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+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 24466 ***
+
+
+
+
+VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
+
+EL INTRUSO
+
+--NOVELA--
+
+22.000
+
+F. Sempere y C.ª, Editores
+
+CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32
+
+VALENCIA
+
+1904
+
+
+
+
+I
+
+
+Comenzaba á clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose
+empujado en un hombro. Lo primero que vió fué el rostro de manzana seca,
+verdoso y arrugado de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos del
+pañuelo que llevaba la vieja arrollado á las sienes.
+
+--Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues
+que vaya.
+
+Comenzó á vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebusca
+lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordándose de
+los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio
+de hombre solo.
+
+Dos médicos tenía á sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel
+día estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames
+desde la noche anterior, para curar á varios mineros heridos por una
+explosión de dinamita.
+
+Kataliñ le ayudó á ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la calle
+mientras el doctor se calaba la boina y requería su _cachaba_, grueso
+cayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas á
+las minas.
+
+--Oye, Kataliñ--dijo al trasponer la puerta.--¿Sabes quién es el muerto?
+
+--_El Maestrico_ disen. El que enseñaba por la noche el abesedario á los
+pinches y era novio de esa que llaman _La Charanga_. ¡Cómo está
+Gallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasía.
+
+--Lo de siempre--murmuró el médico.--El crimen pasional. A estos
+bárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.
+
+Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta.
+
+--Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que le
+esperan en Bilbao. No haga á su primo una de las suyas.
+
+Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel
+primo que le había invitado á comer por ser sus días. En todo el
+distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una
+admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y
+poderío, le temían como á una fuerza omnipotente.
+
+El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de
+frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de los
+montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta
+descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del
+Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los
+lentes y siguió adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignada
+del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus
+zapatos de monte se pegaban al barro; la _cachaba_ iba marcando con su
+lanza un agujero á cada paso.
+
+La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas de
+las minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban
+camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos
+camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se
+pegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en
+ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el
+extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir
+entre ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito
+minero. Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridad
+en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los _chimbos_ de
+Bilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa
+porque era primo hermano de Sánchez Morueta y éste no ocultaba su gran
+cariño al médico...
+
+¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía muchos años que no había
+estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sin
+que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los más
+íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por él, lo
+mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se
+mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían
+minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos
+inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras:
+de él, todo de él. Y de él también, los altos hornos que ardían día y
+noche junto al Nervión, fabricando el acero, y gran parte de los vapores
+atracados á los muelles de la ría cargando mineral ó descargando hulla,
+y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos
+los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un
+sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que
+funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se
+dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer á
+un hombre rico de la noche á la mañana con sólo desearlo. Hasta los
+señores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que
+prestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor
+Aresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y de
+hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la
+lluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombres
+se agolpasen en torno de él, con la furia brutal de la codicia,
+obligándolo á aislarse, á permanecer invisible, para no perecer bajo el
+formidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médico
+había solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la
+cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecían
+faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama
+de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían
+dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fué á aislarse en las
+minas, cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de
+Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.
+
+Los contratistas, los capataces, los _químicos_, toda la gente que
+formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba á Aresti, poniendo en
+su adoración algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio á
+las riquezas materiales.
+
+--Le gusta vivir con nosotros--decían con orgullo.--Mejor prefiere una
+merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Sánchez
+Morueta tiene en Las Arenas... ¡Ser primo de Don José y pasarse meses
+sin verlo!... ¡Pero qué famoso es el doctor!
+
+El mísero rebaño de los mineros, albergado en los barracones y cantinas,
+tenía una fe ciega en su ciencia, le miraba como á un brujo capaz de los
+mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano.
+Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de lisiados, que, al
+conservar la vida después de horribles catástrofes, proclamaban la
+maestría del cirujano.
+
+--¡Que venga Don Luis!--gemía el minero herido por la explosión de un
+barreno, ó el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la
+cantera.
+
+Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los lentes del doctor, sus
+ojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba en punta llena
+de canas precoces, los infelices sentíanse animados por repentina
+confianza; no percibían la llegada de la muerte, esperando hasta el
+último momento el milagro que había de salvarles.
+
+Los otros médicos del distrito eran recibidos por los enfermos con
+triste resignación. ¡Don Luis: sólo el doctor Aresti! Y las señoras de
+Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se
+aburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo,
+sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, sólo por
+el gusto de hablar con el doctor, que á más de su ciencia llevaba con él
+algo de la grandeza de Sánchez Morueta y de las altas clases de Bilbao
+hasta las cuales soñaban con llegar algún día. Los maridos no
+necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los
+asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le
+buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagruélicas.
+Le llevaban con ellos á las pruebas de bueyes y las apuestas de
+barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de
+la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.
+
+La noche anterior, Aresti se había acostado tarde. Ya que había de comer
+en Bilbao invitado por _Don José_ (que así era conocido por antonomasia
+el poderoso Sánchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual
+nombre, no querían dejar de obsequiar al doctor. Y hasta más de media
+noche duró la cena en el fondín principal del pueblo: un banquete de
+platos populares y substanciosos, tales como los soñaban aquellos ricos
+improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda
+clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile
+de viandas vulgares rociadas desde la primera á la última con champagne
+de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el
+distintivo de la riqueza; lo único que habían podido copiar de las
+clases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien su
+opulencia y lo gastaban á cajas, abriendo á golpes las botellas, riendo
+como niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos á
+otros con la espuma, bebiéndolo en tanques y llenando á veces las
+palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que á
+los postres nunca dejaba de producir hilaridad.
+
+Aresti sonreía recordando la fiesta de la noche anterior, las
+extravagancias infantiles de aquellos rústicos, enriquecidos rápidamente
+é imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y
+laboriosa que llevaban en el monte.
+
+Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló largo rato una colina
+roja que se alzaba á un lado del camino. Aquella tumefacción del paisaje
+era obra del hombre. La montaña se había formado espuerta sobre
+espuerta. A su sombra habían nacido Gallarta y la riqueza del distrito.
+Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoña, la explotación más
+famosa de las Encartaciones: toda de mineral _campanil_ y del más rico.
+Allí habían comenzado su fortuna Sánchez Morueta y otros potentados de
+Bilbao. Sólo quedaba como recuerdo la montaña de escoria. El dinero
+estaba en la villa, y en las entrañas de la tierra los siervos anónimos
+que habían dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.
+
+Aresti vió un grupo de gente á un lado del camino. Pasaban corriendo
+junto á él chiquillos y mujeres. A veces se detenían para llamar á los
+que estaban en los desmontes inmediatos.
+
+--¡Ené! ¡Han matado al _Maestrico_! ¡Vamos á verlo!
+
+Y seguían corriendo hacia el gentío, en el cual se destacaban los negros
+uniformes y las boinas con chapa de una pareja de miñones. Algunos
+muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atraídos por el suceso,
+llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos.
+Familiarizados con el explosivo, metíanse entre los grupos empujando
+para abrirse paso y ver al muerto.
+
+En medio del camino estaban inmóviles varias carretas con sus bueyes de
+raza vasca, pequeños, de patas finas, con una piel de carnero entre los
+cuernos adornando el yugo.
+
+Al llegar el doctor se abrió el compacto grupo, dejando ver un hombre
+tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre
+formaban una máscara sobre su rostro. Aresti no tuvo más que inclinarse
+para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.
+
+El juez municipal, un contratista de los que habían cenado con Aresti,
+le habló del suceso, lamentando el madrugón que le había proporcionado.
+El pobre _Maestrico_ debía haber muerto casi instantáneamente. Tenía un
+golpe en el corazón, una de aquellas puñaladas que sólo se veían en las
+minas donde vive tanta gente salida del presidio. Además, le habían
+herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Debían ser dos los
+que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volvía de Bilbao. Para
+el juez, el suceso no ofrecía dudas. De allí iría á prender á los
+culpables sin miedo á equivocarse.
+
+Recordaba á Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un
+andaluz, de carácter triste y pocas palabras que había rodado por el
+mundo buscándose la vida en América en cien oficios, y trabajando en
+todas las minas de España. Por las noches, cuando volvía del trabajo,
+daba lecciones á los pinches. Vivía á pupilo en casa de los padres de
+_la Charanga_, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta á la
+chavalería de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado
+de presidio, un rebelde que iba de una á otra cantera despedido siempre
+por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atención
+por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un
+arsenal de armas oculto. El _Maestrico_ se había enamorado de _la
+Charanga_ con la pasión reconcentrada y silenciosa de un hombre de
+cuarenta años. Los padres le querían, alabando sus costumbres sobrias,
+su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de
+bestia alegre, decía que sí á todo, continuando sus relaciones con el
+matoncillo. Iban á casarse en aquella misma semana. El _Maestrico_ había
+marchado el día anterior á Bilbao para comprar algunos regalos á la
+novia y, al regreso, el amante y su padre le habían esperado en el
+camino.
+
+Aresti oyó unos gemidos á su espalda. Entre el gentío, un minero viejo
+se llevaba las manos á los ojos.
+
+--Antón... pobre _Maestrico_. ¡Matar á un hombre así! ¡Tan bueno!...
+¡tan trabajador!
+
+Era el padre de _la Charanga_, que lloraba ante el cadáver de su pupilo.
+
+El médico se fijó en el abultado abdomen del muerto, é hizo que un miñón
+desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela
+blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sueñan las muchachas
+de las minas como una elegancia suprema. El pobre _Maestrico_ había ido
+á la villa para comprar este regalo á su novia.
+
+Se abrió el grupo con cierto rumor de curiosidad, como á la llegada de
+un personaje esperado. Era _la Charanga_, con las manos en las fuertes
+caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado,
+mostrando al sonreír sus dientes agudos de loba impúdica.
+
+--¿Pero es verdad que han matao á _ese_?...
+
+Y fijaba su mirada en el médico, con la misma expresión de lúbrica
+generosidad con que muchas veces le había invitado á seguirla cuando le
+encontraba en el campo. Después contempló el cadáver fríamente, sin
+emoción, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompió á reír.
+
+--¡Rediós! ¡Pus ya podía yo anoche esperar mis botas!...
+
+Fué todo lo que se le ocurrió ante el cadáver del que iba á ser su
+marido. Y rompiendo á codazos por entre los hombres que se conmovían al
+contacto de sus caderas, salió del grupo, alejándose con soberbia
+indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor á ella iba á ir á
+presidio.
+
+--¡La bestia!--dijo el médico al juez, siguiéndola con la mirada.--La
+hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos
+se maten por poseerla... Esto sólo se ve aquí.
+
+Y Aresti sonreía con la satisfacción del naturalista que contempla en
+su gabinete un animal extraordinario.
+
+Llegaban de Gallarta nuevos grupos atraídos por la noticia del
+asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miñones en
+busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadáver,
+llevándolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor
+emprendió el regreso y, cerca ya de Gallarta, notó que un muchacho de
+unos catorce años, un pinche de los que trabajaban en las minas, le
+seguía, marchando tan pronto á su lado como delante, siempre volviendo
+la cara hacia él, mirándole con unos ojos desmesuradamente abiertos,
+suplicantes y vidriosos como si fuesen á saltarles las lágrimas.
+
+--¿Qué se ofrece caballero?--dijo Aresti con su voz alegre que parecía
+esparcir la confianza entre los desgraciados.
+
+--Señor dotor--gimió el muchacho.--Mi padre... mi pobre padre.
+
+Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se
+ahogaron las palabras en su garganta y rompió á llorar.
+
+Aresti se fijó en él. No era del país: debía ser _maketo_, de los que
+llegaban en cuadrillas de Castilla ó de León, empujados por el hambre,
+atraídos por los jornales de las minas. Un pantalón azul, con piezas
+superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus
+zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprimía una
+camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la
+maraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de
+una boina vieja. Olía á juventud descuidada, á ropas mantenidas sobre la
+carne meses enteros. Aresti conocía este perfume de las minas; el hedor
+de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la
+misma envoltura.
+
+--Tu padre... ya te entiendo--dijo bondadosamente.--¿Y qué le ocurre á
+tu padre? Vamos á ver.
+
+El pinche se explicó trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga,
+en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al amanecer había querido
+levantarse para ir al trabajo como los demás compañeros, pero le ardía
+la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera.
+Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo,
+señor?... Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido á
+perder el jornal del día!...
+
+Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándole
+con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostración
+de la gravedad del enfermo.
+
+Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría al médico que estaba
+en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompió á llorar
+de nuevo.
+
+--Señor dotor... Usted, sólo usted... Se lo pido por lo que quiera más
+en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más que todos
+juntos. La gente dice que usted hace milagros...
+
+Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces sin
+saber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo su
+lenguaje y con él quisiera convencer al médico.
+
+--Basta, muchacho--dijo Aresti riendo.--No sigas. Iré á Labarga para que
+no me beses más con tu cara sucia... Buena se va á poner Kataliñ cuando
+sepa que subo al monte.
+
+El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menos
+dificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y
+habían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacía
+tres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellos
+tenían allá su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las
+mujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombres
+emprendían la peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos,
+de once reales ó tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el
+país. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y
+plantar la del año próximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era
+dura, morían algunos; pero se podía volver á casa con buenos ahorros.
+
+--Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once ú doce. Damos un
+real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va por
+las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral
+destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y
+no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos á
+casa á los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros.
+
+--Pues vais á ser ricos cualquier día--dijo Aresti.
+
+--¡Quia! ¡no señor!--contestó el muchacho cándidamente.--Ricos nunca lo
+seremos. ¡Aun si ese dinero fuese para nosotros!...
+
+--¿Es que lo regalais?...
+
+--Se lo llevan los mandones. Con él pagamos la contribución.
+
+Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando una vez más la
+sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada
+á las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en su
+cerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de
+campamento, encorvados ante la piedra roja, arañándola de sol á sol con
+un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación,
+acelerando día por día la ruina de su organismo; y este sacrificio
+obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridículo
+sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y
+pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.
+
+Al entrar en Gallarta, el médico pasó apresuradamente ante su casa,
+temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al
+monte.
+
+--Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y aún he de tomar el tren
+para Bilbao.
+
+Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta
+empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustándose
+á todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios construidos con
+mineral en la época que éste no era tan buscado; gruesos paredones
+agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y
+los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes
+aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates
+del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los
+establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas
+ventanas con vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendo
+zapatos ó quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa,
+enviados á las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A
+causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas
+tenían varios peldaños ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran
+profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar á ellas. Los
+establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La
+calle, con sus tiendas estrechas y lóbregas y sus casas de poca altura,
+hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe. Algunas carretas
+permanecían detenidas á las puertas de las tabernas, moviendo los
+bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro
+gritaban los conductores ante los vasos de vino.
+
+Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como estaba á aquel país
+montuoso, y apoyándose en la _cachaba_ seguía sin dificultad al pinche
+que casi corría por el camino, con dirección á Labarga, uno de los
+barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación minera. Así
+como ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y se
+ensanchaba el paisaje. Agrandábanse los montes y se velaban los valles
+bajo la bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, que
+guarda la desembocadura de la ría de Bilbao, recortaba sobre el cielo
+plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies
+extendía el mar su ancha faja obscura, cortada á trechos por otros
+montes más bajos, metiéndose en triángulos, tierra adentro, en forma de
+ensenadas y rías.
+
+Hacía algún tiempo que el doctor no había subido á pie la cuesta de
+Labarga y encontraba cierta novedad al espectáculo. Sin dejar de andar,
+iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al
+pie de Serantes, era San Pedro Abanto; más allá, al lado de una ría,
+alzábase la montaña de Somorrostro. Dos nombres famosos que conocía toda
+España después de la guerra civil. Como una resurrección de aquella
+lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas
+inmediatas al camino, tembló la tierra con sorda trepidación y
+estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por
+el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban á una hora
+fija, por la mañana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus
+cornetas para que se alejase la gente. Más allá de las minas inmediatas
+sonaron nuevas detonaciones, y luego otras más lejanas, estremeciéndose
+toda la cuenca minera con un incesante cañoneo como si tronasen baterías
+ocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes.
+
+Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las
+Encartaciones, cuando el ejército liberal intentaba levantar el sitio de
+Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de
+la guerra y la destrucción, habían popularizado los nombres de dos
+humildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates; pero
+como si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces á
+los viejos del país y á muchos de los contratistas que eran entonces
+aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al
+cura de su anteiglesia, habían tomado las armas en defensa del Señor y
+los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del
+llano, habían matado de un certero cañonazo á los dos mejores generales
+del carlismo. Después, el médico miraba el monte de Somorrostro con sus
+ásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún se
+encontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la gran
+carnicería: los batallones del gobierno, la infantería de marina, con la
+bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro,
+pugnaban por subir á lo más alto para vencer al enemigo, y éste los
+fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fría
+anticipación, y pareciéndole poco mortífero el fusil, apelaba á
+procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las
+alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las
+minas, y estos carros de la muerte descendían saltando de peñasco en
+peñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba á cada choque, á
+cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los
+celtíberos bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas
+locas rompían las masas de pantalones rojos ó azules que en vano
+intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su férreo volteo, hacían
+crujir los huesos, deshilachaban los músculos, y, manchadas de sangre,
+seguían rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucción.
+
+--¡Imbéciles! ¡imbéciles--repetía mentalmente el doctor.
+
+Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos
+montes y en otros de más allá; en todos los que dormían eternamente en
+las entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una
+simple cuestión de personas, hábilmente explotada en nombre del
+sentimiento religioso y de la repulsión que siente el vascongado por
+toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.
+
+Contrastando con estos recuerdos de una época de violencias, rodeaban al
+doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el
+movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra.
+Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus cables
+sobre los robustos postes y deslizándose por ellos, pasaba el rosario de
+tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeñaderos,
+descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los
+descargaderos de Ortuella, la vía férrea del Triano, que es el
+respiradero de las minas.
+
+En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corrían sobre los
+rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por
+caballos, empujadas otras por hombres. Veíanse grandes plataformas de
+madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehículos
+amarrados á una cadena sin fin. La vía automática de una compañía
+extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que
+parecían seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas, en opuestas
+direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su
+camino en línea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y
+atravesando las alturas por túneles pendientes que los devoraban.
+
+El paisaje aparecía trastornado por la mano del hombre. El minero
+violaba á la Naturaleza, volcándola, desordenando sus ropajes. Todo
+había cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo por la
+piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban
+convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas:
+lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el
+pavoroso corte del despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas;
+las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapábanse ahora con
+rezumamiento fangoso por las angostas galerías que perforaban las
+pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su
+carne, mostraban el armazón calcáreo, la triste osamenta. Los prados de
+otras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo
+había desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un viento de
+fuego. Sólo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierra
+codiciada por el hombre, que parecía haber ardido con interna
+combustión. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante.
+Crecía la hierba allí donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las
+plataformas carcomidas, delatando una explotación abandonada. En estos
+rincones pacían algunos rebaños de ovejas panzudas, de largas lanas,
+dando con sus esquilas una nota de calma pastoril á aquel paisaje
+desolado que parecía recién surgido de una catástrofe geológica.
+
+El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de
+esos cráteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de
+sus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad fuese obra
+del hombre en tan pocos años. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando
+el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos.
+Los caballos parecían por su tamaño escapados de una caja de juguetes.
+
+Aresti, ante este desgarrón de la corteza terrestre que mostraba al aire
+sus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas anatómicas
+reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como
+huesos; las fajas de mena rojiza tenían el tono sanguinolento de los
+músculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso
+de los intestinos.
+
+A un extremo de la gigantesca excavación la montaña se había venido
+abajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y enormes
+pedruscos. El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años antes.
+La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída á una cuadrilla de
+obreros que trabajaba en su base. Unos habían perecido aplastados
+instantáneamente: otros habían quedado enterrados en vida, en un
+socavón, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La
+gente acudía para pegar sus oídos con horror á los peñascos
+desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los
+gemidos de los infelices que perecían lentamente en la obscuridad de las
+entrañas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los días. Centenares
+de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver
+la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, sólo
+habían avanzado algunos metros y ya no se oía nada: de la tierra no
+salía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios
+cadáveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cráneo
+aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando
+aún en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del
+socavón en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la
+cueva se pudrían tras el gigantesco tapón de mineral que los había
+aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocían. Habían
+llegado á las minas poco antes y los capataces sólo anotaban sus apodos.
+Tal vez en algún rincón de España los esperarían aún, creyendo que
+cuanto más larga fuese la ausencia mayores serían los ahorros.
+
+Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salían gemidos del
+derrumbamiento. Durante unos meses viéronse en el camino de Labarga
+formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las
+casas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobres
+almas en pena de la mina. Pero cierta mañana apareció tendido en el
+camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo
+fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron á salir fantasmas, ni
+nadie sintió deseos de adornar la catástrofe con grotescas apariciones.
+
+El recuerdo de los enterrados fué borrándose en la memoria de todos. Las
+desgracias, en aquella explotación cruel que gastaba las vidas de muchos
+miles de hombres, superponíanse unas á otras con frecuencia, ocultando y
+desvaneciendo las anteriores. Un día, las vagonetas, al chocar unas con
+otras, aplastaban á un obrero: otro día saltaban de los rieles al bajar
+por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo,
+que no recelaba la muerte traidora que llegaba á sus espaldas: los
+barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen
+espigas; llovían pedruscos en mitad de la faena, matando
+instantáneamente; y por si esto no era bastante, había que contar con
+los navajazos á la salida de la taberna, con las riñas en la cantera,
+con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad de
+aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual
+vivían confundidos los que al salir de los penales de Santoña,
+Valladolid ó Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las
+minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y á nadie se
+preguntaba quién era y de dónde venía...
+
+La Muerte rondaba en torno del mísero populacho, como un lobo alrededor
+del rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los dientes agudos.
+Zarpazo aquí, dentellada allá, la gran enemiga se mostraba infatigable.
+Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas por
+carne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un
+perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega
+fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la
+misma montaña, llegando apenas á la opulenta Bilbao. El mineral marchaba
+ría abajo sin que nadie pensase en lo que había costado su arranque del
+suelo.
+
+Aresti salió de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle única
+de Labarga, dos filas de míseras casuchas puestas sobre los peñascos que
+bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían palacios,
+comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas,
+conocidas en el país con el nombre de _chabolas_, con tabiques de madera
+delgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dos
+piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera,
+y la superior, al abrirse, era la única ventana que daba á la casa luz y
+aire. Las incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones,
+reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella
+fuese á convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre
+cuerdas los guiñapos de color indefinible puestos á secar. Algunas
+gallinas flacas y espeluznadas corrían por el camino. Los niños
+permanecían sentados ante las puertas, graves é inmóviles, como si
+fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos del
+llano.
+
+Al ver al doctor, salían las mujeres á las puertas de sus tugurios,
+sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo
+de pronto el miedo á enfermedades que tenían olvidadas.
+
+--¡Chicas, es don Luis!--se gritaban unas á otras.--¡Señor doctor, aquí!
+¡Míreme usted este chico!... ¡Entre á ver á mi madre!
+
+Pero Aresti conocía de larga fecha estos recibimientos; el furor que
+acometía á todos por estar enfermos apenas le veían, sin ocurrírseles
+bajar al hospital más que en casos de extrema gravedad. Y seguía
+adelante sonriendo á unas, contestando á otras alegremente, precedido
+por el pinche zamorano que volvía la cara como si temiese verle
+secuestrado por el grupo de comadres.
+
+Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una
+casucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi ocultos bajo las
+cejas y un gesto de desdén contraía á cada momento su cara negruzca. Al
+ver al médico no se llevó la mano á la boina ni abandonó su inmovilidad
+de fakir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la miseria
+que le rodeaba.
+
+--¡Salud, amigo _Barbas_!--dijo el médico alegremente, deteniéndose ante
+él.--¿Qué hay compañero?
+
+--Mucho y malo, don Luis.
+
+--Y esa revolución ¿cuándo la hacemos?...
+
+El _Barbas_ miró un instante á Aresti con ojos ceñudos, como si fuese á
+insultarle: después escupió la nicotina de sus labios con un gesto
+desdeñoso.
+
+--Búrlese, don Luis. Usted está acostumbrado á oír quejarse de dolor lo
+mismo al rico que al pobre, á ver que todos mueren igual; por eso toma á
+risa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales. Hace
+usted bien. Ríase... pero el trueno gordo se acerca. Algún día
+encontrarán su merecido todos los ladrones... ¡todos! incluso su primo
+Sánchez Morueta.
+
+--¡Compañero! ¿y yo?--dijo el doctor.--¿Qué vas á hacer de mí?
+
+--Usted es un guasón que se ríe de la vida... pero entre burlas y veras
+hace bien á los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los
+nuestros.
+
+--Gracias, compañero _Barbas_.
+
+Y dando á entender al solitario con un gesto que volvería para hablar
+con él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta le esperaba
+impaciente el pinche.
+
+Era la _casa de peones_, el miserable albergue de las montañas mineras,
+donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado á visitar
+aquellos tugurios que olían á rancho agrio, á humo y á «perro mojado».
+En la entrada de la casa estaba el fogón con algo de loza vieja alineada
+en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso,
+como si las tablas trasudasen de una pieza á otra la suciedad y la mugre
+de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por
+los pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables
+zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las
+manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirándose con ojos bizcos
+los cuernos del pañuelo rojo arrollado á la cabeza. Unos gatos flacos y
+espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de
+la olla: unos animales lúgubres, de mirada feroz, tigres empequeñecidos
+que parecían alimentarse con el hambre que sobraba á sus amos.
+
+La vieja rompió en lamentaciones al conocer á don Luis. El pobre peón
+estaba muy malito: ¡á ver si lo sacaba adelante!... Ella le había tomado
+ley después de tenerlo varios años en su casa. Y al lamentarse, había
+tal expresión de frío egoísmo en sus ojos, que el doctor la atajó
+brutalmente:
+
+--Sobre todo, lo que usted más siente, tía Gertrudis, es perder un real
+diario si muere.
+
+--¡Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay más casas de peones.
+Mi probe viejo está casi baldao del reuma y gana menos que un pinche
+escogiendo mineral en los lavaderos. ¡Y muchas gracias que lo aguantan,
+y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... ¡Ay
+Señor, después de trabajar toda la vida! El médico levantó una
+cortinilla de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz,
+ocupado por la cama de los viejos. Levantó otra, y vió un cuartucho no
+mucho más grande, obstruido completamente por un camastro enorme,
+formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En él dormía toda
+la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin
+separación alguna, sin más aire que el que entraba por la puerta y las
+grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz cubrían el
+tablado: cuatro mantas cosidas unas á otras formaban la cubierta común
+de los ocho, y junto á la pared yacían destripadas y mustias algunas
+almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las
+cabezas.
+
+Aresti pensó con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio.
+Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques
+arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de
+arrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas á su primitivo sitio.
+Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao
+ó tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas ó,
+cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor ó
+mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que podía
+tocarse con las manos, hacíase irrespirable á las pocas horas,
+espesándose con el vaho de tantos cuerpos, impregnándose del olor de
+suciedad. Los parásitos anidados en los pliegues del camastro, en las
+junturas de la madera, en los agujeros del techo, salían de caza con la
+excitación del calor, ensañándose al amparo de la obscuridad en los
+cuerpos inánimes que duermen con el sueño embrutecedor de la fatiga. En
+las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte á parte la
+casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos
+vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los
+sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad
+fraterniza.
+
+El médico consideraba que aquellos ocho hombres que dormían en común
+eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las
+aventuras de su peregrinación anual: y su pensamiento iba hacia otras
+casas de peones, tan míseras como aquella, donde los hombres acostados
+en la misma cama no se habían visto nunca; donde el infeliz muchacho,
+recién llegado de su tierra, dormía en contacto con un individuo, con
+otro que también acababa de llegar á la mina, tal vez recién salido del
+presidio ó fugitivo por algún crimen. Los cuerpos extraños se juntaban
+bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne
+sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta
+promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jóvenes, de inocentes
+jayanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante,
+conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una
+forzada abstinencia de la carne, en un país donde por las condiciones
+del trabajo, los hombres son mucho más numerosos que las mujeres, y la
+continua afluencia de presidiarios licenciados traía consigo todas las
+criminales aberraciones de la virilidad aislada.
+
+Aresti vió al enfermo en el fondo del camastro, junto á la pared,
+respirando jadeante. Estaba acostumbrado á visitar los tabucos de los
+mineros: nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó encima del
+tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una cerilla
+y entonces vió en el tabique de la cabecera que en otros tiempos había
+sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando
+generales contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto de
+bandas y cruces, héroes de la guerra que se habían cubierto de gloria
+entregando territorios al enemigo ó fusilando en masa á indígenas
+indefensos.
+
+El médico no pudo contener su risa.
+
+--¿Por qué estarán aquí estos tíos?...
+
+Las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin fijarse en los
+personajes; ó tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado, cándido
+y entusiasta, que creería haber servido á las órdenes de caudillos
+inmortales.
+
+El enfermo tenía los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel
+ardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la
+lluvia de la noche anterior.
+
+--Una pulmonía de padre y señor mío--dijo el doctor arrojando la cerilla
+y saliendo del camastro otra vez de rodillas.
+
+Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una hoja de su cartera,
+encargando al pobre pinche, que después de la visita parecía más
+tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.
+
+Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer varias
+recomendaciones á la vieja, vió que le aguardaba en medio del camino un
+contratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el
+chaleco brillábale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas
+fabricadas con la tela impermeable que servía de forro á las cajas de
+dinamita.
+
+--Hola, _Milord_--dijo el médico.--¿Qué, hoy no hay oficios divinos en
+la capilla de Baracaldo?
+
+--No, don Luis--dijo el contratista con cierta unción en sus
+palabras.--Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no es
+de fiesta.
+
+--¿Y _Milady_, siempre tan hermosa y elegante?
+
+--Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos más que unos pobres
+patanes con un poquito de protección.
+
+Después de esto, el llamado _Milord_ rogó al médico, que ya que estaba
+en Labarga, se llegase á la cantina de _Tocino_, el capataz de su
+confianza, que llevaba varios días inmóvil en la cama por el reuma.
+Aresti se resistía alegando su viaje á Bilbao.
+
+--Un momento nada más, don Luis: entrar y salir. Yo también tengo prisa
+por llegarme á la mina. ¡El pobre _Tocino_ me hace tanta falta cuando no
+está allí!...
+
+El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá de Labarga, hasta
+una altura donde estaba establecida la tienda de _Tocino_. Por el camino
+bromeaba con el contratista sobre su religión. El _Milord_ había sido
+capataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar al
+ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y
+no dejar descanso á los peones de sol á sol. La protección del jefe lo
+elevó á contratista, colocándole en el camino de la riqueza, y, no
+sabiendo cómo mostrar su gratitud al inglés, había abrazado el
+protestantismo. La despreocupación religiosa era general en las minas:
+sólo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y
+para ligarse más íntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis
+años en un colegio de Inglaterra, volviendo de allá la muchacha con un
+exterior púdico y unas costumbres de _confort_ que regocijaban á toda
+Gallarta. Los domingos, _Milord_ y _Milady_ bajaban á Baracaldo,
+vestidos con trajes que encargaban á Londres, para confundirse con las
+familias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en las
+minas ó en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capilla
+evangélica del país. Aresti, que había cogido cierto miedo á los
+_flirts_ con _Milady_, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y
+que conocía ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana
+durante la noche, ensalzaba irónicamente al padre lo mucho que su
+robusto retoño había ganado después de la cepilladura en el extranjero.
+
+--¡La educación inglesa!--decía _Milord_ abriendo mucho la boca para
+marcar su admiración.--¡Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la
+chica... Es verdad que acostumbrada á tantas finuras, se aburre aquí
+entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi
+ambición, y es casarla con algún señor de la compañía.
+
+--Hará usted bien--dijo el médico con zumbona gravedad, recordando las
+ligerezas de la niña al verse libre en las minas, después de las
+pudibundeces del colegio.--Esos señores son aquí los únicos que pueden
+cargar con ella.
+
+Llegaron á la cantina de _Tocino_, una casa aislada, de mampostería, con
+un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda
+la tierra de las Encartaciones y además el abra de Bilbao, la ría,
+Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervión,
+parecían formar una sola urbe. En último término, entre montañas, se
+adivinaba la villa heroica é industriosa: el humo de las fundiciones y
+fábricas se confundía con el cielo plomizo. A la entrada de la ría, el
+alto puente de Vizcaya marcábase como un arco triunfal de negro encaje.
+
+La cantina ocupaba el piso bajo, amontonándose en ella los más diversos
+objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros
+pendientes del techo... Allí estaban almacenados todos los víveres, por
+cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las
+canteras. Aresti conocía aquella alimentación; alubias y patatas con un
+poco de tocino. El arroz, sólo era buscado cuando la patata resultaba
+cara. Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano
+entre grandes manojos de cebollas y ajos.
+
+El pan se amontonaba detrás del mostrador, al amparo de los dueños, como
+si éstos temiesen los hurtos de los parroquianos ó una súbita acometida
+de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas
+por la ranciedad, esparcía acre hedor. De las viguetas del techo pendían
+baterías de cocina, y en las estanterías se alineaban piezas de tela,
+botes de conservas, ferretería, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo
+tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que
+objetos, parecían sacados de una excavación después de un entierro de
+siglos.
+
+Tras el mostrador estaba la mujer de _Tocino_ con su hijo, un
+adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero
+Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban á
+los parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que le
+hacía recordar á los judíos. La gente del contorno les odiaba. Al menor
+intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan
+por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspecto
+de miseria y sordidez más triste que el de la gente de fuera. El doctor
+recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, á los que había
+asistido por curiosidad; los apóstrofes á los explotadores de las
+cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean
+chupándoles la sangre; y se decía con gravedad:
+
+--No; pues á éstos les luce poco la tal alimentación.
+
+A la entrada de la cantina existía una especie de jaula de madera con un
+ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueño de la
+tienda, envuelto en mantas, quejándose á cada momento, pero sin dejar de
+repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos,
+que le servían para su complicada contabilidad.
+
+El _Milord_ manifestó su extrañeza viéndole allí. ¡Él, que le traía nada
+menos que al doctor Aresti creyéndolo en peligro de muerte!... Mientras
+el médico le examinaba con la indiferencia del que está habituado á
+casos más graves, _Tocino_ prorrumpía en lamentaciones, haciéndole coro
+su mujer. Estaba enfermo más de lo que creían: no podía moverse: los
+dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y había que repasar
+las cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga.
+
+--Vaya, _Tocino_--dijo Aresti;--lo que tienes es poca cosa,
+desaparecerá con el cambio de tiempo. ¡Quejarse así un hombrachón que
+parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que
+engordas con lo que robas.
+
+--¡Pero qué cosas tiene este don Luis!--exclamó el _Milord_ mirando á la
+tendera, que enseñaba sus dientes amarillos para sonreír lo mismo que el
+protector de su marido.
+
+--¡Robar!--mugió _Tocino_.--¡Robar! ¡Siempre está usted con lo mismo!
+Tanto oye usted á los trabajadores, en su manía de mimarlos cuando se
+los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aquí á
+nadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es de uno.
+
+Y _Tocino_ se indignaba, olvidando los dolores. Él vendía sus artículos
+al fiado ¿estamos?... se exponía á perderlos, ¿y qué cosa más natural
+que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el día del
+pago en las minas?... Había que conocer á los obreros: cada uno de un
+país; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al
+fiado, y el día de cobranza, si les era posible hacían lo que ellos
+llaman _la curva_; cobraban y se iban á la taberna, rehuyendo el pasar
+por la tienda de comestibles. A bien que esto no les valía con _Tocino_
+y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él les
+pagaba allí mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevaban
+comido. Aun así había sus quiebras, pues los que sólo trabajaban una
+semana, desaparecían después de haber tomado al fiado más de lo que
+importaban sus jornales.
+
+Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas seguía
+recriminándolo.
+
+--_Tocino_, tú eres un ladrón que vendes á los obreros los artículos
+averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar más caros que en
+la villa.
+
+--Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges--gritó
+el capataz enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo que decían
+los obreros en sus reuniones.
+
+--_Tocino_, tú abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen
+libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene á tu tienda le
+quitas el trabajo en la cantera.
+
+--Los amigos son para ayudarse unos á otros. ¿Qué tiene de particular
+que yo sólo dé trabajo á los que se surten de mi establecimiento?
+
+--Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja,
+descontándole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda á
+mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se
+hace en todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir á
+crédito y se vea obligado á comer lo que queréis darle y al precio que
+mejor os parece.
+
+--Vaya; ahora me toca á mí--dijo riendo el _Milord_.--Pero este don Luis
+es peor que los predicadores de blusa que vienen á echar soflamas en el
+frontón de Gallarta. Suerte que no le da á usted por hablar en público.
+
+--_Milord_: á todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros
+rápidamente con el hierro y aun arañáis algunos céntimos en el jornal y
+el estómago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los
+capataces. Vais á medias. De día explotáis los brazos y de noche los
+estómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de
+peones forasteros que vienen á rabiar y á ahorrar durante algunos meses,
+pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más en
+el país y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre
+aquí, acabe por conoceros.
+
+El doctor cortó la conversación recordando su viaje á Bilbao, y salió de
+la cantina después de hacer varias recomendaciones para la curación de
+_Tocino_. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero con una
+expresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del
+doctor.
+
+El contratista siguió adelante, hacia su mina, y Aresti descendió á
+Labarga pensando en la miseria del rebaño humano esparcido por la
+montaña. Varias veces había intentado rebelarse, y los resultados de su
+protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en más de una ocasión,
+con sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respeto
+á la vida humana era mayor que en los primeros años de explotación.
+Aresti recordaba su llegada á las minas, cuando se vivía en ellas casi
+con las armas en la mano, como en Alaska ó en los primitivos _placeres_
+de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el
+vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo á los trabajadores
+rebeldes; ya no existía la tarifa de la carne humana, cotizándose las
+desgracias «veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas». Se
+asociaban los trabajadores establecidos en el país, creaban núcleos de
+resistencia, inspiraban cierto temor á los explotadores, logrando con
+esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero aún faltaba la
+cohesión entre ellos, á causa del vaivén de la población minera, de
+aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el
+invierno y el hambre en las míseras comarcas del interior y se retiraba
+al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huían á su
+tierra así que se iniciaba una huelga y aparecía en las minas la guardia
+civil. Habían venido á ganar dinero y evitaban los conflictos pasando
+por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses
+miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compañeros
+establecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente rural,
+que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos
+al fin habían de volver á sus tierras. Los labriegos convertidos en
+mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que
+imposibilitaba la ascensión de los que vivían en el país.
+
+La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de
+galerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta maestría, el
+personal no era fácil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero
+en las pródigas Encartaciones el hierro forma montañas enteras: la
+explotación es á cielo abierto; sólo se necesita hacer saltar la piedra,
+recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el
+bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas
+á sustituir sin esfuerzo alguno á todo el que abandonaba su puesto
+protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigración,
+cortándose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la
+población obrera de las Encartaciones, era difícil que el trabajo
+conquistase todos sus derechos.
+
+Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobló el paso al
+entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no oír los
+llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.
+
+--Don Luis, un momento...
+
+Era el _Barbas_, que había abandonado su inmovilidad de fakir para
+detener al doctor.
+
+--¿Qué hay, compañero?
+
+--Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aquí, de lo
+que hacen esos ladrones.
+
+Y le mostraba con gesto trágico su casucha. Como Aresti no parecía
+comprenderse, el _Barbas_ le mostró la parte superior de su barraca
+falta de techumbre.
+
+--Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos
+de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian
+y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace una
+semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la
+calle, pero el _Barbas_ firme en su puesto con la compañera. La pobre
+vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se
+menea de ahí. Me han de tener á la vista siempre. Hay para rato si
+piensan librarse de mí... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor.
+Quieren quitarme el suelo así como me han robado el techo. Piensan
+excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus
+estacas, para ver si así me voy... ¡Pues no me iré! El _Barbas_, en su
+sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni
+trabajo, ni me voy... Espero, ¿sabe usted?, espero que llegue la gorda;
+espero el día en que toda la montaña baje al llano y yo pueda quitarles
+el techo y el piso á todos los _chalets_ que se han hecho esos
+pintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores á costa de
+los pobres.
+
+Y el _Barbas_ acompañó un buen trecho al doctor, mugiendo sus
+maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos más
+inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades
+maléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la montaña, sin
+mostrarse más que por la mediación de administradores y capataces, si
+explotaban la mina directamente, ó de contratistas si creían más
+ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.
+
+Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vió venir hacia él un
+hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi
+parecía una mulilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos á
+don Facundo, el cura párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sido
+trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava, y afirmaba
+que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. «Paz, mucha
+paz; para todos hay vida en el mundo.» Y en santa paz vivía, siendo gran
+amigo de Aresti, y tomando á broma las doctrinas revolucionarias que el
+doctor, por aburrimiento, exponía á los ricos de Gallarta después de sus
+famosas cenas. Cierta vez que el médico, cansado de la monotonía de su
+existencia, se divirtió en propagar el budhismo entre los rudos
+contratistas y hasta intentó algunas ceremonias del culto indostánico, á
+estilo de las que había presenciado en el museo Guimet de París, el cura
+no manifestó indignación, «Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los
+sabios: ya se cansará.» Para él, la religión verdadera no decrecía ni
+experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos,
+casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.
+
+A misa sólo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre
+vacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba en que él no
+tenía libre un momento, y continuamente veían todos trotar su burra
+blanca por los caminos y atajos de la montaña. Aquel curato valía más
+que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de
+Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente
+marchase á la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su
+ataúd por el vozarrón del cura. Había días en que acompañaba cinco
+entierros en los lugares más lejanos de la parroquia; asunto de leguas.
+Pero él no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura
+infatigable, y montado en ella acudía á todas partes. Delante, marchaba
+el ataúd en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban
+alaridos y se mesaban el pelo con desesperación de gitanas, y detrás don
+Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido á pie
+por el sacristán, al que llamaba su «corneta de órdenes», siempre
+cantando, pues los parientes ponían reparos á la hora de pagar si
+cantaba poco, repitiendo automáticamente los versículos del oficio de
+difuntos, al mismo tiempo que se daba el compás esgrimiendo sobre su
+cabeza la vara de fresno con que arreaba á la cabalgadura.
+
+Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma.
+
+--Aprisa, hijos míos--decía á los conductores del cadáver--que hoy aún
+me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.
+
+Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de
+acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de
+luna clarísima, al retirarse á casa después de una cena con los
+contratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que
+rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre,
+vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas á
+otro, envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba á
+cada paso. Después, una especie de centauro agrandado por el misterio de
+la noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir:
+
+ Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt...
+
+--Buenas noches, don Luis--dijo el cura al reconocer al doctor.--Con
+este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he
+dejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja!
+
+Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su lúgubre cantinela, á
+la luz de la luna, camino del cementerio.
+
+Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de la
+parroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No, carape!: él
+tenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo,
+tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación
+parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores del
+obispado después de dar un tiento doloroso á los ahorros y cuando al fin
+habían acabado por colocar á sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstos
+á las _faenas menudas_ del templo, reservándose él los entierros.
+
+Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia.
+Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de mineral con
+los señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar un
+vistazo al trabajo de los peones. Pero á pesar de que sus negocios
+marchaban bien y á la hora del champagne, en las cenas de los
+contratistas, le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más de
+cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera época
+de las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cual
+vivía á su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrecía
+los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes medios
+de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado
+por bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar el
+paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo en
+Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba
+más caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando el
+cura inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á San
+Antonio. Aún reía el doctor recordando la candidez con que explicaba el
+cura esta preferencia.
+
+--No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí en
+Gallarta hay tanto buey....
+
+Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso de su cabalgadura.
+
+--A la mina, ¿eh?--preguntó Aresti.
+
+--Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un rato á ver lo que hacen
+aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo
+humano. Hay que trabajar, don Luis.
+
+--¿Pero hoy no es día de fiesta?...
+
+--¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere decirme con su
+sonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y deben
+guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajan
+en todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones,
+después de tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada.
+Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: le
+dejo para que se burle de mí á sus anchas.
+
+Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.
+
+--¿Dicen que han matado al _Maestrico_?... Vaya un caso. Era un buen
+muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A la tarde entierro!
+¡Arre burra!
+
+Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que había
+caído trabajo.
+
+Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se vió detenido por un
+hombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja Catalina le
+llamaba furiosa desde adentro.
+
+--¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá usted el tren! Ya le he
+dicho á ese condenao que su primo le espera y no está usted para
+canciones...
+
+Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre,
+diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!» Tembló por su mano,
+cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callosos
+y gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculatura
+de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacía
+recordar á Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que
+había admirado en su niñez.
+
+--Vengo á lo del otro día--dijo con alguna torpeza, pero mirando al
+médico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso defendiendo
+sus pretensiones.
+
+--¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo. ¡Me buscan tantos!...
+
+Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una sonrisa maliciosa
+animó su rostro.
+
+--¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del practicante. Tú eres el marido
+de esa... Bien ¿y qué?
+
+--Quiero que usted arregle eso, don Luis--continuó el gigantón con
+energía;--ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran escándalo.
+Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo testigos.
+Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que le
+corresponde, irá á un presidio y ella á la galera.
+
+--Sí, hombre, sí--dijo Aresti.--Recuerdo tu asunto. Me gusta verte más
+tranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo?
+
+--Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza sufra castigo. ¿Va á ser
+él de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él.
+
+--Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte
+duros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en
+el hospital!... ¡Si es más pobre que tú!...
+
+--Bueno--dijo el gigantón con aspecto indeciso, rascándose la cabeza por
+debajo de la boina.--Pus que sean quince... ó que sean doce, ya que
+usted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con menos de
+doce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo ver
+con una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Ir
+á presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, que
+paguen, ya que quieren hacer el guapo!
+
+Y se alejó, después de recomendar varias veces al médico, con tono
+suplicante, que no olvidase su asunto.
+
+Aresti, mientras despachaba el desayuno y vestía sus ropas de fiesta,
+colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraña psicología
+de una gran parte de las gentes de las minas.
+
+De jóvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo
+oculto en la faja, dispuestos á disputarse la hembra á puñaladas.
+Asesinaban al rival como al infeliz _Maestrico_; y después, de casados,
+satisfecho el primer ímpetu de su apetito exacerbado por la escasez de
+mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas;
+olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar más que en el
+dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rápidas y
+milagrosos encumbramientos que parecía soplar sobre las minas. Se
+exterminaban por una cuestión de jornales ó de comestibles, y al
+encontrarse frente á frente con el adulterio, torcían el gesto como ante
+una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su
+desgracia cierto provecho.
+
+
+
+
+II
+
+
+Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara á
+Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la
+estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de la
+ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonaban
+sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto
+importante los llamaba á la villa.
+
+El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos de
+fundición--«los castillos feudales de Sánchez Morueta» según decía el
+doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,--y
+después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los
+descargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando
+de la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el
+nivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, con
+los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos,
+y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como
+juguetes. Los de las explotaciones del país eran de un rojo antipático,
+de escombros de mineral, desmoronándose con las lluvias sus pendientes,
+revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de realzar con el más
+leve adorno los instrumentos de explotación. En la ría, junto á las
+grúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el casco
+invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los
+mástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargados
+de hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar el
+negro mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por las
+vías de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar
+al punto más avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua,
+soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos
+riberas de la ría estaban en continua función, vomitando y absorviendo;
+entregando el mineral de sus montañas y apoderándose del carbón
+extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas
+de los buques; los nombres más exóticos é impronunciables lucían en sus
+costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguían los
+veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.
+
+Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ría
+con sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta, admirábase la paz
+de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos,
+removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y las
+piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían el
+baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevo
+á rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres
+lavaban sus guiñapos casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo,
+como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de
+Bilbao: los lavados del mineral enrojecían hasta la corriente del
+Nervión. La industria, al enriquecer al país, corrompía las aguas puras
+y cristalinas de la época pastoril. El doctor recordaba la miseria de
+los peones de las minas, que les hacía huir de las fuentes de la
+montaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestión.
+Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque, ensuciando
+su estómago, hacía menos frecuente el hambre.
+
+Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las estaciones de la
+orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban
+su caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasaban
+pequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de
+cabotaje de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo á
+las revueltas; vapores que rompían las aguas con imperceptible
+movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del
+bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la
+moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar
+púdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fábricas, negros,
+de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos, ligeramente
+dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de un
+hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias
+minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo el
+paisaje, como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzando
+por las quebraduras de la montaña donde están las vías férreas del
+mineral, resbalando por las dos orillas de la ría tras las chimeneas de
+los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los
+remolcadores y de las máquinas giratorias de sus grúas.
+
+Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera
+vez.
+
+--Bilbao es grande--se decía con cierto orgullo.--Hay que confesar que
+esta gente ha hecho mucho, ¡Lástima que valga tan poco cuando la sacan
+de sus negocios!...
+
+Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al
+aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de
+nuevo. Quedaba atrás, confundiéndose con otras montañas, el famoso pico
+de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche
+Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada
+del liberalismo, que aún vivía en todas las memorias agrandado por las
+fantásticas proporciones que da la tradición. Después aparecía entre los
+montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que
+irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo,
+señor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones
+triangulares, y á sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su
+arboleda montaña arriba, hasta la cumbre coronada por una granja
+vaquería. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían
+levantado los jesuítas una imagen de San José, con un arco de focos
+eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso
+recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la
+orden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no
+queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El
+doctor hallaba natural que fuese San José el escogido para esta
+glorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de
+la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para
+formar la sociedad del porvenir.
+
+Adivinábase la proximidad de la villa. A un lado surgían entre los
+campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas
+que eran como las avanzadas de una población desbordada y en continuo
+avance. Al otro se cubrían las orillas de la ría de almacenes, tinglados
+y grúas, elevándose el carbón en montañas, sin dejar un espacio de
+muelle libre. Las embarcaciones tocábanse unas á otras amarradas á las
+enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja húmeda y
+fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Veíase el
+incesante ir y venir de las _cargueras_, míseras mujeres de ropas sucias
+y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los
+tablones que servían de puente entre los buques y el muelle. Unas
+llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbón; otras descargaban los
+fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre
+que había de ser consumido en el interior de la península.
+
+Detúvose el tren después de atravesar un túnel, y el doctor, subiendo
+una larga escalera, se vió en el sitio más céntrico de la villa, junto
+al puente del Arenal, donde parecía condensarse todo el movimiento de la
+población. En aquel pedazo de ribera, robando á las aguas parte de su
+curso y hasta aprovechándose del subsuelo, la iniciativa industrial
+había escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de
+Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao
+nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la República de Abando, con
+sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete
+pisos, y sus plazas de geométrica rigidez. Al otro lado del puente, la
+Bilbao tradicional; la Bilbao de los _chimbos_, de los hijos del país
+que habían conocido la llegada de gentes del interior, atraídas por la
+prosperidad de las minas, y que formaban ahora más de la mitad del
+vecindario. Allí estaban las famosas Siete Calles, núcleo de la antigua
+villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y
+morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, erguía sus torres
+de un gótico ridículo la iglesia de los jesuítas, con su residencia
+anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geométrica, los
+hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos
+fabulosamente por las minas de la noche á la mañana.
+
+Aresti pasó el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvías y
+las carretas, y entró en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga
+reflejaba en las aguas del Nervión su arquitectura pretenciosa cargada
+de cariátides y estatuas; al otro, extendía el paseo sus filas de
+plátanos, por entre cuyas copas asomaban los mástiles y chimeneas de los
+buques atracados á la orilla. Piaban los pájaros, saltando sobre la
+arena de las avenidas, pero sus gritos perdíanse entre el bramido de las
+locomotoras, el silbido de los tranvías y el mugido de algún vapor que
+entraba lentamente ría arriba.
+
+Aresti dió un vistazo á la acera llamada el _boulevard_, ocupada siempre
+por los curiosos estacionados ante los cafés. Frente al Suizo, se
+colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentándose de la
+decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban á gritos los
+diarios recién llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el
+centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla caída sobre
+los ojos y la falda agarrada y bien ceñida, de modo que al andar se
+marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y,
+bien proporcionadas. Aresti fijábase en la separación del hombre y la
+mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su
+sitio. El hombre á los negocios y la mujer sola á la iglesia ó á hacer
+visitas, como única diversión. Pasó una pareja cogida del brazo.
+
+--Serán forasteros--se dijo el doctor.--Tal vez algún empleado de los
+que envía el gobierno. _Maketos_, como dicen mis paisanos.
+
+Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicolás, fué
+en busca de su primo. El poderoso Sánchez Morueta vivía en su hotel de
+Las Arenas, evitándose así el molesto asedio que parásitos y protegidos
+le hacían sufrir en Bilbao. Además, habituado á las costumbres inglesas,
+gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus múltiples
+negocios le hacían venir casi todos los días al escritorio que tenía en
+la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las mañanas, á todo correr
+de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metiéndose en el
+escritorio como si huyera. Aun así, tenía que separar muchas veces con
+sus fuertes puños á los que le esperaban en la puerta, para proponerle
+negocios disparatados ó pedirle dinero. Una vez en su despacho, era
+difícil abordarle al través de los escribientes y criados que guardaban
+la escalera. A la salida, Sánchez Morueta sólo osaba poner el pie en la
+calle cuando tenía su carruaje cerca y podía escapar, ante la mirada
+atónita de los solicitantes que esperaban horas y más horas. Los
+despechados, la turba pedigüeña que en vano le asediaba y bloqueaba,
+llamábanle «El solitario de Las Arenas», «El ogro de la Sendeja», que
+era donde tenía su escritorio, y hasta afirmaban, faltando á la verdad,
+que su carruaje sólo tenía un asiento, para evitarse de este modo toda
+compañía. Transcurrían meses enteros sin que penetrasen en su despacho
+otras personas que algún corredor de confianza ó los principales
+empleados del escritorio, que recibían sus órdenes. Con los otros
+capitalistas de la población--muchos de ellos compañeros de la juventud,
+que habían marchado juntos con él en la primera etapa por el camino de
+la fortuna--se comunicaba telefónicamente tuteándose, pero en estilo
+conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.
+
+Aresti siguió su marcha á lo largo del muelle, mirando los remolinos del
+agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para
+examinar dos barcos de cabotaje, dos _cachemerines_ de la costa, con los
+títulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por
+extraños cargamentos, en los que se confundían los fardos de bacalao con
+mesas y sillerías embaladas. Ofrecían igual aspecto que los carromatos
+de los ordinarios de los pueblos, cargados de los más diversos objetos.
+En uno de los buques, la tripulación se agrupaba á proa en torno del
+hornillo donde hervía el caldero del rancho. Los barcos estaban tan
+hundidos á causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, veía el
+fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de él,
+tostados, enjutos, habituados á la lucha mortal con el mar cántabro, le
+hacían recordar á su padre, entrevisto en los primeros años de su vida y
+del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.
+
+El doctor, separándose del muelle, pasó á la acera de la Sendeja. El
+escritorio de su primo estaba en un caserón antiguo y señorial, todo de
+piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un
+gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero
+y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su
+fortuna á la Iglesia, se negaba á vender el edificio á Sánchez Morueta,
+dándose la satisfacción de tener por inquilino á uno de los primeros
+ricos de Bilbao.
+
+Aresti no osó subir directamente al despacho de su primo, temiendo la
+resistencia de algún portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de
+los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefirió
+entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la
+casa, bajo la dirección de un antiguo amigo de la familia, el capitán
+Matías Iriondo. Aquella oficina era lo único accesible del edificio,
+donde se podía entrar á la buena de Dios, sin miedo á esperar ni á
+porteros inflexibles.
+
+--¿Está el _Capi_?...--preguntó Aresti á los escribientes que trabajaban
+tras un atajadizo de cristales.
+
+--¡Pasa, _Planeta_, pasa!--gritó alguien tras una puerta del fondo del
+corredor.
+
+Y Aresti entró, al mismo tiempo que el capitán, el _Capi_ como le
+llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia él con los
+brazos abiertos.
+
+--Te he conocido con sólo oírte, Luisillo--dijo Iriondo con su voz
+bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y
+obligado á hacerse oír entre los mugidos del viento y de las olas.--¡Ay,
+_Planeta_!... Te encuentro algo aviejado.
+
+Y había que oír la expresión cariñosa que daba el marino al mote de
+_Planeta_ aplicado al doctor. Para él, en su habla bilbaína, los hombres
+se dividían en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de
+utilidad y no tenían mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de
+nada, á los que llamaba _arlotes_. Y luego venían los _planetas_, gente
+simpática y buena, pero sin seriedad ni sentido práctico; los calaveras;
+los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas
+que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian
+el dinero llegando á la vejez sin salir de pobres. ¿Y qué mayor
+_planeta_ que aquel médico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao,
+prefería vivir entre los brutos de las minas?
+
+--¡Ah, _Planeta_!--decía sin soltar á Luis de entre sus brazos.--Lo
+menos hace medio año que no te veo. Y siempre tan loco, ¿verdad? Siempre
+coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho.
+¡Apuesto cualquier cosa á que aún no has reunido mil duros!...
+
+Y reía, con lástima cariñosa, de su querido _Planeta_, al que
+consideraba en eterna infancia, como un niño revoltoso que había que
+dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cariño.
+
+--_Capi_, pues tú tampoco estás muy joven que digamos. Te probaba más el
+mar.
+
+--Tienes razón--dijo Iriondo con melancolía.--¡Si al menos pudiese ir
+todos los días al monte con la escopeta, á cazar _chimbos_!... Pero hay
+que despachar cinco ó seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse
+el mundo y todos trabajamos como negros... Además, nos hacemos viejos,
+Luisillo. Tú olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto,
+cuando tú aún jugabas en Olaveaga en la huerta de tu tío.
+
+Aresti admiraba el vigor del capitán. Estaba en los cincuenta años. Era
+bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia á
+ensancharse, como si fuera á cuadrársele el cuerpo. Su cara se había
+recocido, como él decía, en casi todos los puntos de la línea
+ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su
+barba, en la que sólo apuntaban algunas canas. Tenía las córneas de los
+ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban
+de frente, brillaban con una expresión de bondad. Conocía todas las
+picardías del mundo: había pasado en su juventud por todos los
+desórdenes de las gentes de mar, que después de meses enteros de
+aislamiento y privación sobre las olas, bajan á tierra como lobos. Había
+brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones
+diabólicas de los negros; se había rozado con hembras de todos los
+colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, después de
+una vida de aventuras, notábase en él la honrada simplicidad de esos
+marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos
+cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar
+á contaminarse con ellas, sacudiéndolas apenas vuelven al desierto del
+océano.
+
+El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas
+veces había contado el _Capi_ de sobremesa en casa de Sánchez Morueta,
+con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar
+atención en el entrecejo de la señora que temía á cada instante
+extralimitaciones en el relato. No había mar en el globo en el cual no
+hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde
+el _cachemerin_ al trasatlántico. De joven había hecho el cabotaje entre
+el archipiélago de Luzón y las Molucas. El sultán de allá era gran
+amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese
+entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. ¿Para qué? Con un
+tabaco de Manila podía llevárselas él a todas sin permiso de sultanillo.
+Había trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de
+California; montañas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a
+Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hacía memoria, con
+sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con
+ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que
+los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra,
+gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las
+costas de África con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, sentía
+la nostalgia del azul negruzco e intenso del Océano, del verde luminoso
+y diáfano del mar de las Antillas, de la larga ondulación del Pacífico y
+las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterráneo le
+inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría y Nápoles,
+verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. «Desde Gibraltar a
+Suez--decía--, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en
+el mar, y ahora esperan en los puertos.»
+
+Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la infancia, le había
+proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos
+barcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales de
+su principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeña
+fortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Era
+bilbaíno á la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir
+el domingo con la escopeta al hombro á cazar _chimbos_ en los montes,
+pajarillos de varias clases, que habían proporcionado un mote á los
+hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes
+que no tenía trabajo, á algún _chacolín_ del camino de Begoña á saborear
+el bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país. Sus
+amigos _chacolineros_ pasaban por el despacho para noticiarle
+misteriosamente cuándo se abría pipa nueva.
+
+--Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche á un _chacolín_ de
+dos años.
+
+Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre,
+parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja,
+algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buques
+en las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios que
+importaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos,
+regalo de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que más
+estimaba el capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre se
+estaba preocupando del tiempo.
+
+--Tenía muchas ganas de verte--dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio
+ante la mesa.--¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día en las
+minas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada parece
+que no se dedica á otra cosa. ¡Ay, _Planeta_! Y cómo va á alegrarse Pepe
+cuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes su
+genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por
+ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuanto
+menos se habla, mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, ese
+ingenierete tan simpático que tiene en los altos hornos. ¡Las veces que
+Pepe te recuerda! Un día, hablando de tí y de tus _planetadas_, le oí
+decir. «Ese chico, ese chico debía estar á mi lado».
+
+--Oye _Capi_; ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina? ¿ha metido
+ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?
+
+El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra de
+inquietud. No podía disimular su turbación.
+
+--No sé... la veo poco. Debe estar como siempre...
+
+Y añadió con repentina resolución:
+
+--Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo á mis
+barcos, y fuera de ellos nada me importa.
+
+Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la
+esposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que
+helaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó para
+subir al despacho de su primo.
+
+--Por la escalera no--dijo el capitán.--Sube por ahí: es la escalerilla
+interior y llegarás más pronto. Hasta luego: yo también soy de la
+cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevará en su carruaje.... Si
+estás falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta
+las dos no comeremos.
+
+El doctor subió por una escalerilla de madera con cubierta de cristales,
+que á través de un patio interior ponía en comunicación el entresuelo
+con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con
+mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas
+y taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandes
+libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corrían
+por las cornisas de una á otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban
+relojes eléctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fábricas
+de la casa, adornaban las paredes.
+
+Aresti, después de una corta espera, fué introducido en aquel despacho,
+del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde
+Sánchez Morueta fabricaba raudales de oro con sólo concentrar su
+pensamiento.
+
+--¿Cómo estás, Luis?...
+
+Lo primero que vió el doctor fué una mano tendida hacia él, una mano
+firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de héroe
+prehistórico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo á un
+cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi
+le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conocía la villa entera,
+virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia
+abajo una luz fría. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las
+solapas del traje parecía suavizar los salientes enérgicos de los
+pómulos y las fuertes articulaciones de su mandíbula robusta y
+prominente como la de los animales de presa. Tenía cana la barba, gris
+el pelo y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud, de
+fuerza serena, de energía reposada y tenaz, que se comunicaba á cuantos
+le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la
+naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilio
+que las energías del músculo y del pensamiento, y acababan por
+posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la
+porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia á los
+blasones de armas de la provincia, decía hablando de él: «Mi primo se ha
+escapado del escudo de Vizcaya».
+
+Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento
+y la acción en continuo uso.
+
+Conservó un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujándola
+con sólo un ligero movimiento, y pasada esta efusión extraordinaria en
+él, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto á la mesa
+manejando papeles y hojas telegráficas.
+
+--Siéntate, Luis--dijo como si le diese una orden--acabo en seguida.
+
+Y le volvió la espalda, olvidándolo, mientras el secretario sonreía
+servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias
+reverencias. Aresti conocía de muchos años á aquel hombrecillo que había
+comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza
+de Sánchez Morueta. El capitán le llamaba «el perro de doña Cristina»
+por la protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta con
+que él le correspondía. Aresti despreciábale por las sonrisas con que
+saludaba su parentesco con el amo.
+
+Mientras el millonario leía los papeles, cambiando de vez en cuando
+alguna palabra con su secretario, el médico, hundido en un sillón,
+dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufrían una decepción al entrar
+allí, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente
+Sánchez Morueta. La habitación era sencilla: dos grandes balcones sobre
+la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel
+imitación de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio
+con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos
+se hubiera de dormir. En un rincón, una caja de hierro; en otro una
+antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo
+arqueológico del país, y en las paredes, modelos en relieve de los
+principales vapores de la casa y una enorme fotografía del «_Goizeko
+izarra_» (_Estrella de la mañana_), el yate de tres mástiles y doble
+chimenea, que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, como
+si Sánchez Morueta hubiese perdido su afición á los viajes. Sobre la
+chimenea se alineaban en escala de tamaños, fragmentos pulidos de rieles
+y piezas de fundición, muestras flamantes del acero fabricado en los
+altos hornos de la casa. Un pequeño estante contenía libros ingleses,
+anuarios comerciales, catálogos de navegación, memorias sobre minería y
+metalurgia. El único libro que estaba entre los papeles de la mesa de
+trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el
+_Yacht Register_ de más reciente publicación, como si el millonario
+encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento á
+los potentados de la tierra que más dichosos que él, podían vagar por
+los mares. El despacho tenía el mismo aspecto de sobriedad y robustez de
+su dueño. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo
+sólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los grandes
+buques. Aresti resumía la impresión en pocas palabras; «Allí todo olía á
+inglés.... Hasta el traje del amo».
+
+Al concentrar la atención en su primo, volvía á admirar sus manos;
+aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y pensamiento
+aparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en línea
+recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como
+animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza
+propia para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respeto
+supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se
+entregarían vencidos, anonadados. Nada podía resistir á aquellas
+hermosas garras de bestia luchadora é inteligente. El movimiento de la
+sangre en sus venas de grueso relieve, parecía el latido de un
+pensamiento oculto.
+
+Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con sólo un movimiento todos
+los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande
+hombre indicaron al secretario con fría mirada que podía retirarse á la
+habitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con grandes
+estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de
+mineral bajo campanas de vidrio.
+
+--Don José, un momento,--dijo el hombrecillo;--me permito recordar á
+usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor.
+
+Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclinó
+hacia él, murmurando algunas palabras.
+
+El millonario dudó algunos momentos mirando á su primo.
+
+--Es un favor que te pide Cristina--dijo con alguna vacilación.--Al
+saber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á Begoña para
+ver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita.
+
+Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se
+apresuró á añadir.
+
+--Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis días y que hay que
+tener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho. Es
+una visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado de todos.
+¿Qué te cuesta darlas gusto?...
+
+En su mirada y su acento había tal tono de súplica, que Aresti aceptó
+mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á su
+poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el «hijo favorito de
+la fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.
+
+--Goicochea te acompañará--dijo señalando á su secretario.--Toma abajo
+mi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea. Hasta luego, Luis.
+
+Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si una repentina
+preocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente.
+
+Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido carruaje del
+millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando
+sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niñez.
+Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente
+teñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuesta
+de Begoña. Terminaba el desfile de casas. Ensanchábase el horizonte,
+extendiéndose entre las montañas los campos verdes, y los robledales de
+tono bronceado, interrumpidos á trechos por las blancas manchas de las
+caserías. El sol asomaba por primera vez en la mañana al través de un
+desgarrón de las nubes, y el humo que se extendía sobre la villa tomaba
+una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del
+camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta el
+tradicional _branque_, el ramo verde que indica la buena bebida del
+país. Eran los famosos _chacolines_ con sus rótulos: «Se venden
+voladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería.
+
+Goicochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto al
+primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares
+con cierto entusiasmo.
+
+--Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud...
+los famosos días del sitio. Usted sería muy niño entonces, y ya no se
+acordará.
+
+Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando:
+
+--¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco más ó menos ahí
+estaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de cerca,
+viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los
+centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecían
+lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.
+
+--Usted sería de _los auxiliares_, como mi primo Pepe,--dijo Aresti;--de
+los que defendían la villa.
+
+Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en seguida recobró su
+aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa:
+
+--¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio
+vizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis:
+calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegado
+los ocho hijos que ahora me devoran.
+
+Y como si tuviera interés en que el doctor conociese exactamente sus
+creencias, siguió hablando:
+
+--Por supuesto, que ahora me río de aquellas locuras. ¡Y pensar que en
+Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya
+no soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces expusimos la
+pelleja.
+
+--¿Pues qué son ustedes?...
+
+--¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?... Nacionalistas;
+bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á ser lo
+que fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiénes
+han traído á este país la mala peste de la libertad y todas sus
+impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los _maketos_: y don Carlos
+no es más que un _maketo_, tan liberal como los que hoy reinan, y además
+tiene los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yo
+digo, don Luis. Quédese la Maketania con su gente sin religión y sin
+virtud y deje libre á la honrada y noble Bizkaya.... con B alta ¿eh? con
+B alta, y con K, pues la gente de España para robarnos en todo, hasta
+mete mano en nuestro nombre escribiéndolo de distinta manera.
+
+Y con el índice trazaba en el espacio grandes _bes_ para que constase
+una vez más su protesta ortográfica.
+
+El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía el camino en medio de
+una paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes edificios de
+reciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de órdenes
+antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señoras
+ricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á parar
+una parte no pequeña de las ganancias de las minas. La limosna
+cuantiosa, y los legados testamentarios cubrían de conventos ó iglesias
+aquella parte del monte Artagán. El silencio monacal, que parecía
+extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que
+exhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la fiebre de
+los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las
+torrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: se
+entreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil,
+blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciado
+por este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandes
+católica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus
+beguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles alas, como mariposas
+de nieve.
+
+Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don
+Tomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en otros tiempos
+confesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un justo si
+la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la iglesia
+de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la República
+de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.
+
+Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver á
+éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidad
+de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado más de
+una vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos cierta
+esperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había
+ensalzado tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podía
+acostarse; se ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de su
+dolencia. Tenía enfermo el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Por
+más que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su
+astucia aguzada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio, entre
+aquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo.
+
+--¡Lo mismo que los otros!--gimió.--¡Ay Virgen de Begoña!... ¡Virgen de
+Begoñaaa!
+
+El acento desesperado con que llamaba á la Virgen, revelaba el egoísmo
+de la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando un milagro,
+con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas
+las leyes de la existencia.
+
+Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al templo y se descubrió
+como si le pesara volver á la villa sin saludar á la imagen.
+
+--Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis? Nos queda tiempo
+de sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la Virgen desde que
+le coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita. Entremos y yo
+pediré un poco por el desgraciado don Tomás.
+
+Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde que era niño, y le
+interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos de
+abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante
+las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país
+hostiles á la nacionalidad española y á sus progresos.
+
+Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas
+las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario,
+amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después de la
+misa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de
+anteiglesias, en época de fueros.
+
+Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el
+altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devoción
+compungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Los
+reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su
+atención. Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de San
+Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para
+las señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañeros
+de oficio adornan un dormitorio ó un _budoir_. El gusto artístico del
+jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gótico
+sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras
+pendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas
+peregrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en
+vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de
+la Virgen.
+
+Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared, á
+la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera,
+representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar con los palos
+rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco
+desmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risa
+como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos
+el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran
+votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones
+vizcaínas, por haberlas salvado la imagen de Begoña de espantosas
+tempestades. Los cuadros más antiguos y borrosos representaban
+bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre las
+olas, flotando entre estas algún mástil roto: los más modernos eran
+vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta
+barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge
+siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que
+siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.
+
+Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, hablábale al
+oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa.
+
+--Mírela usted--decía señalando á la imagen.--¡Qué hermosa es! ¡Y qué
+bien le sienta la corona!...
+
+Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra», como decía él en sus
+cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea,
+como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros. La
+cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada como un
+globo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto de
+toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas
+arrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese
+aumentar la hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre el
+pequeñuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.
+
+--Cuántas joyas ¿eh?--murmuraba con entusiasmo Goicochea.--Esto sólo se
+ve en este país. Aquí hay religión y riqueza.
+
+El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de las
+minas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria á aquellos
+regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos,
+sobre un madero tallado.
+
+--¡Si usted hubiese visto el acto de la coronación!--continuó la voz de
+Goicochea con sordina.--Aún me estremezco de entusiasmo recordándolo.
+Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince días de
+peregrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por aquí:
+peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir,
+peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos al
+frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, y
+de padres jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence:
+diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como Señora de
+Vizcaya. Fíjese usted bien.... _¡Señora!_ Vizcaya sólo ha tenido
+Señores. Hasta Dios es para nosotros _Jaungoicoa_ ó sea «Señor de
+arriba.» Eso de reyes y reinas es cosa de los _maketos_. Desde el día de
+la coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestras
+cuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre.
+La cosa fué conmovedora: como organizada por los principales del
+partido.... Pero vámonos, que aquí molestamos hablando.
+
+Goicochea salió del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos
+aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.
+
+En el porche de la iglesia continuó dando expansión á su entusiasmo.
+
+--¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le enternece eso?...
+
+--Sí--dijo Aresti con gravedad.--A mí me conmueve la piedad de los
+hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á la
+Virgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado.
+Gran cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los días
+á marineros ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no son
+nada, y se salvan á pesar de no tener una Virgen de Begoña á quien
+recomendarse. Además, vaya usted á saber los vizcaínos que se habrán
+ahogado después de implorar á la Virgen. Esos no han podido venir aquí á
+contarlo.
+
+El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado al
+médico.
+
+--Don Luis--dijo con acento dulzón.--No empiece usted á soltar de las
+suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de
+la Virgen, y que ésta le castigará.
+
+--No; yo no me burlo de la fe--dijo Aresti.--El hombre es naturalmente
+cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus fuerzas; basta
+que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me
+acuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas,
+un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de
+burlarse de la idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes.
+Un día, un peón despedido por él del trabajo, le dió una puñalada de
+muerte. Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió en
+lloros y aclamaciones á la Virgen, lo mismo que don Tomás. Se agarró á
+la misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo. Llamaba á la
+Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle.
+
+--¿Y llegó á salvarse?--dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un
+milagro.
+
+--No; murió á las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado á
+nadie.
+
+Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la
+conversación.
+
+--¡Qué hermosa vista!--dijo señalando la parte de la villa que se
+alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas
+de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.--Esto es
+el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí!
+¡Cuánta riqueza!...
+
+Luego, añadió en tono confidencial.
+
+--Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es
+imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro
+sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos,
+de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quien
+más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no se
+necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo
+tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay
+más que Vizcaya y su _Señora_ santísima. Pregunte usted si quieren
+volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los
+he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y
+ahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas
+que en su juventud cogieron el fusil. _Necuacuam_, ninguno sueña
+remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera
+existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las
+cosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos
+el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos
+importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encima
+de la Patria y del Rey.
+
+Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse
+ante su gesto.
+
+--A ver: siga usted, señor Goicochea,--dijo el doctor.--Me interesa eso,
+pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de ser
+nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se
+emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus
+_guiris_, sus _ches_ de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil
+como en otros tiempos.
+
+Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que
+había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles,
+llamados _ches_ en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que
+componían la guarnición durante el sitio.
+
+--Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena
+dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á España
+las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremos
+como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por el
+Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo
+entiende: allí se prepara el porvenir.
+
+Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatas
+alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario,
+para él, de la sabiduría humana.
+
+--Pues hay para rato, señor Goicochea--dijo el médico saliendo del
+porche en busca del carruaje.
+
+--No diré que no, don Luis. Nuestra redención es algo difícil por la
+continua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbres
+de España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar y á hacer
+fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.
+Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los
+apellidos vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos el
+vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha
+traído la prosperidad. Pero todo se andará. Yo pienso lo que García
+Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, según cuentan los padres de
+Deusto, fué el estadista más grande del siglo. ¿Sabe usted lo que dijo
+al recibir la puñalada que lo mató? «Dios no muere nunca».... Pues eso
+digo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor que siente
+hacia su santísima madre, es su hija predilecta.
+
+Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció amoscarse por la
+mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que
+acogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez Morueta;
+pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía cierta
+repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de
+impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír
+una misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conducta
+proporcionaba á la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la
+influencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éste
+las acompañase alguna vez á la iglesia. ¡Que hombres los dos! ¡Imposible
+parecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...
+
+A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el coche, camino de Las
+Arenas con su primo y el capitán Iriondo. Goicochea, invitado también á
+la comida de familia, había salido antes en el tranvía.
+
+--Tú no descansas--decía el médico á su primo,--¡todos los días Las
+Arenas á Bilbao!
+
+--Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría meses
+enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las
+mañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandar
+que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en
+el jardín, oyendo á Pepita que toca el piano.
+
+--¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz--exclamó el médico.
+
+Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en sus
+palabras cierta ironía.
+
+--Sí: la vida de familia--dijo.--Es la que más me gusta. Lástima que en
+este Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de influencias
+extrañas. Tú bien lo sabes, Luis.
+
+Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, como
+sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje
+los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba la
+aristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de la
+Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ría
+sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veía
+ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que había
+admirado por la mañana en el tren.
+
+Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su
+mutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria: allí
+habían nacido los tres.
+
+Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas á sus
+compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.
+
+Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al señor Juan Sánchez, el
+padre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador
+obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó á
+todos del bajo fondo social en que habían nacido. No era del país: había
+llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en
+Olaveaga como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que tenía
+varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y
+flores á Bilbao. Fué una vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á la
+ría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus _aguaduchos_ ó
+avenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos que
+hacían zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y
+las gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y de
+maderas, necesitando, para esta conducción, de hombres expertos. Ir de
+Bilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo osaban emprender los
+atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban _carrozas_. La
+góndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la única
+embarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los gabarreros,
+intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente, y
+Olaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á las
+casas más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamás
+había averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos
+de la ría ó en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, y
+siempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le
+llamaban á él. Así fué reuniendo una fortuna para su hijo único, que
+andando el tiempo había de ser el famoso Sánchez Morueta. En aquella
+época, el futuro millonario iba todas las mañanas al instituto de
+Bilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería marino, pero de los
+de altura, para navegar y comerciar en grande, á través de todos los
+mares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho de
+su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión,
+seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño
+entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti,
+hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de
+hortelanos, se habían unido con hombres de mar; pero la casada con el
+gabarrero, tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró de
+Chomín Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo, que navegaba por el
+Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto á
+perecer en un día de galerna. A los ocho años de casados, ocurrió la
+catástrofe. Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando en
+brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba
+con asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los
+rincones de la casa de su hermana.
+
+--No te apures, mujer--decía el señor Juan.--Otras están peor que tú,
+que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de hambre, ya que
+según parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo,
+que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico.
+
+Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándole
+hijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no poder llevar
+en sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan alto
+como él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal á
+su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en la
+gabarra ó por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano,
+acariciándolo como si fuese un nuevo hijo.
+
+Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y Sánchez Morueta fué
+para él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para el
+pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia.
+
+Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis, dejándolo en las
+banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores la cuenta
+de sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas, cantándole
+los viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole patrañas
+que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría
+histórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo
+habían fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicas
+de Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qué
+nombre dar á su aglomeración de chozas. Un día, por divertirse,
+arrojaron al Nervión un botijo vacío. _Bil, bil, bil_ cantaba el agua al
+penetrar en él y cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro
+_bao_. Los pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarrero
+miraba al pequeño y á las dos mujeres que le escuchaban atónitas,
+admirando su sabiduría del pasado.
+
+El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que había
+terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino,
+se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al poco tiempo, no
+satisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se quedó en
+Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína.
+
+Su madre murió de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un
+surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niñez, y que su
+marido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del mundo,
+morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al
+mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió más
+unido á su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: la
+ría ofrecía cada vez menos alicientes para él.
+
+Comenzaba á despertar la explotación de las minas y se hablaba de
+limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vapores
+llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Y
+descuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante el
+porvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el
+pueblo, no tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus
+progresos.
+
+--¡Diablo de rapaz!--decía hablando de él con los viejos camaradas de la
+ría.--¡De dónde habrá sacado tanto talento! ¡Nadie hubiera dicho que de
+aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!...
+
+Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas, cuando le
+hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tenía á los
+señores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los catorce
+años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿qué
+quería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abierta
+para costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser Sumo
+Pontífice. Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico?
+¿quería ser médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado el
+gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin ¡vaya por
+la medicina! Y como puesto á hacer las cosas había que hacerlas bien, le
+enviaría á estudiar á Madrid. No reparaba en gasto más ó menos. Para eso
+había trabajado él, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que,
+con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le habían
+conocido descalzo y despechugado, remando en la ría, entregarían las
+vidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo á
+todas horas «señor doctor».
+
+Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de la
+familia, el tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad á Sánchez
+Morueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga. Venía á la
+conquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes que
+los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero.
+El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia
+abaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y
+ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellas
+montañas un período de explotación loca, de rápidas fortunas: el que
+primero se apoderase del mineral sería rico como un príncipe. Dinero...
+necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo
+entendió; pero tenía fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad,
+aquel pensamiento siempre reconcentrado y en función: y le entregó sus
+ahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construido
+imitando á las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.
+
+Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Morueta, aquella
+transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos,
+las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para
+enriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve
+estremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de la
+montaña. Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el
+llamado _campanil_, que era el más rico, allí ponía sus manos de
+vencedor, diciendo: «Esto es mío». Compraba minas para venderlas al mes
+siguiente á los ingleses que llegaban detrás de él. Tenía en el abra los
+vapores á docenas, cargándolos de aquellos terrones rojos que eran como
+oro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con admiración: sonaba su nombre
+á todas horas. Mientras los demás dormían, él había visto claro; cuando
+la gente comenzaba á despertar, ya era él millonario. Tras sus espaldas
+de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y
+tardíos buscadores de la fortuna.
+
+«Tu primo está loco--escribía el señor Juan á su sobrino.--Esto es un
+escándalo; los millones entran en casa como una inundación. Ahora habla
+de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral
+á Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión,
+que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡qué
+sé yo cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puede
+durar».
+
+Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y la madre de Luis
+vivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un
+batallón de empleados, sirvientes y parásitos. Una vida de abundancia y
+de movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos en sus
+huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los
+montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además,
+el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer
+dignamente los honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una
+_señorita_ de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y
+temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que
+Sánchez Morueta había tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivía
+estrechamente de las flacas rentas de algunas caserías: nobleza agrícola
+que hacía remontar sus blasones á los tiempos casi fabulosos de Vizcaya,
+á _Jaun Zuria_ el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa
+fortuna del hijo del gabarrero, había accedido á emparentar con él.
+Sánchez Morueta, casi al día siguiente de la boda, había continuado su
+vida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer,
+de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo ante los dos
+ancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos
+criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las
+iglesias y las visitas á las principales familias de Bilbao. La
+satisfacción de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia
+de las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en
+el matrimonio.
+
+Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su carrera, ocurrió la
+muerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado de la fortuna
+de su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala
+suerte, repitiendo tenazmente que «aquello no podía durar». Al
+presentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con su
+gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias como
+á los triunfos. Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con
+que le apretó sobre su pecho, fueron las únicas muestras de emoción por
+la muerte de su padre.
+
+--Luis--dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,--sigue tu
+carrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles ante los
+gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu
+padre.
+
+Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en el
+Barrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los más
+célebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antes
+que él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su
+prestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de
+pariente de Sánchez Morueta.
+
+Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos
+hornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral de Vizcaya
+monopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos, embriagándolo
+con la borrachera de la fortuna.
+
+La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París: había
+languidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que la
+asustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se
+instaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por los
+cuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. La
+acompañaba tardes enteras hablándola de París, la famosa ciudad del
+pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo
+había entrevisto en un rápido viaje de bodas. De toda la familia del
+marido, Aresti era el único que lograba despertar en ella cierta
+simpatía. Además, Sánchez Morueta siempre estaba ausente; sólo le veía
+por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su
+pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, se
+enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba
+consejos acerca de vestidos y joyas, recordando _in mente_ sus tratos
+con ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, y
+halagaba su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de
+Bilbao.
+
+Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando á
+éste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando, sin darse cuenta
+de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadores
+que el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios, según
+Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco
+en Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas,
+sin separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y para
+esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la
+tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones,
+se dedicó á proponer á Luis todas las jóvenes casaderas que conocía,
+enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor.
+
+Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le convenía como la pequeña
+de Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana,
+emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas,
+aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había gastado
+mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las
+familias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto la
+diferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocracia
+antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hija
+de la fortuna, á la cual se había dignado descender.
+
+Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña de Lizamendi no le
+parecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el
+doctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el
+salón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados consejos de su
+prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila de
+Sánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala _proporción_ la de
+Lizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia de
+familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la
+profesión, encontrando, al volver á casa una boca sonriente que le
+besase, unos brazos que vinieran á sorprenderle con repentina caricia,
+mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien veía él que
+Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la
+mayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin más
+horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias á la
+iglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría á su imagen y
+semejanza. ¡Infeliz doctor!...
+
+Al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente,
+burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer! ¡Transformarla!....
+Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer aplastado en
+el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas. Se
+casaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no quería
+separarse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba un
+hombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estaba
+enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba á
+todas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por
+fundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado, y que
+una vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida de
+visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la
+otra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras el cual se ocultaba la
+esposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo nuevo que no era
+de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia
+disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción.
+Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre
+jesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban á
+Luis, con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir
+gratuitamente á los elegidos del Señor. El médico racionalista se veía
+convertido por su familia en un trotaconventos, curando á gentes que
+insultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión de
+darle las gracias echándole en cara su falta de religiosidad. ¿Dónde
+estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? ¿Dónde
+aquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con su
+dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?...
+
+Aresti, á los dos años de casado, adquirió la convicción de que su
+esposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la certidumbre de que
+ella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el padre de
+moda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entre
+mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á los
+negocios y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones de
+su vida. Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su
+mujer extrañas influencias que venían de fuera. En su casa, á solas con
+Antonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que le
+espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que á cada arranque de
+pasión parecían interponerse entre su mujer y él.
+
+--¿Por qué estás siempre leyendo?--preguntaba á veces la joven.--¡Ay,
+esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría!
+
+Con frecuencia, echábale en cara su falta de religiosidad; le oía con
+sonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos científicos, pensando en
+los fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella ciencia
+malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le herían
+menos en sus ilusiones. ¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía en
+París, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se
+acentuaba entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos
+de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias ó las
+artes, pero que en presencia de los señores recobraban su humilde
+condición, y seguían siendo esclavos.
+
+Al intentar una débil protesta, se aterraba apreciando la separación
+moral que existía entre él y su mujer.
+
+--Nosotras somos así--decía con altivez.--Cada uno es como se ha
+educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.
+
+La madre y la hermana iban más lejos.
+
+--Nosotras somos las de Lizamendi--le decían con arrogancia.--¿Y quién
+eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría.
+
+Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un
+abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separación
+de lo que él consideraba su familia.
+
+¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatua
+fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupaciones
+religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis--decía su
+esposa--mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer
+examen de conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía
+hasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era
+suya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en una
+especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas
+conocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas
+que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la
+Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis!
+¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á la
+Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notaba
+en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez
+estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba
+sus acciones.
+
+Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la
+cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio
+hostil de su mujer.
+
+--¿Pero quién eres tú?--le dijeron un día.--Un pobretón que, aunque
+ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre
+en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves para
+otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de
+filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero
+como tu primo Sánchez Morueta!...
+
+Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por más
+tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada
+sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.
+
+Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á las
+minas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna,
+salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no!
+Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas
+humillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer
+dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos.
+Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, para
+justificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de su
+carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.
+
+Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió toda
+relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar así
+á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción
+como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez
+Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su
+propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa
+se contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua
+amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao,
+sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.
+
+Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las
+Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrina
+Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en
+estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en
+apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como
+avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos
+religiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de la
+ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las
+tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irónicamente
+«la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las
+asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas,
+en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.
+
+Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su
+primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco era
+dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa,
+para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su
+hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el
+dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de
+humillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin
+regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba
+obligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amargura
+del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría
+momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograba
+ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.
+
+El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores que
+esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dormían en las
+aguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo.
+En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de
+Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para
+resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. El
+millonario lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme y
+gallardo, una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida del
+mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias
+y preocupaciones terrestres.
+
+Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte
+con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos
+hornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, sus
+numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los
+extensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros.
+Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el
+martilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de los
+convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su
+chorro de chispas y escorias.
+
+Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era obra de su primo!
+
+--¡Qué hermoso!--exclamó dando con el codo al millonario y mostrándole
+sus fundiciones.--¡Y pensar que de pequeño has correteado entre los
+chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. ¿Hay alguien más
+feliz que tú?...
+
+Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con inquietud, como si
+temiera que se burlase. Después añadió con voz lenta:
+
+--Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A
+mí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve....
+Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.
+
+
+
+
+III
+
+
+Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta por ser sus días. No
+estaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y su
+hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitán
+Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero
+director de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctor
+Aresti y Fermín Urquiola.
+
+Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de
+la señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran simpatía. Era
+un antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar la
+Universidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismo
+que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba
+á sí misma distinguida, admirábale por su fuerza muscular y el
+entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era
+el organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones piadosas.
+Su ideal consistía en tener á los _liberalitos_ en un puño y no dejar
+que las gentes de la Maketania se apoderasen del país. Pasaba en Bilbao
+por ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchas
+electorales, se le veía con la boina sobre los ojos, empuñando un enorme
+garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La
+rizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros de
+bohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las
+hacía recordar la cara adorada de su ídolo.
+
+--¡Se le parece al señor!...--murmuraban.--Tiene toda la cara de don
+Carlos.
+
+Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la más
+leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso de
+entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos del
+fugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra,
+apenas si le había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se
+ayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao,
+que veían en él un acabado ejemplar de la juventud sana educada en
+Deusto. Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la misma
+violencia de su partido cuando se batía en los montes. Por las noches
+mezclábase en los escándalos de ciertas casas del barrio de San
+Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices
+mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda
+sobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigos
+tenían fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendo
+benévolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:
+ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.
+
+Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto, pero no osaba
+manifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que parecía
+orgullosa de su sobrino.
+
+--Este animal viene indudablemente por Pepita--decía Aresti, á quien
+interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad.
+
+Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las insinuaciones de la
+madre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero de los altos
+hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían
+intimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudiera
+molestar á sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que
+proyectaban los padres de la Compañía para entretener y conservar bajo
+su dominio á una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos
+temas, la joven se alejaba de él y permanecía silenciosa, como
+abroquelada por la instintiva repulsión que parecía inspirarle el famoso
+discípulo de Deusto.
+
+Aresti veía en su sobrina la niña rica de las familias de su tierra;
+educada primero por las monjas y dirigida después por el confesor hasta
+en los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad adormecida,
+y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativa
+propia.
+
+El doctor reconocía que no era gran cosa como mujer: la alegría de la
+juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de
+muchacha sana en la que todos los encantos femeniles están aún
+recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma
+definitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueleto
+fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus
+brazos delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primera
+evolución de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el
+bienestar, guardando aún los signos de su origen.
+
+Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recién
+creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo
+y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la
+envidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como su
+padre, cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas ó
+asistía por las tardes á las conferencias de las Hijas de María. Los
+jóvenes salidos de Deusto hablaban con fruición de ella y de los
+millones del padre. «¡Qué magnífico bocado!» Y cada uno acariciaba la
+posibilidad de que le tocase la lotería del matrimonio, en un país donde
+casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios
+vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de
+algún padre jesuíta.
+
+La comida deslizábase placenteramente. Todos sentían la dulzura del
+bienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor, al que daban,
+el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión de
+suntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucían
+su brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por las
+vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento,
+las verdes copas de los árboles del jardín. La mesa era servida por
+criadas jóvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y
+rojas como melocotones, daban una impresión de perfume primaveral
+semejante al de las flores que adornaban la mesa.
+
+Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía mucho tiempo que no la
+había visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de Lizamendi; ni
+una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la visita que
+por la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola, encontraba
+en ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se había
+cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en él
+cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual
+recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella
+los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de
+la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.
+
+--Esta se entrega--pensaba Aresti.--Huele á incienso como las otras.
+
+El médico atraía las miradas y las preguntas de todos los convidados.
+Era un original que despertaba interés, viviendo como un solitario en la
+montaña, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con
+cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á Aresti
+como si fuese un viajero de vuelta de una exploración por países
+salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se
+presentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía para
+enriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomaban
+alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de
+trabajo rudo y aquellas _chabolas_, donde dormían amontonados los
+hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias
+con tocino, sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecía
+más hermoso, y sonreían al desfile de manjares, á las _angulas_ del
+país, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platos
+extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á la
+fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tenía delante, y
+en las cuales iban cayendo los vinos más diversos, desde el _Tokay_ y el
+_Chablis_ del principio de la comida, hasta el _Cordón Rouge_ y el
+_Pomery_, que servirían al final.
+
+Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el
+café ó en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud
+piadosa y elegante que le tenía por capitán. Él no era enemigo del
+pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre
+escribía encíclica sobre encíclica en favor de los obreros. Pero el
+pueblo era para él, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con
+el cura y el señor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen
+á él las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas
+costumbres, sin más diversión que bailar el _aurrescu_ los domingos y la
+_espata danza_ en las fiestas del patrón, ni otros vicios que empinar un
+poco el codo en las romerías. Aquella gente vivía feliz en su estado,
+sin soñar en _repartos_ ni en revoluciones; antes bien, dispuesta á dar
+su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen á él del
+populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las
+provincias, _maketos_ llegados en invasión, trayendo con ellos lo peor
+de España, contaminando con sus vicios la pureza del país; siempre
+descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los
+ricos y comparando su miseria con el bienestar de los demás, como si
+hasta en el cielo no existiesen categorías y clases.
+
+Y ante la mirada acariciadora de su tía, que admiraba sus ardorosas
+palabras, continuó el fuerte discípulo de Deusto:
+
+--Los míos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y demás
+zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi
+todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansía bajar un
+día á Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos á tiros.
+
+Aresti volvióse hacia su primo, que comía silencioso, lanzando alguna
+que otra mirada al sobrino de su mujer.
+
+--¿Qué te parece, Pepe, cómo piensan estos jóvenes?
+
+Y encarándose con Urquiola, le dijo con una timidez irónica, dando á
+entender su deseo de rehuir discusiones con él.
+
+--Pues esa pillería venida de... España; ese rebaño _maketo_ y pecador,
+es el que trabaja y da prosperidad á Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo
+en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral ¿qué sería de esta
+tierra? Los buenos, los del país, no hacemos más que vigilar su trabajo
+y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aquí antes que ellos
+llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados á
+América para mantener á los blancos. Vienen empujados por la miseria, y
+ya que no podemos agradecer su sacrificio con el látigo, les pagamos con
+malas palabras.
+
+Urquiola encabritábase ante las palabras desdeñosas del doctor.
+Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneración: la prueba
+era que no ahorraban, que no hacían el menor esfuerzo por salir de su
+estado.
+
+--¡El ahorro!--exclamó Aresti.--¡Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos
+cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma
+clase que les explotan en el alimento y en la casa!...
+
+--Eso no--intervino Sánchez Morueta, con autoridad.--Ya sabes, Luis, que
+no estoy conforme con tus ideas. El obrero español es víctima de la
+imprevisión. En otros países es distinto: el trabajador se forma un
+pequeño capital para la vejez...
+
+--¡Bah! En otros países ocurre lo que aquí. Y lo que hace que el obrero
+moderno sea rebelde y se entregue á la lucha de clase, es la convicción
+de que, por más que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldrá de su
+miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de
+trabajo rudimentario, de industria doméstica, aún podía soñar con
+hacerse patrono; podía con sus ahorros adquirir los útiles necesarios y
+convertir su casa en un pequeño taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que
+ayune un obrero tuyo, amasando céntimo sobre céntimo, ¿llegará á ser
+accionista de tus fundiciones? ¿podrá adquirir un pedazo de las minas,
+con todo el material necesario para la explotación?
+
+--Eso está bien--arguyó Urquiola con acento triunfante.--Este doctor
+dice á veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos
+tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que
+volver á la época en que no había progreso y los hombres vivían
+tranquilos.
+
+Sánchez Morueta miró al joven con unos ojos que alarmaron á doña
+Cristina, haciéndola temer por su sobrino.
+
+--Eso es una majadería--dijo con calmosa gravedad.--Eso sólo puede
+decirse á la salida de Deusto. ¡Suprimir el progreso porque trae algunas
+complicaciones!...
+
+Y aquel hombre siempre silencioso, habló lentamente, pero con gran
+energía. Era un admirador religioso del capital. Aresti conocía su
+entusiasmo frío y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los
+descubrimientos industriales, había revolucionado el mundo. El
+millonario era á modo de un poeta del capital, y sacudiendo su
+ensimismamiento, rompió en un himno á aquella fuerza casi sagrada,
+puesta en manos de contadísimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que
+era un auxiliar indispensable, sufría crisis y miserias, ¿pero por esto
+había que renegar del progreso, legítimo hijo del capitalismo
+industrial? La gran revolución moderna era obra de la religión del
+dinero, en la cual figuraba Sánchez Morueta como el más ferviente
+devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, había multiplicado
+los productos, y disminuido su valor, poniéndolos así al alcance de la
+mayoría, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba
+de comodidades que no habían conocido los ricos de otros tiempos. El
+capital al servicio de la industria había civilizado territorios
+salvajes, había destruido fronteras históricas, estableciendo mercados
+en todo el globo: él era quien surcaba las tierras vírgenes con los
+rails de los ferrocarriles, quien removía los mares para tender los
+cables telegráficos, quien ponía en comunicación los productos de uno y
+otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las
+grandes hambres que habían hecho rugir á la humanidad en otros siglos.
+Los poderes históricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los
+reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de
+guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes
+ejércitos, tenían que mendigar en sus apuros á los capitalistas ocultos
+en sus escritorios. Detrás de los imperios victoriosos estaban ocultos
+los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo á
+la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran república de los
+capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, dueña de
+la suerte del mundo. Y lo que más entusiasmaba á Sánchez Morueta, en
+esta secta oculta de universal poderío, era que sólo á la capacidad le
+estaba reservado entrar en ella. La jerarquía industrial no era como las
+dominaciones sacerdotales ó guerreras del pasado, en las que se figuraba
+sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de
+capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo,
+aprovechando los residuos de su desgracia, venía á iniciarse en la
+poderosa secta. ¿Dónde encontrar una institución tan grande y poderosa y
+á la par tan _democrática_ y modesta? ¿Y había locos que pedían la
+muerte ó la modificación de una fuerza que había transformado la
+Tierra?...
+
+Aresti protestó. Él reconocía las grandezas del régimen capitalista, las
+ventajas sociales que había reportado á la humanidad con el auxilio del
+trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios.
+Pero el trabajo ¿veía recompensados igualmente sus esfuerzos? ¿No se
+encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse á
+principios del siglo XIX la gran revolución industrial?
+
+--Eso es un error, Luis--dijo el millonario.--El trabajo está mejor que
+nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el
+interés del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones
+obreras el tipo de los jornales.
+
+--¡Bah!--dijo el doctor con gesto de desprecio.--¡El aumento de unos
+reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada
+sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal
+equilibrio, aumentándose el precio de los productos, y el trabajador,
+con más dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios
+de postura, creyendo engañar con ellos á la enfermedad. Al trabajador de
+nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en
+esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el
+sitio que le corresponde, ser dueño de lo que produce.
+
+Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor.
+Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el único que
+sonreía con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella
+cuestión.
+
+Doña Cristina, temiendo que la polémica acabase por turbar la placidez
+de la comida, intervino, preguntando á Aresti por sus amigos de
+Gallarta. Pepita apoyó á su madre. La gustaba conocer las
+excentricidades de aquellos contratistas que no sabían en qué emplear su
+riqueza. Reía con alegría de niña educada aristocráticamente, al
+enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la víspera,
+que, no hacían más que seguirlas huellas de su padre.
+
+Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave ironía, describió los
+banquetes pantagruélicos de las minas, con sus lluvias de _Cordón
+Rouge_. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos
+originales aquellos ricos, que aún guardaban la boina y los zapatones
+del obrero. Bajaban á la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes
+de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo más extravagante y
+chillón, todo lo que en almacenes y tiendas no sabían á quién colocar;
+muebles complicados y bizarros que se cubrían de polvo de mineral, sin
+que sus dueños osasen acercarse á ellos, por miedo á deslucirlos. Cada
+vez que el doctor, después de una visita, quería lavarse las manos,
+quedaba asombrado ante las toallas con más colores que el iris, y las
+pastillas de jabón en forma de tigre ó de lagarto que parecían
+fabricadas para reyezuelos del África. Todos se extasiaban ante el
+asombro del médico, aceptándolo como una admiración muda. Algunos, como
+recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual
+si fuese un tesoro. Realizaban la ilusión acariciada tantas veces en su
+época de pobreza. «Pruébelo, doctor: es de lo más selecto de la Rioja: á
+tantos duros la arroba.» Otros se cubrían de brillantes las manos y el
+pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si
+fuesen animalillos delicados y frágiles que al menor roce se podían
+desvanecer. No osaban rascarse porque, según ellos, el pelo rayaba y
+deslucía las joyas.
+
+Y en su vida monótona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin
+otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un
+nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educación de los hijos. Los
+enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen á los
+señores de la villa. Los padres los querían ingenieros, como los
+ingleses que venían á explotar las minas: las madres los soñaban
+elegantes, y de cuerpo delicado, como los señoritos que hacían la parada
+en la acera del _boulevard_ del Arenal. Unos enviaban sus hijos á
+Francia; otros á Suiza; el vecino de más allá, guiado por el deseo de
+excitar la envidia del compañero, empaquetaba su descendiente para
+Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvían de allá
+revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haciéndose admirar
+por los trajes, y asombrando á sus madres con la costumbre del _tub_,
+del baño diario, del duchazo á cada momento, lo que escandalizaba á unas
+gentes que en su juventud dormían vestidas. Pero los instintos
+hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoños de la montaña:
+resucitaba en ellos el gusto á la antigua vida y poco á poco abandonaban
+los trajes exóticos, agarraban la escopeta y volvían, como sus padres, á
+las comilonas, á la caza y hablar de ganancias de miles de duros,
+acordándose de su educación extranjera como de un sueño.
+
+La apuesta era la pasión más vehemente, el placer más vivo de los ricos
+encerrados en la montaña. Las pruebas de bueyes y los desafíos de
+barrenadores hacían que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto á
+la fuerza, la adoración á la brutalidad, con todos los encantos del
+juego de azar. Tenían en las minas mozos hábiles en el manejo del
+barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero ó
+un pelotari famoso. En Gallarta había un jayán, vencedor en todas las
+apuestas, que los contratistas llevaban á sus cenas, cuidándolo como si
+fuese una mujer amada, tentándole los músculos para apreciar si su vigor
+decrecía, engordándolo á todas horas con champagne y fiambres, con igual
+mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos á las
+gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipúzcoa, llevando en
+triunfo á su barrenador favorito, para que luchase con los más fuertes
+de otras comarcas. Ofreciendo los billetes á puñados, seguían durante
+horas enteras el jadear de su ídolo, atacando con el hierro la piedra,
+hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando
+victoria más por el orgullo de la clase que por las ganancias de la
+apuesta.
+
+Todo les servía para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba á
+manos llenas. Se valían para sus porfías lo mismo de la voracidad de los
+perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes
+habíanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que aún hacía reír
+al doctor. Tratábase de saber quién sería capaz de tragarse más sopas de
+leche, si los galgos enjutos é insaciables de uno de los contratistas ó
+los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estómago
+sin fondo, que nunca creían llegado el momento de levantarse de la mesa.
+Toda la gente desocupada del distrito acudió á presenciar el
+espectáculo. Se depositaban á puñados los billetes de Banco, como si
+fuesen retazos de papel sin ningún valor; unos por los perros, otros por
+los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y
+el rebaño miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto,
+ante las rojas trincheras.
+
+--Las sopas de leche se servían en cubos--continuó Aresti.--Los galgos,
+en un momento, ¡zás, zás!, se las tragaban sin pestañear; lo mismo que
+si le echasen cartas á un buzón. Los jayanes comían lentamente, sin
+mostrar prisa. Así estuvieron varias horas....
+
+--¿Y quién ganó?--preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la
+estúpida apuesta.
+
+--¿Quién había de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo
+después con su filosofía de palurdo: «Estaba seguro de mis muchachos: el
+animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere más, y el hombre,
+como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente». Y no
+se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y á los pocos
+días, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompañó
+cantando hasta el cementerio.
+
+A pesar de este final triste, los convidados de Sánchez Morueta reían,
+encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.
+
+Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida. El capitán Iriondo
+después de brindar por su principal y amigo se despidió, alegando que
+tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fué con
+él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una
+habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.
+
+Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, harían música.
+Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna canción vascongada
+de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del
+ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á llegar hasta el
+comedor las escalas y arpegios del piano.
+
+Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión,
+mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al jardín. La
+tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en
+las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el
+jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido
+de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las
+verjas.
+
+El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el
+único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cariño le echó
+sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el día,
+que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete
+con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El cariño
+á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena
+digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos
+bondadosos é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya
+para romper á hablar.
+
+--Vamos, desembucha--dijo el médico alegremente.--Ya sé que soy tu
+confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisión de
+palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma, como
+diría uno de esos curas, amigos de tu mujer.
+
+Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de
+extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un momento
+alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de
+coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas
+ocupaciones! ¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la
+montaña, donde todos le pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la
+servidumbre de la riqueza, á vigilar y ordenar la llegada de aquel
+chorro de dinero que se metía por sus puertas sin desviar su curso, se
+aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada
+espera, que es el más triste de los fastidios.
+
+Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal.
+Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
+fecundarla con ardorosa violación. _Había llegado_ como los políticos
+célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
+conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos,
+aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre
+tenían la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la
+combinación política del día siguiente, en la obra artística, que les
+bullía en la imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al
+ir á darla forma. Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de
+su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre. Había querido
+ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un
+rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y
+perenne. ¿Para qué quería más? Establecía nuevas fabricaciones, y, al
+poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante.
+Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe
+la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él;
+estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus
+brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.
+
+Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si las huelgas cerraban
+momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes
+mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en
+distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el
+prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un
+aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde
+revolotean libres los pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba
+el mar, y tenía casi á la puerta de su casa un palacio flotante, el
+yate, cuya fotografía publicaban los periódicos ilustrados para envidia
+de los infelices: pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver
+llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia; se
+aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos, haciendo
+vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija
+no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas
+estancias en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera,
+guardando una instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña
+y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.
+
+El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con
+brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su fortuna, y ahora se
+debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y
+descansar.
+
+No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguiría
+viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la
+fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir
+la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que
+estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído
+encontrar remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la
+construcción; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas
+de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los
+cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado; encontraba pueril
+levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía; fabricar
+avisperos en que se cobijarían otros tan tristes como él, pero animados
+siquiera por el amargo placer de envidiarle.
+
+--Me aburro, Luis--decía el millonario.--Siento una tristeza sin
+esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más terrible
+que todas, pues pocos hombres la conocen.
+
+Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y
+las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los
+que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el
+invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como
+placas de oro.
+
+Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si
+aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo
+bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta
+lamentarse en medio de la opulencia de su vida!
+
+--Entonces,--dijo el doctor--eres infeliz porque nada te falta, porque
+posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.
+
+El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que
+da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza,
+para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus
+estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle.
+
+Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella
+marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el
+mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de
+varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á
+uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país,
+satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa
+destruida y la familia ausente.
+
+Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le
+relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su
+lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de
+protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los
+sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?»
+
+Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia.
+
+--Lo que llaman mi palacio--murmuró--no es para mí más que una casa de
+huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi
+juventud de empleado; eso es todo.
+
+--¿Y tu mujer? ¿Y Cristina?
+
+--¡Mi mujer!--dijo el millonario con amargura:--yo no tengo mujer: sólo
+tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida
+material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped
+que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de
+respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo
+vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis
+millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar
+de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca.
+
+Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor
+alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su
+hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La
+amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus
+amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se
+había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador;
+porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en
+Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia
+completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había
+indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los
+continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y
+rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y
+era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por
+su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una
+pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo
+del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus
+ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba
+exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni
+ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah!
+¡cuando descansase--se decía entonces--cuando viera asegurada su
+fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su
+opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de
+Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en
+vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una
+excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy
+interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa
+administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con
+la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de
+Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido
+para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por
+alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó
+en el salón de visitas de los padres de la Compañía.
+
+Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los
+negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con
+delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como
+si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las
+vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más
+allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de
+vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin
+dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera
+la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas
+era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un
+marido á su mujer con _melifluidades_ de esas que sólo se ven en los
+amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del
+pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar
+de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir
+el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta
+tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos
+por darla vida.
+
+Nada malo podía decir de ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad,
+que aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su
+carne y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el
+millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un
+arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la
+carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si
+estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no
+turbaban su voluntad.
+
+Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse
+con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la
+perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en
+la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas.
+Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su
+cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de
+triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la
+esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta
+satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el
+lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las
+madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa
+ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez
+Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba
+ella en vísperas de una comunión aparatosa!...
+
+Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para
+siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor
+dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad
+ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una
+servidumbre cruel de su sexo.
+
+--Es muy honrada, muy virtuosa--dijo con amargura el millonario,--pero,
+para mí, como si no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la
+vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.
+
+Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta,
+cantando al piano el _Goizeko izarra_, la invocación melancólica á la
+estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas
+esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de
+la tarde.
+
+--¿Y esa?--preguntó el médico.--¿No tienes á tu hija?...
+
+El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne
+de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su
+esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de
+su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica.
+Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa.
+Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de
+negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su
+nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla
+con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no
+entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la
+infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando
+en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un
+hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal
+de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le
+indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida
+de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de
+su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin
+que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar,
+como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á
+casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su
+salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma
+eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba
+frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él.
+
+--La amo--decía el millonario,--la amo á pesar de todo. Pepita me quiere
+á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente
+cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella
+me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que
+pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy
+loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza,
+este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre;
+el único pariente verdadero.
+
+Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto
+conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta: era la de
+muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces
+del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios
+eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se
+perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando
+consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella
+dedicándose á la devoción.
+
+Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si
+ansiase decirle toda la verdad. Así era él también: necesitaba amor y
+amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la había
+buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del
+sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía
+soñar y sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le
+retrogradaba á la juventud. Y con arrobamientos de adolescente,
+recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor.
+
+Había comenzado por una aventura vulgarísima: un encuentro en Biarritz
+con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida
+en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena juventud había
+corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las
+relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando
+no volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con
+remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á
+sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en
+Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante
+de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada
+del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los
+tablados de los _music-hall_. ¿Qué tenía aquella mujer que le
+trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el
+sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como
+una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las
+preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al considerarse
+culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación
+de vida que le sacaba del letargo de su existencia.
+
+Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad
+monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil
+le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la
+correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que
+estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de
+champagne y música chillona de café concierto. La expansión, dulcemente
+truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de _petit coco ó mon
+gros cheri_, hacíale sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era
+una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi
+en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia,
+sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias
+felinas de una bayadera asiática.
+
+Había acabado por arrancar á Judith de su vida de aventuras, por
+instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila que vive
+de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había
+desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa
+hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y
+costureras, que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho
+del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero
+se escandalizaba y enfurecía ante la _cocotte_, la hembra que pusiera
+en sus sonrisas algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las
+necesidades de la carne. Otros más valientes que él habían intentado
+aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y
+todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras. Hasta habían
+cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas, para obligarlas á
+levantar el campo.
+
+El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó tres días,
+pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno. Todos
+le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que
+animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar
+más soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor
+esmero del adorno de su persona.
+
+--Tú mismo--decía al médico,--te has extrañado de este cambio muchas
+veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres.
+
+Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con
+entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no hacía
+mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de
+placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar
+una gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en
+sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por
+mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le
+sonreía, cómo salían á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando
+se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid.
+Aquella era su verdadera casa: allí pasaba los mejores días, y á no ser
+por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría á
+terminar su existencia.
+
+Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente: había
+afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de duración. Sólo á
+un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia... ¡Tenía un hijo!
+Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se
+apresuró á añadir:
+
+--Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío! ¡bien mío! Un niño de
+tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de
+Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin
+conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que
+soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi
+lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho!
+
+Y hablaba enternecido de aquel hogar oculto, de la familia improvisada
+que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar
+tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua _divette_
+aventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y
+entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El
+millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza
+afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él.
+
+--Un verdadero hijo del amor--decía el hombretón con sonrisa
+placentera.--No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni
+esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado!
+¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana.
+
+Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de
+indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más
+hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en
+los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber
+y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono,
+en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla
+casera.
+
+Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus
+paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente,
+sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de
+la tertulia de doña Cristina.
+
+--¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco
+fuera, ocultándome como un malhechor!--exclamó el millonario, como si el
+recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.--Pero no
+creas, Luis, que estoy arrepentido--añadió con resolución.--Yo tengo
+derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero
+dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto?
+
+Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si
+proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos.
+La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar
+con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era
+que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no
+existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese
+amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor
+desgracia es abrir los ojos.
+
+--Me quiere, Luis, me quiere--interrumpió el millonario
+apresuradamente.--¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era
+yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos
+de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era
+yo Sánchez Morueta.
+
+El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su
+optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el
+asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales
+para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras
+arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su
+riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su
+primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les
+ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los
+que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una
+compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su
+existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó
+egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y
+valerosos--él, por ejemplo,--rompían abiertamente, no queriendo vivir
+encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con
+la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera.
+
+Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco
+por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no
+tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de
+educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al
+aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las
+mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é
+hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los
+poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer
+gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje
+aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando
+el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de
+la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para
+vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á
+las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más
+diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de
+las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.
+
+No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los
+aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar
+su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del
+demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de
+heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros
+funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer:
+las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas
+ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo
+que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su
+teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la
+arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el
+armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían
+acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico.
+
+Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio,
+para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta
+la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué
+habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados
+por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse
+obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo
+al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se
+presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una
+devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo,
+dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba
+desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales
+se movían, sin conocer el impulso de sus acciones.
+
+Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes,
+porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en
+mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El doctor se
+indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las
+mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que
+aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban
+al hogar las exigencias de una dominación acaparadora.
+
+--Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa--dijo el
+doctor,--¿qué has hecho para evitarlo?...
+
+Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él?
+¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?...
+
+--Tú has dejado, como los otros--continuó el doctor,--que tu mujer
+buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te
+extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de
+adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se
+comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de
+negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á
+los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de
+su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna,
+¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas,
+separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto
+que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus
+propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna
+vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.
+
+El millonario sonrió con desdén.
+
+--¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!... Efectivamente, son gente
+antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me
+batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan
+de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas.
+¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos,
+cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?...
+
+Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de
+sonreír.
+
+--No sigas, Pepe--dijo el doctor.--Adivino lo que piensas. Soy un cursi.
+Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que
+instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal
+de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo
+intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán
+astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las
+horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al
+Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios.
+
+--¡Yo no digo tanto!--exclamó el millonario.--Yo no creo en ellos, y
+hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al
+jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y
+heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas
+partes y creer en sus venenos y puñales.
+
+--Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra
+nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me
+ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa
+que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden
+contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les
+ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré
+lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo,
+llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado
+para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á
+repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse
+de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de
+que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos
+y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece,
+diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en
+cambio el cielo.»
+
+Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en
+la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos
+era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se
+distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como
+apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de
+riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían
+enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su
+talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de
+fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se
+evidenciase su vulgaridad.
+
+El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían
+ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos,
+podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea,
+temibles únicamente para los que viven á su sombra.
+
+Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia
+era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás
+órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había
+apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes,
+despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los
+procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas
+épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer
+dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto
+voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho
+indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía
+afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al
+pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana.
+Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en
+acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y
+vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete
+se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía
+había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo
+había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el
+catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el
+jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que
+decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el
+_Jesu_ de Roma.
+
+--Esto á mí en nada me interesa--acabó diciendo Aresti.--Yo vivo fuera
+del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.
+
+Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con
+la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas
+religiosas; no le preocupaban.
+
+--A tí, sí--dijo Aresti con energía.--A tí deben preocuparte. Crees que
+vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con
+curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles
+ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el
+círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de
+la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario
+Sánchez Morueta!
+
+El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían
+oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que
+alguna vez hacían memoria de ellas.
+
+--¿Pero es que Londres es Bilbao?--gritó exasperado el doctor.--¿Acaso
+Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las
+naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en
+cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no
+concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos,
+puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y
+perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan
+como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el
+jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la
+_cursilería_! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...
+
+--Sí; aquí dominan mucho--dijo el millonario con gravedad.--Yo sé que á
+otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de
+capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó
+retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen...
+pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú
+creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios;
+han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no
+necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no
+entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me
+impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la
+gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí
+alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos
+señores de la Residencia?
+
+--No: no vienen--dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.--¿Y para
+que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu
+permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija?
+Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las
+aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la
+familia....
+
+--Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces
+mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe
+para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo.
+
+Aresti estaba pensativo y parecía no oírle.
+
+--El otro día--dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria--leí
+un drama en francés y me acordó de tí. Era _La Intrusa_ de Mæterlinck,
+¿Conoces eso?...
+
+El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura.
+
+--La _Intrusa_--continuó el médico,--es la Muerte, que entra en las
+casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.
+
+Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la
+mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde.
+En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad:
+fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el
+cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en
+el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados,
+ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces
+despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores
+caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de
+inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en
+la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento.
+Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia
+cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible,
+con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y
+después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se
+adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante
+la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la
+enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La
+enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama
+atravesando todos los obstáculos; la _Intrusa_, para la que no hay
+puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta
+presencia.
+
+Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á
+su primo, que parecía no comprenderle.
+
+--En tu casa ocurre lo mismo--dijo tras larga pausa.--Crees que ese
+enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu
+mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que
+llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos
+los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando
+regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de
+María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No
+percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te
+mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario
+que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí,
+pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu
+hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un
+instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso.
+Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo.
+
+Sánchez Morueta reía ruidosamente.
+
+--Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te
+ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos... y
+demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi
+familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga
+con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer
+yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de
+comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa
+que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no
+lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú.
+
+Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no
+quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus
+creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y
+recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo
+británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una
+misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.
+
+Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de
+la libertad.
+
+--Yo también creo lo mismo--exclamó;--pero en un país como ese de que
+hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la
+persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias
+diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una
+especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende
+dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad
+absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y
+por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro
+siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las
+leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres.
+Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han
+de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con
+esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las
+creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando
+exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un
+siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por
+completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy
+un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi
+país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero
+ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la
+violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar
+á su tierra de la miseria del pasado.
+
+Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus
+palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida,
+hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir
+una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el
+mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia
+los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder,
+abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos.
+Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían
+empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros
+sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser
+los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para
+existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía
+conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad.
+
+Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que
+en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus
+barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la
+desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los
+expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la
+vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la
+existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen
+sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza
+contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la
+apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado
+perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las
+gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir
+las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como
+obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las
+miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en
+cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su
+alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de
+lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y
+que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este
+mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que
+más allá no existe otro mejor.
+
+Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego
+homicida.
+
+--Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un
+hombre _moderno_ como tú se exprese de tal modo.
+
+Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su
+primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía
+lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros
+pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la
+Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la
+libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había
+servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento,
+pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes,
+aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo
+y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á
+paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por
+delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa
+sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos
+cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se
+podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español
+lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que
+turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían
+la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos
+aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los
+procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al
+fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba
+de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban
+de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los
+católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para
+demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién
+podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de
+familiar del Santo Oficio?
+
+Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba
+la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían
+con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo
+impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la
+gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no
+se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó
+más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como
+algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que
+hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología
+revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos
+cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba
+del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía
+instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con
+el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el
+trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores,
+buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las
+huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias:
+las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que
+cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos
+tenían por final la quema de algún convento.
+
+--Y es que el pueblo--continuó Aresti--adivina por instinto cuál es el
+enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se
+junta para algo que no dirija contra él sus iras.
+
+El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en
+apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la
+Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban;
+vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de
+temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los
+ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus
+miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por
+instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de
+avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo.
+Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos,
+haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la
+limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado,
+obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las
+miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que
+sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se
+vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores.
+
+Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la
+historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero
+inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes
+de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre
+sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que
+provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban
+venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué
+comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que
+después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la
+inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.
+
+--España es un país de olvido--decía el doctor.--Aún se estremecen en
+Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro
+horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros
+poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han
+encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué
+una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para
+divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de
+la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por
+segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de
+mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.
+
+Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado,
+Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de
+sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora
+de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de
+aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en
+nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos
+que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus
+divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad,
+como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor
+motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes
+del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su
+contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país
+donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de
+Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante
+de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales
+pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por
+él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como
+holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían
+víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo
+durante siglos á su imagen y semejanza?...
+
+El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su
+cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y
+defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de
+la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el
+caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura:
+Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el
+inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio
+de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal
+y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de
+escombros.
+
+--¡Estás loco!--exclamó Sánchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa
+fama de hombre que tiene _cosas_. Si te tomase en serio, habría para
+sentir horror por lo que dices.
+
+Aresti se encogió de hombros.
+
+--Pero ven acá, mediquillo chiflado--continuó el millonario.--Reconozco
+que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que
+yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han
+puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos
+no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se
+encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es
+tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha
+libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la
+civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen
+salirse de él!
+
+--¡Ahora me toca á mí reír!--exclamó el doctor.
+
+Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus
+razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de
+la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación,
+la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por
+el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del
+rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento,
+compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!...
+Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los
+esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las
+ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y
+se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por
+encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en
+medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos.
+
+Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran
+los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del
+ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y
+evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía
+Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos.
+Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y
+sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del
+jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el
+ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la
+fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No
+había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España,
+que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior,
+condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su
+existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y
+famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe.
+Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta
+del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la
+riqueza.
+
+La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la
+codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en
+provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante
+la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había
+de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó
+si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los
+dominadores acampados sobre ella.
+
+Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía
+ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la
+Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos
+de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que
+poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de
+hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de
+imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los
+espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía
+vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la
+razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á
+rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con
+unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones
+indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se
+indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus
+crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de
+combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como
+locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que
+no intentaran imponerse por la violencia.
+
+--¡El respeto á la libertad!--continuó el doctor dirigiéndose á su
+primo.--Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que en una
+colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.
+
+Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al mismo tiempo que la
+describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la bestia, ¿Con
+qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para ser
+libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como
+en su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía
+abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su
+agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de
+una zarpada, desgarrándole el pecho con los colmillos.
+
+--Suelta á la pantera de nuestra historia--gritaba el médico;--déjala en
+libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella
+unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y
+ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua.
+
+--¿Y qué quieres?--preguntó Sánchez Morueta.--¿Matarla? ¿Crees que eso
+es posible, de un golpe?
+
+--Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.
+
+Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió con convicción:
+
+--Matar la fiera sería lo mejor. Pero de no ser así, hay que conservarla
+entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uñas,
+arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan
+convertido la pantera en un perro manso y débil, entonces, ¡puerta
+abierta! ¡libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en
+ella, bastará un puntapié para volverla al orden.
+
+
+
+
+IV
+
+
+El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Sánchez Morueta,
+ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcción, con las
+paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se
+alzaban entre aquél y la ría.
+
+Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administración, con la
+pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de
+mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparcía por toda España
+en forma de rieles, lingotes y máquinas, y de los jornales de un
+ejército de obreros ennegrecidos y tostados junto á los hornos. Arriba,
+en lo más alto, estaban los _técnicos_, el cerebro que dirigía aquel
+establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.
+
+Esta parte de la casa era la única que los trabajadores veían sin odio.
+Los días de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las
+ventanas del primer piso, como si fuesen á asomar á ellas los
+administradores que regateaban el precio de su faena, cercenándolo con
+multas y descuentos por tardanzas ó descuidos en el trabajo. Si miraban
+más arriba era con el respeto que á la gente sencilla inspira el
+estudio.
+
+Aquellos señores que pasaban el día inclinados ante los tableros de
+dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada ó alineando
+números y letras para sus cálculos, eran mirados como seres superiores.
+El rebaño obrero sentíase en contacto más íntimo con aquellos hombres
+que se limitaban á dirigirles en su trabajo, que con los otros de la
+administración que les entregaban el dinero.
+
+Bajaban á ciertas horas del día á los talleres, para dar sus órdenes á
+los contramaestres, y volvían á encerrarse en su estudio misterioso, sin
+que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era
+Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conocía á
+todos los trabajadores, llamándolos por sus nombres. Cuando ellos veían
+á don Fernando en los talleres, les parecía el trabajo menos pesado y
+procuraban que su tarea fuese más rápida, como si el ingeniero hubiese
+de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parecía tener
+alrededor de su persona el ambiente de simpatía y atracción de los
+grandes caudillos, de los apóstoles que arrastran las masas. Había
+nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenían
+quejas que formular iban á él, aun sabiendo que su influencia no
+alcanzaba á la administración, y después de escuchar sus consejos se
+retiraban más tranquilos, como si hubieran conseguido algo.
+
+La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa
+espontánea, reflejo de un carácter recto, transparente y sin dobleces,
+cautivaban á unos hombres habituados á la voz imperiosa de los
+contramaestres y á las respuestas altivas de los escribientes de la
+dirección.
+
+Vivía como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja
+cuyo marido había muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje
+servía para mantener á la viuda. En torno de él había fabricado el
+afecto de los humildes una aureola de bondad.
+
+Una gran parte de su sueldo la enviaba á su madre y sus hermanas, que
+residían en la ciudad de Levante donde él había nacido. La pobre señora
+había intentado vivir cerca de él, pero temía al clima de Bilbao. Muchos
+obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado
+en bandos, de anticuada distinción, que paseaba en los días serenos por
+cerca de la ría, apoyada en sus dos hijas, quejándose de las lluvias
+frecuentes de aquel país, de la atmósfera cargada de carbón y polvo de
+hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en
+los naranjales caldeados por un viento ardoroso.
+
+Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el interés que
+mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el menor
+esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún
+trabajador que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado.
+El elogio que hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.»
+Además, le querían, por verle siempre en guerra con los señores de la
+administración, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas
+trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para
+colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compañeros suyos de
+las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se preocupaban más de los
+pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valiéndose de ciertos
+espionajes de taller, los tenían sometidos á continua vigilancia,
+clasificándolos según sus creencias.
+
+Un día el ingeniero había tenido un choque con la administración, al ver
+despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un obrero antiguo. Todos
+los compañeros recordaban que un mes antes su camarada había enterrado
+civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un hijo
+suyo, y acusaban á los _culebrones_ de la dirección de una ruin
+venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después
+de matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que
+debían pensar? ¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como
+ciertos hipócritas que halagaban de este modo á los amos, para
+procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusión en les oficinas y
+acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El millonario, abstraído en
+sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fábricas, y se indignó
+contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se
+aprovechaban de las facultades que él les daba, para imponer sus
+creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero volvió á
+ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al
+ingeniero esta victoria.
+
+Si Sánchez Morueta gozaba de algún afecto entre los miles de hombres que
+le veían pasar como un fantasma por el edificio de la dirección, era un
+reflejo del cariño que todos sentían por Sanabre. Aquella gente
+adivinaba la simpatía que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don
+Fernando estuviese al lado del millonario, no había que temer que
+entrase en los altos hornos el espíritu de purificación santurrona que
+reinaba en otras fábricas. Él defendía los intereses de su principal,
+procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres
+todos quedaban en libertad. No ocurría lo que en las fábricas y las
+minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos
+periódicos ó la asistencia á un mitin, para ser despedido con ridículos
+pretextos. ¿Qué le pediría al amo aquel don Fernando tan bueno y
+simpático que no se lo concediese?
+
+Y así era: Sánchez Morueta sentía por Sanabre un afecto casi paternal.
+Encontraba en él algo de aquel hijo, que en vano había esperado en los
+primeros tiempos de su matrimonio. Hacía ocho años que se había
+presentado una mañana en su escritorio con una carta de recomendación de
+un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero
+industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener á su
+madre y sus hermanas que subsistían de una mísera pensión del Estado. Su
+padre había sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres
+de guerra: la espada pasaba de generación en generación, como
+instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero á él no
+le gustaba la profesión de soldado: se parecía á su madre. Y Sánchez
+Morueta, examinando al muchacho, reconocía que efectivamente había en él
+muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos
+finas, la piel lustrosa, de un moreno pálido, los ojos grandes y dulces,
+tal vez en demasía para un hombre, y una dentadura igual y nítida, sin
+esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote,
+ensortijado con cierta arrogancia, era la única herencia física de sus
+belicosos antecesores.
+
+El millonario sintió simpatía por el joven desde el primer instante. Tal
+vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la
+delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energías, su viveza de
+carácter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo «Parece un tenor»--se
+dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariñado con su
+idea, no oía ópera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los
+cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba á su
+joven ingeniero.
+
+Sanabre no tardó en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre
+de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas
+veces, antes de hablar, salía al encuentro de su pensamiento, lo
+adivinaba, cumpliendo las órdenes que el millonario aún no había
+formulado. Además, el ingeniero tenía sus ideas propias, y las
+comunicaba con una discreción tan suave, que el principal acababa por
+creerlas suyas.
+
+Cuando Sánchez Morueta le tomó bajo su protección acababa de fundar los
+altos hornos. Sanabre entró en el despacho de los ingenieros como un
+simple agregado, trabajando á las órdenes de un inglés, que había
+construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde,
+pues pasada esta hora, el _whisky_, bebido en abundancia durante el día,
+le impulsaba á las mayores extravagancias. Cuando el inglés volvió á su
+país, Sánchez Morueta miró con sonrisa paternal á su ingenierillo.
+«Muchacho, ¿te atreverías tú con todo eso?... ¡Vaya si se atrevió! El
+millonario reconocía que desde que Sanabre estaba al frente de los altos
+hornos marchaba la explotación con más regularidad, siendo menos
+frecuentes los conflictos entre la administración y el ejército obrero.
+Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la
+complicada máquina, acudía á remediar la aspereza con su dulzura y sus
+buenas palabras. A no ser por él, hubieran surgido varias veces en los
+talleres la protesta y la huelga.
+
+Los de la administración--por exceso de celo y por antipatía instintiva
+hacia la masa jornalera, que vivía sin acordarse de la religión,
+hablando á todas horas de sus derechos,--inventaban á cada paso nuevas
+reglamentaciones para cercenar algunos céntimos de los jornales ó
+aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea
+hablaban de la necesidad de «velar por los intereses de la casa», y al
+mismo tiempo, de meter en un puño á aquella gentuza, cada vez más
+exigente y respondona. Pero Sanabre estaba allí y servía de
+intermediario y pacificador. ¿Qué le importaban á un potentado como
+Sánchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa
+entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.
+
+El millonario aceptaba silenciosamente la opinión de su ingeniero, y
+renacía la paz, mientras los _jesuitones de la Dirección_ (así los
+designaban en los talleres), sonreían hipócritamente á Sanabre,
+agradeciéndole las derrotas con felina amabilidad.
+
+Muchos obreros habían notado cierta transformación en la persona y las
+costumbres del ingeniero director. Vestía con más esmero, y los que
+estaban habituados á verle en los talleres con boina y zapatos de suela
+de cáñamo, sin preocuparse del polvo del carbón ni de las chispas del
+acero, se inquietaban ahora cariñosamente por los trajes nuevos y los
+sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo
+descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los
+cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban
+la atención de las mujeres que trabajaban en el carbón, pobres seres
+enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenían algo que
+pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.
+
+--¡Chicas: nos lo han cambiado!--se decían;--ya no es don Fernando:
+parece un señoritingo de los del Arenal. ¿Quién será la novia?...
+
+Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina
+transformación.
+
+Algunas noches le veían los obreros salir en un coche para Portugalete:
+de allí pasaba por el puente colgante á Las Arenas. De alguna de estas
+excursiones volvía con una flor en la solapa, conservándola varios días,
+hasta que se secaba. Los trabajadores que tenían más confianza con él,
+sonreían al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este
+adorno de la solapa, mientras pasaba revista á los talleres.
+
+--¿Cuándo es la boda, don Fernando?--le preguntaban.
+
+Y él contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como
+si desease comunicar algo de su felicidad á cuantos le rodeaban. La
+visión de un jardín, y de una mujer, marchaban ante él por los negros y
+ruidosos talleres, embelleciéndolo todo como un rayo de sol.
+
+Una tarde de verano, escribía Sanabre en su despacho, junto á una
+ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ría, con dos vapores, un
+trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla
+opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un niño,
+y de bigote erizado, trabajaba cerca de él, y en la habitación inmediata
+los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteniéndose algunas veces
+para pedir aclaraciones.
+
+Sanabre parecía inquieto; miraba de vez en cuando á sus subordinados con
+ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba
+en él, volvía á escribir, no en los papeles de marca grande que usaba
+para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero
+parecía acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de
+artista.
+
+Más de dos páginas había llenado, cuando alguien dió con el bastón
+fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovió á todo el
+personal, habituado á la calma casi monástica de aquella oficina.
+
+--A ver, ¿dónde está ese ingenierete?...
+
+Lo primero que vió Sanabre al levantar la cabeza fué el brillo de unos
+lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandonó su sillón confuso é
+indeciso, dudando entre salir al encuentro de aquél ú ocultar la carta.
+
+Los empleados, que le conocían vagamente como pariente del principal,
+volvieron á enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todavía
+atolondrado por la inesperada visita, le ofrecía una silla junto á la
+ventana.
+
+El doctor explicaba su presencia allí. Había bajado de Gallarta, llamado
+por la mujer de un antiguo contratista que ahora vivía en el Desierto.
+Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas señoras, aunque se
+trasladasen á Bilbao ó fueran á vivir al otro extremo del mundo, no
+querían otro médico que el doctor Aresti, obligándolo á ir de un lado á
+otro como un comisionista de la salud. ¡Maldito carácter que no le
+permitía negarse á nada! Y mientras venía la hora de coger el último
+tren de las minas, se había dicho: «Vamos á echar un párrafo con el
+ingenierito y de paso veré el gran feudo industrial de mi primo....»
+
+Acariciando con amistosas palmadas á Sanabre, le decía con tono
+malicioso:
+
+--Desde el día del santo de Pepe que no te había visto. Cuántas cosas
+han pasado desde entonces ¿eh?... Parece que todo va bien.
+
+Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que éste le tratase con igual
+confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, á pesar de su
+carácter comunicativo. Los escudriñadores ojos de Aresti, habituados al
+examen rápido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos á aquella carta
+que Sanabre pretendía ocultar.
+
+--Eso no será ningún trabajo de ingeniería--dijo en voz baja y con
+sonrisa burlona.--Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... ¡Vaya
+un modo de velar por los intereses de mi primo, señor ingeniero! Y de
+seguro que en esos cajones hay algo más que planos y estudios. Cartitas
+de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografía:
+tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, señor ingeniero. Eso
+es _muy propio_ de la seriedad de una oficina como esta.
+
+Y reía viendo la confusión de Fernando, el cual instintivamente volvía
+la mirada hacia los cajones de un _secretaire_ inmediato, desconcertado
+por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temió Sanabre que
+sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de allí
+cuanto antes, y se puso de pie invitando á Aresti á seguirle. ¿De veras
+que no había visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las
+mejores: había cuela de mineral. Y salió de la oficina seguido por el
+doctor.
+
+Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vías
+férreas y cubierta de polvo de carbón, el médico detuvo á su guía, como
+si le interesase más hablar con él, que contemplar la riqueza industrial
+de su primo.
+
+--Vamos á ver, Fernandito--dijo cogiéndolo por un botón de la
+americana.--Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu
+gente: ¿cómo van esos amores?...
+
+Sanabre se ruborizó, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le
+desconcertaba la mirada del doctor, fija en él con la tenacidad
+insolente de los miopes.
+
+--¡Pero ingeniero del demonio! No niegues. ¡Si lo sé todo!... Vaya por
+descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo
+el _Capi_ cuando vino á cazar _chimbos_ á la montaña. Ya sabes que él es
+hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en
+casa de Pepe. Conque dime, ¿cuándo piensas ser mi sobrino?
+
+Sanabre se entregó: con aquel hombre no valían disimulos. Además, el
+doctor le había inspirado una gran confianza y sentía el anhelo de todo
+enamorado por comunicar su felicidad. ¿A quién mejor que al bondadoso
+Aresti, que además aparecía ante sus ojos engrandecido por su parentesco
+con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirtió en una
+verbosidad atropellada. Quería contar de un golpe toda la historia de
+sus amores: se extrañaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo
+que él y le escuchase con gesto irónico, que daba á su cara una
+expresión de Mefistófeles bondadoso.
+
+¡Ay, qué tarde aquélla, en la que Pepita, paseando por su jardín de Las
+Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le había
+contestado afirmativamente! Era la única vez que Sanabre creía haber
+estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los árboles, de
+aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como
+avergonzados, al pronunciar el mágico monosílabo. Lo cierto era que al
+anochecer salió del hotel de Las Arenas tambaleándose, y eso que durante
+la comida no osó beber más que agua, por el respeto que le infundía
+Sánchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya había vaciado sus bolsillos,
+derramando un puñado de pesetas entre la chiquillería que miraba con
+cierto asombro á un señorito, con el sombrero echado atrás, andando á
+grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un
+lado á otro del vagón, con una nerviosidad que inspiraba cierta
+inquietud á los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos
+musicales que tenían algo de tierno y amoroso, todos los dúos en que el
+tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasión á la tiple. ¡Qué
+noche, doctor!... Después se había serenado; su felicidad adquirió
+cierto sosiego, pero aun así, cada día le traía nuevas y profundas
+emociones. Llegaba á Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Sánchez
+Morueta, como si éste fuese á presentarse iracundo é imponente,
+señalándole con gesto mudo la puerta. Tenían que librarse de la
+vigilancia de doña Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita
+con la que le entregaba Pepita en un rincón del hotel, ó en una revuelta
+del jardín: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la _aña_
+de su novia, la ama seca que, después de criar á la niña, se había
+quedado á su lado disputando su influencia, primero á la institutriz, y
+ahora á las doncellas y demás servidumbre femenina de la casa.
+
+Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de
+Pepita; cómo las leía y releía; cuántas veces en mitad de su visita á
+los talleres, acometía su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha
+de que tal párrafo envolvía cierta frialdad, y volaba de nuevo á su
+despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la
+letra amada, como un jeroglífico que ocultaba su felicidad. Él no había
+creído nunca que pudiera amarse tan intensamente. Había conocido á
+Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardín,
+bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al más leve descuido
+gritaba como un loro arisco: «¡Miss!...» ¿Quién le hubiera dicho
+entonces que se había de enamorar de aquella chiquilla? ¡Porque él
+estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!
+
+Y Aresti, sonreía con cierta compasión ante las cosas fútiles que
+constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las
+inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una
+sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia
+vulgar.
+
+--Es esta tu primera novia, ¿verdad?--dijo Aresti.--Ya se conoce: todos
+hemos pasado por eso. Es el sarampión de la juventud. Un signo de fuerza
+y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo,
+sigue.
+
+La única tristeza de Sanabre era la consideración de la gran desigualdad
+de fortuna entre él y su novia. ¿Qué diría su principal cuando se
+enterase? Le creería un aventurero que intentaba apoderarse de su
+inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era
+para muchos la única carrera un buen matrimonio, ¿qué pensarían de un
+ingeniero pobre que ponía los ojos nada menos que en la hija de Sánchez
+Morueta?...
+
+Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. ¿No
+creería él también que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la
+riqueza? Esta duda le entristecía. Él amaba á Pepita... porque sí.
+¿Quién sabe por qué se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de
+Bilbao, huraña y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres
+vivían separados, era Pepita la única joven con la que había tenido
+algún trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce
+otros obstáculos que los de la naturaleza, le había sorprendido,
+inflamando sus treinta años, la edad de las grandes pasiones. ¡Ay! ¡Cómo
+deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse á él, le agradeciera
+no sólo su amor sino su trabajo! ¡Qué! ¿no le creía el doctor?...
+
+--Te creo, muchacho--dijo Aresti--Claro es que no te sabrá mal ser yerno
+de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aquí las hojuelas
+son tu amor. Tú eres de otra raza; tú vienes de abajo, del Sur, de un
+país de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar
+menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto á la mujer...
+¡tanto! que á veces se la da de puñaladas para tirarse luego del pelo
+ante su cadáver. Sois unos animales más vehementes, más complicados é
+interesantes que los de aquí. Tengo la certeza de que si esto sigue, aún
+te verán alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando
+serenatas ante la ventana de mi sobrina.
+
+Aresti, por no molestar al ingeniero, cambió de tono y le habló con
+gravedad. Podía prepararse á sufrir disgustos. Aquello no sabía él cómo
+podía acabar; lo más probable era que terminase de mal modo.
+
+--Lo sé--dijo Sanabre con tristeza.--Temo al principal cuando se entere.
+Se indignará, sin que le falte razón para ello.
+
+--Mi primo es el menos temible. No tiene opinión formada sobre el
+porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que tú, que
+eres un trabajador, continúes su obra. Hay que esperar siempre algo
+bueno de su carácter.... ¡Otros son los que debes temer!
+
+Y hablaban de su prima, la «antipáticamente virtuosa» como él la
+llamaba: aquella Cristina que se creía postergada por haberse unido á
+Sánchez Morueta á pesar de que éste le trajo la fortuna. ¿Qué iba á
+decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un
+empleado de su casa? Ella sólo apreciaba dos cualidades, como las únicas
+respetables en el mundo: una gran fortuna ó un nombre histórico,
+relacionado con las glorias del país vasco y de la religión....
+
+--Además, ingeniero de Dios--continuó el doctor:--tienes que luchar con
+Fermín Urquiola, que también parece que anda tras de la chica, no sé si
+por impulso propio ó empujado por la madre.
+
+Aquí se irguió Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido.
+A ese no le tenía miedo. Estaba seguro de que inspiraba á Pepita una
+aversión irresistible: bastaba ver con qué despego le trataba. Aquellas
+niñas criadas junto á las faldas de sus madres, conocían todo lo que
+pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en
+asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre más allá
+de las rejas. Pepita conocía la vida de aquel señorito, mezcla de matón
+clerical y de calavera rústico, que pasaba las noches en las casas del
+barrio de San Francisco y había sido conducido varias veces al juzgado
+por borracheras tumultuosas. No, á ese no podía quererlo Pepita: lo
+despreciaba á pesar de que la perseguía en las visitas, extremando con
+ella su cortesía empalagosa copiada de los padres de la Compañía. Se
+retiraba de él con cierta impresión de asco: como si la pudiera manchar
+con impuros contagios, á los que ella, en su inocencia, daba formas
+monstruosas.
+
+--Y de mi sobrina ¿estás muy seguro?--preguntó el doctor fríamente, con
+forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.
+
+Sanabre sentía la ciega convicción de todo amante. Sí: estaba seguro de
+que le amaba: ¿Por qué le había de engañar, halagando sus ilusiones? El
+ingeniero no comprendía la pregunta del doctor.
+
+--Es que sois de diversa raza--continuó Aresti--Tal vez me engañe, pero
+¡qué quieres!; desde aquí, sin haber leído vuestras cartas, sin haberos
+escuchado, apostaría algo á que, de los dos, tú eres el que quieres más
+y mejor.
+
+Sanabre quedó silencioso un momento. Parecía asombrado, como si de
+repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que veía
+algo nuevo. Acudían de golpe á su memoria hechos olvidados, palabras en
+las que no había puesto atención, mil insignificancias que parecían
+removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba éste en lo cierto.
+Pepita no parecía tomar el amor con el mismo apasionamiento que él. Era
+un incidente que alegraba su vida dándole nuevos deseos, pero sin llegar
+á turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engañarse con
+dulces ilusiones, el egoísmo varonil, inclinado siempre á creer en una
+predilección en favor suyo, se sublevaron en Fernando.
+
+--No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.
+
+Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y
+cuadernos de cálculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa,
+en las que Pepita juraba quererlo «más que á su vida» y terminaba
+invariablemente «tuya hasta la muerte.» Para Sanabre, estos juramentos
+eran más solemnes é inconmovibles que las sentencias de un tribunal.
+
+--Pues si ella te quiere--dijo el doctor--¡adelante, muchacho! y á ver
+cuándo te llamo sobrino.
+
+Sintiendo cierta conmiseración por su optimismo, intentó animarle,
+disminuyendo los obstáculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al
+padre, á pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no había que
+tenerle gran miedo. Era cuestión de que el descubrimiento le pillase de
+buen talante. Aún pasaría tiempo antes de que se enterase, preocupado
+como estaba por los nuevos negocios que le obligaban á trasladarse á
+Madrid todos los meses. Además: él sabía lo que era el amor (¡vaya si lo
+sabía!) y no era hombre que de buenas á primeras se indignase contra un
+joven, porque no había sabido resistirse á las inclinaciones de su
+corazón. Quedaban otros enemigos, y además la malicia de la gente, que
+creería cálculo lo que era amor.... Pero ¡qué demonio! un ingeniero no
+era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje,
+desde hacía años, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas
+ó en el primer capítulo un protagonista joven, noble, arrogante, que
+sólo abría la boca para decir cosas hermosas y _profundas_, ya se sabía,
+era un ingeniero.
+
+--Lo malo--añadió Aresti, recobrado su tono irónico--es que en este
+Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en
+otros países como un primer galán del porvenir; pero aquí, ¡hijo mío!,
+el héroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de
+Deusto.
+
+Y antes de que Sanabre volviera á hablar de su amor, el médico añadió,
+cogiéndole de un brazo:
+
+--Vaya; enséñame todo eso. Piensa que aún tengo que ir á Gallarta.
+
+Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de
+residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una
+complicada telaraña de vías férreas. Sanabre enumeraba todos los medios
+de comunicación que convertían el establecimiento en una red complicada,
+con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de vía.
+Tenían un ferrocarril directo á las minas; otro para las mercancías, que
+empalmaba con la vecina estación; vías para los embarcaderos, vías para
+comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilómetros de rieles
+que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos
+puntos, al encontrarse las vías, se tendían unas sobre terraplenes y
+otras pasaban por debajo, al través de pequeños túneles. El espacio
+estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los teléfonos, y los
+cables de los tranvías aéreos. Entre esta red de acero alzábanse
+numerosos postes, con sus faros eléctricos semejantes á lunas apagadas.
+Los guardas paseaban por las vías con la carabina pendiente del hombro y
+el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas ó las orillas
+de la ría por donde se colaban los merodeadores en busca de la
+_chatarra_, acero viejo, piezas de máquinas desmontadas ó rollos de
+alambre, que vendían en los baratillos de Bilbao. La ría--según decía el
+capitán Iriondo--era peor que una carretera antigua. Así que cerraba la
+noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevándose todo
+lo que estaba suelto en barcas y edificios.
+
+El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que
+aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicación.
+Aquello era obra suya y proporcionaba á la casa, sin nuevos gastos, una
+fuerza de más de dos mil caballos. Después venían los hornos para hacer
+el cok, que extraían del carbón, el alquitrán y el amoníaco.
+
+Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa
+estaba atracado á la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que
+sólo se le veían la chimenea y los mástiles. En aquélla destacábanse
+pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Sánchez Morueta.
+La grúa del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el
+agua. El tanque, que contenía una tonelada de combustible, salía de las
+entrañas del barco, se remontaba hasta la punta del puente aéreo y,
+deslizándose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar
+su contenido en una de las varias montañas de hulla que se interponían
+entre aquella parte del establecimiento y la ría. Otro vapor con bandera
+inglesa, estaba inmóvil, un poco más allá, hundido hasta la línea de
+flotación, esperando su turno para descargar.
+
+--Consumimos mil toneladas diarias--decía el ingeniero con
+orgullo.--Necesitamos más de un barco cada veinticuatro horas.
+
+Después, enseñó al doctor el triturador del carbón, donde trabajaban las
+mujeres entre una nube de polvillo que las cubría la cara, dándolas un
+aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos,
+en medio de su máscara negra.
+
+Los grandes talleres, para la reparación de las maquinarias de la casa y
+construcción de máquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la
+curiosidad del doctor.
+
+--Conozco esto--dijo Aresti.--Lo he visto muchas veces fuera de aquí. Lo
+que á mí me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra
+industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y señalaba los
+altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que
+subía hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor
+de volcán envolvió á los dos hombres al aproximarse á los altos hornos.
+Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una
+regularidad geométrica por pequeñas zanjas que servían de moldes al
+mineral en fusión. Por este cuadriculado del suelo corría el hierro
+líquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra
+ardía, obligando al doctor á mover continuamente los pies. Los gruesos
+muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel.
+El ingeniero, habituado á esta temperatura, describía con gran calma la
+función de los altos hornos.
+
+Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil
+quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en
+los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entrañas,
+formábase el metal que descendía por su peso hasta salir por la base de
+las torres. Día y noche ardían los altos hornos: el enfriamiento era su
+muerte. Calentarlos y ponerlos en disposición de funcionar, costaba una
+fortuna. Si se apagaban había que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto
+de medio millón.
+
+Un descuido en el trabajo, una huelga, podía costar la existencia á
+aquellos gigantes de la industria, que sólo vivían ardiendo y tragando
+combustible á todas horas. Cuando surgía una huelga en la montaña y los
+ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, había que echarles
+carbón lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra,
+con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la
+industria, y podían inutilizarse al menor descuido.
+
+Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el médico, asombrado
+por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecían servir de
+pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoración de
+las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los ídolos
+ígneos que cocían dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las
+víctimas humanas.
+
+--Ahora van á sangrar--dijo Sanabre, señalando á un obrero viejo que
+hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra
+refractaria.
+
+Se abrió un pequeño agujero en la base de una de las torres y apareció
+un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que
+herían la vista. Se fué agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de
+sangre de toro, corrió por la tierra con un chisporroteo ruidoso.
+
+--¿Eso es el hierro?--preguntó Aresti.
+
+--No: es escoria. El hierro vendrá después.
+
+El médico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa.
+Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se
+enrojecían los ojos; parecía que las pestañas iban á consumirse,
+secábase la piel sintiéndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies
+movíanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.
+
+Aresti admiraba á los trabajadores, que estaban allí como en su casa,
+habituados á una temperatura asfixiante, moviéndose como salamandras
+entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el
+incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles el esqueleto y la
+piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo
+cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor
+les hacía exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en
+partículas de ardiente arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de
+horrorosas quemaduras.
+
+Sanabre señaló la boca del horno. Iba á comenzar la colada. No era una
+estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una gran hostia
+de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que
+abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal,
+esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti
+creyó morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto
+con la atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas
+en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que
+revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos
+verdosos que zumbaban un instante, desvaneciéndose para dejar paso á
+otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa
+intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba por las canales
+con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada, y al
+quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha
+del enfriamiento.
+
+El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.
+
+--Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.
+
+Aun vieron como, cambiando de dirección la canal del horno, arrojaba su
+chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el
+caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á
+transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete,
+salió á toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos,
+arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido
+rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.
+
+Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la mano del ingeniero.
+
+--¡Guíame, Virgilio!--dijo riendo.--Yo voy como el poeta de los
+infiernos: cuida de que no nos quememos.
+
+Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos hornos, saltando los
+arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por encima de una de
+las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta la cruz de
+los pantalones.
+
+--¡Por fin!... Aquí se respira--dijo el doctor al descender de la meseta
+donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.
+
+Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose aire con el pañuelo.
+
+--Parece mentira, Fernandito--dijo con su acento zumbón--que viviendo
+aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un botijo
+grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la
+nieve.
+
+--Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que este es más
+_pintoresco_.
+
+Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran
+enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios
+abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de
+voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga, llegaban hasta
+ellas por unas pasarelas de acero.
+
+Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran
+descubrimiento industrial que había abaratado el acero, enriqueciendo á
+Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como los de
+las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los
+hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más
+caro; pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más
+salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía,
+con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor,
+que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de él por
+una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio
+y el manganeso: así se formaba el acero. No era de clase tan superior
+como el Siemens, por ejemplo, pero servía perfectamente para los rieles
+de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.
+
+Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del
+espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del taller,
+y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca
+del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía
+del vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El
+metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un
+torbellino de chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué
+fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti
+recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los
+altos hornos.
+
+Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía recto por el espacio
+un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo
+plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino,
+descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en
+cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su
+chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el
+chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos
+los colores del iris. Fuera del taller aún era de día. El sol, en el
+ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los cobertizos; pero los ojos,
+deslumbrados por este resplandor de incendio, lo veían todo negro, como
+si hubiese llegado la noche.
+
+El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía los
+moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y aparecía el
+lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si
+fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su
+enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en
+un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los
+hornos de laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como
+si fuese un ídolo arrastrado por sus fieles.
+
+Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original
+belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas gentes que sólo
+aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda sensación
+artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una
+impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento
+industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un
+juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar
+el Vesubio. ¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de
+la ciencia, hacían poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las
+fuerzas de la naturaleza.
+
+Y así seguía el doctor, desbordando su admiración en entusiásticas
+palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que
+manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller,
+pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas
+del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies
+cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para
+librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al
+rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con
+aquellos infernales panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne
+en humo, dejando el hueso al descubierto. Podían matar á un hombre con
+su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de
+chamusquina, un poco de vapor: después, nada.... Y los conos diabólicos
+atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si
+gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro,
+evaporándola.
+
+Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el
+calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel mundo de
+incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una
+tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con
+su blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce.
+
+Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al
+salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de cilindros que
+los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita prolongación.
+Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban
+los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa
+de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una
+bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua
+de muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de
+las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el
+extremo opuesto, para volver á entrar, siempre cambiando de forma.
+Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal
+rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surgía
+por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada:
+y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con ruidosos quejidos,
+como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por fin, no era
+más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.
+
+El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba á los obreros negros
+y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el
+ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover
+pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración.
+Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas
+veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría
+él, de verse condenado por la fatalidad social á aquella labor que
+embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en un ambiente de
+fuego. Una sed eterna, semejante á la de los condenados, martirizaba á
+aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de allí, que la paz y la
+sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegría
+momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir
+aquella vida de salamandra!...
+
+El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire
+libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos
+veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos,
+interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del alambre.
+El ingeniero hablaba de lo _curiosa_ que era esta manipulación, pero
+Aresti no quiso seguirle.
+
+--Ya he visto bastante--dijo con acento de cansancio.--Esto es un gran
+espectáculo... para el invierno.
+
+Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de las máquinas, viendo
+cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban
+los dos de la frescura del crepúsculo.
+
+--Es una vida dura--dijo el doctor, que seguía pensando en los obreros
+del fuego.--Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de
+los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la
+civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este
+modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro
+para pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se
+muestre contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un
+modelo de dulzura!
+
+Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía apreciar á todas
+horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración infinita por
+los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era _algo
+socialista_; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal
+confesión.
+
+--Lo más amargo de la miseria de estas gentes--dijo el médico--no
+consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el
+pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea.
+
+Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que había sorprendido en
+todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las
+fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero acaso
+comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para
+muchos, la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su
+bienestar, comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas
+que llevaban en sus terruños los años de sequía y mala cosecha. En las
+fábricas eran los jornales superiores á los del resto de la península y
+no se sufrían los grandes paros á que se veía obligada la industria
+pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en
+las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo rencor, una ira
+reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas horas
+fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el
+malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que
+acababa de pasar por allí, á la vista de todos, tocando á algunos y
+volviendo la espalda á los demás.
+
+El explotador de la mina había sido jornalero al lado de muchos que
+ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían conocido los
+trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las
+habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El bracero
+que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de
+la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia
+revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial,
+habituado á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades
+anónimas, monstruos acéfalos de la industria, irritábase á cada momento
+contra el gran patrono de reciente formación.
+
+Todos habían presenciado el despertar de la riqueza; habían tomado parte
+en él; era cosa suya; y más que la miseria, les atormentaba el
+sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber vivido en
+medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el
+malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de
+las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la
+comparación eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y
+caprichosa que empuja á los otros; la convicción del fracaso, más viva y
+dolorosa, ante las rápidas elevaciones presenciadas todos los días, la
+tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace
+soñar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia
+adelante que da el afortunado.
+
+El ingeniero reconocía la certeza de las observaciones del doctor. La
+situación de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y
+los aumentos de jornal, era de un efecto momentáneo. Él creía, como
+Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo; cambiar la
+organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única
+religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una
+hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del
+presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo,
+reconocía también aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el
+de los despechados, que veían enriquecerse á sus compañeros de miseria,
+ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.
+
+Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la
+penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas, subiendo y
+bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.
+
+--Lo que me irrita--dijo el doctor--en todas estas grandes fortunas que
+se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su infecundidad
+para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza
+individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países
+hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo,
+esos tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte
+escandalosa é indecente, y que mueren dejando centenares de millones,
+tienen, al menos, la discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El
+uno funda una universidad, el otro un museo, el de más allá una
+biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipación y
+perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron durante su vida. Pero
+aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezón de perpetuar
+su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si se preocupa del
+porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del
+presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran
+escándalo del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida
+haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero á
+su mujer... y que su mujer se lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos
+potentados como mi primo que se defienden: pero, créeme: si aquí no
+viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí todos trabajamos,
+sin saberlo, para el jesuíta.
+
+Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de
+nuevo contra su tierra.
+
+--Además, me indignaba la tristeza de este país. Cuando Bilbao era una
+villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se
+divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos
+se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades
+mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas
+improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros
+internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los
+bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe....
+Por aquí ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua
+Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos señores
+vestidos de negro del tiempo de los Austrias.
+
+El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre
+el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una
+prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el
+de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de
+admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se
+oponían á las fiestas de sociedad.
+
+Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por
+Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y
+al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si
+alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las
+jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la
+alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una
+monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, _guardador de la
+inocencia_, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que,
+atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones
+monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos
+horizontes á la desmoralización.
+
+¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con
+entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada
+de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios
+blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el
+puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la
+cabeza caída, tristes.
+
+--Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien
+cuidado. Falta la alegría, falta el alma de un pueblo libre, que cuando
+termina el trabajo quiere entregarse á la vida. Muy bonitas esas calles
+nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de
+ciudad: debían circular por sus aceras unas cuantas docenas de
+_cocottes_ elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte
+educasen á esa juventud habituada á la vida unisexual de Deusto y de la
+cofradía de San Luis.
+
+El ingeniero protestó, con el rubor del enamorado que vive en plena
+idealidad.
+
+--¡Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.
+
+Aresti pareció irritarse. Lo que él proclamaba era la vida, la juventud,
+el amor, tal como los concebía. Respetaba la virtud, pero no consideraba
+necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Además, porque
+la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de
+las calles, ¿resultaba acaso la villa una población de costumbres
+virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su
+curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede,
+esparciéndose en arroyos fangosos. Él conocía su Bilbao. Los jóvenes,
+emborrachándose para matar el fastidio, agarrándose en bailes públicos
+con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma más bestial, sin
+el más leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos
+al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite,
+sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo más
+que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa á
+estilo católico, florecía el vicio bajo las formas más antipáticas.
+
+Aresti, en sus visitas de médico, había conocido los barrios altos de la
+villa, el albergue de las servidoras de la prostitución. Todas eran
+pequeñas, flacas, de rostro aniñado, con el raquitismo de la miseria.
+Las había de treinta y cinco años, que se presentaban con la falda
+corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la
+infancia. Era el género más solicitado. El instinto reprimido, al no
+encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su
+aberración el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la
+vida en aquel país la descoyuntaban formándola á su gusto, haciendo un
+crimen del instinto del sexo, obligándolo á refugiarse en inmundos
+rincones. Los ricos que podían proporcionarse las dulzuras amorosas con
+su más seductora decoración, entraban al amparo de la noche, ocultándose
+como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros,
+más audaces, asediaban á la costurerilla de la familia y comenzaban con
+ella una novela de amor, insípida y vulgar, conservándola en la casa de
+los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento á cambio de la
+protección del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La
+cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el
+padre pobre que transige con la prostitución de la hija, porque ayuda á
+ir viviendo y se oculta en la propia casa.
+
+¡Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones
+de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada
+en su país. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no había más seres
+vivos que los pájaros negros que lo cubrían con sus alas. Sólo en las
+últimas capas sociales existía algo de alegría, allí donde llegaban
+amortiguadas ó no llegaban las influencias de la religión.
+
+El doctor únicamente había sentido el roce de la vida, algún domingo por
+la tarde, en los chacolines de las afueras ó en la explanada de la
+Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas
+callejeras, los bailes vascongados y de la montaña de Santander.
+
+Los demás estaban muertos por el fastidio ó corrompidos por la opresión.
+Conocía jóvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de
+traje todos los días. Otros iban en automóvil por las calles, sin rumbo
+determinado, parándose ante una casa para subir de nuevo en el vehículo
+y seguir la marcha, como sí huyesen del fastidio que iba tras ellos.
+
+¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la alegría de un pueblo
+opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y
+ennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida problemática, bajo el
+testimonio de ciertos hombres que tampoco la habían visto?...
+
+El doctor terminó enérgicamente sus protestas, viendo próximo el momento
+de tomar el tren.
+
+--Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando
+sonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con
+el alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que, créeme, ¡hijo
+mío!... tanta virtud me da asco.
+
+
+
+
+V
+
+
+Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que ya
+comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo
+seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una
+chimenea.
+
+Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en Bilbao á
+una junta de señoras católicas, de la que era presidenta, en el Colegio
+del Sagrado Corazón.
+
+Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de dolores de
+cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doña
+Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del _aña_ Nicanora.
+
+Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana, muy atareado
+por los nuevos negocios que todos los meses hacían necesaria su
+presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias.
+No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é
+interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin
+ver aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y
+que á ella se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como
+una protesta muda.
+
+Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No se la
+escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes elegantes de
+otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que
+nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba
+algunas veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la
+aconsejaba mirando los periódicos de modas, con la misma bondad con que
+una persona mayor discute con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida
+de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas
+interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasar
+los límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la carne,
+de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad cantada como
+mérito celestial en la vida de muchos santos.
+
+Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa repeler los
+mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su gusto, afirmando
+que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido desapareciendo poco
+á poco todos los muebles que significaban ostentación ó comodidad. En el
+resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en su
+cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho
+bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba
+casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines
+representando á Jesús y á María, abriéndose el pecho para ofrecer sus
+corazones inflamados.
+
+Muchos días las criadas encontraban la cama intacta. La señora--según
+ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina--dormía en el suelo ó
+no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso
+á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de sangre. Una doncella
+había recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturón de esparto,
+un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas monjitas de
+Begoña.
+
+Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á que sometía su cuerpo
+la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una dulzura melosa en
+la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor contrariedad y
+exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba arrastrar
+por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que
+exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase
+dentro del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su
+arrebato.
+
+El marido no parecía advertir el abandono físico y la transformación
+moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su cuarto.
+Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y sin
+pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta,
+como si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba
+de ella, haciendo imposible todo retroceso.
+
+Pepita seguía, con una expresión de lástima en los ojos, el tocado
+rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo de
+coquetería.
+
+--Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.
+
+Doña Cristina movió la cabeza.
+
+--No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á su edad. Ya soy
+vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para
+bien de la religión.
+
+--¿Pero si es una capota muy _seria_, muy _religiosa_?
+
+--La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y
+antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.
+
+Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto sabroso de la madurez,
+que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía complacerse con
+dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la
+mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las
+ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como
+si estuviera en perpetua oración.
+
+Doña Cristina iba á salir.
+
+--Mamá, ya sabes mi encargo--dijo Pepita.
+
+--No lo olvido--contestó la madre con sonrisa bondadosa.--No debía
+hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede
+mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito,
+para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.
+
+Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras
+cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el
+salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las
+congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una
+pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su
+cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se
+encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las
+monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una
+curiosidad meticulosa.
+
+Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas
+de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el
+principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que
+figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados
+las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus
+colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado
+con un nuevo título: _Océano de Bondad_. Y nadie podía adivinar el
+sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del
+mapa.
+
+Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la
+esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez
+Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso,
+habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el
+cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus
+negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El
+automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era
+un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un
+homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los
+jesuítas. Era el _dernier cri_ de la devoción; daba á entender, según
+ella, que el progreso no está reñido con el dogma.
+
+Doña Cristina dió al _chauffeur_ la orden de llegar pronto á Bilbao y el
+vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que
+llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en
+la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva
+romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y
+no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente.
+Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado
+amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al
+monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las
+fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los
+_maketos_ de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra,
+gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus
+mitins _fetiche_ y _nido de ratas_ á la milagrosa imagen de la patrona
+de Vizcaya.
+
+A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é
+inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda
+en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de
+acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.
+
+Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban
+los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la
+religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola.
+Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes
+tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín
+era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una
+amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia
+del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel
+templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus
+visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola
+largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las
+reglas de la Compañía á las visitas femeniles.
+
+Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre,
+enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro
+sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y
+todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad,
+dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y
+los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día,
+para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por
+ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos
+humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso
+que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso
+los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos
+bajo la sotana de la obediencia.
+
+La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo
+lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado
+al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y
+ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de
+luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos
+los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las
+principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos
+principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían
+el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores
+revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de
+bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la
+Iglesia, únicos depositarios de la verdad.
+
+El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los
+alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este
+acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo
+se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse
+algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su
+patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras
+de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre
+nubes, revoloteando camino del cielo.
+
+Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de
+los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones
+que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como
+vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban
+los más puestos de _smoking_, muy elegantes, como hijos de buenas
+familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las
+sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en
+el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de
+Salamanca y muy rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de
+mirarse largamente, se saludaban con la mano... ¡Angelitos!
+
+Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de _punta_,
+ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer
+las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado
+con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que
+representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y
+pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la
+impiedad de la falsa ciencia moderna.
+
+Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto
+de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga
+deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron
+los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»... Urquiola
+sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio
+indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus
+dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á
+perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor
+mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas,
+preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no
+pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los
+Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la
+bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España.
+
+En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro.
+Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los
+Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin
+miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y
+revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran
+de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba
+excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas
+cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno
+cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta
+parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. _La
+viejecita_ se titulaba _El viejecito_: todas las obras perdían su título
+femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos
+primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse
+quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros...
+¡Serafines del cielo!
+
+Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba
+que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan
+caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena
+causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada
+por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía
+el país.
+
+La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las
+calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas
+con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los
+muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era
+bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos,
+ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y
+¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios,
+allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino
+se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les
+faltase el consejo de los sabios Padres.
+
+Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría
+en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.
+
+Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del
+vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con
+la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en
+todo lo que les rodea una nueva vida.
+
+Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de
+verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo,
+ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.
+
+Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las
+Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias
+de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo
+de obreros pasaba, camino del _chacolín_, por entre un bosquecillo de
+pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el
+«_Boga, boga, marinero_» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado
+sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La
+ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como
+los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya
+plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando
+carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren
+de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo
+sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del
+horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de
+espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora
+invisible.
+
+Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre
+la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol meridional; todo aquel
+pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas sobre el que
+pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio sus
+torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.
+
+Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en el fondo, con un
+escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de todas
+aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al
+saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno
+sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus
+barrancos y oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más
+próximas, que parecía iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el
+pico de Banderas. Después sobresalían sobre ellas, á una enorme
+distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes del país, el Mañaría
+y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de
+nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se
+desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita
+recordaba sus terrores de la niñez, cuando su _aña_, para imponerla
+silencio, la amenazaba con llamar á la _Dama de Amboto_, especie de hada
+maléfica, hija de un _Jaun_, de un caudillo legendario, que vivía como
+encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para
+quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con
+toda clase de maleficios.
+
+La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la contemplación del
+paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si
+pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un
+momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un
+pañuelo que le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse
+la curiosidad de la gente. Después ya no vió nada y creyendo en un
+engaño del deseo siguió contemplando el paisaje, con mirada vaga,
+sumiéndose poco á poco en una dulce somnolencia.
+
+La joven despertó al sentir en su espalda la mano del _aña_.
+
+--_Ése_ está ahí--dijo con tono misterioso.--Habrá que bajar al jardín.
+
+A la melancolía sucedió en la joven la inquietud, el temor. Había venido
+preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y
+al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un delito. La
+_aña_ reía ante los temores de la señorita, á la que trataba con la
+misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal podía haber
+en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo la
+mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba
+tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba
+que de un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina
+tras un arriate del jardín.
+
+Solamente había accedido á la entrevista después de los infinitos ruegos
+de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez á solas
+con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras
+cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que
+llevaba y traía la _aña_ complaciente.
+
+Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la vista de la
+servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero
+dentro de la casa.
+
+Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando atravesaba ya la
+verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la señora no
+estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo
+regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el
+jardín, pasaría á saludarla.
+
+Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción de la timidez, al
+verse frente á frente.
+
+--¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.--Deciros algo:
+hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre.
+
+Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen
+lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha
+pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.
+
+De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos,
+poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no
+encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la
+calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los
+dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir
+considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de
+la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco
+envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del
+amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el
+crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia,
+el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio
+caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un
+chisporroteo de oro.
+
+Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con
+la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la
+mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las horas
+de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la
+vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase
+misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.
+
+--Mira, nena--decía el ingeniero subiendo de tono en su
+apasionamiento.--Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo
+creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te
+amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe
+que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan
+dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.
+
+Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el _Goizeko
+izarra_, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la
+letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más
+hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le
+tradujesen la letra.
+
+--Ya la sé--continuó el joven--la conozco y creo en ella: siento su
+infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en
+el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve...»
+Eso es lo que yo pienso, mi vida.
+
+Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del
+amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y
+esplendor.
+
+Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su
+novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad que le
+causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que
+una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por
+distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con
+acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por
+los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin
+mentiras.
+
+Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de viento helado, una
+frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza aparte, sentía
+una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de su
+vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la
+emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía
+en el aire.
+
+--No, nena--dijo el amante.--Es tu alma entera lo que pones, sin
+saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero no
+te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te
+perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres,
+Pepita, dí que me amas.
+
+La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de viva voz lo que tantas
+veces había escrito en sus cartas.
+
+--¿No lo sabes?--respondió evasivamente.--¿No te lo he dicho muchas
+veces?
+
+--Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que me amas.
+
+Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos, dijo con cierta
+gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:
+
+--Sí, te quiero: te amo, Fernando.
+
+¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo mejor de la entrevista,
+y la recogió en su memoria, esforzándose por conservarla con toda su
+luz, para que le acompañase en las largas horas que pasaba allá en la
+fundición entregado á la vida de los recuerdos.
+
+Sanabre se convencía de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz,
+valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho.
+Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar de
+canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza,
+mostrábase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal
+abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez:
+el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y
+energía, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera;
+ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladín membrudo,
+creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los
+sueños de las vírgenes.
+
+--Sí, te quiero--repetía Pepita.--Por mí no temas, no seas niño, nunca
+me dirás adiós.
+
+--Bebé, ¡dulce bebé!--exclamaba con entusiasmo el ingeniero.--¡Cuánto te
+amo! ¡Qué feliz soy!...
+
+Y el _aña_ Nicanora, que los seguía á corta distancia, oyendo muchas de
+sus palabras, sonrió con cierta lástima. Todos los novios eran lo mismo;
+iguales los aldeanos que los señoritos; alguna diferencia en las
+palabras, y nada más. Sólo sabían decirse tonterías, poniendo en sus
+voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo
+que se dijeran. ¡Ah la juventud!... Y seguía sonriendo con indulgencia
+de veterano ante el entusiasmo de los dos jóvenes.
+
+Fernando, más tranquilo después de las palabras de su novia, hablaba del
+por venir. Trabajaría; ¡quién sabe hasta dónde puede llegar un hombre!
+Desde que estaba enamorado, sentíase con nuevas fuerzas para el trabajo.
+Bullían en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de
+realizarse, darían nuevas ganancias á Sánchez Morueta.
+
+Pero el recuerdo de su jefe abatió las ilusiones del ingeniero.
+
+--¿Que dirá tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis
+cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueño muchas veces...
+¿Y tu madre? ¡Qué miedo la tengo!... Somos muy felices amándonos, pero
+el porvenir nos guarda muchos dolores. ¡Si todos en tu familia fuesen
+como el doctor!...
+
+Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que seguía sus
+amores.
+
+--Sí, mi tío es muy bueno--dijo Pepita hablando del doctor como de un
+pariente lejano, del que sólo se acordaba la familia de tarde en
+tarde.--¡Lástima que tenga esas ideas! Es un _planeta_ muy simpático,
+pero mamá cree que está loco.
+
+Lo incierto de su porvenir, llevó de nuevo á los dos jóvenes á hablar de
+sus amores.
+
+Fernando sentía miedo. Los padres de ella proyectarían casarla con el
+vástago de alguna familia millonaria; tal vez con un señorito de escasa
+fortuna, que pudiera ofrecerla viejos títulos de nobleza. En todos
+pensarían antes que en él, que no era más que un servidor intelectual de
+la familia. ¡La perdería amándola tanto!... ¡La diferencia de fortuna,
+la maldita ley de clases, les cerraría el camino, separándolos!...
+
+--Tonto, ¡pero si yo sólo te quiero á tí!--decía la joven sonriendo.
+
+Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de
+agradecimiento, intentó coger las manos de su amada. Ésta las retiró
+detrás del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.
+
+--Quieto, ¿eh?--dijo pasando sin transición de la dulzura á la altivez,
+con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el joven
+intentase una monstruosidad.
+
+De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus
+paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este es un país sin
+corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el
+novio.»
+
+Sanabre quedó largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco
+movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de la viveza de su
+protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien reanudase la
+conversación.
+
+--Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu marido--dijo el
+ingeniero tristemente.
+
+La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz tierna de enamorada.
+
+--Con ese, nunca, ¡nunca!
+
+Y habló de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias
+de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias señoritas de la villa y
+escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la que mejor le
+conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes, en las
+tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía
+á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían
+que tenía una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con
+la que vivía maritalmente. Hasta había oído decir que tenían hijos.
+
+--¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!--repetía con gestos de repugnancia.
+
+Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente
+á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente tan querido
+por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún
+defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura:
+
+--Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad que piensas como mi
+tío?... Dime que no, Fernando; dime que no.
+
+El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes,
+de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre
+recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra muchacha
+inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le
+preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de
+romper en un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor.
+Pero el miedo al ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de
+alarmar á un alma soñolienta.
+
+--Sí, vida mía, tengo religión--dijo evasivamente.--Creo que el hombre
+debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.
+
+Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre. Si le hacía aquella
+pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas veces de
+Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día que
+era igual á su primo el doctor.
+
+--¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese
+verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que nos viésemos
+para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo decía
+yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un
+poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es
+imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío.
+
+Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que
+contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió:
+
+--Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los muchachos de Bilbao, á
+confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en la Residencia?...
+
+Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué decir, mientras Pepita
+seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los domingos en la
+iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos se leía
+por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera
+ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días
+festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de
+la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella--no sabía
+explicarlo bien--creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se
+hallaba más cerca. Además, la religión era allí más distinguida: sólo se
+veían personas decentes.
+
+--Tengo mucho que hacer--dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.--Yo
+pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión.
+
+La joven siguió hablando, inspirada ahora por el egoísmo del amor. Nada
+perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse simpático á
+ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás,
+trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo
+hacían llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos
+cerrados. ¡Si ellos quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no
+tendrían que temer nada!...
+
+--Fernandito--decía con voz acariciadora.--Ve por allí; hazte simpático:
+tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún Padre la hablase
+de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!...
+
+--Veremos, veremos--murmuró indeciso el ingeniero.
+
+Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le proponía su
+novia. Experimentaba la cobardía del amor, y cerraba los ojos. Él, que
+era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la mujer amada ¿por
+qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del
+éxito?...
+
+--Te quiero--dijo con entusiasmo.--No hay nada que me detenga para
+llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia, seré
+_luis_: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu familia
+no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?...
+
+Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su inquietud amorosa
+traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella entrevista.
+
+Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar á su novio
+como si temiera que este leyese en su pensamiento.
+
+--Dí, mi vida--seguía preguntando el ingeniero.--¿Y si se oponen á
+nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú?
+
+La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura:
+
+--Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.
+
+--Lo sé, y mi alma se llena de alegría al escucharte. Pero hablemos
+seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices. Yo soy pobre y tú
+eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de opulencia
+por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te
+amaría mucho... mucho?
+
+Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida que la proponían, ni
+sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.
+
+--Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico.
+
+Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que no creía en la
+posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á gentes de
+otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la
+rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la
+primera en todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario
+hablar.
+
+--¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si nos separan?...
+¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás para ser mi
+mujer?...
+
+Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de asombro, como si
+escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no
+previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de lo
+humano.
+
+--Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca.
+
+Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas. Quería conocer su
+valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir
+la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía
+tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te
+amo.» ¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos
+lo que debía hacerse cuando llegase el momento.
+
+Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía ofendida de que se le
+quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de nuevo en el
+doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el
+burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de
+razas distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero
+adivinaba algo de ridículo en su situación, como si realizándose las
+irónicas fantasías del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata
+ante el hotel del millonario.
+
+Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deteníanse para contemplar
+una flor rara, seguían con atención infantil los saltitos de los
+pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su
+apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por
+primera vez el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces
+hubiese permanecido oculto entre nubes.
+
+Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y podía presentarse doña
+Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de
+angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba
+llevando sobre el alma el peso de su decepción.
+
+--¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!--dijo cogiendo una mano de
+Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.--¡Dime que,
+ocurra lo que ocurra, no me olvidarás!
+
+--Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca.
+
+Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma
+tolerancia con que se entrega un objeto precioso al niño enfurruñado,
+para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con
+arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la
+potente garra de Sánchez Morueta.
+
+La intervención del _aña_ interrumpió su embriaguez amorosa. El portero
+acababa de abrir la verja y el automóvil de la casa, tras un retroceso
+para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del
+jardín.
+
+Corrieron los jóvenes, seguidos por el _aña_, hacia la entrada del
+hotel, para salir al encuentro de doña Cristina.
+
+Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con el ingeniero, miró
+severamente al _aña_. Pero la mujerona le contestó con otra mirada
+arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad no
+admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había
+paseado con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal
+había en ello?...
+
+Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á la señora de su jefe.
+Había venido para saber cuándo regresaría don José de su viaje.
+
+Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse ahorrado la molestia
+de la visita, preguntando por teléfono.
+
+--Es que, además, deseaba ver á ustedes--dijo Sanabre.
+
+--Muchas gracias--contestó con altivez la señora.--Agradezco su
+atención. ¿Entra usted?...
+
+Y con los ojos le daba á entender que podía retirarse.
+
+La joven vió como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Después
+subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible aparición
+de su madre encolerizada.
+
+No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz temblona de ira y la del
+_aña_ que le contestaba con no menos acritud.
+
+Por la noche, al reunirse en el comedor, doña Cristina miró á su hija
+con insistencia, pero sus palabras fueron breves.
+
+--Que sea la última vez--dijo--que recibas visitas, ni dentro de casa...
+ni en el jardín. También es casualidad, venir ese... individuo, la misma
+tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma.
+
+Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si quisieran escudriñar
+el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno disimulo que
+no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.
+
+
+
+
+VI
+
+
+El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatándose la
+proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que
+apagaba el último parpadeo de las estrellas.
+
+Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros
+trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal,
+con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que tenían su trabajo
+en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la bruma de su
+profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de
+barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en
+la parte alta de la ría las luces de los _anguleros_, que durante la
+noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes.
+Las aves marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de
+la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el
+mar, siguiendo la tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del
+Abra.
+
+Comenzaban á abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacerías,
+tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á los fieles á misa
+y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con
+aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua, semejante al
+olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á las
+campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes
+de los barcos y los gritos de las _cargueras_ que reñían por
+preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á
+tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.
+
+Por las calles comenzaban á rodar los carros de la _sarama_ recogiendo
+el estiércol: las vendedoras de _fotes_ llamaban á las puertas
+repartiendo los panecillos del desayuno.
+
+Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del
+mercado de San Antón, y las aldeanas que se detenían á descansar por un
+momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras
+de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al oír el _taf-taf_ de un
+automóvil. El vehículo pasó veloz por la gran plaza, desapareciendo,
+ensanche adelante, al otro lado del puente.
+
+Las que eran de la villa, conocieron á la esposa y la hija de Sánchez
+Morueta, sentadas tras el _chauffeur_ de ancha gorra y aspecto
+extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las
+cubrían los ojos.
+
+Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun
+madrugaba más que ellas. Irían á la iglesia de la Residencia á
+confesarse con los padres jesuítas. Allí iba todo el señorío.
+
+El automóvil aceleró su marcha por las amplias calles del ensanche,
+desiertas á aquellas horas, y paró con violenta rapidez entre los
+carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazón,
+una obra prodigiosa de confitería arquitectónica, en la que el blanco de
+las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.
+
+Doña Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un
+cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacción que si
+penetrase en un salón elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una
+dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvación
+del alma.
+
+Reconocía una vez más el talento de los buenos Padres al admirar la
+decoración del templo. Era _gótico_, pero no tenía la crudeza blanca, la
+sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival sé
+convertía en polícroma: el oro y el bermellón chorreaban por los nervios
+de los pilares, y los arcos apuntados: las bóvedas, eran azules con
+estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan _bonita_,
+sólo podían imaginarla los Padres de la Compañía.
+
+Y la de Sánchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre
+que había de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su
+comparación del hermoso templo con el forro interior de uno de esos
+baúles que usan las criadas, matizados de chillones colorines. ¡Decir
+tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado
+para comodidad y suave placer de los fieles! El órgano desgarrador y
+tempestuoso había sido reemplazado por el armónium; en vez de los santos
+negruzcos y horripilantes de la antigua devoción española veíanse
+imágenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual
+corresponde á un culto de personas decentes; las lámparas de luz
+eléctrica, en gran profusión, sustituían á los cirios humosos que con su
+olor de cera daban mareos á las señoras.
+
+Doña Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes
+arrodilladas á los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba
+muy concurrido el templo. Pero la de Sánchez Morueta reconocía la
+influencia de la estación en la clase de público. Las señoras eran menos
+que en el invierno. La _gente baja_, menestrales acomodadas, y viejas
+beatas de medios de vida problemáticos, se aprovechaban del veraneo de
+las señoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus
+santos sacerdotes.
+
+Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que más
+gente tenía formada ante sus rejillas. Tardaría mucho en llegarles el
+turno para la confesión.
+
+Al reconocer á las dos señoras, hubo un movimiento de respeto y
+curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y
+con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreciéndolas
+su puesto en la fila. Doña Cristina hizo un signo de aprobación con la
+cabeza y abriendo su portamonedas dió una peseta á cada una de ellas.
+
+Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos
+concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre Paulí á pesar
+de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de la
+rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa
+con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño.
+
+La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con sólo dos
+penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando
+las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con
+calma.
+
+Doña Cristina experimentaba la emoción de la doncella que tiente la
+proximidad del hombre amado.
+
+El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora admiraba su energía,
+su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio, que había sido
+militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre
+de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los
+escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los
+actos del Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él
+por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes
+que sólo hablaban de piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura
+de Jesús. Era el jabalí de la Iglesia, que al verse en terreno
+favorable, en aquella tierra donde crecía frondoso el bosque de la fe y
+de la sumisión ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos á todos
+lados. «A los enemigos de la religión, palo», decía con fiera
+arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola.
+
+No perdonaba medio para propagar sus belicosos propósitos. Sus sermones
+en las grandes romerías, en las fiestas de la Asociación de la Vela
+Nocturna y otras corporaciones que le tenían por director, eran arengas
+de caudillo, hablando de matar ó morir como los paladines de las
+Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto «A las
+señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado
+que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.
+
+Era un hombre de lucha que iba recto á su fin, atropellando las
+doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto tronaba
+contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la
+caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á
+las elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente,
+para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella
+institución del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño
+al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.
+
+Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que
+fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras, amenazando con no
+comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al candidato
+liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que
+enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros;
+las damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables,
+arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas
+electorales. Y enfrente de este gran ejército manejado por el Padre
+Paulí, un candidato de una buena fe paradisíaca, que hacía discursos
+sobre la regeneración material de la nación y la política hidráulica,
+pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual Vizcaya, en el que
+llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo importaba á los
+_maketos_, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de África.
+Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en una
+iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter
+antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la
+Iglesia que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que
+quien no está á sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!...
+
+En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las
+gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico jesuíta un
+prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los últimos
+restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y
+su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta,
+recordándole que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó
+mil pesetas para la elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia
+libertad de que gozaba en el manejo del dinero, dió dos mil duros al
+Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez
+Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doña Cristina tembló en
+el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parecía escuchar la
+risa irónica del doctor Aresti, allá en las minas. Temía la explosión
+ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una mujer, que no era
+para él más que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los
+días y siguió callando, como si pasada la primera impresión de cólera,
+sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera
+turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su
+casa.
+
+Doña Cristina también había perdido su primitiva inquietud al
+transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente
+ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia
+conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía
+por todos los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su
+marido. El jesuíta la comparó en una reunión de señoras con las mujeres
+fuertes de la Biblia y con un sinnúmero de santas, todas princesas ó
+consejeras de reyes. «Con señoras tan valerosas, pronto volverá el
+reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era otro panegirista que en
+las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre risas, la gran treta
+que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara de vinagre.
+
+Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora entraba en aquella
+iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo de la
+victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres
+como si fuese de su familia.
+
+El confesor, después de despachar á varias penitentas, sacó la cabeza
+por delante del sagrado cajón, lanzando una rápida mirada á la fila de
+señoras, mientras musitaba algunas oraciones.
+
+--Me ha conocido--pensó doña Cristina con orgullo--No tardará en
+despedir á la que está delante.
+
+Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla allí en verano. La
+afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el
+servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, sólo de
+tarde en tarde hacía sus visitas al templo de la Residencia. De seguro
+que el buen Padre pensaba: «Algo extraordinario le ocurre á mi hija de
+confesión.» Y así era efectivamente.
+
+No peligraba la salud de su alma ni traía ningún grave pecado que la
+abrumase con su peso. Pero el jesuíta quería que se le dijera todo,
+absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas,
+único medio de que éstas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una
+confesión extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.
+
+Primeramente, quería hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho
+de su esposo.
+
+Sánchez Morueta había llegado el día anterior, después de una
+permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio:
+millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales
+había de tratar nuevos negocios. Esto, según él daba á entender en sus
+escasas palabras. Pero doña Cristina dudaba ya de todo desde que dos
+días antes de que regresase el millonario, había encontrado revolviendo
+los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de ámbar y
+con la firma de una mujer, una tal Judith, que debía ser una pagana, una
+pecadora, á juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no había
+entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantásticos y
+además estaba en francés. Pero las pocas palabras que había podido
+adivinar, y más que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender
+desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor
+desenfado. ¡Qué asco! Toda la castidad de doña Cristina, su horror á la
+carne vil, se revolvió al contacto de aquel papel. No quiso verlo más y
+lo abandonó en el mismo sitio donde lo había encontrado. Sabía lo
+necesario: su marido tenía una amante: tal vez por esto pasaba tanto
+tiempo fuera de Bilbao...
+
+En el primer momento, doña Cristina experimentó una sensación
+desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo.
+Sintió por Sánchez Morueta un interés más grande que en los primeros
+tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la
+infidelidad. Tal vez iba á conocer el amor á impulsos de la cólera. Pero
+aquello sólo duró un instante: su alma, que parecía despertar é
+incorporarse, volvióse del otro lado y continuó su sueño.
+
+Si Pepe tenía una querida ¿á ella qué? Mejor: su indiferencia encontraba
+una justificación. Viviría más segura en su castidad: se sentiría más
+fuerte, pudiendo echar algo en cara á aquel hombre que parecía dominarla
+con su silencio. Era lo que á ella le faltaba. Doña Cristina se había
+irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel
+hombre que vivía tranquilo, sin acordarse de la religión, cerrando su
+casa á los ministros de Dios.
+
+De aquella carta pecadora le había quedado el principio impreso en la
+memoria: «_Mon gros loup cheri_». ¿Qué querría decir esto? Y adivinando
+algo horrible y grotesco á la par, como los diablos panzudos pintados
+en ciertas estampas, sonreía en medio de su repugnancia, pensando en la
+figura algo ridícula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando
+á una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorándolos.
+
+Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quería
+comunicárselo al Padre Paulí, y que éste la ayudara con sus consejos.
+Además, tenía que hablarle de la niña, rogando que la diese un buen
+repasón. Estaba en la edad de los caprichos y las _tonterías_, y ella,
+después de la tarde en que la había sorprendido en el jardín con el
+ingenierillo, sentía cierta intranquilidad. Hasta había efectuado un
+registro minucioso en el cuarto de la niña, presintiendo cartitas
+escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada había
+encontrado; pero le daba el corazón que algo existía. Tal vez lo
+guardaba oculto la _aña_ Nicanora, complaciente siempre con la señorita.
+
+Había terminado su confesión la señora arrodillada delante de ella, y
+doña Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del
+lado opuesto. Se abrió por fin el ventanillo y Pepita vió por encima de
+los hombros de su madre una sombra que murmuraba:
+
+--¡Hola Cristina! ¡hija mía! ¿A qué obedece esta visita tan
+extraordinaria?...
+
+Pepita no oyó más: su madre pegó la cabeza á la rejilla, ahogándose las
+palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.
+
+La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil
+la incrustación de los tacones de sus botas, leía en su devocionario
+automáticamente, mientras pensaba lo que diría al confesor.
+
+Estaba junto á su mamá y llegaban hasta ella algunas de sus palabras
+como un lejano susurro.
+
+Pepita comprendió que su madre hablaba de una carta que debía
+interesarla mucho, á juzgar por las veces que la nombró. La joven púsose
+á temblar pensando en las que tenía ocultas, como una prueba de delito,
+allá en su hotel de Las Arenas. Pero doña Cristina levantó la voz un
+poco más, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso
+y Pepita la oyó decir con gran dificultad, vacilando á cada sílaba
+«_Mon... gros... loup... cheri..._»
+
+No: aquello no iba con ella... ¿Pero por qué decía su madre tales cosas?
+¿Qué lobo era aquel, en francés, que su madre llevaba tan trabajosamente
+hasta los oídos del buen Padre? Y Pepita se mordía los labios para no
+reír, sin saber ciertamente por qué le regocijaba esta frase que no
+había encontrado nunca en sus libros cuando la enseñaban francés.
+
+Luego cesó de oír. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la
+rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta
+Pepita como el balbucear de un pequeñuelo: «Ña... ña... ña». Debía reñir
+á la madre á juzgar por lo encogida que ésta se mostraba, con la cabeza
+entre los hombros, como si la abrumase el interminable regaño del
+confesor.
+
+La voz de doña Cristina volvió de nuevo al oído de su hija:
+
+--Es verdad Padre: yo tengo la culpa. ¡Pero es una esclavitud tan
+dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocación me
+llamaba á otra parte. Pero la juventud se engaña siempre y ¡era yo
+entonces tan niña!...
+
+Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo el «Ña... ña... ña»
+siempre con tono de reproche durante muchos minutos.
+
+--¿Cree usted Padre--volvió á murmurar la señora--que no he hecho yo
+nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería aquel en
+que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que
+le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes...
+Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado
+respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los
+hombres.
+
+Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más imperioso, como si diese una
+orden, y doña Cristina achicábase ante la reja, obediente á su director,
+pero anonadada por el sacrificio que la imponía.
+
+--Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco que eso me produce!
+¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no hay otro
+remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son
+sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias
+de la vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué
+repugnancia, Dios mío!...
+
+El «Ña... ña... ña» tomó una expresión interrogante.
+
+--Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros tiempos, á preocuparme
+de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este
+sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á Dios.
+
+El murmullo del confesor sonó largamente, como si diese consejos. De vez
+en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus afirmaciones de
+penitenta sumisa.
+
+--Así lo haré, Padre.
+
+--_¿Ña... ña... ña?_
+
+--Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré acordarme de mis tiempos de
+vanidad.
+
+--_¿Ña... ña... ña?_
+
+--¿Quiere usted que sea hoy mismo? ¿Después de haber recibido al
+Señor?... Bien: porque usted lo dice. Será un nuevo sacrificio.
+
+Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doña Cristina volvió la
+cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su
+confesión; y al ver tan próxima á Pepita, fijos en el devocionario sus
+ojos cándidos, se pegó más á la rejilla. La joven ya no oyó más que un
+lejano susurro, sin distinguir una palabra.
+
+Al terminar la confesión, la madre fué á arrodillarse en el centro del
+templo y Pepita ocupó su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor
+despachó rápidamente á la penitenta del lado opuesto, y volvió á abrir
+el ventanillo.
+
+--Hola, buena pieza. ¿Eres tú?--dijo cariñosamente á Pepita.--¿Ya has
+hecho el acto de contrición? Pues á ver esos pecadillos, á hacer la
+colada del alma, que aquí está el Padre Paulí para absolver á las niñas
+que son buenas y sumisas.
+
+Y mientras la joven iba soltando con automática regularidad los pecados
+de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia,
+deseos de humillar á las amigas, desobediencias á su madre, miraba á
+través de la rejilla al famoso jesuíta, su cara sin una arruga, la nariz
+aguileña, aquella sonrisa dulce que parecía acariciar, pero que á ella
+le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que
+extraía las verdades por hondas que se ocultasen.
+
+--Bien, ¿y qué más?--dijo el jesuíta cuando ella se detuvo dando por
+terminada la enumeración de sus pecados.
+
+--Nada más, Padre. No recuerdo otros pecados.
+
+--Rebusca bien en tu conciencia, hijita. ¿Nada de nuevo ha ocurrido en
+tu vida desde la última vez que nos vimos? Piénsalo. Mira que con el
+Padre Paulí no valen engaños: que hasta mí llega un pajarito que me
+cuenta todo lo que hacen las niñas embusteras, y que yo sé cuándo me
+dicen la verdad y cuándo me mienten.
+
+Pepita comenzaba á sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y
+maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, según afirmaba
+su madre. Con él de nada servían los tapujos. Y su inquietud convirtióse
+en miedo cuando vió que el sacerdote cesaba de sonreír y la hablaba con
+los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmovía desde el púlpito
+á la distinguida muchedumbre de sus fieles.
+
+--Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más bonita que tú, y más
+rica, pues sus padres eran reyes...
+
+Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes,
+sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.
+
+--Un día, en un sarao de la corte, cuando más llamaba la atención por su
+hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los
+cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa
+asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una
+horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un
+pecado que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba
+la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.
+
+Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador horrorizado, hacía
+estremecer á la joven. El final de la historia no era más
+tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la
+princesa, y la desdichada descendía con el peso de su pecado á los
+infiernos.
+
+--Vamos, hija mía--dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su
+sonrisa después de la historia horripilante.--Tú eres más buena que la
+princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor.
+Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no
+mienten, pero que tiene una correa para castigar á las que son malas y
+rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo
+para tí, como si lo fuera... ¡Tú tienes un novio!
+
+--No, Padre--dijo Pepita con voz trémula, intentando todavía
+defenderse.--Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los
+demás... que le tengo cierta simpatía...
+
+--¡Vaya por el amigo!--exclamó bondadosamente el confesor.--Y este amigo
+te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de mamá. No digas
+que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas
+y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si es
+inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!...
+
+Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez del pajarito, como si
+fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.
+
+La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí tomó entonces un
+tono solemne:
+
+--Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido un grave pecado,
+pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo has hecho,
+indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y espero
+que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo
+grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe
+vivir agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que
+es el mundo, querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á
+mamá, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si éste puede
+ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los
+rodean! Vamos que merecías una zurra, como las chicuelas malcriadas que
+hacen alguna diablura.
+
+Y su mano blanca se movía tras la rejilla con burlona expresión de
+amenaza.
+
+--Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las jovencitas del día,
+pídele á tu madre un libro titulado «_La entrada en el mundo._» Si ella
+no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de
+memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por
+otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los
+muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad
+de Deusto y es una guía completa de lo que debe pensar y hacer en el
+mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no
+necesita más para ser un modelo de caballeros católicos y excelentes
+padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los capítulos que se
+titulan «_La elección de estado_» y «_Antes que te cases_»... y verás lo
+que le corresponde hacer á la juventud cristiana para conservar pura su
+alma y no ofender á Dios. Para la elección de estado hay que meditar
+mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santísima Virgen,
+tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el bienaventurado y
+glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe
+escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y
+especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo
+maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y
+sobre todo, de vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro.
+
+Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si éste fuese
+el personaje más importante entre todos los citados.
+
+--¿Qué es el director espiritual?--continuó.--El librito lo dice
+claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija
+vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres
+se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os
+queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros
+confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen
+á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de
+Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que
+_galantería_ mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del
+pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes,
+chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir
+de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan
+muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de
+nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á
+buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que
+ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin
+venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en
+Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del
+Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce
+que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una
+santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese
+médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que
+entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del
+siglo.
+
+La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su
+pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:
+
+--Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó
+menos como tu tío el médico.
+
+--¡Ay, no, Padre!--se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión
+para defender á su novio.--es muy buen católico: me lo dijo el otro día
+cuando hablamos en el jardín.
+
+--¡Hum, hum!--tosió el jesuíta--¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas
+escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que
+puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo
+conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...
+
+--Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se
+inscribiría en los _Luises_, que haría todo lo que yo le mandase. Crea
+usted, Padre, que no es malo.
+
+--¡Je, je!--rió maliciosamente el confesor.--No está mal la resolución.
+Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al
+matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados.
+El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo
+un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles
+que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú,
+hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era
+más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la
+voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no
+podré darte la absolución. ¿Entiendes?...
+
+Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.
+
+--Pero tú eres buena--continuó el jesuíta cambiando de tono--y tú
+obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese hombre:
+un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la
+Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras
+á ese individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por
+consejo de mi director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las
+mujeres, tenéis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle
+saber, de un modo que no deje lugar á dudas, que todo acabó, que ya no
+te acuerdas de él, que lo pasado fué una falta de la que te muestras
+arrepentida... ¿Estamos?
+
+Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que
+adivinase el confesor si esta emoción era por la pena del rompimiento ó
+por el miedo que le inspiraba su pecado.
+
+--¡Tonta! ¡tontita!--dijo para tranquilizarla.--¡Si todo esto es por tu
+bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay
+tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu
+padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija
+de Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los
+hombres más útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan
+números! Eso de las princesas casándose con pastores, sólo se ve en las
+comedias. Aún es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece á
+tus padres, á mamá sobre todo, pues las mujeres saben más de estas
+cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu amigo, tu segundo padre, y
+entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que te hará feliz y aun
+elevará más tu rango en el mundo.
+
+Calló un momento el jesuíta, como si preparase un avance decisivo.
+
+--¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de
+nuestra Universidad!... Una joven como tú--continuó--merece unirse con
+una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad
+de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con
+un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de
+Estado, y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es
+difícil encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola.
+
+Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no.
+
+--¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de él? Es uno de los
+alumnos de _punta_ que han salido de nuestra Universidad. Con una docena
+como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta población aparecería
+como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la reconquista de
+España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de
+Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de
+tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el
+pobre Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas
+maldicientes!... ¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste
+no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente
+inclinado hacia tí, con el amor honesto y respetuoso de un joven
+cristiano. Las que te hablan contra él, es porque te tienen envidia.
+
+Después de este hábil halago á la vanidad de la joven, continuó con una
+expresión de bondad y tolerancia:
+
+--Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fué nuestro padre San
+Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar,
+y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y
+de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente
+después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para
+que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que
+entonces se llamaban _botas polidas_... Urquiola es joven, y rebosa en
+él la energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al
+servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de
+pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas
+cambian según los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo,
+lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa,
+rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado
+que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermín; un soldado,
+un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas,
+porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de su
+mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que
+tenga á su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué
+le miran con tanto agrado tus amigas? Porque están seguras de su
+porvenir. Fermín será diputado en las primeras elecciones, figurará en
+Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte
+de esta nación, que seguramente se cambiará, de no olvidarnos Dios!...
+
+Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobación ó protesta ante
+los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo haber avanzado
+demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho.
+
+--No creas que tengo un interés especial en que sea Urquiola quien haga
+feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más tenacidad que yo,
+pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es ese, que sea
+otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria
+y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas
+como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás
+y desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes
+seguir sus costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con
+el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la
+fortuna les sonríe, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo
+tan hermoso como tú, que eres buena y no querrás amargar los últimos
+años de su vida.
+
+Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve mohín, de la felicidad
+conyugal de los Sánchez Morueta.
+
+--Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por aquí con más
+frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo
+tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho
+cuidado con ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que
+nunca puedas volver á leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?
+
+--Sí, Padre.
+
+--¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por terminadas para siempre
+las locuras?
+
+--Sí, Padre.
+
+--Muy bien: vamos á la absolución.
+
+Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á la joven al través de
+la rejilla: después sacó la mano por el frente del confesonario para que
+se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto preparando una
+sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á arrodillarse al
+lado de su madre.
+
+Comulgaron tras una breve espera, después de rezar su penitencia y
+salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á las amigas
+que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios.
+
+El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas siguiendo la ribera de la
+ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.
+
+Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más hermoso que otros
+días.
+
+--¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el recibir al Señor? Dí
+que hemos empleado bien la mañana.
+
+Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de la señora, como si se
+aproximase un peligro que quería olvidar.
+
+Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pasó horas
+enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente,
+rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que
+escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la _aña_ Nicanora,
+rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para
+entregarlo á don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina
+fueron inútiles. La niña estaba de mal humor y no quería contestar.
+
+Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de la comida. Llamó
+varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando dobladas
+sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la
+servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese
+algo extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa.
+
+Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste por su esfuerzo
+epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre.
+
+--¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te has puesto!...
+
+Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la
+doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con
+llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?...
+Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y
+polvorientos; una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un
+taller de la _rue de la Paix_ cuatro años antes, cuando ella volvía ya
+la espalda á las vanidades del mundo.
+
+Había engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente
+estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos y
+comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como
+un mallón sobre las caderas.
+
+--Qué, ¿te parezco bien?--dijo la madre, pavoneándose como una niña ante
+la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla
+resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una
+resurrección histórica.
+
+Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo _fru fru_ de sus finas
+ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había
+prodigado con cierta indiscreción.
+
+Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su
+mujer, acabó por levantar la cabeza.
+
+--¿Qué te parezco, Pepe?--dijo ella con una sonrisa que contrastaba con
+el temblor de su voz.
+
+El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de
+fruto maduro.
+
+--No estás mal--y fijó de nuevo sus ojos en el periódico.
+
+--Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que
+llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á
+esto, Pepe?...
+
+--Harás bien:--y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el
+pensamiento lejos, muy lejos.
+
+La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con
+un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas
+nerviosidades.
+
+Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en
+los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la
+servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la
+casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á
+golpear á todos.
+
+Pepita también estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en
+el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida de Biarritz,
+queriendo que le describiera alguna _toilette_ de las muchas que habría
+visto en aquella sociedad elegante.
+
+Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija. Era la
+única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba con la cabeza
+baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos
+se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una expresión
+desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba
+por su novedad cierta molestia.
+
+Después de comer, el millonario se entró en su despacho.
+
+Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la
+hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió con paso
+resuelto en busca de su marido.
+
+Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se
+acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas medrosas que
+iban en busca del ogro.
+
+Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez Morueta, que
+creía en la llamada de un criado: notó el movimiento instintivo de sus
+manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos
+colores que releía con gesto hosco.
+
+Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de recuerdos,
+volvió á su memoria el «_Mon gros loup cheri_», y sin saber por qué,
+sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de aspecto
+imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á
+entender, aquella frase de _cocotte_, que debía encerrar algún misterio
+mágico para apoderarse de los hombres.
+
+--¿Qué quieres? ¿qué ocurre?--preguntó el marido con extrañeza.
+
+¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el lápiz de
+tocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que no lograba
+dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se
+aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.
+
+Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y apelando al
+recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas carnosidades, los
+hombros del temido ogro.
+
+--¡Pepe... Pepe!--murmuró con voz tenue, como un gemido dulce.
+
+Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con besos
+ardorosos.
+
+El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda de carne
+femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le envolvía, por
+los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los
+dientes de láctea blancura.
+
+Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una ráfaga. Su mano
+poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante aquellos ojos
+fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento, su
+alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.
+
+Después, la voz del marido sonó en el silencio de la habitación,
+lacónica, triste y monótona:
+
+--Es tarde, Cristina, es tarde.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su despacho
+contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó en el asiento con
+sorpresa, viendo entrar á su principal.
+
+Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su secretario
+que tardaría unas dos semanas en regresar, y se presentaba
+inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le habría
+torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne
+gravedad?...
+
+Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes
+aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario, era que
+hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba
+envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos.
+
+--A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise
+usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no
+me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado,
+mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A
+ver, ¡que suba el _Capi_! Llame usted á don Matías. ¡En seguida;
+listo!...
+
+Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le
+esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas,
+como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la
+serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus
+arrebatos.
+
+Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando
+casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos
+atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no
+pasaba de la puerta.
+
+--Pepe, ¿qué tienes?--dijo el marino con el acento afectuoso de un
+antiguo camarada.
+
+--Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de
+las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en
+seguida.
+
+--Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él
+tiene sus ocupaciones...
+
+--¡He dicho que venga en seguida!--gritó el millonario.--Dile que le
+necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier
+cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es
+mi único amigo.
+
+--Está bien--gruñó el capitán.--Los demás somos unos perros.
+
+Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su
+paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir
+contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.
+
+De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con
+ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para
+continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su
+irritado principal.
+
+--Señor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse
+inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar el sol, adonde le dé
+la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida.
+
+Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó que iba a recibir algún
+golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, salió
+apresuradamente.
+
+Las oficinas parecían desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante
+sus papeles, temblando al oír tras de los cortinajes aquella voz
+furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y juramentos
+verdaderamente extraños en tan grave personaje.
+
+En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un
+enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de incesantes paseos, se
+dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando
+antes un botón eléctrico.
+
+Entró un ordenanza con aire azorado.
+
+--Tráeme un café.... pero bien fuerte.
+
+Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de
+los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para él,
+con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisición era motivo
+de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa ó en los
+negocios de minas.
+
+Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese señales de
+existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y
+corrió el criado al despacho.
+
+--Trae otro café.
+
+Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar por las dos colillas
+arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como
+un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los había encontrado
+al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía irrespirable, sin
+que él se diese cuenta de ello.
+
+Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido
+para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el
+despacho, atraído por el timbre.
+
+--Dile al capitán que suba--dijo el millonario.
+
+--Don Matías no está, señor--contestó el criado.
+
+Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de
+la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la
+costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos
+hacían lo mismo.
+
+--Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se
+te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.
+
+Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y
+coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El
+millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y
+como perdida en un punto lejano, muy lejano.
+
+Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un
+poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste
+fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase
+los platos casi intactos.
+
+--Mira, hijo mío--dijo con dulzura inesperada.--Llévate todo eso;
+cómetelo y que de salud te sirva.
+
+Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella
+inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.
+
+Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor
+dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta
+actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el
+bienestar del que en nada piensa.
+
+Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho,
+el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida.
+
+--¡Esto es un horno!--gritó el médico,--¡Aquí no se puede respirar; qué
+humareda; parece un incendio!
+
+Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de
+tabaco en que se envolvía su primo.
+
+--¿Qué pasa?--dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.--¿Qué
+te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...
+
+Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro.
+Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más
+de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una
+expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga
+física, como si no hubiese dormido en algunas noches.
+
+--¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.
+
+Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él
+ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos
+dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.
+
+--¡Ay, Luis!--suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo,
+las manos de su primo.--Mi vida terminó. Han matado todas mis
+ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!
+
+Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la
+pequeñez del doctor con su corpachón.
+
+--¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas como una señorita
+desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á llorar como
+los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos
+por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.
+
+El millonario fué á hablar, y Aresti le interrumpió de nuevo:
+
+--Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero,
+aguarda ahí fuera. Lo he encontrado en la estación del Desierto, y al
+saber que habías llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te
+esperaba con impaciencia.
+
+Sánchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algún asunto
+urgente de la fundición. ¿Qué le importaban á él los altos hornos, y las
+minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala
+suerte. ¡Para lo que servía la riqueza!... Y revolvía sus ojos furiosos
+por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poderío
+industrial, haciéndolo responsable de su desgracia.
+
+En aquel momento aborrecía al muchacho que esperaba en las oficinas. ¡La
+juventud! ¡la insípida y antipática juventud! Aquel ingenierillo no
+tenía otros medios de vida que los que él le diese: ni riqueza, ni
+poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos años, por su cara de
+madamita con bigote, no le ocurriera lo que á él con todos sus millones.
+¡Cristo! ¿Para qué servía, pues, el dinero?
+
+Aresti se impacientaba.
+
+--Bueno, hombre: deja en paz á ese chico, y si no quieres verle en
+seguida, que aguarde. Pero cuéntame, Pepe ¿qué te pasa?
+
+--¡Judith!...--gimió el millonario.--Ya sabes quién digo...
+
+Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su
+tristeza.
+
+--Sí, Judith--dijo Aresti animándolo para que hablase.--Aquella
+francesa, ó judía, ó lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo...
+la madre de aquel niño tan hermoso... el _hijo del amor_. Estoy
+enterado. ¿Y qué ha hecho la tal Judith? ¿Alguna perrada? ¿La has
+sorprendido con alguien? ¿Ha huido y no sabes dónde está? Habla, hombre:
+cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas,
+nada me cogerá de sorpresa.
+
+Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo
+que su primo iba á contarle; seguro de que aquella novela de amor,
+desarrollada en el ocaso de la madurez, había de tener un desenlace
+triste.
+
+Sánchez Morueta comenzó á hablar con lentitud, como si le doliese, con
+profundo desgarrón, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer
+dolor, se animaba, se enardecía, embriagándose en la amargura de su
+desgracia.
+
+Había conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos
+meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios
+de su carácter. ¿No lo había notado Aresti?
+
+De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito
+de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.
+
+Varias cartas anónimas le habían avisado las infidelidades de Judith.
+Alguna buena alma que conocía su dicha y deseaba turbarla: tal vez una
+antigua compañera de la _divette_, envidiosa de su bienestar. Y el
+grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tenía miles
+de brazos á sus órdenes y flotas en el mar como un príncipe de la
+moderna realeza, había descendido durante algunos meses á una vida de
+espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las
+denuncias.
+
+--¡Ay, el amor, Luis!--exclamaba.--¡Cuán pequeños nos hace! ¡Cómo nos
+envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la certeza
+de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que
+he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!...
+
+Al llegar el verano, Judith había ido, como de costumbre, á una casita
+que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la tenía más cerca
+de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los
+misteriosos avisos.
+
+Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un
+_monsieur Jules_, joven, hermoso y elegante, de problemática vida; un
+aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de _croupier_ en
+los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba á las
+estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía conocerle mucho
+tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra que se da
+cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la
+hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las
+aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de
+acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.
+
+Sánchez Morueta, después de la lectura de los anónimos, recordaba haber
+oído su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando
+de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el aventurero había
+pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía caliente,
+apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las
+peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de
+«asegurar su posición», como ella decía, con una voracidad creciente,
+como si la guiase un oculto consejero.
+
+El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué podía importarle este
+chorreo de riqueza que no marcaba la más leve desnivelación en su
+fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía haciéndole
+abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo de
+su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á
+tantos causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano
+verde, engañado y _pagano_, eterno personaje de todos los cuentos y las
+comedias parisienses! Él había sido _le vieux_ del que se ríe la pareja
+joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de
+Banco. ¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á
+la familia y á las malditas conveniencias sociales, había salido de la
+triste aventura sin matar á ninguno de los dos!...
+
+--¡Pero, hombre, siéntate!--decía el doctor asustado al verle ir y venir
+por el despacho como un loco.--No golpees los muebles. Ya sé que de un
+puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho
+muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se
+burle una pájara de esas? Sigue contando... sigue.
+
+Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el
+relato pasó de un salto á la escena final de su novela amorosa, á la
+última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de
+Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida.
+
+Sánchez Morueta había llegado sin avisarla, sorprendiendo al _monsieur
+Jules_ casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no había sido
+completa. No le había visto: sólo había adivinado su presencia en el
+desorden de la habitación, en los detalles que revelaban una fuga
+rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la puerta
+cerrada.
+
+Después, la escena había sido horrible entre él y su amante. ¡Ay, la
+mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de acabar de
+una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la
+situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más;
+mantenerlo en la dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar
+la verdad. «Vivimos de mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en
+las horas de abandono, cuando en brazos de Sánchez Morueta recordaba su
+pasado de aventuras. Pero ahora ya no quería mentir; estaba enamorada de
+su _Jules_, enamorada frenética, con celos de fiera al ver que se lo
+disputaban otras más jóvenes; y para atraérselo para siempre,
+legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al amante rico, en
+destrozarle el alma con su cínica franqueza.
+
+¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era joven y guapo! ¡Con
+qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario revolvíase
+con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una
+provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus
+desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le
+regocijaba en los primeros tiempos de su amor.
+
+--Sí, _mon vieux_. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se _badina pas_. Si
+tú me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser
+amigo del pobre _Jules_. Y si no, la puerta está abierta. Será lo mejor.
+_Voilà._
+
+La cínica proposición había hecho rugir al gigante, levantando sus
+zarpas con furor homicida. Pero ella ¡la maldita! tenía la tenacidad
+glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser
+asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de
+desafío.
+
+--Sí, pégame; eso es muy español. Mátame, como matan en tu tierra á las
+mujeres, cuando no quieren amar. Anda, _don José_; ya estamos en el
+final de _Carmen_. ¿Dónde guardas la navaja?...
+
+Él había sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se dió cuenta de
+su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los
+peligros de la existencia errante. Y lloró como un miserable, suplicó
+vilmente para que no lo abandonase. Hasta creía recordar que se había
+arrodillado, agarrándose á sus piernas, sintiendo la desesperación de
+perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parecía despedirse de
+él al través de la batista que la cubría.
+
+Sánchez Morueta, hablaba á su primo con la cabeza baja, como un
+criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y únicamente cerrando
+los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su
+conciencia.
+
+Había sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las
+lágrimas con que había mojado durante toda la noche el cuello insensible
+de aquella mujer.
+
+Ella se había apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada
+del pobre patriarca, y con la conmiseración maternal que siente toda
+mujer por un hombre que llora, lo había tomado en sus brazos, apoyándole
+la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acariciándole las barbas
+encanecidas.
+
+La gratitud y la lástima la hacían ser bondadosa, con palabras de triste
+consuelo. ¡Ah, _gros coco_! Había que tomar la vida tal como se
+presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empeñarse en pedir
+imposibles. Cada uno se enamoraba á su hora. Él la quería, siendo casi
+un viejo: ¿por qué se extrañaba de que ella, siendo joven, tuviese
+también su momento de debilidad, enamorándose de aquel _Jules_ que
+poseía para las mujeres un encanto malsano y dominador?
+
+Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual
+trabajaba á su modo, sin acordarse del corazón, para asegurar su
+porvenir. Pero después, con el bienestar llegaba la dulce tontería del
+amor. Esto había hecho él, pasando la juventud absorbido en la caza de
+la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la época en que
+otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurría á ella al ver asegurado
+su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso.
+¿Por qué no había de conocer su verdadero amor con sus penas y alegrías
+después de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... ¡Ah
+_mon vieux_! Había que tomar la vida con serenidad filosófica. A cada
+cual su turno.
+
+Después intentaba consolarle hablando del pasado. No debía desesperarse
+el enorme _bebé_ que se adormecía llorando sobre su hombro. Podía
+afirmar que había sido amado más que muchos otros. Primeramente, le
+había querido con una simpatía pálida y pasiva, porque era bueno con
+ella, porque la había sacado de su antigua vida de artista errante,
+dándola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira.
+Después le había admirado, con una admiración rayana en el amor, al
+apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hacía nacer
+nuevas industrias, el poder mágico, que esclavizaba el dinero, la
+inteligencia que hacía danzar los millones, sin que ninguno se saliera
+de línea. Ella adoraba á los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no
+presentarse el otro, con algo que no podía explicar. Tal vez era el
+encanto de la corrupción y de la juventud, que la enardecía, haciéndola
+cometer locuras; pero aun así confesaba que no podía compararse aquel
+hombre con _su viejo_ tan bueno y tan generoso... ¿Por qué no había de
+aceptar el obstáculo como lo hacían otros? Aún podían ser felices: los
+tres vivirían en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que
+poseía una fortuna, gracias á él: era buena muchacha y haría lo
+necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario
+contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.--«Yo solo,
+yo solo.» Judith se indignaba. _¡Grosse bête, va!_ Lo que él pedía era
+imposible. Ella no podía separarse del que amaba, y tampoco quería
+mentir: ella tenía corazón.
+
+El doctor interrumpió á su primo, que se complacía con doloroso deleite
+en detallar los recuerdos de aquella noche.
+
+--¿Pero, y el niño? ¿Y el _hijo del amor_?--preguntó con cierta ironía.
+
+Sánchez Morueta miró al médico con unos ojos que pedían piedad.
+Recordaba el entusiasmo con que había hablado á Aresti del pequeñín:
+renacían en su memoria las palabras al describir su belleza delicada:
+«un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.»
+
+--No te burles, Luis, es una crueldad. Tú lo adivinaste, sin duda,
+cuando te hablé de él. También esta ilusión ha desaparecido. No queda
+nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida.
+Se lo ha llevado todo... todo.
+
+Y recordaba, cómo por segunda vez sintió el instinto homicida al ver la
+sonrisa burlona con que acogió ella el recuerdo del pequeñuelo. ¡Ah, la
+cruel! ¡Con qué sencillez le había arrebatado la última ilusión,
+diciéndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la
+de aquel tunante que llenaba su pensamiento! ¡Qué tirón tan doloroso en
+su alma!... Esta vez, Judith, á pesar de su insolencia, había sentido
+miedo ante el gesto desesperado de _su viejo_. Pero ¡ay! aquella mujer
+de carácter doble é inexplicable era invencible. De sus crueldades,
+hacía un mérito. Manteniendo en el millonario la ilusión de la
+paternidad, podía seguir explotándolo. Así se lo había aconsejado su
+amante. Pero ella era una buena muchacha y no quería mentir cuando
+llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretendía que su antiguo
+protector le agradeciese la cruel confesión. No: el niño no era su hijo.
+Y lo repetía satisfecha, como si de este modo afirmase más sus derechos
+sobre el hombre amado, colocando el pequeñuelo como un compromiso eterno
+entre ella y el _amante de corazón_.
+
+Sánchez Morueta salió de aquella casa con el alma rendida por los
+crueles descubrimientos. ¡Ni amor, ni hijo! Sólo la convicción del
+fracaso; la tristeza de haber creído en una dicha que él mismo se
+forjaba engañándose, y un profundo desgarrón en su dignidad, el arañazo
+del ridículo en que había vivido durante varios años, que él creía los
+mejores de su existencia.
+
+Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo. Por la noche, el deseo
+amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de á dónde se
+dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith.
+
+Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de otra noche como la
+anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad
+de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con su
+amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años
+desaparecería sin dejar rastro.
+
+--Más vale así--dijo el doctor.
+
+--Sí: mejor es que haya huido.
+
+Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobardía de la segunda
+noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo á
+Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación
+envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una
+sombra de felicidad á la que agarrarse.
+
+Se hizo un largo silencio. El millonario, después de terminado el
+relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si al echar
+fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un
+golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el
+desfallecimiento del hambre.
+
+--Y ahora, ¿qué piensas hacer?--preguntó Aresti.
+
+--¿Y tú me lo preguntas?--dijo con desaliento el millonario.--¡Qué sé
+yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida. Desde anoche
+que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aquí
+y llamarte. Tú eres lo único que me resta...
+
+Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras éste se encogía de
+hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar á su primo.
+
+--Me siento mal, Luis--dijo quejumbrosamente Sánchez Morueta.--Yo me
+conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus consecuencias más
+adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu vida, dímelo!
+
+Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego
+que no osase moverse é implorase un guía.
+
+--¿Qué quieres que te aconseje?--dijo el médico.--Lo que yo te puedo
+decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?...
+
+El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para qué? Aquello había
+terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la decepción, pero el
+mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan
+fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando
+curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo
+del ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay!
+¡cómo le aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba
+por delante! ¡Qué miedo le causaba la monotonía de una vida sin
+ilusiones!
+
+--Vaya, Pepe: no hay que ser niño--dijo el doctor con autoridad.--Ni
+estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi consejo?
+Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu
+familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste
+al lado de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no
+sea cierto, esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no
+conocerás la infidelidad, ni los celos.
+
+El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La familia! ¡Su mujer!
+También esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.
+
+Entre él y Cristina se habían agrandado las distancias; no podía esperar
+una reconciliación. Él, en su enardecimiento amoroso, no había negado
+los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en su despacho. Y con
+la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su escena con
+Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después, la
+explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su
+infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la
+separación moral en que vivían.
+
+El doctor le escuchaba pensativo.
+
+--¿Cristina fué en busca tuya?--preguntó con cierto asombro.--Pues
+vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido entre
+vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto
+por tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque
+alguien se lo ha mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará.
+
+Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre.
+
+--Vuelve, hombre--continuó el doctor:--es la única solución que puedo
+ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa necesidad de
+amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio para
+llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro
+de tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad,
+fabricándome ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...
+
+El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogiéndolo con un
+gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una especie de
+santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en
+emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan
+de la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como
+aquellos ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer
+podía proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa,
+sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se reía del
+doctor. En el mundo sólo tenía importancia lo que se relacionase con él.
+¡A ver cómo no reventaban todas las gentes por cuya triste situación se
+preocupaba su primo! Si él era infeliz con toda su fortuna, ¿por qué
+habían de ser dichosas semejantes garrapatas?...
+
+Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la
+tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo
+acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas,
+más de una hora.
+
+--Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa,
+que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando
+de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse, pero ahora
+esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo.
+
+--¡Se va!... ¿Y por qué?...
+
+--¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no puede vivir aquí. Tal
+vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta extraño: es cosa
+de la juventud.
+
+Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo
+que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba alegría la posibilidad
+de que el joven sufriera como él. Era un consuelo egoísta y feroz ver
+que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en
+gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al
+ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!...
+
+Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver á los altos hornos
+después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el último
+momento.
+
+Venía para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan
+pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista
+baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los
+ojos.
+
+Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara
+juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala bestia; llevaba la
+señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.
+
+De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de los penados, unidos
+eternamente por la misma cadena.
+
+--¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en la fundición?...
+¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla.
+
+El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni disgusto ni ambición de
+dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía la nostalgia de
+ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de los de su
+tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para América;
+aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de
+llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se
+marchaba.
+
+El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisión de las palabras
+del joven, se convenció de que éste mentía.
+
+Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con que le había
+distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba resuelto á
+la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los
+altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes.
+
+--¡Te vas, hijo mío!--exclamó el millonario con repentino
+enternecimiento.--Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí
+donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve.
+No nos despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á...
+
+El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le
+interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la
+fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si
+Sánchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por
+allá, pasaría él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta
+nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de
+Las Arenas.
+
+--Adiós, hijo mío... Hasta la vista.
+
+Y estrechó con efusión la mano del joven.
+
+Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por
+tantas emociones, se dejó caer en el sillón.
+
+--Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el
+vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de
+la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.
+
+--No, Pepe--dijo al doctor.--Tengo la certeza de que ahora encontrarás
+allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.
+
+--¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...
+
+--Yo nunca--dijo Aresti.--Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y
+lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu
+vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún
+es á qué precio vas á pagarla.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin
+que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los
+recuerdos del millonario.
+
+De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez
+Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al
+escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era
+caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los
+negocios minaban su salud.
+
+--Es la crisis que él temía--pensó el médico.--Pero cuando no me llama
+sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa.
+
+Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta
+que éste le llamase.
+
+Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El
+marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo.
+
+--No es que yo crea que va á morir--dijo el capitán--pero muchacho, anda
+muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta
+parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por
+su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de
+lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina
+parece otra; nunca la he visto tan alegre.
+
+Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud,
+yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera
+considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta
+elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la
+daban el aspecto de una beata.
+
+Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas
+y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura
+del agradecimiento.
+
+En fin, querido _planeta_--continuó el capitán--que parecen unos novios.
+No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros,
+completamente.
+
+Aresti sonreía.
+
+--¿Entonces--preguntó--la casa de mi primo será un nido de amor?
+
+--Hombre, yo te diré--repuso el capitán con cierta vacilación.--Me gusta
+que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo.
+Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de
+Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña
+Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de
+Nicanora, el _aña_? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo
+necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho
+que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita
+parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero
+la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro
+de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me
+rompieran la cabeza cuando al sitio!...
+
+--Y Pepe ¿qué dice?...
+
+--Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena
+su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras
+cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un
+disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir
+á verle.
+
+--¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia:
+allí no hago yo falta.
+
+--Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta
+por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á
+su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta
+de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el _Capi_ es muy franco.
+Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola
+ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa
+en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la
+mala cara que pueda hacerte tu parienta!...
+
+Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque tenían á su primo en
+una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban á otro
+médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al instante.
+Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al
+mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas
+gentes ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una
+bomba. ¡Je, je, je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el
+tranvía.
+
+Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez Morueta, encontró en
+un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.
+
+Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oyó un rumor de
+voces, hablando con apresuramiento, y después un ruido de pasos y de
+faldas en fuga.
+
+--¡No quiero verle!--gritó una voz sofocada que el médico creyó
+reconocer.
+
+Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba aquella fuga
+misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á entender lo
+inoportuno de su llegada.
+
+El doctor pensó que las que habían huido para evitarse su presencia eran
+las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su
+mujer.
+
+La entrevista fué glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el
+menor esfuerzo por disimular la antipatía que le inspiraba el médico.
+Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se presentaba
+allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña
+absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico
+á otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas
+se separaban para siempre.
+
+Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba como si no se diera
+cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto
+asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un
+aparecido.
+
+Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró con inquietud á una
+puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á pasarla.
+
+--No sé si podrás verle--dijo con los labios apretados.--Está delicado:
+no gusta de recibir visitas.
+
+--¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos...
+
+Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de pie y se dirigió á la
+puerta que comunicaba el salón con el despacho del millonario.
+
+Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un grito de alegría,
+reconociendo á su primo.
+
+--¡Luis! ¡Luisito!...
+
+Y le tendió las manos sin abandonar el sillón. Aresti le abrazó.
+Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había adelgazado
+mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en su
+rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la
+nariz más grande y pesada.
+
+Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer momento de expansión
+se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que
+Aresti leyera la cubierta del volumen.
+
+Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie cerca de los dos
+hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones fraternales.
+
+Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la enfermedad. Conocía
+aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba en el
+organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.
+
+--¡Un trastorno moral! Eso es--dijo la señora con voz áspera.--Siempre
+que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado. Por
+fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él
+cómo se adquieren.
+
+Y á continuación, para cortar la entrevista, recordó á su marido la
+conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.
+
+--¡Pero, si es Luis!--dijo el gigantón sin atreverse á mirar á su
+esposa.--¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba mucho
+que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como
+hermanos.
+
+Y su acento humilde parecía excusarse de este cariño, pedir perdón á la
+esposa por un afecto superior á su voluntad. Se notaba en él la
+abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta
+y teme á cada momento que le recuerde su pasado.
+
+Apareció Pepita en la puerta haciendo señas misteriosas á su madre y
+ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de
+Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían despedirse de
+las señoras.
+
+Al quedar solos los dos hombres, el medicó se aproximo á su primo. Les
+dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera
+situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?...
+
+Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer.
+
+--Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué
+cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que
+deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro
+hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que
+descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.
+
+Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la
+fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más
+leve movimiento.
+
+--¿Y _aquello_?--preguntó misteriosamente el doctor.--¿Se olvidó ya por
+completo?...
+
+El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un
+movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las
+palabras de su primo. No debía recordarle _aquello_: le causaba
+vergüenza y repugnancia.
+
+Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de
+su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al
+despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose
+entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos
+primos.
+
+Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer
+comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las
+puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como
+si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»
+
+El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban
+á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con
+satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no
+dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!...
+
+Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente
+con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su
+lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de
+enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico,
+le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la
+prohibición, obsequiaba al tío.
+
+Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á
+Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que
+le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el
+cigarro con que le había alegrado poco antes.
+
+Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo
+iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola
+en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito
+de la obra.
+
+--¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy _profunda_? Pues el segundo
+tomo todavía es mejor.
+
+Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti,
+como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más
+notables que se habían publicado en el siglo: las «_Respuestas á las
+objeciones más comunes contra la religión_» del Padre Segundo Franco, un
+jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por
+tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa
+ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición
+y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como
+crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse.
+Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas,
+con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la
+Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro.
+
+--Usted debía leerlo, doctor--dijo con impertinencia el abogado de
+Deusto.
+
+Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de
+las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se
+probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier
+vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:
+
+--Joven--dijo con gravedad desdeñosa,--hace muchos años que leo lo que
+mejor me parece, sin necesidad de consejero.
+
+Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su
+primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.
+
+Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían
+mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle,
+buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora
+animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el
+médico.
+
+Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que
+preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de
+Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan
+hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y
+honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de
+grandeza.
+
+Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus
+enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el
+abogado, cuyas palabras le irritaban.
+
+--¿Y qué tiempos fueron esos?--preguntó irónicamente.
+
+Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella
+oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios
+literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un
+vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del
+Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los
+_Jaunes_ prudentes y valerosos; cuando la mala peste del _maketismo_ no
+había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los
+vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á
+los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus
+descendientes habían derrotado á los _guiris_ y los _ches_ de pantalones
+rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus
+libertades.
+
+Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos
+batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de
+historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias
+nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de
+Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de
+hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.
+
+--No: Vizcaya no tiene apenas historia--continuó el doctor,--y por esto
+posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo
+que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está
+en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que
+pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo
+colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para
+explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á
+la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes
+cabelludos y zafios que en Padura gritaban _¡sabelian, sabelian sarrtu!_
+avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el
+vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que
+obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede
+producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi
+primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que
+pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín
+moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas
+industriales, que todos aquellos _Jaunes_, sucios, barbudos y llenos de
+costras.
+
+Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío,
+temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á
+la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que
+la discusión no quedase ahogada.
+
+--No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas
+tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo
+rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.
+
+Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas
+fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el
+afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que
+experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á
+la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella
+lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el
+deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la
+dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los
+jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de
+las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.
+
+Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento.
+Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y
+miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran
+vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas?
+Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por
+dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San
+Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la
+revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de
+evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que
+mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo
+conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...
+
+Aresti le interrumpió:
+
+--Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo,
+el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.
+
+Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á
+caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como
+apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto
+muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su
+fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya
+conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la
+masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio!
+Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán
+por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes
+religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los
+ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver!
+¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los
+tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de
+sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban
+su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También
+les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los
+poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido.
+¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos;
+hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de
+los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban
+destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no
+podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo.
+Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á
+los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu
+religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los
+magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si
+buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse
+engañar por absurdas propagandas...
+
+¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin
+voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida
+ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los
+conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y
+especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los
+conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un
+cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían
+insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían
+hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó
+menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de
+empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban
+contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se
+lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las
+cuestiones del trabajo?...
+
+Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle
+aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que,
+por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.
+
+El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el
+joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus
+palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el
+deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin
+consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella
+casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una
+calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su
+pensamiento.
+
+A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y
+rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que
+éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los
+directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase
+superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no
+iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y
+locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero
+enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de
+la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía
+por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser
+oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.
+
+El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de
+modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el
+cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa
+transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su
+verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de
+experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro.
+Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la
+tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los
+oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida
+que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única
+fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como
+á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte,
+declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que
+únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la
+tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el
+ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.
+
+Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.
+
+--¿Y la caridad?--gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral
+cristiana?
+
+--¡La caridad!--contestó el médico sonriendo con sarcasmo.--Es el medio
+de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los
+desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el
+buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que
+perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral
+cristiana.
+
+Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería
+más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una
+aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban
+el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas
+del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin
+excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no
+dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar.
+La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes
+bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas
+de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de
+los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se
+equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne
+con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que
+ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo.
+Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba,
+entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de
+que su Dios los había maldecido.
+
+Los privilegiados empleaban la religión como un escudo. «Nada de esperar
+en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y había que
+ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo podía ser
+feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la muerte;
+dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia
+le quieren arrebatar...»
+
+Así se expresaban los que tenían interés en que continuase en la tierra
+todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias. ¿Cómo no habían
+de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba el
+camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que
+la quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden
+sobornar con dádivas á los sacerdotes?
+
+El cristianismo había engañado al pobre, manteniéndolo en su triste
+estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el
+carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el extremo de su
+cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á él!...
+Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio
+á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban.
+Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie
+de funcionario invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos
+sus buenos servicios, levantándole viviendas, derramando el dinero á
+manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...
+
+Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas enrojecidas. ¿Qué
+horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía
+acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber
+provocado al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase.
+Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado
+por la sorda y desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de
+Deusto temía aparecer vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al
+doctor con exclamaciones burlonas ó con gestos escandalizados. «Está
+loco: este hombre está loco.» Aprovechando una pausa de Aresti, _colocó_
+la objeción que tenía preparada. Criticar era fácil. Pero ya que el
+doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, debía decir cuál
+era la suya.
+
+Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era posible que no lo
+entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto. Además, una moral
+con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la mañana como un
+sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el
+pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera
+etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral
+para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo
+de los humanos, tenía forma.
+
+--Yo--dijo Aresti con sencillez--adoro la Justicia Social como fin y
+creo en la Ciencia como medio.
+
+Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La
+moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que
+era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la
+Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo _no_
+donde el catecismo dice _sí_ y _sí_ donde dice _no_, se tiene hecha y
+derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con
+esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los
+pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los
+grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta
+definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.
+
+Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la
+proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia
+podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque
+Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna.
+Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de
+impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas.
+Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero
+materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda
+desmoralización.
+
+El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba
+al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de
+existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo
+tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de
+podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían
+castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin
+miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que
+no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción
+de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los
+semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que
+contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al
+infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben
+apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie
+hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos
+á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el
+crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea
+posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.
+
+--¿Es esta su moral, doctor--preguntaba irónicamente el abogado.--¿No es
+esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...
+
+Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de
+lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza
+baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó
+los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho
+no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer
+tendría razón al elogiar sus cualidades.
+
+Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios,
+con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y
+las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos
+atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era
+que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los
+períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente?
+
+El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de
+moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una
+regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que
+porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre
+no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la
+violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad
+desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á
+desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma
+parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia
+podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de
+inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los
+que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad
+egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la
+vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra
+sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.
+
+Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de
+los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó,
+cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si
+su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que
+lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la
+importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de
+la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos
+inventados por las religiones.
+
+El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la
+humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un
+componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á
+su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de
+haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus
+sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos
+animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no
+duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la
+necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción.
+En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste
+(deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea
+sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte
+de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su
+vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un
+cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal
+colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas
+satisfacciones morales.
+
+--Hacer el bien á los semejantes--continuó Aresti--sin esperanza de
+recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los
+hombres del _materialismo_, es ser más idealista que el devoto que
+compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de
+la tierra.
+
+El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las
+religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se
+desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo
+nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y
+mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y
+al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni
+en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de
+socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos
+los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido
+siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de
+la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba
+generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de
+la conciencia colectiva.
+
+Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el
+menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello
+eran _filosofías alemanas_, monsergas confusas que habían inventado los
+impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en
+Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el
+Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los
+_filósofos_!...
+
+Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y
+desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello
+no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que
+consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos
+electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de
+Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión
+personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral
+cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo
+ante las señoras sus energías de apóstol.
+
+Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma
+religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la
+esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las
+inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el
+cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los
+naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino
+estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en
+amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un
+individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la
+humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose
+sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el
+pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale
+saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el
+trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo
+y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el
+esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.
+
+El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza
+de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser
+hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia.
+El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución
+incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de
+sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea
+justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de
+humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas.
+¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las
+explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la
+injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é
+ignorantes?
+
+En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que
+le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había
+descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser
+siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la
+tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento.
+Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica
+aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra:
+suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía
+empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación
+dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus
+necesidades.
+
+El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios,
+el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco
+podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la
+abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el
+pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.
+
+--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--decía el
+médico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á
+la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los
+acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto
+y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y
+hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No
+mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la
+realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que
+salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha,
+suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo,
+pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la
+humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son,
+como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas
+sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.
+
+Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis!
+¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado
+por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la
+actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del
+trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban
+contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que
+la ensalzasen.
+
+La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su
+sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su
+instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación,
+queriendo auxiliar á Urquiola.
+
+--No entiendo esa moral--dijo á Aresti con voz ruda.--Nada me importa:
+esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos
+con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la
+humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...
+
+Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba
+al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni
+soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para
+que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y
+doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan
+buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...
+
+--A eso conduce vuestra moral--añadió con dureza.--A hacer infeliz á una
+pobre criatura, buena como una santa.
+
+Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él,
+convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y
+Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza
+humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en
+silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.
+
+Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía
+un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento
+ruidoso y que no volviese.
+
+--Ya que no crees en nada de la religión--dijo tras una larga pausa, con
+una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es
+para tí nuestro divino redentor?
+
+¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva,
+como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos
+ojos azules que le miraban con desprecio!...
+
+--¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo
+con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su
+sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y
+practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las
+autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos
+que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.
+
+Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las
+explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta
+calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de
+ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado
+su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta!
+Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.
+
+--¿Has oído, Pepe?--gritó mirando á su esposo.--¿Y tú consientes estas
+atrocidades en tu casa?
+
+Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como
+asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.
+
+--Me voy--siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su
+esposo.--No quiero escuchar más á este hombre.
+
+Y dirigiéndose á Pepita, añadió:
+
+--Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu
+padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.
+
+Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un
+momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de
+presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en
+nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de
+«poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le
+inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar _al
+tío_ y acabó por marcharse en busca de las señoras.
+
+Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como
+anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el
+silencio.
+
+--Pepe, adiós--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo
+una mano á su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes
+eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.
+
+--¡No te vayas así!--exclamó el millonario con ansiedad.--De seguro que
+estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina
+es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la
+paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á
+las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has
+estado fuertecito...
+
+--Adiós, Pepe--volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza
+que ahora caía débil y sin voluntad.--Que seas muy feliz.
+
+--Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará:
+ya sabes que otras veces también habéis regañado...
+
+--Adiós, adiós.
+
+Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando
+excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus
+espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco
+fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.
+
+
+
+
+IX
+
+
+A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los
+obreros de las minas.
+
+Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor
+Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca
+minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,
+afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero
+que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En
+Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á
+navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su
+deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un
+gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los
+mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su
+petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la
+música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros
+de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la
+propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las
+fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los
+representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría
+taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de
+las teorías revolucionarias.
+
+El _Milord_, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de
+los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en
+la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á
+sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la
+vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres
+con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían.
+Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando
+en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la
+montaña. Ahora, el _Milord_ hablaba con terror de frecuentes robos de
+dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían
+ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á
+armar!...
+
+Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa
+de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de
+los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda
+circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría,
+y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques
+inactivos esperando una carga que no llegaría nunca.
+
+--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de
+Inglaterra.--Esto va á ser la muerte de las minas.
+
+Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los
+peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres
+eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas
+presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las
+huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían
+mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los
+compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito
+de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas
+que los otros pudieran conseguir.
+
+--¡Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al _Milord_ y á otros
+contratistas.--¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que
+el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...
+
+Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las
+costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las
+empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo
+se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el
+fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco
+perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á
+que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro.
+Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban
+el jornal para no morirse de hambre.
+
+El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor
+del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe,
+y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de
+Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña.
+
+--Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen
+perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al
+cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de
+badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que
+llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las
+Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...
+
+Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de
+hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más
+escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.
+
+A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos
+por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas
+nocturnas.
+
+Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos
+los notables de Gallarta. El _Chiquito de Ciérvana_, el barrenador
+famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de
+Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía
+verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de
+allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no
+fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia
+al lado de su barrenador.
+
+Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y
+menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse
+con el _Chiquito de Ciérvana_, que era la gloria más grande de las
+Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que
+pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable
+cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los
+detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta
+por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la
+lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones
+que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la
+apuesta.
+
+Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que
+en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de
+cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al
+dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.
+
+En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo.
+Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra
+aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las
+canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos
+artistas.
+
+Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos
+de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los _pobres
+cuitados_ de Guipúzcoa. El _Chiquito de Ciérvana_ era vigilado y mimado
+como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por
+las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía
+y bebía.
+
+--¿Cómo va ese valor?--le preguntaban tentándole los brazos duros y
+elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con
+una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su
+resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el _Chiquito_ se dejaba
+agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos
+recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle
+el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.
+
+Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa
+victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho
+_Cordón Rouge_, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su
+superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona _sangardúa_
+de sus montañas.
+
+Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á
+Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla
+su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos
+admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por
+ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía
+interés por ella.
+
+Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer
+el trabajo del _Chiquito_. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién
+era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba
+el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su
+barrenador.
+
+Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos
+del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el _Chiquito_?... Y
+como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes.
+Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de
+Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles,
+echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con
+retos á los bilbaínos de las minas.
+
+La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El
+_Chiquito_ había salido el día antes con varios de sus admiradores para
+estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron
+después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el
+convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los
+mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de
+cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión.
+Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de
+pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las
+que _tienen cartera_.
+
+Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había
+comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de
+caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las
+calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas
+mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si
+fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á
+gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única
+autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que
+un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de
+escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos
+de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro
+sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de
+uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.
+
+Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una
+verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba
+con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con
+altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión
+campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado
+desafiarles?... _¡Pobres cuitados!_
+
+Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos á los balcones de
+la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en
+primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio
+de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los
+juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones
+de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían
+delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón
+formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba
+que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las
+boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al
+momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío.
+
+Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas,
+encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros
+arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un
+molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra
+profundamente aplastada.
+
+La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las
+fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente,
+como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los
+gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por
+sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba
+algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se
+hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las
+abrumadas bestias.
+
+Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no
+ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más
+gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan
+con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión
+los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á
+los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar
+carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario
+trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la
+miseria campestre.
+
+El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo,
+recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por
+el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos,
+de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos
+Olímpicos.
+
+--Sí; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de
+corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.
+
+Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre
+el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor
+se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.
+
+Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio
+vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían
+haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella
+tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle,
+estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio
+tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de
+aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los
+comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra,
+cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar
+su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su
+imagen.
+
+Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de
+San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que
+se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa,
+resultaban comunes á toda una raza.
+
+El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían
+las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de
+voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca»,
+que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión
+varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la
+Vendée. El odio al _guiri_, al español de pantalones rojos llegado de
+las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como
+una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad
+madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de
+los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con
+su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.
+
+Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y
+poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo
+del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen
+infranqueables.
+
+Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del
+Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni
+alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos
+donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En
+todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y
+confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por
+lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad.
+Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el
+bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el
+suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de
+haber dado al mundo un santo de fama universal.
+
+Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó
+el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas
+de los _aizkoralaris_ ó partidores de leña y la apuesta de los
+barrenadores, quedaba para la tarde.
+
+Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los
+del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras
+repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado
+desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la
+fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle
+huyendo de la atmósfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de
+tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas
+por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta,
+guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con
+la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre
+como un fusil.
+
+Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una
+taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón
+cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el
+alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el
+viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad
+sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una
+entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que
+contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido
+la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y
+estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que
+cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin
+pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.
+
+El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los _versolaris_, los
+trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía
+florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos
+campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una
+gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las
+rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la
+muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del
+chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de
+viva voz, un _versolari_ iniciaba el tema, seguro de que al momento
+surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el
+razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la
+interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al
+público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus
+versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de
+fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las
+grandes ciudades.
+
+Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias
+de los _versolaris_ y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de
+producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana
+alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma
+sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran
+espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento
+divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los _versolaris_ eran
+graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes
+de comprender sus palabras.
+
+El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los
+hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los
+versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la
+tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación,
+ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la
+belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del
+cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven
+en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los
+sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la
+hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á
+vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.
+
+Más de una hora llevaban los _versolaris_ lanzándose razonamientos de
+balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre
+volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la
+voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas
+del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de
+cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran
+renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún
+admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste,
+después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.
+
+A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió
+á ella la gente, oyendo el silbido del _chistu_, que hacía locas
+escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los
+_versolaris_ se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la
+fiesta.
+
+Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros,
+fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores
+sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar?
+No había que tener miedo por cantidad más ó menos: _había cartera_ de
+sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros,
+habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas
+en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á
+ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar
+perdón.
+
+La fiesta comenzó por la lucha de los _aizkoralaris_. Habían colocado en
+el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados
+en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el _chistu_ y el
+_dambolin_, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus
+hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y
+subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.
+
+Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los
+mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de
+toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de
+leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de
+Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como
+leñadores á aquellos rústicos.
+
+Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas
+marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un
+golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de
+aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin
+necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían
+los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el
+crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno
+de los _aizkoralaris_ iba delante de los otros; les avanzaba por
+momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de
+pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer
+el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un
+tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de
+los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién
+era el vencedor.
+
+Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda,
+confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y
+otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes
+arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el
+momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia
+tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.
+
+La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros,
+cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus
+instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso
+adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron
+al espacio libre.
+
+Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su
+mirada por encima de los hombros que tenían delante.
+
+El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados,
+ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El
+_Chiquito de Ciérvana_ se pavoneaba con la palanca al hombro,
+presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en
+la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.
+
+--¡Olé, mi niño!--gritaban los mineros. _¡Ené el Chiquito!..._ Ahora se
+va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí _hay cartera_ para él!
+
+Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las
+plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus
+carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las
+recogiesen. El _Chiquito_ sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus
+protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto
+taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de
+todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se
+despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre
+las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían
+perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó
+llegase más adelante sería el vencedor.
+
+Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las
+piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que
+formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el
+orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie,
+con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer:
+sus brazos mostraban la regularidad de una máquina.
+
+Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos.
+Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y
+levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los
+movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén
+del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos:
+rugían _¡haup! ¡haup!_ al doblarse por la cintura, señalando cada golpe
+con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con
+los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún
+que el barrenador.
+
+Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza.
+Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una
+aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una
+carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el
+_¡haup! ¡haup!_ de los acompañantes con una regularidad mecánica,
+interrumpidos algunas veces por el _¡brrr!_ de los barrenadores, que al
+respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga.
+
+Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes
+humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes,
+fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía.
+
+Transcurrieron algunos minutos. El _Chiquito_ trabajaba más aprisa que
+su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la
+veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo
+movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y
+cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que
+pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero.
+¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!...
+
+--¡Olé, _Chiquito_!--gritaron agitando sus manos cargadas de
+pedrería.--_¡Haup!... ¡haup!_
+
+Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que
+servían de auxiliares á su barrenador.
+
+La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos
+los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate,
+entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos
+contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del
+nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El
+hombre-caballo frente al hombre-buey. El _Chiquito de Ciérvana_,
+vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer
+arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le
+rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que
+mugían junto á su oído _¡haup! ¡haup!_ Él era quien reglamentaba los
+movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por
+ellos como lo hacía su contrincante.
+
+En cambio, el _Chiquito_ deteníase algunas veces, lanzaba en torno una
+mirada satisfecha, se escupía en las manos, y agarrando de nuevo el
+perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente aún no se había
+detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando
+la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.
+
+Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la marcha de la lucha.
+El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á otra sin
+levantar la vista. El _Chiquito_ le llevaba aún un agujero de ventaja
+como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su
+alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro por cada
+peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban
+su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del
+país. ¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!...
+
+La segunda hora de la lucha se desarrolló en silencio. La gente parecía
+anonadada por la monotonía del espectáculo. La espera interminable
+embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto no hubo
+gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á
+iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el
+_Chiquito_ que hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.
+
+Aresti presentía este suceso desde mucho antes. El _Chiquito_ se detenía
+á descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresión de
+triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habíanse sucedido al lado
+de él varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el
+relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban tenían que
+gritar _¡haup, haup, haup!_ con más lentitud, esforzándose en vano por
+animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra como si fuese una
+bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo, sin poder
+salir de su paso.
+
+El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la
+cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el
+busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y
+recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales,
+muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de
+actividad.
+
+Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí
+ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían
+como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de
+su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con
+_Cordón Rouge_. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla
+en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus
+enemigos.
+
+Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso.
+¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!...
+Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces
+con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más
+de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra
+de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...
+
+Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los
+acompañantes del _Chiquito_, se colocaban á ambos lados quitándose las
+chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su
+corpulencia; mugían _¡haup, haup!_ con toda la fuerza de sus pulmones,
+como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del
+barrenador.
+
+El _Chiquito_ cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus
+protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado
+por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á
+imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran
+cosa.
+
+--¡Arrea, ladrón!--mugían sus ricos padrinos--¡Fuerza... porrones! ¡Me
+caso con tu madre!...
+
+Y de este modo iban intercalando en el continuo _¡haup, haup!_ toda
+clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que
+hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para
+caer de nuevo en el desaliento.
+
+Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El _Chiquito_ estaba en
+la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente
+había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en
+torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con
+el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.
+
+Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les
+permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas
+gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que
+los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la
+fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor
+del guipuzcoano.
+
+Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El
+gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos
+de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna
+próxima.
+
+Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido
+como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á
+muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de
+huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En
+el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.
+
+Dentro del casino encontró al _Chiquito_ tendido en una banqueta,
+envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño
+poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones
+algunos de las minas.
+
+--¿Qué dice usted de esto, doctor?--preguntaron á Aresti con
+desesperación.
+
+Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían
+civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne,
+le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro
+de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el
+vencido.
+
+Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena
+gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la
+banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían
+atiborrado á todas horas.
+
+--¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición al champagne.
+Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil
+duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos perdido
+por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si apareces
+en las minas.
+
+Cada cual se alejaba, después de desahogar su cólera, con la
+precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los compañeros, sin
+acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota que borra
+toda amistad.
+
+El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompió á llorar.
+
+--¡Don Luis! ¡Don Luis!...
+
+Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil que los lamentos de
+los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas del
+hospital.
+
+Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós comilonas y agasajos, el
+trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado con envidia por sus
+antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras acompañando á
+los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser un
+trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si
+volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un
+remordimiento las grandes cantidades que había hecho perder á los
+señores.
+
+--Me iré--gemía.--¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me embarcaré en el
+primer barco que salga para América.
+
+Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían para llevarse al
+_Chiquito_: querían agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No
+debía entristecerse: ya habían visto todos que era un gran barrenador.
+Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con aquellos señores
+tan fanfarrones: él no era más que un _mandado_. Su contrincante le
+esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.
+
+Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como un testimonio de su
+gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.
+
+Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer; la gente se había
+esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las puertas de las
+tabernas. Los _versolaris_, cada vez más ebrios, espoleados por el gran
+suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el triunfo de los de la
+tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que provocaban el
+regocijo de los aldeanos.
+
+Iban alejándose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos
+de campesinos bebían el último trago con los del pueblo, antes de
+emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa
+lucha durante la velada en la casería.
+
+En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se
+había reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un
+_aurresku_, la gran danza vasca que tenía algo de rito primitivo. Un
+ágil bailarín que era el conductor del _aurresku_ lo iniciaba con el
+paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y después de
+pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una serie
+de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar
+en el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había
+ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición
+social, se negase á este honor. Aresti había visto á señoras de la
+rancia nobleza admitiendo el _aurresku_ con campesinos y marineros. Era
+una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer
+apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos.
+Ella no hacía más que completar el cuadro, mientras él, al son de las
+interminables escalas del pito, parecía hablar con los pies, con la
+mímica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y
+alardes inauditos de agilidad gimnástica, que recordaban á Aresti las
+danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de Aclimatación de
+París.
+
+El público elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero
+hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del doctor. Aquel
+_aurresku_ no le llamaba la atención; él los había visto danzados por
+reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto _aurresku_
+bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado
+para nadie, por ser la danza vascongada la más honesta del mundo.
+
+Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un fondín que servía de
+alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él sentía también
+el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como una
+curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de
+encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían
+ido á pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del
+lugar de la derrota.
+
+El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas
+de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedería
+era como una antesala del convento.
+
+A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo el camino recto que
+atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había caído
+durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y
+limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas
+de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del
+vapor, la nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los
+robledales. Los rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el
+verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos
+vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.
+
+Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto monumental y
+aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio
+de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la
+iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la
+estatua de mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da
+acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos
+túneles de hojarasca, ofrecían su fresca sombra de tonos verdosos.
+
+El doctor contempló con cierta admiración el edificio enorme y
+aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas tenían un
+arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra
+arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si
+quisieran ser conocidos de lejos.
+
+La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda
+de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con un escudo de
+armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos
+rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo,
+de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas,
+lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.
+
+A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos alas del monasterio, de
+rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificación,
+enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto de la
+cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.
+
+A un lado extendía su corriente el río Urola, pasando bajo un puente
+metálico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto
+lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban á hacer
+ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el monasterio.
+
+Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de
+mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los altares
+eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de
+color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de
+fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo
+de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una
+sensación de dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y
+bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitería. Los
+segmentos de la cúpula estaban ocupados por grandes escudos de las
+naciones donde la Orden ignaciana había adquirido más arraigo; las
+_provincias_ de la Compañía, como ella las llamaba en su ensueño de
+dominación universal.
+
+El doctor abandonó la iglesia después de haber distraído con su
+presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas
+ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de
+distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa
+del santo.
+
+En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa solicitud de todos los
+parásitos que viven á la sombra de un monumento frecuentado por
+viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la que se
+vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas
+para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San
+Ignacio?...
+
+Se indignó el mendigo ante esta concurrencia. ¡Largo de allí! ¿No tenían
+bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y él fué
+quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía á un patio
+descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una
+campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar
+por él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas
+cuantas piezas de cobre.
+
+--Ahora mismo saldrá el hermano.
+
+Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el
+agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la
+antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había abarcado
+en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo
+dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación.
+
+La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al ser tragada por el
+monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba de
+albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba
+el período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos
+superpuestos de aquella España católica que aún tenía moros en su
+territorio. El cuerpo inferior, el más grande y fuerte, era de grandes
+bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y éstas pequeñas y
+profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir á cubierto de
+sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con
+ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de dibujo árabe,
+y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes,
+que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la
+sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país
+vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia,
+copiada de los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo
+artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en
+ellas á la caída de la tarde, después de haber leído un libro de
+caballerías.
+
+Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la dualidad de carácter
+del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al
+cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva,
+el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido en
+humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea,
+sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo.
+
+Se abrió la portería y salió el hermano.
+
+--¡Santos y buenos días!--dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al
+mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rápida mirada
+al visitante.
+
+Era un joven que llamaba la atención por la delgadez del cuello que
+hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus orejas abiertas como
+abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la piel florecía
+con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras
+rezumando, con una frescura que atraía á las moscas.
+
+Era el hermano encargado de enseñar la casa del santo. Por debajo de las
+sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que andaba sin el
+menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los demás
+servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin
+turbar el aislamiento de los Padres.
+
+Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas de su calzado, que
+eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificación
+más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido
+interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no
+pudiendo entrar en el monasterio.
+
+Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada rellano, y entraron
+en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la
+atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía tocarse
+con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso
+artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos
+encuadramientos.
+
+El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las
+telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas:
+testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas á la
+Compañía. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrás de un
+vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras
+de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta leía un libro, vestido
+con gregüescos y capotillo de vueltas de velludo como un galán del
+teatro clásico. Una batería oculta de luces eléctricas iluminaba esta
+exhibición de feria.
+
+El hermano no podía ocultar su admiración cada vez que explicaba el
+significado de esta parte del altar, no obstante los años que llevaba
+enseñándola á los forasteros. Aquella figura de cera era de don Íñigo
+de Loyola, cuando aún no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la
+Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo
+en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fué el
+punto de partida de su conversión.
+
+Con voz de _cicerone_ convencido, el hermano explicaba á Aresti la
+historia del santo.
+
+--Dios le llamó á su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvidó de
+todo, á pesar de que era un caballero muy galán y mundano. Porque
+nuestro santo padre San Ignacio era militar, ¿sabe usted?... militar.
+
+Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiración y respeto.
+El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia,
+los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden había
+sido soldado, sonreía con cierta malicia, como si pensase en los
+devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales
+alguna habría tocado al santo, cuando aún no pensaba en serlo. Le
+llenaba de orgullo la nobleza y el carácter caballeresco de la juventud
+del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenían entre sus
+iniciadores más que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las
+últimas capas sociales.
+
+Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera,
+tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombrío, en el vasco de
+carácter complicado, que llenó el mundo con su nombre, siendo cada
+período de su vida una contradicción violenta. Primero, el soldado
+presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer
+bello, y perder la rudeza propia de su país. Después, al convencerse de
+que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la
+raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces
+le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo
+tiempo, se convierte en matón de la Virgen, queriendo dar de puñaladas á
+un morisco que blasfema de ella, y poco después se deja apedrear por los
+chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas
+extravagancias, remedo de las de San Francisco de Asís. Pero la dulzura
+poética del solitario de la Umbría, su santidad soñadora, no cabe en el
+carácter positivo y práctico de un vasco. Ya que se dedica á Dios, ha de
+ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe
+servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea
+renacen en él. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana
+necesita un fuerte auxilio, y lleva á la religión la disciplina del
+campamento, fundando, no una Orden, sino una Compañía, organizando un
+ejército negro que ofrece á los Papas, formando los soldados en el molde
+de su férrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio,
+con la rigidez de los autómatas, con esa insensibilidad que hace
+invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte
+de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillería, toma aires de
+vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre
+los príncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y
+muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentáneamente al
+catolicismo conservándole los pueblos latinos.
+
+Aresti admiraba á Íñigo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza,
+incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando
+instintivamente el poder y la riqueza de la santidad ascética, por la
+que habían pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la
+penitencia, comidos de parásitos, sin otra fortuna que la soga ceñida á
+los riñones.
+
+Había sido un admirable comerciante de la religión: un talento práctico
+surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra,
+ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía,
+aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban
+por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas,
+para la mayor gloria de su Dios.
+
+El hermano sacó al médico de su ensimismamiento, enseñándole la parte
+superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazón del santo.
+Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo, como sabía
+todo el mundo, estaba depositado en el _Jesu_ de Roma.
+
+--Sí: lo conozco. Lo he visto--dijo Aresti.
+
+Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al
+simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se
+interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase
+dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.
+
+--¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!--exclamó el hermano mirándolo con
+cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos.
+
+--Sí--dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le
+admirase aquel pobre hombre.--Estuve cuando la última peregrinación.
+
+El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno
+de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad;
+muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que
+despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía
+considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo
+todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del
+que pasa mucho tiempo condenado al silencio.
+
+Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder
+el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin
+otro adorno que un retablo.
+
+--Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,--dijo con voz meliflua--y
+aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para
+entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que
+nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa.
+Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado
+por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.
+
+Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba.
+
+--Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el
+suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo.
+En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el
+suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como
+recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del
+santo.
+
+--Sería de rabia--dijo Aresti con gravedad imperturbable.
+
+--De rabia y de miedo--contestó el hermano con modestia.--Tal vez el
+maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden.
+
+Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez
+que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la
+admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El
+cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el
+cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que
+quisiera tocar el cielo.
+
+--En esta habitación--dijo el lego--nació nuestro santo fundador. Aquí
+tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá
+oído hablar de ella....
+
+Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta
+impaciencia:
+
+--Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido.
+
+--¡Oh! mucho--dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre.
+
+--Ya esperaba yo--continuó el lego--que un señor como usted conocería al
+hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el
+tiempo preciso.
+
+Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad
+universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus
+glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido,
+se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de
+anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los
+frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II.
+
+--Entonces--dijo Aresti--los padres de la Compañía, avisados con tiempo
+no serían víctimas de las turbas.
+
+--A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid--contestó el
+lego.--El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no
+haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los
+asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún
+día un santo más de nuestra Orden.
+
+Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro
+llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el
+hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor
+devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.
+
+--¿Quiere usted ver el monasterio?--le preguntó.
+
+Esta invitación no la hacía á todos los visitantes: pero con él era
+distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el cuerpo
+de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería
+cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas
+del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes
+que trabajaban de carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que
+deseaban emanciparse del terruño, prestando sus brazos á la Compañía
+para el trabajo reposado y lento de las casas de religión; libres ya de
+la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvación
+eterna, sólo con obedecer ciegamente á los superiores.
+
+--¿Quiere usted subir á la biblioteca?--preguntó el hermano.--Tiene poco
+que ver: todo en ella es antiguo.
+
+--Lo antiguo era lo mejor--dijo Aresti con gravedad.
+
+--Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente
+como usted! No como la gente de ahora que sólo lee novelas y libros
+malos contra la religión.
+
+La biblioteca estaba en el último piso; una gran sala, por cuyas
+ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde ellas los
+montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de
+la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y
+latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores
+teológicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en
+favor y defensa de la Compañía de Jesús. Aresti leía con curiosidad los
+nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y á los cuales
+atribuía el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en
+aquella biblioteca: olía á sepultura.
+
+Descendieron á los claustros. El médico temía encontrarse con algún
+Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á aquella hora
+los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros únicamente
+pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose sin
+ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio
+varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de
+mármol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.
+
+Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda de las que servían de
+alojamiento á los seglares durante los diez días que duraban los
+ejercicios.
+
+--Pobrecito--decía el hermano enseñándola,--pero decentito y limpio.
+Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta
+ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras
+curiosean su alma.
+
+El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones.
+Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro
+se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.
+
+Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor
+artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos
+de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los
+propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en
+la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y
+sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se
+establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas
+y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por
+el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo.
+Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido
+mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y
+además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras,
+figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los
+tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes
+imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos
+propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.
+
+Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito
+para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios
+espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los
+jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la
+cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos
+sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón
+acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo
+único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba
+prohibido, era mal visto por los superiores.
+
+--Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?--dijo el hermano con el deseo de
+prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba
+con tanta atención.
+
+Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo
+había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el
+hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio
+monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles
+frutales.
+
+Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían
+ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.
+
+Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de
+pronto una duda y quisiera salir de ella.
+
+--Es un señor muy rico, ¡muy rico!--dijo el hermano, adivinando su
+curiosidad.--Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de
+Bilbao y que le llaman...
+
+Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo
+el ruido de los pasos.
+
+--¡Pepe!...--gritó el doctor.
+
+La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta.
+
+--¡Luis!... ¡Primo!...--exclamó éste no menos sorprendido.
+
+Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia
+semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.
+
+El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para
+detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo
+respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los
+Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas
+horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían
+á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría
+una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente
+con el personaje.
+
+Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato.
+
+--¿Tú aquí?...
+
+Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro.
+
+Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en
+él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la
+voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de
+extraordinario desde la última vez que se habían visto.
+
+Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de
+lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el
+hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis
+días y le faltaban cuatro.
+
+--¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?
+
+--Sí--contestó el millonario con sencillez.--Me sienta perfectamente: no
+tienes más que mirarme.
+
+Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del
+enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su
+mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus
+primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.
+
+El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida
+en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada
+por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de
+la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora
+aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía
+misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la
+tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba
+de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su
+director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una
+descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla
+para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las
+siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los
+dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho
+durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.
+
+Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la
+extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era
+superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el
+refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos
+años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los
+primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura
+de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad,
+empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse
+de la humana insignificancia.
+
+El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel
+Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus
+agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba
+nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.
+
+--Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi
+mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir
+de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia
+cristiana, como dice....
+
+Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba.
+Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía,
+queriendo imponer su convicción:
+
+--Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu
+error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los
+tratases!
+
+Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios,
+pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el
+Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones
+cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de
+Bilbao.
+
+--Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría
+para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es:
+penas y maldiciones.
+
+Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como
+en presencia de un enfermo; de «un caso interesante».
+
+--¿Y qué es eso que llevas ahí?--dijo de pronto, agarrando el libro que
+su primo conservaba cerrado en una mano.
+
+Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en
+pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los
+_Ejercicios espirituales de San Ignacio_, explicados por el Padre
+Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido
+sobre los últimos años del reinado de Isabel II.
+
+Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa
+cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad,
+hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo
+capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza
+humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más
+conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de
+maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una
+piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto,
+como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir
+en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los
+dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón,
+venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias
+del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio
+preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con
+el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe
+malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de
+tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las
+almas después de los santos ejercicios.
+
+Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á
+meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se
+meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la
+misericordia de Dios.
+
+--¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan
+vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?
+
+La firme mirada de Aresti turbó á su primo.
+
+--Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me
+callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto
+bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la
+tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen
+susurrándome cuentos al oído.
+
+El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir:
+
+--Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas
+meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni
+nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y
+no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no
+encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.
+
+Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna
+sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto
+desesperado.
+
+Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una
+página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de
+horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso
+é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le
+acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y
+complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar;
+también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se
+enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la
+lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido.
+Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una
+grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de
+la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos
+mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que
+con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre,
+que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues
+eres hombre de humo ó tierra.»
+
+--¡Lee esto! ¡lee esto!--decía el millonario abriendo el libro por
+aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.--¡La
+Muerte!--murmuraba luego.--Se habla de ella muchas veces, pero sin
+pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué
+horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar
+el pasto del gusano....
+
+Después, en voz baja, dijo al doctor:
+
+--Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo
+que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con
+creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y
+bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á
+engaños.
+
+Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba
+la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades
+de un negocio.
+
+Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado,
+por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices.
+
+--Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente
+simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías
+callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que
+todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases
+con la inmensa equivocación de que hay algo?...
+
+El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se
+separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza,
+como si fuesen otros hombres.
+
+Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora
+callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese
+escuchado de lejos parte de la conversación.
+
+Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los
+ojos y parecía decirle:
+
+--¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte!
+
+
+
+
+X
+
+
+A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del
+mes de Septiembre.
+
+El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas
+y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de
+Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los
+patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los
+cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión
+popular era el _ultimátum_ que lanzaban los trabajadores.
+
+Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores
+cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de
+la villa.
+
+No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con
+gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos
+rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al
+santuario de Begoña.
+
+El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y
+los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso,
+que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más
+insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.
+
+En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón
+estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la
+romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban
+nerviosamente sus _cachabas_, oyendo las burlas de la gente de las
+fábricas.
+
+Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran
+menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de
+Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la
+tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...
+
+Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.
+
+Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones
+de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á
+él, husmeaba sus manos.
+
+--¿Buscas la bronca, eh?...--dijo al médico.--Tú vienes porque te gustan
+estas cosas, y yo me voy por no verlas.
+
+Se marchaba á cazar _chimbos_ á cualquier parte: le interesaba huir de
+Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.
+
+--El aire huele á pólvora, querido _Planeta_: van á llover palos. Al
+venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la
+que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos
+los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de
+Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las
+iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías.
+El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el
+zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto,
+para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre
+dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en
+ver estas cosas.
+
+Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la
+posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y
+los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el
+jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo
+que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos
+veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina
+blanca.
+
+--En esto llevas razón, Luis--dijo el capitán enardeciéndose.--Si me
+voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba
+al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta
+para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y
+carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si
+aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los
+amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin
+tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy
+darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como
+señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en
+el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue
+pronto el momento de matar perros liberales.
+
+El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se
+mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse
+cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le
+irritaba.
+
+--Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez
+Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en
+el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante
+hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta
+tarde camino de Begoña.
+
+El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino
+hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había
+sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.
+
+--Es otro hombre--dijo Iriondo con tristeza.--Aquella casa ya no es la
+misma.
+
+Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que
+teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.
+
+--¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres
+mi amigo y quieres á Pepe. ¡Ay, _planeta_! Aquello ya no es casa, es un
+convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por
+traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados.
+No se separa de él un instante.
+
+Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban;
+todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño
+inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no
+haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez
+Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo
+le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de
+tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario
+callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar
+sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes
+imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el
+viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal
+atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é
+independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes
+se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el
+Pepe que él conoció.
+
+--Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el
+escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que
+había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de
+su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor
+salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La
+mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No
+sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla
+de ella, pero á las minas no llegan estas cosas.
+
+Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un
+periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía
+en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una
+esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda
+del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí
+le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba
+concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había
+provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de
+la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un
+escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la
+influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.
+
+--Y Pepe--continuó el capitán,--sin enterarse de nada; y si algo sabe,
+como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es
+mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que
+Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus
+necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida
+y absoluta la de esa gente!...
+
+Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo
+la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta
+los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la
+casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al
+servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas
+tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen
+del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario
+del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y
+acciones.
+
+La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros
+que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó
+se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo!
+¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana;
+obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras
+á los cargadores del Nervión!...
+
+--Pues, ¿y en los altos hornos?--exclamó después el capitán,--Allí va á
+haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los
+beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se
+fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno.
+Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas
+no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los
+que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la
+calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan
+como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se
+inscriben en las sociedades de obreros católicos.
+
+El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad,
+irritaban al marino.
+
+--Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el
+traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á
+mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante
+á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que
+encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por
+arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más
+fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué
+porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras
+la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima
+á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas
+en su alma.»
+
+Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se
+despidió de Aresti.
+
+--Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez
+vaya en ella Pepe con su escapulario.
+
+Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería
+capaz de exhibirse en aquella farsa?...
+
+Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que
+llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería
+verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los
+devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena
+senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa
+esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El
+millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación;
+defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían
+sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La
+madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!...
+El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á
+Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo
+Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por
+miedo á los impíos.
+
+--Irá, estoy seguro--dijo el capitán con tristeza.--Lo arrastrarán, la
+familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis,
+y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de
+esta tarde va á ser de cuidado.
+
+El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente
+del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é
+inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo
+más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían
+el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre
+banderas el mismo rótulo en honor de la _Señora de Vizcaya_. Las gentes
+mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía
+estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa
+contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de
+obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al
+vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones.
+
+--¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...
+
+Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al
+atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que
+le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la
+boina.
+
+--Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo.
+
+Era el _Barbas_, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas
+de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores,
+escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo
+que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja
+compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á
+la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta
+limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba
+con ojos feroces á los obreros.
+
+--¡Bestias!--les gritaba como si cometiesen un crimen.--¡Tenéis la
+dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...
+
+El doctor contestó á su saludo alegremente.
+
+--¡Compañero! ¿Tú aquí?...
+
+Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto,
+sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado,
+ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.
+
+--¿Y el mitin?--preguntó Aresti.--¿No vas al mitin?
+
+El _Barbas_ hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en
+bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y
+cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro;
+reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que
+trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos _cataplasmeros_. Y en
+esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas
+paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento
+del obrero.
+
+--Cataplasmeros, doctor--gritaba.--Nada más que cataplasmeros. Este es
+un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre
+que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas
+organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco
+á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero
+y entonces seguirán al _Barbas_ y á otros como él, y en veinticuatro
+horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la
+justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede,
+aunque acabe el mundo.
+
+Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo
+que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres
+se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los
+enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos
+celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el
+monte como un perro sin abrigo.
+
+La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba
+el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha
+oliendo la pólvora.
+
+--¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!--exclamó con alegría, mirando al otro
+lado del puente.
+
+Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de
+la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una
+mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.
+
+Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las
+mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la _Señora de
+Vizcaya_. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima
+de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.
+
+Aresti se vió solo. El _Barbas_ corría hacia el gentío, dando gritos de
+entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el
+doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre,
+lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La
+caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella,
+creyendo evitar así mayores desmanes.
+
+Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las
+calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población
+cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos
+aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República;
+algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence,
+viendo en estas loas á la _Señora de Vizcaya_ un hipócrita insulto á la
+integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella
+Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.
+
+El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de
+la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los
+cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de
+monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas
+caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.
+
+Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el
+Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte
+de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo,
+rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.
+
+La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la
+manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del _Barbas_.
+¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...
+
+Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido
+chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo
+incendiario, extinguiendo el fuego.
+
+Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer.
+Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.
+
+--A la tarde, aquí--se decían unos á otros al alejarse.
+
+Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba
+también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los
+de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde
+las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San
+Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la
+atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia,
+desafiando á los enemigos.
+
+Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el
+gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que
+desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando
+hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de
+la tarde con aires de caudillo.
+
+Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse
+la romería. Al fin, era un suceso que _amenizaba_ la vida monótona y
+gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á
+los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente,
+para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.
+
+En una mesa cercana disputaban dos señores.
+
+--Me he fijado bien en la manifestación--gritaba uno de ellos.--Todos
+eran Pérez y Martínez, todos _maketos_ é hijos de _maketos_, mala gente,
+de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro
+apellidos vascongados.
+
+Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una
+prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.
+
+--Pues, yo los tengo--gritaba su interlocutor con acometividad,--y digo
+que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y
+¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!
+
+La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el
+restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco
+para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.
+
+A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca
+del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de
+las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias
+noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador,
+al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban
+despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca
+la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando
+las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para
+reunirse todas en San Nicolás.
+
+Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas
+cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba
+desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba
+instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de
+unos y otros.
+
+Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la
+muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló
+una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones
+interrumpidas por tiros.
+
+Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los
+estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno
+de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del
+desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los
+hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario
+de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la
+muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los
+disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un
+himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como
+respuesta, _La Marsellesa_ ó _La Internacional_.
+
+Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre
+avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y
+otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con
+los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil
+cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en
+la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto
+que iba á subir á Begoña; el _señorio_ de Bilbao, en el que figuraban
+las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los
+alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las
+asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad
+creciente del pueblo.
+
+Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se
+viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los
+bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de
+fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas
+por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al
+mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella
+balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas
+familias querían darles.
+
+Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar
+á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de
+Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder
+realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las
+montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.
+
+--¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran
+los liberales!
+
+Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas
+aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los
+aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que
+aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los
+impíos de la odiada Bilbao.
+
+Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las
+de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar
+arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el
+gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron
+satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal
+hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de
+resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si
+pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió
+destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la
+cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la
+celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil
+desconocida por Aresti.
+
+El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la
+plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la
+fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al
+recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la
+cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y
+comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros
+de los revólvers.
+
+Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las
+aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los
+cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.
+
+En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el
+suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban,
+manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por
+los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba
+el combate entre los más resueltos de una y otra parte.
+
+De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de
+revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la
+romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del
+paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros
+carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en
+la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus
+devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó
+individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces
+se golpeaban, creyendo herir á un enemigo.
+
+Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las
+balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los
+troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los
+combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol
+se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le
+hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.
+
+En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se
+recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre
+un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.
+
+--¡Tú acabarás!--decía blandiendo una faca y desviándose de un salto
+cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole.
+
+Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna
+detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura,
+abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma
+con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.
+
+Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un
+golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un
+garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de
+espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y
+comenzó á dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin
+acordarse de que podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la
+embriaguez de la sangre.
+
+De pronto se sintió detenido en su avance por una espalda que caía
+contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el
+raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la
+edad. Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara
+ensangrentada, y al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer
+sobre él haciéndolo rodar por tierra.
+
+Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del caído, levantó el
+bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño que resonaba
+sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el brazo en
+alto al reconocer al hombre que le acometía.
+
+--¡Tú!... ¡tú!...--gritó con una voz que parecía desgarrarle la
+garganta.
+
+Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño levantado, las barbas en
+desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo de exterminar á la
+canalla impía que insultaba á las personas decentes y había hecho
+refugiarse á las señoras en la iglesia.
+
+Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza como avergonzado. En el
+mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus mejillas
+escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le había
+escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de
+herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era
+el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido
+y feliz, á aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara
+ensangrentada.
+
+El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin expresión, unos ojos
+bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la
+mano por la barba borrando el escupitajo del odio.
+
+Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como
+unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí.
+
+--Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña!
+
+Y le arrastró con paternal solicitud, como si el millonario fuese el
+primer estandarte de la romería.
+
+Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho
+bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de la gente que
+huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil
+corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se
+agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras,
+dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban
+algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.
+
+Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San
+Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban á
+tiros.
+
+La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde aquella altura, rugía
+impotente, y en un arranque de desesperación, intentó arrojarse al
+asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de
+interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que
+brillaban cañones de fusil y correajes lustrosos.
+
+Dos compañías de infantería habían entrado en la plaza á paso
+gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los _guiris_,
+los _ches_, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su
+pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la
+resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la
+boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los
+tiros de revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la
+romería.
+
+Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente
+hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y
+hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y
+vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos
+con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban
+en ellos á los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus
+hermanos, y que aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El
+deber, con su peso férreo é irresistible, mantenía inmóvil á la doble
+fila de hombres azules y rojos.
+
+Un oficial vaciló un instante y entregando su sable á un soldado, se
+llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le habían
+herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se
+contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura
+de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña
+frente á frente con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia,
+á manos tal vez de un sacristán, de uno de aquellos efebos católicos
+que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando á la
+religión y la Virgen.
+
+La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la plaza. Salían en
+bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y
+emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes.
+
+La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oía cómo se
+alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban acceso al
+santuario.
+
+--¡Viva la Virgen!--gritaban con el enardecimiento de una lucha en la
+que habían llevado la mejor parte.
+
+--¡A Begoña! ¡A Begoña!--aullaba Urquiola agitando el revólver al frente
+de un grupo.
+
+Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con frecuentes
+descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los que
+al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de
+protesta.
+
+Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San Nicolás. Un muerto
+yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá, los grupos
+rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento á
+lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á
+sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas
+declaraciones.
+
+Aresti pasó más de una hora de botica en botica y de café en café,
+solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado allí donde
+guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención, con
+los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos
+de la muchedumbre iban después hacia el hospital.
+
+Atendió indistintamente á unos y otros, á los que llevaban en el pecho
+el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo del dolor
+creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República. La
+carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las
+aceras y los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza,
+haciéndole pensar con lástima en la eterna infancia de los hombres:
+¡Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que
+estaba allá en lo alto, entre luces y flores, mientras existían en el
+mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban
+para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de todos los humanos!
+
+Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoña, la
+carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las entrañas de madera
+del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón roía las
+patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería.
+
+El médico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de
+aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respiró
+satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos.
+
+Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en el encuentro con su
+primo, que seguramente sería el último. La injuria á Sánchez Morueta le
+mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído sobre su alma.
+¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre ellos,
+matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un
+pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como
+los hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma,
+separándose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia:
+Aresti estaba solo en el mundo.
+
+Varios grupos de muchachos corrían vociferando por las riberas del
+Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de la cruz.
+¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después de
+la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles,
+escalando las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de
+aquella Bilbao tradicional.
+
+Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados después hasta la
+ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quería vengar en
+aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por
+otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza en la
+ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión
+con la ligera porosidad de la madera vieja.
+
+La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el tardo descenso de
+las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían viendo el
+cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mártires,
+insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas.
+
+Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su hornacina, era la que
+más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!... Y la silbaban
+é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas, mostrando
+á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un
+gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si
+quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la
+piedad del marinero: iba á salvar á la Virgen.
+
+Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de manejar el remo, y,
+levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió con él un
+golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua para
+no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en
+aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre
+las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...
+
+Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con
+movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoció al
+_Barbas_.
+
+--Lo de hoy no vale nada--gritaba.--No me parece mal que les metan mano
+á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente, pero después
+de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido la
+batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del
+monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los
+ladrones de aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas
+ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A
+cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, ¡dinamita... roño!
+¡dinamita!
+
+Aresti se alejó para que no le viese aquel energúmeno, que parecía
+enardecido por la sangre de la reciente lucha.
+
+Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico las minas, con su
+población miserable, roída por las necesidades materiales y la
+desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos
+picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el
+trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y
+feliz. Después del choque provocado por el fanatismo dominador, vendría
+la huelga de los infelices, la reclamación imperiosa de la miseria.
+
+Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas montañas que cerraban el
+horizonte: una horda hambrienta que algún día caería sobre la población
+como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba
+amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los
+enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y
+bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en
+nombre del pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos
+sitiadores llevarían la miseria como bandera, y como grito de combate el
+derecho á la vida.
+
+Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza
+origen de tantos males. ¿Para qué servían los tesoros de las minas? Se
+había embellecido exteriormente la población, tomando el aspecto de una
+capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ría por las
+chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que antes.
+Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos
+de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus
+manos en los bienes materiales.
+
+Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de
+tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo sería más
+pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la
+vida.
+
+La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que aún no conocía
+el valor del hierro, era más feliz, con la paz de un trabajo lento y
+ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna,
+con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza
+disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros
+beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del
+intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse
+al lado de los favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio
+de una participación en el botín.
+
+El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus entrañas de hierro,
+había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos y para qué el
+parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de
+todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para
+dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria,
+con el alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los
+odios sociales!...
+
+Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban vida para veinte
+años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después vendría el
+agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo al
+descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había
+cubierto durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la
+tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos,
+á los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se
+aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el
+hierro que habían respetado los métodos antiguos. En Gallarta se
+derribaban casas enteras, construidas algunos años antes, para
+aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la
+época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se
+aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras
+esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles
+todas las extratagemas de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra
+pobre y estéril, sin la menor partícula de hierro, y entonces vendría el
+¡sálvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta á la pobreza, la
+fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engañaba su hambre
+trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su
+vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en el arca de su
+riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.
+
+La Fortuna habría pasado un momento por aquella tierra, como por otros
+países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao ofrecería el aspecto
+de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes, llenando el
+mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos cementerios
+de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche, la
+ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo
+el mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus
+contados barcos, tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin
+pájaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, serían
+ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen
+aún más trágica la soledad de las metrópolis muertas.
+
+Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueños de tanta
+riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de
+la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus
+complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y
+seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos
+del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su
+puerto, la existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra
+roja arrancada de la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire
+de sus pulmones, y al faltar de repente, caería la villa ostentosa con
+repentina muerte, desaparecería, como el decorado de una comedia de
+magia, aquella riqueza creada de la noche á la mañana, que era para la
+masa infeliz una opulencia insultante.
+
+Tal vez algún día los pasos de los raros transeuntes despertasen el
+mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero
+al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que el mar
+enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en
+tarde remontase su corriente algún barco mercante.
+
+Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser
+la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre
+y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del
+remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus
+calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los
+que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de
+hambre ante los palacios de los ricos.
+
+Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos
+hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban
+hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la
+tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola
+como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban,
+como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.
+
+Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los
+invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto
+antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una
+catástrofe providencial y salvadora.
+
+Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el
+agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol
+ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la
+lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se
+detuviera en las revueltas de la corriente.
+
+Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del
+crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti,
+elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo
+de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba,
+rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban
+aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen
+inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites.
+
+Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún
+tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados
+sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas
+hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como
+una estrella perdida en la noche.
+
+El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por
+el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo.
+
+Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las
+religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos
+ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las
+leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante
+el negro secreto de la muerte!
+
+El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído
+por él, lo seguía á lo largo de la ribera.
+
+Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen
+los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que habían mantenido á los
+hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la
+humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez,
+con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias
+terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...
+
+No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y
+debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los
+hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos
+hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de
+la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses
+del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos.
+Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr
+siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa
+desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos
+primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras
+sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las
+dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia
+Social.
+
+FIN
+
+Playa de la Malvarrosa (Valencia).
+
+Abril-Junio de 1904.
+
+ * * * * *
+
+
+DEL MISMO AUTOR
+
+NOVELAS
+
+=Arroz y tartana.= _Una peseta._
+
+=Flor de Mayo.= _Una peseta._
+
+=La Barraca.= _3'50 pesetas._
+
+=Entre naranjos.= _3 pesetas._
+
+=Cañas y barro.= _3 pesetas._
+
+=Sónnica la cortesana.= 3 pesetas.
+
+=La Catedral.= 3 pesetas.
+
+CUENTOS
+
+=Cuentos valencianos.= _Una peseta._
+
+=La Condenada.= _Una peseta._
+
+VIAJES
+
+=París= (_agotada_).
+
+=En el país del Arte= (_Tres meses en Italia_). 1'50 ptas.
+
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 24466 ***
diff --git a/24466-h/24466-h.htm b/24466-h/24466-h.htm
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+ The Project Gutenberg eBook of El Intruso, par Vicente Blasco Ibáñez.
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+ }
+ .c {text-align: center;
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+ }
+ </style>
+ </head>
+<body>
+<div>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 24466 ***</div>
+
+<hr class="full" />
+
+<h2><span class="smcap">Vicente Blasco Ib&aacute;&ntilde;ez</span></h2>
+
+<hr style="width:10%;" />
+
+<h1>EL INTRUSO</h1>
+
+<p class="c">&mdash;NOVELA&mdash;</p>
+
+<p class="c">22.000</p>
+
+<p class="c">F. Sempere y C.&ordf;, Editores</p>
+
+<p class="c">CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32</p>
+
+<p class="c">VALENCIA</p>
+
+<p class="c">1904</p>
+
+<hr />
+<table summary="toc" cellpadding="0" cellspacing="0">
+<tr><td>Cap&iacute;tulos:
+<a href="#I"><b>I, </b></a>
+<a href="#II"><b>II, </b></a>
+<a href="#III"><b>III, </b></a>
+<a href="#IV"><b>IV, </b></a>
+<a href="#V"><b>V, </b></a>
+<a href="#VI"><b>VI, </b></a>
+<a href="#VII"><b>VII, </b></a>
+<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a>
+<a href="#IX"><b>IX, </b></a>
+<a href="#X"><b>X</b></a><br />
+</td></tr>
+</table>
+
+
+<hr />
+
+<h3 class="top15"><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+<p>Comenzaba &aacute; clarear el d&iacute;a cuando despert&oacute; el doctor Aresti, sinti&eacute;ndose
+empujado en un hombro. Lo primero que vi&oacute; fu&eacute; el rostro de manzana seca,
+verdoso y arrugado de Katali&ntilde;, su ama de llaves, y los dos cuernos del
+pa&ntilde;uelo que llevaba la vieja arrollado &aacute; las sienes.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues
+que vaya.</p>
+
+<p>Comenz&oacute; &aacute; vestirse el doctor, despu&eacute;s de largos desperezos y una rebusca
+lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbord&aacute;ndose de
+los estantes de la inmediata habitaci&oacute;n, se extend&iacute;an por su dormitorio
+de hombre solo.</p>
+
+<p>Dos m&eacute;dicos ten&iacute;a &aacute; sus &oacute;rdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel
+d&iacute;a estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames
+desde la noche anterior, para curar &aacute; varios mineros heridos por una
+explosi&oacute;n de dinamita.</p>
+
+<p>Katali&ntilde; le ayud&oacute; &aacute; ponerse el recio gab&aacute;n, y abri&oacute; la puerta de la calle
+mientras el doctor se calaba la boina y requer&iacute;a su <i>cachaba</i>, grueso
+cayado con contera de lanza, que le acompa&ntilde;aba siempre en sus visitas &aacute;
+las minas.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Katali&ntilde;&mdash;dijo al trasponer la puerta.&mdash;&iquest;Sabes qui&eacute;n es el muerto?</p>
+
+<p>&mdash;<i>El Maestrico</i> disen. El que ense&ntilde;aba por la noche el abesedario &aacute; los
+pinches y era novio de esa que llaman <i>La Charanga</i>. &iexcl;C&oacute;mo est&aacute;
+Gallarta, Se&ntilde;or Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vas&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Lo de siempre&mdash;murmur&oacute; el m&eacute;dico.&mdash;El crimen pasional. A estos
+b&aacute;rbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.</p>
+
+<p>Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llam&oacute; desde la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San Jos&eacute; y que le
+esperan en Bilbao. No haga &aacute; su primo una de las suyas.</p>
+
+<p>Aresti not&oacute; la entonaci&oacute;n de respeto con que hablaba la vieja de aquel
+primo que le hab&iacute;a invitado &aacute; comer por ser sus d&iacute;as. En todo el
+distrito minero nadie hablaba de &eacute;l sin subrayar el nombre con una
+admiraci&oacute;n casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y
+poder&iacute;o, le tem&iacute;an como &aacute; una fuerza omnipotente.</p>
+
+<p>El doctor, al salir de Gallarta, se abroch&oacute; el gab&aacute;n, estremeci&eacute;ndose de
+fr&iacute;o. El cielo plomizo y brumoso se confund&iacute;a con las crestas de los
+montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta
+descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del
+Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirm&oacute; los
+lentes y sigui&oacute; adelante todav&iacute;a so&ntilde;oliento, con esa pasividad resignada
+del m&eacute;dico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus
+zapatos de monte se pegaban al barro; la <i>cachaba</i> iba marcando con su
+lanza un agujero &aacute; cada paso.</p>
+
+<p>La noche anterior hab&iacute;a cenado Aresti con unos cuantos contratistas de
+las minas, lo m&aacute;s distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban
+camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos
+camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se
+pegaban al m&eacute;dico acos&aacute;ndolo con toda clase de agasajos. Despertaba en
+ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que hab&iacute;a estudiado en el
+extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir
+entre ellos, en la sociedad primitiva y casi b&aacute;rbara del distrito
+minero. Esto les halagaba como si fuese una declaraci&oacute;n de superioridad
+en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los <i>chimbos</i> de
+Bilbao. Adem&aacute;s, respetaban al doctor con cierta adoraci&oacute;n supersticiosa
+porque era primo hermano de S&aacute;nchez Morueta y &eacute;ste no ocultaba su gran
+cari&ntilde;o al m&eacute;dico...</p>
+
+<p>&iexcl;S&aacute;nchez Morueta! &iexcl;C&oacute;mo qui&eacute;n dice nada! Hac&iacute;a muchos a&ntilde;os que no hab&iacute;a
+estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurr&iacute;an los meses sin
+que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los m&aacute;s
+&iacute;ntimos del famoso personaje. Pero ya se pod&iacute;a preguntar por &eacute;l, lo
+mismo al gobernador de Bilbao que al &uacute;ltimo pinche de Gallarta: nadie se
+mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se ve&iacute;an
+minas y m&aacute;s minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos
+inclinados, tranv&iacute;as a&eacute;reos, reba&ntilde;os de hombres atacando las canteras:
+de &eacute;l, todo de &eacute;l. Y de &eacute;l tambi&eacute;n, los altos hornos que ard&iacute;an d&iacute;a y
+noche junto al Nervi&oacute;n, fabricando el acero, y gran parte de los vapores
+atracados &aacute; los muelles de la r&iacute;a cargando mineral &oacute; descargando hulla,
+y muchos m&aacute;s que paseaban la bandera de la matr&iacute;cula de Bilbao por todos
+los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un
+sinn&uacute;mero de f&aacute;bricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que
+funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se
+dejaba ver, pero se sent&iacute;a su presencia en todas partes. Pod&iacute;a hacer &aacute;
+un hombre rico de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana con s&oacute;lo desearlo. Hasta los
+se&ntilde;ores de Madrid que gobernaban el pa&iacute;s le buscaban y mimaban para que
+prestase ayuda al Estado en sus apuros y empr&eacute;stitos. &iexcl;Y el doctor
+Aresti, amado por S&aacute;nchez Morueta con un afecto doble de padre y de
+hermano, se empe&ntilde;aba en vivir fuera de su protecci&oacute;n, m&aacute;s all&aacute; de la
+lluvia de oro que parec&iacute;a caer de su mirada y que hac&iacute;a que los hombres
+se agolpasen en torno de &eacute;l, con la furia brutal de la codicia,
+oblig&aacute;ndolo &aacute; aislarse, &aacute; permanecer invisible, para no perecer bajo el
+formidable empuj&oacute;n de los adoradores!... La &uacute;nica merced que el m&eacute;dico
+hab&iacute;a solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la
+cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perec&iacute;an
+faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama
+de pr&aacute;ctico de los hospitales de Par&iacute;s, con la popularidad que le hab&iacute;an
+dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fu&eacute; &aacute; aislarse en las
+minas, cuando a&uacute;n no ten&iacute;a treinta a&ntilde;os, viviendo en una casita de
+Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.</p>
+
+<p>Los contratistas, los capataces, los <i>qu&iacute;micos</i>, toda la gente que
+formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba &aacute; Aresti, poniendo en
+su adoraci&oacute;n algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio &aacute;
+las riquezas materiales.</p>
+
+<p>&mdash;Le gusta vivir con nosotros&mdash;dec&iacute;an con orgullo.&mdash;Mejor prefiere una
+merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que S&aacute;nchez
+Morueta tiene en Las Arenas... &iexcl;Ser primo de Don Jos&eacute; y pasarse meses
+sin verlo!... &iexcl;Pero qu&eacute; famoso es el doctor!</p>
+
+<p>El m&iacute;sero reba&ntilde;o de los mineros, albergado en los barracones y cantinas,
+ten&iacute;a una fe ciega en su ciencia, le miraba como &aacute; un brujo capaz de los
+mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano.
+Pasaban por los caminos de la monta&ntilde;a un sinn&uacute;mero de lisiados, que, al
+conservar la vida despu&eacute;s de horribles cat&aacute;strofes, proclamaban la
+maestr&iacute;a del cirujano.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Que venga Don Luis!&mdash;gem&iacute;a el minero herido por la explosi&oacute;n de un
+barreno, &oacute; el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la
+cantera.</p>
+
+<p>Y al ver con la mirada vidriosa de la agon&iacute;a los lentes del doctor, sus
+ojos ir&oacute;nicos bajo unas cejas mefistof&eacute;licas y la barba en punta llena
+de canas precoces, los infelices sent&iacute;anse animados por repentina
+confianza; no percib&iacute;an la llegada de la muerte, esperando hasta el
+&uacute;ltimo momento el milagro que hab&iacute;a de salvarles.</p>
+
+<p>Los otros m&eacute;dicos del distrito eran recibidos por los enfermos con
+triste resignaci&oacute;n. &iexcl;Don Luis: s&oacute;lo el doctor Aresti! Y las se&ntilde;oras de
+Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se
+aburr&iacute;an en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo,
+sent&iacute;an enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, s&oacute;lo por
+el gusto de hablar con el doctor, que &aacute; m&aacute;s de su ciencia llevaba con &eacute;l
+algo de la grandeza de S&aacute;nchez Morueta y de las altas clases de Bilbao
+hasta las cuales so&ntilde;aban con llegar alg&uacute;n d&iacute;a. Los maridos no
+necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los
+asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le
+buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagru&eacute;licas.
+Le llevaban con ellos &aacute; las pruebas de bueyes y las apuestas de
+barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de
+la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.</p>
+
+<p>La noche anterior, Aresti se hab&iacute;a acostado tarde. Ya que hab&iacute;a de comer
+en Bilbao invitado por <i>Don Jos&eacute;</i> (que as&iacute; era conocido por antonomasia
+el poderoso S&aacute;nchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual
+nombre, no quer&iacute;an dejar de obsequiar al doctor. Y hasta m&aacute;s de media
+noche dur&oacute; la cena en el fond&iacute;n principal del pueblo: un banquete de
+platos populares y substanciosos, tales como los so&ntilde;aban aquellos ricos
+improvisados en su &eacute;poca de hambre: conejos de monte, gallinas en toda
+clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile
+de viandas vulgares rociadas desde la primera &aacute; la &uacute;ltima con champagne
+de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el
+distintivo de la riqueza; lo &uacute;nico que hab&iacute;an podido copiar de las
+clases elevadas. Lo quer&iacute;an del m&aacute;s caro para que constase bien su
+opulencia y lo gastaban &aacute; cajas, abriendo &aacute; golpes las botellas, riendo
+como ni&ntilde;os cuando el l&iacute;quido se derramaba por el suelo, moj&aacute;ndose unos &aacute;
+otros con la espuma, bebi&eacute;ndolo en tanques y llenando &aacute; veces las
+palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que &aacute;
+los postres nunca dejaba de producir hilaridad.</p>
+
+<p>Aresti sonre&iacute;a recordando la fiesta de la noche anterior, las
+extravagancias infantiles de aquellos r&uacute;sticos, enriquecidos r&aacute;pidamente
+&eacute; imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y
+laboriosa que llevaban en el monte.</p>
+
+<p>Sin detenerse en su marcha, el doctor contempl&oacute; largo rato una colina
+roja que se alzaba &aacute; un lado del camino. Aquella tumefacci&oacute;n del paisaje
+era obra del hombre. La monta&ntilde;a se hab&iacute;a formado espuerta sobre
+espuerta. A su sombra hab&iacute;an nacido Gallarta y la riqueza del distrito.
+Era la escoria de la mina de San Miguel de Bego&ntilde;a, la explotaci&oacute;n m&aacute;s
+famosa de las Encartaciones: toda de mineral <i>campanil</i> y del m&aacute;s rico.
+All&iacute; hab&iacute;an comenzado su fortuna S&aacute;nchez Morueta y otros potentados de
+Bilbao. S&oacute;lo quedaba como recuerdo la monta&ntilde;a de escoria. El dinero
+estaba en la villa, y en las entra&ntilde;as de la tierra los siervos an&oacute;nimos
+que hab&iacute;an dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.</p>
+
+<p>Aresti vi&oacute; un grupo de gente &aacute; un lado del camino. Pasaban corriendo
+junto &aacute; &eacute;l chiquillos y mujeres. A veces se deten&iacute;an para llamar &aacute; los
+que estaban en los desmontes inmediatos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;En&eacute;! &iexcl;Han matado al <i>Maestrico</i>! &iexcl;Vamos &aacute; verlo!</p>
+
+<p>Y segu&iacute;an corriendo hacia el gent&iacute;o, en el cual se destacaban los negros
+uniformes y las boinas con chapa de una pareja de mi&ntilde;ones. Algunos
+muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atra&iacute;dos por el suceso,
+llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos.
+Familiarizados con el explosivo, met&iacute;anse entre los grupos empujando
+para abrirse paso y ver al muerto.</p>
+
+<p>En medio del camino estaban inm&oacute;viles varias carretas con sus bueyes de
+raza vasca, peque&ntilde;os, de patas finas, con una piel de carnero entre los
+cuernos adornando el yugo.</p>
+
+<p>Al llegar el doctor se abri&oacute; el compacto grupo, dejando ver un hombre
+tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre
+formaban una m&aacute;scara sobre su rostro. Aresti no tuvo m&aacute;s que inclinarse
+para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.</p>
+
+<p>El juez municipal, un contratista de los que hab&iacute;an cenado con Aresti,
+le habl&oacute; del suceso, lamentando el madrug&oacute;n que le hab&iacute;a proporcionado.
+El pobre <i>Maestrico</i> deb&iacute;a haber muerto casi instant&aacute;neamente. Ten&iacute;a un
+golpe en el coraz&oacute;n, una de aquellas pu&ntilde;aladas que s&oacute;lo se ve&iacute;an en las
+minas donde vive tanta gente salida del presidio. Adem&aacute;s, le hab&iacute;an
+herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Deb&iacute;an ser dos los
+que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volv&iacute;a de Bilbao. Para
+el juez, el suceso no ofrec&iacute;a dudas. De all&iacute; ir&iacute;a &aacute; prender &aacute; los
+culpables sin miedo &aacute; equivocarse.</p>
+
+<p>Recordaba &aacute; Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un
+andaluz, de car&aacute;cter triste y pocas palabras que hab&iacute;a rodado por el
+mundo busc&aacute;ndose la vida en Am&eacute;rica en cien oficios, y trabajando en
+todas las minas de Espa&ntilde;a. Por las noches, cuando volv&iacute;a del trabajo,
+daba lecciones &aacute; los pinches. Viv&iacute;a &aacute; pupilo en casa de los padres de
+<i>la Charanga</i>, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta &aacute; la
+chavaler&iacute;a de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado
+de presidio, un rebelde que iba de una &aacute; otra cantera despedido siempre
+por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atenci&oacute;n
+por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un
+arsenal de armas oculto. El <i>Maestrico</i> se hab&iacute;a enamorado de <i>la
+Charanga</i> con la pasi&oacute;n reconcentrada y silenciosa de un hombre de
+cuarenta a&ntilde;os. Los padres le quer&iacute;an, alabando sus costumbres sobrias,
+su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de
+bestia alegre, dec&iacute;a que s&iacute; &aacute; todo, continuando sus relaciones con el
+matoncillo. Iban &aacute; casarse en aquella misma semana. El <i>Maestrico</i> hab&iacute;a
+marchado el d&iacute;a anterior &aacute; Bilbao para comprar algunos regalos &aacute; la
+novia y, al regreso, el amante y su padre le hab&iacute;an esperado en el
+camino.</p>
+
+<p>Aresti oy&oacute; unos gemidos &aacute; su espalda. Entre el gent&iacute;o, un minero viejo
+se llevaba las manos &aacute; los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Ant&oacute;n... pobre <i>Maestrico</i>. &iexcl;Matar &aacute; un hombre as&iacute;! &iexcl;Tan bueno!...
+&iexcl;tan trabajador!</p>
+
+<p>Era el padre de <i>la Charanga</i>, que lloraba ante el cad&aacute;ver de su pupilo.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico se fij&oacute; en el abultado abdomen del muerto, &eacute; hizo que un mi&ntilde;&oacute;n
+desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela
+blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sue&ntilde;an las muchachas
+de las minas como una elegancia suprema. El pobre <i>Maestrico</i> hab&iacute;a ido
+&aacute; la villa para comprar este regalo &aacute; su novia.</p>
+
+<p>Se abri&oacute; el grupo con cierto rumor de curiosidad, como &aacute; la llegada de
+un personaje esperado. Era <i>la Charanga</i>, con las manos en las fuertes
+caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado,
+mostrando al sonre&iacute;r sus dientes agudos de loba imp&uacute;dica.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero es verdad que han matao &aacute; <i>ese</i>?...</p>
+
+<p>Y fijaba su mirada en el m&eacute;dico, con la misma expresi&oacute;n de l&uacute;brica
+generosidad con que muchas veces le hab&iacute;a invitado &aacute; seguirla cuando le
+encontraba en el campo. Despu&eacute;s contempl&oacute; el cad&aacute;ver fr&iacute;amente, sin
+emoci&oacute;n, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompi&oacute; &aacute; re&iacute;r.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Redi&oacute;s! &iexcl;Pus ya pod&iacute;a yo anoche esperar mis botas!...</p>
+
+<p>Fu&eacute; todo lo que se le ocurri&oacute; ante el cad&aacute;ver del que iba &aacute; ser su
+marido. Y rompiendo &aacute; codazos por entre los hombres que se conmov&iacute;an al
+contacto de sus caderas, sali&oacute; del grupo, alej&aacute;ndose con soberbia
+indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor &aacute; ella iba &aacute; ir &aacute;
+presidio.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La bestia!&mdash;dijo el m&eacute;dico al juez, sigui&eacute;ndola con la mirada.&mdash;La
+hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos
+se maten por poseerla... Esto s&oacute;lo se ve aqu&iacute;.</p>
+
+<p>Y Aresti sonre&iacute;a con la satisfacci&oacute;n del naturalista que contempla en
+su gabinete un animal extraordinario.</p>
+
+<p>Llegaban de Gallarta nuevos grupos atra&iacute;dos por la noticia del
+asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de mi&ntilde;ones en
+busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cad&aacute;ver,
+llev&aacute;ndolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor
+emprendi&oacute; el regreso y, cerca ya de Gallarta, not&oacute; que un muchacho de
+unos catorce a&ntilde;os, un pinche de los que trabajaban en las minas, le
+segu&iacute;a, marchando tan pronto &aacute; su lado como delante, siempre volviendo
+la cara hacia &eacute;l, mir&aacute;ndole con unos ojos desmesuradamente abiertos,
+suplicantes y vidriosos como si fuesen &aacute; saltarles las l&aacute;grimas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; se ofrece caballero?&mdash;dijo Aresti con su voz alegre que parec&iacute;a
+esparcir la confianza entre los desgraciados.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or dotor&mdash;gimi&oacute; el muchacho.&mdash;Mi padre... mi pobre padre.</p>
+
+<p>Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se
+ahogaron las palabras en su garganta y rompi&oacute; &aacute; llorar.</p>
+
+<p>Aresti se fij&oacute; en &eacute;l. No era del pa&iacute;s: deb&iacute;a ser <i>maketo</i>, de los que
+llegaban en cuadrillas de Castilla &oacute; de Le&oacute;n, empujados por el hambre,
+atra&iacute;dos por los jornales de las minas. Un pantal&oacute;n azul, con piezas
+superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus
+zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprim&iacute;a una
+camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la
+mara&ntilde;a de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de
+una boina vieja. Ol&iacute;a &aacute; juventud descuidada, &aacute; ropas mantenidas sobre la
+carne meses enteros. Aresti conoc&iacute;a este perfume de las minas; el hedor
+de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la
+misma envoltura.</p>
+
+<p>&mdash;Tu padre... ya te entiendo&mdash;dijo bondadosamente.&mdash;&iquest;Y qu&eacute; le ocurre &aacute;
+tu padre? Vamos &aacute; ver.</p>
+
+<p>El pinche se explic&oacute; trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga,
+en una casa de peones, muy enfermo; se mor&iacute;a. Al amanecer hab&iacute;a querido
+levantarse para ir al trabajo como los dem&aacute;s compa&ntilde;eros, pero le ard&iacute;a
+la piel, deliraba. El d&iacute;a antes hab&iacute;a llovido y se moj&oacute; en la cantera.
+&Eacute;l, que era su hijo, se hab&iacute;a quedado para cuidarle. &iquest;Pero c&oacute;mo,
+se&ntilde;or?... Estaba muy malo, mucho. &iexcl;Para que &eacute;l se hubiera decidido &aacute;
+perder el jornal del d&iacute;a!...</p>
+
+<p>Y el muchacho repiti&oacute; lo de la p&eacute;rdida del jornal varias veces, d&aacute;ndole
+con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostraci&oacute;n
+de la gravedad del enfermo.</p>
+
+<p>Aresti crey&oacute; consolarle, prometiendo que enviar&iacute;a al m&eacute;dico que estaba
+en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompi&oacute; &aacute; llorar
+de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or dotor... Usted, s&oacute;lo usted... Se lo pido por lo que quiera m&aacute;s
+en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe m&aacute;s que todos
+juntos. La gente dice que usted hace milagros...</p>
+
+<p>Y apoder&aacute;ndose de una mano del doctor, se la bes&oacute; repetidas veces sin
+saber qu&eacute; decir, como si estas muestras de veneraci&oacute;n fuesen todo su
+lenguaje y con &eacute;l quisiera convencer al m&eacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;Basta, muchacho&mdash;dijo Aresti riendo.&mdash;No sigas. Ir&eacute; &aacute; Labarga para que
+no me beses m&aacute;s con tu cara sucia... Buena se va &aacute; poner Katali&ntilde; cuando
+sepa que subo al monte.</p>
+
+<p>El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habl&oacute; con menos
+dificultad contestando &aacute; sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y
+hab&iacute;an venido &aacute; las minas su padre y &eacute;l con seis paisanos m&aacute;s. Hac&iacute;a
+tres a&ntilde;os que realizaban este viaje &aacute; la entrada del invierno. Ellos
+ten&iacute;an all&aacute; su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las
+mujeres se encargaban de los campos durante el fr&iacute;o y los hombres
+emprend&iacute;an la peregrinaci&oacute;n &aacute; Bilbao en busca de los jornales fabulosos,
+de once reales &oacute; tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el
+pa&iacute;s. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y
+plantar la del a&ntilde;o pr&oacute;ximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era
+dura, mor&iacute;an algunos; pero se pod&iacute;a volver &aacute; casa con buenos ahorros.</p>
+
+<p>&mdash;Yo, se&ntilde;or dotor, gano siete reales: mi padre once &uacute; doce. Damos un
+real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aqu&iacute; todo va por
+las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral
+destroza mucho. Adem&aacute;s, casi todas las semanas llueve en esta tierra y
+no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos &aacute;
+casa &aacute; los diez meses con cuarenta &oacute; cincuenta duros.</p>
+
+<p>&mdash;Pues vais &aacute; ser ricos cualquier d&iacute;a&mdash;dijo Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Quia! &iexcl;no se&ntilde;or!&mdash;contest&oacute; el muchacho c&aacute;ndidamente.&mdash;Ricos nunca lo
+seremos. &iexcl;Aun si ese dinero fuese para nosotros!...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Es que lo regalais?...</p>
+
+<p>&mdash;Se lo llevan los mandones. Con &eacute;l pagamos la contribuci&oacute;n.</p>
+
+<p>Aresti camin&oacute; un buen rato en silencio, admirando una vez m&aacute;s la
+sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada
+&aacute; las privaciones, sin la m&aacute;s leve vegetaci&oacute;n de ideas de protesta en su
+cerebro est&eacute;ril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de
+campamento, encorvados ante la piedra roja, ara&ntilde;&aacute;ndola de sol &aacute; sol con
+un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentaci&oacute;n,
+acelerando d&iacute;a por d&iacute;a la ruina de su organismo; y este sacrificio
+obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad rid&iacute;culo
+sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y
+pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.</p>
+
+<p>Al entrar en Gallarta, el m&eacute;dico pas&oacute; apresuradamente ante su casa,
+temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al
+monte.</p>
+
+<p>&mdash;Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y a&uacute;n he de tomar el tren
+para Bilbao.</p>
+
+<p>Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta
+empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajust&aacute;ndose
+&aacute; todas sus tortuosidades. Eran m&iacute;seros edificios construidos con
+mineral en la &eacute;poca que &eacute;ste no era tan buscado; gruesos paredones
+agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y
+los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes
+aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates
+del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los
+establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas
+ventanas con vidrios empa&ntilde;ados serv&iacute;an de escaparates, exhibiendo
+zapatos &oacute; quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa,
+enviados &aacute; las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A
+causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas
+ten&iacute;an varios pelda&ntilde;os ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran
+profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar &aacute; ellas. Los
+establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La
+calle, con sus tiendas estrechas y l&oacute;bregas y sus casas de poca altura,
+hac&iacute;a recordar la tortuosa v&iacute;a de una poblaci&oacute;n &aacute;rabe. Algunas carretas
+permanec&iacute;an detenidas &aacute; las puertas de las tabernas, moviendo los
+bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro
+gritaban los conductores ante los vasos de vino.</p>
+
+<p>Aresti ten&iacute;a buenas piernas, acostumbrado como estaba &aacute; aquel pa&iacute;s
+montuoso, y apoy&aacute;ndose en la <i>cachaba</i> segu&iacute;a sin dificultad al pinche
+que casi corr&iacute;a por el camino, con direcci&oacute;n &aacute; Labarga, uno de los
+barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotaci&oacute;n minera. As&iacute;
+como ascend&iacute;an por el &aacute;spero camino, era m&aacute;s fuerte el viento y se
+ensanchaba el paisaje. Agrand&aacute;banse los montes y se velaban los valles
+bajo la bruma de la ma&ntilde;ana. Por la parte del mar, el Serantes, que
+guarda la desembocadura de la r&iacute;a de Bilbao, recortaba sobre el cielo
+plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies
+extend&iacute;a el mar su ancha faja obscura, cortada &aacute; trechos por otros
+montes m&aacute;s bajos, meti&eacute;ndose en tri&aacute;ngulos, tierra adentro, en forma de
+ensenadas y r&iacute;as.</p>
+
+<p>Hac&iacute;a alg&uacute;n tiempo que el doctor no hab&iacute;a subido &aacute; pie la cuesta de
+Labarga y encontraba cierta novedad al espect&aacute;culo. Sin dejar de andar,
+iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al
+pie de Serantes, era San Pedro Abanto; m&aacute;s all&aacute;, al lado de una r&iacute;a,
+alz&aacute;base la monta&ntilde;a de Somorrostro. Dos nombres famosos que conoc&iacute;a toda
+Espa&ntilde;a despu&eacute;s de la guerra civil. Como una resurrecci&oacute;n de aquella
+lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas
+inmediatas al camino, tembl&oacute; la tierra con sorda trepidaci&oacute;n y
+estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por
+el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban &aacute; una hora
+fija, por la ma&ntilde;ana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus
+cornetas para que se alejase la gente. M&aacute;s all&aacute; de las minas inmediatas
+sonaron nuevas detonaciones, y luego otras m&aacute;s lejanas, estremeci&eacute;ndose
+toda la cuenca minera con un incesante ca&ntilde;oneo como si tronasen bater&iacute;as
+ocultas en todos los repliegues y c&uacute;spides de los montes.</p>
+
+<p>Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las
+Encartaciones, cuando el ej&eacute;rcito liberal intentaba levantar el sitio de
+Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de
+la guerra y la destrucci&oacute;n, hab&iacute;an popularizado los nombres de dos
+humildes aldeas de Vizcaya. &Eacute;l no hab&iacute;a presenciado los combates; pero
+como si los hubiera visto, despu&eacute;s de escuchar su relato tantas veces &aacute;
+los viejos del pa&iacute;s y &aacute; muchos de los contratistas que eran entonces
+aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al
+cura de su anteiglesia, hab&iacute;an tomado las armas en defensa del Se&ntilde;or y
+los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del
+llano, hab&iacute;an matado de un certero ca&ntilde;onazo &aacute; los dos mejores generales
+del carlismo. Despu&eacute;s, el m&eacute;dico miraba el monte de Somorrostro con sus
+&aacute;speras pendientes, aislado, l&uacute;gubre como una pir&aacute;mide. A&uacute;n se
+encontraban osamentas al cavar en las faldas. All&iacute; hab&iacute;a sido la gran
+carnicer&iacute;a: los batallones del gobierno, la infanter&iacute;a de marina, con la
+bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro,
+pugnaban por subir &aacute; lo m&aacute;s alto para vencer al enemigo, y &eacute;ste los
+fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fr&iacute;a
+anticipaci&oacute;n, y pareci&eacute;ndole poco mort&iacute;fero el fusil, apelaba &aacute;
+procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las
+alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las
+minas, y estos carros de la muerte descend&iacute;an saltando de pe&ntilde;asco en
+pe&ntilde;asco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba &aacute; cada choque, &aacute;
+cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los
+celt&iacute;beros b&aacute;rbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas
+locas romp&iacute;an las masas de pantalones rojos &oacute; azules que en vano
+intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su f&eacute;rreo volteo, hac&iacute;an
+crujir los huesos, deshilachaban los m&uacute;sculos, y, manchadas de sangre,
+segu&iacute;an rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Imb&eacute;ciles! &iexcl;imb&eacute;ciles&mdash;repet&iacute;a mentalmente el doctor.</p>
+
+<p>Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos
+montes y en otros de m&aacute;s all&aacute;; en todos los que dorm&iacute;an eternamente en
+las entra&ntilde;as de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una
+simple cuesti&oacute;n de personas, h&aacute;bilmente explotada en nombre del
+sentimiento religioso y de la repulsi&oacute;n que siente el vascongado por
+toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.</p>
+
+<p>Contrastando con estos recuerdos de una &eacute;poca de violencias, rodeaban al
+doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el
+movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra.
+Los tranv&iacute;as a&eacute;reos para la conducci&oacute;n del mineral apoyaban sus cables
+sobre los robustos postes y desliz&aacute;ndose por ellos, pasaba el rosario de
+tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despe&ntilde;aderos,
+descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los
+descargaderos de Ortuella, la v&iacute;a f&eacute;rrea del Triano, que es el
+respiradero de las minas.</p>
+
+<p>En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corr&iacute;an sobre los
+rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por
+caballos, empujadas otras por hombres. Ve&iacute;anse grandes plataformas de
+madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los veh&iacute;culos
+amarrados &aacute; una cadena sin fin. La v&iacute;a autom&aacute;tica de una compa&ntilde;&iacute;a
+extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que
+parec&iacute;an seres animados. Los veh&iacute;culos rodaban en dos filas, en opuestas
+direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su
+camino en l&iacute;nea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y
+atravesando las alturas por t&uacute;neles pendientes que los devoraban.</p>
+
+<p>El paisaje aparec&iacute;a trastornado por la mano del hombre. El minero
+violaba &aacute; la Naturaleza, volc&aacute;ndola, desordenando sus ropajes. Todo
+hab&iacute;a cambiado de lugar. Las cumbres hab&iacute;an sido echadas abajo por la
+piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban
+convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparec&iacute;an desgarradas:
+lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el
+pavoroso corte del despe&ntilde;adero. Hab&iacute;ase cambiado el curso de las aguas;
+las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escap&aacute;banse ahora con
+rezumamiento fangoso por las angostas galer&iacute;as que perforaban las
+pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su
+carne, mostraban el armaz&oacute;n calc&aacute;reo, la triste osamenta. Los prados de
+otras &eacute;pocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo
+hab&iacute;a desaparecido, como si soplara sobre aquellas monta&ntilde;as un viento de
+fuego. S&oacute;lo quedaba el pedrusco f&eacute;rreo, el terr&oacute;n rojo, la tierra
+codiciada por el hombre, que parec&iacute;a haber ardido con interna
+combusti&oacute;n. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante.
+Crec&iacute;a la hierba all&iacute; donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las
+plataformas carcomidas, delatando una explotaci&oacute;n abandonada. En estos
+rincones pac&iacute;an algunos reba&ntilde;os de ovejas panzudas, de largas lanas,
+dando con sus esquilas una nota de calma pastoril &aacute; aquel paisaje
+desolado que parec&iacute;a reci&eacute;n surgido de una cat&aacute;strofe geol&oacute;gica.</p>
+
+<p>El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de
+esos cr&aacute;teres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de
+sus convulsiones. Parec&iacute;a imposible que aquella profundidad fuese obra
+del hombre en tan pocos a&ntilde;os. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando
+el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos.
+Los caballos parec&iacute;an por su tama&ntilde;o escapados de una caja de juguetes.</p>
+
+<p>Aresti, ante este desgarr&oacute;n de la corteza terrestre que mostraba al aire
+sus entra&ntilde;as, recordaba las formas y colores de las piezas anat&oacute;micas
+reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como
+huesos; las fajas de mena rojiza ten&iacute;an el tono sanguinolento de los
+m&uacute;sculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso
+de los intestinos.</p>
+
+<p>A un extremo de la gigantesca excavaci&oacute;n la monta&ntilde;a se hab&iacute;a venido
+abajo, formando una cascada inm&oacute;vil de ondas de tierra y enormes
+pedruscos. El m&eacute;dico recordaba la cat&aacute;strofe ocurrida cuatro a&ntilde;os antes.
+La cantera se hab&iacute;a derrumbado, cogiendo en su ca&iacute;da &aacute; una cuadrilla de
+obreros que trabajaba en su base. Unos hab&iacute;an perecido aplastados
+instant&aacute;neamente: otros hab&iacute;an quedado enterrados en vida, en un
+socav&oacute;n, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La
+gente acud&iacute;a para pegar sus o&iacute;dos con horror &aacute; los pe&ntilde;ascos
+desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los
+gemidos de los infelices que perec&iacute;an lentamente en la obscuridad de las
+entra&ntilde;as de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los d&iacute;as. Centenares
+de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver
+la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, s&oacute;lo
+hab&iacute;an avanzado algunos metros y ya no se o&iacute;a nada: de la tierra no
+sal&iacute;a ning&uacute;n lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios
+cad&aacute;veres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cr&aacute;neo
+aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando
+a&uacute;n en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del
+socav&oacute;n en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la
+cueva se pudr&iacute;an tras el gigantesco tap&oacute;n de mineral que los hab&iacute;a
+aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conoc&iacute;an. Hab&iacute;an
+llegado &aacute; las minas poco antes y los capataces s&oacute;lo anotaban sus apodos.
+Tal vez en alg&uacute;n rinc&oacute;n de Espa&ntilde;a los esperar&iacute;an a&uacute;n, creyendo que
+cuanto m&aacute;s larga fuese la ausencia mayores ser&iacute;an los ahorros.</p>
+
+<p>Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche sal&iacute;an gemidos del
+derrumbamiento. Durante unos meses vi&eacute;ronse en el camino de Labarga
+formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las
+casas temblaban los muchachos y las j&oacute;venes, oyendo hablar de las pobres
+almas en pena de la mina. Pero cierta ma&ntilde;ana apareci&oacute; tendido en el
+camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo
+fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron &aacute; salir fantasmas, ni
+nadie sinti&oacute; deseos de adornar la cat&aacute;strofe con grotescas apariciones.</p>
+
+<p>El recuerdo de los enterrados fu&eacute; borr&aacute;ndose en la memoria de todos. Las
+desgracias, en aquella explotaci&oacute;n cruel que gastaba las vidas de muchos
+miles de hombres, superpon&iacute;anse unas &aacute; otras con frecuencia, ocultando y
+desvaneciendo las anteriores. Un d&iacute;a, las vagonetas, al chocar unas con
+otras, aplastaban &aacute; un obrero: otro d&iacute;a saltaban de los rieles al bajar
+por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo,
+que no recelaba la muerte traidora que llegaba &aacute; sus espaldas: los
+barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen
+espigas; llov&iacute;an pedruscos en mitad de la faena, matando
+instant&aacute;neamente; y por si esto no era bastante, hab&iacute;a que contar con
+los navajazos &aacute; la salida de la taberna, con las ri&ntilde;as en la cantera,
+con las disputas en los d&iacute;as de cobro, con la feroz acometividad de
+aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual
+viv&iacute;an confundidos los que al salir de los penales de Santo&ntilde;a,
+Valladolid &oacute; Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las
+minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y &aacute; nadie se
+preguntaba qui&eacute;n era y de d&oacute;nde ven&iacute;a...</p>
+
+<p>La Muerte rondaba en torno del m&iacute;sero populacho, como un lobo alrededor
+del reba&ntilde;o, siempre vigilante, con las u&ntilde;as afuera y los dientes agudos.
+Zarpazo aqu&iacute;, dentellada all&aacute;, la gran enemiga se mostraba infatigable.
+Siempre hab&iacute;a en el hospital m&aacute;s de una docena de camas ocupadas por
+carne enferma que ped&iacute;a entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un
+perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega
+fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la
+misma monta&ntilde;a, llegando apenas &aacute; la opulenta Bilbao. El mineral marchaba
+r&iacute;a abajo sin que nadie pensase en lo que hab&iacute;a costado su arranque del
+suelo.</p>
+
+<p>Aresti sali&oacute; de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle &uacute;nica
+de Labarga, dos filas de m&iacute;seras casuchas puestas sobre los pe&ntilde;ascos que
+bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parec&iacute;an palacios,
+comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas,
+conocidas en el pa&iacute;s con el nombre de <i>chabolas</i>, con tabiques de madera
+delgada y techumbre de planchas corro&iacute;das. Las puertas estaban en dos
+piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera,
+y la superior, al abrirse, era la &uacute;nica ventana que daba &aacute; la casa luz y
+aire. Las incesantes lluvias hab&iacute;an podrido aquellas habitaciones,
+reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella
+fuese &aacute; convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre
+cuerdas los gui&ntilde;apos de color indefinible puestos &aacute; secar. Algunas
+gallinas flacas y espeluznadas corr&iacute;an por el camino. Los ni&ntilde;os
+permanec&iacute;an sentados ante las puertas, graves &eacute; inm&oacute;viles, como si
+fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquiller&iacute;a de los pueblos del
+llano.</p>
+
+<p>Al ver al doctor, sal&iacute;an las mujeres &aacute; las puertas de sus tugurios,
+sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo
+de pronto el miedo &aacute; enfermedades que ten&iacute;an olvidadas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Chicas, es don Luis!&mdash;se gritaban unas &aacute; otras.&mdash;&iexcl;Se&ntilde;or doctor, aqu&iacute;!
+&iexcl;M&iacute;reme usted este chico!... &iexcl;Entre &aacute; ver &aacute; mi madre!</p>
+
+<p>Pero Aresti conoc&iacute;a de larga fecha estos recibimientos; el furor que
+acomet&iacute;a &aacute; todos por estar enfermos apenas le ve&iacute;an, sin ocurr&iacute;rseles
+bajar al hospital m&aacute;s que en casos de extrema gravedad. Y segu&iacute;a
+adelante sonriendo &aacute; unas, contestando &aacute; otras alegremente, precedido
+por el pinche zamorano que volv&iacute;a la cara como si temiese verle
+secuestrado por el grupo de comadres.</p>
+
+<p>Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una
+casucha que era la peor del barrio. Ten&iacute;a los ojos casi ocultos bajo las
+cejas y un gesto de desd&eacute;n contra&iacute;a &aacute; cada momento su cara negruzca. Al
+ver al m&eacute;dico no se llev&oacute; la mano &aacute; la boina ni abandon&oacute; su inmovilidad
+de fakir, como si estuviera abstra&iacute;do en la contemplaci&oacute;n de la miseria
+que le rodeaba.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Salud, amigo <i>Barbas</i>!&mdash;dijo el m&eacute;dico alegremente, deteni&eacute;ndose ante
+&eacute;l.&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay compa&ntilde;ero?</p>
+
+<p>&mdash;Mucho y malo, don Luis.</p>
+
+<p>&mdash;Y esa revoluci&oacute;n &iquest;cu&aacute;ndo la hacemos?...</p>
+
+<p>El <i>Barbas</i> mir&oacute; un instante &aacute; Aresti con ojos ce&ntilde;udos, como si fuese &aacute;
+insultarle: despu&eacute;s escupi&oacute; la nicotina de sus labios con un gesto
+desde&ntilde;oso.</p>
+
+<p>&mdash;B&uacute;rlese, don Luis. Usted est&aacute; acostumbrado &aacute; o&iacute;r quejarse de dolor lo
+mismo al rico que al pobre, &aacute; ver que todos mueren igual; por eso toma &aacute;
+risa las cosas de los hombres. Al fin no somos m&aacute;s que animales. Hace
+usted bien. R&iacute;ase... pero el trueno gordo se acerca. Alg&uacute;n d&iacute;a
+encontrar&aacute;n su merecido todos los ladrones... &iexcl;todos! incluso su primo
+S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Compa&ntilde;ero! &iquest;y yo?&mdash;dijo el doctor.&mdash;&iquest;Qu&eacute; vas &aacute; hacer de m&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Usted es un guas&oacute;n que se r&iacute;e de la vida... pero entre burlas y veras
+hace bien &aacute; los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los
+nuestros.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, compa&ntilde;ero <i>Barbas</i>.</p>
+
+<p>Y dando &aacute; entender al solitario con un gesto que volver&iacute;a para hablar
+con &eacute;l, subi&oacute; los pelda&ntilde;os de una casucha en cuya puerta le esperaba
+impaciente el pinche.</p>
+
+<p>Era la <i>casa de peones</i>, el miserable albergue de las monta&ntilde;as mineras,
+donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado &aacute; visitar
+aquellos tugurios que ol&iacute;an &aacute; rancho agrio, &aacute; humo y &aacute; &laquo;perro mojado&raquo;.
+En la entrada de la casa estaba el fog&oacute;n con algo de loza vieja alineada
+en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso,
+como si las tablas trasudasen de una pieza &aacute; otra la suciedad y la mugre
+de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por
+los pa&ntilde;uelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables
+zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las
+manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mir&aacute;ndose con ojos bizcos
+los cuernos del pa&ntilde;uelo rojo arrollado &aacute; la cabeza. Unos gatos flacos y
+espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de
+la olla: unos animales l&uacute;gubres, de mirada feroz, tigres empeque&ntilde;ecidos
+que parec&iacute;an alimentarse con el hambre que sobraba &aacute; sus amos.</p>
+
+<p>La vieja rompi&oacute; en lamentaciones al conocer &aacute; don Luis. El pobre pe&oacute;n
+estaba muy malito: &iexcl;&aacute; ver si lo sacaba adelante!... Ella le hab&iacute;a tomado
+ley despu&eacute;s de tenerlo varios a&ntilde;os en su casa. Y al lamentarse, hab&iacute;a
+tal expresi&oacute;n de fr&iacute;o ego&iacute;smo en sus ojos, que el doctor la ataj&oacute;
+brutalmente:</p>
+
+<p>&mdash;Sobre todo, lo que usted m&aacute;s siente, t&iacute;a Gertrudis, es perder un real
+diario si muere.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay m&aacute;s casas de peones.
+Mi probe viejo est&aacute; casi baldao del reuma y gana menos que un pinche
+escogiendo mineral en los lavaderos. &iexcl;Y muchas gracias que lo aguantan,
+y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... &iexcl;Ay
+Se&ntilde;or, despu&eacute;s de trabajar toda la vida! El m&eacute;dico levant&oacute; una
+cortinilla de percal rojo y deste&ntilde;ido que ocultaba un tugurio sin luz,
+ocupado por la cama de los viejos. Levant&oacute; otra, y vi&oacute; un cuartucho no
+mucho m&aacute;s grande, obstruido completamente por un camastro enorme,
+formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En &eacute;l dorm&iacute;a toda
+la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin
+separaci&oacute;n alguna, sin m&aacute;s aire que el que entraba por la puerta y las
+grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de ma&iacute;z cubr&iacute;an el
+tablado: cuatro mantas cosidas unas &aacute; otras formaban la cubierta com&uacute;n
+de los ocho, y junto &aacute; la pared yac&iacute;an destripadas y mustias algunas
+almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las
+cabezas.</p>
+
+<p>Aresti pens&oacute; con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio.
+Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques
+arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de
+arrastrarlas hasta el dep&oacute;sito de mena y volverlas &aacute; su primitivo sitio.
+Despu&eacute;s de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao
+&oacute; tocino, dorm&iacute;an en aquel tabuco, sin quitarse m&aacute;s que las botas &oacute;,
+cuando m&aacute;s, el chaquet&oacute;n, conservando las ropas impregnadas de sudor &oacute;
+mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que pod&iacute;a
+tocarse con las manos, hac&iacute;ase irrespirable &aacute; las pocas horas,
+espes&aacute;ndose con el vaho de tantos cuerpos, impregn&aacute;ndose del olor de
+suciedad. Los par&aacute;sitos anidados en los pliegues del camastro, en las
+junturas de la madera, en los agujeros del techo, sal&iacute;an de caza con la
+excitaci&oacute;n del calor, ensa&ntilde;&aacute;ndose al amparo de la obscuridad en los
+cuerpos in&aacute;nimes que duermen con el sue&ntilde;o embrutecedor de la fatiga. En
+las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte &aacute; parte la
+casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos
+vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los
+sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad
+fraterniza.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico consideraba que aquellos ocho hombres que dorm&iacute;an en com&uacute;n
+eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las
+aventuras de su peregrinaci&oacute;n anual: y su pensamiento iba hacia otras
+casas de peones, tan m&iacute;seras como aquella, donde los hombres acostados
+en la misma cama no se hab&iacute;an visto nunca; donde el infeliz muchacho,
+reci&eacute;n llegado de su tierra, dorm&iacute;a en contacto con un individuo, con
+otro que tambi&eacute;n acababa de llegar &aacute; la mina, tal vez reci&eacute;n salido del
+presidio &oacute; fugitivo por alg&uacute;n crimen. Los cuerpos extra&ntilde;os se juntaban
+bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne
+sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta
+promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y j&oacute;venes, de inocentes
+jayanes reci&eacute;n venidos de su tierra y veteranos de la vida errante,
+conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una
+forzada abstinencia de la carne, en un pa&iacute;s donde por las condiciones
+del trabajo, los hombres son mucho m&aacute;s numerosos que las mujeres, y la
+continua afluencia de presidiarios licenciados tra&iacute;a consigo todas las
+criminales aberraciones de la virilidad aislada.</p>
+
+<p>Aresti vi&oacute; al enfermo en el fondo del camastro, junto &aacute; la pared,
+respirando jadeante. Estaba acostumbrado &aacute; visitar los tabucos de los
+mineros: nada le extra&ntilde;aba, y con agilidad de muchacho salt&oacute; encima del
+tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendi&oacute; una cerilla
+y entonces vi&oacute; en el tabique de la cabecera que en otros tiempos hab&iacute;a
+sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando
+generales contempor&aacute;neos, con el ros calado y el pecho cubierto de
+bandas y cruces, h&eacute;roes de la guerra que se hab&iacute;an cubierto de gloria
+entregando territorios al enemigo &oacute; fusilando en masa &aacute; ind&iacute;genas
+indefensos.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico no pudo contener su risa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; estar&aacute;n aqu&iacute; estos t&iacute;os?...</p>
+
+<p>Las estampas habr&iacute;an sido pegadas como adorno, sin fijarse en los
+personajes; &oacute; tal vez ser&iacute;an recuerdos de alg&uacute;n antiguo soldado, c&aacute;ndido
+y entusiasta, que creer&iacute;a haber servido &aacute; las &oacute;rdenes de caudillos
+inmortales.</p>
+
+<p>El enfermo ten&iacute;a los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel
+ard&iacute;a. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la
+lluvia de la noche anterior.</p>
+
+<p>&mdash;Una pulmon&iacute;a de padre y se&ntilde;or m&iacute;o&mdash;dijo el doctor arrojando la cerilla
+y saliendo del camastro otra vez de rodillas.</p>
+
+<p>Afuera, junto al fog&oacute;n, escribi&oacute; una receta en una hoja de su cartera,
+encargando al pobre pinche, que despu&eacute;s de la visita parec&iacute;a m&aacute;s
+tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.</p>
+
+<p>Cuando Aresti sali&oacute; de la barraca, despu&eacute;s de hacer varias
+recomendaciones &aacute; la vieja, vi&oacute; que le aguardaba en medio del camino un
+contratista de los m&aacute;s amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el
+chaleco brill&aacute;bale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas
+fabricadas con la tela impermeable que serv&iacute;a de forro &aacute; las cajas de
+dinamita.</p>
+
+<p>&mdash;Hola, <i>Milord</i>&mdash;dijo el m&eacute;dico.&mdash;&iquest;Qu&eacute;, hoy no hay oficios divinos en
+la capilla de Baracaldo?</p>
+
+<p>&mdash;No, don Luis&mdash;dijo el contratista con cierta unci&oacute;n en sus
+palabras.&mdash;Demasiado sabe usted que en nuestra religi&oacute;n este d&iacute;a no es
+de fiesta.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y <i>Milady</i>, siempre tan hermosa y elegante?</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos m&aacute;s que unos pobres
+patanes con un poquito de protecci&oacute;n.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de esto, el llamado <i>Milord</i> rog&oacute; al m&eacute;dico, que ya que estaba
+en Labarga, se llegase &aacute; la cantina de <i>Tocino</i>, el capataz de su
+confianza, que llevaba varios d&iacute;as inm&oacute;vil en la cama por el reuma.
+Aresti se resist&iacute;a alegando su viaje &aacute; Bilbao.</p>
+
+<p>&mdash;Un momento nada m&aacute;s, don Luis: entrar y salir. Yo tambi&eacute;n tengo prisa
+por llegarme &aacute; la mina. &iexcl;El pobre <i>Tocino</i> me hace tanta falta cuando no
+est&aacute; all&iacute;!...</p>
+
+<p>El doctor se dej&oacute; conducir algunos minutos m&aacute;s all&aacute; de Labarga, hasta
+una altura donde estaba establecida la tienda de <i>Tocino</i>. Por el camino
+bromeaba con el contratista sobre su religi&oacute;n. El <i>Milord</i> hab&iacute;a sido
+capataz de las minas de una compa&ntilde;&iacute;a inglesa, logrando interesar al
+ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y
+no dejar descanso &aacute; los peones de sol &aacute; sol. La protecci&oacute;n del jefe lo
+elev&oacute; &aacute; contratista, coloc&aacute;ndole en el camino de la riqueza, y, no
+sabiendo c&oacute;mo mostrar su gratitud al ingl&eacute;s, hab&iacute;a abrazado el
+protestantismo. La despreocupaci&oacute;n religiosa era general en las minas:
+s&oacute;lo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y
+para ligarse m&aacute;s &iacute;ntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis
+a&ntilde;os en un colegio de Inglaterra, volviendo de all&aacute; la muchacha con un
+exterior p&uacute;dico y unas costumbres de <i>confort</i> que regocijaban &aacute; toda
+Gallarta. Los domingos, <i>Milord</i> y <i>Milady</i> bajaban &aacute; Baracaldo,
+vestidos con trajes que encargaban &aacute; Londres, para confundirse con las
+familias de los ingenieros y los mec&aacute;nicos ingleses empleados en las
+minas &oacute; en las fundiciones de la r&iacute;a, que llenaban la &uacute;nica capilla
+evang&eacute;lica del pa&iacute;s. Aresti, que hab&iacute;a cogido cierto miedo &aacute; los
+<i>flirts</i> con <i>Milady</i>, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y
+que conoc&iacute;a ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana
+durante la noche, ensalzaba ir&oacute;nicamente al padre lo mucho que su
+robusto reto&ntilde;o hab&iacute;a ganado despu&eacute;s de la cepilladura en el extranjero.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La educaci&oacute;n inglesa!&mdash;dec&iacute;a <i>Milord</i> abriendo mucho la boca para
+marcar su admiraci&oacute;n.&mdash;&iexcl;Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la
+chica... Es verdad que acostumbrada &aacute; tantas finuras, se aburre aqu&iacute;
+entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi
+ambici&oacute;n, y es casarla con alg&uacute;n se&ntilde;or de la compa&ntilde;&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Har&aacute; usted bien&mdash;dijo el m&eacute;dico con zumbona gravedad, recordando las
+ligerezas de la ni&ntilde;a al verse libre en las minas, despu&eacute;s de las
+pudibundeces del colegio.&mdash;Esos se&ntilde;ores son aqu&iacute; los &uacute;nicos que pueden
+cargar con ella.</p>
+
+<p>Llegaron &aacute; la cantina de <i>Tocino</i>, una casa aislada, de mamposter&iacute;a, con
+un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda
+la tierra de las Encartaciones y adem&aacute;s el abra de Bilbao, la r&iacute;a,
+Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervi&oacute;n,
+parec&iacute;an formar una sola urbe. En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, entre monta&ntilde;as, se
+adivinaba la villa heroica &eacute; industriosa: el humo de las fundiciones y
+f&aacute;bricas se confund&iacute;a con el cielo plomizo. A la entrada de la r&iacute;a, el
+alto puente de Vizcaya marc&aacute;base como un arco triunfal de negro encaje.</p>
+
+<p>La cantina ocupaba el piso bajo, amonton&aacute;ndose en ella los m&aacute;s diversos
+objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros
+pendientes del techo... All&iacute; estaban almacenados todos los v&iacute;veres, por
+cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las
+canteras. Aresti conoc&iacute;a aquella alimentaci&oacute;n; alubias y patatas con un
+poco de tocino. El arroz, s&oacute;lo era buscado cuando la patata resultaba
+cara. Adem&aacute;s, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano
+entre grandes manojos de cebollas y ajos.</p>
+
+<p>El pan se amontonaba detr&aacute;s del mostrador, al amparo de los due&ntilde;os, como
+si &eacute;stos temiesen los hurtos de los parroquianos &oacute; una s&uacute;bita acometida
+de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas
+por la ranciedad, esparc&iacute;a acre hedor. De las viguetas del techo pend&iacute;an
+bater&iacute;as de cocina, y en las estanter&iacute;as se alineaban piezas de tela,
+botes de conservas, ferreter&iacute;a, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo
+tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que
+objetos, parec&iacute;an sacados de una excavaci&oacute;n despu&eacute;s de un entierro de
+siglos.</p>
+
+<p>Tras el mostrador estaba la mujer de <i>Tocino</i> con su hijo, un
+adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero
+Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban &aacute;
+los parroquianos despreci&aacute;ndolos, y en su aspecto miserable, algo que le
+hac&iacute;a recordar &aacute; los jud&iacute;os. La gente del contorno les odiaba. Al menor
+intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan
+por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, ten&iacute;an un aspecto
+de miseria y sordidez m&aacute;s triste que el de la gente de fuera. El doctor
+recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, &aacute; los que hab&iacute;a
+asistido por curiosidad; los ap&oacute;strofes &aacute; los explotadores de las
+cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean
+chup&aacute;ndoles la sangre; y se dec&iacute;a con gravedad:</p>
+
+<p>&mdash;No; pues &aacute; &eacute;stos les luce poco la tal alimentaci&oacute;n.</p>
+
+<p>A la entrada de la cantina exist&iacute;a una especie de jaula de madera con un
+ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el due&ntilde;o de la
+tienda, envuelto en mantas, quej&aacute;ndose &aacute; cada momento, pero sin dejar de
+repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos,
+que le serv&iacute;an para su complicada contabilidad.</p>
+
+<p>El <i>Milord</i> manifest&oacute; su extra&ntilde;eza vi&eacute;ndole all&iacute;. &iexcl;&Eacute;l, que le tra&iacute;a nada
+menos que al doctor Aresti crey&eacute;ndolo en peligro de muerte!... Mientras
+el m&eacute;dico le examinaba con la indiferencia del que est&aacute; habituado &aacute;
+casos m&aacute;s graves, <i>Tocino</i> prorrump&iacute;a en lamentaciones, haci&eacute;ndole coro
+su mujer. Estaba enfermo m&aacute;s de lo que cre&iacute;an: no pod&iacute;a moverse: los
+dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y hab&iacute;a que repasar
+las cuentas, ya que estaba cerca el d&iacute;a de la paga.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, <i>Tocino</i>&mdash;dijo Aresti;&mdash;lo que tienes es poca cosa,
+desaparecer&aacute; con el cambio de tiempo. &iexcl;Quejarse as&iacute; un hombrach&oacute;n que
+parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que
+engordas con lo que robas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero qu&eacute; cosas tiene este don Luis!&mdash;exclam&oacute; el <i>Milord</i> mirando &aacute; la
+tendera, que ense&ntilde;aba sus dientes amarillos para sonre&iacute;r lo mismo que el
+protector de su marido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Robar!&mdash;mugi&oacute; <i>Tocino</i>.&mdash;&iexcl;Robar! &iexcl;Siempre est&aacute; usted con lo mismo!
+Tanto oye usted &aacute; los trabajadores, en su man&iacute;a de mimarlos cuando se
+los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aqu&iacute; &aacute;
+nadie se roba. Aqu&iacute; lo &uacute;nico que se hace es defender lo que es de uno.</p>
+
+<p>Y <i>Tocino</i> se indignaba, olvidando los dolores. &Eacute;l vend&iacute;a sus art&iacute;culos
+al fiado &iquest;estamos?... se expon&iacute;a &aacute; perderlos, &iquest;y qu&eacute; cosa m&aacute;s natural
+que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el d&iacute;a del
+pago en las minas?... Hab&iacute;a que conocer &aacute; los obreros: cada uno de un
+pa&iacute;s; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al
+fiado, y el d&iacute;a de cobranza, si les era posible hac&iacute;an lo que ellos
+llaman <i>la curva</i>; cobraban y se iban &aacute; la taberna, rehuyendo el pasar
+por la tienda de comestibles. A bien que esto no les val&iacute;a con <i>Tocino</i>
+y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. &Eacute;l les
+pagaba all&iacute; mismo su trabajo y all&iacute; mismo les descontaba lo que llevaban
+comido. Aun as&iacute; hab&iacute;a sus quiebras, pues los que s&oacute;lo trabajaban una
+semana, desaparec&iacute;an despu&eacute;s de haber tomado al fiado m&aacute;s de lo que
+importaban sus jornales.</p>
+
+<p>Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas segu&iacute;a
+recrimin&aacute;ndolo.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Tocino</i>, t&uacute; eres un ladr&oacute;n que vendes &aacute; los obreros los art&iacute;culos
+averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar m&aacute;s caros que en
+la villa.</p>
+
+<p>&mdash;Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges&mdash;grit&oacute;
+el capataz enrojeciendo de indignaci&oacute;n con el recuerdo de lo que dec&iacute;an
+los obreros en sus reuniones.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Tocino</i>, t&uacute; abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen
+libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene &aacute; tu tienda le
+quitas el trabajo en la cantera.</p>
+
+<p>&mdash;Los amigos son para ayudarse unos &aacute; otros. &iquest;Qu&eacute; tiene de particular
+que yo s&oacute;lo d&eacute; trabajo &aacute; los que se surten de mi establecimiento?</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja,
+descont&aacute;ndole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda &aacute;
+mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se
+hace en todas partes, sino por meses, para que as&iacute; tenga que vivir &aacute;
+cr&eacute;dito y se vea obligado &aacute; comer lo que quer&eacute;is darle y al precio que
+mejor os parece.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya; ahora me toca &aacute; m&iacute;&mdash;dijo riendo el <i>Milord</i>.&mdash;Pero este don Luis
+es peor que los predicadores de blusa que vienen &aacute; echar soflamas en el
+front&oacute;n de Gallarta. Suerte que no le da &aacute; usted por hablar en p&uacute;blico.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Milord</i>: &aacute; todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros
+r&aacute;pidamente con el hierro y aun ara&ntilde;&aacute;is algunos c&eacute;ntimos en el jornal y
+el est&oacute;mago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los
+capataces. Vais &aacute; medias. De d&iacute;a explot&aacute;is los brazos y de noche los
+est&oacute;magos. Hac&eacute;is mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de
+peones forasteros que vienen &aacute; rabiar y &aacute; ahorrar durante algunos meses,
+pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan m&aacute;s en
+el pa&iacute;s y ya ver&eacute;is la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre
+aqu&iacute;, acabe por conoceros.</p>
+
+<p>El doctor cort&oacute; la conversaci&oacute;n recordando su viaje &aacute; Bilbao, y sali&oacute; de
+la cantina despu&eacute;s de hacer varias recomendaciones para la curaci&oacute;n de
+<i>Tocino</i>. La mujer y el hijo sonre&iacute;an servilmente, pero con una
+expresi&oacute;n hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del
+doctor.</p>
+
+<p>El contratista sigui&oacute; adelante, hacia su mina, y Aresti descendi&oacute; &aacute;
+Labarga pensando en la miseria del reba&ntilde;o humano esparcido por la
+monta&ntilde;a. Varias veces hab&iacute;a intentado rebelarse, y los resultados de su
+protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n,
+con sangre, no le hab&iacute;an hecho mejorar gran cosa. &Uacute;nicamente el respeto
+&aacute; la vida humana era mayor que en los primeros a&ntilde;os de explotaci&oacute;n.
+Aresti recordaba su llegada &aacute; las minas, cuando se viv&iacute;a en ellas casi
+con las armas en la mano, como en Alaska &oacute; en los primitivos <i>placeres</i>
+de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el
+vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo &aacute; los trabajadores
+rebeldes; ya no exist&iacute;a la tarifa de la carne humana, cotiz&aacute;ndose las
+desgracias &laquo;veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas&raquo;. Se
+asociaban los trabajadores establecidos en el pa&iacute;s, creaban n&uacute;cleos de
+resistencia, inspiraban cierto temor &aacute; los explotadores, logrando con
+esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero a&uacute;n faltaba la
+cohesi&oacute;n entre ellos, &aacute; causa del vaiv&eacute;n de la poblaci&oacute;n minera, de
+aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el
+invierno y el hambre en las m&iacute;seras comarcas del interior y se retiraba
+al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos hu&iacute;an &aacute; su
+tierra as&iacute; que se iniciaba una huelga y aparec&iacute;a en las minas la guardia
+civil. Hab&iacute;an venido &aacute; ganar dinero y evitaban los conflictos pasando
+por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses
+miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compa&ntilde;eros
+establecidos en el pa&iacute;s, pensando con el duro ego&iacute;smo de la gente rural,
+que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos
+al fin hab&iacute;an de volver &aacute; sus tierras. Los labriegos convertidos en
+mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que
+imposibilitaba la ascensi&oacute;n de los que viv&iacute;an en el pa&iacute;s.</p>
+
+<p>La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de
+galer&iacute;as subterr&aacute;neas, con sus peligros que exigen cierta maestr&iacute;a, el
+personal no era f&aacute;cil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero
+en las pr&oacute;digas Encartaciones el hierro forma monta&ntilde;as enteras: la
+explotaci&oacute;n es &aacute; cielo abierto; s&oacute;lo se necesita hacer saltar la piedra,
+recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el
+bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas
+&aacute; sustituir sin esfuerzo alguno &aacute; todo el que abandonaba su puesto
+protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigraci&oacute;n,
+cort&aacute;ndose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la
+poblaci&oacute;n obrera de las Encartaciones, era dif&iacute;cil que el trabajo
+conquistase todos sus derechos.</p>
+
+<p>Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobl&oacute; el paso al
+entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no o&iacute;r los
+llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis, un momento...</p>
+
+<p>Era el <i>Barbas</i>, que hab&iacute;a abandonado su inmovilidad de fakir para
+detener al doctor.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay, compa&ntilde;ero?</p>
+
+<p>&mdash;Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aqu&iacute;, de lo
+que hacen esos ladrones.</p>
+
+<p>Y le mostraba con gesto tr&aacute;gico su casucha. Como Aresti no parec&iacute;a
+comprenderse, el <i>Barbas</i> le mostr&oacute; la parte superior de su barraca
+falta de techumbre.</p>
+
+<p>&mdash;Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos
+de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian
+y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe c&oacute;mo echarme. Hace una
+semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la
+calle, pero el <i>Barbas</i> firme en su puesto con la compa&ntilde;era. La pobre
+vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se
+menea de ah&iacute;. Me han de tener &aacute; la vista siempre. Hay para rato si
+piensan librarse de m&iacute;... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor.
+Quieren quitarme el suelo as&iacute; como me han robado el techo. Piensan
+excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus
+estacas, para ver si as&iacute; me voy... &iexcl;Pues no me ir&eacute;! El <i>Barbas</i>, en su
+sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni
+trabajo, ni me voy... Espero, &iquest;sabe usted?, espero que llegue la gorda;
+espero el d&iacute;a en que toda la monta&ntilde;a baje al llano y yo pueda quitarles
+el techo y el piso &aacute; todos los <i>chalets</i> que se han hecho esos
+pintureros, esos piojos resucitados que la echan de se&ntilde;ores &aacute; costa de
+los pobres.</p>
+
+<p>Y el <i>Barbas</i> acompa&ntilde;&oacute; un buen trecho al doctor, mugiendo sus
+maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos m&aacute;s
+inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades
+mal&eacute;ficas que hac&iacute;an sentir la fuerza de su poder en la monta&ntilde;a, sin
+mostrarse m&aacute;s que por la mediaci&oacute;n de administradores y capataces, si
+explotaban la mina directamente, &oacute; de contratistas si cre&iacute;an m&aacute;s
+ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.</p>
+
+<p>Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vi&oacute; venir hacia &eacute;l un
+hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi
+parec&iacute;a una mulilla. Por la cabalgadura conoci&oacute; Aresti desde muy lejos &aacute;
+don Facundo, el cura p&aacute;rroco de Gallarta. Hac&iacute;a diez a&ntilde;os que hab&iacute;a sido
+trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de &Aacute;lava, y afirmaba
+que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. &laquo;Paz, mucha
+paz; para todos hay vida en el mundo.&raquo; Y en santa paz viv&iacute;a, siendo gran
+amigo de Aresti, y tomando &aacute; broma las doctrinas revolucionarias que el
+doctor, por aburrimiento, expon&iacute;a &aacute; los ricos de Gallarta despu&eacute;s de sus
+famosas cenas. Cierta vez que el m&eacute;dico, cansado de la monoton&iacute;a de su
+existencia, se divirti&oacute; en propagar el budhismo entre los rudos
+contratistas y hasta intent&oacute; algunas ceremonias del culto indost&aacute;nico, &aacute;
+estilo de las que hab&iacute;a presenciado en el museo Guimet de Par&iacute;s, el cura
+no manifest&oacute; indignaci&oacute;n, &laquo;Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los
+sabios: ya se cansar&aacute;.&raquo; Para &eacute;l, la religi&oacute;n verdadera no decrec&iacute;a ni
+experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos,
+casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.</p>
+
+<p>A misa s&oacute;lo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre
+vac&iacute;a, pero el pa&iacute;s era muy religioso y la prueba estaba en que &eacute;l no
+ten&iacute;a libre un momento, y continuamente ve&iacute;an todos trotar su burra
+blanca por los caminos y atajos de la monta&ntilde;a. Aquel curato val&iacute;a m&aacute;s
+que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de
+Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente
+marchase &aacute; la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su
+ata&uacute;d por el vozarr&oacute;n del cura. Hab&iacute;a d&iacute;as en que acompa&ntilde;aba cinco
+entierros en los lugares m&aacute;s lejanos de la parroquia; asunto de leguas.
+Pero &eacute;l no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura
+infatigable, y montado en ella acud&iacute;a &aacute; todas partes. Delante, marchaba
+el ata&uacute;d en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban
+alaridos y se mesaban el pelo con desesperaci&oacute;n de gitanas, y detr&aacute;s don
+Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido &aacute; pie
+por el sacrist&aacute;n, al que llamaba su &laquo;corneta de &oacute;rdenes&raquo;, siempre
+cantando, pues los parientes pon&iacute;an reparos &aacute; la hora de pagar si
+cantaba poco, repitiendo autom&aacute;ticamente los vers&iacute;culos del oficio de
+difuntos, al mismo tiempo que se daba el comp&aacute;s esgrimiendo sobre su
+cabeza la vara de fresno con que arreaba &aacute; la cabalgadura.</p>
+
+<p>Un alto en la marcha era lo &uacute;nico que le hac&iacute;a perder la calma.</p>
+
+<p>&mdash;Aprisa, hijos m&iacute;os&mdash;dec&iacute;a &aacute; los conductores del cad&aacute;ver&mdash;que hoy a&uacute;n
+me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.</p>
+
+<p>Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de
+acompa&ntilde;ar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de
+luna clar&iacute;sima, al retirarse &aacute; casa despu&eacute;s de una cena con los
+contratistas, en las afueras de Gallarta. Oy&oacute; un canto l&uacute;gubre que
+rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vi&oacute; pasar &aacute; un hombre,
+vacilante sobre sus piernas, que parec&iacute;a ebrio, llevando &aacute; cuestas &aacute;
+otro, envuelto en una s&aacute;bana, con un brazo colgante que le golpeaba &aacute;
+cada paso. Despu&eacute;s, una especie de centauro agrandado por el misterio de
+la noche, que mov&iacute;a algo negro como una espada, sin cesar de mugir:</p>
+
+<p><br />
+<span style="margin-left: 20%;">Qui dormiunt in terr&aelig; pulvere, evigilabunt...</span><br />
+<br />
+</p>
+
+<p>&mdash;Buenas noches, don Luis&mdash;dijo el cura al reconocer al doctor.&mdash;Con
+este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he
+dejado para lo &uacute;ltimo... &iexcl;Despu&eacute;s dir&aacute; usted que la Iglesia no trabaja!</p>
+
+<p>Y en el silencio de la noche, volvi&oacute; &aacute; reanudar su l&uacute;gubre cantinela, &aacute;
+la luz de la luna, camino del cementerio.</p>
+
+<p>Lo &uacute;nico que le indignaba era que le hablasen de la extensi&oacute;n de la
+parroquia y lo dif&iacute;cil de servirla un hombre solo. &iexcl;No, carape!: &eacute;l
+ten&iacute;a fuerzas para servir &aacute; Dios hasta que reventase; sobre todo,
+trat&aacute;ndose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificaci&oacute;n
+parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver &aacute; los se&ntilde;ores del
+obispado despu&eacute;s de dar un tiento doloroso &aacute; los ahorros y cuando al fin
+hab&iacute;an acabado por colocar &aacute; sus &oacute;rdenes &aacute; dos vicarios, dedic&oacute; &aacute; &eacute;stos
+&aacute; las <i>faenas menudas</i> del templo, reserv&aacute;ndose &eacute;l los entierros.</p>
+
+<p>Las asombrosas fortunas creadas en las minas hab&iacute;an tentado su codicia.
+&Eacute;l tambi&eacute;n ten&iacute;a sus contratas; tambi&eacute;n pactaba arranque de mineral con
+los se&ntilde;ores de Bilbao &eacute; iba sobre la burra de los entierros &aacute; echar un
+vistazo al trabajo de los peones. Pero &aacute; pesar de que sus negocios
+marchaban bien y &aacute; la hora del champagne, en las cenas de los
+contratistas, le hac&iacute;a confesar el m&eacute;dico que llevaba reunidos m&aacute;s de
+cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera &eacute;poca
+de las minas, cuando &eacute;l y don Luis eran reci&eacute;n llegados y cada cual
+viv&iacute;a &aacute; su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrec&iacute;a
+los tranv&iacute;as a&eacute;reos, los planos inclinados, todos los recientes medios
+de conducci&oacute;n. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado
+por bueyes hasta la r&iacute;a, y hab&iacute;a guardas en los caminos para ordenar el
+paso de las carretas que alegraban la monta&ntilde;a con sus chirridos. S&oacute;lo en
+Gallarta exist&iacute;an m&aacute;s de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba
+m&aacute;s caro y el dinero se repart&iacute;a entre m&aacute;s gente. Entonces fu&eacute; cuando el
+cura inaugur&oacute; su iglesia y al buscar un santo patr&oacute;n eligi&oacute; &aacute; San
+Antonio. A&uacute;n re&iacute;a el doctor recordando la candidez con que explicaba el
+cura esta preferencia.</p>
+
+<p>&mdash;No puede ser otro. San Antonio es el patr&oacute;n de las bestias y aqu&iacute; en
+Gallarta hay tanto buey....</p>
+
+<p>Al reconocer don Facundo al m&eacute;dico, refren&oacute; el paso de su cabalgadura.</p>
+
+<p>&mdash;A la mina, &iquest;eh?&mdash;pregunt&oacute; Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute; se&ntilde;or: acabo de largar mi misita y ahora un rato &aacute; ver lo que hacen
+aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo
+humano. Hay que trabajar, don Luis.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero hoy no es d&iacute;a de fiesta?...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, grand&iacute;simo zumb&oacute;n! Ya adivino lo que quiere decirme con su
+sonrisa. S&iacute;, d&iacute;a de fiesta es, seg&uacute;n nuestra Madre la Iglesia, y deben
+guardarla los que son ricos. Pero mire usted, c&oacute;mo los pobres trabajan
+en todas las canteras. Yo no voy &aacute; privar de un jornal &aacute; mis peones,
+despu&eacute;s de tantos d&iacute;as de lluvia, en los que no han podido hacer nada.
+Adem&aacute;s, tengo mis contratos con el due&ntilde;o de la mina... Vaya, adi&oacute;s: le
+dejo para que se burle de m&iacute; &aacute; sus anchas.</p>
+
+<p>Iba ya &aacute; arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Dicen que han matado al <i>Maestrico</i>?... Vaya un caso. Era un buen
+muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... &iexcl;A la tarde entierro!
+&iexcl;Arre burra!</p>
+
+<p>Y se alej&oacute; con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que hab&iacute;a
+ca&iacute;do trabajo.</p>
+
+<p>Cuando el doctor fu&eacute; &aacute; entrar en su casa todav&iacute;a se vi&oacute; detenido por un
+hombre que le esperaba sentado junto &aacute; la puerta. La vieja Catalina le
+llamaba furiosa desde adentro.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; est&aacute; fr&iacute;o el desayuno!... &iexcl;Qu&eacute; no coger&aacute; usted el tren! Ya le he
+dicho &aacute; ese condenao que su primo le espera y no est&aacute; usted para
+canciones...</p>
+
+<p>Pero Aresti no la hizo caso y se dej&oacute; abordar por aquel hombre,
+dici&eacute;ndose mentalmente: &laquo;&iexcl;Qu&eacute; magn&iacute;fico animal!&raquo; Tembl&oacute; por su mano,
+cuando se la agarr&oacute; el gigant&oacute;n con una de sus garras de dedos callosos
+y gruesos. Bajo la blusa se delataba &aacute; cada movimiento una musculatura
+de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hac&iacute;a
+recordar &aacute; Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que
+hab&iacute;a admirado en su ni&ntilde;ez.</p>
+
+<p>&mdash;Vengo &aacute; lo del otro d&iacute;a&mdash;dijo con alguna torpeza, pero mirando al
+m&eacute;dico en los ojos como dispuesto &aacute; pelear, si era preciso defendiendo
+sus pretensiones.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;A lo del otro d&iacute;a?... Pues hijo, no me acuerdo. &iexcl;Me buscan tantos!...</p>
+
+<p>Pero de pronto, el doctor pareci&oacute; recordar, y una sonrisa maliciosa
+anim&oacute; su rostro.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, s&iacute;! Ya me acuerdo: vienes &aacute; lo del practicante. T&uacute; eres el marido
+de esa... Bien &iquest;y qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Quiero que usted arregle eso, don Luis&mdash;continu&oacute; el gigant&oacute;n con
+energ&iacute;a;&mdash;&oacute; lo arregla usted que es tan bueno &oacute; doy el gran esc&aacute;ndalo.
+Ya le dije c&oacute;mo los pill&eacute; en mi casa el domingo pasado: tengo testigos.
+Los llevar&eacute; al juzgado, y si &eacute;l no se pone en raz&oacute;n y hace lo que le
+corresponde, ir&aacute; &aacute; un presidio y ella &aacute; la galera.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, hombre, s&iacute;&mdash;dijo Aresti.&mdash;Recuerdo tu asunto. Me gusta verte m&aacute;s
+tranquilo que el otro d&iacute;a. &iquest;Pero qu&eacute; voy a hacer yo?</p>
+
+<p>&mdash;Arreglarlo, se&ntilde;or dotor: que ese sinverg&uuml;enza sufra castigo. &iquest;Va &aacute; ser
+&eacute;l de mejor pasta que otros? Al juzgado ir&eacute; con &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;Pero pides demasiado, hijo m&iacute;o. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte
+duros: &iexcl;pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en
+el hospital!... &iexcl;Si es m&aacute;s pobre que t&uacute;!...</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo el gigant&oacute;n con aspecto indeciso, rasc&aacute;ndose la cabeza por
+debajo de la boina.&mdash;Pus que sean quince... &oacute; que sean doce, ya que
+usted se empe&ntilde;a. Pero de ah&iacute; no bajo nada. No me conformo con menos de
+doce &oacute; dar&eacute; el esc&aacute;ndalo. En usted conf&iacute;o, dotor. Ya le quisiera yo ver
+con una perra como la m&iacute;a: sabr&iacute;a lo que es bueno. &iquest;Qu&eacute; he de hacer? &iquest;Ir
+&aacute; presidio y que se mueran de hambre mis peque&ntilde;os? &iexcl;Que paguen, que
+paguen, ya que quieren hacer el guapo!</p>
+
+<p>Y se alej&oacute;, despu&eacute;s de recomendar varias veces al m&eacute;dico, con tono
+suplicante, que no olvidase su asunto.</p>
+
+<p>Aresti, mientras despachaba el desayuno y vest&iacute;a sus ropas de fiesta,
+colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extra&ntilde;a psicolog&iacute;a
+de una gran parte de las gentes de las minas.</p>
+
+<p>De j&oacute;venes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo
+oculto en la faja, dispuestos &aacute; disputarse la hembra &aacute; pu&ntilde;aladas.
+Asesinaban al rival como al infeliz <i>Maestrico</i>; y despu&eacute;s, de casados,
+satisfecho el primer &iacute;mpetu de su apetito exacerbado por la escasez de
+mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas;
+olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar m&aacute;s que en el
+dinero, como si los envenenase el viento de fortunas r&aacute;pidas y
+milagrosos encumbramientos que parec&iacute;a soplar sobre las minas. Se
+exterminaban por una cuesti&oacute;n de jornales &oacute; de comestibles, y al
+encontrarse frente &aacute; frente con el adulterio, torc&iacute;an el gesto como ante
+una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su
+desgracia cierto provecho.</p>
+
+
+<h3 class="top15"><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+
+<p>M&aacute;s de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara &aacute;
+Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la
+estaci&oacute;n de El Desierto, experiment&oacute; ante el magn&iacute;fico panorama de la
+r&iacute;a la misma impresi&oacute;n de asombro de los aldeanos que s&oacute;lo abandonaban
+sus caser&iacute;os &oacute; la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto
+importante los llamaba &aacute; la villa.</p>
+
+<p>El tren dej&oacute; atr&aacute;s los torreones gemelos de los altos hornos de
+fundici&oacute;n&mdash;&laquo;los castillos feudales de S&aacute;nchez Morueta&raquo; seg&uacute;n dec&iacute;a el
+doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,&mdash;y
+despu&eacute;s de atravesar un t&uacute;nel, avanz&oacute; por la ribera cruzando los
+descargaderos de mineral. Eran estos &aacute; modo de baluartes que, arrancando
+de la monta&ntilde;a, llegaban hasta la r&iacute;a, elevados algunos metros sobre el
+nivel de los campos. Los de las compa&ntilde;&iacute;as extranjeras eran verdes, con
+los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos,
+y las peque&ntilde;as locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como
+juguetes. Los de las explotaciones del pa&iacute;s eran de un rojo antip&aacute;tico,
+de escombros de mineral, desmoron&aacute;ndose con las lluvias sus pendientes,
+revelando el esp&iacute;ritu de sus due&ntilde;os, incapaces de realzar con el m&aacute;s
+leve adorno los instrumentos de explotaci&oacute;n. En la r&iacute;a, junto &aacute; las
+gr&uacute;as que funcionaban incesantemente, dorm&iacute;an los vapores, con el casco
+invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los
+m&aacute;stiles. Sub&iacute;an de sus entra&ntilde;as los grandes tanques de hierro cargados
+de hulla inglesa y, desliz&aacute;ndose por los rails a&eacute;reos, iban &aacute; volcar el
+negro mineral en las enormes monta&ntilde;as de las f&aacute;bricas. Corr&iacute;an por las
+v&iacute;as de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar
+al punto m&aacute;s avanzado inclin&aacute;banse como si quisieran arrojarse al agua,
+soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos
+riberas de la r&iacute;a estaban en continua funci&oacute;n, vomitando y absorviendo;
+entregando el mineral de sus monta&ntilde;as y apoder&aacute;ndose del carb&oacute;n
+extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas
+de los buques; los nombres m&aacute;s ex&oacute;ticos &eacute; impronunciables luc&iacute;an en sus
+costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, ergu&iacute;an los
+veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.</p>
+
+<p>Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la r&iacute;a
+con sus barcos y f&aacute;bricas: por la ventanilla opuesta, admir&aacute;base la paz
+de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos,
+removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atr&aacute;s y las
+piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas mov&iacute;an el
+baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volv&iacute;an de nuevo
+&aacute; rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres
+lavaban sus gui&ntilde;apos casi tendidas al borde de arroyos de l&iacute;quido rojo,
+como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de
+Bilbao: los lavados del mineral enrojec&iacute;an hasta la corriente del
+Nervi&oacute;n. La industria, al enriquecer al pa&iacute;s, corromp&iacute;a las aguas puras
+y cristalinas de la &eacute;poca pastoril. El doctor recordaba la miseria de
+los peones de las minas, que les hac&iacute;a huir de las fuentes de la
+monta&ntilde;a, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digesti&oacute;n.
+Prefer&iacute;an el l&iacute;quido rojo &eacute; impuro de los lavaderos porque, ensuciando
+su est&oacute;mago, hac&iacute;a menos frecuente el hambre.</p>
+
+<p>Avanzaba &eacute;l tren hacia Bilbao, deteni&eacute;ndose en las estaciones de la
+orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban
+su caser&iacute;o hasta la ribera opuesta. Por el centro de la r&iacute;a pasaban
+peque&ntilde;os remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de
+cabotaje de las matr&iacute;culas de la costa, navegando lentamente por miedo &aacute;
+las revueltas; vapores que romp&iacute;an las aguas con imperceptible
+movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del
+bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la
+moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar
+p&uacute;dicamente su grandeza, los humos multicolores de sus f&aacute;bricas, negros,
+de espesos vellones, como reba&ntilde;os de la noche; blancos, ligeramente
+dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiraci&oacute;n de un
+hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias
+minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repet&iacute;ase por todo el
+paisaje, como una nota caracter&iacute;stica del panorama bilba&iacute;no, avanzando
+por las quebraduras de la monta&ntilde;a donde est&aacute;n las v&iacute;as f&eacute;rreas del
+mineral, resbalando por las dos orillas de la r&iacute;a tras las chimeneas de
+los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los
+remolcadores y de las m&aacute;quinas giratorias de sus gr&uacute;as.</p>
+
+<p>Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera
+vez.</p>
+
+<p>&mdash;Bilbao es grande&mdash;se dec&iacute;a con cierto orgullo.&mdash;Hay que confesar que
+esta gente ha hecho mucho, &iexcl;L&aacute;stima que valga tan poco cuando la sacan
+de sus negocios!...</p>
+
+<p>Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al
+aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de
+nuevo. Quedaba atr&aacute;s, confundi&eacute;ndose con otras monta&ntilde;as, el famoso pico
+de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche
+Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada
+del liberalismo, que a&uacute;n viv&iacute;a en todas las memorias agrandado por las
+fant&aacute;sticas proporciones que da la tradici&oacute;n. Despu&eacute;s aparec&iacute;a entre los
+montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que
+irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo,
+se&ntilde;or de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones
+triangulares, y &aacute; sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su
+arboleda monta&ntilde;a arriba, hasta la cumbre coronada por una granja
+vaquer&iacute;a. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, hab&iacute;an
+levantado los jesu&iacute;tas una imagen de San Jos&eacute;, con un arco de focos
+el&eacute;ctricos. Mientras dorm&iacute;an los buenos padres, el semic&iacute;rculo luminoso
+recordaba &aacute; los pueblos de la r&iacute;a y &aacute; la misma Bilbao que all&iacute; estaba la
+orden poderosa y dominadora, pronta siempre &aacute; ponerse de pie, no
+queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El
+doctor hallaba natural que fuese San Jos&eacute; el escogido para esta
+glorificaci&oacute;n; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de
+la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para
+formar la sociedad del porvenir.</p>
+
+<p>Adivin&aacute;base la proximidad de la villa. A un lado surg&iacute;an entre los
+campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas
+que eran como las avanzadas de una poblaci&oacute;n desbordada y en continuo
+avance. Al otro se cubr&iacute;an las orillas de la r&iacute;a de almacenes, tinglados
+y gr&uacute;as, elev&aacute;ndose el carb&oacute;n en monta&ntilde;as, sin dejar un espacio de
+muelle libre. Las embarcaciones toc&aacute;banse unas &aacute; otras amarradas &aacute; las
+enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja h&uacute;meda y
+fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Ve&iacute;ase el
+incesante ir y venir de las <i>cargueras</i>, m&iacute;seras mujeres de ropas sucias
+y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los
+tablones que serv&iacute;an de puente entre los buques y el muelle. Unas
+llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carb&oacute;n; otras descargaban los
+fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre
+que hab&iacute;a de ser consumido en el interior de la pen&iacute;nsula.</p>
+
+<p>Det&uacute;vose el tren despu&eacute;s de atravesar un t&uacute;nel, y el doctor, subiendo
+una larga escalera, se vi&oacute; en el sitio m&aacute;s c&eacute;ntrico de la villa, junto
+al puente del Arenal, donde parec&iacute;a condensarse todo el movimiento de la
+poblaci&oacute;n. En aquel pedazo de ribera, robando &aacute; las aguas parte de su
+curso y hasta aprovech&aacute;ndose del subsuelo, la iniciativa industrial
+hab&iacute;a escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de
+Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao
+nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la Rep&uacute;blica de Abando, con
+sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete
+pisos, y sus plazas de geom&eacute;trica rigidez. Al otro lado del puente, la
+Bilbao tradicional; la Bilbao de los <i>chimbos</i>, de los hijos del pa&iacute;s
+que hab&iacute;an conocido la llegada de gentes del interior, atra&iacute;das por la
+prosperidad de las minas, y que formaban ahora m&aacute;s de la mitad del
+vecindario. All&iacute; estaban las famosas Siete Calles, n&uacute;cleo de la antigua
+villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y
+morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, ergu&iacute;a sus torres
+de un g&oacute;tico rid&iacute;culo la iglesia de los jesu&iacute;tas, con su residencia
+anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geom&eacute;trica, los
+hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos
+fabulosamente por las minas de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana.</p>
+
+<p>Aresti pas&oacute; el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranv&iacute;as y
+las carretas, y entr&oacute; en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga
+reflejaba en las aguas del Nervi&oacute;n su arquitectura pretenciosa cargada
+de cari&aacute;tides y estatuas; al otro, extend&iacute;a el paseo sus filas de
+pl&aacute;tanos, por entre cuyas copas asomaban los m&aacute;stiles y chimeneas de los
+buques atracados &aacute; la orilla. Piaban los p&aacute;jaros, saltando sobre la
+arena de las avenidas, pero sus gritos perd&iacute;anse entre el bramido de las
+locomotoras, el silbido de los tranv&iacute;as y el mugido de alg&uacute;n vapor que
+entraba lentamente r&iacute;a arriba.</p>
+
+<p>Aresti di&oacute; un vistazo &aacute; la acera llamada el <i>boulevard</i>, ocupada siempre
+por los curiosos estacionados ante los caf&eacute;s. Frente al Suizo, se
+colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lament&aacute;ndose de la
+decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban &aacute; gritos los
+diarios reci&eacute;n llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el
+centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla ca&iacute;da sobre
+los ojos y la falda agarrada y bien ce&ntilde;ida, de modo que al andar se
+marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y,
+bien proporcionadas. Aresti fij&aacute;base en la separaci&oacute;n del hombre y la
+mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su
+sitio. El hombre &aacute; los negocios y la mujer sola &aacute; la iglesia &oacute; &aacute; hacer
+visitas, como &uacute;nica diversi&oacute;n. Pas&oacute; una pareja cogida del brazo.</p>
+
+<p>&mdash;Ser&aacute;n forasteros&mdash;se dijo el doctor.&mdash;Tal vez alg&uacute;n empleado de los
+que env&iacute;a el gobierno. <i>Maketos</i>, como dicen mis paisanos.</p>
+
+<p>Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicol&aacute;s, fu&eacute;
+en busca de su primo. El poderoso S&aacute;nchez Morueta viv&iacute;a en su hotel de
+Las Arenas, evit&aacute;ndose as&iacute; el molesto asedio que par&aacute;sitos y protegidos
+le hac&iacute;an sufrir en Bilbao. Adem&aacute;s, habituado &aacute; las costumbres inglesas,
+gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus m&uacute;ltiples
+negocios le hac&iacute;an venir casi todos los d&iacute;as al escritorio que ten&iacute;a en
+la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las ma&ntilde;anas, &aacute; todo correr
+de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, meti&eacute;ndose en el
+escritorio como si huyera. Aun as&iacute;, ten&iacute;a que separar muchas veces con
+sus fuertes pu&ntilde;os &aacute; los que le esperaban en la puerta, para proponerle
+negocios disparatados &oacute; pedirle dinero. Una vez en su despacho, era
+dif&iacute;cil abordarle al trav&eacute;s de los escribientes y criados que guardaban
+la escalera. A la salida, S&aacute;nchez Morueta s&oacute;lo osaba poner el pie en la
+calle cuando ten&iacute;a su carruaje cerca y pod&iacute;a escapar, ante la mirada
+at&oacute;nita de los solicitantes que esperaban horas y m&aacute;s horas. Los
+despechados, la turba pedig&uuml;e&ntilde;a que en vano le asediaba y bloqueaba,
+llam&aacute;banle &laquo;El solitario de Las Arenas&raquo;, &laquo;El ogro de la Sendeja&raquo;, que
+era donde ten&iacute;a su escritorio, y hasta afirmaban, faltando &aacute; la verdad,
+que su carruaje s&oacute;lo ten&iacute;a un asiento, para evitarse de este modo toda
+compa&ntilde;&iacute;a. Transcurr&iacute;an meses enteros sin que penetrasen en su despacho
+otras personas que alg&uacute;n corredor de confianza &oacute; los principales
+empleados del escritorio, que recib&iacute;an sus &oacute;rdenes. Con los otros
+capitalistas de la poblaci&oacute;n&mdash;muchos de ellos compa&ntilde;eros de la juventud,
+que hab&iacute;an marchado juntos con &eacute;l en la primera etapa por el camino de
+la fortuna&mdash;se comunicaba telef&oacute;nicamente tute&aacute;ndose, pero en estilo
+conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.</p>
+
+<p>Aresti sigui&oacute; su marcha &aacute; lo largo del muelle, mirando los remolinos del
+agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para
+examinar dos barcos de cabotaje, dos <i>cachemerines</i> de la costa, con los
+t&iacute;tulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por
+extra&ntilde;os cargamentos, en los que se confund&iacute;an los fardos de bacalao con
+mesas y siller&iacute;as embaladas. Ofrec&iacute;an igual aspecto que los carromatos
+de los ordinarios de los pueblos, cargados de los m&aacute;s diversos objetos.
+En uno de los buques, la tripulaci&oacute;n se agrupaba &aacute; proa en torno del
+hornillo donde herv&iacute;a el caldero del rancho. Los barcos estaban tan
+hundidos &aacute; causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, ve&iacute;a el
+fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de &eacute;l,
+tostados, enjutos, habituados &aacute; la lucha mortal con el mar c&aacute;ntabro, le
+hac&iacute;an recordar &aacute; su padre, entrevisto en los primeros a&ntilde;os de su vida y
+del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.</p>
+
+<p>El doctor, separ&aacute;ndose del muelle, pas&oacute; &aacute; la acera de la Sendeja. El
+escritorio de su primo estaba en un caser&oacute;n antiguo y se&ntilde;orial, todo de
+piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un
+gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero
+y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su
+fortuna &aacute; la Iglesia, se negaba &aacute; vender el edificio &aacute; S&aacute;nchez Morueta,
+d&aacute;ndose la satisfacci&oacute;n de tener por inquilino &aacute; uno de los primeros
+ricos de Bilbao.</p>
+
+<p>Aresti no os&oacute; subir directamente al despacho de su primo, temiendo la
+resistencia de alg&uacute;n portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de
+los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefiri&oacute;
+entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la
+casa, bajo la direcci&oacute;n de un antiguo amigo de la familia, el capit&aacute;n
+Mat&iacute;as Iriondo. Aquella oficina era lo &uacute;nico accesible del edificio,
+donde se pod&iacute;a entrar &aacute; la buena de Dios, sin miedo &aacute; esperar ni &aacute;
+porteros inflexibles.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Est&aacute; el <i>Capi</i>?...&mdash;pregunt&oacute; Aresti &aacute; los escribientes que trabajaban
+tras un atajadizo de cristales.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pasa, <i>Planeta</i>, pasa!&mdash;grit&oacute; alguien tras una puerta del fondo del
+corredor.</p>
+
+<p>Y Aresti entr&oacute;, al mismo tiempo que el capit&aacute;n, el <i>Capi</i> como le
+llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia &eacute;l con los
+brazos abiertos.</p>
+
+<p>&mdash;Te he conocido con s&oacute;lo o&iacute;rte, Luisillo&mdash;dijo Iriondo con su voz
+bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y
+obligado &aacute; hacerse o&iacute;r entre los mugidos del viento y de las olas.&mdash;&iexcl;Ay,
+<i>Planeta</i>!... Te encuentro algo aviejado.</p>
+
+<p>Y hab&iacute;a que o&iacute;r la expresi&oacute;n cari&ntilde;osa que daba el marino al mote de
+<i>Planeta</i> aplicado al doctor. Para &eacute;l, en su habla bilba&iacute;na, los hombres
+se divid&iacute;an en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de
+utilidad y no ten&iacute;an mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de
+nada, &aacute; los que llamaba <i>arlotes</i>. Y luego ven&iacute;an los <i>planetas</i>, gente
+simp&aacute;tica y buena, pero sin seriedad ni sentido pr&aacute;ctico; los calaveras;
+los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas
+que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian
+el dinero llegando &aacute; la vejez sin salir de pobres. &iquest;Y qu&eacute; mayor
+<i>planeta</i> que aquel m&eacute;dico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao,
+prefer&iacute;a vivir entre los brutos de las minas?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, <i>Planeta</i>!&mdash;dec&iacute;a sin soltar &aacute; Luis de entre sus brazos.&mdash;Lo
+menos hace medio a&ntilde;o que no te veo. Y siempre tan loco, &iquest;verdad? Siempre
+coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho.
+&iexcl;Apuesto cualquier cosa &aacute; que a&uacute;n no has reunido mil duros!...</p>
+
+<p>Y re&iacute;a, con l&aacute;stima cari&ntilde;osa, de su querido <i>Planeta</i>, al que
+consideraba en eterna infancia, como un ni&ntilde;o revoltoso que hab&iacute;a que
+dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cari&ntilde;o.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Capi</i>, pues t&uacute; tampoco est&aacute;s muy joven que digamos. Te probaba m&aacute;s el
+mar.</p>
+
+<p>&mdash;Tienes raz&oacute;n&mdash;dijo Iriondo con melancol&iacute;a.&mdash;&iexcl;Si al menos pudiese ir
+todos los d&iacute;as al monte con la escopeta, &aacute; cazar <i>chimbos</i>!... Pero hay
+que despachar cinco &oacute; seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse
+el mundo y todos trabajamos como negros... Adem&aacute;s, nos hacemos viejos,
+Luisillo. T&uacute; olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto,
+cuando t&uacute; a&uacute;n jugabas en Olaveaga en la huerta de tu t&iacute;o.</p>
+
+<p>Aresti admiraba el vigor del capit&aacute;n. Estaba en los cincuenta a&ntilde;os. Era
+bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia &aacute;
+ensancharse, como si fuera &aacute; cuadr&aacute;rsele el cuerpo. Su cara se hab&iacute;a
+recocido, como &eacute;l dec&iacute;a, en casi todos los puntos de la l&iacute;nea
+ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su
+barba, en la que s&oacute;lo apuntaban algunas canas. Ten&iacute;a las c&oacute;rneas de los
+ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban
+de frente, brillaban con una expresi&oacute;n de bondad. Conoc&iacute;a todas las
+picard&iacute;as del mundo: hab&iacute;a pasado en su juventud por todos los
+des&oacute;rdenes de las gentes de mar, que despu&eacute;s de meses enteros de
+aislamiento y privaci&oacute;n sobre las olas, bajan &aacute; tierra como lobos. Hab&iacute;a
+brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones
+diab&oacute;licas de los negros; se hab&iacute;a rozado con hembras de todos los
+colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, despu&eacute;s de
+una vida de aventuras, not&aacute;base en &eacute;l la honrada simplicidad de esos
+marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos
+cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar
+&aacute; contaminarse con ellas, sacudi&eacute;ndolas apenas vuelven al desierto del
+oc&eacute;ano.</p>
+
+<p>El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas
+veces hab&iacute;a contado el <i>Capi</i> de sobremesa en casa de S&aacute;nchez Morueta,
+con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar
+atenci&oacute;n en el entrecejo de la se&ntilde;ora que tem&iacute;a &aacute; cada instante
+extralimitaciones en el relato. No hab&iacute;a mar en el globo en el cual no
+hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde
+el <i>cachemerin</i> al trasatl&aacute;ntico. De joven hab&iacute;a hecho el cabotaje entre
+el archipi&eacute;lago de Luz&oacute;n y las Molucas. El sult&aacute;n de all&aacute; era gran
+amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese
+entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. &iquest;Para qu&eacute;? Con un
+tabaco de Manila pod&iacute;a llev&aacute;rselas &eacute;l a todas sin permiso de sultanillo.
+Hab&iacute;a trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de
+California; monta&ntilde;as de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a
+Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hac&iacute;a memoria, con
+sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con
+ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que
+los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra,
+gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las
+costas de &Aacute;frica con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, sent&iacute;a
+la nostalgia del azul negruzco e intenso del Oc&eacute;ano, del verde luminoso
+y di&aacute;fano del mar de las Antillas, de la larga ondulaci&oacute;n del Pac&iacute;fico y
+las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterr&aacute;neo le
+inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandr&iacute;a y N&aacute;poles,
+verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. &laquo;Desde Gibraltar a
+Suez&mdash;dec&iacute;a&mdash;, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en
+el mar, y ahora esperan en los puertos.&raquo;</p>
+
+<p>Su amistad con S&aacute;nchez Morueta, que databa de la infancia, le hab&iacute;a
+proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos
+barcos de la casa; y adem&aacute;s, no cargaba un buque extranjero minerales de
+su principal que no lo despachase &eacute;l, acumulando as&iacute; una peque&ntilde;a
+fortuna que le envidiaban sus antiguos compa&ntilde;eros de navegaci&oacute;n. Era
+bilba&iacute;no &aacute; la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir
+el domingo con la escopeta al hombro &aacute; cazar <i>chimbos</i> en los montes,
+pajarillos de varias clases, que hab&iacute;an proporcionado un mote &aacute; los
+hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes
+que no ten&iacute;a trabajo, &aacute; alg&uacute;n <i>chacol&iacute;n</i> del camino de Bego&ntilde;a &aacute; saborear
+el bacalao &aacute; la vizca&iacute;na, roci&aacute;ndolo con el vinillo agrio del pa&iacute;s. Sus
+amigos <i>chacolineros</i> pasaban por el despacho para noticiarle
+misteriosamente cu&aacute;ndo se abr&iacute;a pipa nueva.</p>
+
+<p>&mdash;Capit&aacute;n, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche &aacute; un <i>chacol&iacute;n</i> de
+dos a&ntilde;os.</p>
+
+<p>Y el capit&aacute;n abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre,
+parec&iacute;a un cuarto de mariner&iacute;a, sin m&aacute;s adornos que una mesa vieja,
+algunas sillas, un botijo en un rinc&oacute;n y algunas fotograf&iacute;as de buques
+en las paredes. Parec&iacute;a imposible que all&iacute; se hablase de negocios que
+importaban millones. Un bar&oacute;metro enorme, dorado y con vistosos adornos,
+regalo de S&aacute;nchez Morueta, era el &uacute;nico objeto notable y el que m&aacute;s
+estimaba el capit&aacute;n, pues, por sus h&aacute;bitos de hombre de mar, siempre se
+estaba preocupando del tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;Ten&iacute;a muchas ganas de verte&mdash;dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio
+ante la mesa.&mdash;&iexcl;Las veces que he pensado en ir &aacute; pasar un d&iacute;a en las
+minas! All&iacute; hay caza ahora, &iquest;verdad? S&oacute;lo que la gente acomodada parece
+que no se dedica &aacute; otra cosa. &iexcl;Ay, <i>Planeta</i>! Y c&oacute;mo va &aacute; alegrarse Pepe
+cuando te vea. Yo hace cuatro d&iacute;as que no le he hablado. Ya sabes su
+genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por
+ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con &eacute;l, cuanto
+menos se habla, mejor. Su debilidad eres t&uacute;... t&uacute; y Fernandito, ese
+ingenierete tan simp&aacute;tico que tiene en los altos hornos. &iexcl;Las veces que
+Pepe te recuerda! Un d&iacute;a, hablando de t&iacute; y de tus <i>planetadas</i>, le o&iacute;
+decir. &laquo;Ese chico, ese chico deb&iacute;a estar &aacute; mi lado&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;Oye <i>Capi</i>; &iquest;y c&oacute;mo anda mi prima, la santa do&ntilde;a Cristina? &iquest;ha metido
+ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?</p>
+
+<p>El capit&aacute;n ces&oacute; de sonre&iacute;r y por sus ojos c&aacute;ndidos pas&oacute; una sombra de
+inquietud. No pod&iacute;a disimular su turbaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute;... la veo poco. Debe estar como siempre...</p>
+
+<p>Y a&ntilde;adi&oacute; con repentina resoluci&oacute;n:</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo &aacute; mis
+barcos, y fuera de ellos nada me importa.</p>
+
+<p>Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la
+esposa de S&aacute;nchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que
+helaba las palabras y cohib&iacute;a el pensamiento. Aresti se levant&oacute; para
+subir al despacho de su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Por la escalera no&mdash;dijo el capit&aacute;n.&mdash;Sube por ah&iacute;: es la escalerilla
+interior y llegar&aacute;s m&aacute;s pronto. Hasta luego: yo tambi&eacute;n soy de la
+cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevar&aacute; en su carruaje.... Si
+est&aacute;s falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta
+las dos no comeremos.</p>
+
+<p>El doctor subi&oacute; por una escalerilla de madera con cubierta de cristales,
+que &aacute; trav&eacute;s de un patio interior pon&iacute;a en comunicaci&oacute;n el entresuelo
+con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con
+mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas
+y taquillas de madera rojiza, as&iacute; como los lomos de cobre de los grandes
+libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corr&iacute;an
+por las cornisas de una &aacute; otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban
+relojes el&eacute;ctricos. Los planos de las minas, las vistas de las f&aacute;bricas
+de la casa, adornaban las paredes.</p>
+
+<p>Aresti, despu&eacute;s de una corta espera, fu&eacute; introducido en aquel despacho,
+del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde
+S&aacute;nchez Morueta fabricaba raudales de oro con s&oacute;lo concentrar su
+pensamiento.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute;s, Luis?...</p>
+
+<p>Lo primero que vi&oacute; el doctor fu&eacute; una mano tendida hacia &eacute;l, una mano
+firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de h&eacute;roe
+prehist&oacute;rico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo &aacute; un
+cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi
+le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conoc&iacute;a la villa entera,
+virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia
+abajo una luz fr&iacute;a. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las
+solapas del traje parec&iacute;a suavizar los salientes en&eacute;rgicos de los
+p&oacute;mulos y las fuertes articulaciones de su mand&iacute;bula robusta y
+prominente como la de los animales de presa. Ten&iacute;a cana la barba, gris
+el pelo y, sin embargo, parec&iacute;a envolverle un nimbo de juventud, de
+fuerza serena, de energ&iacute;a reposada y tenaz, que se comunicaba &aacute; cuantos
+le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la
+naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin m&aacute;s auxilio
+que las energ&iacute;as del m&uacute;sculo y del pensamiento, y acababan por
+posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la
+porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia &aacute; los
+blasones de armas de la provincia, dec&iacute;a hablando de &eacute;l: &laquo;Mi primo se ha
+escapado del escudo de Vizcaya&raquo;.</p>
+
+<p>Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento
+y la acci&oacute;n en continuo uso.</p>
+
+<p>Conserv&oacute; un instante la mano del doctor perdida en la suya, estruj&aacute;ndola
+con s&oacute;lo un ligero movimiento, y pasada esta efusi&oacute;n extraordinaria en
+&eacute;l, volvi&oacute;se hacia su secretario, que permanec&iacute;a de pie junto &aacute; la mesa
+manejando papeles y hojas telegr&aacute;ficas.</p>
+
+<p>&mdash;Si&eacute;ntate, Luis&mdash;dijo como si le diese una orden&mdash;acabo en seguida.</p>
+
+<p>Y le volvi&oacute; la espalda, olvid&aacute;ndolo, mientras el secretario sonre&iacute;a
+servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias
+reverencias. Aresti conoc&iacute;a de muchos a&ntilde;os &aacute; aquel hombrecillo que hab&iacute;a
+comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza
+de S&aacute;nchez Morueta. El capit&aacute;n le llamaba &laquo;el perro de do&ntilde;a Cristina&raquo;
+por la protecci&oacute;n que le dispensaba la se&ntilde;ora y la adhesi&oacute;n absoluta con
+que &eacute;l le correspond&iacute;a. Aresti despreci&aacute;bale por las sonrisas con que
+saludaba su parentesco con el amo.</p>
+
+<p>Mientras el millonario le&iacute;a los papeles, cambiando de vez en cuando
+alguna palabra con su secretario, el m&eacute;dico, hundido en un sill&oacute;n,
+dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufr&iacute;an una decepci&oacute;n al entrar
+all&iacute;, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente
+S&aacute;nchez Morueta. La habitaci&oacute;n era sencilla: dos grandes balcones sobre
+la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel
+imitaci&oacute;n de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio
+con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos
+se hubiera de dormir. En un rinc&oacute;n, una caja de hierro; en otro una
+antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo
+arqueol&oacute;gico del pa&iacute;s, y en las paredes, modelos en relieve de los
+principales vapores de la casa y una enorme fotograf&iacute;a del &laquo;<i>Goizeko
+izarra</i>&raquo; (<i>Estrella de la ma&ntilde;ana</i>), el yate de tres m&aacute;stiles y doble
+chimenea, que permanec&iacute;a amarrado todo el a&ntilde;o en la bah&iacute;a de Axpe, como
+si S&aacute;nchez Morueta hubiese perdido su afici&oacute;n &aacute; los viajes. Sobre la
+chimenea se alineaban en escala de tama&ntilde;os, fragmentos pulidos de rieles
+y piezas de fundici&oacute;n, muestras flamantes del acero fabricado en los
+altos hornos de la casa. Un peque&ntilde;o estante conten&iacute;a libros ingleses,
+anuarios comerciales, cat&aacute;logos de navegaci&oacute;n, memorias sobre miner&iacute;a y
+metalurgia. El &uacute;nico libro que estaba entre los papeles de la mesa de
+trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el
+<i>Yacht Register</i> de m&aacute;s reciente publicaci&oacute;n, como si el millonario
+encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento &aacute;
+los potentados de la tierra que m&aacute;s dichosos que &eacute;l, pod&iacute;an vagar por
+los mares. El despacho ten&iacute;a el mismo aspecto de sobriedad y robustez de
+su due&ntilde;o. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo
+s&oacute;lido y discreto que s&oacute;lo se encuentra en las c&aacute;maras de los grandes
+buques. Aresti resum&iacute;a la impresi&oacute;n en pocas palabras; &laquo;All&iacute; todo ol&iacute;a &aacute;
+ingl&eacute;s.... Hasta el traje del amo&raquo;.</p>
+
+<p>Al concentrar la atenci&oacute;n en su primo, volv&iacute;a &aacute; admirar sus manos;
+aquellas manos &uacute;nicas, que parec&iacute;an dotadas de vida y pensamiento
+aparte; que iban instintivamente, entre el mont&oacute;n de papeles, en l&iacute;nea
+recta y sin vacilaci&oacute;n hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como
+animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza
+propia para vivir por s&iacute; solas. Aresti las admiraba con cierto respeto
+supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se
+entregar&iacute;an vencidos, anonadados. Nada pod&iacute;a resistir &aacute; aquellas
+hermosas garras de bestia luchadora &eacute; inteligente. El movimiento de la
+sangre en sus venas de grueso relieve, parec&iacute;a el latido de un
+pensamiento oculto.</p>
+
+<p>Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con s&oacute;lo un movimiento todos
+los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande
+hombre indicaron al secretario con fr&iacute;a mirada que pod&iacute;a retirarse &aacute; la
+habitaci&oacute;n inmediata donde ten&iacute;a su despacho: una pieza con grandes
+estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de
+mineral bajo campanas de vidrio.</p>
+
+<p>&mdash;Don Jos&eacute;, un momento,&mdash;dijo el hombrecillo;&mdash;me permito recordar &aacute;
+usted el encargo de do&ntilde;a Cristina, ya que est&aacute; aqu&iacute; el se&ntilde;or doctor.</p>
+
+<p>Y como S&aacute;nchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclin&oacute;
+hacia &eacute;l, murmurando algunas palabras.</p>
+
+<p>El millonario dud&oacute; algunos momentos mirando &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Es un favor que te pide Cristina&mdash;dijo con alguna vacilaci&oacute;n.&mdash;Al
+saber que ven&iacute;as hoy, me encarg&oacute; que subieses un momento &aacute; Bego&ntilde;a para
+ver &aacute; don Tom&aacute;s, ese cura viejo que algunas veces nos visita.</p>
+
+<p>Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se
+apresur&oacute; &aacute; a&ntilde;adir.</p>
+
+<p>&mdash;Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis d&iacute;as y que hay que
+tener contentas &aacute; las se&ntilde;oras. Mi mujer y mi hija se alegrar&aacute;n mucho. Es
+una visita corta: el pobre, seg&uacute;n parece, est&aacute; desahuciado de todos.
+&iquest;Qu&eacute; te cuesta darlas gusto?...</p>
+
+<p>En su mirada y su acento hab&iacute;a tal tono de s&uacute;plica, que Aresti acept&oacute;
+mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso &aacute; su
+poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el &laquo;hijo favorito de
+la fortuna&raquo;, como &eacute;l lo llamaba, ten&iacute;a sus disgustos dentro del hogar.</p>
+
+<p>&mdash;Goicochea te acompa&ntilde;ar&aacute;&mdash;dijo se&ntilde;alando &aacute; su secretario.&mdash;Toma abajo
+mi carruaje, y, mientras vuelves, terminar&eacute; mi tarea. Hasta luego, Luis.</p>
+
+<p>Y cogiendo una pluma, comenz&oacute; &aacute; escribir, como si una repentina
+preocupaci&oacute;n le hiciese olvidar por completo &aacute; su pariente.</p>
+
+<p>Aresti, llevando al lado &aacute; Goicochea en el mullido carruaje del
+millonario, pas&oacute; por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando
+sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su ni&ntilde;ez.
+Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente
+te&ntilde;idas. El carruaje comenz&oacute; &aacute; ascender penosamente por la &aacute;spera cuesta
+de Bego&ntilde;a. Terminaba el desfile de casas. Ensanch&aacute;base el horizonte,
+extendi&eacute;ndose entre las monta&ntilde;as los campos verdes, y los robledales de
+tono bronceado, interrumpidos &aacute; trechos por las blancas manchas de las
+caser&iacute;as. El sol asomaba por primera vez en la ma&ntilde;ana al trav&eacute;s de un
+desgarr&oacute;n de las nubes, y el humo que se extend&iacute;a sobre la villa tomaba
+una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del
+camino levant&aacute;banse casas aisladas, ostentando en su puerta el
+tradicional <i>branque</i>, el ramo verde que indica la buena bebida del
+pa&iacute;s. Eran los famosos <i>chacolines</i> con sus r&oacute;tulos: &laquo;Se venden
+voladores&raquo;, para que el estruendo fuese completo en d&iacute;as de romer&iacute;a.</p>
+
+<p>Goicochea, que no era hombre silencioso y cre&iacute;a faltar al respeto al
+primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares
+con cierto entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;Me gusta pasar por aqu&iacute;, se&ntilde;or doctor, porque recuerdo mi juventud...
+los famosos d&iacute;as del sitio. Usted ser&iacute;a muy ni&ntilde;o entonces, y ya no se
+acordar&aacute;.</p>
+
+<p>Animado por la mirada interrogante del doctor, sigui&oacute; hablando:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Ve usted d&oacute;nde hemos dejado la c&aacute;rcel? Pues poco m&aacute;s &oacute; menos ah&iacute;
+estaba la l&iacute;nea entre sitiados y sitiadores. Nos fusil&aacute;bamos de cerca,
+vi&eacute;ndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los
+centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrec&iacute;an
+lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.</p>
+
+<p>&mdash;Usted ser&iacute;a de <i>los auxiliares</i>, como mi primo Pepe,&mdash;dijo Aresti;&mdash;de
+los que defend&iacute;an la villa.</p>
+
+<p>Goicochea di&oacute; un respingo en su asiento, pero en seguida recobr&oacute; su
+aspecto pl&aacute;cido y contest&oacute; con humilde sonrisa:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Quia, no se&ntilde;or! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio
+vizca&iacute;no y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis:
+calaveradas. Entonces ten&iacute;a uno la cabeza ligera y a&uacute;n no hab&iacute;an llegado
+los ocho hijos que ahora me devoran.</p>
+
+<p>Y como si tuviera inter&eacute;s en que el doctor conociese exactamente sus
+creencias, sigui&oacute; hablando:</p>
+
+<p>&mdash;Por supuesto, que ahora me r&iacute;o de aquellas locuras. &iexcl;Y pensar que en
+Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya
+no soy carlista, y como yo, la mayor&iacute;a de los que entonces expusimos la
+pelleja.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pues qu&eacute; son ustedes?...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hemos de ser, don Luis? &iquest;No lo sabe usted?... Nacionalistas;
+bizkaitarras; partidarios de que el Se&ntilde;or&iacute;o de Vizcaya vuelva &aacute; ser lo
+que fu&eacute;, con sus fueros benditos y mucha religi&oacute;n, pero mucha. &iquest;Qui&eacute;nes
+han tra&iacute;do &aacute; este pa&iacute;s la mala peste de la libertad y todas sus
+impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los <i>maketos</i>: y don Carlos
+no es m&aacute;s que un <i>maketo</i>, tan liberal como los que hoy reinan, y adem&aacute;s
+tiene los esc&aacute;ndalos de su vida impropia de un cat&oacute;lico.... Lo que yo
+digo, don Luis. Qu&eacute;dese la Maketania con su gente sin religi&oacute;n y sin
+virtud y deje libre &aacute; la honrada y noble Bizkaya.... con B alta &iquest;eh? con
+B alta, y con K, pues la gente de Espa&ntilde;a para robarnos en todo, hasta
+mete mano en nuestro nombre escribi&eacute;ndolo de distinta manera.</p>
+
+<p>Y con el &iacute;ndice trazaba en el espacio grandes <i>bes</i> para que constase
+una vez m&aacute;s su protesta ortogr&aacute;fica.</p>
+
+<p>El carruaje rodaba por los altos de Bego&ntilde;a. Dorm&iacute;a el camino en medio de
+una paz monacal. A un lado y &aacute; otro alz&aacute;banse grandes edificios de
+reciente construcci&oacute;n. Eran conventos ocupados por frailes de &oacute;rdenes
+antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las se&ntilde;oras
+ricas de la villa hab&iacute;a levantado aquellos palacios. All&iacute; iba &aacute; parar
+una parte no peque&ntilde;a de las ganancias de las minas. La limosna
+cuantiosa, y los legados testamentarios cubr&iacute;an de conventos &oacute; iglesias
+aquella parte del monte Artag&aacute;n. El silencio monacal, que parec&iacute;a
+extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que
+exhalaba abajo la poblaci&oacute;n, dominada &aacute; aquella hora por la fiebre de
+los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las
+torrecillas de ladrillo rojo, llamando &aacute; gentes invisibles: se
+entreabr&iacute;a un port&oacute;n con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil,
+blanca y almidonada y un rinc&oacute;n de huerto frondoso. Aresti, influenciado
+por este ambiente, pensaba en los m&iacute;sticos retiros de la Flandes
+cat&oacute;lica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus
+beguinas cubiertas por tocas n&iacute;tidas, de movibles alas, como mariposas
+de nieve.</p>
+
+<p>Goicochea segu&iacute;a hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don
+Tom&aacute;s, el cura que iban &aacute; visitar; &laquo;un santo var&oacute;n&raquo; que en otros tiempos
+confesaba &aacute; la de S&aacute;nchez Morueta y que pronto morir&iacute;a como un justo si
+la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje par&oacute; ante la iglesia
+de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la Rep&uacute;blica; la Rep&uacute;blica
+de Bego&ntilde;a, que a&uacute;n conservaba esta denominaci&oacute;n de los tiempos forales.</p>
+
+<p>Aresti, guiado por su acompa&ntilde;ante, entr&oacute; en la casa del cura para ver &aacute;
+&eacute;ste, inm&oacute;vil en un sill&oacute;n, desalentado y tembloroso ante la proximidad
+de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que hab&iacute;a disputado m&aacute;s de
+una vez en casa de S&aacute;nchez Morueta, el viejo mostr&oacute; en sus gestos cierta
+esperanza. &iexcl;A ver si pod&iacute;a salvarlo con aquella ciencia que hab&iacute;a
+ensalzado tantas veces al discutir con &eacute;l! No pod&iacute;a dormir, no pod&iacute;a
+acostarse; se ahogaba. Aresti conoci&oacute; &aacute; primera vista la gravedad de su
+dolencia. Ten&iacute;a enfermo el coraz&oacute;n, el &oacute;rgano rebelde &aacute; todo reparo. Por
+m&aacute;s que intent&oacute; animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su
+astucia aguzada por el miedo, adivin&oacute; la ineficacia del remedio, entre
+aquellos planes de curaci&oacute;n que Aresti le propon&iacute;a por decir algo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lo mismo que los otros!&mdash;gimi&oacute;.&mdash;&iexcl;Ay Virgen de Bego&ntilde;a!... &iexcl;Virgen de
+Bego&ntilde;aaa!</p>
+
+<p>El acento desesperado con que llamaba &aacute; la Virgen, revelaba el ego&iacute;smo
+de la vida, agarr&aacute;ndose &aacute; la &uacute;ltima esperanza, implorando un milagro,
+con la ilusi&oacute;n de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas
+las leyes de la existencia.</p>
+
+<p>Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea mir&oacute; al templo y se descubri&oacute;
+como si le pesara volver &aacute; la villa sin saludar &aacute; la imagen.</p>
+
+<p>&mdash;Pod&iacute;amos entrar un momento, &iquest;no le parece, don Luis? Nos queda tiempo
+de sobra. &iquest;Usted, indudablemente, no habr&aacute; visto &aacute; la Virgen desde que
+le coronaron como Se&ntilde;ora de Vizcaya? Pues est&aacute; muy bonita. Entremos y yo
+pedir&eacute; un poco por el desgraciado don Tom&aacute;s.</p>
+
+<p>Aresti se dej&oacute; conducir. No hab&iacute;a estado all&iacute; desde que era ni&ntilde;o, y le
+interesaba ver las grandes reformas que la devoci&oacute;n de los ricos de
+abajo hab&iacute;a realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante
+las guerras y al que aflu&iacute;an ahora todos los sentimientos del pa&iacute;s
+hostiles &aacute; la nacionalidad espa&ntilde;ola y &aacute; sus progresos.</p>
+
+<p>Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas
+las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reun&iacute;a el vecindario,
+amparado de la lluvia, para tratar los asuntos p&uacute;blicos despu&eacute;s de la
+misa. Por algo, la mayor&iacute;a de los pueblos vizca&iacute;nos tomaron el t&iacute;tulo de
+anteiglesias, en &eacute;poca de fueros.</p>
+
+<p>Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el
+altar mayor, dej&aacute;ndose caer de rodillas ante la Virgen con devoci&oacute;n
+compungida, Aresti pase&oacute; por el templo, examin&aacute;ndolo. Los
+reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su
+atenci&oacute;n. Eran piezas de esa ebanister&iacute;a parisi&eacute;n del barrio de San
+Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para
+las se&ntilde;oras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compa&ntilde;eros
+de oficio adornan un dormitorio &oacute; un <i>budoir</i>. El gusto art&iacute;stico del
+jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un g&oacute;tico
+sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras
+pend&iacute;an, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas
+peregrinaciones, y cubr&iacute;an las paredes l&aacute;pidas conmemorativas en
+vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronaci&oacute;n de
+la Virgen.</p>
+
+<p>Al m&eacute;dico le interesaban m&aacute;s los votos que se extend&iacute;an por la pared, &aacute;
+la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura c&aacute;ndida y grosera,
+representando olas alborotadas, barcos pr&oacute;ximos &aacute; zozobrar con los palos
+rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco
+desmantelado, un rayo semejante &aacute; una lombriz roja. Provocaban la risa
+como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos
+el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran
+votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones
+vizca&iacute;nas, por haberlas salvado la imagen de Bego&ntilde;a de espantosas
+tempestades. Los cuadros m&aacute;s antiguos y borrosos representaban
+bergantines y fragatas con las velas rotas, encabrit&aacute;ndose sobre las
+olas, flotando entre estas alg&uacute;n m&aacute;stil roto: los m&aacute;s modernos eran
+vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta
+barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge
+siempre ante las cat&aacute;strofes ciegas de la naturaleza; en la fe que
+siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.</p>
+
+<p>Goicochea hab&iacute;a cesado de rezar y, acerc&aacute;ndose al doctor, habl&aacute;bale al
+o&iacute;do con la satisfacci&oacute;n del que muestra las bellezas de su propia casa.</p>
+
+<p>&mdash;M&iacute;rela usted&mdash;dec&iacute;a se&ntilde;alando &aacute; la imagen.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; hermosa es! &iexcl;Y qu&eacute;
+bien le sienta la corona!...</p>
+
+<p>Aresti miraba la imagen, el &laquo;fetiche bizkaitarra&raquo;, como dec&iacute;a &eacute;l en sus
+cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea,
+como todas las im&aacute;genes espa&ntilde;olas que son famosas y hacen milagros. La
+cabecita de beb&eacute; parec&iacute;a abrumada por una alta corona, inflada como un
+globo; hasta sus pies descend&iacute;a, como un miri&ntilde;aque, el manto cubierto de
+toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas
+arrojadas &aacute; manos llenas por la devoci&oacute;n, como si el brillo pudiese
+aumentar la hermosura de la imagen, esparc&iacute;anse tambi&eacute;n sobre el
+peque&ntilde;uelo que la Virgen mostraba entre sus manos.</p>
+
+<p>&mdash;Cu&aacute;ntas joyas &iquest;eh?&mdash;murmuraba con entusiasmo Goicochea.&mdash;Esto s&oacute;lo se
+ve en este pa&iacute;s. Aqu&iacute; hay religi&oacute;n y riqueza.</p>
+
+<p>El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente reba&ntilde;o de las
+minas, calculando en cu&aacute;nto habr&iacute;a contribuido su miseria &aacute; aquellos
+regalos in&uacute;tiles, colocados por la fe y la ostentaci&oacute;n de unos pocos,
+sobre un madero tallado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si usted hubiese visto el acto de la coronaci&oacute;n!&mdash;continu&oacute; la voz de
+Goicochea con sordina.&mdash;A&uacute;n me estremezco de entusiasmo record&aacute;ndolo.
+Fu&eacute; cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince d&iacute;as de
+peregrinaci&oacute;n de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pas&oacute; por aqu&iacute;:
+peregrinaci&oacute;n de se&ntilde;oras, peregrinaci&oacute;n de criadas de servir,
+peregrinaci&oacute;n de obreros; las anteiglesias en masa con sus p&aacute;rrocos al
+frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las &oacute;rdenes, y
+de padres jesu&iacute;tas: pero sermones buenos de veras, en vascuence:
+diciendo lo que significaba la coronaci&oacute;n de la Virgen como Se&ntilde;ora de
+Vizcaya. F&iacute;jese usted bien.... <i>&iexcl;Se&ntilde;ora!</i> Vizcaya s&oacute;lo ha tenido
+Se&ntilde;ores. Hasta Dios es para nosotros <i>Jaungoicoa</i> &oacute; sea &laquo;Se&ntilde;or de
+arriba.&raquo; Eso de reyes y reinas es cosa de los <i>maketos</i>. Desde el d&iacute;a de
+la coronaci&oacute;n de la Se&ntilde;ora, que moralmente hemos arreglado nuestras
+cuentas con los que viven del Ebro para all&aacute;, separ&aacute;ndonos para siempre.
+La cosa fu&eacute; conmovedora: como organizada por los principales del
+partido.... Pero v&aacute;monos, que aqu&iacute; molestamos hablando.</p>
+
+<p>Goicochea sali&oacute; del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos
+aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.</p>
+
+<p>En el porche de la iglesia continu&oacute; dando expansi&oacute;n &aacute; su entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y ha visto usted cu&aacute;ntos milagros? &iquest;No le enternece eso?...</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;dijo Aresti con gravedad.&mdash;A m&iacute; me conmueve la piedad de los
+hombres de mar que vienen aqu&iacute; descalzos, trayendo su recuerdo &aacute; la
+Virgen, por haber estado pr&oacute;ximos &aacute; naufragar y no haber naufragado.
+Gran cosa es la fe. Lo mismo que &aacute; ellos, les ocurre casi todos los d&iacute;as
+&aacute; marineros ingleses, suecos &oacute; americanos que son protestantes &oacute; no son
+nada, y se salvan &aacute; pesar de no tener una Virgen de Bego&ntilde;a &aacute; quien
+recomendarse. Adem&aacute;s, vaya usted &aacute; saber los vizca&iacute;nos que se habr&aacute;n
+ahogado despu&eacute;s de implorar &aacute; la Virgen. Esos no han podido venir aqu&iacute; &aacute;
+contarlo.</p>
+
+<p>El secretario hizo un movimiento de extra&ntilde;eza, mirando escandalizado al
+m&eacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis&mdash;dijo con acento dulz&oacute;n.&mdash;No empiece usted &aacute; soltar de las
+suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de
+la Virgen, y que &eacute;sta le castigar&aacute;.</p>
+
+<p>&mdash;No; yo no me burlo de la fe&mdash;dijo Aresti.&mdash;El hombre es naturalmente
+cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera &aacute; sus fuerzas; basta
+que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me
+acuerdo de mister Peterson, un ingeniero ingl&eacute;s empleado en las minas,
+un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perd&iacute;a ocasi&oacute;n de
+burlarse de la idolatr&iacute;a de los cat&oacute;licos y de su culto &aacute; las im&aacute;genes.
+Un d&iacute;a, un pe&oacute;n despedido por &eacute;l del trabajo, le di&oacute; una pu&ntilde;alada de
+muerte. Cuando se convenci&oacute; de que no pod&iacute;amos salvarle, rompi&oacute; en
+lloros y aclamaciones &aacute; la Virgen, lo mismo que don Tom&aacute;s. Se agarr&oacute; &aacute;
+la misma fe de las mujeres m&aacute;s ignorantes del pueblo. Llamaba &aacute; la
+Virgen de Bego&ntilde;a con un vozarr&oacute;n que se o&iacute;a desde la calle.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y lleg&oacute; &aacute; salvarse?&mdash;dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un
+milagro.</p>
+
+<p>&mdash;No; muri&oacute; &aacute; las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado &aacute;
+nadie.</p>
+
+<p>Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvi&oacute; el curso de la
+conversaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; hermosa vista!&mdash;dijo se&ntilde;alando la parte de la villa que se
+alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la r&iacute;a y las monta&ntilde;as
+de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.&mdash;Esto es
+el m&aacute;s hermoso balc&oacute;n de Vizcaya. &iexcl;Cu&aacute;nto trabajo se abarca desde aqu&iacute;!
+&iexcl;Cu&aacute;nta riqueza!...</p>
+
+<p>Luego, a&ntilde;adi&oacute; en tono confidencial.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es
+imposible volver &aacute; nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro
+sitio como el &uacute;ltimo, matar&iacute;a &aacute; Vizcaya. &iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a de los altos hornos,
+de tanta f&aacute;brica y tanta v&iacute;a f&eacute;rrea?... Por esto hemos abandonado, quien
+m&aacute;s quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir &aacute; Dios no se
+necesita de pol&iacute;tica. Nosotros somos cada vez m&aacute;s intransigentes en lo
+tocante &aacute; la sacrosanta religi&oacute;n; &iquest;pero pelearse por reyes? Aqu&iacute; no hay
+m&aacute;s que Vizcaya y su <i>Se&ntilde;ora</i> sant&iacute;sima. Pregunte usted si quieren
+volver &aacute; las andadas, &aacute; muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los
+he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y
+ahora van camino de millonarios. Vea usted &aacute; muchos due&ntilde;os de las minas
+que en su juventud cogieron el fusil. <i>Necuacuam</i>, ninguno sue&ntilde;a
+remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera
+existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habr&iacute;an llegado las
+cosas &aacute; mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos
+el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos
+importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que est&aacute; por encima
+de la Patria y del Rey.</p>
+
+<p>Como Aresti sonre&iacute;a socarronamente, el hombrecillo pareci&oacute; intimidarse
+ante su gesto.</p>
+
+<p>&mdash;A ver: siga usted, se&ntilde;or Goicochea,&mdash;dijo el doctor.&mdash;Me interesa eso,
+pues, al fin, vizca&iacute;no soy, aunque no tenga el honor de ser
+nacionalista. &iquest;Y c&oacute;mo vamos &aacute; conseguir que Bizkaya (con B alta) se
+emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus
+<i>guiris</i>, sus <i>ches</i> de pantalones rojos, prontos &aacute; disparar el fusil
+como en otros tiempos.</p>
+
+<p>Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que
+hab&iacute;a o&iacute;do &aacute; algunos como Goicochea, designar &aacute; los soldados espa&ntilde;oles,
+llamados <i>ches</i> en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que
+compon&iacute;an la guarnici&oacute;n durante el sitio.</p>
+
+<p>&mdash;Se har&aacute; sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena
+direcci&oacute;n. Poco &aacute; poco se hace camino. O nosotros impondremos &aacute; Espa&ntilde;a
+las sanas costumbres y creencias de los antepasados, &oacute; nos aislaremos
+como ciertos pueblos de Am&eacute;rica, que viven felices, gobernados por el
+Sagrado Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. All&iacute; est&aacute;n los que dirigen y son gente que lo
+entiende: all&iacute; se prepara el porvenir.</p>
+
+<p>Y se&ntilde;alaba en direcci&oacute;n &aacute; la r&iacute;a, como si al trav&eacute;s de las inmediatas
+alturas viese con la imaginaci&oacute;n la Universidad de Deusto, santuario,
+para &eacute;l, de la sabidur&iacute;a humana.</p>
+
+<p>&mdash;Pues hay para rato, se&ntilde;or Goicochea&mdash;dijo el m&eacute;dico saliendo del
+porche en busca del carruaje.</p>
+
+<p>&mdash;No dir&eacute; que no, don Luis. Nuestra redenci&oacute;n es algo dif&iacute;cil por la
+continua inmigraci&oacute;n de gentes que traen con ellas las malas costumbres
+de Espa&ntilde;a. Lo peorcito de cada casa, que viene aqu&iacute; &aacute; trabajar y &aacute; hacer
+fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.
+Cada vez son m&aacute;s: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los
+apellidos vascongados. Todos son Mart&iacute;nez &oacute; Garc&iacute;a, y se habla menos el
+vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha
+tra&iacute;do la prosperidad. Pero todo se andar&aacute;. Yo pienso lo que Garc&iacute;a
+Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, seg&uacute;n cuentan los padres de
+Deusto, fu&eacute; el estadista m&aacute;s grande del siglo. &iquest;Sabe usted lo que dijo
+al recibir la pu&ntilde;alada que lo mat&oacute;? &laquo;Dios no muere nunca&raquo;.... Pues eso
+digo yo. Dios no muere y no morir&aacute; Vizcaya que, por el amor que siente
+hacia su sant&iacute;sima madre, es su hija predilecta.</p>
+
+<p>Ya no dijo m&aacute;s en todo el camino. Al fin, pareci&oacute; amoscarse por la
+mirada ir&oacute;nica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que
+acog&iacute;a sus palabras. Reconoc&iacute;a en &eacute;l un digno primo de S&aacute;nchez Morueta;
+pues el secretario, &aacute; pesar de su servilismo exterior, sent&iacute;a cierta
+repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de
+impiedad, viv&iacute;a separado de la religi&oacute;n, pasando meses enteros sin o&iacute;r
+una misa. &Eacute;l conoc&iacute;a los hondos disgustos que esta conducta
+proporcionaba &aacute; la buena do&ntilde;a Cristina, la cual, s&oacute;lo vali&eacute;ndose de la
+influencia que ejerc&iacute;a su hija sobre el padre, pod&iacute;a conseguir que &eacute;ste
+las acompa&ntilde;ase alguna vez &aacute; la iglesia. &iexcl;Que hombres los dos! &iexcl;Imposible
+parec&iacute;a que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...</p>
+
+<p>A las dos de la tarde se vi&oacute; Aresti de nuevo en el coche, camino de Las
+Arenas con su primo y el capit&aacute;n Iriondo. Goicochea, invitado tambi&eacute;n &aacute;
+la comida de familia, hab&iacute;a salido antes en el tranv&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; no descansas&mdash;dec&iacute;a el m&eacute;dico &aacute; su primo,&mdash;&iexcl;todos los d&iacute;as Las
+Arenas &aacute; Bilbao!</p>
+
+<p>&mdash;Todos los d&iacute;as. Cuando edifiqu&eacute; el hotel, cre&iacute; que me quedar&iacute;a meses
+enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las
+ma&ntilde;anas voy de un lado &aacute; otro, sin saber qu&eacute; hacer y acabo por mandar
+que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en
+el jard&iacute;n, oyendo &aacute; Pepita que toca el piano.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La vida de familia!... &iexcl;T&uacute; eres feliz&mdash;exclam&oacute; el m&eacute;dico.</p>
+
+<p>Su primo le mir&oacute; con ojos interrogantes, como si encontrase en sus
+palabras cierta iron&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;: la vida de familia&mdash;dijo.&mdash;Es la que m&aacute;s me gusta. L&aacute;stima que en
+este Bilbao no pueda uno gozarla &aacute; sus anchas, libre de influencias
+extra&ntilde;as. T&uacute; bien lo sabes, Luis.</p>
+
+<p>Y call&oacute;, mientras el m&eacute;dico quedaba tambi&eacute;n silencioso y cabizbajo, como
+sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje
+los hoteles vistosos del Campo del Volant&iacute;n, donde se albergaba la
+aristocracia de la villa; despu&eacute;s las verjas y escalinatas de la
+Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la r&iacute;a
+sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti ve&iacute;a
+ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que hab&iacute;a
+admirado por la ma&ntilde;ana en el tren.</p>
+
+<p>Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su
+mutismo, anim&aacute;ndose con repentina alegr&iacute;a. Aquella era su patria: all&iacute;
+hab&iacute;an nacido los tres.</p>
+
+<p>Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hac&iacute;a preguntas &aacute; sus
+compa&ntilde;eros, record&aacute;ndoles los incidentes de la juventud.</p>
+
+<p>A&uacute;n ve&iacute;a, como si lo tuviera ante sus ojos, al se&ntilde;or Juan S&aacute;nchez, el
+padre de S&aacute;nchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador
+obscuro de la presente prosperidad, el que de un tir&oacute;n los despeg&oacute; &aacute;
+todos del bajo fondo social en que hab&iacute;an nacido. No era del pa&iacute;s: hab&iacute;a
+llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableci&eacute;ndose en
+Olaveaga como gabarrero, y cas&aacute;ndose con una joven del pueblo, que ten&iacute;a
+varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y
+flores &aacute; Bilbao. Fu&eacute; una vida de trabajo: la mujer &aacute; la huerta y &eacute;l &aacute; la
+r&iacute;a, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus <i>aguaduchos</i> &oacute;
+avenidas que la convert&iacute;an en torrente y sus revueltas y bajos que
+hac&iacute;an zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y
+las gabarras sub&iacute;an hasta la villa los cargamentos de bacalao y de
+maderas, necesitando, para esta conducci&oacute;n, de hombres expertos. Ir de
+Bilbao &aacute; Portugalete era entonces un viaje que s&oacute;lo osaban emprender los
+atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban <i>carrozas</i>. La
+g&oacute;ndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la &uacute;nica
+embarcaci&oacute;n que surcaba la r&iacute;a con frecuencia. Los gabarreros,
+intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban r&aacute;pidamente, y
+Olaveaga era el pueblo m&aacute;s rico del Nervi&oacute;n. El se&ntilde;or Juan serv&iacute;a &aacute; las
+casas m&aacute;s importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jam&aacute;s
+hab&iacute;a averiado los g&eacute;neros con un mal tropiezo en los innumerables bajos
+de la r&iacute;a &oacute; en la vuelta de la Salve; conoc&iacute;a las aguas palmo &aacute; palmo, y
+siempre que hab&iacute;a que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le
+llamaban &aacute; &eacute;l. As&iacute; fu&eacute; reuniendo una fortuna para su hijo &uacute;nico, que
+andando el tiempo hab&iacute;a de ser el famoso S&aacute;nchez Morueta. En aquella
+&eacute;poca, el futuro millonario iba todas las ma&ntilde;anas al instituto de
+Bilbao, &aacute; estudiar N&aacute;utica, pues su padre le quer&iacute;a marino, pero de los
+de altura, para navegar y comerciar en grande, &aacute; trav&eacute;s de todos los
+mares, como &eacute;l lo hac&iacute;a en la r&iacute;a. El honrado gabarrero, satisfecho de
+su suerte, due&ntilde;o de muchos de los lanchones que surcaban el Nervi&oacute;n,
+seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compart&iacute;a su cari&ntilde;o
+entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti,
+hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de
+hortelanos, se hab&iacute;an unido con hombres de mar; pero la casada con el
+gabarrero, tuvo m&aacute;s suerte que su hermana menor, que se enamor&oacute; de
+Chom&iacute;n Aresti, un mocet&oacute;n de la matr&iacute;cula de Bermeo, que navegaba por el
+Cant&aacute;brico como patr&oacute;n de balandros de cabotaje, siempre expuesto &aacute;
+perecer en un d&iacute;a de galerna. A los ocho a&ntilde;os de casados, ocurri&oacute; la
+cat&aacute;strofe. Chom&iacute;n se ahog&oacute; en un naufragio, y la viuda, llevando en
+brazos al futuro doctor Aresti, que entonces ten&iacute;a seis a&ntilde;os y se miraba
+con asombro el negro trajecito, llor&oacute; desesperadamente por todos los
+rincones de la casa de su hermana.</p>
+
+<p>&mdash;No te apures, mujer&mdash;dec&iacute;a el se&ntilde;or Juan.&mdash;Otras est&aacute;n peor que t&uacute;,
+que tienes &aacute; tu hermana y me tienes &aacute; m&iacute;. No morir&aacute;s de hambre, ya que
+seg&uacute;n parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aqu&iacute; estoy yo,
+que rabio, porque la m&iacute;a s&oacute;lo me ha dado un chico.</p>
+
+<p>Y as&iacute; era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese d&aacute;ndole
+hijos, conforme prosperaba la casa. Sent&iacute;ase cohibido al no poder llevar
+en sus brazos &aacute; aquel mocet&oacute;n que estudiaba en Bilbao y era tan alto
+como &eacute;l y mucho m&aacute;s serio. Por esto agarr&oacute; con un entusiasmo paternal &aacute;
+su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron &aacute; todas horas en la
+gabarra &oacute; por las orillas de la r&iacute;a, con el peque&ntilde;o cogido de la mano,
+acarici&aacute;ndolo como si fuese un nuevo hijo.</p>
+
+<p>Aresti no conoci&oacute; otro padre que el se&ntilde;or Juan, y S&aacute;nchez Morueta fu&eacute;
+para &eacute;l un hermano. El mocet&oacute;n grave, de car&aacute;cter &aacute;spero, tuvo para el
+peque&ntilde;o dulzuras y atenciones que sorprend&iacute;an &aacute; la familia.</p>
+
+<p>Cuando el gabarrero iba &aacute; Bilbao, llev&aacute;base &aacute; Luis, dej&aacute;ndolo en las
+banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los se&ntilde;ores la cuenta
+de sus viajes. Por las noches lo dorm&iacute;a sobre sus rodillas, cant&aacute;ndole
+los viejos zortzicos de los barqueros del Nervi&oacute;n &oacute; relat&aacute;ndole patra&ntilde;as
+que el pobre hombre apreciaba como lo m&aacute;s indiscutible de la sabidur&iacute;a
+hist&oacute;rica. Gust&aacute;bale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo
+hab&iacute;an fundado unos pescadores &aacute; orillas de la r&iacute;a, entre las rep&uacute;blicas
+de Bego&ntilde;a y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qu&eacute;
+nombre dar &aacute; su aglomeraci&oacute;n de chozas. Un d&iacute;a, por divertirse,
+arrojaron al Nervi&oacute;n un botijo vac&iacute;o. <i>Bil, bil, bil</i> cantaba el agua al
+penetrar en &eacute;l y cuando casi lleno se fu&eacute; &aacute; fondo, lanza un sonoro
+<i>bao</i>. Los pescadores gritaron &laquo;Bilbao ser&aacute; su nombre&raquo;. Y el gabarrero
+miraba al peque&ntilde;o y &aacute; las dos mujeres que le escuchaban at&oacute;nitas,
+admirando su sabidur&iacute;a del pasado.</p>
+
+<p>El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que hab&iacute;a
+terminado su carrera en compa&ntilde;&iacute;a de Mat&iacute;as Iriondo, hijo de un vecino,
+se embarc&oacute; en un vapor que hac&iacute;a viajes &aacute; Inglaterra. Al poco tiempo, no
+satisfecho de la vida del mar &oacute; deseoso de mayor medro, se qued&oacute; en
+Londres, entrando como empleado en una casa vizca&iacute;na.</p>
+
+<p>Su madre muri&oacute; de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un
+surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la ni&ntilde;ez, y que su
+marido no pod&iacute;a hacerla abandonar. Hab&iacute;a querido, al irse del mundo,
+morir abrazada &aacute; aquellas hortalizas que todas las ma&ntilde;anas llevaba al
+mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El se&ntilde;or Juan se sinti&oacute; m&aacute;s
+unido &aacute; su cu&ntilde;ada y su sobrino. El hijo escrib&iacute;a de tarde en tarde: la
+r&iacute;a ofrec&iacute;a cada vez menos alicientes para &eacute;l.</p>
+
+<p>Comenzaba &aacute; despertar la explotaci&oacute;n de las minas y se hablaba de
+limpiar el Nervi&oacute;n, convirti&eacute;ndolo en un puerto para que los vapores
+llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. &iexcl;Adi&oacute;s las gabarras! Y
+descuidando un negocio cuya muerte ve&iacute;a pr&oacute;xima, tranquilo ante el
+porvenir, pues pose&iacute;a una fortuna de la que se hablaba con asombro en el
+pueblo, no tuvo otra ocupaci&oacute;n que cuidarse de Luisillo y admirar sus
+progresos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Diablo de rapaz!&mdash;dec&iacute;a hablando de &eacute;l con los viejos camaradas de la
+r&iacute;a.&mdash;&iexcl;De d&oacute;nde habr&aacute; sacado tanto talento! &iexcl;Nadie hubiera dicho que de
+aquel pobre patr&oacute;n de Bermeo pudiera salir un hijo as&iacute;!...</p>
+
+<p>Y el gabarrero temblaba de emoci&oacute;n, salt&aacute;ndole las l&aacute;grimas, cuando le
+hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que ten&iacute;a &aacute; los
+se&ntilde;ores del Instituto. Lleg&oacute; el momento de que Aresti, &aacute; los catorce
+a&ntilde;os, escogiera una carrera y el viejo consult&oacute; su voluntad. A ver &iquest;qu&eacute;
+quer&iacute;a ser? &iexcl;con franqueza! All&iacute; estaba el t&iacute;o Juan con la bolsa abierta
+para costearle la carrera que m&aacute;s le gustase... aunque quisiera ser Sumo
+Pont&iacute;fice. Marino no: ya hab&iacute;a bastante con uno en la familia. &iquest;M&eacute;dico?
+&iquest;quer&iacute;a ser m&eacute;dico? Algo m&aacute;s grande y de mayor brillo hab&iacute;a so&ntilde;ado el
+gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin &iexcl;vaya por
+la medicina! Y como puesto &aacute; hacer las cosas hab&iacute;a que hacerlas bien, le
+enviar&iacute;a &aacute; estudiar &aacute; Madrid. No reparaba en gasto m&aacute;s &oacute; menos. Para eso
+hab&iacute;a trabajado &eacute;l, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que,
+con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le hab&iacute;an
+conocido descalzo y despechugado, remando en la r&iacute;a, entregar&iacute;an las
+vidas &aacute; su sobrino, vi&eacute;ndolo llegar como una esperanza y llam&aacute;ndolo &aacute;
+todas horas &laquo;se&ntilde;or doctor&raquo;.</p>
+
+<p>Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurri&oacute; la gran transformaci&oacute;n de la
+familia, el tir&oacute;n loco de la suerte que sac&oacute; de la obscuridad &aacute; S&aacute;nchez
+Morueta. Su primo se present&oacute; inesperadamente en Olaveaga. Ven&iacute;a &aacute; la
+conquista de la Fortuna; sab&iacute;a d&oacute;nde estaba oculta y llegaba antes que
+los dem&aacute;s, aprovechando sus estudios y observaciones en pa&iacute;s extranjero.
+El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia
+abaratando la fabricaci&oacute;n, hac&iacute;a necesarios los hierros sin f&oacute;sforo y
+ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba &aacute; comenzar en aquellas
+monta&ntilde;as un per&iacute;odo de explotaci&oacute;n loca, de r&aacute;pidas fortunas: el que
+primero se apoderase del mineral ser&iacute;a rico como un pr&iacute;ncipe. Dinero...
+necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo
+entendi&oacute;; pero ten&iacute;a fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad,
+aquel pensamiento siempre reconcentrado y en funci&oacute;n: y le entreg&oacute; sus
+ahorros, vendi&oacute; las gabarras y hasta la casa nueva que hab&iacute;a construido
+imitando &aacute; las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.</p>
+
+<p>Entonces comenz&oacute; la historia del poderoso S&aacute;nchez Morueta, aquella
+transformaci&oacute;n de cuento m&aacute;gico, atropell&aacute;ndose los negocios fabulosos,
+las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para
+enriquecer &aacute; aquel hombr&oacute;n que ve&iacute;a llegar los millones sin el m&aacute;s leve
+estremecimiento en su rostro impasible. Se apoder&oacute; r&aacute;pidamente de la
+monta&ntilde;a. All&iacute; donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el
+llamado <i>campanil</i>, que era el m&aacute;s rico, all&iacute; pon&iacute;a sus manos de
+vencedor, diciendo: &laquo;Esto es m&iacute;o&raquo;. Compraba minas para venderlas al mes
+siguiente &aacute; los ingleses que llegaban detr&aacute;s de &eacute;l. Ten&iacute;a en el abra los
+vapores &aacute; docenas, carg&aacute;ndolos de aquellos terrones rojos que eran como
+oro. Bilbao hablaba de S&aacute;nchez Morueta con admiraci&oacute;n: sonaba su nombre
+&aacute; todas horas. Mientras los dem&aacute;s dorm&iacute;an, &eacute;l hab&iacute;a visto claro; cuando
+la gente comenzaba &aacute; despertar, ya era &eacute;l millonario. Tras sus espaldas
+de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y
+tard&iacute;os buscadores de la fortuna.</p>
+
+<p>&laquo;Tu primo est&aacute; loco&mdash;escrib&iacute;a el se&ntilde;or Juan &aacute; su sobrino.&mdash;Esto es un
+esc&aacute;ndalo; los millones entran en casa como una inundaci&oacute;n. Ahora habla
+de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral
+&aacute; Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervi&oacute;n,
+que fabriquen carriles, puentes enteros, ca&ntilde;ones, nav&iacute;os de guerra &iexcl;qu&eacute;
+s&eacute; yo cu&aacute;ntas locuras m&aacute;s! Cr&eacute;eme, Luisillo; esto es demasiado: no puede
+durar&raquo;.</p>
+
+<p>Y hablaba con asombro de su nueva existencia. &Eacute;l y la madre de Luis
+viv&iacute;an con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un
+batall&oacute;n de empleados, sirvientes y par&aacute;sitos. Una vida de abundancia y
+de movimiento que hac&iacute;a pensar melanc&oacute;licamente &aacute; los dos viejos en sus
+huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risue&ntilde;as, al abrigo de los
+montes, con la r&iacute;a enfrente como un espejo en los d&iacute;as de sol. Adem&aacute;s,
+el poderoso pr&iacute;ncipe de la industria se hab&iacute;a casado para hacer
+dignamente los honores &aacute; la fortuna que llegaba. Su mujer era una
+<i>se&ntilde;orita</i> de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y
+temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que
+S&aacute;nchez Morueta hab&iacute;a tenido en Londres. Su familia de hidalgos viv&iacute;a
+estrechamente de las flacas rentas de algunas caser&iacute;as: nobleza agr&iacute;cola
+que hac&iacute;a remontar sus blasones &aacute; los tiempos casi fabulosos de Vizcaya,
+&aacute; <i>Jaun Zuria</i> el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa
+fortuna del hijo del gabarrero, hab&iacute;a accedido &aacute; emparentar con &eacute;l.
+S&aacute;nchez Morueta, casi al d&iacute;a siguiente de la boda, hab&iacute;a continuado su
+vida de agitaci&oacute;n, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer,
+de una belleza rubia, &aacute;spera y dura, frunc&iacute;a el entrecejo ante los dos
+ancianos que vejetaban t&iacute;midamente en la casa, como si fuesen unos
+criados distinguidos, y viv&iacute;a sola, repartiendo su tiempo entre las
+iglesias y las visitas &aacute; las principales familias de Bilbao. La
+satisfacci&oacute;n de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia
+de las amigas con su riqueza, eran las &uacute;nicas dulzuras que encontraba en
+el matrimonio.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, cuando Aresti estaba pr&oacute;ximo &aacute; terminar su carrera, ocurri&oacute; la
+muerte del se&ntilde;or Juan. El viejo se fu&eacute; del mundo asustado de la fortuna
+de su hijo, crey&eacute;ndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala
+suerte, repitiendo tenazmente que &laquo;aquello no pod&iacute;a durar&raquo;. Al
+presentarse Luis en Bilbao vi&oacute; &aacute; su primo en plena gloria, con su
+gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible &aacute; las desgracias como
+&aacute; los triunfos. Sus p&aacute;rpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con
+que le apret&oacute; sobre su pecho, fueron las &uacute;nicas muestras de emoci&oacute;n por
+la muerte de su padre.</p>
+
+<p>&mdash;Luis&mdash;dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,&mdash;sigue tu
+carrera: despu&eacute;s ir&aacute;s al extranjero. Estudia... no vaciles ante los
+gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu
+padre.</p>
+
+<p>Y Aresti vivi&oacute; tres a&ntilde;os en Par&iacute;s, hizo la vida de estudiante en el
+Barrio Latino, fu&eacute; interno en los hospitales, al lado de los m&aacute;s
+c&eacute;lebres cirujanos, y la fama de sus estudios lleg&oacute; hasta Bilbao antes
+que &eacute;l regresase. Cuando volvi&oacute;, su carrera estaba hecha, entrando en su
+prestigio lo mismo el &eacute;xito de sus operaciones que la calidad de
+pariente de S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>Su primo hab&iacute;a realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos
+hornos de fundici&oacute;n junto &aacute; la r&iacute;a, casi todo el mineral de Vizcaya
+monopolizado por &eacute;l, y el dinero acudiendo &aacute; sus manos, embriag&aacute;ndolo
+con la borrachera de la fortuna.</p>
+
+<p>La madre de Aresti hab&iacute;a muerto mientras &eacute;l estaba en Par&iacute;s: hab&iacute;a
+languidecido, como su cu&ntilde;ado, en aquel ambiente de grandeza que la
+asustaba. El joven doctor no ten&iacute;a otra familia que la de su primo y se
+instal&oacute; en su casa. Cristina, que hab&iacute;a tenido una hija y por los
+cuidados de la maternidad sal&iacute;a poco de casa, acogi&oacute; bien al doctor. La
+acompa&ntilde;aba tardes enteras habl&aacute;ndola de Par&iacute;s, la famosa ciudad del
+pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo
+hab&iacute;a entrevisto en un r&aacute;pido viaje de bodas. De toda la familia del
+marido, Aresti era el &uacute;nico que lograba despertar en ella cierta
+simpat&iacute;a. Adem&aacute;s, S&aacute;nchez Morueta siempre estaba ausente; s&oacute;lo le ve&iacute;a
+por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su
+pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entreten&iacute;a, se
+enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba
+consejos acerca de vestidos y joyas, recordando <i>in mente</i> sus tratos
+con ciertas amigas de Par&iacute;s, encargaba para ella peri&oacute;dicos de modas, y
+halagaba su vanidad, afirmando que era la se&ntilde;ora mejor vestida de
+Bilbao.</p>
+
+<p>Cristina s&oacute;lo torc&iacute;a el gesto y parec&iacute;a enfadarse con el doctor cuando &aacute;
+&eacute;ste se le escapaba alguna afirmaci&oacute;n imp&iacute;a, &oacute; cuando, sin darse cuenta
+de ello, se burlaba de la devoci&oacute;n de las se&ntilde;oras y de los predicadores
+que el entusiasmo de todas ellas pon&iacute;a en boga. Eran resabios, seg&uacute;n
+Cristina, de su permanencia en un pa&iacute;s de vicios, donde se piensa poco
+en Dios. &iquest;No pod&iacute;a estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesu&iacute;tas,
+sin separarse por eso de la religi&oacute;n? Deb&iacute;a sentar la cabeza, y para
+esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la
+tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones,
+se dedic&oacute; &aacute; proponer &aacute; Luis todas las j&oacute;venes casaderas que conoc&iacute;a,
+enumerando sus m&eacute;ritos entre las risas y protestas del doctor.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a, le habl&oacute; con gran decisi&oacute;n. Ninguna le conven&iacute;a como la peque&ntilde;a
+de Lizamendi. La mam&aacute; era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana,
+emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas,
+aunque mejor se hab&iacute;an visto en otros tiempos; el padre hab&iacute;a gastado
+mucho en la guerra, arruin&aacute;ndose por la buena causa, como todas las
+familias decentes del pa&iacute;s. Y Cristina daba &aacute; entender en su gesto la
+diferencia inabordable que a&uacute;n exist&iacute;a para ella, entre la aristocracia
+antigua, defensora de la tradici&oacute;n, y aquella otra reci&eacute;n formada &eacute; hija
+de la fortuna, &aacute; la cual se hab&iacute;a dignado descender.</p>
+
+<p>Aresti se vi&oacute; asediado por su parienta. La peque&ntilde;a de Lizamendi no le
+parec&iacute;a mal. La mam&aacute; aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el
+doctor encontraba &aacute; las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el
+sal&oacute;n de su casa. Al fin acab&oacute; por ceder &aacute; los reiterados consejos de su
+prima, que parec&iacute;an apoyados por el silencio y la mirada tranquila de
+S&aacute;nchez Morueta. Si hab&iacute;a de casarse, no era mala <i>proporci&oacute;n</i> la de
+Lizamendi. &Eacute;l hab&iacute;a so&ntilde;ado algunas veces con la tranquila existencia de
+familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la
+profesi&oacute;n, encontrando, al volver &aacute; casa una boca sonriente que le
+besase, unos brazos que vinieran &aacute; sorprenderle con repentina caricia,
+mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien ve&iacute;a &eacute;l que
+Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la
+mayor&iacute;a de las ni&ntilde;as de su clase, con una instrucci&oacute;n de monja, sin m&aacute;s
+horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias &aacute; la
+iglesia. Pero &eacute;l despertar&iacute;a aquella alma; &eacute;l la formar&iacute;a &aacute; su imagen y
+semejanza. &iexcl;Infeliz doctor!...</p>
+
+<p>Al recordar este per&iacute;odo de su pasado, Aresti sonre&iacute;a amargamente,
+burl&aacute;ndose de su optimismo. &iexcl;Cambiar &eacute;l &aacute; su mujer! &iexcl;Transformarla!....
+&Eacute;l era quien hab&iacute;a estado pr&oacute;ximo &aacute; anularse, &aacute; desaparecer aplastado en
+el engranaje lento y mon&oacute;tono de esa vida gris de las almas muertas. Se
+casaron, y Aresti se traslad&oacute; &aacute; la casa de su mujer. La madre no quer&iacute;a
+separarse de la hija; adem&aacute;s, la familia, como ella dec&iacute;a, necesitaba un
+hombre para mayor respeto. El joven m&eacute;dico crey&oacute; de buena fe que estaba
+enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilba&iacute;na, la acompa&ntilde;aba &aacute;
+todas partes, hac&iacute;a esfuerzos por avivar el cari&ntilde;o conyugal, por
+fundirse moralmente con aquella mu&ntilde;eca que se le hab&iacute;a entregado, y que
+una vez cumplidos los deberes conyugales, quer&iacute;a seguir su vida de
+visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la
+otra hermana eran un perpetuo obst&aacute;culo, tras el cual se ocultaba la
+esposa. Lentamente se ve&iacute;a Aresti empujado &aacute; un mundo nuevo que no era
+de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia
+dispon&iacute;a de &eacute;l como de un objeto de lujo que la daba cierta distinci&oacute;n.
+Si en un convento hab&iacute;a una monja enferma de gravedad, si un padre
+jesu&iacute;ta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban &aacute;
+Luis, con indicaciones que eran &oacute;rdenes, contentas de poder servir
+gratuitamente &aacute; los elegidos del Se&ntilde;or. El m&eacute;dico racionalista se ve&iacute;a
+convertido por su familia en un trotaconventos, curando &aacute; gentes que
+insultaban su ciencia despu&eacute;s de aprovecharla y no perd&iacute;an ocasi&oacute;n de
+darle las gracias ech&aacute;ndole en cara su falta de religiosidad. &iquest;D&oacute;nde
+estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? &iquest;D&oacute;nde
+aquella mujer enamorada y entusiasta que le hab&iacute;a de ayudar con su
+dulzura en las &aacute;speras investigaciones de la ciencia?...</p>
+
+<p>Aresti, &aacute; los dos a&ntilde;os de casado, adquiri&oacute; la convicci&oacute;n de que su
+esposa no le amaba. Es m&aacute;s: le sirvi&oacute; de consuelo la certidumbre de que
+ella no pod&iacute;a amar &aacute; nadie. La iglesia, la confesi&oacute;n con el padre de
+moda, un buen vestido para dar envidia &aacute; las amigas y el visiteo entre
+mujeres, lejos del hombre que no era m&aacute;s que el macho destinado &aacute; los
+negocios y &aacute; traer dinero &aacute; casa; estas eran todas las aspiraciones de
+su vida. Adem&aacute;s, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su
+mujer extra&ntilde;as influencias que ven&iacute;an de fuera. En su casa, &aacute; solas con
+Antonieta, present&iacute;a la existencia de invisibles fantasmas que le
+espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que &aacute; cada arranque de
+pasi&oacute;n parec&iacute;an interponerse entre su mujer y &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; est&aacute;s siempre leyendo?&mdash;preguntaba &aacute; veces la joven.&mdash;&iexcl;Ay,
+esos libros! &iexcl;Con qu&eacute; gusto los quemar&iacute;a!</p>
+
+<p>Con frecuencia, ech&aacute;bale en cara su falta de religiosidad; le o&iacute;a con
+sonrisa de l&aacute;stima, hablar de sus entusiasmos cient&iacute;ficos, pensando en
+los fragmentos de serm&oacute;n que hab&iacute;a escuchado contra aquella ciencia
+malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le her&iacute;an
+menos en sus ilusiones. &iexcl;Estaba solo! M&aacute;s solo que cuando viv&iacute;a en
+Par&iacute;s, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se
+acentuaba entre &eacute;l y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos
+de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias &oacute; las
+artes, pero que en presencia de los se&ntilde;ores recobraban su humilde
+condici&oacute;n, y segu&iacute;an siendo esclavos.</p>
+
+<p>Al intentar una d&eacute;bil protesta, se aterraba apreciando la separaci&oacute;n
+moral que exist&iacute;a entre &eacute;l y su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotras somos as&iacute;&mdash;dec&iacute;a con altivez.&mdash;Cada uno es como se ha
+educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.</p>
+
+<p>La madre y la hermana iban m&aacute;s lejos.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotras somos las de Lizamendi&mdash;le dec&iacute;an con arrogancia.&mdash;&iquest;Y qui&eacute;n
+eres t&uacute;? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la r&iacute;a.</p>
+
+<p>Y con un gesto de soberbia, parec&iacute;an abrir entre ellas y el m&eacute;dico un
+abismo que nunca hab&iacute;a de llenarse, que le condenaba &aacute; eterna separaci&oacute;n
+de lo que &eacute;l consideraba su familia.</p>
+
+<p>&iexcl;Cu&aacute;ntas veces, creyendo acariciar &aacute; una mujer, besaba &aacute; una estatua
+fr&iacute;a que se entregaba &aacute; &eacute;l con rigidez de aut&oacute;mata! Las preocupaciones
+religiosas, llegaban hasta su dormitorio. &laquo;D&eacute;jame, Luis&mdash;dec&iacute;a su
+esposa&mdash;ma&ntilde;ana tengo comuni&oacute;n en las Hijas de Mar&iacute;a, y necesito hacer
+examen de conciencia&raquo;. Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extend&iacute;a
+hasta la vida conyugal. Aresti se dec&iacute;a amargamente que su mujer no era
+suya, que dispon&iacute;a de ella menos que &aacute; medias, comparti&eacute;ndola en una
+especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas
+conoc&iacute;a. A veces, Antonieta, en sus momentos de c&oacute;lera, ten&iacute;a franquezas
+que asustaban al doctor. &laquo;Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la
+Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... &iexcl;Ay, Luis!
+&iexcl;C&oacute;mo te amar&iacute;a si echases &aacute; rodar todos esos libros y fueses &aacute; la
+Iglesia como van las personas decentes!&raquo;.... Con gran frecuencia notaba
+en su despacho la desaparici&oacute;n de revistas y libros, que tal vez
+estar&iacute;an en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba
+sus acciones.</p>
+
+<p>Lo que le hac&iacute;a perder la calma era la insolencia con que la suegra y la
+cu&ntilde;ada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio
+hostil de su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero qui&eacute;n eres t&uacute;?&mdash;le dijeron un d&iacute;a.&mdash;Un pobret&oacute;n que, aunque
+ganas algo, casi est&aacute;s mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre
+en casa del gabarrero nosotras &eacute;ramos m&aacute;s ricas que hoy. No sirves para
+otra cosa que para tragarte libros imp&iacute;os y repetir sandeces de
+fil&oacute;sofos contra Dios y la religi&oacute;n. &iexcl;Si al menos supieras ganar dinero
+como tu primo S&aacute;nchez Morueta!...</p>
+
+<p>Aresti no quiso sufrir m&aacute;s. &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a entre aquella gente? Por m&aacute;s
+tiempo que transcurriera, por m&aacute;s que se mantuviese en resignada
+sumisi&oacute;n nunca llegar&iacute;a &aacute; fundirse con su nueva familia.</p>
+
+<p>Entonces fu&eacute; cuando pidi&oacute; &aacute; su primo que le enviara de m&eacute;dico &aacute; las
+minas, y, empaquetando los libros que constitu&iacute;an su &uacute;nica fortuna,
+sali&oacute; de aquella casa lo mismo que hab&iacute;a entrado. &iexcl;Ay, lo mismo no!
+Hab&iacute;a sacrificado su porvenir; hab&iacute;a sufrido dos a&ntilde;os de amargas
+humillaciones; ya no pod&iacute;a dignamente unir su destino al de otra mujer
+dentro de una sociedad gobernada por las leyes m&aacute;s que por los efectos.
+Adem&aacute;s, dejaba &aacute; sus espaldas &aacute; las tres se&ntilde;oras de Lizamendi, que, para
+justificar la fuga del doctor, hablaban &aacute; todos de la groser&iacute;a de su
+car&aacute;cter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas imp&iacute;as.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de esta fuga, la esposa de S&aacute;nchez Morueta, casi rompi&oacute; toda
+relaci&oacute;n con el doctor. Hablaba indignada de &eacute;l &aacute; su marido. &iexcl;Dejar as&iacute;
+&aacute; la pobre Antonieta, que era un &aacute;ngel, un modelo de virtud y devoci&oacute;n
+como todas las mujeres de la familia!... Fu&eacute; preciso que S&aacute;nchez
+Morueta, con su grave autoridad que no admit&iacute;a r&eacute;plicas, manifestase su
+prop&oacute;sito de seguir recibiendo &aacute; Aresti en su casa, para que la esposa
+se contuviera ante el doctor. Pero termin&oacute; entre los dos la antigua
+amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar &aacute; Bilbao,
+sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.</p>
+
+<p>Cuando S&aacute;nchez Morueta abandon&oacute; la villa para habitar su hotel de Las
+Arenas, Aresti fu&eacute; &aacute; verle con m&aacute;s frecuencia. Le interesaba su sobrina
+Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en
+estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cort&eacute;s en
+apariencia, pero implacablemente hostil de la se&ntilde;ora, que as&iacute; como
+avanzaba en edad, adquir&iacute;a fama en Bilbao por sus entusiasmos
+religiosos. La maternidad y los a&ntilde;os, la hac&iacute;an retirarse de la
+ostentaci&oacute;n elegante, abdicar de la supremac&iacute;a que ejerc&iacute;a en las
+tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban ir&oacute;nicamente
+&laquo;la gran cristiana&raquo;, y era la primera en todas las juntas de las
+asociaciones religiosas y p&iacute;as fundaciones, sembrando &aacute; manos llenas,
+en cofrad&iacute;as y conventos, el dinero de S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>Aresti, al llegar &aacute; este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su
+primo, sentado junto &aacute; &eacute;l en el carruaje. &iexcl;Ay! Aquel tampoco era
+dichoso. La suerte le esperaba todos los d&iacute;as &aacute; la puerta de su casa,
+para acompa&ntilde;arlo por el mundo, pero no le segu&iacute;a hasta el interior de su
+hogar. No se ve&iacute;a obligado &aacute; romper como &eacute;l con la familia, porque el
+dinero le daba una superioridad irresistible, poni&eacute;ndolo &aacute; cubierto de
+humillaciones; porque con un pu&ntilde;ado de su riqueza, esparcida sin
+regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba
+obligado &aacute; hacer vida com&uacute;n. Pero se sent&iacute;a solo: se notaba la amargura
+del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegr&iacute;a
+moment&aacute;nea que experimentaba al ver &aacute; su primo, el &uacute;nico que lograba
+ablandar su car&aacute;cter hura&ntilde;o, excitando sus confidencias.</p>
+
+<p>El carruaje hab&iacute;a dejado atr&aacute;s la d&aacute;rsena de Axpe, llena de vapores que
+esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dorm&iacute;an en las
+aguas muertas. Era el hospital de los barcos, seg&uacute;n palabras de Iriondo.
+En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de
+Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para
+resguardar los dorados y las maderas preciosas de las c&aacute;maras. El
+millonario lanz&oacute; al pasar una mirada melanc&oacute;lica sobre su yate enorme y
+gallardo, una mirada en la que vi&oacute; Aresti la nostalgia de la vida del
+mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias
+y preocupaciones terrestres.</p>
+
+<p>Se aproximaban &aacute; Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte
+con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos
+hornos de S&aacute;nchez Morueta elevaban sus torreones de fundici&oacute;n, sus
+numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los
+extensos cobertizos not&aacute;base el hormigueo de varios miles de obreros.
+Llegaban arrollados por el viento los estr&eacute;pitos de la industria, el
+martilleo poderoso, los resoplidos de las m&aacute;quinas, el mugido de los
+convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su
+chorro de chispas y escorias.</p>
+
+<p>Aresti admiraba esta grandeza industrial. &iexcl;Todo era obra de su primo!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; hermoso!&mdash;exclam&oacute; dando con el codo al millonario y mostr&aacute;ndole
+sus fundiciones.&mdash;&iexcl;Y pensar que de peque&ntilde;o has correteado entre los
+chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. &iquest;Hay alguien m&aacute;s
+feliz que t&uacute;?...</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta mir&oacute; un instante &aacute; su primo, con inquietud, como si
+temiera que se burlase. Despu&eacute;s a&ntilde;adi&oacute; con voz lenta:</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A
+m&iacute; me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve....
+Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+
+<p>Fu&eacute; una &laquo;comida &iacute;ntima&raquo; la que di&oacute; S&aacute;nchez Morueta por ser sus d&iacute;as. No
+estaban en el comedor otras se&ntilde;oras que la esposa del millonario y su
+hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capit&aacute;n
+Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero
+director de los altos hornos, &oacute; parientes de la familia como el doctor
+Aresti y Ferm&iacute;n Urquiola.</p>
+
+<p>Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de
+la se&ntilde;ora, aunque S&aacute;nchez Morueta no mostraba por &eacute;l gran simpat&iacute;a. Era
+un antiguo disc&iacute;pulo de Deusto, que, despu&eacute;s de abandonar la
+Universidad, segu&iacute;a &aacute; las &oacute;rdenes de los Padres de la Compa&ntilde;&iacute;a lo mismo
+que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba
+&aacute; s&iacute; misma distinguida, admir&aacute;bale por su fuerza muscular y el
+entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era
+el organizador y el hombre de acci&oacute;n de todas las asociaciones piadosas.
+Su ideal consist&iacute;a en tener &aacute; los <i>liberalitos</i> en un pu&ntilde;o y no dejar
+que las gentes de la Maketania se apoderasen del pa&iacute;s. Pasaba en Bilbao
+por ser uno de los j&oacute;venes m&aacute;s elegantes, pero cuando llegaban luchas
+electorales, se le ve&iacute;a con la boina sobre los ojos, empu&ntilde;ando un enorme
+garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La
+rizosa y poblada barba, la nariz aguile&ntilde;a y pesada y sus ojos negros de
+bohemio, d&aacute;banle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las
+hac&iacute;a recordar la cara adorada de su &iacute;dolo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Se le parece al se&ntilde;or!...&mdash;murmuraban.&mdash;Tiene toda la cara de don
+Carlos.</p>
+
+<p>Y &aacute; Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la m&aacute;s
+leve ofensa, le satisfac&iacute;a que los partidarios, por exceso de
+entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amor&iacute;os del
+fugitivo rey de las monta&ntilde;as. Su familia, arruinada por la guerra,
+apenas si le hab&iacute;a dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se
+ayudaba buscando la protecci&oacute;n de las familias m&aacute;s linajudas de Bilbao,
+que ve&iacute;an en &eacute;l un acabado ejemplar de la juventud sana educada en
+Deusto. Alborotaba en las luchas pol&iacute;ticas, llevando &aacute; ellas la misma
+violencia de su partido cuando se bat&iacute;a en los montes. Por las noches
+mezcl&aacute;base en los esc&aacute;ndalos de ciertas casas del barrio de San
+Francisco, donde ejerc&iacute;a alguna superioridad sobre las infelices
+mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda
+sobre su nacimiento que le convert&iacute;a casi en un pr&iacute;ncipe. Los amigos
+ten&iacute;an fe en su porvenir. Los padres de Deusto le proteg&iacute;an, sonriendo
+ben&eacute;volamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:
+ya le casar&iacute;an ventajosamente y ser&iacute;a un modelo de caballeros cristinos.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta le ve&iacute;a en su casa con disgusto, pero no osaba
+manifestarlo claramente por consideraci&oacute;n &aacute; do&ntilde;a Cristina, que parec&iacute;a
+orgullosa de su sobrino.</p>
+
+<p>&mdash;Este animal viene indudablemente por Pepita&mdash;dec&iacute;a Aresti, &aacute; quien
+interesaba Urquiola como un ejemplar raro de ego&iacute;smo y brutalidad.</p>
+
+<p>Y se fijaba en su sobrina, la cual, &aacute; pesar de las insinuaciones de la
+madre, mostraba m&aacute;s inclinaci&oacute;n por Sanabre, el ingeniero de los altos
+hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parec&iacute;an
+intimidarla. Gustaba la joven de saber por &eacute;l todo cuanto pudiera
+molestar &aacute; sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que
+proyectaban los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a para entretener y conservar bajo
+su dominio &aacute; una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos
+temas, la joven se alejaba de &eacute;l y permanec&iacute;a silenciosa, como
+abroquelada por la instintiva repulsi&oacute;n que parec&iacute;a inspirarle el famoso
+disc&iacute;pulo de Deusto.</p>
+
+<p>Aresti ve&iacute;a en su sobrina la ni&ntilde;a rica de las familias de su tierra;
+educada primero por las monjas y dirigida despu&eacute;s por el confesor hasta
+en los hechos m&aacute;s peque&ntilde;os de su existencia; con la voluntad adormecida,
+y considerando como un pecado, el m&aacute;s leve intento de iniciativa
+propia.</p>
+
+<p>El doctor reconoc&iacute;a que no era gran cosa como mujer: la alegr&iacute;a de la
+juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de
+muchacha sana en la que todos los encantos femeniles est&aacute;n a&uacute;n
+recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma
+definitiva. A trav&eacute;s de su belleza en agraz, adivin&aacute;base el esqueleto
+fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus
+brazos delicados, hab&iacute;a mucho de S&aacute;nchez Morueta. Era la primera
+evoluci&oacute;n de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el
+bienestar, guardando a&uacute;n los signos de su origen.</p>
+
+<p>Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia reci&eacute;n
+creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo
+y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la
+envidia ajena. La hija de S&aacute;nchez Morueta era tan admirada como su
+padre, cuando iba &aacute; Bilbao &aacute; o&iacute;r misa en la iglesia de los jesu&iacute;tas &oacute;
+asist&iacute;a por las tardes &aacute; las conferencias de las Hijas de Mar&iacute;a. Los
+j&oacute;venes salidos de Deusto hablaban con fruici&oacute;n de ella y de los
+millones del padre. &laquo;&iexcl;Qu&eacute; magn&iacute;fico bocado!&raquo; Y cada uno acariciaba la
+posibilidad de que le tocase la loter&iacute;a del matrimonio, en un pa&iacute;s donde
+casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios
+vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de
+alg&uacute;n padre jesu&iacute;ta.</p>
+
+<p>La comida desliz&aacute;base placenteramente. Todos sent&iacute;an la dulzura del
+bienestar, la satisfacci&oacute;n de la vida, en aquel comedor, al que daban,
+el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresi&oacute;n de
+suntuosidad discreta y se&ntilde;orial. Las grandes piezas del servicio luc&iacute;an
+su brillo mate de plata vieja y s&oacute;lida, trabajada &aacute; martillo. Por las
+vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento,
+las verdes copas de los &aacute;rboles del jard&iacute;n. La mesa era servida por
+criadas j&oacute;venes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y
+rojas como melocotones, daban una impresi&oacute;n de perfume primaveral
+semejante al de las flores que adornaban la mesa.</p>
+
+<p>Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hac&iacute;a mucho tiempo que no la
+hab&iacute;a visto tan amable. Ni la m&aacute;s leve alusi&oacute;n &aacute; las de Lizamendi; ni
+una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradec&iacute;a la visita que
+por la ma&ntilde;ana hab&iacute;a hecho &aacute; Bego&ntilde;a. El doctor, examin&aacute;ndola, encontraba
+en ella algo de monacal, &aacute; pesar de que en honor al d&iacute;a se hab&iacute;a
+cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero hab&iacute;a en &eacute;l
+cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual
+recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella
+los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de
+la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.</p>
+
+<p>&mdash;Esta se entrega&mdash;pensaba Aresti.&mdash;Huele &aacute; incienso como las otras.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico atra&iacute;a las miradas y las preguntas de todos los convidados.
+Era un original que despertaba inter&eacute;s, viviendo como un solitario en la
+monta&ntilde;a, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con
+cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos &aacute; Aresti
+como si fuese un viajero de vuelta de una exploraci&oacute;n por pa&iacute;ses
+salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se
+presentaban ante muchos de ellos como un pa&iacute;s lejano, que serv&iacute;a para
+enriquecer &aacute; los potentados de la villa, pero al cual s&oacute;lo se asomaban
+alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de
+trabajo rudo y aquellas <i>chabolas</i>, donde dorm&iacute;an amontonados los
+hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias
+con tocino, sent&iacute;an la voluptuosidad del ego&iacute;smo. El comedor les parec&iacute;a
+m&aacute;s hermoso, y sonre&iacute;an al desfile de manjares, &aacute; las <i>angulas</i> del
+pa&iacute;s, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, &aacute; los platos
+extranjeros que nunca faltaban en la cocina de S&aacute;nchez Morueta y &aacute; la
+fila de copas de diversas formas y colores que cada uno ten&iacute;a delante, y
+en las cuales iban cayendo los vinos m&aacute;s diversos, desde el <i>Tokay</i> y el
+<i>Chablis</i> del principio de la comida, hasta el <i>Cord&oacute;n Rouge</i> y el
+<i>Pomery</i>, que servir&iacute;an al final.</p>
+
+<p>Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el
+caf&eacute; &oacute; en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud
+piadosa y elegante que le ten&iacute;a por capit&aacute;n. &Eacute;l no era enemigo del
+pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre
+escrib&iacute;a enc&iacute;clica sobre enc&iacute;clica en favor de los obreros. Pero el
+pueblo era para &eacute;l, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con
+el cura y el se&ntilde;or, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen
+&aacute; &eacute;l las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas
+costumbres, sin m&aacute;s diversi&oacute;n que bailar el <i>aurrescu</i> los domingos y la
+<i>espata danza</i> en las fiestas del patr&oacute;n, ni otros vicios que empinar un
+poco el codo en las romer&iacute;as. Aquella gente viv&iacute;a feliz en su estado,
+sin so&ntilde;ar en <i>repartos</i> ni en revoluciones; antes bien, dispuesta &aacute; dar
+su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen &aacute; &eacute;l del
+populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las
+provincias, <i>maketos</i> llegados en invasi&oacute;n, trayendo con ellos lo peor
+de Espa&ntilde;a, contaminando con sus vicios la pureza del pa&iacute;s; siempre
+descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los
+ricos y comparando su miseria con el bienestar de los dem&aacute;s, como si
+hasta en el cielo no existiesen categor&iacute;as y clases.</p>
+
+<p>Y ante la mirada acariciadora de su t&iacute;a, que admiraba sus ardorosas
+palabras, continu&oacute; el fuerte disc&iacute;pulo de Deusto:</p>
+
+<p>&mdash;Los m&iacute;os no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y dem&aacute;s
+zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi
+todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ans&iacute;a bajar un
+d&iacute;a &aacute; Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos &aacute; tiros.</p>
+
+<p>Aresti volvi&oacute;se hacia su primo, que com&iacute;a silencioso, lanzando alguna
+que otra mirada al sobrino de su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te parece, Pepe, c&oacute;mo piensan estos j&oacute;venes?</p>
+
+<p>Y encar&aacute;ndose con Urquiola, le dijo con una timidez ir&oacute;nica, dando &aacute;
+entender su deseo de rehuir discusiones con &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;Pues esa piller&iacute;a venida de... Espa&ntilde;a; ese reba&ntilde;o <i>maketo</i> y pecador,
+es el que trabaja y da prosperidad &aacute; Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo
+en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral &iquest;qu&eacute; ser&iacute;a de esta
+tierra? Los buenos, los del pa&iacute;s, no hacemos m&aacute;s que vigilar su trabajo
+y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aqu&iacute; antes que ellos
+llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados &aacute;
+Am&eacute;rica para mantener &aacute; los blancos. Vienen empujados por la miseria, y
+ya que no podemos agradecer su sacrificio con el l&aacute;tigo, les pagamos con
+malas palabras.</p>
+
+<p>Urquiola encabrit&aacute;base ante las palabras desde&ntilde;osas del doctor.
+Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneraci&oacute;n: la prueba
+era que no ahorraban, que no hac&iacute;an el menor esfuerzo por salir de su
+estado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;El ahorro!&mdash;exclam&oacute; Aresti.&mdash;&iexcl;Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos
+cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma
+clase que les explotan en el alimento y en la casa!...</p>
+
+<p>&mdash;Eso no&mdash;intervino S&aacute;nchez Morueta, con autoridad.&mdash;Ya sabes, Luis, que
+no estoy conforme con tus ideas. El obrero espa&ntilde;ol es v&iacute;ctima de la
+imprevisi&oacute;n. En otros pa&iacute;ses es distinto: el trabajador se forma un
+peque&ntilde;o capital para la vejez...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah! En otros pa&iacute;ses ocurre lo que aqu&iacute;. Y lo que hace que el obrero
+moderno sea rebelde y se entregue &aacute; la lucha de clase, es la convicci&oacute;n
+de que, por m&aacute;s que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldr&aacute; de su
+miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de
+trabajo rudimentario, de industria dom&eacute;stica, a&uacute;n pod&iacute;a so&ntilde;ar con
+hacerse patrono; pod&iacute;a con sus ahorros adquirir los &uacute;tiles necesarios y
+convertir su casa en un peque&ntilde;o taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que
+ayune un obrero tuyo, amasando c&eacute;ntimo sobre c&eacute;ntimo, &iquest;llegar&aacute; &aacute; ser
+accionista de tus fundiciones? &iquest;podr&aacute; adquirir un pedazo de las minas,
+con todo el material necesario para la explotaci&oacute;n?</p>
+
+<p>&mdash;Eso est&aacute; bien&mdash;arguy&oacute; Urquiola con acento triunfante.&mdash;Este doctor
+dice &aacute; veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos
+tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que
+volver &aacute; la &eacute;poca en que no hab&iacute;a progreso y los hombres viv&iacute;an
+tranquilos.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta mir&oacute; al joven con unos ojos que alarmaron &aacute; do&ntilde;a
+Cristina, haci&eacute;ndola temer por su sobrino.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es una majader&iacute;a&mdash;dijo con calmosa gravedad.&mdash;Eso s&oacute;lo puede
+decirse &aacute; la salida de Deusto. &iexcl;Suprimir el progreso porque trae algunas
+complicaciones!...</p>
+
+<p>Y aquel hombre siempre silencioso, habl&oacute; lentamente, pero con gran
+energ&iacute;a. Era un admirador religioso del capital. Aresti conoc&iacute;a su
+entusiasmo fr&iacute;o y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los
+descubrimientos industriales, hab&iacute;a revolucionado el mundo. El
+millonario era &aacute; modo de un poeta del capital, y sacudiendo su
+ensimismamiento, rompi&oacute; en un himno &aacute; aquella fuerza casi sagrada,
+puesta en manos de contad&iacute;simos iniciados. Cierto, que el trabajo, que
+era un auxiliar indispensable, sufr&iacute;a crisis y miserias, &iquest;pero por esto
+hab&iacute;a que renegar del progreso, leg&iacute;timo hijo del capitalismo
+industrial? La gran revoluci&oacute;n moderna era obra de la religi&oacute;n del
+dinero, en la cual figuraba S&aacute;nchez Morueta como el m&aacute;s ferviente
+devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, hab&iacute;a multiplicado
+los productos, y disminuido su valor, poni&eacute;ndolos as&iacute; al alcance de la
+mayor&iacute;a, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba
+de comodidades que no hab&iacute;an conocido los ricos de otros tiempos. El
+capital al servicio de la industria hab&iacute;a civilizado territorios
+salvajes, hab&iacute;a destruido fronteras hist&oacute;ricas, estableciendo mercados
+en todo el globo: &eacute;l era quien surcaba las tierras v&iacute;rgenes con los
+rails de los ferrocarriles, quien remov&iacute;a los mares para tender los
+cables telegr&aacute;ficos, quien pon&iacute;a en comunicaci&oacute;n los productos de uno y
+otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las
+grandes hambres que hab&iacute;an hecho rugir &aacute; la humanidad en otros siglos.
+Los poderes hist&oacute;ricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los
+reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de
+guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes
+ej&eacute;rcitos, ten&iacute;an que mendigar en sus apuros &aacute; los capitalistas ocultos
+en sus escritorios. Detr&aacute;s de los imperios victoriosos estaban ocultos
+los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo &aacute;
+la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran rep&uacute;blica de los
+capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, due&ntilde;a de
+la suerte del mundo. Y lo que m&aacute;s entusiasmaba &aacute; S&aacute;nchez Morueta, en
+esta secta oculta de universal poder&iacute;o, era que s&oacute;lo &aacute; la capacidad le
+estaba reservado entrar en ella. La jerarqu&iacute;a industrial no era como las
+dominaciones sacerdotales &oacute; guerreras del pasado, en las que se figuraba
+sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de
+capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo,
+aprovechando los residuos de su desgracia, ven&iacute;a &aacute; iniciarse en la
+poderosa secta. &iquest;D&oacute;nde encontrar una instituci&oacute;n tan grande y poderosa y
+&aacute; la par tan <i>democr&aacute;tica</i> y modesta? &iquest;Y hab&iacute;a locos que ped&iacute;an la
+muerte &oacute; la modificaci&oacute;n de una fuerza que hab&iacute;a transformado la
+Tierra?...</p>
+
+<p>Aresti protest&oacute;. &Eacute;l reconoc&iacute;a las grandezas del r&eacute;gimen capitalista, las
+ventajas sociales que hab&iacute;a reportado &aacute; la humanidad con el auxilio del
+trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios.
+Pero el trabajo &iquest;ve&iacute;a recompensados igualmente sus esfuerzos? &iquest;No se
+encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse &aacute;
+principios del siglo XIX la gran revoluci&oacute;n industrial?</p>
+
+<p>&mdash;Eso es un error, Luis&mdash;dijo el millonario.&mdash;El trabajo est&aacute; mejor que
+nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el
+inter&eacute;s del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones
+obreras el tipo de los jornales.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah!&mdash;dijo el doctor con gesto de desprecio.&mdash;&iexcl;El aumento de unos
+reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada
+sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal
+equilibrio, aument&aacute;ndose el precio de los productos, y el trabajador,
+con m&aacute;s dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios
+de postura, creyendo enga&ntilde;ar con ellos &aacute; la enfermedad. Al trabajador de
+nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en
+esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el
+sitio que le corresponde, ser due&ntilde;o de lo que produce.</p>
+
+<p>Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor.
+Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el &uacute;nico que
+sonre&iacute;a con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella
+cuesti&oacute;n.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina, temiendo que la pol&eacute;mica acabase por turbar la placidez
+de la comida, intervino, preguntando &aacute; Aresti por sus amigos de
+Gallarta. Pepita apoy&oacute; &aacute; su madre. La gustaba conocer las
+excentricidades de aquellos contratistas que no sab&iacute;an en qu&eacute; emplear su
+riqueza. Re&iacute;a con alegr&iacute;a de ni&ntilde;a educada aristocr&aacute;ticamente, al
+enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la v&iacute;spera,
+que, no hac&iacute;an m&aacute;s que seguirlas huellas de su padre.</p>
+
+<p>Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave iron&iacute;a, describi&oacute; los
+banquetes pantagru&eacute;licos de las minas, con sus lluvias de <i>Cord&oacute;n
+Rouge</i>. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos
+originales aquellos ricos, que a&uacute;n guardaban la boina y los zapatones
+del obrero. Bajaban &aacute; la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes
+de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo m&aacute;s extravagante y
+chill&oacute;n, todo lo que en almacenes y tiendas no sab&iacute;an &aacute; qui&eacute;n colocar;
+muebles complicados y bizarros que se cubr&iacute;an de polvo de mineral, sin
+que sus due&ntilde;os osasen acercarse &aacute; ellos, por miedo &aacute; deslucirlos. Cada
+vez que el doctor, despu&eacute;s de una visita, quer&iacute;a lavarse las manos,
+quedaba asombrado ante las toallas con m&aacute;s colores que el iris, y las
+pastillas de jab&oacute;n en forma de tigre &oacute; de lagarto que parec&iacute;an
+fabricadas para reyezuelos del &Aacute;frica. Todos se extasiaban ante el
+asombro del m&eacute;dico, acept&aacute;ndolo como una admiraci&oacute;n muda. Algunos, como
+recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual
+si fuese un tesoro. Realizaban la ilusi&oacute;n acariciada tantas veces en su
+&eacute;poca de pobreza. &laquo;Pru&eacute;belo, doctor: es de lo m&aacute;s selecto de la Rioja: &aacute;
+tantos duros la arroba.&raquo; Otros se cubr&iacute;an de brillantes las manos y el
+pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si
+fuesen animalillos delicados y fr&aacute;giles que al menor roce se pod&iacute;an
+desvanecer. No osaban rascarse porque, seg&uacute;n ellos, el pelo rayaba y
+desluc&iacute;a las joyas.</p>
+
+<p>Y en su vida mon&oacute;tona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin
+otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un
+nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educaci&oacute;n de los hijos. Los
+enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen &aacute; los
+se&ntilde;ores de la villa. Los padres los quer&iacute;an ingenieros, como los
+ingleses que ven&iacute;an &aacute; explotar las minas: las madres los so&ntilde;aban
+elegantes, y de cuerpo delicado, como los se&ntilde;oritos que hac&iacute;an la parada
+en la acera del <i>boulevard</i> del Arenal. Unos enviaban sus hijos &aacute;
+Francia; otros &aacute; Suiza; el vecino de m&aacute;s all&aacute;, guiado por el deseo de
+excitar la envidia del compa&ntilde;ero, empaquetaba su descendiente para
+Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volv&iacute;an de all&aacute;
+revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haci&eacute;ndose admirar
+por los trajes, y asombrando &aacute; sus madres con la costumbre del <i>tub</i>,
+del ba&ntilde;o diario, del duchazo &aacute; cada momento, lo que escandalizaba &aacute; unas
+gentes que en su juventud dorm&iacute;an vestidas. Pero los instintos
+hereditarios reaccionaban en todos aquellos reto&ntilde;os de la monta&ntilde;a:
+resucitaba en ellos el gusto &aacute; la antigua vida y poco &aacute; poco abandonaban
+los trajes ex&oacute;ticos, agarraban la escopeta y volv&iacute;an, como sus padres, &aacute;
+las comilonas, &aacute; la caza y hablar de ganancias de miles de duros,
+acord&aacute;ndose de su educaci&oacute;n extranjera como de un sue&ntilde;o.</p>
+
+<p>La apuesta era la pasi&oacute;n m&aacute;s vehemente, el placer m&aacute;s vivo de los ricos
+encerrados en la monta&ntilde;a. Las pruebas de bueyes y los desaf&iacute;os de
+barrenadores hac&iacute;an que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto &aacute;
+la fuerza, la adoraci&oacute;n &aacute; la brutalidad, con todos los encantos del
+juego de azar. Ten&iacute;an en las minas mozos h&aacute;biles en el manejo del
+barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero &oacute;
+un pelotari famoso. En Gallarta hab&iacute;a un jay&aacute;n, vencedor en todas las
+apuestas, que los contratistas llevaban &aacute; sus cenas, cuid&aacute;ndolo como si
+fuese una mujer amada, tent&aacute;ndole los m&uacute;sculos para apreciar si su vigor
+decrec&iacute;a, engord&aacute;ndolo &aacute; todas horas con champagne y fiambres, con igual
+mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos &aacute; las
+gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guip&uacute;zcoa, llevando en
+triunfo &aacute; su barrenador favorito, para que luchase con los m&aacute;s fuertes
+de otras comarcas. Ofreciendo los billetes &aacute; pu&ntilde;ados, segu&iacute;an durante
+horas enteras el jadear de su &iacute;dolo, atacando con el hierro la piedra,
+hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando
+victoria m&aacute;s por el orgullo de la clase que por las ganancias de la
+apuesta.</p>
+
+<p>Todo les serv&iacute;a para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba &aacute;
+manos llenas. Se val&iacute;an para sus porf&iacute;as lo mismo de la voracidad de los
+perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes
+hab&iacute;anse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que a&uacute;n hac&iacute;a re&iacute;r
+al doctor. Trat&aacute;base de saber qui&eacute;n ser&iacute;a capaz de tragarse m&aacute;s sopas de
+leche, si los galgos enjutos &eacute; insaciables de uno de los contratistas &oacute;
+los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de est&oacute;mago
+sin fondo, que nunca cre&iacute;an llegado el momento de levantarse de la mesa.
+Toda la gente desocupada del distrito acudi&oacute; &aacute; presenciar el
+espect&aacute;culo. Se depositaban &aacute; pu&ntilde;ados los billetes de Banco, como si
+fuesen retazos de papel sin ning&uacute;n valor; unos por los perros, otros por
+los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y
+el reba&ntilde;o miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto,
+ante las rojas trincheras.</p>
+
+<p>&mdash;Las sopas de leche se serv&iacute;an en cubos&mdash;continu&oacute; Aresti.&mdash;Los galgos,
+en un momento, &iexcl;z&aacute;s, z&aacute;s!, se las tragaban sin pesta&ntilde;ear; lo mismo que
+si le echasen cartas &aacute; un buz&oacute;n. Los jayanes com&iacute;an lentamente, sin
+mostrar prisa. As&iacute; estuvieron varias horas....</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qui&eacute;n gan&oacute;?&mdash;preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la
+est&uacute;pida apuesta.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n hab&iacute;a de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo
+despu&eacute;s con su filosof&iacute;a de palurdo: &laquo;Estaba seguro de mis muchachos: el
+animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere m&aacute;s, y el hombre,
+como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente&raquo;. Y no
+se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y &aacute; los pocos
+d&iacute;as, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompa&ntilde;&oacute;
+cantando hasta el cementerio.</p>
+
+<p>A pesar de este final triste, los convidados de S&aacute;nchez Morueta re&iacute;an,
+encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.</p>
+
+<p>Era bien entrada la tarde cuando termin&oacute; la comida. El capit&aacute;n Iriondo
+despu&eacute;s de brindar por su principal y amigo se despidi&oacute;, alegando que
+ten&iacute;a &aacute; la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fu&eacute; con
+&eacute;l para dar el &uacute;ltimo vistazo al escritorio. Las se&ntilde;oras pasaron &aacute; una
+habitaci&oacute;n inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.</p>
+
+<p>Esperaban &aacute; algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, har&iacute;an m&uacute;sica.
+Los dos j&oacute;venes rogaron &aacute; Pepita que cantase alguna canci&oacute;n vascongada
+de las antiguas, tan melanc&oacute;licas y dulces, distintas completamente del
+ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron &aacute; llegar hasta el
+comedor las escalas y arpegios del piano.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digesti&oacute;n,
+mordiendo un magn&iacute;fico cigarro, habl&oacute; &aacute; Aresti de bajar al jard&iacute;n. La
+tarde se hab&iacute;a serenado y quer&iacute;a gozar de los &uacute;ltimos rayos de sol en
+las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el
+jard&iacute;n. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la r&iacute;a, el ruido
+de los tranv&iacute;as al otro lado de las planchas de hierro que cubr&iacute;an las
+verjas.</p>
+
+<p>El millonario mostraba su satisfacci&oacute;n al verse solo con el m&eacute;dico, el
+&uacute;nico amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cari&ntilde;o le ech&oacute;
+sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el d&iacute;a,
+que estaba &aacute; sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete
+con gentes ante las cuales se mostraba abstra&iacute;do y silencioso. El cari&ntilde;o
+&aacute; su Luis, &aacute; quien ve&iacute;a de tarde en tarde, y la placidez de una buena
+digesti&oacute;n, inclin&aacute;banle &aacute; las confidencias; y miraba &aacute; Aresti con ojos
+bondadosos &eacute; interrogantes, como si s&oacute;lo esperase una indicaci&oacute;n suya
+para romper &aacute; hablar.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, desembucha&mdash;dijo el m&eacute;dico alegremente.&mdash;Ya s&eacute; que soy tu
+confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisi&oacute;n de
+palabras para m&iacute;. &iquest;Qu&eacute; te pasa? Aqu&iacute; tienes el m&eacute;dico de tu alma, como
+dir&iacute;a uno de esos curas, amigos de tu mujer.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurr&iacute;a de
+extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: s&oacute;lo ten&iacute;a un momento
+alegre cuando se encontraba con &eacute;l. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces sent&iacute;a el impulso de
+coger el tren &eacute; ir &aacute; buscarle en las minas! &iexcl;Pero ten&iacute;a tantas
+ocupaciones! &iexcl;Sent&iacute;a tanto miedo &aacute; presentarse en aquel feudo de la
+monta&ntilde;a, donde todos le ped&iacute;an algo!... S&oacute;lo en Bilbao, condenado &aacute; la
+servidumbre de la riqueza, &aacute; vigilar y ordenar la llegada de aquel
+chorro de dinero que se met&iacute;a por sus puertas sin desviar su curso, se
+aburr&iacute;a, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada
+espera, que es el m&aacute;s triste de los fastidios.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a amado y hab&iacute;a sufrido como todos los que batallan por un ideal.
+Sab&iacute;a lo que era forcejear &aacute; zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
+fecundarla con ardorosa violaci&oacute;n. <i>Hab&iacute;a llegado</i> como los pol&iacute;ticos
+c&eacute;lebres &oacute; los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
+conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos,
+aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre
+ten&iacute;an la ilusi&oacute;n puesta en el ma&ntilde;ana; pensaban con inquietud en la
+combinaci&oacute;n pol&iacute;tica del d&iacute;a siguiente, en la obra art&iacute;stica, que les
+bull&iacute;a en la imaginaci&oacute;n, temblando, con el vago temor de la torpeza, al
+ir &aacute; darla forma. Pero &eacute;l... &eacute;l, todo lo ten&iacute;a hecho: las ambiciones de
+su vida se hab&iacute;an realizado, cristaliz&aacute;ndose para siempre. Hab&iacute;a querido
+ser due&ntilde;o de las minas, y suyas eran en su mayor parte, d&aacute;ndole un
+rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y
+perenne. &iquest;Para qu&eacute; quer&iacute;a m&aacute;s? Establec&iacute;a nuevas fabricaciones, y, al
+poco tiempo marchaban por s&iacute; solas con una exactitud desesperante.
+Constru&iacute;a barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una cat&aacute;strofe
+la monoton&iacute;a de su existencia. La desgracia era impotente para &eacute;l;
+estaba abroquelado y aunque ella corriese &aacute; estrecharle entre sus
+brazos, la caricia mortal ser&iacute;a un roce insignificante.</p>
+
+<p>Si sus barcos se perd&iacute;an, estaban asegurados; si las huelgas cerraban
+moment&aacute;neamente sus f&aacute;bricas, no por esto sufrir&iacute;a su capital grandes
+mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, &eacute;l ten&iacute;a otras y otras en
+distintos puntos de Espa&ntilde;a, que aguardaban la explotaci&oacute;n. Era el
+prisionero de su buena suerte: se mov&iacute;a entre rejas de oro, en un
+aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde
+revolotean libres los p&aacute;jaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba
+el mar, y ten&iacute;a casi &aacute; la puerta de su casa un palacio flotante, el
+yate, cuya fotograf&iacute;a publicaban los peri&oacute;dicos ilustrados para envidia
+de los infelices: pero apenas emprend&iacute;a un viaje, ten&iacute;a que volver
+llamado por sus negocios. Adem&aacute;s, &eacute;l era un hombre de familia; se
+aburr&iacute;a en la soledad del oc&eacute;ano &oacute; en los puertos ruidosos, haciendo
+vida de c&eacute;libe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija
+no conoc&iacute;a mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas
+estancias en Londres, volv&iacute;a presurosa &aacute; su pa&iacute;s, donde era la primera,
+guardando una instintiva aversi&oacute;n &aacute; las grandes ciudades de gente hura&ntilde;a
+y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.</p>
+
+<p>El millonario era el esclavo de su propia obra. Hab&iacute;a levantado con
+brazos de tit&aacute;n, en torno de &eacute;l, la alta torre de su fortuna, y ahora se
+debat&iacute;a encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y
+descansar.</p>
+
+<p>No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguir&iacute;a
+viniendo &aacute; &eacute;l, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la
+fortuna quer&iacute;a volverle la espalda, ser&iacute;a ya tarde para hacerle sufrir
+la amargura de su infidelidad. Era tan rico, hab&iacute;a llegado tan alto, que
+estaba &aacute; cubierto de toda inquietud. Por un instante hab&iacute;a cre&iacute;do
+encontrar remedio &aacute; su aburrimiento, entreg&aacute;ndose &aacute; la borrachera de la
+construcci&oacute;n; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas
+de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los
+cuentos de hadas. Pero aquello tambi&eacute;n hab&iacute;a pasado; encontraba pueril
+levantar colmenas y m&aacute;s colmenas para gentes que no conoc&iacute;a; fabricar
+avisperos en que se cobijar&iacute;an otros tan tristes como &eacute;l, pero animados
+siquiera por el amargo placer de envidiarle.</p>
+
+<p>&mdash;Me aburro, Luis&mdash;dec&iacute;a el millonario.&mdash;Siento una tristeza sin
+esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, m&aacute;s terrible
+que todas, pues pocos hombres la conocen.</p>
+
+<p>Y mirando en torno de &eacute;l, abarcaba en sus ojos el magn&iacute;fico edificio y
+las avenidas del jard&iacute;n, con sus altas arboledas, sus arriates en los
+que comenzaban &aacute; asomar las primeras flores, y all&aacute; en el fondo, el
+invernadero, cuyos cristales, ba&ntilde;ados por el sol poniente, reluc&iacute;an como
+placas de oro.</p>
+
+<p>Aresti pensaba en la gente m&iacute;sera y doliente de las minas. &iexcl;Ay, si
+aquellos hombres que enga&ntilde;aban su est&oacute;mago con agua sucia, no teniendo
+bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso S&aacute;nchez Morueta
+lamentarse en medio de la opulencia de su vida!</p>
+
+<p>&mdash;Entonces,&mdash;dijo el doctor&mdash;eres infeliz porque nada te falta, porque
+posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.</p>
+
+<p>El millonario movi&oacute; melanc&oacute;licamente la cabeza. S&iacute;; pose&iacute;a todo lo que
+da la felicidad aparentemente; por esto &aacute; nadie comunicaba su tristeza,
+para que no le creyesen loco. &Uacute;nicamente &aacute; su primo, que conoc&iacute;a por sus
+estudios las rarezas de la vida, se atrev&iacute;a &aacute; hablarle.</p>
+
+<p>Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar despu&eacute;s de aquella
+marcha ruidosa por la vida, en la cual hab&iacute;a hecho, en pocos a&ntilde;os, el
+mismo camino que otras familias de potentados s&oacute;lo recorren despu&eacute;s de
+varias generaciones. Hab&iacute;a conquistado la riqueza, pero era semejante &aacute;
+uno de aquellos forasteros infelices que, al volver &aacute; su pa&iacute;s,
+satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa
+destruida y la familia ausente.</p>
+
+<p>Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le
+relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al o&iacute;r su
+lamento contra la soledad moral en que viv&iacute;a, le se&ntilde;al&oacute; con expresi&oacute;n de
+protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los
+sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. &laquo;&iquest;Y aquello?&raquo;</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta levant&oacute; los hombros con expresi&oacute;n de indiferencia.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que llaman mi palacio&mdash;murmur&oacute;&mdash;no es para m&iacute; m&aacute;s que una casa de
+hu&eacute;spedes. Vivo mejor que en la m&iacute;sera pensi&oacute;n de Londres, donde pas&eacute; mi
+juventud de empleado; eso es todo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y tu mujer? &iquest;Y Cristina?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Mi mujer!&mdash;dijo el millonario con amargura:&mdash;yo no tengo mujer: s&oacute;lo
+tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida
+material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el hu&eacute;sped
+que trae dinero &aacute; casa y al que se le corresponde con un poco de
+respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas c&oacute;mo
+vivimos. T&uacute;, en tu pobreza, no has sido m&aacute;s afortunado que yo con mis
+millones. T&uacute; lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos o&iacute;do hablar
+de alguien que se llama Amor, pero por aqu&iacute; no ha pasado nunca.</p>
+
+<p>Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor
+alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su
+hermano. Se hab&iacute;a unido con Cristina en los albores de su fortuna. &iquest;La
+amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus
+amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se
+hab&iacute;a casado por unir una gloria m&aacute;s &aacute; sus satisfacciones de triunfador;
+porque le halagaba emparentar con los que hab&iacute;an sido sus amos en
+Londres, y aquella se&ntilde;orita, de una aristocracia tradicional y rancia
+completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor hab&iacute;a
+indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los
+continuos viajes, no le permit&iacute;an con su mujer m&aacute;s que pasajeras y
+r&aacute;pidas intimidades. Pero para &eacute;l no exist&iacute;a otra mujer en el mundo, y
+era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atra&iacute;das por
+su opulencia. S&iacute;: &eacute;l reconoc&iacute;a ahora que hab&iacute;a amado &aacute; Cristina con una
+pasi&oacute;n, en que se mezclaba el deseo &aacute; la mujer y el respeto instintivo
+del hijo del gabarrero &aacute; la se&ntilde;orita que hab&iacute;a tenido entre sus
+ascendientes, casi fabulosos, &aacute; los se&ntilde;ores de Vizcaya. Ahora se daba
+exacta cuenta de su amor, que en aquella &eacute;poca no hallaba tiempo ni
+ocasi&oacute;n para exteriorizarse en la intimidad de la vida dom&eacute;stica. &iexcl;Ah!
+&iexcl;cuando descansase&mdash;se dec&iacute;a entonces&mdash;cuando viera asegurada su
+fortuna, qu&eacute; feliz ser&iacute;a con aquella mujer, digna compa&ntilde;era de su
+opulencia, que parec&iacute;a reinar sobre la gente m&aacute;s encopetada de
+Bilbao!... Pero lleg&oacute; el ansiado descanso, y al buscar &aacute; su mujer, en
+vano se esforz&oacute; por encontrarla. Ten&iacute;a ante &eacute;l una buena madre, una
+excelente due&ntilde;a de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy
+interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa
+administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con
+la misma minuciosidad que cuando viv&iacute;a en el arruinado caser&oacute;n de
+Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido
+para restaurar una capilla que fuese m&aacute;s suntuosa que la costeada por
+alguna de las se&ntilde;oras que se codeaban con ella, en las Hijas de Mar&iacute;a &oacute;
+en el sal&oacute;n de visitas de los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta, resucitado &aacute; la juventud despu&eacute;s de su triunfo en los
+negocios, sufr&iacute;a un desencanto cada vez que se aproximaba &aacute; su mujer con
+delicadezas &oacute; arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como
+si este cari&ntilde;o extremado la ofendiera, coloc&aacute;ndola al nivel de las
+vendedoras de amor. Para ella, la pasi&oacute;n matrimonial no hab&iacute;a de ir m&aacute;s
+all&aacute; de la intimidad, fr&iacute;a y casi mec&aacute;nica, de sus primeros tiempos de
+vida com&uacute;n. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin
+dar esc&aacute;ndalo, procreando hijos para servir &aacute; Dios y que no se perdiera
+la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas
+era un pecado repugnante, propio de gentes sin religi&oacute;n. Tratar un
+marido &aacute; su mujer con <i>melifluidades</i> de esas que s&oacute;lo se ven en los
+amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del
+pecado. La esposa cristiana hab&iacute;a de ser casta en el pensamiento; cuidar
+de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir
+el hogar. M&aacute;s all&aacute; s&oacute;lo iban las mujeres perdidas. Y S&aacute;nchez Morueta
+tropezaba con una estatua impasible, estrell&aacute;ndose en todos sus intentos
+por darla vida.</p>
+
+<p>Nada malo pod&iacute;a decir de ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que
+aunque quisiera faltar &aacute; sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne
+y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jam&aacute;s recordaba el
+millonario haber notado en su compa&ntilde;era un momento de abandono, un
+arrebato de pasi&oacute;n. Cuando &eacute;l se doblegaba bajo el estremecimiento de la
+carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si
+estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no
+turbaban su voluntad.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta lleg&oacute; &aacute; pensar si Cristina amar&iacute;a &aacute; otro, si al casarse
+con &eacute;l por inter&eacute;s, habr&iacute;a dejado en su pasado alguna ilusi&oacute;n que a&uacute;n la
+persegu&iacute;a. Pero despu&eacute;s de examinar sus predilecciones &eacute; intimidades en
+la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desech&oacute; sus sospechas.
+Ella s&oacute;lo quer&iacute;a &aacute; su esposo, si es que aquello era querer. En su
+cari&ntilde;o, no hab&iacute;a fuerzas para m&aacute;s. Y convencido de que nunca hab&iacute;a de
+triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fu&eacute; alej&aacute;ndose, sin que la
+esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayud&oacute; con no oculta
+satisfacci&oacute;n &aacute; este divorcio. Transcurri&oacute; el tiempo y al abandonar el
+lujo de sus primeros a&ntilde;os de matrimonio, para tomar sitio entre las
+madres de severa respetabilidad, comenz&oacute; &aacute; seguir dentro de su casa
+ciertas pr&aacute;cticas austeras y casi conventuales. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces S&aacute;nchez
+Morueta se hab&iacute;a visto rechazado con ira, porque era Cuaresma &oacute; estaba
+ella en v&iacute;speras de una comuni&oacute;n aparatosa!...</p>
+
+<p>Al establecerse definitivamente la separaci&oacute;n, al alejarse &eacute;l para
+siempre, la mujer pareci&oacute; agradec&eacute;rselo con sus miradas, con una mayor
+dulzura en el trato. Era, sin duda, m&aacute;s feliz, libre de la asiduidad
+ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una
+servidumbre cruel de su sexo.</p>
+
+<p>&mdash;Es muy honrada, muy virtuosa&mdash;dijo con amargura el millonario,&mdash;pero,
+para m&iacute;, como si no existiera. &iexcl;Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la
+vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.</p>
+
+<p>Llegaba hasta el jard&iacute;n la vocecita de la hija de S&aacute;nchez Morueta,
+cantando al piano el <i>Goizeko izarra</i>, la invocaci&oacute;n melanc&oacute;lica &aacute; la
+estrella de la ma&ntilde;ana. La tristeza po&eacute;tica de las monta&ntilde;as vascas
+esparc&iacute;ase por el jard&iacute;n ingl&eacute;s, dorado por el &uacute;ltimo llamear del sol de
+la tarde.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y esa?&mdash;pregunt&oacute; el m&eacute;dico.&mdash;&iquest;No tienes &aacute; tu hija?...</p>
+
+<p>El potentado se expres&oacute; con apasionamiento. Amaba &aacute; su hija: era carne
+de su carne: el &uacute;nico recuerdo de la pasi&oacute;n que hab&iacute;a sentido por su
+esposa. El cari&ntilde;o &aacute; Pepita era lo que manten&iacute;a las apariencias de paz de
+su casa: lo &uacute;nico que le ayudaba &aacute; sobrellevar la tristeza dom&eacute;stica.
+Era como un puente que manten&iacute;a la comunicaci&oacute;n entre &eacute;l y su esposa.
+Por ella continuaba S&aacute;nchez Morueta su existencia febril de hombre de
+negocios. Ten&iacute;a la obligaci&oacute;n de defender lo que la pertenec&iacute;a por su
+nacimiento. Su porvenir le causaba &aacute; veces gran inquietud. Pod&iacute;a casarla
+con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no
+entrase para nada el amor. &iquest;Pero no era esto perpetuar en la hija la
+infelicidad del padre? Observaba &aacute; Pepita, y se entristec&iacute;a, adivinando
+en ella una reproducci&oacute;n de su madre. Quer&iacute;a casarla por amor, con un
+hombre al que se sintiera inclinada, pero no ve&iacute;a en ella la menor se&ntilde;al
+de apasionamiento. Se casar&iacute;a, sin ardor y sin protesta, con el que le
+indicaran sus padres, para continuar con m&aacute;s libertad la vida ins&iacute;pida
+de ostentaciones y de devoci&oacute;n elegante. Ella, como las otras j&oacute;venes de
+su clase, ve&iacute;a en la uni&oacute;n con el hombre un medio de independencia, sin
+que el coraz&oacute;n llegara &aacute; interesarse. Ir&iacute;a &aacute; administrar otro hogar,
+como su madre dirig&iacute;a el suyo: &aacute; cuidar &aacute; un marido que trajese dinero &aacute;
+casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su
+sal&oacute;n. De su padre s&oacute;lo ten&iacute;a algo en lo f&iacute;sico: la educaci&oacute;n y el alma
+eran de su madre. Si S&aacute;nchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba
+frente &aacute; su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguir&iacute;a &aacute; &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;La amo&mdash;dec&iacute;a el millonario,&mdash;la amo &aacute; pesar de todo. Pepita me quiere
+&aacute; su manera; es cari&ntilde;osa conmigo, me mima y me adora, especialmente
+cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero tambi&eacute;n junto &aacute; ella
+me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que
+pertenezcamos &aacute; distinta raza. No s&eacute; explicarme, Luis: tal vez estoy
+loco; pero jam&aacute;s siento con ellas, que son mi familia, esta confianza,
+este dulce abandono que t&uacute; me inspiras. Y es que t&uacute; eres de mi sangre;
+el &uacute;nico pariente verdadero.</p>
+
+<p>Aresti segu&iacute;a moviendo la cabeza, como quien oye una canci&oacute;n harto
+conocida. No le extra&ntilde;aba la situaci&oacute;n de S&aacute;nchez Morueta: era la de
+muchos poderosos de aquella tierra. Viv&iacute;an rodeados de todos los goces
+del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios
+eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se
+perdiera. Marido y mujer viv&iacute;an en aislamiento moral: &eacute;l buscando
+consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella
+dedic&aacute;ndose &aacute; la devoci&oacute;n.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta interrumpi&oacute; estas consideraciones de su primo, como si
+ansiase decirle toda la verdad. As&iacute; era &eacute;l tambi&eacute;n: necesitaba amor y
+amaba. Ya que la alegr&iacute;a de la vida no entraba en su casa, la hab&iacute;a
+buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacci&oacute;n del
+sexo: era una pasi&oacute;n que endulzaba el ocaso de su madurez y le hac&iacute;a
+so&ntilde;ar y sentir &aacute; los cincuenta a&ntilde;os, con una intensidad que le
+retrogradaba &aacute; la juventud. Y con arrobamientos de adolescente,
+recre&aacute;ndose en el relato, record&oacute; toda la novela de su amor.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a comenzado por una aventura vulgar&iacute;sima: un encuentro en Biarritz
+con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida
+en Francia, pero hija de jud&iacute;os: una mujer que en plena juventud hab&iacute;a
+corrido medio mundo y conoc&iacute;a casi todos los idiomas europeos. Las
+relaciones hab&iacute;an ido estrech&aacute;ndose. Apenas se separaba de ella jurando
+no volver &aacute; verla, avergonzado de su vileza y acord&aacute;ndose de su hija con
+remordimiento, sent&iacute;a la necesidad de buscarla de nuevo, se propon&iacute;a &aacute;
+s&iacute; mismo un negocio que hac&iacute;a necesaria su presencia en Par&iacute;s, &oacute; en
+Madrid, all&iacute; donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante
+de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada
+del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los
+tablados de los <i>music-hall</i>. &iquest;Qu&eacute; ten&iacute;a aquella mujer que le
+trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el
+sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como
+una r&aacute;faga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las
+preocupaciones y los escr&uacute;pulos. S&aacute;nchez Morueta, al considerarse
+culpable, se sent&iacute;a m&aacute;s hombre. El remordimiento era una manifestaci&oacute;n
+de vida que le sacaba del letargo de su existencia.</p>
+
+<p>Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad
+mon&oacute;tona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil
+le sal&iacute;an al encuentro en la mesa de su despacho, entre la
+correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que
+estremec&iacute;a su carne y parec&iacute;a traerle una r&aacute;faga cargada de taponazos de
+champagne y m&uacute;sica chillona de caf&eacute; concierto. La expansi&oacute;n, dulcemente
+truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de <i>petit coco &oacute; mon
+gros cheri</i>, hac&iacute;ale sonre&iacute;r juvenilmente bajo su barba venerable. Era
+una pasi&oacute;n que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi
+en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia,
+sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias
+felinas de una bayadera asi&aacute;tica.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a acabado por arrancar &aacute; Judith de su vida de aventuras, por
+instalarla definitivamente en Madrid, como una se&ntilde;ora tranquila que vive
+de sus rentas. Pens&oacute; por un momento traerla &aacute; Bilbao, pero hab&iacute;a
+desistido de ello, no por miedo &aacute; la familia, sino por temor &aacute; la villa
+hip&oacute;crita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y
+costureras, que cerraba los ojos &oacute; sonre&iacute;a bondadosa ante el capricho
+del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condici&oacute;n de pobres, pero
+se escandalizaba y enfurec&iacute;a ante la <i>cocotte</i>, la hembra que pusiera
+en sus sonrisas algo de distinci&oacute;n, y rodeara de una sombra de amor las
+necesidades de la carne. Otros m&aacute;s valientes que &eacute;l hab&iacute;an intentado
+aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y
+todo el vecindario se amotin&oacute; contra las extranjeras. Hasta hab&iacute;an
+cortado las ca&ntilde;er&iacute;as del agua y la luz de sus casas, para obligarlas &aacute;
+levantar el campo.</p>
+
+<p>El millonario iba con frecuencia &aacute; Madrid por dos &oacute; tres d&iacute;as,
+pretextando juntas de accionistas &oacute; gestiones cerca del gobierno. Todos
+le encontraban rejuvenecido; ve&iacute;an en &eacute;l algo nuevo &eacute; inexplicable, que
+animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parec&iacute;a dar
+m&aacute;s soltura &aacute; su cuerpo de hombre de lucha, y le hac&iacute;a cuidar con mayor
+esmero del adorno de su persona.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; mismo&mdash;dec&iacute;a al m&eacute;dico,&mdash;te has extra&ntilde;ado de este cambio muchas
+veces. Es el amor, Luis. Nada como &eacute;l alegra &aacute; los hombres.</p>
+
+<p>Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con
+entusiasmo, queriendo convencer &aacute; su primo de que su madurez no hac&iacute;a
+mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de
+placeres. Estaba seguro de que le quer&iacute;a. No era que &eacute;l pudiese inspirar
+una gran pasi&oacute;n: pero cansada de la antigua vida, se hab&iacute;a refugiado en
+sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por
+mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No hab&iacute;a m&aacute;s que ver c&oacute;mo le
+sonre&iacute;a, c&oacute;mo sal&iacute;an &aacute; su encuentro los brazos blancos y suaves cuando
+se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid.
+Aquella era su verdadera casa: all&iacute; pasaba los mejores d&iacute;as, y &aacute; no ser
+por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, all&iacute; ir&iacute;a &aacute;
+terminar su existencia.</p>
+
+<p>Adem&aacute;s, un suceso inesperado los hab&iacute;a unido m&aacute;s estrechamente: hab&iacute;a
+afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco a&ntilde;os de duraci&oacute;n. S&oacute;lo &aacute;
+un hombre como su primo pod&iacute;a hacerle tal confidencia... &iexcl;Ten&iacute;a un hijo!
+Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se
+apresur&oacute; &aacute; a&ntilde;adir:</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; eres el &uacute;nico que lo sabe: un hijo... &iexcl;m&iacute;o! &iexcl;bien m&iacute;o! Un ni&ntilde;o de
+tres a&ntilde;os que empieza &aacute; hablar, y al verme me llama: &laquo;&iexcl;El pap&aacute; de
+Bilbao!&raquo; El amor me da lo que tantas veces dese&eacute; en mi casa sin
+conseguirlo. &iexcl;Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que
+soy su padre, pero pienso en &eacute;l, espero que crezca y &iexcl;ya vendr&aacute; &aacute; mi
+lado! &iexcl;ya har&eacute; por &eacute;l cuanto pueda, que ser&aacute; mucho!</p>
+
+<p>Y hablaba enternecido de aquel hogar oculto, de la familia improvisada
+que era para &eacute;l la verdadera. Judith, engordando en su bienestar
+tranquilo; aburgues&aacute;ndose hasta hacer olvidar &aacute; la antigua <i>divette</i>
+aventurera, S&aacute;nchez Morueta la quer&iacute;a mejor as&iacute;: la cre&iacute;a m&aacute;s suya. Y
+entre los dos, aquel peque&ntilde;uelo de una asombrosa precocidad. El
+millonario se enorgullec&iacute;a vi&eacute;ndolo tan hermoso, con una belleza
+afeminada que reflejaba la de la madre, sin ning&uacute;n rasgo de &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;Un verdadero hijo del amor&mdash;dec&iacute;a el hombret&oacute;n con sonrisa
+placentera.&mdash;No hay en el peque&ntilde;o nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni
+esta cara de gigant&oacute;n. Rubio como el oro, &iexcl;y tan blanco! &iexcl;tan delicado!
+&iexcl;tan poquita cosa! Parece un beb&eacute; de porcelana.</p>
+
+<p>Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de
+indignar &aacute; las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los m&aacute;s
+hermosos: ten&iacute;an algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en
+los reto&ntilde;os engendrados por las parejas legales, que procrean por deber
+y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y mon&oacute;tono,
+en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla
+casera.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta call&oacute; como fatigado por su confesi&oacute;n. En uno de sus
+paseos hab&iacute;an llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente,
+sonando &aacute; sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de
+la tertulia de do&ntilde;a Cristina.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Y pensar que pod&iacute;a haber encontrado en mi casa la felicidad que busco
+fuera, ocult&aacute;ndome como un malhechor!&mdash;exclam&oacute; el millonario, como si el
+recuerdo de su familia despertase en &eacute;l cierto remordimiento.&mdash;Pero no
+creas, Luis, que estoy arrepentido&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con resoluci&oacute;n.&mdash;Yo tengo
+derecho &aacute; ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero
+d&iacute; algo, Luis. &iquest;Qu&eacute; opinas de todo esto?</p>
+
+<p>Aresti encogi&oacute; los hombros. De aquellos amores no quer&iacute;a hablar. Si
+proporcionaban &aacute; su primo cierta felicidad, hac&iacute;a bien en continuarlos.
+La vida es triste y la pericia del hombre est&aacute; en alegrarla, en iluminar
+con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era
+que aquella mujer le amase seg&uacute;n &eacute;l dec&iacute;a: pero aunque el amor no
+existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que &eacute;l se creyese
+amado. En el mundo se vive de la ilusi&oacute;n y la mentira, y la mayor
+desgracia es abrir los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Me quiere, Luis, me quiere&mdash;interrumpi&oacute; el millonario
+apresuradamente.&mdash;&iquest;Por qu&eacute; hab&iacute;a de fingir? Si hubiera sabido qui&eacute;n era
+yo cuando la conoc&iacute;, a&uacute;n podr&iacute;a dudar. Pero en nuestros primeros tiempos
+de amor me cre&iacute;a un hombre de corta fortuna. Tard&oacute; mucho &aacute; saber que era
+yo S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>El doctor asombr&aacute;base ante la firme convicci&oacute;n de su primo. Celebraba su
+optimismo: as&iacute;, su dicha no correr&iacute;a peligro. &Eacute;l no se mezclaba en el
+asunto. A ser feliz ya que ten&iacute;a fuerza de voluntad y medios sociales
+para crearse una segunda familia, que vivir&iacute;a en el foso, mientras
+arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su
+riqueza. A Aresti s&oacute;lo le interesaban los infortunios dom&eacute;sticos de su
+primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que &aacute; &eacute;l, les
+ocurr&iacute;a &aacute; otros. Era el eterno obst&aacute;culo con que tropezaban todos los
+que en aquella tierra quer&iacute;an encontrar en la esposa algo m&aacute;s que una
+compa&ntilde;era y administradora. Unos hab&iacute;an de buscar la alegr&iacute;a de su
+existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobard&iacute;a &oacute;
+ego&iacute;smo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, m&aacute;s resueltos y
+valerosos&mdash;&eacute;l, por ejemplo,&mdash;romp&iacute;an abiertamente, no queriendo vivir
+encadenados &aacute; un alma muerta y volv&iacute;an &aacute; su existencia de solteros, con
+la amargura de no poder buscar p&uacute;blicamente una nueva compa&ntilde;era.</p>
+
+<p>Aresti no censuraba &aacute; las mujeres de su pa&iacute;s. Eran como eran, un poco
+por la frialdad de la raza nada propensa &aacute; apasionarse por lo que no
+tenga un fin inmediato y pr&aacute;ctico, y much&iacute;simo m&aacute;s por defecto de
+educaci&oacute;n, porque los mismos hombres las hab&iacute;an acostumbrado al
+aislamiento, &aacute; la separaci&oacute;n de sexos, &aacute; asociarse las mujeres con las
+mujeres, no viendo en el hombre m&aacute;s que una m&aacute;quina de fabricar dinero &eacute;
+hijos. &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a hecho al casarse S&aacute;nchez Morueta? Lo que todos los
+poderosos de su pa&iacute;s. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer
+gran caso de la voluntad de los contrayentes: despu&eacute;s, el viaje
+aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando
+el marido volver cuanto antes &aacute; reanudar sus negocios. Y el mismo d&iacute;a de
+la vuelta &aacute; Bilbao, &eacute;l, al escritorio, &aacute; ganar dinero, &oacute; al club, para
+vivir entre hombres solos, dejando &aacute; la mujer entregada para siempre &aacute;
+las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin m&aacute;s
+diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de
+las compa&ntilde;eras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.</p>
+
+<p>No conoc&iacute;an la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los
+arist&oacute;cratas de otros pa&iacute;ses. Los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a, para asegurar
+su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del
+demonio, propias de otras tierras que no hab&iacute;an gozado la gran dicha de
+heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros
+funcionaban con los palcos vac&iacute;os, sin que &aacute; ellos asomara una mujer:
+las fiestas del verano eran el &uacute;nico esparcimiento anual para todas
+ellas. Faltas de diversi&oacute;n, ansiosas de reunirse, de o&iacute;r m&uacute;sica, de algo
+que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su
+teatro, pasando el d&iacute;a en el templo del Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, all&iacute; donde la
+arquitectura afeminada y rid&iacute;cula, cargada de oro y bermell&oacute;n, el
+armonium, las voces hermafroditas y las bombillas el&eacute;ctricas, parec&iacute;an
+acariciarlas con un halago que ten&iacute;a tanto de mundanal como de m&iacute;stico.</p>
+
+<p>Aresti sonre&iacute;a amargamente. &iexcl;Ay: estaba bien discurrido aquel asedio,
+para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta
+la dominaci&oacute;n del esposo! De ellos era principalmente la culpa, &iquest;Qu&eacute;
+hab&iacute;an de hacer unos seres d&eacute;biles, faltos de direcci&oacute;n, arrastrados
+por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Ve&iacute;anse
+obligadas &aacute; una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo s&oacute;lo
+al hombre en el preciso momento del deseo; y el h&aacute;bil jesu&iacute;ta se
+presentaba como un remedio &aacute; su tristeza, entreten&iacute;a su fastidio con una
+devoci&oacute;n dulzona y afeminada, era el eunuco guardi&aacute;n, el verdadero amo,
+dirigiendo &aacute; su antojo al tropel de odaliscas cristianas. As&iacute; llegaba
+desde la sombra &aacute; apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales
+se mov&iacute;an, sin conocer el impulso de sus acciones.</p>
+
+<p>Algunos a&uacute;n se mostraban satisfechos y agradecidos &aacute; los sacerdotes,
+porque proporcionaban dulce entretenimiento &aacute; sus esposas, dej&aacute;ndolos en
+mayor libertad para sus negocios y placeres.... &iexcl;Imb&eacute;ciles! El doctor se
+indignaba ante aquella intrusi&oacute;n, que hab&iacute;a acabado por cambiar &aacute; las
+mujeres de su pa&iacute;s, mat&aacute;ndolas el alma, convirti&eacute;ndolas en aut&oacute;matas que
+aborrec&iacute;an como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban
+al hogar las exigencias de una dominaci&oacute;n acaparadora.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa&mdash;dijo el
+doctor,&mdash;&iquest;qu&eacute; has hecho para evitarlo?...</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hizo un gesto de extra&ntilde;eza. &iquest;&Eacute;l? &iquest;qu&eacute; pod&iacute;a evitar &eacute;l?
+&iquest;Pod&iacute;a acaso cambiar el car&aacute;cter de su esposa?...</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; has dejado, como los otros&mdash;continu&oacute; el doctor,&mdash;que tu mujer
+buscase un remedio &aacute; su soledad, entreg&aacute;ndose &aacute; la devoci&oacute;n. &iexcl;Y te
+extra&ntilde;as de que Cristina haya ido separ&aacute;ndose de t&iacute;! Es un caso de
+adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se
+comprende lo que &aacute; m&iacute; me ocurri&oacute;: yo no soy rico, y en este pa&iacute;s de
+negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Adem&aacute;s, junto &aacute;
+los prejuicios de la que fu&eacute; mi compa&ntilde;era, estaban como refuerzo los de
+su madre y su hermana. Pero t&uacute;, que tienes la autoridad de la fortuna,
+&iquest;c&oacute;mo has dejado que fuesen apoder&aacute;ndose de una mujer &aacute; la que amabas,
+separ&aacute;ndola de t&iacute;? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto
+que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus
+propias barbas han cortejado &aacute; tu mujer y te la han robado. S&iacute; alguna
+vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.</p>
+
+<p>El millonario sonri&oacute; con desd&eacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah! &iexcl;Los jesu&iacute;tas! &iexcl;Ya sali&oacute; tu tema!... Efectivamente, son gente
+antip&aacute;tica; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me
+bat&iacute; en el &uacute;ltimo sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan
+de habas; yo tomar&iacute;a el fusil otra vez, si volviesen los carlistas.
+&iquest;Pero aun crees t&uacute;, Luis, en esa leyenda de los jesu&iacute;tas tenebrosos,
+cometiendo los mismos cr&iacute;menes que ellos atribuyen &aacute; los masones?...</p>
+
+<p>Y S&aacute;nchez Morueta miraba con ojos compasivos &aacute; su primo, sin dejar de
+sonre&iacute;r.</p>
+
+<p>&mdash;No sigas, Pepe&mdash;dijo el doctor.&mdash;Adivino lo que piensas. Soy un cursi.
+Conozco la frase: es un magn&iacute;fico pararrayos para desviar el odio que
+instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal
+de los jesu&iacute;tas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo
+intelectual, lo moderno, es creer &aacute; ojos cerrados en cualquier pat&aacute;n
+astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las
+horas en el confesionario enter&aacute;ndose de vidas ajenas y adorando al
+Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, que coloca por encima de Dios.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Yo no digo tanto!&mdash;exclam&oacute; el millonario.&mdash;Yo no creo en ellos, y
+hasta me r&iacute;o de sus cosas. Pero reconocer&aacute;s conmigo que eso del odio al
+jesu&iacute;ta es algo anticuado. S&oacute;lo aquellos progresistas c&aacute;ndidos y
+heroicos de otros tiempos, pod&iacute;an ver la mano del jesu&iacute;ta en todas
+partes y creer en sus venenos y pu&ntilde;ales.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no creo en su tenebroso poder&iacute;o ni en sus venganzas. En esta tierra
+nadie se atreve como yo &aacute; hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me
+ocurre. As&iacute; que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa
+que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden
+contra m&iacute;. Aislados nada valen: pero hay que temerles all&iacute; donde les
+ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. &iquest;C&oacute;mo te explicar&eacute;
+lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo,
+llegan &aacute; producir una epidemia. Si encuentran un ser d&eacute;bil preparado
+para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto &aacute;
+repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse
+de nada por s&iacute; mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de
+que no lo buscar&aacute;n. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos
+y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece,
+dici&eacute;ndoles: &laquo;Dominadnos, haced de nosotros lo que quer&aacute;is, y dadnos en
+cambio el cielo.&raquo;</p>
+
+<p>Aresti no cre&iacute;a, como los enemigos de la Compa&ntilde;&iacute;a en otros tiempos, en
+la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabidur&iacute;a de sus individuos
+era una leyenda. Hab&iacute;a entre ellos (que eran miles) algunos que se
+distingu&iacute;an en las ciencias y en las artes, nada m&aacute;s que como
+apreciables median&iacute;as. Llevando siglos de existencia, disponiendo de
+riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no hab&iacute;an
+enriquecido &aacute; la humanidad con un s&oacute;lo descubrimiento de importancia. Su
+talento consist&iacute;a en presentar al vulgo las median&iacute;as como genios de
+fama universal y colocar &aacute; la mayor&iacute;a restante en sitios donde no se
+evidenciase su vulgaridad.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico se re&iacute;a igualmente de su poder. S&oacute;lo alcanzaba &aacute; los que ca&iacute;an
+ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicaci&oacute;n con ellos,
+pod&iacute;a burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea,
+temibles &uacute;nicamente para los que viven &aacute; su sombra.</p>
+
+<p>Aresti reconoc&iacute;a, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia
+era mayor que nunca. Cuando Loyola hab&iacute;a fundado su Compa&ntilde;&iacute;a, las dem&aacute;s
+&oacute;rdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la m&aacute;s moderna se hab&iacute;a
+apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Adem&aacute;s, los frailes,
+despojados de sus riquezas de otros siglos, ten&iacute;an ahora que copiar los
+procedimientos de los jesu&iacute;tas, que tanto les repugnaban en pasadas
+&eacute;pocas. Ten&iacute;an que marchar &aacute; la zaga de ellos, imit&aacute;ndolos para hacer
+dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto
+voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compa&ntilde;&iacute;a, hab&iacute;a hecho
+indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta pod&iacute;a
+afirmarse que el ej&eacute;rcito mon&aacute;stico de &Iacute;&ntilde;igo de Loyola hab&iacute;a salvado al
+pontificado en el trance, terrible para &eacute;l, de la revoluci&oacute;n luterana.
+Era la antigua f&aacute;bula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en
+acci&oacute;n. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y
+vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete
+se negaba &aacute; descender, conden&aacute;ndolo &aacute; eterna servidumbre. La compa&ntilde;&iacute;a
+hab&iacute;a salvado al Papa, pero esclaviz&aacute;ndolo para siempre. El cristianismo
+hab&iacute;a muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el
+catolicismo ya no era m&aacute;s que una palabra: la verdadera religi&oacute;n era el
+jesuitismo. El Papa que bendice segu&iacute;a en el Vaticano; pero el Papa que
+decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el
+<i>Jesu</i> de Roma.</p>
+
+<p>&mdash;Esto &aacute; m&iacute; en nada me interesa&mdash;acab&oacute; diciendo Aresti.&mdash;Yo vivo fuera
+del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.</p>
+
+<p>Su primo hizo un gesto de asentimiento. A &eacute;l tampoco. &Eacute;l no hablaba con
+la audacia del doctor, pero viv&iacute;a de hecho fuera de las pr&aacute;cticas
+religiosas; no le preocupaban.</p>
+
+<p>&mdash;A t&iacute;, s&iacute;&mdash;dijo Aresti con energ&iacute;a.&mdash;A t&iacute; deben preocuparte. Crees que
+vives fuera de esa influencia, porque no vas &aacute; misa, ni te tratas con
+curas; pero todo llegar&aacute;, t&uacute; ir&aacute;s, y hasta es posible que te arrodilles
+ante alg&uacute;n confesonario de la iglesia de los jesu&iacute;tas. Est&aacute;s en el
+c&iacute;rculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de
+la familia; ya te agarrar&aacute;n. &iexcl;Apenas si es mal bocado el millonario
+S&aacute;nchez Morueta!</p>
+
+<p>El aludido sonri&oacute;. &iexcl;Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reir&iacute;an
+oy&eacute;ndoles hablar de tales gentes. All&iacute; las despreciaban, si es que
+alguna vez hac&iacute;an memoria de ellas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero es que Londres es Bilbao?&mdash;grit&oacute; exasperado el doctor.&mdash;&iquest;Acaso
+Inglaterra es Espa&ntilde;a? Ya s&eacute; yo que se r&iacute;en de ellos en todas las
+naciones modernas y poderosas: &uacute;nicamente Francia se rasca de vez en
+cuando para ech&aacute;rselos lejos. Pero vivimos en Espa&ntilde;a, una naci&oacute;n que no
+concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos,
+puede aplicarse &aacute; los Estados. Contra los fuertes se estrellan y
+perecen, pero de los d&eacute;biles, predispuestos al contagio, se apoderan
+como una enfermedad. Eso de &laquo;cursi&raquo; podr&aacute; aplicarse al que sue&ntilde;e con el
+jesu&iacute;ta temible, en Londres &oacute; en Berl&iacute;n: pero aqu&iacute; &iexcl;vaya con la
+<i>cursiler&iacute;a</i>! &iexcl;y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; aqu&iacute; dominan mucho&mdash;dijo el millonario con gravedad.&mdash;Yo s&eacute; que &aacute;
+otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de
+capitales ajenos, los han elevado &oacute; los han hundido, envi&aacute;ndoles &oacute;
+retir&aacute;ndoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen...
+pero es all&iacute; donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque t&uacute;
+creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios;
+han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no
+necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme da&ntilde;o. Aqu&iacute; no
+entrar&aacute;n por m&aacute;s que se empe&ntilde;en. Ya lo sabe Cristina: es lo &uacute;nico que me
+impulsar&iacute;a &aacute; romper con ella, &aacute; separarme, sin miedo &aacute; lo que dijese la
+gente. T&uacute; que sonr&iacute;es y hasta parece que te burlas: &iquest;has visto aqu&iacute;
+alguna vez una sotana? &iquest;tienes noticia de que vengan &aacute; visitarnos esos
+se&ntilde;ores de la Residencia?</p>
+
+<p>&mdash;No: no vienen&mdash;dijo Aresti sin abandonar su gesto ir&oacute;nico.&mdash;&iquest;Y para
+que hab&iacute;an de venir? Hace tiempo que est&aacute;n dentro: no necesitan de tu
+permiso. &iquest;A qui&eacute;n hab&iacute;an de buscar en tu casa? &iquest;A tu mujer y &aacute; tu hija?
+Ya les ahorras esa molestia envi&aacute;ndolas t&uacute; mismo &aacute; donde ellos las
+aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la
+familia....</p>
+
+<p>&mdash;Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces
+mi car&aacute;cter. He dicho que no entran y no entrar&aacute;n. Ser&iacute;a un buen golpe
+para ellos apoderarse de S&aacute;nchez Morueta; pero pierden el tiempo.</p>
+
+<p>Aresti estaba pensativo y parec&iacute;a no o&iacute;rle.</p>
+
+<p>&mdash;El otro d&iacute;a&mdash;dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria&mdash;le&iacute;
+un drama en franc&eacute;s y me acord&oacute; de t&iacute;. Era <i>La Intrusa</i> de M&aelig;terlinck,
+&iquest;Conoces eso?...</p>
+
+<p>El millonario movi&oacute; la cabeza: &eacute;l no ten&iacute;a tiempo para la literatura.</p>
+
+<p>&mdash;La <i>Intrusa</i>&mdash;continu&oacute; el m&eacute;dico,&mdash;es la Muerte, que entra en las
+casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.</p>
+
+<p>Y Aresti relat&oacute; la escena l&uacute;gubre de la familia reunida en torno de la
+mesa, en la penumbra, m&aacute;s all&aacute; del c&iacute;rculo de luz de una pantalla verde.
+En la alcoba cercana est&aacute; una enferma, con el sopor de la gravedad:
+fuera de la casa, &aacute; lo lejos, se oye afilar una guada&ntilde;a, rayando el
+cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en
+el jard&iacute;n. Se asoman y no ven &aacute; nadie. Los cisnes graznan asustados,
+ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces
+despiertan en el taz&oacute;n de la fuente, ocult&aacute;ndose temblorosos: las flores
+caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de
+inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve &aacute; nadie. Ya suenan pasos en
+la escalinata: la puerta se abre, &aacute; pesar de que no sopla el viento.
+Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia
+cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible,
+con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y
+despu&eacute;s, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se
+adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante
+la l&aacute;mpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la
+enferma y vuelve &aacute; caer sin que nadie haya entrado. &iexcl;Un gemido!... La
+enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama
+atravesando todos los obst&aacute;culos; la <i>Intrusa</i>, para la que no hay
+puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta
+presencia.</p>
+
+<p>Y Aresti, despu&eacute;s de relatar la obra de M&aelig;terlinck, miraba silencioso &aacute;
+su primo, que parec&iacute;a no comprenderle.</p>
+
+<p>&mdash;En tu casa ocurre lo mismo&mdash;dijo tras larga pausa.&mdash;Crees que ese
+enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse &aacute; tu
+mesa y ocupar un sill&oacute;n en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que
+lleg&oacute; hasta tu misma alcoba. T&uacute; te lamentabas de ello hace poco. Todos
+los d&iacute;as vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando
+regresan de la Iglesia de los jesu&iacute;tas &oacute; de sus juntas de Hijas de
+Mar&iacute;a. &iquest;No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No
+percibes su roce? El &uacute;ltimo de tus criados lo ve y t&uacute; est&aacute;s ciego. Te
+mira &aacute; todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario
+que tienes y ese se&ntilde;orito pariente de Cristina, que busca unirse &aacute; t&iacute;,
+pensando en tus millones m&aacute;s que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu
+hija. Ellas te agarrar&aacute;n cuando te sientas d&eacute;bil; aprovechar&aacute;n un
+instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso.
+Te crees libre de &eacute;l y ronda &aacute; todas horas en torno tuyo.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta re&iacute;a ruidosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute;s loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te
+ha trastornado el seso. &iquest;A qu&eacute; tanto fantasma, y dramas, &eacute; intrusos... y
+demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad &aacute; mi
+familia, para que se entregue &aacute; las pr&aacute;cticas religiosas y se entretenga
+con esa devoci&oacute;n bonita, inventada por los jesu&iacute;tas. &iexcl;Qu&eacute; he de hacer
+yo, si eso las divierte! &iquest;Quieres acaso que me Imponga como un tirano de
+comedia, y diga: &laquo;Se acab&oacute; el trato con los Padres, aqu&iacute; no hay m&aacute;s misa
+que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?&raquo; Eso no
+lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez m&aacute;s que t&uacute;.</p>
+
+<p>Hablaba con una firmeza brit&aacute;nica de su respeto &aacute; la libertad. &Eacute;l no
+quer&iacute;a violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus
+creencias y que le dejaran &aacute; &eacute;l con las suyas. Libertad para todos. Y
+recordaba su educaci&oacute;n en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo
+brit&aacute;nico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una
+misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.</p>
+
+<p>Aresti pareci&oacute; irritado por la calma serena con que su primo hablaba de
+la libertad.</p>
+
+<p>&mdash;Yo tambi&eacute;n creo lo mismo&mdash;exclam&oacute;;&mdash;pero en un pa&iacute;s como ese de que
+hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la
+persecuci&oacute;n por delitos de conciencia. Adem&aacute;s, hay all&iacute; creencias
+diversas, y unas &aacute; otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una
+especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende
+dominar al Estado y dirigir las familias. &iquest;Pero hablar de libertad
+absoluta en este pa&iacute;s, que es famoso en el mundo por la Inquisici&oacute;n y
+por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro
+siglos de tiran&iacute;a clerical. La unidad cat&oacute;lica no est&aacute; consignada en las
+leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres.
+Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han
+de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. &iexcl;Y vienes t&uacute; con
+esa pachorra inglesa habl&aacute;ndome de libertad y de respeto &aacute; todas las
+creencias!... Eso puede ser en otros pa&iacute;ses; podr&aacute; ser aqu&iacute;, cuando
+exista esa Espa&ntilde;a nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un
+siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse &aacute; salir por
+completo de las entra&ntilde;as de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy
+un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi
+pa&iacute;s, no como me lo ense&ntilde;an los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero
+ser un inquisidor al rev&eacute;s, &iquest;me entiendes?, un hombre que sue&ntilde;a con la
+violencia, con el hierro y con el fuego, como &uacute;nico remedio para limpiar
+&aacute; su tierra de la miseria del pasado.</p>
+
+<p>Y Aresti, siempre ir&oacute;nico y zumb&oacute;n, se exaltaba hablando. Lat&iacute;a en sus
+palabras el odio &aacute; la influencia oculta que hab&iacute;a truncado su vida,
+hiri&eacute;ndolo en sus afectos de hombre pac&iacute;fico, impidi&eacute;ndole constituir
+una familia. &Eacute;l amaba la libertad; pero era la libertad para el
+mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia
+los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder,
+abraz&aacute;ndose &aacute; instituciones que estaban muertas desde hac&iacute;a siglos.
+Adem&aacute;s, &iquest;por qu&eacute; conceder las ventajas de la libertad &aacute; los que hab&iacute;an
+empleado anta&ntilde;o su inmenso poder&iacute;o combati&eacute;ndola, arrumbando escombros
+sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso &aacute;rbol, quer&iacute;an ser
+los primeros en gozar de su sombra? No: &eacute;l no reconoc&iacute;a derecho para
+existir &aacute; unas creencias que eran la negaci&oacute;n de la vida; no pod&iacute;a
+conceder la libertad &aacute; los tradicionales enemigos de esa misma libertad.</p>
+
+<p>Encar&aacute;ndose con S&aacute;nchez Morueta, pregunt&aacute;bale qu&eacute; har&iacute;a si supiera que
+en su escritorio exist&iacute;an hombres que deseaban el naufragio de sus
+barcos, el incendio de sus f&aacute;bricas, el agotamiento de sus minas, la
+desaparici&oacute;n total de todo lo que era la existencia de su casa. &iquest;No los
+expulsar&iacute;a, indignado? Pues esto deseaba &eacute;l para los enemigos de la
+vida, para los que maldec&iacute;an como pecados las m&aacute;s gratas dulzuras de la
+existencia; para los que adoraban la castidad antip&aacute;tica de la virgen
+sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza
+contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hac&iacute;an la
+apolog&iacute;a de la vagancia y la miseria convirti&eacute;ndolas en el estado
+perfecto; y ten&iacute;an el hambre como signo de santidad y apartaban &aacute; las
+gentes de las felicidades positivas de la tierra, haci&eacute;ndolas dirigir
+las miradas &aacute; un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como
+obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las
+miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en
+cambio, con el sello de la execraci&oacute;n las &uacute;nicas alegr&iacute;as que est&aacute;n &aacute; su
+alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llam&aacute;ndola valle de
+l&aacute;grimas. &iquest;No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues &aacute; darles gusto y
+que dejaran el sitio libre &aacute; los pecadores, &aacute; los malvados que aman este
+mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que
+m&aacute;s all&aacute; no existe otro mejor.</p>
+
+<p>Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brill&aacute;ndole los ojos con fuego
+homicida.</p>
+
+<p>&mdash;Eres un inquisidor&mdash;dijo su primo soriendo.&mdash;Parece mentira que un
+hombre <i>moderno</i> como t&uacute; se exprese de tal modo.</p>
+
+<p>Aresti no quiso protestar. No le infund&iacute;a repugnancia el mote de su
+primo. &iquest;Inquisidor? sea. Toda la Espa&ntilde;a, ansiosa de algo nuevo, sent&iacute;a
+lo mismo que &eacute;l, s&oacute;lo que no llegaba &aacute; razonar sus impulsos. En otros
+pueblos m&aacute;s adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe &aacute; la
+Raz&oacute;n, se hab&iacute;a verificado dulcemente, en medio del respeto y la
+libertad. La Reforma, con su esp&iacute;ritu de cr&iacute;tica y libre examen, hab&iacute;a
+servido de puente. Pero en esta tierra hab&iacute;a que dar un salto violento,
+pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes,
+a&uacute;n en pie y poderosas, &aacute; la vida moderna. El tr&aacute;nsito hab&iacute;a de ser rudo
+y brutal. Era un ensue&ntilde;o querer guiar al pueblo mansamente, pasito &aacute;
+paso: hab&iacute;a que correr, que saltar, derribando lo que a&uacute;n quedase por
+delante. Hab&iacute;a que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa
+sobre este pueblo: su educaci&oacute;n intolerante que databa de ayer. En unos
+cuantos a&ntilde;os de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se
+pod&iacute;an extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo espa&ntilde;ol
+lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver c&oacute;mo el m&aacute;s leve atentado que
+turbaba la paz p&uacute;blica, hasta las clases m&aacute;s elevadas y cultas, ped&iacute;an
+la suspensi&oacute;n del derecho y la intervenci&oacute;n de la fuerza. Los ricos
+aplaud&iacute;an &aacute; la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los
+procedimientos salvajes de la Inquisici&oacute;n; los pobres admiraban al
+fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba
+de dinamita; los gobiernos, ante el m&aacute;s insignificante mot&iacute;n, abominaban
+de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los
+cat&oacute;licos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para
+demostrar que estaban limpios de todo origen jud&iacute;o &oacute; mahometano. &iquest;Qui&eacute;n
+podr&iacute;a jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile &oacute; de
+familiar del Santo Oficio?</p>
+
+<p>Y el doctor, que hab&iacute;a asistido &aacute; muchas reuniones populares, recordaba
+la gradaci&oacute;n de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaud&iacute;an
+con un entusiasmo algo forzado, por costumbre m&aacute;s que por espont&aacute;neo
+impulso, los ataques al r&eacute;gimen pol&iacute;tico. Los reyes estaban lejos, y la
+gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que a&uacute;n no
+se hab&iacute;a extinguido, pero que deb&iacute;a desaparecer fatalmente, m&aacute;s pronto &oacute;
+m&aacute;s tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuesti&oacute;n social como
+algo positivo relacionado con su bienestar; pero por m&aacute;s esfuerzos que
+hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociolog&iacute;a
+revolucionaria, la gente s&oacute;lo ve&iacute;a la ventaja de aumentar en unos
+cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba
+del jesu&iacute;ta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se pon&iacute;a
+instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con
+el fulgor diab&oacute;lico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el
+trueno del aplauso delirante, y se levantaban los pu&ntilde;os amenazadores,
+buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, se&ntilde;or de Espa&ntilde;a. Las
+huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias:
+las manifestaciones populares silbaban &eacute; insultaban &aacute; toda sotana que
+cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos
+ten&iacute;an por final la quema de alg&uacute;n convento.</p>
+
+<p>&mdash;Y es que el pueblo&mdash;continu&oacute; Aresti&mdash;adivina por instinto cu&aacute;l es el
+enemigo m&aacute;s pr&oacute;ximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se
+junta para algo que no dirija contra &eacute;l sus iras.</p>
+
+<p>El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconoc&iacute;a que en
+apariencia ning&uacute;n odio ni temor deb&iacute;an sentir las masas contra la
+Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban &aacute; misa, ni se confesaban;
+viv&iacute;an separados del cura, despreci&aacute;ndolo. &iquest;Por qu&eacute;, pues, hab&iacute;an de
+temerle? Los jesu&iacute;tas y los frailes s&oacute;lo visitaban las casas de los
+ricos y no pod&iacute;an esperar los pobres que se introdujeran en sus
+miserables tugurios. &iquest;Por qu&eacute;, pues, odiarlos? Era que la masa, por
+instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta &aacute; toda tentativa de
+avance. Estancando la vida del pa&iacute;s, cortaban el paso &aacute; los de abajo.
+Ellos eran los que les hab&iacute;an tenido en la ignorancia durante siglos,
+haci&eacute;ndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la
+limosna, inculc&aacute;ndoles un respeto supersticioso para el potentado,
+oblig&aacute;ndoles &aacute; creer que deben aceptarse como dones celestes las
+miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que
+s&oacute;lo consegu&iacute;a ventajas en fuerza de rebeld&iacute;as y revoluciones, se
+vengaba del enga&ntilde;o de varios siglos persiguiendo &aacute; los impostores.</p>
+
+<p>Adem&aacute;s, exist&iacute;a un impulso de fuerza tradicional. Da las entra&ntilde;as de la
+historia patria se desprend&iacute;a un h&aacute;lito de santo salvajismo. El brasero
+inquisitorial ard&iacute;a durante siglos; el cielo azul obscurec&iacute;ase con nubes
+de holl&iacute;n humano; reyes, magnates y populacho hab&iacute;an asistido entre
+sermones y c&aacute;nticos &aacute; las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que
+provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban
+venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo &uacute;nico delito fu&eacute;
+comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que
+despu&eacute;s ha explicado la ciencia, ni&ntilde;as inocentes que segu&iacute;an con la
+inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.</p>
+
+<p>&mdash;Espa&ntilde;a es un pa&iacute;s de olvido&mdash;dec&iacute;a el doctor.&mdash;A&uacute;n se estremecen en
+Francia recordando la matanza de San Bartolom&eacute;, que dur&oacute; veinticuatro
+horas. &iexcl;Y aqu&iacute; es cursi decir que hubo Inquisici&oacute;n! Hasta cerebros
+poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del rev&eacute;s se han
+encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fu&eacute;
+una instituci&oacute;n digna de elogios; como quien dice un jueguecito para
+divertir al pueblo. En otros pa&iacute;ses levantan estatuas &aacute; los v&iacute;ctimas de
+la intolerancia religiosa. Aqu&iacute; la Iglesia omnipotente los ha matado por
+segunda vez, creando el vac&iacute;o en la historia. De tantos miles de
+m&aacute;rtires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.</p>
+
+<p>Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado,
+Aresti, que viv&iacute;a en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de
+sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba &aacute; ser la ejecutora
+de una revancha hist&oacute;rica. S&oacute;lo en el pueblo perduraba el recuerdo de
+aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fr&iacute;amente en
+nombre de Dios al trav&eacute;s de los siglos; de aquellos sacrificios humanos
+que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus
+divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad,
+como el desahogo de un pueblo que se venga. Intent&aacute;base ahora, al menor
+mot&iacute;n, quemar los edificios que serv&iacute;an de albergue &aacute; los representantes
+del pasado odioso; alg&uacute;n d&iacute;a los incendiar&iacute;an de veras con todo su
+contenido humano. Esto parecer&iacute;a brutal, pero era l&oacute;gico en un pa&iacute;s
+donde todav&iacute;a no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de
+Europa. Aqu&iacute; a&uacute;n no se hab&iacute;an presentado. El hombre ser&iacute;a el habitante
+de la Espa&ntilde;a nueva; pero antes ten&iacute;an que evolucionar mucho los actuales
+pobladores del pa&iacute;s, dignos descendientes del inquisidor, educados por
+&eacute;l en el desprecio &aacute; la vida humana, en la facilidad de inmolarla como
+holocausto &aacute; las creencias. &iquest;De qu&eacute; se quejaban los que ma&ntilde;ana ser&iacute;an
+v&iacute;ctimas, si ellos hab&iacute;an envenenado el alma de un pueblo, form&aacute;ndolo
+durante siglos &aacute; su imagen y semejanza?...</p>
+
+<p>El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su
+cuerpo, forman la concha, el caparaz&oacute;n que les sirve de vestido y
+defensa. El espa&ntilde;ol no ten&iacute;a otro jugo que el de la intolerancia, el de
+la violencia. As&iacute; le hab&iacute;an formado y as&iacute; era. En otros tiempos, el
+caparaz&oacute;n era negro; ahora ser&iacute;a rojo; pero siempre la misma envoltura:
+&Eacute;l estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el
+inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegar&iacute;a el hombre, limpio
+de todo deseo de venganza, sin miedo &aacute; enemigos tradicionales, fraternal
+y dulce, que levantar&iacute;a el edificio moderno sobre el solar limpio de
+escombros.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Est&aacute;s loco!&mdash;exclam&oacute; S&aacute;nchez Morueta riendo.&mdash;Por eso te ponen esa
+fama de hombre que tiene <i>cosas</i>. Si te tomase en serio, habr&iacute;a para
+sentir horror por lo que dices.</p>
+
+<p>Aresti se encogi&oacute; de hombros.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ven ac&aacute;, mediquillo chiflado&mdash;continu&oacute; el millonario.&mdash;Reconozco
+que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como t&uacute; dices. Ya sabes que
+yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han
+puesto &aacute; nuestro pa&iacute;s. Pero &iquest;&aacute; qu&eacute; la violencia? Para acabar con ellos
+no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los g&eacute;rmenes que se
+encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es
+tal vez darles m&aacute;s fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... &iexcl;Mucha
+libertad, mucho progreso, y ya ver&aacute;s como las costumbres de la
+civilizaci&oacute;n les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen
+salirse de &eacute;l!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ahora me toca &aacute; m&iacute; re&iacute;r!&mdash;exclam&oacute; el doctor.</p>
+
+<p>Y re&iacute;a mirando &aacute; su primo con ojos compasivos, mientras contestaba &aacute; sus
+razonamientos.... &iexcl;Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de
+la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominaci&oacute;n,
+la incultura del pa&iacute;s, la servidumbre de la mujer encadenada &aacute; ellos por
+el sentimentalismo de la ignorancia! &iexcl;Cuando contaban con el apoyo del
+rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento,
+compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!...
+Mientras aquellos enemigos existieran, ser&iacute;an est&eacute;riles todos los
+esfuerzos para reanimar el pa&iacute;s. S&oacute;lo ellos se aprovechaban de las
+ventajas del progreso nacional. Eran los perros m&aacute;s fuertes y &aacute;giles, y
+se zampaban los mendrugos que la civilizaci&oacute;n arrojaba al paso, por
+encima de nuestras bardas, mientras el pobre mast&iacute;n espa&ntilde;ol so&ntilde;aba en
+medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de par&aacute;sitos.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a que fijarse en el trabajo de los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a, que eran
+los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del
+ej&eacute;rcito religioso, el &uacute;nico que ten&iacute;a el secreto de sus marchas y
+evoluciones y ocupaba las tiendas de distinci&oacute;n. &iquest;Se engrandec&iacute;a
+Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues all&iacute; ellos.
+Adquir&iacute;a Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y
+sobre las techumbres de las bodegas alz&aacute;base dominadora la iglesia del
+jesu&iacute;ta. Descubr&iacute;a Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el
+ignaciano &aacute; pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la
+f&aacute;brica de aut&oacute;matas y la tienda donde se vende la salvaci&oacute;n eterna. No
+hab&iacute;a una mancha de prosperidad y riqueza en el m&iacute;sero mapa de Espa&ntilde;a,
+que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior,
+condenadas &aacute; hambre perpetua y &aacute; un cultivo africano, no conoc&iacute;an su
+existencia. La Espa&ntilde;a m&iacute;sera quedaba para los curas montaraces y
+fam&eacute;licos, para los merodeadores despreciables del ej&eacute;rcito de la Fe.
+Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta
+del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: exist&iacute;a la
+riqueza.</p>
+
+<p>La f&aacute;brica nueva, la mina descubierta, los campos reci&eacute;n roturados, la
+codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en
+provecho suyo y ven&iacute;a lentamente &aacute; sus manos. Aresti se indignaba ante
+la suerte de su pa&iacute;s, tierra de maldici&oacute;n, tierra condenada, que hab&iacute;a
+de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, &oacute;
+si se abr&iacute;a &aacute; las caricias de la civilizaci&oacute;n era en provecho de los
+dominadores acampados sobre ella.</p>
+
+<p>Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se manten&iacute;a
+ante &eacute;l en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la
+Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los cat&oacute;licos
+de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que
+pose&iacute;an la verdad absoluta. Dios se hab&iacute;a tomado la molestia de
+hablarles para transmit&iacute;rsela, y sent&iacute;an eternamente la necesidad de
+imponerla &aacute; los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando &aacute; los
+esp&iacute;ritus rebeldes que se resist&iacute;an &aacute; recibir el beneficio. Pod&iacute;a
+vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la
+raz&oacute;n, pues la raz&oacute;n no se considera infalible y est&aacute; pronta &aacute;
+rectificarse. &iquest;Pero c&oacute;mo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con
+unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones
+indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se
+indignaban ferozmente viendo deso&iacute;do &aacute; Dios, que habla por su boca. Sus
+cr&iacute;menes del pasado y sus pretensiones del momento, impon&iacute;an el deber de
+combatirlos. Pod&iacute;an respetarse sus creencias, pero vigil&aacute;ndolos como
+locos peligrosos, teni&eacute;ndolos en perpetuo estado de debilidad para que
+no intentaran imponerse por la violencia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;El respeto &aacute; la libertad!&mdash;continu&oacute; el doctor dirigi&eacute;ndose &aacute; su
+primo.&mdash;Oy&eacute;ndote, me pareces igual &aacute; un fil&aacute;ntropo loco, que en una
+colecci&oacute;n de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.</p>
+
+<p>Y Aresti, en su exaltaci&oacute;n, mimaba la escena, al mismo tiempo que la
+describ&iacute;a de viva voz. El fil&aacute;ntropo ideal compadec&iacute;a &aacute; la bestia, &iquest;Con
+qu&eacute; derecho la ten&iacute;an entre hierros? La fiera hab&iacute;a nacido para ser
+libre: ten&iacute;a derecho &aacute; la vida de las selvas, sin obst&aacute;culo alguno, como
+en su primera edad, &laquo;Goza de tu libertad, pobre pantera&raquo;, dec&iacute;a
+abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su
+agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abati&eacute;ndole de
+una zarpada, desgarr&aacute;ndole el pecho con los colmillos.</p>
+
+<p>&mdash;Suelta &aacute; la pantera de nuestra historia&mdash;gritaba el m&eacute;dico;&mdash;d&eacute;jala en
+libertad, despu&eacute;s que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella
+unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y
+ya ver&aacute;s c&oacute;mo corresponde &aacute; tu candidez de liberal &aacute; la antigua.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; quieres?&mdash;pregunt&oacute; S&aacute;nchez Morueta.&mdash;&iquest;Matarla? &iquest;Crees que eso
+es posible, de un golpe?</p>
+
+<p>&mdash;As&iacute; deb&iacute;a ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.</p>
+
+<p>Qued&oacute; en silencio Aresti largo rato, y luego a&ntilde;adi&oacute; con convicci&oacute;n:</p>
+
+<p>&mdash;Matar la fiera ser&iacute;a lo mejor. Pero de no ser as&iacute;, hay que conservarla
+entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las u&ntilde;as,
+arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan
+convertido la pantera en un perro manso y d&eacute;bil, entonces, &iexcl;puerta
+abierta! &iexcl;libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en
+ella, bastar&aacute; un puntapi&eacute; para volverla al orden.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+
+<p>El despacho de los ingenieros en los altos hornos de S&aacute;nchez Morueta,
+ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcci&oacute;n, con las
+paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se
+alzaban entre aqu&eacute;l y la r&iacute;a.</p>
+
+<p>Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administraci&oacute;n, con la
+pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de
+mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparc&iacute;a por toda Espa&ntilde;a
+en forma de rieles, lingotes y m&aacute;quinas, y de los jornales de un
+ej&eacute;rcito de obreros ennegrecidos y tostados junto &aacute; los hornos. Arriba,
+en lo m&aacute;s alto, estaban los <i>t&eacute;cnicos</i>, el cerebro que dirig&iacute;a aquel
+establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.</p>
+
+<p>Esta parte de la casa era la &uacute;nica que los trabajadores ve&iacute;an sin odio.
+Los d&iacute;as de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las
+ventanas del primer piso, como si fuesen &aacute; asomar &aacute; ellas los
+administradores que regateaban el precio de su faena, cercen&aacute;ndolo con
+multas y descuentos por tardanzas &oacute; descuidos en el trabajo. Si miraban
+m&aacute;s arriba era con el respeto que &aacute; la gente sencilla inspira el
+estudio.</p>
+
+<p>Aquellos se&ntilde;ores que pasaban el d&iacute;a inclinados ante los tableros de
+dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada &oacute; alineando
+n&uacute;meros y letras para sus c&aacute;lculos, eran mirados como seres superiores.
+El reba&ntilde;o obrero sent&iacute;ase en contacto m&aacute;s &iacute;ntimo con aquellos hombres
+que se limitaban &aacute; dirigirles en su trabajo, que con los otros de la
+administraci&oacute;n que les entregaban el dinero.</p>
+
+<p>Bajaban &aacute; ciertas horas del d&iacute;a &aacute; los talleres, para dar sus &oacute;rdenes &aacute;
+los contramaestres, y volv&iacute;an &aacute; encerrarse en su estudio misterioso, sin
+que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era
+Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conoc&iacute;a &aacute;
+todos los trabajadores, llam&aacute;ndolos por sus nombres. Cuando ellos ve&iacute;an
+&aacute; don Fernando en los talleres, les parec&iacute;a el trabajo menos pesado y
+procuraban que su tarea fuese m&aacute;s r&aacute;pida, como si el ingeniero hubiese
+de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parec&iacute;a tener
+alrededor de su persona el ambiente de simpat&iacute;a y atracci&oacute;n de los
+grandes caudillos, de los ap&oacute;stoles que arrastran las masas. Hab&iacute;a
+nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que ten&iacute;an
+quejas que formular iban &aacute; &eacute;l, aun sabiendo que su influencia no
+alcanzaba &aacute; la administraci&oacute;n, y despu&eacute;s de escuchar sus consejos se
+retiraban m&aacute;s tranquilos, como si hubieran conseguido algo.</p>
+
+<p>La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa
+espont&aacute;nea, reflejo de un car&aacute;cter recto, transparente y sin dobleces,
+cautivaban &aacute; unos hombres habituados &aacute; la voz imperiosa de los
+contramaestres y &aacute; las respuestas altivas de los escribientes de la
+direcci&oacute;n.</p>
+
+<p>Viv&iacute;a como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja
+cuyo marido hab&iacute;a muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje
+serv&iacute;a para mantener &aacute; la viuda. En torno de &eacute;l hab&iacute;a fabricado el
+afecto de los humildes una aureola de bondad.</p>
+
+<p>Una gran parte de su sueldo la enviaba &aacute; su madre y sus hermanas, que
+resid&iacute;an en la ciudad de Levante donde &eacute;l hab&iacute;a nacido. La pobre se&ntilde;ora
+hab&iacute;a intentado vivir cerca de &eacute;l, pero tem&iacute;a al clima de Bilbao. Muchos
+obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado
+en bandos, de anticuada distinci&oacute;n, que paseaba en los d&iacute;as serenos por
+cerca de la r&iacute;a, apoyada en sus dos hijas, quej&aacute;ndose de las lluvias
+frecuentes de aquel pa&iacute;s, de la atm&oacute;sfera cargada de carb&oacute;n y polvo de
+hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en
+los naranjales caldeados por un viento ardoroso.</p>
+
+<p>Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el inter&eacute;s que
+mostraba por ellos. Aquel se&ntilde;orito era de los suyos. Sin el menor
+esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar &aacute; alg&uacute;n
+trabajador que por enfermedades de la familia se ve&iacute;a en trance apurado.
+El elogio que hac&iacute;an de &eacute;l era siempre el mismo: &laquo;No tiene nada suyo.&raquo;
+Adem&aacute;s, le quer&iacute;an, por verle siempre en guerra con los se&ntilde;ores de la
+administraci&oacute;n, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas
+trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para
+colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compa&ntilde;eros suyos de
+las cofrad&iacute;as de Bilbao, piadosos se&ntilde;ores que se preocupaban m&aacute;s de los
+pensamientos de los obreros que de su trabajo, y vali&eacute;ndose de ciertos
+espionajes de taller, los ten&iacute;an sometidos &aacute; continua vigilancia,
+clasific&aacute;ndolos seg&uacute;n sus creencias.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a el ingeniero hab&iacute;a tenido un choque con la administraci&oacute;n, al ver
+despedido del trabajo, por f&uacute;tiles pretextos, &aacute; un obrero antiguo. Todos
+los compa&ntilde;eros recordaban que un mes antes su camarada hab&iacute;a enterrado
+civilmente, con gran esc&aacute;ndalo de las devotas del pueblo, &aacute; un hijo
+suyo, y acusaban &aacute; los <i>culebrones</i> de la direcci&oacute;n de una ruin
+venganza. Los m&aacute;s exaltados gritaban en son de amenaza. &iquest;Es que despu&eacute;s
+de matarse trabajando, iban &aacute; imponerles &aacute; cambio del jornal lo que
+deb&iacute;an pensar? &iquest;Tendr&iacute;an que ir con una vela en las procesiones, como
+ciertos hip&oacute;critas que halagaban de este modo &aacute; los amos, para
+procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusi&oacute;n en les oficinas y
+acab&oacute; por presentarse &aacute; S&aacute;nchez Morueta. El millonario, abstra&iacute;do en
+sus negocios, ignoraba la vida interna de sus f&aacute;bricas, y se indign&oacute;
+contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se
+aprovechaban de las facultades que &eacute;l les daba, para imponer sus
+creencias. &Eacute;l no quer&iacute;a &aacute; su sombra m&aacute;s que trabajo. El obrero volvi&oacute; &aacute;
+ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeci&oacute; al
+ingeniero esta victoria.</p>
+
+<p>Si S&aacute;nchez Morueta gozaba de alg&uacute;n afecto entre los miles de hombres que
+le ve&iacute;an pasar como un fantasma por el edificio de la direcci&oacute;n, era un
+reflejo del cari&ntilde;o que todos sent&iacute;an por Sanabre. Aquella gente
+adivinaba la simpat&iacute;a que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don
+Fernando estuviese al lado del millonario, no hab&iacute;a que temer que
+entrase en los altos hornos el esp&iacute;ritu de purificaci&oacute;n santurrona que
+reinaba en otras f&aacute;bricas. &Eacute;l defend&iacute;a los intereses de su principal,
+procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres
+todos quedaban en libertad. No ocurr&iacute;a lo que en las f&aacute;bricas y las
+minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos
+peri&oacute;dicos &oacute; la asistencia &aacute; un mitin, para ser despedido con rid&iacute;culos
+pretextos. &iquest;Qu&eacute; le pedir&iacute;a al amo aquel don Fernando tan bueno y
+simp&aacute;tico que no se lo concediese?</p>
+
+<p>Y as&iacute; era: S&aacute;nchez Morueta sent&iacute;a por Sanabre un afecto casi paternal.
+Encontraba en &eacute;l algo de aquel hijo, que en vano hab&iacute;a esperado en los
+primeros tiempos de su matrimonio. Hac&iacute;a ocho a&ntilde;os que se hab&iacute;a
+presentado una ma&ntilde;ana en su escritorio con una carta de recomendaci&oacute;n de
+un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero
+industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener &aacute; su
+madre y sus hermanas que subsist&iacute;an de una m&iacute;sera pensi&oacute;n del Estado. Su
+padre hab&iacute;a sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres
+de guerra: la espada pasaba de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n, como
+instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero &aacute; &eacute;l no
+le gustaba la profesi&oacute;n de soldado: se parec&iacute;a &aacute; su madre. Y S&aacute;nchez
+Morueta, examinando al muchacho, reconoc&iacute;a que efectivamente hab&iacute;a en &eacute;l
+muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos
+finas, la piel lustrosa, de un moreno p&aacute;lido, los ojos grandes y dulces,
+tal vez en demas&iacute;a para un hombre, y una dentadura igual y n&iacute;tida, sin
+esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote,
+ensortijado con cierta arrogancia, era la &uacute;nica herencia f&iacute;sica de sus
+belicosos antecesores.</p>
+
+<p>El millonario sinti&oacute; simpat&iacute;a por el joven desde el primer instante. Tal
+vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la
+delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energ&iacute;as, su viveza de
+car&aacute;cter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo &laquo;Parece un tenor&raquo;&mdash;se
+dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encari&ntilde;ado con su
+idea, no o&iacute;a &oacute;pera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los
+cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba &aacute; su
+joven ingeniero.</p>
+
+<p>Sanabre no tard&oacute; en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre
+de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas
+veces, antes de hablar, sal&iacute;a al encuentro de su pensamiento, lo
+adivinaba, cumpliendo las &oacute;rdenes que el millonario a&uacute;n no hab&iacute;a
+formulado. Adem&aacute;s, el ingeniero ten&iacute;a sus ideas propias, y las
+comunicaba con una discreci&oacute;n tan suave, que el principal acababa por
+creerlas suyas.</p>
+
+<p>Cuando S&aacute;nchez Morueta le tom&oacute; bajo su protecci&oacute;n acababa de fundar los
+altos hornos. Sanabre entr&oacute; en el despacho de los ingenieros como un
+simple agregado, trabajando &aacute; las &oacute;rdenes de un ingl&eacute;s, que hab&iacute;a
+construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde,
+pues pasada esta hora, el <i>whisky</i>, bebido en abundancia durante el d&iacute;a,
+le impulsaba &aacute; las mayores extravagancias. Cuando el ingl&eacute;s volvi&oacute; &aacute; su
+pa&iacute;s, S&aacute;nchez Morueta mir&oacute; con sonrisa paternal &aacute; su ingenierillo.
+&laquo;Muchacho, &iquest;te atrever&iacute;as t&uacute; con todo eso?... &iexcl;Vaya si se atrevi&oacute;! El
+millonario reconoc&iacute;a que desde que Sanabre estaba al frente de los altos
+hornos marchaba la explotaci&oacute;n con m&aacute;s regularidad, siendo menos
+frecuentes los conflictos entre la administraci&oacute;n y el ej&eacute;rcito obrero.
+Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la
+complicada m&aacute;quina, acud&iacute;a &aacute; remediar la aspereza con su dulzura y sus
+buenas palabras. A no ser por &eacute;l, hubieran surgido varias veces en los
+talleres la protesta y la huelga.</p>
+
+<p>Los de la administraci&oacute;n&mdash;por exceso de celo y por antipat&iacute;a instintiva
+hacia la masa jornalera, que viv&iacute;a sin acordarse de la religi&oacute;n,
+hablando &aacute; todas horas de sus derechos,&mdash;inventaban &aacute; cada paso nuevas
+reglamentaciones para cercenar algunos c&eacute;ntimos de los jornales &oacute;
+aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea
+hablaban de la necesidad de &laquo;velar por los intereses de la casa&raquo;, y al
+mismo tiempo, de meter en un pu&ntilde;o &aacute; aquella gentuza, cada vez m&aacute;s
+exigente y respondona. Pero Sanabre estaba all&iacute; y serv&iacute;a de
+intermediario y pacificador. &iquest;Qu&eacute; le importaban &aacute; un potentado como
+S&aacute;nchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa
+entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.</p>
+
+<p>El millonario aceptaba silenciosamente la opini&oacute;n de su ingeniero, y
+renac&iacute;a la paz, mientras los <i>jesuitones de la Direcci&oacute;n</i> (as&iacute; los
+designaban en los talleres), sonre&iacute;an hip&oacute;critamente &aacute; Sanabre,
+agradeci&eacute;ndole las derrotas con felina amabilidad.</p>
+
+<p>Muchos obreros hab&iacute;an notado cierta transformaci&oacute;n en la persona y las
+costumbres del ingeniero director. Vest&iacute;a con m&aacute;s esmero, y los que
+estaban habituados &aacute; verle en los talleres con boina y zapatos de suela
+de c&aacute;&ntilde;amo, sin preocuparse del polvo del carb&oacute;n ni de las chispas del
+acero, se inquietaban ahora cari&ntilde;osamente por los trajes nuevos y los
+sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo
+descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los
+cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban
+la atenci&oacute;n de las mujeres que trabajaban en el carb&oacute;n, pobres seres
+enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre ten&iacute;an algo que
+pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Chicas: nos lo han cambiado!&mdash;se dec&iacute;an;&mdash;ya no es don Fernando:
+parece un se&ntilde;oritingo de los del Arenal. &iquest;Qui&eacute;n ser&aacute; la novia?...</p>
+
+<p>Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina
+transformaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Algunas noches le ve&iacute;an los obreros salir en un coche para Portugalete:
+de all&iacute; pasaba por el puente colgante &aacute; Las Arenas. De alguna de estas
+excursiones volv&iacute;a con una flor en la solapa, conserv&aacute;ndola varios d&iacute;as,
+hasta que se secaba. Los trabajadores que ten&iacute;an m&aacute;s confianza con &eacute;l,
+sonre&iacute;an al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este
+adorno de la solapa, mientras pasaba revista &aacute; los talleres.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;ndo es la boda, don Fernando?&mdash;le preguntaban.</p>
+
+<p>Y &eacute;l contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como
+si desease comunicar algo de su felicidad &aacute; cuantos le rodeaban. La
+visi&oacute;n de un jard&iacute;n, y de una mujer, marchaban ante &eacute;l por los negros y
+ruidosos talleres, embelleci&eacute;ndolo todo como un rayo de sol.</p>
+
+<p>Una tarde de verano, escrib&iacute;a Sanabre en su despacho, junto &aacute; una
+ventana abierta que encuadraba un pedazo de la r&iacute;a, con dos vapores, un
+trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla
+opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un ni&ntilde;o,
+y de bigote erizado, trabajaba cerca de &eacute;l, y en la habitaci&oacute;n inmediata
+los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteni&eacute;ndose algunas veces
+para pedir aclaraciones.</p>
+
+<p>Sanabre parec&iacute;a inquieto; miraba de vez en cuando &aacute; sus subordinados con
+ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba
+en &eacute;l, volv&iacute;a &aacute; escribir, no en los papeles de marca grande que usaba
+para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero
+parec&iacute;a acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de
+artista.</p>
+
+<p>M&aacute;s de dos p&aacute;ginas hab&iacute;a llenado, cuando alguien di&oacute; con el bast&oacute;n
+fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovi&oacute; &aacute; todo el
+personal, habituado &aacute; la calma casi mon&aacute;stica de aquella oficina.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, &iquest;d&oacute;nde est&aacute; ese ingenierete?...</p>
+
+<p>Lo primero que vi&oacute; Sanabre al levantar la cabeza fu&eacute; el brillo de unos
+lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandon&oacute; su sill&oacute;n confuso &eacute;
+indeciso, dudando entre salir al encuentro de aqu&eacute;l &uacute; ocultar la carta.</p>
+
+<p>Los empleados, que le conoc&iacute;an vagamente como pariente del principal,
+volvieron &aacute; enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todav&iacute;a
+atolondrado por la inesperada visita, le ofrec&iacute;a una silla junto &aacute; la
+ventana.</p>
+
+<p>El doctor explicaba su presencia all&iacute;. Hab&iacute;a bajado de Gallarta, llamado
+por la mujer de un antiguo contratista que ahora viv&iacute;a en el Desierto.
+Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas se&ntilde;oras, aunque se
+trasladasen &aacute; Bilbao &oacute; fueran &aacute; vivir al otro extremo del mundo, no
+quer&iacute;an otro m&eacute;dico que el doctor Aresti, oblig&aacute;ndolo &aacute; ir de un lado &aacute;
+otro como un comisionista de la salud. &iexcl;Maldito car&aacute;cter que no le
+permit&iacute;a negarse &aacute; nada! Y mientras ven&iacute;a la hora de coger el &uacute;ltimo
+tren de las minas, se hab&iacute;a dicho: &laquo;Vamos &aacute; echar un p&aacute;rrafo con el
+ingenierito y de paso ver&eacute; el gran feudo industrial de mi primo....&raquo;</p>
+
+<p>Acariciando con amistosas palmadas &aacute; Sanabre, le dec&iacute;a con tono
+malicioso:</p>
+
+<p>&mdash;Desde el d&iacute;a del santo de Pepe que no te hab&iacute;a visto. Cu&aacute;ntas cosas
+han pasado desde entonces &iquest;eh?... Parece que todo va bien.</p>
+
+<p>Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que &eacute;ste le tratase con igual
+confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, &aacute; pesar de su
+car&aacute;cter comunicativo. Los escudri&ntilde;adores ojos de Aresti, habituados al
+examen r&aacute;pido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos &aacute; aquella carta
+que Sanabre pretend&iacute;a ocultar.</p>
+
+<p>&mdash;Eso no ser&aacute; ning&uacute;n trabajo de ingenier&iacute;a&mdash;dijo en voz baja y con
+sonrisa burlona.&mdash;Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... &iexcl;Vaya
+un modo de velar por los intereses de mi primo, se&ntilde;or ingeniero! Y de
+seguro que en esos cajones hay algo m&aacute;s que planos y estudios. Cartitas
+de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortograf&iacute;a:
+tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, se&ntilde;or ingeniero. Eso
+es <i>muy propio</i> de la seriedad de una oficina como esta.</p>
+
+<p>Y re&iacute;a viendo la confusi&oacute;n de Fernando, el cual instintivamente volv&iacute;a
+la mirada hacia los cajones de un <i>secretaire</i> inmediato, desconcertado
+por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temi&oacute; Sanabre que
+sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de all&iacute;
+cuanto antes, y se puso de pie invitando &aacute; Aresti &aacute; seguirle. &iquest;De veras
+que no hab&iacute;a visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las
+mejores: hab&iacute;a cuela de mineral. Y sali&oacute; de la oficina seguido por el
+doctor.</p>
+
+<p>Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por v&iacute;as
+f&eacute;rreas y cubierta de polvo de carb&oacute;n, el m&eacute;dico detuvo &aacute; su gu&iacute;a, como
+si le interesase m&aacute;s hablar con &eacute;l, que contemplar la riqueza industrial
+de su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos &aacute; ver, Fernandito&mdash;dijo cogi&eacute;ndolo por un bot&oacute;n de la
+americana.&mdash;Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu
+gente: &iquest;c&oacute;mo van esos amores?...</p>
+
+<p>Sanabre se ruboriz&oacute;, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le
+desconcertaba la mirada del doctor, fija en &eacute;l con la tenacidad
+insolente de los miopes.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero ingeniero del demonio! No niegues. &iexcl;Si lo s&eacute; todo!... Vaya por
+descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo
+el <i>Capi</i> cuando vino &aacute; cazar <i>chimbos</i> &aacute; la monta&ntilde;a. Ya sabes que &eacute;l es
+hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en
+casa de Pepe. Conque dime, &iquest;cu&aacute;ndo piensas ser mi sobrino?</p>
+
+<p>Sanabre se entreg&oacute;: con aquel hombre no val&iacute;an disimulos. Adem&aacute;s, el
+doctor le hab&iacute;a inspirado una gran confianza y sent&iacute;a el anhelo de todo
+enamorado por comunicar su felicidad. &iquest;A qui&eacute;n mejor que al bondadoso
+Aresti, que adem&aacute;s aparec&iacute;a ante sus ojos engrandecido por su parentesco
+con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirti&oacute; en una
+verbosidad atropellada. Quer&iacute;a contar de un golpe toda la historia de
+sus amores: se extra&ntilde;aba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo
+que &eacute;l y le escuchase con gesto ir&oacute;nico, que daba &aacute; su cara una
+expresi&oacute;n de Mefist&oacute;feles bondadoso.</p>
+
+<p>&iexcl;Ay, qu&eacute; tarde aqu&eacute;lla, en la que Pepita, paseando por su jard&iacute;n de Las
+Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le hab&iacute;a
+contestado afirmativamente! Era la &uacute;nica vez que Sanabre cre&iacute;a haber
+estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los &aacute;rboles, de
+aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como
+avergonzados, al pronunciar el m&aacute;gico monos&iacute;labo. Lo cierto era que al
+anochecer sali&oacute; del hotel de Las Arenas tambale&aacute;ndose, y eso que durante
+la comida no os&oacute; beber m&aacute;s que agua, por el respeto que le infund&iacute;a
+S&aacute;nchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya hab&iacute;a vaciado sus bolsillos,
+derramando un pu&ntilde;ado de pesetas entre la chiquiller&iacute;a que miraba con
+cierto asombro &aacute; un se&ntilde;orito, con el sombrero echado atr&aacute;s, andando &aacute;
+grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un
+lado &aacute; otro del vag&oacute;n, con una nerviosidad que inspiraba cierta
+inquietud &aacute; los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos
+musicales que ten&iacute;an algo de tierno y amoroso, todos los d&uacute;os en que el
+tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasi&oacute;n &aacute; la tiple. &iexcl;Qu&eacute;
+noche, doctor!... Despu&eacute;s se hab&iacute;a serenado; su felicidad adquiri&oacute;
+cierto sosiego, pero aun as&iacute;, cada d&iacute;a le tra&iacute;a nuevas y profundas
+emociones. Llegaba &aacute; Las Arenas y temblaba al entrar en casa de S&aacute;nchez
+Morueta, como si &eacute;ste fuese &aacute; presentarse iracundo &eacute; imponente,
+se&ntilde;al&aacute;ndole con gesto mudo la puerta. Ten&iacute;an que librarse de la
+vigilancia de do&ntilde;a Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita
+con la que le entregaba Pepita en un rinc&oacute;n del hotel, &oacute; en una revuelta
+del jard&iacute;n: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la <i>a&ntilde;a</i>
+de su novia, la ama seca que, despu&eacute;s de criar &aacute; la ni&ntilde;a, se hab&iacute;a
+quedado &aacute; su lado disputando su influencia, primero &aacute; la institutriz, y
+ahora &aacute; las doncellas y dem&aacute;s servidumbre femenina de la casa.</p>
+
+<p>Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de
+Pepita; c&oacute;mo las le&iacute;a y rele&iacute;a; cu&aacute;ntas veces en mitad de su visita &aacute;
+los talleres, acomet&iacute;a su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha
+de que tal p&aacute;rrafo envolv&iacute;a cierta frialdad, y volaba de nuevo &aacute; su
+despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la
+letra amada, como un jerogl&iacute;fico que ocultaba su felicidad. &Eacute;l no hab&iacute;a
+cre&iacute;do nunca que pudiera amarse tan intensamente. Hab&iacute;a conocido &aacute;
+Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jard&iacute;n,
+bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al m&aacute;s leve descuido
+gritaba como un loro arisco: &laquo;&iexcl;Miss!...&raquo; &iquest;Qui&eacute;n le hubiera dicho
+entonces que se hab&iacute;a de enamorar de aquella chiquilla? &iexcl;Porque &eacute;l
+estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!</p>
+
+<p>Y Aresti, sonre&iacute;a con cierta compasi&oacute;n ante las cosas f&uacute;tiles que
+constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las
+inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una
+sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia
+vulgar.</p>
+
+<p>&mdash;Es esta tu primera novia, &iquest;verdad?&mdash;dijo Aresti.&mdash;Ya se conoce: todos
+hemos pasado por eso. Es el sarampi&oacute;n de la juventud. Un signo de fuerza
+y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo,
+sigue.</p>
+
+<p>La &uacute;nica tristeza de Sanabre era la consideraci&oacute;n de la gran desigualdad
+de fortuna entre &eacute;l y su novia. &iquest;Qu&eacute; dir&iacute;a su principal cuando se
+enterase? Le creer&iacute;a un aventurero que intentaba apoderarse de su
+inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era
+para muchos la &uacute;nica carrera un buen matrimonio, &iquest;qu&eacute; pensar&iacute;an de un
+ingeniero pobre que pon&iacute;a los ojos nada menos que en la hija de S&aacute;nchez
+Morueta?...</p>
+
+<p>Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. &iquest;No
+creer&iacute;a &eacute;l tambi&eacute;n que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la
+riqueza? Esta duda le entristec&iacute;a. &Eacute;l amaba &aacute; Pepita... porque s&iacute;.
+&iquest;Qui&eacute;n sabe por qu&eacute; se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de
+Bilbao, hura&ntilde;a y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres
+viv&iacute;an separados, era Pepita la &uacute;nica joven con la que hab&iacute;a tenido
+alg&uacute;n trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce
+otros obst&aacute;culos que los de la naturaleza, le hab&iacute;a sorprendido,
+inflamando sus treinta a&ntilde;os, la edad de las grandes pasiones. &iexcl;Ay! &iexcl;C&oacute;mo
+deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse &aacute; &eacute;l, le agradeciera
+no s&oacute;lo su amor sino su trabajo! &iexcl;Qu&eacute;! &iquest;no le cre&iacute;a el doctor?...</p>
+
+<p>&mdash;Te creo, muchacho&mdash;dijo Aresti&mdash;Claro es que no te sabr&aacute; mal ser yerno
+de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aqu&iacute; las hojuelas
+son tu amor. T&uacute; eres de otra raza; t&uacute; vienes de abajo, del Sur, de un
+pa&iacute;s de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar
+menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto &aacute; la mujer...
+&iexcl;tanto! que &aacute; veces se la da de pu&ntilde;aladas para tirarse luego del pelo
+ante su cad&aacute;ver. Sois unos animales m&aacute;s vehementes, m&aacute;s complicados &eacute;
+interesantes que los de aqu&iacute;. Tengo la certeza de que si esto sigue, a&uacute;n
+te ver&aacute;n alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando
+serenatas ante la ventana de mi sobrina.</p>
+
+<p>Aresti, por no molestar al ingeniero, cambi&oacute; de tono y le habl&oacute; con
+gravedad. Pod&iacute;a prepararse &aacute; sufrir disgustos. Aquello no sab&iacute;a &eacute;l c&oacute;mo
+pod&iacute;a acabar; lo m&aacute;s probable era que terminase de mal modo.</p>
+
+<p>&mdash;Lo s&eacute;&mdash;dijo Sanabre con tristeza.&mdash;Temo al principal cuando se entere.
+Se indignar&aacute;, sin que le falte raz&oacute;n para ello.</p>
+
+<p>&mdash;Mi primo es el menos temible. No tiene opini&oacute;n formada sobre el
+porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que t&uacute;, que
+eres un trabajador, contin&uacute;es su obra. Hay que esperar siempre algo
+bueno de su car&aacute;cter.... &iexcl;Otros son los que debes temer!</p>
+
+<p>Y hablaban de su prima, la &laquo;antip&aacute;ticamente virtuosa&raquo; como &eacute;l la
+llamaba: aquella Cristina que se cre&iacute;a postergada por haberse unido &aacute;
+S&aacute;nchez Morueta &aacute; pesar de que &eacute;ste le trajo la fortuna. &iquest;Qu&eacute; iba &aacute;
+decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un
+empleado de su casa? Ella s&oacute;lo apreciaba dos cualidades, como las &uacute;nicas
+respetables en el mundo: una gran fortuna &oacute; un nombre hist&oacute;rico,
+relacionado con las glorias del pa&iacute;s vasco y de la religi&oacute;n....</p>
+
+<p>&mdash;Adem&aacute;s, ingeniero de Dios&mdash;continu&oacute; el doctor:&mdash;tienes que luchar con
+Ferm&iacute;n Urquiola, que tambi&eacute;n parece que anda tras de la chica, no s&eacute; si
+por impulso propio &oacute; empujado por la madre.</p>
+
+<p>Aqu&iacute; se irgui&oacute; Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido.
+A ese no le ten&iacute;a miedo. Estaba seguro de que inspiraba &aacute; Pepita una
+aversi&oacute;n irresistible: bastaba ver con qu&eacute; despego le trataba. Aquellas
+ni&ntilde;as criadas junto &aacute; las faldas de sus madres, conoc&iacute;an todo lo que
+pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en
+asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre m&aacute;s all&aacute;
+de las rejas. Pepita conoc&iacute;a la vida de aquel se&ntilde;orito, mezcla de mat&oacute;n
+clerical y de calavera r&uacute;stico, que pasaba las noches en las casas del
+barrio de San Francisco y hab&iacute;a sido conducido varias veces al juzgado
+por borracheras tumultuosas. No, &aacute; ese no pod&iacute;a quererlo Pepita: lo
+despreciaba &aacute; pesar de que la persegu&iacute;a en las visitas, extremando con
+ella su cortes&iacute;a empalagosa copiada de los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a. Se
+retiraba de &eacute;l con cierta impresi&oacute;n de asco: como si la pudiera manchar
+con impuros contagios, &aacute; los que ella, en su inocencia, daba formas
+monstruosas.</p>
+
+<p>&mdash;Y de mi sobrina &iquest;est&aacute;s muy seguro?&mdash;pregunt&oacute; el doctor fr&iacute;amente, con
+forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.</p>
+
+<p>Sanabre sent&iacute;a la ciega convicci&oacute;n de todo amante. S&iacute;: estaba seguro de
+que le amaba: &iquest;Por qu&eacute; le hab&iacute;a de enga&ntilde;ar, halagando sus ilusiones? El
+ingeniero no comprend&iacute;a la pregunta del doctor.</p>
+
+<p>&mdash;Es que sois de diversa raza&mdash;continu&oacute; Aresti&mdash;Tal vez me enga&ntilde;e, pero
+&iexcl;qu&eacute; quieres!; desde aqu&iacute;, sin haber le&iacute;do vuestras cartas, sin haberos
+escuchado, apostar&iacute;a algo &aacute; que, de los dos, t&uacute; eres el que quieres m&aacute;s
+y mejor.</p>
+
+<p>Sanabre qued&oacute; silencioso un momento. Parec&iacute;a asombrado, como si de
+repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que ve&iacute;a
+algo nuevo. Acud&iacute;an de golpe &aacute; su memoria hechos olvidados, palabras en
+las que no hab&iacute;a puesto atenci&oacute;n, mil insignificancias que parec&iacute;an
+removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba &eacute;ste en lo cierto.
+Pepita no parec&iacute;a tomar el amor con el mismo apasionamiento que &eacute;l. Era
+un incidente que alegraba su vida d&aacute;ndole nuevos deseos, pero sin llegar
+&aacute; turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de enga&ntilde;arse con
+dulces ilusiones, el ego&iacute;smo varonil, inclinado siempre &aacute; creer en una
+predilecci&oacute;n en favor suyo, se sublevaron en Fernando.</p>
+
+<p>&mdash;No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.</p>
+
+<p>Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y
+cuadernos de c&aacute;lculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa,
+en las que Pepita juraba quererlo &laquo;m&aacute;s que &aacute; su vida&raquo; y terminaba
+invariablemente &laquo;tuya hasta la muerte.&raquo; Para Sanabre, estos juramentos
+eran m&aacute;s solemnes &eacute; inconmovibles que las sentencias de un tribunal.</p>
+
+<p>&mdash;Pues si ella te quiere&mdash;dijo el doctor&mdash;&iexcl;adelante, muchacho! y &aacute; ver
+cu&aacute;ndo te llamo sobrino.</p>
+
+<p>Sintiendo cierta conmiseraci&oacute;n por su optimismo, intent&oacute; animarle,
+disminuyendo los obst&aacute;culos ante los cuales se aterraba Fernando. Al
+padre, &aacute; pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no hab&iacute;a que
+tenerle gran miedo. Era cuesti&oacute;n de que el descubrimiento le pillase de
+buen talante. A&uacute;n pasar&iacute;a tiempo antes de que se enterase, preocupado
+como estaba por los nuevos negocios que le obligaban &aacute; trasladarse &aacute;
+Madrid todos los meses. Adem&aacute;s: &eacute;l sab&iacute;a lo que era el amor (&iexcl;vaya si lo
+sab&iacute;a!) y no era hombre que de buenas &aacute; primeras se indignase contra un
+joven, porque no hab&iacute;a sabido resistirse &aacute; las inclinaciones de su
+coraz&oacute;n. Quedaban otros enemigos, y adem&aacute;s la malicia de la gente, que
+creer&iacute;a c&aacute;lculo lo que era amor.... Pero &iexcl;qu&eacute; demonio! un ingeniero no
+era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje,
+desde hac&iacute;a a&ntilde;os, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas
+&oacute; en el primer cap&iacute;tulo un protagonista joven, noble, arrogante, que
+s&oacute;lo abr&iacute;a la boca para decir cosas hermosas y <i>profundas</i>, ya se sab&iacute;a,
+era un ingeniero.</p>
+
+<p>&mdash;Lo malo&mdash;a&ntilde;adi&oacute; Aresti, recobrado su tono ir&oacute;nico&mdash;es que en este
+Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en
+otros pa&iacute;ses como un primer gal&aacute;n del porvenir; pero aqu&iacute;, &iexcl;hijo m&iacute;o!,
+el h&eacute;roe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de
+Deusto.</p>
+
+<p>Y antes de que Sanabre volviera &aacute; hablar de su amor, el m&eacute;dico a&ntilde;adi&oacute;,
+cogi&eacute;ndole de un brazo:</p>
+
+<p>&mdash;Vaya; ens&eacute;&ntilde;ame todo eso. Piensa que a&uacute;n tengo que ir &aacute; Gallarta.</p>
+
+<p>Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de
+residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una
+complicada telara&ntilde;a de v&iacute;as f&eacute;rreas. Sanabre enumeraba todos los medios
+de comunicaci&oacute;n que convert&iacute;an el establecimiento en una red complicada,
+con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de v&iacute;a.
+Ten&iacute;an un ferrocarril directo &aacute; las minas; otro para las mercanc&iacute;as, que
+empalmaba con la vecina estaci&oacute;n; v&iacute;as para los embarcaderos, v&iacute;as para
+comunicar unos talleres con otros: total, muchos kil&oacute;metros de rieles
+que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos
+puntos, al encontrarse las v&iacute;as, se tend&iacute;an unas sobre terraplenes y
+otras pasaban por debajo, al trav&eacute;s de peque&ntilde;os t&uacute;neles. El espacio
+estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los tel&eacute;fonos, y los
+cables de los tranv&iacute;as a&eacute;reos. Entre esta red de acero alz&aacute;banse
+numerosos postes, con sus faros el&eacute;ctricos semejantes &aacute; lunas apagadas.
+Los guardas paseaban por las v&iacute;as con la carabina pendiente del hombro y
+el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas &oacute; las orillas
+de la r&iacute;a por donde se colaban los merodeadores en busca de la
+<i>chatarra</i>, acero viejo, piezas de m&aacute;quinas desmontadas &oacute; rollos de
+alambre, que vend&iacute;an en los baratillos de Bilbao. La r&iacute;a&mdash;seg&uacute;n dec&iacute;a el
+capit&aacute;n Iriondo&mdash;era peor que una carretera antigua. As&iacute; que cerraba la
+noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llev&aacute;ndose todo
+lo que estaba suelto en barcas y edificios.</p>
+
+<p>El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que
+aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicaci&oacute;n.
+Aquello era obra suya y proporcionaba &aacute; la casa, sin nuevos gastos, una
+fuerza de m&aacute;s de dos mil caballos. Despu&eacute;s ven&iacute;an los hornos para hacer
+el cok, que extra&iacute;an del carb&oacute;n, el alquitr&aacute;n y el amon&iacute;aco.</p>
+
+<p>Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa
+estaba atracado &aacute; la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que
+s&oacute;lo se le ve&iacute;an la chimenea y los m&aacute;stiles. En aqu&eacute;lla destac&aacute;banse
+pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de S&aacute;nchez Morueta.
+La gr&uacute;a del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el
+agua. El tanque, que conten&iacute;a una tonelada de combustible, sal&iacute;a de las
+entra&ntilde;as del barco, se remontaba hasta la punta del puente a&eacute;reo y,
+desliz&aacute;ndose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar
+su contenido en una de las varias monta&ntilde;as de hulla que se interpon&iacute;an
+entre aquella parte del establecimiento y la r&iacute;a. Otro vapor con bandera
+inglesa, estaba inm&oacute;vil, un poco m&aacute;s all&aacute;, hundido hasta la l&iacute;nea de
+flotaci&oacute;n, esperando su turno para descargar.</p>
+
+<p>&mdash;Consumimos mil toneladas diarias&mdash;dec&iacute;a el ingeniero con
+orgullo.&mdash;Necesitamos m&aacute;s de un barco cada veinticuatro horas.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, ense&ntilde;&oacute; al doctor el triturador del carb&oacute;n, donde trabajaban las
+mujeres entre una nube de polvillo que las cubr&iacute;a la cara, d&aacute;ndolas un
+aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos,
+en medio de su m&aacute;scara negra.</p>
+
+<p>Los grandes talleres, para la reparaci&oacute;n de las maquinarias de la casa y
+construcci&oacute;n de m&aacute;quinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la
+curiosidad del doctor.</p>
+
+<p>&mdash;Conozco esto&mdash;dijo Aresti.&mdash;Lo he visto muchas veces fuera de aqu&iacute;. Lo
+que &aacute; m&iacute; me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra
+industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y se&ntilde;alaba los
+altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que
+sub&iacute;a hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor
+de volc&aacute;n envolvi&oacute; &aacute; los dos hombres al aproximarse &aacute; los altos hornos.
+Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una
+regularidad geom&eacute;trica por peque&ntilde;as zanjas que serv&iacute;an de moldes al
+mineral en fusi&oacute;n. Por este cuadriculado del suelo corr&iacute;a el hierro
+l&iacute;quido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra
+ard&iacute;a, obligando al doctor &aacute; mover continuamente los pies. Los gruesos
+muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel.
+El ingeniero, habituado &aacute; esta temperatura, describ&iacute;a con gran calma la
+funci&oacute;n de los altos hornos.</p>
+
+<p>Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil
+quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en
+los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entra&ntilde;as,
+form&aacute;base el metal que descend&iacute;a por su peso hasta salir por la base de
+las torres. D&iacute;a y noche ard&iacute;an los altos hornos: el enfriamiento era su
+muerte. Calentarlos y ponerlos en disposici&oacute;n de funcionar, costaba una
+fortuna. Si se apagaban hab&iacute;a que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto
+de medio mill&oacute;n.</p>
+
+<p>Un descuido en el trabajo, una huelga, pod&iacute;a costar la existencia &aacute;
+aquellos gigantes de la industria, que s&oacute;lo viv&iacute;an ardiendo y tragando
+combustible &aacute; todas horas. Cuando surg&iacute;a una huelga en la monta&ntilde;a y los
+ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, hab&iacute;a que echarles
+carb&oacute;n lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra,
+con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la
+industria, y pod&iacute;an inutilizarse al menor descuido.</p>
+
+<p>Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el m&eacute;dico, asombrado
+por la enorme mole de las dos torres ardientes que parec&iacute;an servir de
+pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoraci&oacute;n de
+las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los &iacute;dolos
+&iacute;gneos que coc&iacute;an dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las
+v&iacute;ctimas humanas.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora van &aacute; sangrar&mdash;dijo Sanabre, se&ntilde;alando &aacute; un obrero viejo que
+hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra
+refractaria.</p>
+
+<p>Se abri&oacute; un peque&ntilde;o agujero en la base de una de las torres y apareci&oacute;
+un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que
+her&iacute;an la vista. Se fu&eacute; agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de
+sangre de toro, corri&oacute; por la tierra con un chisporroteo ruidoso.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eso es el hierro?&mdash;pregunt&oacute; Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;No: es escoria. El hierro vendr&aacute; despu&eacute;s.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa.
+Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se
+enrojec&iacute;an los ojos; parec&iacute;a que las pesta&ntilde;as iban &aacute; consumirse,
+sec&aacute;base la piel sinti&eacute;ndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies
+mov&iacute;anse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.</p>
+
+<p>Aresti admiraba &aacute; los trabajadores, que estaban all&iacute; como en su casa,
+habituados &aacute; una temperatura asfixiante, movi&eacute;ndose como salamandras
+entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el
+incendio hubiese absorbido sus m&uacute;sculos, dej&aacute;ndoles el esqueleto y la
+piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo
+cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor
+les hac&iacute;a exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en
+part&iacute;culas de ardiente ara&ntilde;azo. Algunos mostraban las cicatrices de
+horrorosas quemaduras.</p>
+
+<p>Sanabre se&ntilde;al&oacute; la boca del horno. Iba &aacute; comenzar la colada. No era una
+estrella lo que se abr&iacute;a en la tierra refractaria: era una gran hostia
+de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que
+abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descend&iacute;a por la canal,
+esparci&eacute;ndose en espesa ondulaci&oacute;n en las cuadr&iacute;culas del suelo. Aresti
+crey&oacute; morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto
+con la atm&oacute;sfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas
+en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que
+revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos
+verdosos que zumbaban un instante, desvaneci&eacute;ndose para dejar paso &aacute;
+otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa
+intenso al salir del horno con ruidosas g&aacute;rgaras; rodaba por las canales
+con la torpeza del barro, enrojeci&eacute;ndose como sangre coagulada, y al
+quedar inm&oacute;vil en los moldes, se cubr&iacute;a de un polvo blanco, la escarcha
+del enfriamiento.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico no pod&iacute;a seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.</p>
+
+<p>&mdash;V&aacute;monos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.</p>
+
+<p>Aun vieron como, cambiando de direcci&oacute;n la canal del horno, arrojaba su
+chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el
+caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente &aacute;
+transformarse en acero. Silb&oacute; la locomotora, peque&ntilde;a como un juguete,
+sali&oacute; &aacute; toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos,
+arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el l&iacute;quido
+rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.</p>
+
+<p>Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tom&oacute; la mano del ingeniero.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Gu&iacute;ame, Virgilio!&mdash;dijo riendo.&mdash;Yo voy como el poeta de los
+infiernos: cuida de que no nos quememos.</p>
+
+<p>Y avanzaba por la plataforma inmediata &aacute; los altos hornos, saltando los
+arroyos de metal en ebullici&oacute;n. Cada vez que pasaba por encima de una de
+las zanjas, una bocanada de fuego sub&iacute;a por sus piernas hasta la cruz de
+los pantalones.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Por fin!... Aqu&iacute; se respira&mdash;dijo el doctor al descender de la meseta
+donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.</p>
+
+<p>Pas&oacute; un buen rato limpi&aacute;ndose el sudor y haci&eacute;ndose aire con el pa&ntilde;uelo.</p>
+
+<p>&mdash;Parece mentira, Fernandito&mdash;dijo con su acento zumb&oacute;n&mdash;que viviendo
+aqu&iacute; tengas &aacute;nimo para pensar en amores. Yo so&ntilde;ar&iacute;a con un botijo
+grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la
+nieve.</p>
+
+<p>&mdash;Pues a&uacute;n nos queda por ver otro infierno: s&oacute;lo que este es m&aacute;s
+<i>pintoresco</i>.</p>
+
+<p>Y el ingeniero gui&oacute; al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran
+enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios
+abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de
+voltearlas cuando lo exig&iacute;an las operaciones de la carga, llegaban hasta
+ellas por unas pasarelas de acero.</p>
+
+<p>Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran
+descubrimiento industrial que hab&iacute;a abaratado el acero, enriqueciendo &aacute;
+Bilbao al mismo tiempo, pues exig&iacute;a minerales sin f&oacute;sforo, como los de
+las monta&ntilde;as vizca&iacute;nas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los
+hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento m&aacute;s lento y m&aacute;s
+caro; pero ahora todo el metal para v&iacute;as f&eacute;rreas, que era el de m&aacute;s
+salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describ&iacute;a,
+con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor,
+que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de &eacute;l por
+una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio
+y el manganeso: as&iacute; se formaba el acero. No era de clase tan superior
+como el Siemens, por ejemplo, pero serv&iacute;a perfectamente para los rieles
+de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.</p>
+
+<p>Aresti apenas le o&iacute;a, aturdido como estaba por la grandeza del
+espect&aacute;culo. Era un rugido inmenso que conmov&iacute;a la techumbre del taller,
+y hac&iacute;a temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca
+del convertidor, &aacute; impulsos de la corriente de aire comprimido que ven&iacute;a
+del vecino edificio, donde estaban las grandes m&aacute;quinas inyectadoras. El
+metal en ebullici&oacute;n arrojaba por la boca superior de la campana un
+torbellino de chispas, un ramillete de fuego. &iexcl;Pero qu&eacute; chispas! &iexcl;qu&eacute;
+fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti
+recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los
+altos hornos.</p>
+
+<p>Soplaba la campana su ensordecedor rugido y sub&iacute;a recto por el espacio
+un surtidor que se abr&iacute;a en lo alto como una palmera roja, esparciendo
+plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino,
+descendiendo despu&eacute;s para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en
+cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su
+chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surg&iacute;a el
+chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos
+los colores del iris. Fuera del taller a&uacute;n era de d&iacute;a. El sol, en el
+ocaso, iluminaba el suelo, m&aacute;s all&aacute; de los cobertizos; pero los ojos,
+deslumbrados por este resplandor de incendio, lo ve&iacute;an todo negro, como
+si hubiese llegado la noche.</p>
+
+<p>El acero l&iacute;quido ca&iacute;a en moldes de forma c&oacute;nica. Una gr&uacute;a mov&iacute;a los
+moldes, volte&aacute;ndolos cuando el acero se solidificaba; y aparec&iacute;a el
+lingote c&oacute;nico, en forma de pan de az&uacute;car, de un blanco rosa, como si
+fuese de hielo con una luz interior, esparci&eacute;ndose las cenizas de su
+enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en
+un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los
+hornos de laminaci&oacute;n, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como
+si fuese un &iacute;dolo arrastrado por sus fieles.</p>
+
+<p>Aresti ya no sent&iacute;a el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original
+belleza del espect&aacute;culo. All&iacute; quer&iacute;a ver &eacute;l &aacute; ciertas gentes que s&oacute;lo
+aspiraban la poes&iacute;a en el polvo de lo antiguo, negando toda sensaci&oacute;n
+art&iacute;stica &aacute; los descubrimientos modernos. Ning&uacute;n poeta hab&iacute;a dado una
+impresi&oacute;n de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento
+industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un
+juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar
+el Vesubio. &iquest;Qu&eacute; volc&aacute;n m&aacute;s hermoso que aqu&eacute;l? Los hombres, al amparo de
+la ciencia, hac&iacute;an poes&iacute;a sin saberlo; la poes&iacute;a viril, la de las
+fuerzas de la naturaleza.</p>
+
+<p>Y as&iacute; segu&iacute;a el doctor, desbordando su admiraci&oacute;n en entusi&aacute;sticas
+palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que
+manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller,
+pareci&oacute; volverle &aacute; la realidad. Saltaban en torno de ellos las mol&eacute;culas
+del acero &iacute;gneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies
+cubiertos de trapos, y ten&iacute;an que sacudirlos con frecuencia para
+librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al
+rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El m&aacute;s ligero roce con
+aquellos infernales panes de az&uacute;car, convert&iacute;a instant&aacute;neamente la carne
+en humo, dejando el hueso al descubierto. Pod&iacute;an matar &aacute; un hombre con
+su contacto, sin dejar en el ambiente m&aacute;s que un leve hedor de
+chamusquina, un poco de vapor: despu&eacute;s, nada.... Y los conos diab&oacute;licos
+atra&iacute;an con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si
+gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro,
+evapor&aacute;ndola.</p>
+
+<p>Aresti pas&oacute; al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el
+calor. Hab&iacute;a perdido el instinto de la conservaci&oacute;n en aquel mundo de
+incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sent&iacute;a caprichos de ni&ntilde;o, una
+tendencia &aacute; acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con
+su blancura sonrosada, que pod&iacute;an comerse su mano con s&oacute;lo el roce.</p>
+
+<p>Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al
+salir de ellos ca&iacute;an en el tren de laminar, una serie de cilindros que
+los torturaban, los aplastaban, adelgaz&aacute;ndolos en infinita prolongaci&oacute;n.
+Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban
+los lingotes por entre los cilindros, que se mov&iacute;an lentamente. La masa
+de acero enrojecida, pasaba arrastr&aacute;ndose junto &aacute; sus pies, como una
+bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua
+de muerte, pero en el momento en que iba &aacute; tocarles, un h&aacute;bil golpe de
+las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde sal&iacute;a por el
+extremo opuesto, para volver &aacute; entrar, siempre cambiando de forma.
+Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal
+rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surg&iacute;a
+por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada:
+y en sucesivos pases adelgaz&aacute;base, se estiraba con ruidosos quejidos,
+como protestando de la dolorosa dislocaci&oacute;n, hasta que, por fin, no era
+m&aacute;s que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba &aacute; los obreros negros
+y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el
+ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover
+pesad&iacute;simas masas en una atm&oacute;sfera que apenas permit&iacute;a la respiraci&oacute;n.
+Aresti comprend&iacute;a ahora la injusticia con que hab&iacute;a censurado muchas
+veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que har&iacute;a
+&eacute;l, de verse condenado por la fatalidad social &aacute; aquella labor que
+embotaba los sentidos y parec&iacute;a evaporar el cerebro en un ambiente de
+fuego. Una sed eterna, semejante &aacute; la de los condenados, martirizaba &aacute;
+aquellos infelices. &iexcl;Qu&eacute; otro placer al salir de all&iacute;, que la paz y la
+sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegr&iacute;a
+moment&aacute;nea, enga&ntilde;ando al hombre con ficticias fuerzas para seguir
+aquella vida de salamandra!...</p>
+
+<p>El m&eacute;dico pas&oacute; de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire
+libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos
+ve&iacute;anse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos,
+interminables cintas de acero. All&iacute; estaba la fabricaci&oacute;n del alambre.
+El ingeniero hablaba de lo <i>curiosa</i> que era esta manipulaci&oacute;n, pero
+Aresti no quiso seguirle.</p>
+
+<p>&mdash;Ya he visto bastante&mdash;dijo con acento de cansancio.&mdash;Esto es un gran
+espect&aacute;culo... para el invierno.</p>
+
+<p>All&iacute;, &aacute; cielo raso, oyendo de lejos el estr&eacute;pito de las m&aacute;quinas, viendo
+cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban
+los dos de la frescura del crep&uacute;sculo.</p>
+
+<p>&mdash;Es una vida dura&mdash;dijo el doctor, que segu&iacute;a pensando en los obreros
+del fuego.&mdash;Me dir&aacute;n que este trabajo horrible es una consecuencia de
+los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la
+civilizaci&oacute;n. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este
+modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro
+para pensar.... &iexcl;Y aun se extra&ntilde;an algunos de que esta pobre gente no se
+muestre contenta, y crea que el mundo est&aacute; mal arreglado y no es un
+modelo de dulzura!</p>
+
+<p>Sanabre aprobaba las palabras del doctor. &Eacute;l, pod&iacute;a apreciar &aacute; todas
+horas la dureza de aquel trabajo, sent&iacute;a una conmiseraci&oacute;n infinita por
+los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. &Eacute;l era <i>algo
+socialista</i>; pero s&oacute;lo con el doctor Aresti se atrev&iacute;a &aacute; hacer tal
+confesi&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Lo m&aacute;s amargo de la miseria de estas gentes&mdash;dijo el m&eacute;dico&mdash;no
+consiste s&oacute;lo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el
+pan. Est&aacute; en el ambiente desmoralizador que les rodea.</p>
+
+<p>Y Aresti describ&iacute;a el sufrimiento psicol&oacute;gico que hab&iacute;a sorprendido en
+todo ej&eacute;rcito obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las
+f&aacute;bricas. Los peones de las canteras viv&iacute;an como bestias, &iquest;pero acaso
+com&iacute;an y dorm&iacute;an mejor los labriegos del interior de Espa&ntilde;a? Para
+muchos, la vida de las minas hasta constitu&iacute;a un mejoramiento de su
+bienestar, comparada con la existencia m&iacute;sera de bestias desamparadas
+que llevaban en sus terru&ntilde;os los a&ntilde;os de sequ&iacute;a y mala cosecha. En las
+f&aacute;bricas eran los jornales superiores &aacute; los del resto de la pen&iacute;nsula y
+no se sufr&iacute;an los grandes paros &aacute; que se ve&iacute;a obligada la industria
+pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en
+las f&aacute;bricas todo el que trabajaba sent&iacute;a un sordo rencor, una ira
+reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si &aacute; todas horas
+fuesen v&iacute;ctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el
+malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que
+acababa de pasar por all&iacute;, &aacute; la vista de todos, tocando &aacute; algunos y
+volviendo la espalda &aacute; los dem&aacute;s.</p>
+
+<p>El explotador de la mina hab&iacute;a sido jornalero al lado de muchos que
+ahora eran sus peones; al due&ntilde;o de la f&aacute;brica lo hab&iacute;an conocido los
+trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las
+hab&iacute;an visto formarse los mismos que sufr&iacute;an su servidumbre. El bracero
+que en su pa&iacute;s miraba con tradicional respeto &aacute; los que eran due&ntilde;os de
+la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolv&iacute;a aqu&iacute; con audacia
+revolucionaria contra el compa&ntilde;ero enriquecido. El obrero industrial,
+habituado &aacute; sufrir en otras partes la tiran&iacute;a de las sociedades
+an&oacute;nimas, monstruos ac&eacute;falos de la industria, irrit&aacute;base &aacute; cada momento
+contra el gran patrono de reciente formaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Todos hab&iacute;an presenciado el despertar de la riqueza; hab&iacute;an tomado parte
+en &eacute;l; era cosa suya; y m&aacute;s que la miseria, les atormentaba el
+sufrimiento moral de la desigualdad, la decepci&oacute;n de haber vivido en
+medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el
+malestar de todas las aglomeraciones humanas de formaci&oacute;n reciente; de
+las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la
+comparaci&oacute;n eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y
+caprichosa que empuja &aacute; los otros; la convicci&oacute;n del fracaso, m&aacute;s viva y
+dolorosa, ante las r&aacute;pidas elevaciones presenciadas todos los d&iacute;as, la
+tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace
+so&ntilde;ar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia
+adelante que da el afortunado.</p>
+
+<p>El ingeniero reconoc&iacute;a la certeza de las observaciones del doctor. La
+situaci&oacute;n de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y
+los aumentos de jornal, era de un efecto moment&aacute;neo. &Eacute;l cre&iacute;a, como
+Aresti, que aquel malestar s&oacute;lo ten&iacute;a un arreglo; cambiar la
+organizaci&oacute;n del mundo y proclamar la Justicia Social como &uacute;nica
+religi&oacute;n y &uacute;nica ley, suprimiendo la caridad que no es m&aacute;s que una
+hipocres&iacute;a que coloca la m&aacute;scara de la dulzura sobre las crueldades del
+presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo,
+reconoc&iacute;a tambi&eacute;n aquel otro especial&iacute;simo descubierto por el doctor; el
+de los despechados, que ve&iacute;an enriquecerse &aacute; sus compa&ntilde;eros de miseria,
+ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.</p>
+
+<p>Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la
+penumbra del crep&uacute;sculo, &aacute; trav&eacute;s de las l&iacute;neas f&eacute;rreas, subiendo y
+bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que me irrita&mdash;dijo el doctor&mdash;en todas estas grandes fortunas que
+se forman de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana, es su ineficacia, su infecundidad
+para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza
+individual, pero, &iexcl;qu&eacute; demonio! hay que reconocer que en otros pa&iacute;ses
+hace alg&uacute;n bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo,
+esos t&iacute;os que atraen el dinero &aacute; sus manos, con una buena suerte
+escandalosa &eacute; indecente, y que mueren dejando centenares de millones,
+tienen, al menos, la discreci&oacute;n de hacerse perdonar con obras &uacute;tiles. El
+uno funda una universidad, el otro un museo, el de m&aacute;s all&aacute; una
+biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipaci&oacute;n y
+perfeccionamiento de aquellos &aacute; quienes explotaron durante su vida. Pero
+aqu&iacute; el rico se guarda el dinero y cuando siente la comez&oacute;n de perpetuar
+su nombre, construye un convento &oacute; funda una capilla. Si se preocupa del
+porvenir es para que en lo futuro contin&uacute;e la imbecilidad del
+presente.... Ya sabes c&oacute;mo defino yo al rico de esta tierra, con gran
+esc&aacute;ndalo del vulgo, que me cree loco. &laquo;Un se&ntilde;or que pasa su vida
+haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero &aacute;
+su mujer... y que su mujer se lo d&eacute; al jesu&iacute;ta....&raquo; A&uacute;n quedan algunos
+potentados como mi primo que se defienden: pero, cr&eacute;eme: si aqu&iacute; no
+viene una revoluci&oacute;n, esto ser&aacute; otro Paraguay: aqu&iacute; todos trabajamos,
+sin saberlo, para el jesu&iacute;ta.</p>
+
+<p>Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de
+nuevo contra su tierra.</p>
+
+<p>&mdash;Adem&aacute;s, me indignaba la tristeza de este pa&iacute;s. Cuando Bilbao era una
+villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se
+divert&iacute;a mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos
+se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades
+mineras, con su aglomeraci&oacute;n de gentes diversas y sus fortunas
+improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros
+internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los
+bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe....
+Por aqu&iacute; ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua
+Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos se&ntilde;ores
+vestidos de negro del tiempo de los Austrias.</p>
+
+<p>El ingeniero, escuch&aacute;ndole, ve&iacute;a el cuadro de la villa, aburrida sobre
+el mont&oacute;n de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una
+prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el
+de la posesi&oacute;n; adornando sus casas con un lujo que nadie hab&iacute;a de
+admirar, pues el retraimiento de la raza y los escr&uacute;pulos religiosos se
+opon&iacute;an &aacute; las fiestas de sociedad.</p>
+
+<p>Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por
+Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y
+al volver &aacute; Bilbao, segu&iacute;an su vida de escr&uacute;pulos y nimiedades. Si
+alguna vez se reun&iacute;an en un sal&oacute;n las grandes familias, quedaban las
+j&oacute;venes &aacute; un lado y los muchachos &aacute; otro, mir&aacute;ndose de lejos, como si la
+alegr&iacute;a expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una
+monstruosidad. Tal vez en este aislamiento hura&ntilde;o, <i>guardador de la
+inocencia</i>, les ocurr&iacute;a lo que &aacute; ciertos escritores de la Iglesia que,
+atenaceados por la castidad, describ&iacute;an placeres inauditos, aberraciones
+monstruosas que nunca hab&iacute;an existido, abriendo con esto nuevos
+horizontes &aacute; la desmoralizaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&iquest;De qu&eacute; le serv&iacute;a &aacute; la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con
+entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su r&iacute;a bordeada
+de f&aacute;bricas y doks, que parece un trozo del T&aacute;mesis; sus altos palacios
+blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena &aacute; todas horas el
+puente del Arenal. &iexcl;Magn&iacute;fica jaula! Pero los p&aacute;jaros mudos, con la
+cabeza ca&iacute;da, tristes.</p>
+
+<p>&mdash;Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien
+cuidado. Falta la alegr&iacute;a, falta el alma de un pueblo libre, que cuando
+termina el trabajo quiere entregarse &aacute; la vida. Muy bonitas esas calles
+nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de
+ciudad: deb&iacute;an circular por sus aceras unas cuantas docenas de
+<i>cocottes</i> elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte
+educasen &aacute; esa juventud habituada &aacute; la vida unisexual de Deusto y de la
+cofrad&iacute;a de San Luis.</p>
+
+<p>El ingeniero protest&oacute;, con el rubor del enamorado que vive en plena
+idealidad.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.</p>
+
+<p>Aresti pareci&oacute; irritarse. Lo que &eacute;l proclamaba era la vida, la juventud,
+el amor, tal como los conceb&iacute;a. Respetaba la virtud, pero no consideraba
+necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Adem&aacute;s, porque
+la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de
+las calles, &iquest;resultaba acaso la villa una poblaci&oacute;n de costumbres
+virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su
+curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede,
+esparci&eacute;ndose en arroyos fangosos. &Eacute;l conoc&iacute;a su Bilbao. Los j&oacute;venes,
+emborrach&aacute;ndose para matar el fastidio, agarr&aacute;ndose en bailes p&uacute;blicos
+con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma m&aacute;s bestial, sin
+el m&aacute;s leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos
+al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite,
+sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo m&aacute;s
+que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa &aacute;
+estilo cat&oacute;lico, florec&iacute;a el vicio bajo las formas m&aacute;s antip&aacute;ticas.</p>
+
+<p>Aresti, en sus visitas de m&eacute;dico, hab&iacute;a conocido los barrios altos de la
+villa, el albergue de las servidoras de la prostituci&oacute;n. Todas eran
+peque&ntilde;as, flacas, de rostro ani&ntilde;ado, con el raquitismo de la miseria.
+Las hab&iacute;a de treinta y cinco a&ntilde;os, que se presentaban con la falda
+corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la
+infancia. Era el g&eacute;nero m&aacute;s solicitado. El instinto reprimido, al no
+encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su
+aberraci&oacute;n el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la
+vida en aquel pa&iacute;s la descoyuntaban form&aacute;ndola &aacute; su gusto, haciendo un
+crimen del instinto del sexo, oblig&aacute;ndolo &aacute; refugiarse en inmundos
+rincones. Los ricos que pod&iacute;an proporcionarse las dulzuras amorosas con
+su m&aacute;s seductora decoraci&oacute;n, entraban al amparo de la noche, ocult&aacute;ndose
+como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros,
+m&aacute;s audaces, asediaban &aacute; la costurerilla de la familia y comenzaban con
+ella una novela de amor, ins&iacute;pida y vulgar, conserv&aacute;ndola en la casa de
+los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento &aacute; cambio de la
+protecci&oacute;n del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La
+cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el
+padre pobre que transige con la prostituci&oacute;n de la hija, porque ayuda &aacute;
+ir viviendo y se oculta en la propia casa.</p>
+
+<p>&iexcl;Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones
+de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada
+en su pa&iacute;s. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no hab&iacute;a m&aacute;s seres
+vivos que los p&aacute;jaros negros que lo cubr&iacute;an con sus alas. S&oacute;lo en las
+&uacute;ltimas capas sociales exist&iacute;a algo de alegr&iacute;a, all&iacute; donde llegaban
+amortiguadas &oacute; no llegaban las influencias de la religi&oacute;n.</p>
+
+<p>El doctor &uacute;nicamente hab&iacute;a sentido el roce de la vida, alg&uacute;n domingo por
+la tarde, en los chacolines de las afueras &oacute; en la explanada de la
+Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas
+callejeras, los bailes vascongados y de la monta&ntilde;a de Santander.</p>
+
+<p>Los dem&aacute;s estaban muertos por el fastidio &oacute; corrompidos por la opresi&oacute;n.
+Conoc&iacute;a j&oacute;venes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de
+traje todos los d&iacute;as. Otros iban en autom&oacute;vil por las calles, sin rumbo
+determinado, par&aacute;ndose ante una casa para subir de nuevo en el veh&iacute;culo
+y seguir la marcha, como s&iacute; huyesen del fastidio que iba tras ellos.</p>
+
+<p>&iquest;Y para eso serv&iacute;a la riqueza? &iquest;Y &eacute;sta era la alegr&iacute;a de un pueblo
+opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y
+ennegrec&iacute;a con el tedio, creyendo en otra vida problem&aacute;tica, bajo el
+testimonio de ciertos hombres que tampoco la hab&iacute;an visto?...</p>
+
+<p>El doctor termin&oacute; en&eacute;rgicamente sus protestas, viendo pr&oacute;ximo el momento
+de tomar el tren.</p>
+
+<p>&mdash;Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando
+sonr&iacute;e y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con
+el alma muerta, es tan virtuosa, &iexcl;tan virtuosa! que, cr&eacute;eme, &iexcl;hijo
+m&iacute;o!... tanta virtud me da asco.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina daba el &uacute;ltimo toque &aacute; sus cabellos rubios, que ya
+comenzaban &aacute; encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo
+segu&iacute;a en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el m&aacute;rmol de una
+chimenea.</p>
+
+<p>Eran las tres de la tarde, y &aacute; las cuatro ten&iacute;a que asistir en Bilbao &aacute;
+una junta de se&ntilde;oras cat&oacute;licas, de la que era presidenta, en el Colegio
+del Sagrado Coraz&oacute;n.</p>
+
+<p>Pepita no la acompa&ntilde;aba. Dec&iacute;a estar enferma; se quejaba de dolores de
+cabeza, sent&iacute;a un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y do&ntilde;a
+Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del <i>a&ntilde;a</i> Nicanora.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta estaba en Madrid desde hac&iacute;a una semana, muy atareado
+por los nuevos negocios que todos los meses hac&iacute;an necesaria su
+presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias.
+No era que el millonario se opusiese &aacute; los gustos de su mujer &eacute;
+interviniera en su vida; pero se sent&iacute;a mejor cuando estaba sola, sin
+ver aquellos ojos fr&iacute;os, que no transparentaban el m&aacute;s leve reproche, y
+que &aacute; ella se le antojaba que la segu&iacute;an en todos sus movimientos, como
+una protesta muda.</p>
+
+<p>Pepita presenciaba desde un rinc&oacute;n el tocado de su madre. No se la
+escapaba el gran cambio que &eacute;sta hab&iacute;a sufrido. Los trajes elegantes de
+otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que
+nuevos encargos &aacute; Par&iacute;s y Madrid vinieran &aacute; sustituirlos. Se preocupaba
+algunas veces de las galas de su hija; quer&iacute;a verla elegante, y la
+aconsejaba mirando los peri&oacute;dicos de modas, con la misma bondad con que
+una persona mayor discute con un ni&ntilde;o sobre juegos. Iba siempre vestida
+de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas
+interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba &aacute; rebasar
+los l&iacute;mites de la higiene. Revel&aacute;base en ella el desprecio &aacute; la carne,
+de los devotos fervientes; el abandono f&iacute;sico, la suciedad cantada como
+m&eacute;rito celestial en la vida de muchos santos.</p>
+
+<p>Deseaba mortificar su carne, y su hija la ve&iacute;a en la mesa repeler los
+mejores platos, los que en otros tiempos eran m&aacute;s de su gusto, afirmando
+que ahora le repugnaban. De su dormitorio hab&iacute;an ido desapareciendo poco
+&aacute; poco todos los muebles que significaban ostentaci&oacute;n &oacute; comodidad. En el
+resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y s&oacute;lido, mientras en su
+cuarto s&oacute;lo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que hab&iacute;a hecho
+bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba
+casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines
+representando &aacute; Jes&uacute;s y &aacute; Mar&iacute;a, abri&eacute;ndose el pecho para ofrecer sus
+corazones inflamados.</p>
+
+<p>Muchos d&iacute;as las criadas encontraban la cama intacta. La se&ntilde;ora&mdash;seg&uacute;n
+ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina&mdash;dorm&iacute;a en el suelo &oacute;
+no dorm&iacute;a. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso
+&aacute; las pilas del lavadero, ten&iacute;an salpicaduras de sangre. Una doncella
+hab&iacute;a recogido olvidado sobre su cama, un horrible cintur&oacute;n de esparto,
+un cilicio de los m&aacute;s sencillos que fabricaban ciertas monjitas de
+Bego&ntilde;a.</p>
+
+<p>Todos en la casa adivinaban las mortificaciones &aacute; que somet&iacute;a su cuerpo
+la se&ntilde;ora, y sin embargo, la ve&iacute;an sonriente, con una dulzura melosa en
+la voz y en el gesto, elevando los ojos &aacute; la menor contrariedad y
+exclamando: &laquo;Todo sea por Dios.&raquo; En ciertos momentos se dejaba arrastrar
+por su car&aacute;cter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que
+exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento repleg&aacute;base
+dentro del caparaz&oacute;n de su bondad y con los ojos ped&iacute;a perd&oacute;n por su
+arrebato.</p>
+
+<p>El marido no parec&iacute;a advertir el abandono f&iacute;sico y la transformaci&oacute;n
+moral de su esposa. Hac&iacute;a a&ntilde;os que no pisaba el suelo de su cuarto.
+Cuando hablaba con ella volv&iacute;a la vista &oacute; la miraba con ojos vagos y sin
+pensamiento, que parec&iacute;an no verla. Ni una protesta, ni una pregunta,
+como si en el fondo le complaciese esta transformaci&oacute;n que le apartaba
+de ella, haciendo imposible todo retroceso.</p>
+
+<p>Pepita segu&iacute;a, con una expresi&oacute;n de l&aacute;stima en los ojos, el tocado
+r&aacute;pido de su madre, que se peinaba &aacute; ciegas sin el menor rasgo de
+coqueter&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Mam&aacute;, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina movi&oacute; la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;No, hija, nada de sombreros. Eso pas&oacute;. Cada cosa &aacute; su edad. Ya soy
+vieja y no est&aacute; bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para
+bien de la religi&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero si es una capota muy <i>seria</i>, muy <i>religiosa</i>?</p>
+
+<p>&mdash;La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y
+antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.</p>
+
+<p>Y aquella mujer todav&iacute;a hermosa, con el encanto sabroso de la madurez,
+que ensanchaba sus formas, aterciopel&aacute;ndolas, parec&iacute;a complacerse con
+dolorosa coqueter&iacute;a en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la
+mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las
+ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como
+si estuviera en perpetua oraci&oacute;n.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina iba &aacute; salir.</p>
+
+<p>&mdash;Mam&aacute;, ya sabes mi encargo&mdash;dijo Pepita.</p>
+
+<p>&mdash;No lo olvido&mdash;contest&oacute; la madre con sonrisa bondadosa.&mdash;No deb&iacute;a
+hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede
+mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tirar&eacute; por t&iacute; del hilito,
+para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.</p>
+
+<p>Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compa&ntilde;eras
+cuando no quer&iacute;an asistir &aacute; las reuniones de las Hijas de Mar&iacute;a. En el
+sal&oacute;n del colegio hab&iacute;a un gran cuadro con los nombres de las
+congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una
+peque&ntilde;a bola de marfil. Al entrar las se&ntilde;oras tiraban cada una de su
+cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se
+encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, enga&ntilde;ando &aacute; las
+monjas, que, terminada la reuni&oacute;n, examinaban la lista con una
+curiosidad meticulosa.</p>
+
+<p>Pepita, pensando en el cuadro, ve&iacute;a el sal&oacute;n de reuniones de las Hijas
+de Mar&iacute;a con su lujo mon&aacute;stico y el mapa de la Orden, que era el
+principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que
+figuraban Europa y Am&eacute;rica, marc&aacute;ndose con peque&ntilde;os corazones inflamados
+las poblaciones donde el jusuitismo femenil ten&iacute;a establecidos sus
+colegios. El Atl&aacute;ntico, de un azul de confiter&iacute;a, hab&iacute;a sido rebautizado
+con un nuevo t&iacute;tulo: <i>Oc&eacute;ano de Bondad</i>. Y nadie pod&iacute;a adivinar el
+sentido de esta bondad, atribuida al Atl&aacute;ntico por la monja autora del
+mapa.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina sali&oacute; apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la
+esperaba el autom&oacute;vil, una m&aacute;quina soberbia que hab&iacute;a costado &aacute; S&aacute;nchez
+Morueta cincuenta mil francos en Par&iacute;s y de la que apenas hac&iacute;a uso,
+habituado como estaba al carruaje de sus primeros a&ntilde;os de opulencia, el
+cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hac&iacute;a pensar en sus
+negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El
+autom&oacute;vil era para las se&ntilde;oras. Pepita apreci&aacute;balo en mucho porque era
+un motivo de envidia para las amigas; do&ntilde;a Cristina consideraba como un
+homenaje &aacute; la Fe, el llegar en &eacute;l &aacute; las puertas de la iglesia de los
+jesu&iacute;tas. Era el <i>dernier cri</i> de la devoci&oacute;n; daba &aacute; entender, seg&uacute;n
+ella, que el progreso no est&aacute; re&ntilde;ido con el dogma.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina di&oacute; al <i>chauffeur</i> la orden de llegar pronto &aacute; Bilbao y el
+veh&iacute;culo sali&oacute; &aacute; toda velocidad por entre los tranv&iacute;as y carruajes que
+llevaban la gente &aacute; Las Arenas. La se&ntilde;ora de S&aacute;nchez Morueta pensaba en
+la importancia de la reuni&oacute;n. Iban &aacute; tratar la conveniencia de una nueva
+romer&iacute;a &aacute; Bego&ntilde;a, tan ruidosa como la de la coronaci&oacute;n de la Virgen, y
+no sab&iacute;an si hacerla en el mismo a&ntilde;o &oacute; dejarla para el siguiente.
+Conven&iacute;a organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el pa&iacute;s vascongado
+amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y c&aacute;nticos al
+monte Artag&aacute;n, como protesta contra las gentes de las minas y las
+f&aacute;bricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los
+<i>maketos</i> de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra,
+gentes que hablaban de Rep&uacute;blica y de anticlericalismo y llamaban en sus
+mitins <i>fetiche</i> y <i>nido de ratas</i> &aacute; la milagrosa imagen de la patrona
+de Vizcaya.</p>
+
+<p>A la reuni&oacute;n de las se&ntilde;oras hab&iacute;an de asistir como directores &eacute;
+inspiradores el Padre Paul&iacute;, un jesu&iacute;ta batallador, que estaba de moda
+en el p&uacute;lpito y el confesonario, y Ferm&iacute;n Urquiola, que era su hombre de
+acci&oacute;n, &laquo;mi brazo derecho&raquo;, seg&uacute;n dec&iacute;a aquel tribuno de la Compa&ntilde;&iacute;a.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina admiraba &aacute; su sobrino viendo el afecto con que le trataban
+los Padres, c&oacute;mo le hac&iacute;an part&iacute;cipe de sus proyectos en bien de la
+religiosidad del pa&iacute;s. Era casi una pasi&oacute;n lo que sent&iacute;a por Urquiola.
+Cuando la visitaba, ve&iacute;a en &eacute;l al representante de aquellos sacerdotes
+tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Ferm&iacute;n
+era una prolongaci&oacute;n de la Compa&ntilde;&iacute;a que llegaba hasta ella. Sent&iacute;a una
+amarga decepci&oacute;n de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia
+del sal&oacute;n de visitas. Quer&iacute;a saber c&oacute;mo era Deusto por dentro, aquel
+templo de la sabidur&iacute;a envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus
+visitas al hotel, cada vez m&aacute;s frecuentes, la deleitaba habl&aacute;ndola
+largas horas de los lugares que ella no pod&iacute;a ver por oponerse las
+reglas de la Compa&ntilde;&iacute;a &aacute; las visitas femeniles.</p>
+
+<p>Entreten&iacute;ala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre,
+enumerando sus m&eacute;ritos: uno hab&iacute;a viajado por pa&iacute;ses salvajes; otro
+sab&iacute;a seis idiomas; el de m&aacute;s all&aacute; tocaba el viol&iacute;n como un &aacute;ngel &iexcl;y
+todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad,
+dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y
+los zapatos que limpiaban los f&aacute;mulos, y vesti&eacute;ndose al romper el d&iacute;a,
+para emprender su santa obra!... Viv&iacute;an con cierto desahogo, pero por
+ninguna parte se ve&iacute;an las riquezas de que hablaban los imp&iacute;os. &iexcl;Y todos
+humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso
+que los hab&iacute;a entre ellos que hab&iacute;an sido grandes en el mundo! Por eso
+los Padres de la Compa&ntilde;&iacute;a ten&iacute;an algo de pr&iacute;ncipes arrepentidos, ocultos
+bajo la sotana de la obediencia.</p>
+
+<p>La Universidad de Deusto a&uacute;n interesaba m&aacute;s &aacute; do&ntilde;a Cristina. &iexcl;C&oacute;mo
+lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado
+al ir y volver &aacute; su casa; no poder correr por la monta&ntilde;a de su parque, y
+ver de cerca el San Jos&eacute;, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de
+luces el&eacute;ctricas! La sabidur&iacute;a de los buenos Padres se revelaba en todos
+los detalles del establecimiento. All&iacute; estudiaban los hijos de las
+principales familias de Espa&ntilde;a. La nobleza rancia y los ricos de sanos
+principios, reclu&iacute;an &aacute; sus v&aacute;stagos en la santa escuela. All&iacute; no corr&iacute;an
+el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores
+revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se serv&iacute;a despu&eacute;s de
+bien pasada por el tamiz de Santo Tom&aacute;s y otros grandes sabios de la
+Iglesia, &uacute;nicos depositarios de la verdad.</p>
+
+<p>El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los
+alumnos en cuatro secciones que viv&iacute;an aisladas, evit&aacute;ndose con este
+acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones s&oacute;lo
+se contemplaban de lejos en contadas fiestas del a&ntilde;o &oacute; al verificarse
+alg&uacute;n acto literario en el gran sal&oacute;n, que parec&iacute;a un teatro con su
+patio y sus galer&iacute;as. En el techo pintado al fresco, ve&iacute;anse las figuras
+de San Ignacio y los Padres m&aacute;s famosos de la Compa&ntilde;&iacute;a, todos entre
+nubes, revoloteando camino del cielo.</p>
+
+<p>Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de
+los alumnos, y en las galer&iacute;as los estudiantes de las cuatro estaciones
+que, al verse frente &aacute; frente, se examinaban con curiosidad, como
+vecinos de una misma casa, que s&oacute;lo se tropiezan de tarde en tarde. Iban
+los m&aacute;s puestos de <i>smoking</i>, muy elegantes, como hijos de buenas
+familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y luc&iacute;an las
+sortijas. Da una galer&iacute;a &aacute; otra se miraban con gemelos, lo mismo que en
+el teatro, enter&aacute;ndose unos de otros. &laquo;Aquel peque&ntilde;ito, guapo, es de
+Salamanca y muy rico... Ese moreno simp&aacute;tico es andaluz.&raquo; Y despu&eacute;s de
+mirarse largamente, se saludaban con la mano... &iexcl;Angelitos!</p>
+
+<p>Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de <i>punta</i>,
+ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que hab&iacute;a de hacer
+las objeciones, oponiendo reparos &aacute; las santas doctrinas, era preparado
+con anticipaci&oacute;n. Llevaba aprendidas unas cuantas tonter&iacute;as, que
+representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebat&iacute;a y
+pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la
+impiedad de la falsa ciencia moderna.</p>
+
+<p>Un a&ntilde;o, Urquiola, siendo estudiante del &uacute;ltimo curso, se hab&iacute;a cubierto
+de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga
+deliberaci&oacute;n. &laquo;&iquest;Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron
+los atentados de su familia contra la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s?&raquo;... Urquiola
+sostuvo la afirmaci&oacute;n, demostrando que la guillotina hab&iacute;a sido un medio
+indirecto de Dios para castigar &aacute; los reyes que osaron expulsar de sus
+dominios &aacute; los jesu&iacute;tas. &iexcl;Muerte &eacute; infierno para los que se atrev&iacute;an &aacute;
+perseguir &aacute; los verdaderos representantes de Jes&uacute;s!... Su contradictor
+mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y t&iacute;midas,
+preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no
+pudieron continuarse los ejercicios, pues no falt&oacute; quien indicase &aacute; los
+Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la
+bondad de los que les hab&iacute;an abierto de nuevo las puertas de Espa&ntilde;a.</p>
+
+<p>En las Pascuas de Navidad, el sal&oacute;n de actos se convert&iacute;a en un teatro.
+Hasta en esto admiraba do&ntilde;a Cristina el talento y la virtud de los
+Padres. &iexcl;Si todos los teatros fuesen como aqu&eacute;l, podr&iacute;an asistir sin
+miedo las madres cristianas! La m&uacute;sica era de las zarzuelillas y
+revistas en boga: pero en la letra est&aacute; el pecado, y las palabras eran
+de ciertos Padres aficionados &aacute; la versificaci&oacute;n. La mujer estaba
+excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas
+cantan &laquo;la falda de percal planch&aacute;&raquo;, moviendo las caderas, un alumno
+cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta
+parec&iacute;a sonre&iacute;r el sombr&iacute;o San Ignacio que volaba en el techo. <i>La
+viejecita</i> se titulaba <i>El viejecito</i>: todas las obras perd&iacute;an su t&iacute;tulo
+femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convert&iacute;anse en dos
+primitos, compa&ntilde;eros de colegio, que, agarrados de la mano jur&aacute;banse
+quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros...
+&iexcl;Serafines del cielo!</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina conmov&iacute;ase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba
+que su sobrino se hab&iacute;a educado en aquella Universidad. As&iacute; era tan
+caballero, tan cristiano, y dedicaba sus m&uacute;sculos de atleta &aacute; la buena
+causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada
+por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corromp&iacute;a
+el pa&iacute;s.</p>
+
+<p>La esposa del millonario se sublevaba cuando o&iacute;a hablar de las
+calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas
+con repentina bondad. &iexcl;Descarr&iacute;os de la juventud y malos ejemplos de los
+muchachos que no hab&iacute;an sido educados en Deusto! Pero su fondo era
+bueno y aquello pasar&iacute;a. Urquiola estaba reservado para altos destinos,
+ahora que se mezclaba en las luchas pol&iacute;ticas. Ten&iacute;a buenos directores y
+&iexcl;qui&eacute;n sabe si llegar&iacute;a &aacute; ser diputado, repitiendo la palabra de Dios,
+all&aacute; en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino
+se bastaban para volver &aacute; Bilbao al buen camino, siempre que no les
+faltase el consejo de los sabios Padres.</p>
+
+<p>Y la esposa de S&aacute;nchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corr&iacute;a
+en su autom&oacute;vil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.</p>
+
+<p>Pepita, desde una ventana de su cuarto, sigui&oacute; un momento la marcha del
+veh&iacute;culo y al verle desaparecer, esparci&oacute; su mirada por el paisaje, con
+la vaguedad melanc&oacute;lica de los que se sienten enamorados y perciben en
+todo lo que les rodea una nueva vida.</p>
+
+<p>Nunca le hab&iacute;a parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de
+verano. Estaba habituada &aacute; verlo desde su infancia, y, sin embargo,
+ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.</p>
+
+<p>Las gentes que pasaban al borde de la r&iacute;a, por la carretera de Las
+Arenas, le parec&iacute;an m&aacute;s simp&aacute;ticas que las de otros d&iacute;as. Eran familias
+de Bilbao que bajaban del tranv&iacute;a para ir &aacute; la orilla del mar. Un grupo
+de obreros pasaba, camino del <i>chacol&iacute;n</i>, por entre un bosquecillo de
+pinos. Cantaban &aacute; gritos, excitados por la proximidad del mar, el
+&laquo;<i>Boga, boga, marinero</i>&raquo; de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado
+sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hac&iacute;a llorar. La
+r&iacute;a brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como
+los fragmentos de un espejo. M&aacute;s all&aacute; del puente de Vizcaya, cuya
+plataforma iba y ven&iacute;a pendiente de su manojo de cables, transportando
+carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren
+de Portugalete, extend&iacute;ase el abra como un desgarr&oacute;n del cielo, moviendo
+sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la l&iacute;nea del
+horizonte contra la muralla del rompeolas, coron&aacute;ndola de una nube de
+espuma que corr&iacute;a de un lado &aacute; otro como el humear de una locomotora
+invisible.</p>
+
+<p>Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre
+la r&iacute;a, un pedazo de Londres ba&ntilde;ado por un sol meridional; todo aquel
+pueblo de cobertizos fabriles &eacute; innumerables chimeneas sobre el que
+pesaba el poder&iacute;o de S&aacute;nchez Morueta y que esparc&iacute;a en el espacio sus
+torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.</p>
+
+<p>Bilbao estaba invisible. El horizonte cerr&aacute;base en el fondo, con un
+escalonamiento de monta&ntilde;as. La joven conoc&iacute;a los nombres de todas
+aquellas cumbres. Las hab&iacute;a visto durante muchos a&ntilde;os todos los d&iacute;as, al
+saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno
+sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus
+barrancos y oquedades, destac&aacute;ndose sobre la inmensidad azul. Las m&aacute;s
+pr&oacute;ximas, que parec&iacute;a iban &aacute; tocarse con la mano, eran Luchana y el
+pico de Banderas. Despu&eacute;s sobresal&iacute;an sobre ellas, &aacute; una enorme
+distancia, en pleno ri&ntilde;&oacute;n de Vizcaya, los gigantes del pa&iacute;s, el Ma&ntilde;ar&iacute;a
+y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de
+nieve, la Pe&ntilde;a de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se
+desarrollaban los cuentos m&aacute;s tenebrosos de la imaginaci&oacute;n vasca. Pepita
+recordaba sus terrores de la ni&ntilde;ez, cuando su <i>a&ntilde;a</i>, para imponerla
+silencio, la amenazaba con llamar &aacute; la <i>Dama de Amboto</i>, especie de hada
+mal&eacute;fica, hija de un <i>Jaun</i>, de un caudillo legendario, que viv&iacute;a como
+encantada en lo alto del pe&ntilde;asco y &uacute;nicamente sal&iacute;a de su cueva para
+quemar las mieses, matar ni&ntilde;os y perseguir &aacute; los pobres aldeanos con
+toda clase de maleficios.</p>
+
+<p>La joven permaneci&oacute; mucho tiempo abstra&iacute;da en la contemplaci&oacute;n del
+paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si
+pretendiera reconocer &aacute; alguien de los que pasaban la r&iacute;a. Crey&oacute; por un
+momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un
+pa&ntilde;uelo que le saludaba con cierta discreci&oacute;n como temeroso de atraerse
+la curiosidad de la gente. Despu&eacute;s ya no vi&oacute; nada y creyendo en un
+enga&ntilde;o del deseo sigui&oacute; contemplando el paisaje, con mirada vaga,
+sumi&eacute;ndose poco &aacute; poco en una dulce somnolencia.</p>
+
+<p>La joven despert&oacute; al sentir en su espalda la mano del <i>a&ntilde;a</i>.</p>
+
+<p>&mdash;<i>&Eacute;se</i> est&aacute; ah&iacute;&mdash;dijo con tono misterioso.&mdash;Habr&aacute; que bajar al jard&iacute;n.</p>
+
+<p>A la melancol&iacute;a sucedi&oacute; en la joven la inquietud, el temor. Hab&iacute;a venido
+preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y
+al llegar el momento temblaba como si fuese &aacute; realizar un delito. La
+<i>a&ntilde;a</i> re&iacute;a ante los temores de la se&ntilde;orita, &aacute; la que trataba con la
+misma familiaridad que cuando era ni&ntilde;a. &iexcl;Inocente! &iquest;Qu&eacute; mal pod&iacute;a haber
+en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jard&iacute;n y bajo la
+mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba
+tranquilizarse: el respeto y el miedo &aacute; su mam&aacute; la dominaban. Esperaba
+que de un momento &aacute; otro apareciese la severa figura de do&ntilde;a Cristina
+tras un arriate del jard&iacute;n.</p>
+
+<p>Solamente hab&iacute;a accedido &aacute; la entrevista despu&eacute;s de los infinitos ruegos
+de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez &aacute; solas
+con su novia, teniendo que contentarse con las r&aacute;pidas palabras
+cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe &oacute; con las cartas que
+llevaba y tra&iacute;a la <i>a&ntilde;a</i> complaciente.</p>
+
+<p>Pepita quer&iacute;a que se encontrasen en el jard&iacute;n, &aacute; la vista de la
+servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero
+dentro de la casa.</p>
+
+<p>Cuando la joven se vi&oacute; bajo los &aacute;rboles, Fernando atravesaba ya la
+verja, haci&eacute;ndose de nuevas ante el portero, al saber que la se&ntilde;ora no
+estaba en casa. Ven&iacute;a &aacute; visitarla y &aacute; enterarse de paso de cu&aacute;ndo
+regresar&iacute;a don Jos&eacute; de su viaje; pero ya que la se&ntilde;orita estaba en el
+jard&iacute;n, pasar&iacute;a &aacute; saludarla.</p>
+
+<p>Los dos j&oacute;venes quedaron indecisos, con la emoci&oacute;n de la timidez, al
+verse frente &aacute; frente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.&mdash;Deciros algo:
+hablad sin miedo. Aqu&iacute; estoy yo para avisar si algo ocurre.</p>
+
+<p>Y poco &aacute; poco fu&eacute; qued&aacute;ndose rezagada, dejando que los novios anduviesen
+lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha
+pensado muchas cosas para decirlas y no sabe c&oacute;mo empezar.</p>
+
+<p>De vez en cuando se miraban sonriendo. &Eacute;l la acariciaba con los ojos,
+poniendo en su gesto toda la pasi&oacute;n, que se revolv&iacute;a inquieta, no
+encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jard&iacute;n, la
+calma de aquella tarde de verano parec&iacute;a adormecer el pensamiento de los
+dos, dando una vida extraordinaria &aacute; sus sentidos. Cre&iacute;an percibir
+considerablemente agrandados los movimientos del coraz&oacute;n, los latidos de
+la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco &aacute; poco
+envolv&iacute;ales la alegr&iacute;a de la naturaleza, c&oacute;mplice de las dulzuras del
+amor; el canturreo del agua desgran&aacute;ndose en el taz&oacute;n de una fuente, el
+crujido de los troncos al estallar sus cortezas &aacute; impulsos de la savia,
+el lento murmullo de las hojas movi&eacute;ndose solemnemente en el espacio
+caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un
+chisporroteo de oro.</p>
+
+<p>Fernando fu&eacute; el que habl&oacute; primero, comenzando como todos los amantes con
+la expresi&oacute;n de la felicidad que sent&iacute;a al verse por fin junto &aacute; la
+mujer amada. &iexcl;C&oacute;mo hab&iacute;a deseado aquel momento!... Recordaba las horas
+de muda contemplaci&oacute;n, all&aacute; en su despacho de los altos hornos, con la
+vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase
+misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, nena&mdash;dec&iacute;a el ingeniero subiendo de tono en su
+apasionamiento.&mdash;Tu voz, tu divina voz es lo que m&aacute;s me conmueve. Yo
+creo que te quise siempre; desde que te conoc&iacute;, siendo a&uacute;n muy ni&ntilde;a. Te
+amaba sin darme cuenta de ello; pero el d&iacute;a en que v&iacute; claro, en que supe
+que te quer&iacute;a, fu&eacute; escuchando una de esas canciones vascongadas, tan
+dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.</p>
+
+<p>Fernando se hab&iacute;a dado cuenta de su amor oy&eacute;ndola cantar el <i>Goizeko
+izarra</i>, la invocaci&oacute;n &aacute; la estrella de la ma&ntilde;ana. &Eacute;l no entend&iacute;a la
+letra, pero la m&uacute;sica, &iexcl;ah la m&uacute;sica! hab&iacute;a penetrado en &eacute;l hasta lo m&aacute;s
+hondo, como un ara&ntilde;azo que despert&oacute; su alma. Despu&eacute;s hab&iacute;a hecho que le
+tradujesen la letra.</p>
+
+<p>&mdash;Ya la s&eacute;&mdash;continu&oacute; el joven&mdash;la conozco y creo en ella: siento su
+infinita ternura, &laquo;La estrella de la ma&ntilde;ana, sin mancha alguna brilla en
+el horizonte: pero &aacute; tu lado, querida m&iacute;a, palidece y casi no se ve...&raquo;
+Eso es lo que yo pienso, mi vida.</p>
+
+<p>Y con el &eacute;nfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del
+amanecer, resultando que la amante venc&iacute;a &aacute; la estrella en hermosura y
+esplendor.</p>
+
+<p>Pepita, tranquilizada ya, re&iacute;a ante el entusiasmo hiperb&oacute;lico de su
+novio. &iexcl;Qu&eacute; exagerado! &iexcl;Qu&eacute;... rom&aacute;ntico! &iquest;Pero era verdad que le
+causaba tanta impresi&oacute;n su voz?... Y se extra&ntilde;aba de buena fe, de que
+una canci&oacute;n pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por
+distraerse: parec&iacute;ale una locura tomar en serio lo que se dice con
+acompa&ntilde;amiento de m&uacute;sica: todo eran falsedades dulces, inventadas por
+los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso s&iacute;, pero al fin
+mentiras.</p>
+
+<p>Por la memoria de Fernando pas&oacute;, como una r&aacute;faga de viento helado, una
+frase que varias veces hab&iacute;a o&iacute;do al doctor. Aquella raza aparte, sent&iacute;a
+una afici&oacute;n loca por la m&uacute;sica: cantaba en todos los momentos de su
+vida, y sus cantos ten&iacute;an la tristeza melanc&oacute;lica del paisaje; pero la
+emoci&oacute;n era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perd&iacute;a
+en el aire.</p>
+
+<p>&mdash;No, nena&mdash;dijo el amante.&mdash;Es tu alma entera lo que pones, sin
+saberlo, en tu voz. T&uacute; eres para m&iacute; la estrella de la canci&oacute;n; pero no
+te dir&eacute; como al final de ella: &laquo;Adi&oacute;s para siempre, adi&oacute;s&raquo;. Si yo te
+perdiese despu&eacute;s de ser amado, no s&eacute; qu&eacute; ser&iacute;a de m&iacute;. D&iacute; que me quieres,
+Pepita, d&iacute; que me amas.</p>
+
+<p>La joven, con cierto pudor, resist&iacute;ase &aacute; decir de viva voz lo que tantas
+veces hab&iacute;a escrito en sus cartas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No lo sabes?&mdash;respondi&oacute; evasivamente.&mdash;&iquest;No te lo he dicho muchas
+veces?</p>
+
+<p>&mdash;Pero, rep&iacute;telo, quiero o&iacute;rlo de tus labios. D&iacute; que me amas.</p>
+
+<p>Y Pepita, mir&aacute;ndole por primera vez en los ojos, dijo con cierta
+gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, te quiero: te amo, Fernando.</p>
+
+<p>&iexcl;Oh aquella mirada!... Fu&eacute; para el ingeniero lo mejor de la entrevista,
+y la recogi&oacute; en su memoria, esforz&aacute;ndose por conservarla con toda su
+luz, para que le acompa&ntilde;ase en las largas horas que pasaba all&aacute; en la
+fundici&oacute;n entregado &aacute; la vida de los recuerdos.</p>
+
+<p>Sanabre se convenc&iacute;a de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz,
+val&iacute;an m&aacute;s que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho.
+Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al o&iacute;rle hablar de
+canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza,
+mostr&aacute;base sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal
+abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez:
+el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y
+energ&iacute;a, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera;
+ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de palad&iacute;n membrudo,
+creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los
+sue&ntilde;os de las v&iacute;rgenes.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, te quiero&mdash;repet&iacute;a Pepita.&mdash;Por m&iacute; no temas, no seas ni&ntilde;o, nunca
+me dir&aacute;s adi&oacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;Beb&eacute;, &iexcl;dulce beb&eacute;!&mdash;exclamaba con entusiasmo el ingeniero.&mdash;&iexcl;Cu&aacute;nto te
+amo! &iexcl;Qu&eacute; feliz soy!...</p>
+
+<p>Y el <i>a&ntilde;a</i> Nicanora, que los segu&iacute;a &aacute; corta distancia, oyendo muchas de
+sus palabras, sonri&oacute; con cierta l&aacute;stima. Todos los novios eran lo mismo;
+iguales los aldeanos que los se&ntilde;oritos; alguna diferencia en las
+palabras, y nada m&aacute;s. S&oacute;lo sab&iacute;an decirse tonter&iacute;as, poniendo en sus
+voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo
+que se dijeran. &iexcl;Ah la juventud!... Y segu&iacute;a sonriendo con indulgencia
+de veterano ante el entusiasmo de los dos j&oacute;venes.</p>
+
+<p>Fernando, m&aacute;s tranquilo despu&eacute;s de las palabras de su novia, hablaba del
+por venir. Trabajar&iacute;a; &iexcl;qui&eacute;n sabe hasta d&oacute;nde puede llegar un hombre!
+Desde que estaba enamorado, sent&iacute;ase con nuevas fuerzas para el trabajo.
+Bull&iacute;an en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de
+realizarse, dar&iacute;an nuevas ganancias &aacute; S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>Pero el recuerdo de su jefe abati&oacute; las ilusiones del ingeniero.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Que dir&aacute; tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis
+cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sue&ntilde;o muchas veces...
+&iquest;Y tu madre? &iexcl;Qu&eacute; miedo la tengo!... Somos muy felices am&aacute;ndonos, pero
+el porvenir nos guarda muchos dolores. &iexcl;Si todos en tu familia fuesen
+como el doctor!...</p>
+
+<p>Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que segu&iacute;a sus
+amores.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, mi t&iacute;o es muy bueno&mdash;dijo Pepita hablando del doctor como de un
+pariente lejano, del que s&oacute;lo se acordaba la familia de tarde en
+tarde.&mdash;&iexcl;L&aacute;stima que tenga esas ideas! Es un <i>planeta</i> muy simp&aacute;tico,
+pero mam&aacute; cree que est&aacute; loco.</p>
+
+<p>Lo incierto de su porvenir, llev&oacute; de nuevo &aacute; los dos j&oacute;venes &aacute; hablar de
+sus amores.</p>
+
+<p>Fernando sent&iacute;a miedo. Los padres de ella proyectar&iacute;an casarla con el
+v&aacute;stago de alguna familia millonaria; tal vez con un se&ntilde;orito de escasa
+fortuna, que pudiera ofrecerla viejos t&iacute;tulos de nobleza. En todos
+pensar&iacute;an antes que en &eacute;l, que no era m&aacute;s que un servidor intelectual de
+la familia. &iexcl;La perder&iacute;a am&aacute;ndola tanto!... &iexcl;La diferencia de fortuna,
+la maldita ley de clases, les cerrar&iacute;a el camino, separ&aacute;ndolos!...</p>
+
+<p>&mdash;Tonto, &iexcl;pero si yo s&oacute;lo te quiero &aacute; t&iacute;!&mdash;dec&iacute;a la joven sonriendo.</p>
+
+<p>Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de
+agradecimiento, intent&oacute; coger las manos de su amada. &Eacute;sta las retir&oacute;
+detr&aacute;s del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.</p>
+
+<p>&mdash;Quieto, &iquest;eh?&mdash;dijo pasando sin transici&oacute;n de la dulzura &aacute; la altivez,
+con una voz que no parec&iacute;a la misma, ofendida, como si el joven
+intentase una monstruosidad.</p>
+
+<p>De nuevo pas&oacute; por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus
+paradojas atrevidas que le val&iacute;an la fama de loco. &laquo;Este es un pa&iacute;s sin
+coraz&oacute;n, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el
+novio.&raquo;</p>
+
+<p>Sanabre qued&oacute; largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco
+movimiento de la joven. Pepita parec&iacute;a arrepentida de la viveza de su
+protesta, pero callaba, aguardando &aacute; que fuese &eacute;l quien reanudase la
+conversaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Tal vez quiera tu madre que Ferm&iacute;n Urquiola sea tu marido&mdash;dijo el
+ingeniero tristemente.</p>
+
+<p>La joven aprovech&oacute; la ocasi&oacute;n para recobrar su voz tierna de enamorada.</p>
+
+<p>&mdash;Con ese, nunca, &iexcl;nunca!</p>
+
+<p>Y habl&oacute; de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias
+de buen mozo, cortejando &aacute; un tiempo &aacute; varias se&ntilde;oritas de la villa y
+escogiendo entre ellas, con la frialdad del c&aacute;lculo, la que mejor le
+conviniera por su fortuna. Adem&aacute;s, conoc&iacute;a su vida. Las j&oacute;venes, en las
+tertulias, hablaban de &eacute;l &aacute; hurtadillas, como de un don Juan que atra&iacute;a
+&aacute; las tontas con el mal&eacute;fico encanto de sus calaveradas. Todas sab&iacute;an
+que ten&iacute;a una mujer, all&aacute; en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con
+la que viv&iacute;a maritalmente. Hasta hab&iacute;a o&iacute;do decir que ten&iacute;an hijos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! Con ese nunca, &iexcl;nunca!&mdash;repet&iacute;a con gestos de repugnancia.</p>
+
+<p>Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente
+&aacute; ella, en la apreciaci&oacute;n de los m&eacute;ritos de aquel pariente tan querido
+por do&ntilde;a Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase alg&uacute;n
+defecto moral de su novio, pregunt&oacute; &aacute; &eacute;ste con dulzura:</p>
+
+<p>&mdash;Dime, Fernando. &iquest;T&uacute; tienes religi&oacute;n? &iquest;Es verdad que piensas como mi
+t&iacute;o?... Dime que no, Fernando; dime que no.</p>
+
+<p>El ingeniero mir&oacute; &aacute; su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes,
+de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre
+record&oacute; un momento &aacute; Fausto en el jard&iacute;n de Margarita. Otra muchacha
+inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germ&aacute;nica, le
+preguntaba &aacute; &eacute;l en un jard&iacute;n cu&aacute;l era su religi&oacute;n. Sinti&oacute; impulsos de
+romper en un himno &aacute; sus creencias humanas, como el fant&aacute;stico doctor.
+Pero el miedo al rid&iacute;culo le contuvo; su instinto le avis&oacute; el riesgo de
+alarmar &aacute; un alma so&ntilde;olienta.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, vida m&iacute;a, tengo religi&oacute;n&mdash;dijo evasivamente.&mdash;Creo que el hombre
+debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.</p>
+
+<p>Pepita pareci&oacute; no comprenderle y habl&oacute; de su madre. Si le hac&iacute;a aquella
+pregunta era porque do&ntilde;a Cristina, que se acordaba pocas veces de
+Fernando, no viendo en &eacute;l m&aacute;s que un dependiente, hab&iacute;a dicho un d&iacute;a que
+era igual &aacute; su primo el doctor.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si supieras cu&aacute;nto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese
+verdad! No quise dec&iacute;rtelo en las cartas; pero deseaba que nos vi&eacute;semos
+para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo dec&iacute;a
+yo; &iquest;si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso s&iacute;, un
+poquito rom&aacute;ntico, como todos los que no son de esta tierra; pero es
+imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi t&iacute;o.</p>
+
+<p>Y aproxim&aacute;ndose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que
+contrastaba con la hura&ntilde;a repulsi&oacute;n de poco antes, a&ntilde;adi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Ya que crees en Dios, &iquest;por qu&eacute; no vas, como los muchachos de Bilbao, &aacute;
+confesarte con los Padres? &iquest;Por qu&eacute; no te veo nunca en la Residencia?...</p>
+
+<p>Sanabre se encogi&oacute; de hombros, no sabiendo qu&eacute; decir, mientras Pepita
+segu&iacute;a hablando. &Eacute;l indudablemente ir&iacute;a &aacute; misa todos los domingos en la
+iglesia m&aacute;s pr&oacute;xima &oacute; los altos hornos, &iquest;verdad? Y en sus ojos se le&iacute;a
+por anticipado la afirmaci&oacute;n &aacute; la pregunta, como si no pudiera
+ocurr&iacute;rsele la sospecha de que el joven pasase sin o&iacute;r misa los d&iacute;as
+festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de
+la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella&mdash;no sab&iacute;a
+explicarlo bien&mdash;cre&iacute;a que en aquel templo tan bonito y tan c&oacute;modo se
+hallaba m&aacute;s cerca. Adem&aacute;s, la religi&oacute;n era all&iacute; m&aacute;s distinguida: s&oacute;lo se
+ve&iacute;an personas decentes.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo mucho que hacer&mdash;dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.&mdash;Yo
+pertenezco &aacute; mis deberes. El trabajo tambi&eacute;n es una religi&oacute;n.</p>
+
+<p>La joven sigui&oacute; hablando, inspirada ahora por el ego&iacute;smo del amor. Nada
+perder&iacute;a aproxim&aacute;ndose &aacute; los Padres, intentando hacerse simp&aacute;tico &aacute;
+ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los dem&aacute;s,
+trabajando por su felicidad. Para ellos no exist&iacute;an obst&aacute;culos: todo lo
+hac&iacute;an llano con su sabidur&iacute;a. Hab&iacute;a que seguirlos con los ojos
+cerrados. &iexcl;Si ellos quisieran ayudarles! &iexcl;ay; entonces s&iacute; que no
+tendr&iacute;an que temer nada!...</p>
+
+<p>&mdash;Fernandito&mdash;dec&iacute;a con voz acariciadora.&mdash;Ve por all&iacute;; hazte simp&aacute;tico:
+tengo la certeza de que mam&aacute; te mirar&iacute;a mejor si alg&uacute;n Padre la hablase
+de t&iacute;... &iexcl;Y yo ser&iacute;a tan dichosa!...</p>
+
+<p>&mdash;Veremos, veremos&mdash;murmur&oacute; indeciso el ingeniero.</p>
+
+<p>Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le propon&iacute;a su
+novia. Experimentaba la cobard&iacute;a del amor, y cerraba los ojos. &Eacute;l, que
+era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir &aacute; la mujer amada &iquest;por
+qu&eacute; hab&iacute;a de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del
+&eacute;xito?...</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero&mdash;dijo con entusiasmo.&mdash;No hay nada que me detenga para
+llegar hasta t&iacute;. Buscar&eacute; &aacute; esos Padres, ir&eacute; &aacute; la Residencia, ser&eacute;
+<i>luis</i>: todo lo que t&uacute; me digas. &iquest;Pero y si &aacute; pesar de esto tu familia
+no me admite? &iquest;Y si tu madre quiere casarte con otro?...</p>
+
+<p>Sanabre abordaba por fin la gran cuesti&oacute;n que su inquietud amorosa
+tra&iacute;a preparada; lo que m&aacute;s le hab&iacute;a hecho desear aquella entrevista.</p>
+
+<p>Pepita baj&oacute; los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar &aacute; su novio
+como si temiera que este leyese en su pensamiento.</p>
+
+<p>&mdash;D&iacute;, mi vida&mdash;segu&iacute;a preguntando el ingeniero.&mdash;&iquest;Y si se oponen &aacute;
+nuestro amor?... Si nos separan &iquest;que har&aacute;s t&uacute;?</p>
+
+<p>La joven eludi&oacute; la respuesta, diciendo con ternura:</p>
+
+<p>&mdash;Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.</p>
+
+<p>&mdash;Lo s&eacute;, y mi alma se llena de alegr&iacute;a al escucharte. Pero hablemos
+seriamente: dejemos los romanticismos, como t&uacute; dices. Yo soy pobre y t&uacute;
+eres inmensamente rica. &iquest;Ser&iacute;as capaz de cambiar tu vida de opulencia
+por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te
+amar&iacute;a mucho... mucho?</p>
+
+<p>Pepita no pareci&oacute; conmoverse ante el cambio de vida que la propon&iacute;an, ni
+sinti&oacute; miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; trabajar&aacute;s, Fernando: t&uacute; ser&aacute;s rico.</p>
+
+<p>Y lo dec&iacute;a con su convicci&oacute;n de muchacha feliz que no cre&iacute;a en la
+posibilidad de la miseria; como si &eacute;sta estuviera reservada &aacute; gentes de
+otra raza y no pudiese llegar &aacute; ella ni &aacute; ninguno de los que la
+rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hac&iacute;an ser la
+primera en todas partes, le parec&iacute;a un absurdo del que era innecesario
+hablar.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y si tus padres te ordenan que me olvides? &iquest;Y si nos separan?...
+&iquest;Ser&aacute;s capaz de resistirte &aacute; su voluntad? &iquest;Les desobedecer&aacute;s para ser mi
+mujer?...</p>
+
+<p>Se agrandaron los ojos de Pepita con expresi&oacute;n de asombro, como si
+escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no
+previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los l&iacute;mites de lo
+humano.</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero, Fernando: yo no te olvidar&eacute; nunca.</p>
+
+<p>Y no dijo m&aacute;s. Su novio la acosaba con preguntas. Quer&iacute;a conocer su
+valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir
+la extensi&oacute;n de su amor; pero ella, con la cabeza baja, elud&iacute;a
+tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: &laquo;Te quiero, te
+amo.&raquo; &iquest;A qu&eacute; hablar de lo que a&uacute;n estaba por venir? Ya pensar&iacute;an los dos
+lo que deb&iacute;a hacerse cuando llegase el momento.</p>
+
+<p>Quedaron en un silencio doloroso. Ella parec&iacute;a ofendida de que se le
+quisiera obligar &aacute; violentas resoluciones: &eacute;l pensaba de nuevo en el
+doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le hab&iacute;a hablado el
+burl&oacute;n Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de
+razas distintas; sent&iacute;an las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero
+adivinaba algo de rid&iacute;culo en su situaci&oacute;n, como si realiz&aacute;ndose las
+ir&oacute;nicas fantas&iacute;as del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata
+ante el hotel del millonario.</p>
+
+<p>A&uacute;n pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deten&iacute;anse para contemplar
+una flor rara, segu&iacute;an con atenci&oacute;n infantil los saltitos de los
+p&aacute;jaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su
+apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y ve&iacute;an por
+primera vez el jard&iacute;n con todas sus bellezas, como si hasta entonces
+hubiese permanecido oculto entre nubes.</p>
+
+<p>Sanabre deseaba irse. Comenzaba &aacute; caer la tarde y pod&iacute;a presentarse do&ntilde;a
+Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de
+angustia que le esperaban all&aacute; en los altos hornos, si se retiraba
+llevando sobre el alma el peso de su decepci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Cuando menos, dime que me querr&aacute;s siempre!&mdash;dijo cogiendo una mano de
+Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.&mdash;&iexcl;Dime que,
+ocurra lo que ocurra, no me olvidar&aacute;s!</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; te quiero: no podr&eacute; olvidarte nunca.</p>
+
+<p>Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma
+tolerancia con que se entrega un objeto precioso al ni&ntilde;o enfurru&ntilde;ado,
+para consolarle. El ingeniero quer&iacute;a olvidar y acariciaba con
+arrobamiento aquella mano que recordaba, al trav&eacute;s de su figura, la
+potente garra de S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>La intervenci&oacute;n del <i>a&ntilde;a</i> interrumpi&oacute; su embriaguez amorosa. El portero
+acababa de abrir la verja y el autom&oacute;vil de la casa, tras un retroceso
+para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del
+jard&iacute;n.</p>
+
+<p>Corrieron los j&oacute;venes, seguidos por el <i>a&ntilde;a</i>, hacia la entrada del
+hotel, para salir al encuentro de do&ntilde;a Cristina.</p>
+
+<p>Al descender &eacute;sta del autom&oacute;vil y ver &aacute; Pepita con el ingeniero, mir&oacute;
+severamente al <i>a&ntilde;a</i>. Pero la mujerona le contest&oacute; con otra mirada
+arrogante de vieja servidora, que se permite por su antig&uuml;edad no
+admitir repulsas. Aquel se&ntilde;orito hab&iacute;a venido de visita y se hab&iacute;a
+paseado con Pepita por el jard&iacute;n, siempre bajo su vigilancia: &iquest;qu&eacute; mal
+hab&iacute;a en ello?...</p>
+
+<p>Sanabre no pudo ocultar su turbaci&oacute;n al saludar &aacute; la se&ntilde;ora de su jefe.
+Hab&iacute;a venido para saber cu&aacute;ndo regresar&iacute;a don Jos&eacute; de su viaje.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina le contest&oacute; duramente. Pod&iacute;a haberse ahorrado la molestia
+de la visita, preguntando por tel&eacute;fono.</p>
+
+<p>&mdash;Es que, adem&aacute;s, deseaba ver &aacute; ustedes&mdash;dijo Sanabre.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias&mdash;contest&oacute; con altivez la se&ntilde;ora.&mdash;Agradezco su
+atenci&oacute;n. &iquest;Entra usted?...</p>
+
+<p>Y con los ojos le daba &aacute; entender que pod&iacute;a retirarse.</p>
+
+<p>La joven vi&oacute; como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Despu&eacute;s
+subi&oacute; &aacute; su cuarto, esperando de un momento &aacute; otro la temible aparici&oacute;n
+de su madre encolerizada.</p>
+
+<p>No subi&oacute;. Pepita crey&oacute; o&iacute;r &aacute; lo lejos su voz temblona de ira y la del
+<i>a&ntilde;a</i> que le contestaba con no menos acritud.</p>
+
+<p>Por la noche, al reunirse en el comedor, do&ntilde;a Cristina mir&oacute; &aacute; su hija
+con insistencia, pero sus palabras fueron breves.</p>
+
+<p>&mdash;Que sea la &uacute;ltima vez&mdash;dijo&mdash;que recibas visitas, ni dentro de casa...
+ni en el jard&iacute;n. Tambi&eacute;n es casualidad, venir ese... individuo, la misma
+tarde en que te quedas sola, diciendo que est&aacute;s enferma.</p>
+
+<p>Y sus ojos parec&iacute;an penetrar en la joven, como si quisieran escudri&ntilde;ar
+el alma; pero Pepita permaneci&oacute; impasible, con ese sereno disimulo que
+no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+
+<p>El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delat&aacute;ndose la
+proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que
+apagaba el &uacute;ltimo parpadeo de las estrellas.</p>
+
+<p>Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros
+trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal,
+con la comida envuelta en un pa&ntilde;uelo, los obreros que ten&iacute;an su trabajo
+en las orillas de la r&iacute;a. El Nervi&oacute;n mostr&aacute;base entre la bruma de su
+profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de
+barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apag&aacute;banse en
+la parte alta de la r&iacute;a las luces de los <i>anguleros</i>, que durante la
+noche iluminaban el cauce como una procesi&oacute;n de invisibles penitentes.
+Las aves marinas, atra&iacute;das por el resplandor rojizo de la iluminaci&oacute;n de
+la villa, revoloteaban sobre los tejados y tend&iacute;an sus alas hacia el
+mar, siguiendo la tortuosa calle de la r&iacute;a hasta la inmensa plaza del
+Abra.</p>
+
+<p>Comenzaban &aacute; abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacer&iacute;as,
+tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando &aacute; los fieles &aacute; misa
+y como atra&iacute;das por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con
+aspecto mixto de bruja y due&ntilde;a, y ese tufo de ropa antigua, semejante al
+olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban &aacute; las
+campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes
+de los barcos y los gritos de las <i>cargueras</i> que re&ntilde;&iacute;an por
+preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaiv&eacute;n de los buques &aacute;
+tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.</p>
+
+<p>Por las calles comenzaban &aacute; rodar los carros de la <i>sarama</i> recogiendo
+el esti&eacute;rcol: las vendedoras de <i>fotes</i> llamaban &aacute; las puertas
+repartiendo los panecillos del desayuno.</p>
+
+<p>Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del
+mercado de San Ant&oacute;n, y las aldeanas que se deten&iacute;an &aacute; descansar por un
+momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras
+de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al o&iacute;r el <i>taf-taf</i> de un
+autom&oacute;vil. El veh&iacute;culo pas&oacute; veloz por la gran plaza, desapareciendo,
+ensanche adelante, al otro lado del puente.</p>
+
+<p>Las que eran de la villa, conocieron &aacute; la esposa y la hija de S&aacute;nchez
+Morueta, sentadas tras el <i>chauffeur</i> de ancha gorra y aspecto
+extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las
+cubr&iacute;an los ojos.</p>
+
+<p>Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun
+madrugaba m&aacute;s que ellas. Ir&iacute;an &aacute; la iglesia de la Residencia &aacute;
+confesarse con los padres jesu&iacute;tas. All&iacute; iba todo el se&ntilde;or&iacute;o.</p>
+
+<p>El autom&oacute;vil aceler&oacute; su marcha por las amplias calles del ensanche,
+desiertas &aacute; aquellas horas, y par&oacute; con violenta rapidez entre los
+carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Coraz&oacute;n,
+una obra prodigiosa de confiter&iacute;a arquitect&oacute;nica, en la que el blanco de
+las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un
+cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacci&oacute;n que si
+penetrase en un sal&oacute;n elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una
+dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvaci&oacute;n
+del alma.</p>
+
+<p>Reconoc&iacute;a una vez m&aacute;s el talento de los buenos Padres al admirar la
+decoraci&oacute;n del templo. Era <i>g&oacute;tico</i>, pero no ten&iacute;a la crudeza blanca, la
+sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival s&eacute;
+convert&iacute;a en pol&iacute;croma: el oro y el bermell&oacute;n chorreaban por los nervios
+de los pilares, y los arcos apuntados: las b&oacute;vedas, eran azules con
+estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan <i>bonita</i>,
+s&oacute;lo pod&iacute;an imaginarla los Padres de la Compa&ntilde;&iacute;a.</p>
+
+<p>Y la de S&aacute;nchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre
+que hab&iacute;a de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su
+comparaci&oacute;n del hermoso templo con el forro interior de uno de esos
+ba&uacute;les que usan las criadas, matizados de chillones colorines. &iexcl;Decir
+tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado
+para comodidad y suave placer de los fieles! El &oacute;rgano desgarrador y
+tempestuoso hab&iacute;a sido reemplazado por el arm&oacute;nium; en vez de los santos
+negruzcos y horripilantes de la antigua devoci&oacute;n espa&ntilde;ola ve&iacute;anse
+im&aacute;genes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual
+corresponde &aacute; un culto de personas decentes; las l&aacute;mparas de luz
+el&eacute;ctrica, en gran profusi&oacute;n, sustitu&iacute;an &aacute; los cirios humosos que con su
+olor de cera daban mareos &aacute; las se&ntilde;oras.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes
+arrodilladas &aacute; los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba
+muy concurrido el templo. Pero la de S&aacute;nchez Morueta reconoc&iacute;a la
+influencia de la estaci&oacute;n en la clase de p&uacute;blico. Las se&ntilde;oras eran menos
+que en el invierno. La <i>gente baja</i>, menestrales acomodadas, y viejas
+beatas de medios de vida problem&aacute;ticos, se aprovechaban del veraneo de
+las se&ntilde;oras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus
+santos sacerdotes.</p>
+
+<p>Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que m&aacute;s
+gente ten&iacute;a formada ante sus rejillas. Tardar&iacute;a mucho en llegarles el
+turno para la confesi&oacute;n.</p>
+
+<p>Al reconocer &aacute; las dos se&ntilde;oras, hubo un movimiento de respeto y
+curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y
+con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreci&eacute;ndolas
+su puesto en la fila. Do&ntilde;a Cristina hizo un signo de aprobaci&oacute;n con la
+cabeza y abriendo su portamonedas di&oacute; una peseta &aacute; cada una de ellas.</p>
+
+<p>Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos
+concurrido. Realmente &aacute; ellas les agradaba poco el Padre Paul&iacute; &aacute; pesar
+de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando &aacute; trav&eacute;s de la
+rejilla percib&iacute;a el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa
+con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante reba&ntilde;o.</p>
+
+<p>La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con s&oacute;lo dos
+penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando
+las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con
+calma.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina experimentaba la emoci&oacute;n de la doncella que tiente la
+proximidad del hombre amado.</p>
+
+<p>El Padre Paul&iacute; era un var&oacute;n famoso. La buena se&ntilde;ora admiraba su energ&iacute;a,
+su fuerza de voluntad, viendo en &eacute;l algo de San Ignacio, que hab&iacute;a sido
+militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre
+de guerra. No hab&iacute;a m&aacute;s qu&eacute; leer los papeles liberales, enterarse de los
+esc&aacute;ndalos que hab&iacute;an provocado, hasta en Madrid, las palabras y los
+actos del Padre Paul&iacute;, para convencerse de que nadie trabajaba como &eacute;l
+por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes
+que s&oacute;lo hablaban de piedad y perd&oacute;n para los enemigos, y de la dulzura
+de Jes&uacute;s. Era el jabal&iacute; de la Iglesia, que al verse en terreno
+favorable, en aquella tierra donde crec&iacute;a frondoso el bosque de la fe y
+de la sumisi&oacute;n ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos &aacute; todos
+lados. &laquo;A los enemigos de la religi&oacute;n, palo&raquo;, dec&iacute;a con fiera
+arrogancia, que enardec&iacute;a &aacute; su laico auxiliar Ferm&iacute;n Urquiola.</p>
+
+<p>No perdonaba medio para propagar sus belicosos prop&oacute;sitos. Sus sermones
+en las grandes romer&iacute;as, en las fiestas de la Asociaci&oacute;n de la Vela
+Nocturna y otras corporaciones que le ten&iacute;an por director, eran arengas
+de caudillo, hablando de matar &oacute; morir como los paladines de las
+Cruzadas, por el sagrado Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. Su celebro folleto &laquo;A las
+se&ntilde;oras cat&oacute;licas&raquo;, publicado en v&iacute;speras de unas elecciones, hab&iacute;a dado
+que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.</p>
+
+<p>Era un hombre de lucha que iba recto &aacute; su fin, atropellando las
+doctrinas religiosas para defender la religi&oacute;n. En su folleto tronaba
+contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la
+caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo deb&iacute;an dedicarlo &aacute;
+las elecciones, &aacute; comprar votos, &aacute; corromper la voluntad de la gente,
+para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella
+instituci&oacute;n del sufragio, que borrando las clases y colocando el peque&ntilde;o
+al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que
+fu&eacute; victorioso caudillo el Padre Paul&iacute;. Las se&ntilde;oras, amenazando con no
+comprar en los establecimientos cuyos due&ntilde;os votasen al candidato
+liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que
+enloquec&iacute;a &aacute; la gente y la hac&iacute;a terminar sus disputas &aacute; palos y tiros;
+las damas ricas, desliz&aacute;ndose en los tugurios de los miserables,
+arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas
+electorales. Y enfrente de este gran ej&eacute;rcito manejado por el Padre
+Paul&iacute;, un candidato de una buena fe paradis&iacute;aca, que hac&iacute;a discursos
+sobre la regeneraci&oacute;n material de la naci&oacute;n y la pol&iacute;tica hidr&aacute;ulica,
+pidiendo canales y pantanos, como si &aacute; un pa&iacute;s cual Vizcaya, en el que
+llueve todo el a&ntilde;o, pudiera interesarle lo que s&oacute;lo importaba &aacute; los
+<i>maketos</i>, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de &Aacute;frica.
+Hasta hab&iacute;a comulgado solemnemente la v&iacute;spera de la elecci&oacute;n, en una
+iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo car&aacute;cter
+antirreligioso. &iexcl;Infeliz! &iexcl;como si estas habilidades valiesen con la
+Iglesia que es maestra en ellas! &iexcl;c&oacute;mo si no supiesen los buenos que
+quien no est&aacute; &aacute; sus &oacute;rdenes en cuerpo y alma, est&aacute; contra ella!...</p>
+
+<p>En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las
+gentes religiosas, y que esparc&iacute;a en torno del en&eacute;rgico jesu&iacute;ta un
+prestigio de caudillo invencible, hab&iacute;a roto do&ntilde;a Cristina los &uacute;ltimos
+restos de la intimidad puramente amistosa que a&uacute;n exist&iacute;a entra ella y
+su marido. Los liberales buscaron el auxilio de S&aacute;nchez Morueta,
+record&aacute;ndole que hab&iacute;a peleado durante el sitio, y el millonario entreg&oacute;
+mil pesetas para la elecci&oacute;n. El mismo d&iacute;a do&ntilde;a Cristina, con la amplia
+libertad de que gozaba en el manejo del dinero, di&oacute; dos mil duros al
+Padre Paul&iacute;. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cay&oacute; sobre S&aacute;nchez
+Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Do&ntilde;a Cristina tembl&oacute; en
+el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parec&iacute;a escuchar la
+risa ir&oacute;nica del doctor Aresti, all&aacute; en las minas. Tem&iacute;a la explosi&oacute;n
+ruidosa del gigante que se ve&iacute;a ridiculizado por una mujer, que no era
+para &eacute;l m&aacute;s que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los
+d&iacute;as y sigui&oacute; callando, como si pasada la primera impresi&oacute;n de c&oacute;lera,
+s&oacute;lo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera
+turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su
+casa.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina tambi&eacute;n hab&iacute;a perdido su primitiva inquietud al
+transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente
+ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia
+conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paul&iacute; val&iacute;a
+por todos los terrores que le hab&iacute;a hecho sufrir el gesto hosco de su
+marido. El jesu&iacute;ta la compar&oacute; en una reuni&oacute;n de se&ntilde;oras con las mujeres
+fuertes de la Biblia y con un sinn&uacute;mero de santas, todas princesas &oacute;
+consejeras de reyes. &laquo;Con se&ntilde;oras tan valerosas, pronto volver&aacute; el
+reinado de Jes&uacute;s sobre la tierra.&raquo; Urquiola era otro panegirista que en
+las reuniones de j&oacute;venes cat&oacute;licos ensalzaba, entre risas, la gran treta
+que su t&iacute;a hab&iacute;a jugado &aacute; aquel marido gigant&oacute;n con cara de vinagre.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s del ruidoso triunfo, la piadosa se&ntilde;ora entraba en aquella
+iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compa&ntilde;erismo de la
+victoria y su tan comentado sacrificio, la un&iacute;an &aacute; los buenos Padres
+como si fuese de su familia.</p>
+
+<p>El confesor, despu&eacute;s de despachar &aacute; varias penitentas, sac&oacute; la cabeza
+por delante del sagrado caj&oacute;n, lanzando una r&aacute;pida mirada &aacute; la fila de
+se&ntilde;oras, mientras musitaba algunas oraciones.</p>
+
+<p>&mdash;Me ha conocido&mdash;pens&oacute; do&ntilde;a Cristina con orgullo&mdash;No tardar&aacute; en
+despedir &aacute; la que est&aacute; delante.</p>
+
+<p>Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla all&iacute; en verano. La
+afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el
+servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, s&oacute;lo de
+tarde en tarde hac&iacute;a sus visitas al templo de la Residencia. De seguro
+que el buen Padre pensaba: &laquo;Algo extraordinario le ocurre &aacute; mi hija de
+confesi&oacute;n.&raquo; Y as&iacute; era efectivamente.</p>
+
+<p>No peligraba la salud de su alma ni tra&iacute;a ning&uacute;n grave pecado que la
+abrumase con su peso. Pero el jesu&iacute;ta quer&iacute;a que se le dijera todo,
+absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas,
+&uacute;nico medio de que &eacute;stas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una
+confesi&oacute;n extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.</p>
+
+<p>Primeramente, quer&iacute;a hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho
+de su esposo.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hab&iacute;a llegado el d&iacute;a anterior, despu&eacute;s de una
+permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio:
+millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales
+hab&iacute;a de tratar nuevos negocios. Esto, seg&uacute;n &eacute;l daba &aacute; entender en sus
+escasas palabras. Pero do&ntilde;a Cristina dudaba ya de todo desde que dos
+d&iacute;as antes de que regresase el millonario, hab&iacute;a encontrado revolviendo
+los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de &aacute;mbar y
+con la firma de una mujer, una tal Judith, que deb&iacute;a ser una pagana, una
+pecadora, &aacute; juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no hab&iacute;a
+entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fant&aacute;sticos y
+adem&aacute;s estaba en franc&eacute;s. Pero las pocas palabras que hab&iacute;a podido
+adivinar, y m&aacute;s que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender
+desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor
+desenfado. &iexcl;Qu&eacute; asco! Toda la castidad de do&ntilde;a Cristina, su horror &aacute; la
+carne vil, se revolvi&oacute; al contacto de aquel papel. No quiso verlo m&aacute;s y
+lo abandon&oacute; en el mismo sitio donde lo hab&iacute;a encontrado. Sab&iacute;a lo
+necesario: su marido ten&iacute;a una amante: tal vez por esto pasaba tanto
+tiempo fuera de Bilbao...</p>
+
+<p>En el primer momento, do&ntilde;a Cristina experiment&oacute; una sensaci&oacute;n
+desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo.
+Sinti&oacute; por S&aacute;nchez Morueta un inter&eacute;s m&aacute;s grande que en los primeros
+tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la
+infidelidad. Tal vez iba &aacute; conocer el amor &aacute; impulsos de la c&oacute;lera. Pero
+aquello s&oacute;lo dur&oacute; un instante: su alma, que parec&iacute;a despertar &eacute;
+incorporarse, volvi&oacute;se del otro lado y continu&oacute; su sue&ntilde;o.</p>
+
+<p>Si Pepe ten&iacute;a una querida &iquest;&aacute; ella qu&eacute;? Mejor: su indiferencia encontraba
+una justificaci&oacute;n. Vivir&iacute;a m&aacute;s segura en su castidad: se sentir&iacute;a m&aacute;s
+fuerte, pudiendo echar algo en cara &aacute; aquel hombre que parec&iacute;a dominarla
+con su silencio. Era lo que &aacute; ella le faltaba. Do&ntilde;a Cristina se hab&iacute;a
+irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel
+hombre que viv&iacute;a tranquilo, sin acordarse de la religi&oacute;n, cerrando su
+casa &aacute; los ministros de Dios.</p>
+
+<p>De aquella carta pecadora le hab&iacute;a quedado el principio impreso en la
+memoria: &laquo;<i>Mon gros loup cheri</i>&raquo;. &iquest;Qu&eacute; querr&iacute;a decir esto? Y adivinando
+algo horrible y grotesco &aacute; la par, como los diablos panzudos pintados
+en ciertas estampas, sonre&iacute;a en medio de su repugnancia, pensando en la
+figura algo rid&iacute;cula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando
+&aacute; una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devor&aacute;ndolos.</p>
+
+<p>Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quer&iacute;a
+comunic&aacute;rselo al Padre Paul&iacute;, y que &eacute;ste la ayudara con sus consejos.
+Adem&aacute;s, ten&iacute;a que hablarle de la ni&ntilde;a, rogando que la diese un buen
+repas&oacute;n. Estaba en la edad de los caprichos y las <i>tonter&iacute;as</i>, y ella,
+despu&eacute;s de la tarde en que la hab&iacute;a sorprendido en el jard&iacute;n con el
+ingenierillo, sent&iacute;a cierta intranquilidad. Hasta hab&iacute;a efectuado un
+registro minucioso en el cuarto de la ni&ntilde;a, presintiendo cartitas
+escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada hab&iacute;a
+encontrado; pero le daba el coraz&oacute;n que algo exist&iacute;a. Tal vez lo
+guardaba oculto la <i>a&ntilde;a</i> Nicanora, complaciente siempre con la se&ntilde;orita.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a terminado su confesi&oacute;n la se&ntilde;ora arrodillada delante de ella, y
+do&ntilde;a Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del
+lado opuesto. Se abri&oacute; por fin el ventanillo y Pepita vi&oacute; por encima de
+los hombros de su madre una sombra que murmuraba:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hola Cristina! &iexcl;hija m&iacute;a! &iquest;A qu&eacute; obedece esta visita tan
+extraordinaria?...</p>
+
+<p>Pepita no oy&oacute; m&aacute;s: su madre peg&oacute; la cabeza &aacute; la rejilla, ahog&aacute;ndose las
+palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.</p>
+
+<p>La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil
+la incrustaci&oacute;n de los tacones de sus botas, le&iacute;a en su devocionario
+autom&aacute;ticamente, mientras pensaba lo que dir&iacute;a al confesor.</p>
+
+<p>Estaba junto &aacute; su mam&aacute; y llegaban hasta ella algunas de sus palabras
+como un lejano susurro.</p>
+
+<p>Pepita comprendi&oacute; que su madre hablaba de una carta que deb&iacute;a
+interesarla mucho, &aacute; juzgar por las veces que la nombr&oacute;. La joven p&uacute;sose
+&aacute; temblar pensando en las que ten&iacute;a ocultas, como una prueba de delito,
+all&aacute; en su hotel de Las Arenas. Pero do&ntilde;a Cristina levant&oacute; la voz un
+poco m&aacute;s, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso
+y Pepita la oy&oacute; decir con gran dificultad, vacilando &aacute; cada s&iacute;laba
+&laquo;<i>Mon... gros... loup... cheri...</i>&raquo;</p>
+
+<p>No: aquello no iba con ella... &iquest;Pero por qu&eacute; dec&iacute;a su madre tales cosas?
+&iquest;Qu&eacute; lobo era aquel, en franc&eacute;s, que su madre llevaba tan trabajosamente
+hasta los o&iacute;dos del buen Padre? Y Pepita se mord&iacute;a los labios para no
+re&iacute;r, sin saber ciertamente por qu&eacute; le regocijaba esta frase que no
+hab&iacute;a encontrado nunca en sus libros cuando la ense&ntilde;aban franc&eacute;s.</p>
+
+<p>Luego ces&oacute; de o&iacute;r. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la
+rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta
+Pepita como el balbucear de un peque&ntilde;uelo: &laquo;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a&raquo;. Deb&iacute;a re&ntilde;ir
+&aacute; la madre &aacute; juzgar por lo encogida que &eacute;sta se mostraba, con la cabeza
+entre los hombros, como si la abrumase el interminable rega&ntilde;o del
+confesor.</p>
+
+<p>La voz de do&ntilde;a Cristina volvi&oacute; de nuevo al o&iacute;do de su hija:</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad Padre: yo tengo la culpa. &iexcl;Pero es una esclavitud tan
+dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocaci&oacute;n me
+llamaba &aacute; otra parte. Pero la juventud se enga&ntilde;a siempre y &iexcl;era yo
+entonces tan ni&ntilde;a!...</p>
+
+<p>Call&oacute;, y de nuevo volvi&oacute; &aacute; susurrar como un aleteo el &laquo;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a&raquo;
+siempre con tono de reproche durante muchos minutos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cree usted Padre&mdash;volvi&oacute; &aacute; murmurar la se&ntilde;ora&mdash;que no he hecho yo
+nada por atraerle al buen camino? El d&iacute;a mejor de mi vida ser&iacute;a aquel en
+que le viese al lado de los buenos, ayudando &aacute; Dios con los bienes que
+le ha dado, aconsej&aacute;ndose de personas sabias y virtuosas como ustedes...
+Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado
+respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los
+hombres.</p>
+
+<p>Volvi&oacute; &aacute; sonar el &laquo;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a...&raquo; m&aacute;s imperioso, como si diese una
+orden, y do&ntilde;a Cristina achic&aacute;base ante la reja, obediente &aacute; su director,
+pero anonadada por el sacrificio que la impon&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Lo har&eacute;, Padre, lo har&eacute;. &iexcl;Si supiera usted el asco que eso me produce!
+&iexcl;Tan tranquila que yo viv&iacute;a!... Pero obedecer&eacute;, ya que no hay otro
+remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son
+sacrificios que impone Dios para la conservaci&oacute;n del mundo: exigencias
+de la vil materia... Obedecer&eacute;, Padre, &iexcl;pero cu&aacute;nto me cuesta! &iexcl;qu&eacute;
+repugnancia, Dios m&iacute;o!...</p>
+
+<p>El &laquo;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a&raquo; tom&oacute; una expresi&oacute;n interrogante.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Padre, s&iacute;: ser&eacute; otra. Volver&eacute; como en otros tiempos, &aacute; preocuparme
+de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este
+sacrificio. Copiar&eacute; las seducciones mundanas para servir &aacute; Dios.</p>
+
+<p>El murmullo del confesor son&oacute; largamente, como si diese consejos. De vez
+en cuando, le interrump&iacute;a do&ntilde;a Cristina con sus afirmaciones de
+penitenta sumisa.</p>
+
+<p>&mdash;As&iacute; lo har&eacute;, Padre.</p>
+
+<p>&mdash;<i>&iquest;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a?</i></p>
+
+<p>&mdash;Ya he olvidado esas cosas, pero procurar&eacute; acordarme de mis tiempos de
+vanidad.</p>
+
+<p>&mdash;<i>&iquest;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a?</i></p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted que sea hoy mismo? &iquest;Despu&eacute;s de haber recibido al
+Se&ntilde;or?... Bien: porque usted lo dice. Ser&aacute; un nuevo sacrificio.</p>
+
+<p>Callaron un instante el confesor y la penitenta. Do&ntilde;a Cristina volvi&oacute; la
+cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su
+confesi&oacute;n; y al ver tan pr&oacute;xima &aacute; Pepita, fijos en el devocionario sus
+ojos c&aacute;ndidos, se peg&oacute; m&aacute;s &aacute; la rejilla. La joven ya no oy&oacute; m&aacute;s que un
+lejano susurro, sin distinguir una palabra.</p>
+
+<p>Al terminar la confesi&oacute;n, la madre fu&eacute; &aacute; arrodillarse en el centro del
+templo y Pepita ocup&oacute; su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor
+despach&oacute; r&aacute;pidamente &aacute; la penitenta del lado opuesto, y volvi&oacute; &aacute; abrir
+el ventanillo.</p>
+
+<p>&mdash;Hola, buena pieza. &iquest;Eres t&uacute;?&mdash;dijo cari&ntilde;osamente &aacute; Pepita.&mdash;&iquest;Ya has
+hecho el acto de contrici&oacute;n? Pues &aacute; ver esos pecadillos, &aacute; hacer la
+colada del alma, que aqu&iacute; est&aacute; el Padre Paul&iacute; para absolver &aacute; las ni&ntilde;as
+que son buenas y sumisas.</p>
+
+<p>Y mientras la joven iba soltando con autom&aacute;tica regularidad los pecados
+de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia,
+deseos de humillar &aacute; las amigas, desobediencias &aacute; su madre, miraba &aacute;
+trav&eacute;s de la rejilla al famoso jesu&iacute;ta, su cara sin una arruga, la nariz
+aguile&ntilde;a, aquella sonrisa dulce que parec&iacute;a acariciar, pero que &aacute; ella
+le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que
+extra&iacute;a las verdades por hondas que se ocultasen.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, &iquest;y qu&eacute; m&aacute;s?&mdash;dijo el jesu&iacute;ta cuando ella se detuvo dando por
+terminada la enumeraci&oacute;n de sus pecados.</p>
+
+<p>&mdash;Nada m&aacute;s, Padre. No recuerdo otros pecados.</p>
+
+<p>&mdash;Rebusca bien en tu conciencia, hijita. &iquest;Nada de nuevo ha ocurrido en
+tu vida desde la &uacute;ltima vez que nos vimos? Pi&eacute;nsalo. Mira que con el
+Padre Paul&iacute; no valen enga&ntilde;os: que hasta m&iacute; llega un pajarito que me
+cuenta todo lo que hacen las ni&ntilde;as embusteras, y que yo s&eacute; cu&aacute;ndo me
+dicen la verdad y cu&aacute;ndo me mienten.</p>
+
+<p>Pepita comenzaba &aacute; sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y
+maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, seg&uacute;n afirmaba
+su madre. Con &eacute;l de nada serv&iacute;an los tapujos. Y su inquietud convirti&oacute;se
+en miedo cuando vi&oacute; que el sacerdote cesaba de sonre&iacute;r y la hablaba con
+los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmov&iacute;a desde el p&uacute;lpito
+&aacute; la distinguida muchedumbre de sus fieles.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, hija m&iacute;a. Una vez &eacute;rase una princesa m&aacute;s bonita que t&uacute;, y m&aacute;s
+rica, pues sus padres eran reyes...</p>
+
+<p>Y describ&iacute;a &aacute; la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes,
+sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.</p>
+
+<p>&mdash;Un d&iacute;a, en un sarao de la corte, cuando m&aacute;s llamaba la atenci&oacute;n por su
+hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los
+cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa
+asomaba, y volv&iacute;a &aacute; ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una
+horrible serpiente... &iquest;Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un
+pecado que la princesa hab&iacute;a querido ocultar &aacute; su confesor y que tomaba
+la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.</p>
+
+<p>Y el Padre Paul&iacute;, con su voz tr&eacute;mula de predicador horrorizado, hac&iacute;a
+estremecer &aacute; la joven. El final de la historia no era m&aacute;s
+tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el coraz&oacute;n &aacute; la
+princesa, y la desdichada descend&iacute;a con el peso de su pecado &aacute; los
+infiernos.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, hija m&iacute;a&mdash;dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su
+sonrisa despu&eacute;s de la historia horripilante.&mdash;T&uacute; eres m&aacute;s buena que la
+princesa: t&uacute; no querr&aacute;s perder tu alma ocultando las faltas al confesor.
+Aqu&iacute; tienes al Padre Paul&iacute; que es un buenazo con las ni&ntilde;as que no
+mienten, pero que tiene una correa para castigar &aacute; las que son malas y
+rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo
+para t&iacute;, como si lo fuera... &iexcl;T&uacute; tienes un novio!</p>
+
+<p>&mdash;No, Padre&mdash;dijo Pepita con voz tr&eacute;mula, intentando todav&iacute;a
+defenderse.&mdash;Es un amigo... Un amigo, &iexcl;pues!... que lo distingo de los
+dem&aacute;s... que le tengo cierta simpat&iacute;a...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vaya por el amigo!&mdash;exclam&oacute; bondadosamente el confesor.&mdash;Y este amigo
+te escribe cartitas y t&uacute; las contestas &aacute; hurtadillas de mam&aacute;. No digas
+que no: no mientas... &iquest;Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas
+y en que os hab&eacute;is visto y hablado en el jard&iacute;n de Las Arenas. &iexcl;Si es
+in&uacute;til negar! &iexcl;Si yo todo lo s&eacute; por el pajarito!...</p>
+
+<p>Y el jesu&iacute;ta insist&iacute;a complacido en aquella &ntilde;o&ntilde;ez del pajarito, como si
+fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.</p>
+
+<p>La joven acab&oacute; por confesarlo todo y el Padre Paul&iacute; tom&oacute; entonces un
+tono solemne:</p>
+
+<p>&mdash;Pues, hija m&iacute;a; tengo que decirte que has cometido un grave pecado,
+pero &aacute; tiempo est&aacute;s de arrepentirte y purificarte de &eacute;l. Lo has hecho,
+indudablemente, sin saber lo que hac&iacute;as, porque t&uacute; eres buena y espero
+que el arrepentimiento te volver&aacute; &aacute; la gracia de Dios. &iquest;T&uacute; sabes lo
+grave que resulta tu falta? &iexcl;Una mu&ntilde;eca como t&uacute;, una mocosa que debe
+vivir agarrada &aacute; las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que
+es el mundo, querer arreglarse por s&iacute; misma el porvenir, y enga&ntilde;ar &aacute;
+mam&aacute;, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si &eacute;ste puede
+ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los
+rodean! Vamos que merec&iacute;as una zurra, como las chicuelas malcriadas que
+hacen alguna diablura.</p>
+
+<p>Y su mano blanca se mov&iacute;a tras la rejilla con burlona expresi&oacute;n de
+amenaza.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute;, que eres aficionada &aacute; lecturas como todas las jovencitas del d&iacute;a,
+p&iacute;dele &aacute; tu madre un libro titulado &laquo;<i>La entrada en el mundo.</i>&raquo; Si ella
+no lo tiene, te lo dar&aacute; tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de
+memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por
+otros Padres no menos sabios de la Compa&ntilde;&iacute;a. Se la regalamos &aacute; los
+muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad
+de Deusto y es una gu&iacute;a completa de lo que debe pensar y hacer en el
+mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no
+necesita m&aacute;s para ser un modelo de caballeros cat&oacute;licos y excelentes
+padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los cap&iacute;tulos que se
+titulan &laquo;<i>La elecci&oacute;n de estado</i>&raquo; y &laquo;<i>Antes que te cases</i>&raquo;... y ver&aacute;s lo
+que le corresponde hacer &aacute; la juventud cristiana para conservar pura su
+alma y no ofender &aacute; Dios. Para la elecci&oacute;n de estado hay que meditar
+mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la sant&iacute;sima Virgen,
+tal como lo dispone en sus &laquo;Ejercicios Espirituales&raquo; el bienaventurado y
+glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe
+escogerse despu&eacute;s de la oraci&oacute;n, de la meditaci&oacute;n, del examen atento; y
+especialmente, &iexcl;f&iacute;jate bien en esto, criatura!, &laquo;despu&eacute;s del consejo
+maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y
+sobre todo, de vuestro director espiritual.&raquo; As&iacute; lo dice el libro.</p>
+
+<p>Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si &eacute;ste fuese
+el personaje m&aacute;s importante entre todos los citados.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es el director espiritual?&mdash;continu&oacute;.&mdash;El librito lo dice
+claramente: &laquo;Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija
+vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres
+se oponen &aacute; vuestro casamiento, creed que ser&aacute; por vuestro bien. Si os
+queda alguna duda sometedla &aacute; la censura prudente de vuestros
+confesores, y si &eacute;stos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen
+&aacute; medida de vuestros deseos es porque saldr&aacute;n conforme &aacute; la voluntad de
+Dios que es lo que m&aacute;s os interesa. Eso del amor, no es m&aacute;s que
+<i>galanter&iacute;a</i> mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del
+pecado, que nunca puede dominar &aacute; una alma cristiana.&raquo; Ah&iacute; tienes,
+chiquita, todo un compendio de sabidur&iacute;a que siguen los j&oacute;venes al salir
+de nuestras aulas, y son felices. &iquest;Y esto, que respetan y acatan
+muchachos con m&aacute;s barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de
+nuestra Universidad, lo atropellas t&uacute;, mu&ntilde;eca ignorante? &iquest;Te atreves &aacute;
+buscar marido por tu propia cuenta y &aacute; tener amor&iacute;os, cuando hombres que
+ostentan t&iacute;tulos acad&eacute;micos no osan poner los ojos en una mujer sin
+venir aqu&iacute; antes &aacute; decirme: &laquo;Padre Paul&iacute;, he pensado en Fulana &oacute; en
+Zutana: &iquest;me conviene?&raquo; y se van tan satisfechos de los consejos del
+Padre, sigui&eacute;ndolos fielmente?... &iexcl;Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce
+que en tu casa falta una buena direcci&oacute;n &aacute; pesar de que mam&aacute; es casi una
+santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese
+m&eacute;dico loco de las minas que ha hecho infeliz &aacute; su pobre mujer, y que
+entran all&iacute; gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del
+siglo.</p>
+
+<p>La joven sent&iacute;ase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su
+pecado. El confesor continu&oacute; con una sonrisa dulce:</p>
+
+<p>&mdash;Y ese se&ntilde;or ingeniero que te ha trastornado el seso, ser&aacute; poco m&aacute;s &oacute;
+menos como tu t&iacute;o el m&eacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, no, Padre!&mdash;se apresur&oacute; &aacute; decir Pepita aprovechando la ocasi&oacute;n
+para defender &aacute; su novio.&mdash;es muy buen cat&oacute;lico: me lo dijo el otro d&iacute;a
+cuando hablamos en el jard&iacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hum, hum!&mdash;tosi&oacute; el jesu&iacute;ta&mdash;&iquest;D&oacute;nde ha estudiado? En alguna de esas
+escuelas donde s&oacute;lo ense&ntilde;an lo que llaman ciencia y que no es m&aacute;s que
+puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. &iquest;Cat&oacute;lico y no lo
+conozco?... &iquest;Cat&oacute;lico joven y no viene por aqu&iacute;?...</p>
+
+<p>&mdash;Me prometi&oacute; que vendr&iacute;a, Padre. Dijo que se confesar&iacute;a aqu&iacute;; que se
+inscribir&iacute;a en los <i>Luises</i>, que har&iacute;a todo lo que yo le mandase. Crea
+usted, Padre, que no es malo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Je, je!&mdash;ri&oacute; maliciosamente el confesor.&mdash;No est&aacute; mal la resoluci&oacute;n.
+Pero nosotros, esas conversiones de &uacute;ltima hora con vistas al
+matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados.
+El Padre Paul&iacute; es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda enga&ntilde;arlo
+un boquirrubio de esos &aacute; la moderna. Queremos en nuestro jard&iacute;n &aacute;rboles
+que hayamos plantado nosotros, gui&aacute;ndolos desde que son tiernos... Y t&uacute;,
+hija m&iacute;a, &iexcl;con qu&eacute; calor defiendes &aacute; ese hombre! Veo que el peligro era
+m&aacute;s grave de lo que cre&iacute;a. Si persistes en esa mala pasi&oacute;n, contra la
+voluntad de tus padres y de tu director espiritual, est&aacute;s en pecado y no
+podr&eacute; darte la absoluci&oacute;n. &iquest;Entiendes?...</p>
+
+<p>Tembl&oacute; la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.</p>
+
+<p>&mdash;Pero t&uacute; eres buena&mdash;continu&oacute; el jesu&iacute;ta cambiando de tono&mdash;y t&uacute;
+obedecer&aacute;s. Ma&ntilde;ana me env&iacute;as todas las cartas que tengas de ese hombre:
+un paquetito &aacute; nombre m&iacute;o y que lo entreguen al portero de la
+Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras
+&aacute; ese individuo. &laquo;Muy se&ntilde;or m&iacute;o: por no disgustar &aacute; mis padres... &oacute; por
+consejo de mi director espiritual...&raquo; en fin, t&uacute; lo escribir&aacute;s bien: las
+mujeres, ten&eacute;is talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle
+saber, de un modo que no deje lugar &aacute; dudas, que todo acab&oacute;, que ya no
+te acuerdas de &eacute;l, que lo pasado fu&eacute; una falta de la que te muestras
+arrepentida... &iquest;Estamos?</p>
+
+<p>Pepita movi&oacute; la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que
+adivinase el confesor si esta emoci&oacute;n era por la pena del rompimiento &oacute;
+por el miedo que le inspiraba su pecado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tonta! &iexcl;tontita!&mdash;dijo para tranquilizarla.&mdash;&iexcl;Si todo esto es por tu
+bien!... &iquest;Qui&eacute;n es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay
+tantos, un trabajador de levita, qu&eacute; necesita de protectores como tu
+padre para ganar la comida. &iexcl;Mire usted que estar&iacute;a bien, ver &aacute; la hija
+de S&aacute;nchez Morueta casada con un ganap&aacute;n, de esos que creen ser los
+hombres m&aacute;s &uacute;tiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan
+n&uacute;meros! Eso de las princesas cas&aacute;ndose con pastores, s&oacute;lo se ve en las
+comedias. A&uacute;n es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece &aacute;
+tus padres, &aacute; mam&aacute; sobre todo, pues las mujeres saben m&aacute;s de estas
+cosas. Conf&iacute;a en el Padre Paul&iacute;, que es tu amigo, tu segundo padre, y
+entre todos ya ver&aacute;s c&oacute;mo te elegimos un hombre que te har&aacute; feliz y aun
+elevar&aacute; m&aacute;s tu rango en el mundo.</p>
+
+<p>Call&oacute; un momento el jesu&iacute;ta, como si preparase un avance decisivo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de
+nuestra Universidad!... Una joven como t&uacute;&mdash;continu&oacute;&mdash;merece unirse con
+una gran fortuna &oacute; un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad
+de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. &iexcl;Pues &aacute; casarse con
+un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de
+Estado, y se cubra de gloria sirviendo &aacute; Dios y &aacute; su pa&iacute;s! Eso no es
+dif&iacute;cil encontrarlo. Ah&iacute; tienes, por ejemplo, &aacute; tu primo Urquiola.</p>
+
+<p>Pepita hizo un moh&iacute;n de protesta. No: ese no.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no, chiquilla? &iquest;Tienes algo que decir de &eacute;l? Es uno de los
+alumnos de <i>punta</i> que han salido de nuestra Universidad. Con una docena
+como &eacute;l, Bilbao ser&iacute;a nuestro por completo, y esta poblaci&oacute;n aparecer&iacute;a
+como otra Covadonga, desde la cual emprender&iacute;amos la reconquista de
+Espa&ntilde;a encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de
+Dios... Comprendo por qu&eacute; tuerces el gesto: chismes y enredos de
+tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracci&oacute;n en el
+pobre Urquiola, s&oacute;lo saben hablar de &eacute;l. &iexcl;Ya las arreglar&eacute; yo &aacute; esas
+maldicientes!... &iquest;Y sabes por qu&eacute; se ocupan tanto de Ferm&iacute;n? Porque &eacute;ste
+no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente
+inclinado hacia t&iacute;, con el amor honesto y respetuoso de un joven
+cristiano. Las que te hablan contra &eacute;l, es porque te tienen envidia.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de este h&aacute;bil halago &aacute; la vanidad de la joven, continu&oacute; con una
+expresi&oacute;n de bondad y tolerancia:</p>
+
+<p>&mdash;Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fu&eacute; nuestro padre San
+Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar,
+y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y
+de gustar &aacute; las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente
+despu&eacute;s de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para
+que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que
+entonces se llamaban <i>botas polidas</i>... Urquiola es joven, y rebosa en
+&eacute;l la energ&iacute;a, el exceso de expansi&oacute;n y de fuerza que ha puesto al
+servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de
+pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas
+cambian seg&uacute;n los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo,
+lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa,
+rodeado de su familia, &aacute; la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado
+que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Ferm&iacute;n; un soldado,
+un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas,
+porque las necesidades de la campa&ntilde;a le obligan &aacute; vivir fuera de su
+mundo... Pero ya ver&aacute;s c&oacute;mo cambia, c&oacute;mo sienta la cabeza el d&iacute;a que
+tenga &aacute; su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. &iquest;Sabes por qu&eacute;
+le miran con tanto agrado tus amigas? Porque est&aacute;n seguras de su
+porvenir. Ferm&iacute;n ser&aacute; diputado en las primeras elecciones, figurar&aacute; en
+Madrid, &iexcl;y quien sabe &aacute; lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte
+de esta naci&oacute;n, que seguramente se cambiar&aacute;, de no olvidarnos Dios!...</p>
+
+<p>Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobaci&oacute;n &oacute; protesta ante
+los palabras del jesu&iacute;ta, y &eacute;ste se detuvo, creyendo haber avanzado
+demasiado. Por aquel d&iacute;a bien estaba con lo dicho.</p>
+
+<p>&mdash;No creas que tengo un inter&eacute;s especial en que sea Urquiola quien haga
+feliz tu vida. Tal vez tu mam&aacute; lo defienda con m&aacute;s tenacidad que yo,
+pues de su sangre es y conoce sus m&eacute;ritos. Por m&iacute;, si no es ese, que sea
+otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria
+y de la religi&oacute;n, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas
+como todas las doncellas cat&oacute;licas y decentes, sin disgustar &aacute; tus pap&aacute;s
+y desobedecer &aacute; tu director. T&uacute; eres de una familia cristiana y debes
+seguir sus costumbres. M&iacute;rate en el espejo de tus padres: se unieron con
+el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la
+fortuna les sonr&iacute;e, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo
+tan hermoso como t&uacute;, que eres buena y no querr&aacute;s amargar los &uacute;ltimos
+a&ntilde;os de su vida.</p>
+
+<p>Y el confesor hablaba gravemente, sin el m&aacute;s leve moh&iacute;n, de la felicidad
+conyugal de los S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>&mdash;Basta por hoy. He dicho &aacute; tu madre que veng&aacute;is por aqu&iacute; con m&aacute;s
+frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo
+tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho
+cuidado con ella. &iquest;Quedamos en que me enviar&aacute;s esas cartas, para que
+nunca puedas volver &aacute; leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Padre.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Escribir&aacute;s hoy mismo &aacute; ese se&ntilde;or dando por terminadas para siempre
+las locuras?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Padre.</p>
+
+<p>&mdash;Muy bien: vamos &aacute; la absoluci&oacute;n.</p>
+
+<p>Y musitando sus latines, el Padre Paul&iacute; bendijo &aacute; la joven al trav&eacute;s de
+la rejilla: despu&eacute;s sac&oacute; la mano por el frente del confesonario para que
+se la besase. Mientras abr&iacute;a el ventanillo opuesto preparando una
+sonrisa como saludo &aacute; la nueva penitenta, Pepita fu&eacute; &aacute; arrodillarse al
+lado de su madre.</p>
+
+<p>Comulgaron tras una breve espera, despu&eacute;s de rezar su penitencia y
+salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza &aacute; las amigas
+que a&uacute;n estaban arrodilladas ante los confesonarios.</p>
+
+<p>El autom&oacute;vil emprendi&oacute; el regreso &aacute; Las Arenas siguiendo la ribera de la
+r&iacute;a que parec&iacute;a irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina sonre&iacute;a al paisaje, encontr&aacute;ndolo m&aacute;s hermoso que otros
+d&iacute;as.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero no has notado, Pepita, qu&eacute; alegr&iacute;a da el recibir al Se&ntilde;or? D&iacute;
+que hemos empleado bien la ma&ntilde;ana.</p>
+
+<p>Al entrar en el hotel se entristeci&oacute; el rostro de la se&ntilde;ora, como si se
+aproximase un peligro que quer&iacute;a olvidar.</p>
+
+<p>Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pas&oacute; horas
+enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente,
+rompiendo pliegos sin que llegasen &aacute; satisfacerle las cartas que
+escrib&iacute;a. Por fin entreg&oacute; un sobre cerrado &aacute; la <i>a&ntilde;a</i> Nicanora,
+rog&aacute;ndola que aquella misma tarde fuese &aacute; los altos hornos para
+entregarlo &aacute; don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina
+fueron in&uacute;tiles. La ni&ntilde;a estaba de mal humor y no quer&iacute;a contestar.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina permaneci&oacute; invisible hasta la hora de la comida. Llam&oacute;
+varias veces &aacute; su doncella que iba de un lado &aacute; otro, llevando dobladas
+sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la
+servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese
+algo extraordinario. Do&ntilde;a Cristina revolv&iacute;a su olvidado guardarropa.</p>
+
+<p>Al bajar Pepita al comedor, enfurru&ntilde;ada y triste por su esfuerzo
+epistolar, no pudo contener la admiraci&oacute;n, viendo &aacute; su madre.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, mam&aacute;! &iexcl;Qu&eacute; guapa est&aacute;s! &iexcl;Qu&eacute; elegante te has puesto!...</p>
+
+<p>Guapa... s&iacute; que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la
+doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con
+llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. &iquest;Pero... elegante?...
+Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y
+polvorientos; una pieza magn&iacute;fica que hab&iacute;a llegado &aacute; Bilbao desde un
+taller de la <i>rue de la Paix</i> cuatro a&ntilde;os antes, cuando ella volv&iacute;a ya
+la espalda &aacute; las vanidades del mundo.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente
+estirada, parec&iacute;a pr&oacute;xima &aacute; estallar &aacute; impulso de los ocultos y
+comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como
+un mall&oacute;n sobre las caderas.</p>
+
+<p>&mdash;Qu&eacute;, &iquest;te parezco bien?&mdash;dijo la madre, pavone&aacute;ndose como una ni&ntilde;a ante
+la admiraci&oacute;n de su hija, que hab&iacute;a conocido aquella moda y al verla
+resucitar inesperadamente, sent&iacute;a la extra&ntilde;eza que causa una
+resurrecci&oacute;n hist&oacute;rica.</p>
+
+<p>Al moverse do&ntilde;a Cristina sonaba el subversivo <i>fru fru</i> de sus finas
+ropas interiores y se esparc&iacute;an en el ambiente los perfumes que se hab&iacute;a
+prodigado con cierta indiscreci&oacute;n.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta que le&iacute;a un peri&oacute;dico sin notar la presencia de su
+mujer, acab&oacute; por levantar la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te parezco, Pepe?&mdash;dijo ella con una sonrisa que contrastaba con
+el temblor de su voz.</p>
+
+<p>El millonario desliz&oacute; una r&aacute;pida ojeada sobre su incitante esplendor de
+fruto maduro.</p>
+
+<p>&mdash;No est&aacute;s mal&mdash;y fij&oacute; de nuevo sus ojos en el peri&oacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora voy &aacute; volver &aacute; la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que
+llegue la vejez. Nuestra hija va &aacute; tener en m&iacute; una rival. &iquest;Qu&eacute; dices &aacute;
+esto, Pepe?...</p>
+
+<p>&mdash;Har&aacute;s bien:&mdash;y sigui&oacute; leyendo, sin saber lo que le&iacute;a, con el
+pensamiento lejos, muy lejos.</p>
+
+<p>La comida fu&eacute; triste. El millonario hab&iacute;a llegado de su &uacute;ltimo viaje con
+un gesto melanc&oacute;lico, que desaparec&iacute;a de pronto, dando lugar &aacute; extra&ntilde;as
+nerviosidades.</p>
+
+<p>&Eacute;l, que pasaba siempre por el hotel como un son&aacute;mbulo, sin reparar en
+los detalles de la vida dom&eacute;stica ni dirigir la palabra &aacute; la
+servidumbre, ven&iacute;a rega&ntilde;ando desde el d&iacute;a anterior con todos los de la
+casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los pu&ntilde;os como si fuese &aacute;
+golpear &aacute; todos.</p>
+
+<p>Pepita tambi&eacute;n estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en
+el comedor y hac&iacute;a preguntas &aacute; su padre sobre la vida de Biarritz,
+queriendo que le describiera alguna <i>toilette</i> de las muchas que habr&iacute;a
+visto en aquella sociedad elegante.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta se esforzaba por contestar &aacute; gusto de su hija. Era la
+&uacute;nica persona ante la cual se abat&iacute;a su mal humor. Hablaba con la cabeza
+baja, evitando mirar &aacute; su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos
+se hab&iacute;an encontrado con los de Cristina, fijos en &eacute;l con una expresi&oacute;n
+desconocida. Esta caricia muda que ten&iacute;a algo de s&uacute;plica, le causaba
+por su novedad cierta molestia.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de comer, el millonario se entr&oacute; en su despacho.</p>
+
+<p>Cristina dej&oacute; pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la
+hicieron saber que Pepita estaba en el sal&oacute;n, se dirigi&oacute; con paso
+resuelto en busca de su marido.</p>
+
+<p>Tembl&oacute; al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se
+acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas ni&ntilde;as medrosas que
+iban en busca del ogro.</p>
+
+<p>Al entrar en el despacho vi&oacute; el gesto de asombro de S&aacute;nchez Morueta, que
+cre&iacute;a en la llamada de un criado: not&oacute; el movimiento instintivo de sus
+manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos
+colores que rele&iacute;a con gesto hosco.</p>
+
+<p>Aquellas cartas ella las conoc&iacute;a. Por una asociaci&oacute;n de recuerdos,
+volvi&oacute; &aacute; su memoria el &laquo;<i>Mon gros loup cheri</i>&raquo;, y sin saber por qu&eacute;,
+sinti&oacute; una tentaci&oacute;n infantil de re&iacute;r ante el gigant&oacute;n de aspecto
+imponente; de arrojarse &aacute; su cuello, repitiendo, como Dios le diera &aacute;
+entender, aquella frase de <i>cocotte</i>, que deb&iacute;a encerrar alg&uacute;n misterio
+m&aacute;gico para apoderarse de los hombres.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quieres? &iquest;qu&eacute; ocurre?&mdash;pregunt&oacute; el marido con extra&ntilde;eza.</p>
+
+<p>&iquest;Querer?... Bien se lo dec&iacute;an aquellos ojos agrandados por el l&aacute;piz de
+tocador, en los que el instinto femenil pon&iacute;a el fuego que no lograba
+dar la pasi&oacute;n: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se
+aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.</p>
+
+<p>Al estar junto &aacute; &eacute;l, no supo qu&eacute; decir ni c&oacute;mo empezar y apelando al
+recurso de la acci&oacute;n, abarc&oacute; en sus brazos de blancas carnosidades, los
+hombros del temido ogro.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pepe... Pepe!&mdash;murmur&oacute; con voz tenue, como un gemido dulce.</p>
+
+<p>Y su boca se abri&oacute; paso entre las barbas patriarcales, con besos
+ardorosos.</p>
+
+<p>El grande hombre vacil&oacute; un momento, atolondrado por la onda de carne
+femenil que ca&iacute;a sobre &eacute;l, por el perfume incitante que le envolv&iacute;a, por
+los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los
+dientes de l&aacute;ctea blancura.</p>
+
+<p>Pero fu&eacute; la debilidad de un instante, que pas&oacute; como una r&aacute;faga. Su mano
+poderosa apart&oacute; &aacute; la mujer, y &eacute;sta se sinti&oacute; perdida, ante aquellos ojos
+fr&iacute;os que parec&iacute;an no verla, como si su atenci&oacute;n, su pensamiento, su
+alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, la voz del marido son&oacute; en el silencio de la habitaci&oacute;n,
+lac&oacute;nica, triste y mon&oacute;tona:</p>
+
+<p>&mdash;Es tarde, Cristina, es tarde.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+
+<p>Estaba el se&ntilde;or Goicochea &aacute; media ma&ntilde;ana, trabajando en su despacho
+contiguo al de S&aacute;nchez Morueta, cuando se incorpor&oacute; en el asiento con
+sorpresa, viendo entrar &aacute; su principal.</p>
+
+<p>Tres d&iacute;as antes hab&iacute;a salido para Biarritz, manifestando &aacute; su secretario
+que tardar&iacute;a unas dos semanas en regresar, y se presentaba
+inesperadamente, con una cara que daba miedo. &iquest;Qu&eacute; negocio se le habr&iacute;a
+torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne
+gravedad?...</p>
+
+<p>Su voz sonaba tr&eacute;mula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes
+aparec&iacute;an descompuestos, y lo que m&aacute;s asustaba al secretario, era que
+hablaba mucho, que hab&iacute;a perdido su concisi&oacute;n caracter&iacute;stica y vacilaba
+envolviendo en palabras y m&aacute;s palabras sus tardos pensamientos.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, Goicochea; que lleven &aacute; casa el equipaje que est&aacute; abajo. Avise
+usted por tel&eacute;fono que luego ir&eacute;.... No, diga usted que no voy, que no
+me esperen &aacute; comer. Ir&eacute; &aacute; la noche. &iquest;Pero, qu&eacute; hace usted ah&iacute; parado,
+mir&aacute;ndome como un bobo?... &iexcl;Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A
+ver, &iexcl;que suba el <i>Capi</i>! Llame usted &aacute; don Mat&iacute;as. &iexcl;En seguida;
+listo!...</p>
+
+<p>Goicochea sali&oacute; del despacho temblando, al pensar en el d&iacute;a que le
+esperaba. Conoc&iacute;a el car&aacute;cter de su gigante: pocas rachas, pero buenas,
+como &eacute;l dec&iacute;a. S&oacute;lo muy de tarde en tarde, le hab&iacute;a visto perder la
+serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus
+arrebatos.</p>
+
+<p>Cuando subi&oacute; el capit&aacute;n Iriondo, encontr&oacute; &aacute; S&aacute;nchez Morueta paseando
+casi &aacute; saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos
+atr&aacute;s y la cabeza baja. Tard&oacute; alg&uacute;n tiempo en ver &aacute; Iriondo, que no
+pasaba de la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Pepe, &iquest;qu&eacute; tienes?&mdash;dijo el marino con el acento afectuoso de un
+antiguo camarada.</p>
+
+<p>&mdash;Nada: cosas m&iacute;as, no te ocupes de m&iacute;.... Vas &aacute; llamar al tel&eacute;fono de
+las minas y que busquen &aacute; mi primo Luis, que le digan que venga en
+seguida.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, hombre, no ser&aacute; tan pronto como quieres. Gallarta est&aacute; lejos: &eacute;l
+tiene sus ocupaciones...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;He dicho que venga en seguida!&mdash;grit&oacute; el millonario.&mdash;Dile que le
+necesito al momento; que estoy enfermo, que voy &aacute; morir... cualquier
+cosa. &iexcl;Que venga pronto!... Y Luis vendr&aacute;, porque me quiere de veras: es
+mi &uacute;nico amigo.</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute; bien&mdash;gru&ntilde;&oacute; el capit&aacute;n.&mdash;Los dem&aacute;s somos unos perros.</p>
+
+<p>Y encogi&eacute;ndose de hombros sali&oacute; del despacho. S&aacute;nchez Morueta sigui&oacute; su
+paseo &aacute; grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir
+contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.</p>
+
+<p>De pronto se detuvo en la puerta de la habitaci&oacute;n contigua, mirando con
+ojos feroces al secretario, que se hab&iacute;a escurrido hasta su mesa para
+continuar el trabajo. El pobre hombre tembl&oacute; al verse enfrente de su
+irritado principal.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse
+inmediatamente. Necesito estar solo; v&aacute;yase a tomar el sol, adonde le d&eacute;
+la gana.... &iexcl;al capacho! pero m&aacute;rchese en seguida.</p>
+
+<p>Miraba al secretario de tal modo, que &eacute;ste crey&oacute; que iba a recibir alg&uacute;n
+golpe s&iacute; tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, sali&oacute;
+apresuradamente.</p>
+
+<p>Las oficinas parec&iacute;an desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante
+sus papeles, temblando al o&iacute;r tras de los cortinajes aquella voz
+furiosa, que matizaba sus &oacute;rdenes con interjecciones y juramentos
+verdaderamente extra&ntilde;os en tan grave personaje.</p>
+
+<p>En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un
+enfermo. S&aacute;nchez Morueta, despu&eacute;s de una hora de incesantes paseos, se
+dej&oacute; caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando
+antes un bot&oacute;n el&eacute;ctrico.</p>
+
+<p>Entr&oacute; un ordenanza con aire azorado.</p>
+
+<p>&mdash;Tr&aacute;eme un caf&eacute;.... pero bien fuerte.</p>
+
+<p>Cuando lleg&oacute; el caf&eacute;, S&aacute;nchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de
+los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para &eacute;l,
+con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisici&oacute;n era motivo
+de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa &oacute; en los
+negocios de minas.</p>
+
+<p>Transcurri&oacute; otra hora, sin que el millonario diese se&ntilde;ales de
+existencia. El timbre son&oacute; de nuevo en el silencio del escritorio y
+corri&oacute; el criado al despacho.</p>
+
+<p>&mdash;Trae otro caf&eacute;.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta fumaba el tercer cigarro, &aacute; juzgar por las dos colillas
+arrojadas &aacute; sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como
+un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los hab&iacute;a encontrado
+al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hac&iacute;a irrespirable, sin
+que &eacute;l se diese cuenta de ello.</p>
+
+<p>Mucho despu&eacute;s de medio d&iacute;a, cuando los empleados se deslizaron sin ruido
+para ir &aacute; comer &aacute; sus casas, volvi&oacute; &aacute; trotar el criado hacia el
+despacho, atra&iacute;do por el timbre.</p>
+
+<p>&mdash;Dile al capit&aacute;n que suba&mdash;dijo el millonario.</p>
+
+<p>&mdash;Don Mat&iacute;as no est&aacute;, se&ntilde;or&mdash;contest&oacute; el criado.</p>
+
+<p>Por primera vez se le ocurri&oacute; &aacute; S&aacute;nchez Morueta mirar el gran reloj de
+la chimenea. &iexcl;C&oacute;mo hab&iacute;a pasado el tiempo! Y m&aacute;s por la fuerza de la
+costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que &aacute; aquella hora todos
+hac&iacute;an lo mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Ve &aacute; donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que &aacute; t&iacute; se
+te ocurra. Sobre todo, un buen caf&eacute;: no lo olvides.</p>
+
+<p>Cuando volvi&oacute; el criado con una gran bandeja llena de platos y
+coberteras brillantes, la atm&oacute;sfera del despacho era m&aacute;s densa. El
+millonario segu&iacute;a fumando, inm&oacute;vil en su sill&oacute;n, con la vista vaga y
+como perdida en un punto lejano, muy lejano.</p>
+
+<p>Apenas toc&oacute; los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebi&oacute; un
+poco de vino, prob&oacute; la fruta y se abalanz&oacute; por fin al caf&eacute;, como si &eacute;ste
+fuese su &uacute;nico alimento. Despu&eacute;s hizo se&ntilde;a al criado para que se llevase
+los platos casi intactos.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, hijo m&iacute;o&mdash;dijo con dulzura inesperada.&mdash;Ll&eacute;vate todo eso;
+c&oacute;metelo y que de salud te sirva.</p>
+
+<p>Al quedarse solo encendi&oacute; otro cigarro, adoptando en su sill&oacute;n aquella
+inmovilidad en la que parec&iacute;a so&ntilde;ar con los ojos abiertos.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta no supo ciertamente si lleg&oacute; &aacute; dormirse. Era un sopor
+dulce que no le hac&iacute;a perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta
+actitud, el tiempo transcurr&iacute;a para &eacute;l inadvertido, y sent&iacute;a el
+bienestar del que en nada piensa.</p>
+
+<p>Cuando, &aacute; la ca&iacute;da de la tarde, entr&oacute; el doctor Aresti en el despacho,
+el millonario se reanim&oacute;, volviendo de un golpe &aacute; la vida.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Esto es un horno!&mdash;grit&oacute; el m&eacute;dico,&mdash;&iexcl;Aqu&iacute; no se puede respirar; qu&eacute;
+humareda; parece un incendio!</p>
+
+<p>Y se fu&eacute; &aacute; los balcones, abri&eacute;ndolos para que se disolviera la nube de
+tabaco en que se envolv&iacute;a su primo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa?&mdash;dijo Aresti cuando pudo respirar con alg&uacute;n desahogo.&mdash;&iquest;Qu&eacute;
+te ocurre, Pepe? &iquest;Est&aacute;s enfermo? A ver esa cara...</p>
+
+<p>Y despu&eacute;s de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro.
+Efectivamente; algo malo le ocurr&iacute;a. Parec&iacute;a aviejado de un golpe en m&aacute;s
+de diez a&ntilde;os: los p&oacute;mulos salientes, los ojos hundidos, con una
+expresi&oacute;n de tristeza y desaliento. Adem&aacute;s revelaba una gran fatiga
+f&iacute;sica, como si no hubiese dormido en algunas noches.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vamos &aacute; ver; &iquest;qu&eacute; tienes? Cuenta, hijo, cuenta.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta sinti&oacute; el mismo dolor que si de pronto se abriesen en &eacute;l
+ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos
+dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, Luis!&mdash;suspir&oacute; el gigante con un acento casi infantil, cogiendo,
+las manos de su primo.&mdash;Mi vida termin&oacute;. Han matado todas mis
+ilusiones... &iexcl;Se fueron!... &iexcl;se fueron!</p>
+
+<p>Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la
+peque&ntilde;ez del doctor con su corpach&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Energ&iacute;a, Pepe! &iquest;Qu&eacute; es esto, que te desplomas como una se&ntilde;orita
+desvanecida? &iexcl;Firmes, vive Cristo! S&oacute;lo te falta echarte &aacute; llorar como
+los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos
+por qu&eacute; crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.</p>
+
+<p>El millonario fu&eacute; &aacute; hablar, y Aresti le interrumpi&oacute; de nuevo:</p>
+
+<p>&mdash;Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero,
+aguarda ah&iacute; fuera. Lo he encontrado en la estaci&oacute;n del Desierto, y al
+saber que hab&iacute;as llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te
+esperaba con impaciencia.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Alg&uacute;n asunto
+urgente de la fundici&oacute;n. &iquest;Qu&eacute; le importaban &aacute; &eacute;l los altos hornos, y las
+minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala
+suerte. &iexcl;Para lo que serv&iacute;a la riqueza!... Y revolv&iacute;a sus ojos furiosos
+por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poder&iacute;o
+industrial, haci&eacute;ndolo responsable de su desgracia.</p>
+
+<p>En aquel momento aborrec&iacute;a al muchacho que esperaba en las oficinas. &iexcl;La
+juventud! &iexcl;la ins&iacute;pida y antip&aacute;tica juventud! Aquel ingenierillo no
+ten&iacute;a otros medios de vida que los que &eacute;l le diese: ni riqueza, ni
+poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos a&ntilde;os, por su cara de
+madamita con bigote, no le ocurriera lo que &aacute; &eacute;l con todos sus millones.
+&iexcl;Cristo! &iquest;Para qu&eacute; serv&iacute;a, pues, el dinero?</p>
+
+<p>Aresti se impacientaba.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, hombre: deja en paz &aacute; ese chico, y si no quieres verle en
+seguida, que aguarde. Pero cu&eacute;ntame, Pepe &iquest;qu&eacute; te pasa?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Judith!...&mdash;gimi&oacute; el millonario.&mdash;Ya sabes qui&eacute;n digo...</p>
+
+<p>Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su
+tristeza.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Judith&mdash;dijo Aresti anim&aacute;ndolo para que hablase.&mdash;Aquella
+francesa, &oacute; jud&iacute;a, &oacute; lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo...
+la madre de aquel ni&ntilde;o tan hermoso... el <i>hijo del amor</i>. Estoy
+enterado. &iquest;Y qu&eacute; ha hecho la tal Judith? &iquest;Alguna perrada? &iquest;La has
+sorprendido con alguien? &iquest;Ha huido y no sabes d&oacute;nde est&aacute;? Habla, hombre:
+cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas,
+nada me coger&aacute; de sorpresa.</p>
+
+<p>Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo
+que su primo iba &aacute; contarle; seguro de que aquella novela de amor,
+desarrollada en el ocaso de la madurez, hab&iacute;a de tener un desenlace
+triste.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta comenz&oacute; &aacute; hablar con lentitud, como si le doliese, con
+profundo desgarr&oacute;n, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer
+dolor, se animaba, se enardec&iacute;a, embriag&aacute;ndose en la amargura de su
+desgracia.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos
+meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios
+de su car&aacute;cter. &iquest;No lo hab&iacute;a notado Aresti?</p>
+
+<p>De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito
+de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.</p>
+
+<p>Varias cartas an&oacute;nimas le hab&iacute;an avisado las infidelidades de Judith.
+Alguna buena alma que conoc&iacute;a su dicha y deseaba turbarla: tal vez una
+antigua compa&ntilde;era de la <i>divette</i>, envidiosa de su bienestar. Y el
+grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que ten&iacute;a miles
+de brazos &aacute; sus &oacute;rdenes y flotas en el mar como un pr&iacute;ncipe de la
+moderna realeza, hab&iacute;a descendido durante algunos meses &aacute; una vida de
+espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las
+denuncias.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, el amor, Luis!&mdash;exclamaba.&mdash;&iexcl;Cu&aacute;n peque&ntilde;os nos hace! &iexcl;C&oacute;mo nos
+envilece cuando llega tarde, &aacute; una edad en que queremos, sin la certeza
+de que nos quieran!... Ahora me averg&uuml;enzo, pensando en las cosas &aacute; que
+he tenido que descender. &iexcl;Y si no fuese m&aacute;s que esto!...</p>
+
+<p>Al llegar el verano, Judith hab&iacute;a ido, como de costumbre, &aacute; una casita
+que el millonario le hab&iacute;a comprado en Biarritz. As&iacute; la ten&iacute;a m&aacute;s cerca
+de Bilbao. All&iacute; se hab&iacute;a convencido de que no le enga&ntilde;aban los
+misteriosos avisos.</p>
+
+<p>Habl&aacute;banle &eacute;stos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un
+<i>monsieur Jules</i>, joven, hermoso y elegante, de problem&aacute;tica vida; un
+aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de <i>croupier</i> en
+los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba &aacute; las
+estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parec&iacute;a conocerle mucho
+tiempo. Era m&aacute;s joven que ella, y con el furor de una hembra que se da
+cuenta de su pr&oacute;ximo ocaso, se agarraba &aacute; aquel profesional de la
+hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las
+aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de
+acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta, despu&eacute;s de la lectura de los an&oacute;nimos, recordaba haber
+o&iacute;do su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando
+de &eacute;l como de un amigo antiguo. Sab&iacute;a, adem&aacute;s, que el aventurero hab&iacute;a
+pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todav&iacute;a caliente,
+apenas emprend&iacute;a el regreso &aacute; Bilbao. Ahora se daba cuenta de las
+peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel af&aacute;n de riquezas, de
+&laquo;asegurar su posici&oacute;n&raquo;, como ella dec&iacute;a, con una voracidad creciente,
+como si la guiase un oculto consejero.</p>
+
+<p>El millonario no lamentaba su generosidad. &iexcl;Qu&eacute; pod&iacute;a importarle este
+chorreo de riqueza que no marcaba la m&aacute;s leve desnivelaci&oacute;n en su
+fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurec&iacute;a haci&eacute;ndole
+abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo rid&iacute;culo de
+su situaci&oacute;n. &Eacute;l, S&aacute;nchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que &aacute;
+tantos causaba miedo, &iexcl;convertido en ese tipo grotesco del anciano
+verde, enga&ntilde;ado y <i>pagano</i>, eterno personaje de todos los cuentos y las
+comedias parisienses! &Eacute;l hab&iacute;a sido <i>le vieux</i> del que se r&iacute;e la pareja
+joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de
+Banco. &iexcl;Dios de Dios! &iexcl;Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo &aacute;
+la familia y &aacute; las malditas conveniencias sociales, hab&iacute;a salido de la
+triste aventura sin matar &aacute; ninguno de los dos!...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, hombre, si&eacute;ntate!&mdash;dec&iacute;a el doctor asustado al verle ir y venir
+por el despacho como un loco.&mdash;No golpees los muebles. Ya s&eacute; que de un
+pu&ntilde;etazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho
+muy bien. &iquest;Acaso eres t&uacute; el primero, ni ser&aacute;s el &uacute;ltimo, de quien se
+burle una p&aacute;jara de esas? Sigue contando... sigue.</p>
+
+<p>Tard&oacute; el millonario alg&uacute;n tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el
+relato pas&oacute; de un salto &aacute; la escena final de su novela amorosa, &aacute; la
+&uacute;ltima entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de
+Biarritz donde hab&iacute;a pasado los mejores veranos de su vida.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hab&iacute;a llegado sin avisarla, sorprendiendo al <i>monsieur
+Jules</i> casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no hab&iacute;a sido
+completa. No le hab&iacute;a visto: s&oacute;lo hab&iacute;a adivinado su presencia en el
+desorden de la habitaci&oacute;n, en los detalles que revelaban una fuga
+r&aacute;pida, mientras la doncella de Judith le entreten&iacute;a ante la puerta
+cerrada.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, la escena hab&iacute;a sido horrible entre &eacute;l y su amante. &iexcl;Ay, la
+mala hembra! &iexcl;Qu&eacute; franqueza tan cruel la suya! &iexcl;Qu&eacute; deseo de acabar de
+una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la
+situaci&oacute;n! Pod&iacute;a haber seguido enga&ntilde;&aacute;ndole; negar una vez m&aacute;s;
+mantenerlo en la dulce ceguera que le adormec&iacute;a, sin fuerzas para buscar
+la verdad. &laquo;Vivimos de mentiras: s&oacute;lo el enga&ntilde;o es dulce&raquo;, dec&iacute;a ella en
+las horas de abandono, cuando en brazos de S&aacute;nchez Morueta recordaba su
+pasado de aventuras. Pero ahora ya no quer&iacute;a mentir; estaba enamorada de
+su <i>Jules</i>, enamorada fren&eacute;tica, con celos de fiera al ver que se lo
+disputaban otras m&aacute;s j&oacute;venes; y para atra&eacute;rselo para siempre,
+legalizando su situaci&oacute;n, no vacilaba en atropellar al amante rico, en
+destrozarle el alma con su c&iacute;nica franqueza.</p>
+
+<p>&iexcl;Ay, c&oacute;mo adoraba &aacute; aquel bergante, s&oacute;lo porque era joven y guapo! &iexcl;Con
+qu&eacute; insolencia hab&iacute;a proclamado su pasi&oacute;n!... El millonario revolv&iacute;ase
+con furia al recordar la escena. Ve&iacute;a los ojos de ella, de una
+provocaci&oacute;n insolente, unos ojos de loba en celo y a&uacute;n cre&iacute;a o&iacute;r sus
+desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le
+regocijaba en los primeros tiempos de su amor.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, <i>mon vieux</i>. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se <i>badina pas</i>. Si
+t&uacute; me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser
+amigo del pobre <i>Jules</i>. Y si no, la puerta est&aacute; abierta. Ser&aacute; lo mejor.
+<i>Voil&agrave;.</i></p>
+
+<p>La c&iacute;nica proposici&oacute;n hab&iacute;a hecho rugir al gigante, levantando sus
+zarpas con furor homicida. Pero ella &iexcl;la maldita! ten&iacute;a la tenacidad
+glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser
+asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de
+desaf&iacute;o.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, p&eacute;game; eso es muy espa&ntilde;ol. M&aacute;tame, como matan en tu tierra &aacute; las
+mujeres, cuando no quieren amar. Anda, <i>don Jos&eacute;</i>; ya estamos en el
+final de <i>Carmen</i>. &iquest;D&oacute;nde guardas la navaja?...</p>
+
+<p>&Eacute;l hab&iacute;a sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se di&oacute; cuenta de
+su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los
+peligros de la existencia errante. Y llor&oacute; como un miserable, suplic&oacute;
+vilmente para que no lo abandonase. Hasta cre&iacute;a recordar que se hab&iacute;a
+arrodillado, agarr&aacute;ndose &aacute; sus piernas, sintiendo la desesperaci&oacute;n de
+perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parec&iacute;a despedirse de
+&eacute;l al trav&eacute;s de la batista que la cubr&iacute;a.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta, hablaba &aacute; su primo con la cabeza baja, como un
+criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y &uacute;nicamente cerrando
+los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su
+conciencia.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las
+l&aacute;grimas con que hab&iacute;a mojado durante toda la noche el cuello insensible
+de aquella mujer.</p>
+
+<p>Ella se hab&iacute;a apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada
+del pobre patriarca, y con la conmiseraci&oacute;n maternal que siente toda
+mujer por un hombre que llora, lo hab&iacute;a tomado en sus brazos, apoy&aacute;ndole
+la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acarici&aacute;ndole las barbas
+encanecidas.</p>
+
+<p>La gratitud y la l&aacute;stima la hac&iacute;an ser bondadosa, con palabras de triste
+consuelo. &iexcl;Ah, <i>gros coco</i>! Hab&iacute;a que tomar la vida tal como se
+presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empe&ntilde;arse en pedir
+imposibles. Cada uno se enamoraba &aacute; su hora. &Eacute;l la quer&iacute;a, siendo casi
+un viejo: &iquest;por qu&eacute; se extra&ntilde;aba de que ella, siendo joven, tuviese
+tambi&eacute;n su momento de debilidad, enamor&aacute;ndose de aquel <i>Jules</i> que
+pose&iacute;a para las mujeres un encanto malsano y dominador?</p>
+
+<p>Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual
+trabajaba &aacute; su modo, sin acordarse del coraz&oacute;n, para asegurar su
+porvenir. Pero despu&eacute;s, con el bienestar llegaba la dulce tonter&iacute;a del
+amor. Esto hab&iacute;a hecho &eacute;l, pasando la juventud absorbido en la caza de
+la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la &eacute;poca en que
+otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurr&iacute;a &aacute; ella al ver asegurado
+su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso.
+&iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;a de conocer su verdadero amor con sus penas y alegr&iacute;as
+despu&eacute;s de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... &iexcl;Ah
+<i>mon vieux</i>! Hab&iacute;a que tomar la vida con serenidad filos&oacute;fica. A cada
+cual su turno.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s intentaba consolarle hablando del pasado. No deb&iacute;a desesperarse
+el enorme <i>beb&eacute;</i> que se adormec&iacute;a llorando sobre su hombro. Pod&iacute;a
+afirmar que hab&iacute;a sido amado m&aacute;s que muchos otros. Primeramente, le
+hab&iacute;a querido con una simpat&iacute;a p&aacute;lida y pasiva, porque era bueno con
+ella, porque la hab&iacute;a sacado de su antigua vida de artista errante,
+d&aacute;ndola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira.
+Despu&eacute;s le hab&iacute;a admirado, con una admiraci&oacute;n rayana en el amor, al
+apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hac&iacute;a nacer
+nuevas industrias, el poder m&aacute;gico, que esclavizaba el dinero, la
+inteligencia que hac&iacute;a danzar los millones, sin que ninguno se saliera
+de l&iacute;nea. Ella adoraba &aacute; los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no
+presentarse el otro, con algo que no pod&iacute;a explicar. Tal vez era el
+encanto de la corrupci&oacute;n y de la juventud, que la enardec&iacute;a, haci&eacute;ndola
+cometer locuras; pero aun as&iacute; confesaba que no pod&iacute;a compararse aquel
+hombre con <i>su viejo</i> tan bueno y tan generoso... &iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;a de
+aceptar el obst&aacute;culo como lo hac&iacute;an otros? A&uacute;n pod&iacute;an ser felices: los
+tres vivir&iacute;an en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que
+pose&iacute;a una fortuna, gracias &aacute; &eacute;l: era buena muchacha y har&iacute;a lo
+necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario
+contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.&mdash;&laquo;Yo solo,
+yo solo.&raquo; Judith se indignaba. <i>&iexcl;Grosse b&ecirc;te, va!</i> Lo que &eacute;l ped&iacute;a era
+imposible. Ella no pod&iacute;a separarse del que amaba, y tampoco quer&iacute;a
+mentir: ella ten&iacute;a coraz&oacute;n.</p>
+
+<p>El doctor interrumpi&oacute; &aacute; su primo, que se complac&iacute;a con doloroso deleite
+en detallar los recuerdos de aquella noche.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero, y el ni&ntilde;o? &iquest;Y el <i>hijo del amor</i>?&mdash;pregunt&oacute; con cierta iron&iacute;a.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta mir&oacute; al m&eacute;dico con unos ojos que ped&iacute;an piedad.
+Recordaba el entusiasmo con que hab&iacute;a hablado &aacute; Aresti del peque&ntilde;&iacute;n:
+renac&iacute;an en su memoria las palabras al describir su belleza delicada:
+&laquo;un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;No te burles, Luis, es una crueldad. T&uacute; lo adivinaste, sin duda,
+cuando te habl&eacute; de &eacute;l. Tambi&eacute;n esta ilusi&oacute;n ha desaparecido. No queda
+nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida.
+Se lo ha llevado todo... todo.</p>
+
+<p>Y recordaba, c&oacute;mo por segunda vez sinti&oacute; el instinto homicida al ver la
+sonrisa burlona con que acogi&oacute; ella el recuerdo del peque&ntilde;uelo. &iexcl;Ah, la
+cruel! &iexcl;Con qu&eacute; sencillez le hab&iacute;a arrebatado la &uacute;ltima ilusi&oacute;n,
+dici&eacute;ndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la
+de aquel tunante que llenaba su pensamiento! &iexcl;Qu&eacute; tir&oacute;n tan doloroso en
+su alma!... Esta vez, Judith, &aacute; pesar de su insolencia, hab&iacute;a sentido
+miedo ante el gesto desesperado de <i>su viejo</i>. Pero &iexcl;ay! aquella mujer
+de car&aacute;cter doble &eacute; inexplicable era invencible. De sus crueldades,
+hac&iacute;a un m&eacute;rito. Manteniendo en el millonario la ilusi&oacute;n de la
+paternidad, pod&iacute;a seguir explot&aacute;ndolo. As&iacute; se lo hab&iacute;a aconsejado su
+amante. Pero ella era una buena muchacha y no quer&iacute;a mentir cuando
+llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretend&iacute;a que su antiguo
+protector le agradeciese la cruel confesi&oacute;n. No: el ni&ntilde;o no era su hijo.
+Y lo repet&iacute;a satisfecha, como si de este modo afirmase m&aacute;s sus derechos
+sobre el hombre amado, colocando el peque&ntilde;uelo como un compromiso eterno
+entre ella y el <i>amante de coraz&oacute;n</i>.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta sali&oacute; de aquella casa con el alma rendida por los
+crueles descubrimientos. &iexcl;Ni amor, ni hijo! S&oacute;lo la convicci&oacute;n del
+fracaso; la tristeza de haber cre&iacute;do en una dicha que &eacute;l mismo se
+forjaba enga&ntilde;&aacute;ndose, y un profundo desgarr&oacute;n en su dignidad, el ara&ntilde;azo
+del rid&iacute;culo en que hab&iacute;a vivido durante varios a&ntilde;os, que &eacute;l cre&iacute;a los
+mejores de su existencia.</p>
+
+<p>Vag&oacute; todo el d&iacute;a por Biarritz como un son&aacute;mbulo. Por la noche, el deseo
+amoroso fu&eacute; m&aacute;s fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de &aacute; d&oacute;nde se
+dirig&iacute;a, se vi&oacute; de pronto llamando &aacute; la puerta de Judith.</p>
+
+<p>Fu&eacute; en vano. Ella tem&iacute;a, sin duda, la repetici&oacute;n de otra noche como la
+anterior: sent&iacute;a miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad
+de un amor desesperado. Nadie le respondi&oacute;. Judith hab&iacute;a huido con su
+amante y el peque&ntilde;uelo. Adi&oacute;s, para siempre. La ilusi&oacute;n de varios a&ntilde;os
+desaparecer&iacute;a sin dejar rastro.</p>
+
+<p>&mdash;M&aacute;s vale as&iacute;&mdash;dijo el doctor.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;: mejor es que haya huido.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobard&iacute;a de la segunda
+noche. Se ten&iacute;a miedo &aacute; s&iacute; mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo &aacute;
+Judith, hubiese pasado por todo, se habr&iacute;a sometido &aacute; una situaci&oacute;n
+envilecedora, &aacute; cambio de conservar algo de la antigua ilusi&oacute;n, una
+sombra de felicidad &aacute; la que agarrarse.</p>
+
+<p>Se hizo un largo silencio. El millonario, despu&eacute;s de terminado el
+relato, se hundi&oacute; en el sill&oacute;n, anonadado, sin fuerzas, como si al echar
+fuera de s&iacute; el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre &eacute;l, de un
+golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el
+desfallecimiento del hambre.</p>
+
+<p>&mdash;Y ahora, &iquest;qu&eacute; piensas hacer?&mdash;pregunt&oacute; Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y t&uacute; me lo preguntas?&mdash;dijo con desaliento el millonario.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; s&eacute;
+yo! No puedo pensar. D&iacute;melo t&uacute;, que sabes m&aacute;s de la vida. Desde anoche
+que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aqu&iacute;
+y llamarte. T&uacute; eres lo &uacute;nico que me resta...</p>
+
+<p>Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras &eacute;ste se encog&iacute;a de
+hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Me siento mal, Luis&mdash;dijo quejumbrosamente S&aacute;nchez Morueta.&mdash;Yo me
+conozco. Este disgusto no quedar&aacute; aqu&iacute;: sentir&eacute; sus consecuencias m&aacute;s
+adelante... &iquest;Qu&eacute; voy &aacute; hacer? &iquest;Qu&eacute; me aconsejas? &iexcl;Por tu vida, d&iacute;melo!</p>
+
+<p>Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego
+que no osase moverse &eacute; implorase un gu&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quieres que te aconseje?&mdash;dijo el m&eacute;dico.&mdash;Lo que yo te puedo
+decir, te lo dir&iacute;a cualquiera. &iquest;Piensas buscar &aacute; esa mujer?...</p>
+
+<p>El millonario hizo un gesto negativo. No, &iquest;para qu&eacute;? Aquello hab&iacute;a
+terminado. No pod&iacute;a olvidarla; eso nunca: le dol&iacute;a la decepci&oacute;n, pero el
+mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan
+f&aacute;cilmente iba &aacute; librarse de su recuerdo. Sufr&iacute;a en silencio, intentando
+curarse: ser&iacute;a un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo
+del rid&iacute;culo en que hab&iacute;a vivido bastar&iacute;a para darle fuerza. Pero, &iexcl;ay!
+&iexcl;c&oacute;mo le aterraba la soledad de aquella existencia que a&uacute;n le quedaba
+por delante! &iexcl;Qu&eacute; miedo le causaba la monoton&iacute;a de una vida sin
+ilusiones!</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, Pepe: no hay que ser ni&ntilde;o&mdash;dijo el doctor con autoridad.&mdash;Ni
+est&aacute;s solo, ni te hallas tan falto de afectos. &iquest;No deseas mi consejo?
+Pues ah&iacute; lo tienes. Vuelve los ojos &aacute; tu casa: procura unirte &aacute; tu
+familia. Inv&eacute;ntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste
+al lado de una desconocida. Imag&iacute;nate que tu mujer te adora, y aunque no
+sea cierto, esa mentira resultar&aacute; menos dolorosa que la otra, pues no
+conocer&aacute;s la infidelidad, ni los celos.</p>
+
+<p>El millonario movi&oacute; tristemente la cabeza. &iexcl;La familia! &iexcl;Su mujer!
+Tambi&eacute;n esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.</p>
+
+<p>Entre &eacute;l y Cristina se hab&iacute;an agrandado las distancias; no pod&iacute;a esperar
+una reconciliaci&oacute;n. &Eacute;l, en su enardecimiento amoroso, no hab&iacute;a negado
+los hechos la tarde en que su esposa le sorprendi&oacute; en su despacho. Y con
+la falta de escr&uacute;pulos del dolor, relataba &aacute; Aresti su escena con
+Cristina, la frialdad con que hab&iacute;a acogido sus caricias, y despu&eacute;s, la
+explicaci&oacute;n tempestuosa entre los dos: ella ech&aacute;ndole en cara su
+infidelidad: &eacute;l acept&aacute;ndola con altivez, como una consecuencia de la
+separaci&oacute;n moral en que viv&iacute;an.</p>
+
+<p>El doctor le escuchaba pensativo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cristina fu&eacute; en busca tuya?&mdash;pregunt&oacute; con cierto asombro.&mdash;Pues
+vuelve &aacute; ella y la encontrar&aacute;s. No te asustes por lo ocurrido entre
+vosotros. O te busc&oacute; porque en ella ha despertado un repentino afecto
+por t&iacute; (y permite que te diga que esto es extraordinario) &oacute; porque
+alguien se lo ha mandado. De un modo &uacute; otro, vuelve: ella te aceptar&aacute;.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta le miraba con incertidumbre.</p>
+
+<p>&mdash;Vuelve, hombre&mdash;continu&oacute; el doctor:&mdash;es la &uacute;nica soluci&oacute;n que puedo
+ofrecerte. Ya s&eacute; que esto no es gran cosa para t&iacute;, con esa necesidad de
+amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre ser&aacute; un remedio para
+llenar ese vac&iacute;o de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro
+de tu piel encontrar&iacute;a otros medios para emplear mi actividad,
+fabric&aacute;ndome ilusiones. &iexcl;Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...</p>
+
+<p>El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogi&eacute;ndolo con un
+gesto desde&ntilde;oso. &iexcl;Dedicar su vida &aacute; los de abajo: ser una especie de
+santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en
+emancipar moralmente &aacute; los parias del trabajo, proporcion&aacute;ndoles el pan
+de la instrucci&oacute;n! &iexcl;Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como
+aquellos ricachones de que hablaba el m&eacute;dico!... &iexcl;Bah! &iquest;Y qu&eacute; placer
+pod&iacute;a proporcionarle esto?... Su ego&iacute;smo profundo de hombre de presa,
+sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se re&iacute;a del
+doctor. En el mundo s&oacute;lo ten&iacute;a importancia lo que se relacionase con &eacute;l.
+&iexcl;A ver c&oacute;mo no reventaban todas las gentes por cuya triste situaci&oacute;n se
+preocupaba su primo! Si &eacute;l era infeliz con toda su fortuna, &iquest;por qu&eacute;
+hab&iacute;an de ser dichosas semejantes garrapatas?...</p>
+
+<p>Otra vez volvi&oacute; &aacute; hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la
+tarde; &aacute; lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo
+acordarse &aacute; Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas,
+m&aacute;s de una hora.</p>
+
+<p>&mdash;Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa,
+que viene &aacute; despedirse de t&iacute;. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando
+de esto todo el camino. Ha tardado algunos d&iacute;as &aacute; decidirse, pero ahora
+esperaba con impaciencia tu regreso, para manifest&aacute;rtelo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Se va!... &iquest;Y por qu&eacute;?...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; s&eacute; yo! Cosas de muchachos. Creer&aacute; que ya no puede vivir aqu&iacute;. Tal
+vez sufra como t&uacute; el mal de amores. En &eacute;l no resulta extra&ntilde;o: es cosa
+de la juventud.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta no pregunt&oacute; m&aacute;s. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo
+que no quer&iacute;a conocer. Al mismo tiempo le causaba alegr&iacute;a la posibilidad
+de que el joven sufriera como &eacute;l. Era un consuelo ego&iacute;sta y feroz ver
+que &aacute; todos llegaba la desgracia, sin reparar en a&ntilde;os ni en
+gallard&iacute;as... Por esto accedi&oacute; al ruego de su primo, haciendo llamar al
+ingeniero. &iexcl;A ver, que pasase aquel compa&ntilde;ero de desgracia!...</p>
+
+<p>Fernando no quiso sentarse; ten&iacute;a prisa por volver &aacute; los altos hornos
+despu&eacute;s del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el &uacute;ltimo
+momento.</p>
+
+<p>Ven&iacute;a para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan
+pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista
+baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los
+ojos.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara
+juvenil. &iexcl;Oh! A este tambi&eacute;n le hab&iacute;a mordido la mala bestia; llevaba la
+se&ntilde;al en su palidez, en la tristeza de sus ojos.</p>
+
+<p>De pronto, sinti&oacute; por &eacute;l la fraternidad dolorosa de los penados, unidos
+eternamente por la misma cadena.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Te vas, hijo m&iacute;o!... &iquest;Es alg&uacute;n disgusto all&aacute; en la fundici&oacute;n?...
+&iquest;Acaso quieres ganar m&aacute;s?... Si es por dinero, habla.</p>
+
+<p>El ingeniero contest&oacute; con gestos negativos. Ni disgusto ni ambici&oacute;n de
+dinero. Era que se hab&iacute;a cansado de vivir all&iacute;; sent&iacute;a la nostalgia de
+ver pa&iacute;ses nuevos: le arrastraba la movilidad de car&aacute;cter de los de su
+tierra. Ir&iacute;a &aacute; Asturias &oacute; &aacute; Catalu&ntilde;a; tal vez se embarcase para Am&eacute;rica;
+a&uacute;n no se hab&iacute;a buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusi&oacute;n de
+llevar con &eacute;l &aacute; su madre &aacute; un clima que fuese mejor. Por esto s&oacute;lo se
+marchaba.</p>
+
+<p>El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisi&oacute;n de las palabras
+del joven, se convenci&oacute; de que &eacute;ste ment&iacute;a.</p>
+
+<p>Sanabre sigui&oacute; hablando. No olvidaba la bondad con que le hab&iacute;a
+distinguido su jefe: sent&iacute;a alejarse de su lado, pero estaba resuelto &aacute;
+la separaci&oacute;n y tardar&iacute;a en irse lo que tardase en encargarse de los
+altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, all&iacute; estar&iacute;a &aacute; sus &oacute;rdenes.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Te vas, hijo m&iacute;o!&mdash;exclam&oacute; el millonario con repentino
+enternecimiento.&mdash;Ya sabes que te he querido casi como un hijo. All&iacute;
+donde est&eacute;s, si necesitas algo de m&iacute;, habla; si quieres volver, vuelve.
+No nos despidamos ahora. Ir&eacute; &aacute; verte: vendr&aacute;s &aacute;...</p>
+
+<p>El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le
+interrumpi&oacute;. Cuando quisiera algo de &eacute;l, mientras estuviese en la
+fundici&oacute;n, pod&iacute;a darle sus &oacute;rdenes por tel&eacute;fono. Ya se ver&iacute;an, si
+S&aacute;nchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por
+all&aacute;, pasar&iacute;a &eacute;l por el escritorio antes de marcharse. S&aacute;nchez Morueta
+nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de
+Las Arenas.</p>
+
+<p>&mdash;Adi&oacute;s, hijo m&iacute;o... Hasta la vista.</p>
+
+<p>Y estrech&oacute; con efusi&oacute;n la mano del joven.</p>
+
+<p>Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por
+tantas emociones, se dej&oacute; caer en el sill&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el
+vac&iacute;o alrededor de m&iacute;... Y ahora, al volver &aacute; mi hogar, la frialdad de
+la casa de hu&eacute;spedes, la ausencia del cari&ntilde;o.</p>
+
+<p>&mdash;No, Pepe&mdash;dijo al doctor.&mdash;Tengo la certeza de que ahora encontrar&aacute;s
+all&iacute; lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y t&uacute;? &iquest;Me abandonar&aacute;s tambi&eacute;n t&uacute;?...</p>
+
+<p>&mdash;Yo nunca&mdash;dijo Aresti.&mdash;Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y
+lo que t&uacute; necesitas, no est&aacute; &aacute; mi alcance el d&aacute;rtelo. La alegr&iacute;a de tu
+vida s&oacute;lo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no s&eacute; a&uacute;n
+es &aacute; qu&eacute; precio vas &aacute; pagarla.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+
+<p>El grande hombre estaba enfermo. Hab&iacute;a transcurrido cerca de un mes sin
+que Aresti fuese &aacute; verle, pues no quer&iacute;a despertar con su presencia los
+recuerdos del millonario.</p>
+
+<p>De vez en cuando, llegaban &aacute; &eacute;l vagas noticias del estado de S&aacute;nchez
+Morueta por los contratistas de las minas. Don Jos&eacute; no iba al
+escritorio; don Jos&eacute; estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era
+caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quer&iacute;a abarcar demasiado y los
+negocios minaban su salud.</p>
+
+<p>&mdash;Es la crisis que &eacute;l tem&iacute;a&mdash;pens&oacute; el m&eacute;dico.&mdash;Pero cuando no me llama
+sus razones tendr&aacute;... Debe haber cambiado mucho aquella casa.</p>
+
+<p>Y segu&iacute;a en Gallarta, con el prop&oacute;sito de no visitar &aacute; su primo hasta
+que &eacute;ste le llamase.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a, en Bilbao, se encontr&oacute; en el Arenal con el capit&aacute;n Iriondo. El
+marino se extra&ntilde;aba de que Aresti no hubiese visitado &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;No es que yo crea que va &aacute; morir&mdash;dijo el capit&aacute;n&mdash;pero muchacho, anda
+muy malucho. No s&eacute; qu&eacute; mala mosca le ha picado de alg&uacute;n tiempo &aacute; esta
+parte. No come, est&aacute; trist&oacute;n, pasa el d&iacute;a sentado, dej&aacute;ndose cuidar por
+su mujer y su hija como si fuese un ni&ntilde;o. En fin, que no es ni sombra de
+lo que fu&eacute;. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Do&ntilde;a Cristina
+parece otra; nunca la he visto tan alegre.</p>
+
+<p>Y describ&iacute;a &aacute; la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud,
+yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera
+considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta
+elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la
+daban el aspecto de una beata.</p>
+
+<p>Cuidaba y mimaba &aacute; su marido con gran cari&ntilde;o y &eacute;l la segu&iacute;a en sus idas
+y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura
+del agradecimiento.</p>
+
+<p>En fin, querido <i>planeta</i>&mdash;continu&oacute; el capit&aacute;n&mdash;que parecen unos novios.
+No s&eacute; qu&eacute; diablos habr&aacute;n andado en esto, pero los dos son otros,
+completamente.</p>
+
+<p>Aresti sonre&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Entonces&mdash;pregunt&oacute;&mdash;la casa de mi primo ser&aacute; un nido de amor?</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, yo te dir&eacute;&mdash;repuso el capit&aacute;n con cierta vacilaci&oacute;n.&mdash;Me gusta
+que est&eacute;n as&iacute;, tan amartelados, pero no me place todo lo que all&iacute; veo.
+Por ejemplo, tienes &aacute; todas horas metido en el hotel al fantasm&oacute;n de
+Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Do&ntilde;a
+Cristina no hace nada sin consult&aacute;rselo. Adem&aacute;s, &iquest;te acuerdas de
+Nicanora, el <i>a&ntilde;a</i>? Pues la han enviado &aacute; su pueblo con todo lo
+necesario para comprarse unos terru&ntilde;os y un par de vacas. Me han dicho
+que la ech&oacute; do&ntilde;a Cristina, despu&eacute;s de una escena algo fuerte... Pepita
+parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero
+la mam&aacute; los aproxima, y ya ver&aacute;s como esto acaba en boda. Ese cachorro
+de Deusto tal vez sea mi jefe. &iexcl;Cristo! &iexcl;Y para esto me expuse &aacute; que me
+rompieran la cabeza cuando al sitio!...</p>
+
+<p>&mdash;Y Pepe &iquest;qu&eacute; dice?...</p>
+
+<p>&mdash;Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y &aacute; todo lo que ordena
+su mujer contesta que s&iacute; con la cabeza. Por dentro tal vez pensar&aacute; otras
+cosas, pero no se atreve &aacute; contradecir &aacute; su Cristina, &aacute; darla un
+disgusto, metiendo en cintura &aacute; ese atrevidillo... Yo creo que deb&iacute;as ir
+&aacute; verle.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Yo?... No me ha llamado. Adem&aacute;s, no me tienta ese cuadro de familia:
+all&iacute; no hago yo falta.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta
+por t&iacute;. No te llama... &iquest;qu&eacute; s&eacute; yo por qu&eacute;? Tal vez por no contrariar &aacute;
+su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta
+de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el <i>Capi</i> es muy franco.
+All&iacute; no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola
+ha metido en la casa &aacute; un m&eacute;dico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa
+en t&iacute;. Ve &aacute; verlo y le dar&aacute;s un alegr&oacute;n. &iexcl;Valiente cosa te importa la
+mala cara que pueda hacerte tu parienta!...</p>
+
+<p>Aresti pareci&oacute; encabritarse oyendo esto. &iquest;Conque ten&iacute;an &aacute; su primo en
+una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban &aacute; otro
+m&eacute;dico como si &eacute;l hubiese muerto?... Pues all&aacute; se iba al instante.
+Sent&iacute;a curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al
+mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondr&iacute;an aquellas
+gentes ante su presencia inesperada. &iexcl;Caer&iacute;a en Las Arenas como una
+bomba. &iexcl;Je, je, je! Y riendo se despidi&oacute; del capit&aacute;n, para subir en el
+tranv&iacute;a.</p>
+
+<p>Cuando &aacute; media tarde entr&oacute; en el hotel de S&aacute;nchez Morueta, encontr&oacute; en
+un sal&oacute;n &aacute; su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.</p>
+
+<p>Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oy&oacute; un rumor de
+voces, hablando con apresuramiento, y despu&eacute;s un ruido de pasos y de
+faldas en fuga.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No quiero verle!&mdash;grit&oacute; una voz sofocada que el m&eacute;dico crey&oacute;
+reconocer.</p>
+
+<p>Al entrar en la habitaci&oacute;n not&oacute; algo que denunciaba aquella fuga
+misteriosa. El gesto con que le recibi&oacute; su prima, le di&oacute; &aacute; entender lo
+inoportuno de su llegada.</p>
+
+<p>El doctor pens&oacute; que las que hab&iacute;an huido para evitarse su presencia eran
+las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su
+mujer.</p>
+
+<p>La entrevista fu&eacute; glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el
+menor esfuerzo por disimular la antipat&iacute;a que le inspiraba el m&eacute;dico.
+Sus ojos azules le miraban con fijeza desde&ntilde;osa. &iquest;A qu&eacute; se presentaba
+all&iacute;? &iquest;Qui&eacute;n le hab&iacute;a llamado? Do&ntilde;a Cristina se sent&iacute;a ahora due&ntilde;a
+absoluta del suelo que pisaba. Ella &aacute; un lado con los suyos, y el m&eacute;dico
+&aacute; otro. Era un extra&ntilde;o odioso: la sangre de nada val&iacute;a cuando las almas
+se separaban para siempre.</p>
+
+<p>Pero el doctor despreci&oacute; esta hostilidad. Hablaba como si no se diera
+cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto
+asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un
+aparecido.</p>
+
+<p>Aresti quiso ver &aacute; Morueta, y do&ntilde;a Cristina mir&oacute; con inquietud &aacute; una
+puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase &aacute; pasarla.</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute; si podr&aacute;s verle&mdash;dijo con los labios apretados.&mdash;Est&aacute; delicado:
+no gusta de recibir visitas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah! Los m&eacute;dicos entramos donde hay enfermos...</p>
+
+<p>Y sin esperar el permiso de la se&ntilde;ora, p&uacute;sose de pie y se dirigi&oacute; &aacute; la
+puerta que comunicaba el sal&oacute;n con el despacho del millonario.</p>
+
+<p>Al levantarse el tapiz, S&aacute;nchez Morueta di&oacute; un grito de alegr&iacute;a,
+reconociendo &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Luis! &iexcl;Luisito!...</p>
+
+<p>Y le tendi&oacute; las manos sin abandonar el sill&oacute;n. Aresti le abraz&oacute;.
+Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Hab&iacute;a adelgazado
+mucho, su barba era casi blanca, los ojos los ten&iacute;a hundidos, y en su
+rostro enjuto se marcaban los p&oacute;mulos con agudas aristas, pareciendo la
+nariz m&aacute;s grande y pesada.</p>
+
+<p>Estaba leyendo un peque&ntilde;o libro, y pasado el primer momento de expansi&oacute;n
+se apresur&oacute; &aacute; ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que
+Aresti leyera la cubierta del volumen.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina sigui&oacute; al m&eacute;dico, quedando de pie cerca de los dos
+hombres, con ce&ntilde;o imponente, vigilando sus expansiones fraternales.</p>
+
+<p>Aresti se hac&iacute;a explicar todos los s&iacute;ntomas de la enfermedad. Conoc&iacute;a
+aquello: no era m&aacute;s que un trastorno moral que se reflejaba en el
+organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Un trastorno moral! Eso es&mdash;dijo la se&ntilde;ora con voz &aacute;spera.&mdash;Siempre
+que hablases con tanta verdad. Pepe viv&iacute;a demasiado... agitado. Por
+fortuna, est&aacute; en buenas manos y curar&aacute;. La calma y la dulzura ya sabe &eacute;l
+c&oacute;mo se adquieren.</p>
+
+<p>Y &aacute; continuaci&oacute;n, para cortar la entrevista, record&oacute; &aacute; su marido la
+conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, si es Luis!&mdash;dijo el gigant&oacute;n sin atreverse &aacute; mirar &aacute; su
+esposa.&mdash;&iexcl;Si con este tengo el mayor gusto en hablar! &iexcl;Si deseaba mucho
+que viniese!... Ya ves, es el &uacute;ltimo que queda de mi familia. Somos como
+hermanos.</p>
+
+<p>Y su acento humilde parec&iacute;a excusarse de este cari&ntilde;o, pedir perd&oacute;n &aacute; la
+esposa por un afecto superior &aacute; su voluntad. Se notaba en &eacute;l la
+abdicaci&oacute;n del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta
+y teme &aacute; cada momento que le recuerde su pasado.</p>
+
+<p>Apareci&oacute; Pepita en la puerta haciendo se&ntilde;as misteriosas &aacute; su madre y
+&eacute;sta la sigui&oacute; fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de
+Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y quer&iacute;an despedirse de
+las se&ntilde;oras.</p>
+
+<p>Al quedar solos los dos hombres, el medic&oacute; se aproximo &aacute; su primo. Les
+dejar&iacute;an solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera
+situaci&oacute;n del millonario. &iquest;C&oacute;mo viv&iacute;a en su casa? &iquest;Era feliz?...</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta s&oacute;lo supo hablar de su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Es un &aacute;ngel... un verdadero &aacute;ngel. Deb&iacute;as ver c&oacute;mo me cuida, de qu&eacute;
+cari&ntilde;o me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es m&aacute;s que
+deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro
+hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que
+descansa despu&eacute;s de una marcha forzada; no me atrevo &aacute; moverme.</p>
+
+<p>Pero, &aacute; pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la
+fragilidad de aquella paz que le envolv&iacute;a, y temiese romperla con el m&aacute;s
+leve movimiento.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y <i>aquello</i>?&mdash;pregunt&oacute; misteriosamente el doctor.&mdash;&iquest;Se olvid&oacute; ya por
+completo?...</p>
+
+<p>El hombr&oacute;n palideci&oacute; como si despertase junto &aacute; un peligro &eacute; hizo un
+movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las
+palabras de su primo. No deb&iacute;a recordarle <i>aquello</i>: le causaba
+verg&uuml;enza y repugnancia.</p>
+
+<p>Ya no pudieron hablar m&aacute;s. Entr&oacute; do&ntilde;a Cristina, pero esta vez seguida de
+su hija y Urquiola. Despu&eacute;s de despedir &aacute; las amigas, se trasladaban al
+despacho para sentarse en torno de S&aacute;nchez Morueta, interponi&eacute;ndose
+entre &eacute;l y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos
+primos.</p>
+
+<p>Deb&iacute;a ser esta irrupci&oacute;n obra de do&ntilde;a Cristina, dispuesta &aacute; hacer
+comprender rudamente al m&eacute;dico su deseo de cerrarle para siempre las
+puertas de la casa. Aresti ve&iacute;a los ojos de los tres, fijos en &eacute;l, como
+si le dijeran: &laquo;&iquest;Qu&eacute; haces aqu&iacute;? Vete: t&uacute; no eres de los nuestros.&raquo;</p>
+
+<p>El millonario acog&iacute;a con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban
+&aacute; &eacute;l, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba &aacute; su primo con
+satisfacci&oacute;n. &iexcl;C&oacute;mo le quer&iacute;an! &iquest;eh? &iexcl;C&oacute;mo sent&iacute;an la necesidad de no
+dejarlo solo, resarci&eacute;ndole de la antigua frialdad! &iexcl;Oh, la familia!...</p>
+
+<p>Hasta &aacute; Urquiola alcanzaba su gratitud. No pod&iacute;a permanecer indiferente
+con aquel muchach&oacute;n que le llamaba t&iacute;o &aacute; boca llena, extendiendo &aacute; &eacute;l su
+lejano parentesco con la se&ntilde;ora. Adem&aacute;s le proteg&iacute;a en sus deseos de
+enfermo. Cuando do&ntilde;a Cristina, atendiendo las indicaciones del m&eacute;dico,
+le ocultaba los cigarros, Urquiola busc&aacute;balos, y, echando &aacute; broma la
+prohibici&oacute;n, obsequiaba al t&iacute;o.</p>
+
+<p>Aresti sonre&iacute;a ante la solicitud de ac&oacute;lito respetuoso con que mimaba &aacute;
+S&aacute;nchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que
+le ofrec&iacute;a una cerilla, apenas se apagaba entre sus d&eacute;biles dedos el
+cigarro con que le hab&iacute;a alegrado poco antes.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina miraba al joven, que parec&iacute;a indeciso, no sabiendo c&oacute;mo
+iniciar la realizaci&oacute;n de algo que hab&iacute;a prometido. Al fijarse Urquiola
+en el libro que asomaba &aacute; un bolsillo del millonario, habl&oacute; del m&eacute;rito
+de la obra.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Le gusta &aacute; usted, t&iacute;o? &iquest;Verdad que es muy <i>profunda</i>? Pues el segundo
+tomo todav&iacute;a es mejor.</p>
+
+<p>Y antes de que el t&iacute;o pudiera contestar, Urquiola se dirigi&oacute; &aacute; Aresti,
+como si s&oacute;lo por &eacute;l hubiese hablado del libro. Era una de las obras m&aacute;s
+notables que se hab&iacute;an publicado en el siglo: las &laquo;<i>Respuestas &aacute; las
+objeciones m&aacute;s comunes contra la religi&oacute;n</i>&raquo; del Padre Segundo Franco, un
+jesu&iacute;ta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por
+tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa
+ciencia, que no es m&aacute;s que soberbia, sus embustes contra la Inquisici&oacute;n
+y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como
+cr&iacute;menes. Al que lo le&iacute;a no le quedaba otro remedio que convertirse.
+Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus p&aacute;ginas,
+con esa fuerza de razonamiento que s&oacute;lo poseen los Padres de la
+Compa&ntilde;&iacute;a. El que a&uacute;n estaba en el error era porque no conoc&iacute;a el libro.</p>
+
+<p>&mdash;Usted deb&iacute;a leerlo, doctor&mdash;dijo con impertinencia el abogado de
+Deusto.</p>
+
+<p>Aresti conoc&iacute;a la obra. Recordaba haber hojeado, cuando viv&iacute;a en casa de
+las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se
+probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier
+vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irrit&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Joven&mdash;dijo con gravedad desde&ntilde;osa,&mdash;hace muchos a&ntilde;os que leo lo que
+mejor me parece, sin necesidad de consejero.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su
+primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.</p>
+
+<p>Pasaron en silencio un largo rato. Do&ntilde;a Cristina y su sobrino segu&iacute;an
+mir&aacute;ndose. Parec&iacute;an dispuestos &aacute; hostilizar al doctor, &aacute; exasperarle,
+buscando un rompimiento para que no volviese m&aacute;s a la casa. La se&ntilde;ora
+animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusi&oacute;n con el
+m&eacute;dico.</p>
+
+<p>Urquiola habl&oacute; de la gran peregrinaci&oacute;n &aacute; la Virgen de Bego&ntilde;a, que
+preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de
+Septiembre. Mucho hab&iacute;a costado de organizar, pero ser&iacute;a una fiesta tan
+hermosa como la de la Coronaci&oacute;n; un alarde de la Vizcaya religiosa y
+honrada que quer&iacute;a ser libre y volver &aacute; sus antiguos tiempos de
+grandeza.</p>
+
+<p>Aresti se hab&iacute;a impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus
+enemigos; pero sent&iacute;a agitarse su car&aacute;cter batallador y rebelde ante el
+abogado, cuyas palabras le irritaban.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; tiempos fueron esos?&mdash;pregunt&oacute; ir&oacute;nicamente.</p>
+
+<p>Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella
+oratoria ruidosa que tantos &eacute;xitos le hab&iacute;a valido en los ejercicios
+literarios de Deusto, acometi&oacute; impetuosamente. &iexcl;Parec&iacute;a imposible que un
+vizca&iacute;no hiciese tal pregunta! &iquest;Qu&eacute; tiempos hab&iacute;an de ser? Los del
+Se&ntilde;or&iacute;o; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los
+<i>Jaunes</i> prudentes y valerosos; cuando la mala peste del <i>maketismo</i> no
+hab&iacute;a a&uacute;n invadido la santa tierra del &aacute;rbol de Guernica; cuando los
+vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hac&iacute;an morder el polvo &aacute;
+los espa&ntilde;oles, del mismo modo que siglos despu&eacute;s, en nuestra &eacute;poca, sus
+descendientes hab&iacute;an derrotado &aacute; los <i>guiris</i> y los <i>ches</i> de pantalones
+rojos que enviaba Espa&ntilde;a para acabar con los &uacute;ltimos restos de sus
+libertades.</p>
+
+<p>Aresti sonri&oacute; con desprecio. &iexcl;Ya hab&iacute;an salido Padura y las otras dos
+batallas contra los castellanos! Dichoso pa&iacute;s aquel, tan falto de
+historia que ten&iacute;a que inventarla, dando la importancia de glorias
+nacionales &aacute; tres miserables combates de horda, all&aacute; en los tiempos de
+Mari-Casta&ntilde;a; tres contiendas &aacute; pe&ntilde;azos, golpes de cachiporra y de
+hacha, un poco mayores nada m&aacute;s que cualquier ri&ntilde;a de romer&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;No: Vizcaya no tiene apenas historia&mdash;continu&oacute; el doctor,&mdash;y por esto
+posee la energ&iacute;a de los pueblos j&oacute;venes. Su grandeza empieza ahora; s&oacute;lo
+que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y est&aacute;
+en la r&iacute;a, en el puerto, en las ruinas y las f&aacute;bricas, en los buques que
+pasean por todos los mares la bandera de su matr&iacute;cula, en el esfuerzo
+colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para
+explotarla. Los vizca&iacute;nos que en otros tiempos iban en sus barquitos &aacute;
+la pesca de la ballena, valen m&aacute;s, para m&iacute;, que todos esos h&eacute;roes
+cabelludos y zafios que en Padura gritaban <i>&iexcl;sabelian, sabelian sarrtu!</i>
+avis&aacute;ndose que deb&iacute;an herir con sus chuzos &aacute; los espa&ntilde;oles en el
+vientre. Este es un pa&iacute;s que no ha dado en los tiempos pasados m&aacute;s que
+obispos y marinos. Ahora despuntan los &uacute;nicos hombres notables que puede
+producir esta raza con sus especiales condiciones. &iquest;Ve usted ah&iacute; &aacute; mi
+primo que no sue&ntilde;a con la gloria hist&oacute;rica, ni se preocupa de lo que
+pensar&aacute;n de &eacute;l en el porvenir? Pues es el verdadero h&eacute;roe, el palad&iacute;n
+moderno. Ha hecho &eacute;l m&aacute;s por la gloria de Vizcaya con sus empresas
+industriales, que todos aquellos <i>Jaunes</i>, sucios, barbudos y llenos de
+costras.</p>
+
+<p>Urquiola call&oacute;, desconcertado ante este elogio &aacute; su querido t&iacute;o,
+temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado &aacute;
+la gloria de su nombre. Pero do&ntilde;a Cristina vino en su auxilio para que
+la discusi&oacute;n no quedase ahogada.</p>
+
+<p>&mdash;No te esfuerces, Ferm&iacute;n. Al doctor le importan poco las santas
+tradiciones de Vizcaya. Lo que &aacute; &eacute;l le molesta es ver &aacute; todo un pueblo
+rendir homenaje &aacute; nuestra santa Patrona, en la que &eacute;l no cree.</p>
+
+<p>Aresti se encogi&oacute; de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas
+fiestas: eran para &eacute;l espect&aacute;culos curiosos, en los que estudiaba el
+af&aacute;n por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que
+experimentan la debilidad y la ignorancia. &Eacute;l daba su verdadero valor &aacute;
+la manifestaci&oacute;n del pr&oacute;ximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella
+lo de menos. La gran masa inconsciente subir&iacute;a al monte Artag&aacute;n, con el
+deseo ego&iacute;sta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la
+direcci&oacute;n la llevar&iacute;an los que so&ntilde;aban con la independencia vasca, y los
+jesu&iacute;tas, que insist&iacute;an en sus alardes, temiendo la propaganda social de
+las minas y el esp&iacute;ritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.</p>
+
+<p>Al o&iacute;r mentar &aacute; los jesu&iacute;tas, Urquiola di&oacute; un respingo en su asiento.
+Ahora se sent&iacute;a en terreno fuerte: era como si atacasen &aacute; su familia. Y
+mir&oacute; &aacute; las dos mujeres, como invit&aacute;ndolas &aacute; que presenciasen el gran
+vapuleo que iba &aacute; dar al imp&iacute;o... &iquest;Qu&eacute; ten&iacute;a que decir de los jesu&iacute;tas?
+Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por
+dirigir &aacute; las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San
+Ignacio, hab&iacute;an contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la
+revoluci&oacute;n religiosa, prestando &aacute; los pueblos latinos la gran merced de
+evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que
+manten&iacute;an en toda su pureza el catolicismo. &iquest;Y sabios?... &Eacute;l mismo
+conoc&iacute;a en Deusto &aacute; un Padre que hablaba cinco idiomas...</p>
+
+<p>Aresti le interrumpi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Yo conozco empleados de hoteles que poseen m&aacute;s lenguas y sin embargo,
+el mundo ingrato no ensalza su sabidur&iacute;a.</p>
+
+<p>Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese &aacute;
+caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. &Eacute;l estaba all&iacute; como
+ap&oacute;stol: quer&iacute;a aplastar al imp&iacute;o, de cuya ciencia hablaban con respeto
+muchos tontos. Y continu&oacute; su apolog&iacute;a del jesuitismo, hablando de su
+fundaci&oacute;n, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya
+conoc&iacute;a &eacute;l todas las calumnias lanzadas contra la orden. &iexcl;Mentiras de la
+masoner&iacute;a, que temblaba de c&oacute;lera y miedo ante los hijos de San Ignacio!
+Se hablaba de la rapacidad de los jesu&iacute;tas, de su codicia, de su af&aacute;n
+por atesorar dinero. Embustes de los imp&iacute;os y de ciertas &oacute;rdenes
+religiosas, ro&iacute;das por la envidia, que no reparaban que al herir &aacute; los
+ignacianos socavaban el m&aacute;s fuerte cimiento del catolicismo. &iexcl;A ver!
+&iquest;d&oacute;nde estaban esos tesoros? &iquest;Qui&eacute;n los hab&iacute;a visto?... Y aunque los
+tuvieran, &iquest;qu&eacute;? Como dec&iacute;a muy bien un Padre de la Compa&ntilde;&iacute;a en uno de
+sus libros, el mundo nada perd&iacute;a con que fuesen ricos, pues dedicaban
+su dinero &aacute; la instrucci&oacute;n levantando Colegios y Universidades. Tambi&eacute;n
+les echaban en cara el que s&oacute;lo buscasen el trato con los ricos y los
+poderosos, educando &uacute;nicamente &aacute; los j&oacute;venes de nacimiento distinguido.
+&iquest;Y qu&eacute; se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los imp&iacute;os;
+hasta en el cielo hay jerarqu&iacute;as y los Padres se dedicaban al cultivo de
+los de arriba, de los que por su nacimiento &oacute; su fortuna estaban
+destinados &aacute; ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no
+pod&iacute;an evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo.
+Agarr&aacute;ndose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando &aacute;
+los privilegiados en el santo temor de Dios, manten&iacute;an el esp&iacute;ritu
+religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los
+magistrados, los militares, afirmando el porvenir m&aacute;s s&oacute;lidamente que si
+buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto &aacute; dejarse
+enga&ntilde;ar por absurdas propagandas...</p>
+
+<p>&iexcl;Ah, el populacho! &iexcl;Con qu&eacute; asco hablaba Urquiola de la masa sin
+voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida
+ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel reba&ntilde;o, que en los
+conflictos de la miseria se revolv&iacute;a contra los sacerdotes y
+especialmente contra los jesu&iacute;tas. Si surg&iacute;a una huelga, apedreaban los
+conventos de la Orden; si al ir en manifestaci&oacute;n por la calle ve&iacute;an &aacute; un
+cura, lo silbaban y lo persegu&iacute;an; en sus mitins, cuando quer&iacute;an
+insultar &aacute; uno de sus opresores, le llamaban jesu&iacute;ta. &iquest;Qu&eacute; da&ntilde;o pod&iacute;an
+hacer los Padres &aacute; toda aquella gente que ped&iacute;a aumento de jornal &oacute;
+menos horas de trabajo? No ten&iacute;an minas ni f&aacute;bricas, no eran due&ntilde;os de
+empresas industriales, no explotaban al trabajador, &iquest;por qu&eacute;, pues, iban
+contra ellos? &iquest;No era natural que dejasen en paz &aacute; los sacerdotes y se
+lanzaran &uacute;nicamente contra los ricos? &iquest;A qu&eacute; mezclar la religi&oacute;n en las
+cuestiones del trabajo?...</p>
+
+<p>Y el abogado miraba &aacute; Aresti con superioridad, seguro de haberle
+aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que,
+por defender &aacute; sus maestros, atacaba &aacute; S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>El doctor sent&iacute;ase irritado por el aire de triunfador que tomaba el
+joven ante las dos mujeres, las cuales parec&iacute;an admiradas de sus
+palabras. Arroj&oacute; de su &aacute;nimo todo escr&uacute;pulo de prudencia, sinti&oacute; el
+deseo de escandalizar &aacute; su devota prima, de exponer sus ideas sin
+consideraci&oacute;n alguna, cerr&aacute;ndose para siempre las puertas de aquella
+casa. &iexcl;Le quer&iacute;an echar, pero &eacute;l se ir&iacute;a antes!... Y habl&oacute; con una
+calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su
+pensamiento.</p>
+
+<p>A &eacute;l no le extra&ntilde;aba que el ej&eacute;rcito de la miseria, en sus protestas y
+rebeld&iacute;as, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, &aacute; pesar de que
+&eacute;stos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los
+directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma &aacute; la clase
+superior; la moldeaban &aacute; su gusto. Los tiros de los desesperados, no
+iban, pues, mal dirigidos. Parec&iacute;an en el primer momento caprichosos y
+locos, errando &aacute; la ventura, pero en realidad her&iacute;an al verdadero
+enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de
+la desesperaci&oacute;n d&oacute;nde estaba la causa de sus males. La sociedad ten&iacute;a
+por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos pod&iacute;a ser
+oportuna, pero que hab&iacute;a fracasado al contacto de la vida moderna.</p>
+
+<p>El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de
+modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el
+cristiano no da importancia &aacute; una sociedad por la que pasa
+transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su
+verdadera vida est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de la muerte. Veinte siglos lleva de
+experiencia la moral cristiana y ha dado de s&iacute; todo lo que tiene dentro.
+Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la
+tierra, dej&aacute;ndola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los
+oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida
+que nadie ha visto, encontrar&aacute;n satisfacci&oacute;n &aacute; sus dolores. Su &uacute;nica
+f&oacute;rmula clara es la de la fraternidad universal; &laquo;ama &aacute; tu pr&oacute;jimo como
+&aacute; t&iacute; mismo&raquo;, y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte,
+declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que
+&uacute;nicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la
+tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el
+ser diab&oacute;lico al que hay que perseguir y exterminar.</p>
+
+<p>Urquiola y do&ntilde;a Cristina se miraban escandalizados.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y la caridad?&mdash;grit&oacute; el abogado. &iquest;Y la sublime caridad de la moral
+cristiana?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La caridad!&mdash;contest&oacute; el m&eacute;dico sonriendo con sarcasmo.&mdash;Es el medio
+de sostener la pobreza, de fomentarla, haci&eacute;ndola eterna. Los
+desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el
+buscarla mientras pueden, viendo en ella una instituci&oacute;n degradante, que
+perpet&uacute;a su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral
+cristiana.</p>
+
+<p>Recordaba la maldici&oacute;n de Jes&uacute;s &aacute; los ricos, su promesa de que les ser&iacute;a
+m&aacute;s dif&iacute;cil entrar en los cielos &laquo;que un camello por el agujero de una
+aguja&raquo;. Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo &aacute; Jes&uacute;s, reclamaban
+el peligro de ser ricos: todos se expon&iacute;an sin miedo alguno &aacute; las llamas
+del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin
+excepci&oacute;n, deseaban ejercer la caridad, tom&aacute;ndolo todo para s&iacute;, y no
+dando m&aacute;s que aquello que juzgaban innecesario &oacute; que no pod&iacute;an guardar.
+La caridad no influ&iacute;a para nada en el progreso de los humanos: antes
+bien, era un obst&aacute;culo. No suprim&iacute;a la esclavitud, no trocaba las formas
+de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la divisi&oacute;n de
+los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se
+equivocaban al odiar una religi&oacute;n que exige al miserable que se resigne
+con su suerte y no reclama de los ricos m&aacute;s que una caridad de la que
+ellos son los &uacute;nicos jueces, pudiendo graduarla conforme &aacute; su ego&iacute;smo.
+Los desesperados ve&iacute;an que, as&iacute; como amenguaba la fe abajo, era arriba,
+entre los ricos, donde la religi&oacute;n encontraba sus defensores, &aacute; pesar de
+que su Dios los hab&iacute;a maldecido.</p>
+
+<p>Los privilegiados empleaban la religi&oacute;n como un escudo. &laquo;Nada de esperar
+en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y hab&iacute;a que
+ir &aacute; la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo pod&iacute;a ser
+feliz en su miseria con la esperanza del para&iacute;so despu&eacute;s de la muerte;
+dulce ilusi&oacute;n, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia
+le quieren arrebatar...&raquo;</p>
+
+<p>As&iacute; se expresaban los que ten&iacute;an inter&eacute;s en que continuase en la tierra
+todo lo mismo, &aacute; la sombra protectora de las creencias. &iquest;C&oacute;mo no hab&iacute;an
+de indignarse los infelices contra una religi&oacute;n que les cerraba el
+camino de la justicia y el bienestar aqu&iacute; abajo, para no darles m&aacute;s que
+la quim&eacute;rica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden
+sobornar con d&aacute;divas &aacute; los sacerdotes?</p>
+
+<p>El cristianismo hab&iacute;a enga&ntilde;ado al pobre, manteni&eacute;ndolo en su triste
+estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el
+carcelero espiritual que sosten&iacute;a durante veinte siglos el extremo de su
+cadena. Ya que hab&iacute;a llegado el instante de la revuelta &iexcl;sus y &aacute; &eacute;l!...
+Era el enemigo secular; los dem&aacute;s hab&iacute;an crecido &aacute; su amparo... El odio
+&aacute; toda religi&oacute;n era instintivo all&iacute; donde las masas obreras despertaban.
+Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie
+de funcionario invisible de la burgues&iacute;a, al que retribu&iacute;an los ricos
+sus buenos servicios, levant&aacute;ndole viviendas, derramando el dinero &aacute;
+manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina abanic&aacute;base furiosamente las mejillas enrojecidas. &iquest;Qu&eacute;
+horrores iba soltando aquella voz suave &eacute; ir&oacute;nica que parec&iacute;a
+acariciarla con profundos ara&ntilde;azos?... Ahora se arrepent&iacute;a de haber
+provocado al imp&iacute;o y hac&iacute;a se&ntilde;as &aacute; Urquiola para que no le contestase.
+Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de all&iacute; empujado
+por la sorda y desde&ntilde;osa hostilidad de todos. Pero el disc&iacute;pulo de
+Deusto tem&iacute;a aparecer vencido &aacute; los ojos de Pepita, &eacute; interrump&iacute;a al
+doctor con exclamaciones burlonas &oacute; con gestos escandalizados. &laquo;Est&aacute;
+loco: este hombre est&aacute; loco.&raquo; Aprovechando una pausa de Aresti, <i>coloc&oacute;</i>
+la objeci&oacute;n que ten&iacute;a preparada. Criticar era f&aacute;cil. Pero ya que el
+doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, deb&iacute;a decir cu&aacute;l
+era la suya.</p>
+
+<p>Aresti sonri&oacute;, mirando con l&aacute;stima al joven. Era posible que no lo
+entendiese: aquellas cosas no las ense&ntilde;aban en Deusto. Adem&aacute;s, una moral
+con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana como un
+serm&oacute;n de los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a. Bastante hab&iacute;a hecho el
+pensamiento moderno en menos de un siglo; y a&uacute;n estaba en la primera
+etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun as&iacute;, su moral, una moral
+para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo
+de los humanos, ten&iacute;a forma.</p>
+
+<p>&mdash;Yo&mdash;dijo Aresti con sencillez&mdash;adoro la Justicia Social como fin y
+creo en la Ciencia como medio.</p>
+
+<p>Urquiola rompi&oacute; &aacute; re&iacute;r con una carcajada insolente. &iexcl;La ciencia! &iexcl;La
+moderna ciencia de los revolucionarios y los imp&iacute;os! Ya sab&iacute;a &eacute;l lo que
+era aquello. Y la defin&iacute;a con arreglo al libro de un Padre famoso de la
+Compa&ntilde;&iacute;a. &laquo;Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo <i>no</i>
+donde el catecismo dice <i>s&iacute;</i> y <i>s&iacute;</i> donde dice <i>no</i>, se tiene hecha y
+derecha toda la pretendida ciencia moderna.&raquo; Urquiola se pavoneaba con
+esta definici&oacute;n que convert&iacute;a el catecismo en centro de todos los
+pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los
+grandes hombres de la historia. Do&ntilde;a Cristina, creyendo que esta
+definici&oacute;n tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.</p>
+
+<p>Pero el abogado no se fij&oacute; en esta admiraci&oacute;n, enardecido por la
+proximidad de su triunfo. All&iacute; quer&iacute;a &eacute;l al doctor, &iquest;Conque la ciencia
+pod&iacute;a servir de medio &eacute; instrumento &aacute; la moral?... En Deusto, aunque
+Aresti no lo creyera, tambi&eacute;n les ense&ntilde;aban algo de la ciencia moderna.
+Levantaban nada m&aacute;s que una punta del velo que ocultaba este c&uacute;mulo de
+impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas.
+&Eacute;l conoc&iacute;a un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero
+materialismo, incompatible con todo ideal, &eacute; instrumento de toda
+desmoralizaci&oacute;n.</p>
+
+<p>El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba
+al alma: nada del Dios omnipotente que hab&iacute;a formado el mundo: nada de
+existencia espiritual despu&eacute;s de perecer la materia. Esta vida s&oacute;lo
+ten&iacute;a por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de
+podredumbre: polvo: nada. Como no exist&iacute;a otra vida, no exist&iacute;an
+castigos y todos pod&iacute;an hacer lo que mejor placiera &aacute; sus instintos, sin
+miedo &aacute; la c&oacute;lera de Dios. &iexcl;La bestia libre y sin sanci&oacute;n alguna! Ya que
+no hab&iacute;a que temer &aacute; los castigos, &iquest;para qu&eacute; renunciar &aacute; la satisfacci&oacute;n
+de los apetitos? &iquest;Por qu&eacute; imponerse privaciones respetando &aacute; los
+semejantes?... &iexcl;A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que
+conten&iacute;an sus pasiones por la esperanza del cielo &oacute; el miedo al
+infierno! Los fuertes deben aplastar &aacute; los d&eacute;biles: los d&eacute;biles deben
+apelar &aacute; la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie
+hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigir&aacute; cuentas cuando volvamos
+&aacute; confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el
+crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea
+posible, sin escr&uacute;pulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Es esta su moral, doctor&mdash;preguntaba ir&oacute;nicamente el abogado.&mdash;&iquest;No es
+esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...</p>
+
+<p>Las dos mujeres mostraban su admiraci&oacute;n por Urquiola con miradas de
+l&aacute;stima al m&eacute;dico. Hasta S&aacute;nchez Morueta, que permanec&iacute;a con la cabeza
+baja, como molestado por una pol&eacute;mica cuya intenci&oacute;n adivinaba, levant&oacute;
+los ojos fij&aacute;ndolos con cierta extra&ntilde;eza en el abogado. Aquel muchacho
+no se expresaba mal. Ya no le cre&iacute;a tan necio, y pensaba si su mujer
+tendr&iacute;a raz&oacute;n al elogiar sus cualidades.</p>
+
+<p>Aresti acogi&oacute; la sarc&aacute;stica descripci&oacute;n de aquella sociedad sin Dios,
+con rostro impasible. Si la religi&oacute;n era un freno para los apetitos y
+las violencias &iquest;por qu&eacute; la criminalidad era m&aacute;s frecuente en los pueblos
+atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? &iquest;C&oacute;mo era
+que los mayores cr&iacute;menes de la historia hab&iacute;an coincidido con los
+per&iacute;odos en que el entusiasmo religioso era m&aacute;s ardiente?</p>
+
+<p>El m&eacute;dico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de
+moralidad y el crimen s&oacute;lo son resultados de la incultura &oacute; de una
+regresi&oacute;n parcial del cerebro. Adem&aacute;s, &iquest;de d&oacute;nde sacaba Urquiola que
+porque no existiese una sanci&oacute;n divina para la moral, porque el hombre
+no sintiera el temor &aacute; los castigos eternos, se hab&iacute;a de entregar &aacute; la
+violencia atropellando &aacute; sus semejantes? El hombre de mentalidad
+desarrollada, sab&iacute;a que aunque condenado por la naturaleza &aacute;
+desaparecer, no por esto desaparecer&iacute;a la humanidad de la que forma
+parte. S&oacute;lo el ser inculto y brutal, con el ego&iacute;smo de la ignorancia
+pod&iacute;a incurrir en tales cr&iacute;menes. S&oacute;lo pod&iacute;an pensar as&iacute; los pobres de
+inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los
+que no ven en el mundo nada m&aacute;s all&aacute; de su propia individualidad
+ego&iacute;sta; los que s&oacute;lo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la
+vida eterna, y s&iacute; hacen alg&uacute;n bien es con la idea de que giran una letra
+sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.</p>
+
+<p>Quedaban a&uacute;n muchos seres de una mentalidad limitada, semejante &aacute; la de
+los hombres primitivos, que s&oacute;lo se preocupaban de sus personas &oacute;,
+cuando m&aacute;s, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si
+su individualidad fuese el centro del universo, no interes&aacute;ndole m&aacute;s que
+lo que ve y lo que toca. Esos, en su ego&iacute;smo, tienen tal concepto de la
+importancia de su persona, que necesitan que &eacute;sta se perpet&uacute;e despu&eacute;s de
+la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos
+inventados por las religiones.</p>
+
+<p>El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la
+humanidad tanto &oacute; m&aacute;s que de la de su individuo. Sabe que es un
+componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga &aacute;
+su especie, est&aacute; seguro de que su pensamiento vivir&aacute; a&uacute;n despu&eacute;s de
+haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus
+sentidos. Tiene la inteligencia m&aacute;s desarrollada que los &oacute;rganos
+animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no
+duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la
+necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acci&oacute;n.
+En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste
+(deseo ego&iacute;sta que ning&uacute;n beneficio proporciona &aacute; los dem&aacute;s), desea
+sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando &aacute; &eacute;sta la parte
+de bienestar &oacute; felicidad &aacute; que puede contribuir con el trabajo de su
+vida. &iquest;Qu&eacute; moral m&aacute;s generosa?... El ensue&ntilde;o individual y ego&iacute;sta de un
+cielo falso &eacute; in&uacute;til, lo sustituye el hombre moderno con el ideal
+colectivo, que est&aacute; de acuerdo con su raz&oacute;n y le procura las m&aacute;s altas
+satisfacciones morales.</p>
+
+<p>&mdash;Hacer el bien &aacute; los semejantes&mdash;continu&oacute; Aresti&mdash;sin esperanza de
+recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los imp&iacute;os modernos, los
+hombres del <i>materialismo</i>, es ser m&aacute;s idealista que el devoto que
+compra su parte de para&iacute;so con oraciones que no remedian ning&uacute;n mal de
+la tierra.</p>
+
+<p>El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las
+religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se
+desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. &iexcl;C&oacute;mo poner al mismo
+nivel al ego&iacute;sta cr&eacute;dulo que con unos cuantos sacrificios y
+mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegr&iacute;a en el cielo, y
+al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni
+en el agradecimiento de divinos fantasmas, &uacute;nicamente por la alegr&iacute;a de
+socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos
+los que tripulan el barco errante de la Tierra!... As&iacute; hab&iacute;an procedido
+siempre los grandes m&aacute;rtires y los genios. Era la moral de los h&eacute;roes de
+la humanidad: en otros siglos se hab&iacute;a mostrado aislada, pero ahora iba
+generaliz&aacute;ndose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmaci&oacute;n de
+la conciencia colectiva.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina y su hija miraban con extra&ntilde;eza al doctor sin hacer el
+menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello
+eran <i>filosof&iacute;as alemanas</i>, monsergas confusas que hab&iacute;an inventado los
+imp&iacute;os para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en
+Dios y seguir lo que la Iglesia ense&ntilde;a. &iexcl;Ay, si estuviera presente el
+Padre Paul&iacute;, que tan soberanas palizas soltaba desde el p&uacute;lpito &aacute; los
+<i>fil&oacute;sofos</i>!...</p>
+
+<p>Urquiola ocult&oacute; con una sonrisa de superioridad desde&ntilde;osa la turbaci&oacute;n y
+desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello
+no le hab&iacute;an hablado en Deusto ni una palabra, y col&eacute;rico por lo que
+consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos
+electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de
+S&aacute;nchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuesti&oacute;n
+personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral
+cristiana, hubiese atizado unos cuantos pu&ntilde;etazos al imp&iacute;o, luciendo
+ante las se&ntilde;oras sus energ&iacute;as de ap&oacute;stol.</p>
+
+<p>Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no pod&iacute;a callarse. El sofisma
+religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin m&aacute;s consuelo que la
+esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las
+inteligencias modernas. La moral no consist&iacute;a, como la proclamaba el
+cristianismo, en achicarse, en recogerse en s&iacute; mismo, en amputar los
+naturales instintos, en hacerse peque&ntilde;o para pasar por el camino
+estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en
+amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el ego&iacute;smo de un
+individuo, sino la comuni&oacute;n con las aspiraciones colectivas de la
+humanidad. El hombre moderno no deb&iacute;a perder el tiempo pregunt&aacute;ndose
+sobre el origen del mal &oacute; si la naturaleza est&aacute; corrompida por el
+pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bast&aacute;bale
+saber que la naturaleza, buena &oacute; mala, se modifica &oacute; transforma por el
+trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo
+y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como &uacute;nico gu&iacute;a el
+esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.</p>
+
+<p>El hombre estaba condenado &aacute; hacerlo todo por s&iacute; mismo, sin la esperanza
+de fant&aacute;sticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser
+hombre era glorioso y duro. S&oacute;lo pod&iacute;a contar con un apoyo: la Ciencia.
+El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evoluci&oacute;n
+incesante de las sociedades, modificaban la concepci&oacute;n de la vida y de
+sus fines. El hombre moderno, vali&eacute;ndose de la cr&iacute;tica, ten&iacute;a una idea
+justa de los l&iacute;mites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de
+humildad. No pretend&iacute;a conocer lo absoluto ni el origen de las cosas.
+&iquest;Pero es que las religiones las conoc&iacute;an tampoco? &iquest;Eran racionales las
+explicaciones de los que cre&iacute;an en una Providencia amparadora de la
+injusticia, y en un plan de creaci&oacute;n ideado por unos hebreos n&oacute;madas &eacute;
+ignorantes?</p>
+
+<p>En cambio, el hombre conoc&iacute;a mejor, gracias &aacute; la ciencia, el mundo que
+le rodeaba. Si no sab&iacute;a la causa primera de muchos fen&oacute;menos, hab&iacute;a
+descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser
+siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la
+ten&iacute;a &aacute; sus &oacute;rdenes, haci&eacute;ndola trabajar para su comodidad y sustento.
+Ante &eacute;l se abat&iacute;an obst&aacute;culos que parec&iacute;an eternos: la mec&aacute;nica
+aprovechaba las fuerzas naturales; modific&aacute;base la faz de la Tierra:
+suprim&iacute;ase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parec&iacute;a
+empeque&ntilde;ecerse, haci&eacute;ndose cada vez m&aacute;s confortable, como una habitaci&oacute;n
+dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus
+necesidades.</p>
+
+<p>El hombre ya no quer&iacute;a fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios,
+el fantasma bondadoso &oacute; terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco
+pod&iacute;a tolerar la moral cristiana, basada en la resignaci&oacute;n y en la
+abstenci&oacute;n. Esta moral no era m&aacute;s que un arte de mutilar la vida bajo el
+pretexto de guardar sus formas m&aacute;s altas, &oacute; sea las espirituales.</p>
+
+<p>&mdash;Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera&mdash;dec&iacute;a el
+m&eacute;dico con entusiasmo.&mdash;Nuestra moral es simple y valiente: se resigna &aacute;
+la compa&ntilde;&iacute;a de los hombres, sabiendo que no existen los &aacute;ngeles, y los
+acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto
+y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y
+hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No
+mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la
+realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que
+salva el alma, empu&ntilde;a los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha,
+suda en su eterna batalla con el sue&ntilde;o por transformarlo y embellecerlo,
+pensando que las fatigas del presente ser&aacute;n buenas obras para la
+humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son,
+como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de n&aacute;car, cruzadas
+sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan &aacute; Dios.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta contemplaba con admiraci&oacute;n &aacute; su primo. &iexcl;Ah; su Luis!
+&iexcl;Que hombre!... Su pensamiento t&iacute;mido y fluctuante sent&iacute;ase arrastrado
+por las palabras del m&eacute;dico. Le entusiasmaba aquella apolog&iacute;a de la
+actividad universal. &Eacute;l era un sacerdote privilegiado y feliz del
+trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban
+contra &eacute;l, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfac&iacute;a que
+la ensalzasen.</p>
+
+<p>La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su
+sobrino, el cual no pod&iacute;a asir muchas de las ideas del doctor. Con su
+instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversaci&oacute;n,
+queriendo auxiliar &aacute; Urquiola.</p>
+
+<p>&mdash;No entiendo esa moral&mdash;dijo &aacute; Aresti con voz ruda.&mdash;Nada me importa:
+esa queda para... sabios como t&uacute;. Nosotros, los brutos, nos contentamos
+con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz &aacute; la
+humanidad, &iquest;por qu&eacute; no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...</p>
+
+<p>Y hablaba con sorda c&oacute;lera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba
+al visitarla, recordando el pasado. Se ve&iacute;a en una situaci&oacute;n dif&iacute;cil, ni
+soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocult&aacute;ndolo casi, para
+que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separaci&oacute;n. Y
+do&ntilde;a Cristina se indignaba al decir esto. &iexcl;Qu&eacute; hab&iacute;a de ser ella! Tan
+buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de &aacute;ngel...</p>
+
+<p>&mdash;A eso conduce vuestra moral&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con dureza.&mdash;A hacer infeliz &aacute; una
+pobre criatura, buena como una santa.</p>
+
+<p>Aresti call&oacute;. Parec&iacute;a atolondrado por la injusticia del ataque. &iexcl;&Eacute;l,
+convertido en verdugo de un &aacute;ngel! &iexcl;Y aquel &aacute;ngel era su mujer, y
+Cristina le echaba en cara su crimen despu&eacute;s de haber visto la aspereza
+humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefiri&oacute; acoger en
+silencio el ataque, sin m&aacute;s protesta que un encogimiento de hombros.</p>
+
+<p>Pero la de S&aacute;nchez Morueta no quer&iacute;a verle as&iacute;. Una voz lanzada, sent&iacute;a
+un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento
+ruidoso y que no volviese.</p>
+
+<p>&mdash;Ya que no crees en nada de la religi&oacute;n&mdash;dijo tras una larga pausa, con
+una sonrisa dulce que daba miedo,&mdash;tampoco creer&aacute;s en Jes&uacute;s... &iquest;Qu&eacute; es
+para t&iacute; nuestro divino redentor?</p>
+
+<p>&iexcl;Con qu&eacute; alegr&iacute;a habl&oacute; Aresti, lentamente, con voz suave &eacute; incisiva,
+como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos
+ojos azules que le miraban con desprecio!...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Jes&uacute;s?... Fu&eacute; un gran poeta de la poes&iacute;a moral. Yo amo su recuerdo
+con la ternura de la compasi&oacute;n, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su
+sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explic&aacute;ndolas y
+practic&aacute;ndolas al rev&eacute;s. Su asesinato fu&eacute; una conspiraci&oacute;n de las
+autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos
+que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina p&uacute;sose de pie con nervioso impulso. Hab&iacute;a escuchado las
+explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta
+calma, &aacute; pesar de que adivinaba ataques al cielo y &aacute; Dios. Pero esto de
+ahora iba contra Jes&uacute;s; y la indignaba, m&aacute;s a&uacute;n que si hubiesen negado
+su existencia, aquello de llamarle poeta. &iexcl;El hijo de Dios un poeta!
+Para una millonaria era este el m&aacute;s refinado de los insultos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Has o&iacute;do, Pepe?&mdash;grit&oacute; mirando &aacute; su esposo.&mdash;&iquest;Y t&uacute; consientes estas
+atrocidades en tu casa?</p>
+
+<p>Los ojos t&iacute;midos de S&aacute;nchez Morueta iban de su mujer &aacute; su primo, como
+asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.</p>
+
+<p>&mdash;Me voy&mdash;sigui&oacute; gritando do&ntilde;a Cristina al ver la indecisi&oacute;n de su
+esposo.&mdash;No quiero escuchar m&aacute;s &aacute; este hombre.</p>
+
+<p>Y dirigi&eacute;ndose &aacute; Pepita, a&ntilde;adi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Ni&ntilde;a, v&aacute;monos. Bastantes atrocidades has o&iacute;do. Dale gracias &aacute; tu
+padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.</p>
+
+<p>Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levant&oacute;, dudando un
+momento entre seguirlas &oacute; acometer al doctor. Aquel era el momento de
+presentarse como un palad&iacute;n de la fe, de hacer la cuesti&oacute;n personal en
+nombre de Jes&uacute;s y que se tragara el m&eacute;dico &aacute; pu&ntilde;etazos aquello de
+&laquo;poeta&raquo;, que no le indignaba &aacute; &eacute;l menos que &aacute; do&ntilde;a Cristina. Pero le
+inspiraba gran respeto la presencia del millonario, tem&iacute;a disgustar <i>al
+t&iacute;o</i> y acab&oacute; por marcharse en busca de las se&ntilde;oras.</p>
+
+<p>Quedaron largo rato Aresti y S&aacute;nchez Morueta, con la cabeza baja, como
+anonadados por el incidente. El doctor fu&eacute; el primero en romper el
+silencio.</p>
+
+<p>&mdash;Pepe, adi&oacute;s&mdash;dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo
+una mano &aacute; su primo.&mdash;Yo no te pregunto como tu mujer &laquo;&iquest;y t&uacute; consientes
+eso?&raquo; Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No te vayas as&iacute;!&mdash;exclam&oacute; el millonario con ansiedad.&mdash;De seguro que
+est&aacute;s enfadado; adivino que no vas &aacute; volver. No ri&ntilde;as conmigo: Cristina
+es as&iacute;, &iquest;y qu&eacute; voy yo &aacute; hacerla? T&uacute; mismo lo has dicho. La familia... la
+paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y &aacute;
+las mujeres hay que respet&aacute;rselas. La verdad es que t&uacute; tambi&eacute;n has
+estado fuertecito...</p>
+
+<p>&mdash;Adi&oacute;s, Pepe&mdash;volvi&oacute; &aacute; repetir el m&eacute;dico, abandonando aquella manaza
+que ahora ca&iacute;a d&eacute;bil y sin voluntad.&mdash;Que seas muy feliz.</p>
+
+<p>&mdash;Pero nos veremos, &iquest;eh? &iquest;Vendr&aacute;s &aacute; verme al escritorio?... Esto pasar&aacute;:
+ya sabes que otras veces tambi&eacute;n hab&eacute;is rega&ntilde;ado...</p>
+
+<p>&mdash;Adi&oacute;s, adi&oacute;s.</p>
+
+<p>Y el doctor Aresti, sin escuchar &aacute; su primo, que le segu&iacute;a formulando
+excusas, sali&oacute; de all&iacute;, con la convicci&oacute;n de que dejaba muerto &aacute; sus
+espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco
+fraternal y perd&iacute;a lo &uacute;ltimo que le restaba de su familia.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+
+<p>A mediados de Agosto se inici&oacute; una agitaci&oacute;n de protesta entre los
+obreros de las minas.</p>
+
+<p>Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor
+Aresti, hablaban de los s&iacute;ntomas de rebeli&oacute;n en las aldeas de la cuenca
+minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,
+afirmando que los capataces eran los verdaderos due&ntilde;os, y que el obrero
+que no se surt&iacute;a de v&iacute;veres en ellas era despedido del trabajo. En
+Pucheta, que era donde viv&iacute;an los m&aacute;s levantiscos, hab&iacute;an ido &aacute;
+navajazos un d&iacute;a de paga, por negarse dos trabajadores &aacute; satisfacer su
+deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un
+gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistir&iacute;an todos los
+mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su
+petici&oacute;n en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la
+m&uacute;sica los domingos, hablar&iacute;an los amigos del pueblo, aquellos obreros
+de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban &aacute; la
+propaganda de las doctrinas socialistas y &aacute; la organizaci&oacute;n de las
+fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeld&iacute;a, los
+representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayor&iacute;a
+taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de
+las teor&iacute;as revolucionarias.</p>
+
+<p>El <i>Milord</i>, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de
+los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en
+la faja, y &aacute; los que no se atrev&iacute;an &aacute; maltratar los peones por miedo &aacute;
+sus venganzas de gato, le infund&iacute;an mucho miedo. Ellos eran la
+vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo &aacute; los hombres
+con sus audacias, haci&eacute;ndolos ir m&aacute;s all&aacute; de lo que se propon&iacute;an.
+Algunas veces hab&iacute;an osado apedrear de lejos &aacute; la guardia civil, cuando
+en v&iacute;speras de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la
+monta&ntilde;a. Ahora, el <i>Milord</i> hablaba con terror de frecuentes robos de
+dinamita en los dep&oacute;sitos de las canteras. Los cartuchos deb&iacute;an
+ocultarlos los pinches en previsi&oacute;n de lo que ocurriera. &iexcl;Buena se iba &aacute;
+armar!...</p>
+
+<p>Al atrevimiento de los muchachos hab&iacute;a que a&ntilde;adir la c&oacute;lera estrepitosa
+de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de
+los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda
+circulaci&oacute;n de mineral para que se generalizase la huelga hasta la r&iacute;a,
+y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques
+inactivos esperando una carga que no llegar&iacute;a nunca.</p>
+
+<p>&mdash;Esto se pone feo, don Luis&mdash;suspiraba el admirador de
+Inglaterra.&mdash;Esto va &aacute; ser la muerte de las minas.</p>
+
+<p>Para darse cuenta de lo cr&iacute;tico de la situaci&oacute;n, bastaba ver que los
+peones gallegos tomaban el tren y se iban &aacute; su pa&iacute;s. Aquellos hombres
+eran capaces de rebelarse por su inter&eacute;s personal, pero apenas
+present&iacute;an protestas colectivas, escapaban asustados hacia su pa&iacute;s. Las
+huelgas les ol&iacute;an &aacute; pol&iacute;tica, &aacute; algo peligroso en que no deb&iacute;an
+mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los
+compa&ntilde;eros, desliz&aacute;banse prudentemente hacia su tierra, con el prop&oacute;sito
+de volver cuando todo pasase, aprovech&aacute;ndose entonces de las ventajas
+que los otros pudieran conseguir.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, malditos!&mdash;exclamaba el doctor, oyendo al <i>Milord</i> y &aacute; otros
+contratistas.&mdash;&iquest;No es justo lo que piden? &iquest;Qu&eacute; menos pueden reclamar que
+el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...</p>
+
+<p>Los contratistas torc&iacute;an el gesto, excus&aacute;ndose en la inercia de las
+costumbres. Eran los se&ntilde;ores de la villa, los mineros ricos, las
+empresas extranjeras, los que deb&iacute;an dar el ejemplo. Ellos &aacute; lo antiguo
+se aten&iacute;an. Adem&aacute;s, el miedo &aacute; la huelga no causaba gran impresi&oacute;n en el
+fondo de su &aacute;nimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco
+perder&iacute;an; el mineral no iba &aacute; desaparecer en las canteras; aguardar&iacute;a &aacute;
+que fuesen &aacute; arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro.
+Ten&iacute;an para vivir, y se rendir&iacute;an antes que ellos los que necesitaban
+el jornal para no morirse de hambre.</p>
+
+<p>El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor
+del reba&ntilde;o rebelde. No hab&iacute;a religi&oacute;n, cada vez se entibiaba m&aacute;s la fe,
+y as&iacute; andaba todo de perdido. La propaganda diab&oacute;lica de los obreros de
+Bilbao hab&iacute;a llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la monta&ntilde;a.</p>
+
+<p>&mdash;Ya mueren aqu&iacute; las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen
+perros&mdash;exclamaba indignado.&mdash;Cada vez hay menos entierros. Ya van al
+cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de
+badulaques que se pirran por molestar &aacute; la Iglesia asistiendo &aacute; eso que
+llaman actos civiles. Se&ntilde;ores... &iexcl;entierros civiles en las
+Encartaciones! &iquest;Qui&eacute;n pod&iacute;a figurarse que ver&iacute;amos esto?...</p>
+
+<p>Y el cura insist&iacute;a en lo de los entierros, como si de todos los actos de
+hostilidad &oacute; indiferencia para la religi&oacute;n, fuese este el m&aacute;s
+escandaloso y que m&aacute;s profundamente her&iacute;a su pudor de sacerdote.</p>
+
+<p>A pesar de la agitaci&oacute;n obrera, los amigos de Aresti sent&iacute;anse atra&iacute;dos
+por otro asunto, del que hablaban con gran inter&eacute;s en sus francachelas
+nocturnas.</p>
+
+<p>Exist&iacute;a pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos
+los notables de Gallarta. El <i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i>, el barrenador
+famoso, hab&iacute;a recibido una especie de reto de un desconocido de
+Guip&uacute;zcoa, para que midiese sus fuerzas con &eacute;l. El encuentro deb&iacute;a
+verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de
+all&aacute; hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no
+fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, present&aacute;ndose en Azpeitia
+al lado de su barrenador.</p>
+
+<p>Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. &iexcl;Vaya si ir&iacute;an! &iexcl;Y
+menuda paliza les aguardaba &aacute; los guipuzcoanos pretenciosos! &iexcl;Atreverse
+con el <i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i>, que era la gloria m&aacute;s grande de las
+Encartaciones! Miles de duros apostar&iacute;an ellos contra las pesetas que
+pudieran ofrecer aquellos rurales de Guip&uacute;zcoa, que viv&iacute;an del miserable
+cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los
+detalles de la apuesta, con arreglo &aacute; lo convenido por cartas y hasta
+por mensajeros, con los lejanos enemigos. El pr&oacute;ximo domingo ser&iacute;a la
+lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el n&uacute;mero de perforaciones
+que los dos barrenadores har&iacute;an en la piedra y la duraci&oacute;n de la
+apuesta.</p>
+
+<p>Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar m&aacute;s que
+en este desaf&iacute;o de destreza y vigor. Era la apuesta m&aacute;s famosa de
+cuantas hab&iacute;an concertado aquellos hombres, en su af&aacute;n de arriesgar al
+dinero que con tanta facilidad llegaba &aacute; sus manos.</p>
+
+<p>En esta lucha se interesaba el esp&iacute;ritu de clase y el patriotismo.
+Vizca&iacute;nos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra
+aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las
+canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos
+artistas.</p>
+
+<p>Al aproximarse el d&iacute;a de la lucha, mostraban los contratistas los fajos
+de billetes de Banco, con los que hab&iacute;an de anonadar &aacute; los <i>pobres
+cuitados</i> de Guip&uacute;zcoa. El <i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i> era vigilado y mimado
+como si fuese una tiple hermosa. No iba &aacute; las minas, y acompa&ntilde;aba por
+las noches &aacute; los contratistas, preocup&aacute;ndose todos ellos de lo que com&iacute;a
+y beb&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo va ese valor?&mdash;le preguntaban tent&aacute;ndole los brazos duros y
+el&aacute;sticos, que parec&iacute;an de acero, pas&aacute;ndole las manos por el pecho con
+una suavidad casi femenil, golpe&aacute;ndole el t&oacute;rax y complaci&eacute;ndose en su
+resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el <i>Chiquito</i> se dejaba
+agasajar con sonrisa de &iacute;dolo, irguiendo su peque&ntilde;o cuerpo de m&uacute;sculos
+recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle
+el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.</p>
+
+<p>Ganar&iacute;a, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa
+victoria, lo atiborraban de alimentos y le hac&iacute;an beber champagne, mucho
+<i>Cord&oacute;n Rouge</i>, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su
+superioridad sobre aquel rival que s&oacute;lo conocer&iacute;a la dulzona <i>sangard&uacute;a</i>
+de sus monta&ntilde;as.</p>
+
+<p>Los contratistas obligaron al doctor Aresti &aacute; que les acompa&ntilde;ase &aacute;
+Azpeitia. Ellos no gozar&iacute;an la victoria por completo de no presenciarla
+su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos
+admiradores rudos y entusiastas, no pod&iacute;a separarse de ellos, acab&oacute; por
+ser de la partida. En fuerza de o&iacute;rles hablar de la apuesta sent&iacute;a
+inter&eacute;s por ella.</p>
+
+<p>Era el &uacute;nico que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia deb&iacute;a conocer
+el trabajo del <i>Chiquito</i>. Los de Gallarta, en cambio, no sab&iacute;an qui&eacute;n
+era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba
+el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su
+barrenador.</p>
+
+<p>Aquello parec&iacute;a una encerrona: hab&iacute;a que ser prudentes. Pero los amigos
+del doctor le contestaban con risas. &iquest;Dejarse vencer el <i>Chiquito</i>?... Y
+como prueba de su confianza, ense&ntilde;aban de nuevo los fajos de billetes.
+M&aacute;s de cincuenta mil duros iban &aacute; apostar entre todos, si es que los de
+Azpeitia ten&iacute;an reda&ntilde;os para hacerles cara. Hab&iacute;a que correrles,
+ech&aacute;ndoles el dinero &aacute; las narices; as&iacute; aprender&iacute;an &aacute; no ir otra vez con
+retos &aacute; los bilba&iacute;nos de las minas.</p>
+
+<p>La partida, el domingo al amanecer, fu&eacute; casi una espedici&oacute;n triunfal. El
+<i>Chiquito</i> hab&iacute;a salido el d&iacute;a antes con varios de sus admiradores para
+estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron
+despu&eacute;s con el doctor eran los m&aacute;s respetables, y llevaban con ellos el
+convoy de la expedici&oacute;n, enormes cestos de fiambres encargados &aacute; los
+mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de
+cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsi&oacute;n.
+S&oacute;lo en Bilbao se sab&iacute;a comer: lo dem&aacute;s era tierra de salvajes, pa&iacute;s de
+pobreza donde mor&iacute;a uno de hambre &oacute; de asco, aunque fuese persona de las
+que <i>tienen cartera</i>.</p>
+
+<p>Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Hab&iacute;a
+comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de
+caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las
+calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas
+mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si
+fuesen de una raza distinta, &aacute; los arrogantes mineros, que se llamaban &aacute;
+gritos y se abr&iacute;an paso reclamando el auxilio del alguacil, &uacute;nica
+autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin m&aacute;s arma que
+un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada &aacute; los cultivos de
+escaso rendimiento de la monta&ntilde;a, admiraba los ternos nuevos y lustrosos
+de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro
+sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de
+u&ntilde;as chatas, abrumados por enormes sortijas.</p>
+
+<p>Eran los forasteros, los ricachos que llegaban &aacute; la fiesta llevando una
+verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba
+con fijarse en las miradas que lanzaban &aacute; las gentes y las casas, con
+altivez de magnates que descienden &aacute; mezclarse en una diversi&oacute;n
+campestre. &iquest;Y entre aquellas m&iacute;seras gentes estaban los que hab&iacute;an osado
+desafiarles?... <i>&iexcl;Pobres cuitados!</i></p>
+
+<p>Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos &aacute; los balcones de
+la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en
+primera l&iacute;nea, junto &aacute; la cuerda que marcaba un gran rect&aacute;ngulo limpio
+de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los
+juegos. All&iacute; se hac&iacute;an las apuestas de &uacute;ltima hora entre los empujones
+de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que ten&iacute;an
+delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empuj&oacute;n
+formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba
+que se levantase en alto el mimbre alguacilesco &oacute; que se movieran las
+boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al
+momento se iniciase un retroceso, quedando inm&oacute;vil el gent&iacute;o.</p>
+
+<p>Aresti, desde un balc&oacute;n, ve&iacute;a cuatro masas obscuras de boinas,
+encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros
+arrastraban penosamente unas piedras m&aacute;s grandes que las muelas de un
+molino, bloques enormes que al moverse dejaban detr&aacute;s de ellos la tierra
+profundamente aplastada.</p>
+
+<p>La alegr&iacute;a de los ejercicios f&iacute;sicos, el enardecimiento ruidoso de las
+fiestas de la tuerza, agitaba al gent&iacute;o. Tiraban los bueyes penosamente,
+como si fuese &aacute; estallar la testuz bajo el yugo, esforz&aacute;ndose entre los
+gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por
+sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tir&oacute;n, avanzaba
+algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se
+hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza &aacute; las
+abrumadas bestias.</p>
+
+<p>Era una diversi&oacute;n de raza primitiva, de pueblo en la infancia que a&uacute;n no
+ha llegado &aacute; la vida del pensamiento y admira la fuerza como la m&aacute;s
+gloriosa manifestaci&oacute;n del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan
+con el trabajo f&iacute;sico, hac&iacute;a del vigor un culto, convert&iacute;a en diversi&oacute;n
+los alardes de resistencia de los m&aacute;s fuertes, admiraba como h&eacute;roes &aacute;
+los grandes partidores de le&ntilde;a &oacute; &aacute; los expertos barrenadores, y para dar
+car&aacute;cter de fiesta &aacute; todos los esfuerzos del m&uacute;sculo en el diario
+trabajo, asociaba &aacute; sus juegos al buey, manso y sufrido compa&ntilde;ero de la
+miseria campestre.</p>
+
+<p>El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo,
+recordaba las fiestas griegas, embellecidas al trav&eacute;s de los siglos por
+el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos,
+de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos
+Ol&iacute;mpicos.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; se parecen&mdash;pensaba Aresti.&mdash;Pero como se asemejan el ave de
+corral y el &aacute;guila, porque las dos se cubren de plumas.</p>
+
+<p>Cansado del mon&oacute;tono espect&aacute;culo que ofrec&iacute;an los bueyes, tirando entre
+el clamoreo del gent&iacute;o que no se fatigaba del largo plant&oacute;n, el doctor
+se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.</p>
+
+<p>Ve&iacute;a Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rinc&oacute;n del territorio
+vasco, que s&oacute;lo de lejos rozaba la v&iacute;a f&eacute;rrea, y en el cual parec&iacute;an
+haberse refugiado el esp&iacute;ritu y las tradiciones de la raza. Aquella
+tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle,
+estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caser&oacute;n-palacio
+tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de
+aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reun&iacute;an los
+comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra,
+cuando hab&iacute;a que elegir un nuevo General de la Orden, parec&iacute;a proyectar
+su sombra sobre el valle y las monta&ntilde;as, formando los pobladores &aacute; su
+imagen.</p>
+
+<p>Aresti ve&iacute;a en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de
+San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que
+se consideraban como signos caracter&iacute;sticos de una personalidad famosa,
+resultaban comunes &aacute; toda una raza.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Ten&iacute;an
+las formas m&aacute;s pronunciadas que las hembras vizca&iacute;nas, con algo de
+voluptuoso y m&oacute;rbido que hac&iacute;a recordar el t&iacute;tulo de &laquo;Andaluc&iacute;a vasca&raquo;,
+que muchos daban &aacute; Guip&uacute;zcoa; pero en su mirada hab&iacute;a una expresi&oacute;n
+varonil y en&eacute;rgica que hac&iacute;a pensar en las fan&aacute;ticas hero&iacute;nas de la
+Vend&eacute;e. El odio al <i>guiri</i>, al espa&ntilde;ol de pantalones rojos llegado de
+las m&aacute;s lejanas provincias para expulsar al rey leg&iacute;timo, pasaba como
+una herencia de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. Todos los hombres de edad
+madura que ocupaban la plaza hab&iacute;an vestido, seguramente, el capote de
+los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las monta&ntilde;as, con
+su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.</p>
+
+<p>Eibar, con la muchedumbre obrera de sus f&aacute;bricas de armas, liberal y
+poco religiosa, estaba pr&oacute;xima, y, sin embargo, parec&iacute;a al otro extremo
+del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen
+infranqueables.</p>
+
+<p>Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del
+Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. Era el &uacute;nico signo exterior de religiosidad: ni
+alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos
+donde flaquea la devoci&oacute;n y la verdad divina tropieza con enemigos. En
+todo el valle parec&iacute;a sobrevivir el esp&iacute;ritu religioso, tranquilo y
+confiado, de la Edad Media, la &eacute;poca que menos se preocup&oacute; de la fe, por
+lo mismo que a&uacute;n no hab&iacute;an levantado la cabeza la duda y la impiedad.
+Mostrarse el esp&iacute;ritu de rebeli&oacute;n en una tierra que hab&iacute;a pisado el
+bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que s&oacute;lo el
+suponerlo hubiera hecho re&iacute;r a aquella gente taciturna, orgullosa de
+haber dado al mundo un santo de fama universal.</p>
+
+<p>Pasado medio d&iacute;a, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparram&oacute;
+el gent&iacute;o por la poblaci&oacute;n. Lo m&aacute;s interesante de la fiesta, las luchas
+de los <i>aizkoralaris</i> &oacute; partidores de le&ntilde;a y la apuesta de los
+barrenadores, quedaba para la tarde.</p>
+
+<p>Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando &aacute; los
+del pa&iacute;s con los taponazos del champagne y la exhibici&oacute;n de las carteras
+repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado
+desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atra&iacute;das por la
+fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti hab&iacute;a salido a la calle
+huyendo de la atm&oacute;sfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de
+tabaco. Ve&iacute;a llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas
+por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta,
+gui&aacute;ndola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con
+la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre
+como un fusil.</p>
+
+<p>Cerca de la plaza, vi&oacute; el m&eacute;dico que la gente se deten&iacute;a ante una
+taberna, formando compacto grupo y mirando &aacute; lo alto. En un balc&oacute;n
+cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parec&iacute;a tocar el
+alero. En la calle se hab&iacute;a hecho espont&aacute;neamente un gran silencio, y el
+viejo, inm&oacute;vil y grave, segu&iacute;a su canturria con cierta seriedad
+sacerdotal. Cuando termin&oacute; su &uacute;ltima estrofa en vascuence, con una
+entonaci&oacute;n aguda, todo el concurso prorrumpi&oacute; en risotadas, que
+contrastaban con la gravedad del cantor. Pero a&uacute;n no se hab&iacute;a extinguido
+la carcajada del p&uacute;blico, cuando son&oacute; una nueva voz m&aacute;s aguda y
+estridente desde el balc&oacute;n de otra taberna, y Aresti vi&oacute; &aacute; un jay&aacute;n que
+cantaba como si contestase al viejo, mientras &eacute;ste le escuchaba sin
+pesta&ntilde;ear, preparando mentalmente la contrarr&eacute;plica.</p>
+
+<p>El doctor conoc&iacute;a &aacute; aquellas gentes. Eran los <i>versolaris</i>, los
+trovadores &eacute;uscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poes&iacute;a
+florec&iacute;a en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos
+campesinos que no sab&iacute;an leer, pero que mostraban cierto ingenio y una
+gran facilidad de improvisaci&oacute;n. Sus versos s&oacute;lo ten&iacute;an de tales las
+rimas, con una completa ausencia de sentimiento po&eacute;tico. Lo que la
+muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio sat&iacute;rico, lo grotesco del
+chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de
+viva voz, un <i>versolari</i> iniciaba el tema, seguro de que al momento
+surgir&iacute;a la contestaci&oacute;n de sus rivales; y as&iacute;, prolong&aacute;ndose el
+razonamiento de unos &aacute; otros, agarrando cada cual el hilo de la
+interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hac&iacute;an pasar al
+p&uacute;blico embobado horas enteras. Estos vagabundos se manten&iacute;an de sus
+versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de
+fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las
+grandes ciudades.</p>
+
+<p>Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo ni&ntilde;o que re&iacute;a las gracias
+de los <i>versolaris</i> y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de
+producir la m&aacute;s leve impresi&oacute;n en un hombre de la ciudad. En esta sana
+alegr&iacute;a encontraba el m&eacute;dico la gravedad del hombre del campo, su alma
+sobria &aacute; la que basta la m&aacute;s insignificante broma para alegrarse. Eran
+esp&iacute;ritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento
+divert&iacute;anse con cualquier cosa. Sab&iacute;an que los <i>versolaris</i> eran
+graciosos por tradici&oacute;n y esto bastaba para que todos rieran aun antes
+de comprender sus palabras.</p>
+
+<p>El doctor observaba una vez m&aacute;s el car&aacute;cter de la poes&iacute;a entre los
+hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los
+versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la
+tristeza de la partida y la alegr&iacute;a del retorno, celos y desesperaci&oacute;n,
+&oacute; se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la
+belleza de los campos, &oacute; la majestuosa serenidad que desciende del
+cielo. Viviendo en la eterna monoton&iacute;a de las bellezas naturales, no ven
+en ellas nada de extraordinario, sintiendo con m&aacute;s intensidad los
+sucesos que tocan de cerca &aacute; sus personas. Tal vez son ciegos para la
+hermosura de la tierra, condenados &aacute; luchar con ella eternamente, &aacute;
+vencerla y violarla para sacar de sus entra&ntilde;as el sustento.</p>
+
+<p>M&aacute;s de una hora llevaban los <i>versolaris</i> lanz&aacute;ndose razonamientos de
+balc&oacute;n &aacute; balc&oacute;n. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre
+volv&iacute;a sus cabezas &aacute; un lado &oacute; &aacute; otro, seg&uacute;n el sitio de donde part&iacute;a la
+voz. Todos los trovadores recib&iacute;an como popular homenaje las carcajadas
+del p&uacute;blico, pero el que parec&iacute;a triunfar era un viejo desdentado y de
+cara maliciosa, sacrist&aacute;n de una anteiglesia de Vizcaya que ten&iacute;a gran
+renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando alg&uacute;n
+admirador sal&iacute;a al balc&oacute;n ofreciendo el jarro &aacute; su poeta, y &eacute;ste,
+despu&eacute;s de largo trago, acomet&iacute;a con nueva fuerza sus canturrias.</p>
+
+<p>A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corri&oacute;
+&aacute; ella la gente, oyendo el silbido del <i>chistu</i>, que hac&iacute;a locas
+escalas, acompa&ntilde;ado por el mon&oacute;tono baqueteo del tamboril. Los
+<i>versolaris</i> se ocultaron. Iba &aacute; comenzar la parte m&aacute;s interesante de la
+fiesta.</p>
+
+<p>Los mineros bilba&iacute;nos, rojos y sudorosos en su digesti&oacute;n de ogros,
+fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores
+sitios desafiando &aacute; todos con sus retos. &iexcl;A ver! &iquest;qui&eacute;n quer&iacute;a apostar?
+No hab&iacute;a que tener miedo por cantidad m&aacute;s &oacute; menos: <i>hab&iacute;a cartera</i> de
+sobra para todos. Y exhib&iacute;an ante la mirada at&oacute;nita de los caseros,
+habituados &aacute; la vida sobria y humilde de la monta&ntilde;a, aquellas riquezas
+en fajos de papel mugriento. Los m&aacute;s acomodados del pa&iacute;s se acercaban &aacute;
+ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parec&iacute;a implorar
+perd&oacute;n.</p>
+
+<p>La fiesta comenz&oacute; por la lucha de los <i>aizkoralaris</i>. Hab&iacute;an colocado en
+el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados
+en la tierra, para que no rodasen. Son&oacute; de nuevo el <i>chistu</i> y el
+<i>dambolin</i>, y salieron los partidores de le&ntilde;a, llevando al hombro sus
+hachas relucientes. Arrojaron &aacute; un lado las boinas y alpargatas, y
+subi&eacute;ndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.</p>
+
+<p>Un rugido que equival&iacute;a &aacute; un aplauso, acogi&oacute; sus primeros golpes. Los
+mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de
+toros de Bilbao. Proteg&iacute;an con su benevolencia &aacute; aquellos partidores de
+le&ntilde;a, como gente humilde que en nada pod&iacute;a interesarles. En las minas de
+Bilbao no se part&iacute;an troncos: pod&iacute;a, pues, concederse alg&uacute;n m&eacute;rito como
+le&ntilde;adores &aacute; aquellos r&uacute;sticos.</p>
+
+<p>Las hachas sub&iacute;an y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas
+marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un
+golpe m&aacute;s fuerte, m&aacute;s certero, extend&iacute;ase por la plaza un rumor de
+aprobaci&oacute;n. El inmenso p&uacute;blico adivinaba la marcha de los cortes sin
+necesidad de verlos. Habituados todos &aacute; hacer le&ntilde;a en el monte, conoc&iacute;an
+los diversos ruidos de las hachas como si &eacute;stas hablasen. Sab&iacute;an, por el
+crujido de la madera, lo que faltaba &aacute; cada tronco para partirse. Alguno
+de los <i>aizkoralaris</i> iba delante de los otros; les avanzaba por
+momentos; su corte se aproximaba r&aacute;pidamente al fin: hasta que de
+pronto, un crujido especial, que no pod&iacute;a confundirse, hizo estremecer
+el gent&iacute;o hasta los &uacute;ltimos l&iacute;mites de la plaza. Acababa de partirse un
+tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empin&aacute;ndose sobre la punta de
+los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber qui&eacute;n
+era el vencedor.</p>
+
+<p>Salieron los le&ntilde;adores con el hacha al hombro, saltando la cuerda,
+confundi&eacute;ndose con el gent&iacute;o que comentaba los incidentes de la lucha, y
+otra vez son&oacute; el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes
+arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el
+momento emocionante, la hora del suceso que hab&iacute;a atra&iacute;do &aacute; Azpeitia
+tanta gente. Iba &aacute; comenzar la lucha de los barrenadores.</p>
+
+<p>La muchedumbre callaba como los grandes p&uacute;blicos de las plazas de toros,
+cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hac&iacute;a sonar sus
+instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso
+adelante, y casi rompi&oacute; la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron
+al espacio libre.</p>
+
+<p>Todos quer&iacute;an ver &aacute; los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su
+mirada por encima de los hombros que ten&iacute;an delante.</p>
+
+<p>El barrenador guipuzcoano era un mocet&oacute;n mofletudo, de ojos abobados,
+ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El
+<i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i> se pavoneaba con la palanca al hombro,
+presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari c&eacute;lebre en
+la cancha, mirando &aacute; las mujeres que ocupaban los balcones.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ol&eacute;, mi ni&ntilde;o!&mdash;gritaban los mineros. <i>&iexcl;En&eacute; el Chiquito!...</i> Ahora se
+va &aacute; ver lo bueno de las minas. &iexcl;Aqu&iacute; <i>hay cartera</i> para &eacute;l!</p>
+
+<p>Y mezclando los gritos del pa&iacute;s con los que hab&iacute;an aprendido en las
+plazas de toros, arrojaban m&aacute;s all&aacute; de la cuerda sus boinas y sus
+carteras, pero llamando en seguida &aacute; los chicuelos para que las
+recogiesen. El <i>Chiquito</i> sonre&iacute;a bajo la ovaci&oacute;n tumultuosa de sus
+protectores, viendo al mismo tiempo una se&ntilde;al de su triunfo en el gesto
+taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de
+todos los del pa&iacute;s, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se
+despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre
+las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que deb&iacute;an
+perforar. El trabajo durar&iacute;a dos horas: el que antes lo terminase &oacute;
+llegase m&aacute;s adelante ser&iacute;a el vencedor.</p>
+
+<p>Coloc&aacute;ronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las
+piernas juntas y los talones toc&aacute;ndose. Entre los pies desnudos que
+formaban un &aacute;ngulo, sub&iacute;a y bajaba la barra de acero abriendo el
+orificio. La m&aacute;s leve desviaci&oacute;n, pod&iacute;a herirles, destrozarles un pie,
+con aquel hierro movido por herc&uacute;lea fuerza. Pero no hab&iacute;a que temer:
+sus brazos mostraban la regularidad de una m&aacute;quina.</p>
+
+<p>Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos.
+Eran los padrinos que les asist&iacute;an en la lucha. Se inclinaban y
+levantaban al mismo tiempo que ellos, dobl&aacute;ndose al comp&aacute;s de los
+movimientos del perforador, sirviendo de p&eacute;ndulo que regulaba el vaiv&eacute;n
+del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compa&ntilde;ero con sus gritos:
+rug&iacute;an <i>&iexcl;haup! &iexcl;haup!</i> al doblarse por la cintura, se&ntilde;alando cada golpe
+con esta exclamaci&oacute;n. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con
+los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban m&aacute;s a&uacute;n
+que el barrenador.</p>
+
+<p>Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza.
+Dieron la se&ntilde;al los directores de la apuesta y en la plaza estall&oacute; una
+aclamaci&oacute;n semejante &aacute; la que acoge la partida de los caballos en una
+carrera. Despu&eacute;s se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el
+<i>&iexcl;haup! &iexcl;haup!</i> de los acompa&ntilde;antes con una regularidad mec&aacute;nica,
+interrumpidos algunas veces por el <i>&iexcl;brrr!</i> de los barrenadores, que al
+respirar jadeantes, parec&iacute;an escupir su c&oacute;lera sobre la piedra enemiga.</p>
+
+<p>Aresti sinti&oacute; deseos de re&iacute;r, viendo c&oacute;mo se doblaban aquellos monigotes
+humanos que segu&iacute;an con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes,
+fatig&aacute;ndose en un trabajo in&uacute;til, para transmitirles su energ&iacute;a.</p>
+
+<p>Transcurrieron algunos minutos. El <i>Chiquito</i> trabajaba m&aacute;s aprisa que
+su rival. Sub&iacute;a y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la
+ve&iacute;a. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo
+movimiento; sus acompa&ntilde;antes no pod&iacute;an seguirle. Det&uacute;vose un instante y
+cambi&oacute; de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que
+pasaba &aacute; la segunda perforaci&oacute;n, dando por terminado el primer agujero.
+&iexcl;Y su contrincante a&uacute;n estaba en el mismo sitio!...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ol&eacute;, <i>Chiquito</i>!&mdash;gritaron agitando sus manos cargadas de
+pedrer&iacute;a.&mdash;<i>&iexcl;Haup!... &iexcl;haup!</i></p>
+
+<p>Y en discordante coro juntaban sus voces &aacute; las de los dos vizca&iacute;nos que
+serv&iacute;an de auxiliares &aacute; su barrenador.</p>
+
+<p>La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monoton&iacute;a de todos
+los espect&aacute;culos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate,
+entreten&iacute;a el aburrimiento de la espera comparando &aacute; los dos
+contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del
+nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del m&uacute;sculo. El
+hombre-caballo frente al hombre-buey. El <i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i>,
+vehemente en su trabajo, dejaba atr&aacute;s al enemigo con s&oacute;lo el primer
+arranque: el otro segu&iacute;a su marcha sin darse cuenta de lo que le
+rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase &aacute; los que
+mug&iacute;an junto &aacute; su o&iacute;do <i>&iexcl;haup! &iexcl;haup!</i> &Eacute;l era quien reglamentaba los
+movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por
+ellos como lo hac&iacute;a su contrincante.</p>
+
+<p>En cambio, el <i>Chiquito</i> deten&iacute;ase algunas veces, lanzaba en torno una
+mirada satisfecha, se escup&iacute;a en las manos, y agarrando de nuevo el
+perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente a&uacute;n no se hab&iacute;a
+detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando
+la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.</p>
+
+<p>Pas&oacute; una hora sin que ning&uacute;n incidente alterase la marcha de la lucha.
+El guipuzcoano abr&iacute;a sus perforaciones, pasando de una &aacute; otra sin
+levantar la vista. El <i>Chiquito</i> le llevaba a&uacute;n un agujero de ventaja
+como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su
+alegr&iacute;a insultante. &iexcl;A&uacute;n admit&iacute;an apuestas! Ofrec&iacute;an un duro por cada
+peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban
+su asombro cuando ve&iacute;an aceptadas sus proposiciones por las gentes del
+pa&iacute;s. &iexcl;Qu&eacute; zonzos! &iexcl;Y c&oacute;mo iban &aacute; perder el dinero!...</p>
+
+<p>La segunda hora de la lucha se desarroll&oacute; en silencio. La gente parec&iacute;a
+anonadada por la monoton&iacute;a del espect&aacute;culo. La espera interminable
+embotaba los sentidos, dificultando toda emoci&oacute;n. Por esto no hubo
+gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenz&oacute; &aacute;
+iniciarse la ventaja del barrenador lento &eacute; incansable, sobre el
+<i>Chiquito</i> que hac&iacute;a temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.</p>
+
+<p>Aresti present&iacute;a este suceso desde mucho antes. El <i>Chiquito</i> se deten&iacute;a
+&aacute; descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresi&oacute;n de
+triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Hab&iacute;anse sucedido al lado
+de &eacute;l varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el
+relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompa&ntilde;aban ten&iacute;an que
+gritar <i>&iexcl;haup, haup, haup!</i> con m&aacute;s lentitud, esforz&aacute;ndose en vano por
+animarle y enardecerle, tirando de &eacute;l con la palabra como si fuese una
+bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el l&aacute;tigo, sin poder
+salir de su paso.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico sent&iacute;a angustia examinando &aacute; los dos contendientes, con la
+cara p&aacute;lida, sudorosos, las piernas inm&oacute;viles y como petrificadas, el
+busto en incesante vaiv&eacute;n, los brazos hinchados por el esfuerzo; y
+recordaba &aacute; otros que hab&iacute;an ca&iacute;do en aquellas apuestas brutales,
+muertos como por un rayo, heridos en el coraz&oacute;n por el exceso de
+actividad.</p>
+
+<p>Los mineros miraban al barrenador r&uacute;stico, y despu&eacute;s cambiaban entre s&iacute;
+ojeadas de asombro. &iexcl;Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidec&iacute;an
+como si de golpe se alterase su digesti&oacute;n, poni&eacute;ndose de pie dentro de
+su est&oacute;mago, todas las buenas cosas tra&iacute;das de Bilbao y rociadas con
+<i>Cord&oacute;n Rouge</i>. Present&iacute;an la posibilidad de la derrota: parec&iacute;an olerla
+en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus
+enemigos.</p>
+
+<p>Algunos m&aacute;s en&eacute;rgicos se revolv&iacute;an contra la posibilidad del fracaso.
+&iexcl;Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!...
+Renac&iacute;a su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces
+con detalles de ruindad sus alardes de ostentaci&oacute;n. Hab&iacute;an apostado m&aacute;s
+de ochenta mil duros, &iquest;&eacute; iban &aacute; dejarlos entre las u&ntilde;as llenas de tierra
+de aquella gente? &iexcl;Cristo! &iexcl;C&oacute;mo se reir&iacute;an de los mineros!...</p>
+
+<p>Los m&aacute;s furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse &aacute; los
+acompa&ntilde;antes del <i>Chiquito</i>, se colocaban &aacute; ambos lados quit&aacute;ndose las
+chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaiv&eacute;n, &aacute; pesar de su
+corpulencia; mug&iacute;an <i>&iexcl;haup, haup!</i> con toda la fuerza de sus pulmones,
+como si con sus gritos pudieran hacer entrar m&aacute;s adentro la palanca del
+barrenador.</p>
+
+<p>El <i>Chiquito</i> cobraba nuevas fuerzas al ver junto &aacute; &eacute;l &aacute; sus
+protectores, y part&iacute;a en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado
+por nerviosa energ&iacute;a: pero el cansancio de los m&uacute;sculos tornaba &aacute;
+imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran
+cosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Arrea, ladr&oacute;n!&mdash;mug&iacute;an sus ricos padrinos&mdash;&iexcl;Fuerza... porrones! &iexcl;Me
+caso con tu madre!...</p>
+
+<p>Y de este modo iban intercalando en el continuo <i>&iexcl;haup, haup!</i> toda
+clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que
+hac&iacute;an encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para
+caer de nuevo en el desaliento.</p>
+
+<p>Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El <i>Chiquito</i> estaba en
+la mitad de un agujero y a&uacute;n le faltaba abrir otro. Su contendiente
+hab&iacute;a comenzado el &uacute;ltimo sin apresurarse y sin descansar, lanzando en
+torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con
+el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.</p>
+
+<p>Los mineros ansiaban una cat&aacute;strofe, un temblor del suelo, algo que les
+permitiese huir de all&iacute;, sin encontrarse con los ojos de aquellas
+gentes. El silencio con que acog&iacute;an su victoria molest&aacute;bales m&aacute;s a&uacute;n que
+los gritos ir&oacute;nicos de algunos forasteros, que parodiaban la
+fanfarroner&iacute;a de los bilba&iacute;nos, ofreciendo un duro por un real, en favor
+del guipuzcoano.</p>
+
+<p>Termin&oacute; la lucha sin la explosi&oacute;n de entusiasmo que esperaba Aresti. El
+gent&iacute;o se abalanz&oacute; sobre el vencedor que miraba en torno de &eacute;l con ojos
+de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna
+pr&oacute;xima.</p>
+
+<p>Busc&oacute; el doctor &aacute; sus compa&ntilde;eros y no vi&oacute; &aacute; ninguno. Hab&iacute;an desaparecido
+como evaporados por la derrota. Fu&eacute;se en busca de ellos y encontr&oacute; &aacute;
+muchos en la puerta del casino subiendo &aacute; los coches, con el deseo de
+huir de all&iacute; cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En
+el desorden de la fuga parec&iacute;an marchar &aacute; tientas, sin fijarse en &eacute;l.</p>
+
+<p>Dentro del casino encontr&oacute; al <i>Chiquito</i> tendido en una banqueta,
+envuelto en una manta, sudoroso y p&aacute;lido, con el aspecto de un ni&ntilde;o
+pose&iacute;do de terror. Frente &aacute; &eacute;l, a&uacute;n lanzaban sus &uacute;ltimas maldiciones
+algunos de las minas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; dice usted de esto, doctor?&mdash;preguntaron &aacute; Aresti con
+desesperaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Y el m&eacute;dico sonri&oacute;, levantando los hombros. Era de esperar: hab&iacute;an
+civilizado demasiado &aacute; su &iacute;dolo: lo hab&iacute;an hecho conocer el champagne,
+le hab&iacute;an arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro
+de su clase, reci&eacute;n salido de la cantera, forzosamente hab&iacute;a de ser el
+vencido.</p>
+
+<p>Todos ellos sent&iacute;an la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena
+gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la
+banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le hab&iacute;an
+atiborrado &aacute; todas horas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Oyes, ladr&oacute;n, lo que dice el doctor? Tu afici&oacute;n al champagne.
+Estar&iacute;as borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil
+duros, &iquest;te enteras, sinverg&uuml;enza? M&aacute;s de ochenta mil duros hemos perdido
+por tu culpa.... Por all&aacute; no vuelvas: te mataremos &aacute; patadas si apareces
+en las minas.</p>
+
+<p>Cada cual se alejaba, despu&eacute;s de desahogar su c&oacute;lera, con la
+precipitaci&oacute;n loca de la fuga, sin preocuparse de los compa&ntilde;eros, sin
+acordarse de invitar al doctor, con el ego&iacute;smo de la derrota que borra
+toda amistad.</p>
+
+<p>El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompi&oacute; &aacute; llorar.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Don Luis! &iexcl;Don Luis!...</p>
+
+<p>Y su voz ten&iacute;a el mismo acento de s&uacute;plica infantil que los lamentos de
+los mineros cuando ve&iacute;an aproximarse el doctor &aacute; las camas del
+hospital.</p>
+
+<p>Todo lo hab&iacute;a perdido en un instante. &iexcl;Adi&oacute;s comilonas y agasajos, el
+trato con los ricos, todo lo que le hac&iacute;a ser mirado con envidia por sus
+antiguos compa&ntilde;eros cuando se dignaba subir &aacute; las canteras acompa&ntilde;ando &aacute;
+los contratistas! Era un h&eacute;roe, un &iacute;dolo y volv&iacute;a de pronto &aacute; ser un
+trabajador.... Menos a&uacute;n, pues no encontrar&iacute;a un puesto en las minas. Si
+volv&iacute;a all&aacute; ser&iacute;an capaces de matarlo: le aterraban como un
+remordimiento las grandes cantidades que hab&iacute;a hecho perder &aacute; los
+se&ntilde;ores.</p>
+
+<p>&mdash;Me ir&eacute;&mdash;gem&iacute;a.&mdash;&iexcl;C&oacute;mo se burlar&aacute;n ahora de m&iacute;!... Me embarcar&eacute; en el
+primer barco que salga para Am&eacute;rica.</p>
+
+<p>Un grupo de gente del pueblo le interrumpi&oacute;. Ven&iacute;an para llevarse al
+<i>Chiquito</i>: quer&iacute;an agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No
+deb&iacute;a entristecerse: ya hab&iacute;an visto todos que era un gran barrenador.
+Otra vez ganar&iacute;a &eacute;l. Adem&aacute;s, la cuesti&oacute;n hab&iacute;a sido con aquellos se&ntilde;ores
+tan fanfarrones: &eacute;l no era m&aacute;s que un <i>mandado</i>. Su contrincante le
+esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.</p>
+
+<p>Y se lo llevaron, rode&aacute;ndolo respetuosamente, como un testimonio de su
+gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.</p>
+
+<p>Aresti volvi&oacute; &aacute; la plaza. Comenzaba &aacute; obscurecer; la gente se hab&iacute;a
+esparcido por las calles inmediatas, agolp&aacute;ndose &aacute; las puertas de las
+tabernas. Los <i>versolaris</i>, cada vez m&aacute;s ebrios, espoleados por el gran
+suceso, improvisaban &aacute; rienda suelta, cantando el triunfo de los de la
+tierra, con alusiones &aacute; los ricos de las minas, que provocaban el
+regocijo de los aldeanos.</p>
+
+<p>Iban alej&aacute;ndose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos
+de campesinos beb&iacute;an el &uacute;ltimo trago con los del pueblo, antes de
+emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa
+lucha durante la velada en la caser&iacute;a.</p>
+
+<p>En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se
+hab&iacute;a reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un
+<i>aurresku</i>, la gran danza vasca que ten&iacute;a algo de rito primitivo. Un
+&aacute;gil bailar&iacute;n que era el conductor del <i>aurresku</i> lo iniciaba con el
+paso solemne de la invitaci&oacute;n. Echaba la boina en tierra, y despu&eacute;s de
+pedir la venia al alcalde que presid&iacute;a el acto, se dirig&iacute;a con una serie
+de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, &aacute; invitar
+en el corro &aacute; la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No hab&iacute;a
+ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posici&oacute;n
+social, se negase &aacute; este honor. Aresti hab&iacute;a visto &aacute; se&ntilde;oras de la
+rancia nobleza admitiendo el <i>aurresku</i> con campesinos y marineros. Era
+una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer
+apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos.
+Ella no hac&iacute;a m&aacute;s que completar el cuadro, mientras &eacute;l, al son de las
+interminables escalas del pito, parec&iacute;a hablar con los pies, con la
+m&iacute;mica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y
+alardes inauditos de agilidad gimn&aacute;stica, que recordaban &aacute; Aresti las
+danzas de ciertas tribus vistas por &eacute;l en el Jard&iacute;n de Aclimataci&oacute;n de
+Par&iacute;s.</p>
+
+<p>El p&uacute;blico elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero
+hablaba &aacute; sus amigos en vascuence &aacute; espaldas del doctor. Aquel
+<i>aurresku</i> no le llamaba la atenci&oacute;n; &eacute;l los hab&iacute;a visto danzados por
+reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto <i>aurresku</i>
+bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado
+para nadie, por ser la danza vascongada la m&aacute;s honesta del mundo.</p>
+
+<p>Aresti, al cerrar la noche, busc&oacute; refugio en un fond&iacute;n que serv&iacute;a de
+alojamiento &aacute; muchos que iban al santuario de Loyola. &Eacute;l sent&iacute;a tambi&eacute;n
+el deseo de visitar en la ma&ntilde;ana siguiente aquel convento, como una
+curiosidad que le resarcir&iacute;a de su viaje. Despu&eacute;s estaba seguro de
+encontrar en el tren de Bilbao &aacute; muchos de sus compa&ntilde;eros que habr&iacute;an
+ido &aacute; pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del
+lugar de la derrota.</p>
+
+<p>El doctor pas&oacute; la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas
+de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospeder&iacute;a
+era como una antesala del convento.</p>
+
+<p>A las seis de la ma&ntilde;ana sali&oacute; del pueblo, siguiendo el camino recto que
+atravesaba con geom&eacute;trica rigidez el valle de Loyola. Hab&iacute;a ca&iacute;do
+durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y
+limpiando de polvo los caminos. Las altas monta&ntilde;as estaban encaperuzadas
+de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasgu&ntilde;os del
+vapor, la nota blanca de los caser&iacute;os y las manchas cobrizas de los
+robledales. Los reba&ntilde;os se esparc&iacute;an por las faldas marc&aacute;ndose sobre el
+verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos
+vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.</p>
+
+<p>Aresti lleg&oacute; al monasterio &aacute; las siete. Su aspecto monumental y
+aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio
+de los campos. Los gorriones persegu&iacute;anse en la doble escalinata de la
+iglesia, y revolando de cipr&eacute;s en cipr&eacute;s, iban &aacute; posarse sobre la
+estatua de m&aacute;rmol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da
+acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos
+t&uacute;neles de hojarasca, ofrec&iacute;an su fresca sombra de tonos verdosos.</p>
+
+<p>El doctor contempl&oacute; con cierta admiraci&oacute;n el edificio enorme y
+aplastante. No pod&iacute;a neg&aacute;rsele car&aacute;cter propio. Los jesu&iacute;tas ten&iacute;an un
+arte suyo; el de la ostentaci&oacute;n y la carencia de gusto. No hab&iacute;a obra
+arquitect&oacute;nica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si
+quisieran ser conocidos de lejos.</p>
+
+<p>La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda
+de piedra. Las columnas sosten&iacute;an un front&oacute;n adornado con un escudo de
+armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pin&aacute;culos
+rematados por esferas. Detr&aacute;s escalaba el espacio la c&uacute;pula del templo,
+de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pin&aacute;culos y bolas,
+lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.</p>
+
+<p>A ambos lados de la iglesia, extend&iacute;anse las dos alas del monasterio, de
+rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificaci&oacute;n,
+enormes, sin ning&uacute;n signo religioso. El monasterio, desprovisto de la
+c&uacute;pula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.</p>
+
+<p>A un lado extend&iacute;a su corriente el r&iacute;o Urola, pasando bajo un puente
+met&aacute;lico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto
+lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban &aacute; hacer
+ejercicios espirituales y no pod&iacute;an pernoctar en el monasterio.</p>
+
+<p>Aresti entr&oacute; en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de
+m&aacute;rmoles de vivos colores.&iexcl;Ah, el templo risue&ntilde;o y bonito! Los altares
+eran hermosos, como los platos montados de un banquete. M&aacute;rmoles de
+color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de
+fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sent&iacute;ase el deseo
+de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba &aacute; los ojos una
+sensaci&oacute;n de dulzura. Las im&aacute;genes eran sonrientes, charoladas y
+bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confiter&iacute;a. Los
+segmentos de la c&uacute;pula estaban ocupados por grandes escudos de las
+naciones donde la Orden ignaciana hab&iacute;a adquirido m&aacute;s arraigo; las
+<i>provincias</i> de la Compa&ntilde;&iacute;a, como ella las llamaba en su ensue&ntilde;o de
+dominaci&oacute;n universal.</p>
+
+<p>El doctor abandon&oacute; la iglesia despu&eacute;s de haber distra&iacute;do con su
+presencia &aacute; algunas se&ntilde;oras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas
+ante el altar mayor. Deb&iacute;an ser hu&eacute;spedas del hotel, devotas de
+distinci&oacute;n, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa
+del santo.</p>
+
+<p>En el atrio, un mendigo se le aproxim&oacute;, con esa solicitud de todos los
+par&aacute;sitos que viven &aacute; la sombra de un monumento frecuentado por
+viajeros. De una barraca, situada junto &aacute; la escalinata, en la que se
+vend&iacute;an fotograf&iacute;as y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas
+para ofrecerse igualmente. &iquest;El se&ntilde;or deseaba ver la casa de San
+Ignacio?...</p>
+
+<p>Se indign&oacute; el mendigo ante esta concurrencia. &iexcl;Largo de all&iacute;! &iquest;No ten&iacute;an
+bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y &eacute;l fu&eacute;
+quien gui&oacute; al m&eacute;dico, por un ancho corredor que conduc&iacute;a &aacute; un patio
+descubierto. All&iacute; estaba la porter&iacute;a. Tir&oacute; de una cadena, son&oacute; una
+campana oculta, se abri&oacute; un ventanillio, y el mendigo, despu&eacute;s de hablar
+por &eacute;l, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas
+cuantas piezas de cobre.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora mismo saldr&aacute; el hermano.</p>
+
+<p>Pas&oacute; el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el
+agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la
+antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, hab&iacute;a abarcado
+en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dej&aacute;ndolo
+dentro de su recinto, pegado &aacute; la nueva edificaci&oacute;n.</p>
+
+<p>La peque&ntilde;a casa, que a&uacute;n parec&iacute;a m&aacute;s mezquina al ser tragada por el
+monasterio, resultaba lo m&aacute;s hermoso de toda aquella balumba de
+alba&ntilde;iler&iacute;a pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba
+el per&iacute;odo de transici&oacute;n del siglo XV: la diversidad de gustos
+superpuestos de aquella Espa&ntilde;a cat&oacute;lica que a&uacute;n ten&iacute;a moros en su
+territorio. El cuerpo inferior, el m&aacute;s grande y fuerte, era de grandes
+bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y &eacute;stas peque&ntilde;as y
+profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir &aacute; cubierto de
+sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con
+ladrillos rojos, marc&aacute;ndose sus dos pisos con dos fajas de dibujo &aacute;rabe,
+y en los cuatro &aacute;ngulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes,
+que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la
+sombr&iacute;a alarma, el perpetuo miedo &aacute; los bandos que desgarraban el pa&iacute;s
+vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia,
+copiada de los &aacute;rabes; la alegr&iacute;a en la construcci&oacute;n, de un pueblo
+artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para so&ntilde;ar en
+ellas &aacute; la ca&iacute;da de la tarde, despu&eacute;s de haber le&iacute;do un libro de
+caballer&iacute;as.</p>
+
+<p>Aresti crey&oacute; encontrar en este edificio algo de la dualidad de car&aacute;cter
+del caballero &Iacute;&ntilde;igo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al
+cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva,
+el alegre coronamiento, el castillete morisco se hab&iacute;a convertido en
+humo, se hab&iacute;a derrumbado, quedando &uacute;nicamente en pie la base p&eacute;trea,
+sombr&iacute;a, con su tono l&uacute;gubre de c&aacute;rcel y fortaleza al mismo tiempo.</p>
+
+<p>Se abri&oacute; la porter&iacute;a y sali&oacute; el hermano.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Santos y buenos d&iacute;as!&mdash;dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al
+mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una r&aacute;pida mirada
+al visitante.</p>
+
+<p>Era un joven que llamaba la atenci&oacute;n por la delgadez del cuello que
+hac&iacute;a m&aacute;s enorme su cr&aacute;neo, y por la forma de sus orejas abiertas como
+abanicos, como si quisieran despegarse. Detr&aacute;s de ellas la piel florec&iacute;a
+con un sinn&uacute;mero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras
+rezumando, con una frescura que atra&iacute;a &aacute; las moscas.</p>
+
+<p>Era el hermano encargado de ense&ntilde;ar la casa del santo. Por debajo de las
+sotanas asomaban unas zapatillas de pa&ntilde;o, con las que andaba sin el
+menor ruido: un calzado de espionaje que le permit&iacute;a, como &aacute; los dem&aacute;s
+servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin
+turbar el aislamiento de los Padres.</p>
+
+<p>Atraves&oacute; el patio hablando &aacute; Aresti de las suelas de su calzado, que
+eran de pa&ntilde;o y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificaci&oacute;n
+m&aacute;s. &iexcl;Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido
+interiormente en capilla. All&iacute; hac&iacute;an las se&ntilde;oras sus ejercicios no
+pudiendo entrar en el monasterio.</p>
+
+<p>Subieron la escalera, adornada con im&aacute;genes en cada rellano, y entraron
+en la antigua c&aacute;mara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la
+atenci&oacute;n del visitante era la escasa elevaci&oacute;n del techo. Pod&iacute;a tocarse
+con la mano, parec&iacute;a que iba &aacute; aplastar con la pesadez de su grueso
+artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos
+encuadramientos.</p>
+
+<p>El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las
+telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas:
+testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas &aacute; la
+Compa&ntilde;&iacute;a. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detr&aacute;s de un
+vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras
+de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta le&iacute;a un libro, vestido
+con greg&uuml;escos y capotillo de vueltas de velludo como un gal&aacute;n del
+teatro cl&aacute;sico. Una bater&iacute;a oculta de luces el&eacute;ctricas iluminaba esta
+exhibici&oacute;n de feria.</p>
+
+<p>El hermano no pod&iacute;a ocultar su admiraci&oacute;n cada vez que explicaba el
+significado de esta parte del altar, no obstante los a&ntilde;os que llevaba
+ense&ntilde;&aacute;ndola &aacute; los forasteros. Aquella figura de cera era de don &Iacute;&ntilde;igo
+de Loyola, cuando a&uacute;n no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la
+Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo
+en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fu&eacute; el
+punto de partida de su conversi&oacute;n.</p>
+
+<p>Con voz de <i>cicerone</i> convencido, el hermano explicaba &aacute; Aresti la
+historia del santo.</p>
+
+<p>&mdash;Dios le llam&oacute; &aacute; su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvid&oacute; de
+todo, &aacute; pesar de que era un caballero muy gal&aacute;n y mundano. Porque nuestro
+santo padre San Ignacio era militar, &iquest;sabe usted?... militar.</p>
+
+<p>Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiraci&oacute;n y respeto.
+El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia,
+los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden hab&iacute;a
+sido soldado, sonre&iacute;a con cierta malicia, como si pensase en los
+devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales
+alguna habr&iacute;a tocado al santo, cuando a&uacute;n no pensaba en serlo. Le
+llenaba de orgullo la nobleza y el car&aacute;cter caballeresco de la juventud
+del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no ten&iacute;an entre sus
+iniciadores m&aacute;s que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las
+&uacute;ltimas capas sociales.</p>
+
+<p>Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera,
+tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombr&iacute;o, en el vasco de
+car&aacute;cter complicado, que llen&oacute; el mundo con su nombre, siendo cada
+per&iacute;odo de su vida una contradicci&oacute;n violenta. Primero, el soldado
+presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer
+bello, y perder la rudeza propia de su pa&iacute;s. Despu&eacute;s, al convencerse de
+que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la
+raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces
+le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo
+tiempo, se convierte en mat&oacute;n de la Virgen, queriendo dar de pu&ntilde;aladas &aacute;
+un morisco que blasfema de ella, y poco despu&eacute;s se deja apedrear por los
+chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas
+extravagancias, remedo de las de San Francisco de As&iacute;s. Pero la dulzura
+po&eacute;tica del solitario de la Umbr&iacute;a, su santidad so&ntilde;adora, no cabe en el
+car&aacute;cter positivo y pr&aacute;ctico de un vasco. Ya que se dedica &aacute; Dios, ha de
+ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe
+servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea
+renacen en &eacute;l. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana
+necesita un fuerte auxilio, y lleva &aacute; la religi&oacute;n la disciplina del
+campamento, fundando, no una Orden, sino una Compa&ntilde;&iacute;a, organizando un
+ej&eacute;rcito negro que ofrece &aacute; los Papas, formando los soldados en el molde
+de su f&eacute;rrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio,
+con la rigidez de los aut&oacute;matas, con esa insensibilidad que hace
+invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte
+de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquiller&iacute;a, toma aires de
+vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre
+los pr&iacute;ncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y
+muere satisfecho de su poder y de haber salvado moment&aacute;neamente al
+catolicismo conserv&aacute;ndole los pueblos latinos.</p>
+
+<p>Aresti admiraba &aacute; &Iacute;&ntilde;igo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza,
+incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando
+instintivamente el poder y la riqueza de la santidad asc&eacute;tica, por la
+que hab&iacute;an pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la
+penitencia, comidos de par&aacute;sitos, sin otra fortuna que la soga ce&ntilde;ida &aacute;
+los ri&ntilde;ones.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a sido un admirable comerciante de la religi&oacute;n: un talento pr&aacute;ctico
+surgido &aacute; tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra,
+ordenando sus negocios, d&aacute;ndoles nuevo rumbo y fundando su Compa&ntilde;&iacute;a,
+aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban
+por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas,
+para la mayor gloria de su Dios.</p>
+
+<p>El hermano sac&oacute; al m&eacute;dico de su ensimismamiento, ense&ntilde;&aacute;ndole la parte
+superior del altar. En un relicario de oro estaba el coraz&oacute;n del santo.
+Era lo &uacute;nico que all&iacute; conservaban del fundador. El cuerpo, como sab&iacute;a
+todo el mundo, estaba depositado en el <i>Jesu</i> de Roma.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;: lo conozco. Lo he visto&mdash;dijo Aresti.</p>
+
+<p>Sin saber por qu&eacute;, sinti&oacute; la necesidad de deslumbrar con un embuste al
+simple lego, el cual parec&iacute;a convencido de que la humanidad entera se
+interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase
+d&oacute;nde estaba el cuerpo de San Ignacio.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah! &iexcl;El se&ntilde;or ha estado en Roma!&mdash;exclam&oacute; el hermano mir&aacute;ndolo con
+cierta admiraci&oacute;n, como si de repente creciese ante sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le
+admirase aquel pobre hombre.&mdash;Estuve cuando la &uacute;ltima peregrinaci&oacute;n.</p>
+
+<p>El hermano modific&oacute; sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para &eacute;l uno
+de tantos viajeros de los que llegaban atra&iacute;dos por la curiosidad;
+muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de pa&iacute;ses que
+despreciaban &aacute; la Compa&ntilde;&iacute;a. Era uno de la familia, casi pod&iacute;a
+considerarse como de la casa; y el hermano mostr&oacute; empe&ntilde;o en ense&ntilde;&aacute;rselo
+todo minuciosamente, desbord&aacute;ndose en palabras, con la locuacidad del
+que pasa mucho tiempo condenado al silencio.</p>
+
+<p>Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclin&aacute;ndose para ceder
+el paso &aacute; aquel se&ntilde;or tan simp&aacute;tico. Era una peque&ntilde;a habitaci&oacute;n, sin
+otro adorno que un retablo.</p>
+
+<p>&mdash;Aqu&iacute; estaba enfermo nuestro santo fundador,&mdash;dijo con voz meliflua&mdash;y
+aqu&iacute; fu&eacute; su conversi&oacute;n. Pidi&oacute; &aacute; la familia un libro de caballer&iacute;as para
+entretenerse, pero como Dios ten&iacute;a puestos sus ojos en &eacute;l, hizo que
+nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa.
+Entonces ley&oacute; una historia de la Virgen &eacute; inmediatamente sinti&oacute;se tocado
+por la gracia y decidi&oacute; dedicarse &aacute; la vida santa, renunciando al mundo.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, el lego busc&oacute; en la pared, se&ntilde;alando una grieta que la cruzaba.</p>
+
+<p>&mdash;Mire usted esto, caballero. Por fuera a&uacute;n se ve mejor; llega hasta el
+suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo.
+En el mismo momento que el santo decidi&oacute; dedicarse &aacute; Dios, tembl&oacute; el
+suelo y se estremeci&oacute; toda la casa, quedando esta abertura como
+recuerdo. Era el demonio que acog&iacute;a de este modo la resoluci&oacute;n del
+santo.</p>
+
+<p>&mdash;Ser&iacute;a de rabia&mdash;dijo Aresti con gravedad imperturbable.</p>
+
+<p>&mdash;De rabia y de miedo&mdash;contest&oacute; el hermano con modestia.&mdash;Tal vez el
+maligno tembl&oacute;, adivinando que el santo iba &aacute; fundar nuestra Orden.</p>
+
+<p>Pasaron &aacute; otra habitaci&oacute;n en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez
+que el lego ve&iacute;ase ante el altar, ca&iacute;a de rodillas, causando la
+admiraci&oacute;n del m&eacute;dico, por el gesto con que rezaba su corta oraci&oacute;n. El
+cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el
+cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que
+quisiera tocar el cielo.</p>
+
+<p>&mdash;En esta habitaci&oacute;n&mdash;dijo el lego&mdash;naci&oacute; nuestro santo fundador. Aqu&iacute;
+tuvo tambi&eacute;n el hermano Garrido su revelaci&oacute;n portentosa. Usted habr&aacute;
+o&iacute;do hablar de ella....</p>
+
+<p>Pero viendo que el se&ntilde;or permanec&iacute;a impasible, dijo con cierta
+impaciencia:</p>
+
+<p>&mdash;Pero usted s&iacute; que sabr&aacute; qui&eacute;n era el hermano Garrido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! mucho&mdash;dijo Aresti, que o&iacute;a por primera vez este nombre.</p>
+
+<p>&mdash;Ya esperaba yo&mdash;continu&oacute; el lego&mdash;que un se&ntilde;or como usted conocer&iacute;a al
+hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el
+tiempo preciso.</p>
+
+<p>Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad
+universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus
+glorias. En aquel mismo cuarto, estando en &eacute;xtasis el hermano Garrido,
+se le hab&iacute;a presentado la Virgen anunci&aacute;ndole con veintid&oacute;s meses de
+anticipaci&oacute;n, el asalto de los conventos y la degollaci&oacute;n de los
+frailes, en los primeros a&ntilde;os del reinado de Isabel II.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces&mdash;dijo Aresti&mdash;los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a, avisados con tiempo
+no ser&iacute;an v&iacute;ctimas de las turbas.</p>
+
+<p>&mdash;A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid&mdash;contest&oacute; el
+lego.&mdash;El hermano Garrido era modesto, y se call&oacute; la revelaci&oacute;n, no
+haci&eacute;ndola p&uacute;blica hasta despu&eacute;s que lleg&oacute; aqu&iacute; la noticia de los
+asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto ser&aacute; alg&uacute;n
+d&iacute;a un santo m&aacute;s de nuestra Orden.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a terminado la visita &aacute; la casa de San Ignacio. De un momento &aacute; otro
+llegar&iacute;an las se&ntilde;oras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el
+hermano sent&iacute;a cierta pena por separarse tan pronto de aquel se&ntilde;or
+devoto que le escuchaba sin pesta&ntilde;ear como si le admirase.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted ver el monasterio?&mdash;le pregunt&oacute;.</p>
+
+<p>Esta invitaci&oacute;n no la hac&iacute;a &aacute; todos los visitantes: pero con &eacute;l era
+distinto; &eacute;l hab&iacute;a ido &aacute; Roma en peregrinaci&oacute;n y hab&iacute;a visto el cuerpo
+de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galer&iacute;a
+cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas
+del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos j&oacute;venes
+que trabajaban de carpinteros y alba&ntilde;iles; mocetones de la monta&ntilde;a que
+deseaban emanciparse del terru&ntilde;o, prestando sus brazos &aacute; la Compa&ntilde;&iacute;a
+para el trabajo reposado y lento de las casas de religi&oacute;n; libres ya de
+la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvaci&oacute;n
+eterna, s&oacute;lo con obedecer ciegamente &aacute; los superiores.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted subir &aacute; la biblioteca?&mdash;pregunt&oacute; el hermano.&mdash;Tiene poco
+que ver: todo en ella es antiguo.</p>
+
+<p>&mdash;Lo antiguo era lo mejor&mdash;dijo Aresti con gravedad.</p>
+
+<p>&mdash;Usted est&aacute; en lo cierto. &iexcl;Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente
+como usted! No como la gente de ahora que s&oacute;lo lee novelas y libros
+malos contra la religi&oacute;n.</p>
+
+<p>La biblioteca estaba en el &uacute;ltimo piso; una gran sala, por cuyas
+ventanas entraba &aacute; raudales la luz del sol, vi&eacute;ndose desde ellas los
+montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de
+la estanter&iacute;a conten&iacute;an diversas ediciones de cl&aacute;sicos griegos y
+latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores
+teol&oacute;gicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en
+favor y defensa de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s. Aresti le&iacute;a con curiosidad los
+nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y &aacute; los cuales
+atribu&iacute;a el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en
+aquella biblioteca: ol&iacute;a &aacute; sepultura.</p>
+
+<p>Descendieron &aacute; los claustros. El m&eacute;dico tem&iacute;a encontrarse con alg&uacute;n
+Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero &aacute; aquella hora
+los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros &uacute;nicamente
+pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, desliz&aacute;ndose sin
+ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio
+varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de
+m&aacute;rmol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.</p>
+
+<p>Aresti, solicitado por el lego, entr&oacute; en una celda de las que serv&iacute;an de
+alojamiento &aacute; los seglares durante los diez d&iacute;as que duraban los
+ejercicios.</p>
+
+<p>&mdash;Pobrecito&mdash;dec&iacute;a el hermano ense&ntilde;&aacute;ndola,&mdash;pero decentito y limpio.
+Aqu&iacute; vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta
+ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras
+curiosean su alma.</p>
+
+<p>El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones.
+Junto &aacute; la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro
+se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.</p>
+
+<p>Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor
+art&iacute;stico, pero de cierto inter&eacute;s hist&oacute;rico. Eran los Padres m&aacute;s famosos
+de la Compa&ntilde;&iacute;a por las aventuras y peligros de su existencia; los
+propagandistas del jesuitismo que se hab&iacute;an esparcido por la tierra en
+la primera expansi&oacute;n de la Orden reci&eacute;n fundada, ocultando su car&aacute;cter y
+sus fines, amold&aacute;ndose &aacute; los gustos y costumbres de los pa&iacute;ses donde se
+establecieron. Los hab&iacute;a con grandes barbas, recios capotes, altas botas
+y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por
+el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en pa&iacute;ses de hielo.
+Otros vest&iacute;an la bota floreada de la aristocracia china: hab&iacute;an sido
+mandarines, llegando &aacute; aconsejar &aacute; individuos de la dinast&iacute;a Celeste. Y
+adem&aacute;s de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras,
+figuraban los m&aacute;rtires, los que hab&iacute;an perecido bajo las flechas de los
+t&aacute;rtaros &oacute; los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes
+imperios catal&eacute;pticos &eacute; insensibles, hab&iacute;a tentado &aacute; aquellos
+propagandistas de la autoridad y de la vida autom&aacute;tica y sumisa.</p>
+
+<p>Aresti vi&oacute; todo el resto del monasterio: el refectorio, con su p&uacute;lpito
+para la lectura; la capilla, en la que hac&iacute;an los hombres sus ejercicios
+espirituales, colocando los Padres &aacute; la puerta una bandeja para que los
+j&oacute;venes depositasen en un papel cerrado sus peticiones &aacute; la Virgen; la
+cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos
+s&oacute;lidos que correspond&iacute;an &aacute; los individuos en cada comida: el sal&oacute;n
+acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo
+&uacute;nico, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba
+prohibido, era mal visto por los superiores.</p>
+
+<p>&mdash;Queda la huerta. &iquest;Quiere usted verla?&mdash;dijo el hermano con el deseo de
+prolongar algunos minutos m&aacute;s el trato con aquel se&ntilde;or que le escuchaba
+con tanta atenci&oacute;n.</p>
+
+<p>Salieron &aacute; una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo
+hab&iacute;a una peque&ntilde;a granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el
+hermano con tierna admiraci&oacute;n. Los p&aacute;jaros turbaban el silencio
+mon&aacute;stico de aquellos campos, revoloteando en torno de los &aacute;rboles
+frutales.</p>
+
+<p>Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que segu&iacute;an
+ellos. Era la &uacute;nica persona que paseaba por la huerta.</p>
+
+<p>Aresti lo vi&oacute; de espaldas y aceler&oacute; el paso como s&iacute; le acometiese de
+pronto una duda y quisiera salir de ella.</p>
+
+<p>&mdash;Es un se&ntilde;or muy rico, &iexcl;muy rico!&mdash;dijo el hermano, adivinando su
+curiosidad.&mdash;Est&aacute; haciendo los ejercicios seis d&iacute;as. Creo que es de
+Bilbao y que le llaman...</p>
+
+<p>Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvi&oacute; oyendo
+el ruido de los pasos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pepe!...&mdash;grit&oacute; el doctor.</p>
+
+<p>La sorpresa no le permiti&oacute; decir m&aacute;s al reconocer &aacute; S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Luis!... &iexcl;Primo!...&mdash;exclam&oacute; &eacute;ste no menos sorprendido.</p>
+
+<p>Pero, pasada la primera impresi&oacute;n, hizo un movimiento de molestia
+semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.</p>
+
+<p>El hermano, &aacute; impulsos de su meliflua cortes&iacute;a, sigui&oacute; andando para
+detenerse &aacute; alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo
+respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los
+Padres, permiti&eacute;ndole fumar en su cuarto y bajar &aacute; la huerta &aacute; todas
+horas, con otros privilegios no menos importantes que s&oacute;lo se conced&iacute;an
+&aacute; muy contadas personas. El visitante que &eacute;l acompa&ntilde;aba tambi&eacute;n adquir&iacute;a
+una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente
+con el personaje.</p>
+
+<p>Los dos hombres quedaron mir&aacute;ndose en silencio largo rato.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;T&uacute; aqu&iacute;?...</p>
+
+<p>Y Aresti encerraba en esta exclamaci&oacute;n toda la fuerza de su asombro.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta sonri&oacute; de un modo que su primo no hab&iacute;a visto nunca en
+&eacute;l. Era una expresi&oacute;n de resignada modestia, de decaimiento de la
+voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de
+extraordinario desde la &uacute;ltima vez que se hab&iacute;an visto.</p>
+
+<p>Cristina y la ni&ntilde;a le acompa&ntilde;aban en los ejercicios. Muchas familias de
+lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las se&ntilde;oras en el
+hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba all&iacute; seis
+d&iacute;as y le faltaban cuatro.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y est&aacute;s bien? &iquest;Te gusta esta vida?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;contest&oacute; el millonario con sencillez.&mdash;Me sienta perfectamente: no
+tienes m&aacute;s que mirarme.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta parec&iacute;a repuesto de su crisis. Nada quedaba en &eacute;l del
+enfermo que hab&iacute;a visto Aresti en su &uacute;ltima visita &aacute; Las Arenas. Su
+mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sangu&iacute;neo de sus
+primeros tiempos de luchador hab&iacute;a vuelto &aacute; animar su rostro.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida
+en aquella casa: todas con arreglo &aacute; la distribuci&oacute;n del tiempo marcada
+por el director de sus ejercicios. Se levantaba &aacute; las cinco y media de
+la ma&ntilde;ana; &aacute; las seis bajaba &aacute; la capilla, leyendo durante media hora
+aquel libro que le acompa&ntilde;aba siempre: despu&eacute;s meditaba una hora, o&iacute;a
+misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez &oacute; paseando por la
+tranquila huerta que los buenos padres pon&iacute;an &aacute; su disposici&oacute;n. Meditaba
+de nuevo hasta mediod&iacute;a en su celda, recibiendo la visita de su
+director, rezaba el V&iacute;a Crucis en los claustros, com&iacute;a &aacute; la una
+descansando de nuevo hasta las cuatro, y &aacute; esta hora bajaba &aacute; la capilla
+para escuchar las pl&aacute;ticas con los otros compa&ntilde;eros de ejercicios. A las
+siete era la estaci&oacute;n al Sant&iacute;simo Sacramento, despu&eacute;s el Rosario, los
+dolores y gozos de San Jos&eacute; y el examen de conciencia de todo lo hecho
+durante el d&iacute;a: &aacute; las nueve la cena y &aacute; las diez se acostaba.</p>
+
+<p>&Eacute;l, que en el mundo pod&iacute;a dar &oacute;rdenes &aacute; miles de seres, gozaba la
+extra&ntilde;a dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era
+superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el
+refectorio, le parec&iacute;an de una voluptuosidad extra&ntilde;a despu&eacute;s de tantos
+a&ntilde;os de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los
+primeros d&iacute;as hab&iacute;an sido duros para &eacute;l, pero ahora paladeaba la dulzura
+de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad,
+empeque&ntilde;eci&eacute;ndose, pensando &aacute; todas horas en la muerte para convencerse
+de la humana insignificancia.</p>
+
+<p>El mundo al que hab&iacute;a de volver le parec&iacute;a lejano, muy lejano. Aquel
+Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus
+agitaciones de lucro, con sus fiebres de ego&iacute;smo, de las que no llegaba
+nada, absolutamente nada, &aacute; aquel tranquilo rinc&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacci&oacute;n que adivino en mi
+mujer y mi hija, me llena de alegr&iacute;a. Tengo la certeza de que al salir
+de aqu&iacute; nos querremos m&aacute;s; que constituiremos una verdadera familia
+cristiana, como dice....</p>
+
+<p>Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba.
+Pero se arrepinti&oacute; de su duda como de un pecado, y a&ntilde;adi&oacute; con energ&iacute;a,
+queriendo imponer su convicci&oacute;n:</p>
+
+<p>&mdash;Los jesu&iacute;tas no son malos como yo cre&iacute;a torpemente. Debes salir de tu
+error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. &iexcl;Ay, si t&uacute; los
+tratases!</p>
+
+<p>Despu&eacute;s habl&oacute; de Urquiola, que les hab&iacute;a acompa&ntilde;ado &aacute; los ejercicios,
+pero hab&iacute;a tenido que salir el d&iacute;a antes para Bilbao, llamado por el
+Padre Paul&iacute;; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones
+cerebrales, y sin ambici&oacute;n, que tanto contrastaba con su existencia de
+Bilbao.</p>
+
+<p>&mdash;Creo, Luis, que si no tuviese &aacute; mi mujer y mi hija, aqu&iacute; me quedar&iacute;a
+para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es:
+penas y maldiciones.</p>
+
+<p>Aresti le escuchaba silencioso, mir&aacute;ndolo fijamente, sin pesta&ntilde;ear, como
+en presencia de un enfermo; de &laquo;un caso interesante&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; es eso que llevas ah&iacute;?&mdash;dijo de pronto, agarrando el libro que
+su primo conservaba cerrado en una mano.</p>
+
+<p>Le bast&oacute; una ojeada para conocer el peque&ntilde;o volumen encuadernado en
+pasta, con una impresi&oacute;n gruesa y vulgar de libro devoto. Era los
+<i>Ejercicios espirituales de San Ignacio</i>, explicados por el Padre
+Claret, el famoso arzobispo de Trajan&oacute;polis, que tanto hab&iacute;a influido
+sobre los &uacute;ltimos a&ntilde;os del reinado de Isabel II.</p>
+
+<p>Aresti conoc&iacute;a el libro. Muchas veces lo hab&iacute;a encontrado sobre su mesa
+cuando viv&iacute;a con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad,
+hablando de las dos banderas: &laquo;la una de Cristo Se&ntilde;or Nuestro, sumo
+capit&aacute;n; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza
+humana.&raquo; San Ignacio y el Padre Claret llegaban &aacute; la elocuencia m&aacute;s
+conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de
+maldici&oacute;n era tan intenso, &laquo;que una sola centella reduc&iacute;a &aacute; polvo una
+piedra de molino; si ca&iacute;a sobre un globo de bronce lo derret&iacute;a al punto,
+como si fuese de cera, y si en un lago reducido &aacute; hielo, lo hac&iacute;a hervir
+en un instante.&raquo; Los condenados sent&iacute;an este fuego en el cerebro, los
+dientes, lengua, garganta, h&iacute;gado, pulm&oacute;n, entra&ntilde;as, vientre, coraz&oacute;n,
+venas, nervios, huesos, m&eacute;dula de &eacute;stos, sangre y hasta en las potencias
+del alma&raquo;, y despu&eacute;s de la horripilante enumeraci&oacute;n, San Ignacio
+preguntaba al alma del pecador con qui&eacute;n deseaba irse, si con Dios &oacute; con
+el Demonio. &iexcl;Ah, m&iacute;sero Luzbel; rid&iacute;culo pazguato que ofrec&iacute;a con torpe
+malicia las cortas felicidades de la tierra &aacute; cambio de una eternidad de
+tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las
+almas despu&eacute;s de los santos ejercicios.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hablaba de &eacute;stos. Los primeros d&iacute;as estaban dedicados &aacute;
+meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Despu&eacute;s se
+meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la
+misericordia de Dios.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero t&uacute; crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan
+vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?</p>
+
+<p>La firme mirada de Aresti turb&oacute; &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me
+callo por no molestar &aacute; mi director. Pero todo esto me causa cierto
+bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve &aacute; la
+tranquilidad de la ni&ntilde;ez. Creo algunas veces que aun me mecen
+susurr&aacute;ndome cuentos al o&iacute;do.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico sonre&iacute;a, y S&aacute;nchez Morueta se apresur&oacute; &aacute; a&ntilde;adir:</p>
+
+<p>&mdash;Pero me siento m&aacute;s feliz, m&aacute;s tranquilo que antes. Adem&aacute;s, en estas
+meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni t&uacute; ni
+nadie pod&eacute;is negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y
+no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ans&iacute;o, y no
+encuentro ante m&iacute; nada que conquistar, la tengo mucho miedo.</p>
+
+<p>Y el terror &aacute; lo desconocido, &aacute; la muerte inevitable, &aacute; la eterna
+sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto
+desesperado.</p>
+
+<p>Aresti recordaba la p&aacute;gina de la Muerte en el libro de San Ignacio, una
+p&aacute;gina de brutal realismo, que hac&iacute;a temblar &aacute; los hombres y llorar de
+horror &aacute; las mujeres. &laquo;Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso
+&eacute; idolatrado, ya muerto: ya est&aacute; sepultado, ya cay&oacute;.... Luego, se le
+acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y
+complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza &aacute; manar;
+tambi&eacute;n se acercan los ratones, taladran sus vestidos &oacute; mortaja; se
+enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan &aacute; comer la
+lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido.
+Mientras tanto, la putrefacci&oacute;n se va aumentando: ya se ve pulular una
+grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de
+la cara y de todo el cuerpo: ya se concluy&oacute; la comida: ya los gusanos
+mueren de hambre, dejando all&iacute; unos huesos negruzcos y descarnados, que
+con el tiempo se calcinar&aacute;n y convertir&aacute;n en polvo. Acu&eacute;rdate, hombre,
+que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues
+eres hombre de humo &oacute; tierra.&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lee esto! &iexcl;lee esto!&mdash;dec&iacute;a el millonario abriendo el libro por
+aquella misma p&aacute;gina que ten&iacute;a se&ntilde;alada, como si fuese su obsesi&oacute;n.&mdash;&iexcl;La
+Muerte!&mdash;murmuraba luego.&mdash;Se habla de ella muchas veces, pero sin
+pensar en lo que realmente es, sin pararse &aacute; mirarla de cerca.... &iexcl;Qu&eacute;
+horrible! Luchar toda la vida para dar gusto &aacute; la carne, para preparar
+el pasto del gusano....</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, en voz baja, dijo al doctor:</p>
+
+<p>&mdash;Debe existir algo despu&eacute;s de la muerte. No s&eacute; ciertamente si ser&aacute; lo
+que aqu&iacute; dicen &oacute; lo que digan en otra parte. &iquest;Pero qu&eacute; pierdo yo con
+creer &aacute; ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y
+bueno es, por si hay algo m&aacute;s all&aacute;, ir preparado &aacute; todo, sin miedo &aacute;
+enga&ntilde;os.</p>
+
+<p>Aresti sonri&oacute; con l&aacute;stima, ante aquel esp&iacute;ritu comercial, que examinaba
+la vida futura con el mismo ego&iacute;smo que si apreciase las probabilidades
+de un negocio.</p>
+
+<p>Ahora s&iacute; que le dec&iacute;a adi&oacute;s para siempre. Su primo estaba bien agarrado,
+por el ego&iacute;smo y el miedo &aacute; la muerte, las dos flaquezas de los felices.</p>
+
+<p>&mdash;Deb&iacute;as quedarte aqu&iacute;, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente
+simp&aacute;tica. &iquest;Qu&eacute; perder&iacute;as con ello? Aunque no creyeses en todo, pod&iacute;as
+callarte y ser feliz. &iquest;Qu&eacute; sacas de tanto estudio? &iquest;Est&aacute;s seguro de que
+todo lo que t&uacute; crees es verdad? &iquest;Y si despu&eacute;s de morir te encontrases
+con la inmensa equivocaci&oacute;n de que hay algo?...</p>
+
+<p>El doctor le estrech&oacute; la mano con frialdad, convencido de que se
+separaban para siempre, de que en adelante se mirar&iacute;an con extra&ntilde;eza,
+como si fuesen otros hombres.</p>
+
+<p>Y Aresti sali&oacute; de la huerta, precedido por el hermano, que ahora
+callaba y parec&iacute;a tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese
+escuchado de lejos parte de la conversaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Antes de salir, a&uacute;n se volvi&oacute; para ver &aacute; su primo, que le segu&iacute;a con los
+ojos y parec&iacute;a decirle:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La Muerte, Luis!... &iexcl;Piensa en la Muerte!</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+
+<p>A las diez de la ma&ntilde;ana lleg&oacute; el doctor Aresti &aacute; Bilbao un domingo del
+mes de Septiembre.</p>
+
+<p>El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas
+y las riberas de la r&iacute;a. Todos mostraban prisa por llegar &aacute; la plaza de
+Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los
+patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los
+cuales ven&iacute;an amenazando con una huelga hac&iacute;a dos meses. La reuni&oacute;n
+popular era el <i>ultim&aacute;tum</i> que lanzaban los trabajadores.</p>
+
+<p>Los primeros trenes de la ma&ntilde;ana hab&iacute;an trasladado &aacute; Bilbao mayores
+cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de
+la villa.</p>
+
+<p>No todos iban al mitin. Descend&iacute;an tambi&eacute;n de los vagones aldeanos con
+gruesos garrotes, escoltando &aacute; los curas de su anteiglesia. Estos grupos
+rurales llegaban para la gran romer&iacute;a que subir&iacute;a por la tarde al
+santuario de Bego&ntilde;a.</p>
+
+<p>El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesu&iacute;tas y
+los bizkaitarras, se encontraban en el mismo d&iacute;a. Un ambiente belicoso,
+que excitaba los nervios, haciendo m&aacute;s duras las palabras y m&aacute;s
+insolentes las miradas, parec&iacute;a pesar sobre la villa.</p>
+
+<p>En el camino hab&iacute;a apreciado Aresti el estado de los esp&iacute;ritus. El vag&oacute;n
+estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban &aacute; la
+romer&iacute;a. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban
+nerviosamente sus <i>cachabas</i>, oyendo las burlas de la gente de las
+f&aacute;bricas.</p>
+
+<p>Callaban porque en aquella v&iacute;a, invadida por la moderna industria, eran
+menos las gentes del campo. &iexcl;Ay, si aquello hubiese sido en la l&iacute;nea de
+Durango, por donde descend&iacute;an los reba&ntilde;os de la fe para la fiesta de la
+tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes &aacute; la cabeza!...</p>
+
+<p>Al bajar del tren el doctor Aresti, oy&oacute; que alguien le llamaba.</p>
+
+<p>Era el capit&aacute;n Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones
+de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto &aacute;
+&eacute;l, husmeaba sus manos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Buscas la bronca, eh?...&mdash;dijo al m&eacute;dico.&mdash;T&uacute; vienes porque te gustan
+estas cosas, y yo me voy por no verlas.</p>
+
+<p>Se marchaba &aacute; cazar <i>chimbos</i> &aacute; cualquier parte: le interesaba huir de
+Bilbao, no ver lo que seguramente ocurrir&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;El aire huele &aacute; p&oacute;lvora, querido <i>Planeta</i>: van &aacute; llover palos. Al
+venir &aacute; la estaci&oacute;n me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la
+que conoc&iacute; durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos
+los que creen que esto marcha mal, se est&aacute;n reuniendo en la plaza de
+Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las
+iglesias y se ense&ntilde;an los rev&oacute;lvers en los rincones de las sacrist&iacute;as.
+El Padre Paul&iacute; predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el
+zascandil de Urquiola anda arengando &aacute; la juventud salida de Deusto,
+para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre
+dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en
+ver estas cosas.</p>
+
+<p>Aresti le escuchaba con inter&eacute;s. Hab&iacute;a hecho el viaje atra&iacute;do por la
+posibilidad de un choque. Deseaba ver c&oacute;mo los obreros de la monta&ntilde;a, y
+los industrialillos de la villa se atrev&iacute;an por primera vez con el
+jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo
+que se deslizaba en sus entra&ntilde;as, despu&eacute;s que lo hab&iacute;a derrotado por dos
+veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubr&iacute;a con la boina
+blanca.</p>
+
+<p>&mdash;En esto llevas raz&oacute;n, Luis&mdash;dijo el capit&aacute;n enardeci&eacute;ndose.&mdash;Si me
+voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba
+al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta
+para huir. &iexcl;Porra! &iquest;De qu&eacute; nos ha servido tanto comer pan de habas y
+carne de caballo &aacute; los que dispar&aacute;bamos el fusil en las trincheras, si
+aquellos &aacute; quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los
+amos? &iexcl;C&oacute;mo est&aacute; hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin
+tropezar con un cura. Los que hace a&ntilde;os bombardearon la villa y hoy
+dar&iacute;an cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como
+se&ntilde;ores. Han bajado en manadas para ver &aacute; la Virgen, con el rev&oacute;lver en
+el bolsillo, y miran &aacute; todos con insolencia, como deseando que llegue
+pronto el momento de matar perros liberales.</p>
+
+<p>El capit&aacute;n mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se
+mezclase en la lucha. Ten&iacute;a miedo &aacute; su entusiasmo: pod&iacute;a sin darse
+cuenta liarse &aacute; golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le
+irritaba.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no soy m&aacute;s que un empleado, Luis: un dependiente de S&aacute;nchez
+Morueta. &iexcl;Y fig&uacute;rate lo que har&iacute;a do&ntilde;a Cristina si me viese mezclado en
+el jaleo; lo que dir&iacute;a el mismo Pepe, que tan cambiado est&aacute;!... Bastante
+hago con defenderme y quedar &aacute; un lado, pues por su gusto ir&iacute;a esta
+tarde camino de Bego&ntilde;a.</p>
+
+<p>El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el m&eacute;dico y el marino
+hablasen de la gran transformaci&oacute;n de S&aacute;nchez Morueta. Muy poco hab&iacute;a
+sabido de &eacute;l Aresti, despu&eacute;s de su encuentro en el monasterio de Loyola.</p>
+
+<p>&mdash;Es otro hombre&mdash;dijo Iriondo con tristeza.&mdash;Aquella casa ya no es la
+misma.</p>
+
+<p>Y evitaba dar m&aacute;s detalles, con la prudencia del subordinado fiel que
+teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; porra! T&uacute; eres de la familia y debes saberlo todo. Adem&aacute;s, eres
+mi amigo y quieres &aacute; Pepe. &iexcl;Ay, <i>planeta</i>! Aquello ya no es casa, es un
+convento, y cualquier d&iacute;a, el que fu&eacute; nuestro grande hombre acabar&aacute; por
+traernos el Padre Paul&iacute; al escritorio, para que dirija &aacute; los empleados.
+No se separa de &eacute;l un instante.</p>
+
+<p>Y describ&iacute;a con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban;
+todos estaban sobre &eacute;l: la esposa, la hija, hasta aquel ni&ntilde;o
+inaguantable de Urquiola, que le dec&iacute;a con la mayor insolencia: &laquo;T&iacute;o, no
+haga usted eso&raquo;, &laquo;t&iacute;o haga usted lo otro.&raquo; Por el momento, S&aacute;nchez
+Morueta s&oacute;lo era el t&iacute;o: pero no acabar&iacute;a el a&ntilde;o sin que el abogadillo
+le llamase pap&aacute;. Se casaba con Pepita y todos parec&iacute;an satisfechos de
+tal matrimonio: la ni&ntilde;a, la madre y el Padre Paul&iacute;. El millonario
+callaba, como si estando contentos los dem&aacute;s no necesitasen consultar
+sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba &oacute;rdenes
+imperativamente &aacute; los empleados. Hasta con el capit&aacute;n se atrev&iacute;a; con el
+viejo amigo de Pepe, &aacute; quien siempre hablaba &eacute;ste con fraternal
+atenci&oacute;n. &iexcl;Porra! &iexcl;A la vejez, despu&eacute;s de una vida de noble &eacute;
+independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes
+se retirar&iacute;a, abandonando &aacute; Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el
+Pepe que &eacute;l conoci&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;C&oacute;mo nos lo han cambiado, Luis. &iquest;Querr&aacute;s creer que un d&iacute;a en el
+escritorio, al volver de Loyola, me cont&oacute; con el mayor entusiasmo que
+hab&iacute;a hecho una confesi&oacute;n general, un recuento de todos los pecados de
+su existencia y me afirmaba que despu&eacute;s de esto se sent&iacute;a con mayor
+salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado ca&iacute;da como esta. La
+mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. &iquest;No
+sabes la &uacute;ltima haza&ntilde;a de ese pill&iacute;n?... No la sabr&aacute;s: todo Bilbao habla
+de ella, pero &aacute; las minas no llegan estas cosas.</p>
+
+<p>Y relat&oacute; &aacute; Aresti un suceso digno de la secci&oacute;n de tribunales de un
+peri&oacute;dico. Urquiola hab&iacute;a dado un abortivo &aacute; aquella infeliz que viv&iacute;a
+en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una
+esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda
+del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paul&iacute;
+le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba
+concertado con la primera fortuna de Bilbao, y &aacute; viva fuerza hab&iacute;a
+provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de
+la vecindad, hab&iacute;an hecho intervenir en el asunto al juzgado. &iexcl;Un
+esc&aacute;ndalo, pero nada m&aacute;s! En aquella poblaci&oacute;n todo se doblegaba &aacute; la
+influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.</p>
+
+<p>&mdash;Y Pepe&mdash;continu&oacute; el capit&aacute;n,&mdash;sin enterarse de nada; y si algo sabe,
+como si no lo supiera. Basta que do&ntilde;a Cristina afirme que todo es
+mentira para que &eacute;l lo crea: basta que el Padre Paul&iacute; le diga que
+Urquiola ser&aacute; un grande hombre para que &eacute;l escuche impasible sus
+necedades y bravatas de cabecilla. &iexcl;Ay, Luis! &iexcl;Qu&eacute; dominaci&oacute;n tan r&aacute;pida
+y absoluta la de esa gente!...</p>
+
+<p>Iriondo describ&iacute;a su influencia extendi&eacute;ndose &aacute; todo lo que estaba bajo
+la direcci&oacute;n de S&aacute;nchez Morueta, &aacute; las f&aacute;bricas, las fundiciones y hasta
+los barcos. Sin respeto &aacute; su cargo de inspector de navegaci&oacute;n de la
+casa, le hac&iacute;an despedir &aacute; marinos viejos que llevaban muchos a&ntilde;os al
+servicio de S&aacute;nchez Morueta, y admitir &aacute; otros j&oacute;venes que, apenas
+tomaban posesi&oacute;n de su camarote, pegaban frente &aacute; la litera una imagen
+del Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. &Eacute;l no osaba protestar ante el gesto autoritario
+del amo, y el miedo &aacute; los que, ocultos tras &eacute;l, regulaban sus palabras y
+acciones.</p>
+
+<p>La semana anterior le hab&iacute;an dado orden de despedir &aacute; todos los obreros
+que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias &oacute;
+se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas imp&iacute;as. &iexcl;Cristo!
+&iexcl;&Eacute;l, &aacute; sus a&ntilde;os, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana;
+oblig&aacute;ndole aquellos se&ntilde;ores &aacute; que ense&ntilde;ase catecismo y buenas palabras
+&aacute; los cargadores del Nervi&oacute;n!...</p>
+
+<p>&mdash;Pues, &iquest;y en los altos hornos?&mdash;exclam&oacute; despu&eacute;s el capit&aacute;n,&mdash;All&iacute; va &aacute;
+haber cualquier d&iacute;a una huelga, seguida de la degollina de todos los
+beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se
+fu&eacute; Sanabre, aquel chico tan simp&aacute;tico, la fundici&oacute;n es un infierno.
+Pepe tendr&aacute; cualquier d&iacute;a una sublevaci&oacute;n ruidosa, y &aacute; los huelguistas
+no les faltar&aacute; motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los
+que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van &aacute; la
+calle, y los talleres se llenan poco &aacute; poco de hip&oacute;critas, que trabajan
+como saben &oacute; quieren, pero que son respetados porque van &aacute; misa y se
+inscriben en las sociedades de obreros cat&oacute;licos.</p>
+
+<p>El decaimiento moral de S&aacute;nchez Morueta, la abdicaci&oacute;n de su voluntad,
+irritaban al marino.</p>
+
+<p>&mdash;Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesi&oacute;n general es como el
+traje nuevo de un ni&ntilde;o: no se atreve &aacute; hacer nada, por miedo &aacute;
+mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante
+&aacute; un fraile. No sabe hablar m&aacute;s que de la muerte; de lo que
+encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por
+arriba y por abajo, y el muy camastr&oacute;n tiene mejor color y est&aacute; m&aacute;s
+fuerte que nunca. Si yo me atreviera con &eacute;l como t&uacute;, le dir&iacute;a: &laquo;Qu&eacute;
+porra: ya s&eacute; que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras
+la muerte no llega, vivamos cada cual &aacute; su gusto, sin hacer la sant&iacute;sima
+&aacute; los dem&aacute;s, que es lo &uacute;nico en que gozan los que piensan &aacute; todas horas
+en su alma.&raquo;</p>
+
+<p>Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capit&aacute;n se
+despidi&oacute; de Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;Esta tarde, en la romer&iacute;a, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez
+vaya en ella Pepe con su escapulario.</p>
+
+<p>Aresti di&oacute; salida &aacute; su asombro con un juramento. &iexcl;Qui&eacute;n! &iquest;Pepe ser&iacute;a
+capaz de exhibirse en aquella farsa?...</p>
+
+<p>Iriondo no ten&iacute;a la certeza de ello pero lo present&iacute;a. Era un suceso que
+llevaba preocupada &aacute; toda la familia durante la semana. La esposa quer&iacute;a
+verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los
+devotos. &iexcl;Qu&eacute; triunfo para la religi&oacute;n! &Eacute;l, despu&eacute;s de volver &aacute; la buena
+senda, no pod&iacute;a negar &aacute; Dios el prestigio que dar&iacute;a &aacute; la santa causa
+esta adhesi&oacute;n p&uacute;blica de un hombre de su fortuna y su poder. El
+millonario se resist&iacute;a, adivinando lo rid&iacute;culo de esta humillaci&oacute;n;
+defend&iacute;ase agarrado &aacute; un harapo de su antiguo car&aacute;cter. Pero todos ca&iacute;an
+sobre &eacute;l, martilleando la d&eacute;bil corteza de su voluntad reblandecida. La
+madre y la hija se lo suplicaban. &iexcl;Las dar&iacute;a tanto placer con ello!...
+El Padre Paul&iacute; hablaba con desprecio de los cobardes que s&oacute;lo aman &aacute;
+Dios en su casa y temen manifestarlo p&uacute;blicamente, y el matoncillo
+Urquiola hac&iacute;a burla de los que no se atrev&iacute;an &aacute; salir &aacute; la calle por
+miedo &aacute; los imp&iacute;os.</p>
+
+<p>&mdash;Ir&aacute;, estoy seguro&mdash;dijo el capit&aacute;n con tristeza.&mdash;Lo arrastrar&aacute;n, la
+familia de un lado, y de otro el miedo &aacute; parecer cobarde. &iexcl;Adi&oacute;s, Luis,
+y ten prudencia! Mira que hay cerraz&oacute;n en el horizonte y la borrasca de
+esta tarde va &aacute; ser de cuidado.</p>
+
+<p>El doctor subi&oacute; la larga escalinata de la estaci&oacute;n, y al salir al puente
+del Arenal vi&oacute; muchos balcones colgados con trapos de colores &eacute;
+inscripciones en loor de la Virgen de Bego&ntilde;a. En las Siete Calles, lo
+m&aacute;s t&iacute;pico y tradicional de la poblaci&oacute;n, las casas empavesadas ofrec&iacute;an
+el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre
+banderas el mismo r&oacute;tulo en honor de la <i>Se&ntilde;ora de Vizcaya</i>. Las gentes
+mir&aacute;banse con aire hostil; la poblaci&oacute;n, dividida en dos bandos, parec&iacute;a
+estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa
+contemplaban con simpat&iacute;a &oacute; con odio &aacute; los grupos de campesinos y de
+obreros, seg&uacute;n eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al
+vecino, y todos dec&iacute;an lo mismo en sus conversaciones.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A la tarde!... &iexcl;Oh, &aacute; la tarde!...</p>
+
+<p>Aresti, despu&eacute;s de errar m&aacute;s de una hora por la villa, se encontr&oacute; al
+atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que
+le salud&oacute; con un gru&ntilde;ido, llev&aacute;ndose con cierta violencia la mano &aacute; la
+boina.</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabe usted, doctor, que usted es el &uacute;nico burgu&eacute;s que yo saludo.</p>
+
+<p>Era el <i>Barbas</i>, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas
+de vagancia encogido en el suelo, inm&oacute;vil, como un profeta de horrores,
+escupiendo amenazas &eacute; insultos sobre los ricos del pa&iacute;s. Hac&iacute;a tiempo
+que hab&iacute;an demolido su barraca, despu&eacute;s de socavar el suelo. La vieja
+compa&ntilde;era hab&iacute;a muerto de miseria y &eacute;l vagaba por las minas, durmiendo &aacute;
+la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta
+limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de &eacute;l, miraba
+con ojos feroces &aacute; los obreros.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bestias!&mdash;les gritaba como si cometiesen un crimen.&mdash;&iexcl;Ten&eacute;is la
+dinamita en vuestras manos y la emple&aacute;is en eso!...</p>
+
+<p>El doctor contest&oacute; &aacute; su saludo alegremente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Compa&ntilde;ero! &iquest;T&uacute; aqu&iacute;?...</p>
+
+<p>Hab&iacute;a llegado por la ma&ntilde;ana en un tren lleno de obreros. Por supuesto,
+sin billete; los compa&ntilde;eros quer&iacute;an pag&aacute;rselo, pero &eacute;l hab&iacute;a protestado,
+ocult&aacute;ndose para viajar sin que los burgueses le explotasen.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y el mitin?&mdash;pregunt&oacute; Aresti.&mdash;&iquest;No vas al mitin?</p>
+
+<p>El <i>Barbas</i> hizo un moh&iacute;n de desprecio. &Eacute;l no perd&iacute;a el tiempo en
+bobadas. Se sab&iacute;a de memoria todo lo que all&iacute; pod&iacute;an decir. Necedades y
+cobard&iacute;as. Pedir m&aacute;s jornal &oacute; que lo pagasen de este modo &oacute; del otro;
+reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que
+trabaja. &iexcl;Como si esto sirviese de algo! Eran unos <i>cataplasmeros</i>. Y en
+esta palabra envolv&iacute;a todo su desprecio &aacute; los que buscaban con reformas
+paulatinas y con una organizaci&oacute;n fuerte y disciplinada el mejoramiento
+del obrero.</p>
+
+<p>&mdash;Cataplasmeros, doctor&mdash;gritaba.&mdash;Nada m&aacute;s que cataplasmeros. Este es
+un pa&iacute;s acostumbrado &aacute; la disciplina y &aacute; la autoridad: por eso el pobre
+que en otro tiempo fu&eacute; carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas
+organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco
+&aacute; poco. Pero ya se cansar&aacute;n de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero
+y entonces seguir&aacute;n al <i>Barbas</i> y &aacute; otros como &eacute;l, y en veinticuatro
+horas se arreglar&aacute; todo &oacute; acabar&aacute; todo. El pobre pide justicia y la
+justicia ni se solicita &aacute; pedazos ni se regatea: se toma como se puede,
+aunque acabe el mundo.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s explic&oacute; por qu&eacute; hab&iacute;a hecho el viaje. &Uacute;nicamente le atra&iacute;a lo
+que pudiera ocurrir por la tarde. Quer&iacute;a convencerse de que los pobres
+se atrev&iacute;an por fin con los ricos: deseaba ver c&oacute;mo corr&iacute;an todos los
+enemigos por &eacute;l odiados, sin que les valiese la protecci&oacute;n de los &iacute;dolos
+celestiales &aacute; los que levantaban palacios, mientras &eacute;l vagaba por el
+monte como un perro sin abrigo.</p>
+
+<p>La esperanza del choque y de la lucha le estremec&iacute;a de placer. Husmeaba
+el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha
+oliendo la p&oacute;lvora.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bronca!... &iexcl;Ya se ha armado!&mdash;exclam&oacute; con alegr&iacute;a, mirando al otro
+lado del puente.</p>
+
+<p>Por la avenida del ensanche corr&iacute;a &aacute; todo galope un grupo de jinetes de
+la guardia civil. En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, ve&iacute;ase una gran masa de gente, una
+mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.</p>
+
+<p>Era el p&uacute;blico que sal&iacute;a del mitin y se deten&iacute;a ante los balcones de las
+mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la <i>Se&ntilde;ora de
+Vizcaya</i>. La gente silbaba: comenzaban &aacute; volar las piedras por encima
+de la negra masa: ca&iacute;an con estr&eacute;pito las vidrieras rotas.</p>
+
+<p>Aresti se vi&oacute; solo. El <i>Barbas</i> corr&iacute;a hacia el gent&iacute;o, dando gritos de
+entusiasmo. &iexcl;Duro, duro! &iexcl;No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el
+doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre,
+lentamente, avanzaba su pesado oleaje con direcci&oacute;n al Arenal. La
+caballer&iacute;a, impotente para contenerla, se limitaba &aacute; ir con ella,
+creyendo evitar as&iacute; mayores desmanes.</p>
+
+<p>Pas&oacute; la manifestaci&oacute;n el puente, extendi&eacute;ndose por el Arenal y las
+calles inmediatas. Eran obreros en su mayor&iacute;a y j&oacute;venes de la poblaci&oacute;n
+cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos
+aclamaban &aacute; la Revoluci&oacute;n social; otros daban vivas &aacute; la Rep&uacute;blica;
+algunos gritaban &iexcl;viva Espa&ntilde;a! ante las inscripciones en vascuence,
+viendo en estas loas &aacute; la <i>Se&ntilde;ora de Vizcaya</i> un hip&oacute;crita insulto &aacute; la
+integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella
+Bilbao dominada por la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s y formada &aacute; su imagen.</p>
+
+<p>El grito de &iexcl;abajo los jesu&iacute;tas! era contestado por un rugido un&aacute;nime de
+la masa. En las calles inmediatas al Arenal ca&iacute;an &aacute; pedradas los
+cristales. Algunos chicuelos sub&iacute;an por las fachadas con agilidad de
+monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Bego&ntilde;a, dej&aacute;ndolas
+caer sobre el gent&iacute;o, que las hac&iacute;a pedazos.</p>
+
+<p>Una noticia circul&oacute; como un rel&aacute;mpago por la gran masa detenida en el
+Arenal. Estaban prendiendo fuego &aacute; la iglesia de los jesu&iacute;tas. Una parte
+de la manifestaci&oacute;n, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo,
+roci&aacute;ndolo con petr&oacute;leo. Ya ard&iacute;an las puertas.</p>
+
+<p>La guardia civil corri&oacute; all&aacute; &aacute; todo galope, abandonando la
+manifestaci&oacute;n. Aresti sent&iacute;a un entusiasmo casi igual al del <i>Barbas</i>.
+&iexcl;Ya ard&iacute;a el odiado cubil! &iexcl;Bilbao despertaba!...</p>
+
+<p>Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas s&oacute;lo hab&iacute;an sido
+chamuscadas: la presencia de la autoridad hab&iacute;a disuelto el grupo
+incendiario, extinguiendo el fuego.</p>
+
+<p>Era ya m&aacute;s de mediod&iacute;a. Los grupos se aclaraban: todos se iban &aacute; comer.
+Aquello s&oacute;lo hab&iacute;a sido el pr&oacute;logo de lo que ocurrir&iacute;a despu&eacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;A la tarde, aqu&iacute;&mdash;se dec&iacute;an unos &aacute; otros al alejarse.</p>
+
+<p>Aresti entr&oacute; en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba
+tambi&eacute;n de lo que ocurrir&iacute;a por la tarde. A las tres estaban citados los
+de la peregrinaci&oacute;n en el Arenal. Llegar&iacute;an en varias procesiones desde
+las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San
+Nicol&aacute;s. El plan hab&iacute;a sido preparado con el prop&oacute;sito de llamar la
+atenci&oacute;n, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia,
+desafiando &aacute; los enemigos.</p>
+
+<p>Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Dec&iacute;an que el
+gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que
+desistieran de ella. El Padre Paul&iacute; se negaba rotundamente, invocando
+hip&oacute;critamente la libertad. Su ac&oacute;lito Urquiola hablaba de la batalla de
+la tarde con aires de caudillo.</p>
+
+<p>Algunos mostr&aacute;banse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse
+la romer&iacute;a. Al fin, era un suceso que <i>amenizaba</i> la vida mon&oacute;tona y
+gris de la poblaci&oacute;n. Aresti no dudaba de que se verificase. Conoc&iacute;a &aacute;
+los organizadores, y su prop&oacute;sito de excitar &aacute; la impiedad naciente,
+para darla la batalla y afirmar as&iacute; su dominaci&oacute;n que cre&iacute;an en peligro.</p>
+
+<p>En una mesa cercana disputaban dos se&ntilde;ores.</p>
+
+<p>&mdash;Me he fijado bien en la manifestaci&oacute;n&mdash;gritaba uno de ellos.&mdash;Todos
+eran P&eacute;rez y Mart&iacute;nez, todos <i>maketos</i> &eacute; hijos de <i>maketos</i>, mala gente,
+de la que ha invadido nuestro pa&iacute;s. No iba ni uno que tuviera los cuatro
+apellidos vascongados.</p>
+
+<p>Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhib&iacute;an como una
+prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.</p>
+
+<p>&mdash;Pues, yo los tengo&mdash;gritaba su interlocutor con acometividad,&mdash;y digo
+que deseo que esta tarde les rompan el alma &aacute; los de la romer&iacute;a, y
+&iexcl;ojal&aacute; arrastren &aacute; todos los jesu&iacute;tas!</p>
+
+<p>La divisi&oacute;n que perturbaba &aacute; la villa, mostr&aacute;base, tambi&eacute;n en el
+restaurant, impulsando &aacute; unos parroquianos contra otros faltando poco
+para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.</p>
+
+<p>A las dos volvi&oacute; Aresti al Arenal. Form&aacute;banse de nuevo los grupos cerca
+del puente, mirando con hostilidad &aacute; los aldeanos que pasaban camino de
+las parroquias. Circulaban por el gent&iacute;o las m&aacute;s contradictorias
+noticias. Ya no se verificaba la romer&iacute;a: opon&iacute;ase &aacute; ella el gobernador,
+al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban
+despreciativamente &laquo;el c&oacute;nsul de Espa&ntilde;a&raquo;. Despu&eacute;s corr&iacute;a de boca en boca
+la certidumbre de que iba &aacute; celebrarse la fiesta. Se estaban formando
+las comitivas en cada parroquia: pronto llegar&iacute;an al Arenal para
+reunirse todas en San Nicol&aacute;s.</p>
+
+<p>Y la gran plaza ennegrec&iacute;ase de gent&iacute;o inquieto. Una masa de cabezas
+cubr&iacute;a las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba
+desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba
+instintivamente la gente: un vac&iacute;o que parec&iacute;a destinarse al choque de
+unos y otros.</p>
+
+<p>Aresti se sinti&oacute; de pronto arrastrado por un violento empell&oacute;n de la
+muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estall&oacute;
+una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones
+interrumpidas por tiros.</p>
+
+<p>Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaiv&eacute;n tempestuoso los
+estandartes de la primera procesi&oacute;n. El m&eacute;dico, sin saber c&oacute;mo, en uno
+de los empujones de la multitud, se vi&oacute; en mitad del Arenal, cerca del
+desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los
+hombres, empu&ntilde;ando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario
+de la Virgen de Bego&ntilde;a; las mujeres escoltaban &aacute; los curas, mirando &aacute; la
+muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fan&aacute;ticas. Cesaron los
+disparos al entrar la procesi&oacute;n en la plaza. Entonaban los romeros un
+himno en vascuence &aacute; la Se&ntilde;ora de Vizcaya, y de los grupos sal&iacute;a, como
+respuesta, <i>La Marsellesa</i> &oacute; <i>La Internacional</i>.</p>
+
+<p>Agrup&aacute;ronse los devotos ante la portada de San Nicol&aacute;s, y la muchedumbre
+avanz&oacute; lentamente hacia ellos. Estrech&aacute;base el espacio entre unos y
+otros, los palos levant&aacute;banse amenazantes, los insultos alternaban con
+los c&aacute;nticos. De repente, el gent&iacute;o se hizo atr&aacute;s, volviendo sus mil
+cabezas. Una nueva procesi&oacute;n llegaba por el puente. Se hab&iacute;a reunido en
+la Residencia de los jesu&iacute;tas: era lo m&aacute;s brillante del ej&eacute;rcito devoto
+que iba &aacute; subir &aacute; Bego&ntilde;a; el <i>se&ntilde;orio</i> de Bilbao, en el que figuraban
+las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los
+alumnos de Deusto. Los Padres de la Compa&ntilde;&iacute;a m&aacute;s famosos, presid&iacute;an las
+asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad
+creciente del pueblo.</p>
+
+<p>Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se
+viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los
+bolsillos, marc&aacute;ndose en la tela el r&iacute;gido contorno de las armas de
+fuego. Las se&ntilde;oras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas
+por la actitud hostil del gent&iacute;o, como damas altivas que no temen al
+mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio &aacute; toda aquella
+balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas
+familias quer&iacute;an darles.</p>
+
+<p>Estall&oacute; un trueno de gritos, insultos &eacute; imprecaciones. Aresti vi&oacute; pasar
+&aacute; Urquiola con el rev&oacute;lver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de
+Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder
+realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores s&oacute;lo intentaron en las
+monta&ntilde;as inmediatas, durante los dos famosos sitios.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Viva Vizcaya! &iexcl;Viva la religi&oacute;n y Nuestra Se&ntilde;ora de Bego&ntilde;a! &iexcl;Mueran
+los liberales!</p>
+
+<p>Algunos disc&iacute;pulos de la Universidad jesu&iacute;tica, pareci&eacute;ndoles estas
+aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas &aacute; la Unidad Cat&oacute;lica, y los
+aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que
+aquello significaba, pero adivinando que deb&iacute;a ser algo contra los
+imp&iacute;os de la odiada Bilbao.</p>
+
+<p>Aresti vi&oacute; pasar &aacute; la mujer y la hija de S&aacute;nchez Morueta. Despu&eacute;s &aacute; las
+de Lizamendi en un grupo de se&ntilde;oras, con la falda ce&ntilde;ida y el andar
+arrogante. Miraban &aacute; todos lados como si buscasen &aacute; alguien entre el
+gent&iacute;o hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron
+satisfechas de no haberse equivocado. &iexcl;Tambi&eacute;n estaba all&iacute;!... El mal
+hombre estaba donde le correspond&iacute;a. El m&eacute;dico vi&oacute; la mirada de
+resignaci&oacute;n y de l&aacute;stima que su mujer dirig&iacute;a al ciego, como si
+pidiese, con lamentos de v&iacute;ctima, perd&oacute;n para su alma perdida. Luego vi&oacute;
+destacarse de un grupo de sotanas &aacute; su enorme primo, que marchaba con la
+cabeza descubierta, brillando la condecoraci&oacute;n de la Virgen entre la
+celos&iacute;a de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil
+desconocida por Aresti.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico no pudo ver m&aacute;s. Crey&oacute; de pronto que se abr&iacute;a el suelo de la
+plaza y que hu&iacute;an todos, chocando unos contra otros con el terror de la
+fuga. Algunos palos rompi&eacute;ronse en pedazos; sonaban las espaldas al
+recibir los golpes con un ruido de cofres vac&iacute;os; ca&iacute;an muchos con la
+cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que hu&iacute;an, y
+comenzaron &aacute; sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros
+de los rev&oacute;lvers.</p>
+
+<p>Corr&iacute;an las se&ntilde;oras &aacute; refugiarse en San Nicol&aacute;s, y los curiosos de las
+aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los
+caf&eacute;s, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.</p>
+
+<p>En un momento se form&oacute; un gran vac&iacute;o en la plaza, quedando sembrado el
+suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban,
+manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por
+los grupos hacia las farmacias m&aacute;s pr&oacute;ximas. Mientras tanto, continuaba
+el combate entre los m&aacute;s resueltos de una y otra parte.</p>
+
+<p>De la portada de San Nicol&aacute;s sal&iacute;an descargas cerradas, disparos de
+rev&oacute;lvers baratos comprados el d&iacute;a antes por los organizadores de la
+romer&iacute;a, balazos sin direcci&oacute;n, que iban &aacute; perderse en la arena del
+paseo &oacute; se incrustaban en los &aacute;rboles. La mayor&iacute;a de los obreros
+carec&iacute;an de armas y se bat&iacute;an con los pu&ntilde;os &oacute; con palos, profiriendo en
+la exaltaci&oacute;n de la lucha blasfemias contra la Virgen de Bego&ntilde;a y sus
+devotos. La batalla se hab&iacute;a fraccionado: pele&aacute;base en grupos sueltos &oacute;
+individualmente. Los mismos compa&ntilde;eros no se reconoc&iacute;an, y muchas veces
+se golpeaban, creyendo herir &aacute; un enemigo.</p>
+
+<p>Aresti permanec&iacute;a inm&oacute;vil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las
+balas que &aacute; corta distancia de &eacute;l levantaban las cortezas de los
+troncos. Sent&iacute;ase empujado de un lado &aacute; otro por los empellones de los
+combatientes, vi&eacute;ndolo todo al trav&eacute;s de una niebla gris, como si el sol
+se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le
+hac&iacute;an tropezar, y de los que sal&iacute;an gemidos dolorosos.</p>
+
+<p>En este crep&uacute;sculo del atolondramiento crey&oacute; ver &aacute; un cura enorme que se
+recog&iacute;a el manteo con una mano y con la otra disparaba su rev&oacute;lver sobre
+un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;T&uacute; acabar&aacute;s!&mdash;dec&iacute;a blandiendo una faca y desvi&aacute;ndose de un salto
+cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apunt&aacute;ndole.</p>
+
+<p>Y cuando el cilindro del arma rod&oacute; sin que saliera ya ninguna
+detonaci&oacute;n, el obrero, con una risa feroz, se abalanz&oacute; sobre el cura,
+abraz&aacute;ndolo, cayendo con &eacute;l al suelo, hundi&eacute;ndole en la espalda el arma
+con tanto &iacute;mpetu, que la hoja quebr&oacute;se en dos pedazos.</p>
+
+<p>Aresti crey&oacute; que se hab&iacute;a desplomado un &aacute;rbol sobre sus hombros. Fu&eacute; un
+golpe que le sac&oacute; de su aturdimiento, haci&eacute;ndole rugir de ira: un
+garrotazo en la espalda, que acab&oacute; con toda su bondad ir&oacute;nica de
+esp&iacute;ritu superior, despertando en &eacute;l &aacute; la fiera. Levant&oacute; su bast&oacute;n y
+comenz&oacute; &aacute; dar golpes delante de &eacute;l, sin mirar &aacute; qui&eacute;n alcanzaba, sin
+acordarse de que pod&iacute;a ser un amigo, con el ansia de hacer da&ntilde;o, con la
+embriaguez de la sangre.</p>
+
+<p>De pronto se sinti&oacute; detenido en su avance por una espalda que ca&iacute;a
+contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y d&eacute;bil, con el
+raquitismo que da el trabajo cuando es superior &aacute; las fuerzas de la
+edad. Vacil&oacute; como si estuviera ebrio, llev&aacute;ndose las manos &aacute; la cara
+ensangrentada, y al intentar erguirse, un pu&ntilde;o enorme volvi&oacute; &aacute; caer
+sobre &eacute;l haci&eacute;ndolo rodar por tierra.</p>
+
+<p>Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del ca&iacute;do, levant&oacute; el
+bast&oacute;n al ver que se alzaba contra &eacute;l de nuevo aquel pu&ntilde;o que resonaba
+sordamente golpeando como una maza. Pero el m&eacute;dico qued&oacute; con el brazo en
+alto al reconocer al hombre que le acomet&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;T&uacute;!... &iexcl;t&uacute;!...&mdash;grit&oacute; con una voz que parec&iacute;a desgarrarle la
+garganta.</p>
+
+<p>Ten&iacute;a ante &eacute;l &aacute; S&aacute;nchez Morueta, con el pu&ntilde;o levantado, las barbas en
+desorden, y en los ojos una expresi&oacute;n feroz: el deseo de exterminar &aacute; la
+canalla imp&iacute;a que insultaba &aacute; las personas decentes y hab&iacute;a hecho
+refugiarse &aacute; las se&ntilde;oras en la iglesia.</p>
+
+<p>Al reconocer &aacute; Aresti, baj&oacute; el brazo y la cabeza como avergonzado. En el
+mismo instante, algo blando y tibio choc&oacute; en una de sus mejillas
+escurri&eacute;ndose por los hilos de su barba. &iexcl;Su Luis, su hermano, le hab&iacute;a
+escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de
+herirle, ya que las manos se negaban &aacute; ello por el antiguo respeto; era
+el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido
+y feliz, &aacute; aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara
+ensangrentada.</p>
+
+<p>El millonario mir&oacute; &aacute; su primo con ojos mansos y sin expresi&oacute;n, unos ojos
+bovinos que parec&iacute;an pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la
+mano por la barba borrando el escupitajo del odio.</p>
+
+<p>Fu&eacute; &aacute; hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como
+unas alas f&uacute;nebres tiraba de &eacute;l. Era el Padre Paul&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Don Jos&eacute;. V&aacute;monos de aqu&iacute;. &iexcl;A Bego&ntilde;a! &iexcl;A Bego&ntilde;a!</p>
+
+<p>Y le arrastr&oacute; con paternal solicitud, como si el millonario fuese el
+primer estandarte de la romer&iacute;a.</p>
+
+<p>Aresti qued&oacute; inm&oacute;vil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho
+bien estaba, ya que no ten&iacute;a remedio. Los empellones de la gente que
+hu&iacute;a le sacaron de su abstracci&oacute;n. Los jinetes de la guardia civil
+corr&iacute;an al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se
+agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomer&aacute;base en las aceras,
+dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban
+algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.</p>
+
+<p>Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San
+Nicol&aacute;s. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban &aacute;
+tiros.</p>
+
+<p>La muchedumbre sin armas, herida &aacute; mansalva desde aquella altura, rug&iacute;a
+impotente, y en un arranque de desesperaci&oacute;n, intent&oacute; arrojarse al
+asalto del templo, pero tropez&oacute; con un obst&aacute;culo que acababa de
+interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que
+brillaban ca&ntilde;ones de fusil y correajes lustrosos.</p>
+
+<p>Dos compa&ntilde;&iacute;as de infanter&iacute;a hab&iacute;an entrado en la plaza &aacute; paso
+gimn&aacute;stico, coloc&aacute;ndose en batalla ante la iglesia. Eran los <i>guiris</i>,
+los <i>ches</i>, la Espa&ntilde;a en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su
+pantal&oacute;n rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la
+resurrecci&oacute;n de la antigua Vasconia. Los soldaditos, p&aacute;lidos, con la
+boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los
+tiros de rev&oacute;lver, daban frente &aacute; la gran masa que protestaba contra la
+romer&iacute;a.</p>
+
+<p>Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente
+hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y
+hacer fuego apuntando &aacute; la iglesia. Aquellos curas armados y
+vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los se&ntilde;oritos
+con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban
+en ellos &aacute; los que en otro tiempo hab&iacute;an asesinado en las monta&ntilde;as &aacute; sus
+hermanos, y que aun ahora deseaban volver &aacute; la lucha de emboscadas. El
+deber, con su peso f&eacute;rreo &eacute; irresistible, manten&iacute;a inm&oacute;vil &aacute; la doble
+fila de hombres azules y rojos.</p>
+
+<p>Un oficial vacil&oacute; un instante y entregando su sable &aacute; un soldado, se
+llev&oacute; una mano &aacute; un hombro. Acababa de recibir un balazo; le hab&iacute;an
+herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se
+contrajo con tristeza dolorosa, m&aacute;s que por la herida, por la amargura
+de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la monta&ntilde;a
+frente &aacute; frente con el eterno enemigo, sino &aacute; la puerta de una iglesia,
+&aacute; manos tal vez de un sacrist&aacute;n, de uno de aquellos efebos cat&oacute;licos
+que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando &aacute; la
+religi&oacute;n y la Virgen.</p>
+
+<p>La guardia civil empujaba &aacute; los romeros fuera de la plaza. Sal&iacute;an en
+bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y
+emprend&iacute;an la ascensi&oacute;n &aacute; Bego&ntilde;a escoltados por los jinetes.</p>
+
+<p>La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, o&iacute;a c&oacute;mo se
+alejaban las cofrad&iacute;as por las calles empinadas que daban acceso al
+santuario.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Viva la Virgen!&mdash;gritaban con el enardecimiento de una lucha en la
+que hab&iacute;an llevado la mejor parte.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A Bego&ntilde;a! &iexcl;A Bego&ntilde;a!&mdash;aullaba Urquiola agitando el rev&oacute;lver al frente
+de un grupo.</p>
+
+<p>Y las aclamaciones &aacute; la Virgen, interrump&iacute;anlas con frecuentes
+descargas. Sin cesar en sus c&aacute;nticos, hac&iacute;an fuego sobre todos los que
+al borde de la cuesta contestaban &aacute; sus aclamaciones con gritos de
+protesta.</p>
+
+<p>Poco &aacute; poco fu&eacute; quedando desierto el atrio de San Nicol&aacute;s. Un muerto
+yac&iacute;a en la acera, custodiado por dos guardias. M&aacute;s all&aacute;, los grupos
+rodeaban &aacute; varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento &aacute;
+lo largo de las paredes esquivando el gent&iacute;o. Estaban heridos &eacute; iban &aacute;
+sus casas &aacute; curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas
+declaraciones.</p>
+
+<p>Aresti pas&oacute; m&aacute;s de una hora de botica en botica y de caf&eacute; en caf&eacute;,
+solicitado y arrastrado por muchos que le conoc&iacute;an, llamado all&iacute; donde
+guardaban un herido, esforz&aacute;ndose por curar de primera intenci&oacute;n, con
+los medios que ten&iacute;a &aacute; su alcance, &aacute; todos los infelices que en brazos
+de la muchedumbre iban despu&eacute;s hacia el hospital.</p>
+
+<p>Atendi&oacute; indistintamente &aacute; unos y otros, &aacute; los que llevaban en el pecho
+el escapulario de la Virgen y &aacute; los que en el paroxismo del dolor
+cre&iacute;an encontrar un alivio dando vivas &aacute; la Libertad y la Rep&uacute;blica. La
+carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las
+aceras y los pavimentos de los caf&eacute;s, le causaban inmensa tristeza,
+haci&eacute;ndole pensar con l&aacute;stima en la eterna infancia de los hombres:
+&iexcl;Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que
+estaba all&aacute; en lo alto, entre luces y flores, mientras exist&iacute;an en el
+mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban
+para desaparecer el esfuerzo com&uacute;n y fraternal de todos los humanos!</p>
+
+<p>Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Bego&ntilde;a, la
+carcoma, m&aacute;s sabia que ellos, seguir&iacute;a mordiendo las entra&ntilde;as de madera
+del sonriente fetiche: tal vez &aacute; aquellas horas alg&uacute;n rat&oacute;n ro&iacute;a las
+patas del &iacute;dolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrer&iacute;a.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de
+aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respir&oacute;
+satisfecho cuando ya no le presentaron m&aacute;s heridos.</p>
+
+<p>Pase&oacute; entonces por la orilla de la r&iacute;a, pensando en el encuentro con su
+primo, que seguramente ser&iacute;a el &uacute;ltimo. La injuria &aacute; S&aacute;nchez Morueta le
+mord&iacute;a el pensamiento: aquel salivazo parec&iacute;a haber ca&iacute;do sobre su alma.
+&iexcl;Ay, el intruso! El maldito intruso! &iexcl;C&oacute;mo hab&iacute;a penetrado entre ellos,
+matando todo afecto, anulando con el poder fr&iacute;o de la muerte todo un
+pasado de cari&ntilde;o fraternal!... No hab&iacute;an re&ntilde;ido cuerpo &aacute; cuerpo como
+los hermanos en las guerras civiles: pero se hab&iacute;an herido en el alma,
+separ&aacute;ndose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acab&oacute; la familia:
+Aresti estaba solo en el mundo.</p>
+
+<p>Varios grupos de muchachos corr&iacute;an vociferando por las riberas del
+Nervi&oacute;n. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la se&ntilde;al de la cruz.
+&iexcl;Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos despu&eacute;s de
+la lucha en el Arenal, se hab&iacute;an esparcido por las Siete Calles,
+escalando las hornacinas que cobijaban las im&aacute;genes de los patronos de
+aquella Bilbao tradicional.</p>
+
+<p>Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados despu&eacute;s hasta la
+ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quer&iacute;a vengar en
+aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por
+otros de m&uacute;sculos y hueso. &iexcl;Al agua los santos! Y ca&iacute;an de cabeza en la
+r&iacute;a las v&iacute;rgenes y los bienaventurados, flotando despu&eacute;s de la inmersi&oacute;n
+con la ligera porosidad de la madera vieja.</p>
+
+<p>La muchedumbre segu&iacute;a lentamente por las riberas el tardo descenso de
+las im&aacute;genes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaud&iacute;an viendo el
+cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de m&aacute;rtires,
+insultaban &aacute; los imp&iacute;os, amenaz&aacute;ndoles con las manos crispadas.</p>
+
+<p>Una imagen de la Virgen de Bego&ntilde;a, arrancada de su hornacina, era la que
+m&aacute;s llamaba la atenci&oacute;n. &iexcl;Ella ten&iacute;a la culpa de todo!... Y la silbaban
+&eacute; insultaban mientras la imagen descend&iacute;a tendida de espaldas, mostrando
+&aacute; flor de agua su vientre dorado y su carita de mu&ntilde;eca sagrada. Un
+gabarrero, cruzando la r&iacute;a en su barcaza, avanz&oacute; hacia la imagen como si
+quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la
+piedad del marinero: iba &aacute; salvar &aacute; la Virgen.</p>
+
+<p>Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, ces&oacute; de manejar el remo, y,
+levant&aacute;ndolo en alto, despu&eacute;s de mirar &aacute; ambas orillas, di&oacute; con &eacute;l un
+golpe tremendo &aacute; la Virgen, que desapareci&oacute; en un remolino de agua para
+no flotar m&aacute;s. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en
+aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. &iexcl;Hasta sobre
+las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...</p>
+
+<p>Frente &aacute; un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con
+movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoci&oacute; al
+<i>Barbas</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Lo de hoy no vale nada&mdash;gritaba.&mdash;No me parece mal que les metan mano
+&aacute; los que por tanto tiempo han tenido enga&ntilde;ada &aacute; la gente, pero despu&eacute;s
+de esto hay que ajustar la cuenta &aacute; los que la roban. Hoy ha sido la
+batalla de los santirulicos: ma&ntilde;ana ser&aacute; la del pan. Ya bajar&aacute;n del
+monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los
+ladrones de aqu&iacute;: ya reclamar&aacute;n su parte. Y nada de peticiones ordenadas
+ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. &iexcl;Fuera los cataplasmeros! A
+cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, &iexcl;dinamita... ro&ntilde;o!
+&iexcl;dinamita!</p>
+
+<p>Aresti se alej&oacute; para que no le viese aquel energ&uacute;meno, que parec&iacute;a
+enardecido por la sangre de la reciente lucha.</p>
+
+<p>Sus palabras evocaban en el pensamiento del m&eacute;dico las minas, con su
+poblaci&oacute;n miserable, ro&iacute;da por las necesidades materiales y la
+desesperaci&oacute;n de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos
+picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del pe&oacute;n y el
+trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba &aacute; la villa opulenta y
+feliz. Despu&eacute;s del choque provocado por el fanatismo dominador, vendr&iacute;a
+la huelga de los infelices, la reclamaci&oacute;n imperiosa de la miseria.</p>
+
+<p>Un ej&eacute;rcito enemigo se ocultaba tras aquellas monta&ntilde;as que cerraban el
+horizonte: una horda hambrienta que alg&uacute;n d&iacute;a caer&iacute;a sobre la poblaci&oacute;n
+como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba
+amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendr&iacute;an los
+enemigos ante las defensas exteriores; se esparcir&iacute;an por las calles y
+bloquear&iacute;an &aacute; la riqueza en sus magn&iacute;ficas viviendas. La guerra en
+nombre del pasado se repetir&iacute;a en defensa del porvenir; los nuevos
+sitiadores llevar&iacute;an la miseria como bandera, y como grito de combate el
+derecho &aacute; la vida.</p>
+
+<p>Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza
+origen de tantos males. &iquest;Para qu&eacute; serv&iacute;an los tesoros de las minas? Se
+hab&iacute;a embellecido exteriormente la poblaci&oacute;n, tomando el aspecto de una
+capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la r&iacute;a por las
+chimeneas de f&aacute;bricas y buques; pero la vida era m&aacute;s triste que antes.
+Con la riqueza hab&iacute;an llegado los hombres negros, que se hac&iacute;an los amos
+de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus
+manos en los bienes materiales.</p>
+
+<p>Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de
+tristeza levantar&iacute;an el vuelo hacia otros pa&iacute;ses. El suelo ser&iacute;a m&aacute;s
+pobre, pero renacer&iacute;a en &eacute;l como planta de consuelo la alegr&iacute;a de la
+vida.</p>
+
+<p>La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que a&uacute;n no conoc&iacute;a
+el valor del hierro, era m&aacute;s feliz, con la paz de un trabajo lento y
+ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna,
+con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza
+disparatada y r&aacute;pida que apenas si dejaba en el pa&iacute;s rastros
+beneficiosos de su paso, perdi&eacute;ndose en las obscuras tragaderas del
+intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse
+al lado de los favoritos de la suerte, ofreci&eacute;ndoles el cielo &aacute; cambio
+de una participaci&oacute;n en el bot&iacute;n.</p>
+
+<p>El saqueo de la Naturaleza, la amputaci&oacute;n de sus entra&ntilde;as de hierro,
+hab&iacute;a servido &uacute;nicamente para la felicidad de unos cuantos y para qu&eacute; el
+par&aacute;sito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de
+todo. &iexcl;Deb&iacute;a terminar aquel carnaval de la Fortuna, que s&oacute;lo serv&iacute;a para
+dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar &aacute; la miseria,
+con el alarde de una concentraci&oacute;n loca de la riqueza, que avivaba los
+odios sociales!...</p>
+
+<p>Las minas se empobrec&iacute;an. Los optimistas las daban vida para veinte
+a&ntilde;os: los m&aacute;s cr&eacute;dulos llegaban hasta treinta. Pero despu&eacute;s vendr&iacute;a el
+agotamiento, la nada; la monta&ntilde;a pelada, con su esqueleto calc&aacute;reo al
+descubierto, sin guardar el m&aacute;s leve harapo del manto que la hab&iacute;a
+cubierto durante siglos, m&aacute;s rico que el de muchos dominadores de la
+tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos,
+&aacute; los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se
+aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el
+hierro que hab&iacute;an respetado los m&eacute;todos antiguos. En Gallarta se
+derribaban casas enteras, construidas algunos a&ntilde;os antes, para
+aprovechar el mineral de su paredes. Se viv&iacute;a de los residuos de la
+&eacute;poca de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se
+aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras
+esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Ser&iacute;an in&uacute;tiles
+todas las extratagemas de aprovechamiento; s&oacute;lo encontrar&iacute;an la tierra
+pobre y est&eacute;ril, sin la menor part&iacute;cula de hierro, y entonces vendr&iacute;a el
+&iexcl;s&aacute;lvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta &aacute; la pobreza, la
+fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que enga&ntilde;aba su hambre
+trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su
+vida: el aislamiento de los poderosos, encerr&aacute;ndose en el arca de su
+riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.</p>
+
+<p>La Fortuna habr&iacute;a pasado un momento por aquella tierra, como por otros
+pa&iacute;ses, sin dejar m&aacute;s que ligeras huellas. Bilbao ofrecer&iacute;a el aspecto
+de las ciudades hist&oacute;ricas de Italia, que fueron grandes, llenando el
+mundo con el poder&iacute;o de su comercio, y hoy son melanc&oacute;licos cementerios
+de un pasado glorioso. Quedar&iacute;an en pie los palacios del ensanche, la
+r&iacute;a prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo
+el mundo: pero los palacios estar&iacute;an desiertos, el abra, con sus
+contados barcos, tendr&iacute;a la triste grandeza de una jaula inmensa sin
+p&aacute;jaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, ser&iacute;an
+ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen
+a&uacute;n m&aacute;s tr&aacute;gica la soledad de las metr&oacute;polis muertas.</p>
+
+<p>Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los due&ntilde;os de tanta
+riqueza, no hab&iacute;an querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de
+la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus
+complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados &aacute; las f&aacute;ciles y
+seguras ganancias de un pa&iacute;s donde s&oacute;lo hay que arrancar los pedruscos
+del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su
+puerto, la existencia de sus f&aacute;bricas, todo estaba sometido &aacute; la tierra
+roja arrancada de la monta&ntilde;a. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire
+de sus pulmones, y al faltar de repente, caer&iacute;a la villa ostentosa con
+repentina muerte, desaparecer&iacute;a, como el decorado de una comedia de
+magia, aquella riqueza creada de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana, que era para la
+masa infeliz una opulencia insultante.</p>
+
+<p>Tal vez alg&uacute;n d&iacute;a los pasos de los raros transeuntes despertasen el
+mismo eco f&uacute;nebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero
+al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Pod&iacute;a ser que el mar
+enemigo cegase la r&iacute;a con una barra de arena, y que s&oacute;lo de tarde en
+tarde remontase su corriente alg&uacute;n barco mercante.</p>
+
+<p>Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volver&iacute;a &aacute; ser
+la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre
+y pac&iacute;fica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del
+remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus
+calles el ej&eacute;rcito de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los
+que llegaban &aacute; exhibir como una acusaci&oacute;n muda sus harapos y su cara de
+hambre ante los palacios de los ricos.</p>
+
+<p>Y al ausentarse la Fortuna loca, marchar&iacute;an tras sus pasos aquellos
+hombres negros que la segu&iacute;an como merodeadores, que s&oacute;lo se mostraban
+hablando del cielo all&iacute; donde se amontonaban los beneficios de la
+tierra. No vacilar&iacute;an en abandonar una tierra exhausta, olvid&aacute;ndola
+como ten&iacute;an olvidados &aacute; los pa&iacute;ses pobres, donde nunca se mostraban,
+como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.</p>
+
+<p>Aresti, al pensar que la ruina de su pa&iacute;s ser&iacute;a la se&ntilde;al para que los
+invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto
+antes: sonre&iacute;a pensando en el agotamiento de las minas como en una
+cat&aacute;strofe providencial y salvadora.</p>
+
+<p>Llevaba m&aacute;s de dos horas paseando por la orilla de la r&iacute;a. Comenzaba el
+agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol
+ocult&aacute;base tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos segu&iacute;a la
+lenta flotaci&oacute;n del &uacute;ltimo santo, arroj&aacute;ndole piedras para que no se
+detuviera en las revueltas de la corriente.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del
+crep&uacute;sculo de verano, parec&iacute;a envolver suavemente el esp&iacute;ritu de Aresti,
+elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo
+de tierra donde hab&iacute;a de morir. Era un ata&uacute;d, en el que dormitaba,
+rodeado de seres ego&iacute;stas que se defend&iacute;an del vecino &oacute; intentaban
+aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen
+inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin l&iacute;mites.</p>
+
+<p>Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que a&uacute;n
+ten&iacute;a por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados
+sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas
+hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como
+una estrella perdida en la noche.</p>
+
+<p>El sol se hab&iacute;a ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por
+el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del &uacute;ltimo santo.</p>
+
+<p>Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el &uacute;ltimo crep&uacute;sculo de las
+religiones. &iexcl;Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos
+&iacute;dolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las
+leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante
+el negro secreto de la muerte!</p>
+
+<p>El doctor contemplaba la fuga del &iacute;dolo sobre las aguas, y, como atra&iacute;do
+por &eacute;l, lo segu&iacute;a &aacute; lo largo de la ribera.</p>
+
+<p>So&ntilde;aba en el d&iacute;a glorioso de la humana redenci&oacute;n: cuando desapareciesen
+los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hab&iacute;an mantenido &aacute; los
+hombres durante siglos en la esclavitud, cant&aacute;ndoles la canci&oacute;n de la
+humildad y la repugnancia &aacute; la vida, arrull&aacute;ndolos en su eterna ni&ntilde;ez,
+con la apolog&iacute;a de la resignaci&oacute;n cobarde ante las injusticias
+terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...</p>
+
+<p>No: aquellos &iacute;dolos hab&iacute;an enga&ntilde;ado &aacute; la humanidad demasiado tiempo y
+deb&iacute;an morir. Sus d&iacute;as a&uacute;n ser&iacute;an largos, pero estaban contados. Los
+hombres comenzaban &aacute; maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos
+hostiles con la sublime rebeld&iacute;a del sacrilegio. Eran los alcahuetes de
+la injusticia. Bajar&iacute;an de sus altares como hab&iacute;an descendido los dioses
+del paganismo cuando les lleg&oacute; su hora, siendo m&aacute;s hermosos que ellos.
+Quedar&iacute;an en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr
+siquiera, en su fealdad, la admiraci&oacute;n que inspira la armoniosa
+desnudez: se confundir&iacute;an con los fetiches grotescos de los pueblos
+primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras
+sus aspiraciones y anhelos, adorar&iacute;a en el infinito de su idealismo las
+dos &uacute;nicas divinidades de la nueva religi&oacute;n: la Ciencia y la Justicia
+Social.</p>
+
+<p class="c top5">FIN</p>
+
+<p class="playa">Playa de la Malvarrosa (Valencia).<br />
+Abril-Junio de 1904.</p>
+
+<hr />
+
+<p class="c">DEL MISMO AUTOR</p>
+
+<ul>
+<li><span class="un">NOVELAS</span>
+<ul><li><b>Arroz y tartana.</b> <i>Una peseta.</i></li>
+<li><b>Flor de Mayo.</b> <i>Una peseta.</i></li>
+<li><b>La Barraca.</b> <i>3'50 pesetas.</i></li>
+<li><b>Entre naranjos.</b> <i>3 pesetas.</i></li>
+<li><b>Ca&ntilde;as y barro.</b> <i>3 pesetas.</i></li>
+<li><b>S&oacute;nnica la cortesana.</b> 3 pesetas.</li>
+<li><b>La Catedral.</b> 3 pesetas.</li></ul>
+</li>
+</ul>
+
+
+<ul>
+<li><span class="un">CUENTOS</span>
+<ul><li><b>Cuentos valencianos.</b> <i>Una peseta.</i></li>
+<li><b>La Condenada.</b> <i>Una peseta.</i></li></ul>
+</li>
+</ul>
+
+<ul>
+<li><span class="un">VIAJES</span>
+<ul><li><b>Par&iacute;s</b> (<i>agotada</i>).</li>
+<li><b>En el pa&iacute;s del Arte</b> (<i>Tres meses en Italia</i>). 1'50 ptas.</li></ul>
+</li>
+</ul>
+
+<hr class="full" />
+
+<div>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 24466 ***</div>
+</body>
+</html>
+
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+++ b/old/24466-8.txt
@@ -0,0 +1,10824 @@
+The Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: El intruso
+
+Author: Vicente Blasco Ibez
+
+Release Date: January 31, 2008 [EBook #24466]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
+produced from images generously made available by the
+Digital & Multimedia Center, Michigan State University
+Libraries.)
+
+
+
+
+
+
+
+
+
+VICENTE BLASCO IBEZ
+
+EL INTRUSO
+
+--NOVELA--
+
+22.000
+
+F. Sempere y C., Editores
+
+CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32
+
+VALENCIA
+
+1904
+
+
+
+
+I
+
+
+Comenzaba clarear el da cuando despert el doctor Aresti, sintindose
+empujado en un hombro. Lo primero que vi fu el rostro de manzana seca,
+verdoso y arrugado de Katali, su ama de llaves, y los dos cuernos del
+pauelo que llevaba la vieja arrollado las sienes.
+
+--Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues
+que vaya.
+
+Comenz vestirse el doctor, despus de largos desperezos y una rebusca
+lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordndose de
+los estantes de la inmediata habitacin, se extendan por su dormitorio
+de hombre solo.
+
+Dos mdicos tena sus rdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel
+da estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames
+desde la noche anterior, para curar varios mineros heridos por una
+explosin de dinamita.
+
+Katali le ayud ponerse el recio gabn, y abri la puerta de la calle
+mientras el doctor se calaba la boina y requera su _cachaba_, grueso
+cayado con contera de lanza, que le acompaaba siempre en sus visitas
+las minas.
+
+--Oye, Katali--dijo al trasponer la puerta.--Sabes quin es el muerto?
+
+--_El Maestrico_ disen. El que enseaba por la noche el abesedario los
+pinches y era novio de esa que llaman _La Charanga_. Cmo est
+Gallarta, Seor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasa.
+
+--Lo de siempre--murmur el mdico.--El crimen pasional. A estos
+brbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.
+
+Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llam desde la puerta.
+
+--Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San Jos y que le
+esperan en Bilbao. No haga su primo una de las suyas.
+
+Aresti not la entonacin de respeto con que hablaba la vieja de aquel
+primo que le haba invitado comer por ser sus das. En todo el
+distrito minero nadie hablaba de l sin subrayar el nombre con una
+admiracin casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y
+podero, le teman como una fuerza omnipotente.
+
+El doctor, al salir de Gallarta, se abroch el gabn, estremecindose de
+fro. El cielo plomizo y brumoso se confunda con las crestas de los
+montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta
+descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del
+Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirm los
+lentes y sigui adelante todava sooliento, con esa pasividad resignada
+del mdico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus
+zapatos de monte se pegaban al barro; la _cachaba_ iba marcando con su
+lanza un agujero cada paso.
+
+La noche anterior haba cenado Aresti con unos cuantos contratistas de
+las minas, lo ms distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban
+camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos
+camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se
+pegaban al mdico acosndolo con toda clase de agasajos. Despertaba en
+ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que haba estudiado en el
+extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir
+entre ellos, en la sociedad primitiva y casi brbara del distrito
+minero. Esto les halagaba como si fuese una declaracin de superioridad
+en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los _chimbos_ de
+Bilbao. Adems, respetaban al doctor con cierta adoracin supersticiosa
+porque era primo hermano de Snchez Morueta y ste no ocultaba su gran
+cario al mdico...
+
+Snchez Morueta! Cmo quin dice nada! Haca muchos aos que no haba
+estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurran los meses sin
+que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los ms
+ntimos del famoso personaje. Pero ya se poda preguntar por l, lo
+mismo al gobernador de Bilbao que al ltimo pinche de Gallarta: nadie se
+mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se vean
+minas y ms minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos
+inclinados, tranvas areos, rebaos de hombres atacando las canteras:
+de l, todo de l. Y de l tambin, los altos hornos que ardan da y
+noche junto al Nervin, fabricando el acero, y gran parte de los vapores
+atracados los muelles de la ra cargando mineral descargando hulla,
+y muchos ms que paseaban la bandera de la matrcula de Bilbao por todos
+los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un
+sinnmero de fbricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que
+funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se
+dejaba ver, pero se senta su presencia en todas partes. Poda hacer
+un hombre rico de la noche la maana con slo desearlo. Hasta los
+seores de Madrid que gobernaban el pas le buscaban y mimaban para que
+prestase ayuda al Estado en sus apuros y emprstitos. Y el doctor
+Aresti, amado por Snchez Morueta con un afecto doble de padre y de
+hermano, se empeaba en vivir fuera de su proteccin, ms all de la
+lluvia de oro que pareca caer de su mirada y que haca que los hombres
+se agolpasen en torno de l, con la furia brutal de la codicia,
+obligndolo aislarse, permanecer invisible, para no perecer bajo el
+formidable empujn de los adoradores!... La nica merced que el mdico
+haba solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la
+cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecan
+faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama
+de prctico de los hospitales de Pars, con la popularidad que le haban
+dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fu aislarse en las
+minas, cuando an no tena treinta aos, viviendo en una casita de
+Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.
+
+Los contratistas, los capataces, los _qumicos_, toda la gente que
+formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba Aresti, poniendo en
+su adoracin algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio
+las riquezas materiales.
+
+--Le gusta vivir con nosotros--decan con orgullo.--Mejor prefiere una
+merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Snchez
+Morueta tiene en Las Arenas... Ser primo de Don Jos y pasarse meses
+sin verlo!... Pero qu famoso es el doctor!
+
+El msero rebao de los mineros, albergado en los barracones y cantinas,
+tena una fe ciega en su ciencia, le miraba como un brujo capaz de los
+mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano.
+Pasaban por los caminos de la montaa un sinnmero de lisiados, que, al
+conservar la vida despus de horribles catstrofes, proclamaban la
+maestra del cirujano.
+
+--Que venga Don Luis!--gema el minero herido por la explosin de un
+barreno, el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la
+cantera.
+
+Y al ver con la mirada vidriosa de la agona los lentes del doctor, sus
+ojos irnicos bajo unas cejas mefistoflicas y la barba en punta llena
+de canas precoces, los infelices sentanse animados por repentina
+confianza; no perciban la llegada de la muerte, esperando hasta el
+ltimo momento el milagro que haba de salvarles.
+
+Los otros mdicos del distrito eran recibidos por los enfermos con
+triste resignacin. Don Luis: slo el doctor Aresti! Y las seoras de
+Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se
+aburran en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo,
+sentan enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, slo por
+el gusto de hablar con el doctor, que ms de su ciencia llevaba con l
+algo de la grandeza de Snchez Morueta y de las altas clases de Bilbao
+hasta las cuales soaban con llegar algn da. Los maridos no
+necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los
+asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le
+buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagrulicas.
+Le llevaban con ellos las pruebas de bueyes y las apuestas de
+barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de
+la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.
+
+La noche anterior, Aresti se haba acostado tarde. Ya que haba de comer
+en Bilbao invitado por _Don Jos_ (que as era conocido por antonomasia
+el poderoso Snchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual
+nombre, no queran dejar de obsequiar al doctor. Y hasta ms de media
+noche dur la cena en el fondn principal del pueblo: un banquete de
+platos populares y substanciosos, tales como los soaban aquellos ricos
+improvisados en su poca de hambre: conejos de monte, gallinas en toda
+clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile
+de viandas vulgares rociadas desde la primera la ltima con champagne
+de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el
+distintivo de la riqueza; lo nico que haban podido copiar de las
+clases elevadas. Lo queran del ms caro para que constase bien su
+opulencia y lo gastaban cajas, abriendo golpes las botellas, riendo
+como nios cuando el lquido se derramaba por el suelo, mojndose unos
+otros con la espuma, bebindolo en tanques y llenando veces las
+palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que
+los postres nunca dejaba de producir hilaridad.
+
+Aresti sonrea recordando la fiesta de la noche anterior, las
+extravagancias infantiles de aquellos rsticos, enriquecidos rpidamente
+ imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y
+laboriosa que llevaban en el monte.
+
+Sin detenerse en su marcha, el doctor contempl largo rato una colina
+roja que se alzaba un lado del camino. Aquella tumefaccin del paisaje
+era obra del hombre. La montaa se haba formado espuerta sobre
+espuerta. A su sombra haban nacido Gallarta y la riqueza del distrito.
+Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoa, la explotacin ms
+famosa de las Encartaciones: toda de mineral _campanil_ y del ms rico.
+All haban comenzado su fortuna Snchez Morueta y otros potentados de
+Bilbao. Slo quedaba como recuerdo la montaa de escoria. El dinero
+estaba en la villa, y en las entraas de la tierra los siervos annimos
+que haban dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.
+
+Aresti vi un grupo de gente un lado del camino. Pasaban corriendo
+junto l chiquillos y mujeres. A veces se detenan para llamar los
+que estaban en los desmontes inmediatos.
+
+--En! Han matado al _Maestrico_! Vamos verlo!
+
+Y seguan corriendo hacia el gento, en el cual se destacaban los negros
+uniformes y las boinas con chapa de una pareja de miones. Algunos
+muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atrados por el suceso,
+llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos.
+Familiarizados con el explosivo, metanse entre los grupos empujando
+para abrirse paso y ver al muerto.
+
+En medio del camino estaban inmviles varias carretas con sus bueyes de
+raza vasca, pequeos, de patas finas, con una piel de carnero entre los
+cuernos adornando el yugo.
+
+Al llegar el doctor se abri el compacto grupo, dejando ver un hombre
+tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre
+formaban una mscara sobre su rostro. Aresti no tuvo ms que inclinarse
+para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.
+
+El juez municipal, un contratista de los que haban cenado con Aresti,
+le habl del suceso, lamentando el madrugn que le haba proporcionado.
+El pobre _Maestrico_ deba haber muerto casi instantneamente. Tena un
+golpe en el corazn, una de aquellas pualadas que slo se vean en las
+minas donde vive tanta gente salida del presidio. Adems, le haban
+herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Deban ser dos los
+que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volva de Bilbao. Para
+el juez, el suceso no ofreca dudas. De all ira prender los
+culpables sin miedo equivocarse.
+
+Recordaba Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un
+andaluz, de carcter triste y pocas palabras que haba rodado por el
+mundo buscndose la vida en Amrica en cien oficios, y trabajando en
+todas las minas de Espaa. Por las noches, cuando volva del trabajo,
+daba lecciones los pinches. Viva pupilo en casa de los padres de
+_la Charanga_, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta la
+chavalera de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado
+de presidio, un rebelde que iba de una otra cantera despedido siempre
+por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atencin
+por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un
+arsenal de armas oculto. El _Maestrico_ se haba enamorado de _la
+Charanga_ con la pasin reconcentrada y silenciosa de un hombre de
+cuarenta aos. Los padres le queran, alabando sus costumbres sobrias,
+su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de
+bestia alegre, deca que s todo, continuando sus relaciones con el
+matoncillo. Iban casarse en aquella misma semana. El _Maestrico_ haba
+marchado el da anterior Bilbao para comprar algunos regalos la
+novia y, al regreso, el amante y su padre le haban esperado en el
+camino.
+
+Aresti oy unos gemidos su espalda. Entre el gento, un minero viejo
+se llevaba las manos los ojos.
+
+--Antn... pobre _Maestrico_. Matar un hombre as! Tan bueno!...
+tan trabajador!
+
+Era el padre de _la Charanga_, que lloraba ante el cadver de su pupilo.
+
+El mdico se fij en el abultado abdomen del muerto, hizo que un min
+desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela
+blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que suean las muchachas
+de las minas como una elegancia suprema. El pobre _Maestrico_ haba ido
+ la villa para comprar este regalo su novia.
+
+Se abri el grupo con cierto rumor de curiosidad, como la llegada de
+un personaje esperado. Era _la Charanga_, con las manos en las fuertes
+caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado,
+mostrando al sonrer sus dientes agudos de loba impdica.
+
+--Pero es verdad que han matao _ese_?...
+
+Y fijaba su mirada en el mdico, con la misma expresin de lbrica
+generosidad con que muchas veces le haba invitado seguirla cuando le
+encontraba en el campo. Despus contempl el cadver framente, sin
+emocin, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompi rer.
+
+--Redis! Pus ya poda yo anoche esperar mis botas!...
+
+Fu todo lo que se le ocurri ante el cadver del que iba ser su
+marido. Y rompiendo codazos por entre los hombres que se conmovan al
+contacto de sus caderas, sali del grupo, alejndose con soberbia
+indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor ella iba ir
+presidio.
+
+--La bestia!--dijo el mdico al juez, siguindola con la mirada.--La
+hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos
+se maten por poseerla... Esto slo se ve aqu.
+
+Y Aresti sonrea con la satisfaccin del naturalista que contempla en
+su gabinete un animal extraordinario.
+
+Llegaban de Gallarta nuevos grupos atrados por la noticia del
+asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miones en
+busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadver,
+llevndolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor
+emprendi el regreso y, cerca ya de Gallarta, not que un muchacho de
+unos catorce aos, un pinche de los que trabajaban en las minas, le
+segua, marchando tan pronto su lado como delante, siempre volviendo
+la cara hacia l, mirndole con unos ojos desmesuradamente abiertos,
+suplicantes y vidriosos como si fuesen saltarles las lgrimas.
+
+--Qu se ofrece caballero?--dijo Aresti con su voz alegre que pareca
+esparcir la confianza entre los desgraciados.
+
+--Seor dotor--gimi el muchacho.--Mi padre... mi pobre padre.
+
+Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se
+ahogaron las palabras en su garganta y rompi llorar.
+
+Aresti se fij en l. No era del pas: deba ser _maketo_, de los que
+llegaban en cuadrillas de Castilla de Len, empujados por el hambre,
+atrados por los jornales de las minas. Un pantaln azul, con piezas
+superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus
+zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprima una
+camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la
+maraa de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de
+una boina vieja. Ola juventud descuidada, ropas mantenidas sobre la
+carne meses enteros. Aresti conoca este perfume de las minas; el hedor
+de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la
+misma envoltura.
+
+--Tu padre... ya te entiendo--dijo bondadosamente.--Y qu le ocurre
+tu padre? Vamos ver.
+
+El pinche se explic trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga,
+en una casa de peones, muy enfermo; se mora. Al amanecer haba querido
+levantarse para ir al trabajo como los dems compaeros, pero le arda
+la piel, deliraba. El da antes haba llovido y se moj en la cantera.
+l, que era su hijo, se haba quedado para cuidarle. Pero cmo,
+seor?... Estaba muy malo, mucho. Para que l se hubiera decidido
+perder el jornal del da!...
+
+Y el muchacho repiti lo de la prdida del jornal varias veces, dndole
+con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostracin
+de la gravedad del enfermo.
+
+Aresti crey consolarle, prometiendo que enviara al mdico que estaba
+en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompi llorar
+de nuevo.
+
+--Seor dotor... Usted, slo usted... Se lo pido por lo que quiera ms
+en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe ms que todos
+juntos. La gente dice que usted hace milagros...
+
+Y apoderndose de una mano del doctor, se la bes repetidas veces sin
+saber qu decir, como si estas muestras de veneracin fuesen todo su
+lenguaje y con l quisiera convencer al mdico.
+
+--Basta, muchacho--dijo Aresti riendo.--No sigas. Ir Labarga para que
+no me beses ms con tu cara sucia... Buena se va poner Katali cuando
+sepa que subo al monte.
+
+El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habl con menos
+dificultad contestando sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y
+haban venido las minas su padre y l con seis paisanos ms. Haca
+tres aos que realizaban este viaje la entrada del invierno. Ellos
+tenan all su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las
+mujeres se encargaban de los campos durante el fro y los hombres
+emprendan la peregrinacin Bilbao en busca de los jornales fabulosos,
+de once reales tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el
+pas. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y
+plantar la del ao prximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era
+dura, moran algunos; pero se poda volver casa con buenos ahorros.
+
+--Yo, seor dotor, gano siete reales: mi padre once doce. Damos un
+real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aqu todo va por
+las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral
+destroza mucho. Adems, casi todas las semanas llueve en esta tierra y
+no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos
+casa los diez meses con cuarenta cincuenta duros.
+
+--Pues vais ser ricos cualquier da--dijo Aresti.
+
+--Quia! no seor!--contest el muchacho cndidamente.--Ricos nunca lo
+seremos. Aun si ese dinero fuese para nosotros!...
+
+--Es que lo regalais?...
+
+--Se lo llevan los mandones. Con l pagamos la contribucin.
+
+Aresti camin un buen rato en silencio, admirando una vez ms la
+sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada
+ las privaciones, sin la ms leve vegetacin de ideas de protesta en su
+cerebro estril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de
+campamento, encorvados ante la piedra roja, arandola de sol sol con
+un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentacin,
+acelerando da por da la ruina de su organismo; y este sacrificio
+obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridculo
+sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y
+pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.
+
+Al entrar en Gallarta, el mdico pas apresuradamente ante su casa,
+temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al
+monte.
+
+--Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y an he de tomar el tren
+para Bilbao.
+
+Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta
+empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustndose
+ todas sus tortuosidades. Eran mseros edificios construidos con
+mineral en la poca que ste no era tan buscado; gruesos paredones
+agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y
+los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes
+aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates
+del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los
+establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas
+ventanas con vidrios empaados servan de escaparates, exhibiendo
+zapatos quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa,
+enviados las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A
+causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas
+tenan varios peldaos ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran
+profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar ellas. Los
+establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La
+calle, con sus tiendas estrechas y lbregas y sus casas de poca altura,
+haca recordar la tortuosa va de una poblacin rabe. Algunas carretas
+permanecan detenidas las puertas de las tabernas, moviendo los
+bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro
+gritaban los conductores ante los vasos de vino.
+
+Aresti tena buenas piernas, acostumbrado como estaba aquel pas
+montuoso, y apoyndose en la _cachaba_ segua sin dificultad al pinche
+que casi corra por el camino, con direccin Labarga, uno de los
+barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotacin minera. As
+como ascendan por el spero camino, era ms fuerte el viento y se
+ensanchaba el paisaje. Agrandbanse los montes y se velaban los valles
+bajo la bruma de la maana. Por la parte del mar, el Serantes, que
+guarda la desembocadura de la ra de Bilbao, recortaba sobre el cielo
+plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies
+extenda el mar su ancha faja obscura, cortada trechos por otros
+montes ms bajos, metindose en tringulos, tierra adentro, en forma de
+ensenadas y ras.
+
+Haca algn tiempo que el doctor no haba subido pie la cuesta de
+Labarga y encontraba cierta novedad al espectculo. Sin dejar de andar,
+iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al
+pie de Serantes, era San Pedro Abanto; ms all, al lado de una ra,
+alzbase la montaa de Somorrostro. Dos nombres famosos que conoca toda
+Espaa despus de la guerra civil. Como una resurreccin de aquella
+lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas
+inmediatas al camino, tembl la tierra con sorda trepidacin y
+estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por
+el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban una hora
+fija, por la maana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus
+cornetas para que se alejase la gente. Ms all de las minas inmediatas
+sonaron nuevas detonaciones, y luego otras ms lejanas, estremecindose
+toda la cuenca minera con un incesante caoneo como si tronasen bateras
+ocultas en todos los repliegues y cspides de los montes.
+
+Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las
+Encartaciones, cuando el ejrcito liberal intentaba levantar el sitio de
+Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de
+la guerra y la destruccin, haban popularizado los nombres de dos
+humildes aldeas de Vizcaya. l no haba presenciado los combates; pero
+como si los hubiera visto, despus de escuchar su relato tantas veces
+los viejos del pas y muchos de los contratistas que eran entonces
+aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al
+cura de su anteiglesia, haban tomado las armas en defensa del Seor y
+los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del
+llano, haban matado de un certero caonazo los dos mejores generales
+del carlismo. Despus, el mdico miraba el monte de Somorrostro con sus
+speras pendientes, aislado, lgubre como una pirmide. An se
+encontraban osamentas al cavar en las faldas. All haba sido la gran
+carnicera: los batallones del gobierno, la infantera de marina, con la
+bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro,
+pugnaban por subir lo ms alto para vencer al enemigo, y ste los
+fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fra
+anticipacin, y parecindole poco mortfero el fusil, apelaba
+procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las
+alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las
+minas, y estos carros de la muerte descendan saltando de peasco en
+peasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba cada choque,
+cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los
+celtberos brbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas
+locas rompan las masas de pantalones rojos azules que en vano
+intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su frreo volteo, hacan
+crujir los huesos, deshilachaban los msculos, y, manchadas de sangre,
+seguan rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destruccin.
+
+--Imbciles! imbciles--repeta mentalmente el doctor.
+
+Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos
+montes y en otros de ms all; en todos los que dorman eternamente en
+las entraas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una
+simple cuestin de personas, hbilmente explotada en nombre del
+sentimiento religioso y de la repulsin que siente el vascongado por
+toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.
+
+Contrastando con estos recuerdos de una poca de violencias, rodeaban al
+doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el
+movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra.
+Los tranvas areos para la conduccin del mineral apoyaban sus cables
+sobre los robustos postes y deslizndose por ellos, pasaba el rosario de
+tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeaderos,
+descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los
+descargaderos de Ortuella, la va frrea del Triano, que es el
+respiradero de las minas.
+
+En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corran sobre los
+rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por
+caballos, empujadas otras por hombres. Veanse grandes plataformas de
+madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehculos
+amarrados una cadena sin fin. La va automtica de una compaa
+extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que
+parecan seres animados. Los vehculos rodaban en dos filas, en opuestas
+direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su
+camino en lnea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y
+atravesando las alturas por tneles pendientes que los devoraban.
+
+El paisaje apareca trastornado por la mano del hombre. El minero
+violaba la Naturaleza, volcndola, desordenando sus ropajes. Todo
+haba cambiado de lugar. Las cumbres haban sido echadas abajo por la
+piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban
+convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecan desgarradas:
+lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el
+pavoroso corte del despeadero. Habase cambiado el curso de las aguas;
+las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapbanse ahora con
+rezumamiento fangoso por las angostas galeras que perforaban las
+pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su
+carne, mostraban el armazn calcreo, la triste osamenta. Los prados de
+otras pocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo
+haba desaparecido, como si soplara sobre aquellas montaas un viento de
+fuego. Slo quedaba el pedrusco frreo, el terrn rojo, la tierra
+codiciada por el hombre, que pareca haber ardido con interna
+combustin. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante.
+Creca la hierba all donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las
+plataformas carcomidas, delatando una explotacin abandonada. En estos
+rincones pacan algunos rebaos de ovejas panzudas, de largas lanas,
+dando con sus esquilas una nota de calma pastoril aquel paisaje
+desolado que pareca recin surgido de una catstrofe geolgica.
+
+El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de
+esos crteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de
+sus convulsiones. Pareca imposible que aquella profundidad fuese obra
+del hombre en tan pocos aos. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando
+el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos.
+Los caballos parecan por su tamao escapados de una caja de juguetes.
+
+Aresti, ante este desgarrn de la corteza terrestre que mostraba al aire
+sus entraas, recordaba las formas y colores de las piezas anatmicas
+reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como
+huesos; las fajas de mena rojiza tenan el tono sanguinolento de los
+msculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso
+de los intestinos.
+
+A un extremo de la gigantesca excavacin la montaa se haba venido
+abajo, formando una cascada inmvil de ondas de tierra y enormes
+pedruscos. El mdico recordaba la catstrofe ocurrida cuatro aos antes.
+La cantera se haba derrumbado, cogiendo en su cada una cuadrilla de
+obreros que trabajaba en su base. Unos haban perecido aplastados
+instantneamente: otros haban quedado enterrados en vida, en un
+socavn, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La
+gente acuda para pegar sus odos con horror los peascos
+desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los
+gemidos de los infelices que perecan lentamente en la obscuridad de las
+entraas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los das. Centenares
+de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver
+la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, slo
+haban avanzado algunos metros y ya no se oa nada: de la tierra no
+sala ningn lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios
+cadveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el crneo
+aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando
+an en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del
+socavn en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la
+cueva se pudran tras el gigantesco tapn de mineral que los haba
+aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocan. Haban
+llegado las minas poco antes y los capataces slo anotaban sus apodos.
+Tal vez en algn rincn de Espaa los esperaran an, creyendo que
+cuanto ms larga fuese la ausencia mayores seran los ahorros.
+
+Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salan gemidos del
+derrumbamiento. Durante unos meses vironse en el camino de Labarga
+formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las
+casas temblaban los muchachos y las jvenes, oyendo hablar de las pobres
+almas en pena de la mina. Pero cierta maana apareci tendido en el
+camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo
+fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron salir fantasmas, ni
+nadie sinti deseos de adornar la catstrofe con grotescas apariciones.
+
+El recuerdo de los enterrados fu borrndose en la memoria de todos. Las
+desgracias, en aquella explotacin cruel que gastaba las vidas de muchos
+miles de hombres, superponanse unas otras con frecuencia, ocultando y
+desvaneciendo las anteriores. Un da, las vagonetas, al chocar unas con
+otras, aplastaban un obrero: otro da saltaban de los rieles al bajar
+por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo,
+que no recelaba la muerte traidora que llegaba sus espaldas: los
+barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen
+espigas; llovan pedruscos en mitad de la faena, matando
+instantneamente; y por si esto no era bastante, haba que contar con
+los navajazos la salida de la taberna, con las rias en la cantera,
+con las disputas en los das de cobro, con la feroz acometividad de
+aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual
+vivan confundidos los que al salir de los penales de Santoa,
+Valladolid Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las
+minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y nadie se
+preguntaba quin era y de dnde vena...
+
+La Muerte rondaba en torno del msero populacho, como un lobo alrededor
+del rebao, siempre vigilante, con las uas afuera y los dientes agudos.
+Zarpazo aqu, dentellada all, la gran enemiga se mostraba infatigable.
+Siempre haba en el hospital ms de una docena de camas ocupadas por
+carne enferma que peda entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un
+perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega
+fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la
+misma montaa, llegando apenas la opulenta Bilbao. El mineral marchaba
+ra abajo sin que nadie pensase en lo que haba costado su arranque del
+suelo.
+
+Aresti sali de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle nica
+de Labarga, dos filas de mseras casuchas puestas sobre los peascos que
+bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecan palacios,
+comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas,
+conocidas en el pas con el nombre de _chabolas_, con tabiques de madera
+delgada y techumbre de planchas corrodas. Las puertas estaban en dos
+piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera,
+y la superior, al abrirse, era la nica ventana que daba la casa luz y
+aire. Las incesantes lluvias haban podrido aquellas habitaciones,
+reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella
+fuese convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre
+cuerdas los guiapos de color indefinible puestos secar. Algunas
+gallinas flacas y espeluznadas corran por el camino. Los nios
+permanecan sentados ante las puertas, graves inmviles, como si
+fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillera de los pueblos del
+llano.
+
+Al ver al doctor, salan las mujeres las puertas de sus tugurios,
+sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo
+de pronto el miedo enfermedades que tenan olvidadas.
+
+--Chicas, es don Luis!--se gritaban unas otras.--Seor doctor, aqu!
+Mreme usted este chico!... Entre ver mi madre!
+
+Pero Aresti conoca de larga fecha estos recibimientos; el furor que
+acometa todos por estar enfermos apenas le vean, sin ocurrrseles
+bajar al hospital ms que en casos de extrema gravedad. Y segua
+adelante sonriendo unas, contestando otras alegremente, precedido
+por el pinche zamorano que volva la cara como si temiese verle
+secuestrado por el grupo de comadres.
+
+Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una
+casucha que era la peor del barrio. Tena los ojos casi ocultos bajo las
+cejas y un gesto de desdn contraa cada momento su cara negruzca. Al
+ver al mdico no se llev la mano la boina ni abandon su inmovilidad
+de fakir, como si estuviera abstrado en la contemplacin de la miseria
+que le rodeaba.
+
+--Salud, amigo _Barbas_!--dijo el mdico alegremente, detenindose ante
+l.--Qu hay compaero?
+
+--Mucho y malo, don Luis.
+
+--Y esa revolucin cundo la hacemos?...
+
+El _Barbas_ mir un instante Aresti con ojos ceudos, como si fuese
+insultarle: despus escupi la nicotina de sus labios con un gesto
+desdeoso.
+
+--Brlese, don Luis. Usted est acostumbrado or quejarse de dolor lo
+mismo al rico que al pobre, ver que todos mueren igual; por eso toma
+risa las cosas de los hombres. Al fin no somos ms que animales. Hace
+usted bien. Rase... pero el trueno gordo se acerca. Algn da
+encontrarn su merecido todos los ladrones... todos! incluso su primo
+Snchez Morueta.
+
+--Compaero! y yo?--dijo el doctor.--Qu vas hacer de m?
+
+--Usted es un guasn que se re de la vida... pero entre burlas y veras
+hace bien los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los
+nuestros.
+
+--Gracias, compaero _Barbas_.
+
+Y dando entender al solitario con un gesto que volvera para hablar
+con l, subi los peldaos de una casucha en cuya puerta le esperaba
+impaciente el pinche.
+
+Era la _casa de peones_, el miserable albergue de las montaas mineras,
+donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado visitar
+aquellos tugurios que olan rancho agrio, humo y perro mojado.
+En la entrada de la casa estaba el fogn con algo de loza vieja alineada
+en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso,
+como si las tablas trasudasen de una pieza otra la suciedad y la mugre
+de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por
+los pauelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables
+zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las
+manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirndose con ojos bizcos
+los cuernos del pauelo rojo arrollado la cabeza. Unos gatos flacos y
+espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de
+la olla: unos animales lgubres, de mirada feroz, tigres empequeecidos
+que parecan alimentarse con el hambre que sobraba sus amos.
+
+La vieja rompi en lamentaciones al conocer don Luis. El pobre pen
+estaba muy malito: ver si lo sacaba adelante!... Ella le haba tomado
+ley despus de tenerlo varios aos en su casa. Y al lamentarse, haba
+tal expresin de fro egosmo en sus ojos, que el doctor la ataj
+brutalmente:
+
+--Sobre todo, lo que usted ms siente, ta Gertrudis, es perder un real
+diario si muere.
+
+--Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay ms casas de peones.
+Mi probe viejo est casi baldao del reuma y gana menos que un pinche
+escogiendo mineral en los lavaderos. Y muchas gracias que lo aguantan,
+y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... Ay
+Seor, despus de trabajar toda la vida! El mdico levant una
+cortinilla de percal rojo y desteido que ocultaba un tugurio sin luz,
+ocupado por la cama de los viejos. Levant otra, y vi un cuartucho no
+mucho ms grande, obstruido completamente por un camastro enorme,
+formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En l dorma toda
+la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin
+separacin alguna, sin ms aire que el que entraba por la puerta y las
+grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maz cubran el
+tablado: cuatro mantas cosidas unas otras formaban la cubierta comn
+de los ocho, y junto la pared yacan destripadas y mustias algunas
+almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las
+cabezas.
+
+Aresti pens con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio.
+Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques
+arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de
+arrastrarlas hasta el depsito de mena y volverlas su primitivo sitio.
+Despus de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao
+ tocino, dorman en aquel tabuco, sin quitarse ms que las botas ,
+cuando ms, el chaquetn, conservando las ropas impregnadas de sudor
+mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que poda
+tocarse con las manos, hacase irrespirable las pocas horas,
+espesndose con el vaho de tantos cuerpos, impregnndose del olor de
+suciedad. Los parsitos anidados en los pliegues del camastro, en las
+junturas de la madera, en los agujeros del techo, salan de caza con la
+excitacin del calor, ensandose al amparo de la obscuridad en los
+cuerpos innimes que duermen con el sueo embrutecedor de la fatiga. En
+las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte parte la
+casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos
+vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los
+sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad
+fraterniza.
+
+El mdico consideraba que aquellos ocho hombres que dorman en comn
+eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las
+aventuras de su peregrinacin anual: y su pensamiento iba hacia otras
+casas de peones, tan mseras como aquella, donde los hombres acostados
+en la misma cama no se haban visto nunca; donde el infeliz muchacho,
+recin llegado de su tierra, dorma en contacto con un individuo, con
+otro que tambin acababa de llegar la mina, tal vez recin salido del
+presidio fugitivo por algn crimen. Los cuerpos extraos se juntaban
+bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne
+sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta
+promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jvenes, de inocentes
+jayanes recin venidos de su tierra y veteranos de la vida errante,
+conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una
+forzada abstinencia de la carne, en un pas donde por las condiciones
+del trabajo, los hombres son mucho ms numerosos que las mujeres, y la
+continua afluencia de presidiarios licenciados traa consigo todas las
+criminales aberraciones de la virilidad aislada.
+
+Aresti vi al enfermo en el fondo del camastro, junto la pared,
+respirando jadeante. Estaba acostumbrado visitar los tabucos de los
+mineros: nada le extraaba, y con agilidad de muchacho salt encima del
+tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendi una cerilla
+y entonces vi en el tabique de la cabecera que en otros tiempos haba
+sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando
+generales contemporneos, con el ros calado y el pecho cubierto de
+bandas y cruces, hroes de la guerra que se haban cubierto de gloria
+entregando territorios al enemigo fusilando en masa indgenas
+indefensos.
+
+El mdico no pudo contener su risa.
+
+--Por qu estarn aqu estos tos?...
+
+Las estampas habran sido pegadas como adorno, sin fijarse en los
+personajes; tal vez seran recuerdos de algn antiguo soldado, cndido
+y entusiasta, que creera haber servido las rdenes de caudillos
+inmortales.
+
+El enfermo tena los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel
+arda. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la
+lluvia de la noche anterior.
+
+--Una pulmona de padre y seor mo--dijo el doctor arrojando la cerilla
+y saliendo del camastro otra vez de rodillas.
+
+Afuera, junto al fogn, escribi una receta en una hoja de su cartera,
+encargando al pobre pinche, que despus de la visita pareca ms
+tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.
+
+Cuando Aresti sali de la barraca, despus de hacer varias
+recomendaciones la vieja, vi que le aguardaba en medio del camino un
+contratista de los ms amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el
+chaleco brillbale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas
+fabricadas con la tela impermeable que serva de forro las cajas de
+dinamita.
+
+--Hola, _Milord_--dijo el mdico.--Qu, hoy no hay oficios divinos en
+la capilla de Baracaldo?
+
+--No, don Luis--dijo el contratista con cierta uncin en sus
+palabras.--Demasiado sabe usted que en nuestra religin este da no es
+de fiesta.
+
+--Y _Milady_, siempre tan hermosa y elegante?
+
+--Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos ms que unos pobres
+patanes con un poquito de proteccin.
+
+Despus de esto, el llamado _Milord_ rog al mdico, que ya que estaba
+en Labarga, se llegase la cantina de _Tocino_, el capataz de su
+confianza, que llevaba varios das inmvil en la cama por el reuma.
+Aresti se resista alegando su viaje Bilbao.
+
+--Un momento nada ms, don Luis: entrar y salir. Yo tambin tengo prisa
+por llegarme la mina. El pobre _Tocino_ me hace tanta falta cuando no
+est all!...
+
+El doctor se dej conducir algunos minutos ms all de Labarga, hasta
+una altura donde estaba establecida la tienda de _Tocino_. Por el camino
+bromeaba con el contratista sobre su religin. El _Milord_ haba sido
+capataz de las minas de una compaa inglesa, logrando interesar al
+ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y
+no dejar descanso los peones de sol sol. La proteccin del jefe lo
+elev contratista, colocndole en el camino de la riqueza, y, no
+sabiendo cmo mostrar su gratitud al ingls, haba abrazado el
+protestantismo. La despreocupacin religiosa era general en las minas:
+slo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y
+para ligarse ms ntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis
+aos en un colegio de Inglaterra, volviendo de all la muchacha con un
+exterior pdico y unas costumbres de _confort_ que regocijaban toda
+Gallarta. Los domingos, _Milord_ y _Milady_ bajaban Baracaldo,
+vestidos con trajes que encargaban Londres, para confundirse con las
+familias de los ingenieros y los mecnicos ingleses empleados en las
+minas en las fundiciones de la ra, que llenaban la nica capilla
+evanglica del pas. Aresti, que haba cogido cierto miedo los
+_flirts_ con _Milady_, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y
+que conoca ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana
+durante la noche, ensalzaba irnicamente al padre lo mucho que su
+robusto retoo haba ganado despus de la cepilladura en el extranjero.
+
+--La educacin inglesa!--deca _Milord_ abriendo mucho la boca para
+marcar su admiracin.--Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la
+chica... Es verdad que acostumbrada tantas finuras, se aburre aqu
+entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi
+ambicin, y es casarla con algn seor de la compaa.
+
+--Har usted bien--dijo el mdico con zumbona gravedad, recordando las
+ligerezas de la nia al verse libre en las minas, despus de las
+pudibundeces del colegio.--Esos seores son aqu los nicos que pueden
+cargar con ella.
+
+Llegaron la cantina de _Tocino_, una casa aislada, de mampostera, con
+un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda
+la tierra de las Encartaciones y adems el abra de Bilbao, la ra,
+Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervin,
+parecan formar una sola urbe. En ltimo trmino, entre montaas, se
+adivinaba la villa heroica industriosa: el humo de las fundiciones y
+fbricas se confunda con el cielo plomizo. A la entrada de la ra, el
+alto puente de Vizcaya marcbase como un arco triunfal de negro encaje.
+
+La cantina ocupaba el piso bajo, amontonndose en ella los ms diversos
+objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros
+pendientes del techo... All estaban almacenados todos los vveres, por
+cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las
+canteras. Aresti conoca aquella alimentacin; alubias y patatas con un
+poco de tocino. El arroz, slo era buscado cuando la patata resultaba
+cara. Adems, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano
+entre grandes manojos de cebollas y ajos.
+
+El pan se amontonaba detrs del mostrador, al amparo de los dueos, como
+si stos temiesen los hurtos de los parroquianos una sbita acometida
+de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas
+por la ranciedad, esparca acre hedor. De las viguetas del techo pendan
+bateras de cocina, y en las estanteras se alineaban piezas de tela,
+botes de conservas, ferretera, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo
+tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que
+objetos, parecan sacados de una excavacin despus de un entierro de
+siglos.
+
+Tras el mostrador estaba la mujer de _Tocino_ con su hijo, un
+adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero
+Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban
+los parroquianos desprecindolos, y en su aspecto miserable, algo que le
+haca recordar los judos. La gente del contorno les odiaba. Al menor
+intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan
+por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenan un aspecto
+de miseria y sordidez ms triste que el de la gente de fuera. El doctor
+recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, los que haba
+asistido por curiosidad; los apstrofes los explotadores de las
+cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean
+chupndoles la sangre; y se deca con gravedad:
+
+--No; pues stos les luce poco la tal alimentacin.
+
+A la entrada de la cantina exista una especie de jaula de madera con un
+ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueo de la
+tienda, envuelto en mantas, quejndose cada momento, pero sin dejar de
+repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos,
+que le servan para su complicada contabilidad.
+
+El _Milord_ manifest su extraeza vindole all. l, que le traa nada
+menos que al doctor Aresti creyndolo en peligro de muerte!... Mientras
+el mdico le examinaba con la indiferencia del que est habituado
+casos ms graves, _Tocino_ prorrumpa en lamentaciones, hacindole coro
+su mujer. Estaba enfermo ms de lo que crean: no poda moverse: los
+dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y haba que repasar
+las cuentas, ya que estaba cerca el da de la paga.
+
+--Vaya, _Tocino_--dijo Aresti;--lo que tienes es poca cosa,
+desaparecer con el cambio de tiempo. Quejarse as un hombrachn que
+parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que
+engordas con lo que robas.
+
+--Pero qu cosas tiene este don Luis!--exclam el _Milord_ mirando la
+tendera, que enseaba sus dientes amarillos para sonrer lo mismo que el
+protector de su marido.
+
+--Robar!--mugi _Tocino_.--Robar! Siempre est usted con lo mismo!
+Tanto oye usted los trabajadores, en su mana de mimarlos cuando se
+los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aqu
+nadie se roba. Aqu lo nico que se hace es defender lo que es de uno.
+
+Y _Tocino_ se indignaba, olvidando los dolores. l venda sus artculos
+al fiado estamos?... se expona perderlos, y qu cosa ms natural
+que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el da del
+pago en las minas?... Haba que conocer los obreros: cada uno de un
+pas; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al
+fiado, y el da de cobranza, si les era posible hacan lo que ellos
+llaman _la curva_; cobraban y se iban la taberna, rehuyendo el pasar
+por la tienda de comestibles. A bien que esto no les vala con _Tocino_
+y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. l les
+pagaba all mismo su trabajo y all mismo les descontaba lo que llevaban
+comido. Aun as haba sus quiebras, pues los que slo trabajaban una
+semana, desaparecan despus de haber tomado al fiado ms de lo que
+importaban sus jornales.
+
+Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas segua
+recriminndolo.
+
+--_Tocino_, t eres un ladrn que vendes los obreros los artculos
+averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar ms caros que en
+la villa.
+
+--Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges--grit
+el capataz enrojeciendo de indignacin con el recuerdo de lo que decan
+los obreros en sus reuniones.
+
+--_Tocino_, t abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen
+libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene tu tienda le
+quitas el trabajo en la cantera.
+
+--Los amigos son para ayudarse unos otros. Qu tiene de particular
+que yo slo d trabajo los que se surten de mi establecimiento?
+
+--T robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja,
+descontndole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda
+mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se
+hace en todas partes, sino por meses, para que as tenga que vivir
+crdito y se vea obligado comer lo que queris darle y al precio que
+mejor os parece.
+
+--Vaya; ahora me toca m--dijo riendo el _Milord_.--Pero este don Luis
+es peor que los predicadores de blusa que vienen echar soflamas en el
+frontn de Gallarta. Suerte que no le da usted por hablar en pblico.
+
+--_Milord_: todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros
+rpidamente con el hierro y aun arais algunos cntimos en el jornal y
+el estmago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los
+capataces. Vais medias. De da explotis los brazos y de noche los
+estmagos. Hacis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de
+peones forasteros que vienen rabiar y ahorrar durante algunos meses,
+pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan ms en
+el pas y ya veris la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre
+aqu, acabe por conoceros.
+
+El doctor cort la conversacin recordando su viaje Bilbao, y sali de
+la cantina despus de hacer varias recomendaciones para la curacin de
+_Tocino_. La mujer y el hijo sonrean servilmente, pero con una
+expresin hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del
+doctor.
+
+El contratista sigui adelante, hacia su mina, y Aresti descendi
+Labarga pensando en la miseria del rebao humano esparcido por la
+montaa. Varias veces haba intentado rebelarse, y los resultados de su
+protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en ms de una ocasin,
+con sangre, no le haban hecho mejorar gran cosa. nicamente el respeto
+ la vida humana era mayor que en los primeros aos de explotacin.
+Aresti recordaba su llegada las minas, cuando se viva en ellas casi
+con las armas en la mano, como en Alaska en los primitivos _placeres_
+de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el
+vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo los trabajadores
+rebeldes; ya no exista la tarifa de la carne humana, cotizndose las
+desgracias veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas. Se
+asociaban los trabajadores establecidos en el pas, creaban ncleos de
+resistencia, inspiraban cierto temor los explotadores, logrando con
+esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero an faltaba la
+cohesin entre ellos, causa del vaivn de la poblacin minera, de
+aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el
+invierno y el hambre en las mseras comarcas del interior y se retiraba
+al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huan su
+tierra as que se iniciaba una huelga y apareca en las minas la guardia
+civil. Haban venido ganar dinero y evitaban los conflictos pasando
+por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses
+miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compaeros
+establecidos en el pas, pensando con el duro egosmo de la gente rural,
+que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos
+al fin haban de volver sus tierras. Los labriegos convertidos en
+mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que
+imposibilitaba la ascensin de los que vivan en el pas.
+
+La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de
+galeras subterrneas, con sus peligros que exigen cierta maestra, el
+personal no era fcil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero
+en las prdigas Encartaciones el hierro forma montaas enteras: la
+explotacin es cielo abierto; slo se necesita hacer saltar la piedra,
+recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el
+bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas
+ sustituir sin esfuerzo alguno todo el que abandonaba su puesto
+protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigracin,
+cortndose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la
+poblacin obrera de las Encartaciones, era difcil que el trabajo
+conquistase todos sus derechos.
+
+Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobl el paso al
+entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no or los
+llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.
+
+--Don Luis, un momento...
+
+Era el _Barbas_, que haba abandonado su inmovilidad de fakir para
+detener al doctor.
+
+--Qu hay, compaero?
+
+--Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aqu, de lo
+que hacen esos ladrones.
+
+Y le mostraba con gesto trgico su casucha. Como Aresti no pareca
+comprenderse, el _Barbas_ le mostr la parte superior de su barraca
+falta de techumbre.
+
+--Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos
+de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian
+y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cmo echarme. Hace una
+semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la
+calle, pero el _Barbas_ firme en su puesto con la compaera. La pobre
+vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se
+menea de ah. Me han de tener la vista siempre. Hay para rato si
+piensan librarse de m... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor.
+Quieren quitarme el suelo as como me han robado el techo. Piensan
+excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus
+estacas, para ver si as me voy... Pues no me ir! El _Barbas_, en su
+sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni
+trabajo, ni me voy... Espero, sabe usted?, espero que llegue la gorda;
+espero el da en que toda la montaa baje al llano y yo pueda quitarles
+el techo y el piso todos los _chalets_ que se han hecho esos
+pintureros, esos piojos resucitados que la echan de seores costa de
+los pobres.
+
+Y el _Barbas_ acompa un buen trecho al doctor, mugiendo sus
+maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos ms
+inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades
+malficas que hacan sentir la fuerza de su poder en la montaa, sin
+mostrarse ms que por la mediacin de administradores y capataces, si
+explotaban la mina directamente, de contratistas si crean ms
+ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.
+
+Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vi venir hacia l un
+hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi
+pareca una mulilla. Por la cabalgadura conoci Aresti desde muy lejos
+don Facundo, el cura prroco de Gallarta. Haca diez aos que haba sido
+trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de lava, y afirmaba
+que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. Paz, mucha
+paz; para todos hay vida en el mundo. Y en santa paz viva, siendo gran
+amigo de Aresti, y tomando broma las doctrinas revolucionarias que el
+doctor, por aburrimiento, expona los ricos de Gallarta despus de sus
+famosas cenas. Cierta vez que el mdico, cansado de la monotona de su
+existencia, se divirti en propagar el budhismo entre los rudos
+contratistas y hasta intent algunas ceremonias del culto indostnico,
+estilo de las que haba presenciado en el museo Guimet de Pars, el cura
+no manifest indignacin, Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los
+sabios: ya se cansar. Para l, la religin verdadera no decreca ni
+experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos,
+casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.
+
+A misa slo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre
+vaca, pero el pas era muy religioso y la prueba estaba en que l no
+tena libre un momento, y continuamente vean todos trotar su burra
+blanca por los caminos y atajos de la montaa. Aquel curato vala ms
+que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de
+Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente
+marchase la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su
+atad por el vozarrn del cura. Haba das en que acompaaba cinco
+entierros en los lugares ms lejanos de la parroquia; asunto de leguas.
+Pero l no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura
+infatigable, y montado en ella acuda todas partes. Delante, marchaba
+el atad en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban
+alaridos y se mesaban el pelo con desesperacin de gitanas, y detrs don
+Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido pie
+por el sacristn, al que llamaba su corneta de rdenes, siempre
+cantando, pues los parientes ponan reparos la hora de pagar si
+cantaba poco, repitiendo automticamente los versculos del oficio de
+difuntos, al mismo tiempo que se daba el comps esgrimiendo sobre su
+cabeza la vara de fresno con que arreaba la cabalgadura.
+
+Un alto en la marcha era lo nico que le haca perder la calma.
+
+--Aprisa, hijos mos--deca los conductores del cadver--que hoy an
+me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.
+
+Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de
+acompaar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de
+luna clarsima, al retirarse casa despus de una cena con los
+contratistas, en las afueras de Gallarta. Oy un canto lgubre que
+rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vi pasar un hombre,
+vacilante sobre sus piernas, que pareca ebrio, llevando cuestas
+otro, envuelto en una sbana, con un brazo colgante que le golpeaba
+cada paso. Despus, una especie de centauro agrandado por el misterio de
+la noche, que mova algo negro como una espada, sin cesar de mugir:
+
+ Qui dormiunt in terr pulvere, evigilabunt...
+
+--Buenas noches, don Luis--dijo el cura al reconocer al doctor.--Con
+este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he
+dejado para lo ltimo... Despus dir usted que la Iglesia no trabaja!
+
+Y en el silencio de la noche, volvi reanudar su lgubre cantinela,
+la luz de la luna, camino del cementerio.
+
+Lo nico que le indignaba era que le hablasen de la extensin de la
+parroquia y lo difcil de servirla un hombre solo. No, carape!: l
+tena fuerzas para servir Dios hasta que reventase; sobre todo,
+tratndose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificacin
+parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver los seores del
+obispado despus de dar un tiento doloroso los ahorros y cuando al fin
+haban acabado por colocar sus rdenes dos vicarios, dedic stos
+ las _faenas menudas_ del templo, reservndose l los entierros.
+
+Las asombrosas fortunas creadas en las minas haban tentado su codicia.
+l tambin tena sus contratas; tambin pactaba arranque de mineral con
+los seores de Bilbao iba sobre la burra de los entierros echar un
+vistazo al trabajo de los peones. Pero pesar de que sus negocios
+marchaban bien y la hora del champagne, en las cenas de los
+contratistas, le haca confesar el mdico que llevaba reunidos ms de
+cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera poca
+de las minas, cuando l y don Luis eran recin llegados y cada cual
+viva su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborreca
+los tranvas areos, los planos inclinados, todos los recientes medios
+de conduccin. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado
+por bueyes hasta la ra, y haba guardas en los caminos para ordenar el
+paso de las carretas que alegraban la montaa con sus chirridos. Slo en
+Gallarta existan ms de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba
+ms caro y el dinero se reparta entre ms gente. Entonces fu cuando el
+cura inaugur su iglesia y al buscar un santo patrn eligi San
+Antonio. An rea el doctor recordando la candidez con que explicaba el
+cura esta preferencia.
+
+--No puede ser otro. San Antonio es el patrn de las bestias y aqu en
+Gallarta hay tanto buey....
+
+Al reconocer don Facundo al mdico, refren el paso de su cabalgadura.
+
+--A la mina, eh?--pregunt Aresti.
+
+--S seor: acabo de largar mi misita y ahora un rato ver lo que hacen
+aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo
+humano. Hay que trabajar, don Luis.
+
+--Pero hoy no es da de fiesta?...
+
+--Ah, grandsimo zumbn! Ya adivino lo que quiere decirme con su
+sonrisa. S, da de fiesta es, segn nuestra Madre la Iglesia, y deben
+guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cmo los pobres trabajan
+en todas las canteras. Yo no voy privar de un jornal mis peones,
+despus de tantos das de lluvia, en los que no han podido hacer nada.
+Adems, tengo mis contratos con el dueo de la mina... Vaya, adis: le
+dejo para que se burle de m sus anchas.
+
+Iba ya arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.
+
+--Dicen que han matado al _Maestrico_?... Vaya un caso. Era un buen
+muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... A la tarde entierro!
+Arre burra!
+
+Y se alej con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que haba
+cado trabajo.
+
+Cuando el doctor fu entrar en su casa todava se vi detenido por un
+hombre que le esperaba sentado junto la puerta. La vieja Catalina le
+llamaba furiosa desde adentro.
+
+--Qu est fro el desayuno!... Qu no coger usted el tren! Ya le he
+dicho ese condenao que su primo le espera y no est usted para
+canciones...
+
+Pero Aresti no la hizo caso y se dej abordar por aquel hombre,
+dicindose mentalmente: Qu magnfico animal! Tembl por su mano,
+cuando se la agarr el gigantn con una de sus garras de dedos callosos
+y gruesos. Bajo la blusa se delataba cada movimiento una musculatura
+de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, haca
+recordar Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que
+haba admirado en su niez.
+
+--Vengo lo del otro da--dijo con alguna torpeza, pero mirando al
+mdico en los ojos como dispuesto pelear, si era preciso defendiendo
+sus pretensiones.
+
+--A lo del otro da?... Pues hijo, no me acuerdo. Me buscan tantos!...
+
+Pero de pronto, el doctor pareci recordar, y una sonrisa maliciosa
+anim su rostro.
+
+--Ah, s! Ya me acuerdo: vienes lo del practicante. T eres el marido
+de esa... Bien y qu?
+
+--Quiero que usted arregle eso, don Luis--continu el gigantn con
+energa;-- lo arregla usted que es tan bueno doy el gran escndalo.
+Ya le dije cmo los pill en mi casa el domingo pasado: tengo testigos.
+Los llevar al juzgado, y si l no se pone en razn y hace lo que le
+corresponde, ir un presidio y ella la galera.
+
+--S, hombre, s--dijo Aresti.--Recuerdo tu asunto. Me gusta verte ms
+tranquilo que el otro da. Pero qu voy a hacer yo?
+
+--Arreglarlo, seor dotor: que ese sinvergenza sufra castigo. Va ser
+l de mejor pasta que otros? Al juzgado ir con l.
+
+--Pero pides demasiado, hijo mo. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte
+duros: pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en
+el hospital!... Si es ms pobre que t!...
+
+--Bueno--dijo el gigantn con aspecto indeciso, rascndose la cabeza por
+debajo de la boina.--Pus que sean quince... que sean doce, ya que
+usted se empea. Pero de ah no bajo nada. No me conformo con menos de
+doce dar el escndalo. En usted confo, dotor. Ya le quisiera yo ver
+con una perra como la ma: sabra lo que es bueno. Qu he de hacer? Ir
+ presidio y que se mueran de hambre mis pequeos? Que paguen, que
+paguen, ya que quieren hacer el guapo!
+
+Y se alej, despus de recomendar varias veces al mdico, con tono
+suplicante, que no olvidase su asunto.
+
+Aresti, mientras despachaba el desayuno y vesta sus ropas de fiesta,
+colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraa psicologa
+de una gran parte de las gentes de las minas.
+
+De jvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo
+oculto en la faja, dispuestos disputarse la hembra pualadas.
+Asesinaban al rival como al infeliz _Maestrico_; y despus, de casados,
+satisfecho el primer mpetu de su apetito exacerbado por la escasez de
+mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas;
+olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar ms que en el
+dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rpidas y
+milagrosos encumbramientos que pareca soplar sobre las minas. Se
+exterminaban por una cuestin de jornales de comestibles, y al
+encontrarse frente frente con el adulterio, torcan el gesto como ante
+una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su
+desgracia cierto provecho.
+
+
+
+
+II
+
+
+Ms de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara
+Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la
+estacin de El Desierto, experiment ante el magnfico panorama de la
+ra la misma impresin de asombro de los aldeanos que slo abandonaban
+sus caseros la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto
+importante los llamaba la villa.
+
+El tren dej atrs los torreones gemelos de los altos hornos de
+fundicin--los castillos feudales de Snchez Morueta segn deca el
+doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,--y
+despus de atravesar un tnel, avanz por la ribera cruzando los
+descargaderos de mineral. Eran estos modo de baluartes que, arrancando
+de la montaa, llegaban hasta la ra, elevados algunos metros sobre el
+nivel de los campos. Los de las compaas extranjeras eran verdes, con
+los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos,
+y las pequeas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como
+juguetes. Los de las explotaciones del pas eran de un rojo antiptico,
+de escombros de mineral, desmoronndose con las lluvias sus pendientes,
+revelando el espritu de sus dueos, incapaces de realzar con el ms
+leve adorno los instrumentos de explotacin. En la ra, junto las
+gras que funcionaban incesantemente, dorman los vapores, con el casco
+invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los
+mstiles. Suban de sus entraas los grandes tanques de hierro cargados
+de hulla inglesa y, deslizndose por los rails areos, iban volcar el
+negro mineral en las enormes montaas de las fbricas. Corran por las
+vas de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar
+al punto ms avanzado inclinbanse como si quisieran arrojarse al agua,
+soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos
+riberas de la ra estaban en continua funcin, vomitando y absorviendo;
+entregando el mineral de sus montaas y apoderndose del carbn
+extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas
+de los buques; los nombres ms exticos impronunciables lucan en sus
+costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguan los
+veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.
+
+Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ra
+con sus barcos y fbricas: por la ventanilla opuesta, admirbase la paz
+de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos,
+removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrs y las
+piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movan el
+baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvan de nuevo
+ rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres
+lavaban sus guiapos casi tendidas al borde de arroyos de lquido rojo,
+como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de
+Bilbao: los lavados del mineral enrojecan hasta la corriente del
+Nervin. La industria, al enriquecer al pas, corrompa las aguas puras
+y cristalinas de la poca pastoril. El doctor recordaba la miseria de
+los peones de las minas, que les haca huir de las fuentes de la
+montaa, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestin.
+Preferan el lquido rojo impuro de los lavaderos porque, ensuciando
+su estmago, haca menos frecuente el hambre.
+
+Avanzaba l tren hacia Bilbao, detenindose en las estaciones de la
+orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban
+su casero hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ra pasaban
+pequeos remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de
+cabotaje de las matrculas de la costa, navegando lentamente por miedo
+las revueltas; vapores que rompan las aguas con imperceptible
+movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del
+bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la
+moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar
+pdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fbricas, negros,
+de espesos vellones, como rebaos de la noche; blancos, ligeramente
+dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiracin de un
+hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias
+minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetase por todo el
+paisaje, como una nota caracterstica del panorama bilbano, avanzando
+por las quebraduras de la montaa donde estn las vas frreas del
+mineral, resbalando por las dos orillas de la ra tras las chimeneas de
+los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los
+remolcadores y de las mquinas giratorias de sus gras.
+
+Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera
+vez.
+
+--Bilbao es grande--se deca con cierto orgullo.--Hay que confesar que
+esta gente ha hecho mucho, Lstima que valga tan poco cuando la sacan
+de sus negocios!...
+
+Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al
+aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de
+nuevo. Quedaba atrs, confundindose con otras montaas, el famoso pico
+de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche
+Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada
+del liberalismo, que an viva en todas las memorias agrandado por las
+fantsticas proporciones que da la tradicin. Despus apareca entre los
+montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que
+irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo,
+seor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones
+triangulares, y sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su
+arboleda montaa arriba, hasta la cumbre coronada por una granja
+vaquera. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, haban
+levantado los jesutas una imagen de San Jos, con un arco de focos
+elctricos. Mientras dorman los buenos padres, el semicrculo luminoso
+recordaba los pueblos de la ra y la misma Bilbao que all estaba la
+orden poderosa y dominadora, pronta siempre ponerse de pie, no
+queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El
+doctor hallaba natural que fuese San Jos el escogido para esta
+glorificacin; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de
+la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para
+formar la sociedad del porvenir.
+
+Adivinbase la proximidad de la villa. A un lado surgan entre los
+campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas
+que eran como las avanzadas de una poblacin desbordada y en continuo
+avance. Al otro se cubran las orillas de la ra de almacenes, tinglados
+y gras, elevndose el carbn en montaas, sin dejar un espacio de
+muelle libre. Las embarcaciones tocbanse unas otras amarradas las
+enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja hmeda y
+fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Vease el
+incesante ir y venir de las _cargueras_, mseras mujeres de ropas sucias
+y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los
+tablones que servan de puente entre los buques y el muelle. Unas
+llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbn; otras descargaban los
+fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre
+que haba de ser consumido en el interior de la pennsula.
+
+Detvose el tren despus de atravesar un tnel, y el doctor, subiendo
+una larga escalera, se vi en el sitio ms cntrico de la villa, junto
+al puente del Arenal, donde pareca condensarse todo el movimiento de la
+poblacin. En aquel pedazo de ribera, robando las aguas parte de su
+curso y hasta aprovechndose del subsuelo, la iniciativa industrial
+haba escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de
+Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao
+nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la Repblica de Abando, con
+sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete
+pisos, y sus plazas de geomtrica rigidez. Al otro lado del puente, la
+Bilbao tradicional; la Bilbao de los _chimbos_, de los hijos del pas
+que haban conocido la llegada de gentes del interior, atradas por la
+prosperidad de las minas, y que formaban ahora ms de la mitad del
+vecindario. All estaban las famosas Siete Calles, ncleo de la antigua
+villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y
+morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, ergua sus torres
+de un gtico ridculo la iglesia de los jesutas, con su residencia
+anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geomtrica, los
+hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos
+fabulosamente por las minas de la noche la maana.
+
+Aresti pas el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvas y
+las carretas, y entr en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga
+reflejaba en las aguas del Nervin su arquitectura pretenciosa cargada
+de caritides y estatuas; al otro, extenda el paseo sus filas de
+pltanos, por entre cuyas copas asomaban los mstiles y chimeneas de los
+buques atracados la orilla. Piaban los pjaros, saltando sobre la
+arena de las avenidas, pero sus gritos perdanse entre el bramido de las
+locomotoras, el silbido de los tranvas y el mugido de algn vapor que
+entraba lentamente ra arriba.
+
+Aresti di un vistazo la acera llamada el _boulevard_, ocupada siempre
+por los curiosos estacionados ante los cafs. Frente al Suizo, se
+colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentndose de la
+decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban gritos los
+diarios recin llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el
+centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla cada sobre
+los ojos y la falda agarrada y bien ceida, de modo que al andar se
+marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y,
+bien proporcionadas. Aresti fijbase en la separacin del hombre y la
+mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su
+sitio. El hombre los negocios y la mujer sola la iglesia hacer
+visitas, como nica diversin. Pas una pareja cogida del brazo.
+
+--Sern forasteros--se dijo el doctor.--Tal vez algn empleado de los
+que enva el gobierno. _Maketos_, como dicen mis paisanos.
+
+Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicols, fu
+en busca de su primo. El poderoso Snchez Morueta viva en su hotel de
+Las Arenas, evitndose as el molesto asedio que parsitos y protegidos
+le hacan sufrir en Bilbao. Adems, habituado las costumbres inglesas,
+gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus mltiples
+negocios le hacan venir casi todos los das al escritorio que tena en
+la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las maanas, todo correr
+de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metindose en el
+escritorio como si huyera. Aun as, tena que separar muchas veces con
+sus fuertes puos los que le esperaban en la puerta, para proponerle
+negocios disparatados pedirle dinero. Una vez en su despacho, era
+difcil abordarle al travs de los escribientes y criados que guardaban
+la escalera. A la salida, Snchez Morueta slo osaba poner el pie en la
+calle cuando tena su carruaje cerca y poda escapar, ante la mirada
+atnita de los solicitantes que esperaban horas y ms horas. Los
+despechados, la turba pedigea que en vano le asediaba y bloqueaba,
+llambanle El solitario de Las Arenas, El ogro de la Sendeja, que
+era donde tena su escritorio, y hasta afirmaban, faltando la verdad,
+que su carruaje slo tena un asiento, para evitarse de este modo toda
+compaa. Transcurran meses enteros sin que penetrasen en su despacho
+otras personas que algn corredor de confianza los principales
+empleados del escritorio, que reciban sus rdenes. Con los otros
+capitalistas de la poblacin--muchos de ellos compaeros de la juventud,
+que haban marchado juntos con l en la primera etapa por el camino de
+la fortuna--se comunicaba telefnicamente tutendose, pero en estilo
+conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.
+
+Aresti sigui su marcha lo largo del muelle, mirando los remolinos del
+agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para
+examinar dos barcos de cabotaje, dos _cachemerines_ de la costa, con los
+ttulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por
+extraos cargamentos, en los que se confundan los fardos de bacalao con
+mesas y silleras embaladas. Ofrecan igual aspecto que los carromatos
+de los ordinarios de los pueblos, cargados de los ms diversos objetos.
+En uno de los buques, la tripulacin se agrupaba proa en torno del
+hornillo donde herva el caldero del rancho. Los barcos estaban tan
+hundidos causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, vea el
+fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de l,
+tostados, enjutos, habituados la lucha mortal con el mar cntabro, le
+hacan recordar su padre, entrevisto en los primeros aos de su vida y
+del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.
+
+El doctor, separndose del muelle, pas la acera de la Sendeja. El
+escritorio de su primo estaba en un casern antiguo y seorial, todo de
+piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un
+gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero
+y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su
+fortuna la Iglesia, se negaba vender el edificio Snchez Morueta,
+dndose la satisfaccin de tener por inquilino uno de los primeros
+ricos de Bilbao.
+
+Aresti no os subir directamente al despacho de su primo, temiendo la
+resistencia de algn portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de
+los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefiri
+entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la
+casa, bajo la direccin de un antiguo amigo de la familia, el capitn
+Matas Iriondo. Aquella oficina era lo nico accesible del edificio,
+donde se poda entrar la buena de Dios, sin miedo esperar ni
+porteros inflexibles.
+
+--Est el _Capi_?...--pregunt Aresti los escribientes que trabajaban
+tras un atajadizo de cristales.
+
+--Pasa, _Planeta_, pasa!--grit alguien tras una puerta del fondo del
+corredor.
+
+Y Aresti entr, al mismo tiempo que el capitn, el _Capi_ como le
+llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia l con los
+brazos abiertos.
+
+--Te he conocido con slo orte, Luisillo--dijo Iriondo con su voz
+bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y
+obligado hacerse or entre los mugidos del viento y de las olas.--Ay,
+_Planeta_!... Te encuentro algo aviejado.
+
+Y haba que or la expresin cariosa que daba el marino al mote de
+_Planeta_ aplicado al doctor. Para l, en su habla bilbana, los hombres
+se dividan en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de
+utilidad y no tenan mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de
+nada, los que llamaba _arlotes_. Y luego venan los _planetas_, gente
+simptica y buena, pero sin seriedad ni sentido prctico; los calaveras;
+los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas
+que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian
+el dinero llegando la vejez sin salir de pobres. Y qu mayor
+_planeta_ que aquel mdico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao,
+prefera vivir entre los brutos de las minas?
+
+--Ah, _Planeta_!--deca sin soltar Luis de entre sus brazos.--Lo
+menos hace medio ao que no te veo. Y siempre tan loco, verdad? Siempre
+coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho.
+Apuesto cualquier cosa que an no has reunido mil duros!...
+
+Y rea, con lstima cariosa, de su querido _Planeta_, al que
+consideraba en eterna infancia, como un nio revoltoso que haba que
+dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cario.
+
+--_Capi_, pues t tampoco ests muy joven que digamos. Te probaba ms el
+mar.
+
+--Tienes razn--dijo Iriondo con melancola.--Si al menos pudiese ir
+todos los das al monte con la escopeta, cazar _chimbos_!... Pero hay
+que despachar cinco seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse
+el mundo y todos trabajamos como negros... Adems, nos hacemos viejos,
+Luisillo. T olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto,
+cuando t an jugabas en Olaveaga en la huerta de tu to.
+
+Aresti admiraba el vigor del capitn. Estaba en los cincuenta aos. Era
+bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia
+ensancharse, como si fuera cuadrrsele el cuerpo. Su cara se haba
+recocido, como l deca, en casi todos los puntos de la lnea
+ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su
+barba, en la que slo apuntaban algunas canas. Tena las crneas de los
+ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban
+de frente, brillaban con una expresin de bondad. Conoca todas las
+picardas del mundo: haba pasado en su juventud por todos los
+desrdenes de las gentes de mar, que despus de meses enteros de
+aislamiento y privacin sobre las olas, bajan tierra como lobos. Haba
+brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones
+diablicas de los negros; se haba rozado con hembras de todos los
+colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, despus de
+una vida de aventuras, notbase en l la honrada simplicidad de esos
+marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos
+cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar
+ contaminarse con ellas, sacudindolas apenas vuelven al desierto del
+ocano.
+
+El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas
+veces haba contado el _Capi_ de sobremesa en casa de Snchez Morueta,
+con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar
+atencin en el entrecejo de la seora que tema cada instante
+extralimitaciones en el relato. No haba mar en el globo en el cual no
+hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde
+el _cachemerin_ al trasatlntico. De joven haba hecho el cabotaje entre
+el archipilago de Luzn y las Molucas. El sultn de all era gran
+amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese
+entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. Para qu? Con un
+tabaco de Manila poda llevrselas l a todas sin permiso de sultanillo.
+Haba trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de
+California; montaas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a
+Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; haca memoria, con
+sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con
+ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que
+los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra,
+gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las
+costas de frica con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, senta
+la nostalgia del azul negruzco e intenso del Ocano, del verde luminoso
+y difano del mar de las Antillas, de la larga ondulacin del Pacfico y
+las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterrneo le
+inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandra y Npoles,
+verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. Desde Gibraltar a
+Suez--deca--, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en
+el mar, y ahora esperan en los puertos.
+
+Su amistad con Snchez Morueta, que databa de la infancia, le haba
+proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos
+barcos de la casa; y adems, no cargaba un buque extranjero minerales de
+su principal que no lo despachase l, acumulando as una pequea
+fortuna que le envidiaban sus antiguos compaeros de navegacin. Era
+bilbano la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir
+el domingo con la escopeta al hombro cazar _chimbos_ en los montes,
+pajarillos de varias clases, que haban proporcionado un mote los
+hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes
+que no tena trabajo, algn _chacoln_ del camino de Begoa saborear
+el bacalao la vizcana, rocindolo con el vinillo agrio del pas. Sus
+amigos _chacolineros_ pasaban por el despacho para noticiarle
+misteriosamente cundo se abra pipa nueva.
+
+--Capitn, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche un _chacoln_ de
+dos aos.
+
+Y el capitn abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre,
+pareca un cuarto de marinera, sin ms adornos que una mesa vieja,
+algunas sillas, un botijo en un rincn y algunas fotografas de buques
+en las paredes. Pareca imposible que all se hablase de negocios que
+importaban millones. Un barmetro enorme, dorado y con vistosos adornos,
+regalo de Snchez Morueta, era el nico objeto notable y el que ms
+estimaba el capitn, pues, por sus hbitos de hombre de mar, siempre se
+estaba preocupando del tiempo.
+
+--Tena muchas ganas de verte--dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio
+ante la mesa.--Las veces que he pensado en ir pasar un da en las
+minas! All hay caza ahora, verdad? Slo que la gente acomodada parece
+que no se dedica otra cosa. Ay, _Planeta_! Y cmo va alegrarse Pepe
+cuando te vea. Yo hace cuatro das que no le he hablado. Ya sabes su
+genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por
+ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con l, cuanto
+menos se habla, mejor. Su debilidad eres t... t y Fernandito, ese
+ingenierete tan simptico que tiene en los altos hornos. Las veces que
+Pepe te recuerda! Un da, hablando de t y de tus _planetadas_, le o
+decir. Ese chico, ese chico deba estar mi lado.
+
+--Oye _Capi_; y cmo anda mi prima, la santa doa Cristina? ha metido
+ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?
+
+El capitn ces de sonrer y por sus ojos cndidos pas una sombra de
+inquietud. No poda disimular su turbacin.
+
+--No s... la veo poco. Debe estar como siempre...
+
+Y aadi con repentina resolucin:
+
+--Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo mis
+barcos, y fuera de ellos nada me importa.
+
+Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la
+esposa de Snchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que
+helaba las palabras y cohiba el pensamiento. Aresti se levant para
+subir al despacho de su primo.
+
+--Por la escalera no--dijo el capitn.--Sube por ah: es la escalerilla
+interior y llegars ms pronto. Hasta luego: yo tambin soy de la
+cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevar en su carruaje.... Si
+ests falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta
+las dos no comeremos.
+
+El doctor subi por una escalerilla de madera con cubierta de cristales,
+que travs de un patio interior pona en comunicacin el entresuelo
+con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con
+mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas
+y taquillas de madera rojiza, as como los lomos de cobre de los grandes
+libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corran
+por las cornisas de una otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban
+relojes elctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fbricas
+de la casa, adornaban las paredes.
+
+Aresti, despus de una corta espera, fu introducido en aquel despacho,
+del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde
+Snchez Morueta fabricaba raudales de oro con slo concentrar su
+pensamiento.
+
+--Cmo ests, Luis?...
+
+Lo primero que vi el doctor fu una mano tendida hacia l, una mano
+firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de hroe
+prehistrico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo un
+cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi
+le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conoca la villa entera,
+virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia
+abajo una luz fra. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las
+solapas del traje pareca suavizar los salientes enrgicos de los
+pmulos y las fuertes articulaciones de su mandbula robusta y
+prominente como la de los animales de presa. Tena cana la barba, gris
+el pelo y, sin embargo, pareca envolverle un nimbo de juventud, de
+fuerza serena, de energa reposada y tenaz, que se comunicaba cuantos
+le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la
+naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin ms auxilio
+que las energas del msculo y del pensamiento, y acababan por
+posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la
+porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia los
+blasones de armas de la provincia, deca hablando de l: Mi primo se ha
+escapado del escudo de Vizcaya.
+
+Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento
+y la accin en continuo uso.
+
+Conserv un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujndola
+con slo un ligero movimiento, y pasada esta efusin extraordinaria en
+l, volvise hacia su secretario, que permaneca de pie junto la mesa
+manejando papeles y hojas telegrficas.
+
+--Sintate, Luis--dijo como si le diese una orden--acabo en seguida.
+
+Y le volvi la espalda, olvidndolo, mientras el secretario sonrea
+servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias
+reverencias. Aresti conoca de muchos aos aquel hombrecillo que haba
+comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza
+de Snchez Morueta. El capitn le llamaba el perro de doa Cristina
+por la proteccin que le dispensaba la seora y la adhesin absoluta con
+que l le corresponda. Aresti desprecibale por las sonrisas con que
+saludaba su parentesco con el amo.
+
+Mientras el millonario lea los papeles, cambiando de vez en cuando
+alguna palabra con su secretario, el mdico, hundido en un silln,
+dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufran una decepcin al entrar
+all, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente
+Snchez Morueta. La habitacin era sencilla: dos grandes balcones sobre
+la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel
+imitacin de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio
+con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos
+se hubiera de dormir. En un rincn, una caja de hierro; en otro una
+antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo
+arqueolgico del pas, y en las paredes, modelos en relieve de los
+principales vapores de la casa y una enorme fotografa del _Goizeko
+izarra_ (_Estrella de la maana_), el yate de tres mstiles y doble
+chimenea, que permaneca amarrado todo el ao en la baha de Axpe, como
+si Snchez Morueta hubiese perdido su aficin los viajes. Sobre la
+chimenea se alineaban en escala de tamaos, fragmentos pulidos de rieles
+y piezas de fundicin, muestras flamantes del acero fabricado en los
+altos hornos de la casa. Un pequeo estante contena libros ingleses,
+anuarios comerciales, catlogos de navegacin, memorias sobre minera y
+metalurgia. El nico libro que estaba entre los papeles de la mesa de
+trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el
+_Yacht Register_ de ms reciente publicacin, como si el millonario
+encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento
+los potentados de la tierra que ms dichosos que l, podan vagar por
+los mares. El despacho tena el mismo aspecto de sobriedad y robustez de
+su dueo. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo
+slido y discreto que slo se encuentra en las cmaras de los grandes
+buques. Aresti resuma la impresin en pocas palabras; All todo ola
+ingls.... Hasta el traje del amo.
+
+Al concentrar la atencin en su primo, volva admirar sus manos;
+aquellas manos nicas, que parecan dotadas de vida y pensamiento
+aparte; que iban instintivamente, entre el montn de papeles, en lnea
+recta y sin vacilacin hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como
+animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza
+propia para vivir por s solas. Aresti las admiraba con cierto respeto
+supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se
+entregaran vencidos, anonadados. Nada poda resistir aquellas
+hermosas garras de bestia luchadora inteligente. El movimiento de la
+sangre en sus venas de grueso relieve, pareca el latido de un
+pensamiento oculto.
+
+Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con slo un movimiento todos
+los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande
+hombre indicaron al secretario con fra mirada que poda retirarse la
+habitacin inmediata donde tena su despacho: una pieza con grandes
+estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de
+mineral bajo campanas de vidrio.
+
+--Don Jos, un momento,--dijo el hombrecillo;--me permito recordar
+usted el encargo de doa Cristina, ya que est aqu el seor doctor.
+
+Y como Snchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclin
+hacia l, murmurando algunas palabras.
+
+El millonario dud algunos momentos mirando su primo.
+
+--Es un favor que te pide Cristina--dijo con alguna vacilacin.--Al
+saber que venas hoy, me encarg que subieses un momento Begoa para
+ver don Toms, ese cura viejo que algunas veces nos visita.
+
+Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se
+apresur aadir.
+
+--Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis das y que hay que
+tener contentas las seoras. Mi mujer y mi hija se alegrarn mucho. Es
+una visita corta: el pobre, segn parece, est desahuciado de todos.
+Qu te cuesta darlas gusto?...
+
+En su mirada y su acento haba tal tono de splica, que Aresti acept
+mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso su
+poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el hijo favorito de
+la fortuna, como l lo llamaba, tena sus disgustos dentro del hogar.
+
+--Goicochea te acompaar--dijo sealando su secretario.--Toma abajo
+mi carruaje, y, mientras vuelves, terminar mi tarea. Hasta luego, Luis.
+
+Y cogiendo una pluma, comenz escribir, como si una repentina
+preocupacin le hiciese olvidar por completo su pariente.
+
+Aresti, llevando al lado Goicochea en el mullido carruaje del
+millonario, pas por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando
+sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niez.
+Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente
+teidas. El carruaje comenz ascender penosamente por la spera cuesta
+de Begoa. Terminaba el desfile de casas. Ensanchbase el horizonte,
+extendindose entre las montaas los campos verdes, y los robledales de
+tono bronceado, interrumpidos trechos por las blancas manchas de las
+caseras. El sol asomaba por primera vez en la maana al travs de un
+desgarrn de las nubes, y el humo que se extenda sobre la villa tomaba
+una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del
+camino levantbanse casas aisladas, ostentando en su puerta el
+tradicional _branque_, el ramo verde que indica la buena bebida del
+pas. Eran los famosos _chacolines_ con sus rtulos: Se venden
+voladores, para que el estruendo fuese completo en das de romera.
+
+Goicochea, que no era hombre silencioso y crea faltar al respeto al
+primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares
+con cierto entusiasmo.
+
+--Me gusta pasar por aqu, seor doctor, porque recuerdo mi juventud...
+los famosos das del sitio. Usted sera muy nio entonces, y ya no se
+acordar.
+
+Animado por la mirada interrogante del doctor, sigui hablando:
+
+--Ve usted dnde hemos dejado la crcel? Pues poco ms menos ah
+estaba la lnea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilbamos de cerca,
+vindonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los
+centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecan
+lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.
+
+--Usted sera de _los auxiliares_, como mi primo Pepe,--dijo Aresti;--de
+los que defendan la villa.
+
+Goicochea di un respingo en su asiento, pero en seguida recobr su
+aspecto plcido y contest con humilde sonrisa:
+
+--Quia, no seor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio
+vizcano y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis:
+calaveradas. Entonces tena uno la cabeza ligera y an no haban llegado
+los ocho hijos que ahora me devoran.
+
+Y como si tuviera inters en que el doctor conociese exactamente sus
+creencias, sigui hablando:
+
+--Por supuesto, que ahora me ro de aquellas locuras. Y pensar que en
+Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya
+no soy carlista, y como yo, la mayora de los que entonces expusimos la
+pelleja.
+
+--Pues qu son ustedes?...
+
+--Qu hemos de ser, don Luis? No lo sabe usted?... Nacionalistas;
+bizkaitarras; partidarios de que el Seoro de Vizcaya vuelva ser lo
+que fu, con sus fueros benditos y mucha religin, pero mucha. Quines
+han trado este pas la mala peste de la libertad y todas sus
+impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los _maketos_: y don Carlos
+no es ms que un _maketo_, tan liberal como los que hoy reinan, y adems
+tiene los escndalos de su vida impropia de un catlico.... Lo que yo
+digo, don Luis. Qudese la Maketania con su gente sin religin y sin
+virtud y deje libre la honrada y noble Bizkaya.... con B alta eh? con
+B alta, y con K, pues la gente de Espaa para robarnos en todo, hasta
+mete mano en nuestro nombre escribindolo de distinta manera.
+
+Y con el ndice trazaba en el espacio grandes _bes_ para que constase
+una vez ms su protesta ortogrfica.
+
+El carruaje rodaba por los altos de Begoa. Dorma el camino en medio de
+una paz monacal. A un lado y otro alzbanse grandes edificios de
+reciente construccin. Eran conventos ocupados por frailes de rdenes
+antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las seoras
+ricas de la villa haba levantado aquellos palacios. All iba parar
+una parte no pequea de las ganancias de las minas. La limosna
+cuantiosa, y los legados testamentarios cubran de conventos iglesias
+aquella parte del monte Artagn. El silencio monacal, que pareca
+extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que
+exhalaba abajo la poblacin, dominada aquella hora por la fiebre de
+los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las
+torrecillas de ladrillo rojo, llamando gentes invisibles: se
+entreabra un portn con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil,
+blanca y almidonada y un rincn de huerto frondoso. Aresti, influenciado
+por este ambiente, pensaba en los msticos retiros de la Flandes
+catlica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus
+beguinas cubiertas por tocas ntidas, de movibles alas, como mariposas
+de nieve.
+
+Goicochea segua hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don
+Toms, el cura que iban visitar; un santo varn que en otros tiempos
+confesaba la de Snchez Morueta y que pronto morira como un justo si
+la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje par ante la iglesia
+de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la Repblica; la Repblica
+de Begoa, que an conservaba esta denominacin de los tiempos forales.
+
+Aresti, guiado por su acompaante, entr en la casa del cura para ver
+ste, inmvil en un silln, desalentado y tembloroso ante la proximidad
+de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que haba disputado ms de
+una vez en casa de Snchez Morueta, el viejo mostr en sus gestos cierta
+esperanza. A ver si poda salvarlo con aquella ciencia que haba
+ensalzado tantas veces al discutir con l! No poda dormir, no poda
+acostarse; se ahogaba. Aresti conoci primera vista la gravedad de su
+dolencia. Tena enfermo el corazn, el rgano rebelde todo reparo. Por
+ms que intent animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su
+astucia aguzada por el miedo, adivin la ineficacia del remedio, entre
+aquellos planes de curacin que Aresti le propona por decir algo.
+
+--Lo mismo que los otros!--gimi.--Ay Virgen de Begoa!... Virgen de
+Begoaaa!
+
+El acento desesperado con que llamaba la Virgen, revelaba el egosmo
+de la vida, agarrndose la ltima esperanza, implorando un milagro,
+con la ilusin de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas
+las leyes de la existencia.
+
+Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea mir al templo y se descubri
+como si le pesara volver la villa sin saludar la imagen.
+
+--Podamos entrar un momento, no le parece, don Luis? Nos queda tiempo
+de sobra. Usted, indudablemente, no habr visto la Virgen desde que
+le coronaron como Seora de Vizcaya? Pues est muy bonita. Entremos y yo
+pedir un poco por el desgraciado don Toms.
+
+Aresti se dej conducir. No haba estado all desde que era nio, y le
+interesaba ver las grandes reformas que la devocin de los ricos de
+abajo haba realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante
+las guerras y al que afluan ahora todos los sentimientos del pas
+hostiles la nacionalidad espaola y sus progresos.
+
+Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas
+las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reuna el vecindario,
+amparado de la lluvia, para tratar los asuntos pblicos despus de la
+misa. Por algo, la mayora de los pueblos vizcanos tomaron el ttulo de
+anteiglesias, en poca de fueros.
+
+Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el
+altar mayor, dejndose caer de rodillas ante la Virgen con devocin
+compungida, Aresti pase por el templo, examinndolo. Los
+reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su
+atencin. Eran piezas de esa ebanistera parisin del barrio de San
+Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para
+las seoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compaeros
+de oficio adornan un dormitorio un _budoir_. El gusto artstico del
+jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gtico
+sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras
+pendan, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas
+peregrinaciones, y cubran las paredes lpidas conmemorativas en
+vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronacin de
+la Virgen.
+
+Al mdico le interesaban ms los votos que se extendan por la pared,
+la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cndida y grosera,
+representando olas alborotadas, barcos prximos zozobrar con los palos
+rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco
+desmantelado, un rayo semejante una lombriz roja. Provocaban la risa
+como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos
+el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran
+votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones
+vizcanas, por haberlas salvado la imagen de Begoa de espantosas
+tempestades. Los cuadros ms antiguos y borrosos representaban
+bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritndose sobre las
+olas, flotando entre estas algn mstil roto: los ms modernos eran
+vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta
+barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge
+siempre ante las catstrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que
+siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.
+
+Goicochea haba cesado de rezar y, acercndose al doctor, hablbale al
+odo con la satisfaccin del que muestra las bellezas de su propia casa.
+
+--Mrela usted--deca sealando la imagen.--Qu hermosa es! Y qu
+bien le sienta la corona!...
+
+Aresti miraba la imagen, el fetiche bizkaitarra, como deca l en sus
+cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea,
+como todas las imgenes espaolas que son famosas y hacen milagros. La
+cabecita de beb pareca abrumada por una alta corona, inflada como un
+globo; hasta sus pies descenda, como un miriaque, el manto cubierto de
+toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas
+arrojadas manos llenas por la devocin, como si el brillo pudiese
+aumentar la hermosura de la imagen, esparcanse tambin sobre el
+pequeuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.
+
+--Cuntas joyas eh?--murmuraba con entusiasmo Goicochea.--Esto slo se
+ve en este pas. Aqu hay religin y riqueza.
+
+El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebao de las
+minas, calculando en cunto habra contribuido su miseria aquellos
+regalos intiles, colocados por la fe y la ostentacin de unos pocos,
+sobre un madero tallado.
+
+--Si usted hubiese visto el acto de la coronacin!--continu la voz de
+Goicochea con sordina.--An me estremezco de entusiasmo recordndolo.
+Fu cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince das de
+peregrinacin de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pas por aqu:
+peregrinacin de seoras, peregrinacin de criadas de servir,
+peregrinacin de obreros; las anteiglesias en masa con sus prrocos al
+frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las rdenes, y
+de padres jesutas: pero sermones buenos de veras, en vascuence:
+diciendo lo que significaba la coronacin de la Virgen como Seora de
+Vizcaya. Fjese usted bien.... _Seora!_ Vizcaya slo ha tenido
+Seores. Hasta Dios es para nosotros _Jaungoicoa_ sea Seor de
+arriba. Eso de reyes y reinas es cosa de los _maketos_. Desde el da de
+la coronacin de la Seora, que moralmente hemos arreglado nuestras
+cuentas con los que viven del Ebro para all, separndonos para siempre.
+La cosa fu conmovedora: como organizada por los principales del
+partido.... Pero vmonos, que aqu molestamos hablando.
+
+Goicochea sali del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos
+aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.
+
+En el porche de la iglesia continu dando expansin su entusiasmo.
+
+--Y ha visto usted cuntos milagros? No le enternece eso?...
+
+--S--dijo Aresti con gravedad.--A m me conmueve la piedad de los
+hombres de mar que vienen aqu descalzos, trayendo su recuerdo la
+Virgen, por haber estado prximos naufragar y no haber naufragado.
+Gran cosa es la fe. Lo mismo que ellos, les ocurre casi todos los das
+ marineros ingleses, suecos americanos que son protestantes no son
+nada, y se salvan pesar de no tener una Virgen de Begoa quien
+recomendarse. Adems, vaya usted saber los vizcanos que se habrn
+ahogado despus de implorar la Virgen. Esos no han podido venir aqu
+contarlo.
+
+El secretario hizo un movimiento de extraeza, mirando escandalizado al
+mdico.
+
+--Don Luis--dijo con acento dulzn.--No empiece usted soltar de las
+suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de
+la Virgen, y que sta le castigar.
+
+--No; yo no me burlo de la fe--dijo Aresti.--El hombre es naturalmente
+cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera sus fuerzas; basta
+que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me
+acuerdo de mister Peterson, un ingeniero ingls empleado en las minas,
+un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perda ocasin de
+burlarse de la idolatra de los catlicos y de su culto las imgenes.
+Un da, un pen despedido por l del trabajo, le di una pualada de
+muerte. Cuando se convenci de que no podamos salvarle, rompi en
+lloros y aclamaciones la Virgen, lo mismo que don Toms. Se agarr
+la misma fe de las mujeres ms ignorantes del pueblo. Llamaba la
+Virgen de Begoa con un vozarrn que se oa desde la calle.
+
+--Y lleg salvarse?--dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un
+milagro.
+
+--No; muri las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado
+nadie.
+
+Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvi el curso de la
+conversacin.
+
+--Qu hermosa vista!--dijo sealando la parte de la villa que se
+alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ra y las montaas
+de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.--Esto es
+el ms hermoso balcn de Vizcaya. Cunto trabajo se abarca desde aqu!
+Cunta riqueza!...
+
+Luego, aadi en tono confidencial.
+
+--Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es
+imposible volver nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro
+sitio como el ltimo, matara Vizcaya. Qu sera de los altos hornos,
+de tanta fbrica y tanta va frrea?... Por esto hemos abandonado, quien
+ms quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir Dios no se
+necesita de poltica. Nosotros somos cada vez ms intransigentes en lo
+tocante la sacrosanta religin; pero pelearse por reyes? Aqu no hay
+ms que Vizcaya y su _Seora_ santsima. Pregunte usted si quieren
+volver las andadas, muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los
+he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y
+ahora van camino de millonarios. Vea usted muchos dueos de las minas
+que en su juventud cogieron el fusil. _Necuacuam_, ninguno suea
+remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera
+existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habran llegado las
+cosas mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos
+el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos
+importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que est por encima
+de la Patria y del Rey.
+
+Como Aresti sonrea socarronamente, el hombrecillo pareci intimidarse
+ante su gesto.
+
+--A ver: siga usted, seor Goicochea,--dijo el doctor.--Me interesa eso,
+pues, al fin, vizcano soy, aunque no tenga el honor de ser
+nacionalista. Y cmo vamos conseguir que Bizkaya (con B alta) se
+emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus
+_guiris_, sus _ches_ de pantalones rojos, prontos disparar el fusil
+como en otros tiempos.
+
+Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que
+haba odo algunos como Goicochea, designar los soldados espaoles,
+llamados _ches_ en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que
+componan la guarnicin durante el sitio.
+
+--Se har sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena
+direccin. Poco poco se hace camino. O nosotros impondremos Espaa
+las sanas costumbres y creencias de los antepasados, nos aislaremos
+como ciertos pueblos de Amrica, que viven felices, gobernados por el
+Sagrado Corazn de Jess. All estn los que dirigen y son gente que lo
+entiende: all se prepara el porvenir.
+
+Y sealaba en direccin la ra, como si al travs de las inmediatas
+alturas viese con la imaginacin la Universidad de Deusto, santuario,
+para l, de la sabidura humana.
+
+--Pues hay para rato, seor Goicochea--dijo el mdico saliendo del
+porche en busca del carruaje.
+
+--No dir que no, don Luis. Nuestra redencin es algo difcil por la
+continua inmigracin de gentes que traen con ellas las malas costumbres
+de Espaa. Lo peorcito de cada casa, que viene aqu trabajar y hacer
+fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.
+Cada vez son ms: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los
+apellidos vascongados. Todos son Martnez Garca, y se habla menos el
+vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha
+trado la prosperidad. Pero todo se andar. Yo pienso lo que Garca
+Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, segn cuentan los padres de
+Deusto, fu el estadista ms grande del siglo. Sabe usted lo que dijo
+al recibir la pualada que lo mat? Dios no muere nunca.... Pues eso
+digo yo. Dios no muere y no morir Vizcaya que, por el amor que siente
+hacia su santsima madre, es su hija predilecta.
+
+Ya no dijo ms en todo el camino. Al fin, pareci amoscarse por la
+mirada irnica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que
+acoga sus palabras. Reconoca en l un digno primo de Snchez Morueta;
+pues el secretario, pesar de su servilismo exterior, senta cierta
+repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de
+impiedad, viva separado de la religin, pasando meses enteros sin or
+una misa. l conoca los hondos disgustos que esta conducta
+proporcionaba la buena doa Cristina, la cual, slo valindose de la
+influencia que ejerca su hija sobre el padre, poda conseguir que ste
+las acompaase alguna vez la iglesia. Que hombres los dos! Imposible
+pareca que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...
+
+A las dos de la tarde se vi Aresti de nuevo en el coche, camino de Las
+Arenas con su primo y el capitn Iriondo. Goicochea, invitado tambin
+la comida de familia, haba salido antes en el tranva.
+
+--T no descansas--deca el mdico su primo,--todos los das Las
+Arenas Bilbao!
+
+--Todos los das. Cuando edifiqu el hotel, cre que me quedara meses
+enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las
+maanas voy de un lado otro, sin saber qu hacer y acabo por mandar
+que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en
+el jardn, oyendo Pepita que toca el piano.
+
+--La vida de familia!... T eres feliz--exclam el mdico.
+
+Su primo le mir con ojos interrogantes, como si encontrase en sus
+palabras cierta irona.
+
+--S: la vida de familia--dijo.--Es la que ms me gusta. Lstima que en
+este Bilbao no pueda uno gozarla sus anchas, libre de influencias
+extraas. T bien lo sabes, Luis.
+
+Y call, mientras el mdico quedaba tambin silencioso y cabizbajo, como
+sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje
+los hoteles vistosos del Campo del Volantn, donde se albergaba la
+aristocracia de la villa; despus las verjas y escalinatas de la
+Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ra
+sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti vea
+ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que haba
+admirado por la maana en el tren.
+
+Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su
+mutismo, animndose con repentina alegra. Aquella era su patria: all
+haban nacido los tres.
+
+Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, haca preguntas sus
+compaeros, recordndoles los incidentes de la juventud.
+
+An vea, como si lo tuviera ante sus ojos, al seor Juan Snchez, el
+padre de Snchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador
+obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirn los despeg
+todos del bajo fondo social en que haban nacido. No era del pas: haba
+llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, establecindose en
+Olaveaga como gabarrero, y casndose con una joven del pueblo, que tena
+varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y
+flores Bilbao. Fu una vida de trabajo: la mujer la huerta y l la
+ra, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus _aguaduchos_
+avenidas que la convertan en torrente y sus revueltas y bajos que
+hacan zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y
+las gabarras suban hasta la villa los cargamentos de bacalao y de
+maderas, necesitando, para esta conduccin, de hombres expertos. Ir de
+Bilbao Portugalete era entonces un viaje que slo osaban emprender los
+atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban _carrozas_. La
+gndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la nica
+embarcacin que surcaba la ra con frecuencia. Los gabarreros,
+intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rpidamente, y
+Olaveaga era el pueblo ms rico del Nervin. El seor Juan serva las
+casas ms importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jams
+haba averiado los gneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos
+de la ra en la vuelta de la Salve; conoca las aguas palmo palmo, y
+siempre que haba que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le
+llamaban l. As fu reuniendo una fortuna para su hijo nico, que
+andando el tiempo haba de ser el famoso Snchez Morueta. En aquella
+poca, el futuro millonario iba todas las maanas al instituto de
+Bilbao, estudiar Nutica, pues su padre le quera marino, pero de los
+de altura, para navegar y comerciar en grande, travs de todos los
+mares, como l lo haca en la ra. El honrado gabarrero, satisfecho de
+su suerte, dueo de muchos de los lanchones que surcaban el Nervin,
+seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, comparta su cario
+entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti,
+hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de
+hortelanos, se haban unido con hombres de mar; pero la casada con el
+gabarrero, tuvo ms suerte que su hermana menor, que se enamor de
+Chomn Aresti, un mocetn de la matrcula de Bermeo, que navegaba por el
+Cantbrico como patrn de balandros de cabotaje, siempre expuesto
+perecer en un da de galerna. A los ocho aos de casados, ocurri la
+catstrofe. Chomn se ahog en un naufragio, y la viuda, llevando en
+brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tena seis aos y se miraba
+con asombro el negro trajecito, llor desesperadamente por todos los
+rincones de la casa de su hermana.
+
+--No te apures, mujer--deca el seor Juan.--Otras estn peor que t,
+que tienes tu hermana y me tienes m. No morirs de hambre, ya que
+segn parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aqu estoy yo,
+que rabio, porque la ma slo me ha dado un chico.
+
+Y as era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dndole
+hijos, conforme prosperaba la casa. Sentase cohibido al no poder llevar
+en sus brazos aquel mocetn que estudiaba en Bilbao y era tan alto
+como l y mucho ms serio. Por esto agarr con un entusiasmo paternal
+su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron todas horas en la
+gabarra por las orillas de la ra, con el pequeo cogido de la mano,
+acaricindolo como si fuese un nuevo hijo.
+
+Aresti no conoci otro padre que el seor Juan, y Snchez Morueta fu
+para l un hermano. El mocetn grave, de carcter spero, tuvo para el
+pequeo dulzuras y atenciones que sorprendan la familia.
+
+Cuando el gabarrero iba Bilbao, llevbase Luis, dejndolo en las
+banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los seores la cuenta
+de sus viajes. Por las noches lo dorma sobre sus rodillas, cantndole
+los viejos zortzicos de los barqueros del Nervin relatndole patraas
+que el pobre hombre apreciaba como lo ms indiscutible de la sabidura
+histrica. Gustbale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo
+haban fundado unos pescadores orillas de la ra, entre las repblicas
+de Begoa y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qu
+nombre dar su aglomeracin de chozas. Un da, por divertirse,
+arrojaron al Nervin un botijo vaco. _Bil, bil, bil_ cantaba el agua al
+penetrar en l y cuando casi lleno se fu fondo, lanza un sonoro
+_bao_. Los pescadores gritaron Bilbao ser su nombre. Y el gabarrero
+miraba al pequeo y las dos mujeres que le escuchaban atnitas,
+admirando su sabidura del pasado.
+
+El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que haba
+terminado su carrera en compaa de Matas Iriondo, hijo de un vecino,
+se embarc en un vapor que haca viajes Inglaterra. Al poco tiempo, no
+satisfecho de la vida del mar deseoso de mayor medro, se qued en
+Londres, entrando como empleado en una casa vizcana.
+
+Su madre muri de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un
+surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niez, y que su
+marido no poda hacerla abandonar. Haba querido, al irse del mundo,
+morir abrazada aquellas hortalizas que todas las maanas llevaba al
+mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El seor Juan se sinti ms
+unido su cuada y su sobrino. El hijo escriba de tarde en tarde: la
+ra ofreca cada vez menos alicientes para l.
+
+Comenzaba despertar la explotacin de las minas y se hablaba de
+limpiar el Nervin, convirtindolo en un puerto para que los vapores
+llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. Adis las gabarras! Y
+descuidando un negocio cuya muerte vea prxima, tranquilo ante el
+porvenir, pues posea una fortuna de la que se hablaba con asombro en el
+pueblo, no tuvo otra ocupacin que cuidarse de Luisillo y admirar sus
+progresos.
+
+--Diablo de rapaz!--deca hablando de l con los viejos camaradas de la
+ra.--De dnde habr sacado tanto talento! Nadie hubiera dicho que de
+aquel pobre patrn de Bermeo pudiera salir un hijo as!...
+
+Y el gabarrero temblaba de emocin, saltndole las lgrimas, cuando le
+hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tena los
+seores del Instituto. Lleg el momento de que Aresti, los catorce
+aos, escogiera una carrera y el viejo consult su voluntad. A ver qu
+quera ser? con franqueza! All estaba el to Juan con la bolsa abierta
+para costearle la carrera que ms le gustase... aunque quisiera ser Sumo
+Pontfice. Marino no: ya haba bastante con uno en la familia. Mdico?
+quera ser mdico? Algo ms grande y de mayor brillo haba soado el
+gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin vaya por
+la medicina! Y como puesto hacer las cosas haba que hacerlas bien, le
+enviara estudiar Madrid. No reparaba en gasto ms menos. Para eso
+haba trabajado l, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que,
+con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le haban
+conocido descalzo y despechugado, remando en la ra, entregaran las
+vidas su sobrino, vindolo llegar como una esperanza y llamndolo
+todas horas seor doctor.
+
+Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurri la gran transformacin de la
+familia, el tirn loco de la suerte que sac de la obscuridad Snchez
+Morueta. Su primo se present inesperadamente en Olaveaga. Vena la
+conquista de la Fortuna; saba dnde estaba oculta y llegaba antes que
+los dems, aprovechando sus estudios y observaciones en pas extranjero.
+El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia
+abaratando la fabricacin, haca necesarios los hierros sin fsforo y
+ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba comenzar en aquellas
+montaas un perodo de explotacin loca, de rpidas fortunas: el que
+primero se apoderase del mineral sera rico como un prncipe. Dinero...
+necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo
+entendi; pero tena fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad,
+aquel pensamiento siempre reconcentrado y en funcin: y le entreg sus
+ahorros, vendi las gabarras y hasta la casa nueva que haba construido
+imitando las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.
+
+Entonces comenz la historia del poderoso Snchez Morueta, aquella
+transformacin de cuento mgico, atropellndose los negocios fabulosos,
+las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para
+enriquecer aquel hombrn que vea llegar los millones sin el ms leve
+estremecimiento en su rostro impasible. Se apoder rpidamente de la
+montaa. All donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el
+llamado _campanil_, que era el ms rico, all pona sus manos de
+vencedor, diciendo: Esto es mo. Compraba minas para venderlas al mes
+siguiente los ingleses que llegaban detrs de l. Tena en el abra los
+vapores docenas, cargndolos de aquellos terrones rojos que eran como
+oro. Bilbao hablaba de Snchez Morueta con admiracin: sonaba su nombre
+ todas horas. Mientras los dems dorman, l haba visto claro; cuando
+la gente comenzaba despertar, ya era l millonario. Tras sus espaldas
+de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y
+tardos buscadores de la fortuna.
+
+Tu primo est loco--escriba el seor Juan su sobrino.--Esto es un
+escndalo; los millones entran en casa como una inundacin. Ahora habla
+de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral
+ Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervin,
+que fabriquen carriles, puentes enteros, caones, navos de guerra qu
+s yo cuntas locuras ms! Creme, Luisillo; esto es demasiado: no puede
+durar.
+
+Y hablaba con asombro de su nueva existencia. l y la madre de Luis
+vivan con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un
+batalln de empleados, sirvientes y parsitos. Una vida de abundancia y
+de movimiento que haca pensar melanclicamente los dos viejos en sus
+huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueas, al abrigo de los
+montes, con la ra enfrente como un espejo en los das de sol. Adems,
+el poderoso prncipe de la industria se haba casado para hacer
+dignamente los honores la fortuna que llegaba. Su mujer era una
+_seorita_ de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y
+temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que
+Snchez Morueta haba tenido en Londres. Su familia de hidalgos viva
+estrechamente de las flacas rentas de algunas caseras: nobleza agrcola
+que haca remontar sus blasones los tiempos casi fabulosos de Vizcaya,
+ _Jaun Zuria_ el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa
+fortuna del hijo del gabarrero, haba accedido emparentar con l.
+Snchez Morueta, casi al da siguiente de la boda, haba continuado su
+vida de agitacin, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer,
+de una belleza rubia, spera y dura, frunca el entrecejo ante los dos
+ancianos que vejetaban tmidamente en la casa, como si fuesen unos
+criados distinguidos, y viva sola, repartiendo su tiempo entre las
+iglesias y las visitas las principales familias de Bilbao. La
+satisfaccin de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia
+de las amigas con su riqueza, eran las nicas dulzuras que encontraba en
+el matrimonio.
+
+Despus, cuando Aresti estaba prximo terminar su carrera, ocurri la
+muerte del seor Juan. El viejo se fu del mundo asustado de la fortuna
+de su hijo, creyndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala
+suerte, repitiendo tenazmente que aquello no poda durar. Al
+presentarse Luis en Bilbao vi su primo en plena gloria, con su
+gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible las desgracias como
+ los triunfos. Sus prpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con
+que le apret sobre su pecho, fueron las nicas muestras de emocin por
+la muerte de su padre.
+
+--Luis--dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,--sigue tu
+carrera: despus irs al extranjero. Estudia... no vaciles ante los
+gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu
+padre.
+
+Y Aresti vivi tres aos en Pars, hizo la vida de estudiante en el
+Barrio Latino, fu interno en los hospitales, al lado de los ms
+clebres cirujanos, y la fama de sus estudios lleg hasta Bilbao antes
+que l regresase. Cuando volvi, su carrera estaba hecha, entrando en su
+prestigio lo mismo el xito de sus operaciones que la calidad de
+pariente de Snchez Morueta.
+
+Su primo haba realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos
+hornos de fundicin junto la ra, casi todo el mineral de Vizcaya
+monopolizado por l, y el dinero acudiendo sus manos, embriagndolo
+con la borrachera de la fortuna.
+
+La madre de Aresti haba muerto mientras l estaba en Pars: haba
+languidecido, como su cuado, en aquel ambiente de grandeza que la
+asustaba. El joven doctor no tena otra familia que la de su primo y se
+instal en su casa. Cristina, que haba tenido una hija y por los
+cuidados de la maternidad sala poco de casa, acogi bien al doctor. La
+acompaaba tardes enteras hablndola de Pars, la famosa ciudad del
+pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo
+haba entrevisto en un rpido viaje de bodas. De toda la familia del
+marido, Aresti era el nico que lograba despertar en ella cierta
+simpata. Adems, Snchez Morueta siempre estaba ausente; slo le vea
+por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su
+pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretena, se
+enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba
+consejos acerca de vestidos y joyas, recordando _in mente_ sus tratos
+con ciertas amigas de Pars, encargaba para ella peridicos de modas, y
+halagaba su vanidad, afirmando que era la seora mejor vestida de
+Bilbao.
+
+Cristina slo torca el gesto y pareca enfadarse con el doctor cuando
+ste se le escapaba alguna afirmacin impa, cuando, sin darse cuenta
+de ello, se burlaba de la devocin de las seoras y de los predicadores
+que el entusiasmo de todas ellas pona en boga. Eran resabios, segn
+Cristina, de su permanencia en un pas de vicios, donde se piensa poco
+en Dios. No poda estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesutas,
+sin separarse por eso de la religin? Deba sentar la cabeza, y para
+esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la
+tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones,
+se dedic proponer Luis todas las jvenes casaderas que conoca,
+enumerando sus mritos entre las risas y protestas del doctor.
+
+Un da, le habl con gran decisin. Ninguna le convena como la pequea
+de Lizamendi. La mam era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana,
+emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas,
+aunque mejor se haban visto en otros tiempos; el padre haba gastado
+mucho en la guerra, arruinndose por la buena causa, como todas las
+familias decentes del pas. Y Cristina daba entender en su gesto la
+diferencia inabordable que an exista para ella, entre la aristocracia
+antigua, defensora de la tradicin, y aquella otra recin formada hija
+de la fortuna, la cual se haba dignado descender.
+
+Aresti se vi asediado por su parienta. La pequea de Lizamendi no le
+pareca mal. La mam aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el
+doctor encontraba las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el
+saln de su casa. Al fin acab por ceder los reiterados consejos de su
+prima, que parecan apoyados por el silencio y la mirada tranquila de
+Snchez Morueta. Si haba de casarse, no era mala _proporcin_ la de
+Lizamendi. l haba soado algunas veces con la tranquila existencia de
+familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la
+profesin, encontrando, al volver casa una boca sonriente que le
+besase, unos brazos que vinieran sorprenderle con repentina caricia,
+mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien vea l que
+Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la
+mayora de las nias de su clase, con una instruccin de monja, sin ms
+horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias la
+iglesia. Pero l despertara aquella alma; l la formara su imagen y
+semejanza. Infeliz doctor!...
+
+Al recordar este perodo de su pasado, Aresti sonrea amargamente,
+burlndose de su optimismo. Cambiar l su mujer! Transformarla!....
+l era quien haba estado prximo anularse, desaparecer aplastado en
+el engranaje lento y montono de esa vida gris de las almas muertas. Se
+casaron, y Aresti se traslad la casa de su mujer. La madre no quera
+separarse de la hija; adems, la familia, como ella deca, necesitaba un
+hombre para mayor respeto. El joven mdico crey de buena fe que estaba
+enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbana, la acompaaba
+todas partes, haca esfuerzos por avivar el cario conyugal, por
+fundirse moralmente con aquella mueca que se le haba entregado, y que
+una vez cumplidos los deberes conyugales, quera seguir su vida de
+visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la
+otra hermana eran un perpetuo obstculo, tras el cual se ocultaba la
+esposa. Lentamente se vea Aresti empujado un mundo nuevo que no era
+de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia
+dispona de l como de un objeto de lujo que la daba cierta distincin.
+Si en un convento haba una monja enferma de gravedad, si un padre
+jesuta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban
+Luis, con indicaciones que eran rdenes, contentas de poder servir
+gratuitamente los elegidos del Seor. El mdico racionalista se vea
+convertido por su familia en un trotaconventos, curando gentes que
+insultaban su ciencia despus de aprovecharla y no perdan ocasin de
+darle las gracias echndole en cara su falta de religiosidad. Dnde
+estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? Dnde
+aquella mujer enamorada y entusiasta que le haba de ayudar con su
+dulzura en las speras investigaciones de la ciencia?...
+
+Aresti, los dos aos de casado, adquiri la conviccin de que su
+esposa no le amaba. Es ms: le sirvi de consuelo la certidumbre de que
+ella no poda amar nadie. La iglesia, la confesin con el padre de
+moda, un buen vestido para dar envidia las amigas y el visiteo entre
+mujeres, lejos del hombre que no era ms que el macho destinado los
+negocios y traer dinero casa; estas eran todas las aspiraciones de
+su vida. Adems, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su
+mujer extraas influencias que venan de fuera. En su casa, solas con
+Antonieta, presenta la existencia de invisibles fantasmas que le
+espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que cada arranque de
+pasin parecan interponerse entre su mujer y l.
+
+--Por qu ests siempre leyendo?--preguntaba veces la joven.--Ay,
+esos libros! Con qu gusto los quemara!
+
+Con frecuencia, echbale en cara su falta de religiosidad; le oa con
+sonrisa de lstima, hablar de sus entusiasmos cientficos, pensando en
+los fragmentos de sermn que haba escuchado contra aquella ciencia
+malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le heran
+menos en sus ilusiones. Estaba solo! Ms solo que cuando viva en
+Pars, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se
+acentuaba entre l y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos
+de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias las
+artes, pero que en presencia de los seores recobraban su humilde
+condicin, y seguan siendo esclavos.
+
+Al intentar una dbil protesta, se aterraba apreciando la separacin
+moral que exista entre l y su mujer.
+
+--Nosotras somos as--deca con altivez.--Cada uno es como se ha
+educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.
+
+La madre y la hermana iban ms lejos.
+
+--Nosotras somos las de Lizamendi--le decan con arrogancia.--Y quin
+eres t? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ra.
+
+Y con un gesto de soberbia, parecan abrir entre ellas y el mdico un
+abismo que nunca haba de llenarse, que le condenaba eterna separacin
+de lo que l consideraba su familia.
+
+Cuntas veces, creyendo acariciar una mujer, besaba una estatua
+fra que se entregaba l con rigidez de autmata! Las preocupaciones
+religiosas, llegaban hasta su dormitorio. Djame, Luis--deca su
+esposa--maana tengo comunin en las Hijas de Mara, y necesito hacer
+examen de conciencia. Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extenda
+hasta la vida conyugal. Aresti se deca amargamente que su mujer no era
+suya, que dispona de ella menos que medias, compartindola en una
+especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas
+conoca. A veces, Antonieta, en sus momentos de clera, tena franquezas
+que asustaban al doctor. Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la
+Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... Ay, Luis!
+Cmo te amara si echases rodar todos esos libros y fueses la
+Iglesia como van las personas decentes!.... Con gran frecuencia notaba
+en su despacho la desaparicin de revistas y libros, que tal vez
+estaran en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba
+sus acciones.
+
+Lo que le haca perder la calma era la insolencia con que la suegra y la
+cuada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio
+hostil de su mujer.
+
+--Pero quin eres t?--le dijeron un da.--Un pobretn que, aunque
+ganas algo, casi ests mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre
+en casa del gabarrero nosotras ramos ms ricas que hoy. No sirves para
+otra cosa que para tragarte libros impos y repetir sandeces de
+filsofos contra Dios y la religin. Si al menos supieras ganar dinero
+como tu primo Snchez Morueta!...
+
+Aresti no quiso sufrir ms. Qu haca entre aquella gente? Por ms
+tiempo que transcurriera, por ms que se mantuviese en resignada
+sumisin nunca llegara fundirse con su nueva familia.
+
+Entonces fu cuando pidi su primo que le enviara de mdico las
+minas, y, empaquetando los libros que constituan su nica fortuna,
+sali de aquella casa lo mismo que haba entrado. Ay, lo mismo no!
+Haba sacrificado su porvenir; haba sufrido dos aos de amargas
+humillaciones; ya no poda dignamente unir su destino al de otra mujer
+dentro de una sociedad gobernada por las leyes ms que por los efectos.
+Adems, dejaba sus espaldas las tres seoras de Lizamendi, que, para
+justificar la fuga del doctor, hablaban todos de la grosera de su
+carcter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impas.
+
+Despus de esta fuga, la esposa de Snchez Morueta, casi rompi toda
+relacin con el doctor. Hablaba indignada de l su marido. Dejar as
+ la pobre Antonieta, que era un ngel, un modelo de virtud y devocin
+como todas las mujeres de la familia!... Fu preciso que Snchez
+Morueta, con su grave autoridad que no admita rplicas, manifestase su
+propsito de seguir recibiendo Aresti en su casa, para que la esposa
+se contuviera ante el doctor. Pero termin entre los dos la antigua
+amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar Bilbao,
+sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.
+
+Cuando Snchez Morueta abandon la villa para habitar su hotel de Las
+Arenas, Aresti fu verle con ms frecuencia. Le interesaba su sobrina
+Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en
+estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, corts en
+apariencia, pero implacablemente hostil de la seora, que as como
+avanzaba en edad, adquira fama en Bilbao por sus entusiasmos
+religiosos. La maternidad y los aos, la hacan retirarse de la
+ostentacin elegante, abdicar de la supremaca que ejerca en las
+tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irnicamente
+la gran cristiana, y era la primera en todas las juntas de las
+asociaciones religiosas y pas fundaciones, sembrando manos llenas,
+en cofradas y conventos, el dinero de Snchez Morueta.
+
+Aresti, al llegar este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su
+primo, sentado junto l en el carruaje. Ay! Aquel tampoco era
+dichoso. La suerte le esperaba todos los das la puerta de su casa,
+para acompaarlo por el mundo, pero no le segua hasta el interior de su
+hogar. No se vea obligado romper como l con la familia, porque el
+dinero le daba una superioridad irresistible, ponindolo cubierto de
+humillaciones; porque con un puado de su riqueza, esparcida sin
+regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba
+obligado hacer vida comn. Pero se senta solo: se notaba la amargura
+del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegra
+momentnea que experimentaba al ver su primo, el nico que lograba
+ablandar su carcter hurao, excitando sus confidencias.
+
+El carruaje haba dejado atrs la drsena de Axpe, llena de vapores que
+esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dorman en las
+aguas muertas. Era el hospital de los barcos, segn palabras de Iriondo.
+En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de
+Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para
+resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cmaras. El
+millonario lanz al pasar una mirada melanclica sobre su yate enorme y
+gallardo, una mirada en la que vi Aresti la nostalgia de la vida del
+mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias
+y preocupaciones terrestres.
+
+Se aproximaban Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte
+con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos
+hornos de Snchez Morueta elevaban sus torreones de fundicin, sus
+numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los
+extensos cobertizos notbase el hormigueo de varios miles de obreros.
+Llegaban arrollados por el viento los estrpitos de la industria, el
+martilleo poderoso, los resoplidos de las mquinas, el mugido de los
+convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su
+chorro de chispas y escorias.
+
+Aresti admiraba esta grandeza industrial. Todo era obra de su primo!
+
+--Qu hermoso!--exclam dando con el codo al millonario y mostrndole
+sus fundiciones.--Y pensar que de pequeo has correteado entre los
+chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. Hay alguien ms
+feliz que t?...
+
+Snchez Morueta mir un instante su primo, con inquietud, como si
+temiera que se burlase. Despus aadi con voz lenta:
+
+--S, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A
+m me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve....
+Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.
+
+
+
+
+III
+
+
+Fu una comida ntima la que di Snchez Morueta por ser sus das. No
+estaban en el comedor otras seoras que la esposa del millonario y su
+hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitn
+Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero
+director de los altos hornos, parientes de la familia como el doctor
+Aresti y Fermn Urquiola.
+
+Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de
+la seora, aunque Snchez Morueta no mostraba por l gran simpata. Era
+un antiguo discpulo de Deusto, que, despus de abandonar la
+Universidad, segua las rdenes de los Padres de la Compaa lo mismo
+que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba
+ s misma distinguida, admirbale por su fuerza muscular y el
+entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era
+el organizador y el hombre de accin de todas las asociaciones piadosas.
+Su ideal consista en tener los _liberalitos_ en un puo y no dejar
+que las gentes de la Maketania se apoderasen del pas. Pasaba en Bilbao
+por ser uno de los jvenes ms elegantes, pero cuando llegaban luchas
+electorales, se le vea con la boina sobre los ojos, empuando un enorme
+garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La
+rizosa y poblada barba, la nariz aguilea y pesada y sus ojos negros de
+bohemio, dbanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las
+haca recordar la cara adorada de su dolo.
+
+--Se le parece al seor!...--murmuraban.--Tiene toda la cara de don
+Carlos.
+
+Y Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la ms
+leve ofensa, le satisfaca que los partidarios, por exceso de
+entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoros del
+fugitivo rey de las montaas. Su familia, arruinada por la guerra,
+apenas si le haba dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se
+ayudaba buscando la proteccin de las familias ms linajudas de Bilbao,
+que vean en l un acabado ejemplar de la juventud sana educada en
+Deusto. Alborotaba en las luchas polticas, llevando ellas la misma
+violencia de su partido cuando se bata en los montes. Por las noches
+mezclbase en los escndalos de ciertas casas del barrio de San
+Francisco, donde ejerca alguna superioridad sobre las infelices
+mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda
+sobre su nacimiento que le converta casi en un prncipe. Los amigos
+tenan fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegan, sonriendo
+benvolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:
+ya le casaran ventajosamente y sera un modelo de caballeros cristinos.
+
+Snchez Morueta le vea en su casa con disgusto, pero no osaba
+manifestarlo claramente por consideracin doa Cristina, que pareca
+orgullosa de su sobrino.
+
+--Este animal viene indudablemente por Pepita--deca Aresti, quien
+interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egosmo y brutalidad.
+
+Y se fijaba en su sobrina, la cual, pesar de las insinuaciones de la
+madre, mostraba ms inclinacin por Sanabre, el ingeniero de los altos
+hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecan
+intimidarla. Gustaba la joven de saber por l todo cuanto pudiera
+molestar sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que
+proyectaban los padres de la Compaa para entretener y conservar bajo
+su dominio una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos
+temas, la joven se alejaba de l y permaneca silenciosa, como
+abroquelada por la instintiva repulsin que pareca inspirarle el famoso
+discpulo de Deusto.
+
+Aresti vea en su sobrina la nia rica de las familias de su tierra;
+educada primero por las monjas y dirigida despus por el confesor hasta
+en los hechos ms pequeos de su existencia; con la voluntad adormecida,
+y considerando como un pecado, el ms leve intento de iniciativa
+propia.
+
+El doctor reconoca que no era gran cosa como mujer: la alegra de la
+juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de
+muchacha sana en la que todos los encantos femeniles estn an
+recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma
+definitiva. A travs de su belleza en agraz, adivinbase el esqueleto
+fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus
+brazos delicados, haba mucho de Snchez Morueta. Era la primera
+evolucin de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el
+bienestar, guardando an los signos de su origen.
+
+Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recin
+creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo
+y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la
+envidia ajena. La hija de Snchez Morueta era tan admirada como su
+padre, cuando iba Bilbao or misa en la iglesia de los jesutas
+asista por las tardes las conferencias de las Hijas de Mara. Los
+jvenes salidos de Deusto hablaban con fruicin de ella y de los
+millones del padre. Qu magnfico bocado! Y cada uno acariciaba la
+posibilidad de que le tocase la lotera del matrimonio, en un pas donde
+casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios
+vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de
+algn padre jesuta.
+
+La comida deslizbase placenteramente. Todos sentan la dulzura del
+bienestar, la satisfaccin de la vida, en aquel comedor, al que daban,
+el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresin de
+suntuosidad discreta y seorial. Las grandes piezas del servicio lucan
+su brillo mate de plata vieja y slida, trabajada martillo. Por las
+vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento,
+las verdes copas de los rboles del jardn. La mesa era servida por
+criadas jvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y
+rojas como melocotones, daban una impresin de perfume primaveral
+semejante al de las flores que adornaban la mesa.
+
+Aresti estaba sentado al lado de su prima. Haca mucho tiempo que no la
+haba visto tan amable. Ni la ms leve alusin las de Lizamendi; ni
+una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradeca la visita que
+por la maana haba hecho Begoa. El doctor, examinndola, encontraba
+en ella algo de monacal, pesar de que en honor al da se haba
+cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero haba en l
+cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual
+recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella
+los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de
+la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.
+
+--Esta se entrega--pensaba Aresti.--Huele incienso como las otras.
+
+El mdico atraa las miradas y las preguntas de todos los convidados.
+Era un original que despertaba inters, viviendo como un solitario en la
+montaa, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con
+cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos Aresti
+como si fuese un viajero de vuelta de una exploracin por pases
+salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se
+presentaban ante muchos de ellos como un pas lejano, que serva para
+enriquecer los potentados de la villa, pero al cual slo se asomaban
+alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de
+trabajo rudo y aquellas _chabolas_, donde dorman amontonados los
+hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias
+con tocino, sentan la voluptuosidad del egosmo. El comedor les pareca
+ms hermoso, y sonrean al desfile de manjares, las _angulas_ del
+pas, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, los platos
+extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Snchez Morueta y la
+fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tena delante, y
+en las cuales iban cayendo los vinos ms diversos, desde el _Tokay_ y el
+_Chablis_ del principio de la comida, hasta el _Cordn Rouge_ y el
+_Pomery_, que serviran al final.
+
+Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el
+caf en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud
+piadosa y elegante que le tena por capitn. l no era enemigo del
+pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre
+escriba encclica sobre encclica en favor de los obreros. Pero el
+pueblo era para l, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con
+el cura y el seor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen
+ l las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas
+costumbres, sin ms diversin que bailar el _aurrescu_ los domingos y la
+_espata danza_ en las fiestas del patrn, ni otros vicios que empinar un
+poco el codo en las romeras. Aquella gente viva feliz en su estado,
+sin soar en _repartos_ ni en revoluciones; antes bien, dispuesta dar
+su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen l del
+populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las
+provincias, _maketos_ llegados en invasin, trayendo con ellos lo peor
+de Espaa, contaminando con sus vicios la pureza del pas; siempre
+descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los
+ricos y comparando su miseria con el bienestar de los dems, como si
+hasta en el cielo no existiesen categoras y clases.
+
+Y ante la mirada acariciadora de su ta, que admiraba sus ardorosas
+palabras, continu el fuerte discpulo de Deusto:
+
+--Los mos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y dems
+zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi
+todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansa bajar un
+da Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos tiros.
+
+Aresti volvise hacia su primo, que coma silencioso, lanzando alguna
+que otra mirada al sobrino de su mujer.
+
+--Qu te parece, Pepe, cmo piensan estos jvenes?
+
+Y encarndose con Urquiola, le dijo con una timidez irnica, dando
+entender su deseo de rehuir discusiones con l.
+
+--Pues esa pillera venida de... Espaa; ese rebao _maketo_ y pecador,
+es el que trabaja y da prosperidad Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo
+en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral qu sera de esta
+tierra? Los buenos, los del pas, no hacemos ms que vigilar su trabajo
+y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aqu antes que ellos
+llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados
+Amrica para mantener los blancos. Vienen empujados por la miseria, y
+ya que no podemos agradecer su sacrifico con el ltigo, les pagamos con
+malas palabras.
+
+Urquiola encabritbase ante las palabras desdeosas del doctor.
+Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneracin: la prueba
+era que no ahorraban, que no hacan el menor esfuerzo por salir de su
+estado.
+
+--El ahorro!--exclam Aresti.--Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos
+cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma
+clase que les explotan en el alimento y en la casa!...
+
+--Eso no--intervino Snchez Morueta, con autoridad.--Ya sabes, Luis, que
+no estoy conforme con tus ideas. El obrero espaol es vctima de la
+imprevisin. En otros pases es distinto: el trabajador se forma un
+pequeo capital para la vejez...
+
+--Bah! En otros pases ocurre lo que aqu. Y lo que hace que el obrero
+moderno sea rebelde y se entregue la lucha de clase, es la conviccin
+de que, por ms que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldr de su
+miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de
+trabajo rudimentario, de industria domstica, an poda soar con
+hacerse patrono; poda con sus ahorros adquirir los tiles necesarios y
+convertir su casa en un pequeo taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que
+ayune un obrero tuyo, amasando cntimo sobre cntimo, llegar ser
+accionista de tus fundiciones? podr adquirir un pedazo de las minas,
+con todo el material necesario para la explotacin?
+
+--Eso est bien--arguy Urquiola con acento triunfante.--Este doctor
+dice veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos
+tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que
+volver la poca en que no haba progreso y los hombres vivan
+tranquilos.
+
+Snchez Morueta mir al joven con unos ojos que alarmaron doa
+Cristina, hacindola temer por su sobrino.
+
+--Eso es una majadera--dijo con calmosa gravedad.--Eso slo puede
+decirse la salida de Deusto. Suprimir el progreso porque trae algunas
+complicaciones!...
+
+Y aquel hombre siempre silencioso, habl lentamente, pero con gran
+energa. Era un admirador religioso del capital. Aresti conoca su
+entusiasmo fro y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los
+descubrimientos industriales, haba revolucionado el mundo. El
+millonario era modo de un poeta del capital, y sacudiendo su
+ensimismamiento, rompi en un himno aquella fuerza casi sagrada,
+puesta en manos de contadsimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que
+era un auxiliar indispensable, sufra crisis y miserias, pero por esto
+haba que renegar del progreso, legtimo hijo del capitalismo
+industrial? La gran revolucin moderna era obra de la religin del
+dinero, en la cual figuraba Snchez Morueta como el ms ferviente
+devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, haba multiplicado
+los productos, y disminuido su valor, ponindolos as al alcance de la
+mayora, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba
+de comodidades que no haban conocido los ricos de otros tiempos. El
+capital al servicio de la industria haba civilizado territorios
+salvajes, haba destruido fronteras histricas, estableciendo mercados
+en todo el globo: l era quien surcaba las tierras vrgenes con los
+rails de los ferrocarriles, quien remova los mares para tender los
+cables telegrficos, quien pona en comunicacin los productos de uno y
+otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las
+grandes hambres que haban hecho rugir la humanidad en otros siglos.
+Los poderes histricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los
+reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de
+guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes
+ejrcitos, tenan que mendigar en sus apuros los capitalistas ocultos
+en sus escritorios. Detrs de los imperios victoriosos estaban ocultos
+los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo
+la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran repblica de los
+capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, duea de
+la suerte del mundo. Y lo que ms entusiasmaba Snchez Morueta, en
+esta secta oculta de universal podero, era que slo la capacidad le
+estaba reservado entrar en ella. La jerarqua industrial no era como las
+dominaciones sacerdotales guerreras del pasado, en las que se figuraba
+sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de
+capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo,
+aprovechando los residuos de su desgracia, vena iniciarse en la
+poderosa secta. Dnde encontrar una institucin tan grande y poderosa y
+ la par tan _democrtica_ y modesta? Y haba locos que pedan la
+muerte la modificacin de una fuerza que haba transformado la
+Tierra?...
+
+Aresti protest. l reconoca las grandezas del rgimen capitalista, las
+ventajas sociales que haba reportado la humanidad con el auxilio del
+trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios.
+Pero el trabajo vea recompensados igualmente sus esfuerzos? No se
+encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse
+principios del siglo XIX la gran revolucin industrial?
+
+--Eso es un error, Luis--dijo el millonario.--El trabajo est mejor que
+nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el
+inters del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones
+obreras el tipo de los jornales.
+
+--Bah!--dijo el doctor con gesto de desprecio.--El aumento de unos
+reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada
+sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal
+equilibrio, aumentndose el precio de los productos, y el trabajador,
+con ms dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios
+de postura, creyendo engaar con ellos la enfermedad. Al trabajador de
+nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en
+esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el
+sitio que le corresponde, ser dueo de lo que produce.
+
+Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor.
+Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el nico que
+sonrea con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella
+cuestin.
+
+Doa Cristina, temiendo que la polmica acabase por turbar la placidez
+de la comida, intervino, preguntando Aresti por sus amigos de
+Gallarta. Pepita apoy su madre. La gustaba conocer las
+excentricidades de aquellos contratistas que no saban en qu emplear su
+riqueza. Rea con alegra de nia educada aristocrticamente, al
+enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la vspera,
+que, no hacan ms que seguirlas huellas de su padre.
+
+Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave irona, describi los
+banquetes pantagrulicos de las minas, con sus lluvias de _Cordn
+Rouge_. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos
+originales aquellos ricos, que an guardaban la boina y los zapatones
+del obrero. Bajaban la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes
+de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo ms extravagante y
+chilln, todo lo que en almacenes y tiendas no saban quin colocar;
+muebles complicados y bizarros que se cubran de polvo de mineral, sin
+que sus dueos osasen acercarse ellos, por miedo deslucirlos. Cada
+vez que el doctor, despus de una visita, quera lavarse las manos,
+quedaba asombrado ante las toallas con ms colores que el iris, y las
+pastillas de jabn en forma de tigre de lagarto que parecan
+fabricadas para reyezuelos del frica. Todos se extasiaban ante el
+asombro del mdico, aceptndolo como una admiracin muda. Algunos, como
+recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual
+si fuese un tesoro. Realizaban la ilusin acariciada tantas veces en su
+poca de pobreza. Prubelo, doctor: es de lo ms selecto de la Rioja:
+tantos duros la arroba. Otros se cubran de brillantes las manos y el
+pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si
+fuesen animalillos delicados y frgiles que al menor roce se podan
+desvanecer. No osaban rascarse porque, segn ellos, el pelo rayaba y
+desluca las joyas.
+
+Y en su vida montona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin
+otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un
+nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educacin de los hijos. Los
+enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen los
+seores de la villa. Los padres los queran ingenieros, como los
+ingleses que venan explotar las minas: las madres los soaban
+elegantes, y de cuerpo delicado, como los seoritos que hacan la parada
+en la acera del _boulevard_ del Arenal. Unos enviaban sus hijos
+Francia; otros Suiza; el vecino de ms all, guiado por el deseo de
+excitar la envidia del compaero, empaquetaba su descendiente para
+Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvan de all
+revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, hacindose admirar
+por los trajes, y asombrando sus madres con la costumbre del _tub_,
+del bao diario, del duchazo cada momento, lo que escandalizaba unas
+gentes que en su juventud dorman vestidas. Pero los instintos
+hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoos de la montaa:
+resucitaba en ellos el gusto la antigua vida y poco poco abandonaban
+los trajes exticos, agarraban la escopeta y volvan, como sus padres,
+las comilonas, la caza y hablar de ganancias de miles de duros,
+acordndose de su educacin extranjera como de un sueo.
+
+La apuesta era la pasin ms vehemente, el placer ms vivo de los ricos
+encerrados en la montaa. Las pruebas de bueyes y los desafos de
+barrenadores hacan que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto
+la fuerza, la adoracin la brutalidad, con todos los encantos del
+juego de azar. Tenan en las minas mozos hbiles en el manejo del
+barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero
+un pelotari famoso. En Gallarta haba un jayn, vencedor en todas las
+apuestas, que los contratistas llevaban sus cenas, cuidndolo como si
+fuese una mujer amada, tentndole los msculos para apreciar si su vigor
+decreca, engordndolo todas horas con champagne y fiambres, con igual
+mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos las
+gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipzcoa, llevando en
+triunfo su barrenador favorito, para que luchase con los ms fuertes
+de otras comarcas. Ofreciendo los billetes puados, seguan durante
+horas enteras el jadear de su dolo, atacando con el hierro la piedra,
+hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando
+victoria ms por el orgullo de la clase que por las ganancias de la
+apuesta.
+
+Todo les serva para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba
+manos llenas. Se valan para sus porfas lo mismo de la voracidad de los
+perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes
+habanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que an haca rer
+al doctor. Tratbase de saber quin sera capaz de tragarse ms sopas de
+leche, si los galgos enjutos insaciables de uno de los contratistas
+los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estmago
+sin fondo, que nunca crean llegado el momento de levantarse de la mesa.
+Toda la gente desocupada del distrito acudi presenciar el
+espectculo. Se depositaban puados los billetes de Banco, como si
+fuesen retazos de papel sin ningn valor; unos por los perros, otros por
+los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y
+el rebao miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto,
+ante las rojas trincheras.
+
+--Las sopas de leche se servan en cubos--continu Aresti.--Los galgos,
+en un momento, zs, zs!, se las tragaban sin pestaear; lo mismo que
+si le echasen cartas un buzn. Los jayanes coman lentamente, sin
+mostrar prisa. As estuvieron varias horas....
+
+--Y quin gan?--preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la
+estpida apuesta.
+
+--Quin haba de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo
+despus con su filosofa de palurdo: Estaba seguro de mis muchachos: el
+animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere ms, y el hombre,
+como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente. Y no
+se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y los pocos
+das, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompa
+cantando hasta el cementerio.
+
+A pesar de este final triste, los convidados de Snchez Morueta rean,
+encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.
+
+Era bien entrada la tarde cuando termin la comida. El capitn Iriondo
+despus de brindar por su principal y amigo se despidi, alegando que
+tena la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fu con
+l para dar el ltimo vistazo al escritorio. Las seoras pasaron una
+habitacin inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.
+
+Esperaban algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, haran msica.
+Los dos jvenes rogaron Pepita que cantase alguna cancin vascongada
+de las antiguas, tan melanclicas y dulces, distintas completamente del
+ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron llegar hasta el
+comedor las escalas y arpegios del piano.
+
+Snchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestin,
+mordiendo un magnfico cigarro, habl Aresti de bajar al jardn. La
+tarde se haba serenado y quera gozar de los ltimos rayos de sol en
+las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el
+jardn. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ra, el ruido
+de los tranvas al otro lado de las planchas de hierro que cubran las
+verjas.
+
+El millonario mostraba su satisfaccin al verse solo con el mdico, el
+nico amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cario le ech
+sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el da,
+que estaba sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete
+con gentes ante las cuales se mostraba abstrado y silencioso. El cario
+ su Luis, quien vea de tarde en tarde, y la placidez de una buena
+digestin, inclinbanle las confidencias; y miraba Aresti con ojos
+bondadosos interrogantes, como si slo esperase una indicacin suya
+para romper hablar.
+
+--Vamos, desembucha--dijo el mdico alegremente.--Ya s que soy tu
+confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisin de
+palabras para m. Qu te pasa? Aqu tienes el mdico de tu alma, como
+dira uno de esos curas, amigos de tu mujer.
+
+Snchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurra de
+extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: slo tena un momento
+alegre cuando se encontraba con l. Cuntas veces senta el impulso de
+coger el tren ir buscarle en las minas! Pero tena tantas
+ocupaciones! Senta tanto miedo presentarse en aquel feudo de la
+montaa, donde todos le pedan algo!... Slo en Bilbao, condenado la
+servidumbre de la riqueza, vigilar y ordenar la llegada de aquel
+chorro de dinero que se meta por sus puertas sin desviar su curso, se
+aburra, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada
+espera, que es el ms triste de los fastidios.
+
+Haba amado y haba sufrido como todos los que batallan por un ideal.
+Saba lo que era forcejear zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
+fecundarla con ardorosa violacin. _Haba llegado_ como los polticos
+clebres los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
+conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos,
+aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre
+tenan la ilusin puesta en el maana; pensaban con inquietud en la
+combinacin poltica del da siguiente, en la obra artstica, que les
+bulla en la imaginacin, temblando, con el vago temor de la torpeza, al
+ir darla forma. Pero l... l, todo lo tena hecho: las ambiciones de
+su vida se haban realizado, cristalizndose para siempre. Haba querido
+ser dueo de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dndole un
+rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y
+perenne. Para qu quera ms? Estableca nuevas fabricaciones, y, al
+poco tiempo marchaban por s solas con una exactitud desesperante.
+Construa barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catstrofe
+la monotona de su existencia. La desgracia era impotente para l;
+estaba abroquelado y aunque ella corriese estrecharle entre sus
+brazos, la caricia mortal sera un roce insignificante.
+
+Si sus barcos se perdan, estaban asegurados; si las huelgas cerraban
+momentneamente sus fbricas, no por esto sufrira su capital grandes
+mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, l tena otras y otras en
+distintos puntos de Espaa, que aguardaban la explotacin. Era el
+prisionero de su buena suerte: se mova entre rejas de oro, en un
+aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde
+revolotean libres los pjaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba
+el mar, y tena casi la puerta de su casa un palacio flotante, el
+yate, cuya fotografa publicaban los peridicos ilustrados para envidia
+de los infelices: pero apenas emprenda un viaje, tena que volver
+llamado por sus negocios. Adems, l era un hombre de familia; se
+aburra en la soledad del ocano en los puertos ruidosos, haciendo
+vida de clibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija
+no conoca mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas
+estancias en Londres, volva presurosa su pas, donde era la primera,
+guardando una instintiva aversin las grandes ciudades de gente huraa
+y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.
+
+El millonario era el esclavo de su propia obra. Haba levantado con
+brazos de titn, en torno de l, la alta torre de su fortuna, y ahora se
+debata encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y
+descansar.
+
+No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguira
+viniendo l, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la
+fortuna quera volverle la espalda, sera ya tarde para hacerle sufrir
+la amargura de su infidelidad. Era tan rico, haba llegado tan alto, que
+estaba cubierto de toda inquietud. Por un instante haba credo
+encontrar remedio su aburrimiento, entregndose la borrachera de la
+construccin; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas
+de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los
+cuentos de hadas. Pero aquello tambin haba pasado; encontraba pueril
+levantar colmenas y ms colmenas para gentes que no conoca; fabricar
+avisperos en que se cobijaran otros tan tristes como l, pero animados
+siquiera por el amargo placer de envidiarle.
+
+--Me aburro, Luis--deca el millonario.--Siento una tristeza sin
+esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, ms terrible
+que todas, pues pocos hombres la conocen.
+
+Y mirando en torno de l, abarcaba en sus ojos el magnfico edificio y
+las avenidas del jardn, con sus altas arboledas, sus arriates en los
+que comenzaban asomar las primeras flores, y all en el fondo, el
+invernadero, cuyos cristales, baados por el sol poniente, relucan como
+placas de oro.
+
+Aresti pensaba en la gente msera y doliente de las minas. Ay, si
+aquellos hombres que engaaban su estmago con agua sucia, no teniendo
+bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Snchez Morueta
+lamentarse en medio de la opulencia de su vida!
+
+--Entonces,--dijo el doctor--eres infeliz porque nada te falta, porque
+posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.
+
+El millonario movi melanclicamente la cabeza. S; posea todo lo que
+da la felicidad aparentemente; por esto nadie comunicaba su tristeza,
+para que no le creyesen loco. nicamente su primo, que conoca por sus
+estudios las rarezas de la vida, se atreva hablarle.
+
+Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar despus de aquella
+marcha ruidosa por la vida, en la cual haba hecho, en pocos aos, el
+mismo camino que otras familias de potentados slo recorren despus de
+varias generaciones. Haba conquistado la riqueza, pero era semejante
+uno de aquellos forasteros infelices que, al volver su pas,
+satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa
+destruida y la familia ausente.
+
+Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le
+relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al or su
+lamento contra la soledad moral en que viva, le seal con expresin de
+protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los
+sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. Y aquello?
+
+Snchez Morueta levant los hombros con expresin de indiferencia.
+
+--Lo que llaman mi palacio--murmur--no es para m ms que una casa de
+huspedes. Vivo mejor que en la msera pensin de Londres, donde pas mi
+juventud de empleado; eso es todo.
+
+--Y tu mujer? Y Cristina?
+
+--Mi mujer!--dijo el millonario con amargura:--yo no tengo mujer: slo
+tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida
+material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el husped
+que trae dinero casa y al que se le corresponde con un poco de
+respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cmo
+vivimos. T, en tu pobreza, no has sido ms afortunado que yo con mis
+millones. T lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos odo hablar
+de alguien que se llama Amor, pero por aqu no ha pasado nunca.
+
+Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor
+alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su
+hermano. Se haba unido con Cristina en los albores de su fortuna. La
+amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus
+amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se
+haba casado por unir una gloria ms sus satisfacciones de triunfador;
+porque le halagaba emparentar con los que haban sido sus amos en
+Londres, y aquella seorita, de una aristocracia tradicional y rancia
+completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor haba
+indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los
+continuos viajes, no le permitan con su mujer ms que pasajeras y
+rpidas intimidades. Pero para l no exista otra mujer en el mundo, y
+era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atradas por
+su opulencia. S: l reconoca ahora que haba amado Cristina con una
+pasin, en que se mezclaba el deseo la mujer y el respeto instintivo
+del hijo del gabarrero la seorita que haba tenido entre sus
+ascendientes, casi fabulosos, los seores de Vizcaya. Ahora se daba
+exacta cuenta de su amor, que en aquella poca no hallaba tiempo ni
+ocasin para exteriorizarse en la intimidad de la vida domstica. Ah!
+cuando descansase--se deca entonces--cuando viera asegurada su
+fortuna, qu feliz sera con aquella mujer, digna compaera de su
+opulencia, que pareca reinar sobre la gente ms encopetada de
+Bilbao!... Pero lleg el ansiado descanso, y al buscar su mujer, en
+vano se esforz por encontrarla. Tena ante l una buena madre, una
+excelente duea de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy
+interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa
+administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con
+la misma minuciosidad que cuando viva en el arruinado casern de
+Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido
+para restaurar una capilla que fuese ms suntuosa que la costeada por
+alguna de las seoras que se codeaban con ella, en las Hijas de Mara
+en el saln de visitas de los padres de la Compaa.
+
+Snchez Morueta, resucitado la juventud despus de su triunfo en los
+negocios, sufra un desencanto cada vez que se aproximaba su mujer con
+delicadezas arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como
+si este cario extremado la ofendiera, colocndola al nivel de las
+vendedoras de amor. Para ella, la pasin matrimonial no haba de ir ms
+all de la intimidad, fra y casi mecnica, de sus primeros tiempos de
+vida comn. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin
+dar escndalo, procreando hijos para servir Dios y que no se perdiera
+la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas
+era un pecado repugnante, propio de gentes sin religin. Tratar un
+marido su mujer con _melifluidades_ de esas que slo se ven en los
+amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del
+pecado. La esposa cristiana haba de ser casta en el pensamiento; cuidar
+de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir
+el hogar. Ms all slo iban las mujeres perdidas. Y Snchez Morueta
+tropezaba con una estatua impasible, estrellndose en todos sus intentos
+por darla vida.
+
+Nada malo poda decir ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que
+aunque quisiera faltar sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne
+y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jams recordaba el
+millonario haber notado en su compaera un momento de abandono, un
+arrebato de pasin. Cuando l se doblegaba bajo el estremecimiento de la
+carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si
+estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no
+turbaban su voluntad.
+
+Snchez Morueta lleg pensar si Cristina amara otro, si al casarse
+con l por inters, habra dejado en su pasado alguna ilusin que an la
+persegua. Pero despus de examinar sus predilecciones intimidades en
+la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desech sus sospechas.
+Ella slo quera su esposo, si es que aquello era querer. En su
+cario, no haba fuerzas para ms. Y convencido de que nunca haba de
+triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fu alejndose, sin que la
+esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayud con no oculta
+satisfaccin este divorcio. Transcurri el tiempo y al abandonar el
+lujo de sus primeros aos de matrimonio, para tomar sitio entre las
+madres de severa respetabilidad, comenz seguir dentro de su casa
+ciertas prcticas austeras y casi conventuales. Cuntas veces Snchez
+Morueta se haba visto rechazado con ira, porque era Cuaresma estaba
+ella en vsperas de una comunin aparatosa!...
+
+Al establecerse definitivamente la separacin, al alejarse l para
+siempre, la mujer pareci agradecrselo con sus miradas, con una mayor
+dulzura en el trato. Era, sin duda, ms feliz, libre de la asiduidad
+ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una
+servidumbre cruel de su sexo.
+
+--Es muy honrada, muy virtuosa--dijo con amargura el millonario,--Pero,
+para m, como s no existiera. Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la
+vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.
+
+Llegaba hasta el jardn la vocecita de la hija de Snchez Morueta,
+cantando al piano el _Goizeko izarra_, la invocacin melanclica la
+estrella de la maana. La tristeza potica de las montaas vascas
+esparcase por el jardn ingls, dorado por el ltimo llamear del sol de
+la tarde.
+
+--Y esa?--pregunt el mdico.--No tienes tu hija?...
+
+El potentado se expres con apasionamiento. Amaba su hija: era carne
+de su carne: el nico recuerdo de la pasin que haba sentido por su
+esposa. El cario Pepita era lo que mantena las apariencias de paz de
+su casa: lo nico que le ayudaba sobrellevar la tristeza domstica.
+Era como un puente que mantena la comunicacin entre l y su esposa.
+Por ella continuaba Snchez Morueta su existencia febril de hombre de
+negocios. Tena la obligacin de defender lo que la perteneca por su
+nacimiento. Su porvenir le causaba veces gran inquietud. Poda casarla
+con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no
+entrase para nada el amor. Pero no era esto perpetuar en la hija la
+infelicidad del padre? Observaba Pepita, y se entristeca, adivinando
+en ella una reproduccin de su madre. Quera casarla por amor, con un
+hombre al que se sintiera inclinada, pero no vea en ella la menor seal
+de apasionamiento. Se casara, sin ardor y sin protesta, con el que le
+indicaran sus padres, para continuar con ms libertad la vida inspida
+de ostentaciones y de devocin elegante. Ella, como las otras jvenes de
+su clase, vea en la unin con el hombre un medio de independencia, sin
+que el corazn llegara interesarse. Ira administrar otro hogar,
+como su madre diriga el suyo: cuidar un marido que trajese dinero
+casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su
+saln. De su padre slo tena algo en lo fsico: la educacin y el alma
+eran de su madre. Si Snchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba
+frente su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguira l.
+
+--La amo--deca el millonario,--la amo pesar de todo. Pepita me quiere
+ su manera; es cariosa conmigo, me mima y me adora, especialmente
+cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero tambin junto ella
+me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que
+pertenezcamos distinta raza. No s explicarme, Luis: tal vez estoy
+loco; pero jams siento con ellas, que son mi familia, esta confianza,
+este dulce abandono que t me inspiras. Y es que t eres de mi sangre;
+el nico pariente verdadero.
+
+Aresti segua moviendo la cabeza, como quien oye una cancin harto
+conocida. No le extraaba la situacin de Snchez Morueta: era la de
+muchos poderosos de aquella tierra. Vivan rodeados de todos los goces
+del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios
+eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se
+perdiera. Marido y mujer vivan en aislamiento moral: l buscando
+consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella
+dedicndose la devocin.
+
+Snchez Morueta interrumpi estas consideraciones de su primo, como si
+ansiase decirle toda la verdad. As era l tambin: necesitaba amor y
+amaba. Ya que la alegra de la vida no entraba en su casa, la haba
+buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfaccin del
+sexo: era una pasin que endulzaba el ocaso de su madurez y le haca
+soar y sentir los cincuenta aos, con una intensidad que le
+retrogradaba la juventud. Y con arrobamientos de adolescente,
+recrendose en el relato, record toda la novela de su amor.
+
+Haba comenzado por una aventura vulgarsima: un encuentro en Biarritz
+con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida
+en Francia, pero hija de judos: una mujer que en plena juventud haba
+corrido medio mundo y conoca casi todos los idiomas europeos. Las
+relaciones haban ido estrechndose. Apenas se separaba de ella jurando
+no volver verla, avergonzado de su vileza y acordndose de su hija con
+remordimiento, senta la necesidad de buscarla de nuevo, se propona
+s mismo un negocio que haca necesaria su presencia en Pars, en
+Madrid, all donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante
+de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada
+del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los
+tablados de los _music-hall_. Qu tena aquella mujer que le
+trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el
+sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como
+una rfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las
+preocupaciones y los escrpulos. Snchez Morueta, al considerarse
+culpable, se senta ms hombre. El remordimiento era una manifestacin
+de vida que le sacaba del letargo de su existencia.
+
+Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad
+montona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil
+le salan al encuentro en la mesa de su despacho, entre la
+correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que
+estremeca su carne y pareca traerle una rfaga cargada de taponazos de
+champagne y msica chillona de caf concierto. La expansin, dulcemente
+truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de _petit coco mon
+gros cheri_, hacale sonrer juvenilmente bajo su barba venerable. Era
+una pasin que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi
+en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia,
+sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias
+felinas de una bayadera asitica.
+
+Haba acabado por arrancar Judith de su vida de aventuras, por
+instalarla definitivamente en Madrid, como una seora tranquila que vive
+de sus rentas. Pens por un momento traerla Bilbao, pero haba
+desistido de ello, no por miedo la familia, sino por temor la villa
+hipcrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y
+costureras, que cerraba los ojos sonrea bondadosa ante el capricho
+del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condicin de pobres, pero
+se escandalizaba y enfureca ante la _cocotte_, la hembra que pusiera
+en sus sonrisas algo de distincin, y rodeara de una sombra de amor las
+necesidades de la carne. Otros ms valientes que l haban intentado
+aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y
+todo el vecindario se amotin contra las extranjeras. Hasta haban
+cortado las caeras del agua y la luz de sus casas, para obligarlas
+levantar el campo.
+
+El millonario iba con frecuencia Madrid por dos tres das,
+pretextando juntas de accionistas gestiones cerca del gobierno. Todos
+le encontraban rejuvenecido; vean en l algo nuevo inexplicable, que
+animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que pareca dar
+ms soltura su cuerpo de hombre de lucha, y le haca cuidar con mayor
+esmero del adorno de su persona.
+
+--T mismo--deca al mdico,--te has extraado de este cambio muchas
+veces. Es el amor, Luis. Nada como l alegra los hombres.
+
+Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con
+entusiasmo, queriendo convencer su primo de que su madurez no haca
+mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de
+placeres. Estaba seguro de que le quera. No era que l pudiese inspirar
+una gran pasin: pero cansada de la antigua vida, se haba refugiado en
+sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por
+mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No haba ms que ver cmo le
+sonrea, cmo salan su encuentro los brazos blancos y suaves cuando
+se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid.
+Aquella era su verdadera casa: all pasaba los mejores das, y no ser
+por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, all ira
+terminar su existencia.
+
+Adems, un suceso inesperado los haba unido ms estrechamente: haba
+afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco aos de duracin. Slo
+un hombre como su primo poda hacerle tal confidencia... Tena un hijo!
+Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se
+apresur aadir:
+
+--T eres el nico que lo sabe: un hijo... mo! bien mo! Un nio de
+tres aos que empieza hablar, y al verme me llama: El pap de
+Bilbao! El amor me da lo que tantas veces dese en mi casa sin
+conseguirlo. Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que
+soy su padre, pero pienso en l, espero que crezca y ya vendr mi
+lado! ya har por l cuanto pueda, que ser mucho!
+
+Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la familia improvisada
+que era para l la verdadera. Judith, engordando en su bienestar
+tranquilo; aburguesndose hasta hacer olvidar la antigua _divette_
+aventurera, Snchez Morueta la quera mejor as: la crea ms suya. Y
+entre los dos, aquel pequeuelo de una asombrosa precocidad. El
+millonario se enorgulleca vindolo tan hermoso, con una belleza
+afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningn rasgo de l.
+
+--Un verdadero hijo del amor--deca el hombretn con sonrisa
+placentera.--No hay en el pequeo nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni
+esta cara de gigantn. Rubio como el oro, y tan blanco! tan delicado!
+tan poquita cosa! Parece un beb de porcelana.
+
+Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de
+indignar las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los ms
+hermosos: tenan algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en
+los retoos engendrados por las parejas legales, que procrean por deber
+y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y montono,
+en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla
+casera.
+
+Snchez Morueta call como fatigado por su confesin. En uno de sus
+paseos haban llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente,
+sonando sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de
+la tertulia de doa Cristina.
+
+--Y pensar que poda haber encontrado en mi casa la felicidad que busco
+fuera, ocultndome como un malhechor!--exclam el millonario, como si el
+recuerdo de su familia despertase en l cierto remordimiento.--Pero no
+creas, Luis, que estoy arrepentido--aadi con resolucin.--Yo tengo
+derecho ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero
+d algo, Luis. Qu opinas de todo esto?
+
+Aresti encogi los hombros. De aquellos amores no quera hablar. Si
+proporcionaban su primo cierta felicidad, haca bien en continuarlos.
+La vida es triste y la pericia del hombre est en alegrarla, en iluminar
+con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era
+que aquella mujer le amase segn l deca: pero aunque el amor no
+existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que l se creyese
+amado. En el mundo se vive de la ilusin y la mentira, y la mayor
+desgracia es abrir los ojos.
+
+--Me quiere, Luis, me quiere--interrumpi el millonario
+apresuradamente.--Por qu haba de fingir? Si hubiera sabido quin era
+yo cuando la conoc, an podra dudar. Pero en nuestros primeros tiempos
+de amor me crea un hombre de corta fortuna. Tard mucho saber que era
+yo Snchez Morueta.
+
+El doctor asombrbase ante la firme conviccin de su primo. Celebraba su
+optimismo: as, su dicha no correra peligro. l no se mezclaba en el
+asunto. A ser feliz ya que tena fuerza de voluntad y medios sociales
+para crearse una segunda familia, que vivira en el foso, mientras
+arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su
+riqueza. A Aresti slo le interesaban los infortunios domsticos de su
+primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que l, les
+ocurra otros. Era el eterno obstculo con que tropezaban todos los
+que en aquella tierra queran encontrar en la esposa algo ms que una
+compaera y administradora. Unos haban de buscar la alegra de su
+existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobarda
+egosmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, ms resueltos y
+valerosos--l, por ejemplo,--rompan abiertamente, no queriendo vivir
+encadenados un alma muerta y volvan su existencia de solteros, con
+la amargura de no poder buscar pblicamente una nueva compaera.
+
+Aresti no censuraba las mujeres de su pas. Eran como eran, un poco
+por la frialdad de la raza nada propensa apasionarse por lo que no
+tenga un fin inmediato y prctico, y muchsimo ms por defecto de
+educacin, porque los mismos hombres las haban acostumbrado al
+aislamiento, la separacin de sexos, asociarse las mujeres con las
+mujeres, no viendo en el hombre ms que una mquina de fabricar dinero
+hijos. Qu haba hecho al casarse Snchez Morueta? Lo que todos los
+poderosos de su pas. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer
+gran caso de la voluntad de los contrayentes: despus, el viaje
+aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando
+el marido volver cuanto antes reanudar sus negocios. Y el mismo da de
+la vuelta Bilbao, l, al escritorio, ganar dinero, al club, para
+vivir entre hombres solos, dejando la mujer entregada para siempre
+las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin ms
+diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de
+las compaeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.
+
+No conocan la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los
+aristcratas de otros pases. Los padres de la Compaa, para asegurar
+su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del
+demonio, propias de otras tierras que no haban gozado la gran dicha de
+heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros
+funcionaban con los palcos vacos, sin que ellos asomara una mujer:
+las fiestas del verano eran el nico esparcimiento anual para todas
+ellas. Faltas de diversin, ansiosas de reunirse, de or msica, de algo
+que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su
+teatro, pasando el da en el templo del Corazn de Jess, all donde la
+arquitectura afeminada y ridcula, cargada de oro y bermelln, el
+armonium, las voces hermafroditas y las bombillas elctricas, parecan
+acariciarlas con un halago que tena tanto de mundanal como de mstico.
+
+Aresti sonrea amargamente. Ay: estaba bien discurrido aquel asedio,
+para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta
+la dominacin del esposo! De ellos era principalmente la culpa, Qu
+haban de hacer unos seres dbiles, faltos de direccin, arrastrados
+por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veanse
+obligadas una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo slo
+al hombre en el preciso momento del deseo; y el hbil jesuta se
+presentaba como un remedio su tristeza, entretena su fastidio con una
+devocin dulzona y afeminada, era el eunuco guardin, el verdadero amo,
+dirigiendo su antojo al tropel de odaliscas cristianas. As llegaba
+desde la sombra apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales
+se movan, sin conocer el impulso de sus acciones.
+
+Algunos an se mostraban satisfechos y agradecidos los sacerdotes,
+porque proporcionaban dulce entretenimiento sus esposas, dejndolos en
+mayor libertad para sus negocios y placeres.... Imbciles! El doctor se
+indignaba ante aquella intrusin, que haba acabado por cambiar las
+mujeres de su pas, matndolas el alma, convirtindolas en autmatas que
+aborrecan como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban
+al hogar las exigencias de una dominacin acaparadora.
+
+--T mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa--dijo el
+doctor,--qu has hecho para evitarlo?...
+
+Snchez Morueta hizo un gesto de extraeza. l? qu poda evitar l?
+Poda acaso cambiar el carcter de su esposa?...
+
+--T has dejado, como los otros--continu el doctor,--que tu mujer
+buscase un remedio su soledad, entregndose la devocin. Y te
+extraas de que Cristina haya ido separndose de t! Es un caso de
+adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se
+comprende lo que m me ocurri: yo no soy rico, y en este pas de
+negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Adems, junto
+los prejuicios de la que fu mi compaera, estaban como refuerzo los de
+su madre y su hermana. Pero t, que tienes la autoridad de la fortuna,
+cmo has dejado que fuesen apoderndose de una mujer la que amabas,
+separndola de t? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto
+que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus
+propias barbas han cortejado tu mujer y te la han robado. S alguna
+vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.
+
+El millonario sonri con desdn.
+
+--Bah! Los jesutas! Ya sali tu tema!... Efectivamente, son gente
+antiptica; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me
+bat en el ltimo sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan
+de habas; yo tomara el fusil otra vez, si volviesen los carlistas.
+Pero aun crees t, Luis, en esa leyenda de los jesutas tenebrosos,
+cometiendo los mismos crmenes que ellos atribuyen los masones?...
+
+Y Snchez Morueta miraba con ojos compasivos su primo, sin dejar de
+sonrer.
+
+--No sigas, Pepe--dijo el doctor.--Adivino lo que piensas. Soy un cursi.
+Conozco la frase: es un magnfico pararrayos para desviar el odio que
+instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal
+de los jesutas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo
+intelectual, lo moderno, es creer ojos cerrados en cualquier patn
+astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las
+horas en el confesionario enterndose de vidas ajenas y adorando al
+Corazn de Jess, que coloca por encima de Dios.
+
+--Yo no digo tanto!--exclam el millonario.--Yo no creo en ellos, y
+hasta me ro de sus cosas. Pero reconocers conmigo que eso del odio al
+jesuta es algo anticuado. Slo aquellos progresistas cndidos y
+heroicos de otros tiempos, podan ver la mano del jesuta en todas
+partes y creer en sus venenos y puales.
+
+--Yo no creo en su tenebroso podero ni en sus venganzas. En esta tierra
+nadie se atreve como yo hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me
+ocurre. As que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa
+que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden
+contra m. Aislados nada valen: pero hay que temerles all donde les
+ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. Cmo te explicar
+lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo,
+llegan producir una epidemia. Si encuentran un ser dbil preparado
+para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto
+repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse
+de nada por s mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de
+que no lo buscarn. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos
+y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece,
+dicindoles: Dominadnos, haced de nosotros lo que queris, y dadnos en
+cambio el cielo.
+
+Aresti no crea, como los enemigos de la Compaa en otros tiempos, en
+la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabidura de sus individuos
+era una leyenda. Haba entre ellos (que eran miles) algunos que se
+distinguan en las ciencias y en las artes, nada ms que como
+apreciables medianas. Llevando siglos de existencia, disponiendo de
+riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no haban
+enriquecido la humanidad con un slo descubrimiento de importancia. Su
+talento consista en presentar al vulgo las medianas como genios de
+fama universal y colocar la mayora restante en sitios donde no se
+evidenciase su vulgaridad.
+
+El mdico se rea igualmente de su poder. Slo alcanzaba los que caan
+ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicacin con ellos,
+poda burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea,
+temibles nicamente para los que viven su sombra.
+
+Aresti reconoca, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia
+era mayor que nunca. Cuando Loyola haba fundado su Compaa, las dems
+rdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la ms moderna se haba
+apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Adems, los frailes,
+despojados de sus riquezas de otros siglos, tenan ahora que copiar los
+procedimientos de los jesutas, que tanto les repugnaban en pasadas
+pocas. Tenan que marchar la zaga de ellos, imitndolos para hacer
+dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto
+voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compaa, haba hecho
+indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta poda
+afirmarse que el ejrcito monstico de igo de Loyola haba salvado al
+pontificado en el trance, terrible para l, de la revolucin luterana.
+Era la antigua fbula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en
+accin. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y
+vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete
+se negaba descender, condenndolo eterna servidumbre. La compaa
+haba salvado al Papa, pero esclavizndolo para siempre. El cristianismo
+haba muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el
+catolicismo ya no era ms que una palabra: la verdadera religin era el
+jesuitismo. El Papa que bendice segua en el Vaticano; pero el Papa que
+decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el
+_Jesu_ de Roma.
+
+--Esto m en nada me interesa--acab diciendo Aresti.--Yo vivo fuera
+del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.
+
+Su primo hizo un gesto de asentimiento. A l tampoco. l no hablaba con
+la audacia del doctor, pero viva de hecho fuera de las prcticas
+religiosas; no le preocupaban.
+
+--A t, s--dijo Aresti con energa.--A t deben preocuparte. Crees que
+vives fuera de esa influencia, porque no vas misa, ni te tratas con
+curas; pero todo llegar, t irs, y hasta es posible que te arrodilles
+ante algn confesonario de la iglesia de los jesutas. Ests en el
+crculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de
+la familia; ya te agarrarn. Apenas si es mal bocado el millonario
+Snchez Morueta!
+
+El aludido sonri. Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reiran
+oyndoles hablar de tales gentes. All las despreciaban, si es que
+alguna vez hacan memoria de ellas.
+
+--Pero es que Londres es Bilbao?--grit exasperado el doctor.--Acaso
+Inglaterra es Espaa? Ya s yo que se ren de ellos en todas las
+naciones modernas y poderosas: nicamente Francia se rasca de vez en
+cuando para echrselos lejos. Pero vivimos en Espaa, una nacin que no
+concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos,
+puede aplicarse los Estados. Contra los fuertes se estrellan y
+perecen, pero de los dbiles, predispuestos al contagio, se apoderan
+como una enfermedad. Eso de cursi podr aplicarse al que suee con el
+jesuta temible, en Londres en Berln: pero aqu vaya con la
+_cursilera_! y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...
+
+--S; aqu dominan mucho--dijo el millonario con gravedad.--Yo s que
+otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de
+capitales ajenos, los han elevado los han hundido, envindoles
+retirndoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen...
+pero es all donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque t
+creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios;
+han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no
+necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme dao. Aqu no
+entrarn por ms que se empeen. Ya lo sabe Cristina: es lo nico que me
+impulsara romper con ella, separarme, sin miedo lo que dijese la
+gente. T que sonres y hasta parece que te burlas: has visto aqu
+alguna vez una sotana? tienes noticia de que vengan visitarnos esos
+seores de la Residencia?
+
+--No: no vienen--dijo Aresti sin abandonar su gesto irnico.--Y para
+que haban de venir? Hace tiempo que estn dentro: no necesitan de tu
+permiso. A quin haban de buscar en tu casa? A tu mujer y tu hija?
+Ya les ahorras esa molestia envindolas t mismo donde ellos las
+aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la
+familia....
+
+--Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces
+mi carcter. He dicho que no entran y no entrarn. Sera un buen golpe
+para ellos apoderarse de Snchez Morueta; pero pierden el tiempo.
+
+Aresti estaba pensativo y pareca no orle.
+
+--El otro da--dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria--le
+un drama en francs y me acord de t. Era _La Intrusa_ de Mterlinck,
+Conoces eso?...
+
+El millonario movi la cabeza: l no tena tiempo para la literatura.
+
+--La _Intrusa_--continu el mdico,--es la Muerte, que entra en las
+casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.
+
+Y Aresti relat la escena lgubre de la familia reunida en torno de la
+mesa, en la penumbra, ms all del crculo de luz de una pantalla verde.
+En la alcoba cercana est una enferma, con el sopor de la gravedad:
+fuera de la casa, lo lejos, se oye afilar una guadaa, rayando el
+cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en
+el jardn. Se asoman y no ven nadie. Los cisnes graznan asustados,
+ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces
+despiertan en el tazn de la fuente, ocultndose temblorosos: las flores
+caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de
+inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve nadie. Ya suenan pasos en
+la escalinata: la puerta se abre, pesar de que no sopla el viento.
+Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia
+cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible,
+con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y
+despus, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se
+adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante
+la lmpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la
+enferma y vuelve caer sin que nadie haya entrado. Un gemido!... La
+enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama
+atravesando todos los obstculos; la _Intrusa_, para la que no hay
+puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta
+presencia.
+
+Y Aresti, despus de relatar la obra de Mterlinck, miraba silencioso
+su primo, que pareca no comprenderle.
+
+--En tu casa ocurre lo mismo--dijo tras larga pausa.--Crees que ese
+enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse tu
+mesa y ocupar un silln en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que
+lleg hasta tu misma alcoba. T te lamentabas de ello hace poco. Todos
+los das vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando
+regresan de la Iglesia de los jesutas de sus juntas de Hijas de
+Mara. No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No
+percibes su roce? El ltimo de tus criados lo ve y t ests ciego. Te
+mira todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario
+que tienes y ese seorito pariente de Cristina, que busca unirse t,
+pensando en tus millones ms que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu
+hija. Ellas te agarrarn cuando te sientas dbil; aprovecharn un
+instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso.
+Te crees libre de l y ronda todas horas en torno tuyo.
+
+Snchez Morueta rea ruidosamente.
+
+--Ests loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te
+ha trastornado el seso. A qu tanto fantasma, y dramas, intrusos... y
+demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad mi
+familia, para que se entregue las prcticas religiosas y se entretenga
+con esa devocin bonita, inventada por los jesutas. Qu he de hacer
+yo, si eso las divierte! Quieres acaso que me Imponga como un tirano de
+comedia, y diga: Se acab el trato con los Padres, aqu no hay ms misa
+que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel? Eso no
+lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez ms que t.
+
+Hablaba con una firmeza britnica de su respeto la libertad. l no
+quera violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus
+creencias y que le dejaran l con las suyas. Libertad para todos. Y
+recordaba su educacin en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo
+britnico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una
+misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.
+
+Aresti pareci irritado por la calma serena con que su primo hablaba de
+la libertad.
+
+--Yo tambin creo lo mismo--exclam;--pero en un pas como ese de que
+hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la
+persecucin por delitos de conciencia. Adems, hay all creencias
+diversas, y unas otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una
+especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende
+dominar al Estado y dirigir las familias. Pero hablar de libertad
+absoluta en este pas, que es famoso en el mundo por la Inquisicin y
+por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro
+siglos de tirana clerical. La unidad catlica no est consignada en las
+leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres.
+Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han
+de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. Y vienes t con
+esa pachorra inglesa hablndome de libertad y de respeto todas las
+creencias!... Eso puede ser en otros pases; podr ser aqu, cuando
+exista esa Espaa nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un
+siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse salir por
+completo de las entraas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy
+un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi
+pas, no como me lo ensean los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero
+ser un inquisidor al revs, me entiendes?, un hombre que suea con la
+violencia, con el hierro y con el fuego, como nico remedio para limpiar
+ su tierra de la miseria del pasado.
+
+Y Aresti, siempre irnico y zumbn, se exaltaba hablando. Lata en sus
+palabras el odio la influencia oculta que haba truncado su vida,
+hirindolo en sus afectos de hombre pacfico, impidindole constituir
+una familia. l amaba la libertad; pero era la libertad para el
+mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia
+los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder,
+abrazndose instituciones que estaban muertas desde haca siglos.
+Adems, por qu conceder las ventajas de la libertad los que haban
+empleado antao su inmenso podero combatindola, arrumbando escombros
+sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso rbol, queran ser
+los primeros en gozar de su sombra? No: l no reconoca derecho para
+existir unas creencias que eran la negacin de la vida; no poda
+conceder la libertad los tradicionales enemigos de esa misma libertad.
+
+Encarndose con Snchez Morueta, preguntbale qu hara si supiera que
+en su escritorio existan hombres que deseaban el naufragio de sus
+barcos, el incendio de sus fbricas, el agotamiento de sus minas, la
+desaparicin total de todo lo que era la existencia de su casa. No los
+expulsara, indignado? Pues esto deseaba l para los enemigos de la
+vida, para los que maldecan como pecados las ms gratas dulzuras de la
+existencia; para los que adoraban la castidad antiptica de la virgen
+sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza
+contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacan la
+apologa de la vagancia y la miseria convirtindolas en el estado
+perfecto; y tenan el hambre como signo de santidad y apartaban las
+gentes de las felicidades positivas de la tierra, hacindolas dirigir
+las miradas un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como
+obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las
+miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en
+cambio, con el sello de la execracin las nicas alegras que estn su
+alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamndola valle de
+lgrimas. No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues darles gusto y
+que dejaran el sitio libre los pecadores, los malvados que aman este
+mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que
+ms all no existe otro mejor.
+
+Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillndole los ojos con fuego
+homicida.
+
+--Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un
+hombre _moderno_ como t se exprese de tal modo.
+
+Aresti no quiso protestar. No le infunda repugnancia el mote de su
+primo. Inquisidor? sea. Toda la Espaa, ansiosa de algo nuevo, senta
+lo mismo que l, slo que no llegaba razonar sus impulsos. En otros
+pueblos ms adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe la
+Razn, se haba verificado dulcemente, en medio del respeto y la
+libertad. La Reforma, con su espritu de crtica y libre examen, haba
+servido de puente. Pero en esta tierra haba que dar un salto violento,
+pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes,
+an en pie y poderosas, la vida moderna. El trnsito haba de ser rudo
+y brutal. Era un ensueo querer guiar al pueblo mansamente, pasito
+paso: haba que correr, que saltar, derribando lo que an quedase por
+delante. Haba que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa
+sobre este pueblo: su educacin intolerante que databa de ayer. En unos
+cuantos aos de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se
+podan extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo espaol
+lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cmo el ms leve atentado que
+turbaba la paz pblica, hasta las clases ms elevadas y cultas, pedan
+la suspensin del derecho y la intervencin de la fuerza. Los ricos
+aplaudan la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los
+procedimientos salvajes de la Inquisicin; los pobres admiraban al
+fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba
+de dinamita; los gobiernos, ante el ms insignificante motn, abominaban
+de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los
+catlicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para
+demostrar que estaban limpios de todo origen judo mahometano. Quin
+podra jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile de
+familiar del Santo Oficio?
+
+Y el doctor, que haba asistido muchas reuniones populares, recordaba
+la gradacin de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudan
+con un entusiasmo algo forzado, por costumbre ms que por espontneo
+impulso, los ataques al rgimen poltico. Los reyes estaban lejos, y la
+gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que an no
+se haba extinguido, pero que deba desaparecer fatalmente, ms pronto
+ms tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestin social como
+algo positivo relacionado con su bienestar; pero por ms esfuerzos que
+hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociologa
+revolucionaria, la gente slo vea la ventaja de aumentar en unos
+cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba
+del jesuta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se pona
+instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con
+el fulgor diablico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el
+trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puos amenazadores,
+buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, seor de Espaa. Las
+huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias:
+las manifestaciones populares silbaban insultaban toda sotana que
+cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos
+tenan por final la quema de algn convento.
+
+--Y es que el pueblo--continu Aresti--adivina por instinto cul es el
+enemigo ms prximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se
+junta para algo que no dirija contra l sus iras.
+
+El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconoca que en
+apariencia ningn odio ni temor deban sentir las masas contra la
+Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban misa, ni se confesaban;
+vivan separados del cura, desprecindolo. Por qu, pues, haban de
+temerle? Los jesutas y los frailes slo visitaban las casas de los
+ricos y no podan esperar los pobres que se introdujeran en sus
+miserables tugurios. Por qu, pues, odiarlos? Era que la masa, por
+instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta toda tentativa de
+avance. Estancando la vida del pas, cortaban el paso los de abajo.
+Ellos eran los que les haban tenido en la ignorancia durante siglos,
+hacindoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la
+limosna, inculcndoles un respeto supersticioso para el potentado,
+obligndoles creer que deben aceptarse como dones celestes las
+miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que
+slo consegua ventajas en fuerza de rebeldas y revoluciones, se
+vengaba del engao de varios siglos persiguiendo los impostores.
+
+Adems, exista un impulso de fuerza tradicional. Da las entraas de la
+historia patria se desprenda un hlito de santo salvajismo. El brasero
+inquisitorial arda durante siglos; el cielo azul obscurecase con nubes
+de holln humano; reyes, magnates y populacho haban asistido entre
+sermones y cnticos las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que
+provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban
+venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo nico delito fu
+comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que
+despus ha explicado la ciencia, nias inocentes que seguan con la
+inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.
+
+--Espaa es un pas de olvido--deca el doctor.--An se estremecen en
+Francia recordando la matanza de San Bartolom, que dur veinticuatro
+horas. Y aqu es cursi decir que hubo Inquisicin! Hasta cerebros
+poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revs se han
+encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fu
+una institucin digna de elogios; como quien dice un jueguecito para
+divertir al pueblo. En otros pases levantan estatuas los vctimas de
+la intolerancia religiosa. Aqu la Iglesia omnipotente los ha matado por
+segunda vez, creando el vaco en la historia. De tantos miles de
+mrtires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.
+
+Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado,
+Aresti, que viva en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de
+sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba ser la ejecutora
+de una revancha histrica. Slo en el pueblo perduraba el recuerdo de
+aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido framente en
+nombre de Dios al travs de los siglos; de aquellos sacrificios humanos
+que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus
+divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad,
+como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentbase ahora, al menor
+motn, quemar los edificios que servan de albergue los representantes
+del pasado odioso; algn da los incendiaran de veras con todo su
+contenido humano. Esto parecera brutal, pero era lgico en un pas
+donde todava no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de
+Europa. Aqu an no se haban presentado. El hombre sera el habitante
+de la Espaa nueva; pero antes tenan que evolucionar mucho los actuales
+pobladores del pas, dignos descendientes del inquisidor, educados por
+l en el desprecio la vida humana, en la facilidad de inmolarla como
+holocausto las creencias. De qu se quejaban los que maana seran
+vctimas, si ellos haban envenenado el alma de un pueblo, formndolo
+durante siglos su imagen y semejanza?...
+
+El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su
+cuerpo, forman la concha, el caparazn que les sirve de vestido y
+defensa. El espaol no tena otro jugo que el de la intolerancia, el de
+la violencia. As le haban formado y as era. En otros tiempos, el
+caparazn era negro; ahora sera rojo; pero siempre la misma envoltura:
+l estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el
+inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegara el hombre, limpio
+de todo deseo de venganza, sin miedo enemigos tradicionales, fraternal
+y dulce, que levantara el edificio moderno sobre el solar limpio de
+escombros.
+
+--Ests loco!--exclam Snchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa
+fama de hombre que tiene _cosas_. Si te tomase en serio, habra para
+sentir horror por lo que dices.
+
+Aresti se encogi de hombros.
+
+--Pero ven ac, mediquillo chiflado--continu el millonario.--Reconozco
+que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como t dices. Ya sabes que
+yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han
+puesto nuestro pas. Pero qu la violencia? Para acabar con ellos
+no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los grmenes que se
+encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es
+tal vez darles ms fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... Mucha
+libertad, mucho progreso, y ya vers como las costumbres de la
+civilizacin les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen
+salirse de l!
+
+--Ahora me toca m rer!--exclam el doctor.
+
+Y rea mirando su primo con ojos compasivos, mientras contestaba sus
+razonamientos.... Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de
+la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominacin,
+la incultura del pas, la servidumbre de la mujer encadenada ellos por
+el sentimentalismo de la ignorancia! Cuando contaban con el apoyo del
+rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento,
+compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!...
+Mientras aquellos enemigos existieran, seran estriles todos los
+esfuerzos para reanimar el pas. Slo ellos se aprovechaban de las
+ventajas del progreso nacional. Eran los perros ms fuertes y giles, y
+se zampaban los mendrugos que la civilizacin arrojaba al paso, por
+encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastn espaol soaba en
+medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parsitos.
+
+Haba que fijarse en el trabajo de los padres de la Compaa, que eran
+los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del
+ejrcito religioso, el nico que tena el secreto de sus marchas y
+evoluciones y ocupaba las tiendas de distincin. Se engrandeca
+Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues all ellos.
+Adquira Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y
+sobre las techumbres de las bodegas alzbase dominadora la iglesia del
+jesuta. Descubra Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el
+ignaciano pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la
+fbrica de autmatas y la tienda donde se vende la salvacin eterna. No
+haba una mancha de prosperidad y riqueza en el msero mapa de Espaa,
+que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior,
+condenadas hambre perpetua y un cultivo africano, no conocan su
+existencia. La Espaa msera quedaba para los curas montaraces y
+famlicos, para los merodeadores despreciables del ejrcito de la Fe.
+Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta
+del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: exista la
+riqueza.
+
+La fbrica nueva, la mina descubierta, los campos recin roturados, la
+codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en
+provecho suyo y vena lentamente sus manos. Aresti se indignaba ante
+la suerte de su pas, tierra de maldicin, tierra condenada, que haba
+de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta,
+si se abra las caricias de la civilizacin era en provecho de los
+dominadores acampados sobre ella.
+
+Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantena
+ante l en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la
+Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los catlicos
+de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que
+posean la verdad absoluta. Dios se haba tomado la molestia de
+hablarles para transmitrsela, y sentan eternamente la necesidad de
+imponerla los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando los
+espritus rebeldes que se resistan recibir el beneficio. Poda
+vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la
+razn, pues la razn no se considera infalible y est pronta
+rectificarse. Pero cmo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con
+unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones
+indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se
+indignaban ferozmente viendo desodo Dios, que habla por su boca. Sus
+crmenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponan el deber de
+combatirlos. Podan respetarse sus creencias, pero vigilndolos como
+locos peligrosos, tenindolos en perpetuo estado de debilidad para que
+no intentaran imponerse por la violencia.
+
+--El respeto la libertad!--continu el doctor dirigindose su
+primo.--Oyndote, me pareces igual un filntropo loco, que en una
+coleccin de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.
+
+Y Aresti, en su exaltacin, mimaba la escena, al mismo tiempo que la
+describa de viva voz. El filntropo ideal compadeca la bestia, Con
+qu derecho la tenan entre hierros? La fiera haba nacido para ser
+libre: tena derecho la vida de las selvas, sin obstculo alguno, como
+en su primera edad, Goza de tu libertad, pobre pantera, deca
+abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su
+agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatindole de
+una zarpada, desgarrndole el pecho con los colmillos.
+
+--Suelta la pantera de nuestra historia--gritaba el mdico;--djala en
+libertad, despus que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella
+unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y
+ya vers cmo corresponde tu candidez de liberal la antigua.
+
+--Y qu quieres?--pregunt Snchez Morueta.--Matarla? Crees que eso
+es posible, de un golpe?
+
+--As deba ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.
+
+Qued en silencio Aresti largo rato, y luego aadi con conviccin:
+
+--Matar la fiera sera lo mejor. Pero de no ser as, hay que conservarla
+entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uas,
+arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan
+convertido la pantera en un perro manso y dbil, entonces, puerta
+abierta! libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en
+ella, bastar un puntapi para volverla al orden.
+
+
+
+
+IV
+
+
+El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Snchez Morueta,
+ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construccin, con las
+paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se
+alzaban entre aqul y la ra.
+
+Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administracin, con la
+pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de
+mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparca por toda Espaa
+en forma de rieles, lingotes y mquinas, y de los jornales de un
+ejrcito de obreros ennegrecidos y tostados junto los hornos. Arriba,
+en lo ms alto, estaban los _tcnicos_, el cerebro que diriga aquel
+establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.
+
+Esta parte de la casa era la nica que los trabajadores vean sin odio.
+Los das de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las
+ventanas del primer piso, como si fuesen asomar ellas los
+administradores que regateaban el precio de su faena, cercenndolo con
+multas y descuentos por tardanzas descuidos en el trabajo. Si miraban
+ms arriba era con el respeto que la gente sencilla inspira el
+estudio.
+
+Aquellos seores que pasaban el da inclinados ante los tableros de
+dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada alineando
+nmeros y letras para sus clculos, eran mirados como seres superiores.
+El rebao obrero sentase en contacto ms ntimo con aquellos hombres
+que se limitaban dirigirles en su trabajo, que con los otros de la
+administracin que les entregaban el dinero.
+
+Bajaban ciertas horas del da los talleres, para dar sus rdenes
+los contramaestres, y volvan encerrarse en su estudio misterioso, sin
+que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era
+Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conoca
+todos los trabajadores, llamndolos por sus nombres. Cuando ellos vean
+ don Fernando en los talleres, les pareca el trabajo menos pesado y
+procuraban que su tarea fuese ms rpida, como si el ingeniero hubiese
+de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven pareca tener
+alrededor de su persona el ambiente de simpata y atraccin de los
+grandes caudillos, de los apstoles que arrastran las masas. Haba
+nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenan
+quejas que formular iban l, aun sabiendo que su influencia no
+alcanzaba la administracin, y despus de escuchar sus consejos se
+retiraban ms tranquilos, como si hubieran conseguido algo.
+
+La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa
+espontnea, reflejo de un carcter recto, transparente y sin dobleces,
+cautivaban unos hombres habituados la voz imperiosa de los
+contramaestres y las respuestas altivas de los escribientes de la
+direccin.
+
+Viva como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja
+cuyo marido haba muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje
+serva para mantener la viuda. En torno de l haba fabricado el
+afecto de los humildes una aureola de bondad.
+
+Una gran parte de su sueldo la enviaba su madre y sus hermanas, que
+residan en la ciudad de Levante donde l haba nacido. La pobre seora
+haba intentado vivir cerca de l, pero tema al clima de Bilbao. Muchos
+obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado
+en bandos, de anticuada distincin, que paseaba en los das serenos por
+cerca de la ra, apoyada en sus dos hijas, quejndose de las lluvias
+frecuentes de aquel pas, de la atmsfera cargada de carbn y polvo de
+hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en
+los naranjales caldeados por un viento ardoroso.
+
+Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el inters que
+mostraba por ellos. Aquel seorito era de los suyos. Sin el menor
+esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar algn
+trabajador que por enfermedades de la familia se vea en trance apurado.
+El elogio que hacan de l era siempre el mismo: No tiene nada suyo.
+Adems, le queran, por verle siempre en guerra con los seores de la
+administracin, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas
+trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para
+colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compaeros suyos de
+las cofradas de Bilbao, piadosos seores que se preocupaban ms de los
+pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valindose de ciertos
+espionajes de taller, los tenan sometidos continua vigilancia,
+clasificndolos segn sus creencias.
+
+Un da el ingeniero haba tenido un choque con la administracin, al ver
+despedido del trabajo, por ftiles pretextos, un obrero antiguo. Todos
+los compaeros recordaban que un mes antes su camarada haba enterrado
+civilmente, con gran escndalo de las devotas del pueblo, un hijo
+suyo, y acusaban los _culebrones_ de la direccin de una ruin
+venganza. Los ms exaltados gritaban en son de amenaza. Es que despus
+de matarse trabajando, iban imponerles cambio del jornal lo que
+deban pensar? Tendran que ir con una vela en las procesiones, como
+ciertos hipcritas que halagaban de este modo los amos, para
+procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusin en les oficinas y
+acab por presentarse Snchez Morueta. El millonario, abstrado en
+sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fbricas, y se indign
+contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se
+aprovechaban de las facultades que l les daba, para imponer sus
+creencias. l no quera su sombra ms que trabajo. El obrero volvi
+ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeci al
+ingeniero esta victoria.
+
+Si Snchez Morueta gozaba de algn afecto entre los miles de hombres que
+le vean pasar como un fantasma por el edificio de la direccin, era un
+reflejo del cario que todos sentan por Sanabre. Aquella gente
+adivinaba la simpata que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don
+Fernando estuviese al lado del millonario, no haba que temer que
+entrase en los altos hornos el espritu de purificacin santurrona que
+reinaba en otras fbricas. l defenda los intereses de su principal,
+procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres
+todos quedaban en libertad. No ocurra lo que en las fbricas y las
+minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos
+peridicos la asistencia un mitin, para ser despedido con ridculos
+pretextos. Qu le pedira al amo aquel don Fernando tan bueno y
+simptico que no se lo concediese?
+
+Y as era: Snchez Morueta senta por Sanabre un afecto casi paternal.
+Encontraba en l algo de aquel hijo, que en vano haba esperado en los
+primeros tiempos de su matrimonio. Haca ocho aos que se haba
+presentado una maana en su escritorio con una carta de recomendacin de
+un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero
+industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener su
+madre y sus hermanas que subsistan de una msera pensin del Estado. Su
+padre haba sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres
+de guerra: la espada pasaba de generacin en generacin, como
+instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero l no
+le gustaba la profesin de soldado: se pareca su madre. Y Snchez
+Morueta, examinando al muchacho, reconoca que efectivamente haba en l
+muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos
+finas, la piel lustrosa, de un moreno plido, los ojos grandes y dulces,
+tal vez en demasa para un hombre, y una dentadura igual y ntida, sin
+esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote,
+ensortijado con cierta arrogancia, era la nica herencia fsica de sus
+belicosos antecesores.
+
+El millonario sinti simpata por el joven desde el primer instante. Tal
+vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la
+delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energas, su viveza de
+carcter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo Parece un tenor--se
+dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariado con su
+idea, no oa pera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los
+cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba su
+joven ingeniero.
+
+Sanabre no tard en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre
+de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas
+veces, antes de hablar, sala al encuentro de su pensamiento, lo
+adivinaba, cumpliendo las rdenes que el millonario an no haba
+formulado. Adems, el ingeniero tena sus ideas propias, y las
+comunicaba con una discrecin tan suave, que el principal acababa por
+creerlas suyas.
+
+Cuando Snchez Morueta le tom bajo su proteccin acababa de fundar los
+altos hornos. Sanabre entr en el despacho de los ingenieros como un
+simple agregado, trabajando las rdenes de un ingls, que haba
+construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde,
+pues pasada esta hora, el _whisky_, bebido en abundancia durante el da,
+le impulsaba las mayores extravagancias. Cuando el ingls volvi su
+pas, Snchez Morueta mir con sonrisa paternal su ingenierillo.
+Muchacho, te atreveras t con todo eso?... Vaya si se atrevi! El
+millonario reconoca que desde que Sanabre estaba al frente de los altos
+hornos marchaba la explotacin con ms regularidad, siendo menos
+frecuentes los conflictos entre la administracin y el ejrcito obrero.
+Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la
+complicada mquina, acuda remediar la aspereza con su dulzura y sus
+buenas palabras. A no ser por l, hubieran surgido varias veces en los
+talleres la protesta y la huelga.
+
+Los de la administracin--por exceso de celo y por antipata instintiva
+hacia la masa jornalera, que viva sin acordarse de la religin,
+hablando todas horas de sus derechos,--inventaban cada paso nuevas
+reglamentaciones para cercenar algunos cntimos de los jornales
+aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea
+hablaban de la necesidad de velar por los intereses de la casa, y al
+mismo tiempo, de meter en un puo aquella gentuza, cada vez ms
+exigente y respondona. Pero Sanabre estaba all y serva de
+intermediario y pacificador. Qu le importaban un potentado como
+Snchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa
+entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.
+
+El millonario aceptaba silenciosamente la opinin de su ingeniero, y
+renaca la paz, mientras los _jesuitones de la Direccin_ (as los
+designaban en los talleres), sonrean hipcritamente Sanabre,
+agradecindole las derrotas con felina amabilidad.
+
+Muchos obreros haban notado cierta transformacin en la persona y las
+costumbres del ingeniero director. Vesta con ms esmero, y los que
+estaban habituados verle en los talleres con boina y zapatos de suela
+de camo, sin preocuparse del polvo del carbn ni de las chispas del
+acero, se inquietaban ahora cariosamente por los trajes nuevos y los
+sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo
+descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los
+cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban
+la atencin de las mujeres que trabajaban en el carbn, pobres seres
+enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenan algo que
+pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.
+
+--Chicas: nos lo han cambiado!--se decan;--ya no es don Fernando:
+parece un seoritingo de los del Arenal. Quin ser la novia?...
+
+Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina
+transformacin.
+
+Algunas noches le vean los obreros salir en un coche para Portugalete:
+de all pasaba por el puente colgante Las Arenas. De alguna de estas
+excursiones volva con una flor en la solapa, conservndola varios das,
+hasta que se secaba. Los trabajadores que tenan ms confianza con l,
+sonrean al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este
+adorno de la solapa, mientras pasaba revista los talleres.
+
+--Cundo es la boda, don Fernando?--le preguntaban.
+
+Y l contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como
+si desease comunicar algo de su felicidad cuantos le rodeaban. La
+visin de un jardn, y de una mujer, marchaban ante l por los negros y
+ruidosos talleres, embellecindolo todo como un rayo de sol.
+
+Una tarde de verano, escriba Sanabre en su despacho, junto una
+ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ra, con dos vapores, un
+trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla
+opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un nio,
+y de bigote erizado, trabajaba cerca de l, y en la habitacin inmediata
+los delineantes dibujaban sobre los tableros, detenindose algunas veces
+para pedir aclaraciones.
+
+Sanabre pareca inquieto; miraba de vez en cuando sus subordinados con
+ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba
+en l, volva escribir, no en los papeles de marca grande que usaba
+para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero
+pareca acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de
+artista.
+
+Ms de dos pginas haba llenado, cuando alguien di con el bastn
+fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovi todo el
+personal, habituado la calma casi monstica de aquella oficina.
+
+--A ver, dnde est ese ingenierete?...
+
+Lo primero que vi Sanabre al levantar la cabeza fu el brillo de unos
+lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandon su silln confuso
+indeciso, dudando entre salir al encuentro de aqul ocultar la carta.
+
+Los empleados, que le conocan vagamente como pariente del principal,
+volvieron enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todava
+atolondrado por la inesperada visita, le ofreca una silla junto la
+ventana.
+
+El doctor explicaba su presencia all. Haba bajado de Gallarta, llamado
+por la mujer de un antiguo contratista que ahora viva en el Desierto.
+Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas seoras, aunque se
+trasladasen Bilbao fueran vivir al otro extremo del mundo, no
+queran otro mdico que el doctor Aresti, obligndolo ir de un lado
+otro como un comisionista de la salud. Maldito carcter que no le
+permita negarse nada! Y mientras vena la hora de coger el ltimo
+tren de las minas, se haba dicho: Vamos echar un prrafo con el
+ingenierito y de paso ver el gran feudo industrial de mi primo....
+
+Acariciando con amistosas palmadas Sanabre, le deca con tono
+malicioso:
+
+--Desde el da del santo de Pepe que no te haba visto. Cuntas cosas
+han pasado desde entonces eh?... Parece que todo va bien.
+
+Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que ste le tratase con igual
+confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, pesar de su
+carcter comunicativo. Los escudriadores ojos de Aresti, habituados al
+examen rpido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos aquella carta
+que Sanabre pretenda ocultar.
+
+--Eso no ser ningn trabajo de ingeniera--dijo en voz baja y con
+sonrisa burlona.--Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... Vaya
+un modo de velar por los intereses de mi primo, seor ingeniero! Y de
+seguro que en esos cajones hay algo ms que planos y estudios. Cartitas
+de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografa:
+tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, seor ingeniero. Eso
+es _muy propio_ de la seriedad de una oficina como esta.
+
+Y rea viendo la confusin de Fernando, el cual instintivamente volva
+la mirada hacia los cajones de un _secretaire_ inmediato, desconcertado
+por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temi Sanabre que
+sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de all
+cuanto antes, y se puso de pie invitando Aresti seguirle. De veras
+que no haba visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las
+mejores: haba cuela de mineral. Y sali de la oficina seguido por el
+doctor.
+
+Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vas
+frreas y cubierta de polvo de carbn, el mdico detuvo su gua, como
+si le interesase ms hablar con l, que contemplar la riqueza industrial
+de su primo.
+
+--Vamos ver, Fernandito--dijo cogindolo por un botn de la
+americana.--Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu
+gente: cmo van esos amores?...
+
+Sanabre se ruboriz, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le
+desconcertaba la mirada del doctor, fija en l con la tenacidad
+insolente de los miopes.
+
+--Pero ingeniero del demonio! No niegues. Si lo s todo!... Vaya por
+descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo
+el _Capi_ cuando vino cazar _chimbos_ la montaa. Ya sabes que l es
+hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en
+casa de Pepe. Conque dime, cundo piensas ser mi sobrino?
+
+Sanabre se entreg: con aquel hombre no valan disimulos. Adems, el
+doctor le haba inspirado una gran confianza y senta el anhelo de todo
+enamorado por comunicar su felicidad. A quin mejor que al bondadoso
+Aresti, que adems apareca ante sus ojos engrandecido por su parentesco
+con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirti en una
+verbosidad atropellada. Quera contar de un golpe toda la historia de
+sus amores: se extraaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo
+que l y le escuchase con gesto irnico, que daba su cara una
+expresin de Mefistfeles bondadoso.
+
+Ay, qu tarde aqulla, en la que Pepita, paseando por su jardn de Las
+Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le haba
+contestado afirmativamente! Era la nica vez que Sanabre crea haber
+estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los rboles, de
+aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como
+avergonzados, al pronunciar el mgico monoslabo. Lo cierto era que al
+anochecer sali del hotel de Las Arenas tambalendose, y eso que durante
+la comida no os beber ms que agua, por el respeto que le infunda
+Snchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya haba vaciado sus bolsillos,
+derramando un puado de pesetas entre la chiquillera que miraba con
+cierto asombro un seorito, con el sombrero echado atrs, andando
+grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un
+lado otro del vagn, con una nerviosidad que inspiraba cierta
+inquietud los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos
+musicales que tenan algo de tierno y amoroso, todos los dos en que el
+tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasin la tiple. Qu
+noche, doctor!... Despus se haba serenado; su felicidad adquiri
+cierto sosiego, pero aun as, cada da le traa nuevas y profundas
+emociones. Llegaba Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Snchez
+Morueta, como si ste fuese presentarse iracundo imponente,
+sealndole con gesto mudo la puerta. Tenan que librarse de la
+vigilancia de doa Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita
+con la que le entregaba Pepita en un rincn del hotel, en una revuelta
+del jardn: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la _aa_
+de su novia, la ama seca que, despus de criar la nia, se haba
+quedado su lado disputando su influencia, primero la institutriz, y
+ahora las doncellas y dems servidumbre femenina de la casa.
+
+Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de
+Pepita; cmo las lea y relea; cuntas veces en mitad de su visita
+los talleres, acometa su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha
+de que tal prrafo envolva cierta frialdad, y volaba de nuevo su
+despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la
+letra amada, como un jeroglfico que ocultaba su felicidad. l no haba
+credo nunca que pudiera amarse tan intensamente. Haba conocido
+Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardn,
+bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al ms leve descuido
+gritaba como un loro arisco: Miss!... Quin le hubiera dicho
+entonces que se haba de enamorar de aquella chiquilla? Porque l
+estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!
+
+Y Aresti, sonrea con cierta compasin ante las cosas ftiles que
+constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las
+inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una
+sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia
+vulgar.
+
+--Es esta tu primera novia, verdad?--dijo Aresti.--Ya se conoce: todos
+hemos pasado por eso. Es el sarampin de la juventud. Un signo de fuerza
+y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo,
+sigue.
+
+La nica tristeza de Sanabre era la consideracin de la gran desigualdad
+de fortuna entre l y su novia. Qu dira su principal cuando se
+enterase? Le creera un aventurero que intentaba apoderarse de su
+inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era
+para muchos la nica carrera un buen matrimonio, qu pensaran de un
+ingeniero pobre que pona los ojos nada menos que en la hija de Snchez
+Morueta?...
+
+Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. No
+creera l tambin que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la
+riqueza? Esta duda le entristeca. l amaba Pepita... porque s.
+Quin sabe por qu se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de
+Bilbao, huraa y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres
+vivan separados, era Pepita la nica joven con la que haba tenido
+algn trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce
+otros obstculos que los de la naturaleza, le haba sorprendido,
+inflamando sus treinta aos, la edad de las grandes pasiones. Ay! Cmo
+deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse l, le agradeciera
+no slo su amor sino su trabajo! Qu! no le crea el doctor?...
+
+--Te creo, muchacho--dijo Aresti--Claro es que no te sabr mal ser yerno
+de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aqu las hojuelas
+son tu amor. T eres de otra raza; t vienes de abajo, del Sur, de un
+pas de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar
+menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto la mujer...
+tanto! que veces se la da de pualadas para tirarse luego del pelo
+ante su cadver. Sois unos animales ms vehementes, ms complicados
+interesantes que los de aqu. Tengo la certeza de que si esto sigue, an
+te vern alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando
+serenatas ante la ventana de mi sobrina.
+
+Aresti, por no molestar al ingeniero, cambi de tono y le habl con
+gravedad. Poda prepararse sufrir disgustos. Aquello no saba l cmo
+poda acabar; lo ms probable era que terminase de mal modo.
+
+--Lo s--dijo Sanabre con tristeza.--Temo al principal cuando se entere.
+Se indignar, sin que le falte razn para ello.
+
+--Mi primo es el menos temible. No tiene opinin formada sobre el
+porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que t, que
+eres un trabajador, contines su obra. Hay que esperar siempre algo
+bueno de su carcter.... Otros son los que debes temer!
+
+Y hablaban de su prima, la antipticamente virtuosa como l la
+llamaba: aquella Cristina que se crea postergada por haberse unido
+Snchez Morueta pesar de que ste le trajo la fortuna. Qu iba
+decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un
+empleado de su casa? Ella slo apreciaba dos cualidades, como las nicas
+respetables en el mundo: una gran fortuna un nombre histrico,
+relacionado con las glorias del pas vasco y de la religin....
+
+--Adems, ingeniero de Dios--continu el doctor:--tienes que luchar con
+Fermn Urquiola, que tambin parece que anda tras de la chica, no s si
+por impulso propio empujado por la madre.
+
+Aqu se irgui Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido.
+A ese no le tena miedo. Estaba seguro de que inspiraba Pepita una
+aversin irresistible: bastaba ver con qu despego le trataba. Aquellas
+nias criadas junto las faldas de sus madres, conocan todo lo que
+pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en
+asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre ms all
+de las rejas. Pepita conoca la vida de aquel seorito, mezcla de matn
+clerical y de calavera rstico, que pasaba las noches en las casas del
+barrio de San Francisco y haba sido conducido varias veces al juzgado
+por borracheras tumultuosas. No, ese no poda quererlo Pepita: lo
+despreciaba pesar de que la persegua en las visitas, extremando con
+ella su cortesa empalagosa copiada de los padres de la Compaa. Se
+retiraba de l con cierta impresin de asco: como si la pudiera manchar
+con impuros contagios, los que ella, en su inocencia, daba formas
+monstruosas.
+
+--Y de mi sobrina ests muy seguro?--pregunt el doctor framente, con
+forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.
+
+Sanabre senta la ciega conviccin de todo amante. S: estaba seguro de
+que le amaba: Por qu le haba de engaar, halagando sus ilusiones? El
+ingeniero no comprenda la pregunta del doctor.
+
+--Es que sois de diversa raza--continu Aresti--Tal vez me engae, pero
+qu quieres!; desde aqu, sin haber ledo vuestras cartas, sin haberos
+escuchado, apostara algo que, de los dos, t eres el que quieres ms
+y mejor.
+
+Sanabre qued silencioso un momento. Pareca asombrado, como si de
+repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que vea
+algo nuevo. Acudan de golpe su memoria hechos olvidados, palabras en
+las que no haba puesto atencin, mil insignificancias que parecan
+removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba ste en lo cierto.
+Pepita no pareca tomar el amor con el mismo apasionamiento que l. Era
+un incidente que alegraba su vida dndole nuevos deseos, pero sin llegar
+ turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engaarse con
+dulces ilusiones, el egosmo varonil, inclinado siempre creer en una
+predileccin en favor suyo, se sublevaron en Fernando.
+
+--No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.
+
+Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y
+cuadernos de clculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa,
+en las que Pepita juraba quererlo ms que su vida y terminaba
+invariablemente tuya hasta la muerte. Para Sanabre, estos juramentos
+eran ms solemnes inconmovibles que las sentencias de un tribunal.
+
+--Pues si ella te quiere--dijo el doctor--adelante, muchacho! y ver
+cundo te llamo sobrino.
+
+Sintiendo cierta conmiseracin por su optimismo, intent animarle,
+disminuyendo los obstculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al
+padre, pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no haba que
+tenerle gran miedo. Era cuestin de que el descubrimiento le pillase de
+buen talante. An pasara tiempo antes de que se enterase, preocupado
+como estaba por los nuevos negocios que le obligaban trasladarse
+Madrid todos los meses. Adems: l saba lo que era el amor (vaya si lo
+saba!) y no era hombre que de buenas primeras se indignase contra un
+joven, porque no haba sabido resistirse las inclinaciones de su
+corazn. Quedaban otros enemigos, y adems la malicia de la gente, que
+creera clculo lo que era amor.... Pero qu demonio! un ingeniero no
+era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje,
+desde haca aos, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas
+ en el primer captulo un protagonista joven, noble, arrogante, que
+slo abra la boca para decir cosas hermosas y _profundas_, ya se saba,
+era un ingeniero.
+
+--Lo malo--aadi Aresti, recobrado su tono irnico--es que en este
+Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en
+otros pases como un primer galn del porvenir; pero aqu, hijo mo!,
+el hroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de
+Deusto.
+
+Y antes de que Sanabre volviera hablar de su amor, el mdico aadi,
+cogindole de un brazo:
+
+--Vaya; ensame todo eso. Piensa que an tengo que ir Gallarta.
+
+Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de
+residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una
+complicada telaraa de vas frreas. Sanabre enumeraba todos los medios
+de comunicacin que convertan el establecimiento en una red complicada,
+con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de va.
+Tenan un ferrocarril directo las minas; otro para las mercancas, que
+empalmaba con la vecina estacin; vas para los embarcaderos, vas para
+comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilmetros de rieles
+que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos
+puntos, al encontrarse las vas, se tendan unas sobre terraplenes y
+otras pasaban por debajo, al travs de pequeos tneles. El espacio
+estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los telfonos, y los
+cables de los tranvas areos. Entre esta red de acero alzbanse
+numerosos postes, con sus faros elctricos semejantes lunas apagadas.
+Los guardas paseaban por las vas con la carabina pendiente del hombro y
+el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas las orillas
+de la ra por donde se colaban los merodeadores en busca de la
+_chatarra_, acero viejo, piezas de mquinas desmontadas rollos de
+alambre, que vendan en los baratillos de Bilbao. La ra--segn deca el
+capitn Iriondo--era peor que una carretera antigua. As que cerraba la
+noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevndose todo
+lo que estaba suelto en barcas y edificios.
+
+El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que
+aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicacin.
+Aquello era obra suya y proporcionaba la casa, sin nuevos gastos, una
+fuerza de ms de dos mil caballos. Despus venan los hornos para hacer
+el cok, que extraan del carbn, el alquitrn y el amonaco.
+
+Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa
+estaba atracado la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que
+slo se le vean la chimenea y los mstiles. En aqulla destacbanse
+pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Snchez Morueta.
+La gra del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el
+agua. El tanque, que contena una tonelada de combustible, sala de las
+entraas del barco, se remontaba hasta la punta del puente areo y,
+deslizndose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar
+su contenido en una de las varias montaas de hulla que se interponan
+entre aquella parte del establecimiento y la ra. Otro vapor con bandera
+inglesa, estaba inmvil, un poco ms all, hundido hasta la lnea de
+flotacin, esperando su turno para descargar.
+
+--Consumimos mil toneladas diarias--deca el ingeniero con
+orgullo.--Necesitamos ms de un barco cada veinticuatro horas.
+
+Despus, ense al doctor el triturador del carbn, donde trabajaban las
+mujeres entre una nube de polvillo que las cubra la cara, dndolas un
+aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos,
+en medio de su mscara negra.
+
+Los grandes talleres, para la reparacin de las maquinarias de la casa y
+construccin de mquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la
+curiosidad del doctor.
+
+--Conozco esto--dijo Aresti.--Lo he visto muchas veces fuera de aqu. Lo
+que m me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra
+industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y sealaba los
+altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que
+suba hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor
+de volcn envolvi los dos hombres al aproximarse los altos hornos.
+Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una
+regularidad geomtrica por pequeas zanjas que servan de moldes al
+mineral en fusin. Por este cuadriculado del suelo corra el hierro
+lquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra
+arda, obligando al doctor mover continuamente los pies. Los gruesos
+muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel.
+El ingeniero, habituado esta temperatura, describa con gran calma la
+funcin de los altos hornos.
+
+Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil
+quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en
+los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entraas,
+formbase el metal que descenda por su peso hasta salir por la base de
+las torres. Da y noche ardan los altos hornos: el enfriamiento era su
+muerte. Calentarlos y ponerlos en disposicin de funcionar, costaba una
+fortuna. Si se apagaban haba que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto
+de medio milln.
+
+Un descuido en el trabajo, una huelga, poda costar la existencia
+aquellos gigantes de la industria, que slo vivan ardiendo y tragando
+combustible todas horas. Cuando surga una huelga en la montaa y los
+ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, haba que echarles
+carbn lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra,
+con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la
+industria, y podan inutilizarse al menor descuido.
+
+Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el mdico, asombrado
+por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecan servir de
+pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoracin de
+las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los dolos
+gneos que cocan dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las
+vctimas humanas.
+
+--Ahora van sangrar--dijo Sanabre, sealando un obrero viejo que
+hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra
+refractaria.
+
+Se abri un pequeo agujero en la base de una de las torres y apareci
+un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que
+heran la vista. Se fu agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de
+sangre de toro, corri por la tierra con un chisporroteo ruidoso.
+
+--Eso es el hierro?--pregunt Aresti.
+
+--No: es escoria. El hierro vendr despus.
+
+El mdico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa.
+Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se
+enrojecan los ojos; pareca que las pestaas iban consumirse,
+secbase la piel sintindose en cada poro una aguja ardiente, y los pies
+movanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.
+
+Aresti admiraba los trabajadores, que estaban all como en su casa,
+habituados una temperatura asfixiante, movindose como salamandras
+entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el
+incendio hubiese absorbido sus msculos, dejndoles el esqueleto y la
+piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo
+cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor
+les haca exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en
+partculas de ardiente araazo. Algunos mostraban las cicatrices de
+horrorosas quemaduras.
+
+Sanabre seal la boca del horno. Iba comenzar la colada. No era una
+estrella lo que se abra en la tierra refractaria: era una gran hostia
+de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que
+abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descenda por la canal,
+esparcindose en espesa ondulacin en las cuadrculas del suelo. Aresti
+crey morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto
+con la atmsfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas
+en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que
+revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos
+verdosos que zumbaban un instante, desvanecindose para dejar paso
+otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa
+intenso al salir del horno con ruidosas grgaras; rodaba por las canales
+con la torpeza del barro, enrojecindose como sangre coagulada, y al
+quedar inmvil en los moldes, se cubra de un polvo blanco, la escarcha
+del enfriamiento.
+
+El mdico no poda seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.
+
+--Vmonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.
+
+Aun vieron como, cambiando de direccin la canal del horno, arrojaba su
+chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el
+caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente
+transformarse en acero. Silb la locomotora, pequea como un juguete,
+sali toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos,
+arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el lquido
+rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.
+
+Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tom la mano del ingeniero.
+
+--Guame, Virgilio!--dijo riendo.--Yo voy como el poeta de los
+infiernos: cuida de que no nos quememos.
+
+Y avanzaba por la plataforma inmediata los altos hornos, saltando los
+arroyos de metal en ebullicin. Cada vez que pasaba por encima de una de
+las zanjas, una bocanada de fuego suba por sus piernas hasta la cruz de
+los pantalones.
+
+--Por fin!... Aqu se respira--dijo el doctor al descender de la meseta
+donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.
+
+Pas un buen rato limpindose el sudor y hacindose aire con el pauelo.
+
+--Parece mentira, Fernandito--dijo con su acento zumbn--que viviendo
+aqu tengas nimo para pensar en amores. Yo soara con un botijo
+grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la
+nieve.
+
+--Pues an nos queda por ver otro infierno: slo que este es ms
+_pintoresco_.
+
+Y el ingeniero gui al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran
+enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios
+abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de
+voltearlas cuando lo exigan las operaciones de la carga, llegaban hasta
+ellas por unas pasarelas de acero.
+
+Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran
+descubrimiento industrial que haba abaratado el acero, enriqueciendo
+Bilbao al mismo tiempo, pues exiga minerales sin fsforo, como los de
+las montaas vizcanas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los
+hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento ms lento y ms
+caro; pero ahora todo el metal para vas frreas, que era el de ms
+salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describa,
+con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor,
+que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de l por
+una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio
+y el manganeso: as se formaba el acero. No era de clase tan superior
+como el Siemens, por ejemplo, pero serva perfectamente para los rieles
+de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.
+
+Aresti apenas le oa, aturdido como estaba por la grandeza del
+espectculo. Era un rugido inmenso que conmova la techumbre del taller,
+y haca temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca
+del convertidor, impulsos de la corriente de aire comprimido que vena
+del vecino edificio, donde estaban las grandes mquinas inyectadoras. El
+metal en ebullicin arrojaba por la boca superior de la campana un
+torbellino de chispas, un ramillete de fuego. Pero qu chispas! qu
+fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti
+recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los
+altos hornos.
+
+Soplaba la campana su ensordecedor rugido y suba recto por el espacio
+un surtidor que se abra en lo alto como una palmera roja, esparciendo
+plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino,
+descendiendo despus para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en
+cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su
+chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surga el
+chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos
+los colores del iris. Fuera del taller an era de da. El sol, en el
+ocaso, iluminaba el suelo, ms all de los cobertizos; pero los ojos,
+deslumbrados por este resplandor de incendio, lo vean todo negro, como
+si hubiese llegado la noche.
+
+El acero lquido caa en moldes de forma cnica. Una gra mova los
+moldes, voltendolos cuando el acero se solidificaba; y apareca el
+lingote cnico, en forma de pan de azcar, de un blanco rosa, como si
+fuese de hielo con una luz interior, esparcindose las cenizas de su
+enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en
+un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los
+hornos de laminacin, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como
+si fuese un dolo arrastrado por sus fieles.
+
+Aresti ya no senta el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original
+belleza del espectculo. All quera ver l ciertas gentes que slo
+aspiraban la poesa en el polvo de lo antiguo, negando toda sensacin
+artstica los descubrimientos modernos. Ningn poeta haba dado una
+impresin de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento
+industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un
+juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar
+el Vesubio. Qu volcn ms hermoso que aqul? Los hombres, al amparo de
+la ciencia, hacan poesa sin saberlo; la poesa viril, la de las
+fuerzas de la naturaleza.
+
+Y as segua el doctor, desbordando su admiracin en entusisticas
+palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que
+manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller,
+pareci volverle la realidad. Saltaban en torno de ellos las molculas
+del acero gneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies
+cubiertos de trapos, y tenan que sacudirlos con frecuencia para
+librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al
+rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El ms ligero roce con
+aquellos infernales panes de azcar, converta instantneamente la carne
+en humo, dejando el hueso al descubierto. Podan matar un hombre con
+su contacto, sin dejar en el ambiente ms que un leve hedor de
+chamusquina, un poco de vapor: despus, nada.... Y los conos diablicos
+atraan con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si
+gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro,
+evaporndola.
+
+Aresti pas al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el
+calor. Haba perdido el instinto de la conservacin en aquel mundo de
+incendios y de fuerzas ensordecedoras. Senta caprichos de nio, una
+tendencia acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con
+su blancura sonrosada, que podan comerse su mano con slo el roce.
+
+Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al
+salir de ellos caan en el tren de laminar, una serie de cilindros que
+los torturaban, los aplastaban, adelgazndolos en infinita prolongacin.
+Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban
+los lingotes por entre los cilindros, que se movan lentamente. La masa
+de acero enrojecida, pasaba arrastrndose junto sus pies, como una
+bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua
+de muerte, pero en el momento en que iba tocarles, un hbil golpe de
+las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde sala por el
+extremo opuesto, para volver entrar, siempre cambiando de forma.
+Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal
+rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surga
+por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada:
+y en sucesivos pases adelgazbase, se estiraba con ruidosos quejidos,
+como protestando de la dolorosa dislocacin, hasta que, por fin, no era
+ms que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.
+
+El mdico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba los obreros negros
+y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el
+ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover
+pesadsimas masas en una atmsfera que apenas permita la respiracin.
+Aresti comprenda ahora la injusticia con que haba censurado muchas
+veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que hara
+l, de verse condenado por la fatalidad social aquella labor que
+embotaba los sentidos y pareca evaporar el cerebro en un ambiente de
+fuego. Una sed eterna, semejante la de los condenados, martirizaba
+aquellos infelices. Qu otro placer al salir de all, que la paz y la
+sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegra
+momentnea, engaando al hombre con ficticias fuerzas para seguir
+aquella vida de salamandra!...
+
+El mdico pas de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire
+libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos
+veanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos,
+interminables cintas de acero. All estaba la fabricacin del alambre.
+El ingeniero hablaba de lo _curiosa_ que era esta manipulacin, pero
+Aresti no quiso seguirle.
+
+--Ya he visto bastante--dijo con acento de cansancio.--Esto es un gran
+espectculo... para el invierno.
+
+All, cielo raso, oyendo de lejos el estrpito de las mquinas, viendo
+cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban
+los dos de la frescura del crepsculo.
+
+--Es una vida dura--dijo el doctor, que segua pensando en los obreros
+del fuego.--Me dirn que este trabajo horrible es una consecuencia de
+los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la
+civilizacin. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este
+modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro
+para pensar.... Y aun se extraan algunos de que esta pobre gente no se
+muestre contenta, y crea que el mundo est mal arreglado y no es un
+modelo de dulzura!
+
+Sanabre aprobaba las palabras del doctor. l, poda apreciar todas
+horas la dureza de aquel trabajo, senta una conmiseracin infinita por
+los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. l era _algo
+socialista_; pero slo con el doctor Aresti se atreva hacer tal
+confesin.
+
+--Lo ms amargo de la miseria de estas gentes--dijo el mdico--no
+consiste slo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el
+pan. Est en el ambiente desmoralizador que les rodea.
+
+Y Aresti describa el sufrimiento psicolgico que haba sorprendido en
+todo ejrcito obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las
+fbricas. Los peones de las canteras vivan como bestias, pero acaso
+coman y dorman mejor los labriegos del interior de Espaa? Para
+muchos, la vida de las minas hasta constitua un mejoramiento de su
+bienestar, comparada con la existencia msera de bestias desamparadas
+que llevaban en sus terruos los aos de sequa y mala cosecha. En las
+fbricas eran los jornales superiores los del resto de la pennsula y
+no se sufran los grandes paros que se vea obligada la industria
+pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en
+las fbricas todo el que trabajaba senta un sordo rencor, una ira
+reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si todas horas
+fuesen vctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el
+malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que
+acababa de pasar por all, la vista de todos, tocando algunos y
+volviendo la espalda los dems.
+
+El explotador de la mina haba sido jornalero al lado de muchos que
+ahora eran sus peones; al dueo de la fbrica lo haban conocido los
+trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las
+haban visto formarse los mismos que sufran su servidumbre. El bracero
+que en su pas miraba con tradicional respeto los que eran dueos de
+la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolva aqu con audacia
+revolucionaria contra el compaero enriquecido. El obrero industrial,
+habituado sufrir en otras partes la tirana de las sociedades
+annimas, monstruos acfalos de la industria, irritbase cada momento
+contra el gran patrono de reciente formacin.
+
+Todos haban presenciado el despertar de la riqueza; haban tomado parte
+en l; era cosa suya; y ms que la miseria, les atormentaba el
+sufrimiento moral de la desigualdad, la decepcin de haber vivido en
+medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el
+malestar de todas las aglomeraciones humanas de formacin reciente; de
+las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la
+comparacin eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y
+caprichosa que empuja los otros; la conviccin del fracaso, ms viva y
+dolorosa, ante las rpidas elevaciones presenciadas todos los das, la
+tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace
+soar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia
+adelante que da el afortunado.
+
+El ingeniero reconoca la certeza de las observaciones del doctor. La
+situacin de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y
+los aumentos de jornal, era de un efecto momentneo. l crea, como
+Aresti, que aquel malestar slo tena un arreglo; cambiar la
+organizacin del mundo y proclamar la Justicia Social como nica
+religin y nica ley, suprimiendo la caridad que no es ms que una
+hipocresa que coloca la mscara de la dulzura sobre las crueldades del
+presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo,
+reconoca tambin aquel otro especialsimo descubierto por el doctor; el
+de los despechados, que vean enriquecerse sus compaeros de miseria,
+ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.
+
+Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la
+penumbra del crepsculo, travs de las lneas frreas, subiendo y
+bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.
+
+--Lo que me irrita--dijo el doctor--en todas estas grandes fortunas que
+se forman de la noche la maana, es su ineficacia, su infecundidad
+para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza
+individual, pero, qu demonio! hay que reconocer que en otros pases
+hace algn bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo,
+esos tos que atraen el dinero sus manos, con una buena suerte
+escandalosa indecente, y que mueren dejando centenares de millones,
+tienen, al menos, la discrecin de hacerse perdonar con obras tiles. El
+uno funda una universidad, el otro un museo, el de ms all una
+biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipacin y
+perfeccionamiento de aquellos quienes explotaron durante su vida. Pero
+aqu el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezn de perpetuar
+su nombre, construye un convento funda una capilla. Si se preocupa del
+porvenir es para que en lo futuro contine la imbecilidad del
+presente.... Ya sabes cmo defino yo al rico de esta tierra, con gran
+escndalo del vulgo, que me cree loco. Un seor que pasa su vida
+haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero
+su mujer... y que su mujer se lo d al jesuta.... An quedan algunos
+potentados como mi primo que se defienden: pero, creme: si aqu no
+viene una revolucin, esto ser otro Paraguay: aqu todos trabajamos,
+sin saberlo, para el jesuta.
+
+Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de
+nuevo contra su tierra.
+
+--Adems, me indignaba la tristeza de este pas. Cuando Bilbao era una
+villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se
+diverta mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos
+se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades
+mineras, con su aglomeracin de gentes diversas y sus fortunas
+improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros
+internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los
+bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe....
+Por aqu ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua
+Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos seores
+vestidos de negro del tiempo de los Austrias.
+
+El ingeniero, escuchndole, vea el cuadro de la villa, aburrida sobre
+el montn de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una
+prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el
+de la posesin; adornando sus casas con un lujo que nadie haba de
+admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrpulos religiosos se
+oponan las fiestas de sociedad.
+
+Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por
+Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y
+al volver Bilbao, seguan su vida de escrpulos y nimiedades. Si
+alguna vez se reunan en un saln las grandes familias, quedaban las
+jvenes un lado y los muchachos otro, mirndose de lejos, como si la
+alegra expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una
+monstruosidad. Tal vez en este aislamiento hurao, _guardador de la
+inocencia_, les ocurra lo que ciertos escritores de la Iglesia que,
+atenaceados por la castidad, describan placeres inauditos, aberraciones
+monstruosas que nunca haban existido, abriendo con esto nuevos
+horizontes la desmoralizacin.
+
+De qu le serva la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con
+entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ra bordeada
+de fbricas y doks, que parece un trozo del Tmesis; sus altos palacios
+blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena todas horas el
+puente del Arenal. Magnfica jaula! Pero los pjaros mudos, con la
+cabeza cada, tristes.
+
+--Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien
+cuidado. Falta la alegra, falta el alma de un pueblo libre, que cuando
+termina el trabajo quiere entregarse la vida. Muy bonitas esas calles
+nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de
+ciudad: deban circular por sus aceras unas cuantas docenas de
+_cocottes_ elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte
+educasen esa juventud habituada la vida unisexual de Deusto y de la
+cofrada de San Luis.
+
+El ingeniero protest, con el rubor del enamorado que vive en plena
+idealidad.
+
+--Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.
+
+Aresti pareci irritarse. Lo que l proclamaba era la vida, la juventud,
+el amor, tal como los conceba. Respetaba la virtud, pero no consideraba
+necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Adems, porque
+la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de
+las calles, resultaba acaso la villa una poblacin de costumbres
+virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su
+curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede,
+esparcindose en arroyos fangosos. l conoca su Bilbao. Los jvenes,
+emborrachndose para matar el fastidio, agarrndose en bailes pblicos
+con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma ms bestial, sin
+el ms leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos
+al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite,
+sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo ms
+que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa
+estilo catlico, floreca el vicio bajo las formas ms antipticas.
+
+Aresti, en sus visitas de mdico, haba conocido los barrios altos de la
+villa, el albergue de las servidoras de la prostitucin. Todas eran
+pequeas, flacas, de rostro aniado, con el raquitismo de la miseria.
+Las haba de treinta y cinco aos, que se presentaban con la falda
+corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la
+infancia. Era el gnero ms solicitado. El instinto reprimido, al no
+encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su
+aberracin el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la
+vida en aquel pas la descoyuntaban formndola su gusto, haciendo un
+crimen del instinto del sexo, obligndolo refugiarse en inmundos
+rincones. Los ricos que podan proporcionarse las dulzuras amorosas con
+su ms seductora decoracin, entraban al amparo de la noche, ocultndose
+como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros,
+ms audaces, asediaban la costurerilla de la familia y comenzaban con
+ella una novela de amor, inspida y vulgar, conservndola en la casa de
+los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento cambio de la
+proteccin del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La
+cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el
+padre pobre que transige con la prostitucin de la hija, porque ayuda
+ir viviendo y se oculta en la propia casa.
+
+Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones
+de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada
+en su pas. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no haba ms seres
+vivos que los pjaros negros que lo cubran con sus alas. Slo en las
+ltimas capas sociales exista algo de alegra, all donde llegaban
+amortiguadas no llegaban las influencias de la religin.
+
+El doctor nicamente haba sentido el roce de la vida, algn domingo por
+la tarde, en los chacolines de las afueras en la explanada de la
+Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas
+callejeras, los bailes vascongados y de la montaa de Santander.
+
+Los dems estaban muertos por el fastidio corrompidos por la opresin.
+Conoca jvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de
+traje todos los das. Otros iban en automvil por las calles, sin rumbo
+determinado, parndose ante una casa para subir de nuevo en el vehculo
+y seguir la marcha, como s huyesen del fastidio que iba tras ellos.
+
+Y para eso serva la riqueza? Y sta era la alegra de un pueblo
+opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y
+ennegreca con el tedio, creyendo en otra vida problemtica, bajo el
+testimonio de ciertos hombres que tampoco la haban visto?...
+
+El doctor termin enrgicamente sus protestas, viendo prximo el momento
+de tomar el tren.
+
+--Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando
+sonre y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con
+el alma muerta, es tan virtuosa, tan virtuosa! que, creme, hijo
+mo!... tanta virtud me da asco.
+
+
+
+
+V
+
+
+Doa Cristina daba el ltimo toque sus cabellos rubios, que ya
+comenzaban encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo
+segua en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mrmol de una
+chimenea.
+
+Eran las tres de la tarde, y las cuatro tena que asistir en Bilbao
+una junta de seoras catlicas, de la que era presidenta, en el Colegio
+del Sagrado Corazn.
+
+Pepita no la acompaaba. Deca estar enferma; se quejaba de dolores de
+cabeza, senta un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doa
+Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del _aa_ Nicanora.
+
+Snchez Morueta estaba en Madrid desde haca una semana, muy atareado
+por los nuevos negocios que todos los meses hacan necesaria su
+presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias.
+No era que el millonario se opusiese los gustos de su mujer
+interviniera en su vida; pero se senta mejor cuando estaba sola, sin
+ver aquellos ojos fros, que no transparentaban el ms leve reproche, y
+que ella se le antojaba que la seguan en todos sus movimientos, como
+una protesta muda.
+
+Pepita presenciaba desde un rincn el tocado de su madre. No se la
+escapaba el gran cambio que sta haba sufrido. Los trajes elegantes de
+otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que
+nuevos encargos Pars y Madrid vinieran sustituirlos. Se preocupaba
+algunas veces de las galas de su hija; quera verla elegante, y la
+aconsejaba mirando los peridicos de modas, con la misma bondad con que
+una persona mayor discute con un nio sobre juegos. Iba siempre vestida
+de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas
+interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba rebasar
+los lmites de la higiene. Revelbase en ella el desprecio la carne,
+de los devotos fervientes; el abandono fsico, la suciedad cantada como
+mrito celestial en la vida de muchos santos.
+
+Deseaba mortificar su carne, y su hija la vea en la mesa repeler los
+mejores platos, los que en otros tiempos eran ms de su gusto, afirmando
+que ahora le repugnaban. De su dormitorio haban ido desapareciendo poco
+ poco todos los muebles que significaban ostentacin comodidad. En el
+resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y slido, mientras en su
+cuarto slo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que haba hecho
+bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba
+casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines
+representando Jess y Mara, abrindose el pecho para ofrecer sus
+corazones inflamados.
+
+Muchos das las criadas encontraban la cama intacta. La seora--segn
+ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina--dorma en el suelo
+no dorma. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso
+ las pilas del lavadero, tenan salpicaduras de sangre. Una doncella
+haba recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturn de esparto,
+un cilicio de los ms sencillos que fabricaban ciertas monjitas de
+Begoa.
+
+Todos en la casa adivinaban las mortificaciones que someta su cuerpo
+la seora, y sin embargo, la vean sonriente, con una dulzura melosa en
+la voz y en el gesto, elevando los ojos la menor contrariedad y
+exclamando: Todo sea por Dios. En ciertos momentos se dejaba arrastrar
+por su carcter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que
+exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegbase
+dentro del caparazn de su bondad y con los ojos peda perdn por su
+arrebato.
+
+El marido no pareca advertir el abandono fsico y la transformacin
+moral de su esposa. Haca aos que no pisaba el suelo de su cuarto.
+Cuando hablaba con ella volva la vista la miraba con ojos vagos y sin
+pensamiento, que parecan no verla. Ni una protesta, ni una pregunta,
+como si en el fondo le complaciese esta transformacin que le apartaba
+de ella, haciendo imposible todo retroceso.
+
+Pepita segua, con una expresin de lstima en los ojos, el tocado
+rpido de su madre, que se peinaba ciegas sin el menor rasgo de
+coquetera.
+
+--Mam, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.
+
+Doa Cristina movi la cabeza.
+
+--No, hija, nada de sombreros. Eso pas. Cada cosa su edad. Ya soy
+vieja y no est bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para
+bien de la religin.
+
+--Pero si es una capota muy _seria_, muy _religiosa_?
+
+--La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y
+antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.
+
+Y aquella mujer todava hermosa, con el encanto sabroso de la madurez,
+que ensanchaba sus formas, aterciopelndolas, pareca complacerse con
+dolorosa coquetera en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la
+mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las
+ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como
+si estuviera en perpetua oracin.
+
+Doa Cristina iba salir.
+
+--Mam, ya sabes mi encargo--dijo Pepita.
+
+--No lo olvido--contest la madre con sonrisa bondadosa.--No deba
+hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede
+mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tirar por t del hilito,
+para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.
+
+Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compaeras
+cuando no queran asistir las reuniones de las Hijas de Mara. En el
+saln del colegio haba un gran cuadro con los nombres de las
+congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una
+pequea bola de marfil. Al entrar las seoras tiraban cada una de su
+cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se
+encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engaando las
+monjas, que, terminada la reunin, examinaban la lista con una
+curiosidad meticulosa.
+
+Pepita, pensando en el cuadro, vea el saln de reuniones de las Hijas
+de Mara con su lujo monstico y el mapa de la Orden, que era el
+principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que
+figuraban Europa y Amrica, marcndose con pequeos corazones inflamados
+las poblaciones donde el jusuitismo femenil tena establecidos sus
+colegios. El Atlntico, de un azul de confitera, haba sido rebautizado
+con un nuevo ttulo: _Ocano de Bondad_. Y nadie poda adivinar el
+sentido de esta bondad, atribuida al Atlntico por la monja autora del
+mapa.
+
+Doa Cristina sali apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la
+esperaba el automvil, una mquina soberbia que haba costado Snchez
+Morueta cincuenta mil francos en Pars y de la que apenas haca uso,
+habituado como estaba al carruaje de sus primeros aos de opulencia, el
+cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le haca pensar en sus
+negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El
+automvil era para las seoras. Pepita aprecibalo en mucho porque era
+un motivo de envidia para las amigas; doa Cristina consideraba como un
+homenaje la Fe, el llegar en l las puertas de la iglesia de los
+jesutas. Era el _dernier cri_ de la devocin; daba entender, segn
+ella, que el progreso no est reido con el dogma.
+
+Doa Cristina di al _chauffeur_ la orden de llegar pronto Bilbao y el
+vehculo sali toda velocidad por entre los tranvas y carruajes que
+llevaban la gente Las Arenas. La seora de Snchez Morueta pensaba en
+la importancia de la reunin. Iban tratar la conveniencia de una nueva
+romera Begoa, tan ruidosa como la de la coronacin de la Virgen, y
+no saban si hacerla en el mismo ao dejarla para el siguiente.
+Convena organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el pas vascongado
+amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cnticos al
+monte Artagn, como protesta contra las gentes de las minas y las
+fbricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los
+_maketos_ de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra,
+gentes que hablaban de Repblica y de anticlericalismo y llamaban en sus
+mitins _fetiche_ y _nido de ratas_ la milagrosa imagen de la patrona
+de Vizcaya.
+
+A la reunin de las seoras haban de asistir como directores
+inspiradores el Padre Paul, un jesuta batallador, que estaba de moda
+en el plpito y el confesonario, y Fermn Urquiola, que era su hombre de
+accin, mi brazo derecho, segn deca aquel tribuno de la Compaa.
+
+Doa Cristina admiraba su sobrino viendo el afecto con que le trataban
+los Padres, cmo le hacan partcipe de sus proyectos en bien de la
+religiosidad del pas. Era casi una pasin lo que senta por Urquiola.
+Cuando la visitaba, vea en l al representante de aquellos sacerdotes
+tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermn
+era una prolongacin de la Compaa que llegaba hasta ella. Senta una
+amarga decepcin de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia
+del saln de visitas. Quera saber cmo era Deusto por dentro, aquel
+templo de la sabidura envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus
+visitas al hotel, cada vez ms frecuentes, la deleitaba hablndola
+largas horas de los lugares que ella no poda ver por oponerse las
+reglas de la Compaa las visitas femeniles.
+
+Entretenala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre,
+enumerando sus mritos: uno haba viajado por pases salvajes; otro
+saba seis idiomas; el de ms all tocaba el violn como un ngel y
+todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad,
+dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y
+los zapatos que limpiaban los fmulos, y vestindose al romper el da,
+para emprender su santa obra!... Vivan con cierto desahogo, pero por
+ninguna parte se vean las riquezas de que hablaban los impos. Y todos
+humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso
+que los haba entre ellos que haban sido grandes en el mundo! Por eso
+los Padres de la Compaa tenan algo de prncipes arrepentidos, ocultos
+bajo la sotana de la obediencia.
+
+La Universidad de Deusto an interesaba ms doa Cristina. Cmo
+lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado
+al ir y volver su casa; no poder correr por la montaa de su parque, y
+ver de cerca el San Jos, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de
+luces elctricas! La sabidura de los buenos Padres se revelaba en todos
+los detalles del establecimiento. All estudiaban los hijos de las
+principales familias de Espaa. La nobleza rancia y los ricos de sanos
+principios, recluan sus vstagos en la santa escuela. All no corran
+el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores
+revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se serva despus de
+bien pasada por el tamiz de Santo Toms y otros grandes sabios de la
+Iglesia, nicos depositarios de la verdad.
+
+El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los
+alumnos en cuatro secciones que vivan aisladas, evitndose con este
+acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones slo
+se contemplaban de lejos en contadas fiestas del ao al verificarse
+algn acto literario en el gran saln, que pareca un teatro con su
+patio y sus galeras. En el techo pintado al fresco, veanse las figuras
+de San Ignacio y los Padres ms famosos de la Compaa, todos entre
+nubes, revoloteando camino del cielo.
+
+Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de
+los alumnos, y en las galeras los estudiantes de las cuatro estaciones
+que, al verse frente frente, se examinaban con curiosidad, como
+vecinos de una misma casa, que slo se tropiezan de tarde en tarde. Iban
+los ms puestos de _smoking_, muy elegantes, como hijos de buenas
+familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucan las
+sortijas. Da una galera otra se miraban con gemelos, lo mismo que en
+el teatro, enterndose unos de otros. Aquel pequeito, guapo, es de
+Salamanca y muy rico... Ese moreno simptico es andaluz. Y despus de
+mirarse largamente, se saludaban con la mano... Angelitos!
+
+Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de _punta_,
+ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que haba de hacer
+las objeciones, oponiendo reparos las santas doctrinas, era preparado
+con anticipacin. Llevaba aprendidas unas cuantas tonteras, que
+representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebata y
+pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la
+impiedad de la falsa ciencia moderna.
+
+Un ao, Urquiola, siendo estudiante del ltimo curso, se haba cubierto
+de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga
+deliberacin. Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron
+los atentados de su familia contra la Compaa de Jess?... Urquiola
+sostuvo la afirmacin, demostrando que la guillotina haba sido un medio
+indirecto de Dios para castigar los reyes que osaron expulsar de sus
+dominios los jesutas. Muerte infierno para los que se atrevan
+perseguir los verdaderos representantes de Jess!... Su contradictor
+mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tmidas,
+preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no
+pudieron continuarse los ejercicios, pues no falt quien indicase los
+Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la
+bondad de los que les haban abierto de nuevo las puertas de Espaa.
+
+En las Pascuas de Navidad, el saln de actos se converta en un teatro.
+Hasta en esto admiraba doa Cristina el talento y la virtud de los
+Padres. Si todos los teatros fuesen como aqul, podran asistir sin
+miedo las madres cristianas! La msica era de las zarzuelillas y
+revistas en boga: pero en la letra est el pecado, y las palabras eran
+de ciertos Padres aficionados la versificacin. La mujer estaba
+excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas
+cantan la falda de percal planch, moviendo las caderas, un alumno
+cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta
+pareca sonrer el sombro San Ignacio que volaba en el techo. _La
+viejecita_ se titulaba _El viejecito_: todas las obras perdan su ttulo
+femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertanse en dos
+primitos, compaeros de colegio, que, agarrados de la mano jurbanse
+quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros...
+Serafines del cielo!
+
+Doa Cristina conmovase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba
+que su sobrino se haba educado en aquella Universidad. As era tan
+caballero, tan cristiano, y dedicaba sus msculos de atleta la buena
+causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada
+por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompa
+el pas.
+
+La esposa del millonario se sublevaba cuando oa hablar de las
+calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas
+con repentina bondad. Descarros de la juventud y malos ejemplos de los
+muchachos que no haban sido educados en Deusto! Pero su fondo era
+bueno y aquello pasara. Urquiola estaba reservado para altos destinos,
+ahora que se mezclaba en las luchas polticas. Tena buenos directores y
+quin sabe si llegara ser diputado, repitiendo la palabra de Dios,
+all en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino
+se bastaban para volver Bilbao al buen camino, siempre que no les
+faltase el consejo de los sabios Padres.
+
+Y la esposa de Snchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corra
+en su automvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.
+
+Pepita, desde una ventana de su cuarto, sigui un momento la marcha del
+vehculo y al verle desaparecer, esparci su mirada por el paisaje, con
+la vaguedad melanclica de los que se sienten enamorados y perciben en
+todo lo que les rodea una nueva vida.
+
+Nunca le haba parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de
+verano. Estaba habituada verlo desde su infancia, y, sin embargo,
+ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.
+
+Las gentes que pasaban al borde de la ra, por la carretera de Las
+Arenas, le parecan ms simpticas que las de otros das. Eran familias
+de Bilbao que bajaban del tranva para ir la orilla del mar. Un grupo
+de obreros pasaba, camino del _chacoln_, por entre un bosquecillo de
+pinos. Cantaban gritos, excitados por la proximidad del mar, el
+_Boga, boga, marinero_ de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado
+sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la haca llorar. La
+ra brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como
+los fragmentos de un espejo. Ms all del puente de Vizcaya, cuya
+plataforma iba y vena pendiente de su manojo de cables, transportando
+carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren
+de Portugalete, extendase el abra como un desgarrn del cielo, moviendo
+sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la lnea del
+horizonte contra la muralla del rompeolas, coronndola de una nube de
+espuma que corra de un lado otro como el humear de una locomotora
+invisible.
+
+Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre
+la ra, un pedazo de Londres baado por un sol meridional; todo aquel
+pueblo de cobertizos fabriles innumerables chimeneas sobre el que
+pesaba el podero de Snchez Morueta y que esparca en el espacio sus
+torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.
+
+Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrbase en el fondo, con un
+escalonamiento de montaas. La joven conoca los nombres de todas
+aquellas cumbres. Las haba visto durante muchos aos todos los das, al
+saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno
+sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus
+barrancos y oquedades, destacndose sobre la inmensidad azul. Las ms
+prximas, que pareca iban tocarse con la mano, eran Luchana y el
+pico de Banderas. Despus sobresalan sobre ellas, una enorme
+distancia, en pleno rin de Vizcaya, los gigantes del pas, el Maara
+y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de
+nieve, la Pea de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se
+desarrollaban los cuentos ms tenebrosos de la imaginacin vasca. Pepita
+recordaba sus terrores de la niez, cuando su _aa_, para imponerla
+silencio, la amenazaba con llamar la _Dama de Amboto_, especie de hada
+malfica, hija de un _Jaun_, de un caudillo legendario, que viva como
+encantada en lo alto del peasco y nicamente sala de su cueva para
+quemar las mieses, matar nios y perseguir los pobres aldeanos con
+toda clase de maleficios.
+
+La joven permaneci mucho tiempo abstrada en la contemplacin del
+paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si
+pretendiera reconocer alguien de los que pasaban la ra. Crey por un
+momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un
+pauelo que le saludaba con cierta discrecin como temeroso de atraerse
+la curiosidad de la gente. Despus ya no vi nada y creyendo en un
+engao del deseo sigui contemplando el paisaje, con mirada vaga,
+sumindose poco poco en una dulce somnolencia.
+
+La joven despert al sentir en su espalda la mano del _aa_.
+
+--_se_ est ah--dijo con tono misterioso.--Habr que bajar al jardn.
+
+A la melancola sucedi en la joven la inquietud, el temor. Haba venido
+preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y
+al llegar el momento temblaba como si fuese realizar un delito. La
+_aa_ rea ante los temores de la seorita, la que trataba con la
+misma familiaridad que cuando era nia. Inocente! Qu mal poda haber
+en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardn y bajo la
+mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba
+tranquilizarse: el respeto y el miedo su mam la dominaban. Esperaba
+que de un momento otro apareciese la severa figura de doa Cristina
+tras un arriate del jardn.
+
+Solamente haba accedido la entrevista despus de los infinitos ruegos
+de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez solas
+con su novia, teniendo que contentarse con las rpidas palabras
+cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe con las cartas que
+llevaba y traa la _aa_ complaciente.
+
+Pepita quera que se encontrasen en el jardn, la vista de la
+servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero
+dentro de la casa.
+
+Cuando la joven se vi bajo los rboles, Fernando atravesaba ya la
+verja, hacindose de nuevas ante el portero, al saber que la seora no
+estaba en casa. Vena visitarla y enterarse de paso de cundo
+regresara don Jos de su viaje; pero ya que la seorita estaba en el
+jardn, pasara saludarla.
+
+Los dos jvenes quedaron indecisos, con la emocin de la timidez, al
+verse frente frente.
+
+--Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.--Deciros algo:
+hablad sin miedo. Aqu estoy yo para avisar si algo ocurre.
+
+Y poco poco fu quedndose rezagada, dejando que los novios anduviesen
+lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha
+pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cmo empezar.
+
+De vez en cuando se miraban sonriendo. l la acariciaba con los ojos,
+poniendo en su gesto toda la pasin, que se revolva inquieta, no
+encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardn, la
+calma de aquella tarde de verano pareca adormecer el pensamiento de los
+dos, dando una vida extraordinaria sus sentidos. Crean percibir
+considerablemente agrandados los movimientos del corazn, los latidos de
+la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco poco
+envolvales la alegra de la naturaleza, cmplice de las dulzuras del
+amor; el canturreo del agua desgranndose en el tazn de una fuente, el
+crujido de los troncos al estallar sus cortezas impulsos de la savia,
+el lento murmullo de las hojas movindose solemnemente en el espacio
+caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un
+chisporroteo de oro.
+
+Fernando fu el que habl primero, comenzando como todos los amantes con
+la expresin de la felicidad que senta al verse por fin junto la
+mujer amada. Cmo haba deseado aquel momento!... Recordaba las horas
+de muda contemplacin, all en su despacho de los altos hornos, con la
+vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase
+misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.
+
+--Mira, nena--deca el ingeniero subiendo de tono en su
+apasionamiento.--Tu voz, tu divina voz es lo que ms me conmueve. Yo
+creo que te quise siempre; desde que te conoc, siendo an muy nia. Te
+amaba sin darme cuenta de ello; pero el da en que v claro, en que supe
+que te quera, fu escuchando una de esas canciones vascongadas, tan
+dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.
+
+Fernando se haba dado cuenta de su amor oyndola cantar el _Goizeko
+izarra_, la invocacin la estrella de la maana. l no entenda la
+letra, pero la msica, ah la msica! haba penetrado en l hasta lo ms
+hondo, como un araazo que despert su alma. Despus haba hecho que le
+tradujesen la letra.
+
+--Ya la s--continu el joven--la conozco y creo en ella: siento su
+infinita ternura, La estrella de la maana, sin mancha alguna brilla en
+el horizonte: pero tu lado, querida ma, palidece y casi no se ve...
+Eso es lo que yo pienso, mi vida.
+
+Y con el nfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del
+amanecer, resultando que la amante venca la estrella en hermosura y
+esplendor.
+
+Pepita, tranquilizada ya, rea ante el entusiasmo hiperblico de su
+novio. Qu exagerado! Qu... romntico! Pero era verdad que le
+causaba tanta impresin su voz?... Y se extraaba de buena fe, de que
+una cancin pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por
+distraerse: parecale una locura tomar en serio lo que se dice con
+acompaamiento de msica: todo eran falsedades dulces, inventadas por
+los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso s, pero al fin
+mentiras.
+
+Por la memoria de Fernando pas, como una rfaga de viento helado, una
+frase que varias veces haba odo al doctor. Aquella raza aparte, senta
+una aficin loca por la msica: cantaba en todos los momentos de su
+vida, y sus cantos tenan la tristeza melanclica del paisaje; pero la
+emocin era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perda
+en el aire.
+
+--No, nena--dijo el amante.--Es tu alma entera lo que pones, sin
+saberlo, en tu voz. T eres para m la estrella de la cancin; pero no
+te dir como al final de ella: Adis para siempre, adis. Si yo te
+perdiese despus de ser amado, no s qu sera de m. D que me quieres,
+Pepita, d que me amas.
+
+La joven, con cierto pudor, resistase decir de viva voz lo que tantas
+veces haba escrito en sus cartas.
+
+--No lo sabes?--respondi evasivamente.--No te lo he dicho muchas
+veces?
+
+--Pero, reptelo, quiero orlo de tus labios. D que me amas.
+
+Y Pepita, mirndole por primera vez en los ojos, dijo con cierta
+gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:
+
+--S, te quiero: te amo, Fernando.
+
+Oh aquella mirada!... Fu para el ingeniero lo mejor de la entrevista,
+y la recogi en su memoria, esforzndose por conservarla con toda su
+luz, para que le acompaase en las largas horas que pasaba all en la
+fundicin entregado la vida de los recuerdos.
+
+Sanabre se convenca de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz,
+valan ms que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho.
+Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al orle hablar de
+canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza,
+mostrbase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal
+abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez:
+el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y
+energa, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera;
+ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladn membrudo,
+creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los
+sueos de las vrgenes.
+
+--S, te quiero--repeta Pepita.--Por m no temas, no seas nio, nunca
+me dirs adis.
+
+--Beb, dulce beb!--exclamaba con entusiasmo el ingeniero.--Cunto te
+amo! Qu feliz soy!...
+
+Y el _aa_ Nicanora, que los segua corta distancia, oyendo muchas de
+sus palabras, sonri con cierta lstima. Todos los novios eran lo mismo;
+iguales los aldeanos que los seoritos; alguna diferencia en las
+palabras, y nada ms. Slo saban decirse tonteras, poniendo en sus
+voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo
+que se dijeran. Ah la juventud!... Y segua sonriendo con indulgencia
+de veterano ante el entusiasmo de los dos jvenes.
+
+Fernando, ms tranquilo despus de las palabras de su novia, hablaba del
+por venir. Trabajara; quin sabe hasta dnde puede llegar un hombre!
+Desde que estaba enamorado, sentase con nuevas fuerzas para el trabajo.
+Bullan en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de
+realizarse, daran nuevas ganancias Snchez Morueta.
+
+Pero el recuerdo de su jefe abati las ilusiones del ingeniero.
+
+--Que dir tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis
+cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueo muchas veces...
+Y tu madre? Qu miedo la tengo!... Somos muy felices amndonos, pero
+el porvenir nos guarda muchos dolores. Si todos en tu familia fuesen
+como el doctor!...
+
+Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que segua sus
+amores.
+
+--S, mi to es muy bueno--dijo Pepita hablando del doctor como de un
+pariente lejano, del que slo se acordaba la familia de tarde en
+tarde.--Lstima que tenga esas ideas! Es un _planeta_ muy simptico,
+pero mam cree que est loco.
+
+Lo incierto de su porvenir, llev de nuevo los dos jvenes hablar de
+sus amores.
+
+Fernando senta miedo. Los padres de ella proyectaran casarla con el
+vstago de alguna familia millonaria; tal vez con un seorito de escasa
+fortuna, que pudiera ofrecerla viejos ttulos de nobleza. En todos
+pensaran antes que en l, que no era ms que un servidor intelectual de
+la familia. La perdera amndola tanto!... La diferencia de fortuna,
+la maldita ley de clases, les cerrara el camino, separndolos!...
+
+--Tonto, pero si yo slo te quiero t!--deca la joven sonriendo.
+
+Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de
+agradecimiento, intent coger las manos de su amada. sta las retir
+detrs del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.
+
+--Quieto, eh?--dijo pasando sin transicin de la dulzura la altivez,
+con una voz que no pareca la misma, ofendida, como si el joven
+intentase una monstruosidad.
+
+De nuevo pas por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus
+paradojas atrevidas que le valan la fama de loco. Este es un pas sin
+corazn, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el
+novio.
+
+Sanabre qued largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco
+movimiento de la joven. Pepita pareca arrepentida de la viveza de su
+protesta, pero callaba, aguardando que fuese l quien reanudase la
+conversacin.
+
+--Tal vez quiera tu madre que Fermn Urquiola sea tu marido--dijo el
+ingeniero tristemente.
+
+La joven aprovech la ocasin para recobrar su voz tierna de enamorada.
+
+--Con ese, nunca, nunca!
+
+Y habl de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias
+de buen mozo, cortejando un tiempo varias seoritas de la villa y
+escogiendo entre ellas, con la frialdad del clculo, la que mejor le
+conviniera por su fortuna. Adems, conoca su vida. Las jvenes, en las
+tertulias, hablaban de l hurtadillas, como de un don Juan que atraa
+ las tontas con el malfico encanto de sus calaveradas. Todas saban
+que tena una mujer, all en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con
+la que viva maritalmente. Hasta haba odo decir que tenan hijos.
+
+--Oh! Con ese nunca, nunca!--repeta con gestos de repugnancia.
+
+Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente
+ ella, en la apreciacin de los mritos de aquel pariente tan querido
+por doa Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algn
+defecto moral de su novio, pregunt ste con dulzura:
+
+--Dime, Fernando. T tienes religin? Es verdad que piensas como mi
+to?... Dime que no, Fernando; dime que no.
+
+El ingeniero mir su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes,
+de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre
+record un momento Fausto en el jardn de Margarita. Otra muchacha
+inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germnica, le
+preguntaba l en un jardn cul era su religin. Sinti impulsos de
+romper en un himno sus creencias humanas, como el fantstico doctor.
+Pero el miedo al ridculo le contuvo; su instinto le avis el riesgo de
+alarmar un alma soolienta.
+
+--S, vida ma, tengo religin--dijo evasivamente.--Creo que el hombre
+debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.
+
+Pepita pareci no comprenderle y habl de su madre. Si le haca aquella
+pregunta era porque doa Cristina, que se acordaba pocas veces de
+Fernando, no viendo en l ms que un dependiente, haba dicho un da que
+era igual su primo el doctor.
+
+--Si supieras cunto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese
+verdad! No quise decrtelo en las cartas; pero deseaba que nos visemos
+para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo deca
+yo; si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso s, un
+poquito romntico, como todos los que no son de esta tierra; pero es
+imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi to.
+
+Y aproximndose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que
+contrastaba con la huraa repulsin de poco antes, aadi:
+
+--Ya que crees en Dios, por qu no vas, como los muchachos de Bilbao,
+confesarte con los Padres? Por qu no te veo nunca en la Residencia?...
+
+Sanabre se encogi de hombros, no sabiendo qu decir, mientras Pepita
+segua hablando. l indudablemente ira misa todos los domingos en la
+iglesia ms prxima los altos hornos, verdad? Y en sus ojos se lea
+por anticipado la afirmacin la pregunta, como si no pudiera
+ocurrrsele la sospecha de que el joven pasase sin or misa los das
+festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de
+la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella--no saba
+explicarlo bien--crea que en aquel templo tan bonito y tan cmodo se
+hallaba ms cerca. Adems, la religin era all ms distinguida: slo se
+vean personas decentes.
+
+--Tengo mucho que hacer--dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.--Yo
+pertenezco mis deberes. El trabajo tambin es una religin.
+
+La joven sigui hablando, inspirada ahora por el egosmo del amor. Nada
+perdera aproximndose los Padres, intentando hacerse simptico
+ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los dems,
+trabajando por su felicidad. Para ellos no existan obstculos: todo lo
+hacan llano con su sabidura. Haba que seguirlos con los ojos
+cerrados. Si ellos quisieran ayudarles! ay; entonces s que no
+tendran que temer nada!...
+
+--Fernandito--deca con voz acariciadora.--Ve por all; hazte simptico:
+tengo la certeza de que mam te mirara mejor si algn Padre la hablase
+de t... Y yo sera tan dichosa!...
+
+--Veremos, veremos--murmur indeciso el ingeniero.
+
+Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le propona su
+novia. Experimentaba la cobarda del amor, y cerraba los ojos. l, que
+era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir la mujer amada por
+qu haba de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del
+xito?...
+
+--Te quiero--dijo con entusiasmo.--No hay nada que me detenga para
+llegar hasta t. Buscar esos Padres, ir la Residencia, ser
+_luis_: todo lo que t me digas. Pero y si pesar de esto tu familia
+no me admite? Y si tu madre quiere casarte con otro?...
+
+Sanabre abordaba por fin la gran cuestin que su inquietud amorosa
+traa preparada; lo que ms le haba hecho desear aquella entrevista.
+
+Pepita baj los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar su novio
+como si temiera que este leyese en su pensamiento.
+
+--D, mi vida--segua preguntando el ingeniero.--Y si se oponen
+nuestro amor?... Si nos separan que hars t?
+
+La joven eludi la respuesta, diciendo con ternura:
+
+--Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.
+
+--Lo s, y mi alma se llena de alegra al escucharte. Pero hablemos
+seriamente: dejemos los romanticismos, como t dices. Yo soy pobre y t
+eres inmensamente rica. Seras capaz de cambiar tu vida de opulencia
+por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te
+amara mucho... mucho?
+
+Pepita no pareci conmoverse ante el cambio de vida que la proponan, ni
+sinti miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.
+
+--T trabajars, Fernando: t sers rico.
+
+Y lo deca con su conviccin de muchacha feliz que no crea en la
+posibilidad de la miseria; como si sta estuviera reservada gentes de
+otra raza y no pudiese llegar ella ni ninguno de los que la
+rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacan ser la
+primera en todas partes, le pareca un absurdo del que era innecesario
+hablar.
+
+--Y si tus padres te ordenan que me olvides? Y si nos separan?...
+Sers capaz de resistirte su voluntad? Les desobedecers para ser mi
+mujer?...
+
+Se agrandaron los ojos de Pepita con expresin de asombro, como si
+escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no
+previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los lmites de lo
+humano.
+
+--Te quiero, Fernando: yo no te olvidar nunca.
+
+Y no dijo ms. Su novio la acosaba con preguntas. Quera conocer su
+valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir
+la extensin de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eluda
+tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: Te quiero, te
+amo. A qu hablar de lo que an estaba por venir? Ya pensaran los dos
+lo que deba hacerse cuando llegase el momento.
+
+Quedaron en un silencio doloroso. Ella pareca ofendida de que se le
+quisiera obligar violentas resoluciones: l pensaba de nuevo en el
+doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le haba hablado el
+burln Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de
+razas distintas; sentan las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero
+adivinaba algo de ridculo en su situacin, como si realizndose las
+irnicas fantasas del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata
+ante el hotel del millonario.
+
+An pasearon mucho tiempo los dos amantes. Detenanse para contemplar
+una flor rara, seguan con atencin infantil los saltitos de los
+pjaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su
+apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y vean por
+primera vez el jardn con todas sus bellezas, como si hasta entonces
+hubiese permanecido oculto entre nubes.
+
+Sanabre deseaba irse. Comenzaba caer la tarde y poda presentarse doa
+Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de
+angustia que le esperaban all en los altos hornos, si se retiraba
+llevando sobre el alma el peso de su decepcin.
+
+--Cuando menos, dime que me querrs siempre!--dijo cogiendo una mano de
+Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.--Dime que,
+ocurra lo que ocurra, no me olvidars!
+
+--S; te quiero: no podr olvidarte nunca.
+
+Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma
+tolerancia con que se entrega un objeto precioso al nio enfurruado,
+para consolarle. El ingeniero quera olvidar y acariciaba con
+arrobamiento aquella mano que recordaba, al travs de su figura, la
+potente garra de Snchez Morueta.
+
+La intervencin del _aa_ interrumpi su embriaguez amorosa. El portero
+acababa de abrir la verja y el automvil de la casa, tras un retroceso
+para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del
+jardn.
+
+Corrieron los jvenes, seguidos por el _aa_, hacia la entrada del
+hotel, para salir al encuentro de doa Cristina.
+
+Al descender sta del automvil y ver Pepita con el ingeniero, mir
+severamente al _aa_. Pero la mujerona le contest con otra mirada
+arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigedad no
+admitir repulsas. Aquel seorito haba venido de visita y se haba
+paseado con Pepita por el jardn, siempre bajo su vigilancia: qu mal
+haba en ello?...
+
+Sanabre no pudo ocultar su turbacin al saludar la seora de su jefe.
+Haba venido para saber cundo regresara don Jos de su viaje.
+
+Doa Cristina le contest duramente. Poda haberse ahorrado la molestia
+de la visita, preguntando por telfono.
+
+--Es que, adems, deseaba ver ustedes--dijo Sanabre.
+
+--Muchas gracias--contest con altivez la seora.--Agradezco su
+atencin. Entra usted?...
+
+Y con los ojos le daba entender que poda retirarse.
+
+La joven vi como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Despus
+subi su cuarto, esperando de un momento otro la temible aparicin
+de su madre encolerizada.
+
+No subi. Pepita crey or lo lejos su voz temblona de ira y la del
+_aa_ que le contestaba con no menos acritud.
+
+Por la noche, al reunirse en el comedor, doa Cristina mir su hija
+con insistencia, pero sus palabras fueron breves.
+
+--Que sea la ltima vez--dijo--que recibas visitas, ni dentro de casa...
+ni en el jardn. Tambin es casualidad, venir ese... individuo, la misma
+tarde en que te quedas sola, diciendo que ests enferma.
+
+Y sus ojos parecan penetrar en la joven, como si quisieran escudriar
+el alma; pero Pepita permaneci impasible, con ese sereno disimulo que
+no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.
+
+
+
+
+VI
+
+
+El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatndose la
+proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que
+apagaba el ltimo parpadeo de las estrellas.
+
+Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros
+trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal,
+con la comida envuelta en un pauelo, los obreros que tenan su trabajo
+en las orillas de la ra. El Nervin mostrbase entre la bruma de su
+profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de
+barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagbanse en
+la parte alta de la ra las luces de los _anguleros_, que durante la
+noche iluminaban el cauce como una procesin de invisibles penitentes.
+Las aves marinas, atradas por el resplandor rojizo de la iluminacin de
+la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendan sus alas hacia el
+mar, siguiendo la tortuosa calle de la ra hasta la inmensa plaza del
+Abra.
+
+Comenzaban abrirse los establecimientos de la gente pobre; abaceras,
+tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando los fieles misa
+y como atradas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con
+aspecto mixto de bruja y duea, y ese tufo de ropa antigua, semejante al
+olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban las
+campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes
+de los barcos y los gritos de las _cargueras_ que rean por
+preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivn de los buques
+tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.
+
+Por las calles comenzaban rodar los carros de la _sarama_ recogiendo
+el estircol: las vendedoras de _fotes_ llamaban las puertas
+repartiendo los panecillos del desayuno.
+
+Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del
+mercado de San Antn, y las aldeanas que se detenan descansar por un
+momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras
+de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al or el _taf-taf_ de un
+automvil. El vehculo pas veloz por la gran plaza, desapareciendo,
+ensanche adelante, al otro lado del puente.
+
+Las que eran de la villa, conocieron la esposa y la hija de Snchez
+Morueta, sentadas tras el _chauffeur_ de ancha gorra y aspecto
+extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las
+cubran los ojos.
+
+Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun
+madrugaba ms que ellas. Iran la iglesia de la Residencia
+confesarse con los padres jesutas. All iba todo el seoro.
+
+El automvil aceler su marcha por las amplias calles del ensanche,
+desiertas aquellas horas, y par con violenta rapidez entre los
+carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazn,
+una obra prodigiosa de confitera arquitectnica, en la que el blanco de
+las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.
+
+Doa Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un
+cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfaccin que si
+penetrase en un saln elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una
+dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvacin
+del alma.
+
+Reconoca una vez ms el talento de los buenos Padres al admirar la
+decoracin del templo. Era _gtico_, pero no tena la crudeza blanca, la
+sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival s
+converta en polcroma: el oro y el bermelln chorreaban por los nervios
+de los pilares, y los arcos apuntados: las bvedas, eran azules con
+estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan _bonita_,
+slo podan imaginarla los Padres de la Compaa.
+
+Y la de Snchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre
+que haba de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su
+comparacin del hermoso templo con el forro interior de uno de esos
+bales que usan las criadas, matizados de chillones colorines. Decir
+tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado
+para comodidad y suave placer de los fieles! El rgano desgarrador y
+tempestuoso haba sido reemplazado por el armnium; en vez de los santos
+negruzcos y horripilantes de la antigua devocin espaola veanse
+imgenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual
+corresponde un culto de personas decentes; las lmparas de luz
+elctrica, en gran profusin, sustituan los cirios humosos que con su
+olor de cera daban mareos las seoras.
+
+Doa Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes
+arrodilladas los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba
+muy concurrido el templo. Pero la de Snchez Morueta reconoca la
+influencia de la estacin en la clase de pblico. Las seoras eran menos
+que en el invierno. La _gente baja_, menestrales acomodadas, y viejas
+beatas de medios de vida problemticos, se aprovechaban del veraneo de
+las seoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus
+santos sacerdotes.
+
+Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que ms
+gente tena formada ante sus rejillas. Tardara mucho en llegarles el
+turno para la confesin.
+
+Al reconocer las dos seoras, hubo un movimiento de respeto y
+curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y
+con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofrecindolas
+su puesto en la fila. Doa Cristina hizo un signo de aprobacin con la
+cabeza y abriendo su portamonedas di una peseta cada una de ellas.
+
+Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos
+concurrido. Realmente ellas les agradaba poco el Padre Paul pesar
+de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando travs de la
+rejilla perciba el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa
+con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebao.
+
+La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con slo dos
+penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando
+las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con
+calma.
+
+Doa Cristina experimentaba la emocin de la doncella que tiente la
+proximidad del hombre amado.
+
+El Padre Paul era un varn famoso. La buena seora admiraba su energa,
+su fuerza de voluntad, viendo en l algo de San Ignacio, que haba sido
+militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre
+de guerra. No haba ms qu leer los papeles liberales, enterarse de los
+escndalos que haban provocado, hasta en Madrid, las palabras y los
+actos del Padre Paul, para convencerse de que nadie trabajaba como l
+por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes
+que slo hablaban de piedad y perdn para los enemigos, y de la dulzura
+de Jess. Era el jabal de la Iglesia, que al verse en terreno
+favorable, en aquella tierra donde creca frondoso el bosque de la fe y
+de la sumisin ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos todos
+lados. A los enemigos de la religin, palo, deca con fiera
+arrogancia, que enardeca su laico auxiliar Fermn Urquiola.
+
+No perdonaba medio para propagar sus belicosos propsitos. Sus sermones
+en las grandes romeras, en las fiestas de la Asociacin de la Vela
+Nocturna y otras corporaciones que le tenan por director, eran arengas
+de caudillo, hablando de matar morir como los paladines de las
+Cruzadas, por el sagrado Corazn de Jess. Su celebro folleto A las
+seoras catlicas, publicado en vsperas de unas elecciones, haba dado
+que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.
+
+Era un hombre de lucha que iba recto su fin, atropellando las
+doctrinas religiosas para defender la religin. En su folleto tronaba
+contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la
+caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo deban dedicarlo
+las elecciones, comprar votos, corromper la voluntad de la gente,
+para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella
+institucin del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeo
+al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.
+
+Doa Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que
+fu victorioso caudillo el Padre Paul. Las seoras, amenazando con no
+comprar en los establecimientos cuyos dueos votasen al candidato
+liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que
+enloqueca la gente y la haca terminar sus disputas palos y tiros;
+las damas ricas, deslizndose en los tugurios de los miserables,
+arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas
+electorales. Y enfrente de este gran ejrcito manejado por el Padre
+Paul, un candidato de una buena fe paradisaca, que haca discursos
+sobre la regeneracin material de la nacin y la poltica hidrulica,
+pidiendo canales y pantanos, como si un pas cual Vizcaya, en el que
+llueve todo el ao, pudiera interesarle lo que slo importaba los
+_maketos_, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de frica.
+Hasta haba comulgado solemnemente la vspera de la eleccin, en una
+iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carcter
+antirreligioso. Infeliz! como si estas habilidades valiesen con la
+Iglesia que es maestra en ellas! cmo si no supiesen los buenos que
+quien no est sus rdenes en cuerpo y alma, est contra ella!...
+
+En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las
+gentes religiosas, y que esparca en torno del enrgico jesuta un
+prestigio de caudillo invencible, haba roto doa Cristina los ltimos
+restos de la intimidad puramente amistosa que an exista entra ella y
+su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Snchez Morueta,
+recordndole que haba peleado durante el sitio, y el millonario entreg
+mil pesetas para la eleccin. El mismo da doa Cristina, con la amplia
+libertad de que gozaba en el manejo del dinero, di dos mil duros al
+Padre Paul. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cay sobre Snchez
+Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doa Cristina tembl en
+el primer momento ante el silencio de su esposo. Le pareca escuchar la
+risa irnica del doctor Aresti, all en las minas. Tema la explosin
+ruidosa del gigante que se vea ridiculizado por una mujer, que no era
+para l ms que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los
+das y sigui callando, como si pasada la primera impresin de clera,
+slo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera
+turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su
+casa.
+
+Doa Cristina tambin haba perdido su primitiva inquietud al
+transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente
+ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia
+conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paul vala
+por todos los terrores que le haba hecho sufrir el gesto hosco de su
+marido. El jesuta la compar en una reunin de seoras con las mujeres
+fuertes de la Biblia y con un sinnmero de santas, todas princesas
+consejeras de reyes. Con seoras tan valerosas, pronto volver el
+reinado de Jess sobre la tierra. Urquiola era otro panegirista que en
+las reuniones de jvenes catlicos ensalzaba, entre risas, la gran treta
+que su ta haba jugado aquel marido gigantn con cara de vinagre.
+
+Despus del ruidoso triunfo, la piadosa seora entraba en aquella
+iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compaerismo de la
+victoria y su tan comentado sacrificio, la unan los buenos Padres
+como si fuese de su familia.
+
+El confesor, despus de despachar varias penitentas, sac la cabeza
+por delante del sagrado cajn, lanzando una rpida mirada la fila de
+seoras, mientras musitaba algunas oraciones.
+
+--Me ha conocido--pens doa Cristina con orgullo--No tardar en
+despedir la que est delante.
+
+Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla all en verano. La
+afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el
+servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, slo de
+tarde en tarde haca sus visitas al templo de la Residencia. De seguro
+que el buen Padre pensaba: Algo extraordinario le ocurre mi hija de
+confesin. Y as era efectivamente.
+
+No peligraba la salud de su alma ni traa ningn grave pecado que la
+abrumase con su peso. Pero el jesuta quera que se le dijera todo,
+absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas,
+nico medio de que stas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una
+confesin extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.
+
+Primeramente, quera hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho
+de su esposo.
+
+Snchez Morueta haba llegado el da anterior, despus de una
+permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio:
+millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales
+haba de tratar nuevos negocios. Esto, segn l daba entender en sus
+escasas palabras. Pero doa Cristina dudaba ya de todo desde que dos
+das antes de que regresase el millonario, haba encontrado revolviendo
+los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de mbar y
+con la firma de una mujer, una tal Judith, que deba ser una pagana, una
+pecadora, juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no haba
+entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantsticos y
+adems estaba en francs. Pero las pocas palabras que haba podido
+adivinar, y ms que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender
+desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor
+desenfado. Qu asco! Toda la castidad de doa Cristina, su horror la
+carne vil, se revolvi al contacto de aquel papel. No quiso verlo ms y
+lo abandon en el mismo sitio donde lo haba encontrado. Saba lo
+necesario: su marido tena una amante: tal vez por esto pasaba tanto
+tiempo fuera de Bilbao...
+
+En el primer momento, doa Cristina experiment una sensacin
+desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo.
+Sinti por Snchez Morueta un inters ms grande que en los primeros
+tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la
+infidelidad. Tal vez iba conocer el amor impulsos de la clera. Pero
+aquello slo dur un instante: su alma, que pareca despertar
+incorporarse, volvise del otro lado y continu su sueo.
+
+Si Pepe tena una querida ella qu? Mejor: su indiferencia encontraba
+una justificacin. Vivira ms segura en su castidad: se sentira ms
+fuerte, pudiendo echar algo en cara aquel hombre que pareca dominarla
+con su silencio. Era lo que ella le faltaba. Doa Cristina se haba
+irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel
+hombre que viva tranquilo, sin acordarse de la religin, cerrando su
+casa los ministros de Dios.
+
+De aquella carta pecadora le haba quedado el principio impreso en la
+memoria: _Mon gros loup cheri_. Qu querra decir esto? Y adivinando
+algo horrible y grotesco la par, como los diablos panzudos pintados
+en ciertas estampas, sonrea en medio de su repugnancia, pensando en la
+figura algo ridcula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando
+ una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorndolos.
+
+Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quera
+comunicrselo al Padre Paul, y que ste la ayudara con sus consejos.
+Adems, tena que hablarle de la nia, rogando que la diese un buen
+repasn. Estaba en la edad de los caprichos y las _tonteras_, y ella,
+despus de la tarde en que la haba sorprendido en el jardn con el
+ingenierillo, senta cierta intranquilidad. Hasta haba efectuado un
+registro minucioso en el cuarto de la nia, presintiendo cartitas
+escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada haba
+encontrado; pero le daba el corazn que algo exista. Tal vez lo
+guardaba oculto la _aa_ Nicanora, complaciente siempre con la seorita.
+
+Haba terminado su confesin la seora arrodillada delante de ella, y
+doa Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del
+lado opuesto. Se abri por fin el ventanillo y Pepita vi por encima de
+los hombros de su madre una sombra que murmuraba:
+
+--Hola Cristina! hija ma! A qu obedece esta visita tan
+extraordinaria?...
+
+Pepita no oy ms: su madre peg la cabeza la rejilla, ahogndose las
+palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.
+
+La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil
+la incrustacin de los tacones de sus botas, lea en su devocionario
+automticamente, mientras pensaba lo que dira al confesor.
+
+Estaba junto su mam y llegaban hasta ella algunas de sus palabras
+como un lejano susurro.
+
+Pepita comprendi que su madre hablaba de una carta que deba
+interesarla mucho, juzgar por las veces que la nombr. La joven psose
+ temblar pensando en las que tena ocultas, como una prueba de delito,
+all en su hotel de Las Arenas. Pero doa Cristina levant la voz un
+poco ms, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso
+y Pepita la oy decir con gran dificultad, vacilando cada slaba
+_Mon... gros... loup... cheri..._
+
+No: aquello no iba con ella... Pero por qu deca su madre tales cosas?
+Qu lobo era aquel, en francs, que su madre llevaba tan trabajosamente
+hasta los odos del buen Padre? Y Pepita se morda los labios para no
+rer, sin saber ciertamente por qu le regocijaba esta frase que no
+haba encontrado nunca en sus libros cuando la enseaban francs.
+
+Luego ces de or. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la
+rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta
+Pepita como el balbucear de un pequeuelo: a... a... a. Deba reir
+ la madre juzgar por lo encogida que sta se mostraba, con la cabeza
+entre los hombros, como si la abrumase el interminable regao del
+confesor.
+
+La voz de doa Cristina volvi de nuevo al odo de su hija:
+
+--Es verdad Padre: yo tengo la culpa. Pero es una esclavitud tan
+dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocacin me
+llamaba otra parte. Pero la juventud se engaa siempre y era yo
+entonces tan nia!...
+
+Call, y de nuevo volvi susurrar como un aleteo el a... a... a
+siempre con tono de reproche durante muchos minutos.
+
+--Cree usted Padre--volvi murmurar la seora--que no he hecho yo
+nada por atraerle al buen camino? El da mejor de mi vida sera aquel en
+que le viese al lado de los buenos, ayudando Dios con los bienes que
+le ha dado, aconsejndose de personas sabias y virtuosas como ustedes...
+Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado
+respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los
+hombres.
+
+Volvi sonar el a... a... a... ms imperioso, como si diese una
+orden, y doa Cristina achicbase ante la reja, obediente su director,
+pero anonadada por el sacrificio que la impona.
+
+--Lo har, Padre, lo har. Si supiera usted el asco que eso me produce!
+Tan tranquila que yo viva!... Pero obedecer, ya que no hay otro
+remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son
+sacrificios que impone Dios para la conservacin del mundo: exigencias
+de la vil materia... Obedecer, Padre, pero cunto me cuesta! qu
+repugnancia, Dios mo!...
+
+El a... a... a tom una expresin interrogante.
+
+--S, Padre, s: ser otra. Volver como en otros tiempos, preocuparme
+de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este
+sacrificio. Copiar las seducciones mundanas para servir Dios.
+
+El murmullo del confesor son largamente, como si diese consejos. De vez
+en cuando, le interrumpa doa Cristina con sus afirmaciones de
+penitenta sumisa.
+
+--As lo har, Padre.
+
+--_a... a... a?_
+
+--Ya he olvidado esas cosas, pero procurar acordarme de mis tiempos de
+vanidad.
+
+--_a... a... a?_
+
+--Quiere usted que sea hoy mismo? Despus de haber recibido al
+Seor?... Bien: porque usted lo dice. Ser un nuevo sacrificio.
+
+Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doa Cristina volvi la
+cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su
+confesin; y al ver tan prxima Pepita, fijos en el devocionario sus
+ojos cndidos, se peg ms la rejilla. La joven ya no oy ms que un
+lejano susurro, sin distinguir una palabra.
+
+Al terminar la confesin, la madre fu arrodillarse en el centro del
+templo y Pepita ocup su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor
+despach rpidamente la penitenta del lado opuesto, y volvi abrir
+el ventanillo.
+
+--Hola, buena pieza. Eres t?--dijo cariosamente Pepita.--Ya has
+hecho el acto de contricin? Pues ver esos pecadillos, hacer la
+colada del alma, que aqu est el Padre Paul para absolver las nias
+que son buenas y sumisas.
+
+Y mientras la joven iba soltando con automtica regularidad los pecados
+de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia,
+deseos de humillar las amigas, desobediencias su madre, miraba
+travs de la rejilla al famoso jesuta, su cara sin una arruga, la nariz
+aguilea, aquella sonrisa dulce que pareca acariciar, pero que ella
+le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que
+extraa las verdades por hondas que se ocultasen.
+
+--Bien, y qu ms?--dijo el jesuta cuando ella se detuvo dando por
+terminada la enumeracin de sus pecados.
+
+--Nada ms, Padre. No recuerdo otros pecados.
+
+--Rebusca bien en tu conciencia, hijita. Nada de nuevo ha ocurrido en
+tu vida desde la ltima vez que nos vimos? Pinsalo. Mira que con el
+Padre Paul no valen engaos: que hasta m llega un pajarito que me
+cuenta todo lo que hacen las nias embusteras, y que yo s cundo me
+dicen la verdad y cundo me mienten.
+
+Pepita comenzaba sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y
+maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, segn afirmaba
+su madre. Con l de nada servan los tapujos. Y su inquietud convirtise
+en miedo cuando vi que el sacerdote cesaba de sonrer y la hablaba con
+los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmova desde el plpito
+ la distinguida muchedumbre de sus fieles.
+
+--Oye, hija ma. Una vez rase una princesa ms bonita que t, y ms
+rica, pues sus padres eran reyes...
+
+Y describa la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes,
+sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.
+
+--Un da, en un sarao de la corte, cuando ms llamaba la atencin por su
+hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los
+cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa
+asomaba, y volva ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una
+horrible serpiente... Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un
+pecado que la princesa haba querido ocultar su confesor y que tomaba
+la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.
+
+Y el Padre Paul, con su voz trmula de predicador horrorizado, haca
+estremecer la joven. El final de la historia no era ms
+tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazn la
+princesa, y la desdichada descenda con el peso de su pecado los
+infiernos.
+
+--Vamos, hija ma--dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su
+sonrisa despus de la historia horripilante.--T eres ms buena que la
+princesa: t no querrs perder tu alma ocultando las faltas al confesor.
+Aqu tienes al Padre Paul que es un buenazo con las nias que no
+mienten, pero que tiene una correa para castigar las que son malas y
+rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo
+para t, como si lo fuera... T tienes un novio!
+
+--No, Padre--dijo Pepita con voz trmula, intentando todava
+defenderse.--Es un amigo... Un amigo, pues!... que lo distingo de los
+dems... que le tengo cierta simpata...
+
+--Vaya por el amigo!--exclam bondadosamente el confesor.--Y este amigo
+te escribe cartitas y t las contestas hurtadillas de mam. No digas
+que no: no mientas... Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas
+y en que os habis visto y hablado en el jardn de Las Arenas. Si es
+intil negar! Si yo todo lo s por el pajarito!...
+
+Y el jesuta insista complacido en aquella oez del pajarito, como si
+fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.
+
+La joven acab por confesarlo todo y el Padre Paul tom entonces un
+tono solemne:
+
+--Pues, hija ma; tengo que decirte que has cometido un grave pecado,
+pero tiempo ests de arrepentirte y purificarte de l. Lo has hecho,
+indudablemente, sin saber lo que hacas, porque t eres buena y espero
+que el arrepentimiento te volver la gracia de Dios. T sabes lo
+grave que resulta tu falta? Una mueca como t, una mocosa que debe
+vivir agarrada las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que
+es el mundo, querer arreglarse por s misma el porvenir, y engaar
+mam, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si ste puede
+ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los
+rodean! Vamos que merecas una zurra, como las chicuelas malcriadas que
+hacen alguna diablura.
+
+Y su mano blanca se mova tras la rejilla con burlona expresin de
+amenaza.
+
+--T, que eres aficionada lecturas como todas las jovencitas del da,
+pdele tu madre un libro titulado _La entrada en el mundo._ Si ella
+no lo tiene, te lo dar tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de
+memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por
+otros Padres no menos sabios de la Compaa. Se la regalamos los
+muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad
+de Deusto y es una gua completa de lo que debe pensar y hacer en el
+mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no
+necesita ms para ser un modelo de caballeros catlicos y excelentes
+padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los captulos que se
+titulan _La eleccin de estado_ y _Antes que te cases_... y vers lo
+que le corresponde hacer la juventud cristiana para conservar pura su
+alma y no ofender Dios. Para la eleccin de estado hay que meditar
+mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santsima Virgen,
+tal como lo dispone en sus Ejercicios Espirituales el bienaventurado y
+glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe
+escogerse despus de la oracin, de la meditacin, del examen atento; y
+especialmente, fjate bien en esto, criatura!, despus del consejo
+maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y
+sobre todo, de vuestro director espiritual. As lo dice el libro.
+
+Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si ste fuese
+el personaje ms importante entre todos los citados.
+
+--Qu es el director espiritual?--continu.--El librito lo dice
+claramente: Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija
+vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres
+se oponen vuestro casamiento, creed que ser por vuestro bien. Si os
+queda alguna duda sometedla la censura prudente de vuestros
+confesores, y si stos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen
+ medida de vuestros deseos es porque saldrn conforme la voluntad de
+Dios que es lo que ms os interesa. Eso del amor, no es ms que
+_galantera_ mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del
+pecado, que nunca puede dominar una alma cristiana. Ah tienes,
+chiquita, todo un compendio de sabidura que siguen los jvenes al salir
+de nuestras aulas, y son felices. Y esto, que respetan y acatan
+muchachos con ms barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de
+nuestra Universidad, lo atropellas t, mueca ignorante? Te atreves
+buscar marido por tu propia cuenta y tener amoros, cuando hombres que
+ostentan ttulos acadmicos no osan poner los ojos en una mujer sin
+venir aqu antes decirme: Padre Paul, he pensado en Fulana en
+Zutana: me conviene? y se van tan satisfechos de los consejos del
+Padre, siguindolos fielmente?... Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce
+que en tu casa falta una buena direccin pesar de que mam es casi una
+santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese
+mdico loco de las minas que ha hecho infeliz su pobre mujer, y que
+entran all gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del
+siglo.
+
+La joven sentase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su
+pecado. El confesor continu con una sonrisa dulce:
+
+--Y ese seor ingeniero que te ha trastornado el seso, ser poco ms
+menos como tu to el mdico.
+
+--Ay, no, Padre!--se apresur decir Pepita aprovechando la ocasin
+para defender su novio.--es muy buen catlico: me lo dijo el otro da
+cuando hablamos en el jardn.
+
+--Hum, hum!--tosi el jesuta--Dnde ha estudiado? En alguna de esas
+escuelas donde slo ensean lo que llaman ciencia y que no es ms que
+puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. Catlico y no lo
+conozco?... Catlico joven y no viene por aqu?...
+
+--Me prometi que vendra, Padre. Dijo que se confesara aqu; que se
+inscribira en los _Luises_, que hara todo lo que yo le mandase. Crea
+usted, Padre, que no es malo.
+
+--Je, je!--ri maliciosamente el confesor.--No est mal la resolucin.
+Pero nosotros, esas conversiones de ltima hora con vistas al
+matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados.
+El Padre Paul es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engaarlo
+un boquirrubio de esos la moderna. Queremos en nuestro jardn rboles
+que hayamos plantado nosotros, guindolos desde que son tiernos... Y t,
+hija ma, con qu calor defiendes ese hombre! Veo que el peligro era
+ms grave de lo que crea. Si persistes en esa mala pasin, contra la
+voluntad de tus padres y de tu director espiritual, ests en pecado y no
+podr darte la absolucin. Entiendes?...
+
+Tembl la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.
+
+--Pero t eres buena--continu el jesuta cambiando de tono--y t
+obedecers. Maana me envas todas las cartas que tengas de ese hombre:
+un paquetito nombre mo y que lo entreguen al portero de la
+Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras
+ ese individuo. Muy seor mo: por no disgustar mis padres... por
+consejo de mi director espiritual... en fin, t lo escribirs bien: las
+mujeres, tenis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle
+saber, de un modo que no deje lugar dudas, que todo acab, que ya no
+te acuerdas de l, que lo pasado fu una falta de la que te muestras
+arrepentida... Estamos?
+
+Pepita movi la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que
+adivinase el confesor si esta emocin era por la pena del rompimiento
+por el miedo que le inspiraba su pecado.
+
+--Tonta! tontita!--dijo para tranquilizarla.--Si todo esto es por tu
+bien!... Quin es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay
+tantos, un trabajador de levita, qu necesita de protectores como tu
+padre para ganar la comida. Mire usted que estara bien, ver la hija
+de Snchez Morueta casada con un ganapn, de esos que creen ser los
+hombres ms tiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan
+nmeros! Eso de las princesas casndose con pastores, slo se ve en las
+comedias. An es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece
+tus padres, mam sobre todo, pues las mujeres saben ms de estas
+cosas. Confa en el Padre Paul, que es tu amigo, tu segundo padre, y
+entre todos ya vers cmo te elegimos un hombre que te har feliz y aun
+elevar ms tu rango en el mundo.
+
+Call un momento el jesuta, como si preparase un avance decisivo.
+
+--Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de
+nuestra Universidad!... Una joven como t--continu--merece unirse con
+una gran fortuna un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad
+de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. Pues casarse con
+un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de
+Estado, y se cubra de gloria sirviendo Dios y su pas! Eso no es
+difcil encontrarlo. Ah tienes, por ejemplo, tu primo Urquiola.
+
+Pepita hizo un mohn de protesta. No: ese no.
+
+--Por qu no, chiquilla? Tienes algo que decir de l? Es uno de los
+alumnos de _punta_ que han salido de nuestra Universidad. Con una docena
+como l, Bilbao sera nuestro por completo, y esta poblacin aparecera
+como otra Covadonga, desde la cual emprenderamos la reconquista de
+Espaa encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de
+Dios... Comprendo por qu tuerces el gesto: chismes y enredos de
+tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atraccin en el
+pobre Urquiola, slo saben hablar de l. Ya las arreglar yo esas
+maldicientes!... Y sabes por qu se ocupan tanto de Fermn? Porque ste
+no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente
+inclinado hacia t, con el amor honesto y respetuoso de un joven
+cristiano. Las que te hablan contra l, es porque te tienen envidia.
+
+Despus de este hbil halago la vanidad de la joven, continu con una
+expresin de bondad y tolerancia:
+
+--Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fu nuestro padre San
+Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar,
+y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y
+de gustar las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente
+despus de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para
+que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que
+entonces se llamaban _botas polidas_... Urquiola es joven, y rebosa en
+l la energa, el exceso de expansin y de fuerza que ha puesto al
+servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de
+pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas
+cambian segn los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo,
+lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa,
+rodeado de su familia, la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado
+que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermn; un soldado,
+un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas,
+porque las necesidades de la campaa le obligan vivir fuera de su
+mundo... Pero ya vers cmo cambia, cmo sienta la cabeza el da que
+tenga su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. Sabes por qu
+le miran con tanto agrado tus amigas? Porque estn seguras de su
+porvenir. Fermn ser diputado en las primeras elecciones, figurar en
+Madrid, y quien sabe lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte
+de esta nacin, que seguramente se cambiar, de no olvidarnos Dios!...
+
+Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobacin protesta ante
+los palabras del jesuta, y ste se detuvo, creyendo haber avanzado
+demasiado. Por aquel da bien estaba con lo dicho.
+
+--No creas que tengo un inters especial en que sea Urquiola quien haga
+feliz tu vida. Tal vez tu mam lo defienda con ms tenacidad que yo,
+pues de su sangre es y conoce sus mritos. Por m, si no es ese, que sea
+otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria
+y de la religin, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas
+como todas las doncellas catlicas y decentes, sin disgustar tus paps
+y desobedecer tu director. T eres de una familia cristiana y debes
+seguir sus costumbres. Mrate en el espejo de tus padres: se unieron con
+el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la
+fortuna les sonre, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo
+tan hermoso como t, que eres buena y no querrs amargar los ltimos
+aos de su vida.
+
+Y el confesor hablaba gravemente, sin el ms leve mohn, de la felicidad
+conyugal de los Snchez Morueta.
+
+--Basta por hoy. He dicho tu madre que vengis por aqu con ms
+frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo
+tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho
+cuidado con ella. Quedamos en que me enviars esas cartas, para que
+nunca puedas volver leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?
+
+--S, Padre.
+
+--Escribirs hoy mismo ese seor dando por terminadas para siempre
+las locuras?
+
+--S, Padre.
+
+--Muy bien: vamos la absolucin.
+
+Y musitando sus latines, el Padre Paul bendijo la joven al travs de
+la rejilla: despus sac la mano por el frente del confesonario para que
+se la besase. Mientras abra el ventanillo opuesto preparando una
+sonrisa como saludo la nueva penitenta, Pepita fu arrodillarse al
+lado de su madre.
+
+Comulgaron tras una breve espera, despus de rezar su penitencia y
+salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza las amigas
+que an estaban arrodilladas ante los confesonarios.
+
+El automvil emprendi el regreso Las Arenas siguiendo la ribera de la
+ra que pareca irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.
+
+Doa Cristina sonrea al paisaje, encontrndolo ms hermoso que otros
+das.
+
+--Pero no has notado, Pepita, qu alegra da el recibir al Seor? D
+que hemos empleado bien la maana.
+
+Al entrar en el hotel se entristeci el rostro de la seora, como si se
+aproximase un peligro que quera olvidar.
+
+Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pas horas
+enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente,
+rompiendo pliegos sin que llegasen satisfacerle las cartas que
+escriba. Por fin entreg un sobre cerrado la _aa_ Nicanora,
+rogndola que aquella misma tarde fuese los altos hornos para
+entregarlo don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina
+fueron intiles. La nia estaba de mal humor y no quera contestar.
+
+Doa Cristina permaneci invisible hasta la hora de la comida. Llam
+varias veces su doncella que iba de un lado otro, llevando dobladas
+sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la
+servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese
+algo extraordinario. Doa Cristina revolva su olvidado guardarropa.
+
+Al bajar Pepita al comedor, enfurruada y triste por su esfuerzo
+epistolar, no pudo contener la admiracin, viendo su madre.
+
+--Pero, mam! Qu guapa ests! Qu elegante te has puesto!...
+
+Guapa... s que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la
+doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con
+llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. Pero... elegante?...
+Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y
+polvorientos; una pieza magnfica que haba llegado Bilbao desde un
+taller de la _rue de la Paix_ cuatro aos antes, cuando ella volva ya
+la espalda las vanidades del mundo.
+
+Haba engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente
+estirada, pareca prxima estallar impulso de los ocultos y
+comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como
+un malln sobre las caderas.
+
+--Qu, te parezco bien?--dijo la madre, pavonendose como una nia ante
+la admiracin de su hija, que haba conocido aquella moda y al verla
+resucitar inesperadamente, senta la extraeza que causa una
+resurreccin histrica.
+
+Al moverse doa Cristina sonaba el subversivo _fru fru_ de sus finas
+ropas interiores y se esparcan en el ambiente los perfumes que se haba
+prodigado con cierta indiscrecin.
+
+Snchez Morueta que lea un peridico sin notar la presencia de su
+mujer, acab por levantar la cabeza.
+
+--Qu te parezco, Pepe?--dijo ella con una sonrisa que contrastaba con
+el temblor de su voz.
+
+El millonario desliz una rpida ojeada sobre su incitante esplendor de
+fruto maduro.
+
+--No ests mal--y fij de nuevo sus ojos en el peridico.
+
+--Ahora voy volver la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que
+llegue la vejez. Nuestra hija va tener en m una rival. Qu dices
+esto, Pepe?...
+
+--Hars bien:--y sigui leyendo, sin saber lo que lea, con el
+pensamiento lejos, muy lejos.
+
+La comida fu triste. El millonario haba llegado de su ltimo viaje con
+un gesto melanclico, que desapareca de pronto, dando lugar extraas
+nerviosidades.
+
+l, que pasaba siempre por el hotel como un sonmbulo, sin reparar en
+los detalles de la vida domstica ni dirigir la palabra la
+servidumbre, vena regaando desde el da anterior con todos los de la
+casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puos como si fuese
+golpear todos.
+
+Pepita tambin estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en
+el comedor y haca preguntas su padre sobre la vida de Biarritz,
+queriendo que le describiera alguna _toilette_ de las muchas que habra
+visto en aquella sociedad elegante.
+
+Snchez Morueta se esforzaba por contestar gusto de su hija. Era la
+nica persona ante la cual se abata su mal humor. Hablaba con la cabeza
+baja, evitando mirar su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos
+se haban encontrado con los de Cristina, fijos en l con una expresin
+desconocida. Esta caricia muda que tena algo de splica, le causaba
+por su novedad cierta molestia.
+
+Despus de comer, el millonario se entr en su despacho.
+
+Cristina dej pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la
+hicieron saber que Pepita estaba en el saln, se dirigi con paso
+resuelto en busca de su marido.
+
+Tembl al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se
+acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas nias medrosas que
+iban en busca del ogro.
+
+Al entrar en el despacho vi el gesto de asombro de Snchez Morueta, que
+crea en la llamada de un criado: not el movimiento instintivo de sus
+manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos
+colores que relea con gesto hosco.
+
+Aquellas cartas ella las conoca. Por una asociacin de recuerdos,
+volvi su memoria el _Mon gros loup cheri_, y sin saber por qu,
+sinti una tentacin infantil de rer ante el gigantn de aspecto
+imponente; de arrojarse su cuello, repitiendo, como Dios le diera
+entender, aquella frase de _cocotte_, que deba encerrar algn misterio
+mgico para apoderarse de los hombres.
+
+--Qu quieres? qu ocurre?--pregunt el marido con extraeza.
+
+Querer?... Bien se lo decan aquellos ojos agrandados por el lpiz de
+tocador, en los que el instinto femenil pona el fuego que no lograba
+dar la pasin: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se
+aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.
+
+Al estar junto l, no supo qu decir ni cmo empezar y apelando al
+recurso de la accin, abarc en sus brazos de blancas carnosidades, los
+hombros del temido ogro.
+
+--Pepe... Pepe!--murmur con voz tenue, como un gemido dulce.
+
+Y su boca se abri paso entre las barbas patriarcales, con besos
+ardorosos.
+
+El grande hombre vacil un momento, atolondrado por la onda de carne
+femenil que caa sobre l, por el perfume incitante que le envolva, por
+los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los
+dientes de lctea blancura.
+
+Pero fu la debilidad de un instante, que pas como una rfaga. Su mano
+poderosa apart la mujer, y sta se sinti perdida, ante aquellos ojos
+fros que parecan no verla, como si su atencin, su pensamiento, su
+alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.
+
+Despus, la voz del marido son en el silencio de la habitacin,
+lacnica, triste y montona:
+
+--Es tarde, Cristina, es tarde.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Estaba el seor Goicochea media maana, trabajando en su despacho
+contiguo al de Snchez Morueta, cuando se incorpor en el asiento con
+sorpresa, viendo entrar su principal.
+
+Tres das antes haba salido para Biarritz, manifestando su secretario
+que tardara unas dos semanas en regresar, y se presentaba
+inesperadamente, con una cara que daba miedo. Qu negocio se le habra
+torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne
+gravedad?...
+
+Su voz sonaba trmula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes
+aparecan descompuestos, y lo que ms asustaba al secretario, era que
+hablaba mucho, que haba perdido su concisin caracterstica y vacilaba
+envolviendo en palabras y ms palabras sus tardos pensamientos.
+
+--A ver, Goicochea; que lleven casa el equipaje que est abajo. Avise
+usted por telfono que luego ir.... No, diga usted que no voy, que no
+me esperen comer. Ir la noche. Pero, qu hace usted ah parado,
+mirndome como un bobo?... Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A
+ver, que suba el _Capi_! Llame usted don Matas. En seguida;
+listo!...
+
+Goicochea sali del despacho temblando, al pensar en el da que le
+esperaba. Conoca el carcter de su gigante: pocas rachas, pero buenas,
+como l deca. Slo muy de tarde en tarde, le haba visto perder la
+serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus
+arrebatos.
+
+Cuando subi el capitn Iriondo, encontr Snchez Morueta paseando
+casi saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos
+atrs y la cabeza baja. Tard algn tiempo en ver Iriondo, que no
+pasaba de la puerta.
+
+--Pepe, qu tienes?--dijo el marino con el acento afectuoso de un
+antiguo camarada.
+
+--Nada: cosas mas, no te ocupes de m.... Vas llamar al telfono de
+las minas y que busquen mi primo Luis, que le digan que venga en
+seguida.
+
+--Pero, hombre, no ser tan pronto como quieres. Gallarta est lejos: l
+tiene sus ocupaciones...
+
+--He dicho que venga en seguida!--grit el millonario.--Dile que le
+necesito al momento; que estoy enfermo, que voy morir... cualquier
+cosa. Que venga pronto!... Y Luis vendr, porque me quiere de veras: es
+mi nico amigo.
+
+--Est bien--gru el capitn.--Los dems somos unos perros.
+
+Y encogindose de hombros sali del despacho. Snchez Morueta sigui su
+paseo grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir
+contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.
+
+De pronto se detuvo en la puerta de la habitacin contigua, mirando con
+ojos feroces al secretario, que se haba escurrido hasta su mesa para
+continuar el trabajo. El pobre hombre tembl al verse enfrente de su
+irritado principal.
+
+--Seor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse
+inmediatamente. Necesito estar solo; vyase a tomar el sol, adonde le d
+la gana.... al capacho! pero mrchese en seguida.
+
+Miraba al secretario de tal modo, que ste crey que iba a recibir algn
+golpe s tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, sali
+apresuradamente.
+
+Las oficinas parecan desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante
+sus papeles, temblando al or tras de los cortinajes aquella voz
+furiosa, que matizaba sus rdenes con interjecciones y juramentos
+verdaderamente extraos en tan grave personaje.
+
+En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un
+enfermo. Snchez Morueta, despus de una hora de incesantes paseos, se
+dej caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando
+antes un botn elctrico.
+
+Entr un ordenanza con aire azorado.
+
+--Treme un caf.... pero bien fuerte.
+
+Cuando lleg el caf, Snchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de
+los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para l,
+con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisicin era motivo
+de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa en los
+negocios de minas.
+
+Transcurri otra hora, sin que el millonario diese seales de
+existencia. El timbre son de nuevo en el silencio del escritorio y
+corri el criado al despacho.
+
+--Trae otro caf.
+
+Snchez Morueta fumaba el tercer cigarro, juzgar por las dos colillas
+arrojadas sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como
+un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los haba encontrado
+al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se haca irrespirable, sin
+que l se diese cuenta de ello.
+
+Mucho despus de medio da, cuando los empleados se deslizaron sin ruido
+para ir comer sus casas, volvi trotar el criado hacia el
+despacho, atrado por el timbre.
+
+--Dile al capitn que suba--dijo el millonario.
+
+--Don Matas no est, seor--contest el criado.
+
+Por primera vez se le ocurri Snchez Morueta mirar el gran reloj de
+la chimenea. Cmo haba pasado el tiempo! Y ms por la fuerza de la
+costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que aquella hora todos
+hacan lo mismo.
+
+--Ve donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que t se
+te ocurra. Sobre todo, un buen caf: no lo olvides.
+
+Cuando volvi el criado con una gran bandeja llena de platos y
+coberteras brillantes, la atmsfera del despacho era ms densa. El
+millonario segua fumando, inmvil en su silln, con la vista vaga y
+como perdida en un punto lejano, muy lejano.
+
+Apenas toc los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebi un
+poco de vino, prob la fruta y se abalanz por fin al caf, como si ste
+fuese su nico alimento. Despus hizo sea al criado para que se llevase
+los platos casi intactos.
+
+--Mira, hijo mo--dijo con dulzura inesperada.--Llvate todo eso;
+cmetelo y que de salud te sirva.
+
+Al quedarse solo encendi otro cigarro, adoptando en su silln aquella
+inmovilidad en la que pareca soar con los ojos abiertos.
+
+Snchez Morueta no supo ciertamente si lleg dormirse. Era un sopor
+dulce que no le haca perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta
+actitud, el tiempo transcurra para l inadvertido, y senta el
+bienestar del que en nada piensa.
+
+Cuando, la cada de la tarde, entr el doctor Aresti en el despacho,
+el millonario se reanim, volviendo de un golpe la vida.
+
+--Esto es un horno!--grit el mdico,--Aqu no se puede respirar; qu
+humareda; parece un incendio!
+
+Y se fu los balcones, abrindolos para que se disolviera la nube de
+tabaco en que se envolva su primo.
+
+--Qu pasa?--dijo Aresti cuando pudo respirar con algn desahogo.--Qu
+te ocurre, Pepe? Ests enfermo? A ver esa cara...
+
+Y despus de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro.
+Efectivamente; algo malo le ocurra. Pareca aviejado de un golpe en ms
+de diez aos: los pmulos salientes, los ojos hundidos, con una
+expresin de tristeza y desaliento. Adems revelaba una gran fatiga
+fsica, como si no hubiese dormido en algunas noches.
+
+--Vamos ver; qu tienes? Cuenta, hijo, cuenta.
+
+Snchez Morueta sinti el mismo dolor que si de pronto se abriesen en l
+ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos
+dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.
+
+--Ay, Luis!--suspir el gigante con un acento casi infantil, cogiendo,
+las manos de su primo.--Mi vida termin. Han matado todas mis
+ilusiones... Se fueron!... se fueron!
+
+Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la
+pequeez del doctor con su corpachn.
+
+--Energa, Pepe! Qu es esto, que te desplomas como una seorita
+desvanecida? Firmes, vive Cristo! Slo te falta echarte llorar como
+los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos
+por qu crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.
+
+El millonario fu hablar, y Aresti le interrumpi de nuevo:
+
+--Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero,
+aguarda ah fuera. Lo he encontrado en la estacin del Desierto, y al
+saber que habas llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te
+esperaba con impaciencia.
+
+Snchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algn asunto
+urgente de la fundicin. Qu le importaban l los altos hornos, y las
+minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala
+suerte. Para lo que serva la riqueza!... Y revolva sus ojos furiosos
+por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del podero
+industrial, hacindolo responsable de su desgracia.
+
+En aquel momento aborreca al muchacho que esperaba en las oficinas. La
+juventud! la inspida y antiptica juventud! Aquel ingenierillo no
+tena otros medios de vida que los que l le diese: ni riqueza, ni
+poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos aos, por su cara de
+madamita con bigote, no le ocurriera lo que l con todos sus millones.
+Cristo! Para qu serva, pues, el dinero?
+
+Aresti se impacientaba.
+
+--Bueno, hombre: deja en paz ese chico, y si no quieres verle en
+seguida, que aguarde. Pero cuntame, Pepe qu te pasa?
+
+--Judith!...--gimi el millonario.--Ya sabes quin digo...
+
+Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su
+tristeza.
+
+--S, Judith--dijo Aresti animndolo para que hablase.--Aquella
+francesa, juda, lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo...
+la madre de aquel nio tan hermoso... el _hijo del amor_. Estoy
+enterado. Y qu ha hecho la tal Judith? Alguna perrada? La has
+sorprendido con alguien? Ha huido y no sabes dnde est? Habla, hombre:
+cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas,
+nada me coger de sorpresa.
+
+Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo
+que su primo iba contarle; seguro de que aquella novela de amor,
+desarrollada en el ocaso de la madurez, haba de tener un desenlace
+triste.
+
+Snchez Morueta comenz hablar con lentitud, como si le doliese, con
+profundo desgarrn, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer
+dolor, se animaba, se enardeca, embriagndose en la amargura de su
+desgracia.
+
+Haba conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos
+meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios
+de su carcter. No lo haba notado Aresti?
+
+De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito
+de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.
+
+Varias cartas annimas le haban avisado las infidelidades de Judith.
+Alguna buena alma que conoca su dicha y deseaba turbarla: tal vez una
+antigua compaera de la _divette_, envidiosa de su bienestar. Y el
+grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tena miles
+de brazos sus rdenes y flotas en el mar como un prncipe de la
+moderna realeza, haba descendido durante algunos meses una vida de
+espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las
+denuncias.
+
+--Ay, el amor, Luis!--exclamaba.--Cun pequeos nos hace! Cmo nos
+envilece cuando llega tarde, una edad en que queremos, sin la certeza
+de que nos quieran!... Ahora me avergenzo, pensando en las cosas que
+he tenido que descender. Y si no fuese ms que esto!...
+
+Al llegar el verano, Judith haba ido, como de costumbre, una casita
+que el millonario le haba comprado en Biarritz. As la tena ms cerca
+de Bilbao. All se haba convencido de que no le engaaban los
+misteriosos avisos.
+
+Hablbanle stos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un
+_monsieur Jules_, joven, hermoso y elegante, de problemtica vida; un
+aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de _croupier_ en
+los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba las
+estaciones elegantes de los Pirineos. Judith pareca conocerle mucho
+tiempo. Era ms joven que ella, y con el furor de una hembra que se da
+cuenta de su prximo ocaso, se agarraba aquel profesional de la
+hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las
+aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de
+acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.
+
+Snchez Morueta, despus de la lectura de los annimos, recordaba haber
+odo su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando
+de l como de un amigo antiguo. Saba, adems, que el aventurero haba
+pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todava caliente,
+apenas emprenda el regreso Bilbao. Ahora se daba cuenta de las
+peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afn de riquezas, de
+asegurar su posicin, como ella deca, con una voracidad creciente,
+como si la guiase un oculto consejero.
+
+El millonario no lamentaba su generosidad. Qu poda importarle este
+chorreo de riqueza que no marcaba la ms leve desnivelacin en su
+fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfureca hacindole
+abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridculo de
+su situacin. l, Snchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que
+tantos causaba miedo, convertido en ese tipo grotesco del anciano
+verde, engaado y _pagano_, eterno personaje de todos los cuentos y las
+comedias parisienses! l haba sido _le vieux_ del que se re la pareja
+joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de
+Banco. Dios de Dios! Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo
+la familia y las malditas conveniencias sociales, haba salido de la
+triste aventura sin matar ninguno de los dos!...
+
+--Pero, hombre, sintate!--deca el doctor asustado al verle ir y venir
+por el despacho como un loco.--No golpees los muebles. Ya s que de un
+puetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho
+muy bien. Acaso eres t el primero, ni sers el ltimo, de quien se
+burle una pjara de esas? Sigue contando... sigue.
+
+Tard el millonario algn tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el
+relato pas de un salto la escena final de su novela amorosa, la
+ltima entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de
+Biarritz donde haba pasado los mejores veranos de su vida.
+
+Snchez Morueta haba llegado sin avisarla, sorprendiendo al _monsieur
+Jules_ casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no haba sido
+completa. No le haba visto: slo haba adivinado su presencia en el
+desorden de la habitacin, en los detalles que revelaban una fuga
+rpida, mientras la doncella de Judith le entretena ante la puerta
+cerrada.
+
+Despus, la escena haba sido horrible entre l y su amante. Ay, la
+mala hembra! Qu franqueza tan cruel la suya! Qu deseo de acabar de
+una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la
+situacin! Poda haber seguido engandole; negar una vez ms;
+mantenerlo en la dulce ceguera que le adormeca, sin fuerzas para buscar
+la verdad. Vivimos de mentiras: slo el engao es dulce, deca ella en
+las horas de abandono, cuando en brazos de Snchez Morueta recordaba su
+pasado de aventuras. Pero ahora ya no quera mentir; estaba enamorada de
+su _Jules_, enamorada frentica, con celos de fiera al ver que se lo
+disputaban otras ms jvenes; y para atrarselo para siempre,
+legalizando su situacin, no vacilaba en atropellar al amante rico, en
+destrozarle el alma con su cnica franqueza.
+
+Ay, cmo adoraba aquel bergante, slo porque era joven y guapo! Con
+qu insolencia haba proclamado su pasin!... El millonario revolvase
+con furia al recordar la escena. Vea los ojos de ella, de una
+provocacin insolente, unos ojos de loba en celo y an crea or sus
+desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le
+regocijaba en los primeros tiempos de su amor.
+
+--S, _mon vieux_. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se _badina pas_. Si
+t me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser
+amigo del pobre _Jules_. Y si no, la puerta est abierta. Ser lo mejor.
+_Voil._
+
+La cnica proposicin haba hecho rugir al gigante, levantando sus
+zarpas con furor homicida. Pero ella la maldita! tena la tenacidad
+glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser
+asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de
+desafo.
+
+--S, pgame; eso es muy espaol. Mtame, como matan en tu tierra las
+mujeres, cuando no quieren amar. Anda, _don Jos_; ya estamos en el
+final de _Carmen_. Dnde guardas la navaja?...
+
+l haba sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se di cuenta de
+su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los
+peligros de la existencia errante. Y llor como un miserable, suplic
+vilmente para que no lo abandonase. Hasta crea recordar que se haba
+arrodillado, agarrndose sus piernas, sintiendo la desesperacin de
+perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume pareca despedirse de
+l al travs de la batista que la cubra.
+
+Snchez Morueta, hablaba su primo con la cabeza baja, como un
+criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y nicamente cerrando
+los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su
+conciencia.
+
+Haba sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las
+lgrimas con que haba mojado durante toda la noche el cuello insensible
+de aquella mujer.
+
+Ella se haba apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada
+del pobre patriarca, y con la conmiseracin maternal que siente toda
+mujer por un hombre que llora, lo haba tomado en sus brazos, apoyndole
+la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acaricindole las barbas
+encanecidas.
+
+La gratitud y la lstima la hacan ser bondadosa, con palabras de triste
+consuelo. Ah, _gros coco_! Haba que tomar la vida tal como se
+presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empearse en pedir
+imposibles. Cada uno se enamoraba su hora. l la quera, siendo casi
+un viejo: por qu se extraaba de que ella, siendo joven, tuviese
+tambin su momento de debilidad, enamorndose de aquel _Jules_ que
+posea para las mujeres un encanto malsano y dominador?
+
+Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual
+trabajaba su modo, sin acordarse del corazn, para asegurar su
+porvenir. Pero despus, con el bienestar llegaba la dulce tontera del
+amor. Esto haba hecho l, pasando la juventud absorbido en la caza de
+la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la poca en que
+otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurra ella al ver asegurado
+su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso.
+Por qu no haba de conocer su verdadero amor con sus penas y alegras
+despus de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... Ah
+_mon vieux_! Haba que tomar la vida con serenidad filosfica. A cada
+cual su turno.
+
+Despus intentaba consolarle hablando del pasado. No deba desesperarse
+el enorme _beb_ que se adormeca llorando sobre su hombro. Poda
+afirmar que haba sido amado ms que muchos otros. Primeramente, le
+haba querido con una simpata plida y pasiva, porque era bueno con
+ella, porque la haba sacado de su antigua vida de artista errante,
+dndola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira.
+Despus le haba admirado, con una admiracin rayana en el amor, al
+apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que haca nacer
+nuevas industrias, el poder mgico, que esclavizaba el dinero, la
+inteligencia que haca danzar los millones, sin que ninguno se saliera
+de lnea. Ella adoraba los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no
+presentarse el otro, con algo que no poda explicar. Tal vez era el
+encanto de la corrupcin y de la juventud, que la enardeca, hacindola
+cometer locuras; pero aun as confesaba que no poda compararse aquel
+hombre con _su viejo_ tan bueno y tan generoso... Por qu no haba de
+aceptar el obstculo como lo hacan otros? An podan ser felices: los
+tres viviran en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que
+posea una fortuna, gracias l: era buena muchacha y hara lo
+necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario
+contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.--Yo solo,
+yo solo. Judith se indignaba. _Grosse bte, va!_ Lo que l peda era
+imposible. Ella no poda separarse del que amaba, y tampoco quera
+mentir: ella tena corazn.
+
+El doctor interrumpi su primo, que se complaca con doloroso deleite
+en detallar los recuerdos de aquella noche.
+
+--Pero, y el nio? Y el _hijo del amor_?--pregunt con cierta irona.
+
+Snchez Morueta mir al mdico con unos ojos que pedan piedad.
+Recordaba el entusiasmo con que haba hablado Aresti del pequen:
+renacan en su memoria las palabras al describir su belleza delicada:
+un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.
+
+--No te burles, Luis, es una crueldad. T lo adivinaste, sin duda,
+cuando te habl de l. Tambin esta ilusin ha desaparecido. No queda
+nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida.
+Se lo ha llevado todo... todo.
+
+Y recordaba, cmo por segunda vez sinti el instinto homicida al ver la
+sonrisa burlona con que acogi ella el recuerdo del pequeuelo. Ah, la
+cruel! Con qu sencillez le haba arrebatado la ltima ilusin,
+dicindole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la
+de aquel tunante que llenaba su pensamiento! Qu tirn tan doloroso en
+su alma!... Esta vez, Judith, pesar de su insolencia, haba sentido
+miedo ante el gesto desesperado de _su viejo_. Pero ay! aquella mujer
+de carcter doble inexplicable era invencible. De sus crueldades,
+haca un mrito. Manteniendo en el millonario la ilusin de la
+paternidad, poda seguir explotndolo. As se lo haba aconsejado su
+amante. Pero ella era una buena muchacha y no quera mentir cuando
+llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretenda que su antiguo
+protector le agradeciese la cruel confesin. No: el nio no era su hijo.
+Y lo repeta satisfecha, como si de este modo afirmase ms sus derechos
+sobre el hombre amado, colocando el pequeuelo como un compromiso eterno
+entre ella y el _amante de corazn_.
+
+Snchez Morueta sali de aquella casa con el alma rendida por los
+crueles descubrimientos. Ni amor, ni hijo! Slo la conviccin del
+fracaso; la tristeza de haber credo en una dicha que l mismo se
+forjaba engandose, y un profundo desgarrn en su dignidad, el araazo
+del ridculo en que haba vivido durante varios aos, que l crea los
+mejores de su existencia.
+
+Vag todo el da por Biarritz como un sonmbulo. Por la noche, el deseo
+amoroso fu ms fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de dnde se
+diriga, se vi de pronto llamando la puerta de Judith.
+
+Fu en vano. Ella tema, sin duda, la repeticin de otra noche como la
+anterior: senta miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad
+de un amor desesperado. Nadie le respondi. Judith haba huido con su
+amante y el pequeuelo. Adis, para siempre. La ilusin de varios aos
+desaparecera sin dejar rastro.
+
+--Ms vale as--dijo el doctor.
+
+--S: mejor es que haya huido.
+
+Snchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobarda de la segunda
+noche. Se tena miedo s mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo
+Judith, hubiese pasado por todo, se habra sometido una situacin
+envilecedora, cambio de conservar algo de la antigua ilusin, una
+sombra de felicidad la que agarrarse.
+
+Se hizo un largo silencio. El millonario, despus de terminado el
+relato, se hundi en el silln, anonadado, sin fuerzas, como si al echar
+fuera de s el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre l, de un
+golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el
+desfallecimiento del hambre.
+
+--Y ahora, qu piensas hacer?--pregunt Aresti.
+
+--Y t me lo preguntas?--dijo con desaliento el millonario.--Qu s
+yo! No puedo pensar. Dmelo t, que sabes ms de la vida. Desde anoche
+que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aqu
+y llamarte. T eres lo nico que me resta...
+
+Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras ste se encoga de
+hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar su primo.
+
+--Me siento mal, Luis--dijo quejumbrosamente Snchez Morueta.--Yo me
+conozco. Este disgusto no quedar aqu: sentir sus consecuencias ms
+adelante... Qu voy hacer? Qu me aconsejas? Por tu vida, dmelo!
+
+Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego
+que no osase moverse implorase un gua.
+
+--Qu quieres que te aconseje?--dijo el mdico.--Lo que yo te puedo
+decir, te lo dira cualquiera. Piensas buscar esa mujer?...
+
+El millonario hizo un gesto negativo. No, para qu? Aquello haba
+terminado. No poda olvidarla; eso nunca: le dola la decepcin, pero el
+mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan
+fcilmente iba librarse de su recuerdo. Sufra en silencio, intentando
+curarse: sera un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo
+del ridculo en que haba vivido bastara para darle fuerza. Pero, ay!
+cmo le aterraba la soledad de aquella existencia que an le quedaba
+por delante! Qu miedo le causaba la monotona de una vida sin
+ilusiones!
+
+--Vaya, Pepe: no hay que ser nio--dijo el doctor con autoridad.--Ni
+ests solo, ni te hallas tan falto de afectos. No deseas mi consejo?
+Pues ah lo tienes. Vuelve los ojos tu casa: procura unirte tu
+familia. Invntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste
+al lado de una desconocida. Imagnate que tu mujer te adora, y aunque no
+sea cierto, esa mentira resultar menos dolorosa que la otra, pues no
+conocers la infidelidad, ni los celos.
+
+El millonario movi tristemente la cabeza. La familia! Su mujer!
+Tambin esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.
+
+Entre l y Cristina se haban agrandado las distancias; no poda esperar
+una reconciliacin. l, en su enardecimiento amoroso, no haba negado
+los hechos la tarde en que su esposa le sorprendi en su despacho. Y con
+la falta de escrpulos del dolor, relataba Aresti su escena con
+Cristina, la frialdad con que haba acogido sus caricias, y despus, la
+explicacin tempestuosa entre los dos: ella echndole en cara su
+infidelidad: l aceptndola con altivez, como una consecuencia de la
+separacin moral en que vivan.
+
+El doctor le escuchaba pensativo.
+
+--Cristina fu en busca tuya?--pregunt con cierto asombro.--Pues
+vuelve ella y la encontrars. No te asustes por lo ocurrido entre
+vosotros. O te busc porque en ella ha despertado un repentino afecto
+por t (y permite que te diga que esto es extraordinario) porque
+alguien se lo ha mandado. De un modo otro, vuelve: ella te aceptar.
+
+Snchez Morueta le miraba con incertidumbre.
+
+--Vuelve, hombre--continu el doctor:--es la nica solucin que puedo
+ofrecerte. Ya s que esto no es gran cosa para t, con esa necesidad de
+amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre ser un remedio para
+llenar ese vaco de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro
+de tu piel encontrara otros medios para emplear mi actividad,
+fabricndome ilusiones. Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...
+
+El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogindolo con un
+gesto desdeoso. Dedicar su vida los de abajo: ser una especie de
+santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en
+emancipar moralmente los parias del trabajo, proporcionndoles el pan
+de la instruccin! Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como
+aquellos ricachones de que hablaba el mdico!... Bah! Y qu placer
+poda proporcionarle esto?... Su egosmo profundo de hombre de presa,
+sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se rea del
+doctor. En el mundo slo tena importancia lo que se relacionase con l.
+A ver cmo no reventaban todas las gentes por cuya triste situacin se
+preocupaba su primo! Si l era infeliz con toda su fortuna, por qu
+haban de ser dichosas semejantes garrapatas?...
+
+Otra vez volvi hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la
+tarde; lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo
+acordarse Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas,
+ms de una hora.
+
+--Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa,
+que viene despedirse de t. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando
+de esto todo el camino. Ha tardado algunos das decidirse, pero ahora
+esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestrtelo.
+
+--Se va!... Y por qu?...
+
+--Qu s yo! Cosas de muchachos. Creer que ya no puede vivir aqu. Tal
+vez sufra como t el mal de amores. En l no resulta extrao: es cosa
+de la juventud.
+
+Snchez Morueta no pregunt ms. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo
+que no quera conocer. Al mismo tiempo le causaba alegra la posibilidad
+de que el joven sufriera como l. Era un consuelo egosta y feroz ver
+que todos llegaba la desgracia, sin reparar en aos ni en
+gallardas... Por esto accedi al ruego de su primo, haciendo llamar al
+ingeniero. A ver, que pasase aquel compaero de desgracia!...
+
+Fernando no quiso sentarse; tena prisa por volver los altos hornos
+despus del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el ltimo
+momento.
+
+Vena para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan
+pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista
+baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los
+ojos.
+
+Snchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara
+juvenil. Oh! A este tambin le haba mordido la mala bestia; llevaba la
+seal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.
+
+De pronto, sinti por l la fraternidad dolorosa de los penados, unidos
+eternamente por la misma cadena.
+
+--Te vas, hijo mo!... Es algn disgusto all en la fundicin?...
+Acaso quieres ganar ms?... Si es por dinero, habla.
+
+El ingeniero contest con gestos negativos. Ni disgusto ni ambicin de
+dinero. Era que se haba cansado de vivir all; senta la nostalgia de
+ver pases nuevos: le arrastraba la movilidad de carcter de los de su
+tierra. Ira Asturias Catalua; tal vez se embarcase para Amrica;
+an no se haba buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusin de
+llevar con l su madre un clima que fuese mejor. Por esto slo se
+marchaba.
+
+El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisin de las palabras
+del joven, se convenci de que ste menta.
+
+Sanabre sigui hablando. No olvidaba la bondad con que le haba
+distinguido su jefe: senta alejarse de su lado, pero estaba resuelto
+la separacin y tardara en irse lo que tardase en encargarse de los
+altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, all estara sus rdenes.
+
+--Te vas, hijo mo!--exclam el millonario con repentino
+enternecimiento.--Ya sabes que te he querido casi como un hijo. All
+donde ests, si necesitas algo de m, habla; si quieres volver, vuelve.
+No nos despidamos ahora. Ir verte: vendrs ...
+
+El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le
+interrumpi. Cuando quisiera algo de l, mientras estuviese en la
+fundicin, poda darle sus rdenes por telfono. Ya se veran, si
+Snchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por
+all, pasara l por el escritorio antes de marcharse. Snchez Morueta
+nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de
+Las Arenas.
+
+--Adis, hijo mo... Hasta la vista.
+
+Y estrech con efusin la mano del joven.
+
+Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por
+tantas emociones, se dej caer en el silln.
+
+--Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el
+vaco alrededor de m... Y ahora, al volver mi hogar, la frialdad de
+la casa de huspedes, la ausencia del cario.
+
+--No, Pepe--dijo al doctor.--Tengo la certeza de que ahora encontrars
+all lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.
+
+--Y t? Me abandonars tambin t?...
+
+--Yo nunca--dijo Aresti.--Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y
+lo que t necesitas, no est mi alcance el drtelo. La alegra de tu
+vida slo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no s an
+es qu precio vas pagarla.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+El grande hombre estaba enfermo. Haba transcurrido cerca de un mes sin
+que Aresti fuese verle, pues no quera despertar con su presencia los
+recuerdos del millonario.
+
+De vez en cuando, llegaban l vagas noticias del estado de Snchez
+Morueta por los contratistas de las minas. Don Jos no iba al
+escritorio; don Jos estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era
+caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quera abarcar demasiado y los
+negocios minaban su salud.
+
+--Es la crisis que l tema--pens el mdico.--Pero cuando no me llama
+sus razones tendr... Debe haber cambiado mucho aquella casa.
+
+Y segua en Gallarta, con el propsito de no visitar su primo hasta
+que ste le llamase.
+
+Un da, en Bilbao, se encontr en el Arenal con el capitn Iriondo. El
+marino se extraaba de que Aresti no hubiese visitado su primo.
+
+--No es que yo crea que va morir--dijo el capitn--pero muchacho, anda
+muy malucho. No s qu mala mosca le ha picado de algn tiempo esta
+parte. No come, est tristn, pasa el da sentado, dejndose cuidar por
+su mujer y su hija como si fuese un nio. En fin, que no es ni sombra de
+lo que fu. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doa Cristina
+parece otra; nunca la he visto tan alegre.
+
+Y describa la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud,
+yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera
+considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta
+elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la
+daban el aspecto de una beata.
+
+Cuidaba y mimaba su marido con gran cario y l la segua en sus idas
+y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura
+del agradecimiento.
+
+En fin, querido _planeta_--continu el capitn--que parecen unos novios.
+No s qu diablos habrn andado en esto, pero los dos son otros,
+completamente.
+
+Aresti sonrea.
+
+--Entonces--pregunt--la casa de mi primo ser un nido de amor?
+
+--Hombre, yo te dir--repuso el capitn con cierta vacilacin.--Me gusta
+que estn as, tan amartelados, pero no me place todo lo que all veo.
+Por ejemplo, tienes todas horas metido en el hotel al fantasmn de
+Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doa
+Cristina no hace nada sin consultrselo. Adems, te acuerdas de
+Nicanora, el _aa_? Pues la han enviado su pueblo con todo lo
+necesario para comprarse unos terruos y un par de vacas. Me han dicho
+que la ech doa Cristina, despus de una escena algo fuerte... Pepita
+parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero
+la mam los aproxima, y ya vers como esto acaba en boda. Ese cachorro
+de Deusto tal vez sea mi jefe. Cristo! Y para esto me expuse que me
+rompieran la cabeza cuando al sitio!...
+
+--Y Pepe qu dice?...
+
+--Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y todo lo que ordena
+su mujer contesta que s con la cabeza. Por dentro tal vez pensar otras
+cosas, pero no se atreve contradecir su Cristina, darla un
+disgusto, metiendo en cintura ese atrevidillo... Yo creo que debas ir
+ verle.
+
+--Yo?... No me ha llamado. Adems, no me tienta ese cuadro de familia:
+all no hago yo falta.
+
+--S, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta
+por t. No te llama... qu s yo por qu? Tal vez por no contrariar
+su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta
+de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el _Capi_ es muy franco.
+All no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola
+ha metido en la casa un mdico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa
+en t. Ve verlo y le dars un alegrn. Valiente cosa te importa la
+mala cara que pueda hacerte tu parienta!...
+
+Aresti pareci encabritarse oyendo esto. Conque tenan su primo en
+una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban otro
+mdico como si l hubiese muerto?... Pues all se iba al instante.
+Senta curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al
+mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondran aquellas
+gentes ante su presencia inesperada. Caera en Las Arenas como una
+bomba. Je, je, je! Y riendo se despidi del capitn, para subir en el
+tranva.
+
+Cuando media tarde entr en el hotel de Snchez Morueta, encontr en
+un saln su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.
+
+Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oy un rumor de
+voces, hablando con apresuramiento, y despus un ruido de pasos y de
+faldas en fuga.
+
+--No quiero verle!--grit una voz sofocada que el mdico crey
+reconocer.
+
+Al entrar en la habitacin not algo que denunciaba aquella fuga
+misteriosa. El gesto con que le recibi su prima, le di entender lo
+inoportuno de su llegada.
+
+El doctor pens que las que haban huido para evitarse su presencia eran
+las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su
+mujer.
+
+La entrevista fu glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el
+menor esfuerzo por disimular la antipata que le inspiraba el mdico.
+Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeosa. A qu se presentaba
+all? Quin le haba llamado? Doa Cristina se senta ahora duea
+absoluta del suelo que pisaba. Ella un lado con los suyos, y el mdico
+ otro. Era un extrao odioso: la sangre de nada vala cuando las almas
+se separaban para siempre.
+
+Pero el doctor despreci esta hostilidad. Hablaba como si no se diera
+cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto
+asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un
+aparecido.
+
+Aresti quiso ver Morueta, y doa Cristina mir con inquietud una
+puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase pasarla.
+
+--No s si podrs verle--dijo con los labios apretados.--Est delicado:
+no gusta de recibir visitas.
+
+--Bah! Los mdicos entramos donde hay enfermos...
+
+Y sin esperar el permiso de la seora, psose de pie y se dirigi la
+puerta que comunicaba el saln con el despacho del millonario.
+
+Al levantarse el tapiz, Snchez Morueta di un grito de alegra,
+reconociendo su primo.
+
+--Luis! Luisito!...
+
+Y le tendi las manos sin abandonar el silln. Aresti le abraz.
+Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Haba adelgazado
+mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tena hundidos, y en su
+rostro enjuto se marcaban los pmulos con agudas aristas, pareciendo la
+nariz ms grande y pesada.
+
+Estaba leyendo un pequeo libro, y pasado el primer momento de expansin
+se apresur ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que
+Aresti leyera la cubierta del volumen.
+
+Doa Cristina sigui al mdico, quedando de pie cerca de los dos
+hombres, con ceo imponente, vigilando sus expansiones fraternales.
+
+Aresti se haca explicar todos los sntomas de la enfermedad. Conoca
+aquello: no era ms que un trastorno moral que se reflejaba en el
+organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.
+
+--Un trastorno moral! Eso es--dijo la seora con voz spera.--Siempre
+que hablases con tanta verdad. Pepe viva demasiado... agitado. Por
+fortuna, est en buenas manos y curar. La calma y la dulzura ya sabe l
+cmo se adquieren.
+
+Y continuacin, para cortar la entrevista, record su marido la
+conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.
+
+--Pero, si es Luis!--dijo el gigantn sin atreverse mirar su
+esposa.--Si con este tengo el mayor gusto en hablar! Si deseaba mucho
+que viniese!... Ya ves, es el ltimo que queda de mi familia. Somos como
+hermanos.
+
+Y su acento humilde pareca excusarse de este cario, pedir perdn la
+esposa por un afecto superior su voluntad. Se notaba en l la
+abdicacin del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta
+y teme cada momento que le recuerde su pasado.
+
+Apareci Pepita en la puerta haciendo seas misteriosas su madre y
+sta la sigui fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de
+Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y queran despedirse de
+las seoras.
+
+Al quedar solos los dos hombres, el medic se aproximo su primo. Les
+dejaran solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera
+situacin del millonario. Cmo viva en su casa? Era feliz?...
+
+Snchez Morueta slo supo hablar de su mujer.
+
+--Es un ngel... un verdadero ngel. Debas ver cmo me cuida, de qu
+cario me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es ms que
+deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro
+hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que
+descansa despus de una marcha forzada; no me atrevo moverme.
+
+Pero, pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la
+fragilidad de aquella paz que le envolva, y temiese romperla con el ms
+leve movimiento.
+
+--Y _aquello_?--pregunt misteriosamente el doctor.--Se olvid ya por
+completo?...
+
+El hombrn palideci como si despertase junto un peligro hizo un
+movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las
+palabras de su primo. No deba recordarle _aquello_: le causaba
+vergenza y repugnancia.
+
+Ya no pudieron hablar ms. Entr doa Cristina, pero esta vez seguida de
+su hija y Urquiola. Despus de despedir las amigas, se trasladaban al
+despacho para sentarse en torno de Snchez Morueta, interponindose
+entre l y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos
+primos.
+
+Deba ser esta irrupcin obra de doa Cristina, dispuesta hacer
+comprender rudamente al mdico su deseo de cerrarle para siempre las
+puertas de la casa. Aresti vea los ojos de los tres, fijos en l, como
+si le dijeran: Qu haces aqu? Vete: t no eres de los nuestros.
+
+El millonario acoga con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban
+ l, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba su primo con
+satisfaccin. Cmo le queran! eh? Cmo sentan la necesidad de no
+dejarlo solo, resarcindole de la antigua frialdad! Oh, la familia!...
+
+Hasta Urquiola alcanzaba su gratitud. No poda permanecer indiferente
+con aquel muchachn que le llamaba to boca llena, extendiendo l su
+lejano parentesco con la seora. Adems le protega en sus deseos de
+enfermo. Cuando doa Cristina, atendiendo las indicaciones del mdico,
+le ocultaba los cigarros, Urquiola buscbalos, y, echando broma la
+prohibicin, obsequiaba al to.
+
+Aresti sonrea ante la solicitud de aclito respetuoso con que mimaba
+Snchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que
+le ofreca una cerilla, apenas se apagaba entre sus dbiles dedos el
+cigarro con que le haba alegrado poco antes.
+
+Doa Cristina miraba al joven, que pareca indeciso, no sabiendo cmo
+iniciar la realizacin de algo que haba prometido. Al fijarse Urquiola
+en el libro que asomaba un bolsillo del millonario, habl del mrito
+de la obra.
+
+--Le gusta usted, to? Verdad que es muy _profunda_? Pues el segundo
+tomo todava es mejor.
+
+Y antes de que el to pudiera contestar, Urquiola se dirigi Aresti,
+como si slo por l hubiese hablado del libro. Era una de las obras ms
+notables que se haban publicado en el siglo: las _Respuestas las
+objeciones ms comunes contra la religin_ del Padre Segundo Franco, un
+jesuta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por
+tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa
+ciencia, que no es ms que soberbia, sus embustes contra la Inquisicin
+y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como
+crmenes. Al que lo lea no le quedaba otro remedio que convertirse.
+Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus pginas,
+con esa fuerza de razonamiento que slo poseen los Padres de la
+Compaa. El que an estaba en el error era porque no conoca el libro.
+
+--Usted deba leerlo, doctor--dijo con impertinencia el abogado de
+Deusto.
+
+Aresti conoca la obra. Recordaba haber hojeado, cuando viva en casa de
+las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se
+probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier
+vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irrit:
+
+--Joven--dijo con gravedad desdeosa,--hace muchos aos que leo lo que
+mejor me parece, sin necesidad de consejero.
+
+Snchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su
+primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.
+
+Pasaron en silencio un largo rato. Doa Cristina y su sobrino seguan
+mirndose. Parecan dispuestos hostilizar al doctor, exasperarle,
+buscando un rompimiento para que no volviese ms a la casa. La seora
+animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusin con el
+mdico.
+
+Urquiola habl de la gran peregrinacin la Virgen de Begoa, que
+preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de
+Septiembre. Mucho haba costado de organizar, pero sera una fiesta tan
+hermosa como la de la Coronacin; un alarde de la Vizcaya religiosa y
+honrada que quera ser libre y volver sus antiguos tiempos de
+grandeza.
+
+Aresti se haba impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus
+enemigos; pero senta agitarse su carcter batallador y rebelde ante el
+abogado, cuyas palabras le irritaban.
+
+--Y qu tiempos fueron esos?--pregunt irnicamente.
+
+Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella
+oratoria ruidosa que tantos xitos le haba valido en los ejercicios
+literarios de Deusto, acometi impetuosamente. Pareca imposible que un
+vizcano hiciese tal pregunta! Qu tiempos haban de ser? Los del
+Seoro; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los
+_Jaunes_ prudentes y valerosos; cuando la mala peste del _maketismo_ no
+haba an invadido la santa tierra del rbol de Guernica; cuando los
+vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacan morder el polvo
+los espaoles, del mismo modo que siglos despus, en nuestra poca, sus
+descendientes haban derrotado los _guiris_ y los _ches_ de pantalones
+rojos que enviaba Espaa para acabar con los ltimos restos de sus
+libertades.
+
+Aresti sonri con desprecio. Ya haban salido Padura y las otras dos
+batallas contra los castellanos! Dichoso pas aquel, tan falto de
+historia que tena que inventarla, dando la importancia de glorias
+nacionales tres miserables combates de horda, all en los tiempos de
+Mari-Castaa; tres contiendas peazos, golpes de cachiporra y de
+hacha, un poco mayores nada ms que cualquier ria de romera.
+
+--No: Vizcaya no tiene apenas historia--continu el doctor,--y por esto
+posee la energa de los pueblos jvenes. Su grandeza empieza ahora; slo
+que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y est
+en la ra, en el puerto, en las ruinas y las fbricas, en los buques que
+pasean por todos los mares la bandera de su matrcula, en el esfuerzo
+colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para
+explotarla. Los vizcanos que en otros tiempos iban en sus barquitos
+la pesca de la ballena, valen ms, para m, que todos esos hroes
+cabelludos y zafios que en Padura gritaban _sabelian, sabelian sarrtu!_
+avisndose que deban herir con sus chuzos los espaoles en el
+vientre. Este es un pas que no ha dado en los tiempos pasados ms que
+obispos y marinos. Ahora despuntan los nicos hombres notables que puede
+producir esta raza con sus especiales condiciones. Ve usted ah mi
+primo que no suea con la gloria histrica, ni se preocupa de lo que
+pensarn de l en el porvenir? Pues es el verdadero hroe, el paladn
+moderno. Ha hecho l ms por la gloria de Vizcaya con sus empresas
+industriales, que todos aquellos _Jaunes_, sucios, barbudos y llenos de
+costras.
+
+Urquiola call, desconcertado ante este elogio su querido to,
+temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado
+la gloria de su nombre. Pero doa Cristina vino en su auxilio para que
+la discusin no quedase ahogada.
+
+--No te esfuerces, Fermn. Al doctor le importan poco las santas
+tradiciones de Vizcaya. Lo que l le molesta es ver todo un pueblo
+rendir homenaje nuestra santa Patrona, en la que l no cree.
+
+Aresti se encogi de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas
+fiestas: eran para l espectculos curiosos, en los que estudiaba el
+afn por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que
+experimentan la debilidad y la ignorancia. l daba su verdadero valor
+la manifestacin del prximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella
+lo de menos. La gran masa inconsciente subira al monte Artagn, con el
+deseo egosta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la
+direccin la llevaran los que soaban con la independencia vasca, y los
+jesutas, que insistan en sus alardes, temiendo la propaganda social de
+las minas y el espritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.
+
+Al or mentar los jesutas, Urquiola di un respingo en su asiento.
+Ahora se senta en terreno fuerte: era como si atacasen su familia. Y
+mir las dos mujeres, como invitndolas que presenciasen el gran
+vapuleo que iba dar al impo... Qu tena que decir de los jesutas?
+Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por
+dirigir las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San
+Ignacio, haban contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la
+revolucin religiosa, prestando los pueblos latinos la gran merced de
+evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que
+mantenan en toda su pureza el catolicismo. Y sabios?... l mismo
+conoca en Deusto un Padre que hablaba cinco idiomas...
+
+Aresti le interrumpi:
+
+--Yo conozco empleados de hoteles que poseen ms lenguas y sin embargo,
+el mundo ingrato no ensalza su sabidura.
+
+Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese
+caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. l estaba all como
+apstol: quera aplastar al impo, de cuya ciencia hablaban con respeto
+muchos tontos. Y continu su apologa del jesuitismo, hablando de su
+fundacin, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya
+conoca l todas las calumnias lanzadas contra la orden. Mentiras de la
+masonera, que temblaba de clera y miedo ante los hijos de San Ignacio!
+Se hablaba de la rapacidad de los jesutas, de su codicia, de su afn
+por atesorar dinero. Embustes de los impos y de ciertas rdenes
+religiosas, rodas por la envidia, que no reparaban que al herir los
+ignacianos socavaban el ms fuerte cimiento del catolicismo. A ver!
+dnde estaban esos tesoros? Quin los haba visto?... Y aunque los
+tuvieran, qu? Como deca muy bien un Padre de la Compaa en uno de
+sus libros, el mundo nada perda con que fuesen ricos, pues dedicaban
+su dinero la instruccin levantando Colegios y Universidades. Tambin
+les echaban en cara el que slo buscasen el trato con los ricos y los
+poderosos, educando nicamente los jvenes de nacimiento distinguido.
+Y qu se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impos;
+hasta en el cielo hay jerarquas y los Padres se dedicaban al cultivo de
+los de arriba, de los que por su nacimiento su fortuna estaban
+destinados ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no
+podan evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo.
+Agarrndose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando
+los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenan el espritu
+religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los
+magistrados, los militares, afirmando el porvenir ms slidamente que si
+buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto dejarse
+engaar por absurdas propagandas...
+
+Ah, el populacho! Con qu asco hablaba Urquiola de la masa sin
+voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida
+ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebao, que en los
+conflictos de la miseria se revolva contra los sacerdotes y
+especialmente contra los jesutas. Si surga una huelga, apedreaban los
+conventos de la Orden; si al ir en manifestacin por la calle vean un
+cura, lo silbaban y lo perseguan; en sus mitins, cuando queran
+insultar uno de sus opresores, le llamaban jesuta. Qu dao podan
+hacer los Padres toda aquella gente que peda aumento de jornal
+menos horas de trabajo? No tenan minas ni fbricas, no eran dueos de
+empresas industriales, no explotaban al trabajador, por qu, pues, iban
+contra ellos? No era natural que dejasen en paz los sacerdotes y se
+lanzaran nicamente contra los ricos? A qu mezclar la religin en las
+cuestiones del trabajo?...
+
+Y el abogado miraba Aresti con superioridad, seguro de haberle
+aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que,
+por defender sus maestros, atacaba Snchez Morueta.
+
+El doctor sentase irritado por el aire de triunfador que tomaba el
+joven ante las dos mujeres, las cuales parecan admiradas de sus
+palabras. Arroj de su nimo todo escrpulo de prudencia, sinti el
+deseo de escandalizar su devota prima, de exponer sus ideas sin
+consideracin alguna, cerrndose para siempre las puertas de aquella
+casa. Le queran echar, pero l se ira antes!... Y habl con una
+calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su
+pensamiento.
+
+A l no le extraaba que el ejrcito de la miseria, en sus protestas y
+rebeldas, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, pesar de que
+stos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los
+directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma la clase
+superior; la moldeaban su gusto. Los tiros de los desesperados, no
+iban, pues, mal dirigidos. Parecan en el primer momento caprichosos y
+locos, errando la ventura, pero en realidad heran al verdadero
+enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de
+la desesperacin dnde estaba la causa de sus males. La sociedad tena
+por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos poda ser
+oportuna, pero que haba fracasado al contacto de la vida moderna.
+
+El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de
+modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el
+cristiano no da importancia una sociedad por la que pasa
+transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su
+verdadera vida est ms all de la muerte. Veinte siglos lleva de
+experiencia la moral cristiana y ha dado de s todo lo que tiene dentro.
+Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la
+tierra, dejndola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los
+oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida
+que nadie ha visto, encontrarn satisfaccin sus dolores. Su nica
+frmula clara es la de la fraternidad universal; ama tu prjimo como
+ t mismo, y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte,
+declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que
+nicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la
+tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el
+ser diablico al que hay que perseguir y exterminar.
+
+Urquiola y doa Cristina se miraban escandalizados.
+
+--Y la caridad?--grit el abogado. Y la sublime caridad de la moral
+cristiana?
+
+--La caridad!--contest el mdico sonriendo con sarcasmo.--Es el medio
+de sostener la pobreza, de fomentarla, hacindola eterna. Los
+desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el
+buscarla mientras pueden, viendo en ella una institucin degradante, que
+perpeta su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral
+cristiana.
+
+Recordaba la maldicin de Jess los ricos, su promesa de que les sera
+ms difcil entrar en los cielos que un camello por el agujero de una
+aguja. Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo Jess, reclamaban
+el peligro de ser ricos: todos se exponan sin miedo alguno las llamas
+del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin
+excepcin, deseaban ejercer la caridad, tomndolo todo para s, y no
+dando ms que aquello que juzgaban innecesario que no podan guardar.
+La caridad no influa para nada en el progreso de los humanos: antes
+bien, era un obstculo. No suprima la esclavitud, no trocaba las formas
+de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la divisin de
+los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se
+equivocaban al odiar una religin que exige al miserable que se resigne
+con su suerte y no reclama de los ricos ms que una caridad de la que
+ellos son los nicos jueces, pudiendo graduarla conforme su egosmo.
+Los desesperados vean que, as como amenguaba la fe abajo, era arriba,
+entre los ricos, donde la religin encontraba sus defensores, pesar de
+que su Dios los haba maldecido.
+
+Los privilegiados empleaban la religin como un escudo. Nada de esperar
+en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y haba que
+ir la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo poda ser
+feliz en su miseria con la esperanza del paraso despus de la muerte;
+dulce ilusin, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia
+le quieren arrebatar...
+
+As se expresaban los que tenan inters en que continuase en la tierra
+todo lo mismo, la sombra protectora de las creencias. Cmo no haban
+de indignarse los infelices contra una religin que les cerraba el
+camino de la justicia y el bienestar aqu abajo, para no darles ms que
+la quimrica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden
+sobornar con ddivas los sacerdotes?
+
+El cristianismo haba engaado al pobre, mantenindolo en su triste
+estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el
+carcelero espiritual que sostena durante veinte siglos el extremo de su
+cadena. Ya que haba llegado el instante de la revuelta sus y l!...
+Era el enemigo secular; los dems haban crecido su amparo... El odio
+ toda religin era instintivo all donde las masas obreras despertaban.
+Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie
+de funcionario invisible de la burguesa, al que retribuan los ricos
+sus buenos servicios, levantndole viviendas, derramando el dinero
+manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...
+
+Doa Cristina abanicbase furiosamente las mejillas enrojecidas. Qu
+horrores iba soltando aquella voz suave irnica que pareca
+acariciarla con profundos araazos?... Ahora se arrepenta de haber
+provocado al impo y haca seas Urquiola para que no le contestase.
+Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de all empujado
+por la sorda y desdeosa hostilidad de todos. Pero el discpulo de
+Deusto tema aparecer vencido los ojos de Pepita, interrumpa al
+doctor con exclamaciones burlonas con gestos escandalizados. Est
+loco: este hombre est loco. Aprovechando una pausa de Aresti, _coloc_
+la objecin que tena preparada. Criticar era fcil. Pero ya que el
+doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, deba decir cul
+era la suya.
+
+Aresti sonri, mirando con lstima al joven. Era posible que no lo
+entendiese: aquellas cosas no las enseaban en Deusto. Adems, una moral
+con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche la maana como un
+sermn de los padres de la Compaa. Bastante haba hecho el
+pensamiento moderno en menos de un siglo; y an estaba en la primera
+etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun as, su moral, una moral
+para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo
+de los humanos, tena forma.
+
+--Yo--dijo Aresti con sencillez--adoro la Justicia Social como fin y
+creo en la Ciencia como medio.
+
+Urquiola rompi rer con una carcajada insolente. La ciencia! La
+moderna ciencia de los revolucionarios y los impos! Ya saba l lo que
+era aquello. Y la defina con arreglo al libro de un Padre famoso de la
+Compaa. Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo _no_
+donde el catecismo dice _s_ y _s_ donde dice _no_, se tiene hecha y
+derecha toda la pretendida ciencia moderna. Urquiola se pavoneaba con
+esta definicin que converta el catecismo en centro de todos los
+pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los
+grandes hombres de la historia. Doa Cristina, creyendo que esta
+definicin tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.
+
+Pero el abogado no se fij en esta admiracin, enardecido por la
+proximidad de su triunfo. All quera l al doctor, Conque la ciencia
+poda servir de medio instrumento la moral?... En Deusto, aunque
+Aresti no lo creyera, tambin les enseaban algo de la ciencia moderna.
+Levantaban nada ms que una punta del velo que ocultaba este cmulo de
+impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas.
+l conoca un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero
+materialismo, incompatible con todo ideal, instrumento de toda
+desmoralizacin.
+
+El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba
+al alma: nada del Dios omnipotente que haba formado el mundo: nada de
+existencia espiritual despus de perecer la materia. Esta vida slo
+tena por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de
+podredumbre: polvo: nada. Como no exista otra vida, no existan
+castigos y todos podan hacer lo que mejor placiera sus instintos, sin
+miedo la clera de Dios. La bestia libre y sin sancin alguna! Ya que
+no haba que temer los castigos, para qu renunciar la satisfaccin
+de los apetitos? Por qu imponerse privaciones respetando los
+semejantes?... A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que
+contenan sus pasiones por la esperanza del cielo el miedo al
+infierno! Los fuertes deben aplastar los dbiles: los dbiles deben
+apelar la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie
+hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigir cuentas cuando volvamos
+ confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el
+crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea
+posible, sin escrpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.
+
+--Es esta su moral, doctor--preguntaba irnicamente el abogado.--No es
+esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...
+
+Las dos mujeres mostraban su admiracin por Urquiola con miradas de
+lstima al mdico. Hasta Snchez Morueta, que permaneca con la cabeza
+baja, como molestado por una polmica cuya intencin adivinaba, levant
+los ojos fijndolos con cierta extraeza en el abogado. Aquel muchacho
+no se expresaba mal. Ya no le crea tan necio, y pensaba si su mujer
+tendra razn al elogiar sus cualidades.
+
+Aresti acogi la sarcstica descripcin de aquella sociedad sin Dios,
+con rostro impasible. Si la religin era un freno para los apetitos y
+las violencias por qu la criminalidad era ms frecuente en los pueblos
+atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? Cmo era
+que los mayores crmenes de la historia haban coincidido con los
+perodos en que el entusiasmo religioso era ms ardiente?
+
+El mdico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de
+moralidad y el crimen slo son resultados de la incultura de una
+regresin parcial del cerebro. Adems, de dnde sacaba Urquiola que
+porque no existiese una sancin divina para la moral, porque el hombre
+no sintiera el temor los castigos eternos, se haba de entregar la
+violencia atropellando sus semejantes? El hombre de mentalidad
+desarrollada, saba que aunque condenado por la naturaleza
+desaparecer, no por esto desaparecera la humanidad de la que forma
+parte. Slo el ser inculto y brutal, con el egosmo de la ignorancia
+poda incurrir en tales crmenes. Slo podan pensar as los pobres de
+inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los
+que no ven en el mundo nada ms all de su propia individualidad
+egosta; los que slo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la
+vida eterna, y s hacen algn bien es con la idea de que giran una letra
+sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.
+
+Quedaban an muchos seres de una mentalidad limitada, semejante la de
+los hombres primitivos, que slo se preocupaban de sus personas ,
+cuando ms, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si
+su individualidad fuese el centro del universo, no interesndole ms que
+lo que ve y lo que toca. Esos, en su egosmo, tienen tal concepto de la
+importancia de su persona, que necesitan que sta se perpete despus de
+la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos
+inventados por las religiones.
+
+El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la
+humanidad tanto ms que de la de su individuo. Sabe que es un
+componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga
+su especie, est seguro de que su pensamiento vivir an despus de
+haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus
+sentidos. Tiene la inteligencia ms desarrollada que los rganos
+animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no
+duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la
+necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena accin.
+En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste
+(deseo egosta que ningn beneficio proporciona los dems), desea
+sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando sta la parte
+de bienestar felicidad que puede contribuir con el trabajo de su
+vida. Qu moral ms generosa?... El ensueo individual y egosta de un
+cielo falso intil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal
+colectivo, que est de acuerdo con su razn y le procura las ms altas
+satisfacciones morales.
+
+--Hacer el bien los semejantes--continu Aresti--sin esperanza de
+recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impos modernos, los
+hombres del _materialismo_, es ser ms idealista que el devoto que
+compra su parte de paraso con oraciones que no remedian ningn mal de
+la tierra.
+
+El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las
+religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se
+desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. Cmo poner al mismo
+nivel al egosta crdulo que con unos cuantos sacrificios y
+mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegra en el cielo, y
+al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni
+en el agradecimiento de divinos fantasmas, nicamente por la alegra de
+socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos
+los que tripulan el barco errante de la Tierra!... As haban procedido
+siempre los grandes mrtires y los genios. Era la moral de los hroes de
+la humanidad: en otros siglos se haba mostrado aislada, pero ahora iba
+generalizndose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmacin de
+la conciencia colectiva.
+
+Doa Cristina y su hija miraban con extraeza al doctor sin hacer el
+menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello
+eran _filosofas alemanas_, monsergas confusas que haban inventado los
+impos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en
+Dios y seguir lo que la Iglesia ensea. Ay, si estuviera presente el
+Padre Paul, que tan soberanas palizas soltaba desde el plpito los
+_filsofos_!...
+
+Urquiola ocult con una sonrisa de superioridad desdeosa la turbacin y
+desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello
+no le haban hablado en Deusto ni una palabra, y colrico por lo que
+consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos
+electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de
+Snchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestin
+personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral
+cristiana, hubiese atizado unos cuantos puetazos al impo, luciendo
+ante las seoras sus energas de apstol.
+
+Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no poda callarse. El sofisma
+religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin ms consuelo que la
+esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las
+inteligencias modernas. La moral no consista, como la proclamaba el
+cristianismo, en achicarse, en recogerse en s mismo, en amputar los
+naturales instintos, en hacerse pequeo para pasar por el camino
+estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en
+amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egosmo de un
+individuo, sino la comunin con las aspiraciones colectivas de la
+humanidad. El hombre moderno no deba perder el tiempo preguntndose
+sobre el origen del mal si la naturaleza est corrompida por el
+pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastbale
+saber que la naturaleza, buena mala, se modifica transforma por el
+trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo
+y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como nico gua el
+esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.
+
+El hombre estaba condenado hacerlo todo por s mismo, sin la esperanza
+de fantsticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser
+hombre era glorioso y duro. Slo poda contar con un apoyo: la Ciencia.
+El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolucin
+incesante de las sociedades, modificaban la concepcin de la vida y de
+sus fines. El hombre moderno, valindose de la crtica, tena una idea
+justa de los lmites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de
+humildad. No pretenda conocer lo absoluto ni el origen de las cosas.
+Pero es que las religiones las conocan tampoco? Eran racionales las
+explicaciones de los que crean en una Providencia amparadora de la
+injusticia, y en un plan de creacin ideado por unos hebreos nmadas
+ignorantes?
+
+En cambio, el hombre conoca mejor, gracias la ciencia, el mundo que
+le rodeaba. Si no saba la causa primera de muchos fenmenos, haba
+descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser
+siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la
+tena sus rdenes, hacindola trabajar para su comodidad y sustento.
+Ante l se abatan obstculos que parecan eternos: la mecnica
+aprovechaba las fuerzas naturales; modificbase la faz de la Tierra:
+suprimase el espacio al acortar las distancias, y el planeta pareca
+empequeecerse, hacindose cada vez ms confortable, como una habitacin
+dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus
+necesidades.
+
+El hombre ya no quera fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios,
+el fantasma bondadoso terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco
+poda tolerar la moral cristiana, basada en la resignacin y en la
+abstencin. Esta moral no era ms que un arte de mutilar la vida bajo el
+pretexto de guardar sus formas ms altas, sea las espirituales.
+
+--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--deca el
+mdico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna
+la compaa de los hombres, sabiendo que no existen los ngeles, y los
+acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto
+y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y
+hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No
+mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la
+realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que
+salva el alma, empua los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha,
+suda en su eterna batalla con el sueo por transformarlo y embellecerlo,
+pensando que las fatigas del presente sern buenas obras para la
+humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son,
+como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de ncar, cruzadas
+sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan Dios.
+
+Snchez Morueta contemplaba con admiracin su primo. Ah; su Luis!
+Que hombre!... Su pensamiento tmido y fluctuante sentase arrastrado
+por las palabras del mdico. Le entusiasmaba aquella apologa de la
+actividad universal. l era un sacerdote privilegiado y feliz del
+trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban
+contra l, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfaca que
+la ensalzasen.
+
+La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su
+sobrino, el cual no poda asir muchas de las ideas del doctor. Con su
+instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversacin,
+queriendo auxiliar Urquiola.
+
+--No entiendo esa moral--dijo Aresti con voz ruda.--Nada me importa:
+esa queda para... sabios como t. Nosotros, los brutos, nos contentamos
+con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz la
+humanidad, por qu no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...
+
+Y hablaba con sorda clera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba
+al visitarla, recordando el pasado. Se vea en una situacin difcil, ni
+soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultndolo casi, para
+que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separacin. Y
+doa Cristina se indignaba al decir esto. Qu haba de ser ella! Tan
+buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ngel...
+
+--A eso conduce vuestra moral--aadi con dureza.--A hacer infeliz una
+pobre criatura, buena como una santa.
+
+Aresti call. Pareca atolondrado por la injusticia del ataque. l,
+convertido en verdugo de un ngel! Y aquel ngel era su mujer, y
+Cristina le echaba en cara su crimen despus de haber visto la aspereza
+humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefiri acoger en
+silencio el ataque, sin ms protesta que un encogimiento de hombros.
+
+Pero la de Snchez Morueta no quera verle as. Una voz lanzada, senta
+un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento
+ruidoso y que no volviese.
+
+--Ya que no crees en nada de la religin--dijo tras una larga pausa, con
+una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creers en Jess... Qu es
+para t nuestro divino redentor?
+
+Con qu alegra habl Aresti, lentamente, con voz suave incisiva,
+como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos
+ojos azules que le miraban con desprecio!...
+
+--Jess?... Fu un gran poeta de la poesa moral. Yo amo su recuerdo
+con la ternura de la compasin, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su
+sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicndolas y
+practicndolas al revs. Su asesinato fu una conspiracin de las
+autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos
+que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.
+
+Doa Cristina psose de pie con nervioso impulso. Haba escuchado las
+explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta
+calma, pesar de que adivinaba ataques al cielo y Dios. Pero esto de
+ahora iba contra Jess; y la indignaba, ms an que si hubiesen negado
+su existencia, aquello de llamarle poeta. El hijo de Dios un poeta!
+Para una millonaria era este el ms refinado de los insultos.
+
+--Has odo, Pepe?--grit mirando su esposo.--Y t consientes estas
+atrocidades en tu casa?
+
+Los ojos tmidos de Snchez Morueta iban de su mujer su primo, como
+asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.
+
+--Me voy--sigui gritando doa Cristina al ver la indecisin de su
+esposo.--No quiero escuchar ms este hombre.
+
+Y dirigindose Pepita, aadi:
+
+--Nia, vmonos. Bastantes atrocidades has odo. Dale gracias tu
+padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.
+
+Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levant, dudando un
+momento entre seguirlas acometer al doctor. Aquel era el momento de
+presentarse como un paladn de la fe, de hacer la cuestin personal en
+nombre de Jess y que se tragara el mdico puetazos aquello de
+poeta, que no le indignaba l menos que doa Cristina. Pero le
+inspiraba gran respeto la presencia del millonario, tema disgustar _al
+to_ y acab por marcharse en busca de las seoras.
+
+Quedaron largo rato Aresti y Snchez Morueta, con la cabeza baja, como
+anonadados por el incidente. El doctor fu el primero en romper el
+silencio.
+
+--Pepe, adis--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo
+una mano su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer y t consientes
+eso? Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.
+
+--No te vayas as!--exclam el millonario con ansiedad.--De seguro que
+ests enfadado; adivino que no vas volver. No rias conmigo: Cristina
+es as, y qu voy yo hacerla? T mismo lo has dicho. La familia... la
+paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y
+las mujeres hay que respetrselas. La verdad es que t tambin has
+estado fuertecito...
+
+--Adis, Pepe--volvi repetir el mdico, abandonando aquella manaza
+que ahora caa dbil y sin voluntad.--Que seas muy feliz.
+
+--Pero nos veremos, eh? Vendrs verme al escritorio?... Esto pasar:
+ya sabes que otras veces tambin habis regaado...
+
+--Adis, adis.
+
+Y el doctor Aresti, sin escuchar su primo, que le segua formulando
+excusas, sali de all, con la conviccin de que dejaba muerto sus
+espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco
+fraternal y perda lo ltimo que le restaba de su familia.
+
+
+
+
+IX
+
+
+A mediados de Agosto se inici una agitacin de protesta entre los
+obreros de las minas.
+
+Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor
+Aresti, hablaban de los sntomas de rebelin en las aldeas de la cuenca
+minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,
+afirmando que los capataces eran los verdaderos dueos, y que el obrero
+que no se surta de vveres en ellas era despedido del trabajo. En
+Pucheta, que era donde vivan los ms levantiscos, haban ido
+navajazos un da de paga, por negarse dos trabajadores satisfacer su
+deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un
+gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistiran todos los
+mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su
+peticin en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la
+msica los domingos, hablaran los amigos del pueblo, aquellos obreros
+de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban la
+propaganda de las doctrinas socialistas y la organizacin de las
+fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebelda, los
+representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayora
+taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de
+las teoras revolucionarias.
+
+El _Milord_, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de
+los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en
+la faja, y los que no se atrevan maltratar los peones por miedo
+sus venganzas de gato, le infundan mucho miedo. Ellos eran la
+vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo los hombres
+con sus audacias, hacindolos ir ms all de lo que se proponan.
+Algunas veces haban osado apedrear de lejos la guardia civil, cuando
+en vsperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la
+montaa. Ahora, el _Milord_ hablaba con terror de frecuentes robos de
+dinamita en los depsitos de las canteras. Los cartuchos deban
+ocultarlos los pinches en previsin de lo que ocurriera. Buena se iba
+armar!...
+
+Al atrevimiento de los muchachos haba que aadir la clera estrepitosa
+de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de
+los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda
+circulacin de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ra,
+y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques
+inactivos esperando una carga que no llegara nunca.
+
+--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de
+Inglaterra.--Esto va ser la muerte de las minas.
+
+Para darse cuenta de lo crtico de la situacin, bastaba ver que los
+peones gallegos tomaban el tren y se iban su pas. Aquellos hombres
+eran capaces de rebelarse por su inters personal, pero apenas
+presentan protestas colectivas, escapaban asustados hacia su pas. Las
+huelgas les olan poltica, algo peligroso en que no deban
+mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los
+compaeros, deslizbanse prudentemente hacia su tierra, con el propsito
+de volver cuando todo pasase, aprovechndose entonces de las ventajas
+que los otros pudieran conseguir.
+
+--Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al _Milord_ y otros
+contratistas.--No es justo lo que piden? Qu menos pueden reclamar que
+el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...
+
+Los contratistas torcan el gesto, excusndose en la inercia de las
+costumbres. Eran los seores de la villa, los mineros ricos, las
+empresas extranjeras, los que deban dar el ejemplo. Ellos lo antiguo
+se atenan. Adems, el miedo la huelga no causaba gran impresin en el
+fondo de su nimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco
+perderan; el mineral no iba desaparecer en las canteras; aguardara
+que fuesen arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro.
+Tenan para vivir, y se rendiran antes que ellos los que necesitaban
+el jornal para no morirse de hambre.
+
+El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor
+del rebao rebelde. No haba religin, cada vez se entibiaba ms la fe,
+y as andaba todo de perdido. La propaganda diablica de los obreros de
+Bilbao haba llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaa.
+
+--Ya mueren aqu las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen
+perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al
+cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de
+badulaques que se pirran por molestar la Iglesia asistiendo eso que
+llaman actos civiles. Seores... entierros civiles en las
+Encartaciones! Quin poda figurarse que veramos esto?...
+
+Y el cura insista en lo de los entierros, como si de todos los actos de
+hostilidad indiferencia para la religin, fuese este el ms
+escandaloso y que ms profundamente hera su pudor de sacerdote.
+
+A pesar de la agitacin obrera, los amigos de Aresti sentanse atrados
+por otro asunto, del que hablaban con gran inters en sus francachelas
+nocturnas.
+
+Exista pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos
+los notables de Gallarta. El _Chiquito de Cirvana_, el barrenador
+famoso, haba recibido una especie de reto de un desconocido de
+Guipzcoa, para que midiese sus fuerzas con l. El encuentro deba
+verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de
+all hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no
+fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentndose en Azpeitia
+al lado de su barrenador.
+
+Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. Vaya si iran! Y
+menuda paliza les aguardaba los guipuzcoanos pretenciosos! Atreverse
+con el _Chiquito de Cirvana_, que era la gloria ms grande de las
+Encartaciones! Miles de duros apostaran ellos contra las pesetas que
+pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipzcoa, que vivan del miserable
+cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los
+detalles de la apuesta, con arreglo lo convenido por cartas y hasta
+por mensajeros, con los lejanos enemigos. El prximo domingo sera la
+lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el nmero de perforaciones
+que los dos barrenadores haran en la piedra y la duracin de la
+apuesta.
+
+Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar ms que
+en este desafo de destreza y vigor. Era la apuesta ms famosa de
+cuantas haban concertado aquellos hombres, en su afn de arriesgar al
+dinero que con tanta facilidad llegaba sus manos.
+
+En esta lucha se interesaba el espritu de clase y el patriotismo.
+Vizcanos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra
+aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las
+canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos
+artistas.
+
+Al aproximarse el da de la lucha, mostraban los contratistas los fajos
+de billetes de Banco, con los que haban de anonadar los _pobres
+cuitados_ de Guipzcoa. El _Chiquito de Cirvana_ era vigilado y mimado
+como si fuese una tiple hermosa. No iba las minas, y acompaaba por
+las noches los contratistas, preocupndose todos ellos de lo que coma
+y beba.
+
+--Cmo va ese valor?--le preguntaban tentndole los brazos duros y
+elsticos, que parecan de acero, pasndole las manos por el pecho con
+una suavidad casi femenil, golpendole el trax y complacindose en su
+resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el _Chiquito_ se dejaba
+agasajar con sonrisa de dolo, irguiendo su pequeo cuerpo de msculos
+recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle
+el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.
+
+Ganara, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa
+victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacan beber champagne, mucho
+_Cordn Rouge_, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su
+superioridad sobre aquel rival que slo conocera la dulzona _sangarda_
+de sus montaas.
+
+Los contratistas obligaron al doctor Aresti que les acompaase
+Azpeitia. Ellos no gozaran la victoria por completo de no presenciarla
+su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos
+admiradores rudos y entusiastas, no poda separarse de ellos, acab por
+ser de la partida. En fuerza de orles hablar de la apuesta senta
+inters por ella.
+
+Era el nico que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia deba conocer
+el trabajo del _Chiquito_. Los de Gallarta, en cambio, no saban quin
+era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba
+el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su
+barrenador.
+
+Aquello pareca una encerrona: haba que ser prudentes. Pero los amigos
+del doctor le contestaban con risas. Dejarse vencer el _Chiquito_?... Y
+como prueba de su confianza, enseaban de nuevo los fajos de billetes.
+Ms de cincuenta mil duros iban apostar entre todos, si es que los de
+Azpeitia tenan redaos para hacerles cara. Haba que correrles,
+echndoles el dinero las narices; as aprenderan no ir otra vez con
+retos los bilbanos de las minas.
+
+La partida, el domingo al amanecer, fu casi una espedicin triunfal. El
+_Chiquito_ haba salido el da antes con varios de sus admiradores para
+estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron
+despus con el doctor eran los ms respetables, y llevaban con ellos el
+convoy de la expedicin, enormes cestos de fiambres encargados los
+mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de
+cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsin.
+Slo en Bilbao se saba comer: lo dems era tierra de salvajes, pas de
+pobreza donde mora uno de hambre de asco, aunque fuese persona de las
+que _tienen cartera_.
+
+Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Haba
+comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de
+caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las
+calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas
+mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si
+fuesen de una raza distinta, los arrogantes mineros, que se llamaban
+gritos y se abran paso reclamando el auxilio del alguacil, nica
+autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin ms arma que
+un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada los cultivos de
+escaso rendimiento de la montaa, admiraba los ternos nuevos y lustrosos
+de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro
+sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de
+uas chatas, abrumados por enormes sortijas.
+
+Eran los forasteros, los ricachos que llegaban la fiesta llevando una
+verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba
+con fijarse en las miradas que lanzaban las gentes y las casas, con
+altivez de magnates que descienden mezclarse en una diversin
+campestre. Y entre aquellas mseras gentes estaban los que haban osado
+desafiarles?... _Pobres cuitados!_
+
+Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos los balcones de
+la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en
+primera lnea, junto la cuerda que marcaba un gran rectngulo limpio
+de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los
+juegos. All se hacan las apuestas de ltima hora entre los empujones
+de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenan
+delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujn
+formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba
+que se levantase en alto el mimbre alguacilesco que se movieran las
+boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al
+momento se iniciase un retroceso, quedando inmvil el gento.
+
+Aresti, desde un balcn, vea cuatro masas obscuras de boinas,
+encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros
+arrastraban penosamente unas piedras ms grandes que las muelas de un
+molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrs de ellos la tierra
+profundamente aplastada.
+
+La alegra de los ejercicios fsicos, el enardecimiento ruidoso de las
+fiestas de la tuerza, agitaba al gento. Tiraban los bueyes penosamente,
+como si fuese estallar la testuz bajo el yugo, esforzndose entre los
+gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por
+sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirn, avanzaba
+algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se
+hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza las
+abrumadas bestias.
+
+Era una diversin de raza primitiva, de pueblo en la infancia que an no
+ha llegado la vida del pensamiento y admira la fuerza como la ms
+gloriosa manifestacin del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan
+con el trabajo fsico, haca del vigor un culto, converta en diversin
+los alardes de resistencia de los ms fuertes, admiraba como hroes
+los grandes partidores de lea los expertos barrenadores, y para dar
+carcter de fiesta todos los esfuerzos del msculo en el diario
+trabajo, asociaba sus juegos al buey, manso y sufrido compaero de la
+miseria campestre.
+
+El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo,
+recordaba las fiestas griegas, embellecidas al travs de los siglos por
+el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos,
+de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos
+Olmpicos.
+
+--S; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de
+corral y el guila, porque las dos se cubren de plumas.
+
+Cansado del montono espectculo que ofrecan los bueyes, tirando entre
+el clamoreo del gento que no se fatigaba del largo plantn, el doctor
+se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.
+
+Vea Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincn del territorio
+vasco, que slo de lejos rozaba la va frrea, y en el cual parecan
+haberse refugiado el espritu y las tradiciones de la raza. Aquella
+tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle,
+estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de casern-palacio
+tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de
+aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunan los
+comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra,
+cuando haba que elegir un nuevo General de la Orden, pareca proyectar
+su sombra sobre el valle y las montaas, formando los pobladores su
+imagen.
+
+Aresti vea en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de
+San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que
+se consideraban como signos caractersticos de una personalidad famosa,
+resultaban comunes toda una raza.
+
+El mdico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenan
+las formas ms pronunciadas que las hembras vizcanas, con algo de
+voluptuoso y mrbido que haca recordar el ttulo de Andaluca vasca,
+que muchos daban Guipzcoa; pero en su mirada haba una expresin
+varonil y enrgica que haca pensar en las fanticas heronas de la
+Vende. El odio al _guiri_, al espaol de pantalones rojos llegado de
+las ms lejanas provincias para expulsar al rey legtimo, pasaba como
+una herencia de generacin en generacin. Todos los hombres de edad
+madura que ocupaban la plaza haban vestido, seguramente, el capote de
+los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montaas, con
+su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.
+
+Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fbricas de armas, liberal y
+poco religiosa, estaba prxima, y, sin embargo, pareca al otro extremo
+del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen
+infranqueables.
+
+Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del
+Corazn de Jess. Era el nico signo exterior de religiosidad: ni
+alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos
+donde flaquea la devocin y la verdad divina tropieza con enemigos. En
+todo el valle pareca sobrevivir el espritu religioso, tranquilo y
+confiado, de la Edad Media, la poca que menos se preocup de la fe, por
+lo mismo que an no haban levantado la cabeza la duda y la impiedad.
+Mostrarse el espritu de rebelin en una tierra que haba pisado el
+bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que slo el
+suponerlo hubiera hecho rer a aquella gente taciturna, orgullosa de
+haber dado al mundo un santo de fama universal.
+
+Pasado medio da, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparram
+el gento por la poblacin. Lo ms interesante de la fiesta, las luchas
+de los _aizkoralaris_ partidores de lea y la apuesta de los
+barrenadores, quedaba para la tarde.
+
+Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando los
+del pas con los taponazos del champagne y la exhibicin de las carteras
+repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado
+desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atradas por la
+fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti haba salido a la calle
+huyendo de la atmsfera posada del casino, cargada de gritos y nubes de
+tabaco. Vea llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas
+por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta,
+guindola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con
+la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre
+como un fusil.
+
+Cerca de la plaza, vi el mdico que la gente se detena ante una
+taberna, formando compacto grupo y mirando lo alto. En un balcn
+cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina pareca tocar el
+alero. En la calle se haba hecho espontneamente un gran silencio, y el
+viejo, inmvil y grave, segua su canturria con cierta seriedad
+sacerdotal. Cuando termin su ltima estrofa en vascuence, con una
+entonacin aguda, todo el concurso prorrumpi en risotadas, que
+contrastaban con la gravedad del cantor. Pero an no se haba extinguido
+la carcajada del pblico, cuando son una nueva voz ms aguda y
+estridente desde el balcn de otra taberna, y Aresti vi un jayn que
+cantaba como si contestase al viejo, mientras ste le escuchaba sin
+pestaear, preparando mentalmente la contrarrplica.
+
+El doctor conoca aquellas gentes. Eran los _versolaris_, los
+trovadores uscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesa
+floreca en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos
+campesinos que no saban leer, pero que mostraban cierto ingenio y una
+gran facilidad de improvisacin. Sus versos slo tenan de tales las
+rimas, con una completa ausencia de sentimiento potico. Lo que la
+muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satrico, lo grotesco del
+chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de
+viva voz, un _versolari_ iniciaba el tema, seguro de que al momento
+surgira la contestacin de sus rivales; y as, prolongndose el
+razonamiento de unos otros, agarrando cada cual el hilo de la
+interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacan pasar al
+pblico embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenan de sus
+versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de
+fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las
+grandes ciudades.
+
+Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo nio que rea las gracias
+de los _versolaris_ y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de
+producir la ms leve impresin en un hombre de la ciudad. En esta sana
+alegra encontraba el mdico la gravedad del hombre del campo, su alma
+sobria la que basta la ms insignificante broma para alegrarse. Eran
+espritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento
+divertanse con cualquier cosa. Saban que los _versolaris_ eran
+graciosos por tradicin y esto bastaba para que todos rieran aun antes
+de comprender sus palabras.
+
+El doctor observaba una vez ms el carcter de la poesa entre los
+hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los
+versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la
+tristeza de la partida y la alegra del retorno, celos y desesperacin,
+ se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la
+belleza de los campos, la majestuosa serenidad que desciende del
+cielo. Viviendo en la eterna monotona de las bellezas naturales, no ven
+en ellas nada de extraordinario, sintiendo con ms intensidad los
+sucesos que tocan de cerca sus personas. Tal vez son ciegos para la
+hermosura de la tierra, condenados luchar con ella eternamente,
+vencerla y violarla para sacar de sus entraas el sustento.
+
+Ms de una hora llevaban los _versolaris_ lanzndose razonamientos de
+balcn balcn. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre
+volva sus cabezas un lado otro, segn el sitio de donde parta la
+voz. Todos los trovadores reciban como popular homenaje las carcajadas
+del pblico, pero el que pareca triunfar era un viejo desdentado y de
+cara maliciosa, sacristn de una anteiglesia de Vizcaya que tena gran
+renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algn
+admirador sala al balcn ofreciendo el jarro su poeta, y ste,
+despus de largo trago, acometa con nueva fuerza sus canturrias.
+
+A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corri
+ ella la gente, oyendo el silbido del _chistu_, que haca locas
+escalas, acompaado por el montono baqueteo del tamboril. Los
+_versolaris_ se ocultaron. Iba comenzar la parte ms interesante de la
+fiesta.
+
+Los mineros bilbanos, rojos y sudorosos en su digestin de ogros,
+fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores
+sitios desafiando todos con sus retos. A ver! quin quera apostar?
+No haba que tener miedo por cantidad ms menos: _haba cartera_ de
+sobra para todos. Y exhiban ante la mirada atnita de los caseros,
+habituados la vida sobria y humilde de la montaa, aquellas riquezas
+en fajos de papel mugriento. Los ms acomodados del pas se acercaban
+ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que pareca implorar
+perdn.
+
+La fiesta comenz por la lucha de los _aizkoralaris_. Haban colocado en
+el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados
+en la tierra, para que no rodasen. Son de nuevo el _chistu_ y el
+_dambolin_, y salieron los partidores de lea, llevando al hombro sus
+hachas relucientes. Arrojaron un lado las boinas y alpargatas, y
+subindose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.
+
+Un rugido que equivala un aplauso, acogi sus primeros golpes. Los
+mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de
+toros de Bilbao. Protegan con su benevolencia aquellos partidores de
+lea, como gente humilde que en nada poda interesarles. En las minas de
+Bilbao no se partan troncos: poda, pues, concederse algn mrito como
+leadores aquellos rsticos.
+
+Las hachas suban y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas
+marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un
+golpe ms fuerte, ms certero, extendase por la plaza un rumor de
+aprobacin. El inmenso pblico adivinaba la marcha de los cortes sin
+necesidad de verlos. Habituados todos hacer lea en el monte, conocan
+los diversos ruidos de las hachas como si stas hablasen. Saban, por el
+crujido de la madera, lo que faltaba cada tronco para partirse. Alguno
+de los _aizkoralaris_ iba delante de los otros; les avanzaba por
+momentos; su corte se aproximaba rpidamente al fin: hasta que de
+pronto, un crujido especial, que no poda confundirse, hizo estremecer
+el gento hasta los ltimos lmites de la plaza. Acababa de partirse un
+tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinndose sobre la punta de
+los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quin
+era el vencedor.
+
+Salieron los leadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda,
+confundindose con el gento que comentaba los incidentes de la lucha, y
+otra vez son el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes
+arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el
+momento emocionante, la hora del suceso que haba atrado Azpeitia
+tanta gente. Iba comenzar la lucha de los barrenadores.
+
+La muchedumbre callaba como los grandes pblicos de las plazas de toros,
+cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero haca sonar sus
+instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso
+adelante, y casi rompi la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron
+al espacio libre.
+
+Todos queran ver los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su
+mirada por encima de los hombros que tenan delante.
+
+El barrenador guipuzcoano era un mocetn mofletudo, de ojos abobados,
+ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El
+_Chiquito de Cirvana_ se pavoneaba con la palanca al hombro,
+presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari clebre en
+la cancha, mirando las mujeres que ocupaban los balcones.
+
+--Ol, mi nio!--gritaban los mineros. _En el Chiquito!..._ Ahora se
+va ver lo bueno de las minas. Aqu _hay cartera_ para l!
+
+Y mezclando los gritos del pas con los que haban aprendido en las
+plazas de toros, arrojaban ms all de la cuerda sus boinas y sus
+carteras, pero llamando en seguida los chicuelos para que las
+recogiesen. El _Chiquito_ sonrea bajo la ovacin tumultuosa de sus
+protectores, viendo al mismo tiempo una seal de su triunfo en el gesto
+taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de
+todos los del pas, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se
+despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre
+las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que deban
+perforar. El trabajo durara dos horas: el que antes lo terminase
+llegase ms adelante sera el vencedor.
+
+Colocronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las
+piernas juntas y los talones tocndose. Entre los pies desnudos que
+formaban un ngulo, suba y bajaba la barra de acero abriendo el
+orificio. La ms leve desviacin, poda herirles, destrozarles un pie,
+con aquel hierro movido por herclea fuerza. Pero no haba que temer:
+sus brazos mostraban la regularidad de una mquina.
+
+Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos.
+Eran los padrinos que les asistan en la lucha. Se inclinaban y
+levantaban al mismo tiempo que ellos, doblndose al comps de los
+movimientos del perforador, sirviendo de pndulo que regulaba el vaivn
+del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compaero con sus gritos:
+rugan _haup! haup!_ al doblarse por la cintura, sealando cada golpe
+con esta exclamacin. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con
+los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban ms an
+que el barrenador.
+
+Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza.
+Dieron la seal los directores de la apuesta y en la plaza estall una
+aclamacin semejante la que acoge la partida de los caballos en una
+carrera. Despus se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el
+_haup! haup!_ de los acompaantes con una regularidad mecnica,
+interrumpidos algunas veces por el _brrr!_ de los barrenadores, que al
+respirar jadeantes, parecan escupir su clera sobre la piedra enemiga.
+
+Aresti sinti deseos de rer, viendo cmo se doblaban aquellos monigotes
+humanos que seguan con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes,
+fatigndose en un trabajo intil, para transmitirles su energa.
+
+Transcurrieron algunos minutos. El _Chiquito_ trabajaba ms aprisa que
+su rival. Suba y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la
+vea. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo
+movimiento; sus acompaantes no podan seguirle. Detvose un instante y
+cambi de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que
+pasaba la segunda perforacin, dando por terminado el primer agujero.
+Y su contrincante an estaba en el mismo sitio!...
+
+--Ol, _Chiquito_!--gritaron agitando sus manos cargadas de
+pedrera.--_Haup!... haup!_
+
+Y en discordante coro juntaban sus voces las de los dos vizcanos que
+servan de auxiliares su barrenador.
+
+La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotona de todos
+los espectculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate,
+entretena el aburrimiento de la espera comparando los dos
+contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del
+nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del msculo. El
+hombre-caballo frente al hombre-buey. El _Chiquito de Cirvana_,
+vehemente en su trabajo, dejaba atrs al enemigo con slo el primer
+arranque: el otro segua su marcha sin darse cuenta de lo que le
+rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase los que
+mugan junto su odo _haup! haup!_ l era quien reglamentaba los
+movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por
+ellos como lo haca su contrincante.
+
+En cambio, el _Chiquito_ detenase algunas veces, lanzaba en torno una
+mirada satisfecha, se escupa en las manos, y agarrando de nuevo el
+perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente an no se haba
+detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando
+la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.
+
+Pas una hora sin que ningn incidente alterase la marcha de la lucha.
+El guipuzcoano abra sus perforaciones, pasando de una otra sin
+levantar la vista. El _Chiquito_ le llevaba an un agujero de ventaja
+como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su
+alegra insultante. An admitan apuestas! Ofrecan un duro por cada
+peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban
+su asombro cuando vean aceptadas sus proposiciones por las gentes del
+pas. Qu zonzos! Y cmo iban perder el dinero!...
+
+La segunda hora de la lucha se desarroll en silencio. La gente pareca
+anonadada por la monotona del espectculo. La espera interminable
+embotaba los sentidos, dificultando toda emocin. Por esto no hubo
+gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenz
+iniciarse la ventaja del barrenador lento incansable, sobre el
+_Chiquito_ que haca temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.
+
+Aresti presenta este suceso desde mucho antes. El _Chiquito_ se detena
+ descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresin de
+triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habanse sucedido al lado
+de l varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el
+relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompaaban tenan que
+gritar _haup, haup, haup!_ con ms lentitud, esforzndose en vano por
+animarle y enardecerle, tirando de l con la palabra como si fuese una
+bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el ltigo, sin poder
+salir de su paso.
+
+El mdico senta angustia examinando los dos contendientes, con la
+cara plida, sudorosos, las piernas inmviles y como petrificadas, el
+busto en incesante vaivn, los brazos hinchados por el esfuerzo; y
+recordaba otros que haban cado en aquellas apuestas brutales,
+muertos como por un rayo, heridos en el corazn por el exceso de
+actividad.
+
+Los mineros miraban al barrenador rstico, y despus cambiaban entre s
+ojeadas de asombro. Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecan
+como si de golpe se alterase su digestin, ponindose de pie dentro de
+su estmago, todas las buenas cosas tradas de Bilbao y rociadas con
+_Cordn Rouge_. Presentan la posibilidad de la derrota: parecan olerla
+en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus
+enemigos.
+
+Algunos ms enrgicos se revolvan contra la posibilidad del fracaso.
+Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!...
+Renaca su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces
+con detalles de ruindad sus alardes de ostentacin. Haban apostado ms
+de ochenta mil duros, iban dejarlos entre las uas llenas de tierra
+de aquella gente? Cristo! Cmo se reiran de los mineros!...
+
+Los ms furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse los
+acompaantes del _Chiquito_, se colocaban ambos lados quitndose las
+chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivn, pesar de su
+corpulencia; mugan _haup, haup!_ con toda la fuerza de sus pulmones,
+como si con sus gritos pudieran hacer entrar ms adentro la palanca del
+barrenador.
+
+El _Chiquito_ cobraba nuevas fuerzas al ver junto l sus
+protectores, y parta en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado
+por nerviosa energa: pero el cansancio de los msculos tornaba
+imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran
+cosa.
+
+--Arrea, ladrn!--mugan sus ricos padrinos--Fuerza... porrones! Me
+caso con tu madre!...
+
+Y de este modo iban intercalando en el continuo _haup, haup!_ toda
+clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que
+hacan encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para
+caer de nuevo en el desaliento.
+
+Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El _Chiquito_ estaba en
+la mitad de un agujero y an le faltaba abrir otro. Su contendiente
+haba comenzado el ltimo sin apresurarse y sin descansar, lanzando en
+torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con
+el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.
+
+Los mineros ansiaban una catstrofe, un temblor del suelo, algo que les
+permitiese huir de all, sin encontrarse con los ojos de aquellas
+gentes. El silencio con que acogan su victoria molestbales ms an que
+los gritos irnicos de algunos forasteros, que parodiaban la
+fanfarronera de los bilbanos, ofreciendo un duro por un real, en favor
+del guipuzcoano.
+
+Termin la lucha sin la explosin de entusiasmo que esperaba Aresti. El
+gento se abalanz sobre el vencedor que miraba en torno de l con ojos
+de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna
+prxima.
+
+Busc el doctor sus compaeros y no vi ninguno. Haban desaparecido
+como evaporados por la derrota. Fuse en busca de ellos y encontr
+muchos en la puerta del casino subiendo los coches, con el deseo de
+huir de all cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En
+el desorden de la fuga parecan marchar tientas, sin fijarse en l.
+
+Dentro del casino encontr al _Chiquito_ tendido en una banqueta,
+envuelto en una manta, sudoroso y plido, con el aspecto de un nio
+posedo de terror. Frente l, an lanzaban sus ltimas maldiciones
+algunos de las minas.
+
+--Qu dice usted de esto, doctor?--preguntaron Aresti con
+desesperacin.
+
+Y el mdico sonri, levantando los hombros. Era de esperar: haban
+civilizado demasiado su dolo: lo haban hecho conocer el champagne,
+le haban arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro
+de su clase, recin salido de la cantera, forzosamente haba de ser el
+vencido.
+
+Todos ellos sentan la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena
+gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la
+banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le haban
+atiborrado todas horas.
+
+--Oyes, ladrn, lo que dice el doctor? Tu aficin al champagne.
+Estaras borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil
+duros, te enteras, sinvergenza? Ms de ochenta mil duros hemos perdido
+por tu culpa.... Por all no vuelvas: te mataremos patadas si apareces
+en las minas.
+
+Cada cual se alejaba, despus de desahogar su clera, con la
+precipitacin loca de la fuga, sin preocuparse de los compaeros, sin
+acordarse de invitar al doctor, con el egosmo de la derrota que borra
+toda amistad.
+
+El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompi llorar.
+
+--Don Luis! Don Luis!...
+
+Y su voz tena el mismo acento de splica infantil que los lamentos de
+los mineros cuando vean aproximarse el doctor las camas del
+hospital.
+
+Todo lo haba perdido en un instante. Adis comilonas y agasajos, el
+trato con los ricos, todo lo que le haca ser mirado con envidia por sus
+antiguos compaeros cuando se dignaba subir las canteras acompaando
+los contratistas! Era un hroe, un dolo y volva de pronto ser un
+trabajador.... Menos an, pues no encontrara un puesto en las minas. Si
+volva all seran capaces de matarlo: le aterraban como un
+remordimiento las grandes cantidades que haba hecho perder los
+seores.
+
+--Me ir--gema.--Cmo se burlarn ahora de m!... Me embarcar en el
+primer barco que salga para Amrica.
+
+Un grupo de gente del pueblo le interrumpi. Venan para llevarse al
+_Chiquito_: queran agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No
+deba entristecerse: ya haban visto todos que era un gran barrenador.
+Otra vez ganara l. Adems, la cuestin haba sido con aquellos seores
+tan fanfarrones: l no era ms que un _mandado_. Su contrincante le
+esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.
+
+Y se lo llevaron, rodendolo respetuosamente, como un testimonio de su
+gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.
+
+Aresti volvi la plaza. Comenzaba obscurecer; la gente se haba
+esparcido por las calles inmediatas, agolpndose las puertas de las
+tabernas. Los _versolaris_, cada vez ms ebrios, espoleados por el gran
+suceso, improvisaban rienda suelta, cantando el triunfo de los de la
+tierra, con alusiones los ricos de las minas, que provocaban el
+regocijo de los aldeanos.
+
+Iban alejndose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos
+de campesinos beban el ltimo trago con los del pueblo, antes de
+emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa
+lucha durante la velada en la casera.
+
+En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se
+haba reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un
+_aurresku_, la gran danza vasca que tena algo de rito primitivo. Un
+gil bailarn que era el conductor del _aurresku_ lo iniciaba con el
+paso solemne de la invitacin. Echaba la boina en tierra, y despus de
+pedir la venia al alcalde que presida el acto, se diriga con una serie
+de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, invitar
+en el corro la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No haba
+ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posicin
+social, se negase este honor. Aresti haba visto seoras de la
+rancia nobleza admitiendo el _aurresku_ con campesinos y marineros. Era
+una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer
+apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos.
+Ella no haca ms que completar el cuadro, mientras l, al son de las
+interminables escalas del pito, pareca hablar con los pies, con la
+mmica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y
+alardes inauditos de agilidad gimnstica, que recordaban Aresti las
+danzas de ciertas tribus vistas por l en el Jardn de Aclimatacin de
+Pars.
+
+El pblico elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero
+hablaba sus amigos en vascuence espaldas del doctor. Aquel
+_aurresku_ no le llamaba la atencin; l los haba visto danzados por
+reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto _aurresku_
+bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado
+para nadie, por ser la danza vascongada la ms honesta del mundo.
+
+Aresti, al cerrar la noche, busc refugio en un fondn que serva de
+alojamiento muchos que iban al santuario de Loyola. l senta tambin
+el deseo de visitar en la maana siguiente aquel convento, como una
+curiosidad que le resarcira de su viaje. Despus estaba seguro de
+encontrar en el tren de Bilbao muchos de sus compaeros que habran
+ido pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del
+lugar de la derrota.
+
+El doctor pas la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas
+de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedera
+era como una antesala del convento.
+
+A las seis de la maana sali del pueblo, siguiendo el camino recto que
+atravesaba con geomtrica rigidez el valle de Loyola. Haba cado
+durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y
+limpiando de polvo los caminos. Las altas montaas estaban encaperuzadas
+de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguos del
+vapor, la nota blanca de los caseros y las manchas cobrizas de los
+robledales. Los rebaos se esparcan por las faldas marcndose sobre el
+verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos
+vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.
+
+Aresti lleg al monasterio las siete. Su aspecto monumental y
+aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio
+de los campos. Los gorriones perseguanse en la doble escalinata de la
+iglesia, y revolando de ciprs en ciprs, iban posarse sobre la
+estatua de mrmol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da
+acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos
+tneles de hojarasca, ofrecan su fresca sombra de tonos verdosos.
+
+El doctor contempl con cierta admiracin el edificio enorme y
+aplastante. No poda negrsele carcter propio. Los jesutas tenan un
+arte suyo; el de la ostentacin y la carencia de gusto. No haba obra
+arquitectnica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si
+quisieran ser conocidos de lejos.
+
+La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda
+de piedra. Las columnas sostenan un frontn adornado con un escudo de
+armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pinculos
+rematados por esferas. Detrs escalaba el espacio la cpula del templo,
+de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pinculos y bolas,
+lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.
+
+A ambos lados de la iglesia, extendanse las dos alas del monasterio, de
+rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificacin,
+enormes, sin ningn signo religioso. El monasterio, desprovisto de la
+cpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.
+
+A un lado extenda su corriente el ro Urola, pasando bajo un puente
+metlico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto
+lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban hacer
+ejercicios espirituales y no podan pernoctar en el monasterio.
+
+Aresti entr en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de
+mrmoles de vivos colores.Ah, el templo risueo y bonito! Los altares
+eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mrmoles de
+color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de
+fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentase el deseo
+de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba los ojos una
+sensacin de dulzura. Las imgenes eran sonrientes, charoladas y
+bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitera. Los
+segmentos de la cpula estaban ocupados por grandes escudos de las
+naciones donde la Orden ignaciana haba adquirido ms arraigo; las
+_provincias_ de la Compaa, como ella las llamaba en su ensueo de
+dominacin universal.
+
+El doctor abandon la iglesia despus de haber distrado con su
+presencia algunas seoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas
+ante el altar mayor. Deban ser huspedas del hotel, devotas de
+distincin, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa
+del santo.
+
+En el atrio, un mendigo se le aproxim, con esa solicitud de todos los
+parsitos que viven la sombra de un monumento frecuentado por
+viajeros. De una barraca, situada junto la escalinata, en la que se
+vendan fotografas y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas
+para ofrecerse igualmente. El seor deseaba ver la casa de San
+Ignacio?...
+
+Se indign el mendigo ante esta concurrencia. Largo de all! No tenan
+bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y l fu
+quien gui al mdico, por un ancho corredor que conduca un patio
+descubierto. All estaba la portera. Tir de una cadena, son una
+campana oculta, se abri un ventanillio, y el mendigo, despus de hablar
+por l, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas
+cuantas piezas de cobre.
+
+--Ahora mismo saldr el hermano.
+
+Pas el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el
+agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la
+antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, haba abarcado
+en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejndolo
+dentro de su recinto, pegado la nueva edificacin.
+
+La pequea casa, que an pareca ms mezquina al ser tragada por el
+monasterio, resultaba lo ms hermoso de toda aquella balumba de
+albailera pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba
+el perodo de transicin del siglo XV: la diversidad de gustos
+superpuestos de aquella Espaa catlica que an tena moros en su
+territorio. El cuerpo inferior, el ms grande y fuerte, era de grandes
+bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y stas pequeas y
+profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir cubierto de
+sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con
+ladrillos rojos, marcndose sus dos pisos con dos fajas de dibujo rabe,
+y en los cuatro ngulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes,
+que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la
+sombra alarma, el perpetuo miedo los bandos que desgarraban el pas
+vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia,
+copiada de los rabes; la alegra en la construccin, de un pueblo
+artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soar en
+ellas la cada de la tarde, despus de haber ledo un libro de
+caballeras.
+
+Aresti crey encontrar en este edificio algo de la dualidad de carcter
+del caballero igo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al
+cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva,
+el alegre coronamiento, el castillete morisco se haba convertido en
+humo, se haba derrumbado, quedando nicamente en pie la base ptrea,
+sombra, con su tono lgubre de crcel y fortaleza al mismo tiempo.
+
+Se abri la portera y sali el hermano.
+
+--Santos y buenos das!--dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al
+mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rpida mirada
+al visitante.
+
+Era un joven que llamaba la atencin por la delgadez del cuello que
+haca ms enorme su crneo, y por la forma de sus orejas abiertas como
+abanicos, como si quisieran despegarse. Detrs de ellas la piel floreca
+con un sinnmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras
+rezumando, con una frescura que atraa las moscas.
+
+Era el hermano encargado de ensear la casa del santo. Por debajo de las
+sotanas asomaban unas zapatillas de pao, con las que andaba sin el
+menor ruido: un calzado de espionaje que le permita, como los dems
+servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin
+turbar el aislamiento de los Padres.
+
+Atraves el patio hablando Aresti de las suelas de su calzado, que
+eran de pao y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificacin
+ms. Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido
+interiormente en capilla. All hacan las seoras sus ejercicios no
+pudiendo entrar en el monasterio.
+
+Subieron la escalera, adornada con imgenes en cada rellano, y entraron
+en la antigua cmara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la
+atencin del visitante era la escasa elevacin del techo. Poda tocarse
+con la mano, pareca que iba aplastar con la pesadez de su grueso
+artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos
+encuadramientos.
+
+El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las
+telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas:
+testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas la
+Compaa. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrs de un
+vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras
+de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta lea un libro, vestido
+con gregescos y capotillo de vueltas de velludo como un galn del
+teatro clsico. Una batera oculta de luces elctricas iluminaba esta
+exhibicin de feria.
+
+El hermano no poda ocultar su admiracin cada vez que explicaba el
+significado de esta parte del altar, no obstante los aos que llevaba
+ensendola los forasteros. Aquella figura de cera era de don igo
+de Loyola, cuando an no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la
+Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo
+en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fu el
+punto de partida de su conversin.
+
+Con voz de _cicerone_ convencido, el hermano explicaba Aresti la
+historia del santo.
+
+--Dios le llam su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvid de
+todo, pesar de que era un caballero muy galn y mundano Porque nuestro
+santo padre San Ignacio era militar, sabe usted?... militar.
+
+Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiracin y respeto.
+El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia,
+los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden haba
+sido soldado, sonrea con cierta malicia, como si pensase en los
+devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales
+alguna habra tocado al santo, cuando an no pensaba en serlo. Le
+llenaba de orgullo la nobleza y el carcter caballeresco de la juventud
+del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenan entre sus
+iniciadores ms que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las
+ltimas capas sociales.
+
+Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera,
+tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombro, en el vasco de
+carcter complicado, que llen el mundo con su nombre, siendo cada
+perodo de su vida una contradiccin violenta. Primero, el soldado
+presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer
+bello, y perder la rudeza propia de su pas. Despus, al convencerse de
+que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la
+raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces
+le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo
+tiempo, se convierte en matn de la Virgen, queriendo dar de pualadas
+un morisco que blasfema de ella, y poco despus se deja apedrear por los
+chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas
+extravagancias, remedo de las de San Francisco de Ass. Pero la dulzura
+potica del solitario de la Umbra, su santidad soadora, no cabe en el
+carcter positivo y prctico de un vasco. Ya que se dedica Dios, ha de
+ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe
+servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea
+renacen en l. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana
+necesita un fuerte auxilio, y lleva la religin la disciplina del
+campamento, fundando, no una Orden, sino una Compaa, organizando un
+ejrcito negro que ofrece los Papas, formando los soldados en el molde
+de su frrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio,
+con la rigidez de los autmatas, con esa insensibilidad que hace
+invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte
+de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillera, toma aires de
+vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre
+los prncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y
+muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentneamente al
+catolicismo conservndole los pueblos latinos.
+
+Aresti admiraba igo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza,
+incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando
+instintivamente el poder y la riqueza de la santidad asctica, por la
+que haban pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la
+penitencia, comidos de parsitos, sin otra fortuna que la soga ceida
+los riones.
+
+Haba sido un admirable comerciante de la religin: un talento prctico
+surgido tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra,
+ordenando sus negocios, dndoles nuevo rumbo y fundando su Compaa,
+aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban
+por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas,
+para la mayor gloria de su Dios.
+
+El hermano sac al mdico de su ensimismamiento, ensendole la parte
+superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazn del santo.
+Era lo nico que all conservaban del fundador. El cuerpo, como saba
+todo el mundo, estaba depositado en el _Jesu_ de Roma.
+
+--S: lo conozco. Lo he visto--dijo Aresti.
+
+Sin saber por qu, sinti la necesidad de deslumbrar con un embuste al
+simple lego, el cual pareca convencido de que la humanidad entera se
+interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase
+dnde estaba el cuerpo de San Ignacio.
+
+--Ah! El seor ha estado en Roma!--exclam el hermano mirndolo con
+cierta admiracin, como si de repente creciese ante sus ojos.
+
+--S--dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le
+admirase aquel pobre hombre.--Estuve cuando la ltima peregrinacin.
+
+El hermano modific sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para l uno
+de tantos viajeros de los que llegaban atrados por la curiosidad;
+muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de pases que
+despreciaban la Compaa. Era uno de la familia, casi poda
+considerarse como de la casa; y el hermano mostr empeo en enserselo
+todo minuciosamente, desbordndose en palabras, con la locuacidad del
+que pasa mucho tiempo condenado al silencio.
+
+Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinndose para ceder
+el paso aquel seor tan simptico. Era una pequea habitacin, sin
+otro adorno que un retablo.
+
+--Aqu estaba enfermo nuestro santo fundador,--dijo con voz meliflua--y
+aqu fu su conversin. Pidi la familia un libro de caballeras para
+entretenerse, pero como Dios tena puestos sus ojos en l, hizo que
+nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa.
+Entonces ley una historia de la Virgen inmediatamente sintise tocado
+por la gracia y decidi dedicarse la vida santa, renunciando al mundo.
+
+Despus, el lego busc en la pared, sealando una grieta que la cruzaba.
+
+--Mire usted esto, caballero. Por fuera an se ve mejor; llega hasta el
+suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo.
+En el mismo momento que el santo decidi dedicarse Dios, tembl el
+suelo y se estremeci toda la casa, quedando esta abertura como
+recuerdo. Era el demonio que acoga de este modo la resolucin del
+santo.
+
+--Sera de rabia--dijo Aresti con gravedad imperturbable.
+
+--De rabia y de miedo--contest el hermano con modestia.--Tal vez el
+maligno tembl, adivinando que el santo iba fundar nuestra Orden.
+
+Pasaron otra habitacin en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez
+que el lego vease ante el altar, caa de rodillas, causando la
+admiracin del mdico, por el gesto con que rezaba su corta oracin. El
+cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el
+cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que
+quisiera tocar el cielo.
+
+--En esta habitacin--dijo el lego--naci nuestro santo fundador. Aqu
+tuvo tambin el hermano Garrido su revelacin portentosa. Usted habr
+odo hablar de ella....
+
+Pero viendo que el seor permaneca impasible, dijo con cierta
+impaciencia:
+
+--Pero usted s que sabr quin era el hermano Garrido.
+
+--Oh! mucho--dijo Aresti, que oa por primera vez este nombre.
+
+--Ya esperaba yo--continu el lego--que un seor como usted conocera al
+hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el
+tiempo preciso.
+
+Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad
+universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus
+glorias. En aquel mismo cuarto, estando en xtasis el hermano Garrido,
+se le haba presentado la Virgen anuncindole con veintids meses de
+anticipacin, el asalto de los conventos y la degollacin de los
+frailes, en los primeros aos del reinado de Isabel II.
+
+--Entonces--dijo Aresti--los padres de la Compaa, avisados con tiempo
+no seran vctimas de las turbas.
+
+--A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid--contest el
+lego.--El hermano Garrido era modesto, y se call la revelacin, no
+hacindola pblica hasta despus que lleg aqu la noticia de los
+asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto ser algn
+da un santo ms de nuestra Orden.
+
+Haba terminado la visita la casa de San Ignacio. De un momento otro
+llegaran las seoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el
+hermano senta cierta pena por separarse tan pronto de aquel seor
+devoto que le escuchaba sin pestaear como si le admirase.
+
+--Quiere usted ver el monasterio?--le pregunt.
+
+Esta invitacin no la haca todos los visitantes: pero con l era
+distinto; l haba ido Roma en peregrinacin y haba visto el cuerpo
+de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galera
+cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas
+del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jvenes
+que trabajaban de carpinteros y albailes; mocetones de la montaa que
+deseaban emanciparse del terruo, prestando sus brazos la Compaa
+para el trabajo reposado y lento de las casas de religin; libres ya de
+la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvacin
+eterna, slo con obedecer ciegamente los superiores.
+
+--Quiere usted subir la biblioteca?--pregunt el hermano.--Tiene poco
+que ver: todo en ella es antiguo.
+
+--Lo antiguo era lo mejor--dijo Aresti con gravedad.
+
+--Usted est en lo cierto. Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente
+como usted! No como la gente de ahora que slo lee novelas y libros
+malos contra la religin.
+
+La biblioteca estaba en el ltimo piso; una gran sala, por cuyas
+ventanas entraba raudales la luz del sol, vindose desde ellas los
+montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de
+la estantera contenan diversas ediciones de clsicos griegos y
+latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores
+teolgicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en
+favor y defensa de la Compaa de Jess. Aresti lea con curiosidad los
+nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y los cuales
+atribua el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en
+aquella biblioteca: ola sepultura.
+
+Descendieron los claustros. El mdico tema encontrarse con algn
+Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero aquella hora
+los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros nicamente
+pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizndose sin
+ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio
+varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de
+mrmol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.
+
+Aresti, solicitado por el lego, entr en una celda de las que servan de
+alojamiento los seglares durante los diez das que duraban los
+ejercicios.
+
+--Pobrecito--deca el hermano ensendola,--pero decentito y limpio.
+Aqu vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta
+ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras
+curiosean su alma.
+
+El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones.
+Junto la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro
+se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.
+
+Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor
+artstico, pero de cierto inters histrico. Eran los Padres ms famosos
+de la Compaa por las aventuras y peligros de su existencia; los
+propagandistas del jesuitismo que se haban esparcido por la tierra en
+la primera expansin de la Orden recin fundada, ocultando su carcter y
+sus fines, amoldndose los gustos y costumbres de los pases donde se
+establecieron. Los haba con grandes barbas, recios capotes, altas botas
+y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por
+el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en pases de hielo.
+Otros vestan la bota floreada de la aristocracia china: haban sido
+mandarines, llegando aconsejar individuos de la dinasta Celeste. Y
+adems de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras,
+figuraban los mrtires, los que haban perecido bajo las flechas de los
+trtaros los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes
+imperios catalpticos insensibles, haba tentado aquellos
+propagandistas de la autoridad y de la vida automtica y sumisa.
+
+Aresti vi todo el resto del monasterio: el refectorio, con su plpito
+para la lectura; la capilla, en la que hacan los hombres sus ejercicios
+espirituales, colocando los Padres la puerta una bandeja para que los
+jvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones la Virgen; la
+cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos
+slidos que correspondan los individuos en cada comida: el saln
+acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo
+nico, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba
+prohibido, era mal visto por los superiores.
+
+--Queda la huerta. Quiere usted verla?--dijo el hermano con el deseo de
+prolongar algunos minutos ms el trato con aquel seor que le escuchaba
+con tanta atencin.
+
+Salieron una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo
+haba una pequea granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el
+hermano con tierna admiracin. Los pjaros turbaban el silencio
+monstico de aquellos campos, revoloteando en torno de los rboles
+frutales.
+
+Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguan
+ellos. Era la nica persona que paseaba por la huerta.
+
+Aresti lo vi de espaldas y aceler el paso como s le acometiese de
+pronto una duda y quisiera salir de ella.
+
+--Es un seor muy rico, muy rico!--dijo el hermano, adivinando su
+curiosidad.--Est haciendo los ejercicios seis das. Creo que es de
+Bilbao y que le llaman...
+
+Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvi oyendo
+el ruido de los pasos.
+
+--Pepe!...--grit el doctor.
+
+La sorpresa no le permiti decir ms al reconocer Snchez Morueta.
+
+--Luis!... Primo!...--exclam ste no menos sorprendido.
+
+Pero, pasada la primera impresin, hizo un movimiento de molestia
+semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.
+
+El hermano, impulsos de su meliflua cortesa, sigui andando para
+detenerse alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo
+respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los
+Padres, permitindole fumar en su cuarto y bajar la huerta todas
+horas, con otros privilegios no menos importantes que slo se concedan
+ muy contadas personas. El visitante que l acompaaba tambin adquira
+una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente
+con el personaje.
+
+Los dos hombres quedaron mirndose en silencio largo rato.
+
+--T aqu?...
+
+Y Aresti encerraba en esta exclamacin toda la fuerza de su asombro.
+
+Snchez Morueta sonri de un modo que su primo no haba visto nunca en
+l. Era una expresin de resignada modestia, de decaimiento de la
+voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de
+extraordinario desde la ltima vez que se haban visto.
+
+Cristina y la nia le acompaaban en los ejercicios. Muchas familias de
+lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las seoras en el
+hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba all seis
+das y le faltaban cuatro.
+
+--Y ests bien? Te gusta esta vida?
+
+--S--contest el millonario con sencillez.--Me sienta perfectamente: no
+tienes ms que mirarme.
+
+Snchez Morueta pareca repuesto de su crisis. Nada quedaba en l del
+enfermo que haba visto Aresti en su ltima visita Las Arenas. Su
+mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguneo de sus
+primeros tiempos de luchador haba vuelto animar su rostro.
+
+El mdico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida
+en aquella casa: todas con arreglo la distribucin del tiempo marcada
+por el director de sus ejercicios. Se levantaba las cinco y media de
+la maana; las seis bajaba la capilla, leyendo durante media hora
+aquel libro que le acompaaba siempre: despus meditaba una hora, oa
+misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez paseando por la
+tranquila huerta que los buenos padres ponan su disposicin. Meditaba
+de nuevo hasta medioda en su celda, recibiendo la visita de su
+director, rezaba el Va Crucis en los claustros, coma la una
+descansando de nuevo hasta las cuatro, y esta hora bajaba la capilla
+para escuchar las plticas con los otros compaeros de ejercicios. A las
+siete era la estacin al Santsimo Sacramento, despus el Rosario, los
+dolores y gozos de San Jos y el examen de conciencia de todo lo hecho
+durante el da: las nueve la cena y las diez se acostaba.
+
+l, que en el mundo poda dar rdenes miles de seres, gozaba la
+extraa dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era
+superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el
+refectorio, le parecan de una voluptuosidad extraa despus de tantos
+aos de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los
+primeros das haban sido duros para l, pero ahora paladeaba la dulzura
+de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad,
+empequeecindose, pensando todas horas en la muerte para convencerse
+de la humana insignificancia.
+
+El mundo al que haba de volver le pareca lejano, muy lejano. Aquel
+Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus
+agitaciones de lucro, con sus fiebres de egosmo, de las que no llegaba
+nada, absolutamente nada, aquel tranquilo rincn.
+
+--Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfaccin que adivino en mi
+mujer y mi hija, me llena de alegra. Tengo la certeza de que al salir
+de aqu nos querremos ms; que constituiremos una verdadera familia
+cristiana, como dice....
+
+Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba.
+Pero se arrepinti de su duda como de un pecado, y aadi con energa,
+queriendo imponer su conviccin:
+
+--Los jesutas no son malos como yo crea torpemente. Debes salir de tu
+error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. Ay, si t los
+tratases!
+
+Despus habl de Urquiola, que les haba acompaado los ejercicios,
+pero haba tenido que salir el da antes para Bilbao, llamado por el
+Padre Paul; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones
+cerebrales, y sin ambicin, que tanto contrastaba con su existencia de
+Bilbao.
+
+--Creo, Luis, que si no tuviese mi mujer y mi hija, aqu me quedara
+para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es:
+penas y maldiciones.
+
+Aresti le escuchaba silencioso, mirndolo fijamente, sin pestaear, como
+en presencia de un enfermo; de un caso interesante.
+
+--Y qu es eso que llevas ah?--dijo de pronto, agarrando el libro que
+su primo conservaba cerrado en una mano.
+
+Le bast una ojeada para conocer el pequeo volumen encuadernado en
+pasta, con una impresin gruesa y vulgar de libro devoto. Era los
+_Ejercicios espirituales de San Ignacio_, explicados por el Padre
+Claret, el famoso arzobispo de Trajanpolis, que tanto haba influido
+sobre los ltimos aos del reinado de Isabel II.
+
+Aresti conoca el libro. Muchas veces lo haba encontrado sobre su mesa
+cuando viva con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad,
+hablando de las dos banderas: la una de Cristo Seor Nuestro, sumo
+capitn; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza
+humana. San Ignacio y el Padre Claret llegaban la elocuencia ms
+conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de
+maldicin era tan intenso, que una sola centella reduca polvo una
+piedra de molino; si caa sobre un globo de bronce lo derreta al punto,
+como si fuese de cera, y si en un lago reducido hielo, lo haca hervir
+en un instante. Los condenados sentan este fuego en el cerebro, los
+dientes, lengua, garganta, hgado, pulmn, entraas, vientre, corazn,
+venas, nervios, huesos, mdula de stos, sangre y hasta en las potencias
+del alma, y despus de la horripilante enumeracin, San Ignacio
+preguntaba al alma del pecador con quin deseaba irse, si con Dios con
+el Demonio. Ah, msero Luzbel; ridculo pazguato que ofreca con torpe
+malicia las cortas felicidades de la tierra cambio de una eternidad de
+tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las
+almas despus de los santos ejercicios.
+
+Snchez Morueta hablaba de stos. Los primeros das estaban dedicados
+meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Despus se
+meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la
+misericordia de Dios.
+
+--Pero t crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan
+vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?
+
+La firme mirada de Aresti turb su primo.
+
+--Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me
+callo por no molestar mi director. Pero todo esto me causa cierto
+bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve la
+tranquilidad de la niez. Creo algunas veces que aun me mecen
+susurrndome cuentos al odo.
+
+El mdico sonrea, y Snchez Morueta se apresur aadir:
+
+--Pero me siento ms feliz, ms tranquilo que antes. Adems, en estas
+meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni t ni
+nadie podis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y
+no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada anso, y no
+encuentro ante m nada que conquistar, la tengo mucho miedo.
+
+Y el terror lo desconocido, la muerte inevitable, la eterna
+sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto
+desesperado.
+
+Aresti recordaba la pgina de la Muerte en el libro de San Ignacio, una
+pgina de brutal realismo, que haca temblar los hombres y llorar de
+horror las mujeres. Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso
+ idolatrado, ya muerto: ya est sepultado, ya cay.... Luego, se le
+acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y
+complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza manar;
+tambin se acercan los ratones, taladran sus vestidos mortaja; se
+enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan comer la
+lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido.
+Mientras tanto, la putrefaccin se va aumentando: ya se ve pulular una
+grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de
+la cara y de todo el cuerpo: ya se concluy la comida: ya los gusanos
+mueren de hambre, dejando all unos huesos negruzcos y descarnados, que
+con el tiempo se calcinarn y convertirn en polvo. Acurdate, hombre,
+que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues
+eres hombre de humo tierra.
+
+--Lee esto! lee esto!--deca el millonario abriendo el libro por
+aquella misma pgina que tena sealada, como si fuese su obsesin.--La
+Muerte!--murmuraba luego.--Se habla de ella muchas veces, pero sin
+pensar en lo que realmente es, sin pararse mirarla de cerca.... Qu
+horrible! Luchar toda la vida para dar gusto la carne, para preparar
+el pasto del gusano....
+
+Despus, en voz baja, dijo al doctor:
+
+--Debe existir algo despus de la muerte. No s ciertamente si ser lo
+que aqu dicen lo que digan en otra parte. Pero qu pierdo yo con
+creer ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y
+bueno es, por si hay algo ms all, ir preparado todo, sin miedo
+engaos.
+
+Aresti sonri con lstima, ante aquel espritu comercial, que examinaba
+la vida futura con el mismo egosmo que si apreciase las probabilidades
+de un negocio.
+
+Ahora s que le deca adis para siempre. Su primo estaba bien agarrado,
+por el egosmo y el miedo la muerte, las dos flaquezas de los felices.
+
+--Debas quedarte aqu, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente
+simptica. Qu perderas con ello? Aunque no creyeses en todo, podas
+callarte y ser feliz. Qu sacas de tanto estudio? Ests seguro de que
+todo lo que t crees es verdad? Y si despus de morir te encontrases
+con la inmensa equivocacin de que hay algo?...
+
+El doctor le estrech la mano con frialdad, convencido de que se
+separaban para siempre, de que en adelante se miraran con extraeza,
+como si fuesen otros hombres.
+
+Y Aresti sali de la huerta, precedido por el hermano, que ahora
+callaba y pareca tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese
+escuchado de lejos parte de la conversacin.
+
+Antes de salir, an se volvi para ver su primo, que le segua con los
+ojos y pareca decirle:
+
+--La Muerte, Luis!... Piensa en la Muerte!
+
+
+
+
+X
+
+
+A las diez de la maana lleg el doctor Aresti Bilbao un domingo del
+mes de Septiembre.
+
+El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas
+y las riberas de la ra. Todos mostraban prisa por llegar la plaza de
+Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los
+patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los
+cuales venan amenazando con una huelga haca dos meses. La reunin
+popular era el _ultimtum_ que lanzaban los trabajadores.
+
+Los primeros trenes de la maana haban trasladado Bilbao mayores
+cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de
+la villa.
+
+No todos iban al mitin. Descendan tambin de los vagones aldeanos con
+gruesos garrotes, escoltando los curas de su anteiglesia. Estos grupos
+rurales llegaban para la gran romera que subira por la tarde al
+santuario de Begoa.
+
+El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesutas y
+los bizkaitarras, se encontraban en el mismo da. Un ambiente belicoso,
+que excitaba los nervios, haciendo ms duras las palabras y ms
+insolentes las miradas, pareca pesar sobre la villa.
+
+En el camino haba apreciado Aresti el estado de los espritus. El vagn
+estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban la
+romera. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban
+nerviosamente sus _cachabas_, oyendo las burlas de la gente de las
+fbricas.
+
+Callaban porque en aquella va, invadida por la moderna industria, eran
+menos las gentes del campo. Ay, si aquello hubiese sido en la lnea de
+Durango, por donde descendan los rebaos de la fe para la fiesta de la
+tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes la cabeza!...
+
+Al bajar del tren el doctor Aresti, oy que alguien le llamaba.
+
+Era el capitn Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones
+de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto
+l, husmeaba sus manos.
+
+--Buscas la bronca, eh?...--dijo al mdico.--T vienes porque te gustan
+estas cosas, y yo me voy por no verlas.
+
+Se marchaba cazar _chimbos_ cualquier parte: le interesaba huir de
+Bilbao, no ver lo que seguramente ocurrira.
+
+--El aire huele plvora, querido _Planeta_: van llover palos. Al
+venir la estacin me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la
+que conoc durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos
+los que creen que esto marcha mal, se estn reuniendo en la plaza de
+Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las
+iglesias y se ensean los revlvers en los rincones de las sacristas.
+El Padre Paul predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el
+zascandil de Urquiola anda arengando la juventud salida de Deusto,
+para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre
+dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en
+ver estas cosas.
+
+Aresti le escuchaba con inters. Haba hecho el viaje atrado por la
+posibilidad de un choque. Deseaba ver cmo los obreros de la montaa, y
+los industrialillos de la villa se atrevan por primera vez con el
+jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo
+que se deslizaba en sus entraas, despus que lo haba derrotado por dos
+veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubra con la boina
+blanca.
+
+--En esto llevas razn, Luis--dijo el capitn enardecindose.--Si me
+voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba
+al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta
+para huir. Porra! De qu nos ha servido tanto comer pan de habas y
+carne de caballo los que disparbamos el fusil en las trincheras, si
+aquellos quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los
+amos? Cmo est hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin
+tropezar con un cura. Los que hace aos bombardearon la villa y hoy
+daran cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como
+seores. Han bajado en manadas para ver la Virgen, con el revlver en
+el bolsillo, y miran todos con insolencia, como deseando que llegue
+pronto el momento de matar perros liberales.
+
+El capitn mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se
+mezclase en la lucha. Tena miedo su entusiasmo: poda sin darse
+cuenta liarse golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le
+irritaba.
+
+--Yo no soy ms que un empleado, Luis: un dependiente de Snchez
+Morueta. Y figrate lo que hara doa Cristina si me viese mezclado en
+el jaleo; lo que dira el mismo Pepe, que tan cambiado est!... Bastante
+hago con defenderme y quedar un lado, pues por su gusto ira esta
+tarde camino de Begoa.
+
+El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el mdico y el marino
+hablasen de la gran transformacin de Snchez Morueta. Muy poco haba
+sabido de l Aresti, despus de su encuentro en el monasterio de Loyola.
+
+--Es otro hombre--dijo Iriondo con tristeza.--Aquella casa ya no es la
+misma.
+
+Y evitaba dar ms detalles, con la prudencia del subordinado fiel que
+teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.
+
+--Qu porra! T eres de la familia y debes saberlo todo. Adems, eres
+mi amigo y quieres Pepe. Ay, _planeta_! Aquello ya no es casa, es un
+convento, y cualquier da, el que fu nuestro grande hombre acabar por
+traernos el Padre Paul al escritorio, para que dirija los empleados.
+No se separa de l un instante.
+
+Y describa con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban;
+todos estaban sobre l: la esposa, la hija, hasta aquel nio
+inaguantable de Urquiola, que le deca con la mayor insolencia: To, no
+haga usted eso, to haga usted lo otro. Por el momento, Snchez
+Morueta slo era el to: pero no acabara el ao sin que el abogadillo
+le llamase pap. Se casaba con Pepita y todos parecan satisfechos de
+tal matrimonio: la nia, la madre y el Padre Paul. El millonario
+callaba, como si estando contentos los dems no necesitasen consultar
+sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba rdenes
+imperativamente los empleados. Hasta con el capitn se atreva; con el
+viejo amigo de Pepe, quien siempre hablaba ste con fraternal
+atencin. Porra! A la vejez, despus de una vida de noble
+independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes
+se retirara, abandonando Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el
+Pepe que l conoci.
+
+--Cmo nos lo han cambiado, Luis. Querrs creer que un da en el
+escritorio, al volver de Loyola, me cont con el mayor entusiasmo que
+haba hecho una confesin general, un recuento de todos los pecados de
+su existencia y me afirmaba que despus de esto se senta con mayor
+salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado cada como esta. La
+mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. No
+sabes la ltima hazaa de ese pilln?... No la sabrs: todo Bilbao habla
+de ella, pero las minas no llegan estas cosas.
+
+Y relat Aresti un suceso digno de la seccin de tribunales de un
+peridico. Urquiola haba dado un abortivo aquella infeliz que viva
+en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una
+esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda
+del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paul
+le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba
+concertado con la primera fortuna de Bilbao, y viva fuerza haba
+provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de
+la vecindad, haban hecho intervenir en el asunto al juzgado. Un
+escndalo, pero nada ms! En aquella poblacin todo se doblegaba la
+influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.
+
+--Y Pepe--continu el capitn,--sin enterarse de nada; y si algo sabe,
+como si no lo supiera. Basta que doa Cristina afirme que todo es
+mentira para que l lo crea: basta que el Padre Paul le diga que
+Urquiola ser un grande hombre para que l escuche impasible sus
+necedades y bravatas de cabecilla. Ay, Luis! Qu dominacin tan rpida
+y absoluta la de esa gente!...
+
+Iriondo describa su influencia extendindose todo lo que estaba bajo
+la direccin de Snchez Morueta, las fbricas, las fundiciones y hasta
+los barcos. Sin respeto su cargo de inspector de navegacin de la
+casa, le hacan despedir marinos viejos que llevaban muchos aos al
+servicio de Snchez Morueta, y admitir otros jvenes que, apenas
+tomaban posesin de su camarote, pegaban frente la litera una imagen
+del Corazn de Jess. l no osaba protestar ante el gesto autoritario
+del amo, y el miedo los que, ocultos tras l, regulaban sus palabras y
+acciones.
+
+La semana anterior le haban dado orden de despedir todos los obreros
+que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias
+se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impas. Cristo!
+l, sus aos, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana;
+obligndole aquellos seores que ensease catecismo y buenas palabras
+ los cargadores del Nervin!...
+
+--Pues, y en los altos hornos?--exclam despus el capitn,--All va
+haber cualquier da una huelga, seguida de la degollina de todos los
+beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se
+fu Sanabre, aquel chico tan simptico, la fundicin es un infierno.
+Pepe tendr cualquier da una sublevacin ruidosa, y los huelguistas
+no les faltar motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los
+que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van la
+calle, y los talleres se llenan poco poco de hipcritas, que trabajan
+como saben quieren, pero que son respetados porque van misa y se
+inscriben en las sociedades de obreros catlicos.
+
+El decaimiento moral de Snchez Morueta, la abdicacin de su voluntad,
+irritaban al marino.
+
+--Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesin general es como el
+traje nuevo de un nio: no se atreve hacer nada, por miedo
+mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante
+ un fraile. No sabe hablar ms que de la muerte; de lo que
+encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por
+arriba y por abajo, y el muy camastrn tiene mejor color y est ms
+fuerte que nunca. Si yo me atreviera con l como t, le dira: Qu
+porra: ya s que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras
+la muerte no llega, vivamos cada cual su gusto, sin hacer la santsima
+ los dems, que es lo nico en que gozan los que piensan todas horas
+en su alma.
+
+Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitn se
+despidi de Aresti.
+
+--Esta tarde, en la romera, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez
+vaya en ella Pepe con su escapulario.
+
+Aresti di salida su asombro con un juramento. Quin! Pepe sera
+capaz de exhibirse en aquella farsa?...
+
+Iriondo no tena la certeza de ello pero lo presenta. Era un suceso que
+llevaba preocupada toda la familia durante la semana. La esposa quera
+verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los
+devotos. Qu triunfo para la religin! l, despus de volver la buena
+senda, no poda negar Dios el prestigio que dara la santa causa
+esta adhesin pblica de un hombre de su fortuna y su poder. El
+millonario se resista, adivinando lo ridculo de esta humillacin;
+defendase agarrado un harapo de su antiguo carcter. Pero todos caan
+sobre l, martilleando la dbil corteza de su voluntad reblandecida. La
+madre y la hija se lo suplicaban. Las dara tanto placer con ello!...
+El Padre Paul hablaba con desprecio de los cobardes que slo aman
+Dios en su casa y temen manifestarlo pblicamente, y el matoncillo
+Urquiola haca burla de los que no se atrevan salir la calle por
+miedo los impos.
+
+--Ir, estoy seguro--dijo el capitn con tristeza.--Lo arrastrarn, la
+familia de un lado, y de otro el miedo parecer cobarde. Adis, Luis,
+y ten prudencia! Mira que hay cerrazn en el horizonte y la borrasca de
+esta tarde va ser de cuidado.
+
+El doctor subi la larga escalinata de la estacin, y al salir al puente
+del Arenal vi muchos balcones colgados con trapos de colores
+inscripciones en loor de la Virgen de Begoa. En las Siete Calles, lo
+ms tpico y tradicional de la poblacin, las casas empavesadas ofrecan
+el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre
+banderas el mismo rtulo en honor de la _Seora de Vizcaya_. Las gentes
+mirbanse con aire hostil; la poblacin, dividida en dos bandos, pareca
+estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa
+contemplaban con simpata con odio los grupos de campesinos y de
+obreros, segn eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al
+vecino, y todos decan lo mismo en sus conversaciones.
+
+--A la tarde!... Oh, la tarde!...
+
+Aresti, despus de errar ms de una hora por la villa, se encontr al
+atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que
+le salud con un gruido, llevndose con cierta violencia la mano la
+boina.
+
+--Ya sabe usted, doctor, que usted es el nico burgus que yo saludo.
+
+Era el _Barbas_, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas
+de vagancia encogido en el suelo, inmvil, como un profeta de horrores,
+escupiendo amenazas insultos sobre los ricos del pas. Haca tiempo
+que haban demolido su barraca, despus de socavar el suelo. La vieja
+compaera haba muerto de miseria y l vagaba por las minas, durmiendo
+la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta
+limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de l, miraba
+con ojos feroces los obreros.
+
+--Bestias!--les gritaba como si cometiesen un crimen.--Tenis la
+dinamita en vuestras manos y la empleis en eso!...
+
+El doctor contest su saludo alegremente.
+
+--Compaero! T aqu?...
+
+Haba llegado por la maana en un tren lleno de obreros. Por supuesto,
+sin billete; los compaeros queran pagrselo, pero l haba protestado,
+ocultndose para viajar sin que los burgueses le explotasen.
+
+--Y el mitin?--pregunt Aresti.--No vas al mitin?
+
+El _Barbas_ hizo un mohn de desprecio. l no perda el tiempo en
+bobadas. Se saba de memoria todo lo que all podan decir. Necedades y
+cobardas. Pedir ms jornal que lo pagasen de este modo del otro;
+reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que
+trabaja. Como si esto sirviese de algo! Eran unos _cataplasmeros_. Y en
+esta palabra envolva todo su desprecio los que buscaban con reformas
+paulatinas y con una organizacin fuerte y disciplinada el mejoramiento
+del obrero.
+
+--Cataplasmeros, doctor--gritaba.--Nada ms que cataplasmeros. Este es
+un pas acostumbrado la disciplina y la autoridad: por eso el pobre
+que en otro tiempo fu carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas
+organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco
+ poco. Pero ya se cansarn de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero
+y entonces seguirn al _Barbas_ y otros como l, y en veinticuatro
+horas se arreglar todo acabar todo. El pobre pide justicia y la
+justicia ni se solicita pedazos ni se regatea: se toma como se puede,
+aunque acabe el mundo.
+
+Despus explic por qu haba hecho el viaje. nicamente le atraa lo
+que pudiera ocurrir por la tarde. Quera convencerse de que los pobres
+se atrevan por fin con los ricos: deseaba ver cmo corran todos los
+enemigos por l odiados, sin que les valiese la proteccin de los dolos
+celestiales los que levantaban palacios, mientras l vagaba por el
+monte como un perro sin abrigo.
+
+La esperanza del choque y de la lucha le estremeca de placer. Husmeaba
+el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha
+oliendo la plvora.
+
+--Bronca!... Ya se ha armado!--exclam con alegra, mirando al otro
+lado del puente.
+
+Por la avenida del ensanche corra todo galope un grupo de jinetes de
+la guardia civil. En ltimo trmino, vease una gran masa de gente, una
+mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.
+
+Era el pblico que sala del mitin y se detena ante los balcones de las
+mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la _Seora de
+Vizcaya_. La gente silbaba: comenzaban volar las piedras por encima
+de la negra masa: caan con estrpito las vidrieras rotas.
+
+Aresti se vi solo. El _Barbas_ corra hacia el gento, dando gritos de
+entusiasmo. Duro, duro! No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el
+doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre,
+lentamente, avanzaba su pesado oleaje con direccin al Arenal. La
+caballera, impotente para contenerla, se limitaba ir con ella,
+creyendo evitar as mayores desmanes.
+
+Pas la manifestacin el puente, extendindose por el Arenal y las
+calles inmediatas. Eran obreros en su mayora y jvenes de la poblacin
+cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos
+aclamaban la Revolucin social; otros daban vivas la Repblica;
+algunos gritaban viva Espaa! ante las inscripciones en vascuence,
+viendo en estas loas la _Seora de Vizcaya_ un hipcrita insulto la
+integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella
+Bilbao dominada por la Compaa de Jess y formada su imagen.
+
+El grito de abajo los jesutas! era contestado por un rugido unnime de
+la masa. En las calles inmediatas al Arenal caan pedradas los
+cristales. Algunos chicuelos suban por las fachadas con agilidad de
+monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoa, dejndolas
+caer sobre el gento, que las haca pedazos.
+
+Una noticia circul como un relmpago por la gran masa detenida en el
+Arenal. Estaban prendiendo fuego la iglesia de los jesutas. Una parte
+de la manifestacin, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo,
+rocindolo con petrleo. Ya ardan las puertas.
+
+La guardia civil corri all todo galope, abandonando la
+manifestacin. Aresti senta un entusiasmo casi igual al del _Barbas_.
+Ya arda el odiado cubil! Bilbao despertaba!...
+
+Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas slo haban sido
+chamuscadas: la presencia de la autoridad haba disuelto el grupo
+incendiario, extinguiendo el fuego.
+
+Era ya ms de medioda. Los grupos se aclaraban: todos se iban comer.
+Aquello slo haba sido el prlogo de lo que ocurrira despus.
+
+--A la tarde, aqu--se decan unos otros al alejarse.
+
+Aresti entr en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba
+tambin de lo que ocurrira por la tarde. A las tres estaban citados los
+de la peregrinacin en el Arenal. Llegaran en varias procesiones desde
+las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San
+Nicols. El plan haba sido preparado con el propsito de llamar la
+atencin, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia,
+desafiando los enemigos.
+
+Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decan que el
+gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que
+desistieran de ella. El Padre Paul se negaba rotundamente, invocando
+hipcritamente la libertad. Su aclito Urquiola hablaba de la batalla de
+la tarde con aires de caudillo.
+
+Algunos mostrbanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse
+la romera. Al fin, era un suceso que _amenizaba_ la vida montona y
+gris de la poblacin. Aresti no dudaba de que se verificase. Conoca
+los organizadores, y su propsito de excitar la impiedad naciente,
+para darla la batalla y afirmar as su dominacin que crean en peligro.
+
+En una mesa cercana disputaban dos seores.
+
+--Me he fijado bien en la manifestacin--gritaba uno de ellos.--Todos
+eran Prez y Martnez, todos _maketos_ hijos de _maketos_, mala gente,
+de la que ha invadido nuestro pas. No iba ni uno que tuviera los cuatro
+apellidos vascongados.
+
+Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhiban como una
+prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.
+
+--Pues, yo los tengo--gritaba su interlocutor con acometividad,--y digo
+que deseo que esta tarde les rompan el alma los de la romera, y
+ojal arrastren todos los jesutas!
+
+La divisin que perturbaba la villa, mostrbase, tambin en el
+restaurant, impulsando unos parroquianos contra otros faltando poco
+para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.
+
+A las dos volvi Aresti al Arenal. Formbanse de nuevo los grupos cerca
+del puente, mirando con hostilidad los aldeanos que pasaban camino de
+las parroquias. Circulaban por el gento las ms contradictorias
+noticias. Ya no se verificaba la romera: oponase ella el gobernador,
+al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban
+despreciativamente el cnsul de Espaa. Despus corra de boca en boca
+la certidumbre de que iba celebrarse la fiesta. Se estaban formando
+las comitivas en cada parroquia: pronto llegaran al Arenal para
+reunirse todas en San Nicols.
+
+Y la gran plaza ennegrecase de gento inquieto. Una masa de cabezas
+cubra las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba
+desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba
+instintivamente la gente: un vaco que pareca destinarse al choque de
+unos y otros.
+
+Aresti se sinti de pronto arrastrado por un violento empelln de la
+muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estall
+una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones
+interrumpidas por tiros.
+
+Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivn tempestuoso los
+estandartes de la primera procesin. El mdico, sin saber cmo, en uno
+de los empujones de la multitud, se vi en mitad del Arenal, cerca del
+desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los
+hombres, empuando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario
+de la Virgen de Begoa; las mujeres escoltaban los curas, mirando la
+muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanticas. Cesaron los
+disparos al entrar la procesin en la plaza. Entonaban los romeros un
+himno en vascuence la Seora de Vizcaya, y de los grupos sala, como
+respuesta, _La Marsellesa_ _La Internacional_.
+
+Agrupronse los devotos ante la portada de San Nicols, y la muchedumbre
+avanz lentamente hacia ellos. Estrechbase el espacio entre unos y
+otros, los palos levantbanse amenazantes, los insultos alternaban con
+los cnticos. De repente, el gento se hizo atrs, volviendo sus mil
+cabezas. Una nueva procesin llegaba por el puente. Se haba reunido en
+la Residencia de los jesutas: era lo ms brillante del ejrcito devoto
+que iba subir Begoa; el _seorio_ de Bilbao, en el que figuraban
+las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los
+alumnos de Deusto. Los Padres de la Compaa ms famosos, presidan las
+asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad
+creciente del pueblo.
+
+Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se
+viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los
+bolsillos, marcndose en la tela el rgido contorno de las armas de
+fuego. Las seoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas
+por la actitud hostil del gento, como damas altivas que no temen al
+mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio toda aquella
+balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas
+familias queran darles.
+
+Estall un trueno de gritos, insultos imprecaciones. Aresti vi pasar
+ Urquiola con el revlver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de
+Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder
+realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores slo intentaron en las
+montaas inmediatas, durante los dos famosos sitios.
+
+--Viva Vizcaya! Viva la religin y Nuestra Seora de Begoa! Mueran
+los liberales!
+
+Algunos discpulos de la Universidad jesutica, parecindoles estas
+aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas la Unidad Catlica, y los
+aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que
+aquello significaba, pero adivinando que deba ser algo contra los
+impos de la odiada Bilbao.
+
+Aresti vi pasar la mujer y la hija de Snchez Morueta. Despus las
+de Lizamendi en un grupo de seoras, con la falda ceida y el andar
+arrogante. Miraban todos lados como si buscasen alguien entre el
+gento hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron
+satisfechas de no haberse equivocado. Tambin estaba all!... El mal
+hombre estaba donde le corresponda. El mdico vi la mirada de
+resignacin y de lstima que su mujer diriga al ciego, como si
+pidiese, con lamentos de vctima, perdn para su alma perdida. Luego vi
+destacarse de un grupo de sotanas su enorme primo, que marchaba con la
+cabeza descubierta, brillando la condecoracin de la Virgen entre la
+celosa de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil
+desconocida por Aresti.
+
+El mdico no pudo ver ms. Crey de pronto que se abra el suelo de la
+plaza y que huan todos, chocando unos contra otros con el terror de la
+fuga. Algunos palos rompironse en pedazos; sonaban las espaldas al
+recibir los golpes con un ruido de cofres vacos; caan muchos con la
+cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huan, y
+comenzaron sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros
+de los revlvers.
+
+Corran las seoras refugiarse en San Nicols, y los curiosos de las
+aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los
+cafs, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.
+
+En un momento se form un gran vaco en la plaza, quedando sembrado el
+suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban,
+manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por
+los grupos hacia las farmacias ms prximas. Mientras tanto, continuaba
+el combate entre los ms resueltos de una y otra parte.
+
+De la portada de San Nicols salan descargas cerradas, disparos de
+revlvers baratos comprados el da antes por los organizadores de la
+romera, balazos sin direccin, que iban perderse en la arena del
+paseo se incrustaban en los rboles. La mayora de los obreros
+carecan de armas y se batan con los puos con palos, profiriendo en
+la exaltacin de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoa y sus
+devotos. La batalla se haba fraccionado: pelebase en grupos sueltos
+individualmente. Los mismos compaeros no se reconocan, y muchas veces
+se golpeaban, creyendo herir un enemigo.
+
+Aresti permaneca inmvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las
+balas que corta distancia de l levantaban las cortezas de los
+troncos. Sentase empujado de un lado otro por los empellones de los
+combatientes, vindolo todo al travs de una niebla gris, como si el sol
+se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le
+hacan tropezar, y de los que salan gemidos dolorosos.
+
+En este crepsculo del atolondramiento crey ver un cura enorme que se
+recoga el manteo con una mano y con la otra disparaba su revlver sobre
+un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.
+
+--T acabars!--deca blandiendo una faca y desvindose de un salto
+cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntndole.
+
+Y cuando el cilindro del arma rod sin que saliera ya ninguna
+detonacin, el obrero, con una risa feroz, se abalanz sobre el cura,
+abrazndolo, cayendo con l al suelo, hundindole en la espalda el arma
+con tanto mpetu, que la hoja quebrse en dos pedazos.
+
+Aresti crey que se haba desplomado un rbol sobre sus hombros. Fu un
+golpe que le sac de su aturdimiento, hacindole rugir de ira: un
+garrotazo en la espalda, que acab con toda su bondad irnica de
+espritu superior, despertando en l la fiera. Levant su bastn y
+comenz dar golpes delante de l, sin mirar quin alcanzaba, sin
+acordarse de que poda ser un amigo, con el ansia de hacer dao, con la
+embriaguez de la sangre.
+
+De pronto se sinti detenido en su avance por una espalda que caa
+contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y dbil, con el
+raquitismo que da el trabajo cuando es superior las fuerzas de la
+edad. Vacil como si estuviera ebrio, llevndose las manos la cara
+ensangrentada, y al intentar erguirse, un puo enorme volvi caer
+sobre l hacindolo rodar por tierra.
+
+Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del cado, levant el
+bastn al ver que se alzaba contra l de nuevo aquel puo que resonaba
+sordamente golpeando como una maza. Pero el mdico qued con el brazo en
+alto al reconocer al hombre que le acometa.
+
+--T!... t!...--grit con una voz que pareca desgarrarle la
+garganta.
+
+Tena ante l Snchez Morueta, con el puo levantado, las barbas en
+desorden, y en los ojos una expresin feroz: el deseo de exterminar la
+canalla impa que insultaba las personas decentes y haba hecho
+refugiarse las seoras en la iglesia.
+
+Al reconocer Aresti, baj el brazo y la cabeza como avergonzado. En el
+mismo instante, algo blando y tibio choc en una de sus mejillas
+escurrindose por los hilos de su barba. Su Luis, su hermano, le haba
+escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de
+herirle, ya que las manos se negaban ello por el antiguo respeto; era
+el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido
+y feliz, aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara
+ensangrentada.
+
+El millonario mir su primo con ojos mansos y sin expresin, unos ojos
+bovinos que parecan pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la
+mano por la barba borrando el escupitajo del odio.
+
+Fu hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como
+unas alas fnebres tiraba de l. Era el Padre Paul.
+
+--Don Jos. Vmonos de aqu. A Begoa! A Begoa!
+
+Y le arrastr con paternal solicitud, como si el millonario fuese el
+primer estandarte de la romera.
+
+Aresti qued inmvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho
+bien estaba, ya que no tena remedio. Los empellones de la gente que
+hua le sacaron de su abstraccin. Los jinetes de la guardia civil
+corran al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se
+agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerbase en las aceras,
+dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban
+algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.
+
+Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San
+Nicols. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban
+tiros.
+
+La muchedumbre sin armas, herida mansalva desde aquella altura, ruga
+impotente, y en un arranque de desesperacin, intent arrojarse al
+asalto del templo, pero tropez con un obstculo que acababa de
+interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que
+brillaban caones de fusil y correajes lustrosos.
+
+Dos compaas de infantera haban entrado en la plaza paso
+gimnstico, colocndose en batalla ante la iglesia. Eran los _guiris_,
+los _ches_, la Espaa en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su
+pantaln rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la
+resurreccin de la antigua Vasconia. Los soldaditos, plidos, con la
+boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los
+tiros de revlver, daban frente la gran masa que protestaba contra la
+romera.
+
+Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente
+hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y
+hacer fuego apuntando la iglesia. Aquellos curas armados y
+vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los seoritos
+con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban
+en ellos los que en otro tiempo haban asesinado en las montaas sus
+hermanos, y que aun ahora deseaban volver la lucha de emboscadas. El
+deber, con su peso frreo irresistible, mantena inmvil la doble
+fila de hombres azules y rojos.
+
+Un oficial vacil un instante y entregando su sable un soldado, se
+llev una mano un hombro. Acababa de recibir un balazo; le haban
+herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se
+contrajo con tristeza dolorosa, ms que por la herida, por la amargura
+de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaa
+frente frente con el eterno enemigo, sino la puerta de una iglesia,
+ manos tal vez de un sacristn, de uno de aquellos efebos catlicos
+que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando la
+religin y la Virgen.
+
+La guardia civil empujaba los romeros fuera de la plaza. Salan en
+bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y
+emprendan la ascensin Begoa escoltados por los jinetes.
+
+La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oa cmo se
+alejaban las cofradas por las calles empinadas que daban acceso al
+santuario.
+
+--Viva la Virgen!--gritaban con el enardecimiento de una lucha en la
+que haban llevado la mejor parte.
+
+--A Begoa! A Begoa!--aullaba Urquiola agitando el revlver al frente
+de un grupo.
+
+Y las aclamaciones la Virgen, interrumpanlas con frecuentes
+descargas. Sin cesar en sus cnticos, hacan fuego sobre todos los que
+al borde de la cuesta contestaban sus aclamaciones con gritos de
+protesta.
+
+Poco poco fu quedando desierto el atrio de San Nicols. Un muerto
+yaca en la acera, custodiado por dos guardias. Ms all, los grupos
+rodeaban varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento
+lo largo de las paredes esquivando el gento. Estaban heridos iban
+sus casas curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas
+declaraciones.
+
+Aresti pas ms de una hora de botica en botica y de caf en caf,
+solicitado y arrastrado por muchos que le conocan, llamado all donde
+guardaban un herido, esforzndose por curar de primera intencin, con
+los medios que tena su alcance, todos los infelices que en brazos
+de la muchedumbre iban despus hacia el hospital.
+
+Atendi indistintamente unos y otros, los que llevaban en el pecho
+el escapulario de la Virgen y los que en el paroxismo del dolor
+crean encontrar un alivio dando vivas la Libertad y la Repblica. La
+carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las
+aceras y los pavimentos de los cafs, le causaban inmensa tristeza,
+hacindole pensar con lstima en la eterna infancia de los hombres:
+Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que
+estaba all en lo alto, entre luces y flores, mientras existan en el
+mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban
+para desaparecer el esfuerzo comn y fraternal de todos los humanos!
+
+Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoa, la
+carcoma, ms sabia que ellos, seguira mordiendo las entraas de madera
+del sonriente fetiche: tal vez aquellas horas algn ratn roa las
+patas del dolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrera.
+
+El mdico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de
+aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respir
+satisfecho cuando ya no le presentaron ms heridos.
+
+Pase entonces por la orilla de la ra, pensando en el encuentro con su
+primo, que seguramente sera el ltimo. La injuria Snchez Morueta le
+morda el pensamiento: aquel salivazo pareca haber cado sobre su alma.
+Ay, el intruso! El maldito intruso! Cmo haba penetrado entre ellos,
+matando todo afecto, anulando con el poder fro de la muerte todo un
+pasado de cario fraternal!... No haban reido cuerpo cuerpo como
+los hermanos en las guerras civiles: pero se haban herido en el alma,
+separndose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acab la familia:
+Aresti estaba solo en el mundo.
+
+Varios grupos de muchachos corran vociferando por las riberas del
+Nervin. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la seal de la cruz.
+Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos despus de
+la lucha en el Arenal, se haban esparcido por las Siete Calles,
+escalando las hornacinas que cobijaban las imgenes de los patronos de
+aquella Bilbao tradicional.
+
+Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados despus hasta la
+ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quera vengar en
+aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por
+otros de msculos y hueso. Al agua los santos! Y caan de cabeza en la
+ra las vrgenes y los bienaventurados, flotando despus de la inmersin
+con la ligera porosidad de la madera vieja.
+
+La muchedumbre segua lentamente por las riberas el tardo descenso de
+las imgenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudan viendo el
+cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mrtires,
+insultaban los impos, amenazndoles con las manos crispadas.
+
+Una imagen de la Virgen de Begoa, arrancada de su hornacina, era la que
+ms llamaba la atencin. Ella tena la culpa de todo!... Y la silbaban
+ insultaban mientras la imagen descenda tendida de espaldas, mostrando
+ flor de agua su vientre dorado y su carita de mueca sagrada. Un
+gabarrero, cruzando la ra en su barcaza, avanz hacia la imagen como si
+quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la
+piedad del marinero: iba salvar la Virgen.
+
+Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, ces de manejar el remo, y,
+levantndolo en alto, despus de mirar ambas orillas, di con l un
+golpe tremendo la Virgen, que desapareci en un remolino de agua para
+no flotar ms. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en
+aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. Hasta sobre
+las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...
+
+Frente un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con
+movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoci al
+_Barbas_.
+
+--Lo de hoy no vale nada--gritaba.--No me parece mal que les metan mano
+ los que por tanto tiempo han tenido engaada la gente, pero despus
+de esto hay que ajustar la cuenta los que la roban. Hoy ha sido la
+batalla de los santirulicos: maana ser la del pan. Ya bajarn del
+monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los
+ladrones de aqu: ya reclamarn su parte. Y nada de peticiones ordenadas
+ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. Fuera los cataplasmeros! A
+cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, dinamita... roo!
+dinamita!
+
+Aresti se alej para que no le viese aquel energmeno, que pareca
+enardecido por la sangre de la reciente lucha.
+
+Sus palabras evocaban en el pensamiento del mdico las minas, con su
+poblacin miserable, roda por las necesidades materiales y la
+desesperacin de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos
+picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del pen y el
+trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba la villa opulenta y
+feliz. Despus del choque provocado por el fanatismo dominador, vendra
+la huelga de los infelices, la reclamacin imperiosa de la miseria.
+
+Un ejrcito enemigo se ocultaba tras aquellas montaas que cerraban el
+horizonte: una horda hambrienta que algn da caera sobre la poblacin
+como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba
+amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendran los
+enemigos ante las defensas exteriores; se esparciran por las calles y
+bloquearan la riqueza en sus magnficas viviendas. La guerra en
+nombre del pasado se repetira en defensa del porvenir; los nuevos
+sitiadores llevaran la miseria como bandera, y como grito de combate el
+derecho la vida.
+
+Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza
+origen de tantos males. Para qu servan los tesoros de las minas? Se
+haba embellecido exteriormente la poblacin, tomando el aspecto de una
+capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ra por las
+chimeneas de fbricas y buques; pero la vida era ms triste que antes.
+Con la riqueza haban llegado los hombres negros, que se hacan los amos
+de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus
+manos en los bienes materiales.
+
+Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de
+tristeza levantaran el vuelo hacia otros pases. El suelo sera ms
+pobre, pero renacera en l como planta de consuelo la alegra de la
+vida.
+
+La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que an no conoca
+el valor del hierro, era ms feliz, con la paz de un trabajo lento y
+ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna,
+con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza
+disparatada y rpida que apenas si dejaba en el pas rastros
+beneficiosos de su paso, perdindose en las obscuras tragaderas del
+intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse
+al lado de los favoritos de la suerte, ofrecindoles el cielo cambio
+de una participacin en el botn.
+
+El saqueo de la Naturaleza, la amputacin de sus entraas de hierro,
+haba servido nicamente para la felicidad de unos cuantos y para qu el
+parsito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de
+todo. Deba terminar aquel carnaval de la Fortuna, que slo serva para
+dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar la miseria,
+con el alarde de una concentracin loca de la riqueza, que avivaba los
+odios sociales!...
+
+Las minas se empobrecan. Los optimistas las daban vida para veinte
+aos: los ms crdulos llegaban hasta treinta. Pero despus vendra el
+agotamiento, la nada; la montaa pelada, con su esqueleto calcreo al
+descubierto, sin guardar el ms leve harapo del manto que la haba
+cubierto durante siglos, ms rico que el de muchos dominadores de la
+tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos,
+ los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se
+aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el
+hierro que haban respetado los mtodos antiguos. En Gallarta se
+derribaban casas enteras, construidas algunos aos antes, para
+aprovechar el mineral de su paredes. Se viva de los residuos de la
+poca de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se
+aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras
+esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Seran intiles
+todas las extratagemas de aprovechamiento; slo encontraran la tierra
+pobre y estril, sin la menor partcula de hierro, y entonces vendra el
+slvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta la pobreza, la
+fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engaaba su hambre
+trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su
+vida: el aislamiento de los poderosos, encerrndose en el arca de su
+riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.
+
+La Fortuna habra pasado un momento por aquella tierra, como por otros
+pases, sin dejar ms que ligeras huellas. Bilbao ofrecera el aspecto
+de las ciudades histricas de Italia, que fueron grandes, llenando el
+mundo con el podero de su comercio, y hoy son melanclicos cementerios
+de un pasado glorioso. Quedaran en pie los palacios del ensanche, la
+ra prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo
+el mundo: pero los palacios estaran desiertos, el abra, con sus
+contados barcos, tendra la triste grandeza de una jaula inmensa sin
+pjaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, seran
+ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen
+an ms trgica la soledad de las metrpolis muertas.
+
+Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueos de tanta
+riqueza, no haban querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de
+la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus
+complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados las fciles y
+seguras ganancias de un pas donde slo hay que arrancar los pedruscos
+del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su
+puerto, la existencia de sus fbricas, todo estaba sometido la tierra
+roja arrancada de la montaa. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire
+de sus pulmones, y al faltar de repente, caera la villa ostentosa con
+repentina muerte, desaparecera, como el decorado de una comedia de
+magia, aquella riqueza creada de la noche la maana, que era para la
+masa infeliz una opulencia insultante.
+
+Tal vez algn da los pasos de los raros transeuntes despertasen el
+mismo eco fnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero
+al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Poda ser que el mar
+enemigo cegase la ra con una barra de arena, y que slo de tarde en
+tarde remontase su corriente algn barco mercante.
+
+Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvera ser
+la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre
+y pacfica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del
+remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus
+calles el ejrcito de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los
+que llegaban exhibir como una acusacin muda sus harapos y su cara de
+hambre ante los palacios de los ricos.
+
+Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharan tras sus pasos aquellos
+hombres negros que la seguan como merodeadores, que slo se mostraban
+hablando del cielo all donde se amontonaban los beneficios de la
+tierra. No vacilaran en abandonar una tierra exhausta, olvidndola
+como tenan olvidados los pases pobres, donde nunca se mostraban,
+como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.
+
+Aresti, al pensar que la ruina de su pas sera la seal para que los
+invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto
+antes: sonrea pensando en el agotamiento de las minas como en una
+catstrofe providencial y salvadora.
+
+Llevaba ms de dos horas paseando por la orilla de la ra. Comenzaba el
+agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol
+ocultbase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos segua la
+lenta flotacin del ltimo santo, arrojndole piedras para que no se
+detuviera en las revueltas de la corriente.
+
+Despus de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del
+crepsculo de verano, pareca envolver suavemente el espritu de Aresti,
+elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo
+de tierra donde haba de morir. Era un atad, en el que dormitaba,
+rodeado de seres egostas que se defendan del vecino intentaban
+aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen
+inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin lmites.
+
+Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que an
+tena por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados
+sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas
+hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como
+una estrella perdida en la noche.
+
+El sol se haba ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por
+el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del ltimo santo.
+
+Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el ltimo crepsculo de las
+religiones. Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos
+dolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las
+leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante
+el negro secreto de la muerte!
+
+El doctor contemplaba la fuga del dolo sobre las aguas, y, como atrado
+por l, lo segua lo largo de la ribera.
+
+Soaba en el da glorioso de la humana redencin: cuando desapareciesen
+los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan mantenido los
+hombres durante siglos en la esclavitud, cantndoles la cancin de la
+humildad y la repugnancia la vida, arrullndolos en su eterna niez,
+con la apologa de la resignacin cobarde ante las injusticias
+terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...
+
+No: aquellos dolos haban engaado la humanidad demasiado tiempo y
+deban morir. Sus das an seran largos, pero estaban contados. Los
+hombres comenzaban maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos
+hostiles con la sublime rebelda del sacrilegio. Eran los alcahuetes de
+la injusticia. Bajaran de sus altares como haban descendido los dioses
+del paganismo cuando les lleg su hora, siendo ms hermosos que ellos.
+Quedaran en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr
+siquiera, en su fealdad, la admiracin que inspira la armoniosa
+desnudez: se confundiran con los fetiches grotescos de los pueblos
+primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras
+sus aspiraciones y anhelos, adorara en el infinito de su idealismo las
+dos nicas divinidades de la nueva religin: la Ciencia y la Justicia
+Social.
+
+FIN
+
+Playa de la Malvarrosa (Valencia).
+
+Abril-Junio de 1904.
+
+ * * * * *
+
+
+DEL MISMO AUTOR
+
+NOVELAS
+
+=Arroz y tartana.= _Una peseta._
+
+=Flor de Mayo.= _Una peseta._
+
+=La Barraca.= _3'50 pesetas._
+
+=Entre naranjos.= _3 pesetas._
+
+=Caas y barro.= _3 pesetas._
+
+=Snnica la cortesana.= 3 pesetas.
+
+=La Catedral.= 3 pesetas.
+
+CUENTOS
+
+=Cuentos valencianos.= _Una peseta._
+
+=La Condenada.= _Una peseta._
+
+VIAJES
+
+=Pars= (_agotada_).
+
+=En el pas del Arte= (_Tres meses en Italia_). 1'50 ptas.
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO ***
+
+***** This file should be named 24466-8.txt or 24466-8.zip *****
+This and all associated files of various formats will be found in:
+ http://www.gutenberg.org/2/4/4/6/24466/
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
+produced from images generously made available by the
+Digital & Multimedia Center, Michigan State University
+Libraries.)
+
+
+Updated editions will replace the previous one--the old editions
+will be renamed.
+
+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
+permission and without paying copyright royalties. Special rules,
+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
+copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
+protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
+charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
+do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
+rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
+such as creation of derivative works, reports, performances and
+research. They may be modified and printed and given away--you may do
+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
+redistribution.
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+electronic works
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+electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
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+the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
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+If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
+Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
+terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
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+1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
+used on or associated in any way with an electronic work by people who
+agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
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+works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
+are removed. Of course, we hope that you will support the Project
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+with the permission of the copyright holder, your use and distribution
+must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
+terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
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+License terms from this work, or any files containing a part of this
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+compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
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+form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
+License as specified in paragraph 1.E.1.
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+opportunities to fix the problem.
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+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
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+The Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez
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+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
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+with this eBook or online at www.gutenberg.org
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+Title: El intruso
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+Author: Vicente Blasco Ibez
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+Release Date: January 31, 2008 [EBook #24466]
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+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO ***
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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+<p class="c">F. Sempere y C.&ordf;, Editores</p>
+
+<p class="c">CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32</p>
+
+<p class="c">VALENCIA</p>
+
+<p class="c">1904</p>
+
+<hr />
+<table summary="toc" cellpadding="0" cellspacing="0">
+<tr><td>Cap&iacute;tulos:
+<a href="#I"><b>I, </b></a>
+<a href="#II"><b>II, </b></a>
+<a href="#III"><b>III, </b></a>
+<a href="#IV"><b>IV, </b></a>
+<a href="#V"><b>V, </b></a>
+<a href="#VI"><b>VI, </b></a>
+<a href="#VII"><b>VII, </b></a>
+<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a>
+<a href="#IX"><b>IX, </b></a>
+<a href="#X"><b>X</b></a><br />
+</td></tr>
+</table>
+
+
+<hr />
+
+<h3 class="top15"><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+<p>Comenzaba &aacute; clarear el d&iacute;a cuando despert&oacute; el doctor Aresti, sinti&eacute;ndose
+empujado en un hombro. Lo primero que vi&oacute; fu&eacute; el rostro de manzana seca,
+verdoso y arrugado de Katali&ntilde;, su ama de llaves, y los dos cuernos del
+pa&ntilde;uelo que llevaba la vieja arrollado &aacute; las sienes.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues
+que vaya.</p>
+
+<p>Comenz&oacute; &aacute; vestirse el doctor, despu&eacute;s de largos desperezos y una rebusca
+lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbord&aacute;ndose de
+los estantes de la inmediata habitaci&oacute;n, se extend&iacute;an por su dormitorio
+de hombre solo.</p>
+
+<p>Dos m&eacute;dicos ten&iacute;a &aacute; sus &oacute;rdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel
+d&iacute;a estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames
+desde la noche anterior, para curar &aacute; varios mineros heridos por una
+explosi&oacute;n de dinamita.</p>
+
+<p>Katali&ntilde; le ayud&oacute; &aacute; ponerse el recio gab&aacute;n, y abri&oacute; la puerta de la calle
+mientras el doctor se calaba la boina y requer&iacute;a su <i>cachaba</i>, grueso
+cayado con contera de lanza, que le acompa&ntilde;aba siempre en sus visitas &aacute;
+las minas.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Katali&ntilde;&mdash;dijo al trasponer la puerta.&mdash;&iquest;Sabes qui&eacute;n es el muerto?</p>
+
+<p>&mdash;<i>El Maestrico</i> disen. El que ense&ntilde;aba por la noche el abesedario &aacute; los
+pinches y era novio de esa que llaman <i>La Charanga</i>. &iexcl;C&oacute;mo est&aacute;
+Gallarta, Se&ntilde;or Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vas&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Lo de siempre&mdash;murmur&oacute; el m&eacute;dico.&mdash;El crimen pasional. A estos
+b&aacute;rbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.</p>
+
+<p>Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llam&oacute; desde la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San Jos&eacute; y que le
+esperan en Bilbao. No haga &aacute; su primo una de las suyas.</p>
+
+<p>Aresti not&oacute; la entonaci&oacute;n de respeto con que hablaba la vieja de aquel
+primo que le hab&iacute;a invitado &aacute; comer por ser sus d&iacute;as. En todo el
+distrito minero nadie hablaba de &eacute;l sin subrayar el nombre con una
+admiraci&oacute;n casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y
+poder&iacute;o, le tem&iacute;an como &aacute; una fuerza omnipotente.</p>
+
+<p>El doctor, al salir de Gallarta, se abroch&oacute; el gab&aacute;n, estremeci&eacute;ndose de
+fr&iacute;o. El cielo plomizo y brumoso se confund&iacute;a con las crestas de los
+montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta
+descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del
+Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirm&oacute; los
+lentes y sigui&oacute; adelante todav&iacute;a so&ntilde;oliento, con esa pasividad resignada
+del m&eacute;dico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus
+zapatos de monte se pegaban al barro; la <i>cachaba</i> iba marcando con su
+lanza un agujero &aacute; cada paso.</p>
+
+<p>La noche anterior hab&iacute;a cenado Aresti con unos cuantos contratistas de
+las minas, lo m&aacute;s distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban
+camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos
+camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se
+pegaban al m&eacute;dico acos&aacute;ndolo con toda clase de agasajos. Despertaba en
+ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que hab&iacute;a estudiado en el
+extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir
+entre ellos, en la sociedad primitiva y casi b&aacute;rbara del distrito
+minero. Esto les halagaba como si fuese una declaraci&oacute;n de superioridad
+en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los <i>chimbos</i> de
+Bilbao. Adem&aacute;s, respetaban al doctor con cierta adoraci&oacute;n supersticiosa
+porque era primo hermano de S&aacute;nchez Morueta y &eacute;ste no ocultaba su gran
+cari&ntilde;o al m&eacute;dico...</p>
+
+<p>&iexcl;S&aacute;nchez Morueta! &iexcl;C&oacute;mo qui&eacute;n dice nada! Hac&iacute;a muchos a&ntilde;os que no hab&iacute;a
+estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurr&iacute;an los meses sin
+que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los m&aacute;s
+&iacute;ntimos del famoso personaje. Pero ya se pod&iacute;a preguntar por &eacute;l, lo
+mismo al gobernador de Bilbao que al &uacute;ltimo pinche de Gallarta: nadie se
+mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se ve&iacute;an
+minas y m&aacute;s minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos
+inclinados, tranv&iacute;as a&eacute;reos, reba&ntilde;os de hombres atacando las canteras:
+de &eacute;l, todo de &eacute;l. Y de &eacute;l tambi&eacute;n, los altos hornos que ard&iacute;an d&iacute;a y
+noche junto al Nervi&oacute;n, fabricando el acero, y gran parte de los vapores
+atracados &aacute; los muelles de la r&iacute;a cargando mineral &oacute; descargando hulla,
+y muchos m&aacute;s que paseaban la bandera de la matr&iacute;cula de Bilbao por todos
+los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un
+sinn&uacute;mero de f&aacute;bricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que
+funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se
+dejaba ver, pero se sent&iacute;a su presencia en todas partes. Pod&iacute;a hacer &aacute;
+un hombre rico de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana con s&oacute;lo desearlo. Hasta los
+se&ntilde;ores de Madrid que gobernaban el pa&iacute;s le buscaban y mimaban para que
+prestase ayuda al Estado en sus apuros y empr&eacute;stitos. &iexcl;Y el doctor
+Aresti, amado por S&aacute;nchez Morueta con un afecto doble de padre y de
+hermano, se empe&ntilde;aba en vivir fuera de su protecci&oacute;n, m&aacute;s all&aacute; de la
+lluvia de oro que parec&iacute;a caer de su mirada y que hac&iacute;a que los hombres
+se agolpasen en torno de &eacute;l, con la furia brutal de la codicia,
+oblig&aacute;ndolo &aacute; aislarse, &aacute; permanecer invisible, para no perecer bajo el
+formidable empuj&oacute;n de los adoradores!... La &uacute;nica merced que el m&eacute;dico
+hab&iacute;a solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la
+cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perec&iacute;an
+faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama
+de pr&aacute;ctico de los hospitales de Par&iacute;s, con la popularidad que le hab&iacute;an
+dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fu&eacute; &aacute; aislarse en las
+minas, cuando a&uacute;n no ten&iacute;a treinta a&ntilde;os, viviendo en una casita de
+Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.</p>
+
+<p>Los contratistas, los capataces, los <i>qu&iacute;micos</i>, toda la gente que
+formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba &aacute; Aresti, poniendo en
+su adoraci&oacute;n algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio &aacute;
+las riquezas materiales.</p>
+
+<p>&mdash;Le gusta vivir con nosotros&mdash;dec&iacute;an con orgullo.&mdash;Mejor prefiere una
+merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que S&aacute;nchez
+Morueta tiene en Las Arenas... &iexcl;Ser primo de Don Jos&eacute; y pasarse meses
+sin verlo!... &iexcl;Pero qu&eacute; famoso es el doctor!</p>
+
+<p>El m&iacute;sero reba&ntilde;o de los mineros, albergado en los barracones y cantinas,
+ten&iacute;a una fe ciega en su ciencia, le miraba como &aacute; un brujo capaz de los
+mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano.
+Pasaban por los caminos de la monta&ntilde;a un sinn&uacute;mero de lisiados, que, al
+conservar la vida despu&eacute;s de horribles cat&aacute;strofes, proclamaban la
+maestr&iacute;a del cirujano.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Que venga Don Luis!&mdash;gem&iacute;a el minero herido por la explosi&oacute;n de un
+barreno, &oacute; el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la
+cantera.</p>
+
+<p>Y al ver con la mirada vidriosa de la agon&iacute;a los lentes del doctor, sus
+ojos ir&oacute;nicos bajo unas cejas mefistof&eacute;licas y la barba en punta llena
+de canas precoces, los infelices sent&iacute;anse animados por repentina
+confianza; no percib&iacute;an la llegada de la muerte, esperando hasta el
+&uacute;ltimo momento el milagro que hab&iacute;a de salvarles.</p>
+
+<p>Los otros m&eacute;dicos del distrito eran recibidos por los enfermos con
+triste resignaci&oacute;n. &iexcl;Don Luis: s&oacute;lo el doctor Aresti! Y las se&ntilde;oras de
+Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se
+aburr&iacute;an en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo,
+sent&iacute;an enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, s&oacute;lo por
+el gusto de hablar con el doctor, que &aacute; m&aacute;s de su ciencia llevaba con &eacute;l
+algo de la grandeza de S&aacute;nchez Morueta y de las altas clases de Bilbao
+hasta las cuales so&ntilde;aban con llegar alg&uacute;n d&iacute;a. Los maridos no
+necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los
+asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le
+buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagru&eacute;licas.
+Le llevaban con ellos &aacute; las pruebas de bueyes y las apuestas de
+barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de
+la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.</p>
+
+<p>La noche anterior, Aresti se hab&iacute;a acostado tarde. Ya que hab&iacute;a de comer
+en Bilbao invitado por <i>Don Jos&eacute;</i> (que as&iacute; era conocido por antonomasia
+el poderoso S&aacute;nchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual
+nombre, no quer&iacute;an dejar de obsequiar al doctor. Y hasta m&aacute;s de media
+noche dur&oacute; la cena en el fond&iacute;n principal del pueblo: un banquete de
+platos populares y substanciosos, tales como los so&ntilde;aban aquellos ricos
+improvisados en su &eacute;poca de hambre: conejos de monte, gallinas en toda
+clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile
+de viandas vulgares rociadas desde la primera &aacute; la &uacute;ltima con champagne
+de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el
+distintivo de la riqueza; lo &uacute;nico que hab&iacute;an podido copiar de las
+clases elevadas. Lo quer&iacute;an del m&aacute;s caro para que constase bien su
+opulencia y lo gastaban &aacute; cajas, abriendo &aacute; golpes las botellas, riendo
+como ni&ntilde;os cuando el l&iacute;quido se derramaba por el suelo, moj&aacute;ndose unos &aacute;
+otros con la espuma, bebi&eacute;ndolo en tanques y llenando &aacute; veces las
+palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que &aacute;
+los postres nunca dejaba de producir hilaridad.</p>
+
+<p>Aresti sonre&iacute;a recordando la fiesta de la noche anterior, las
+extravagancias infantiles de aquellos r&uacute;sticos, enriquecidos r&aacute;pidamente
+&eacute; imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y
+laboriosa que llevaban en el monte.</p>
+
+<p>Sin detenerse en su marcha, el doctor contempl&oacute; largo rato una colina
+roja que se alzaba &aacute; un lado del camino. Aquella tumefacci&oacute;n del paisaje
+era obra del hombre. La monta&ntilde;a se hab&iacute;a formado espuerta sobre
+espuerta. A su sombra hab&iacute;an nacido Gallarta y la riqueza del distrito.
+Era la escoria de la mina de San Miguel de Bego&ntilde;a, la explotaci&oacute;n m&aacute;s
+famosa de las Encartaciones: toda de mineral <i>campanil</i> y del m&aacute;s rico.
+All&iacute; hab&iacute;an comenzado su fortuna S&aacute;nchez Morueta y otros potentados de
+Bilbao. S&oacute;lo quedaba como recuerdo la monta&ntilde;a de escoria. El dinero
+estaba en la villa, y en las entra&ntilde;as de la tierra los siervos an&oacute;nimos
+que hab&iacute;an dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.</p>
+
+<p>Aresti vi&oacute; un grupo de gente &aacute; un lado del camino. Pasaban corriendo
+junto &aacute; &eacute;l chiquillos y mujeres. A veces se deten&iacute;an para llamar &aacute; los
+que estaban en los desmontes inmediatos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;En&eacute;! &iexcl;Han matado al <i>Maestrico</i>! &iexcl;Vamos &aacute; verlo!</p>
+
+<p>Y segu&iacute;an corriendo hacia el gent&iacute;o, en el cual se destacaban los negros
+uniformes y las boinas con chapa de una pareja de mi&ntilde;ones. Algunos
+muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atra&iacute;dos por el suceso,
+llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos.
+Familiarizados con el explosivo, met&iacute;anse entre los grupos empujando
+para abrirse paso y ver al muerto.</p>
+
+<p>En medio del camino estaban inm&oacute;viles varias carretas con sus bueyes de
+raza vasca, peque&ntilde;os, de patas finas, con una piel de carnero entre los
+cuernos adornando el yugo.</p>
+
+<p>Al llegar el doctor se abri&oacute; el compacto grupo, dejando ver un hombre
+tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre
+formaban una m&aacute;scara sobre su rostro. Aresti no tuvo m&aacute;s que inclinarse
+para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.</p>
+
+<p>El juez municipal, un contratista de los que hab&iacute;an cenado con Aresti,
+le habl&oacute; del suceso, lamentando el madrug&oacute;n que le hab&iacute;a proporcionado.
+El pobre <i>Maestrico</i> deb&iacute;a haber muerto casi instant&aacute;neamente. Ten&iacute;a un
+golpe en el coraz&oacute;n, una de aquellas pu&ntilde;aladas que s&oacute;lo se ve&iacute;an en las
+minas donde vive tanta gente salida del presidio. Adem&aacute;s, le hab&iacute;an
+herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Deb&iacute;an ser dos los
+que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volv&iacute;a de Bilbao. Para
+el juez, el suceso no ofrec&iacute;a dudas. De all&iacute; ir&iacute;a &aacute; prender &aacute; los
+culpables sin miedo &aacute; equivocarse.</p>
+
+<p>Recordaba &aacute; Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un
+andaluz, de car&aacute;cter triste y pocas palabras que hab&iacute;a rodado por el
+mundo busc&aacute;ndose la vida en Am&eacute;rica en cien oficios, y trabajando en
+todas las minas de Espa&ntilde;a. Por las noches, cuando volv&iacute;a del trabajo,
+daba lecciones &aacute; los pinches. Viv&iacute;a &aacute; pupilo en casa de los padres de
+<i>la Charanga</i>, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta &aacute; la
+chavaler&iacute;a de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado
+de presidio, un rebelde que iba de una &aacute; otra cantera despedido siempre
+por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atenci&oacute;n
+por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un
+arsenal de armas oculto. El <i>Maestrico</i> se hab&iacute;a enamorado de <i>la
+Charanga</i> con la pasi&oacute;n reconcentrada y silenciosa de un hombre de
+cuarenta a&ntilde;os. Los padres le quer&iacute;an, alabando sus costumbres sobrias,
+su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de
+bestia alegre, dec&iacute;a que s&iacute; &aacute; todo, continuando sus relaciones con el
+matoncillo. Iban &aacute; casarse en aquella misma semana. El <i>Maestrico</i> hab&iacute;a
+marchado el d&iacute;a anterior &aacute; Bilbao para comprar algunos regalos &aacute; la
+novia y, al regreso, el amante y su padre le hab&iacute;an esperado en el
+camino.</p>
+
+<p>Aresti oy&oacute; unos gemidos &aacute; su espalda. Entre el gent&iacute;o, un minero viejo
+se llevaba las manos &aacute; los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Ant&oacute;n... pobre <i>Maestrico</i>. &iexcl;Matar &aacute; un hombre as&iacute;! &iexcl;Tan bueno!...
+&iexcl;tan trabajador!</p>
+
+<p>Era el padre de <i>la Charanga</i>, que lloraba ante el cad&aacute;ver de su pupilo.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico se fij&oacute; en el abultado abdomen del muerto, &eacute; hizo que un mi&ntilde;&oacute;n
+desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela
+blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sue&ntilde;an las muchachas
+de las minas como una elegancia suprema. El pobre <i>Maestrico</i> hab&iacute;a ido
+&aacute; la villa para comprar este regalo &aacute; su novia.</p>
+
+<p>Se abri&oacute; el grupo con cierto rumor de curiosidad, como &aacute; la llegada de
+un personaje esperado. Era <i>la Charanga</i>, con las manos en las fuertes
+caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado,
+mostrando al sonre&iacute;r sus dientes agudos de loba imp&uacute;dica.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero es verdad que han matao &aacute; <i>ese</i>?...</p>
+
+<p>Y fijaba su mirada en el m&eacute;dico, con la misma expresi&oacute;n de l&uacute;brica
+generosidad con que muchas veces le hab&iacute;a invitado &aacute; seguirla cuando le
+encontraba en el campo. Despu&eacute;s contempl&oacute; el cad&aacute;ver fr&iacute;amente, sin
+emoci&oacute;n, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompi&oacute; &aacute; re&iacute;r.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Redi&oacute;s! &iexcl;Pus ya pod&iacute;a yo anoche esperar mis botas!...</p>
+
+<p>Fu&eacute; todo lo que se le ocurri&oacute; ante el cad&aacute;ver del que iba &aacute; ser su
+marido. Y rompiendo &aacute; codazos por entre los hombres que se conmov&iacute;an al
+contacto de sus caderas, sali&oacute; del grupo, alej&aacute;ndose con soberbia
+indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor &aacute; ella iba &aacute; ir &aacute;
+presidio.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La bestia!&mdash;dijo el m&eacute;dico al juez, sigui&eacute;ndola con la mirada.&mdash;La
+hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos
+se maten por poseerla... Esto s&oacute;lo se ve aqu&iacute;.</p>
+
+<p>Y Aresti sonre&iacute;a con la satisfacci&oacute;n del naturalista que contempla en
+su gabinete un animal extraordinario.</p>
+
+<p>Llegaban de Gallarta nuevos grupos atra&iacute;dos por la noticia del
+asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de mi&ntilde;ones en
+busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cad&aacute;ver,
+llev&aacute;ndolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor
+emprendi&oacute; el regreso y, cerca ya de Gallarta, not&oacute; que un muchacho de
+unos catorce a&ntilde;os, un pinche de los que trabajaban en las minas, le
+segu&iacute;a, marchando tan pronto &aacute; su lado como delante, siempre volviendo
+la cara hacia &eacute;l, mir&aacute;ndole con unos ojos desmesuradamente abiertos,
+suplicantes y vidriosos como si fuesen &aacute; saltarles las l&aacute;grimas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; se ofrece caballero?&mdash;dijo Aresti con su voz alegre que parec&iacute;a
+esparcir la confianza entre los desgraciados.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or dotor&mdash;gimi&oacute; el muchacho.&mdash;Mi padre... mi pobre padre.</p>
+
+<p>Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se
+ahogaron las palabras en su garganta y rompi&oacute; &aacute; llorar.</p>
+
+<p>Aresti se fij&oacute; en &eacute;l. No era del pa&iacute;s: deb&iacute;a ser <i>maketo</i>, de los que
+llegaban en cuadrillas de Castilla &oacute; de Le&oacute;n, empujados por el hambre,
+atra&iacute;dos por los jornales de las minas. Un pantal&oacute;n azul, con piezas
+superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus
+zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprim&iacute;a una
+camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la
+mara&ntilde;a de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de
+una boina vieja. Ol&iacute;a &aacute; juventud descuidada, &aacute; ropas mantenidas sobre la
+carne meses enteros. Aresti conoc&iacute;a este perfume de las minas; el hedor
+de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la
+misma envoltura.</p>
+
+<p>&mdash;Tu padre... ya te entiendo&mdash;dijo bondadosamente.&mdash;&iquest;Y qu&eacute; le ocurre &aacute;
+tu padre? Vamos &aacute; ver.</p>
+
+<p>El pinche se explic&oacute; trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga,
+en una casa de peones, muy enfermo; se mor&iacute;a. Al amanecer hab&iacute;a querido
+levantarse para ir al trabajo como los dem&aacute;s compa&ntilde;eros, pero le ard&iacute;a
+la piel, deliraba. El d&iacute;a antes hab&iacute;a llovido y se moj&oacute; en la cantera.
+&Eacute;l, que era su hijo, se hab&iacute;a quedado para cuidarle. &iquest;Pero c&oacute;mo,
+se&ntilde;or?... Estaba muy malo, mucho. &iexcl;Para que &eacute;l se hubiera decidido &aacute;
+perder el jornal del d&iacute;a!...</p>
+
+<p>Y el muchacho repiti&oacute; lo de la p&eacute;rdida del jornal varias veces, d&aacute;ndole
+con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostraci&oacute;n
+de la gravedad del enfermo.</p>
+
+<p>Aresti crey&oacute; consolarle, prometiendo que enviar&iacute;a al m&eacute;dico que estaba
+en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompi&oacute; &aacute; llorar
+de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or dotor... Usted, s&oacute;lo usted... Se lo pido por lo que quiera m&aacute;s
+en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe m&aacute;s que todos
+juntos. La gente dice que usted hace milagros...</p>
+
+<p>Y apoder&aacute;ndose de una mano del doctor, se la bes&oacute; repetidas veces sin
+saber qu&eacute; decir, como si estas muestras de veneraci&oacute;n fuesen todo su
+lenguaje y con &eacute;l quisiera convencer al m&eacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;Basta, muchacho&mdash;dijo Aresti riendo.&mdash;No sigas. Ir&eacute; &aacute; Labarga para que
+no me beses m&aacute;s con tu cara sucia... Buena se va &aacute; poner Katali&ntilde; cuando
+sepa que subo al monte.</p>
+
+<p>El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habl&oacute; con menos
+dificultad contestando &aacute; sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y
+hab&iacute;an venido &aacute; las minas su padre y &eacute;l con seis paisanos m&aacute;s. Hac&iacute;a
+tres a&ntilde;os que realizaban este viaje &aacute; la entrada del invierno. Ellos
+ten&iacute;an all&aacute; su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las
+mujeres se encargaban de los campos durante el fr&iacute;o y los hombres
+emprend&iacute;an la peregrinaci&oacute;n &aacute; Bilbao en busca de los jornales fabulosos,
+de once reales &oacute; tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el
+pa&iacute;s. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y
+plantar la del a&ntilde;o pr&oacute;ximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era
+dura, mor&iacute;an algunos; pero se pod&iacute;a volver &aacute; casa con buenos ahorros.</p>
+
+<p>&mdash;Yo, se&ntilde;or dotor, gano siete reales: mi padre once &uacute; doce. Damos un
+real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aqu&iacute; todo va por
+las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral
+destroza mucho. Adem&aacute;s, casi todas las semanas llueve en esta tierra y
+no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos &aacute;
+casa &aacute; los diez meses con cuarenta &oacute; cincuenta duros.</p>
+
+<p>&mdash;Pues vais &aacute; ser ricos cualquier d&iacute;a&mdash;dijo Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Quia! &iexcl;no se&ntilde;or!&mdash;contest&oacute; el muchacho c&aacute;ndidamente.&mdash;Ricos nunca lo
+seremos. &iexcl;Aun si ese dinero fuese para nosotros!...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Es que lo regalais?...</p>
+
+<p>&mdash;Se lo llevan los mandones. Con &eacute;l pagamos la contribuci&oacute;n.</p>
+
+<p>Aresti camin&oacute; un buen rato en silencio, admirando una vez m&aacute;s la
+sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada
+&aacute; las privaciones, sin la m&aacute;s leve vegetaci&oacute;n de ideas de protesta en su
+cerebro est&eacute;ril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de
+campamento, encorvados ante la piedra roja, ara&ntilde;&aacute;ndola de sol &aacute; sol con
+un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentaci&oacute;n,
+acelerando d&iacute;a por d&iacute;a la ruina de su organismo; y este sacrificio
+obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad rid&iacute;culo
+sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y
+pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.</p>
+
+<p>Al entrar en Gallarta, el m&eacute;dico pas&oacute; apresuradamente ante su casa,
+temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al
+monte.</p>
+
+<p>&mdash;Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y a&uacute;n he de tomar el tren
+para Bilbao.</p>
+
+<p>Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta
+empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajust&aacute;ndose
+&aacute; todas sus tortuosidades. Eran m&iacute;seros edificios construidos con
+mineral en la &eacute;poca que &eacute;ste no era tan buscado; gruesos paredones
+agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y
+los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes
+aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates
+del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los
+establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas
+ventanas con vidrios empa&ntilde;ados serv&iacute;an de escaparates, exhibiendo
+zapatos &oacute; quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa,
+enviados &aacute; las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A
+causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas
+ten&iacute;an varios pelda&ntilde;os ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran
+profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar &aacute; ellas. Los
+establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La
+calle, con sus tiendas estrechas y l&oacute;bregas y sus casas de poca altura,
+hac&iacute;a recordar la tortuosa v&iacute;a de una poblaci&oacute;n &aacute;rabe. Algunas carretas
+permanec&iacute;an detenidas &aacute; las puertas de las tabernas, moviendo los
+bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro
+gritaban los conductores ante los vasos de vino.</p>
+
+<p>Aresti ten&iacute;a buenas piernas, acostumbrado como estaba &aacute; aquel pa&iacute;s
+montuoso, y apoy&aacute;ndose en la <i>cachaba</i> segu&iacute;a sin dificultad al pinche
+que casi corr&iacute;a por el camino, con direcci&oacute;n &aacute; Labarga, uno de los
+barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotaci&oacute;n minera. As&iacute;
+como ascend&iacute;an por el &aacute;spero camino, era m&aacute;s fuerte el viento y se
+ensanchaba el paisaje. Agrand&aacute;banse los montes y se velaban los valles
+bajo la bruma de la ma&ntilde;ana. Por la parte del mar, el Serantes, que
+guarda la desembocadura de la r&iacute;a de Bilbao, recortaba sobre el cielo
+plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies
+extend&iacute;a el mar su ancha faja obscura, cortada &aacute; trechos por otros
+montes m&aacute;s bajos, meti&eacute;ndose en tri&aacute;ngulos, tierra adentro, en forma de
+ensenadas y r&iacute;as.</p>
+
+<p>Hac&iacute;a alg&uacute;n tiempo que el doctor no hab&iacute;a subido &aacute; pie la cuesta de
+Labarga y encontraba cierta novedad al espect&aacute;culo. Sin dejar de andar,
+iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al
+pie de Serantes, era San Pedro Abanto; m&aacute;s all&aacute;, al lado de una r&iacute;a,
+alz&aacute;base la monta&ntilde;a de Somorrostro. Dos nombres famosos que conoc&iacute;a toda
+Espa&ntilde;a despu&eacute;s de la guerra civil. Como una resurrecci&oacute;n de aquella
+lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas
+inmediatas al camino, tembl&oacute; la tierra con sorda trepidaci&oacute;n y
+estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por
+el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban &aacute; una hora
+fija, por la ma&ntilde;ana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus
+cornetas para que se alejase la gente. M&aacute;s all&aacute; de las minas inmediatas
+sonaron nuevas detonaciones, y luego otras m&aacute;s lejanas, estremeci&eacute;ndose
+toda la cuenca minera con un incesante ca&ntilde;oneo como si tronasen bater&iacute;as
+ocultas en todos los repliegues y c&uacute;spides de los montes.</p>
+
+<p>Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las
+Encartaciones, cuando el ej&eacute;rcito liberal intentaba levantar el sitio de
+Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de
+la guerra y la destrucci&oacute;n, hab&iacute;an popularizado los nombres de dos
+humildes aldeas de Vizcaya. &Eacute;l no hab&iacute;a presenciado los combates; pero
+como si los hubiera visto, despu&eacute;s de escuchar su relato tantas veces &aacute;
+los viejos del pa&iacute;s y &aacute; muchos de los contratistas que eran entonces
+aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al
+cura de su anteiglesia, hab&iacute;an tomado las armas en defensa del Se&ntilde;or y
+los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del
+llano, hab&iacute;an matado de un certero ca&ntilde;onazo &aacute; los dos mejores generales
+del carlismo. Despu&eacute;s, el m&eacute;dico miraba el monte de Somorrostro con sus
+&aacute;speras pendientes, aislado, l&uacute;gubre como una pir&aacute;mide. A&uacute;n se
+encontraban osamentas al cavar en las faldas. All&iacute; hab&iacute;a sido la gran
+carnicer&iacute;a: los batallones del gobierno, la infanter&iacute;a de marina, con la
+bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro,
+pugnaban por subir &aacute; lo m&aacute;s alto para vencer al enemigo, y &eacute;ste los
+fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fr&iacute;a
+anticipaci&oacute;n, y pareci&eacute;ndole poco mort&iacute;fero el fusil, apelaba &aacute;
+procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las
+alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las
+minas, y estos carros de la muerte descend&iacute;an saltando de pe&ntilde;asco en
+pe&ntilde;asco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba &aacute; cada choque, &aacute;
+cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los
+celt&iacute;beros b&aacute;rbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas
+locas romp&iacute;an las masas de pantalones rojos &oacute; azules que en vano
+intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su f&eacute;rreo volteo, hac&iacute;an
+crujir los huesos, deshilachaban los m&uacute;sculos, y, manchadas de sangre,
+segu&iacute;an rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Imb&eacute;ciles! &iexcl;imb&eacute;ciles&mdash;repet&iacute;a mentalmente el doctor.</p>
+
+<p>Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos
+montes y en otros de m&aacute;s all&aacute;; en todos los que dorm&iacute;an eternamente en
+las entra&ntilde;as de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una
+simple cuesti&oacute;n de personas, h&aacute;bilmente explotada en nombre del
+sentimiento religioso y de la repulsi&oacute;n que siente el vascongado por
+toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.</p>
+
+<p>Contrastando con estos recuerdos de una &eacute;poca de violencias, rodeaban al
+doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el
+movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra.
+Los tranv&iacute;as a&eacute;reos para la conducci&oacute;n del mineral apoyaban sus cables
+sobre los robustos postes y desliz&aacute;ndose por ellos, pasaba el rosario de
+tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despe&ntilde;aderos,
+descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los
+descargaderos de Ortuella, la v&iacute;a f&eacute;rrea del Triano, que es el
+respiradero de las minas.</p>
+
+<p>En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corr&iacute;an sobre los
+rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por
+caballos, empujadas otras por hombres. Ve&iacute;anse grandes plataformas de
+madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los veh&iacute;culos
+amarrados &aacute; una cadena sin fin. La v&iacute;a autom&aacute;tica de una compa&ntilde;&iacute;a
+extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que
+parec&iacute;an seres animados. Los veh&iacute;culos rodaban en dos filas, en opuestas
+direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su
+camino en l&iacute;nea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y
+atravesando las alturas por t&uacute;neles pendientes que los devoraban.</p>
+
+<p>El paisaje aparec&iacute;a trastornado por la mano del hombre. El minero
+violaba &aacute; la Naturaleza, volc&aacute;ndola, desordenando sus ropajes. Todo
+hab&iacute;a cambiado de lugar. Las cumbres hab&iacute;an sido echadas abajo por la
+piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban
+convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparec&iacute;an desgarradas:
+lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el
+pavoroso corte del despe&ntilde;adero. Hab&iacute;ase cambiado el curso de las aguas;
+las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escap&aacute;banse ahora con
+rezumamiento fangoso por las angostas galer&iacute;as que perforaban las
+pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su
+carne, mostraban el armaz&oacute;n calc&aacute;reo, la triste osamenta. Los prados de
+otras &eacute;pocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo
+hab&iacute;a desaparecido, como si soplara sobre aquellas monta&ntilde;as un viento de
+fuego. S&oacute;lo quedaba el pedrusco f&eacute;rreo, el terr&oacute;n rojo, la tierra
+codiciada por el hombre, que parec&iacute;a haber ardido con interna
+combusti&oacute;n. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante.
+Crec&iacute;a la hierba all&iacute; donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las
+plataformas carcomidas, delatando una explotaci&oacute;n abandonada. En estos
+rincones pac&iacute;an algunos reba&ntilde;os de ovejas panzudas, de largas lanas,
+dando con sus esquilas una nota de calma pastoril &aacute; aquel paisaje
+desolado que parec&iacute;a reci&eacute;n surgido de una cat&aacute;strofe geol&oacute;gica.</p>
+
+<p>El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de
+esos cr&aacute;teres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de
+sus convulsiones. Parec&iacute;a imposible que aquella profundidad fuese obra
+del hombre en tan pocos a&ntilde;os. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando
+el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos.
+Los caballos parec&iacute;an por su tama&ntilde;o escapados de una caja de juguetes.</p>
+
+<p>Aresti, ante este desgarr&oacute;n de la corteza terrestre que mostraba al aire
+sus entra&ntilde;as, recordaba las formas y colores de las piezas anat&oacute;micas
+reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como
+huesos; las fajas de mena rojiza ten&iacute;an el tono sanguinolento de los
+m&uacute;sculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso
+de los intestinos.</p>
+
+<p>A un extremo de la gigantesca excavaci&oacute;n la monta&ntilde;a se hab&iacute;a venido
+abajo, formando una cascada inm&oacute;vil de ondas de tierra y enormes
+pedruscos. El m&eacute;dico recordaba la cat&aacute;strofe ocurrida cuatro a&ntilde;os antes.
+La cantera se hab&iacute;a derrumbado, cogiendo en su ca&iacute;da &aacute; una cuadrilla de
+obreros que trabajaba en su base. Unos hab&iacute;an perecido aplastados
+instant&aacute;neamente: otros hab&iacute;an quedado enterrados en vida, en un
+socav&oacute;n, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La
+gente acud&iacute;a para pegar sus o&iacute;dos con horror &aacute; los pe&ntilde;ascos
+desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los
+gemidos de los infelices que perec&iacute;an lentamente en la obscuridad de las
+entra&ntilde;as de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los d&iacute;as. Centenares
+de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver
+la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, s&oacute;lo
+hab&iacute;an avanzado algunos metros y ya no se o&iacute;a nada: de la tierra no
+sal&iacute;a ning&uacute;n lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios
+cad&aacute;veres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cr&aacute;neo
+aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando
+a&uacute;n en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del
+socav&oacute;n en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la
+cueva se pudr&iacute;an tras el gigantesco tap&oacute;n de mineral que los hab&iacute;a
+aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conoc&iacute;an. Hab&iacute;an
+llegado &aacute; las minas poco antes y los capataces s&oacute;lo anotaban sus apodos.
+Tal vez en alg&uacute;n rinc&oacute;n de Espa&ntilde;a los esperar&iacute;an a&uacute;n, creyendo que
+cuanto m&aacute;s larga fuese la ausencia mayores ser&iacute;an los ahorros.</p>
+
+<p>Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche sal&iacute;an gemidos del
+derrumbamiento. Durante unos meses vi&eacute;ronse en el camino de Labarga
+formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las
+casas temblaban los muchachos y las j&oacute;venes, oyendo hablar de las pobres
+almas en pena de la mina. Pero cierta ma&ntilde;ana apareci&oacute; tendido en el
+camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo
+fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron &aacute; salir fantasmas, ni
+nadie sinti&oacute; deseos de adornar la cat&aacute;strofe con grotescas apariciones.</p>
+
+<p>El recuerdo de los enterrados fu&eacute; borr&aacute;ndose en la memoria de todos. Las
+desgracias, en aquella explotaci&oacute;n cruel que gastaba las vidas de muchos
+miles de hombres, superpon&iacute;anse unas &aacute; otras con frecuencia, ocultando y
+desvaneciendo las anteriores. Un d&iacute;a, las vagonetas, al chocar unas con
+otras, aplastaban &aacute; un obrero: otro d&iacute;a saltaban de los rieles al bajar
+por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo,
+que no recelaba la muerte traidora que llegaba &aacute; sus espaldas: los
+barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen
+espigas; llov&iacute;an pedruscos en mitad de la faena, matando
+instant&aacute;neamente; y por si esto no era bastante, hab&iacute;a que contar con
+los navajazos &aacute; la salida de la taberna, con las ri&ntilde;as en la cantera,
+con las disputas en los d&iacute;as de cobro, con la feroz acometividad de
+aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual
+viv&iacute;an confundidos los que al salir de los penales de Santo&ntilde;a,
+Valladolid &oacute; Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las
+minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y &aacute; nadie se
+preguntaba qui&eacute;n era y de d&oacute;nde ven&iacute;a...</p>
+
+<p>La Muerte rondaba en torno del m&iacute;sero populacho, como un lobo alrededor
+del reba&ntilde;o, siempre vigilante, con las u&ntilde;as afuera y los dientes agudos.
+Zarpazo aqu&iacute;, dentellada all&aacute;, la gran enemiga se mostraba infatigable.
+Siempre hab&iacute;a en el hospital m&aacute;s de una docena de camas ocupadas por
+carne enferma que ped&iacute;a entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un
+perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega
+fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la
+misma monta&ntilde;a, llegando apenas &aacute; la opulenta Bilbao. El mineral marchaba
+r&iacute;a abajo sin que nadie pensase en lo que hab&iacute;a costado su arranque del
+suelo.</p>
+
+<p>Aresti sali&oacute; de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle &uacute;nica
+de Labarga, dos filas de m&iacute;seras casuchas puestas sobre los pe&ntilde;ascos que
+bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parec&iacute;an palacios,
+comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas,
+conocidas en el pa&iacute;s con el nombre de <i>chabolas</i>, con tabiques de madera
+delgada y techumbre de planchas corro&iacute;das. Las puertas estaban en dos
+piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera,
+y la superior, al abrirse, era la &uacute;nica ventana que daba &aacute; la casa luz y
+aire. Las incesantes lluvias hab&iacute;an podrido aquellas habitaciones,
+reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella
+fuese &aacute; convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre
+cuerdas los gui&ntilde;apos de color indefinible puestos &aacute; secar. Algunas
+gallinas flacas y espeluznadas corr&iacute;an por el camino. Los ni&ntilde;os
+permanec&iacute;an sentados ante las puertas, graves &eacute; inm&oacute;viles, como si
+fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquiller&iacute;a de los pueblos del
+llano.</p>
+
+<p>Al ver al doctor, sal&iacute;an las mujeres &aacute; las puertas de sus tugurios,
+sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo
+de pronto el miedo &aacute; enfermedades que ten&iacute;an olvidadas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Chicas, es don Luis!&mdash;se gritaban unas &aacute; otras.&mdash;&iexcl;Se&ntilde;or doctor, aqu&iacute;!
+&iexcl;M&iacute;reme usted este chico!... &iexcl;Entre &aacute; ver &aacute; mi madre!</p>
+
+<p>Pero Aresti conoc&iacute;a de larga fecha estos recibimientos; el furor que
+acomet&iacute;a &aacute; todos por estar enfermos apenas le ve&iacute;an, sin ocurr&iacute;rseles
+bajar al hospital m&aacute;s que en casos de extrema gravedad. Y segu&iacute;a
+adelante sonriendo &aacute; unas, contestando &aacute; otras alegremente, precedido
+por el pinche zamorano que volv&iacute;a la cara como si temiese verle
+secuestrado por el grupo de comadres.</p>
+
+<p>Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una
+casucha que era la peor del barrio. Ten&iacute;a los ojos casi ocultos bajo las
+cejas y un gesto de desd&eacute;n contra&iacute;a &aacute; cada momento su cara negruzca. Al
+ver al m&eacute;dico no se llev&oacute; la mano &aacute; la boina ni abandon&oacute; su inmovilidad
+de fakir, como si estuviera abstra&iacute;do en la contemplaci&oacute;n de la miseria
+que le rodeaba.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Salud, amigo <i>Barbas</i>!&mdash;dijo el m&eacute;dico alegremente, deteni&eacute;ndose ante
+&eacute;l.&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay compa&ntilde;ero?</p>
+
+<p>&mdash;Mucho y malo, don Luis.</p>
+
+<p>&mdash;Y esa revoluci&oacute;n &iquest;cu&aacute;ndo la hacemos?...</p>
+
+<p>El <i>Barbas</i> mir&oacute; un instante &aacute; Aresti con ojos ce&ntilde;udos, como si fuese &aacute;
+insultarle: despu&eacute;s escupi&oacute; la nicotina de sus labios con un gesto
+desde&ntilde;oso.</p>
+
+<p>&mdash;B&uacute;rlese, don Luis. Usted est&aacute; acostumbrado &aacute; o&iacute;r quejarse de dolor lo
+mismo al rico que al pobre, &aacute; ver que todos mueren igual; por eso toma &aacute;
+risa las cosas de los hombres. Al fin no somos m&aacute;s que animales. Hace
+usted bien. R&iacute;ase... pero el trueno gordo se acerca. Alg&uacute;n d&iacute;a
+encontrar&aacute;n su merecido todos los ladrones... &iexcl;todos! incluso su primo
+S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Compa&ntilde;ero! &iquest;y yo?&mdash;dijo el doctor.&mdash;&iquest;Qu&eacute; vas &aacute; hacer de m&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Usted es un guas&oacute;n que se r&iacute;e de la vida... pero entre burlas y veras
+hace bien &aacute; los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los
+nuestros.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, compa&ntilde;ero <i>Barbas</i>.</p>
+
+<p>Y dando &aacute; entender al solitario con un gesto que volver&iacute;a para hablar
+con &eacute;l, subi&oacute; los pelda&ntilde;os de una casucha en cuya puerta le esperaba
+impaciente el pinche.</p>
+
+<p>Era la <i>casa de peones</i>, el miserable albergue de las monta&ntilde;as mineras,
+donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado &aacute; visitar
+aquellos tugurios que ol&iacute;an &aacute; rancho agrio, &aacute; humo y &aacute; &laquo;perro mojado&raquo;.
+En la entrada de la casa estaba el fog&oacute;n con algo de loza vieja alineada
+en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso,
+como si las tablas trasudasen de una pieza &aacute; otra la suciedad y la mugre
+de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por
+los pa&ntilde;uelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables
+zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las
+manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mir&aacute;ndose con ojos bizcos
+los cuernos del pa&ntilde;uelo rojo arrollado &aacute; la cabeza. Unos gatos flacos y
+espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de
+la olla: unos animales l&uacute;gubres, de mirada feroz, tigres empeque&ntilde;ecidos
+que parec&iacute;an alimentarse con el hambre que sobraba &aacute; sus amos.</p>
+
+<p>La vieja rompi&oacute; en lamentaciones al conocer &aacute; don Luis. El pobre pe&oacute;n
+estaba muy malito: &iexcl;&aacute; ver si lo sacaba adelante!... Ella le hab&iacute;a tomado
+ley despu&eacute;s de tenerlo varios a&ntilde;os en su casa. Y al lamentarse, hab&iacute;a
+tal expresi&oacute;n de fr&iacute;o ego&iacute;smo en sus ojos, que el doctor la ataj&oacute;
+brutalmente:</p>
+
+<p>&mdash;Sobre todo, lo que usted m&aacute;s siente, t&iacute;a Gertrudis, es perder un real
+diario si muere.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay m&aacute;s casas de peones.
+Mi probe viejo est&aacute; casi baldao del reuma y gana menos que un pinche
+escogiendo mineral en los lavaderos. &iexcl;Y muchas gracias que lo aguantan,
+y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... &iexcl;Ay
+Se&ntilde;or, despu&eacute;s de trabajar toda la vida! El m&eacute;dico levant&oacute; una
+cortinilla de percal rojo y deste&ntilde;ido que ocultaba un tugurio sin luz,
+ocupado por la cama de los viejos. Levant&oacute; otra, y vi&oacute; un cuartucho no
+mucho m&aacute;s grande, obstruido completamente por un camastro enorme,
+formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En &eacute;l dorm&iacute;a toda
+la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin
+separaci&oacute;n alguna, sin m&aacute;s aire que el que entraba por la puerta y las
+grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de ma&iacute;z cubr&iacute;an el
+tablado: cuatro mantas cosidas unas &aacute; otras formaban la cubierta com&uacute;n
+de los ocho, y junto &aacute; la pared yac&iacute;an destripadas y mustias algunas
+almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las
+cabezas.</p>
+
+<p>Aresti pens&oacute; con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio.
+Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques
+arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de
+arrastrarlas hasta el dep&oacute;sito de mena y volverlas &aacute; su primitivo sitio.
+Despu&eacute;s de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao
+&oacute; tocino, dorm&iacute;an en aquel tabuco, sin quitarse m&aacute;s que las botas &oacute;,
+cuando m&aacute;s, el chaquet&oacute;n, conservando las ropas impregnadas de sudor &oacute;
+mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que pod&iacute;a
+tocarse con las manos, hac&iacute;ase irrespirable &aacute; las pocas horas,
+espes&aacute;ndose con el vaho de tantos cuerpos, impregn&aacute;ndose del olor de
+suciedad. Los par&aacute;sitos anidados en los pliegues del camastro, en las
+junturas de la madera, en los agujeros del techo, sal&iacute;an de caza con la
+excitaci&oacute;n del calor, ensa&ntilde;&aacute;ndose al amparo de la obscuridad en los
+cuerpos in&aacute;nimes que duermen con el sue&ntilde;o embrutecedor de la fatiga. En
+las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte &aacute; parte la
+casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos
+vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los
+sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad
+fraterniza.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico consideraba que aquellos ocho hombres que dorm&iacute;an en com&uacute;n
+eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las
+aventuras de su peregrinaci&oacute;n anual: y su pensamiento iba hacia otras
+casas de peones, tan m&iacute;seras como aquella, donde los hombres acostados
+en la misma cama no se hab&iacute;an visto nunca; donde el infeliz muchacho,
+reci&eacute;n llegado de su tierra, dorm&iacute;a en contacto con un individuo, con
+otro que tambi&eacute;n acababa de llegar &aacute; la mina, tal vez reci&eacute;n salido del
+presidio &oacute; fugitivo por alg&uacute;n crimen. Los cuerpos extra&ntilde;os se juntaban
+bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne
+sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta
+promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y j&oacute;venes, de inocentes
+jayanes reci&eacute;n venidos de su tierra y veteranos de la vida errante,
+conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una
+forzada abstinencia de la carne, en un pa&iacute;s donde por las condiciones
+del trabajo, los hombres son mucho m&aacute;s numerosos que las mujeres, y la
+continua afluencia de presidiarios licenciados tra&iacute;a consigo todas las
+criminales aberraciones de la virilidad aislada.</p>
+
+<p>Aresti vi&oacute; al enfermo en el fondo del camastro, junto &aacute; la pared,
+respirando jadeante. Estaba acostumbrado &aacute; visitar los tabucos de los
+mineros: nada le extra&ntilde;aba, y con agilidad de muchacho salt&oacute; encima del
+tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendi&oacute; una cerilla
+y entonces vi&oacute; en el tabique de la cabecera que en otros tiempos hab&iacute;a
+sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando
+generales contempor&aacute;neos, con el ros calado y el pecho cubierto de
+bandas y cruces, h&eacute;roes de la guerra que se hab&iacute;an cubierto de gloria
+entregando territorios al enemigo &oacute; fusilando en masa &aacute; ind&iacute;genas
+indefensos.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico no pudo contener su risa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; estar&aacute;n aqu&iacute; estos t&iacute;os?...</p>
+
+<p>Las estampas habr&iacute;an sido pegadas como adorno, sin fijarse en los
+personajes; &oacute; tal vez ser&iacute;an recuerdos de alg&uacute;n antiguo soldado, c&aacute;ndido
+y entusiasta, que creer&iacute;a haber servido &aacute; las &oacute;rdenes de caudillos
+inmortales.</p>
+
+<p>El enfermo ten&iacute;a los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel
+ard&iacute;a. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la
+lluvia de la noche anterior.</p>
+
+<p>&mdash;Una pulmon&iacute;a de padre y se&ntilde;or m&iacute;o&mdash;dijo el doctor arrojando la cerilla
+y saliendo del camastro otra vez de rodillas.</p>
+
+<p>Afuera, junto al fog&oacute;n, escribi&oacute; una receta en una hoja de su cartera,
+encargando al pobre pinche, que despu&eacute;s de la visita parec&iacute;a m&aacute;s
+tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.</p>
+
+<p>Cuando Aresti sali&oacute; de la barraca, despu&eacute;s de hacer varias
+recomendaciones &aacute; la vieja, vi&oacute; que le aguardaba en medio del camino un
+contratista de los m&aacute;s amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el
+chaleco brill&aacute;bale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas
+fabricadas con la tela impermeable que serv&iacute;a de forro &aacute; las cajas de
+dinamita.</p>
+
+<p>&mdash;Hola, <i>Milord</i>&mdash;dijo el m&eacute;dico.&mdash;&iquest;Qu&eacute;, hoy no hay oficios divinos en
+la capilla de Baracaldo?</p>
+
+<p>&mdash;No, don Luis&mdash;dijo el contratista con cierta unci&oacute;n en sus
+palabras.&mdash;Demasiado sabe usted que en nuestra religi&oacute;n este d&iacute;a no es
+de fiesta.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y <i>Milady</i>, siempre tan hermosa y elegante?</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos m&aacute;s que unos pobres
+patanes con un poquito de protecci&oacute;n.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de esto, el llamado <i>Milord</i> rog&oacute; al m&eacute;dico, que ya que estaba
+en Labarga, se llegase &aacute; la cantina de <i>Tocino</i>, el capataz de su
+confianza, que llevaba varios d&iacute;as inm&oacute;vil en la cama por el reuma.
+Aresti se resist&iacute;a alegando su viaje &aacute; Bilbao.</p>
+
+<p>&mdash;Un momento nada m&aacute;s, don Luis: entrar y salir. Yo tambi&eacute;n tengo prisa
+por llegarme &aacute; la mina. &iexcl;El pobre <i>Tocino</i> me hace tanta falta cuando no
+est&aacute; all&iacute;!...</p>
+
+<p>El doctor se dej&oacute; conducir algunos minutos m&aacute;s all&aacute; de Labarga, hasta
+una altura donde estaba establecida la tienda de <i>Tocino</i>. Por el camino
+bromeaba con el contratista sobre su religi&oacute;n. El <i>Milord</i> hab&iacute;a sido
+capataz de las minas de una compa&ntilde;&iacute;a inglesa, logrando interesar al
+ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y
+no dejar descanso &aacute; los peones de sol &aacute; sol. La protecci&oacute;n del jefe lo
+elev&oacute; &aacute; contratista, coloc&aacute;ndole en el camino de la riqueza, y, no
+sabiendo c&oacute;mo mostrar su gratitud al ingl&eacute;s, hab&iacute;a abrazado el
+protestantismo. La despreocupaci&oacute;n religiosa era general en las minas:
+s&oacute;lo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y
+para ligarse m&aacute;s &iacute;ntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis
+a&ntilde;os en un colegio de Inglaterra, volviendo de all&aacute; la muchacha con un
+exterior p&uacute;dico y unas costumbres de <i>confort</i> que regocijaban &aacute; toda
+Gallarta. Los domingos, <i>Milord</i> y <i>Milady</i> bajaban &aacute; Baracaldo,
+vestidos con trajes que encargaban &aacute; Londres, para confundirse con las
+familias de los ingenieros y los mec&aacute;nicos ingleses empleados en las
+minas &oacute; en las fundiciones de la r&iacute;a, que llenaban la &uacute;nica capilla
+evang&eacute;lica del pa&iacute;s. Aresti, que hab&iacute;a cogido cierto miedo &aacute; los
+<i>flirts</i> con <i>Milady</i>, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y
+que conoc&iacute;a ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana
+durante la noche, ensalzaba ir&oacute;nicamente al padre lo mucho que su
+robusto reto&ntilde;o hab&iacute;a ganado despu&eacute;s de la cepilladura en el extranjero.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La educaci&oacute;n inglesa!&mdash;dec&iacute;a <i>Milord</i> abriendo mucho la boca para
+marcar su admiraci&oacute;n.&mdash;&iexcl;Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la
+chica... Es verdad que acostumbrada &aacute; tantas finuras, se aburre aqu&iacute;
+entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi
+ambici&oacute;n, y es casarla con alg&uacute;n se&ntilde;or de la compa&ntilde;&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Har&aacute; usted bien&mdash;dijo el m&eacute;dico con zumbona gravedad, recordando las
+ligerezas de la ni&ntilde;a al verse libre en las minas, despu&eacute;s de las
+pudibundeces del colegio.&mdash;Esos se&ntilde;ores son aqu&iacute; los &uacute;nicos que pueden
+cargar con ella.</p>
+
+<p>Llegaron &aacute; la cantina de <i>Tocino</i>, una casa aislada, de mamposter&iacute;a, con
+un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda
+la tierra de las Encartaciones y adem&aacute;s el abra de Bilbao, la r&iacute;a,
+Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervi&oacute;n,
+parec&iacute;an formar una sola urbe. En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, entre monta&ntilde;as, se
+adivinaba la villa heroica &eacute; industriosa: el humo de las fundiciones y
+f&aacute;bricas se confund&iacute;a con el cielo plomizo. A la entrada de la r&iacute;a, el
+alto puente de Vizcaya marc&aacute;base como un arco triunfal de negro encaje.</p>
+
+<p>La cantina ocupaba el piso bajo, amonton&aacute;ndose en ella los m&aacute;s diversos
+objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros
+pendientes del techo... All&iacute; estaban almacenados todos los v&iacute;veres, por
+cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las
+canteras. Aresti conoc&iacute;a aquella alimentaci&oacute;n; alubias y patatas con un
+poco de tocino. El arroz, s&oacute;lo era buscado cuando la patata resultaba
+cara. Adem&aacute;s, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano
+entre grandes manojos de cebollas y ajos.</p>
+
+<p>El pan se amontonaba detr&aacute;s del mostrador, al amparo de los due&ntilde;os, como
+si &eacute;stos temiesen los hurtos de los parroquianos &oacute; una s&uacute;bita acometida
+de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas
+por la ranciedad, esparc&iacute;a acre hedor. De las viguetas del techo pend&iacute;an
+bater&iacute;as de cocina, y en las estanter&iacute;as se alineaban piezas de tela,
+botes de conservas, ferreter&iacute;a, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo
+tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que
+objetos, parec&iacute;an sacados de una excavaci&oacute;n despu&eacute;s de un entierro de
+siglos.</p>
+
+<p>Tras el mostrador estaba la mujer de <i>Tocino</i> con su hijo, un
+adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero
+Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban &aacute;
+los parroquianos despreci&aacute;ndolos, y en su aspecto miserable, algo que le
+hac&iacute;a recordar &aacute; los jud&iacute;os. La gente del contorno les odiaba. Al menor
+intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan
+por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, ten&iacute;an un aspecto
+de miseria y sordidez m&aacute;s triste que el de la gente de fuera. El doctor
+recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, &aacute; los que hab&iacute;a
+asistido por curiosidad; los ap&oacute;strofes &aacute; los explotadores de las
+cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean
+chup&aacute;ndoles la sangre; y se dec&iacute;a con gravedad:</p>
+
+<p>&mdash;No; pues &aacute; &eacute;stos les luce poco la tal alimentaci&oacute;n.</p>
+
+<p>A la entrada de la cantina exist&iacute;a una especie de jaula de madera con un
+ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el due&ntilde;o de la
+tienda, envuelto en mantas, quej&aacute;ndose &aacute; cada momento, pero sin dejar de
+repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos,
+que le serv&iacute;an para su complicada contabilidad.</p>
+
+<p>El <i>Milord</i> manifest&oacute; su extra&ntilde;eza vi&eacute;ndole all&iacute;. &iexcl;&Eacute;l, que le tra&iacute;a nada
+menos que al doctor Aresti crey&eacute;ndolo en peligro de muerte!... Mientras
+el m&eacute;dico le examinaba con la indiferencia del que est&aacute; habituado &aacute;
+casos m&aacute;s graves, <i>Tocino</i> prorrump&iacute;a en lamentaciones, haci&eacute;ndole coro
+su mujer. Estaba enfermo m&aacute;s de lo que cre&iacute;an: no pod&iacute;a moverse: los
+dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y hab&iacute;a que repasar
+las cuentas, ya que estaba cerca el d&iacute;a de la paga.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, <i>Tocino</i>&mdash;dijo Aresti;&mdash;lo que tienes es poca cosa,
+desaparecer&aacute; con el cambio de tiempo. &iexcl;Quejarse as&iacute; un hombrach&oacute;n que
+parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que
+engordas con lo que robas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero qu&eacute; cosas tiene este don Luis!&mdash;exclam&oacute; el <i>Milord</i> mirando &aacute; la
+tendera, que ense&ntilde;aba sus dientes amarillos para sonre&iacute;r lo mismo que el
+protector de su marido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Robar!&mdash;mugi&oacute; <i>Tocino</i>.&mdash;&iexcl;Robar! &iexcl;Siempre est&aacute; usted con lo mismo!
+Tanto oye usted &aacute; los trabajadores, en su man&iacute;a de mimarlos cuando se
+los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aqu&iacute; &aacute;
+nadie se roba. Aqu&iacute; lo &uacute;nico que se hace es defender lo que es de uno.</p>
+
+<p>Y <i>Tocino</i> se indignaba, olvidando los dolores. &Eacute;l vend&iacute;a sus art&iacute;culos
+al fiado &iquest;estamos?... se expon&iacute;a &aacute; perderlos, &iquest;y qu&eacute; cosa m&aacute;s natural
+que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el d&iacute;a del
+pago en las minas?... Hab&iacute;a que conocer &aacute; los obreros: cada uno de un
+pa&iacute;s; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al
+fiado, y el d&iacute;a de cobranza, si les era posible hac&iacute;an lo que ellos
+llaman <i>la curva</i>; cobraban y se iban &aacute; la taberna, rehuyendo el pasar
+por la tienda de comestibles. A bien que esto no les val&iacute;a con <i>Tocino</i>
+y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. &Eacute;l les
+pagaba all&iacute; mismo su trabajo y all&iacute; mismo les descontaba lo que llevaban
+comido. Aun as&iacute; hab&iacute;a sus quiebras, pues los que s&oacute;lo trabajaban una
+semana, desaparec&iacute;an despu&eacute;s de haber tomado al fiado m&aacute;s de lo que
+importaban sus jornales.</p>
+
+<p>Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas segu&iacute;a
+recrimin&aacute;ndolo.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Tocino</i>, t&uacute; eres un ladr&oacute;n que vendes &aacute; los obreros los art&iacute;culos
+averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar m&aacute;s caros que en
+la villa.</p>
+
+<p>&mdash;Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges&mdash;grit&oacute;
+el capataz enrojeciendo de indignaci&oacute;n con el recuerdo de lo que dec&iacute;an
+los obreros en sus reuniones.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Tocino</i>, t&uacute; abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen
+libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene &aacute; tu tienda le
+quitas el trabajo en la cantera.</p>
+
+<p>&mdash;Los amigos son para ayudarse unos &aacute; otros. &iquest;Qu&eacute; tiene de particular
+que yo s&oacute;lo d&eacute; trabajo &aacute; los que se surten de mi establecimiento?</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja,
+descont&aacute;ndole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda &aacute;
+mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se
+hace en todas partes, sino por meses, para que as&iacute; tenga que vivir &aacute;
+cr&eacute;dito y se vea obligado &aacute; comer lo que quer&eacute;is darle y al precio que
+mejor os parece.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya; ahora me toca &aacute; m&iacute;&mdash;dijo riendo el <i>Milord</i>.&mdash;Pero este don Luis
+es peor que los predicadores de blusa que vienen &aacute; echar soflamas en el
+front&oacute;n de Gallarta. Suerte que no le da &aacute; usted por hablar en p&uacute;blico.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Milord</i>: &aacute; todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros
+r&aacute;pidamente con el hierro y aun ara&ntilde;&aacute;is algunos c&eacute;ntimos en el jornal y
+el est&oacute;mago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los
+capataces. Vais &aacute; medias. De d&iacute;a explot&aacute;is los brazos y de noche los
+est&oacute;magos. Hac&eacute;is mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de
+peones forasteros que vienen &aacute; rabiar y &aacute; ahorrar durante algunos meses,
+pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan m&aacute;s en
+el pa&iacute;s y ya ver&eacute;is la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre
+aqu&iacute;, acabe por conoceros.</p>
+
+<p>El doctor cort&oacute; la conversaci&oacute;n recordando su viaje &aacute; Bilbao, y sali&oacute; de
+la cantina despu&eacute;s de hacer varias recomendaciones para la curaci&oacute;n de
+<i>Tocino</i>. La mujer y el hijo sonre&iacute;an servilmente, pero con una
+expresi&oacute;n hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del
+doctor.</p>
+
+<p>El contratista sigui&oacute; adelante, hacia su mina, y Aresti descendi&oacute; &aacute;
+Labarga pensando en la miseria del reba&ntilde;o humano esparcido por la
+monta&ntilde;a. Varias veces hab&iacute;a intentado rebelarse, y los resultados de su
+protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n,
+con sangre, no le hab&iacute;an hecho mejorar gran cosa. &Uacute;nicamente el respeto
+&aacute; la vida humana era mayor que en los primeros a&ntilde;os de explotaci&oacute;n.
+Aresti recordaba su llegada &aacute; las minas, cuando se viv&iacute;a en ellas casi
+con las armas en la mano, como en Alaska &oacute; en los primitivos <i>placeres</i>
+de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el
+vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo &aacute; los trabajadores
+rebeldes; ya no exist&iacute;a la tarifa de la carne humana, cotiz&aacute;ndose las
+desgracias &laquo;veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas&raquo;. Se
+asociaban los trabajadores establecidos en el pa&iacute;s, creaban n&uacute;cleos de
+resistencia, inspiraban cierto temor &aacute; los explotadores, logrando con
+esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero a&uacute;n faltaba la
+cohesi&oacute;n entre ellos, &aacute; causa del vaiv&eacute;n de la poblaci&oacute;n minera, de
+aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el
+invierno y el hambre en las m&iacute;seras comarcas del interior y se retiraba
+al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos hu&iacute;an &aacute; su
+tierra as&iacute; que se iniciaba una huelga y aparec&iacute;a en las minas la guardia
+civil. Hab&iacute;an venido &aacute; ganar dinero y evitaban los conflictos pasando
+por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses
+miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compa&ntilde;eros
+establecidos en el pa&iacute;s, pensando con el duro ego&iacute;smo de la gente rural,
+que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos
+al fin hab&iacute;an de volver &aacute; sus tierras. Los labriegos convertidos en
+mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que
+imposibilitaba la ascensi&oacute;n de los que viv&iacute;an en el pa&iacute;s.</p>
+
+<p>La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de
+galer&iacute;as subterr&aacute;neas, con sus peligros que exigen cierta maestr&iacute;a, el
+personal no era f&aacute;cil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero
+en las pr&oacute;digas Encartaciones el hierro forma monta&ntilde;as enteras: la
+explotaci&oacute;n es &aacute; cielo abierto; s&oacute;lo se necesita hacer saltar la piedra,
+recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el
+bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas
+&aacute; sustituir sin esfuerzo alguno &aacute; todo el que abandonaba su puesto
+protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigraci&oacute;n,
+cort&aacute;ndose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la
+poblaci&oacute;n obrera de las Encartaciones, era dif&iacute;cil que el trabajo
+conquistase todos sus derechos.</p>
+
+<p>Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobl&oacute; el paso al
+entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no o&iacute;r los
+llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis, un momento...</p>
+
+<p>Era el <i>Barbas</i>, que hab&iacute;a abandonado su inmovilidad de fakir para
+detener al doctor.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay, compa&ntilde;ero?</p>
+
+<p>&mdash;Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aqu&iacute;, de lo
+que hacen esos ladrones.</p>
+
+<p>Y le mostraba con gesto tr&aacute;gico su casucha. Como Aresti no parec&iacute;a
+comprenderse, el <i>Barbas</i> le mostr&oacute; la parte superior de su barraca
+falta de techumbre.</p>
+
+<p>&mdash;Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos
+de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian
+y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe c&oacute;mo echarme. Hace una
+semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la
+calle, pero el <i>Barbas</i> firme en su puesto con la compa&ntilde;era. La pobre
+vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se
+menea de ah&iacute;. Me han de tener &aacute; la vista siempre. Hay para rato si
+piensan librarse de m&iacute;... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor.
+Quieren quitarme el suelo as&iacute; como me han robado el techo. Piensan
+excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus
+estacas, para ver si as&iacute; me voy... &iexcl;Pues no me ir&eacute;! El <i>Barbas</i>, en su
+sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni
+trabajo, ni me voy... Espero, &iquest;sabe usted?, espero que llegue la gorda;
+espero el d&iacute;a en que toda la monta&ntilde;a baje al llano y yo pueda quitarles
+el techo y el piso &aacute; todos los <i>chalets</i> que se han hecho esos
+pintureros, esos piojos resucitados que la echan de se&ntilde;ores &aacute; costa de
+los pobres.</p>
+
+<p>Y el <i>Barbas</i> acompa&ntilde;&oacute; un buen trecho al doctor, mugiendo sus
+maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos m&aacute;s
+inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades
+mal&eacute;ficas que hac&iacute;an sentir la fuerza de su poder en la monta&ntilde;a, sin
+mostrarse m&aacute;s que por la mediaci&oacute;n de administradores y capataces, si
+explotaban la mina directamente, &oacute; de contratistas si cre&iacute;an m&aacute;s
+ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.</p>
+
+<p>Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vi&oacute; venir hacia &eacute;l un
+hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi
+parec&iacute;a una mulilla. Por la cabalgadura conoci&oacute; Aresti desde muy lejos &aacute;
+don Facundo, el cura p&aacute;rroco de Gallarta. Hac&iacute;a diez a&ntilde;os que hab&iacute;a sido
+trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de &Aacute;lava, y afirmaba
+que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. &laquo;Paz, mucha
+paz; para todos hay vida en el mundo.&raquo; Y en santa paz viv&iacute;a, siendo gran
+amigo de Aresti, y tomando &aacute; broma las doctrinas revolucionarias que el
+doctor, por aburrimiento, expon&iacute;a &aacute; los ricos de Gallarta despu&eacute;s de sus
+famosas cenas. Cierta vez que el m&eacute;dico, cansado de la monoton&iacute;a de su
+existencia, se divirti&oacute; en propagar el budhismo entre los rudos
+contratistas y hasta intent&oacute; algunas ceremonias del culto indost&aacute;nico, &aacute;
+estilo de las que hab&iacute;a presenciado en el museo Guimet de Par&iacute;s, el cura
+no manifest&oacute; indignaci&oacute;n, &laquo;Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los
+sabios: ya se cansar&aacute;.&raquo; Para &eacute;l, la religi&oacute;n verdadera no decrec&iacute;a ni
+experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos,
+casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.</p>
+
+<p>A misa s&oacute;lo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre
+vac&iacute;a, pero el pa&iacute;s era muy religioso y la prueba estaba en que &eacute;l no
+ten&iacute;a libre un momento, y continuamente ve&iacute;an todos trotar su burra
+blanca por los caminos y atajos de la monta&ntilde;a. Aquel curato val&iacute;a m&aacute;s
+que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de
+Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente
+marchase &aacute; la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su
+ata&uacute;d por el vozarr&oacute;n del cura. Hab&iacute;a d&iacute;as en que acompa&ntilde;aba cinco
+entierros en los lugares m&aacute;s lejanos de la parroquia; asunto de leguas.
+Pero &eacute;l no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura
+infatigable, y montado en ella acud&iacute;a &aacute; todas partes. Delante, marchaba
+el ata&uacute;d en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban
+alaridos y se mesaban el pelo con desesperaci&oacute;n de gitanas, y detr&aacute;s don
+Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido &aacute; pie
+por el sacrist&aacute;n, al que llamaba su &laquo;corneta de &oacute;rdenes&raquo;, siempre
+cantando, pues los parientes pon&iacute;an reparos &aacute; la hora de pagar si
+cantaba poco, repitiendo autom&aacute;ticamente los vers&iacute;culos del oficio de
+difuntos, al mismo tiempo que se daba el comp&aacute;s esgrimiendo sobre su
+cabeza la vara de fresno con que arreaba &aacute; la cabalgadura.</p>
+
+<p>Un alto en la marcha era lo &uacute;nico que le hac&iacute;a perder la calma.</p>
+
+<p>&mdash;Aprisa, hijos m&iacute;os&mdash;dec&iacute;a &aacute; los conductores del cad&aacute;ver&mdash;que hoy a&uacute;n
+me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.</p>
+
+<p>Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de
+acompa&ntilde;ar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de
+luna clar&iacute;sima, al retirarse &aacute; casa despu&eacute;s de una cena con los
+contratistas, en las afueras de Gallarta. Oy&oacute; un canto l&uacute;gubre que
+rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vi&oacute; pasar &aacute; un hombre,
+vacilante sobre sus piernas, que parec&iacute;a ebrio, llevando &aacute; cuestas &aacute;
+otro, envuelto en una s&aacute;bana, con un brazo colgante que le golpeaba &aacute;
+cada paso. Despu&eacute;s, una especie de centauro agrandado por el misterio de
+la noche, que mov&iacute;a algo negro como una espada, sin cesar de mugir:</p>
+
+<p><br />
+<span style="margin-left: 20%;">Qui dormiunt in terr&aelig; pulvere, evigilabunt...</span><br />
+<br />
+</p>
+
+<p>&mdash;Buenas noches, don Luis&mdash;dijo el cura al reconocer al doctor.&mdash;Con
+este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he
+dejado para lo &uacute;ltimo... &iexcl;Despu&eacute;s dir&aacute; usted que la Iglesia no trabaja!</p>
+
+<p>Y en el silencio de la noche, volvi&oacute; &aacute; reanudar su l&uacute;gubre cantinela, &aacute;
+la luz de la luna, camino del cementerio.</p>
+
+<p>Lo &uacute;nico que le indignaba era que le hablasen de la extensi&oacute;n de la
+parroquia y lo dif&iacute;cil de servirla un hombre solo. &iexcl;No, carape!: &eacute;l
+ten&iacute;a fuerzas para servir &aacute; Dios hasta que reventase; sobre todo,
+trat&aacute;ndose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificaci&oacute;n
+parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver &aacute; los se&ntilde;ores del
+obispado despu&eacute;s de dar un tiento doloroso &aacute; los ahorros y cuando al fin
+hab&iacute;an acabado por colocar &aacute; sus &oacute;rdenes &aacute; dos vicarios, dedic&oacute; &aacute; &eacute;stos
+&aacute; las <i>faenas menudas</i> del templo, reserv&aacute;ndose &eacute;l los entierros.</p>
+
+<p>Las asombrosas fortunas creadas en las minas hab&iacute;an tentado su codicia.
+&Eacute;l tambi&eacute;n ten&iacute;a sus contratas; tambi&eacute;n pactaba arranque de mineral con
+los se&ntilde;ores de Bilbao &eacute; iba sobre la burra de los entierros &aacute; echar un
+vistazo al trabajo de los peones. Pero &aacute; pesar de que sus negocios
+marchaban bien y &aacute; la hora del champagne, en las cenas de los
+contratistas, le hac&iacute;a confesar el m&eacute;dico que llevaba reunidos m&aacute;s de
+cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera &eacute;poca
+de las minas, cuando &eacute;l y don Luis eran reci&eacute;n llegados y cada cual
+viv&iacute;a &aacute; su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrec&iacute;a
+los tranv&iacute;as a&eacute;reos, los planos inclinados, todos los recientes medios
+de conducci&oacute;n. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado
+por bueyes hasta la r&iacute;a, y hab&iacute;a guardas en los caminos para ordenar el
+paso de las carretas que alegraban la monta&ntilde;a con sus chirridos. S&oacute;lo en
+Gallarta exist&iacute;an m&aacute;s de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba
+m&aacute;s caro y el dinero se repart&iacute;a entre m&aacute;s gente. Entonces fu&eacute; cuando el
+cura inaugur&oacute; su iglesia y al buscar un santo patr&oacute;n eligi&oacute; &aacute; San
+Antonio. A&uacute;n re&iacute;a el doctor recordando la candidez con que explicaba el
+cura esta preferencia.</p>
+
+<p>&mdash;No puede ser otro. San Antonio es el patr&oacute;n de las bestias y aqu&iacute; en
+Gallarta hay tanto buey....</p>
+
+<p>Al reconocer don Facundo al m&eacute;dico, refren&oacute; el paso de su cabalgadura.</p>
+
+<p>&mdash;A la mina, &iquest;eh?&mdash;pregunt&oacute; Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute; se&ntilde;or: acabo de largar mi misita y ahora un rato &aacute; ver lo que hacen
+aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo
+humano. Hay que trabajar, don Luis.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero hoy no es d&iacute;a de fiesta?...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, grand&iacute;simo zumb&oacute;n! Ya adivino lo que quiere decirme con su
+sonrisa. S&iacute;, d&iacute;a de fiesta es, seg&uacute;n nuestra Madre la Iglesia, y deben
+guardarla los que son ricos. Pero mire usted, c&oacute;mo los pobres trabajan
+en todas las canteras. Yo no voy &aacute; privar de un jornal &aacute; mis peones,
+despu&eacute;s de tantos d&iacute;as de lluvia, en los que no han podido hacer nada.
+Adem&aacute;s, tengo mis contratos con el due&ntilde;o de la mina... Vaya, adi&oacute;s: le
+dejo para que se burle de m&iacute; &aacute; sus anchas.</p>
+
+<p>Iba ya &aacute; arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Dicen que han matado al <i>Maestrico</i>?... Vaya un caso. Era un buen
+muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... &iexcl;A la tarde entierro!
+&iexcl;Arre burra!</p>
+
+<p>Y se alej&oacute; con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que hab&iacute;a
+ca&iacute;do trabajo.</p>
+
+<p>Cuando el doctor fu&eacute; &aacute; entrar en su casa todav&iacute;a se vi&oacute; detenido por un
+hombre que le esperaba sentado junto &aacute; la puerta. La vieja Catalina le
+llamaba furiosa desde adentro.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; est&aacute; fr&iacute;o el desayuno!... &iexcl;Qu&eacute; no coger&aacute; usted el tren! Ya le he
+dicho &aacute; ese condenao que su primo le espera y no est&aacute; usted para
+canciones...</p>
+
+<p>Pero Aresti no la hizo caso y se dej&oacute; abordar por aquel hombre,
+dici&eacute;ndose mentalmente: &laquo;&iexcl;Qu&eacute; magn&iacute;fico animal!&raquo; Tembl&oacute; por su mano,
+cuando se la agarr&oacute; el gigant&oacute;n con una de sus garras de dedos callosos
+y gruesos. Bajo la blusa se delataba &aacute; cada movimiento una musculatura
+de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hac&iacute;a
+recordar &aacute; Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que
+hab&iacute;a admirado en su ni&ntilde;ez.</p>
+
+<p>&mdash;Vengo &aacute; lo del otro d&iacute;a&mdash;dijo con alguna torpeza, pero mirando al
+m&eacute;dico en los ojos como dispuesto &aacute; pelear, si era preciso defendiendo
+sus pretensiones.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;A lo del otro d&iacute;a?... Pues hijo, no me acuerdo. &iexcl;Me buscan tantos!...</p>
+
+<p>Pero de pronto, el doctor pareci&oacute; recordar, y una sonrisa maliciosa
+anim&oacute; su rostro.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, s&iacute;! Ya me acuerdo: vienes &aacute; lo del practicante. T&uacute; eres el marido
+de esa... Bien &iquest;y qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Quiero que usted arregle eso, don Luis&mdash;continu&oacute; el gigant&oacute;n con
+energ&iacute;a;&mdash;&oacute; lo arregla usted que es tan bueno &oacute; doy el gran esc&aacute;ndalo.
+Ya le dije c&oacute;mo los pill&eacute; en mi casa el domingo pasado: tengo testigos.
+Los llevar&eacute; al juzgado, y si &eacute;l no se pone en raz&oacute;n y hace lo que le
+corresponde, ir&aacute; &aacute; un presidio y ella &aacute; la galera.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, hombre, s&iacute;&mdash;dijo Aresti.&mdash;Recuerdo tu asunto. Me gusta verte m&aacute;s
+tranquilo que el otro d&iacute;a. &iquest;Pero qu&eacute; voy a hacer yo?</p>
+
+<p>&mdash;Arreglarlo, se&ntilde;or dotor: que ese sinverg&uuml;enza sufra castigo. &iquest;Va &aacute; ser
+&eacute;l de mejor pasta que otros? Al juzgado ir&eacute; con &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;Pero pides demasiado, hijo m&iacute;o. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte
+duros: &iexcl;pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en
+el hospital!... &iexcl;Si es m&aacute;s pobre que t&uacute;!...</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo el gigant&oacute;n con aspecto indeciso, rasc&aacute;ndose la cabeza por
+debajo de la boina.&mdash;Pus que sean quince... &oacute; que sean doce, ya que
+usted se empe&ntilde;a. Pero de ah&iacute; no bajo nada. No me conformo con menos de
+doce &oacute; dar&eacute; el esc&aacute;ndalo. En usted conf&iacute;o, dotor. Ya le quisiera yo ver
+con una perra como la m&iacute;a: sabr&iacute;a lo que es bueno. &iquest;Qu&eacute; he de hacer? &iquest;Ir
+&aacute; presidio y que se mueran de hambre mis peque&ntilde;os? &iexcl;Que paguen, que
+paguen, ya que quieren hacer el guapo!</p>
+
+<p>Y se alej&oacute;, despu&eacute;s de recomendar varias veces al m&eacute;dico, con tono
+suplicante, que no olvidase su asunto.</p>
+
+<p>Aresti, mientras despachaba el desayuno y vest&iacute;a sus ropas de fiesta,
+colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extra&ntilde;a psicolog&iacute;a
+de una gran parte de las gentes de las minas.</p>
+
+<p>De j&oacute;venes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo
+oculto en la faja, dispuestos &aacute; disputarse la hembra &aacute; pu&ntilde;aladas.
+Asesinaban al rival como al infeliz <i>Maestrico</i>; y despu&eacute;s, de casados,
+satisfecho el primer &iacute;mpetu de su apetito exacerbado por la escasez de
+mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas;
+olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar m&aacute;s que en el
+dinero, como si los envenenase el viento de fortunas r&aacute;pidas y
+milagrosos encumbramientos que parec&iacute;a soplar sobre las minas. Se
+exterminaban por una cuesti&oacute;n de jornales &oacute; de comestibles, y al
+encontrarse frente &aacute; frente con el adulterio, torc&iacute;an el gesto como ante
+una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su
+desgracia cierto provecho.</p>
+
+
+<h3 class="top15"><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+
+<p>M&aacute;s de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara &aacute;
+Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la
+estaci&oacute;n de El Desierto, experiment&oacute; ante el magn&iacute;fico panorama de la
+r&iacute;a la misma impresi&oacute;n de asombro de los aldeanos que s&oacute;lo abandonaban
+sus caser&iacute;os &oacute; la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto
+importante los llamaba &aacute; la villa.</p>
+
+<p>El tren dej&oacute; atr&aacute;s los torreones gemelos de los altos hornos de
+fundici&oacute;n&mdash;&laquo;los castillos feudales de S&aacute;nchez Morueta&raquo; seg&uacute;n dec&iacute;a el
+doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,&mdash;y
+despu&eacute;s de atravesar un t&uacute;nel, avanz&oacute; por la ribera cruzando los
+descargaderos de mineral. Eran estos &aacute; modo de baluartes que, arrancando
+de la monta&ntilde;a, llegaban hasta la r&iacute;a, elevados algunos metros sobre el
+nivel de los campos. Los de las compa&ntilde;&iacute;as extranjeras eran verdes, con
+los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos,
+y las peque&ntilde;as locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como
+juguetes. Los de las explotaciones del pa&iacute;s eran de un rojo antip&aacute;tico,
+de escombros de mineral, desmoron&aacute;ndose con las lluvias sus pendientes,
+revelando el esp&iacute;ritu de sus due&ntilde;os, incapaces de realzar con el m&aacute;s
+leve adorno los instrumentos de explotaci&oacute;n. En la r&iacute;a, junto &aacute; las
+gr&uacute;as que funcionaban incesantemente, dorm&iacute;an los vapores, con el casco
+invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los
+m&aacute;stiles. Sub&iacute;an de sus entra&ntilde;as los grandes tanques de hierro cargados
+de hulla inglesa y, desliz&aacute;ndose por los rails a&eacute;reos, iban &aacute; volcar el
+negro mineral en las enormes monta&ntilde;as de las f&aacute;bricas. Corr&iacute;an por las
+v&iacute;as de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar
+al punto m&aacute;s avanzado inclin&aacute;banse como si quisieran arrojarse al agua,
+soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos
+riberas de la r&iacute;a estaban en continua funci&oacute;n, vomitando y absorviendo;
+entregando el mineral de sus monta&ntilde;as y apoder&aacute;ndose del carb&oacute;n
+extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas
+de los buques; los nombres m&aacute;s ex&oacute;ticos &eacute; impronunciables luc&iacute;an en sus
+costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, ergu&iacute;an los
+veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.</p>
+
+<p>Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la r&iacute;a
+con sus barcos y f&aacute;bricas: por la ventanilla opuesta, admir&aacute;base la paz
+de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos,
+removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atr&aacute;s y las
+piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas mov&iacute;an el
+baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volv&iacute;an de nuevo
+&aacute; rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres
+lavaban sus gui&ntilde;apos casi tendidas al borde de arroyos de l&iacute;quido rojo,
+como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de
+Bilbao: los lavados del mineral enrojec&iacute;an hasta la corriente del
+Nervi&oacute;n. La industria, al enriquecer al pa&iacute;s, corromp&iacute;a las aguas puras
+y cristalinas de la &eacute;poca pastoril. El doctor recordaba la miseria de
+los peones de las minas, que les hac&iacute;a huir de las fuentes de la
+monta&ntilde;a, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digesti&oacute;n.
+Prefer&iacute;an el l&iacute;quido rojo &eacute; impuro de los lavaderos porque, ensuciando
+su est&oacute;mago, hac&iacute;a menos frecuente el hambre.</p>
+
+<p>Avanzaba &eacute;l tren hacia Bilbao, deteni&eacute;ndose en las estaciones de la
+orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban
+su caser&iacute;o hasta la ribera opuesta. Por el centro de la r&iacute;a pasaban
+peque&ntilde;os remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de
+cabotaje de las matr&iacute;culas de la costa, navegando lentamente por miedo &aacute;
+las revueltas; vapores que romp&iacute;an las aguas con imperceptible
+movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del
+bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la
+moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar
+p&uacute;dicamente su grandeza, los humos multicolores de sus f&aacute;bricas, negros,
+de espesos vellones, como reba&ntilde;os de la noche; blancos, ligeramente
+dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiraci&oacute;n de un
+hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias
+minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repet&iacute;ase por todo el
+paisaje, como una nota caracter&iacute;stica del panorama bilba&iacute;no, avanzando
+por las quebraduras de la monta&ntilde;a donde est&aacute;n las v&iacute;as f&eacute;rreas del
+mineral, resbalando por las dos orillas de la r&iacute;a tras las chimeneas de
+los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los
+remolcadores y de las m&aacute;quinas giratorias de sus gr&uacute;as.</p>
+
+<p>Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera
+vez.</p>
+
+<p>&mdash;Bilbao es grande&mdash;se dec&iacute;a con cierto orgullo.&mdash;Hay que confesar que
+esta gente ha hecho mucho, &iexcl;L&aacute;stima que valga tan poco cuando la sacan
+de sus negocios!...</p>
+
+<p>Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al
+aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de
+nuevo. Quedaba atr&aacute;s, confundi&eacute;ndose con otras monta&ntilde;as, el famoso pico
+de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche
+Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada
+del liberalismo, que a&uacute;n viv&iacute;a en todas las memorias agrandado por las
+fant&aacute;sticas proporciones que da la tradici&oacute;n. Despu&eacute;s aparec&iacute;a entre los
+montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que
+irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo,
+se&ntilde;or de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones
+triangulares, y &aacute; sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su
+arboleda monta&ntilde;a arriba, hasta la cumbre coronada por una granja
+vaquer&iacute;a. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, hab&iacute;an
+levantado los jesu&iacute;tas una imagen de San Jos&eacute;, con un arco de focos
+el&eacute;ctricos. Mientras dorm&iacute;an los buenos padres, el semic&iacute;rculo luminoso
+recordaba &aacute; los pueblos de la r&iacute;a y &aacute; la misma Bilbao que all&iacute; estaba la
+orden poderosa y dominadora, pronta siempre &aacute; ponerse de pie, no
+queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El
+doctor hallaba natural que fuese San Jos&eacute; el escogido para esta
+glorificaci&oacute;n; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de
+la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para
+formar la sociedad del porvenir.</p>
+
+<p>Adivin&aacute;base la proximidad de la villa. A un lado surg&iacute;an entre los
+campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas
+que eran como las avanzadas de una poblaci&oacute;n desbordada y en continuo
+avance. Al otro se cubr&iacute;an las orillas de la r&iacute;a de almacenes, tinglados
+y gr&uacute;as, elev&aacute;ndose el carb&oacute;n en monta&ntilde;as, sin dejar un espacio de
+muelle libre. Las embarcaciones toc&aacute;banse unas &aacute; otras amarradas &aacute; las
+enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja h&uacute;meda y
+fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Ve&iacute;ase el
+incesante ir y venir de las <i>cargueras</i>, m&iacute;seras mujeres de ropas sucias
+y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los
+tablones que serv&iacute;an de puente entre los buques y el muelle. Unas
+llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carb&oacute;n; otras descargaban los
+fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre
+que hab&iacute;a de ser consumido en el interior de la pen&iacute;nsula.</p>
+
+<p>Det&uacute;vose el tren despu&eacute;s de atravesar un t&uacute;nel, y el doctor, subiendo
+una larga escalera, se vi&oacute; en el sitio m&aacute;s c&eacute;ntrico de la villa, junto
+al puente del Arenal, donde parec&iacute;a condensarse todo el movimiento de la
+poblaci&oacute;n. En aquel pedazo de ribera, robando &aacute; las aguas parte de su
+curso y hasta aprovech&aacute;ndose del subsuelo, la iniciativa industrial
+hab&iacute;a escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de
+Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao
+nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la Rep&uacute;blica de Abando, con
+sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete
+pisos, y sus plazas de geom&eacute;trica rigidez. Al otro lado del puente, la
+Bilbao tradicional; la Bilbao de los <i>chimbos</i>, de los hijos del pa&iacute;s
+que hab&iacute;an conocido la llegada de gentes del interior, atra&iacute;das por la
+prosperidad de las minas, y que formaban ahora m&aacute;s de la mitad del
+vecindario. All&iacute; estaban las famosas Siete Calles, n&uacute;cleo de la antigua
+villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y
+morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, ergu&iacute;a sus torres
+de un g&oacute;tico rid&iacute;culo la iglesia de los jesu&iacute;tas, con su residencia
+anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geom&eacute;trica, los
+hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos
+fabulosamente por las minas de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana.</p>
+
+<p>Aresti pas&oacute; el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranv&iacute;as y
+las carretas, y entr&oacute; en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga
+reflejaba en las aguas del Nervi&oacute;n su arquitectura pretenciosa cargada
+de cari&aacute;tides y estatuas; al otro, extend&iacute;a el paseo sus filas de
+pl&aacute;tanos, por entre cuyas copas asomaban los m&aacute;stiles y chimeneas de los
+buques atracados &aacute; la orilla. Piaban los p&aacute;jaros, saltando sobre la
+arena de las avenidas, pero sus gritos perd&iacute;anse entre el bramido de las
+locomotoras, el silbido de los tranv&iacute;as y el mugido de alg&uacute;n vapor que
+entraba lentamente r&iacute;a arriba.</p>
+
+<p>Aresti di&oacute; un vistazo &aacute; la acera llamada el <i>boulevard</i>, ocupada siempre
+por los curiosos estacionados ante los caf&eacute;s. Frente al Suizo, se
+colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lament&aacute;ndose de la
+decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban &aacute; gritos los
+diarios reci&eacute;n llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el
+centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla ca&iacute;da sobre
+los ojos y la falda agarrada y bien ce&ntilde;ida, de modo que al andar se
+marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y,
+bien proporcionadas. Aresti fij&aacute;base en la separaci&oacute;n del hombre y la
+mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su
+sitio. El hombre &aacute; los negocios y la mujer sola &aacute; la iglesia &oacute; &aacute; hacer
+visitas, como &uacute;nica diversi&oacute;n. Pas&oacute; una pareja cogida del brazo.</p>
+
+<p>&mdash;Ser&aacute;n forasteros&mdash;se dijo el doctor.&mdash;Tal vez alg&uacute;n empleado de los
+que env&iacute;a el gobierno. <i>Maketos</i>, como dicen mis paisanos.</p>
+
+<p>Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicol&aacute;s, fu&eacute;
+en busca de su primo. El poderoso S&aacute;nchez Morueta viv&iacute;a en su hotel de
+Las Arenas, evit&aacute;ndose as&iacute; el molesto asedio que par&aacute;sitos y protegidos
+le hac&iacute;an sufrir en Bilbao. Adem&aacute;s, habituado &aacute; las costumbres inglesas,
+gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus m&uacute;ltiples
+negocios le hac&iacute;an venir casi todos los d&iacute;as al escritorio que ten&iacute;a en
+la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las ma&ntilde;anas, &aacute; todo correr
+de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, meti&eacute;ndose en el
+escritorio como si huyera. Aun as&iacute;, ten&iacute;a que separar muchas veces con
+sus fuertes pu&ntilde;os &aacute; los que le esperaban en la puerta, para proponerle
+negocios disparatados &oacute; pedirle dinero. Una vez en su despacho, era
+dif&iacute;cil abordarle al trav&eacute;s de los escribientes y criados que guardaban
+la escalera. A la salida, S&aacute;nchez Morueta s&oacute;lo osaba poner el pie en la
+calle cuando ten&iacute;a su carruaje cerca y pod&iacute;a escapar, ante la mirada
+at&oacute;nita de los solicitantes que esperaban horas y m&aacute;s horas. Los
+despechados, la turba pedig&uuml;e&ntilde;a que en vano le asediaba y bloqueaba,
+llam&aacute;banle &laquo;El solitario de Las Arenas&raquo;, &laquo;El ogro de la Sendeja&raquo;, que
+era donde ten&iacute;a su escritorio, y hasta afirmaban, faltando &aacute; la verdad,
+que su carruaje s&oacute;lo ten&iacute;a un asiento, para evitarse de este modo toda
+compa&ntilde;&iacute;a. Transcurr&iacute;an meses enteros sin que penetrasen en su despacho
+otras personas que alg&uacute;n corredor de confianza &oacute; los principales
+empleados del escritorio, que recib&iacute;an sus &oacute;rdenes. Con los otros
+capitalistas de la poblaci&oacute;n&mdash;muchos de ellos compa&ntilde;eros de la juventud,
+que hab&iacute;an marchado juntos con &eacute;l en la primera etapa por el camino de
+la fortuna&mdash;se comunicaba telef&oacute;nicamente tute&aacute;ndose, pero en estilo
+conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.</p>
+
+<p>Aresti sigui&oacute; su marcha &aacute; lo largo del muelle, mirando los remolinos del
+agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para
+examinar dos barcos de cabotaje, dos <i>cachemerines</i> de la costa, con los
+t&iacute;tulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por
+extra&ntilde;os cargamentos, en los que se confund&iacute;an los fardos de bacalao con
+mesas y siller&iacute;as embaladas. Ofrec&iacute;an igual aspecto que los carromatos
+de los ordinarios de los pueblos, cargados de los m&aacute;s diversos objetos.
+En uno de los buques, la tripulaci&oacute;n se agrupaba &aacute; proa en torno del
+hornillo donde herv&iacute;a el caldero del rancho. Los barcos estaban tan
+hundidos &aacute; causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, ve&iacute;a el
+fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de &eacute;l,
+tostados, enjutos, habituados &aacute; la lucha mortal con el mar c&aacute;ntabro, le
+hac&iacute;an recordar &aacute; su padre, entrevisto en los primeros a&ntilde;os de su vida y
+del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.</p>
+
+<p>El doctor, separ&aacute;ndose del muelle, pas&oacute; &aacute; la acera de la Sendeja. El
+escritorio de su primo estaba en un caser&oacute;n antiguo y se&ntilde;orial, todo de
+piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un
+gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero
+y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su
+fortuna &aacute; la Iglesia, se negaba &aacute; vender el edificio &aacute; S&aacute;nchez Morueta,
+d&aacute;ndose la satisfacci&oacute;n de tener por inquilino &aacute; uno de los primeros
+ricos de Bilbao.</p>
+
+<p>Aresti no os&oacute; subir directamente al despacho de su primo, temiendo la
+resistencia de alg&uacute;n portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de
+los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefiri&oacute;
+entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la
+casa, bajo la direcci&oacute;n de un antiguo amigo de la familia, el capit&aacute;n
+Mat&iacute;as Iriondo. Aquella oficina era lo &uacute;nico accesible del edificio,
+donde se pod&iacute;a entrar &aacute; la buena de Dios, sin miedo &aacute; esperar ni &aacute;
+porteros inflexibles.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Est&aacute; el <i>Capi</i>?...&mdash;pregunt&oacute; Aresti &aacute; los escribientes que trabajaban
+tras un atajadizo de cristales.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pasa, <i>Planeta</i>, pasa!&mdash;grit&oacute; alguien tras una puerta del fondo del
+corredor.</p>
+
+<p>Y Aresti entr&oacute;, al mismo tiempo que el capit&aacute;n, el <i>Capi</i> como le
+llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia &eacute;l con los
+brazos abiertos.</p>
+
+<p>&mdash;Te he conocido con s&oacute;lo o&iacute;rte, Luisillo&mdash;dijo Iriondo con su voz
+bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y
+obligado &aacute; hacerse o&iacute;r entre los mugidos del viento y de las olas.&mdash;&iexcl;Ay,
+<i>Planeta</i>!... Te encuentro algo aviejado.</p>
+
+<p>Y hab&iacute;a que o&iacute;r la expresi&oacute;n cari&ntilde;osa que daba el marino al mote de
+<i>Planeta</i> aplicado al doctor. Para &eacute;l, en su habla bilba&iacute;na, los hombres
+se divid&iacute;an en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de
+utilidad y no ten&iacute;an mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de
+nada, &aacute; los que llamaba <i>arlotes</i>. Y luego ven&iacute;an los <i>planetas</i>, gente
+simp&aacute;tica y buena, pero sin seriedad ni sentido pr&aacute;ctico; los calaveras;
+los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas
+que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian
+el dinero llegando &aacute; la vejez sin salir de pobres. &iquest;Y qu&eacute; mayor
+<i>planeta</i> que aquel m&eacute;dico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao,
+prefer&iacute;a vivir entre los brutos de las minas?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, <i>Planeta</i>!&mdash;dec&iacute;a sin soltar &aacute; Luis de entre sus brazos.&mdash;Lo
+menos hace medio a&ntilde;o que no te veo. Y siempre tan loco, &iquest;verdad? Siempre
+coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho.
+&iexcl;Apuesto cualquier cosa &aacute; que a&uacute;n no has reunido mil duros!...</p>
+
+<p>Y re&iacute;a, con l&aacute;stima cari&ntilde;osa, de su querido <i>Planeta</i>, al que
+consideraba en eterna infancia, como un ni&ntilde;o revoltoso que hab&iacute;a que
+dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cari&ntilde;o.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Capi</i>, pues t&uacute; tampoco est&aacute;s muy joven que digamos. Te probaba m&aacute;s el
+mar.</p>
+
+<p>&mdash;Tienes raz&oacute;n&mdash;dijo Iriondo con melancol&iacute;a.&mdash;&iexcl;Si al menos pudiese ir
+todos los d&iacute;as al monte con la escopeta, &aacute; cazar <i>chimbos</i>!... Pero hay
+que despachar cinco &oacute; seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse
+el mundo y todos trabajamos como negros... Adem&aacute;s, nos hacemos viejos,
+Luisillo. T&uacute; olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto,
+cuando t&uacute; a&uacute;n jugabas en Olaveaga en la huerta de tu t&iacute;o.</p>
+
+<p>Aresti admiraba el vigor del capit&aacute;n. Estaba en los cincuenta a&ntilde;os. Era
+bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia &aacute;
+ensancharse, como si fuera &aacute; cuadr&aacute;rsele el cuerpo. Su cara se hab&iacute;a
+recocido, como &eacute;l dec&iacute;a, en casi todos los puntos de la l&iacute;nea
+ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su
+barba, en la que s&oacute;lo apuntaban algunas canas. Ten&iacute;a las c&oacute;rneas de los
+ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban
+de frente, brillaban con una expresi&oacute;n de bondad. Conoc&iacute;a todas las
+picard&iacute;as del mundo: hab&iacute;a pasado en su juventud por todos los
+des&oacute;rdenes de las gentes de mar, que despu&eacute;s de meses enteros de
+aislamiento y privaci&oacute;n sobre las olas, bajan &aacute; tierra como lobos. Hab&iacute;a
+brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones
+diab&oacute;licas de los negros; se hab&iacute;a rozado con hembras de todos los
+colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, despu&eacute;s de
+una vida de aventuras, not&aacute;base en &eacute;l la honrada simplicidad de esos
+marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos
+cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar
+&aacute; contaminarse con ellas, sacudi&eacute;ndolas apenas vuelven al desierto del
+oc&eacute;ano.</p>
+
+<p>El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas
+veces hab&iacute;a contado el <i>Capi</i> de sobremesa en casa de S&aacute;nchez Morueta,
+con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar
+atenci&oacute;n en el entrecejo de la se&ntilde;ora que tem&iacute;a &aacute; cada instante
+extralimitaciones en el relato. No hab&iacute;a mar en el globo en el cual no
+hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde
+el <i>cachemerin</i> al trasatl&aacute;ntico. De joven hab&iacute;a hecho el cabotaje entre
+el archipi&eacute;lago de Luz&oacute;n y las Molucas. El sult&aacute;n de all&aacute; era gran
+amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese
+entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. &iquest;Para qu&eacute;? Con un
+tabaco de Manila pod&iacute;a llev&aacute;rselas &eacute;l a todas sin permiso de sultanillo.
+Hab&iacute;a trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de
+California; monta&ntilde;as de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a
+Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hac&iacute;a memoria, con
+sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con
+ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que
+los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra,
+gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las
+costas de &Aacute;frica con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, sent&iacute;a
+la nostalgia del azul negruzco e intenso del Oc&eacute;ano, del verde luminoso
+y di&aacute;fano del mar de las Antillas, de la larga ondulaci&oacute;n del Pac&iacute;fico y
+las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterr&aacute;neo le
+inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandr&iacute;a y N&aacute;poles,
+verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. &laquo;Desde Gibraltar a
+Suez&mdash;dec&iacute;a&mdash;, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en
+el mar, y ahora esperan en los puertos.&raquo;</p>
+
+<p>Su amistad con S&aacute;nchez Morueta, que databa de la infancia, le hab&iacute;a
+proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos
+barcos de la casa; y adem&aacute;s, no cargaba un buque extranjero minerales de
+su principal que no lo despachase &eacute;l, acumulando as&iacute; una peque&ntilde;a
+fortuna que le envidiaban sus antiguos compa&ntilde;eros de navegaci&oacute;n. Era
+bilba&iacute;no &aacute; la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir
+el domingo con la escopeta al hombro &aacute; cazar <i>chimbos</i> en los montes,
+pajarillos de varias clases, que hab&iacute;an proporcionado un mote &aacute; los
+hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes
+que no ten&iacute;a trabajo, &aacute; alg&uacute;n <i>chacol&iacute;n</i> del camino de Bego&ntilde;a &aacute; saborear
+el bacalao &aacute; la vizca&iacute;na, roci&aacute;ndolo con el vinillo agrio del pa&iacute;s. Sus
+amigos <i>chacolineros</i> pasaban por el despacho para noticiarle
+misteriosamente cu&aacute;ndo se abr&iacute;a pipa nueva.</p>
+
+<p>&mdash;Capit&aacute;n, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche &aacute; un <i>chacol&iacute;n</i> de
+dos a&ntilde;os.</p>
+
+<p>Y el capit&aacute;n abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre,
+parec&iacute;a un cuarto de mariner&iacute;a, sin m&aacute;s adornos que una mesa vieja,
+algunas sillas, un botijo en un rinc&oacute;n y algunas fotograf&iacute;as de buques
+en las paredes. Parec&iacute;a imposible que all&iacute; se hablase de negocios que
+importaban millones. Un bar&oacute;metro enorme, dorado y con vistosos adornos,
+regalo de S&aacute;nchez Morueta, era el &uacute;nico objeto notable y el que m&aacute;s
+estimaba el capit&aacute;n, pues, por sus h&aacute;bitos de hombre de mar, siempre se
+estaba preocupando del tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;Ten&iacute;a muchas ganas de verte&mdash;dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio
+ante la mesa.&mdash;&iexcl;Las veces que he pensado en ir &aacute; pasar un d&iacute;a en las
+minas! All&iacute; hay caza ahora, &iquest;verdad? S&oacute;lo que la gente acomodada parece
+que no se dedica &aacute; otra cosa. &iexcl;Ay, <i>Planeta</i>! Y c&oacute;mo va &aacute; alegrarse Pepe
+cuando te vea. Yo hace cuatro d&iacute;as que no le he hablado. Ya sabes su
+genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por
+ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con &eacute;l, cuanto
+menos se habla, mejor. Su debilidad eres t&uacute;... t&uacute; y Fernandito, ese
+ingenierete tan simp&aacute;tico que tiene en los altos hornos. &iexcl;Las veces que
+Pepe te recuerda! Un d&iacute;a, hablando de t&iacute; y de tus <i>planetadas</i>, le o&iacute;
+decir. &laquo;Ese chico, ese chico deb&iacute;a estar &aacute; mi lado&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;Oye <i>Capi</i>; &iquest;y c&oacute;mo anda mi prima, la santa do&ntilde;a Cristina? &iquest;ha metido
+ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?</p>
+
+<p>El capit&aacute;n ces&oacute; de sonre&iacute;r y por sus ojos c&aacute;ndidos pas&oacute; una sombra de
+inquietud. No pod&iacute;a disimular su turbaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute;... la veo poco. Debe estar como siempre...</p>
+
+<p>Y a&ntilde;adi&oacute; con repentina resoluci&oacute;n:</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo &aacute; mis
+barcos, y fuera de ellos nada me importa.</p>
+
+<p>Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la
+esposa de S&aacute;nchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que
+helaba las palabras y cohib&iacute;a el pensamiento. Aresti se levant&oacute; para
+subir al despacho de su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Por la escalera no&mdash;dijo el capit&aacute;n.&mdash;Sube por ah&iacute;: es la escalerilla
+interior y llegar&aacute;s m&aacute;s pronto. Hasta luego: yo tambi&eacute;n soy de la
+cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevar&aacute; en su carruaje.... Si
+est&aacute;s falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta
+las dos no comeremos.</p>
+
+<p>El doctor subi&oacute; por una escalerilla de madera con cubierta de cristales,
+que &aacute; trav&eacute;s de un patio interior pon&iacute;a en comunicaci&oacute;n el entresuelo
+con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con
+mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas
+y taquillas de madera rojiza, as&iacute; como los lomos de cobre de los grandes
+libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corr&iacute;an
+por las cornisas de una &aacute; otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban
+relojes el&eacute;ctricos. Los planos de las minas, las vistas de las f&aacute;bricas
+de la casa, adornaban las paredes.</p>
+
+<p>Aresti, despu&eacute;s de una corta espera, fu&eacute; introducido en aquel despacho,
+del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde
+S&aacute;nchez Morueta fabricaba raudales de oro con s&oacute;lo concentrar su
+pensamiento.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute;s, Luis?...</p>
+
+<p>Lo primero que vi&oacute; el doctor fu&eacute; una mano tendida hacia &eacute;l, una mano
+firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de h&eacute;roe
+prehist&oacute;rico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo &aacute; un
+cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi
+le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conoc&iacute;a la villa entera,
+virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia
+abajo una luz fr&iacute;a. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las
+solapas del traje parec&iacute;a suavizar los salientes en&eacute;rgicos de los
+p&oacute;mulos y las fuertes articulaciones de su mand&iacute;bula robusta y
+prominente como la de los animales de presa. Ten&iacute;a cana la barba, gris
+el pelo y, sin embargo, parec&iacute;a envolverle un nimbo de juventud, de
+fuerza serena, de energ&iacute;a reposada y tenaz, que se comunicaba &aacute; cuantos
+le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la
+naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin m&aacute;s auxilio
+que las energ&iacute;as del m&uacute;sculo y del pensamiento, y acababan por
+posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la
+porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia &aacute; los
+blasones de armas de la provincia, dec&iacute;a hablando de &eacute;l: &laquo;Mi primo se ha
+escapado del escudo de Vizcaya&raquo;.</p>
+
+<p>Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento
+y la acci&oacute;n en continuo uso.</p>
+
+<p>Conserv&oacute; un instante la mano del doctor perdida en la suya, estruj&aacute;ndola
+con s&oacute;lo un ligero movimiento, y pasada esta efusi&oacute;n extraordinaria en
+&eacute;l, volvi&oacute;se hacia su secretario, que permanec&iacute;a de pie junto &aacute; la mesa
+manejando papeles y hojas telegr&aacute;ficas.</p>
+
+<p>&mdash;Si&eacute;ntate, Luis&mdash;dijo como si le diese una orden&mdash;acabo en seguida.</p>
+
+<p>Y le volvi&oacute; la espalda, olvid&aacute;ndolo, mientras el secretario sonre&iacute;a
+servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias
+reverencias. Aresti conoc&iacute;a de muchos a&ntilde;os &aacute; aquel hombrecillo que hab&iacute;a
+comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza
+de S&aacute;nchez Morueta. El capit&aacute;n le llamaba &laquo;el perro de do&ntilde;a Cristina&raquo;
+por la protecci&oacute;n que le dispensaba la se&ntilde;ora y la adhesi&oacute;n absoluta con
+que &eacute;l le correspond&iacute;a. Aresti despreci&aacute;bale por las sonrisas con que
+saludaba su parentesco con el amo.</p>
+
+<p>Mientras el millonario le&iacute;a los papeles, cambiando de vez en cuando
+alguna palabra con su secretario, el m&eacute;dico, hundido en un sill&oacute;n,
+dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufr&iacute;an una decepci&oacute;n al entrar
+all&iacute;, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente
+S&aacute;nchez Morueta. La habitaci&oacute;n era sencilla: dos grandes balcones sobre
+la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel
+imitaci&oacute;n de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio
+con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos
+se hubiera de dormir. En un rinc&oacute;n, una caja de hierro; en otro una
+antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo
+arqueol&oacute;gico del pa&iacute;s, y en las paredes, modelos en relieve de los
+principales vapores de la casa y una enorme fotograf&iacute;a del &laquo;<i>Goizeko
+izarra</i>&raquo; (<i>Estrella de la ma&ntilde;ana</i>), el yate de tres m&aacute;stiles y doble
+chimenea, que permanec&iacute;a amarrado todo el a&ntilde;o en la bah&iacute;a de Axpe, como
+si S&aacute;nchez Morueta hubiese perdido su afici&oacute;n &aacute; los viajes. Sobre la
+chimenea se alineaban en escala de tama&ntilde;os, fragmentos pulidos de rieles
+y piezas de fundici&oacute;n, muestras flamantes del acero fabricado en los
+altos hornos de la casa. Un peque&ntilde;o estante conten&iacute;a libros ingleses,
+anuarios comerciales, cat&aacute;logos de navegaci&oacute;n, memorias sobre miner&iacute;a y
+metalurgia. El &uacute;nico libro que estaba entre los papeles de la mesa de
+trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el
+<i>Yacht Register</i> de m&aacute;s reciente publicaci&oacute;n, como si el millonario
+encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento &aacute;
+los potentados de la tierra que m&aacute;s dichosos que &eacute;l, pod&iacute;an vagar por
+los mares. El despacho ten&iacute;a el mismo aspecto de sobriedad y robustez de
+su due&ntilde;o. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo
+s&oacute;lido y discreto que s&oacute;lo se encuentra en las c&aacute;maras de los grandes
+buques. Aresti resum&iacute;a la impresi&oacute;n en pocas palabras; &laquo;All&iacute; todo ol&iacute;a &aacute;
+ingl&eacute;s.... Hasta el traje del amo&raquo;.</p>
+
+<p>Al concentrar la atenci&oacute;n en su primo, volv&iacute;a &aacute; admirar sus manos;
+aquellas manos &uacute;nicas, que parec&iacute;an dotadas de vida y pensamiento
+aparte; que iban instintivamente, entre el mont&oacute;n de papeles, en l&iacute;nea
+recta y sin vacilaci&oacute;n hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como
+animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza
+propia para vivir por s&iacute; solas. Aresti las admiraba con cierto respeto
+supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se
+entregar&iacute;an vencidos, anonadados. Nada pod&iacute;a resistir &aacute; aquellas
+hermosas garras de bestia luchadora &eacute; inteligente. El movimiento de la
+sangre en sus venas de grueso relieve, parec&iacute;a el latido de un
+pensamiento oculto.</p>
+
+<p>Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con s&oacute;lo un movimiento todos
+los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande
+hombre indicaron al secretario con fr&iacute;a mirada que pod&iacute;a retirarse &aacute; la
+habitaci&oacute;n inmediata donde ten&iacute;a su despacho: una pieza con grandes
+estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de
+mineral bajo campanas de vidrio.</p>
+
+<p>&mdash;Don Jos&eacute;, un momento,&mdash;dijo el hombrecillo;&mdash;me permito recordar &aacute;
+usted el encargo de do&ntilde;a Cristina, ya que est&aacute; aqu&iacute; el se&ntilde;or doctor.</p>
+
+<p>Y como S&aacute;nchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclin&oacute;
+hacia &eacute;l, murmurando algunas palabras.</p>
+
+<p>El millonario dud&oacute; algunos momentos mirando &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Es un favor que te pide Cristina&mdash;dijo con alguna vacilaci&oacute;n.&mdash;Al
+saber que ven&iacute;as hoy, me encarg&oacute; que subieses un momento &aacute; Bego&ntilde;a para
+ver &aacute; don Tom&aacute;s, ese cura viejo que algunas veces nos visita.</p>
+
+<p>Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se
+apresur&oacute; &aacute; a&ntilde;adir.</p>
+
+<p>&mdash;Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis d&iacute;as y que hay que
+tener contentas &aacute; las se&ntilde;oras. Mi mujer y mi hija se alegrar&aacute;n mucho. Es
+una visita corta: el pobre, seg&uacute;n parece, est&aacute; desahuciado de todos.
+&iquest;Qu&eacute; te cuesta darlas gusto?...</p>
+
+<p>En su mirada y su acento hab&iacute;a tal tono de s&uacute;plica, que Aresti acept&oacute;
+mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso &aacute; su
+poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el &laquo;hijo favorito de
+la fortuna&raquo;, como &eacute;l lo llamaba, ten&iacute;a sus disgustos dentro del hogar.</p>
+
+<p>&mdash;Goicochea te acompa&ntilde;ar&aacute;&mdash;dijo se&ntilde;alando &aacute; su secretario.&mdash;Toma abajo
+mi carruaje, y, mientras vuelves, terminar&eacute; mi tarea. Hasta luego, Luis.</p>
+
+<p>Y cogiendo una pluma, comenz&oacute; &aacute; escribir, como si una repentina
+preocupaci&oacute;n le hiciese olvidar por completo &aacute; su pariente.</p>
+
+<p>Aresti, llevando al lado &aacute; Goicochea en el mullido carruaje del
+millonario, pas&oacute; por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando
+sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su ni&ntilde;ez.
+Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente
+te&ntilde;idas. El carruaje comenz&oacute; &aacute; ascender penosamente por la &aacute;spera cuesta
+de Bego&ntilde;a. Terminaba el desfile de casas. Ensanch&aacute;base el horizonte,
+extendi&eacute;ndose entre las monta&ntilde;as los campos verdes, y los robledales de
+tono bronceado, interrumpidos &aacute; trechos por las blancas manchas de las
+caser&iacute;as. El sol asomaba por primera vez en la ma&ntilde;ana al trav&eacute;s de un
+desgarr&oacute;n de las nubes, y el humo que se extend&iacute;a sobre la villa tomaba
+una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del
+camino levant&aacute;banse casas aisladas, ostentando en su puerta el
+tradicional <i>branque</i>, el ramo verde que indica la buena bebida del
+pa&iacute;s. Eran los famosos <i>chacolines</i> con sus r&oacute;tulos: &laquo;Se venden
+voladores&raquo;, para que el estruendo fuese completo en d&iacute;as de romer&iacute;a.</p>
+
+<p>Goicochea, que no era hombre silencioso y cre&iacute;a faltar al respeto al
+primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares
+con cierto entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;Me gusta pasar por aqu&iacute;, se&ntilde;or doctor, porque recuerdo mi juventud...
+los famosos d&iacute;as del sitio. Usted ser&iacute;a muy ni&ntilde;o entonces, y ya no se
+acordar&aacute;.</p>
+
+<p>Animado por la mirada interrogante del doctor, sigui&oacute; hablando:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Ve usted d&oacute;nde hemos dejado la c&aacute;rcel? Pues poco m&aacute;s &oacute; menos ah&iacute;
+estaba la l&iacute;nea entre sitiados y sitiadores. Nos fusil&aacute;bamos de cerca,
+vi&eacute;ndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los
+centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrec&iacute;an
+lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.</p>
+
+<p>&mdash;Usted ser&iacute;a de <i>los auxiliares</i>, como mi primo Pepe,&mdash;dijo Aresti;&mdash;de
+los que defend&iacute;an la villa.</p>
+
+<p>Goicochea di&oacute; un respingo en su asiento, pero en seguida recobr&oacute; su
+aspecto pl&aacute;cido y contest&oacute; con humilde sonrisa:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Quia, no se&ntilde;or! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio
+vizca&iacute;no y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis:
+calaveradas. Entonces ten&iacute;a uno la cabeza ligera y a&uacute;n no hab&iacute;an llegado
+los ocho hijos que ahora me devoran.</p>
+
+<p>Y como si tuviera inter&eacute;s en que el doctor conociese exactamente sus
+creencias, sigui&oacute; hablando:</p>
+
+<p>&mdash;Por supuesto, que ahora me r&iacute;o de aquellas locuras. &iexcl;Y pensar que en
+Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya
+no soy carlista, y como yo, la mayor&iacute;a de los que entonces expusimos la
+pelleja.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pues qu&eacute; son ustedes?...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hemos de ser, don Luis? &iquest;No lo sabe usted?... Nacionalistas;
+bizkaitarras; partidarios de que el Se&ntilde;or&iacute;o de Vizcaya vuelva &aacute; ser lo
+que fu&eacute;, con sus fueros benditos y mucha religi&oacute;n, pero mucha. &iquest;Qui&eacute;nes
+han tra&iacute;do &aacute; este pa&iacute;s la mala peste de la libertad y todas sus
+impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los <i>maketos</i>: y don Carlos
+no es m&aacute;s que un <i>maketo</i>, tan liberal como los que hoy reinan, y adem&aacute;s
+tiene los esc&aacute;ndalos de su vida impropia de un cat&oacute;lico.... Lo que yo
+digo, don Luis. Qu&eacute;dese la Maketania con su gente sin religi&oacute;n y sin
+virtud y deje libre &aacute; la honrada y noble Bizkaya.... con B alta &iquest;eh? con
+B alta, y con K, pues la gente de Espa&ntilde;a para robarnos en todo, hasta
+mete mano en nuestro nombre escribi&eacute;ndolo de distinta manera.</p>
+
+<p>Y con el &iacute;ndice trazaba en el espacio grandes <i>bes</i> para que constase
+una vez m&aacute;s su protesta ortogr&aacute;fica.</p>
+
+<p>El carruaje rodaba por los altos de Bego&ntilde;a. Dorm&iacute;a el camino en medio de
+una paz monacal. A un lado y &aacute; otro alz&aacute;banse grandes edificios de
+reciente construcci&oacute;n. Eran conventos ocupados por frailes de &oacute;rdenes
+antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las se&ntilde;oras
+ricas de la villa hab&iacute;a levantado aquellos palacios. All&iacute; iba &aacute; parar
+una parte no peque&ntilde;a de las ganancias de las minas. La limosna
+cuantiosa, y los legados testamentarios cubr&iacute;an de conventos &oacute; iglesias
+aquella parte del monte Artag&aacute;n. El silencio monacal, que parec&iacute;a
+extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que
+exhalaba abajo la poblaci&oacute;n, dominada &aacute; aquella hora por la fiebre de
+los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las
+torrecillas de ladrillo rojo, llamando &aacute; gentes invisibles: se
+entreabr&iacute;a un port&oacute;n con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil,
+blanca y almidonada y un rinc&oacute;n de huerto frondoso. Aresti, influenciado
+por este ambiente, pensaba en los m&iacute;sticos retiros de la Flandes
+cat&oacute;lica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus
+beguinas cubiertas por tocas n&iacute;tidas, de movibles alas, como mariposas
+de nieve.</p>
+
+<p>Goicochea segu&iacute;a hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don
+Tom&aacute;s, el cura que iban &aacute; visitar; &laquo;un santo var&oacute;n&raquo; que en otros tiempos
+confesaba &aacute; la de S&aacute;nchez Morueta y que pronto morir&iacute;a como un justo si
+la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje par&oacute; ante la iglesia
+de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la Rep&uacute;blica; la Rep&uacute;blica
+de Bego&ntilde;a, que a&uacute;n conservaba esta denominaci&oacute;n de los tiempos forales.</p>
+
+<p>Aresti, guiado por su acompa&ntilde;ante, entr&oacute; en la casa del cura para ver &aacute;
+&eacute;ste, inm&oacute;vil en un sill&oacute;n, desalentado y tembloroso ante la proximidad
+de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que hab&iacute;a disputado m&aacute;s de
+una vez en casa de S&aacute;nchez Morueta, el viejo mostr&oacute; en sus gestos cierta
+esperanza. &iexcl;A ver si pod&iacute;a salvarlo con aquella ciencia que hab&iacute;a
+ensalzado tantas veces al discutir con &eacute;l! No pod&iacute;a dormir, no pod&iacute;a
+acostarse; se ahogaba. Aresti conoci&oacute; &aacute; primera vista la gravedad de su
+dolencia. Ten&iacute;a enfermo el coraz&oacute;n, el &oacute;rgano rebelde &aacute; todo reparo. Por
+m&aacute;s que intent&oacute; animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su
+astucia aguzada por el miedo, adivin&oacute; la ineficacia del remedio, entre
+aquellos planes de curaci&oacute;n que Aresti le propon&iacute;a por decir algo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lo mismo que los otros!&mdash;gimi&oacute;.&mdash;&iexcl;Ay Virgen de Bego&ntilde;a!... &iexcl;Virgen de
+Bego&ntilde;aaa!</p>
+
+<p>El acento desesperado con que llamaba &aacute; la Virgen, revelaba el ego&iacute;smo
+de la vida, agarr&aacute;ndose &aacute; la &uacute;ltima esperanza, implorando un milagro,
+con la ilusi&oacute;n de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas
+las leyes de la existencia.</p>
+
+<p>Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea mir&oacute; al templo y se descubri&oacute;
+como si le pesara volver &aacute; la villa sin saludar &aacute; la imagen.</p>
+
+<p>&mdash;Pod&iacute;amos entrar un momento, &iquest;no le parece, don Luis? Nos queda tiempo
+de sobra. &iquest;Usted, indudablemente, no habr&aacute; visto &aacute; la Virgen desde que
+le coronaron como Se&ntilde;ora de Vizcaya? Pues est&aacute; muy bonita. Entremos y yo
+pedir&eacute; un poco por el desgraciado don Tom&aacute;s.</p>
+
+<p>Aresti se dej&oacute; conducir. No hab&iacute;a estado all&iacute; desde que era ni&ntilde;o, y le
+interesaba ver las grandes reformas que la devoci&oacute;n de los ricos de
+abajo hab&iacute;a realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante
+las guerras y al que aflu&iacute;an ahora todos los sentimientos del pa&iacute;s
+hostiles &aacute; la nacionalidad espa&ntilde;ola y &aacute; sus progresos.</p>
+
+<p>Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas
+las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reun&iacute;a el vecindario,
+amparado de la lluvia, para tratar los asuntos p&uacute;blicos despu&eacute;s de la
+misa. Por algo, la mayor&iacute;a de los pueblos vizca&iacute;nos tomaron el t&iacute;tulo de
+anteiglesias, en &eacute;poca de fueros.</p>
+
+<p>Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el
+altar mayor, dej&aacute;ndose caer de rodillas ante la Virgen con devoci&oacute;n
+compungida, Aresti pase&oacute; por el templo, examin&aacute;ndolo. Los
+reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su
+atenci&oacute;n. Eran piezas de esa ebanister&iacute;a parisi&eacute;n del barrio de San
+Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para
+las se&ntilde;oras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compa&ntilde;eros
+de oficio adornan un dormitorio &oacute; un <i>budoir</i>. El gusto art&iacute;stico del
+jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un g&oacute;tico
+sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras
+pend&iacute;an, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas
+peregrinaciones, y cubr&iacute;an las paredes l&aacute;pidas conmemorativas en
+vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronaci&oacute;n de
+la Virgen.</p>
+
+<p>Al m&eacute;dico le interesaban m&aacute;s los votos que se extend&iacute;an por la pared, &aacute;
+la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura c&aacute;ndida y grosera,
+representando olas alborotadas, barcos pr&oacute;ximos &aacute; zozobrar con los palos
+rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco
+desmantelado, un rayo semejante &aacute; una lombriz roja. Provocaban la risa
+como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos
+el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran
+votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones
+vizca&iacute;nas, por haberlas salvado la imagen de Bego&ntilde;a de espantosas
+tempestades. Los cuadros m&aacute;s antiguos y borrosos representaban
+bergantines y fragatas con las velas rotas, encabrit&aacute;ndose sobre las
+olas, flotando entre estas alg&uacute;n m&aacute;stil roto: los m&aacute;s modernos eran
+vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta
+barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge
+siempre ante las cat&aacute;strofes ciegas de la naturaleza; en la fe que
+siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.</p>
+
+<p>Goicochea hab&iacute;a cesado de rezar y, acerc&aacute;ndose al doctor, habl&aacute;bale al
+o&iacute;do con la satisfacci&oacute;n del que muestra las bellezas de su propia casa.</p>
+
+<p>&mdash;M&iacute;rela usted&mdash;dec&iacute;a se&ntilde;alando &aacute; la imagen.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; hermosa es! &iexcl;Y qu&eacute;
+bien le sienta la corona!...</p>
+
+<p>Aresti miraba la imagen, el &laquo;fetiche bizkaitarra&raquo;, como dec&iacute;a &eacute;l en sus
+cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea,
+como todas las im&aacute;genes espa&ntilde;olas que son famosas y hacen milagros. La
+cabecita de beb&eacute; parec&iacute;a abrumada por una alta corona, inflada como un
+globo; hasta sus pies descend&iacute;a, como un miri&ntilde;aque, el manto cubierto de
+toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas
+arrojadas &aacute; manos llenas por la devoci&oacute;n, como si el brillo pudiese
+aumentar la hermosura de la imagen, esparc&iacute;anse tambi&eacute;n sobre el
+peque&ntilde;uelo que la Virgen mostraba entre sus manos.</p>
+
+<p>&mdash;Cu&aacute;ntas joyas &iquest;eh?&mdash;murmuraba con entusiasmo Goicochea.&mdash;Esto s&oacute;lo se
+ve en este pa&iacute;s. Aqu&iacute; hay religi&oacute;n y riqueza.</p>
+
+<p>El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente reba&ntilde;o de las
+minas, calculando en cu&aacute;nto habr&iacute;a contribuido su miseria &aacute; aquellos
+regalos in&uacute;tiles, colocados por la fe y la ostentaci&oacute;n de unos pocos,
+sobre un madero tallado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si usted hubiese visto el acto de la coronaci&oacute;n!&mdash;continu&oacute; la voz de
+Goicochea con sordina.&mdash;A&uacute;n me estremezco de entusiasmo record&aacute;ndolo.
+Fu&eacute; cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince d&iacute;as de
+peregrinaci&oacute;n de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pas&oacute; por aqu&iacute;:
+peregrinaci&oacute;n de se&ntilde;oras, peregrinaci&oacute;n de criadas de servir,
+peregrinaci&oacute;n de obreros; las anteiglesias en masa con sus p&aacute;rrocos al
+frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las &oacute;rdenes, y
+de padres jesu&iacute;tas: pero sermones buenos de veras, en vascuence:
+diciendo lo que significaba la coronaci&oacute;n de la Virgen como Se&ntilde;ora de
+Vizcaya. F&iacute;jese usted bien.... <i>&iexcl;Se&ntilde;ora!</i> Vizcaya s&oacute;lo ha tenido
+Se&ntilde;ores. Hasta Dios es para nosotros <i>Jaungoicoa</i> &oacute; sea &laquo;Se&ntilde;or de
+arriba.&raquo; Eso de reyes y reinas es cosa de los <i>maketos</i>. Desde el d&iacute;a de
+la coronaci&oacute;n de la Se&ntilde;ora, que moralmente hemos arreglado nuestras
+cuentas con los que viven del Ebro para all&aacute;, separ&aacute;ndonos para siempre.
+La cosa fu&eacute; conmovedora: como organizada por los principales del
+partido.... Pero v&aacute;monos, que aqu&iacute; molestamos hablando.</p>
+
+<p>Goicochea sali&oacute; del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos
+aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.</p>
+
+<p>En el porche de la iglesia continu&oacute; dando expansi&oacute;n &aacute; su entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y ha visto usted cu&aacute;ntos milagros? &iquest;No le enternece eso?...</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;dijo Aresti con gravedad.&mdash;A m&iacute; me conmueve la piedad de los
+hombres de mar que vienen aqu&iacute; descalzos, trayendo su recuerdo &aacute; la
+Virgen, por haber estado pr&oacute;ximos &aacute; naufragar y no haber naufragado.
+Gran cosa es la fe. Lo mismo que &aacute; ellos, les ocurre casi todos los d&iacute;as
+&aacute; marineros ingleses, suecos &oacute; americanos que son protestantes &oacute; no son
+nada, y se salvan &aacute; pesar de no tener una Virgen de Bego&ntilde;a &aacute; quien
+recomendarse. Adem&aacute;s, vaya usted &aacute; saber los vizca&iacute;nos que se habr&aacute;n
+ahogado despu&eacute;s de implorar &aacute; la Virgen. Esos no han podido venir aqu&iacute; &aacute;
+contarlo.</p>
+
+<p>El secretario hizo un movimiento de extra&ntilde;eza, mirando escandalizado al
+m&eacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis&mdash;dijo con acento dulz&oacute;n.&mdash;No empiece usted &aacute; soltar de las
+suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de
+la Virgen, y que &eacute;sta le castigar&aacute;.</p>
+
+<p>&mdash;No; yo no me burlo de la fe&mdash;dijo Aresti.&mdash;El hombre es naturalmente
+cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera &aacute; sus fuerzas; basta
+que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me
+acuerdo de mister Peterson, un ingeniero ingl&eacute;s empleado en las minas,
+un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perd&iacute;a ocasi&oacute;n de
+burlarse de la idolatr&iacute;a de los cat&oacute;licos y de su culto &aacute; las im&aacute;genes.
+Un d&iacute;a, un pe&oacute;n despedido por &eacute;l del trabajo, le di&oacute; una pu&ntilde;alada de
+muerte. Cuando se convenci&oacute; de que no pod&iacute;amos salvarle, rompi&oacute; en
+lloros y aclamaciones &aacute; la Virgen, lo mismo que don Tom&aacute;s. Se agarr&oacute; &aacute;
+la misma fe de las mujeres m&aacute;s ignorantes del pueblo. Llamaba &aacute; la
+Virgen de Bego&ntilde;a con un vozarr&oacute;n que se o&iacute;a desde la calle.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y lleg&oacute; &aacute; salvarse?&mdash;dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un
+milagro.</p>
+
+<p>&mdash;No; muri&oacute; &aacute; las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado &aacute;
+nadie.</p>
+
+<p>Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvi&oacute; el curso de la
+conversaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; hermosa vista!&mdash;dijo se&ntilde;alando la parte de la villa que se
+alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la r&iacute;a y las monta&ntilde;as
+de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.&mdash;Esto es
+el m&aacute;s hermoso balc&oacute;n de Vizcaya. &iexcl;Cu&aacute;nto trabajo se abarca desde aqu&iacute;!
+&iexcl;Cu&aacute;nta riqueza!...</p>
+
+<p>Luego, a&ntilde;adi&oacute; en tono confidencial.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es
+imposible volver &aacute; nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro
+sitio como el &uacute;ltimo, matar&iacute;a &aacute; Vizcaya. &iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a de los altos hornos,
+de tanta f&aacute;brica y tanta v&iacute;a f&eacute;rrea?... Por esto hemos abandonado, quien
+m&aacute;s quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir &aacute; Dios no se
+necesita de pol&iacute;tica. Nosotros somos cada vez m&aacute;s intransigentes en lo
+tocante &aacute; la sacrosanta religi&oacute;n; &iquest;pero pelearse por reyes? Aqu&iacute; no hay
+m&aacute;s que Vizcaya y su <i>Se&ntilde;ora</i> sant&iacute;sima. Pregunte usted si quieren
+volver &aacute; las andadas, &aacute; muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los
+he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y
+ahora van camino de millonarios. Vea usted &aacute; muchos due&ntilde;os de las minas
+que en su juventud cogieron el fusil. <i>Necuacuam</i>, ninguno sue&ntilde;a
+remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera
+existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habr&iacute;an llegado las
+cosas &aacute; mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos
+el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos
+importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que est&aacute; por encima
+de la Patria y del Rey.</p>
+
+<p>Como Aresti sonre&iacute;a socarronamente, el hombrecillo pareci&oacute; intimidarse
+ante su gesto.</p>
+
+<p>&mdash;A ver: siga usted, se&ntilde;or Goicochea,&mdash;dijo el doctor.&mdash;Me interesa eso,
+pues, al fin, vizca&iacute;no soy, aunque no tenga el honor de ser
+nacionalista. &iquest;Y c&oacute;mo vamos &aacute; conseguir que Bizkaya (con B alta) se
+emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus
+<i>guiris</i>, sus <i>ches</i> de pantalones rojos, prontos &aacute; disparar el fusil
+como en otros tiempos.</p>
+
+<p>Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que
+hab&iacute;a o&iacute;do &aacute; algunos como Goicochea, designar &aacute; los soldados espa&ntilde;oles,
+llamados <i>ches</i> en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que
+compon&iacute;an la guarnici&oacute;n durante el sitio.</p>
+
+<p>&mdash;Se har&aacute; sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena
+direcci&oacute;n. Poco &aacute; poco se hace camino. O nosotros impondremos &aacute; Espa&ntilde;a
+las sanas costumbres y creencias de los antepasados, &oacute; nos aislaremos
+como ciertos pueblos de Am&eacute;rica, que viven felices, gobernados por el
+Sagrado Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. All&iacute; est&aacute;n los que dirigen y son gente que lo
+entiende: all&iacute; se prepara el porvenir.</p>
+
+<p>Y se&ntilde;alaba en direcci&oacute;n &aacute; la r&iacute;a, como si al trav&eacute;s de las inmediatas
+alturas viese con la imaginaci&oacute;n la Universidad de Deusto, santuario,
+para &eacute;l, de la sabidur&iacute;a humana.</p>
+
+<p>&mdash;Pues hay para rato, se&ntilde;or Goicochea&mdash;dijo el m&eacute;dico saliendo del
+porche en busca del carruaje.</p>
+
+<p>&mdash;No dir&eacute; que no, don Luis. Nuestra redenci&oacute;n es algo dif&iacute;cil por la
+continua inmigraci&oacute;n de gentes que traen con ellas las malas costumbres
+de Espa&ntilde;a. Lo peorcito de cada casa, que viene aqu&iacute; &aacute; trabajar y &aacute; hacer
+fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.
+Cada vez son m&aacute;s: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los
+apellidos vascongados. Todos son Mart&iacute;nez &oacute; Garc&iacute;a, y se habla menos el
+vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha
+tra&iacute;do la prosperidad. Pero todo se andar&aacute;. Yo pienso lo que Garc&iacute;a
+Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, seg&uacute;n cuentan los padres de
+Deusto, fu&eacute; el estadista m&aacute;s grande del siglo. &iquest;Sabe usted lo que dijo
+al recibir la pu&ntilde;alada que lo mat&oacute;? &laquo;Dios no muere nunca&raquo;.... Pues eso
+digo yo. Dios no muere y no morir&aacute; Vizcaya que, por el amor que siente
+hacia su sant&iacute;sima madre, es su hija predilecta.</p>
+
+<p>Ya no dijo m&aacute;s en todo el camino. Al fin, pareci&oacute; amoscarse por la
+mirada ir&oacute;nica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que
+acog&iacute;a sus palabras. Reconoc&iacute;a en &eacute;l un digno primo de S&aacute;nchez Morueta;
+pues el secretario, &aacute; pesar de su servilismo exterior, sent&iacute;a cierta
+repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de
+impiedad, viv&iacute;a separado de la religi&oacute;n, pasando meses enteros sin o&iacute;r
+una misa. &Eacute;l conoc&iacute;a los hondos disgustos que esta conducta
+proporcionaba &aacute; la buena do&ntilde;a Cristina, la cual, s&oacute;lo vali&eacute;ndose de la
+influencia que ejerc&iacute;a su hija sobre el padre, pod&iacute;a conseguir que &eacute;ste
+las acompa&ntilde;ase alguna vez &aacute; la iglesia. &iexcl;Que hombres los dos! &iexcl;Imposible
+parec&iacute;a que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...</p>
+
+<p>A las dos de la tarde se vi&oacute; Aresti de nuevo en el coche, camino de Las
+Arenas con su primo y el capit&aacute;n Iriondo. Goicochea, invitado tambi&eacute;n &aacute;
+la comida de familia, hab&iacute;a salido antes en el tranv&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; no descansas&mdash;dec&iacute;a el m&eacute;dico &aacute; su primo,&mdash;&iexcl;todos los d&iacute;as Las
+Arenas &aacute; Bilbao!</p>
+
+<p>&mdash;Todos los d&iacute;as. Cuando edifiqu&eacute; el hotel, cre&iacute; que me quedar&iacute;a meses
+enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las
+ma&ntilde;anas voy de un lado &aacute; otro, sin saber qu&eacute; hacer y acabo por mandar
+que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en
+el jard&iacute;n, oyendo &aacute; Pepita que toca el piano.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La vida de familia!... &iexcl;T&uacute; eres feliz&mdash;exclam&oacute; el m&eacute;dico.</p>
+
+<p>Su primo le mir&oacute; con ojos interrogantes, como si encontrase en sus
+palabras cierta iron&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;: la vida de familia&mdash;dijo.&mdash;Es la que m&aacute;s me gusta. L&aacute;stima que en
+este Bilbao no pueda uno gozarla &aacute; sus anchas, libre de influencias
+extra&ntilde;as. T&uacute; bien lo sabes, Luis.</p>
+
+<p>Y call&oacute;, mientras el m&eacute;dico quedaba tambi&eacute;n silencioso y cabizbajo, como
+sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje
+los hoteles vistosos del Campo del Volant&iacute;n, donde se albergaba la
+aristocracia de la villa; despu&eacute;s las verjas y escalinatas de la
+Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la r&iacute;a
+sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti ve&iacute;a
+ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que hab&iacute;a
+admirado por la ma&ntilde;ana en el tren.</p>
+
+<p>Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su
+mutismo, anim&aacute;ndose con repentina alegr&iacute;a. Aquella era su patria: all&iacute;
+hab&iacute;an nacido los tres.</p>
+
+<p>Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hac&iacute;a preguntas &aacute; sus
+compa&ntilde;eros, record&aacute;ndoles los incidentes de la juventud.</p>
+
+<p>A&uacute;n ve&iacute;a, como si lo tuviera ante sus ojos, al se&ntilde;or Juan S&aacute;nchez, el
+padre de S&aacute;nchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador
+obscuro de la presente prosperidad, el que de un tir&oacute;n los despeg&oacute; &aacute;
+todos del bajo fondo social en que hab&iacute;an nacido. No era del pa&iacute;s: hab&iacute;a
+llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableci&eacute;ndose en
+Olaveaga como gabarrero, y cas&aacute;ndose con una joven del pueblo, que ten&iacute;a
+varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y
+flores &aacute; Bilbao. Fu&eacute; una vida de trabajo: la mujer &aacute; la huerta y &eacute;l &aacute; la
+r&iacute;a, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus <i>aguaduchos</i> &oacute;
+avenidas que la convert&iacute;an en torrente y sus revueltas y bajos que
+hac&iacute;an zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y
+las gabarras sub&iacute;an hasta la villa los cargamentos de bacalao y de
+maderas, necesitando, para esta conducci&oacute;n, de hombres expertos. Ir de
+Bilbao &aacute; Portugalete era entonces un viaje que s&oacute;lo osaban emprender los
+atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban <i>carrozas</i>. La
+g&oacute;ndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la &uacute;nica
+embarcaci&oacute;n que surcaba la r&iacute;a con frecuencia. Los gabarreros,
+intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban r&aacute;pidamente, y
+Olaveaga era el pueblo m&aacute;s rico del Nervi&oacute;n. El se&ntilde;or Juan serv&iacute;a &aacute; las
+casas m&aacute;s importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jam&aacute;s
+hab&iacute;a averiado los g&eacute;neros con un mal tropiezo en los innumerables bajos
+de la r&iacute;a &oacute; en la vuelta de la Salve; conoc&iacute;a las aguas palmo &aacute; palmo, y
+siempre que hab&iacute;a que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le
+llamaban &aacute; &eacute;l. As&iacute; fu&eacute; reuniendo una fortuna para su hijo &uacute;nico, que
+andando el tiempo hab&iacute;a de ser el famoso S&aacute;nchez Morueta. En aquella
+&eacute;poca, el futuro millonario iba todas las ma&ntilde;anas al instituto de
+Bilbao, &aacute; estudiar N&aacute;utica, pues su padre le quer&iacute;a marino, pero de los
+de altura, para navegar y comerciar en grande, &aacute; trav&eacute;s de todos los
+mares, como &eacute;l lo hac&iacute;a en la r&iacute;a. El honrado gabarrero, satisfecho de
+su suerte, due&ntilde;o de muchos de los lanchones que surcaban el Nervi&oacute;n,
+seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compart&iacute;a su cari&ntilde;o
+entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti,
+hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de
+hortelanos, se hab&iacute;an unido con hombres de mar; pero la casada con el
+gabarrero, tuvo m&aacute;s suerte que su hermana menor, que se enamor&oacute; de
+Chom&iacute;n Aresti, un mocet&oacute;n de la matr&iacute;cula de Bermeo, que navegaba por el
+Cant&aacute;brico como patr&oacute;n de balandros de cabotaje, siempre expuesto &aacute;
+perecer en un d&iacute;a de galerna. A los ocho a&ntilde;os de casados, ocurri&oacute; la
+cat&aacute;strofe. Chom&iacute;n se ahog&oacute; en un naufragio, y la viuda, llevando en
+brazos al futuro doctor Aresti, que entonces ten&iacute;a seis a&ntilde;os y se miraba
+con asombro el negro trajecito, llor&oacute; desesperadamente por todos los
+rincones de la casa de su hermana.</p>
+
+<p>&mdash;No te apures, mujer&mdash;dec&iacute;a el se&ntilde;or Juan.&mdash;Otras est&aacute;n peor que t&uacute;,
+que tienes &aacute; tu hermana y me tienes &aacute; m&iacute;. No morir&aacute;s de hambre, ya que
+seg&uacute;n parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aqu&iacute; estoy yo,
+que rabio, porque la m&iacute;a s&oacute;lo me ha dado un chico.</p>
+
+<p>Y as&iacute; era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese d&aacute;ndole
+hijos, conforme prosperaba la casa. Sent&iacute;ase cohibido al no poder llevar
+en sus brazos &aacute; aquel mocet&oacute;n que estudiaba en Bilbao y era tan alto
+como &eacute;l y mucho m&aacute;s serio. Por esto agarr&oacute; con un entusiasmo paternal &aacute;
+su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron &aacute; todas horas en la
+gabarra &oacute; por las orillas de la r&iacute;a, con el peque&ntilde;o cogido de la mano,
+acarici&aacute;ndolo como si fuese un nuevo hijo.</p>
+
+<p>Aresti no conoci&oacute; otro padre que el se&ntilde;or Juan, y S&aacute;nchez Morueta fu&eacute;
+para &eacute;l un hermano. El mocet&oacute;n grave, de car&aacute;cter &aacute;spero, tuvo para el
+peque&ntilde;o dulzuras y atenciones que sorprend&iacute;an &aacute; la familia.</p>
+
+<p>Cuando el gabarrero iba &aacute; Bilbao, llev&aacute;base &aacute; Luis, dej&aacute;ndolo en las
+banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los se&ntilde;ores la cuenta
+de sus viajes. Por las noches lo dorm&iacute;a sobre sus rodillas, cant&aacute;ndole
+los viejos zortzicos de los barqueros del Nervi&oacute;n &oacute; relat&aacute;ndole patra&ntilde;as
+que el pobre hombre apreciaba como lo m&aacute;s indiscutible de la sabidur&iacute;a
+hist&oacute;rica. Gust&aacute;bale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo
+hab&iacute;an fundado unos pescadores &aacute; orillas de la r&iacute;a, entre las rep&uacute;blicas
+de Bego&ntilde;a y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qu&eacute;
+nombre dar &aacute; su aglomeraci&oacute;n de chozas. Un d&iacute;a, por divertirse,
+arrojaron al Nervi&oacute;n un botijo vac&iacute;o. <i>Bil, bil, bil</i> cantaba el agua al
+penetrar en &eacute;l y cuando casi lleno se fu&eacute; &aacute; fondo, lanza un sonoro
+<i>bao</i>. Los pescadores gritaron &laquo;Bilbao ser&aacute; su nombre&raquo;. Y el gabarrero
+miraba al peque&ntilde;o y &aacute; las dos mujeres que le escuchaban at&oacute;nitas,
+admirando su sabidur&iacute;a del pasado.</p>
+
+<p>El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que hab&iacute;a
+terminado su carrera en compa&ntilde;&iacute;a de Mat&iacute;as Iriondo, hijo de un vecino,
+se embarc&oacute; en un vapor que hac&iacute;a viajes &aacute; Inglaterra. Al poco tiempo, no
+satisfecho de la vida del mar &oacute; deseoso de mayor medro, se qued&oacute; en
+Londres, entrando como empleado en una casa vizca&iacute;na.</p>
+
+<p>Su madre muri&oacute; de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un
+surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la ni&ntilde;ez, y que su
+marido no pod&iacute;a hacerla abandonar. Hab&iacute;a querido, al irse del mundo,
+morir abrazada &aacute; aquellas hortalizas que todas las ma&ntilde;anas llevaba al
+mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El se&ntilde;or Juan se sinti&oacute; m&aacute;s
+unido &aacute; su cu&ntilde;ada y su sobrino. El hijo escrib&iacute;a de tarde en tarde: la
+r&iacute;a ofrec&iacute;a cada vez menos alicientes para &eacute;l.</p>
+
+<p>Comenzaba &aacute; despertar la explotaci&oacute;n de las minas y se hablaba de
+limpiar el Nervi&oacute;n, convirti&eacute;ndolo en un puerto para que los vapores
+llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. &iexcl;Adi&oacute;s las gabarras! Y
+descuidando un negocio cuya muerte ve&iacute;a pr&oacute;xima, tranquilo ante el
+porvenir, pues pose&iacute;a una fortuna de la que se hablaba con asombro en el
+pueblo, no tuvo otra ocupaci&oacute;n que cuidarse de Luisillo y admirar sus
+progresos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Diablo de rapaz!&mdash;dec&iacute;a hablando de &eacute;l con los viejos camaradas de la
+r&iacute;a.&mdash;&iexcl;De d&oacute;nde habr&aacute; sacado tanto talento! &iexcl;Nadie hubiera dicho que de
+aquel pobre patr&oacute;n de Bermeo pudiera salir un hijo as&iacute;!...</p>
+
+<p>Y el gabarrero temblaba de emoci&oacute;n, salt&aacute;ndole las l&aacute;grimas, cuando le
+hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que ten&iacute;a &aacute; los
+se&ntilde;ores del Instituto. Lleg&oacute; el momento de que Aresti, &aacute; los catorce
+a&ntilde;os, escogiera una carrera y el viejo consult&oacute; su voluntad. A ver &iquest;qu&eacute;
+quer&iacute;a ser? &iexcl;con franqueza! All&iacute; estaba el t&iacute;o Juan con la bolsa abierta
+para costearle la carrera que m&aacute;s le gustase... aunque quisiera ser Sumo
+Pont&iacute;fice. Marino no: ya hab&iacute;a bastante con uno en la familia. &iquest;M&eacute;dico?
+&iquest;quer&iacute;a ser m&eacute;dico? Algo m&aacute;s grande y de mayor brillo hab&iacute;a so&ntilde;ado el
+gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin &iexcl;vaya por
+la medicina! Y como puesto &aacute; hacer las cosas hab&iacute;a que hacerlas bien, le
+enviar&iacute;a &aacute; estudiar &aacute; Madrid. No reparaba en gasto m&aacute;s &oacute; menos. Para eso
+hab&iacute;a trabajado &eacute;l, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que,
+con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le hab&iacute;an
+conocido descalzo y despechugado, remando en la r&iacute;a, entregar&iacute;an las
+vidas &aacute; su sobrino, vi&eacute;ndolo llegar como una esperanza y llam&aacute;ndolo &aacute;
+todas horas &laquo;se&ntilde;or doctor&raquo;.</p>
+
+<p>Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurri&oacute; la gran transformaci&oacute;n de la
+familia, el tir&oacute;n loco de la suerte que sac&oacute; de la obscuridad &aacute; S&aacute;nchez
+Morueta. Su primo se present&oacute; inesperadamente en Olaveaga. Ven&iacute;a &aacute; la
+conquista de la Fortuna; sab&iacute;a d&oacute;nde estaba oculta y llegaba antes que
+los dem&aacute;s, aprovechando sus estudios y observaciones en pa&iacute;s extranjero.
+El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia
+abaratando la fabricaci&oacute;n, hac&iacute;a necesarios los hierros sin f&oacute;sforo y
+ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba &aacute; comenzar en aquellas
+monta&ntilde;as un per&iacute;odo de explotaci&oacute;n loca, de r&aacute;pidas fortunas: el que
+primero se apoderase del mineral ser&iacute;a rico como un pr&iacute;ncipe. Dinero...
+necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo
+entendi&oacute;; pero ten&iacute;a fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad,
+aquel pensamiento siempre reconcentrado y en funci&oacute;n: y le entreg&oacute; sus
+ahorros, vendi&oacute; las gabarras y hasta la casa nueva que hab&iacute;a construido
+imitando &aacute; las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.</p>
+
+<p>Entonces comenz&oacute; la historia del poderoso S&aacute;nchez Morueta, aquella
+transformaci&oacute;n de cuento m&aacute;gico, atropell&aacute;ndose los negocios fabulosos,
+las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para
+enriquecer &aacute; aquel hombr&oacute;n que ve&iacute;a llegar los millones sin el m&aacute;s leve
+estremecimiento en su rostro impasible. Se apoder&oacute; r&aacute;pidamente de la
+monta&ntilde;a. All&iacute; donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el
+llamado <i>campanil</i>, que era el m&aacute;s rico, all&iacute; pon&iacute;a sus manos de
+vencedor, diciendo: &laquo;Esto es m&iacute;o&raquo;. Compraba minas para venderlas al mes
+siguiente &aacute; los ingleses que llegaban detr&aacute;s de &eacute;l. Ten&iacute;a en el abra los
+vapores &aacute; docenas, carg&aacute;ndolos de aquellos terrones rojos que eran como
+oro. Bilbao hablaba de S&aacute;nchez Morueta con admiraci&oacute;n: sonaba su nombre
+&aacute; todas horas. Mientras los dem&aacute;s dorm&iacute;an, &eacute;l hab&iacute;a visto claro; cuando
+la gente comenzaba &aacute; despertar, ya era &eacute;l millonario. Tras sus espaldas
+de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y
+tard&iacute;os buscadores de la fortuna.</p>
+
+<p>&laquo;Tu primo est&aacute; loco&mdash;escrib&iacute;a el se&ntilde;or Juan &aacute; su sobrino.&mdash;Esto es un
+esc&aacute;ndalo; los millones entran en casa como una inundaci&oacute;n. Ahora habla
+de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral
+&aacute; Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervi&oacute;n,
+que fabriquen carriles, puentes enteros, ca&ntilde;ones, nav&iacute;os de guerra &iexcl;qu&eacute;
+s&eacute; yo cu&aacute;ntas locuras m&aacute;s! Cr&eacute;eme, Luisillo; esto es demasiado: no puede
+durar&raquo;.</p>
+
+<p>Y hablaba con asombro de su nueva existencia. &Eacute;l y la madre de Luis
+viv&iacute;an con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un
+batall&oacute;n de empleados, sirvientes y par&aacute;sitos. Una vida de abundancia y
+de movimiento que hac&iacute;a pensar melanc&oacute;licamente &aacute; los dos viejos en sus
+huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risue&ntilde;as, al abrigo de los
+montes, con la r&iacute;a enfrente como un espejo en los d&iacute;as de sol. Adem&aacute;s,
+el poderoso pr&iacute;ncipe de la industria se hab&iacute;a casado para hacer
+dignamente los honores &aacute; la fortuna que llegaba. Su mujer era una
+<i>se&ntilde;orita</i> de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y
+temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que
+S&aacute;nchez Morueta hab&iacute;a tenido en Londres. Su familia de hidalgos viv&iacute;a
+estrechamente de las flacas rentas de algunas caser&iacute;as: nobleza agr&iacute;cola
+que hac&iacute;a remontar sus blasones &aacute; los tiempos casi fabulosos de Vizcaya,
+&aacute; <i>Jaun Zuria</i> el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa
+fortuna del hijo del gabarrero, hab&iacute;a accedido &aacute; emparentar con &eacute;l.
+S&aacute;nchez Morueta, casi al d&iacute;a siguiente de la boda, hab&iacute;a continuado su
+vida de agitaci&oacute;n, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer,
+de una belleza rubia, &aacute;spera y dura, frunc&iacute;a el entrecejo ante los dos
+ancianos que vejetaban t&iacute;midamente en la casa, como si fuesen unos
+criados distinguidos, y viv&iacute;a sola, repartiendo su tiempo entre las
+iglesias y las visitas &aacute; las principales familias de Bilbao. La
+satisfacci&oacute;n de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia
+de las amigas con su riqueza, eran las &uacute;nicas dulzuras que encontraba en
+el matrimonio.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, cuando Aresti estaba pr&oacute;ximo &aacute; terminar su carrera, ocurri&oacute; la
+muerte del se&ntilde;or Juan. El viejo se fu&eacute; del mundo asustado de la fortuna
+de su hijo, crey&eacute;ndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala
+suerte, repitiendo tenazmente que &laquo;aquello no pod&iacute;a durar&raquo;. Al
+presentarse Luis en Bilbao vi&oacute; &aacute; su primo en plena gloria, con su
+gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible &aacute; las desgracias como
+&aacute; los triunfos. Sus p&aacute;rpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con
+que le apret&oacute; sobre su pecho, fueron las &uacute;nicas muestras de emoci&oacute;n por
+la muerte de su padre.</p>
+
+<p>&mdash;Luis&mdash;dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,&mdash;sigue tu
+carrera: despu&eacute;s ir&aacute;s al extranjero. Estudia... no vaciles ante los
+gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu
+padre.</p>
+
+<p>Y Aresti vivi&oacute; tres a&ntilde;os en Par&iacute;s, hizo la vida de estudiante en el
+Barrio Latino, fu&eacute; interno en los hospitales, al lado de los m&aacute;s
+c&eacute;lebres cirujanos, y la fama de sus estudios lleg&oacute; hasta Bilbao antes
+que &eacute;l regresase. Cuando volvi&oacute;, su carrera estaba hecha, entrando en su
+prestigio lo mismo el &eacute;xito de sus operaciones que la calidad de
+pariente de S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>Su primo hab&iacute;a realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos
+hornos de fundici&oacute;n junto &aacute; la r&iacute;a, casi todo el mineral de Vizcaya
+monopolizado por &eacute;l, y el dinero acudiendo &aacute; sus manos, embriag&aacute;ndolo
+con la borrachera de la fortuna.</p>
+
+<p>La madre de Aresti hab&iacute;a muerto mientras &eacute;l estaba en Par&iacute;s: hab&iacute;a
+languidecido, como su cu&ntilde;ado, en aquel ambiente de grandeza que la
+asustaba. El joven doctor no ten&iacute;a otra familia que la de su primo y se
+instal&oacute; en su casa. Cristina, que hab&iacute;a tenido una hija y por los
+cuidados de la maternidad sal&iacute;a poco de casa, acogi&oacute; bien al doctor. La
+acompa&ntilde;aba tardes enteras habl&aacute;ndola de Par&iacute;s, la famosa ciudad del
+pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo
+hab&iacute;a entrevisto en un r&aacute;pido viaje de bodas. De toda la familia del
+marido, Aresti era el &uacute;nico que lograba despertar en ella cierta
+simpat&iacute;a. Adem&aacute;s, S&aacute;nchez Morueta siempre estaba ausente; s&oacute;lo le ve&iacute;a
+por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su
+pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entreten&iacute;a, se
+enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba
+consejos acerca de vestidos y joyas, recordando <i>in mente</i> sus tratos
+con ciertas amigas de Par&iacute;s, encargaba para ella peri&oacute;dicos de modas, y
+halagaba su vanidad, afirmando que era la se&ntilde;ora mejor vestida de
+Bilbao.</p>
+
+<p>Cristina s&oacute;lo torc&iacute;a el gesto y parec&iacute;a enfadarse con el doctor cuando &aacute;
+&eacute;ste se le escapaba alguna afirmaci&oacute;n imp&iacute;a, &oacute; cuando, sin darse cuenta
+de ello, se burlaba de la devoci&oacute;n de las se&ntilde;oras y de los predicadores
+que el entusiasmo de todas ellas pon&iacute;a en boga. Eran resabios, seg&uacute;n
+Cristina, de su permanencia en un pa&iacute;s de vicios, donde se piensa poco
+en Dios. &iquest;No pod&iacute;a estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesu&iacute;tas,
+sin separarse por eso de la religi&oacute;n? Deb&iacute;a sentar la cabeza, y para
+esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la
+tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones,
+se dedic&oacute; &aacute; proponer &aacute; Luis todas las j&oacute;venes casaderas que conoc&iacute;a,
+enumerando sus m&eacute;ritos entre las risas y protestas del doctor.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a, le habl&oacute; con gran decisi&oacute;n. Ninguna le conven&iacute;a como la peque&ntilde;a
+de Lizamendi. La mam&aacute; era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana,
+emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas,
+aunque mejor se hab&iacute;an visto en otros tiempos; el padre hab&iacute;a gastado
+mucho en la guerra, arruin&aacute;ndose por la buena causa, como todas las
+familias decentes del pa&iacute;s. Y Cristina daba &aacute; entender en su gesto la
+diferencia inabordable que a&uacute;n exist&iacute;a para ella, entre la aristocracia
+antigua, defensora de la tradici&oacute;n, y aquella otra reci&eacute;n formada &eacute; hija
+de la fortuna, &aacute; la cual se hab&iacute;a dignado descender.</p>
+
+<p>Aresti se vi&oacute; asediado por su parienta. La peque&ntilde;a de Lizamendi no le
+parec&iacute;a mal. La mam&aacute; aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el
+doctor encontraba &aacute; las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el
+sal&oacute;n de su casa. Al fin acab&oacute; por ceder &aacute; los reiterados consejos de su
+prima, que parec&iacute;an apoyados por el silencio y la mirada tranquila de
+S&aacute;nchez Morueta. Si hab&iacute;a de casarse, no era mala <i>proporci&oacute;n</i> la de
+Lizamendi. &Eacute;l hab&iacute;a so&ntilde;ado algunas veces con la tranquila existencia de
+familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la
+profesi&oacute;n, encontrando, al volver &aacute; casa una boca sonriente que le
+besase, unos brazos que vinieran &aacute; sorprenderle con repentina caricia,
+mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien ve&iacute;a &eacute;l que
+Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la
+mayor&iacute;a de las ni&ntilde;as de su clase, con una instrucci&oacute;n de monja, sin m&aacute;s
+horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias &aacute; la
+iglesia. Pero &eacute;l despertar&iacute;a aquella alma; &eacute;l la formar&iacute;a &aacute; su imagen y
+semejanza. &iexcl;Infeliz doctor!...</p>
+
+<p>Al recordar este per&iacute;odo de su pasado, Aresti sonre&iacute;a amargamente,
+burl&aacute;ndose de su optimismo. &iexcl;Cambiar &eacute;l &aacute; su mujer! &iexcl;Transformarla!....
+&Eacute;l era quien hab&iacute;a estado pr&oacute;ximo &aacute; anularse, &aacute; desaparecer aplastado en
+el engranaje lento y mon&oacute;tono de esa vida gris de las almas muertas. Se
+casaron, y Aresti se traslad&oacute; &aacute; la casa de su mujer. La madre no quer&iacute;a
+separarse de la hija; adem&aacute;s, la familia, como ella dec&iacute;a, necesitaba un
+hombre para mayor respeto. El joven m&eacute;dico crey&oacute; de buena fe que estaba
+enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilba&iacute;na, la acompa&ntilde;aba &aacute;
+todas partes, hac&iacute;a esfuerzos por avivar el cari&ntilde;o conyugal, por
+fundirse moralmente con aquella mu&ntilde;eca que se le hab&iacute;a entregado, y que
+una vez cumplidos los deberes conyugales, quer&iacute;a seguir su vida de
+visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la
+otra hermana eran un perpetuo obst&aacute;culo, tras el cual se ocultaba la
+esposa. Lentamente se ve&iacute;a Aresti empujado &aacute; un mundo nuevo que no era
+de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia
+dispon&iacute;a de &eacute;l como de un objeto de lujo que la daba cierta distinci&oacute;n.
+Si en un convento hab&iacute;a una monja enferma de gravedad, si un padre
+jesu&iacute;ta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban &aacute;
+Luis, con indicaciones que eran &oacute;rdenes, contentas de poder servir
+gratuitamente &aacute; los elegidos del Se&ntilde;or. El m&eacute;dico racionalista se ve&iacute;a
+convertido por su familia en un trotaconventos, curando &aacute; gentes que
+insultaban su ciencia despu&eacute;s de aprovecharla y no perd&iacute;an ocasi&oacute;n de
+darle las gracias ech&aacute;ndole en cara su falta de religiosidad. &iquest;D&oacute;nde
+estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? &iquest;D&oacute;nde
+aquella mujer enamorada y entusiasta que le hab&iacute;a de ayudar con su
+dulzura en las &aacute;speras investigaciones de la ciencia?...</p>
+
+<p>Aresti, &aacute; los dos a&ntilde;os de casado, adquiri&oacute; la convicci&oacute;n de que su
+esposa no le amaba. Es m&aacute;s: le sirvi&oacute; de consuelo la certidumbre de que
+ella no pod&iacute;a amar &aacute; nadie. La iglesia, la confesi&oacute;n con el padre de
+moda, un buen vestido para dar envidia &aacute; las amigas y el visiteo entre
+mujeres, lejos del hombre que no era m&aacute;s que el macho destinado &aacute; los
+negocios y &aacute; traer dinero &aacute; casa; estas eran todas las aspiraciones de
+su vida. Adem&aacute;s, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su
+mujer extra&ntilde;as influencias que ven&iacute;an de fuera. En su casa, &aacute; solas con
+Antonieta, present&iacute;a la existencia de invisibles fantasmas que le
+espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que &aacute; cada arranque de
+pasi&oacute;n parec&iacute;an interponerse entre su mujer y &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; est&aacute;s siempre leyendo?&mdash;preguntaba &aacute; veces la joven.&mdash;&iexcl;Ay,
+esos libros! &iexcl;Con qu&eacute; gusto los quemar&iacute;a!</p>
+
+<p>Con frecuencia, ech&aacute;bale en cara su falta de religiosidad; le o&iacute;a con
+sonrisa de l&aacute;stima, hablar de sus entusiasmos cient&iacute;ficos, pensando en
+los fragmentos de serm&oacute;n que hab&iacute;a escuchado contra aquella ciencia
+malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le her&iacute;an
+menos en sus ilusiones. &iexcl;Estaba solo! M&aacute;s solo que cuando viv&iacute;a en
+Par&iacute;s, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se
+acentuaba entre &eacute;l y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos
+de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias &oacute; las
+artes, pero que en presencia de los se&ntilde;ores recobraban su humilde
+condici&oacute;n, y segu&iacute;an siendo esclavos.</p>
+
+<p>Al intentar una d&eacute;bil protesta, se aterraba apreciando la separaci&oacute;n
+moral que exist&iacute;a entre &eacute;l y su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotras somos as&iacute;&mdash;dec&iacute;a con altivez.&mdash;Cada uno es como se ha
+educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.</p>
+
+<p>La madre y la hermana iban m&aacute;s lejos.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotras somos las de Lizamendi&mdash;le dec&iacute;an con arrogancia.&mdash;&iquest;Y qui&eacute;n
+eres t&uacute;? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la r&iacute;a.</p>
+
+<p>Y con un gesto de soberbia, parec&iacute;an abrir entre ellas y el m&eacute;dico un
+abismo que nunca hab&iacute;a de llenarse, que le condenaba &aacute; eterna separaci&oacute;n
+de lo que &eacute;l consideraba su familia.</p>
+
+<p>&iexcl;Cu&aacute;ntas veces, creyendo acariciar &aacute; una mujer, besaba &aacute; una estatua
+fr&iacute;a que se entregaba &aacute; &eacute;l con rigidez de aut&oacute;mata! Las preocupaciones
+religiosas, llegaban hasta su dormitorio. &laquo;D&eacute;jame, Luis&mdash;dec&iacute;a su
+esposa&mdash;ma&ntilde;ana tengo comuni&oacute;n en las Hijas de Mar&iacute;a, y necesito hacer
+examen de conciencia&raquo;. Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extend&iacute;a
+hasta la vida conyugal. Aresti se dec&iacute;a amargamente que su mujer no era
+suya, que dispon&iacute;a de ella menos que &aacute; medias, comparti&eacute;ndola en una
+especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas
+conoc&iacute;a. A veces, Antonieta, en sus momentos de c&oacute;lera, ten&iacute;a franquezas
+que asustaban al doctor. &laquo;Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la
+Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... &iexcl;Ay, Luis!
+&iexcl;C&oacute;mo te amar&iacute;a si echases &aacute; rodar todos esos libros y fueses &aacute; la
+Iglesia como van las personas decentes!&raquo;.... Con gran frecuencia notaba
+en su despacho la desaparici&oacute;n de revistas y libros, que tal vez
+estar&iacute;an en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba
+sus acciones.</p>
+
+<p>Lo que le hac&iacute;a perder la calma era la insolencia con que la suegra y la
+cu&ntilde;ada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio
+hostil de su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero qui&eacute;n eres t&uacute;?&mdash;le dijeron un d&iacute;a.&mdash;Un pobret&oacute;n que, aunque
+ganas algo, casi est&aacute;s mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre
+en casa del gabarrero nosotras &eacute;ramos m&aacute;s ricas que hoy. No sirves para
+otra cosa que para tragarte libros imp&iacute;os y repetir sandeces de
+fil&oacute;sofos contra Dios y la religi&oacute;n. &iexcl;Si al menos supieras ganar dinero
+como tu primo S&aacute;nchez Morueta!...</p>
+
+<p>Aresti no quiso sufrir m&aacute;s. &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a entre aquella gente? Por m&aacute;s
+tiempo que transcurriera, por m&aacute;s que se mantuviese en resignada
+sumisi&oacute;n nunca llegar&iacute;a &aacute; fundirse con su nueva familia.</p>
+
+<p>Entonces fu&eacute; cuando pidi&oacute; &aacute; su primo que le enviara de m&eacute;dico &aacute; las
+minas, y, empaquetando los libros que constitu&iacute;an su &uacute;nica fortuna,
+sali&oacute; de aquella casa lo mismo que hab&iacute;a entrado. &iexcl;Ay, lo mismo no!
+Hab&iacute;a sacrificado su porvenir; hab&iacute;a sufrido dos a&ntilde;os de amargas
+humillaciones; ya no pod&iacute;a dignamente unir su destino al de otra mujer
+dentro de una sociedad gobernada por las leyes m&aacute;s que por los efectos.
+Adem&aacute;s, dejaba &aacute; sus espaldas &aacute; las tres se&ntilde;oras de Lizamendi, que, para
+justificar la fuga del doctor, hablaban &aacute; todos de la groser&iacute;a de su
+car&aacute;cter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas imp&iacute;as.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de esta fuga, la esposa de S&aacute;nchez Morueta, casi rompi&oacute; toda
+relaci&oacute;n con el doctor. Hablaba indignada de &eacute;l &aacute; su marido. &iexcl;Dejar as&iacute;
+&aacute; la pobre Antonieta, que era un &aacute;ngel, un modelo de virtud y devoci&oacute;n
+como todas las mujeres de la familia!... Fu&eacute; preciso que S&aacute;nchez
+Morueta, con su grave autoridad que no admit&iacute;a r&eacute;plicas, manifestase su
+prop&oacute;sito de seguir recibiendo &aacute; Aresti en su casa, para que la esposa
+se contuviera ante el doctor. Pero termin&oacute; entre los dos la antigua
+amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar &aacute; Bilbao,
+sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.</p>
+
+<p>Cuando S&aacute;nchez Morueta abandon&oacute; la villa para habitar su hotel de Las
+Arenas, Aresti fu&eacute; &aacute; verle con m&aacute;s frecuencia. Le interesaba su sobrina
+Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en
+estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cort&eacute;s en
+apariencia, pero implacablemente hostil de la se&ntilde;ora, que as&iacute; como
+avanzaba en edad, adquir&iacute;a fama en Bilbao por sus entusiasmos
+religiosos. La maternidad y los a&ntilde;os, la hac&iacute;an retirarse de la
+ostentaci&oacute;n elegante, abdicar de la supremac&iacute;a que ejerc&iacute;a en las
+tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban ir&oacute;nicamente
+&laquo;la gran cristiana&raquo;, y era la primera en todas las juntas de las
+asociaciones religiosas y p&iacute;as fundaciones, sembrando &aacute; manos llenas,
+en cofrad&iacute;as y conventos, el dinero de S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>Aresti, al llegar &aacute; este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su
+primo, sentado junto &aacute; &eacute;l en el carruaje. &iexcl;Ay! Aquel tampoco era
+dichoso. La suerte le esperaba todos los d&iacute;as &aacute; la puerta de su casa,
+para acompa&ntilde;arlo por el mundo, pero no le segu&iacute;a hasta el interior de su
+hogar. No se ve&iacute;a obligado &aacute; romper como &eacute;l con la familia, porque el
+dinero le daba una superioridad irresistible, poni&eacute;ndolo &aacute; cubierto de
+humillaciones; porque con un pu&ntilde;ado de su riqueza, esparcida sin
+regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba
+obligado &aacute; hacer vida com&uacute;n. Pero se sent&iacute;a solo: se notaba la amargura
+del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegr&iacute;a
+moment&aacute;nea que experimentaba al ver &aacute; su primo, el &uacute;nico que lograba
+ablandar su car&aacute;cter hura&ntilde;o, excitando sus confidencias.</p>
+
+<p>El carruaje hab&iacute;a dejado atr&aacute;s la d&aacute;rsena de Axpe, llena de vapores que
+esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dorm&iacute;an en las
+aguas muertas. Era el hospital de los barcos, seg&uacute;n palabras de Iriondo.
+En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de
+Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para
+resguardar los dorados y las maderas preciosas de las c&aacute;maras. El
+millonario lanz&oacute; al pasar una mirada melanc&oacute;lica sobre su yate enorme y
+gallardo, una mirada en la que vi&oacute; Aresti la nostalgia de la vida del
+mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias
+y preocupaciones terrestres.</p>
+
+<p>Se aproximaban &aacute; Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte
+con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos
+hornos de S&aacute;nchez Morueta elevaban sus torreones de fundici&oacute;n, sus
+numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los
+extensos cobertizos not&aacute;base el hormigueo de varios miles de obreros.
+Llegaban arrollados por el viento los estr&eacute;pitos de la industria, el
+martilleo poderoso, los resoplidos de las m&aacute;quinas, el mugido de los
+convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su
+chorro de chispas y escorias.</p>
+
+<p>Aresti admiraba esta grandeza industrial. &iexcl;Todo era obra de su primo!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; hermoso!&mdash;exclam&oacute; dando con el codo al millonario y mostr&aacute;ndole
+sus fundiciones.&mdash;&iexcl;Y pensar que de peque&ntilde;o has correteado entre los
+chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. &iquest;Hay alguien m&aacute;s
+feliz que t&uacute;?...</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta mir&oacute; un instante &aacute; su primo, con inquietud, como si
+temiera que se burlase. Despu&eacute;s a&ntilde;adi&oacute; con voz lenta:</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A
+m&iacute; me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve....
+Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+
+<p>Fu&eacute; una &laquo;comida &iacute;ntima&raquo; la que di&oacute; S&aacute;nchez Morueta por ser sus d&iacute;as. No
+estaban en el comedor otras se&ntilde;oras que la esposa del millonario y su
+hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capit&aacute;n
+Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero
+director de los altos hornos, &oacute; parientes de la familia como el doctor
+Aresti y Ferm&iacute;n Urquiola.</p>
+
+<p>Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de
+la se&ntilde;ora, aunque S&aacute;nchez Morueta no mostraba por &eacute;l gran simpat&iacute;a. Era
+un antiguo disc&iacute;pulo de Deusto, que, despu&eacute;s de abandonar la
+Universidad, segu&iacute;a &aacute; las &oacute;rdenes de los Padres de la Compa&ntilde;&iacute;a lo mismo
+que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba
+&aacute; s&iacute; misma distinguida, admir&aacute;bale por su fuerza muscular y el
+entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era
+el organizador y el hombre de acci&oacute;n de todas las asociaciones piadosas.
+Su ideal consist&iacute;a en tener &aacute; los <i>liberalitos</i> en un pu&ntilde;o y no dejar
+que las gentes de la Maketania se apoderasen del pa&iacute;s. Pasaba en Bilbao
+por ser uno de los j&oacute;venes m&aacute;s elegantes, pero cuando llegaban luchas
+electorales, se le ve&iacute;a con la boina sobre los ojos, empu&ntilde;ando un enorme
+garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La
+rizosa y poblada barba, la nariz aguile&ntilde;a y pesada y sus ojos negros de
+bohemio, d&aacute;banle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las
+hac&iacute;a recordar la cara adorada de su &iacute;dolo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Se le parece al se&ntilde;or!...&mdash;murmuraban.&mdash;Tiene toda la cara de don
+Carlos.</p>
+
+<p>Y &aacute; Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la m&aacute;s
+leve ofensa, le satisfac&iacute;a que los partidarios, por exceso de
+entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amor&iacute;os del
+fugitivo rey de las monta&ntilde;as. Su familia, arruinada por la guerra,
+apenas si le hab&iacute;a dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se
+ayudaba buscando la protecci&oacute;n de las familias m&aacute;s linajudas de Bilbao,
+que ve&iacute;an en &eacute;l un acabado ejemplar de la juventud sana educada en
+Deusto. Alborotaba en las luchas pol&iacute;ticas, llevando &aacute; ellas la misma
+violencia de su partido cuando se bat&iacute;a en los montes. Por las noches
+mezcl&aacute;base en los esc&aacute;ndalos de ciertas casas del barrio de San
+Francisco, donde ejerc&iacute;a alguna superioridad sobre las infelices
+mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda
+sobre su nacimiento que le convert&iacute;a casi en un pr&iacute;ncipe. Los amigos
+ten&iacute;an fe en su porvenir. Los padres de Deusto le proteg&iacute;an, sonriendo
+ben&eacute;volamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:
+ya le casar&iacute;an ventajosamente y ser&iacute;a un modelo de caballeros cristinos.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta le ve&iacute;a en su casa con disgusto, pero no osaba
+manifestarlo claramente por consideraci&oacute;n &aacute; do&ntilde;a Cristina, que parec&iacute;a
+orgullosa de su sobrino.</p>
+
+<p>&mdash;Este animal viene indudablemente por Pepita&mdash;dec&iacute;a Aresti, &aacute; quien
+interesaba Urquiola como un ejemplar raro de ego&iacute;smo y brutalidad.</p>
+
+<p>Y se fijaba en su sobrina, la cual, &aacute; pesar de las insinuaciones de la
+madre, mostraba m&aacute;s inclinaci&oacute;n por Sanabre, el ingeniero de los altos
+hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parec&iacute;an
+intimidarla. Gustaba la joven de saber por &eacute;l todo cuanto pudiera
+molestar &aacute; sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que
+proyectaban los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a para entretener y conservar bajo
+su dominio &aacute; una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos
+temas, la joven se alejaba de &eacute;l y permanec&iacute;a silenciosa, como
+abroquelada por la instintiva repulsi&oacute;n que parec&iacute;a inspirarle el famoso
+disc&iacute;pulo de Deusto.</p>
+
+<p>Aresti ve&iacute;a en su sobrina la ni&ntilde;a rica de las familias de su tierra;
+educada primero por las monjas y dirigida despu&eacute;s por el confesor hasta
+en los hechos m&aacute;s peque&ntilde;os de su existencia; con la voluntad adormecida,
+y considerando como un pecado, el m&aacute;s leve intento de iniciativa
+propia.</p>
+
+<p>El doctor reconoc&iacute;a que no era gran cosa como mujer: la alegr&iacute;a de la
+juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de
+muchacha sana en la que todos los encantos femeniles est&aacute;n a&uacute;n
+recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma
+definitiva. A trav&eacute;s de su belleza en agraz, adivin&aacute;base el esqueleto
+fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus
+brazos delicados, hab&iacute;a mucho de S&aacute;nchez Morueta. Era la primera
+evoluci&oacute;n de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el
+bienestar, guardando a&uacute;n los signos de su origen.</p>
+
+<p>Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia reci&eacute;n
+creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo
+y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la
+envidia ajena. La hija de S&aacute;nchez Morueta era tan admirada como su
+padre, cuando iba &aacute; Bilbao &aacute; o&iacute;r misa en la iglesia de los jesu&iacute;tas &oacute;
+asist&iacute;a por las tardes &aacute; las conferencias de las Hijas de Mar&iacute;a. Los
+j&oacute;venes salidos de Deusto hablaban con fruici&oacute;n de ella y de los
+millones del padre. &laquo;&iexcl;Qu&eacute; magn&iacute;fico bocado!&raquo; Y cada uno acariciaba la
+posibilidad de que le tocase la loter&iacute;a del matrimonio, en un pa&iacute;s donde
+casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios
+vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de
+alg&uacute;n padre jesu&iacute;ta.</p>
+
+<p>La comida desliz&aacute;base placenteramente. Todos sent&iacute;an la dulzura del
+bienestar, la satisfacci&oacute;n de la vida, en aquel comedor, al que daban,
+el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresi&oacute;n de
+suntuosidad discreta y se&ntilde;orial. Las grandes piezas del servicio luc&iacute;an
+su brillo mate de plata vieja y s&oacute;lida, trabajada &aacute; martillo. Por las
+vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento,
+las verdes copas de los &aacute;rboles del jard&iacute;n. La mesa era servida por
+criadas j&oacute;venes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y
+rojas como melocotones, daban una impresi&oacute;n de perfume primaveral
+semejante al de las flores que adornaban la mesa.</p>
+
+<p>Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hac&iacute;a mucho tiempo que no la
+hab&iacute;a visto tan amable. Ni la m&aacute;s leve alusi&oacute;n &aacute; las de Lizamendi; ni
+una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradec&iacute;a la visita que
+por la ma&ntilde;ana hab&iacute;a hecho &aacute; Bego&ntilde;a. El doctor, examin&aacute;ndola, encontraba
+en ella algo de monacal, &aacute; pesar de que en honor al d&iacute;a se hab&iacute;a
+cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero hab&iacute;a en &eacute;l
+cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual
+recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella
+los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de
+la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.</p>
+
+<p>&mdash;Esta se entrega&mdash;pensaba Aresti.&mdash;Huele &aacute; incienso como las otras.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico atra&iacute;a las miradas y las preguntas de todos los convidados.
+Era un original que despertaba inter&eacute;s, viviendo como un solitario en la
+monta&ntilde;a, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con
+cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos &aacute; Aresti
+como si fuese un viajero de vuelta de una exploraci&oacute;n por pa&iacute;ses
+salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se
+presentaban ante muchos de ellos como un pa&iacute;s lejano, que serv&iacute;a para
+enriquecer &aacute; los potentados de la villa, pero al cual s&oacute;lo se asomaban
+alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de
+trabajo rudo y aquellas <i>chabolas</i>, donde dorm&iacute;an amontonados los
+hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias
+con tocino, sent&iacute;an la voluptuosidad del ego&iacute;smo. El comedor les parec&iacute;a
+m&aacute;s hermoso, y sonre&iacute;an al desfile de manjares, &aacute; las <i>angulas</i> del
+pa&iacute;s, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, &aacute; los platos
+extranjeros que nunca faltaban en la cocina de S&aacute;nchez Morueta y &aacute; la
+fila de copas de diversas formas y colores que cada uno ten&iacute;a delante, y
+en las cuales iban cayendo los vinos m&aacute;s diversos, desde el <i>Tokay</i> y el
+<i>Chablis</i> del principio de la comida, hasta el <i>Cord&oacute;n Rouge</i> y el
+<i>Pomery</i>, que servir&iacute;an al final.</p>
+
+<p>Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el
+caf&eacute; &oacute; en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud
+piadosa y elegante que le ten&iacute;a por capit&aacute;n. &Eacute;l no era enemigo del
+pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre
+escrib&iacute;a enc&iacute;clica sobre enc&iacute;clica en favor de los obreros. Pero el
+pueblo era para &eacute;l, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con
+el cura y el se&ntilde;or, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen
+&aacute; &eacute;l las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas
+costumbres, sin m&aacute;s diversi&oacute;n que bailar el <i>aurrescu</i> los domingos y la
+<i>espata danza</i> en las fiestas del patr&oacute;n, ni otros vicios que empinar un
+poco el codo en las romer&iacute;as. Aquella gente viv&iacute;a feliz en su estado,
+sin so&ntilde;ar en <i>repartos</i> ni en revoluciones; antes bien, dispuesta &aacute; dar
+su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen &aacute; &eacute;l del
+populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las
+provincias, <i>maketos</i> llegados en invasi&oacute;n, trayendo con ellos lo peor
+de Espa&ntilde;a, contaminando con sus vicios la pureza del pa&iacute;s; siempre
+descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los
+ricos y comparando su miseria con el bienestar de los dem&aacute;s, como si
+hasta en el cielo no existiesen categor&iacute;as y clases.</p>
+
+<p>Y ante la mirada acariciadora de su t&iacute;a, que admiraba sus ardorosas
+palabras, continu&oacute; el fuerte disc&iacute;pulo de Deusto:</p>
+
+<p>&mdash;Los m&iacute;os no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y dem&aacute;s
+zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi
+todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ans&iacute;a bajar un
+d&iacute;a &aacute; Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos &aacute; tiros.</p>
+
+<p>Aresti volvi&oacute;se hacia su primo, que com&iacute;a silencioso, lanzando alguna
+que otra mirada al sobrino de su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te parece, Pepe, c&oacute;mo piensan estos j&oacute;venes?</p>
+
+<p>Y encar&aacute;ndose con Urquiola, le dijo con una timidez ir&oacute;nica, dando &aacute;
+entender su deseo de rehuir discusiones con &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;Pues esa piller&iacute;a venida de... Espa&ntilde;a; ese reba&ntilde;o <i>maketo</i> y pecador,
+es el que trabaja y da prosperidad &aacute; Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo
+en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral &iquest;qu&eacute; ser&iacute;a de esta
+tierra? Los buenos, los del pa&iacute;s, no hacemos m&aacute;s que vigilar su trabajo
+y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aqu&iacute; antes que ellos
+llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados &aacute;
+Am&eacute;rica para mantener &aacute; los blancos. Vienen empujados por la miseria, y
+ya que no podemos agradecer su sacrifico con el l&aacute;tigo, les pagamos con
+malas palabras.</p>
+
+<p>Urquiola encabrit&aacute;base ante las palabras desde&ntilde;osas del doctor.
+Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneraci&oacute;n: la prueba
+era que no ahorraban, que no hac&iacute;an el menor esfuerzo por salir de su
+estado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;El ahorro!&mdash;exclam&oacute; Aresti.&mdash;&iexcl;Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos
+cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma
+clase que les explotan en el alimento y en la casa!...</p>
+
+<p>&mdash;Eso no&mdash;intervino S&aacute;nchez Morueta, con autoridad.&mdash;Ya sabes, Luis, que
+no estoy conforme con tus ideas. El obrero espa&ntilde;ol es v&iacute;ctima de la
+imprevisi&oacute;n. En otros pa&iacute;ses es distinto: el trabajador se forma un
+peque&ntilde;o capital para la vejez...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah! En otros pa&iacute;ses ocurre lo que aqu&iacute;. Y lo que hace que el obrero
+moderno sea rebelde y se entregue &aacute; la lucha de clase, es la convicci&oacute;n
+de que, por m&aacute;s que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldr&aacute; de su
+miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de
+trabajo rudimentario, de industria dom&eacute;stica, a&uacute;n pod&iacute;a so&ntilde;ar con
+hacerse patrono; pod&iacute;a con sus ahorros adquirir los &uacute;tiles necesarios y
+convertir su casa en un peque&ntilde;o taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que
+ayune un obrero tuyo, amasando c&eacute;ntimo sobre c&eacute;ntimo, &iquest;llegar&aacute; &aacute; ser
+accionista de tus fundiciones? &iquest;podr&aacute; adquirir un pedazo de las minas,
+con todo el material necesario para la explotaci&oacute;n?</p>
+
+<p>&mdash;Eso est&aacute; bien&mdash;arguy&oacute; Urquiola con acento triunfante.&mdash;Este doctor
+dice &aacute; veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos
+tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que
+volver &aacute; la &eacute;poca en que no hab&iacute;a progreso y los hombres viv&iacute;an
+tranquilos.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta mir&oacute; al joven con unos ojos que alarmaron &aacute; do&ntilde;a
+Cristina, haci&eacute;ndola temer por su sobrino.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es una majader&iacute;a&mdash;dijo con calmosa gravedad.&mdash;Eso s&oacute;lo puede
+decirse &aacute; la salida de Deusto. &iexcl;Suprimir el progreso porque trae algunas
+complicaciones!...</p>
+
+<p>Y aquel hombre siempre silencioso, habl&oacute; lentamente, pero con gran
+energ&iacute;a. Era un admirador religioso del capital. Aresti conoc&iacute;a su
+entusiasmo fr&iacute;o y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los
+descubrimientos industriales, hab&iacute;a revolucionado el mundo. El
+millonario era &aacute; modo de un poeta del capital, y sacudiendo su
+ensimismamiento, rompi&oacute; en un himno &aacute; aquella fuerza casi sagrada,
+puesta en manos de contad&iacute;simos iniciados. Cierto, que el trabajo, que
+era un auxiliar indispensable, sufr&iacute;a crisis y miserias, &iquest;pero por esto
+hab&iacute;a que renegar del progreso, leg&iacute;timo hijo del capitalismo
+industrial? La gran revoluci&oacute;n moderna era obra de la religi&oacute;n del
+dinero, en la cual figuraba S&aacute;nchez Morueta como el m&aacute;s ferviente
+devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, hab&iacute;a multiplicado
+los productos, y disminuido su valor, poni&eacute;ndolos as&iacute; al alcance de la
+mayor&iacute;a, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba
+de comodidades que no hab&iacute;an conocido los ricos de otros tiempos. El
+capital al servicio de la industria hab&iacute;a civilizado territorios
+salvajes, hab&iacute;a destruido fronteras hist&oacute;ricas, estableciendo mercados
+en todo el globo: &eacute;l era quien surcaba las tierras v&iacute;rgenes con los
+rails de los ferrocarriles, quien remov&iacute;a los mares para tender los
+cables telegr&aacute;ficos, quien pon&iacute;a en comunicaci&oacute;n los productos de uno y
+otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las
+grandes hambres que hab&iacute;an hecho rugir &aacute; la humanidad en otros siglos.
+Los poderes hist&oacute;ricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los
+reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de
+guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes
+ej&eacute;rcitos, ten&iacute;an que mendigar en sus apuros &aacute; los capitalistas ocultos
+en sus escritorios. Detr&aacute;s de los imperios victoriosos estaban ocultos
+los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo &aacute;
+la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran rep&uacute;blica de los
+capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, due&ntilde;a de
+la suerte del mundo. Y lo que m&aacute;s entusiasmaba &aacute; S&aacute;nchez Morueta, en
+esta secta oculta de universal poder&iacute;o, era que s&oacute;lo &aacute; la capacidad le
+estaba reservado entrar en ella. La jerarqu&iacute;a industrial no era como las
+dominaciones sacerdotales &oacute; guerreras del pasado, en las que se figuraba
+sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de
+capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo,
+aprovechando los residuos de su desgracia, ven&iacute;a &aacute; iniciarse en la
+poderosa secta. &iquest;D&oacute;nde encontrar una instituci&oacute;n tan grande y poderosa y
+&aacute; la par tan <i>democr&aacute;tica</i> y modesta? &iquest;Y hab&iacute;a locos que ped&iacute;an la
+muerte &oacute; la modificaci&oacute;n de una fuerza que hab&iacute;a transformado la
+Tierra?...</p>
+
+<p>Aresti protest&oacute;. &Eacute;l reconoc&iacute;a las grandezas del r&eacute;gimen capitalista, las
+ventajas sociales que hab&iacute;a reportado &aacute; la humanidad con el auxilio del
+trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios.
+Pero el trabajo &iquest;ve&iacute;a recompensados igualmente sus esfuerzos? &iquest;No se
+encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse &aacute;
+principios del siglo XIX la gran revoluci&oacute;n industrial?</p>
+
+<p>&mdash;Eso es un error, Luis&mdash;dijo el millonario.&mdash;El trabajo est&aacute; mejor que
+nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el
+inter&eacute;s del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones
+obreras el tipo de los jornales.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah!&mdash;dijo el doctor con gesto de desprecio.&mdash;&iexcl;El aumento de unos
+reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada
+sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal
+equilibrio, aument&aacute;ndose el precio de los productos, y el trabajador,
+con m&aacute;s dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios
+de postura, creyendo enga&ntilde;ar con ellos &aacute; la enfermedad. Al trabajador de
+nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en
+esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el
+sitio que le corresponde, ser due&ntilde;o de lo que produce.</p>
+
+<p>Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor.
+Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el &uacute;nico que
+sonre&iacute;a con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella
+cuesti&oacute;n.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina, temiendo que la pol&eacute;mica acabase por turbar la placidez
+de la comida, intervino, preguntando &aacute; Aresti por sus amigos de
+Gallarta. Pepita apoy&oacute; &aacute; su madre. La gustaba conocer las
+excentricidades de aquellos contratistas que no sab&iacute;an en qu&eacute; emplear su
+riqueza. Re&iacute;a con alegr&iacute;a de ni&ntilde;a educada aristocr&aacute;ticamente, al
+enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la v&iacute;spera,
+que, no hac&iacute;an m&aacute;s que seguirlas huellas de su padre.</p>
+
+<p>Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave iron&iacute;a, describi&oacute; los
+banquetes pantagru&eacute;licos de las minas, con sus lluvias de <i>Cord&oacute;n
+Rouge</i>. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos
+originales aquellos ricos, que a&uacute;n guardaban la boina y los zapatones
+del obrero. Bajaban &aacute; la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes
+de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo m&aacute;s extravagante y
+chill&oacute;n, todo lo que en almacenes y tiendas no sab&iacute;an &aacute; qui&eacute;n colocar;
+muebles complicados y bizarros que se cubr&iacute;an de polvo de mineral, sin
+que sus due&ntilde;os osasen acercarse &aacute; ellos, por miedo &aacute; deslucirlos. Cada
+vez que el doctor, despu&eacute;s de una visita, quer&iacute;a lavarse las manos,
+quedaba asombrado ante las toallas con m&aacute;s colores que el iris, y las
+pastillas de jab&oacute;n en forma de tigre &oacute; de lagarto que parec&iacute;an
+fabricadas para reyezuelos del &Aacute;frica. Todos se extasiaban ante el
+asombro del m&eacute;dico, acept&aacute;ndolo como una admiraci&oacute;n muda. Algunos, como
+recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual
+si fuese un tesoro. Realizaban la ilusi&oacute;n acariciada tantas veces en su
+&eacute;poca de pobreza. &laquo;Pru&eacute;belo, doctor: es de lo m&aacute;s selecto de la Rioja: &aacute;
+tantos duros la arroba.&raquo; Otros se cubr&iacute;an de brillantes las manos y el
+pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si
+fuesen animalillos delicados y fr&aacute;giles que al menor roce se pod&iacute;an
+desvanecer. No osaban rascarse porque, seg&uacute;n ellos, el pelo rayaba y
+desluc&iacute;a las joyas.</p>
+
+<p>Y en su vida mon&oacute;tona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin
+otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un
+nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educaci&oacute;n de los hijos. Los
+enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen &aacute; los
+se&ntilde;ores de la villa. Los padres los quer&iacute;an ingenieros, como los
+ingleses que ven&iacute;an &aacute; explotar las minas: las madres los so&ntilde;aban
+elegantes, y de cuerpo delicado, como los se&ntilde;oritos que hac&iacute;an la parada
+en la acera del <i>boulevard</i> del Arenal. Unos enviaban sus hijos &aacute;
+Francia; otros &aacute; Suiza; el vecino de m&aacute;s all&aacute;, guiado por el deseo de
+excitar la envidia del compa&ntilde;ero, empaquetaba su descendiente para
+Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volv&iacute;an de all&aacute;
+revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haci&eacute;ndose admirar
+por los trajes, y asombrando &aacute; sus madres con la costumbre del <i>tub</i>,
+del ba&ntilde;o diario, del duchazo &aacute; cada momento, lo que escandalizaba &aacute; unas
+gentes que en su juventud dorm&iacute;an vestidas. Pero los instintos
+hereditarios reaccionaban en todos aquellos reto&ntilde;os de la monta&ntilde;a:
+resucitaba en ellos el gusto &aacute; la antigua vida y poco &aacute; poco abandonaban
+los trajes ex&oacute;ticos, agarraban la escopeta y volv&iacute;an, como sus padres, &aacute;
+las comilonas, &aacute; la caza y hablar de ganancias de miles de duros,
+acord&aacute;ndose de su educaci&oacute;n extranjera como de un sue&ntilde;o.</p>
+
+<p>La apuesta era la pasi&oacute;n m&aacute;s vehemente, el placer m&aacute;s vivo de los ricos
+encerrados en la monta&ntilde;a. Las pruebas de bueyes y los desaf&iacute;os de
+barrenadores hac&iacute;an que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto &aacute;
+la fuerza, la adoraci&oacute;n &aacute; la brutalidad, con todos los encantos del
+juego de azar. Ten&iacute;an en las minas mozos h&aacute;biles en el manejo del
+barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero &oacute;
+un pelotari famoso. En Gallarta hab&iacute;a un jay&aacute;n, vencedor en todas las
+apuestas, que los contratistas llevaban &aacute; sus cenas, cuid&aacute;ndolo como si
+fuese una mujer amada, tent&aacute;ndole los m&uacute;sculos para apreciar si su vigor
+decrec&iacute;a, engord&aacute;ndolo &aacute; todas horas con champagne y fiambres, con igual
+mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos &aacute; las
+gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guip&uacute;zcoa, llevando en
+triunfo &aacute; su barrenador favorito, para que luchase con los m&aacute;s fuertes
+de otras comarcas. Ofreciendo los billetes &aacute; pu&ntilde;ados, segu&iacute;an durante
+horas enteras el jadear de su &iacute;dolo, atacando con el hierro la piedra,
+hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando
+victoria m&aacute;s por el orgullo de la clase que por las ganancias de la
+apuesta.</p>
+
+<p>Todo les serv&iacute;a para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba &aacute;
+manos llenas. Se val&iacute;an para sus porf&iacute;as lo mismo de la voracidad de los
+perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes
+hab&iacute;anse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que a&uacute;n hac&iacute;a re&iacute;r
+al doctor. Trat&aacute;base de saber qui&eacute;n ser&iacute;a capaz de tragarse m&aacute;s sopas de
+leche, si los galgos enjutos &eacute; insaciables de uno de los contratistas &oacute;
+los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de est&oacute;mago
+sin fondo, que nunca cre&iacute;an llegado el momento de levantarse de la mesa.
+Toda la gente desocupada del distrito acudi&oacute; &aacute; presenciar el
+espect&aacute;culo. Se depositaban &aacute; pu&ntilde;ados los billetes de Banco, como si
+fuesen retazos de papel sin ning&uacute;n valor; unos por los perros, otros por
+los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y
+el reba&ntilde;o miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto,
+ante las rojas trincheras.</p>
+
+<p>&mdash;Las sopas de leche se serv&iacute;an en cubos&mdash;continu&oacute; Aresti.&mdash;Los galgos,
+en un momento, &iexcl;z&aacute;s, z&aacute;s!, se las tragaban sin pesta&ntilde;ear; lo mismo que
+si le echasen cartas &aacute; un buz&oacute;n. Los jayanes com&iacute;an lentamente, sin
+mostrar prisa. As&iacute; estuvieron varias horas....</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qui&eacute;n gan&oacute;?&mdash;preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la
+est&uacute;pida apuesta.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n hab&iacute;a de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo
+despu&eacute;s con su filosof&iacute;a de palurdo: &laquo;Estaba seguro de mis muchachos: el
+animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere m&aacute;s, y el hombre,
+como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente&raquo;. Y no
+se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y &aacute; los pocos
+d&iacute;as, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompa&ntilde;&oacute;
+cantando hasta el cementerio.</p>
+
+<p>A pesar de este final triste, los convidados de S&aacute;nchez Morueta re&iacute;an,
+encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.</p>
+
+<p>Era bien entrada la tarde cuando termin&oacute; la comida. El capit&aacute;n Iriondo
+despu&eacute;s de brindar por su principal y amigo se despidi&oacute;, alegando que
+ten&iacute;a &aacute; la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fu&eacute; con
+&eacute;l para dar el &uacute;ltimo vistazo al escritorio. Las se&ntilde;oras pasaron &aacute; una
+habitaci&oacute;n inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.</p>
+
+<p>Esperaban &aacute; algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, har&iacute;an m&uacute;sica.
+Los dos j&oacute;venes rogaron &aacute; Pepita que cantase alguna canci&oacute;n vascongada
+de las antiguas, tan melanc&oacute;licas y dulces, distintas completamente del
+ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron &aacute; llegar hasta el
+comedor las escalas y arpegios del piano.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digesti&oacute;n,
+mordiendo un magn&iacute;fico cigarro, habl&oacute; &aacute; Aresti de bajar al jard&iacute;n. La
+tarde se hab&iacute;a serenado y quer&iacute;a gozar de los &uacute;ltimos rayos de sol en
+las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el
+jard&iacute;n. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la r&iacute;a, el ruido
+de los tranv&iacute;as al otro lado de las planchas de hierro que cubr&iacute;an las
+verjas.</p>
+
+<p>El millonario mostraba su satisfacci&oacute;n al verse solo con el m&eacute;dico, el
+&uacute;nico amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cari&ntilde;o le ech&oacute;
+sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el d&iacute;a,
+que estaba &aacute; sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete
+con gentes ante las cuales se mostraba abstra&iacute;do y silencioso. El cari&ntilde;o
+&aacute; su Luis, &aacute; quien ve&iacute;a de tarde en tarde, y la placidez de una buena
+digesti&oacute;n, inclin&aacute;banle &aacute; las confidencias; y miraba &aacute; Aresti con ojos
+bondadosos &eacute; interrogantes, como si s&oacute;lo esperase una indicaci&oacute;n suya
+para romper &aacute; hablar.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, desembucha&mdash;dijo el m&eacute;dico alegremente.&mdash;Ya s&eacute; que soy tu
+confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisi&oacute;n de
+palabras para m&iacute;. &iquest;Qu&eacute; te pasa? Aqu&iacute; tienes el m&eacute;dico de tu alma, como
+dir&iacute;a uno de esos curas, amigos de tu mujer.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurr&iacute;a de
+extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: s&oacute;lo ten&iacute;a un momento
+alegre cuando se encontraba con &eacute;l. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces sent&iacute;a el impulso de
+coger el tren &eacute; ir &aacute; buscarle en las minas! &iexcl;Pero ten&iacute;a tantas
+ocupaciones! &iexcl;Sent&iacute;a tanto miedo &aacute; presentarse en aquel feudo de la
+monta&ntilde;a, donde todos le ped&iacute;an algo!... S&oacute;lo en Bilbao, condenado &aacute; la
+servidumbre de la riqueza, &aacute; vigilar y ordenar la llegada de aquel
+chorro de dinero que se met&iacute;a por sus puertas sin desviar su curso, se
+aburr&iacute;a, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada
+espera, que es el m&aacute;s triste de los fastidios.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a amado y hab&iacute;a sufrido como todos los que batallan por un ideal.
+Sab&iacute;a lo que era forcejear &aacute; zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
+fecundarla con ardorosa violaci&oacute;n. <i>Hab&iacute;a llegado</i> como los pol&iacute;ticos
+c&eacute;lebres &oacute; los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
+conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos,
+aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre
+ten&iacute;an la ilusi&oacute;n puesta en el ma&ntilde;ana; pensaban con inquietud en la
+combinaci&oacute;n pol&iacute;tica del d&iacute;a siguiente, en la obra art&iacute;stica, que les
+bull&iacute;a en la imaginaci&oacute;n, temblando, con el vago temor de la torpeza, al
+ir &aacute; darla forma. Pero &eacute;l... &eacute;l, todo lo ten&iacute;a hecho: las ambiciones de
+su vida se hab&iacute;an realizado, cristaliz&aacute;ndose para siempre. Hab&iacute;a querido
+ser due&ntilde;o de las minas, y suyas eran en su mayor parte, d&aacute;ndole un
+rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y
+perenne. &iquest;Para qu&eacute; quer&iacute;a m&aacute;s? Establec&iacute;a nuevas fabricaciones, y, al
+poco tiempo marchaban por s&iacute; solas con una exactitud desesperante.
+Constru&iacute;a barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una cat&aacute;strofe
+la monoton&iacute;a de su existencia. La desgracia era impotente para &eacute;l;
+estaba abroquelado y aunque ella corriese &aacute; estrecharle entre sus
+brazos, la caricia mortal ser&iacute;a un roce insignificante.</p>
+
+<p>Si sus barcos se perd&iacute;an, estaban asegurados; si las huelgas cerraban
+moment&aacute;neamente sus f&aacute;bricas, no por esto sufrir&iacute;a su capital grandes
+mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, &eacute;l ten&iacute;a otras y otras en
+distintos puntos de Espa&ntilde;a, que aguardaban la explotaci&oacute;n. Era el
+prisionero de su buena suerte: se mov&iacute;a entre rejas de oro, en un
+aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde
+revolotean libres los p&aacute;jaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba
+el mar, y ten&iacute;a casi &aacute; la puerta de su casa un palacio flotante, el
+yate, cuya fotograf&iacute;a publicaban los peri&oacute;dicos ilustrados para envidia
+de los infelices: pero apenas emprend&iacute;a un viaje, ten&iacute;a que volver
+llamado por sus negocios. Adem&aacute;s, &eacute;l era un hombre de familia; se
+aburr&iacute;a en la soledad del oc&eacute;ano &oacute; en los puertos ruidosos, haciendo
+vida de c&eacute;libe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija
+no conoc&iacute;a mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas
+estancias en Londres, volv&iacute;a presurosa &aacute; su pa&iacute;s, donde era la primera,
+guardando una instintiva aversi&oacute;n &aacute; las grandes ciudades de gente hura&ntilde;a
+y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.</p>
+
+<p>El millonario era el esclavo de su propia obra. Hab&iacute;a levantado con
+brazos de tit&aacute;n, en torno de &eacute;l, la alta torre de su fortuna, y ahora se
+debat&iacute;a encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y
+descansar.</p>
+
+<p>No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguir&iacute;a
+viniendo &aacute; &eacute;l, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la
+fortuna quer&iacute;a volverle la espalda, ser&iacute;a ya tarde para hacerle sufrir
+la amargura de su infidelidad. Era tan rico, hab&iacute;a llegado tan alto, que
+estaba &aacute; cubierto de toda inquietud. Por un instante hab&iacute;a cre&iacute;do
+encontrar remedio &aacute; su aburrimiento, entreg&aacute;ndose &aacute; la borrachera de la
+construcci&oacute;n; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas
+de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los
+cuentos de hadas. Pero aquello tambi&eacute;n hab&iacute;a pasado; encontraba pueril
+levantar colmenas y m&aacute;s colmenas para gentes que no conoc&iacute;a; fabricar
+avisperos en que se cobijar&iacute;an otros tan tristes como &eacute;l, pero animados
+siquiera por el amargo placer de envidiarle.</p>
+
+<p>&mdash;Me aburro, Luis&mdash;dec&iacute;a el millonario.&mdash;Siento una tristeza sin
+esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, m&aacute;s terrible
+que todas, pues pocos hombres la conocen.</p>
+
+<p>Y mirando en torno de &eacute;l, abarcaba en sus ojos el magn&iacute;fico edificio y
+las avenidas del jard&iacute;n, con sus altas arboledas, sus arriates en los
+que comenzaban &aacute; asomar las primeras flores, y all&aacute; en el fondo, el
+invernadero, cuyos cristales, ba&ntilde;ados por el sol poniente, reluc&iacute;an como
+placas de oro.</p>
+
+<p>Aresti pensaba en la gente m&iacute;sera y doliente de las minas. &iexcl;Ay, si
+aquellos hombres que enga&ntilde;aban su est&oacute;mago con agua sucia, no teniendo
+bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso S&aacute;nchez Morueta
+lamentarse en medio de la opulencia de su vida!</p>
+
+<p>&mdash;Entonces,&mdash;dijo el doctor&mdash;eres infeliz porque nada te falta, porque
+posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.</p>
+
+<p>El millonario movi&oacute; melanc&oacute;licamente la cabeza. S&iacute;; pose&iacute;a todo lo que
+da la felicidad aparentemente; por esto &aacute; nadie comunicaba su tristeza,
+para que no le creyesen loco. &Uacute;nicamente &aacute; su primo, que conoc&iacute;a por sus
+estudios las rarezas de la vida, se atrev&iacute;a &aacute; hablarle.</p>
+
+<p>Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar despu&eacute;s de aquella
+marcha ruidosa por la vida, en la cual hab&iacute;a hecho, en pocos a&ntilde;os, el
+mismo camino que otras familias de potentados s&oacute;lo recorren despu&eacute;s de
+varias generaciones. Hab&iacute;a conquistado la riqueza, pero era semejante &aacute;
+uno de aquellos forasteros infelices que, al volver &aacute; su pa&iacute;s,
+satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa
+destruida y la familia ausente.</p>
+
+<p>Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le
+relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al o&iacute;r su
+lamento contra la soledad moral en que viv&iacute;a, le se&ntilde;al&oacute; con expresi&oacute;n de
+protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los
+sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. &laquo;&iquest;Y aquello?&raquo;</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta levant&oacute; los hombros con expresi&oacute;n de indiferencia.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que llaman mi palacio&mdash;murmur&oacute;&mdash;no es para m&iacute; m&aacute;s que una casa de
+hu&eacute;spedes. Vivo mejor que en la m&iacute;sera pensi&oacute;n de Londres, donde pas&eacute; mi
+juventud de empleado; eso es todo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y tu mujer? &iquest;Y Cristina?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Mi mujer!&mdash;dijo el millonario con amargura:&mdash;yo no tengo mujer: s&oacute;lo
+tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida
+material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el hu&eacute;sped
+que trae dinero &aacute; casa y al que se le corresponde con un poco de
+respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas c&oacute;mo
+vivimos. T&uacute;, en tu pobreza, no has sido m&aacute;s afortunado que yo con mis
+millones. T&uacute; lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos o&iacute;do hablar
+de alguien que se llama Amor, pero por aqu&iacute; no ha pasado nunca.</p>
+
+<p>Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor
+alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su
+hermano. Se hab&iacute;a unido con Cristina en los albores de su fortuna. &iquest;La
+amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus
+amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se
+hab&iacute;a casado por unir una gloria m&aacute;s &aacute; sus satisfacciones de triunfador;
+porque le halagaba emparentar con los que hab&iacute;an sido sus amos en
+Londres, y aquella se&ntilde;orita, de una aristocracia tradicional y rancia
+completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor hab&iacute;a
+indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los
+continuos viajes, no le permit&iacute;an con su mujer m&aacute;s que pasajeras y
+r&aacute;pidas intimidades. Pero para &eacute;l no exist&iacute;a otra mujer en el mundo, y
+era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atra&iacute;das por
+su opulencia. S&iacute;: &eacute;l reconoc&iacute;a ahora que hab&iacute;a amado &aacute; Cristina con una
+pasi&oacute;n, en que se mezclaba el deseo &aacute; la mujer y el respeto instintivo
+del hijo del gabarrero &aacute; la se&ntilde;orita que hab&iacute;a tenido entre sus
+ascendientes, casi fabulosos, &aacute; los se&ntilde;ores de Vizcaya. Ahora se daba
+exacta cuenta de su amor, que en aquella &eacute;poca no hallaba tiempo ni
+ocasi&oacute;n para exteriorizarse en la intimidad de la vida dom&eacute;stica. &iexcl;Ah!
+&iexcl;cuando descansase&mdash;se dec&iacute;a entonces&mdash;cuando viera asegurada su
+fortuna, qu&eacute; feliz ser&iacute;a con aquella mujer, digna compa&ntilde;era de su
+opulencia, que parec&iacute;a reinar sobre la gente m&aacute;s encopetada de
+Bilbao!... Pero lleg&oacute; el ansiado descanso, y al buscar &aacute; su mujer, en
+vano se esforz&oacute; por encontrarla. Ten&iacute;a ante &eacute;l una buena madre, una
+excelente due&ntilde;a de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy
+interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa
+administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con
+la misma minuciosidad que cuando viv&iacute;a en el arruinado caser&oacute;n de
+Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido
+para restaurar una capilla que fuese m&aacute;s suntuosa que la costeada por
+alguna de las se&ntilde;oras que se codeaban con ella, en las Hijas de Mar&iacute;a &oacute;
+en el sal&oacute;n de visitas de los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta, resucitado &aacute; la juventud despu&eacute;s de su triunfo en los
+negocios, sufr&iacute;a un desencanto cada vez que se aproximaba &aacute; su mujer con
+delicadezas &oacute; arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como
+si este cari&ntilde;o extremado la ofendiera, coloc&aacute;ndola al nivel de las
+vendedoras de amor. Para ella, la pasi&oacute;n matrimonial no hab&iacute;a de ir m&aacute;s
+all&aacute; de la intimidad, fr&iacute;a y casi mec&aacute;nica, de sus primeros tiempos de
+vida com&uacute;n. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin
+dar esc&aacute;ndalo, procreando hijos para servir &aacute; Dios y que no se perdiera
+la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas
+era un pecado repugnante, propio de gentes sin religi&oacute;n. Tratar un
+marido &aacute; su mujer con <i>melifluidades</i> de esas que s&oacute;lo se ven en los
+amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del
+pecado. La esposa cristiana hab&iacute;a de ser casta en el pensamiento; cuidar
+de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir
+el hogar. M&aacute;s all&aacute; s&oacute;lo iban las mujeres perdidas. Y S&aacute;nchez Morueta
+tropezaba con una estatua impasible, estrell&aacute;ndose en todos sus intentos
+por darla vida.</p>
+
+<p>Nada malo pod&iacute;a decir ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que
+aunque quisiera faltar &aacute; sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne
+y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jam&aacute;s recordaba el
+millonario haber notado en su compa&ntilde;era un momento de abandono, un
+arrebato de pasi&oacute;n. Cuando &eacute;l se doblegaba bajo el estremecimiento de la
+carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si
+estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no
+turbaban su voluntad.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta lleg&oacute; &aacute; pensar si Cristina amar&iacute;a &aacute; otro, si al casarse
+con &eacute;l por inter&eacute;s, habr&iacute;a dejado en su pasado alguna ilusi&oacute;n que a&uacute;n la
+persegu&iacute;a. Pero despu&eacute;s de examinar sus predilecciones &eacute; intimidades en
+la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desech&oacute; sus sospechas.
+Ella s&oacute;lo quer&iacute;a &aacute; su esposo, si es que aquello era querer. En su
+cari&ntilde;o, no hab&iacute;a fuerzas para m&aacute;s. Y convencido de que nunca hab&iacute;a de
+triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fu&eacute; alej&aacute;ndose, sin que la
+esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayud&oacute; con no oculta
+satisfacci&oacute;n &aacute; este divorcio. Transcurri&oacute; el tiempo y al abandonar el
+lujo de sus primeros a&ntilde;os de matrimonio, para tomar sitio entre las
+madres de severa respetabilidad, comenz&oacute; &aacute; seguir dentro de su casa
+ciertas pr&aacute;cticas austeras y casi conventuales. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces S&aacute;nchez
+Morueta se hab&iacute;a visto rechazado con ira, porque era Cuaresma &oacute; estaba
+ella en v&iacute;speras de una comuni&oacute;n aparatosa!...</p>
+
+<p>Al establecerse definitivamente la separaci&oacute;n, al alejarse &eacute;l para
+siempre, la mujer pareci&oacute; agradec&eacute;rselo con sus miradas, con una mayor
+dulzura en el trato. Era, sin duda, m&aacute;s feliz, libre de la asiduidad
+ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una
+servidumbre cruel de su sexo.</p>
+
+<p>&mdash;Es muy honrada, muy virtuosa&mdash;dijo con amargura el millonario,&mdash;Pero,
+para m&iacute;, como s&iacute; no existiera. &iexcl;Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la
+vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.</p>
+
+<p>Llegaba hasta el jard&iacute;n la vocecita de la hija de S&aacute;nchez Morueta,
+cantando al piano el <i>Goizeko izarra</i>, la invocaci&oacute;n melanc&oacute;lica &aacute; la
+estrella de la ma&ntilde;ana. La tristeza po&eacute;tica de las monta&ntilde;as vascas
+esparc&iacute;ase por el jard&iacute;n ingl&eacute;s, dorado por el &uacute;ltimo llamear del sol de
+la tarde.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y esa?&mdash;pregunt&oacute; el m&eacute;dico.&mdash;&iquest;No tienes &aacute; tu hija?...</p>
+
+<p>El potentado se expres&oacute; con apasionamiento. Amaba &aacute; su hija: era carne
+de su carne: el &uacute;nico recuerdo de la pasi&oacute;n que hab&iacute;a sentido por su
+esposa. El cari&ntilde;o &aacute; Pepita era lo que manten&iacute;a las apariencias de paz de
+su casa: lo &uacute;nico que le ayudaba &aacute; sobrellevar la tristeza dom&eacute;stica.
+Era como un puente que manten&iacute;a la comunicaci&oacute;n entre &eacute;l y su esposa.
+Por ella continuaba S&aacute;nchez Morueta su existencia febril de hombre de
+negocios. Ten&iacute;a la obligaci&oacute;n de defender lo que la pertenec&iacute;a por su
+nacimiento. Su porvenir le causaba &aacute; veces gran inquietud. Pod&iacute;a casarla
+con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no
+entrase para nada el amor. &iquest;Pero no era esto perpetuar en la hija la
+infelicidad del padre? Observaba &aacute; Pepita, y se entristec&iacute;a, adivinando
+en ella una reproducci&oacute;n de su madre. Quer&iacute;a casarla por amor, con un
+hombre al que se sintiera inclinada, pero no ve&iacute;a en ella la menor se&ntilde;al
+de apasionamiento. Se casar&iacute;a, sin ardor y sin protesta, con el que le
+indicaran sus padres, para continuar con m&aacute;s libertad la vida ins&iacute;pida
+de ostentaciones y de devoci&oacute;n elegante. Ella, como las otras j&oacute;venes de
+su clase, ve&iacute;a en la uni&oacute;n con el hombre un medio de independencia, sin
+que el coraz&oacute;n llegara &aacute; interesarse. Ir&iacute;a &aacute; administrar otro hogar,
+como su madre dirig&iacute;a el suyo: &aacute; cuidar &aacute; un marido que trajese dinero &aacute;
+casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su
+sal&oacute;n. De su padre s&oacute;lo ten&iacute;a algo en lo f&iacute;sico: la educaci&oacute;n y el alma
+eran de su madre. Si S&aacute;nchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba
+frente &aacute; su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguir&iacute;a &aacute; &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;La amo&mdash;dec&iacute;a el millonario,&mdash;la amo &aacute; pesar de todo. Pepita me quiere
+&aacute; su manera; es cari&ntilde;osa conmigo, me mima y me adora, especialmente
+cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero tambi&eacute;n junto &aacute; ella
+me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que
+pertenezcamos &aacute; distinta raza. No s&eacute; explicarme, Luis: tal vez estoy
+loco; pero jam&aacute;s siento con ellas, que son mi familia, esta confianza,
+este dulce abandono que t&uacute; me inspiras. Y es que t&uacute; eres de mi sangre;
+el &uacute;nico pariente verdadero.</p>
+
+<p>Aresti segu&iacute;a moviendo la cabeza, como quien oye una canci&oacute;n harto
+conocida. No le extra&ntilde;aba la situaci&oacute;n de S&aacute;nchez Morueta: era la de
+muchos poderosos de aquella tierra. Viv&iacute;an rodeados de todos los goces
+del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios
+eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se
+perdiera. Marido y mujer viv&iacute;an en aislamiento moral: &eacute;l buscando
+consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella
+dedic&aacute;ndose &aacute; la devoci&oacute;n.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta interrumpi&oacute; estas consideraciones de su primo, como si
+ansiase decirle toda la verdad. As&iacute; era &eacute;l tambi&eacute;n: necesitaba amor y
+amaba. Ya que la alegr&iacute;a de la vida no entraba en su casa, la hab&iacute;a
+buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacci&oacute;n del
+sexo: era una pasi&oacute;n que endulzaba el ocaso de su madurez y le hac&iacute;a
+so&ntilde;ar y sentir &aacute; los cincuenta a&ntilde;os, con una intensidad que le
+retrogradaba &aacute; la juventud. Y con arrobamientos de adolescente,
+recre&aacute;ndose en el relato, record&oacute; toda la novela de su amor.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a comenzado por una aventura vulgar&iacute;sima: un encuentro en Biarritz
+con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida
+en Francia, pero hija de jud&iacute;os: una mujer que en plena juventud hab&iacute;a
+corrido medio mundo y conoc&iacute;a casi todos los idiomas europeos. Las
+relaciones hab&iacute;an ido estrech&aacute;ndose. Apenas se separaba de ella jurando
+no volver &aacute; verla, avergonzado de su vileza y acord&aacute;ndose de su hija con
+remordimiento, sent&iacute;a la necesidad de buscarla de nuevo, se propon&iacute;a &aacute;
+s&iacute; mismo un negocio que hac&iacute;a necesaria su presencia en Par&iacute;s, &oacute; en
+Madrid, all&iacute; donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante
+de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada
+del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los
+tablados de los <i>music-hall</i>. &iquest;Qu&eacute; ten&iacute;a aquella mujer que le
+trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el
+sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como
+una r&aacute;faga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las
+preocupaciones y los escr&uacute;pulos. S&aacute;nchez Morueta, al considerarse
+culpable, se sent&iacute;a m&aacute;s hombre. El remordimiento era una manifestaci&oacute;n
+de vida que le sacaba del letargo de su existencia.</p>
+
+<p>Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad
+mon&oacute;tona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil
+le sal&iacute;an al encuentro en la mesa de su despacho, entre la
+correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que
+estremec&iacute;a su carne y parec&iacute;a traerle una r&aacute;faga cargada de taponazos de
+champagne y m&uacute;sica chillona de caf&eacute; concierto. La expansi&oacute;n, dulcemente
+truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de <i>petit coco &oacute; mon
+gros cheri</i>, hac&iacute;ale sonre&iacute;r juvenilmente bajo su barba venerable. Era
+una pasi&oacute;n que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi
+en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia,
+sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias
+felinas de una bayadera asi&aacute;tica.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a acabado por arrancar &aacute; Judith de su vida de aventuras, por
+instalarla definitivamente en Madrid, como una se&ntilde;ora tranquila que vive
+de sus rentas. Pens&oacute; por un momento traerla &aacute; Bilbao, pero hab&iacute;a
+desistido de ello, no por miedo &aacute; la familia, sino por temor &aacute; la villa
+hip&oacute;crita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y
+costureras, que cerraba los ojos &oacute; sonre&iacute;a bondadosa ante el capricho
+del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condici&oacute;n de pobres, pero
+se escandalizaba y enfurec&iacute;a ante la <i>cocotte</i>, la hembra que pusiera
+en sus sonrisas algo de distinci&oacute;n, y rodeara de una sombra de amor las
+necesidades de la carne. Otros m&aacute;s valientes que &eacute;l hab&iacute;an intentado
+aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y
+todo el vecindario se amotin&oacute; contra las extranjeras. Hasta hab&iacute;an
+cortado las ca&ntilde;er&iacute;as del agua y la luz de sus casas, para obligarlas &aacute;
+levantar el campo.</p>
+
+<p>El millonario iba con frecuencia &aacute; Madrid por dos &oacute; tres d&iacute;as,
+pretextando juntas de accionistas &oacute; gestiones cerca del gobierno. Todos
+le encontraban rejuvenecido; ve&iacute;an en &eacute;l algo nuevo &eacute; inexplicable, que
+animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parec&iacute;a dar
+m&aacute;s soltura &aacute; su cuerpo de hombre de lucha, y le hac&iacute;a cuidar con mayor
+esmero del adorno de su persona.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; mismo&mdash;dec&iacute;a al m&eacute;dico,&mdash;te has extra&ntilde;ado de este cambio muchas
+veces. Es el amor, Luis. Nada como &eacute;l alegra &aacute; los hombres.</p>
+
+<p>Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con
+entusiasmo, queriendo convencer &aacute; su primo de que su madurez no hac&iacute;a
+mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de
+placeres. Estaba seguro de que le quer&iacute;a. No era que &eacute;l pudiese inspirar
+una gran pasi&oacute;n: pero cansada de la antigua vida, se hab&iacute;a refugiado en
+sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por
+mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No hab&iacute;a m&aacute;s que ver c&oacute;mo le
+sonre&iacute;a, c&oacute;mo sal&iacute;an &aacute; su encuentro los brazos blancos y suaves cuando
+se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid.
+Aquella era su verdadera casa: all&iacute; pasaba los mejores d&iacute;as, y &aacute; no ser
+por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, all&iacute; ir&iacute;a &aacute;
+terminar su existencia.</p>
+
+<p>Adem&aacute;s, un suceso inesperado los hab&iacute;a unido m&aacute;s estrechamente: hab&iacute;a
+afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco a&ntilde;os de duraci&oacute;n. S&oacute;lo &aacute;
+un hombre como su primo pod&iacute;a hacerle tal confidencia... &iexcl;Ten&iacute;a un hijo!
+Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se
+apresur&oacute; &aacute; a&ntilde;adir:</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; eres el &uacute;nico que lo sabe: un hijo... &iexcl;m&iacute;o! &iexcl;bien m&iacute;o! Un ni&ntilde;o de
+tres a&ntilde;os que empieza &aacute; hablar, y al verme me llama: &laquo;&iexcl;El pap&aacute; de
+Bilbao!&raquo; El amor me da lo que tantas veces dese&eacute; en mi casa sin
+conseguirlo. &iexcl;Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que
+soy su padre, pero pienso en &eacute;l, espero que crezca y &iexcl;ya vendr&aacute; &aacute; mi
+lado! &iexcl;ya har&eacute; por &eacute;l cuanto pueda, que ser&aacute; mucho!</p>
+
+<p>Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la familia improvisada
+que era para &eacute;l la verdadera. Judith, engordando en su bienestar
+tranquilo; aburgues&aacute;ndose hasta hacer olvidar &aacute; la antigua <i>divette</i>
+aventurera, S&aacute;nchez Morueta la quer&iacute;a mejor as&iacute;: la cre&iacute;a m&aacute;s suya. Y
+entre los dos, aquel peque&ntilde;uelo de una asombrosa precocidad. El
+millonario se enorgullec&iacute;a vi&eacute;ndolo tan hermoso, con una belleza
+afeminada que reflejaba la de la madre, sin ning&uacute;n rasgo de &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;Un verdadero hijo del amor&mdash;dec&iacute;a el hombret&oacute;n con sonrisa
+placentera.&mdash;No hay en el peque&ntilde;o nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni
+esta cara de gigant&oacute;n. Rubio como el oro, &iexcl;y tan blanco! &iexcl;tan delicado!
+&iexcl;tan poquita cosa! Parece un beb&eacute; de porcelana.</p>
+
+<p>Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de
+indignar &aacute; las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los m&aacute;s
+hermosos: ten&iacute;an algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en
+los reto&ntilde;os engendrados por las parejas legales, que procrean por deber
+y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y mon&oacute;tono,
+en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla
+casera.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta call&oacute; como fatigado por su confesi&oacute;n. En uno de sus
+paseos hab&iacute;an llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente,
+sonando &aacute; sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de
+la tertulia de do&ntilde;a Cristina.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Y pensar que pod&iacute;a haber encontrado en mi casa la felicidad que busco
+fuera, ocult&aacute;ndome como un malhechor!&mdash;exclam&oacute; el millonario, como si el
+recuerdo de su familia despertase en &eacute;l cierto remordimiento.&mdash;Pero no
+creas, Luis, que estoy arrepentido&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con resoluci&oacute;n.&mdash;Yo tengo
+derecho &aacute; ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero
+d&iacute; algo, Luis. &iquest;Qu&eacute; opinas de todo esto?</p>
+
+<p>Aresti encogi&oacute; los hombros. De aquellos amores no quer&iacute;a hablar. Si
+proporcionaban &aacute; su primo cierta felicidad, hac&iacute;a bien en continuarlos.
+La vida es triste y la pericia del hombre est&aacute; en alegrarla, en iluminar
+con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era
+que aquella mujer le amase seg&uacute;n &eacute;l dec&iacute;a: pero aunque el amor no
+existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que &eacute;l se creyese
+amado. En el mundo se vive de la ilusi&oacute;n y la mentira, y la mayor
+desgracia es abrir los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Me quiere, Luis, me quiere&mdash;interrumpi&oacute; el millonario
+apresuradamente.&mdash;&iquest;Por qu&eacute; hab&iacute;a de fingir? Si hubiera sabido qui&eacute;n era
+yo cuando la conoc&iacute;, a&uacute;n podr&iacute;a dudar. Pero en nuestros primeros tiempos
+de amor me cre&iacute;a un hombre de corta fortuna. Tard&oacute; mucho &aacute; saber que era
+yo S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>El doctor asombr&aacute;base ante la firme convicci&oacute;n de su primo. Celebraba su
+optimismo: as&iacute;, su dicha no correr&iacute;a peligro. &Eacute;l no se mezclaba en el
+asunto. A ser feliz ya que ten&iacute;a fuerza de voluntad y medios sociales
+para crearse una segunda familia, que vivir&iacute;a en el foso, mientras
+arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su
+riqueza. A Aresti s&oacute;lo le interesaban los infortunios dom&eacute;sticos de su
+primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que &aacute; &eacute;l, les
+ocurr&iacute;a &aacute; otros. Era el eterno obst&aacute;culo con que tropezaban todos los
+que en aquella tierra quer&iacute;an encontrar en la esposa algo m&aacute;s que una
+compa&ntilde;era y administradora. Unos hab&iacute;an de buscar la alegr&iacute;a de su
+existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobard&iacute;a &oacute;
+ego&iacute;smo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, m&aacute;s resueltos y
+valerosos&mdash;&eacute;l, por ejemplo,&mdash;romp&iacute;an abiertamente, no queriendo vivir
+encadenados &aacute; un alma muerta y volv&iacute;an &aacute; su existencia de solteros, con
+la amargura de no poder buscar p&uacute;blicamente una nueva compa&ntilde;era.</p>
+
+<p>Aresti no censuraba &aacute; las mujeres de su pa&iacute;s. Eran como eran, un poco
+por la frialdad de la raza nada propensa &aacute; apasionarse por lo que no
+tenga un fin inmediato y pr&aacute;ctico, y much&iacute;simo m&aacute;s por defecto de
+educaci&oacute;n, porque los mismos hombres las hab&iacute;an acostumbrado al
+aislamiento, &aacute; la separaci&oacute;n de sexos, &aacute; asociarse las mujeres con las
+mujeres, no viendo en el hombre m&aacute;s que una m&aacute;quina de fabricar dinero &eacute;
+hijos. &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a hecho al casarse S&aacute;nchez Morueta? Lo que todos los
+poderosos de su pa&iacute;s. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer
+gran caso de la voluntad de los contrayentes: despu&eacute;s, el viaje
+aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando
+el marido volver cuanto antes &aacute; reanudar sus negocios. Y el mismo d&iacute;a de
+la vuelta &aacute; Bilbao, &eacute;l, al escritorio, &aacute; ganar dinero, &oacute; al club, para
+vivir entre hombres solos, dejando &aacute; la mujer entregada para siempre &aacute;
+las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin m&aacute;s
+diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de
+las compa&ntilde;eras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.</p>
+
+<p>No conoc&iacute;an la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los
+arist&oacute;cratas de otros pa&iacute;ses. Los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a, para asegurar
+su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del
+demonio, propias de otras tierras que no hab&iacute;an gozado la gran dicha de
+heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros
+funcionaban con los palcos vac&iacute;os, sin que &aacute; ellos asomara una mujer:
+las fiestas del verano eran el &uacute;nico esparcimiento anual para todas
+ellas. Faltas de diversi&oacute;n, ansiosas de reunirse, de o&iacute;r m&uacute;sica, de algo
+que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su
+teatro, pasando el d&iacute;a en el templo del Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, all&iacute; donde la
+arquitectura afeminada y rid&iacute;cula, cargada de oro y bermell&oacute;n, el
+armonium, las voces hermafroditas y las bombillas el&eacute;ctricas, parec&iacute;an
+acariciarlas con un halago que ten&iacute;a tanto de mundanal como de m&iacute;stico.</p>
+
+<p>Aresti sonre&iacute;a amargamente. &iexcl;Ay: estaba bien discurrido aquel asedio,
+para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta
+la dominaci&oacute;n del esposo! De ellos era principalmente la culpa, &iquest;Qu&eacute;
+hab&iacute;an de hacer unos seres d&eacute;biles, faltos de direcci&oacute;n, arrastrados
+por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Ve&iacute;anse
+obligadas &aacute; una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo s&oacute;lo
+al hombre en el preciso momento del deseo; y el h&aacute;bil jesu&iacute;ta se
+presentaba como un remedio &aacute; su tristeza, entreten&iacute;a su fastidio con una
+devoci&oacute;n dulzona y afeminada, era el eunuco guardi&aacute;n, el verdadero amo,
+dirigiendo &aacute; su antojo al tropel de odaliscas cristianas. As&iacute; llegaba
+desde la sombra &aacute; apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales
+se mov&iacute;an, sin conocer el impulso de sus acciones.</p>
+
+<p>Algunos a&uacute;n se mostraban satisfechos y agradecidos &aacute; los sacerdotes,
+porque proporcionaban dulce entretenimiento &aacute; sus esposas, dej&aacute;ndolos en
+mayor libertad para sus negocios y placeres.... &iexcl;Imb&eacute;ciles! El doctor se
+indignaba ante aquella intrusi&oacute;n, que hab&iacute;a acabado por cambiar &aacute; las
+mujeres de su pa&iacute;s, mat&aacute;ndolas el alma, convirti&eacute;ndolas en aut&oacute;matas que
+aborrec&iacute;an como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban
+al hogar las exigencias de una dominaci&oacute;n acaparadora.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa&mdash;dijo el
+doctor,&mdash;&iquest;qu&eacute; has hecho para evitarlo?...</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hizo un gesto de extra&ntilde;eza. &iquest;&Eacute;l? &iquest;qu&eacute; pod&iacute;a evitar &eacute;l?
+&iquest;Pod&iacute;a acaso cambiar el car&aacute;cter de su esposa?...</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; has dejado, como los otros&mdash;continu&oacute; el doctor,&mdash;que tu mujer
+buscase un remedio &aacute; su soledad, entreg&aacute;ndose &aacute; la devoci&oacute;n. &iexcl;Y te
+extra&ntilde;as de que Cristina haya ido separ&aacute;ndose de t&iacute;! Es un caso de
+adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se
+comprende lo que &aacute; m&iacute; me ocurri&oacute;: yo no soy rico, y en este pa&iacute;s de
+negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Adem&aacute;s, junto &aacute;
+los prejuicios de la que fu&eacute; mi compa&ntilde;era, estaban como refuerzo los de
+su madre y su hermana. Pero t&uacute;, que tienes la autoridad de la fortuna,
+&iquest;c&oacute;mo has dejado que fuesen apoder&aacute;ndose de una mujer &aacute; la que amabas,
+separ&aacute;ndola de t&iacute;? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto
+que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus
+propias barbas han cortejado &aacute; tu mujer y te la han robado. S&iacute; alguna
+vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.</p>
+
+<p>El millonario sonri&oacute; con desd&eacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah! &iexcl;Los jesu&iacute;tas! &iexcl;Ya sali&oacute; tu tema!... Efectivamente, son gente
+antip&aacute;tica; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me
+bat&iacute; en el &uacute;ltimo sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan
+de habas; yo tomar&iacute;a el fusil otra vez, si volviesen los carlistas.
+&iquest;Pero aun crees t&uacute;, Luis, en esa leyenda de los jesu&iacute;tas tenebrosos,
+cometiendo los mismos cr&iacute;menes que ellos atribuyen &aacute; los masones?...</p>
+
+<p>Y S&aacute;nchez Morueta miraba con ojos compasivos &aacute; su primo, sin dejar de
+sonre&iacute;r.</p>
+
+<p>&mdash;No sigas, Pepe&mdash;dijo el doctor.&mdash;Adivino lo que piensas. Soy un cursi.
+Conozco la frase: es un magn&iacute;fico pararrayos para desviar el odio que
+instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal
+de los jesu&iacute;tas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo
+intelectual, lo moderno, es creer &aacute; ojos cerrados en cualquier pat&aacute;n
+astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las
+horas en el confesionario enter&aacute;ndose de vidas ajenas y adorando al
+Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, que coloca por encima de Dios.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Yo no digo tanto!&mdash;exclam&oacute; el millonario.&mdash;Yo no creo en ellos, y
+hasta me r&iacute;o de sus cosas. Pero reconocer&aacute;s conmigo que eso del odio al
+jesu&iacute;ta es algo anticuado. S&oacute;lo aquellos progresistas c&aacute;ndidos y
+heroicos de otros tiempos, pod&iacute;an ver la mano del jesu&iacute;ta en todas
+partes y creer en sus venenos y pu&ntilde;ales.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no creo en su tenebroso poder&iacute;o ni en sus venganzas. En esta tierra
+nadie se atreve como yo &aacute; hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me
+ocurre. As&iacute; que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa
+que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden
+contra m&iacute;. Aislados nada valen: pero hay que temerles all&iacute; donde les
+ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. &iquest;C&oacute;mo te explicar&eacute;
+lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo,
+llegan &aacute; producir una epidemia. Si encuentran un ser d&eacute;bil preparado
+para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto &aacute;
+repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse
+de nada por s&iacute; mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de
+que no lo buscar&aacute;n. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos
+y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece,
+dici&eacute;ndoles: &laquo;Dominadnos, haced de nosotros lo que quer&aacute;is, y dadnos en
+cambio el cielo.&raquo;</p>
+
+<p>Aresti no cre&iacute;a, como los enemigos de la Compa&ntilde;&iacute;a en otros tiempos, en
+la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabidur&iacute;a de sus individuos
+era una leyenda. Hab&iacute;a entre ellos (que eran miles) algunos que se
+distingu&iacute;an en las ciencias y en las artes, nada m&aacute;s que como
+apreciables median&iacute;as. Llevando siglos de existencia, disponiendo de
+riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no hab&iacute;an
+enriquecido &aacute; la humanidad con un s&oacute;lo descubrimiento de importancia. Su
+talento consist&iacute;a en presentar al vulgo las median&iacute;as como genios de
+fama universal y colocar &aacute; la mayor&iacute;a restante en sitios donde no se
+evidenciase su vulgaridad.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico se re&iacute;a igualmente de su poder. S&oacute;lo alcanzaba &aacute; los que ca&iacute;an
+ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicaci&oacute;n con ellos,
+pod&iacute;a burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea,
+temibles &uacute;nicamente para los que viven &aacute; su sombra.</p>
+
+<p>Aresti reconoc&iacute;a, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia
+era mayor que nunca. Cuando Loyola hab&iacute;a fundado su Compa&ntilde;&iacute;a, las dem&aacute;s
+&oacute;rdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la m&aacute;s moderna se hab&iacute;a
+apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Adem&aacute;s, los frailes,
+despojados de sus riquezas de otros siglos, ten&iacute;an ahora que copiar los
+procedimientos de los jesu&iacute;tas, que tanto les repugnaban en pasadas
+&eacute;pocas. Ten&iacute;an que marchar &aacute; la zaga de ellos, imit&aacute;ndolos para hacer
+dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto
+voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compa&ntilde;&iacute;a, hab&iacute;a hecho
+indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta pod&iacute;a
+afirmarse que el ej&eacute;rcito mon&aacute;stico de &Iacute;&ntilde;igo de Loyola hab&iacute;a salvado al
+pontificado en el trance, terrible para &eacute;l, de la revoluci&oacute;n luterana.
+Era la antigua f&aacute;bula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en
+acci&oacute;n. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y
+vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete
+se negaba &aacute; descender, conden&aacute;ndolo &aacute; eterna servidumbre. La compa&ntilde;&iacute;a
+hab&iacute;a salvado al Papa, pero esclaviz&aacute;ndolo para siempre. El cristianismo
+hab&iacute;a muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el
+catolicismo ya no era m&aacute;s que una palabra: la verdadera religi&oacute;n era el
+jesuitismo. El Papa que bendice segu&iacute;a en el Vaticano; pero el Papa que
+decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el
+<i>Jesu</i> de Roma.</p>
+
+<p>&mdash;Esto &aacute; m&iacute; en nada me interesa&mdash;acab&oacute; diciendo Aresti.&mdash;Yo vivo fuera
+del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.</p>
+
+<p>Su primo hizo un gesto de asentimiento. A &eacute;l tampoco. &Eacute;l no hablaba con
+la audacia del doctor, pero viv&iacute;a de hecho fuera de las pr&aacute;cticas
+religiosas; no le preocupaban.</p>
+
+<p>&mdash;A t&iacute;, s&iacute;&mdash;dijo Aresti con energ&iacute;a.&mdash;A t&iacute; deben preocuparte. Crees que
+vives fuera de esa influencia, porque no vas &aacute; misa, ni te tratas con
+curas; pero todo llegar&aacute;, t&uacute; ir&aacute;s, y hasta es posible que te arrodilles
+ante alg&uacute;n confesonario de la iglesia de los jesu&iacute;tas. Est&aacute;s en el
+c&iacute;rculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de
+la familia; ya te agarrar&aacute;n. &iexcl;Apenas si es mal bocado el millonario
+S&aacute;nchez Morueta!</p>
+
+<p>El aludido sonri&oacute;. &iexcl;Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reir&iacute;an
+oy&eacute;ndoles hablar de tales gentes. All&iacute; las despreciaban, si es que
+alguna vez hac&iacute;an memoria de ellas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero es que Londres es Bilbao?&mdash;grit&oacute; exasperado el doctor.&mdash;&iquest;Acaso
+Inglaterra es Espa&ntilde;a? Ya s&eacute; yo que se r&iacute;en de ellos en todas las
+naciones modernas y poderosas: &uacute;nicamente Francia se rasca de vez en
+cuando para ech&aacute;rselos lejos. Pero vivimos en Espa&ntilde;a, una naci&oacute;n que no
+concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos,
+puede aplicarse &aacute; los Estados. Contra los fuertes se estrellan y
+perecen, pero de los d&eacute;biles, predispuestos al contagio, se apoderan
+como una enfermedad. Eso de &laquo;cursi&raquo; podr&aacute; aplicarse al que sue&ntilde;e con el
+jesu&iacute;ta temible, en Londres &oacute; en Berl&iacute;n: pero aqu&iacute; &iexcl;vaya con la
+<i>cursiler&iacute;a</i>! &iexcl;y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; aqu&iacute; dominan mucho&mdash;dijo el millonario con gravedad.&mdash;Yo s&eacute; que &aacute;
+otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de
+capitales ajenos, los han elevado &oacute; los han hundido, envi&aacute;ndoles &oacute;
+retir&aacute;ndoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen...
+pero es all&iacute; donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque t&uacute;
+creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios;
+han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no
+necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme da&ntilde;o. Aqu&iacute; no
+entrar&aacute;n por m&aacute;s que se empe&ntilde;en. Ya lo sabe Cristina: es lo &uacute;nico que me
+impulsar&iacute;a &aacute; romper con ella, &aacute; separarme, sin miedo &aacute; lo que dijese la
+gente. T&uacute; que sonr&iacute;es y hasta parece que te burlas: &iquest;has visto aqu&iacute;
+alguna vez una sotana? &iquest;tienes noticia de que vengan &aacute; visitarnos esos
+se&ntilde;ores de la Residencia?</p>
+
+<p>&mdash;No: no vienen&mdash;dijo Aresti sin abandonar su gesto ir&oacute;nico.&mdash;&iquest;Y para
+que hab&iacute;an de venir? Hace tiempo que est&aacute;n dentro: no necesitan de tu
+permiso. &iquest;A qui&eacute;n hab&iacute;an de buscar en tu casa? &iquest;A tu mujer y &aacute; tu hija?
+Ya les ahorras esa molestia envi&aacute;ndolas t&uacute; mismo &aacute; donde ellos las
+aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la
+familia....</p>
+
+<p>&mdash;Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces
+mi car&aacute;cter. He dicho que no entran y no entrar&aacute;n. Ser&iacute;a un buen golpe
+para ellos apoderarse de S&aacute;nchez Morueta; pero pierden el tiempo.</p>
+
+<p>Aresti estaba pensativo y parec&iacute;a no o&iacute;rle.</p>
+
+<p>&mdash;El otro d&iacute;a&mdash;dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria&mdash;le&iacute;
+un drama en franc&eacute;s y me acord&oacute; de t&iacute;. Era <i>La Intrusa</i> de M&aelig;terlinck,
+&iquest;Conoces eso?...</p>
+
+<p>El millonario movi&oacute; la cabeza: &eacute;l no ten&iacute;a tiempo para la literatura.</p>
+
+<p>&mdash;La <i>Intrusa</i>&mdash;continu&oacute; el m&eacute;dico,&mdash;es la Muerte, que entra en las
+casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.</p>
+
+<p>Y Aresti relat&oacute; la escena l&uacute;gubre de la familia reunida en torno de la
+mesa, en la penumbra, m&aacute;s all&aacute; del c&iacute;rculo de luz de una pantalla verde.
+En la alcoba cercana est&aacute; una enferma, con el sopor de la gravedad:
+fuera de la casa, &aacute; lo lejos, se oye afilar una guada&ntilde;a, rayando el
+cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en
+el jard&iacute;n. Se asoman y no ven &aacute; nadie. Los cisnes graznan asustados,
+ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces
+despiertan en el taz&oacute;n de la fuente, ocult&aacute;ndose temblorosos: las flores
+caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de
+inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve &aacute; nadie. Ya suenan pasos en
+la escalinata: la puerta se abre, &aacute; pesar de que no sopla el viento.
+Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia
+cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible,
+con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y
+despu&eacute;s, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se
+adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante
+la l&aacute;mpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la
+enferma y vuelve &aacute; caer sin que nadie haya entrado. &iexcl;Un gemido!... La
+enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama
+atravesando todos los obst&aacute;culos; la <i>Intrusa</i>, para la que no hay
+puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta
+presencia.</p>
+
+<p>Y Aresti, despu&eacute;s de relatar la obra de M&aelig;terlinck, miraba silencioso &aacute;
+su primo, que parec&iacute;a no comprenderle.</p>
+
+<p>&mdash;En tu casa ocurre lo mismo&mdash;dijo tras larga pausa.&mdash;Crees que ese
+enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse &aacute; tu
+mesa y ocupar un sill&oacute;n en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que
+lleg&oacute; hasta tu misma alcoba. T&uacute; te lamentabas de ello hace poco. Todos
+los d&iacute;as vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando
+regresan de la Iglesia de los jesu&iacute;tas &oacute; de sus juntas de Hijas de
+Mar&iacute;a. &iquest;No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No
+percibes su roce? El &uacute;ltimo de tus criados lo ve y t&uacute; est&aacute;s ciego. Te
+mira &aacute; todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario
+que tienes y ese se&ntilde;orito pariente de Cristina, que busca unirse &aacute; t&iacute;,
+pensando en tus millones m&aacute;s que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu
+hija. Ellas te agarrar&aacute;n cuando te sientas d&eacute;bil; aprovechar&aacute;n un
+instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso.
+Te crees libre de &eacute;l y ronda &aacute; todas horas en torno tuyo.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta re&iacute;a ruidosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute;s loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te
+ha trastornado el seso. &iquest;A qu&eacute; tanto fantasma, y dramas, &eacute; intrusos... y
+demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad &aacute; mi
+familia, para que se entregue &aacute; las pr&aacute;cticas religiosas y se entretenga
+con esa devoci&oacute;n bonita, inventada por los jesu&iacute;tas. &iexcl;Qu&eacute; he de hacer
+yo, si eso las divierte! &iquest;Quieres acaso que me Imponga como un tirano de
+comedia, y diga: &laquo;Se acab&oacute; el trato con los Padres, aqu&iacute; no hay m&aacute;s misa
+que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?&raquo; Eso no
+lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez m&aacute;s que t&uacute;.</p>
+
+<p>Hablaba con una firmeza brit&aacute;nica de su respeto &aacute; la libertad. &Eacute;l no
+quer&iacute;a violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus
+creencias y que le dejaran &aacute; &eacute;l con las suyas. Libertad para todos. Y
+recordaba su educaci&oacute;n en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo
+brit&aacute;nico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una
+misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.</p>
+
+<p>Aresti pareci&oacute; irritado por la calma serena con que su primo hablaba de
+la libertad.</p>
+
+<p>&mdash;Yo tambi&eacute;n creo lo mismo&mdash;exclam&oacute;;&mdash;pero en un pa&iacute;s como ese de que
+hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la
+persecuci&oacute;n por delitos de conciencia. Adem&aacute;s, hay all&iacute; creencias
+diversas, y unas &aacute; otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una
+especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende
+dominar al Estado y dirigir las familias. &iquest;Pero hablar de libertad
+absoluta en este pa&iacute;s, que es famoso en el mundo por la Inquisici&oacute;n y
+por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro
+siglos de tiran&iacute;a clerical. La unidad cat&oacute;lica no est&aacute; consignada en las
+leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres.
+Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han
+de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. &iexcl;Y vienes t&uacute; con
+esa pachorra inglesa habl&aacute;ndome de libertad y de respeto &aacute; todas las
+creencias!... Eso puede ser en otros pa&iacute;ses; podr&aacute; ser aqu&iacute;, cuando
+exista esa Espa&ntilde;a nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un
+siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse &aacute; salir por
+completo de las entra&ntilde;as de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy
+un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi
+pa&iacute;s, no como me lo ense&ntilde;an los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero
+ser un inquisidor al rev&eacute;s, &iquest;me entiendes?, un hombre que sue&ntilde;a con la
+violencia, con el hierro y con el fuego, como &uacute;nico remedio para limpiar
+&aacute; su tierra de la miseria del pasado.</p>
+
+<p>Y Aresti, siempre ir&oacute;nico y zumb&oacute;n, se exaltaba hablando. Lat&iacute;a en sus
+palabras el odio &aacute; la influencia oculta que hab&iacute;a truncado su vida,
+hiri&eacute;ndolo en sus afectos de hombre pac&iacute;fico, impidi&eacute;ndole constituir
+una familia. &Eacute;l amaba la libertad; pero era la libertad para el
+mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia
+los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder,
+abraz&aacute;ndose &aacute; instituciones que estaban muertas desde hac&iacute;a siglos.
+Adem&aacute;s, &iquest;por qu&eacute; conceder las ventajas de la libertad &aacute; los que hab&iacute;an
+empleado anta&ntilde;o su inmenso poder&iacute;o combati&eacute;ndola, arrumbando escombros
+sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso &aacute;rbol, quer&iacute;an ser
+los primeros en gozar de su sombra? No: &eacute;l no reconoc&iacute;a derecho para
+existir &aacute; unas creencias que eran la negaci&oacute;n de la vida; no pod&iacute;a
+conceder la libertad &aacute; los tradicionales enemigos de esa misma libertad.</p>
+
+<p>Encar&aacute;ndose con S&aacute;nchez Morueta, pregunt&aacute;bale qu&eacute; har&iacute;a si supiera que
+en su escritorio exist&iacute;an hombres que deseaban el naufragio de sus
+barcos, el incendio de sus f&aacute;bricas, el agotamiento de sus minas, la
+desaparici&oacute;n total de todo lo que era la existencia de su casa. &iquest;No los
+expulsar&iacute;a, indignado? Pues esto deseaba &eacute;l para los enemigos de la
+vida, para los que maldec&iacute;an como pecados las m&aacute;s gratas dulzuras de la
+existencia; para los que adoraban la castidad antip&aacute;tica de la virgen
+sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza
+contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hac&iacute;an la
+apolog&iacute;a de la vagancia y la miseria convirti&eacute;ndolas en el estado
+perfecto; y ten&iacute;an el hambre como signo de santidad y apartaban &aacute; las
+gentes de las felicidades positivas de la tierra, haci&eacute;ndolas dirigir
+las miradas &aacute; un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como
+obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las
+miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en
+cambio, con el sello de la execraci&oacute;n las &uacute;nicas alegr&iacute;as que est&aacute;n &aacute; su
+alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llam&aacute;ndola valle de
+l&aacute;grimas. &iquest;No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues &aacute; darles gusto y
+que dejaran el sitio libre &aacute; los pecadores, &aacute; los malvados que aman este
+mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que
+m&aacute;s all&aacute; no existe otro mejor.</p>
+
+<p>Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brill&aacute;ndole los ojos con fuego
+homicida.</p>
+
+<p>&mdash;Eres un inquisidor&mdash;dijo su primo soriendo.&mdash;Parece mentira que un
+hombre <i>moderno</i> como t&uacute; se exprese de tal modo.</p>
+
+<p>Aresti no quiso protestar. No le infund&iacute;a repugnancia el mote de su
+primo. &iquest;Inquisidor? sea. Toda la Espa&ntilde;a, ansiosa de algo nuevo, sent&iacute;a
+lo mismo que &eacute;l, s&oacute;lo que no llegaba &aacute; razonar sus impulsos. En otros
+pueblos m&aacute;s adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe &aacute; la
+Raz&oacute;n, se hab&iacute;a verificado dulcemente, en medio del respeto y la
+libertad. La Reforma, con su esp&iacute;ritu de cr&iacute;tica y libre examen, hab&iacute;a
+servido de puente. Pero en esta tierra hab&iacute;a que dar un salto violento,
+pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes,
+a&uacute;n en pie y poderosas, &aacute; la vida moderna. El tr&aacute;nsito hab&iacute;a de ser rudo
+y brutal. Era un ensue&ntilde;o querer guiar al pueblo mansamente, pasito &aacute;
+paso: hab&iacute;a que correr, que saltar, derribando lo que a&uacute;n quedase por
+delante. Hab&iacute;a que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa
+sobre este pueblo: su educaci&oacute;n intolerante que databa de ayer. En unos
+cuantos a&ntilde;os de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se
+pod&iacute;an extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo espa&ntilde;ol
+lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver c&oacute;mo el m&aacute;s leve atentado que
+turbaba la paz p&uacute;blica, hasta las clases m&aacute;s elevadas y cultas, ped&iacute;an
+la suspensi&oacute;n del derecho y la intervenci&oacute;n de la fuerza. Los ricos
+aplaud&iacute;an &aacute; la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los
+procedimientos salvajes de la Inquisici&oacute;n; los pobres admiraban al
+fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba
+de dinamita; los gobiernos, ante el m&aacute;s insignificante mot&iacute;n, abominaban
+de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los
+cat&oacute;licos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para
+demostrar que estaban limpios de todo origen jud&iacute;o &oacute; mahometano. &iquest;Qui&eacute;n
+podr&iacute;a jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile &oacute; de
+familiar del Santo Oficio?</p>
+
+<p>Y el doctor, que hab&iacute;a asistido &aacute; muchas reuniones populares, recordaba
+la gradaci&oacute;n de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaud&iacute;an
+con un entusiasmo algo forzado, por costumbre m&aacute;s que por espont&aacute;neo
+impulso, los ataques al r&eacute;gimen pol&iacute;tico. Los reyes estaban lejos, y la
+gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que a&uacute;n no
+se hab&iacute;a extinguido, pero que deb&iacute;a desaparecer fatalmente, m&aacute;s pronto &oacute;
+m&aacute;s tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuesti&oacute;n social como
+algo positivo relacionado con su bienestar; pero por m&aacute;s esfuerzos que
+hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociolog&iacute;a
+revolucionaria, la gente s&oacute;lo ve&iacute;a la ventaja de aumentar en unos
+cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba
+del jesu&iacute;ta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se pon&iacute;a
+instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con
+el fulgor diab&oacute;lico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el
+trueno del aplauso delirante, y se levantaban los pu&ntilde;os amenazadores,
+buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, se&ntilde;or de Espa&ntilde;a. Las
+huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias:
+las manifestaciones populares silbaban &eacute; insultaban &aacute; toda sotana que
+cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos
+ten&iacute;an por final la quema de alg&uacute;n convento.</p>
+
+<p>&mdash;Y es que el pueblo&mdash;continu&oacute; Aresti&mdash;adivina por instinto cu&aacute;l es el
+enemigo m&aacute;s pr&oacute;ximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se
+junta para algo que no dirija contra &eacute;l sus iras.</p>
+
+<p>El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconoc&iacute;a que en
+apariencia ning&uacute;n odio ni temor deb&iacute;an sentir las masas contra la
+Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban &aacute; misa, ni se confesaban;
+viv&iacute;an separados del cura, despreci&aacute;ndolo. &iquest;Por qu&eacute;, pues, hab&iacute;an de
+temerle? Los jesu&iacute;tas y los frailes s&oacute;lo visitaban las casas de los
+ricos y no pod&iacute;an esperar los pobres que se introdujeran en sus
+miserables tugurios. &iquest;Por qu&eacute;, pues, odiarlos? Era que la masa, por
+instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta &aacute; toda tentativa de
+avance. Estancando la vida del pa&iacute;s, cortaban el paso &aacute; los de abajo.
+Ellos eran los que les hab&iacute;an tenido en la ignorancia durante siglos,
+haci&eacute;ndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la
+limosna, inculc&aacute;ndoles un respeto supersticioso para el potentado,
+oblig&aacute;ndoles &aacute; creer que deben aceptarse como dones celestes las
+miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que
+s&oacute;lo consegu&iacute;a ventajas en fuerza de rebeld&iacute;as y revoluciones, se
+vengaba del enga&ntilde;o de varios siglos persiguiendo &aacute; los impostores.</p>
+
+<p>Adem&aacute;s, exist&iacute;a un impulso de fuerza tradicional. Da las entra&ntilde;as de la
+historia patria se desprend&iacute;a un h&aacute;lito de santo salvajismo. El brasero
+inquisitorial ard&iacute;a durante siglos; el cielo azul obscurec&iacute;ase con nubes
+de holl&iacute;n humano; reyes, magnates y populacho hab&iacute;an asistido entre
+sermones y c&aacute;nticos &aacute; las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que
+provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban
+venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo &uacute;nico delito fu&eacute;
+comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que
+despu&eacute;s ha explicado la ciencia, ni&ntilde;as inocentes que segu&iacute;an con la
+inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.</p>
+
+<p>&mdash;Espa&ntilde;a es un pa&iacute;s de olvido&mdash;dec&iacute;a el doctor.&mdash;A&uacute;n se estremecen en
+Francia recordando la matanza de San Bartolom&eacute;, que dur&oacute; veinticuatro
+horas. &iexcl;Y aqu&iacute; es cursi decir que hubo Inquisici&oacute;n! Hasta cerebros
+poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del rev&eacute;s se han
+encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fu&eacute;
+una instituci&oacute;n digna de elogios; como quien dice un jueguecito para
+divertir al pueblo. En otros pa&iacute;ses levantan estatuas &aacute; los v&iacute;ctimas de
+la intolerancia religiosa. Aqu&iacute; la Iglesia omnipotente los ha matado por
+segunda vez, creando el vac&iacute;o en la historia. De tantos miles de
+m&aacute;rtires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.</p>
+
+<p>Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado,
+Aresti, que viv&iacute;a en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de
+sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba &aacute; ser la ejecutora
+de una revancha hist&oacute;rica. S&oacute;lo en el pueblo perduraba el recuerdo de
+aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fr&iacute;amente en
+nombre de Dios al trav&eacute;s de los siglos; de aquellos sacrificios humanos
+que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus
+divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad,
+como el desahogo de un pueblo que se venga. Intent&aacute;base ahora, al menor
+mot&iacute;n, quemar los edificios que serv&iacute;an de albergue &aacute; los representantes
+del pasado odioso; alg&uacute;n d&iacute;a los incendiar&iacute;an de veras con todo su
+contenido humano. Esto parecer&iacute;a brutal, pero era l&oacute;gico en un pa&iacute;s
+donde todav&iacute;a no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de
+Europa. Aqu&iacute; a&uacute;n no se hab&iacute;an presentado. El hombre ser&iacute;a el habitante
+de la Espa&ntilde;a nueva; pero antes ten&iacute;an que evolucionar mucho los actuales
+pobladores del pa&iacute;s, dignos descendientes del inquisidor, educados por
+&eacute;l en el desprecio &aacute; la vida humana, en la facilidad de inmolarla como
+holocausto &aacute; las creencias. &iquest;De qu&eacute; se quejaban los que ma&ntilde;ana ser&iacute;an
+v&iacute;ctimas, si ellos hab&iacute;an envenenado el alma de un pueblo, form&aacute;ndolo
+durante siglos &aacute; su imagen y semejanza?...</p>
+
+<p>El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su
+cuerpo, forman la concha, el caparaz&oacute;n que les sirve de vestido y
+defensa. El espa&ntilde;ol no ten&iacute;a otro jugo que el de la intolerancia, el de
+la violencia. As&iacute; le hab&iacute;an formado y as&iacute; era. En otros tiempos, el
+caparaz&oacute;n era negro; ahora ser&iacute;a rojo; pero siempre la misma envoltura:
+&Eacute;l estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el
+inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegar&iacute;a el hombre, limpio
+de todo deseo de venganza, sin miedo &aacute; enemigos tradicionales, fraternal
+y dulce, que levantar&iacute;a el edificio moderno sobre el solar limpio de
+escombros.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Est&aacute;s loco!&mdash;exclam&oacute; S&aacute;nchez Morueta riendo.&mdash;Por eso te ponen esa
+fama de hombre que tiene <i>cosas</i>. Si te tomase en serio, habr&iacute;a para
+sentir horror por lo que dices.</p>
+
+<p>Aresti se encogi&oacute; de hombros.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ven ac&aacute;, mediquillo chiflado&mdash;continu&oacute; el millonario.&mdash;Reconozco
+que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como t&uacute; dices. Ya sabes que
+yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han
+puesto &aacute; nuestro pa&iacute;s. Pero &iquest;&aacute; qu&eacute; la violencia? Para acabar con ellos
+no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los g&eacute;rmenes que se
+encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es
+tal vez darles m&aacute;s fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... &iexcl;Mucha
+libertad, mucho progreso, y ya ver&aacute;s como las costumbres de la
+civilizaci&oacute;n les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen
+salirse de &eacute;l!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ahora me toca &aacute; m&iacute; re&iacute;r!&mdash;exclam&oacute; el doctor.</p>
+
+<p>Y re&iacute;a mirando &aacute; su primo con ojos compasivos, mientras contestaba &aacute; sus
+razonamientos.... &iexcl;Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de
+la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominaci&oacute;n,
+la incultura del pa&iacute;s, la servidumbre de la mujer encadenada &aacute; ellos por
+el sentimentalismo de la ignorancia! &iexcl;Cuando contaban con el apoyo del
+rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento,
+compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!...
+Mientras aquellos enemigos existieran, ser&iacute;an est&eacute;riles todos los
+esfuerzos para reanimar el pa&iacute;s. S&oacute;lo ellos se aprovechaban de las
+ventajas del progreso nacional. Eran los perros m&aacute;s fuertes y &aacute;giles, y
+se zampaban los mendrugos que la civilizaci&oacute;n arrojaba al paso, por
+encima de nuestras bardas, mientras el pobre mast&iacute;n espa&ntilde;ol so&ntilde;aba en
+medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de par&aacute;sitos.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a que fijarse en el trabajo de los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a, que eran
+los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del
+ej&eacute;rcito religioso, el &uacute;nico que ten&iacute;a el secreto de sus marchas y
+evoluciones y ocupaba las tiendas de distinci&oacute;n. &iquest;Se engrandec&iacute;a
+Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues all&iacute; ellos.
+Adquir&iacute;a Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y
+sobre las techumbres de las bodegas alz&aacute;base dominadora la iglesia del
+jesu&iacute;ta. Descubr&iacute;a Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el
+ignaciano &aacute; pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la
+f&aacute;brica de aut&oacute;matas y la tienda donde se vende la salvaci&oacute;n eterna. No
+hab&iacute;a una mancha de prosperidad y riqueza en el m&iacute;sero mapa de Espa&ntilde;a,
+que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior,
+condenadas &aacute; hambre perpetua y &aacute; un cultivo africano, no conoc&iacute;an su
+existencia. La Espa&ntilde;a m&iacute;sera quedaba para los curas montaraces y
+fam&eacute;licos, para los merodeadores despreciables del ej&eacute;rcito de la Fe.
+Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta
+del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: exist&iacute;a la
+riqueza.</p>
+
+<p>La f&aacute;brica nueva, la mina descubierta, los campos reci&eacute;n roturados, la
+codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en
+provecho suyo y ven&iacute;a lentamente &aacute; sus manos. Aresti se indignaba ante
+la suerte de su pa&iacute;s, tierra de maldici&oacute;n, tierra condenada, que hab&iacute;a
+de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, &oacute;
+si se abr&iacute;a &aacute; las caricias de la civilizaci&oacute;n era en provecho de los
+dominadores acampados sobre ella.</p>
+
+<p>Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se manten&iacute;a
+ante &eacute;l en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la
+Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los cat&oacute;licos
+de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que
+pose&iacute;an la verdad absoluta. Dios se hab&iacute;a tomado la molestia de
+hablarles para transmit&iacute;rsela, y sent&iacute;an eternamente la necesidad de
+imponerla &aacute; los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando &aacute; los
+esp&iacute;ritus rebeldes que se resist&iacute;an &aacute; recibir el beneficio. Pod&iacute;a
+vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la
+raz&oacute;n, pues la raz&oacute;n no se considera infalible y est&aacute; pronta &aacute;
+rectificarse. &iquest;Pero c&oacute;mo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con
+unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones
+indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se
+indignaban ferozmente viendo deso&iacute;do &aacute; Dios, que habla por su boca. Sus
+cr&iacute;menes del pasado y sus pretensiones del momento, impon&iacute;an el deber de
+combatirlos. Pod&iacute;an respetarse sus creencias, pero vigil&aacute;ndolos como
+locos peligrosos, teni&eacute;ndolos en perpetuo estado de debilidad para que
+no intentaran imponerse por la violencia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;El respeto &aacute; la libertad!&mdash;continu&oacute; el doctor dirigi&eacute;ndose &aacute; su
+primo.&mdash;Oy&eacute;ndote, me pareces igual &aacute; un fil&aacute;ntropo loco, que en una
+colecci&oacute;n de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.</p>
+
+<p>Y Aresti, en su exaltaci&oacute;n, mimaba la escena, al mismo tiempo que la
+describ&iacute;a de viva voz. El fil&aacute;ntropo ideal compadec&iacute;a &aacute; la bestia, &iquest;Con
+qu&eacute; derecho la ten&iacute;an entre hierros? La fiera hab&iacute;a nacido para ser
+libre: ten&iacute;a derecho &aacute; la vida de las selvas, sin obst&aacute;culo alguno, como
+en su primera edad, &laquo;Goza de tu libertad, pobre pantera&raquo;, dec&iacute;a
+abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su
+agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abati&eacute;ndole de
+una zarpada, desgarr&aacute;ndole el pecho con los colmillos.</p>
+
+<p>&mdash;Suelta &aacute; la pantera de nuestra historia&mdash;gritaba el m&eacute;dico;&mdash;d&eacute;jala en
+libertad, despu&eacute;s que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella
+unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y
+ya ver&aacute;s c&oacute;mo corresponde &aacute; tu candidez de liberal &aacute; la antigua.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; quieres?&mdash;pregunt&oacute; S&aacute;nchez Morueta.&mdash;&iquest;Matarla? &iquest;Crees que eso
+es posible, de un golpe?</p>
+
+<p>&mdash;As&iacute; deb&iacute;a ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.</p>
+
+<p>Qued&oacute; en silencio Aresti largo rato, y luego a&ntilde;adi&oacute; con convicci&oacute;n:</p>
+
+<p>&mdash;Matar la fiera ser&iacute;a lo mejor. Pero de no ser as&iacute;, hay que conservarla
+entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las u&ntilde;as,
+arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan
+convertido la pantera en un perro manso y d&eacute;bil, entonces, &iexcl;puerta
+abierta! &iexcl;libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en
+ella, bastar&aacute; un puntapi&eacute; para volverla al orden.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+
+<p>El despacho de los ingenieros en los altos hornos de S&aacute;nchez Morueta,
+ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcci&oacute;n, con las
+paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se
+alzaban entre aqu&eacute;l y la r&iacute;a.</p>
+
+<p>Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administraci&oacute;n, con la
+pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de
+mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparc&iacute;a por toda Espa&ntilde;a
+en forma de rieles, lingotes y m&aacute;quinas, y de los jornales de un
+ej&eacute;rcito de obreros ennegrecidos y tostados junto &aacute; los hornos. Arriba,
+en lo m&aacute;s alto, estaban los <i>t&eacute;cnicos</i>, el cerebro que dirig&iacute;a aquel
+establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.</p>
+
+<p>Esta parte de la casa era la &uacute;nica que los trabajadores ve&iacute;an sin odio.
+Los d&iacute;as de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las
+ventanas del primer piso, como si fuesen &aacute; asomar &aacute; ellas los
+administradores que regateaban el precio de su faena, cercen&aacute;ndolo con
+multas y descuentos por tardanzas &oacute; descuidos en el trabajo. Si miraban
+m&aacute;s arriba era con el respeto que &aacute; la gente sencilla inspira el
+estudio.</p>
+
+<p>Aquellos se&ntilde;ores que pasaban el d&iacute;a inclinados ante los tableros de
+dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada &oacute; alineando
+n&uacute;meros y letras para sus c&aacute;lculos, eran mirados como seres superiores.
+El reba&ntilde;o obrero sent&iacute;ase en contacto m&aacute;s &iacute;ntimo con aquellos hombres
+que se limitaban &aacute; dirigirles en su trabajo, que con los otros de la
+administraci&oacute;n que les entregaban el dinero.</p>
+
+<p>Bajaban &aacute; ciertas horas del d&iacute;a &aacute; los talleres, para dar sus &oacute;rdenes &aacute;
+los contramaestres, y volv&iacute;an &aacute; encerrarse en su estudio misterioso, sin
+que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era
+Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conoc&iacute;a &aacute;
+todos los trabajadores, llam&aacute;ndolos por sus nombres. Cuando ellos ve&iacute;an
+&aacute; don Fernando en los talleres, les parec&iacute;a el trabajo menos pesado y
+procuraban que su tarea fuese m&aacute;s r&aacute;pida, como si el ingeniero hubiese
+de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parec&iacute;a tener
+alrededor de su persona el ambiente de simpat&iacute;a y atracci&oacute;n de los
+grandes caudillos, de los ap&oacute;stoles que arrastran las masas. Hab&iacute;a
+nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que ten&iacute;an
+quejas que formular iban &aacute; &eacute;l, aun sabiendo que su influencia no
+alcanzaba &aacute; la administraci&oacute;n, y despu&eacute;s de escuchar sus consejos se
+retiraban m&aacute;s tranquilos, como si hubieran conseguido algo.</p>
+
+<p>La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa
+espont&aacute;nea, reflejo de un car&aacute;cter recto, transparente y sin dobleces,
+cautivaban &aacute; unos hombres habituados &aacute; la voz imperiosa de los
+contramaestres y &aacute; las respuestas altivas de los escribientes de la
+direcci&oacute;n.</p>
+
+<p>Viv&iacute;a como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja
+cuyo marido hab&iacute;a muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje
+serv&iacute;a para mantener &aacute; la viuda. En torno de &eacute;l hab&iacute;a fabricado el
+afecto de los humildes una aureola de bondad.</p>
+
+<p>Una gran parte de su sueldo la enviaba &aacute; su madre y sus hermanas, que
+resid&iacute;an en la ciudad de Levante donde &eacute;l hab&iacute;a nacido. La pobre se&ntilde;ora
+hab&iacute;a intentado vivir cerca de &eacute;l, pero tem&iacute;a al clima de Bilbao. Muchos
+obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado
+en bandos, de anticuada distinci&oacute;n, que paseaba en los d&iacute;as serenos por
+cerca de la r&iacute;a, apoyada en sus dos hijas, quej&aacute;ndose de las lluvias
+frecuentes de aquel pa&iacute;s, de la atm&oacute;sfera cargada de carb&oacute;n y polvo de
+hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en
+los naranjales caldeados por un viento ardoroso.</p>
+
+<p>Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el inter&eacute;s que
+mostraba por ellos. Aquel se&ntilde;orito era de los suyos. Sin el menor
+esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar &aacute; alg&uacute;n
+trabajador que por enfermedades de la familia se ve&iacute;a en trance apurado.
+El elogio que hac&iacute;an de &eacute;l era siempre el mismo: &laquo;No tiene nada suyo.&raquo;
+Adem&aacute;s, le quer&iacute;an, por verle siempre en guerra con los se&ntilde;ores de la
+administraci&oacute;n, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas
+trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para
+colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compa&ntilde;eros suyos de
+las cofrad&iacute;as de Bilbao, piadosos se&ntilde;ores que se preocupaban m&aacute;s de los
+pensamientos de los obreros que de su trabajo, y vali&eacute;ndose de ciertos
+espionajes de taller, los ten&iacute;an sometidos &aacute; continua vigilancia,
+clasific&aacute;ndolos seg&uacute;n sus creencias.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a el ingeniero hab&iacute;a tenido un choque con la administraci&oacute;n, al ver
+despedido del trabajo, por f&uacute;tiles pretextos, &aacute; un obrero antiguo. Todos
+los compa&ntilde;eros recordaban que un mes antes su camarada hab&iacute;a enterrado
+civilmente, con gran esc&aacute;ndalo de las devotas del pueblo, &aacute; un hijo
+suyo, y acusaban &aacute; los <i>culebrones</i> de la direcci&oacute;n de una ruin
+venganza. Los m&aacute;s exaltados gritaban en son de amenaza. &iquest;Es que despu&eacute;s
+de matarse trabajando, iban &aacute; imponerles &aacute; cambio del jornal lo que
+deb&iacute;an pensar? &iquest;Tendr&iacute;an que ir con una vela en las procesiones, como
+ciertos hip&oacute;critas que halagaban de este modo &aacute; los amos, para
+procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusi&oacute;n en les oficinas y
+acab&oacute; por presentarse &aacute; S&aacute;nchez Morueta. El millonario, abstra&iacute;do en
+sus negocios, ignoraba la vida interna de sus f&aacute;bricas, y se indign&oacute;
+contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se
+aprovechaban de las facultades que &eacute;l les daba, para imponer sus
+creencias. &Eacute;l no quer&iacute;a &aacute; su sombra m&aacute;s que trabajo. El obrero volvi&oacute; &aacute;
+ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeci&oacute; al
+ingeniero esta victoria.</p>
+
+<p>Si S&aacute;nchez Morueta gozaba de alg&uacute;n afecto entre los miles de hombres que
+le ve&iacute;an pasar como un fantasma por el edificio de la direcci&oacute;n, era un
+reflejo del cari&ntilde;o que todos sent&iacute;an por Sanabre. Aquella gente
+adivinaba la simpat&iacute;a que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don
+Fernando estuviese al lado del millonario, no hab&iacute;a que temer que
+entrase en los altos hornos el esp&iacute;ritu de purificaci&oacute;n santurrona que
+reinaba en otras f&aacute;bricas. &Eacute;l defend&iacute;a los intereses de su principal,
+procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres
+todos quedaban en libertad. No ocurr&iacute;a lo que en las f&aacute;bricas y las
+minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos
+peri&oacute;dicos &oacute; la asistencia &aacute; un mitin, para ser despedido con rid&iacute;culos
+pretextos. &iquest;Qu&eacute; le pedir&iacute;a al amo aquel don Fernando tan bueno y
+simp&aacute;tico que no se lo concediese?</p>
+
+<p>Y as&iacute; era: S&aacute;nchez Morueta sent&iacute;a por Sanabre un afecto casi paternal.
+Encontraba en &eacute;l algo de aquel hijo, que en vano hab&iacute;a esperado en los
+primeros tiempos de su matrimonio. Hac&iacute;a ocho a&ntilde;os que se hab&iacute;a
+presentado una ma&ntilde;ana en su escritorio con una carta de recomendaci&oacute;n de
+un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero
+industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener &aacute; su
+madre y sus hermanas que subsist&iacute;an de una m&iacute;sera pensi&oacute;n del Estado. Su
+padre hab&iacute;a sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres
+de guerra: la espada pasaba de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n, como
+instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero &aacute; &eacute;l no
+le gustaba la profesi&oacute;n de soldado: se parec&iacute;a &aacute; su madre. Y S&aacute;nchez
+Morueta, examinando al muchacho, reconoc&iacute;a que efectivamente hab&iacute;a en &eacute;l
+muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos
+finas, la piel lustrosa, de un moreno p&aacute;lido, los ojos grandes y dulces,
+tal vez en demas&iacute;a para un hombre, y una dentadura igual y n&iacute;tida, sin
+esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote,
+ensortijado con cierta arrogancia, era la &uacute;nica herencia f&iacute;sica de sus
+belicosos antecesores.</p>
+
+<p>El millonario sinti&oacute; simpat&iacute;a por el joven desde el primer instante. Tal
+vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la
+delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energ&iacute;as, su viveza de
+car&aacute;cter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo &laquo;Parece un tenor&raquo;&mdash;se
+dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encari&ntilde;ado con su
+idea, no o&iacute;a &oacute;pera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los
+cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba &aacute; su
+joven ingeniero.</p>
+
+<p>Sanabre no tard&oacute; en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre
+de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas
+veces, antes de hablar, sal&iacute;a al encuentro de su pensamiento, lo
+adivinaba, cumpliendo las &oacute;rdenes que el millonario a&uacute;n no hab&iacute;a
+formulado. Adem&aacute;s, el ingeniero ten&iacute;a sus ideas propias, y las
+comunicaba con una discreci&oacute;n tan suave, que el principal acababa por
+creerlas suyas.</p>
+
+<p>Cuando S&aacute;nchez Morueta le tom&oacute; bajo su protecci&oacute;n acababa de fundar los
+altos hornos. Sanabre entr&oacute; en el despacho de los ingenieros como un
+simple agregado, trabajando &aacute; las &oacute;rdenes de un ingl&eacute;s, que hab&iacute;a
+construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde,
+pues pasada esta hora, el <i>whisky</i>, bebido en abundancia durante el d&iacute;a,
+le impulsaba &aacute; las mayores extravagancias. Cuando el ingl&eacute;s volvi&oacute; &aacute; su
+pa&iacute;s, S&aacute;nchez Morueta mir&oacute; con sonrisa paternal &aacute; su ingenierillo.
+&laquo;Muchacho, &iquest;te atrever&iacute;as t&uacute; con todo eso?... &iexcl;Vaya si se atrevi&oacute;! El
+millonario reconoc&iacute;a que desde que Sanabre estaba al frente de los altos
+hornos marchaba la explotaci&oacute;n con m&aacute;s regularidad, siendo menos
+frecuentes los conflictos entre la administraci&oacute;n y el ej&eacute;rcito obrero.
+Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la
+complicada m&aacute;quina, acud&iacute;a &aacute; remediar la aspereza con su dulzura y sus
+buenas palabras. A no ser por &eacute;l, hubieran surgido varias veces en los
+talleres la protesta y la huelga.</p>
+
+<p>Los de la administraci&oacute;n&mdash;por exceso de celo y por antipat&iacute;a instintiva
+hacia la masa jornalera, que viv&iacute;a sin acordarse de la religi&oacute;n,
+hablando &aacute; todas horas de sus derechos,&mdash;inventaban &aacute; cada paso nuevas
+reglamentaciones para cercenar algunos c&eacute;ntimos de los jornales &oacute;
+aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea
+hablaban de la necesidad de &laquo;velar por los intereses de la casa&raquo;, y al
+mismo tiempo, de meter en un pu&ntilde;o &aacute; aquella gentuza, cada vez m&aacute;s
+exigente y respondona. Pero Sanabre estaba all&iacute; y serv&iacute;a de
+intermediario y pacificador. &iquest;Qu&eacute; le importaban &aacute; un potentado como
+S&aacute;nchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa
+entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.</p>
+
+<p>El millonario aceptaba silenciosamente la opini&oacute;n de su ingeniero, y
+renac&iacute;a la paz, mientras los <i>jesuitones de la Direcci&oacute;n</i> (as&iacute; los
+designaban en los talleres), sonre&iacute;an hip&oacute;critamente &aacute; Sanabre,
+agradeci&eacute;ndole las derrotas con felina amabilidad.</p>
+
+<p>Muchos obreros hab&iacute;an notado cierta transformaci&oacute;n en la persona y las
+costumbres del ingeniero director. Vest&iacute;a con m&aacute;s esmero, y los que
+estaban habituados &aacute; verle en los talleres con boina y zapatos de suela
+de c&aacute;&ntilde;amo, sin preocuparse del polvo del carb&oacute;n ni de las chispas del
+acero, se inquietaban ahora cari&ntilde;osamente por los trajes nuevos y los
+sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo
+descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los
+cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban
+la atenci&oacute;n de las mujeres que trabajaban en el carb&oacute;n, pobres seres
+enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre ten&iacute;an algo que
+pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Chicas: nos lo han cambiado!&mdash;se dec&iacute;an;&mdash;ya no es don Fernando:
+parece un se&ntilde;oritingo de los del Arenal. &iquest;Qui&eacute;n ser&aacute; la novia?...</p>
+
+<p>Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina
+transformaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Algunas noches le ve&iacute;an los obreros salir en un coche para Portugalete:
+de all&iacute; pasaba por el puente colgante &aacute; Las Arenas. De alguna de estas
+excursiones volv&iacute;a con una flor en la solapa, conserv&aacute;ndola varios d&iacute;as,
+hasta que se secaba. Los trabajadores que ten&iacute;an m&aacute;s confianza con &eacute;l,
+sonre&iacute;an al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este
+adorno de la solapa, mientras pasaba revista &aacute; los talleres.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;ndo es la boda, don Fernando?&mdash;le preguntaban.</p>
+
+<p>Y &eacute;l contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como
+si desease comunicar algo de su felicidad &aacute; cuantos le rodeaban. La
+visi&oacute;n de un jard&iacute;n, y de una mujer, marchaban ante &eacute;l por los negros y
+ruidosos talleres, embelleci&eacute;ndolo todo como un rayo de sol.</p>
+
+<p>Una tarde de verano, escrib&iacute;a Sanabre en su despacho, junto &aacute; una
+ventana abierta que encuadraba un pedazo de la r&iacute;a, con dos vapores, un
+trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla
+opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un ni&ntilde;o,
+y de bigote erizado, trabajaba cerca de &eacute;l, y en la habitaci&oacute;n inmediata
+los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteni&eacute;ndose algunas veces
+para pedir aclaraciones.</p>
+
+<p>Sanabre parec&iacute;a inquieto; miraba de vez en cuando &aacute; sus subordinados con
+ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba
+en &eacute;l, volv&iacute;a &aacute; escribir, no en los papeles de marca grande que usaba
+para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero
+parec&iacute;a acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de
+artista.</p>
+
+<p>M&aacute;s de dos p&aacute;ginas hab&iacute;a llenado, cuando alguien di&oacute; con el bast&oacute;n
+fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovi&oacute; &aacute; todo el
+personal, habituado &aacute; la calma casi mon&aacute;stica de aquella oficina.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, &iquest;d&oacute;nde est&aacute; ese ingenierete?...</p>
+
+<p>Lo primero que vi&oacute; Sanabre al levantar la cabeza fu&eacute; el brillo de unos
+lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandon&oacute; su sill&oacute;n confuso &eacute;
+indeciso, dudando entre salir al encuentro de aqu&eacute;l &uacute; ocultar la carta.</p>
+
+<p>Los empleados, que le conoc&iacute;an vagamente como pariente del principal,
+volvieron &aacute; enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todav&iacute;a
+atolondrado por la inesperada visita, le ofrec&iacute;a una silla junto &aacute; la
+ventana.</p>
+
+<p>El doctor explicaba su presencia all&iacute;. Hab&iacute;a bajado de Gallarta, llamado
+por la mujer de un antiguo contratista que ahora viv&iacute;a en el Desierto.
+Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas se&ntilde;oras, aunque se
+trasladasen &aacute; Bilbao &oacute; fueran &aacute; vivir al otro extremo del mundo, no
+quer&iacute;an otro m&eacute;dico que el doctor Aresti, oblig&aacute;ndolo &aacute; ir de un lado &aacute;
+otro como un comisionista de la salud. &iexcl;Maldito car&aacute;cter que no le
+permit&iacute;a negarse &aacute; nada! Y mientras ven&iacute;a la hora de coger el &uacute;ltimo
+tren de las minas, se hab&iacute;a dicho: &laquo;Vamos &aacute; echar un p&aacute;rrafo con el
+ingenierito y de paso ver&eacute; el gran feudo industrial de mi primo....&raquo;</p>
+
+<p>Acariciando con amistosas palmadas &aacute; Sanabre, le dec&iacute;a con tono
+malicioso:</p>
+
+<p>&mdash;Desde el d&iacute;a del santo de Pepe que no te hab&iacute;a visto. Cu&aacute;ntas cosas
+han pasado desde entonces &iquest;eh?... Parece que todo va bien.</p>
+
+<p>Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que &eacute;ste le tratase con igual
+confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, &aacute; pesar de su
+car&aacute;cter comunicativo. Los escudri&ntilde;adores ojos de Aresti, habituados al
+examen r&aacute;pido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos &aacute; aquella carta
+que Sanabre pretend&iacute;a ocultar.</p>
+
+<p>&mdash;Eso no ser&aacute; ning&uacute;n trabajo de ingenier&iacute;a&mdash;dijo en voz baja y con
+sonrisa burlona.&mdash;Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... &iexcl;Vaya
+un modo de velar por los intereses de mi primo, se&ntilde;or ingeniero! Y de
+seguro que en esos cajones hay algo m&aacute;s que planos y estudios. Cartitas
+de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortograf&iacute;a:
+tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, se&ntilde;or ingeniero. Eso
+es <i>muy propio</i> de la seriedad de una oficina como esta.</p>
+
+<p>Y re&iacute;a viendo la confusi&oacute;n de Fernando, el cual instintivamente volv&iacute;a
+la mirada hacia los cajones de un <i>secretaire</i> inmediato, desconcertado
+por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temi&oacute; Sanabre que
+sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de all&iacute;
+cuanto antes, y se puso de pie invitando &aacute; Aresti &aacute; seguirle. &iquest;De veras
+que no hab&iacute;a visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las
+mejores: hab&iacute;a cuela de mineral. Y sali&oacute; de la oficina seguido por el
+doctor.</p>
+
+<p>Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por v&iacute;as
+f&eacute;rreas y cubierta de polvo de carb&oacute;n, el m&eacute;dico detuvo &aacute; su gu&iacute;a, como
+si le interesase m&aacute;s hablar con &eacute;l, que contemplar la riqueza industrial
+de su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos &aacute; ver, Fernandito&mdash;dijo cogi&eacute;ndolo por un bot&oacute;n de la
+americana.&mdash;Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu
+gente: &iquest;c&oacute;mo van esos amores?...</p>
+
+<p>Sanabre se ruboriz&oacute;, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le
+desconcertaba la mirada del doctor, fija en &eacute;l con la tenacidad
+insolente de los miopes.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero ingeniero del demonio! No niegues. &iexcl;Si lo s&eacute; todo!... Vaya por
+descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo
+el <i>Capi</i> cuando vino &aacute; cazar <i>chimbos</i> &aacute; la monta&ntilde;a. Ya sabes que &eacute;l es
+hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en
+casa de Pepe. Conque dime, &iquest;cu&aacute;ndo piensas ser mi sobrino?</p>
+
+<p>Sanabre se entreg&oacute;: con aquel hombre no val&iacute;an disimulos. Adem&aacute;s, el
+doctor le hab&iacute;a inspirado una gran confianza y sent&iacute;a el anhelo de todo
+enamorado por comunicar su felicidad. &iquest;A qui&eacute;n mejor que al bondadoso
+Aresti, que adem&aacute;s aparec&iacute;a ante sus ojos engrandecido por su parentesco
+con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirti&oacute; en una
+verbosidad atropellada. Quer&iacute;a contar de un golpe toda la historia de
+sus amores: se extra&ntilde;aba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo
+que &eacute;l y le escuchase con gesto ir&oacute;nico, que daba &aacute; su cara una
+expresi&oacute;n de Mefist&oacute;feles bondadoso.</p>
+
+<p>&iexcl;Ay, qu&eacute; tarde aqu&eacute;lla, en la que Pepita, paseando por su jard&iacute;n de Las
+Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le hab&iacute;a
+contestado afirmativamente! Era la &uacute;nica vez que Sanabre cre&iacute;a haber
+estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los &aacute;rboles, de
+aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como
+avergonzados, al pronunciar el m&aacute;gico monos&iacute;labo. Lo cierto era que al
+anochecer sali&oacute; del hotel de Las Arenas tambale&aacute;ndose, y eso que durante
+la comida no os&oacute; beber m&aacute;s que agua, por el respeto que le infund&iacute;a
+S&aacute;nchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya hab&iacute;a vaciado sus bolsillos,
+derramando un pu&ntilde;ado de pesetas entre la chiquiller&iacute;a que miraba con
+cierto asombro &aacute; un se&ntilde;orito, con el sombrero echado atr&aacute;s, andando &aacute;
+grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un
+lado &aacute; otro del vag&oacute;n, con una nerviosidad que inspiraba cierta
+inquietud &aacute; los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos
+musicales que ten&iacute;an algo de tierno y amoroso, todos los d&uacute;os en que el
+tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasi&oacute;n &aacute; la tiple. &iexcl;Qu&eacute;
+noche, doctor!... Despu&eacute;s se hab&iacute;a serenado; su felicidad adquiri&oacute;
+cierto sosiego, pero aun as&iacute;, cada d&iacute;a le tra&iacute;a nuevas y profundas
+emociones. Llegaba &aacute; Las Arenas y temblaba al entrar en casa de S&aacute;nchez
+Morueta, como si &eacute;ste fuese &aacute; presentarse iracundo &eacute; imponente,
+se&ntilde;al&aacute;ndole con gesto mudo la puerta. Ten&iacute;an que librarse de la
+vigilancia de do&ntilde;a Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita
+con la que le entregaba Pepita en un rinc&oacute;n del hotel, &oacute; en una revuelta
+del jard&iacute;n: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la <i>a&ntilde;a</i>
+de su novia, la ama seca que, despu&eacute;s de criar &aacute; la ni&ntilde;a, se hab&iacute;a
+quedado &aacute; su lado disputando su influencia, primero &aacute; la institutriz, y
+ahora &aacute; las doncellas y dem&aacute;s servidumbre femenina de la casa.</p>
+
+<p>Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de
+Pepita; c&oacute;mo las le&iacute;a y rele&iacute;a; cu&aacute;ntas veces en mitad de su visita &aacute;
+los talleres, acomet&iacute;a su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha
+de que tal p&aacute;rrafo envolv&iacute;a cierta frialdad, y volaba de nuevo &aacute; su
+despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la
+letra amada, como un jerogl&iacute;fico que ocultaba su felicidad. &Eacute;l no hab&iacute;a
+cre&iacute;do nunca que pudiera amarse tan intensamente. Hab&iacute;a conocido &aacute;
+Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jard&iacute;n,
+bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al m&aacute;s leve descuido
+gritaba como un loro arisco: &laquo;&iexcl;Miss!...&raquo; &iquest;Qui&eacute;n le hubiera dicho
+entonces que se hab&iacute;a de enamorar de aquella chiquilla? &iexcl;Porque &eacute;l
+estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!</p>
+
+<p>Y Aresti, sonre&iacute;a con cierta compasi&oacute;n ante las cosas f&uacute;tiles que
+constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las
+inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una
+sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia
+vulgar.</p>
+
+<p>&mdash;Es esta tu primera novia, &iquest;verdad?&mdash;dijo Aresti.&mdash;Ya se conoce: todos
+hemos pasado por eso. Es el sarampi&oacute;n de la juventud. Un signo de fuerza
+y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo,
+sigue.</p>
+
+<p>La &uacute;nica tristeza de Sanabre era la consideraci&oacute;n de la gran desigualdad
+de fortuna entre &eacute;l y su novia. &iquest;Qu&eacute; dir&iacute;a su principal cuando se
+enterase? Le creer&iacute;a un aventurero que intentaba apoderarse de su
+inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era
+para muchos la &uacute;nica carrera un buen matrimonio, &iquest;qu&eacute; pensar&iacute;an de un
+ingeniero pobre que pon&iacute;a los ojos nada menos que en la hija de S&aacute;nchez
+Morueta?...</p>
+
+<p>Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. &iquest;No
+creer&iacute;a &eacute;l tambi&eacute;n que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la
+riqueza? Esta duda le entristec&iacute;a. &Eacute;l amaba &aacute; Pepita... porque s&iacute;.
+&iquest;Qui&eacute;n sabe por qu&eacute; se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de
+Bilbao, hura&ntilde;a y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres
+viv&iacute;an separados, era Pepita la &uacute;nica joven con la que hab&iacute;a tenido
+alg&uacute;n trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce
+otros obst&aacute;culos que los de la naturaleza, le hab&iacute;a sorprendido,
+inflamando sus treinta a&ntilde;os, la edad de las grandes pasiones. &iexcl;Ay! &iexcl;C&oacute;mo
+deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse &aacute; &eacute;l, le agradeciera
+no s&oacute;lo su amor sino su trabajo! &iexcl;Qu&eacute;! &iquest;no le cre&iacute;a el doctor?...</p>
+
+<p>&mdash;Te creo, muchacho&mdash;dijo Aresti&mdash;Claro es que no te sabr&aacute; mal ser yerno
+de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aqu&iacute; las hojuelas
+son tu amor. T&uacute; eres de otra raza; t&uacute; vienes de abajo, del Sur, de un
+pa&iacute;s de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar
+menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto &aacute; la mujer...
+&iexcl;tanto! que &aacute; veces se la da de pu&ntilde;aladas para tirarse luego del pelo
+ante su cad&aacute;ver. Sois unos animales m&aacute;s vehementes, m&aacute;s complicados &eacute;
+interesantes que los de aqu&iacute;. Tengo la certeza de que si esto sigue, a&uacute;n
+te ver&aacute;n alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando
+serenatas ante la ventana de mi sobrina.</p>
+
+<p>Aresti, por no molestar al ingeniero, cambi&oacute; de tono y le habl&oacute; con
+gravedad. Pod&iacute;a prepararse &aacute; sufrir disgustos. Aquello no sab&iacute;a &eacute;l c&oacute;mo
+pod&iacute;a acabar; lo m&aacute;s probable era que terminase de mal modo.</p>
+
+<p>&mdash;Lo s&eacute;&mdash;dijo Sanabre con tristeza.&mdash;Temo al principal cuando se entere.
+Se indignar&aacute;, sin que le falte raz&oacute;n para ello.</p>
+
+<p>&mdash;Mi primo es el menos temible. No tiene opini&oacute;n formada sobre el
+porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que t&uacute;, que
+eres un trabajador, contin&uacute;es su obra. Hay que esperar siempre algo
+bueno de su car&aacute;cter.... &iexcl;Otros son los que debes temer!</p>
+
+<p>Y hablaban de su prima, la &laquo;antip&aacute;ticamente virtuosa&raquo; como &eacute;l la
+llamaba: aquella Cristina que se cre&iacute;a postergada por haberse unido &aacute;
+S&aacute;nchez Morueta &aacute; pesar de que &eacute;ste le trajo la fortuna. &iquest;Qu&eacute; iba &aacute;
+decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un
+empleado de su casa? Ella s&oacute;lo apreciaba dos cualidades, como las &uacute;nicas
+respetables en el mundo: una gran fortuna &oacute; un nombre hist&oacute;rico,
+relacionado con las glorias del pa&iacute;s vasco y de la religi&oacute;n....</p>
+
+<p>&mdash;Adem&aacute;s, ingeniero de Dios&mdash;continu&oacute; el doctor:&mdash;tienes que luchar con
+Ferm&iacute;n Urquiola, que tambi&eacute;n parece que anda tras de la chica, no s&eacute; si
+por impulso propio &oacute; empujado por la madre.</p>
+
+<p>Aqu&iacute; se irgui&oacute; Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido.
+A ese no le ten&iacute;a miedo. Estaba seguro de que inspiraba &aacute; Pepita una
+aversi&oacute;n irresistible: bastaba ver con qu&eacute; despego le trataba. Aquellas
+ni&ntilde;as criadas junto &aacute; las faldas de sus madres, conoc&iacute;an todo lo que
+pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en
+asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre m&aacute;s all&aacute;
+de las rejas. Pepita conoc&iacute;a la vida de aquel se&ntilde;orito, mezcla de mat&oacute;n
+clerical y de calavera r&uacute;stico, que pasaba las noches en las casas del
+barrio de San Francisco y hab&iacute;a sido conducido varias veces al juzgado
+por borracheras tumultuosas. No, &aacute; ese no pod&iacute;a quererlo Pepita: lo
+despreciaba &aacute; pesar de que la persegu&iacute;a en las visitas, extremando con
+ella su cortes&iacute;a empalagosa copiada de los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a. Se
+retiraba de &eacute;l con cierta impresi&oacute;n de asco: como si la pudiera manchar
+con impuros contagios, &aacute; los que ella, en su inocencia, daba formas
+monstruosas.</p>
+
+<p>&mdash;Y de mi sobrina &iquest;est&aacute;s muy seguro?&mdash;pregunt&oacute; el doctor fr&iacute;amente, con
+forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.</p>
+
+<p>Sanabre sent&iacute;a la ciega convicci&oacute;n de todo amante. S&iacute;: estaba seguro de
+que le amaba: &iquest;Por qu&eacute; le hab&iacute;a de enga&ntilde;ar, halagando sus ilusiones? El
+ingeniero no comprend&iacute;a la pregunta del doctor.</p>
+
+<p>&mdash;Es que sois de diversa raza&mdash;continu&oacute; Aresti&mdash;Tal vez me enga&ntilde;e, pero
+&iexcl;qu&eacute; quieres!; desde aqu&iacute;, sin haber le&iacute;do vuestras cartas, sin haberos
+escuchado, apostar&iacute;a algo &aacute; que, de los dos, t&uacute; eres el que quieres m&aacute;s
+y mejor.</p>
+
+<p>Sanabre qued&oacute; silencioso un momento. Parec&iacute;a asombrado, como si de
+repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que ve&iacute;a
+algo nuevo. Acud&iacute;an de golpe &aacute; su memoria hechos olvidados, palabras en
+las que no hab&iacute;a puesto atenci&oacute;n, mil insignificancias que parec&iacute;an
+removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba &eacute;ste en lo cierto.
+Pepita no parec&iacute;a tomar el amor con el mismo apasionamiento que &eacute;l. Era
+un incidente que alegraba su vida d&aacute;ndole nuevos deseos, pero sin llegar
+&aacute; turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de enga&ntilde;arse con
+dulces ilusiones, el ego&iacute;smo varonil, inclinado siempre &aacute; creer en una
+predilecci&oacute;n en favor suyo, se sublevaron en Fernando.</p>
+
+<p>&mdash;No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.</p>
+
+<p>Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y
+cuadernos de c&aacute;lculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa,
+en las que Pepita juraba quererlo &laquo;m&aacute;s que &aacute; su vida&raquo; y terminaba
+invariablemente &laquo;tuya hasta la muerte.&raquo; Para Sanabre, estos juramentos
+eran m&aacute;s solemnes &eacute; inconmovibles que las sentencias de un tribunal.</p>
+
+<p>&mdash;Pues si ella te quiere&mdash;dijo el doctor&mdash;&iexcl;adelante, muchacho! y &aacute; ver
+cu&aacute;ndo te llamo sobrino.</p>
+
+<p>Sintiendo cierta conmiseraci&oacute;n por su optimismo, intent&oacute; animarle,
+disminuyendo los obst&aacute;culos ante los cuales se aterraba Fernando. Al
+padre, &aacute; pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no hab&iacute;a que
+tenerle gran miedo. Era cuesti&oacute;n de que el descubrimiento le pillase de
+buen talante. A&uacute;n pasar&iacute;a tiempo antes de que se enterase, preocupado
+como estaba por los nuevos negocios que le obligaban &aacute; trasladarse &aacute;
+Madrid todos los meses. Adem&aacute;s: &eacute;l sab&iacute;a lo que era el amor (&iexcl;vaya si lo
+sab&iacute;a!) y no era hombre que de buenas &aacute; primeras se indignase contra un
+joven, porque no hab&iacute;a sabido resistirse &aacute; las inclinaciones de su
+coraz&oacute;n. Quedaban otros enemigos, y adem&aacute;s la malicia de la gente, que
+creer&iacute;a c&aacute;lculo lo que era amor.... Pero &iexcl;qu&eacute; demonio! un ingeniero no
+era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje,
+desde hac&iacute;a a&ntilde;os, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas
+&oacute; en el primer cap&iacute;tulo un protagonista joven, noble, arrogante, que
+s&oacute;lo abr&iacute;a la boca para decir cosas hermosas y <i>profundas</i>, ya se sab&iacute;a,
+era un ingeniero.</p>
+
+<p>&mdash;Lo malo&mdash;a&ntilde;adi&oacute; Aresti, recobrado su tono ir&oacute;nico&mdash;es que en este
+Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en
+otros pa&iacute;ses como un primer gal&aacute;n del porvenir; pero aqu&iacute;, &iexcl;hijo m&iacute;o!,
+el h&eacute;roe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de
+Deusto.</p>
+
+<p>Y antes de que Sanabre volviera &aacute; hablar de su amor, el m&eacute;dico a&ntilde;adi&oacute;,
+cogi&eacute;ndole de un brazo:</p>
+
+<p>&mdash;Vaya; ens&eacute;&ntilde;ame todo eso. Piensa que a&uacute;n tengo que ir &aacute; Gallarta.</p>
+
+<p>Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de
+residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una
+complicada telara&ntilde;a de v&iacute;as f&eacute;rreas. Sanabre enumeraba todos los medios
+de comunicaci&oacute;n que convert&iacute;an el establecimiento en una red complicada,
+con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de v&iacute;a.
+Ten&iacute;an un ferrocarril directo &aacute; las minas; otro para las mercanc&iacute;as, que
+empalmaba con la vecina estaci&oacute;n; v&iacute;as para los embarcaderos, v&iacute;as para
+comunicar unos talleres con otros: total, muchos kil&oacute;metros de rieles
+que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos
+puntos, al encontrarse las v&iacute;as, se tend&iacute;an unas sobre terraplenes y
+otras pasaban por debajo, al trav&eacute;s de peque&ntilde;os t&uacute;neles. El espacio
+estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los tel&eacute;fonos, y los
+cables de los tranv&iacute;as a&eacute;reos. Entre esta red de acero alz&aacute;banse
+numerosos postes, con sus faros el&eacute;ctricos semejantes &aacute; lunas apagadas.
+Los guardas paseaban por las v&iacute;as con la carabina pendiente del hombro y
+el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas &oacute; las orillas
+de la r&iacute;a por donde se colaban los merodeadores en busca de la
+<i>chatarra</i>, acero viejo, piezas de m&aacute;quinas desmontadas &oacute; rollos de
+alambre, que vend&iacute;an en los baratillos de Bilbao. La r&iacute;a&mdash;seg&uacute;n dec&iacute;a el
+capit&aacute;n Iriondo&mdash;era peor que una carretera antigua. As&iacute; que cerraba la
+noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llev&aacute;ndose todo
+lo que estaba suelto en barcas y edificios.</p>
+
+<p>El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que
+aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicaci&oacute;n.
+Aquello era obra suya y proporcionaba &aacute; la casa, sin nuevos gastos, una
+fuerza de m&aacute;s de dos mil caballos. Despu&eacute;s ven&iacute;an los hornos para hacer
+el cok, que extra&iacute;an del carb&oacute;n, el alquitr&aacute;n y el amon&iacute;aco.</p>
+
+<p>Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa
+estaba atracado &aacute; la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que
+s&oacute;lo se le ve&iacute;an la chimenea y los m&aacute;stiles. En aqu&eacute;lla destac&aacute;banse
+pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de S&aacute;nchez Morueta.
+La gr&uacute;a del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el
+agua. El tanque, que conten&iacute;a una tonelada de combustible, sal&iacute;a de las
+entra&ntilde;as del barco, se remontaba hasta la punta del puente a&eacute;reo y,
+desliz&aacute;ndose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar
+su contenido en una de las varias monta&ntilde;as de hulla que se interpon&iacute;an
+entre aquella parte del establecimiento y la r&iacute;a. Otro vapor con bandera
+inglesa, estaba inm&oacute;vil, un poco m&aacute;s all&aacute;, hundido hasta la l&iacute;nea de
+flotaci&oacute;n, esperando su turno para descargar.</p>
+
+<p>&mdash;Consumimos mil toneladas diarias&mdash;dec&iacute;a el ingeniero con
+orgullo.&mdash;Necesitamos m&aacute;s de un barco cada veinticuatro horas.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, ense&ntilde;&oacute; al doctor el triturador del carb&oacute;n, donde trabajaban las
+mujeres entre una nube de polvillo que las cubr&iacute;a la cara, d&aacute;ndolas un
+aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos,
+en medio de su m&aacute;scara negra.</p>
+
+<p>Los grandes talleres, para la reparaci&oacute;n de las maquinarias de la casa y
+construcci&oacute;n de m&aacute;quinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la
+curiosidad del doctor.</p>
+
+<p>&mdash;Conozco esto&mdash;dijo Aresti.&mdash;Lo he visto muchas veces fuera de aqu&iacute;. Lo
+que &aacute; m&iacute; me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra
+industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y se&ntilde;alaba los
+altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que
+sub&iacute;a hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor
+de volc&aacute;n envolvi&oacute; &aacute; los dos hombres al aproximarse &aacute; los altos hornos.
+Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una
+regularidad geom&eacute;trica por peque&ntilde;as zanjas que serv&iacute;an de moldes al
+mineral en fusi&oacute;n. Por este cuadriculado del suelo corr&iacute;a el hierro
+l&iacute;quido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra
+ard&iacute;a, obligando al doctor &aacute; mover continuamente los pies. Los gruesos
+muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel.
+El ingeniero, habituado &aacute; esta temperatura, describ&iacute;a con gran calma la
+funci&oacute;n de los altos hornos.</p>
+
+<p>Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil
+quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en
+los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entra&ntilde;as,
+form&aacute;base el metal que descend&iacute;a por su peso hasta salir por la base de
+las torres. D&iacute;a y noche ard&iacute;an los altos hornos: el enfriamiento era su
+muerte. Calentarlos y ponerlos en disposici&oacute;n de funcionar, costaba una
+fortuna. Si se apagaban hab&iacute;a que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto
+de medio mill&oacute;n.</p>
+
+<p>Un descuido en el trabajo, una huelga, pod&iacute;a costar la existencia &aacute;
+aquellos gigantes de la industria, que s&oacute;lo viv&iacute;an ardiendo y tragando
+combustible &aacute; todas horas. Cuando surg&iacute;a una huelga en la monta&ntilde;a y los
+ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, hab&iacute;a que echarles
+carb&oacute;n lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra,
+con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la
+industria, y pod&iacute;an inutilizarse al menor descuido.</p>
+
+<p>Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el m&eacute;dico, asombrado
+por la enorme mole de las dos torres ardientes que parec&iacute;an servir de
+pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoraci&oacute;n de
+las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los &iacute;dolos
+&iacute;gneos que coc&iacute;an dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las
+v&iacute;ctimas humanas.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora van &aacute; sangrar&mdash;dijo Sanabre, se&ntilde;alando &aacute; un obrero viejo que
+hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra
+refractaria.</p>
+
+<p>Se abri&oacute; un peque&ntilde;o agujero en la base de una de las torres y apareci&oacute;
+un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que
+her&iacute;an la vista. Se fu&eacute; agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de
+sangre de toro, corri&oacute; por la tierra con un chisporroteo ruidoso.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eso es el hierro?&mdash;pregunt&oacute; Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;No: es escoria. El hierro vendr&aacute; despu&eacute;s.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa.
+Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se
+enrojec&iacute;an los ojos; parec&iacute;a que las pesta&ntilde;as iban &aacute; consumirse,
+sec&aacute;base la piel sinti&eacute;ndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies
+mov&iacute;anse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.</p>
+
+<p>Aresti admiraba &aacute; los trabajadores, que estaban all&iacute; como en su casa,
+habituados &aacute; una temperatura asfixiante, movi&eacute;ndose como salamandras
+entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el
+incendio hubiese absorbido sus m&uacute;sculos, dej&aacute;ndoles el esqueleto y la
+piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo
+cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor
+les hac&iacute;a exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en
+part&iacute;culas de ardiente ara&ntilde;azo. Algunos mostraban las cicatrices de
+horrorosas quemaduras.</p>
+
+<p>Sanabre se&ntilde;al&oacute; la boca del horno. Iba &aacute; comenzar la colada. No era una
+estrella lo que se abr&iacute;a en la tierra refractaria: era una gran hostia
+de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que
+abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descend&iacute;a por la canal,
+esparci&eacute;ndose en espesa ondulaci&oacute;n en las cuadr&iacute;culas del suelo. Aresti
+crey&oacute; morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto
+con la atm&oacute;sfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas
+en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que
+revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos
+verdosos que zumbaban un instante, desvaneci&eacute;ndose para dejar paso &aacute;
+otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa
+intenso al salir del horno con ruidosas g&aacute;rgaras; rodaba por las canales
+con la torpeza del barro, enrojeci&eacute;ndose como sangre coagulada, y al
+quedar inm&oacute;vil en los moldes, se cubr&iacute;a de un polvo blanco, la escarcha
+del enfriamiento.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico no pod&iacute;a seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.</p>
+
+<p>&mdash;V&aacute;monos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.</p>
+
+<p>Aun vieron como, cambiando de direcci&oacute;n la canal del horno, arrojaba su
+chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el
+caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente &aacute;
+transformarse en acero. Silb&oacute; la locomotora, peque&ntilde;a como un juguete,
+sali&oacute; &aacute; toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos,
+arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el l&iacute;quido
+rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.</p>
+
+<p>Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tom&oacute; la mano del ingeniero.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Gu&iacute;ame, Virgilio!&mdash;dijo riendo.&mdash;Yo voy como el poeta de los
+infiernos: cuida de que no nos quememos.</p>
+
+<p>Y avanzaba por la plataforma inmediata &aacute; los altos hornos, saltando los
+arroyos de metal en ebullici&oacute;n. Cada vez que pasaba por encima de una de
+las zanjas, una bocanada de fuego sub&iacute;a por sus piernas hasta la cruz de
+los pantalones.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Por fin!... Aqu&iacute; se respira&mdash;dijo el doctor al descender de la meseta
+donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.</p>
+
+<p>Pas&oacute; un buen rato limpi&aacute;ndose el sudor y haci&eacute;ndose aire con el pa&ntilde;uelo.</p>
+
+<p>&mdash;Parece mentira, Fernandito&mdash;dijo con su acento zumb&oacute;n&mdash;que viviendo
+aqu&iacute; tengas &aacute;nimo para pensar en amores. Yo so&ntilde;ar&iacute;a con un botijo
+grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la
+nieve.</p>
+
+<p>&mdash;Pues a&uacute;n nos queda por ver otro infierno: s&oacute;lo que este es m&aacute;s
+<i>pintoresco</i>.</p>
+
+<p>Y el ingeniero gui&oacute; al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran
+enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios
+abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de
+voltearlas cuando lo exig&iacute;an las operaciones de la carga, llegaban hasta
+ellas por unas pasarelas de acero.</p>
+
+<p>Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran
+descubrimiento industrial que hab&iacute;a abaratado el acero, enriqueciendo &aacute;
+Bilbao al mismo tiempo, pues exig&iacute;a minerales sin f&oacute;sforo, como los de
+las monta&ntilde;as vizca&iacute;nas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los
+hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento m&aacute;s lento y m&aacute;s
+caro; pero ahora todo el metal para v&iacute;as f&eacute;rreas, que era el de m&aacute;s
+salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describ&iacute;a,
+con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor,
+que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de &eacute;l por
+una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio
+y el manganeso: as&iacute; se formaba el acero. No era de clase tan superior
+como el Siemens, por ejemplo, pero serv&iacute;a perfectamente para los rieles
+de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.</p>
+
+<p>Aresti apenas le o&iacute;a, aturdido como estaba por la grandeza del
+espect&aacute;culo. Era un rugido inmenso que conmov&iacute;a la techumbre del taller,
+y hac&iacute;a temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca
+del convertidor, &aacute; impulsos de la corriente de aire comprimido que ven&iacute;a
+del vecino edificio, donde estaban las grandes m&aacute;quinas inyectadoras. El
+metal en ebullici&oacute;n arrojaba por la boca superior de la campana un
+torbellino de chispas, un ramillete de fuego. &iexcl;Pero qu&eacute; chispas! &iexcl;qu&eacute;
+fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti
+recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los
+altos hornos.</p>
+
+<p>Soplaba la campana su ensordecedor rugido y sub&iacute;a recto por el espacio
+un surtidor que se abr&iacute;a en lo alto como una palmera roja, esparciendo
+plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino,
+descendiendo despu&eacute;s para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en
+cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su
+chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surg&iacute;a el
+chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos
+los colores del iris. Fuera del taller a&uacute;n era de d&iacute;a. El sol, en el
+ocaso, iluminaba el suelo, m&aacute;s all&aacute; de los cobertizos; pero los ojos,
+deslumbrados por este resplandor de incendio, lo ve&iacute;an todo negro, como
+si hubiese llegado la noche.</p>
+
+<p>El acero l&iacute;quido ca&iacute;a en moldes de forma c&oacute;nica. Una gr&uacute;a mov&iacute;a los
+moldes, volte&aacute;ndolos cuando el acero se solidificaba; y aparec&iacute;a el
+lingote c&oacute;nico, en forma de pan de az&uacute;car, de un blanco rosa, como si
+fuese de hielo con una luz interior, esparci&eacute;ndose las cenizas de su
+enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en
+un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los
+hornos de laminaci&oacute;n, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como
+si fuese un &iacute;dolo arrastrado por sus fieles.</p>
+
+<p>Aresti ya no sent&iacute;a el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original
+belleza del espect&aacute;culo. All&iacute; quer&iacute;a ver &eacute;l &aacute; ciertas gentes que s&oacute;lo
+aspiraban la poes&iacute;a en el polvo de lo antiguo, negando toda sensaci&oacute;n
+art&iacute;stica &aacute; los descubrimientos modernos. Ning&uacute;n poeta hab&iacute;a dado una
+impresi&oacute;n de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento
+industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un
+juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar
+el Vesubio. &iquest;Qu&eacute; volc&aacute;n m&aacute;s hermoso que aqu&eacute;l? Los hombres, al amparo de
+la ciencia, hac&iacute;an poes&iacute;a sin saberlo; la poes&iacute;a viril, la de las
+fuerzas de la naturaleza.</p>
+
+<p>Y as&iacute; segu&iacute;a el doctor, desbordando su admiraci&oacute;n en entusi&aacute;sticas
+palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que
+manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller,
+pareci&oacute; volverle &aacute; la realidad. Saltaban en torno de ellos las mol&eacute;culas
+del acero &iacute;gneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies
+cubiertos de trapos, y ten&iacute;an que sacudirlos con frecuencia para
+librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al
+rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El m&aacute;s ligero roce con
+aquellos infernales panes de az&uacute;car, convert&iacute;a instant&aacute;neamente la carne
+en humo, dejando el hueso al descubierto. Pod&iacute;an matar &aacute; un hombre con
+su contacto, sin dejar en el ambiente m&aacute;s que un leve hedor de
+chamusquina, un poco de vapor: despu&eacute;s, nada.... Y los conos diab&oacute;licos
+atra&iacute;an con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si
+gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro,
+evapor&aacute;ndola.</p>
+
+<p>Aresti pas&oacute; al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el
+calor. Hab&iacute;a perdido el instinto de la conservaci&oacute;n en aquel mundo de
+incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sent&iacute;a caprichos de ni&ntilde;o, una
+tendencia &aacute; acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con
+su blancura sonrosada, que pod&iacute;an comerse su mano con s&oacute;lo el roce.</p>
+
+<p>Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al
+salir de ellos ca&iacute;an en el tren de laminar, una serie de cilindros que
+los torturaban, los aplastaban, adelgaz&aacute;ndolos en infinita prolongaci&oacute;n.
+Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban
+los lingotes por entre los cilindros, que se mov&iacute;an lentamente. La masa
+de acero enrojecida, pasaba arrastr&aacute;ndose junto &aacute; sus pies, como una
+bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua
+de muerte, pero en el momento en que iba &aacute; tocarles, un h&aacute;bil golpe de
+las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde sal&iacute;a por el
+extremo opuesto, para volver &aacute; entrar, siempre cambiando de forma.
+Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal
+rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surg&iacute;a
+por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada:
+y en sucesivos pases adelgaz&aacute;base, se estiraba con ruidosos quejidos,
+como protestando de la dolorosa dislocaci&oacute;n, hasta que, por fin, no era
+m&aacute;s que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba &aacute; los obreros negros
+y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el
+ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover
+pesad&iacute;simas masas en una atm&oacute;sfera que apenas permit&iacute;a la respiraci&oacute;n.
+Aresti comprend&iacute;a ahora la injusticia con que hab&iacute;a censurado muchas
+veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que har&iacute;a
+&eacute;l, de verse condenado por la fatalidad social &aacute; aquella labor que
+embotaba los sentidos y parec&iacute;a evaporar el cerebro en un ambiente de
+fuego. Una sed eterna, semejante &aacute; la de los condenados, martirizaba &aacute;
+aquellos infelices. &iexcl;Qu&eacute; otro placer al salir de all&iacute;, que la paz y la
+sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegr&iacute;a
+moment&aacute;nea, enga&ntilde;ando al hombre con ficticias fuerzas para seguir
+aquella vida de salamandra!...</p>
+
+<p>El m&eacute;dico pas&oacute; de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire
+libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos
+ve&iacute;anse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos,
+interminables cintas de acero. All&iacute; estaba la fabricaci&oacute;n del alambre.
+El ingeniero hablaba de lo <i>curiosa</i> que era esta manipulaci&oacute;n, pero
+Aresti no quiso seguirle.</p>
+
+<p>&mdash;Ya he visto bastante&mdash;dijo con acento de cansancio.&mdash;Esto es un gran
+espect&aacute;culo... para el invierno.</p>
+
+<p>All&iacute;, &aacute; cielo raso, oyendo de lejos el estr&eacute;pito de las m&aacute;quinas, viendo
+cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban
+los dos de la frescura del crep&uacute;sculo.</p>
+
+<p>&mdash;Es una vida dura&mdash;dijo el doctor, que segu&iacute;a pensando en los obreros
+del fuego.&mdash;Me dir&aacute;n que este trabajo horrible es una consecuencia de
+los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la
+civilizaci&oacute;n. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este
+modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro
+para pensar.... &iexcl;Y aun se extra&ntilde;an algunos de que esta pobre gente no se
+muestre contenta, y crea que el mundo est&aacute; mal arreglado y no es un
+modelo de dulzura!</p>
+
+<p>Sanabre aprobaba las palabras del doctor. &Eacute;l, pod&iacute;a apreciar &aacute; todas
+horas la dureza de aquel trabajo, sent&iacute;a una conmiseraci&oacute;n infinita por
+los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. &Eacute;l era <i>algo
+socialista</i>; pero s&oacute;lo con el doctor Aresti se atrev&iacute;a &aacute; hacer tal
+confesi&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Lo m&aacute;s amargo de la miseria de estas gentes&mdash;dijo el m&eacute;dico&mdash;no
+consiste s&oacute;lo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el
+pan. Est&aacute; en el ambiente desmoralizador que les rodea.</p>
+
+<p>Y Aresti describ&iacute;a el sufrimiento psicol&oacute;gico que hab&iacute;a sorprendido en
+todo ej&eacute;rcito obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las
+f&aacute;bricas. Los peones de las canteras viv&iacute;an como bestias, &iquest;pero acaso
+com&iacute;an y dorm&iacute;an mejor los labriegos del interior de Espa&ntilde;a? Para
+muchos, la vida de las minas hasta constitu&iacute;a un mejoramiento de su
+bienestar, comparada con la existencia m&iacute;sera de bestias desamparadas
+que llevaban en sus terru&ntilde;os los a&ntilde;os de sequ&iacute;a y mala cosecha. En las
+f&aacute;bricas eran los jornales superiores &aacute; los del resto de la pen&iacute;nsula y
+no se sufr&iacute;an los grandes paros &aacute; que se ve&iacute;a obligada la industria
+pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en
+las f&aacute;bricas todo el que trabajaba sent&iacute;a un sordo rencor, una ira
+reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si &aacute; todas horas
+fuesen v&iacute;ctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el
+malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que
+acababa de pasar por all&iacute;, &aacute; la vista de todos, tocando &aacute; algunos y
+volviendo la espalda &aacute; los dem&aacute;s.</p>
+
+<p>El explotador de la mina hab&iacute;a sido jornalero al lado de muchos que
+ahora eran sus peones; al due&ntilde;o de la f&aacute;brica lo hab&iacute;an conocido los
+trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las
+hab&iacute;an visto formarse los mismos que sufr&iacute;an su servidumbre. El bracero
+que en su pa&iacute;s miraba con tradicional respeto &aacute; los que eran due&ntilde;os de
+la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolv&iacute;a aqu&iacute; con audacia
+revolucionaria contra el compa&ntilde;ero enriquecido. El obrero industrial,
+habituado &aacute; sufrir en otras partes la tiran&iacute;a de las sociedades
+an&oacute;nimas, monstruos ac&eacute;falos de la industria, irrit&aacute;base &aacute; cada momento
+contra el gran patrono de reciente formaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Todos hab&iacute;an presenciado el despertar de la riqueza; hab&iacute;an tomado parte
+en &eacute;l; era cosa suya; y m&aacute;s que la miseria, les atormentaba el
+sufrimiento moral de la desigualdad, la decepci&oacute;n de haber vivido en
+medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el
+malestar de todas las aglomeraciones humanas de formaci&oacute;n reciente; de
+las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la
+comparaci&oacute;n eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y
+caprichosa que empuja &aacute; los otros; la convicci&oacute;n del fracaso, m&aacute;s viva y
+dolorosa, ante las r&aacute;pidas elevaciones presenciadas todos los d&iacute;as, la
+tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace
+so&ntilde;ar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia
+adelante que da el afortunado.</p>
+
+<p>El ingeniero reconoc&iacute;a la certeza de las observaciones del doctor. La
+situaci&oacute;n de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y
+los aumentos de jornal, era de un efecto moment&aacute;neo. &Eacute;l cre&iacute;a, como
+Aresti, que aquel malestar s&oacute;lo ten&iacute;a un arreglo; cambiar la
+organizaci&oacute;n del mundo y proclamar la Justicia Social como &uacute;nica
+religi&oacute;n y &uacute;nica ley, suprimiendo la caridad que no es m&aacute;s que una
+hipocres&iacute;a que coloca la m&aacute;scara de la dulzura sobre las crueldades del
+presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo,
+reconoc&iacute;a tambi&eacute;n aquel otro especial&iacute;simo descubierto por el doctor; el
+de los despechados, que ve&iacute;an enriquecerse &aacute; sus compa&ntilde;eros de miseria,
+ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.</p>
+
+<p>Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la
+penumbra del crep&uacute;sculo, &aacute; trav&eacute;s de las l&iacute;neas f&eacute;rreas, subiendo y
+bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que me irrita&mdash;dijo el doctor&mdash;en todas estas grandes fortunas que
+se forman de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana, es su ineficacia, su infecundidad
+para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza
+individual, pero, &iexcl;qu&eacute; demonio! hay que reconocer que en otros pa&iacute;ses
+hace alg&uacute;n bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo,
+esos t&iacute;os que atraen el dinero &aacute; sus manos, con una buena suerte
+escandalosa &eacute; indecente, y que mueren dejando centenares de millones,
+tienen, al menos, la discreci&oacute;n de hacerse perdonar con obras &uacute;tiles. El
+uno funda una universidad, el otro un museo, el de m&aacute;s all&aacute; una
+biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipaci&oacute;n y
+perfeccionamiento de aquellos &aacute; quienes explotaron durante su vida. Pero
+aqu&iacute; el rico se guarda el dinero y cuando siente la comez&oacute;n de perpetuar
+su nombre, construye un convento &oacute; funda una capilla. Si se preocupa del
+porvenir es para que en lo futuro contin&uacute;e la imbecilidad del
+presente.... Ya sabes c&oacute;mo defino yo al rico de esta tierra, con gran
+esc&aacute;ndalo del vulgo, que me cree loco. &laquo;Un se&ntilde;or que pasa su vida
+haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero &aacute;
+su mujer... y que su mujer se lo d&eacute; al jesu&iacute;ta....&raquo; A&uacute;n quedan algunos
+potentados como mi primo que se defienden: pero, cr&eacute;eme: si aqu&iacute; no
+viene una revoluci&oacute;n, esto ser&aacute; otro Paraguay: aqu&iacute; todos trabajamos,
+sin saberlo, para el jesu&iacute;ta.</p>
+
+<p>Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de
+nuevo contra su tierra.</p>
+
+<p>&mdash;Adem&aacute;s, me indignaba la tristeza de este pa&iacute;s. Cuando Bilbao era una
+villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se
+divert&iacute;a mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos
+se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades
+mineras, con su aglomeraci&oacute;n de gentes diversas y sus fortunas
+improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros
+internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los
+bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe....
+Por aqu&iacute; ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua
+Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos se&ntilde;ores
+vestidos de negro del tiempo de los Austrias.</p>
+
+<p>El ingeniero, escuch&aacute;ndole, ve&iacute;a el cuadro de la villa, aburrida sobre
+el mont&oacute;n de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una
+prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el
+de la posesi&oacute;n; adornando sus casas con un lujo que nadie hab&iacute;a de
+admirar, pues el retraimiento de la raza y los escr&uacute;pulos religiosos se
+opon&iacute;an &aacute; las fiestas de sociedad.</p>
+
+<p>Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por
+Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y
+al volver &aacute; Bilbao, segu&iacute;an su vida de escr&uacute;pulos y nimiedades. Si
+alguna vez se reun&iacute;an en un sal&oacute;n las grandes familias, quedaban las
+j&oacute;venes &aacute; un lado y los muchachos &aacute; otro, mir&aacute;ndose de lejos, como si la
+alegr&iacute;a expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una
+monstruosidad. Tal vez en este aislamiento hura&ntilde;o, <i>guardador de la
+inocencia</i>, les ocurr&iacute;a lo que &aacute; ciertos escritores de la Iglesia que,
+atenaceados por la castidad, describ&iacute;an placeres inauditos, aberraciones
+monstruosas que nunca hab&iacute;an existido, abriendo con esto nuevos
+horizontes &aacute; la desmoralizaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&iquest;De qu&eacute; le serv&iacute;a &aacute; la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con
+entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su r&iacute;a bordeada
+de f&aacute;bricas y doks, que parece un trozo del T&aacute;mesis; sus altos palacios
+blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena &aacute; todas horas el
+puente del Arenal. &iexcl;Magn&iacute;fica jaula! Pero los p&aacute;jaros mudos, con la
+cabeza ca&iacute;da, tristes.</p>
+
+<p>&mdash;Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien
+cuidado. Falta la alegr&iacute;a, falta el alma de un pueblo libre, que cuando
+termina el trabajo quiere entregarse &aacute; la vida. Muy bonitas esas calles
+nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de
+ciudad: deb&iacute;an circular por sus aceras unas cuantas docenas de
+<i>cocottes</i> elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte
+educasen &aacute; esa juventud habituada &aacute; la vida unisexual de Deusto y de la
+cofrad&iacute;a de San Luis.</p>
+
+<p>El ingeniero protest&oacute;, con el rubor del enamorado que vive en plena
+idealidad.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.</p>
+
+<p>Aresti pareci&oacute; irritarse. Lo que &eacute;l proclamaba era la vida, la juventud,
+el amor, tal como los conceb&iacute;a. Respetaba la virtud, pero no consideraba
+necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Adem&aacute;s, porque
+la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de
+las calles, &iquest;resultaba acaso la villa una poblaci&oacute;n de costumbres
+virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su
+curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede,
+esparci&eacute;ndose en arroyos fangosos. &Eacute;l conoc&iacute;a su Bilbao. Los j&oacute;venes,
+emborrach&aacute;ndose para matar el fastidio, agarr&aacute;ndose en bailes p&uacute;blicos
+con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma m&aacute;s bestial, sin
+el m&aacute;s leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos
+al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite,
+sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo m&aacute;s
+que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa &aacute;
+estilo cat&oacute;lico, florec&iacute;a el vicio bajo las formas m&aacute;s antip&aacute;ticas.</p>
+
+<p>Aresti, en sus visitas de m&eacute;dico, hab&iacute;a conocido los barrios altos de la
+villa, el albergue de las servidoras de la prostituci&oacute;n. Todas eran
+peque&ntilde;as, flacas, de rostro ani&ntilde;ado, con el raquitismo de la miseria.
+Las hab&iacute;a de treinta y cinco a&ntilde;os, que se presentaban con la falda
+corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la
+infancia. Era el g&eacute;nero m&aacute;s solicitado. El instinto reprimido, al no
+encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su
+aberraci&oacute;n el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la
+vida en aquel pa&iacute;s la descoyuntaban form&aacute;ndola &aacute; su gusto, haciendo un
+crimen del instinto del sexo, oblig&aacute;ndolo &aacute; refugiarse en inmundos
+rincones. Los ricos que pod&iacute;an proporcionarse las dulzuras amorosas con
+su m&aacute;s seductora decoraci&oacute;n, entraban al amparo de la noche, ocult&aacute;ndose
+como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros,
+m&aacute;s audaces, asediaban &aacute; la costurerilla de la familia y comenzaban con
+ella una novela de amor, ins&iacute;pida y vulgar, conserv&aacute;ndola en la casa de
+los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento &aacute; cambio de la
+protecci&oacute;n del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La
+cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el
+padre pobre que transige con la prostituci&oacute;n de la hija, porque ayuda &aacute;
+ir viviendo y se oculta en la propia casa.</p>
+
+<p>&iexcl;Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones
+de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada
+en su pa&iacute;s. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no hab&iacute;a m&aacute;s seres
+vivos que los p&aacute;jaros negros que lo cubr&iacute;an con sus alas. S&oacute;lo en las
+&uacute;ltimas capas sociales exist&iacute;a algo de alegr&iacute;a, all&iacute; donde llegaban
+amortiguadas &oacute; no llegaban las influencias de la religi&oacute;n.</p>
+
+<p>El doctor &uacute;nicamente hab&iacute;a sentido el roce de la vida, alg&uacute;n domingo por
+la tarde, en los chacolines de las afueras &oacute; en la explanada de la
+Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas
+callejeras, los bailes vascongados y de la monta&ntilde;a de Santander.</p>
+
+<p>Los dem&aacute;s estaban muertos por el fastidio &oacute; corrompidos por la opresi&oacute;n.
+Conoc&iacute;a j&oacute;venes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de
+traje todos los d&iacute;as. Otros iban en autom&oacute;vil por las calles, sin rumbo
+determinado, par&aacute;ndose ante una casa para subir de nuevo en el veh&iacute;culo
+y seguir la marcha, como s&iacute; huyesen del fastidio que iba tras ellos.</p>
+
+<p>&iquest;Y para eso serv&iacute;a la riqueza? &iquest;Y &eacute;sta era la alegr&iacute;a de un pueblo
+opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y
+ennegrec&iacute;a con el tedio, creyendo en otra vida problem&aacute;tica, bajo el
+testimonio de ciertos hombres que tampoco la hab&iacute;an visto?...</p>
+
+<p>El doctor termin&oacute; en&eacute;rgicamente sus protestas, viendo pr&oacute;ximo el momento
+de tomar el tren.</p>
+
+<p>&mdash;Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando
+sonr&iacute;e y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con
+el alma muerta, es tan virtuosa, &iexcl;tan virtuosa! que, cr&eacute;eme, &iexcl;hijo
+m&iacute;o!... tanta virtud me da asco.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina daba el &uacute;ltimo toque &aacute; sus cabellos rubios, que ya
+comenzaban &aacute; encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo
+segu&iacute;a en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el m&aacute;rmol de una
+chimenea.</p>
+
+<p>Eran las tres de la tarde, y &aacute; las cuatro ten&iacute;a que asistir en Bilbao &aacute;
+una junta de se&ntilde;oras cat&oacute;licas, de la que era presidenta, en el Colegio
+del Sagrado Coraz&oacute;n.</p>
+
+<p>Pepita no la acompa&ntilde;aba. Dec&iacute;a estar enferma; se quejaba de dolores de
+cabeza, sent&iacute;a un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y do&ntilde;a
+Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del <i>a&ntilde;a</i> Nicanora.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta estaba en Madrid desde hac&iacute;a una semana, muy atareado
+por los nuevos negocios que todos los meses hac&iacute;an necesaria su
+presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias.
+No era que el millonario se opusiese &aacute; los gustos de su mujer &eacute;
+interviniera en su vida; pero se sent&iacute;a mejor cuando estaba sola, sin
+ver aquellos ojos fr&iacute;os, que no transparentaban el m&aacute;s leve reproche, y
+que &aacute; ella se le antojaba que la segu&iacute;an en todos sus movimientos, como
+una protesta muda.</p>
+
+<p>Pepita presenciaba desde un rinc&oacute;n el tocado de su madre. No se la
+escapaba el gran cambio que &eacute;sta hab&iacute;a sufrido. Los trajes elegantes de
+otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que
+nuevos encargos &aacute; Par&iacute;s y Madrid vinieran &aacute; sustituirlos. Se preocupaba
+algunas veces de las galas de su hija; quer&iacute;a verla elegante, y la
+aconsejaba mirando los peri&oacute;dicos de modas, con la misma bondad con que
+una persona mayor discute con un ni&ntilde;o sobre juegos. Iba siempre vestida
+de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas
+interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba &aacute; rebasar
+los l&iacute;mites de la higiene. Revel&aacute;base en ella el desprecio &aacute; la carne,
+de los devotos fervientes; el abandono f&iacute;sico, la suciedad cantada como
+m&eacute;rito celestial en la vida de muchos santos.</p>
+
+<p>Deseaba mortificar su carne, y su hija la ve&iacute;a en la mesa repeler los
+mejores platos, los que en otros tiempos eran m&aacute;s de su gusto, afirmando
+que ahora le repugnaban. De su dormitorio hab&iacute;an ido desapareciendo poco
+&aacute; poco todos los muebles que significaban ostentaci&oacute;n &oacute; comodidad. En el
+resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y s&oacute;lido, mientras en su
+cuarto s&oacute;lo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que hab&iacute;a hecho
+bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba
+casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines
+representando &aacute; Jes&uacute;s y &aacute; Mar&iacute;a, abri&eacute;ndose el pecho para ofrecer sus
+corazones inflamados.</p>
+
+<p>Muchos d&iacute;as las criadas encontraban la cama intacta. La se&ntilde;ora&mdash;seg&uacute;n
+ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina&mdash;dorm&iacute;a en el suelo &oacute;
+no dorm&iacute;a. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso
+&aacute; las pilas del lavadero, ten&iacute;an salpicaduras de sangre. Una doncella
+hab&iacute;a recogido olvidado sobre su cama, un horrible cintur&oacute;n de esparto,
+un cilicio de los m&aacute;s sencillos que fabricaban ciertas monjitas de
+Bego&ntilde;a.</p>
+
+<p>Todos en la casa adivinaban las mortificaciones &aacute; que somet&iacute;a su cuerpo
+la se&ntilde;ora, y sin embargo, la ve&iacute;an sonriente, con una dulzura melosa en
+la voz y en el gesto, elevando los ojos &aacute; la menor contrariedad y
+exclamando: &laquo;Todo sea por Dios.&raquo; En ciertos momentos se dejaba arrastrar
+por su car&aacute;cter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que
+exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento repleg&aacute;base
+dentro del caparaz&oacute;n de su bondad y con los ojos ped&iacute;a perd&oacute;n por su
+arrebato.</p>
+
+<p>El marido no parec&iacute;a advertir el abandono f&iacute;sico y la transformaci&oacute;n
+moral de su esposa. Hac&iacute;a a&ntilde;os que no pisaba el suelo de su cuarto.
+Cuando hablaba con ella volv&iacute;a la vista &oacute; la miraba con ojos vagos y sin
+pensamiento, que parec&iacute;an no verla. Ni una protesta, ni una pregunta,
+como si en el fondo le complaciese esta transformaci&oacute;n que le apartaba
+de ella, haciendo imposible todo retroceso.</p>
+
+<p>Pepita segu&iacute;a, con una expresi&oacute;n de l&aacute;stima en los ojos, el tocado
+r&aacute;pido de su madre, que se peinaba &aacute; ciegas sin el menor rasgo de
+coqueter&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Mam&aacute;, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina movi&oacute; la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;No, hija, nada de sombreros. Eso pas&oacute;. Cada cosa &aacute; su edad. Ya soy
+vieja y no est&aacute; bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para
+bien de la religi&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero si es una capota muy <i>seria</i>, muy <i>religiosa</i>?</p>
+
+<p>&mdash;La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y
+antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.</p>
+
+<p>Y aquella mujer todav&iacute;a hermosa, con el encanto sabroso de la madurez,
+que ensanchaba sus formas, aterciopel&aacute;ndolas, parec&iacute;a complacerse con
+dolorosa coqueter&iacute;a en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la
+mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las
+ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como
+si estuviera en perpetua oraci&oacute;n.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina iba &aacute; salir.</p>
+
+<p>&mdash;Mam&aacute;, ya sabes mi encargo&mdash;dijo Pepita.</p>
+
+<p>&mdash;No lo olvido&mdash;contest&oacute; la madre con sonrisa bondadosa.&mdash;No deb&iacute;a
+hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede
+mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tirar&eacute; por t&iacute; del hilito,
+para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.</p>
+
+<p>Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compa&ntilde;eras
+cuando no quer&iacute;an asistir &aacute; las reuniones de las Hijas de Mar&iacute;a. En el
+sal&oacute;n del colegio hab&iacute;a un gran cuadro con los nombres de las
+congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una
+peque&ntilde;a bola de marfil. Al entrar las se&ntilde;oras tiraban cada una de su
+cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se
+encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, enga&ntilde;ando &aacute; las
+monjas, que, terminada la reuni&oacute;n, examinaban la lista con una
+curiosidad meticulosa.</p>
+
+<p>Pepita, pensando en el cuadro, ve&iacute;a el sal&oacute;n de reuniones de las Hijas
+de Mar&iacute;a con su lujo mon&aacute;stico y el mapa de la Orden, que era el
+principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que
+figuraban Europa y Am&eacute;rica, marc&aacute;ndose con peque&ntilde;os corazones inflamados
+las poblaciones donde el jusuitismo femenil ten&iacute;a establecidos sus
+colegios. El Atl&aacute;ntico, de un azul de confiter&iacute;a, hab&iacute;a sido rebautizado
+con un nuevo t&iacute;tulo: <i>Oc&eacute;ano de Bondad</i>. Y nadie pod&iacute;a adivinar el
+sentido de esta bondad, atribuida al Atl&aacute;ntico por la monja autora del
+mapa.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina sali&oacute; apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la
+esperaba el autom&oacute;vil, una m&aacute;quina soberbia que hab&iacute;a costado &aacute; S&aacute;nchez
+Morueta cincuenta mil francos en Par&iacute;s y de la que apenas hac&iacute;a uso,
+habituado como estaba al carruaje de sus primeros a&ntilde;os de opulencia, el
+cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hac&iacute;a pensar en sus
+negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El
+autom&oacute;vil era para las se&ntilde;oras. Pepita apreci&aacute;balo en mucho porque era
+un motivo de envidia para las amigas; do&ntilde;a Cristina consideraba como un
+homenaje &aacute; la Fe, el llegar en &eacute;l &aacute; las puertas de la iglesia de los
+jesu&iacute;tas. Era el <i>dernier cri</i> de la devoci&oacute;n; daba &aacute; entender, seg&uacute;n
+ella, que el progreso no est&aacute; re&ntilde;ido con el dogma.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina di&oacute; al <i>chauffeur</i> la orden de llegar pronto &aacute; Bilbao y el
+veh&iacute;culo sali&oacute; &aacute; toda velocidad por entre los tranv&iacute;as y carruajes que
+llevaban la gente &aacute; Las Arenas. La se&ntilde;ora de S&aacute;nchez Morueta pensaba en
+la importancia de la reuni&oacute;n. Iban &aacute; tratar la conveniencia de una nueva
+romer&iacute;a &aacute; Bego&ntilde;a, tan ruidosa como la de la coronaci&oacute;n de la Virgen, y
+no sab&iacute;an si hacerla en el mismo a&ntilde;o &oacute; dejarla para el siguiente.
+Conven&iacute;a organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el pa&iacute;s vascongado
+amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y c&aacute;nticos al
+monte Artag&aacute;n, como protesta contra las gentes de las minas y las
+f&aacute;bricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los
+<i>maketos</i> de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra,
+gentes que hablaban de Rep&uacute;blica y de anticlericalismo y llamaban en sus
+mitins <i>fetiche</i> y <i>nido de ratas</i> &aacute; la milagrosa imagen de la patrona
+de Vizcaya.</p>
+
+<p>A la reuni&oacute;n de las se&ntilde;oras hab&iacute;an de asistir como directores &eacute;
+inspiradores el Padre Paul&iacute;, un jesu&iacute;ta batallador, que estaba de moda
+en el p&uacute;lpito y el confesonario, y Ferm&iacute;n Urquiola, que era su hombre de
+acci&oacute;n, &laquo;mi brazo derecho&raquo;, seg&uacute;n dec&iacute;a aquel tribuno de la Compa&ntilde;&iacute;a.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina admiraba &aacute; su sobrino viendo el afecto con que le trataban
+los Padres, c&oacute;mo le hac&iacute;an part&iacute;cipe de sus proyectos en bien de la
+religiosidad del pa&iacute;s. Era casi una pasi&oacute;n lo que sent&iacute;a por Urquiola.
+Cuando la visitaba, ve&iacute;a en &eacute;l al representante de aquellos sacerdotes
+tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Ferm&iacute;n
+era una prolongaci&oacute;n de la Compa&ntilde;&iacute;a que llegaba hasta ella. Sent&iacute;a una
+amarga decepci&oacute;n de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia
+del sal&oacute;n de visitas. Quer&iacute;a saber c&oacute;mo era Deusto por dentro, aquel
+templo de la sabidur&iacute;a envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus
+visitas al hotel, cada vez m&aacute;s frecuentes, la deleitaba habl&aacute;ndola
+largas horas de los lugares que ella no pod&iacute;a ver por oponerse las
+reglas de la Compa&ntilde;&iacute;a &aacute; las visitas femeniles.</p>
+
+<p>Entreten&iacute;ala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre,
+enumerando sus m&eacute;ritos: uno hab&iacute;a viajado por pa&iacute;ses salvajes; otro
+sab&iacute;a seis idiomas; el de m&aacute;s all&aacute; tocaba el viol&iacute;n como un &aacute;ngel &iexcl;y
+todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad,
+dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y
+los zapatos que limpiaban los f&aacute;mulos, y vesti&eacute;ndose al romper el d&iacute;a,
+para emprender su santa obra!... Viv&iacute;an con cierto desahogo, pero por
+ninguna parte se ve&iacute;an las riquezas de que hablaban los imp&iacute;os. &iexcl;Y todos
+humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso
+que los hab&iacute;a entre ellos que hab&iacute;an sido grandes en el mundo! Por eso
+los Padres de la Compa&ntilde;&iacute;a ten&iacute;an algo de pr&iacute;ncipes arrepentidos, ocultos
+bajo la sotana de la obediencia.</p>
+
+<p>La Universidad de Deusto a&uacute;n interesaba m&aacute;s &aacute; do&ntilde;a Cristina. &iexcl;C&oacute;mo
+lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado
+al ir y volver &aacute; su casa; no poder correr por la monta&ntilde;a de su parque, y
+ver de cerca el San Jos&eacute;, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de
+luces el&eacute;ctricas! La sabidur&iacute;a de los buenos Padres se revelaba en todos
+los detalles del establecimiento. All&iacute; estudiaban los hijos de las
+principales familias de Espa&ntilde;a. La nobleza rancia y los ricos de sanos
+principios, reclu&iacute;an &aacute; sus v&aacute;stagos en la santa escuela. All&iacute; no corr&iacute;an
+el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores
+revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se serv&iacute;a despu&eacute;s de
+bien pasada por el tamiz de Santo Tom&aacute;s y otros grandes sabios de la
+Iglesia, &uacute;nicos depositarios de la verdad.</p>
+
+<p>El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los
+alumnos en cuatro secciones que viv&iacute;an aisladas, evit&aacute;ndose con este
+acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones s&oacute;lo
+se contemplaban de lejos en contadas fiestas del a&ntilde;o &oacute; al verificarse
+alg&uacute;n acto literario en el gran sal&oacute;n, que parec&iacute;a un teatro con su
+patio y sus galer&iacute;as. En el techo pintado al fresco, ve&iacute;anse las figuras
+de San Ignacio y los Padres m&aacute;s famosos de la Compa&ntilde;&iacute;a, todos entre
+nubes, revoloteando camino del cielo.</p>
+
+<p>Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de
+los alumnos, y en las galer&iacute;as los estudiantes de las cuatro estaciones
+que, al verse frente &aacute; frente, se examinaban con curiosidad, como
+vecinos de una misma casa, que s&oacute;lo se tropiezan de tarde en tarde. Iban
+los m&aacute;s puestos de <i>smoking</i>, muy elegantes, como hijos de buenas
+familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y luc&iacute;an las
+sortijas. Da una galer&iacute;a &aacute; otra se miraban con gemelos, lo mismo que en
+el teatro, enter&aacute;ndose unos de otros. &laquo;Aquel peque&ntilde;ito, guapo, es de
+Salamanca y muy rico... Ese moreno simp&aacute;tico es andaluz.&raquo; Y despu&eacute;s de
+mirarse largamente, se saludaban con la mano... &iexcl;Angelitos!</p>
+
+<p>Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de <i>punta</i>,
+ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que hab&iacute;a de hacer
+las objeciones, oponiendo reparos &aacute; las santas doctrinas, era preparado
+con anticipaci&oacute;n. Llevaba aprendidas unas cuantas tonter&iacute;as, que
+representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebat&iacute;a y
+pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la
+impiedad de la falsa ciencia moderna.</p>
+
+<p>Un a&ntilde;o, Urquiola, siendo estudiante del &uacute;ltimo curso, se hab&iacute;a cubierto
+de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga
+deliberaci&oacute;n. &laquo;&iquest;Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron
+los atentados de su familia contra la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s?&raquo;... Urquiola
+sostuvo la afirmaci&oacute;n, demostrando que la guillotina hab&iacute;a sido un medio
+indirecto de Dios para castigar &aacute; los reyes que osaron expulsar de sus
+dominios &aacute; los jesu&iacute;tas. &iexcl;Muerte &eacute; infierno para los que se atrev&iacute;an &aacute;
+perseguir &aacute; los verdaderos representantes de Jes&uacute;s!... Su contradictor
+mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y t&iacute;midas,
+preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no
+pudieron continuarse los ejercicios, pues no falt&oacute; quien indicase &aacute; los
+Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la
+bondad de los que les hab&iacute;an abierto de nuevo las puertas de Espa&ntilde;a.</p>
+
+<p>En las Pascuas de Navidad, el sal&oacute;n de actos se convert&iacute;a en un teatro.
+Hasta en esto admiraba do&ntilde;a Cristina el talento y la virtud de los
+Padres. &iexcl;Si todos los teatros fuesen como aqu&eacute;l, podr&iacute;an asistir sin
+miedo las madres cristianas! La m&uacute;sica era de las zarzuelillas y
+revistas en boga: pero en la letra est&aacute; el pecado, y las palabras eran
+de ciertos Padres aficionados &aacute; la versificaci&oacute;n. La mujer estaba
+excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas
+cantan &laquo;la falda de percal planch&aacute;&raquo;, moviendo las caderas, un alumno
+cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta
+parec&iacute;a sonre&iacute;r el sombr&iacute;o San Ignacio que volaba en el techo. <i>La
+viejecita</i> se titulaba <i>El viejecito</i>: todas las obras perd&iacute;an su t&iacute;tulo
+femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convert&iacute;anse en dos
+primitos, compa&ntilde;eros de colegio, que, agarrados de la mano jur&aacute;banse
+quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros...
+&iexcl;Serafines del cielo!</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina conmov&iacute;ase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba
+que su sobrino se hab&iacute;a educado en aquella Universidad. As&iacute; era tan
+caballero, tan cristiano, y dedicaba sus m&uacute;sculos de atleta &aacute; la buena
+causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada
+por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corromp&iacute;a
+el pa&iacute;s.</p>
+
+<p>La esposa del millonario se sublevaba cuando o&iacute;a hablar de las
+calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas
+con repentina bondad. &iexcl;Descarr&iacute;os de la juventud y malos ejemplos de los
+muchachos que no hab&iacute;an sido educados en Deusto! Pero su fondo era
+bueno y aquello pasar&iacute;a. Urquiola estaba reservado para altos destinos,
+ahora que se mezclaba en las luchas pol&iacute;ticas. Ten&iacute;a buenos directores y
+&iexcl;qui&eacute;n sabe si llegar&iacute;a &aacute; ser diputado, repitiendo la palabra de Dios,
+all&aacute; en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino
+se bastaban para volver &aacute; Bilbao al buen camino, siempre que no les
+faltase el consejo de los sabios Padres.</p>
+
+<p>Y la esposa de S&aacute;nchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corr&iacute;a
+en su autom&oacute;vil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.</p>
+
+<p>Pepita, desde una ventana de su cuarto, sigui&oacute; un momento la marcha del
+veh&iacute;culo y al verle desaparecer, esparci&oacute; su mirada por el paisaje, con
+la vaguedad melanc&oacute;lica de los que se sienten enamorados y perciben en
+todo lo que les rodea una nueva vida.</p>
+
+<p>Nunca le hab&iacute;a parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de
+verano. Estaba habituada &aacute; verlo desde su infancia, y, sin embargo,
+ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.</p>
+
+<p>Las gentes que pasaban al borde de la r&iacute;a, por la carretera de Las
+Arenas, le parec&iacute;an m&aacute;s simp&aacute;ticas que las de otros d&iacute;as. Eran familias
+de Bilbao que bajaban del tranv&iacute;a para ir &aacute; la orilla del mar. Un grupo
+de obreros pasaba, camino del <i>chacol&iacute;n</i>, por entre un bosquecillo de
+pinos. Cantaban &aacute; gritos, excitados por la proximidad del mar, el
+&laquo;<i>Boga, boga, marinero</i>&raquo; de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado
+sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hac&iacute;a llorar. La
+r&iacute;a brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como
+los fragmentos de un espejo. M&aacute;s all&aacute; del puente de Vizcaya, cuya
+plataforma iba y ven&iacute;a pendiente de su manojo de cables, transportando
+carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren
+de Portugalete, extend&iacute;ase el abra como un desgarr&oacute;n del cielo, moviendo
+sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la l&iacute;nea del
+horizonte contra la muralla del rompeolas, coron&aacute;ndola de una nube de
+espuma que corr&iacute;a de un lado &aacute; otro como el humear de una locomotora
+invisible.</p>
+
+<p>Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre
+la r&iacute;a, un pedazo de Londres ba&ntilde;ado por un sol meridional; todo aquel
+pueblo de cobertizos fabriles &eacute; innumerables chimeneas sobre el que
+pesaba el poder&iacute;o de S&aacute;nchez Morueta y que esparc&iacute;a en el espacio sus
+torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.</p>
+
+<p>Bilbao estaba invisible. El horizonte cerr&aacute;base en el fondo, con un
+escalonamiento de monta&ntilde;as. La joven conoc&iacute;a los nombres de todas
+aquellas cumbres. Las hab&iacute;a visto durante muchos a&ntilde;os todos los d&iacute;as, al
+saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno
+sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus
+barrancos y oquedades, destac&aacute;ndose sobre la inmensidad azul. Las m&aacute;s
+pr&oacute;ximas, que parec&iacute;a iban &aacute; tocarse con la mano, eran Luchana y el
+pico de Banderas. Despu&eacute;s sobresal&iacute;an sobre ellas, &aacute; una enorme
+distancia, en pleno ri&ntilde;&oacute;n de Vizcaya, los gigantes del pa&iacute;s, el Ma&ntilde;ar&iacute;a
+y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de
+nieve, la Pe&ntilde;a de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se
+desarrollaban los cuentos m&aacute;s tenebrosos de la imaginaci&oacute;n vasca. Pepita
+recordaba sus terrores de la ni&ntilde;ez, cuando su <i>a&ntilde;a</i>, para imponerla
+silencio, la amenazaba con llamar &aacute; la <i>Dama de Amboto</i>, especie de hada
+mal&eacute;fica, hija de un <i>Jaun</i>, de un caudillo legendario, que viv&iacute;a como
+encantada en lo alto del pe&ntilde;asco y &uacute;nicamente sal&iacute;a de su cueva para
+quemar las mieses, matar ni&ntilde;os y perseguir &aacute; los pobres aldeanos con
+toda clase de maleficios.</p>
+
+<p>La joven permaneci&oacute; mucho tiempo abstra&iacute;da en la contemplaci&oacute;n del
+paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si
+pretendiera reconocer &aacute; alguien de los que pasaban la r&iacute;a. Crey&oacute; por un
+momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un
+pa&ntilde;uelo que le saludaba con cierta discreci&oacute;n como temeroso de atraerse
+la curiosidad de la gente. Despu&eacute;s ya no vi&oacute; nada y creyendo en un
+enga&ntilde;o del deseo sigui&oacute; contemplando el paisaje, con mirada vaga,
+sumi&eacute;ndose poco &aacute; poco en una dulce somnolencia.</p>
+
+<p>La joven despert&oacute; al sentir en su espalda la mano del <i>a&ntilde;a</i>.</p>
+
+<p>&mdash;<i>&Eacute;se</i> est&aacute; ah&iacute;&mdash;dijo con tono misterioso.&mdash;Habr&aacute; que bajar al jard&iacute;n.</p>
+
+<p>A la melancol&iacute;a sucedi&oacute; en la joven la inquietud, el temor. Hab&iacute;a venido
+preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y
+al llegar el momento temblaba como si fuese &aacute; realizar un delito. La
+<i>a&ntilde;a</i> re&iacute;a ante los temores de la se&ntilde;orita, &aacute; la que trataba con la
+misma familiaridad que cuando era ni&ntilde;a. &iexcl;Inocente! &iquest;Qu&eacute; mal pod&iacute;a haber
+en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jard&iacute;n y bajo la
+mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba
+tranquilizarse: el respeto y el miedo &aacute; su mam&aacute; la dominaban. Esperaba
+que de un momento &aacute; otro apareciese la severa figura de do&ntilde;a Cristina
+tras un arriate del jard&iacute;n.</p>
+
+<p>Solamente hab&iacute;a accedido &aacute; la entrevista despu&eacute;s de los infinitos ruegos
+de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez &aacute; solas
+con su novia, teniendo que contentarse con las r&aacute;pidas palabras
+cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe &oacute; con las cartas que
+llevaba y tra&iacute;a la <i>a&ntilde;a</i> complaciente.</p>
+
+<p>Pepita quer&iacute;a que se encontrasen en el jard&iacute;n, &aacute; la vista de la
+servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero
+dentro de la casa.</p>
+
+<p>Cuando la joven se vi&oacute; bajo los &aacute;rboles, Fernando atravesaba ya la
+verja, haci&eacute;ndose de nuevas ante el portero, al saber que la se&ntilde;ora no
+estaba en casa. Ven&iacute;a &aacute; visitarla y &aacute; enterarse de paso de cu&aacute;ndo
+regresar&iacute;a don Jos&eacute; de su viaje; pero ya que la se&ntilde;orita estaba en el
+jard&iacute;n, pasar&iacute;a &aacute; saludarla.</p>
+
+<p>Los dos j&oacute;venes quedaron indecisos, con la emoci&oacute;n de la timidez, al
+verse frente &aacute; frente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.&mdash;Deciros algo:
+hablad sin miedo. Aqu&iacute; estoy yo para avisar si algo ocurre.</p>
+
+<p>Y poco &aacute; poco fu&eacute; qued&aacute;ndose rezagada, dejando que los novios anduviesen
+lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha
+pensado muchas cosas para decirlas y no sabe c&oacute;mo empezar.</p>
+
+<p>De vez en cuando se miraban sonriendo. &Eacute;l la acariciaba con los ojos,
+poniendo en su gesto toda la pasi&oacute;n, que se revolv&iacute;a inquieta, no
+encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jard&iacute;n, la
+calma de aquella tarde de verano parec&iacute;a adormecer el pensamiento de los
+dos, dando una vida extraordinaria &aacute; sus sentidos. Cre&iacute;an percibir
+considerablemente agrandados los movimientos del coraz&oacute;n, los latidos de
+la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco &aacute; poco
+envolv&iacute;ales la alegr&iacute;a de la naturaleza, c&oacute;mplice de las dulzuras del
+amor; el canturreo del agua desgran&aacute;ndose en el taz&oacute;n de una fuente, el
+crujido de los troncos al estallar sus cortezas &aacute; impulsos de la savia,
+el lento murmullo de las hojas movi&eacute;ndose solemnemente en el espacio
+caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un
+chisporroteo de oro.</p>
+
+<p>Fernando fu&eacute; el que habl&oacute; primero, comenzando como todos los amantes con
+la expresi&oacute;n de la felicidad que sent&iacute;a al verse por fin junto &aacute; la
+mujer amada. &iexcl;C&oacute;mo hab&iacute;a deseado aquel momento!... Recordaba las horas
+de muda contemplaci&oacute;n, all&aacute; en su despacho de los altos hornos, con la
+vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase
+misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, nena&mdash;dec&iacute;a el ingeniero subiendo de tono en su
+apasionamiento.&mdash;Tu voz, tu divina voz es lo que m&aacute;s me conmueve. Yo
+creo que te quise siempre; desde que te conoc&iacute;, siendo a&uacute;n muy ni&ntilde;a. Te
+amaba sin darme cuenta de ello; pero el d&iacute;a en que v&iacute; claro, en que supe
+que te quer&iacute;a, fu&eacute; escuchando una de esas canciones vascongadas, tan
+dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.</p>
+
+<p>Fernando se hab&iacute;a dado cuenta de su amor oy&eacute;ndola cantar el <i>Goizeko
+izarra</i>, la invocaci&oacute;n &aacute; la estrella de la ma&ntilde;ana. &Eacute;l no entend&iacute;a la
+letra, pero la m&uacute;sica, &iexcl;ah la m&uacute;sica! hab&iacute;a penetrado en &eacute;l hasta lo m&aacute;s
+hondo, como un ara&ntilde;azo que despert&oacute; su alma. Despu&eacute;s hab&iacute;a hecho que le
+tradujesen la letra.</p>
+
+<p>&mdash;Ya la s&eacute;&mdash;continu&oacute; el joven&mdash;la conozco y creo en ella: siento su
+infinita ternura, &laquo;La estrella de la ma&ntilde;ana, sin mancha alguna brilla en
+el horizonte: pero &aacute; tu lado, querida m&iacute;a, palidece y casi no se ve...&raquo;
+Eso es lo que yo pienso, mi vida.</p>
+
+<p>Y con el &eacute;nfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del
+amanecer, resultando que la amante venc&iacute;a &aacute; la estrella en hermosura y
+esplendor.</p>
+
+<p>Pepita, tranquilizada ya, re&iacute;a ante el entusiasmo hiperb&oacute;lico de su
+novio. &iexcl;Qu&eacute; exagerado! &iexcl;Qu&eacute;... rom&aacute;ntico! &iquest;Pero era verdad que le
+causaba tanta impresi&oacute;n su voz?... Y se extra&ntilde;aba de buena fe, de que
+una canci&oacute;n pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por
+distraerse: parec&iacute;ale una locura tomar en serio lo que se dice con
+acompa&ntilde;amiento de m&uacute;sica: todo eran falsedades dulces, inventadas por
+los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso s&iacute;, pero al fin
+mentiras.</p>
+
+<p>Por la memoria de Fernando pas&oacute;, como una r&aacute;faga de viento helado, una
+frase que varias veces hab&iacute;a o&iacute;do al doctor. Aquella raza aparte, sent&iacute;a
+una afici&oacute;n loca por la m&uacute;sica: cantaba en todos los momentos de su
+vida, y sus cantos ten&iacute;an la tristeza melanc&oacute;lica del paisaje; pero la
+emoci&oacute;n era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perd&iacute;a
+en el aire.</p>
+
+<p>&mdash;No, nena&mdash;dijo el amante.&mdash;Es tu alma entera lo que pones, sin
+saberlo, en tu voz. T&uacute; eres para m&iacute; la estrella de la canci&oacute;n; pero no
+te dir&eacute; como al final de ella: &laquo;Adi&oacute;s para siempre, adi&oacute;s&raquo;. Si yo te
+perdiese despu&eacute;s de ser amado, no s&eacute; qu&eacute; ser&iacute;a de m&iacute;. D&iacute; que me quieres,
+Pepita, d&iacute; que me amas.</p>
+
+<p>La joven, con cierto pudor, resist&iacute;ase &aacute; decir de viva voz lo que tantas
+veces hab&iacute;a escrito en sus cartas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No lo sabes?&mdash;respondi&oacute; evasivamente.&mdash;&iquest;No te lo he dicho muchas
+veces?</p>
+
+<p>&mdash;Pero, rep&iacute;telo, quiero o&iacute;rlo de tus labios. D&iacute; que me amas.</p>
+
+<p>Y Pepita, mir&aacute;ndole por primera vez en los ojos, dijo con cierta
+gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, te quiero: te amo, Fernando.</p>
+
+<p>&iexcl;Oh aquella mirada!... Fu&eacute; para el ingeniero lo mejor de la entrevista,
+y la recogi&oacute; en su memoria, esforz&aacute;ndose por conservarla con toda su
+luz, para que le acompa&ntilde;ase en las largas horas que pasaba all&aacute; en la
+fundici&oacute;n entregado &aacute; la vida de los recuerdos.</p>
+
+<p>Sanabre se convenc&iacute;a de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz,
+val&iacute;an m&aacute;s que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho.
+Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al o&iacute;rle hablar de
+canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza,
+mostr&aacute;base sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal
+abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez:
+el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y
+energ&iacute;a, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera;
+ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de palad&iacute;n membrudo,
+creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los
+sue&ntilde;os de las v&iacute;rgenes.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, te quiero&mdash;repet&iacute;a Pepita.&mdash;Por m&iacute; no temas, no seas ni&ntilde;o, nunca
+me dir&aacute;s adi&oacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;Beb&eacute;, &iexcl;dulce beb&eacute;!&mdash;exclamaba con entusiasmo el ingeniero.&mdash;&iexcl;Cu&aacute;nto te
+amo! &iexcl;Qu&eacute; feliz soy!...</p>
+
+<p>Y el <i>a&ntilde;a</i> Nicanora, que los segu&iacute;a &aacute; corta distancia, oyendo muchas de
+sus palabras, sonri&oacute; con cierta l&aacute;stima. Todos los novios eran lo mismo;
+iguales los aldeanos que los se&ntilde;oritos; alguna diferencia en las
+palabras, y nada m&aacute;s. S&oacute;lo sab&iacute;an decirse tonter&iacute;as, poniendo en sus
+voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo
+que se dijeran. &iexcl;Ah la juventud!... Y segu&iacute;a sonriendo con indulgencia
+de veterano ante el entusiasmo de los dos j&oacute;venes.</p>
+
+<p>Fernando, m&aacute;s tranquilo despu&eacute;s de las palabras de su novia, hablaba del
+por venir. Trabajar&iacute;a; &iexcl;qui&eacute;n sabe hasta d&oacute;nde puede llegar un hombre!
+Desde que estaba enamorado, sent&iacute;ase con nuevas fuerzas para el trabajo.
+Bull&iacute;an en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de
+realizarse, dar&iacute;an nuevas ganancias &aacute; S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>Pero el recuerdo de su jefe abati&oacute; las ilusiones del ingeniero.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Que dir&aacute; tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis
+cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sue&ntilde;o muchas veces...
+&iquest;Y tu madre? &iexcl;Qu&eacute; miedo la tengo!... Somos muy felices am&aacute;ndonos, pero
+el porvenir nos guarda muchos dolores. &iexcl;Si todos en tu familia fuesen
+como el doctor!...</p>
+
+<p>Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que segu&iacute;a sus
+amores.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, mi t&iacute;o es muy bueno&mdash;dijo Pepita hablando del doctor como de un
+pariente lejano, del que s&oacute;lo se acordaba la familia de tarde en
+tarde.&mdash;&iexcl;L&aacute;stima que tenga esas ideas! Es un <i>planeta</i> muy simp&aacute;tico,
+pero mam&aacute; cree que est&aacute; loco.</p>
+
+<p>Lo incierto de su porvenir, llev&oacute; de nuevo &aacute; los dos j&oacute;venes &aacute; hablar de
+sus amores.</p>
+
+<p>Fernando sent&iacute;a miedo. Los padres de ella proyectar&iacute;an casarla con el
+v&aacute;stago de alguna familia millonaria; tal vez con un se&ntilde;orito de escasa
+fortuna, que pudiera ofrecerla viejos t&iacute;tulos de nobleza. En todos
+pensar&iacute;an antes que en &eacute;l, que no era m&aacute;s que un servidor intelectual de
+la familia. &iexcl;La perder&iacute;a am&aacute;ndola tanto!... &iexcl;La diferencia de fortuna,
+la maldita ley de clases, les cerrar&iacute;a el camino, separ&aacute;ndolos!...</p>
+
+<p>&mdash;Tonto, &iexcl;pero si yo s&oacute;lo te quiero &aacute; t&iacute;!&mdash;dec&iacute;a la joven sonriendo.</p>
+
+<p>Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de
+agradecimiento, intent&oacute; coger las manos de su amada. &Eacute;sta las retir&oacute;
+detr&aacute;s del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.</p>
+
+<p>&mdash;Quieto, &iquest;eh?&mdash;dijo pasando sin transici&oacute;n de la dulzura &aacute; la altivez,
+con una voz que no parec&iacute;a la misma, ofendida, como si el joven
+intentase una monstruosidad.</p>
+
+<p>De nuevo pas&oacute; por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus
+paradojas atrevidas que le val&iacute;an la fama de loco. &laquo;Este es un pa&iacute;s sin
+coraz&oacute;n, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el
+novio.&raquo;</p>
+
+<p>Sanabre qued&oacute; largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco
+movimiento de la joven. Pepita parec&iacute;a arrepentida de la viveza de su
+protesta, pero callaba, aguardando &aacute; que fuese &eacute;l quien reanudase la
+conversaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Tal vez quiera tu madre que Ferm&iacute;n Urquiola sea tu marido&mdash;dijo el
+ingeniero tristemente.</p>
+
+<p>La joven aprovech&oacute; la ocasi&oacute;n para recobrar su voz tierna de enamorada.</p>
+
+<p>&mdash;Con ese, nunca, &iexcl;nunca!</p>
+
+<p>Y habl&oacute; de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias
+de buen mozo, cortejando &aacute; un tiempo &aacute; varias se&ntilde;oritas de la villa y
+escogiendo entre ellas, con la frialdad del c&aacute;lculo, la que mejor le
+conviniera por su fortuna. Adem&aacute;s, conoc&iacute;a su vida. Las j&oacute;venes, en las
+tertulias, hablaban de &eacute;l &aacute; hurtadillas, como de un don Juan que atra&iacute;a
+&aacute; las tontas con el mal&eacute;fico encanto de sus calaveradas. Todas sab&iacute;an
+que ten&iacute;a una mujer, all&aacute; en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con
+la que viv&iacute;a maritalmente. Hasta hab&iacute;a o&iacute;do decir que ten&iacute;an hijos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! Con ese nunca, &iexcl;nunca!&mdash;repet&iacute;a con gestos de repugnancia.</p>
+
+<p>Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente
+&aacute; ella, en la apreciaci&oacute;n de los m&eacute;ritos de aquel pariente tan querido
+por do&ntilde;a Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase alg&uacute;n
+defecto moral de su novio, pregunt&oacute; &aacute; &eacute;ste con dulzura:</p>
+
+<p>&mdash;Dime, Fernando. &iquest;T&uacute; tienes religi&oacute;n? &iquest;Es verdad que piensas como mi
+t&iacute;o?... Dime que no, Fernando; dime que no.</p>
+
+<p>El ingeniero mir&oacute; &aacute; su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes,
+de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre
+record&oacute; un momento &aacute; Fausto en el jard&iacute;n de Margarita. Otra muchacha
+inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germ&aacute;nica, le
+preguntaba &aacute; &eacute;l en un jard&iacute;n cu&aacute;l era su religi&oacute;n. Sinti&oacute; impulsos de
+romper en un himno &aacute; sus creencias humanas, como el fant&aacute;stico doctor.
+Pero el miedo al rid&iacute;culo le contuvo; su instinto le avis&oacute; el riesgo de
+alarmar &aacute; un alma so&ntilde;olienta.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, vida m&iacute;a, tengo religi&oacute;n&mdash;dijo evasivamente.&mdash;Creo que el hombre
+debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.</p>
+
+<p>Pepita pareci&oacute; no comprenderle y habl&oacute; de su madre. Si le hac&iacute;a aquella
+pregunta era porque do&ntilde;a Cristina, que se acordaba pocas veces de
+Fernando, no viendo en &eacute;l m&aacute;s que un dependiente, hab&iacute;a dicho un d&iacute;a que
+era igual &aacute; su primo el doctor.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si supieras cu&aacute;nto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese
+verdad! No quise dec&iacute;rtelo en las cartas; pero deseaba que nos vi&eacute;semos
+para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo dec&iacute;a
+yo; &iquest;si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso s&iacute;, un
+poquito rom&aacute;ntico, como todos los que no son de esta tierra; pero es
+imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi t&iacute;o.</p>
+
+<p>Y aproxim&aacute;ndose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que
+contrastaba con la hura&ntilde;a repulsi&oacute;n de poco antes, a&ntilde;adi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Ya que crees en Dios, &iquest;por qu&eacute; no vas, como los muchachos de Bilbao, &aacute;
+confesarte con los Padres? &iquest;Por qu&eacute; no te veo nunca en la Residencia?...</p>
+
+<p>Sanabre se encogi&oacute; de hombros, no sabiendo qu&eacute; decir, mientras Pepita
+segu&iacute;a hablando. &Eacute;l indudablemente ir&iacute;a &aacute; misa todos los domingos en la
+iglesia m&aacute;s pr&oacute;xima &oacute; los altos hornos, &iquest;verdad? Y en sus ojos se le&iacute;a
+por anticipado la afirmaci&oacute;n &aacute; la pregunta, como si no pudiera
+ocurr&iacute;rsele la sospecha de que el joven pasase sin o&iacute;r misa los d&iacute;as
+festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de
+la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella&mdash;no sab&iacute;a
+explicarlo bien&mdash;cre&iacute;a que en aquel templo tan bonito y tan c&oacute;modo se
+hallaba m&aacute;s cerca. Adem&aacute;s, la religi&oacute;n era all&iacute; m&aacute;s distinguida: s&oacute;lo se
+ve&iacute;an personas decentes.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo mucho que hacer&mdash;dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.&mdash;Yo
+pertenezco &aacute; mis deberes. El trabajo tambi&eacute;n es una religi&oacute;n.</p>
+
+<p>La joven sigui&oacute; hablando, inspirada ahora por el ego&iacute;smo del amor. Nada
+perder&iacute;a aproxim&aacute;ndose &aacute; los Padres, intentando hacerse simp&aacute;tico &aacute;
+ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los dem&aacute;s,
+trabajando por su felicidad. Para ellos no exist&iacute;an obst&aacute;culos: todo lo
+hac&iacute;an llano con su sabidur&iacute;a. Hab&iacute;a que seguirlos con los ojos
+cerrados. &iexcl;Si ellos quisieran ayudarles! &iexcl;ay; entonces s&iacute; que no
+tendr&iacute;an que temer nada!...</p>
+
+<p>&mdash;Fernandito&mdash;dec&iacute;a con voz acariciadora.&mdash;Ve por all&iacute;; hazte simp&aacute;tico:
+tengo la certeza de que mam&aacute; te mirar&iacute;a mejor si alg&uacute;n Padre la hablase
+de t&iacute;... &iexcl;Y yo ser&iacute;a tan dichosa!...</p>
+
+<p>&mdash;Veremos, veremos&mdash;murmur&oacute; indeciso el ingeniero.</p>
+
+<p>Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le propon&iacute;a su
+novia. Experimentaba la cobard&iacute;a del amor, y cerraba los ojos. &Eacute;l, que
+era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir &aacute; la mujer amada &iquest;por
+qu&eacute; hab&iacute;a de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del
+&eacute;xito?...</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero&mdash;dijo con entusiasmo.&mdash;No hay nada que me detenga para
+llegar hasta t&iacute;. Buscar&eacute; &aacute; esos Padres, ir&eacute; &aacute; la Residencia, ser&eacute;
+<i>luis</i>: todo lo que t&uacute; me digas. &iquest;Pero y si &aacute; pesar de esto tu familia
+no me admite? &iquest;Y si tu madre quiere casarte con otro?...</p>
+
+<p>Sanabre abordaba por fin la gran cuesti&oacute;n que su inquietud amorosa
+tra&iacute;a preparada; lo que m&aacute;s le hab&iacute;a hecho desear aquella entrevista.</p>
+
+<p>Pepita baj&oacute; los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar &aacute; su novio
+como si temiera que este leyese en su pensamiento.</p>
+
+<p>&mdash;D&iacute;, mi vida&mdash;segu&iacute;a preguntando el ingeniero.&mdash;&iquest;Y si se oponen &aacute;
+nuestro amor?... Si nos separan &iquest;que har&aacute;s t&uacute;?</p>
+
+<p>La joven eludi&oacute; la respuesta, diciendo con ternura:</p>
+
+<p>&mdash;Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.</p>
+
+<p>&mdash;Lo s&eacute;, y mi alma se llena de alegr&iacute;a al escucharte. Pero hablemos
+seriamente: dejemos los romanticismos, como t&uacute; dices. Yo soy pobre y t&uacute;
+eres inmensamente rica. &iquest;Ser&iacute;as capaz de cambiar tu vida de opulencia
+por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te
+amar&iacute;a mucho... mucho?</p>
+
+<p>Pepita no pareci&oacute; conmoverse ante el cambio de vida que la propon&iacute;an, ni
+sinti&oacute; miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; trabajar&aacute;s, Fernando: t&uacute; ser&aacute;s rico.</p>
+
+<p>Y lo dec&iacute;a con su convicci&oacute;n de muchacha feliz que no cre&iacute;a en la
+posibilidad de la miseria; como si &eacute;sta estuviera reservada &aacute; gentes de
+otra raza y no pudiese llegar &aacute; ella ni &aacute; ninguno de los que la
+rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hac&iacute;an ser la
+primera en todas partes, le parec&iacute;a un absurdo del que era innecesario
+hablar.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y si tus padres te ordenan que me olvides? &iquest;Y si nos separan?...
+&iquest;Ser&aacute;s capaz de resistirte &aacute; su voluntad? &iquest;Les desobedecer&aacute;s para ser mi
+mujer?...</p>
+
+<p>Se agrandaron los ojos de Pepita con expresi&oacute;n de asombro, como si
+escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no
+previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los l&iacute;mites de lo
+humano.</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero, Fernando: yo no te olvidar&eacute; nunca.</p>
+
+<p>Y no dijo m&aacute;s. Su novio la acosaba con preguntas. Quer&iacute;a conocer su
+valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir
+la extensi&oacute;n de su amor; pero ella, con la cabeza baja, elud&iacute;a
+tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: &laquo;Te quiero, te
+amo.&raquo; &iquest;A qu&eacute; hablar de lo que a&uacute;n estaba por venir? Ya pensar&iacute;an los dos
+lo que deb&iacute;a hacerse cuando llegase el momento.</p>
+
+<p>Quedaron en un silencio doloroso. Ella parec&iacute;a ofendida de que se le
+quisiera obligar &aacute; violentas resoluciones: &eacute;l pensaba de nuevo en el
+doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le hab&iacute;a hablado el
+burl&oacute;n Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de
+razas distintas; sent&iacute;an las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero
+adivinaba algo de rid&iacute;culo en su situaci&oacute;n, como si realiz&aacute;ndose las
+ir&oacute;nicas fantas&iacute;as del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata
+ante el hotel del millonario.</p>
+
+<p>A&uacute;n pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deten&iacute;anse para contemplar
+una flor rara, segu&iacute;an con atenci&oacute;n infantil los saltitos de los
+p&aacute;jaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su
+apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y ve&iacute;an por
+primera vez el jard&iacute;n con todas sus bellezas, como si hasta entonces
+hubiese permanecido oculto entre nubes.</p>
+
+<p>Sanabre deseaba irse. Comenzaba &aacute; caer la tarde y pod&iacute;a presentarse do&ntilde;a
+Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de
+angustia que le esperaban all&aacute; en los altos hornos, si se retiraba
+llevando sobre el alma el peso de su decepci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Cuando menos, dime que me querr&aacute;s siempre!&mdash;dijo cogiendo una mano de
+Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.&mdash;&iexcl;Dime que,
+ocurra lo que ocurra, no me olvidar&aacute;s!</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; te quiero: no podr&eacute; olvidarte nunca.</p>
+
+<p>Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma
+tolerancia con que se entrega un objeto precioso al ni&ntilde;o enfurru&ntilde;ado,
+para consolarle. El ingeniero quer&iacute;a olvidar y acariciaba con
+arrobamiento aquella mano que recordaba, al trav&eacute;s de su figura, la
+potente garra de S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>La intervenci&oacute;n del <i>a&ntilde;a</i> interrumpi&oacute; su embriaguez amorosa. El portero
+acababa de abrir la verja y el autom&oacute;vil de la casa, tras un retroceso
+para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del
+jard&iacute;n.</p>
+
+<p>Corrieron los j&oacute;venes, seguidos por el <i>a&ntilde;a</i>, hacia la entrada del
+hotel, para salir al encuentro de do&ntilde;a Cristina.</p>
+
+<p>Al descender &eacute;sta del autom&oacute;vil y ver &aacute; Pepita con el ingeniero, mir&oacute;
+severamente al <i>a&ntilde;a</i>. Pero la mujerona le contest&oacute; con otra mirada
+arrogante de vieja servidora, que se permite por su antig&uuml;edad no
+admitir repulsas. Aquel se&ntilde;orito hab&iacute;a venido de visita y se hab&iacute;a
+paseado con Pepita por el jard&iacute;n, siempre bajo su vigilancia: &iquest;qu&eacute; mal
+hab&iacute;a en ello?...</p>
+
+<p>Sanabre no pudo ocultar su turbaci&oacute;n al saludar &aacute; la se&ntilde;ora de su jefe.
+Hab&iacute;a venido para saber cu&aacute;ndo regresar&iacute;a don Jos&eacute; de su viaje.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina le contest&oacute; duramente. Pod&iacute;a haberse ahorrado la molestia
+de la visita, preguntando por tel&eacute;fono.</p>
+
+<p>&mdash;Es que, adem&aacute;s, deseaba ver &aacute; ustedes&mdash;dijo Sanabre.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias&mdash;contest&oacute; con altivez la se&ntilde;ora.&mdash;Agradezco su
+atenci&oacute;n. &iquest;Entra usted?...</p>
+
+<p>Y con los ojos le daba &aacute; entender que pod&iacute;a retirarse.</p>
+
+<p>La joven vi&oacute; como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Despu&eacute;s
+subi&oacute; &aacute; su cuarto, esperando de un momento &aacute; otro la temible aparici&oacute;n
+de su madre encolerizada.</p>
+
+<p>No subi&oacute;. Pepita crey&oacute; o&iacute;r &aacute; lo lejos su voz temblona de ira y la del
+<i>a&ntilde;a</i> que le contestaba con no menos acritud.</p>
+
+<p>Por la noche, al reunirse en el comedor, do&ntilde;a Cristina mir&oacute; &aacute; su hija
+con insistencia, pero sus palabras fueron breves.</p>
+
+<p>&mdash;Que sea la &uacute;ltima vez&mdash;dijo&mdash;que recibas visitas, ni dentro de casa...
+ni en el jard&iacute;n. Tambi&eacute;n es casualidad, venir ese... individuo, la misma
+tarde en que te quedas sola, diciendo que est&aacute;s enferma.</p>
+
+<p>Y sus ojos parec&iacute;an penetrar en la joven, como si quisieran escudri&ntilde;ar
+el alma; pero Pepita permaneci&oacute; impasible, con ese sereno disimulo que
+no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+
+<p>El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delat&aacute;ndose la
+proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que
+apagaba el &uacute;ltimo parpadeo de las estrellas.</p>
+
+<p>Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros
+trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal,
+con la comida envuelta en un pa&ntilde;uelo, los obreros que ten&iacute;an su trabajo
+en las orillas de la r&iacute;a. El Nervi&oacute;n mostr&aacute;base entre la bruma de su
+profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de
+barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apag&aacute;banse en
+la parte alta de la r&iacute;a las luces de los <i>anguleros</i>, que durante la
+noche iluminaban el cauce como una procesi&oacute;n de invisibles penitentes.
+Las aves marinas, atra&iacute;das por el resplandor rojizo de la iluminaci&oacute;n de
+la villa, revoloteaban sobre los tejados y tend&iacute;an sus alas hacia el
+mar, siguiendo la tortuosa calle de la r&iacute;a hasta la inmensa plaza del
+Abra.</p>
+
+<p>Comenzaban &aacute; abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacer&iacute;as,
+tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando &aacute; los fieles &aacute; misa
+y como atra&iacute;das por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con
+aspecto mixto de bruja y due&ntilde;a, y ese tufo de ropa antigua, semejante al
+olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban &aacute; las
+campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes
+de los barcos y los gritos de las <i>cargueras</i> que re&ntilde;&iacute;an por
+preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaiv&eacute;n de los buques &aacute;
+tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.</p>
+
+<p>Por las calles comenzaban &aacute; rodar los carros de la <i>sarama</i> recogiendo
+el esti&eacute;rcol: las vendedoras de <i>fotes</i> llamaban &aacute; las puertas
+repartiendo los panecillos del desayuno.</p>
+
+<p>Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del
+mercado de San Ant&oacute;n, y las aldeanas que se deten&iacute;an &aacute; descansar por un
+momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras
+de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al o&iacute;r el <i>taf-taf</i> de un
+autom&oacute;vil. El veh&iacute;culo pas&oacute; veloz por la gran plaza, desapareciendo,
+ensanche adelante, al otro lado del puente.</p>
+
+<p>Las que eran de la villa, conocieron &aacute; la esposa y la hija de S&aacute;nchez
+Morueta, sentadas tras el <i>chauffeur</i> de ancha gorra y aspecto
+extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las
+cubr&iacute;an los ojos.</p>
+
+<p>Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun
+madrugaba m&aacute;s que ellas. Ir&iacute;an &aacute; la iglesia de la Residencia &aacute;
+confesarse con los padres jesu&iacute;tas. All&iacute; iba todo el se&ntilde;or&iacute;o.</p>
+
+<p>El autom&oacute;vil aceler&oacute; su marcha por las amplias calles del ensanche,
+desiertas &aacute; aquellas horas, y par&oacute; con violenta rapidez entre los
+carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Coraz&oacute;n,
+una obra prodigiosa de confiter&iacute;a arquitect&oacute;nica, en la que el blanco de
+las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un
+cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacci&oacute;n que si
+penetrase en un sal&oacute;n elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una
+dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvaci&oacute;n
+del alma.</p>
+
+<p>Reconoc&iacute;a una vez m&aacute;s el talento de los buenos Padres al admirar la
+decoraci&oacute;n del templo. Era <i>g&oacute;tico</i>, pero no ten&iacute;a la crudeza blanca, la
+sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival s&eacute;
+convert&iacute;a en pol&iacute;croma: el oro y el bermell&oacute;n chorreaban por los nervios
+de los pilares, y los arcos apuntados: las b&oacute;vedas, eran azules con
+estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan <i>bonita</i>,
+s&oacute;lo pod&iacute;an imaginarla los Padres de la Compa&ntilde;&iacute;a.</p>
+
+<p>Y la de S&aacute;nchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre
+que hab&iacute;a de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su
+comparaci&oacute;n del hermoso templo con el forro interior de uno de esos
+ba&uacute;les que usan las criadas, matizados de chillones colorines. &iexcl;Decir
+tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado
+para comodidad y suave placer de los fieles! El &oacute;rgano desgarrador y
+tempestuoso hab&iacute;a sido reemplazado por el arm&oacute;nium; en vez de los santos
+negruzcos y horripilantes de la antigua devoci&oacute;n espa&ntilde;ola ve&iacute;anse
+im&aacute;genes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual
+corresponde &aacute; un culto de personas decentes; las l&aacute;mparas de luz
+el&eacute;ctrica, en gran profusi&oacute;n, sustitu&iacute;an &aacute; los cirios humosos que con su
+olor de cera daban mareos &aacute; las se&ntilde;oras.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes
+arrodilladas &aacute; los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba
+muy concurrido el templo. Pero la de S&aacute;nchez Morueta reconoc&iacute;a la
+influencia de la estaci&oacute;n en la clase de p&uacute;blico. Las se&ntilde;oras eran menos
+que en el invierno. La <i>gente baja</i>, menestrales acomodadas, y viejas
+beatas de medios de vida problem&aacute;ticos, se aprovechaban del veraneo de
+las se&ntilde;oras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus
+santos sacerdotes.</p>
+
+<p>Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que m&aacute;s
+gente ten&iacute;a formada ante sus rejillas. Tardar&iacute;a mucho en llegarles el
+turno para la confesi&oacute;n.</p>
+
+<p>Al reconocer &aacute; las dos se&ntilde;oras, hubo un movimiento de respeto y
+curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y
+con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreci&eacute;ndolas
+su puesto en la fila. Do&ntilde;a Cristina hizo un signo de aprobaci&oacute;n con la
+cabeza y abriendo su portamonedas di&oacute; una peseta &aacute; cada una de ellas.</p>
+
+<p>Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos
+concurrido. Realmente &aacute; ellas les agradaba poco el Padre Paul&iacute; &aacute; pesar
+de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando &aacute; trav&eacute;s de la
+rejilla percib&iacute;a el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa
+con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante reba&ntilde;o.</p>
+
+<p>La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con s&oacute;lo dos
+penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando
+las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con
+calma.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina experimentaba la emoci&oacute;n de la doncella que tiente la
+proximidad del hombre amado.</p>
+
+<p>El Padre Paul&iacute; era un var&oacute;n famoso. La buena se&ntilde;ora admiraba su energ&iacute;a,
+su fuerza de voluntad, viendo en &eacute;l algo de San Ignacio, que hab&iacute;a sido
+militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre
+de guerra. No hab&iacute;a m&aacute;s qu&eacute; leer los papeles liberales, enterarse de los
+esc&aacute;ndalos que hab&iacute;an provocado, hasta en Madrid, las palabras y los
+actos del Padre Paul&iacute;, para convencerse de que nadie trabajaba como &eacute;l
+por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes
+que s&oacute;lo hablaban de piedad y perd&oacute;n para los enemigos, y de la dulzura
+de Jes&uacute;s. Era el jabal&iacute; de la Iglesia, que al verse en terreno
+favorable, en aquella tierra donde crec&iacute;a frondoso el bosque de la fe y
+de la sumisi&oacute;n ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos &aacute; todos
+lados. &laquo;A los enemigos de la religi&oacute;n, palo&raquo;, dec&iacute;a con fiera
+arrogancia, que enardec&iacute;a &aacute; su laico auxiliar Ferm&iacute;n Urquiola.</p>
+
+<p>No perdonaba medio para propagar sus belicosos prop&oacute;sitos. Sus sermones
+en las grandes romer&iacute;as, en las fiestas de la Asociaci&oacute;n de la Vela
+Nocturna y otras corporaciones que le ten&iacute;an por director, eran arengas
+de caudillo, hablando de matar &oacute; morir como los paladines de las
+Cruzadas, por el sagrado Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. Su celebro folleto &laquo;A las
+se&ntilde;oras cat&oacute;licas&raquo;, publicado en v&iacute;speras de unas elecciones, hab&iacute;a dado
+que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.</p>
+
+<p>Era un hombre de lucha que iba recto &aacute; su fin, atropellando las
+doctrinas religiosas para defender la religi&oacute;n. En su folleto tronaba
+contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la
+caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo deb&iacute;an dedicarlo &aacute;
+las elecciones, &aacute; comprar votos, &aacute; corromper la voluntad de la gente,
+para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella
+instituci&oacute;n del sufragio, que borrando las clases y colocando el peque&ntilde;o
+al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que
+fu&eacute; victorioso caudillo el Padre Paul&iacute;. Las se&ntilde;oras, amenazando con no
+comprar en los establecimientos cuyos due&ntilde;os votasen al candidato
+liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que
+enloquec&iacute;a &aacute; la gente y la hac&iacute;a terminar sus disputas &aacute; palos y tiros;
+las damas ricas, desliz&aacute;ndose en los tugurios de los miserables,
+arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas
+electorales. Y enfrente de este gran ej&eacute;rcito manejado por el Padre
+Paul&iacute;, un candidato de una buena fe paradis&iacute;aca, que hac&iacute;a discursos
+sobre la regeneraci&oacute;n material de la naci&oacute;n y la pol&iacute;tica hidr&aacute;ulica,
+pidiendo canales y pantanos, como si &aacute; un pa&iacute;s cual Vizcaya, en el que
+llueve todo el a&ntilde;o, pudiera interesarle lo que s&oacute;lo importaba &aacute; los
+<i>maketos</i>, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de &Aacute;frica.
+Hasta hab&iacute;a comulgado solemnemente la v&iacute;spera de la elecci&oacute;n, en una
+iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo car&aacute;cter
+antirreligioso. &iexcl;Infeliz! &iexcl;como si estas habilidades valiesen con la
+Iglesia que es maestra en ellas! &iexcl;c&oacute;mo si no supiesen los buenos que
+quien no est&aacute; &aacute; sus &oacute;rdenes en cuerpo y alma, est&aacute; contra ella!...</p>
+
+<p>En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las
+gentes religiosas, y que esparc&iacute;a en torno del en&eacute;rgico jesu&iacute;ta un
+prestigio de caudillo invencible, hab&iacute;a roto do&ntilde;a Cristina los &uacute;ltimos
+restos de la intimidad puramente amistosa que a&uacute;n exist&iacute;a entra ella y
+su marido. Los liberales buscaron el auxilio de S&aacute;nchez Morueta,
+record&aacute;ndole que hab&iacute;a peleado durante el sitio, y el millonario entreg&oacute;
+mil pesetas para la elecci&oacute;n. El mismo d&iacute;a do&ntilde;a Cristina, con la amplia
+libertad de que gozaba en el manejo del dinero, di&oacute; dos mil duros al
+Padre Paul&iacute;. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cay&oacute; sobre S&aacute;nchez
+Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Do&ntilde;a Cristina tembl&oacute; en
+el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parec&iacute;a escuchar la
+risa ir&oacute;nica del doctor Aresti, all&aacute; en las minas. Tem&iacute;a la explosi&oacute;n
+ruidosa del gigante que se ve&iacute;a ridiculizado por una mujer, que no era
+para &eacute;l m&aacute;s que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los
+d&iacute;as y sigui&oacute; callando, como si pasada la primera impresi&oacute;n de c&oacute;lera,
+s&oacute;lo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera
+turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su
+casa.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina tambi&eacute;n hab&iacute;a perdido su primitiva inquietud al
+transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente
+ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia
+conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paul&iacute; val&iacute;a
+por todos los terrores que le hab&iacute;a hecho sufrir el gesto hosco de su
+marido. El jesu&iacute;ta la compar&oacute; en una reuni&oacute;n de se&ntilde;oras con las mujeres
+fuertes de la Biblia y con un sinn&uacute;mero de santas, todas princesas &oacute;
+consejeras de reyes. &laquo;Con se&ntilde;oras tan valerosas, pronto volver&aacute; el
+reinado de Jes&uacute;s sobre la tierra.&raquo; Urquiola era otro panegirista que en
+las reuniones de j&oacute;venes cat&oacute;licos ensalzaba, entre risas, la gran treta
+que su t&iacute;a hab&iacute;a jugado &aacute; aquel marido gigant&oacute;n con cara de vinagre.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s del ruidoso triunfo, la piadosa se&ntilde;ora entraba en aquella
+iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compa&ntilde;erismo de la
+victoria y su tan comentado sacrificio, la un&iacute;an &aacute; los buenos Padres
+como si fuese de su familia.</p>
+
+<p>El confesor, despu&eacute;s de despachar &aacute; varias penitentas, sac&oacute; la cabeza
+por delante del sagrado caj&oacute;n, lanzando una r&aacute;pida mirada &aacute; la fila de
+se&ntilde;oras, mientras musitaba algunas oraciones.</p>
+
+<p>&mdash;Me ha conocido&mdash;pens&oacute; do&ntilde;a Cristina con orgullo&mdash;No tardar&aacute; en
+despedir &aacute; la que est&aacute; delante.</p>
+
+<p>Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla all&iacute; en verano. La
+afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el
+servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, s&oacute;lo de
+tarde en tarde hac&iacute;a sus visitas al templo de la Residencia. De seguro
+que el buen Padre pensaba: &laquo;Algo extraordinario le ocurre &aacute; mi hija de
+confesi&oacute;n.&raquo; Y as&iacute; era efectivamente.</p>
+
+<p>No peligraba la salud de su alma ni tra&iacute;a ning&uacute;n grave pecado que la
+abrumase con su peso. Pero el jesu&iacute;ta quer&iacute;a que se le dijera todo,
+absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas,
+&uacute;nico medio de que &eacute;stas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una
+confesi&oacute;n extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.</p>
+
+<p>Primeramente, quer&iacute;a hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho
+de su esposo.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hab&iacute;a llegado el d&iacute;a anterior, despu&eacute;s de una
+permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio:
+millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales
+hab&iacute;a de tratar nuevos negocios. Esto, seg&uacute;n &eacute;l daba &aacute; entender en sus
+escasas palabras. Pero do&ntilde;a Cristina dudaba ya de todo desde que dos
+d&iacute;as antes de que regresase el millonario, hab&iacute;a encontrado revolviendo
+los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de &aacute;mbar y
+con la firma de una mujer, una tal Judith, que deb&iacute;a ser una pagana, una
+pecadora, &aacute; juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no hab&iacute;a
+entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fant&aacute;sticos y
+adem&aacute;s estaba en franc&eacute;s. Pero las pocas palabras que hab&iacute;a podido
+adivinar, y m&aacute;s que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender
+desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor
+desenfado. &iexcl;Qu&eacute; asco! Toda la castidad de do&ntilde;a Cristina, su horror &aacute; la
+carne vil, se revolvi&oacute; al contacto de aquel papel. No quiso verlo m&aacute;s y
+lo abandon&oacute; en el mismo sitio donde lo hab&iacute;a encontrado. Sab&iacute;a lo
+necesario: su marido ten&iacute;a una amante: tal vez por esto pasaba tanto
+tiempo fuera de Bilbao...</p>
+
+<p>En el primer momento, do&ntilde;a Cristina experiment&oacute; una sensaci&oacute;n
+desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo.
+Sinti&oacute; por S&aacute;nchez Morueta un inter&eacute;s m&aacute;s grande que en los primeros
+tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la
+infidelidad. Tal vez iba &aacute; conocer el amor &aacute; impulsos de la c&oacute;lera. Pero
+aquello s&oacute;lo dur&oacute; un instante: su alma, que parec&iacute;a despertar &eacute;
+incorporarse, volvi&oacute;se del otro lado y continu&oacute; su sue&ntilde;o.</p>
+
+<p>Si Pepe ten&iacute;a una querida &iquest;&aacute; ella qu&eacute;? Mejor: su indiferencia encontraba
+una justificaci&oacute;n. Vivir&iacute;a m&aacute;s segura en su castidad: se sentir&iacute;a m&aacute;s
+fuerte, pudiendo echar algo en cara &aacute; aquel hombre que parec&iacute;a dominarla
+con su silencio. Era lo que &aacute; ella le faltaba. Do&ntilde;a Cristina se hab&iacute;a
+irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel
+hombre que viv&iacute;a tranquilo, sin acordarse de la religi&oacute;n, cerrando su
+casa &aacute; los ministros de Dios.</p>
+
+<p>De aquella carta pecadora le hab&iacute;a quedado el principio impreso en la
+memoria: &laquo;<i>Mon gros loup cheri</i>&raquo;. &iquest;Qu&eacute; querr&iacute;a decir esto? Y adivinando
+algo horrible y grotesco &aacute; la par, como los diablos panzudos pintados
+en ciertas estampas, sonre&iacute;a en medio de su repugnancia, pensando en la
+figura algo rid&iacute;cula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando
+&aacute; una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devor&aacute;ndolos.</p>
+
+<p>Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quer&iacute;a
+comunic&aacute;rselo al Padre Paul&iacute;, y que &eacute;ste la ayudara con sus consejos.
+Adem&aacute;s, ten&iacute;a que hablarle de la ni&ntilde;a, rogando que la diese un buen
+repas&oacute;n. Estaba en la edad de los caprichos y las <i>tonter&iacute;as</i>, y ella,
+despu&eacute;s de la tarde en que la hab&iacute;a sorprendido en el jard&iacute;n con el
+ingenierillo, sent&iacute;a cierta intranquilidad. Hasta hab&iacute;a efectuado un
+registro minucioso en el cuarto de la ni&ntilde;a, presintiendo cartitas
+escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada hab&iacute;a
+encontrado; pero le daba el coraz&oacute;n que algo exist&iacute;a. Tal vez lo
+guardaba oculto la <i>a&ntilde;a</i> Nicanora, complaciente siempre con la se&ntilde;orita.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a terminado su confesi&oacute;n la se&ntilde;ora arrodillada delante de ella, y
+do&ntilde;a Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del
+lado opuesto. Se abri&oacute; por fin el ventanillo y Pepita vi&oacute; por encima de
+los hombros de su madre una sombra que murmuraba:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hola Cristina! &iexcl;hija m&iacute;a! &iquest;A qu&eacute; obedece esta visita tan
+extraordinaria?...</p>
+
+<p>Pepita no oy&oacute; m&aacute;s: su madre peg&oacute; la cabeza &aacute; la rejilla, ahog&aacute;ndose las
+palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.</p>
+
+<p>La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil
+la incrustaci&oacute;n de los tacones de sus botas, le&iacute;a en su devocionario
+autom&aacute;ticamente, mientras pensaba lo que dir&iacute;a al confesor.</p>
+
+<p>Estaba junto &aacute; su mam&aacute; y llegaban hasta ella algunas de sus palabras
+como un lejano susurro.</p>
+
+<p>Pepita comprendi&oacute; que su madre hablaba de una carta que deb&iacute;a
+interesarla mucho, &aacute; juzgar por las veces que la nombr&oacute;. La joven p&uacute;sose
+&aacute; temblar pensando en las que ten&iacute;a ocultas, como una prueba de delito,
+all&aacute; en su hotel de Las Arenas. Pero do&ntilde;a Cristina levant&oacute; la voz un
+poco m&aacute;s, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso
+y Pepita la oy&oacute; decir con gran dificultad, vacilando &aacute; cada s&iacute;laba
+&laquo;<i>Mon... gros... loup... cheri...</i>&raquo;</p>
+
+<p>No: aquello no iba con ella... &iquest;Pero por qu&eacute; dec&iacute;a su madre tales cosas?
+&iquest;Qu&eacute; lobo era aquel, en franc&eacute;s, que su madre llevaba tan trabajosamente
+hasta los o&iacute;dos del buen Padre? Y Pepita se mord&iacute;a los labios para no
+re&iacute;r, sin saber ciertamente por qu&eacute; le regocijaba esta frase que no
+hab&iacute;a encontrado nunca en sus libros cuando la ense&ntilde;aban franc&eacute;s.</p>
+
+<p>Luego ces&oacute; de o&iacute;r. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la
+rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta
+Pepita como el balbucear de un peque&ntilde;uelo: &laquo;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a&raquo;. Deb&iacute;a re&ntilde;ir
+&aacute; la madre &aacute; juzgar por lo encogida que &eacute;sta se mostraba, con la cabeza
+entre los hombros, como si la abrumase el interminable rega&ntilde;o del
+confesor.</p>
+
+<p>La voz de do&ntilde;a Cristina volvi&oacute; de nuevo al o&iacute;do de su hija:</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad Padre: yo tengo la culpa. &iexcl;Pero es una esclavitud tan
+dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocaci&oacute;n me
+llamaba &aacute; otra parte. Pero la juventud se enga&ntilde;a siempre y &iexcl;era yo
+entonces tan ni&ntilde;a!...</p>
+
+<p>Call&oacute;, y de nuevo volvi&oacute; &aacute; susurrar como un aleteo el &laquo;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a&raquo;
+siempre con tono de reproche durante muchos minutos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cree usted Padre&mdash;volvi&oacute; &aacute; murmurar la se&ntilde;ora&mdash;que no he hecho yo
+nada por atraerle al buen camino? El d&iacute;a mejor de mi vida ser&iacute;a aquel en
+que le viese al lado de los buenos, ayudando &aacute; Dios con los bienes que
+le ha dado, aconsej&aacute;ndose de personas sabias y virtuosas como ustedes...
+Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado
+respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los
+hombres.</p>
+
+<p>Volvi&oacute; &aacute; sonar el &laquo;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a...&raquo; m&aacute;s imperioso, como si diese una
+orden, y do&ntilde;a Cristina achic&aacute;base ante la reja, obediente &aacute; su director,
+pero anonadada por el sacrificio que la impon&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Lo har&eacute;, Padre, lo har&eacute;. &iexcl;Si supiera usted el asco que eso me produce!
+&iexcl;Tan tranquila que yo viv&iacute;a!... Pero obedecer&eacute;, ya que no hay otro
+remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son
+sacrificios que impone Dios para la conservaci&oacute;n del mundo: exigencias
+de la vil materia... Obedecer&eacute;, Padre, &iexcl;pero cu&aacute;nto me cuesta! &iexcl;qu&eacute;
+repugnancia, Dios m&iacute;o!...</p>
+
+<p>El &laquo;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a&raquo; tom&oacute; una expresi&oacute;n interrogante.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Padre, s&iacute;: ser&eacute; otra. Volver&eacute; como en otros tiempos, &aacute; preocuparme
+de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este
+sacrificio. Copiar&eacute; las seducciones mundanas para servir &aacute; Dios.</p>
+
+<p>El murmullo del confesor son&oacute; largamente, como si diese consejos. De vez
+en cuando, le interrump&iacute;a do&ntilde;a Cristina con sus afirmaciones de
+penitenta sumisa.</p>
+
+<p>&mdash;As&iacute; lo har&eacute;, Padre.</p>
+
+<p>&mdash;<i>&iquest;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a?</i></p>
+
+<p>&mdash;Ya he olvidado esas cosas, pero procurar&eacute; acordarme de mis tiempos de
+vanidad.</p>
+
+<p>&mdash;<i>&iquest;&Ntilde;a... &ntilde;a... &ntilde;a?</i></p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted que sea hoy mismo? &iquest;Despu&eacute;s de haber recibido al
+Se&ntilde;or?... Bien: porque usted lo dice. Ser&aacute; un nuevo sacrificio.</p>
+
+<p>Callaron un instante el confesor y la penitenta. Do&ntilde;a Cristina volvi&oacute; la
+cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su
+confesi&oacute;n; y al ver tan pr&oacute;xima &aacute; Pepita, fijos en el devocionario sus
+ojos c&aacute;ndidos, se peg&oacute; m&aacute;s &aacute; la rejilla. La joven ya no oy&oacute; m&aacute;s que un
+lejano susurro, sin distinguir una palabra.</p>
+
+<p>Al terminar la confesi&oacute;n, la madre fu&eacute; &aacute; arrodillarse en el centro del
+templo y Pepita ocup&oacute; su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor
+despach&oacute; r&aacute;pidamente &aacute; la penitenta del lado opuesto, y volvi&oacute; &aacute; abrir
+el ventanillo.</p>
+
+<p>&mdash;Hola, buena pieza. &iquest;Eres t&uacute;?&mdash;dijo cari&ntilde;osamente &aacute; Pepita.&mdash;&iquest;Ya has
+hecho el acto de contrici&oacute;n? Pues &aacute; ver esos pecadillos, &aacute; hacer la
+colada del alma, que aqu&iacute; est&aacute; el Padre Paul&iacute; para absolver &aacute; las ni&ntilde;as
+que son buenas y sumisas.</p>
+
+<p>Y mientras la joven iba soltando con autom&aacute;tica regularidad los pecados
+de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia,
+deseos de humillar &aacute; las amigas, desobediencias &aacute; su madre, miraba &aacute;
+trav&eacute;s de la rejilla al famoso jesu&iacute;ta, su cara sin una arruga, la nariz
+aguile&ntilde;a, aquella sonrisa dulce que parec&iacute;a acariciar, pero que &aacute; ella
+le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que
+extra&iacute;a las verdades por hondas que se ocultasen.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, &iquest;y qu&eacute; m&aacute;s?&mdash;dijo el jesu&iacute;ta cuando ella se detuvo dando por
+terminada la enumeraci&oacute;n de sus pecados.</p>
+
+<p>&mdash;Nada m&aacute;s, Padre. No recuerdo otros pecados.</p>
+
+<p>&mdash;Rebusca bien en tu conciencia, hijita. &iquest;Nada de nuevo ha ocurrido en
+tu vida desde la &uacute;ltima vez que nos vimos? Pi&eacute;nsalo. Mira que con el
+Padre Paul&iacute; no valen enga&ntilde;os: que hasta m&iacute; llega un pajarito que me
+cuenta todo lo que hacen las ni&ntilde;as embusteras, y que yo s&eacute; cu&aacute;ndo me
+dicen la verdad y cu&aacute;ndo me mienten.</p>
+
+<p>Pepita comenzaba &aacute; sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y
+maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, seg&uacute;n afirmaba
+su madre. Con &eacute;l de nada serv&iacute;an los tapujos. Y su inquietud convirti&oacute;se
+en miedo cuando vi&oacute; que el sacerdote cesaba de sonre&iacute;r y la hablaba con
+los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmov&iacute;a desde el p&uacute;lpito
+&aacute; la distinguida muchedumbre de sus fieles.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, hija m&iacute;a. Una vez &eacute;rase una princesa m&aacute;s bonita que t&uacute;, y m&aacute;s
+rica, pues sus padres eran reyes...</p>
+
+<p>Y describ&iacute;a &aacute; la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes,
+sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.</p>
+
+<p>&mdash;Un d&iacute;a, en un sarao de la corte, cuando m&aacute;s llamaba la atenci&oacute;n por su
+hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los
+cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa
+asomaba, y volv&iacute;a &aacute; ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una
+horrible serpiente... &iquest;Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un
+pecado que la princesa hab&iacute;a querido ocultar &aacute; su confesor y que tomaba
+la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.</p>
+
+<p>Y el Padre Paul&iacute;, con su voz tr&eacute;mula de predicador horrorizado, hac&iacute;a
+estremecer &aacute; la joven. El final de la historia no era m&aacute;s
+tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el coraz&oacute;n &aacute; la
+princesa, y la desdichada descend&iacute;a con el peso de su pecado &aacute; los
+infiernos.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, hija m&iacute;a&mdash;dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su
+sonrisa despu&eacute;s de la historia horripilante.&mdash;T&uacute; eres m&aacute;s buena que la
+princesa: t&uacute; no querr&aacute;s perder tu alma ocultando las faltas al confesor.
+Aqu&iacute; tienes al Padre Paul&iacute; que es un buenazo con las ni&ntilde;as que no
+mienten, pero que tiene una correa para castigar &aacute; las que son malas y
+rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo
+para t&iacute;, como si lo fuera... &iexcl;T&uacute; tienes un novio!</p>
+
+<p>&mdash;No, Padre&mdash;dijo Pepita con voz tr&eacute;mula, intentando todav&iacute;a
+defenderse.&mdash;Es un amigo... Un amigo, &iexcl;pues!... que lo distingo de los
+dem&aacute;s... que le tengo cierta simpat&iacute;a...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vaya por el amigo!&mdash;exclam&oacute; bondadosamente el confesor.&mdash;Y este amigo
+te escribe cartitas y t&uacute; las contestas &aacute; hurtadillas de mam&aacute;. No digas
+que no: no mientas... &iquest;Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas
+y en que os hab&eacute;is visto y hablado en el jard&iacute;n de Las Arenas. &iexcl;Si es
+in&uacute;til negar! &iexcl;Si yo todo lo s&eacute; por el pajarito!...</p>
+
+<p>Y el jesu&iacute;ta insist&iacute;a complacido en aquella &ntilde;o&ntilde;ez del pajarito, como si
+fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.</p>
+
+<p>La joven acab&oacute; por confesarlo todo y el Padre Paul&iacute; tom&oacute; entonces un
+tono solemne:</p>
+
+<p>&mdash;Pues, hija m&iacute;a; tengo que decirte que has cometido un grave pecado,
+pero &aacute; tiempo est&aacute;s de arrepentirte y purificarte de &eacute;l. Lo has hecho,
+indudablemente, sin saber lo que hac&iacute;as, porque t&uacute; eres buena y espero
+que el arrepentimiento te volver&aacute; &aacute; la gracia de Dios. &iquest;T&uacute; sabes lo
+grave que resulta tu falta? &iexcl;Una mu&ntilde;eca como t&uacute;, una mocosa que debe
+vivir agarrada &aacute; las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que
+es el mundo, querer arreglarse por s&iacute; misma el porvenir, y enga&ntilde;ar &aacute;
+mam&aacute;, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si &eacute;ste puede
+ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los
+rodean! Vamos que merec&iacute;as una zurra, como las chicuelas malcriadas que
+hacen alguna diablura.</p>
+
+<p>Y su mano blanca se mov&iacute;a tras la rejilla con burlona expresi&oacute;n de
+amenaza.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute;, que eres aficionada &aacute; lecturas como todas las jovencitas del d&iacute;a,
+p&iacute;dele &aacute; tu madre un libro titulado &laquo;<i>La entrada en el mundo.</i>&raquo; Si ella
+no lo tiene, te lo dar&aacute; tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de
+memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por
+otros Padres no menos sabios de la Compa&ntilde;&iacute;a. Se la regalamos &aacute; los
+muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad
+de Deusto y es una gu&iacute;a completa de lo que debe pensar y hacer en el
+mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no
+necesita m&aacute;s para ser un modelo de caballeros cat&oacute;licos y excelentes
+padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los cap&iacute;tulos que se
+titulan &laquo;<i>La elecci&oacute;n de estado</i>&raquo; y &laquo;<i>Antes que te cases</i>&raquo;... y ver&aacute;s lo
+que le corresponde hacer &aacute; la juventud cristiana para conservar pura su
+alma y no ofender &aacute; Dios. Para la elecci&oacute;n de estado hay que meditar
+mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la sant&iacute;sima Virgen,
+tal como lo dispone en sus &laquo;Ejercicios Espirituales&raquo; el bienaventurado y
+glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe
+escogerse despu&eacute;s de la oraci&oacute;n, de la meditaci&oacute;n, del examen atento; y
+especialmente, &iexcl;f&iacute;jate bien en esto, criatura!, &laquo;despu&eacute;s del consejo
+maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y
+sobre todo, de vuestro director espiritual.&raquo; As&iacute; lo dice el libro.</p>
+
+<p>Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si &eacute;ste fuese
+el personaje m&aacute;s importante entre todos los citados.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es el director espiritual?&mdash;continu&oacute;.&mdash;El librito lo dice
+claramente: &laquo;Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija
+vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres
+se oponen &aacute; vuestro casamiento, creed que ser&aacute; por vuestro bien. Si os
+queda alguna duda sometedla &aacute; la censura prudente de vuestros
+confesores, y si &eacute;stos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen
+&aacute; medida de vuestros deseos es porque saldr&aacute;n conforme &aacute; la voluntad de
+Dios que es lo que m&aacute;s os interesa. Eso del amor, no es m&aacute;s que
+<i>galanter&iacute;a</i> mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del
+pecado, que nunca puede dominar &aacute; una alma cristiana.&raquo; Ah&iacute; tienes,
+chiquita, todo un compendio de sabidur&iacute;a que siguen los j&oacute;venes al salir
+de nuestras aulas, y son felices. &iquest;Y esto, que respetan y acatan
+muchachos con m&aacute;s barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de
+nuestra Universidad, lo atropellas t&uacute;, mu&ntilde;eca ignorante? &iquest;Te atreves &aacute;
+buscar marido por tu propia cuenta y &aacute; tener amor&iacute;os, cuando hombres que
+ostentan t&iacute;tulos acad&eacute;micos no osan poner los ojos en una mujer sin
+venir aqu&iacute; antes &aacute; decirme: &laquo;Padre Paul&iacute;, he pensado en Fulana &oacute; en
+Zutana: &iquest;me conviene?&raquo; y se van tan satisfechos de los consejos del
+Padre, sigui&eacute;ndolos fielmente?... &iexcl;Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce
+que en tu casa falta una buena direcci&oacute;n &aacute; pesar de que mam&aacute; es casi una
+santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese
+m&eacute;dico loco de las minas que ha hecho infeliz &aacute; su pobre mujer, y que
+entran all&iacute; gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del
+siglo.</p>
+
+<p>La joven sent&iacute;ase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su
+pecado. El confesor continu&oacute; con una sonrisa dulce:</p>
+
+<p>&mdash;Y ese se&ntilde;or ingeniero que te ha trastornado el seso, ser&aacute; poco m&aacute;s &oacute;
+menos como tu t&iacute;o el m&eacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, no, Padre!&mdash;se apresur&oacute; &aacute; decir Pepita aprovechando la ocasi&oacute;n
+para defender &aacute; su novio.&mdash;es muy buen cat&oacute;lico: me lo dijo el otro d&iacute;a
+cuando hablamos en el jard&iacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hum, hum!&mdash;tosi&oacute; el jesu&iacute;ta&mdash;&iquest;D&oacute;nde ha estudiado? En alguna de esas
+escuelas donde s&oacute;lo ense&ntilde;an lo que llaman ciencia y que no es m&aacute;s que
+puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. &iquest;Cat&oacute;lico y no lo
+conozco?... &iquest;Cat&oacute;lico joven y no viene por aqu&iacute;?...</p>
+
+<p>&mdash;Me prometi&oacute; que vendr&iacute;a, Padre. Dijo que se confesar&iacute;a aqu&iacute;; que se
+inscribir&iacute;a en los <i>Luises</i>, que har&iacute;a todo lo que yo le mandase. Crea
+usted, Padre, que no es malo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Je, je!&mdash;ri&oacute; maliciosamente el confesor.&mdash;No est&aacute; mal la resoluci&oacute;n.
+Pero nosotros, esas conversiones de &uacute;ltima hora con vistas al
+matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados.
+El Padre Paul&iacute; es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda enga&ntilde;arlo
+un boquirrubio de esos &aacute; la moderna. Queremos en nuestro jard&iacute;n &aacute;rboles
+que hayamos plantado nosotros, gui&aacute;ndolos desde que son tiernos... Y t&uacute;,
+hija m&iacute;a, &iexcl;con qu&eacute; calor defiendes &aacute; ese hombre! Veo que el peligro era
+m&aacute;s grave de lo que cre&iacute;a. Si persistes en esa mala pasi&oacute;n, contra la
+voluntad de tus padres y de tu director espiritual, est&aacute;s en pecado y no
+podr&eacute; darte la absoluci&oacute;n. &iquest;Entiendes?...</p>
+
+<p>Tembl&oacute; la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.</p>
+
+<p>&mdash;Pero t&uacute; eres buena&mdash;continu&oacute; el jesu&iacute;ta cambiando de tono&mdash;y t&uacute;
+obedecer&aacute;s. Ma&ntilde;ana me env&iacute;as todas las cartas que tengas de ese hombre:
+un paquetito &aacute; nombre m&iacute;o y que lo entreguen al portero de la
+Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras
+&aacute; ese individuo. &laquo;Muy se&ntilde;or m&iacute;o: por no disgustar &aacute; mis padres... &oacute; por
+consejo de mi director espiritual...&raquo; en fin, t&uacute; lo escribir&aacute;s bien: las
+mujeres, ten&eacute;is talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle
+saber, de un modo que no deje lugar &aacute; dudas, que todo acab&oacute;, que ya no
+te acuerdas de &eacute;l, que lo pasado fu&eacute; una falta de la que te muestras
+arrepentida... &iquest;Estamos?</p>
+
+<p>Pepita movi&oacute; la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que
+adivinase el confesor si esta emoci&oacute;n era por la pena del rompimiento &oacute;
+por el miedo que le inspiraba su pecado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tonta! &iexcl;tontita!&mdash;dijo para tranquilizarla.&mdash;&iexcl;Si todo esto es por tu
+bien!... &iquest;Qui&eacute;n es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay
+tantos, un trabajador de levita, qu&eacute; necesita de protectores como tu
+padre para ganar la comida. &iexcl;Mire usted que estar&iacute;a bien, ver &aacute; la hija
+de S&aacute;nchez Morueta casada con un ganap&aacute;n, de esos que creen ser los
+hombres m&aacute;s &uacute;tiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan
+n&uacute;meros! Eso de las princesas cas&aacute;ndose con pastores, s&oacute;lo se ve en las
+comedias. A&uacute;n es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece &aacute;
+tus padres, &aacute; mam&aacute; sobre todo, pues las mujeres saben m&aacute;s de estas
+cosas. Conf&iacute;a en el Padre Paul&iacute;, que es tu amigo, tu segundo padre, y
+entre todos ya ver&aacute;s c&oacute;mo te elegimos un hombre que te har&aacute; feliz y aun
+elevar&aacute; m&aacute;s tu rango en el mundo.</p>
+
+<p>Call&oacute; un momento el jesu&iacute;ta, como si preparase un avance decisivo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de
+nuestra Universidad!... Una joven como t&uacute;&mdash;continu&oacute;&mdash;merece unirse con
+una gran fortuna &oacute; un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad
+de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. &iexcl;Pues &aacute; casarse con
+un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de
+Estado, y se cubra de gloria sirviendo &aacute; Dios y &aacute; su pa&iacute;s! Eso no es
+dif&iacute;cil encontrarlo. Ah&iacute; tienes, por ejemplo, &aacute; tu primo Urquiola.</p>
+
+<p>Pepita hizo un moh&iacute;n de protesta. No: ese no.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no, chiquilla? &iquest;Tienes algo que decir de &eacute;l? Es uno de los
+alumnos de <i>punta</i> que han salido de nuestra Universidad. Con una docena
+como &eacute;l, Bilbao ser&iacute;a nuestro por completo, y esta poblaci&oacute;n aparecer&iacute;a
+como otra Covadonga, desde la cual emprender&iacute;amos la reconquista de
+Espa&ntilde;a encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de
+Dios... Comprendo por qu&eacute; tuerces el gesto: chismes y enredos de
+tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracci&oacute;n en el
+pobre Urquiola, s&oacute;lo saben hablar de &eacute;l. &iexcl;Ya las arreglar&eacute; yo &aacute; esas
+maldicientes!... &iquest;Y sabes por qu&eacute; se ocupan tanto de Ferm&iacute;n? Porque &eacute;ste
+no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente
+inclinado hacia t&iacute;, con el amor honesto y respetuoso de un joven
+cristiano. Las que te hablan contra &eacute;l, es porque te tienen envidia.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de este h&aacute;bil halago &aacute; la vanidad de la joven, continu&oacute; con una
+expresi&oacute;n de bondad y tolerancia:</p>
+
+<p>&mdash;Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fu&eacute; nuestro padre San
+Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar,
+y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y
+de gustar &aacute; las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente
+despu&eacute;s de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para
+que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que
+entonces se llamaban <i>botas polidas</i>... Urquiola es joven, y rebosa en
+&eacute;l la energ&iacute;a, el exceso de expansi&oacute;n y de fuerza que ha puesto al
+servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de
+pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas
+cambian seg&uacute;n los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo,
+lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa,
+rodeado de su familia, &aacute; la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado
+que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Ferm&iacute;n; un soldado,
+un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas,
+porque las necesidades de la campa&ntilde;a le obligan &aacute; vivir fuera de su
+mundo... Pero ya ver&aacute;s c&oacute;mo cambia, c&oacute;mo sienta la cabeza el d&iacute;a que
+tenga &aacute; su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. &iquest;Sabes por qu&eacute;
+le miran con tanto agrado tus amigas? Porque est&aacute;n seguras de su
+porvenir. Ferm&iacute;n ser&aacute; diputado en las primeras elecciones, figurar&aacute; en
+Madrid, &iexcl;y quien sabe &aacute; lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte
+de esta naci&oacute;n, que seguramente se cambiar&aacute;, de no olvidarnos Dios!...</p>
+
+<p>Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobaci&oacute;n &oacute; protesta ante
+los palabras del jesu&iacute;ta, y &eacute;ste se detuvo, creyendo haber avanzado
+demasiado. Por aquel d&iacute;a bien estaba con lo dicho.</p>
+
+<p>&mdash;No creas que tengo un inter&eacute;s especial en que sea Urquiola quien haga
+feliz tu vida. Tal vez tu mam&aacute; lo defienda con m&aacute;s tenacidad que yo,
+pues de su sangre es y conoce sus m&eacute;ritos. Por m&iacute;, si no es ese, que sea
+otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria
+y de la religi&oacute;n, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas
+como todas las doncellas cat&oacute;licas y decentes, sin disgustar &aacute; tus pap&aacute;s
+y desobedecer &aacute; tu director. T&uacute; eres de una familia cristiana y debes
+seguir sus costumbres. M&iacute;rate en el espejo de tus padres: se unieron con
+el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la
+fortuna les sonr&iacute;e, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo
+tan hermoso como t&uacute;, que eres buena y no querr&aacute;s amargar los &uacute;ltimos
+a&ntilde;os de su vida.</p>
+
+<p>Y el confesor hablaba gravemente, sin el m&aacute;s leve moh&iacute;n, de la felicidad
+conyugal de los S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>&mdash;Basta por hoy. He dicho &aacute; tu madre que veng&aacute;is por aqu&iacute; con m&aacute;s
+frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo
+tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho
+cuidado con ella. &iquest;Quedamos en que me enviar&aacute;s esas cartas, para que
+nunca puedas volver &aacute; leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Padre.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Escribir&aacute;s hoy mismo &aacute; ese se&ntilde;or dando por terminadas para siempre
+las locuras?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Padre.</p>
+
+<p>&mdash;Muy bien: vamos &aacute; la absoluci&oacute;n.</p>
+
+<p>Y musitando sus latines, el Padre Paul&iacute; bendijo &aacute; la joven al trav&eacute;s de
+la rejilla: despu&eacute;s sac&oacute; la mano por el frente del confesonario para que
+se la besase. Mientras abr&iacute;a el ventanillo opuesto preparando una
+sonrisa como saludo &aacute; la nueva penitenta, Pepita fu&eacute; &aacute; arrodillarse al
+lado de su madre.</p>
+
+<p>Comulgaron tras una breve espera, despu&eacute;s de rezar su penitencia y
+salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza &aacute; las amigas
+que a&uacute;n estaban arrodilladas ante los confesonarios.</p>
+
+<p>El autom&oacute;vil emprendi&oacute; el regreso &aacute; Las Arenas siguiendo la ribera de la
+r&iacute;a que parec&iacute;a irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina sonre&iacute;a al paisaje, encontr&aacute;ndolo m&aacute;s hermoso que otros
+d&iacute;as.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero no has notado, Pepita, qu&eacute; alegr&iacute;a da el recibir al Se&ntilde;or? D&iacute;
+que hemos empleado bien la ma&ntilde;ana.</p>
+
+<p>Al entrar en el hotel se entristeci&oacute; el rostro de la se&ntilde;ora, como si se
+aproximase un peligro que quer&iacute;a olvidar.</p>
+
+<p>Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pas&oacute; horas
+enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente,
+rompiendo pliegos sin que llegasen &aacute; satisfacerle las cartas que
+escrib&iacute;a. Por fin entreg&oacute; un sobre cerrado &aacute; la <i>a&ntilde;a</i> Nicanora,
+rog&aacute;ndola que aquella misma tarde fuese &aacute; los altos hornos para
+entregarlo &aacute; don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina
+fueron in&uacute;tiles. La ni&ntilde;a estaba de mal humor y no quer&iacute;a contestar.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina permaneci&oacute; invisible hasta la hora de la comida. Llam&oacute;
+varias veces &aacute; su doncella que iba de un lado &aacute; otro, llevando dobladas
+sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la
+servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese
+algo extraordinario. Do&ntilde;a Cristina revolv&iacute;a su olvidado guardarropa.</p>
+
+<p>Al bajar Pepita al comedor, enfurru&ntilde;ada y triste por su esfuerzo
+epistolar, no pudo contener la admiraci&oacute;n, viendo &aacute; su madre.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, mam&aacute;! &iexcl;Qu&eacute; guapa est&aacute;s! &iexcl;Qu&eacute; elegante te has puesto!...</p>
+
+<p>Guapa... s&iacute; que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la
+doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con
+llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. &iquest;Pero... elegante?...
+Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y
+polvorientos; una pieza magn&iacute;fica que hab&iacute;a llegado &aacute; Bilbao desde un
+taller de la <i>rue de la Paix</i> cuatro a&ntilde;os antes, cuando ella volv&iacute;a ya
+la espalda &aacute; las vanidades del mundo.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente
+estirada, parec&iacute;a pr&oacute;xima &aacute; estallar &aacute; impulso de los ocultos y
+comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como
+un mall&oacute;n sobre las caderas.</p>
+
+<p>&mdash;Qu&eacute;, &iquest;te parezco bien?&mdash;dijo la madre, pavone&aacute;ndose como una ni&ntilde;a ante
+la admiraci&oacute;n de su hija, que hab&iacute;a conocido aquella moda y al verla
+resucitar inesperadamente, sent&iacute;a la extra&ntilde;eza que causa una
+resurrecci&oacute;n hist&oacute;rica.</p>
+
+<p>Al moverse do&ntilde;a Cristina sonaba el subversivo <i>fru fru</i> de sus finas
+ropas interiores y se esparc&iacute;an en el ambiente los perfumes que se hab&iacute;a
+prodigado con cierta indiscreci&oacute;n.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta que le&iacute;a un peri&oacute;dico sin notar la presencia de su
+mujer, acab&oacute; por levantar la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te parezco, Pepe?&mdash;dijo ella con una sonrisa que contrastaba con
+el temblor de su voz.</p>
+
+<p>El millonario desliz&oacute; una r&aacute;pida ojeada sobre su incitante esplendor de
+fruto maduro.</p>
+
+<p>&mdash;No est&aacute;s mal&mdash;y fij&oacute; de nuevo sus ojos en el peri&oacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora voy &aacute; volver &aacute; la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que
+llegue la vejez. Nuestra hija va &aacute; tener en m&iacute; una rival. &iquest;Qu&eacute; dices &aacute;
+esto, Pepe?...</p>
+
+<p>&mdash;Har&aacute;s bien:&mdash;y sigui&oacute; leyendo, sin saber lo que le&iacute;a, con el
+pensamiento lejos, muy lejos.</p>
+
+<p>La comida fu&eacute; triste. El millonario hab&iacute;a llegado de su &uacute;ltimo viaje con
+un gesto melanc&oacute;lico, que desaparec&iacute;a de pronto, dando lugar &aacute; extra&ntilde;as
+nerviosidades.</p>
+
+<p>&Eacute;l, que pasaba siempre por el hotel como un son&aacute;mbulo, sin reparar en
+los detalles de la vida dom&eacute;stica ni dirigir la palabra &aacute; la
+servidumbre, ven&iacute;a rega&ntilde;ando desde el d&iacute;a anterior con todos los de la
+casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los pu&ntilde;os como si fuese &aacute;
+golpear &aacute; todos.</p>
+
+<p>Pepita tambi&eacute;n estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en
+el comedor y hac&iacute;a preguntas &aacute; su padre sobre la vida de Biarritz,
+queriendo que le describiera alguna <i>toilette</i> de las muchas que habr&iacute;a
+visto en aquella sociedad elegante.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta se esforzaba por contestar &aacute; gusto de su hija. Era la
+&uacute;nica persona ante la cual se abat&iacute;a su mal humor. Hablaba con la cabeza
+baja, evitando mirar &aacute; su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos
+se hab&iacute;an encontrado con los de Cristina, fijos en &eacute;l con una expresi&oacute;n
+desconocida. Esta caricia muda que ten&iacute;a algo de s&uacute;plica, le causaba
+por su novedad cierta molestia.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de comer, el millonario se entr&oacute; en su despacho.</p>
+
+<p>Cristina dej&oacute; pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la
+hicieron saber que Pepita estaba en el sal&oacute;n, se dirigi&oacute; con paso
+resuelto en busca de su marido.</p>
+
+<p>Tembl&oacute; al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se
+acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas ni&ntilde;as medrosas que
+iban en busca del ogro.</p>
+
+<p>Al entrar en el despacho vi&oacute; el gesto de asombro de S&aacute;nchez Morueta, que
+cre&iacute;a en la llamada de un criado: not&oacute; el movimiento instintivo de sus
+manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos
+colores que rele&iacute;a con gesto hosco.</p>
+
+<p>Aquellas cartas ella las conoc&iacute;a. Por una asociaci&oacute;n de recuerdos,
+volvi&oacute; &aacute; su memoria el &laquo;<i>Mon gros loup cheri</i>&raquo;, y sin saber por qu&eacute;,
+sinti&oacute; una tentaci&oacute;n infantil de re&iacute;r ante el gigant&oacute;n de aspecto
+imponente; de arrojarse &aacute; su cuello, repitiendo, como Dios le diera &aacute;
+entender, aquella frase de <i>cocotte</i>, que deb&iacute;a encerrar alg&uacute;n misterio
+m&aacute;gico para apoderarse de los hombres.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quieres? &iquest;qu&eacute; ocurre?&mdash;pregunt&oacute; el marido con extra&ntilde;eza.</p>
+
+<p>&iquest;Querer?... Bien se lo dec&iacute;an aquellos ojos agrandados por el l&aacute;piz de
+tocador, en los que el instinto femenil pon&iacute;a el fuego que no lograba
+dar la pasi&oacute;n: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se
+aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.</p>
+
+<p>Al estar junto &aacute; &eacute;l, no supo qu&eacute; decir ni c&oacute;mo empezar y apelando al
+recurso de la acci&oacute;n, abarc&oacute; en sus brazos de blancas carnosidades, los
+hombros del temido ogro.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pepe... Pepe!&mdash;murmur&oacute; con voz tenue, como un gemido dulce.</p>
+
+<p>Y su boca se abri&oacute; paso entre las barbas patriarcales, con besos
+ardorosos.</p>
+
+<p>El grande hombre vacil&oacute; un momento, atolondrado por la onda de carne
+femenil que ca&iacute;a sobre &eacute;l, por el perfume incitante que le envolv&iacute;a, por
+los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los
+dientes de l&aacute;ctea blancura.</p>
+
+<p>Pero fu&eacute; la debilidad de un instante, que pas&oacute; como una r&aacute;faga. Su mano
+poderosa apart&oacute; &aacute; la mujer, y &eacute;sta se sinti&oacute; perdida, ante aquellos ojos
+fr&iacute;os que parec&iacute;an no verla, como si su atenci&oacute;n, su pensamiento, su
+alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, la voz del marido son&oacute; en el silencio de la habitaci&oacute;n,
+lac&oacute;nica, triste y mon&oacute;tona:</p>
+
+<p>&mdash;Es tarde, Cristina, es tarde.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+
+<p>Estaba el se&ntilde;or Goicochea &aacute; media ma&ntilde;ana, trabajando en su despacho
+contiguo al de S&aacute;nchez Morueta, cuando se incorpor&oacute; en el asiento con
+sorpresa, viendo entrar &aacute; su principal.</p>
+
+<p>Tres d&iacute;as antes hab&iacute;a salido para Biarritz, manifestando &aacute; su secretario
+que tardar&iacute;a unas dos semanas en regresar, y se presentaba
+inesperadamente, con una cara que daba miedo. &iquest;Qu&eacute; negocio se le habr&iacute;a
+torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne
+gravedad?...</p>
+
+<p>Su voz sonaba tr&eacute;mula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes
+aparec&iacute;an descompuestos, y lo que m&aacute;s asustaba al secretario, era que
+hablaba mucho, que hab&iacute;a perdido su concisi&oacute;n caracter&iacute;stica y vacilaba
+envolviendo en palabras y m&aacute;s palabras sus tardos pensamientos.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, Goicochea; que lleven &aacute; casa el equipaje que est&aacute; abajo. Avise
+usted por tel&eacute;fono que luego ir&eacute;.... No, diga usted que no voy, que no
+me esperen &aacute; comer. Ir&eacute; &aacute; la noche. &iquest;Pero, qu&eacute; hace usted ah&iacute; parado,
+mir&aacute;ndome como un bobo?... &iexcl;Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A
+ver, &iexcl;que suba el <i>Capi</i>! Llame usted &aacute; don Mat&iacute;as. &iexcl;En seguida;
+listo!...</p>
+
+<p>Goicochea sali&oacute; del despacho temblando, al pensar en el d&iacute;a que le
+esperaba. Conoc&iacute;a el car&aacute;cter de su gigante: pocas rachas, pero buenas,
+como &eacute;l dec&iacute;a. S&oacute;lo muy de tarde en tarde, le hab&iacute;a visto perder la
+serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus
+arrebatos.</p>
+
+<p>Cuando subi&oacute; el capit&aacute;n Iriondo, encontr&oacute; &aacute; S&aacute;nchez Morueta paseando
+casi &aacute; saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos
+atr&aacute;s y la cabeza baja. Tard&oacute; alg&uacute;n tiempo en ver &aacute; Iriondo, que no
+pasaba de la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Pepe, &iquest;qu&eacute; tienes?&mdash;dijo el marino con el acento afectuoso de un
+antiguo camarada.</p>
+
+<p>&mdash;Nada: cosas m&iacute;as, no te ocupes de m&iacute;.... Vas &aacute; llamar al tel&eacute;fono de
+las minas y que busquen &aacute; mi primo Luis, que le digan que venga en
+seguida.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, hombre, no ser&aacute; tan pronto como quieres. Gallarta est&aacute; lejos: &eacute;l
+tiene sus ocupaciones...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;He dicho que venga en seguida!&mdash;grit&oacute; el millonario.&mdash;Dile que le
+necesito al momento; que estoy enfermo, que voy &aacute; morir... cualquier
+cosa. &iexcl;Que venga pronto!... Y Luis vendr&aacute;, porque me quiere de veras: es
+mi &uacute;nico amigo.</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute; bien&mdash;gru&ntilde;&oacute; el capit&aacute;n.&mdash;Los dem&aacute;s somos unos perros.</p>
+
+<p>Y encogi&eacute;ndose de hombros sali&oacute; del despacho. S&aacute;nchez Morueta sigui&oacute; su
+paseo &aacute; grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir
+contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.</p>
+
+<p>De pronto se detuvo en la puerta de la habitaci&oacute;n contigua, mirando con
+ojos feroces al secretario, que se hab&iacute;a escurrido hasta su mesa para
+continuar el trabajo. El pobre hombre tembl&oacute; al verse enfrente de su
+irritado principal.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse
+inmediatamente. Necesito estar solo; v&aacute;yase a tomar el sol, adonde le d&eacute;
+la gana.... &iexcl;al capacho! pero m&aacute;rchese en seguida.</p>
+
+<p>Miraba al secretario de tal modo, que &eacute;ste crey&oacute; que iba a recibir alg&uacute;n
+golpe s&iacute; tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, sali&oacute;
+apresuradamente.</p>
+
+<p>Las oficinas parec&iacute;an desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante
+sus papeles, temblando al o&iacute;r tras de los cortinajes aquella voz
+furiosa, que matizaba sus &oacute;rdenes con interjecciones y juramentos
+verdaderamente extra&ntilde;os en tan grave personaje.</p>
+
+<p>En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un
+enfermo. S&aacute;nchez Morueta, despu&eacute;s de una hora de incesantes paseos, se
+dej&oacute; caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando
+antes un bot&oacute;n el&eacute;ctrico.</p>
+
+<p>Entr&oacute; un ordenanza con aire azorado.</p>
+
+<p>&mdash;Tr&aacute;eme un caf&eacute;.... pero bien fuerte.</p>
+
+<p>Cuando lleg&oacute; el caf&eacute;, S&aacute;nchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de
+los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para &eacute;l,
+con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisici&oacute;n era motivo
+de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa &oacute; en los
+negocios de minas.</p>
+
+<p>Transcurri&oacute; otra hora, sin que el millonario diese se&ntilde;ales de
+existencia. El timbre son&oacute; de nuevo en el silencio del escritorio y
+corri&oacute; el criado al despacho.</p>
+
+<p>&mdash;Trae otro caf&eacute;.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta fumaba el tercer cigarro, &aacute; juzgar por las dos colillas
+arrojadas &aacute; sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como
+un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los hab&iacute;a encontrado
+al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hac&iacute;a irrespirable, sin
+que &eacute;l se diese cuenta de ello.</p>
+
+<p>Mucho despu&eacute;s de medio d&iacute;a, cuando los empleados se deslizaron sin ruido
+para ir &aacute; comer &aacute; sus casas, volvi&oacute; &aacute; trotar el criado hacia el
+despacho, atra&iacute;do por el timbre.</p>
+
+<p>&mdash;Dile al capit&aacute;n que suba&mdash;dijo el millonario.</p>
+
+<p>&mdash;Don Mat&iacute;as no est&aacute;, se&ntilde;or&mdash;contest&oacute; el criado.</p>
+
+<p>Por primera vez se le ocurri&oacute; &aacute; S&aacute;nchez Morueta mirar el gran reloj de
+la chimenea. &iexcl;C&oacute;mo hab&iacute;a pasado el tiempo! Y m&aacute;s por la fuerza de la
+costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que &aacute; aquella hora todos
+hac&iacute;an lo mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Ve &aacute; donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que &aacute; t&iacute; se
+te ocurra. Sobre todo, un buen caf&eacute;: no lo olvides.</p>
+
+<p>Cuando volvi&oacute; el criado con una gran bandeja llena de platos y
+coberteras brillantes, la atm&oacute;sfera del despacho era m&aacute;s densa. El
+millonario segu&iacute;a fumando, inm&oacute;vil en su sill&oacute;n, con la vista vaga y
+como perdida en un punto lejano, muy lejano.</p>
+
+<p>Apenas toc&oacute; los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebi&oacute; un
+poco de vino, prob&oacute; la fruta y se abalanz&oacute; por fin al caf&eacute;, como si &eacute;ste
+fuese su &uacute;nico alimento. Despu&eacute;s hizo se&ntilde;a al criado para que se llevase
+los platos casi intactos.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, hijo m&iacute;o&mdash;dijo con dulzura inesperada.&mdash;Ll&eacute;vate todo eso;
+c&oacute;metelo y que de salud te sirva.</p>
+
+<p>Al quedarse solo encendi&oacute; otro cigarro, adoptando en su sill&oacute;n aquella
+inmovilidad en la que parec&iacute;a so&ntilde;ar con los ojos abiertos.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta no supo ciertamente si lleg&oacute; &aacute; dormirse. Era un sopor
+dulce que no le hac&iacute;a perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta
+actitud, el tiempo transcurr&iacute;a para &eacute;l inadvertido, y sent&iacute;a el
+bienestar del que en nada piensa.</p>
+
+<p>Cuando, &aacute; la ca&iacute;da de la tarde, entr&oacute; el doctor Aresti en el despacho,
+el millonario se reanim&oacute;, volviendo de un golpe &aacute; la vida.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Esto es un horno!&mdash;grit&oacute; el m&eacute;dico,&mdash;&iexcl;Aqu&iacute; no se puede respirar; qu&eacute;
+humareda; parece un incendio!</p>
+
+<p>Y se fu&eacute; &aacute; los balcones, abri&eacute;ndolos para que se disolviera la nube de
+tabaco en que se envolv&iacute;a su primo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa?&mdash;dijo Aresti cuando pudo respirar con alg&uacute;n desahogo.&mdash;&iquest;Qu&eacute;
+te ocurre, Pepe? &iquest;Est&aacute;s enfermo? A ver esa cara...</p>
+
+<p>Y despu&eacute;s de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro.
+Efectivamente; algo malo le ocurr&iacute;a. Parec&iacute;a aviejado de un golpe en m&aacute;s
+de diez a&ntilde;os: los p&oacute;mulos salientes, los ojos hundidos, con una
+expresi&oacute;n de tristeza y desaliento. Adem&aacute;s revelaba una gran fatiga
+f&iacute;sica, como si no hubiese dormido en algunas noches.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vamos &aacute; ver; &iquest;qu&eacute; tienes? Cuenta, hijo, cuenta.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta sinti&oacute; el mismo dolor que si de pronto se abriesen en &eacute;l
+ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos
+dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, Luis!&mdash;suspir&oacute; el gigante con un acento casi infantil, cogiendo,
+las manos de su primo.&mdash;Mi vida termin&oacute;. Han matado todas mis
+ilusiones... &iexcl;Se fueron!... &iexcl;se fueron!</p>
+
+<p>Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la
+peque&ntilde;ez del doctor con su corpach&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Energ&iacute;a, Pepe! &iquest;Qu&eacute; es esto, que te desplomas como una se&ntilde;orita
+desvanecida? &iexcl;Firmes, vive Cristo! S&oacute;lo te falta echarte &aacute; llorar como
+los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos
+por qu&eacute; crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.</p>
+
+<p>El millonario fu&eacute; &aacute; hablar, y Aresti le interrumpi&oacute; de nuevo:</p>
+
+<p>&mdash;Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero,
+aguarda ah&iacute; fuera. Lo he encontrado en la estaci&oacute;n del Desierto, y al
+saber que hab&iacute;as llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te
+esperaba con impaciencia.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Alg&uacute;n asunto
+urgente de la fundici&oacute;n. &iquest;Qu&eacute; le importaban &aacute; &eacute;l los altos hornos, y las
+minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala
+suerte. &iexcl;Para lo que serv&iacute;a la riqueza!... Y revolv&iacute;a sus ojos furiosos
+por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poder&iacute;o
+industrial, haci&eacute;ndolo responsable de su desgracia.</p>
+
+<p>En aquel momento aborrec&iacute;a al muchacho que esperaba en las oficinas. &iexcl;La
+juventud! &iexcl;la ins&iacute;pida y antip&aacute;tica juventud! Aquel ingenierillo no
+ten&iacute;a otros medios de vida que los que &eacute;l le diese: ni riqueza, ni
+poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos a&ntilde;os, por su cara de
+madamita con bigote, no le ocurriera lo que &aacute; &eacute;l con todos sus millones.
+&iexcl;Cristo! &iquest;Para qu&eacute; serv&iacute;a, pues, el dinero?</p>
+
+<p>Aresti se impacientaba.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, hombre: deja en paz &aacute; ese chico, y si no quieres verle en
+seguida, que aguarde. Pero cu&eacute;ntame, Pepe &iquest;qu&eacute; te pasa?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Judith!...&mdash;gimi&oacute; el millonario.&mdash;Ya sabes qui&eacute;n digo...</p>
+
+<p>Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su
+tristeza.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Judith&mdash;dijo Aresti anim&aacute;ndolo para que hablase.&mdash;Aquella
+francesa, &oacute; jud&iacute;a, &oacute; lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo...
+la madre de aquel ni&ntilde;o tan hermoso... el <i>hijo del amor</i>. Estoy
+enterado. &iquest;Y qu&eacute; ha hecho la tal Judith? &iquest;Alguna perrada? &iquest;La has
+sorprendido con alguien? &iquest;Ha huido y no sabes d&oacute;nde est&aacute;? Habla, hombre:
+cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas,
+nada me coger&aacute; de sorpresa.</p>
+
+<p>Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo
+que su primo iba &aacute; contarle; seguro de que aquella novela de amor,
+desarrollada en el ocaso de la madurez, hab&iacute;a de tener un desenlace
+triste.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta comenz&oacute; &aacute; hablar con lentitud, como si le doliese, con
+profundo desgarr&oacute;n, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer
+dolor, se animaba, se enardec&iacute;a, embriag&aacute;ndose en la amargura de su
+desgracia.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos
+meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios
+de su car&aacute;cter. &iquest;No lo hab&iacute;a notado Aresti?</p>
+
+<p>De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito
+de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.</p>
+
+<p>Varias cartas an&oacute;nimas le hab&iacute;an avisado las infidelidades de Judith.
+Alguna buena alma que conoc&iacute;a su dicha y deseaba turbarla: tal vez una
+antigua compa&ntilde;era de la <i>divette</i>, envidiosa de su bienestar. Y el
+grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que ten&iacute;a miles
+de brazos &aacute; sus &oacute;rdenes y flotas en el mar como un pr&iacute;ncipe de la
+moderna realeza, hab&iacute;a descendido durante algunos meses &aacute; una vida de
+espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las
+denuncias.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, el amor, Luis!&mdash;exclamaba.&mdash;&iexcl;Cu&aacute;n peque&ntilde;os nos hace! &iexcl;C&oacute;mo nos
+envilece cuando llega tarde, &aacute; una edad en que queremos, sin la certeza
+de que nos quieran!... Ahora me averg&uuml;enzo, pensando en las cosas &aacute; que
+he tenido que descender. &iexcl;Y si no fuese m&aacute;s que esto!...</p>
+
+<p>Al llegar el verano, Judith hab&iacute;a ido, como de costumbre, &aacute; una casita
+que el millonario le hab&iacute;a comprado en Biarritz. As&iacute; la ten&iacute;a m&aacute;s cerca
+de Bilbao. All&iacute; se hab&iacute;a convencido de que no le enga&ntilde;aban los
+misteriosos avisos.</p>
+
+<p>Habl&aacute;banle &eacute;stos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un
+<i>monsieur Jules</i>, joven, hermoso y elegante, de problem&aacute;tica vida; un
+aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de <i>croupier</i> en
+los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba &aacute; las
+estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parec&iacute;a conocerle mucho
+tiempo. Era m&aacute;s joven que ella, y con el furor de una hembra que se da
+cuenta de su pr&oacute;ximo ocaso, se agarraba &aacute; aquel profesional de la
+hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las
+aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de
+acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta, despu&eacute;s de la lectura de los an&oacute;nimos, recordaba haber
+o&iacute;do su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando
+de &eacute;l como de un amigo antiguo. Sab&iacute;a, adem&aacute;s, que el aventurero hab&iacute;a
+pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todav&iacute;a caliente,
+apenas emprend&iacute;a el regreso &aacute; Bilbao. Ahora se daba cuenta de las
+peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel af&aacute;n de riquezas, de
+&laquo;asegurar su posici&oacute;n&raquo;, como ella dec&iacute;a, con una voracidad creciente,
+como si la guiase un oculto consejero.</p>
+
+<p>El millonario no lamentaba su generosidad. &iexcl;Qu&eacute; pod&iacute;a importarle este
+chorreo de riqueza que no marcaba la m&aacute;s leve desnivelaci&oacute;n en su
+fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurec&iacute;a haci&eacute;ndole
+abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo rid&iacute;culo de
+su situaci&oacute;n. &Eacute;l, S&aacute;nchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que &aacute;
+tantos causaba miedo, &iexcl;convertido en ese tipo grotesco del anciano
+verde, enga&ntilde;ado y <i>pagano</i>, eterno personaje de todos los cuentos y las
+comedias parisienses! &Eacute;l hab&iacute;a sido <i>le vieux</i> del que se r&iacute;e la pareja
+joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de
+Banco. &iexcl;Dios de Dios! &iexcl;Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo &aacute;
+la familia y &aacute; las malditas conveniencias sociales, hab&iacute;a salido de la
+triste aventura sin matar &aacute; ninguno de los dos!...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, hombre, si&eacute;ntate!&mdash;dec&iacute;a el doctor asustado al verle ir y venir
+por el despacho como un loco.&mdash;No golpees los muebles. Ya s&eacute; que de un
+pu&ntilde;etazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho
+muy bien. &iquest;Acaso eres t&uacute; el primero, ni ser&aacute;s el &uacute;ltimo, de quien se
+burle una p&aacute;jara de esas? Sigue contando... sigue.</p>
+
+<p>Tard&oacute; el millonario alg&uacute;n tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el
+relato pas&oacute; de un salto &aacute; la escena final de su novela amorosa, &aacute; la
+&uacute;ltima entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de
+Biarritz donde hab&iacute;a pasado los mejores veranos de su vida.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hab&iacute;a llegado sin avisarla, sorprendiendo al <i>monsieur
+Jules</i> casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no hab&iacute;a sido
+completa. No le hab&iacute;a visto: s&oacute;lo hab&iacute;a adivinado su presencia en el
+desorden de la habitaci&oacute;n, en los detalles que revelaban una fuga
+r&aacute;pida, mientras la doncella de Judith le entreten&iacute;a ante la puerta
+cerrada.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, la escena hab&iacute;a sido horrible entre &eacute;l y su amante. &iexcl;Ay, la
+mala hembra! &iexcl;Qu&eacute; franqueza tan cruel la suya! &iexcl;Qu&eacute; deseo de acabar de
+una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la
+situaci&oacute;n! Pod&iacute;a haber seguido enga&ntilde;&aacute;ndole; negar una vez m&aacute;s;
+mantenerlo en la dulce ceguera que le adormec&iacute;a, sin fuerzas para buscar
+la verdad. &laquo;Vivimos de mentiras: s&oacute;lo el enga&ntilde;o es dulce&raquo;, dec&iacute;a ella en
+las horas de abandono, cuando en brazos de S&aacute;nchez Morueta recordaba su
+pasado de aventuras. Pero ahora ya no quer&iacute;a mentir; estaba enamorada de
+su <i>Jules</i>, enamorada fren&eacute;tica, con celos de fiera al ver que se lo
+disputaban otras m&aacute;s j&oacute;venes; y para atra&eacute;rselo para siempre,
+legalizando su situaci&oacute;n, no vacilaba en atropellar al amante rico, en
+destrozarle el alma con su c&iacute;nica franqueza.</p>
+
+<p>&iexcl;Ay, c&oacute;mo adoraba &aacute; aquel bergante, s&oacute;lo porque era joven y guapo! &iexcl;Con
+qu&eacute; insolencia hab&iacute;a proclamado su pasi&oacute;n!... El millonario revolv&iacute;ase
+con furia al recordar la escena. Ve&iacute;a los ojos de ella, de una
+provocaci&oacute;n insolente, unos ojos de loba en celo y a&uacute;n cre&iacute;a o&iacute;r sus
+desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le
+regocijaba en los primeros tiempos de su amor.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, <i>mon vieux</i>. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se <i>badina pas</i>. Si
+t&uacute; me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser
+amigo del pobre <i>Jules</i>. Y si no, la puerta est&aacute; abierta. Ser&aacute; lo mejor.
+<i>Voil&agrave;.</i></p>
+
+<p>La c&iacute;nica proposici&oacute;n hab&iacute;a hecho rugir al gigante, levantando sus
+zarpas con furor homicida. Pero ella &iexcl;la maldita! ten&iacute;a la tenacidad
+glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser
+asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de
+desaf&iacute;o.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, p&eacute;game; eso es muy espa&ntilde;ol. M&aacute;tame, como matan en tu tierra &aacute; las
+mujeres, cuando no quieren amar. Anda, <i>don Jos&eacute;</i>; ya estamos en el
+final de <i>Carmen</i>. &iquest;D&oacute;nde guardas la navaja?...</p>
+
+<p>&Eacute;l hab&iacute;a sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se di&oacute; cuenta de
+su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los
+peligros de la existencia errante. Y llor&oacute; como un miserable, suplic&oacute;
+vilmente para que no lo abandonase. Hasta cre&iacute;a recordar que se hab&iacute;a
+arrodillado, agarr&aacute;ndose &aacute; sus piernas, sintiendo la desesperaci&oacute;n de
+perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parec&iacute;a despedirse de
+&eacute;l al trav&eacute;s de la batista que la cubr&iacute;a.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta, hablaba &aacute; su primo con la cabeza baja, como un
+criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y &uacute;nicamente cerrando
+los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su
+conciencia.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las
+l&aacute;grimas con que hab&iacute;a mojado durante toda la noche el cuello insensible
+de aquella mujer.</p>
+
+<p>Ella se hab&iacute;a apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada
+del pobre patriarca, y con la conmiseraci&oacute;n maternal que siente toda
+mujer por un hombre que llora, lo hab&iacute;a tomado en sus brazos, apoy&aacute;ndole
+la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acarici&aacute;ndole las barbas
+encanecidas.</p>
+
+<p>La gratitud y la l&aacute;stima la hac&iacute;an ser bondadosa, con palabras de triste
+consuelo. &iexcl;Ah, <i>gros coco</i>! Hab&iacute;a que tomar la vida tal como se
+presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empe&ntilde;arse en pedir
+imposibles. Cada uno se enamoraba &aacute; su hora. &Eacute;l la quer&iacute;a, siendo casi
+un viejo: &iquest;por qu&eacute; se extra&ntilde;aba de que ella, siendo joven, tuviese
+tambi&eacute;n su momento de debilidad, enamor&aacute;ndose de aquel <i>Jules</i> que
+pose&iacute;a para las mujeres un encanto malsano y dominador?</p>
+
+<p>Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual
+trabajaba &aacute; su modo, sin acordarse del coraz&oacute;n, para asegurar su
+porvenir. Pero despu&eacute;s, con el bienestar llegaba la dulce tonter&iacute;a del
+amor. Esto hab&iacute;a hecho &eacute;l, pasando la juventud absorbido en la caza de
+la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la &eacute;poca en que
+otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurr&iacute;a &aacute; ella al ver asegurado
+su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso.
+&iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;a de conocer su verdadero amor con sus penas y alegr&iacute;as
+despu&eacute;s de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... &iexcl;Ah
+<i>mon vieux</i>! Hab&iacute;a que tomar la vida con serenidad filos&oacute;fica. A cada
+cual su turno.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s intentaba consolarle hablando del pasado. No deb&iacute;a desesperarse
+el enorme <i>beb&eacute;</i> que se adormec&iacute;a llorando sobre su hombro. Pod&iacute;a
+afirmar que hab&iacute;a sido amado m&aacute;s que muchos otros. Primeramente, le
+hab&iacute;a querido con una simpat&iacute;a p&aacute;lida y pasiva, porque era bueno con
+ella, porque la hab&iacute;a sacado de su antigua vida de artista errante,
+d&aacute;ndola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira.
+Despu&eacute;s le hab&iacute;a admirado, con una admiraci&oacute;n rayana en el amor, al
+apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hac&iacute;a nacer
+nuevas industrias, el poder m&aacute;gico, que esclavizaba el dinero, la
+inteligencia que hac&iacute;a danzar los millones, sin que ninguno se saliera
+de l&iacute;nea. Ella adoraba &aacute; los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no
+presentarse el otro, con algo que no pod&iacute;a explicar. Tal vez era el
+encanto de la corrupci&oacute;n y de la juventud, que la enardec&iacute;a, haci&eacute;ndola
+cometer locuras; pero aun as&iacute; confesaba que no pod&iacute;a compararse aquel
+hombre con <i>su viejo</i> tan bueno y tan generoso... &iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;a de
+aceptar el obst&aacute;culo como lo hac&iacute;an otros? A&uacute;n pod&iacute;an ser felices: los
+tres vivir&iacute;an en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que
+pose&iacute;a una fortuna, gracias &aacute; &eacute;l: era buena muchacha y har&iacute;a lo
+necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario
+contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.&mdash;&laquo;Yo solo,
+yo solo.&raquo; Judith se indignaba. <i>&iexcl;Grosse b&ecirc;te, va!</i> Lo que &eacute;l ped&iacute;a era
+imposible. Ella no pod&iacute;a separarse del que amaba, y tampoco quer&iacute;a
+mentir: ella ten&iacute;a coraz&oacute;n.</p>
+
+<p>El doctor interrumpi&oacute; &aacute; su primo, que se complac&iacute;a con doloroso deleite
+en detallar los recuerdos de aquella noche.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero, y el ni&ntilde;o? &iquest;Y el <i>hijo del amor</i>?&mdash;pregunt&oacute; con cierta iron&iacute;a.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta mir&oacute; al m&eacute;dico con unos ojos que ped&iacute;an piedad.
+Recordaba el entusiasmo con que hab&iacute;a hablado &aacute; Aresti del peque&ntilde;&iacute;n:
+renac&iacute;an en su memoria las palabras al describir su belleza delicada:
+&laquo;un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;No te burles, Luis, es una crueldad. T&uacute; lo adivinaste, sin duda,
+cuando te habl&eacute; de &eacute;l. Tambi&eacute;n esta ilusi&oacute;n ha desaparecido. No queda
+nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida.
+Se lo ha llevado todo... todo.</p>
+
+<p>Y recordaba, c&oacute;mo por segunda vez sinti&oacute; el instinto homicida al ver la
+sonrisa burlona con que acogi&oacute; ella el recuerdo del peque&ntilde;uelo. &iexcl;Ah, la
+cruel! &iexcl;Con qu&eacute; sencillez le hab&iacute;a arrebatado la &uacute;ltima ilusi&oacute;n,
+dici&eacute;ndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la
+de aquel tunante que llenaba su pensamiento! &iexcl;Qu&eacute; tir&oacute;n tan doloroso en
+su alma!... Esta vez, Judith, &aacute; pesar de su insolencia, hab&iacute;a sentido
+miedo ante el gesto desesperado de <i>su viejo</i>. Pero &iexcl;ay! aquella mujer
+de car&aacute;cter doble &eacute; inexplicable era invencible. De sus crueldades,
+hac&iacute;a un m&eacute;rito. Manteniendo en el millonario la ilusi&oacute;n de la
+paternidad, pod&iacute;a seguir explot&aacute;ndolo. As&iacute; se lo hab&iacute;a aconsejado su
+amante. Pero ella era una buena muchacha y no quer&iacute;a mentir cuando
+llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretend&iacute;a que su antiguo
+protector le agradeciese la cruel confesi&oacute;n. No: el ni&ntilde;o no era su hijo.
+Y lo repet&iacute;a satisfecha, como si de este modo afirmase m&aacute;s sus derechos
+sobre el hombre amado, colocando el peque&ntilde;uelo como un compromiso eterno
+entre ella y el <i>amante de coraz&oacute;n</i>.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta sali&oacute; de aquella casa con el alma rendida por los
+crueles descubrimientos. &iexcl;Ni amor, ni hijo! S&oacute;lo la convicci&oacute;n del
+fracaso; la tristeza de haber cre&iacute;do en una dicha que &eacute;l mismo se
+forjaba enga&ntilde;&aacute;ndose, y un profundo desgarr&oacute;n en su dignidad, el ara&ntilde;azo
+del rid&iacute;culo en que hab&iacute;a vivido durante varios a&ntilde;os, que &eacute;l cre&iacute;a los
+mejores de su existencia.</p>
+
+<p>Vag&oacute; todo el d&iacute;a por Biarritz como un son&aacute;mbulo. Por la noche, el deseo
+amoroso fu&eacute; m&aacute;s fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de &aacute; d&oacute;nde se
+dirig&iacute;a, se vi&oacute; de pronto llamando &aacute; la puerta de Judith.</p>
+
+<p>Fu&eacute; en vano. Ella tem&iacute;a, sin duda, la repetici&oacute;n de otra noche como la
+anterior: sent&iacute;a miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad
+de un amor desesperado. Nadie le respondi&oacute;. Judith hab&iacute;a huido con su
+amante y el peque&ntilde;uelo. Adi&oacute;s, para siempre. La ilusi&oacute;n de varios a&ntilde;os
+desaparecer&iacute;a sin dejar rastro.</p>
+
+<p>&mdash;M&aacute;s vale as&iacute;&mdash;dijo el doctor.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;: mejor es que haya huido.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobard&iacute;a de la segunda
+noche. Se ten&iacute;a miedo &aacute; s&iacute; mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo &aacute;
+Judith, hubiese pasado por todo, se habr&iacute;a sometido &aacute; una situaci&oacute;n
+envilecedora, &aacute; cambio de conservar algo de la antigua ilusi&oacute;n, una
+sombra de felicidad &aacute; la que agarrarse.</p>
+
+<p>Se hizo un largo silencio. El millonario, despu&eacute;s de terminado el
+relato, se hundi&oacute; en el sill&oacute;n, anonadado, sin fuerzas, como si al echar
+fuera de s&iacute; el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre &eacute;l, de un
+golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el
+desfallecimiento del hambre.</p>
+
+<p>&mdash;Y ahora, &iquest;qu&eacute; piensas hacer?&mdash;pregunt&oacute; Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y t&uacute; me lo preguntas?&mdash;dijo con desaliento el millonario.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; s&eacute;
+yo! No puedo pensar. D&iacute;melo t&uacute;, que sabes m&aacute;s de la vida. Desde anoche
+que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aqu&iacute;
+y llamarte. T&uacute; eres lo &uacute;nico que me resta...</p>
+
+<p>Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras &eacute;ste se encog&iacute;a de
+hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Me siento mal, Luis&mdash;dijo quejumbrosamente S&aacute;nchez Morueta.&mdash;Yo me
+conozco. Este disgusto no quedar&aacute; aqu&iacute;: sentir&eacute; sus consecuencias m&aacute;s
+adelante... &iquest;Qu&eacute; voy &aacute; hacer? &iquest;Qu&eacute; me aconsejas? &iexcl;Por tu vida, d&iacute;melo!</p>
+
+<p>Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego
+que no osase moverse &eacute; implorase un gu&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quieres que te aconseje?&mdash;dijo el m&eacute;dico.&mdash;Lo que yo te puedo
+decir, te lo dir&iacute;a cualquiera. &iquest;Piensas buscar &aacute; esa mujer?...</p>
+
+<p>El millonario hizo un gesto negativo. No, &iquest;para qu&eacute;? Aquello hab&iacute;a
+terminado. No pod&iacute;a olvidarla; eso nunca: le dol&iacute;a la decepci&oacute;n, pero el
+mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan
+f&aacute;cilmente iba &aacute; librarse de su recuerdo. Sufr&iacute;a en silencio, intentando
+curarse: ser&iacute;a un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo
+del rid&iacute;culo en que hab&iacute;a vivido bastar&iacute;a para darle fuerza. Pero, &iexcl;ay!
+&iexcl;c&oacute;mo le aterraba la soledad de aquella existencia que a&uacute;n le quedaba
+por delante! &iexcl;Qu&eacute; miedo le causaba la monoton&iacute;a de una vida sin
+ilusiones!</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, Pepe: no hay que ser ni&ntilde;o&mdash;dijo el doctor con autoridad.&mdash;Ni
+est&aacute;s solo, ni te hallas tan falto de afectos. &iquest;No deseas mi consejo?
+Pues ah&iacute; lo tienes. Vuelve los ojos &aacute; tu casa: procura unirte &aacute; tu
+familia. Inv&eacute;ntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste
+al lado de una desconocida. Imag&iacute;nate que tu mujer te adora, y aunque no
+sea cierto, esa mentira resultar&aacute; menos dolorosa que la otra, pues no
+conocer&aacute;s la infidelidad, ni los celos.</p>
+
+<p>El millonario movi&oacute; tristemente la cabeza. &iexcl;La familia! &iexcl;Su mujer!
+Tambi&eacute;n esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.</p>
+
+<p>Entre &eacute;l y Cristina se hab&iacute;an agrandado las distancias; no pod&iacute;a esperar
+una reconciliaci&oacute;n. &Eacute;l, en su enardecimiento amoroso, no hab&iacute;a negado
+los hechos la tarde en que su esposa le sorprendi&oacute; en su despacho. Y con
+la falta de escr&uacute;pulos del dolor, relataba &aacute; Aresti su escena con
+Cristina, la frialdad con que hab&iacute;a acogido sus caricias, y despu&eacute;s, la
+explicaci&oacute;n tempestuosa entre los dos: ella ech&aacute;ndole en cara su
+infidelidad: &eacute;l acept&aacute;ndola con altivez, como una consecuencia de la
+separaci&oacute;n moral en que viv&iacute;an.</p>
+
+<p>El doctor le escuchaba pensativo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cristina fu&eacute; en busca tuya?&mdash;pregunt&oacute; con cierto asombro.&mdash;Pues
+vuelve &aacute; ella y la encontrar&aacute;s. No te asustes por lo ocurrido entre
+vosotros. O te busc&oacute; porque en ella ha despertado un repentino afecto
+por t&iacute; (y permite que te diga que esto es extraordinario) &oacute; porque
+alguien se lo ha mandado. De un modo &uacute; otro, vuelve: ella te aceptar&aacute;.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta le miraba con incertidumbre.</p>
+
+<p>&mdash;Vuelve, hombre&mdash;continu&oacute; el doctor:&mdash;es la &uacute;nica soluci&oacute;n que puedo
+ofrecerte. Ya s&eacute; que esto no es gran cosa para t&iacute;, con esa necesidad de
+amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre ser&aacute; un remedio para
+llenar ese vac&iacute;o de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro
+de tu piel encontrar&iacute;a otros medios para emplear mi actividad,
+fabric&aacute;ndome ilusiones. &iexcl;Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...</p>
+
+<p>El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogi&eacute;ndolo con un
+gesto desde&ntilde;oso. &iexcl;Dedicar su vida &aacute; los de abajo: ser una especie de
+santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en
+emancipar moralmente &aacute; los parias del trabajo, proporcion&aacute;ndoles el pan
+de la instrucci&oacute;n! &iexcl;Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como
+aquellos ricachones de que hablaba el m&eacute;dico!... &iexcl;Bah! &iquest;Y qu&eacute; placer
+pod&iacute;a proporcionarle esto?... Su ego&iacute;smo profundo de hombre de presa,
+sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se re&iacute;a del
+doctor. En el mundo s&oacute;lo ten&iacute;a importancia lo que se relacionase con &eacute;l.
+&iexcl;A ver c&oacute;mo no reventaban todas las gentes por cuya triste situaci&oacute;n se
+preocupaba su primo! Si &eacute;l era infeliz con toda su fortuna, &iquest;por qu&eacute;
+hab&iacute;an de ser dichosas semejantes garrapatas?...</p>
+
+<p>Otra vez volvi&oacute; &aacute; hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la
+tarde; &aacute; lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo
+acordarse &aacute; Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas,
+m&aacute;s de una hora.</p>
+
+<p>&mdash;Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa,
+que viene &aacute; despedirse de t&iacute;. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando
+de esto todo el camino. Ha tardado algunos d&iacute;as &aacute; decidirse, pero ahora
+esperaba con impaciencia tu regreso, para manifest&aacute;rtelo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Se va!... &iquest;Y por qu&eacute;?...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; s&eacute; yo! Cosas de muchachos. Creer&aacute; que ya no puede vivir aqu&iacute;. Tal
+vez sufra como t&uacute; el mal de amores. En &eacute;l no resulta extra&ntilde;o: es cosa
+de la juventud.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta no pregunt&oacute; m&aacute;s. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo
+que no quer&iacute;a conocer. Al mismo tiempo le causaba alegr&iacute;a la posibilidad
+de que el joven sufriera como &eacute;l. Era un consuelo ego&iacute;sta y feroz ver
+que &aacute; todos llegaba la desgracia, sin reparar en a&ntilde;os ni en
+gallard&iacute;as... Por esto accedi&oacute; al ruego de su primo, haciendo llamar al
+ingeniero. &iexcl;A ver, que pasase aquel compa&ntilde;ero de desgracia!...</p>
+
+<p>Fernando no quiso sentarse; ten&iacute;a prisa por volver &aacute; los altos hornos
+despu&eacute;s del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el &uacute;ltimo
+momento.</p>
+
+<p>Ven&iacute;a para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan
+pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista
+baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los
+ojos.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara
+juvenil. &iexcl;Oh! A este tambi&eacute;n le hab&iacute;a mordido la mala bestia; llevaba la
+se&ntilde;al en su palidez, en la tristeza de sus ojos.</p>
+
+<p>De pronto, sinti&oacute; por &eacute;l la fraternidad dolorosa de los penados, unidos
+eternamente por la misma cadena.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Te vas, hijo m&iacute;o!... &iquest;Es alg&uacute;n disgusto all&aacute; en la fundici&oacute;n?...
+&iquest;Acaso quieres ganar m&aacute;s?... Si es por dinero, habla.</p>
+
+<p>El ingeniero contest&oacute; con gestos negativos. Ni disgusto ni ambici&oacute;n de
+dinero. Era que se hab&iacute;a cansado de vivir all&iacute;; sent&iacute;a la nostalgia de
+ver pa&iacute;ses nuevos: le arrastraba la movilidad de car&aacute;cter de los de su
+tierra. Ir&iacute;a &aacute; Asturias &oacute; &aacute; Catalu&ntilde;a; tal vez se embarcase para Am&eacute;rica;
+a&uacute;n no se hab&iacute;a buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusi&oacute;n de
+llevar con &eacute;l &aacute; su madre &aacute; un clima que fuese mejor. Por esto s&oacute;lo se
+marchaba.</p>
+
+<p>El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisi&oacute;n de las palabras
+del joven, se convenci&oacute; de que &eacute;ste ment&iacute;a.</p>
+
+<p>Sanabre sigui&oacute; hablando. No olvidaba la bondad con que le hab&iacute;a
+distinguido su jefe: sent&iacute;a alejarse de su lado, pero estaba resuelto &aacute;
+la separaci&oacute;n y tardar&iacute;a en irse lo que tardase en encargarse de los
+altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, all&iacute; estar&iacute;a &aacute; sus &oacute;rdenes.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Te vas, hijo m&iacute;o!&mdash;exclam&oacute; el millonario con repentino
+enternecimiento.&mdash;Ya sabes que te he querido casi como un hijo. All&iacute;
+donde est&eacute;s, si necesitas algo de m&iacute;, habla; si quieres volver, vuelve.
+No nos despidamos ahora. Ir&eacute; &aacute; verte: vendr&aacute;s &aacute;...</p>
+
+<p>El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le
+interrumpi&oacute;. Cuando quisiera algo de &eacute;l, mientras estuviese en la
+fundici&oacute;n, pod&iacute;a darle sus &oacute;rdenes por tel&eacute;fono. Ya se ver&iacute;an, si
+S&aacute;nchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por
+all&aacute;, pasar&iacute;a &eacute;l por el escritorio antes de marcharse. S&aacute;nchez Morueta
+nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de
+Las Arenas.</p>
+
+<p>&mdash;Adi&oacute;s, hijo m&iacute;o... Hasta la vista.</p>
+
+<p>Y estrech&oacute; con efusi&oacute;n la mano del joven.</p>
+
+<p>Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por
+tantas emociones, se dej&oacute; caer en el sill&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el
+vac&iacute;o alrededor de m&iacute;... Y ahora, al volver &aacute; mi hogar, la frialdad de
+la casa de hu&eacute;spedes, la ausencia del cari&ntilde;o.</p>
+
+<p>&mdash;No, Pepe&mdash;dijo al doctor.&mdash;Tengo la certeza de que ahora encontrar&aacute;s
+all&iacute; lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y t&uacute;? &iquest;Me abandonar&aacute;s tambi&eacute;n t&uacute;?...</p>
+
+<p>&mdash;Yo nunca&mdash;dijo Aresti.&mdash;Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y
+lo que t&uacute; necesitas, no est&aacute; &aacute; mi alcance el d&aacute;rtelo. La alegr&iacute;a de tu
+vida s&oacute;lo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no s&eacute; a&uacute;n
+es &aacute; qu&eacute; precio vas &aacute; pagarla.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+
+<p>El grande hombre estaba enfermo. Hab&iacute;a transcurrido cerca de un mes sin
+que Aresti fuese &aacute; verle, pues no quer&iacute;a despertar con su presencia los
+recuerdos del millonario.</p>
+
+<p>De vez en cuando, llegaban &aacute; &eacute;l vagas noticias del estado de S&aacute;nchez
+Morueta por los contratistas de las minas. Don Jos&eacute; no iba al
+escritorio; don Jos&eacute; estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era
+caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quer&iacute;a abarcar demasiado y los
+negocios minaban su salud.</p>
+
+<p>&mdash;Es la crisis que &eacute;l tem&iacute;a&mdash;pens&oacute; el m&eacute;dico.&mdash;Pero cuando no me llama
+sus razones tendr&aacute;... Debe haber cambiado mucho aquella casa.</p>
+
+<p>Y segu&iacute;a en Gallarta, con el prop&oacute;sito de no visitar &aacute; su primo hasta
+que &eacute;ste le llamase.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a, en Bilbao, se encontr&oacute; en el Arenal con el capit&aacute;n Iriondo. El
+marino se extra&ntilde;aba de que Aresti no hubiese visitado &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;No es que yo crea que va &aacute; morir&mdash;dijo el capit&aacute;n&mdash;pero muchacho, anda
+muy malucho. No s&eacute; qu&eacute; mala mosca le ha picado de alg&uacute;n tiempo &aacute; esta
+parte. No come, est&aacute; trist&oacute;n, pasa el d&iacute;a sentado, dej&aacute;ndose cuidar por
+su mujer y su hija como si fuese un ni&ntilde;o. En fin, que no es ni sombra de
+lo que fu&eacute;. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Do&ntilde;a Cristina
+parece otra; nunca la he visto tan alegre.</p>
+
+<p>Y describ&iacute;a &aacute; la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud,
+yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera
+considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta
+elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la
+daban el aspecto de una beata.</p>
+
+<p>Cuidaba y mimaba &aacute; su marido con gran cari&ntilde;o y &eacute;l la segu&iacute;a en sus idas
+y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura
+del agradecimiento.</p>
+
+<p>En fin, querido <i>planeta</i>&mdash;continu&oacute; el capit&aacute;n&mdash;que parecen unos novios.
+No s&eacute; qu&eacute; diablos habr&aacute;n andado en esto, pero los dos son otros,
+completamente.</p>
+
+<p>Aresti sonre&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Entonces&mdash;pregunt&oacute;&mdash;la casa de mi primo ser&aacute; un nido de amor?</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, yo te dir&eacute;&mdash;repuso el capit&aacute;n con cierta vacilaci&oacute;n.&mdash;Me gusta
+que est&eacute;n as&iacute;, tan amartelados, pero no me place todo lo que all&iacute; veo.
+Por ejemplo, tienes &aacute; todas horas metido en el hotel al fantasm&oacute;n de
+Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Do&ntilde;a
+Cristina no hace nada sin consult&aacute;rselo. Adem&aacute;s, &iquest;te acuerdas de
+Nicanora, el <i>a&ntilde;a</i>? Pues la han enviado &aacute; su pueblo con todo lo
+necesario para comprarse unos terru&ntilde;os y un par de vacas. Me han dicho
+que la ech&oacute; do&ntilde;a Cristina, despu&eacute;s de una escena algo fuerte... Pepita
+parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero
+la mam&aacute; los aproxima, y ya ver&aacute;s como esto acaba en boda. Ese cachorro
+de Deusto tal vez sea mi jefe. &iexcl;Cristo! &iexcl;Y para esto me expuse &aacute; que me
+rompieran la cabeza cuando al sitio!...</p>
+
+<p>&mdash;Y Pepe &iquest;qu&eacute; dice?...</p>
+
+<p>&mdash;Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y &aacute; todo lo que ordena
+su mujer contesta que s&iacute; con la cabeza. Por dentro tal vez pensar&aacute; otras
+cosas, pero no se atreve &aacute; contradecir &aacute; su Cristina, &aacute; darla un
+disgusto, metiendo en cintura &aacute; ese atrevidillo... Yo creo que deb&iacute;as ir
+&aacute; verle.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Yo?... No me ha llamado. Adem&aacute;s, no me tienta ese cuadro de familia:
+all&iacute; no hago yo falta.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta
+por t&iacute;. No te llama... &iquest;qu&eacute; s&eacute; yo por qu&eacute;? Tal vez por no contrariar &aacute;
+su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta
+de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el <i>Capi</i> es muy franco.
+All&iacute; no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola
+ha metido en la casa &aacute; un m&eacute;dico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa
+en t&iacute;. Ve &aacute; verlo y le dar&aacute;s un alegr&oacute;n. &iexcl;Valiente cosa te importa la
+mala cara que pueda hacerte tu parienta!...</p>
+
+<p>Aresti pareci&oacute; encabritarse oyendo esto. &iquest;Conque ten&iacute;an &aacute; su primo en
+una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban &aacute; otro
+m&eacute;dico como si &eacute;l hubiese muerto?... Pues all&aacute; se iba al instante.
+Sent&iacute;a curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al
+mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondr&iacute;an aquellas
+gentes ante su presencia inesperada. &iexcl;Caer&iacute;a en Las Arenas como una
+bomba. &iexcl;Je, je, je! Y riendo se despidi&oacute; del capit&aacute;n, para subir en el
+tranv&iacute;a.</p>
+
+<p>Cuando &aacute; media tarde entr&oacute; en el hotel de S&aacute;nchez Morueta, encontr&oacute; en
+un sal&oacute;n &aacute; su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.</p>
+
+<p>Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oy&oacute; un rumor de
+voces, hablando con apresuramiento, y despu&eacute;s un ruido de pasos y de
+faldas en fuga.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No quiero verle!&mdash;grit&oacute; una voz sofocada que el m&eacute;dico crey&oacute;
+reconocer.</p>
+
+<p>Al entrar en la habitaci&oacute;n not&oacute; algo que denunciaba aquella fuga
+misteriosa. El gesto con que le recibi&oacute; su prima, le di&oacute; &aacute; entender lo
+inoportuno de su llegada.</p>
+
+<p>El doctor pens&oacute; que las que hab&iacute;an huido para evitarse su presencia eran
+las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su
+mujer.</p>
+
+<p>La entrevista fu&eacute; glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el
+menor esfuerzo por disimular la antipat&iacute;a que le inspiraba el m&eacute;dico.
+Sus ojos azules le miraban con fijeza desde&ntilde;osa. &iquest;A qu&eacute; se presentaba
+all&iacute;? &iquest;Qui&eacute;n le hab&iacute;a llamado? Do&ntilde;a Cristina se sent&iacute;a ahora due&ntilde;a
+absoluta del suelo que pisaba. Ella &aacute; un lado con los suyos, y el m&eacute;dico
+&aacute; otro. Era un extra&ntilde;o odioso: la sangre de nada val&iacute;a cuando las almas
+se separaban para siempre.</p>
+
+<p>Pero el doctor despreci&oacute; esta hostilidad. Hablaba como si no se diera
+cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto
+asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un
+aparecido.</p>
+
+<p>Aresti quiso ver &aacute; Morueta, y do&ntilde;a Cristina mir&oacute; con inquietud &aacute; una
+puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase &aacute; pasarla.</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute; si podr&aacute;s verle&mdash;dijo con los labios apretados.&mdash;Est&aacute; delicado:
+no gusta de recibir visitas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah! Los m&eacute;dicos entramos donde hay enfermos...</p>
+
+<p>Y sin esperar el permiso de la se&ntilde;ora, p&uacute;sose de pie y se dirigi&oacute; &aacute; la
+puerta que comunicaba el sal&oacute;n con el despacho del millonario.</p>
+
+<p>Al levantarse el tapiz, S&aacute;nchez Morueta di&oacute; un grito de alegr&iacute;a,
+reconociendo &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Luis! &iexcl;Luisito!...</p>
+
+<p>Y le tendi&oacute; las manos sin abandonar el sill&oacute;n. Aresti le abraz&oacute;.
+Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Hab&iacute;a adelgazado
+mucho, su barba era casi blanca, los ojos los ten&iacute;a hundidos, y en su
+rostro enjuto se marcaban los p&oacute;mulos con agudas aristas, pareciendo la
+nariz m&aacute;s grande y pesada.</p>
+
+<p>Estaba leyendo un peque&ntilde;o libro, y pasado el primer momento de expansi&oacute;n
+se apresur&oacute; &aacute; ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que
+Aresti leyera la cubierta del volumen.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina sigui&oacute; al m&eacute;dico, quedando de pie cerca de los dos
+hombres, con ce&ntilde;o imponente, vigilando sus expansiones fraternales.</p>
+
+<p>Aresti se hac&iacute;a explicar todos los s&iacute;ntomas de la enfermedad. Conoc&iacute;a
+aquello: no era m&aacute;s que un trastorno moral que se reflejaba en el
+organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Un trastorno moral! Eso es&mdash;dijo la se&ntilde;ora con voz &aacute;spera.&mdash;Siempre
+que hablases con tanta verdad. Pepe viv&iacute;a demasiado... agitado. Por
+fortuna, est&aacute; en buenas manos y curar&aacute;. La calma y la dulzura ya sabe &eacute;l
+c&oacute;mo se adquieren.</p>
+
+<p>Y &aacute; continuaci&oacute;n, para cortar la entrevista, record&oacute; &aacute; su marido la
+conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, si es Luis!&mdash;dijo el gigant&oacute;n sin atreverse &aacute; mirar &aacute; su
+esposa.&mdash;&iexcl;Si con este tengo el mayor gusto en hablar! &iexcl;Si deseaba mucho
+que viniese!... Ya ves, es el &uacute;ltimo que queda de mi familia. Somos como
+hermanos.</p>
+
+<p>Y su acento humilde parec&iacute;a excusarse de este cari&ntilde;o, pedir perd&oacute;n &aacute; la
+esposa por un afecto superior &aacute; su voluntad. Se notaba en &eacute;l la
+abdicaci&oacute;n del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta
+y teme &aacute; cada momento que le recuerde su pasado.</p>
+
+<p>Apareci&oacute; Pepita en la puerta haciendo se&ntilde;as misteriosas &aacute; su madre y
+&eacute;sta la sigui&oacute; fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de
+Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y quer&iacute;an despedirse de
+las se&ntilde;oras.</p>
+
+<p>Al quedar solos los dos hombres, el medic&oacute; se aproximo &aacute; su primo. Les
+dejar&iacute;an solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera
+situaci&oacute;n del millonario. &iquest;C&oacute;mo viv&iacute;a en su casa? &iquest;Era feliz?...</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta s&oacute;lo supo hablar de su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Es un &aacute;ngel... un verdadero &aacute;ngel. Deb&iacute;as ver c&oacute;mo me cuida, de qu&eacute;
+cari&ntilde;o me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es m&aacute;s que
+deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro
+hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que
+descansa despu&eacute;s de una marcha forzada; no me atrevo &aacute; moverme.</p>
+
+<p>Pero, &aacute; pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la
+fragilidad de aquella paz que le envolv&iacute;a, y temiese romperla con el m&aacute;s
+leve movimiento.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y <i>aquello</i>?&mdash;pregunt&oacute; misteriosamente el doctor.&mdash;&iquest;Se olvid&oacute; ya por
+completo?...</p>
+
+<p>El hombr&oacute;n palideci&oacute; como si despertase junto &aacute; un peligro &eacute; hizo un
+movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las
+palabras de su primo. No deb&iacute;a recordarle <i>aquello</i>: le causaba
+verg&uuml;enza y repugnancia.</p>
+
+<p>Ya no pudieron hablar m&aacute;s. Entr&oacute; do&ntilde;a Cristina, pero esta vez seguida de
+su hija y Urquiola. Despu&eacute;s de despedir &aacute; las amigas, se trasladaban al
+despacho para sentarse en torno de S&aacute;nchez Morueta, interponi&eacute;ndose
+entre &eacute;l y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos
+primos.</p>
+
+<p>Deb&iacute;a ser esta irrupci&oacute;n obra de do&ntilde;a Cristina, dispuesta &aacute; hacer
+comprender rudamente al m&eacute;dico su deseo de cerrarle para siempre las
+puertas de la casa. Aresti ve&iacute;a los ojos de los tres, fijos en &eacute;l, como
+si le dijeran: &laquo;&iquest;Qu&eacute; haces aqu&iacute;? Vete: t&uacute; no eres de los nuestros.&raquo;</p>
+
+<p>El millonario acog&iacute;a con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban
+&aacute; &eacute;l, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba &aacute; su primo con
+satisfacci&oacute;n. &iexcl;C&oacute;mo le quer&iacute;an! &iquest;eh? &iexcl;C&oacute;mo sent&iacute;an la necesidad de no
+dejarlo solo, resarci&eacute;ndole de la antigua frialdad! &iexcl;Oh, la familia!...</p>
+
+<p>Hasta &aacute; Urquiola alcanzaba su gratitud. No pod&iacute;a permanecer indiferente
+con aquel muchach&oacute;n que le llamaba t&iacute;o &aacute; boca llena, extendiendo &aacute; &eacute;l su
+lejano parentesco con la se&ntilde;ora. Adem&aacute;s le proteg&iacute;a en sus deseos de
+enfermo. Cuando do&ntilde;a Cristina, atendiendo las indicaciones del m&eacute;dico,
+le ocultaba los cigarros, Urquiola busc&aacute;balos, y, echando &aacute; broma la
+prohibici&oacute;n, obsequiaba al t&iacute;o.</p>
+
+<p>Aresti sonre&iacute;a ante la solicitud de ac&oacute;lito respetuoso con que mimaba &aacute;
+S&aacute;nchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que
+le ofrec&iacute;a una cerilla, apenas se apagaba entre sus d&eacute;biles dedos el
+cigarro con que le hab&iacute;a alegrado poco antes.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina miraba al joven, que parec&iacute;a indeciso, no sabiendo c&oacute;mo
+iniciar la realizaci&oacute;n de algo que hab&iacute;a prometido. Al fijarse Urquiola
+en el libro que asomaba &aacute; un bolsillo del millonario, habl&oacute; del m&eacute;rito
+de la obra.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Le gusta &aacute; usted, t&iacute;o? &iquest;Verdad que es muy <i>profunda</i>? Pues el segundo
+tomo todav&iacute;a es mejor.</p>
+
+<p>Y antes de que el t&iacute;o pudiera contestar, Urquiola se dirigi&oacute; &aacute; Aresti,
+como si s&oacute;lo por &eacute;l hubiese hablado del libro. Era una de las obras m&aacute;s
+notables que se hab&iacute;an publicado en el siglo: las &laquo;<i>Respuestas &aacute; las
+objeciones m&aacute;s comunes contra la religi&oacute;n</i>&raquo; del Padre Segundo Franco, un
+jesu&iacute;ta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por
+tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa
+ciencia, que no es m&aacute;s que soberbia, sus embustes contra la Inquisici&oacute;n
+y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como
+cr&iacute;menes. Al que lo le&iacute;a no le quedaba otro remedio que convertirse.
+Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus p&aacute;ginas,
+con esa fuerza de razonamiento que s&oacute;lo poseen los Padres de la
+Compa&ntilde;&iacute;a. El que a&uacute;n estaba en el error era porque no conoc&iacute;a el libro.</p>
+
+<p>&mdash;Usted deb&iacute;a leerlo, doctor&mdash;dijo con impertinencia el abogado de
+Deusto.</p>
+
+<p>Aresti conoc&iacute;a la obra. Recordaba haber hojeado, cuando viv&iacute;a en casa de
+las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se
+probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier
+vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irrit&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Joven&mdash;dijo con gravedad desde&ntilde;osa,&mdash;hace muchos a&ntilde;os que leo lo que
+mejor me parece, sin necesidad de consejero.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su
+primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.</p>
+
+<p>Pasaron en silencio un largo rato. Do&ntilde;a Cristina y su sobrino segu&iacute;an
+mir&aacute;ndose. Parec&iacute;an dispuestos &aacute; hostilizar al doctor, &aacute; exasperarle,
+buscando un rompimiento para que no volviese m&aacute;s a la casa. La se&ntilde;ora
+animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusi&oacute;n con el
+m&eacute;dico.</p>
+
+<p>Urquiola habl&oacute; de la gran peregrinaci&oacute;n &aacute; la Virgen de Bego&ntilde;a, que
+preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de
+Septiembre. Mucho hab&iacute;a costado de organizar, pero ser&iacute;a una fiesta tan
+hermosa como la de la Coronaci&oacute;n; un alarde de la Vizcaya religiosa y
+honrada que quer&iacute;a ser libre y volver &aacute; sus antiguos tiempos de
+grandeza.</p>
+
+<p>Aresti se hab&iacute;a impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus
+enemigos; pero sent&iacute;a agitarse su car&aacute;cter batallador y rebelde ante el
+abogado, cuyas palabras le irritaban.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; tiempos fueron esos?&mdash;pregunt&oacute; ir&oacute;nicamente.</p>
+
+<p>Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella
+oratoria ruidosa que tantos &eacute;xitos le hab&iacute;a valido en los ejercicios
+literarios de Deusto, acometi&oacute; impetuosamente. &iexcl;Parec&iacute;a imposible que un
+vizca&iacute;no hiciese tal pregunta! &iquest;Qu&eacute; tiempos hab&iacute;an de ser? Los del
+Se&ntilde;or&iacute;o; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los
+<i>Jaunes</i> prudentes y valerosos; cuando la mala peste del <i>maketismo</i> no
+hab&iacute;a a&uacute;n invadido la santa tierra del &aacute;rbol de Guernica; cuando los
+vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hac&iacute;an morder el polvo &aacute;
+los espa&ntilde;oles, del mismo modo que siglos despu&eacute;s, en nuestra &eacute;poca, sus
+descendientes hab&iacute;an derrotado &aacute; los <i>guiris</i> y los <i>ches</i> de pantalones
+rojos que enviaba Espa&ntilde;a para acabar con los &uacute;ltimos restos de sus
+libertades.</p>
+
+<p>Aresti sonri&oacute; con desprecio. &iexcl;Ya hab&iacute;an salido Padura y las otras dos
+batallas contra los castellanos! Dichoso pa&iacute;s aquel, tan falto de
+historia que ten&iacute;a que inventarla, dando la importancia de glorias
+nacionales &aacute; tres miserables combates de horda, all&aacute; en los tiempos de
+Mari-Casta&ntilde;a; tres contiendas &aacute; pe&ntilde;azos, golpes de cachiporra y de
+hacha, un poco mayores nada m&aacute;s que cualquier ri&ntilde;a de romer&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;No: Vizcaya no tiene apenas historia&mdash;continu&oacute; el doctor,&mdash;y por esto
+posee la energ&iacute;a de los pueblos j&oacute;venes. Su grandeza empieza ahora; s&oacute;lo
+que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y est&aacute;
+en la r&iacute;a, en el puerto, en las ruinas y las f&aacute;bricas, en los buques que
+pasean por todos los mares la bandera de su matr&iacute;cula, en el esfuerzo
+colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para
+explotarla. Los vizca&iacute;nos que en otros tiempos iban en sus barquitos &aacute;
+la pesca de la ballena, valen m&aacute;s, para m&iacute;, que todos esos h&eacute;roes
+cabelludos y zafios que en Padura gritaban <i>&iexcl;sabelian, sabelian sarrtu!</i>
+avis&aacute;ndose que deb&iacute;an herir con sus chuzos &aacute; los espa&ntilde;oles en el
+vientre. Este es un pa&iacute;s que no ha dado en los tiempos pasados m&aacute;s que
+obispos y marinos. Ahora despuntan los &uacute;nicos hombres notables que puede
+producir esta raza con sus especiales condiciones. &iquest;Ve usted ah&iacute; &aacute; mi
+primo que no sue&ntilde;a con la gloria hist&oacute;rica, ni se preocupa de lo que
+pensar&aacute;n de &eacute;l en el porvenir? Pues es el verdadero h&eacute;roe, el palad&iacute;n
+moderno. Ha hecho &eacute;l m&aacute;s por la gloria de Vizcaya con sus empresas
+industriales, que todos aquellos <i>Jaunes</i>, sucios, barbudos y llenos de
+costras.</p>
+
+<p>Urquiola call&oacute;, desconcertado ante este elogio &aacute; su querido t&iacute;o,
+temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado &aacute;
+la gloria de su nombre. Pero do&ntilde;a Cristina vino en su auxilio para que
+la discusi&oacute;n no quedase ahogada.</p>
+
+<p>&mdash;No te esfuerces, Ferm&iacute;n. Al doctor le importan poco las santas
+tradiciones de Vizcaya. Lo que &aacute; &eacute;l le molesta es ver &aacute; todo un pueblo
+rendir homenaje &aacute; nuestra santa Patrona, en la que &eacute;l no cree.</p>
+
+<p>Aresti se encogi&oacute; de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas
+fiestas: eran para &eacute;l espect&aacute;culos curiosos, en los que estudiaba el
+af&aacute;n por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que
+experimentan la debilidad y la ignorancia. &Eacute;l daba su verdadero valor &aacute;
+la manifestaci&oacute;n del pr&oacute;ximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella
+lo de menos. La gran masa inconsciente subir&iacute;a al monte Artag&aacute;n, con el
+deseo ego&iacute;sta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la
+direcci&oacute;n la llevar&iacute;an los que so&ntilde;aban con la independencia vasca, y los
+jesu&iacute;tas, que insist&iacute;an en sus alardes, temiendo la propaganda social de
+las minas y el esp&iacute;ritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.</p>
+
+<p>Al o&iacute;r mentar &aacute; los jesu&iacute;tas, Urquiola di&oacute; un respingo en su asiento.
+Ahora se sent&iacute;a en terreno fuerte: era como si atacasen &aacute; su familia. Y
+mir&oacute; &aacute; las dos mujeres, como invit&aacute;ndolas &aacute; que presenciasen el gran
+vapuleo que iba &aacute; dar al imp&iacute;o... &iquest;Qu&eacute; ten&iacute;a que decir de los jesu&iacute;tas?
+Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por
+dirigir &aacute; las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San
+Ignacio, hab&iacute;an contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la
+revoluci&oacute;n religiosa, prestando &aacute; los pueblos latinos la gran merced de
+evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que
+manten&iacute;an en toda su pureza el catolicismo. &iquest;Y sabios?... &Eacute;l mismo
+conoc&iacute;a en Deusto &aacute; un Padre que hablaba cinco idiomas...</p>
+
+<p>Aresti le interrumpi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Yo conozco empleados de hoteles que poseen m&aacute;s lenguas y sin embargo,
+el mundo ingrato no ensalza su sabidur&iacute;a.</p>
+
+<p>Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese &aacute;
+caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. &Eacute;l estaba all&iacute; como
+ap&oacute;stol: quer&iacute;a aplastar al imp&iacute;o, de cuya ciencia hablaban con respeto
+muchos tontos. Y continu&oacute; su apolog&iacute;a del jesuitismo, hablando de su
+fundaci&oacute;n, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya
+conoc&iacute;a &eacute;l todas las calumnias lanzadas contra la orden. &iexcl;Mentiras de la
+masoner&iacute;a, que temblaba de c&oacute;lera y miedo ante los hijos de San Ignacio!
+Se hablaba de la rapacidad de los jesu&iacute;tas, de su codicia, de su af&aacute;n
+por atesorar dinero. Embustes de los imp&iacute;os y de ciertas &oacute;rdenes
+religiosas, ro&iacute;das por la envidia, que no reparaban que al herir &aacute; los
+ignacianos socavaban el m&aacute;s fuerte cimiento del catolicismo. &iexcl;A ver!
+&iquest;d&oacute;nde estaban esos tesoros? &iquest;Qui&eacute;n los hab&iacute;a visto?... Y aunque los
+tuvieran, &iquest;qu&eacute;? Como dec&iacute;a muy bien un Padre de la Compa&ntilde;&iacute;a en uno de
+sus libros, el mundo nada perd&iacute;a con que fuesen ricos, pues dedicaban
+su dinero &aacute; la instrucci&oacute;n levantando Colegios y Universidades. Tambi&eacute;n
+les echaban en cara el que s&oacute;lo buscasen el trato con los ricos y los
+poderosos, educando &uacute;nicamente &aacute; los j&oacute;venes de nacimiento distinguido.
+&iquest;Y qu&eacute; se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los imp&iacute;os;
+hasta en el cielo hay jerarqu&iacute;as y los Padres se dedicaban al cultivo de
+los de arriba, de los que por su nacimiento &oacute; su fortuna estaban
+destinados &aacute; ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no
+pod&iacute;an evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo.
+Agarr&aacute;ndose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando &aacute;
+los privilegiados en el santo temor de Dios, manten&iacute;an el esp&iacute;ritu
+religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los
+magistrados, los militares, afirmando el porvenir m&aacute;s s&oacute;lidamente que si
+buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto &aacute; dejarse
+enga&ntilde;ar por absurdas propagandas...</p>
+
+<p>&iexcl;Ah, el populacho! &iexcl;Con qu&eacute; asco hablaba Urquiola de la masa sin
+voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida
+ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel reba&ntilde;o, que en los
+conflictos de la miseria se revolv&iacute;a contra los sacerdotes y
+especialmente contra los jesu&iacute;tas. Si surg&iacute;a una huelga, apedreaban los
+conventos de la Orden; si al ir en manifestaci&oacute;n por la calle ve&iacute;an &aacute; un
+cura, lo silbaban y lo persegu&iacute;an; en sus mitins, cuando quer&iacute;an
+insultar &aacute; uno de sus opresores, le llamaban jesu&iacute;ta. &iquest;Qu&eacute; da&ntilde;o pod&iacute;an
+hacer los Padres &aacute; toda aquella gente que ped&iacute;a aumento de jornal &oacute;
+menos horas de trabajo? No ten&iacute;an minas ni f&aacute;bricas, no eran due&ntilde;os de
+empresas industriales, no explotaban al trabajador, &iquest;por qu&eacute;, pues, iban
+contra ellos? &iquest;No era natural que dejasen en paz &aacute; los sacerdotes y se
+lanzaran &uacute;nicamente contra los ricos? &iquest;A qu&eacute; mezclar la religi&oacute;n en las
+cuestiones del trabajo?...</p>
+
+<p>Y el abogado miraba &aacute; Aresti con superioridad, seguro de haberle
+aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que,
+por defender &aacute; sus maestros, atacaba &aacute; S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>El doctor sent&iacute;ase irritado por el aire de triunfador que tomaba el
+joven ante las dos mujeres, las cuales parec&iacute;an admiradas de sus
+palabras. Arroj&oacute; de su &aacute;nimo todo escr&uacute;pulo de prudencia, sinti&oacute; el
+deseo de escandalizar &aacute; su devota prima, de exponer sus ideas sin
+consideraci&oacute;n alguna, cerr&aacute;ndose para siempre las puertas de aquella
+casa. &iexcl;Le quer&iacute;an echar, pero &eacute;l se ir&iacute;a antes!... Y habl&oacute; con una
+calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su
+pensamiento.</p>
+
+<p>A &eacute;l no le extra&ntilde;aba que el ej&eacute;rcito de la miseria, en sus protestas y
+rebeld&iacute;as, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, &aacute; pesar de que
+&eacute;stos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los
+directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma &aacute; la clase
+superior; la moldeaban &aacute; su gusto. Los tiros de los desesperados, no
+iban, pues, mal dirigidos. Parec&iacute;an en el primer momento caprichosos y
+locos, errando &aacute; la ventura, pero en realidad her&iacute;an al verdadero
+enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de
+la desesperaci&oacute;n d&oacute;nde estaba la causa de sus males. La sociedad ten&iacute;a
+por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos pod&iacute;a ser
+oportuna, pero que hab&iacute;a fracasado al contacto de la vida moderna.</p>
+
+<p>El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de
+modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el
+cristiano no da importancia &aacute; una sociedad por la que pasa
+transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su
+verdadera vida est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de la muerte. Veinte siglos lleva de
+experiencia la moral cristiana y ha dado de s&iacute; todo lo que tiene dentro.
+Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la
+tierra, dej&aacute;ndola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los
+oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida
+que nadie ha visto, encontrar&aacute;n satisfacci&oacute;n &aacute; sus dolores. Su &uacute;nica
+f&oacute;rmula clara es la de la fraternidad universal; &laquo;ama &aacute; tu pr&oacute;jimo como
+&aacute; t&iacute; mismo&raquo;, y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte,
+declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que
+&uacute;nicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la
+tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el
+ser diab&oacute;lico al que hay que perseguir y exterminar.</p>
+
+<p>Urquiola y do&ntilde;a Cristina se miraban escandalizados.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y la caridad?&mdash;grit&oacute; el abogado. &iquest;Y la sublime caridad de la moral
+cristiana?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La caridad!&mdash;contest&oacute; el m&eacute;dico sonriendo con sarcasmo.&mdash;Es el medio
+de sostener la pobreza, de fomentarla, haci&eacute;ndola eterna. Los
+desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el
+buscarla mientras pueden, viendo en ella una instituci&oacute;n degradante, que
+perpet&uacute;a su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral
+cristiana.</p>
+
+<p>Recordaba la maldici&oacute;n de Jes&uacute;s &aacute; los ricos, su promesa de que les ser&iacute;a
+m&aacute;s dif&iacute;cil entrar en los cielos &laquo;que un camello por el agujero de una
+aguja&raquo;. Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo &aacute; Jes&uacute;s, reclamaban
+el peligro de ser ricos: todos se expon&iacute;an sin miedo alguno &aacute; las llamas
+del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin
+excepci&oacute;n, deseaban ejercer la caridad, tom&aacute;ndolo todo para s&iacute;, y no
+dando m&aacute;s que aquello que juzgaban innecesario &oacute; que no pod&iacute;an guardar.
+La caridad no influ&iacute;a para nada en el progreso de los humanos: antes
+bien, era un obst&aacute;culo. No suprim&iacute;a la esclavitud, no trocaba las formas
+de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la divisi&oacute;n de
+los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se
+equivocaban al odiar una religi&oacute;n que exige al miserable que se resigne
+con su suerte y no reclama de los ricos m&aacute;s que una caridad de la que
+ellos son los &uacute;nicos jueces, pudiendo graduarla conforme &aacute; su ego&iacute;smo.
+Los desesperados ve&iacute;an que, as&iacute; como amenguaba la fe abajo, era arriba,
+entre los ricos, donde la religi&oacute;n encontraba sus defensores, &aacute; pesar de
+que su Dios los hab&iacute;a maldecido.</p>
+
+<p>Los privilegiados empleaban la religi&oacute;n como un escudo. &laquo;Nada de esperar
+en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y hab&iacute;a que
+ir &aacute; la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo pod&iacute;a ser
+feliz en su miseria con la esperanza del para&iacute;so despu&eacute;s de la muerte;
+dulce ilusi&oacute;n, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia
+le quieren arrebatar...&raquo;</p>
+
+<p>As&iacute; se expresaban los que ten&iacute;an inter&eacute;s en que continuase en la tierra
+todo lo mismo, &aacute; la sombra protectora de las creencias. &iquest;C&oacute;mo no hab&iacute;an
+de indignarse los infelices contra una religi&oacute;n que les cerraba el
+camino de la justicia y el bienestar aqu&iacute; abajo, para no darles m&aacute;s que
+la quim&eacute;rica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden
+sobornar con d&aacute;divas &aacute; los sacerdotes?</p>
+
+<p>El cristianismo hab&iacute;a enga&ntilde;ado al pobre, manteni&eacute;ndolo en su triste
+estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el
+carcelero espiritual que sosten&iacute;a durante veinte siglos el extremo de su
+cadena. Ya que hab&iacute;a llegado el instante de la revuelta &iexcl;sus y &aacute; &eacute;l!...
+Era el enemigo secular; los dem&aacute;s hab&iacute;an crecido &aacute; su amparo... El odio
+&aacute; toda religi&oacute;n era instintivo all&iacute; donde las masas obreras despertaban.
+Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie
+de funcionario invisible de la burgues&iacute;a, al que retribu&iacute;an los ricos
+sus buenos servicios, levant&aacute;ndole viviendas, derramando el dinero &aacute;
+manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina abanic&aacute;base furiosamente las mejillas enrojecidas. &iquest;Qu&eacute;
+horrores iba soltando aquella voz suave &eacute; ir&oacute;nica que parec&iacute;a
+acariciarla con profundos ara&ntilde;azos?... Ahora se arrepent&iacute;a de haber
+provocado al imp&iacute;o y hac&iacute;a se&ntilde;as &aacute; Urquiola para que no le contestase.
+Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de all&iacute; empujado
+por la sorda y desde&ntilde;osa hostilidad de todos. Pero el disc&iacute;pulo de
+Deusto tem&iacute;a aparecer vencido &aacute; los ojos de Pepita, &eacute; interrump&iacute;a al
+doctor con exclamaciones burlonas &oacute; con gestos escandalizados. &laquo;Est&aacute;
+loco: este hombre est&aacute; loco.&raquo; Aprovechando una pausa de Aresti, <i>coloc&oacute;</i>
+la objeci&oacute;n que ten&iacute;a preparada. Criticar era f&aacute;cil. Pero ya que el
+doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, deb&iacute;a decir cu&aacute;l
+era la suya.</p>
+
+<p>Aresti sonri&oacute;, mirando con l&aacute;stima al joven. Era posible que no lo
+entendiese: aquellas cosas no las ense&ntilde;aban en Deusto. Adem&aacute;s, una moral
+con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana como un
+serm&oacute;n de los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a. Bastante hab&iacute;a hecho el
+pensamiento moderno en menos de un siglo; y a&uacute;n estaba en la primera
+etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun as&iacute;, su moral, una moral
+para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo
+de los humanos, ten&iacute;a forma.</p>
+
+<p>&mdash;Yo&mdash;dijo Aresti con sencillez&mdash;adoro la Justicia Social como fin y
+creo en la Ciencia como medio.</p>
+
+<p>Urquiola rompi&oacute; &aacute; re&iacute;r con una carcajada insolente. &iexcl;La ciencia! &iexcl;La
+moderna ciencia de los revolucionarios y los imp&iacute;os! Ya sab&iacute;a &eacute;l lo que
+era aquello. Y la defin&iacute;a con arreglo al libro de un Padre famoso de la
+Compa&ntilde;&iacute;a. &laquo;Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo <i>no</i>
+donde el catecismo dice <i>s&iacute;</i> y <i>s&iacute;</i> donde dice <i>no</i>, se tiene hecha y
+derecha toda la pretendida ciencia moderna.&raquo; Urquiola se pavoneaba con
+esta definici&oacute;n que convert&iacute;a el catecismo en centro de todos los
+pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los
+grandes hombres de la historia. Do&ntilde;a Cristina, creyendo que esta
+definici&oacute;n tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.</p>
+
+<p>Pero el abogado no se fij&oacute; en esta admiraci&oacute;n, enardecido por la
+proximidad de su triunfo. All&iacute; quer&iacute;a &eacute;l al doctor, &iquest;Conque la ciencia
+pod&iacute;a servir de medio &eacute; instrumento &aacute; la moral?... En Deusto, aunque
+Aresti no lo creyera, tambi&eacute;n les ense&ntilde;aban algo de la ciencia moderna.
+Levantaban nada m&aacute;s que una punta del velo que ocultaba este c&uacute;mulo de
+impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas.
+&Eacute;l conoc&iacute;a un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero
+materialismo, incompatible con todo ideal, &eacute; instrumento de toda
+desmoralizaci&oacute;n.</p>
+
+<p>El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba
+al alma: nada del Dios omnipotente que hab&iacute;a formado el mundo: nada de
+existencia espiritual despu&eacute;s de perecer la materia. Esta vida s&oacute;lo
+ten&iacute;a por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de
+podredumbre: polvo: nada. Como no exist&iacute;a otra vida, no exist&iacute;an
+castigos y todos pod&iacute;an hacer lo que mejor placiera &aacute; sus instintos, sin
+miedo &aacute; la c&oacute;lera de Dios. &iexcl;La bestia libre y sin sanci&oacute;n alguna! Ya que
+no hab&iacute;a que temer &aacute; los castigos, &iquest;para qu&eacute; renunciar &aacute; la satisfacci&oacute;n
+de los apetitos? &iquest;Por qu&eacute; imponerse privaciones respetando &aacute; los
+semejantes?... &iexcl;A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que
+conten&iacute;an sus pasiones por la esperanza del cielo &oacute; el miedo al
+infierno! Los fuertes deben aplastar &aacute; los d&eacute;biles: los d&eacute;biles deben
+apelar &aacute; la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie
+hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigir&aacute; cuentas cuando volvamos
+&aacute; confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el
+crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea
+posible, sin escr&uacute;pulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Es esta su moral, doctor&mdash;preguntaba ir&oacute;nicamente el abogado.&mdash;&iquest;No es
+esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...</p>
+
+<p>Las dos mujeres mostraban su admiraci&oacute;n por Urquiola con miradas de
+l&aacute;stima al m&eacute;dico. Hasta S&aacute;nchez Morueta, que permanec&iacute;a con la cabeza
+baja, como molestado por una pol&eacute;mica cuya intenci&oacute;n adivinaba, levant&oacute;
+los ojos fij&aacute;ndolos con cierta extra&ntilde;eza en el abogado. Aquel muchacho
+no se expresaba mal. Ya no le cre&iacute;a tan necio, y pensaba si su mujer
+tendr&iacute;a raz&oacute;n al elogiar sus cualidades.</p>
+
+<p>Aresti acogi&oacute; la sarc&aacute;stica descripci&oacute;n de aquella sociedad sin Dios,
+con rostro impasible. Si la religi&oacute;n era un freno para los apetitos y
+las violencias &iquest;por qu&eacute; la criminalidad era m&aacute;s frecuente en los pueblos
+atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? &iquest;C&oacute;mo era
+que los mayores cr&iacute;menes de la historia hab&iacute;an coincidido con los
+per&iacute;odos en que el entusiasmo religioso era m&aacute;s ardiente?</p>
+
+<p>El m&eacute;dico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de
+moralidad y el crimen s&oacute;lo son resultados de la incultura &oacute; de una
+regresi&oacute;n parcial del cerebro. Adem&aacute;s, &iquest;de d&oacute;nde sacaba Urquiola que
+porque no existiese una sanci&oacute;n divina para la moral, porque el hombre
+no sintiera el temor &aacute; los castigos eternos, se hab&iacute;a de entregar &aacute; la
+violencia atropellando &aacute; sus semejantes? El hombre de mentalidad
+desarrollada, sab&iacute;a que aunque condenado por la naturaleza &aacute;
+desaparecer, no por esto desaparecer&iacute;a la humanidad de la que forma
+parte. S&oacute;lo el ser inculto y brutal, con el ego&iacute;smo de la ignorancia
+pod&iacute;a incurrir en tales cr&iacute;menes. S&oacute;lo pod&iacute;an pensar as&iacute; los pobres de
+inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los
+que no ven en el mundo nada m&aacute;s all&aacute; de su propia individualidad
+ego&iacute;sta; los que s&oacute;lo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la
+vida eterna, y s&iacute; hacen alg&uacute;n bien es con la idea de que giran una letra
+sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.</p>
+
+<p>Quedaban a&uacute;n muchos seres de una mentalidad limitada, semejante &aacute; la de
+los hombres primitivos, que s&oacute;lo se preocupaban de sus personas &oacute;,
+cuando m&aacute;s, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si
+su individualidad fuese el centro del universo, no interes&aacute;ndole m&aacute;s que
+lo que ve y lo que toca. Esos, en su ego&iacute;smo, tienen tal concepto de la
+importancia de su persona, que necesitan que &eacute;sta se perpet&uacute;e despu&eacute;s de
+la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos
+inventados por las religiones.</p>
+
+<p>El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la
+humanidad tanto &oacute; m&aacute;s que de la de su individuo. Sabe que es un
+componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga &aacute;
+su especie, est&aacute; seguro de que su pensamiento vivir&aacute; a&uacute;n despu&eacute;s de
+haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus
+sentidos. Tiene la inteligencia m&aacute;s desarrollada que los &oacute;rganos
+animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no
+duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la
+necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acci&oacute;n.
+En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste
+(deseo ego&iacute;sta que ning&uacute;n beneficio proporciona &aacute; los dem&aacute;s), desea
+sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando &aacute; &eacute;sta la parte
+de bienestar &oacute; felicidad &aacute; que puede contribuir con el trabajo de su
+vida. &iquest;Qu&eacute; moral m&aacute;s generosa?... El ensue&ntilde;o individual y ego&iacute;sta de un
+cielo falso &eacute; in&uacute;til, lo sustituye el hombre moderno con el ideal
+colectivo, que est&aacute; de acuerdo con su raz&oacute;n y le procura las m&aacute;s altas
+satisfacciones morales.</p>
+
+<p>&mdash;Hacer el bien &aacute; los semejantes&mdash;continu&oacute; Aresti&mdash;sin esperanza de
+recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los imp&iacute;os modernos, los
+hombres del <i>materialismo</i>, es ser m&aacute;s idealista que el devoto que
+compra su parte de para&iacute;so con oraciones que no remedian ning&uacute;n mal de
+la tierra.</p>
+
+<p>El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las
+religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se
+desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. &iexcl;C&oacute;mo poner al mismo
+nivel al ego&iacute;sta cr&eacute;dulo que con unos cuantos sacrificios y
+mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegr&iacute;a en el cielo, y
+al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni
+en el agradecimiento de divinos fantasmas, &uacute;nicamente por la alegr&iacute;a de
+socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos
+los que tripulan el barco errante de la Tierra!... As&iacute; hab&iacute;an procedido
+siempre los grandes m&aacute;rtires y los genios. Era la moral de los h&eacute;roes de
+la humanidad: en otros siglos se hab&iacute;a mostrado aislada, pero ahora iba
+generaliz&aacute;ndose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmaci&oacute;n de
+la conciencia colectiva.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina y su hija miraban con extra&ntilde;eza al doctor sin hacer el
+menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello
+eran <i>filosof&iacute;as alemanas</i>, monsergas confusas que hab&iacute;an inventado los
+imp&iacute;os para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en
+Dios y seguir lo que la Iglesia ense&ntilde;a. &iexcl;Ay, si estuviera presente el
+Padre Paul&iacute;, que tan soberanas palizas soltaba desde el p&uacute;lpito &aacute; los
+<i>fil&oacute;sofos</i>!...</p>
+
+<p>Urquiola ocult&oacute; con una sonrisa de superioridad desde&ntilde;osa la turbaci&oacute;n y
+desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello
+no le hab&iacute;an hablado en Deusto ni una palabra, y col&eacute;rico por lo que
+consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos
+electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de
+S&aacute;nchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuesti&oacute;n
+personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral
+cristiana, hubiese atizado unos cuantos pu&ntilde;etazos al imp&iacute;o, luciendo
+ante las se&ntilde;oras sus energ&iacute;as de ap&oacute;stol.</p>
+
+<p>Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no pod&iacute;a callarse. El sofisma
+religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin m&aacute;s consuelo que la
+esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las
+inteligencias modernas. La moral no consist&iacute;a, como la proclamaba el
+cristianismo, en achicarse, en recogerse en s&iacute; mismo, en amputar los
+naturales instintos, en hacerse peque&ntilde;o para pasar por el camino
+estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en
+amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el ego&iacute;smo de un
+individuo, sino la comuni&oacute;n con las aspiraciones colectivas de la
+humanidad. El hombre moderno no deb&iacute;a perder el tiempo pregunt&aacute;ndose
+sobre el origen del mal &oacute; si la naturaleza est&aacute; corrompida por el
+pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bast&aacute;bale
+saber que la naturaleza, buena &oacute; mala, se modifica &oacute; transforma por el
+trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo
+y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como &uacute;nico gu&iacute;a el
+esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.</p>
+
+<p>El hombre estaba condenado &aacute; hacerlo todo por s&iacute; mismo, sin la esperanza
+de fant&aacute;sticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser
+hombre era glorioso y duro. S&oacute;lo pod&iacute;a contar con un apoyo: la Ciencia.
+El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evoluci&oacute;n
+incesante de las sociedades, modificaban la concepci&oacute;n de la vida y de
+sus fines. El hombre moderno, vali&eacute;ndose de la cr&iacute;tica, ten&iacute;a una idea
+justa de los l&iacute;mites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de
+humildad. No pretend&iacute;a conocer lo absoluto ni el origen de las cosas.
+&iquest;Pero es que las religiones las conoc&iacute;an tampoco? &iquest;Eran racionales las
+explicaciones de los que cre&iacute;an en una Providencia amparadora de la
+injusticia, y en un plan de creaci&oacute;n ideado por unos hebreos n&oacute;madas &eacute;
+ignorantes?</p>
+
+<p>En cambio, el hombre conoc&iacute;a mejor, gracias &aacute; la ciencia, el mundo que
+le rodeaba. Si no sab&iacute;a la causa primera de muchos fen&oacute;menos, hab&iacute;a
+descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser
+siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la
+ten&iacute;a &aacute; sus &oacute;rdenes, haci&eacute;ndola trabajar para su comodidad y sustento.
+Ante &eacute;l se abat&iacute;an obst&aacute;culos que parec&iacute;an eternos: la mec&aacute;nica
+aprovechaba las fuerzas naturales; modific&aacute;base la faz de la Tierra:
+suprim&iacute;ase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parec&iacute;a
+empeque&ntilde;ecerse, haci&eacute;ndose cada vez m&aacute;s confortable, como una habitaci&oacute;n
+dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus
+necesidades.</p>
+
+<p>El hombre ya no quer&iacute;a fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios,
+el fantasma bondadoso &oacute; terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco
+pod&iacute;a tolerar la moral cristiana, basada en la resignaci&oacute;n y en la
+abstenci&oacute;n. Esta moral no era m&aacute;s que un arte de mutilar la vida bajo el
+pretexto de guardar sus formas m&aacute;s altas, &oacute; sea las espirituales.</p>
+
+<p>&mdash;Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera&mdash;dec&iacute;a el
+m&eacute;dico con entusiasmo.&mdash;Nuestra moral es simple y valiente: se resigna &aacute;
+la compa&ntilde;&iacute;a de los hombres, sabiendo que no existen los &aacute;ngeles, y los
+acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto
+y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y
+hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No
+mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la
+realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que
+salva el alma, empu&ntilde;a los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha,
+suda en su eterna batalla con el sue&ntilde;o por transformarlo y embellecerlo,
+pensando que las fatigas del presente ser&aacute;n buenas obras para la
+humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son,
+como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de n&aacute;car, cruzadas
+sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan &aacute; Dios.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta contemplaba con admiraci&oacute;n &aacute; su primo. &iexcl;Ah; su Luis!
+&iexcl;Que hombre!... Su pensamiento t&iacute;mido y fluctuante sent&iacute;ase arrastrado
+por las palabras del m&eacute;dico. Le entusiasmaba aquella apolog&iacute;a de la
+actividad universal. &Eacute;l era un sacerdote privilegiado y feliz del
+trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban
+contra &eacute;l, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfac&iacute;a que
+la ensalzasen.</p>
+
+<p>La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su
+sobrino, el cual no pod&iacute;a asir muchas de las ideas del doctor. Con su
+instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversaci&oacute;n,
+queriendo auxiliar &aacute; Urquiola.</p>
+
+<p>&mdash;No entiendo esa moral&mdash;dijo &aacute; Aresti con voz ruda.&mdash;Nada me importa:
+esa queda para... sabios como t&uacute;. Nosotros, los brutos, nos contentamos
+con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz &aacute; la
+humanidad, &iquest;por qu&eacute; no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...</p>
+
+<p>Y hablaba con sorda c&oacute;lera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba
+al visitarla, recordando el pasado. Se ve&iacute;a en una situaci&oacute;n dif&iacute;cil, ni
+soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocult&aacute;ndolo casi, para
+que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separaci&oacute;n. Y
+do&ntilde;a Cristina se indignaba al decir esto. &iexcl;Qu&eacute; hab&iacute;a de ser ella! Tan
+buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de &aacute;ngel...</p>
+
+<p>&mdash;A eso conduce vuestra moral&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con dureza.&mdash;A hacer infeliz &aacute; una
+pobre criatura, buena como una santa.</p>
+
+<p>Aresti call&oacute;. Parec&iacute;a atolondrado por la injusticia del ataque. &iexcl;&Eacute;l,
+convertido en verdugo de un &aacute;ngel! &iexcl;Y aquel &aacute;ngel era su mujer, y
+Cristina le echaba en cara su crimen despu&eacute;s de haber visto la aspereza
+humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefiri&oacute; acoger en
+silencio el ataque, sin m&aacute;s protesta que un encogimiento de hombros.</p>
+
+<p>Pero la de S&aacute;nchez Morueta no quer&iacute;a verle as&iacute;. Una voz lanzada, sent&iacute;a
+un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento
+ruidoso y que no volviese.</p>
+
+<p>&mdash;Ya que no crees en nada de la religi&oacute;n&mdash;dijo tras una larga pausa, con
+una sonrisa dulce que daba miedo,&mdash;tampoco creer&aacute;s en Jes&uacute;s... &iquest;Qu&eacute; es
+para t&iacute; nuestro divino redentor?</p>
+
+<p>&iexcl;Con qu&eacute; alegr&iacute;a habl&oacute; Aresti, lentamente, con voz suave &eacute; incisiva,
+como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos
+ojos azules que le miraban con desprecio!...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Jes&uacute;s?... Fu&eacute; un gran poeta de la poes&iacute;a moral. Yo amo su recuerdo
+con la ternura de la compasi&oacute;n, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su
+sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explic&aacute;ndolas y
+practic&aacute;ndolas al rev&eacute;s. Su asesinato fu&eacute; una conspiraci&oacute;n de las
+autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos
+que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Cristina p&uacute;sose de pie con nervioso impulso. Hab&iacute;a escuchado las
+explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta
+calma, &aacute; pesar de que adivinaba ataques al cielo y &aacute; Dios. Pero esto de
+ahora iba contra Jes&uacute;s; y la indignaba, m&aacute;s a&uacute;n que si hubiesen negado
+su existencia, aquello de llamarle poeta. &iexcl;El hijo de Dios un poeta!
+Para una millonaria era este el m&aacute;s refinado de los insultos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Has o&iacute;do, Pepe?&mdash;grit&oacute; mirando &aacute; su esposo.&mdash;&iquest;Y t&uacute; consientes estas
+atrocidades en tu casa?</p>
+
+<p>Los ojos t&iacute;midos de S&aacute;nchez Morueta iban de su mujer &aacute; su primo, como
+asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.</p>
+
+<p>&mdash;Me voy&mdash;sigui&oacute; gritando do&ntilde;a Cristina al ver la indecisi&oacute;n de su
+esposo.&mdash;No quiero escuchar m&aacute;s &aacute; este hombre.</p>
+
+<p>Y dirigi&eacute;ndose &aacute; Pepita, a&ntilde;adi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Ni&ntilde;a, v&aacute;monos. Bastantes atrocidades has o&iacute;do. Dale gracias &aacute; tu
+padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.</p>
+
+<p>Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levant&oacute;, dudando un
+momento entre seguirlas &oacute; acometer al doctor. Aquel era el momento de
+presentarse como un palad&iacute;n de la fe, de hacer la cuesti&oacute;n personal en
+nombre de Jes&uacute;s y que se tragara el m&eacute;dico &aacute; pu&ntilde;etazos aquello de
+&laquo;poeta&raquo;, que no le indignaba &aacute; &eacute;l menos que &aacute; do&ntilde;a Cristina. Pero le
+inspiraba gran respeto la presencia del millonario, tem&iacute;a disgustar <i>al
+t&iacute;o</i> y acab&oacute; por marcharse en busca de las se&ntilde;oras.</p>
+
+<p>Quedaron largo rato Aresti y S&aacute;nchez Morueta, con la cabeza baja, como
+anonadados por el incidente. El doctor fu&eacute; el primero en romper el
+silencio.</p>
+
+<p>&mdash;Pepe, adi&oacute;s&mdash;dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo
+una mano &aacute; su primo.&mdash;Yo no te pregunto como tu mujer &laquo;&iquest;y t&uacute; consientes
+eso?&raquo; Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No te vayas as&iacute;!&mdash;exclam&oacute; el millonario con ansiedad.&mdash;De seguro que
+est&aacute;s enfadado; adivino que no vas &aacute; volver. No ri&ntilde;as conmigo: Cristina
+es as&iacute;, &iquest;y qu&eacute; voy yo &aacute; hacerla? T&uacute; mismo lo has dicho. La familia... la
+paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y &aacute;
+las mujeres hay que respet&aacute;rselas. La verdad es que t&uacute; tambi&eacute;n has
+estado fuertecito...</p>
+
+<p>&mdash;Adi&oacute;s, Pepe&mdash;volvi&oacute; &aacute; repetir el m&eacute;dico, abandonando aquella manaza
+que ahora ca&iacute;a d&eacute;bil y sin voluntad.&mdash;Que seas muy feliz.</p>
+
+<p>&mdash;Pero nos veremos, &iquest;eh? &iquest;Vendr&aacute;s &aacute; verme al escritorio?... Esto pasar&aacute;:
+ya sabes que otras veces tambi&eacute;n hab&eacute;is rega&ntilde;ado...</p>
+
+<p>&mdash;Adi&oacute;s, adi&oacute;s.</p>
+
+<p>Y el doctor Aresti, sin escuchar &aacute; su primo, que le segu&iacute;a formulando
+excusas, sali&oacute; de all&iacute;, con la convicci&oacute;n de que dejaba muerto &aacute; sus
+espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco
+fraternal y perd&iacute;a lo &uacute;ltimo que le restaba de su familia.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+
+<p>A mediados de Agosto se inici&oacute; una agitaci&oacute;n de protesta entre los
+obreros de las minas.</p>
+
+<p>Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor
+Aresti, hablaban de los s&iacute;ntomas de rebeli&oacute;n en las aldeas de la cuenca
+minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,
+afirmando que los capataces eran los verdaderos due&ntilde;os, y que el obrero
+que no se surt&iacute;a de v&iacute;veres en ellas era despedido del trabajo. En
+Pucheta, que era donde viv&iacute;an los m&aacute;s levantiscos, hab&iacute;an ido &aacute;
+navajazos un d&iacute;a de paga, por negarse dos trabajadores &aacute; satisfacer su
+deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un
+gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistir&iacute;an todos los
+mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su
+petici&oacute;n en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la
+m&uacute;sica los domingos, hablar&iacute;an los amigos del pueblo, aquellos obreros
+de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban &aacute; la
+propaganda de las doctrinas socialistas y &aacute; la organizaci&oacute;n de las
+fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeld&iacute;a, los
+representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayor&iacute;a
+taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de
+las teor&iacute;as revolucionarias.</p>
+
+<p>El <i>Milord</i>, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de
+los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en
+la faja, y &aacute; los que no se atrev&iacute;an &aacute; maltratar los peones por miedo &aacute;
+sus venganzas de gato, le infund&iacute;an mucho miedo. Ellos eran la
+vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo &aacute; los hombres
+con sus audacias, haci&eacute;ndolos ir m&aacute;s all&aacute; de lo que se propon&iacute;an.
+Algunas veces hab&iacute;an osado apedrear de lejos &aacute; la guardia civil, cuando
+en v&iacute;speras de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la
+monta&ntilde;a. Ahora, el <i>Milord</i> hablaba con terror de frecuentes robos de
+dinamita en los dep&oacute;sitos de las canteras. Los cartuchos deb&iacute;an
+ocultarlos los pinches en previsi&oacute;n de lo que ocurriera. &iexcl;Buena se iba &aacute;
+armar!...</p>
+
+<p>Al atrevimiento de los muchachos hab&iacute;a que a&ntilde;adir la c&oacute;lera estrepitosa
+de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de
+los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda
+circulaci&oacute;n de mineral para que se generalizase la huelga hasta la r&iacute;a,
+y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques
+inactivos esperando una carga que no llegar&iacute;a nunca.</p>
+
+<p>&mdash;Esto se pone feo, don Luis&mdash;suspiraba el admirador de
+Inglaterra.&mdash;Esto va &aacute; ser la muerte de las minas.</p>
+
+<p>Para darse cuenta de lo cr&iacute;tico de la situaci&oacute;n, bastaba ver que los
+peones gallegos tomaban el tren y se iban &aacute; su pa&iacute;s. Aquellos hombres
+eran capaces de rebelarse por su inter&eacute;s personal, pero apenas
+present&iacute;an protestas colectivas, escapaban asustados hacia su pa&iacute;s. Las
+huelgas les ol&iacute;an &aacute; pol&iacute;tica, &aacute; algo peligroso en que no deb&iacute;an
+mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los
+compa&ntilde;eros, desliz&aacute;banse prudentemente hacia su tierra, con el prop&oacute;sito
+de volver cuando todo pasase, aprovech&aacute;ndose entonces de las ventajas
+que los otros pudieran conseguir.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, malditos!&mdash;exclamaba el doctor, oyendo al <i>Milord</i> y &aacute; otros
+contratistas.&mdash;&iquest;No es justo lo que piden? &iquest;Qu&eacute; menos pueden reclamar que
+el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...</p>
+
+<p>Los contratistas torc&iacute;an el gesto, excus&aacute;ndose en la inercia de las
+costumbres. Eran los se&ntilde;ores de la villa, los mineros ricos, las
+empresas extranjeras, los que deb&iacute;an dar el ejemplo. Ellos &aacute; lo antiguo
+se aten&iacute;an. Adem&aacute;s, el miedo &aacute; la huelga no causaba gran impresi&oacute;n en el
+fondo de su &aacute;nimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco
+perder&iacute;an; el mineral no iba &aacute; desaparecer en las canteras; aguardar&iacute;a &aacute;
+que fuesen &aacute; arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro.
+Ten&iacute;an para vivir, y se rendir&iacute;an antes que ellos los que necesitaban
+el jornal para no morirse de hambre.</p>
+
+<p>El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor
+del reba&ntilde;o rebelde. No hab&iacute;a religi&oacute;n, cada vez se entibiaba m&aacute;s la fe,
+y as&iacute; andaba todo de perdido. La propaganda diab&oacute;lica de los obreros de
+Bilbao hab&iacute;a llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la monta&ntilde;a.</p>
+
+<p>&mdash;Ya mueren aqu&iacute; las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen
+perros&mdash;exclamaba indignado.&mdash;Cada vez hay menos entierros. Ya van al
+cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de
+badulaques que se pirran por molestar &aacute; la Iglesia asistiendo &aacute; eso que
+llaman actos civiles. Se&ntilde;ores... &iexcl;entierros civiles en las
+Encartaciones! &iquest;Qui&eacute;n pod&iacute;a figurarse que ver&iacute;amos esto?...</p>
+
+<p>Y el cura insist&iacute;a en lo de los entierros, como si de todos los actos de
+hostilidad &oacute; indiferencia para la religi&oacute;n, fuese este el m&aacute;s
+escandaloso y que m&aacute;s profundamente her&iacute;a su pudor de sacerdote.</p>
+
+<p>A pesar de la agitaci&oacute;n obrera, los amigos de Aresti sent&iacute;anse atra&iacute;dos
+por otro asunto, del que hablaban con gran inter&eacute;s en sus francachelas
+nocturnas.</p>
+
+<p>Exist&iacute;a pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos
+los notables de Gallarta. El <i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i>, el barrenador
+famoso, hab&iacute;a recibido una especie de reto de un desconocido de
+Guip&uacute;zcoa, para que midiese sus fuerzas con &eacute;l. El encuentro deb&iacute;a
+verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de
+all&aacute; hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no
+fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, present&aacute;ndose en Azpeitia
+al lado de su barrenador.</p>
+
+<p>Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. &iexcl;Vaya si ir&iacute;an! &iexcl;Y
+menuda paliza les aguardaba &aacute; los guipuzcoanos pretenciosos! &iexcl;Atreverse
+con el <i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i>, que era la gloria m&aacute;s grande de las
+Encartaciones! Miles de duros apostar&iacute;an ellos contra las pesetas que
+pudieran ofrecer aquellos rurales de Guip&uacute;zcoa, que viv&iacute;an del miserable
+cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los
+detalles de la apuesta, con arreglo &aacute; lo convenido por cartas y hasta
+por mensajeros, con los lejanos enemigos. El pr&oacute;ximo domingo ser&iacute;a la
+lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el n&uacute;mero de perforaciones
+que los dos barrenadores har&iacute;an en la piedra y la duraci&oacute;n de la
+apuesta.</p>
+
+<p>Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar m&aacute;s que
+en este desaf&iacute;o de destreza y vigor. Era la apuesta m&aacute;s famosa de
+cuantas hab&iacute;an concertado aquellos hombres, en su af&aacute;n de arriesgar al
+dinero que con tanta facilidad llegaba &aacute; sus manos.</p>
+
+<p>En esta lucha se interesaba el esp&iacute;ritu de clase y el patriotismo.
+Vizca&iacute;nos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra
+aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las
+canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos
+artistas.</p>
+
+<p>Al aproximarse el d&iacute;a de la lucha, mostraban los contratistas los fajos
+de billetes de Banco, con los que hab&iacute;an de anonadar &aacute; los <i>pobres
+cuitados</i> de Guip&uacute;zcoa. El <i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i> era vigilado y mimado
+como si fuese una tiple hermosa. No iba &aacute; las minas, y acompa&ntilde;aba por
+las noches &aacute; los contratistas, preocup&aacute;ndose todos ellos de lo que com&iacute;a
+y beb&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo va ese valor?&mdash;le preguntaban tent&aacute;ndole los brazos duros y
+el&aacute;sticos, que parec&iacute;an de acero, pas&aacute;ndole las manos por el pecho con
+una suavidad casi femenil, golpe&aacute;ndole el t&oacute;rax y complaci&eacute;ndose en su
+resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el <i>Chiquito</i> se dejaba
+agasajar con sonrisa de &iacute;dolo, irguiendo su peque&ntilde;o cuerpo de m&uacute;sculos
+recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle
+el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.</p>
+
+<p>Ganar&iacute;a, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa
+victoria, lo atiborraban de alimentos y le hac&iacute;an beber champagne, mucho
+<i>Cord&oacute;n Rouge</i>, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su
+superioridad sobre aquel rival que s&oacute;lo conocer&iacute;a la dulzona <i>sangard&uacute;a</i>
+de sus monta&ntilde;as.</p>
+
+<p>Los contratistas obligaron al doctor Aresti &aacute; que les acompa&ntilde;ase &aacute;
+Azpeitia. Ellos no gozar&iacute;an la victoria por completo de no presenciarla
+su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos
+admiradores rudos y entusiastas, no pod&iacute;a separarse de ellos, acab&oacute; por
+ser de la partida. En fuerza de o&iacute;rles hablar de la apuesta sent&iacute;a
+inter&eacute;s por ella.</p>
+
+<p>Era el &uacute;nico que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia deb&iacute;a conocer
+el trabajo del <i>Chiquito</i>. Los de Gallarta, en cambio, no sab&iacute;an qui&eacute;n
+era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba
+el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su
+barrenador.</p>
+
+<p>Aquello parec&iacute;a una encerrona: hab&iacute;a que ser prudentes. Pero los amigos
+del doctor le contestaban con risas. &iquest;Dejarse vencer el <i>Chiquito</i>?... Y
+como prueba de su confianza, ense&ntilde;aban de nuevo los fajos de billetes.
+M&aacute;s de cincuenta mil duros iban &aacute; apostar entre todos, si es que los de
+Azpeitia ten&iacute;an reda&ntilde;os para hacerles cara. Hab&iacute;a que correrles,
+ech&aacute;ndoles el dinero &aacute; las narices; as&iacute; aprender&iacute;an &aacute; no ir otra vez con
+retos &aacute; los bilba&iacute;nos de las minas.</p>
+
+<p>La partida, el domingo al amanecer, fu&eacute; casi una espedici&oacute;n triunfal. El
+<i>Chiquito</i> hab&iacute;a salido el d&iacute;a antes con varios de sus admiradores para
+estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron
+despu&eacute;s con el doctor eran los m&aacute;s respetables, y llevaban con ellos el
+convoy de la expedici&oacute;n, enormes cestos de fiambres encargados &aacute; los
+mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de
+cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsi&oacute;n.
+S&oacute;lo en Bilbao se sab&iacute;a comer: lo dem&aacute;s era tierra de salvajes, pa&iacute;s de
+pobreza donde mor&iacute;a uno de hambre &oacute; de asco, aunque fuese persona de las
+que <i>tienen cartera</i>.</p>
+
+<p>Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Hab&iacute;a
+comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de
+caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las
+calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas
+mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si
+fuesen de una raza distinta, &aacute; los arrogantes mineros, que se llamaban &aacute;
+gritos y se abr&iacute;an paso reclamando el auxilio del alguacil, &uacute;nica
+autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin m&aacute;s arma que
+un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada &aacute; los cultivos de
+escaso rendimiento de la monta&ntilde;a, admiraba los ternos nuevos y lustrosos
+de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro
+sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de
+u&ntilde;as chatas, abrumados por enormes sortijas.</p>
+
+<p>Eran los forasteros, los ricachos que llegaban &aacute; la fiesta llevando una
+verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba
+con fijarse en las miradas que lanzaban &aacute; las gentes y las casas, con
+altivez de magnates que descienden &aacute; mezclarse en una diversi&oacute;n
+campestre. &iquest;Y entre aquellas m&iacute;seras gentes estaban los que hab&iacute;an osado
+desafiarles?... <i>&iexcl;Pobres cuitados!</i></p>
+
+<p>Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos &aacute; los balcones de
+la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en
+primera l&iacute;nea, junto &aacute; la cuerda que marcaba un gran rect&aacute;ngulo limpio
+de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los
+juegos. All&iacute; se hac&iacute;an las apuestas de &uacute;ltima hora entre los empujones
+de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que ten&iacute;an
+delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empuj&oacute;n
+formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba
+que se levantase en alto el mimbre alguacilesco &oacute; que se movieran las
+boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al
+momento se iniciase un retroceso, quedando inm&oacute;vil el gent&iacute;o.</p>
+
+<p>Aresti, desde un balc&oacute;n, ve&iacute;a cuatro masas obscuras de boinas,
+encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros
+arrastraban penosamente unas piedras m&aacute;s grandes que las muelas de un
+molino, bloques enormes que al moverse dejaban detr&aacute;s de ellos la tierra
+profundamente aplastada.</p>
+
+<p>La alegr&iacute;a de los ejercicios f&iacute;sicos, el enardecimiento ruidoso de las
+fiestas de la tuerza, agitaba al gent&iacute;o. Tiraban los bueyes penosamente,
+como si fuese &aacute; estallar la testuz bajo el yugo, esforz&aacute;ndose entre los
+gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por
+sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tir&oacute;n, avanzaba
+algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se
+hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza &aacute; las
+abrumadas bestias.</p>
+
+<p>Era una diversi&oacute;n de raza primitiva, de pueblo en la infancia que a&uacute;n no
+ha llegado &aacute; la vida del pensamiento y admira la fuerza como la m&aacute;s
+gloriosa manifestaci&oacute;n del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan
+con el trabajo f&iacute;sico, hac&iacute;a del vigor un culto, convert&iacute;a en diversi&oacute;n
+los alardes de resistencia de los m&aacute;s fuertes, admiraba como h&eacute;roes &aacute;
+los grandes partidores de le&ntilde;a &oacute; &aacute; los expertos barrenadores, y para dar
+car&aacute;cter de fiesta &aacute; todos los esfuerzos del m&uacute;sculo en el diario
+trabajo, asociaba &aacute; sus juegos al buey, manso y sufrido compa&ntilde;ero de la
+miseria campestre.</p>
+
+<p>El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo,
+recordaba las fiestas griegas, embellecidas al trav&eacute;s de los siglos por
+el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos,
+de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos
+Ol&iacute;mpicos.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; se parecen&mdash;pensaba Aresti.&mdash;Pero como se asemejan el ave de
+corral y el &aacute;guila, porque las dos se cubren de plumas.</p>
+
+<p>Cansado del mon&oacute;tono espect&aacute;culo que ofrec&iacute;an los bueyes, tirando entre
+el clamoreo del gent&iacute;o que no se fatigaba del largo plant&oacute;n, el doctor
+se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.</p>
+
+<p>Ve&iacute;a Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rinc&oacute;n del territorio
+vasco, que s&oacute;lo de lejos rozaba la v&iacute;a f&eacute;rrea, y en el cual parec&iacute;an
+haberse refugiado el esp&iacute;ritu y las tradiciones de la raza. Aquella
+tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle,
+estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caser&oacute;n-palacio
+tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de
+aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reun&iacute;an los
+comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra,
+cuando hab&iacute;a que elegir un nuevo General de la Orden, parec&iacute;a proyectar
+su sombra sobre el valle y las monta&ntilde;as, formando los pobladores &aacute; su
+imagen.</p>
+
+<p>Aresti ve&iacute;a en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de
+San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que
+se consideraban como signos caracter&iacute;sticos de una personalidad famosa,
+resultaban comunes &aacute; toda una raza.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Ten&iacute;an
+las formas m&aacute;s pronunciadas que las hembras vizca&iacute;nas, con algo de
+voluptuoso y m&oacute;rbido que hac&iacute;a recordar el t&iacute;tulo de &laquo;Andaluc&iacute;a vasca&raquo;,
+que muchos daban &aacute; Guip&uacute;zcoa; pero en su mirada hab&iacute;a una expresi&oacute;n
+varonil y en&eacute;rgica que hac&iacute;a pensar en las fan&aacute;ticas hero&iacute;nas de la
+Vend&eacute;e. El odio al <i>guiri</i>, al espa&ntilde;ol de pantalones rojos llegado de
+las m&aacute;s lejanas provincias para expulsar al rey leg&iacute;timo, pasaba como
+una herencia de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. Todos los hombres de edad
+madura que ocupaban la plaza hab&iacute;an vestido, seguramente, el capote de
+los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las monta&ntilde;as, con
+su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.</p>
+
+<p>Eibar, con la muchedumbre obrera de sus f&aacute;bricas de armas, liberal y
+poco religiosa, estaba pr&oacute;xima, y, sin embargo, parec&iacute;a al otro extremo
+del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen
+infranqueables.</p>
+
+<p>Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del
+Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. Era el &uacute;nico signo exterior de religiosidad: ni
+alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos
+donde flaquea la devoci&oacute;n y la verdad divina tropieza con enemigos. En
+todo el valle parec&iacute;a sobrevivir el esp&iacute;ritu religioso, tranquilo y
+confiado, de la Edad Media, la &eacute;poca que menos se preocup&oacute; de la fe, por
+lo mismo que a&uacute;n no hab&iacute;an levantado la cabeza la duda y la impiedad.
+Mostrarse el esp&iacute;ritu de rebeli&oacute;n en una tierra que hab&iacute;a pisado el
+bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que s&oacute;lo el
+suponerlo hubiera hecho re&iacute;r a aquella gente taciturna, orgullosa de
+haber dado al mundo un santo de fama universal.</p>
+
+<p>Pasado medio d&iacute;a, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparram&oacute;
+el gent&iacute;o por la poblaci&oacute;n. Lo m&aacute;s interesante de la fiesta, las luchas
+de los <i>aizkoralaris</i> &oacute; partidores de le&ntilde;a y la apuesta de los
+barrenadores, quedaba para la tarde.</p>
+
+<p>Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando &aacute; los
+del pa&iacute;s con los taponazos del champagne y la exhibici&oacute;n de las carteras
+repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado
+desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atra&iacute;das por la
+fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti hab&iacute;a salido a la calle
+huyendo de la atm&oacute;sfera posada del casino, cargada de gritos y nubes de
+tabaco. Ve&iacute;a llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas
+por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta,
+gui&aacute;ndola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con
+la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre
+como un fusil.</p>
+
+<p>Cerca de la plaza, vi&oacute; el m&eacute;dico que la gente se deten&iacute;a ante una
+taberna, formando compacto grupo y mirando &aacute; lo alto. En un balc&oacute;n
+cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parec&iacute;a tocar el
+alero. En la calle se hab&iacute;a hecho espont&aacute;neamente un gran silencio, y el
+viejo, inm&oacute;vil y grave, segu&iacute;a su canturria con cierta seriedad
+sacerdotal. Cuando termin&oacute; su &uacute;ltima estrofa en vascuence, con una
+entonaci&oacute;n aguda, todo el concurso prorrumpi&oacute; en risotadas, que
+contrastaban con la gravedad del cantor. Pero a&uacute;n no se hab&iacute;a extinguido
+la carcajada del p&uacute;blico, cuando son&oacute; una nueva voz m&aacute;s aguda y
+estridente desde el balc&oacute;n de otra taberna, y Aresti vi&oacute; &aacute; un jay&aacute;n que
+cantaba como si contestase al viejo, mientras &eacute;ste le escuchaba sin
+pesta&ntilde;ear, preparando mentalmente la contrarr&eacute;plica.</p>
+
+<p>El doctor conoc&iacute;a &aacute; aquellas gentes. Eran los <i>versolaris</i>, los
+trovadores &eacute;uscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poes&iacute;a
+florec&iacute;a en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos
+campesinos que no sab&iacute;an leer, pero que mostraban cierto ingenio y una
+gran facilidad de improvisaci&oacute;n. Sus versos s&oacute;lo ten&iacute;an de tales las
+rimas, con una completa ausencia de sentimiento po&eacute;tico. Lo que la
+muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio sat&iacute;rico, lo grotesco del
+chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de
+viva voz, un <i>versolari</i> iniciaba el tema, seguro de que al momento
+surgir&iacute;a la contestaci&oacute;n de sus rivales; y as&iacute;, prolong&aacute;ndose el
+razonamiento de unos &aacute; otros, agarrando cada cual el hilo de la
+interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hac&iacute;an pasar al
+p&uacute;blico embobado horas enteras. Estos vagabundos se manten&iacute;an de sus
+versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de
+fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las
+grandes ciudades.</p>
+
+<p>Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo ni&ntilde;o que re&iacute;a las gracias
+de los <i>versolaris</i> y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de
+producir la m&aacute;s leve impresi&oacute;n en un hombre de la ciudad. En esta sana
+alegr&iacute;a encontraba el m&eacute;dico la gravedad del hombre del campo, su alma
+sobria &aacute; la que basta la m&aacute;s insignificante broma para alegrarse. Eran
+esp&iacute;ritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento
+divert&iacute;anse con cualquier cosa. Sab&iacute;an que los <i>versolaris</i> eran
+graciosos por tradici&oacute;n y esto bastaba para que todos rieran aun antes
+de comprender sus palabras.</p>
+
+<p>El doctor observaba una vez m&aacute;s el car&aacute;cter de la poes&iacute;a entre los
+hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los
+versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la
+tristeza de la partida y la alegr&iacute;a del retorno, celos y desesperaci&oacute;n,
+&oacute; se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la
+belleza de los campos, &oacute; la majestuosa serenidad que desciende del
+cielo. Viviendo en la eterna monoton&iacute;a de las bellezas naturales, no ven
+en ellas nada de extraordinario, sintiendo con m&aacute;s intensidad los
+sucesos que tocan de cerca &aacute; sus personas. Tal vez son ciegos para la
+hermosura de la tierra, condenados &aacute; luchar con ella eternamente, &aacute;
+vencerla y violarla para sacar de sus entra&ntilde;as el sustento.</p>
+
+<p>M&aacute;s de una hora llevaban los <i>versolaris</i> lanz&aacute;ndose razonamientos de
+balc&oacute;n &aacute; balc&oacute;n. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre
+volv&iacute;a sus cabezas &aacute; un lado &oacute; &aacute; otro, seg&uacute;n el sitio de donde part&iacute;a la
+voz. Todos los trovadores recib&iacute;an como popular homenaje las carcajadas
+del p&uacute;blico, pero el que parec&iacute;a triunfar era un viejo desdentado y de
+cara maliciosa, sacrist&aacute;n de una anteiglesia de Vizcaya que ten&iacute;a gran
+renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando alg&uacute;n
+admirador sal&iacute;a al balc&oacute;n ofreciendo el jarro &aacute; su poeta, y &eacute;ste,
+despu&eacute;s de largo trago, acomet&iacute;a con nueva fuerza sus canturrias.</p>
+
+<p>A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corri&oacute;
+&aacute; ella la gente, oyendo el silbido del <i>chistu</i>, que hac&iacute;a locas
+escalas, acompa&ntilde;ado por el mon&oacute;tono baqueteo del tamboril. Los
+<i>versolaris</i> se ocultaron. Iba &aacute; comenzar la parte m&aacute;s interesante de la
+fiesta.</p>
+
+<p>Los mineros bilba&iacute;nos, rojos y sudorosos en su digesti&oacute;n de ogros,
+fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores
+sitios desafiando &aacute; todos con sus retos. &iexcl;A ver! &iquest;qui&eacute;n quer&iacute;a apostar?
+No hab&iacute;a que tener miedo por cantidad m&aacute;s &oacute; menos: <i>hab&iacute;a cartera</i> de
+sobra para todos. Y exhib&iacute;an ante la mirada at&oacute;nita de los caseros,
+habituados &aacute; la vida sobria y humilde de la monta&ntilde;a, aquellas riquezas
+en fajos de papel mugriento. Los m&aacute;s acomodados del pa&iacute;s se acercaban &aacute;
+ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parec&iacute;a implorar
+perd&oacute;n.</p>
+
+<p>La fiesta comenz&oacute; por la lucha de los <i>aizkoralaris</i>. Hab&iacute;an colocado en
+el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados
+en la tierra, para que no rodasen. Son&oacute; de nuevo el <i>chistu</i> y el
+<i>dambolin</i>, y salieron los partidores de le&ntilde;a, llevando al hombro sus
+hachas relucientes. Arrojaron &aacute; un lado las boinas y alpargatas, y
+subi&eacute;ndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.</p>
+
+<p>Un rugido que equival&iacute;a &aacute; un aplauso, acogi&oacute; sus primeros golpes. Los
+mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de
+toros de Bilbao. Proteg&iacute;an con su benevolencia &aacute; aquellos partidores de
+le&ntilde;a, como gente humilde que en nada pod&iacute;a interesarles. En las minas de
+Bilbao no se part&iacute;an troncos: pod&iacute;a, pues, concederse alg&uacute;n m&eacute;rito como
+le&ntilde;adores &aacute; aquellos r&uacute;sticos.</p>
+
+<p>Las hachas sub&iacute;an y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas
+marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un
+golpe m&aacute;s fuerte, m&aacute;s certero, extend&iacute;ase por la plaza un rumor de
+aprobaci&oacute;n. El inmenso p&uacute;blico adivinaba la marcha de los cortes sin
+necesidad de verlos. Habituados todos &aacute; hacer le&ntilde;a en el monte, conoc&iacute;an
+los diversos ruidos de las hachas como si &eacute;stas hablasen. Sab&iacute;an, por el
+crujido de la madera, lo que faltaba &aacute; cada tronco para partirse. Alguno
+de los <i>aizkoralaris</i> iba delante de los otros; les avanzaba por
+momentos; su corte se aproximaba r&aacute;pidamente al fin: hasta que de
+pronto, un crujido especial, que no pod&iacute;a confundirse, hizo estremecer
+el gent&iacute;o hasta los &uacute;ltimos l&iacute;mites de la plaza. Acababa de partirse un
+tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empin&aacute;ndose sobre la punta de
+los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber qui&eacute;n
+era el vencedor.</p>
+
+<p>Salieron los le&ntilde;adores con el hacha al hombro, saltando la cuerda,
+confundi&eacute;ndose con el gent&iacute;o que comentaba los incidentes de la lucha, y
+otra vez son&oacute; el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes
+arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el
+momento emocionante, la hora del suceso que hab&iacute;a atra&iacute;do &aacute; Azpeitia
+tanta gente. Iba &aacute; comenzar la lucha de los barrenadores.</p>
+
+<p>La muchedumbre callaba como los grandes p&uacute;blicos de las plazas de toros,
+cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hac&iacute;a sonar sus
+instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso
+adelante, y casi rompi&oacute; la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron
+al espacio libre.</p>
+
+<p>Todos quer&iacute;an ver &aacute; los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su
+mirada por encima de los hombros que ten&iacute;an delante.</p>
+
+<p>El barrenador guipuzcoano era un mocet&oacute;n mofletudo, de ojos abobados,
+ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El
+<i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i> se pavoneaba con la palanca al hombro,
+presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari c&eacute;lebre en
+la cancha, mirando &aacute; las mujeres que ocupaban los balcones.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ol&eacute;, mi ni&ntilde;o!&mdash;gritaban los mineros. <i>&iexcl;En&eacute; el Chiquito!...</i> Ahora se
+va &aacute; ver lo bueno de las minas. &iexcl;Aqu&iacute; <i>hay cartera</i> para &eacute;l!</p>
+
+<p>Y mezclando los gritos del pa&iacute;s con los que hab&iacute;an aprendido en las
+plazas de toros, arrojaban m&aacute;s all&aacute; de la cuerda sus boinas y sus
+carteras, pero llamando en seguida &aacute; los chicuelos para que las
+recogiesen. El <i>Chiquito</i> sonre&iacute;a bajo la ovaci&oacute;n tumultuosa de sus
+protectores, viendo al mismo tiempo una se&ntilde;al de su triunfo en el gesto
+taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de
+todos los del pa&iacute;s, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se
+despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre
+las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que deb&iacute;an
+perforar. El trabajo durar&iacute;a dos horas: el que antes lo terminase &oacute;
+llegase m&aacute;s adelante ser&iacute;a el vencedor.</p>
+
+<p>Coloc&aacute;ronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las
+piernas juntas y los talones toc&aacute;ndose. Entre los pies desnudos que
+formaban un &aacute;ngulo, sub&iacute;a y bajaba la barra de acero abriendo el
+orificio. La m&aacute;s leve desviaci&oacute;n, pod&iacute;a herirles, destrozarles un pie,
+con aquel hierro movido por herc&uacute;lea fuerza. Pero no hab&iacute;a que temer:
+sus brazos mostraban la regularidad de una m&aacute;quina.</p>
+
+<p>Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos.
+Eran los padrinos que les asist&iacute;an en la lucha. Se inclinaban y
+levantaban al mismo tiempo que ellos, dobl&aacute;ndose al comp&aacute;s de los
+movimientos del perforador, sirviendo de p&eacute;ndulo que regulaba el vaiv&eacute;n
+del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compa&ntilde;ero con sus gritos:
+rug&iacute;an <i>&iexcl;haup! &iexcl;haup!</i> al doblarse por la cintura, se&ntilde;alando cada golpe
+con esta exclamaci&oacute;n. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con
+los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban m&aacute;s a&uacute;n
+que el barrenador.</p>
+
+<p>Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza.
+Dieron la se&ntilde;al los directores de la apuesta y en la plaza estall&oacute; una
+aclamaci&oacute;n semejante &aacute; la que acoge la partida de los caballos en una
+carrera. Despu&eacute;s se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el
+<i>&iexcl;haup! &iexcl;haup!</i> de los acompa&ntilde;antes con una regularidad mec&aacute;nica,
+interrumpidos algunas veces por el <i>&iexcl;brrr!</i> de los barrenadores, que al
+respirar jadeantes, parec&iacute;an escupir su c&oacute;lera sobre la piedra enemiga.</p>
+
+<p>Aresti sinti&oacute; deseos de re&iacute;r, viendo c&oacute;mo se doblaban aquellos monigotes
+humanos que segu&iacute;an con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes,
+fatig&aacute;ndose en un trabajo in&uacute;til, para transmitirles su energ&iacute;a.</p>
+
+<p>Transcurrieron algunos minutos. El <i>Chiquito</i> trabajaba m&aacute;s aprisa que
+su rival. Sub&iacute;a y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la
+ve&iacute;a. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo
+movimiento; sus acompa&ntilde;antes no pod&iacute;an seguirle. Det&uacute;vose un instante y
+cambi&oacute; de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que
+pasaba &aacute; la segunda perforaci&oacute;n, dando por terminado el primer agujero.
+&iexcl;Y su contrincante a&uacute;n estaba en el mismo sitio!...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ol&eacute;, <i>Chiquito</i>!&mdash;gritaron agitando sus manos cargadas de
+pedrer&iacute;a.&mdash;<i>&iexcl;Haup!... &iexcl;haup!</i></p>
+
+<p>Y en discordante coro juntaban sus voces &aacute; las de los dos vizca&iacute;nos que
+serv&iacute;an de auxiliares &aacute; su barrenador.</p>
+
+<p>La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monoton&iacute;a de todos
+los espect&aacute;culos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate,
+entreten&iacute;a el aburrimiento de la espera comparando &aacute; los dos
+contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del
+nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del m&uacute;sculo. El
+hombre-caballo frente al hombre-buey. El <i>Chiquito de Ci&eacute;rvana</i>,
+vehemente en su trabajo, dejaba atr&aacute;s al enemigo con s&oacute;lo el primer
+arranque: el otro segu&iacute;a su marcha sin darse cuenta de lo que le
+rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase &aacute; los que
+mug&iacute;an junto &aacute; su o&iacute;do <i>&iexcl;haup! &iexcl;haup!</i> &Eacute;l era quien reglamentaba los
+movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por
+ellos como lo hac&iacute;a su contrincante.</p>
+
+<p>En cambio, el <i>Chiquito</i> deten&iacute;ase algunas veces, lanzaba en torno una
+mirada satisfecha, se escup&iacute;a en las manos, y agarrando de nuevo el
+perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente a&uacute;n no se hab&iacute;a
+detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando
+la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.</p>
+
+<p>Pas&oacute; una hora sin que ning&uacute;n incidente alterase la marcha de la lucha.
+El guipuzcoano abr&iacute;a sus perforaciones, pasando de una &aacute; otra sin
+levantar la vista. El <i>Chiquito</i> le llevaba a&uacute;n un agujero de ventaja
+como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su
+alegr&iacute;a insultante. &iexcl;A&uacute;n admit&iacute;an apuestas! Ofrec&iacute;an un duro por cada
+peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban
+su asombro cuando ve&iacute;an aceptadas sus proposiciones por las gentes del
+pa&iacute;s. &iexcl;Qu&eacute; zonzos! &iexcl;Y c&oacute;mo iban &aacute; perder el dinero!...</p>
+
+<p>La segunda hora de la lucha se desarroll&oacute; en silencio. La gente parec&iacute;a
+anonadada por la monoton&iacute;a del espect&aacute;culo. La espera interminable
+embotaba los sentidos, dificultando toda emoci&oacute;n. Por esto no hubo
+gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenz&oacute; &aacute;
+iniciarse la ventaja del barrenador lento &eacute; incansable, sobre el
+<i>Chiquito</i> que hac&iacute;a temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.</p>
+
+<p>Aresti present&iacute;a este suceso desde mucho antes. El <i>Chiquito</i> se deten&iacute;a
+&aacute; descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresi&oacute;n de
+triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Hab&iacute;anse sucedido al lado
+de &eacute;l varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el
+relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompa&ntilde;aban ten&iacute;an que
+gritar <i>&iexcl;haup, haup, haup!</i> con m&aacute;s lentitud, esforz&aacute;ndose en vano por
+animarle y enardecerle, tirando de &eacute;l con la palabra como si fuese una
+bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el l&aacute;tigo, sin poder
+salir de su paso.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico sent&iacute;a angustia examinando &aacute; los dos contendientes, con la
+cara p&aacute;lida, sudorosos, las piernas inm&oacute;viles y como petrificadas, el
+busto en incesante vaiv&eacute;n, los brazos hinchados por el esfuerzo; y
+recordaba &aacute; otros que hab&iacute;an ca&iacute;do en aquellas apuestas brutales,
+muertos como por un rayo, heridos en el coraz&oacute;n por el exceso de
+actividad.</p>
+
+<p>Los mineros miraban al barrenador r&uacute;stico, y despu&eacute;s cambiaban entre s&iacute;
+ojeadas de asombro. &iexcl;Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidec&iacute;an
+como si de golpe se alterase su digesti&oacute;n, poni&eacute;ndose de pie dentro de
+su est&oacute;mago, todas las buenas cosas tra&iacute;das de Bilbao y rociadas con
+<i>Cord&oacute;n Rouge</i>. Present&iacute;an la posibilidad de la derrota: parec&iacute;an olerla
+en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus
+enemigos.</p>
+
+<p>Algunos m&aacute;s en&eacute;rgicos se revolv&iacute;an contra la posibilidad del fracaso.
+&iexcl;Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!...
+Renac&iacute;a su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces
+con detalles de ruindad sus alardes de ostentaci&oacute;n. Hab&iacute;an apostado m&aacute;s
+de ochenta mil duros, &iquest;&eacute; iban &aacute; dejarlos entre las u&ntilde;as llenas de tierra
+de aquella gente? &iexcl;Cristo! &iexcl;C&oacute;mo se reir&iacute;an de los mineros!...</p>
+
+<p>Los m&aacute;s furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse &aacute; los
+acompa&ntilde;antes del <i>Chiquito</i>, se colocaban &aacute; ambos lados quit&aacute;ndose las
+chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaiv&eacute;n, &aacute; pesar de su
+corpulencia; mug&iacute;an <i>&iexcl;haup, haup!</i> con toda la fuerza de sus pulmones,
+como si con sus gritos pudieran hacer entrar m&aacute;s adentro la palanca del
+barrenador.</p>
+
+<p>El <i>Chiquito</i> cobraba nuevas fuerzas al ver junto &aacute; &eacute;l &aacute; sus
+protectores, y part&iacute;a en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado
+por nerviosa energ&iacute;a: pero el cansancio de los m&uacute;sculos tornaba &aacute;
+imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran
+cosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Arrea, ladr&oacute;n!&mdash;mug&iacute;an sus ricos padrinos&mdash;&iexcl;Fuerza... porrones! &iexcl;Me
+caso con tu madre!...</p>
+
+<p>Y de este modo iban intercalando en el continuo <i>&iexcl;haup, haup!</i> toda
+clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que
+hac&iacute;an encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para
+caer de nuevo en el desaliento.</p>
+
+<p>Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El <i>Chiquito</i> estaba en
+la mitad de un agujero y a&uacute;n le faltaba abrir otro. Su contendiente
+hab&iacute;a comenzado el &uacute;ltimo sin apresurarse y sin descansar, lanzando en
+torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con
+el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.</p>
+
+<p>Los mineros ansiaban una cat&aacute;strofe, un temblor del suelo, algo que les
+permitiese huir de all&iacute;, sin encontrarse con los ojos de aquellas
+gentes. El silencio con que acog&iacute;an su victoria molest&aacute;bales m&aacute;s a&uacute;n que
+los gritos ir&oacute;nicos de algunos forasteros, que parodiaban la
+fanfarroner&iacute;a de los bilba&iacute;nos, ofreciendo un duro por un real, en favor
+del guipuzcoano.</p>
+
+<p>Termin&oacute; la lucha sin la explosi&oacute;n de entusiasmo que esperaba Aresti. El
+gent&iacute;o se abalanz&oacute; sobre el vencedor que miraba en torno de &eacute;l con ojos
+de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna
+pr&oacute;xima.</p>
+
+<p>Busc&oacute; el doctor &aacute; sus compa&ntilde;eros y no vi&oacute; &aacute; ninguno. Hab&iacute;an desaparecido
+como evaporados por la derrota. Fu&eacute;se en busca de ellos y encontr&oacute; &aacute;
+muchos en la puerta del casino subiendo &aacute; los coches, con el deseo de
+huir de all&iacute; cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En
+el desorden de la fuga parec&iacute;an marchar &aacute; tientas, sin fijarse en &eacute;l.</p>
+
+<p>Dentro del casino encontr&oacute; al <i>Chiquito</i> tendido en una banqueta,
+envuelto en una manta, sudoroso y p&aacute;lido, con el aspecto de un ni&ntilde;o
+pose&iacute;do de terror. Frente &aacute; &eacute;l, a&uacute;n lanzaban sus &uacute;ltimas maldiciones
+algunos de las minas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; dice usted de esto, doctor?&mdash;preguntaron &aacute; Aresti con
+desesperaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Y el m&eacute;dico sonri&oacute;, levantando los hombros. Era de esperar: hab&iacute;an
+civilizado demasiado &aacute; su &iacute;dolo: lo hab&iacute;an hecho conocer el champagne,
+le hab&iacute;an arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro
+de su clase, reci&eacute;n salido de la cantera, forzosamente hab&iacute;a de ser el
+vencido.</p>
+
+<p>Todos ellos sent&iacute;an la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena
+gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la
+banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le hab&iacute;an
+atiborrado &aacute; todas horas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Oyes, ladr&oacute;n, lo que dice el doctor? Tu afici&oacute;n al champagne.
+Estar&iacute;as borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil
+duros, &iquest;te enteras, sinverg&uuml;enza? M&aacute;s de ochenta mil duros hemos perdido
+por tu culpa.... Por all&aacute; no vuelvas: te mataremos &aacute; patadas si apareces
+en las minas.</p>
+
+<p>Cada cual se alejaba, despu&eacute;s de desahogar su c&oacute;lera, con la
+precipitaci&oacute;n loca de la fuga, sin preocuparse de los compa&ntilde;eros, sin
+acordarse de invitar al doctor, con el ego&iacute;smo de la derrota que borra
+toda amistad.</p>
+
+<p>El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompi&oacute; &aacute; llorar.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Don Luis! &iexcl;Don Luis!...</p>
+
+<p>Y su voz ten&iacute;a el mismo acento de s&uacute;plica infantil que los lamentos de
+los mineros cuando ve&iacute;an aproximarse el doctor &aacute; las camas del
+hospital.</p>
+
+<p>Todo lo hab&iacute;a perdido en un instante. &iexcl;Adi&oacute;s comilonas y agasajos, el
+trato con los ricos, todo lo que le hac&iacute;a ser mirado con envidia por sus
+antiguos compa&ntilde;eros cuando se dignaba subir &aacute; las canteras acompa&ntilde;ando &aacute;
+los contratistas! Era un h&eacute;roe, un &iacute;dolo y volv&iacute;a de pronto &aacute; ser un
+trabajador.... Menos a&uacute;n, pues no encontrar&iacute;a un puesto en las minas. Si
+volv&iacute;a all&aacute; ser&iacute;an capaces de matarlo: le aterraban como un
+remordimiento las grandes cantidades que hab&iacute;a hecho perder &aacute; los
+se&ntilde;ores.</p>
+
+<p>&mdash;Me ir&eacute;&mdash;gem&iacute;a.&mdash;&iexcl;C&oacute;mo se burlar&aacute;n ahora de m&iacute;!... Me embarcar&eacute; en el
+primer barco que salga para Am&eacute;rica.</p>
+
+<p>Un grupo de gente del pueblo le interrumpi&oacute;. Ven&iacute;an para llevarse al
+<i>Chiquito</i>: quer&iacute;an agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No
+deb&iacute;a entristecerse: ya hab&iacute;an visto todos que era un gran barrenador.
+Otra vez ganar&iacute;a &eacute;l. Adem&aacute;s, la cuesti&oacute;n hab&iacute;a sido con aquellos se&ntilde;ores
+tan fanfarrones: &eacute;l no era m&aacute;s que un <i>mandado</i>. Su contrincante le
+esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.</p>
+
+<p>Y se lo llevaron, rode&aacute;ndolo respetuosamente, como un testimonio de su
+gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.</p>
+
+<p>Aresti volvi&oacute; &aacute; la plaza. Comenzaba &aacute; obscurecer; la gente se hab&iacute;a
+esparcido por las calles inmediatas, agolp&aacute;ndose &aacute; las puertas de las
+tabernas. Los <i>versolaris</i>, cada vez m&aacute;s ebrios, espoleados por el gran
+suceso, improvisaban &aacute; rienda suelta, cantando el triunfo de los de la
+tierra, con alusiones &aacute; los ricos de las minas, que provocaban el
+regocijo de los aldeanos.</p>
+
+<p>Iban alej&aacute;ndose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos
+de campesinos beb&iacute;an el &uacute;ltimo trago con los del pueblo, antes de
+emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa
+lucha durante la velada en la caser&iacute;a.</p>
+
+<p>En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se
+hab&iacute;a reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un
+<i>aurresku</i>, la gran danza vasca que ten&iacute;a algo de rito primitivo. Un
+&aacute;gil bailar&iacute;n que era el conductor del <i>aurresku</i> lo iniciaba con el
+paso solemne de la invitaci&oacute;n. Echaba la boina en tierra, y despu&eacute;s de
+pedir la venia al alcalde que presid&iacute;a el acto, se dirig&iacute;a con una serie
+de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, &aacute; invitar
+en el corro &aacute; la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No hab&iacute;a
+ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posici&oacute;n
+social, se negase &aacute; este honor. Aresti hab&iacute;a visto &aacute; se&ntilde;oras de la
+rancia nobleza admitiendo el <i>aurresku</i> con campesinos y marineros. Era
+una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer
+apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos.
+Ella no hac&iacute;a m&aacute;s que completar el cuadro, mientras &eacute;l, al son de las
+interminables escalas del pito, parec&iacute;a hablar con los pies, con la
+m&iacute;mica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y
+alardes inauditos de agilidad gimn&aacute;stica, que recordaban &aacute; Aresti las
+danzas de ciertas tribus vistas por &eacute;l en el Jard&iacute;n de Aclimataci&oacute;n de
+Par&iacute;s.</p>
+
+<p>El p&uacute;blico elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero
+hablaba &aacute; sus amigos en vascuence &aacute; espaldas del doctor. Aquel
+<i>aurresku</i> no le llamaba la atenci&oacute;n; &eacute;l los hab&iacute;a visto danzados por
+reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto <i>aurresku</i>
+bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado
+para nadie, por ser la danza vascongada la m&aacute;s honesta del mundo.</p>
+
+<p>Aresti, al cerrar la noche, busc&oacute; refugio en un fond&iacute;n que serv&iacute;a de
+alojamiento &aacute; muchos que iban al santuario de Loyola. &Eacute;l sent&iacute;a tambi&eacute;n
+el deseo de visitar en la ma&ntilde;ana siguiente aquel convento, como una
+curiosidad que le resarcir&iacute;a de su viaje. Despu&eacute;s estaba seguro de
+encontrar en el tren de Bilbao &aacute; muchos de sus compa&ntilde;eros que habr&iacute;an
+ido &aacute; pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del
+lugar de la derrota.</p>
+
+<p>El doctor pas&oacute; la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas
+de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospeder&iacute;a
+era como una antesala del convento.</p>
+
+<p>A las seis de la ma&ntilde;ana sali&oacute; del pueblo, siguiendo el camino recto que
+atravesaba con geom&eacute;trica rigidez el valle de Loyola. Hab&iacute;a ca&iacute;do
+durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y
+limpiando de polvo los caminos. Las altas monta&ntilde;as estaban encaperuzadas
+de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasgu&ntilde;os del
+vapor, la nota blanca de los caser&iacute;os y las manchas cobrizas de los
+robledales. Los reba&ntilde;os se esparc&iacute;an por las faldas marc&aacute;ndose sobre el
+verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos
+vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.</p>
+
+<p>Aresti lleg&oacute; al monasterio &aacute; las siete. Su aspecto monumental y
+aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio
+de los campos. Los gorriones persegu&iacute;anse en la doble escalinata de la
+iglesia, y revolando de cipr&eacute;s en cipr&eacute;s, iban &aacute; posarse sobre la
+estatua de m&aacute;rmol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da
+acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos
+t&uacute;neles de hojarasca, ofrec&iacute;an su fresca sombra de tonos verdosos.</p>
+
+<p>El doctor contempl&oacute; con cierta admiraci&oacute;n el edificio enorme y
+aplastante. No pod&iacute;a neg&aacute;rsele car&aacute;cter propio. Los jesu&iacute;tas ten&iacute;an un
+arte suyo; el de la ostentaci&oacute;n y la carencia de gusto. No hab&iacute;a obra
+arquitect&oacute;nica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si
+quisieran ser conocidos de lejos.</p>
+
+<p>La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda
+de piedra. Las columnas sosten&iacute;an un front&oacute;n adornado con un escudo de
+armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pin&aacute;culos
+rematados por esferas. Detr&aacute;s escalaba el espacio la c&uacute;pula del templo,
+de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pin&aacute;culos y bolas,
+lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.</p>
+
+<p>A ambos lados de la iglesia, extend&iacute;anse las dos alas del monasterio, de
+rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificaci&oacute;n,
+enormes, sin ning&uacute;n signo religioso. El monasterio, desprovisto de la
+c&uacute;pula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.</p>
+
+<p>A un lado extend&iacute;a su corriente el r&iacute;o Urola, pasando bajo un puente
+met&aacute;lico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto
+lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban &aacute; hacer
+ejercicios espirituales y no pod&iacute;an pernoctar en el monasterio.</p>
+
+<p>Aresti entr&oacute; en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de
+m&aacute;rmoles de vivos colores.&iexcl;Ah, el templo risue&ntilde;o y bonito! Los altares
+eran hermosos, como los platos montados de un banquete. M&aacute;rmoles de
+color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de
+fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sent&iacute;ase el deseo
+de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba &aacute; los ojos una
+sensaci&oacute;n de dulzura. Las im&aacute;genes eran sonrientes, charoladas y
+bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confiter&iacute;a. Los
+segmentos de la c&uacute;pula estaban ocupados por grandes escudos de las
+naciones donde la Orden ignaciana hab&iacute;a adquirido m&aacute;s arraigo; las
+<i>provincias</i> de la Compa&ntilde;&iacute;a, como ella las llamaba en su ensue&ntilde;o de
+dominaci&oacute;n universal.</p>
+
+<p>El doctor abandon&oacute; la iglesia despu&eacute;s de haber distra&iacute;do con su
+presencia &aacute; algunas se&ntilde;oras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas
+ante el altar mayor. Deb&iacute;an ser hu&eacute;spedas del hotel, devotas de
+distinci&oacute;n, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa
+del santo.</p>
+
+<p>En el atrio, un mendigo se le aproxim&oacute;, con esa solicitud de todos los
+par&aacute;sitos que viven &aacute; la sombra de un monumento frecuentado por
+viajeros. De una barraca, situada junto &aacute; la escalinata, en la que se
+vend&iacute;an fotograf&iacute;as y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas
+para ofrecerse igualmente. &iquest;El se&ntilde;or deseaba ver la casa de San
+Ignacio?...</p>
+
+<p>Se indign&oacute; el mendigo ante esta concurrencia. &iexcl;Largo de all&iacute;! &iquest;No ten&iacute;an
+bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y &eacute;l fu&eacute;
+quien gui&oacute; al m&eacute;dico, por un ancho corredor que conduc&iacute;a &aacute; un patio
+descubierto. All&iacute; estaba la porter&iacute;a. Tir&oacute; de una cadena, son&oacute; una
+campana oculta, se abri&oacute; un ventanillio, y el mendigo, despu&eacute;s de hablar
+por &eacute;l, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas
+cuantas piezas de cobre.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora mismo saldr&aacute; el hermano.</p>
+
+<p>Pas&oacute; el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el
+agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la
+antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, hab&iacute;a abarcado
+en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dej&aacute;ndolo
+dentro de su recinto, pegado &aacute; la nueva edificaci&oacute;n.</p>
+
+<p>La peque&ntilde;a casa, que a&uacute;n parec&iacute;a m&aacute;s mezquina al ser tragada por el
+monasterio, resultaba lo m&aacute;s hermoso de toda aquella balumba de
+alba&ntilde;iler&iacute;a pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba
+el per&iacute;odo de transici&oacute;n del siglo XV: la diversidad de gustos
+superpuestos de aquella Espa&ntilde;a cat&oacute;lica que a&uacute;n ten&iacute;a moros en su
+territorio. El cuerpo inferior, el m&aacute;s grande y fuerte, era de grandes
+bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y &eacute;stas peque&ntilde;as y
+profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir &aacute; cubierto de
+sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con
+ladrillos rojos, marc&aacute;ndose sus dos pisos con dos fajas de dibujo &aacute;rabe,
+y en los cuatro &aacute;ngulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes,
+que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la
+sombr&iacute;a alarma, el perpetuo miedo &aacute; los bandos que desgarraban el pa&iacute;s
+vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia,
+copiada de los &aacute;rabes; la alegr&iacute;a en la construcci&oacute;n, de un pueblo
+artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para so&ntilde;ar en
+ellas &aacute; la ca&iacute;da de la tarde, despu&eacute;s de haber le&iacute;do un libro de
+caballer&iacute;as.</p>
+
+<p>Aresti crey&oacute; encontrar en este edificio algo de la dualidad de car&aacute;cter
+del caballero &Iacute;&ntilde;igo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al
+cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva,
+el alegre coronamiento, el castillete morisco se hab&iacute;a convertido en
+humo, se hab&iacute;a derrumbado, quedando &uacute;nicamente en pie la base p&eacute;trea,
+sombr&iacute;a, con su tono l&uacute;gubre de c&aacute;rcel y fortaleza al mismo tiempo.</p>
+
+<p>Se abri&oacute; la porter&iacute;a y sali&oacute; el hermano.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Santos y buenos d&iacute;as!&mdash;dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al
+mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una r&aacute;pida mirada
+al visitante.</p>
+
+<p>Era un joven que llamaba la atenci&oacute;n por la delgadez del cuello que
+hac&iacute;a m&aacute;s enorme su cr&aacute;neo, y por la forma de sus orejas abiertas como
+abanicos, como si quisieran despegarse. Detr&aacute;s de ellas la piel florec&iacute;a
+con un sinn&uacute;mero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras
+rezumando, con una frescura que atra&iacute;a &aacute; las moscas.</p>
+
+<p>Era el hermano encargado de ense&ntilde;ar la casa del santo. Por debajo de las
+sotanas asomaban unas zapatillas de pa&ntilde;o, con las que andaba sin el
+menor ruido: un calzado de espionaje que le permit&iacute;a, como &aacute; los dem&aacute;s
+servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin
+turbar el aislamiento de los Padres.</p>
+
+<p>Atraves&oacute; el patio hablando &aacute; Aresti de las suelas de su calzado, que
+eran de pa&ntilde;o y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificaci&oacute;n
+m&aacute;s. &iexcl;Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido
+interiormente en capilla. All&iacute; hac&iacute;an las se&ntilde;oras sus ejercicios no
+pudiendo entrar en el monasterio.</p>
+
+<p>Subieron la escalera, adornada con im&aacute;genes en cada rellano, y entraron
+en la antigua c&aacute;mara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la
+atenci&oacute;n del visitante era la escasa elevaci&oacute;n del techo. Pod&iacute;a tocarse
+con la mano, parec&iacute;a que iba &aacute; aplastar con la pesadez de su grueso
+artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos
+encuadramientos.</p>
+
+<p>El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las
+telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas:
+testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas &aacute; la
+Compa&ntilde;&iacute;a. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detr&aacute;s de un
+vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras
+de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta le&iacute;a un libro, vestido
+con greg&uuml;escos y capotillo de vueltas de velludo como un gal&aacute;n del
+teatro cl&aacute;sico. Una bater&iacute;a oculta de luces el&eacute;ctricas iluminaba esta
+exhibici&oacute;n de feria.</p>
+
+<p>El hermano no pod&iacute;a ocultar su admiraci&oacute;n cada vez que explicaba el
+significado de esta parte del altar, no obstante los a&ntilde;os que llevaba
+ense&ntilde;&aacute;ndola &aacute; los forasteros. Aquella figura de cera era de don &Iacute;&ntilde;igo
+de Loyola, cuando a&uacute;n no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la
+Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo
+en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fu&eacute; el
+punto de partida de su conversi&oacute;n.</p>
+
+<p>Con voz de <i>cicerone</i> convencido, el hermano explicaba &aacute; Aresti la
+historia del santo.</p>
+
+<p>&mdash;Dios le llam&oacute; &aacute; su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvid&oacute; de
+todo, &aacute; pesar de que era un caballero muy gal&aacute;n y mundano Porque nuestro
+santo padre San Ignacio era militar, &iquest;sabe usted?... militar.</p>
+
+<p>Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiraci&oacute;n y respeto.
+El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia,
+los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden hab&iacute;a
+sido soldado, sonre&iacute;a con cierta malicia, como si pensase en los
+devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales
+alguna habr&iacute;a tocado al santo, cuando a&uacute;n no pensaba en serlo. Le
+llenaba de orgullo la nobleza y el car&aacute;cter caballeresco de la juventud
+del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no ten&iacute;an entre sus
+iniciadores m&aacute;s que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las
+&uacute;ltimas capas sociales.</p>
+
+<p>Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera,
+tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombr&iacute;o, en el vasco de
+car&aacute;cter complicado, que llen&oacute; el mundo con su nombre, siendo cada
+per&iacute;odo de su vida una contradicci&oacute;n violenta. Primero, el soldado
+presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer
+bello, y perder la rudeza propia de su pa&iacute;s. Despu&eacute;s, al convencerse de
+que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la
+raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces
+le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo
+tiempo, se convierte en mat&oacute;n de la Virgen, queriendo dar de pu&ntilde;aladas &aacute;
+un morisco que blasfema de ella, y poco despu&eacute;s se deja apedrear por los
+chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas
+extravagancias, remedo de las de San Francisco de As&iacute;s. Pero la dulzura
+po&eacute;tica del solitario de la Umbr&iacute;a, su santidad so&ntilde;adora, no cabe en el
+car&aacute;cter positivo y pr&aacute;ctico de un vasco. Ya que se dedica &aacute; Dios, ha de
+ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe
+servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea
+renacen en &eacute;l. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana
+necesita un fuerte auxilio, y lleva &aacute; la religi&oacute;n la disciplina del
+campamento, fundando, no una Orden, sino una Compa&ntilde;&iacute;a, organizando un
+ej&eacute;rcito negro que ofrece &aacute; los Papas, formando los soldados en el molde
+de su f&eacute;rrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio,
+con la rigidez de los aut&oacute;matas, con esa insensibilidad que hace
+invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte
+de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquiller&iacute;a, toma aires de
+vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre
+los pr&iacute;ncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y
+muere satisfecho de su poder y de haber salvado moment&aacute;neamente al
+catolicismo conserv&aacute;ndole los pueblos latinos.</p>
+
+<p>Aresti admiraba &aacute; &Iacute;&ntilde;igo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza,
+incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando
+instintivamente el poder y la riqueza de la santidad asc&eacute;tica, por la
+que hab&iacute;an pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la
+penitencia, comidos de par&aacute;sitos, sin otra fortuna que la soga ce&ntilde;ida &aacute;
+los ri&ntilde;ones.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a sido un admirable comerciante de la religi&oacute;n: un talento pr&aacute;ctico
+surgido &aacute; tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra,
+ordenando sus negocios, d&aacute;ndoles nuevo rumbo y fundando su Compa&ntilde;&iacute;a,
+aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban
+por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas,
+para la mayor gloria de su Dios.</p>
+
+<p>El hermano sac&oacute; al m&eacute;dico de su ensimismamiento, ense&ntilde;&aacute;ndole la parte
+superior del altar. En un relicario de oro estaba el coraz&oacute;n del santo.
+Era lo &uacute;nico que all&iacute; conservaban del fundador. El cuerpo, como sab&iacute;a
+todo el mundo, estaba depositado en el <i>Jesu</i> de Roma.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;: lo conozco. Lo he visto&mdash;dijo Aresti.</p>
+
+<p>Sin saber por qu&eacute;, sinti&oacute; la necesidad de deslumbrar con un embuste al
+simple lego, el cual parec&iacute;a convencido de que la humanidad entera se
+interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase
+d&oacute;nde estaba el cuerpo de San Ignacio.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah! &iexcl;El se&ntilde;or ha estado en Roma!&mdash;exclam&oacute; el hermano mir&aacute;ndolo con
+cierta admiraci&oacute;n, como si de repente creciese ante sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le
+admirase aquel pobre hombre.&mdash;Estuve cuando la &uacute;ltima peregrinaci&oacute;n.</p>
+
+<p>El hermano modific&oacute; sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para &eacute;l uno
+de tantos viajeros de los que llegaban atra&iacute;dos por la curiosidad;
+muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de pa&iacute;ses que
+despreciaban &aacute; la Compa&ntilde;&iacute;a. Era uno de la familia, casi pod&iacute;a
+considerarse como de la casa; y el hermano mostr&oacute; empe&ntilde;o en ense&ntilde;&aacute;rselo
+todo minuciosamente, desbord&aacute;ndose en palabras, con la locuacidad del
+que pasa mucho tiempo condenado al silencio.</p>
+
+<p>Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclin&aacute;ndose para ceder
+el paso &aacute; aquel se&ntilde;or tan simp&aacute;tico. Era una peque&ntilde;a habitaci&oacute;n, sin
+otro adorno que un retablo.</p>
+
+<p>&mdash;Aqu&iacute; estaba enfermo nuestro santo fundador,&mdash;dijo con voz meliflua&mdash;y
+aqu&iacute; fu&eacute; su conversi&oacute;n. Pidi&oacute; &aacute; la familia un libro de caballer&iacute;as para
+entretenerse, pero como Dios ten&iacute;a puestos sus ojos en &eacute;l, hizo que
+nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa.
+Entonces ley&oacute; una historia de la Virgen &eacute; inmediatamente sinti&oacute;se tocado
+por la gracia y decidi&oacute; dedicarse &aacute; la vida santa, renunciando al mundo.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, el lego busc&oacute; en la pared, se&ntilde;alando una grieta que la cruzaba.</p>
+
+<p>&mdash;Mire usted esto, caballero. Por fuera a&uacute;n se ve mejor; llega hasta el
+suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo.
+En el mismo momento que el santo decidi&oacute; dedicarse &aacute; Dios, tembl&oacute; el
+suelo y se estremeci&oacute; toda la casa, quedando esta abertura como
+recuerdo. Era el demonio que acog&iacute;a de este modo la resoluci&oacute;n del
+santo.</p>
+
+<p>&mdash;Ser&iacute;a de rabia&mdash;dijo Aresti con gravedad imperturbable.</p>
+
+<p>&mdash;De rabia y de miedo&mdash;contest&oacute; el hermano con modestia.&mdash;Tal vez el
+maligno tembl&oacute;, adivinando que el santo iba &aacute; fundar nuestra Orden.</p>
+
+<p>Pasaron &aacute; otra habitaci&oacute;n en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez
+que el lego ve&iacute;ase ante el altar, ca&iacute;a de rodillas, causando la
+admiraci&oacute;n del m&eacute;dico, por el gesto con que rezaba su corta oraci&oacute;n. El
+cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el
+cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que
+quisiera tocar el cielo.</p>
+
+<p>&mdash;En esta habitaci&oacute;n&mdash;dijo el lego&mdash;naci&oacute; nuestro santo fundador. Aqu&iacute;
+tuvo tambi&eacute;n el hermano Garrido su revelaci&oacute;n portentosa. Usted habr&aacute;
+o&iacute;do hablar de ella....</p>
+
+<p>Pero viendo que el se&ntilde;or permanec&iacute;a impasible, dijo con cierta
+impaciencia:</p>
+
+<p>&mdash;Pero usted s&iacute; que sabr&aacute; qui&eacute;n era el hermano Garrido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! mucho&mdash;dijo Aresti, que o&iacute;a por primera vez este nombre.</p>
+
+<p>&mdash;Ya esperaba yo&mdash;continu&oacute; el lego&mdash;que un se&ntilde;or como usted conocer&iacute;a al
+hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el
+tiempo preciso.</p>
+
+<p>Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad
+universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus
+glorias. En aquel mismo cuarto, estando en &eacute;xtasis el hermano Garrido,
+se le hab&iacute;a presentado la Virgen anunci&aacute;ndole con veintid&oacute;s meses de
+anticipaci&oacute;n, el asalto de los conventos y la degollaci&oacute;n de los
+frailes, en los primeros a&ntilde;os del reinado de Isabel II.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces&mdash;dijo Aresti&mdash;los padres de la Compa&ntilde;&iacute;a, avisados con tiempo
+no ser&iacute;an v&iacute;ctimas de las turbas.</p>
+
+<p>&mdash;A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid&mdash;contest&oacute; el
+lego.&mdash;El hermano Garrido era modesto, y se call&oacute; la revelaci&oacute;n, no
+haci&eacute;ndola p&uacute;blica hasta despu&eacute;s que lleg&oacute; aqu&iacute; la noticia de los
+asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto ser&aacute; alg&uacute;n
+d&iacute;a un santo m&aacute;s de nuestra Orden.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a terminado la visita &aacute; la casa de San Ignacio. De un momento &aacute; otro
+llegar&iacute;an las se&ntilde;oras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el
+hermano sent&iacute;a cierta pena por separarse tan pronto de aquel se&ntilde;or
+devoto que le escuchaba sin pesta&ntilde;ear como si le admirase.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted ver el monasterio?&mdash;le pregunt&oacute;.</p>
+
+<p>Esta invitaci&oacute;n no la hac&iacute;a &aacute; todos los visitantes: pero con &eacute;l era
+distinto; &eacute;l hab&iacute;a ido &aacute; Roma en peregrinaci&oacute;n y hab&iacute;a visto el cuerpo
+de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galer&iacute;a
+cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas
+del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos j&oacute;venes
+que trabajaban de carpinteros y alba&ntilde;iles; mocetones de la monta&ntilde;a que
+deseaban emanciparse del terru&ntilde;o, prestando sus brazos &aacute; la Compa&ntilde;&iacute;a
+para el trabajo reposado y lento de las casas de religi&oacute;n; libres ya de
+la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvaci&oacute;n
+eterna, s&oacute;lo con obedecer ciegamente &aacute; los superiores.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted subir &aacute; la biblioteca?&mdash;pregunt&oacute; el hermano.&mdash;Tiene poco
+que ver: todo en ella es antiguo.</p>
+
+<p>&mdash;Lo antiguo era lo mejor&mdash;dijo Aresti con gravedad.</p>
+
+<p>&mdash;Usted est&aacute; en lo cierto. &iexcl;Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente
+como usted! No como la gente de ahora que s&oacute;lo lee novelas y libros
+malos contra la religi&oacute;n.</p>
+
+<p>La biblioteca estaba en el &uacute;ltimo piso; una gran sala, por cuyas
+ventanas entraba &aacute; raudales la luz del sol, vi&eacute;ndose desde ellas los
+montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de
+la estanter&iacute;a conten&iacute;an diversas ediciones de cl&aacute;sicos griegos y
+latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores
+teol&oacute;gicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en
+favor y defensa de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s. Aresti le&iacute;a con curiosidad los
+nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y &aacute; los cuales
+atribu&iacute;a el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en
+aquella biblioteca: ol&iacute;a &aacute; sepultura.</p>
+
+<p>Descendieron &aacute; los claustros. El m&eacute;dico tem&iacute;a encontrarse con alg&uacute;n
+Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero &aacute; aquella hora
+los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros &uacute;nicamente
+pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, desliz&aacute;ndose sin
+ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio
+varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de
+m&aacute;rmol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.</p>
+
+<p>Aresti, solicitado por el lego, entr&oacute; en una celda de las que serv&iacute;an de
+alojamiento &aacute; los seglares durante los diez d&iacute;as que duraban los
+ejercicios.</p>
+
+<p>&mdash;Pobrecito&mdash;dec&iacute;a el hermano ense&ntilde;&aacute;ndola,&mdash;pero decentito y limpio.
+Aqu&iacute; vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta
+ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras
+curiosean su alma.</p>
+
+<p>El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones.
+Junto &aacute; la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro
+se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.</p>
+
+<p>Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor
+art&iacute;stico, pero de cierto inter&eacute;s hist&oacute;rico. Eran los Padres m&aacute;s famosos
+de la Compa&ntilde;&iacute;a por las aventuras y peligros de su existencia; los
+propagandistas del jesuitismo que se hab&iacute;an esparcido por la tierra en
+la primera expansi&oacute;n de la Orden reci&eacute;n fundada, ocultando su car&aacute;cter y
+sus fines, amold&aacute;ndose &aacute; los gustos y costumbres de los pa&iacute;ses donde se
+establecieron. Los hab&iacute;a con grandes barbas, recios capotes, altas botas
+y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por
+el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en pa&iacute;ses de hielo.
+Otros vest&iacute;an la bota floreada de la aristocracia china: hab&iacute;an sido
+mandarines, llegando &aacute; aconsejar &aacute; individuos de la dinast&iacute;a Celeste. Y
+adem&aacute;s de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras,
+figuraban los m&aacute;rtires, los que hab&iacute;an perecido bajo las flechas de los
+t&aacute;rtaros &oacute; los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes
+imperios catal&eacute;pticos &eacute; insensibles, hab&iacute;a tentado &aacute; aquellos
+propagandistas de la autoridad y de la vida autom&aacute;tica y sumisa.</p>
+
+<p>Aresti vi&oacute; todo el resto del monasterio: el refectorio, con su p&uacute;lpito
+para la lectura; la capilla, en la que hac&iacute;an los hombres sus ejercicios
+espirituales, colocando los Padres &aacute; la puerta una bandeja para que los
+j&oacute;venes depositasen en un papel cerrado sus peticiones &aacute; la Virgen; la
+cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos
+s&oacute;lidos que correspond&iacute;an &aacute; los individuos en cada comida: el sal&oacute;n
+acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo
+&uacute;nico, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba
+prohibido, era mal visto por los superiores.</p>
+
+<p>&mdash;Queda la huerta. &iquest;Quiere usted verla?&mdash;dijo el hermano con el deseo de
+prolongar algunos minutos m&aacute;s el trato con aquel se&ntilde;or que le escuchaba
+con tanta atenci&oacute;n.</p>
+
+<p>Salieron &aacute; una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo
+hab&iacute;a una peque&ntilde;a granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el
+hermano con tierna admiraci&oacute;n. Los p&aacute;jaros turbaban el silencio
+mon&aacute;stico de aquellos campos, revoloteando en torno de los &aacute;rboles
+frutales.</p>
+
+<p>Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que segu&iacute;an
+ellos. Era la &uacute;nica persona que paseaba por la huerta.</p>
+
+<p>Aresti lo vi&oacute; de espaldas y aceler&oacute; el paso como s&iacute; le acometiese de
+pronto una duda y quisiera salir de ella.</p>
+
+<p>&mdash;Es un se&ntilde;or muy rico, &iexcl;muy rico!&mdash;dijo el hermano, adivinando su
+curiosidad.&mdash;Est&aacute; haciendo los ejercicios seis d&iacute;as. Creo que es de
+Bilbao y que le llaman...</p>
+
+<p>Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvi&oacute; oyendo
+el ruido de los pasos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pepe!...&mdash;grit&oacute; el doctor.</p>
+
+<p>La sorpresa no le permiti&oacute; decir m&aacute;s al reconocer &aacute; S&aacute;nchez Morueta.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Luis!... &iexcl;Primo!...&mdash;exclam&oacute; &eacute;ste no menos sorprendido.</p>
+
+<p>Pero, pasada la primera impresi&oacute;n, hizo un movimiento de molestia
+semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.</p>
+
+<p>El hermano, &aacute; impulsos de su meliflua cortes&iacute;a, sigui&oacute; andando para
+detenerse &aacute; alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo
+respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los
+Padres, permiti&eacute;ndole fumar en su cuarto y bajar &aacute; la huerta &aacute; todas
+horas, con otros privilegios no menos importantes que s&oacute;lo se conced&iacute;an
+&aacute; muy contadas personas. El visitante que &eacute;l acompa&ntilde;aba tambi&eacute;n adquir&iacute;a
+una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente
+con el personaje.</p>
+
+<p>Los dos hombres quedaron mir&aacute;ndose en silencio largo rato.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;T&uacute; aqu&iacute;?...</p>
+
+<p>Y Aresti encerraba en esta exclamaci&oacute;n toda la fuerza de su asombro.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta sonri&oacute; de un modo que su primo no hab&iacute;a visto nunca en
+&eacute;l. Era una expresi&oacute;n de resignada modestia, de decaimiento de la
+voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de
+extraordinario desde la &uacute;ltima vez que se hab&iacute;an visto.</p>
+
+<p>Cristina y la ni&ntilde;a le acompa&ntilde;aban en los ejercicios. Muchas familias de
+lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las se&ntilde;oras en el
+hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba all&iacute; seis
+d&iacute;as y le faltaban cuatro.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y est&aacute;s bien? &iquest;Te gusta esta vida?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;contest&oacute; el millonario con sencillez.&mdash;Me sienta perfectamente: no
+tienes m&aacute;s que mirarme.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta parec&iacute;a repuesto de su crisis. Nada quedaba en &eacute;l del
+enfermo que hab&iacute;a visto Aresti en su &uacute;ltima visita &aacute; Las Arenas. Su
+mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sangu&iacute;neo de sus
+primeros tiempos de luchador hab&iacute;a vuelto &aacute; animar su rostro.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida
+en aquella casa: todas con arreglo &aacute; la distribuci&oacute;n del tiempo marcada
+por el director de sus ejercicios. Se levantaba &aacute; las cinco y media de
+la ma&ntilde;ana; &aacute; las seis bajaba &aacute; la capilla, leyendo durante media hora
+aquel libro que le acompa&ntilde;aba siempre: despu&eacute;s meditaba una hora, o&iacute;a
+misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez &oacute; paseando por la
+tranquila huerta que los buenos padres pon&iacute;an &aacute; su disposici&oacute;n. Meditaba
+de nuevo hasta mediod&iacute;a en su celda, recibiendo la visita de su
+director, rezaba el V&iacute;a Crucis en los claustros, com&iacute;a &aacute; la una
+descansando de nuevo hasta las cuatro, y &aacute; esta hora bajaba &aacute; la capilla
+para escuchar las pl&aacute;ticas con los otros compa&ntilde;eros de ejercicios. A las
+siete era la estaci&oacute;n al Sant&iacute;simo Sacramento, despu&eacute;s el Rosario, los
+dolores y gozos de San Jos&eacute; y el examen de conciencia de todo lo hecho
+durante el d&iacute;a: &aacute; las nueve la cena y &aacute; las diez se acostaba.</p>
+
+<p>&Eacute;l, que en el mundo pod&iacute;a dar &oacute;rdenes &aacute; miles de seres, gozaba la
+extra&ntilde;a dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era
+superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el
+refectorio, le parec&iacute;an de una voluptuosidad extra&ntilde;a despu&eacute;s de tantos
+a&ntilde;os de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los
+primeros d&iacute;as hab&iacute;an sido duros para &eacute;l, pero ahora paladeaba la dulzura
+de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad,
+empeque&ntilde;eci&eacute;ndose, pensando &aacute; todas horas en la muerte para convencerse
+de la humana insignificancia.</p>
+
+<p>El mundo al que hab&iacute;a de volver le parec&iacute;a lejano, muy lejano. Aquel
+Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus
+agitaciones de lucro, con sus fiebres de ego&iacute;smo, de las que no llegaba
+nada, absolutamente nada, &aacute; aquel tranquilo rinc&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacci&oacute;n que adivino en mi
+mujer y mi hija, me llena de alegr&iacute;a. Tengo la certeza de que al salir
+de aqu&iacute; nos querremos m&aacute;s; que constituiremos una verdadera familia
+cristiana, como dice....</p>
+
+<p>Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba.
+Pero se arrepinti&oacute; de su duda como de un pecado, y a&ntilde;adi&oacute; con energ&iacute;a,
+queriendo imponer su convicci&oacute;n:</p>
+
+<p>&mdash;Los jesu&iacute;tas no son malos como yo cre&iacute;a torpemente. Debes salir de tu
+error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. &iexcl;Ay, si t&uacute; los
+tratases!</p>
+
+<p>Despu&eacute;s habl&oacute; de Urquiola, que les hab&iacute;a acompa&ntilde;ado &aacute; los ejercicios,
+pero hab&iacute;a tenido que salir el d&iacute;a antes para Bilbao, llamado por el
+Padre Paul&iacute;; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones
+cerebrales, y sin ambici&oacute;n, que tanto contrastaba con su existencia de
+Bilbao.</p>
+
+<p>&mdash;Creo, Luis, que si no tuviese &aacute; mi mujer y mi hija, aqu&iacute; me quedar&iacute;a
+para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es:
+penas y maldiciones.</p>
+
+<p>Aresti le escuchaba silencioso, mir&aacute;ndolo fijamente, sin pesta&ntilde;ear, como
+en presencia de un enfermo; de &laquo;un caso interesante&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; es eso que llevas ah&iacute;?&mdash;dijo de pronto, agarrando el libro que
+su primo conservaba cerrado en una mano.</p>
+
+<p>Le bast&oacute; una ojeada para conocer el peque&ntilde;o volumen encuadernado en
+pasta, con una impresi&oacute;n gruesa y vulgar de libro devoto. Era los
+<i>Ejercicios espirituales de San Ignacio</i>, explicados por el Padre
+Claret, el famoso arzobispo de Trajan&oacute;polis, que tanto hab&iacute;a influido
+sobre los &uacute;ltimos a&ntilde;os del reinado de Isabel II.</p>
+
+<p>Aresti conoc&iacute;a el libro. Muchas veces lo hab&iacute;a encontrado sobre su mesa
+cuando viv&iacute;a con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad,
+hablando de las dos banderas: &laquo;la una de Cristo Se&ntilde;or Nuestro, sumo
+capit&aacute;n; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza
+humana.&raquo; San Ignacio y el Padre Claret llegaban &aacute; la elocuencia m&aacute;s
+conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de
+maldici&oacute;n era tan intenso, &laquo;que una sola centella reduc&iacute;a &aacute; polvo una
+piedra de molino; si ca&iacute;a sobre un globo de bronce lo derret&iacute;a al punto,
+como si fuese de cera, y si en un lago reducido &aacute; hielo, lo hac&iacute;a hervir
+en un instante.&raquo; Los condenados sent&iacute;an este fuego en el cerebro, los
+dientes, lengua, garganta, h&iacute;gado, pulm&oacute;n, entra&ntilde;as, vientre, coraz&oacute;n,
+venas, nervios, huesos, m&eacute;dula de &eacute;stos, sangre y hasta en las potencias
+del alma&raquo;, y despu&eacute;s de la horripilante enumeraci&oacute;n, San Ignacio
+preguntaba al alma del pecador con qui&eacute;n deseaba irse, si con Dios &oacute; con
+el Demonio. &iexcl;Ah, m&iacute;sero Luzbel; rid&iacute;culo pazguato que ofrec&iacute;a con torpe
+malicia las cortas felicidades de la tierra &aacute; cambio de una eternidad de
+tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las
+almas despu&eacute;s de los santos ejercicios.</p>
+
+<p>S&aacute;nchez Morueta hablaba de &eacute;stos. Los primeros d&iacute;as estaban dedicados &aacute;
+meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Despu&eacute;s se
+meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la
+misericordia de Dios.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero t&uacute; crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan
+vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?</p>
+
+<p>La firme mirada de Aresti turb&oacute; &aacute; su primo.</p>
+
+<p>&mdash;Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me
+callo por no molestar &aacute; mi director. Pero todo esto me causa cierto
+bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve &aacute; la
+tranquilidad de la ni&ntilde;ez. Creo algunas veces que aun me mecen
+susurr&aacute;ndome cuentos al o&iacute;do.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico sonre&iacute;a, y S&aacute;nchez Morueta se apresur&oacute; &aacute; a&ntilde;adir:</p>
+
+<p>&mdash;Pero me siento m&aacute;s feliz, m&aacute;s tranquilo que antes. Adem&aacute;s, en estas
+meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni t&uacute; ni
+nadie pod&eacute;is negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y
+no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ans&iacute;o, y no
+encuentro ante m&iacute; nada que conquistar, la tengo mucho miedo.</p>
+
+<p>Y el terror &aacute; lo desconocido, &aacute; la muerte inevitable, &aacute; la eterna
+sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto
+desesperado.</p>
+
+<p>Aresti recordaba la p&aacute;gina de la Muerte en el libro de San Ignacio, una
+p&aacute;gina de brutal realismo, que hac&iacute;a temblar &aacute; los hombres y llorar de
+horror &aacute; las mujeres. &laquo;Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso
+&eacute; idolatrado, ya muerto: ya est&aacute; sepultado, ya cay&oacute;.... Luego, se le
+acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y
+complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza &aacute; manar;
+tambi&eacute;n se acercan los ratones, taladran sus vestidos &oacute; mortaja; se
+enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan &aacute; comer la
+lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido.
+Mientras tanto, la putrefacci&oacute;n se va aumentando: ya se ve pulular una
+grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de
+la cara y de todo el cuerpo: ya se concluy&oacute; la comida: ya los gusanos
+mueren de hambre, dejando all&iacute; unos huesos negruzcos y descarnados, que
+con el tiempo se calcinar&aacute;n y convertir&aacute;n en polvo. Acu&eacute;rdate, hombre,
+que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues
+eres hombre de humo &oacute; tierra.&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lee esto! &iexcl;lee esto!&mdash;dec&iacute;a el millonario abriendo el libro por
+aquella misma p&aacute;gina que ten&iacute;a se&ntilde;alada, como si fuese su obsesi&oacute;n.&mdash;&iexcl;La
+Muerte!&mdash;murmuraba luego.&mdash;Se habla de ella muchas veces, pero sin
+pensar en lo que realmente es, sin pararse &aacute; mirarla de cerca.... &iexcl;Qu&eacute;
+horrible! Luchar toda la vida para dar gusto &aacute; la carne, para preparar
+el pasto del gusano....</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, en voz baja, dijo al doctor:</p>
+
+<p>&mdash;Debe existir algo despu&eacute;s de la muerte. No s&eacute; ciertamente si ser&aacute; lo
+que aqu&iacute; dicen &oacute; lo que digan en otra parte. &iquest;Pero qu&eacute; pierdo yo con
+creer &aacute; ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y
+bueno es, por si hay algo m&aacute;s all&aacute;, ir preparado &aacute; todo, sin miedo &aacute;
+enga&ntilde;os.</p>
+
+<p>Aresti sonri&oacute; con l&aacute;stima, ante aquel esp&iacute;ritu comercial, que examinaba
+la vida futura con el mismo ego&iacute;smo que si apreciase las probabilidades
+de un negocio.</p>
+
+<p>Ahora s&iacute; que le dec&iacute;a adi&oacute;s para siempre. Su primo estaba bien agarrado,
+por el ego&iacute;smo y el miedo &aacute; la muerte, las dos flaquezas de los felices.</p>
+
+<p>&mdash;Deb&iacute;as quedarte aqu&iacute;, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente
+simp&aacute;tica. &iquest;Qu&eacute; perder&iacute;as con ello? Aunque no creyeses en todo, pod&iacute;as
+callarte y ser feliz. &iquest;Qu&eacute; sacas de tanto estudio? &iquest;Est&aacute;s seguro de que
+todo lo que t&uacute; crees es verdad? &iquest;Y si despu&eacute;s de morir te encontrases
+con la inmensa equivocaci&oacute;n de que hay algo?...</p>
+
+<p>El doctor le estrech&oacute; la mano con frialdad, convencido de que se
+separaban para siempre, de que en adelante se mirar&iacute;an con extra&ntilde;eza,
+como si fuesen otros hombres.</p>
+
+<p>Y Aresti sali&oacute; de la huerta, precedido por el hermano, que ahora
+callaba y parec&iacute;a tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese
+escuchado de lejos parte de la conversaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Antes de salir, a&uacute;n se volvi&oacute; para ver &aacute; su primo, que le segu&iacute;a con los
+ojos y parec&iacute;a decirle:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La Muerte, Luis!... &iexcl;Piensa en la Muerte!</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+
+<p>A las diez de la ma&ntilde;ana lleg&oacute; el doctor Aresti &aacute; Bilbao un domingo del
+mes de Septiembre.</p>
+
+<p>El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas
+y las riberas de la r&iacute;a. Todos mostraban prisa por llegar &aacute; la plaza de
+Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los
+patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los
+cuales ven&iacute;an amenazando con una huelga hac&iacute;a dos meses. La reuni&oacute;n
+popular era el <i>ultim&aacute;tum</i> que lanzaban los trabajadores.</p>
+
+<p>Los primeros trenes de la ma&ntilde;ana hab&iacute;an trasladado &aacute; Bilbao mayores
+cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de
+la villa.</p>
+
+<p>No todos iban al mitin. Descend&iacute;an tambi&eacute;n de los vagones aldeanos con
+gruesos garrotes, escoltando &aacute; los curas de su anteiglesia. Estos grupos
+rurales llegaban para la gran romer&iacute;a que subir&iacute;a por la tarde al
+santuario de Bego&ntilde;a.</p>
+
+<p>El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesu&iacute;tas y
+los bizkaitarras, se encontraban en el mismo d&iacute;a. Un ambiente belicoso,
+que excitaba los nervios, haciendo m&aacute;s duras las palabras y m&aacute;s
+insolentes las miradas, parec&iacute;a pesar sobre la villa.</p>
+
+<p>En el camino hab&iacute;a apreciado Aresti el estado de los esp&iacute;ritus. El vag&oacute;n
+estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban &aacute; la
+romer&iacute;a. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban
+nerviosamente sus <i>cachabas</i>, oyendo las burlas de la gente de las
+f&aacute;bricas.</p>
+
+<p>Callaban porque en aquella v&iacute;a, invadida por la moderna industria, eran
+menos las gentes del campo. &iexcl;Ay, si aquello hubiese sido en la l&iacute;nea de
+Durango, por donde descend&iacute;an los reba&ntilde;os de la fe para la fiesta de la
+tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes &aacute; la cabeza!...</p>
+
+<p>Al bajar del tren el doctor Aresti, oy&oacute; que alguien le llamaba.</p>
+
+<p>Era el capit&aacute;n Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones
+de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto &aacute;
+&eacute;l, husmeaba sus manos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Buscas la bronca, eh?...&mdash;dijo al m&eacute;dico.&mdash;T&uacute; vienes porque te gustan
+estas cosas, y yo me voy por no verlas.</p>
+
+<p>Se marchaba &aacute; cazar <i>chimbos</i> &aacute; cualquier parte: le interesaba huir de
+Bilbao, no ver lo que seguramente ocurrir&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;El aire huele &aacute; p&oacute;lvora, querido <i>Planeta</i>: van &aacute; llover palos. Al
+venir &aacute; la estaci&oacute;n me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la
+que conoc&iacute; durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos
+los que creen que esto marcha mal, se est&aacute;n reuniendo en la plaza de
+Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las
+iglesias y se ense&ntilde;an los rev&oacute;lvers en los rincones de las sacrist&iacute;as.
+El Padre Paul&iacute; predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el
+zascandil de Urquiola anda arengando &aacute; la juventud salida de Deusto,
+para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre
+dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en
+ver estas cosas.</p>
+
+<p>Aresti le escuchaba con inter&eacute;s. Hab&iacute;a hecho el viaje atra&iacute;do por la
+posibilidad de un choque. Deseaba ver c&oacute;mo los obreros de la monta&ntilde;a, y
+los industrialillos de la villa se atrev&iacute;an por primera vez con el
+jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo
+que se deslizaba en sus entra&ntilde;as, despu&eacute;s que lo hab&iacute;a derrotado por dos
+veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubr&iacute;a con la boina
+blanca.</p>
+
+<p>&mdash;En esto llevas raz&oacute;n, Luis&mdash;dijo el capit&aacute;n enardeci&eacute;ndose.&mdash;Si me
+voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba
+al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta
+para huir. &iexcl;Porra! &iquest;De qu&eacute; nos ha servido tanto comer pan de habas y
+carne de caballo &aacute; los que dispar&aacute;bamos el fusil en las trincheras, si
+aquellos &aacute; quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los
+amos? &iexcl;C&oacute;mo est&aacute; hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin
+tropezar con un cura. Los que hace a&ntilde;os bombardearon la villa y hoy
+dar&iacute;an cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como
+se&ntilde;ores. Han bajado en manadas para ver &aacute; la Virgen, con el rev&oacute;lver en
+el bolsillo, y miran &aacute; todos con insolencia, como deseando que llegue
+pronto el momento de matar perros liberales.</p>
+
+<p>El capit&aacute;n mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se
+mezclase en la lucha. Ten&iacute;a miedo &aacute; su entusiasmo: pod&iacute;a sin darse
+cuenta liarse &aacute; golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le
+irritaba.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no soy m&aacute;s que un empleado, Luis: un dependiente de S&aacute;nchez
+Morueta. &iexcl;Y fig&uacute;rate lo que har&iacute;a do&ntilde;a Cristina si me viese mezclado en
+el jaleo; lo que dir&iacute;a el mismo Pepe, que tan cambiado est&aacute;!... Bastante
+hago con defenderme y quedar &aacute; un lado, pues por su gusto ir&iacute;a esta
+tarde camino de Bego&ntilde;a.</p>
+
+<p>El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el m&eacute;dico y el marino
+hablasen de la gran transformaci&oacute;n de S&aacute;nchez Morueta. Muy poco hab&iacute;a
+sabido de &eacute;l Aresti, despu&eacute;s de su encuentro en el monasterio de Loyola.</p>
+
+<p>&mdash;Es otro hombre&mdash;dijo Iriondo con tristeza.&mdash;Aquella casa ya no es la
+misma.</p>
+
+<p>Y evitaba dar m&aacute;s detalles, con la prudencia del subordinado fiel que
+teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; porra! T&uacute; eres de la familia y debes saberlo todo. Adem&aacute;s, eres
+mi amigo y quieres &aacute; Pepe. &iexcl;Ay, <i>planeta</i>! Aquello ya no es casa, es un
+convento, y cualquier d&iacute;a, el que fu&eacute; nuestro grande hombre acabar&aacute; por
+traernos el Padre Paul&iacute; al escritorio, para que dirija &aacute; los empleados.
+No se separa de &eacute;l un instante.</p>
+
+<p>Y describ&iacute;a con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban;
+todos estaban sobre &eacute;l: la esposa, la hija, hasta aquel ni&ntilde;o
+inaguantable de Urquiola, que le dec&iacute;a con la mayor insolencia: &laquo;T&iacute;o, no
+haga usted eso&raquo;, &laquo;t&iacute;o haga usted lo otro.&raquo; Por el momento, S&aacute;nchez
+Morueta s&oacute;lo era el t&iacute;o: pero no acabar&iacute;a el a&ntilde;o sin que el abogadillo
+le llamase pap&aacute;. Se casaba con Pepita y todos parec&iacute;an satisfechos de
+tal matrimonio: la ni&ntilde;a, la madre y el Padre Paul&iacute;. El millonario
+callaba, como si estando contentos los dem&aacute;s no necesitasen consultar
+sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba &oacute;rdenes
+imperativamente &aacute; los empleados. Hasta con el capit&aacute;n se atrev&iacute;a; con el
+viejo amigo de Pepe, &aacute; quien siempre hablaba &eacute;ste con fraternal
+atenci&oacute;n. &iexcl;Porra! &iexcl;A la vejez, despu&eacute;s de una vida de noble &eacute;
+independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes
+se retirar&iacute;a, abandonando &aacute; Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el
+Pepe que &eacute;l conoci&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;C&oacute;mo nos lo han cambiado, Luis. &iquest;Querr&aacute;s creer que un d&iacute;a en el
+escritorio, al volver de Loyola, me cont&oacute; con el mayor entusiasmo que
+hab&iacute;a hecho una confesi&oacute;n general, un recuento de todos los pecados de
+su existencia y me afirmaba que despu&eacute;s de esto se sent&iacute;a con mayor
+salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado ca&iacute;da como esta. La
+mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. &iquest;No
+sabes la &uacute;ltima haza&ntilde;a de ese pill&iacute;n?... No la sabr&aacute;s: todo Bilbao habla
+de ella, pero &aacute; las minas no llegan estas cosas.</p>
+
+<p>Y relat&oacute; &aacute; Aresti un suceso digno de la secci&oacute;n de tribunales de un
+peri&oacute;dico. Urquiola hab&iacute;a dado un abortivo &aacute; aquella infeliz que viv&iacute;a
+en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una
+esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda
+del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paul&iacute;
+le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba
+concertado con la primera fortuna de Bilbao, y &aacute; viva fuerza hab&iacute;a
+provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de
+la vecindad, hab&iacute;an hecho intervenir en el asunto al juzgado. &iexcl;Un
+esc&aacute;ndalo, pero nada m&aacute;s! En aquella poblaci&oacute;n todo se doblegaba &aacute; la
+influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.</p>
+
+<p>&mdash;Y Pepe&mdash;continu&oacute; el capit&aacute;n,&mdash;sin enterarse de nada; y si algo sabe,
+como si no lo supiera. Basta que do&ntilde;a Cristina afirme que todo es
+mentira para que &eacute;l lo crea: basta que el Padre Paul&iacute; le diga que
+Urquiola ser&aacute; un grande hombre para que &eacute;l escuche impasible sus
+necedades y bravatas de cabecilla. &iexcl;Ay, Luis! &iexcl;Qu&eacute; dominaci&oacute;n tan r&aacute;pida
+y absoluta la de esa gente!...</p>
+
+<p>Iriondo describ&iacute;a su influencia extendi&eacute;ndose &aacute; todo lo que estaba bajo
+la direcci&oacute;n de S&aacute;nchez Morueta, &aacute; las f&aacute;bricas, las fundiciones y hasta
+los barcos. Sin respeto &aacute; su cargo de inspector de navegaci&oacute;n de la
+casa, le hac&iacute;an despedir &aacute; marinos viejos que llevaban muchos a&ntilde;os al
+servicio de S&aacute;nchez Morueta, y admitir &aacute; otros j&oacute;venes que, apenas
+tomaban posesi&oacute;n de su camarote, pegaban frente &aacute; la litera una imagen
+del Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. &Eacute;l no osaba protestar ante el gesto autoritario
+del amo, y el miedo &aacute; los que, ocultos tras &eacute;l, regulaban sus palabras y
+acciones.</p>
+
+<p>La semana anterior le hab&iacute;an dado orden de despedir &aacute; todos los obreros
+que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias &oacute;
+se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas imp&iacute;as. &iexcl;Cristo!
+&iexcl;&Eacute;l, &aacute; sus a&ntilde;os, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana;
+oblig&aacute;ndole aquellos se&ntilde;ores &aacute; que ense&ntilde;ase catecismo y buenas palabras
+&aacute; los cargadores del Nervi&oacute;n!...</p>
+
+<p>&mdash;Pues, &iquest;y en los altos hornos?&mdash;exclam&oacute; despu&eacute;s el capit&aacute;n,&mdash;All&iacute; va &aacute;
+haber cualquier d&iacute;a una huelga, seguida de la degollina de todos los
+beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se
+fu&eacute; Sanabre, aquel chico tan simp&aacute;tico, la fundici&oacute;n es un infierno.
+Pepe tendr&aacute; cualquier d&iacute;a una sublevaci&oacute;n ruidosa, y &aacute; los huelguistas
+no les faltar&aacute; motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los
+que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van &aacute; la
+calle, y los talleres se llenan poco &aacute; poco de hip&oacute;critas, que trabajan
+como saben &oacute; quieren, pero que son respetados porque van &aacute; misa y se
+inscriben en las sociedades de obreros cat&oacute;licos.</p>
+
+<p>El decaimiento moral de S&aacute;nchez Morueta, la abdicaci&oacute;n de su voluntad,
+irritaban al marino.</p>
+
+<p>&mdash;Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesi&oacute;n general es como el
+traje nuevo de un ni&ntilde;o: no se atreve &aacute; hacer nada, por miedo &aacute;
+mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante
+&aacute; un fraile. No sabe hablar m&aacute;s que de la muerte; de lo que
+encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por
+arriba y por abajo, y el muy camastr&oacute;n tiene mejor color y est&aacute; m&aacute;s
+fuerte que nunca. Si yo me atreviera con &eacute;l como t&uacute;, le dir&iacute;a: &laquo;Qu&eacute;
+porra: ya s&eacute; que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras
+la muerte no llega, vivamos cada cual &aacute; su gusto, sin hacer la sant&iacute;sima
+&aacute; los dem&aacute;s, que es lo &uacute;nico en que gozan los que piensan &aacute; todas horas
+en su alma.&raquo;</p>
+
+<p>Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capit&aacute;n se
+despidi&oacute; de Aresti.</p>
+
+<p>&mdash;Esta tarde, en la romer&iacute;a, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez
+vaya en ella Pepe con su escapulario.</p>
+
+<p>Aresti di&oacute; salida &aacute; su asombro con un juramento. &iexcl;Qui&eacute;n! &iquest;Pepe ser&iacute;a
+capaz de exhibirse en aquella farsa?...</p>
+
+<p>Iriondo no ten&iacute;a la certeza de ello pero lo present&iacute;a. Era un suceso que
+llevaba preocupada &aacute; toda la familia durante la semana. La esposa quer&iacute;a
+verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los
+devotos. &iexcl;Qu&eacute; triunfo para la religi&oacute;n! &Eacute;l, despu&eacute;s de volver &aacute; la buena
+senda, no pod&iacute;a negar &aacute; Dios el prestigio que dar&iacute;a &aacute; la santa causa
+esta adhesi&oacute;n p&uacute;blica de un hombre de su fortuna y su poder. El
+millonario se resist&iacute;a, adivinando lo rid&iacute;culo de esta humillaci&oacute;n;
+defend&iacute;ase agarrado &aacute; un harapo de su antiguo car&aacute;cter. Pero todos ca&iacute;an
+sobre &eacute;l, martilleando la d&eacute;bil corteza de su voluntad reblandecida. La
+madre y la hija se lo suplicaban. &iexcl;Las dar&iacute;a tanto placer con ello!...
+El Padre Paul&iacute; hablaba con desprecio de los cobardes que s&oacute;lo aman &aacute;
+Dios en su casa y temen manifestarlo p&uacute;blicamente, y el matoncillo
+Urquiola hac&iacute;a burla de los que no se atrev&iacute;an &aacute; salir &aacute; la calle por
+miedo &aacute; los imp&iacute;os.</p>
+
+<p>&mdash;Ir&aacute;, estoy seguro&mdash;dijo el capit&aacute;n con tristeza.&mdash;Lo arrastrar&aacute;n, la
+familia de un lado, y de otro el miedo &aacute; parecer cobarde. &iexcl;Adi&oacute;s, Luis,
+y ten prudencia! Mira que hay cerraz&oacute;n en el horizonte y la borrasca de
+esta tarde va &aacute; ser de cuidado.</p>
+
+<p>El doctor subi&oacute; la larga escalinata de la estaci&oacute;n, y al salir al puente
+del Arenal vi&oacute; muchos balcones colgados con trapos de colores &eacute;
+inscripciones en loor de la Virgen de Bego&ntilde;a. En las Siete Calles, lo
+m&aacute;s t&iacute;pico y tradicional de la poblaci&oacute;n, las casas empavesadas ofrec&iacute;an
+el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre
+banderas el mismo r&oacute;tulo en honor de la <i>Se&ntilde;ora de Vizcaya</i>. Las gentes
+mir&aacute;banse con aire hostil; la poblaci&oacute;n, dividida en dos bandos, parec&iacute;a
+estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa
+contemplaban con simpat&iacute;a &oacute; con odio &aacute; los grupos de campesinos y de
+obreros, seg&uacute;n eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al
+vecino, y todos dec&iacute;an lo mismo en sus conversaciones.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A la tarde!... &iexcl;Oh, &aacute; la tarde!...</p>
+
+<p>Aresti, despu&eacute;s de errar m&aacute;s de una hora por la villa, se encontr&oacute; al
+atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que
+le salud&oacute; con un gru&ntilde;ido, llev&aacute;ndose con cierta violencia la mano &aacute; la
+boina.</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabe usted, doctor, que usted es el &uacute;nico burgu&eacute;s que yo saludo.</p>
+
+<p>Era el <i>Barbas</i>, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas
+de vagancia encogido en el suelo, inm&oacute;vil, como un profeta de horrores,
+escupiendo amenazas &eacute; insultos sobre los ricos del pa&iacute;s. Hac&iacute;a tiempo
+que hab&iacute;an demolido su barraca, despu&eacute;s de socavar el suelo. La vieja
+compa&ntilde;era hab&iacute;a muerto de miseria y &eacute;l vagaba por las minas, durmiendo &aacute;
+la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta
+limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de &eacute;l, miraba
+con ojos feroces &aacute; los obreros.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bestias!&mdash;les gritaba como si cometiesen un crimen.&mdash;&iexcl;Ten&eacute;is la
+dinamita en vuestras manos y la emple&aacute;is en eso!...</p>
+
+<p>El doctor contest&oacute; &aacute; su saludo alegremente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Compa&ntilde;ero! &iquest;T&uacute; aqu&iacute;?...</p>
+
+<p>Hab&iacute;a llegado por la ma&ntilde;ana en un tren lleno de obreros. Por supuesto,
+sin billete; los compa&ntilde;eros quer&iacute;an pag&aacute;rselo, pero &eacute;l hab&iacute;a protestado,
+ocult&aacute;ndose para viajar sin que los burgueses le explotasen.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y el mitin?&mdash;pregunt&oacute; Aresti.&mdash;&iquest;No vas al mitin?</p>
+
+<p>El <i>Barbas</i> hizo un moh&iacute;n de desprecio. &Eacute;l no perd&iacute;a el tiempo en
+bobadas. Se sab&iacute;a de memoria todo lo que all&iacute; pod&iacute;an decir. Necedades y
+cobard&iacute;as. Pedir m&aacute;s jornal &oacute; que lo pagasen de este modo &oacute; del otro;
+reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que
+trabaja. &iexcl;Como si esto sirviese de algo! Eran unos <i>cataplasmeros</i>. Y en
+esta palabra envolv&iacute;a todo su desprecio &aacute; los que buscaban con reformas
+paulatinas y con una organizaci&oacute;n fuerte y disciplinada el mejoramiento
+del obrero.</p>
+
+<p>&mdash;Cataplasmeros, doctor&mdash;gritaba.&mdash;Nada m&aacute;s que cataplasmeros. Este es
+un pa&iacute;s acostumbrado &aacute; la disciplina y &aacute; la autoridad: por eso el pobre
+que en otro tiempo fu&eacute; carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas
+organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco
+&aacute; poco. Pero ya se cansar&aacute;n de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero
+y entonces seguir&aacute;n al <i>Barbas</i> y &aacute; otros como &eacute;l, y en veinticuatro
+horas se arreglar&aacute; todo &oacute; acabar&aacute; todo. El pobre pide justicia y la
+justicia ni se solicita &aacute; pedazos ni se regatea: se toma como se puede,
+aunque acabe el mundo.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s explic&oacute; por qu&eacute; hab&iacute;a hecho el viaje. &Uacute;nicamente le atra&iacute;a lo
+que pudiera ocurrir por la tarde. Quer&iacute;a convencerse de que los pobres
+se atrev&iacute;an por fin con los ricos: deseaba ver c&oacute;mo corr&iacute;an todos los
+enemigos por &eacute;l odiados, sin que les valiese la protecci&oacute;n de los &iacute;dolos
+celestiales &aacute; los que levantaban palacios, mientras &eacute;l vagaba por el
+monte como un perro sin abrigo.</p>
+
+<p>La esperanza del choque y de la lucha le estremec&iacute;a de placer. Husmeaba
+el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha
+oliendo la p&oacute;lvora.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bronca!... &iexcl;Ya se ha armado!&mdash;exclam&oacute; con alegr&iacute;a, mirando al otro
+lado del puente.</p>
+
+<p>Por la avenida del ensanche corr&iacute;a &aacute; todo galope un grupo de jinetes de
+la guardia civil. En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, ve&iacute;ase una gran masa de gente, una
+mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.</p>
+
+<p>Era el p&uacute;blico que sal&iacute;a del mitin y se deten&iacute;a ante los balcones de las
+mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la <i>Se&ntilde;ora de
+Vizcaya</i>. La gente silbaba: comenzaban &aacute; volar las piedras por encima
+de la negra masa: ca&iacute;an con estr&eacute;pito las vidrieras rotas.</p>
+
+<p>Aresti se vi&oacute; solo. El <i>Barbas</i> corr&iacute;a hacia el gent&iacute;o, dando gritos de
+entusiasmo. &iexcl;Duro, duro! &iexcl;No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el
+doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre,
+lentamente, avanzaba su pesado oleaje con direcci&oacute;n al Arenal. La
+caballer&iacute;a, impotente para contenerla, se limitaba &aacute; ir con ella,
+creyendo evitar as&iacute; mayores desmanes.</p>
+
+<p>Pas&oacute; la manifestaci&oacute;n el puente, extendi&eacute;ndose por el Arenal y las
+calles inmediatas. Eran obreros en su mayor&iacute;a y j&oacute;venes de la poblaci&oacute;n
+cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos
+aclamaban &aacute; la Revoluci&oacute;n social; otros daban vivas &aacute; la Rep&uacute;blica;
+algunos gritaban &iexcl;viva Espa&ntilde;a! ante las inscripciones en vascuence,
+viendo en estas loas &aacute; la <i>Se&ntilde;ora de Vizcaya</i> un hip&oacute;crita insulto &aacute; la
+integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella
+Bilbao dominada por la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s y formada &aacute; su imagen.</p>
+
+<p>El grito de &iexcl;abajo los jesu&iacute;tas! era contestado por un rugido un&aacute;nime de
+la masa. En las calles inmediatas al Arenal ca&iacute;an &aacute; pedradas los
+cristales. Algunos chicuelos sub&iacute;an por las fachadas con agilidad de
+monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Bego&ntilde;a, dej&aacute;ndolas
+caer sobre el gent&iacute;o, que las hac&iacute;a pedazos.</p>
+
+<p>Una noticia circul&oacute; como un rel&aacute;mpago por la gran masa detenida en el
+Arenal. Estaban prendiendo fuego &aacute; la iglesia de los jesu&iacute;tas. Una parte
+de la manifestaci&oacute;n, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo,
+roci&aacute;ndolo con petr&oacute;leo. Ya ard&iacute;an las puertas.</p>
+
+<p>La guardia civil corri&oacute; all&aacute; &aacute; todo galope, abandonando la
+manifestaci&oacute;n. Aresti sent&iacute;a un entusiasmo casi igual al del <i>Barbas</i>.
+&iexcl;Ya ard&iacute;a el odiado cubil! &iexcl;Bilbao despertaba!...</p>
+
+<p>Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas s&oacute;lo hab&iacute;an sido
+chamuscadas: la presencia de la autoridad hab&iacute;a disuelto el grupo
+incendiario, extinguiendo el fuego.</p>
+
+<p>Era ya m&aacute;s de mediod&iacute;a. Los grupos se aclaraban: todos se iban &aacute; comer.
+Aquello s&oacute;lo hab&iacute;a sido el pr&oacute;logo de lo que ocurrir&iacute;a despu&eacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;A la tarde, aqu&iacute;&mdash;se dec&iacute;an unos &aacute; otros al alejarse.</p>
+
+<p>Aresti entr&oacute; en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba
+tambi&eacute;n de lo que ocurrir&iacute;a por la tarde. A las tres estaban citados los
+de la peregrinaci&oacute;n en el Arenal. Llegar&iacute;an en varias procesiones desde
+las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San
+Nicol&aacute;s. El plan hab&iacute;a sido preparado con el prop&oacute;sito de llamar la
+atenci&oacute;n, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia,
+desafiando &aacute; los enemigos.</p>
+
+<p>Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Dec&iacute;an que el
+gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que
+desistieran de ella. El Padre Paul&iacute; se negaba rotundamente, invocando
+hip&oacute;critamente la libertad. Su ac&oacute;lito Urquiola hablaba de la batalla de
+la tarde con aires de caudillo.</p>
+
+<p>Algunos mostr&aacute;banse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse
+la romer&iacute;a. Al fin, era un suceso que <i>amenizaba</i> la vida mon&oacute;tona y
+gris de la poblaci&oacute;n. Aresti no dudaba de que se verificase. Conoc&iacute;a &aacute;
+los organizadores, y su prop&oacute;sito de excitar &aacute; la impiedad naciente,
+para darla la batalla y afirmar as&iacute; su dominaci&oacute;n que cre&iacute;an en peligro.</p>
+
+<p>En una mesa cercana disputaban dos se&ntilde;ores.</p>
+
+<p>&mdash;Me he fijado bien en la manifestaci&oacute;n&mdash;gritaba uno de ellos.&mdash;Todos
+eran P&eacute;rez y Mart&iacute;nez, todos <i>maketos</i> &eacute; hijos de <i>maketos</i>, mala gente,
+de la que ha invadido nuestro pa&iacute;s. No iba ni uno que tuviera los cuatro
+apellidos vascongados.</p>
+
+<p>Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhib&iacute;an como una
+prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.</p>
+
+<p>&mdash;Pues, yo los tengo&mdash;gritaba su interlocutor con acometividad,&mdash;y digo
+que deseo que esta tarde les rompan el alma &aacute; los de la romer&iacute;a, y
+&iexcl;ojal&aacute; arrastren &aacute; todos los jesu&iacute;tas!</p>
+
+<p>La divisi&oacute;n que perturbaba &aacute; la villa, mostr&aacute;base, tambi&eacute;n en el
+restaurant, impulsando &aacute; unos parroquianos contra otros faltando poco
+para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.</p>
+
+<p>A las dos volvi&oacute; Aresti al Arenal. Form&aacute;banse de nuevo los grupos cerca
+del puente, mirando con hostilidad &aacute; los aldeanos que pasaban camino de
+las parroquias. Circulaban por el gent&iacute;o las m&aacute;s contradictorias
+noticias. Ya no se verificaba la romer&iacute;a: opon&iacute;ase &aacute; ella el gobernador,
+al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban
+despreciativamente &laquo;el c&oacute;nsul de Espa&ntilde;a&raquo;. Despu&eacute;s corr&iacute;a de boca en boca
+la certidumbre de que iba &aacute; celebrarse la fiesta. Se estaban formando
+las comitivas en cada parroquia: pronto llegar&iacute;an al Arenal para
+reunirse todas en San Nicol&aacute;s.</p>
+
+<p>Y la gran plaza ennegrec&iacute;ase de gent&iacute;o inquieto. Una masa de cabezas
+cubr&iacute;a las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba
+desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba
+instintivamente la gente: un vac&iacute;o que parec&iacute;a destinarse al choque de
+unos y otros.</p>
+
+<p>Aresti se sinti&oacute; de pronto arrastrado por un violento empell&oacute;n de la
+muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estall&oacute;
+una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones
+interrumpidas por tiros.</p>
+
+<p>Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaiv&eacute;n tempestuoso los
+estandartes de la primera procesi&oacute;n. El m&eacute;dico, sin saber c&oacute;mo, en uno
+de los empujones de la multitud, se vi&oacute; en mitad del Arenal, cerca del
+desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los
+hombres, empu&ntilde;ando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario
+de la Virgen de Bego&ntilde;a; las mujeres escoltaban &aacute; los curas, mirando &aacute; la
+muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fan&aacute;ticas. Cesaron los
+disparos al entrar la procesi&oacute;n en la plaza. Entonaban los romeros un
+himno en vascuence &aacute; la Se&ntilde;ora de Vizcaya, y de los grupos sal&iacute;a, como
+respuesta, <i>La Marsellesa</i> &oacute; <i>La Internacional</i>.</p>
+
+<p>Agrup&aacute;ronse los devotos ante la portada de San Nicol&aacute;s, y la muchedumbre
+avanz&oacute; lentamente hacia ellos. Estrech&aacute;base el espacio entre unos y
+otros, los palos levant&aacute;banse amenazantes, los insultos alternaban con
+los c&aacute;nticos. De repente, el gent&iacute;o se hizo atr&aacute;s, volviendo sus mil
+cabezas. Una nueva procesi&oacute;n llegaba por el puente. Se hab&iacute;a reunido en
+la Residencia de los jesu&iacute;tas: era lo m&aacute;s brillante del ej&eacute;rcito devoto
+que iba &aacute; subir &aacute; Bego&ntilde;a; el <i>se&ntilde;orio</i> de Bilbao, en el que figuraban
+las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los
+alumnos de Deusto. Los Padres de la Compa&ntilde;&iacute;a m&aacute;s famosos, presid&iacute;an las
+asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad
+creciente del pueblo.</p>
+
+<p>Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se
+viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los
+bolsillos, marc&aacute;ndose en la tela el r&iacute;gido contorno de las armas de
+fuego. Las se&ntilde;oras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas
+por la actitud hostil del gent&iacute;o, como damas altivas que no temen al
+mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio &aacute; toda aquella
+balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas
+familias quer&iacute;an darles.</p>
+
+<p>Estall&oacute; un trueno de gritos, insultos &eacute; imprecaciones. Aresti vi&oacute; pasar
+&aacute; Urquiola con el rev&oacute;lver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de
+Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder
+realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores s&oacute;lo intentaron en las
+monta&ntilde;as inmediatas, durante los dos famosos sitios.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Viva Vizcaya! &iexcl;Viva la religi&oacute;n y Nuestra Se&ntilde;ora de Bego&ntilde;a! &iexcl;Mueran
+los liberales!</p>
+
+<p>Algunos disc&iacute;pulos de la Universidad jesu&iacute;tica, pareci&eacute;ndoles estas
+aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas &aacute; la Unidad Cat&oacute;lica, y los
+aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que
+aquello significaba, pero adivinando que deb&iacute;a ser algo contra los
+imp&iacute;os de la odiada Bilbao.</p>
+
+<p>Aresti vi&oacute; pasar &aacute; la mujer y la hija de S&aacute;nchez Morueta. Despu&eacute;s &aacute; las
+de Lizamendi en un grupo de se&ntilde;oras, con la falda ce&ntilde;ida y el andar
+arrogante. Miraban &aacute; todos lados como si buscasen &aacute; alguien entre el
+gent&iacute;o hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron
+satisfechas de no haberse equivocado. &iexcl;Tambi&eacute;n estaba all&iacute;!... El mal
+hombre estaba donde le correspond&iacute;a. El m&eacute;dico vi&oacute; la mirada de
+resignaci&oacute;n y de l&aacute;stima que su mujer dirig&iacute;a al ciego, como si
+pidiese, con lamentos de v&iacute;ctima, perd&oacute;n para su alma perdida. Luego vi&oacute;
+destacarse de un grupo de sotanas &aacute; su enorme primo, que marchaba con la
+cabeza descubierta, brillando la condecoraci&oacute;n de la Virgen entre la
+celos&iacute;a de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil
+desconocida por Aresti.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico no pudo ver m&aacute;s. Crey&oacute; de pronto que se abr&iacute;a el suelo de la
+plaza y que hu&iacute;an todos, chocando unos contra otros con el terror de la
+fuga. Algunos palos rompi&eacute;ronse en pedazos; sonaban las espaldas al
+recibir los golpes con un ruido de cofres vac&iacute;os; ca&iacute;an muchos con la
+cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que hu&iacute;an, y
+comenzaron &aacute; sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros
+de los rev&oacute;lvers.</p>
+
+<p>Corr&iacute;an las se&ntilde;oras &aacute; refugiarse en San Nicol&aacute;s, y los curiosos de las
+aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los
+caf&eacute;s, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.</p>
+
+<p>En un momento se form&oacute; un gran vac&iacute;o en la plaza, quedando sembrado el
+suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban,
+manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por
+los grupos hacia las farmacias m&aacute;s pr&oacute;ximas. Mientras tanto, continuaba
+el combate entre los m&aacute;s resueltos de una y otra parte.</p>
+
+<p>De la portada de San Nicol&aacute;s sal&iacute;an descargas cerradas, disparos de
+rev&oacute;lvers baratos comprados el d&iacute;a antes por los organizadores de la
+romer&iacute;a, balazos sin direcci&oacute;n, que iban &aacute; perderse en la arena del
+paseo &oacute; se incrustaban en los &aacute;rboles. La mayor&iacute;a de los obreros
+carec&iacute;an de armas y se bat&iacute;an con los pu&ntilde;os &oacute; con palos, profiriendo en
+la exaltaci&oacute;n de la lucha blasfemias contra la Virgen de Bego&ntilde;a y sus
+devotos. La batalla se hab&iacute;a fraccionado: pele&aacute;base en grupos sueltos &oacute;
+individualmente. Los mismos compa&ntilde;eros no se reconoc&iacute;an, y muchas veces
+se golpeaban, creyendo herir &aacute; un enemigo.</p>
+
+<p>Aresti permanec&iacute;a inm&oacute;vil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las
+balas que &aacute; corta distancia de &eacute;l levantaban las cortezas de los
+troncos. Sent&iacute;ase empujado de un lado &aacute; otro por los empellones de los
+combatientes, vi&eacute;ndolo todo al trav&eacute;s de una niebla gris, como si el sol
+se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le
+hac&iacute;an tropezar, y de los que sal&iacute;an gemidos dolorosos.</p>
+
+<p>En este crep&uacute;sculo del atolondramiento crey&oacute; ver &aacute; un cura enorme que se
+recog&iacute;a el manteo con una mano y con la otra disparaba su rev&oacute;lver sobre
+un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;T&uacute; acabar&aacute;s!&mdash;dec&iacute;a blandiendo una faca y desvi&aacute;ndose de un salto
+cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apunt&aacute;ndole.</p>
+
+<p>Y cuando el cilindro del arma rod&oacute; sin que saliera ya ninguna
+detonaci&oacute;n, el obrero, con una risa feroz, se abalanz&oacute; sobre el cura,
+abraz&aacute;ndolo, cayendo con &eacute;l al suelo, hundi&eacute;ndole en la espalda el arma
+con tanto &iacute;mpetu, que la hoja quebr&oacute;se en dos pedazos.</p>
+
+<p>Aresti crey&oacute; que se hab&iacute;a desplomado un &aacute;rbol sobre sus hombros. Fu&eacute; un
+golpe que le sac&oacute; de su aturdimiento, haci&eacute;ndole rugir de ira: un
+garrotazo en la espalda, que acab&oacute; con toda su bondad ir&oacute;nica de
+esp&iacute;ritu superior, despertando en &eacute;l &aacute; la fiera. Levant&oacute; su bast&oacute;n y
+comenz&oacute; &aacute; dar golpes delante de &eacute;l, sin mirar &aacute; qui&eacute;n alcanzaba, sin
+acordarse de que pod&iacute;a ser un amigo, con el ansia de hacer da&ntilde;o, con la
+embriaguez de la sangre.</p>
+
+<p>De pronto se sinti&oacute; detenido en su avance por una espalda que ca&iacute;a
+contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y d&eacute;bil, con el
+raquitismo que da el trabajo cuando es superior &aacute; las fuerzas de la
+edad. Vacil&oacute; como si estuviera ebrio, llev&aacute;ndose las manos &aacute; la cara
+ensangrentada, y al intentar erguirse, un pu&ntilde;o enorme volvi&oacute; &aacute; caer
+sobre &eacute;l haci&eacute;ndolo rodar por tierra.</p>
+
+<p>Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del ca&iacute;do, levant&oacute; el
+bast&oacute;n al ver que se alzaba contra &eacute;l de nuevo aquel pu&ntilde;o que resonaba
+sordamente golpeando como una maza. Pero el m&eacute;dico qued&oacute; con el brazo en
+alto al reconocer al hombre que le acomet&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;T&uacute;!... &iexcl;t&uacute;!...&mdash;grit&oacute; con una voz que parec&iacute;a desgarrarle la
+garganta.</p>
+
+<p>Ten&iacute;a ante &eacute;l &aacute; S&aacute;nchez Morueta, con el pu&ntilde;o levantado, las barbas en
+desorden, y en los ojos una expresi&oacute;n feroz: el deseo de exterminar &aacute; la
+canalla imp&iacute;a que insultaba &aacute; las personas decentes y hab&iacute;a hecho
+refugiarse &aacute; las se&ntilde;oras en la iglesia.</p>
+
+<p>Al reconocer &aacute; Aresti, baj&oacute; el brazo y la cabeza como avergonzado. En el
+mismo instante, algo blando y tibio choc&oacute; en una de sus mejillas
+escurri&eacute;ndose por los hilos de su barba. &iexcl;Su Luis, su hermano, le hab&iacute;a
+escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de
+herirle, ya que las manos se negaban &aacute; ello por el antiguo respeto; era
+el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido
+y feliz, &aacute; aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara
+ensangrentada.</p>
+
+<p>El millonario mir&oacute; &aacute; su primo con ojos mansos y sin expresi&oacute;n, unos ojos
+bovinos que parec&iacute;an pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la
+mano por la barba borrando el escupitajo del odio.</p>
+
+<p>Fu&eacute; &aacute; hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como
+unas alas f&uacute;nebres tiraba de &eacute;l. Era el Padre Paul&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Don Jos&eacute;. V&aacute;monos de aqu&iacute;. &iexcl;A Bego&ntilde;a! &iexcl;A Bego&ntilde;a!</p>
+
+<p>Y le arrastr&oacute; con paternal solicitud, como si el millonario fuese el
+primer estandarte de la romer&iacute;a.</p>
+
+<p>Aresti qued&oacute; inm&oacute;vil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho
+bien estaba, ya que no ten&iacute;a remedio. Los empellones de la gente que
+hu&iacute;a le sacaron de su abstracci&oacute;n. Los jinetes de la guardia civil
+corr&iacute;an al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se
+agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomer&aacute;base en las aceras,
+dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban
+algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.</p>
+
+<p>Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San
+Nicol&aacute;s. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban &aacute;
+tiros.</p>
+
+<p>La muchedumbre sin armas, herida &aacute; mansalva desde aquella altura, rug&iacute;a
+impotente, y en un arranque de desesperaci&oacute;n, intent&oacute; arrojarse al
+asalto del templo, pero tropez&oacute; con un obst&aacute;culo que acababa de
+interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que
+brillaban ca&ntilde;ones de fusil y correajes lustrosos.</p>
+
+<p>Dos compa&ntilde;&iacute;as de infanter&iacute;a hab&iacute;an entrado en la plaza &aacute; paso
+gimn&aacute;stico, coloc&aacute;ndose en batalla ante la iglesia. Eran los <i>guiris</i>,
+los <i>ches</i>, la Espa&ntilde;a en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su
+pantal&oacute;n rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la
+resurrecci&oacute;n de la antigua Vasconia. Los soldaditos, p&aacute;lidos, con la
+boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los
+tiros de rev&oacute;lver, daban frente &aacute; la gran masa que protestaba contra la
+romer&iacute;a.</p>
+
+<p>Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente
+hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y
+hacer fuego apuntando &aacute; la iglesia. Aquellos curas armados y
+vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los se&ntilde;oritos
+con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban
+en ellos &aacute; los que en otro tiempo hab&iacute;an asesinado en las monta&ntilde;as &aacute; sus
+hermanos, y que aun ahora deseaban volver &aacute; la lucha de emboscadas. El
+deber, con su peso f&eacute;rreo &eacute; irresistible, manten&iacute;a inm&oacute;vil &aacute; la doble
+fila de hombres azules y rojos.</p>
+
+<p>Un oficial vacil&oacute; un instante y entregando su sable &aacute; un soldado, se
+llev&oacute; una mano &aacute; un hombro. Acababa de recibir un balazo; le hab&iacute;an
+herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se
+contrajo con tristeza dolorosa, m&aacute;s que por la herida, por la amargura
+de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la monta&ntilde;a
+frente &aacute; frente con el eterno enemigo, sino &aacute; la puerta de una iglesia,
+&aacute; manos tal vez de un sacrist&aacute;n, de uno de aquellos efebos cat&oacute;licos
+que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando &aacute; la
+religi&oacute;n y la Virgen.</p>
+
+<p>La guardia civil empujaba &aacute; los romeros fuera de la plaza. Sal&iacute;an en
+bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y
+emprend&iacute;an la ascensi&oacute;n &aacute; Bego&ntilde;a escoltados por los jinetes.</p>
+
+<p>La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, o&iacute;a c&oacute;mo se
+alejaban las cofrad&iacute;as por las calles empinadas que daban acceso al
+santuario.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Viva la Virgen!&mdash;gritaban con el enardecimiento de una lucha en la
+que hab&iacute;an llevado la mejor parte.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A Bego&ntilde;a! &iexcl;A Bego&ntilde;a!&mdash;aullaba Urquiola agitando el rev&oacute;lver al frente
+de un grupo.</p>
+
+<p>Y las aclamaciones &aacute; la Virgen, interrump&iacute;anlas con frecuentes
+descargas. Sin cesar en sus c&aacute;nticos, hac&iacute;an fuego sobre todos los que
+al borde de la cuesta contestaban &aacute; sus aclamaciones con gritos de
+protesta.</p>
+
+<p>Poco &aacute; poco fu&eacute; quedando desierto el atrio de San Nicol&aacute;s. Un muerto
+yac&iacute;a en la acera, custodiado por dos guardias. M&aacute;s all&aacute;, los grupos
+rodeaban &aacute; varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento &aacute;
+lo largo de las paredes esquivando el gent&iacute;o. Estaban heridos &eacute; iban &aacute;
+sus casas &aacute; curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas
+declaraciones.</p>
+
+<p>Aresti pas&oacute; m&aacute;s de una hora de botica en botica y de caf&eacute; en caf&eacute;,
+solicitado y arrastrado por muchos que le conoc&iacute;an, llamado all&iacute; donde
+guardaban un herido, esforz&aacute;ndose por curar de primera intenci&oacute;n, con
+los medios que ten&iacute;a &aacute; su alcance, &aacute; todos los infelices que en brazos
+de la muchedumbre iban despu&eacute;s hacia el hospital.</p>
+
+<p>Atendi&oacute; indistintamente &aacute; unos y otros, &aacute; los que llevaban en el pecho
+el escapulario de la Virgen y &aacute; los que en el paroxismo del dolor
+cre&iacute;an encontrar un alivio dando vivas &aacute; la Libertad y la Rep&uacute;blica. La
+carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las
+aceras y los pavimentos de los caf&eacute;s, le causaban inmensa tristeza,
+haci&eacute;ndole pensar con l&aacute;stima en la eterna infancia de los hombres:
+&iexcl;Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que
+estaba all&aacute; en lo alto, entre luces y flores, mientras exist&iacute;an en el
+mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban
+para desaparecer el esfuerzo com&uacute;n y fraternal de todos los humanos!</p>
+
+<p>Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Bego&ntilde;a, la
+carcoma, m&aacute;s sabia que ellos, seguir&iacute;a mordiendo las entra&ntilde;as de madera
+del sonriente fetiche: tal vez &aacute; aquellas horas alg&uacute;n rat&oacute;n ro&iacute;a las
+patas del &iacute;dolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrer&iacute;a.</p>
+
+<p>El m&eacute;dico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de
+aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respir&oacute;
+satisfecho cuando ya no le presentaron m&aacute;s heridos.</p>
+
+<p>Pase&oacute; entonces por la orilla de la r&iacute;a, pensando en el encuentro con su
+primo, que seguramente ser&iacute;a el &uacute;ltimo. La injuria &aacute; S&aacute;nchez Morueta le
+mord&iacute;a el pensamiento: aquel salivazo parec&iacute;a haber ca&iacute;do sobre su alma.
+&iexcl;Ay, el intruso! El maldito intruso! &iexcl;C&oacute;mo hab&iacute;a penetrado entre ellos,
+matando todo afecto, anulando con el poder fr&iacute;o de la muerte todo un
+pasado de cari&ntilde;o fraternal!... No hab&iacute;an re&ntilde;ido cuerpo &aacute; cuerpo como
+los hermanos en las guerras civiles: pero se hab&iacute;an herido en el alma,
+separ&aacute;ndose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acab&oacute; la familia:
+Aresti estaba solo en el mundo.</p>
+
+<p>Varios grupos de muchachos corr&iacute;an vociferando por las riberas del
+Nervi&oacute;n. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la se&ntilde;al de la cruz.
+&iexcl;Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos despu&eacute;s de
+la lucha en el Arenal, se hab&iacute;an esparcido por las Siete Calles,
+escalando las hornacinas que cobijaban las im&aacute;genes de los patronos de
+aquella Bilbao tradicional.</p>
+
+<p>Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados despu&eacute;s hasta la
+ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quer&iacute;a vengar en
+aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por
+otros de m&uacute;sculos y hueso. &iexcl;Al agua los santos! Y ca&iacute;an de cabeza en la
+r&iacute;a las v&iacute;rgenes y los bienaventurados, flotando despu&eacute;s de la inmersi&oacute;n
+con la ligera porosidad de la madera vieja.</p>
+
+<p>La muchedumbre segu&iacute;a lentamente por las riberas el tardo descenso de
+las im&aacute;genes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaud&iacute;an viendo el
+cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de m&aacute;rtires,
+insultaban &aacute; los imp&iacute;os, amenaz&aacute;ndoles con las manos crispadas.</p>
+
+<p>Una imagen de la Virgen de Bego&ntilde;a, arrancada de su hornacina, era la que
+m&aacute;s llamaba la atenci&oacute;n. &iexcl;Ella ten&iacute;a la culpa de todo!... Y la silbaban
+&eacute; insultaban mientras la imagen descend&iacute;a tendida de espaldas, mostrando
+&aacute; flor de agua su vientre dorado y su carita de mu&ntilde;eca sagrada. Un
+gabarrero, cruzando la r&iacute;a en su barcaza, avanz&oacute; hacia la imagen como si
+quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la
+piedad del marinero: iba &aacute; salvar &aacute; la Virgen.</p>
+
+<p>Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, ces&oacute; de manejar el remo, y,
+levant&aacute;ndolo en alto, despu&eacute;s de mirar &aacute; ambas orillas, di&oacute; con &eacute;l un
+golpe tremendo &aacute; la Virgen, que desapareci&oacute; en un remolino de agua para
+no flotar m&aacute;s. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en
+aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. &iexcl;Hasta sobre
+las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...</p>
+
+<p>Frente &aacute; un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con
+movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoci&oacute; al
+<i>Barbas</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Lo de hoy no vale nada&mdash;gritaba.&mdash;No me parece mal que les metan mano
+&aacute; los que por tanto tiempo han tenido enga&ntilde;ada &aacute; la gente, pero despu&eacute;s
+de esto hay que ajustar la cuenta &aacute; los que la roban. Hoy ha sido la
+batalla de los santirulicos: ma&ntilde;ana ser&aacute; la del pan. Ya bajar&aacute;n del
+monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los
+ladrones de aqu&iacute;: ya reclamar&aacute;n su parte. Y nada de peticiones ordenadas
+ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. &iexcl;Fuera los cataplasmeros! A
+cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, &iexcl;dinamita... ro&ntilde;o!
+&iexcl;dinamita!</p>
+
+<p>Aresti se alej&oacute; para que no le viese aquel energ&uacute;meno, que parec&iacute;a
+enardecido por la sangre de la reciente lucha.</p>
+
+<p>Sus palabras evocaban en el pensamiento del m&eacute;dico las minas, con su
+poblaci&oacute;n miserable, ro&iacute;da por las necesidades materiales y la
+desesperaci&oacute;n de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos
+picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del pe&oacute;n y el
+trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba &aacute; la villa opulenta y
+feliz. Despu&eacute;s del choque provocado por el fanatismo dominador, vendr&iacute;a
+la huelga de los infelices, la reclamaci&oacute;n imperiosa de la miseria.</p>
+
+<p>Un ej&eacute;rcito enemigo se ocultaba tras aquellas monta&ntilde;as que cerraban el
+horizonte: una horda hambrienta que alg&uacute;n d&iacute;a caer&iacute;a sobre la poblaci&oacute;n
+como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba
+amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendr&iacute;an los
+enemigos ante las defensas exteriores; se esparcir&iacute;an por las calles y
+bloquear&iacute;an &aacute; la riqueza en sus magn&iacute;ficas viviendas. La guerra en
+nombre del pasado se repetir&iacute;a en defensa del porvenir; los nuevos
+sitiadores llevar&iacute;an la miseria como bandera, y como grito de combate el
+derecho &aacute; la vida.</p>
+
+<p>Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza
+origen de tantos males. &iquest;Para qu&eacute; serv&iacute;an los tesoros de las minas? Se
+hab&iacute;a embellecido exteriormente la poblaci&oacute;n, tomando el aspecto de una
+capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la r&iacute;a por las
+chimeneas de f&aacute;bricas y buques; pero la vida era m&aacute;s triste que antes.
+Con la riqueza hab&iacute;an llegado los hombres negros, que se hac&iacute;an los amos
+de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus
+manos en los bienes materiales.</p>
+
+<p>Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de
+tristeza levantar&iacute;an el vuelo hacia otros pa&iacute;ses. El suelo ser&iacute;a m&aacute;s
+pobre, pero renacer&iacute;a en &eacute;l como planta de consuelo la alegr&iacute;a de la
+vida.</p>
+
+<p>La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que a&uacute;n no conoc&iacute;a
+el valor del hierro, era m&aacute;s feliz, con la paz de un trabajo lento y
+ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna,
+con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza
+disparatada y r&aacute;pida que apenas si dejaba en el pa&iacute;s rastros
+beneficiosos de su paso, perdi&eacute;ndose en las obscuras tragaderas del
+intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse
+al lado de los favoritos de la suerte, ofreci&eacute;ndoles el cielo &aacute; cambio
+de una participaci&oacute;n en el bot&iacute;n.</p>
+
+<p>El saqueo de la Naturaleza, la amputaci&oacute;n de sus entra&ntilde;as de hierro,
+hab&iacute;a servido &uacute;nicamente para la felicidad de unos cuantos y para qu&eacute; el
+par&aacute;sito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de
+todo. &iexcl;Deb&iacute;a terminar aquel carnaval de la Fortuna, que s&oacute;lo serv&iacute;a para
+dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar &aacute; la miseria,
+con el alarde de una concentraci&oacute;n loca de la riqueza, que avivaba los
+odios sociales!...</p>
+
+<p>Las minas se empobrec&iacute;an. Los optimistas las daban vida para veinte
+a&ntilde;os: los m&aacute;s cr&eacute;dulos llegaban hasta treinta. Pero despu&eacute;s vendr&iacute;a el
+agotamiento, la nada; la monta&ntilde;a pelada, con su esqueleto calc&aacute;reo al
+descubierto, sin guardar el m&aacute;s leve harapo del manto que la hab&iacute;a
+cubierto durante siglos, m&aacute;s rico que el de muchos dominadores de la
+tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos,
+&aacute; los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se
+aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el
+hierro que hab&iacute;an respetado los m&eacute;todos antiguos. En Gallarta se
+derribaban casas enteras, construidas algunos a&ntilde;os antes, para
+aprovechar el mineral de su paredes. Se viv&iacute;a de los residuos de la
+&eacute;poca de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se
+aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras
+esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Ser&iacute;an in&uacute;tiles
+todas las extratagemas de aprovechamiento; s&oacute;lo encontrar&iacute;an la tierra
+pobre y est&eacute;ril, sin la menor part&iacute;cula de hierro, y entonces vendr&iacute;a el
+&iexcl;s&aacute;lvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta &aacute; la pobreza, la
+fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que enga&ntilde;aba su hambre
+trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su
+vida: el aislamiento de los poderosos, encerr&aacute;ndose en el arca de su
+riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.</p>
+
+<p>La Fortuna habr&iacute;a pasado un momento por aquella tierra, como por otros
+pa&iacute;ses, sin dejar m&aacute;s que ligeras huellas. Bilbao ofrecer&iacute;a el aspecto
+de las ciudades hist&oacute;ricas de Italia, que fueron grandes, llenando el
+mundo con el poder&iacute;o de su comercio, y hoy son melanc&oacute;licos cementerios
+de un pasado glorioso. Quedar&iacute;an en pie los palacios del ensanche, la
+r&iacute;a prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo
+el mundo: pero los palacios estar&iacute;an desiertos, el abra, con sus
+contados barcos, tendr&iacute;a la triste grandeza de una jaula inmensa sin
+p&aacute;jaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, ser&iacute;an
+ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen
+a&uacute;n m&aacute;s tr&aacute;gica la soledad de las metr&oacute;polis muertas.</p>
+
+<p>Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los due&ntilde;os de tanta
+riqueza, no hab&iacute;an querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de
+la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus
+complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados &aacute; las f&aacute;ciles y
+seguras ganancias de un pa&iacute;s donde s&oacute;lo hay que arrancar los pedruscos
+del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su
+puerto, la existencia de sus f&aacute;bricas, todo estaba sometido &aacute; la tierra
+roja arrancada de la monta&ntilde;a. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire
+de sus pulmones, y al faltar de repente, caer&iacute;a la villa ostentosa con
+repentina muerte, desaparecer&iacute;a, como el decorado de una comedia de
+magia, aquella riqueza creada de la noche &aacute; la ma&ntilde;ana, que era para la
+masa infeliz una opulencia insultante.</p>
+
+<p>Tal vez alg&uacute;n d&iacute;a los pasos de los raros transeuntes despertasen el
+mismo eco f&uacute;nebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero
+al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Pod&iacute;a ser que el mar
+enemigo cegase la r&iacute;a con una barra de arena, y que s&oacute;lo de tarde en
+tarde remontase su corriente alg&uacute;n barco mercante.</p>
+
+<p>Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volver&iacute;a &aacute; ser
+la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre
+y pac&iacute;fica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del
+remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus
+calles el ej&eacute;rcito de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los
+que llegaban &aacute; exhibir como una acusaci&oacute;n muda sus harapos y su cara de
+hambre ante los palacios de los ricos.</p>
+
+<p>Y al ausentarse la Fortuna loca, marchar&iacute;an tras sus pasos aquellos
+hombres negros que la segu&iacute;an como merodeadores, que s&oacute;lo se mostraban
+hablando del cielo all&iacute; donde se amontonaban los beneficios de la
+tierra. No vacilar&iacute;an en abandonar una tierra exhausta, olvid&aacute;ndola
+como ten&iacute;an olvidados &aacute; los pa&iacute;ses pobres, donde nunca se mostraban,
+como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.</p>
+
+<p>Aresti, al pensar que la ruina de su pa&iacute;s ser&iacute;a la se&ntilde;al para que los
+invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto
+antes: sonre&iacute;a pensando en el agotamiento de las minas como en una
+cat&aacute;strofe providencial y salvadora.</p>
+
+<p>Llevaba m&aacute;s de dos horas paseando por la orilla de la r&iacute;a. Comenzaba el
+agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol
+ocult&aacute;base tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos segu&iacute;a la
+lenta flotaci&oacute;n del &uacute;ltimo santo, arroj&aacute;ndole piedras para que no se
+detuviera en las revueltas de la corriente.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del
+crep&uacute;sculo de verano, parec&iacute;a envolver suavemente el esp&iacute;ritu de Aresti,
+elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo
+de tierra donde hab&iacute;a de morir. Era un ata&uacute;d, en el que dormitaba,
+rodeado de seres ego&iacute;stas que se defend&iacute;an del vecino &oacute; intentaban
+aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen
+inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin l&iacute;mites.</p>
+
+<p>Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que a&uacute;n
+ten&iacute;a por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados
+sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas
+hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como
+una estrella perdida en la noche.</p>
+
+<p>El sol se hab&iacute;a ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por
+el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del &uacute;ltimo santo.</p>
+
+<p>Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el &uacute;ltimo crep&uacute;sculo de las
+religiones. &iexcl;Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos
+&iacute;dolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las
+leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante
+el negro secreto de la muerte!</p>
+
+<p>El doctor contemplaba la fuga del &iacute;dolo sobre las aguas, y, como atra&iacute;do
+por &eacute;l, lo segu&iacute;a &aacute; lo largo de la ribera.</p>
+
+<p>So&ntilde;aba en el d&iacute;a glorioso de la humana redenci&oacute;n: cuando desapareciesen
+los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan mantenido &aacute; los
+hombres durante siglos en la esclavitud, cant&aacute;ndoles la canci&oacute;n de la
+humildad y la repugnancia &aacute; la vida, arrull&aacute;ndolos en su eterna ni&ntilde;ez,
+con la apolog&iacute;a de la resignaci&oacute;n cobarde ante las injusticias
+terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...</p>
+
+<p>No: aquellos &iacute;dolos hab&iacute;an enga&ntilde;ado &aacute; la humanidad demasiado tiempo y
+deb&iacute;an morir. Sus d&iacute;as a&uacute;n ser&iacute;an largos, pero estaban contados. Los
+hombres comenzaban &aacute; maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos
+hostiles con la sublime rebeld&iacute;a del sacrilegio. Eran los alcahuetes de
+la injusticia. Bajar&iacute;an de sus altares como hab&iacute;an descendido los dioses
+del paganismo cuando les lleg&oacute; su hora, siendo m&aacute;s hermosos que ellos.
+Quedar&iacute;an en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr
+siquiera, en su fealdad, la admiraci&oacute;n que inspira la armoniosa
+desnudez: se confundir&iacute;an con los fetiches grotescos de los pueblos
+primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras
+sus aspiraciones y anhelos, adorar&iacute;a en el infinito de su idealismo las
+dos &uacute;nicas divinidades de la nueva religi&oacute;n: la Ciencia y la Justicia
+Social.</p>
+
+<p class="c top5">FIN</p>
+
+<p class="playa">Playa de la Malvarrosa (Valencia).<br />
+Abril-Junio de 1904.</p>
+
+<hr />
+
+<p class="c">DEL MISMO AUTOR</p>
+
+<ul>
+<li><span class="un">NOVELAS</span>
+<ul><li><b>Arroz y tartana.</b> <i>Una peseta.</i></li>
+<li><b>Flor de Mayo.</b> <i>Una peseta.</i></li>
+<li><b>La Barraca.</b> <i>3'50 pesetas.</i></li>
+<li><b>Entre naranjos.</b> <i>3 pesetas.</i></li>
+<li><b>Ca&ntilde;as y barro.</b> <i>3 pesetas.</i></li>
+<li><b>S&oacute;nnica la cortesana.</b> 3 pesetas.</li>
+<li><b>La Catedral.</b> 3 pesetas.</li></ul>
+</li>
+</ul>
+
+
+<ul>
+<li><span class="un">CUENTOS</span>
+<ul><li><b>Cuentos valencianos.</b> <i>Una peseta.</i></li>
+<li><b>La Condenada.</b> <i>Una peseta.</i></li></ul>
+</li>
+</ul>
+
+<ul>
+<li><span class="un">VIAJES</span>
+<ul><li><b>Par&iacute;s</b> (<i>agotada</i>).</li>
+<li><b>En el pa&iacute;s del Arte</b> (<i>Tres meses en Italia</i>). 1'50 ptas.</li></ul>
+</li>
+</ul>
+
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO ***
+
+***** This file should be named 24466-h.htm or 24466-h.zip *****
+This and all associated files of various formats will be found in:
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+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
+produced from images generously made available by the
+Digital & Multimedia Center, Michigan State University
+Libraries.)
+
+
+Updated editions will replace the previous one--the old editions
+will be renamed.
+
+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
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+such as creation of derivative works, reports, performances and
+research. They may be modified and printed and given away--you may do
+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
+redistribution.
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+
+
+*** START: FULL LICENSE ***
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+THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
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+Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
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+1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
+used on or associated in any way with an electronic work by people who
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+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
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+
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+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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+
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+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ http://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
+
+
+</pre>
+
+</body>
+</html>