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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 04:52:50 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El Mandarín + +Author: Eça Queiroz + +Release Date: April 22, 2006 [EBook #18228] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MANDARÍN *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + + + + + + + + +EL MANDARÍN + +EÇA DE QUEIROZ + + +OBRAS DEL MISMO AUTOR + +La Reliquia 1 tomos. +La ciudad y la sierra 1 " +El primo Basilio 2 " +Los Maias 3 " +El crimen del padre Amaro 2 " +Epistolario de Fradique Mendes 1 " + + +Versión castellana + + +CASA EDITORIAL MAUCCI + +Gran medalla de oro en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907, +Budapest 1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910 + +Calle de Mallorca, 166.--BARCELONA + + + + +PROLOGO + + +AMIGO 1.º (_Bebiendo coñac y soda, bajo los árboles de una terraza, a +orillas del agua._) + +Camarada; durante estos calores que embotan la imaginación, descansemos +del áspero estudio de las Realidades humanas... Partamos hacia los +campos del Ensueño, a vagar por esas azuladas colinas donde se levanta +la torre abandonada de lo Sobrenatural y frescos musgos cubren +amorosamente las ruinas del Idealismo... Fantaseemos... + +Amigo 2.º Más sobriamente, camarada, más sobriamente... y como en las +sabias y amables Alegorías del Renacimiento, mezclando siempre una +moralidad discreta... + + (_Comedia inédita_) + + + + +I + + +Me llamo Teodoro, y fuí amanuense en el Ministerio de la Gobernación. + +En aquel tiempo vivía yo en la travesía de la Concepción, número 106, en +la casa de huéspedes de doña Augusta, la espléndida doña Augusta, viuda +del comandante Marques. Tenía dos compañeros: Cabritilla, empleado en la +administración del barrio central, tieso, y amarillo como una vela de +entierro y el petulante teniente Conceiro, hábil tocador de viola +francesa. + +Mi existencia se deslizaba equilibrada y tranquila. Toda la semana +sentado ante el pupitre de mi negociado, trazaba en una hermosa letra +cursiva, sobre el papel de oficio del Estado, estas frases hechas: +«Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de comunicar a V.E... Tengo el +honor de poner en conocimiento de V.I. etc., etc.» + +Los domingos descansaba. Instalado entonces en el canapé del comedor, la +pipa entre los dientes, admiraba a doña Augusta, que, los días de +fiesta, solía limpiar con clara de huevo la caspa al teniente Conceiro. +Esta hora, sobre todo en verano, era deliciosa. Por las ventanas +entreabiertas penetraba el vaho cálido y soñoliento de la solanera, +algún lejano repique de las campanas de la Concepción Nueva, y el +arrullo de las tórtolas que se enamoran en las barandas. + +El monótono susurro de las moscas se balanceaba sobre el viejo tul, +antiguo velo nupcial de la señora de Marques, que cubría ahora, en el +aparador, los platos de cerezas. Poco a poco, el teniente, envuelto en +un paño de afeitar, como un ídolo en su manto, adormecíase, bajo la +fricción suave de las cariñosas manos de doña Augusta... Yo, entonces, +enternecido, decía a la amable señora: + +--¡Ay, doña Augusta, es usted un ángel! + +Ella, siempre me llamaba «el encanijado». Yo sonreía sin escandalizarme. +«El encanijado» era efectivamente el nombre que me daban en casa, por +ser delgado, entrar en todas partes con el pie derecho, asustarme de los +ratones, tener en la cabecera de mi cama una estampa de Nuestra Señora +de los Dolores, que perteneció a mi madre, y andar un tanto corcovado. +Sí, era desgraciadamente corcovado, por lo mucho que doblé el espinazo, +retrocediendo asustado delante de los señores profesores, o inclinando +la frente ante jefes y directores generales. Esta actitud de respeto es +conveniente al covachuelista, mantiene la disciplina en un Estado bien +organizado, y me garantizaba el descanso de los domingos y días +festivos, el uso de alguna ropa blanca y veinticinco duros al mes. + +No puedo negar, a pesar de todo, que yo no tuviese ambiciones, como lo +reconocían sagazmente la viuda de Marques y el pedante de Conceiro. No +agitaba mi pecho el apetito heróico de dirigir, desde lo alto de un +trono, vastos rebaños humanos; pero sí me abrasaba el deseo de poder +comer en el Hotel Central, con champagne, apretar la mano de mimosas +vizcondesas, y, por lo menos, dos veces a la semana, dormir, en un +éxtasis mudo, sobre el fresco seno de Venus. ¡Oh, elegantes que os +dirigíais vivamente a San Carlos abrigados en costosos paletots, +luciendo la blanca corbata de «soirée!» ¡Oh, carruajes llenos de mujeres +vestidas a la andaluza, rodando gallardamente hacia los toros, cuántas +veces me hicísteis suspirar! Porque la certidumbre de mis veinticinco +duros mensuales y mi gesto encogido de encanijado, me excluían para +siempre de aquellas alegrías sociales, y venía entonces a herir mi +pecho, como flecha que se clava en un tronco y queda mucho tiempo +vibrando. + +Aun así, yo nunca llegué a considerarme un paria. La vida humilde tiene +sus dulzuras: es grato, en una mañana de sol alegre, con la servilleta +al cuello, delante de un bistek con patatas, desdoblar el «Diario de las +Noticias;» durante las tardes de verano, en los bancos gratuitos del +paseo, se gozan suavidades de idilio; y es sabroso, de noche, en +Martiño, mientras se toma a sorbos el café, oir a los charlatanes +injuriar a la patria. + +Además, nunca fuí excesivamente desgraciado, porque no tengo +imaginación; no me consumía rodando en torno de paraísos ficticios, +nacidos de mi propia alma deseosa, como las nubes de la evaporación de +un lago; no suspiraba mirando las lúcidas estrellas, por un amor +espiritual a lo Romero o por una gloria humana a lo Camoens. + +Soy muy positivista. Sólo aspiraba a lo racional, a lo tangible, a lo +que era alcanzado por otros en mi barrio, a lo que es accesible a un +bachiller. Y me iba resignando como quien ante una «table d' hôtel» +mastica la corteza de pan seco en espera del rico plato de la «Charlotte +russe». Las felicidades habían de llegar; y, para apresarlas, yo hacía +todo lo que me era posible como portugués y como constitucional; se las +pedía todas las noches a Nuestra Señora de los Dolores y compraba +décimos de la lotería. + +Entretanto procuraba distraerme. Y como las circunvoluciones de mi +cerebro no me habilitaban para componer odas a la manera de tantos +otros que, a mi lado, se desquitaban así del tedio que la profesión les +producía; como mi escaso sueldo, apenas suficiente para pagar la casa y +el tabaco, no me permitía ningún vicio, había tomado el hábito discreto +de comprar en la feria de Sadra libros antiguos desencuadernados, y por +la noche, en mi cuarto, me entretenía con esas curiosas lecturas. Eran, +siempre, obras de títulos sugestivos: «Galera de la inocencia», «Espejo +milagroso», «Tristeza de los desheredados...» ¡El tipo venerable, el +papel amarillento, la grave encuadernación frailuna, la cintita verde +marcando la página, todo esto me encantaba! Después, aquellos relatos +ingenuos en letra gorda inundaban de paz todo mi sér, produciéndome una +sensación comparable a la calma penetrante de una vieja cerca de un +monasterio, en la quebradura de un valle, a la hora del crepúsculo, +oyendo correr el agua muy triste... + +Una noche, hace años, empecé a leer en uno de esos vetustos infolios, un +capítulo titulado «Brecha de las almas;» e iba cayendo en una soñolencia +grata, cuando este período singular se destacó del tono neutro y +apagado de la página, como el relieve de una medalla de oro nuevo +brillando sobre un tapete obscuro: copio textualmente: + +«En el fondo de la China existe un Mandarín más rico que todos los reyes +de que nos habla la Fábula o la Historia. De él nada conoces, ni el +nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que tú heredes +sus bienes inenarrables, basta con que toques esa campanilla, puesta a +tu lado, sobre un libro. El exhalará entonces un suspiro, en los lejanos +confines de la Mongolia. Será un cadáver: y tú verás a tus pies más oro +del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres +hombre mortal, ¿tocarás la campanilla?» + +Permanecí asombrado ante la página abierta: aquella interrogación +«hombre mortal, ¿tocarás tú la campanilla?» aunque me parecía burlona y +picaresca, me turbaba prodigiosamente. Quise leer más; pero las líneas +huían ondulando como sierpes asustadas, y en el vacío que dejaban, de +una lividez de pergamino, volvía a brillar la interpelación extraña: +«¿Tocarás tú la campanilla?» + +Si el volumen hubiese sido de una moderna edición Michel Levy, de +cubierta amarilla, yo, que no me hallaba perdido en la floresta de una +balada alemana, y podía ver desde mi cuarto blanquear a la luz del gas +el correaje de la patrulla, hubiera cerrado el libro, disipando así la +nerviosa alucinación. Mas aquel sombrío infolio parecía exhalar magia; +cada letra afectaba la inquietante configuración de esos signos de la +vieja Kábala, que encierran un atributo fatídico; las comas tenían el +retorcido petulante de rabos de diablillos, entrevistos a la luz blanca +de la luna; en el punto de interrogación final veía el pavoroso gancho +con que el Tentador caza las almas que adormecieron, sin refugiarse en +la inviolable ciudadela de la Oración. + +Una influencia sobrenatural se apoderó de mí, arrebatándome fuera de la +realidad y del raciocinio; y en mi espíritu se fueron formando dos +visiones: de un lado un Mandarín decrépito, muriendo sin dolor, lejos, +en un kiosco chino, al «tilín-tín» de mi campanilla; ¡y de otro toda +una montaña de oro brillando a mis pies! Esto era tan claro que hasta +veía los ojos oblícuos del viejo empañarse, como cubiertos de una ténue +capa de polvo; y sentía el sonido metálico del dinero rodando a mis +plantas. Inmóvil, horrorizado, clavaba ardientemente los ojos en la +campanilla, puesta delante de mí, sobre un diccionario francés, la +campanilla prevista, citada en el magnífico infolio. + +Fué entonces cuando, del otro lado de la mesa, una voz insinuante y +cristalina, me dijo misteriosamente: + +--Vamos, Teodoro, amigo mío, sé fuerte, extiende la mano y toca la +campanilla. + +La pantalla verde de la vela esparcía una penumbra en derredor. Me +levanté temblando. Y vi, pacíficamente sentado a mi lado, un individuo +corpulento, todo vestido de luto, con sombrero de copa, las manos +enguantadas de negro, apoyadas en el puño de un paraguas. No tenía nada +de fantástico. Parecía tan corriente, como si viviese del mísero sueldo +de un empleo... su originalidad estaba en su rostro, sin barba, de +líneas fuertes y duras, la nariz brusca, presentaba la expresión rapaz +y amenazadora de un pico de águila: el corte firme y acentuado de sus +labios daba a su boca una expresión maligna; los ojos, al fijarse, +semejaban los encendidos fulgores de un disparo, salido súbitamente de +entre las zarzas tenebrosas del entrecejo fruncido; era lívido, mas, por +su piel, corrían a veces radiaciones sanguíneas, como en un viejo mármol +fenicio. + +De pronto me asaltó la idea de que mi visitante fuese el demonio en +persona, pero luego, mi raciocinio se sublevó resueltamente contra esta +suposición. Yo nunca creí en el diablo, como nunca tuve fe en Dios. +Jamás lo dije en voz alta ni lo escribí en los periódicos para no +descontentar a los Poderes públicos encargados de mantener el respeto +hacia tales entidades: mas yo nunca creí que existiesen estos dos +personajes, viejos como la substancia, rivales bonachones, que se pasan +la vida haciéndose mútuas y amables perrerías, uno de barbas nevadas y +túnica azul, vestido como el antiguo Zoroastro y habitando las alturas +luminosas, en medio de una corte más complicada que la de Luis XIV; y el +otro malhumorado y mañoso, ornado de cuernos, viviendo entre las +llamas, imitación ridícula y burguesa del pintoresco Plutón. ¡No, no +creo! Cielo e infierno son concepciones sociales para uso de la plebe, y +yo pertenezco a la clase media. Rezo, es verdad, a Nuestra Señora de los +Dolores, porque, así como pedí una recomendación para licenciarme; así +como, para obtener mis veinticinco duros, imploré la benevolencia del +diputado; igualmente, para sustraerme de la tisis, de las anginas, de la +navaja del chulo, de la cáscara de naranja escurridiza donde puede uno +resbalar y romperse una pierna y de otros accidentes, necesito tener una +protección sobrehumana. El hombre prudente debe ir haciendo una serie de +sabias adulaciones desde la Universidad hasta el paraíso. Con un +compadre en el barrio, y una comadre mística en las alturas, el porvenir +del licenciado está seguro. + +Por eso, libre de torpes supersticiones, dije familiarmente al individuo +vestido de negro: + +--¿Realmente me aconsejas que toque la campanilla? + +El desconocido se levantó un poco el sombrero, descubriendo la frente +estrecha y respondió, palabra por palabra: + +--He aquí tu caso, estimable Teodoro: ¡Veinticinco duros mensuales es +una vergüenza social! Hay en este mundo cosas prodigiosas; vinos de +Borgoña, como por ejemplo el «Romanée-Conti» del 58 y «Chambertín» del +61, que cuesta cada botella, de diez a once duros, y el que bebe la +primera copa, no vacila en asesinar a su padre, por beber la segunda... +Fabrícanse en París y en Londres carruajes de tan suaves muelles, tan +suaves forros y airosas ruedas, que es preferible recorrer en ellos el +Campo Grande, a viajar, como los antiguos dioses, por el cielo, sobre +los fofos cojines de las nubes. No haré a tu cultura la ofensa de +informarte que se amueblan hoy las casas con un estilo y un «confort» +tan admirables que superan a ese regalo ficticio, llamado en otro tiempo +Bienaventuranzas. No te hablaré, Teodoro, de otros goces terrenales, +como, por ejemplo: el Teatro Real, el baile, el café Inglés... Sólo +llamaré tu atención sobre este hecho... Existen seres que se llaman +mujeres. Estos seres, Teodoro, en mi tiempo, en la tercera página de la +Biblia, apenas usaban exteriormente una «hoja de parra». Hoy son toda +una sinfonía, todo un engañoso y delicado poema de encajes, batistas, +sedas, flores, joyas, cachemires, gasas y terciopelos. Comprende la +satisfacción inenarrable que sentirán los cinco dedos de un cristiano +recorriendo y palpando esas maravillas; más también has de percibir, que +con una pieza de cinco céntimos, no se pagan las cuentas de esos +serafines... Ellas poseen cosas mejores: cabellos color de oro o color +de tinieblas, resumiendo así en sus trenzas la apariencia emblemática de +las dos grandes tentaciones humanas: el hambre del metal precioso y el +conocimiento del absoluto trascendente. Y aún tienen más: brazos +marmóreos, frescos como rosas salpicadas de rocío; senos sobre los +cuales el gran Praxíteles modeló su copa, que es la línea más pura y más +ideal de la antigüedad... Los senos, en otra era, en la idea de ese +ingenuo anciano que los formó, que fabricó el mundo, y de quien una +enemistad secular me veda pronunciar el nombre, eran destinados a la +nutrición augusta de la humanidad; hoy, ninguna madre racional los +expone a esa función deterioradora y severa, sirven sólo para +resplandecer entre encajes a la luz de las «soirées» y para otros usos +secretos. Las conveniencias me impiden proseguir en esta exposición +radiante de bellezas, que constituye el Fatal Femenino... Del resto, ya +hablaremos más tarde. Todas estas cosas, Teodoro, están más allá de tus +veinticinco duros mensuales... Confiesa, al menos, que estas palabras +tienen el venerable sello de la verdad. + +Yo murmuré con las fauces abrasadas: + +--¡Cierto! + +Y su voz prosiguió paciente y suave: + +--¿Qué me dices de veinte o veinticinco millones de pesetas? Bien sé que +es una bagatela... más, en fin, constituye un comienzo; son una ligera +habilitación para conquistar la felicidad. Ahora reflexiona sobre esto: +El Mandarín, ese Mandarín del fondo de la China, es un viejo decrépito y +gotoso. Como hombre, como funcionario del Celeste imperio, es más +inútil a Pekín y a la humanidad, que un pedrisco en la boca de un perro +hambriento. Mas la transformación de la substancia existe: te la +garantizo yo, que sé el secreto de las cosas. Porque la tierra es así: +recoge aquí un hombre podrido y lo restituye allá, en el conjunto de sus +formas, como vegetal vigoroso. Bien puede ser que él, inútil como +Mandarín en el Imperio del Sol, vaya a ser útil en otra tierra como +odorante rosa o sabroso repollo. Matar, hijo mío, es casi equilibrar las +necesidades universales. Eliminar en una parte el exceso para suplir en +otra la falta. Penétrate bien en estas sólidas filosofías. Una pobre +costurera de Londres ansía ver florecer en su ventana un tiesto lleno de +tierra negra; una flor daría consuelo a aquella desheredada; mas en la +disposición de los seres, por desgracia, en ese momento, la substancia +que allá debía ser rosa, es aquí un hombre de Estado... Viene entonces +el chulo de navaja y hiere al estadista; la puñalada le descarga los +intestinos; lo entierran: la materia comienza a desorganizarse, mézclase +a la vasta evolución de los átomos, y el superfluo hombre de gobierno +va a alegrar, bajo la forma de una flor a una rubia costurera. El +asesino es un filántropo. Déjame resumir, Teodoro; la muerte de ese +viejo Mandarín idiota, ¡trae a tu bolsillo algunos millones de pesetas! +Puedes desde ese momento dar un puntapié a los Poderes públicos: ¡medita +en lo intenso de este gusto! Y desde luego serás citado en los +periódicos, ¡a qué mayor gloria puede aspirar un sér humano! Y todo eso +con sólo agarrar la campanilla y hacer «tilín-tín». Yo no soy un +bárbaro: comprendo la repugnancia de un caballejo en asesinar a un +semejante suyo; la sangre ensucia vergonzosamente los puños de la +camisa, y siempre es repulsiva la agonía de un cuerpo humano. Mas en +este caso, ninguno de esos torpes espectáculos... Es como quien llama a +un criado... Y son veinte o veinticinco millones de pesetas, no +recuerdo bien, pero los tengo anotados en mis apuntes. No dudes de mí, +Teodoro. Soy un caballero; lo probé, cuando, haciendo la guerra a un +tirano en la primera insurrección de la justicia, me ví precipitado +desde las alturas. Tu imaginación no lo puede concebir... ¡Una caída +espantosa, mi querido amigo! Grandes disgustos. + +Lo que me consuela es que el «Otro» está también muy alicaído, porque, +amigo mío, cuando un Jehová tiene contra sí a un Lucifer, quítase este +estorbo enviando contra el rebelde una legión de Arcángeles; mas cuando +el enemigo es el hombre armado de una pluma de pato y un cuaderno de +papel blanco, está perdido... En fin, son veinte millones de pesetas. +Vamos, Teodoro, ahí tienes la campanilla, ¡sé un hombre! + +Calló el enlutado caballero. + +Yo bien sé lo que se debe a sí mismo un cristiano. Si este personaje me +hubiese llevado a la cumbre de una montaña en Palestina, en una noche de +luna llena, y desde allí, mostrándome ciudades, razas e imperios +adormecidos, me hubiera dicho sombríamente: «Mata al Mandarín, y todo lo +que ves en valles y colinas será tuyo», yo le habría replicado, +siguiendo un ejemplo ilustre, con la mano levantada hacia las +inmensidades consteladas. «¡Mi reino no es de este mundo!» + +Conozco bien mis autores. Mas eran veinte millones de pesetas, ofrecidos +a la luz de una vela de esperma, en la travesía de la Concepción, por un +sujeto de sombrero de copa, apoyado en un paraguas. + +Entonces no dudé. Y con mano firme repiqué la campanilla. Fué tal vez +una ilusión; mas parecióme que una campana de boca tan ancha como el +cielo, repicaba en la obscuridad, a través del Universo, con un són +temeroso que ciertamente iría a despertar soles que dormían y planetas +panzudos. + +El extraño individuo llevó un dedo al párpado, y limpiando una lágrima +que nublaba su ojo rutilante, exclamó: + +--¡Pobre Ti-Chin-Fú! + +--¿Murió? + +--Estaba en su jardín, sosegadamente, armando, para lanzarlo al aire, un +papagayo de papel, pasatiempo honesto de un Mandarín jubilado, cuando le +sorprendió ese «tilín-tín» de la campanilla. Ahora yace a orillas de un +arroyo susurrante, vestido de seda amarilla, muerto sobre la hierba +verde, con la panza al aire, y en sus manos frías tiene su papagayo de +papel, que parece tan muerto como él. Mañana son los funerales. ¡Que la +sabiduría de Confucio, inspirándole, ayude a emigrar su alma! + +Y el buen sujeto, levantándose, se quitó respetuosamente el sombrero, y +salió, con el paraguas debajo del brazo. + +Entonces, al sentir cerrar la puerta, me pareció despertar de una +pesadilla. Salté al corredor. Una voz jovial hablaba con la señora de +Marques; y la cancela de la escalera cerróse sutilmente. + +--¿Quién acaba de salir ahora, doña Augusta?--pregunté sudoroso. + +--Cabritilla que va a la oficina... + +Volví a mi cuarto: todo reposaba tranquilo, idéntico, real. El infolio +estaba aún abierto por la página temerosa. Volví a leerla, y ahora me +pareció la prosa anticuada de un moralista cansado; cada palabra se +había vuelto como un carbón apagado. + +Me acosté y soñé que estaba lejos, más allá de Pekín, en las fronteras +de Tartaria, en el kiosco de un convento de Lamas, oyendo máximas +prudentes y suaves que brotaban como un aroma fino de té, de los labios +de un Buda vivo. + + + + +II + + +Transcurrió un mes. + +Yo, en tanto, continué, rutinario y triste poniendo diariamente mi +hermosa letra cursiva al servicio del Estado, y admirando, los domingos, +la pericia con que la espléndida doña Augusta limpiaba la caspa al +teniente Conceiro. Era cosa evidente para mí que aquella noche, dormido, +leyendo sobre el infolio, había soñado con una «Tentación de la Montaña» +bajo formas familiares. Instintivamente, sin embargo, me fui preocupando +de la China. Leía los telegramas de los periódicos buscando siempre los +que se referían a cosas del Celeste Imperio; mas nada pasaba entonces en +la región de las razas amarillas... La «Agencia Havas» sólo +telegrafiaba sobre la Herzegovina, la Bosnia, la Bulgaria y otras +curiosidades bárbaras. + +Poco a poco fuí olvidando mi episodio fantasmagórico; y al mismo tiempo, +como gradualmente mi espíritu se serenaba, volvían a él las antiguas +ambiciones que lo habitaron: un nombramiento de Director General, el +seno amoroso de Lola, bisteks más tiernos que los de doña Augusta. Mas +tales regalos me parecían tan inaccesibles, tan fuera de la realidad, +como los propios millones del Mandarín. Y por el monótono desierto de la +vida, allá fué marchando la lenta caravana de mis melancolías. + +Un domingo de Agosto, de mañana, dormitaba en la cama, en mangas de +camisa, con el cigarro apagado entre los labios, cuando la puerta se +abrió suavemente y entreabriendo los párpados adormilados, ví inclinarse +a mi lado una calva respetuosa. Y luego una voz perturbada murmuró: + +--¿El señor Teodoro? ¿El señor Teodoro, del Ministerio de la +Gobernación? + +Me levanté lentamente sobre mi cama, y, respondí bostezando: + +--¡Soy yo, caballero! + +El individuo inclinó el espinazo, como a presencia del Rey Bobo se +arquean los cortesanos. Era pequeño y gordo: venerables lentes de oro +relucían en su faz bonachona, que parecía la personificación del Orden. + +Todo tembloroso, balbuceó azorado: + +--¡Traigo noticias para su señoría! Noticias de considerable +importancia. Mi nombre es Silvestre... Silvestre Juliano y C.ª... +Un criado servicial de vuestra excelencia... Llegaron en el correo de +Southampton... Nosotros somos Corresponsales de Traigand, y C.ª de +Hong-Kong. + +El hombre calvo sofocóse; y agitando nerviosamente en su gruesa mano un +sobre repleto, con un sello de lacre, negro, prosiguió: + +--Vuestra excelencia debe de estar prevenido. Nosotros no lo +estábamos... El azoramiento es natural... Lo que esperamos es que nos +conserve su confianza. Vuestra excelencia es en esta tierra una flor de +virtud, espejo de bondad. Aquí están los primeros cheques sobre Bhering +and Brothers de Londres... Letras a treinta días sobre Rothschild. + +A este nombre, resonante como el mismo oro, salté velozmente del lecho. + +--¿Qué es eso, señor?--grité. + +Y él, gritando mas, blandiendo el sobre, alzado sobre la punta de las +botas, exclamó: + +--¡Son ciento veinte millones de pesetas sobre Londres, París, Hamburgo +y Amsterdán, en letras a su favor! ¡A su favor, excelentísimo señor! +¡Por casas de Hong-Kong, de Shang-Hai y de Cantón, de la herencia del +Mandarín Ti-Chin-Fú! + +Sentí temblar el mundo bajo mis pies y cerré un momento los ojos. Mas de +pronto, comprendí que yo era desde aquel momento como una encarnación de +lo sobrenatural, recibiendo de ella mi fuerza y sus atributos. No podía +considerarme como un hombre, rebajándome con explicaciones humanas. Para +no interrumpir la línea hierática de mi indiferencia, me abstuve de ir a +sollozar de alegría, como me lo pedía el alma, sobre el vasto seno de la +viuda de Marques. + +De ahora en adelante ostentaría la impasibilidad de un Dios o de un +Demonio; me calcé con naturalidad y dije a Silvestre Juliano y C.º +estas palabras: + +--Está bien. ¡El Mandarín! Ese Mandarín se portó conmigo como un +caballero. Ya sé de lo que se trata. Es una cuestión de familia. Deje +ahí los papeles. Buenos días, Silvestre, Juliano y C.º. + +Y se retiró, retrocediendo, con el cuerpo inclinado respetuosamente. + +Entonces abrí de par en par la ventana, y, asomando la cabeza, respiré +el aire cálido, como un corzo cansado. + +Después miré hacia abajo, hacia la calle, donde la burguesía, saliendo +de misa pululaba entre dos filas de carruajes. Mis ojos se fijaban, +inconscientes, ora en las joyas de las mujeres, ora en los brillantes +metales de los arreos. Y de repente la idea de mi grandeza me llenó de +satisfacción. ¡Todos aquellos carruajes podrían ser míos! Ninguna de las +mujeres que veía, dejaría de ofrecerme su seno desnudo, a la menor +indicación de un caprichoso deseo. Todos aquellos hombres de levita y +guantes negros se postrarían delante de mí como ante un Cristo, un +Mahoma o un Buda, si yo arrojase sobre ellos un puñado de cheques de +mis ciento veinte millones de pesetas sobre los principales Bancos de +Europa. + +Me apoyé en la baranda y reí viendo la agitación efímera de aquella +humanidad subalterna que se consideraba libre y fuerte, mientras allá +arriba, en la habitación de un cuarto piso, yo tenía en la mano, en un +sobre lacrado, el principio de su flaqueza y de su esclavitud. + +Entonces, satisfacciones del Lujo, regalos del Amor, orgullos del Poder, +todo, todo lo gocé con la imaginación, en un instante y en un solo +sorbo. Mas luego una gran saciedad me fué invadiendo el alma, y +sintiendo el mundo a mis pies, bostecé como un león harto. + +¿De qué me servían por fin tantos millones, sino para traerme, día por +día, la desoladora afirmación de la vileza humana? + +¡Y así, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, como +humo, la belleza moral del Universo! Se apoderó de mí una inmensa +tristeza mística. Caí sobre una silla, y con el rostro, entre las manos, +lloré copiosamente. + +Al poco tiempo la viuda de Marques abrió la puerta, toda vestida de seda +negra. + +--¡Le estarán esperando para comer! + +Salí de mi amargura para responderle secamente: + +--Yo no como. + +--¡Más quedará! + +En aquel momento estallaban cohetes a lo lejos. Me acordé de que era +domingo, día de toros; de repente una visión brilló, relampagueando, +atrayéndome deliciosamente: era la corrida vista desde un palco, después +de una comida con champagne, ¡y a la noche una orgía como una divina y +suprema iniciación! Corrí a la mesa. Llené mi cartera de letras sobre +Londres. Descendí a la calle con el furor de un buitre que hiende el +aire en busca de su presa. Pasaba un carruaje vacío. Le detuve gritando: + +--¡A los toros! + +--¡Son diez reales, mi amo! + +Introduje la mano en la cartera cargada de millones y saqué las monedas +que tenía: 75 céntimos... + +El cochero fustigó el anca de la yegua y siguió refunfuñando. Yo +balbuceé: + +--Tengo letras... ¡Aquí están! Tengo letras sobre Londres, sobre +Hamburgo... + +--No sirven... + +¡Setenta y cinco céntimos!... Y corrida, cena de lord, andaluzas +desnudas, todo este sueño expiró como una pompa de jabón dentro de mi +alma. + +Odié a la humanidad. Otro carruaje atestado de gente alegre, por poco me +atropella. + +Cabizbajo, cargado de millones sobre Rothschild, volví a mi cuarto piso. +Pedí perdón a doña Augusta, aceptando humildemente la comida que se +dignó servirme; y pasé esta primera noche de riqueza, bostezando sobre +el lecho solitario, mientras fuera, el alegre Conceiro, el mezquino +teniente con veinte duros de sueldo mensuales, reía con la viola un +alegre «fado». + + * * * * * + +A la mañana siguiente, mientras me afeitaban, reflexioné sobre el origen +de mi riqueza. Era evidentemente sobrenatural y sospechoso. + +Mas como mi racionalismo me impedía atribuir estos tesoros imprevistos a +la generosidad de Dios o del Diablo, ficciones puramente escolásticas; +como los fragmentos del positivismo que constituían el fondo de mi +filosofía, no me permitían la indignación de «las causas primarias, de +los orígenes esenciales», pronto me decidí a aceptar el fenómeno y a +utilizarlo con largueza. Por lo tanto, corrí atropelladamente al «Londón +Brasilian Bank». + +Allí arrojé por el enrejado un cheque sobre el «Banco de Inglaterra», de +mil libras, gritando esta deliciosa palabra: + +--¡En oro! + +Un cajero me respondió con dulzura: + +--Tal vez le fuese más cómodo en billetes... + +Respondí sécamente: + +--¡En oro! + +Llené mis bolsillos; y en la calle tomé un coche. Me sentí +extremadamente gordo; tenía en la boca sabor de oro y una sequedad de +polvo de oro en la piel de las manos; las paredes de las casas parecían +brillar como largas láminas de oro, y dentro de mi cerebro rodaba un mar +de ondas de oro. + +Abandonado a la oscilación de los muelles, rebotando como un ordre mal +seguro, dejaba caer sobre la calle la mirada torva de mis ojos llenos de +amargura. En fin, tirando el sombrero sobre la nuca, estirando la +pierna, empinando el vientre, bostecé formidablemente. + +Mucho tiempo rodé así por la ciudad, bestializado en un goce de Nabab. + +Súbitamente, un brusco apetito de gastar, de disipar oro, vino a llenar +mi pecho como una ventolina que hincha una vela. + +--¡Pára, animal!--grité al cochero. + +El coche se paró. Miré a mi alrededor, con los párpados entornados, +buscando un objeto caro que comprar: joya de reina o conciencia de +estadista; nada ví, y precipitadamente entré entonces en un estanco. + +--¡Cigarros! ¡de peseta! ¡de diez reales! + +--¿Cuántos?--preguntó servilmente el estanquero. + +--¡Todos!--respondí brutalmente. + +A la puerta, una pobre enlutada, con el hijo encogido en el seno, me +extendió su mano transparente. + +No hallando una sola pieza de cobre entre mis bolsillos cargados de oro, +la rechazé con impaciencia, y con el sombrero echado sobre los ojos, me +metí entre la turba. + +Fué entonces cuando ví, adelantándose, la poderosa figura del Director +General; inmediatamente me hallé con el dorso curvado y el sombrero +cumplimentador en la mano. Era el hábito de dependencia; mis millones no +me habían dado aún la verticalidad de la espina dorsal. + +En casa desparramé el oro sobre el lecho y me revolqué en él mucho +tiempo, gruñendo sordamente. + +La torre de al lado dió las tres; y el sol descendía llevándose consigo +mi primer día de opulencia. Entonces, acorazado de libras, ¡corrí a +divertirme! + +¡Ah, qué día! Comí en un gabinete del Hotel Central, solitario y +egoísta, con la mesa atestada de botellas de Burdeos, Borgoña, +Champagne, Rhin, licores de todas las comunidades religiosas... ¡como si +quisiera saciar de una vez la sed de treinta años! Después, +tambaleándome, entré en un lupanar. ¡Qué noche! La alborada clareó +detrás de las persianas y me encontré reclinado en un diván, exhausto y +semidesnudo, sintiendo el cuerpo y el alma desvanecerse, disolverse en +aquel ambiente tibio donde erraba un olor suave de polvos de arroz, de +hembras y de punch. + +Cuando volví a la travesía de la Concepción, las ventanas de mi cuarto +estaban cerradas, y la vela expiraba con resplandores lívidos, en su +palmatoria de latón. Entonces, al llegar junto a la cama, ví una cosa +horrible; estirado, a través de la colcha, yacía la figura del Mandarín +muerto, vestido de seda amarilla, con la coleta suelta, y entre las +manos, como muerto también, tenía un papagayo de papel. + +Abrí desesperadamente la ventana. Todo desapareció y sólo hallé sobre mi +lecho, un viejo paletó. + + + + +III + + +Entonces comenzó mi vida de millonario. Dejé apresuradamente la casa de +la viuda de Marques, que desde que supo que era rico, me trataba de +diferente manera sirviéndome ella misma, con su traje de seda de los +domingos, arroz con leche, y otros platos por el estilo. Compré un +palacio en Loreto; las magnificencias de mi vivienda, son bien conocidas +por los indiscretos fotograbados que publicó «La Ilustración Francesa». +Se hizo famoso en toda Europa mi lecho, de un gusto exhuberante y +bárbaro, cubierto de placas de oro labrado, y cortinajes de un raro +brocado negro, donde ondean, bordados en perlas, versos eróticos de +Cátulo; una lámpara suspendida en el interior derrama su claridad +láctea y amorosa de una nube de verano. + +Mis primeros meses de riqueza los pasé amando, amando con el sincero +apasionamiento de un inexperto. La había visto, como en una página de +novela, regando sus claveles en el balcón; se llamaba Cándida, era +pequeñita y rubia, habitaba una casita cubierta de enredaderas y me +recordaba por la gracia y por lo airoso de su cintura, todo lo que el +arte ha creado más fino y frágil: Mimí, Virginia, Julieta... Todas las +noches, en éxtasis místico caía a sus pies color de jaspe; y por la +mañana, al despedirme, dejaba en su regazo, algunos billetes de cien +pesetas. Al principio, ella los rechazaba con rubor, pero después los +guardaba en su gaveta, llamándome cariñosamente su ángel tutelar. + +Un día en que yo andando sigilosamente sobre la espesa alfombra siria, +entré en su tocador, ella estaba escribiendo, muy pensativa, con un dedo +en el aire. Al verme, pálida y trémula, escondió el papel que ostentaba +en tinta roja su monograma. Yo, en un arranque insensato de celos, se +lo arrebaté. Era la carta, la carta, que, desde la más remota +antigüedad, la mujer siempre escribe; comenzaba por el indispensable: +«idolatrado mío», y era por un alférez de policía. + +Arranqué aquel amor de mi pecho como una planta venenosa y desconfié +para siempre de los ángeles rubios que conservan en su mirar azul el +reflejo de los cielos que atravesaron. + +Desde lo alto de mi oro, arrojé sobre la inocencia, el pudor, y otras +idealizaciones funestas, la diabólica carcajada de Mefistófeles y +organicé fríamente una existencia animal, grandiosa y cínica. + +Al medio día, entraba en mi pila de mármol rosa, donde los perfumes +derramados daban al agua un tono opaco de leche: después, pajes rubios, +de manos suaves, me daban fricciones con el ceremonial de quien celebra +un culto; y envuelto en un «robe-de-chambre» de seda índica, atravesaba +la galería mirando a mis «Fortunys» y a mis «Curots» entre dos filas +silenciosas de lacayos, dirigiéndome al comedor, donde, servidos en +platos de Sévres, azul y oro, humeaban los más suculentos manjares. El +resto de la mañana lo pasaba en un «boudoir» en que el mobiliario era de +porcelana fina de Dresde, y la profusión de flores hacían de él un +verdadero jardín de Armida; allí, reclinado sobre cojines de seda color +perla, saboreaba el «Diario de las Noticias», mientras lindas mujeres, +vestidas a la japonesa, refrescaban el aire, agitando abanicos de +plumas. + +Por la tarde, iba a dar una vuelta a pie hasta el puente de las Almas: +era la hora más pesada del día. La turba abyecta se paraba a contemplar +los bostezos del Nabab fastidiado. + +A veces sentía la nostalgia de mis tiempos de empleado. Entraba en casa, +y encerrado en la biblioteca, donde el pensamiento de la humanidad +reposaba olvidado y encuadernado en marroquí, cogía una pluma de pato y +permanecía horas enteras escribiendo sobre papel de oficio del Estado +estas frases hechas de otro tiempo: + +«Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de participar a V.E...--Tengo el +honor de poner en conocimiento de V.I.» + +Al comenzar la noche, un criado, para anunciar la comida, hacía resonar +por los corredores, en su bocina de plata, a la moda gótica, una +harmonía solemne. Yo, entonces, me levantaba y entraba en el comedor +majestuoso y solitario. Una multitud de lacayos, con libreas de seda +negra, servía, en un silencio de sombras que resbalan, las vituallas más +raras y los vinos más costosos que joyas. Toda la mesa resplandecía de +flores, luces, cristales y reflejos de oro; y, enroscándose entre las +pirámides de frutos, mezclado en el humo de los platos, erraba en el +aire un tedio inenarrable. + +Después, reclinado en el fondo del cupé, iba a las «ventanas verdes» +donde alimentaba, en un jardín, digno de un serrallo, entre +refinamientos musulmanes, un vivero de hembras, y envuelto en una túnica +de seda fresca y perfumada, me entregaba a los delirios más +abominables... Me traían medio muerto a casa, al primer albor de la +mañana, hacía maquinalmente la señal de la cruz, y, a poco, roncaba +sonoramente, lívido y sudoroso, como un Tiberio exhausto. + +Entre tanto, Lisboa se arrodillaba a mis pies. El patio del palacio +estaba constantemente invadido por la turba; desde las ventanas de la +galería contemplaba a veces, en mis horas de fastidio, blanquear las +pecheras de la aristocracia, negrear las sotanas del clero y relucir el +sudor de la plebe. Todos venían a suplicar con frase abyecta, una +pequeña participación en mi riqueza. A veces consentía en recibir a +algún viejo aristócrata: penetraba en la sala tartamudeando adulaciones, +rozando casi la alfombra con sus cabellos blancos; e inmediatamente, +cruzando sobre el pecho las manos de fuertes venas donde corría sangre +de tres siglos, me ofrecía su hija por esposa o para concubina. + +Todos mis conciudadanos me brindaban presentes como un ídolo sobre el +altar: unos, odas votivas, otros, mi monograma bordado en pelo; algunos, +chinelas o boquillas, y todos, su conciencia. Si mi mirada amortiguada +se fijaba casualmente en la calle en alguna mujer, al día siguiente +recibía una carta en que ella, esposa o prostituta, me regalaba su +desnudez, su amor, y todas las complacencias de la lascivia. + +Los periódicos espoleaban su imaginación para hallar adjetivos dignos +de mi grandeza; fuí el «sublime señor Teodoro»; llegué a ser el «celeste +señor Teodoro»; y la «Gaceta», por no ser menos, llamóme el +«extraceleste señor Teodoro». Delante de mí ninguna cabeza permaneció +cubierta, usase corona o tiara. Todos los días me ofrecían una +Presidencia del Consejo de Ministros o la Dirección de una Cofradía, +ofrecimientos que rechazé siempre con enojo. Poco a poco el rumor de mis +riquezas pasó las fronteras. «El Fígaro», habló de mí cortesmente; en +todos sus números me llenaban de elogios; el grotesco inmortal que firma +«Saint-Genest» me dirigió apóstrofes, pidiendo mi ayuda para salvar a +Francia; y fué tanta mi popularidad, que todas las Ilustraciones +extranjeras publicaron a un tiempo los detalles más insignificantes de +mi vida íntima. Recibí de todas las princesas de Europa cartas con +sellos heráldicos, exponiéndome por medio de fotografías y documentos la +forma de sus cuerpos y la antigüedad de sus genealogías. Dos tonterías +que dije durante aquel año fueron telegrafiadas al universo entero por +la Agencia Havas; y fuí considerado mucho más ingenioso que Voltaire, +que Rochefort y que ese mismo entendimiento que se llama «Todo el +Mundo». Cuando mi vientre indigesto se aliviaba con un sonoro estampido, +la humanidad lo sabía por conducto de los periódicos. Hice empréstitos a +los reyes, subsidié guerras civiles, y fuí aclamado por todas las +repúblicas latinas que ornan el golfo de México. + +Y entre tanto, vivía triste... + +Siempre que entraba en casa contemplaba horrorizado la misma visión; ya +atravesada en el umbral de la puerta, ya tendida sobre mi lecho de oro, +veía una figura extraña, de coleta negra y túnica amarilla, con un +papagayo de papel entre las manos. ¡Era el Mandarín Ti-Chin-Fú! Yo +entraba furioso con el puño levantado, pero todo desaparecía como por +encanto. + +Entonces caía anonadado, sudoroso, sobre una poltrona y murmuraba en el +silencio del cuarto, en donde las velas que ardían en los bruñidos +candelabros de plata prestaban tonos sangrientos a los rojos damascos: + +--¡Es preciso matar a este muerto! + +Y todavía no era esta impertinencia de un viejo fantasma panzudo que se +acomodaba sobre mis muebles, sobre las colchas de mi lecho, lo que más +me exasperaba. + +Mi horror supremo consistía en una idea clavada en mi espíritu como un +hierro inarrancable: «yo había asesinado a un viejo». + +No fué con una cuerda al cuello, según el uso musulmán, ni con veneno en +una copa de vino de Siracusa a la manera italiana del Renacimiento, ni +con ninguno de esos métodos clásicos que en la historia de las +Monarquías han recibido consagraciones augustas, con el puñal +como Juan II, o con la clava como Carlos IX. + +Había eliminado a un sér humano desde lejos con una campanilla. Era +absurdo, fantástico. Mas no disminuía la trágica negrura del hecho: «Yo +había asesinado a un viejo». + +Poco a poco esta certidumbre se fué petrificando en mi alma, y como una +columna en un descampado dominó toda mi vida interior, de suerte que, +por más desviado camino que tomasen mis pensamientos, veían siempre +negrear en el horizonte aquella memoria acusadora; por más alto que +levantasen el vuelo mis imaginaciones, terminaban por herirse las alas +en ese monumento de miseria moral. ¡Ah, por más que se considere la vida +y la muerte como vanas transformaciones de la substancia, es pavoroso el +pensamiento que ha de bañarse en sangre caliente! Cuando después de +comer, mientras a mi lado humeaba el café y yo languidecía, recostado en +el sofá, en una sensación de plenitud y hartura, elevábase dentro de mí, +melancólico, como canto que se escapa de una cárcel, un susurro de +acusaciones. + +--¡Miserable, ese bienestar con que te regalas, no volverá a gozarlo el +venerable Ti-Chin-Fú por tu causa! + +En vano yo replicaba a mi conciencia, recordándole la decrepitud del +Mandarín y su gota incurable. Fecunda en argumentos, gustosa de +controversia, ella me refutaba con furor: + +--Aun cuando en su más pequeña actividad, la vida es un bien supremo; +¡porque el encanto de ella reside en su principio mismo y no en sus +manifestaciones! + +Yo me revolvía contra este pedantismo retórico de rígido pedagogo. +Alzaba altivamente la frente, gritándole con arrogancia desesperada: + +--¡Pues bien! Yo le he matado... ¿Qué quieres? ¡Tu nombre de conciencia +no me asusta! Eres apenas una perversión de la sensibilidad nerviosa. +Puedo eliminarte con un poco de agua de azahar. + +Inmediatamente sentía pasar por el alma, con una lentitud de brisa, un +rumor humilde de murmuraciones irónicas: + +--Bien, entonces, come, duerme, báñate y ama. + +Yo así lo hacía. Pero luego, las propias sábanas de Holanda de mi lecho, +tomaban ante mis ojos despavoridos los tonos lívidos de una mortaja; el +agua perfumada en la que me bañaba se pegaba a mi piel, con la sensación +espesa de sangre que se coagula; y los pechos desnudos de mis amantes, +me llenaban de tristeza, como lápidas de mármol que encierran un cuerpo +muerto. Después me asaltó una amargura mayor. + +Comencé a pensar que Ti-Chin-Fú tendría, sin duda, una numerosa familia, +nietos y biznietos, que, despojados de sus riquezas, mientras yo me +comía lo suyo en vajilla de Sévres, con una pompa de Sultán perdulario, +atravesarían en China todos los infiernos tradicionales de la miseria +humana, los días sin arroz, el cuerpo sin agasajos, la hermosura negada, +el suelo cenagoso de la calle por lecho. + +Comprendí entonces por qué me perseguía la obesa fantasma del viejo +letrado; y de sus labios cubiertos por los largos pelos blancos de su +bigote, parecióme oir brotar esta acusación desolada: + +--Yo no me lamento por mí, que estaba ya medio muerto; lloro por los +tristes a quienes arruinaste, y que a estas horas, cuando tú vienes de +dormir sobre el fresco seno de tus amantes, gimen de hambre, apiñados, +para luchar con el frío, entre el grupo repugnante de leprosos y +ladrones en la «Puerta de los Mendigos», ¡allá al pie de las terrazas +del Templo del Cielo! + +¡Oh, tortura espantosa! ¡Tortura realmente oriental! No podía llevarme a +la boca un pedazo de pan sin recordar a los descendientes de +Ti-Chin-Fú, pidiendo de comer, como pajarillos sin plumas que abren en +vano el pico y pían en un nido abandonado. + +Si me envolvía en mi gabán de pieles me asaltaba de pronto la visión de +las desgraciadas señoras, mimadas en otro tiempo por todas las +comodidades del confort chino, hoy, rojas de frío, vestidas de andrajos +de viejas sedas, caminando con los pies amoratados por un campo de +nieve. El techo de ébano de mi palacio me recordaba la familia del +Mandarín; durmiendo a orillas de los canales, perseguidos por los +perros; y dentro de mi lujoso cupé me estremecía la idea de largas +caminatas por caminos encharcados, bajo el duro invierno asiático. + +¡Lo que yo sufría! Y en este tiempo la multitud envidiosa poblaba mi +palacio, comentando las felicidades inaccesibles que en él debían +habitar. + +En fin, reconociendo que la conciencia se agitaba dentro de mí como una +serpiente irritada, decidí implorar el auxilio de aquel que dicen es +superior a la Conciencia porque dispone de la Gracia. + +¡Desgraciadamente yo no creía en él!... Recurrí, pues, a mi antigua +divinidad particular, a mi ídolo predilecto, patrona de toda mi familia +a Nuestra Señora de los Dolores. Y, regiamente pagado, un regimiento de +curas y canónigos, por las catedrales de la ciudad y por las capillas de +las aldeas, fué pidiendo a Nuestra Señora de los Dolores que volviese +sus ojos piadosos hacia mi mal interior... Mas ningún alivio descendió +de esos cielos inclementes a donde desde hace millares de años se +dirigen en vano los clamores de la miseria humana. + +Entonces, yo mismo me abismé en prácticas piadosas; y Lisboa asistió a +este espectáculo extraordinario: un rico, un Nabab postrándose +humildemente al pie de los altares, balbuceando con las manos juntas, +rezos y plegarias, como si viese en la Oración y en el Cielo algo más +que una consolación ficticia que inventaron los dueños de todo, para +contentar a los que no tienen nada. Yo pertenezco a la burguesía y sé +que si ella muestra a la plebe crédula un paraíso distante, de goces +inefables, es para apartar la atención de sus cofres repletos y de la +abundancia de sus sementeras. + +Después, más inquieto, hice decir millares de misas, rezadas y cantadas, +para desagraviar al alma errante de Ti-Chin-Fú. ¡Pueril desvarío de un +cerebro peninsular! El viejo Mandarín, en clase de Letrado, de miembro +de la Academia de los Ilan-Lin, colaborador probable del gran Tratado de +Khou-Truane-Chou, que ya tiene publicados más de setenta y ocho mil +setecientos treinta volúmenes, era sin duda alguna sectario de la moral +positivista de Confucio. Nunca había quemado teas perfumadas en honor de +Buda; y las ceremonias del sacrificio místico debían parecer a su +abominable alma de gramático y de escéptico, simples pantominas de los +payasos en el Teatro de Haug-Tung. + +Entonces, prelados astutos, con experiencia católica, me dieron un +consejo admirable: captarme con presentes, flores, brocados y joyas, +como si fuese a alcanzar los favores de Aspasia; y a la manera de un +ventrudo banquero que obtiene las complacencias de una bailarina +regalándola una quinta entre árboles, yo, por una sugestión sacerdotal, +tenté conseguir la benevolencia de la Madre de los hombres, levantándole +una catedral toda de mármol blanco. + +La abundancia de flores entre los pilares labrados dábanle perspectivas +de paraíso; la multiplicidad de las luces recordaban magnificencias +siderales... ¡Dispendios vanos! El fino y erudito cardenal Nani vino de +Roma a consagrar la iglesia; mas cuando yo aquel día entré a visitar a +mi divina huésped, lo que vi más allá de las calvas de los celebrantes, +no fué la Reina de Gracia, rubia, con su túnica azul, sino al viejo +Mandarín con sus ojos oblícuos y su papagayo entre las manos. Era a él, +a su blanco bigote de tártaro, a su panza color de oca, a quien todo un +sacerdocio recamado de oro ofrecía, al roncar del órgano, ¡la eternidad +de las Alabanzas! + +Entonces, pensando que Lisboa y el medio adormecido en que me movía, +eran favorables al desenvolvimiento de estas imaginaciones, partí, viajé +modestamente, sin pompa, con un baul y un lacayo. + +Visité, en su orden clásico, París, la banal Suiza, Londres y los lagos +taciturnos de Escocia; levanté mi tienda delante de las murallas +exangélicas de Jerusalén; y desde Alejandría a Tebas recorrí ese largo +Egipto monumental y triste como el corredor de un mausoleo. + +Conocí el mareo de los buques, la monotonía de las ruinas, las +desilusiones del «boulevard»; y mi mal interior iba creciendo. + +Ahora, ya no era sólo la amargura de haber despojado a una familia +venerable; asaltábame el remordimiento de haber privado a la sociedad de +un personaje fundamental, un letrado perito, columna del Orden, apoyo de +las instituciones. No se puede arrancar a un Estado una personalidad que +vale veinte millones de pesetas sin perturbar su equilibrio. Esta idea +era mi desesperación. Quise saber si verdaderamente la desaparición de +Ti-Chin-Fú fué funesta a la decrépita China; leí todos los periódicos de +Hong-Kong y Shang-Hai, velé noches enteras sobre historias de viajes, +consulté sabios misioneros; y artículos, hombres, libros, todo me +hablaba de la decadencia del Celeste Imperio: ¡provincias arruinadas, +ciudades moribundas, plebes hambrientas, pestes y rebeliones, templos +en ruinas, leyes sin autoridad, la descomposición de un mundo, como una +nave encallada que el mar deshace tabla por tabla! + +¡Y yo me creía el causante de las desgracias de la sociedad china! En mi +espíritu enfermo, Ti-Chin-Fú tomaba entonces el valor desproporcionado +de un César, de un Moisés, de uno de esos seres providenciales que son +la fuerza de una raza. Yo le dí muerte, y con él murió la vitalidad de +su patria. Su vasto cerebro tal vez hubiese salvado los rasgos geniales +de aquella vieja monarquía asiática, y yo inmovilizé su acción creadora. +Su fortuna hubiera podido reforzar el Erario, y yo la estaba disipando +entre fiestas y prostitutas... ¡Amigos, conocí el remordimiento inmenso, +colosal, de haber arruinado un Imperio! + +Para olvidar este complicado tormento, me entregué a la orgía. Me +instalé en un palacio de la avenida de los Campos Elíseos, y fuí +terrible. Daba fiestas a lo Trimalción; y, en las horas más ásperas de +la furia libertina, cuando entre la música de las charangas, entre el +estridor brutal de los cobres, rompían el «can-cán», cuando prostitutas +de seno desnudo, cantaban coplas canallescas; cuando mis convidados +bohemios, ateos de cervecería, injuriaban a Dios, con la copa de +champagne levantada, yo, poseído súbitamente como Helio y Abalo, de un +furor de bestialidad, de un odio inmenso contra lo Pensante y lo +Consciente, me tiraba al suelo a cuatro patas y me ponía a rebuznar +imitando al burro. + +Después quise descender más; confundirme con la plebe, conocer las +torpezas alcohólicas de la taberna; y muchas veces, vestido de blusa, +con la gorra echada hacia atrás, del brazo de «Mes-Bottes o +Bibi-la-Gaillarde», entre un tropel de borrachos, fuí tambaleándome por +los «boulevares» exteriores, cantando con voz ronca: + + «¡Allons, enfants de la patrie-e-e!... + Le jour de gloire est arrivé-e-e...» + +Una mañana, después de estos excesos, a la hora en que en las tinieblas +del alma del borracho se alza una vaga aurora espiritual, nació, de +repente, la idea de partir para la China. Y como soldados adormecidos en +el campamento, que al són del clarín se levantan y uno a uno se van +juntando y formando en columna, otras ideas se fueron reuniendo en mi +espíritu, alineándose en formidable formación. Marcharía a Pekín; +descubriría la familia de Ti-Chin-Fú; casándome con una de las señoras, +legitimaría la posesión de mis millones; daría a aquella casa letrada su +antigua prosperidad; para calmar el espíritu irritado del Mandarín +celebraría pomposos funerales; iría por las provincias miserables +distribuyendo arroz y donativos; y una vez obtenido del emperador el +botón de cristal que ostentan los Mandarines, substituiría a la +personalidad del Ti-Chin-Fú, pudiendo así restituir legalmente a su +patria, sino la autoridad de su saber, al menos la fuerza de su oro. + +Todo esto, a veces, me parecía un programa indefinido, nebuloso, pueril +e idealista. Mas el deseo de esta aventura original y épica, acababa por +convencerme, arrastrándome como a las hojas secas los remolinos del +viento. Suspiré anhelante por pisar la tierra de China. Después de +largos preparativos aligerados a peso de oro, una noche, por fin, partí +para Marsella. Había alquilado un buque entero: «El Ceilán». Y a la +mañana siguiente, por un mar azul-prusia, bajo el vuelo blanco de las +gaviotas, cuando los primeros rayos del sol ruborizaban las torres de +Nuestra Señora de la Guardia, puse proa hacia Oriente. + + + + +IV + + +«El Ceilán» tuvo un viaje monótono y lleno de calma hasta Shang-Hai. +Desde allí subimos por el río Azul hasta Tien-Tsin en un pequeño +«steamer» de la Compañía Russal. Yo no iba a visitar la China con esa +curiosidad ociosa de turista; todo el paisaje de aquella provincia, +semejante al de un vaso de porcelana, de un tono azulado y vaporoso, con +colinitas peladas y de tiempo en tiempo un arbusto solitario, no me hizo +salir de mi sombría indiferencia. + +Cuando el capitán del «steamer», un yanki imprudente, de hocico de +cerdo, al pasar por Nankin, me propuso ir a recorrer las monumentales +ruinas de la vieja ciudad de porcelana, yo rechazé la proposición con un +seco movimiento de cabeza, sin levantar los ojos tristes de la +tranquila corriente del río. + +¡Qué pesados e insoportables me parecieron los días de navegación de +Tien-Tsin a Tung-Chou, en barcos chatos que apestaban como el olor y +suciedad de los remeros; ora a través de las tierras bajas inundadas por +el Pei-hó, ora a lo largo de pálidos e infinitos arrozales; cruzando +aquí una lúgubre aldea de loma negra, allá un campo cubierto de flores +amarillas, topando a cada momento con cadáveres de mendigos, hinchados y +verdosos, que descendían al fondo del agua, bajo un cielo fosco y bajo! + +En Tung-Chou quedé sorprendido al ver la escolta de cosacos que mandaba +a mi encuentro el viejo general Camilloff, heróico oficial de las +campañas del Asia Central, y entonces embajador de Rusia en Pekín. Me +habían recomendado a él como un sér precioso y raro. El lenguaraz +intérprete Sa-Tó, que el general había mandado para ponerse a mi +servicio, me explicó que las cartas del sello imperial anunciando mi +llegada, se habían recibido hacía tiempo por conducto de los correos de +la cancillería que atraviesan la Siberia en trineos, desciende sobre +los lomos del camello hasta la Gran Muralla tártara, y entregan allí su +maleta a esos corredores mongólicos, vestidos de cuero escarlata, que +noche y día galopan hacia Pekín. + +Camilloff me enviaba un «poney» de la Mandchuria, enjaezado de seda, y +una tarjeta de visita con estas palabras escritas con lápiz bajo su +nombre: «¡Salud! ¡El caballo es blando de boca!» + +Monté el «poney»; y a un «¡hurra!» de los cosacos, entre la heróica +agitación de las lanzas, partimos a galope por la polvorienta planicie, +porque ya la tarde declinaba, y las puertas de Pekín se cierran apenas +el último rayo de sol huye de las torres del Templo del Cielo. Al +principio seguimos un camino, formado por el tránsito de las caravanas, +atravesado por enormes losas de mármol arrancadas de la antigua Vía +Imperial. Después pasamos el puente de Palitas. Corrimos a la orilla de +canales de agua negra; comenzaron a aparecer pomares y aldeas anidadas +al pie de una pagoda, y de repente, en un recodo del camino, me paré +asombrado. + +¡Pekín estaba delante de mí! Es una vasta muralla, monumental y bárbara, +de un negro obscuro, extendida hasta perderse de vista, y destacándose +con la arquitectura babilónica de sus puertas de techos curvos, sobre el +fondo sangriento de la púrpura del sol poniente. + +A lo largo, hacia el norte, en medio de una nube rojiza, veíase, como +suspendidas en el aire, las montañas de Mongolia. + +Una rica litera me esperaba a la puerta de Ung-Tsen-Men, para conducirme +a través de Pekín, hasta la residencia militar de Camilloff. Ahora, la +muralla, vista de cerca, parecía levantarse hasta los cielos con todo el +horror de una construcción bíblica. + +En su base se apiñaba una confusión de barracas, feria exótica, donde +pululaba una multitud rumorosa, y la luz de las linternas oscilantes +salpicaba el crepúsculo de vagas manchas sangrientas. Los toldos blancos +parecían al pie del negro muro bandadas de mariposas inmóviles. + +Una gran tristeza se apoderó de mi alma. Entré en la litera, y cerrando +las cortinas de seda escarlata bordadas de oro, escoltado por los +cosacos, penetré en la vieja Pekín, por su puerta babélica, en medio de +una turba tumultuosa, entre carretas, caballeros mongólicos armados de +flechas, bonzos de túnica blanca, marchando uno a uno, y largas filas de +dromedarios balanceando cadenciosamente su carga. + +Al poco rato la litera se paró. El respetuoso Sa-Tó, descorrió las +cortinas y me hallé en un jardín obscuro y silencioso, donde, entre +sicomoros seculares, kioscos iluminados, brillaban con una luz suave, +como colosales linternas perdidas en la selva. Los surtidores y las +fuentes murmuraban en la sombra. Bajo un peristilo formado de maderos +pintados de rojo, iluminado por hileras de faroles de papel +transparente, me esperaba una membruda figura de bigotes blancos, +apoyada en un grueso sable. Era el general Camilloff. Al adelantarme +hacia él, lo hacía con el paso inquieto de las gacelas que, asustadas, +huyen sin ruido entre los árboles. + +El viejo héroe me apretó un momento contra su pecho y me condujo luego, +según los usos chinos, al baño de la hospitalidad, una vasta pila de +porcelana, donde entre rodajas finas de limón sobrenadaban esponjas +blancas despidiendo un fuerte olor a lilas. + +Poco después, la luna bañaba deliciosamente los jardines; y yo, muy +fresco, de corbata blanca, entraba del brazo de Camilloff en el +«boudoir» de la generala. Era alta y rubia, tenía los ojos verdes de las +sirenas de Homero; en el descote bajo de su vestido de seda llevaba +prendida una rosa blanca; y en los dedos, que yo besé respetuosamente, +erraba un perfume fino de sándalo y de té. + +Hablamos mucho de Europa, del nihilismo, de Zola, de León XIII, y de la +delgadez de Sarah. + +Por la galería abierta penetraba un aire cálido que trascendía a +heliotropo. Después la dama se sentó al piano, y con su voz de contralto +rompió el silencio melancólico de la ciudad tártara, cantando las +picantes arias de «Madame Javart» y las melodías fatigosas del «Rey de +Lahore». + +Al día siguiente, encerrado con el general en uno de los dos kioscos del +jardín, le conté mi lamentable historia y los motivos fabulosos que me +impulsaron a venir a Pekín. El héroe me escuchaba silencioso, +retorciéndose sombríamente su espeso bigote de cosaco. + +--¿Sabe usted el idioma chino?--me preguntó de repente, clavando en mí +sus pupilas sagaces. + +--Sé dos palabras importantes, mi general: «Mandarín» y «Té». + +El héroe se pasó la mano de gruesos tendones sobre la horrible cicatriz +que le cruzaba la calva: + +--«Mandarín», amigo mío, no es palabra china y nadie la entiende en este +país. Es el nombre que en el siglo XVI, los navegantes de su patria, de +su hermosa patria... + +--Cuando nosotros teníamos navegantes...--murmuré suspirando. Mi +interlocutor suspiró también, por cortesía, y continuó: + +--...Que sus navegantes dieron a los funcionarios chinos. Viene de su +verbo, de su lindo verbo... + +--Cuando teníamos verbos...--interrumpí yo, por esa costumbre +instintiva en los peninsulares de hablar mal de la patria. + +El general entornó un momento sus ojos redondos de viejo astuto y +prosiguió paciente y grave: + +--De su lindo verbo mandar...» Le queda, por lo tanto, una palabra, +«té». Es un vocablo que tiene gran importancia en la vida china, más lo +creo insuficiente para servir en todas las relaciones sociales. Mi +querido huésped pretende casarse con una señora de la familia de +Ti-Chin-Fú, continuar la gran influencia que ejercía el Mandarín y +substituir, doméstica y socialmente a ese llorado difunto... Para todo +eso dispone de la palabra «té». Es poco. + +No pude negar que era poco. El venerable ruso, frunciendo su nariz de +pico de milano, me opuso aún otras objeciones que yo veía levantarse +ante mi deseo como las murallas mismas de Pekín; ninguna señora de la +familia de Ti-Chin-Fú consentiría en casarse con un extranjero; y sería +imposible, absolutamente imposible, que el emperador, el Hijo del Sol, +concediese a un extraño los honores privilegiados de un Mandarín. + +--¿Por qué me los negaría?--exclamé.--Yo pertenezco a una distinguida +familia de la provincia del Miño. Soy licenciado, por lo tanto, en China +como en Coimbra, soy letrado. He pertenecido a una oficina del +Estado... Poseo millones. Tengo la experiencia del estilo +administrativo... + +El general se iba inclinando respetuosamente ante la abundancia de mis +atributos. + +--No es--dijo al fin--que el emperador realmente lo rechaze; es que el +individuo que lo propusiese, sería inmediatamente decapitado. La ley +china, en este punto, es explícita y severa. + +Bajé la cabeza abrumado. + +--Mas, general--murmuró,--yo quiero librarme de la presencia odiosa del +viejo Ti-Chin-Fú y de su papagayo... Si yo entregase la mitad de mis +millones al tesoro chino, ya que no me es dado personalmente, como +Mandarín, aplicarlos a la prosperidad del Estado, tal vez Ti-Chin-Fú se +calmase. + +El general puso paternalmente su ancha mano sobre mi hombro. + +--Error, considerable error, joven. Esos millones nunca llegarían al +Tesoro imperial. Se quedarían en los bolsillos insondables de las clases +directoras; serían disipados en plantar jardines, coleccionar +porcelanas, alfombrar salones y vestir de seda a las concubinas: no +alimentarían una sola piedra de los caminos públicos... Irían a +enriquecer la orgía asiática. El alma de Ti-Chin-Fú debe conocer bien el +Imperio, y eso no le satisfaría. + +--¿Y si yo emplease parte de la fortuna del viejo en hacer +particularmente, como filántropo, largas distribuciones de arroz al +populacho hambriento? Es una idea. + +--Funesta--dijo el general, frunciendo horriblemente el entrecejo.--La +corte imperial vería en esto una ambición política, un plan para ganar +el favor de la plebe, un peligro para la dinastía... Mi buen amigo +sería decapitado... Es grave... + +--¡Maldición!--grité.--¿Entonces para qué he venido a la China? + +El diplomático se encogió de hombros; mas luego mostró en una sonrisa +maliciosa sus dientes amarillentos de cosaco: + +--Haga una cosa. Busque a la familia de Ti-Chin-Fú. + +Y añadió: + +--Yo indagaré del primer ministro, su excelencia el príncipe Tong, donde +pára esa familia tan interesante; después reúnalos usted, y arrójeles +una o dos docenas de millones; organice para el difunto unos funerales +de gran ceremonia con un séquito de una legua de largo, filas de bonzos, +todo un mundo de estandartes, palanquines, lanzas, plumas, pendones +encarnados y, por último, legiones de plañideras lanzando gritos +lamentables. Si después de todo su conciencia no se adormece y el +fantasma insiste... + +--¿Entonces? + +--Entonces mataos. + +--Muchas gracias, mi general. + + * * * * * + +Una cosa, sin embargo, era evidente y en ello estuvieron de acuerdo +Camilloff, el respetuoso Sa-Tó y la generala, que para tratar a la +familia de Ti-Chin-Fú, formar en el séquito de los funerales y, en una +palabra, introducirme en la vida de Pekín, era preciso, desde luego, +vestirme con un traje conforme a las maneras y al ceremonial de los +mandarines. + +Mi faz amarillenta y mi largo bigote caído, favorecían el plan. Y cuando +a la mañana siguiente, después de haber regateado con los sastres de la +calle Cha-Cona, entré en la sala tapizada de seda escarlata, donde ya +brillaba la vajilla del almuerzo sobre la mesa de hule negro, la +generala retrocedió como si apareciese el propio Tong-Tché, Hijo del +Cielo. + +Yo ostentaba una túnica de brocado azul obscuro abotonada a un lado, con +el peto ricamente bordado de dragones y flores de oro, encima de una +sobrevesta de seda de un tono azul más claro, corta, amplia y fofa; las +calzas, de satén color de avellana, descubrían ricas babuchas amarillas, +pespunteadas de perlas y un poco de la media sembrada de estrellitas +obscuras, y a la cintura, en una linda faja recamada llevaba metido un +abanico de bambú, de los que ostenta el retrato del filósofo La-o-Tsé, y +son fabricados en Lwatón; y por esas misteriosas correlaciones con que +el vestido influye en el carácter, yo sentía ya dentro de mí ideas e +instintos chinescos; el amor a los ceremoniales meticulosos, el respeto +burocrático a las fórmulas, un abyecto terror hacia el emperador, el +odio a lo extranjero, el culto por los antepasados, el fanatismo de la +tradición, el gusto por las cosas azucaradas. + +Alma y vientre eran por completo de un Mandarín. Así es que no dije a la +generala: + +«Bon jour, madame», sino que, doblado por la cintura, haciendo girar los +puños cerrados sobre la frente, baja, hice gravemente el «chinchín». + +--¡Está usted adorable, precioso!--decía ella con su linda sonrisa, +golpeando las manos diminutas y pálidas. + +En honor de mi nueva encarnación, habían preparado aquella mañana un +almuerzo chino. ¡Qué gentiles servilletas de papel de seda escarlata con +monstruos fabulosos dibujados en negro! La comida dió comienzo por +ostras de Ning-Pó. ¡Excelentes! Me sorbí dos docenas con verdadero +regalo oriental. Después sirvieron deliciosas fibras de aletas de +tiburón, ojos de carnero con picado de ajo, un plato de nenúfares en +compota, naranjas de Cantón, y, en fin, el arroz tradicional, el arroz +de los abuelos. Todo esto con la ayuda de unas cuantas botellas de +excelente vino de Chao-Chigné. Y, en fin, con qué gozo saboreé mi taza +de té imperial, té de la primera cosecha de marzo, cosecha única que es +celebrada como un rito santo por las manos puras de las vírgenes. + +Entraron dos cantadoras, mientras nosotros fumábamos, y durante largo +tiempo, entonaron con una modulación gutural viejas cántigas de los +tiempos de la dinastía Ming al són de guitarras forradas de piel de +serpiente, que dos tártaros, en cuclillas, rasgueaban con una cadencia +melancólica y bárbara. La China tiene encantos raros. + +Después, la rubia generala cantó con gracia, la «Femme a barbe»: y +cuando el general marchó con su escolta cosaca hacia el Yamen del +príncipe Tong, a informarse de la residencia de la familia Ti-Chin-Fú, +yo, repleto y bien dispuesto, salí con Sa-Tó a ver Pekín. + + * * * * * + +La vivienda de Camilloff quedaba en la ciudad tártara, en los barrios +militares y nobles. Reina allí una tranquilidad austera. Las calles +semejan largos caminos de aldea surcados por las ruedas de los carros; y +casi siempre se camina pegado a los muros, de donde salen ramas +horizontales de sicomoros. + +A veces, una carreta pasa rápidamente, al trote de un poney mogol, con +altas ruedas claveteadas de clavos dorados; todo en ella oscila: el +toldo, las cortinas de seda, los penachos de plumas de los ángulos; y +dentro se entrevé alguna hermosa dama china, cubierta de brocado claro, +la cabeza toda llena de flores, haciendo girar en las muñecas dos aros +de plata con un aire de tedio ceremonioso: Después alguna aristocrática +litera de mandarín, que koolíes vestidos de azul, con la coleta suelta, +llevan al trote, encorvados, hacia los Yamens del Estado; precédeles un +criado que levanta en el aire rollos de seda con inscripciones bordadas, +insignias de autoridad; y dentro el personaje gordinflón de enormes +lentes redondos, ojea sus papeles o dormita con el labio caído. + +A cada momento nos parábamos para admirar las ricas tiendas con sus +tabletas verdes de letras doradas sobre fondo negro; los parroquianos, +en un silencio de iglesia examinan las preciosidades: porcelanas de la +dinastía Ming, bronces, esmaltes, marfiles, sedas, armas, los abanicos +maravillosos de Swatón; a veces una fresca joven de ojos oblícuos, +vestida de azul, con amapolas de papel en la cabeza, desdobla algún rico +brocado delante de algún grueso chino que la contempla beatíficamente +con los dedos cruzados sobre la panza: al fondo, el mercader, aparatoso +e inmóvil, escribe sobre tablillas de sándalo, y un perfume suave que +entristece y perturba, brota de todas las cosas. + +¡He aquí las murallas que cercan a la ciudad interdicta, morada santa +del Emperador! Jóvenes de familias patricias, descienden de la terraza +de un templo, donde estuvieron adiestrándose en el manejo de la flecha. +Sa-Tó, me dice sus nombres: forman parte de la guardia selecta, que en +las ceremonias da escolta al quitasol de seda amarilla con un dragón +bordado que es el emblema sagrado del Emperador. + +Todos ellos cumplimentan profundamente a un viejo de barbas venerables, +con sobrevesta amarilla, privilegio de los ancianos. Iba hablando solo y +llevaba en la mano una vara donde se posaban dos pájaros domesticados. +Era un príncipe del Imperio. + +¡Extraños barrios! Mas nada me divertía tanto como ver a cada instante +en la puerta de un jardín, dos mandarines panzudos que para entrar se +hacían infinitas zalemas y cortesías, sonriendo, todo un ceremonial +dogmático, que les hacía oscilar de un modo picaresco sobre las espaldas +las largas plumas de pavo. Donde quiera que se levantaban los ojos se +veían siempre enormes cometas de papel, ora en forma de dragones, ora de +cetáceos o aves fabulosas, llenando el espacio de una inverosímil legión +de monstruos transparentes y ondeantes. + +--¡Sa-Tó, basta de ciudad tártara! Vamos a ver los barrios chinos. + +Y allí fuimos, penetrando en la ciudad chinesca por la parte populosa de +Tchin-Men. Aquí habita la burguesía, los mercaderes y el populacho. Las +calles alíneanse como una pauta; y en el suelo vetusto y enlotado, hecho +con inmundicias de cien generaciones, aún se ven algunas de aquellas +losas de mármol de color de rosa que en otra era, en tiempo de la +grandeza de Ming, lo cubrían. + +Forman las calles, ora terrenos pedregosos donde aúllan manadas de +perros hambrientos, ora filas de chozas toscas, ora pobres tiendas con +sus tabletas balanceándose en un asta de hierro. + +A lo lejos se alzan los arcos triunfales hechos con barrotes de color de +púrpura, ligados en lo alto por un tejado oblongo de tejas azules que +brillan como esmaltes. Una multitud rumorosa y apiñada, donde domina el +tono pardo y azulado de los trajes, circula sin cesar; el polvo lo +envuelve todo en una nevada amarilla; un hedor acre se respira en el +aire; y a cada momento largas caravanas de camellos atraviesan la +multitud, conducidos por mongoles sombríos vestidos de pieles de +carnero... + +Fuimos hasta los caminos de los puentes sobre los canales, donde +saltimbanquis semi-desnudos, con máscaras simulando demonios pavorosos, +hacen destrezas con una picardía bárbara y sutil; y mucho tiempo estuve +admirando los astrólogos que, vestidos con largas túnicas, adornados con +dragones de papel, venden ruidosamente horóscopos y consultas de astros. +¡Oh, ciudad, fabulosa y singular! + +De repente se levantó una gritería espantosa. Corrimos; era una cuerda +de presos, que un soldado, de grandes lentes, empujaba con su quitasol, +amarrados los unos a los otros por el extremo de la coleta. En aquella +avenida vi también el cortejo de un funeral de Mandarín, todo ornado de +oriflamas y banderolas; grupos de hombres fúnebres quemaban papeles en +braserillos portátiles; mujeres desarrapadas aullaban de dolor +revolcándose sobre los tapices; después se levantaban, y un koolí, +vestido de blanco, en señal de luto, les servía el té en un gran plato +en forma de ave. + +Al pasar junto al Templo del Cielo, vi apiñada en una grada una legión +de mendigos; llevaban por todo indumento un trapo amarrado a la cintura +con un cordel; las mujeres, con los cabellos cubiertos de viejas flores +de papel, roían huesos tranquilamente, y los cadáveres de las criaturas +se pudrían a su lado bajo el vuelo de los moscardones. Más adelante +encontramos una jaula donde un condenado extendía, a través de los +barrotes, las manos descarnadas, implorando una limosna... Después +Sa-Tó, mostróme respetuosamente una plaza estrecha: allí, sobre pilares +de piedra, se veían pequeñas jaulas conteniendo cabezas de decapitados, +goteando sangre espesa y negra. + +--¡Oh!--exclamé fatigado y aturdido.--Sa-Tó, ahora quiero reposo, +silencio y un cigarro caro... + +El intérprete inclinóse; y por una escalera de granito me llevó a las +murallas de la ciudad, las cuales forman una explanada que cuatro carros +de guerra apareados podrían recorrer durante leguas. + +Mientras Sa-Tó, sentado en el hueco de una almena, bostezaba en un +desahogo de «cicerone» fastidiado, yo, fumando, contemplé largo rato, a +mis pies, la vasta y sagrada Pekín. + +Es como una formidable ciudad de la Biblia, Babel o Nínive, que el +profeta Jonás tardó tres días en atravesar. El grandioso muro cuadrado +limita los cuatro puntos del horizonte con puertas de torres +monumentales, que el aire azulado, desde aquella distancia, hace parecer +transparentes. En la inmensidad de su recinto agloméranse confusamente +verdores de bosques, lagos artificiales, canales brillantes, puentes de +mármol, terrenos cubiertos de minas, tejados barnizados relucientes al +sol; por todas partes se alzan pagodas heráldicas, blancas azoteas de +templos, arcos triunfales, kioscos saliendo de entre el follaje de los +jardines; después, espacios que parecen montes de porcelana; y siempre +a intervalos regulares la mirada encuentra algunos de los bastiones, de +aspecto heróico y fabuloso. + +La multitud, junto a esas edificaciones grandiosas, es apenas como +granos de arena negra que un viento blando trae y lleva. + +Aquí está el vasto palacio imperial, entre arboledas misteriosas, con +sus tejados de un amarillo de oro muy vivo. ¡Con cuánto gusto penetraría +en sus secretos y vería desfilar, por las galerías sobrepuestas, la +magnificencia bárbara de esas dinastías seculares! + +A lo lejos se levanta la torre del Templo del Cielo, semejante a tres +quitasoles sobrepuestos; después la gran columna de los Principios, +hierática y seca como el genio de la raza, y delante blanquean en una +media tinta sobrenatural, las terrazas de jaspe del Santuario de la +Purificación. + +Entonces interrogué a Sa-Tó; y su dedo respetuoso fué señalándome el +Templo de los Antepasados, el Palacio de la Soberana Concordia, el +pabellón de las Flores de las Letras, el kiosco de los Historiadores, +brillando, entre los bosques sagrados que los cercan, con sus tejados +lustrosos, azules, verdes, escarlata y de color de limón. Yo devoraba +con ojos ávidos aquellos monumentos de la antigüedad asiática, lleno de +curiosidad por conocer las impenetrables clases que los habitan, el +principio de las Instituciones, la significación de las inscripciones, +el espíritu de sus ciencias, la gramática, el dogma y la extraña visa +interior de un cerebro de letrado chino. Mas ese mundo es inviolable +como un santuario. + +Me senté en la muralla, y mis ojos perdiéronse en la planicie arenosa +que se extiende más allá de los puestos hasta los contrafuertes de los +montes mongólicos; allí, airosamente, se arremolinan ondas indefinibles +de polvo; y a todas horas negrean filas vagarosas de caravanas. Entonces +invadió a mi alma una melancolía que el silencio de aquellas alturas, +envolviendo a Pekín, hacía más desolada; era como un cansancio de mí +mismo, un largo pensar de mi sentir; allí, aislado, absorto en aquel +mundo duro y bárbaro. Me acordé, con los ojos húmedos, de mi aldea del +Miño, la venta con un ramo de laurel colgado sobre la puerta, el banco +del herrador y las riberas fresca y rozagantes cuando verdean los +linos. + +Era la época en que las palomas emigran de Pekín hacia el Sur. Yo las +veía reunirse en bandadas por encima de mí, partiendo de los bosques, de +los templos y de los pabellones imperiales; cada una llevaba, para +librarse de los milanos, una cañita de bambú que el aire hacía silbar, y +aquellas nubes blancas pasaban como impelidas por una brisa suave, +dejando en silencio un lento y melancólico suspiro, una ondulación +célica, que se perdía en los aires pálidos. Volví a casa, lento y +pensativo. + + * * * * * + +En la comida, Camilloff, desdoblando su servilleta, me preguntó mis +impresiones sobre Pekín. + +--Pekín me hace sentir muy bien, mi general, los versos de un poeta +portugués: + + «Sóbalos ríos que vào + por Babylonia me achei...» + +--¡Pekín es un monstruo!--dijo Camilloff, haciendo oscilar su calva +reluciente.--Y ahora considere que en esta capital, a la clase tártara y +conquistadora que la posee, obedecen trescientos millones de hombres, +una raza audaz, laboriosa, sufrida, política, invasora. Estudian +nuestras ciencias... ¿Una copita de Medoc, Teodoro?... ¡Tienen una +marina formidable! El ejército que en otro tiempo creía destrozar al +extranjero con dragones de papel de donde salían culebras de fuego, +¡sigue ahora la táctica prusiana y va armado con fusil de aguja! ¡Grave, +muy grave! + +--Y todavía, mi general, en mi país, cuando a propósito de Macao, se +habla del Imperio Celeste, los patriotas se pasan los dedos por las +greñas y dicen negligentemente: «Mandamos allá cincuenta hombres y +barremos la China». + +Después de citar esta sandez, quedamos silenciosos. El general, tosiendo +formidablemente, murmuró luego, con condescendencia: + +--¡Portugal es un bello país! + +Yo exclamé con sequedad y firmeza: + +--¡Una pocilga, general! + +La generala, colocando delicadamente en el borde del plato un alón y +limpiándose los dedos, dijo: + +--Es el país de la canción de Mignon; el hermoso país donde florece la +naranja. + +El gordo Meriskoff, doctor alemán de la Universidad de Bom, canciller de +la legión, hombre de aficiones poéticas, y gran comentarista, observó +con respeto: + +--Generala, el dulce país de Mignon es Italia: «¿Conoces tú la tierra +privilegiada donde la naranja da flor?» El divino Goethe se refería a +Italia, «Italia mater». Italia será el eterno amor de la humanidad +sensible. + +--¡Yo prefiero a Francia!--suspiró la esposa del primer secretario, una +jovencita pálida de cabello rizado. + +--¡Ah, la Francia!--murmuraron algunos comensales, poniendo los ojos en +blanco. + +El gordo Meriskoff agitó los lentes de oro. + +--Francia tiene un pero, que es la cuestión social. + +--¡Oh, la cuestión social!--murmuró sombríamente Camilloff. + +Y conversando con tanta sabiduría, llegamos por fin al café. + +Al bajar al jardín, la generala, apoyándose sentimentalmente en mi +brazo, murmuró, junto a mi oído: + +--Ay, ¡quién pudiera vivir en esos palacios apasionados donde verdean +las naranjas!... + +--¡Allí sí que se ama, generala!--le dije en secreto, llevándola +dulcemente hacia la obscuridad de los sicomoros. + + + + +V + + +Fué necesario todo un largo verano para descubrir la provincia donde +residía el difunto Ti-Chin-Fú. + +¡Qué episodio administrativo tan pintoresco, tan chino! El servicial +Camilloff, que se pasaba el día entero recorriendo los Yamens del +Estado, tuvo que probar, primero, que el deseo de conocer la morada del +viejo Mandarín no encubría ninguna conspiración contra la seguridad del +Imperio, y después fué preciso que jurase que no encerraba esta +curiosidad un atentado contra los Ritos sagrados. Entonces, satisfecho, +el príncipe Tong permitió que se hiciese la requisitoria imperial: +centenares de escribientes palidecieron noche y día, con el pincel en la +mano, dibujando consultas sobre papel de arroz; misteriosas +conferencias susurraron insensatamente por todos los distritos de la +Ciudad Imperial desde el Tribunal Astronómico hasta el Palacio de la +Bondad Preferida; y un ejército de koolíes transportaba desde la +legación de Rusia hasta los Kioscos de la Ciudad Interdicta, y de aquí +al Patio de los Archivos, parihuelas que crugían bajo el peso de los +legajos de viejos documentos. + +Cuando Camilloff preguntaba por el resultado de sus investigaciones, le +contestaban satisfactoriamente que se estaban consultando los libros +santos de La-o-Tsé, o que se iban a explorar viejos textos del tiempo de +Nor-Xa-Chú. + +Y para calmar la impaciencia bélica del ruso, el príncipe Tong remitía, +con estos recados sutiles, algún substancioso presente de confites o +goma de bambú en caldo de azúcar. + + * * * * * + +Mientras el general trabajaba con fervor para encontrar la familia +Ti-Chin-Fú, yo iba tejiendo horas de seda y oro (así dice un poeta +japonés) a los pies pequeñitos de la generala. Había un kiosco en el +jardín, bajo los sicomoros, que se denominaba, al modo chino, el «Reposo +discreto»; a un lado un arroyo fresco cantaba dulcemente bajo una +fuentecilla rústica pintada de color de rosa. Las paredes las formaban +un enrejado de bambú forrado de seda amarilla; el sol, pasando a través +de ellas, proyectaba una luz sobrenatural de ópalo claro. En el centro, +un diván de seda blanca, de una poesía de nube matutina, atraía como un +lecho nupcial. En los rincones, en preciosos jarrones transparentes de +la época de Yeng, alzábanse, con su esbeltez aristocrática, lirios +escarlata del Japón. El suelo estaba todo cubierto de esteras finas de +Nankín y junto a la ventana enrejada, sobre un airoso pedestal de +sándalo, veíase abierto un abanico formado de varillas de cristal, que +la brisa, al entrar, hacía vibrar, con modulación melancólica y tierna. + +Las montañas de fines de agosto en Pekín, son muy apacibles; ya vaga en +el aire una calma otoñal; a esa hora, el consejero Mariskoff y los +oficiales de la legación estaban siempre en la cancillería, despachando +el correo de San Petersburgo. + +Yo, entonces, con el abanico en la mano, pisando sutilmente con la punta +de las babuchas de satín las calles enarenadas del jardín, iba a +entreabrir la puerta del «Reposo discreto»: + +--¿Mimí? + +Y la voz de la generala respondía, suave como un beso: + +--«All right...» + +¡Qué linda estaba vestida de dama china! En sus cabellos levantados +albeaban flores raras, y sus cejas parecían más puras y negras avivadas +con tinta de Nankín. La camisa de gasa bordada, la túnica de filigrana +de oro, plegábase a sus senos pequeñitos y erectos. Largas y fofas +calzas de fulard color «cadera de Ninfa», que le daba una gracia propia +de serrallo, descendían sobre los tobillos finos, cubiertos de sedosas +medias amarillas. Y apenas tres dedos de mi mano cabían en sus +chinelitas. + +Llamábase Wladimira; nació al pie de Nid-ji-Nowgorod y fué educada por +una vieja tía que admiraba a Rousseau, leía a Foblas, usaba cabellos +empolvados, y parecía una basta litografía cosaca de una dama galante de +Versalles... + +El sueño de Wladimira era vivir en París; y mientras hacía hervir +delicadamente las hojas del té, me rogaba que la contase historias +picantes de «cohetes», y me confesaba su culto por Dumas, hijo. + +Yo le arremangaba la larga manga de la casaca de seda de color de hoja +muerta, y hacía viajar mis labios devotos por la piel fresca de sus +bellos brazos; y después, sobre el diván, enlazados, pecho contra +pecho, en un éxtasis mudo, sentíamos las maravillas de cristal resonar +eólicamente, las palomas azules arrullarse en los plátanos, y el +fugitivo ritmo del arroyo murmurador... + +Nuestros ojos humedecidos encontraban a veces un cuadro de satín negro +por cima del diván, donde en caracteres chinos, se desarrollaban +sentencias del libro sagrado de Li-Nun «sobre los deberes de la esposa». +Mas ninguno de nosotros entendía el chino... Y en el silencio, nuestros +besos volvían a comenzar espaciados, sonando dulcemente y comparables +(en la lengua florida de aquellos países) a perlas que caen, una a una, +sobre una bandeja de plata... ¡Oh, suaves siestas de los jardines de +Pekín! ¿Dónde estáis ahora? ¿Dónde estáis, hojas muertas de los lirios +escarlata del Japón? + + * * * * * + +Una mañana Camilloff entró en la cancillería, donde yo fumaba +amigablemente una pipa en compañía de Mariskoff y tirando su enorme +sable sobre el canapé, nos contó radiante de alegría, las noticias que +le había dado el penetrante príncipe Tong. Descubrióse al fin que un +opulento mandarín, llamado Ti-Chin-Fú, vivía en otro tiempo cerca de los +confines de la Mongolia, en la villa de Tien-Hó. Había muerto +súbitamente; y su descendencia residía allá en la miseria, en una choza +vil. + +Este descubrimiento, ciertamente, no fué debido a la burocracia +imperial; lo hizo un astrólogo del templo de Faguas, que durante veinte +noches hojeó en el cielo el luminoso archivo de los astros. + +--¡Teodoro, ese mandarín es su hombre!--exclamó Camilloff. + +Y Mariskoff repitió, sacudiendo la ceniza de la pipa: + +--¡Ese es su hombre, Teodoro! + +--¡Mi hombre!--murmuré sombríamente. + +¡Era tal vez «mi hombre», sí! Mas no me seducía ir a buscar su familia, +en la monotonía de una caravana, por aquellos desolados rincones de la +China. Además, desde mi llegada a Pekín, no había vuelto a ver la sombra +odiosa de Ti-Chin-Fú y su cometa en forma de papagayo. + +Mi conciencia reposaba como una paloma adormecida. Por lo visto, el +esfuerzo supremo de voluntad que tuve que hacer para abandonar las +dulzuras del boulevard y de Loreto, y surcar los mares hasta el Celeste +Imperio, parecían a la Eterna Equidad una expiación suficiente y una +peregrinación reparadora. Y Ti-Chin-Fú, ya calmado, regresaría con su +papagayo a la sempiterna inmovilidad. + +¿Para qué ir a Tien-Hó? ¿Por qué no quedarme allá en aquel amable +Pekín, comiendo nenúfares en caldo de azúcar, abandonándome a la +somnolencia amorosa del «Reposo discreto» y yendo por las tardes +azuladas a dar mi paseo del brazo del buen Mariskoff, por las terrazas +de jaspe de la Purificación o bajo los cedros del Templo del Cielo? + +El celoso Camilloff, con el lápiz en la mano, marcó en el mapa un +itinerario hacia Tien-Hó. Mostróme en desagradable entrelazamiento, +sombras de montes, líneas tortuosas de ríos, dibujos ondulados de +lagunas. + +--¡Aquí está! Suba usted hasta Ni-ku-hé, en la margen del Pei-Hó. Desde +allí en barcos chatos va a My-yun. ¡Buena ciudad! Hay en ella un Buda +vivo. Desde allí a caballo, sigue hasta la fortaleza de Ché-hia. Pasa la +gran muralla. ¡Famoso espectáculo! Descansa en el fuerte de Ku-pi-hó. +¡Allí puede cazar gacelas!... ¡Soberbias gacelas!... Y en dos días de +camino llega a Tien-Hó. Brillante itinerario. ¿Cuándo quiere partir? +¿Mañana? + +--Mañana--murmuré tristemente. + +¡Pobre generala! Aquella noche, mientras Mariskoff, en el fondo de las +salas, jugaba con tres oficiales de la embajada su «whist» sacramental, +y Camilloff, reclinado en el sofá, con los brazos cruzados, solemne como +en una poltrona del Congreso de Viena, dormía con la boca abierta, ella +se sentó al piano. Yo, a su lado, en la actitud legendaria de un infante +de Lara, desesperado por la fatalidad, me retorcía lúgubremente el +bigote. Y la dulce criatura, entre dos gemidos del teclado, de una +sonata penetrante, cantó volviendo hacia mí sus ojos brillantes y +húmedos: + + «L'oiseau s'envole, + La'bas, la'bas!... + L'oiseau s'envole... + Ne revient pas...» + +--El ave ha de volver al nido!--musité yo enternecido. Y, afanándome por +esconder una lágrima, salí murmurando furiosamente: + +--¡Canalla de Ti-Chin-Fú! ¡Por tu causa! ¡Viejo malandrín! + +Al día siguiente salí para Tien-Hó, acompañado de Sa-Tó, el respetuoso +intérprete, una larga fila de carretas, dos cosacos y todo un pueblo de +koolíes. + +Al dejar la muralla de la ciudad tártara, seguimos mucho tiempo +caminando entre las cercas de los jardines sagrados que rodean el templo +de Confucio. + +Era el fin de otoño; ya las hojas estaban amarillas; una dulzura suave +erraba en el aire. + +De los kioscos santos salía un susurro de cánticos monótonos y tristes. +Por las terrazas, enormes serpientes veneradas como dioses, se iban +arrastrando, ya entorpecidas por el frío. Y aquí y allá, al pasar, +encontrábamos budistas decrépitos, secos como pergaminos y nudosos como +raíces, entrecruzados de piernas en el suelo bajo los sicomoros, +inmóviles como ídolos, contemplándose incesantemente el ombligo en +espera de la perfección del Nirvana. + +Y yo iba pensando con una tristeza tan pálida como aquel cielo asiático +de octubre, en dos lágrimas redonditas que al partir vi brillar en los +ojos negros de la generala. + + + + +VI + + +La tarde declinaba y el sol descendía bermejo como un escudo de metal +candente, cuando llegamos a Tien-Hó. + +Las negras murallas de la ciudad se alzan al Sur, al pie de un torrente +que ruge entre rocas. En la parte de Oriente, la planicie lívida y +polvorienta se extiende hasta un grupo obscuro de colonias donde +blanquea el ámplio edificio de una Misión católica; y más allá, hacia el +extremo Norte, se elevan las eternas montañas de la Mongolia, suspensas +en el aire como nubes. + +Nos alojamos en una fétida barraca titulada: «Hospedería de la +Consolación Terrestre». Me fué reservado el cuarto noble, el principal, +que se abría sobre una galería formada por estacas. Estaba ornado de +dragones de papel recortado, sujetos por cordeles de los travesaños del +techo. Al menor soplo de la brisa, aquella legión de monstruos fabulosos +oscilan cadenciosamente con un rumor seco de hojarascas, como tomando +vida sobrenatural y grotesca. + +Antes de que oscureciese, fuí acompañado de Sa-Tó a contemplar la +ciudad, mas pronto tuve que regresar sofocado por el hedor repugnante +que exhalaban las viviendas. Todo se me figuró ser negro; las chozas, el +suelo cenagoso, los canes hambrientos y el populacho abyecto. Regresé a +mi albergue, donde arrieros, mongoles y criaturas piojosas, me miraban +con asombro. + +--Tiene vuestra merced razón. Es mala ralea. Mas no hay peligro; yo +maté, antes de partir, un gallo negro, y la diosa Kaonine debe estar +contenta. Podéis dormir al abrigo de los malos espíritus. ¿Quiere, +vuestra merced, el té? + +--Tráelo, Sa-Tó. + +Después de bebernos una taza, conversamos largamente sobre el vasto +plan: a la mañana siguiente llevaría la dicha y la tranquilidad a la +triste choza de la viuda de Ti-Chin-Fú, anunciándole los millones que le +regalaba, millones ya depositados en Pekín. Después, de acuerdo con el +mandarín Gobernador, haríamos una cuantiosa distribución de arroz al +pueblo, y por la noche habría danzas e iluminaciones, como en una +solemnidad pública. + +--¿Qué te parece, Sa-Tó? + +--En los labios de vuestra merced habita la sabiduría de Confucio... ¡Va +a ser un hermoso espectáculo! + +Como venía cansado, bien pronto comencé a bostezar; me tendí sobre el +lecho, envuelto en mis pieles, hice la señal de la cruz y me dormí +pensando en los brazos blancos de la generala y en sus ojos verdes de +sirena. + +Sería la media noche, cuando me despertó un rumor lento y sordo que +envolvía la barraca, como un fuerte viento en una arboleda o una mar +gruesa batiendo un paredón. Por la galería abierta, la luna entraba en +el cuarto, una luna triste de otoño asiático, dando a los dragones +colgados del techo, formas y semejanzas quiméricas. + +Me levanté, ya nervioso, cuando una silueta alta e inquieta, apareció a +la claridad de la luna. + +--¡Soy yo, señor!--murmuró la voz despavorida de Sa-Tó. + +Y luego, agachándose a mis pies, me contó en un flujo de palabras roncas +su aflicción: mientras yo dormía se esparció por la ciudad el rumor de +que un extranjero, el «Diablo extranjero» había llegado con bagajes +cargados de tesoros... Ya, desde el comienzo de la noche, él había +entrevisto rostros ansiosos, de ojos voraces, rondando la barraca, como +chacales impacientes... Y ordenó a los koolíes que atrincherasen la +puerta con los carros de los bagajes, formados en semicírculo a la +manera tártara. + +Mas poco a poco, el tumulto fué creciendo... Ahora acababa de espiar +por un postigo, y todo el populacho de Tien-Hó rondaba en torno de la +hospedería... ¡La diosa Kaonine no se había satisfecho con la sangre del +gallo negro! Además, él recordaba haber visto en la puerta de una +pagoda una cabra negra andando hacia atrás. ¡La noche sería +terrorífica! ¡Y su pobre mujer, el hueso de su hueso, que estaba tan +lejos, allá en Pekín! + +--¿Y ahora, Sa-Tó?--le pregunté. + +--Ahora... ¡Vuestra señoría!... Ahora... + +Callóse, y su figura escuálida temblaba, agazapándose como un perro que +se le amenaza con el látigo. + +Entonces yo abandoné al cobarde y me adelanté hacia la galería. Abajo, +el muro fronterizo, proyectaba una sombra fatídica. Allí se apiñaba una +turba negra. + +A veces, una figura, rastreando, se adelantaba en el espacio iluminado; +espiaba, forcejeaba en las carretas, y al sentir la luz de la luna sobre +su cara, retrocedía rápidamente, fundiéndose en la obscuridad; y como el +techo del cobertizo era bajo, brillaba un momento algún hierro de lanza +inclinado. + +--¿Qué queréis, canallas?--rugí en portugués. + +A esta voz extranjera, un gruñido salió de las tinieblas; inmediatamente +una piedra cayó a mi lado, agujereando el papel encerado de la celosía; +después, una flecha pasó silbando cerca de mí, clavándose en un listón. + +Descendí rápidamente a la cocina de la hospedería. Mis kaulíes, +asustados, batían las mandíbulas de terror; y los dos cosacos que me +acompañaban, impasibles, fumaban sus pipas con los sables desnudos +puestos sobre las rodillas. + +El viejo hostelero de lentes redondos, una vieja andrajosa que yo había +visto en el patio echando al aire una cometa de papel, los arrieros +mongoles, las criaturas piojosas, todos desaparecieron. Sólo quedó un +viejo bebedor de opio, tumbado en un rincón como un fardo. Fuera se veía +la multitud que vociferaba. + +Interpelé entonces a Sa-Tó, que casi se desmayaba, apoyado en la pared; +nosotros estábamos sin armas, los dos cosacos solos, no podían rechazar +el asalto. Era, pues, necesario ir a despintar al Mandarín gobernador, +revelarle que yo era amigo de Camilloff, un convidado del Príncipe Tong, +e intimarle a que acudiera a dispersar las turbas y mantener la ley +santa de la hospitalidad. + +Mas Sa-Tó me contestó con voz débil como un soplo, que el gobernador, +seguramente, era el que estaba dirigiendo el asalto. Desde las +autoridades hasta los mendigos, la fama de mis riquezas, la leyenda de +las carretas cargadas de oro, inflamó todos los apetitos. La prudencia +ordenaba, como un mandamiento santo, que abandonásemos parte de los +tesoros, las mulas y las cajas de comestibles. + +--¿Y vamos a quedarnos aquí, en esta aldea maldita, sin camisas, sin +dinero y sin comida? + +--¡Mas con la rica vida, vuestra señoría! + +Cedí y ordené a Sa-Tó que fuese a proponer a la turba una copiosa +distribución de oro, si ella consentía en regresar a sus casas y +respetar en nosotros a los huéspedes enviados por Buda. + +Sa-Tó subió a la escalera de la galería, todo tembloroso, y empezó a +arengar a la multitud, braceando, lanzando las palabras con la violencia +de un can que ladra. Yo había abierto la maleta y le iba entregando +sacos de monedas, que él arrojaba a puñados sobre la multitud con ademán +de sembrador... Abajo, a cada lluvia de metales resonaba un tumulto +furioso; después, un lento suspiro de gula satisfecha; y luego, el +silencio, la suspensión del que espera más. + +--Más--murmuraba ansiosamente Sa-Tó, volviéndose hacia mí. + +Yo, indignado, le daba nuevos cartuchos, pilas de monedas de medio real +envueltas en papel. Ya estaba vacía la maleta... La turba continuaba +rugiendo insaciable. + +--Más ¡vuestra señoría!--suplicó Sa-Tó. + +--¡No tengo más, criatura! ¡El resto está en Pekín! + +--¡Oh, Buda santo! ¡Perdidos! ¡Perdidos!--exclamó Sa-Tó, doblando las +rodillas. + +El populacho, callado, esperaba aún. De repente, una exhalación salvaje +rasgó el aire. Y yo sentí aquella masa ávida, arremeter sobre las +carretas que defendían la puerta, formadas en semicírculo. Al choque +todo el maderamen de la «Hospedería de la Consolación Terrestre», crugió +y osciló. + +Corrí a la baranda. Abajo bullía un tropel desesperado en torno de los +carros derribados. Los machetes relucían al caer sobre la tapa de los +cajones; el cuero de las maletas abríase rasgado por innumerables +puñales, y bajo el cobertizo los dos cosacos batíanse como héroes. A la +luz de la luna, veía alrededor del barracón agitar teas. Un alarido +ronco elevábase, haciendo a lo lejos aullar a los perros; y de todas las +viviendas desembocaba y corría el populacho, hombres ligeros armados de +chuzos y hoces curvas. + +Súbitamente, oí el tumulto de las turbas que asaltaban la galería, +buscándome sin duda, creyendo que yo guardaría el mejor de los tesoros, +piedras preciosas, joyas. El terror me enloqueció. Corrí a la gradería +de bambú que daba al patio. Rompí la valla, y penetré en la cuadra. Mi +caballo, preso en las tinieblas relinchaba, tirando furiosamente del +cabestro. Salté sobre él, sujetándole por las crines. + +En este momento, por el postigo de la cocina que había saltado en +astillas, penetró una horda armada de linternas, lanzas, clamando +delirante. El caballo, espantado, saltó la valla; una flecha silba a mi +lado; después, una piedra me da en el hombro, otra en los riñones, otra +hace blanco en el anca del animal, y otra más gruesa, me rasga la oreja. +Agarrado desesperadamente a las crines, arqueado, con la sangre goteando +de la oreja, galopé en una carrera furiosa, a lo largo de una calle +negra. De repente veo delante de mí la muralla, un bastión, la puerta de +la ciudad cerrada. + +Entonces, alucinado, sintiendo detrás de mí rugir la turba, abandonado +de todo socorro humano, me acordé de Dios. Creí en él, gritándole que me +salvase: y mi espíritu iba tumultuosamente recordando, para ofrecerle +fragmentos de oraciones, de «Salves, Credos», que yacían en el fondo de +mi memoria. Tras una esquina, a lo lejos, surgió una humareda de teas; +era la turba. Loco de espanto, apreté los talones a los ijares del +animal y corrí a lo largo de la muralla que se extendía como una vasta +cinta negra furiosamente desenrollada. De repente vi una brecha, un +boquete erizado de espinas y zarazas, y fuera la planicie que bajo la +luna tenía la apariencia de una gran charca de agua dormida. Lancéme +hacia allá, sacudiendo con los talones los ijares del potro, y galopé +mucho tiempo por el descampado. + +De repente, el caballo y yo rodamos en un surco blando. Era una laguna; +mi boca se llenó de agua pútrida, y mis pies se enredaron en las fofas +raíces de los nenúfares. Cuando me levanté vi al caballo corriendo muy +lejos, como una sombra, con los estribos al viento. + +Entonces comencé a caminar por aquella soledad, enterrándome en el fango +y cortando a través de matorrales encharcados. La sangre de la oreja +caía sobre mi hombro; la ropa enlodada se me pegaba a la piel, y a veces +en la sombra, me pareció ver brillar ojos de fieras. + +Más lejos, encontré un cercado de piedras sueltas donde yacían, bajo +unos arbustos, infinidad de cajas amarillas que los chinos abandonan +sobre la tierra y donde se pudren los cadáveres. Me senté sobre una caja +postrado de fatiga; mas un olor abominable flotaba en el aire, y al +apoyarme sentí la sensación de un líquido viscoso que escurría por las +hendiduras de las tablas. + +Quise huir. Mas las piernas, temblando, se negaron. Los árboles, las +rocas, las hierbas altas, todo el horizonte comenzó a girar en torno mío +como un disco muy rápido. Resplandores sanguíneos vibraban delante de +mis ojos, y me sentí caído desde muy alto, divagando a la manera de una +pluma que desciende. Cuando recobré el conocimiento estaba sentado sobre +un banco de piedra, en el banco de un enorme edificio semejante a un +convento, que el más grave silencio envolvía. Dos padres lazaristas +lavaban cuidadosamente mi oreja. Un aire fresco circulaba; la garrucha +de un pozo chirriaba lentamente, y una campana tocaba a maitines. +Levanté los ojos y ví una fachada blanca con ventanillas enrejadas y una +cruz en lo alto, y entonces, al contemplar en aquella paz de claustro +católico como un rincón de la patria recuperada, el abrigo y la +consolación, de mis párpados cansados rodaron dos lágrimas mudas. + + + + +VII + + +Aquella mañana, dos lazaristas que se dirigían a Tien-Hó, me habían +encontrado desmayado en el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot, +«era ya tiempo»; porque alrededor de mi cuerpo inmóvil revoloteaba un +negro semicírculo de esos enormes cuervos de Tartaria, contemplándome +con gula. + +Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fué grande el regocijo de +la comunidad cuando supo que yo era latino, cristiano y súbdito de los +«Reyes Fidelísimos». El convento forma allí el centro de un pequeño +pueblo católico, apiñado en torno de la maciza residencia como un +caserío de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde los +primeros misioneros que recorrieron toda la Mandchuria. Porque nos +hallábamos en los confines de la China. Más allá está la Mongolia, la +«Tierra de las hierbas», inmenso prado verde obscuro, bordado de flores +silvestres. Allí se extendía la inmensa planicie de los nómadas. Desde +mi ventana veía negrear los círculos de las tiendas cubiertas de fieltro +o de pieles de carnero; y a veces asistía a la partida de una tribu, que +en filas de largas caravanas llevaba sus rebaños hacia Oeste. + +El superior de los lazaristas era el excelente padre Julio. + +Su larga permanencia entre las razas amarillas lo habían tornado casi en +un chino. Cuando yo le encontraba en el claustro con su túnica roja, la +larga coleta y sus venerables barbas, agitando dulcemente un enorme +abanico, me parecía algún sabio letrado Mandarín comentando mentalmente, +en la paz de un templo, el Libro sacro de Chú. Era un santo; mas olía a +ajo, y este olor apartaba de él a las almas más doloridas y necesitadas +de consuelo. + +¡Conservo suave memoria de los días allí pasados! mi cuarto, encalado de +blanco, con una cruz negra, tenía un recogimiento de celda. Me +despertaba siempre al toque de maitines. Por respeto a los viejos +misioneros, oía misa en la capilla; y me enternecía allí, tan lejos de +la patria católica, ver a la clara luz de la mañana la casulla del padre +con su cruz bordada, inclinarse delante del altar y sentir sisear en el +silencio fosco del santo recinto los «Dominus vobiscum» y los «Et cum +espíritu tuo». + +Por la tarde iba a la escuela a admirar a los niños chinos, declinando +once horas seguidas. Y, después del refectorio, paseando por el +claustro, escuchaba historias de lejanas misiones apostólicas, en el +«País de las hierbas», las prisiones soportadas, las marchas, los +peligros, en fin, todas las crónicas heróicas de la Fe. + +Yo no conté en el convento mis aventuras fantásticas; dije que era un +«tourista» curioso que recorría, tomando apuntes, el mundo entero. Y +esperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba en una dulce laxitud de +alma, a aquella paz del monasterio. + +Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio bárbaro +que ahora odiaba terriblemente. Cuando me ponía a pensar que había +venido de los confines de occidente, para traer a una provincia china la +abundancia de mis millones, y que, apenas llegué, fuí saqueado y +apedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en mi +cuarto, meditando venganzas horribles. + +Retirarme con mis millones era lo más práctico y fácil. + +Además, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad de +Ti-Chin-Fú, me parecía ahora un absurdo, una insensatez de sueño. + +Yo no comprendía las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni los +sabios de aquella raza ¿qué iba a hacer allí, sino exponerme por el +aparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace cuarenta y +tantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra? + +Ti-Chin-Fú y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente al +Cielo Chino de los abuelos, y ya el aplazamiento del remordimiento +visible hacíame olvidar el deseo de la expiación. + +Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regiones +inefables para venir a reclinarse en mis muebles. Vería mis esfuerzos, +mi deseo de ser útil a su prole, a su provincia y a su raza, y +satisfecho, se acomodaría lo mejor posible para la eterna siesta. ¡Ya, +nunca más vería su panza amarilla! + +Y entonces me mordía el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozar +la alegría de mi oro, al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel de +las flores de la civilización. + +Mas la viuda de Ti-Chin-Fú, las mimosas señoras de su descendencia, los +nietos pequeñitos... ¿los dejaría bárbaramente morir de hambre y frío en +las negras viviendas de Tien-Hó? No. Esos no eran culpables de las +pedradas que me tiró el populacho. Y yo, cristiano, aislado en un templo +católico, teniendo a la cabecera de mi cama el Evangelio, cercado de +existencias que eran encarnaciones de la Caridad, no podía partir del +Imperio sin restituir a aquellos a quienes despojara, la abundancia y +las comodidades honestas que recomendaba el clásico de la Piedad +Filial. + +Entonces escribí a Camilloff. Le contaba mi abyecta fuga, bajo las +piedras del populacho; el albergue cristiano que me dieron en la Misión, +y mi ferviente deseo de partir del Imperio Celeste. Le pedía que +remitiese a la mujer de Ti-Chin-Fú los millones depositados por mí en +casa del mercader Tsing-Fó, en la avenida de Cha-Cona, al lado del arco +triunfal de Tong, junto al templo de la diosa Kaonine. + +El alegre padre Loriot, que iba en misión a Pekín, llevó esta carta que +yo lacré con el sello del convento: una cruz saliendo de un corazón +inflamado. + +Los días pasaban. Las primeras nieves albearon en las montañas +septentrionales de la Mandchuria, y yo me ocupaba en cazar gacelas en el +«País de las Hierbas». Horas enérgicas y fuertemente vividas las de esas +mañanas, cuando yo marchaba, con el aire agreste y sano entre monteros +mongólicos, que, con un grito ondulado y vibrante, ojeaban los +matorrales con sus lanzas. A veces una gacela saltaba, y con las orejas +bajas, estiradas y finas, partía en el filo del viento. Soltábamos el +halcón que volaba sobre ella con las alas serenas, dándole a espacios +regulares, con toda la fuerza de su pico curvo, picotazos en el cráneo. +Y la íbamos a encontrar, por fin, a la orilla de algún charco infecto, +cubierto de nenúfares. Entonces, los perros negros de Tartaria +arrojábansele sobre el vientre, y, con las patas entre sangre, y con los +afilados colmillos le iban descubriendo las entrañas. + +Una mañana, el lego de la portería avistó al alegre padre Loriot, +trepando por el camino ingente del Purgo, con su mochila al hombro y una +criatura en los brazos; la había encontrado abandonada, desnudita, +muriéndose a la orilla desolada de un camino. La bautizó después en un +arroyo con el nombre de Bienhallado, y allí la traía, enternecido, +apretando el paso, para darle pronto buena leche de las cabras del +convento. + +Después de abrazar a los religiosos y enjugarse gruesas gotas de sudor, +sacó de los bolsillos del pantalón un sobre con el sello del águila +rusa. + +--Esto es lo que le manda el general Camilloff, amigo Teodoro. Está +bueno, y la señora también... ¡Todos fuertes! + +Corrí a un rincón del claustro a leer los dos plieguecillos. La carta +decía así: + +«Amigo, huésped y estimado Teodoro: A las primeras líneas de su carta +quedamos consternados. Mas luego las siguientes nos llenaron de alegría, +al saber que estaba con esos santos padres de la misión cristiana. + +»Yo fuí al Yamen Imperial a hacer una severa reclamación al príncipe +Tong, sobre el escándalo de Tien-Hó. + +»Su excelencia mostró un júbilo desordenado. Porque aunque lamenta como +particular la ofensa, el robo y las pedradas que mi huésped sufrió, como +ministro del Imperio, ve ahí una dulce oportunidad para exigir a la +ciudad de Tien-Hó, en concepto de indemnización, y en castigo de la +injuria hecha a un extranjero, la importante suma de trescientos mil +francos. Es, como dice Mariskoff, un excelente resultado para el Erario +imperial y queda así vuestra oreja suficientemente vengada. Aquí, +comienzan a picar los primeros fríos y ya estamos usando pieles. El +buen Mariskoff sufre ahora del higado, pero el dolor no altera su +criterio filosófico ni su sabia verbosidad. + +»Tuvimos un grave disgusto: el lindo perrito de la buena señora +Tagarief, la esposa de nuestro querido secretario, el adorable «Tú-Tú» +desapareció en la mañana del quince. Hizo la policía averiguaciones +urgentes, mas «Tú-Tú» no ha parecido, y nuestro sentimiento es mayor +cuanto es sabido que el populacho de Pekín aprecia extraordinariamente +estos perritos, guisados en caldo de azúcar. Ha ocurrido un hecho +abominable y de funestas consecuencias; la embajadora de Francia, esa +petulante madame Gujón, ese gallo enjuto (como la llama Mariskoff), en +la última comida de la legación, dió, despreciando todas las reglas +internacionales, el brazo, su descarnado brazo, y su derecha en la mesa, +a un súbdito inglés, Lord Gordon. ¿Qué me dice usted de esto? ¿Es +creíble? ¿Es razonable? ¡Eso es destruir el orden social! ¡El brazo y la +derecha en la mesa a un súbdito, a un escocés de color de piedra, un +mono, cuando estaban presentes todos los embajadores, los ministros y +yo! + +»Esto ha causado en el cuerpo diplomático, una sensación inenarrable. +Esperamos instrucciones de nuestros gobiernos. Como dice Mariskoff, +moviendo tristemente la cabeza, el asunto es grave--¡muy grave!--Lo que +prueba (y ninguno lo duda) es que lord Gordon es el Benjamín del «Gallo +enjuto». ¡Qué asco! ¡qué podredumbre!... La generala no está buena, +desde que usted partió para esa maldita Tien-Hó; el doctor Pagloff no +atina con el mal; es una languidez, un marchitamiento, una perenne +indolencia que la tiene horas enteras inmóvil sobre el sofá, en el +«Pabellón del Reposo discreto», con la mirada vaga y la boca llena de +suspiros. + +»Yo no me desespero; sé perfectamente el mal que la mina, es una +afección a la vejiga que contrajo, a consecuencia de las malas aguas, +durante nuestra estancia en Madrid... ¡Hágase la voluntad del Señor! +Ella me pide que le salude en su nombre, y desea que cuando llegue usted +a París, si va a París, le remita por el correo de la Embajada para San +Petersburgo (de allí vendrá a Pekín) dos docenas de guantes de doce +botones, número «cinco y tres cuartos», de la marca «Sol», de los +almacenes del Louvre; así como las últimas novelas de Zola; +«Mademoiselle de Maupín», de Gautier, y una caja de frascos de +«Opoponex». + +»Me olvidaba decirle que nos hemos mudado de alojamiento; dejamos la +Embajada francesa para no tener relaciones con el «Gallo enjuto», y +vivimos ahora en el Palacio de la Legación de Inglaterra. Estos son los +inconvenientes de no tener la Embajada rusa palacio de su propiedad, a +pesar de tantas reclamaciones como sobre este asunto tengo hechas a la +cancillería de San Petersburgo. + +»Allí saben perfectamente que en Pekín no hay palacios; que cada +legación tiene el suyo propio, como importante elemento de instalación y +de influencia. ¡Mas en la corte del Czar se desatienden los más serios +intereses de la civilización rusa! Todo lo dicho es lo único nuevo que +acontece en Pekín y en las legaciones. Recuerdos de Mariskoff, y todos +los de esta Embajada, y también del condesito Arturo, el Zizí de la +legación española, en fin, de todos; y yo, muy afectuosamente, le envío +el testimonio de mi amistad. + + GENERAL CAMILLOFF.» + +»P.S.--En cuanto a la viuda y familia de Ti-Chin-Fú hubo un engaño; el +astrólogo del templo de Jagua se equivocó en su interpretación sideral; +no es realmente en Tien-Hó donde reside esa familia. Es al Sur de la +China, en la provincia de Cantón. Mas también hay una familia Ti-Chin-Fú +más allá de la gran Muralla, casi en la frontera rusa, en el distrito de +Ka-ó-li. Ambas perdieron el jefe y ambas están en la miseria. Por lo +tanto, esperando sus nuevas órdenes, no retiré el dinero de casa de +Tsing-Fó. Esta reciente información me la envió hoy su excelencia el +príncipe Tong, con un delicioso tarro de compota de exquisitos +almíbares. + +»Debo anunciarle que nuestro buen Sa-Tó apareció hace días de regreso de +Tien-Hó, con el labio partido y leves contusiones en el hombro, habiendo +salvado solamente del saqueo una litografía de Nuestra Señora de los +Dolores, que por la dedicatoria manuscrita veo que perteneció a vuestra +respetable mamá. + +»Mis valientes cosacos se quedaron allá en un pozo de sangre. Su +excelencia el príncipe Tong me ha ofrecido pagar por cada uno diez mil +francos, tomados de la suma que, en concepto de indemnización ha +impuesto a la ciudad de Tien-Hó. + +»Sa-Tó me dice que si usted, como es natural, vuelve a empezar sus +viajes a través de la China en busca de la familia Ti-Chin-Fú, él se +considera honrado y venturoso en acompañarle, con una fidelidad de perro +y una docilidad de cosaco. + + CAMILLOFF.» + +--¡No! ¡Nunca!--rugí con furor, estrujando la carta y monologando a +largos pasos por el claustro.--¡No, por Dios o por el demonio! ¿Ir de +nuevo a recorrer los caminos de la China? ¡Jamás! ¡Oh, suerte grotesca +y desastrosa! ¡Dejé mi regalada vida del Loreto, mi nido amoroso de +París, vengo volando como un tordo desde Marsella a Shang-Hai, sufro las +pulgas de las habitaciones chinas, el hedor de las casas, la polvoreda +de los caminos áridos ¿para qué? Tenía un plan que se levantaba hasta +los cielos, grandioso y ornamentado como un trofeo; en él brillaban de +alto abajo, toda suerte de acciones buenas, y he aquí, que de pronto lo +veo caer al suelo, pieza tras pieza, convertido en furia! + +Quería dar mi nombre, mis millones, y la mitad de mi lecho de oro a una +señora de la familia de Ti-Chin-Fú, y no me lo permiten los prejuicios +sociales de una raza bárbara. Pretendo, con el botón de cristal del +Mandarín, reconstituir los destinos de China, traerle nuevas +prosperidades, y me lo veda la ley imperial. Aspiro a conceder una +limosna sin fin a este populacho hambriento, y corro el peligro de ser +decapitado como instigador de rebeliones. Vengo a socorrer a un pueblo y +la turba amotinada me apedrea. Iba, en fin, a brindar el reposo, la +comodidad que alababa Confucio, a la familia Ti-Chin-Fú, y esa familia +evapórase como el humo, y otras familias surgen aquí y allá vagamente, +al Sur y al Oeste, como claridades engañosas. + +¿Y tenía que ir a Cantón, a Ka-ó-lí, a exponer otra oreja a las piedras +brutales, huir aún por caminos descampados, agarrado a las crines de un +potro? ¡Jamás! + +Me paré, y con los brazos en alto, hablando a las arcadas del claustro, +a los árboles, al aire silencioso y frío que me envolvía: + +--¡Ti-Chin-Fú--bramé,--Ti-Chin-Fú, para aplacarte hice todo lo que era +racional, generoso y lógico! ¿Estás, en fin, satisfecho, letrado +venerable, tú, tu papagayo gentil, y tu panza artificial? ¡Háblame! +¡Háblame! + +Escuché, miré: la garrucha del pozo, en aquella hora del mediodía, +chirriaba dulcemente en el patio; sobre las moreras, a lo lejos de las +arcadas, se secaban sobre papel de seda las hojas de té de la cosecha de +octubre; de las puertas medio cerradas del aula venía un susurro lento +de declinaciones latinas. + +Reinaba una paz severa, producto de la simplicidad de las ocupaciones o +de la austeridad de los estudios y el aire pastoril de aquella colina, +donde dormía bajo un sol blanco de invierno, el pueblo religioso. Y en +aquel sereno ambiente, me pareció que descendía a mi alma, de repente, +una paz absoluta. + +Encendí con los dedos aún trémulos un cigarro, y dije, limpiándome una +gota de sudor que corría por mi frente, estas palabras, resumen de mi +destino: + +--Bien, Ti-Chin-Fú está contento. + +Fuí luego a la celda del excelente padre Julio; leía su breviario cerca +de la ventana, saboreando confites de azúcar, con el gato del convento +sobre el hombro. + +--Reverendísimo padre, me vuelvo a Europa. ¿Alguno de vuestros +compañeros va acaso en misión hacia Shang-Hai? + +El venerable superior se caló los lentes, y hojeando un ámplio registro +en letra china, murmuró así: + +--Quinto día de la décima luna. Sí, el padre Anacleto va a Tien-Tsin, a +hacer una novena. Duodécima luna, el padre Sánchez para Tien-Tsin +también, a explicar el catecismo a los huérfanos. Sí, tendrá compañía +hasta Leste. + +--¿Mañana? + +--Mañana. Es dolorosa la separación en estos confines del mundo, cuando +las almas se comprenden bien en Jesús. El padre Gutiérrez le arreglará +una buena fiambrera. Nosotros ya le amábamos como a un hermano, mi +querido Teodoro. Coma un confite, son deliciosos. Las cosas están en +feliz reposo, cuando se hallan en su lugar natural; el lugar del corazón +humano es el corazón de Dios, y el suyo está en este asilo seguro. Coma +otro confite. ¿Qué es eso, hijo mío, qué es eso? + +Yo estaba colocando sobre el breviario abierto, en una página del +Evangelio de la pobreza, un fajo de billetes del «Banco de Inglaterra», +y balbuceé: + +--Un recuerdo para sus pobres... + +--Excelente, excelente... Nuestro buen padre Gutiérrez le preparará una +fiambrera superior... «Amén», hijo mío. «In Deo omnia spes...» + + * * * * * + +Al día siguiente, montado en una mula blanca del convento y acompañado +del padre Anacleto y el padre Sánchez, descendí del convento al repique +de las campanas. Y allá vamos, hacia Hiang-Hiano, villa negra y +amurallada, donde atracan los barcos que descienden de Tien-Tsin. + +Ya las tierras a lo largo del Pei-Hó estaban todas blancas de nieve; en +las ensenadas bajas el agua empezaba ya a helarse, y envuelto en pieles +de carnero, alrededor de las hogueras, en la popa del barco, los buenos +padres y yo íbamos conversando de los trabajos de los misioneros, de las +cosas de la China, y a veces de las cosas del cielo, mientras corría de +mano en mano el frasco de ginebra. + +En Tien-Tsin, me separé de aquellos santos camaradas. + +Y después de dos semanas, en un día de sol, me paseaba fumando un +cigarro y mirando las luchas de perros en el puerto de Hong-Kong, sobre +la cubierta del «Java»; que iba a levar anclas con rumbo a Europa. + +Fué un momento conmovedor para mí, aquel en que a las primeras vueltas +de la hélice, vi alejarme de la tierra de China. + +Desde que desperté, durante aquella mañana, una inquietud sorda +comenzaba de nuevo a invadir mi alma. Ahora pensaba en que había ido a +aquel vasto imperio a calmar por la expiación una protesta temerosa de +la conciencia, y por fin, impelido por una impaciencia nerviosa, partía, +sin haber hecho más que deshonrar los bigotes blancos de un general +heróico y haber recibido una pedrada en la oreja en una ciudad de los +confines de la Mongolia. + +--¡Extraño destino el mío! + +Hasta el anochecer estuve recostado sombríamente en la borda del buque, +viendo el mar liso como una vasta pieza de seda azul, doblarse a los +lados en pliegues suaves; poco a poco grandes estrellas palpitaron en la +concavidad negra, y la hélice en la sombra iba trabajando rítmicamente. +Me paseé errante por la cubierta, mirando aquí y allí la brújula +iluminada, los montones de cabrestantes, las piezas de la máquina +envueltas en una claridad ardiente, golpeando con cadencia; la humareda +negra que se elevaba de las chimeneas ennegreciendo el firmamento; los +marineros de barba rubia inmóviles en sus puestos, y las figuras de los +pilotos sobre el puntal, altas y sombrías en la noche. En el camarote +del capitán, un inglés, con blanco casco a la cabeza, rodeado de damas +que bebían cognac, tocaba melancólicamente en la flauta el aria de +«Bonnie Dundée». + +Eran las once cuando bajé a mi cámara. Las luces ya estaban apagadas; +mas la luna, que se erguía al nivel del agua, redonda y blanca, hería +los cristales del camarote con un rayo de claridad, y entonces, medio +oculta y pálida, ví rígida sobre la hamaca la figura panzuda del +Mandarín, vestido de seda amarilla con su papagayo entre las manos. + +¡Era él otra vez! + +Y fué él perpetuamente. Fué él en Singapore y en Ceilán. Fué él en los +arsenales del desierto, cuando pasamos por el Canal de Suez; +adelantándose en la proa de un barco mercante, cuando entramos en Malta, +resbalando sobre las rosadas montañas de Sicilia y emergiendo de los +mares que cercan el Peñón de Gibraltar. Cuando desembarqué en Lisboa, su +obesa figura llenaba todo el arco de la calle Angosta, y sus ojos +oblícuos y los dos ojos pintados de su cometa en figura de papagayo, +parecían fijos en mí. + + + + +VIII + + +Entonces, teniendo la certeza de que nunca podría aplacar a Ti-Chin-Fú, +pasé toda la noche en mi cuarto del Loreto, donde, como en otro tiempo, +las velas que ardían en los bruñidos candelabros de plata daban a los +rojos damascos tonos de sangre fresca, medité despojarme, como de un +adorno de pecado, de aquellos millones sobrenaturales. + +¡Y así me libraría tal vez de aquella panza amarilla, y de aquella +cometa abominable! + +Abandoné el palacio del Loreto, y con él mi existencia de Nabab. + +Regresé a mi habitación de la casa de la viuda de Marques, y volví a la +oficina a implorar mis veinticinco duros mensuales y mi dulce pluma de +amanuense. + +Mas un sufrimiento mayor vino a amargar mis días. Juzgándome arruinado, +todos aquéllos que mi opulencia humilló, cubriéronme de ofensas. Los +periódicos, con triunfal ironía, publicaron mi miseria. La aristocracia, +que balbuceaba adulaciones, inclinada a mis pies de Nabab, ordenaba +ahora a sus cocheros que atropellasen en las calles el cuerpo encogido +del escribiente de secretaría. + +El clero, a quien yo había enriquecido, me acusaba de hechicero, el +pueblo me apedreaba, y la viuda de Marques, cuando me quejaba de la +dureza granítica de los garbanzos, poníase en jarras y gritaba: + +--¿Qué quiere usted más? ¡Aguantarse! ¡Valiente perdulario! + +Y a pesar de esta expiación, el viejo Ti-Chin-Fú, estaba siempre a mi +lado porque sus millones que yacían ahora intactos en los Bancos, eran, +desgraciadamente, míos. + +Entonces, indignado, volví a mi palacio y a mi vida de lujo. Aquella +noche, de nuevo el resplandor de mis ventanas alumbró el Loreto, y por +el portón abierto viéronse, como en otro tiempo, negrear con sus +calzones de seda, las largas filas de lacayos decorativos. + +Luego, Lisboa, sin excepción, se arrojó a mis pies. La viuda de Marques +me llamó llorando: «hijo de mi corazón.» + +Los periódicos me otorgaron los calificativos que, según la tradición, +pertenecen a los dioses. ¡Fuí el omnipotente, el omnisciente! La +aristocracia me besó los pies como a un tirano y el clero me incensó +como a un viejo ídolo. Y mi desprecio por la humanidad fué tan grande, +que se extendió hasta el mismo Dios que la creó. + +Desde entonces, una saciedad enervante me mantuvo durante semanas +enteras tendido en un sofá, mudo y terrible, pensando en la felicidad +del «no ser...» + +Una noche, regresando solo por una calle desierta, vi delante de mí al +personaje vestido de negro, con el paraguas debajo del brazo, el mismo +que en mi cuarto tranquilo y feliz de la travesía de la Concepción, me +hiciera a un «tilín-tín» de campanilla, heredar tantos despreciables +millones. Corrí hacia él; le agarré por la solapa des su levita +burguesa, gritándole: + +--¡Líbrame de mis riquezas! ¡Resucita al Mandarín! ¡Devuélveme la paz de +la miseria! + +El, pasó gravemente su paraguas debajo del otro brazo, y respondió con +bondad: + +--¡No puede ser, mi apreciable señor, no puede ser! + +Yo me arrojé a sus pies haciéndole una súplica abyecta, mas sólo ví +delante de mí, bajo la luz mortecina de un reverbero de gas, la forma +escuálida de un perro hambriento hociqueando en el lodo. + +Nunca he vuelto a encontrar a tal individuo. Y ahora, el mundo me parece +un inmenso montón de ruinas donde mi alma solitaria, como un desterrado +que vaga por entre columnas caídas, gime continuamente. + +Las flores de mis aposentos se marchitan y nadie las renueva; la luz me +parece una antorcha fúnebre, y cuando mis amadas vienen envueltas en la +blancura de sus peinadores a acostarse en mi lecho, lloro, como si viera +la legión amortajada de mis alegrías muertas. + +Me siento morir. Tengo ya hecho mi testamento. En él lego mis millones +al Diablo, le pertenecen; él que los reclame y los reparta. + +Y a vosotros, hombres, os lego solamente estas palabras sin comentario: +«¡Sólo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca +matéis al Mandarín!» + +Y, todavía al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte +a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las +ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningún +mandarín quedaría vivo, si tú, tan fácilmente como yo, lo pudieras +suprimir y heredar sus millones, ¡oh, lector! criatura improvisada por +Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano. + +FIN + + + + +Páginas Selectas de Eça de Queiroz + +(_Del Epistolario de Fradique Mendes_) + + + + +A CLARA... + +(_Trad._) + + +Mi adorada amiga: + +No fué en la exposición de Acuarelistas, en marzo, donde tuvo conmigo el +primer encuentro por decreto de los Hados. Fué en invierno, mi adorada +amiga, en el baile de los Tressans. Fué allí donde la vi, conversando +con Md. Jouarre, junto a una consola, cuyas luces, entre los ramos de +orquídeas, orlaban sus cabellos de aquel nimbo áureo que tan justamente +le pertenece como «reina de la gracia entre las mujeres». Recuerdo aún +su sonreir cansado, el vestido negro con adornos de color de oro, el +abanico antiguo que tenía sobre el regazo. Pasé; pero luego todo me +pareció alrededor feo y enfadoso, y volví a admirar, a «meditar» en +silencio, su belleza, que me atraía por su esplendor potente y +comprensible y también por no sé qué de fino y espiritual, de doliente +y de afable, que brillaba y venía del alma. Y tan intensamente me embebí +en mi contemplación, que me llevé conmigo su imagen hermosa y entera, +sin faltar un hilo de sus cabellos ni una ondulación de la seda que +vestía su cuerpo y corrí a encerrarme con ella, alborozado, como el +artista que en alguna obscura tienda, entre polvo y trastos, descubriese +la Obra sublime de un Maestro perfecto. + +Y ¿por qué no confesarlo? Esa imagen fue para mí al principio, meramente +un Cuadro colgado en el fondo de mi alma, que yo a cada momento miraba +para alabar, con creciente sorpresa, los encantos diversos de Línea y de +Color. Era solamente una tela rara, puesta en un sagrario, inmóvil y +muda en su brillo, sin otro influjo sobre mí que el de una forma muy +bella que cautiva un gusto muy educado. Mi sér continuaba libre, atento +a las curiosidades que hasta entonces lo solicitaban; y sólo cuando +sentía el cansancio de las cosas imperfectas o el deseo nuevo de una +ocupación más pura, regresaba a la Imagen que en mí guardaba como un Fra +Angélico en su claustro, dejando los pinceles al concluir el día, de +hinojos ante la Madona para implorar de ella descanso e inspiración +superior. + +Poco a poco, sin embargo, todo lo que no fuese esta contemplación perdió +para mí valor y encanto. Comencé a vivir cada día más recluído en el +fondo de mi alma, perdido en la admiración de la imagen que en ella +brillaba, hasta que sólo esta ocupación me pareció digna de la vida, y +en el mundo todo no reconocí más que una apariencia inconstante y fuí +como un monje en su celda, ajeno a las cosas más reales, de rodillas y +rígido en su sueño, que es para él la única realidad. + +Mas no era el mío, mi adorada amiga, un pálido y pasivo éxtasis delante +de su Imagen. ¡No! Era más bien un ansioso y fuerte estudio de ella, con +el que yo procuraba conocer, a través de la Forma, la Esencia y (pues +que la Belleza es el esplendor de la Verdad) deducir de las +perfecciones de su cuerpo las superioridades de su alma. Y así fué cómo +lentamente sorprendí el secreto de su naturaleza; su clara frente que el +cabello descubre, tan clara y despejada, luego me contó la rectitud de +su pensar; su sonrisa, de una nobleza tan intelectual, fácilmente me +reveló su desdén hacia lo mundano y lo efímero y su incansable +aspiración hacia un vivir de verdad y de belleza; cada gracia de sus +movimientos me tradujo una delicadeza de su gusto; y en sus ojos +diferencié lo que en ellos tan adorablemente se confunde, luz de razón, +calor de corazón, la luz que mejor calienta la lumbre que más +ilumina... La certeza de tantas perfecciones bastaba ya para hacer +doblar, en una adoración perpetua, las rodillas más rebeldes. Pero +sucedió también que al paso que la comprendía y que su Esencia se +manifestaba tan visible y casi tangible, descendía una influencia de +ella hacia mí, una influencia extraña, diferente de todas las +influencias humanas, y que me dominaba con trascendente omnipotencia. +¿Cómo lo podré decir? Monje encerrado en mi celda, comencé la +convivencia con la Santa a quien me consagrara. Hice entonces un severo +examen de conciencia. Investigué con inquietud si mi pensar era condigno +de la pureza de su pensar; si en mi gusto no habría desconciertos que +pudieran herir la disciplina de su gusto; si mi idea de la vida era tan +alta y seria como aquella que yo presintiera en la espiritualidad de su +mirar, de su sonreir, y si mi corazón no se dispersara y debilitara con +exceso para poder palpitar con paralelo vigor junto a su corazón. Y he +realizado ahora un jadeante esfuerzo para subir a una perfección +idéntica a aquella que tan sumisamente adoro. + +De suerte, mi querida amiga, que se tornó sin saberlo mi educadora. Y +tan subordinado quedé a esa dirección, que no puedo concebir los +movimientos de mi sér sino gobernados por ella y por ella ennoblecidos. +Sé perfectamente que todo lo que en mí surge de algún valor, idea o +sentimiento, es obra de esa educación que su alma da a la mía desde +lejos, sólo con existir y ser comprendida. Si hoy me abandonase su +influencia--más bien, como un asceta, debía decir su Gracia--todo mi sér +rodaría sin remisión a una inferioridad. Vea, pués, cómo se convirtió +usted en necesaria y preciosa para mí. Y considere que para ejercer esa +supremacía salvadora, sus manos no hubieron de imponerse sobre las mías; +bastó con que yo la viera desde lejos, brillando en una fiesta. Así un +arbusto florece en el borde de un foso porque allá arriba, en los +remotos cielos, fulgura un gran sol que no le conoce y que le hace +crecer, abrirse y exhalar su poco de aroma... Por eso mi amor alcanza +ese sentimiento no descrito y sin nombre que la Planta, si tuviese +conciencia, sentiría por la Luz. + +Y considere también que considerando de usted como de la luz, nada le +ruego, ningún bien imploro de quien tanto puede y es para mí dueña de +tanto bien. Sólo deseo que me deje vivir bajo esa influencia que, +emanando del simple brillo de sus perfecciones, tan fácil y dulcemente +realiza mi perfeccionamiento. Sólo pido ese caritativo permiso. Vea, +pues, cuán distante me mantengo en la abatida humildad de una adoración, +que hasta recela que su murmurar, murmurar de preces, roce el vestido de +la imagen divina... + +Mas si, por acaso, mi querida amiga, segura de mi renuncia, la toda +recompensa terrestre, me permitiese desarrollar junto a usted, en un día +de soledad, las agitadas confidencias de mi pecho, seguramente que +realizaría un acto de inefable misericordia, como en otro tiempo la +Virgen María, cuando animaba a sus adoradores, eremitas y santos, +descendiendo en una nube y otorgándoles una sonrisa fugitiva, o dejando +caer entre sus manos levantadas una rosa del Paraíso. Así, mañana voy a +pasar la tarde con Mad. Jouarre. No encuentro allí la santidad de una +celda o de una ermita; pero sí casi su aislamiento; y si mi querida +amiga surgiese en pleno esplendor y yo recibiese de ella, no diré una +rosa, sino una sonrisa, quedaría entonces seguro de que este amor mío o +este mi sentimiento indescriptible y sin nombre que va más allá del +amor, encuentra en sus ojos piedad y permiso para esperar. + + FRADIQUE. + + + + +A MADAME DE JOUARRE + +(_Trad_) + + + Lisboa, junio. + +Mi excelente madrina: + +Hé aquí lo que ha «visto y hecho» desde mayo en la hermosísima Lisboa. +«Ulyssipo pulcherrima», su admirable ahijado. Descubrí un compatriota +mío de las Islas, mi pariente, que vive desde hace tres años +construyendo un sistema de Filosofía en el piso tercero de una casa de +huéspedes de la travesía de la Palha. Espíritu libre, emprendedor y +diestro, paladín de las Ideas Generales, mi pariente, que se llama +Procopio, considerando que la mujer no vale los tormentos que ocasiona, +y que los ochocientos mil reis de un olivar le bastan y le sobran a un +espiritualista, consagró su vida a la Lógica y sólo se interesa por la +Verdad. Es un filósofo alegre, conversa sin gritar, tiene un aguardiente +de moscatel excelente, y yo trepo con gusto dos o tres veces por semana +a su oficina de Metafísica para saber si, conducido por la dulce alma de +Maine de Biran, que es su cicerone en los viajes al Infinito, entrevió +al fin oculta tras los últimos velos la Causa de las Causas. En estas +piadosas visitas, voy poco a poco conociendo algunos de los huéspedes, +que en ese tercer piso de la travesía de la Palha gozan de una buena +vida de ciudad a doce tostones por día, fuera del vino y de la ropa +limpia. Casi todas las profesiones en que se ocupa la clase media en +Portugal están aquí representadas con fidelidad, y así puedo yo estudiar +sin esfuerzo, como en un índice, las ideas y los sentimientos que en +nuestro año de gracia forman el fondo moral de la nación. + +Esta casa de huéspedes tiene encantos. La habitación de mi primo +Procopio tiene una estera nueva, una cama de hierro filosófica y +virginal, vistosos visillos en las ventanas, flores y pájaros por las +paredes, y allí se mantiene un riguroso aseo por una de esas criadas +como sólo las produce Portugal, guapa moza de Traz-os-Montes, que +arrastrando sus chanclas con la indolencia grave de una ninfa latina, +barre, friega y arregla toda la casa; sirve nueve almuerzos, nueve +comidas y nueve cenas; pega los botones a los pantalones y a los +calzoncillos, que los portugueses están continuamente perdiendo, +almidona las enaguas de la señora, reza el rosario de su aldea, y aún le +queda tiempo para amar desesperadamente a un barbero vecino, que está +resuelto a casarse con ella en cuanto le empleen en la Aduana. (Y todo +esto por tres mil reis de salario). El almuerzo son dos platos sanos y +abundantes, huevos y «bifftec». El vino lo envía el cosechero, un +vinillo ligero y temprano, hecho según los venerables preceptos de las +«geórgicas», y semejante, de seguro, al vino de la Rethia, «quo te +carmine dicam, Rethica?» Las tostadas, hechas en lumbre fuerte, son +incomparables. Los cuatro cuadros que adornan la sala, un retrato de +Fontez (estadista ya muerto y tenido en gran veneración por los +portugueses) una estampa de Pío IX sonriendo y bendiciendo, una vista +del valle de Collares y dos doncellas besuqueando a una tórtola, +inspiran las saludables ideas, tan necesarias, de Orden Social, de Fe, +de Paz campestre y de inocencia. + +La patrona, doña Paulina Soriana, es una señora de cuarenta otoños, +frescota y rolliza, con un pescuezo muy gordo, y toda ella más blanca +que la blanca chambra que usa, además de una falda de seda color +violeta. Parece una excelente señora, paciente y maternal, de buen +juicio y de buena economía. Sin ser rigurosamente viuda, tiene un hijo, +gordo también, que se roe las uñas y estudia en el Instituto. Se llama +Joaquín, y por ternura Quinito; sufrió en esta primavera no sé qué grave +enfermedad que le obliga a tomar interminables horchatas y baños de +asiento, y está destinado por doña Paulina a la burocracia, que +considera, con mucha justicia, la carrera más segura y más fácil. + +--Lo esencial para un muchacho, afirmaba hace días la apreciable señora, +después del almuerzo y cruzando la pierna--es tener padrinos y lograr un +empleo; ya colocado, el trabajo es poco y la paga no falta a fin de mes. + +Doña Paulina está tranquila acerca de la carrera de Quinito. Por el +influjo (que es todopoderoso en estos Reinos) de un amigo seguro, el +señor consejero Vaz Netto, hay ya en el ministerio de Obras públicas o +en el de Justicia una silla de amanuense guardada, señalada, en espera +de Quinito. Y como Quinito fuese reprobado en los últimos exámenes, el +señor consejero Vaz Netto resolvió que en vista de que se mostraba tan +desaplicado y con tan poco amor a las letras, lo mejor era no insistir +en los estudios del Instituto y entrar inmediatamente en el destino... + +--Sin embargo--añadió la buena señora cuando me honró con estas +confidencias,--me agradaría que Quinito terminase los estudios. No es +por necesidad, ni por causa del empleo, como vuestra excelencia ve; sino +por gusto. + +Quinito tiene, pues, su prosperidad satisfactoriamente asegurada. Por lo +demás, supongo que doña Paulina le reúne un prudente peculio. En la +casa, bien acreditada, hay ahora siete huéspedes, todos de confianza, +estables, gastando como extraordinarios de cuarenta y cinco a cincuenta +mil reis al mes. El más antiguo, el más respetado (y aquel que +precisamente conozco) es Pinho, Pinho el brasileño, el comendador Pinho. +El es quien todas las mañanas anuncia la hora del almuerzo (el reloj del +comedor está descompuesto desde Navidad) saliendo de su cuarto +puntualmente a las diez, con su botella de agua de Vidago, yendo a +ocupar su silla, en la mesa, ya puesta, pero desierta, una silla +especial de mimbres con un almohadón de viento. Nadie sabe de este Pinho +ni la edad, ni la tierra o familia en que nació, ni su ocupación en el +Brasil, ni el origen de su encomienda. Llegó una tarde de invierno en un +paquebot de la «Mala Real», pasó cinco días en el Lazareto, desembarcó +con dos baúles, la silla de mimbres y cincuenta latas de dulce; tomó su +cuarto en esta casa de huéspedes, con ventana a la travesía, y aquí +engorda risueña y plácidamente con el seis por ciento de sus +inscripciones. Es un sujeto rechoncho, bajo, con barba gris, piel +morena, con tonos de café y de ladrillo, siempre vestido de paño fino +negro, con lentes de oro pendientes de una cinta de seda, que él, en la +calle y en cada esquina, desenreda del cordón de oro del reloj para leer +con interés y lentitud los carteles de los teatros. Su vida ofrece una +de esas prudentes regularidades que tan admirablemente concurren a crear +el orden en los Estados. Después del almuerzo, se calza sus botas de +caña, alisa su sombrero de copa y se va muy despacio hasta la calle de +los Capellistas, al escritorio en planta baja del corredor Godinho, +donde pasa dos horas sentado junto a la ventana, con las velludas manos +apoyadas en el puño del quitasol. Después se coloca el quitasol debajo +del brazo, y por la calle del Oouro, con saboreada pachorra, +deteniéndose a contemplar a la señora de sedas más rizadas o la +victoria de arreos más lustrosos, alarga sus pasos hasta la tabaquería +de Sousa, en el Rocío, donde bebe una copa de agua de Canecas, y +descansa hasta que la tarde refresca. Sigue entonces por la Avenida, +gozando el aire puro y el lujo de la ciudad, sentado en un banco, o da +la vuelta al Rocío, bajo los árboles, con la cara alta y dilatada de +bienestar. A las seis se recoge, se quita el sobretodo, se calza sus +chinelas de tafilete, se pone una agradable cazadora de algodón, y come, +«repitiendo» siempre de la sopa. Después del café da un «higiénico» +paseo por la Baixa, haciendo paradas pensativas, pero risueñas, en los +escaparates de las confiterías, y ciertos días sube al Chiado, dobla la +esquina de la calle Nova da Trinidade y regatea con placidez y firmeza +una entrada para el Gimnasio. Todos los viernes entra en su Banco, que +es el «London Brasilian». Los domingos, al anochecer, con recato, visita +a una moza gorda y limpia que vive en la calle de la Magdalena. Cada +semestre recibe los intereses de sus inscripciones. + +Así, toda su existencia es un pausado reposo. Nada le inquieta, nada le +apasiona. Para el comendador Pinho, el Universo consta de dos únicas +entidades: él mismo, Pinho, y el Estado que le da el seis por ciento; +por tanto, el Universo es perfecto y la vida perfecta, mientras Pinho, +gracias a las aguas de Vidago, conserve apetito y salud, y el Estado +siga pagando fielmente el cupón. Por lo demás, le basta con poco para +contentar la porción de Alma y Cuerpo de que aparentemente se compone. +La necesidad que todo sér vivo (aún las ostras, según afirman los +naturalistas) tiene de comunicar con sus semejantes por medio de gestos +o de sonidos, es en Pinho poco exigente. Hacia mediados de abril, sonríe +y dice desdoblando la servilleta: «tenemos el verano encima»; todos +concuerdan con él y Pinho goza. A mediados de octubre se pasa los dedos +por la barba y murmura: «tenemos encima el invierno»; si otro huésped +disiente, Pinho enmudece porque teme las controversias. Y este honesto +cambio de ideas le basta. En la mesa, con tal que le sirvan una sopa +suculenta en un plato hondo que pueda llenar dos veces, queda satisfecho +y dispuesto a dar gracias a Dios. El «Diario de Pernambuco», el «Diario +de Noticias», alguna comedia del Gimnasio o alguna de magia satisfacen +de sobra aquellas cualidades de inteligencia y de imaginación que +Humboldt encontró aún entre los «botecudos». En las funciones del +sentimiento, Pinho sólo pretende (como reveló un día a mi primo) «no +coger una enfermedad». Con la cosa pública está siempre contento, +gobierne éste o gobierne aquél, con tal que la policía mantenga el orden +y no se produzcan perturbaciones en los principios y en las calles, +nocivas al pago del cupón. En cuanto al destino ulterior de su alma, +Pinho (como me aseguró a mí mismo) «sólo desea, después de muerto, que no +le entierren vivo». Aun acerca de punto tan importante, como es para un +comendador su mausoleo, Pinho se contenta con poco: apenas una lápida +lisa y decente con su nombre y un sencillo «Rogad por él». + +Erraríamos, sin embargo, querida madrina, suponiendo que Pinho es ajeno +a todo cuanto sea humano. ¡No! Estoy cierto de que Pinho respeta y ama a +la humanidad; sólo que para él la humanidad en el transcurso de su vida +se restringió mucho. Hombres, hombres serios, verdaderamente merecedores +de ese nombre, dignos de reverencia y afecto, y de que por ellos se +arriesgue un paso que no canse mucho, para Pinho sólo lo son los +prestamistas del Estado. Así, mi primo Procopio, con una malicia harto +inesperada en un espiritualista, contóle hace tiempo en secreto, +guiñando los ojos ¡que yo poseía muchos papeles! ¡muchas pólizas! +¡muchas inscripciones!... Pues en la primera mañana que volví a la casa +de huéspedes después de esta revelación, Pinho, ligeramente colorado, +casi conmovido, me ofreció una cajita de dulce envuelta en una +servilleta, ¡acto conmovedor que explica aquella alma! Pinho no es un +egoísta, un Diógenes de levita negra, secamente retraído dentro del +tonel de su inutilidad. No. Hay en él toda la humana voluntad de amar a +sus semejantes y de servirlos. Pero, ¿quiénes son para Pinho sus +genuínos «semejantes»? Los prestamistas del Estado. ¿Y en qué consiste +para Pinho el acto de beneficio? En ceder a los otros aquello que a él +le es útil. Para Pinho no hay otro bien como el uso de la guayaba, y en +cuanto supo que yo era un poseedor de inscripciones, un semejante suyo, +capitalista como él, no dudó, no se retrajo más de su deber humano, y +practicó en seguida el acto de beneficio, y hélo aquí ruborizado y +feliz, trayendo su dulce dentro de una servilleta. + +¿Es el comendador Pinho un ciudadano inútil? ¡No, ciertamente! Hasta +para mantener con estabilidad y solidez el orden de una nación, no hay +más provechoso ciudadano que este Pinho, con su placidez de hábitos, su +fácil asentimiento a todos los hechos de la vida pública, su cuenta de +todos los viernes en el Banco, sus placeres escondidos con higiénico +recato, su pausa y su inercia. De un Pinho nunca puede salir idea o +acto, afirmación o negación que desarreglen la paz del Estado. Así, +gordo, pacífico, colocado en el organismo social, no concurriendo a su +movimiento, pero tampoco contrariándolo, Pinho ofrece todos los +caracteres de una excrecencia sebácea. Socialmente, Pinho es un +lobanillo. Y nada más inofensivo; que un lobanillo; y en nuestros +tiempos, en que el Estado está lleno de elementos morbosos y de +parásitos que lo chupan, lo inficionan y lo sobrexcitan, esta +«inofensibilidad» de Pinho hasta puede (en relación a los intereses del +orden) ser considerada como una cualidad meritoria. Por esto el Estado, +según se dice, le va a conceder el título de barón. Y barón es un título +que honra a ambos, al Estado y a Pinho, porque con él se rinde +simultáneamente un homenaje gracioso y discreto a la Familia y a la +Religión. + +El padre de Pinho se llamaba Francisco, Francisco José Pinho. Y nuestro +amigo va a ser hecho barón de San Francisco. + +¡Adiós, querida madrina! ¡Vamos con el décimo octavo día de lluvia! +Desde el comienzo de junio y de las rosas, en este país del sol sobre +azul, en la tierra trigueña del olivo y del laurel, queridos de Febo, +está lloviendo, lloviendo a hilos de agua cerrados, continuos, +imperturbables, sin un soplo de viento que los tuerza, ni un rayo de luz +que los abrillante, formando de las nubes a las calles una movible trama +de humedad y de tristeza, en que el alma se agita y se rinde como una +mariposa presa en las telas de la araña. Estamos en pleno versículo +XVII, capítulo VII del «Génesis». + +En el caso de que estas aguas del cielo no cesaran, yo deduzco que las +intenciones de Jehová para con este país son diluvianas, y no juzgándome +menos digno de la Gracia y de la Alianza divina que lo fué Noé, voy a +comprar madera y brea y a hacer un arca según los nuevos modelos +hebraicos y asirios. Y si por acaso de aquí a algún tiempo una paloma +blanca fuese a batir sus alas delante de su vidriera, es que yo aporté +al Havre en mi arca, llevando conmigo, entre otros animales, a Pinho y a +doña Paulina, para que, más tarde, cuando hayan bajado las aguas, +Portugal se repueble con provecho, y el Estado tenga siempre Pinhos a +quienes pedir dinero prestado, y Quinitos gordos con quienes gastar el +dinero que pidió a Pinho. Suyo ahijado del corazón, + + FRADIQUE. + + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El Mandarín, by Eça Queiroz + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MANDARÍN *** + +***** This file should be named 18228-8.txt or 18228-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/1/8/2/2/18228/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El Mandarín + +Author: Eça Queiroz + +Release Date: April 22, 2006 [EBook #18228] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MANDARÍN *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + +<hr style="width: 65%;" /> + +<h1>EL MANDARÍN</h1> + +<h2>EÇA DE QUEIROZ</h2> + +<h3>OBRAS DEL MISMO AUTOR</h3> + +<table summary="obras"> +<tr><td>La Reliquia</td><td>1 tomos.</td></tr> +<tr><td>La ciudad y la sierra</td><td>1 "</td></tr> +<tr><td>El primo Basilio</td><td>2 "</td></tr> +<tr><td>Los Maias</td><td>3 "</td></tr> +<tr><td>El crimen del padre Amaro</td><td>2 "</td></tr> +<tr><td>Epistolario de Fradique Mendes</td><td>1 "</td></tr> +</table> + +<h3>Versión castellana</h3> + +<div class="center"> + <img src="images/diseno.jpg" width="15%" + alt="diseño" title="diseño" /> +</div> + +<p class="center noind"><b>CASA EDITORIAL MAUCCI</b><br/> +Gran medalla de oro en las Exposiciones<br/> +de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest 1907 y gran premio<br/> +en la de Buenos Aires 1910<br/> +<b>Calle de Mallorca, 166.—BARCELONA</b></p> + +<hr style="width: 65%;" /> + +<p><a name="table" id="table"></a></p> +<table summary="table"> +<tr><td> +<a href="#PROLOGO"><b>PROLOGO</b></a><br /> +<a href="#I"><b>I</b></a> +<a href="#II"><b>II</b></a> +<a href="#III"><b>III</b></a> +<a href="#IV"><b>IV</b></a> +<a href="#V"><b>V</b></a> +<a href="#VI"><b>VI</b></a> +<a href="#VII"><b>VII</b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII</b></a><br /><br /> +<a href="#Paginas_Selectas_de_Eca_de_Queiroz"><b>Páginas Selectas de Eça de Queiroz</b></a><br /> +<a href="#A_CLARA"><b>A CLARA....</b></a><br /> +<a href="#A_MADAME_DE_JOUARRE_Trad"><b>A MADAME DE JOUARRE</b></a><br /> +</td></tr> +</table> + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="PROLOGO" id="PROLOGO"></a><a href="#table">PROLOGO</a></h2> + +<p><span class="smcap">Amigo</span> 1.º <i>(Bebiendo coñac y soda, bajo los árboles de una terraza, a +orillas del agua.)</i></p> + +<p>Camarada; durante estos calores que embotan la imaginación, descansemos +del áspero estudio de las Realidades humanas.... Partamos hacia los +campos del Ensueño, a vagar por esas azuladas colinas donde se levanta +la torre abandonada de lo Sobrenatural y frescos musgos cubren +amorosamente las ruinas del Idealismo.... Fantaseemos....</p> + +<p><span class="smcap">Amigo</span> 2.º Más sobriamente, camarada, más sobriamente... y como en las +sabias y amables Alegorías del Renacimiento, mezclando siempre una +moralidad discreta....</p> + +<p class="center derecha"><i>(Comedia inédita)</i></p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/001.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="I" id="I"></a><a href="#table">I</a></h2> + + +<p>Me llamo Teodoro, y fuí amanuense en el Ministerio de la Gobernación.</p> + +<p>En aquel tiempo vivía yo en la travesía de la Concepción, número 106, en +la casa de huéspedes de doña Augusta, la espléndida doña Augusta, viuda +del comandante Marques. Tenía dos compañeros: Cabritilla, empleado en la +administración del barrio central, tieso, y amarillo como una vela de +entierro y el petulante teniente Conceiro, hábil tocador de viola +francesa.</p> + +<p>Mi existencia se deslizaba equilibrada y tranquila. Toda la semana +sentado ante el pupitre de mi negociado, trazaba en una hermosa letra +cursiva, sobre el papel de oficio del Estado, estas frases hechas: +«Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de comunicar a V.E.... Tengo el +honor de poner en conocimiento de V.I. etc., etc.»</p> + +<p>Los domingos descansaba. Instalado entonces en el canapé del comedor, la +pipa entre los dientes, admiraba a doña Augusta, que, los días de +fiesta, solía limpiar con clara de huevo la caspa al teniente Conceiro. +Esta hora, sobre todo en verano, era deliciosa. Por las ventanas +entreabiertas penetraba el vaho cálido y soñoliento de la solanera, +algún lejano repique de las campanas de la Concepción Nueva, y el +arrullo de las tórtolas que se enamoran en las barandas.</p> + +<p>El monótono susurro de las moscas se balanceaba sobre el viejo tul, +antiguo velo nupcial de la señora de Marques, que cubría ahora, en el +aparador, los platos de cerezas. Poco a poco, el teniente, envuelto en +un paño de afeitar, como un ídolo en su manto, adormecíase, bajo la +fricción suave de las cariñosas manos de doña Augusta.... Yo, entonces, +enternecido, decía a la amable señora:</p> + +<p>—¡Ay, doña Augusta, es usted un ángel!</p> + +<p>Ella, siempre me llamaba «el encanijado». Yo sonreía sin escandalizarme. +«El encanijado» era efectivamente el nombre que me daban en casa, por +ser delgado, entrar en todas partes con el pie derecho, asustarme de los +ratones, tener en la cabecera de mi cama una estampa de Nuestra Señora +de los Dolores, que perteneció a mi madre, y andar un tanto corcovado. +Sí, era desgraciadamente corcovado, por lo mucho que doblé el espinazo, +retrocediendo asustado delante de los señores profesores, o inclinando +la frente ante jefes y directores generales. Esta actitud de respeto es +conveniente al covachuelista, mantiene la disciplina en un Estado bien +organizado, y me garantizaba el descanso de los domingos y días +festivos, el uso de alguna ropa blanca y veinticinco duros al mes.</p> + +<p>No puedo negar, a pesar de todo, que yo no tuviese ambiciones, como lo +reconocían sagazmente la viuda de Marques y el pedante de Conceiro. No +agitaba mi pecho el apetito heróico de dirigir, desde lo alto de un +trono, vastos rebaños humanos; pero sí me abrasaba el deseo de poder +comer en el Hotel Central, con champagne, apretar la mano de mimosas +vizcondesas, y, por lo menos, dos veces a la semana, dormir, en un +éxtasis mudo, sobre el fresco seno de Venus. ¡Oh, elegantes que os +dirigíais vivamente a San Carlos abrigados en costosos paletots, +luciendo la blanca corbata de «soirée!» ¡Oh, carruajes llenos de mujeres +vestidas a la andaluza, rodando gallardamente hacia los toros, cuántas +veces me hicísteis suspirar! Porque la certidumbre de mis veinticinco +duros mensuales y mi gesto encogido de encanijado, me excluían para +siempre de aquellas alegrías sociales, y venía entonces a herir mi +pecho, como flecha que se clava en un tronco y queda mucho tiempo +vibrando.</p> + +<p>Aun así, yo nunca llegué a considerarme un paria. La vida humilde tiene +sus dulzuras: es grato, en una mañana de sol alegre, con la servilleta +al cuello, delante de un bistek con patatas, desdoblar el «Diario de las +Noticias;» durante las tardes de verano, en los bancos gratuitos del +paseo, se gozan suavidades de idilio; y es sabroso, de noche, en +Martiño, mientras se toma a sorbos el café, oir a los charlatanes +injuriar a la patria.</p> + +<p>Además, nunca fuí excesivamente desgraciado, porque no tengo +imaginación; no me consumía rodando en torno de paraísos ficticios, +nacidos de mi propia alma deseosa, como las nubes de la evaporación de +un lago; no suspiraba mirando las lúcidas estrellas, por un amor +espiritual a lo Romero o por una gloria humana a lo Camoens.</p> + +<p>Soy muy positivista. Sólo aspiraba a lo racional, a lo tangible, a lo +que era alcanzado por otros en mi barrio, a lo que es accesible a un +bachiller. Y me iba resignando como quien ante una «table d' hôtel» +mastica la corteza de pan seco en espera del rico plato de la «Charlotte +russe». Las felicidades habían de llegar; y, para apresarlas, yo hacía +todo lo que me era posible como portugués y como constitucional; se las +pedía todas las noches a Nuestra Señora de los Dolores y compraba +décimos de la lotería.</p> + +<p>Entretanto procuraba distraerme. Y como las circunvoluciones de mi +cerebro no me habilitaban para componer odas a la manera de tantos +otros que, a mi lado, se desquitaban así del tedio que la profesión les +producía; como mi escaso sueldo, apenas suficiente para pagar la casa y +el tabaco, no me permitía ningún vicio, había tomado el hábito discreto +de comprar en la feria de Sadra libros antiguos desencuadernados, y por +la noche, en mi cuarto, me entretenía con esas curiosas lecturas. Eran, +siempre, obras de títulos sugestivos: «Galera de la inocencia», «Espejo +milagroso», «Tristeza de los desheredados....» ¡El tipo venerable, el +papel amarillento, la grave encuadernación frailuna, la cintita verde +marcando la página, todo esto me encantaba! Después, aquellos relatos +ingenuos en letra gorda inundaban de paz todo mi sér, produciéndome una +sensación comparable a la calma penetrante de una vieja cerca de un +monasterio, en la quebradura de un valle, a la hora del crepúsculo, +oyendo correr el agua muy triste....</p> + +<p>Una noche, hace años, empecé a leer en uno de esos vetustos infolios, un +capítulo titulado «Brecha de las almas;» e iba cayendo en una soñolencia +grata, cuando este período singular se destacó del tono neutro y +apagado de la página, como el relieve de una medalla de oro nuevo +brillando sobre un tapete obscuro: copio textualmente:</p> + +<p>«En el fondo de la China existe un Mandarín más rico que todos los reyes +de que nos habla la Fábula o la Historia. De él nada conoces, ni el +nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que tú heredes +sus bienes inenarrables, basta con que toques esa campanilla, puesta a +tu lado, sobre un libro. El exhalará entonces un suspiro, en los lejanos +confines de la Mongolia. Será un cadáver: y tú verás a tus pies más oro +del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres +hombre mortal, ¿tocarás la campanilla?»</p> + +<p>Permanecí asombrado ante la página abierta: aquella interrogación +«hombre mortal, ¿tocarás tú la campanilla?» aunque me parecía burlona y +picaresca, me turbaba prodigiosamente. Quise leer más; pero las líneas +huían ondulando como sierpes asustadas, y en el vacío que dejaban, de +una lividez de pergamino, volvía a brillar la interpelación extraña: +«¿Tocarás tú la campanilla?»</p> + +<p>Si el volumen hubiese sido de una moderna edición Michel Levy, de +cubierta amarilla, yo, que no me hallaba perdido en la floresta de una +balada alemana, y podía ver desde mi cuarto blanquear a la luz del gas +el correaje de la patrulla, hubiera cerrado el libro, disipando así la +nerviosa alucinación. Mas aquel sombrío infolio parecía exhalar magia; +cada letra afectaba la inquietante configuración de esos signos de la +vieja Kábala, que encierran un atributo fatídico; las comas tenían el +retorcido petulante de rabos de diablillos, entrevistos a la luz blanca +de la luna; en el punto de interrogación final veía el pavoroso gancho +con que el Tentador caza las almas que adormecieron, sin refugiarse en +la inviolable ciudadela de la Oración.</p> + +<p>Una influencia sobrenatural se apoderó de mí, arrebatándome fuera de la +realidad y del raciocinio; y en mi espíritu se fueron formando dos +visiones: de un lado un Mandarín decrépito, muriendo sin dolor, lejos, +en un kiosco chino, al «tilín-tín» de mi campanilla; ¡y de otro toda +una montaña de oro brillando a mis pies! Esto era tan claro que hasta +veía los ojos oblícuos del viejo empañarse, como cubiertos de una ténue +capa de polvo; y sentía el sonido metálico del dinero rodando a mis +plantas. Inmóvil, horrorizado, clavaba ardientemente los ojos en la +campanilla, puesta delante de mí, sobre un diccionario francés, la +campanilla prevista, citada en el magnífico infolio.</p> + +<p>Fué entonces cuando, del otro lado de la mesa, una voz insinuante y +cristalina, me dijo misteriosamente:</p> + +<p>—Vamos, Teodoro, amigo mío, sé fuerte, extiende la mano y toca la +campanilla.</p> + +<p>La pantalla verde de la vela esparcía una penumbra en derredor. Me +levanté temblando. Y vi, pacíficamente sentado a mi lado, un individuo +corpulento, todo vestido de luto, con sombrero de copa, las manos +enguantadas de negro, apoyadas en el puño de un paraguas. No tenía nada +de fantástico. Parecía tan corriente, como si viviese del mísero sueldo +de un empleo... su originalidad estaba en su rostro, sin barba, de +líneas fuertes y duras, la nariz brusca, presentaba la expresión rapaz +y amenazadora de un pico de águila: el corte firme y acentuado de sus +labios daba a su boca una expresión maligna; los ojos, al fijarse, +semejaban los encendidos fulgores de un disparo, salido súbitamente de +entre las zarzas tenebrosas del entrecejo fruncido; era lívido, mas, por +su piel, corrían a veces radiaciones sanguíneas, como en un viejo mármol +fenicio.</p> + +<p>De pronto me asaltó la idea de que mi visitante fuese el demonio en +persona, pero luego, mi raciocinio se sublevó resueltamente contra esta +suposición. Yo nunca creí en el diablo, como nunca tuve fe en Dios. +Jamás lo dije en voz alta ni lo escribí en los periódicos para no +descontentar a los Poderes públicos encargados de mantener el respeto +hacia tales entidades: mas yo nunca creí que existiesen estos dos +personajes, viejos como la substancia, rivales bonachones, que se pasan +la vida haciéndose mútuas y amables perrerías, uno de barbas nevadas y +túnica azul, vestido como el antiguo Zoroastro y habitando las alturas +luminosas, en medio de una corte más complicada que la de Luis XIV; y el +otro malhumorado y mañoso, ornado de cuernos, viviendo entre las +llamas, imitación ridícula y burguesa del pintoresco Plutón. ¡No, no +creo! Cielo e infierno son concepciones sociales para uso de la plebe, y +yo pertenezco a la clase media. Rezo, es verdad, a Nuestra Señora de los +Dolores, porque, así como pedí una recomendación para licenciarme; así +como, para obtener mis veinticinco duros, imploré la benevolencia del +diputado; igualmente, para sustraerme de la tisis, de las anginas, de la +navaja del chulo, de la cáscara de naranja escurridiza donde puede uno +resbalar y romperse una pierna y de otros accidentes, necesito tener una +protección sobrehumana. El hombre prudente debe ir haciendo una serie de +sabias adulaciones desde la Universidad hasta el paraíso. Con un +compadre en el barrio, y una comadre mística en las alturas, el porvenir +del licenciado está seguro.</p> + +<p>Por eso, libre de torpes supersticiones, dije familiarmente al individuo +vestido de negro:</p> + +<p>—¿Realmente me aconsejas que toque la campanilla?</p> + +<p>El desconocido se levantó un poco el sombrero, descubriendo la frente +estrecha y respondió, palabra por palabra:</p> + +<p>—He aquí tu caso, estimable Teodoro: ¡Veinticinco duros mensuales es +una vergüenza social! Hay en este mundo cosas prodigiosas; vinos de +Borgoña, como por ejemplo el «Romanée-Conti» del 58 y «Chambertín» del +61, que cuesta cada botella, de diez a once duros, y el que bebe la +primera copa, no vacila en asesinar a su padre, por beber la segunda.... +Fabrícanse en París y en Londres carruajes de tan suaves muelles, tan +suaves forros y airosas ruedas, que es preferible recorrer en ellos el +Campo Grande, a viajar, como los antiguos dioses, por el cielo, sobre +los fofos cojines de las nubes. No haré a tu cultura la ofensa de +informarte que se amueblan hoy las casas con un estilo y un «confort» +tan admirables que superan a ese regalo ficticio, llamado en otro tiempo +Bienaventuranzas. No te hablaré, Teodoro, de otros goces terrenales, +como, por ejemplo: el Teatro Real, el baile, el café Inglés.... Sólo +llamaré tu atención sobre este hecho.... Existen seres que se llaman +mujeres. Estos seres, Teodoro, en mi tiempo, en la tercera página de la +Biblia, apenas usaban exteriormente una «hoja de parra». Hoy son toda +una sinfonía, todo un engañoso y delicado poema de encajes, batistas, +sedas, flores, joyas, cachemires, gasas y terciopelos. Comprende la +satisfacción inenarrable que sentirán los cinco dedos de un cristiano +recorriendo y palpando esas maravillas; más también has de percibir, que +con una pieza de cinco céntimos, no se pagan las cuentas de esos +serafines.... Ellas poseen cosas mejores: cabellos color de oro o color +de tinieblas, resumiendo así en sus trenzas la apariencia emblemática de +las dos grandes tentaciones humanas: el hambre del metal precioso y el +conocimiento del absoluto trascendente. Y aún tienen más: brazos +marmóreos, frescos como rosas salpicadas de rocío; senos sobre los +cuales el gran Praxíteles modeló su copa, que es la línea más pura y más +ideal de la antigüedad.... Los senos, en otra era, en la idea de ese +ingenuo anciano que los formó, que fabricó el mundo, y de quien una +enemistad secular me veda pronunciar el nombre, eran destinados a la +nutrición augusta de la humanidad; hoy, ninguna madre racional los +expone a esa función deterioradora y severa, sirven sólo para +resplandecer entre encajes a la luz de las «soirées» y para otros usos +secretos. Las conveniencias me impiden proseguir en esta exposición +radiante de bellezas, que constituye el Fatal Femenino.... Del resto, ya +hablaremos más tarde. Todas estas cosas, Teodoro, están más allá de tus +veinticinco duros mensuales.... Confiesa, al menos, que estas palabras +tienen el venerable sello de la verdad.</p> + +<p>Yo murmuré con las fauces abrasadas:</p> + +<p>—¡Cierto!</p> + +<p>Y su voz prosiguió paciente y suave:</p> + +<p>—¿Qué me dices de veinte o veinticinco millones de pesetas? Bien sé que +es una bagatela... más, en fin, constituye un comienzo; son una ligera +habilitación para conquistar la felicidad. Ahora reflexiona sobre esto: +El Mandarín, ese Mandarín del fondo de la China, es un viejo decrépito y +gotoso. Como hombre, como funcionario del Celeste imperio, es más +inútil a Pekín y a la humanidad, que un pedrisco en la boca de un perro +hambriento. Mas la transformación de la substancia existe: te la +garantizo yo, que sé el secreto de las cosas. Porque la tierra es así: +recoge aquí un hombre podrido y lo restituye allá, en el conjunto de sus +formas, como vegetal vigoroso. Bien puede ser que él, inútil como +Mandarín en el Imperio del Sol, vaya a ser útil en otra tierra como +odorante rosa o sabroso repollo. Matar, hijo mío, es casi equilibrar las +necesidades universales. Eliminar en una parte el exceso para suplir en +otra la falta. Penétrate bien en estas sólidas filosofías. Una pobre +costurera de Londres ansía ver florecer en su ventana un tiesto lleno de +tierra negra; una flor daría consuelo a aquella desheredada; mas en la +disposición de los seres, por desgracia, en ese momento, la substancia +que allá debía ser rosa, es aquí un hombre de Estado.... Viene entonces +el chulo de navaja y hiere al estadista; la puñalada le descarga los +intestinos; lo entierran: la materia comienza a desorganizarse, mézclase +a la vasta evolución de los átomos, y el superfluo hombre de gobierno +va a alegrar, bajo la forma de una flor a una rubia costurera. El +asesino es un filántropo. Déjame resumir, Teodoro; la muerte de ese +viejo Mandarín idiota, ¡trae a tu bolsillo algunos millones de pesetas! +Puedes desde ese momento dar un puntapié a los Poderes públicos: ¡medita +en lo intenso de este gusto! Y desde luego serás citado en los +periódicos, ¡a qué mayor gloria puede aspirar un sér humano! Y todo eso +con sólo agarrar la campanilla y hacer «tilín-tín». Yo no soy un +bárbaro: comprendo la repugnancia de un caballejo en asesinar a un +semejante suyo; la sangre ensucia vergonzosamente los puños de la +camisa, y siempre es repulsiva la agonía de un cuerpo humano. Mas en +este caso, ninguno de esos torpes espectáculos.... Es como quien llama a +un criado.... Y son veinte o veinticinco millones de pesetas, no +recuerdo bien, pero los tengo anotados en mis apuntes. No dudes de mí, +Teodoro. Soy un caballero; lo probé, cuando, haciendo la guerra a un +tirano en la primera insurrección de la justicia, me ví precipitado +desde las alturas. Tu imaginación no lo puede concebir... ¡Una caída +espantosa, mi querido amigo! Grandes disgustos.</p> + +<p>Lo que me consuela es que el «Otro» está también muy alicaído, porque, +amigo mío, cuando un Jehová tiene contra sí a un Lucifer, quítase este +estorbo enviando contra el rebelde una legión de Arcángeles; mas cuando +el enemigo es el hombre armado de una pluma de pato y un cuaderno de +papel blanco, está perdido.... En fin, son veinte millones de pesetas. +Vamos, Teodoro, ahí tienes la campanilla, ¡sé un hombre!</p> + +<p>Calló el enlutado caballero.</p> + +<p>Yo bien sé lo que se debe a sí mismo un cristiano. Si este personaje me +hubiese llevado a la cumbre de una montaña en Palestina, en una noche de +luna llena, y desde allí, mostrándome ciudades, razas e imperios +adormecidos, me hubiera dicho sombríamente: «Mata al Mandarín, y todo lo +que ves en valles y colinas será tuyo», yo le habría replicado, +siguiendo un ejemplo ilustre, con la mano levantada hacia las +inmensidades consteladas. «¡Mi reino no es de este mundo!»</p> + +<p>Conozco bien mis autores. Mas eran veinte millones de pesetas, ofrecidos +a la luz de una vela de esperma, en la travesía de la Concepción, por un +sujeto de sombrero de copa, apoyado en un paraguas.</p> + +<p>Entonces no dudé. Y con mano firme repiqué la campanilla. Fué tal vez +una ilusión; mas parecióme que una campana de boca tan ancha como el +cielo, repicaba en la obscuridad, a través del Universo, con un són +temeroso que ciertamente iría a despertar soles que dormían y planetas +panzudos.</p> + +<p>El extraño individuo llevó un dedo al párpado, y limpiando una lágrima +que nublaba su ojo rutilante, exclamó:</p> + +<p>—¡Pobre Ti-Chin-Fú!</p> + +<p>—¿Murió?</p> + +<p>—Estaba en su jardín, sosegadamente, armando, para lanzarlo al aire, un +papagayo de papel, pasatiempo honesto de un Mandarín jubilado, cuando le +sorprendió ese «tilín-tín» de la campanilla. Ahora yace a orillas de un +arroyo susurrante, vestido de seda amarilla, muerto sobre la hierba +verde, con la panza al aire, y en sus manos frías tiene su papagayo de +papel, que parece tan muerto como él. Mañana son los funerales. ¡Que la +sabiduría de Confucio, inspirándole, ayude a emigrar su alma!</p> + +<p>Y el buen sujeto, levantándose, se quitó respetuosamente el sombrero, y +salió, con el paraguas debajo del brazo.</p> + +<p>Entonces, al sentir cerrar la puerta, me pareció despertar de una +pesadilla. Salté al corredor. Una voz jovial hablaba con la señora de +Marques; y la cancela de la escalera cerróse sutilmente.</p> + +<p>—¿Quién acaba de salir ahora, doña Augusta?—pregunté sudoroso.</p> + +<p>—Cabritilla que va a la oficina....</p> + +<p>Volví a mi cuarto: todo reposaba tranquilo, idéntico, real. El infolio +estaba aún abierto por la página temerosa. Volví a leerla, y ahora me +pareció la prosa anticuada de un moralista cansado; cada palabra se +había vuelto como un carbón apagado.</p> + +<p>Me acosté y soñé que estaba lejos, más allá de Pekín, en las fronteras +de Tartaria, en el kiosco de un convento de Lamas, oyendo máximas +prudentes y suaves que brotaban como un aroma fino de té, de los labios +de un Buda vivo.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/002.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="II" id="II"></a><a href="#table">II</a></h2> + + +<p>Transcurrió un mes.</p> + +<p>Yo, en tanto, continué, rutinario y triste poniendo diariamente mi +hermosa letra cursiva al servicio del Estado, y admirando, los domingos, +la pericia con que la espléndida doña Augusta limpiaba la caspa al +teniente Conceiro. Era cosa evidente para mí que aquella noche, dormido, +leyendo sobre el infolio, había soñado con una «Tentación de la Montaña» +bajo formas familiares. Instintivamente, sin embargo, me fui preocupando +de la China. Leía los telegramas de los periódicos buscando siempre los +que se referían a cosas del Celeste Imperio; mas nada pasaba entonces en +la región de las razas amarillas.... La «Agencia Havas» sólo +telegrafiaba sobre la Herzegovina, la Bosnia, la Bulgaria y otras +curiosidades bárbaras.</p> + +<p>Poco a poco fuí olvidando mi episodio fantasmagórico; y al mismo tiempo, +como gradualmente mi espíritu se serenaba, volvían a él las antiguas +ambiciones que lo habitaron: un nombramiento de Director General, el +seno amoroso de Lola, bisteks más tiernos que los de doña Augusta. Mas +tales regalos me parecían tan inaccesibles, tan fuera de la realidad, +como los propios millones del Mandarín. Y por el monótono desierto de la +vida, allá fué marchando la lenta caravana de mis melancolías.</p> + +<p>Un domingo de Agosto, de mañana, dormitaba en la cama, en mangas de +camisa, con el cigarro apagado entre los labios, cuando la puerta se +abrió suavemente y entreabriendo los párpados adormilados, ví inclinarse +a mi lado una calva respetuosa. Y luego una voz perturbada murmuró:</p> + +<p>—¿El señor Teodoro? ¿El señor Teodoro, del Ministerio de la +Gobernación?</p> + +<p>Me levanté lentamente sobre mi cama, y, respondí bostezando:</p> + +<p>—¡Soy yo, caballero!</p> + +<p>El individuo inclinó el espinazo, como a presencia del Rey Bobo se +arquean los cortesanos. Era pequeño y gordo: venerables lentes de oro +relucían en su faz bonachona, que parecía la personificación del Orden.</p> + +<p>Todo tembloroso, balbuceó azorado:</p> + +<p>—¡Traigo noticias para su señoría! Noticias de considerable +importancia. Mi nombre es Silvestre.... Silvestre Juliano y C.<sup>a</sup>.... +Un criado servicial de vuestra excelencia.... Llegaron en el correo de +Southampton.... Nosotros somos Corresponsales de Traigand, y C.<sup>a</sup> de +Hong-Kong.</p> + +<p>El hombre calvo sofocóse; y agitando nerviosamente en su gruesa mano un +sobre repleto, con un sello de lacre, negro, prosiguió:</p> + +<p>—Vuestra excelencia debe de estar prevenido. Nosotros no lo +estábamos.... El azoramiento es natural.... Lo que esperamos es que nos +conserve su confianza. Vuestra excelencia es en esta tierra una flor de +virtud, espejo de bondad. Aquí están los primeros cheques sobre Bhering +and Brothers de Londres.... Letras a treinta días sobre Rothschild.</p> + +<p>A este nombre, resonante como el mismo oro, salté velozmente del lecho.</p> + +<p>—¿Qué es eso, señor?—grité.</p> + +<p>Y él, gritando mas, blandiendo el sobre, alzado sobre la punta de las +botas, exclamó:</p> + +<p>—¡Son ciento veinte millones de pesetas sobre Londres, París, Hamburgo +y Amsterdán, en letras a su favor! ¡A su favor, excelentísimo señor! +¡Por casas de Hong-Kong, de Shang-Hai y de Cantón, de la herencia del +Mandarín Ti-Chin-Fú!</p> + +<p>Sentí temblar el mundo bajo mis pies y cerré un momento los ojos. Mas de +pronto, comprendí que yo era desde aquel momento como una encarnación de +lo sobrenatural, recibiendo de ella mi fuerza y sus atributos. No podía +considerarme como un hombre, rebajándome con explicaciones humanas. Para +no interrumpir la línea hierática de mi indiferencia, me abstuve de ir a +sollozar de alegría, como me lo pedía el alma, sobre el vasto seno de la +viuda de Marques.</p> + +<p>De ahora en adelante ostentaría la impasibilidad de un Dios o de un +Demonio; me calcé con naturalidad y dije a Silvestre Juliano y C.º +estas palabras:</p> + +<p>—Está bien. ¡El Mandarín! Ese Mandarín se portó conmigo como un +caballero. Ya sé de lo que se trata. Es una cuestión de familia. Deje +ahí los papeles. Buenos días, Silvestre, Juliano y C.º.</p> + +<p>Y se retiró, retrocediendo, con el cuerpo inclinado respetuosamente.</p> + +<p>Entonces abrí de par en par la ventana, y, asomando la cabeza, respiré +el aire cálido, como un corzo cansado.</p> + +<p>Después miré hacia abajo, hacia la calle, donde la burguesía, saliendo +de misa pululaba entre dos filas de carruajes. Mis ojos se fijaban, +inconscientes, ora en las joyas de las mujeres, ora en los brillantes +metales de los arreos. Y de repente la idea de mi grandeza me llenó de +satisfacción. ¡Todos aquellos carruajes podrían ser míos! Ninguna de las +mujeres que veía, dejaría de ofrecerme su seno desnudo, a la menor +indicación de un caprichoso deseo. Todos aquellos hombres de levita y +guantes negros se postrarían delante de mí como ante un Cristo, un +Mahoma o un Buda, si yo arrojase sobre ellos un puñado de cheques de +mis ciento veinte millones de pesetas sobre los principales Bancos de +Europa.</p> + +<p>Me apoyé en la baranda y reí viendo la agitación efímera de aquella +humanidad subalterna que se consideraba libre y fuerte, mientras allá +arriba, en la habitación de un cuarto piso, yo tenía en la mano, en un +sobre lacrado, el principio de su flaqueza y de su esclavitud.</p> + +<p>Entonces, satisfacciones del Lujo, regalos del Amor, orgullos del Poder, +todo, todo lo gocé con la imaginación, en un instante y en un solo +sorbo. Mas luego una gran saciedad me fué invadiendo el alma, y +sintiendo el mundo a mis pies, bostecé como un león harto.</p> + +<p>¿De qué me servían por fin tantos millones, sino para traerme, día por +día, la desoladora afirmación de la vileza humana?</p> + +<p>¡Y así, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, como +humo, la belleza moral del Universo! Se apoderó de mí una inmensa +tristeza mística. Caí sobre una silla, y con el rostro, entre las manos, +lloré copiosamente.</p> + +<p>Al poco tiempo la viuda de Marques abrió la puerta, toda vestida de seda +negra.</p> + +<p>—¡Le estarán esperando para comer!</p> + +<p>Salí de mi amargura para responderle secamente:</p> + +<p>—Yo no como.</p> + +<p>—¡Más quedará!</p> + +<p>En aquel momento estallaban cohetes a lo lejos. Me acordé de que era +domingo, día de toros; de repente una visión brilló, relampagueando, +atrayéndome deliciosamente: era la corrida vista desde un palco, después +de una comida con champagne, ¡y a la noche una orgía como una divina y +suprema iniciación! Corrí a la mesa. Llené mi cartera de letras sobre +Londres. Descendí a la calle con el furor de un buitre que hiende el +aire en busca de su presa. Pasaba un carruaje vacío. Le detuve gritando:</p> + +<p>—¡A los toros!</p> + +<p>—¡Son diez reales, mi amo!</p> + +<p>Introduje la mano en la cartera cargada de millones y saqué las monedas +que tenía: 75 céntimos....</p> + +<p>El cochero fustigó el anca de la yegua y siguió refunfuñando. Yo +balbuceé:</p> + +<p>—Tengo letras... ¡Aquí están! Tengo letras sobre Londres, sobre +Hamburgo....</p> + +<p>—No sirven....</p> + +<p>¡Setenta y cinco céntimos!... Y corrida, cena de lord, andaluzas +desnudas, todo este sueño expiró como una pompa de jabón dentro de mi +alma.</p> + +<p>Odié a la humanidad. Otro carruaje atestado de gente alegre, por poco me +atropella.</p> + +<p>Cabizbajo, cargado de millones sobre Rothschild, volví a mi cuarto piso. +Pedí perdón a doña Augusta, aceptando humildemente la comida que se +dignó servirme; y pasé esta primera noche de riqueza, bostezando sobre +el lecho solitario, mientras fuera, el alegre Conceiro, el mezquino +teniente con veinte duros de sueldo mensuales, reía con la viola un +alegre «fado».</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>A la mañana siguiente, mientras me afeitaban, reflexioné sobre el origen +de mi riqueza. Era evidentemente sobrenatural y sospechoso.</p> + +<p>Mas como mi racionalismo me impedía atribuir estos tesoros imprevistos a +la generosidad de Dios o del Diablo, ficciones puramente escolásticas; +como los fragmentos del positivismo que constituían el fondo de mi +filosofía, no me permitían la indignación de «las causas primarias, de +los orígenes esenciales», pronto me decidí a aceptar el fenómeno y a +utilizarlo con largueza. Por lo tanto, corrí atropelladamente al «Londón +Brasilian Bank».</p> + +<p>Allí arrojé por el enrejado un cheque sobre el «Banco de Inglaterra», de +mil libras, gritando esta deliciosa palabra:</p> + +<p>—¡En oro!</p> + +<p>Un cajero me respondió con dulzura:</p> + +<p>—Tal vez le fuese más cómodo en billetes....</p> + +<p>Respondí sécamente:</p> + +<p>—¡En oro!</p> + +<p>Llené mis bolsillos; y en la calle tomé un coche. Me sentí +extremadamente gordo; tenía en la boca sabor de oro y una sequedad de +polvo de oro en la piel de las manos; las paredes de las casas parecían +brillar como largas láminas de oro, y dentro de mi cerebro rodaba un mar +de ondas de oro.</p> + +<p>Abandonado a la oscilación de los muelles, rebotando como un ordre mal +seguro, dejaba caer sobre la calle la mirada torva de mis ojos llenos de +amargura. En fin, tirando el sombrero sobre la nuca, estirando la +pierna, empinando el vientre, bostecé formidablemente.</p> + +<p>Mucho tiempo rodé así por la ciudad, bestializado en un goce de Nabab.</p> + +<p>Súbitamente, un brusco apetito de gastar, de disipar oro, vino a llenar +mi pecho como una ventolina que hincha una vela.</p> + +<p>—¡Pára, animal!—grité al cochero.</p> + +<p>El coche se paró. Miré a mi alrededor, con los párpados entornados, +buscando un objeto caro que comprar: joya de reina o conciencia de +estadista; nada ví, y precipitadamente entré entonces en un estanco.</p> + +<p>—¡Cigarros! ¡de peseta! ¡de diez reales!</p> + +<p>—¿Cuántos?—preguntó servilmente el estanquero.</p> + +<p>—¡Todos!—respondí brutalmente.</p> + +<p>A la puerta, una pobre enlutada, con el hijo encogido en el seno, me +extendió su mano transparente.</p> + +<p>No hallando una sola pieza de cobre entre mis bolsillos cargados de oro, +la rechazé con impaciencia, y con el sombrero echado sobre los ojos, me +metí entre la turba.</p> + +<p>Fué entonces cuando ví, adelantándose, la poderosa figura del Director +General; inmediatamente me hallé con el dorso curvado y el sombrero +cumplimentador en la mano. Era el hábito de dependencia; mis millones no +me habían dado aún la verticalidad de la espina dorsal.</p> + +<p>En casa desparramé el oro sobre el lecho y me revolqué en él mucho +tiempo, gruñendo sordamente.</p> + +<p>La torre de al lado dió las tres; y el sol descendía llevándose consigo +mi primer día de opulencia. Entonces, acorazado de libras, ¡corrí a +divertirme!</p> + +<p>¡Ah, qué día! Comí en un gabinete del Hotel Central, solitario y +egoísta, con la mesa atestada de botellas de Burdeos, Borgoña, +Champagne, Rhin, licores de todas las comunidades religiosas... ¡como si +quisiera saciar de una vez la sed de treinta años! Después, +tambaleándome, entré en un lupanar. ¡Qué noche! La alborada clareó +detrás de las persianas y me encontré reclinado en un diván, exhausto y +semidesnudo, sintiendo el cuerpo y el alma desvanecerse, disolverse en +aquel ambiente tibio donde erraba un olor suave de polvos de arroz, de +hembras y de punch.</p> + +<p>Cuando volví a la travesía de la Concepción, las ventanas de mi cuarto +estaban cerradas, y la vela expiraba con resplandores lívidos, en su +palmatoria de latón. Entonces, al llegar junto a la cama, ví una cosa +horrible; estirado, a través de la colcha, yacía la figura del Mandarín +muerto, vestido de seda amarilla, con la coleta suelta, y entre las +manos, como muerto también, tenía un papagayo de papel.</p> + +<p>Abrí desesperadamente la ventana. Todo desapareció y sólo hallé sobre mi +lecho, un viejo paletó.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/003.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="III" id="III"></a><a href="#table">III</a></h2> + + +<p>Entonces comenzó mi vida de millonario. Dejé apresuradamente la casa de +la viuda de Marques, que desde que supo que era rico, me trataba de +diferente manera sirviéndome ella misma, con su traje de seda de los +domingos, arroz con leche, y otros platos por el estilo. Compré un +palacio en Loreto; las magnificencias de mi vivienda, son bien conocidas +por los indiscretos fotograbados que publicó «La Ilustración Francesa». +Se hizo famoso en toda Europa mi lecho, de un gusto exhuberante y +bárbaro, cubierto de placas de oro labrado, y cortinajes de un raro +brocado negro, donde ondean, bordados en perlas, versos eróticos de +Cátulo; una lámpara suspendida en el interior derrama su claridad +láctea y amorosa de una nube de verano.</p> + +<p>Mis primeros meses de riqueza los pasé amando, amando con el sincero +apasionamiento de un inexperto. La había visto, como en una página de +novela, regando sus claveles en el balcón; se llamaba Cándida, era +pequeñita y rubia, habitaba una casita cubierta de enredaderas y me +recordaba por la gracia y por lo airoso de su cintura, todo lo que el +arte ha creado más fino y frágil: Mimí, Virginia, Julieta.... Todas las +noches, en éxtasis místico caía a sus pies color de jaspe; y por la +mañana, al despedirme, dejaba en su regazo, algunos billetes de cien +pesetas. Al principio, ella los rechazaba con rubor, pero después los +guardaba en su gaveta, llamándome cariñosamente su ángel tutelar.</p> + +<p>Un día en que yo andando sigilosamente sobre la espesa alfombra siria, +entré en su tocador, ella estaba escribiendo, muy pensativa, con un dedo +en el aire. Al verme, pálida y trémula, escondió el papel que ostentaba +en tinta roja su monograma. Yo, en un arranque insensato de celos, se +lo arrebaté. Era la carta, la carta, que, desde la más remota +antigüedad, la mujer siempre escribe; comenzaba por el indispensable: +«idolatrado mío», y era por un alférez de policía.</p> + +<p>Arranqué aquel amor de mi pecho como una planta venenosa y desconfié +para siempre de los ángeles rubios que conservan en su mirar azul el +reflejo de los cielos que atravesaron.</p> + +<p>Desde lo alto de mi oro, arrojé sobre la inocencia, el pudor, y otras +idealizaciones funestas, la diabólica carcajada de Mefistófeles y +organicé fríamente una existencia animal, grandiosa y cínica.</p> + +<p>Al medio día, entraba en mi pila de mármol rosa, donde los perfumes +derramados daban al agua un tono opaco de leche: después, pajes rubios, +de manos suaves, me daban fricciones con el ceremonial de quien celebra +un culto; y envuelto en un «robe-de-chambre» de seda índica, atravesaba +la galería mirando a mis «Fortunys» y a mis «Curots» entre dos filas +silenciosas de lacayos, dirigiéndome al comedor, donde, servidos en +platos de Sévres, azul y oro, humeaban los más suculentos manjares. El +resto de la mañana lo pasaba en un «boudoir» en que el mobiliario era de +porcelana fina de Dresde, y la profusión de flores hacían de él un +verdadero jardín de Armida; allí, reclinado sobre cojines de seda color +perla, saboreaba el «Diario de las Noticias», mientras lindas mujeres, +vestidas a la japonesa, refrescaban el aire, agitando abanicos de +plumas.</p> + +<p>Por la tarde, iba a dar una vuelta a pie hasta el puente de las Almas: +era la hora más pesada del día. La turba abyecta se paraba a contemplar +los bostezos del Nabab fastidiado.</p> + +<p>A veces sentía la nostalgia de mis tiempos de empleado. Entraba en casa, +y encerrado en la biblioteca, donde el pensamiento de la humanidad +reposaba olvidado y encuadernado en marroquí, cogía una pluma de pato y +permanecía horas enteras escribiendo sobre papel de oficio del Estado +estas frases hechas de otro tiempo:</p> + +<p>«Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de participar a V.E...—Tengo el +honor de poner en conocimiento de V.I.»</p> + +<p>Al comenzar la noche, un criado, para anunciar la comida, hacía resonar +por los corredores, en su bocina de plata, a la moda gótica, una +harmonía solemne. Yo, entonces, me levantaba y entraba en el comedor +majestuoso y solitario. Una multitud de lacayos, con libreas de seda +negra, servía, en un silencio de sombras que resbalan, las vituallas más +raras y los vinos más costosos que joyas. Toda la mesa resplandecía de +flores, luces, cristales y reflejos de oro; y, enroscándose entre las +pirámides de frutos, mezclado en el humo de los platos, erraba en el +aire un tedio inenarrable.</p> + +<p>Después, reclinado en el fondo del cupé, iba a las «ventanas verdes» +donde alimentaba, en un jardín, digno de un serrallo, entre +refinamientos musulmanes, un vivero de hembras, y envuelto en una túnica +de seda fresca y perfumada, me entregaba a los delirios más +abominables.... Me traían medio muerto a casa, al primer albor de la +mañana, hacía maquinalmente la señal de la cruz, y, a poco, roncaba +sonoramente, lívido y sudoroso, como un Tiberio exhausto.</p> + +<p>Entre tanto, Lisboa se arrodillaba a mis pies. El patio del palacio +estaba constantemente invadido por la turba; desde las ventanas de la +galería contemplaba a veces, en mis horas de fastidio, blanquear las +pecheras de la aristocracia, negrear las sotanas del clero y relucir el +sudor de la plebe. Todos venían a suplicar con frase abyecta, una +pequeña participación en mi riqueza. A veces consentía en recibir a +algún viejo aristócrata: penetraba en la sala tartamudeando adulaciones, +rozando casi la alfombra con sus cabellos blancos; e inmediatamente, +cruzando sobre el pecho las manos de fuertes venas donde corría sangre +de tres siglos, me ofrecía su hija por esposa o para concubina.</p> + +<p>Todos mis conciudadanos me brindaban presentes como un ídolo sobre el +altar: unos, odas votivas, otros, mi monograma bordado en pelo; algunos, +chinelas o boquillas, y todos, su conciencia. Si mi mirada amortiguada +se fijaba casualmente en la calle en alguna mujer, al día siguiente +recibía una carta en que ella, esposa o prostituta, me regalaba su +desnudez, su amor, y todas las complacencias de la lascivia.</p> + +<p>Los periódicos espoleaban su imaginación para hallar adjetivos dignos +de mi grandeza; fuí el «sublime señor Teodoro»; llegué a ser el «celeste +señor Teodoro»; y la «Gaceta», por no ser menos, llamóme el +«extraceleste señor Teodoro». Delante de mí ninguna cabeza permaneció +cubierta, usase corona o tiara. Todos los días me ofrecían una +Presidencia del Consejo de Ministros o la Dirección de una Cofradía, +ofrecimientos que rechazé siempre con enojo. Poco a poco el rumor de mis +riquezas pasó las fronteras. «El Fígaro», habló de mí cortesmente; en +todos sus números me llenaban de elogios; el grotesco inmortal que firma +«Saint-Genest» me dirigió apóstrofes, pidiendo mi ayuda para salvar a +Francia; y fué tanta mi popularidad, que todas las Ilustraciones +extranjeras publicaron a un tiempo los detalles más insignificantes de +mi vida íntima. Recibí de todas las princesas de Europa cartas con +sellos heráldicos, exponiéndome por medio de fotografías y documentos la +forma de sus cuerpos y la antigüedad de sus genealogías. Dos tonterías +que dije durante aquel año fueron telegrafiadas al universo entero por +la Agencia Havas; y fuí considerado mucho más ingenioso que Voltaire, +que Rochefort y que ese mismo entendimiento que se llama «Todo el +Mundo». Cuando mi vientre indigesto se aliviaba con un sonoro estampido, +la humanidad lo sabía por conducto de los periódicos. Hice empréstitos a +los reyes, subsidié guerras civiles, y fuí aclamado por todas las +repúblicas latinas que ornan el golfo de México.</p> + +<p>Y entre tanto, vivía triste....</p> + +<p>Siempre que entraba en casa contemplaba horrorizado la misma visión; ya +atravesada en el umbral de la puerta, ya tendida sobre mi lecho de oro, +veía una figura extraña, de coleta negra y túnica amarilla, con un +papagayo de papel entre las manos. ¡Era el Mandarín Ti-Chin-Fú! Yo +entraba furioso con el puño levantado, pero todo desaparecía como por +encanto.</p> + +<p>Entonces caía anonadado, sudoroso, sobre una poltrona y murmuraba en el +silencio del cuarto, en donde las velas que ardían en los bruñidos +candelabros de plata prestaban tonos sangrientos a los rojos damascos:</p> + +<p>—¡Es preciso matar a este muerto!</p> + +<p>Y todavía no era esta impertinencia de un viejo fantasma panzudo que se +acomodaba sobre mis muebles, sobre las colchas de mi lecho, lo que más +me exasperaba.</p> + +<p>Mi horror supremo consistía en una idea clavada en mi espíritu como un +hierro inarrancable: «yo había asesinado a un viejo».</p> + +<p>No fué con una cuerda al cuello, según el uso musulmán, ni con veneno en +una copa de vino de Siracusa a la manera italiana del Renacimiento, ni +con ninguno de esos métodos clásicos que en la historia de las +Monarquías han recibido consagraciones augustas, con el puñal +como Juan II, o con la clava como Carlos IX.</p> + +<p>Había eliminado a un sér humano desde lejos con una campanilla. Era +absurdo, fantástico. Mas no disminuía la trágica negrura del hecho: «Yo +había asesinado a un viejo».</p> + +<p>Poco a poco esta certidumbre se fué petrificando en mi alma, y como una +columna en un descampado dominó toda mi vida interior, de suerte que, +por más desviado camino que tomasen mis pensamientos, veían siempre +negrear en el horizonte aquella memoria acusadora; por más alto que +levantasen el vuelo mis imaginaciones, terminaban por herirse las alas +en ese monumento de miseria moral. ¡Ah, por más que se considere la vida +y la muerte como vanas transformaciones de la substancia, es pavoroso el +pensamiento que ha de bañarse en sangre caliente! Cuando después de +comer, mientras a mi lado humeaba el café y yo languidecía, recostado en +el sofá, en una sensación de plenitud y hartura, elevábase dentro de mí, +melancólico, como canto que se escapa de una cárcel, un susurro de +acusaciones.</p> + +<p>—¡Miserable, ese bienestar con que te regalas, no volverá a gozarlo el +venerable Ti-Chin-Fú por tu causa!</p> + +<p>En vano yo replicaba a mi conciencia, recordándole la decrepitud del +Mandarín y su gota incurable. Fecunda en argumentos, gustosa de +controversia, ella me refutaba con furor:</p> + +<p>—Aun cuando en su más pequeña actividad, la vida es un bien supremo; +¡porque el encanto de ella reside en su principio mismo y no en sus +manifestaciones!</p> + +<p>Yo me revolvía contra este pedantismo retórico de rígido pedagogo. +Alzaba altivamente la frente, gritándole con arrogancia desesperada:</p> + +<p>—¡Pues bien! Yo le he matado... ¿Qué quieres? ¡Tu nombre de conciencia +no me asusta! Eres apenas una perversión de la sensibilidad nerviosa. +Puedo eliminarte con un poco de agua de azahar.</p> + +<p>Inmediatamente sentía pasar por el alma, con una lentitud de brisa, un +rumor humilde de murmuraciones irónicas:</p> + +<p>—Bien, entonces, come, duerme, báñate y ama.</p> + +<p>Yo así lo hacía. Pero luego, las propias sábanas de Holanda de mi lecho, +tomaban ante mis ojos despavoridos los tonos lívidos de una mortaja; el +agua perfumada en la que me bañaba se pegaba a mi piel, con la sensación +espesa de sangre que se coagula; y los pechos desnudos de mis amantes, +me llenaban de tristeza, como lápidas de mármol que encierran un cuerpo +muerto. Después me asaltó una amargura mayor.</p> + +<p>Comencé a pensar que Ti-Chin-Fú tendría, sin duda, una numerosa familia, +nietos y biznietos, que, despojados de sus riquezas, mientras yo me +comía lo suyo en vajilla de Sévres, con una pompa de Sultán perdulario, +atravesarían en China todos los infiernos tradicionales de la miseria +humana, los días sin arroz, el cuerpo sin agasajos, la hermosura negada, +el suelo cenagoso de la calle por lecho.</p> + +<p>Comprendí entonces por qué me perseguía la obesa fantasma del viejo +letrado; y de sus labios cubiertos por los largos pelos blancos de su +bigote, parecióme oir brotar esta acusación desolada:</p> + +<p>—Yo no me lamento por mí, que estaba ya medio muerto; lloro por los +tristes a quienes arruinaste, y que a estas horas, cuando tú vienes de +dormir sobre el fresco seno de tus amantes, gimen de hambre, apiñados, +para luchar con el frío, entre el grupo repugnante de leprosos y +ladrones en la «Puerta de los Mendigos», ¡allá al pie de las terrazas +del Templo del Cielo!</p> + +<p>¡Oh, tortura espantosa! ¡Tortura realmente oriental! No podía llevarme a +la boca un pedazo de pan sin recordar a los descendientes de +Ti-Chin-Fú, pidiendo de comer, como pajarillos sin plumas que abren en +vano el pico y pían en un nido abandonado.</p> + +<p>Si me envolvía en mi gabán de pieles me asaltaba de pronto la visión de +las desgraciadas señoras, mimadas en otro tiempo por todas las +comodidades del confort chino, hoy, rojas de frío, vestidas de andrajos +de viejas sedas, caminando con los pies amoratados por un campo de +nieve. El techo de ébano de mi palacio me recordaba la familia del +Mandarín; durmiendo a orillas de los canales, perseguidos por los +perros; y dentro de mi lujoso cupé me estremecía la idea de largas +caminatas por caminos encharcados, bajo el duro invierno asiático.</p> + +<p>¡Lo que yo sufría! Y en este tiempo la multitud envidiosa poblaba mi +palacio, comentando las felicidades inaccesibles que en él debían +habitar.</p> + +<p>En fin, reconociendo que la conciencia se agitaba dentro de mí como una +serpiente irritada, decidí implorar el auxilio de aquel que dicen es +superior a la Conciencia porque dispone de la Gracia.</p> + +<p>¡Desgraciadamente yo no creía en él!... Recurrí, pues, a mi antigua +divinidad particular, a mi ídolo predilecto, patrona de toda mi familia +a Nuestra Señora de los Dolores. Y, regiamente pagado, un regimiento de +curas y canónigos, por las catedrales de la ciudad y por las capillas de +las aldeas, fué pidiendo a Nuestra Señora de los Dolores que volviese +sus ojos piadosos hacia mi mal interior.... Mas ningún alivio descendió +de esos cielos inclementes a donde desde hace millares de años se +dirigen en vano los clamores de la miseria humana.</p> + +<p>Entonces, yo mismo me abismé en prácticas piadosas; y Lisboa asistió a +este espectáculo extraordinario: un rico, un Nabab postrándose +humildemente al pie de los altares, balbuceando con las manos juntas, +rezos y plegarias, como si viese en la Oración y en el Cielo algo más +que una consolación ficticia que inventaron los dueños de todo, para +contentar a los que no tienen nada. Yo pertenezco a la burguesía y sé +que si ella muestra a la plebe crédula un paraíso distante, de goces +inefables, es para apartar la atención de sus cofres repletos y de la +abundancia de sus sementeras.</p> + +<p>Después, más inquieto, hice decir millares de misas, rezadas y cantadas, +para desagraviar al alma errante de Ti-Chin-Fú. ¡Pueril desvarío de un +cerebro peninsular! El viejo Mandarín, en clase de Letrado, de miembro +de la Academia de los Ilan-Lin, colaborador probable del gran Tratado de +Khou-Truane-Chou, que ya tiene publicados más de setenta y ocho mil +setecientos treinta volúmenes, era sin duda alguna sectario de la moral +positivista de Confucio. Nunca había quemado teas perfumadas en honor de +Buda; y las ceremonias del sacrificio místico debían parecer a su +abominable alma de gramático y de escéptico, simples pantominas de los +payasos en el Teatro de Haug-Tung.</p> + +<p>Entonces, prelados astutos, con experiencia católica, me dieron un +consejo admirable: captarme con presentes, flores, brocados y joyas, +como si fuese a alcanzar los favores de Aspasia; y a la manera de un +ventrudo banquero que obtiene las complacencias de una bailarina +regalándola una quinta entre árboles, yo, por una sugestión sacerdotal, +tenté conseguir la benevolencia de la Madre de los hombres, levantándole +una catedral toda de mármol blanco.</p> + +<p>La abundancia de flores entre los pilares labrados dábanle perspectivas +de paraíso; la multiplicidad de las luces recordaban magnificencias +siderales.... ¡Dispendios vanos! El fino y erudito cardenal Nani vino de +Roma a consagrar la iglesia; mas cuando yo aquel día entré a visitar a +mi divina huésped, lo que vi más allá de las calvas de los celebrantes, +no fué la Reina de Gracia, rubia, con su túnica azul, sino al viejo +Mandarín con sus ojos oblícuos y su papagayo entre las manos. Era a él, +a su blanco bigote de tártaro, a su panza color de oca, a quien todo un +sacerdocio recamado de oro ofrecía, al roncar del órgano, ¡la eternidad +de las Alabanzas!</p> + +<p>Entonces, pensando que Lisboa y el medio adormecido en que me movía, +eran favorables al desenvolvimiento de estas imaginaciones, partí, viajé +modestamente, sin pompa, con un baul y un lacayo.</p> + +<p>Visité, en su orden clásico, París, la banal Suiza, Londres y los lagos +taciturnos de Escocia; levanté mi tienda delante de las murallas +exangélicas de Jerusalén; y desde Alejandría a Tebas recorrí ese largo +Egipto monumental y triste como el corredor de un mausoleo.</p> + +<p>Conocí el mareo de los buques, la monotonía de las ruinas, las +desilusiones del «boulevard»; y mi mal interior iba creciendo.</p> + +<p>Ahora, ya no era sólo la amargura de haber despojado a una familia +venerable; asaltábame el remordimiento de haber privado a la sociedad de +un personaje fundamental, un letrado perito, columna del Orden, apoyo de +las instituciones. No se puede arrancar a un Estado una personalidad que +vale veinte millones de pesetas sin perturbar su equilibrio. Esta idea +era mi desesperación. Quise saber si verdaderamente la desaparición de +Ti-Chin-Fú fué funesta a la decrépita China; leí todos los periódicos de +Hong-Kong y Shang-Hai, velé noches enteras sobre historias de viajes, +consulté sabios misioneros; y artículos, hombres, libros, todo me +hablaba de la decadencia del Celeste Imperio: ¡provincias arruinadas, +ciudades moribundas, plebes hambrientas, pestes y rebeliones, templos +en ruinas, leyes sin autoridad, la descomposición de un mundo, como una +nave encallada que el mar deshace tabla por tabla!</p> + +<p>¡Y yo me creía el causante de las desgracias de la sociedad china! En mi +espíritu enfermo, Ti-Chin-Fú tomaba entonces el valor desproporcionado +de un César, de un Moisés, de uno de esos seres providenciales que son +la fuerza de una raza. Yo le dí muerte, y con él murió la vitalidad de +su patria. Su vasto cerebro tal vez hubiese salvado los rasgos geniales +de aquella vieja monarquía asiática, y yo inmovilizé su acción creadora. +Su fortuna hubiera podido reforzar el Erario, y yo la estaba disipando +entre fiestas y prostitutas... ¡Amigos, conocí el remordimiento inmenso, +colosal, de haber arruinado un Imperio!</p> + +<p>Para olvidar este complicado tormento, me entregué a la orgía. Me +instalé en un palacio de la avenida de los Campos Elíseos, y fuí +terrible. Daba fiestas a lo Trimalción; y, en las horas más ásperas de +la furia libertina, cuando entre la música de las charangas, entre el +estridor brutal de los cobres, rompían el «can-cán», cuando prostitutas +de seno desnudo, cantaban coplas canallescas; cuando mis convidados +bohemios, ateos de cervecería, injuriaban a Dios, con la copa de +champagne levantada, yo, poseído súbitamente como Helio y Abalo, de un +furor de bestialidad, de un odio inmenso contra lo Pensante y lo +Consciente, me tiraba al suelo a cuatro patas y me ponía a rebuznar +imitando al burro.</p> + +<p>Después quise descender más; confundirme con la plebe, conocer las +torpezas alcohólicas de la taberna; y muchas veces, vestido de blusa, +con la gorra echada hacia atrás, del brazo de «Mes-Bottes o +Bibi-la-Gaillarde», entre un tropel de borrachos, fuí tambaleándome por +los «boulevares» exteriores, cantando con voz ronca:</p> + +<p class="stret"> +«¡Allons, enfants de la patrie-e-e!...<br /> +Le jour de gloire est arrivé-e-e....»</p> + +<p>Una mañana, después de estos excesos, a la hora en que en las tinieblas +del alma del borracho se alza una vaga aurora espiritual, nació, de +repente, la idea de partir para la China. Y como soldados adormecidos en +el campamento, que al són del clarín se levantan y uno a uno se van +juntando y formando en columna, otras ideas se fueron reuniendo en mi +espíritu, alineándose en formidable formación. Marcharía a Pekín; +descubriría la familia de Ti-Chin-Fú; casándome con una de las señoras, +legitimaría la posesión de mis millones; daría a aquella casa letrada su +antigua prosperidad; para calmar el espíritu irritado del Mandarín +celebraría pomposos funerales; iría por las provincias miserables +distribuyendo arroz y donativos; y una vez obtenido del emperador el +botón de cristal que ostentan los Mandarines, substituiría a la +personalidad del Ti-Chin-Fú, pudiendo así restituir legalmente a su +patria, sino la autoridad de su saber, al menos la fuerza de su oro.</p> + +<p>Todo esto, a veces, me parecía un programa indefinido, nebuloso, pueril +e idealista. Mas el deseo de esta aventura original y épica, acababa por +convencerme, arrastrándome como a las hojas secas los remolinos del +viento. Suspiré anhelante por pisar la tierra de China. Después de +largos preparativos aligerados a peso de oro, una noche, por fin, partí +para Marsella. Había alquilado un buque entero: «El Ceilán». Y a la +mañana siguiente, por un mar azul-prusia, bajo el vuelo blanco de las +gaviotas, cuando los primeros rayos del sol ruborizaban las torres de +Nuestra Señora de la Guardia, puse proa hacia Oriente.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/004.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="IV" id="IV"></a><a href="#table">IV</a></h2> + + +<p>«El Ceilán» tuvo un viaje monótono y lleno de calma hasta Shang-Hai. +Desde allí subimos por el río Azul hasta Tien-Tsin en un pequeño +«steamer» de la Compañía Russal. Yo no iba a visitar la China con esa +curiosidad ociosa de turista; todo el paisaje de aquella provincia, +semejante al de un vaso de porcelana, de un tono azulado y vaporoso, con +colinitas peladas y de tiempo en tiempo un arbusto solitario, no me hizo +salir de mi sombría indiferencia.</p> + +<p>Cuando el capitán del «steamer», un yanki imprudente, de hocico de +cerdo, al pasar por Nankin, me propuso ir a recorrer las monumentales +ruinas de la vieja ciudad de porcelana, yo rechazé la proposición con un +seco movimiento de cabeza, sin levantar los ojos tristes de la +tranquila corriente del río.</p> + +<p>¡Qué pesados e insoportables me parecieron los días de navegación de +Tien-Tsin a Tung-Chou, en barcos chatos que apestaban como el olor y +suciedad de los remeros; ora a través de las tierras bajas inundadas por +el Pei-hó, ora a lo largo de pálidos e infinitos arrozales; cruzando +aquí una lúgubre aldea de loma negra, allá un campo cubierto de flores +amarillas, topando a cada momento con cadáveres de mendigos, hinchados y +verdosos, que descendían al fondo del agua, bajo un cielo fosco y bajo!</p> + +<p>En Tung-Chou quedé sorprendido al ver la escolta de cosacos que mandaba +a mi encuentro el viejo general Camilloff, heróico oficial de las +campañas del Asia Central, y entonces embajador de Rusia en Pekín. Me +habían recomendado a él como un sér precioso y raro. El lenguaraz +intérprete Sa-Tó, que el general había mandado para ponerse a mi +servicio, me explicó que las cartas del sello imperial anunciando mi +llegada, se habían recibido hacía tiempo por conducto de los correos de +la cancillería que atraviesan la Siberia en trineos, desciende sobre +los lomos del camello hasta la Gran Muralla tártara, y entregan allí su +maleta a esos corredores mongólicos, vestidos de cuero escarlata, que +noche y día galopan hacia Pekín.</p> + +<p>Camilloff me enviaba un «poney» de la Mandchuria, enjaezado de seda, y +una tarjeta de visita con estas palabras escritas con lápiz bajo su +nombre: «¡Salud! ¡El caballo es blando de boca!»</p> + +<p>Monté el «poney»; y a un «¡hurra!» de los cosacos, entre la heróica +agitación de las lanzas, partimos a galope por la polvorienta planicie, +porque ya la tarde declinaba, y las puertas de Pekín se cierran apenas +el último rayo de sol huye de las torres del Templo del Cielo. Al +principio seguimos un camino, formado por el tránsito de las caravanas, +atravesado por enormes losas de mármol arrancadas de la antigua Vía +Imperial. Después pasamos el puente de Palitas. Corrimos a la orilla de +canales de agua negra; comenzaron a aparecer pomares y aldeas anidadas +al pie de una pagoda, y de repente, en un recodo del camino, me paré +asombrado.</p> + +<p>¡Pekín estaba delante de mí! Es una vasta muralla, monumental y bárbara, +de un negro obscuro, extendida hasta perderse de vista, y destacándose +con la arquitectura babilónica de sus puertas de techos curvos, sobre el +fondo sangriento de la púrpura del sol poniente.</p> + +<p>A lo largo, hacia el norte, en medio de una nube rojiza, veíase, como +suspendidas en el aire, las montañas de Mongolia.</p> + +<p>Una rica litera me esperaba a la puerta de Ung-Tsen-Men, para conducirme +a través de Pekín, hasta la residencia militar de Camilloff. Ahora, la +muralla, vista de cerca, parecía levantarse hasta los cielos con todo el +horror de una construcción bíblica.</p> + +<p>En su base se apiñaba una confusión de barracas, feria exótica, donde +pululaba una multitud rumorosa, y la luz de las linternas oscilantes +salpicaba el crepúsculo de vagas manchas sangrientas. Los toldos blancos +parecían al pie del negro muro bandadas de mariposas inmóviles.</p> + +<p>Una gran tristeza se apoderó de mi alma. Entré en la litera, y cerrando +las cortinas de seda escarlata bordadas de oro, escoltado por los +cosacos, penetré en la vieja Pekín, por su puerta babélica, en medio de +una turba tumultuosa, entre carretas, caballeros mongólicos armados de +flechas, bonzos de túnica blanca, marchando uno a uno, y largas filas de +dromedarios balanceando cadenciosamente su carga.</p> + +<p>Al poco rato la litera se paró. El respetuoso Sa-Tó, descorrió las +cortinas y me hallé en un jardín obscuro y silencioso, donde, entre +sicomoros seculares, kioscos iluminados, brillaban con una luz suave, +como colosales linternas perdidas en la selva. Los surtidores y las +fuentes murmuraban en la sombra. Bajo un peristilo formado de maderos +pintados de rojo, iluminado por hileras de faroles de papel +transparente, me esperaba una membruda figura de bigotes blancos, +apoyada en un grueso sable. Era el general Camilloff. Al adelantarme +hacia él, lo hacía con el paso inquieto de las gacelas que, asustadas, +huyen sin ruido entre los árboles.</p> + +<p>El viejo héroe me apretó un momento contra su pecho y me condujo luego, +según los usos chinos, al baño de la hospitalidad, una vasta pila de +porcelana, donde entre rodajas finas de limón sobrenadaban esponjas +blancas despidiendo un fuerte olor a lilas.</p> + +<p>Poco después, la luna bañaba deliciosamente los jardines; y yo, muy +fresco, de corbata blanca, entraba del brazo de Camilloff en el +«boudoir» de la generala. Era alta y rubia, tenía los ojos verdes de las +sirenas de Homero; en el descote bajo de su vestido de seda llevaba +prendida una rosa blanca; y en los dedos, que yo besé respetuosamente, +erraba un perfume fino de sándalo y de té.</p> + +<p>Hablamos mucho de Europa, del nihilismo, de Zola, de León XIII, y de la +delgadez de Sarah.</p> + +<p>Por la galería abierta penetraba un aire cálido que trascendía a +heliotropo. Después la dama se sentó al piano, y con su voz de contralto +rompió el silencio melancólico de la ciudad tártara, cantando las +picantes arias de «Madame Javart» y las melodías fatigosas del «Rey de +Lahore».</p> + +<p>Al día siguiente, encerrado con el general en uno de los dos kioscos del +jardín, le conté mi lamentable historia y los motivos fabulosos que me +impulsaron a venir a Pekín. El héroe me escuchaba silencioso, +retorciéndose sombríamente su espeso bigote de cosaco.</p> + +<p>—¿Sabe usted el idioma chino?—me preguntó de repente, clavando en mí +sus pupilas sagaces.</p> + +<p>—Sé dos palabras importantes, mi general: «Mandarín» y «Té».</p> + +<p>El héroe se pasó la mano de gruesos tendones sobre la horrible cicatriz +que le cruzaba la calva:</p> + +<p>—«Mandarín», amigo mío, no es palabra china y nadie la entiende en este +país. Es el nombre que en el siglo XVI, los navegantes de su patria, de +su hermosa patria....</p> + +<p>—Cuando nosotros teníamos navegantes...—murmuré suspirando. Mi +interlocutor suspiró también, por cortesía, y continuó:</p> + +<p>—...Que sus navegantes dieron a los funcionarios chinos. Viene de su +verbo, de su lindo verbo....</p> + +<p>—Cuando teníamos verbos...—interrumpí yo, por esa costumbre +instintiva en los peninsulares de hablar mal de la patria.</p> + +<p>El general entornó un momento sus ojos redondos de viejo astuto y +prosiguió paciente y grave:</p> + +<p>—De su lindo verbo mandar....» Le queda, por lo tanto, una palabra, +«té». Es un vocablo que tiene gran importancia en la vida china, más lo +creo insuficiente para servir en todas las relaciones sociales. Mi +querido huésped pretende casarse con una señora de la familia de +Ti-Chin-Fú, continuar la gran influencia que ejercía el Mandarín y +substituir, doméstica y socialmente a ese llorado difunto.... Para todo +eso dispone de la palabra «té». Es poco.</p> + +<p>No pude negar que era poco. El venerable ruso, frunciendo su nariz de +pico de milano, me opuso aún otras objeciones que yo veía levantarse +ante mi deseo como las murallas mismas de Pekín; ninguna señora de la +familia de Ti-Chin-Fú consentiría en casarse con un extranjero; y sería +imposible, absolutamente imposible, que el emperador, el Hijo del Sol, +concediese a un extraño los honores privilegiados de un Mandarín.</p> + +<p>—¿Por qué me los negaría?—exclamé.—Yo pertenezco a una distinguida +familia de la provincia del Miño. Soy licenciado, por lo tanto, en China +como en Coimbra, soy letrado. He pertenecido a una oficina del +Estado.... Poseo millones. Tengo la experiencia del estilo +administrativo....</p> + +<p>El general se iba inclinando respetuosamente ante la abundancia de mis +atributos.</p> + +<p>—No es—dijo al fin—que el emperador realmente lo rechaze; es que el +individuo que lo propusiese, sería inmediatamente decapitado. La ley +china, en este punto, es explícita y severa.</p> + +<p>Bajé la cabeza abrumado.</p> + +<p>—Mas, general—murmuró,—yo quiero librarme de la presencia odiosa del +viejo Ti-Chin-Fú y de su papagayo.... Si yo entregase la mitad de mis +millones al tesoro chino, ya que no me es dado personalmente, como +Mandarín, aplicarlos a la prosperidad del Estado, tal vez Ti-Chin-Fú se +calmase.</p> + +<p>El general puso paternalmente su ancha mano sobre mi hombro.</p> + +<p>—Error, considerable error, joven. Esos millones nunca llegarían al +Tesoro imperial. Se quedarían en los bolsillos insondables de las clases +directoras; serían disipados en plantar jardines, coleccionar +porcelanas, alfombrar salones y vestir de seda a las concubinas: no +alimentarían una sola piedra de los caminos públicos.... Irían a +enriquecer la orgía asiática. El alma de Ti-Chin-Fú debe conocer bien el +Imperio, y eso no le satisfaría.</p> + +<p>—¿Y si yo emplease parte de la fortuna del viejo en hacer +particularmente, como filántropo, largas distribuciones de arroz al +populacho hambriento? Es una idea.</p> + +<p>—Funesta—dijo el general, frunciendo horriblemente el entrecejo.—La +corte imperial vería en esto una ambición política, un plan para ganar +el favor de la plebe, un peligro para la dinastía.... Mi buen amigo +sería decapitado.... Es grave....</p> + +<p>—¡Maldición!—grité.—¿Entonces para qué he venido a la China?</p> + +<p>El diplomático se encogió de hombros; mas luego mostró en una sonrisa +maliciosa sus dientes amarillentos de cosaco:</p> + +<p>—Haga una cosa. Busque a la familia de Ti-Chin-Fú.</p> + +<p>Y añadió:</p> + +<p>—Yo indagaré del primer ministro, su excelencia el príncipe Tong, donde +pára esa familia tan interesante; después reúnalos usted, y arrójeles +una o dos docenas de millones; organice para el difunto unos funerales +de gran ceremonia con un séquito de una legua de largo, filas de bonzos, +todo un mundo de estandartes, palanquines, lanzas, plumas, pendones +encarnados y, por último, legiones de plañideras lanzando gritos +lamentables. Si después de todo su conciencia no se adormece y el +fantasma insiste....</p> + +<p>—¿Entonces?</p> + +<p>—Entonces mataos.</p> + +<p>—Muchas gracias, mi general.</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>Una cosa, sin embargo, era evidente y en ello estuvieron de acuerdo +Camilloff, el respetuoso Sa-Tó y la generala, que para tratar a la +familia de Ti-Chin-Fú, formar en el séquito de los funerales y, en una +palabra, introducirme en la vida de Pekín, era preciso, desde luego, +vestirme con un traje conforme a las maneras y al ceremonial de los +mandarines.</p> + +<p>Mi faz amarillenta y mi largo bigote caído, favorecían el plan. Y cuando +a la mañana siguiente, después de haber regateado con los sastres de la +calle Cha-Cona, entré en la sala tapizada de seda escarlata, donde ya +brillaba la vajilla del almuerzo sobre la mesa de hule negro, la +generala retrocedió como si apareciese el propio Tong-Tché, Hijo del +Cielo.</p> + +<p>Yo ostentaba una túnica de brocado azul obscuro abotonada a un lado, con +el peto ricamente bordado de dragones y flores de oro, encima de una +sobrevesta de seda de un tono azul más claro, corta, amplia y fofa; las +calzas, de satén color de avellana, descubrían ricas babuchas amarillas, +pespunteadas de perlas y un poco de la media sembrada de estrellitas +obscuras, y a la cintura, en una linda faja recamada llevaba metido un +abanico de bambú, de los que ostenta el retrato del filósofo La-o-Tsé, y +son fabricados en Lwatón; y por esas misteriosas correlaciones con que +el vestido influye en el carácter, yo sentía ya dentro de mí ideas e +instintos chinescos; el amor a los ceremoniales meticulosos, el respeto +burocrático a las fórmulas, un abyecto terror hacia el emperador, el +odio a lo extranjero, el culto por los antepasados, el fanatismo de la +tradición, el gusto por las cosas azucaradas.</p> + +<p>Alma y vientre eran por completo de un Mandarín. Así es que no dije a la +generala:</p> + +<p>«Bon jour, madame», sino que, doblado por la cintura, haciendo girar los +puños cerrados sobre la frente, baja, hice gravemente el «chinchín».</p> + +<p>—¡Está usted adorable, precioso!—decía ella con su linda sonrisa, +golpeando las manos diminutas y pálidas.</p> + +<p>En honor de mi nueva encarnación, habían preparado aquella mañana un +almuerzo chino. ¡Qué gentiles servilletas de papel de seda escarlata con +monstruos fabulosos dibujados en negro! La comida dió comienzo por +ostras de Ning-Pó. ¡Excelentes! Me sorbí dos docenas con verdadero +regalo oriental. Después sirvieron deliciosas fibras de aletas de +tiburón, ojos de carnero con picado de ajo, un plato de nenúfares en +compota, naranjas de Cantón, y, en fin, el arroz tradicional, el arroz +de los abuelos. Todo esto con la ayuda de unas cuantas botellas de +excelente vino de Chao-Chigné. Y, en fin, con qué gozo saboreé mi taza +de té imperial, té de la primera cosecha de marzo, cosecha única que es +celebrada como un rito santo por las manos puras de las vírgenes.</p> + +<p>Entraron dos cantadoras, mientras nosotros fumábamos, y durante largo +tiempo, entonaron con una modulación gutural viejas cántigas de los +tiempos de la dinastía Ming al són de guitarras forradas de piel de +serpiente, que dos tártaros, en cuclillas, rasgueaban con una cadencia +melancólica y bárbara. La China tiene encantos raros.</p> + +<p>Después, la rubia generala cantó con gracia, la «Femme a barbe»: y +cuando el general marchó con su escolta cosaca hacia el Yamen del +príncipe Tong, a informarse de la residencia de la familia Ti-Chin-Fú, +yo, repleto y bien dispuesto, salí con Sa-Tó a ver Pekín.</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>La vivienda de Camilloff quedaba en la ciudad tártara, en los barrios +militares y nobles. Reina allí una tranquilidad austera. Las calles +semejan largos caminos de aldea surcados por las ruedas de los carros; y +casi siempre se camina pegado a los muros, de donde salen ramas +horizontales de sicomoros.</p> + +<p>A veces, una carreta pasa rápidamente, al trote de un poney mogol, con +altas ruedas claveteadas de clavos dorados; todo en ella oscila: el +toldo, las cortinas de seda, los penachos de plumas de los ángulos; y +dentro se entrevé alguna hermosa dama china, cubierta de brocado claro, +la cabeza toda llena de flores, haciendo girar en las muñecas dos aros +de plata con un aire de tedio ceremonioso: Después alguna aristocrática +litera de mandarín, que koolíes vestidos de azul, con la coleta suelta, +llevan al trote, encorvados, hacia los Yamens del Estado; precédeles un +criado que levanta en el aire rollos de seda con inscripciones bordadas, +insignias de autoridad; y dentro el personaje gordinflón de enormes +lentes redondos, ojea sus papeles o dormita con el labio caído.</p> + +<p>A cada momento nos parábamos para admirar las ricas tiendas con sus +tabletas verdes de letras doradas sobre fondo negro; los parroquianos, +en un silencio de iglesia examinan las preciosidades: porcelanas de la +dinastía Ming, bronces, esmaltes, marfiles, sedas, armas, los abanicos +maravillosos de Swatón; a veces una fresca joven de ojos oblícuos, +vestida de azul, con amapolas de papel en la cabeza, desdobla algún rico +brocado delante de algún grueso chino que la contempla beatíficamente +con los dedos cruzados sobre la panza: al fondo, el mercader, aparatoso +e inmóvil, escribe sobre tablillas de sándalo, y un perfume suave que +entristece y perturba, brota de todas las cosas.</p> + +<p>¡He aquí las murallas que cercan a la ciudad interdicta, morada santa +del Emperador! Jóvenes de familias patricias, descienden de la terraza +de un templo, donde estuvieron adiestrándose en el manejo de la flecha. +Sa-Tó, me dice sus nombres: forman parte de la guardia selecta, que en +las ceremonias da escolta al quitasol de seda amarilla con un dragón +bordado que es el emblema sagrado del Emperador.</p> + +<p>Todos ellos cumplimentan profundamente a un viejo de barbas venerables, +con sobrevesta amarilla, privilegio de los ancianos. Iba hablando solo y +llevaba en la mano una vara donde se posaban dos pájaros domesticados. +Era un príncipe del Imperio.</p> + +<p>¡Extraños barrios! Mas nada me divertía tanto como ver a cada instante +en la puerta de un jardín, dos mandarines panzudos que para entrar se +hacían infinitas zalemas y cortesías, sonriendo, todo un ceremonial +dogmático, que les hacía oscilar de un modo picaresco sobre las espaldas +las largas plumas de pavo. Donde quiera que se levantaban los ojos se +veían siempre enormes cometas de papel, ora en forma de dragones, ora de +cetáceos o aves fabulosas, llenando el espacio de una inverosímil legión +de monstruos transparentes y ondeantes.</p> + +<p>—¡Sa-Tó, basta de ciudad tártara! Vamos a ver los barrios chinos.</p> + +<p>Y allí fuimos, penetrando en la ciudad chinesca por la parte populosa de +Tchin-Men. Aquí habita la burguesía, los mercaderes y el populacho. Las +calles alíneanse como una pauta; y en el suelo vetusto y enlotado, hecho +con inmundicias de cien generaciones, aún se ven algunas de aquellas +losas de mármol de color de rosa que en otra era, en tiempo de la +grandeza de Ming, lo cubrían.</p> + +<p>Forman las calles, ora terrenos pedregosos donde aúllan manadas de +perros hambrientos, ora filas de chozas toscas, ora pobres tiendas con +sus tabletas balanceándose en un asta de hierro.</p> + +<p>A lo lejos se alzan los arcos triunfales hechos con barrotes de color de +púrpura, ligados en lo alto por un tejado oblongo de tejas azules que +brillan como esmaltes. Una multitud rumorosa y apiñada, donde domina el +tono pardo y azulado de los trajes, circula sin cesar; el polvo lo +envuelve todo en una nevada amarilla; un hedor acre se respira en el +aire; y a cada momento largas caravanas de camellos atraviesan la +multitud, conducidos por mongoles sombríos vestidos de pieles de +carnero....</p> + +<p>Fuimos hasta los caminos de los puentes sobre los canales, donde +saltimbanquis semi-desnudos, con máscaras simulando demonios pavorosos, +hacen destrezas con una picardía bárbara y sutil; y mucho tiempo estuve +admirando los astrólogos que, vestidos con largas túnicas, adornados con +dragones de papel, venden ruidosamente horóscopos y consultas de astros. +¡Oh, ciudad, fabulosa y singular!</p> + +<p>De repente se levantó una gritería espantosa. Corrimos; era una cuerda +de presos, que un soldado, de grandes lentes, empujaba con su quitasol, +amarrados los unos a los otros por el extremo de la coleta. En aquella +avenida vi también el cortejo de un funeral de Mandarín, todo ornado de +oriflamas y banderolas; grupos de hombres fúnebres quemaban papeles en +braserillos portátiles; mujeres desarrapadas aullaban de dolor +revolcándose sobre los tapices; después se levantaban, y un koolí, +vestido de blanco, en señal de luto, les servía el té en un gran plato +en forma de ave.</p> + +<p>Al pasar junto al Templo del Cielo, vi apiñada en una grada una legión +de mendigos; llevaban por todo indumento un trapo amarrado a la cintura +con un cordel; las mujeres, con los cabellos cubiertos de viejas flores +de papel, roían huesos tranquilamente, y los cadáveres de las criaturas +se pudrían a su lado bajo el vuelo de los moscardones. Más adelante +encontramos una jaula donde un condenado extendía, a través de los +barrotes, las manos descarnadas, implorando una limosna.... Después +Sa-Tó, mostróme respetuosamente una plaza estrecha: allí, sobre pilares +de piedra, se veían pequeñas jaulas conteniendo cabezas de decapitados, +goteando sangre espesa y negra.</p> + +<p>—¡Oh!—exclamé fatigado y aturdido.—Sa-Tó, ahora quiero reposo, +silencio y un cigarro caro....</p> + +<p>El intérprete inclinóse; y por una escalera de granito me llevó a las +murallas de la ciudad, las cuales forman una explanada que cuatro carros +de guerra apareados podrían recorrer durante leguas.</p> + +<p>Mientras Sa-Tó, sentado en el hueco de una almena, bostezaba en un +desahogo de «cicerone» fastidiado, yo, fumando, contemplé largo rato, a +mis pies, la vasta y sagrada Pekín.</p> + +<p>Es como una formidable ciudad de la Biblia, Babel o Nínive, que el +profeta Jonás tardó tres días en atravesar. El grandioso muro cuadrado +limita los cuatro puntos del horizonte con puertas de torres +monumentales, que el aire azulado, desde aquella distancia, hace parecer +transparentes. En la inmensidad de su recinto agloméranse confusamente +verdores de bosques, lagos artificiales, canales brillantes, puentes de +mármol, terrenos cubiertos de minas, tejados barnizados relucientes al +sol; por todas partes se alzan pagodas heráldicas, blancas azoteas de +templos, arcos triunfales, kioscos saliendo de entre el follaje de los +jardines; después, espacios que parecen montes de porcelana; y siempre +a intervalos regulares la mirada encuentra algunos de los bastiones, de +aspecto heróico y fabuloso.</p> + +<p>La multitud, junto a esas edificaciones grandiosas, es apenas como +granos de arena negra que un viento blando trae y lleva.</p> + +<p>Aquí está el vasto palacio imperial, entre arboledas misteriosas, con +sus tejados de un amarillo de oro muy vivo. ¡Con cuánto gusto penetraría +en sus secretos y vería desfilar, por las galerías sobrepuestas, la +magnificencia bárbara de esas dinastías seculares!</p> + +<p>A lo lejos se levanta la torre del Templo del Cielo, semejante a tres +quitasoles sobrepuestos; después la gran columna de los Principios, +hierática y seca como el genio de la raza, y delante blanquean en una +media tinta sobrenatural, las terrazas de jaspe del Santuario de la +Purificación.</p> + +<p>Entonces interrogué a Sa-Tó; y su dedo respetuoso fué señalándome el +Templo de los Antepasados, el Palacio de la Soberana Concordia, el +pabellón de las Flores de las Letras, el kiosco de los Historiadores, +brillando, entre los bosques sagrados que los cercan, con sus tejados +lustrosos, azules, verdes, escarlata y de color de limón. Yo devoraba +con ojos ávidos aquellos monumentos de la antigüedad asiática, lleno de +curiosidad por conocer las impenetrables clases que los habitan, el +principio de las Instituciones, la significación de las inscripciones, +el espíritu de sus ciencias, la gramática, el dogma y la extraña visa +interior de un cerebro de letrado chino. Mas ese mundo es inviolable +como un santuario.</p> + +<p>Me senté en la muralla, y mis ojos perdiéronse en la planicie arenosa +que se extiende más allá de los puestos hasta los contrafuertes de los +montes mongólicos; allí, airosamente, se arremolinan ondas indefinibles +de polvo; y a todas horas negrean filas vagarosas de caravanas. Entonces +invadió a mi alma una melancolía que el silencio de aquellas alturas, +envolviendo a Pekín, hacía más desolada; era como un cansancio de mí +mismo, un largo pensar de mi sentir; allí, aislado, absorto en aquel +mundo duro y bárbaro. Me acordé, con los ojos húmedos, de mi aldea del +Miño, la venta con un ramo de laurel colgado sobre la puerta, el banco +del herrador y las riberas fresca y rozagantes cuando verdean los +linos.</p> + +<p>Era la época en que las palomas emigran de Pekín hacia el Sur. Yo las +veía reunirse en bandadas por encima de mí, partiendo de los bosques, de +los templos y de los pabellones imperiales; cada una llevaba, para +librarse de los milanos, una cañita de bambú que el aire hacía silbar, y +aquellas nubes blancas pasaban como impelidas por una brisa suave, +dejando en silencio un lento y melancólico suspiro, una ondulación +célica, que se perdía en los aires pálidos. Volví a casa, lento y +pensativo.</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>En la comida, Camilloff, desdoblando su servilleta, me preguntó mis +impresiones sobre Pekín.</p> + +<p>—Pekín me hace sentir muy bien, mi general, los versos de un poeta +portugués:</p> + +<p class="stret"> +«Sóbalos ríos que vào<br /> +por Babylonia me achei....»</p> + +<p>—¡Pekín es un monstruo!—dijo Camilloff, haciendo oscilar su calva +reluciente.—Y ahora considere que en esta capital, a la clase tártara y +conquistadora que la posee, obedecen trescientos millones de hombres, +una raza audaz, laboriosa, sufrida, política, invasora. Estudian +nuestras ciencias... ¿Una copita de Medoc, Teodoro?... ¡Tienen una +marina formidable! El ejército que en otro tiempo creía destrozar al +extranjero con dragones de papel de donde salían culebras de fuego, +¡sigue ahora la táctica prusiana y va armado con fusil de aguja! ¡Grave, +muy grave!</p> + +<p>—Y todavía, mi general, en mi país, cuando a propósito de Macao, se +habla del Imperio Celeste, los patriotas se pasan los dedos por las +greñas y dicen negligentemente: «Mandamos allá cincuenta hombres y +barremos la China».</p> + +<p>Después de citar esta sandez, quedamos silenciosos. El general, tosiendo +formidablemente, murmuró luego, con condescendencia:</p> + +<p>—¡Portugal es un bello país!</p> + +<p>Yo exclamé con sequedad y firmeza:</p> + +<p>—¡Una pocilga, general!</p> + +<p>La generala, colocando delicadamente en el borde del plato un alón y +limpiándose los dedos, dijo:</p> + +<p>—Es el país de la canción de Mignon; el hermoso país donde florece la +naranja.</p> + +<p>El gordo Meriskoff, doctor alemán de la Universidad de Bom, canciller de +la legión, hombre de aficiones poéticas, y gran comentarista, observó +con respeto:</p> + +<p>—Generala, el dulce país de Mignon es Italia: «¿Conoces tú la tierra +privilegiada donde la naranja da flor?» El divino Goethe se refería a +Italia, «Italia mater». Italia será el eterno amor de la humanidad +sensible.</p> + +<p>—¡Yo prefiero a Francia!—suspiró la esposa del primer secretario, una +jovencita pálida de cabello rizado.</p> + +<p>—¡Ah, la Francia!—murmuraron algunos comensales, poniendo los ojos en +blanco.</p> + +<p>El gordo Meriskoff agitó los lentes de oro.</p> + +<p>—Francia tiene un pero, que es la cuestión social.</p> + +<p>—¡Oh, la cuestión social!—murmuró sombríamente Camilloff.</p> + +<p>Y conversando con tanta sabiduría, llegamos por fin al café.</p> + +<p>Al bajar al jardín, la generala, apoyándose sentimentalmente en mi +brazo, murmuró, junto a mi oído:</p> + +<p>—Ay, ¡quién pudiera vivir en esos palacios apasionados donde verdean +las naranjas!...</p> + +<p>—¡Allí sí que se ama, generala!—le dije en secreto, llevándola +dulcemente hacia la obscuridad de los sicomoros.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/005.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="V" id="V"></a><a href="#table">V</a></h2> + + +<p>Fué necesario todo un largo verano para descubrir la provincia donde +residía el difunto Ti-Chin-Fú.</p> + +<p>¡Qué episodio administrativo tan pintoresco, tan chino! El servicial +Camilloff, que se pasaba el día entero recorriendo los Yamens del +Estado, tuvo que probar, primero, que el deseo de conocer la morada del +viejo Mandarín no encubría ninguna conspiración contra la seguridad del +Imperio, y después fué preciso que jurase que no encerraba esta +curiosidad un atentado contra los Ritos sagrados. Entonces, satisfecho, +el príncipe Tong permitió que se hiciese la requisitoria imperial: +centenares de escribientes palidecieron noche y día, con el pincel en la +mano, dibujando consultas sobre papel de arroz; misteriosas +conferencias susurraron insensatamente por todos los distritos de la +Ciudad Imperial desde el Tribunal Astronómico hasta el Palacio de la +Bondad Preferida; y un ejército de koolíes transportaba desde la +legación de Rusia hasta los Kioscos de la Ciudad Interdicta, y de aquí +al Patio de los Archivos, parihuelas que crugían bajo el peso de los +legajos de viejos documentos.</p> + +<p>Cuando Camilloff preguntaba por el resultado de sus investigaciones, le +contestaban satisfactoriamente que se estaban consultando los libros +santos de La-o-Tsé, o que se iban a explorar viejos textos del tiempo de +Nor-Xa-Chú.</p> + +<p>Y para calmar la impaciencia bélica del ruso, el príncipe Tong remitía, +con estos recados sutiles, algún substancioso presente de confites o +goma de bambú en caldo de azúcar.</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>Mientras el general trabajaba con fervor para encontrar la familia +Ti-Chin-Fú, yo iba tejiendo horas de seda y oro (así dice un poeta +japonés) a los pies pequeñitos de la generala. Había un kiosco en el +jardín, bajo los sicomoros, que se denominaba, al modo chino, el «Reposo +discreto»; a un lado un arroyo fresco cantaba dulcemente bajo una +fuentecilla rústica pintada de color de rosa. Las paredes las formaban +un enrejado de bambú forrado de seda amarilla; el sol, pasando a través +de ellas, proyectaba una luz sobrenatural de ópalo claro. En el centro, +un diván de seda blanca, de una poesía de nube matutina, atraía como un +lecho nupcial. En los rincones, en preciosos jarrones transparentes de +la época de Yeng, alzábanse, con su esbeltez aristocrática, lirios +escarlata del Japón. El suelo estaba todo cubierto de esteras finas de +Nankín y junto a la ventana enrejada, sobre un airoso pedestal de +sándalo, veíase abierto un abanico formado de varillas de cristal, que +la brisa, al entrar, hacía vibrar, con modulación melancólica y tierna.</p> + +<p>Las montañas de fines de agosto en Pekín, son muy apacibles; ya vaga en +el aire una calma otoñal; a esa hora, el consejero Mariskoff y los +oficiales de la legación estaban siempre en la cancillería, despachando +el correo de San Petersburgo.</p> + +<p>Yo, entonces, con el abanico en la mano, pisando sutilmente con la punta +de las babuchas de satín las calles enarenadas del jardín, iba a +entreabrir la puerta del «Reposo discreto»:</p> + +<p>—¿Mimí?</p> + +<p>Y la voz de la generala respondía, suave como un beso:</p> + +<p>—«All right....»</p> + +<p>¡Qué linda estaba vestida de dama china! En sus cabellos levantados +albeaban flores raras, y sus cejas parecían más puras y negras avivadas +con tinta de Nankín. La camisa de gasa bordada, la túnica de filigrana +de oro, plegábase a sus senos pequeñitos y erectos. Largas y fofas +calzas de fulard color «cadera de Ninfa», que le daba una gracia propia +de serrallo, descendían sobre los tobillos finos, cubiertos de sedosas +medias amarillas. Y apenas tres dedos de mi mano cabían en sus +chinelitas.</p> + +<p>Llamábase Wladimira; nació al pie de Nid-ji-Nowgorod y fué educada por +una vieja tía que admiraba a Rousseau, leía a Foblas, usaba cabellos +empolvados, y parecía una basta litografía cosaca de una dama galante de +Versalles....</p> + +<p>El sueño de Wladimira era vivir en París; y mientras hacía hervir +delicadamente las hojas del té, me rogaba que la contase historias +picantes de «cohetes», y me confesaba su culto por Dumas, hijo.</p> + +<p>Yo le arremangaba la larga manga de la casaca de seda de color de hoja +muerta, y hacía viajar mis labios devotos por la piel fresca de sus +bellos brazos; y después, sobre el diván, enlazados, pecho contra +pecho, en un éxtasis mudo, sentíamos las maravillas de cristal resonar +eólicamente, las palomas azules arrullarse en los plátanos, y el +fugitivo ritmo del arroyo murmurador....</p> + +<p>Nuestros ojos humedecidos encontraban a veces un cuadro de satín negro +por cima del diván, donde en caracteres chinos, se desarrollaban +sentencias del libro sagrado de Li-Nun «sobre los deberes de la esposa». +Mas ninguno de nosotros entendía el chino.... Y en el silencio, nuestros +besos volvían a comenzar espaciados, sonando dulcemente y comparables +(en la lengua florida de aquellos países) a perlas que caen, una a una, +sobre una bandeja de plata... ¡Oh, suaves siestas de los jardines de +Pekín! ¿Dónde estáis ahora? ¿Dónde estáis, hojas muertas de los lirios +escarlata del Japón?</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>Una mañana Camilloff entró en la cancillería, donde yo fumaba +amigablemente una pipa en compañía de Mariskoff y tirando su enorme +sable sobre el canapé, nos contó radiante de alegría, las noticias que +le había dado el penetrante príncipe Tong. Descubrióse al fin que un +opulento mandarín, llamado Ti-Chin-Fú, vivía en otro tiempo cerca de los +confines de la Mongolia, en la villa de Tien-Hó. Había muerto +súbitamente; y su descendencia residía allá en la miseria, en una choza +vil.</p> + +<p>Este descubrimiento, ciertamente, no fué debido a la burocracia +imperial; lo hizo un astrólogo del templo de Faguas, que durante veinte +noches hojeó en el cielo el luminoso archivo de los astros.</p> + +<p>—¡Teodoro, ese mandarín es su hombre!—exclamó Camilloff.</p> + +<p>Y Mariskoff repitió, sacudiendo la ceniza de la pipa:</p> + +<p>—¡Ese es su hombre, Teodoro!</p> + +<p>—¡Mi hombre!—murmuré sombríamente.</p> + +<p>¡Era tal vez «mi hombre», sí! Mas no me seducía ir a buscar su familia, +en la monotonía de una caravana, por aquellos desolados rincones de la +China. Además, desde mi llegada a Pekín, no había vuelto a ver la sombra +odiosa de Ti-Chin-Fú y su cometa en forma de papagayo.</p> + +<p>Mi conciencia reposaba como una paloma adormecida. Por lo visto, el +esfuerzo supremo de voluntad que tuve que hacer para abandonar las +dulzuras del boulevard y de Loreto, y surcar los mares hasta el Celeste +Imperio, parecían a la Eterna Equidad una expiación suficiente y una +peregrinación reparadora. Y Ti-Chin-Fú, ya calmado, regresaría con su +papagayo a la sempiterna inmovilidad.</p> + +<p>¿Para qué ir a Tien-Hó? ¿Por qué no quedarme allá en aquel amable +Pekín, comiendo nenúfares en caldo de azúcar, abandonándome a la +somnolencia amorosa del «Reposo discreto» y yendo por las tardes +azuladas a dar mi paseo del brazo del buen Mariskoff, por las terrazas +de jaspe de la Purificación o bajo los cedros del Templo del Cielo?</p> + +<p>El celoso Camilloff, con el lápiz en la mano, marcó en el mapa un +itinerario hacia Tien-Hó. Mostróme en desagradable entrelazamiento, +sombras de montes, líneas tortuosas de ríos, dibujos ondulados de +lagunas.</p> + +<p>—¡Aquí está! Suba usted hasta Ni-ku-hé, en la margen del Pei-Hó. Desde +allí en barcos chatos va a My-yun. ¡Buena ciudad! Hay en ella un Buda +vivo. Desde allí a caballo, sigue hasta la fortaleza de Ché-hia. Pasa la +gran muralla. ¡Famoso espectáculo! Descansa en el fuerte de Ku-pi-hó. +¡Allí puede cazar gacelas!... ¡Soberbias gacelas!... Y en dos días de +camino llega a Tien-Hó. Brillante itinerario. ¿Cuándo quiere partir? +¿Mañana?</p> + +<p>—Mañana—murmuré tristemente.</p> + +<p>¡Pobre generala! Aquella noche, mientras Mariskoff, en el fondo de las +salas, jugaba con tres oficiales de la embajada su «whist» sacramental, +y Camilloff, reclinado en el sofá, con los brazos cruzados, solemne como +en una poltrona del Congreso de Viena, dormía con la boca abierta, ella +se sentó al piano. Yo, a su lado, en la actitud legendaria de un infante +de Lara, desesperado por la fatalidad, me retorcía lúgubremente el +bigote. Y la dulce criatura, entre dos gemidos del teclado, de una +sonata penetrante, cantó volviendo hacia mí sus ojos brillantes y +húmedos:</p> + +<p class="stret"> +«L'oiseau s'envole,<br /> +La'bas, la'bas!...<br /> +L'oiseau s'envole....<br /> +Ne revient pas....»<br /> +</p> + +<p>—El ave ha de volver al nido!—musité yo enternecido. Y, afanándome por +esconder una lágrima, salí murmurando furiosamente:</p> + +<p>—¡Canalla de Ti-Chin-Fú! ¡Por tu causa! ¡Viejo malandrín!</p> + +<p>Al día siguiente salí para Tien-Hó, acompañado de Sa-Tó, el respetuoso +intérprete, una larga fila de carretas, dos cosacos y todo un pueblo de +koolíes.</p> + +<p>Al dejar la muralla de la ciudad tártara, seguimos mucho tiempo +caminando entre las cercas de los jardines sagrados que rodean el templo +de Confucio.</p> + +<p>Era el fin de otoño; ya las hojas estaban amarillas; una dulzura suave +erraba en el aire.</p> + +<p>De los kioscos santos salía un susurro de cánticos monótonos y tristes. +Por las terrazas, enormes serpientes veneradas como dioses, se iban +arrastrando, ya entorpecidas por el frío. Y aquí y allá, al pasar, +encontrábamos budistas decrépitos, secos como pergaminos y nudosos como +raíces, entrecruzados de piernas en el suelo bajo los sicomoros, +inmóviles como ídolos, contemplándose incesantemente el ombligo en +espera de la perfección del Nirvana.</p> + +<p>Y yo iba pensando con una tristeza tan pálida como aquel cielo asiático +de octubre, en dos lágrimas redonditas que al partir vi brillar en los +ojos negros de la generala.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/006.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="VI" id="VI"></a><a href="#table">VI</a></h2> + + +<p>La tarde declinaba y el sol descendía bermejo como un escudo de metal +candente, cuando llegamos a Tien-Hó.</p> + +<p>Las negras murallas de la ciudad se alzan al Sur, al pie de un torrente +que ruge entre rocas. En la parte de Oriente, la planicie lívida y +polvorienta se extiende hasta un grupo obscuro de colonias donde +blanquea el ámplio edificio de una Misión católica; y más allá, hacia el +extremo Norte, se elevan las eternas montañas de la Mongolia, suspensas +en el aire como nubes.</p> + +<p>Nos alojamos en una fétida barraca titulada: «Hospedería de la +Consolación Terrestre». Me fué reservado el cuarto noble, el principal, +que se abría sobre una galería formada por estacas. Estaba ornado de +dragones de papel recortado, sujetos por cordeles de los travesaños del +techo. Al menor soplo de la brisa, aquella legión de monstruos fabulosos +oscilan cadenciosamente con un rumor seco de hojarascas, como tomando +vida sobrenatural y grotesca.</p> + +<p>Antes de que oscureciese, fuí acompañado de Sa-Tó a contemplar la +ciudad, mas pronto tuve que regresar sofocado por el hedor repugnante +que exhalaban las viviendas. Todo se me figuró ser negro; las chozas, el +suelo cenagoso, los canes hambrientos y el populacho abyecto. Regresé a +mi albergue, donde arrieros, mongoles y criaturas piojosas, me miraban +con asombro.</p> + +<p>—Tiene vuestra merced razón. Es mala ralea. Mas no hay peligro; yo +maté, antes de partir, un gallo negro, y la diosa Kaonine debe estar +contenta. Podéis dormir al abrigo de los malos espíritus. ¿Quiere, +vuestra merced, el té?</p> + +<p>—Tráelo, Sa-Tó.</p> + +<p>Después de bebernos una taza, conversamos largamente sobre el vasto +plan: a la mañana siguiente llevaría la dicha y la tranquilidad a la +triste choza de la viuda de Ti-Chin-Fú, anunciándole los millones que le +regalaba, millones ya depositados en Pekín. Después, de acuerdo con el +mandarín Gobernador, haríamos una cuantiosa distribución de arroz al +pueblo, y por la noche habría danzas e iluminaciones, como en una +solemnidad pública.</p> + +<p>—¿Qué te parece, Sa-Tó?</p> + +<p>—En los labios de vuestra merced habita la sabiduría de Confucio... ¡Va +a ser un hermoso espectáculo!</p> + +<p>Como venía cansado, bien pronto comencé a bostezar; me tendí sobre el +lecho, envuelto en mis pieles, hice la señal de la cruz y me dormí +pensando en los brazos blancos de la generala y en sus ojos verdes de +sirena.</p> + +<p>Sería la media noche, cuando me despertó un rumor lento y sordo que +envolvía la barraca, como un fuerte viento en una arboleda o una mar +gruesa batiendo un paredón. Por la galería abierta, la luna entraba en +el cuarto, una luna triste de otoño asiático, dando a los dragones +colgados del techo, formas y semejanzas quiméricas.</p> + +<p>Me levanté, ya nervioso, cuando una silueta alta e inquieta, apareció a +la claridad de la luna.</p> + +<p>—¡Soy yo, señor!—murmuró la voz despavorida de Sa-Tó.</p> + +<p>Y luego, agachándose a mis pies, me contó en un flujo de palabras roncas +su aflicción: mientras yo dormía se esparció por la ciudad el rumor de +que un extranjero, el «Diablo extranjero» había llegado con bagajes +cargados de tesoros.... Ya, desde el comienzo de la noche, él había +entrevisto rostros ansiosos, de ojos voraces, rondando la barraca, como +chacales impacientes.... Y ordenó a los koolíes que atrincherasen la +puerta con los carros de los bagajes, formados en semicírculo a la +manera tártara.</p> + +<p>Mas poco a poco, el tumulto fué creciendo.... Ahora acababa de espiar +por un postigo, y todo el populacho de Tien-Hó rondaba en torno de la +hospedería... ¡La diosa Kaonine no se había satisfecho con la sangre del +gallo negro! Además, él recordaba haber visto en la puerta de una +pagoda una cabra negra andando hacia atrás. ¡La noche sería +terrorífica! ¡Y su pobre mujer, el hueso de su hueso, que estaba tan +lejos, allá en Pekín!</p> + +<p>—¿Y ahora, Sa-Tó?—le pregunté.</p> + +<p>—Ahora... ¡Vuestra señoría!... Ahora....</p> + +<p>Callóse, y su figura escuálida temblaba, agazapándose como un perro que +se le amenaza con el látigo.</p> + +<p>Entonces yo abandoné al cobarde y me adelanté hacia la galería. Abajo, +el muro fronterizo, proyectaba una sombra fatídica. Allí se apiñaba una +turba negra.</p> + +<p>A veces, una figura, rastreando, se adelantaba en el espacio iluminado; +espiaba, forcejeaba en las carretas, y al sentir la luz de la luna sobre +su cara, retrocedía rápidamente, fundiéndose en la obscuridad; y como el +techo del cobertizo era bajo, brillaba un momento algún hierro de lanza +inclinado.</p> + +<p>—¿Qué queréis, canallas?—rugí en portugués.</p> + +<p>A esta voz extranjera, un gruñido salió de las tinieblas; inmediatamente +una piedra cayó a mi lado, agujereando el papel encerado de la celosía; +después, una flecha pasó silbando cerca de mí, clavándose en un listón.</p> + +<p>Descendí rápidamente a la cocina de la hospedería. Mis kaulíes, +asustados, batían las mandíbulas de terror; y los dos cosacos que me +acompañaban, impasibles, fumaban sus pipas con los sables desnudos +puestos sobre las rodillas.</p> + +<p>El viejo hostelero de lentes redondos, una vieja andrajosa que yo había +visto en el patio echando al aire una cometa de papel, los arrieros +mongoles, las criaturas piojosas, todos desaparecieron. Sólo quedó un +viejo bebedor de opio, tumbado en un rincón como un fardo. Fuera se veía +la multitud que vociferaba.</p> + +<p>Interpelé entonces a Sa-Tó, que casi se desmayaba, apoyado en la pared; +nosotros estábamos sin armas, los dos cosacos solos, no podían rechazar +el asalto. Era, pues, necesario ir a despintar al Mandarín gobernador, +revelarle que yo era amigo de Camilloff, un convidado del Príncipe Tong, +e intimarle a que acudiera a dispersar las turbas y mantener la ley +santa de la hospitalidad.</p> + +<p>Mas Sa-Tó me contestó con voz débil como un soplo, que el gobernador, +seguramente, era el que estaba dirigiendo el asalto. Desde las +autoridades hasta los mendigos, la fama de mis riquezas, la leyenda de +las carretas cargadas de oro, inflamó todos los apetitos. La prudencia +ordenaba, como un mandamiento santo, que abandonásemos parte de los +tesoros, las mulas y las cajas de comestibles.</p> + +<p>—¿Y vamos a quedarnos aquí, en esta aldea maldita, sin camisas, sin +dinero y sin comida?</p> + +<p>—¡Mas con la rica vida, vuestra señoría!</p> + +<p>Cedí y ordené a Sa-Tó que fuese a proponer a la turba una copiosa +distribución de oro, si ella consentía en regresar a sus casas y +respetar en nosotros a los huéspedes enviados por Buda.</p> + +<p>Sa-Tó subió a la escalera de la galería, todo tembloroso, y empezó a +arengar a la multitud, braceando, lanzando las palabras con la violencia +de un can que ladra. Yo había abierto la maleta y le iba entregando +sacos de monedas, que él arrojaba a puñados sobre la multitud con ademán +de sembrador.... Abajo, a cada lluvia de metales resonaba un tumulto +furioso; después, un lento suspiro de gula satisfecha; y luego, el +silencio, la suspensión del que espera más.</p> + +<p>—Más—murmuraba ansiosamente Sa-Tó, volviéndose hacia mí.</p> + +<p>Yo, indignado, le daba nuevos cartuchos, pilas de monedas de medio real +envueltas en papel. Ya estaba vacía la maleta.... La turba continuaba +rugiendo insaciable.</p> + +<p>—Más ¡vuestra señoría!—suplicó Sa-Tó.</p> + +<p>—¡No tengo más, criatura! ¡El resto está en Pekín!</p> + +<p>—¡Oh, Buda santo! ¡Perdidos! ¡Perdidos!—exclamó Sa-Tó, doblando las +rodillas.</p> + +<p>El populacho, callado, esperaba aún. De repente, una exhalación salvaje +rasgó el aire. Y yo sentí aquella masa ávida, arremeter sobre las +carretas que defendían la puerta, formadas en semicírculo. Al choque +todo el maderamen de la «Hospedería de la Consolación Terrestre», crugió +y osciló.</p> + +<p>Corrí a la baranda. Abajo bullía un tropel desesperado en torno de los +carros derribados. Los machetes relucían al caer sobre la tapa de los +cajones; el cuero de las maletas abríase rasgado por innumerables +puñales, y bajo el cobertizo los dos cosacos batíanse como héroes. A la +luz de la luna, veía alrededor del barracón agitar teas. Un alarido +ronco elevábase, haciendo a lo lejos aullar a los perros; y de todas las +viviendas desembocaba y corría el populacho, hombres ligeros armados de +chuzos y hoces curvas.</p> + +<p>Súbitamente, oí el tumulto de las turbas que asaltaban la galería, +buscándome sin duda, creyendo que yo guardaría el mejor de los tesoros, +piedras preciosas, joyas. El terror me enloqueció. Corrí a la gradería +de bambú que daba al patio. Rompí la valla, y penetré en la cuadra. Mi +caballo, preso en las tinieblas relinchaba, tirando furiosamente del +cabestro. Salté sobre él, sujetándole por las crines.</p> + +<p>En este momento, por el postigo de la cocina que había saltado en +astillas, penetró una horda armada de linternas, lanzas, clamando +delirante. El caballo, espantado, saltó la valla; una flecha silba a mi +lado; después, una piedra me da en el hombro, otra en los riñones, otra +hace blanco en el anca del animal, y otra más gruesa, me rasga la oreja. +Agarrado desesperadamente a las crines, arqueado, con la sangre goteando +de la oreja, galopé en una carrera furiosa, a lo largo de una calle +negra. De repente veo delante de mí la muralla, un bastión, la puerta de +la ciudad cerrada.</p> + +<p>Entonces, alucinado, sintiendo detrás de mí rugir la turba, abandonado +de todo socorro humano, me acordé de Dios. Creí en él, gritándole que me +salvase: y mi espíritu iba tumultuosamente recordando, para ofrecerle +fragmentos de oraciones, de «Salves, Credos», que yacían en el fondo de +mi memoria. Tras una esquina, a lo lejos, surgió una humareda de teas; +era la turba. Loco de espanto, apreté los talones a los ijares del +animal y corrí a lo largo de la muralla que se extendía como una vasta +cinta negra furiosamente desenrollada. De repente vi una brecha, un +boquete erizado de espinas y zarazas, y fuera la planicie que bajo la +luna tenía la apariencia de una gran charca de agua dormida. Lancéme +hacia allá, sacudiendo con los talones los ijares del potro, y galopé +mucho tiempo por el descampado.</p> + +<p>De repente, el caballo y yo rodamos en un surco blando. Era una laguna; +mi boca se llenó de agua pútrida, y mis pies se enredaron en las fofas +raíces de los nenúfares. Cuando me levanté vi al caballo corriendo muy +lejos, como una sombra, con los estribos al viento.</p> + +<p>Entonces comencé a caminar por aquella soledad, enterrándome en el fango +y cortando a través de matorrales encharcados. La sangre de la oreja +caía sobre mi hombro; la ropa enlodada se me pegaba a la piel, y a veces +en la sombra, me pareció ver brillar ojos de fieras.</p> + +<p>Más lejos, encontré un cercado de piedras sueltas donde yacían, bajo +unos arbustos, infinidad de cajas amarillas que los chinos abandonan +sobre la tierra y donde se pudren los cadáveres. Me senté sobre una caja +postrado de fatiga; mas un olor abominable flotaba en el aire, y al +apoyarme sentí la sensación de un líquido viscoso que escurría por las +hendiduras de las tablas.</p> + +<p>Quise huir. Mas las piernas, temblando, se negaron. Los árboles, las +rocas, las hierbas altas, todo el horizonte comenzó a girar en torno mío +como un disco muy rápido. Resplandores sanguíneos vibraban delante de +mis ojos, y me sentí caído desde muy alto, divagando a la manera de una +pluma que desciende. Cuando recobré el conocimiento estaba sentado sobre +un banco de piedra, en el banco de un enorme edificio semejante a un +convento, que el más grave silencio envolvía. Dos padres lazaristas +lavaban cuidadosamente mi oreja. Un aire fresco circulaba; la garrucha +de un pozo chirriaba lentamente, y una campana tocaba a maitines. +Levanté los ojos y ví una fachada blanca con ventanillas enrejadas y una +cruz en lo alto, y entonces, al contemplar en aquella paz de claustro +católico como un rincón de la patria recuperada, el abrigo y la +consolación, de mis párpados cansados rodaron dos lágrimas mudas.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/007.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="VII" id="VII"></a><a href="#table">VII</a></h2> + + +<p>Aquella mañana, dos lazaristas que se dirigían a Tien-Hó, me habían +encontrado desmayado en el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot, +«era ya tiempo»; porque alrededor de mi cuerpo inmóvil revoloteaba un +negro semicírculo de esos enormes cuervos de Tartaria, contemplándome +con gula.</p> + +<p>Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fué grande el regocijo de +la comunidad cuando supo que yo era latino, cristiano y súbdito de los +«Reyes Fidelísimos». El convento forma allí el centro de un pequeño +pueblo católico, apiñado en torno de la maciza residencia como un +caserío de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde los +primeros misioneros que recorrieron toda la Mandchuria. Porque nos +hallábamos en los confines de la China. Más allá está la Mongolia, la +«Tierra de las hierbas», inmenso prado verde obscuro, bordado de flores +silvestres. Allí se extendía la inmensa planicie de los nómadas. Desde +mi ventana veía negrear los círculos de las tiendas cubiertas de fieltro +o de pieles de carnero; y a veces asistía a la partida de una tribu, que +en filas de largas caravanas llevaba sus rebaños hacia Oeste.</p> + +<p>El superior de los lazaristas era el excelente padre Julio.</p> + +<p>Su larga permanencia entre las razas amarillas lo habían tornado casi en +un chino. Cuando yo le encontraba en el claustro con su túnica roja, la +larga coleta y sus venerables barbas, agitando dulcemente un enorme +abanico, me parecía algún sabio letrado Mandarín comentando mentalmente, +en la paz de un templo, el Libro sacro de Chú. Era un santo; mas olía a +ajo, y este olor apartaba de él a las almas más doloridas y necesitadas +de consuelo.</p> + +<p>¡Conservo suave memoria de los días allí pasados! mi cuarto, encalado de +blanco, con una cruz negra, tenía un recogimiento de celda. Me +despertaba siempre al toque de maitines. Por respeto a los viejos +misioneros, oía misa en la capilla; y me enternecía allí, tan lejos de +la patria católica, ver a la clara luz de la mañana la casulla del padre +con su cruz bordada, inclinarse delante del altar y sentir sisear en el +silencio fosco del santo recinto los «Dominus vobiscum» y los «Et cum +espíritu tuo».</p> + +<p>Por la tarde iba a la escuela a admirar a los niños chinos, declinando +once horas seguidas. Y, después del refectorio, paseando por el +claustro, escuchaba historias de lejanas misiones apostólicas, en el +«País de las hierbas», las prisiones soportadas, las marchas, los +peligros, en fin, todas las crónicas heróicas de la Fe.</p> + +<p>Yo no conté en el convento mis aventuras fantásticas; dije que era un +«tourista» curioso que recorría, tomando apuntes, el mundo entero. Y +esperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba en una dulce laxitud de +alma, a aquella paz del monasterio.</p> + +<p>Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio bárbaro +que ahora odiaba terriblemente. Cuando me ponía a pensar que había +venido de los confines de occidente, para traer a una provincia china la +abundancia de mis millones, y que, apenas llegué, fuí saqueado y +apedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en mi +cuarto, meditando venganzas horribles.</p> + +<p>Retirarme con mis millones era lo más práctico y fácil.</p> + +<p>Además, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad de +Ti-Chin-Fú, me parecía ahora un absurdo, una insensatez de sueño.</p> + +<p>Yo no comprendía las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni los +sabios de aquella raza ¿qué iba a hacer allí, sino exponerme por el +aparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace cuarenta y +tantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra?</p> + +<p>Ti-Chin-Fú y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente al +Cielo Chino de los abuelos, y ya el aplazamiento del remordimiento +visible hacíame olvidar el deseo de la expiación.</p> + +<p>Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regiones +inefables para venir a reclinarse en mis muebles. Vería mis esfuerzos, +mi deseo de ser útil a su prole, a su provincia y a su raza, y +satisfecho, se acomodaría lo mejor posible para la eterna siesta. ¡Ya, +nunca más vería su panza amarilla!</p> + +<p>Y entonces me mordía el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozar +la alegría de mi oro, al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel de +las flores de la civilización.</p> + +<p>Mas la viuda de Ti-Chin-Fú, las mimosas señoras de su descendencia, los +nietos pequeñitos... ¿los dejaría bárbaramente morir de hambre y frío en +las negras viviendas de Tien-Hó? No. Esos no eran culpables de las +pedradas que me tiró el populacho. Y yo, cristiano, aislado en un templo +católico, teniendo a la cabecera de mi cama el Evangelio, cercado de +existencias que eran encarnaciones de la Caridad, no podía partir del +Imperio sin restituir a aquellos a quienes despojara, la abundancia y +las comodidades honestas que recomendaba el clásico de la Piedad +Filial.</p> + +<p>Entonces escribí a Camilloff. Le contaba mi abyecta fuga, bajo las +piedras del populacho; el albergue cristiano que me dieron en la Misión, +y mi ferviente deseo de partir del Imperio Celeste. Le pedía que +remitiese a la mujer de Ti-Chin-Fú los millones depositados por mí en +casa del mercader Tsing-Fó, en la avenida de Cha-Cona, al lado del arco +triunfal de Tong, junto al templo de la diosa Kaonine.</p> + +<p>El alegre padre Loriot, que iba en misión a Pekín, llevó esta carta que +yo lacré con el sello del convento: una cruz saliendo de un corazón +inflamado.</p> + +<p>Los días pasaban. Las primeras nieves albearon en las montañas +septentrionales de la Mandchuria, y yo me ocupaba en cazar gacelas en el +«País de las Hierbas». Horas enérgicas y fuertemente vividas las de esas +mañanas, cuando yo marchaba, con el aire agreste y sano entre monteros +mongólicos, que, con un grito ondulado y vibrante, ojeaban los +matorrales con sus lanzas. A veces una gacela saltaba, y con las orejas +bajas, estiradas y finas, partía en el filo del viento. Soltábamos el +halcón que volaba sobre ella con las alas serenas, dándole a espacios +regulares, con toda la fuerza de su pico curvo, picotazos en el cráneo. +Y la íbamos a encontrar, por fin, a la orilla de algún charco infecto, +cubierto de nenúfares. Entonces, los perros negros de Tartaria +arrojábansele sobre el vientre, y, con las patas entre sangre, y con los +afilados colmillos le iban descubriendo las entrañas.</p> + +<p>Una mañana, el lego de la portería avistó al alegre padre Loriot, +trepando por el camino ingente del Purgo, con su mochila al hombro y una +criatura en los brazos; la había encontrado abandonada, desnudita, +muriéndose a la orilla desolada de un camino. La bautizó después en un +arroyo con el nombre de Bienhallado, y allí la traía, enternecido, +apretando el paso, para darle pronto buena leche de las cabras del +convento.</p> + +<p>Después de abrazar a los religiosos y enjugarse gruesas gotas de sudor, +sacó de los bolsillos del pantalón un sobre con el sello del águila +rusa.</p> + +<p>—Esto es lo que le manda el general Camilloff, amigo Teodoro. Está +bueno, y la señora también... ¡Todos fuertes!</p> + +<p>Corrí a un rincón del claustro a leer los dos plieguecillos. La carta +decía así:</p> + +<p>«Amigo, huésped y estimado Teodoro: A las primeras líneas de su carta +quedamos consternados. Mas luego las siguientes nos llenaron de alegría, +al saber que estaba con esos santos padres de la misión cristiana.</p> + +<p>»Yo fuí al Yamen Imperial a hacer una severa reclamación al príncipe +Tong, sobre el escándalo de Tien-Hó.</p> + +<p>»Su excelencia mostró un júbilo desordenado. Porque aunque lamenta como +particular la ofensa, el robo y las pedradas que mi huésped sufrió, como +ministro del Imperio, ve ahí una dulce oportunidad para exigir a la +ciudad de Tien-Hó, en concepto de indemnización, y en castigo de la +injuria hecha a un extranjero, la importante suma de trescientos mil +francos. Es, como dice Mariskoff, un excelente resultado para el Erario +imperial y queda así vuestra oreja suficientemente vengada. Aquí, +comienzan a picar los primeros fríos y ya estamos usando pieles. El +buen Mariskoff sufre ahora del higado, pero el dolor no altera su +criterio filosófico ni su sabia verbosidad.</p> + +<p>»Tuvimos un grave disgusto: el lindo perrito de la buena señora +Tagarief, la esposa de nuestro querido secretario, el adorable «Tú-Tú» +desapareció en la mañana del quince. Hizo la policía averiguaciones +urgentes, mas «Tú-Tú» no ha parecido, y nuestro sentimiento es mayor +cuanto es sabido que el populacho de Pekín aprecia extraordinariamente +estos perritos, guisados en caldo de azúcar. Ha ocurrido un hecho +abominable y de funestas consecuencias; la embajadora de Francia, esa +petulante madame Gujón, ese gallo enjuto (como la llama Mariskoff), en +la última comida de la legación, dió, despreciando todas las reglas +internacionales, el brazo, su descarnado brazo, y su derecha en la mesa, +a un súbdito inglés, Lord Gordon. ¿Qué me dice usted de esto? ¿Es +creíble? ¿Es razonable? ¡Eso es destruir el orden social! ¡El brazo y la +derecha en la mesa a un súbdito, a un escocés de color de piedra, un +mono, cuando estaban presentes todos los embajadores, los ministros y +yo!</p> + +<p>»Esto ha causado en el cuerpo diplomático, una sensación inenarrable. +Esperamos instrucciones de nuestros gobiernos. Como dice Mariskoff, +moviendo tristemente la cabeza, el asunto es grave—¡muy grave!—Lo que +prueba (y ninguno lo duda) es que lord Gordon es el Benjamín del «Gallo +enjuto». ¡Qué asco! ¡qué podredumbre!... La generala no está buena, +desde que usted partió para esa maldita Tien-Hó; el doctor Pagloff no +atina con el mal; es una languidez, un marchitamiento, una perenne +indolencia que la tiene horas enteras inmóvil sobre el sofá, en el +«Pabellón del Reposo discreto», con la mirada vaga y la boca llena de +suspiros.</p> + +<p>»Yo no me desespero; sé perfectamente el mal que la mina, es una +afección a la vejiga que contrajo, a consecuencia de las malas aguas, +durante nuestra estancia en Madrid... ¡Hágase la voluntad del Señor! +Ella me pide que le salude en su nombre, y desea que cuando llegue usted +a París, si va a París, le remita por el correo de la Embajada para San +Petersburgo (de allí vendrá a Pekín) dos docenas de guantes de doce +botones, número «cinco y tres cuartos», de la marca «Sol», de los +almacenes del Louvre; así como las últimas novelas de Zola; +«Mademoiselle de Maupín», de Gautier, y una caja de frascos de +«Opoponex».</p> + +<p>»Me olvidaba decirle que nos hemos mudado de alojamiento; dejamos la +Embajada francesa para no tener relaciones con el «Gallo enjuto», y +vivimos ahora en el Palacio de la Legación de Inglaterra. Estos son los +inconvenientes de no tener la Embajada rusa palacio de su propiedad, a +pesar de tantas reclamaciones como sobre este asunto tengo hechas a la +cancillería de San Petersburgo.</p> + +<p>»Allí saben perfectamente que en Pekín no hay palacios; que cada +legación tiene el suyo propio, como importante elemento de instalación y +de influencia. ¡Mas en la corte del Czar se desatienden los más serios +intereses de la civilización rusa! Todo lo dicho es lo único nuevo que +acontece en Pekín y en las legaciones. Recuerdos de Mariskoff, y todos +los de esta Embajada, y también del condesito Arturo, el Zizí de la +legación española, en fin, de todos; y yo, muy afectuosamente, le envío +el testimonio de mi amistad.</p> + +<p class="derecha smcap"> +General Camilloff.»</p> + +<p>»P.S.—En cuanto a la viuda y familia de Ti-Chin-Fú hubo un engaño; el +astrólogo del templo de Jagua se equivocó en su interpretación sideral; +no es realmente en Tien-Hó donde reside esa familia. Es al Sur de la +China, en la provincia de Cantón. Mas también hay una familia Ti-Chin-Fú +más allá de la gran Muralla, casi en la frontera rusa, en el distrito de +Ka-ó-li. Ambas perdieron el jefe y ambas están en la miseria. Por lo +tanto, esperando sus nuevas órdenes, no retiré el dinero de casa de +Tsing-Fó. Esta reciente información me la envió hoy su excelencia el +príncipe Tong, con un delicioso tarro de compota de exquisitos +almíbares.</p> + +<p>»Debo anunciarle que nuestro buen Sa-Tó apareció hace días de regreso de +Tien-Hó, con el labio partido y leves contusiones en el hombro, habiendo +salvado solamente del saqueo una litografía de Nuestra Señora de los +Dolores, que por la dedicatoria manuscrita veo que perteneció a vuestra +respetable mamá.</p> + +<p>»Mis valientes cosacos se quedaron allá en un pozo de sangre. Su +excelencia el príncipe Tong me ha ofrecido pagar por cada uno diez mil +francos, tomados de la suma que, en concepto de indemnización ha +impuesto a la ciudad de Tien-Hó.</p> + +<p>»Sa-Tó me dice que si usted, como es natural, vuelve a empezar sus +viajes a través de la China en busca de la familia Ti-Chin-Fú, él se +considera honrado y venturoso en acompañarle, con una fidelidad de perro +y una docilidad de cosaco.</p> + +<p class="derecha smcap"> +Camilloff.»</p> + +<p>—¡No! ¡Nunca!—rugí con furor, estrujando la carta y monologando a +largos pasos por el claustro.—¡No, por Dios o por el demonio! ¿Ir de +nuevo a recorrer los caminos de la China? ¡Jamás! ¡Oh, suerte grotesca +y desastrosa! ¡Dejé mi regalada vida del Loreto, mi nido amoroso de +París, vengo volando como un tordo desde Marsella a Shang-Hai, sufro las +pulgas de las habitaciones chinas, el hedor de las casas, la polvoreda +de los caminos áridos ¿para qué? Tenía un plan que se levantaba hasta +los cielos, grandioso y ornamentado como un trofeo; en él brillaban de +alto abajo, toda suerte de acciones buenas, y he aquí, que de pronto lo +veo caer al suelo, pieza tras pieza, convertido en furia!</p> + +<p>Quería dar mi nombre, mis millones, y la mitad de mi lecho de oro a una +señora de la familia de Ti-Chin-Fú, y no me lo permiten los prejuicios +sociales de una raza bárbara. Pretendo, con el botón de cristal del +Mandarín, reconstituir los destinos de China, traerle nuevas +prosperidades, y me lo veda la ley imperial. Aspiro a conceder una +limosna sin fin a este populacho hambriento, y corro el peligro de ser +decapitado como instigador de rebeliones. Vengo a socorrer a un pueblo y +la turba amotinada me apedrea. Iba, en fin, a brindar el reposo, la +comodidad que alababa Confucio, a la familia Ti-Chin-Fú, y esa familia +evapórase como el humo, y otras familias surgen aquí y allá vagamente, +al Sur y al Oeste, como claridades engañosas.</p> + +<p>¿Y tenía que ir a Cantón, a Ka-ó-lí, a exponer otra oreja a las piedras +brutales, huir aún por caminos descampados, agarrado a las crines de un +potro? ¡Jamás!</p> + +<p>Me paré, y con los brazos en alto, hablando a las arcadas del claustro, +a los árboles, al aire silencioso y frío que me envolvía:</p> + +<p>—¡Ti-Chin-Fú—bramé,—Ti-Chin-Fú, para aplacarte hice todo lo que era +racional, generoso y lógico! ¿Estás, en fin, satisfecho, letrado +venerable, tú, tu papagayo gentil, y tu panza artificial? ¡Háblame! +¡Háblame!</p> + +<p>Escuché, miré: la garrucha del pozo, en aquella hora del mediodía, +chirriaba dulcemente en el patio; sobre las moreras, a lo lejos de las +arcadas, se secaban sobre papel de seda las hojas de té de la cosecha de +octubre; de las puertas medio cerradas del aula venía un susurro lento +de declinaciones latinas.</p> + +<p>Reinaba una paz severa, producto de la simplicidad de las ocupaciones o +de la austeridad de los estudios y el aire pastoril de aquella colina, +donde dormía bajo un sol blanco de invierno, el pueblo religioso. Y en +aquel sereno ambiente, me pareció que descendía a mi alma, de repente, +una paz absoluta.</p> + +<p>Encendí con los dedos aún trémulos un cigarro, y dije, limpiándome una +gota de sudor que corría por mi frente, estas palabras, resumen de mi +destino:</p> + +<p>—Bien, Ti-Chin-Fú está contento.</p> + +<p>Fuí luego a la celda del excelente padre Julio; leía su breviario cerca +de la ventana, saboreando confites de azúcar, con el gato del convento +sobre el hombro.</p> + +<p>—Reverendísimo padre, me vuelvo a Europa. ¿Alguno de vuestros +compañeros va acaso en misión hacia Shang-Hai?</p> + +<p>El venerable superior se caló los lentes, y hojeando un ámplio registro +en letra china, murmuró así:</p> + +<p>—Quinto día de la décima luna. Sí, el padre Anacleto va a Tien-Tsin, a +hacer una novena. Duodécima luna, el padre Sánchez para Tien-Tsin +también, a explicar el catecismo a los huérfanos. Sí, tendrá compañía +hasta Leste.</p> + +<p>—¿Mañana?</p> + +<p>—Mañana. Es dolorosa la separación en estos confines del mundo, cuando +las almas se comprenden bien en Jesús. El padre Gutiérrez le arreglará +una buena fiambrera. Nosotros ya le amábamos como a un hermano, mi +querido Teodoro. Coma un confite, son deliciosos. Las cosas están en +feliz reposo, cuando se hallan en su lugar natural; el lugar del corazón +humano es el corazón de Dios, y el suyo está en este asilo seguro. Coma +otro confite. ¿Qué es eso, hijo mío, qué es eso?</p> + +<p>Yo estaba colocando sobre el breviario abierto, en una página del +Evangelio de la pobreza, un fajo de billetes del «Banco de Inglaterra», +y balbuceé:</p> + +<p>—Un recuerdo para sus pobres....</p> + +<p>—Excelente, excelente.... Nuestro buen padre Gutiérrez le preparará una +fiambrera superior.... «Amén», hijo mío. «In Deo omnia spes....»</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>Al día siguiente, montado en una mula blanca del convento y acompañado +del padre Anacleto y el padre Sánchez, descendí del convento al repique +de las campanas. Y allá vamos, hacia Hiang-Hiano, villa negra y +amurallada, donde atracan los barcos que descienden de Tien-Tsin.</p> + +<p>Ya las tierras a lo largo del Pei-Hó estaban todas blancas de nieve; en +las ensenadas bajas el agua empezaba ya a helarse, y envuelto en pieles +de carnero, alrededor de las hogueras, en la popa del barco, los buenos +padres y yo íbamos conversando de los trabajos de los misioneros, de las +cosas de la China, y a veces de las cosas del cielo, mientras corría de +mano en mano el frasco de ginebra.</p> + +<p>En Tien-Tsin, me separé de aquellos santos camaradas.</p> + +<p>Y después de dos semanas, en un día de sol, me paseaba fumando un +cigarro y mirando las luchas de perros en el puerto de Hong-Kong, sobre +la cubierta del «Java»; que iba a levar anclas con rumbo a Europa.</p> + +<p>Fué un momento conmovedor para mí, aquel en que a las primeras vueltas +de la hélice, vi alejarme de la tierra de China.</p> + +<p>Desde que desperté, durante aquella mañana, una inquietud sorda +comenzaba de nuevo a invadir mi alma. Ahora pensaba en que había ido a +aquel vasto imperio a calmar por la expiación una protesta temerosa de +la conciencia, y por fin, impelido por una impaciencia nerviosa, partía, +sin haber hecho más que deshonrar los bigotes blancos de un general +heróico y haber recibido una pedrada en la oreja en una ciudad de los +confines de la Mongolia.</p> + +<p>—¡Extraño destino el mío!</p> + +<p>Hasta el anochecer estuve recostado sombríamente en la borda del buque, +viendo el mar liso como una vasta pieza de seda azul, doblarse a los +lados en pliegues suaves; poco a poco grandes estrellas palpitaron en la +concavidad negra, y la hélice en la sombra iba trabajando rítmicamente. +Me paseé errante por la cubierta, mirando aquí y allí la brújula +iluminada, los montones de cabrestantes, las piezas de la máquina +envueltas en una claridad ardiente, golpeando con cadencia; la humareda +negra que se elevaba de las chimeneas ennegreciendo el firmamento; los +marineros de barba rubia inmóviles en sus puestos, y las figuras de los +pilotos sobre el puntal, altas y sombrías en la noche. En el camarote +del capitán, un inglés, con blanco casco a la cabeza, rodeado de damas +que bebían cognac, tocaba melancólicamente en la flauta el aria de +«Bonnie Dundée».</p> + +<p>Eran las once cuando bajé a mi cámara. Las luces ya estaban apagadas; +mas la luna, que se erguía al nivel del agua, redonda y blanca, hería +los cristales del camarote con un rayo de claridad, y entonces, medio +oculta y pálida, ví rígida sobre la hamaca la figura panzuda del +Mandarín, vestido de seda amarilla con su papagayo entre las manos.</p> + +<p>¡Era él otra vez!</p> + +<p>Y fué él perpetuamente. Fué él en Singapore y en Ceilán. Fué él en los +arsenales del desierto, cuando pasamos por el Canal de Suez; +adelantándose en la proa de un barco mercante, cuando entramos en Malta, +resbalando sobre las rosadas montañas de Sicilia y emergiendo de los +mares que cercan el Peñón de Gibraltar. Cuando desembarqué en Lisboa, su +obesa figura llenaba todo el arco de la calle Angosta, y sus ojos +oblícuos y los dos ojos pintados de su cometa en figura de papagayo, +parecían fijos en mí.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/008.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="VIII" id="VIII"></a><a href="#table">VIII</a></h2> + + +<p>Entonces, teniendo la certeza de que nunca podría aplacar a Ti-Chin-Fú, +pasé toda la noche en mi cuarto del Loreto, donde, como en otro tiempo, +las velas que ardían en los bruñidos candelabros de plata daban a los +rojos damascos tonos de sangre fresca, medité despojarme, como de un +adorno de pecado, de aquellos millones sobrenaturales.</p> + +<p>¡Y así me libraría tal vez de aquella panza amarilla, y de aquella +cometa abominable!</p> + +<p>Abandoné el palacio del Loreto, y con él mi existencia de Nabab.</p> + +<p>Regresé a mi habitación de la casa de la viuda de Marques, y volví a la +oficina a implorar mis veinticinco duros mensuales y mi dulce pluma de +amanuense.</p> + +<p>Mas un sufrimiento mayor vino a amargar mis días. Juzgándome arruinado, +todos aquéllos que mi opulencia humilló, cubriéronme de ofensas. Los +periódicos, con triunfal ironía, publicaron mi miseria. La aristocracia, +que balbuceaba adulaciones, inclinada a mis pies de Nabab, ordenaba +ahora a sus cocheros que atropellasen en las calles el cuerpo encogido +del escribiente de secretaría.</p> + +<p>El clero, a quien yo había enriquecido, me acusaba de hechicero, el +pueblo me apedreaba, y la viuda de Marques, cuando me quejaba de la +dureza granítica de los garbanzos, poníase en jarras y gritaba:</p> + +<p>—¿Qué quiere usted más? ¡Aguantarse! ¡Valiente perdulario!</p> + +<p>Y a pesar de esta expiación, el viejo Ti-Chin-Fú, estaba siempre a mi +lado porque sus millones que yacían ahora intactos en los Bancos, eran, +desgraciadamente, míos.</p> + +<p>Entonces, indignado, volví a mi palacio y a mi vida de lujo. Aquella +noche, de nuevo el resplandor de mis ventanas alumbró el Loreto, y por +el portón abierto viéronse, como en otro tiempo, negrear con sus +calzones de seda, las largas filas de lacayos decorativos.</p> + +<p>Luego, Lisboa, sin excepción, se arrojó a mis pies. La viuda de Marques +me llamó llorando: «hijo de mi corazón.»</p> + +<p>Los periódicos me otorgaron los calificativos que, según la tradición, +pertenecen a los dioses. ¡Fuí el omnipotente, el omnisciente! La +aristocracia me besó los pies como a un tirano y el clero me incensó +como a un viejo ídolo. Y mi desprecio por la humanidad fué tan grande, +que se extendió hasta el mismo Dios que la creó.</p> + +<p>Desde entonces, una saciedad enervante me mantuvo durante semanas +enteras tendido en un sofá, mudo y terrible, pensando en la felicidad +del «no ser....»</p> + +<p>Una noche, regresando solo por una calle desierta, vi delante de mí al +personaje vestido de negro, con el paraguas debajo del brazo, el mismo +que en mi cuarto tranquilo y feliz de la travesía de la Concepción, me +hiciera a un «tilín-tín» de campanilla, heredar tantos despreciables +millones. Corrí hacia él; le agarré por la solapa des su levita +burguesa, gritándole:</p> + +<p>—¡Líbrame de mis riquezas! ¡Resucita al Mandarín! ¡Devuélveme la paz de +la miseria!</p> + +<p>El, pasó gravemente su paraguas debajo del otro brazo, y respondió con +bondad:</p> + +<p>—¡No puede ser, mi apreciable señor, no puede ser!</p> + +<p>Yo me arrojé a sus pies haciéndole una súplica abyecta, mas sólo ví +delante de mí, bajo la luz mortecina de un reverbero de gas, la forma +escuálida de un perro hambriento hociqueando en el lodo.</p> + +<p>Nunca he vuelto a encontrar a tal individuo. Y ahora, el mundo me parece +un inmenso montón de ruinas donde mi alma solitaria, como un desterrado +que vaga por entre columnas caídas, gime continuamente.</p> + +<p>Las flores de mis aposentos se marchitan y nadie las renueva; la luz me +parece una antorcha fúnebre, y cuando mis amadas vienen envueltas en la +blancura de sus peinadores a acostarse en mi lecho, lloro, como si viera +la legión amortajada de mis alegrías muertas.</p> + +<p>Me siento morir. Tengo ya hecho mi testamento. En él lego mis millones +al Diablo, le pertenecen; él que los reclame y los reparta.</p> + +<p>Y a vosotros, hombres, os lego solamente estas palabras sin comentario: +«¡Sólo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca +matéis al Mandarín!»</p> + +<p>Y, todavía al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte +a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las +ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningún +mandarín quedaría vivo, si tú, tan fácilmente como yo, lo pudieras +suprimir y heredar sus millones, ¡oh, lector! criatura improvisada por +Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano.</p> + +<h3>FIN</h3> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/009.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="Paginas_Selectas_de_Eca_de_Queiroz" id="Paginas_Selectas_de_Eca_de_Queiroz"></a><a href="#table">Páginas Selectas de Eça de Queiroz</a></h2> + +<h3><i>(Del Epistolario de Fradique Mendes)</i></h3> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<div class="center"> + <img src="images/010.jpg" width="50%" + alt="barra" title="barra" /> +</div> +<h2><a name="A_CLARA" id="A_CLARA"></a><a href="#table">A CLARA....</a></h2> + +<h3><i>(Trad.)</i></h3> + + +<p>Mi adorada amiga:</p> + +<p>No fué en la exposición de Acuarelistas, en marzo, donde tuvo conmigo el +primer encuentro por decreto de los Hados. Fué en invierno, mi adorada +amiga, en el baile de los Tressans. Fué allí donde la vi, conversando +con Md. Jouarre, junto a una consola, cuyas luces, entre los ramos de +orquídeas, orlaban sus cabellos de aquel nimbo áureo que tan justamente +le pertenece como «reina de la gracia entre las mujeres». Recuerdo aún +su sonreir cansado, el vestido negro con adornos de color de oro, el +abanico antiguo que tenía sobre el regazo. Pasé; pero luego todo me +pareció alrededor feo y enfadoso, y volví a admirar, a «meditar» en +silencio, su belleza, que me atraía por su esplendor potente y +comprensible y también por no sé qué de fino y espiritual, de doliente +y de afable, que brillaba y venía del alma. Y tan intensamente me embebí +en mi contemplación, que me llevé conmigo su imagen hermosa y entera, +sin faltar un hilo de sus cabellos ni una ondulación de la seda que +vestía su cuerpo y corrí a encerrarme con ella, alborozado, como el +artista que en alguna obscura tienda, entre polvo y trastos, descubriese +la Obra sublime de un Maestro perfecto.</p> + +<p>Y ¿por qué no confesarlo? Esa imagen fue para mí al principio, meramente +un Cuadro colgado en el fondo de mi alma, que yo a cada momento miraba +para alabar, con creciente sorpresa, los encantos diversos de Línea y de +Color. Era solamente una tela rara, puesta en un sagrario, inmóvil y +muda en su brillo, sin otro influjo sobre mí que el de una forma muy +bella que cautiva un gusto muy educado. Mi sér continuaba libre, atento +a las curiosidades que hasta entonces lo solicitaban; y sólo cuando +sentía el cansancio de las cosas imperfectas o el deseo nuevo de una +ocupación más pura, regresaba a la Imagen que en mí guardaba como un Fra +Angélico en su claustro, dejando los pinceles al concluir el día, de +hinojos ante la Madona para implorar de ella descanso e inspiración +superior.</p> + +<p>Poco a poco, sin embargo, todo lo que no fuese esta contemplación perdió +para mí valor y encanto. Comencé a vivir cada día más recluído en el +fondo de mi alma, perdido en la admiración de la imagen que en ella +brillaba, hasta que sólo esta ocupación me pareció digna de la vida, y +en el mundo todo no reconocí más que una apariencia inconstante y fuí +como un monje en su celda, ajeno a las cosas más reales, de rodillas y +rígido en su sueño, que es para él la única realidad.</p> + +<p>Mas no era el mío, mi adorada amiga, un pálido y pasivo éxtasis delante +de su Imagen. ¡No! Era más bien un ansioso y fuerte estudio de ella, con +el que yo procuraba conocer, a través de la Forma, la Esencia y (pues +que la Belleza es el esplendor de la Verdad) deducir de las +perfecciones de su cuerpo las superioridades de su alma. Y así fué cómo +lentamente sorprendí el secreto de su naturaleza; su clara frente que el +cabello descubre, tan clara y despejada, luego me contó la rectitud de +su pensar; su sonrisa, de una nobleza tan intelectual, fácilmente me +reveló su desdén hacia lo mundano y lo efímero y su incansable +aspiración hacia un vivir de verdad y de belleza; cada gracia de sus +movimientos me tradujo una delicadeza de su gusto; y en sus ojos +diferencié lo que en ellos tan adorablemente se confunde, luz de razón, +calor de corazón, la luz que mejor calienta la lumbre que más +ilumina.... La certeza de tantas perfecciones bastaba ya para hacer +doblar, en una adoración perpetua, las rodillas más rebeldes. Pero +sucedió también que al paso que la comprendía y que su Esencia se +manifestaba tan visible y casi tangible, descendía una influencia de +ella hacia mí, una influencia extraña, diferente de todas las +influencias humanas, y que me dominaba con trascendente omnipotencia. +¿Cómo lo podré decir? Monje encerrado en mi celda, comencé la +convivencia con la Santa a quien me consagrara. Hice entonces un severo +examen de conciencia. Investigué con inquietud si mi pensar era condigno +de la pureza de su pensar; si en mi gusto no habría desconciertos que +pudieran herir la disciplina de su gusto; si mi idea de la vida era tan +alta y seria como aquella que yo presintiera en la espiritualidad de su +mirar, de su sonreir, y si mi corazón no se dispersara y debilitara con +exceso para poder palpitar con paralelo vigor junto a su corazón. Y he +realizado ahora un jadeante esfuerzo para subir a una perfección +idéntica a aquella que tan sumisamente adoro.</p> + +<p>De suerte, mi querida amiga, que se tornó sin saberlo mi educadora. Y +tan subordinado quedé a esa dirección, que no puedo concebir los +movimientos de mi sér sino gobernados por ella y por ella ennoblecidos. +Sé perfectamente que todo lo que en mí surge de algún valor, idea o +sentimiento, es obra de esa educación que su alma da a la mía desde +lejos, sólo con existir y ser comprendida. Si hoy me abandonase su +influencia—más bien, como un asceta, debía decir su Gracia—todo mi sér +rodaría sin remisión a una inferioridad. Vea, pués, cómo se convirtió +usted en necesaria y preciosa para mí. Y considere que para ejercer esa +supremacía salvadora, sus manos no hubieron de imponerse sobre las mías; +bastó con que yo la viera desde lejos, brillando en una fiesta. Así un +arbusto florece en el borde de un foso porque allá arriba, en los +remotos cielos, fulgura un gran sol que no le conoce y que le hace +crecer, abrirse y exhalar su poco de aroma.... Por eso mi amor alcanza +ese sentimiento no descrito y sin nombre que la Planta, si tuviese +conciencia, sentiría por la Luz.</p> + +<p>Y considere también que considerando de usted como de la luz, nada le +ruego, ningún bien imploro de quien tanto puede y es para mí dueña de +tanto bien. Sólo deseo que me deje vivir bajo esa influencia que, +emanando del simple brillo de sus perfecciones, tan fácil y dulcemente +realiza mi perfeccionamiento. Sólo pido ese caritativo permiso. Vea, +pues, cuán distante me mantengo en la abatida humildad de una adoración, +que hasta recela que su murmurar, murmurar de preces, roce el vestido de +la imagen divina....</p> + +<p>Mas si, por acaso, mi querida amiga, segura de mi renuncia, la toda +recompensa terrestre, me permitiese desarrollar junto a usted, en un día +de soledad, las agitadas confidencias de mi pecho, seguramente que +realizaría un acto de inefable misericordia, como en otro tiempo la +Virgen María, cuando animaba a sus adoradores, eremitas y santos, +descendiendo en una nube y otorgándoles una sonrisa fugitiva, o dejando +caer entre sus manos levantadas una rosa del Paraíso. Así, mañana voy a +pasar la tarde con Mad. Jouarre. No encuentro allí la santidad de una +celda o de una ermita; pero sí casi su aislamiento; y si mi querida +amiga surgiese en pleno esplendor y yo recibiese de ella, no diré una +rosa, sino una sonrisa, quedaría entonces seguro de que este amor mío o +este mi sentimiento indescriptible y sin nombre que va más allá del +amor, encuentra en sus ojos piedad y permiso para esperar.</p> + +<p class="derecha smcap">Fradique.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="A_MADAME_DE_JOUARRE_Trad" id="A_MADAME_DE_JOUARRE_Trad"></a><a href="#table">A MADAME DE JOUARRE</a></h2> + +<h3><i>(Trad.)</i></h3> + +<p class="derecha">Lisboa, junio.</p> + +<p>Mi excelente madrina:</p> + +<p>Hé aquí lo que ha «visto y hecho» desde mayo en la hermosísima Lisboa. +«Ulyssipo pulcherrima», su admirable ahijado. Descubrí un compatriota +mío de las Islas, mi pariente, que vive desde hace tres años +construyendo un sistema de Filosofía en el piso tercero de una casa de +huéspedes de la travesía de la Palha. Espíritu libre, emprendedor y +diestro, paladín de las Ideas Generales, mi pariente, que se llama +Procopio, considerando que la mujer no vale los tormentos que ocasiona, +y que los ochocientos mil reis de un olivar le bastan y le sobran a un +espiritualista, consagró su vida a la Lógica y sólo se interesa por la +Verdad. Es un filósofo alegre, conversa sin gritar, tiene un aguardiente +de moscatel excelente, y yo trepo con gusto dos o tres veces por semana +a su oficina de Metafísica para saber si, conducido por la dulce alma de +Maine de Biran, que es su cicerone en los viajes al Infinito, entrevió +al fin oculta tras los últimos velos la Causa de las Causas. En estas +piadosas visitas, voy poco a poco conociendo algunos de los huéspedes, +que en ese tercer piso de la travesía de la Palha gozan de una buena +vida de ciudad a doce tostones por día, fuera del vino y de la ropa +limpia. Casi todas las profesiones en que se ocupa la clase media en +Portugal están aquí representadas con fidelidad, y así puedo yo estudiar +sin esfuerzo, como en un índice, las ideas y los sentimientos que en +nuestro año de gracia forman el fondo moral de la nación.</p> + +<p>Esta casa de huéspedes tiene encantos. La habitación de mi primo +Procopio tiene una estera nueva, una cama de hierro filosófica y +virginal, vistosos visillos en las ventanas, flores y pájaros por las +paredes, y allí se mantiene un riguroso aseo por una de esas criadas +como sólo las produce Portugal, guapa moza de Traz-os-Montes, que +arrastrando sus chanclas con la indolencia grave de una ninfa latina, +barre, friega y arregla toda la casa; sirve nueve almuerzos, nueve +comidas y nueve cenas; pega los botones a los pantalones y a los +calzoncillos, que los portugueses están continuamente perdiendo, +almidona las enaguas de la señora, reza el rosario de su aldea, y aún le +queda tiempo para amar desesperadamente a un barbero vecino, que está +resuelto a casarse con ella en cuanto le empleen en la Aduana. (Y todo +esto por tres mil reis de salario). El almuerzo son dos platos sanos y +abundantes, huevos y «bifftec». El vino lo envía el cosechero, un +vinillo ligero y temprano, hecho según los venerables preceptos de las +«geórgicas», y semejante, de seguro, al vino de la Rethia, «quo te +carmine dicam, Rethica?» Las tostadas, hechas en lumbre fuerte, son +incomparables. Los cuatro cuadros que adornan la sala, un retrato de +Fontez (estadista ya muerto y tenido en gran veneración por los +portugueses) una estampa de Pío IX sonriendo y bendiciendo, una vista +del valle de Collares y dos doncellas besuqueando a una tórtola, +inspiran las saludables ideas, tan necesarias, de Orden Social, de Fe, +de Paz campestre y de inocencia.</p> + +<p>La patrona, doña Paulina Soriana, es una señora de cuarenta otoños, +frescota y rolliza, con un pescuezo muy gordo, y toda ella más blanca +que la blanca chambra que usa, además de una falda de seda color +violeta. Parece una excelente señora, paciente y maternal, de buen +juicio y de buena economía. Sin ser rigurosamente viuda, tiene un hijo, +gordo también, que se roe las uñas y estudia en el Instituto. Se llama +Joaquín, y por ternura Quinito; sufrió en esta primavera no sé qué grave +enfermedad que le obliga a tomar interminables horchatas y baños de +asiento, y está destinado por doña Paulina a la burocracia, que +considera, con mucha justicia, la carrera más segura y más fácil.</p> + +<p>—Lo esencial para un muchacho, afirmaba hace días la apreciable señora, +después del almuerzo y cruzando la pierna—es tener padrinos y lograr un +empleo; ya colocado, el trabajo es poco y la paga no falta a fin de mes.</p> + +<p>Doña Paulina está tranquila acerca de la carrera de Quinito. Por el +influjo (que es todopoderoso en estos Reinos) de un amigo seguro, el +señor consejero Vaz Netto, hay ya en el ministerio de Obras públicas o +en el de Justicia una silla de amanuense guardada, señalada, en espera +de Quinito. Y como Quinito fuese reprobado en los últimos exámenes, el +señor consejero Vaz Netto resolvió que en vista de que se mostraba tan +desaplicado y con tan poco amor a las letras, lo mejor era no insistir +en los estudios del Instituto y entrar inmediatamente en el destino....</p> + +<p>—Sin embargo—añadió la buena señora cuando me honró con estas +confidencias,—me agradaría que Quinito terminase los estudios. No es +por necesidad, ni por causa del empleo, como vuestra excelencia ve; sino +por gusto.</p> + +<p>Quinito tiene, pues, su prosperidad satisfactoriamente asegurada. Por lo +demás, supongo que doña Paulina le reúne un prudente peculio. En la +casa, bien acreditada, hay ahora siete huéspedes, todos de confianza, +estables, gastando como extraordinarios de cuarenta y cinco a cincuenta +mil reis al mes. El más antiguo, el más respetado (y aquel que +precisamente conozco) es Pinho, Pinho el brasileño, el comendador Pinho. +El es quien todas las mañanas anuncia la hora del almuerzo (el reloj del +comedor está descompuesto desde Navidad) saliendo de su cuarto +puntualmente a las diez, con su botella de agua de Vidago, yendo a +ocupar su silla, en la mesa, ya puesta, pero desierta, una silla +especial de mimbres con un almohadón de viento. Nadie sabe de este Pinho +ni la edad, ni la tierra o familia en que nació, ni su ocupación en el +Brasil, ni el origen de su encomienda. Llegó una tarde de invierno en un +paquebot de la «Mala Real», pasó cinco días en el Lazareto, desembarcó +con dos baúles, la silla de mimbres y cincuenta latas de dulce; tomó su +cuarto en esta casa de huéspedes, con ventana a la travesía, y aquí +engorda risueña y plácidamente con el seis por ciento de sus +inscripciones. Es un sujeto rechoncho, bajo, con barba gris, piel +morena, con tonos de café y de ladrillo, siempre vestido de paño fino +negro, con lentes de oro pendientes de una cinta de seda, que él, en la +calle y en cada esquina, desenreda del cordón de oro del reloj para leer +con interés y lentitud los carteles de los teatros. Su vida ofrece una +de esas prudentes regularidades que tan admirablemente concurren a crear +el orden en los Estados. Después del almuerzo, se calza sus botas de +caña, alisa su sombrero de copa y se va muy despacio hasta la calle de +los Capellistas, al escritorio en planta baja del corredor Godinho, +donde pasa dos horas sentado junto a la ventana, con las velludas manos +apoyadas en el puño del quitasol. Después se coloca el quitasol debajo +del brazo, y por la calle del Oouro, con saboreada pachorra, +deteniéndose a contemplar a la señora de sedas más rizadas o la +victoria de arreos más lustrosos, alarga sus pasos hasta la tabaquería +de Sousa, en el Rocío, donde bebe una copa de agua de Canecas, y +descansa hasta que la tarde refresca. Sigue entonces por la Avenida, +gozando el aire puro y el lujo de la ciudad, sentado en un banco, o da +la vuelta al Rocío, bajo los árboles, con la cara alta y dilatada de +bienestar. A las seis se recoge, se quita el sobretodo, se calza sus +chinelas de tafilete, se pone una agradable cazadora de algodón, y come, +«repitiendo» siempre de la sopa. Después del café da un «higiénico» +paseo por la Baixa, haciendo paradas pensativas, pero risueñas, en los +escaparates de las confiterías, y ciertos días sube al Chiado, dobla la +esquina de la calle Nova da Trinidade y regatea con placidez y firmeza +una entrada para el Gimnasio. Todos los viernes entra en su Banco, que +es el «London Brasilian». Los domingos, al anochecer, con recato, visita +a una moza gorda y limpia que vive en la calle de la Magdalena. Cada +semestre recibe los intereses de sus inscripciones.</p> + +<p>Así, toda su existencia es un pausado reposo. Nada le inquieta, nada le +apasiona. Para el comendador Pinho, el Universo consta de dos únicas +entidades: él mismo, Pinho, y el Estado que le da el seis por ciento; +por tanto, el Universo es perfecto y la vida perfecta, mientras Pinho, +gracias a las aguas de Vidago, conserve apetito y salud, y el Estado +siga pagando fielmente el cupón. Por lo demás, le basta con poco para +contentar la porción de Alma y Cuerpo de que aparentemente se compone. +La necesidad que todo sér vivo (aún las ostras, según afirman los +naturalistas) tiene de comunicar con sus semejantes por medio de gestos +o de sonidos, es en Pinho poco exigente. Hacia mediados de abril, sonríe +y dice desdoblando la servilleta: «tenemos el verano encima»; todos +concuerdan con él y Pinho goza. A mediados de octubre se pasa los dedos +por la barba y murmura: «tenemos encima el invierno»; si otro huésped +disiente, Pinho enmudece porque teme las controversias. Y este honesto +cambio de ideas le basta. En la mesa, con tal que le sirvan una sopa +suculenta en un plato hondo que pueda llenar dos veces, queda satisfecho +y dispuesto a dar gracias a Dios. El «Diario de Pernambuco», el «Diario +de Noticias», alguna comedia del Gimnasio o alguna de magia satisfacen +de sobra aquellas cualidades de inteligencia y de imaginación que +Humboldt encontró aún entre los «botecudos». En las funciones del +sentimiento, Pinho sólo pretende (como reveló un día a mi primo) «no +coger una enfermedad». Con la cosa pública está siempre contento, +gobierne éste o gobierne aquél, con tal que la policía mantenga el orden +y no se produzcan perturbaciones en los principios y en las calles, +nocivas al pago del cupón. En cuanto al destino ulterior de su alma, +Pinho (como me aseguró a mí miso) «sólo desea, después de muerto, que no +le entierren vivo». Aun acerca de punto tan importante, como es para un +comendador su mausoleo, Pinho se contenta con poco: apenas una lápida +lisa y decente con su nombre y un sencillo «Rogad por él».</p> + +<p>Erraríamos, sin embargo, querida madrina, suponiendo que Pinho es ajeno +a todo cuanto sea humano. ¡No! Estoy cierto de que Pinho respeta y ama a +la humanidad; sólo que para él la humanidad en el transcurso de su vida +se restringió mucho. Hombres, hombres serios, verdaderamente merecedores +de ese nombre, dignos de reverencia y afecto, y de que por ellos se +arriesgue un paso que no canse mucho, para Pinho sólo lo son los +prestamistas del Estado. Así, mi primo Procopio, con una malicia harto +inesperada en un espiritualista, contóle hace tiempo en secreto, +guiñando los ojos ¡que yo poseía muchos papeles! ¡muchas pólizas! +¡muchas inscripciones!... Pues en la primera mañana que volví a la casa +de huéspedes después de esta revelación, Pinho, ligeramente colorado, +casi conmovido, me ofreció una cajita de dulce envuelta en una +servilleta, ¡acto conmovedor que explica aquella alma! Pinho no es un +egoísta, un Diógenes de levita negra, secamente retraído dentro del +tonel de su inutilidad. No. Hay en él toda la humana voluntad de amar a +sus semejantes y de servirlos. Pero, ¿quiénes son para Pinho sus +genuínos «semejantes»? Los prestamistas del Estado. ¿Y en qué consiste +para Pinho el acto de beneficio? En ceder a los otros aquello que a él +le es útil. Para Pinho no hay otro bien como el uso de la guayaba, y en +cuanto supo que yo era un poseedor de inscripciones, un semejante suyo, +capitalista como él, no dudó, no se retrajo más de su deber humano, y +practicó en seguida el acto de beneficio, y hélo aquí ruborizado y +feliz, trayendo su dulce dentro de una servilleta.</p> + +<p>¿Es el comendador Pinho un ciudadano inútil? ¡No, ciertamente! Hasta +para mantener con estabilidad y solidez el orden de una nación, no hay +más provechoso ciudadano que este Pinho, con su placidez de hábitos, su +fácil asentimiento a todos los hechos de la vida pública, su cuenta de +todos los viernes en el Banco, sus placeres escondidos con higiénico +recato, su pausa y su inercia. De un Pinho nunca puede salir idea o +acto, afirmación o negación que desarreglen la paz del Estado. Así, +gordo, pacífico, colocado en el organismo social, no concurriendo a su +movimiento, pero tampoco contrariándolo, Pinho ofrece todos los +caracteres de una excrecencia sebácea. Socialmente, Pinho es un +lobanillo. Y nada más inofensivo; que un lobanillo; y en nuestros +tiempos, en que el Estado está lleno de elementos morbosos y de +parásitos que lo chupan, lo inficionan y lo sobrexcitan, esta +«inofensibilidad» de Pinho hasta puede (en relación a los intereses del +orden) ser considerada como una cualidad meritoria. Por esto el Estado, +según se dice, le va a conceder el título de barón. Y barón es un título +que honra a ambos, al Estado y a Pinho, porque con él se rinde +simultáneamente un homenaje gracioso y discreto a la Familia y a la +Religión.</p> + +<p>El padre de Pinho se llamaba Francisco, Francisco José Pinho. Y nuestro +amigo va a ser hecho barón de San Francisco.</p> + +<p>¡Adiós, querida madrina! ¡Vamos con el décimo octavo día de lluvia! +Desde el comienzo de junio y de las rosas, en este país del sol sobre +azul, en la tierra trigueña del olivo y del laurel, queridos de Febo, +está lloviendo, lloviendo a hilos de agua cerrados, continuos, +imperturbables, sin un soplo de viento que los tuerza, ni un rayo de luz +que los abrillante, formando de las nubes a las calles una movible trama +de humedad y de tristeza, en que el alma se agita y se rinde como una +mariposa presa en las telas de la araña. Estamos en pleno versículo +XVII, capítulo VII del «Génesis».</p> + +<p>En el caso de que estas aguas del cielo no cesaran, yo deduzco que las +intenciones de Jehová para con este país son diluvianas, y no juzgándome +menos digno de la Gracia y de la Alianza divina que lo fué Noé, voy a +comprar madera y brea y a hacer un arca según los nuevos modelos +hebraicos y asirios. Y si por acaso de aquí a algún tiempo una paloma +blanca fuese a batir sus alas delante de su vidriera, es que yo aporté +al Havre en mi arca, llevando conmigo, entre otros animales, a Pinho y a +doña Paulina, para que, más tarde, cuando hayan bajado las aguas, +Portugal se repueble con provecho, y el Estado tenga siempre Pinhos a +quienes pedir dinero prestado, y Quinitos gordos con quienes gastar el +dinero que pidió a Pinho. Suyo ahijado del corazón,</p> + +<p class="derecha smcap">Fradique.</p> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El Mandarín, by Eça Queiroz + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MANDARÍN *** + +***** This file should be named 18228-h.htm or 18228-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/1/8/2/2/18228/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at http://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Donations are accepted in a number of other +ways including checks, online payments and credit card +donations. To donate, please visit: http://pglaf.org/donate + + +Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic +works. + +Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm +concept of a library of electronic works that could be freely shared +with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project +Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. + +Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. +unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + +*** END: FULL LICENSE *** + + + +</pre> + +</body> +</html> + diff --git a/18228-h/images/001.jpg b/18228-h/images/001.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..8beb6e9 --- /dev/null +++ b/18228-h/images/001.jpg diff --git a/18228-h/images/002.jpg b/18228-h/images/002.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..d8dffa8 --- /dev/null +++ b/18228-h/images/002.jpg diff --git a/18228-h/images/003.jpg b/18228-h/images/003.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..c06f998 --- /dev/null +++ b/18228-h/images/003.jpg diff --git a/18228-h/images/004.jpg b/18228-h/images/004.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..3b43347 --- /dev/null +++ b/18228-h/images/004.jpg diff --git a/18228-h/images/005.jpg b/18228-h/images/005.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..3ac0a95 --- /dev/null +++ b/18228-h/images/005.jpg diff --git a/18228-h/images/006.jpg b/18228-h/images/006.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..c8219de --- /dev/null +++ b/18228-h/images/006.jpg diff --git a/18228-h/images/007.jpg b/18228-h/images/007.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..56bcd4b --- /dev/null +++ b/18228-h/images/007.jpg diff --git a/18228-h/images/008.jpg b/18228-h/images/008.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..8a6bdeb --- /dev/null +++ b/18228-h/images/008.jpg diff --git a/18228-h/images/009.jpg b/18228-h/images/009.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..666326a --- /dev/null +++ b/18228-h/images/009.jpg diff --git a/18228-h/images/010.jpg b/18228-h/images/010.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..cdb1253 --- /dev/null +++ b/18228-h/images/010.jpg diff --git a/18228-h/images/diseno.jpg b/18228-h/images/diseno.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..211a6ce --- /dev/null +++ b/18228-h/images/diseno.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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