin ms arma que +un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada los cultivos de +escaso rendimiento de la montaa, admiraba los ternos nuevos y lustrosos +de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro +sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de +uas chatas, abrumados por enormes sortijas. + +Eran los forasteros, los ricachos que llegaban la fiesta llevando una +verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba +con fijarse en las miradas que lanzaban las gentes y las casas, con +altivez de magnates que descienden mezclarse en una diversin +campestre. Y entre aquellas mseras gentes estaban los que haban osado +desafiarles?... _Pobres cuitados!_ + +Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos los balcones de +la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en +primera lnea, junto la cuerda que marcaba un gran rectngulo limpio +de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los +juegos. All se hacan las apuestas de ltima hora entre los empujones +de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenan +delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujn +formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba +que se levantase en alto el mimbre alguacilesco que se movieran las +boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al +momento se iniciase un retroceso, quedando inmvil el gento. + +Aresti, desde un balcn, vea cuatro masas obscuras de boinas, +encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros +arrastraban penosamente unas piedras ms grandes que las muelas de un +molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrs de ellos la tierra +profundamente aplastada. + +La alegra de los ejercicios fsicos, el enardecimiento ruidoso de las +fiestas de la tuerza, agitaba al gento. Tiraban los bueyes penosamente, +como si fuese estallar la testuz bajo el yugo, esforzndose entre los +gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por +sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirn, avanzaba +algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se +hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza las +abrumadas bestias. + +Era una diversin de raza primitiva, de pueblo en la infancia que an no +ha llegado la vida del pensamiento y admira la fuerza como la ms +gloriosa manifestacin del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan +con el trabajo fsico, haca del vigor un culto, converta en diversin +los alardes de resistencia de los ms fuertes, admiraba como hroes +los grandes partidores de lea los expertos barrenadores, y para dar +carcter de fiesta todos los esfuerzos del msculo en el diario +trabajo, asociaba sus juegos al buey, manso y sufrido compaero de la +miseria campestre. + +El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo, +recordaba las fiestas griegas, embellecidas al travs de los siglos por +el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos, +de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos +Olmpicos. + +--S; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de +corral y el guila, porque las dos se cubren de plumas. + +Cansado del montono espectculo que ofrecan los bueyes, tirando entre +el clamoreo del gento que no se fatigaba del largo plantn, el doctor +se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas. + +Vea Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincn del territorio +vasco, que slo de lejos rozaba la va frrea, y en el cual parecan +haberse refugiado el espritu y las tradiciones de la raza. Aquella +tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle, +estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de casern-palacio +tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de +aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunan los +comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra, +cuando haba que elegir un nuevo General de la Orden, pareca proyectar +su sombra sobre el valle y las montaas, formando los pobladores su +imagen. + +Aresti vea en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de +San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que +se consideraban como signos caractersticos de una personalidad famosa, +resultaban comunes toda una raza. + +El mdico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenan +las formas ms pronunciadas que las hembras vizcanas, con algo de +voluptuoso y mrbido que haca recordar el ttulo de Andaluca vasca, +que muchos daban Guipzcoa; pero en su mirada haba una expresin +varonil y enrgica que haca pensar en las fanticas heronas de la +Vende. El odio al _guiri_, al espaol de pantalones rojos llegado de +las ms lejanas provincias para expulsar al rey legtimo, pasaba como +una herencia de generacin en generacin. Todos los hombres de edad +madura que ocupaban la plaza haban vestido, seguramente, el capote de +los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montaas, con +su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos. + +Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fbricas de armas, liberal y +poco religiosa, estaba prxima, y, sin embargo, pareca al otro extremo +del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen +infranqueables. + +Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del +Corazn de Jess. Era el nico signo exterior de religiosidad: ni +alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos +donde flaquea la devocin y la verdad divina tropieza con enemigos. En +todo el valle pareca sobrevivir el espritu religioso, tranquilo y +confiado, de la Edad Media, la poca que menos se preocup de la fe, por +lo mismo que an no haban levantado la cabeza la duda y la impiedad. +Mostrarse el espritu de rebelin en una tierra que haba pisado el +bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que slo el +suponerlo hubiera hecho rer a aquella gente taciturna, orgullosa de +haber dado al mundo un santo de fama universal. + +Pasado medio da, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparram +el gento por la poblacin. Lo ms interesante de la fiesta, las luchas +de los _aizkoralaris_ partidores de lea y la apuesta de los +barrenadores, quedaba para la tarde. + +Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando los +del pas con los taponazos del champagne y la exhibicin de las carteras +repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado +desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atradas por la +fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti haba salido a la calle +huyendo de la atmsfera posada del casino, cargada de gritos y nubes de +tabaco. Vea llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas +por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta, +guindola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con +la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre +como un fusil. + +Cerca de la plaza, vi el mdico que la gente se detena ante una +taberna, formando compacto grupo y mirando lo alto. En un balcn +cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina pareca tocar el +alero. En la calle se haba hecho espontneamente un gran silencio, y el +viejo, inmvil y grave, segua su canturria con cierta seriedad +sacerdotal. Cuando termin su ltima estrofa en vascuence, con una +entonacin aguda, todo el concurso prorrumpi en risotadas, que +contrastaban con la gravedad del cantor. Pero an no se haba extinguido +la carcajada del pblico, cuando son una nueva voz ms aguda y +estridente desde el balcn de otra taberna, y Aresti vi un jayn que +cantaba como si contestase al viejo, mientras ste le escuchaba sin +pestaear, preparando mentalmente la contrarrplica. + +El doctor conoca aquellas gentes. Eran los _versolaris_, los +trovadores uscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesa +floreca en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos +campesinos que no saban leer, pero que mostraban cierto ingenio y una +gran facilidad de improvisacin. Sus versos slo tenan de tales las +rimas, con una completa ausencia de sentimiento potico. Lo que la +muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satrico, lo grotesco del +chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de +viva voz, un _versolari_ iniciaba el tema, seguro de que al momento +surgira la contestacin de sus rivales; y as, prolongndose el +razonamiento de unos otros, agarrando cada cual el hilo de la +interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacan pasar al +pblico embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenan de sus +versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de +fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las +grandes ciudades. + +Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo nio que rea las gracias +de los _versolaris_ y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de +producir la ms leve impresin en un hombre de la ciudad. En esta sana +alegra encontraba el mdico la gravedad del hombre del campo, su alma +sobria la que basta la ms insignificante broma para alegrarse. Eran +espritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento +divertanse con cualquier cosa. Saban que los _versolaris_ eran +graciosos por tradicin y esto bastaba para que todos rieran aun antes +de comprender sus palabras. + +El doctor observaba una vez ms el carcter de la poesa entre los +hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los +versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la +tristeza de la partida y la alegra del retorno, celos y desesperacin, + se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la +belleza de los campos, la majestuosa serenidad que desciende del +cielo. Viviendo en la eterna monotona de las bellezas naturales, no ven +en ellas nada de extraordinario, sintiendo con ms intensidad los +sucesos que tocan de cerca sus personas. Tal vez son ciegos para la +hermosura de la tierra, condenados luchar con ella eternamente, +vencerla y violarla para sacar de sus entraas el sustento. + +Ms de una hora llevaban los _versolaris_ lanzndose razonamientos de +balcn balcn. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre +volva sus cabezas un lado otro, segn el sitio de donde parta la +voz. Todos los trovadores reciban como popular homenaje las carcajadas +del pblico, pero el que pareca triunfar era un viejo desdentado y de +cara maliciosa, sacristn de una anteiglesia de Vizcaya que tena gran +renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algn +admirador sala al balcn ofreciendo el jarro su poeta, y ste, +despus de largo trago, acometa con nueva fuerza sus canturrias. + +A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corri + ella la gente, oyendo el silbido del _chistu_, que haca locas +escalas, acompaado por el montono baqueteo del tamboril. Los +_versolaris_ se ocultaron. Iba comenzar la parte ms interesante de la +fiesta. + +Los mineros bilbanos, rojos y sudorosos en su digestin de ogros, +fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores +sitios desafiando todos con sus retos. A ver! quin quera apostar? +No haba que tener miedo por cantidad ms menos: _haba cartera_ de +sobra para todos. Y exhiban ante la mirada atnita de los caseros, +habituados la vida sobria y humilde de la montaa, aquellas riquezas +en fajos de papel mugriento. Los ms acomodados del pas se acercaban +ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que pareca implorar +perdn. + +La fiesta comenz por la lucha de los _aizkoralaris_. Haban colocado en +el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados +en la tierra, para que no rodasen. Son de nuevo el _chistu_ y el +_dambolin_, y salieron los partidores de lea, llevando al hombro sus +hachas relucientes. Arrojaron un lado las boinas y alpargatas, y +subindose sobre los troncos, comenzaron su trabajo. + +Un rugido que equivala un aplauso, acogi sus primeros golpes. Los +mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de +toros de Bilbao. Protegan con su benevolencia aquellos partidores de +lea, como gente humilde que en nada poda interesarles. En las minas de +Bilbao no se partan troncos: poda, pues, concederse algn mrito como +leadores aquellos rsticos. + +Las hachas suban y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas +marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un +golpe ms fuerte, ms certero, extendase por la plaza un rumor de +aprobacin. El inmenso pblico adivinaba la marcha de los cortes sin +necesidad de verlos. Habituados todos hacer lea en el monte, conocan +los diversos ruidos de las hachas como si stas hablasen. Saban, por el +crujido de la madera, lo que faltaba cada tronco para partirse. Alguno +de los _aizkoralaris_ iba delante de los otros; les avanzaba por +momentos; su corte se aproximaba rpidamente al fin: hasta que de +pronto, un crujido especial, que no poda confundirse, hizo estremecer +el gento hasta los ltimos lmites de la plaza. Acababa de partirse un +tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinndose sobre la punta de +los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quin +era el vencedor. + +Salieron los leadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda, +confundindose con el gento que comentaba los incidentes de la lucha, y +otra vez son el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes +arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el +momento emocionante, la hora del suceso que haba atrado Azpeitia +tanta gente. Iba comenzar la lucha de los barrenadores. + +La muchedumbre callaba como los grandes pblicos de las plazas de toros, +cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero haca sonar sus +instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso +adelante, y casi rompi la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron +al espacio libre. + +Todos queran ver los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su +mirada por encima de los hombros que tenan delante. + +El barrenador guipuzcoano era un mocetn mofletudo, de ojos abobados, +ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El +_Chiquito de Cirvana_ se pavoneaba con la palanca al hombro, +presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari clebre en +la cancha, mirando las mujeres que ocupaban los balcones. + +--Ol, mi nio!--gritaban los mineros. _En el Chiquito!..._ Ahora se +va ver lo bueno de las minas. Aqu _hay cartera_ para l! + +Y mezclando los gritos del pas con los que haban aprendido en las +plazas de toros, arrojaban ms all de la cuerda sus boinas y sus +carteras, pero llamando en seguida los chicuelos para que las +recogiesen. El _Chiquito_ sonrea bajo la ovacin tumultuosa de sus +protectores, viendo al mismo tiempo una seal de su triunfo en el gesto +taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de +todos los del pas, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se +despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre +las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que deban +perforar. El trabajo durara dos horas: el que antes lo terminase +llegase ms adelante sera el vencedor. + +Colocronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las +piernas juntas y los talones tocndose. Entre los pies desnudos que +formaban un ngulo, suba y bajaba la barra de acero abriendo el +orificio. La ms leve desviacin, poda herirles, destrozarles un pie, +con aquel hierro movido por herclea fuerza. Pero no haba que temer: +sus brazos mostraban la regularidad de una mquina. + +Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos. +Eran los padrinos que les asistan en la lucha. Se inclinaban y +levantaban al mismo tiempo que ellos, doblndose al comps de los +movimientos del perforador, sirviendo de pndulo que regulaba el vaivn +del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compaero con sus gritos: +rugan _haup! haup!_ al doblarse por la cintura, sealando cada golpe +con esta exclamacin. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con +los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban ms an +que el barrenador. + +Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza. +Dieron la seal los directores de la apuesta y en la plaza estall una +aclamacin semejante la que acoge la partida de los caballos en una +carrera. Despus se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el +_haup! haup!_ de los acompaantes con una regularidad mecnica, +interrumpidos algunas veces por el _brrr!_ de los barrenadores, que al +respirar jadeantes, parecan escupir su clera sobre la piedra enemiga. + +Aresti sinti deseos de rer, viendo cmo se doblaban aquellos monigotes +humanos que seguan con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes, +fatigndose en un trabajo intil, para transmitirles su energa. + +Transcurrieron algunos minutos. El _Chiquito_ trabajaba ms aprisa que +su rival. Suba y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la +vea. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo +movimiento; sus acompaantes no podan seguirle. Detvose un instante y +cambi de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que +pasaba la segunda perforacin, dando por terminado el primer agujero. +Y su contrincante an estaba en el mismo sitio!... + +--Ol, _Chiquito_!--gritaron agitando sus manos cargadas de +pedrera.--_Haup!... haup!_ + +Y en discordante coro juntaban sus voces las de los dos vizcanos que +servan de auxiliares su barrenador. + +La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotona de todos +los espectculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate, +entretena el aburrimiento de la espera comparando los dos +contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del +nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del msculo. El +hombre-caballo frente al hombre-buey. El _Chiquito de Cirvana_, +vehemente en su trabajo, dejaba atrs al enemigo con slo el primer +arranque: el otro segua su marcha sin darse cuenta de lo que le +rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase los que +mugan junto su odo _haup! haup!_ l era quien reglamentaba los +movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por +ellos como lo haca su contrincante. + +En cambio, el _Chiquito_ detenase algunas veces, lanzaba en torno una +mirada satisfecha, se escupa en las manos, y agarrando de nuevo el +perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente an no se haba +detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando +la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin. + +Pas una hora sin que ningn incidente alterase la marcha de la lucha. +El guipuzcoano abra sus perforaciones, pasando de una otra sin +levantar la vista. El _Chiquito_ le llevaba an un agujero de ventaja +como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su +alegra insultante. An admitan apuestas! Ofrecan un duro por cada +peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban +su asombro cuando vean aceptadas sus proposiciones por las gentes del +pas. Qu zonzos! Y cmo iban perder el dinero!... + +La segunda hora de la lucha se desarroll en silencio. La gente pareca +anonadada por la monotona del espectculo. La espera interminable +embotaba los sentidos, dificultando toda emocin. Por esto no hubo +gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenz +iniciarse la ventaja del barrenador lento incansable, sobre el +_Chiquito_ que haca temblar la piedra bajo el rayo de su palanca. + +Aresti presenta este suceso desde mucho antes. El _Chiquito_ se detena + descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresin de +triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habanse sucedido al lado +de l varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el +relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompaaban tenan que +gritar _haup, haup, haup!_ con ms lentitud, esforzndose en vano por +animarle y enardecerle, tirando de l con la palabra como si fuese una +bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el ltigo, sin poder +salir de su paso. + +El mdico senta angustia examinando los dos contendientes, con la +cara plida, sudorosos, las piernas inmviles y como petrificadas, el +busto en incesante vaivn, los brazos hinchados por el esfuerzo; y +recordaba otros que haban cado en aquellas apuestas brutales, +muertos como por un rayo, heridos en el corazn por el exceso de +actividad. + +Los mineros miraban al barrenador rstico, y despus cambiaban entre s +ojeadas de asombro. Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecan +como si de golpe se alterase su digestin, ponindose de pie dentro de +su estmago, todas las buenas cosas tradas de Bilbao y rociadas con +_Cordn Rouge_. Presentan la posibilidad de la derrota: parecan olerla +en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus +enemigos. + +Algunos ms enrgicos se revolvan contra la posibilidad del fracaso. +Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!... +Renaca su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces +con detalles de ruindad sus alardes de ostentacin. Haban apostado ms +de ochenta mil duros, iban dejarlos entre las uas llenas de tierra +de aquella gente? Cristo! Cmo se reiran de los mineros!... + +Los ms furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse los +acompaantes del _Chiquito_, se colocaban ambos lados quitndose las +chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivn, pesar de su +corpulencia; mugan _haup, haup!_ con toda la fuerza de sus pulmones, +como si con sus gritos pudieran hacer entrar ms adentro la palanca del +barrenador. + +El _Chiquito_ cobraba nuevas fuerzas al ver junto l sus +protectores, y parta en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado +por nerviosa energa: pero el cansancio de los msculos tornaba +imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran +cosa. + +--Arrea, ladrn!--mugan sus ricos padrinos--Fuerza... porrones! Me +caso con tu madre!... + +Y de este modo iban intercalando en el continuo _haup, haup!_ toda +clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que +hacan encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para +caer de nuevo en el desaliento. + +Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El _Chiquito_ estaba en +la mitad de un agujero y an le faltaba abrir otro. Su contendiente +haba comenzado el ltimo sin apresurarse y sin descansar, lanzando en +torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con +el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo. + +Los mineros ansiaban una catstrofe, un temblor del suelo, algo que les +permitiese huir de all, sin encontrarse con los ojos de aquellas +gentes. El silencio con que acogan su victoria molestbales ms an que +los gritos irnicos de algunos forasteros, que parodiaban la +fanfarronera de los bilbanos, ofreciendo un duro por un real, en favor +del guipuzcoano. + +Termin la lucha sin la explosin de entusiasmo que esperaba Aresti. El +gento se abalanz sobre el vencedor que miraba en torno de l con ojos +de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna +prxima. + +Busc el doctor sus compaeros y no vi ninguno. Haban desaparecido +como evaporados por la derrota. Fuse en busca de ellos y encontr +muchos en la puerta del casino subiendo los coches, con el deseo de +huir de all cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En +el desorden de la fuga parecan marchar tientas, sin fijarse en l. + +Dentro del casino encontr al _Chiquito_ tendido en una banqueta, +envuelto en una manta, sudoroso y plido, con el aspecto de un nio +posedo de terror. Frente l, an lanzaban sus ltimas maldiciones +algunos de las minas. + +--Qu dice usted de esto, doctor?--preguntaron Aresti con +desesperacin. + +Y el mdico sonri, levantando los hombros. Era de esperar: haban +civilizado demasiado su dolo: lo haban hecho conocer el champagne, +le haban arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro +de su clase, recin salido de la cantera, forzosamente haba de ser el +vencido. + +Todos ellos sentan la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena +gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la +banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le haban +atiborrado todas horas. + +--Oyes, ladrn, lo que dice el doctor? Tu aficin al champagne. +Estaras borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil +duros, te enteras, sinvergenza? Ms de ochenta mil duros hemos perdido +por tu culpa.... Por all no vuelvas: te mataremos patadas si apareces +en las minas. + +Cada cual se alejaba, despus de desahogar su clera, con la +precipitacin loca de la fuga, sin preocuparse de los compaeros, sin +acordarse de invitar al doctor, con el egosmo de la derrota que borra +toda amistad. + +El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompi llorar. + +--Don Luis! Don Luis!... + +Y su voz tena el mismo acento de splica infantil que los lamentos de +los mineros cuando vean aproximarse el doctor las camas del +hospital. + +Todo lo haba perdido en un instante. Adis comilonas y agasajos, el +trato con los ricos, todo lo que le haca ser mirado con envidia por sus +antiguos compaeros cuando se dignaba subir las canteras acompaando +los contratistas! Era un hroe, un dolo y volva de pronto ser un +trabajador.... Menos an, pues no encontrara un puesto en las minas. Si +volva all seran capaces de matarlo: le aterraban como un +remordimiento las grandes cantidades que haba hecho perder los +seores. + +--Me ir--gema.--Cmo se burlarn ahora de m!... Me embarcar en el +primer barco que salga para Amrica. + +Un grupo de gente del pueblo le interrumpi. Venan para llevarse al +_Chiquito_: queran agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No +deba entristecerse: ya haban visto todos que era un gran barrenador. +Otra vez ganara l. Adems, la cuestin haba sido con aquellos seores +tan fanfarrones: l no era ms que un _mandado_. Su contrincante le +esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas. + +Y se lo llevaron, rodendolo respetuosamente, como un testimonio de su +gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo. + +Aresti volvi la plaza. Comenzaba obscurecer; la gente se haba +esparcido por las calles inmediatas, agolpndose las puertas de las +tabernas. Los _versolaris_, cada vez ms ebrios, espoleados por el gran +suceso, improvisaban rienda suelta, cantando el triunfo de los de la +tierra, con alusiones los ricos de las minas, que provocaban el +regocijo de los aldeanos. + +Iban alejndose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos +de campesinos beban el ltimo trago con los del pueblo, antes de +emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa +lucha durante la velada en la casera. + +En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se +haba reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un +_aurresku_, la gran danza vasca que tena algo de rito primitivo. Un +gil bailarn que era el conductor del _aurresku_ lo iniciaba con el +paso solemne de la invitacin. Echaba la boina en tierra, y despus de +pedir la venia al alcalde que presida el acto, se diriga con una serie +de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, invitar +en el corro la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No haba +ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posicin +social, se negase este honor. Aresti haba visto seoras de la +rancia nobleza admitiendo el _aurresku_ con campesinos y marineros. Era +una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer +apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos. +Ella no haca ms que completar el cuadro, mientras l, al son de las +interminables escalas del pito, pareca hablar con los pies, con la +mmica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y +alardes inauditos de agilidad gimnstica, que recordaban Aresti las +danzas de ciertas tribus vistas por l en el Jardn de Aclimatacin de +Pars. + +El pblico elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero +hablaba sus amigos en vascuence espaldas del doctor. Aquel +_aurresku_ no le llamaba la atencin; l los haba visto danzados por +reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto _aurresku_ +bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado +para nadie, por ser la danza vascongada la ms honesta del mundo. + +Aresti, al cerrar la noche, busc refugio en un fondn que serva de +alojamiento muchos que iban al santuario de Loyola. l senta tambin +el deseo de visitar en la maana siguiente aquel convento, como una +curiosidad que le resarcira de su viaje. Despus estaba seguro de +encontrar en el tren de Bilbao muchos de sus compaeros que habran +ido pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del +lugar de la derrota. + +El doctor pas la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas +de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedera +era como una antesala del convento. + +A las seis de la maana sali del pueblo, siguiendo el camino recto que +atravesaba con geomtrica rigidez el valle de Loyola. Haba cado +durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y +limpiando de polvo los caminos. Las altas montaas estaban encaperuzadas +de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguos del +vapor, la nota blanca de los caseros y las manchas cobrizas de los +robledales. Los rebaos se esparcan por las faldas marcndose sobre el +verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos +vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas. + +Aresti lleg al monasterio las siete. Su aspecto monumental y +aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio +de los campos. Los gorriones perseguanse en la doble escalinata de la +iglesia, y revolando de ciprs en ciprs, iban posarse sobre la +estatua de mrmol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da +acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos +tneles de hojarasca, ofrecan su fresca sombra de tonos verdosos. + +El doctor contempl con cierta admiracin el edificio enorme y +aplastante. No poda negrsele carcter propio. Los jesutas tenan un +arte suyo; el de la ostentacin y la carencia de gusto. No haba obra +arquitectnica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si +quisieran ser conocidos de lejos. + +La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda +de piedra. Las columnas sostenan un frontn adornado con un escudo de +armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pinculos +rematados por esferas. Detrs escalaba el espacio la cpula del templo, +de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pinculos y bolas, +lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca. + +A ambos lados de la iglesia, extendanse las dos alas del monasterio, de +rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificacin, +enormes, sin ningn signo religioso. El monasterio, desprovisto de la +cpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII. + +A un lado extenda su corriente el ro Urola, pasando bajo un puente +metlico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto +lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban hacer +ejercicios espirituales y no podan pernoctar en el monasterio. + +Aresti entr en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de +mrmoles de vivos colores.Ah, el templo risueo y bonito! Los altares +eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mrmoles de +color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de +fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentase el deseo +de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba los ojos una +sensacin de dulzura. Las imgenes eran sonrientes, charoladas y +bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitera. Los +segmentos de la cpula estaban ocupados por grandes escudos de las +naciones donde la Orden ignaciana haba adquirido ms arraigo; las +_provincias_ de la Compaa, como ella las llamaba en su ensueo de +dominacin universal. + +El doctor abandon la iglesia despus de haber distrado con su +presencia algunas seoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas +ante el altar mayor. Deban ser huspedas del hotel, devotas de +distincin, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa +del santo. + +En el atrio, un mendigo se le aproxim, con esa solicitud de todos los +parsitos que viven la sombra de un monumento frecuentado por +viajeros. De una barraca, situada junto la escalinata, en la que se +vendan fotografas y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas +para ofrecerse igualmente. El seor deseaba ver la casa de San +Ignacio?... + +Se indign el mendigo ante esta concurrencia. Largo de all! No tenan +bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y l fu +quien gui al mdico, por un ancho corredor que conduca un patio +descubierto. All estaba la portera. Tir de una cadena, son una +campana oculta, se abri un ventanillio, y el mendigo, despus de hablar +por l, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas +cuantas piezas de cobre. + +--Ahora mismo saldr el hermano. + +Pas el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el +agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la +antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, haba abarcado +en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejndolo +dentro de su recinto, pegado la nueva edificacin. + +La pequea casa, que an pareca ms mezquina al ser tragada por el +monasterio, resultaba lo ms hermoso de toda aquella balumba de +albailera pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba +el perodo de transicin del siglo XV: la diversidad de gustos +superpuestos de aquella Espaa catlica que an tena moros en su +territorio. El cuerpo inferior, el ms grande y fuerte, era de grandes +bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y stas pequeas y +profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir cubierto de +sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con +ladrillos rojos, marcndose sus dos pisos con dos fajas de dibujo rabe, +y en los cuatro ngulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes, +que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la +sombra alarma, el perpetuo miedo los bandos que desgarraban el pas +vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia, +copiada de los rabes; la alegra en la construccin, de un pueblo +artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soar en +ellas la cada de la tarde, despus de haber ledo un libro de +caballeras. + +Aresti crey encontrar en este edificio algo de la dualidad de carcter +del caballero igo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al +cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva, +el alegre coronamiento, el castillete morisco se haba convertido en +humo, se haba derrumbado, quedando nicamente en pie la base ptrea, +sombra, con su tono lgubre de crcel y fortaleza al mismo tiempo. + +Se abri la portera y sali el hermano. + +--Santos y buenos das!--dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al +mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rpida mirada +al visitante. + +Era un joven que llamaba la atencin por la delgadez del cuello que +haca ms enorme su crneo, y por la forma de sus orejas abiertas como +abanicos, como si quisieran despegarse. Detrs de ellas la piel floreca +con un sinnmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras +rezumando, con una frescura que atraa las moscas. + +Era el hermano encargado de ensear la casa del santo. Por debajo de las +sotanas asomaban unas zapatillas de pao, con las que andaba sin el +menor ruido: un calzado de espionaje que le permita, como los dems +servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin +turbar el aislamiento de los Padres. + +Atraves el patio hablando Aresti de las suelas de su calzado, que +eran de pao y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificacin +ms. Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido +interiormente en capilla. All hacan las seoras sus ejercicios no +pudiendo entrar en el monasterio. + +Subieron la escalera, adornada con imgenes en cada rellano, y entraron +en la antigua cmara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la +atencin del visitante era la escasa elevacin del techo. Poda tocarse +con la mano, pareca que iba aplastar con la pesadez de su grueso +artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos +encuadramientos. + +El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las +telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas: +testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas la +Compaa. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrs de un +vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras +de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta lea un libro, vestido +con gregescos y capotillo de vueltas de velludo como un galn del +teatro clsico. Una batera oculta de luces elctricas iluminaba esta +exhibicin de feria. + +El hermano no poda ocultar su admiracin cada vez que explicaba el +significado de esta parte del altar, no obstante los aos que llevaba +ensendola los forasteros. Aquella figura de cera era de don igo +de Loyola, cuando an no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la +Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo +en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fu el +punto de partida de su conversin. + +Con voz de _cicerone_ convencido, el hermano explicaba Aresti la +historia del santo. + +--Dios le llam su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvid de +todo, pesar de que era un caballero muy galn y mundano Porque nuestro +santo padre San Ignacio era militar, sabe usted?... militar. + +Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiracin y respeto. +El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia, +los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden haba +sido soldado, sonrea con cierta malicia, como si pensase en los +devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales +alguna habra tocado al santo, cuando an no pensaba en serlo. Le +llenaba de orgullo la nobleza y el carcter caballeresco de la juventud +del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenan entre sus +iniciadores ms que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las +ltimas capas sociales. + +Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera, +tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombro, en el vasco de +carcter complicado, que llen el mundo con su nombre, siendo cada +perodo de su vida una contradiccin violenta. Primero, el soldado +presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer +bello, y perder la rudeza propia de su pas. Despus, al convencerse de +que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la +raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces +le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo +tiempo, se convierte en matn de la Virgen, queriendo dar de pualadas +un morisco que blasfema de ella, y poco despus se deja apedrear por los +chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas +extravagancias, remedo de las de San Francisco de Ass. Pero la dulzura +potica del solitario de la Umbra, su santidad soadora, no cabe en el +carcter positivo y prctico de un vasco. Ya que se dedica Dios, ha de +ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe +servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea +renacen en l. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana +necesita un fuerte auxilio, y lleva la religin la disciplina del +campamento, fundando, no una Orden, sino una Compaa, organizando un +ejrcito negro que ofrece los Papas, formando los soldados en el molde +de su frrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio, +con la rigidez de los autmatas, con esa insensibilidad que hace +invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte +de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillera, toma aires de +vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre +los prncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y +muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentneamente al +catolicismo conservndole los pueblos latinos. + +Aresti admiraba igo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza, +incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando +instintivamente el poder y la riqueza de la santidad asctica, por la +que haban pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la +penitencia, comidos de parsitos, sin otra fortuna que la soga ceida +los riones. + +Haba sido un admirable comerciante de la religin: un talento prctico +surgido tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra, +ordenando sus negocios, dndoles nuevo rumbo y fundando su Compaa, +aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban +por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas, +para la mayor gloria de su Dios. + +El hermano sac al mdico de su ensimismamiento, ensendole la parte +superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazn del santo. +Era lo nico que all conservaban del fundador. El cuerpo, como saba +todo el mundo, estaba depositado en el _Jesu_ de Roma. + +--S: lo conozco. Lo he visto--dijo Aresti. + +Sin saber por qu, sinti la necesidad de deslumbrar con un embuste al +simple lego, el cual pareca convencido de que la humanidad entera se +interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase +dnde estaba el cuerpo de San Ignacio. + +--Ah! El seor ha estado en Roma!--exclam el hermano mirndolo con +cierta admiracin, como si de repente creciese ante sus ojos. + +--S--dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le +admirase aquel pobre hombre.--Estuve cuando la ltima peregrinacin. + +El hermano modific sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para l uno +de tantos viajeros de los que llegaban atrados por la curiosidad; +muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de pases que +despreciaban la Compaa. Era uno de la familia, casi poda +considerarse como de la casa; y el hermano mostr empeo en enserselo +todo minuciosamente, desbordndose en palabras, con la locuacidad del +que pasa mucho tiempo condenado al silencio. + +Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinndose para ceder +el paso aquel seor tan simptico. Era una pequea habitacin, sin +otro adorno que un retablo. + +--Aqu estaba enfermo nuestro santo fundador,--dijo con voz meliflua--y +aqu fu su conversin. Pidi la familia un libro de caballeras para +entretenerse, pero como Dios tena puestos sus ojos en l, hizo que +nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa. +Entonces ley una historia de la Virgen inmediatamente sintise tocado +por la gracia y decidi dedicarse la vida santa, renunciando al mundo. + +Despus, el lego busc en la pared, sealando una grieta que la cruzaba. + +--Mire usted esto, caballero. Por fuera an se ve mejor; llega hasta el +suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo. +En el mismo momento que el santo decidi dedicarse Dios, tembl el +suelo y se estremeci toda la casa, quedando esta abertura como +recuerdo. Era el demonio que acoga de este modo la resolucin del +santo. + +--Sera de rabia--dijo Aresti con gravedad imperturbable. + +--De rabia y de miedo--contest el hermano con modestia.--Tal vez el +maligno tembl, adivinando que el santo iba fundar nuestra Orden. + +Pasaron otra habitacin en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez +que el lego vease ante el altar, caa de rodillas, causando la +admiracin del mdico, por el gesto con que rezaba su corta oracin. El +cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el +cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que +quisiera tocar el cielo. + +--En esta habitacin--dijo el lego--naci nuestro santo fundador. Aqu +tuvo tambin el hermano Garrido su revelacin portentosa. Usted habr +odo hablar de ella.... + +Pero viendo que el seor permaneca impasible, dijo con cierta +impaciencia: + +--Pero usted s que sabr quin era el hermano Garrido. + +--Oh! mucho--dijo Aresti, que oa por primera vez este nombre. + +--Ya esperaba yo--continu el lego--que un seor como usted conocera al +hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el +tiempo preciso. + +Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad +universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus +glorias. En aquel mismo cuarto, estando en xtasis el hermano Garrido, +se le haba presentado la Virgen anuncindole con veintids meses de +anticipacin, el asalto de los conventos y la degollacin de los +frailes, en los primeros aos del reinado de Isabel II. + +--Entonces--dijo Aresti--los padres de la Compaa, avisados con tiempo +no seran vctimas de las turbas. + +--A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid--contest el +lego.--El hermano Garrido era modesto, y se call la revelacin, no +hacindola pblica hasta despus que lleg aqu la noticia de los +asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto ser algn +da un santo ms de nuestra Orden. + +Haba terminado la visita la casa de San Ignacio. De un momento otro +llegaran las seoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el +hermano senta cierta pena por separarse tan pronto de aquel seor +devoto que le escuchaba sin pestaear como si le admirase. + +--Quiere usted ver el monasterio?--le pregunt. + +Esta invitacin no la haca todos los visitantes: pero con l era +distinto; l haba ido Roma en peregrinacin y haba visto el cuerpo +de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galera +cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas +del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jvenes +que trabajaban de carpinteros y albailes; mocetones de la montaa que +deseaban emanciparse del terruo, prestando sus brazos la Compaa +para el trabajo reposado y lento de las casas de religin; libres ya de +la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvacin +eterna, slo con obedecer ciegamente los superiores. + +--Quiere usted subir la biblioteca?--pregunt el hermano.--Tiene poco +que ver: todo en ella es antiguo. + +--Lo antiguo era lo mejor--dijo Aresti con gravedad. + +--Usted est en lo cierto. Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente +como usted! No como la gente de ahora que slo lee novelas y libros +malos contra la religin. + +La biblioteca estaba en el ltimo piso; una gran sala, por cuyas +ventanas entraba raudales la luz del sol, vindose desde ellas los +montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de +la estantera contenan diversas ediciones de clsicos griegos y +latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores +teolgicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en +favor y defensa de la Compaa de Jess. Aresti lea con curiosidad los +nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y los cuales +atribua el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en +aquella biblioteca: ola sepultura. + +Descendieron los claustros. El mdico tema encontrarse con algn +Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero aquella hora +los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros nicamente +pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizndose sin +ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio +varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de +mrmol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua. + +Aresti, solicitado por el lego, entr en una celda de las que servan de +alojamiento los seglares durante los diez das que duraban los +ejercicios. + +--Pobrecito--deca el hermano ensendola,--pero decentito y limpio. +Aqu vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta +ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras +curiosean su alma. + +El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones. +Junto la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro +se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta. + +Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor +artstico, pero de cierto inters histrico. Eran los Padres ms famosos +de la Compaa por las aventuras y peligros de su existencia; los +propagandistas del jesuitismo que se haban esparcido por la tierra en +la primera expansin de la Orden recin fundada, ocultando su carcter y +sus fines, amoldndose los gustos y costumbres de los pases donde se +establecieron. Los haba con grandes barbas, recios capotes, altas botas +y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por +el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en pases de hielo. +Otros vestan la bota floreada de la aristocracia china: haban sido +mandarines, llegando aconsejar individuos de la dinasta Celeste. Y +adems de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras, +figuraban los mrtires, los que haban perecido bajo las flechas de los +trtaros los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes +imperios catalpticos insensibles, haba tentado aquellos +propagandistas de la autoridad y de la vida automtica y sumisa. + +Aresti vi todo el resto del monasterio: el refectorio, con su plpito +para la lectura; la capilla, en la que hacan los hombres sus ejercicios +espirituales, colocando los Padres la puerta una bandeja para que los +jvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones la Virgen; la +cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos +slidos que correspondan los individuos en cada comida: el saln +acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo +nico, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba +prohibido, era mal visto por los superiores. + +--Queda la huerta. Quiere usted verla?--dijo el hermano con el deseo de +prolongar algunos minutos ms el trato con aquel seor que le escuchaba +con tanta atencin. + +Salieron una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo +haba una pequea granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el +hermano con tierna admiracin. Los pjaros turbaban el silencio +monstico de aquellos campos, revoloteando en torno de los rboles +frutales. + +Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguan +ellos. Era la nica persona que paseaba por la huerta. + +Aresti lo vi de espaldas y aceler el paso como s le acometiese de +pronto una duda y quisiera salir de ella. + +--Es un seor muy rico, muy rico!--dijo el hermano, adivinando su +curiosidad.--Est haciendo los ejercicios seis das. Creo que es de +Bilbao y que le llaman... + +Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvi oyendo +el ruido de los pasos. + +--Pepe!...--grit el doctor. + +La sorpresa no le permiti decir ms al reconocer Snchez Morueta. + +--Luis!... Primo!...--exclam ste no menos sorprendido. + +Pero, pasada la primera impresin, hizo un movimiento de molestia +semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado. + +El hermano, impulsos de su meliflua cortesa, sigui andando para +detenerse alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo +respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los +Padres, permitindole fumar en su cuarto y bajar la huerta todas +horas, con otros privilegios no menos importantes que slo se concedan + muy contadas personas. El visitante que l acompaaba tambin adquira +una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente +con el personaje. + +Los dos hombres quedaron mirndose en silencio largo rato. + +--T aqu?... + +Y Aresti encerraba en esta exclamacin toda la fuerza de su asombro. + +Snchez Morueta sonri de un modo que su primo no haba visto nunca en +l. Era una expresin de resignada modestia, de decaimiento de la +voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de +extraordinario desde la ltima vez que se haban visto. + +Cristina y la nia le acompaaban en los ejercicios. Muchas familias de +lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las seoras en el +hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba all seis +das y le faltaban cuatro. + +--Y ests bien? Te gusta esta vida? + +--S--contest el millonario con sencillez.--Me sienta perfectamente: no +tienes ms que mirarme. + +Snchez Morueta pareca repuesto de su crisis. Nada quedaba en l del +enfermo que haba visto Aresti en su ltima visita Las Arenas. Su +mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguneo de sus +primeros tiempos de luchador haba vuelto animar su rostro. + +El mdico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida +en aquella casa: todas con arreglo la distribucin del tiempo marcada +por el director de sus ejercicios. Se levantaba las cinco y media de +la maana; las seis bajaba la capilla, leyendo durante media hora +aquel libro que le acompaaba siempre: despus meditaba una hora, oa +misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez paseando por la +tranquila huerta que los buenos padres ponan su disposicin. Meditaba +de nuevo hasta medioda en su celda, recibiendo la visita de su +director, rezaba el Va Crucis en los claustros, coma la una +descansando de nuevo hasta las cuatro, y esta hora bajaba la capilla +para escuchar las plticas con los otros compaeros de ejercicios. A las +siete era la estacin al Santsimo Sacramento, despus el Rosario, los +dolores y gozos de San Jos y el examen de conciencia de todo lo hecho +durante el da: las nueve la cena y las diez se acostaba. + +l, que en el mundo poda dar rdenes miles de seres, gozaba la +extraa dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era +superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el +refectorio, le parecan de una voluptuosidad extraa despus de tantos +aos de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los +primeros das haban sido duros para l, pero ahora paladeaba la dulzura +de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad, +empequeecindose, pensando todas horas en la muerte para convencerse +de la humana insignificancia. + +El mundo al que haba de volver le pareca lejano, muy lejano. Aquel +Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus +agitaciones de lucro, con sus fiebres de egosmo, de las que no llegaba +nada, absolutamente nada, aquel tranquilo rincn. + +--Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfaccin que adivino en mi +mujer y mi hija, me llena de alegra. Tengo la certeza de que al salir +de aqu nos querremos ms; que constituiremos una verdadera familia +cristiana, como dice.... + +Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba. +Pero se arrepinti de su duda como de un pecado, y aadi con energa, +queriendo imponer su conviccin: + +--Los jesutas no son malos como yo crea torpemente. Debes salir de tu +error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. Ay, si t los +tratases! + +Despus habl de Urquiola, que les haba acompaado los ejercicios, +pero haba tenido que salir el da antes para Bilbao, llamado por el +Padre Paul; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones +cerebrales, y sin ambicin, que tanto contrastaba con su existencia de +Bilbao. + +--Creo, Luis, que si no tuviese mi mujer y mi hija, aqu me quedara +para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es: +penas y maldiciones. + +Aresti le escuchaba silencioso, mirndolo fijamente, sin pestaear, como +en presencia de un enfermo; de un caso interesante. + +--Y qu es eso que llevas ah?--dijo de pronto, agarrando el libro que +su primo conservaba cerrado en una mano. + +Le bast una ojeada para conocer el pequeo volumen encuadernado en +pasta, con una impresin gruesa y vulgar de libro devoto. Era los +_Ejercicios espirituales de San Ignacio_, explicados por el Padre +Claret, el famoso arzobispo de Trajanpolis, que tanto haba influido +sobre los ltimos aos del reinado de Isabel II. + +Aresti conoca el libro. Muchas veces lo haba encontrado sobre su mesa +cuando viva con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad, +hablando de las dos banderas: la una de Cristo Seor Nuestro, sumo +capitn; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza +humana. San Ignacio y el Padre Claret llegaban la elocuencia ms +conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de +maldicin era tan intenso, que una sola centella reduca polvo una +piedra de molino; si caa sobre un globo de bronce lo derreta al punto, +como si fuese de cera, y si en un lago reducido hielo, lo haca hervir +en un instante. Los condenados sentan este fuego en el cerebro, los +dientes, lengua, garganta, hgado, pulmn, entraas, vientre, corazn, +venas, nervios, huesos, mdula de stos, sangre y hasta en las potencias +del alma, y despus de la horripilante enumeracin, San Ignacio +preguntaba al alma del pecador con quin deseaba irse, si con Dios con +el Demonio. Ah, msero Luzbel; ridculo pazguato que ofreca con torpe +malicia las cortas felicidades de la tierra cambio de una eternidad de +tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las +almas despus de los santos ejercicios. + +Snchez Morueta hablaba de stos. Los primeros das estaban dedicados +meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Despus se +meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la +misericordia de Dios. + +--Pero t crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan +vulgares, tan groseras como las pinta ese libro? + +La firme mirada de Aresti turb su primo. + +--Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me +callo por no molestar mi director. Pero todo esto me causa cierto +bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve la +tranquilidad de la niez. Creo algunas veces que aun me mecen +susurrndome cuentos al odo. + +El mdico sonrea, y Snchez Morueta se apresur aadir: + +--Pero me siento ms feliz, ms tranquilo que antes. Adems, en estas +meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni t ni +nadie podis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y +no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada anso, y no +encuentro ante m nada que conquistar, la tengo mucho miedo. + +Y el terror lo desconocido, la muerte inevitable, la eterna +sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto +desesperado. + +Aresti recordaba la pgina de la Muerte en el libro de San Ignacio, una +pgina de brutal realismo, que haca temblar los hombres y llorar de +horror las mujeres. Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso + idolatrado, ya muerto: ya est sepultado, ya cay.... Luego, se le +acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y +complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza manar; +tambin se acercan los ratones, taladran sus vestidos mortaja; se +enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan comer la +lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido. +Mientras tanto, la putrefaccin se va aumentando: ya se ve pulular una +grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de +la cara y de todo el cuerpo: ya se concluy la comida: ya los gusanos +mueren de hambre, dejando all unos huesos negruzcos y descarnados, que +con el tiempo se calcinarn y convertirn en polvo. Acurdate, hombre, +que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues +eres hombre de humo tierra. + +--Lee esto! lee esto!--deca el millonario abriendo el libro por +aquella misma pgina que tena sealada, como si fuese su obsesin.--La +Muerte!--murmuraba luego.--Se habla de ella muchas veces, pero sin +pensar en lo que realmente es, sin pararse mirarla de cerca.... Qu +horrible! Luchar toda la vida para dar gusto la carne, para preparar +el pasto del gusano.... + +Despus, en voz baja, dijo al doctor: + +--Debe existir algo despus de la muerte. No s ciertamente si ser lo +que aqu dicen lo que digan en otra parte. Pero qu pierdo yo con +creer ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y +bueno es, por si hay algo ms all, ir preparado todo, sin miedo +engaos. + +Aresti sonri con lstima, ante aquel espritu comercial, que examinaba +la vida futura con el mismo egosmo que si apreciase las probabilidades +de un negocio. + +Ahora s que le deca adis para siempre. Su primo estaba bien agarrado, +por el egosmo y el miedo la muerte, las dos flaquezas de los felices. + +--Debas quedarte aqu, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente +simptica. Qu perderas con ello? Aunque no creyeses en todo, podas +callarte y ser feliz. Qu sacas de tanto estudio? Ests seguro de que +todo lo que t crees es verdad? Y si despus de morir te encontrases +con la inmensa equivocacin de que hay algo?... + +El doctor le estrech la mano con frialdad, convencido de que se +separaban para siempre, de que en adelante se miraran con extraeza, +como si fuesen otros hombres. + +Y Aresti sali de la huerta, precedido por el hermano, que ahora +callaba y pareca tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese +escuchado de lejos parte de la conversacin. + +Antes de salir, an se volvi para ver su primo, que le segua con los +ojos y pareca decirle: + +--La Muerte, Luis!... Piensa en la Muerte! + + + + +X + + +A las diez de la maana lleg el doctor Aresti Bilbao un domingo del +mes de Septiembre. + +El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas +y las riberas de la ra. Todos mostraban prisa por llegar la plaza de +Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los +patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los +cuales venan amenazando con una huelga haca dos meses. La reunin +popular era el _ultimtum_ que lanzaban los trabajadores. + +Los primeros trenes de la maana haban trasladado Bilbao mayores +cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de +la villa. + +No todos iban al mitin. Descendan tambin de los vagones aldeanos con +gruesos garrotes, escoltando los curas de su anteiglesia. Estos grupos +rurales llegaban para la gran romera que subira por la tarde al +santuario de Begoa. + +El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesutas y +los bizkaitarras, se encontraban en el mismo da. Un ambiente belicoso, +que excitaba los nervios, haciendo ms duras las palabras y ms +insolentes las miradas, pareca pesar sobre la villa. + +En el camino haba apreciado Aresti el estado de los espritus. El vagn +estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban la +romera. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban +nerviosamente sus _cachabas_, oyendo las burlas de la gente de las +fbricas. + +Callaban porque en aquella va, invadida por la moderna industria, eran +menos las gentes del campo. Ay, si aquello hubiese sido en la lnea de +Durango, por donde descendan los rebaos de la fe para la fiesta de la +tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes la cabeza!... + +Al bajar del tren el doctor Aresti, oy que alguien le llamaba. + +Era el capitn Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones +de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto +l, husmeaba sus manos. + +--Buscas la bronca, eh?...--dijo al mdico.--T vienes porque te gustan +estas cosas, y yo me voy por no verlas. + +Se marchaba cazar _chimbos_ cualquier parte: le interesaba huir de +Bilbao, no ver lo que seguramente ocurrira. + +--El aire huele plvora, querido _Planeta_: van llover palos. Al +venir la estacin me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la +que conoc durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos +los que creen que esto marcha mal, se estn reuniendo en la plaza de +Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las +iglesias y se ensean los revlvers en los rincones de las sacristas. +El Padre Paul predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el +zascandil de Urquiola anda arengando la juventud salida de Deusto, +para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre +dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en +ver estas cosas. + +Aresti le escuchaba con inters. Haba hecho el viaje atrado por la +posibilidad de un choque. Deseaba ver cmo los obreros de la montaa, y +los industrialillos de la villa se atrevan por primera vez con el +jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo +que se deslizaba en sus entraas, despus que lo haba derrotado por dos +veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubra con la boina +blanca. + +--En esto llevas razn, Luis--dijo el capitn enardecindose.--Si me +voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba +al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta +para huir. Porra! De qu nos ha servido tanto comer pan de habas y +carne de caballo los que disparbamos el fusil en las trincheras, si +aquellos quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los +amos? Cmo est hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin +tropezar con un cura. Los que hace aos bombardearon la villa y hoy +daran cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como +seores. Han bajado en manadas para ver la Virgen, con el revlver en +el bolsillo, y miran todos con insolencia, como deseando que llegue +pronto el momento de matar perros liberales. + +El capitn mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se +mezclase en la lucha. Tena miedo su entusiasmo: poda sin darse +cuenta liarse golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le +irritaba. + +--Yo no soy ms que un empleado, Luis: un dependiente de Snchez +Morueta. Y figrate lo que hara doa Cristina si me viese mezclado en +el jaleo; lo que dira el mismo Pepe, que tan cambiado est!... Bastante +hago con defenderme y quedar un lado, pues por su gusto ira esta +tarde camino de Begoa. + +El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el mdico y el marino +hablasen de la gran transformacin de Snchez Morueta. Muy poco haba +sabido de l Aresti, despus de su encuentro en el monasterio de Loyola. + +--Es otro hombre--dijo Iriondo con tristeza.--Aquella casa ya no es la +misma. + +Y evitaba dar ms detalles, con la prudencia del subordinado fiel que +teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso. + +--Qu porra! T eres de la familia y debes saberlo todo. Adems, eres +mi amigo y quieres Pepe. Ay, _planeta_! Aquello ya no es casa, es un +convento, y cualquier da, el que fu nuestro grande hombre acabar por +traernos el Padre Paul al escritorio, para que dirija los empleados. +No se separa de l un instante. + +Y describa con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban; +todos estaban sobre l: la esposa, la hija, hasta aquel nio +inaguantable de Urquiola, que le deca con la mayor insolencia: To, no +haga usted eso, to haga usted lo otro. Por el momento, Snchez +Morueta slo era el to: pero no acabara el ao sin que el abogadillo +le llamase pap. Se casaba con Pepita y todos parecan satisfechos de +tal matrimonio: la nia, la madre y el Padre Paul. El millonario +callaba, como si estando contentos los dems no necesitasen consultar +sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba rdenes +imperativamente los empleados. Hasta con el capitn se atreva; con el +viejo amigo de Pepe, quien siempre hablaba ste con fraternal +atencin. Porra! A la vejez, despus de una vida de noble +independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes +se retirara, abandonando Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el +Pepe que l conoci. + +--Cmo nos lo han cambiado, Luis. Querrs creer que un da en el +escritorio, al volver de Loyola, me cont con el mayor entusiasmo que +haba hecho una confesin general, un recuento de todos los pecados de +su existencia y me afirmaba que despus de esto se senta con mayor +salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado cada como esta. La +mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. No +sabes la ltima hazaa de ese pilln?... No la sabrs: todo Bilbao habla +de ella, pero las minas no llegan estas cosas. + +Y relat Aresti un suceso digno de la seccin de tribunales de un +peridico. Urquiola haba dado un abortivo aquella infeliz que viva +en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una +esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda +del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paul +le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba +concertado con la primera fortuna de Bilbao, y viva fuerza haba +provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de +la vecindad, haban hecho intervenir en el asunto al juzgado. Un +escndalo, pero nada ms! En aquella poblacin todo se doblegaba la +influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos. + +--Y Pepe--continu el capitn,--sin enterarse de nada; y si algo sabe, +como si no lo supiera. Basta que doa Cristina afirme que todo es +mentira para que l lo crea: basta que el Padre Paul le diga que +Urquiola ser un grande hombre para que l escuche impasible sus +necedades y bravatas de cabecilla. Ay, Luis! Qu dominacin tan rpida +y absoluta la de esa gente!... + +Iriondo describa su influencia extendindose todo lo que estaba bajo +la direccin de Snchez Morueta, las fbricas, las fundiciones y hasta +los barcos. Sin respeto su cargo de inspector de navegacin de la +casa, le hacan despedir marinos viejos que llevaban muchos aos al +servicio de Snchez Morueta, y admitir otros jvenes que, apenas +tomaban posesin de su camarote, pegaban frente la litera una imagen +del Corazn de Jess. l no osaba protestar ante el gesto autoritario +del amo, y el miedo los que, ocultos tras l, regulaban sus palabras y +acciones. + +La semana anterior le haban dado orden de despedir todos los obreros +que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias +se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impas. Cristo! +l, sus aos, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana; +obligndole aquellos seores que ensease catecismo y buenas palabras + los cargadores del Nervin!... + +--Pues, y en los altos hornos?--exclam despus el capitn,--All va +haber cualquier da una huelga, seguida de la degollina de todos los +beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se +fu Sanabre, aquel chico tan simptico, la fundicin es un infierno. +Pepe tendr cualquier da una sublevacin ruidosa, y los huelguistas +no les faltar motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los +que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van la +calle, y los talleres se llenan poco poco de hipcritas, que trabajan +como saben quieren, pero que son respetados porque van misa y se +inscriben en las sociedades de obreros catlicos. + +El decaimiento moral de Snchez Morueta, la abdicacin de su voluntad, +irritaban al marino. + +--Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesin general es como el +traje nuevo de un nio: no se atreve hacer nada, por miedo +mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante + un fraile. No sabe hablar ms que de la muerte; de lo que +encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por +arriba y por abajo, y el muy camastrn tiene mejor color y est ms +fuerte que nunca. Si yo me atreviera con l como t, le dira: Qu +porra: ya s que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras +la muerte no llega, vivamos cada cual su gusto, sin hacer la santsima + los dems, que es lo nico en que gozan los que piensan todas horas +en su alma. + +Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitn se +despidi de Aresti. + +--Esta tarde, en la romera, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez +vaya en ella Pepe con su escapulario. + +Aresti di salida su asombro con un juramento. Quin! Pepe sera +capaz de exhibirse en aquella farsa?... + +Iriondo no tena la certeza de ello pero lo presenta. Era un suceso que +llevaba preocupada toda la familia durante la semana. La esposa quera +verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los +devotos. Qu triunfo para la religin! l, despus de volver la buena +senda, no poda negar Dios el prestigio que dara la santa causa +esta adhesin pblica de un hombre de su fortuna y su poder. El +millonario se resista, adivinando lo ridculo de esta humillacin; +defendase agarrado un harapo de su antiguo carcter. Pero todos caan +sobre l, martilleando la dbil corteza de su voluntad reblandecida. La +madre y la hija se lo suplicaban. Las dara tanto placer con ello!... +El Padre Paul hablaba con desprecio de los cobardes que slo aman +Dios en su casa y temen manifestarlo pblicamente, y el matoncillo +Urquiola haca burla de los que no se atrevan salir la calle por +miedo los impos. + +--Ir, estoy seguro--dijo el capitn con tristeza.--Lo arrastrarn, la +familia de un lado, y de otro el miedo parecer cobarde. Adis, Luis, +y ten prudencia! Mira que hay cerrazn en el horizonte y la borrasca de +esta tarde va ser de cuidado. + +El doctor subi la larga escalinata de la estacin, y al salir al puente +del Arenal vi muchos balcones colgados con trapos de colores +inscripciones en loor de la Virgen de Begoa. En las Siete Calles, lo +ms tpico y tradicional de la poblacin, las casas empavesadas ofrecan +el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre +banderas el mismo rtulo en honor de la _Seora de Vizcaya_. Las gentes +mirbanse con aire hostil; la poblacin, dividida en dos bandos, pareca +estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa +contemplaban con simpata con odio los grupos de campesinos y de +obreros, segn eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al +vecino, y todos decan lo mismo en sus conversaciones. + +--A la tarde!... Oh, la tarde!... + +Aresti, despus de errar ms de una hora por la villa, se encontr al +atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que +le salud con un gruido, llevndose con cierta violencia la mano la +boina. + +--Ya sabe usted, doctor, que usted es el nico burgus que yo saludo. + +Era el _Barbas_, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas +de vagancia encogido en el suelo, inmvil, como un profeta de horrores, +escupiendo amenazas insultos sobre los ricos del pas. Haca tiempo +que haban demolido su barraca, despus de socavar el suelo. La vieja +compaera haba muerto de miseria y l vagaba por las minas, durmiendo +la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta +limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de l, miraba +con ojos feroces los obreros. + +--Bestias!--les gritaba como si cometiesen un crimen.--Tenis la +dinamita en vuestras manos y la empleis en eso!... + +El doctor contest su saludo alegremente. + +--Compaero! T aqu?... + +Haba llegado por la maana en un tren lleno de obreros. Por supuesto, +sin billete; los compaeros queran pagrselo, pero l haba protestado, +ocultndose para viajar sin que los burgueses le explotasen. + +--Y el mitin?--pregunt Aresti.--No vas al mitin? + +El _Barbas_ hizo un mohn de desprecio. l no perda el tiempo en +bobadas. Se saba de memoria todo lo que all podan decir. Necedades y +cobardas. Pedir ms jornal que lo pagasen de este modo del otro; +reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que +trabaja. Como si esto sirviese de algo! Eran unos _cataplasmeros_. Y en +esta palabra envolva todo su desprecio los que buscaban con reformas +paulatinas y con una organizacin fuerte y disciplinada el mejoramiento +del obrero. + +--Cataplasmeros, doctor--gritaba.--Nada ms que cataplasmeros. Este es +un pas acostumbrado la disciplina y la autoridad: por eso el pobre +que en otro tiempo fu carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas +organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco + poco. Pero ya se cansarn de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero +y entonces seguirn al _Barbas_ y otros como l, y en veinticuatro +horas se arreglar todo acabar todo. El pobre pide justicia y la +justicia ni se solicita pedazos ni se regatea: se toma como se puede, +aunque acabe el mundo. + +Despus explic por qu haba hecho el viaje. nicamente le atraa lo +que pudiera ocurrir por la tarde. Quera convencerse de que los pobres +se atrevan por fin con los ricos: deseaba ver cmo corran todos los +enemigos por l odiados, sin que les valiese la proteccin de los dolos +celestiales los que levantaban palacios, mientras l vagaba por el +monte como un perro sin abrigo. + +La esperanza del choque y de la lucha le estremeca de placer. Husmeaba +el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha +oliendo la plvora. + +--Bronca!... Ya se ha armado!--exclam con alegra, mirando al otro +lado del puente. + +Por la avenida del ensanche corra todo galope un grupo de jinetes de +la guardia civil. En ltimo trmino, vease una gran masa de gente, una +mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas. + +Era el pblico que sala del mitin y se detena ante los balcones de las +mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la _Seora de +Vizcaya_. La gente silbaba: comenzaban volar las piedras por encima +de la negra masa: caan con estrpito las vidrieras rotas. + +Aresti se vi solo. El _Barbas_ corra hacia el gento, dando gritos de +entusiasmo. Duro, duro! No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el +doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre, +lentamente, avanzaba su pesado oleaje con direccin al Arenal. La +caballera, impotente para contenerla, se limitaba ir con ella, +creyendo evitar as mayores desmanes. + +Pas la manifestacin el puente, extendindose por el Arenal y las +calles inmediatas. Eran obreros en su mayora y jvenes de la poblacin +cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos +aclamaban la Revolucin social; otros daban vivas la Repblica; +algunos gritaban viva Espaa! ante las inscripciones en vascuence, +viendo en estas loas la _Seora de Vizcaya_ un hipcrita insulto la +integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella +Bilbao dominada por la Compaa de Jess y formada su imagen. + +El grito de abajo los jesutas! era contestado por un rugido unnime de +la masa. En las calles inmediatas al Arenal caan pedradas los +cristales. Algunos chicuelos suban por las fachadas con agilidad de +monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoa, dejndolas +caer sobre el gento, que las haca pedazos. + +Una noticia circul como un relmpago por la gran masa detenida en el +Arenal. Estaban prendiendo fuego la iglesia de los jesutas. Una parte +de la manifestacin, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo, +rocindolo con petrleo. Ya ardan las puertas. + +La guardia civil corri all todo galope, abandonando la +manifestacin. Aresti senta un entusiasmo casi igual al del _Barbas_. +Ya arda el odiado cubil! Bilbao despertaba!... + +Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas slo haban sido +chamuscadas: la presencia de la autoridad haba disuelto el grupo +incendiario, extinguiendo el fuego. + +Era ya ms de medioda. Los grupos se aclaraban: todos se iban comer. +Aquello slo haba sido el prlogo de lo que ocurrira despus. + +--A la tarde, aqu--se decan unos otros al alejarse. + +Aresti entr en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba +tambin de lo que ocurrira por la tarde. A las tres estaban citados los +de la peregrinacin en el Arenal. Llegaran en varias procesiones desde +las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San +Nicols. El plan haba sido preparado con el propsito de llamar la +atencin, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia, +desafiando los enemigos. + +Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decan que el +gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que +desistieran de ella. El Padre Paul se negaba rotundamente, invocando +hipcritamente la libertad. Su aclito Urquiola hablaba de la batalla de +la tarde con aires de caudillo. + +Algunos mostrbanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse +la romera. Al fin, era un suceso que _amenizaba_ la vida montona y +gris de la poblacin. Aresti no dudaba de que se verificase. Conoca +los organizadores, y su propsito de excitar la impiedad naciente, +para darla la batalla y afirmar as su dominacin que crean en peligro. + +En una mesa cercana disputaban dos seores. + +--Me he fijado bien en la manifestacin--gritaba uno de ellos.--Todos +eran Prez y Martnez, todos _maketos_ hijos de _maketos_, mala gente, +de la que ha invadido nuestro pas. No iba ni uno que tuviera los cuatro +apellidos vascongados. + +Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhiban como una +prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra. + +--Pues, yo los tengo--gritaba su interlocutor con acometividad,--y digo +que deseo que esta tarde les rompan el alma los de la romera, y +ojal arrastren todos los jesutas! + +La divisin que perturbaba la villa, mostrbase, tambin en el +restaurant, impulsando unos parroquianos contra otros faltando poco +para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos. + +A las dos volvi Aresti al Arenal. Formbanse de nuevo los grupos cerca +del puente, mirando con hostilidad los aldeanos que pasaban camino de +las parroquias. Circulaban por el gento las ms contradictorias +noticias. Ya no se verificaba la romera: oponase ella el gobernador, +al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban +despreciativamente el cnsul de Espaa. Despus corra de boca en boca +la certidumbre de que iba celebrarse la fiesta. Se estaban formando +las comitivas en cada parroquia: pronto llegaran al Arenal para +reunirse todas en San Nicols. + +Y la gran plaza ennegrecase de gento inquieto. Una masa de cabezas +cubra las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba +desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba +instintivamente la gente: un vaco que pareca destinarse al choque de +unos y otros. + +Aresti se sinti de pronto arrastrado por un violento empelln de la +muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estall +una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones +interrumpidas por tiros. + +Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivn tempestuoso los +estandartes de la primera procesin. El mdico, sin saber cmo, en uno +de los empujones de la multitud, se vi en mitad del Arenal, cerca del +desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los +hombres, empuando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario +de la Virgen de Begoa; las mujeres escoltaban los curas, mirando la +muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanticas. Cesaron los +disparos al entrar la procesin en la plaza. Entonaban los romeros un +himno en vascuence la Seora de Vizcaya, y de los grupos sala, como +respuesta, _La Marsellesa_ _La Internacional_. + +Agrupronse los devotos ante la portada de San Nicols, y la muchedumbre +avanz lentamente hacia ellos. Estrechbase el espacio entre unos y +otros, los palos levantbanse amenazantes, los insultos alternaban con +los cnticos. De repente, el gento se hizo atrs, volviendo sus mil +cabezas. Una nueva procesin llegaba por el puente. Se haba reunido en +la Residencia de los jesutas: era lo ms brillante del ejrcito devoto +que iba subir Begoa; el _seorio_ de Bilbao, en el que figuraban +las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los +alumnos de Deusto. Los Padres de la Compaa ms famosos, presidan las +asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad +creciente del pueblo. + +Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se +viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los +bolsillos, marcndose en la tela el rgido contorno de las armas de +fuego. Las seoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas +por la actitud hostil del gento, como damas altivas que no temen al +mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio toda aquella +balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas +familias queran darles. + +Estall un trueno de gritos, insultos imprecaciones. Aresti vi pasar + Urquiola con el revlver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de +Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder +realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores slo intentaron en las +montaas inmediatas, durante los dos famosos sitios. + +--Viva Vizcaya! Viva la religin y Nuestra Seora de Begoa! Mueran +los liberales! + +Algunos discpulos de la Universidad jesutica, parecindoles estas +aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas la Unidad Catlica, y los +aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que +aquello significaba, pero adivinando que deba ser algo contra los +impos de la odiada Bilbao. + +Aresti vi pasar la mujer y la hija de Snchez Morueta. Despus las +de Lizamendi en un grupo de seoras, con la falda ceida y el andar +arrogante. Miraban todos lados como si buscasen alguien entre el +gento hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron +satisfechas de no haberse equivocado. Tambin estaba all!... El mal +hombre estaba donde le corresponda. El mdico vi la mirada de +resignacin y de lstima que su mujer diriga al ciego, como si +pidiese, con lamentos de vctima, perdn para su alma perdida. Luego vi +destacarse de un grupo de sotanas su enorme primo, que marchaba con la +cabeza descubierta, brillando la condecoracin de la Virgen entre la +celosa de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil +desconocida por Aresti. + +El mdico no pudo ver ms. Crey de pronto que se abra el suelo de la +plaza y que huan todos, chocando unos contra otros con el terror de la +fuga. Algunos palos rompironse en pedazos; sonaban las espaldas al +recibir los golpes con un ruido de cofres vacos; caan muchos con la +cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huan, y +comenzaron sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros +de los revlvers. + +Corran las seoras refugiarse en San Nicols, y los curiosos de las +aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los +cafs, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas. + +En un momento se form un gran vaco en la plaza, quedando sembrado el +suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban, +manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por +los grupos hacia las farmacias ms prximas. Mientras tanto, continuaba +el combate entre los ms resueltos de una y otra parte. + +De la portada de San Nicols salan descargas cerradas, disparos de +revlvers baratos comprados el da antes por los organizadores de la +romera, balazos sin direccin, que iban perderse en la arena del +paseo se incrustaban en los rboles. La mayora de los obreros +carecan de armas y se batan con los puos con palos, profiriendo en +la exaltacin de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoa y sus +devotos. La batalla se haba fraccionado: pelebase en grupos sueltos +individualmente. Los mismos compaeros no se reconocan, y muchas veces +se golpeaban, creyendo herir un enemigo. + +Aresti permaneca inmvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las +balas que corta distancia de l levantaban las cortezas de los +troncos. Sentase empujado de un lado otro por los empellones de los +combatientes, vindolo todo al travs de una niebla gris, como si el sol +se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le +hacan tropezar, y de los que salan gemidos dolorosos. + +En este crepsculo del atolondramiento crey ver un cura enorme que se +recoga el manteo con una mano y con la otra disparaba su revlver sobre +un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca. + +--T acabars!--deca blandiendo una faca y desvindose de un salto +cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntndole. + +Y cuando el cilindro del arma rod sin que saliera ya ninguna +detonacin, el obrero, con una risa feroz, se abalanz sobre el cura, +abrazndolo, cayendo con l al suelo, hundindole en la espalda el arma +con tanto mpetu, que la hoja quebrse en dos pedazos. + +Aresti crey que se haba desplomado un rbol sobre sus hombros. Fu un +golpe que le sac de su aturdimiento, hacindole rugir de ira: un +garrotazo en la espalda, que acab con toda su bondad irnica de +espritu superior, despertando en l la fiera. Levant su bastn y +comenz dar golpes delante de l, sin mirar quin alcanzaba, sin +acordarse de que poda ser un amigo, con el ansia de hacer dao, con la +embriaguez de la sangre. + +De pronto se sinti detenido en su avance por una espalda que caa +contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y dbil, con el +raquitismo que da el trabajo cuando es superior las fuerzas de la +edad. Vacil como si estuviera ebrio, llevndose las manos la cara +ensangrentada, y al intentar erguirse, un puo enorme volvi caer +sobre l hacindolo rodar por tierra. + +Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del cado, levant el +bastn al ver que se alzaba contra l de nuevo aquel puo que resonaba +sordamente golpeando como una maza. Pero el mdico qued con el brazo en +alto al reconocer al hombre que le acometa. + +--T!... t!...--grit con una voz que pareca desgarrarle la +garganta. + +Tena ante l Snchez Morueta, con el puo levantado, las barbas en +desorden, y en los ojos una expresin feroz: el deseo de exterminar la +canalla impa que insultaba las personas decentes y haba hecho +refugiarse las seoras en la iglesia. + +Al reconocer Aresti, baj el brazo y la cabeza como avergonzado. En el +mismo instante, algo blando y tibio choc en una de sus mejillas +escurrindose por los hilos de su barba. Su Luis, su hermano, le haba +escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de +herirle, ya que las manos se negaban ello por el antiguo respeto; era +el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido +y feliz, aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara +ensangrentada. + +El millonario mir su primo con ojos mansos y sin expresin, unos ojos +bovinos que parecan pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la +mano por la barba borrando el escupitajo del odio. + +Fu hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como +unas alas fnebres tiraba de l. Era el Padre Paul. + +--Don Jos. Vmonos de aqu. A Begoa! A Begoa! + +Y le arrastr con paternal solicitud, como si el millonario fuese el +primer estandarte de la romera. + +Aresti qued inmvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho +bien estaba, ya que no tena remedio. Los empellones de la gente que +hua le sacaron de su abstraccin. Los jinetes de la guardia civil +corran al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se +agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerbase en las aceras, +dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban +algunos hombres, llevando en sus brazos un herido. + +Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San +Nicols. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban +tiros. + +La muchedumbre sin armas, herida mansalva desde aquella altura, ruga +impotente, y en un arranque de desesperacin, intent arrojarse al +asalto del templo, pero tropez con un obstculo que acababa de +interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que +brillaban caones de fusil y correajes lustrosos. + +Dos compaas de infantera haban entrado en la plaza paso +gimnstico, colocndose en batalla ante la iglesia. Eran los _guiris_, +los _ches_, la Espaa en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su +pantaln rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la +resurreccin de la antigua Vasconia. Los soldaditos, plidos, con la +boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los +tiros de revlver, daban frente la gran masa que protestaba contra la +romera. + +Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente +hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y +hacer fuego apuntando la iglesia. Aquellos curas armados y +vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los seoritos +con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban +en ellos los que en otro tiempo haban asesinado en las montaas sus +hermanos, y que aun ahora deseaban volver la lucha de emboscadas. El +deber, con su peso frreo irresistible, mantena inmvil la doble +fila de hombres azules y rojos. + +Un oficial vacil un instante y entregando su sable un soldado, se +llev una mano un hombro. Acababa de recibir un balazo; le haban +herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se +contrajo con tristeza dolorosa, ms que por la herida, por la amargura +de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaa +frente frente con el eterno enemigo, sino la puerta de una iglesia, + manos tal vez de un sacristn, de uno de aquellos efebos catlicos +que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando la +religin y la Virgen. + +La guardia civil empujaba los romeros fuera de la plaza. Salan en +bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y +emprendan la ascensin Begoa escoltados por los jinetes. + +La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oa cmo se +alejaban las cofradas por las calles empinadas que daban acceso al +santuario. + +--Viva la Virgen!--gritaban con el enardecimiento de una lucha en la +que haban llevado la mejor parte. + +--A Begoa! A Begoa!--aullaba Urquiola agitando el revlver al frente +de un grupo. + +Y las aclamaciones la Virgen, interrumpanlas con frecuentes +descargas. Sin cesar en sus cnticos, hacan fuego sobre todos los que +al borde de la cuesta contestaban sus aclamaciones con gritos de +protesta. + +Poco poco fu quedando desierto el atrio de San Nicols. Un muerto +yaca en la acera, custodiado por dos guardias. Ms all, los grupos +rodeaban varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento +lo largo de las paredes esquivando el gento. Estaban heridos iban +sus casas curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas +declaraciones. + +Aresti pas ms de una hora de botica en botica y de caf en caf, +solicitado y arrastrado por muchos que le conocan, llamado all donde +guardaban un herido, esforzndose por curar de primera intencin, con +los medios que tena su alcance, todos los infelices que en brazos +de la muchedumbre iban despus hacia el hospital. + +Atendi indistintamente unos y otros, los que llevaban en el pecho +el escapulario de la Virgen y los que en el paroxismo del dolor +crean encontrar un alivio dando vivas la Libertad y la Repblica. La +carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las +aceras y los pavimentos de los cafs, le causaban inmensa tristeza, +hacindole pensar con lstima en la eterna infancia de los hombres: +Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que +estaba all en lo alto, entre luces y flores, mientras existan en el +mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban +para desaparecer el esfuerzo comn y fraternal de todos los humanos! + +Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoa, la +carcoma, ms sabia que ellos, seguira mordiendo las entraas de madera +del sonriente fetiche: tal vez aquellas horas algn ratn roa las +patas del dolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrera. + +El mdico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de +aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respir +satisfecho cuando ya no le presentaron ms heridos. + +Pase entonces por la orilla de la ra, pensando en el encuentro con su +primo, que seguramente sera el ltimo. La injuria Snchez Morueta le +morda el pensamiento: aquel salivazo pareca haber cado sobre su alma. +Ay, el intruso! El maldito intruso! Cmo haba penetrado entre ellos, +matando todo afecto, anulando con el poder fro de la muerte todo un +pasado de cario fraternal!... No haban reido cuerpo cuerpo como +los hermanos en las guerras civiles: pero se haban herido en el alma, +separndose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acab la familia: +Aresti estaba solo en el mundo. + +Varios grupos de muchachos corran vociferando por las riberas del +Nervin. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la seal de la cruz. +Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos despus de +la lucha en el Arenal, se haban esparcido por las Siete Calles, +escalando las hornacinas que cobijaban las imgenes de los patronos de +aquella Bilbao tradicional. + +Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados despus hasta la +ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quera vengar en +aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por +otros de msculos y hueso. Al agua los santos! Y caan de cabeza en la +ra las vrgenes y los bienaventurados, flotando despus de la inmersin +con la ligera porosidad de la madera vieja. + +La muchedumbre segua lentamente por las riberas el tardo descenso de +las imgenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudan viendo el +cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mrtires, +insultaban los impos, amenazndoles con las manos crispadas. + +Una imagen de la Virgen de Begoa, arrancada de su hornacina, era la que +ms llamaba la atencin. Ella tena la culpa de todo!... Y la silbaban + insultaban mientras la imagen descenda tendida de espaldas, mostrando + flor de agua su vientre dorado y su carita de mueca sagrada. Un +gabarrero, cruzando la ra en su barcaza, avanz hacia la imagen como si +quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la +piedad del marinero: iba salvar la Virgen. + +Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, ces de manejar el remo, y, +levantndolo en alto, despus de mirar ambas orillas, di con l un +golpe tremendo la Virgen, que desapareci en un remolino de agua para +no flotar ms. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en +aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. Hasta sobre +las aguas se mostraba la impiedad de la villa!... + +Frente un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con +movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoci al +_Barbas_. + +--Lo de hoy no vale nada--gritaba.--No me parece mal que les metan mano + los que por tanto tiempo han tenido engaada la gente, pero despus +de esto hay que ajustar la cuenta los que la roban. Hoy ha sido la +batalla de los santirulicos: maana ser la del pan. Ya bajarn del +monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los +ladrones de aqu: ya reclamarn su parte. Y nada de peticiones ordenadas +ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. Fuera los cataplasmeros! A +cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, dinamita... roo! +dinamita! + +Aresti se alej para que no le viese aquel energmeno, que pareca +enardecido por la sangre de la reciente lucha. + +Sus palabras evocaban en el pensamiento del mdico las minas, con su +poblacin miserable, roda por las necesidades materiales y la +desesperacin de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos +picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del pen y el +trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba la villa opulenta y +feliz. Despus del choque provocado por el fanatismo dominador, vendra +la huelga de los infelices, la reclamacin imperiosa de la miseria. + +Un ejrcito enemigo se ocultaba tras aquellas montaas que cerraban el +horizonte: una horda hambrienta que algn da caera sobre la poblacin +como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba +amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendran los +enemigos ante las defensas exteriores; se esparciran por las calles y +bloquearan la riqueza en sus magnficas viviendas. La guerra en +nombre del pasado se repetira en defensa del porvenir; los nuevos +sitiadores llevaran la miseria como bandera, y como grito de combate el +derecho la vida. + +Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza +origen de tantos males. Para qu servan los tesoros de las minas? Se +haba embellecido exteriormente la poblacin, tomando el aspecto de una +capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ra por las +chimeneas de fbricas y buques; pero la vida era ms triste que antes. +Con la riqueza haban llegado los hombres negros, que se hacan los amos +de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus +manos en los bienes materiales. + +Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de +tristeza levantaran el vuelo hacia otros pases. El suelo sera ms +pobre, pero renacera en l como planta de consuelo la alegra de la +vida. + +La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que an no conoca +el valor del hierro, era ms feliz, con la paz de un trabajo lento y +ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna, +con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza +disparatada y rpida que apenas si dejaba en el pas rastros +beneficiosos de su paso, perdindose en las obscuras tragaderas del +intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse +al lado de los favoritos de la suerte, ofrecindoles el cielo cambio +de una participacin en el botn. + +El saqueo de la Naturaleza, la amputacin de sus entraas de hierro, +haba servido nicamente para la felicidad de unos cuantos y para qu el +parsito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de +todo. Deba terminar aquel carnaval de la Fortuna, que slo serva para +dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar la miseria, +con el alarde de una concentracin loca de la riqueza, que avivaba los +odios sociales!... + +Las minas se empobrecan. Los optimistas las daban vida para veinte +aos: los ms crdulos llegaban hasta treinta. Pero despus vendra el +agotamiento, la nada; la montaa pelada, con su esqueleto calcreo al +descubierto, sin guardar el ms leve harapo del manto que la haba +cubierto durante siglos, ms rico que el de muchos dominadores de la +tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos, + los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se +aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el +hierro que haban respetado los mtodos antiguos. En Gallarta se +derribaban casas enteras, construidas algunos aos antes, para +aprovechar el mineral de su paredes. Se viva de los residuos de la +poca de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se +aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras +esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Seran intiles +todas las extratagemas de aprovechamiento; slo encontraran la tierra +pobre y estril, sin la menor partcula de hierro, y entonces vendra el +slvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta la pobreza, la +fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engaaba su hambre +trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su +vida: el aislamiento de los poderosos, encerrndose en el arca de su +riqueza, para flotar sobre este Diluvio final. + +La Fortuna habra pasado un momento por aquella tierra, como por otros +pases, sin dejar ms que ligeras huellas. Bilbao ofrecera el aspecto +de las ciudades histricas de Italia, que fueron grandes, llenando el +mundo con el podero de su comercio, y hoy son melanclicos cementerios +de un pasado glorioso. Quedaran en pie los palacios del ensanche, la +ra prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo +el mundo: pero los palacios estaran desiertos, el abra, con sus +contados barcos, tendra la triste grandeza de una jaula inmensa sin +pjaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, seran +ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen +an ms trgica la soledad de las metrpolis muertas. + +Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueos de tanta +riqueza, no haban querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de +la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus +complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados las fciles y +seguras ganancias de un pas donde slo hay que arrancar los pedruscos +del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su +puerto, la existencia de sus fbricas, todo estaba sometido la tierra +roja arrancada de la montaa. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire +de sus pulmones, y al faltar de repente, caera la villa ostentosa con +repentina muerte, desaparecera, como el decorado de una comedia de +magia, aquella riqueza creada de la noche la maana, que era para la +masa infeliz una opulencia insultante. + +Tal vez algn da los pasos de los raros transeuntes despertasen el +mismo eco fnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero +al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Poda ser que el mar +enemigo cegase la ra con una barra de arena, y que slo de tarde en +tarde remontase su corriente algn barco mercante. + +Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvera ser +la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre +y pacfica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del +remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus +calles el ejrcito de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los +que llegaban exhibir como una acusacin muda sus harapos y su cara de +hambre ante los palacios de los ricos. + +Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharan tras sus pasos aquellos +hombres negros que la seguan como merodeadores, que slo se mostraban +hablando del cielo all donde se amontonaban los beneficios de la +tierra. No vacilaran en abandonar una tierra exhausta, olvidndola +como tenan olvidados los pases pobres, donde nunca se mostraban, +como si en ellos no existiesen hijos de su Dios. + +Aresti, al pensar que la ruina de su pas sera la seal para que los +invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto +antes: sonrea pensando en el agotamiento de las minas como en una +catstrofe providencial y salvadora. + +Llevaba ms de dos horas paseando por la orilla de la ra. Comenzaba el +agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol +ocultbase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos segua la +lenta flotacin del ltimo santo, arrojndole piedras para que no se +detuviera en las revueltas de la corriente. + +Despus de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del +crepsculo de verano, pareca envolver suavemente el espritu de Aresti, +elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo +de tierra donde haba de morir. Era un atad, en el que dormitaba, +rodeado de seres egostas que se defendan del vecino intentaban +aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen +inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin lmites. + +Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que an +tena por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados +sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas +hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como +una estrella perdida en la noche. + +El sol se haba ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por +el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del ltimo santo. + +Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el ltimo crepsculo de las +religiones. Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos +dolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las +leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante +el negro secreto de la muerte! + +El doctor contemplaba la fuga del dolo sobre las aguas, y, como atrado +por l, lo segua lo largo de la ribera. + +Soaba en el da glorioso de la humana redencin: cuando desapareciesen +los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan mantenido los +hombres durante siglos en la esclavitud, cantndoles la cancin de la +humildad y la repugnancia la vida, arrullndolos en su eterna niez, +con la apologa de la resignacin cobarde ante las injusticias +terrenales, como medio seguro de ganar el cielo... + +No: aquellos dolos haban engaado la humanidad demasiado tiempo y +deban morir. Sus das an seran largos, pero estaban contados. Los +hombres comenzaban maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos +hostiles con la sublime rebelda del sacrilegio. Eran los alcahuetes de +la injusticia. Bajaran de sus altares como haban descendido los dioses +del paganismo cuando les lleg su hora, siendo ms hermosos que ellos. +Quedaran en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr +siquiera, en su fealdad, la admiracin que inspira la armoniosa +desnudez: se confundiran con los fetiches grotescos de los pueblos +primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras +sus aspiraciones y anhelos, adorara en el infinito de su idealismo las +dos nicas divinidades de la nueva religin: la Ciencia y la Justicia +Social. + +FIN + +Playa de la Malvarrosa (Valencia). + +Abril-Junio de 1904. + + * * * * * + + +DEL MISMO AUTOR + +NOVELAS + +=Arroz y tartana.= _Una peseta._ + +=Flor de Mayo.= _Una peseta._ + +=La Barraca.= _3'50 pesetas._ + +=Entre naranjos.= _3 pesetas._ + +=Caas y barro.= _3 pesetas._ + +=Snnica la cortesana.= 3 pesetas. + +=La Catedral.= 3 pesetas. + +CUENTOS + +=Cuentos valencianos.= _Una peseta._ + +=La Condenada.= _Una peseta._ + +VIAJES + +=Pars= (_agotada_). + +=En el pas del Arte= (_Tres meses en Italia_). 1'50 ptas. + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO *** + +***** This file should be named 24466-8.txt or 24466-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/4/4/6/24466/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was +produced from images generously made available by the +Digital & Multimedia Center, Michigan State University +Libraries.) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at http://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Donations are accepted in a number of other +ways including checks, online payments and credit card donations. +To donate, please visit: http://pglaf.org/donate + + +Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic +works. + +Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm +concept of a library of electronic works that could be freely shared +with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project +Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. + + +Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. +unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/24466-8.zip b/old/24466-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..6dbbb4e --- /dev/null +++ b/old/24466-8.zip diff --git a/old/24466-h.zip b/old/24466-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..5450d4b --- /dev/null +++ b/old/24466-h.zip diff --git a/old/24466-h/24466-h.htm b/old/24466-h/24466-h.htm new file mode 100644 index 0000000..30f9351 --- /dev/null +++ b/old/24466-h/24466-h.htm @@ -0,0 +1,10922 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of El Intruso, par Vicente Blasco Ibez. + </title> + <style type="text/css"> +/*<![CDATA[ XML blockout */ +<!-- + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + text-indent: 2%; + } + .playa {font-size:90%; + text-indent:-2%; + margin:5%; + } + h1,h2,h3 { + text-align: center; + clear: both; + } + .top5 {margin-top: 5%;} + .top15 {margin-top: 15%;} + hr { width: 50%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; + color:black; + } + hr.full { width: 100%; + margin-top: 5%; + margin-bottom: 5%; + border: solid black; + height: 5px; } + table {margin-left: auto; margin-right: auto;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + background:#fdfdfd; + color:black; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + ul {list-style-type: none;text-indent: -1em;} + .un {text-decoration: underline; + } + a:link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {background-color: #ffffff; color: red; text-decoration:underline; } + .smcap {font-variant: small-caps; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + .c {text-align: center; + text-indent: 0%; + } + // --> + /* XML end ]]>*/ + </style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El intruso + +Author: Vicente Blasco Ibez + +Release Date: January 31, 2008 [EBook #24466] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was +produced from images generously made available by the +Digital & Multimedia Center, Michigan State University +Libraries.) + + + + + + +</pre> + + +<hr class="full" /> + +<h2><span class="smcap">Vicente Blasco Ibáñez</span></h2> + +<hr style="width:10%;" /> + +<h1>EL INTRUSO</h1> + +<p class="c">—NOVELA—</p> + +<p class="c">22.000</p> + +<p class="c">F. Sempere y C.ª, Editores</p> + +<p class="c">CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32</p> + +<p class="c">VALENCIA</p> + +<p class="c">1904</p> + +<hr /> +<table summary="toc" cellpadding="0" cellspacing="0"> +<tr><td>Capítulos: +<a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X</b></a><br /> +</td></tr> +</table> + + +<hr /> + +<h3 class="top15"><a name="I" id="I"></a>I</h3> + +<p>Comenzaba á clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose +empujado en un hombro. Lo primero que vió fué el rostro de manzana seca, +verdoso y arrugado de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos del +pañuelo que llevaba la vieja arrollado á las sienes.</p> + +<p>—Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues +que vaya.</p> + +<p>Comenzó á vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebusca +lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordándose de +los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio +de hombre solo.</p> + +<p>Dos médicos tenía á sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel +día estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames +desde la noche anterior, para curar á varios mineros heridos por una +explosión de dinamita.</p> + +<p>Kataliñ le ayudó á ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la calle +mientras el doctor se calaba la boina y requería su <i>cachaba</i>, grueso +cayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas á +las minas.</p> + +<p>—Oye, Kataliñ—dijo al trasponer la puerta.—¿Sabes quién es el muerto?</p> + +<p>—<i>El Maestrico</i> disen. El que enseñaba por la noche el abesedario á los +pinches y era novio de esa que llaman <i>La Charanga</i>. ¡Cómo está +Gallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasía.</p> + +<p>—Lo de siempre—murmuró el médico.—El crimen pasional. A estos +bárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.</p> + +<p>Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta.</p> + +<p>—Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que le +esperan en Bilbao. No haga á su primo una de las suyas.</p> + +<p>Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel +primo que le había invitado á comer por ser sus días. En todo el +distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una +admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y +poderío, le temían como á una fuerza omnipotente.</p> + +<p>El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de +frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de los +montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta +descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del +Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los +lentes y siguió adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignada +del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus +zapatos de monte se pegaban al barro; la <i>cachaba</i> iba marcando con su +lanza un agujero á cada paso.</p> + +<p>La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas de +las minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban +camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos +camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se +pegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en +ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el +extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir +entre ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito +minero. Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridad +en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los <i>chimbos</i> de +Bilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa +porque era primo hermano de Sánchez Morueta y éste no ocultaba su gran +cariño al médico...</p> + +<p>¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía muchos años que no había +estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sin +que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los más +íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por él, lo +mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se +mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían +minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos +inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras: +de él, todo de él. Y de él también, los altos hornos que ardían día y +noche junto al Nervión, fabricando el acero, y gran parte de los vapores +atracados á los muelles de la ría cargando mineral ó descargando hulla, +y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos +los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un +sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que +funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se +dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer á +un hombre rico de la noche á la mañana con sólo desearlo. Hasta los +señores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que +prestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor +Aresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y de +hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la +lluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombres +se agolpasen en torno de él, con la furia brutal de la codicia, +obligándolo á aislarse, á permanecer invisible, para no perecer bajo el +formidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médico +había solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la +cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecían +faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama +de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían +dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fué á aislarse en las +minas, cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de +Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.</p> + +<p>Los contratistas, los capataces, los <i>químicos</i>, toda la gente que +formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba á Aresti, poniendo en +su adoración algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio á +las riquezas materiales.</p> + +<p>—Le gusta vivir con nosotros—decían con orgullo.—Mejor prefiere una +merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Sánchez +Morueta tiene en Las Arenas... ¡Ser primo de Don José y pasarse meses +sin verlo!... ¡Pero qué famoso es el doctor!</p> + +<p>El mísero rebaño de los mineros, albergado en los barracones y cantinas, +tenía una fe ciega en su ciencia, le miraba como á un brujo capaz de los +mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano. +Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de lisiados, que, al +conservar la vida después de horribles catástrofes, proclamaban la +maestría del cirujano.</p> + +<p>—¡Que venga Don Luis!—gemía el minero herido por la explosión de un +barreno, ó el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la +cantera.</p> + +<p>Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los lentes del doctor, sus +ojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba en punta llena +de canas precoces, los infelices sentíanse animados por repentina +confianza; no percibían la llegada de la muerte, esperando hasta el +último momento el milagro que había de salvarles.</p> + +<p>Los otros médicos del distrito eran recibidos por los enfermos con +triste resignación. ¡Don Luis: sólo el doctor Aresti! Y las señoras de +Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se +aburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo, +sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, sólo por +el gusto de hablar con el doctor, que á más de su ciencia llevaba con él +algo de la grandeza de Sánchez Morueta y de las altas clases de Bilbao +hasta las cuales soñaban con llegar algún día. Los maridos no +necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los +asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le +buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagruélicas. +Le llevaban con ellos á las pruebas de bueyes y las apuestas de +barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de +la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.</p> + +<p>La noche anterior, Aresti se había acostado tarde. Ya que había de comer +en Bilbao invitado por <i>Don José</i> (que así era conocido por antonomasia +el poderoso Sánchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual +nombre, no querían dejar de obsequiar al doctor. Y hasta más de media +noche duró la cena en el fondín principal del pueblo: un banquete de +platos populares y substanciosos, tales como los soñaban aquellos ricos +improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda +clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile +de viandas vulgares rociadas desde la primera á la última con champagne +de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el +distintivo de la riqueza; lo único que habían podido copiar de las +clases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien su +opulencia y lo gastaban á cajas, abriendo á golpes las botellas, riendo +como niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos á +otros con la espuma, bebiéndolo en tanques y llenando á veces las +palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que á +los postres nunca dejaba de producir hilaridad.</p> + +<p>Aresti sonreía recordando la fiesta de la noche anterior, las +extravagancias infantiles de aquellos rústicos, enriquecidos rápidamente +é imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y +laboriosa que llevaban en el monte.</p> + +<p>Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló largo rato una colina +roja que se alzaba á un lado del camino. Aquella tumefacción del paisaje +era obra del hombre. La montaña se había formado espuerta sobre +espuerta. A su sombra habían nacido Gallarta y la riqueza del distrito. +Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoña, la explotación más +famosa de las Encartaciones: toda de mineral <i>campanil</i> y del más rico. +Allí habían comenzado su fortuna Sánchez Morueta y otros potentados de +Bilbao. Sólo quedaba como recuerdo la montaña de escoria. El dinero +estaba en la villa, y en las entrañas de la tierra los siervos anónimos +que habían dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.</p> + +<p>Aresti vió un grupo de gente á un lado del camino. Pasaban corriendo +junto á él chiquillos y mujeres. A veces se detenían para llamar á los +que estaban en los desmontes inmediatos.</p> + +<p>—¡Ené! ¡Han matado al <i>Maestrico</i>! ¡Vamos á verlo!</p> + +<p>Y seguían corriendo hacia el gentío, en el cual se destacaban los negros +uniformes y las boinas con chapa de una pareja de miñones. Algunos +muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atraídos por el suceso, +llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos. +Familiarizados con el explosivo, metíanse entre los grupos empujando +para abrirse paso y ver al muerto.</p> + +<p>En medio del camino estaban inmóviles varias carretas con sus bueyes de +raza vasca, pequeños, de patas finas, con una piel de carnero entre los +cuernos adornando el yugo.</p> + +<p>Al llegar el doctor se abrió el compacto grupo, dejando ver un hombre +tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre +formaban una máscara sobre su rostro. Aresti no tuvo más que inclinarse +para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.</p> + +<p>El juez municipal, un contratista de los que habían cenado con Aresti, +le habló del suceso, lamentando el madrugón que le había proporcionado. +El pobre <i>Maestrico</i> debía haber muerto casi instantáneamente. Tenía un +golpe en el corazón, una de aquellas puñaladas que sólo se veían en las +minas donde vive tanta gente salida del presidio. Además, le habían +herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Debían ser dos los +que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volvía de Bilbao. Para +el juez, el suceso no ofrecía dudas. De allí iría á prender á los +culpables sin miedo á equivocarse.</p> + +<p>Recordaba á Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un +andaluz, de carácter triste y pocas palabras que había rodado por el +mundo buscándose la vida en América en cien oficios, y trabajando en +todas las minas de España. Por las noches, cuando volvía del trabajo, +daba lecciones á los pinches. Vivía á pupilo en casa de los padres de +<i>la Charanga</i>, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta á la +chavalería de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado +de presidio, un rebelde que iba de una á otra cantera despedido siempre +por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atención +por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un +arsenal de armas oculto. El <i>Maestrico</i> se había enamorado de <i>la +Charanga</i> con la pasión reconcentrada y silenciosa de un hombre de +cuarenta años. Los padres le querían, alabando sus costumbres sobrias, +su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de +bestia alegre, decía que sí á todo, continuando sus relaciones con el +matoncillo. Iban á casarse en aquella misma semana. El <i>Maestrico</i> había +marchado el día anterior á Bilbao para comprar algunos regalos á la +novia y, al regreso, el amante y su padre le habían esperado en el +camino.</p> + +<p>Aresti oyó unos gemidos á su espalda. Entre el gentío, un minero viejo +se llevaba las manos á los ojos.</p> + +<p>—Antón... pobre <i>Maestrico</i>. ¡Matar á un hombre así! ¡Tan bueno!... +¡tan trabajador!</p> + +<p>Era el padre de <i>la Charanga</i>, que lloraba ante el cadáver de su pupilo.</p> + +<p>El médico se fijó en el abultado abdomen del muerto, é hizo que un miñón +desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela +blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sueñan las muchachas +de las minas como una elegancia suprema. El pobre <i>Maestrico</i> había ido +á la villa para comprar este regalo á su novia.</p> + +<p>Se abrió el grupo con cierto rumor de curiosidad, como á la llegada de +un personaje esperado. Era <i>la Charanga</i>, con las manos en las fuertes +caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado, +mostrando al sonreír sus dientes agudos de loba impúdica.</p> + +<p>—¿Pero es verdad que han matao á <i>ese</i>?...</p> + +<p>Y fijaba su mirada en el médico, con la misma expresión de lúbrica +generosidad con que muchas veces le había invitado á seguirla cuando le +encontraba en el campo. Después contempló el cadáver fríamente, sin +emoción, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompió á reír.</p> + +<p>—¡Rediós! ¡Pus ya podía yo anoche esperar mis botas!...</p> + +<p>Fué todo lo que se le ocurrió ante el cadáver del que iba á ser su +marido. Y rompiendo á codazos por entre los hombres que se conmovían al +contacto de sus caderas, salió del grupo, alejándose con soberbia +indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor á ella iba á ir á +presidio.</p> + +<p>—¡La bestia!—dijo el médico al juez, siguiéndola con la mirada.—La +hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos +se maten por poseerla... Esto sólo se ve aquí.</p> + +<p>Y Aresti sonreía con la satisfacción del naturalista que contempla en +su gabinete un animal extraordinario.</p> + +<p>Llegaban de Gallarta nuevos grupos atraídos por la noticia del +asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miñones en +busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadáver, +llevándolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor +emprendió el regreso y, cerca ya de Gallarta, notó que un muchacho de +unos catorce años, un pinche de los que trabajaban en las minas, le +seguía, marchando tan pronto á su lado como delante, siempre volviendo +la cara hacia él, mirándole con unos ojos desmesuradamente abiertos, +suplicantes y vidriosos como si fuesen á saltarles las lágrimas.</p> + +<p>—¿Qué se ofrece caballero?—dijo Aresti con su voz alegre que parecía +esparcir la confianza entre los desgraciados.</p> + +<p>—Señor dotor—gimió el muchacho.—Mi padre... mi pobre padre.</p> + +<p>Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se +ahogaron las palabras en su garganta y rompió á llorar.</p> + +<p>Aresti se fijó en él. No era del país: debía ser <i>maketo</i>, de los que +llegaban en cuadrillas de Castilla ó de León, empujados por el hambre, +atraídos por los jornales de las minas. Un pantalón azul, con piezas +superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus +zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprimía una +camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la +maraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de +una boina vieja. Olía á juventud descuidada, á ropas mantenidas sobre la +carne meses enteros. Aresti conocía este perfume de las minas; el hedor +de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la +misma envoltura.</p> + +<p>—Tu padre... ya te entiendo—dijo bondadosamente.—¿Y qué le ocurre á +tu padre? Vamos á ver.</p> + +<p>El pinche se explicó trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga, +en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al amanecer había querido +levantarse para ir al trabajo como los demás compañeros, pero le ardía +la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera. +Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo, +señor?... Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido á +perder el jornal del día!...</p> + +<p>Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándole +con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostración +de la gravedad del enfermo.</p> + +<p>Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría al médico que estaba +en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompió á llorar +de nuevo.</p> + +<p>—Señor dotor... Usted, sólo usted... Se lo pido por lo que quiera más +en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más que todos +juntos. La gente dice que usted hace milagros...</p> + +<p>Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces sin +saber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo su +lenguaje y con él quisiera convencer al médico.</p> + +<p>—Basta, muchacho—dijo Aresti riendo.—No sigas. Iré á Labarga para que +no me beses más con tu cara sucia... Buena se va á poner Kataliñ cuando +sepa que subo al monte.</p> + +<p>El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menos +dificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y +habían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacía +tres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellos +tenían allá su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las +mujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombres +emprendían la peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos, +de once reales ó tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el +país. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y +plantar la del año próximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era +dura, morían algunos; pero se podía volver á casa con buenos ahorros.</p> + +<p>—Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once ú doce. Damos un +real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va por +las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral +destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y +no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos á +casa á los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros.</p> + +<p>—Pues vais á ser ricos cualquier día—dijo Aresti.</p> + +<p>—¡Quia! ¡no señor!—contestó el muchacho cándidamente.—Ricos nunca lo +seremos. ¡Aun si ese dinero fuese para nosotros!...</p> + +<p>—¿Es que lo regalais?...</p> + +<p>—Se lo llevan los mandones. Con él pagamos la contribución.</p> + +<p>Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando una vez más la +sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada +á las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en su +cerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de +campamento, encorvados ante la piedra roja, arañándola de sol á sol con +un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación, +acelerando día por día la ruina de su organismo; y este sacrificio +obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridículo +sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y +pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.</p> + +<p>Al entrar en Gallarta, el médico pasó apresuradamente ante su casa, +temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al +monte.</p> + +<p>—Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y aún he de tomar el tren +para Bilbao.</p> + +<p>Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta +empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustándose +á todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios construidos con +mineral en la época que éste no era tan buscado; gruesos paredones +agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y +los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes +aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates +del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los +establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas +ventanas con vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendo +zapatos ó quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa, +enviados á las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A +causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas +tenían varios peldaños ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran +profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar á ellas. Los +establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La +calle, con sus tiendas estrechas y lóbregas y sus casas de poca altura, +hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe. Algunas carretas +permanecían detenidas á las puertas de las tabernas, moviendo los +bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro +gritaban los conductores ante los vasos de vino.</p> + +<p>Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como estaba á aquel país +montuoso, y apoyándose en la <i>cachaba</i> seguía sin dificultad al pinche +que casi corría por el camino, con dirección á Labarga, uno de los +barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación minera. Así +como ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y se +ensanchaba el paisaje. Agrandábanse los montes y se velaban los valles +bajo la bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, que +guarda la desembocadura de la ría de Bilbao, recortaba sobre el cielo +plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies +extendía el mar su ancha faja obscura, cortada á trechos por otros +montes más bajos, metiéndose en triángulos, tierra adentro, en forma de +ensenadas y rías.</p> + +<p>Hacía algún tiempo que el doctor no había subido á pie la cuesta de +Labarga y encontraba cierta novedad al espectáculo. Sin dejar de andar, +iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al +pie de Serantes, era San Pedro Abanto; más allá, al lado de una ría, +alzábase la montaña de Somorrostro. Dos nombres famosos que conocía toda +España después de la guerra civil. Como una resurrección de aquella +lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas +inmediatas al camino, tembló la tierra con sorda trepidación y +estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por +el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban á una hora +fija, por la mañana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus +cornetas para que se alejase la gente. Más allá de las minas inmediatas +sonaron nuevas detonaciones, y luego otras más lejanas, estremeciéndose +toda la cuenca minera con un incesante cañoneo como si tronasen baterías +ocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes.</p> + +<p>Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las +Encartaciones, cuando el ejército liberal intentaba levantar el sitio de +Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de +la guerra y la destrucción, habían popularizado los nombres de dos +humildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates; pero +como si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces á +los viejos del país y á muchos de los contratistas que eran entonces +aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al +cura de su anteiglesia, habían tomado las armas en defensa del Señor y +los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del +llano, habían matado de un certero cañonazo á los dos mejores generales +del carlismo. Después, el médico miraba el monte de Somorrostro con sus +ásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún se +encontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la gran +carnicería: los batallones del gobierno, la infantería de marina, con la +bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro, +pugnaban por subir á lo más alto para vencer al enemigo, y éste los +fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fría +anticipación, y pareciéndole poco mortífero el fusil, apelaba á +procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las +alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las +minas, y estos carros de la muerte descendían saltando de peñasco en +peñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba á cada choque, á +cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los +celtíberos bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas +locas rompían las masas de pantalones rojos ó azules que en vano +intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su férreo volteo, hacían +crujir los huesos, deshilachaban los músculos, y, manchadas de sangre, +seguían rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucción.</p> + +<p>—¡Imbéciles! ¡imbéciles—repetía mentalmente el doctor.</p> + +<p>Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos +montes y en otros de más allá; en todos los que dormían eternamente en +las entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una +simple cuestión de personas, hábilmente explotada en nombre del +sentimiento religioso y de la repulsión que siente el vascongado por +toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.</p> + +<p>Contrastando con estos recuerdos de una época de violencias, rodeaban al +doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el +movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra. +Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus cables +sobre los robustos postes y deslizándose por ellos, pasaba el rosario de +tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeñaderos, +descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los +descargaderos de Ortuella, la vía férrea del Triano, que es el +respiradero de las minas.</p> + +<p>En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corrían sobre los +rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por +caballos, empujadas otras por hombres. Veíanse grandes plataformas de +madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehículos +amarrados á una cadena sin fin. La vía automática de una compañía +extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que +parecían seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas, en opuestas +direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su +camino en línea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y +atravesando las alturas por túneles pendientes que los devoraban.</p> + +<p>El paisaje aparecía trastornado por la mano del hombre. El minero +violaba á la Naturaleza, volcándola, desordenando sus ropajes. Todo +había cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo por la +piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban +convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas: +lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el +pavoroso corte del despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas; +las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapábanse ahora con +rezumamiento fangoso por las angostas galerías que perforaban las +pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su +carne, mostraban el armazón calcáreo, la triste osamenta. Los prados de +otras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo +había desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un viento de +fuego. Sólo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierra +codiciada por el hombre, que parecía haber ardido con interna +combustión. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante. +Crecía la hierba allí donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las +plataformas carcomidas, delatando una explotación abandonada. En estos +rincones pacían algunos rebaños de ovejas panzudas, de largas lanas, +dando con sus esquilas una nota de calma pastoril á aquel paisaje +desolado que parecía recién surgido de una catástrofe geológica.</p> + +<p>El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de +esos cráteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de +sus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad fuese obra +del hombre en tan pocos años. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando +el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos. +Los caballos parecían por su tamaño escapados de una caja de juguetes.</p> + +<p>Aresti, ante este desgarrón de la corteza terrestre que mostraba al aire +sus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas anatómicas +reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como +huesos; las fajas de mena rojiza tenían el tono sanguinolento de los +músculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso +de los intestinos.</p> + +<p>A un extremo de la gigantesca excavación la montaña se había venido +abajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y enormes +pedruscos. El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años antes. +La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída á una cuadrilla de +obreros que trabajaba en su base. Unos habían perecido aplastados +instantáneamente: otros habían quedado enterrados en vida, en un +socavón, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La +gente acudía para pegar sus oídos con horror á los peñascos +desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los +gemidos de los infelices que perecían lentamente en la obscuridad de las +entrañas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los días. Centenares +de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver +la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, sólo +habían avanzado algunos metros y ya no se oía nada: de la tierra no +salía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios +cadáveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cráneo +aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando +aún en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del +socavón en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la +cueva se pudrían tras el gigantesco tapón de mineral que los había +aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocían. Habían +llegado á las minas poco antes y los capataces sólo anotaban sus apodos. +Tal vez en algún rincón de España los esperarían aún, creyendo que +cuanto más larga fuese la ausencia mayores serían los ahorros.</p> + +<p>Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salían gemidos del +derrumbamiento. Durante unos meses viéronse en el camino de Labarga +formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las +casas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobres +almas en pena de la mina. Pero cierta mañana apareció tendido en el +camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo +fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron á salir fantasmas, ni +nadie sintió deseos de adornar la catástrofe con grotescas apariciones.</p> + +<p>El recuerdo de los enterrados fué borrándose en la memoria de todos. Las +desgracias, en aquella explotación cruel que gastaba las vidas de muchos +miles de hombres, superponíanse unas á otras con frecuencia, ocultando y +desvaneciendo las anteriores. Un día, las vagonetas, al chocar unas con +otras, aplastaban á un obrero: otro día saltaban de los rieles al bajar +por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo, +que no recelaba la muerte traidora que llegaba á sus espaldas: los +barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen +espigas; llovían pedruscos en mitad de la faena, matando +instantáneamente; y por si esto no era bastante, había que contar con +los navajazos á la salida de la taberna, con las riñas en la cantera, +con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad de +aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual +vivían confundidos los que al salir de los penales de Santoña, +Valladolid ó Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las +minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y á nadie se +preguntaba quién era y de dónde venía...</p> + +<p>La Muerte rondaba en torno del mísero populacho, como un lobo alrededor +del rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los dientes agudos. +Zarpazo aquí, dentellada allá, la gran enemiga se mostraba infatigable. +Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas por +carne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un +perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega +fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la +misma montaña, llegando apenas á la opulenta Bilbao. El mineral marchaba +ría abajo sin que nadie pensase en lo que había costado su arranque del +suelo.</p> + +<p>Aresti salió de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle única +de Labarga, dos filas de míseras casuchas puestas sobre los peñascos que +bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían palacios, +comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas, +conocidas en el país con el nombre de <i>chabolas</i>, con tabiques de madera +delgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dos +piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera, +y la superior, al abrirse, era la única ventana que daba á la casa luz y +aire. Las incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones, +reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella +fuese á convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre +cuerdas los guiñapos de color indefinible puestos á secar. Algunas +gallinas flacas y espeluznadas corrían por el camino. Los niños +permanecían sentados ante las puertas, graves é inmóviles, como si +fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos del +llano.</p> + +<p>Al ver al doctor, salían las mujeres á las puertas de sus tugurios, +sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo +de pronto el miedo á enfermedades que tenían olvidadas.</p> + +<p>—¡Chicas, es don Luis!—se gritaban unas á otras.—¡Señor doctor, aquí! +¡Míreme usted este chico!... ¡Entre á ver á mi madre!</p> + +<p>Pero Aresti conocía de larga fecha estos recibimientos; el furor que +acometía á todos por estar enfermos apenas le veían, sin ocurrírseles +bajar al hospital más que en casos de extrema gravedad. Y seguía +adelante sonriendo á unas, contestando á otras alegremente, precedido +por el pinche zamorano que volvía la cara como si temiese verle +secuestrado por el grupo de comadres.</p> + +<p>Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una +casucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi ocultos bajo las +cejas y un gesto de desdén contraía á cada momento su cara negruzca. Al +ver al médico no se llevó la mano á la boina ni abandonó su inmovilidad +de fakir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la miseria +que le rodeaba.</p> + +<p>—¡Salud, amigo <i>Barbas</i>!—dijo el médico alegremente, deteniéndose ante +él.—¿Qué hay compañero?</p> + +<p>—Mucho y malo, don Luis.</p> + +<p>—Y esa revolución ¿cuándo la hacemos?...</p> + +<p>El <i>Barbas</i> miró un instante á Aresti con ojos ceñudos, como si fuese á +insultarle: después escupió la nicotina de sus labios con un gesto +desdeñoso.</p> + +<p>—Búrlese, don Luis. Usted está acostumbrado á oír quejarse de dolor lo +mismo al rico que al pobre, á ver que todos mueren igual; por eso toma á +risa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales. Hace +usted bien. Ríase... pero el trueno gordo se acerca. Algún día +encontrarán su merecido todos los ladrones... ¡todos! incluso su primo +Sánchez Morueta.</p> + +<p>—¡Compañero! ¿y yo?—dijo el doctor.—¿Qué vas á hacer de mí?</p> + +<p>—Usted es un guasón que se ríe de la vida... pero entre burlas y veras +hace bien á los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los +nuestros.</p> + +<p>—Gracias, compañero <i>Barbas</i>.</p> + +<p>Y dando á entender al solitario con un gesto que volvería para hablar +con él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta le esperaba +impaciente el pinche.</p> + +<p>Era la <i>casa de peones</i>, el miserable albergue de las montañas mineras, +donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado á visitar +aquellos tugurios que olían á rancho agrio, á humo y á «perro mojado». +En la entrada de la casa estaba el fogón con algo de loza vieja alineada +en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso, +como si las tablas trasudasen de una pieza á otra la suciedad y la mugre +de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por +los pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables +zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las +manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirándose con ojos bizcos +los cuernos del pañuelo rojo arrollado á la cabeza. Unos gatos flacos y +espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de +la olla: unos animales lúgubres, de mirada feroz, tigres empequeñecidos +que parecían alimentarse con el hambre que sobraba á sus amos.</p> + +<p>La vieja rompió en lamentaciones al conocer á don Luis. El pobre peón +estaba muy malito: ¡á ver si lo sacaba adelante!... Ella le había tomado +ley después de tenerlo varios años en su casa. Y al lamentarse, había +tal expresión de frío egoísmo en sus ojos, que el doctor la atajó +brutalmente:</p> + +<p>—Sobre todo, lo que usted más siente, tía Gertrudis, es perder un real +diario si muere.</p> + +<p>—¡Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay más casas de peones. +Mi probe viejo está casi baldao del reuma y gana menos que un pinche +escogiendo mineral en los lavaderos. ¡Y muchas gracias que lo aguantan, +y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... ¡Ay +Señor, después de trabajar toda la vida! El médico levantó una +cortinilla de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz, +ocupado por la cama de los viejos. Levantó otra, y vió un cuartucho no +mucho más grande, obstruido completamente por un camastro enorme, +formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En él dormía toda +la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin +separación alguna, sin más aire que el que entraba por la puerta y las +grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz cubrían el +tablado: cuatro mantas cosidas unas á otras formaban la cubierta común +de los ocho, y junto á la pared yacían destripadas y mustias algunas +almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las +cabezas.</p> + +<p>Aresti pensó con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio. +Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques +arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de +arrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas á su primitivo sitio. +Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao +ó tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas ó, +cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor ó +mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que podía +tocarse con las manos, hacíase irrespirable á las pocas horas, +espesándose con el vaho de tantos cuerpos, impregnándose del olor de +suciedad. Los parásitos anidados en los pliegues del camastro, en las +junturas de la madera, en los agujeros del techo, salían de caza con la +excitación del calor, ensañándose al amparo de la obscuridad en los +cuerpos inánimes que duermen con el sueño embrutecedor de la fatiga. En +las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte á parte la +casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos +vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los +sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad +fraterniza.</p> + +<p>El médico consideraba que aquellos ocho hombres que dormían en común +eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las +aventuras de su peregrinación anual: y su pensamiento iba hacia otras +casas de peones, tan míseras como aquella, donde los hombres acostados +en la misma cama no se habían visto nunca; donde el infeliz muchacho, +recién llegado de su tierra, dormía en contacto con un individuo, con +otro que también acababa de llegar á la mina, tal vez recién salido del +presidio ó fugitivo por algún crimen. Los cuerpos extraños se juntaban +bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne +sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta +promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jóvenes, de inocentes +jayanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante, +conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una +forzada abstinencia de la carne, en un país donde por las condiciones +del trabajo, los hombres son mucho más numerosos que las mujeres, y la +continua afluencia de presidiarios licenciados traía consigo todas las +criminales aberraciones de la virilidad aislada.</p> + +<p>Aresti vió al enfermo en el fondo del camastro, junto á la pared, +respirando jadeante. Estaba acostumbrado á visitar los tabucos de los +mineros: nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó encima del +tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una cerilla +y entonces vió en el tabique de la cabecera que en otros tiempos había +sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando +generales contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto de +bandas y cruces, héroes de la guerra que se habían cubierto de gloria +entregando territorios al enemigo ó fusilando en masa á indígenas +indefensos.</p> + +<p>El médico no pudo contener su risa.</p> + +<p>—¿Por qué estarán aquí estos tíos?...</p> + +<p>Las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin fijarse en los +personajes; ó tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado, cándido +y entusiasta, que creería haber servido á las órdenes de caudillos +inmortales.</p> + +<p>El enfermo tenía los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel +ardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la +lluvia de la noche anterior.</p> + +<p>—Una pulmonía de padre y señor mío—dijo el doctor arrojando la cerilla +y saliendo del camastro otra vez de rodillas.</p> + +<p>Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una hoja de su cartera, +encargando al pobre pinche, que después de la visita parecía más +tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.</p> + +<p>Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer varias +recomendaciones á la vieja, vió que le aguardaba en medio del camino un +contratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el +chaleco brillábale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas +fabricadas con la tela impermeable que servía de forro á las cajas de +dinamita.</p> + +<p>—Hola, <i>Milord</i>—dijo el médico.—¿Qué, hoy no hay oficios divinos en +la capilla de Baracaldo?</p> + +<p>—No, don Luis—dijo el contratista con cierta unción en sus +palabras.—Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no es +de fiesta.</p> + +<p>—¿Y <i>Milady</i>, siempre tan hermosa y elegante?</p> + +<p>—Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos más que unos pobres +patanes con un poquito de protección.</p> + +<p>Después de esto, el llamado <i>Milord</i> rogó al médico, que ya que estaba +en Labarga, se llegase á la cantina de <i>Tocino</i>, el capataz de su +confianza, que llevaba varios días inmóvil en la cama por el reuma. +Aresti se resistía alegando su viaje á Bilbao.</p> + +<p>—Un momento nada más, don Luis: entrar y salir. Yo también tengo prisa +por llegarme á la mina. ¡El pobre <i>Tocino</i> me hace tanta falta cuando no +está allí!...</p> + +<p>El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá de Labarga, hasta +una altura donde estaba establecida la tienda de <i>Tocino</i>. Por el camino +bromeaba con el contratista sobre su religión. El <i>Milord</i> había sido +capataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar al +ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y +no dejar descanso á los peones de sol á sol. La protección del jefe lo +elevó á contratista, colocándole en el camino de la riqueza, y, no +sabiendo cómo mostrar su gratitud al inglés, había abrazado el +protestantismo. La despreocupación religiosa era general en las minas: +sólo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y +para ligarse más íntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis +años en un colegio de Inglaterra, volviendo de allá la muchacha con un +exterior púdico y unas costumbres de <i>confort</i> que regocijaban á toda +Gallarta. Los domingos, <i>Milord</i> y <i>Milady</i> bajaban á Baracaldo, +vestidos con trajes que encargaban á Londres, para confundirse con las +familias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en las +minas ó en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capilla +evangélica del país. Aresti, que había cogido cierto miedo á los +<i>flirts</i> con <i>Milady</i>, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y +que conocía ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana +durante la noche, ensalzaba irónicamente al padre lo mucho que su +robusto retoño había ganado después de la cepilladura en el extranjero.</p> + +<p>—¡La educación inglesa!—decía <i>Milord</i> abriendo mucho la boca para +marcar su admiración.—¡Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la +chica... Es verdad que acostumbrada á tantas finuras, se aburre aquí +entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi +ambición, y es casarla con algún señor de la compañía.</p> + +<p>—Hará usted bien—dijo el médico con zumbona gravedad, recordando las +ligerezas de la niña al verse libre en las minas, después de las +pudibundeces del colegio.—Esos señores son aquí los únicos que pueden +cargar con ella.</p> + +<p>Llegaron á la cantina de <i>Tocino</i>, una casa aislada, de mampostería, con +un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda +la tierra de las Encartaciones y además el abra de Bilbao, la ría, +Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervión, +parecían formar una sola urbe. En último término, entre montañas, se +adivinaba la villa heroica é industriosa: el humo de las fundiciones y +fábricas se confundía con el cielo plomizo. A la entrada de la ría, el +alto puente de Vizcaya marcábase como un arco triunfal de negro encaje.</p> + +<p>La cantina ocupaba el piso bajo, amontonándose en ella los más diversos +objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros +pendientes del techo... Allí estaban almacenados todos los víveres, por +cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las +canteras. Aresti conocía aquella alimentación; alubias y patatas con un +poco de tocino. El arroz, sólo era buscado cuando la patata resultaba +cara. Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano +entre grandes manojos de cebollas y ajos.</p> + +<p>El pan se amontonaba detrás del mostrador, al amparo de los dueños, como +si éstos temiesen los hurtos de los parroquianos ó una súbita acometida +de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas +por la ranciedad, esparcía acre hedor. De las viguetas del techo pendían +baterías de cocina, y en las estanterías se alineaban piezas de tela, +botes de conservas, ferretería, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo +tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que +objetos, parecían sacados de una excavación después de un entierro de +siglos.</p> + +<p>Tras el mostrador estaba la mujer de <i>Tocino</i> con su hijo, un +adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero +Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban á +los parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que le +hacía recordar á los judíos. La gente del contorno les odiaba. Al menor +intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan +por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspecto +de miseria y sordidez más triste que el de la gente de fuera. El doctor +recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, á los que había +asistido por curiosidad; los apóstrofes á los explotadores de las +cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean +chupándoles la sangre; y se decía con gravedad:</p> + +<p>—No; pues á éstos les luce poco la tal alimentación.</p> + +<p>A la entrada de la cantina existía una especie de jaula de madera con un +ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueño de la +tienda, envuelto en mantas, quejándose á cada momento, pero sin dejar de +repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos, +que le servían para su complicada contabilidad.</p> + +<p>El <i>Milord</i> manifestó su extrañeza viéndole allí. ¡Él, que le traía nada +menos que al doctor Aresti creyéndolo en peligro de muerte!... Mientras +el médico le examinaba con la indiferencia del que está habituado á +casos más graves, <i>Tocino</i> prorrumpía en lamentaciones, haciéndole coro +su mujer. Estaba enfermo más de lo que creían: no podía moverse: los +dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y había que repasar +las cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga.</p> + +<p>—Vaya, <i>Tocino</i>—dijo Aresti;—lo que tienes es poca cosa, +desaparecerá con el cambio de tiempo. ¡Quejarse así un hombrachón que +parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que +engordas con lo que robas.</p> + +<p>—¡Pero qué cosas tiene este don Luis!—exclamó el <i>Milord</i> mirando á la +tendera, que enseñaba sus dientes amarillos para sonreír lo mismo que el +protector de su marido.</p> + +<p>—¡Robar!—mugió <i>Tocino</i>.—¡Robar! ¡Siempre está usted con lo mismo! +Tanto oye usted á los trabajadores, en su manía de mimarlos cuando se +los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aquí á +nadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es de uno.</p> + +<p>Y <i>Tocino</i> se indignaba, olvidando los dolores. Él vendía sus artículos +al fiado ¿estamos?... se exponía á perderlos, ¿y qué cosa más natural +que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el día del +pago en las minas?... Había que conocer á los obreros: cada uno de un +país; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al +fiado, y el día de cobranza, si les era posible hacían lo que ellos +llaman <i>la curva</i>; cobraban y se iban á la taberna, rehuyendo el pasar +por la tienda de comestibles. A bien que esto no les valía con <i>Tocino</i> +y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él les +pagaba allí mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevaban +comido. Aun así había sus quiebras, pues los que sólo trabajaban una +semana, desaparecían después de haber tomado al fiado más de lo que +importaban sus jornales.</p> + +<p>Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas seguía +recriminándolo.</p> + +<p>—<i>Tocino</i>, tú eres un ladrón que vendes á los obreros los artículos +averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar más caros que en +la villa.</p> + +<p>—Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges—gritó +el capataz enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo que decían +los obreros en sus reuniones.</p> + +<p>—<i>Tocino</i>, tú abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen +libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene á tu tienda le +quitas el trabajo en la cantera.</p> + +<p>—Los amigos son para ayudarse unos á otros. ¿Qué tiene de particular +que yo sólo dé trabajo á los que se surten de mi establecimiento?</p> + +<p>—Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja, +descontándole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda á +mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se +hace en todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir á +crédito y se vea obligado á comer lo que queréis darle y al precio que +mejor os parece.</p> + +<p>—Vaya; ahora me toca á mí—dijo riendo el <i>Milord</i>.—Pero este don Luis +es peor que los predicadores de blusa que vienen á echar soflamas en el +frontón de Gallarta. Suerte que no le da á usted por hablar en público.</p> + +<p>—<i>Milord</i>: á todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros +rápidamente con el hierro y aun arañáis algunos céntimos en el jornal y +el estómago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los +capataces. Vais á medias. De día explotáis los brazos y de noche los +estómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de +peones forasteros que vienen á rabiar y á ahorrar durante algunos meses, +pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más en +el país y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre +aquí, acabe por conoceros.</p> + +<p>El doctor cortó la conversación recordando su viaje á Bilbao, y salió de +la cantina después de hacer varias recomendaciones para la curación de +<i>Tocino</i>. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero con una +expresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del +doctor.</p> + +<p>El contratista siguió adelante, hacia su mina, y Aresti descendió á +Labarga pensando en la miseria del rebaño humano esparcido por la +montaña. Varias veces había intentado rebelarse, y los resultados de su +protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en más de una ocasión, +con sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respeto +á la vida humana era mayor que en los primeros años de explotación. +Aresti recordaba su llegada á las minas, cuando se vivía en ellas casi +con las armas en la mano, como en Alaska ó en los primitivos <i>placeres</i> +de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el +vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo á los trabajadores +rebeldes; ya no existía la tarifa de la carne humana, cotizándose las +desgracias «veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas». Se +asociaban los trabajadores establecidos en el país, creaban núcleos de +resistencia, inspiraban cierto temor á los explotadores, logrando con +esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero aún faltaba la +cohesión entre ellos, á causa del vaivén de la población minera, de +aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el +invierno y el hambre en las míseras comarcas del interior y se retiraba +al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huían á su +tierra así que se iniciaba una huelga y aparecía en las minas la guardia +civil. Habían venido á ganar dinero y evitaban los conflictos pasando +por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses +miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compañeros +establecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente rural, +que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos +al fin habían de volver á sus tierras. Los labriegos convertidos en +mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que +imposibilitaba la ascensión de los que vivían en el país.</p> + +<p>La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de +galerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta maestría, el +personal no era fácil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero +en las pródigas Encartaciones el hierro forma montañas enteras: la +explotación es á cielo abierto; sólo se necesita hacer saltar la piedra, +recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el +bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas +á sustituir sin esfuerzo alguno á todo el que abandonaba su puesto +protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigración, +cortándose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la +población obrera de las Encartaciones, era difícil que el trabajo +conquistase todos sus derechos.</p> + +<p>Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobló el paso al +entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no oír los +llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.</p> + +<p>—Don Luis, un momento...</p> + +<p>Era el <i>Barbas</i>, que había abandonado su inmovilidad de fakir para +detener al doctor.</p> + +<p>—¿Qué hay, compañero?</p> + +<p>—Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aquí, de lo +que hacen esos ladrones.</p> + +<p>Y le mostraba con gesto trágico su casucha. Como Aresti no parecía +comprenderse, el <i>Barbas</i> le mostró la parte superior de su barraca +falta de techumbre.</p> + +<p>—Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos +de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian +y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace una +semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la +calle, pero el <i>Barbas</i> firme en su puesto con la compañera. La pobre +vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se +menea de ahí. Me han de tener á la vista siempre. Hay para rato si +piensan librarse de mí... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor. +Quieren quitarme el suelo así como me han robado el techo. Piensan +excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus +estacas, para ver si así me voy... ¡Pues no me iré! El <i>Barbas</i>, en su +sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni +trabajo, ni me voy... Espero, ¿sabe usted?, espero que llegue la gorda; +espero el día en que toda la montaña baje al llano y yo pueda quitarles +el techo y el piso á todos los <i>chalets</i> que se han hecho esos +pintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores á costa de +los pobres.</p> + +<p>Y el <i>Barbas</i> acompañó un buen trecho al doctor, mugiendo sus +maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos más +inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades +maléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la montaña, sin +mostrarse más que por la mediación de administradores y capataces, si +explotaban la mina directamente, ó de contratistas si creían más +ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.</p> + +<p>Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vió venir hacia él un +hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi +parecía una mulilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos á +don Facundo, el cura párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sido +trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava, y afirmaba +que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. «Paz, mucha +paz; para todos hay vida en el mundo.» Y en santa paz vivía, siendo gran +amigo de Aresti, y tomando á broma las doctrinas revolucionarias que el +doctor, por aburrimiento, exponía á los ricos de Gallarta después de sus +famosas cenas. Cierta vez que el médico, cansado de la monotonía de su +existencia, se divirtió en propagar el budhismo entre los rudos +contratistas y hasta intentó algunas ceremonias del culto indostánico, á +estilo de las que había presenciado en el museo Guimet de París, el cura +no manifestó indignación, «Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los +sabios: ya se cansará.» Para él, la religión verdadera no decrecía ni +experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos, +casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.</p> + +<p>A misa sólo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre +vacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba en que él no +tenía libre un momento, y continuamente veían todos trotar su burra +blanca por los caminos y atajos de la montaña. Aquel curato valía más +que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de +Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente +marchase á la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su +ataúd por el vozarrón del cura. Había días en que acompañaba cinco +entierros en los lugares más lejanos de la parroquia; asunto de leguas. +Pero él no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura +infatigable, y montado en ella acudía á todas partes. Delante, marchaba +el ataúd en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban +alaridos y se mesaban el pelo con desesperación de gitanas, y detrás don +Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido á pie +por el sacristán, al que llamaba su «corneta de órdenes», siempre +cantando, pues los parientes ponían reparos á la hora de pagar si +cantaba poco, repitiendo automáticamente los versículos del oficio de +difuntos, al mismo tiempo que se daba el compás esgrimiendo sobre su +cabeza la vara de fresno con que arreaba á la cabalgadura.</p> + +<p>Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma.</p> + +<p>—Aprisa, hijos míos—decía á los conductores del cadáver—que hoy aún +me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.</p> + +<p>Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de +acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de +luna clarísima, al retirarse á casa después de una cena con los +contratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que +rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre, +vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas á +otro, envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba á +cada paso. Después, una especie de centauro agrandado por el misterio de +la noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir:</p> + +<p><br /> +<span style="margin-left: 20%;">Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt...</span><br /> +<br /> +</p> + +<p>—Buenas noches, don Luis—dijo el cura al reconocer al doctor.—Con +este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he +dejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja!</p> + +<p>Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su lúgubre cantinela, á +la luz de la luna, camino del cementerio.</p> + +<p>Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de la +parroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No, carape!: él +tenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo, +tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación +parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores del +obispado después de dar un tiento doloroso á los ahorros y cuando al fin +habían acabado por colocar á sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstos +á las <i>faenas menudas</i> del templo, reservándose él los entierros.</p> + +<p>Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia. +Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de mineral con +los señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar un +vistazo al trabajo de los peones. Pero á pesar de que sus negocios +marchaban bien y á la hora del champagne, en las cenas de los +contratistas, le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más de +cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera época +de las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cual +vivía á su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrecía +los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes medios +de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado +por bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar el +paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo en +Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba +más caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando el +cura inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á San +Antonio. Aún reía el doctor recordando la candidez con que explicaba el +cura esta preferencia.</p> + +<p>—No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí en +Gallarta hay tanto buey....</p> + +<p>Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso de su cabalgadura.</p> + +<p>—A la mina, ¿eh?—preguntó Aresti.</p> + +<p>—Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un rato á ver lo que hacen +aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo +humano. Hay que trabajar, don Luis.</p> + +<p>—¿Pero hoy no es día de fiesta?...</p> + +<p>—¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere decirme con su +sonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y deben +guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajan +en todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones, +después de tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada. +Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: le +dejo para que se burle de mí á sus anchas.</p> + +<p>Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.</p> + +<p>—¿Dicen que han matado al <i>Maestrico</i>?... Vaya un caso. Era un buen +muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A la tarde entierro! +¡Arre burra!</p> + +<p>Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que había +caído trabajo.</p> + +<p>Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se vió detenido por un +hombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja Catalina le +llamaba furiosa desde adentro.</p> + +<p>—¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá usted el tren! Ya le he +dicho á ese condenao que su primo le espera y no está usted para +canciones...</p> + +<p>Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre, +diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!» Tembló por su mano, +cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callosos +y gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculatura +de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacía +recordar á Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que +había admirado en su niñez.</p> + +<p>—Vengo á lo del otro día—dijo con alguna torpeza, pero mirando al +médico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso defendiendo +sus pretensiones.</p> + +<p>—¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo. ¡Me buscan tantos!...</p> + +<p>Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una sonrisa maliciosa +animó su rostro.</p> + +<p>—¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del practicante. Tú eres el marido +de esa... Bien ¿y qué?</p> + +<p>—Quiero que usted arregle eso, don Luis—continuó el gigantón con +energía;—ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran escándalo. +Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo testigos. +Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que le +corresponde, irá á un presidio y ella á la galera.</p> + +<p>—Sí, hombre, sí—dijo Aresti.—Recuerdo tu asunto. Me gusta verte más +tranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo?</p> + +<p>—Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza sufra castigo. ¿Va á ser +él de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él.</p> + +<p>—Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte +duros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en +el hospital!... ¡Si es más pobre que tú!...</p> + +<p>—Bueno—dijo el gigantón con aspecto indeciso, rascándose la cabeza por +debajo de la boina.—Pus que sean quince... ó que sean doce, ya que +usted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con menos de +doce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo ver +con una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Ir +á presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, que +paguen, ya que quieren hacer el guapo!</p> + +<p>Y se alejó, después de recomendar varias veces al médico, con tono +suplicante, que no olvidase su asunto.</p> + +<p>Aresti, mientras despachaba el desayuno y vestía sus ropas de fiesta, +colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraña psicología +de una gran parte de las gentes de las minas.</p> + +<p>De jóvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo +oculto en la faja, dispuestos á disputarse la hembra á puñaladas. +Asesinaban al rival como al infeliz <i>Maestrico</i>; y después, de casados, +satisfecho el primer ímpetu de su apetito exacerbado por la escasez de +mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas; +olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar más que en el +dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rápidas y +milagrosos encumbramientos que parecía soplar sobre las minas. Se +exterminaban por una cuestión de jornales ó de comestibles, y al +encontrarse frente á frente con el adulterio, torcían el gesto como ante +una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su +desgracia cierto provecho.</p> + + +<h3 class="top15"><a name="II" id="II"></a>II</h3> + + +<p>Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara á +Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la +estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de la +ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonaban +sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto +importante los llamaba á la villa.</p> + +<p>El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos de +fundición—«los castillos feudales de Sánchez Morueta» según decía el +doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,—y +después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los +descargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando +de la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el +nivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, con +los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos, +y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como +juguetes. Los de las explotaciones del país eran de un rojo antipático, +de escombros de mineral, desmoronándose con las lluvias sus pendientes, +revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de realzar con el más +leve adorno los instrumentos de explotación. En la ría, junto á las +grúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el casco +invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los +mástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargados +de hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar el +negro mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por las +vías de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar +al punto más avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua, +soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos +riberas de la ría estaban en continua función, vomitando y absorviendo; +entregando el mineral de sus montañas y apoderándose del carbón +extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas +de los buques; los nombres más exóticos é impronunciables lucían en sus +costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguían los +veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.</p> + +<p>Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ría +con sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta, admirábase la paz +de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos, +removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y las +piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían el +baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevo +á rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres +lavaban sus guiñapos casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo, +como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de +Bilbao: los lavados del mineral enrojecían hasta la corriente del +Nervión. La industria, al enriquecer al país, corrompía las aguas puras +y cristalinas de la época pastoril. El doctor recordaba la miseria de +los peones de las minas, que les hacía huir de las fuentes de la +montaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestión. +Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque, ensuciando +su estómago, hacía menos frecuente el hambre.</p> + +<p>Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las estaciones de la +orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban +su caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasaban +pequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de +cabotaje de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo á +las revueltas; vapores que rompían las aguas con imperceptible +movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del +bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la +moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar +púdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fábricas, negros, +de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos, ligeramente +dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de un +hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias +minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo el +paisaje, como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzando +por las quebraduras de la montaña donde están las vías férreas del +mineral, resbalando por las dos orillas de la ría tras las chimeneas de +los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los +remolcadores y de las máquinas giratorias de sus grúas.</p> + +<p>Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera +vez.</p> + +<p>—Bilbao es grande—se decía con cierto orgullo.—Hay que confesar que +esta gente ha hecho mucho, ¡Lástima que valga tan poco cuando la sacan +de sus negocios!...</p> + +<p>Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al +aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de +nuevo. Quedaba atrás, confundiéndose con otras montañas, el famoso pico +de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche +Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada +del liberalismo, que aún vivía en todas las memorias agrandado por las +fantásticas proporciones que da la tradición. Después aparecía entre los +montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que +irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo, +señor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones +triangulares, y á sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su +arboleda montaña arriba, hasta la cumbre coronada por una granja +vaquería. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían +levantado los jesuítas una imagen de San José, con un arco de focos +eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso +recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la +orden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no +queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El +doctor hallaba natural que fuese San José el escogido para esta +glorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de +la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para +formar la sociedad del porvenir.</p> + +<p>Adivinábase la proximidad de la villa. A un lado surgían entre los +campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas +que eran como las avanzadas de una población desbordada y en continuo +avance. Al otro se cubrían las orillas de la ría de almacenes, tinglados +y grúas, elevándose el carbón en montañas, sin dejar un espacio de +muelle libre. Las embarcaciones tocábanse unas á otras amarradas á las +enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja húmeda y +fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Veíase el +incesante ir y venir de las <i>cargueras</i>, míseras mujeres de ropas sucias +y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los +tablones que servían de puente entre los buques y el muelle. Unas +llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbón; otras descargaban los +fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre +que había de ser consumido en el interior de la península.</p> + +<p>Detúvose el tren después de atravesar un túnel, y el doctor, subiendo +una larga escalera, se vió en el sitio más céntrico de la villa, junto +al puente del Arenal, donde parecía condensarse todo el movimiento de la +población. En aquel pedazo de ribera, robando á las aguas parte de su +curso y hasta aprovechándose del subsuelo, la iniciativa industrial +había escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de +Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao +nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la República de Abando, con +sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete +pisos, y sus plazas de geométrica rigidez. Al otro lado del puente, la +Bilbao tradicional; la Bilbao de los <i>chimbos</i>, de los hijos del país +que habían conocido la llegada de gentes del interior, atraídas por la +prosperidad de las minas, y que formaban ahora más de la mitad del +vecindario. Allí estaban las famosas Siete Calles, núcleo de la antigua +villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y +morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, erguía sus torres +de un gótico ridículo la iglesia de los jesuítas, con su residencia +anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geométrica, los +hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos +fabulosamente por las minas de la noche á la mañana.</p> + +<p>Aresti pasó el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvías y +las carretas, y entró en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga +reflejaba en las aguas del Nervión su arquitectura pretenciosa cargada +de cariátides y estatuas; al otro, extendía el paseo sus filas de +plátanos, por entre cuyas copas asomaban los mástiles y chimeneas de los +buques atracados á la orilla. Piaban los pájaros, saltando sobre la +arena de las avenidas, pero sus gritos perdíanse entre el bramido de las +locomotoras, el silbido de los tranvías y el mugido de algún vapor que +entraba lentamente ría arriba.</p> + +<p>Aresti dió un vistazo á la acera llamada el <i>boulevard</i>, ocupada siempre +por los curiosos estacionados ante los cafés. Frente al Suizo, se +colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentándose de la +decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban á gritos los +diarios recién llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el +centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla caída sobre +los ojos y la falda agarrada y bien ceñida, de modo que al andar se +marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y, +bien proporcionadas. Aresti fijábase en la separación del hombre y la +mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su +sitio. El hombre á los negocios y la mujer sola á la iglesia ó á hacer +visitas, como única diversión. Pasó una pareja cogida del brazo.</p> + +<p>—Serán forasteros—se dijo el doctor.—Tal vez algún empleado de los +que envía el gobierno. <i>Maketos</i>, como dicen mis paisanos.</p> + +<p>Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicolás, fué +en busca de su primo. El poderoso Sánchez Morueta vivía en su hotel de +Las Arenas, evitándose así el molesto asedio que parásitos y protegidos +le hacían sufrir en Bilbao. Además, habituado á las costumbres inglesas, +gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus múltiples +negocios le hacían venir casi todos los días al escritorio que tenía en +la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las mañanas, á todo correr +de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metiéndose en el +escritorio como si huyera. Aun así, tenía que separar muchas veces con +sus fuertes puños á los que le esperaban en la puerta, para proponerle +negocios disparatados ó pedirle dinero. Una vez en su despacho, era +difícil abordarle al través de los escribientes y criados que guardaban +la escalera. A la salida, Sánchez Morueta sólo osaba poner el pie en la +calle cuando tenía su carruaje cerca y podía escapar, ante la mirada +atónita de los solicitantes que esperaban horas y más horas. Los +despechados, la turba pedigüeña que en vano le asediaba y bloqueaba, +llamábanle «El solitario de Las Arenas», «El ogro de la Sendeja», que +era donde tenía su escritorio, y hasta afirmaban, faltando á la verdad, +que su carruaje sólo tenía un asiento, para evitarse de este modo toda +compañía. Transcurrían meses enteros sin que penetrasen en su despacho +otras personas que algún corredor de confianza ó los principales +empleados del escritorio, que recibían sus órdenes. Con los otros +capitalistas de la población—muchos de ellos compañeros de la juventud, +que habían marchado juntos con él en la primera etapa por el camino de +la fortuna—se comunicaba telefónicamente tuteándose, pero en estilo +conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.</p> + +<p>Aresti siguió su marcha á lo largo del muelle, mirando los remolinos del +agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para +examinar dos barcos de cabotaje, dos <i>cachemerines</i> de la costa, con los +títulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por +extraños cargamentos, en los que se confundían los fardos de bacalao con +mesas y sillerías embaladas. Ofrecían igual aspecto que los carromatos +de los ordinarios de los pueblos, cargados de los más diversos objetos. +En uno de los buques, la tripulación se agrupaba á proa en torno del +hornillo donde hervía el caldero del rancho. Los barcos estaban tan +hundidos á causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, veía el +fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de él, +tostados, enjutos, habituados á la lucha mortal con el mar cántabro, le +hacían recordar á su padre, entrevisto en los primeros años de su vida y +del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.</p> + +<p>El doctor, separándose del muelle, pasó á la acera de la Sendeja. El +escritorio de su primo estaba en un caserón antiguo y señorial, todo de +piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un +gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero +y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su +fortuna á la Iglesia, se negaba á vender el edificio á Sánchez Morueta, +dándose la satisfacción de tener por inquilino á uno de los primeros +ricos de Bilbao.</p> + +<p>Aresti no osó subir directamente al despacho de su primo, temiendo la +resistencia de algún portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de +los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefirió +entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la +casa, bajo la dirección de un antiguo amigo de la familia, el capitán +Matías Iriondo. Aquella oficina era lo único accesible del edificio, +donde se podía entrar á la buena de Dios, sin miedo á esperar ni á +porteros inflexibles.</p> + +<p>—¿Está el <i>Capi</i>?...—preguntó Aresti á los escribientes que trabajaban +tras un atajadizo de cristales.</p> + +<p>—¡Pasa, <i>Planeta</i>, pasa!—gritó alguien tras una puerta del fondo del +corredor.</p> + +<p>Y Aresti entró, al mismo tiempo que el capitán, el <i>Capi</i> como le +llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia él con los +brazos abiertos.</p> + +<p>—Te he conocido con sólo oírte, Luisillo—dijo Iriondo con su voz +bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y +obligado á hacerse oír entre los mugidos del viento y de las olas.—¡Ay, +<i>Planeta</i>!... Te encuentro algo aviejado.</p> + +<p>Y había que oír la expresión cariñosa que daba el marino al mote de +<i>Planeta</i> aplicado al doctor. Para él, en su habla bilbaína, los hombres +se dividían en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de +utilidad y no tenían mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de +nada, á los que llamaba <i>arlotes</i>. Y luego venían los <i>planetas</i>, gente +simpática y buena, pero sin seriedad ni sentido práctico; los calaveras; +los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas +que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian +el dinero llegando á la vejez sin salir de pobres. ¿Y qué mayor +<i>planeta</i> que aquel médico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao, +prefería vivir entre los brutos de las minas?</p> + +<p>—¡Ah, <i>Planeta</i>!—decía sin soltar á Luis de entre sus brazos.—Lo +menos hace medio año que no te veo. Y siempre tan loco, ¿verdad? Siempre +coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho. +¡Apuesto cualquier cosa á que aún no has reunido mil duros!...</p> + +<p>Y reía, con lástima cariñosa, de su querido <i>Planeta</i>, al que +consideraba en eterna infancia, como un niño revoltoso que había que +dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cariño.</p> + +<p>—<i>Capi</i>, pues tú tampoco estás muy joven que digamos. Te probaba más el +mar.</p> + +<p>—Tienes razón—dijo Iriondo con melancolía.—¡Si al menos pudiese ir +todos los días al monte con la escopeta, á cazar <i>chimbos</i>!... Pero hay +que despachar cinco ó seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse +el mundo y todos trabajamos como negros... Además, nos hacemos viejos, +Luisillo. Tú olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto, +cuando tú aún jugabas en Olaveaga en la huerta de tu tío.</p> + +<p>Aresti admiraba el vigor del capitán. Estaba en los cincuenta años. Era +bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia á +ensancharse, como si fuera á cuadrársele el cuerpo. Su cara se había +recocido, como él decía, en casi todos los puntos de la línea +ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su +barba, en la que sólo apuntaban algunas canas. Tenía las córneas de los +ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban +de frente, brillaban con una expresión de bondad. Conocía todas las +picardías del mundo: había pasado en su juventud por todos los +desórdenes de las gentes de mar, que después de meses enteros de +aislamiento y privación sobre las olas, bajan á tierra como lobos. Había +brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones +diabólicas de los negros; se había rozado con hembras de todos los +colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, después de +una vida de aventuras, notábase en él la honrada simplicidad de esos +marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos +cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar +á contaminarse con ellas, sacudiéndolas apenas vuelven al desierto del +océano.</p> + +<p>El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas +veces había contado el <i>Capi</i> de sobremesa en casa de Sánchez Morueta, +con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar +atención en el entrecejo de la señora que temía á cada instante +extralimitaciones en el relato. No había mar en el globo en el cual no +hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde +el <i>cachemerin</i> al trasatlántico. De joven había hecho el cabotaje entre +el archipiélago de Luzón y las Molucas. El sultán de allá era gran +amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese +entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. ¿Para qué? Con un +tabaco de Manila podía llevárselas él a todas sin permiso de sultanillo. +Había trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de +California; montañas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a +Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hacía memoria, con +sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con +ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que +los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra, +gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las +costas de África con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, sentía +la nostalgia del azul negruzco e intenso del Océano, del verde luminoso +y diáfano del mar de las Antillas, de la larga ondulación del Pacífico y +las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterráneo le +inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría y Nápoles, +verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. «Desde Gibraltar a +Suez—decía—, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en +el mar, y ahora esperan en los puertos.»</p> + +<p>Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la infancia, le había +proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos +barcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales de +su principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeña +fortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Era +bilbaíno á la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir +el domingo con la escopeta al hombro á cazar <i>chimbos</i> en los montes, +pajarillos de varias clases, que habían proporcionado un mote á los +hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes +que no tenía trabajo, á algún <i>chacolín</i> del camino de Begoña á saborear +el bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país. Sus +amigos <i>chacolineros</i> pasaban por el despacho para noticiarle +misteriosamente cuándo se abría pipa nueva.</p> + +<p>—Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche á un <i>chacolín</i> de +dos años.</p> + +<p>Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre, +parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja, +algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buques +en las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios que +importaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos, +regalo de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que más +estimaba el capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre se +estaba preocupando del tiempo.</p> + +<p>—Tenía muchas ganas de verte—dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio +ante la mesa.—¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día en las +minas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada parece +que no se dedica á otra cosa. ¡Ay, <i>Planeta</i>! Y cómo va á alegrarse Pepe +cuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes su +genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por +ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuanto +menos se habla, mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, ese +ingenierete tan simpático que tiene en los altos hornos. ¡Las veces que +Pepe te recuerda! Un día, hablando de tí y de tus <i>planetadas</i>, le oí +decir. «Ese chico, ese chico debía estar á mi lado».</p> + +<p>—Oye <i>Capi</i>; ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina? ¿ha metido +ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?</p> + +<p>El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra de +inquietud. No podía disimular su turbación.</p> + +<p>—No sé... la veo poco. Debe estar como siempre...</p> + +<p>Y añadió con repentina resolución:</p> + +<p>—Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo á mis +barcos, y fuera de ellos nada me importa.</p> + +<p>Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la +esposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que +helaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó para +subir al despacho de su primo.</p> + +<p>—Por la escalera no—dijo el capitán.—Sube por ahí: es la escalerilla +interior y llegarás más pronto. Hasta luego: yo también soy de la +cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevará en su carruaje.... Si +estás falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta +las dos no comeremos.</p> + +<p>El doctor subió por una escalerilla de madera con cubierta de cristales, +que á través de un patio interior ponía en comunicación el entresuelo +con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con +mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas +y taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandes +libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corrían +por las cornisas de una á otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban +relojes eléctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fábricas +de la casa, adornaban las paredes.</p> + +<p>Aresti, después de una corta espera, fué introducido en aquel despacho, +del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde +Sánchez Morueta fabricaba raudales de oro con sólo concentrar su +pensamiento.</p> + +<p>—¿Cómo estás, Luis?...</p> + +<p>Lo primero que vió el doctor fué una mano tendida hacia él, una mano +firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de héroe +prehistórico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo á un +cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi +le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conocía la villa entera, +virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia +abajo una luz fría. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las +solapas del traje parecía suavizar los salientes enérgicos de los +pómulos y las fuertes articulaciones de su mandíbula robusta y +prominente como la de los animales de presa. Tenía cana la barba, gris +el pelo y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud, de +fuerza serena, de energía reposada y tenaz, que se comunicaba á cuantos +le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la +naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilio +que las energías del músculo y del pensamiento, y acababan por +posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la +porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia á los +blasones de armas de la provincia, decía hablando de él: «Mi primo se ha +escapado del escudo de Vizcaya».</p> + +<p>Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento +y la acción en continuo uso.</p> + +<p>Conservó un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujándola +con sólo un ligero movimiento, y pasada esta efusión extraordinaria en +él, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto á la mesa +manejando papeles y hojas telegráficas.</p> + +<p>—Siéntate, Luis—dijo como si le diese una orden—acabo en seguida.</p> + +<p>Y le volvió la espalda, olvidándolo, mientras el secretario sonreía +servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias +reverencias. Aresti conocía de muchos años á aquel hombrecillo que había +comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza +de Sánchez Morueta. El capitán le llamaba «el perro de doña Cristina» +por la protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta con +que él le correspondía. Aresti despreciábale por las sonrisas con que +saludaba su parentesco con el amo.</p> + +<p>Mientras el millonario leía los papeles, cambiando de vez en cuando +alguna palabra con su secretario, el médico, hundido en un sillón, +dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufrían una decepción al entrar +allí, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente +Sánchez Morueta. La habitación era sencilla: dos grandes balcones sobre +la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel +imitación de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio +con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos +se hubiera de dormir. En un rincón, una caja de hierro; en otro una +antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo +arqueológico del país, y en las paredes, modelos en relieve de los +principales vapores de la casa y una enorme fotografía del «<i>Goizeko +izarra</i>» (<i>Estrella de la mañana</i>), el yate de tres mástiles y doble +chimenea, que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, como +si Sánchez Morueta hubiese perdido su afición á los viajes. Sobre la +chimenea se alineaban en escala de tamaños, fragmentos pulidos de rieles +y piezas de fundición, muestras flamantes del acero fabricado en los +altos hornos de la casa. Un pequeño estante contenía libros ingleses, +anuarios comerciales, catálogos de navegación, memorias sobre minería y +metalurgia. El único libro que estaba entre los papeles de la mesa de +trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el +<i>Yacht Register</i> de más reciente publicación, como si el millonario +encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento á +los potentados de la tierra que más dichosos que él, podían vagar por +los mares. El despacho tenía el mismo aspecto de sobriedad y robustez de +su dueño. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo +sólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los grandes +buques. Aresti resumía la impresión en pocas palabras; «Allí todo olía á +inglés.... Hasta el traje del amo».</p> + +<p>Al concentrar la atención en su primo, volvía á admirar sus manos; +aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y pensamiento +aparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en línea +recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como +animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza +propia para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respeto +supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se +entregarían vencidos, anonadados. Nada podía resistir á aquellas +hermosas garras de bestia luchadora é inteligente. El movimiento de la +sangre en sus venas de grueso relieve, parecía el latido de un +pensamiento oculto.</p> + +<p>Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con sólo un movimiento todos +los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande +hombre indicaron al secretario con fría mirada que podía retirarse á la +habitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con grandes +estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de +mineral bajo campanas de vidrio.</p> + +<p>—Don José, un momento,—dijo el hombrecillo;—me permito recordar á +usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor.</p> + +<p>Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclinó +hacia él, murmurando algunas palabras.</p> + +<p>El millonario dudó algunos momentos mirando á su primo.</p> + +<p>—Es un favor que te pide Cristina—dijo con alguna vacilación.—Al +saber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á Begoña para +ver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita.</p> + +<p>Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se +apresuró á añadir.</p> + +<p>—Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis días y que hay que +tener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho. Es +una visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado de todos. +¿Qué te cuesta darlas gusto?...</p> + +<p>En su mirada y su acento había tal tono de súplica, que Aresti aceptó +mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á su +poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el «hijo favorito de +la fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.</p> + +<p>—Goicochea te acompañará—dijo señalando á su secretario.—Toma abajo +mi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea. Hasta luego, Luis.</p> + +<p>Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si una repentina +preocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente.</p> + +<p>Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido carruaje del +millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando +sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niñez. +Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente +teñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuesta +de Begoña. Terminaba el desfile de casas. Ensanchábase el horizonte, +extendiéndose entre las montañas los campos verdes, y los robledales de +tono bronceado, interrumpidos á trechos por las blancas manchas de las +caserías. El sol asomaba por primera vez en la mañana al través de un +desgarrón de las nubes, y el humo que se extendía sobre la villa tomaba +una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del +camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta el +tradicional <i>branque</i>, el ramo verde que indica la buena bebida del +país. Eran los famosos <i>chacolines</i> con sus rótulos: «Se venden +voladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería.</p> + +<p>Goicochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto al +primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares +con cierto entusiasmo.</p> + +<p>—Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud... +los famosos días del sitio. Usted sería muy niño entonces, y ya no se +acordará.</p> + +<p>Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando:</p> + +<p>—¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco más ó menos ahí +estaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de cerca, +viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los +centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecían +lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.</p> + +<p>—Usted sería de <i>los auxiliares</i>, como mi primo Pepe,—dijo Aresti;—de +los que defendían la villa.</p> + +<p>Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en seguida recobró su +aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa:</p> + +<p>—¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio +vizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis: +calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegado +los ocho hijos que ahora me devoran.</p> + +<p>Y como si tuviera interés en que el doctor conociese exactamente sus +creencias, siguió hablando:</p> + +<p>—Por supuesto, que ahora me río de aquellas locuras. ¡Y pensar que en +Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya +no soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces expusimos la +pelleja.</p> + +<p>—¿Pues qué son ustedes?...</p> + +<p>—¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?... Nacionalistas; +bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á ser lo +que fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiénes +han traído á este país la mala peste de la libertad y todas sus +impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los <i>maketos</i>: y don Carlos +no es más que un <i>maketo</i>, tan liberal como los que hoy reinan, y además +tiene los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yo +digo, don Luis. Quédese la Maketania con su gente sin religión y sin +virtud y deje libre á la honrada y noble Bizkaya.... con B alta ¿eh? con +B alta, y con K, pues la gente de España para robarnos en todo, hasta +mete mano en nuestro nombre escribiéndolo de distinta manera.</p> + +<p>Y con el índice trazaba en el espacio grandes <i>bes</i> para que constase +una vez más su protesta ortográfica.</p> + +<p>El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía el camino en medio de +una paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes edificios de +reciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de órdenes +antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señoras +ricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á parar +una parte no pequeña de las ganancias de las minas. La limosna +cuantiosa, y los legados testamentarios cubrían de conventos ó iglesias +aquella parte del monte Artagán. El silencio monacal, que parecía +extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que +exhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la fiebre de +los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las +torrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: se +entreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil, +blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciado +por este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandes +católica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus +beguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles alas, como mariposas +de nieve.</p> + +<p>Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don +Tomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en otros tiempos +confesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un justo si +la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la iglesia +de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la República +de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.</p> + +<p>Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver á +éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidad +de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado más de +una vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos cierta +esperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había +ensalzado tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podía +acostarse; se ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de su +dolencia. Tenía enfermo el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Por +más que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su +astucia aguzada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio, entre +aquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo.</p> + +<p>—¡Lo mismo que los otros!—gimió.—¡Ay Virgen de Begoña!... ¡Virgen de +Begoñaaa!</p> + +<p>El acento desesperado con que llamaba á la Virgen, revelaba el egoísmo +de la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando un milagro, +con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas +las leyes de la existencia.</p> + +<p>Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al templo y se descubrió +como si le pesara volver á la villa sin saludar á la imagen.</p> + +<p>—Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis? Nos queda tiempo +de sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la Virgen desde que +le coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita. Entremos y yo +pediré un poco por el desgraciado don Tomás.</p> + +<p>Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde que era niño, y le +interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos de +abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante +las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país +hostiles á la nacionalidad española y á sus progresos.</p> + +<p>Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas +las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario, +amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después de la +misa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de +anteiglesias, en época de fueros.</p> + +<p>Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el +altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devoción +compungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Los +reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su +atención. Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de San +Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para +las señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañeros +de oficio adornan un dormitorio ó un <i>budoir</i>. El gusto artístico del +jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gótico +sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras +pendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas +peregrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en +vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de +la Virgen.</p> + +<p>Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared, á +la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera, +representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar con los palos +rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco +desmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risa +como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos +el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran +votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones +vizcaínas, por haberlas salvado la imagen de Begoña de espantosas +tempestades. Los cuadros más antiguos y borrosos representaban +bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre las +olas, flotando entre estas algún mástil roto: los más modernos eran +vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta +barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge +siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que +siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.</p> + +<p>Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, hablábale al +oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa.</p> + +<p>—Mírela usted—decía señalando á la imagen.—¡Qué hermosa es! ¡Y qué +bien le sienta la corona!...</p> + +<p>Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra», como decía él en sus +cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea, +como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros. La +cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada como un +globo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto de +toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas +arrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese +aumentar la hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre el +pequeñuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.</p> + +<p>—Cuántas joyas ¿eh?—murmuraba con entusiasmo Goicochea.—Esto sólo se +ve en este país. Aquí hay religión y riqueza.</p> + +<p>El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de las +minas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria á aquellos +regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos, +sobre un madero tallado.</p> + +<p>—¡Si usted hubiese visto el acto de la coronación!—continuó la voz de +Goicochea con sordina.—Aún me estremezco de entusiasmo recordándolo. +Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince días de +peregrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por aquí: +peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir, +peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos al +frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, y +de padres jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence: +diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como Señora de +Vizcaya. Fíjese usted bien.... <i>¡Señora!</i> Vizcaya sólo ha tenido +Señores. Hasta Dios es para nosotros <i>Jaungoicoa</i> ó sea «Señor de +arriba.» Eso de reyes y reinas es cosa de los <i>maketos</i>. Desde el día de +la coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestras +cuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre. +La cosa fué conmovedora: como organizada por los principales del +partido.... Pero vámonos, que aquí molestamos hablando.</p> + +<p>Goicochea salió del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos +aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.</p> + +<p>En el porche de la iglesia continuó dando expansión á su entusiasmo.</p> + +<p>—¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le enternece eso?...</p> + +<p>—Sí—dijo Aresti con gravedad.—A mí me conmueve la piedad de los +hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á la +Virgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado. +Gran cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los días +á marineros ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no son +nada, y se salvan á pesar de no tener una Virgen de Begoña á quien +recomendarse. Además, vaya usted á saber los vizcaínos que se habrán +ahogado después de implorar á la Virgen. Esos no han podido venir aquí á +contarlo.</p> + +<p>El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado al +médico.</p> + +<p>—Don Luis—dijo con acento dulzón.—No empiece usted á soltar de las +suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de +la Virgen, y que ésta le castigará.</p> + +<p>—No; yo no me burlo de la fe—dijo Aresti.—El hombre es naturalmente +cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus fuerzas; basta +que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me +acuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas, +un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de +burlarse de la idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes. +Un día, un peón despedido por él del trabajo, le dió una puñalada de +muerte. Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió en +lloros y aclamaciones á la Virgen, lo mismo que don Tomás. Se agarró á +la misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo. Llamaba á la +Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle.</p> + +<p>—¿Y llegó á salvarse?—dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un +milagro.</p> + +<p>—No; murió á las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado á +nadie.</p> + +<p>Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la +conversación.</p> + +<p>—¡Qué hermosa vista!—dijo señalando la parte de la villa que se +alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas +de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.—Esto es +el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí! +¡Cuánta riqueza!...</p> + +<p>Luego, añadió en tono confidencial.</p> + +<p>—Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es +imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro +sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos, +de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quien +más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no se +necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo +tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay +más que Vizcaya y su <i>Señora</i> santísima. Pregunte usted si quieren +volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los +he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y +ahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas +que en su juventud cogieron el fusil. <i>Necuacuam</i>, ninguno sueña +remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera +existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las +cosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos +el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos +importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encima +de la Patria y del Rey.</p> + +<p>Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse +ante su gesto.</p> + +<p>—A ver: siga usted, señor Goicochea,—dijo el doctor.—Me interesa eso, +pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de ser +nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se +emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus +<i>guiris</i>, sus <i>ches</i> de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil +como en otros tiempos.</p> + +<p>Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que +había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles, +llamados <i>ches</i> en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que +componían la guarnición durante el sitio.</p> + +<p>—Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena +dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á España +las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremos +como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por el +Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo +entiende: allí se prepara el porvenir.</p> + +<p>Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatas +alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario, +para él, de la sabiduría humana.</p> + +<p>—Pues hay para rato, señor Goicochea—dijo el médico saliendo del +porche en busca del carruaje.</p> + +<p>—No diré que no, don Luis. Nuestra redención es algo difícil por la +continua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbres +de España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar y á hacer +fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya. +Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los +apellidos vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos el +vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha +traído la prosperidad. Pero todo se andará. Yo pienso lo que García +Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, según cuentan los padres de +Deusto, fué el estadista más grande del siglo. ¿Sabe usted lo que dijo +al recibir la puñalada que lo mató? «Dios no muere nunca».... Pues eso +digo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor que siente +hacia su santísima madre, es su hija predilecta.</p> + +<p>Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció amoscarse por la +mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que +acogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez Morueta; +pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía cierta +repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de +impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír +una misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conducta +proporcionaba á la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la +influencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éste +las acompañase alguna vez á la iglesia. ¡Que hombres los dos! ¡Imposible +parecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...</p> + +<p>A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el coche, camino de Las +Arenas con su primo y el capitán Iriondo. Goicochea, invitado también á +la comida de familia, había salido antes en el tranvía.</p> + +<p>—Tú no descansas—decía el médico á su primo,—¡todos los días Las +Arenas á Bilbao!</p> + +<p>—Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría meses +enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las +mañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandar +que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en +el jardín, oyendo á Pepita que toca el piano.</p> + +<p>—¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz—exclamó el médico.</p> + +<p>Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en sus +palabras cierta ironía.</p> + +<p>—Sí: la vida de familia—dijo.—Es la que más me gusta. Lástima que en +este Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de influencias +extrañas. Tú bien lo sabes, Luis.</p> + +<p>Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, como +sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje +los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba la +aristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de la +Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ría +sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veía +ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que había +admirado por la mañana en el tren.</p> + +<p>Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su +mutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria: allí +habían nacido los tres.</p> + +<p>Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas á sus +compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.</p> + +<p>Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al señor Juan Sánchez, el +padre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador +obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó á +todos del bajo fondo social en que habían nacido. No era del país: había +llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en +Olaveaga como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que tenía +varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y +flores á Bilbao. Fué una vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á la +ría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus <i>aguaduchos</i> ó +avenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos que +hacían zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y +las gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y de +maderas, necesitando, para esta conducción, de hombres expertos. Ir de +Bilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo osaban emprender los +atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban <i>carrozas</i>. La +góndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la única +embarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los gabarreros, +intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente, y +Olaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á las +casas más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamás +había averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos +de la ría ó en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, y +siempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le +llamaban á él. Así fué reuniendo una fortuna para su hijo único, que +andando el tiempo había de ser el famoso Sánchez Morueta. En aquella +época, el futuro millonario iba todas las mañanas al instituto de +Bilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería marino, pero de los +de altura, para navegar y comerciar en grande, á través de todos los +mares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho de +su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión, +seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño +entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti, +hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de +hortelanos, se habían unido con hombres de mar; pero la casada con el +gabarrero, tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró de +Chomín Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo, que navegaba por el +Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto á +perecer en un día de galerna. A los ocho años de casados, ocurrió la +catástrofe. Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando en +brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba +con asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los +rincones de la casa de su hermana.</p> + +<p>—No te apures, mujer—decía el señor Juan.—Otras están peor que tú, +que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de hambre, ya que +según parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo, +que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico.</p> + +<p>Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándole +hijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no poder llevar +en sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan alto +como él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal á +su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en la +gabarra ó por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano, +acariciándolo como si fuese un nuevo hijo.</p> + +<p>Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y Sánchez Morueta fué +para él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para el +pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia.</p> + +<p>Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis, dejándolo en las +banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores la cuenta +de sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas, cantándole +los viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole patrañas +que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría +histórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo +habían fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicas +de Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qué +nombre dar á su aglomeración de chozas. Un día, por divertirse, +arrojaron al Nervión un botijo vacío. <i>Bil, bil, bil</i> cantaba el agua al +penetrar en él y cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro +<i>bao</i>. Los pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarrero +miraba al pequeño y á las dos mujeres que le escuchaban atónitas, +admirando su sabiduría del pasado.</p> + +<p>El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que había +terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino, +se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al poco tiempo, no +satisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se quedó en +Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína.</p> + +<p>Su madre murió de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un +surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niñez, y que su +marido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del mundo, +morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al +mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió más +unido á su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: la +ría ofrecía cada vez menos alicientes para él.</p> + +<p>Comenzaba á despertar la explotación de las minas y se hablaba de +limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vapores +llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Y +descuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante el +porvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el +pueblo, no tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus +progresos.</p> + +<p>—¡Diablo de rapaz!—decía hablando de él con los viejos camaradas de la +ría.—¡De dónde habrá sacado tanto talento! ¡Nadie hubiera dicho que de +aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!...</p> + +<p>Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas, cuando le +hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tenía á los +señores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los catorce +años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿qué +quería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abierta +para costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser Sumo +Pontífice. Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico? +¿quería ser médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado el +gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin ¡vaya por +la medicina! Y como puesto á hacer las cosas había que hacerlas bien, le +enviaría á estudiar á Madrid. No reparaba en gasto más ó menos. Para eso +había trabajado él, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que, +con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le habían +conocido descalzo y despechugado, remando en la ría, entregarían las +vidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo á +todas horas «señor doctor».</p> + +<p>Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de la +familia, el tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad á Sánchez +Morueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga. Venía á la +conquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes que +los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero. +El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia +abaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y +ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellas +montañas un período de explotación loca, de rápidas fortunas: el que +primero se apoderase del mineral sería rico como un príncipe. Dinero... +necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo +entendió; pero tenía fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad, +aquel pensamiento siempre reconcentrado y en función: y le entregó sus +ahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construido +imitando á las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.</p> + +<p>Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Morueta, aquella +transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos, +las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para +enriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve +estremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de la +montaña. Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el +llamado <i>campanil</i>, que era el más rico, allí ponía sus manos de +vencedor, diciendo: «Esto es mío». Compraba minas para venderlas al mes +siguiente á los ingleses que llegaban detrás de él. Tenía en el abra los +vapores á docenas, cargándolos de aquellos terrones rojos que eran como +oro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con admiración: sonaba su nombre +á todas horas. Mientras los demás dormían, él había visto claro; cuando +la gente comenzaba á despertar, ya era él millonario. Tras sus espaldas +de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y +tardíos buscadores de la fortuna.</p> + +<p>«Tu primo está loco—escribía el señor Juan á su sobrino.—Esto es un +escándalo; los millones entran en casa como una inundación. Ahora habla +de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral +á Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión, +que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡qué +sé yo cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puede +durar».</p> + +<p>Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y la madre de Luis +vivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un +batallón de empleados, sirvientes y parásitos. Una vida de abundancia y +de movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos en sus +huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los +montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además, +el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer +dignamente los honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una +<i>señorita</i> de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y +temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que +Sánchez Morueta había tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivía +estrechamente de las flacas rentas de algunas caserías: nobleza agrícola +que hacía remontar sus blasones á los tiempos casi fabulosos de Vizcaya, +á <i>Jaun Zuria</i> el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa +fortuna del hijo del gabarrero, había accedido á emparentar con él. +Sánchez Morueta, casi al día siguiente de la boda, había continuado su +vida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer, +de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo ante los dos +ancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos +criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las +iglesias y las visitas á las principales familias de Bilbao. La +satisfacción de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia +de las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en +el matrimonio.</p> + +<p>Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su carrera, ocurrió la +muerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado de la fortuna +de su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala +suerte, repitiendo tenazmente que «aquello no podía durar». Al +presentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con su +gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias como +á los triunfos. Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con +que le apretó sobre su pecho, fueron las únicas muestras de emoción por +la muerte de su padre.</p> + +<p>—Luis—dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,—sigue tu +carrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles ante los +gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu +padre.</p> + +<p>Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en el +Barrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los más +célebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antes +que él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su +prestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de +pariente de Sánchez Morueta.</p> + +<p>Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos +hornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral de Vizcaya +monopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos, embriagándolo +con la borrachera de la fortuna.</p> + +<p>La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París: había +languidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que la +asustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se +instaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por los +cuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. La +acompañaba tardes enteras hablándola de París, la famosa ciudad del +pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo +había entrevisto en un rápido viaje de bodas. De toda la familia del +marido, Aresti era el único que lograba despertar en ella cierta +simpatía. Además, Sánchez Morueta siempre estaba ausente; sólo le veía +por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su +pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, se +enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba +consejos acerca de vestidos y joyas, recordando <i>in mente</i> sus tratos +con ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, y +halagaba su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de +Bilbao.</p> + +<p>Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando á +éste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando, sin darse cuenta +de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadores +que el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios, según +Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco +en Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas, +sin separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y para +esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la +tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones, +se dedicó á proponer á Luis todas las jóvenes casaderas que conocía, +enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor.</p> + +<p>Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le convenía como la pequeña +de Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana, +emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas, +aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había gastado +mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las +familias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto la +diferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocracia +antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hija +de la fortuna, á la cual se había dignado descender.</p> + +<p>Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña de Lizamendi no le +parecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el +doctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el +salón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados consejos de su +prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila de +Sánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala <i>proporción</i> la de +Lizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia de +familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la +profesión, encontrando, al volver á casa una boca sonriente que le +besase, unos brazos que vinieran á sorprenderle con repentina caricia, +mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien veía él que +Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la +mayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin más +horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias á la +iglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría á su imagen y +semejanza. ¡Infeliz doctor!...</p> + +<p>Al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente, +burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer! ¡Transformarla!.... +Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer aplastado en +el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas. Se +casaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no quería +separarse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba un +hombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estaba +enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba á +todas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por +fundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado, y que +una vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida de +visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la +otra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras el cual se ocultaba la +esposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo nuevo que no era +de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia +disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción. +Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre +jesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban á +Luis, con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir +gratuitamente á los elegidos del Señor. El médico racionalista se veía +convertido por su familia en un trotaconventos, curando á gentes que +insultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión de +darle las gracias echándole en cara su falta de religiosidad. ¿Dónde +estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? ¿Dónde +aquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con su +dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?...</p> + +<p>Aresti, á los dos años de casado, adquirió la convicción de que su +esposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la certidumbre de que +ella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el padre de +moda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entre +mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á los +negocios y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones de +su vida. Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su +mujer extrañas influencias que venían de fuera. En su casa, á solas con +Antonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que le +espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que á cada arranque de +pasión parecían interponerse entre su mujer y él.</p> + +<p>—¿Por qué estás siempre leyendo?—preguntaba á veces la joven.—¡Ay, +esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría!</p> + +<p>Con frecuencia, echábale en cara su falta de religiosidad; le oía con +sonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos científicos, pensando en +los fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella ciencia +malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le herían +menos en sus ilusiones. ¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía en +París, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se +acentuaba entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos +de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias ó las +artes, pero que en presencia de los señores recobraban su humilde +condición, y seguían siendo esclavos.</p> + +<p>Al intentar una débil protesta, se aterraba apreciando la separación +moral que existía entre él y su mujer.</p> + +<p>—Nosotras somos así—decía con altivez.—Cada uno es como se ha +educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.</p> + +<p>La madre y la hermana iban más lejos.</p> + +<p>—Nosotras somos las de Lizamendi—le decían con arrogancia.—¿Y quién +eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría.</p> + +<p>Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un +abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separación +de lo que él consideraba su familia.</p> + +<p>¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatua +fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupaciones +religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis—decía su +esposa—mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer +examen de conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía +hasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era +suya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en una +especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas +conocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas +que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la +Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis! +¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á la +Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notaba +en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez +estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba +sus acciones.</p> + +<p>Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la +cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio +hostil de su mujer.</p> + +<p>—¿Pero quién eres tú?—le dijeron un día.—Un pobretón que, aunque +ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre +en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves para +otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de +filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero +como tu primo Sánchez Morueta!...</p> + +<p>Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por más +tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada +sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.</p> + +<p>Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á las +minas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna, +salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no! +Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas +humillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer +dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos. +Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, para +justificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de su +carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.</p> + +<p>Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió toda +relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar así +á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción +como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez +Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su +propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa +se contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua +amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao, +sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.</p> + +<p>Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las +Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrina +Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en +estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en +apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como +avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos +religiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de la +ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las +tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irónicamente +«la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las +asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas, +en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.</p> + +<p>Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su +primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco era +dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa, +para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su +hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el +dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de +humillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin +regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba +obligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amargura +del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría +momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograba +ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.</p> + +<p>El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores que +esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dormían en las +aguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo. +En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de +Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para +resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. El +millonario lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme y +gallardo, una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida del +mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias +y preocupaciones terrestres.</p> + +<p>Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte +con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos +hornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, sus +numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los +extensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros. +Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el +martilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de los +convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su +chorro de chispas y escorias.</p> + +<p>Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era obra de su primo!</p> + +<p>—¡Qué hermoso!—exclamó dando con el codo al millonario y mostrándole +sus fundiciones.—¡Y pensar que de pequeño has correteado entre los +chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. ¿Hay alguien más +feliz que tú?...</p> + +<p>Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con inquietud, como si +temiera que se burlase. Después añadió con voz lenta:</p> + +<p>—Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A +mí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve.... +Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="III" id="III"></a>III</h3> + + +<p>Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta por ser sus días. No +estaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y su +hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitán +Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero +director de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctor +Aresti y Fermín Urquiola.</p> + +<p>Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de +la señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran simpatía. Era +un antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar la +Universidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismo +que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba +á sí misma distinguida, admirábale por su fuerza muscular y el +entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era +el organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones piadosas. +Su ideal consistía en tener á los <i>liberalitos</i> en un puño y no dejar +que las gentes de la Maketania se apoderasen del país. Pasaba en Bilbao +por ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchas +electorales, se le veía con la boina sobre los ojos, empuñando un enorme +garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La +rizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros de +bohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las +hacía recordar la cara adorada de su ídolo.</p> + +<p>—¡Se le parece al señor!...—murmuraban.—Tiene toda la cara de don +Carlos.</p> + +<p>Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la más +leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso de +entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos del +fugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra, +apenas si le había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se +ayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao, +que veían en él un acabado ejemplar de la juventud sana educada en +Deusto. Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la misma +violencia de su partido cuando se batía en los montes. Por las noches +mezclábase en los escándalos de ciertas casas del barrio de San +Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices +mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda +sobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigos +tenían fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendo +benévolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida: +ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.</p> + +<p>Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto, pero no osaba +manifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que parecía +orgullosa de su sobrino.</p> + +<p>—Este animal viene indudablemente por Pepita—decía Aresti, á quien +interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad.</p> + +<p>Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las insinuaciones de la +madre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero de los altos +hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían +intimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudiera +molestar á sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que +proyectaban los padres de la Compañía para entretener y conservar bajo +su dominio á una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos +temas, la joven se alejaba de él y permanecía silenciosa, como +abroquelada por la instintiva repulsión que parecía inspirarle el famoso +discípulo de Deusto.</p> + +<p>Aresti veía en su sobrina la niña rica de las familias de su tierra; +educada primero por las monjas y dirigida después por el confesor hasta +en los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad adormecida, +y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativa +propia.</p> + +<p>El doctor reconocía que no era gran cosa como mujer: la alegría de la +juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de +muchacha sana en la que todos los encantos femeniles están aún +recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma +definitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueleto +fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus +brazos delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primera +evolución de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el +bienestar, guardando aún los signos de su origen.</p> + +<p>Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recién +creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo +y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la +envidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como su +padre, cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas ó +asistía por las tardes á las conferencias de las Hijas de María. Los +jóvenes salidos de Deusto hablaban con fruición de ella y de los +millones del padre. «¡Qué magnífico bocado!» Y cada uno acariciaba la +posibilidad de que le tocase la lotería del matrimonio, en un país donde +casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios +vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de +algún padre jesuíta.</p> + +<p>La comida deslizábase placenteramente. Todos sentían la dulzura del +bienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor, al que daban, +el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión de +suntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucían +su brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por las +vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento, +las verdes copas de los árboles del jardín. La mesa era servida por +criadas jóvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y +rojas como melocotones, daban una impresión de perfume primaveral +semejante al de las flores que adornaban la mesa.</p> + +<p>Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía mucho tiempo que no la +había visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de Lizamendi; ni +una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la visita que +por la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola, encontraba +en ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se había +cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en él +cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual +recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella +los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de +la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.</p> + +<p>—Esta se entrega—pensaba Aresti.—Huele á incienso como las otras.</p> + +<p>El médico atraía las miradas y las preguntas de todos los convidados. +Era un original que despertaba interés, viviendo como un solitario en la +montaña, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con +cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á Aresti +como si fuese un viajero de vuelta de una exploración por países +salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se +presentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía para +enriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomaban +alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de +trabajo rudo y aquellas <i>chabolas</i>, donde dormían amontonados los +hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias +con tocino, sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecía +más hermoso, y sonreían al desfile de manjares, á las <i>angulas</i> del +país, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platos +extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á la +fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tenía delante, y +en las cuales iban cayendo los vinos más diversos, desde el <i>Tokay</i> y el +<i>Chablis</i> del principio de la comida, hasta el <i>Cordón Rouge</i> y el +<i>Pomery</i>, que servirían al final.</p> + +<p>Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el +café ó en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud +piadosa y elegante que le tenía por capitán. Él no era enemigo del +pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre +escribía encíclica sobre encíclica en favor de los obreros. Pero el +pueblo era para él, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con +el cura y el señor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen +á él las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas +costumbres, sin más diversión que bailar el <i>aurrescu</i> los domingos y la +<i>espata danza</i> en las fiestas del patrón, ni otros vicios que empinar un +poco el codo en las romerías. Aquella gente vivía feliz en su estado, +sin soñar en <i>repartos</i> ni en revoluciones; antes bien, dispuesta á dar +su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen á él del +populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las +provincias, <i>maketos</i> llegados en invasión, trayendo con ellos lo peor +de España, contaminando con sus vicios la pureza del país; siempre +descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los +ricos y comparando su miseria con el bienestar de los demás, como si +hasta en el cielo no existiesen categorías y clases.</p> + +<p>Y ante la mirada acariciadora de su tía, que admiraba sus ardorosas +palabras, continuó el fuerte discípulo de Deusto:</p> + +<p>—Los míos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y demás +zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi +todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansía bajar un +día á Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos á tiros.</p> + +<p>Aresti volvióse hacia su primo, que comía silencioso, lanzando alguna +que otra mirada al sobrino de su mujer.</p> + +<p>—¿Qué te parece, Pepe, cómo piensan estos jóvenes?</p> + +<p>Y encarándose con Urquiola, le dijo con una timidez irónica, dando á +entender su deseo de rehuir discusiones con él.</p> + +<p>—Pues esa pillería venida de... España; ese rebaño <i>maketo</i> y pecador, +es el que trabaja y da prosperidad á Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo +en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral ¿qué sería de esta +tierra? Los buenos, los del país, no hacemos más que vigilar su trabajo +y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aquí antes que ellos +llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados á +América para mantener á los blancos. Vienen empujados por la miseria, y +ya que no podemos agradecer su sacrifico con el látigo, les pagamos con +malas palabras.</p> + +<p>Urquiola encabritábase ante las palabras desdeñosas del doctor. +Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneración: la prueba +era que no ahorraban, que no hacían el menor esfuerzo por salir de su +estado.</p> + +<p>—¡El ahorro!—exclamó Aresti.—¡Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos +cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma +clase que les explotan en el alimento y en la casa!...</p> + +<p>—Eso no—intervino Sánchez Morueta, con autoridad.—Ya sabes, Luis, que +no estoy conforme con tus ideas. El obrero español es víctima de la +imprevisión. En otros países es distinto: el trabajador se forma un +pequeño capital para la vejez...</p> + +<p>—¡Bah! En otros países ocurre lo que aquí. Y lo que hace que el obrero +moderno sea rebelde y se entregue á la lucha de clase, es la convicción +de que, por más que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldrá de su +miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de +trabajo rudimentario, de industria doméstica, aún podía soñar con +hacerse patrono; podía con sus ahorros adquirir los útiles necesarios y +convertir su casa en un pequeño taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que +ayune un obrero tuyo, amasando céntimo sobre céntimo, ¿llegará á ser +accionista de tus fundiciones? ¿podrá adquirir un pedazo de las minas, +con todo el material necesario para la explotación?</p> + +<p>—Eso está bien—arguyó Urquiola con acento triunfante.—Este doctor +dice á veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos +tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que +volver á la época en que no había progreso y los hombres vivían +tranquilos.</p> + +<p>Sánchez Morueta miró al joven con unos ojos que alarmaron á doña +Cristina, haciéndola temer por su sobrino.</p> + +<p>—Eso es una majadería—dijo con calmosa gravedad.—Eso sólo puede +decirse á la salida de Deusto. ¡Suprimir el progreso porque trae algunas +complicaciones!...</p> + +<p>Y aquel hombre siempre silencioso, habló lentamente, pero con gran +energía. Era un admirador religioso del capital. Aresti conocía su +entusiasmo frío y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los +descubrimientos industriales, había revolucionado el mundo. El +millonario era á modo de un poeta del capital, y sacudiendo su +ensimismamiento, rompió en un himno á aquella fuerza casi sagrada, +puesta en manos de contadísimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que +era un auxiliar indispensable, sufría crisis y miserias, ¿pero por esto +había que renegar del progreso, legítimo hijo del capitalismo +industrial? La gran revolución moderna era obra de la religión del +dinero, en la cual figuraba Sánchez Morueta como el más ferviente +devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, había multiplicado +los productos, y disminuido su valor, poniéndolos así al alcance de la +mayoría, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba +de comodidades que no habían conocido los ricos de otros tiempos. El +capital al servicio de la industria había civilizado territorios +salvajes, había destruido fronteras históricas, estableciendo mercados +en todo el globo: él era quien surcaba las tierras vírgenes con los +rails de los ferrocarriles, quien removía los mares para tender los +cables telegráficos, quien ponía en comunicación los productos de uno y +otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las +grandes hambres que habían hecho rugir á la humanidad en otros siglos. +Los poderes históricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los +reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de +guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes +ejércitos, tenían que mendigar en sus apuros á los capitalistas ocultos +en sus escritorios. Detrás de los imperios victoriosos estaban ocultos +los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo á +la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran república de los +capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, dueña de +la suerte del mundo. Y lo que más entusiasmaba á Sánchez Morueta, en +esta secta oculta de universal poderío, era que sólo á la capacidad le +estaba reservado entrar en ella. La jerarquía industrial no era como las +dominaciones sacerdotales ó guerreras del pasado, en las que se figuraba +sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de +capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo, +aprovechando los residuos de su desgracia, venía á iniciarse en la +poderosa secta. ¿Dónde encontrar una institución tan grande y poderosa y +á la par tan <i>democrática</i> y modesta? ¿Y había locos que pedían la +muerte ó la modificación de una fuerza que había transformado la +Tierra?...</p> + +<p>Aresti protestó. Él reconocía las grandezas del régimen capitalista, las +ventajas sociales que había reportado á la humanidad con el auxilio del +trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios. +Pero el trabajo ¿veía recompensados igualmente sus esfuerzos? ¿No se +encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse á +principios del siglo XIX la gran revolución industrial?</p> + +<p>—Eso es un error, Luis—dijo el millonario.—El trabajo está mejor que +nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el +interés del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones +obreras el tipo de los jornales.</p> + +<p>—¡Bah!—dijo el doctor con gesto de desprecio.—¡El aumento de unos +reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada +sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal +equilibrio, aumentándose el precio de los productos, y el trabajador, +con más dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios +de postura, creyendo engañar con ellos á la enfermedad. Al trabajador de +nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en +esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el +sitio que le corresponde, ser dueño de lo que produce.</p> + +<p>Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor. +Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el único que +sonreía con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella +cuestión.</p> + +<p>Doña Cristina, temiendo que la polémica acabase por turbar la placidez +de la comida, intervino, preguntando á Aresti por sus amigos de +Gallarta. Pepita apoyó á su madre. La gustaba conocer las +excentricidades de aquellos contratistas que no sabían en qué emplear su +riqueza. Reía con alegría de niña educada aristocráticamente, al +enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la víspera, +que, no hacían más que seguirlas huellas de su padre.</p> + +<p>Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave ironía, describió los +banquetes pantagruélicos de las minas, con sus lluvias de <i>Cordón +Rouge</i>. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos +originales aquellos ricos, que aún guardaban la boina y los zapatones +del obrero. Bajaban á la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes +de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo más extravagante y +chillón, todo lo que en almacenes y tiendas no sabían á quién colocar; +muebles complicados y bizarros que se cubrían de polvo de mineral, sin +que sus dueños osasen acercarse á ellos, por miedo á deslucirlos. Cada +vez que el doctor, después de una visita, quería lavarse las manos, +quedaba asombrado ante las toallas con más colores que el iris, y las +pastillas de jabón en forma de tigre ó de lagarto que parecían +fabricadas para reyezuelos del África. Todos se extasiaban ante el +asombro del médico, aceptándolo como una admiración muda. Algunos, como +recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual +si fuese un tesoro. Realizaban la ilusión acariciada tantas veces en su +época de pobreza. «Pruébelo, doctor: es de lo más selecto de la Rioja: á +tantos duros la arroba.» Otros se cubrían de brillantes las manos y el +pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si +fuesen animalillos delicados y frágiles que al menor roce se podían +desvanecer. No osaban rascarse porque, según ellos, el pelo rayaba y +deslucía las joyas.</p> + +<p>Y en su vida monótona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin +otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un +nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educación de los hijos. Los +enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen á los +señores de la villa. Los padres los querían ingenieros, como los +ingleses que venían á explotar las minas: las madres los soñaban +elegantes, y de cuerpo delicado, como los señoritos que hacían la parada +en la acera del <i>boulevard</i> del Arenal. Unos enviaban sus hijos á +Francia; otros á Suiza; el vecino de más allá, guiado por el deseo de +excitar la envidia del compañero, empaquetaba su descendiente para +Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvían de allá +revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haciéndose admirar +por los trajes, y asombrando á sus madres con la costumbre del <i>tub</i>, +del baño diario, del duchazo á cada momento, lo que escandalizaba á unas +gentes que en su juventud dormían vestidas. Pero los instintos +hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoños de la montaña: +resucitaba en ellos el gusto á la antigua vida y poco á poco abandonaban +los trajes exóticos, agarraban la escopeta y volvían, como sus padres, á +las comilonas, á la caza y hablar de ganancias de miles de duros, +acordándose de su educación extranjera como de un sueño.</p> + +<p>La apuesta era la pasión más vehemente, el placer más vivo de los ricos +encerrados en la montaña. Las pruebas de bueyes y los desafíos de +barrenadores hacían que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto á +la fuerza, la adoración á la brutalidad, con todos los encantos del +juego de azar. Tenían en las minas mozos hábiles en el manejo del +barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero ó +un pelotari famoso. En Gallarta había un jayán, vencedor en todas las +apuestas, que los contratistas llevaban á sus cenas, cuidándolo como si +fuese una mujer amada, tentándole los músculos para apreciar si su vigor +decrecía, engordándolo á todas horas con champagne y fiambres, con igual +mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos á las +gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipúzcoa, llevando en +triunfo á su barrenador favorito, para que luchase con los más fuertes +de otras comarcas. Ofreciendo los billetes á puñados, seguían durante +horas enteras el jadear de su ídolo, atacando con el hierro la piedra, +hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando +victoria más por el orgullo de la clase que por las ganancias de la +apuesta.</p> + +<p>Todo les servía para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba á +manos llenas. Se valían para sus porfías lo mismo de la voracidad de los +perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes +habíanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que aún hacía reír +al doctor. Tratábase de saber quién sería capaz de tragarse más sopas de +leche, si los galgos enjutos é insaciables de uno de los contratistas ó +los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estómago +sin fondo, que nunca creían llegado el momento de levantarse de la mesa. +Toda la gente desocupada del distrito acudió á presenciar el +espectáculo. Se depositaban á puñados los billetes de Banco, como si +fuesen retazos de papel sin ningún valor; unos por los perros, otros por +los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y +el rebaño miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto, +ante las rojas trincheras.</p> + +<p>—Las sopas de leche se servían en cubos—continuó Aresti.—Los galgos, +en un momento, ¡zás, zás!, se las tragaban sin pestañear; lo mismo que +si le echasen cartas á un buzón. Los jayanes comían lentamente, sin +mostrar prisa. Así estuvieron varias horas....</p> + +<p>—¿Y quién ganó?—preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la +estúpida apuesta.</p> + +<p>—¿Quién había de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo +después con su filosofía de palurdo: «Estaba seguro de mis muchachos: el +animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere más, y el hombre, +como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente». Y no +se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y á los pocos +días, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompañó +cantando hasta el cementerio.</p> + +<p>A pesar de este final triste, los convidados de Sánchez Morueta reían, +encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.</p> + +<p>Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida. El capitán Iriondo +después de brindar por su principal y amigo se despidió, alegando que +tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fué con +él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una +habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.</p> + +<p>Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, harían música. +Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna canción vascongada +de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del +ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á llegar hasta el +comedor las escalas y arpegios del piano.</p> + +<p>Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión, +mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al jardín. La +tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en +las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el +jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido +de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las +verjas.</p> + +<p>El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el +único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cariño le echó +sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el día, +que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete +con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El cariño +á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena +digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos +bondadosos é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya +para romper á hablar.</p> + +<p>—Vamos, desembucha—dijo el médico alegremente.—Ya sé que soy tu +confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisión de +palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma, como +diría uno de esos curas, amigos de tu mujer.</p> + +<p>Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de +extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un momento +alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de +coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas +ocupaciones! ¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la +montaña, donde todos le pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la +servidumbre de la riqueza, á vigilar y ordenar la llegada de aquel +chorro de dinero que se metía por sus puertas sin desviar su curso, se +aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada +espera, que es el más triste de los fastidios.</p> + +<p>Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal. +Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y +fecundarla con ardorosa violación. <i>Había llegado</i> como los políticos +célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, +conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos, +aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre +tenían la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la +combinación política del día siguiente, en la obra artística, que les +bullía en la imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al +ir á darla forma. Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de +su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre. Había querido +ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un +rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y +perenne. ¿Para qué quería más? Establecía nuevas fabricaciones, y, al +poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. +Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe +la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él; +estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus +brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.</p> + +<p>Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si las huelgas cerraban +momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes +mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en +distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el +prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un +aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde +revolotean libres los pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba +el mar, y tenía casi á la puerta de su casa un palacio flotante, el +yate, cuya fotografía publicaban los periódicos ilustrados para envidia +de los infelices: pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver +llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia; se +aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos, haciendo +vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija +no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas +estancias en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera, +guardando una instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña +y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.</p> + +<p>El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con +brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su fortuna, y ahora se +debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y +descansar.</p> + +<p>No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguiría +viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la +fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir +la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que +estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído +encontrar remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la +construcción; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas +de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los +cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado; encontraba pueril +levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía; fabricar +avisperos en que se cobijarían otros tan tristes como él, pero animados +siquiera por el amargo placer de envidiarle.</p> + +<p>—Me aburro, Luis—decía el millonario.—Siento una tristeza sin +esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más terrible +que todas, pues pocos hombres la conocen.</p> + +<p>Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y +las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los +que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el +invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como +placas de oro.</p> + +<p>Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si +aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo +bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta +lamentarse en medio de la opulencia de su vida!</p> + +<p>—Entonces,—dijo el doctor—eres infeliz porque nada te falta, porque +posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.</p> + +<p>El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que +da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza, +para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus +estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle.</p> + +<p>Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella +marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el +mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de +varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á +uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país, +satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa +destruida y la familia ausente.</p> + +<p>Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le +relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su +lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de +protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los +sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?»</p> + +<p>Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia.</p> + +<p>—Lo que llaman mi palacio—murmuró—no es para mí más que una casa de +huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi +juventud de empleado; eso es todo.</p> + +<p>—¿Y tu mujer? ¿Y Cristina?</p> + +<p>—¡Mi mujer!—dijo el millonario con amargura:—yo no tengo mujer: sólo +tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida +material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped +que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de +respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo +vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis +millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar +de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca.</p> + +<p>Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor +alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su +hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La +amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus +amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se +había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador; +porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en +Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia +completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había +indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los +continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y +rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y +era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por +su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una +pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo +del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus +ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba +exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni +ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah! +¡cuando descansase—se decía entonces—cuando viera asegurada su +fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su +opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de +Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en +vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una +excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy +interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa +administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con +la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de +Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido +para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por +alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó +en el salón de visitas de los padres de la Compañía.</p> + +<p>Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los +negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con +delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como +si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las +vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más +allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de +vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin +dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera +la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas +era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un +marido á su mujer con <i>melifluidades</i> de esas que sólo se ven en los +amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del +pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar +de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir +el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta +tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos +por darla vida.</p> + +<p>Nada malo podía decir ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que +aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne +y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el +millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un +arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la +carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si +estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no +turbaban su voluntad.</p> + +<p>Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse +con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la +perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en +la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas. +Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su +cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de +triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la +esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta +satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el +lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las +madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa +ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez +Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba +ella en vísperas de una comunión aparatosa!...</p> + +<p>Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para +siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor +dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad +ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una +servidumbre cruel de su sexo.</p> + +<p>—Es muy honrada, muy virtuosa—dijo con amargura el millonario,—Pero, +para mí, como sí no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la +vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.</p> + +<p>Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta, +cantando al piano el <i>Goizeko izarra</i>, la invocación melancólica á la +estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas +esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de +la tarde.</p> + +<p>—¿Y esa?—preguntó el médico.—¿No tienes á tu hija?...</p> + +<p>El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne +de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su +esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de +su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica. +Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa. +Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de +negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su +nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla +con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no +entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la +infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando +en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un +hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal +de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le +indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida +de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de +su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin +que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar, +como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á +casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su +salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma +eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba +frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él.</p> + +<p>—La amo—decía el millonario,—la amo á pesar de todo. Pepita me quiere +á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente +cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella +me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que +pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy +loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza, +este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre; +el único pariente verdadero.</p> + +<p>Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto +conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta: era la de +muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces +del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios +eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se +perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando +consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella +dedicándose á la devoción.</p> + +<p>Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si +ansiase decirle toda la verdad. Así era él también: necesitaba amor y +amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la había +buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del +sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía +soñar y sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le +retrogradaba á la juventud. Y con arrobamientos de adolescente, +recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor.</p> + +<p>Había comenzado por una aventura vulgarísima: un encuentro en Biarritz +con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida +en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena juventud había +corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las +relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando +no volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con +remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á +sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en +Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante +de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada +del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los +tablados de los <i>music-hall</i>. ¿Qué tenía aquella mujer que le +trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el +sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como +una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las +preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al considerarse +culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación +de vida que le sacaba del letargo de su existencia.</p> + +<p>Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad +monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil +le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la +correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que +estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de +champagne y música chillona de café concierto. La expansión, dulcemente +truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de <i>petit coco ó mon +gros cheri</i>, hacíale sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era +una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi +en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia, +sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias +felinas de una bayadera asiática.</p> + +<p>Había acabado por arrancar á Judith de su vida de aventuras, por +instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila que vive +de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había +desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa +hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y +costureras, que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho +del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero +se escandalizaba y enfurecía ante la <i>cocotte</i>, la hembra que pusiera +en sus sonrisas algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las +necesidades de la carne. Otros más valientes que él habían intentado +aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y +todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras. Hasta habían +cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas, para obligarlas á +levantar el campo.</p> + +<p>El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó tres días, +pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno. Todos +le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que +animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar +más soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor +esmero del adorno de su persona.</p> + +<p>—Tú mismo—decía al médico,—te has extrañado de este cambio muchas +veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres.</p> + +<p>Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con +entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no hacía +mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de +placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar +una gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en +sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por +mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le +sonreía, cómo salían á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando +se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid. +Aquella era su verdadera casa: allí pasaba los mejores días, y á no ser +por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría á +terminar su existencia.</p> + +<p>Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente: había +afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de duración. Sólo á +un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia... ¡Tenía un hijo! +Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se +apresuró á añadir:</p> + +<p>—Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío! ¡bien mío! Un niño de +tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de +Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin +conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que +soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi +lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho!</p> + +<p>Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la familia improvisada +que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar +tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua <i>divette</i> +aventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y +entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El +millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza +afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él.</p> + +<p>—Un verdadero hijo del amor—decía el hombretón con sonrisa +placentera.—No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni +esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado! +¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana.</p> + +<p>Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de +indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más +hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en +los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber +y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono, +en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla +casera.</p> + +<p>Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus +paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente, +sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de +la tertulia de doña Cristina.</p> + +<p>—¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco +fuera, ocultándome como un malhechor!—exclamó el millonario, como si el +recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.—Pero no +creas, Luis, que estoy arrepentido—añadió con resolución.—Yo tengo +derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero +dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto?</p> + +<p>Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si +proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos. +La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar +con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era +que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no +existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese +amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor +desgracia es abrir los ojos.</p> + +<p>—Me quiere, Luis, me quiere—interrumpió el millonario +apresuradamente.—¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era +yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos +de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era +yo Sánchez Morueta.</p> + +<p>El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su +optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el +asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales +para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras +arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su +riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su +primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les +ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los +que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una +compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su +existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó +egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y +valerosos—él, por ejemplo,—rompían abiertamente, no queriendo vivir +encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con +la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera.</p> + +<p>Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco +por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no +tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de +educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al +aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las +mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é +hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los +poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer +gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje +aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando +el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de +la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para +vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á +las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más +diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de +las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.</p> + +<p>No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los +aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar +su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del +demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de +heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros +funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer: +las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas +ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo +que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su +teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la +arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el +armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían +acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico.</p> + +<p>Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio, +para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta +la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué +habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados +por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse +obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo +al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se +presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una +devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo, +dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba +desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales +se movían, sin conocer el impulso de sus acciones.</p> + +<p>Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes, +porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en +mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El doctor se +indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las +mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que +aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban +al hogar las exigencias de una dominación acaparadora.</p> + +<p>—Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa—dijo el +doctor,—¿qué has hecho para evitarlo?...</p> + +<p>Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él? +¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?...</p> + +<p>—Tú has dejado, como los otros—continuó el doctor,—que tu mujer +buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te +extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de +adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se +comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de +negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á +los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de +su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna, +¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas, +separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto +que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus +propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna +vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.</p> + +<p>El millonario sonrió con desdén.</p> + +<p>—¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!... Efectivamente, son gente +antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me +batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan +de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas. +¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos, +cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?...</p> + +<p>Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de +sonreír.</p> + +<p>—No sigas, Pepe—dijo el doctor.—Adivino lo que piensas. Soy un cursi. +Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que +instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal +de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo +intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán +astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las +horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al +Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios.</p> + +<p>—¡Yo no digo tanto!—exclamó el millonario.—Yo no creo en ellos, y +hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al +jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y +heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas +partes y creer en sus venenos y puñales.</p> + +<p>—Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra +nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me +ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa +que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden +contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les +ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré +lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo, +llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado +para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á +repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse +de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de +que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos +y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece, +diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en +cambio el cielo.»</p> + +<p>Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en +la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos +era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se +distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como +apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de +riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían +enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su +talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de +fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se +evidenciase su vulgaridad.</p> + +<p>El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían +ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos, +podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea, +temibles únicamente para los que viven á su sombra.</p> + +<p>Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia +era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás +órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había +apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes, +despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los +procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas +épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer +dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto +voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho +indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía +afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al +pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana. +Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en +acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y +vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete +se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía +había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo +había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el +catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el +jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que +decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el +<i>Jesu</i> de Roma.</p> + +<p>—Esto á mí en nada me interesa—acabó diciendo Aresti.—Yo vivo fuera +del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.</p> + +<p>Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con +la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas +religiosas; no le preocupaban.</p> + +<p>—A tí, sí—dijo Aresti con energía.—A tí deben preocuparte. Crees que +vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con +curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles +ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el +círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de +la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario +Sánchez Morueta!</p> + +<p>El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían +oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que +alguna vez hacían memoria de ellas.</p> + +<p>—¿Pero es que Londres es Bilbao?—gritó exasperado el doctor.—¿Acaso +Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las +naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en +cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no +concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos, +puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y +perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan +como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el +jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la +<i>cursilería</i>! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...</p> + +<p>—Sí; aquí dominan mucho—dijo el millonario con gravedad.—Yo sé que á +otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de +capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó +retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen... +pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú +creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios; +han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no +necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no +entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me +impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la +gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí +alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos +señores de la Residencia?</p> + +<p>—No: no vienen—dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.—¿Y para +que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu +permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija? +Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las +aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la +familia....</p> + +<p>—Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces +mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe +para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo.</p> + +<p>Aresti estaba pensativo y parecía no oírle.</p> + +<p>—El otro día—dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria—leí +un drama en francés y me acordó de tí. Era <i>La Intrusa</i> de Mæterlinck, +¿Conoces eso?...</p> + +<p>El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura.</p> + +<p>—La <i>Intrusa</i>—continuó el médico,—es la Muerte, que entra en las +casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.</p> + +<p>Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la +mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde. +En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad: +fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el +cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en +el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados, +ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces +despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores +caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de +inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en +la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento. +Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia +cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible, +con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y +después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se +adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante +la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la +enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La +enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama +atravesando todos los obstáculos; la <i>Intrusa</i>, para la que no hay +puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta +presencia.</p> + +<p>Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á +su primo, que parecía no comprenderle.</p> + +<p>—En tu casa ocurre lo mismo—dijo tras larga pausa.—Crees que ese +enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu +mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que +llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos +los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando +regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de +María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No +percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te +mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario +que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí, +pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu +hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un +instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso. +Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo.</p> + +<p>Sánchez Morueta reía ruidosamente.</p> + +<p>—Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te +ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos... y +demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi +familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga +con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer +yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de +comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa +que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no +lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú.</p> + +<p>Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no +quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus +creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y +recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo +británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una +misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.</p> + +<p>Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de +la libertad.</p> + +<p>—Yo también creo lo mismo—exclamó;—pero en un país como ese de que +hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la +persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias +diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una +especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende +dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad +absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y +por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro +siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las +leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres. +Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han +de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con +esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las +creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando +exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un +siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por +completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy +un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi +país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero +ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la +violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar +á su tierra de la miseria del pasado.</p> + +<p>Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus +palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida, +hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir +una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el +mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia +los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, +abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos. +Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían +empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros +sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser +los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para +existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía +conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad.</p> + +<p>Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que +en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus +barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la +desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los +expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la +vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la +existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen +sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza +contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la +apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado +perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las +gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir +las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como +obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las +miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en +cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su +alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de +lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y +que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este +mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que +más allá no existe otro mejor.</p> + +<p>Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego +homicida.</p> + +<p>—Eres un inquisidor—dijo su primo soriendo.—Parece mentira que un +hombre <i>moderno</i> como tú se exprese de tal modo.</p> + +<p>Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su +primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía +lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros +pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la +Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la +libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había +servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento, +pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes, +aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo +y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á +paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por +delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa +sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos +cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se +podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español +lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que +turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían +la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos +aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los +procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al +fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba +de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban +de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los +católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para +demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién +podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de +familiar del Santo Oficio?</p> + +<p>Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba +la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían +con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo +impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la +gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no +se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó +más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como +algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que +hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología +revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos +cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba +del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía +instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con +el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el +trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores, +buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las +huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: +las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que +cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos +tenían por final la quema de algún convento.</p> + +<p>—Y es que el pueblo—continuó Aresti—adivina por instinto cuál es el +enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se +junta para algo que no dirija contra él sus iras.</p> + +<p>El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en +apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la +Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban; +vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de +temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los +ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus +miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por +instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de +avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo. +Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos, +haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la +limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado, +obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las +miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que +sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se +vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores.</p> + +<p>Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la +historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero +inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes +de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre +sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que +provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban +venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué +comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que +después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la +inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.</p> + +<p>—España es un país de olvido—decía el doctor.—Aún se estremecen en +Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro +horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros +poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han +encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué +una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para +divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de +la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por +segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de +mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.</p> + +<p>Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado, +Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de +sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora +de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de +aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en +nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos +que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus +divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad, +como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor +motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes +del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su +contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país +donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de +Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante +de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales +pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por +él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como +holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían +víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo +durante siglos á su imagen y semejanza?...</p> + +<p>El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su +cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y +defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de +la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el +caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura: +Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el +inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio +de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal +y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de +escombros.</p> + +<p>—¡Estás loco!—exclamó Sánchez Morueta riendo.—Por eso te ponen esa +fama de hombre que tiene <i>cosas</i>. Si te tomase en serio, habría para +sentir horror por lo que dices.</p> + +<p>Aresti se encogió de hombros.</p> + +<p>—Pero ven acá, mediquillo chiflado—continuó el millonario.—Reconozco +que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que +yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han +puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos +no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se +encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es +tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha +libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la +civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen +salirse de él!</p> + +<p>—¡Ahora me toca á mí reír!—exclamó el doctor.</p> + +<p>Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus +razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de +la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación, +la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por +el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del +rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento, +compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!... +Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los +esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las +ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y +se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por +encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en +medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos.</p> + +<p>Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran +los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del +ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y +evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía +Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos. +Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y +sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del +jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el +ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la +fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No +había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España, +que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior, +condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su +existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y +famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe. +Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta +del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la +riqueza.</p> + +<p>La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la +codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en +provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante +la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había +de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó +si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los +dominadores acampados sobre ella.</p> + +<p>Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía +ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la +Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos +de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que +poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de +hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de +imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los +espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía +vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la +razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á +rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con +unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones +indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se +indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus +crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de +combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como +locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que +no intentaran imponerse por la violencia.</p> + +<p>—¡El respeto á la libertad!—continuó el doctor dirigiéndose á su +primo.—Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que en una +colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.</p> + +<p>Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al mismo tiempo que la +describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la bestia, ¿Con +qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para ser +libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como +en su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía +abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su +agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de +una zarpada, desgarrándole el pecho con los colmillos.</p> + +<p>—Suelta á la pantera de nuestra historia—gritaba el médico;—déjala en +libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella +unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y +ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua.</p> + +<p>—¿Y qué quieres?—preguntó Sánchez Morueta.—¿Matarla? ¿Crees que eso +es posible, de un golpe?</p> + +<p>—Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.</p> + +<p>Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió con convicción:</p> + +<p>—Matar la fiera sería lo mejor. Pero de no ser así, hay que conservarla +entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uñas, +arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan +convertido la pantera en un perro manso y débil, entonces, ¡puerta +abierta! ¡libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en +ella, bastará un puntapié para volverla al orden.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + + +<p>El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Sánchez Morueta, +ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcción, con las +paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se +alzaban entre aquél y la ría.</p> + +<p>Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administración, con la +pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de +mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparcía por toda España +en forma de rieles, lingotes y máquinas, y de los jornales de un +ejército de obreros ennegrecidos y tostados junto á los hornos. Arriba, +en lo más alto, estaban los <i>técnicos</i>, el cerebro que dirigía aquel +establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.</p> + +<p>Esta parte de la casa era la única que los trabajadores veían sin odio. +Los días de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las +ventanas del primer piso, como si fuesen á asomar á ellas los +administradores que regateaban el precio de su faena, cercenándolo con +multas y descuentos por tardanzas ó descuidos en el trabajo. Si miraban +más arriba era con el respeto que á la gente sencilla inspira el +estudio.</p> + +<p>Aquellos señores que pasaban el día inclinados ante los tableros de +dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada ó alineando +números y letras para sus cálculos, eran mirados como seres superiores. +El rebaño obrero sentíase en contacto más íntimo con aquellos hombres +que se limitaban á dirigirles en su trabajo, que con los otros de la +administración que les entregaban el dinero.</p> + +<p>Bajaban á ciertas horas del día á los talleres, para dar sus órdenes á +los contramaestres, y volvían á encerrarse en su estudio misterioso, sin +que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era +Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conocía á +todos los trabajadores, llamándolos por sus nombres. Cuando ellos veían +á don Fernando en los talleres, les parecía el trabajo menos pesado y +procuraban que su tarea fuese más rápida, como si el ingeniero hubiese +de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parecía tener +alrededor de su persona el ambiente de simpatía y atracción de los +grandes caudillos, de los apóstoles que arrastran las masas. Había +nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenían +quejas que formular iban á él, aun sabiendo que su influencia no +alcanzaba á la administración, y después de escuchar sus consejos se +retiraban más tranquilos, como si hubieran conseguido algo.</p> + +<p>La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa +espontánea, reflejo de un carácter recto, transparente y sin dobleces, +cautivaban á unos hombres habituados á la voz imperiosa de los +contramaestres y á las respuestas altivas de los escribientes de la +dirección.</p> + +<p>Vivía como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja +cuyo marido había muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje +servía para mantener á la viuda. En torno de él había fabricado el +afecto de los humildes una aureola de bondad.</p> + +<p>Una gran parte de su sueldo la enviaba á su madre y sus hermanas, que +residían en la ciudad de Levante donde él había nacido. La pobre señora +había intentado vivir cerca de él, pero temía al clima de Bilbao. Muchos +obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado +en bandos, de anticuada distinción, que paseaba en los días serenos por +cerca de la ría, apoyada en sus dos hijas, quejándose de las lluvias +frecuentes de aquel país, de la atmósfera cargada de carbón y polvo de +hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en +los naranjales caldeados por un viento ardoroso.</p> + +<p>Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el interés que +mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el menor +esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún +trabajador que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado. +El elogio que hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.» +Además, le querían, por verle siempre en guerra con los señores de la +administración, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas +trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para +colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compañeros suyos de +las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se preocupaban más de los +pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valiéndose de ciertos +espionajes de taller, los tenían sometidos á continua vigilancia, +clasificándolos según sus creencias.</p> + +<p>Un día el ingeniero había tenido un choque con la administración, al ver +despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un obrero antiguo. Todos +los compañeros recordaban que un mes antes su camarada había enterrado +civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un hijo +suyo, y acusaban á los <i>culebrones</i> de la dirección de una ruin +venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después +de matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que +debían pensar? ¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como +ciertos hipócritas que halagaban de este modo á los amos, para +procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusión en les oficinas y +acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El millonario, abstraído en +sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fábricas, y se indignó +contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se +aprovechaban de las facultades que él les daba, para imponer sus +creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero volvió á +ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al +ingeniero esta victoria.</p> + +<p>Si Sánchez Morueta gozaba de algún afecto entre los miles de hombres que +le veían pasar como un fantasma por el edificio de la dirección, era un +reflejo del cariño que todos sentían por Sanabre. Aquella gente +adivinaba la simpatía que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don +Fernando estuviese al lado del millonario, no había que temer que +entrase en los altos hornos el espíritu de purificación santurrona que +reinaba en otras fábricas. Él defendía los intereses de su principal, +procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres +todos quedaban en libertad. No ocurría lo que en las fábricas y las +minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos +periódicos ó la asistencia á un mitin, para ser despedido con ridículos +pretextos. ¿Qué le pediría al amo aquel don Fernando tan bueno y +simpático que no se lo concediese?</p> + +<p>Y así era: Sánchez Morueta sentía por Sanabre un afecto casi paternal. +Encontraba en él algo de aquel hijo, que en vano había esperado en los +primeros tiempos de su matrimonio. Hacía ocho años que se había +presentado una mañana en su escritorio con una carta de recomendación de +un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero +industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener á su +madre y sus hermanas que subsistían de una mísera pensión del Estado. Su +padre había sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres +de guerra: la espada pasaba de generación en generación, como +instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero á él no +le gustaba la profesión de soldado: se parecía á su madre. Y Sánchez +Morueta, examinando al muchacho, reconocía que efectivamente había en él +muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos +finas, la piel lustrosa, de un moreno pálido, los ojos grandes y dulces, +tal vez en demasía para un hombre, y una dentadura igual y nítida, sin +esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote, +ensortijado con cierta arrogancia, era la única herencia física de sus +belicosos antecesores.</p> + +<p>El millonario sintió simpatía por el joven desde el primer instante. Tal +vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la +delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energías, su viveza de +carácter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo «Parece un tenor»—se +dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariñado con su +idea, no oía ópera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los +cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba á su +joven ingeniero.</p> + +<p>Sanabre no tardó en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre +de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas +veces, antes de hablar, salía al encuentro de su pensamiento, lo +adivinaba, cumpliendo las órdenes que el millonario aún no había +formulado. Además, el ingeniero tenía sus ideas propias, y las +comunicaba con una discreción tan suave, que el principal acababa por +creerlas suyas.</p> + +<p>Cuando Sánchez Morueta le tomó bajo su protección acababa de fundar los +altos hornos. Sanabre entró en el despacho de los ingenieros como un +simple agregado, trabajando á las órdenes de un inglés, que había +construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde, +pues pasada esta hora, el <i>whisky</i>, bebido en abundancia durante el día, +le impulsaba á las mayores extravagancias. Cuando el inglés volvió á su +país, Sánchez Morueta miró con sonrisa paternal á su ingenierillo. +«Muchacho, ¿te atreverías tú con todo eso?... ¡Vaya si se atrevió! El +millonario reconocía que desde que Sanabre estaba al frente de los altos +hornos marchaba la explotación con más regularidad, siendo menos +frecuentes los conflictos entre la administración y el ejército obrero. +Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la +complicada máquina, acudía á remediar la aspereza con su dulzura y sus +buenas palabras. A no ser por él, hubieran surgido varias veces en los +talleres la protesta y la huelga.</p> + +<p>Los de la administración—por exceso de celo y por antipatía instintiva +hacia la masa jornalera, que vivía sin acordarse de la religión, +hablando á todas horas de sus derechos,—inventaban á cada paso nuevas +reglamentaciones para cercenar algunos céntimos de los jornales ó +aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea +hablaban de la necesidad de «velar por los intereses de la casa», y al +mismo tiempo, de meter en un puño á aquella gentuza, cada vez más +exigente y respondona. Pero Sanabre estaba allí y servía de +intermediario y pacificador. ¿Qué le importaban á un potentado como +Sánchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa +entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.</p> + +<p>El millonario aceptaba silenciosamente la opinión de su ingeniero, y +renacía la paz, mientras los <i>jesuitones de la Dirección</i> (así los +designaban en los talleres), sonreían hipócritamente á Sanabre, +agradeciéndole las derrotas con felina amabilidad.</p> + +<p>Muchos obreros habían notado cierta transformación en la persona y las +costumbres del ingeniero director. Vestía con más esmero, y los que +estaban habituados á verle en los talleres con boina y zapatos de suela +de cáñamo, sin preocuparse del polvo del carbón ni de las chispas del +acero, se inquietaban ahora cariñosamente por los trajes nuevos y los +sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo +descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los +cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban +la atención de las mujeres que trabajaban en el carbón, pobres seres +enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenían algo que +pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.</p> + +<p>—¡Chicas: nos lo han cambiado!—se decían;—ya no es don Fernando: +parece un señoritingo de los del Arenal. ¿Quién será la novia?...</p> + +<p>Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina +transformación.</p> + +<p>Algunas noches le veían los obreros salir en un coche para Portugalete: +de allí pasaba por el puente colgante á Las Arenas. De alguna de estas +excursiones volvía con una flor en la solapa, conservándola varios días, +hasta que se secaba. Los trabajadores que tenían más confianza con él, +sonreían al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este +adorno de la solapa, mientras pasaba revista á los talleres.</p> + +<p>—¿Cuándo es la boda, don Fernando?—le preguntaban.</p> + +<p>Y él contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como +si desease comunicar algo de su felicidad á cuantos le rodeaban. La +visión de un jardín, y de una mujer, marchaban ante él por los negros y +ruidosos talleres, embelleciéndolo todo como un rayo de sol.</p> + +<p>Una tarde de verano, escribía Sanabre en su despacho, junto á una +ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ría, con dos vapores, un +trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla +opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un niño, +y de bigote erizado, trabajaba cerca de él, y en la habitación inmediata +los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteniéndose algunas veces +para pedir aclaraciones.</p> + +<p>Sanabre parecía inquieto; miraba de vez en cuando á sus subordinados con +ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba +en él, volvía á escribir, no en los papeles de marca grande que usaba +para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero +parecía acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de +artista.</p> + +<p>Más de dos páginas había llenado, cuando alguien dió con el bastón +fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovió á todo el +personal, habituado á la calma casi monástica de aquella oficina.</p> + +<p>—A ver, ¿dónde está ese ingenierete?...</p> + +<p>Lo primero que vió Sanabre al levantar la cabeza fué el brillo de unos +lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandonó su sillón confuso é +indeciso, dudando entre salir al encuentro de aquél ú ocultar la carta.</p> + +<p>Los empleados, que le conocían vagamente como pariente del principal, +volvieron á enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todavía +atolondrado por la inesperada visita, le ofrecía una silla junto á la +ventana.</p> + +<p>El doctor explicaba su presencia allí. Había bajado de Gallarta, llamado +por la mujer de un antiguo contratista que ahora vivía en el Desierto. +Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas señoras, aunque se +trasladasen á Bilbao ó fueran á vivir al otro extremo del mundo, no +querían otro médico que el doctor Aresti, obligándolo á ir de un lado á +otro como un comisionista de la salud. ¡Maldito carácter que no le +permitía negarse á nada! Y mientras venía la hora de coger el último +tren de las minas, se había dicho: «Vamos á echar un párrafo con el +ingenierito y de paso veré el gran feudo industrial de mi primo....»</p> + +<p>Acariciando con amistosas palmadas á Sanabre, le decía con tono +malicioso:</p> + +<p>—Desde el día del santo de Pepe que no te había visto. Cuántas cosas +han pasado desde entonces ¿eh?... Parece que todo va bien.</p> + +<p>Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que éste le tratase con igual +confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, á pesar de su +carácter comunicativo. Los escudriñadores ojos de Aresti, habituados al +examen rápido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos á aquella carta +que Sanabre pretendía ocultar.</p> + +<p>—Eso no será ningún trabajo de ingeniería—dijo en voz baja y con +sonrisa burlona.—Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... ¡Vaya +un modo de velar por los intereses de mi primo, señor ingeniero! Y de +seguro que en esos cajones hay algo más que planos y estudios. Cartitas +de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografía: +tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, señor ingeniero. Eso +es <i>muy propio</i> de la seriedad de una oficina como esta.</p> + +<p>Y reía viendo la confusión de Fernando, el cual instintivamente volvía +la mirada hacia los cajones de un <i>secretaire</i> inmediato, desconcertado +por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temió Sanabre que +sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de allí +cuanto antes, y se puso de pie invitando á Aresti á seguirle. ¿De veras +que no había visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las +mejores: había cuela de mineral. Y salió de la oficina seguido por el +doctor.</p> + +<p>Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vías +férreas y cubierta de polvo de carbón, el médico detuvo á su guía, como +si le interesase más hablar con él, que contemplar la riqueza industrial +de su primo.</p> + +<p>—Vamos á ver, Fernandito—dijo cogiéndolo por un botón de la +americana.—Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu +gente: ¿cómo van esos amores?...</p> + +<p>Sanabre se ruborizó, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le +desconcertaba la mirada del doctor, fija en él con la tenacidad +insolente de los miopes.</p> + +<p>—¡Pero ingeniero del demonio! No niegues. ¡Si lo sé todo!... Vaya por +descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo +el <i>Capi</i> cuando vino á cazar <i>chimbos</i> á la montaña. Ya sabes que él es +hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en +casa de Pepe. Conque dime, ¿cuándo piensas ser mi sobrino?</p> + +<p>Sanabre se entregó: con aquel hombre no valían disimulos. Además, el +doctor le había inspirado una gran confianza y sentía el anhelo de todo +enamorado por comunicar su felicidad. ¿A quién mejor que al bondadoso +Aresti, que además aparecía ante sus ojos engrandecido por su parentesco +con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirtió en una +verbosidad atropellada. Quería contar de un golpe toda la historia de +sus amores: se extrañaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo +que él y le escuchase con gesto irónico, que daba á su cara una +expresión de Mefistófeles bondadoso.</p> + +<p>¡Ay, qué tarde aquélla, en la que Pepita, paseando por su jardín de Las +Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le había +contestado afirmativamente! Era la única vez que Sanabre creía haber +estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los árboles, de +aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como +avergonzados, al pronunciar el mágico monosílabo. Lo cierto era que al +anochecer salió del hotel de Las Arenas tambaleándose, y eso que durante +la comida no osó beber más que agua, por el respeto que le infundía +Sánchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya había vaciado sus bolsillos, +derramando un puñado de pesetas entre la chiquillería que miraba con +cierto asombro á un señorito, con el sombrero echado atrás, andando á +grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un +lado á otro del vagón, con una nerviosidad que inspiraba cierta +inquietud á los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos +musicales que tenían algo de tierno y amoroso, todos los dúos en que el +tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasión á la tiple. ¡Qué +noche, doctor!... Después se había serenado; su felicidad adquirió +cierto sosiego, pero aun así, cada día le traía nuevas y profundas +emociones. Llegaba á Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Sánchez +Morueta, como si éste fuese á presentarse iracundo é imponente, +señalándole con gesto mudo la puerta. Tenían que librarse de la +vigilancia de doña Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita +con la que le entregaba Pepita en un rincón del hotel, ó en una revuelta +del jardín: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la <i>aña</i> +de su novia, la ama seca que, después de criar á la niña, se había +quedado á su lado disputando su influencia, primero á la institutriz, y +ahora á las doncellas y demás servidumbre femenina de la casa.</p> + +<p>Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de +Pepita; cómo las leía y releía; cuántas veces en mitad de su visita á +los talleres, acometía su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha +de que tal párrafo envolvía cierta frialdad, y volaba de nuevo á su +despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la +letra amada, como un jeroglífico que ocultaba su felicidad. Él no había +creído nunca que pudiera amarse tan intensamente. Había conocido á +Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardín, +bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al más leve descuido +gritaba como un loro arisco: «¡Miss!...» ¿Quién le hubiera dicho +entonces que se había de enamorar de aquella chiquilla? ¡Porque él +estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!</p> + +<p>Y Aresti, sonreía con cierta compasión ante las cosas fútiles que +constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las +inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una +sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia +vulgar.</p> + +<p>—Es esta tu primera novia, ¿verdad?—dijo Aresti.—Ya se conoce: todos +hemos pasado por eso. Es el sarampión de la juventud. Un signo de fuerza +y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo, +sigue.</p> + +<p>La única tristeza de Sanabre era la consideración de la gran desigualdad +de fortuna entre él y su novia. ¿Qué diría su principal cuando se +enterase? Le creería un aventurero que intentaba apoderarse de su +inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era +para muchos la única carrera un buen matrimonio, ¿qué pensarían de un +ingeniero pobre que ponía los ojos nada menos que en la hija de Sánchez +Morueta?...</p> + +<p>Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. ¿No +creería él también que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la +riqueza? Esta duda le entristecía. Él amaba á Pepita... porque sí. +¿Quién sabe por qué se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de +Bilbao, huraña y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres +vivían separados, era Pepita la única joven con la que había tenido +algún trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce +otros obstáculos que los de la naturaleza, le había sorprendido, +inflamando sus treinta años, la edad de las grandes pasiones. ¡Ay! ¡Cómo +deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse á él, le agradeciera +no sólo su amor sino su trabajo! ¡Qué! ¿no le creía el doctor?...</p> + +<p>—Te creo, muchacho—dijo Aresti—Claro es que no te sabrá mal ser yerno +de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aquí las hojuelas +son tu amor. Tú eres de otra raza; tú vienes de abajo, del Sur, de un +país de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar +menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto á la mujer... +¡tanto! que á veces se la da de puñaladas para tirarse luego del pelo +ante su cadáver. Sois unos animales más vehementes, más complicados é +interesantes que los de aquí. Tengo la certeza de que si esto sigue, aún +te verán alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando +serenatas ante la ventana de mi sobrina.</p> + +<p>Aresti, por no molestar al ingeniero, cambió de tono y le habló con +gravedad. Podía prepararse á sufrir disgustos. Aquello no sabía él cómo +podía acabar; lo más probable era que terminase de mal modo.</p> + +<p>—Lo sé—dijo Sanabre con tristeza.—Temo al principal cuando se entere. +Se indignará, sin que le falte razón para ello.</p> + +<p>—Mi primo es el menos temible. No tiene opinión formada sobre el +porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que tú, que +eres un trabajador, continúes su obra. Hay que esperar siempre algo +bueno de su carácter.... ¡Otros son los que debes temer!</p> + +<p>Y hablaban de su prima, la «antipáticamente virtuosa» como él la +llamaba: aquella Cristina que se creía postergada por haberse unido á +Sánchez Morueta á pesar de que éste le trajo la fortuna. ¿Qué iba á +decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un +empleado de su casa? Ella sólo apreciaba dos cualidades, como las únicas +respetables en el mundo: una gran fortuna ó un nombre histórico, +relacionado con las glorias del país vasco y de la religión....</p> + +<p>—Además, ingeniero de Dios—continuó el doctor:—tienes que luchar con +Fermín Urquiola, que también parece que anda tras de la chica, no sé si +por impulso propio ó empujado por la madre.</p> + +<p>Aquí se irguió Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido. +A ese no le tenía miedo. Estaba seguro de que inspiraba á Pepita una +aversión irresistible: bastaba ver con qué despego le trataba. Aquellas +niñas criadas junto á las faldas de sus madres, conocían todo lo que +pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en +asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre más allá +de las rejas. Pepita conocía la vida de aquel señorito, mezcla de matón +clerical y de calavera rústico, que pasaba las noches en las casas del +barrio de San Francisco y había sido conducido varias veces al juzgado +por borracheras tumultuosas. No, á ese no podía quererlo Pepita: lo +despreciaba á pesar de que la perseguía en las visitas, extremando con +ella su cortesía empalagosa copiada de los padres de la Compañía. Se +retiraba de él con cierta impresión de asco: como si la pudiera manchar +con impuros contagios, á los que ella, en su inocencia, daba formas +monstruosas.</p> + +<p>—Y de mi sobrina ¿estás muy seguro?—preguntó el doctor fríamente, con +forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.</p> + +<p>Sanabre sentía la ciega convicción de todo amante. Sí: estaba seguro de +que le amaba: ¿Por qué le había de engañar, halagando sus ilusiones? El +ingeniero no comprendía la pregunta del doctor.</p> + +<p>—Es que sois de diversa raza—continuó Aresti—Tal vez me engañe, pero +¡qué quieres!; desde aquí, sin haber leído vuestras cartas, sin haberos +escuchado, apostaría algo á que, de los dos, tú eres el que quieres más +y mejor.</p> + +<p>Sanabre quedó silencioso un momento. Parecía asombrado, como si de +repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que veía +algo nuevo. Acudían de golpe á su memoria hechos olvidados, palabras en +las que no había puesto atención, mil insignificancias que parecían +removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba éste en lo cierto. +Pepita no parecía tomar el amor con el mismo apasionamiento que él. Era +un incidente que alegraba su vida dándole nuevos deseos, pero sin llegar +á turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engañarse con +dulces ilusiones, el egoísmo varonil, inclinado siempre á creer en una +predilección en favor suyo, se sublevaron en Fernando.</p> + +<p>—No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.</p> + +<p>Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y +cuadernos de cálculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa, +en las que Pepita juraba quererlo «más que á su vida» y terminaba +invariablemente «tuya hasta la muerte.» Para Sanabre, estos juramentos +eran más solemnes é inconmovibles que las sentencias de un tribunal.</p> + +<p>—Pues si ella te quiere—dijo el doctor—¡adelante, muchacho! y á ver +cuándo te llamo sobrino.</p> + +<p>Sintiendo cierta conmiseración por su optimismo, intentó animarle, +disminuyendo los obstáculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al +padre, á pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no había que +tenerle gran miedo. Era cuestión de que el descubrimiento le pillase de +buen talante. Aún pasaría tiempo antes de que se enterase, preocupado +como estaba por los nuevos negocios que le obligaban á trasladarse á +Madrid todos los meses. Además: él sabía lo que era el amor (¡vaya si lo +sabía!) y no era hombre que de buenas á primeras se indignase contra un +joven, porque no había sabido resistirse á las inclinaciones de su +corazón. Quedaban otros enemigos, y además la malicia de la gente, que +creería cálculo lo que era amor.... Pero ¡qué demonio! un ingeniero no +era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje, +desde hacía años, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas +ó en el primer capítulo un protagonista joven, noble, arrogante, que +sólo abría la boca para decir cosas hermosas y <i>profundas</i>, ya se sabía, +era un ingeniero.</p> + +<p>—Lo malo—añadió Aresti, recobrado su tono irónico—es que en este +Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en +otros países como un primer galán del porvenir; pero aquí, ¡hijo mío!, +el héroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de +Deusto.</p> + +<p>Y antes de que Sanabre volviera á hablar de su amor, el médico añadió, +cogiéndole de un brazo:</p> + +<p>—Vaya; enséñame todo eso. Piensa que aún tengo que ir á Gallarta.</p> + +<p>Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de +residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una +complicada telaraña de vías férreas. Sanabre enumeraba todos los medios +de comunicación que convertían el establecimiento en una red complicada, +con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de vía. +Tenían un ferrocarril directo á las minas; otro para las mercancías, que +empalmaba con la vecina estación; vías para los embarcaderos, vías para +comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilómetros de rieles +que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos +puntos, al encontrarse las vías, se tendían unas sobre terraplenes y +otras pasaban por debajo, al través de pequeños túneles. El espacio +estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los teléfonos, y los +cables de los tranvías aéreos. Entre esta red de acero alzábanse +numerosos postes, con sus faros eléctricos semejantes á lunas apagadas. +Los guardas paseaban por las vías con la carabina pendiente del hombro y +el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas ó las orillas +de la ría por donde se colaban los merodeadores en busca de la +<i>chatarra</i>, acero viejo, piezas de máquinas desmontadas ó rollos de +alambre, que vendían en los baratillos de Bilbao. La ría—según decía el +capitán Iriondo—era peor que una carretera antigua. Así que cerraba la +noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevándose todo +lo que estaba suelto en barcas y edificios.</p> + +<p>El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que +aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicación. +Aquello era obra suya y proporcionaba á la casa, sin nuevos gastos, una +fuerza de más de dos mil caballos. Después venían los hornos para hacer +el cok, que extraían del carbón, el alquitrán y el amoníaco.</p> + +<p>Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa +estaba atracado á la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que +sólo se le veían la chimenea y los mástiles. En aquélla destacábanse +pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Sánchez Morueta. +La grúa del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el +agua. El tanque, que contenía una tonelada de combustible, salía de las +entrañas del barco, se remontaba hasta la punta del puente aéreo y, +deslizándose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar +su contenido en una de las varias montañas de hulla que se interponían +entre aquella parte del establecimiento y la ría. Otro vapor con bandera +inglesa, estaba inmóvil, un poco más allá, hundido hasta la línea de +flotación, esperando su turno para descargar.</p> + +<p>—Consumimos mil toneladas diarias—decía el ingeniero con +orgullo.—Necesitamos más de un barco cada veinticuatro horas.</p> + +<p>Después, enseñó al doctor el triturador del carbón, donde trabajaban las +mujeres entre una nube de polvillo que las cubría la cara, dándolas un +aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos, +en medio de su máscara negra.</p> + +<p>Los grandes talleres, para la reparación de las maquinarias de la casa y +construcción de máquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la +curiosidad del doctor.</p> + +<p>—Conozco esto—dijo Aresti.—Lo he visto muchas veces fuera de aquí. Lo +que á mí me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra +industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y señalaba los +altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que +subía hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor +de volcán envolvió á los dos hombres al aproximarse á los altos hornos. +Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una +regularidad geométrica por pequeñas zanjas que servían de moldes al +mineral en fusión. Por este cuadriculado del suelo corría el hierro +líquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra +ardía, obligando al doctor á mover continuamente los pies. Los gruesos +muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel. +El ingeniero, habituado á esta temperatura, describía con gran calma la +función de los altos hornos.</p> + +<p>Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil +quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en +los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entrañas, +formábase el metal que descendía por su peso hasta salir por la base de +las torres. Día y noche ardían los altos hornos: el enfriamiento era su +muerte. Calentarlos y ponerlos en disposición de funcionar, costaba una +fortuna. Si se apagaban había que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto +de medio millón.</p> + +<p>Un descuido en el trabajo, una huelga, podía costar la existencia á +aquellos gigantes de la industria, que sólo vivían ardiendo y tragando +combustible á todas horas. Cuando surgía una huelga en la montaña y los +ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, había que echarles +carbón lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra, +con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la +industria, y podían inutilizarse al menor descuido.</p> + +<p>Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el médico, asombrado +por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecían servir de +pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoración de +las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los ídolos +ígneos que cocían dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las +víctimas humanas.</p> + +<p>—Ahora van á sangrar—dijo Sanabre, señalando á un obrero viejo que +hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra +refractaria.</p> + +<p>Se abrió un pequeño agujero en la base de una de las torres y apareció +un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que +herían la vista. Se fué agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de +sangre de toro, corrió por la tierra con un chisporroteo ruidoso.</p> + +<p>—¿Eso es el hierro?—preguntó Aresti.</p> + +<p>—No: es escoria. El hierro vendrá después.</p> + +<p>El médico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa. +Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se +enrojecían los ojos; parecía que las pestañas iban á consumirse, +secábase la piel sintiéndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies +movíanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.</p> + +<p>Aresti admiraba á los trabajadores, que estaban allí como en su casa, +habituados á una temperatura asfixiante, moviéndose como salamandras +entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el +incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles el esqueleto y la +piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo +cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor +les hacía exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en +partículas de ardiente arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de +horrorosas quemaduras.</p> + +<p>Sanabre señaló la boca del horno. Iba á comenzar la colada. No era una +estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una gran hostia +de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que +abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal, +esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti +creyó morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto +con la atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas +en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que +revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos +verdosos que zumbaban un instante, desvaneciéndose para dejar paso á +otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa +intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba por las canales +con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada, y al +quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha +del enfriamiento.</p> + +<p>El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.</p> + +<p>—Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.</p> + +<p>Aun vieron como, cambiando de dirección la canal del horno, arrojaba su +chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el +caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á +transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete, +salió á toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos, +arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido +rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.</p> + +<p>Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la mano del ingeniero.</p> + +<p>—¡Guíame, Virgilio!—dijo riendo.—Yo voy como el poeta de los +infiernos: cuida de que no nos quememos.</p> + +<p>Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos hornos, saltando los +arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por encima de una de +las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta la cruz de +los pantalones.</p> + +<p>—¡Por fin!... Aquí se respira—dijo el doctor al descender de la meseta +donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.</p> + +<p>Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose aire con el pañuelo.</p> + +<p>—Parece mentira, Fernandito—dijo con su acento zumbón—que viviendo +aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un botijo +grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la +nieve.</p> + +<p>—Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que este es más +<i>pintoresco</i>.</p> + +<p>Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran +enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios +abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de +voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga, llegaban hasta +ellas por unas pasarelas de acero.</p> + +<p>Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran +descubrimiento industrial que había abaratado el acero, enriqueciendo á +Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como los de +las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los +hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más +caro; pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más +salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía, +con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor, +que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de él por +una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio +y el manganeso: así se formaba el acero. No era de clase tan superior +como el Siemens, por ejemplo, pero servía perfectamente para los rieles +de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.</p> + +<p>Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del +espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del taller, +y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca +del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía +del vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El +metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un +torbellino de chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué +fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti +recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los +altos hornos.</p> + +<p>Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía recto por el espacio +un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo +plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino, +descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en +cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su +chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el +chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos +los colores del iris. Fuera del taller aún era de día. El sol, en el +ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los cobertizos; pero los ojos, +deslumbrados por este resplandor de incendio, lo veían todo negro, como +si hubiese llegado la noche.</p> + +<p>El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía los +moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y aparecía el +lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si +fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su +enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en +un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los +hornos de laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como +si fuese un ídolo arrastrado por sus fieles.</p> + +<p>Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original +belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas gentes que sólo +aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda sensación +artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una +impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento +industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un +juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar +el Vesubio. ¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de +la ciencia, hacían poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las +fuerzas de la naturaleza.</p> + +<p>Y así seguía el doctor, desbordando su admiración en entusiásticas +palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que +manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller, +pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas +del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies +cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para +librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al +rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con +aquellos infernales panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne +en humo, dejando el hueso al descubierto. Podían matar á un hombre con +su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de +chamusquina, un poco de vapor: después, nada.... Y los conos diabólicos +atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si +gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro, +evaporándola.</p> + +<p>Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el +calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel mundo de +incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una +tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con +su blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce.</p> + +<p>Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al +salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de cilindros que +los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita prolongación. +Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban +los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa +de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una +bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua +de muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de +las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el +extremo opuesto, para volver á entrar, siempre cambiando de forma. +Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal +rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surgía +por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada: +y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con ruidosos quejidos, +como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por fin, no era +más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.</p> + +<p>El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba á los obreros negros +y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el +ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover +pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración. +Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas +veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría +él, de verse condenado por la fatalidad social á aquella labor que +embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en un ambiente de +fuego. Una sed eterna, semejante á la de los condenados, martirizaba á +aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de allí, que la paz y la +sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegría +momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir +aquella vida de salamandra!...</p> + +<p>El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire +libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos +veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos, +interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del alambre. +El ingeniero hablaba de lo <i>curiosa</i> que era esta manipulación, pero +Aresti no quiso seguirle.</p> + +<p>—Ya he visto bastante—dijo con acento de cansancio.—Esto es un gran +espectáculo... para el invierno.</p> + +<p>Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de las máquinas, viendo +cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban +los dos de la frescura del crepúsculo.</p> + +<p>—Es una vida dura—dijo el doctor, que seguía pensando en los obreros +del fuego.—Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de +los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la +civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este +modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro +para pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se +muestre contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un +modelo de dulzura!</p> + +<p>Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía apreciar á todas +horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración infinita por +los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era <i>algo +socialista</i>; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal +confesión.</p> + +<p>—Lo más amargo de la miseria de estas gentes—dijo el médico—no +consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el +pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea.</p> + +<p>Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que había sorprendido en +todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las +fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero acaso +comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para +muchos, la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su +bienestar, comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas +que llevaban en sus terruños los años de sequía y mala cosecha. En las +fábricas eran los jornales superiores á los del resto de la península y +no se sufrían los grandes paros á que se veía obligada la industria +pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en +las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo rencor, una ira +reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas horas +fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el +malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que +acababa de pasar por allí, á la vista de todos, tocando á algunos y +volviendo la espalda á los demás.</p> + +<p>El explotador de la mina había sido jornalero al lado de muchos que +ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían conocido los +trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las +habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El bracero +que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de +la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia +revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial, +habituado á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades +anónimas, monstruos acéfalos de la industria, irritábase á cada momento +contra el gran patrono de reciente formación.</p> + +<p>Todos habían presenciado el despertar de la riqueza; habían tomado parte +en él; era cosa suya; y más que la miseria, les atormentaba el +sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber vivido en +medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el +malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de +las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la +comparación eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y +caprichosa que empuja á los otros; la convicción del fracaso, más viva y +dolorosa, ante las rápidas elevaciones presenciadas todos los días, la +tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace +soñar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia +adelante que da el afortunado.</p> + +<p>El ingeniero reconocía la certeza de las observaciones del doctor. La +situación de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y +los aumentos de jornal, era de un efecto momentáneo. Él creía, como +Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo; cambiar la +organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única +religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una +hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del +presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo, +reconocía también aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el +de los despechados, que veían enriquecerse á sus compañeros de miseria, +ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.</p> + +<p>Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la +penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas, subiendo y +bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.</p> + +<p>—Lo que me irrita—dijo el doctor—en todas estas grandes fortunas que +se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su infecundidad +para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza +individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países +hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo, +esos tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte +escandalosa é indecente, y que mueren dejando centenares de millones, +tienen, al menos, la discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El +uno funda una universidad, el otro un museo, el de más allá una +biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipación y +perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron durante su vida. Pero +aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezón de perpetuar +su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si se preocupa del +porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del +presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran +escándalo del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida +haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero á +su mujer... y que su mujer se lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos +potentados como mi primo que se defienden: pero, créeme: si aquí no +viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí todos trabajamos, +sin saberlo, para el jesuíta.</p> + +<p>Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de +nuevo contra su tierra.</p> + +<p>—Además, me indignaba la tristeza de este país. Cuando Bilbao era una +villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se +divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos +se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades +mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas +improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros +internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los +bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe.... +Por aquí ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua +Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos señores +vestidos de negro del tiempo de los Austrias.</p> + +<p>El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre +el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una +prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el +de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de +admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se +oponían á las fiestas de sociedad.</p> + +<p>Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por +Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y +al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si +alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las +jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la +alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una +monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, <i>guardador de la +inocencia</i>, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que, +atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones +monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos +horizontes á la desmoralización.</p> + +<p>¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con +entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada +de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios +blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el +puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la +cabeza caída, tristes.</p> + +<p>—Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien +cuidado. Falta la alegría, falta el alma de un pueblo libre, que cuando +termina el trabajo quiere entregarse á la vida. Muy bonitas esas calles +nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de +ciudad: debían circular por sus aceras unas cuantas docenas de +<i>cocottes</i> elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte +educasen á esa juventud habituada á la vida unisexual de Deusto y de la +cofradía de San Luis.</p> + +<p>El ingeniero protestó, con el rubor del enamorado que vive en plena +idealidad.</p> + +<p>—¡Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.</p> + +<p>Aresti pareció irritarse. Lo que él proclamaba era la vida, la juventud, +el amor, tal como los concebía. Respetaba la virtud, pero no consideraba +necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Además, porque +la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de +las calles, ¿resultaba acaso la villa una población de costumbres +virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su +curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede, +esparciéndose en arroyos fangosos. Él conocía su Bilbao. Los jóvenes, +emborrachándose para matar el fastidio, agarrándose en bailes públicos +con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma más bestial, sin +el más leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos +al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite, +sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo más +que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa á +estilo católico, florecía el vicio bajo las formas más antipáticas.</p> + +<p>Aresti, en sus visitas de médico, había conocido los barrios altos de la +villa, el albergue de las servidoras de la prostitución. Todas eran +pequeñas, flacas, de rostro aniñado, con el raquitismo de la miseria. +Las había de treinta y cinco años, que se presentaban con la falda +corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la +infancia. Era el género más solicitado. El instinto reprimido, al no +encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su +aberración el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la +vida en aquel país la descoyuntaban formándola á su gusto, haciendo un +crimen del instinto del sexo, obligándolo á refugiarse en inmundos +rincones. Los ricos que podían proporcionarse las dulzuras amorosas con +su más seductora decoración, entraban al amparo de la noche, ocultándose +como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros, +más audaces, asediaban á la costurerilla de la familia y comenzaban con +ella una novela de amor, insípida y vulgar, conservándola en la casa de +los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento á cambio de la +protección del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La +cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el +padre pobre que transige con la prostitución de la hija, porque ayuda á +ir viviendo y se oculta en la propia casa.</p> + +<p>¡Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones +de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada +en su país. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no había más seres +vivos que los pájaros negros que lo cubrían con sus alas. Sólo en las +últimas capas sociales existía algo de alegría, allí donde llegaban +amortiguadas ó no llegaban las influencias de la religión.</p> + +<p>El doctor únicamente había sentido el roce de la vida, algún domingo por +la tarde, en los chacolines de las afueras ó en la explanada de la +Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas +callejeras, los bailes vascongados y de la montaña de Santander.</p> + +<p>Los demás estaban muertos por el fastidio ó corrompidos por la opresión. +Conocía jóvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de +traje todos los días. Otros iban en automóvil por las calles, sin rumbo +determinado, parándose ante una casa para subir de nuevo en el vehículo +y seguir la marcha, como sí huyesen del fastidio que iba tras ellos.</p> + +<p>¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la alegría de un pueblo +opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y +ennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida problemática, bajo el +testimonio de ciertos hombres que tampoco la habían visto?...</p> + +<p>El doctor terminó enérgicamente sus protestas, viendo próximo el momento +de tomar el tren.</p> + +<p>—Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando +sonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con +el alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que, créeme, ¡hijo +mío!... tanta virtud me da asco.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="V" id="V"></a>V</h3> + + +<p>Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que ya +comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo +seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una +chimenea.</p> + +<p>Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en Bilbao á +una junta de señoras católicas, de la que era presidenta, en el Colegio +del Sagrado Corazón.</p> + +<p>Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de dolores de +cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doña +Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del <i>aña</i> Nicanora.</p> + +<p>Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana, muy atareado +por los nuevos negocios que todos los meses hacían necesaria su +presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias. +No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é +interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin +ver aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y +que á ella se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como +una protesta muda.</p> + +<p>Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No se la +escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes elegantes de +otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que +nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba +algunas veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la +aconsejaba mirando los periódicos de modas, con la misma bondad con que +una persona mayor discute con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida +de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas +interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasar +los límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la carne, +de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad cantada como +mérito celestial en la vida de muchos santos.</p> + +<p>Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa repeler los +mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su gusto, afirmando +que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido desapareciendo poco +á poco todos los muebles que significaban ostentación ó comodidad. En el +resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en su +cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho +bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba +casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines +representando á Jesús y á María, abriéndose el pecho para ofrecer sus +corazones inflamados.</p> + +<p>Muchos días las criadas encontraban la cama intacta. La señora—según +ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina—dormía en el suelo ó +no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso +á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de sangre. Una doncella +había recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturón de esparto, +un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas monjitas de +Begoña.</p> + +<p>Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á que sometía su cuerpo +la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una dulzura melosa en +la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor contrariedad y +exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba arrastrar +por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que +exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase +dentro del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su +arrebato.</p> + +<p>El marido no parecía advertir el abandono físico y la transformación +moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su cuarto. +Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y sin +pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta, +como si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba +de ella, haciendo imposible todo retroceso.</p> + +<p>Pepita seguía, con una expresión de lástima en los ojos, el tocado +rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo de +coquetería.</p> + +<p>—Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.</p> + +<p>Doña Cristina movió la cabeza.</p> + +<p>—No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á su edad. Ya soy +vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para +bien de la religión.</p> + +<p>—¿Pero si es una capota muy <i>seria</i>, muy <i>religiosa</i>?</p> + +<p>—La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y +antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.</p> + +<p>Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto sabroso de la madurez, +que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía complacerse con +dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la +mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las +ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como +si estuviera en perpetua oración.</p> + +<p>Doña Cristina iba á salir.</p> + +<p>—Mamá, ya sabes mi encargo—dijo Pepita.</p> + +<p>—No lo olvido—contestó la madre con sonrisa bondadosa.—No debía +hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede +mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito, +para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.</p> + +<p>Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras +cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el +salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las +congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una +pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su +cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se +encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las +monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una +curiosidad meticulosa.</p> + +<p>Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas +de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el +principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que +figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados +las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus +colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado +con un nuevo título: <i>Océano de Bondad</i>. Y nadie podía adivinar el +sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del +mapa.</p> + +<p>Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la +esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez +Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso, +habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el +cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus +negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El +automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era +un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un +homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los +jesuítas. Era el <i>dernier cri</i> de la devoción; daba á entender, según +ella, que el progreso no está reñido con el dogma.</p> + +<p>Doña Cristina dió al <i>chauffeur</i> la orden de llegar pronto á Bilbao y el +vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que +llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en +la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva +romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y +no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente. +Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado +amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al +monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las +fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los +<i>maketos</i> de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra, +gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus +mitins <i>fetiche</i> y <i>nido de ratas</i> á la milagrosa imagen de la patrona +de Vizcaya.</p> + +<p>A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é +inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda +en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de +acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.</p> + +<p>Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban +los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la +religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola. +Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes +tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín +era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una +amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia +del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel +templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus +visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola +largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las +reglas de la Compañía á las visitas femeniles.</p> + +<p>Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre, +enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro +sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y +todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad, +dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y +los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día, +para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por +ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos +humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso +que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso +los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos +bajo la sotana de la obediencia.</p> + +<p>La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo +lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado +al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y +ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de +luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos +los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las +principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos +principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían +el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores +revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de +bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la +Iglesia, únicos depositarios de la verdad.</p> + +<p>El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los +alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este +acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo +se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse +algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su +patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras +de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre +nubes, revoloteando camino del cielo.</p> + +<p>Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de +los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones +que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como +vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban +los más puestos de <i>smoking</i>, muy elegantes, como hijos de buenas +familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las +sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en +el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de +Salamanca y muy rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de +mirarse largamente, se saludaban con la mano... ¡Angelitos!</p> + +<p>Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de <i>punta</i>, +ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer +las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado +con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que +representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y +pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la +impiedad de la falsa ciencia moderna.</p> + +<p>Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto +de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga +deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron +los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»... Urquiola +sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio +indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus +dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á +perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor +mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas, +preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no +pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los +Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la +bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España.</p> + +<p>En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro. +Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los +Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin +miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y +revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran +de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba +excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas +cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno +cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta +parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. <i>La +viejecita</i> se titulaba <i>El viejecito</i>: todas las obras perdían su título +femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos +primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse +quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros... +¡Serafines del cielo!</p> + +<p>Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba +que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan +caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena +causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada +por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía +el país.</p> + +<p>La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las +calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas +con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los +muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era +bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos, +ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y +¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios, +allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino +se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les +faltase el consejo de los sabios Padres.</p> + +<p>Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría +en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.</p> + +<p>Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del +vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con +la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en +todo lo que les rodea una nueva vida.</p> + +<p>Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de +verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo, +ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.</p> + +<p>Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las +Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias +de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo +de obreros pasaba, camino del <i>chacolín</i>, por entre un bosquecillo de +pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el +«<i>Boga, boga, marinero</i>» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado +sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La +ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como +los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya +plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando +carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren +de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo +sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del +horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de +espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora +invisible.</p> + +<p>Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre +la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol meridional; todo aquel +pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas sobre el que +pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio sus +torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.</p> + +<p>Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en el fondo, con un +escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de todas +aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al +saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno +sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus +barrancos y oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más +próximas, que parecía iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el +pico de Banderas. Después sobresalían sobre ellas, á una enorme +distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes del país, el Mañaría +y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de +nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se +desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita +recordaba sus terrores de la niñez, cuando su <i>aña</i>, para imponerla +silencio, la amenazaba con llamar á la <i>Dama de Amboto</i>, especie de hada +maléfica, hija de un <i>Jaun</i>, de un caudillo legendario, que vivía como +encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para +quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con +toda clase de maleficios.</p> + +<p>La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la contemplación del +paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si +pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un +momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un +pañuelo que le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse +la curiosidad de la gente. Después ya no vió nada y creyendo en un +engaño del deseo siguió contemplando el paisaje, con mirada vaga, +sumiéndose poco á poco en una dulce somnolencia.</p> + +<p>La joven despertó al sentir en su espalda la mano del <i>aña</i>.</p> + +<p>—<i>Ése</i> está ahí—dijo con tono misterioso.—Habrá que bajar al jardín.</p> + +<p>A la melancolía sucedió en la joven la inquietud, el temor. Había venido +preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y +al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un delito. La +<i>aña</i> reía ante los temores de la señorita, á la que trataba con la +misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal podía haber +en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo la +mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba +tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba +que de un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina +tras un arriate del jardín.</p> + +<p>Solamente había accedido á la entrevista después de los infinitos ruegos +de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez á solas +con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras +cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que +llevaba y traía la <i>aña</i> complaciente.</p> + +<p>Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la vista de la +servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero +dentro de la casa.</p> + +<p>Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando atravesaba ya la +verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la señora no +estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo +regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el +jardín, pasaría á saludarla.</p> + +<p>Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción de la timidez, al +verse frente á frente.</p> + +<p>—¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.—Deciros algo: +hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre.</p> + +<p>Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen +lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha +pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.</p> + +<p>De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos, +poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no +encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la +calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los +dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir +considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de +la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco +envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del +amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el +crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia, +el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio +caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un +chisporroteo de oro.</p> + +<p>Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con +la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la +mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las horas +de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la +vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase +misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.</p> + +<p>—Mira, nena—decía el ingeniero subiendo de tono en su +apasionamiento.—Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo +creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te +amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe +que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan +dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.</p> + +<p>Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el <i>Goizeko +izarra</i>, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la +letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más +hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le +tradujesen la letra.</p> + +<p>—Ya la sé—continuó el joven—la conozco y creo en ella: siento su +infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en +el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve...» +Eso es lo que yo pienso, mi vida.</p> + +<p>Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del +amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y +esplendor.</p> + +<p>Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su +novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad que le +causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que +una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por +distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con +acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por +los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin +mentiras.</p> + +<p>Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de viento helado, una +frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza aparte, sentía +una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de su +vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la +emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía +en el aire.</p> + +<p>—No, nena—dijo el amante.—Es tu alma entera lo que pones, sin +saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero no +te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te +perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres, +Pepita, dí que me amas.</p> + +<p>La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de viva voz lo que tantas +veces había escrito en sus cartas.</p> + +<p>—¿No lo sabes?—respondió evasivamente.—¿No te lo he dicho muchas +veces?</p> + +<p>—Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que me amas.</p> + +<p>Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos, dijo con cierta +gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:</p> + +<p>—Sí, te quiero: te amo, Fernando.</p> + +<p>¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo mejor de la entrevista, +y la recogió en su memoria, esforzándose por conservarla con toda su +luz, para que le acompañase en las largas horas que pasaba allá en la +fundición entregado á la vida de los recuerdos.</p> + +<p>Sanabre se convencía de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz, +valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho. +Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar de +canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza, +mostrábase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal +abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez: +el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y +energía, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera; +ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladín membrudo, +creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los +sueños de las vírgenes.</p> + +<p>—Sí, te quiero—repetía Pepita.—Por mí no temas, no seas niño, nunca +me dirás adiós.</p> + +<p>—Bebé, ¡dulce bebé!—exclamaba con entusiasmo el ingeniero.—¡Cuánto te +amo! ¡Qué feliz soy!...</p> + +<p>Y el <i>aña</i> Nicanora, que los seguía á corta distancia, oyendo muchas de +sus palabras, sonrió con cierta lástima. Todos los novios eran lo mismo; +iguales los aldeanos que los señoritos; alguna diferencia en las +palabras, y nada más. Sólo sabían decirse tonterías, poniendo en sus +voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo +que se dijeran. ¡Ah la juventud!... Y seguía sonriendo con indulgencia +de veterano ante el entusiasmo de los dos jóvenes.</p> + +<p>Fernando, más tranquilo después de las palabras de su novia, hablaba del +por venir. Trabajaría; ¡quién sabe hasta dónde puede llegar un hombre! +Desde que estaba enamorado, sentíase con nuevas fuerzas para el trabajo. +Bullían en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de +realizarse, darían nuevas ganancias á Sánchez Morueta.</p> + +<p>Pero el recuerdo de su jefe abatió las ilusiones del ingeniero.</p> + +<p>—¿Que dirá tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis +cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueño muchas veces... +¿Y tu madre? ¡Qué miedo la tengo!... Somos muy felices amándonos, pero +el porvenir nos guarda muchos dolores. ¡Si todos en tu familia fuesen +como el doctor!...</p> + +<p>Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que seguía sus +amores.</p> + +<p>—Sí, mi tío es muy bueno—dijo Pepita hablando del doctor como de un +pariente lejano, del que sólo se acordaba la familia de tarde en +tarde.—¡Lástima que tenga esas ideas! Es un <i>planeta</i> muy simpático, +pero mamá cree que está loco.</p> + +<p>Lo incierto de su porvenir, llevó de nuevo á los dos jóvenes á hablar de +sus amores.</p> + +<p>Fernando sentía miedo. Los padres de ella proyectarían casarla con el +vástago de alguna familia millonaria; tal vez con un señorito de escasa +fortuna, que pudiera ofrecerla viejos títulos de nobleza. En todos +pensarían antes que en él, que no era más que un servidor intelectual de +la familia. ¡La perdería amándola tanto!... ¡La diferencia de fortuna, +la maldita ley de clases, les cerraría el camino, separándolos!...</p> + +<p>—Tonto, ¡pero si yo sólo te quiero á tí!—decía la joven sonriendo.</p> + +<p>Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de +agradecimiento, intentó coger las manos de su amada. Ésta las retiró +detrás del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.</p> + +<p>—Quieto, ¿eh?—dijo pasando sin transición de la dulzura á la altivez, +con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el joven +intentase una monstruosidad.</p> + +<p>De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus +paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este es un país sin +corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el +novio.»</p> + +<p>Sanabre quedó largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco +movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de la viveza de su +protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien reanudase la +conversación.</p> + +<p>—Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu marido—dijo el +ingeniero tristemente.</p> + +<p>La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz tierna de enamorada.</p> + +<p>—Con ese, nunca, ¡nunca!</p> + +<p>Y habló de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias +de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias señoritas de la villa y +escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la que mejor le +conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes, en las +tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía +á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían +que tenía una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con +la que vivía maritalmente. Hasta había oído decir que tenían hijos.</p> + +<p>—¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!—repetía con gestos de repugnancia.</p> + +<p>Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente +á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente tan querido +por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún +defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura:</p> + +<p>—Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad que piensas como mi +tío?... Dime que no, Fernando; dime que no.</p> + +<p>El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes, +de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre +recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra muchacha +inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le +preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de +romper en un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor. +Pero el miedo al ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de +alarmar á un alma soñolienta.</p> + +<p>—Sí, vida mía, tengo religión—dijo evasivamente.—Creo que el hombre +debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.</p> + +<p>Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre. Si le hacía aquella +pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas veces de +Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día que +era igual á su primo el doctor.</p> + +<p>—¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese +verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que nos viésemos +para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo decía +yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un +poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es +imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío.</p> + +<p>Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que +contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió:</p> + +<p>—Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los muchachos de Bilbao, á +confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en la Residencia?...</p> + +<p>Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué decir, mientras Pepita +seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los domingos en la +iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos se leía +por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera +ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días +festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de +la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella—no sabía +explicarlo bien—creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se +hallaba más cerca. Además, la religión era allí más distinguida: sólo se +veían personas decentes.</p> + +<p>—Tengo mucho que hacer—dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.—Yo +pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión.</p> + +<p>La joven siguió hablando, inspirada ahora por el egoísmo del amor. Nada +perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse simpático á +ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás, +trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo +hacían llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos +cerrados. ¡Si ellos quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no +tendrían que temer nada!...</p> + +<p>—Fernandito—decía con voz acariciadora.—Ve por allí; hazte simpático: +tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún Padre la hablase +de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!...</p> + +<p>—Veremos, veremos—murmuró indeciso el ingeniero.</p> + +<p>Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le proponía su +novia. Experimentaba la cobardía del amor, y cerraba los ojos. Él, que +era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la mujer amada ¿por +qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del +éxito?...</p> + +<p>—Te quiero—dijo con entusiasmo.—No hay nada que me detenga para +llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia, seré +<i>luis</i>: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu familia +no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?...</p> + +<p>Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su inquietud amorosa +traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella entrevista.</p> + +<p>Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar á su novio +como si temiera que este leyese en su pensamiento.</p> + +<p>—Dí, mi vida—seguía preguntando el ingeniero.—¿Y si se oponen á +nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú?</p> + +<p>La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura:</p> + +<p>—Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.</p> + +<p>—Lo sé, y mi alma se llena de alegría al escucharte. Pero hablemos +seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices. Yo soy pobre y tú +eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de opulencia +por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te +amaría mucho... mucho?</p> + +<p>Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida que la proponían, ni +sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.</p> + +<p>—Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico.</p> + +<p>Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que no creía en la +posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á gentes de +otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la +rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la +primera en todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario +hablar.</p> + +<p>—¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si nos separan?... +¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás para ser mi +mujer?...</p> + +<p>Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de asombro, como si +escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no +previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de lo +humano.</p> + +<p>—Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca.</p> + +<p>Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas. Quería conocer su +valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir +la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía +tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te +amo.» ¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos +lo que debía hacerse cuando llegase el momento.</p> + +<p>Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía ofendida de que se le +quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de nuevo en el +doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el +burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de +razas distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero +adivinaba algo de ridículo en su situación, como si realizándose las +irónicas fantasías del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata +ante el hotel del millonario.</p> + +<p>Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deteníanse para contemplar +una flor rara, seguían con atención infantil los saltitos de los +pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su +apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por +primera vez el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces +hubiese permanecido oculto entre nubes.</p> + +<p>Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y podía presentarse doña +Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de +angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba +llevando sobre el alma el peso de su decepción.</p> + +<p>—¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!—dijo cogiendo una mano de +Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.—¡Dime que, +ocurra lo que ocurra, no me olvidarás!</p> + +<p>—Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca.</p> + +<p>Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma +tolerancia con que se entrega un objeto precioso al niño enfurruñado, +para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con +arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la +potente garra de Sánchez Morueta.</p> + +<p>La intervención del <i>aña</i> interrumpió su embriaguez amorosa. El portero +acababa de abrir la verja y el automóvil de la casa, tras un retroceso +para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del +jardín.</p> + +<p>Corrieron los jóvenes, seguidos por el <i>aña</i>, hacia la entrada del +hotel, para salir al encuentro de doña Cristina.</p> + +<p>Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con el ingeniero, miró +severamente al <i>aña</i>. Pero la mujerona le contestó con otra mirada +arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad no +admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había +paseado con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal +había en ello?...</p> + +<p>Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á la señora de su jefe. +Había venido para saber cuándo regresaría don José de su viaje.</p> + +<p>Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse ahorrado la molestia +de la visita, preguntando por teléfono.</p> + +<p>—Es que, además, deseaba ver á ustedes—dijo Sanabre.</p> + +<p>—Muchas gracias—contestó con altivez la señora.—Agradezco su +atención. ¿Entra usted?...</p> + +<p>Y con los ojos le daba á entender que podía retirarse.</p> + +<p>La joven vió como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Después +subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible aparición +de su madre encolerizada.</p> + +<p>No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz temblona de ira y la del +<i>aña</i> que le contestaba con no menos acritud.</p> + +<p>Por la noche, al reunirse en el comedor, doña Cristina miró á su hija +con insistencia, pero sus palabras fueron breves.</p> + +<p>—Que sea la última vez—dijo—que recibas visitas, ni dentro de casa... +ni en el jardín. También es casualidad, venir ese... individuo, la misma +tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma.</p> + +<p>Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si quisieran escudriñar +el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno disimulo que +no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + + +<p>El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatándose la +proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que +apagaba el último parpadeo de las estrellas.</p> + +<p>Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros +trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal, +con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que tenían su trabajo +en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la bruma de su +profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de +barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en +la parte alta de la ría las luces de los <i>anguleros</i>, que durante la +noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes. +Las aves marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de +la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el +mar, siguiendo la tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del +Abra.</p> + +<p>Comenzaban á abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacerías, +tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á los fieles á misa +y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con +aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua, semejante al +olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á las +campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes +de los barcos y los gritos de las <i>cargueras</i> que reñían por +preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á +tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.</p> + +<p>Por las calles comenzaban á rodar los carros de la <i>sarama</i> recogiendo +el estiércol: las vendedoras de <i>fotes</i> llamaban á las puertas +repartiendo los panecillos del desayuno.</p> + +<p>Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del +mercado de San Antón, y las aldeanas que se detenían á descansar por un +momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras +de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al oír el <i>taf-taf</i> de un +automóvil. El vehículo pasó veloz por la gran plaza, desapareciendo, +ensanche adelante, al otro lado del puente.</p> + +<p>Las que eran de la villa, conocieron á la esposa y la hija de Sánchez +Morueta, sentadas tras el <i>chauffeur</i> de ancha gorra y aspecto +extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las +cubrían los ojos.</p> + +<p>Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun +madrugaba más que ellas. Irían á la iglesia de la Residencia á +confesarse con los padres jesuítas. Allí iba todo el señorío.</p> + +<p>El automóvil aceleró su marcha por las amplias calles del ensanche, +desiertas á aquellas horas, y paró con violenta rapidez entre los +carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazón, +una obra prodigiosa de confitería arquitectónica, en la que el blanco de +las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.</p> + +<p>Doña Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un +cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacción que si +penetrase en un salón elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una +dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvación +del alma.</p> + +<p>Reconocía una vez más el talento de los buenos Padres al admirar la +decoración del templo. Era <i>gótico</i>, pero no tenía la crudeza blanca, la +sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival sé +convertía en polícroma: el oro y el bermellón chorreaban por los nervios +de los pilares, y los arcos apuntados: las bóvedas, eran azules con +estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan <i>bonita</i>, +sólo podían imaginarla los Padres de la Compañía.</p> + +<p>Y la de Sánchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre +que había de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su +comparación del hermoso templo con el forro interior de uno de esos +baúles que usan las criadas, matizados de chillones colorines. ¡Decir +tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado +para comodidad y suave placer de los fieles! El órgano desgarrador y +tempestuoso había sido reemplazado por el armónium; en vez de los santos +negruzcos y horripilantes de la antigua devoción española veíanse +imágenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual +corresponde á un culto de personas decentes; las lámparas de luz +eléctrica, en gran profusión, sustituían á los cirios humosos que con su +olor de cera daban mareos á las señoras.</p> + +<p>Doña Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes +arrodilladas á los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba +muy concurrido el templo. Pero la de Sánchez Morueta reconocía la +influencia de la estación en la clase de público. Las señoras eran menos +que en el invierno. La <i>gente baja</i>, menestrales acomodadas, y viejas +beatas de medios de vida problemáticos, se aprovechaban del veraneo de +las señoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus +santos sacerdotes.</p> + +<p>Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que más +gente tenía formada ante sus rejillas. Tardaría mucho en llegarles el +turno para la confesión.</p> + +<p>Al reconocer á las dos señoras, hubo un movimiento de respeto y +curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y +con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreciéndolas +su puesto en la fila. Doña Cristina hizo un signo de aprobación con la +cabeza y abriendo su portamonedas dió una peseta á cada una de ellas.</p> + +<p>Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos +concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre Paulí á pesar +de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de la +rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa +con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño.</p> + +<p>La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con sólo dos +penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando +las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con +calma.</p> + +<p>Doña Cristina experimentaba la emoción de la doncella que tiente la +proximidad del hombre amado.</p> + +<p>El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora admiraba su energía, +su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio, que había sido +militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre +de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los +escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los +actos del Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él +por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes +que sólo hablaban de piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura +de Jesús. Era el jabalí de la Iglesia, que al verse en terreno +favorable, en aquella tierra donde crecía frondoso el bosque de la fe y +de la sumisión ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos á todos +lados. «A los enemigos de la religión, palo», decía con fiera +arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola.</p> + +<p>No perdonaba medio para propagar sus belicosos propósitos. Sus sermones +en las grandes romerías, en las fiestas de la Asociación de la Vela +Nocturna y otras corporaciones que le tenían por director, eran arengas +de caudillo, hablando de matar ó morir como los paladines de las +Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto «A las +señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado +que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.</p> + +<p>Era un hombre de lucha que iba recto á su fin, atropellando las +doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto tronaba +contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la +caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á +las elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente, +para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella +institución del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño +al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.</p> + +<p>Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que +fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras, amenazando con no +comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al candidato +liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que +enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros; +las damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables, +arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas +electorales. Y enfrente de este gran ejército manejado por el Padre +Paulí, un candidato de una buena fe paradisíaca, que hacía discursos +sobre la regeneración material de la nación y la política hidráulica, +pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual Vizcaya, en el que +llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo importaba á los +<i>maketos</i>, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de África. +Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en una +iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter +antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la +Iglesia que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que +quien no está á sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!...</p> + +<p>En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las +gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico jesuíta un +prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los últimos +restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y +su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta, +recordándole que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó +mil pesetas para la elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia +libertad de que gozaba en el manejo del dinero, dió dos mil duros al +Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez +Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doña Cristina tembló en +el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parecía escuchar la +risa irónica del doctor Aresti, allá en las minas. Temía la explosión +ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una mujer, que no era +para él más que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los +días y siguió callando, como si pasada la primera impresión de cólera, +sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera +turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su +casa.</p> + +<p>Doña Cristina también había perdido su primitiva inquietud al +transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente +ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia +conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía +por todos los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su +marido. El jesuíta la comparó en una reunión de señoras con las mujeres +fuertes de la Biblia y con un sinnúmero de santas, todas princesas ó +consejeras de reyes. «Con señoras tan valerosas, pronto volverá el +reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era otro panegirista que en +las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre risas, la gran treta +que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara de vinagre.</p> + +<p>Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora entraba en aquella +iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo de la +victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres +como si fuese de su familia.</p> + +<p>El confesor, después de despachar á varias penitentas, sacó la cabeza +por delante del sagrado cajón, lanzando una rápida mirada á la fila de +señoras, mientras musitaba algunas oraciones.</p> + +<p>—Me ha conocido—pensó doña Cristina con orgullo—No tardará en +despedir á la que está delante.</p> + +<p>Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla allí en verano. La +afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el +servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, sólo de +tarde en tarde hacía sus visitas al templo de la Residencia. De seguro +que el buen Padre pensaba: «Algo extraordinario le ocurre á mi hija de +confesión.» Y así era efectivamente.</p> + +<p>No peligraba la salud de su alma ni traía ningún grave pecado que la +abrumase con su peso. Pero el jesuíta quería que se le dijera todo, +absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas, +único medio de que éstas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una +confesión extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.</p> + +<p>Primeramente, quería hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho +de su esposo.</p> + +<p>Sánchez Morueta había llegado el día anterior, después de una +permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio: +millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales +había de tratar nuevos negocios. Esto, según él daba á entender en sus +escasas palabras. Pero doña Cristina dudaba ya de todo desde que dos +días antes de que regresase el millonario, había encontrado revolviendo +los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de ámbar y +con la firma de una mujer, una tal Judith, que debía ser una pagana, una +pecadora, á juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no había +entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantásticos y +además estaba en francés. Pero las pocas palabras que había podido +adivinar, y más que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender +desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor +desenfado. ¡Qué asco! Toda la castidad de doña Cristina, su horror á la +carne vil, se revolvió al contacto de aquel papel. No quiso verlo más y +lo abandonó en el mismo sitio donde lo había encontrado. Sabía lo +necesario: su marido tenía una amante: tal vez por esto pasaba tanto +tiempo fuera de Bilbao...</p> + +<p>En el primer momento, doña Cristina experimentó una sensación +desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo. +Sintió por Sánchez Morueta un interés más grande que en los primeros +tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la +infidelidad. Tal vez iba á conocer el amor á impulsos de la cólera. Pero +aquello sólo duró un instante: su alma, que parecía despertar é +incorporarse, volvióse del otro lado y continuó su sueño.</p> + +<p>Si Pepe tenía una querida ¿á ella qué? Mejor: su indiferencia encontraba +una justificación. Viviría más segura en su castidad: se sentiría más +fuerte, pudiendo echar algo en cara á aquel hombre que parecía dominarla +con su silencio. Era lo que á ella le faltaba. Doña Cristina se había +irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel +hombre que vivía tranquilo, sin acordarse de la religión, cerrando su +casa á los ministros de Dios.</p> + +<p>De aquella carta pecadora le había quedado el principio impreso en la +memoria: «<i>Mon gros loup cheri</i>». ¿Qué querría decir esto? Y adivinando +algo horrible y grotesco á la par, como los diablos panzudos pintados +en ciertas estampas, sonreía en medio de su repugnancia, pensando en la +figura algo ridícula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando +á una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorándolos.</p> + +<p>Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quería +comunicárselo al Padre Paulí, y que éste la ayudara con sus consejos. +Además, tenía que hablarle de la niña, rogando que la diese un buen +repasón. Estaba en la edad de los caprichos y las <i>tonterías</i>, y ella, +después de la tarde en que la había sorprendido en el jardín con el +ingenierillo, sentía cierta intranquilidad. Hasta había efectuado un +registro minucioso en el cuarto de la niña, presintiendo cartitas +escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada había +encontrado; pero le daba el corazón que algo existía. Tal vez lo +guardaba oculto la <i>aña</i> Nicanora, complaciente siempre con la señorita.</p> + +<p>Había terminado su confesión la señora arrodillada delante de ella, y +doña Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del +lado opuesto. Se abrió por fin el ventanillo y Pepita vió por encima de +los hombros de su madre una sombra que murmuraba:</p> + +<p>—¡Hola Cristina! ¡hija mía! ¿A qué obedece esta visita tan +extraordinaria?...</p> + +<p>Pepita no oyó más: su madre pegó la cabeza á la rejilla, ahogándose las +palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.</p> + +<p>La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil +la incrustación de los tacones de sus botas, leía en su devocionario +automáticamente, mientras pensaba lo que diría al confesor.</p> + +<p>Estaba junto á su mamá y llegaban hasta ella algunas de sus palabras +como un lejano susurro.</p> + +<p>Pepita comprendió que su madre hablaba de una carta que debía +interesarla mucho, á juzgar por las veces que la nombró. La joven púsose +á temblar pensando en las que tenía ocultas, como una prueba de delito, +allá en su hotel de Las Arenas. Pero doña Cristina levantó la voz un +poco más, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso +y Pepita la oyó decir con gran dificultad, vacilando á cada sílaba +«<i>Mon... gros... loup... cheri...</i>»</p> + +<p>No: aquello no iba con ella... ¿Pero por qué decía su madre tales cosas? +¿Qué lobo era aquel, en francés, que su madre llevaba tan trabajosamente +hasta los oídos del buen Padre? Y Pepita se mordía los labios para no +reír, sin saber ciertamente por qué le regocijaba esta frase que no +había encontrado nunca en sus libros cuando la enseñaban francés.</p> + +<p>Luego cesó de oír. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la +rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta +Pepita como el balbucear de un pequeñuelo: «Ña... ña... ña». Debía reñir +á la madre á juzgar por lo encogida que ésta se mostraba, con la cabeza +entre los hombros, como si la abrumase el interminable regaño del +confesor.</p> + +<p>La voz de doña Cristina volvió de nuevo al oído de su hija:</p> + +<p>—Es verdad Padre: yo tengo la culpa. ¡Pero es una esclavitud tan +dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocación me +llamaba á otra parte. Pero la juventud se engaña siempre y ¡era yo +entonces tan niña!...</p> + +<p>Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo el «Ña... ña... ña» +siempre con tono de reproche durante muchos minutos.</p> + +<p>—¿Cree usted Padre—volvió á murmurar la señora—que no he hecho yo +nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería aquel en +que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que +le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes... +Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado +respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los +hombres.</p> + +<p>Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más imperioso, como si diese una +orden, y doña Cristina achicábase ante la reja, obediente á su director, +pero anonadada por el sacrificio que la imponía.</p> + +<p>—Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco que eso me produce! +¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no hay otro +remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son +sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias +de la vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué +repugnancia, Dios mío!...</p> + +<p>El «Ña... ña... ña» tomó una expresión interrogante.</p> + +<p>—Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros tiempos, á preocuparme +de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este +sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á Dios.</p> + +<p>El murmullo del confesor sonó largamente, como si diese consejos. De vez +en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus afirmaciones de +penitenta sumisa.</p> + +<p>—Así lo haré, Padre.</p> + +<p>—<i>¿Ña... ña... ña?</i></p> + +<p>—Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré acordarme de mis tiempos de +vanidad.</p> + +<p>—<i>¿Ña... ña... ña?</i></p> + +<p>—¿Quiere usted que sea hoy mismo? ¿Después de haber recibido al +Señor?... Bien: porque usted lo dice. Será un nuevo sacrificio.</p> + +<p>Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doña Cristina volvió la +cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su +confesión; y al ver tan próxima á Pepita, fijos en el devocionario sus +ojos cándidos, se pegó más á la rejilla. La joven ya no oyó más que un +lejano susurro, sin distinguir una palabra.</p> + +<p>Al terminar la confesión, la madre fué á arrodillarse en el centro del +templo y Pepita ocupó su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor +despachó rápidamente á la penitenta del lado opuesto, y volvió á abrir +el ventanillo.</p> + +<p>—Hola, buena pieza. ¿Eres tú?—dijo cariñosamente á Pepita.—¿Ya has +hecho el acto de contrición? Pues á ver esos pecadillos, á hacer la +colada del alma, que aquí está el Padre Paulí para absolver á las niñas +que son buenas y sumisas.</p> + +<p>Y mientras la joven iba soltando con automática regularidad los pecados +de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia, +deseos de humillar á las amigas, desobediencias á su madre, miraba á +través de la rejilla al famoso jesuíta, su cara sin una arruga, la nariz +aguileña, aquella sonrisa dulce que parecía acariciar, pero que á ella +le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que +extraía las verdades por hondas que se ocultasen.</p> + +<p>—Bien, ¿y qué más?—dijo el jesuíta cuando ella se detuvo dando por +terminada la enumeración de sus pecados.</p> + +<p>—Nada más, Padre. No recuerdo otros pecados.</p> + +<p>—Rebusca bien en tu conciencia, hijita. ¿Nada de nuevo ha ocurrido en +tu vida desde la última vez que nos vimos? Piénsalo. Mira que con el +Padre Paulí no valen engaños: que hasta mí llega un pajarito que me +cuenta todo lo que hacen las niñas embusteras, y que yo sé cuándo me +dicen la verdad y cuándo me mienten.</p> + +<p>Pepita comenzaba á sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y +maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, según afirmaba +su madre. Con él de nada servían los tapujos. Y su inquietud convirtióse +en miedo cuando vió que el sacerdote cesaba de sonreír y la hablaba con +los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmovía desde el púlpito +á la distinguida muchedumbre de sus fieles.</p> + +<p>—Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más bonita que tú, y más +rica, pues sus padres eran reyes...</p> + +<p>Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes, +sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.</p> + +<p>—Un día, en un sarao de la corte, cuando más llamaba la atención por su +hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los +cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa +asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una +horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un +pecado que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba +la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.</p> + +<p>Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador horrorizado, hacía +estremecer á la joven. El final de la historia no era más +tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la +princesa, y la desdichada descendía con el peso de su pecado á los +infiernos.</p> + +<p>—Vamos, hija mía—dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su +sonrisa después de la historia horripilante.—Tú eres más buena que la +princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor. +Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no +mienten, pero que tiene una correa para castigar á las que son malas y +rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo +para tí, como si lo fuera... ¡Tú tienes un novio!</p> + +<p>—No, Padre—dijo Pepita con voz trémula, intentando todavía +defenderse.—Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los +demás... que le tengo cierta simpatía...</p> + +<p>—¡Vaya por el amigo!—exclamó bondadosamente el confesor.—Y este amigo +te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de mamá. No digas +que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas +y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si es +inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!...</p> + +<p>Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez del pajarito, como si +fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.</p> + +<p>La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí tomó entonces un +tono solemne:</p> + +<p>—Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido un grave pecado, +pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo has hecho, +indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y espero +que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo +grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe +vivir agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que +es el mundo, querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á +mamá, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si éste puede +ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los +rodean! Vamos que merecías una zurra, como las chicuelas malcriadas que +hacen alguna diablura.</p> + +<p>Y su mano blanca se movía tras la rejilla con burlona expresión de +amenaza.</p> + +<p>—Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las jovencitas del día, +pídele á tu madre un libro titulado «<i>La entrada en el mundo.</i>» Si ella +no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de +memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por +otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los +muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad +de Deusto y es una guía completa de lo que debe pensar y hacer en el +mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no +necesita más para ser un modelo de caballeros católicos y excelentes +padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los capítulos que se +titulan «<i>La elección de estado</i>» y «<i>Antes que te cases</i>»... y verás lo +que le corresponde hacer á la juventud cristiana para conservar pura su +alma y no ofender á Dios. Para la elección de estado hay que meditar +mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santísima Virgen, +tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el bienaventurado y +glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe +escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y +especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo +maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y +sobre todo, de vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro.</p> + +<p>Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si éste fuese +el personaje más importante entre todos los citados.</p> + +<p>—¿Qué es el director espiritual?—continuó.—El librito lo dice +claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija +vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres +se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os +queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros +confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen +á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de +Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que +<i>galantería</i> mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del +pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes, +chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir +de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan +muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de +nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á +buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que +ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin +venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en +Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del +Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce +que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una +santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese +médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que +entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del +siglo.</p> + +<p>La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su +pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:</p> + +<p>—Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó +menos como tu tío el médico.</p> + +<p>—¡Ay, no, Padre!—se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión +para defender á su novio.—es muy buen católico: me lo dijo el otro día +cuando hablamos en el jardín.</p> + +<p>—¡Hum, hum!—tosió el jesuíta—¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas +escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que +puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo +conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...</p> + +<p>—Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se +inscribiría en los <i>Luises</i>, que haría todo lo que yo le mandase. Crea +usted, Padre, que no es malo.</p> + +<p>—¡Je, je!—rió maliciosamente el confesor.—No está mal la resolución. +Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al +matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados. +El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo +un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles +que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú, +hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era +más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la +voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no +podré darte la absolución. ¿Entiendes?...</p> + +<p>Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.</p> + +<p>—Pero tú eres buena—continuó el jesuíta cambiando de tono—y tú +obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese hombre: +un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la +Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras +á ese individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por +consejo de mi director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las +mujeres, tenéis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle +saber, de un modo que no deje lugar á dudas, que todo acabó, que ya no +te acuerdas de él, que lo pasado fué una falta de la que te muestras +arrepentida... ¿Estamos?</p> + +<p>Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que +adivinase el confesor si esta emoción era por la pena del rompimiento ó +por el miedo que le inspiraba su pecado.</p> + +<p>—¡Tonta! ¡tontita!—dijo para tranquilizarla.—¡Si todo esto es por tu +bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay +tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu +padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija +de Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los +hombres más útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan +números! Eso de las princesas casándose con pastores, sólo se ve en las +comedias. Aún es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece á +tus padres, á mamá sobre todo, pues las mujeres saben más de estas +cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu amigo, tu segundo padre, y +entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que te hará feliz y aun +elevará más tu rango en el mundo.</p> + +<p>Calló un momento el jesuíta, como si preparase un avance decisivo.</p> + +<p>—¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de +nuestra Universidad!... Una joven como tú—continuó—merece unirse con +una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad +de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con +un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de +Estado, y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es +difícil encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola.</p> + +<p>Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no.</p> + +<p>—¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de él? Es uno de los +alumnos de <i>punta</i> que han salido de nuestra Universidad. Con una docena +como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta población aparecería +como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la reconquista de +España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de +Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de +tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el +pobre Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas +maldicientes!... ¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste +no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente +inclinado hacia tí, con el amor honesto y respetuoso de un joven +cristiano. Las que te hablan contra él, es porque te tienen envidia.</p> + +<p>Después de este hábil halago á la vanidad de la joven, continuó con una +expresión de bondad y tolerancia:</p> + +<p>—Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fué nuestro padre San +Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar, +y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y +de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente +después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para +que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que +entonces se llamaban <i>botas polidas</i>... Urquiola es joven, y rebosa en +él la energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al +servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de +pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas +cambian según los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo, +lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa, +rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado +que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermín; un soldado, +un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas, +porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de su +mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que +tenga á su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué +le miran con tanto agrado tus amigas? Porque están seguras de su +porvenir. Fermín será diputado en las primeras elecciones, figurará en +Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte +de esta nación, que seguramente se cambiará, de no olvidarnos Dios!...</p> + +<p>Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobación ó protesta ante +los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo haber avanzado +demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho.</p> + +<p>—No creas que tengo un interés especial en que sea Urquiola quien haga +feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más tenacidad que yo, +pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es ese, que sea +otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria +y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas +como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás +y desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes +seguir sus costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con +el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la +fortuna les sonríe, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo +tan hermoso como tú, que eres buena y no querrás amargar los últimos +años de su vida.</p> + +<p>Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve mohín, de la felicidad +conyugal de los Sánchez Morueta.</p> + +<p>—Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por aquí con más +frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo +tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho +cuidado con ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que +nunca puedas volver á leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?</p> + +<p>—Sí, Padre.</p> + +<p>—¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por terminadas para siempre +las locuras?</p> + +<p>—Sí, Padre.</p> + +<p>—Muy bien: vamos á la absolución.</p> + +<p>Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á la joven al través de +la rejilla: después sacó la mano por el frente del confesonario para que +se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto preparando una +sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á arrodillarse al +lado de su madre.</p> + +<p>Comulgaron tras una breve espera, después de rezar su penitencia y +salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á las amigas +que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios.</p> + +<p>El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas siguiendo la ribera de la +ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.</p> + +<p>Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más hermoso que otros +días.</p> + +<p>—¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el recibir al Señor? Dí +que hemos empleado bien la mañana.</p> + +<p>Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de la señora, como si se +aproximase un peligro que quería olvidar.</p> + +<p>Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pasó horas +enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente, +rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que +escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la <i>aña</i> Nicanora, +rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para +entregarlo á don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina +fueron inútiles. La niña estaba de mal humor y no quería contestar.</p> + +<p>Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de la comida. Llamó +varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando dobladas +sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la +servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese +algo extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa.</p> + +<p>Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste por su esfuerzo +epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre.</p> + +<p>—¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te has puesto!...</p> + +<p>Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la +doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con +llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?... +Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y +polvorientos; una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un +taller de la <i>rue de la Paix</i> cuatro años antes, cuando ella volvía ya +la espalda á las vanidades del mundo.</p> + +<p>Había engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente +estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos y +comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como +un mallón sobre las caderas.</p> + +<p>—Qué, ¿te parezco bien?—dijo la madre, pavoneándose como una niña ante +la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla +resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una +resurrección histórica.</p> + +<p>Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo <i>fru fru</i> de sus finas +ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había +prodigado con cierta indiscreción.</p> + +<p>Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su +mujer, acabó por levantar la cabeza.</p> + +<p>—¿Qué te parezco, Pepe?—dijo ella con una sonrisa que contrastaba con +el temblor de su voz.</p> + +<p>El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de +fruto maduro.</p> + +<p>—No estás mal—y fijó de nuevo sus ojos en el periódico.</p> + +<p>—Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que +llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á +esto, Pepe?...</p> + +<p>—Harás bien:—y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el +pensamiento lejos, muy lejos.</p> + +<p>La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con +un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas +nerviosidades.</p> + +<p>Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en +los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la +servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la +casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á +golpear á todos.</p> + +<p>Pepita también estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en +el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida de Biarritz, +queriendo que le describiera alguna <i>toilette</i> de las muchas que habría +visto en aquella sociedad elegante.</p> + +<p>Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija. Era la +única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba con la cabeza +baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos +se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una expresión +desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba +por su novedad cierta molestia.</p> + +<p>Después de comer, el millonario se entró en su despacho.</p> + +<p>Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la +hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió con paso +resuelto en busca de su marido.</p> + +<p>Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se +acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas medrosas que +iban en busca del ogro.</p> + +<p>Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez Morueta, que +creía en la llamada de un criado: notó el movimiento instintivo de sus +manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos +colores que releía con gesto hosco.</p> + +<p>Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de recuerdos, +volvió á su memoria el «<i>Mon gros loup cheri</i>», y sin saber por qué, +sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de aspecto +imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á +entender, aquella frase de <i>cocotte</i>, que debía encerrar algún misterio +mágico para apoderarse de los hombres.</p> + +<p>—¿Qué quieres? ¿qué ocurre?—preguntó el marido con extrañeza.</p> + +<p>¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el lápiz de +tocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que no lograba +dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se +aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.</p> + +<p>Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y apelando al +recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas carnosidades, los +hombros del temido ogro.</p> + +<p>—¡Pepe... Pepe!—murmuró con voz tenue, como un gemido dulce.</p> + +<p>Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con besos +ardorosos.</p> + +<p>El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda de carne +femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le envolvía, por +los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los +dientes de láctea blancura.</p> + +<p>Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una ráfaga. Su mano +poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante aquellos ojos +fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento, su +alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.</p> + +<p>Después, la voz del marido sonó en el silencio de la habitación, +lacónica, triste y monótona:</p> + +<p>—Es tarde, Cristina, es tarde.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + + +<p>Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su despacho +contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó en el asiento con +sorpresa, viendo entrar á su principal.</p> + +<p>Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su secretario +que tardaría unas dos semanas en regresar, y se presentaba +inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le habría +torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne +gravedad?...</p> + +<p>Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes +aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario, era que +hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba +envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos.</p> + +<p>—A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise +usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no +me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado, +mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A +ver, ¡que suba el <i>Capi</i>! Llame usted á don Matías. ¡En seguida; +listo!...</p> + +<p>Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le +esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas, +como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la +serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus +arrebatos.</p> + +<p>Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando +casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos +atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no +pasaba de la puerta.</p> + +<p>—Pepe, ¿qué tienes?—dijo el marino con el acento afectuoso de un +antiguo camarada.</p> + +<p>—Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de +las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en +seguida.</p> + +<p>—Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él +tiene sus ocupaciones...</p> + +<p>—¡He dicho que venga en seguida!—gritó el millonario.—Dile que le +necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier +cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es +mi único amigo.</p> + +<p>—Está bien—gruñó el capitán.—Los demás somos unos perros.</p> + +<p>Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su +paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir +contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.</p> + +<p>De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con +ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para +continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su +irritado principal.</p> + +<p>—Señor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse +inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar el sol, adonde le dé +la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida.</p> + +<p>Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó que iba a recibir algún +golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, salió +apresuradamente.</p> + +<p>Las oficinas parecían desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante +sus papeles, temblando al oír tras de los cortinajes aquella voz +furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y juramentos +verdaderamente extraños en tan grave personaje.</p> + +<p>En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un +enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de incesantes paseos, se +dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando +antes un botón eléctrico.</p> + +<p>Entró un ordenanza con aire azorado.</p> + +<p>—Tráeme un café.... pero bien fuerte.</p> + +<p>Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de +los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para él, +con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisición era motivo +de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa ó en los +negocios de minas.</p> + +<p>Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese señales de +existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y +corrió el criado al despacho.</p> + +<p>—Trae otro café.</p> + +<p>Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar por las dos colillas +arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como +un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los había encontrado +al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía irrespirable, sin +que él se diese cuenta de ello.</p> + +<p>Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido +para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el +despacho, atraído por el timbre.</p> + +<p>—Dile al capitán que suba—dijo el millonario.</p> + +<p>—Don Matías no está, señor—contestó el criado.</p> + +<p>Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de +la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la +costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos +hacían lo mismo.</p> + +<p>—Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se +te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.</p> + +<p>Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y +coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El +millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y +como perdida en un punto lejano, muy lejano.</p> + +<p>Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un +poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste +fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase +los platos casi intactos.</p> + +<p>—Mira, hijo mío—dijo con dulzura inesperada.—Llévate todo eso; +cómetelo y que de salud te sirva.</p> + +<p>Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella +inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.</p> + +<p>Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor +dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta +actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el +bienestar del que en nada piensa.</p> + +<p>Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho, +el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida.</p> + +<p>—¡Esto es un horno!—gritó el médico,—¡Aquí no se puede respirar; qué +humareda; parece un incendio!</p> + +<p>Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de +tabaco en que se envolvía su primo.</p> + +<p>—¿Qué pasa?—dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.—¿Qué +te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...</p> + +<p>Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro. +Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más +de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una +expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga +física, como si no hubiese dormido en algunas noches.</p> + +<p>—¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.</p> + +<p>Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él +ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos +dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.</p> + +<p>—¡Ay, Luis!—suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo, +las manos de su primo.—Mi vida terminó. Han matado todas mis +ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!</p> + +<p>Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la +pequeñez del doctor con su corpachón.</p> + +<p>—¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas como una señorita +desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á llorar como +los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos +por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.</p> + +<p>El millonario fué á hablar, y Aresti le interrumpió de nuevo:</p> + +<p>—Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero, +aguarda ahí fuera. Lo he encontrado en la estación del Desierto, y al +saber que habías llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te +esperaba con impaciencia.</p> + +<p>Sánchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algún asunto +urgente de la fundición. ¿Qué le importaban á él los altos hornos, y las +minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala +suerte. ¡Para lo que servía la riqueza!... Y revolvía sus ojos furiosos +por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poderío +industrial, haciéndolo responsable de su desgracia.</p> + +<p>En aquel momento aborrecía al muchacho que esperaba en las oficinas. ¡La +juventud! ¡la insípida y antipática juventud! Aquel ingenierillo no +tenía otros medios de vida que los que él le diese: ni riqueza, ni +poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos años, por su cara de +madamita con bigote, no le ocurriera lo que á él con todos sus millones. +¡Cristo! ¿Para qué servía, pues, el dinero?</p> + +<p>Aresti se impacientaba.</p> + +<p>—Bueno, hombre: deja en paz á ese chico, y si no quieres verle en +seguida, que aguarde. Pero cuéntame, Pepe ¿qué te pasa?</p> + +<p>—¡Judith!...—gimió el millonario.—Ya sabes quién digo...</p> + +<p>Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su +tristeza.</p> + +<p>—Sí, Judith—dijo Aresti animándolo para que hablase.—Aquella +francesa, ó judía, ó lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo... +la madre de aquel niño tan hermoso... el <i>hijo del amor</i>. Estoy +enterado. ¿Y qué ha hecho la tal Judith? ¿Alguna perrada? ¿La has +sorprendido con alguien? ¿Ha huido y no sabes dónde está? Habla, hombre: +cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas, +nada me cogerá de sorpresa.</p> + +<p>Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo +que su primo iba á contarle; seguro de que aquella novela de amor, +desarrollada en el ocaso de la madurez, había de tener un desenlace +triste.</p> + +<p>Sánchez Morueta comenzó á hablar con lentitud, como si le doliese, con +profundo desgarrón, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer +dolor, se animaba, se enardecía, embriagándose en la amargura de su +desgracia.</p> + +<p>Había conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos +meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios +de su carácter. ¿No lo había notado Aresti?</p> + +<p>De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito +de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.</p> + +<p>Varias cartas anónimas le habían avisado las infidelidades de Judith. +Alguna buena alma que conocía su dicha y deseaba turbarla: tal vez una +antigua compañera de la <i>divette</i>, envidiosa de su bienestar. Y el +grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tenía miles +de brazos á sus órdenes y flotas en el mar como un príncipe de la +moderna realeza, había descendido durante algunos meses á una vida de +espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las +denuncias.</p> + +<p>—¡Ay, el amor, Luis!—exclamaba.—¡Cuán pequeños nos hace! ¡Cómo nos +envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la certeza +de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que +he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!...</p> + +<p>Al llegar el verano, Judith había ido, como de costumbre, á una casita +que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la tenía más cerca +de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los +misteriosos avisos.</p> + +<p>Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un +<i>monsieur Jules</i>, joven, hermoso y elegante, de problemática vida; un +aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de <i>croupier</i> en +los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba á las +estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía conocerle mucho +tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra que se da +cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la +hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las +aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de +acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.</p> + +<p>Sánchez Morueta, después de la lectura de los anónimos, recordaba haber +oído su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando +de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el aventurero había +pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía caliente, +apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las +peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de +«asegurar su posición», como ella decía, con una voracidad creciente, +como si la guiase un oculto consejero.</p> + +<p>El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué podía importarle este +chorreo de riqueza que no marcaba la más leve desnivelación en su +fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía haciéndole +abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo de +su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á +tantos causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano +verde, engañado y <i>pagano</i>, eterno personaje de todos los cuentos y las +comedias parisienses! Él había sido <i>le vieux</i> del que se ríe la pareja +joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de +Banco. ¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á +la familia y á las malditas conveniencias sociales, había salido de la +triste aventura sin matar á ninguno de los dos!...</p> + +<p>—¡Pero, hombre, siéntate!—decía el doctor asustado al verle ir y venir +por el despacho como un loco.—No golpees los muebles. Ya sé que de un +puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho +muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se +burle una pájara de esas? Sigue contando... sigue.</p> + +<p>Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el +relato pasó de un salto á la escena final de su novela amorosa, á la +última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de +Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida.</p> + +<p>Sánchez Morueta había llegado sin avisarla, sorprendiendo al <i>monsieur +Jules</i> casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no había sido +completa. No le había visto: sólo había adivinado su presencia en el +desorden de la habitación, en los detalles que revelaban una fuga +rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la puerta +cerrada.</p> + +<p>Después, la escena había sido horrible entre él y su amante. ¡Ay, la +mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de acabar de +una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la +situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más; +mantenerlo en la dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar +la verdad. «Vivimos de mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en +las horas de abandono, cuando en brazos de Sánchez Morueta recordaba su +pasado de aventuras. Pero ahora ya no quería mentir; estaba enamorada de +su <i>Jules</i>, enamorada frenética, con celos de fiera al ver que se lo +disputaban otras más jóvenes; y para atraérselo para siempre, +legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al amante rico, en +destrozarle el alma con su cínica franqueza.</p> + +<p>¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era joven y guapo! ¡Con +qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario revolvíase +con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una +provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus +desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le +regocijaba en los primeros tiempos de su amor.</p> + +<p>—Sí, <i>mon vieux</i>. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se <i>badina pas</i>. Si +tú me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser +amigo del pobre <i>Jules</i>. Y si no, la puerta está abierta. Será lo mejor. +<i>Voilà.</i></p> + +<p>La cínica proposición había hecho rugir al gigante, levantando sus +zarpas con furor homicida. Pero ella ¡la maldita! tenía la tenacidad +glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser +asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de +desafío.</p> + +<p>—Sí, pégame; eso es muy español. Mátame, como matan en tu tierra á las +mujeres, cuando no quieren amar. Anda, <i>don José</i>; ya estamos en el +final de <i>Carmen</i>. ¿Dónde guardas la navaja?...</p> + +<p>Él había sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se dió cuenta de +su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los +peligros de la existencia errante. Y lloró como un miserable, suplicó +vilmente para que no lo abandonase. Hasta creía recordar que se había +arrodillado, agarrándose á sus piernas, sintiendo la desesperación de +perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parecía despedirse de +él al través de la batista que la cubría.</p> + +<p>Sánchez Morueta, hablaba á su primo con la cabeza baja, como un +criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y únicamente cerrando +los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su +conciencia.</p> + +<p>Había sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las +lágrimas con que había mojado durante toda la noche el cuello insensible +de aquella mujer.</p> + +<p>Ella se había apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada +del pobre patriarca, y con la conmiseración maternal que siente toda +mujer por un hombre que llora, lo había tomado en sus brazos, apoyándole +la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acariciándole las barbas +encanecidas.</p> + +<p>La gratitud y la lástima la hacían ser bondadosa, con palabras de triste +consuelo. ¡Ah, <i>gros coco</i>! Había que tomar la vida tal como se +presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empeñarse en pedir +imposibles. Cada uno se enamoraba á su hora. Él la quería, siendo casi +un viejo: ¿por qué se extrañaba de que ella, siendo joven, tuviese +también su momento de debilidad, enamorándose de aquel <i>Jules</i> que +poseía para las mujeres un encanto malsano y dominador?</p> + +<p>Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual +trabajaba á su modo, sin acordarse del corazón, para asegurar su +porvenir. Pero después, con el bienestar llegaba la dulce tontería del +amor. Esto había hecho él, pasando la juventud absorbido en la caza de +la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la época en que +otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurría á ella al ver asegurado +su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso. +¿Por qué no había de conocer su verdadero amor con sus penas y alegrías +después de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... ¡Ah +<i>mon vieux</i>! Había que tomar la vida con serenidad filosófica. A cada +cual su turno.</p> + +<p>Después intentaba consolarle hablando del pasado. No debía desesperarse +el enorme <i>bebé</i> que se adormecía llorando sobre su hombro. Podía +afirmar que había sido amado más que muchos otros. Primeramente, le +había querido con una simpatía pálida y pasiva, porque era bueno con +ella, porque la había sacado de su antigua vida de artista errante, +dándola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira. +Después le había admirado, con una admiración rayana en el amor, al +apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hacía nacer +nuevas industrias, el poder mágico, que esclavizaba el dinero, la +inteligencia que hacía danzar los millones, sin que ninguno se saliera +de línea. Ella adoraba á los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no +presentarse el otro, con algo que no podía explicar. Tal vez era el +encanto de la corrupción y de la juventud, que la enardecía, haciéndola +cometer locuras; pero aun así confesaba que no podía compararse aquel +hombre con <i>su viejo</i> tan bueno y tan generoso... ¿Por qué no había de +aceptar el obstáculo como lo hacían otros? Aún podían ser felices: los +tres vivirían en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que +poseía una fortuna, gracias á él: era buena muchacha y haría lo +necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario +contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.—«Yo solo, +yo solo.» Judith se indignaba. <i>¡Grosse bête, va!</i> Lo que él pedía era +imposible. Ella no podía separarse del que amaba, y tampoco quería +mentir: ella tenía corazón.</p> + +<p>El doctor interrumpió á su primo, que se complacía con doloroso deleite +en detallar los recuerdos de aquella noche.</p> + +<p>—¿Pero, y el niño? ¿Y el <i>hijo del amor</i>?—preguntó con cierta ironía.</p> + +<p>Sánchez Morueta miró al médico con unos ojos que pedían piedad. +Recordaba el entusiasmo con que había hablado á Aresti del pequeñín: +renacían en su memoria las palabras al describir su belleza delicada: +«un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.»</p> + +<p>—No te burles, Luis, es una crueldad. Tú lo adivinaste, sin duda, +cuando te hablé de él. También esta ilusión ha desaparecido. No queda +nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida. +Se lo ha llevado todo... todo.</p> + +<p>Y recordaba, cómo por segunda vez sintió el instinto homicida al ver la +sonrisa burlona con que acogió ella el recuerdo del pequeñuelo. ¡Ah, la +cruel! ¡Con qué sencillez le había arrebatado la última ilusión, +diciéndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la +de aquel tunante que llenaba su pensamiento! ¡Qué tirón tan doloroso en +su alma!... Esta vez, Judith, á pesar de su insolencia, había sentido +miedo ante el gesto desesperado de <i>su viejo</i>. Pero ¡ay! aquella mujer +de carácter doble é inexplicable era invencible. De sus crueldades, +hacía un mérito. Manteniendo en el millonario la ilusión de la +paternidad, podía seguir explotándolo. Así se lo había aconsejado su +amante. Pero ella era una buena muchacha y no quería mentir cuando +llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretendía que su antiguo +protector le agradeciese la cruel confesión. No: el niño no era su hijo. +Y lo repetía satisfecha, como si de este modo afirmase más sus derechos +sobre el hombre amado, colocando el pequeñuelo como un compromiso eterno +entre ella y el <i>amante de corazón</i>.</p> + +<p>Sánchez Morueta salió de aquella casa con el alma rendida por los +crueles descubrimientos. ¡Ni amor, ni hijo! Sólo la convicción del +fracaso; la tristeza de haber creído en una dicha que él mismo se +forjaba engañándose, y un profundo desgarrón en su dignidad, el arañazo +del ridículo en que había vivido durante varios años, que él creía los +mejores de su existencia.</p> + +<p>Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo. Por la noche, el deseo +amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de á dónde se +dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith.</p> + +<p>Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de otra noche como la +anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad +de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con su +amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años +desaparecería sin dejar rastro.</p> + +<p>—Más vale así—dijo el doctor.</p> + +<p>—Sí: mejor es que haya huido.</p> + +<p>Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobardía de la segunda +noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo á +Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación +envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una +sombra de felicidad á la que agarrarse.</p> + +<p>Se hizo un largo silencio. El millonario, después de terminado el +relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si al echar +fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un +golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el +desfallecimiento del hambre.</p> + +<p>—Y ahora, ¿qué piensas hacer?—preguntó Aresti.</p> + +<p>—¿Y tú me lo preguntas?—dijo con desaliento el millonario.—¡Qué sé +yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida. Desde anoche +que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aquí +y llamarte. Tú eres lo único que me resta...</p> + +<p>Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras éste se encogía de +hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar á su primo.</p> + +<p>—Me siento mal, Luis—dijo quejumbrosamente Sánchez Morueta.—Yo me +conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus consecuencias más +adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu vida, dímelo!</p> + +<p>Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego +que no osase moverse é implorase un guía.</p> + +<p>—¿Qué quieres que te aconseje?—dijo el médico.—Lo que yo te puedo +decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?...</p> + +<p>El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para qué? Aquello había +terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la decepción, pero el +mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan +fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando +curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo +del ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay! +¡cómo le aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba +por delante! ¡Qué miedo le causaba la monotonía de una vida sin +ilusiones!</p> + +<p>—Vaya, Pepe: no hay que ser niño—dijo el doctor con autoridad.—Ni +estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi consejo? +Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu +familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste +al lado de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no +sea cierto, esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no +conocerás la infidelidad, ni los celos.</p> + +<p>El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La familia! ¡Su mujer! +También esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.</p> + +<p>Entre él y Cristina se habían agrandado las distancias; no podía esperar +una reconciliación. Él, en su enardecimiento amoroso, no había negado +los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en su despacho. Y con +la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su escena con +Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después, la +explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su +infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la +separación moral en que vivían.</p> + +<p>El doctor le escuchaba pensativo.</p> + +<p>—¿Cristina fué en busca tuya?—preguntó con cierto asombro.—Pues +vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido entre +vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto +por tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque +alguien se lo ha mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará.</p> + +<p>Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre.</p> + +<p>—Vuelve, hombre—continuó el doctor:—es la única solución que puedo +ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa necesidad de +amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio para +llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro +de tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad, +fabricándome ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...</p> + +<p>El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogiéndolo con un +gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una especie de +santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en +emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan +de la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como +aquellos ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer +podía proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa, +sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se reía del +doctor. En el mundo sólo tenía importancia lo que se relacionase con él. +¡A ver cómo no reventaban todas las gentes por cuya triste situación se +preocupaba su primo! Si él era infeliz con toda su fortuna, ¿por qué +habían de ser dichosas semejantes garrapatas?...</p> + +<p>Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la +tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo +acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas, +más de una hora.</p> + +<p>—Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa, +que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando +de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse, pero ahora +esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo.</p> + +<p>—¡Se va!... ¿Y por qué?...</p> + +<p>—¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no puede vivir aquí. Tal +vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta extraño: es cosa +de la juventud.</p> + +<p>Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo +que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba alegría la posibilidad +de que el joven sufriera como él. Era un consuelo egoísta y feroz ver +que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en +gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al +ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!...</p> + +<p>Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver á los altos hornos +después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el último +momento.</p> + +<p>Venía para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan +pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista +baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los +ojos.</p> + +<p>Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara +juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala bestia; llevaba la +señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.</p> + +<p>De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de los penados, unidos +eternamente por la misma cadena.</p> + +<p>—¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en la fundición?... +¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla.</p> + +<p>El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni disgusto ni ambición de +dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía la nostalgia de +ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de los de su +tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para América; +aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de +llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se +marchaba.</p> + +<p>El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisión de las palabras +del joven, se convenció de que éste mentía.</p> + +<p>Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con que le había +distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba resuelto á +la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los +altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes.</p> + +<p>—¡Te vas, hijo mío!—exclamó el millonario con repentino +enternecimiento.—Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí +donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve. +No nos despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á...</p> + +<p>El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le +interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la +fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si +Sánchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por +allá, pasaría él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta +nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de +Las Arenas.</p> + +<p>—Adiós, hijo mío... Hasta la vista.</p> + +<p>Y estrechó con efusión la mano del joven.</p> + +<p>Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por +tantas emociones, se dejó caer en el sillón.</p> + +<p>—Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el +vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de +la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.</p> + +<p>—No, Pepe—dijo al doctor.—Tengo la certeza de que ahora encontrarás +allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.</p> + +<p>—¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...</p> + +<p>—Yo nunca—dijo Aresti.—Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y +lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu +vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún +es á qué precio vas á pagarla.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + + +<p>El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin +que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los +recuerdos del millonario.</p> + +<p>De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez +Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al +escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era +caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los +negocios minaban su salud.</p> + +<p>—Es la crisis que él temía—pensó el médico.—Pero cuando no me llama +sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa.</p> + +<p>Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta +que éste le llamase.</p> + +<p>Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El +marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo.</p> + +<p>—No es que yo crea que va á morir—dijo el capitán—pero muchacho, anda +muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta +parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por +su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de +lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina +parece otra; nunca la he visto tan alegre.</p> + +<p>Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud, +yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera +considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta +elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la +daban el aspecto de una beata.</p> + +<p>Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas +y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura +del agradecimiento.</p> + +<p>En fin, querido <i>planeta</i>—continuó el capitán—que parecen unos novios. +No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros, +completamente.</p> + +<p>Aresti sonreía.</p> + +<p>—¿Entonces—preguntó—la casa de mi primo será un nido de amor?</p> + +<p>—Hombre, yo te diré—repuso el capitán con cierta vacilación.—Me gusta +que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo. +Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de +Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña +Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de +Nicanora, el <i>aña</i>? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo +necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho +que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita +parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero +la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro +de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me +rompieran la cabeza cuando al sitio!...</p> + +<p>—Y Pepe ¿qué dice?...</p> + +<p>—Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena +su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras +cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un +disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir +á verle.</p> + +<p>—¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia: +allí no hago yo falta.</p> + +<p>—Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta +por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á +su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta +de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el <i>Capi</i> es muy franco. +Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola +ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa +en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la +mala cara que pueda hacerte tu parienta!...</p> + +<p>Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque tenían á su primo en +una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban á otro +médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al instante. +Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al +mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas +gentes ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una +bomba. ¡Je, je, je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el +tranvía.</p> + +<p>Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez Morueta, encontró en +un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.</p> + +<p>Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oyó un rumor de +voces, hablando con apresuramiento, y después un ruido de pasos y de +faldas en fuga.</p> + +<p>—¡No quiero verle!—gritó una voz sofocada que el médico creyó +reconocer.</p> + +<p>Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba aquella fuga +misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á entender lo +inoportuno de su llegada.</p> + +<p>El doctor pensó que las que habían huido para evitarse su presencia eran +las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su +mujer.</p> + +<p>La entrevista fué glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el +menor esfuerzo por disimular la antipatía que le inspiraba el médico. +Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se presentaba +allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña +absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico +á otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas +se separaban para siempre.</p> + +<p>Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba como si no se diera +cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto +asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un +aparecido.</p> + +<p>Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró con inquietud á una +puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á pasarla.</p> + +<p>—No sé si podrás verle—dijo con los labios apretados.—Está delicado: +no gusta de recibir visitas.</p> + +<p>—¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos...</p> + +<p>Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de pie y se dirigió á la +puerta que comunicaba el salón con el despacho del millonario.</p> + +<p>Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un grito de alegría, +reconociendo á su primo.</p> + +<p>—¡Luis! ¡Luisito!...</p> + +<p>Y le tendió las manos sin abandonar el sillón. Aresti le abrazó. +Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había adelgazado +mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en su +rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la +nariz más grande y pesada.</p> + +<p>Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer momento de expansión +se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que +Aresti leyera la cubierta del volumen.</p> + +<p>Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie cerca de los dos +hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones fraternales.</p> + +<p>Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la enfermedad. Conocía +aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba en el +organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.</p> + +<p>—¡Un trastorno moral! Eso es—dijo la señora con voz áspera.—Siempre +que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado. Por +fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él +cómo se adquieren.</p> + +<p>Y á continuación, para cortar la entrevista, recordó á su marido la +conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.</p> + +<p>—¡Pero, si es Luis!—dijo el gigantón sin atreverse á mirar á su +esposa.—¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba mucho +que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como +hermanos.</p> + +<p>Y su acento humilde parecía excusarse de este cariño, pedir perdón á la +esposa por un afecto superior á su voluntad. Se notaba en él la +abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta +y teme á cada momento que le recuerde su pasado.</p> + +<p>Apareció Pepita en la puerta haciendo señas misteriosas á su madre y +ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de +Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían despedirse de +las señoras.</p> + +<p>Al quedar solos los dos hombres, el medicó se aproximo á su primo. Les +dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera +situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?...</p> + +<p>Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer.</p> + +<p>—Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué +cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que +deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro +hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que +descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.</p> + +<p>Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la +fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más +leve movimiento.</p> + +<p>—¿Y <i>aquello</i>?—preguntó misteriosamente el doctor.—¿Se olvidó ya por +completo?...</p> + +<p>El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un +movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las +palabras de su primo. No debía recordarle <i>aquello</i>: le causaba +vergüenza y repugnancia.</p> + +<p>Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de +su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al +despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose +entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos +primos.</p> + +<p>Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer +comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las +puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como +si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»</p> + +<p>El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban +á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con +satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no +dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!...</p> + +<p>Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente +con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su +lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de +enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico, +le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la +prohibición, obsequiaba al tío.</p> + +<p>Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á +Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que +le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el +cigarro con que le había alegrado poco antes.</p> + +<p>Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo +iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola +en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito +de la obra.</p> + +<p>—¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy <i>profunda</i>? Pues el segundo +tomo todavía es mejor.</p> + +<p>Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti, +como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más +notables que se habían publicado en el siglo: las «<i>Respuestas á las +objeciones más comunes contra la religión</i>» del Padre Segundo Franco, un +jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por +tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa +ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición +y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como +crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse. +Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas, +con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la +Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro.</p> + +<p>—Usted debía leerlo, doctor—dijo con impertinencia el abogado de +Deusto.</p> + +<p>Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de +las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se +probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier +vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:</p> + +<p>—Joven—dijo con gravedad desdeñosa,—hace muchos años que leo lo que +mejor me parece, sin necesidad de consejero.</p> + +<p>Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su +primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.</p> + +<p>Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían +mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle, +buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora +animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el +médico.</p> + +<p>Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que +preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de +Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan +hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y +honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de +grandeza.</p> + +<p>Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus +enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el +abogado, cuyas palabras le irritaban.</p> + +<p>—¿Y qué tiempos fueron esos?—preguntó irónicamente.</p> + +<p>Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella +oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios +literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un +vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del +Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los +<i>Jaunes</i> prudentes y valerosos; cuando la mala peste del <i>maketismo</i> no +había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los +vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á +los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus +descendientes habían derrotado á los <i>guiris</i> y los <i>ches</i> de pantalones +rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus +libertades.</p> + +<p>Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos +batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de +historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias +nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de +Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de +hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.</p> + +<p>—No: Vizcaya no tiene apenas historia—continuó el doctor,—y por esto +posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo +que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está +en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que +pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo +colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para +explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á +la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes +cabelludos y zafios que en Padura gritaban <i>¡sabelian, sabelian sarrtu!</i> +avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el +vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que +obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede +producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi +primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que +pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín +moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas +industriales, que todos aquellos <i>Jaunes</i>, sucios, barbudos y llenos de +costras.</p> + +<p>Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío, +temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á +la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que +la discusión no quedase ahogada.</p> + +<p>—No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas +tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo +rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.</p> + +<p>Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas +fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el +afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que +experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á +la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella +lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el +deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la +dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los +jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de +las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.</p> + +<p>Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento. +Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y +miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran +vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas? +Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por +dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San +Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la +revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de +evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que +mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo +conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...</p> + +<p>Aresti le interrumpió:</p> + +<p>—Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo, +el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.</p> + +<p>Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á +caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como +apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto +muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su +fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya +conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la +masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio! +Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán +por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes +religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los +ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver! +¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los +tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de +sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban +su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También +les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los +poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido. +¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos; +hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de +los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban +destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no +podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo. +Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á +los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu +religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los +magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si +buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse +engañar por absurdas propagandas...</p> + +<p>¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin +voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida +ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los +conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y +especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los +conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un +cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían +insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían +hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó +menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de +empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban +contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se +lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las +cuestiones del trabajo?...</p> + +<p>Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle +aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que, +por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.</p> + +<p>El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el +joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus +palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el +deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin +consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella +casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una +calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su +pensamiento.</p> + +<p>A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y +rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que +éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los +directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase +superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no +iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y +locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero +enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de +la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía +por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser +oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.</p> + +<p>El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de +modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el +cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa +transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su +verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de +experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro. +Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la +tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los +oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida +que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única +fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como +á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte, +declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que +únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la +tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el +ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.</p> + +<p>Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.</p> + +<p>—¿Y la caridad?—gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral +cristiana?</p> + +<p>—¡La caridad!—contestó el médico sonriendo con sarcasmo.—Es el medio +de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los +desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el +buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que +perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral +cristiana.</p> + +<p>Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería +más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una +aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban +el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas +del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin +excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no +dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar. +La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes +bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas +de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de +los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se +equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne +con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que +ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo. +Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba, +entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de +que su Dios los había maldecido.</p> + +<p>Los privilegiados empleaban la religión como un escudo. «Nada de esperar +en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y había que +ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo podía ser +feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la muerte; +dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia +le quieren arrebatar...»</p> + +<p>Así se expresaban los que tenían interés en que continuase en la tierra +todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias. ¿Cómo no habían +de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba el +camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que +la quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden +sobornar con dádivas á los sacerdotes?</p> + +<p>El cristianismo había engañado al pobre, manteniéndolo en su triste +estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el +carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el extremo de su +cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á él!... +Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio +á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban. +Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie +de funcionario invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos +sus buenos servicios, levantándole viviendas, derramando el dinero á +manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...</p> + +<p>Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas enrojecidas. ¿Qué +horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía +acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber +provocado al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase. +Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado +por la sorda y desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de +Deusto temía aparecer vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al +doctor con exclamaciones burlonas ó con gestos escandalizados. «Está +loco: este hombre está loco.» Aprovechando una pausa de Aresti, <i>colocó</i> +la objeción que tenía preparada. Criticar era fácil. Pero ya que el +doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, debía decir cuál +era la suya.</p> + +<p>Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era posible que no lo +entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto. Además, una moral +con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la mañana como un +sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el +pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera +etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral +para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo +de los humanos, tenía forma.</p> + +<p>—Yo—dijo Aresti con sencillez—adoro la Justicia Social como fin y +creo en la Ciencia como medio.</p> + +<p>Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La +moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que +era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la +Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo <i>no</i> +donde el catecismo dice <i>sí</i> y <i>sí</i> donde dice <i>no</i>, se tiene hecha y +derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con +esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los +pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los +grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta +definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.</p> + +<p>Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la +proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia +podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque +Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna. +Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de +impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas. +Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero +materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda +desmoralización.</p> + +<p>El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba +al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de +existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo +tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de +podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían +castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin +miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que +no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción +de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los +semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que +contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al +infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben +apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie +hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos +á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el +crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea +posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.</p> + +<p>—¿Es esta su moral, doctor—preguntaba irónicamente el abogado.—¿No es +esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...</p> + +<p>Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de +lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza +baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó +los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho +no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer +tendría razón al elogiar sus cualidades.</p> + +<p>Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios, +con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y +las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos +atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era +que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los +períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente?</p> + +<p>El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de +moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una +regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que +porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre +no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la +violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad +desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á +desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma +parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia +podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de +inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los +que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad +egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la +vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra +sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.</p> + +<p>Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de +los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó, +cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si +su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que +lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la +importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de +la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos +inventados por las religiones.</p> + +<p>El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la +humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un +componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á +su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de +haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus +sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos +animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no +duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la +necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción. +En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste +(deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea +sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte +de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su +vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un +cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal +colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas +satisfacciones morales.</p> + +<p>—Hacer el bien á los semejantes—continuó Aresti—sin esperanza de +recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los +hombres del <i>materialismo</i>, es ser más idealista que el devoto que +compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de +la tierra.</p> + +<p>El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las +religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se +desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo +nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y +mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y +al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni +en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de +socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos +los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido +siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de +la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba +generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de +la conciencia colectiva.</p> + +<p>Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el +menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello +eran <i>filosofías alemanas</i>, monsergas confusas que habían inventado los +impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en +Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el +Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los +<i>filósofos</i>!...</p> + +<p>Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y +desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello +no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que +consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos +electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de +Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión +personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral +cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo +ante las señoras sus energías de apóstol.</p> + +<p>Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma +religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la +esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las +inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el +cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los +naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino +estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en +amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un +individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la +humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose +sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el +pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale +saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el +trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo +y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el +esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.</p> + +<p>El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza +de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser +hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia. +El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución +incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de +sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea +justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de +humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas. +¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las +explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la +injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é +ignorantes?</p> + +<p>En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que +le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había +descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser +siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la +tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento. +Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica +aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra: +suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía +empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación +dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus +necesidades.</p> + +<p>El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios, +el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco +podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la +abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el +pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.</p> + +<p>—Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera—decía el +médico con entusiasmo.—Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á +la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los +acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto +y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y +hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No +mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la +realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que +salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha, +suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo, +pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la +humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son, +como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas +sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.</p> + +<p>Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis! +¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado +por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la +actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del +trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban +contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que +la ensalzasen.</p> + +<p>La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su +sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su +instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación, +queriendo auxiliar á Urquiola.</p> + +<p>—No entiendo esa moral—dijo á Aresti con voz ruda.—Nada me importa: +esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos +con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la +humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...</p> + +<p>Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba +al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni +soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para +que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y +doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan +buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...</p> + +<p>—A eso conduce vuestra moral—añadió con dureza.—A hacer infeliz á una +pobre criatura, buena como una santa.</p> + +<p>Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él, +convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y +Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza +humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en +silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.</p> + +<p>Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía +un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento +ruidoso y que no volviese.</p> + +<p>—Ya que no crees en nada de la religión—dijo tras una larga pausa, con +una sonrisa dulce que daba miedo,—tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es +para tí nuestro divino redentor?</p> + +<p>¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva, +como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos +ojos azules que le miraban con desprecio!...</p> + +<p>—¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo +con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su +sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y +practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las +autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos +que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.</p> + +<p>Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las +explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta +calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de +ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado +su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta! +Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.</p> + +<p>—¿Has oído, Pepe?—gritó mirando á su esposo.—¿Y tú consientes estas +atrocidades en tu casa?</p> + +<p>Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como +asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.</p> + +<p>—Me voy—siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su +esposo.—No quiero escuchar más á este hombre.</p> + +<p>Y dirigiéndose á Pepita, añadió:</p> + +<p>—Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu +padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.</p> + +<p>Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un +momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de +presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en +nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de +«poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le +inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar <i>al +tío</i> y acabó por marcharse en busca de las señoras.</p> + +<p>Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como +anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el +silencio.</p> + +<p>—Pepe, adiós—dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo +una mano á su primo.—Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes +eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.</p> + +<p>—¡No te vayas así!—exclamó el millonario con ansiedad.—De seguro que +estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina +es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la +paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á +las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has +estado fuertecito...</p> + +<p>—Adiós, Pepe—volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza +que ahora caía débil y sin voluntad.—Que seas muy feliz.</p> + +<p>—Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará: +ya sabes que otras veces también habéis regañado...</p> + +<p>—Adiós, adiós.</p> + +<p>Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando +excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus +espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco +fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + + +<p>A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los +obreros de las minas.</p> + +<p>Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor +Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca +minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas, +afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero +que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En +Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á +navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su +deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un +gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los +mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su +petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la +música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros +de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la +propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las +fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los +representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría +taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de +las teorías revolucionarias.</p> + +<p>El <i>Milord</i>, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de +los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en +la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á +sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la +vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres +con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían. +Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando +en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la +montaña. Ahora, el <i>Milord</i> hablaba con terror de frecuentes robos de +dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían +ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á +armar!...</p> + +<p>Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa +de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de +los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda +circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría, +y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques +inactivos esperando una carga que no llegaría nunca.</p> + +<p>—Esto se pone feo, don Luis—suspiraba el admirador de +Inglaterra.—Esto va á ser la muerte de las minas.</p> + +<p>Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los +peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres +eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas +presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las +huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían +mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los +compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito +de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas +que los otros pudieran conseguir.</p> + +<p>—¡Pero, malditos!—exclamaba el doctor, oyendo al <i>Milord</i> y á otros +contratistas.—¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que +el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...</p> + +<p>Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las +costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las +empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo +se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el +fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco +perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á +que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro. +Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban +el jornal para no morirse de hambre.</p> + +<p>El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor +del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe, +y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de +Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña.</p> + +<p>—Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen +perros—exclamaba indignado.—Cada vez hay menos entierros. Ya van al +cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de +badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que +llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las +Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...</p> + +<p>Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de +hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más +escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.</p> + +<p>A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos +por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas +nocturnas.</p> + +<p>Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos +los notables de Gallarta. El <i>Chiquito de Ciérvana</i>, el barrenador +famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de +Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía +verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de +allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no +fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia +al lado de su barrenador.</p> + +<p>Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y +menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse +con el <i>Chiquito de Ciérvana</i>, que era la gloria más grande de las +Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que +pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable +cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los +detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta +por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la +lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones +que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la +apuesta.</p> + +<p>Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que +en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de +cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al +dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.</p> + +<p>En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo. +Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra +aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las +canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos +artistas.</p> + +<p>Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos +de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los <i>pobres +cuitados</i> de Guipúzcoa. El <i>Chiquito de Ciérvana</i> era vigilado y mimado +como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por +las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía +y bebía.</p> + +<p>—¿Cómo va ese valor?—le preguntaban tentándole los brazos duros y +elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con +una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su +resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el <i>Chiquito</i> se dejaba +agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos +recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle +el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.</p> + +<p>Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa +victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho +<i>Cordón Rouge</i>, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su +superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona <i>sangardúa</i> +de sus montañas.</p> + +<p>Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á +Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla +su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos +admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por +ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía +interés por ella.</p> + +<p>Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer +el trabajo del <i>Chiquito</i>. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién +era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba +el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su +barrenador.</p> + +<p>Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos +del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el <i>Chiquito</i>?... Y +como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes. +Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de +Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles, +echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con +retos á los bilbaínos de las minas.</p> + +<p>La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El +<i>Chiquito</i> había salido el día antes con varios de sus admiradores para +estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron +después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el +convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los +mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de +cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión. +Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de +pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las +que <i>tienen cartera</i>.</p> + +<p>Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había +comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de +caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las +calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas +mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si +fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á +gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única +autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que +un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de +escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos +de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro +sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de +uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.</p> + +<p>Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una +verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba +con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con +altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión +campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado +desafiarles?... <i>¡Pobres cuitados!</i></p> + +<p>Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos á los balcones de +la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en +primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio +de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los +juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones +de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían +delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón +formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba +que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las +boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al +momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío.</p> + +<p>Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas, +encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros +arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un +molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra +profundamente aplastada.</p> + +<p>La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las +fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente, +como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los +gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por +sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba +algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se +hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las +abrumadas bestias.</p> + +<p>Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no +ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más +gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan +con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión +los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á +los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar +carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario +trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la +miseria campestre.</p> + +<p>El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo, +recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por +el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos, +de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos +Olímpicos.</p> + +<p>—Sí; se parecen—pensaba Aresti.—Pero como se asemejan el ave de +corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.</p> + +<p>Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre +el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor +se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.</p> + +<p>Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio +vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían +haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella +tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle, +estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio +tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de +aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los +comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra, +cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar +su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su +imagen.</p> + +<p>Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de +San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que +se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa, +resultaban comunes á toda una raza.</p> + +<p>El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían +las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de +voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca», +que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión +varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la +Vendée. El odio al <i>guiri</i>, al español de pantalones rojos llegado de +las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como +una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad +madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de +los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con +su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.</p> + +<p>Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y +poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo +del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen +infranqueables.</p> + +<p>Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del +Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni +alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos +donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En +todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y +confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por +lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad. +Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el +bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el +suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de +haber dado al mundo un santo de fama universal.</p> + +<p>Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó +el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas +de los <i>aizkoralaris</i> ó partidores de leña y la apuesta de los +barrenadores, quedaba para la tarde.</p> + +<p>Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los +del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras +repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado +desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la +fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle +huyendo de la atmósfera posada del casino, cargada de gritos y nubes de +tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas +por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta, +guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con +la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre +como un fusil.</p> + +<p>Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una +taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón +cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el +alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el +viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad +sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una +entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que +contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido +la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y +estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que +cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin +pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.</p> + +<p>El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los <i>versolaris</i>, los +trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía +florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos +campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una +gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las +rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la +muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del +chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de +viva voz, un <i>versolari</i> iniciaba el tema, seguro de que al momento +surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el +razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la +interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al +público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus +versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de +fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las +grandes ciudades.</p> + +<p>Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias +de los <i>versolaris</i> y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de +producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana +alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma +sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran +espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento +divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los <i>versolaris</i> eran +graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes +de comprender sus palabras.</p> + +<p>El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los +hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los +versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la +tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación, +ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la +belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del +cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven +en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los +sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la +hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á +vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.</p> + +<p>Más de una hora llevaban los <i>versolaris</i> lanzándose razonamientos de +balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre +volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la +voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas +del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de +cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran +renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún +admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste, +después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.</p> + +<p>A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió +á ella la gente, oyendo el silbido del <i>chistu</i>, que hacía locas +escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los +<i>versolaris</i> se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la +fiesta.</p> + +<p>Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros, +fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores +sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar? +No había que tener miedo por cantidad más ó menos: <i>había cartera</i> de +sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros, +habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas +en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á +ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar +perdón.</p> + +<p>La fiesta comenzó por la lucha de los <i>aizkoralaris</i>. Habían colocado en +el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados +en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el <i>chistu</i> y el +<i>dambolin</i>, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus +hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y +subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.</p> + +<p>Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los +mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de +toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de +leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de +Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como +leñadores á aquellos rústicos.</p> + +<p>Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas +marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un +golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de +aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin +necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían +los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el +crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno +de los <i>aizkoralaris</i> iba delante de los otros; les avanzaba por +momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de +pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer +el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un +tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de +los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién +era el vencedor.</p> + +<p>Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda, +confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y +otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes +arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el +momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia +tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.</p> + +<p>La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros, +cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus +instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso +adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron +al espacio libre.</p> + +<p>Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su +mirada por encima de los hombros que tenían delante.</p> + +<p>El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados, +ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El +<i>Chiquito de Ciérvana</i> se pavoneaba con la palanca al hombro, +presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en +la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.</p> + +<p>—¡Olé, mi niño!—gritaban los mineros. <i>¡Ené el Chiquito!...</i> Ahora se +va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí <i>hay cartera</i> para él!</p> + +<p>Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las +plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus +carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las +recogiesen. El <i>Chiquito</i> sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus +protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto +taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de +todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se +despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre +las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían +perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó +llegase más adelante sería el vencedor.</p> + +<p>Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las +piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que +formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el +orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie, +con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer: +sus brazos mostraban la regularidad de una máquina.</p> + +<p>Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos. +Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y +levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los +movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén +del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos: +rugían <i>¡haup! ¡haup!</i> al doblarse por la cintura, señalando cada golpe +con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con +los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún +que el barrenador.</p> + +<p>Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza. +Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una +aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una +carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el +<i>¡haup! ¡haup!</i> de los acompañantes con una regularidad mecánica, +interrumpidos algunas veces por el <i>¡brrr!</i> de los barrenadores, que al +respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga.</p> + +<p>Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes +humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes, +fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía.</p> + +<p>Transcurrieron algunos minutos. El <i>Chiquito</i> trabajaba más aprisa que +su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la +veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo +movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y +cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que +pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero. +¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!...</p> + +<p>—¡Olé, <i>Chiquito</i>!—gritaron agitando sus manos cargadas de +pedrería.—<i>¡Haup!... ¡haup!</i></p> + +<p>Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que +servían de auxiliares á su barrenador.</p> + +<p>La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos +los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate, +entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos +contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del +nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El +hombre-caballo frente al hombre-buey. El <i>Chiquito de Ciérvana</i>, +vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer +arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le +rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que +mugían junto á su oído <i>¡haup! ¡haup!</i> Él era quien reglamentaba los +movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por +ellos como lo hacía su contrincante.</p> + +<p>En cambio, el <i>Chiquito</i> deteníase algunas veces, lanzaba en torno una +mirada satisfecha, se escupía en las manos, y agarrando de nuevo el +perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente aún no se había +detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando +la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.</p> + +<p>Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la marcha de la lucha. +El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á otra sin +levantar la vista. El <i>Chiquito</i> le llevaba aún un agujero de ventaja +como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su +alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro por cada +peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban +su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del +país. ¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!...</p> + +<p>La segunda hora de la lucha se desarrolló en silencio. La gente parecía +anonadada por la monotonía del espectáculo. La espera interminable +embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto no hubo +gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á +iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el +<i>Chiquito</i> que hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.</p> + +<p>Aresti presentía este suceso desde mucho antes. El <i>Chiquito</i> se detenía +á descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresión de +triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habíanse sucedido al lado +de él varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el +relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban tenían que +gritar <i>¡haup, haup, haup!</i> con más lentitud, esforzándose en vano por +animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra como si fuese una +bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo, sin poder +salir de su paso.</p> + +<p>El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la +cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el +busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y +recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales, +muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de +actividad.</p> + +<p>Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí +ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían +como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de +su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con +<i>Cordón Rouge</i>. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla +en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus +enemigos.</p> + +<p>Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso. +¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!... +Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces +con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más +de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra +de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...</p> + +<p>Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los +acompañantes del <i>Chiquito</i>, se colocaban á ambos lados quitándose las +chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su +corpulencia; mugían <i>¡haup, haup!</i> con toda la fuerza de sus pulmones, +como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del +barrenador.</p> + +<p>El <i>Chiquito</i> cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus +protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado +por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á +imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran +cosa.</p> + +<p>—¡Arrea, ladrón!—mugían sus ricos padrinos—¡Fuerza... porrones! ¡Me +caso con tu madre!...</p> + +<p>Y de este modo iban intercalando en el continuo <i>¡haup, haup!</i> toda +clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que +hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para +caer de nuevo en el desaliento.</p> + +<p>Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El <i>Chiquito</i> estaba en +la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente +había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en +torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con +el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.</p> + +<p>Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les +permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas +gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que +los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la +fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor +del guipuzcoano.</p> + +<p>Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El +gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos +de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna +próxima.</p> + +<p>Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido +como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á +muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de +huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En +el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.</p> + +<p>Dentro del casino encontró al <i>Chiquito</i> tendido en una banqueta, +envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño +poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones +algunos de las minas.</p> + +<p>—¿Qué dice usted de esto, doctor?—preguntaron á Aresti con +desesperación.</p> + +<p>Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían +civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne, +le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro +de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el +vencido.</p> + +<p>Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena +gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la +banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían +atiborrado á todas horas.</p> + +<p>—¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición al champagne. +Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil +duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos perdido +por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si apareces +en las minas.</p> + +<p>Cada cual se alejaba, después de desahogar su cólera, con la +precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los compañeros, sin +acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota que borra +toda amistad.</p> + +<p>El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompió á llorar.</p> + +<p>—¡Don Luis! ¡Don Luis!...</p> + +<p>Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil que los lamentos de +los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas del +hospital.</p> + +<p>Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós comilonas y agasajos, el +trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado con envidia por sus +antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras acompañando á +los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser un +trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si +volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un +remordimiento las grandes cantidades que había hecho perder á los +señores.</p> + +<p>—Me iré—gemía.—¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me embarcaré en el +primer barco que salga para América.</p> + +<p>Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían para llevarse al +<i>Chiquito</i>: querían agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No +debía entristecerse: ya habían visto todos que era un gran barrenador. +Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con aquellos señores +tan fanfarrones: él no era más que un <i>mandado</i>. Su contrincante le +esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.</p> + +<p>Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como un testimonio de su +gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.</p> + +<p>Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer; la gente se había +esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las puertas de las +tabernas. Los <i>versolaris</i>, cada vez más ebrios, espoleados por el gran +suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el triunfo de los de la +tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que provocaban el +regocijo de los aldeanos.</p> + +<p>Iban alejándose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos +de campesinos bebían el último trago con los del pueblo, antes de +emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa +lucha durante la velada en la casería.</p> + +<p>En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se +había reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un +<i>aurresku</i>, la gran danza vasca que tenía algo de rito primitivo. Un +ágil bailarín que era el conductor del <i>aurresku</i> lo iniciaba con el +paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y después de +pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una serie +de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar +en el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había +ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición +social, se negase á este honor. Aresti había visto á señoras de la +rancia nobleza admitiendo el <i>aurresku</i> con campesinos y marineros. Era +una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer +apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos. +Ella no hacía más que completar el cuadro, mientras él, al son de las +interminables escalas del pito, parecía hablar con los pies, con la +mímica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y +alardes inauditos de agilidad gimnástica, que recordaban á Aresti las +danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de Aclimatación de +París.</p> + +<p>El público elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero +hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del doctor. Aquel +<i>aurresku</i> no le llamaba la atención; él los había visto danzados por +reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto <i>aurresku</i> +bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado +para nadie, por ser la danza vascongada la más honesta del mundo.</p> + +<p>Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un fondín que servía de +alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él sentía también +el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como una +curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de +encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían +ido á pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del +lugar de la derrota.</p> + +<p>El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas +de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedería +era como una antesala del convento.</p> + +<p>A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo el camino recto que +atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había caído +durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y +limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas +de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del +vapor, la nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los +robledales. Los rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el +verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos +vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.</p> + +<p>Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto monumental y +aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio +de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la +iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la +estatua de mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da +acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos +túneles de hojarasca, ofrecían su fresca sombra de tonos verdosos.</p> + +<p>El doctor contempló con cierta admiración el edificio enorme y +aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas tenían un +arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra +arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si +quisieran ser conocidos de lejos.</p> + +<p>La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda +de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con un escudo de +armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos +rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo, +de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas, +lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.</p> + +<p>A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos alas del monasterio, de +rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificación, +enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto de la +cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.</p> + +<p>A un lado extendía su corriente el río Urola, pasando bajo un puente +metálico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto +lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban á hacer +ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el monasterio.</p> + +<p>Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de +mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los altares +eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de +color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de +fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo +de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una +sensación de dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y +bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitería. Los +segmentos de la cúpula estaban ocupados por grandes escudos de las +naciones donde la Orden ignaciana había adquirido más arraigo; las +<i>provincias</i> de la Compañía, como ella las llamaba en su ensueño de +dominación universal.</p> + +<p>El doctor abandonó la iglesia después de haber distraído con su +presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas +ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de +distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa +del santo.</p> + +<p>En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa solicitud de todos los +parásitos que viven á la sombra de un monumento frecuentado por +viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la que se +vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas +para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San +Ignacio?...</p> + +<p>Se indignó el mendigo ante esta concurrencia. ¡Largo de allí! ¿No tenían +bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y él fué +quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía á un patio +descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una +campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar +por él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas +cuantas piezas de cobre.</p> + +<p>—Ahora mismo saldrá el hermano.</p> + +<p>Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el +agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la +antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había abarcado +en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo +dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación.</p> + +<p>La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al ser tragada por el +monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba de +albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba +el período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos +superpuestos de aquella España católica que aún tenía moros en su +territorio. El cuerpo inferior, el más grande y fuerte, era de grandes +bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y éstas pequeñas y +profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir á cubierto de +sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con +ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de dibujo árabe, +y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes, +que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la +sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país +vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia, +copiada de los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo +artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en +ellas á la caída de la tarde, después de haber leído un libro de +caballerías.</p> + +<p>Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la dualidad de carácter +del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al +cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva, +el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido en +humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea, +sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo.</p> + +<p>Se abrió la portería y salió el hermano.</p> + +<p>—¡Santos y buenos días!—dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al +mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rápida mirada +al visitante.</p> + +<p>Era un joven que llamaba la atención por la delgadez del cuello que +hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus orejas abiertas como +abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la piel florecía +con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras +rezumando, con una frescura que atraía á las moscas.</p> + +<p>Era el hermano encargado de enseñar la casa del santo. Por debajo de las +sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que andaba sin el +menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los demás +servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin +turbar el aislamiento de los Padres.</p> + +<p>Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas de su calzado, que +eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificación +más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido +interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no +pudiendo entrar en el monasterio.</p> + +<p>Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada rellano, y entraron +en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la +atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía tocarse +con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso +artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos +encuadramientos.</p> + +<p>El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las +telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas: +testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas á la +Compañía. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrás de un +vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras +de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta leía un libro, vestido +con gregüescos y capotillo de vueltas de velludo como un galán del +teatro clásico. Una batería oculta de luces eléctricas iluminaba esta +exhibición de feria.</p> + +<p>El hermano no podía ocultar su admiración cada vez que explicaba el +significado de esta parte del altar, no obstante los años que llevaba +enseñándola á los forasteros. Aquella figura de cera era de don Íñigo +de Loyola, cuando aún no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la +Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo +en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fué el +punto de partida de su conversión.</p> + +<p>Con voz de <i>cicerone</i> convencido, el hermano explicaba á Aresti la +historia del santo.</p> + +<p>—Dios le llamó á su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvidó de +todo, á pesar de que era un caballero muy galán y mundano Porque nuestro +santo padre San Ignacio era militar, ¿sabe usted?... militar.</p> + +<p>Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiración y respeto. +El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia, +los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden había +sido soldado, sonreía con cierta malicia, como si pensase en los +devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales +alguna habría tocado al santo, cuando aún no pensaba en serlo. Le +llenaba de orgullo la nobleza y el carácter caballeresco de la juventud +del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenían entre sus +iniciadores más que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las +últimas capas sociales.</p> + +<p>Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera, +tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombrío, en el vasco de +carácter complicado, que llenó el mundo con su nombre, siendo cada +período de su vida una contradicción violenta. Primero, el soldado +presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer +bello, y perder la rudeza propia de su país. Después, al convencerse de +que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la +raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces +le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo +tiempo, se convierte en matón de la Virgen, queriendo dar de puñaladas á +un morisco que blasfema de ella, y poco después se deja apedrear por los +chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas +extravagancias, remedo de las de San Francisco de Asís. Pero la dulzura +poética del solitario de la Umbría, su santidad soñadora, no cabe en el +carácter positivo y práctico de un vasco. Ya que se dedica á Dios, ha de +ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe +servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea +renacen en él. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana +necesita un fuerte auxilio, y lleva á la religión la disciplina del +campamento, fundando, no una Orden, sino una Compañía, organizando un +ejército negro que ofrece á los Papas, formando los soldados en el molde +de su férrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio, +con la rigidez de los autómatas, con esa insensibilidad que hace +invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte +de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillería, toma aires de +vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre +los príncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y +muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentáneamente al +catolicismo conservándole los pueblos latinos.</p> + +<p>Aresti admiraba á Íñigo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza, +incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando +instintivamente el poder y la riqueza de la santidad ascética, por la +que habían pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la +penitencia, comidos de parásitos, sin otra fortuna que la soga ceñida á +los riñones.</p> + +<p>Había sido un admirable comerciante de la religión: un talento práctico +surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra, +ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía, +aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban +por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas, +para la mayor gloria de su Dios.</p> + +<p>El hermano sacó al médico de su ensimismamiento, enseñándole la parte +superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazón del santo. +Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo, como sabía +todo el mundo, estaba depositado en el <i>Jesu</i> de Roma.</p> + +<p>—Sí: lo conozco. Lo he visto—dijo Aresti.</p> + +<p>Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al +simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se +interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase +dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.</p> + +<p>—¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!—exclamó el hermano mirándolo con +cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos.</p> + +<p>—Sí—dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le +admirase aquel pobre hombre.—Estuve cuando la última peregrinación.</p> + +<p>El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno +de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad; +muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que +despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía +considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo +todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del +que pasa mucho tiempo condenado al silencio.</p> + +<p>Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder +el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin +otro adorno que un retablo.</p> + +<p>—Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,—dijo con voz meliflua—y +aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para +entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que +nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa. +Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado +por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.</p> + +<p>Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba.</p> + +<p>—Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el +suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo. +En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el +suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como +recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del +santo.</p> + +<p>—Sería de rabia—dijo Aresti con gravedad imperturbable.</p> + +<p>—De rabia y de miedo—contestó el hermano con modestia.—Tal vez el +maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden.</p> + +<p>Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez +que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la +admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El +cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el +cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que +quisiera tocar el cielo.</p> + +<p>—En esta habitación—dijo el lego—nació nuestro santo fundador. Aquí +tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá +oído hablar de ella....</p> + +<p>Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta +impaciencia:</p> + +<p>—Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido.</p> + +<p>—¡Oh! mucho—dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre.</p> + +<p>—Ya esperaba yo—continuó el lego—que un señor como usted conocería al +hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el +tiempo preciso.</p> + +<p>Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad +universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus +glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido, +se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de +anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los +frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II.</p> + +<p>—Entonces—dijo Aresti—los padres de la Compañía, avisados con tiempo +no serían víctimas de las turbas.</p> + +<p>—A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid—contestó el +lego.—El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no +haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los +asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún +día un santo más de nuestra Orden.</p> + +<p>Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro +llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el +hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor +devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.</p> + +<p>—¿Quiere usted ver el monasterio?—le preguntó.</p> + +<p>Esta invitación no la hacía á todos los visitantes: pero con él era +distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el cuerpo +de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería +cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas +del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes +que trabajaban de carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que +deseaban emanciparse del terruño, prestando sus brazos á la Compañía +para el trabajo reposado y lento de las casas de religión; libres ya de +la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvación +eterna, sólo con obedecer ciegamente á los superiores.</p> + +<p>—¿Quiere usted subir á la biblioteca?—preguntó el hermano.—Tiene poco +que ver: todo en ella es antiguo.</p> + +<p>—Lo antiguo era lo mejor—dijo Aresti con gravedad.</p> + +<p>—Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente +como usted! No como la gente de ahora que sólo lee novelas y libros +malos contra la religión.</p> + +<p>La biblioteca estaba en el último piso; una gran sala, por cuyas +ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde ellas los +montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de +la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y +latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores +teológicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en +favor y defensa de la Compañía de Jesús. Aresti leía con curiosidad los +nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y á los cuales +atribuía el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en +aquella biblioteca: olía á sepultura.</p> + +<p>Descendieron á los claustros. El médico temía encontrarse con algún +Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á aquella hora +los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros únicamente +pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose sin +ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio +varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de +mármol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.</p> + +<p>Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda de las que servían de +alojamiento á los seglares durante los diez días que duraban los +ejercicios.</p> + +<p>—Pobrecito—decía el hermano enseñándola,—pero decentito y limpio. +Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta +ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras +curiosean su alma.</p> + +<p>El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones. +Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro +se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.</p> + +<p>Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor +artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos +de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los +propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en +la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y +sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se +establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas +y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por +el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo. +Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido +mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y +además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras, +figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los +tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes +imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos +propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.</p> + +<p>Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito +para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios +espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los +jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la +cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos +sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón +acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo +único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba +prohibido, era mal visto por los superiores.</p> + +<p>—Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?—dijo el hermano con el deseo de +prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba +con tanta atención.</p> + +<p>Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo +había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el +hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio +monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles +frutales.</p> + +<p>Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían +ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.</p> + +<p>Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de +pronto una duda y quisiera salir de ella.</p> + +<p>—Es un señor muy rico, ¡muy rico!—dijo el hermano, adivinando su +curiosidad.—Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de +Bilbao y que le llaman...</p> + +<p>Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo +el ruido de los pasos.</p> + +<p>—¡Pepe!...—gritó el doctor.</p> + +<p>La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta.</p> + +<p>—¡Luis!... ¡Primo!...—exclamó éste no menos sorprendido.</p> + +<p>Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia +semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.</p> + +<p>El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para +detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo +respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los +Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas +horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían +á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría +una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente +con el personaje.</p> + +<p>Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato.</p> + +<p>—¿Tú aquí?...</p> + +<p>Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro.</p> + +<p>Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en +él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la +voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de +extraordinario desde la última vez que se habían visto.</p> + +<p>Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de +lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el +hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis +días y le faltaban cuatro.</p> + +<p>—¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?</p> + +<p>—Sí—contestó el millonario con sencillez.—Me sienta perfectamente: no +tienes más que mirarme.</p> + +<p>Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del +enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su +mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus +primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.</p> + +<p>El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida +en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada +por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de +la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora +aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía +misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la +tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba +de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su +director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una +descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla +para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las +siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los +dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho +durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.</p> + +<p>Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la +extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era +superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el +refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos +años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los +primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura +de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad, +empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse +de la humana insignificancia.</p> + +<p>El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel +Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus +agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba +nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.</p> + +<p>—Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi +mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir +de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia +cristiana, como dice....</p> + +<p>Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba. +Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía, +queriendo imponer su convicción:</p> + +<p>—Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu +error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los +tratases!</p> + +<p>Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios, +pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el +Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones +cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de +Bilbao.</p> + +<p>—Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría +para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es: +penas y maldiciones.</p> + +<p>Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como +en presencia de un enfermo; de «un caso interesante».</p> + +<p>—¿Y qué es eso que llevas ahí?—dijo de pronto, agarrando el libro que +su primo conservaba cerrado en una mano.</p> + +<p>Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en +pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los +<i>Ejercicios espirituales de San Ignacio</i>, explicados por el Padre +Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido +sobre los últimos años del reinado de Isabel II.</p> + +<p>Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa +cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad, +hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo +capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza +humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más +conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de +maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una +piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto, +como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir +en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los +dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, +venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias +del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio +preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con +el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe +malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de +tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las +almas después de los santos ejercicios.</p> + +<p>Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á +meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se +meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la +misericordia de Dios.</p> + +<p>—¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan +vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?</p> + +<p>La firme mirada de Aresti turbó á su primo.</p> + +<p>—Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me +callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto +bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la +tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen +susurrándome cuentos al oído.</p> + +<p>El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir:</p> + +<p>—Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas +meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni +nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y +no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no +encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.</p> + +<p>Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna +sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto +desesperado.</p> + +<p>Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una +página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de +horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso +é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le +acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y +complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar; +también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se +enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la +lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido. +Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una +grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de +la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos +mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que +con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre, +que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues +eres hombre de humo ó tierra.»</p> + +<p>—¡Lee esto! ¡lee esto!—decía el millonario abriendo el libro por +aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.—¡La +Muerte!—murmuraba luego.—Se habla de ella muchas veces, pero sin +pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué +horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar +el pasto del gusano....</p> + +<p>Después, en voz baja, dijo al doctor:</p> + +<p>—Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo +que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con +creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y +bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á +engaños.</p> + +<p>Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba +la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades +de un negocio.</p> + +<p>Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado, +por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices.</p> + +<p>—Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente +simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías +callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que +todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases +con la inmensa equivocación de que hay algo?...</p> + +<p>El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se +separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza, +como si fuesen otros hombres.</p> + +<p>Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora +callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese +escuchado de lejos parte de la conversación.</p> + +<p>Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los +ojos y parecía decirle:</p> + +<p>—¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte!</p> + + + +<h3 class="top15"><a name="X" id="X"></a>X</h3> + + +<p>A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del +mes de Septiembre.</p> + +<p>El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas +y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de +Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los +patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los +cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión +popular era el <i>ultimátum</i> que lanzaban los trabajadores.</p> + +<p>Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores +cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de +la villa.</p> + +<p>No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con +gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos +rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al +santuario de Begoña.</p> + +<p>El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y +los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso, +que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más +insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.</p> + +<p>En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón +estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la +romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban +nerviosamente sus <i>cachabas</i>, oyendo las burlas de la gente de las +fábricas.</p> + +<p>Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran +menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de +Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la +tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...</p> + +<p>Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.</p> + +<p>Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones +de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á +él, husmeaba sus manos.</p> + +<p>—¿Buscas la bronca, eh?...—dijo al médico.—Tú vienes porque te gustan +estas cosas, y yo me voy por no verlas.</p> + +<p>Se marchaba á cazar <i>chimbos</i> á cualquier parte: le interesaba huir de +Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.</p> + +<p>—El aire huele á pólvora, querido <i>Planeta</i>: van á llover palos. Al +venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la +que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos +los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de +Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las +iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías. +El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el +zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto, +para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre +dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en +ver estas cosas.</p> + +<p>Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la +posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y +los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el +jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo +que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos +veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina +blanca.</p> + +<p>—En esto llevas razón, Luis—dijo el capitán enardeciéndose.—Si me +voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba +al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta +para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y +carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si +aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los +amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin +tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy +darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como +señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en +el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue +pronto el momento de matar perros liberales.</p> + +<p>El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se +mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse +cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le +irritaba.</p> + +<p>—Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez +Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en +el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante +hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta +tarde camino de Begoña.</p> + +<p>El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino +hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había +sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.</p> + +<p>—Es otro hombre—dijo Iriondo con tristeza.—Aquella casa ya no es la +misma.</p> + +<p>Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que +teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.</p> + +<p>—¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres +mi amigo y quieres á Pepe. ¡Ay, <i>planeta</i>! Aquello ya no es casa, es un +convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por +traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados. +No se separa de él un instante.</p> + +<p>Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban; +todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño +inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no +haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez +Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo +le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de +tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario +callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar +sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes +imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el +viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal +atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é +independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes +se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el +Pepe que él conoció.</p> + +<p>—Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el +escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que +había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de +su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor +salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La +mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No +sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla +de ella, pero á las minas no llegan estas cosas.</p> + +<p>Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un +periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía +en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una +esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda +del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí +le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba +concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había +provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de +la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un +escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la +influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.</p> + +<p>—Y Pepe—continuó el capitán,—sin enterarse de nada; y si algo sabe, +como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es +mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que +Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus +necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida +y absoluta la de esa gente!...</p> + +<p>Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo +la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta +los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la +casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al +servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas +tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen +del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario +del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y +acciones.</p> + +<p>La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros +que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó +se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo! +¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana; +obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras +á los cargadores del Nervión!...</p> + +<p>—Pues, ¿y en los altos hornos?—exclamó después el capitán,—Allí va á +haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los +beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se +fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno. +Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas +no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los +que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la +calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan +como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se +inscriben en las sociedades de obreros católicos.</p> + +<p>El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad, +irritaban al marino.</p> + +<p>—Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el +traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á +mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante +á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que +encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por +arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más +fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué +porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras +la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima +á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas +en su alma.»</p> + +<p>Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se +despidió de Aresti.</p> + +<p>—Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez +vaya en ella Pepe con su escapulario.</p> + +<p>Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería +capaz de exhibirse en aquella farsa?...</p> + +<p>Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que +llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería +verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los +devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena +senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa +esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El +millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación; +defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían +sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La +madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!... +El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á +Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo +Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por +miedo á los impíos.</p> + +<p>—Irá, estoy seguro—dijo el capitán con tristeza.—Lo arrastrarán, la +familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis, +y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de +esta tarde va á ser de cuidado.</p> + +<p>El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente +del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é +inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo +más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían +el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre +banderas el mismo rótulo en honor de la <i>Señora de Vizcaya</i>. Las gentes +mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía +estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa +contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de +obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al +vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones.</p> + +<p>—¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...</p> + +<p>Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al +atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que +le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la +boina.</p> + +<p>—Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo.</p> + +<p>Era el <i>Barbas</i>, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas +de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores, +escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo +que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja +compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á +la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta +limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba +con ojos feroces á los obreros.</p> + +<p>—¡Bestias!—les gritaba como si cometiesen un crimen.—¡Tenéis la +dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...</p> + +<p>El doctor contestó á su saludo alegremente.</p> + +<p>—¡Compañero! ¿Tú aquí?...</p> + +<p>Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto, +sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado, +ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.</p> + +<p>—¿Y el mitin?—preguntó Aresti.—¿No vas al mitin?</p> + +<p>El <i>Barbas</i> hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en +bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y +cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro; +reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que +trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos <i>cataplasmeros</i>. Y en +esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas +paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento +del obrero.</p> + +<p>—Cataplasmeros, doctor—gritaba.—Nada más que cataplasmeros. Este es +un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre +que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas +organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco +á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero +y entonces seguirán al <i>Barbas</i> y á otros como él, y en veinticuatro +horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la +justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede, +aunque acabe el mundo.</p> + +<p>Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo +que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres +se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los +enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos +celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el +monte como un perro sin abrigo.</p> + +<p>La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba +el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha +oliendo la pólvora.</p> + +<p>—¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!—exclamó con alegría, mirando al otro +lado del puente.</p> + +<p>Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de +la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una +mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.</p> + +<p>Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las +mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la <i>Señora de +Vizcaya</i>. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima +de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.</p> + +<p>Aresti se vió solo. El <i>Barbas</i> corría hacia el gentío, dando gritos de +entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el +doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre, +lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La +caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella, +creyendo evitar así mayores desmanes.</p> + +<p>Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las +calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población +cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos +aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República; +algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence, +viendo en estas loas á la <i>Señora de Vizcaya</i> un hipócrita insulto á la +integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella +Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.</p> + +<p>El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de +la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los +cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de +monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas +caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.</p> + +<p>Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el +Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte +de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo, +rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.</p> + +<p>La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la +manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del <i>Barbas</i>. +¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...</p> + +<p>Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido +chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo +incendiario, extinguiendo el fuego.</p> + +<p>Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer. +Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.</p> + +<p>—A la tarde, aquí—se decían unos á otros al alejarse.</p> + +<p>Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba +también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los +de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde +las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San +Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la +atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia, +desafiando á los enemigos.</p> + +<p>Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el +gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que +desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando +hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de +la tarde con aires de caudillo.</p> + +<p>Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse +la romería. Al fin, era un suceso que <i>amenizaba</i> la vida monótona y +gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á +los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente, +para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.</p> + +<p>En una mesa cercana disputaban dos señores.</p> + +<p>—Me he fijado bien en la manifestación—gritaba uno de ellos.—Todos +eran Pérez y Martínez, todos <i>maketos</i> é hijos de <i>maketos</i>, mala gente, +de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro +apellidos vascongados.</p> + +<p>Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una +prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.</p> + +<p>—Pues, yo los tengo—gritaba su interlocutor con acometividad,—y digo +que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y +¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!</p> + +<p>La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el +restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco +para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.</p> + +<p>A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca +del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de +las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias +noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador, +al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban +despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca +la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando +las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para +reunirse todas en San Nicolás.</p> + +<p>Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas +cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba +desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba +instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de +unos y otros.</p> + +<p>Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la +muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló +una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones +interrumpidas por tiros.</p> + +<p>Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los +estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno +de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del +desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los +hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario +de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la +muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los +disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un +himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como +respuesta, <i>La Marsellesa</i> ó <i>La Internacional</i>.</p> + +<p>Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre +avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y +otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con +los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil +cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en +la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto +que iba á subir á Begoña; el <i>señorio</i> de Bilbao, en el que figuraban +las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los +alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las +asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad +creciente del pueblo.</p> + +<p>Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se +viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los +bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de +fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas +por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al +mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella +balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas +familias querían darles.</p> + +<p>Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar +á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de +Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder +realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las +montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.</p> + +<p>—¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran +los liberales!</p> + +<p>Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas +aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los +aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que +aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los +impíos de la odiada Bilbao.</p> + +<p>Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las +de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar +arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el +gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron +satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal +hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de +resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si +pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió +destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la +cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la +celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil +desconocida por Aresti.</p> + +<p>El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la +plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la +fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al +recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la +cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y +comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros +de los revólvers.</p> + +<p>Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las +aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los +cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.</p> + +<p>En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el +suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban, +manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por +los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba +el combate entre los más resueltos de una y otra parte.</p> + +<p>De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de +revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la +romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del +paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros +carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en +la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus +devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó +individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces +se golpeaban, creyendo herir á un enemigo.</p> + +<p>Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las +balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los +troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los +combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol +se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le +hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.</p> + +<p>En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se +recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre +un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.</p> + +<p>—¡Tú acabarás!—decía blandiendo una faca y desviándose de un salto +cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole.</p> + +<p>Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna +detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura, +abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma +con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.</p> + +<p>Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un +golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un +garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de +espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y +comenzó á dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin +acordarse de que podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la +embriaguez de la sangre.</p> + +<p>De pronto se sintió detenido en su avance por una espalda que caía +contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el +raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la +edad. Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara +ensangrentada, y al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer +sobre él haciéndolo rodar por tierra.</p> + +<p>Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del caído, levantó el +bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño que resonaba +sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el brazo en +alto al reconocer al hombre que le acometía.</p> + +<p>—¡Tú!... ¡tú!...—gritó con una voz que parecía desgarrarle la +garganta.</p> + +<p>Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño levantado, las barbas en +desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo de exterminar á la +canalla impía que insultaba á las personas decentes y había hecho +refugiarse á las señoras en la iglesia.</p> + +<p>Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza como avergonzado. En el +mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus mejillas +escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le había +escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de +herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era +el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido +y feliz, á aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara +ensangrentada.</p> + +<p>El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin expresión, unos ojos +bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la +mano por la barba borrando el escupitajo del odio.</p> + +<p>Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como +unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí.</p> + +<p>—Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña!</p> + +<p>Y le arrastró con paternal solicitud, como si el millonario fuese el +primer estandarte de la romería.</p> + +<p>Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho +bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de la gente que +huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil +corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se +agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras, +dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban +algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.</p> + +<p>Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San +Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban á +tiros.</p> + +<p>La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde aquella altura, rugía +impotente, y en un arranque de desesperación, intentó arrojarse al +asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de +interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que +brillaban cañones de fusil y correajes lustrosos.</p> + +<p>Dos compañías de infantería habían entrado en la plaza á paso +gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los <i>guiris</i>, +los <i>ches</i>, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su +pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la +resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la +boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los +tiros de revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la +romería.</p> + +<p>Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente +hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y +hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y +vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos +con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban +en ellos á los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus +hermanos, y que aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El +deber, con su peso férreo é irresistible, mantenía inmóvil á la doble +fila de hombres azules y rojos.</p> + +<p>Un oficial vaciló un instante y entregando su sable á un soldado, se +llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le habían +herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se +contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura +de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña +frente á frente con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia, +á manos tal vez de un sacristán, de uno de aquellos efebos católicos +que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando á la +religión y la Virgen.</p> + +<p>La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la plaza. Salían en +bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y +emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes.</p> + +<p>La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oía cómo se +alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban acceso al +santuario.</p> + +<p>—¡Viva la Virgen!—gritaban con el enardecimiento de una lucha en la +que habían llevado la mejor parte.</p> + +<p>—¡A Begoña! ¡A Begoña!—aullaba Urquiola agitando el revólver al frente +de un grupo.</p> + +<p>Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con frecuentes +descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los que +al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de +protesta.</p> + +<p>Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San Nicolás. Un muerto +yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá, los grupos +rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento á +lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á +sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas +declaraciones.</p> + +<p>Aresti pasó más de una hora de botica en botica y de café en café, +solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado allí donde +guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención, con +los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos +de la muchedumbre iban después hacia el hospital.</p> + +<p>Atendió indistintamente á unos y otros, á los que llevaban en el pecho +el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo del dolor +creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República. La +carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las +aceras y los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza, +haciéndole pensar con lástima en la eterna infancia de los hombres: +¡Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que +estaba allá en lo alto, entre luces y flores, mientras existían en el +mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban +para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de todos los humanos!</p> + +<p>Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoña, la +carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las entrañas de madera +del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón roía las +patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería.</p> + +<p>El médico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de +aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respiró +satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos.</p> + +<p>Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en el encuentro con su +primo, que seguramente sería el último. La injuria á Sánchez Morueta le +mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído sobre su alma. +¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre ellos, +matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un +pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como +los hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma, +separándose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia: +Aresti estaba solo en el mundo.</p> + +<p>Varios grupos de muchachos corrían vociferando por las riberas del +Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de la cruz. +¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después de +la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles, +escalando las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de +aquella Bilbao tradicional.</p> + +<p>Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados después hasta la +ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quería vengar en +aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por +otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza en la +ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión +con la ligera porosidad de la madera vieja.</p> + +<p>La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el tardo descenso de +las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían viendo el +cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mártires, +insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas.</p> + +<p>Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su hornacina, era la que +más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!... Y la silbaban +é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas, mostrando +á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un +gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si +quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la +piedad del marinero: iba á salvar á la Virgen.</p> + +<p>Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de manejar el remo, y, +levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió con él un +golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua para +no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en +aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre +las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...</p> + +<p>Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con +movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoció al +<i>Barbas</i>.</p> + +<p>—Lo de hoy no vale nada—gritaba.—No me parece mal que les metan mano +á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente, pero después +de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido la +batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del +monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los +ladrones de aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas +ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A +cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, ¡dinamita... roño! +¡dinamita!</p> + +<p>Aresti se alejó para que no le viese aquel energúmeno, que parecía +enardecido por la sangre de la reciente lucha.</p> + +<p>Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico las minas, con su +población miserable, roída por las necesidades materiales y la +desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos +picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el +trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y +feliz. Después del choque provocado por el fanatismo dominador, vendría +la huelga de los infelices, la reclamación imperiosa de la miseria.</p> + +<p>Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas montañas que cerraban el +horizonte: una horda hambrienta que algún día caería sobre la población +como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba +amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los +enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y +bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en +nombre del pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos +sitiadores llevarían la miseria como bandera, y como grito de combate el +derecho á la vida.</p> + +<p>Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza +origen de tantos males. ¿Para qué servían los tesoros de las minas? Se +había embellecido exteriormente la población, tomando el aspecto de una +capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ría por las +chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que antes. +Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos +de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus +manos en los bienes materiales.</p> + +<p>Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de +tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo sería más +pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la +vida.</p> + +<p>La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que aún no conocía +el valor del hierro, era más feliz, con la paz de un trabajo lento y +ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna, +con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza +disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros +beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del +intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse +al lado de los favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio +de una participación en el botín.</p> + +<p>El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus entrañas de hierro, +había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos y para qué el +parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de +todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para +dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria, +con el alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los +odios sociales!...</p> + +<p>Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban vida para veinte +años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después vendría el +agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo al +descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había +cubierto durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la +tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos, +á los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se +aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el +hierro que habían respetado los métodos antiguos. En Gallarta se +derribaban casas enteras, construidas algunos años antes, para +aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la +época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se +aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras +esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles +todas las extratagemas de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra +pobre y estéril, sin la menor partícula de hierro, y entonces vendría el +¡sálvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta á la pobreza, la +fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engañaba su hambre +trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su +vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en el arca de su +riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.</p> + +<p>La Fortuna habría pasado un momento por aquella tierra, como por otros +países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao ofrecería el aspecto +de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes, llenando el +mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos cementerios +de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche, la +ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo +el mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus +contados barcos, tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin +pájaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, serían +ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen +aún más trágica la soledad de las metrópolis muertas.</p> + +<p>Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueños de tanta +riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de +la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus +complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y +seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos +del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su +puerto, la existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra +roja arrancada de la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire +de sus pulmones, y al faltar de repente, caería la villa ostentosa con +repentina muerte, desaparecería, como el decorado de una comedia de +magia, aquella riqueza creada de la noche á la mañana, que era para la +masa infeliz una opulencia insultante.</p> + +<p>Tal vez algún día los pasos de los raros transeuntes despertasen el +mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero +al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que el mar +enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en +tarde remontase su corriente algún barco mercante.</p> + +<p>Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser +la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre +y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del +remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus +calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los +que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de +hambre ante los palacios de los ricos.</p> + +<p>Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos +hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban +hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la +tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola +como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban, +como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.</p> + +<p>Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los +invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto +antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una +catástrofe providencial y salvadora.</p> + +<p>Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el +agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol +ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la +lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se +detuviera en las revueltas de la corriente.</p> + +<p>Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del +crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti, +elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo +de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba, +rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban +aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen +inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites.</p> + +<p>Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún +tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados +sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas +hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como +una estrella perdida en la noche.</p> + +<p>El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por +el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo.</p> + +<p>Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las +religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos +ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las +leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante +el negro secreto de la muerte!</p> + +<p>El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído +por él, lo seguía á lo largo de la ribera.</p> + +<p>Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen +los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan mantenido á los +hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la +humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez, +con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias +terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...</p> + +<p>No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y +debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los +hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos +hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de +la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses +del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. +Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr +siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa +desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos +primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras +sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las +dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia +Social.</p> + +<p class="c top5">FIN</p> + +<p class="playa">Playa de la Malvarrosa (Valencia).<br /> +Abril-Junio de 1904.</p> + +<hr /> + +<p class="c">DEL MISMO AUTOR</p> + +<ul> +<li><span class="un">NOVELAS</span> +<ul><li><b>Arroz y tartana.</b> <i>Una peseta.</i></li> +<li><b>Flor de Mayo.</b> <i>Una peseta.</i></li> +<li><b>La Barraca.</b> <i>3'50 pesetas.</i></li> +<li><b>Entre naranjos.</b> <i>3 pesetas.</i></li> +<li><b>Cañas y barro.</b> <i>3 pesetas.</i></li> +<li><b>Sónnica la cortesana.</b> 3 pesetas.</li> +<li><b>La Catedral.</b> 3 pesetas.</li></ul> +</li> +</ul> + + +<ul> +<li><span class="un">CUENTOS</span> +<ul><li><b>Cuentos valencianos.</b> <i>Una peseta.</i></li> +<li><b>La Condenada.</b> <i>Una peseta.</i></li></ul> +</li> +</ul> + +<ul> +<li><span class="un">VIAJES</span> +<ul><li><b>París</b> (<i>agotada</i>).</li> +<li><b>En el país del Arte</b> (<i>Tres meses en Italia</i>). 1'50 ptas.</li></ul> +</li> +</ul> + + +<hr class="full" /> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO *** + +***** This file should be named 24466-h.htm or 24466-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/4/4/6/24466/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was +produced from images generously made available by the +Digital & Multimedia Center, Michigan State University +Libraries.) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the +trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone +providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance +with this agreement, and any volunteers associated with the production, +promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, +harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, +that arise directly or indirectly from any of the following which you do +or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm +work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any +Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. + + +Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm + +Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of +electronic works in formats readable by the widest variety of computers +including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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