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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/16413-8.txt b/16413-8.txt new file mode 100644 index 0000000..084b201 --- /dev/null +++ b/16413-8.txt @@ -0,0 +1,10329 @@ +Project Gutenberg's Arroz y tartana, by Vicente Blasco Ibáñez + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Arroz y tartana + +Author: Vicente Blasco Ibáñez + +Release Date: August 2, 2005 [EBook #16413] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ARROZ Y TARTANA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + +VICENTE BLASCO IBAÑEZ + + + + + +ARROZ Y TARTANA + +PLAZA & JANES, S. A. EDITORES + +/* +Portada de +C. SANROMA +Primera edición: Enero, 1978 +Editado por PLAZA & JANES, S. A., Editores +Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona) +Printed in Spain-Impreso en España +ISBN: 84-01-480124 +GRÁFICAS GUADA, S, A.-Virgen de Guadalupe, 33 +Esplugas de Llobregat (Barcelona) +*/ + + + + +I + + +A las tres de la tarde entró doña Manuela en la plaza del Mercado, +envuelto el airoso busto en un abrigo cuyos faldones casi llegaban al +borde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al puño y +velado el rostro por la tenue blonda de la mantilla. + +Tras ella, formando una pareja silenciosa, marchaban el cochero y la +criada: un mocetón de rostro carrilludo y afeitado que respiraba brutal +jocosidad, luciendo con tanta satisfacción como embarazo los pesados +borceguíes, el terno azul con vivos rojos y botones dorados y la gorra +de hule de ancho plato, y a su lado una muchacha morena y guapota, con +peinado de rodete y agujas de perlas, completando este tocado de la +huerta su traje mixto, en el que se mezclaban los adornos de la ciudad +con los del campo. + +El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a la +espalda, tenía la expresión resignada y pacienzuda de la bestia que +presiente la carga. La muchacha también llevaba una cesta de blanco +mimbre, cuyas tapas movíanse al compás de la marcha, haciendo que el +interior sonase a hueco; pero no se preocupaba de ella, atenta +únicamente a mirar con ceño a los transeúntes demasiado curiosos o a +pasear ojeadas hurañas de la señora al cochero o viceversa. Cuando, +doblando la esquina, entraron los tres en la plaza del Mercado, doña +Manuela se detuvo como desorientada. + +¡Gran Dios...! ¡cuánta gente! Valencia entera estaba allí. Todos los +años ocurría lo mismo en el día de Nochebuena. Aquel mercado +extraordinario, que se prolongaba hasta bien entrada la noche, resultaba +una festividad ruidosa, la explosión de alegría y bullicio de un pueblo +que entre montones de alimentos y aspirando el tufillo de las mil cosas +que satisfacen la voracidad humana, regocijábase al pensar en los +atracones del día siguiente. En aquella plaza larga, ligeramente +arqueada y estrecha en sus extremos, como un intestino hinchado, +amontonábanse las nubes de alimentos que habían de desparramarse como +nutritiva lluvia sobre las mesas, satisfaciendo la gigantesca gula de la +Navidad, fiesta gastronómica, que es como el estómago del año. + +Doña Manuela permaneció inmóvil algunos minutos en la bocacalle. Parecía +mareada y confusa por el ruidoso oleaje de la multitud; pero en +realidad, lo que más la turbaba eran los pensamientos que acudían a su +memoria. Conocía bien la plaza; había pasado en ella una parte de su +juventud, y cuando de tarde en tarde iba al Mercado por ser víspera de +festividad en que se encendían todos los hornillos de su cocina, +experimentaba la impresión del que tras un largo viaje por países +extraños vuelve a su verdadera patria. + +¡Cómo estaba grabado en su memoria el aspecto de la plaza! La veía +cerrando los ojos y podía ir describiéndola sin olvidar un solo detalle. +Desde el lugar que ocupaba veía al frente la iglesia de los Santos +Juanes, con su terraza de oxidadas barandillas, teniendo abajo, casi en +los cimientos, las lóbregas y húmedas covachuelas donde los hojalateros +establecen sus tiendas desde fecha remota. Arriba, la fachada de piedra +lisa, amarillenta, carcomida, con un retablo de gastada es cultura, dos +portadas vulgares, una fila de ventanas bajo el alero, santos +berroqueños al nivel de los tejados, y como final, el campanil +triangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido y +descompuesto, rematado todo por la fina pirámide, a cuyo extremo, a +guisa de veleta y posado sobre una esfera, gira pesadamente el pájaro +fabuloso, el popular _pardalòt_ con su cola de abanico. + +En el lado opuesto la Lonja de la Seda, acariciada por el sol de +invierno y luciendo sobre el fondo azul del cielo todas las +esplendideces de su fachada ojival. La torre del reloj, cuadrada, +desnuda, monótona, partiendo el edificio en dos cuerpos, y éstos +exhibiendo los ventanales con sus bordados pétreos; las portadas que +rasgan el robusto paredón, con sus entradas de embudo, compuestas de +atrevidos arcos ojivales, entre los que corretean en interminable +procesión grotescas figurillas de hombres y animales en todas las +posiciones estrambóticas que pudo discurrir la extraviada imaginación de +los artistas medievales; en las esquinas, ángeles de pesada y luenga +vestidura, diadema bizantina y alas de menudo plumaje, sustentando con +visible esfuerzo los escudos de las barras de Aragón y las enroscadas +cintas con apretados caracteres góticos de borrosas inscripciones; +arriba, en el friso, bajo las gárgolas de espantosa fealdad que se +tienden audazmente en el espacio con la muda risa del aquelarre, todos +los reyes aragoneses en laureados medallones, con el casco de aletas +sobre el perfil enérgico, feroz y barbudo; y rematando la robusta +fábrica, en la que alternan los bloques ásperos con los escarolados y +encajes del cincel, la apretada rúa de almenas cubiertas con la antigua +corona real. + +Frente a la Lonja, el Principal, pobrísimo edificio, mezquino cuerpo de +guardia, por cuya puerta pasea el centinela arma al brazo, con aire +aburrido, rozando con su bayoneta a los soldados libres de servicio, que +digieren el insípido rancho contemplando el oleaje de alimentos que se +extiende por la plaza. Más allá, sobre el revoltijo de toldos, el +tejado de cinc del mercadillo de las flores; a la derecha, las dos +entradas de los pórticos del Mercado Nuevo, con las chatas columnas +pintadas de amarillo rabioso; en el lado opuesto, la calle de las +Mantas, como un portalón de galera antigua, empavesada con telas +ondeantes y multicolores que las tiendas de ropas cuelgan como muestra +de los altos balcones; en torno de la plaza, cortados por las +bocacalles, grupos de estrechas fachadas, balcones aglomerados, paredes +con rótulos, y en todos los pisos bajos, tiendas de comestibles, ropas, +drogas y bebidas, luciendo en las puertas, como título del +establecimiento, cuantos santos tiene la corte celestial y cuantos +animales vulgares guarda la escala zoológica. + +En este ancho espacio, que es para Valencia vientre y pulmón a un +tiempo, el día de Nochebuena reinaba una agitación que hacía subir hasta +más arriba de los tejados un sordo rumor de colosal avispero. + +La plaza, con sus puestos de venta al aire libre, sus toldos viejos, +temblones al menor soplo del viento, y bañados por el rojo sol con una +transparencia acaramelada, sus vendedores vociferantes, su cielo azul +sin nube alguna, su exceso de luz que lo doraba todo a fuego, desde los +muros de la Lonja a los cestones de caña de las verduleras, y su vaho de +hortalizas pisoteadas y frutas maduras prematuramente por una +temperatura siempre cálida, hacía recordar las ferias africanas, un +mercado marroquí con su multitud inquieta, sus ensordecedores gritos y +el nervioso oleaje de los compradores. + +Doña Manuela contemplaba con fruición este espectáculo. Tachábase en su +interior de poco distinguida; pero... ¡qué remedio! por más que ella +tomase a empeño el transformarse, y obedeciendo a las niñas revistiera +un empaque de altiva señoría, siempre conservaba amortiguados y prontos +a manifestarse los gustos y aficiones de la antigua tendera que había +pasado lo mejor de su juventud en la plaza del Mercado. ¡Qué tiempos tan +dichosos los transcurridos siendo ella dueña de la tienda de _Las Tres +Rosas_! Si el dinero es la felicidad, nunca había tenido tanta como en +los últimos años que pasó entre mantas e indianas, sedas y percalinas, +arrullada a todas horas por el estrépito del Mercado y viendo por las +mañanas, al levantarse, el _pardalót_ de San Juan. + +Y obsesionada por estos recuerdos, doña Manuela permanecía inmóvil en la +esquina, como asustada por el gentío, sin fijarse en las miradas poco +respetuosas que alguno que otro transeúnte le dirigía. + +Estaba próxima a los cincuenta años, según confesión que varias veces +hizo a sus hijas; pero era tan arrogante y bien plantada, unía a su +elevada estatura tal opulencia de formas, que todavía causaba cierta +ilusión, especialmente a los adolescentes, que con la extravagancia del +deseo hambriento sienten ante los desbordamientos e hinchazones de la +hermosura en decadencia la admiración que niegan a la frescura esbelta y +juvenil. + +La mitad de los polvos y menjurjes que sus niñas tenían en el tocador +los consumía la mamá, que en la madurez de su vida comenzó a saber como +se agrandan los ojos por medio de las rayas negras, cómo se da color a +las mejillas cuando éstas adquieren un fúnebre tinte de membrillo, y +cómo se combate el vello traidor que alevosamente asoma en el labio y en +la barba cual película de melocotón, convirtiéndose después en +espantosas cerdas. Acicalábase como una niña, guardando con su cuerpo +atenciones que no había tenido en su juventud. ¿Para quién se arreglaba? +Ni ella misma lo sabía. Era puro deseo de retardar en apariencia la +llegada de la vejez; precauciones, según propia afirmación, para no +parecer la abuela de sus hijas y para sentir una indefinible +satisfacción cuando en la calle echaban una flor descarriada a su garbo +de buena moza. + +En cambio, su criada era poco sensible a la galantería callejera. +Acogíala con un gesto de rústico desprecio, un fruncimiento de labios +desdeñoso: algo que mostrase la indignación de una castidad hasta la +rudeza, la insolencia de una virtud salvaje. + +Doña Manuela pareció decidida por fin a lanzarse en el viviente oleaje +de la plaza. + +--Vamos, Visanteta, no perdamos tiempo.... Tú, Nelet, marcha delante y +abre paso. + +Y el cazurro Nelet, siempre con aire de fastidio, comenzó a andar +hendiendo la muchedumbre al través, contestando dignamente con sus +brazos de carretero a los codazos y empujones y cubriendo con su +corpachón a la señora y la criada. + +La multitud, chocando cestas y capazos, arremolinábase en el arroyo +central; dábanse tremendos encontrones los compradores; algunos, al +mirar atrás, tropezaban rudamente con los mástiles de los toldos, y más +de una vez, los que con el cesto de la compra a los pies regateaban +tenazmente eran sorprendidos por el embate brutal y arrollador del +agitado mar de cabezas. Algunos carros cargados de hortalizas avanzaban +lentamente rompiendo la corriente humana, y al sonar el pito del tranvía +que pasaba por el centro de la plaza, la gente apartábase lentamente, +abriendo paso al jamelgo que tiraba del charolado coche, atestado de +pasajeros hasta las plataformas. Sobre el zumbido confuso y monótono que +producían los miles de conversaciones sostenidas a la vez en toda la +plaza, destacábanse los gritos de los vendedores sin puesto fijo, agudos +y rechinantes unos, como chillido de pájaro pedigüeño, graves y foscos +otros, como si ofreciesen la mercancía con mal humor. + +En medio de este continuo pregonar, entre la descarga de ofertas a grito +pelado, destacábanse algunas voces melancólicas y tímidas ofreciendo +«¡medias y calcetines!». Eran los sencillos aragoneses, golondrinas de +invierno que, al caer las primeras nieves que dejan el campo muerto y el +hogar sin pan, levantan el vuelo con su cargamento de lana, y desde el +fondo de la provincia de Teruel llegan, a Valencia, ofreciendo lo que la +familia fabrica durante el año. Eran los seres pacienzudos, honradotes +y laboriosos a quienes la insolencia valenciana designa con el apodo de +_churros_, título entre compasivo e infamante. Robustos, cargados de +espalda, con la cabeza inclinada como signo de perpetua esclavitud y +miseria, vélaseles pasar lentamente con su traje de paño burdo, estrecho +pañizuelo arrollado a las sienes, y entre éste y el abierto cuello de la +camisa el rostro rojizo, agrietado y lustroso, con espesas cejas y +ojillos de inocente malicia. Colgando de los brazos o en el fondo de dos +bolsones de lienzo, llevaban las medias de lana burda y asfixiante, los +calcetines ásperos que un puñal no podría atravesar. Es el capital de su +familia; lo que la mujer y las hijas han hecho unas veces al sol, +guardando las ovejas, y otras de noche, junto a los sarmientos humeantes +de la cocina. En la venta del burdo género están las patatas y el pan +para todo el año; y soñando con la inmensa felicidad de volver a casa +con una docena de duros, zapatos para las hijas y un refajo para la +mujer, pasean tristes y resignados por entre el gentío, lanzando a cada +minuto su grito melancólico como una queja: «¡Medias y calcetines...! +¡el mediero!» + +Doña Manuela iba mal por el arroyo. Causábanle náuseas los carros +repletos del estiércol recogido en los puntos de venta: hortalizas +pisoteadas, frutas podridas, todo el fermento de un mercado en el que +siempre hay sol. + +--Vamos a la acera--dijo a sus criados--. Compraremos primero las +verduras. + +Y subieron a la acera de la Lonja, pasando por entre los grupos de gente +menuda que, con un dedo en la boca o hurgándose las narices, contemplaba +respetuosamente los pastorcillos de Belén y los Reyes Magos hechos de +barro y colorines, estrellas de latón con rabo, pesebres con el Niño +Jesús, todo lo necesario, en fin, para arreglar un Nacimiento. + +Doña Manuela marchaba por el estrecho callejón que formaban las +huertanas, sentadas en silletas de esparto, teniendo en el regazo la +mugrienta balanza, y sobre los cestos, colocados boca abajo, las +frescas verduras. Allí, los obscuros manojos de espinacas; las grandes +coles, como rosas de blanca y rizada blonda encerradas en estuches de +hojas; la escarola con tonos de marfil; los humildes nabos de color de +tierra, erizados todavía de sutiles raíces semejantes a canas; los +apios, cabelleras vegetales, guardando en sus frescas bucles el viento +de los campos, y los rábanos, encendidos, destacándose como gotas de +sangre sobre el mullido lecho de hortalizas. Más allá, filas de sacos +mostrando por sus abiertas bocas las patatas de Aragón, de barnizada +piel, y tras ellos los _churros_, cohibidos y humildes, esperando quien +les compre la cosecha, arrancada a una tierra ingrata en fuerza de +arañar todo un año sus entrañas sin jugo. + +Doña Manuela comenzó sus compras, emprendiendo con las vendedoras una +serie de feroces regateos, más por costumbre que por economía. Nelet, +levantando las tapas de la cesta, iba arreglando en el interior los +manojos de frescas hortalizas, mientras la señora no dejaba tranquilo un +solo instante su limosnero, pagando en piezas de plata y recibiendo con +repugnancia calderilla verdosa y mugrienta. + +Ya estaba agotado el artículo de verduras; ahora a otra cosa. Y +atravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la del +Principal, donde estaban los vendedores del casquijo, ¡Vaya un estrépito +de mil diablos! Bien se conocía la proximidad de las escalerillas de San +Juan, con sus lóbregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros. Un +martilleo estridente, un incesante trac-trac del latón aporreado salía +de cada una de las covachuelas, cuyas entradas lóbregas, empavesadas con +candiles y farolillos, alcuzas y coberteras, todo nuevo, limpio y +brillante, recordaban las lorigas de aceradas escamas de los legionarios +romanos. + +Doña Manuela huyó de este estrépito, que la ponía nerviosa; pero antes +de llegar al Principal hubo de detenerse entre sorprendida y medrosa. En +el arroyo, la gente se arremolinaba gritando; algunos reían y otros +lanzaban exclamaciones indecentes, chasqueando la lengua como si se +tratara de una riña de perros. Asustada en el primer momento por las +ondulaciones violentas de la muchedumbre que llegaban hasta ella, no +sabía si huir u obedecer a su curiosidad, que la retenía inmóvil. ¿Qué +era aquello...? ¿Se pegaban? La multitud abrió paso, y veloces, con +ciego impulso, como espoleadas por el terror, pasaron una docena de +muchachas despeinadas, greñudas, en chancleta, con la sucia faldilla +casi suelta y llevando en sus manos, extendidas instintivamente para +abatir obstáculos, un par de medias de algodón, tres limones, unos +manojos de perejil, peines de cuerno, los artículos, en fin, que pueden +comprarse con pocos céntimos en cualquier encrucijada. Aquel rebaño +sucio, miserable y asustado, con la palidez del hambre en las carnes y +la locura del terror en los ojos, era la piratería del Mercado, los +parias que estaban fuera de la ley, los que no podían pagar al Municipio +la licencia para la venta, y al distinguir a lo lejos la levita azul y +la gorra dorada del alguacil, avisábanse con gritos instintivos, como +los rebaños al presentir el peligro, y emprendían furiosa carrera, +empujando a los transeúntes, deslizándose entre sus piernas, cayendo +para levantarse inmediatamente, abriendo agujeros en la masa humana que +obstruía la plaza. La gente reía ante esta desbandada al galope, +celebrando la persecución del alguacil. Nadie comprendía lo que era para +aquellas infelices la pérdida de su mísera mercancía, la desesperada +vuelta al tugurio paterno, donde aguardaba la madre dispuesta a +incautarse del par de reales de ganancia o a administrar una paliza. + +Doña Manuela también rió un poco, siguiendo con la vista la ruidosa +persecución que se alejaba, y entró después en el mercado de casquijo, +buscando las golosinas silvestres que la gente rumia con fruición en +Navidad, olvidándolas durante el resto del año. Los puestos de venta +llegaban hasta las mismas puertas del Principal; los compradores +codeábanse con el centinela, y los dos oficiales de la guardia, con las +manos metidas en el capote y las piernas golpeadas por el inquieto +sable, paseaban por entre el gentío buscando caras bonitas. + +Andábase con dificultad, temiendo meter el pie en las esteras de esparto +redondas y de altos bordes, en las cuales amontonábanse, formando +pirámide, las lustrosas castañas de color de chocolate y las avellanas, +que exhalaban el acre perfume de los bosques. Las nueces lanzaban en sus +sacos un alegre cloc-cloc cada vez que la mano del comprador las removía +para apreciar su calidad; y un poco más adentro, como un tesoro difícil +de guardar, estaba en pequeños sacos la aristocracia del casquijo, las +bellotas dulzonas, atrayendo las miradas de los golosos. + +Acababa de hacer su compra doña Manuela, cuando hubo de volver la cabeza +sintiendo en la espalda una amistosa palmada. + +Era un señor entrado en años, con un sombrero de cuadrada copa, de forma +tan rara, que debía pertenecer a una moda remota, si es que tal moda +había existido. Iba embozado en una capa vieja, por bajo de la cual +asomaba una esportilla de compras, y por encima del embozo de raído +terciopelo mostrábase su rostro lleno y colorado, en el que los detalles +más salientes, aparte de las arrugas, eran un bigote de cepillo y unas +cejas canosas, tan oblicuas, que hacían recordar los chinos de los +abanicos. + +--¡Juan!--exclamó doña Manuela. + +Visanteta dio con un codo al cochero y le habló al oído. Era don Juan, +el hermano de la señora, aquel de quien todos hablaban mal en casa, +aunque con cierto respeto, llamándole por antonomasia «el tío». + +Los ojillos de don Juan, inquietos e investigadores, revolvíanse en sus +profundas cuencas rodeadas de grietas. Mientras su mirada se perdía en +el fondo del capazo que Nelet tenía abierto a sus pies, decía con la +risita burlona que a doña Manuela, según confesión propia, le +«requemaba la sangre»: + +--De compras, ¿eh...? Yo también voy danzando por el Mercado hace más de +una hora. ¡Válgame Dios, cómo está todo! Comprendo que los pobres no +puedan comer.... Chica, si empiezas así vas a llevar a casa medio +Mercado.... Eso son bellotas, ¿verdad? Comida de ricos; quien puede +gasta. Eso sólo lo compra la gente de dinero. + +--¿Que tú no compras?--dijo doña Manuela sonriendo, a pesar de que no +ocultaba el efecto que le producían las palabras de su hermano. + +--¿Quién...? ¿yo...? ¡Bueno va! A mí nadie me estafa. + +Y al decir esto miró al vendedor con tanta indignación como si fuese un +enemigo del sosiego público; pero el palurdo, inmóvil y con las manos +metidas en la faja, no se dignó reparar en la ferocidad agresiva del +avaro. + +--Además--continuó don Juan--, ¿para qué quiero yo eso? Los que no +tenemos dientes hemos de abstenernos de muchas cosas; muchas gracias si +uno puede comer sopas de ajos y tiene con qué pagarlas.... Algo he +comprado: unas pocas castañas y nueces; pero no para mí, son para +Vicenta, que aunque ya es vieja tiene una dentadura envidiable. Poquita +cosa. Ya ves tú... para mí y la criada poco necesitarnos. Además, todo +va por las nubes, y dinero hay poco.... ¡Je, je...! + +Y el viejo reía como si gozase interiormente de repetir a su hermana en +todos los tonos que era muy pobre. + +--Vamos, cállate--dijo doña Manuela con voz temblorosa, sin ocultar ya +su irritación--. Me disgusto cada vez que te oigo hablar de pobreza; +sólo falta que me pidas una limosna. + +--Mujer, no te irrites.... No quiero hacer creer que necesito limosnas; +soy pobre, pero aún tengo para no morirme de hambre, y sobre todo, con +orden y economía, sin querer aparentar más de lo que realmente se tiene, +lo pasa cualquiera tan ricamente. + +Y estas palabras las subrayó el viejo con el acento y la mirada burlona +que fijaba en su hermana. + +--Juan, toda la vida serás un miserable. ¿De qué te sirve guardar tanto +dinero...? ¿Vas a llevarlo al otro mundo? + +--¿Yo...? Pienso retardar todo lo posible ese viaje, y tiempo me queda +para malgastar antes los cuatro cuartos que guardo.... No quiero que +nadie se ría de mí después de muerto. + +Doña Manuela púsose seria, más que por lo que decía su hermano, por lo +que adivinaba en su mirada. Tal vez por esto don Juan cambió de +conversación. + +--Di, Manuela, ¿y Juanito? + +--En la tienda. Si tengo tiempo entraré a verle. + +--Dile que venga mañana. Aunque sea un grandullón, no quiero privarme +del gusto de darle el aguinaldo como cuando era un chicuelo. + +El viejo, al decir esto, ya no mostraba la sonrisa irónica y parecía +hablar con sinceridad. + +--También irán a verte las niñas y Rafael. + +--Que vengan--contestó don Juan, en quien reapareció la mortificante +sonrisa--. Les daré una peseta de aguinaldos; lo único que se puede +permitir un tío pobre. + +--¡Calla, avaro...! Me avergüenzas. Eres capaz de morirte de hambre por +no gastar un céntimo.... ¿Por qué no vienes a comer con nosotros mañana? + +El tono festivo y cariñoso con que ella dijo estas palabras alarmó más a +don Juan que la seriedad irritada de momentos antes. + +--¿Quién...? ¿yo...? Tengo hechos mis preparativos; no quiero ofender a +mi vieja Vicenta, que se propone lucirse como cocinera. Mira, también yo +gasto, aunque soy un pobre. + +Y al decir esto, señalaba a un pillete mandadero, inmóvil a corta +distancia, con un capón gordo y lustroso en los brazos. + +Doña Manuela avanzó el labio superior en señal de desprecio. + +--¡Valiente compra! ¿Y eso es para todas las Pascuas? No te +arruinarás... ni llenarás mucho el estómago. + +--No todos son tan ricos como tú, marquesa, ni pueden ir a la compra con +un par de criados. Únicamente los que tienen millones pueden ser +rumbosos. + +Y tras estas palabras, que debían encerrar mortificante intención, don +Juan se despidió, como si deseara que su hermana quedase furiosa contra +él. + +--Adiós, Manuela; que compres mucho y bien. + +--Adiós, avaro.... + +Y los dos hermanos se separaron sonriendo, como si cambiaran frases +cariñosas y en su interior rebosase el afecto. + +La señora siguió adelante, pasando por entre los puestos de la miel, +donde aleteaban las avispas, apelotonándose sobre el barniz de las +pequeñas tinajas. + +Doña Manuela iba siguiendo los callejones tortuosos formados por las +mesas cercanas al mercadillo de las flores. Allí estaba toda la +aristocracia del Mercado, la sangre azul de la reventa, las mozas guapas +y las matronas de tez tostada y espléndidas carnes, con su aderezo de +perlas y pañuelo de seda de vivos colores. Doña Manuela continuaba +haciendo sus compras, deteniéndose ante los productos raros y extraños +para la estación que puede ofrecer una huerta fecunda, cuyas entrañas +jamás descansan y que el clima convierte en invernadero. En lechos de +hojas estaban alineados y colocados con cierto arte los pimientos y +tomates, con sus rubicundeces falsas de productos casi artificiales; los +guisantes en sus verdes fundas; todo apetitoso y exótico, pero tan caro, +que al oír sus precios retrocedían con asombro los buenos burgueses que +por espíritu de economía iban al Mercado con la espuerta bajo la raída +capa. + +Los dos criados encontraban cada vez más pesadas sus cestas, y seguían +con dificultad a la señora al través del gentío compacto e inquieto que +se agitaba a la entrada del Mercado Nuevo, cuyos pórticos, en plena +tarde de sol, tenían la lobreguez y humedad de una boca de cueva. + +Allí era donde resultaba más insufrible el monótono zumbido del Mercado. +El techo bajo de los pórticos repercutía y agrandaba las voces de los +compradores. Un hedor repugnante de carne cruda impregnaba el ambiente, +y sobre la línea de mostradores ostentábanse los rojos costillares +pendientes de garfios, las piernas de toro con sus encarnados músculos +asomando entre la amarillenta grasa con una armonía de tonos que +recordaba la bandera nacional, y los cabritos desollados, con las orejas +tiesas, los ojos llorosos y el vientre abierto, como si acabase de pasar +un Herodes exterminando la inocencia. + +Mientras tanto, las cestas de Nelet y Visanteta se llenaban hasta los +bordes, y en el rostro de los dos criados iba marcándose el gesto de mal +humor. ¡Vaya una compra! El bolso de doña Manuela parecía un cántaro sin +fondo que iba regando de pesetas todo el Mercado. + +Abandonaron las carnicerías para entrar en el mercado de la fruta, entre +los dos pórticos. La gente arremolinábase en las entradas, y allí fue +donde doña Manuela se dio cuenta por primera vez de la molesta +persecución que sufría. Había sentido varias veces una tímida mano +deslizándose más abajo de su talle; pero ahora era más: era un pellizco +desvergonzado lo que venía a atormentarla audazmente en sus redondeces +de buena moza. + +Volvió rápidamente la cabeza... y ¡mire usted que estaba bien...! ¡Un +señor venerable, con cara de santito, entretenerse en tales porquerías! +Doña Manuela lanzó una mirada tan severa al vejete de rostro bondadoso, +que el sátiro retrocedió, levantando el embozo de la capa con sus +audaces manos. + +Siguió adelante la ofendida señora, pero a los pocos pasos la detuvo el +escándalo que estalló a su espalda. Sonó una bofetada y la voz de +Visanteta gritando a todo pulmón: «¡_Tío morra_!», repitiendo la frase +un sinnúmero de veces con la furia de una virtud salvaje que quiere +enterar a todo el mundo de su ruda castidad. La gente parábase entre +asombrada y curiosa, el cochero reía abriendo sus quijadas de a palmo, y +el vejete, cabizbajo, como si todo aquello no rezase con él, escurríase +discretamente entre el gentío. Era que la amazona de la huerta, al +sentir el primer pellizco del viejo pirata, había contestado con una +bofetada, contenta en el fondo de que alguien pusiera a prueba su +virtud. + +La señora la hizo callar, muy contrariada por el escándalo, y siguieron +la marcha, mientras Nelet, alegre por este incidente que rompía lo +monótono de las compras, preguntaba como un testarudo a la muchacha en +qué sitio la habían pellizcado, y sentía un escalofrío de gusto cada vez +que ella, ruborizándose, le llamaba «animal» y «descarado ». + +La peregrinación prosiguió a lo largo de unas mesas en las cuales, bajo +toldos de madera, estaban apiladas las frutas del tiempo: las manzanas +amarillas con la transparencia lustrosa de la cera; las peras +cenicientas y rugosas atadas en racimos y colgantes de los clavos; las +naranjas doradas formando pirámides sobre un trozo de arpillera, y los +melones mustios por una larga conservación, estrangulados por el cordel +que los sostenía días antes de los costillares de la barraca, con la +corteza blanducha, pero guardando en su interior la frescura de la nieve +y la empalagosa dulzura de la miel. A un extremo del mercadillo, cerca +del Repeso, los panaderos con sus mesas atestadas de libretas blancas y +morenas, prolongadas unas, como barcos, y redondas y con festones otras, +como bonetes de paje; y un poco más allá, los «tíos» de Elche mostrando +sus enormes sombreros tras la celosía formada por los racimos de dátiles +de un amarillo rabioso. + +Cuando la señora y sus criados volvieron a la gran plaza, detuviéronse +en la entrada del mercadillo de las flores. Un intenso perfume de +heliotropo y violeta salía de allí, perdiéndose en la pesada atmósfera +de la plaza. + +Doña Manuela estaba inmóvil, repasando mentalmente sus compras para +saber lo que faltaba. La muchedumbre se agitó con nervioso oleaje, +despidiendo gritos y carcajadas. Ahora, las chicuelas que vendían sin +licencia corrían perseguidas hacia la calle de San Fernando, y otra vez +el rebaño de la miseria, greñudo, sucio, con las ropas caídas, pasó +azorado y veloz con triste chancleteo, arrollándolo todo, mostrando la +palidez del hambre a la muchedumbre glotona y feliz. + +Doña Manuela dio sus órdenes. Podían regresar los dos a casa y volver +Nelet con la espuerta vacía. Quedaba por comprar el pavo, los turrones y +otras cosas que tenía en memoria. Ella aguardaría en la «tienda». + +Y esta palabra bastó para que la entendieran, pues en casa de doña +Manuela, la «tienda» era por antonomasia el establecimiento de _Las Tres +Rosas_, y fuera de ella no se reconocía otra tienda en Valencia. + +Colocada entre la calle de San Fernando y la de las Mantas, en el punto +más concurrido del Mercado, participaba del carácter de estas dos vías +comerciales de la ciudad. Era rústica y urbana a un tiempo; ofrecía a +los huertanos un variado surtido de mantas, fajas y pañuelos de seda, y +a las gentes de la ciudad las indianas más baratas, las muselinas más +vistosas. Ante su mostrador desfilaban la bizarra labradora y la modesta +señorita, atraída por la abundancia de géneros de aquel comercio a la +pata la llana que odiaba los reclamos, ostentando satisfecho su título +de _Casa fundada en 1832_, y cifraba su orgullo en afirmar que todos los +géneros eran del país, sin mezcla de tejidos ingleses o franceses. + +Doña Manuela detúvose al llegar frente a la tienda y abarcó su exterior +con una ojeada. Del primer piso, y cubriendo el rótulo ajado de la casa, +_Antonio Cuadros_, _sucesor de García y Peña_, colgaban largas cortinas +formadas de mantas que parecían mosaicos, orladas con complicados +borlajes y apretadas filas de madroños; fajas obscuras, matizadas a +trechos con gorros rojos y azules prendidos con alfileres; pañuelos de +seda con piezas de docena, ondulados como nacarado oleaje, y percales +estampados, mostrando pájaros fantásticos y ramajes quiméricos con +rabiosos colorines que conmovían placenteramente a las bellezas de la +huerta. + +En el escaparate central estaba la muestra de la casa, lo que había +hecho famoso al establecimiento: un maniquí vestido de labradora, con +tres rosas en la mano, que al través del vidrio, mirando a los +transeúntes con ojos cristalinos, les enviaba la sonrisa de su rostro de +cera, punteado por las huellas de cien generaciones de moscas. + +Doña Manuela entró en la tienda. El mismo aspecto de otros tiempos, +aunque con cierto aire de restaurada frescura. La anaquelería, de madera +vieja, atestada de cajas; sobre el mostrador telas y más telas +extendidas sin compasión hasta barrer el suelo; dependientes con el pelo +aceitoso y las brillantes tijeras asomando por la abertura del bolsillo, +y mujeres discutiendo con ellos, como si estuvieran en el centro del +Mercado, abrumándolos con irritantes exigencias. + +--Voy al momento, Manuela. Siéntese usted. + +El que así hablaba era un hombre fornido, de áspero bigote, estrecha +frente, pelo hirsuto y fuerte, rebelde a peines y cepillos, con las +puntas hacia adelante, y quijada brutal, que se disimulaba un tanto bajo +una sonrisa bondadosa. Estaba ocupado en vender un tapabocas a dos +mujeres que llevaban de las manos a un chiquillo barrigudo, y era de +admirar la paciencia con que aquel hombre, siempre sonriendo, sufría a +las feroces compradoras, que por seis reales regateaban durante ¿media +hora. + +Doña Manuela atendía con interés las palabras de los compradores y no +volvió la cabeza para ver quién abría la puertecilla de la garita--a la +que pomposamente llamaban despacho--y saltaba velozmente el mostrador. + +--Siéntese usted, mamá. + +Era Juanito quien la hablaba, su hijo mayor, un muchacho nacido en la +misma tienda, que seguía agarrado a ella «sin servir para nada», como +decía su madre, y sin querer ser otra cosa que comerciante. + +Estaba próximo a los treinta años. Era alto, enjuto, desgarbadote y algo +cargado de espaldas; la barba espesa y crespa se le comía gran parte del +rostro, dándole un aspecto terrorífico de bandido de melodrama; pero no +era más que un antifaz, pues examinándolo bien, bajo la máscara de pelo +veíase la cara sonrosada e inocente de un ruño, la mirada tímida y la +sonrisa bondadosa de esos seres detenidos en la mitad de su crecimiento +moral, que aunque mueran viejos son débiles y blandos, faltos de +voluntad, incapaces de vivir sin el calor que presta el cariño. + +--¡Ah! ¿Eres tú, Juanito...?--dijo doña Manuela--. ¿Qué hacías? + +--Lo de siempre. Estaba trabajando en los libros de la casa, ordenando +el trabajo para el próximo inventario de fin de año. + +Y Juanito, que hablaba con cierto entusiasmo de sus tareas, y en menos +de veinte palabras mezcló varias veces el _debe_ y el _haber_, viose +interrumpido por su principal, don Antonio Cuadros, que tras media hora +de regateo acababa de vender el tapabocas para el chicuelo panzudo. + +--Pero siéntese usted, Manuela... a menos que quiera usted molestarse +subiendo al entresuelo. Teresa se alegrará de verla. + +--No, Antonio; otro día vendré con menos prisa: he entrado para esperar +a Nelet y continuar las compras. + +--Pues entonces bajará ella.... ¡Muchacho, avisa a la señora que está +aquí doña Manuela! Un aprendiz lanzóse a la carrera por una puertecilla +obscura que se abría en la anaquelería: una de esas gargantas de lobo +que dan entrada a pasillos y escaleras estrechas, infectas como +intestinos, que sólo se encuentran en las casas donde las necesidades +del comercio y la aglomeración de mercancías disputan a las personas el +terreno palmo a palmo. + +Sentáronse los tres en sillas de lustrosa madera, y doña Manuela, por +costumbre, habló de los negocios y de lo malos que estaban los tiempos; +eterno tema alrededor del cual giran todas las conversaciones de una +tienda. Don Antonio sacaba a luz todo un arsenal de afirmaciones que, a +fuerza de repetidas, habían pasado a ser lugares comunes. Mal iba todo, +y la culpa la tenía el gobierno, un puñado de ladrones que no se +preocupaban de la suerte del país. En otros tiempos se vendía bien el +vino, tenían dinero los del arroz, y el comercio daba gusto.... ¡Santo +cielo! ¡Pensar el paño negro y fino que él había vendido a la gente de +la Ribera, las mantas que despachaba, los mantones y pañuelos que se +habían empaquetado sobre aquel mostrador...! ¡Y todos pagaban en oro...! +Pero ahora, ¡las cosechas no tenían salida, no había dinero, el comercio +iba de mal en peor y las quiebras eran frecuentes! Él aún iba tirando; +pero sí la «cosa» continuaba de tal modo, acabaría por cerrar la tienda +y morir en el Hospital. + +--¡Qué tiempos aquéllos, ¿eh, Manuela? cuando vivía el padre de +éste--señalando a Juan--y yo era sólo primer dependiente! Entonces, +aunque me esté mal el decirlo, todos los años, al hacer el inventario, +quedaban dos o tres mil duritos para guardar. ¡Oh! Aunque me esté mal el +decirlo... usted pilló los buenos tiempos.... ¿No es eso, Manuela? + +Pero Manuela se limitaba a callar y a sonreír. Todo aquello, aunque a +don Antonio «le estaba mal el decirlo», lo había dicho y repetido +cuantas veces hablaba con la viuda de su antiguo principal. Y en cuanto +a su muletilla «aunque le estaba mal el decirlo», gozaba el privilegio +de poner nerviosa a doña Manuela, que tenía por tonto rematado a su +antiguo dependiente. + +Abrióse una portezuela del mostrador y entró en la tienda la esposa de +don Antonio, una mujer voluminosa, con la obesidad blanducha y el cutis +lustroso que produce una vida de encierro e inercia y que le ciaban +cierto aire monjil. La bondad extremada hasta la estupidez retratábase +en su eterna sonrisa y en la mirada de sus ojos claruchos. Lo más +característico en su persona eran los relucientes rizos aplastados por +la bandolina, que cubrían su ancha frente como una cortinilla +festoneada, y la costumbre de cruzar las manos sobre el vientre, +luciendo en los dedos un surtidor de sortijas falsas. + +Hubo besos y abrazos sonoros, pero notábase en las dos mujeres cierta +desigualdad en el trato, como si entre ambas se interpusiera la ley de +castas. La esposa del comerciante era sólo Teresa, mientras que ésta +llamaba siempre doña Manuela a la madre de Juanito, y en sus palabras +notábase un acento lejano de humilde subordinación. Los años y el +frecuente trato no habían podido borrar el recuerdo de la época en que +Teresa era criada en aquella tienda y el escándalo de los señores al +verla casada con el dependiente principal. Además, Teresa no había +ascendido un solo peldaño en la escala de la vanidad; en presencia de +doña Manuela revelábase siempre la antigua criada, y aceptaba como una +confianza inaudita que la señora la tratase con las mismas +consideraciones que a un igual. + +--Sí, doña Manuela; Antonio y yo hace tiempo que pensarnos visitarla a +usted y a las niñas; ¡pero estamos siempre tan ocupados...! ¡Vaya, +vaya...! ¡Qué sorpresa...! ¡Cuánto me alegro de verla! + +Y con esto se agotó el repertorio de frases de la buena mujer, que se +sentía cohibida en presencia de la señora, hablando poco por temor a +decir disparates y atraerse el enojo del esposo, a quien admiraba como +modelo de finura y bien decir. + +--Y ¿cómo van las compras?--apuntó don Antonio al notar el mutismo de su +compañera--. Ésta ha salido por la mañana a hacer la provisión de +Pascuas y ha encontrado los precios por las nubes. + +--¡Calle usted, Antonio! Diez duros me he dejado en esa plaza, y aún me +falta lo más importante. A propósito: cambíenme ustedes este billete de +cincuenta pesetas. + +Y Juanito, que hasta entonces había permanecido silencioso, contemplando +a su madre con la misma expresión de arrobamiento que si fuese un +amante, se apresuró a cumplir su deseo, y casi la arrebató el ajado +billete que había sacado del limosnero, corriendo después al mostrador. + +--¡Cómo la quiere a usted ese chico, Manuela!--dijo el comerciante. + +--No puedo quejarme de los hijos. Juanito es muy bueno.... Pero ¿y +Rafael? Cada vez estoy más orgullosa de él.... ¡Qué guapo! + +--Es el vivo retrato de su padre, el segundo marido de usted. + +Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la señora, pues +correspondió a ellas con una sonrisa. + +--Pero oiga usted, Manuela: tengo entendido que Rafael le da muchos +disgustos. + +--Algo hay de eso; pero... ¿qué quiere usted, Antonio? Cosas de la edad. +A la juventud hay que dejarla divertirse. Por eso es tan elegante y +tiene buenas relaciones. + +--Pero no estudia ni hace nada de provecho--dijo el comerciante, con la +inflexibilidad de un hombre dedicado al trabajo. + +--Ya estudiará; talento le sobra para ser sabio. Su padre fue un tronera +y vea usted adonde llegó. + +Y doña Manuela dijo esto con el mismo énfasis que si fuese la viuda de +un hombre eminentísimo. + +Juan había vuelto con el cambio del billete en monedas de plata, y su +presencia hizo variar la conversación. Doña Manuela habló de la cena que +aquella noche daba en su casa. Las niñas, Rafael y Juanito, unos amigos +de aquél... en fin, un buen golpe de gente joven y alegre, que bailaría, +cantaría y sabría divertirse sin faltar a la decencia, hasta llegar la +hora de la misa del Gallo. También esperaba que fuese Andresito, el hijo +de don Antonio, un muchacho paliducho y mimado, vástago único, que +cursaba el segundo año de Derecho, hacía versos, y en compañía de +Juanito iba muchas veces a casa de doña Manuela, con fines no tan +ocultos que ésta no torciese el gesto manifestando disgusto. + +Y después de haber nombrado al hijo de la casa, volvía a insistir sobre +los amigos de su Rafael, todos gente distinguida, chicos de grandes +familias, que asistían a sus reuniones y organizaban fiestas con las que +se pasaba alegremente el tiempo. + +--Esta época, amigo Antonio, es muy diferente de la nuestra. Ahora, a +los veinte años se sabe mucho más y se conoce la vida. Hay que dar a la +juventud lo que le pertenece, aunque rabien los rancios como mi hermano +o el bueno de don Eugenio. Y a propósito: ¿qué es de don Eugenio? + +El hombre por quien preguntaba doña Manuela era el fundador de la tienda +de _Las Tres Rosas_, don Eugenio García, el decano de los comerciantes +del Mercado, un viejo que arrastraba cuarenta años en cada pierna, como +él decía, y mostrábase orgulloso de no haber usado jamás sombrero, +contentándose con la gorrilla de seda, que, según él, era el símbolo de +la honradez, la economía y la seriedad del antiguo comercio, rutinario y +cachazudo. + +La tienda había pasado de sus manos a las del primer marido de doña +Manuela, y de éste a su actual dueño; pero don Eugenio no había dejado +de vivir un solo día en aquella casa, fuera de la cual no comprendía la +existencia. + +Como un censo redimible sólo por la muerte, se habían impuesto los +dueños de la tienda la obligación de mantener y dar albergue a don +Eugenio, el cual, siguiendo sus costumbres independientes de solterón +áspero y malhumorado, entraba y salía sin decir una palabra; comía lo +que le daban; en los días que hacía buen tiempo paseaba por la Alameda +con un par de curas tan viejos como él, y cuando llovía o el viento era +fuerte, no salía de la plaza del Mercado e iba de tienda en tienda con +su gorra de seda, su capita azul y su bastón muleta, para echar un +párrafo con los veteranos del comercio reposado y a la antigua, cuyas +excelencias eran el tema obligado de la conversación. Don Antonio sonrió +al hacer doña Manuela la pregunta. + +--¿Don Eugenio...? No sé dónde estará, pero de seguro que no ha salido +del Mercado. En días como éste le gusta presenciar las compras, y pasa +horas enteras embobado ante las vendedoras, aunque lo empujen y lo +golpeen. Sigue fiel a sus manías; nunca dice adonde va, y eso que, +aunque me esté mal el decirlo, aquí se le traía con las mayores +consideraciones. + +Doña Manuela se levantó al ver en una de las puertas a Nelet, que volvía +de casa con la espuerta vacía. + +--Buenas tardes. Aún tengo que hacer muchas compras. Adiós, Antonio; un +beso, Teresa; y no olviden ustedes que esperamos a Andresito esta noche. +Adiós, Juan. + +La esposa de Cuadros recibió con satisfacción infantil los dos sonoros +besos de doña Manuela, y ella, lo mismo que Juanito, siguieron con +amorosa mirada a la gallarda señora en su marcha entre el gentío del +Mercado. + +Otra vez las compras; pero ahora fuera de la plaza, en la calle del +Trench. Allí estaban las gallineras en sus mesas empavesadas de aves +muertas colgando del pico, con la cresta desmayada, y cayéndoles como +faldones de dorada casaca las rubias mantecas. Las salchicherías +exhalaban por sus puertas acre olor de especias, con cortinajes de seca +longaniza en los escaparates y filas de jamones tapizando las paredes; +las tocinerías tenían el frontis adornado con pabellones de morcilla y +la blanca manteca en palanganas de loza, formando puntiagudas pirámides +de sorbetes, y los despachos de los atuneros exhibían los aplastados +bacalaos que rezuman sal; las tortugas, que colgantes de un garfio +patalean furiosas en el espacio, estirando fuera de la concha su cabeza +de serpiente; las pintarrajeadas magras del atún fresco, y las ristras +de colmillos de pez, amarillentos y puntiagudos, que las madres compran +para la dentición de los niños. + +Doña Manuela estaba poseída de una embriaguez de compras, e iba de un +punto a otro sin cansarse de derramar la plata ni de Henar la espuerta +de Nelet, a cuyo fondo iban a parar el fresco solomillo, las ricas +morcillas para la pantagruélica olla de Navidad, los legítimos garbanzos +del Saúco comprados al choricero extremeño, y otros mil artículos para +cuya adquisición era necesario sufrir los empellones y groserías de una +muchedumbre famélica que parecía prepararse para las carestías de un +largo sitio. + +Todavía faltaba lo más importante: el pavo, protagonista de la +gastronómica fiesta; y la señora y su cochero, empujados rudamente por +la corriente humana, atravesaron una profunda portada semejante a un +túnel, viéndose en el _Clòt_, en la plaza Redonda, que parecía un circo +con su doble fila de balcones. + +Sobre el rumor del gentío, que encerrado y oprimido en tan estrecho +espacio tenía bramidos de amor tempestuoso, destacábase el agudo +chillido de la aterrada gallina, el arrullo del palomo, el trompeteo +insolente del gallo, matón de roja montera, agresivo y jactancioso, y el +monótono y discordante quejido del triste pato, que, vulgar hasta en su +muerte, sólo conseguía atraerse la atención de los compradores pobres. + +Sobre el suelo, con las patas atadas, recordando tal vez en aquella +atmósfera de sofocación y estruendo las tranquilas llanuras de la Mancha +o las polvorientas carreteras por donde vinieron siguiendo la caña del +conductor, estaban los pavos, con sus pardas túnicas y rojas caperuzas, +graves, melancólicos, reflexivos, formando coro como conclave de sesudos +cardenales y moviendo filosóficamente su moco inflamado, para lanzar +siempre el mismo cloc-cloc-cloc prolongado hasta lo infinito. + +Doña Manuela buscó lo más raro y costoso del Mercado: tres pares de +perdices, que bailoteaban con descoco dentro de una jaula, mostrando sus +polonesas encarnadas. Visanteta las arreglaría para la cena de la noche. +Después compró el pavo, un animal enorme que Nelet cogió con cariño casi +fraternal, después de tentarle varias veces los muslos con una +admiración que estallaba en brutales carcajadas. + +¡Fuera de allí! La señora deseaba salir del _Clòt_, donde la gente se +codeaba con la mayor grosería y por dos veces había estado su velo +próximo a rasgarse. Ella y Nelet, que marchaban con cuidado para librar +al pavo de tropezones, entraron otra vez en el Trench, buscando los +postres, la tiendecilla del turronero establecido en un portal. + +Allí estaba el de Jijona, con sombrerón de terciopelo, traje de paño +negro y el ancho cuello de la camisa sujeto por un broche de plata. Al +lado la mujer, con su rostro redondo y sonrosado de manzana y el pelo +estirado cruelmente hacia la nuca, cayendo en gruesa trenza por la +espalda sobre la pañoleta de vistosos colores. La mesa blanca, de +inmaculada pureza, sustentaba, formando columna, las cajitas de áspera +película conteniendo el harinoso turrón, los cajones de peladillas y las +uvas puntiagudas, hábilmente conservadas, lustrosas y transparentes, +como de cera, y con un delicado color de ámbar. + +Cuando doña Manuela volvió a entrar en el mercado comenzaba a anochecer +y la concurrencia aumentaba por momentos. Todas las bocacalles vomitaban +gentío dentro de la plaza, en la que el crepúsculo sembraba a miles los +puntos luminosos. Brillaba el gas en las tiendas; las vendedoras +importantes encendían sus grandes reverberos de latón, y las pobres +huertanas contentábanse con una vela de sebo resguardada por un +cucurucho de papel. + +--¡Qué bonito...! ¡Mira, Nelet! Y la señora permaneció algunos instantes +contemplando el aspecto fantástico de la plaza con tan original +iluminación. Una lluvia de estrellas había caído sobre el Mercado. Los +empujones de la multitud la volvieron a la realidad. + +Fue a salir de la plaza, cuando otra vez la detuvo el escuadrón +perseguido de chicuelas vendedoras. + +Ahora no corrían. Marchaban al paso, tímidas, anonadadas, haciendo +comentarios en voz baja, siguiendo de lejos a una compañera infeliz que, +retorciéndose y gritando como una fierecilla en el cepo, era arrastrada +por un alguacil. + +El mísero rebaño pasó ante doña Manuela con triste chancleteo, y la +señora no pudo reprimir un movimiento de repulsión ante aquellas +cabelleras greñudas y encrespadas que servían de marco a rostros +escuálidos y sucios, en los que la piel tomaba aspecto de corteza. + +¡Gran Dios, qué gente! Y doña Manuela, viendo tales fachas, por una +extraña relación de pensamientos, sujetó su bolso con las dos manos, +como si alguien fuese a robarla. + +Después se tentó los bolsillos del gabán, y... ¡justo! ¡No eran falsas +sus sospechas! Le habían robado el pañuelo. + +Indudablemente habría sido mucho antes, entre la agitación y los +empujones del gentío; pero esto no impidió que la señora siguiese con la +mirada iracunda el grupo sucio, maloliente y miserable que se alejaba, +anonadado por el hambre y la pena, entre el oleaje de alimentos y de +general alegría. + +Doña Manuela avanzó sus labios en señal de desprecio. + +¡Cómo estaba el mundo! No había religión, orden ni autoridad, y... +¡claro! era imposible que una persona decente saliese a la calle sin que +la pillería le diera que sentir. + + + + +II + + +En época pasada, aunque no remota, el Mercado de Valencia tenía una +leyenda, que corría como válida en todos sus establecimientos, donde +jamás faltaban testigos dispuestos a dar fe de ella. + +Al llegar el invierno, aparecía siempre en la plaza algún aragonés viejo +llevando a la zaga un muchacho, como bestezuela asustada. Le habían +arrancado a la monótona ocupación de cuidar las reses en el monte, y lo +conducían a Valencia para «hacer suerte», o más bien, por librar a la +familia de una boca insaciable, nunca ahíta de patatas y pan duro. + +El flaco macho que los había conducido quedaba en la posada de _Las Tres +Coronas_, esperando tomar la vuelta a las áridas montañas de Teruel; y +el padre y el hijo, con los trajes de pana deslustrados en costuras y +rodilleras y el pañuelo anudado a las sienes como una estrecha cinta, +iban por las tiendas, de puerta en puerta, vergonzosos y encogidos, como +si pidiesen limosna, preguntando si necesitaban un _criadico_. + +Cuando el muchacho encontraba acomodo, el padre se despedía de él con un +par de besos y cuatro lagrimones, y en seguida iba a por el macho para +volver a casa, prometiendo escribir pasados unos meses; pero si en +todas las tiendas recibían una negativa y era desechada la oferta del +_criadico_, entonces se realizaba la leyenda inhumana, de cuya veracidad +dudaban muchos. + +Vagaban padre e hijo, aturdidos por el ruido de la venta, estrujados por +los codazos de la muchedumbre, e insensiblemente, atraídos por una +fuerza misteriosa, iban a detenerse en la escalinata de la Lonja, frente +a la famosa fachada de los Santos Juanes. La original veleta, el famoso +_pardalòt_, giraba majestuosamente. + +--¡Mia, chiquio, qué pájaro...! ¡Cómo se menea...!--decía el padre. + +Y cuando el cerril retoño estaba más encantado en la contemplación de +una maravilla nunca vista en el lugar, el autor de sus días se escurría +entre el gentío, y al volver el muchacho en sí, ya el padre salía +montado en el macho por la Puerta de Serranos, con la conciencia +satisfecha de haber puesto al chico en el camino de la fortuna. + +El muchacho berreaba y corría de un lado a otro llamando a su padre. +«¡Otro a quien han engañado!», decían los dependientes desde sus +mostradores, adivinando lo ocurrido; y nunca faltaba un comerciante +generoso que, por ser de la tierra y recordando los principios de su +carrera, tomase bajo su protección al abandonado y lo metiese en su +casa, aunque no le faltase _criadico_. + +La miseria del hogar, la abundancia de hijos, y sobre todo la cándida +creencia de que en Valencia estaba la fortuna, justificaban en parte el +cruel abandono de los hijos. Ir a Valencia era seguir el camino de la +riqueza, y el nombre de la ciudad figuraba en todas las conversaciones +de los pobres matrimonios aragoneses durante las noches de nieve, junto +a los humeantes leños, sonando en sus oídos como el de un paraíso donde +las onzas y los duros rodaban por las calles, bastando agacharse para +cogerlos. + +El que iba allá abajo, se hacía rico; si alguien lo dudaba, allí estaban +para atestiguarlo los principales comerciantes de Valencia, con grandes +almacenes, buques de vela y casas suntuosas, que habían pasado la niñez +en los míseros lugarejos de la provincia de Teruel guardando reses y +comiéndose los codos de hambre. Los que habían emprendido el viaje para +morir en un hospital, vegetar toda la vida como dependientes de corto +sueldo o sentar plaza en el ejército de Cuba, ésos no eran tenidos en +cuenta. + +Al hacer la estadística de los abandonados ante la veleta de San Juan, +don Eugenio García, fundador de la tienda de _Las Tres Rosas_, figuraba +en primera línea. + +Otros mostrábanse malhumorados y negaban rotundamente cuando se les +suponía tal origen; pero él lo ostentaba con cierta satisfacción, como +queriendo hacer de ello un título de gloria. + +--Nada debo a nadie--exclamaba al regañar a sus dependientes--. A mí +nadie me ha protegido. Los míos me dejaron como un perro en medio de esa +plaza. Y sin embargo, soy lo que soy. ¡Hubiera querido veros como yo, +para que supierais lo que es sufrir! + +Y siempre que podía asegurar una docena de veces que nada debía a nadie +y comparar su abandono con el de un perro, quedaba tranquilo y +satisfecho. Los principios de su carrera habían sido penosos. Aprendiz +siempre hambriento, dependiente después en una época en que los mayores +sueldos eran de cincuenta «pesos» anuales, a fuerza de economías +miserables consiguió emanciparse, y con ayuda de sus antiguos amos, que +veían en él un legítimo aragonés capaz de convertir las piedras en +dinero, fundó _Las Tres Rosas_, tiendecilla exigua que en diez años se +agrandó hasta ser el establecimiento de ropas más popular de la plaza +del Mercado. + +Don Eugenio era, sin darse cuenta, el cronista de cuantas modificaciones +y adelantos había experimentado aquella plaza, en la que nació a la vida +del comercio y debía desarrollarse toda su existencia. Vio cómo una +revolución echaba abajo los conventos de la Magdalena y la Merced; cómo +un motín quemaba el Mercado Nuevo, que era de madera, y cómo las +tiendas, agrandando cada vez más sus puertas, saneando sus interiores, +atraían al público con grandes escaparates, y en materia de alumbrado +pasaban del aceite al petróleo y de éste al gas. + +Al poco tiempo de fundar su establecimiento, cuando aún la primera +guerra carlista tenía en suspenso la suerte de la nación, don Eugenio se +formó insensiblemente una tertulia junto a su mostrador, sobre el cual, +como una antorcha simbólica de la rutina comercial, lucía un enorme +velón de cuatro mecheros, fabricado con más de arroba y media de bronce. + +Todas las tardes, al anochecer, reuníanse allí los amigos de don +Eugenio, la mitad de los cuales vestían sotana y pertenecían al clero de +San Juan. A pesar de esto, la tal reunión era casi un club, que en +épocas como aquélla tenía su carácter peligroso. Don Eugenio pertenecía +a la Milicia Nacional, y aunque tomaba sus bélicas ocupaciones con tibio +entusiasmo, no por esto dejaba de preocuparse del honor de la «tercera +de Ligeros». Cuando era preciso se calaba el chacó, martirizaba el pecho +con el asfixiante correaje, y servía a la nación y a la libertad, yendo +a pasar la noche en el Principal, donde comía melones en verano, se +calentaba al brasero en invierno, en la santa y pacífica compañía de +algunos otros comerciantes del Mercado, que, olvidándose de la +marcialidad de su uniforme, pasaban las horas de la guardia hablando de +las fábricas de Alcoy o del precio del azúcar y de la seda; todo esto +sin perjuicio de faltar a la ordenanza, abandonando el puesto con +frecuencia para dar un vistazo a sus casas. + +En la tertulia de don Eugenio se hablaba de Martínez de la Rosa y de su +malogrado Estatuto; había quien audazmente elogiaba a Mendizábal y pedía +el restablecimiento de la Constitución del 12; se gastaban bromitas +contra los «serviles», sin faltar a la decencia; se comenzaba a decir +con expresión respetuosa «don Baldomero» cada vez que se nombraba al +general Espartero, y todos callaban para escuchar religiosamente a don +Lucas, el beneficiado de San Juan, un cura que el 23 había emigrado a +Londres por liberal, y que pronunciaba conmovedores discursos hablando +del pobre Riego, a quien comparaba con Bravo, Padilla y Maldonado. + +Era, en fin, la tertulia una reunión donde se desahogaba el liberalismo +inocente de unos revolucionarios que, en costumbres y preocupaciones, +imitaban a sus enemigos, y a pesar de haber sufrido de la dinastía +reinante toda clase de desdenes y persecuciones, mostrábanla una +fidelidad canina, y siempre era para ellos Fernando VII el rey mal +aconsejado, Cristina la augusta señora, e Isabel la inocente niña. + +En esta reunión estaban todos los afectos y alegrías de don Eugenio. Al +encender por las noches el velón y ver entrar las sotanas y las gorras +de sus colegas, experimentaba la misma impresión que si se encontrara +rodeado de una cariñosa familia. + +De los de allá, de aquellos que le habían abandonado sin lágrimas ni +desconsuelo, nunca se acordaba. Sus padres habían muerto, pero ya se +encargaron de recordarle la patria y todas sus miserias el enjambre de +primos, hermanos y sobrinos que cayeron sobre él tan pronto como circuló +por el lugar la nueva de que hacía fortuna y tenía una tienda en el +Mercado. Llegaban en grupos, escalonando sus viajes por meses, cual +hordas hambrientas que con la mirada querían devorarlo todo. El pariente +rico era para ellos una vaca robusta, cuyas ubres inagotables les +pertenecían de derecho. No tenía mujer ni hijos; ¿para quién, pues, las +fabulosas riquezas que aquellos miserables se imaginaban en poder de +don Eugenio? Las demandas eran interminables, no desmayando los +pedigüeños ante la aspereza del comerciante, poco inclinado a la +generosidad. El invierno había sido duro, las patatas pocas y malas, el +macho estaba enfermo, los muchachos descalzos, un pedrisco lo había +arrasado iodo; y tras estos preámbulos entraban en materia con la +petición de veinte duros para pasar el mal tiempo, de una pieza de sarga +para vestir a la familia, y otras demandas menos aceptables. Si don +Eugenio ponía cara de perro a las peticiones, surgía la protesta en la +rapaz parentela que tanto le quería. + +--¡Id allá, granujas!--gritaba el comerciante--. ¿Qué os debo yo para +que vengáis a saquearme? Nada tengo que agradeceros, como no sea haberme +abandonado en medio de esa plaza. + +Entonces era de ver la indignación con que tíos y hermanos acogían lo +del abandono. ¡Otra que Dios...! ¿Y aún se quejaba? ¿_Pus_ si no le +hubiesen abandonado sería él ahora comerciante con tienda abierta? +Cuanto más, estaría guardando el ganado de algún rico. A la familia, +pues, debía lo que era. Y si la turba de descarados pedigüeños no +llegaba a decir que todo cuanto tenía su pariente les pertenecía de +derecho, ya se encargaban sus exigencias insolentes y sus rapaces +miradas de manifestar que éste era su pensamiento. + +Producto de una de estas invasiones de vándalos con pañizuelo y calzón +corto fue el entrar como aprendiz en la tienda de _Las Tres Rosas_ un +chicuelo, al que don Eugenio le fue tomando insensiblemente cierto +afecto, sin duda porque recordando su pasado se contemplaba en él como +en un espejo. Era de un pueblo inmediato al suyo; pasaba por pariente, +circunstancia poco extraña en un país donde las familias, residiendo +siglos y siglos pegadas al mismo terruño, acaban por confundirse, y +llamaba la atención por su aire avispado y la ligereza de sus +movimientos. + +Entró en la tienda hecho una lástima, oliendo todavía a estiércol y a +requesón agrio, como si acabase de abandonar el corral de ganado. La +vieja criada que administraba el hogar de don Eugenio tuvo que valerse +de ungüentos para despoblar de bestias sanguíneas el bosque de cerdas +polvorientas que se empinaban sobre el cráneo del muchacho, y concluido +el exterminio, el amo lo entregó al brazo secular de los aprendices más +antiguos, los cuales, en lo más recóndito del almacén y sin pensar que +estaban en enero, con un barreño de agua fría y tres pases de estropajo +y jabón blando, dejaron al neófito limpio de mugre de arriba a abajo y +con una piel tan frotada que echaba chispas. + +Con esto, el mísero zagalillo de las montañas de Teruel se convirtió en +un aprendiz listo, aseado y trabajador, que, según las profecías de los +dependientes viejos, llegaría a ser algo. A las dos semanas chapurreaba +el valenciano de un modo que hacía reír a las labradoras parroquianas de +la casa, y sin que la dureza del trabajo disminuyera para él, todos le +querían y no sabía a quién atender, pues Melchor por aquí, Melchorico +por allí, nunca le dejaban un instante quieto. + +Con sus borceguíes lustrosos, una chaqueta vieja del amo arreglada +chapuceramente, la cabeza siempre descubierta, con pelos agudos como +clavos y las orejas llenas de sabañones en todo tiempo, era Melchorico +el aprendiz más gallardo de cuantos asomaban la cabeza a las puertas +para llamar a los compradores reacios. Aquel acólito del culto de +Mercurio, por su empaque desenfadado atraíase la mala voluntad de los +pilluelos de la plaza, enjambre de diablejos que pasaban horas enteras +ante la relamida figurilla llamándole ¡_churriquio_! con irritante tono +de mofa, hasta que algún dependiente les amenazaba con la vara de medir. + +Pasaron los años sin que incidente alguno viniese a turbar la ascensión +lenta y monótona del muchacho en la carrera comercial. Perdió de cuenta +los cachetes y patadas que le largaron don Eugenio y los dependientes +viejos, unas veces por entretenerse bailando trompos en la trastienda, +otras por pillarle dando retales a cambio de altramuces o cacahuet. +Empleó los domingos en que le daban suelta yendo al tiro del palomo en +el cauce del río, o paseando gratis arrellanado como un príncipe en las +estriberas de las tartanas, con la epidermis a prueba de traidores +latigazos; fue ascendiendo lentamente cíe burro de carga a aprendiz +viejo; por fin, a dependiente; y al cumplir dieciocho años viose tan +transformado, que, violentando sus instintos económicos, fortalecidos +por las saludables enseñanzas del principal, se gastó cuatro pesetas en +dos retratos que envió a los de «allá arriba», a sus antiguos colegas de +pastoreo, para que viesen que estaba hecho todo un señor. Los tirones de +oreja y los palos con la vara de medir lo habían puesto erguido, +borrando en su cuerpo la tendencia a cargarse de espaldas y a ser +patiabierto, propio de todos los de su tierra; sus pelos, a fuerza de +peine y cosmético, habían llegado a domarse; los desabridos y no muy +abundantes guisos del ama de llaves daban cierta figura a su corpachón +huesoso. Y además, como tenía su soldada anual, aunque corta, ya no +vestía los desechos de don Eugenio y se hacía al año dos trajes, +operación que antes de ser emprendida era objeto de serías y profundas +meditaciones. + +Melchor Peña, al salir de la adolescencia, experimentó una +transformación. Al mismo tiempo que en su labio apuntaba el bigote, en +su cerebro apuntó la tendencia a lo romántico, a lo desconocido, el +anhelo de cosas extraordinarias, de aventuras gigantescas, y fue un +rabioso lector de novelas. Cuantos tomos enormes, roídos por el corte y +forrados con papel grasiento, rodaban por los mostradores de las tiendas +del Mercado, eran atraídos por sus manos, como si éstas fuesen un imán, +y devorados rápidamente, unas veces por la noche, después de cerrar las +puertas y robando horas al descanso, otras por la tarde, aprovechando +ausencias de don Eugenio, en el fondo del almacén, a la dudosa claridad +que se cernía en aquel ambiente cálido, impregnado del vaho de los +tejidos y el tufo de la tintura química. Había leído más de veinte veces +_Los tres mosqueteros_, y el fruto que sacó de esta lectura fue que los +aprendices se burlasen de él viéndolo un día en el almacén, envuelto en +un guiñapo colorado, con un rabo de escoba en la cadera y contoneándose +como si fuese el mismo D'Artagnan con todas sus jactancias de +espadachín. Después se apasionó, como toda la juventud de su época, por +_María o la hija de un jornalero_; y a pesar de que don Eugenio le +enviaba a misa lodos los domingos y a comulgar por trimestre, hízose un +tanto irreligioso, y en su interior comenzó a mirar con desprecio a los +curas pacíficos y bromistas que visitaban por la noche el +establecimiento para jugar a la brisca con el principal; y cuando cayó +en sus manos _El conde de Montecristo_, paseábase por la trastienda, +mirando los fardos apilados con la misma expresión que si en vez de +paños, percales e indianas contuviesen un enorme tesoro, toneladas de +oro en barras, celemines de brillantes, lo suficiente, en fin, para +comprar el mundo. + +¡Y cómo se reía don Eugenio de la manía novelesca de su Melchorico, como +cariñosamente le llamaba...! Él, que no había consultado otro libro en +su vida que un cuadernillo donde estaban comparados los pesos y medidas +de Cataluña, Aragón y Castilla, miraba al principio con cierto respeto +el afán de lectura del muchacho; pero después, al notar las +extravagancias de su torcida imaginación, le acribilló con burlas y le +colgó el apodo de Don Quijote, no porque el viejo comerciante hubiese +leído la inmortal obra de Cervantes, sino por tener arriba en su comedor +una litografía detestable, en la cual el hidalgo manchego, dormido y en +camisa, daba de cuchilladas a pellejos de vino. + +Iguales bromas se permitía el Don Quijote que vegetaba en la obscuridad, +midiendo telas en _Las Tres Rosas_. Podían atestiguarlo los pescozones +con que don Eugenio había saludado a su querido dependiente un lunes en +el almacén, cuando vio a Melchor que, recordando el drama _El jorobado_, +se creía un Lagardére, y con una vara de medir ensayaba la gran estocada +de Nevers, acribillando los fardos de un modo que hacía temblar por la +integridad de los géneros. + +--Como sigas así--gritaba el buen comerciante, escandalizado--, te +pongo en la puerta y... ¡buen viaje! Me has engañado. Tú sirves para +cómico, y a mí no me gustan farsas. Merchorico, por última vez lo digo. +El año que viene entras en quinta; o sientas esa cabeza o te abandono, y +el demonio que se encargue de tu suerte. + +Junto a la imaginación exaltada del dependiente debía existir una enorme +cantidad de sentido práctico capaz de sofocar todas las fantasías y +caprichos, y a esto se debió, sin duda, que Melchor se reprimiera en sus +románticas extravagancias, y en adelante, aunque sin abandonar la +lectura de novelas, se dedicara con más asiduidad a sus quehaceres. + +Tenía don Eugenio un amigo antiguo que todos los días visitaba la +tienda, y por profesar a Melchor algún afecto, unía sus exhortaciones de +hombre práctico a las del principal. De todos los individuos que +formaban la tertulia de _Las Tres Rosas_, don Manuel Fora era el más +considerado, a causa de su fortuna sólida y cuantiosa y de respeto que +gozaba en el comercio. + +Vivía en un enorme caserón cercano a las Escuelas Pías; figuraba entre +los primeros fabricantes de seda, y más de doscientos telares trabajaban +para él, elaborando piezas de seda rayada, vistosa y sólida, y pañuelos +de brillantes colores, que eran enviados a las más apartadas provincias +de España y hasta la misma América, cosa que asombraba y producía cierto +temor respetuoso entre el comercio a la antigua. De joven había sido +novicio en una orden religiosa, pero ahorcó los hábitos el año 8 para +batirse contra el francés, sacrificio que no le libró de ser conocido +con el apodo de el _Fraile_ entre los comerciantes y las gentes de su +industria. + +Le suponían poseedor de millones, y era el banquero de todos los +mercaderes menesterosos. Bastábale entrar en su alcoba para presentar en +cartuchos de onzas cuanto dinero se le pedía, y a pesar de esto, fuera +de los días de Corpus, en que sacaba del fondo del arca el frac de color +castaña y el sombrero de seda, nadie le había visto con otro traje que +un eterno pantalón de cuadros, chaqueta de fustán, chaleco de terciopelo +rameado y gorra de ancho plato. + +Era el más fiel representante de la avaricia atribuida á los de su +gremio, y en el Mercado se contaban de él cosas graciosísimas. La mañana +pasábala en San Juan, pues el comercio no le había hecho olvidar sus +aficiones a las cosas de la Iglesia. Tenía su puesto fijo en el banco de +la Junta de Fábrica, y allí iban a buscarlo los que, necesitando con +urgencia su auxilio, no reparaban en que estaba oyendo la décima misa y +rezando el centésimo rosario. + +--Don Manuel--murmuraba el pedigüeño con voz misteriosa y arrodillándose +cerca del Banco--, necesito al momento seis mil reales. + +--¡Déjame en paz!--susurraba indignado el fabricante sin volver los +ojos--. Ni la casa del Señor sabéis respetar. Búscame a la noche. + +--Don Manuel, ¡por Dios! que la letra vence hoy, y he de pagarla o se +deshonra mi tienda. Seis mil reales al quince por ciento; sálveme usted. + +--¡Largo...! No estoy ahora para asuntos mundanos. + +--Don Manuel... aunque sea al veinte--decía el infeliz con esfuerzo +supremo. + +--He dicho que no. Déjame en paz el alma. + +--Al veinticinco, don Manuel... al veinticinco. Me esperan en casa para +que pague. + +--Márchate, o llamo al sacristán. + +--Pues bien; al treinta... que sean al treinta por ciento, como la otra +vez. + +--Todo sea por Dios--murmuraba suspirando dolorosamente--. No dejáis +tiempo ni para salvar el alma. Espérame en casa, yo iré así que termine +este rosario. Te cobraré el treinta por ser tú... que bien sabe Dios que +a mí no me gustan estos negocios. + +Esto se contaba del célebre fabricante de sedas; pero aunque en ello +entrase en gran parte la exagerada malevolencia de sus enemigos, lo +cierto era que don Manuel, con el producto de sus doscientos telares +siempre en actividad y los caritativos auxilios que prestaba desde el +Banco de San Juan, iba formándose una fortuna, cuya cifra, por ser +desconocida, rodeaba a su poseedor de cierto prestigio misterioso. + +El fabricante y el dueño de _Las Tres Rosas_ eran antiguos amigos, y +hasta se murmuraba que el primero había ayudado a éste con una +generosidad extraña en los primeros tiempos de su comercio. Cuantos +géneros de seda se despachaban en la tienda procedían de la fábrica de +don Manuel, y de esto resultaba una continua comunicación entre el +establecimiento de don Eugenio y el caserón del barrio de las Escuelas +Pías, relaciones en las que servía de intermediario Melchor Peña, como +dependiente de confianza. + +Él era quien iba al despacho de don Manuel a escoger pañuelos y piezas +de seda, raso o terciopelo en aquellos armarios de roble con cerradura +complicada, que databan del siglo anterior, y él también quien subía a +los porches, donde con un tric-trac ensordecedor movíanse los telares y +volaban las lanzaderas, haciendo surgir los ricos tejidos entre polvo y +telarañas. Por efecto de las continuas visitas le trataron como amigo +íntimo los de la familia de don Manuel. Éste era viudo y tenía dos +hijos: Juan, un joven infatigable para el trabajo, meticuloso en los +negocios, capaz, como su padre, de darse de cachetes por un ochavo, y +Manolita, una muchacha hermosota, que a los diecisiete años tenía el +aspecto de una matrona romana, y a quien don Manuel no quería encargar +de la administración de la casa en vista del poco aprecio que mostraba +al dinero. + +Otra persona formaba parte de la familia del _Fraile_; pero los lazos +que la unían a ella eran tan efímeros y débiles como los que atan una +estrella errante a un sistema planetario. Era un estudiante de Medicina, +famoso entre los de su Facultad como hábil tocador de guitarra, alegre +confeccionador de chistes y calavera de los más audaces. El _Fraile_, +avaro y sin entrañas hasta con sus hijos, sentía gran debilidad por el +estudiante, tal vez por el contraste entre su carácter austero y regañón +y la alegría desenfadada de aquel cabeza a pájaros. Era sobrino de don +Manuel en grado lejano; sus padres habían muerto, y el fabricante de +sedas, en vista de su ingenio despierto, encantado por sus agudezas y +recordando que lo sostuvo en la pila bautismal, hizo el inaudito +sacrificio de recogerlo y darle carrera. + +Rafael Pajares venía a ser en la casa el punto vulnerable del huraño +_Fraile_. Parecía imposible que éste soportase las travesuras del +estudiante, que traía revuelta toda la casa, persiguiendo a las criadas, +entreteniendo con chistes a los tejedores e introduciendo algunas veces +en su cuarto ciertos compañeros de Facultad tan levantiscos como él, que +al menor descuido saqueaban la despensa, y cuando no, hacían temblar los +viejos pavimentos del caserón ensayándose a saltos en el manejo de la +pandereta. Don Manuel, el hombre de las economías inauditas y las +ruindades sin ejemplo, estremecíase de rabia al ver el uso que Rafael +hacía de sus liberalidades. Regalábale una sotana nueva, y al punto la +rasgaba en dos, quedándose con la parte del pecho y dando el espaldar a +algún compañero pobre, con cuyo reparto iban ambos tan gallardos +cubriendo con el manteo la desnuda trasera. Comprábale un tricornio +flamante, y no acababa el día sin que el travieso muchacho le recortase +los bordes caprichosamente hasta darle el aspecto de una fantástica +cresta. Gustábale ir roto y sucio como los sopistas, y cada una de estas +hazañas enfurecía al _Fraile_, haciéndole gritar que aquello era robarle +el dinero, y que el mejor día de un puntapié en tal parte iba a poner en +la calle al desvergonzado sobrino. Pero bastaba que el loco adorador de +la tuna sacara algunas habilidades, para que el viejo se diera por +vencido y asegurase que el muchacho tenía mucha gracia. + +Igual influencia ejercía Rafael sobre los demás individuos de la +familia. El hijo del _Fraile_ le toleraba, lo que no era poco, atendido +su carácter, y en cuanto a Manolita, vivía pendiente de los labios de su +primo. Aquella muchacha sencillota, a quien las amigas de la casa tenían +casi por tonta y que no conocía más mundo que las tertulias de gente del +Arte de la Seda, a las que la llevaba su padre, miraba a Rafael como la +encarnación de lo extraordinario, de lo novelesco; como un Don Juan, +cuyo cariño le disputaban ocultas y poderosas rivales. + +Se amaban desde niños, pero con un amor extraño, incomprensible y +preñado de incidentes. Él era informal, ligero, casquivano; tenía novias +en los cuatro distritos de la ciudad; salía de noche para dar serenatas +amorosas; y ella, bajo su exterior abobado de muchacha tímida y devota, +ocultaba un carácter varonil, un genio insufrible, el mismo estallido de +nerviosidad iracunda y atronadora que se manifestaba en el _Fraile_ +cuando le salía mal un negocio o un deudor se negaba a pagarle. Las +peleas en voz baja y el estar de monos días enteros eran hechos +frecuentes en estos amores que el padre y el hermano no conocían; pero +bastaba para vencer el enojo de Manolita una palabra chistosa del +estudiante, una irónica protesta, algo que la desarmase, haciéndola +prorrumpir en carcajadas. + +¡Con un pillo así era imposible estar seria mucho tiempo! Se necesitaba +tener corazón de piedra para no conmoverse cuando, cogiendo la guitarra +y poniendo los ojos en blanco, se arrancaba por el _Fandanguito de +Cádiz_, entonando después melancólicamente el ¡_Triste Chactas_...! que +hacía llorar a todas las muchachas de la época, o aquello otro punteado +y expresivo que comenzaba: + +/* + _Inflamado mi pecho amoroso_, + _sólo en ti se cifraba mi anhelo_.... +*/ + +No; ella le quería, y aunque le diese algún disgusto, consideraba a +Rafael, a pesar de su sotana mugrienta y su cara de granuja, como un +rendido trovador de los que en aquella época de romanticismo hacían el +gasto en todos los extravíos de imaginación femenil. + +Melchor Peña, entrando con frecuencia en la casa, estaba al tanto de +cuanto ocurría en el seno de la familia y conocía el carácter de cada +uno de sus individuos. Don Manuel le apreciaba como muchacho laborioso y +económico, que tenía lo que él llamaba «sangre comercial». Juan, +primogénito del _Fraile_, simpatizaba con él como a cofrade en la orden +del continuo trabajo y la conquista del céntimo. Manolita decía de él +que era un chico simpático, aunque vulgarote, y Rafael, el famoso +adorador de la tuna, tratábale siempre con un aire de desdeñosa +protección, como si tuviese empeño en recordarle de continuo el abismo +existente entre una futura lumbrera de la ciencia y un «gozquecillo» de +mostrador. + +Melchor correspondía a este desprecio con una antipatía profunda. Y no +es que le hiriesen honradamente las zumbas del estudiante; su odio +provenía del poco aprecio que éste mostraba a Manolita. Ser dueño de la +voluntad de aquella mujer y corresponder a su afecto con infidelidades +era un pecado imperdonable a los ojos del pobre Melchor, que amaba a +Manolita en silencio, siempre en perpetua batalla interna, tan pronto +dispuesto a declarar su pasión como arrepentido de su audacia. + +Habíase enamorado de la hija del _Fraile_, no repentinamente y a la +primera mirada, como los protagonistas de aquellas novelas que con tanta +fruición leía, su pasión se había formado lentamente, por escalones que +poco a poco había ido subiendo. Un día se fijó en que Manolita tenía +unas hermosas mejillas de melocotón con ligera película, más fina que el +terciopelo de a cuatro duros vara; otro, hizo la observación de que sus +ojos eran «ardientes ascuas», imagen del dominio común de todos los +novelistas por él conocidos, una noche hasta llegó a pensar, +revolviéndose en su menguada cama de dependiente, que la hija de don +Manuel estaría admirablemente formada, a juzgar por su «exterior +escultural»--otra frase cien veces leída--, y el resultado de estas y +otras observaciones fue confesarse a sí mismo que era «esclavo» de +Manolita y la amaría «hasta la muerte». + +¡Qué adoración tan constante la del pobre muchacho! Dos años estuvo +lanzando tiernas miradas a la joven cada vez que por asuntos del +comercio iba a casa del _Fraile_. Su imaginación novelesca soñaba un +rapto, después de matar en desafío al infame estudiantón, con otras mil +barbaridades por el estilo, y lo mejor del caso era que quien tales +barrabasadas se sentía capaz de ejecutar temblaba como un niño en +presencia del ídolo amado, y cien veces se le atragantó la declaración +que tenía pensada y aprendida, sin faltar punto ni coma. + +Por fin, Manolita supo que Melchor la amaba gracias a una carta de éste, +en la cual, conforme al patrón de todas las declaraciones, comparaba su +corazón con el Vesubio, y comenzando con las consabidas frases: +«Señorita: desde el móntenlo que la vi a usted», etc., terminaba: «Salve +usted este corazón que está herido de muerte.» Manolita acogió +burlescamente la declaración del dependiente, mas no por esto dejó de +agradecerla, con esa satisfacción que causa en toda mujer el saber que +es amada, y nada dijo a su familia ni a Rafael. + +Melchor esperó con paciencia inquebrantable, y un día fue Manolita la +que le recordó su declaración, aceptándola. + +La hija del _Fraile_ se había dejado llevar de un arrebato del carácter +violento que mostraba en las grandes ocasiones. Su primo Rafael había +terminado la carrera, abandonando las locuras de estudiante para +revestirse de la gravedad del doctor, y cuando ella esperaba de un +momento a otro que formulase ante el padre sus pretensiones, una buena +alma la hizo saber que aquel calavera ya no limitaba sus infidelidades a +serenatas amorosas o pasiones del momento, sino que tenía cierto +«arreglo» en el barrio del Carmen con carácter permanente, y hasta se +susurraba si había una criatura de por medio. + +El carácter enérgico de Manolita se sublevó al convencerse de la nueva +infidelidad de Rafael. No; ésta no la consentía, aunque el primo le +pidiese perdón de rodillas y estuviese todo un año cantando romanzas +sentimentales. Quiso vengarse, atormentar al infame, aunque para eso +tuviese ella que sufrir, y nada le pareció mejor que aceptar las +pretensiones de aquel tendero que la adoraba. El asunto se arregló con +prontitud. + +Don Eugenio, que se sentía viejo y estaba dispuesto a traspasar _Las +Tres Rosas_ al dependiente predilecto, encargóse de hablar a su amigo el +_Fraile_; éste no tenía gran empeño en conservar en casa una hija que +ignoraba el valor del dinero y gastaba mucho en trajes, según él decía; +y como el novio la aceptaba sin un céntimo de dote, la boda se arregló, +y a los tres meses la señora de don Melchor Peña entró triunfalmente en +sus dominios de la plaza del Mercado. + +Siete años duró el matrimonio, y su único fruto fue Juanito, a quien +pusieron tal nombre por apadrinarle el hermano de Manolita, o más bien, +doña Manuela, pues el estado de maternidad, ensanchando sus macizas +carnes de matrona, habíanla dado un aspecto respetable y majestuoso. + +Aquel marido aceptado en un arrebato de ira, sí no llegó a inspirarla +amor mereció la tierna simpatía del agradecimiento. Levantábase Melchor +al amanecer, y después de arropar cuidadosamente a la señora, rogándola +que no abandonase la cama antes de las nueve, bajaba a la tienda para +vigilar a los dependientes en las primeras ocupaciones del día. Subía a +la hora de comer, para reír como un loco con las gracias de Juanito y +revolcarse muchas veces por el suelo, imitando a ciertos animales, para +satisfacer las tiránicas exigencias de aquel monigote que traía revuelta +toda la casa. Comía lo que le daban, acogía como indiscutibles todos los +actos de su mujer, y curado ya de las manías románticas, sólo pensaba en +los negocios y en conquistar una fortuna para que su esposa pudiese ver +realizadas sus altas aspiraciones. + +Doña Manuela gozaba de una libertad absoluta, como jamás la había +soñado. Salía cuando quería, bajaba a la tienda algunas veces, como +quien va a un lugar de entretenimiento, a distraerse viendo gentes y +caras nuevas, y era dueña absoluta de todo el dinero de la casa, con +gran descontento de don Eugenio y del avaro _Fraile_. + +--Tú no conoces a mi hija--decía el suegro a Melchor--. Si sigues tan +tolerante, poco adelantarás. Con Manolita hay que ser rígido y no +permitirla que toque un ochavo. Es como todas las mujeres, que en trapos +y cintajos derrocharían el Potosí si lo tuvieran en la mano. Créeme a +mí, que conozco bien ese ganado. A la mujer hay que tratarla con +entereza; en una mano el pan y en la otra el palo. + +Pero Melchor se reía de las teorías brutales de su suegro. ¿No marchaban +bien sus negocios? ¿No cerraba con regulares ganancias el inventario del +año? Pues entonces nada debía negar a su mujer, de la que cada vez se +sentía más enamorado, sin duda porque ella correspondía a sus caricias +con una frialdad complaciente. + +Cierto que, a pesar de ser buenos los tiempos, adelantaba poco a causa +de las prodigalidades de su mujer; pero... ¡pobrecilla! él la +disculpaba, recordando su juventud monótona y aburrida al lado del +tacaño padre, y además, decíase a sí mismo que alguna compensación había +de merecer el resignarse a ser tendera una joven que podía aspirar a una +posición más brillante. + +Y ella, aprovechando la tolerancia cariñosa del marido, gastaba con +furor que escandalizaba a los buenos burgueses del Mercado. Seguía las +modas con escrupulosidad costosa, y muchas veces aumentaba sus gastos +hasta la locura, únicamente por el gusto de darles en las narices, como +ella decía, al regañón de don Eugenio y al tacaño de su padre. + +Tenía en su vida motivos de sobra para ser feliz, pero a pesar de esto, +dos cosas la entristecían. El andar a pie por las calles, signo, según +ella, de pobreza y de degradación, y la vulgaridad de su marido, que se +revelaba en sus maneras, en su modo de vestir, en la facilidad con que +bromeaba con las criadas, como hombre acostumbrado a esos floreos de +mostrador con que se halaga a las parroquianas, no pudiendo ver unas +faldas lisas sin soltar cuatro requiebros inocentes y sin consecuencias. + +A pesar del concepto que le merecía su marido, doña Manuela fue honrada. +Justamente el primo Rafael iba alcanzando algún renombre y los +periódicos hablaban de él elogiándolo como médico. Varias veces, con su +antigua audacia intentó aproximarse a Manolita para reanudar sus +relaciones de amistad, buscando un final más íntimo; pero la hija del +_Fraile_ era vengativa: no se borraba fácilmente de su memoria el +recuerdo de una infidelidad, y acogió siempre al médico con una frialdad +burlona. A pesar de esto, doña Manuela no quería consultar su voluntad +ni revolver los recuerdos del pasado, pues sospechaba que todavía sentía +algún afecto por aquel hombre. + +Un día murió el _Fraile_ de apoplejía fulminante al convencerse de que +en la quiebra de uno de sus corresponsales había perdido más de veinte +mil duros. + +Sus negocios no marchaban bien en los últimos años de su vida. La +industria de la seda iba arruinándose con la competencia que la hacían +los franceses; uno tras otro se cerraban los talleres montados a la +antigua que durante un siglo habían sostenido la supremacía industrial +de Valencia, y don Manuel, que a pesar de su buen sentido comercial +tenía empeño en mantener testarudamente la lucha con el exterior, sufrió +grandes pérdidas y murió de un berrinche antes que la ruina viniese a +coronar su desesperada resistencia. + +Setenta mil duros aproximadamente heredaron en dinero, géneros e +inmuebles cada uno de los hijos del _Fraile_, y mientras el primogénito +se quedó con la casa solariega, contento con su posición y dispuesto a +aumentar lo heredado, doña Manuela, al verse rica, sólo pensó en salir +de su estado de tendera. + +Para ella, la sociedad estaba dividida en dos castas: los que van a pie +y los que gastan carruaje; los que tienen en su casa gran patio con +ancho portalón y los que entran por estrecha escalerilla o por obscura +trastienda. Quería subir, saltar de la clase de los parias dedicados al +trabajo a la de las «personas decentes»; y con el imperio y la concisión +de la señora absoluta que no admite réplicas, expuso a su marido el +futuro plan de vida. Puesto que el dependiente mayor, Antonio Cuadros, +se había casado con Teresa, la criada, y por tener algunos ahorrillos +pensaba establecerse, que se quedara con la tienda y con don Eugenio, +que quería acabar su vida agarrado a ella como una lapa. El precio del +traspaso ya lo iría pagando Antonio poco a poco, y ellos levantarían el +vuelo inmediatamente para ir a formar un nido en una gran casa cerca del +Mercado, una finca soberbia, con ancho portal, gran patio, cuadras +profundas, y en el piso superior magníficas habitaciones; inmuebles que +el difunto _Fraile_ había adquirido por poco dinero, prestando +usurariamente a un conde tronado. + +Todo se realizó tal como lo dispuso doña Manuela, y ésta, a los pocos +días, recordaba como un sueño la estancia de seis años en la tienda del +Mercado, y se consideraba feliz pudiendo pasear en berlina por la +Alameda y teniendo un lacayo a sus órdenes para enviar recaditos a las +nuevas amigas, esposas de magistrados y militares, señoras a las cuales, +por ser rica, trataba con aire protector. + +Lo único que la entristecía era su grandeza en el carácter del marido. +¡Pobre don Melchor! La riqueza purgábala como un delito, y su vida de +rentista ocioso y de acompañante en paseos y ceremonias resultábale un +infierno. + +Desde por la mañana tenía que endosarse el chaqué y el sombrero de copa, +para estar dispuesto a acompañar a la señora; oíase llamar torpe a todas +horas porque en las visitas cerraba la boca, o si la abría era para +soltar ingenuidades y franquezas que recordaban su origen; y... ¡oh +tormento insufrible! Su Manolita no le permitía jamás que se quitara los +guantes y hasta quería que comiese con ellos, para ir--según ella +decía--acostumbrándose a los usos de la gente elegante. ¡Y el diario +paseo por la Alameda...! ¡Dios, qué sonrojo! Tenía ella empeño en +entablar grandes amistades, y no pasaba cerca de su berlina autoridad o +persona conocida sin que Melchor le saludase solemnemente con un +sombrerazo hasta las rodillas, ruborizándose muchas veces al ver el +gesto de extrañeza con que aquellas personas contestaban a la reverencia +de un ente desconocido. Esto de que le mirasen como un pájaro raro no +estaba en su carácter, pero tenía miedo a Manolita y a los iracundos +pellizcos con que acogía sus desobediencias. + +¡Pobre don Melchor! ¡Cuan caro le costaba ser esposo de una mujer +hermosa y rica! Aburríase con el trato de unas personas a las que no +podía entender, su esposa sólo le hablaba para proporcionarle nuevos +tormentos, y únicamente se sentía feliz cuando, puesto de veinticinco +alfileres, huía de casa, buscando en el Mercado a sus antiguos amigos. + +Aparentaba gran conformidad con su nueva posición. Amaba a Manolita y no +quería decir la verdad sobre su carácter; pero con el astuto don Eugenio +no valían disimulos. + +--Mira, muchacho, tú nos engañas. No, no eres feliz... aunque me lo +jures. Tú tienes, como yo, sangre de comerciante, y el que nos saque de +este mostrador y nuestras costumbres, nos mata. De seguro que ahora, +siendo rico, levantándote tarde y paseando en carruaje, te acuerdas con +envidia de los tiempos en que bajabas a barrer la tienda a las seis de +la mañana y echabas un párrafo con las criadas que van a la compra. Yo +sé bien lo que es eso.... ¡Ah! ¡Esa Manuela...! ¡Esa Manolita! El otro +día se lo decía yo a su hermano. Ella te ha de matar, y ya estás en +camino. Tú no puedes tirar con una vida así.... Jaula nueva, pájaro +muerto. + +Y estas profecías fúnebres, que, dichas con franqueza, a lo aragonés, +espeluznaban al infeliz Melchor, se iban cumpliendo poco a poco. + +Don Melchor languidecía visiblemente. Su buen humor había desaparecido +junio con los colores de su cara; una obesidad grasosa y amarillenta +hinchaba su cuerpo; y al fin, un año después de abandonar la tienda, +murió sin que los médicos supieran con certeza su enfermedad. Fue cosa +del hígado, del corazón o del estómago; sobre esto no se pusieron de +acuerdo los doctores; lo único indiscutible fue que cayó lánguidamente y +sin ruido, como esos pájaros a quienes el lazo traidor arranca del +espacio para encerrarlos en una jaula. + +Fue un luto estrepitoso el de doña Manuela. Misas a centenares, +funerales a toda orquesta, limosnas a porrillo, y lágrimas y lamentos +que afortunadamente tenía el poder de evitar con sus frases chistosas el +doctor don Rafael Pajares, quien, como médico de alguna fama, había sido +llamado en los últimos días de la enfermedad del marido, lo que aumentó +la languidez de éste y su desesperado desaliento. + +Ya sabía doña Manuela que no era muy correcta la presencia del antiguo +novio en los primeros días de su viudez. Pero al fin era su primo, y +trataba con tanto cariño al huérfano Juanito, con tales cosas sabía +alegrar al pequeñín, que éste no podía pasar sin el tío Rafael. + +Quien más murmuraba contra tales visitas era don Juan, el hermano +austero, huraño y de pulcra rectitud; pero sus quejas fueron, recibidas +tan acremente, que acabó jurando no volver a poner los pies en aquella +casa. + +Quedó el médico dueño del campo. Tan complaciente era, que para +entretener al sobrino no vacilaba en despojarse de su dignidad +profesional, y las criadas oían sonar en el salón una guitarra y la voz +de don Rafael cantando las cancioncillas de sus buenos tiempos de +estudiante. Primero sólo visitaba a la viuda por las tardes; después +prolongó las entrevistas, saliendo de la casa a media noche; y por fin, +llegó un día en que no salió. + +Don Eugenio y don Juan estaban escandalizados, diciéndose que el buen +_Fraile_ conocía perfectamente a su hija; y aunque los dos tenían poco +afecto al médico, experimentaron cierta satisfacción al saber que la +viuda y el primo se casaban apenas transcurriera el plazo marcado por la +ley. + +A los tres meses de casados tuvieron una niña, Conchita; un año después +un muchacho, al que pusieron por nombre Rafael, y por fin, la menor, +Amparito, último fruto de unos amores que se extinguieron tras rápidas e +intensas llamaradas. + +El matrimonio fue al poco tiempo de realizado un motivo de satisfacción +para don Juan, que aunque no odiaba a su hermana se alegraba de sus +desgracias, hijas de la imprevisión. + +El primo Rafael, amante rabioso de los placeres y obligado a reprimir +sus deseos en la atmósfera de sórdida avaricia en que se había educado, +lanzóse sin temor a saciar sus apetitos al verse dueño de la fortuna de +su esposa. La supeditación amorosa de doña Manuela le hacía ser dueño +absoluto de la casa, y no tardó en hacer sentir su tiranía. + +Egoísta hasta la brutalidad, era derrochador para sus placeres y tacaño +feroz cuando se trataba de las necesidades de los demás. Encontró +ridículos los gustos aristocráticos de su esposa, y los suprimió +despóticamente. Vendió el carruaje y los caballos, y doña Manuela, que +tan exigente se mostraba en materia de ostentación con su primer esposo, +acató servil y gustosa las órdenes del segundo. Ignoraba que aquel +hombre tan avariento en los gastos de la casa arrojaba el dinero fuera +de ella, y cubriéndose con el velo de la hipocresía, llevaba una vida de +calavera, tal como la había soñado en su juventud. + +La ceguera de la esposa duró algunos años. Cuando supo toda la verdad, +tuvo un momento de indignación y de protesta valiente, como al dar su +mano a Melchor; pero ya era tarde para remediar el mal. + +El doctor había jugado fuerte, perdiendo miles de duros; mantenía +queridas costosas por pura ostentación y emprendía viajes divertidos por +toda España con audaces compañeros de bureo. La fortuna de doña Manuela +estaba casi destruida. Su marido, en momentos de expansión amorosa, +cuando ella se sentía más supeditada, habíala arrancado firmas +comprometedoras y tenía que pagar, so pena de ver sus bienes embargados. +Para dar en la cabeza a su marido--según ella decía--volvió a sus +antiguos gastos, a la ostentación falsa de una fortuna que no existía; +contrajo, por su parte, deudas y guiada por el engañoso pundonor de las +gentes que se arruinan, en vez de vender fincas y ponerse a flote, +prefirió gravar sus inmuebles con hipotecas y echarse en brazos de la +usura, buscando préstamos con intereses aplastantes. + +Por fortuna, un sinnúmero de enfermedades provenientes de la vida +crapulosa del doctor surgieron en su gastado organismo, y murió cuando +ya su mujer, si no le odiaba, veíase separada para siempre de él por sus +infidelidades y desvíos. + +La muerte del primo Rafael hizo que don Juan volviera a casa de su +hermana y se dignase ocuparse en sus asuntos. Con su buen instinto de +hombre práctico, puso orden en aquel maremágnum: vendió fincas, canceló +hipotecas, pagó a los usureros con harto pesar de éstos, que querían ver +correr los intereses hasta devorar al cliente, y al fin, un día pudo +decir a su hermana: + +--Mira, chica, ya tienes libre y sano lo que te queda, pero te advierto +que no eres rica. Tienes, a lo sumo, veinte mil duros, más ocho mil que +pertenecen a Juanito, por ser la herencia de su padre. Se acabaron, +pues, las locuras. Ahora mucho orden y mucha economía, y así podrás ir +tirando. Sobre todo, no cuentes conmigo en los apuros. Si fueras pobre +te tendería la mano; pero tienes para comer, y a mí no me gusta amparar +a los derrochadores. Se acabaron las berlinitas y los demás gastos con +los que se aparenta lo que no se tiene. Una vida arreglada, gastando +conforme a la renta, es lo decente y lo digno. Esa fanfarronería, ese +afán de aparentar con cuatro cuartos lo que la gente llama «arroz y +tartana», es ridículo... ¿lo entiendes bien? soberanamente ridículo. + +Doña Manuela sintióse impresionada por los consejos de su hermano, y por +mucho tiempo los siguió escrupulosamente. + +Dedicóse a criar a sus hijos, es decir, a los hijos de su segundo +matrimonio, pues el pobre Juanito siempre había sido tratado con falso +cariño, con un desvío encubierto, como si doña Manuela quisiera vengar +en el pobre chico el haber sido poseída por su difunto padre. + +Aquella mujer resultaba incomprensible. Al marido fiel y bondadoso +apenas lo nombraba, como si su matrimonio hubiese sido de algunos días; +y en cambio, de aquel calavera que tanto la hizo sufrir habíase forjado +después de muerto una figura ideal, y ya que no de sus virtudes, hablaba +a todos de su talento, pintándolo como un sabio ilustre, cuya ciencia no +había podido apreciar el mundo. + +El pobre hijo de Melchor, con su carácter apocado y dulce y su afán de +cariño, era el paria de la casa. El doctor, viéndole siempre callado, +contemplando a su madre con estúpida adoración, había declarado que el +niño era tan bruto como su padre, y cuando más, podría servir para el +comercio. Y como el muchacho, por su parte, le tenía gran afecto a don +Eugenio y cierta querencia a _Las Tres Rosas_, que era donde habían +transcurrido los primeros años de su vida, de aquí que Juanito, a los +trece años, entrase en la tienda como aprendiz distinguido, con la +ventaja de comer y dormir en su casa. + +En cambio, los hijos del doctor Pajares gozaron una niñez rodeada de +atenciones. Las dos hijas estuvieron hasta los catorce años en un +colegio y Rafaelito fue dedicado al estudio, pues doña Manuela v quería +hacer de él una lumbrera médica como su padre. + +Estas predilecciones irritaban a don Juan, que había sentido un afecto +fraternal por su primer cuñado, trabajador infatigable como él y amigo +del ahorro. Además, Juanito era su ahijado. Pero callaba viendo que la +hermana seguía sus consejos económicos y--según sus palabras--no +estiraba el pie fuera de la sábana. + +Pero llegó el momento en que las niñas se convirtieron en unas +señoritas, conservando sus relaciones amistosas con sus antiguas +compañeras de colegio, y doña Manuela sintió el afán de ostentación de +toda madre que tiene hijas casaderas. Renovó su mobiliario, abandonó las +modistas anónimas, y en su afán de no andar a pie, si no tuvo berlina y +tronco como en sus buenos tiempos, compró una galera elegante y ligerita +y tomó como cochero a Nelet, el hijo de la nodriza de Amparo, un bárbaro +de la, huerta, a quien puso por condición no tutear a la señorita menor +y olvidarse de que era su hermano de leche. + +--¡Que rabie ese rancio!--decía doña Manuela, indignada al saber la +furia con que su hermano había acogido tales reformas--. ¿Cree que toda +la vida la hemos de pasar como unos miserables, con pan y cebolla y un +vestido viejo? + +Don Juan también hablaba, y había que oírle. + +--Tu madre está loca--decía algunas veces a Juanito en la puerta de _Las +Tres Rosas_--. Si esto sigue más tiempo, todos iréis a pedir limosna. +¡Ah, qué cabeza...! ¡Parece imposible que sea mi hermana! Para ella lo +principal es aparentar, y del mañana que se acuerde el diablo. Lo que yo +digo: «arroz y tartana...» y trampa adelante. + + + + +III + + +El primer día del año, a las ocho de la mañana, Concha y Amparo ya +habían abandonado el lecho, extraña diligencia en ellas, que por lo +común no se levantaban hasta las diez. + +Ligeritas de ropa a pesar de la estación, revoloteaban alegremente por +su cuarto, que ofrecía el desorden del despertar, en torno de las dos +camitas de inmaculada blancura, que en sus arrugadas sábanas guardaban +el calor de los cuerpos jóvenes y ese perfume de salud y de vida que +exhalan las carnes sanas y virginales. + +Gorjeaban alegremente, como pájaros que despiertan, pero sus trinos no +podían ser más vulgares. + +--¿Dónde estarán mis botinas? + +--Mis medias... me falta una.... ¿La has escondido tú? + +--¡Ay, Dios...! ¡Tengo una liga rota! + +Y así continuaba el diálogo de exclamaciones sueltas, lamentos y +protestas, mientras las dos jóvenes, en chambra y enaguas, mostrando a +cada abandono rosadas desnudeces, iban de un lado a otro, como aturdidas +por el ambiente cálido y pesado de la habitación cerrada. + +Luego pasaron al tocador, un cuartito en el que la luz de la ventana, +después de resbalar sobre la luna biselada de un gran espejo, quebrábase +en el cristal azulado o rosa de las polveras y los frasquitos de +esencia. La pieza no era un modelo de curiosidad y delataba el desorden +de una casa donde falta dirección. Los peines de concha guardaban +enredadas en sus púas marañas de cabellos; muchos frascos estaban +desportillados, y el blanco mármol tenía pegotes formados por el amasijo +de gotas de esencia con los residuos de polvos. + +Las dos muchachas soltaron sus cabellos, largos y ondeantes como +banderas; sacudiéronlos, haciendo caer sobre el mármol las horquillas +como una lluvia metálica, y después, cual buenas hermanas, ayudáronse +mutuamente en la difícil tarea del peinado de un día de ceremonia. + +La clara luna retrataba en su fondo ligeramente azulado las cabezas de +las dos hermanas, con la cabellera suelta y vestidas de blanco, como +tiples de ópera en el momento de volverse locas y cantar el aria final. + +Sus rostros no eran gran cosa; hubieran resultado insignificantes a no +ser por los ojos, unos verdaderos ojos valencianos que les comía gran +parte de la cara, rasgados, luminosos, sin fondo, con curiosidad +insolente algunas veces, lánguidos otras, y cercados por la ojera tenue +y azul, aureola de pasión. + +La mayor, Conchita, veintitrés años, era la más parecida a su madre. +Tenía su mismo aire majestuoso, y comenzaba a iniciarse en ella un +principió de gordura, lo que la hacía parecer de más edad. En la casa +gozaba fama de genio violento, y hasta doña Manuela la trataba con +ciertas reservas para evitar sus explosiones iracundas; pero fuera de +esto era seductora, con su frescura de carnes a lo Rubens y las +arqueadas líneas que a cada movimiento delatábanse bajo la blanca tela. + +La menor, Amparito, dieciocho años; linda cabeza de bebé, boca graciosa, +hoyuelos en la barba y las mejillas, un puñado de rizos sobre la frente +y ojos que en vez de mirar parecían sonreír a todo, revelando el inmenso +contento de ser joven y que la llamasen bonita. Era la toquilla de la +casa, la señorita aturdida que aprende de todo sin saber hacer nada; la +que por la calle no podía ver una figura ridícula sin estallar en +ruidosa carcajada; la que tenía en sus gustos algo de muchacho y +aseguraba muy formal que sentía placer en hacer rabiar a los hombres; la +que se escapaba a cada instante del salón, para ir a la cocina a charlar +con las criadas, gozando en ser su amanuense, sólo por intercalar en +las cartas al novio soldado terribles barbaridades, con las que estaba +riéndose toda una semana. + +Profesábanse gran cariño las dos hermanas; pero esto no impedía que +algunas veces Amparo esgrimiese su carácter burlón contra Concha y ésta +sacase a luz su impetuosidad iracunda; conflictos que terminaban siempre +yendo la pequeña en busca de la mamá, llorando, con la mejilla roja de +un bofetón o un par de pellizcos en los brazos. Otras veces armábase la +guerra por si la una se había puesto la ropa blanca de la otra o por si +se habían robado objetos de su exclusiva pertenencia; pero una ráfaga de +autoridad pasaba por la madre: había bofetadas, llantos y pataleos; las +criadas reían en la cocina, y a la media hora todos tan contentos: +Concha en el balcón, Amparo corría por la casa cantando como una +alondra, y doña Manuela arrellanábase en su butaca con aire de soberana +que acaba de administrar recta justicia. + +Las dos ofrecían un seductor grupo mirándose en el espejo del tocador, +despechugadas, con los brazos al aire y oliendo a carne refrescada por +una valiente ablución de agua fría. Sus cabelleras, fuertemente +retorcidas, apelotonábanse sobre la testa con la forma del peinado +frigio, y quedaba al descubierto, sobre el extremo de la espalda +nacarada, cubierta de una película tenue y fina de melocotón sazonado, +la nuca morena, de un delicioso color de ámbar, erizada de pelillos +rebeldes y rizados que parecían estar puestos allí para estremecerse +nerviosamente con los suspiros de amor. + +Al terminar el peinado comenzó el arreglo del rostro. ¡Oh estupideces de +la moda! A las dos incomodábalas su color pálido de arroz, aquel color +puramente valenciano que hace recordar las delicadas tintas de la +camelia. + +«Tenemos caras de muertas», se decían todas las mañanas al mirarse al +espejo, y martirizaban su fresca y jugosa piel con los polvos cargados +de plomo, el bermellón que teñía levemente las mejillas y los lóbulos +de las orejas; y como si sus ojos no fueran bastante grandes todavía +enmendaban la plana a la Naturaleza, trazando leves líneas al extremo de +los párpados. La frescura juvenil, la hermosura natural, era cursi; la +elegancia exigía careta. + +Y mientras llevaban a cabo este retoque criminal, eran las exploraciones +sin término, las rebuscas furiosas sobre el mármol del tocador, al +través del bosque de frascos y cajas, persiguiendo objetos que +aturdidamente tocaban sin reconocerlos. ¿Dónde estaba el polvo rosa? ¿Y +el paño de Venus? ¡Adiós! ¡ya no quedaba una gota de «piel de España»! +La mamá, con la manía de embellecerse que la había acometido a última +hora, era una calamidad para las niñas. Ella sola se llevaba medio +tocador, y después, para hacerla entrar en la perfumería, había que +importunarla toda una semana. + +La _toilette_ acabó con poca alegría. Las deficiencias del tocador +habían malhumorado a las dos hermanas. Lanzábanse miradas de sorda +hostilidad. Amparo pensaba que, por ser la más pequeña y la más débil, +tenía que contentarse con el sobrante de la otra, y Concha retocaba su +moño nerviosamente, murmuraba y daba furiosas pataditas, mirando de +soslayo, sin poder copiar el perfil gracioso del peinado de aquella +muñeca. + +Por fin llegó el momento en que volvieron a su cuarto para ponerse los +vestidos más bonitos. Eran los días de la mamá; iban a tener visitas y +había que estar presentables, para que las amigas, en vez de sonreírse +compasivamente, se mordieran los labios. + +Cuando volvieron al tocador y se miraron en la clara luna, su alegría +reapareció. Vamos, no estaban del todo mal; y con un retoque al peinado +y a la cara, un _bouquet_ en el pecho y dos tirones al talle para que no +hiciese arrugas, se dieron por satisfechas y se lanzaron al público. + +Eran ya cerca de las diez. La mamá estaba en el salón hablando con doña +Clara, una señora antipática y ordinaria que la visitaba con frecuencia, +y las niñas, huyendo de tal visita, pasaron al comedor. + +Hasta allí llegaban los preparativos de la fiesta. Sobre la mesa +veíanse, formando círculo, varias bandejas con pasteles de espuma, +blancos en su base, destilando almíbar, dorados suavemente en sus +dentelladas crestas, y entre los cuales asomaba la tarjeta del que +enviaba el dulce recuerdo; dos grandes tortadas ostentando en su +superficie de azúcar pulido como un espejo frutas confitadas en +caprichosos grupos; y en el centro de la mesa el ramillete de casa +Burriel, arquitectura de turrón, y merengue que afectaba la forma de un +castillo surgiendo de un montón de flores y rematado por una bailarina +que, montada sobre un alambre, danzaba temblorosa sobre la obra maestra +de confitería. + +En torno de la mesa, husmeando con aire goloso, estaba una diminuta +perra inglesa, que, con su piel de porcelana, sus ojillos de cristal y +las patas de alambre, parecía escapada de una tienda de juguetes. + +Al ver a sus amas, el liliputiense animal sacó la roja lengua, lanzando +un ladrido que parecía un estornudo. + +--¡_Miss_...! ¡mi querida _Miss_!--gritó Amparito, queriendo tomarla en +brazos. Pero ya Concha se había adelantado a tal deseo, apoderándose de +ella, y desde lo alto de sus brazos enseñábale la mesa cubierta de +pasteles, al mismo tiempo que la besaba en el hocico. + +Hubo brega entre las dos hermanas sobre el mejor derecho a la posesión +de _Miss_, y Concha la dejó caer, con tan mala fortuna, que chocando +sobre la mesa aplastó un par de pasteles, y manchada con la espuma del +merengue emprendió una furiosa carrera hacia el salón. + +--¡Mi pobre perrita! ¡Animal...! ¡la has muerto!--gritó Amparito, como +si hubiese ocurrido una desgracia. Y levantó su puño amenazante contra +su hermana. + +Pero al ver la extraña figura que presentaba _Miss_ con sus pegotes de +merengue y corriendo medrosa, una carcajada de atolondramiento hinchó su +lindo cuello, y como si nada hubiese sucedido, se agarró del talle de +Concha, dándola un sonoro beso. + +--¡Qué gracioso...! ¿eh? ¡Qué cara va a poner mamá cuando la vea entrar +en el salón con esa facha...! + +Pero la intensa risa que esto la producía desvanecióse al oír un cacareo +angustioso, un estertor de muerte que salía de la cocina. + +Allá fueron ellas, y al entrar vieron a Nelet el cochero en mangas de +camisa, con un cuchillo en la mano, ocupado, con la gravedad de un +sacrificador, en abrirle el gañote a un robusto capón que sostenía +Visanteta por las patas. La otra criada de la casa, que la echaba de +sensible y ejercía cerca de las señoritas las funciones de doncella, +volvía la espalda al sacrificio y vigilaba las marmitas y cazuelas que +hervían sobre los fogones del banco. + +Las dos hermanas, inclinadas y recogiéndose las faldas entre las +piernas--para evitar rozamientos con el suelo grasoso--, contemplaban +atentamente el degüello, contaban las convulsiones de la agonía y +seguían las últimas gotas de sangre desde que asomaban a la herida, +erizada de pelos coagulados, hasta que caían en una cazuela. + +Este trabajo ponía alegre a Nelet y excitaba su jocosidad brutal. + +--Qué gordito, ¿eh?--decía palpando la pechuga del cadáver--. Cuando lo +pelen parecerá un canónigo.... Si yo fuera rico, todas las mañanas haría +una muerte así. Vale más esto que limpiar el caballo. + +Y para completar sus gracias agitaba el capón en el aire como si +incensase el rostro de las dos criadas, lo que las hacía correr +asustadas por toda la cocina, con gran algazara de las señoritas. + +La broma cesó al aparecer doña Manuela, vestida con una bata de seda +negra, amplia, con larga cola y mangas perdidas que completaba su +apostura de reina de teatro. Se había librado de doña Clara, aquella +posma que nunca terminaba relato alguno, saltando de una conversación a +otra, lo que hacía sus visitas interminables. + +La mamá y las niñas volvieron al comedor y dieron vuelta a la mesa, +leyendo las tarjetas que acompañaban a los regalos. + +Allí estaba la del tío don Juan. Siempre el mismo. El muy tacaño, a +pesar de sus millones, se había contentado con media docena de pasteles: +total, tres pesetas. No se arruinaría. El lindo ramillete era de don +Antonio Cuadros y su señora, los propietarios de la tienda de _Las Tres +Rosas_. + +--Ahí tenéis unas personas sin educación, pero que saben hacer bien las +cosas. + +Y doña Manuela, después de esta reflexión hija del agradecimiento, +siguió enseñando las tarjetas. Don Eugenio García, una tortada... no +estaba mal; la otra era de «las magistradas»; y los demás pasteles no +llevaban señales de procedencia; pero doña Manuela adivinaba que eran de +Juanito, aquel hijo que la obsequiaba con tanto cariño como sí fuese su +novia. + +--¿Y Juanito, dónde está mamaíta? + +--En la tienda; pero vendrá antes de las doce. Rafael también ha salido. + +En la puerta de la escalera sonó un campanillazo, que denotaba el tirón +brutal de una mano burda. + +Nelet salió rápido de la cocina, y haciéndolo retemblar todo con sus +zapatos, corrió a abrir. Hubo en la antesala exclamaciones como +berridos y caricias que parecían golpes, cual si alguien riñese a brazo +partido. + +--¿Qué es eso?--dijo doña Manuela, avanzando hacia la puerta. + +Pero se detuvo al oír la voz cascada y chillona que sonó en la antesala. + +--¡Es el ama...! ¡el ama!--gritó Amparito con ingenua alegría. + +Pero inmediatamente se contuvo, ruborizada, como si hubiese cometido una +terrible inconveniencia. + +Precedida de Nelet, entró en el comedor, balanceándose y atronándolo +todo con sus chillones «¡buenos días!», una labradora gruesa y hombruna. +Era la nodriza de Amparito, una huérfana de las inmediaciones de +Alboraya, madre del cochero, y que había criado en su barraca a la +señorita. Nelet era un retoño digno de tal árbol, pues en el rostro +pecoso, mofletudo y de tirante piel que mostraba la tía Quica bajo su +pañuelo de hierbas notábase la misma brutalidad jocosa y resuelta de su +rústico vástago. Abultaban su volumen una docena de zagalejos bajo la +rameada falda, y cuando se sentaba abría las piernas de tal modo, que, +combándose las ropas, formábase entre sus muslos de yegua rolliza un +abismo insondable. Iba siempre a todas partes con la cesta al brazo; una +enorme cesta, siempre blanca, que no soltaba ni al tomar asiento, y por +lo íntimamente unida a su persona, parecía un nuevo miembro de su +cuerpo. + +Abrumó a Amparito con abrazos asfixiantes y besos y lagrimones, que la +arrebataron una parte del colorete; y después de esta molesta expansión, +que dejó aturdida a la niña e hizo torcer el gesto a doña Manuela, +dejóse caer de golpe en una silla, que crujió tristemente bajo las +gigantescas posaderas. + +Dio dos o tres bufidos de cansancio--sin soltar la cesta--, y rompió a +hablar en un castellano fantástico, ya que en casa de doña Manuela no +era permitido otro lenguaje. + +¡Cómo se cansaba una en Valencia...! Parecía imposible que las gentes +quisieran vivir en semejante pudridero. Allá, en la huerta, se estaba +bien, y por esto a ella le costaba mucho decidirse a entrar en Valencia. +Había venido únicamente por felicitar a la señora en sus días, y eso +haciendo un esfuerzo, pues su deber era no apartarse de su hermana +menor, que vivía en una barraca inmediata a la suya. + +--¡Calle, siñora! ¡Cuan apurada está la pobre! Su marido nos ha salido +un borrachín, un bufao, que todos los domingos vuelve de la taberna de +_Copa_ a cuatro patas, como un burro, y lo han de meter en la cama para +que duerma la mona un par de días. ¡Y qué pausas, Virgen santa! Mi pobre +Pepeta pasa la vida de Santa Catalina de Sena, y la muy bestia, erre que +erre, sin aborreser a ese pillo de _Pimentó_, que no vale ni un papel de +fumar. + +Y en este tono seguía la tía Quica la relación de todas sus desdichas de +familia; pero a lo mejor deteníase, y al ver a Amparito, que la +contemplaba silenciosa, prorrumpía en un «¡_jilla meua_!» estruendoso; y +sin soltar la cesta--eso jamás--, volvía a abrazarla y besuquearla, +llevándose en los labios los blancos polvos. + +¡Cuan guapa estaba! Miradla; parecía una reina. ¡Quién podría figurarse, +al verla con aquellos trajes, que la había tenido en su barraca, y en +las tardes de sol jugaba en la cuadra con Nelet y otros chicos, entre el +macho, el novillo y los dos cerdos! + +Aún se acordaban todos de ella y eran muchos los que le preguntaban por +su salud. No; de aquel año no pasaba. Aunque se opusiera la mamá, ella +se la llevaría a la fiesta mayor de Alboraya, para que todos vieran cómo +estaba su Amparito y qué aire de señorío gastaba. Y... a propósito; el +hijo del tío _Pallús_--¿te acuerdas, Amparito...? aquel chico que andaba +a cuatro patas y hacía el burro para que tú le montases--, pues bien, +ése venía ahora a Valencia con el carro a recoger el estiércol de las +casas, y quería que Nelet le dejase limpiar la cuadra. Cuando viniese +por el estiércol ya subiría a ver a Amparito, y de paso, si no les +servía de molestia, podían darle cualquier cosilla: unos pantalones +viejos de los señoritos, algo de ropa blanca, pues a los pobres todo les +sirve. + +La tía Quica se dio cuenta del mal efecto que su conversación causaba en +doña Manuela, y se apresuró a manifestar el objeto de su embajada, +echando mano a la inseparable cesta. En ella llevaba algunas cosas para +obsequiar a la señora en sus días; regalos de pobre, pero que ofrecía +con la mejor voluntad del mundo. Rosquillas de una pasta con cierto dejo +amargo, cubiertas con una capa tersa de azúcar; tortas que parecían de +cartón, pegadas a un papel grasiento, y confites agridulces, que se +deshacían en la boca y llevaban en la huerta el extraño nombre de +_suspiros_. La señora dio las gracias, con una risita de conejo. Bien +sabía lo que costaban esos productos de la confitería rústica. Ya lo +decía su astuto padre: «El bollo del labrador cuesta cahizada de trigo.» + +Después que la tía Quica depositó majestuosamente sobre la mesa sus +regalos, la señora, como compensación, metió en su cesta la media docena +de pasteles que _Miss_ había aplastado en su caída, y además le dio un +duro, no sin antes luchar con la labradora, que juraba y perjuraba que +nada quería, mientras en sus ojos brillaba la codicia. + +Cuando tuvo en su poder los regalos, entonó un interminable himno de +gracias, desbordándose en elogios, que, en forma de consejos, dirigía a +su hijo. + +--Mira, Nelet; bien puedes servir a las siñoras. A ver si te portas +bien; tu padre, el tío Sentó, tendrá un disgusto si faltas a la +obligasión. Bien puedes trabajar. Estando en casa, tendrías que ir en el +carro a llevar vino, durmiendo mal y trabajando como los machos. ¿Y aquí +qué te hase falta? Tienes papusa buena y segura, trabajas poco, vas +vestido como un siñor... Nelet, no seas bruto y a ver si das gusto a las +siñoras.... + +Y así hubiese seguido desarrollando este capítulo de consejos, a no ser +porque un campanillazo le cortó la palabra. + +Una visita. Doña Manuela y las niñas pasaron al salón, donde estaba don +Eugenio García, el fundador de _Las Tres Rosas_. + +Por él no pasaban los años. Era el mismo viejecillo de siempre, +regordete y sonriente, con el rostro colorado, la mirada viva y la +cabecita blanca y sonrosada. Aseguraba que tenía gran semejanza +fisionómica con Pío IX, y algo había en él que recordaba al difunto +Papa, a pesar de su capita azul sin esclavina y del bastoncillo muleta, +que no soltaba ni aun en las visitas. + +Besó a las niñas como sí fuese su abuelo, y a doña Manuela diole algunas +palmadas en la espalda con una alegría de viejo campechano, asegurando +que cada vez estaba más gorda y hermosota. Venía de oír misa de San +Juan, su querida parroquia; y cumpliendo la obligación de todos los +años, quería saludar a Manuela y a las niñas, y desearles mil +felicidades en el día del santo. Él no pensaba salir del próximo año; en +él caería, estaba seguro de ello, a pesar de que todos los años había +dicho lo mismo. Y hablaba de la muerte con la serenidad de una vejez +tranquila y honrada, bromeando, riéndose y dejando escapar agudos +chillidos por entre sus encías desdentadas. + +Amparito escuchábale complacida, riéndose malignamente del ceceo del +viejo y de sus preguntas. + +¿Que si tenían novio? No, señor; aún eran jóvenes y podían esperar. +Concha sí que tenía algo, pero ella nada.... Nadie la quería... ¡era tan +fea...! Y el travieso bebé experimentaba satisfacción al oírse llamar +hermosa por aquella boca de ochenta años. + +--Pero quédese usted a comer, don Eugenio--dijo la señora--. Desde que +salimos de la tienda, ningún año ha querido usted honrar nuestra mesa. + +--No puedo, Manolita. Soy ya muy viejo, y quien me saca de mis sopitas +me mata. Además, vaya un regalo: un convidado de mi clase. Masco como +una cabra, y 110 divierte ver un viejo entre la gente joven. A cada +cual lo suyo. + +La visita se prolongó una media hora, y por fin, el viejo, con ayuda de +su bastón, púsose en pie. + +--Me voy, hijas mías--dijo con expresión melancólica, a pesar de su +carita siempre alegre--. El año que viene os acordaréis de mí al veros +sin mi visita. Ya tendré entonces lo que me falta: el reposo eterno.... +No digáis que no.... ¿Creéis que no tengo ganas de descansar...? Pero +mientras llega la hora, don Eugenio siempre firme en su tienda del +Mercado. ¡Comerciante hasta la muerte! + +Y después de repetir estas palabras golpeándose el pecho, salió del +salón escoltado por las señoras. + +La nodriza se había ido, y Nelet continuaba en la cocina ayudando a las +muchachas. Era día de gran banquete. Don Juan, el tío de las señoritas, +aquel erizo intratable, había accedido a comer en casa de su hermana, y +eran de ver los preparativos. Juanito iría a las doce por el tío; y +Rafael, antes de salir, había sufrido un sermón de su madre +recomendándole que estuviera en casa a la una en punto, hora de la +comida. A los postres vendría Andresito Cuadros y algún amigo de Rafael. + +La campanilla de la escalera sonaba cada cinco minutos. Eran tarjetas de +felicitación, que se amontonaban en el velador de la antesala, y sobre +las cuales se abalanzaban las dos hermanas, ávidas de curiosidad. + +A las once, otra visita, Don Antonio Cuadros y su mujer, con la ropa de +las grandes solemnidades. Teresa, con vestido negro de seda, grueso y +crujiente, sólido aderezo con más oro que piedras, mantilla de blonda y +los dedos cargados, como siempre, de sortijería barata. Él, de levita +atrasada de tres modas, guantes negros, sombrero de copa con alas +microscópicas y en el chaleco una verdadera maroma de oro. Los dos, +tiesos, majestuosos, dentro de estos trajes que, al través de +innumerables reformas, venían subsistiendo desde su boda y sólo salían a +luz en visitas de días o entierros. + +El matrimonio tomó asiento en el sofá, lugar preferente del salón, honra +que hizo enrojecer de orgullo a la antigua criada. + +--Pues sí, Manuela--dijo el marido--; en un día como éste, nosotros no +podíamos prescindir de hacer a ustedes la consabida visita. Gozamos de +la felicidad de ustedes, porque, aunque me esté mal el decirlo, nosotros +les apreciamos mucho. + +Y así seguía el tendero del Mercado, ensartando sus frases rebuscadas +ante la admiración ingenua de su esposa, que veía en él un ser superior. +Y mientras seguía su curso la conversación, sonaba a cada instante la +campanilla de la puerta. Eran tarjetas de felicitación, que la señora +miraba satisfecha, dejándolas sobre el velador de modo que pudiesen +leerlas sus visitantes. + +La familia dio las gracias al señor Cuadros por el obsequio que había +enviado. + +--Quédense ustedes a comer con nosotros. Hoy tenemos a la mesa a mi +hermano Juan. + +Estas palabras hicieron que la conversación recayese sobre el hermano de +la señora. El comerciante era irresistible cuando se lanzaba a hablar +del prójimo. ¡Vaya un señor raro el tal don Juan! Para él no existían +teatros ni diversiones. Se le calculaba una fortuna de más de cien mil +duros, y sin embargo vivía como un hurón en la gran casa heredada de su +padre, sin otra compañía que una vieja criada, y arrastrando su fastidio +por los talleres abandonados, que parecían cementerios. Tenía manías, y +la más principal era combatir la debilidad de la vejez con un régimen de +continua actividad. Todas las tardes pasaba horas enteras visitando las +obras del Ensanche, las reformas que el Municipio emprendía en los +caminos vecinales. Los peones le conocían, como si fuese un contratista +o maestro de obras; y cuando le faltaban estas distracciones emprendía +atroces caminatas: iba a pueblos distantes, andando siempre con una +regularidad mecánica; el cuadrado sombrero sobre las cejas, flotante el +paleto, que no abandonaba ni aun en el verano, y bajo el brazo el bastón +de su juventud, una caña vieja y resquebrajada, con puño redondo de +marfil que casi era una bola de billar. + +Hablábase con misterio e interés de las preciosidades que amontonaba en +sus polvorientos salones. Figuraba en todas las almonedas como comprador +de fuerza, y si algún corredor le proponía la adquisición de alhajas +antiguas o muebles raros--siempre, se entiende, con considerable +ventaja--, aceptaba sin vacilación, pues no era dinero lo que faltaba en +el enorme _secrétaire_ del siglo pasado, que ocupaba todo un paño de su +alcoba, mostrando el menudo mosaico de sus tres filas de cajoncitos. De +este mueble también se hablaba con respeto en casa de doña Manuela. +¿Quién podía saber todo lo que contenía? De allí salían largos +pendientes en forma de uva, cuajados de diamantes antiguos; sortijones +con brillantes como lentejas; piedras sin montar, de valor considerable; +cincelados de gran mérito artístico; todo adquirido a fuerza de calma y +de regateos en el naufragio de las grandes fortunas. + +--Dice usted bien, Antonio. Mi hermano es un ente raro, un extravagante, +que pudiendo estar bien con los suyos, prefiere vivir casi solo en +aquella casa, contando sus miles de duros y adorándolos como si los +hubiera de llevar a la fosa. Yo no viviría con tranquilidad.... Dicen +que por la noche, al menor ruido, se levanta y recorre la casa con unas +pistolas viejas; pero aun así, es extraño que no le roben. Su tacañería +me disgusta. Pero entre hermanos hay que vivir en paz, ¿no es verdad? y +por esto sufro que a espaldas mías hable mal de mis costumbres. +Afortunadamente, una tiene lo que necesita para pasarlo bien, y no se ve +obligada a buscar los auxilios de ese avaro. + +Una nueva visita entró en el salón. Eran «las magistradas», una mamá y +tres hijas, íntimas de las niñas de la casa. El papá había muerto siendo +magistrado, y esto bastaba para que en casa de doña Manuela, con el afán +de grandezas que todos sentían, no designasen a la familia por su +apellido, sino por el título del difunto. + +Los señores de Cuadros sentían una oculta satisfacción al rozarse con +las amistades de doña Manuela, que para ellos eran gente de la clase más +elevada. Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellas +señoras, y sonreía con bondad estúpida cada vez que alguna de ellas se +dignaba mirarla. + +Las dos viudas hablaban afectuosamente, y doña Manuela, a pesar de que +estaba bastante bien de salud, expresábase con cierta languidez que a +ella le parecía la última palabra del buen tono. + +--Salgo poco, querida; el frío y la lluvia me matan. Aún no he visto +este año la feria de Navidad. Y eso que teniendo carruaje se puede salir +de casa sin miedo al tiempo. + +Y lo de tener carruaje acentuábalo doña Manuela como si fuese la +ejecutoria de la distinción, el signo único que marcaba la diferencia de +castas. + +Las niñas hablaban entre sí, haciéndose preguntas sobre sus trajes o lo +que habían hecho durante el día anterior, y nadie se acordaba del +matrimonio Cuadros, que permanecía en el sofá como clavado, mirándose +los pies y sin saber cómo salir de allí, por no molestar a los que +hablaban. Amparo era la única que de vez en cuando volvía la cabeza para +sonreírles. Por fin, se fueron. + +--Son unos antiguos amigos--dijo doña Manuela a «la magistrada»--. +Buenas gentes, pero ordinarias. Nos están agradecidos: a él le protegió +mucho mi primer marido. + +Cuando la familia dio por terminada su visita, doña Manuela y las niñas +fueron hasta el rellano de la escalera, para cambiar allí los últimos +besos. + +--Crea que me dan un disgusto no quedándose a comer. + +Desaparecía en los últimos peldaños el extremo de las elegantes faldas, +cuando sonó una tos que todos conocían en la casa. Era el tío que +llegaba, anunciándose, como siempre, con un carraspeo que le cortaba las +palabras, y que, según doña Manuela, sólo tenía por objeto el darse +tiempo para pensar las contestaciones. + +El cuadrado sombrero y el flotante paleto, que parecía una sotana, +fueron remontando lentamente la escalera, con acompañamientos de golpes +de bastón en cada peldaño. + +--¡Buenos días, tío...! + +Viose por fin desde el rellano la cara de don Juan, animada por su falsa +risita, que recordaba la de los conejos. Iba de gran gala. Traje, el de +siempre; pero su chaleco escotado dejaba al descubierto una botonadura +maciza, enorme, con diamantes antiguos de gran valía, y en los dedos +sortijas pesadas, de complicada labor, que evocaban el recuerdo de los +suntuosos marqueses del pasado siglo. + +--¿Me aguardabais, hijas mías...? ¡Ejem, ejem...! Pues he sido puntual. +Son las doce. + +Y mostraba su reloj, una joya rococó, que con sus esmaltes mitológicos +hacía pensar en las fiestas pastoriles de Versalles. Tras él subía la +escalera Juanito, el hijo mayor, con un enorme ramo de flores. + +--¡Este chico... este chico!--murmuró la señora, sin conmoverse gran +cosa por el cariño extremado que Juanito le demostraba en todas +ocasiones. + +Y se dejó besar por su hijo, que después corrió al comedor con el ramo, +y no encontrando un jarrón capaz de sostener aquella pirámide de flores +lo colocó entre dos sillas. + +Don Juan fue casi llevado en triunfo al salón por sus sobrinas. Tío por +aquí, tío por allá; la una le quitaba el sombrero, la otra tomaba su +bastón, y las dos tiraban a un tiempo de su paleto, sonriendo +ligeramente al ver el chaqué, que quedaba al descubierto, y que con sus +cortos faldones dábale el aspecto de un pájaro desplumado. + +Las pobrecillas ya sabían vivir. Aquel tío era la esperanza de la +familia; representaba el cebo capaz de atraer novios con la tentación de +una herencia, y aunque lo encontraban poco simpático, por su carácter y +la ruindad de sus regalos, sonreíanle y le adulaban, con gran contento +de la mamá. + +A pesar de esto, doña Manuela no se hacía ilusiones. Al único que quería +él era a Juanito; con los hijos de Pajares mostraba siempre cierta +ironía, sin duda para darse el gusto de mortificar a su hermana. + +--Juan, quédate en el salón mientras yo voy a la cocina a vigilar los +preparativos. Vosotras, niñas, entretened al tío. Ahora verás cuánto ha +adelantado Conchita en el piano. + +La hija mayor levantó la tapa del instrumento, quedando al descubierto +el blanco teclado, semejante a la dentadura de un monstruo. Sus dedos, +larguiruchos y extremadamente abiertos por un continuo ejercicio, +corrieron sobre las teclas, produciendo complicadas escalas. + +--¿Y tú, no tocas?--preguntó don Juan a Amparo. + +--Nada, tío. El profesor dice que soy demasiado aturdida, y me ha +declarado incapaz. La verdad es que yo quisiera tocarlo todo en seguida, +y al ver que no puedo y que he de fastidiarme mucho con ejercicios y +escalas, me enfurezco y me entran ganas de dar puñetazos al piano. + +Y el travieso bebé decía esto con tonillo irritado, levantando el puño. + +--Pero ahora--continuó en tono más dulce--, ya que no puedo ser +pianista, me dedico al canto. Mamá dice que hay que hacer algo, para no +estar en sociedad parada como una tonta. Ya canté el otro día en una +reunión de «las magistradas».... Ahora me oirá usted. + +Mientras tanto, doña Manuela expulsaba del comedor a Juanito. Aquel +chico no desmentía su sangre; era ordinario, y su mayor placer consistía +en charlar con las criadas. + +--Juanito, hijo mío, deja a Visanteta que ponga la mesa. Marcha al +salón. El tío se incomodará, porque te olvides de él. + +¿Olvidarse de su tío? Ante tal suposición, le faltó el tiempo para +correr en busca de don Juan. Visanteta acababa de tender el mantel +adamascado, brillante de blancura, sobre la mesa del comedor, pieza de +ebanistería moderna, tallada a máquina, que con su color obscuro imitaba +al roble de un modo discreto. + +--¿Está todo bien preparado, Visanteta? + +--Todo, señora. Nelet se ha encargado de que el capón no se queme; sólo +faltan unas cuantas vueltas. Adela cuida del puchero. La sopa la +pondremos cuando avise la señora. + +Y continuó la conversación entre el ama y la sirvienta, mientras ésta, +con delantal blanco y haciendo crujir los bajos almidonados y tiesos de +su saya, iba del aparador a la mesa, colocando el centro de plata +Meneses con sus grupos de flores, las pilas de platos de charolada +blancura, las botellas talladas del agua y el vino, y las copas +esbeltas, casi aéreas, con su pie azul, y tan frágiles, que sobre el +mantel no trazaban sombra alguna. + +Aquella Visanteta, con su peinado de la huerta, su perpetuo ceño y sus +contestaciones secas y desabridas, era una gran criada, que se ganaba a +conciencia el salario. Lo mismo preparaba en la cocina una gran comida, +que arreglaba una mesa «a estilo de fonda», arte que había aprendido +sirviendo a una familia inglesa. + +Al comedor llegaba la música que hacían en el salón las niñas de doña +Manuela para entretener al tío. Amparo cantaba, y su vocecita fina, +tenue y quebradiza como un hilo de araña soltaba una lamentación +melancólica, en italiano, para mayor claridad: + +/* + _Quando le rondinelle il nido fanno_, + _quando di nuova flor s'orna il terreno_. +*/ + +El tío se divertía, como hay Dios, oyendo a la sobrina cantar con su +carita de Pascua estas atrocidades de la melancolía. «_Vorrei moriré_!», +repetía la muchacha con acento de desesperación, saltando su voz sobre +los trémolos del piano. ¡Vaya un aperitivo para antes de la comida! + +Doña Manuela hablaba a la criada distraídamente, oyendo aquella música +que nunca podía comprender. + +--Hoy trabajarás mucho, Visanteta. Mi gusto hubiese sido encomendar, +como de costumbre, un par de platos a la fonda. Pero tengo convidado a +mi hermano, que es un rancio y me requema la sangre como si fuese una +despilfarradora. Por esto he querido que la comida fuese casera. A ver +si aun así encuentra motivo para murmurar. + +La mirada de doña Manuela iba tras las manos de la criada. ¡Vaya una +gracia la de aquella chica! Cogía las servilletas adamascadas, rígidas +por el planchado, y las doblaba caprichosamente con una rapidez de +prestidigitador. Quedaban sobre las pilas de platos en forma de mitra, +barco, bonete o flor, y en el centro, como toque maestro, colocaba un +pequeño _bouquet_. + +La señora estaba orgullosa. Sólo en una casa como la suya había una +criada capaz de arreglar la mesa con tanto arte. + +Visanteta, insensible a las miradas agradecidas del ama y contestando a +sus palabras con gruñidos, seguía trabajando. Abrió el armario del +aparador y puso sobre la mesa los entremeses: pepinillos destilando +vinagre, aceitunas grises mezcladas con salitrosas alcaparras, sardinas +de Nantes con su casaquilla plateada, rodajas de salchichón finas y +transparentes, y frescos rábanos de encendido ropaje y tiesos moñetes de +hojas, todo en verdes pámpanos de porcelana. + +Buen golpe de vista presentaba la mesa. Demasiado bueno, si se tenía en +cuenta el carácter raro del que estaba allá dentro. Por esto doña +Manuela dijo con expresión dolorosa: + +--Mira, Visanteta, no te extremes mucho. Mi hermano es capaz de comer de +mala gana si ve aquí lo que él llama lujos. Con lo puesto hay bastante. +Ahora saca del cajón los cubiertos de plata. Los antiguos, ¿sabes...? no +te equivoques. Cuando sirvan el pescado puedes sacar la pala de plata, +pero no pases de ahí. Sería capaz de darnos un escándalo si viera lo +demás que reservamos para los convidados de otra clase. + +Los cubiertos de plata antigua, piezas soberbias labradas a martillo y +heredadas del _Fraile_, fueron colocados junto a los platos. + +Todo estaba bien. Visanteta a la cocina, a dar a la comida el último +punto, y ella al salón, a mimar al hombre temible y preparar el golpe +para después de la sobremesa. + +El piano seguía sonando; pero ahora, de la romanza sentimental se había +saltado a la ópera. + +/* + _Come una damicella_ + _mi trovare più bella_.... +*/ + +Al entrar en el salón vio a Juanito contemplando al tío, y éste con la +vista fija en el techo, contando sin duda las flores doradas que tenía +el papel, como hombre que se aburre y busca desesperadamente la +distracción. + +--Vaya, niñas, basta de cosas tristes. Cantadle al tío algo alegre. + +Don Juan hizo un gesto como indicando que le era igual y no valía la +pena molestarse. + +--Pero mamá--dijo Amparo--, si esto que cantaba es el _Aria de las +joyas_. Muy bonita.... + +--Pues fuera el aria. Canta algo más alegre. Eso de _El dúo de la +Africana_, que gustó tanto en casa de «las magistradas». + +--Bueno--exclamó Concha con rudeza--. Ahora _El dúo_. Una cosa que están +cansados de tocar todos los organillos. + +--Pues sí señora, eso. Tu tío no va al teatro, y tendrá gusto en oírlo. + +Don Juan hizo el mismo gesto de antes. Para él, cualquier cosa estaba +bien. Y volvió a mirar al techo, bostezando de vez en cuando y moviendo +un pie con nervioso temblorcillo. + +/* + _Yo nací muy chiquitita_ + _y nací muy avispa_. +*/ + +Bueno; pues a pesar de estas declaraciones que sobre su nacimiento +hacía Amparito con su hilillo de voz y su expresión picaresca, el tío +don Juan, aquel monstruo de aburrimiento y rudeza, no se conmovía, tal +vez por estar mejor enterado de cómo había nacido que la propia +interesada. E igual indiferencia mostró al oírla cantar que el puente +tenía seis ojos, y ella dos «solamente». + +Otra cosa le preocupaba y le hacía removerse en su sillón. Sacó su +reloj, la hermosa pieza cincelada del siglo anterior, e interrumpiendo a +la cantante dijo a doña Manuela: + +--Bien está todo; pero ¿a qué hora se come aquí? + +--Cuando venga Rafaelito. A la una. + +--Ya es; mira mi reloj. Te advierto que yo como siempre a las doce, y +bastante sacrificio es esperar una hora. Con tales desarreglos se pierde +el estómago, y eso en la vejez es llamar a la muerte. + +--¡Jesús, hombre! No te incomodes por eso.... Niñas, basta de música. +A comer. + +La graciosa sevillana paró en seco, y las dos niñas abandonaron el salón +seguidas del tío, que se detuvo en la puerta del comedor sonriendo al +ver el aspecto de la mesa. + +--Manuela, por lo que se ve, esto promete. Siempre has sido notable en +estas cosas. + +Pero la señora estaba preocupada por la tardanza de su hijo menor y no +podía contestar. + +--¡Este Rafaelito...! La una y cuarto y no viene. ¡Habrá que empezar sin +él...! Visanteta, la sopa. + +Todos se sentaron. Don Juan en la cabecera, con las dos niñas, y en el +extremo opuesto doña Manuela, teniendo a la derecha a Juanito y a la +izquierda la silla destinada a Rafael. + +La humeante sopera descansó en el centro de la mesa, con el cucharón de +plata metido en las entrañas, y rápidamente se llenaron los platos. +¡Soberbia sopa! Flotaban en su superficie las lunas de grasa, y entre +las rebanaditas de pan impregnadas de suculento líquido, los menudillos +de la gallina, las tiernas yemas de color de ámbar y los negruzcos +hígados, que se deshacían al entrar en la boca. Todos comían con +apetito, especialmente don Juan, que, a pesar de su sobriedad de avaro, +era un tragón terrible al entrar en mesa ajena. + +Finalizaba la sopa cuando entró Rafaelito, sudoroso, sofocado, como si +hubiese corrido mucho para llegar a tiempo. + +--¡Vaya una hora de venir!--dijo la mamá, frunciendo el ceño. + +Era un ser insignificante y de aspecto pretencioso. El cuerpo flacucho y +pobre; la cabeza charolada a fuerza de cosmético, partida por una raya +que con rectitud geométrica iba desde la frente a la nuca; en la cara +enorme nariz, bigotillo afilado y patillas de chuleta, y bajo la barba, +asomando por entre las dos alas de un cuello «a la pajarita », esa +protuberancia horrible llamada nuez, que parece la condecoración de la +juventud raquítica. Afectaba en sus gestos y palabras la indolencia de +un hombre cansado de la vida, para el cual el mundo nada nuevo puede +ofrecer a los veintidós años; miraba con insolente fijeza, y cuando +escuchaba a alguien, lo hacía con aire protector y desdeñoso. Era el +tiranuelo de la casa, y a este privilegio unía el de excitarle la bilis +a su tío don Juan siempre que se ponía en su presencia. + +Hacía tres años que estaba abonado al segundo curso de la Facultad de +Medicina, consecuencia heroica de la que no estaba arrepentido; y tan +amante era del trabajo y de la actividad, que por no estarse en los +cafés charlando como un necio, pasaba los días y gran parte de las +noches en los círculos recreativos, unas veces peinando barajas y otras +sacrificando pesetas, para que no se dijera que en España todo decae, +hasta el respetable gremio de los «puntos». + +Fuera de esto, era un muchacho encantador; y en caso de duda, bastaba +con preguntarlo a su mamá. ¿Quién llevaba con más garbo que él el gabán +sin costuras, ancho y deforme como un saco? ¿Quién, en verano, iba más +mono con el trajecito de franela y la marinera de paja? ¿Quién daba +mejor sombrerazo rígido, moviendo al mismo tiempo la cabeza y levantando +un pie? Rafaelito, y nadie más que Rafaelito; y para atestiguarlo +estaban también las amigas de la manía, que se hacían lenguas en su +presencia de lo elegante que era el chico. + +¡Estudiar...! Ya lo haría más adelante. Por ahora, era un muchacho +distinguido, con buenas relaciones; y en cuanto a saber, algo sabía, +pues apenas se iniciaba una discusión sobre toreros o pelotaris, dejaba +a todo el mundo con la boca abierta. Bajo su frente calva, adornada con +las dos puntitas lustrosas del peinado, había algo, así como bajo los +hombros de su americana había algo también: mucho pelote para suavizar +lo puntiagudo de sus clavículas, que agujereaban la pobre piel. + +Al entrar saludó al tío con cierto desparpajo, sin querer fijarse en la +sonrisita del viejo, y después se excusó con la mamá. Quería venir +antes, pero en la feria le habían entretenido. El paseo estaba muy bien; +trajes magníficos, sobre todo abrigos. Y hacía una relación de periódico +de modas ante sus hermanas, que prestaban oído sin dejar de engullir, y +la mamá, que admiraba el talento de observación de su hijo y la gracia +con que se burlaba de los defectos. Era el fiel retrato de su padre. + +Rafael, en cuatro cucharadas, se tragó su ración, poniéndose al nivel de +los demás cuando salió el cocido, dos fuentes magníficas, que exhalaban +un vaho consolador, un tufillo alimenticio que se colaba hasta el fondo +del estómago. En la una, las patatas amarillentas, los reventones +garbanzos sacando fuera del estuche de piel su carne rojiza, la col, que +se deshacía como manteca vegetal, los nabos blancos y tiernos, con su +olorcillo amargo; y en la otra fuente las grandes tajadas de ternera, +con su complicada filamenta y su brillante jugo; el tocino temblón como +gelatina nacarada; la negra morcilla reventando, para asomar sus +entrañas al través de la envoltura de tripa; y el escandaloso chorizo, +demagogo del cocido, que todo lo pinta de rojo, comunicando al caldo el +ardor de un discurso de club. + +Nadie hablaba aún. Oíase únicamente el sordo ruido de las mandíbulas; +todos masticaban y engullían; los tenedores verificaban correrías +devastadoras sobre la mesa. Destrozábanse los panecillos, iban +vaciándose los platos de los entremeses, y las copas de vino llenábanse, +reflejando sobre el blanco mantel purpúreas e inquietantes manchas. + +Don Juan rumiaba, moviendo sus desdentadas encías a derecha e izquierda +como una cabra vieja, y sus ojillos alegrábanse al ver comer a la +familia, y especialmente a Juanito. + +Podían decir lo que quisieran ciertas gentes; pero él, don Juan Fora, +propietario y paseante perpetuo, sostenía que nada hay como la cocina +casera y el comer en familia. ¡Vaya un modo de tragar, hijos míos! En +una fonda estarían ya siendo objeto de críticas, y el dueño pondría mala +cara al ver cómo ganaban el precio del cubierto; las niñas se harían las +interesantes, comiendo poco para no parecer feas, y él mismo tragaría a +disgusto creyendo que se burlaban de su modo de mascar. Pero allí +estaban en su casa, podían atracarse hasta el gañote con todo lo que +iría viniendo, y nadie podría ir a contarle al vecino cómo se las +arreglaban para hacer por la vida. Esto era la verdad; lo demás +pamplinas, modas estúpidas y sufrir..... ¡Hola! Ya se presentaba la +gallina del puchero. ¿Que quién la parte? Juanito mismo. + +Y el buen muchacho, obediente a la voz de su tío, púsose en pie, y +empuñando un enorme tenedor y el afilado trinchante, hizo una carnicería +que elevó protestas. Doña Manuela le miró severamente. Pero ¡cuán +desmañado era! + +Don Juan intervino, viendo que su sobrino se conmovía: + +--Vaya, otra vez lo hará mejor el chico, ahora... a lo que estamos. + +Y pasaron a los platos los trozos de la gallina: la jugosa pechuga, el +cuello cartilaginoso, los melosos muslos y el armazón chorreando grasa, +que chupaba doña Manuela con un regodeo de gata golosa. + +La animación iba surgiendo en la mesa. Todos hablaban. Don Juan +comenzaba a mostrarse más alegre; y como si olvidase las antiguas +preocupaciones, miraba con igual cariño a todos los que estaban en la +mesa, sin pensar si eran hijos del antipático Pajares y si su hermana +era una derrochadora. + +Ahora, ¡voto a Dios! venían bien dos deditos de vino, para acompañar +dignamente a la gallina en su bajada al estómago. Y se apuraron las +copas, y circuló de nuevo la ventruda botella llena de vino de la bodega +de los Escolapios, un caldillo rojo del llano de Cuarte, que pasaba +dulcemente por el paladar, y una vez dentro, el muy traidor causaba un +trastorno de mil demonios. Las dos niñas bebían haciendo remilgos, pero +el tío las excitaba aplaudiéndolas; y ellas, que no estaban +acostumbradas a ver tan alegre al viejo, volvían a gustar el vinillo +para no enojarle. + +Nelet, con la gravedad de un _maître d'hôtel_, muy circunspecto desde +que veía en la mesa al tío millonario, sacó de la cocina el plato del +día, la obra maestra de Visanteta, un pescado a la bayonesa que arrancó +a todos un grito de admiración. + +--¡Caballeros...! ¡Ni en la mejor fonda!--dijo Rafael--. ¡Ole por la +cocinera! + +Don Juan encontró de mal gusto la felicitación, pero admiró la obra. + +Era una merluza de más de tres libras, que parecía de plomo brillante, +con el escamoso vientre hundido en la salsa, un fresco cogollo de +lechuga en la boca, y en torno de la cola unos cuantos rabanillos +cortados en forma de rosas. La fuente tenía una orla de rodajas de huevo +cocido, y sobre la capa amarillenta que cubría el apetitoso animal, tres +filas de aceitunas y alcaparras marcaban el contorno del lomo y la +espina. Don Juan miraba, con la pala de plata en la mano. ¡Vive Dios, +que le remordía la conciencia destrozar aquella obra de arte! Pero la +cosa se había hecho para comer; y al poco rato, la blanca carne de la +merluza, revuelta con los sabrosos adornos, estaba en todos los platos. + +--Y ya que dimos fin con la pobre, ahora otro traguito. + +Decididamente, el tío se ponía alegre. Las niñas recordaban como un +sueño la cara irónica y glacial de otras ocasiones. Ahora sonreía con +bondad, tenía las mejillas muy coloradas, y cautelosamente se aflojaba +el talle, como para dejar un huequecito a lo que viniese después. + +Otro plato ligero, pero éste era francamente indígena: lomo de cerdo y +longanizas con pimiento y tomate, un guiso al que daba siempre Visanteta +una gracia especial, que hacía a todos mojar el pan en la roja salsa. + +Don Juan y su sobrino predilecto se entendieron con él, pues doña +Manuela apenas lo probó. Rafaelito fumaba, costumbre detestable que +irritó al tío, pues no podía comprender tales interrupciones en la +digestión. + +Las dos niñas habían ido un momento a su cuarto: cuestión de aflojarse +los corsés. Las ballenas se doblaban y parecían próximas a estallar con +la presión de sus vientrecillos cada vez más redondeados. Al pasar junto +a un balcón, hiriólas el frío que entraba por las rendijas. Llovía, y la +gente pasaba chapoteando en el fango, con el paraguas calado. ¡Qué bien +se estaba allí dentro, en el caliente comedor, ante una mesa tan +abundante! Había que reconocer que Dios es bueno y proporciona ratos muy +agradables a los que tienen casa y cocinera. + +Cuando volvieron al comedor, Nelet sacaba el héroe de la fiesta: un +soberbio capón, panza arriba, con los robustos muslos recogidos sobre el +pecho y la piel dorada, crujiente, impregnada de manteca. + +Don Juan contemplábalo con miradas de amor. No; una pieza tan hermosa +no la destrozaría el desmañado Juanito. A ver, Rafael, que, como aprendí +de médico, entendería de estas cosas. + +Las niñas protestaron, recordando las espeluznantes relaciones que su +hermano las había hecho varias veces, para asustarlas, describiendo sus +hazañas en el anfiteatro anatómico. + +--No, Rafael no--gritó Amparito--. Si él toca el capón no comemos. + +¡Vaya un asco! ¡Como si aquel estudiante honorario hubiese asistido al +curso de anatomía media docena de veces...! Al fin, el tío, en vista de +las protestas, se decidió a destrozar la pieza, pues en su calidad de +solterón sabía un poco de todo.... ¡Brava manera de masticar! Confesaban +que la comida les subía ya a la garganta; pero a pesar de esto, era tan +excelente la carne tierna y jugosa, con su corteza tostada crujiendo +entre los dientes, que todos despacharon su ración, masticando con +lentitud y emprendiéndola después con los huesos. El tío se mostraba +como un valiente. + +--Juan, come ese pedazo--le decía su hermana--. Es lo mejor del plato. + +--Bebe más, Juan. Hoy son mis días, y hay que alegrarse. + +Las niñas imitaban la solicitud de la mamá; todo era: «Tío tome usted +esto; tío, coma usted lo otro»; y el tío, cada vez más encarnado y +alegróte, engullía cuanto le ponían en el plato, y como le llenaban el +vaso así como lo dejaba vacío, el resultado era que empinaba +continuamente el codo. + +Aparecieron los postres. Cubrióse la mesa de tajadas de melón, peras y +manzanas, avellanas y nueces; pero esto pasó sin gran éxito, +atreviéndose el tío sólo con algunos pedazos de fruta que le mandó +Juanito. + +Después, la clásica _sopada_, sin la cual don Juan no comprendía los +banquetes: una gran fuente de crema, en la que se empapaban apretadas +filas de pequeños bizcochos. Esto era lo mejor para los que, como él, +carecían de dentadura. Sabía a gloria; pero a pesar de tantos elogios, +recibió como en triunfo el turrón de Jijona y los pasteles de espuma. +También era esto del género de don Juan, adorador de las cosas blandas, +que se escurren dulcemente sin roce alguno hasta el fondo del estómago. +Con la boca llena de merengue contestaba a sus sobrinas, que estaban +cada vez más alegres, y aprobaba bondadosamente los cuidados de su +hermana por tenerle contento. Ahora había que retirar el vino de los +Escolapios: «no estaba en carácter»; y por esto el viejo saludó +alegremente la aparición en la mesa de las botellas de licor de +diferentes formas y clases. + +Las cepitas talladas de color rosa, que parecían flores, iban y venían +sobre la mesa, tan pronto llenas como vacías. La temperatura subía en el +comedor. El vaho ardoroso de la comida, el calor de los cuerpos, en los +que empezaba la digestión, y lo agitado de las respiraciones, parecían +caldear el ambiente. Los rostros se enrojecían, y a pesar de que llovía +en la calle y los transeúntes soplábanse las manos para ahuyentar el +frío, se sudaba en el comedor. Doña Manuela, con la majestuosa nariz +inflamada, como si fuese un pavo, hubo de pasarse la servilleta por la +húmeda frente. + +--¡Al salón!--dijo la señora--. Allí nos servirán el café. + +El tío prefería quedarse en la mesa. El café entraba también en la +comida; ¿por qué habían de moverse? Pero para su hermana era un detalle +de suprema elegancia tomar el café en el salón, y don Juan tuvo que +acceder y abandonar el comedor, jugando con sus sobrinas como si fuese +un niño. + +¡Vive Dios, que él no estaba borracho, pero a nadie podría negar que se +encontraba un poco alegre por culpa de aquellas picaras, de su hermana y +de los dos sobrinos! Todos estaban bien. Sentados en los mullidos +sillones del salón, encontrábanse como en la gloria, sacando hacia fuera +los rellenos vientres, que hervían como calderas al fuego de la +digestión, y sintiendo subir al cerebro un humillo tenue que al pasar +por los ojos tomaba un delicioso tinte rosa. + +Don Juan dábase cariñosas palmaditas en el vientre. Tal vez aquella +calaverada le costase después crueles desarreglos de estómago y una +semana de purgas; pero ¡vayanse al diablo los escrúpulos! un día es un +día, y a ver quién le quitaba lo gozado.... Nada, que aquel día era un +calavera; se burlaba de todo; y en prueba de ello, encendió el puro que +le ofrecía Rafael, a pesar de que el fumar aumentaba su los crónica. + +Ya estaba el café. Servíalo Adela, una muchacha remilgada y no mal +parecida, que imitaba a sus señoritas en el peinado, afectando un aire +de aristócrata caída en la desgracia. + +Don Juan, a fuer de mirar el servicio, que era de porcelana antigua, y +compararlo con otro más rico arrinconado en su casa, acabó por fijarse +en la criadita. Decididamente, no tenía la cabeza bien. ¡Mire usted que +pensar un hombre de su carácter y sus años que estaría mejor servido con +una chica así que con su vieja Vicenta...! Vaya; el _Chartreuse_, con su +calor de falsa juventud, hace pensar locuras.... «¡A tomarte el café, +viejo verde...!» Y se bebió la taza de un trago. + +Sonaba la campanilla de la puerta. + +--Será Roberto--dijo Concha. + +--Tal vez sea Andresito--exclamó Amparo--. Le prometió a Juan venir a la +hora del café. + +Eran los dos, que se habían encontrado en la escalera. + +Roberto del Campo, el amigo íntimo de Rafael, su mentor, que le guiaba +en el camino de la distinción y el buen gusto; un chico elegante, hijo +de una gran familia arruinada, uno de esos vástagos inútiles y +perniciosos que nacen inesperadamente en la tranquila burguesía a las +dos o tres generaciones de bienestar y riqueza, para castigar con sus +locuras y despilfarres el egoísmo y la rapacidad de sus antecesores. Era +un muchacho guapo, moreno, con nariz aguileña, barba negra y lustrosa; +una de esas cabezas gallardas, audaces y de enérgica belleza varonil que +se ven con frecuencia en las tribus bohemias. En su porte y en su traje +notábase la tendencia «flamenca» amalgamada con la fría corrección +burguesa. La educación del hogar confundíase con las costumbres de una +vida de estúpidas aventuras. Vestido de señorito, tenía algo de gitano; +cuando se disfrazaba de chulo, todos reconocían en él al señorito. Era +un ser doble, que flotaba entre la decencia y el encanallamiento. + +Según decían sus amigos, causaba sensación entre las mujeres. La +gitanería femenina le adoraba como un ídolo, pensando en sus conquistas +de señoritas; y éstas mirábanle como un ser extraordinario, como un Don +Juan irresistible, recordando ciertas historias de cantadoras flamencas +que, por sus desdenes, se habían tragado cajas de fósforos, y de +hermosas carniceras que abandonaban al marido para seguir a un mozo tan +adorable. + +En casa de doña Manuela, Roberto era muy bien acogido, especialmente por +Conchita. Era un chico que tenía muy buenas relaciones; es verdad que su +fortuna era poca, pues gran parte de la herencia de sus padres estaba ya +enterrada en los garitos o entre las uñas de los usureros, pero esto no +impedía que fuese un partido aceptable para las jóvenes de la clase +media, que, colgadas de su brazo, podían entrar en un reducido círculo +que ellas se imaginaban como el paraíso de la aristocracia. + +Junto a este hermoso ejemplar de la burguesía próximo a la decadencia, +Andresito Cuadros, el hijo del dueño de _Las Tres Rosas_, aparecía +empequeñecido y aplastado, con la delgadez amarillenta de un crecimiento +rápido y ese aire aviejado de todos los hijos únicos, a quienes las +atenciones exageradas de sus padres no dejan robustecerse. Era el hijo +del comerciante emancipado del mostrador y dedicado al estudio por la +ambición del papá. Docto y pedantuelo, algo engreído con los +sobresalientes de su carrera y acostumbrado a hacerse oír en casa como +un oráculo, asombrábase de que fuera de ella no le rindieran tributos de +admiración, y esto le producía tal cortedad, que muchos le tenían por +tonto. + +Los recién llegados, después de saludar a la mamá, deseándola +felicidades y ensartando los lugares comunes propios del caso, +sentáronse cerca de las dos niñas, que se mostraban complacidas y +ruborosas. + +Rafael voceaba en la puerta del salón para que trajeran pronto el café a +sus dos amigos, y Juanito, a falta de mejor ocupación, jugueteaba con la +traviesa _Miss_, cuyos movimientos iban acompañados por el repicante +cascabeleo de su pequeño collar. + +Don Juan, hundido en su butaca, con la nariz cada vez más roja y el +cigarro apagado entre los labios, seguía sonriendo beatíficamente. Su +hermana no le abandonaba. Acosábalo con atenciones, y hasta había +logrado hacerle tragar una copa de coñac. + +Visanteta acababa de servir el café a los dos señoritos recién llegados, +cuando la llamó su ama. + +--Di a Adela y a Nelet que entren. + +Toda la servidumbre de la casa se plantó a estilo de coro de zarzuela +ante el sillón de la señora. Entre los tres cruzábanse alegres miradas, +sonrisas de satisfacción. + +Era la ceremonia anual, el acto de dar los aguinaldos a los criados, por +ser el día de la señora. Con majestad teatral, doña Manuela dio un duro +a cada uno, más un pañuelo de seda a Visanteta, por lo satisfecha que +estaba de su mérito como cocinera. El ceño de la habilidosa muchacha se +dilató por primera vez en todo el día, y los tres salieron +apresuradamente con la alegría del regalo, oyéndose el ruido de sus +empellones y correteos. + +Esto obscureció un poco la sonrisa de don Juan. Decididamente, su +hermana era una loca, que odiaba el dinero. ¡Mire usted que tirar tres +duros tan en tonto! ¿No hubiera quedado lo mismo con tres pesetas? + +Pero su digestión de esquimal harto no le permitía indignarse, y escuchó +con expresión amable a su hermana, que, inclinada sobre él, apoyándose +en su misma butaca, le hablaba mimosamente, como si fuese una niña. + +--Hay que seguir las costumbres, Juan; si no, los criados, en vez de +respetarla a una, se encargan de desacreditarla. A ti de seguro que no +le parece bien dar un duro a cada criado; a mí tampoco, pero hijo mío, +la costumbre es la costumbre, y si una hace ciertas economías, la gente +cree que va de capa caída, suposición que a nadie gusta. ¿No crees tú lo +mismo? + +Él lo creía todo, con tal que le dejasen tranquilo en su digestión. Y +movió varias veces la cabeza en señal afirmativa. + +Doña Manuela se animaba y seguía hablando, No es que ella fuese +derrochadora; había tenido su época de apuros, como él sabía muy bien, y +conocía el valor de un duro. Pero había que quedar con dignidad, +sostener la honra de la casa, ahora que las niñas iban siendo casaderas, +y esto, ¡ay, Juanito mío! esto exigía grandes apuros y no menores +sacrificios. ¿Qué le pasaba a don Juan? ¿Había parado en seco su +digestión? La gozosa sonrisa desaparecía; sus ojos, entornados +voluptuosamente, volvían a entreabrirse para lanzar punzantes miradas, y +se agitó varias veces en la butaca, como huyendo de ocultos alfileres. +¡Todo sea por Dios! Él también tenía apuros y hacía sacrificios. El +mundo es así. Y probó dormirse, como hombre a quien no interesa la +conversación. + +Pero la hermana no calló. Ella economizaba, privándose de todo para +sostener la apariencia de la casa, hasta que las niñas encontrasen «un +buen partido»; pero a veces se tropieza con escollos insuperables y no +sabe una cómo salir a flote. + +--Pero... ¿duermes, Juan? ¿No me escuchas? Un gruñido dio a entender a +doña Manuela que su hermano la oía con los ojos cerrados. Esto bastó +para que continuase. + +Ahora mismo se hallaba en una de esas situaciones difíciles; algunas +deudas antiguas las había satisfecho con la paga de Navidad de sus +arrendatarios de la huerta, pero necesitaba con urgencia ocho mil +reales, pues el invierno exige grandes gastos. Ya que en la familia se +habían suavizado antiguas asperezas, a ella tenía que acudir en sus +apuros. ¿Y quién era su familia? Su hermano, y nadie más que su hermano. +Su Juan, a quien ella siempre había querido tanto, respetando sus sabios +consejos. + +--Tú no me abandonarás en este apuro, ¿verdad, Juan? Tú me prestarás esa +cantidad, y yo te la devolveré a San Juan, cuando cobre los otros +arriendos. ¿Quedamos en eso...? + +¡Qué habían de quedar! No había más que ver el mal humor con que don +Juan salió de su turbada digestión. + +--Pero, desgraciada, ¿de dónde quieres que saque yo ocho mil reales? Tú +te figuras, por lo menos, que yo apaleo las onzas. + +Doña Manuela protestó. Vamos, que ocho mil reales no son una cantidad +para arruinar a nadie. Además, ella prometía devolverlos a San Juan; y +al ver que su hermano sonreía irónicamente, lo juró con la mano puesta +en el exuberante pecho. + +--Y si no tienes los ocho mil reales (cosa que dudo), eso no importa, +Juanito mío. Con que firmes por mí, salgo de apuros. ¡Adiós digestión! +Ahora sí que don Juan salía de la placentera calma, despertando de su +amodorramiento. + +--Ya has enseñado la oreja. ¡Firmar...! ¡firmar...! ¿Tú crees que una +persona como Dios manda pone la firma, porque sí, al primer judío que se +presenta? Eso sólo lo hacen las locas como tú, que has firmado más papel +que un escribano, y miras con la mayor tranquilidad cómo tu nombre anda +por el mundo en pagarés siempre renovados, con condiciones que sólo +admiten las personas tramposas y sin crédito. + +Y además, ¿qué era aquello de la paga de los arriendos y de devolver los +ocho mil reales el día de San Juan? Mentiras y nada más que mentiras. + +--Yo lo sé todo, Manuela. No conservas un campo de los que heredaste de +papá que no tenga la correspondiente hipoteca. El dinero de tus +arrendatarios se va todo en intereses. Si se juntan todos tus acreedores +y exigen que les pagues las deudas, más los intereses disparatados que +les has reconocido, te verás en medio de la calle, perdiendo hasta la +camisa que llevas puesta. ¡Eh...! ¿qué tal? ¿Creías que yo no estaba +enterado de tus cosas? + +Doña Manuela estaba pálida e inquieta. Era una imprudencia expresarse +así a pocos pasos de aquel grupo donde estaban Roberto y Andresito, dos +extraños que no podían imaginarse la verdadera situación de la casa. Por +fortuna, Concha y Amparo atraían la atención de los dos; además, las +niñas, a ruegos de los pollos, iban a hacer un poco de música y canto. + +Tal vez el piano amansase a don Juan; pero... ¡quia! éste formaba parte +de las fieras, a quienes domina la música, y con gran pesar de su +hermana no salía de su indignación. + +--¿Para esto me has convidado...? Tú has dicho: «Le daremos bien a +comer, procuraremos emborracharlo, y después, cuando esté tierno... ¡el +sablazo!» Pues hija, te equivocas. Ni ahora ni nunca conocerás el color +de mi dinero. No pienso hacer nada por ti. Cuando murió tu segundo +marido me prometiste ser un modelo de economía y prudencia; y yo fui tan +tonto, que perdí el tiempo y hasta algún dinero para poner a flote tu +fortuna, que hacía agua por todas partes como un barco viejo.... Déjame +acabar, Manuela; no me interrumpas. ¿Quieres hacerme creer que aún lo +conservas todo libre de trampas, tal como yo te lo entregué? ¡Quia, hija +mía! En este siglo no hay milagros, y con quince mil duros de capital no +se sostiene un carruaje ni el boato que tú gastas. Lo sé todo; y si no, +escucha. + +Y don Juan, con gran abundancia de detalles, como hombre versado en los +negocios, fue describiendo a su hermana el estado de su fortuna. No +tenía un pedazo de tierra libre del peso de una hipoteca; las rentas +apenas si daban para los réditos, y hasta la misma casa en que ella +vivía era una finca que producía poco, por culpa de su vanidad. + +--Cuando al quedar viuda te pusiste en mis manos, vivías en una de las +dos habitaciones del piso segundo y tenías alquilado este principal. Un +duro diario es una gran cosa, y más en tu situación. Pero tú no podías +acostumbrarte a ser señora de muchos escalones, como dices en tu jerga; +querías tu salón y tu carruaje, como en los tiempos de loco despilfarro, +y con el pretexto de que las niñas crecían y era preciso pollear y +mentir, bajaste a este piso, y bajó la renta también aumentando los +gastos. Ya que no podías tener un tronco, carretela y berlina, como en +otra época, vendiste un campo para comprar la galerita y el caballo y +mantener a ese bigardón, hijo de la tía Quica, que os roba la cebada y +las algarrobas.... Sé que te fastidia oír todo esto, pero te lo digo +para que sepas que no me chupo el dedo ni se me engaña fácilmente.... +Nunca me he forjado la ilusión de convertirte. Tú serás siempre la misma +Manuela, la loca, la pretenciosa, y morirás cuando gastes el último +céntimo. Cada uno nace con su carácter, y tú eres de aquellos a quienes +el pobre papá cantaba la antigua copla: + +/* + _Arròs y tartana_, + _casaca a la moda_, + ¡_y ròde la bola_ + _a la valensiana_! +*/ + +Y como si la cancioncilla del tío fuese la señal para que comenzase la +música de las niñas, éstas atronaron el salón con el tecleo del piano y +los gorjeos esforzados. + +Don Juan cobró ánimos con este estrépito. Al ver que los muchachos sólo +atendían al piano, siguió hablando, pero levantó más la voz, con gran +alarma de su hermana. + +--Marchas a tu perdición, Manuela. Cuando estés en la miseria, siempre +me acordaré de que soy tu hermano, y tendrás donde comer tú y los +tuyos.... Pero dinero, ¡ni un céntimo! + +Doña Manuela levantó la cabeza con altivez, mostrando la mirada ardiente +y las mejillas rubicundas. + +--Gracias por la limosna--dijo con ironía--. Pero aún no he llegado ahí. + +--Llegarás, llegarás--repuso don Juan sin perder la calina--. Estás en +el camino. Hoy todavía puedes sostenerte, y al ver que te niego los ocho +mil reales, buscarás a doña Clara, esa bruja prestamista, o a otra +persona de la clase, y firmarás un pagaré por doce o catorce mil. Estás +metida en el barro y no saldrás nunca de él; por más esfuerzos que hagas +te hundirás. Si no te conociera tanto, te daría la mano; pero no: «una y +no más, Santo Tomás»; me acuerdo mucho de la atención con que seguiste +mis consejos. + +La señora estaba indignada por el lenguaje rudo de su hermano. Era muy +dueño de no darle aquella miseria; al fin, resultaba lo que ella había +creído siempre: un avaro sin corazón. Pero su demanda no le autorizaba +para aburrirla con tanto sermoneo. + +--Cállate, Juan; me pones nerviosa con tus groserías. + +--Callaré, hija; no quiero molestarte en un día como éste. Pero sólo me +resta hacerte una advertencia. Los que están tan ahogados como tú, se +agarran a un clavo ardiendo. Juanito posee una finca que vale algo: el +huerto de Alcira, que has tenido que respetar en calidad de bienes +reservables. Como ahora el chico es mayor de edad y te quiere tanto, te +advierto que si para hacer dinero lo mezclas en tus líos tendrás que +vértelas conmigo. Yo soy su tutor, por encargo de su pobre padre, y +aunque mi misión ha terminado legalmente, me creo en el deber de +defenderlo, pues es un bonachón al que engaña cualquiera.... Y no te +digo más. + +Los dos hermanos callaron. Se hundió él en su sillón, mirando a los +chicos, y ella quedó con los ojos fijos en el suelo, el ceño fruncido y +las mejillas de un rojo violáceo, como si la rabia le produjese +erisipela. + +Rafael había salido del salón, Juanito jugueteaba con _Miss_, cada vez +más inquieta y ladradora, y Roberto, apoyado en el piano, hablaba con +Concha, que sonreía, tecleando nerviosamente, haciendo escalas que +parecían cabriolas e iniciando temas conocidos, que se confundían +fantásticamente. + +--¿Dónde diablos están los otros?--pensaba el tío, paseando su vista por +el salón. + +Y los otros, o sea Amparo y Andresito, estaban en un balcón, mirando a +la calle con la nariz pegada al vidrio y protegidos por los cortinajes. +El bebé, con sus ingenuidades de loquilla, tenía una habilidad diabólica +para salirse siempre con la suya. Había maniobrado hábilmente para +llevarse al hijo de Cuadros hacia aquel balcón, donde estaba la niña +como en su casa, lejos de miradas indiscretas y oídos curiosos. + +Primero, habían hablado del tiempo, riéndose de los arabescos +caprichosos que trazaban las gotas de lluvia escurriéndose por el +cristal; pero el joven, pálido y tembloroso, como si le atormentase +algún pensamiento oculto, guiaba la conversación insensiblemente, y +Amparito se dejaba arrastrar, segura de que por cualquier camino +llegaría siempre adonde ella deseaba. + +El tío miraba atentamente el cortinaje del balcón y las piernas de +Andresito, que era lo único visible de la pareja. En un momento que +Concha cesó de teclear, oyó la voz de Amparo, que sonaba lejana, como +amortiguada por las cortinas. + +--Pero Andresito... ¡si somos tan jóvenes! + +¡Jóvenes! ¿Y qué importaba eso? Para el amor no hay edades, así como +tampoco existían clases. Lo aseguraba él, que era persona competente en +tal materia, por ser poeta y no inédito, pues sus triunfos había +alcanzado en la Juventud Católica. Además, él no era ningún niño; dentro +de cuatro años sería abogado, y después, ¿quién sabe...? Su imaginación +veía confusamente en lontananza ese algo que acarician todos los +aprendices de legistas. Un sillón de magistrado, una poltrona de +ministro o un taburete de escribiente... cualquier cosa; lo importante +era sentarse en algún sitio. + +No, no eran jóvenes para amarse. Ya lo había dicho él en un soneto y +media docena de quintillas escritas con el pensamiento puesto en +Amparito. El amor no tiene edad. Él la adoraba con la inmensa pasión de +los grandes poetas; y hablaba de Dante y Beatriz, de Petrarca y Laura, +de Ausias March y Teresa. Amparito escuchaba sonriente, complacida por +esta letanía de poetas. Todos muy señores míos, pero que los oía mentar +por vez primera, a excepción de Ausias March, por ser su nombre el de la +calle donde ella tenía su modista. + +A él le era imposible vivir si Amparito se negaba a amarle; necesitaba, +para no aborrecer la vida, que ella se decidiese a ser su musa, su +inspiración. Y el lindo bebé, aunque por costumbre seguía riendo, +sentíase muy satisfecha en su interior de ser musa de alguien, honor que +jamás alcanzaría su hermana Concha. La consideración de hacerse superior +a su hermana era lo que más la empujaba a decir que sí. Además, un novio +no se presenta a cada instante, y aunque existe el inconveniente de que +ella era hija de un doctor famoso--según afirmaba la mamá--, y los +padres de Andresito eran unos ordinarios--también según doña Manuela--, +confiaba que, con el tiempo, la brillante posición que se proponía +conquistar el chico lo allanaría todo. + +Y cuando con más calor hablaba Andresito de sus tormentos amorosos, la +niña le interrumpió, diciéndole con su tonillo bromista, como quien +accede a tomar parte en un juego: + +--Bueno; seremos novios... pero ¡por Dios! que nada sepa la mamá. + + + + +IV + + +El Carnaval de aquel año fue muy alegre para la familia de doña Manuela. + +Las niñas se divirtieron. Rafaelito era socio de todos los círculos +distinguidos y decentes donde se baila, mientras arriba, en una +habitación con luces verdes, guardada y vigilada como antro de +conspiradores, rueda la ruleta con sus vivos colorines o se agrupan los +aficionados en torno de las cuatro cartas del _monte_. + +¡Qué noches aquéllas de emociones, de nerviosas alegrías, de mareos +voluptuosos, y después de aplastamiento, de brutal cansancio...! Juanito +era el encargado de abrir la puerta cuando la familia volvía del baile. +En la madrugada, cerca de las cuatro, oía chirriar los pesados portones, +entraba el carruaje en el patio, con gran estrépito, y él saltaba de la +cama metiéndose los pantalones. La entrada de la familia le deslumbraba, +sintiendo el infeliz una impresión de vanidad. Las hermanitas, vestidas +unas veces con trajes de sociedad, obra de una modista francesa, y que +todavía estaban por pagar; graciosamente disfrazadas otras de +labradoras, de _pierrots_ o de calabresas; Rafael, de etiqueta, embutido +en un gabán claro, tan corto de faldones que parecía una americana; y +la mamá satisfecha del éxito alcanzado por sus niñas, y a pesar del +cansancio, sonriente y majestuosa con su vestido de seda, que crujía a +cada paso, y encima el amplio abrigo de terciopelo, Juanito contemplaba +con el cariño de un padre este desfile desmayado que iba en busca de la +cama, arrojando al paso en las sillas los adornos exteriores. La mamá +era siempre para él un ídolo, un ser superior, y los hermanos, al verlos +tan elegantes, le hacían recordar la época en que él, pequeño, pero +avispado por el desvío maternal, les servía de niñera cuidadosa, +llevándolos en sus brazos y sufriendo con sublime abnegación sus +infantiles caprichos. + +Levantábase mal arropado, tosiendo y tembloroso, a abrir la puerta, pues +era preciso dejar, dormir a las criadas, para que al día siguiente el +cansancio no las entorpeciera en sus trabajos. Además, la vista de su +familia parecía traerle algo de los esplendores de la fiesta, el perfume +de las mujeres, los ecos de la orquesta, el voluptuoso desmayo de las +amarteladas parejas, el ambiente del salón, caldeado por mil luces, y el +apasionamiento de los diálogos. Y después de aspirar ese perfume +fantástico de un mundo desconocido que su familia parecía traerle entre +los pliegues de sus ropas, el pobre muchacho volvía a la cama, para +dormir tres horas más y emprender después el camino de la tienda, +mientras la mamá y los hermanos roncaban su primer sueño con la fatiga +propia de las noches de baile. + +Después, a la hora de la comida, eran los comentarios, los recuerdos +agradables, los berrinches por supuestas ofensas que en el primer +instante habían pasado inadvertidas, y que, agrandándose ahora en la +imaginación, pedían venganza. Las dos niñas recordaban la ligera sonrisa +de las de López al examinar sus disfraces de calabresas. ¡Reírse de +ellas! ¡Las muy cursis! Mejor harían en darse una vueltecita alrededor +de ellas mismas, pues no es muy chic ir siempre a los bailes con el +mismo dominó blanco, de modo que al entrar con la careta puesta, toda +la pollería gritaba: «¡Ya están ahí las de López!» + +Aparte de estos disgustos colectivos, las dos niñas los sufrían también +particularmente. Conchita estaba furiosa contra Roberto del Campo, «el +pollo bonito», como le llamaban algunas. Mucha palabrería, requiebros a +granel; pero de declaración seria y formalmente... ¡ni esto! Bailaba con +ella, y a lo mejor abandonaba a su pareja y salía del salón, para no +reaparecer hasta la hora del _galop_ final. Su excusa era siempre la +misma: tenía algo que arreglar con Rafaelito. + +--¿Dónde os metéis, condenados?--preguntaba la hermana al día +siguiente--. ¿Qué diversión es esa que os hace tan groseros? + +--Mujer, son cosas de hombres. Mientras vosotras bailáis, nosotros nos +dedicamos a ocupaciones más serias. + +Serias, sí; tan serias eran, que Rafaelito tenía frita a la mamá--según +propia expresión--, pidiéndola cinco duros al día siguiente de los +bailes. El Carnaval tenía para él mala pata, y al susurro de la orquesta +que sonaba abajo, salía bailoteando siempre la carta contraria y se +llevaba al montecillo del banquero las pesetas de mamá. + +Amparo también tenía sus disgustos. Lo que a ella le pasaba no podía +ocurrirle a nadie. Aquello no era tener novio ni tener nada. Vamos a +ver: ¿para qué tiene novio una muchacha? Para lucirlo, para que lo vean +las amigas y rabien un poco... ¿no es verdad? Pues ella no podía darse +tal placer. Andresito no tenía un cuarto y no era socio de los círculos +donde iba ella. Sus papas lo llevaban bastante elegantito, eso sí, pero +limitábanse a darle los domingos tres pesetas y un sermón encargándole +que no fuese derrochador ni calavera, que mirase en qué gastaba su +dinero... y mucho cuidadito con meterse en sitios malos. Mendigaba +alguna invitación en las redacciones de los periódicos, y si la +conseguía, iba al baile, pero sólo hasta la una. ¿Ha visto usted? Hasta +la una, la hora en que iban llegando las amigas y el baile comenzaba a +animarse. Sólo una vez consiguió que Andresito se esperase hasta las +dos, pero al día siguiente sospechó con fundamento que en _Las Tres +Rosas_ habían estado a la espera, tras la puerta, unos ásperos bigotes y +una vara de medir, para dar las «¡buenas noches!» en las costillas al +bailarín rezagado.... ¿Era esto un novio serio? Y luego, aunque se quede +usted sólita en el baile, mucho cuidado con aceptar invitación de tantos +pollos amables, porque si el señor sabe que se ha bailado, pone un +hocico inaguantable y habla de un tal Otelo, y dispara un soneto en que +le pone a una de pérfida, perjura e infiel, que no hay por dónde +cogerla.... No señor; la cosa no puede seguir así. Ella se tenía la +culpa, por no hacer caso de mamá, que decía que los de _Las Tres Rosas_ +eran unos ordinarios. Andresito era un buen chico, pero ella no podía +estar en ridículo y que las amigas le preguntasen irónicamente por su +novio. Como se decidiera otro que estaba a la vista, era cosa hecha: +plantaba a Andresito. + +Llegaron los tres días de Carnaval. Por las mañanas, entre las +estudiantinas y comparsas que corrían las calles, pasaban las familias +ostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el +justillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles. Los ciegos y +ciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo lo +que se canta iban en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de +pescadores u odaliscas, mal pergeñados, con mugrientos trajes de +ropería. + +Muchachos con pliegos de colores voceaban las _décimas y cuartetas_, +_alegres y divertidas_, _para las máscaras_, colecciones de disparates +métricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocar +alaridos de alegre escándalo en la Alameda. En la puerta del Mercado +vendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con +sonoros cascabeles, y caretas pintadas, capaces de oscurecer la +imaginación de los escultores de la Edad Media, unas con los músculos +contraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendo +por la mejilla; otras con una frente inmensa, espantosa; caras de +esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que son +higos aplastados, o que se prolongan como serpenteante trompa con un +cascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada y +carrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde. + +Los estudiantes, con el manteo terciado, tricornio en mano y ondeante en +la manga el lazo de la Facultad, corrían las calles como un rebaño loco, +asediando a los transeúntes para sacarles el dinero en nombre de la +caridad. Por la plazuela de las de Pajares desfilaron los de Medicina y +Derecho, y en torno de la enhiesta bandera amarilla o roja, las músicas +rompieron a tocar alegres valses, que rápidamente poblaban los balcones. + +La expansión ruidosa de la juventud libre y sin cuidados invadía la +plaza como una atronadora borrachera. Volaban los tricornios a los +balcones; cada cara bonita provocaba floreos interminables, en los que +la hipérbole dilatábase hasta lo desconocido; y había muchacho que, +impulsado por alguna copita traidora, despreciaba la vulgar invitación +de las escaleras y se encaramaba por la fachada, agarrándose a las +rejas, para entregar un ramo de flores a la niña y pedirle un duro a la +mamá. Concha y Amparo recibían una ovación y doña Manuela, roja de +orgullo, repartía sonrisas y pesetas a todo el enjambre de diablos +negros, voceadores y gesticuladores que se agolpaba bajo el balcón. A +espaldas de ellas estaba Andresito Cuadros, que acababa de entrar en el +salón con el manteo terciado, una bayeta infame que tiznaba de negro la +camisa y la cara. Llevaba ramos para la mamá y las niñas, y estuvo +locuaz, atrevido, aunque, con gran desencanto de Amparito, no intentó +como los otros, subir por la fachada, sistema que a ella le parecía muy +interesante. + +Por la tarde, Nelet enganchaba la galerita, y a la Alameda, donde la +fiesta tomaba el carácter de una saturnal de esclavos ebrios. + +El disfraz de labrador era un pretexto para toda clase de expansiones +brutales; y acompañados por el retintín de los cascabeles de las ligas, +trotaban los grupos de zaragüelles planchados, chalecos de flores, +mantas ondeantes y tiesos pañuelos de seda. Un berrido ensordecedor, un +«¡_che_... _e_..._e_!» estridente, prolongado hasta lo infinito, como el +grito de guerra de los pieles rojas, conmovía las calles. Las criadas, +endomingadas, huían despavoridas al escuchar el vocerío; y pasaba la +tribu al galope, dando furiosos saltos, con sus caretas horriblemente +grotescas y esgrimiendo por encima de sus cabezas enormes navajas de +madera pintada con manchas de bermellón en la corva hoja. Revueltos con +ellos, iban los disfraces de siempre: mamarrachos con arrugadas +chisteras y levitas adornadas con arabescos de naipes; bebés que +asomaban la poblada barba bajo la careta y al compás del sonajero decían +cínicas enormidades; diablos verdes silbando con furia y azotando con el +rabo a los papanatas; gitanos con un burro moribundo y sarnoso tintado a +fajas como una cebra; payasos ágiles, viejas haraposas con una +repugnante escoba al hombro, y los tíos de «¡al higuí!» golpeando la +caña y haciendo saltar el cebo ante el escuadrón goloso de muchachos con +la boca abierta. + +Toda esta invasión de figurones que trotaba por la ciudad, voceando como +un manicomio suelto, dirigíase a la Alameda, pasaba el puente del Real +envuelta con el gentío, y así que estaban en el paseo, iban unos hacia +el Plantío para dar bromas insufribles, sonando las bofetadas con la +mayor facilidad. La galerita de las de Pajares, a pesar de su cubierta +charolada, de los arneses brillantes y de sus ruedas amarillas, tan +finas y ligeras que parecían las de un juguete, aparecía empequeñecida y +deslustrada en el gigantesco rosario de berlinas y carretelas, faetones +y dog-carts que, como arcaduces de noria, estaban toda la tarde dando +vueltas y más vueltas por la avenida central del paseo. + +Rafaelito habíase disfrazado de _clown_, y con otros de su calaña +ocupaba un carro de mudanzas, sobre cuya cubierta hacían diabluras y +saludaban con palabras groseras a todas las muchachas que estaban a tiro +de sus voces aflautadas. ¡Vaya unos chicos graciosos! + +El carruaje de doña Manuela llevaba escolta. Un buen mozo con negro +dominó, montando un caballo de alquiler, marchó toda la tarde como +pegado a la portezuela, hablando con Concha, mientras la mamá y Amparo +miraban las máscaras. Era Roberto del Campo, el cual, a pesar de su +gallardía, iba resultando un posma, que sólo sabía decir floreos, sin +llegar nunca a declararse. La mamá comenzaba a no encontrar tan seductor +a aquel espantanovios. Dios sabe cuántas proposiciones habría perdido la +niña por culpa de aquel hombre, que gozaba todas las intimidades de un +novio, sin decidirse nunca a serlo. Pero Conchita se mostraba sorda a +los consejos de mamá. Ella lo pescaría; los hombres que las echan de +listos caen cuando menos lo esperan: todo era cuestión de tiempo y de +presentar buena cara. + + +Pasó el Carnaval y doña Manuela se vio en plena Cuaresma. Era la hora de +purgar los derroches y las alegrías de la temporada anterior. La modista +francesa presentaba la cuenta de los trajes de las niñas, y además hacía +falta dinero para los gastos de la casa. Total, que doña Manuela +necesitaba tres mil pesetas. + +Su amiga doña Clara, la corredora de los prestamistas, de la que don +Juan hablaba pestes, no encontraba dinero para la viuda de Pajares. + +--Francamente, doña Manuela: ¡tiene usted por ese mundo tantos pagarés +renovados y con intereses que no siempre se cobran...! Mis amigos se +niegan a dar un céntimo. ¡Si usted encontrase una persona con garantías +que quisiera avalar su firma...! + +¡Persona con garantías...! No era tan fácil encontrar esto, que los +prestamistas pedían con tanta sencillez. Allí estaba su hermano, que +solamente con una palabra podía sacarla del apuro; pero no había que +pensar en semejante miserable, capaz de dejar perecer a toda su familia +antes que desprenderse de una peseta. ¡Qué angustiosa situación! ¡Y que +una persona distinguida como ella tuviera que verse en tal aprieto por +unas cuantas pesetas, cuando tantos miles había arrojado por la ventana +en otros tiempos...! + +Había que pagar a la modista; la idea de que ésta podía decir la verdad +a sus parroquianas, todas señoras distinguidas, horrorizaba a la viuda, +a pesar de que no tenía la menor amistad con ellas. Y a fuerza de +cabildeos, acabó por encontrar la solución. La tenía al alcance de su +mano. Juanito, propietario y mayor de edad, era la firma con garantías +que ella necesitaba. En cuanto a las amenazas de don Juan, que había +previsto el caso, se burlaba de ellas. ¿No era Juanito su hijo? + +Nunca vio el pobre muchacho tan dulce y complaciente a su mamá. La +escuchó, como siempre, embelesado, deleitándose con el eco de su voz, y +la madre tuvo necesidad de repetir sus peticiones para que Juanito se +diese cuenta de lo que decía. A pesar de su fanática adoración, el +muchacho experimentó cierto sobresalto al enterarse de que se le pedía +una firma por valor de tres mil pesetas. No lo podía remediar. Estaba +amasado con pasta de comerciante, y en cuestiones de dinero reaparecía +en él lo que tenía del padre y del abuelo. + +--Pero mamá, ¿tan mal estamos de fortuna? + +Doña Manuela estuvo elocuente. La vida cada vez más cara, las exigencias +del rango social muy costosas, y sobre todo, los hijos, ¡ay, los +hijos...! ¿Tú sabes, Juanito, lo que me costáis? + +Y Juanito callaba, a pesar de que tenía razones de sobra para responder. +Desde la muerte de su padre se había comido la viuda la renta de su +huerto; lo llevó vestido hasta los veinte años con los desechos de su +padrastro; había ahorrado a su madre el gasto de una criada, cuidando +fervorosamente a sus hermanitos, aguantando sus rabietas de criaturas +nerviosas, y hacía ya diez años que ganaba su salario en _Las Tres +Rosas_, entregándolo íntegro a la mamá. ¿Qué gastos hacía él, vamos a +ver? En cambio, los otros.... Pero a los otros había que dejarlos en +paz. Él los quería lo mismo que a mamá, y su pena era no poder darles +más. Y el pobre muchacho callaba, sufriendo pacientemente las irritantes +mentiras de doña Manuela, que seguía hablando de los sacrificios por los +hijos. En fin, que necesitaba tres mil pesetas, y esperaba que Juanito, +su niño querido, salvaría la casa. + +--Pero mamá, podíamos hablarle al tío. Él nos dejaría esa cantidad sin +intereses. + +¿Al tío...? ¡Horror! Ni una palabra. Era un egoísta, un grosero, un +hombre sin educación. + +--Cuidado, Juan, con decirle una palabra. Darías un disgusto a tu mamá. + +--Pues entonces, puedo pedirlas a mi principal. Aunque don Antonio anda +ahora muy ocupado en eso de la Bolsa, siempre tendrá tres mil pesetas +para favorecer a unos buenos amigos. + +Tampoco. A ése, menos. No quería adquirir compromisos con unas personas +así... tan ordinarias. Justamente había sabido el día anterior que +Amparito tenía relaciones con el hijo de Cuadros, y había experimentado +un verdadero disgusto. Unas relaciones sin «sentido común». ¡Casar a +Amparito, a la hija del doctor Pajares, con el hijo de Teresa, que había +sido criada de doña Manuela! No; la familia no había llegado aún tan +bajo, y aunque apurada, no estaba para emparentar con una fregona. Ya se +sabía que Antonio Cuadros se había lanzado en plena Bolsa, y aunque con +timidez, hacía sus operaciones; pero cuando tuviera muchos miles de +duros, ¡muchos! entonces podía volver Andresito... y veríamos. +Decididamente, no quería pedir préstamos a una gente inferior, que la +trataría con desdeñosa confianza al conocer sus apuros. + +Y descartados don Juan y el comerciante, doña Manuela volvió a la carga; +el hijo intentó resistirse, pero al fin le aturdieron las caricias +maternales y firmó cuanto quiso la mamá. + +La consideración de que parte de aquel dinero era para pagar el abono de +las tres butacas que la familia tenía en el Principal a turno impar le +hizo decidirse. Sin teatro, ¿qué iban a hacer sus hermanitas? ¿Para qué +aquellos trajes que tan caros costaban? Allí podían encontrar buenas +proposiciones que asegurasen su porvenir, y sería una crueldad que él +cortase la carrera a las dos muchachas. + +Y Juanito sintióse feliz, en aquella temporada de Cuaresma, cada noche +que cenaba con la familia, puesta de veinticinco alfileres, comiendo +incómoda con la _toilette_ de teatro y estremeciéndose de impaciencia, +mientras abajo sonaban las coces del caballo contra los guijarros del +patio y los tirones que daba a la galerita. + +Cantaba un tenor «eminencia», uno de esos tiranuelos de la escena que +cobran por noche cinco mil francos para entonar una romanza o un dúo y +estar de cuerpo presente en el resto de la obra. Era signo de distinción +y de buen gusto dejarse robar por la eminencia; se congregaba para +cruzar sonrisas y saludos lo mejorcito de Valencia, y las dos niñas +pasaban el día siguiente hablando con entusiasmo del _do_ de pecho del +tenor y de los vestidos escotados de las del palco 7; de los diamantes +de la tiple y de la facha ridícula del director de orquesta, un tío +melenudo, con gafas de oro, que en los momentos difíciles braceaba como +un loco, se levantaba del sillón y parecía querer pegarles a los +músicos, a los artistas y hasta al público. + +El gran tenor y sus triunfos figuraban en todas las conversaciones, y al +fin, el pobre muchacho cayó en la tentación, no de oír el _Otello_ de +Verdi, sino de ver el bicho raro que abriendo la boca se tragaba cinco +mil francos de una sentada. Él, que sin remordimiento había firmado por +tres mil pesetas, tuvo que reflexionar y hacer un esfuerzo supremo para +gastarse cuatro. ¡Alguna vez había de ser calavera! Y empujado por la +muchedumbre, asaltó las alturas, el «paraíso» de fuego, donde, +acoplándose cada espectador entre las rodillas del vecino inmediato, +formaba el público un mosaico apretado y sólido. Allí permaneció toda la +noche, confundido con la demagogia lírica, sin entender una palabra, +fastidiándose horriblemente, diciendo en su interior que aquella música +era como la de las iglesias, pero sin valor para estornudar ni mover pie +ni mano, por miedo a aquellos señores que oían con la boca entreabierta, +los ojos puestos en el techo, inertes y extasiados como fakires en el +_nirvana_, y que, al menor ruido, ponían el mismo gesto que si un ratero +les hurtase el bolsillo. Al terminar el acto, armaban una algarabía de +mil diablos, discutiendo e insultándose en un _caló_ ininteligible, y +sacando a colación la madera, el metal y la cuerda, como si tratasen de +construir un navio. + +Juanito, contagiado por el ardor de pelea que reinaba en las alturas, +sentía tentaciones de gritar que aquello era fastidioso y lo de los +cinco mil francos un robo; pero callaba, por miedo a los energúmenos +artísticos, y consolábase mirando abajo las rojas filas de butacas, +donde se destacaban los lindos sombreros de sus hermanas y la majestuosa +capota de mamá. Un sentimiento de orgullo le invadía al contemplar a su +familia tan esplenderosa en aquel ambiente cargado de luz y de perfume, +y hasta ciertos instantes le faltó poco para llamar a Amparito y hacerle +un cariñoso saludo. + +¡Y pensar que en casa se pasaban tantos apuros para sostener aquel lujo! +¡Quién lo diría viéndolas tan elegantes y risueñas, especialmente la +mamá, que lucía brillantes en pecho, orejas y manos, y que antes quería +pasar hambre que deshacerse de ellos...! Y el pobre muchacho, siguiendo +la corriente de la lógica, pensaba con horror si todas las señoras que +allí estaban cargadas de flores y joyas, exhibiendo sus sonrisas de +mujer feliz, habrían tenido que pedir prestado como su madre.... El +recuerdo de esta noche quedó en la memoria de Juanito con una impresión +de calor asfixiante y aburrimiento inmenso. Al avalar el pagaré de su +madre, había pensado revelar a su tío esta debilidad, pues incapaz de +hacer nada por cuenta propia, se lo consultaba todo a don Juan. Pero +esta vez fue perezoso; transcurrió el tiempo sin encontrar ocasión para +ir a casa de su tío, y al fin nada le dijo. + +Además, su posición en _Las Tres Rosas_ tenía a Juanito pensativo y +preocupado. Desde que su principal se dedicaba en cuerpo y alma a la +Bolsa, animado por ciertas jugadas de fortuna, Juanito era de hecho el +dueño de la tienda. La mañana pasábala don Antonio conferenciando con +los corredores en la trastienda, leyendo los despachos bursátiles de los +periódicos, haciendo comentarios y sosteniendo disputas con ciertos +amigos nuevos que formaban corro a la puerta del establecimiento y +hablaban con calor de la alza y la baja, los enteros y los céntimos. Por +la tarde íbase a la Bolsa, de donde volvía al anochecer, sudoroso, +enardecido, llevando en su mirada la fiebre de los conquistadores. + +Aquel hombre parsimonioso, de costumbres morigeradas, estaba en plena +revolución. Vivía inquieto, nervioso, y en sus palabras y ademanes +notábase cierto tono de grandeza, sin duda por la costumbre adquirida de +hablar de millones y más millones con tanto desprecio como si fuesen +pañuelos de dos pesetas docena. Las cosas de la tienda tratábalas ahora +con indiferencia, como asuntos sin importancia, dignos sólo de una +capacidad vulgar. Encargó a Juanito de la dirección de la casa, y cada +vez que éste le consultaba, respondía con displicencia: + +--Haz lo que quieras, hijo mío. Allá tú. Aunque salga mal algún negocio, +no me arruinaré. Yo estoy ahora en mi verdadero terreno; he encontrado +el filón. + +Y pasando por él una ráfaga de confianza, desarrollaba un panorama tan +encantador a los ojos de su dependiente, que los instintos de +comerciante rapaz despertaban en éste y se estremecía de pies a cabeza +con el escalofrío de la ambición. ¡Vaya un negocio ruin el de la tienda! +Trabajar rudamente, exponerse a pérdidas, sufrir la mala educación de +los compradores, todo para juntar, céntimo tras céntimo, unos cuantos +miles de reales a fin de año. Para negocios, los suyos. Daba sus órdenes +a los corredores, se acostaba tranquilo y al día siguiente levantábase +con la noticia de haber ganado mil duros sin trabajo alguno. Era verdad +que se corría el peligro de perder mucho, muchísimo; pero cuando se +tenía una cabeza como la suya, buenos amigos, excelente información y un +acertado golpe de vista, no había cuidado. + +Y el infeliz mortal poseedor de tantas cualidades paseaba por la tienda +ante su asombrado dependiente, con toda la prosopopeya de un hombre que +tiene agarrada la fortuna por los pelos y no piensa soltarla.... Y todo +porque con unas cuantas operaciones tímidas, yendo a la zaga de otros +más expertos, había ganado mil duros. + +Todo quiere empezar; y él, puesto ya en el camino de la suerte, +aseguraba a su dependiente que antes de un año tendría millones, sí +señor, millones no nominales ni de mentirijillas como los que compraba y +vendía en la Bolsa, sino reales y efectivos, prontos a convertirse en +fincas o en acciones. ¿Dónde estaban ahora esos ignorantes capaces de +asegurar que en la Bolsa se encuentra la ruina? Buenos ejemplos tenía a +la vista para convencerse de su error. Todo el mundo jugaba. Gentes que +un año antes no tenían sobre qué caerse muertas gastaban ahora carruaje +propio; comerciantes que no podían pagar una letra de veinticinco +pesetas jugaban millones, dándose una vida de príncipes; y la Bolsa, +«aunque a él le estuviera mal el decirlo», era una gran institución, +porque gracias a ella corría el dinero y había prosperidad, y un hombre +podía emanciparse de la esclavitud del mostrador, haciéndose rico en +cuatro días. Y si lo dudaba Juanito, que mirase a López, ése cuya señora +era amiga de la mamá. Pues el tal López no tenía un céntimo, pero metió +la cabeza en la Bolsa, y ahora no se dejaría ahorcar por ochenta mil +duros, ni por cien mil. En resumen: que a él le importaba un bledo la +tienda, y se burlaba de aquel comercio a la antigua, que sólo servía +para que los hombres de capacidad financiera se matasen trabajando como +unos burros, para comer sopas a la vejez. + +Justamente, en la época que don Antonio abandonaba su tienda, cada vez +más atraído por los negocios, fue cuando Juanito comenzó a sentirse +dominado por una preocupación. + +Entre las parroquianas de la casa había una joven que los dependientes +designaban con el apodo de «la beatita». Era una criatura tímida, dulce, +encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonreía a cada palabra, como +pidiendo perdón. Evitaba entenderse con los dependientes, sin duda por +molestarla sus exagerados cumplimientos, ese afán de decir a toda +parroquiana, con voz automática, que es muy bonita, para despachar mejor +la mercancía; y apenas entraba en la tienda, buscaba con los ojos a +Juanito, muchacho juicioso, tan tímido como ella y que no se permitía el +menor atrevimiento. + +Los dos se entendían perfectamente. Discutían con gravedad el precio y +la clase de las telas; y tan grande era la simpatía, que si aquel +grandullón de enormes barbas osaba decir una palabra un poco alegre, «la +beatita» sonreía con toda su alma, mostrando una dentadura igual y +brillante. + +Iba con frecuencia a _Las Tres Rosas_, por ser los géneros baratos, y +Juanito, insensiblemente, recogiendo hoy una palabra y uniéndola con +otra tres días después, se enteró de quién era. + +Llamábase Antonia. Trabajaba de costurera a domicilio, y tenía tan +buenas manos, que se la disputaban las parroquianas, señoritas de escasa +fortuna, que acogían como una felicidad el confeccionar en sus casas +vestidos iguales a los de las modistas. Era huérfana. Su padre había +sido cochero en una casa grande; su madre, portera. La difunta señora, +una condesa anciana, había sido su madrina, costeando su educación en +un colegio modesto, y todavía Antonia iba a visitar algunas veces a «las +señoritas», las hijas de su protectora, que se habían casado. Vivía con +una amiga de su madre, vieja y casi ciega, antigua criada durante veinte +años de un señor enfermo y malhumorado, que al morir le legó una renta +de dos pesetas, lo suficiente para no morirse de hambre. Tónica--así la +llamaban sus parroquianas--comía en casa de éstas, cosía once horas, +cuando no tenía que salir para comprar tela, hilo o botones, y por la +noche regresaba a su habitación de la calle de Gracia, un piso tercero +de una casa vieja y pequeña, que las dos mujeres tenían como «taza de +plata», según expresión de las vecinas. + +Juanito miraba a la joven con tierna simpatía. ¡Era tan buena +muchacha...! Para convencerse, bastaba verla por la calle con el velo +caído sobre los ojos bajos, andando con paso menudo y gracioso, arrimada +siempre a la pared, como si quisiera evitar la atención de los +transeúntes. + +Su belleza no era gran cosa. La cara redondita y pálida, la nariz algo +corta, pero con unos ojos hermosos, cobijados por las grandes cejas, +que, pobladas de sobra, tendían a juntarse, formando una sola línea. + +Pero lo que a Juanito le encantaba más en su parroquiana era la sonrisa +y aquella dentadura que en el fondo carmesí de la boca brillaba nítida, +igual, sin una picadura, sin una pieza saliente, como esas muestras +perfectas que los dentistas colocan en sus escaparates. + +Esta amistad, que se estrechaba por encima del mostrador, iba siendo una +necesidad para los dos. Tónica, al entrar, no hacía caso de las palabras +de los dependientes, e iba recta en busca de aquel barbudo tan tímido +como ella, que muchas veces le enseñaba las muestras con manos +temblorosas; y Juanito experimentaba un verdadero disgusto cuando se +ausentaba de la tienda y al volver le decían que había estado «la +beatita». + +Examinaba el menor detalle de su persona, alabando la delicadeza de sus +gustos. Era una pobre costurera y llevaba siempre guantes. Aseguraba que +no podía prescindir de ellos, así como de otras costumbres superiores a +su clase, adquiridas cuando niña en casa de su madrina. Rendida del +trabajo, dedicaba las horas de la noche y los domingos enteros a la +lectura de novelas, devorándolas, sin predilección, pues bastaba para su +gusto que la hiciesen llorar mucho, pero mucho. Ganando siete reales por +once horas de trabajo, era una sedienta de ideal; y acostumbrada al +lenguaje de las madres sin ventura, de las mártires del amor, de todas +aquellas señoras pálidas, ojerosas y vestidas de blanco que saludaba en +las obras favoritas, hablaba en la intimidad con cierto sabor +sentimental de novela por entregas. + +En casa de doña Manuela notaron que algo extraño ocurría a Juanito, y +eso que no se fijaban en él gran cosa. Ciertas mañanas, llegaba muy +contento a la hora de comer; sus hermanas le oían cantar paseando por +las habitaciones, y ¡caso raro! él, tan despreocupado en materias de +adorno, enfadóse dos veces porque le planchaban mal las camisas, y pidió +seriamente a la mamá que le comprase una corbata, pues la que llevaba +era un asco, de deshilachada y mugrienta. + +Amparito reíase en las narices de su hermano. Ahora que era un viejo, le +daba por presumir.... ¿Tenía, acaso, novia? Pues hijo, debía creerla a +ella, que, aunque joven, tenía experiencia. Eso de los noviazgos sólo +servía para disgustos y lloros. Bastante requemada la tenían a ella los +amores. Por un lado, la mamá con sus sofoquinas y pellizcos, ordenándole +que rompiese las relaciones con el hijo de Cuadros, por ser una +proporción desventajosa y denigrante para la familia; y por otro, el tal +señorito acosándola, enviando carta tras carta, unas veces en prosa y +otras en verso, pero siempre repitiendo lo del corazón de hielo, +pérfida, cruel, etc., etc. + +--Ya ves, Juanito mío, que esto no es vivir. Dile a ese chico que no sea +machacón. Al fin, dos meses de relaciones no dan derecho para tanto. La +mamá le dijo con muy buenas palabras que no volviese por aquí, que no +pensase más en mi persona; pero ¡que si quieres...! Me asomo al balcón, +y ¡cataplum! allí está en la esquina mi hombre, con una cara tan +desmayada, que da risa; salgo a paseo, y siempre que vuelvo la cabeza +veo tras de mí al moscardón, con un aspecto que no parece sino que +cualquier día va a subir al Miguelete para tirarse de cabeza, ¡Pero, +hombre, tú que tienes amistad con él y te hace caso, dile que no sea tan +pesado! Dile que yo le querré siempre como un buen amigo, pero que no me +importune más, pues su testarudez la pago yo. A mí no me incomoda, pero +mamá se pone furiosa al verle; cree que yo aliento esa constancia, que +nos entendemos sin que ella lo sepa, y la otra tarde, al volver de +paseo, me dio un par de bofetones. Ya ves, Juanito... pegarme a mí... y +por culpa de ese mico. Que no vuelva: dile que no vuelva, o le +aborreceré. + +Pero lo que la traviesa muñeca no decía era que le importaban muy poco +las cóleras de mamá y que deseaba la desaparición de Andresito por +propio interés. En los bailes de Carnaval había conocido a Fernando, un +teniente de artillería, esbelto, con cintura de señorita, que en el +teatro, durante los entreactos, rondaba por cerca de sus butacas +buscando ocasión de saludarla con gracia marcial que encantaba a +Amparito. + +Era amigo de Rafael; pensaba llevarlo a casa lo mismo que a Roberto del +Campo, y la niña se temía que la tenacidad del antiguo novio detuviera +una declaración que tanto esperaba. + +Llegó la fiesta de San José, que aquel año tuvo para la familia +excepcional importancia. Desde una semana antes, la granujería corría +las calles arrastrando sillas rotas y esteras agujereadas, pidiendo a +gritos, con monótona canturía, «¡_Una estoreta velleta_...!» + +La plazuela de las de Pajares tenía un vecindario bullicioso y alegre: +gente de pura sangre valenciana, que vivía estrechamente con el producto +de sus pequeñas industrias, pero a la que nunca faltaba humor para +inventar fiestas. La paternidad de la idea fue del dueño del cafetín +establecido frente a la casa de doña Manuela, un sujeto panzudo y +flemático, que gozaba en el barrio fama de chistoso y había heredado el +apodo de _Espantagosos_, sin duda porque alguno de sus antecesores no +estaba en buenas relaciones con la raza canina. Era una vergüenza para +los vecinos de la plaza no levantar en ella una _falla_ que compitiese +con las muchas que se estaban arreglando en varios puntos de la ciudad, +y la proposición del cafetinero fue acogida con entusiasmo por toda la +gente de los pisos bajos. + +El iniciador asocióse a dos zapateros y un carpintero, que, por tratarse +de San José, se creía con derecho propio, y todos juntos formaron algo +que bien podía llamarse Comité de Vecinos, teniendo por principal objeto +dar sablazos en todo el barrio para el arreglo de la _falla_. Como doña +Manuela era la vecina más encopetada y su casa la mejor de la plazuela, +los pedigüeños pusiéronse bajo su protección, y elogiaron rastreramente +su riqueza, la belleza de las niñas y hasta la suya propia: todo para +sacarla cinco duros. + +La proyectada hoguera entusiasmaba a los vecinos, siendo el eterno tema +de conversación en las porterías y establecimientos de la plazuela. +Todos se animaban, con ese entusiasmo valenciano que se inflama al +pensar en fiestas y bullicios. La _falla_ es la fiesta popular por +excelencia: una costumbre árabe, transformada y mejorada a través de los +siglos hasta convertirse en caricatura audaz, en protesta de la plebe. +Primero, los moros, en los ruidosos _alalíes_ con que solemnizaban sus +festividades, gozaban en hacer grandes hogueras; los cristianos +adoptaron después esta costumbre, como muchas otras; lentamente, el +número de _fallas_ fue limitándose en el año, hasta quedar las de San +José, que hacían los carpinteros para solemnizar la fiesta de su patrón +y la llegada del buen tiempo, en el que ya no se trabaja de noche; hasta +que por fin, el espíritu innovador del siglo hermoseó la _falla_, +dándole un aspecto artístico, encerrando el montón de esteras y trastos +viejos entre cuatro bastidores pintados y colocando encima monigotes +ridículos para regocijo de la multitud. Al principio, las figuras +groseras y mal pergeñadas representaron escenas de la vida privada, +murmuraraciones de vecinos; pero después la sátira se remontó, +metiéndose de rondón en la política, y las _fallas_ se convirtieron en +burlas al gobierno y caricaturas de la autoridad. + +Las niñas de doña: Manuela despreciaban la fiesta que se preparaba. Era +una cursilería, como organizada por la gente ordinaria de la plazuela, +buena únicamente para divertir a los de escaleras abajo. Pero la víspera +de San José, impulsadas por la curiosidad, se asomaron al balcón muy +temprano y experimentaron una agradable sorpresa, pese a su anterior +indiferencia de muchachas distinguidas. + +En el centro de la plazuela, sobre una gruesa capa de arena, elevábase +todo un edificio de lienzo, con pintura que imitaba a la piedra: un +gigantesco dado, en cuya cara superior elevábanse ocho figuras de tamaño +natural. + +Los balcones y puertas estaban adornados con centenares de banderitas +rojas y amarillas, que daban a la plazuela el aspecto de un buque +empavesado; y este derroche de ondeante percalia extendíase por las +calles adyacentes. A trechos, en las paredes, mostrábanse, clavados, +grandes carteles con versos valencianos en letras de colores, ante los +cuales el público de las primeras horas--obreros que iban al trabajo, +criadas, barrenderos, etc.--, después de deletrear trabajosamente, +soltaba ruidosa carcajada. + +Pero lo que a las dos hermanas les llamaba la atención era la _falla_. +No estaba mal aquello, para ser obra de gente tan ordinaria como el +cafetinero y sus cofrades. + +Los monigotes eran siete bebés colosales, que componían una orquesta +abigarrada, y en el centro, un caballero de frac y batuta en mano. ¿Qué +intención oculta tenía aquello? Pero Amparito soltó la carcajada +inmediatamente. El tupé descomunal y grotesco del director de orquesta +se lo explicó todo. Aquél era Sagasta, y los otros los ministros. Estaba +segura de ello. En los periódicos satíricos que compraba Rafael había +visto aquellas caras convencionales, destrozadas por él lápiz de los +caricaturistas; y partiendo del descubrimiento del famoso tupé, fue +señalando a su hermana cada bebé por su nombre, riéndose como una loca +al ver que el ministro de Hacienda tocaba el violón. + +Pero cuando su alegría subió de punto fue al ver que algunos chicuelos, +escondidos entre los biombos, tiraban de cuerdas, poniendo en movimiento +a los monigotes. ¡Qué gracioso era aquello...! Las dos hermanas reían +contemplando las contorsiones del señor del tupé, que a cada movimiento +de batuta parecía próximo a partirse por el talle, la rigidez automática +y grotesca con que los bebés tocaban en sus instrumentos una muda +sinfonía, que causaba gran algazara en el gentío. + +Amparito se sintió tan entusiasmada, que hasta envió una sonrisa amable +al cafetín de enfrente, donde el padre de tal obra despachaba cepitas +tras el mostrador, mientras su mujer, lavada y peinada como en días de +gran fiesta, con los robustos brazos arremangados y delantal blanco, +estaba en la puerta sentada ante un fogón, con el barreño de la masa al +lado, arrojando en la laguna de aceite hirviente las agujereadas pellas, +que se doraban al instante, entre infernal chisporroteo. Eran los +buñuelos de San José, el manjar de la fiesta; como frutos de oro, +colgaban muchos de ellos de un colosal laurel, que recordaba el Jardín +de las Hespérides. + +Bien entendía sus negocios el cafetinero. La tal _falla_ iba a acabar +con todo el aguardiente de sus barrilillos, mientras su mujer fabricaba +los buñuelos por arrobas. + +Toda la familia de doña Manuela se entusiasmó con el aspecto de la +_falla_. Había que avisar a las amigas. Por la tarde tendrían música en +la plaza; y la rumbosa viuda pensaba ya con placer en el «brillante» +aspecto que presentaría su salón, bailando las niñas y sus amiguitas, +mientras las mamas pasarían al comedor a tomar un chocolate digno del +esplendor de la familia. + +La casa de doña Manuela llamó la atención por la tarde casi tanto como +la _falla_. Entre las banderolas nacionales de los balcones asomaban una +docena de airosos cuerpos y graciosas cabezas, elegante escuadrón de +muchachas, que, cogiéndose de la cintura, jugueteando o riendo, miraban +al gentío que rebullía abajo. + +Detrás de las niñas de doña Manuela y sus amigas asomaban algunas veces +cabezas de hombres: Rafaelito, su amigo Roberto y Fernando, el teniente +de artillería, que por fin había sido presentado en la casa por el +hermano de Amparito. La brillante pollada del balcón agitábase con gran +algazara, sin importarle las miradas curiosas de los de abajo; dominaba +en ella esa nerviosa alegría de las jóvenes cuando, libres +momentáneamente del sermoneo de las mamas, sienten una oculta comezón, +un vehemente deseo de cometer diabluras. Con el anhelo de su libertad, +iban de una parte a otra sin saber por qué. Asomábanse al balcón; de +repente, una, por hacer algo, corría a la sala, y todas la seguían con +alegre taconeo, riendo, formando parejas, hasta que al poco rato +iniciábase la fuga en sentido opuesto, y el gracioso trotecillo las +devolvía otra vez al espectáculo de la plaza. + +Un olor punzante de aceite frito impregnaba el ambiente. El fogón de la +buñolería era un pebetero de la peor especie, que perfumaba de grasa +toda la plazuela, irritando pegajosamente los olfatos y las gargantas. +En la puerta del cafetín amontonábase la granujería, siguiendo con +mirada ávida el voltear de los trozos de pasta entre las burbujas del +aceite, y dentro del establecimiento, los hombres, formando corrillos +ante el mostrador, hablaban a gritos o se impacientaban al ver que el +cafetinero, según propia afirmación, no tenía bastantes manos para +servir a todos. + +En un ángulo de la plaza estaba la tribuna de la música, un tablado +bajo, cuyas barandillas acababan de cubrirse con telas de colorines +manchadas de cera, como recuerdo de las muchas fiestas de iglesia en que +se habían ostentado. + +--¡Música...! ¡músicaaaa!--gritaba la gente. + +Y los músicos, azorados por el vocerío, iban hacia el tablado abriéndose +paso en la muchedumbre. Era la banda de un pueblo de las cercanías; +rústicos gañanes que, enfundados en un uniforme mal cortado, faja de +general y ros vistoso con pompón de rabo de gallo, andaban con cierta +dificultad--como si los pies, acostumbrados a alpargatas en el resto de +la semana, protestasen al verse oprimidos en botitos de gomas--, +mientras el sudor de su cuerpo sano y vigoroso rezumaba por todas las +costuras de la guerrera. + +La primera mazurca de la ruidosa banda puso en conmoción a toda la +plazuela. Algunos granujas con tufos y blusa blanca bailaban íntimamente +agarrados con femenil contoneo, empujando a la muchedumbre curiosa, +chocando muchas veces contra el tablado de la música. Las alegres notas +de los cornetines parecían esparcir por toda la plaza un ambiente de +alegría. ¡Adiós el invierno! La primavera se acercaba con sus tibias +caricias, y en los balcones sonreían las muchachas, mirando de soslayo a +los que se detenían para contemplarlas. + +Amparito era la única que estaba seria. ¡Pero cuán desgraciada era! +¡Para ella toda fiesta había de traer el consiguiente disgusto! ¡Allí +estaba él...! ¡_él_! el «posma», aquel Andresito, que de novio era un +estúpido, y de amante despreciado y terco una insufrible calamidad. + +Le veía apoyado en la pared de enfrente, cerca del cafetín, de puntillas +algunas veces para dominar mejor el agitado río de cabezas que en +corriente interminable atravesaba la plazuela, y lanzando al balcón de +Amparito miradas de inmensa desesperación, que ella... ¡la ingrata! +decía que eran de cordero degollado. + +Ame usted; pase las noches de claro en claro, estrujando la inspiración +para fabricar sonetos amorosos; expóngase usted a los arrebatos de un +papá indignado que quiere que la familia se retire pronto... ¿y todo +para qué? para que ahora, despedido y olvidado sin justificación alguna, +_ella_, la mujer de los ensueños e inspiraciones, la décima musa, le +mirase con cara de pocos amigos, diciéndole con sus ojos desdeñosos: +«¡Largo de aquí, trasto...! ¡No me importunes más!» + +Y sí Amparito no pensaba esto mismo que suponía el antiguo novio, era +algo parecido lo que expresaban sus miradas fieras y sus gestos +desdeñosos para espantar a aquel moscardón molesto, que no la dejaba «ni +a sol ni a sombra». + +¿Y aún seguía allí, tieso como un poste, importunándola con sus +miraditas? ¿No tenía bastante con tantos desdenes? Pues ahora verás. Y +se puso a coquetear con el teniente, con el gallardo Fernando, que +estaba en el balcón, de uniforme, al aire la rapada y morena cabeza, +asediando a la niña con la media docena de palabritas galantes que tenía +en su repertorio para los casos de conquista. + +Amparo y el teniente, en un extremo del balcón, volviendo casi la +espalda a la plaza y aislados del grupo juvenil que hablaba y reía junto +a ellos, tenían el aspecto de verdaderos novios; él, serio, solemne, +llevándose la mano al tercer botón de la guerrera, que es donde suponía +estaba el corazón, mirando algunas veces al cielo, todo para dar más +fuerza y sinceridad a lo que decía; y ella, con cierta sonrisilla +irónica, negando con graciosos movimientos de cabeza y volviendo algunas +veces la mirada para ver si el «posma» seguía allí. Nada le importaba +Andresito; pero a pesar de esto, sentía cierta satisfacción pensando que +estaba a sus espaldas viéndolo todo. ¡Proporciona tanto gusto hacer +sufrir...! + +El poeta sufría como uno de los condenados de aquel poema de Dante, cuya +lectura nunca había podido terminar. Gracias a que era un «vate +aplaudido» en la Juventud Católica y tenía ideas muy cristianas; que si +no, a la vista de tamaña traición hubiera sido capaz de ahogar su dolor +cometiendo la más atroz barrabasada, por ejemplo, dando un adiós +patético a la ingrata, y arrojándose después de cabeza en aquel caldero +de aceite hirviendo donde volteaban los buñuelos. + +Pero no se mataría; ante todo, las creencias y el ser poeta. La muerte +frita no figura entre los suicidios de los hombres de genio. Pero si no +se mataba, sabría vengarse; él era un hombre, y cuando bajase aquel +teniente ya le exigiría cuentas. Le mataría, sí señor, le mataría; y +después, ¡qué escena tan trágica! el teniente a sus pies, atravesado de +una estocada; Amparito, desmelenada, sollozante, increpando al cielo; y +él erguido como gigantesco fantasma, el ensangrentado acero en la mano, +y en el rostro una sonrisa desesperada, infernal, loca; algo que +recordase el último acto del _Don Álvaro_. Y el pobre muchacho apretaba +con mano crispada su junquillo, que para su imaginación era «toledano +acero», y pensaba desordenadamente en Lope de Vega, Quevedo, Cervantes y +Lord Byron; en todos los grandes hombres que, según frase de Andresito, +habían tenido malas pulgas, y lo mismo escribían que daban una estocada. + +¡Bailad tranquilos, granujas alegres e insolentes; mirad la _falla_, +burgueses bondadosos; reíd como gallinas cacareadoras, mujercillas que +celebráis las contorsiones de los monigotes! Todos ignoráis que el +volcán ruge a pocos pasos de vosotros; no sabéis que hay un hombre que +prepara la más horrible de las tragedias; y mañana, cuando salga en los +periódicos la extensa relación de lo ocurrido, no podréis imaginaros que +la fiera en figura humana que mató al rival, a la novia y hasta a la +mamá, si es que se decide a bajar, era el joven «dulce y simpático» que, +pálido como un muerto, estaba hecho un poste cerca del cafetín. + +Sí; mataría y moriría después; estaba decidido. Y miró al balcón, +procurando dar a sus ojos la más insolente expresión de reto; pero se +fijó con insistencia en el teniente. Tenía buenas espaldas, su cabeza +morena no era de víctima, le colgaba del talle un espadín y además, +según informes de Andresito, tenía entre sus amigotes fama de bruto. + +Él no tenía miedo, ¡vive Dios! ¿qué había de tener? Pero bien mirado, +era una vulgaridad, un detalle de mal gusto, el enredarse a golpes en +medio de la calle con un majadero sin otra sociedad que la de las muías +de su batería. No señor; su belicoso plan quedaba desechado. ¿Qué dirían +en la Juventud Católica? Un autor que había provocado delirios de +entusiasmo con aquella oda dulcísima a la Virgen: + +/* + _Señora_, _tú que sabes_ + _el secreto del canto de las aves_.... +*/ + +Un hombre que tantas lindezas sabía fabricar, no se peleaba con aquel +mozo de cordel. Los poetas se vengan de otro modo. Les basta encerrarse +en su inmenso dolor, lanzarlo en tristes estrofas al rostro de la +ingrata, para que ésta desfallezca bajo el más terrible de los +castigos.... Estaba decidido: abominaría del mundo y sus «vanas pompas»; +se retiraría a un desierto, sería fraile, pero no como aquellos +barbudos, malolientes y zarrapastrosos que iban por las calles, alforjas +al cuello, sino con arreglo a figurín: frailecillo blanco y melancólico, +vestido con franela fina, la cruz roja al pecho y los ojos en alto, como +si _filase_ el lamento tierno, interminable, de las almas heridas: una +fiel imitación de Gayarre en el último acto de _La Favorita_. + +Y Andresito, como si se viera ya vestido de blanco, errante por poética +selva, con el pelo cortado en flequillo y los brazos cruzados sobre el +pecho, canturreaba con voz dulce y lacrimosa: «_Spirito gentil_...» + +Algunos se detenían sonriendo al oír el canto tristón y apagado, que +parecía salirle de los talones; pero ¡valiente caso hacía él de los +curiosos! ¡Como si una alma grande no estuviera, en sus dolores, por +encima de la vulgaridad! + +Y miró al balcón. Ya no estaban allí. Los infames se habían metido en el +salón, y estarían en aquel instante arrullándose, con la primera delicia +del amor naciente, vacilando en usar el confianzudo tuteo. Y él... +abajo, solo con su desesperación; pero sabría vengarse. Sus ilusiones de +venganza le conmovían tanto, que se sentía próximo a estallar en +sollozos. Y lloraba, sí señor; habíase llevado un dedo a los ojos y lo +retiraba mojado de lágrimas. ¡Llorar un hombre como él! ¡Ah, la +ingrata...! Pero un golpe de tos seca, espasmódica, asfixiante, le +volvió a la realidad. + +Estaba envuelto en el humo azulado, sutil y picante que se escapaba del +fogón de los buñuelos; un vaho grasoso, inaguantable, capaz de hacer +llorar y toser a los monigotes de la _falla_ Y lo primero que vio al +volver de sus ensueños fue un par de viejos que, asomados a la puerta +del cafetín, le miraban con sonrisa burlona. Eran dos buenos +parroquianos, con la gorrilla caída sobre la frente, los ojos vidriosos +y lagrimeantes, y la nariz violácea y húmeda; una yunta alegre, unida +por el yugo fraternal del alcohol, que, mientras hubiese cafetines +abiertos, declaraban, como el doctor Pangloss, que este mundo es el +mejor de los mundos posibles. + +Con el sucio pañuelo de hierbas en la mano, accionaban dando gritos ante +el mostrador de _Espantagosos_; pero las rarezas de aquel señorito que +hablaba solo y miraba al balcón de enfrente llamaron su atención, y con +la cariñosa insolencia de los borrachos alegres, pusiéronse a +contemplarle, riendo de sus gestos dolorosos. + +Al ver que Andresito les miraba, hiciéronle amistosas señas como si le +conociesen de toda su vida. ¡Vaya una gente francota...! ¿Que si +aceptaba una copita? No señor, muchas gracias; no tenía la costumbre de +beber.... Bueno; pues eso se perdía; conste que ellos la ofrecían de +buena voluntad, al verle tan triste. ¡Buena suerte y que saliese pronto +de cuidado! Y los dos viejos, que sólo necesitaban unas cuantas copas +para ser dueños de la _falla_, de la plaza y del mundo entero, +metiéronse en el cafetín a continuar la obra. + +Andresito seguía tieso en su puesto, sin mover los pies, con las piernas +entumecidas y el cuello dolorido de mirar a lo alto. ¡Y la ingrata no +reaparecía! Las amigas, en el balcón; Concha, la hermana, coqueteando +con Roberto; y ellos dentro, buscando la soledad y la discreta +penumbra.... ¡Dios mío! ¡Qué cosas le diría aquel bruto de las dos +estrellas, para tenerla tan embobada lejos del balcón, a pesar de la +música y de lo animada que estaba la plaza...! + +Para mayor tormento del pobre muchacho, los dos viejos cínicos del +cafetín hablaban a gritos, y por más esfuerzos que hacía, sus palabras +le obsesionaban, le hacían olvidar su papel de poeta desesperado e +infeliz, del que en el fondo se hallaba satisfecho. Estaban en la misma +puerta del cafetín, jugueteando como dos chavales, dándose golpecitos en +el abdomen y obsequiándose mutuamente con buñuelos, que acompañaban de +latines y signos en el aire, como si se administrasen la comunión. ¡Vaya +un par de «puntos» alegres! Todos los parroquianos se reían, y hasta el +mismo cafetinero desarrugaba el ceño, a pesar de que conocía el final de +tales bromas y lo mucho que costaba ponerlos en la calle. + +Pero al beber otra vez, tornáronse melancólicos. Miraban al trasluz el +aguardiente, y con los vasitos en alto y los ojos elevados, como si les +hipnotizase el blanco líquido, hacíanse mutuas confidencias, arrastrando +las sílabas trabajosamente. El más viejo estaba desengañado; le habían +«lacerado » el corazón; lo juraba y perjuraba, dándose terribles +puñetazos sobre el pecho, que sonaba como un tambor. Su compadre debía +creerle a él, que era hombre de experiencia y había visto mucho. ¿La +política...? una farsa; un oficio de volatineros. ¿El Ayuntamiento...? +una cueva de ladrones; todos los que entraban en la «casa grande » era +para robar. El otro le interrumpió.... ¡El Ayuntamiento...! Ahí estaba +el toque. ¡Que le fueran a él con Ayuntamientos! Había trabajado como un +perro por la candidatura del partido repartiendo papeletas a las puertas +de los colegios, tuvo una disputa con un municipal que le quería llevar +atado, y lo sufrió todo... todo por el partido y el candidato... y ahora +le ofrecían como recompensa un puesto de peón en el adoquinado, nueve +horas de trabajo al sol y siete reales. Muchas gracias; él quería ser +empleado de los que están a la fresca y fuman. Antes que partirse el +espinazo en el adoquinado, prefería vivir sin trabajar. El hambre no le +importaba.... Mientras hubiese «petróleo refinado» como el de casa +_Espantagosos_, el estómago iría bien.... Ahora, tras el chasco, se +había «retirado a la vida privada», y podía decir muy alto, como su +compañero, que todos los de la casa del pueblo eran unos ladrones. + +Y para que quedase bien sentada esta afirmación, se tragaron el +aguardiente de un sorbo. + +--¡_Espantagosos_... _mesura_! + +¿Quién...? ¿él? ¡Estaban frescos! Allí no se daban más copas. Le +desacreditaban el establecimiento con sus feas palabras; los guardias le +tomarían ojeriza por consentir en su casa tales blasfemias contra la +excelentísima corporación, y además--esto era lo principal--, conocía +de antiguo a aquellos parroquianos, que, cuando se alumbraban de veras, +costaba un disgusto sacarles el dinero. Ya tenían bastante; si querían +algo más debían pagarlo por adelantado. + +¡Qué falta de respeto! ¡Tratar así a personas que han hecho concejales, +retirándose después a la vida privada...! Y miraban fieramente al +cafetinero, mientras rebuscaban con furia en sus andrajos, con la +indignación de una ofensa irreparable y mortal. + +Del bolsillo de la blusa salía una moneda mohosa; del sudador de la +gorra otra de dos céntimos, y por las ventanas de los rotos zapatos +sacábanse alguna pieza de cobre mugrienta y sudada. Era la rebusca +furiosa de los céntimos escamoteados antes de salir de casa, a espaldas +de sus mujeres, rabiosas de hambre y enemigas de que dos hombres de bien +se diviertan en la taberna. + +Con altivez de grandes señores, arrojaron su puñado de cobre sobre el +mostrador, como abofeteando al dueño. Si quería más podía ponerse a +cuatro patas, que a ellos aún les quedaba dinero para taparle, si era +preciso. Y decían esto con desdén olímpico, como si tuviesen a mano +todos los millones del Banco de España en calderilla. + +Andresito percibía a medias esta escena, coreada por las risas de los +parroquianos. La ingrata no reaparecía, y él estaba extenuado por el +dolor y por un plantón de tantas horas. No le vendría mal sentarse, +aunque fuese en el cafetín; pero no; ¡firme allí! aunque muriese de pie, +como los antiguos romanos. + +Obscurecía. La plaza estaba llena; las calles adyacentes seguían +vomitando nuevas muchedumbres, y iodos cabían a fuerza de codazos y +empujones, como si fuesen elásticas las paredes de las casas. En torno +de la _falla_ agitábase un oleaje de relamidos peinados, de gorras con +visera amarilla y de blusas blancas. Las señoras refugiábanse en los +portales, empinándose sobre las puntas de los pies para ver mejor; los +maridos cogían a sus pequeñuelos por los sobacos y los sostenían a pulso +para que contemplasen las últimas contorsiones de los monigotes. + +Aún era de día y ya se impacientaba la muchedumbre. + +--¡Fueeego...! ¡fueeego...!--gritaban a coro los de la blusa blanca. + +Y los dos borrachos, agarrados fraternalmente de los hombros, con las +húmedas nances casi juntas, asomábanse a la puerta del cafetín con +risita maligna al pensar que molestaban al dueño. + +--¡Fuego...! ¡fuego...! + +Y después de gritar se metían apresuradamente en la taberna, fingiendo +susto, como chicuelos que acaban de hacer una travesura. + +Los organizadores de la _falla_ se resistían. Había que esperar a que +cerrase la noche. Pero la muchedumbre estaba dominada por esa +impaciencia que, entre la gente levantina, basta que sea manifestada por +uno para que los demás se sientan contagiados. + +--¡Fueeego..! ¡fueeego...!--seguían aullando de los cuatro lados de la +plazoleta. Y de la desembocadura de un callejón sin adoquinar salió una +pedrada certera, que dejó trémulo al monigote del centro, llevándosele +medio tupé. Aplausos y carcajadas, y a los pocos minutos servían de +blanco todos los bebés de la orquesta. Había que comenzar en, seguida. +El cafetinero lo ordenaba a gritos desde su puerta, y los cofrades +braceaban y se desgañitaban en torno de la _falla_ pidiendo un poco de +calma, mientras un compañero se introducía en el cuadrado de lienzo con +dos botellas de petróleo. Cuando los biombos transparentaron una mancha +roja que rápidamente se agrandaba entre incesante chisporroteo, la +muchedumbre lanzó un «¡oh!» de satisfacción. Comenzaban a arder las +esteras viejas, las sillas cojas y demás muebles recogidos en los +desvanes del barrio y amontonados en el interior de la _falla_. El rojo +resplandor iluminaba la parte baja de los figurones. + +--¡Que toquen la _Marsellesa_!--gritó un vozarrón anónimo con acento +imperioso. + +Un estremecimiento pareció correr por la muchedumbre, saltando después +de balcón en balcón. + +--¡Sí, la _Marsellesa_... venga la_Marsellesa_!--repitieron miles de +voces con expresión amenazante, como si alguien se negase por anticipado +a sus exigencias. + +Los músicos, que enfundaban sus instrumentos, miraron asustados al +amenazador gentío. Intentaban negarse; pero el pensamiento de que +quedaban piedras en el callejón desvaneció sus propósitos de +resistencia. La música rompió a tocar, chillaron los cornetines, sonaron +el bombo y los platillos como una tempestad lejana, y por toda la plaza +se esparció un ambiente de bienestar, reflejándose en los rostros. + +La _Marsellesa_... ¡y el gobierno en la hoguera! ¿Qué más podían pedir? +Y el entusiasmo meridional, caldeando los cerebros, hacía pasar ante los +ojos risueños espejismos. Todos se sentían dominados por un optimismo +meridional. + +Las lenguas de fuego comenzaban a salir del interior de la _falla_, +lamiendo la ropa de los monigotes. + +--¡Bravooo...! ¡Vítooor! + +Nadie pensaba que aquello era madera y cartón. El entusiasmo les hacía +feroces; creían que era el mismo gobierno lo que quemaban al son de la +_Marsellesa_, y los industriales soñaban despiertos en la rebaja de la +contribución; los de las blusas blancas en la supresión de los Consumos +y el impuesto sobre el vino, y las mujeres, enternecidas y casi +llorosas, en que acabarían para siempre las quintas. + +La música seguía rugiendo la _Marsellesa_, y en la multitud, alguno de +los ardorosos, trastornado por la ilusión y por el himno, creyendo que +la cosa ya estaba en casa, gritaba a todo pulmón: «¡Viva la República!», +lo que azoraba a los pobres municipales y les hacía mirar en derredor, +buscando un hueco en el gentío por donde escapar. + +La hoguera crecía rápidamente. Las inquietas llamas, moviéndose de un +lado para otro, agitaban como abanicos los faldones del frac, los bajos +de blanca muselina y las cintas de raso de los bebés. El fuego +jugueteaba como una fiera con sus víctimas antes de devorarlas. De +repente, hizo presa en aquellos adornos, y en un segundo los devoró, +escupiéndolos después como negras pavesas, que revoloteaban sobre las +cabezas de la muchedumbre. Los monigotes, firmes y en pie, ardían como +grandes antorchas con un inquieto plumaje de llamas. Andresito recordaba +los cristianos embreados que iluminaban con sus cuerpos el camino de +Nerón. + +Había llegado la hora de destruir, de ayudar al incendio, y los +organizadores de la _falla_ con pesados puntales, golpeaban el armazón +de los bastidores o daban tremendos palos a los ardientes monigotes para +que cayeran en el rojo cráter. + +La muchedumbre, legítima descendiente del pueblo que dos siglos antes +presenciaba los autos de fe, aplaudía con gozosa ferocidad la caída de +los monigotes en la hoguera. Cada vez que, volteando en el aire sus +piernas y sus brazos chamuscados, se zambullía uno en las llamas, oíanse +risas y berridos. + +La _falla_ se derrumbó con todo su armazón medio carbonizado, y un +torbellino de chispas y pavesas se elevó hasta más arriba de los +tejados. El enorme brasero daba a la plaza una temperatura de horno, +tiñéndolo todo de color de sangre. La gente, tostada, con las ropas +humeantes, retirábase a las inmediatas calles; los de los pisos bajos +cerraban las puertas, huyendo de aquella atmósfera ardiente que abrasaba +los ojos y esparcía por la piel intolerable picazón, y en los balcones +las vidrieras se cerraban, y los cristales flojos, caldeados por el +ambiente abrasador, saltaban con estrépito. + +Más de media hora ardió con toda su fuerza el informe montón de leños +ennegrecidos, que al carbonizarse se cubrían de rojas escamas. Algunos +maderos estaban erizados de innumerables y pequeñas llamas, como si +fuesen cañerías de gas. + +La muchedumbre se alejaba, con la esperanza de ver algo en las otras +_fallas_. La temperatura bajaba, el incendio iba achicándose, la +frescura de la noche penetraba en la plazuela, y balcones y puertas +volvían a abrirse. + +En casa de doña Manuela, terminado el espectáculo público, había su +poquito de fiesta, sin duda para amenizar el chocolate «suntuoso» que la +rumbosa viuda daba a sus amigos. La gran lámpara del salón, reservada +para las solemnidades, había sido encendida; y Andresito, desde la +plaza, veía los trajes claros y los _bouquets_ de las amigas pasar por +el iluminado balcón, moviéndose con el ritmo del baile. + +El pobre muchacho estaba firme en su puesto. El fuego le había empujado +a un extremo de la plaza; pero apenas se refrescó el ambiente, volvió a +la puerta del cafetín, cerca del laurel cargado de buñuelos, cuyas ramas +se habían tostado. La _falla_ seguía ardiendo, con sus estallidos de +leña vieja, que sonaban como tiros. + +La plaza quedaba en poder de la gente menuda, chiquillos desarrapados, +que, tomando carrera, saltaban la hoguera con agilidad de monos, cayendo +al lado opuesto envueltos en las chispas. Los municipales intentaban +oponerse a tan peligroso ejercicio; pero la pareja de pobres hombres era +impotente ante tales diablillos, y al fin adoptó la sabia determinación +de sonreír con tolerancia y retirarse a un portal. + +Andresito seguía con mirada triste las evoluciones de aquellas +bulliciosas salamandras con blusa, que saltaban por entre las llamas +como si tal cosa, sacudiéndose las chispas como los perros. + +La plazuela estaba solitaria y el rojo ambiente del incendio hacía más +lóbregas las calles inmediatas. Algunos chuscos arrojaban en la hoguera +manojos de cohetes, que salían como rayos, culebreando su rabo de +chispas, arrastrándose de una pared a otra y remontándose en caprichosas +curvas hasta la altura de los balcones, para estallar con estampido de +trabucazo. Los municipales no veían los cohetes, pues al fijarse en el +aire matón de la chavalería que los disparaba, permanecían metidos en el +portal, sordos y ciegos. Andresito pensaba que si alguno de aquellos +rayos baratos le pillaba en su sitio, no le dejaría ganas en una +temporada de ser frailecito blanco y llorar los desdenes de su hermosa; +pero permaneció inmóvil. Irse de allí era renunciar a su venganza. Él +esperaba algo, sin saber qué; y allí permanecía mirando el balcón, a +pesar de que sus piernas apenas podían sostenerle, y en la cabeza y el +estómago sentía un vacío anonadador. + +Ahora cantaban arriba. Era Amparito, que acometía con su vocecita de +seda una romanza de Tosti, coreada por el estallido de los cohetes y los +berridos burlones de la pillería, a quien le hacían gracia los lamentos +musicales, verdaderos chillidos de ratita asustada. + +Las llamas iban extinguiéndose, la plaza estaba cada vez más obscura y +los chiquillos desertaban en grupos, bucando otras _fallas_ que no +hubiesen llegado al período de la agonía. + +Dos hombres salieron del cafetín agarrados del brazo, con paso lento y +vacilante. Eran los viejos borrachos, con la gorrilla en la nuca y el +eterno pañuelo de hierbas en la mano. Volvieron el rostro al cafetín, y +como personajes de tragedia, lanzaron una eterna maldición sobre la +cabeza de _Espantagosos_, un ladrón que, al quedarse sin dinero dos +hombres honrados, les echaba a la calle sin más miramientos. + +El humo de la _falla_, denso y pegajoso, les hizo toser; pero se +detuvieron ante el rescoldo enorme como un brasero de gigantes. + +Soltáronse del brazo y saltaron la _falla_, uno tras otro, con una +agilidad inesperada y ademanes tan grotescos, que los municipales reían +y hasta el desconsolado poeta dejó de mirar al balcón. El cafetinero y +sus vecinos estaban en las puertas, celebrando aquel espectáculo +grotesco e inesperado. + +Las carcajadas del público enardecían a los borrachos, les hacían +sonreír con orgullo, y los dos redoblaban sus saltos y contorsiones. +Corrían en torno del gran montón de brasas, saltaban por todos los +lados, y en el furor del movimiento que les dominaba, ninguno de los dos +se acordaba del otro. + +¡Ahora iba lo bueno! Y saltando al mismo tiempo los dos, cada uno por +lado distinto, encontráronse en lo más alto de su salto; chocaron los +cuerpos como proyectiles y cayeron en el rescoldo, hundiéndose entre +las brasas la parte más carnosa del individuo. + +La plazuela pareció animarse, lanzando interminables carcajadas. A +patadas y puñetazos los sacaron los municipales, y una vez libres del +rescoldo, empujáronlos fuera de la plaza. ¡A sus casas o al Asilo...! +¡Lo que quisieran! + +Andresito vio cómo se alejaban los dos viejos, mostrando una nueva cara +por el revés chamuscado de su pantalón, riendo su postrera hazaña, +dándose besos y abrazos para afirmar la fraternidad del cafetín y +hablando a gritos para que quedase bien sentado que la «casa grande» era +una cueva de ladrones, y ellos, desengañados, se retiraban a la vida +privada. + +Y el poeta, envidiando su alegría, seguía en su puesto, iluminado por la +última crepitación de la hoguera, desfallecido de hambre y de dolor, +llorando de veras ahora que comenzaba a verse en la obscuridad, +esperando algo vago e indeterminado, sin fuerzas para hacer nada y +estremeciéndose al oír aquella voz tenue como un hilillo de seda, que se +quebraba al llegar a lo más alto de la romanza, ahogándola con sus +aplausos los complacientes convidados de la mamá. + + + + +V + + +Juanito era feliz. Próximo al ocaso de su juventud, a los malditos +treinta años de que hablaba Espronceda, en vez de tristes desengaños +experimentaba la alegría de saber que en el mundo hay algo más grato que +adorar a la mamá como un ídolo y plegarse a todos los caprichos de los +hermanitos. + +El entusiasmo de la juventud, el ansia de vivir, manifestábanse en él +con extraordinaria fuerza, como frutos tardíos del árbol de su vida, que +había pasado invierno tras invierno sin conocer hasta ahora la +primavera. + +Al reunir y ordenar sus recuerdos, no se daba cuenta de cómo había +ocurrido su transformación. Sin duda, el amor era más fuerte que su +característica timidez. En la soledad, al recordar a Tónica, +avergonzábase como el que ha cometido una acción punible; las palabras +intencionadas que había deslizado en la conversación martilleábanle +después los oídos, y tan pronto las consideraba ridículas como +exageradamente audaces. + +--¡Dios mío...! ¡Qué dirá de mí esa chica! + +Pero cuando estaba cerca de ella, el rubor desaparecía y sentía en su +interior audacias que le asombraban. + +Ya no se conformaba con esperar que Tónica fuese a la tienda de _Las +Tres Rosas_. Enterábase de dónde trabajaba, y con una astucia de las más +torpes, salíale al paso por la mañana al ir al trabajo y por la noche al +regresar a su casa; hacíase el encontradizo y le desesperaba la +dificultad de su lengua tímida, que parecía rebelarse, no queriendo ser +conductora de sus pensamientos. + +Pasó más de una semana para Juanito sin adelantar gran cosa en su +propósito. Tónica le hablaba como un amigo y le hacía confidente de +todos sus pensamientos: las exigencias de sus parroquianas, los consejos +de «las señoritas», que eran las hijas de su difunta protectora, y hasta +las dolencias de aquella mujer casi ciega que vivía con ella, +sirviéndola de madre. Con estas confidencias, Juanito iba penetrando +lentamente en la vida de la joven y la consideraba ya como algo propio, +a pesar de que todavía la picara lengua seguía negándose a obedecerle. + +Tónica tenía en ciertos momentos rasgos de ingenuidad, que turbaban al +joven, sin dejar por esto de experimentar alegría. + +Llegó a relatarle las aficiones de su infancia, el placer indefinible +que experimentaba pasando horas enteras arrodillada ante un Cristo, +rezando rosarios tras rosarios. En aquella época, llevarla a la capilla +de la Virgen de los Desamparados era para ella la mayor de las +diversiones, y rezaba con tal devoción, que las viejas beatas se la +comían a besos, asegurando que iba para santa. + +--¡Qué época aquélla!--decía la joven con ligera sonrisa--. Ahora la +recuerdo con cierta extrañeza y no menos envidia. Las estampitas de mi +devocionario me hablaban; y por la noche, una Virgen que tenía en mi +cuarto bajaba de su cuadro para arrullarme hasta que me dormía. Usted, +Juanito, se burlará seguramente de que yo fuese tan tonta.... En fin, +cosas de niñas. Pero mi madrina la condesa, en vista de tan ardiente +devoción, quería hacerme monja; y el otro día, «las señoritas», +recordando los deseos de su mamá, todavía me ofrecieron costearme el +dote para que entrase en un convento. + +--¿Y usted acepta?--preguntó el joven con visible ansiedad. + +--¡Yo...! No pienso en ello por ahora. Aquella santidad voló, creo que +para siempre. Ahora soy mala, muy mala. Rezo cuando estoy triste, oigo +misa los domingos, tengo mucho miedo al diablo, pero me gusta bastante +el mundo y voy siendo algo impía, pues algunas veces me digo que no es +tan pésimo como lo pintan los predicadores.... Además, ¿quién cuidaría +de mi pobre Micaela, sola y casi ciega? Sería cometer un horrible pecado +de ingratitud por salvar mi alma. No señor, no pienso hacerme monja; +prefiero ser pecadora y cuidar de mi pobre amiga. + +Juanito tenía en los labios una pregunta audaz. ¿Qué hacía? ¿La +soltaba...? Tembló; pero vacilando, diola curso, al fin, con voz de +agonizante. + +--¿Y no piensa usted casarse? + +Tónica contestó con una carcajada. + +--¡Casarme yo...! ¿Y quién ha de ser el valiente? Se necesita mucho +corazón para cargar con una mujer sin otra renta que la aguja y que +lleva tras sí el bagaje de una amiga vieja y enferma. + +Juanito estuvo a punto de gritar que ese valiente era él; pero, por su +desgracia, se detuvo. Tónica estaba seria y decía con triste ingenuidad: + +--Reconozco que si encontrase un hombre honrado, trabajador y humilde +como yo, que quisiera admitir a mi desgraciada amiga, me tendría por muy +feliz.... Pero en fin, hoy por hoy no hay que pensar en tonterías. + +Y cambió con tal arte el curso de la conversación, que a Juanito se le +quedó en el cuerpo lo que quería decir, y antes llegaron a la pobre +escalerilla de la calle de Gracia, que pudo manifestar su valor para ser +esposo de Tónica y encargarse de la pobre ciega. + +Aquella noche fue cruel para Juanito. La pasó en vela, revolviéndose +inquieto en su cama, y declarando en voz alta que era el más cobarde de +los hombres. Parecía imposible que un mocetón con unas barbas que +causaban espanto fuese tímido como un seminarista. ¡Y pensar que todos +tenían valor en tales casos, todos, hasta Andresito, aquel pazguato que +se declaró a Amparo con la mayor facilidad...! ¡Cristo! ¡Cómo se reirían +de él sus hermanas si conocieran sus timideces! Sólo esto faltaba para +que todos los de casa le creyesen un imbécil.... Pero pronto se sabría +quién era él. Y animado por una resolución hija del amor propio, pasó +todo el día siguiente en la tienda distraído, sin atender a las ventas, +ansiando que llegase la hora de acompañar a su casa a Tónica. + +Caía una lluvia fina cuando fue a apostarse en la calle de Serranos, +cerca de la casa donde trabajaba la joven. A las ocho la vio salir, +andando con su paso ligero y gracioso, rozando la pared y casi oculta en +la penumbra de un alumbrado macilento, que en vez de luz parecía +esparcir tinieblas. + +Bien comenzaba la entrevista. Tónica se resistió a aceptar el paraguas +de Juanito; no podía consentir que el joven se mojase por complacerla a +ella; y en cuanto a ir los dos juntos bajo aquella cúpula de seda... +sólo en pensarlo la producía rubor y hacía que echase su cuerpo atrás, +como para huir de un peligro. + +Pero la expresión de angustioso ruego de Juanito pareció convencerla. + +Bueno; aceptaba su invitación porque le creía un joven formal y honrado. +Pero ¡Dios mío! ¡qué diría la gente...! Y comenzó a andar con timidez al +lado del joven, que no se sentía menos conmovido. Nunca había estado tan +próximo a Tónica. Rozaba al andar un lado de su busto, se sentía +envuelto en el ambiente embriagador que exhalaba su cuerpo sano, y veía +cerca de sus ojos el rostro de Tónica, su boca fresca, mostrando la +brillante dentadura con graciosas sonrisas. + +Juanito, entusiasmado por su buena fortuna, no pensaba ya en la +resolución que tan inquieto le había tenido durante todo el día. +Bastábale para ser feliz y considerarse dueño de Tónica oír su voz, +trémula por la emoción que le causaba un paseo tan íntimo. + +De pronto, Juanito pareció despertar. ¡Qué diablo! Ya estaban casi en la +mitad del camino, cerca del Mercado, y él callaba, sin atreverse a decir +lo que tan pensado tenía. + +Pero la maldita timidez retardaba con ridículos pretextos su +declaración. + +Bueno; aguardaría a llegar a aquella esquina, y una vez en ella, ¡zas! +soltaba su demanda, aunque cortase a Tónica en lo mejor de sus +confidencias. + +Ya estaban en la esquina. ¡Allá va...! Pero no; no hablaba. Iba tras +ellos un señor por la acera, resguardándose de la lluvia; podía oír su +declaración... ¡y quién sabe de lo que son capaces esas gentes burlonas, +que miran el amor como cosa de risa! + +Esperaría a que el molesto transeúnte se fuese por otra calle. Y +mientras tanto, escuchaba a Tónica, cuidando de ladear el paraguas para +que la cubriera bien, y mirando al suelo, como encantado por el trozo de +enagua blanca al descubierto y las pequeñas botinas que saltaban los +charcos con una graciosa ligereza de pájaro. + +Ella hablaba mientras tanto, desahogando el enfado que le causaban sus +parroquianas. Sólo una pobre como ella podía sufrir tantas exigencias. +Era costurera, y querían que trabajase como una modista famosa. Por dos +pesetas diarias la explotaban las parroquianas de un modo irritante; +mostraban un ansia furiosa para exprimir todas sus habilidades; la +hacían cortar y probar como una maestra y coser o zurcir como una +oficiala; obligábanla, con falsos mimos, a no levantar la cabeza del +trabajo ni un solo instante; se mordían los labios con rabia y dudaban +de su laboriosidad cuando no podía convertir en vestido flamante un +guiñapo viejo; y después de todo, cuando la costurera terminaba, +despedíanla sin cariño alguno, como un mueble inútil, y no se acordaban +de ella al darse tono en paseos y teatros, asegurando que era de una +modista francesa el vestido cuya confección les costaba unas cuantas +pesetas. + +--¿No es verdad, señor Peña, que eso es una ingratitud?--preguntaba +Tónica muy animada, olvidando los escrúpulos que había manifestado antes +de admitir el paraguas. + +Juanito contestaba con vehemencia, pero su pensamiento se hallaba a cien +leguas de lo que decía. Sí señor, era una infamia; personas tan ingratas +nada merecían. Y al mismo tiempo miraba atrás, viendo con gozo que el +transeúnte importuno había desaparecido. + +Ahora sí que se lanzaba; esperaría a pasar la plaza del Mercado, y así +que entrase en la calle de Gracia, soltaría su declaración. Tónica vivía +en esta calle, poco tiempo le quedaba para espontanearse, pero cuando se +lleva una cosa bien pensada, basta con pocas palabras. Y mientras +atravesaban el Mercado con pasos tímidos, resbalando en el barro +pegajoso que cubría las losas, el joven oía a Tónica con la falsa +atención del cómico en la escena, que finge escuchar mientras piensa en +lo que va a decir. + +Juanito se indignaba sin saber por qué. ¡Qué manera de explotar aquellas +señoras a la pobre Tónica! ¡Era insufrible! Y mientras matizaba con sus +exclamaciones la relación de la joven, pensaba con alarma que ya estaban +en la calle de Gracia y él todavía guardaba en el cuerpo, completamente +inédita, la declaración que tanto le inquietaba. + +En cuanto llegasen a la próxima esquina, interrumpía a la joven, aun a +riesgo de ser descortés. Bueno, ya estaban en la esquina, pero por un +poco más nada se perdía; prolongaría el plazo hasta un farol que estaba +tan próximo. Pero en llegando allí no había excusa. Hablaba, o era capaz +de arrancarse la lengua. + +Y así pasaba la pareja por todas las etapas que la maldita timidez de +Juanito iba marcando, sin llegar a decidirse. En la imaginación del +joven, aquella calle había sido mutilada de un modo horroroso; le +parecía extremadamente corta, y la pequeña puerta por donde desaparecía +Tónica todas las noches estaba ya a la vista. + +Para mayor desgracia, la joven seguía hablando; pero Juanito tembló, +pensando que podía quedarse solo y desesperado dentro de pocos minutos +por culpa de su timidez, y al fin se sintió hombre. + +--¡Tónica! + +Dijo esto con acento tan ahogado y angustioso que la joven calló, +mirando en derredor, como si les amenazase un peligro. + +--¿Qué ocurre? + +--Que la quiero a usted mucho; que.... + +--¡Ah! ¡era eso...!--exclamó Tónica sonriendo--. Yo también le quiero a +usted como un buen amigo, como un joven formal; sobre todo como formal. +No siendo así, no consentiría que me acompañase con tanta frecuencia, lo +que puede dar lugar a suposiciones. Mire usted, el otro día decían las +vecinas.... + +--No, no es eso. Yo no la quiero a usted sólo como amigo: yo la amo... +¿sabe usted? la amo, y soy ese hombre valiente de que usted hablaba +anoche, capaz de hacerla mi esposa sin dejar abandonada a la pobre +Micaela. + +Tónica mostrábase aturdida por la declaración. La presentía desde mucho +tiempo antes, pero habla llegado a dudar de ella en vista de la timidez +de aquel niño grande. Intentaba sonreír como sí tomase a broma las +palabras de Juanito, pero estaba ruborizada; se había detenido mirando +al suelo, y tan turbados estaban los dos en medio de la calle, que el +paraguas los dejaba al descubierto y la lluvia caía sobre sus hombros. + +El silencio era penoso. Juanito estaba asustado por la seriedad de +Tónica. La costurera reflexionaba, y al fin habló. + +Ella agradecía el ofrecimiento del señor Peña, pero no podía aceptar. +Era el hombre honrado y modesto que deseaba; si no fuese más que un +dependiente de comercio, tal vez aceptase... ¿pero es que ella ignoraba +quién era su familia? Estaba enterada por una parroquiana amiga de su +mamá y de sus hermanitas. Eran unas señoras de las que viven con +verdadero lujo, sin apelar a costureras ni a adornos caseros; tenían +carruaje... en fin, _una gran familia_--esto subrayado por una expresión +entre admirativa y respetuosa--, y no era justo ni legal que ella, una +pobre jornalera, aspirase a tanto. + +Juanito sentía alegría y compasión a un tiempo. Regocijábale el saber +que no era indiferente a Tónica y que en la posición de su familia +estaba el único obstáculo. ¡Valiente posición! Compadeció la ignorancia +de la joven y estuvo próximo a decirle que todo aquel lujo era imbécil +fatuidad, pura bambolla; pero sintióse dominado por sus temores de niño +sumiso y obediente, y hasta en el vacilante resplandor del inmediato +farol creyó ver el rostro de mamá contraído por un gesto de indignación +majestuosa. + +No negaba que su familia estuviera en «buena posición»; pero ¿qué +importaba esto? Él la quería, y no era necesario más. No pensaba dejar +de ser comerciante; su porvenir consistía en ser dueño de una tienda; ¿y +qué mejor que casarse con una mujer hacendosa, aleccionada en la escuela +del trabajo y la economía, y que supiera ser ama de su casa? El pobre +muchacho, roto el freno de su timidez, hablaba con vehemencia, meneaba +los brazos para afirmar sus palabras, sin ver que hacía danzar locamente +el paraguas, que conservaba abierto, y que varias veces estuvo próximo a +meter una varilla por los ojos de la joven. + +Pero Tónica no se convencía. Impresionábale el acento de verdad del +dependiente; pero no podía dominar el temor respetuoso que le inspiraba +una familia rodeada de los prestigios de la riqueza y de la elegancia. +Por esto a todos los argumentos de Juanito contestaba moviendo la cabeza +negativamente. + +Así pasaron más de un cuarto de hora en medio de la calle, bajo la +lluvia, llamando la atención de los escasos transeúntes, que ante una +pareja tan olvidada de sí misma hacían comentarios maliciosos. + +Por fin, la costurera pareció ablandarse. Lo pensaría; tal vez al día +siguiente pudiera contestarle. Y tras esta promesa, que para Juanito fue +una felicidad. Tónica dio seis golpes en la aldaba de su casa y +desapareció, cerrando la puerta de la escalerilla. + +El joven estaba deslumbrado. La última sonrisa de Tónica revoloteaba +delante de él con sus alas de oro, alumbrándole el camino. Sentíase +impregnado del indefinible perfume de la joven, y andaba con timidez, +como si se hubiese adherido a su exterior algo precioso y frágil que +podía desprenderse al acelerar su marcha. + +La dulce borrachera del amor correspondido trastornaba a Juanito. En +concreto, nada le había dicho Tónica; pero a pesar de esto, el joven, +con instintiva confianza, creía en su felicidad, y aquella noche fue la +primera de satisfacción y calma, después de las rabietas e inquietudes +que le había producido la timidez de su carácter apocado. Ahora... ¡oh! +ahora era todo un hombre, y así lo reconocía satisfecho y un tantico +orgulloso de su audacia. + +La costurera no fue más explícita al día siguiente. La «posición +brillante» de la familia de Juanito era una idea que se le había +atravesado en el cerebro. Ella no era nadie: una pobre costurera que, +acostumbrada a sufrir las impertinencias de las señoras, no podía +permitirse el lujo de mostrar susceptibilidad ni amor propio... pero eso +de casarse para ser la víctima resignada y humilde sobre la cual cayeran +los desprecios de la familia, estaba fuera del límite de su paciencia. + +--No diga usted que no. Adivino lo que sucedería; como si lo viese. Las +hermanas de usted, unas señoritas, se avergonzarían de tener por cuñada +a la que remendaba los vestidos de sus amigas; su mamá, toda una señora, +me consideraría un poquito más que a sus criadas. Y yo, aunque sea +pobre, no tengo fuerzas para tanto. Para salir de esta vida, quiero +vivir en paz con la familia de mi marido y que me respeten. ¿Qué menos +puedo pedir? ¿No es verdad...? + +No; no era verdad que ella corriese tantos peligros casándose con él. Lo +juraba a fe de Juanito Peña. ¡Su familia...! ¿Pero es que hacía gran +caso de él? Podría casarse con quien quisiera, sin miedo a disgustos ni +protestas. Él formaba aparte, se sentía aislado en medio de los suyos. Y +el pobre muchacho, como si de pronto apreciase toda la verdad de su +situación, decía esto con tal amargura, casi con lágrimas en los ojos, +que Tónica se conmovió, mostrándose más blanda. + +Ella le apreciaba; se creía muy honrada con merecer su atención; no +entendía de amoríos, pues sólo los había visto en las novelas; pero le +permitía seguir hablando con ella, como amigos más que como novios, y si +el tiempo demostraba que sus caracteres se comprendían y compenetraban, +entonces.... + +El rubor de la joven completó sus palabras. Juanito no necesitó más para +soltar el chorro de su verbosidad comprimida; y atropelladamente, habló +de su porvenir, trazando con furiosos brochazos el cuadro de su +felicidad. Tenía dinero... venderían el huerto de Alcira... compraría +una tienda. _Las Tres Rosas_ por ejemplo... se casarían... tendrían +niños, muchos niños, porque él, con sus gustos de joven tímido, adoraba +los muñecos... él sería un modelo de maridos.... Pero paró en seco al +ver que Tónica se ruborizaba, dirigiéndole miradas de reproche por la +libertad con que formulaba sus ilusiones. En fin, ya vería lo que era +bueno, y qué vida tan rica iban a darse cuando vivieran casados y fuera +del círculo de estúpidas pretensiones de su familia. + +Por de pronto, no era mala la vida que hacía Juanito. Pasaba el día +pensando en su Tónica; abandonaba la tienda a las horas en que aquélla +tenía que salir por algún encargo de sus parroquianas, y por la calle +iba al lado de ella, orgulloso como un triunfador, temiendo que le +viera la mamá y deseando al mismo tiempo encontrarse con sus hermanas, +para que éstas aprendiesen «a distinguir» y no le tuvieran por un +pazguato incapaz de tener novia. Por ella, por Tónica, reñía con la +planchadora, él, que era antes tan descuidado, deseando ostentar unos +cuellos duros y lustrosos como el mármol; y con gran asombro de las +hermanitas, se emancipaba de la dirección de la mamá, siempre tacaña con +él, y se hacía un traje igual a los de su hermano Rafael. + +Todo iba bien: Juanito se encontraba más joven y fuerte. Le parecía que +algo nuevo circulaba por su venas; era vino caliente y espumoso que +arrollaba y barría la antigua horchata. Ya había conseguido que Tónica +le llamase Juanito, y no señor Peña, con aquel acento ceremonioso que +hacía reír; pero aún no se había decidido a corresponder a su tuteo, y +le plantaba siempre un «usted» como una casa, asegurando que le causaba +rubor hablarle de otro modo.... ¡Qué inocente! ¡Como si él no fuese hijo +de un antiguo tendero del Mercado! En fin, todo se andaría. + +Lo que inquietaba algo a Juanito, en medio de su felicidad, eran las +atenciones que con él tenía su mamá, las miradas cariñosas, los «¡hijo +mío!» dichos en un tono halagador, con la suavidad mimosa de una +caricia. ¡Malo, malo! Juanito temblaba viendo aproximarse la afligida +demanda, el «sablazo» maternal, acompañado con lágrimas y conmovedoras +lamentaciones sobre lo mucho que cuesta la educación de los hijos. Y la +petición fue formulada, por fin, a principios de Semana Santa, una tarde +en que Juanito, después de comer de prisa, iba a salir para avistarse +con Tónica antes de entrar en la tienda. + +El pobre muchacho quedó anonadado por las maternales confidencias.... +¡Diablo! La situación era más grave que él imaginaba. Ya no eran diez o +doce mil reales los que ponían a su mamá con agua al cuello; ahora se +trataba de miles de pesetas, de miles de duros, y era preciso pagar o +resignarse a que la situación de la familia se hiciese pública, pues los +acreedores, gente grosera y sin entrañas, sin otra pasión que la del +dinero, eran capaces de desacreditar por dos cuartos a una señora +decente. + +--Yo me muero de ésta, Juanito mío; estas cosas no son para mí. ¡Ay, +Dios! ¡Cuánto cuesta criar a los hijos y sostener el rango de una +familia! Tú, hijo mío, sólo tú puedes sacar a tu madre de apuros.... +¡Tres mil duros...! ¿Sabes lo que es eso? Pues los tres mil duros he de +tener a punto para el día siguiente de las Pascuas. Me han amenazado; me +han llamado tramposa porque no puedo pagar... ¡tramposa! ¡a una señora +como yo...! No puedo sufrir tanta vergüenza. Y si mis hijos me +abandonan, me moriré, sí señor... presiento que estos disgustos me van a +quitar la vida. + +Juanito, a pesar de que estaba en guardia para librarse de los halagos +de su mamá, y se proponía no adquirir compromisos, sintió en su interior +algo que se sublevaba, subiendo hasta su rostro como una ola +caliente.... ¡Tramposa su madre! No estaba mal aplicado el calificativo; +pero el cariño ciego, que le hacía adorar a su madre, rebelábase ante +tal ofensa; le conmovía hasta el punto de que sus ojazos tranquilos y +bondadosos se velasen con lagrimones de ira. + +Con movimientos de cabeza asentía a todas las afirmaciones de su madre. +Sí; era preciso arreglar aquello; el honor de la familia no podía quedar +a voluntad de cuatro usureros, que, merced a ciertos papelotes firmados +por doña Manuela con tanta irreflexión como frescura, exigían quince mil +pesetas por un préstamo de once mil. Había que pagar; pero... ¿y el +dinero? ¿dónde encontrar el dinero? + +Y la viuda, al llegar a esta conclusión, le miraba fijamente, dándole a +entender que en él estaba la solución. + +--Hay que buscar el dinero, mamá. Podía usted hablar coa doña Clara, esa +amiga que, según dice el tío, es la arregladora de todos estos enredos. + +--¡Doña Clara...! ¡valiente apunte! Hijo mío, tú, como eres tan buenazo, +no conoces a las personas. Esa doña Clara es una tal, que sólo va donde +puede sacar, y vuelve las espaldas a una persona decente al verla en un +apuro. Nuestra situación es muy mala, rematadamente mala. + +Y en los oídos del joven agolpáronse en tropel las vergonzosas +confidencias, hechas en voz baja, temblorosa, no por el remordimiento, +sino por la humillación que suponía confesar la situación de la casa, +aun a su propio hijo. Las fincas todas hipotecadas, y si las vendía, no +llegaría su importe a la mitad de las deudas. Su firma en un sinnúmero +de pagarés, y tan desacreditada, que a su mismo portero le prestarían un +duro los usureros mejor que a ella. Vencimientos ineludibles que había +que satisfacer, so pena que la familia se desacreditara... y nada con +que pagar, absolutamente nada; la carencia más completa de medios para +salvar la situación. + +Las necesidades de la casa lo arrebataban todo. Ella había acudido ya a +los procedimientos más penosos para su dignidad. Si ahora fuese la +temporada de ópera, ni ella ni sus hijas podrían lucir las joyas que +enorgullecían y admiraban al pobre Juanito. Estaban en una casa de +préstamos. Y la vajilla de plata, que daba al comedor un aire tan +señorial, los grandes candelabros del salón, no habían salido de casa +para blanquearlos el platero; donde estaban era naciendo compañía a las +joyas. Todo por unos cuantos miles de reales, que se habían escurrido +como agua en aquella criba de deudas y gastos, de infinitos agujeros. + +--Esto te lo digo, Juanito, porque eres el más formal de la casa y +necesito tus consejos. Pero ¡por Dios! ni una palabra a las niñas; que +no sepan las pobrecitas la situación. Se sentirían humilladas, y no +quiero que mis hijas se consideren inferiores a sus amigas. + +Lo que menos preocupaba a Juanito era lo que pudiesen pensar sus +hermanas. Sus instintos de comerciante honrado, amigo de la regularidad, +sublevábanse al pensar en un medio tan vergonzoso de adquirir dinero. +Para él, las casas de préstamos eran antros horribles, guaridas de +latrocinio; acudir a ellas era contaminarse, perder la propia dignidad. + +--¿Y usted ha ido allí?--preguntó con expresión dolorosa--. ¿Ha entrado +en esas casas? + +Doña Manuela contestó con altivez. ¡Quién! ¿Ella...? ¿Por quién la +tomaba su hijo? Aunque arruinada, no por esto había perdido su dignidad. +Para tales comisiones se valía de doña Clara, que tenía amigos entre los +prestamistas, y hacía las «operaciones» diciendo que los objetos eran de +una señora distinguida cuyo nombre no podía revelar. Lo que doña Manuela +callaba eran las sospechas vehementes de que su amiga explotaba sus +apuros, guardándose los «picos» de las cantidades facilitadas por los +prestamistas. La viuda tenía la altivez de los grandes señores que creen +de buen tono dejarse robar descaradamente por sus criados. + +Cuando terminaron las revelaciones sobre la situación de la casa, la +viuda aguardó la respuesta de su hijo. Él era su única esperanza. Su +hermano la detestaba; ¿a quién podía confiar sus penas? A Juanito +únicamente, a su querido Juanito; pues Rafael, el pobre muchacho, metido +en el mundo elegante, nada sabía de las «materialidades » de la vida, ni +tenía bienes propios como su hermano mayor. Pero el bondadoso hortera se +mostró más duro que su madre esperaba. El amor le había transformado; +mas en vez de hacerlo soñador excitaba sus instintos de economía, +predominando en él las aficiones de su padre, lo que su tío y don +Eugenio llamaban «sangre comercial». + +Que nadie le tocase su huerto de Alcira. Y no es que amase gran cosa una +finca que sólo veía una o dos veces por año. Deseaba convertirla pronto +en dinero; pero los ocho mil duros limpios que pensaba sacar de ella +eran la base de su porvenir, la realización de sus ilusiones, el medio +de establecerse y convertir a Tónica en dueña de una gran tienda de +telas. + +Doña Manuela experimentó gran extrañeza al tropezar con una tenacidad +que nunca había supuesto en su hijo. Se negaba resueltamente a firmar +otro pagaré garantizando el crédito de su madre, y menos consentía aún +en hipotecar su huerto para adquirir los tres mil duros. + +--No, mamá--decía tímidamente, pero con firmeza--; no puedo. Ya sabrá +usted más adelante que eso no es posible. Necesito mi dinero; y además, +a mí me repugna eso de hipotecas, pagarés y préstamos de los usureros. +Como dice el tío, eso queda para las gentes perdidas. + +Pero deseaba salvar a su madre del compromiso; encogíasele el corazón al +verla tan hermosa, tan «señora», con los ojos llorosos y la frente +surcada por dolorosas arrugas, y buscaba mentalmente un medio para +sacarla de la situación. + +Era posible que don Antonio Cuadros, que tan rápidamente se +enriquecía.... Pero no. El enérgico gesto de su madre le dio a entender +que no consentía auxilios que lastimasen su amor propio. Tal vez más +adelante ella no diría que no, cuando se reanudasen las amistades; +ahora, desde la despedida de Andresito, eran bastante frías. + +Y Juan, no atreviéndose a nombrar a su tío, dejó de proponer soluciones. + +--Lo del huerto no lo consiento.... Pero no llore usted, mamá.... No +llore.... ¡Qué demonio! Para todo hay remedio en este mundo. ¡Si no se +gastase tanto en esta casa...! No se enfade usted, mamá. Sí; ya sé todo +lo que va a decirme; el decoro de la familia, la necesidad de sostener +el buen nombre, la conveniencia de colocar bien a las niñas.... La +verdad es que se necesitan tres mil duros, y que no se adquieren en unos +cuantos días economizando. Lo del huerto no lo consiento, lo vuelvo a +repetir.... Pero en fin, para que usted no esté triste, le prometo +encargarme del asunto. Yo lo arreglaré, y poco he de poder o la próxima +semana tendremos ese dinero. + +Pero Juanito, como enamorado, tardó en cumplir sus promesas. Sus amores +con Tónica, aquella luna de miel ideal, el afán de acompañarla a todas +partes, hablando de su porvenir, le tenían tan distraído, que si no +olvidó sus promesas, fue difiriendo su cumplimiento siempre para el día +siguiente. + +Su madre le lanzaba en la mesa miradas interrogantes; le llamaba aparte +para saber cómo iba «aquello»; y cuando él se excusaba con sus +ocupaciones en la tienda, estremecíase ante el gesto de dolor de doña +Manuela. + +Fue el Jueves Santo por la mañana cuando Juanito se decidió a emprender +el asunto. La tienda estaba cerrada. Tónica saldría de casa con su vieja +amiga; y él, no sabiendo qué hacer, decidióse a ir en busca de su tío. + +A las once salió a la calle. La mamá y las hermanitas estaban dando la +última mano al tocado de circunstancias: el crujiente vestido de seda, +el velo de blonda, y al puño el rosario de oro y nácar. Iban a una de +las principales iglesias a sentarse tras la mesa petitoria de una +comunidad de origen extranjero, a la hora en que la gente elegante reza +las estaciones. + +Juanito, a pesar de la ¡anual costumbre, sintióse impresionado por el +aspecto de la ciudad. Las tiendas cerradas, el adoquinado silencioso, +sin que una rueda lo conmoviese; las gentes vestidas de negro, con aire +solemne. Parecía que por la ciudad pasaba una epidemia, despoblando las +casas y ahuyentando el ruido de las calles. El profundo silencio +turbábanlo de vez en cuando los tercetos de ciegos que, agarrados del +brazo y golpeando el suelo con sus garrotes para orientarse, iban por el +arroyo sin miedo a ser atropellados, prorrumpiendo en lamentaciones +poéticas que, en tono quejumbroso, relataban la pasión y muerte del +Redentor. Los pasos de los transeúntes sonaban en las aceras como un +áspero y ruidoso frotamiento, y aglomerábase la gente en las puertas de +los templos, negras y profundas bocas que lanzaban a la fría calle el +denso vaho de su interior. + +Los soldados, con uniforme de gala y las manos yertas dentro de los +guantes de algodón, iban a visitar las estaciones, turbando el general +silencio con el arrastre acompasado de sus pies e impregnando el +ambiente de ese olor de salud, mezcla de carne sudada, cuero y lana +burda. Los caballeros maestrantes lucían sus uniformes obscuros, los +sanjuanistas su cruz roja, y hasta los oficiales de reemplazo y los del +batallón de Veteranos se adosaban los arreos militares para acompañar a +la señora en la visita a los templos y lucir de paso sobre el pecho las +recién frotadas cruces. Era un desfile brillante de autoridades y +uniformes, que admiraba a los papanatas; grupos de chicuelos y mujeres +se agolpaban ante los Eccehomos que se exhibían en las calles sobre un +pedestal: imágenes manchadas con brochazos de sangriento bermellón, la +corona de espinas sobre las lacias y polvorientas melenas que agitaba el +viento, una caña entre las manos y a los pies una bandeja con céntimos y +un viejo pedigüeño. + +Al llegar Juanito al barrio de las Escuelas Pías entró en una calle +estrecha donde estaba el caserón de sus abuelos, una interminable +fachada pintada de azul claro, en la cual, corrió por compasión, +rasgaban el grueso muro algunos balcones y ventanas, a gran distancia +unos de otros. + +Juanito recordaba su niñez. Se veía muchacho pelón jugando con los +chicos de la vecindad--los días en que su tío lo convidaba a comer--en +aquel portal inmenso, obscuro, rezumando humedad por entre su empedrado +de guijarros. Los recuerdos de la niñez seguían despertándose en él a la +vista de la vieja escalera con su pasamano de caoba, rematado por un +leoncito borroso y gastado, y de sus peldaños de azulejos del siglo +anterior, en los cuales veíanse navios sobre un mar morado, con banderas +más grandes que el casco, embozados de gruesas pantorrillas blancas con +sombrero de picos y huertanas con cestos de frutas, todo en colores +tostados y chillones. + +Vicenta, la vieja criada del tío, fue quien abrió la reja que obstruía +la escalera. Juanito era el único pariente del señor a quien toleraba la +vieja sirvienta. Le saludó con una sonrisa de su boca obscura y +desdentada, y como de costumbre, no preguntó por su mamá ni sus +hermanas. Aborrecía a aquellos parientes del amo, sabiendo la poca +estima en que éste los tenía. Don Juan estaba arriba, en los porches, +dando de comer a los palomos y a las gallinas. + +La criada y el sobrino hablaban en un rellano de la escalera, desde el +cual se veían algunas habitaciones. Él las conocía perfectamente, y +subsistían en su memoria con todos sus detalles estrambóticos. Desde +allí percibía el tufillo de las habitaciones cerradas años enteros; +aquel ambiente rancio, húmedo, cargado de polvo, que con la diaria +limpieza mudaba de sitio sin salir de la casa, y expulsado por la escoba +de los rincones iba a caer un poco más allá. + +La afición de don Juan a visitar almonedas, comprándolo todo con tal que +fuese barato, había convertido su casa en una prendería. Las salas eran +grandes como plazas, las alcobas podían servir de salones de baile; y a +pesar de esto, no había un palmo de pared libre de muebles o adornos. +Los armarios colosales se contaban a docenas, todos de roble viejo, con +tallas tan complicadas como sus enormes cerraduras; los cuadros, buenos +o malos, llegaban hasta el techo; las sillerías incompletas y de +distintos colores, no encontrando espacio junto a las paredes, +esparcíanse por el centro; todo estaba ocupado, como si la casa fuese un +almacén, un depósito de rapiñas verificadas al azar; y aunque todas las +piezas estaban abarrotadas, la casa sonaba a hueco, y la soledad +despertaba esos ecos misteriosos de las grandes viviendas abandonadas. +Mirando los salones interminables que parecían iglesias, pensábase +involuntariamente en la noche, cuando las sombras ahogaban la macilenta +luz de la candileja del avaro y los pasos del viejo y su criada sonaban +como en el ulterior de una cripta, en un medroso silencio interrumpido +por los crujidos de la madera vieja y las veloces carreras de las ratas. + +La manía de adquirir todo lo barato daba a la casa un tono grotesco. +Sobre la puerta de la escalera destacábase una testa de toro disecada, +con unas astas que daban frío. Juanito tenía presente los enormes monos +trepando por un tronco, con el lomo apelillado y calvo, y los pájaros +vistosos, a quienes no se podía quitar el polvo sin que cayesen las +plumas; adquisiciones de almoneda, que convertían en un arca de Noé el +gran salón, con su techo al fresco, donde jugueteaban amorcillos +descoloridos y macilentos por la pátina de un siglo entero, y con sus +enormes consolas doradas sobre las cuales se ostentaban grupos de frutas +contrahechas, uvas y melocotones, cuya cera perdía los vivos colores +bajo la capa de los años. + +--¿Conque el tío está arriba? + +--En los porches lo encontrarás, Juanito.... Sube, que yo voy a la +cocina. Creo que se quema el potaje. + +Y el muchacho siguió subiendo la escalera, que ya no era de azulejos +vistosos, sino de tostados baldosines. Aquellos peldaños habían sido +cincuenta años antes el camino de una gran industria. Centenares de +obreros los pisaban todas las mañanas, y por allí descendían, recién +salidos del telar, los floreados damascos, los brillantes rasos, la seda +listada, todas las magnificencias de una industria oriental que daba a +Valencia fama y prosperidad. Ahora era la escalera de un panteón, y se +sentía malestar oyendo cómo el eco repetía y agrandaba los pasos. + +Los porches eran inmensos. Un taller que se perdía de vista, ocupando +todo el último piso del caserón; un bosque de maderos y cuerdas, +invadidos por las telarañas; una confusión de telares que, inactivos y +muertos, parecían siniestras guillotinas, complicadas máquinas de +tormento. + +Juanito tardó en ver a su tío, agachado entre dos telares, en mangas de +camisa, ocupado en armar una ratonera. A pocos pasos de él, una docena +de gallinas picoteaban en un barreño, y por encima de los travesaños y +redes de los telares aleteaban los palomos, lanzando su arrullo +adormecedor. + +--¿Eres tú, Juanito?--exclamó el tío al levantar la cabeza--. No te +esperaba. ¿Vienes para que hagamos juntos las estaciones? Pues no pienso +salir hasta la tarde. + +Y don Juan, abandonando la ratonera, rué hacia su sobrino con la sonrisa +paternal, bondadosa, que reservaba para Juanito aquel hombre duro y +malhumorado con todos. + +La mirada curiosa e interrogante del sobrino llamó su atención. + +--¿Desde cuándo no has estado aquí...? Creo que desde que eras un +chicuelo y subías a enredar con tus compinches. Lo menos hace veinte +años.... Está bien arreglado, ¿verdad? Las ventanas cerradas, los +postigos de arriba alambrados, para que entre el sol y el aire.... Me he +gastado una barbaridad de dinero: lo menos doce duros; pero tengo un +palomar en el que se criarían perfectamente todos los animales de pluma +que entran en la plaza Redonda durante medio año. El único inconveniente +son las malditas ratas. No hay ratonera ni polvos que puedan con ellas. +Parece que los telares paran las ratas a montones. ¡Y qué atrevidas! +¡Degüellan a los polluelos, se comen las crías, y cualquier día creo que +bajarán para devorarnos a Vicenta y a mí! ¿Y lo desvergonzadas que +son...? ¡Mira... mira! + +Y al mismo tiempo que señalaba a un extremo del vasto taller, cogió un +pedazo de madera y lo arrojó con fuerza al lugar donde se agitaba el +terrible roedor. El proyectil, pasando por entre los telares, rebotó +sobre un poste, cayendo casi a los pies del tío. + +--¡Se escapó...! ¡Figúrate lo que harán esas malditas cuando estén +solas! Se comen más palomas y gallinas que yo, rompen los huevos, y +resulta que hago gastos para mantenerlas regaladamente. El día menos +pensado mato todos los animalitos, y se acabó la diversión. + +Y mientras decía esto, por no estar inactivo, cogía de un telar la +cazuela llena de granos, lanzando con voz de falsete un ¡_pul_! +¡_pul_...! interminable, y arrojaba puñados al suelo, arremolinándose en +torno de él las gallinas y palomos, escandalosas, agresivas, +disputándose aquel maná con furiosos picotazos. + +Juanito seguía contemplando el aspecto desolado del porche: el techo, de +cuyas viguetas pendían largos pabellones de telarañas; los telares, que +en sus superficies planas tenían capas de polvo cuya formación suponía +docenas de años; las ventanas, con sus cerraduras enmohecidas y arriba +unos enrejados por los que lanzaba el sol barras de luz en cuyo interior +danzaba un mundo de moléculas. + +El joven recordaba confusamente las grandezas que había oído de boca de +don Eugenio: los recuerdos gloriosos del arte de la seda, los brillantes +trabajos de los _velluters_ que cincuenta años antes hacían danzar las +lanzaderas allí mismo, del amanecer hasta la noche; y sentía cierta +pena, un malestar extraño, como si se encontrara ante las ruinas de una +ciudad muerta y todavía vibrasen en el espacio los últimos estallidos de +la catástrofe. Aquello era un panteón al que no se había quitado el +andamiaje; la ruina y el silencio habían pasado por allí, petrificando +el taller, antes ruidoso y ensordecedor. + +La melancolía del joven parecía comunicarse a don Juan, que ya no +arrojaba granos a sus aves. + +--¡Cómo está esto! ¿No es verdad que entristece...? Y menos mal para ti, +que no has conocido los buenos tiempos, cuando desde el amanecer reinaba +aquí un estrépito de dos mil demonios, y abajo, tu abuelo y yo sentíamos +temblar el techo al empuje de los telares, mientras arreglábamos cuentas +o sacábamos de los armarios las ricas piezas para enseñarlas a los +compradores.... ¡Ah, qué tiempos aquéllos...! + +Y el viejo se conmovía, coloreábase su tez, gesticulaba con entusiasmo, +y sus ojos brillaban como si viese en movimiento aquel centenar de +telares y una turba activa y laboriosa en torno de ellos. + +--Aquí, en estos talleres, estaban la riqueza y la honra de Valencia; +aquí trabajaban los _velluters_, aquella gente que por su tonillo docto +era el prototipo de la pedantería, pero que resultaba respetable por ser +la fiel guardadora de las costumbres tradicionales, la sostenedora de +ese carácter valenciano, sobrio, alegre y dicharachero, que casi ha +desaparecido. ¡Qué hombres aquéllos! Tenían sus defectos, Juanito; pero +así y todo, no los cambiaría yo por los hombres de hoy. Su carácter era +sutil como la seda; acostumbrados a las labores difíciles, menudas y +complicadas, eran meticulosos, y tan amantes de la equidad, que hasta se +cuenta como chiste que uno de los del gremio hizo parar una vez la +procesión para recoger del palio una pasita que se le había caído +comiendo en la ventana. Esto sería ridículo, pero a mí me entusiasma. +Con hombres así no había miedo a ser robado, y la confianza entre amos y +obreros era completa. El tejedor entraba de aprendiz en un taller, y +sólo lo abandonaba para irse al cementerio. Todos los trabajadores de la +casa me vieron nacer. Eran como de la familia.... ¡Oh, qué tiempos +aquéllos...! + +Y don Juan, animado por sus rancios entusiasmos, entornaba los ojos, +como para ver mejor el hermoso cuadro del pasado. + +--Ahora--continuó, apoyando sus palabras con pataditas nerviosas--, +ahora, todo muerto por culpa del maldito Lyón, de esos gabachos que con +sus máquinas endiabladas nos han arruinado.... Ya no hay moreras en la +huerta; en las barracas se ha perdido la memoria de las cosechas de +capullo, y ha muerto una industria... industria no; un arte que +nosotros, aunque cristianos viejos, heredamos directa y legítimamente de +nuestros abuelos los moros.... ¿Y en esto consiste el progreso? ¿En que +unos pueblos roben a otros sus medios de vida...? Pues me _futro_ en él +y en los que le defienden. + +Y el viejo, siempre circunspecto y bien portado, animándose con la +imaginación, hacía ademanes tan enérgicos como incorrectos para +manifestar el desprecio que le merecía el progreso condenado. + +--Y no es que yo maldiga los adelantos--dijo después, como si se +arrepintiese--; sobre todo me gusta que vayan a Madrid en menos de un +día, cuando en mis tiempos se necesitaba nueve de galera y hacer +testamento. Pero me enfurece que lo que estaba bien, y muy en su punto, +venga el señor Progreso y lo eche a perder con su afán de revolucionarlo +todo. Callaría si el arte de la seda hubiese ganado algo con nuestra +ruina; pero me sublevo al ver que lo de allá, que es lo que priva, ni es +arte ni nada. Industrialismo vil: estafa y nada más. ¿Dónde están los +tejidos de pura seda que un puñal no podía atravesar? ¿Dónde los +terciopelos que pasaban de abuelos a nietos, como si acabasen de salir +de la tienda? Aquello acabó, y ahora sólo queda la sedería de Lyón, +«mírame y no me toques», algodón malo, géneros que no duran un año, +porquerías con las que van tan orgullosas estas señoritas del día.... +¿No es esto, Juanito? ¿No lo ves tú así? + +Y el sobrino contestaba a todo con afirmativas cabezadas, muy preocupado +en su interior por el modo como expondría la pretensión que le llevaba +allí. La aprobación de Juanito templó las iras del viejo. + +--No creas por eso que me forjo ilusiones. Esto está muerto y bien +muerto. No es culpa de los de allá, sino de la gente de aquí. Se acabó +el buen gusto. Hoy se tiene horror a lo que es rico y vistoso; los +señores visten como los criados; todos van de obscuro, como sacristanes; +el chaleco, que es la prenda que da majestad a la persona y pregona su +clase, es de la misma tela que los pantalones; ya no se ostenta sobre el +vientre el terciopelo floreado, aquellas rayas de cien colores que tanto +golpe daban en mi juventud, y hasta los labradores se encajan la blusa +y el hongo, como asistentes, y se ríen cuando sacan del fondo del arca +el chupetín de raso de sus abuelos, la faja de seda y el pañuelo de +flores, que tanto lucían en los bailes de la huerta.... ¿Y las mujeres? +No me hables de ellas.... ¡Valientes imbéciles! Ni en las aleluyas del +mundo al revés.... Se visten como los hombres, con lanilla inglesa; van +feas como demonios con esos colores de enterrador, apagados, sombríos; y +en el verano gastan, cuanto más, percal de tres reales, con lo que creen +ir tan elegantes. ¡Oh, aquellos tiempos míos! Se estrenaba menos, era +menor la variedad, pero se lucían cosas buenas y sólidas, que pasaban +docenas de años en los roperos sin que hubiera polilla con valor para +hincarlas el diente. ¡Todo se ha perdido! ¡Adiós, cortinajes de damasco! +¡Abur, seda chinesca! Ahora adornan los salones con unas telas ásperas, +de tejido burdo y borroso; y cuando no, para que la cosa tenga +«carácter» (¡vaya una palabra!), echan mano de las mantas jerezanas y +arman una decoración de taberna. + +Y el viejo, con el bigote un tanto erizado y los mongólicos ojos echando +chispas, se movía y braceaba furioso, como si arrojara su indignación a +la cara de un ser invisible. Su voz despertaba ecos en el inmenso +porche, más silencioso que de costumbre por la calma en que estaban las +calles; y a pesar de que las gallinas y las palomas picoteaban en torno +de él, quitando grandeza a la escena, don Juan parecía un personaje +bíblico, un profeta desesperado gimiendo lamentaciones ante las ruinas +de la ciudad amada. + +Pero no era el avaro hombre capaz de entregarse por mucho tiempo a esta +indignación con arranques líricos. + +--Pero vamos a ver, muchacho... ¿a qué has venido...? Algo te trae aquí. +Lo adivino en tu preocupación. + +-Juanito balbuceó, sorprendido por esta pregunta inesperada. Sí.... Algo +tenía que decirle a su tío; pero le turbaban tanto los ojos +interrogantes de éste, la calma con que esperaba su respuesta, que se +le embrollaban sus pensamientos y no sabía cómo empezar. + +--Es cuestión de la mamá.... ¡Si usted supiera, tío...! Está en +situación muy apurada. + +Y rápidamente, sin tomar aliento, como si arrojara lejos de sí un peso +asfixiante, disparó las pretensiones de doña Manuela, aquella demanda de +quince mil pesetas, cantidad necesaria para salvar la honra de la +familia. + +--Y bien, muchacho: ¿qué es lo que quieres decirme con todo esto? + +--Que usted... como hermano... como tío mío que es, podía.... + +--Nada puedo, ¿lo entiendes...? Nada, absolutamente nada; y más +tratándose de tu madre. El viejo dijo esto con un acento que no daba +lugar a dudas. No había que esperar que retrocediese en su negativa. + +--¿Es que aún no conoces a tu madre? ¿No te he dicho muchas veces quién +es...? ¿Que debe...? Pues que pague; y si no tiene con qué hacerlo, que +sufra las consecuencias. He jurado no tenderle la mano aunque la vea con +agua al cuello. Si fuese como Dios manda, una persona arregladita y +económica, la sangre de mis venas le daría; pero a una derrochadora, que +sólo se acuerda de su hermano en los apuros, y cuando tiene cuatro +cuartos desprecia sus consejos, a ésa no le doy ni esto. + +Y metiéndose la uña del pulgar entre los dientes, tiraba con fuerza, +produciendo un chasquido. + +--De seguro que ella es la que te envía aquí. + +--No, tío; puede usted creerme. Vengo por mi propia voluntad. + +--Pues entonces--dijo sonriendo el ladino viejo--es que ella te ha +pedido a ti el dinero, y vienes a ver si lo saco yo. + +Enrojecióse el rostro de Juanito al ver que su tío adivinaba en parte la +verdad. + +--No niegues, muchacho; la cara te hace traición.... Óyeme bien: si eres +tan imbécil que te dejas explotar por tu madre, no cuentes con el +cariño de tu tío. Lo que te dejó tu padre para ti es, y no para que se +lo coman tus hermanitos los cachorros de Pajares. Vamos a ver; di la +verdad: ¿No te ha metido Manuela en sus trampas? ¿No te ha hecho firmar +algún pagaré? La verdad, y nada más que la verdad. + +La mirada del viejo era fija, inquisitorial, escudriñadora; pero Juanito +tuvo serenidad para mentir. + +--No, señor; nada he firmado. + +--Te creo, y lo celebro. ¡Mucho ojo, muchacho! Tu madre tiene hambre de +dinero, y de seguro que no pierde de vista tu fortunita. No quiero que +te roben. Cuando yo muera, tendrás más, algo más que ese huerto de +Alcira; no quedarás en medio de la calle, como tu mamá, tus hermanas y +el _perdis_ de Rafaelito.... Pero vuelvo a repetirlo: no quiero que te +roben. Además, no tomes tan a pecho eso de la ruina de tu madre. Ella +vive en la trampa como en su propio elemento, y ya sabrá salir de este +apuro como de otro. Aún le queda algo para ir tirando; y cuando no tenga +ni camisa, reventará, tenlo por seguro. Es de esas gentes que no mueren +hasta gastar el último ochavo. + +A Juanito le molestaba este lenguaje rudo que hería tan en lo vivo a su +madre, a su ídolo; pero al tío le había profesado siempre tanto cariño +como respeto, y fluctuando su carácter entre los dos afectos, limitábase +a callar. Más de media hora estuvo oyendo los agravios que don Juan +tenía con su hermana, el odio nacido al casarse ésta con el doctor +Pajares, que sobrevivía a pesar del tiempo transcurrido. + +--Adiós, Juanito, y no hagas caso de tu madre--dijo al despedirle en la +escalera--. Lo que debes hacer es preocuparte menos de tu familia, que +nunca ha pensado en ti, y preparar tu porvenir. Ve pensando en +establecerte, y si encuentras una muchacha buena, hacendosa y modesta, +lo que no es fácil, tampoco será de más que te cases. Para ser +comerciante necesitas familia. Adiós, muchacho. Ven a la tarde y +haremos juntos las estaciones. + +El muchacho salió de la casa, llevando sobre sus hombros una verdadera +olla de grillos. Era verdad lo que decía el tío: le querían explotar. +Los lujos y prodigalidades de la familia tenía que pagarlos él, ¡él, que +en su casa había ocupado un lugar intermedio entre los criados y sus +hermanos! No daría un céntimo; que se arreglase su madre como pudiera. +Nada le debía, pues le entregaba íntegro el salario de la tienda, +satisfaciendo con creces sus gastos. + +Pero todos sus propósitos de energía desvaneciéronse ante las miradas +suplicantes de su madre. ¡Qué hermosa estaba! Con sus ojazos +lagrimeantes y tiernos, parecía la Virgen que tiene el corazón erizado +de espadas. Él no la abandonaba; sería un mal hijo si correspondía con +el desdén al cariñazo maternal que le mostraba la buena señora tan +pronto como se veía en apuros de dinero. + +--Bueno, mamá; no llore usted. No encuentro quién nos preste; pero estoy +dispuesto a firmar lo que usted quiera, dando en garantía el huerto. +Crea usted que me cuesta mucho desprenderme de ese dinero. + +--Yo te lo devolveré, hijo mío; te lo devolveré pronto--dijo la +arrogante señora abrazando a Juanito y mojándole el rostro con sus +lágrimas. + +Y lo decía con toda su alma, con la buena fe de los tramposos cuando se +ven salvados, que confían ciegamente en el porvenir y creen mejorar su +fortuna en lo futuro. + +--Está bien, mamá--dijo Juanito, que en medio de su enternecimiento no +se cegaba--. Firmaré, pero sólo por quince mil pesetas. + +Larga pausa. + +Doña Manuela, pensativa: + +--Mira, hijo mío, quince mil pesetas justas no han de ser. Puedes firmar +por dieciséis mil. No digas que no, rico mío. Completa tu sacrificio. +Necesito algún dinerillo para pagar ciertas cuentas, y además, las +Pascuas vamos a pasarlas en nuestra casa de Burjasot; vendrán amigos, y +hay que quedar bien. Ante todo, el decoro de la familia y no caer en el +ridículo. Conque no tuerzas el gesto, niñito mío; quedamos en que serán +dieciséis mil.... ¡Ay, qué peso me has quitado de encima...! + + + + +VI + + +Había abandonado la mesa la familia y aún duraban los elogios a +Visanteta por el mérito de la _paella_ que les había servido, cuando +comenzaron a llegar los amigos. + +--Mamá--gritaba Amparito desde la puerta de la calle--, las de López, +que vienen en su faetón. ¡Calle! El tranvía ha parado en la esquina.... +¡Si son «las magistradas»! ¡Ay, y también el papá de Andresito, guiando +su _charrette_...! ¡Si parece que se han dado cita! ¡Todos a un +tiempo...! ¡Venid, Conchita, mamá! ¡Mirad qué guapo está el señor +Cuadros guiando su cochecito! ¡Parece que en toda su vida no haya hecho +otra cosa...! + +Y los convidados de doña Manuela entraron en la casa, confundiéndose +unas familias con otras, saludándose las mujeres con un tiroteo de besos +y elogiando todas las cualidades de la «posesión» que la viuda de +Pajares tenía en Burjasot. Era un _chalet_ que parecía escapado de una +caja de juguetes; un edificio construido por contrata, tan bonito como +frágil, con sus tejados rojos y escalinatas con jarrones de yeso, +situado en el centro de un jardincillo excavado en las rocas, con dos +docenas de árboles tísicos que gemían melancólicamente, martirizadas +sus raíces por la capa de dura piedra que encontraban a pocos palmos del +suelo. A pesar de su aspecto de decoración de ópera, que tanto +entusiasmaba a doña Manuela, el tal _chalet_ no pasaba de ser una casa +de vecindad, enclavado como estaba entre otras construcciones de la +misma clase, todas frágiles y pretenciosas, con sus jardincillos como +sábanas, y sobre la verja, en letras doradas, los campanudos títulos de +Villa-Teresa, Villa-María, etcétera, según fuese el nombre de la +propietaria. + +La viuda había empeñado y perdido para siempre un centenar de hanegadas +de tierra de arroz que le producían muy buenos cuartos, para adquirir +aquella ratonera brillante y frágil, a la que puso el título de +Villa-Conchita, no sin protestas ni rabietas de Amparo. Creía que una +«villa» para el verano es el complemento de una familia distinguida que +tiene coche; y en las tertulias, al dirigirse a sus amigas, llenábase la +boca hablando de su «lindo hotelito» de Burjasot y de las innumerables +comodidades que encerraba. + +La casa era mala, pero el paisaje magnífico. Los hotelitos--había que +llamarlos así, para no disgustar a doña Manuela--, ocupando la suave +pendiente de una colina yerma, eran un magnífico mirador, desde el cual +se abarcaba la vega con todas sus esplendideces. + +Al frente, Burjasot, prolongada línea de tejados con su campanario +puntiagudo como una lanza; más allá, sobre la obscura masa de pinos, +Valencia achicada, liliputiense, cual una ciudad de muñecas, toda +erizada de finas torres y campanarios airosos como minaretes moriscos; y +en último término, en el límite del horizonte, entre el verde de la vega +y el azul del cielo, el puerto, como un bosque de invierno, marcando en +la atmósfera pura y diáfana la aglomeración de los mástiles de sus +buques. + +El día era hermoso; un verdadero domingo de Pascua. La primavera +enardecía la sangre, y la ciudad entera, solemnizando la vuelta del buen +tiempo, lanzábase al campo, levantando en él un rumor de avispero. + +Los convidados de doña Manuela veían a poca distancia los famosos Silos +de Burjasot, gigantesca plataforma de piedra, cuadrada meseta agujereada +a trechos por la boca de los profundos depósitos y en la cual +hormigueaba un enjambre alegre y ruidoso: corros en que sonaban +guitarras, acordeones y castañuelas acompañando alborozados bailes; +grupos de gente formal entregada sin rubor a los juegos de la infancia; +docenas de muchachos ocupados en dar vuelo a sus cometas con grotescos +figurones pintados, que al remontarse moviendo los inquietos rabos +hacían el efecto de parches aplicados al azul cutis del infinito y daban +al paisaje un aspecto chinesco de abanico o de pañolón de Manila. + +En casa de doña Manuela, las señoras, despojadas de sus sombreros y +mantillas, y los hombres fumando con la confianza del que está en su +propio domicilio, contemplaban desde los balcones la alegría popular. + +Bastábales volver un poco la cabeza, y su vista caía sobre la inmensa +vega, silenciosa y esplendente, con sus tonos verdes de infinitos +matices, que deslumhraban, abrillantados por el sol de la primavera. Los +pueblos y caseríos, compactos y apiñados hasta el punto de parecer de +lejos una sola población, matizaban de blanco y amarillo aquel +gigantesco tablero de damas, cuyos cuadros geométricos, siendo todos +verdes, destacábanse unos de otros por sus diversas tonalidades; a lo +lejos, el mar, como una cenefa azul, corríase por todo el horizonte con +su lomo erizado de velas puntiagudas como blancas aletas; y volviendo la +vista más a la izquierda, los pueblos cercanos: Godella con su obscuro +pinar, que avanza como promontorio sombrío en el oleaje verde de la +huerta; y por encima de esta barrera, en último término, la sierra de +Espadan, irregular, gigantesca, dentellada, mostrando a las horas de sol +un suave color de caramelo, surcada por las sombras de hondanadas y +barrancos, decreciendo rápidamente antes de llegar al mar, y ostentando +en la última de sus protuberancias, en el postrer escalón, el castillo +de Sagunto, con sus bastiones irregulares, semejantes a las ondulaciones +de una culebra inmóvil y dormida bajo el sol. + +La esplendidez del paisaje tenía como embobados a los convidados de doña +Manuela, a pesar de ser todos ellos gente poco susceptible de +entusiasmarse ante cosas que no fuesen útiles. + +--¡Muy hermoso!--exclamaba «la magistrada »--. Yo he vivido en Granada +cuando mi difunto estuvo en aquella Audiencia, y su vega no tiene +comparación con ésta. + +--¡Qué ha de tener!--dijo el señor López el bolsista con expresión +doctoral--. Cuando a Fernando VII lo trajeron a los Silos, declaró que +esto era el balcón de España. + +--Pues figúrese usted--añadió doña Manuela, que enrojecía de +satisfacción con estos elogios que alcanzaban a su casa--. Si los Silos +son el balcón de España, ¿qué será Villa-Conchita, que está más alta que +ellos? + +--El balcón de Europa, Manuela, no lo dude usted. + +El señor Cuadros, después de soltar esta barbaridad, miró a su mujer, +que, como siempre, le admiraba. + +Mientras tanto, las niñas de la casa, las de López y «las magistradas» +paseaban por el jardincillo con Rafael, que hablaba de su amigo Roberto, +a quien estaba esperando. + +Andresito, cariacontecido y triste, seguía en un extremo del gran +balcón, alejado de las personas graves. Sabía de buena tinta que la +traviesa Amparito había tronado con el artillero; consideraba además +como de muy buen signo que doña Manuela hubiese invitado a su familia, +desechando la anterior frialdad; pero a pesar de esto, el bebé le había +recibido con una sonrisa maligna, burlona, y antes de que hablara, se +agarró del brazo de sus amigas, dejándole con la palabra en la boca. Y +allí estaba él, plantado en el balcón, paciente y resignado, como si su +destino fuese aguantar desdenes de aquella a quien había maldecido e +insultado en toda clase de metros. Para ocultar su despecho, fingía +contemplar atentamente el risueño panorama con sus ojos turbios. Poco le +faltaba para llorar, y queriendo ocultar su emoción, murmuraba con +expresión pedantesca: + +--¡Qué espectáculo! Esto es una sinfonía de colores, una verdadera +sinfonía. + +¡Sinfonía de colores! Una fraséenla que había pescado en una de esas +críticas que hablan del «colorido» y el «dibujo» de la música y la +«armonía » y los «acordes» de la pintura. + +El joven repetía con obstinación su frase, como el que, acostado, +masculla sin cesar la misma oración para aturdirse y coger el sueño; y +poco a poco, como hipnotizado por la brillantez del paisaje, fue +sumiéndose en un limbo de quietud contemplativa. + +Y ahora ¡vive Dios! iba adquiriendo realidad la dichosa sinfonía de +colores; ya no era una frase huera y sin sentido, porque todo parecía +cantar, la vega y el Mediterráneo, los montes y el cielo. ¡Qué delicioso +era el anonadamiento del poetilla, apoyado en la balaustrada, sintiendo +en su rostro el fresco viento que tantas cabriolas hacía dar a las +cometas de papel...! Allí estaba la sinfonía, una verdadera pieza +clásica con su tema fundamental... y él percibía con los ojos el +misterioso canto, como si la mirada y el oído hubiesen trocado sus +maravillosas funciones. + +Primero, las notas aisladas e incoherentes de la introducción eran las +manchas verdes de los cercanos jardincillos, las rojas aglomeraciones de +tejados, las blancas paredes, todas las pinceladas de color sueltas y +sin armonizar por hallarse próximas. Y tras esta fugaz introducción, +comenzaba la sinfonía, brillante, atronadora. + +El cabrilleo de las temblonas aguas de las acequias, heridas por la luz, +era el trino dulce y tímido de los violines melancólicos; los campos de +verde apagado, sonaban para el visionario joven como tiernos suspiros +de los clarinetes, «las mujeres amadas», como les llamaba Berlioz; los +inquietos cañares con su entonación amarillenta y los frescos campos de +hortalizas, claros y brillantes como lagos de esmeralda líquida, +resaltaban sobre el conjunto como apasionados quejidos de la viola de +amor o románticas frases del violoncelo; y en el fondo, la inmensa faja +de mar, con su tono azul esfumado, semejaba la nota prolongada del metal +que, a la sordina, lanzaba un lamento interminable. + +Andresito se afirmaba cada vez más en la realidad de su visión. No eran +ilusiones. El paisaje entonaba una sinfonía clásica, en la que el tema +se repetía hasta lo infinito. Y este tema era la eterna nota verde, que +tan pronto se abría y ensanchaba, tomando un tinte blanquecino, como se +condensaba y obscurecía hasta convertirse en azul violáceo. Como en la +orquesta salta el pasaje fundamental de atril en atril para ser repetido +por todos los instrumentos en los más diversos tonos, aquel verde eterno +jugueteaba en la sinfonía del paisaje, subía o bajaba con diversa +intensidad, se hundía en las aguas tembloroso y vago como los gemidos de +los instrumentos de cuerda, tendíase sobre los campos voluptuoso y +dulzón como los arrullos de los instrumentos de madera, se extendía +azulándose sobre el mar con la prolongación indefinida de un acorde +arrastrado del metal, y así como el vibrante ronquido de los timbales +matiza los pasajes más interesantes de una obra, el sol, arrojando a +puñados su luz, matizaba el panorama, haciendo resaltar unas partes con +la brillantez del oro y envolviendo otras en dulce penumbra. + +Y Andresito, con la imaginación perturbada, iba siguiendo el curso de la +sinfonía extraña que sólo sonaba para sus ojos. Los caminos, con su +serpenteante blancura, eran los intervalos del silencio. El tema, el +color verde, crecía en intensidad al alejarse hacia las orillas del mar; +allí llegaba al período brillante, a la cúspide de la sinfonía; y +lanzándose en pleno cielo, aclarándose en un azul blanquecino, marchaba +velozmente hacia el final, se extinguía en el horizonte pálido y vago +como el último quejido de los violines, que se prolonga mientras queda +una pulgada de arco, y adelgazándose hasta ser un hilillo tenue, una +imperceptible vibración, no puede adivinarse en qué instante deja +realmente de sonar. + +Era una locura; pero el visionario muchacho «veía» cantar los campos y +gozaba en la muda sinfonía de los colores, en aquella obra silenciosa y +extraña que se parecía a algo... a algo que Andresito no podía recordar. +Por fin, un nombre surgió en su memoria. Aquello era Wagner puro; la +sinfonía del _Tannhauser_, que él había oído varias veces. Sí; allí unas +tonalidades de color enérgicas y rabiosas sofocaban a otras apagadas y +tristes, como el canto de las sirenas, imperioso, enervante, +desordenado, intenta sofocar el himno místico de los peregrinos. Y +aquella luz que derramaba polvo de oro por todas partes, aquel cielo +empapado de sol, aquella diafanidad vibrante en el espacio, ¿no era el +propio himno a Venus, la canción impúdica y sublime del trovador de +Turingia ensalzando la gloria del placer y de la terrena vida? Sí; +aquello mismo era. Y el muchacho, sonámbulo, embriagado por la +Naturaleza, hipnotizado por la extraña contemplación, movía la cabeza +ridiculamente, y al par que pensaba que todo aquello era magnífico para +puesto en verso, tarareaba la célebre obertura con tanta fe como si +fuera el propio _Tannhauser_ escandalizando con su himno a la corte del +landgrave. + +--Andresito... oye; oiga usted. + +¿Quién le hablaba...? ¿Si sería Elissabetta, la cándida amada del +cantor? No; era Amparito, el malicioso bebé, que le sonreía, algo +confusa y tímida, como si no supiera qué decirle, y un poco más allá, +doña Manuela envolviéndolos en la más tierna de sus miradas maternales. + +Bien sabía hacer las cosas aquella señora. Al ver al pobre muchacho solo +y gesticulando como un imbécil, había llamado a la niña para que lo +llevara abajo con la gente joven, lo mismo que dos meses antes le había +mandado que rompiese con él toda clase de relaciones. Era asombroso este +cambio de conducta; pero también lo era que el señor Cuadros, que antes +medía telas en su tienda sin ambición alguna, tuviera ahora carruaje y +todo el empaque pretencioso de un aspirante a millonario. + +--Ven conmigo, Andresito. Vamos a dar un paseo. + +--Sí--añadió la mamá--, acompaña a Amparito. Reúnete con la gente +joven.... ¡Qué diablo! A tu edad.... + +El muchacho siguió a su antigua novia. Estaba como si acabase de +despertar y todavía no hubiera ahuyentado la modorra del sueño. Aún le +zumbaba en los oídos el eco lejano de la extraña sinfonía. + +En el jardín estaban las jóvenes, muy alborozadas, en torno de Rafael y +su amigo Roberto, que acababa de llegar. Juanito habíase metido en el +piso bajo, donde reinaba gran algazara por estar reunidas las criadas de +la casa con las de las familias invitadas. + +Amparito llevaba a remolque a su antiguo novio. + +--Vamos a ver; ¿qué hacemos...? Podemos dar un paseo por la montaña. + +Y el alegre enjambre transpuso la verja del jardincillo, dirigiéndose a +lo que llamaban «la montaña», árida colina, suave hinchazón del terreno, +cariada como una muela vieja, rajada y perforada por las excavaciones de +las canteras y las minas de greda. + +El bullicioso escuadrón encaminábase lentamente a un horno de cal que +había en la cumbre. Otros grupos de paseantes destacábanse a lo lejos +como hormigas trepadoras. + +Andresito y el bebé quedábanse rezagados, andaban lentamente y se +detenían para recalcar sus palabras con gestos vehementes. + +--Ea, que no te creo. Me la pegaste con el artillero, te burlaste de +mí... «destrozaste mi alma», ¿y ahora quieres que yo me trague esa bola +de que me querías entonces y sigues queriéndome? + +--¡Pero tonto, si todo fue por probarte...! El artillero, ¡valiente +mico! Yo sólo te he querido a ti; pero a mamá no le parecía bien nuestro +noviazgo, lo tenía por cosa de poca formalidad, y hube de obedecerla. + +--¿Y ahora? + +--Ahora es otra cosa. No sé qué mosca le ha picado a mamá. Antes eras un +títere, y ahora parece que te considera mejor. En esto debe bailar tu +papá. + +--¡Mi papá!--exclamó Andresito con terror infantil, como si temiese una +mano de azotes por la travesura. + +--Calla, memo, no te asustes. Yo «distingo» más que tú, y creo que +nuestro noviazgo es ya pan comido para la mamá y tu padre. + +--¡Entonces...! + +--Entonces, señor mío, podemos querernos como antes y sin miedo alguno; +pero te advierto que nuestro noviazgo no ha de ser cosa de tapujo. ¿Para +qué el novio, si no puede una lucirlo...? ¡Ah! Queda prohibido que me +endilgues más versitos como los que me enviaste después del rompimiento. +Señores, tiene gracia el modo como se desahoga este caballerito. Con esa +cara de pascua, y tiene más ponzoña que una víbora. «¡Pérfida!, +¡desleal!, ¡traidora!...» Por eso tuve tanto gusto en hacerte rabiar con +el teniente; para vengarme. Se acabaron los versos; y si me disparas +algún soneto, te frotaré los hocicos con él, ¿sabes, niño? como a los +gatitos cuando son cochinos. + +Y Andresito sonreía, embelesado por la gracia con que el bebé le +hablaba, ahuecando la voz para imitar grotescamente el tono de sus +poesías y acompañando sus palabras con gestos de píllete. ¡Oh, qué +criatura! Había que creerla y él se lo tragaba todo a ojos cerrados, +incluso la afirmación de que sus relaciones con el teniente sólo fueron +para aumentar sus rabietas. + +--Pero ¿no vienen ustedes? + +Eran las de López las que llamaban; unas «perchas », según Amparito, a +las que caían rematadamente mal los vestidos lujosos y recargados con +que las obsequiaba el papá a cada operación afortunada en la Bolsa. + +--¿Ya se han arreglado ustedes?--añadió una de ellas, sonriendo de un +modo que picó la susceptibilidad de Amparito. + +¡Ya les ajustaría las cuentas a aquellas pavas...! Y abandonando a +Andresito, se unió al grupo de jóvenes que, en fila y cogidas del talle, +corrían como unas locas por la suave pendiente. La alegría del campo, al +verse libres de la mirada interrogante y severa de las mamas, +convertíalas en niñas revoltosas, y a pesar de sus altos peinados, de +sus faldas largas y ajustadas, correteaban, enseñando sus lindos pies y +aleteando con sus enaguas como una bandada de pájaros. Las mejillas se +enrojecían, expeliendo en su dilatación la capa de polvos de arroz; los +ojos brillaban, los empellones y las corridas impetuosas parecían +enardecerlas, como muchachas que se embriagan con la violencia de sus +juegos, y en las expansiones a que se entregaban, acariciándose los +inflamados rostros, besándose ruidosamente, parecía notarse algo de +desprecio por los hombres que iban detrás. Rafael, su amigo y Andresito +caminaban lentamente, con cachaza filosófica, mirando el hermoso grupo, +sin intentar mezclarse en él. + +Mientras tanto, Juanito pasaba la tarde en la cocina. Era una tendencia +que avergonzaba a doña Manuela la que demostraba su hijo mayor. Apenas +se formaba en la cocina una tertulia de criadas, allí estaba él, como +arrastrado por irresistible seducción. Aquello debía ser hereditario: la +afición de sus antecesores los montañeses de Aragón a las hembras +fornidas, duras, oliendo a bestia bravía y con las manazas agrietadas +por el esparto y la tierra de fregar. Su padre, sin duda, revivía en él, +y por esto no podía aspirar el vaho de una cocina sin estremecimientos +voluptuosos, ni ver a una muchachota de tez morena, brazo musculoso y +robustas posaderas sin sentir que la sangre afluía rápida a su corazón, +como si se viera ante el ideal realizado. Adoraba a Tónica, criatura +endeble y graciosa, tal vez por la fuerza del contraste; pero cuando +estaba en su casa no podía librarse de la «querencia» a la cocina, como +decía Rafael, y allá iba a echar su párrafo, sin pasar nunca de ahí, +pues Juanito era casto. Adoraba como un idealista las zafias beldades +con su olor a limón y tierra, gozaba oyendo sus conversaciones, +prestábalas con el mayor gusto pequeños servicios, aguantaba sus +groserías e impertinencias, todo a cambio de poder estarse en un rincón, +tímido y sonriente, contemplando los brazos hercúleos, los ojazos +insolentes y las piernas como columnas, marcadas por el discreto +zagalejo. + +Al caer la tarde, comenzó a sonar un piano viejo en el piso alto del +_chalet_, éste se conmovió con el taconeo de una agitada mazurca. Los +señoritos habían vuelto de su excursión por «la montaña», y bailaban, no +sabiendo sin duda cómo pasar el tiempo. + +La señora había dado orden para que la merienda estuviera lista, y +Visanteta se afanaba, yendo de un lado a otro y enviando sus amigas al +jardín para que la dejasen en libertad. + +Cuando Juanito subió al piso alto, el baile estaba en su apogeo. Rafael +y Roberto sacaban a bailar, una tras otra, a todas las señoritas, y el +señor Cuadros, ¡oh asombro! entró de refuerzo. Entre aplausos y risas +bailó con Amparito, mientras su hijo los contemplaba enternecido, +renegando tal vez en su interior de su condición de poeta soñoliento y +enemigo de superfluidades, que no le permitía aprender cómo se mueven +las zancas en el vals, ¡El mismo demonio era el señor Cuadros, a pesar +de sus años y del enorme bigote! Así lo declaraban doña Manuela y +Teresa, sonrientes, reconciliadas y puestas ambas al mismo nivel. Sus +miradas hablaban. Había que hacer algo por los chicos, ya que se querían +tanto sus familias. + +Terminaba la tarde. Por los balcones entraba el resplandor rojizo de la +puesta del sol, que se ensanchaba en el horizonte como un lago de +sangre. + +Calló el piano, guardándose su ronca y temblona voz de viejo, y el +enjambre joven, atropellándose, corrió al comedor. ¡Vive Dios, que se +estaba bien allí, sentados ante el blanco mantel, con los balcones +abiertos y en los ojos el extenso paisaje, que, con la luz anaranjada de +la caída de la tarde, iba velando sus tonos brillantes y parecía +adormecerse! + +Todos tenían excitado el apetito por el paseo y el baile, y miraban con +el rabillo del ojo la puerta por donde entraban las criadas. + +--Señores, tendrán ustedes que perdonar--decía doña Manuela con aire de +castellana hospitalaria--. Estamos en el campo y hay que conformarse con +lo que traigan. Aquí no se pueden hacer milagros. En fin, harán ustedes +penitencia. Todos contestaban con un «¡oh!» de protesta, mientras se +acomodaban la servilleta en el pescuezo. Ya sabían que la dueña de la +casa arreglaba bien las cosas. Y empuñaban el tenedor, como diciendo: +«¡Venga de ahí, que estamos a todo!» + +No fue malo el desfile de platos organizado por Visanteta. Era la cocina +indígena, con todo su esplendor de las fiestas tradicionales. El lomo de +cerdo, con las primeras habas de la cosecha, tiernas y jugosas, formando +un puré, cuyo olorcillo causaba en el estómago una sensación voluptuosa; +los lagostinos, con casaquillas de escarlata y la puntiaguda caperuza, +doblándose como _clowns_ rojos sobre un lecho de excitante salsa; los +pollos, despedazados, hundidos en el rosado caldo del tomate, y después +las rodajas de salchichón a centenares, un jamón entero cortado en +gruesas lonjas, y una enorme pirámide de huevos cocidos, con la cáscara +teñida de rojo o amarillo; todo con una abundancia capaz de anonadar al +estómago más animoso. + +Pero los convidados de doña Manuela eran personas de buen diente. Sólo +«las magistraditas» y «las perchas» de López comían con cierto dengue y +lanzaban miradas escandalizadas cuando veían en sus copas dos dedos de +vino; pero los demás tragaban de buena fe, y el ruido de sus mandíbulas +parecía gritar en el silencioso comedor: «Aquí se come y se goza... y +ruede la bola.» + +Además, Rafael y Roberto se encargaban de dar a la merienda el tono de +distinción que tanto agradaba a doña Manuela. ¡Vaya unos chicos atentos! +¡Cómo sabían obsequiar a las muchachas...! «No me desprecie usted esta +aceituna...» «Lolita, ¡por Dios! acepte usted esta rodajita de +salchichón...» «Vamos, un pedacito más: ¡no me deje usted feo!» + +Y procediendo como niñas buenas y bien educadas, incapaces de desear la +fealdad del prójimo, aceptaban los obsequios ruborizadas, pero mirando +con superioridad satisfecha a las amigas. + +Doña Manuela estaba contenta. ¿No era un placer reunir en la mesa tan +buenos amigos? ¿No se gozaba contemplando sus expansiones? Allí quisiera +ver ella a su hermano, el maldito tacaño, incapaz de convidar a sus +amigos a una ensalada. ¡Cómo ensanchaba el alma ver a la familia con sus +amigos celebrando la Pascua tradicional! Era verdad que la fiesta +resultaba costosa; que llena de trampas como estaba no debía permitirse +tales despilfarres; pero ¡qué diablo! hay que saber vivir, y aquella +fiesta, pensando egoístamente, bien podía resultar un medio seguro de +proporcionarse auxilios en el porvenir. En el señor López no había que +confiar mucho; tenía el alma atravesada, y si gastaba algo adornando a +su familia, era para sostener su prestigio de bolsista de fuerza. Pero +allí estaba Cuadros, infatuado por la buena suerte, orgulloso, tanto él +como su esposa, de que la señora del antiguo principal accediese a +admitir a Andresito en su familia; estos dos amigos, seguramente que al +verla en un apuro eran capaces de darla la sangre de sus venas. + +Y doña Manuela, animada por estas ilusiones que garantizaban su futura +tranquilidad, envolvía la mesa y sus comensales en una mirada infinita +de benevolencia y cariño. Todo marchaba bien. Andresito y Amparo se +pellizcaban por debajo de la mesa; Roberto se acercaba de un modo +inconveniente a Conchita; la mamá lo veía todo, pero sonreía con dulce +tolerancia. Un día es un día; hay que dar a la juventud lo suyo, y ella +¡ay! recordaba enternecida cuando el doctor Pajares era estudiante y se +sentaba a su lado en la mesa. + +La merienda se animaba. Nelet había encendido la lámpara del comedor, y +los moscardones y mariposas del vecino jardín, atraídos por la luz, +aleteaban nerviosamente, chocando con la pantalla de porcelana. Sobre la +mesa aparecían las doradas naranjas de terso cutis, el _panquemado_ de +Alberique, con miga porosa, la corteza obscura y barnizada y el vértice +nevado, y las bandejas de dulce seco, confitería indígena, sólida y +empalagosa: peras verdosas con la dureza del azúcar petrificado, +limoncillos de las monjas de Sagunto, trozos de melón, yemas envueltas +en rizados moñetes de papel, todo destilando azúcar y atrayendo a los +insectos que revoloteaban en torno de la luz. + +La concurrencia se atracaba de huevos cocidos. Partíanlos en la frente +del vecino, a pesar de las muchas precauciones que se adoptaban para +evitar esta broma tradicional; y eran de ver las señoritas tapándose la +cara con las manos, chillando como gallinas asustadas, por miedo a que +les golpeasen encima de las cejas, y los aplausos y vivas con que se +acogía la travesura de alguna joven cuando era ella la que agredía a los +audaces pollos. Cuando se hacía momentáneamente el silencio en el +comedor, oíase cómo se regocijaba fuera la plebe; el rasgueo de la +guitarra, el estallido de los cohetes, el cacareo de las mujeres; y +algunas veces el estruendo venía de abajo, de la cocina, donde sonaban +el vozarrón de Nelet y las corridas medrosas de las criadas, con +chillidos de protesta débil. También allí partían huevos. + +Las personas mayores la emprendieron con el dulce, y el señor Cuadros +descorchó frascos de licor de colores vivos e infernales, que hacían +retorcer el estómago. Las copitas de color rosa besaban las bocas, +dejando en los rojos labios de las jóvenes adorables gotitas de azúcar +líquido. + +La sobremesa, alborozada y ruidosa, duró mucho rato. Nadie miraba el +reloj del comedor, que seguía indiferente marcando el curso del tiempo. +Cuando sonaron las nueve, todos se sobresaltaron. Fuera del _hotel_ la +algazara iba disminuyendo. + +Doña Manuela hizo prometer a sus amigos que la honrarían con su visita +en los dos restantes días de la Pascua, y comenzaron los preparativos de +marcha. Las criadas comparecieron rojas y sudorosas. Bien habían +bromeado con Nelet y el cochero del señor López. + +Comenzó la confusión de la despedida. Buscaban los abrigos abandonados +sobre los muebles; olvidaban dónde habían dejado el sombrero; recogían +los velillos rotos en el revuelto montón de prendas, y transcurrió más +de media hora antes de que todos estuvieran listos. + +El señor López ofreció su faetón a «las magistradas ». Irían todos +apretados, pero esto entraba en la fiesta. En cuanto al señor Cuadros, +sacó de la cuadra del _hotel_ su carruajillo, del que estaba orgulloso, +y amontonó en él la esposa, el hijo y las dos criadas. + +--¡Buenas noches...! ¡Hasta mañana...! ¡Descansar...! ¡Arre, valiente! + +Y los dos carruajes, esparciendo en la sombra la roja luz de sus dobles +faroles, partieron al trote, conmoviendo el silencio de la noche tibia, +estrellada y serena. La familia de Pajares los vio alejarse desde la +puerta del _hotel_. + +Frente a los Silos, la multitud arremolinábase en la obscuridad, +asaltando a brazo partido las plataformas de los tranvías o regateando +con los cazurros tartaneros. Sonaban los pitos; el vocerío era grande en +torno de los ojos inflamados de los coches, y el público esperaba +impacientemente el momento de emprender el viaje, entonando canciones a +coro, en las cuales, sobre las voces aguardentosas, destacábanse otras +jóvenes, claras, argentinas. De vez en cuando, griterío y corridas; +brazos en alto, bastones enarbolados, una guitarra estrellándose +quejumbrosamente en una cabeza, y cuando la calma se restablecía, +saludábase con sonrisas y aplausos irónicos a la ristra de valientes +que, sin paciencia para esperar, emprendían la marcha carretera abajo, +cogidos del brazo, moviéndose con torpe balanceo, como si estuvieran +sobre la cubierta de un buque en día de gran marejada, charlando +incoherentemente o soltando sus vozarrones para entonar los +estrambóticos y lánguidos corales que inspira la musa amílica. + +Los tres días de Pascua fueron de felicidad para la familia de Pajares. +El noviazgo de Amparito se consolidó, desapareciendo los escrúpulos del +poetilla, temeroso de que el recuerdo del teniente viviese todavía en la +memoria de la joven. Era cosa decidida, y el bebé siempre contestaba con +el mismo tono burlón a sus recriminaciones: + +--Pero ¡tonto...! ¡si nunca le quise...! ¡si aquello fue una broma, un +caprichito para hacerte rabiar...! ¡Yo sólo te quiero a ti, +insultador...! + +Y Andresito, cerrando los ojos, despreciando los punzantes recuerdos del +pasado, se sentía feliz, tanto casi como Conchita, que en los días de +Pascua, en la agitación de las alegres meriendas, había conseguido +turbar a Roberto hasta el punto de arrancarle la deseada declaración. +Por fin era su novio «oficial»; ya podía hablar con él a todas horas, +sin miedo al ridículo de una intimidad falta de garantía. + +Juanito fue el único que sufrió en aquellos tres días. La mamá +mostrábase con él amable y cariñosa como jamás la había visto; tenía +arranques de lirismo casero, se enternecía reuniendo toda la familia en +la mesa, y él, por no contrariarla, permanecía en Burjasot, víctima de +las contradicciones de su carácter, tan pronto atraído por la +«querencia» a la cocina, como pensando en Tónica con la dulce nostalgia +del enamorado. + +Por esto, cuando regresó a Valencia, volviendo a encargarse de _Las Tres +Rosas_, experimentó la alegría del que sale del destierro. Quiso +resarcirse del breve paréntisis en su vida de amante, y esperó a Tónica +en las calles, sosteniendo con ella largas pláticas que la hacían llegar +tarde a casa de las parroquianas, enterándose con minuciosidad de las +tardes que había pasado en melancólica calma leyendo novelas +sentimentales, mientras Micaela, la fiel amiga, cocinaba, preparando la +modesta merienda. + +Sus pláticas con aquella muchacha tranquila y juiciosa le daban nuevos +ánimos para trabajar; y él, que hasta entonces había vivido tranquilo e +indiferente, amarrado a la noria de la dependencia, sin pensar en el +porvenir, sentíase ambicioso, soñaba con una gran posición comercial, +que compartiría con Tónica, y miraba la tienda de _Las Tres Rosas_ con +el mismo cariño del heredero ante una cosa que espera ha de ser suya. Su +plan estaba formado. Esperaría hasta fines de año, vendería el huerto de +Alcira, y don Antonio le haría traspaso de la tienda por unos cuantos +miles de duros. + +El afortunado bolsista seguía abominando de la tienda y del mezquino +comercio al por menor; no era difícil alcanzar la cesión de _Las Tres +Rosas_ por lo que el joven quisiera darle. ¡Valiente cosa le importaba a +él mil duros más o menos! La suerte le había hecho audaz; realizaba +jugadas con éxito sorprendente, y así como aumentaba su fortuna, +transformábase en persona. Permanecía en la tienda lo menos posible; +cuando no estaba en la Bolsa, pasaba las horas en el café, mediando en +las riñas de «alcistas» y «bajistas», con expresión de superioridad; +enganchaba la _charrette_ e iba con Teresa, muy emperejilada, a pasear +su nuevo lujo por la Alameda, entre los brillantes trenes, para que +supieran más de cuatro que él también, «aunque le estuviera mal el +decirlo», era de la aristocracia, de la del dinero, que es la que más +vale en estos tiempos; y hasta en su misma casa introducía reformas +radicales, pasando la familia con violento salto de la comodidad +mediocre a la ostentación aparatosa. Seducido por los guisos de fonda +que saboreaba en los banquetes conmemorativos de grandes jugadas, no +podía avenirse con el talento culinario de su Teresa, y había tomado una +cocinera procedente de una gran casa. La riqueza improvisada daba al +señor Cuadros un airecillo petulante y fanfarrón. En competencia con su +mujer, pocos dedos conservaba en sus manos libres de sortijas; sólo que +las suyas no eran baratas, sino de oro macizo, gruesas, pesadas y con +cada pedrusco que quitaba la luz de los ojos. Rompía los ojales del +chaleco con la enorme cadena cargada de dijes, y él, que antes cuidaba +de salir con poca calderilla en el bolsillo, por miedo a los compromisos +o a la tentación de entrar en algún café, sacaba ahora, a tuertas y a +derechas, su gran cartera de hombre de negocios repleta de billetes del +Banco, y muchas veces escandalizaba a los camareros presentando para +pagar un refresco un papelote de mil pesetas. + +_Las Tres Rosas_ estaba patas arriba, según murmuraba el asombrado +Juanito. La fortuna del amo los enloquecía a todos. Los dependientes, +libres de vigilancia, hacían lo que les daba la gana; el género +desaparecía, sin dejar como recuerdo de su paso dinero en el cajón; las +criadas robaban arriba, en las mismas narices de doña Teresa, aturdida +por tan radicales cambios; pero allí estaba el amo para remediarlo todo, +y por mucho que se despilfarrase, los cobros de diferencias a fin de mes +eran tan exorbitantes, que empujaban vertiginosamente aquel barco falto +de dirección y haciendo agua por todas partes. + +El único que protestaba en la casa, revolviéndose furioso contra las +desatinadas innovaciones, era don Eugenio. El veterano del comercio +escandalizábase, y había que oírle las pocas veces que conseguía +entablar conversación con el dueño de la tienda, siempre atareado, +viviendo en su casa como en una fonda. + +Don Eugenio parecía una sibila, que, en nombre de la honradez y la +mesura comercial, profetizaba las mayores desgracias. Aquella borrachera +de dinero no podía acabar bien. No era legal ni justo ganar ocho o nueve +mil duros en un mes, jugando, ni más ni menos que los perdidos que van a +los garitos; además, ese lucro resultaba criminal, ya que lo que él +ganaba otros lo perdían. + +Pero don Antonio contestaba con risitas irónicas que desesperaban al +pobre viejo. ¡Vaya unas ideas rancias! ¿De dónde salía para atreverse a +hablar contra un negocio tan legal y admitido por todos? Los tiempos +cambian, amigo don Eugenio, y con ellos los negocios. Es verdad que los +afortunados arruinaban a los infelices, pero ¡qué remedio...! Había que +amoldarse a las exigencias del mundo, tomar parte en la «lucha por la +existencia»; la sociedad estaba constituida así. Para que vivan unos hay +que devorar a otros. Y el señor Cuadros repetía con expresión pedantesca +estos y otros lugares comunes que había oído en la Bolsa de boca de +ciertos pillos de levita, que con la dichosa «lucha por la existencia» +justifican rapiñas legales que merecen un grillete. Y para desesperación +del pobre viejo, hacía la apología de la Bolsa. Sólo un rancio podía +tronar contra ella. Para censurarla había que ser consecuente y hablar +mal también del ferrocarril, del teléfono y de todas las conquistas del +progreso. Podía esperar sentado a que todas las personas honradas se +coligasen, según él decía, para acabar con los negocios bursátiles. + +Cada día eran más respetados; se popularizaban, y ya no eran +comerciantes y rentistas los que jugaban en la Bolsa; los pobres, los +humildes, buscaban tomar parte en el negocio. Y para probarlo, no había +más que fijarse en don Ramón Morte, un filántropo, que hacía el bien +encaminando a la ganancia los pequeños capitales que yacían muertos y +dedicando las ganancias propias a obras de beneficencia. + +Don Eugenio escuchaba con frialdad el nombre del célebre banquero, que +todos los días repetían los periódicos, pero Juanito se estremeció. +Aquél sí que era un hombre. Husmeaba la ganancia a cien leguas; colocaba +los capitales ajenos con la mayor seguridad; tenía esclavizada la +fortuna, y a pesar de esto, ¡qué sencillo! ¡Con qué modesta afabilidad +trataba a los pequeños! Era un señor pequeñín, enfermizo por el exceso +de trabajo, con gafas de oro y esa sonrisa atractiva y cándida cuyo +secreto sólo poseen los grandes hombres de negocio o los Padres de la +Compañía. Dos veces había estado en la tienda buscando al principal, y +se dignó hablar con Juanito afectuosamente, como si fuese uno de la +clase, enterándose con benevolencia paternal de sus proyectos para el +porvenir. ¡Oh, qué hombre! ¡Qué confianza inspiraba! Aconsejado por él, +realizaba el señor Cuadros sus magníficos negocios; y Juanito, a no ser +por su deseo de verse dueño de _Las Tres Rosas_, hubiese vendido el +huerto, poniendo toda su fortuna en manos de don Ramón. + +La loca fortuna del principal contagiaba al dependiente, y éste, a pesar +de su carácter frío, se sentía animado por el deseo de correr el azar +ganando una fortuna en unos cuantos meses o arruinándose para siempre. +Cuando estaba solo y entregado a sus reflexiones, asustábase de las +audacias de su pensamiento; pero oyendo al principal enardecíase, y +entre las cenizas de su carácter tímido y apático asomaba el fuego del +aventurero. + +Las contiendas entre don Eugenio y su antiguo dependiente los separaban, +y a pesar de hacer la vida bajo el mismo techo, pasaban semanas sin +hablarse. El pobre viejo se sentía solo en aquella casa. Teresa no le +comprendía; Andresito, entusiasmado por la fortuna del papá, tenía sus +ambiciones; mostrábase meticuloso y exigiendo en materias de vestir, y +hablaba de la posibilidad de poseer una yegua alazana y pasear por la +Alameda, siguiendo el carruaje de su novia, para lo cual se estaba +preparando todas las tardes en el picadero. + +Don Eugenio sólo se consolaba yendo en busca del tío de Juanito, ante el +cual mostraba su indignación por los negocios de Cuadros. ¡Cómo se reía +don Juan de las fortunas de los bolsistas! Buen provecho. Muchos le +habían propuesto aquel negocio; pero él era gato viejo y gustaba de +guardar seguro su dinero. Eso de arrojar la fortuna al viento, con la +esperanza de una ganancia loca, quedaba para los tontos que se creen +poseedores de infalibles secretos. Él opinaba como don Eugenio. Aquello +sólo era una racha de fortuna, la terrible benevolencia de la fatalidad +con los jugadores novatos: primero, la seducción de las pequeñas +ganancias, y después, cuando ya están metidos de cabeza en los caprichos +del azar, la ruina instantánea, completa, fulminante. + +El día de San Vicente supo Juanito hasta dónde llegaba la indignación +del venerable don Eugenio. + +La fiesta del santo popular verificábase con el aparato de costumbre. En +los puntos más céntricos de la ciudad habíanse levantado los «altares», +enormes fábricas de madera y cartompiedra que llegaban a los tejados, +con decoración gótica o corintia, erizados de mecheros de gas, y en su +parte media la repisa, en la que se ostentaba el diplomático de Caspe +con su hábito de dominico y un dedo en alto entre cirios y flores. +Abajo, la plataforma del escenario, donde se representaban los +_milacres_, piezas dramáticas, cándidas y sencillas como sus versos +lemosines, cuyo argumento, girando en torno del mismo punto, trata +siempre de las querellas feudales entre Centelles y Vilaraguts, de la +conversión de los moros de Granada o de alguna treta de los impíos +contra el elocuente apóstol, todo sazonado al final con el necesario +milagro del santo y el correspondiente sermón en endecasílabos. La +multitud agolpábase ante los altares para oír mejor a los actores, +granujillas del barrio, roncos de tanto vocear los versos, orondos en +sus trajes de ropería; orgullosos de lucir el bonete con pluma y tirar +de la espada cuando lo requería el _milacre_; y era de ver la atención +con que escuchaba la predicación de San Vicente, representado siempre +por un muchacho paliducho, pedante y melancólico, y las carcajadas con +que celebraba las majaderías del motilón, personaje bufo que pasaba el +tiempo tragando pan, sorbiendo rapé, sonándose las narices en un pañuelo +como una sábana y agujereado como una criba, y diciendo estupideces +subidas de color, todo para mayor edificación de los devotos del santo. +Un mar de cabezas agitábase ante aquellas plataformas que recordaban el +teatro primitivo, lo mismo el tablado de Esquilo que la carreta de Lope +de Rueda. + +Entre una y otra representación tocaban las músicas alegres polcas, y la +granujería de siempre, agarrada de un modo repugnante, improvisaba +academias de baile en las aceras, chocando muchas veces contra las mesas +donde las buenas mozas de vestido almidonado, pañuelo de seda y cara +bravia vendían garbanzos tostados, orejones y ciruelas pasas. + +Juanito, a las tres de la tarde, había ido a ponerse en acecho cerca de +la casa de Tónica, esperando que ésta saliese con Micaela para ver los +altares. Una vecina le avisó que ya habían salido, y el joven lanzóse en +su persecución, corriendo de uno a otro altar, sin conseguir +encontrarlas. + +En la plaza de la Constitución vio a don Eugenio, que miraba de lejos el +_milacre_, apoyado en el viejo bastón y mostrando su carita de pascua +por el embozo de su capa azul, que no abandonaba hasta bien entrado el +verano. + +El pobre señor acogió a Juanito con una sonrisa de gozo. + +--¡Hombre, cuánto me alegro de verte...! Tú no tendrás quehacer, +¿verdad? + +Juanito contestó negativamente, arrepintiéndose en seguida. + +--Me alegro. Pasearemos juntos. Mis amigos han salido con sus familias, +y yo no tengo a nadie en este mundo; estoy solo... completamente solo. + +El viejo recalcaba estas palabras, como si quisiera hacer responsable a +alguien de su abandono. + +Emprendieron los dos la marcha hacia las Alameditas de Serranos, paseo +habitual de don Eugenio. Por el camino hablaba el viejo de su situación +con tono melancólico; pero sus quejas eran vagas. Llegaron al paseo: una +ancha faja de jardín en la orilla del río, exuberante de vegetación, +pero tan sombría, que justificaba su título vulgar de «paseo de los +desesperados». La concurrencia era la de siempre. Algunas madres de la +vecindad, con su tropel de muñecos voceadores, y grupos de curas y +aficionados a la clase sacerdotal, destacando sobre el verde la mancha +negra de sus trajes, hablando con misterio de lo malos que están los +tiempos, del prisionero del Vaticano y del verdadero rey que vive en +Venecia. + +Don Eugenio, saludaba al paso aquellas caras que veía todas las tardes, +sin interrumpir por esto la conversación. + +Juanito le oía con la deferencia y el respeto que inspiran ochenta años. + +--En una palabra, muchacho: que yo no puedo sufrir esta clase de vida. +Serán para algunos escrúpulos necios, pero ¿qué quieres? Después de +tantísimos años de probidad comercial, de prosperidad lenta pero segura, +no puedo conformarme con esta vida de agitación y sobresalto que noto en +torno mío, ni menos ver con tranquilidad una ganancia inmoral y +estrepitosa. + +--Pero ¿por qué se ha de molestar usted tanto?--dijo el joven con tono +conciliador--. Lo mejor es que deje correr las cosas. Don Antonio gana +demasiado dinero para que puedan hacerle mella sus palabras. Además, +cada época trae sus costumbres, y no es justo que usted se queje porque +las cosas no estén lo mismo que en su juventud. + +--Tienes razón, hijo mío. Éstos son otros tiempos. Soy un verdadero +cadáver; pero me resisto a meterme en la fosa, a pesar de que ésta me +reclama, y tengo que sufrir las consecuencias. ¡Qué tiempos. Señor, qué +tiempos! + +Y el vejete miraba al cielo, mientras su mano arrancaba al paso las +hojas de los rosales. + +--Tú también--continuó--estás algo tocado de ese afán de hacerte rico, +aunque sea arruinando al mundo entero. No te culpo por esto; es la +fiebre de la época, y la juventud es la que con más calor apadrina las +ideas nuevas. Tienes razón; yo no puedo, yo no debo meterme en los +negocios de Antonio; carezco de derecho. ¿Qué soy en aquella casa? Un +trasto inútil, un mueble incómodo que se empeña en permanecer intacto y +todos desean verlo hecho astillas para arrojarlo al montón. + +--No; eso no es verdad, don Eugenio. En aquella casa le quieren a usted +todos. Me consta. + +--Y yo también--dijo el viejo con gran calor--, yo también los quiero +con toda mi alma. ¿Tengo otra familia acaso? Lo que hay, muchacho, es +que, por lo mismo que les quiero tanto, me preocupa su suerte y no puedo +ver con tranquilidad cómo Antonio se mete de cabeza en tan peligrosas +aventuras. ¡Ay, mi pobre tienda! Tiemblo al pensar que puede ser +deshonrada para siempre. He oído decir que los marinos viejos sienten +una pasión loca por el barco en que han pasado su vida. Lo mismo soy yo +con _Las Tres Rosas_. Yo la fundé; tu pobre padre mantuvo la reputación +del establecimiento honrado, y ahora... tiemblo al pensar lo que +ocurriría si Antonio se arruinase en la Bolsa como otros tantos.... Todo +perdido, la tienda embargada, deshonrada para siempre.... ¡Gran Dios! No +quiero pensarlo. + +--¡Bah!--objetó Juanito con juvenil confianza--. No es eso fácil; en la +Bolsa sólo se arruinan los tontos, y mi principal tiene buen guía. Don +Ramón... ¿sabe usted? don Ramón Morte, el hombre mimado de la fortuna, +el gran filántropo. + +--No seas tonto, muchacho. ¿Crees que tu tío es listo? Pues pregúntale +qué piensa del tal don Ramón. Un pillo, hijo, un pillo redomado que +emplea la pamplina de la caridad y se da bombos en los periódicos para +engañar incautos. ¡Y qué bien sabe hacerlo el muy ladrón! Se confiesa a +menudo, entrega cantidades en las sacristías, diciendo que las ha +cobrado de más por un error y quiere sean para los pobres, y hasta se +murmura si es él ese ramoso sujeto que, con el incógnito de Un +cualquiera, envía dinero a la Junta de Instrucción Obrera cuando ésta +sufre apuros. Esa modestia, ese incógnito a medio velo, es un medio para +llamar la atención como cualquier otro reclamo, y un negociante que +desea tanto la popularidad no lleva idea buena. Algo prepara. Para mí, +lo que hace es arreglarse el vendaje antes que exista la herida. + +Juanito sentía inquietud y molestia ante la rudeza con que el viejo +destrozaba el ídolo de su admiración, pero calló por respeto. + +--Si ese hombre es--continuó don Eugenio--quien tiene que evitar la +ruina de Antonio, bien estamos. Yo veo claro, y por eso chillo hasta ser +impertinente. No entiendo de esos negocios infernales, estoy +acostumbrado a los tratos sencillos del comercio a la antigua, pero no +desconozco lo fácil que es quedarse los bolsistas en medio de la calle +de la noche a la mañana. ¿Y puedo yo estar tranquilo...? Al principio, +Antonio era prudente y no exponía gran cosa; pero la ganancia le ciega, +y ahora... ¿sabes? me he enterado de que se mete tan hondo, que si la +fortuna le volviese la espalda, en veinticuatro horas quedaba limpio, +sin cubrir sus compromisos, y por tanto, deshonrado. Figúrate lo que +esto representa muchacho. Si tu padre viviera, me comprendería mejor. Se +me abren las carites sólo al pensar en la posibilidad de que el dueño de +_Las Tres Rosas_ aparezca como un insolvente, como un tramposo, casi +como un estafador. Di, muchacho, ¿puedo yo consentir esto? ¿Te parece +tolerable? + +Y el viejo se animaba, se erguía, apoyándose en su bastoncillo, y al +hablar de su querida tienda, una oleada de sangre daba color a su cara +fresca de anciano bien conservado. + +--No; yo no puedo callar; esto apresurará mi muerte. Necesito +tranquilidad, y no me acuesto ninguna noche sin llevar en el cuerpo un +berrinche más que regular. Lo que yo digo: pero Señor, ¿por qué se +meterá ese hombre en libros de caballerías? ¿No podía vivir tranquilo +como yo, trabajando para la vejez y sin exponerse a peligro alguno...? Y +es la maldita ambición que hoy todo lo invade. En mis tiempos, antes de +gastar un ochavo le dábamos cien vueltas, pero nos contentábamos con lo +nuestro y vivíamos felices. Ahora todo el mundo no piensa en otra cosa +que en el modo de quitar legalmente la bolsa al vecino. La ambición los +devora; a los cuarenta años son más viejos que yo; viven pendientes de +un hilo con el afán de acaparar dinero; y todo para derrocharlo, para +satisfacer esa locura de engrandecimiento que a todos domina. Esto está +perdido. Los mocosos ya no se conforman con ser aprendices y quieren +pasar a amos; y... ¿qué más? Antonio se avergüenza de ser comerciante, y +va por las tardes a la Alameda en un cochecillo ridículo, guiando como +si fuese un cochero. Antes soñaba con que su hijo fuese abogado, y ahora +mira impasible cómo abandona los estudios y se entera con gusto de sus +progresos en la equitación. Dice que con la herencia que él le dejará, +para nada necesita la carrera; quiere hacer de él un hombre a la moda, y +quién sabe si tendrá pensado casarle por lo menos con la princesa de +Asturias.... + +Y reía al decir esto con una risa misericordiosa, como si se sintiera +elevado por encima de todas las miserias. + +--En fin, hijo mío, tal vez te fastidie con mis quejas, pero a los +viejos hay que tolerarles. Yo necesito hablar, expansionarme, echar +fuera de mí esta inquietud que me devora, como si fuese yo mismo quien +se mete en aventuras. Y te repito que esto acabará mal, muy mal. Tu tío +es de la misma opinión. ¿Ves a tu principal? Pues es como tu mamá. Yo no +le conocía, pero hay que tratar mucho a los hombres. Depende de las +circunstancias que se muestren tales como son. Ahora no me cabe duda de +quién es Antonio. Hubiese hecho con tu madre una excelente pareja. Los +dos son iguales. Unos «fachendas», hambrientos de figurar, deseosos de +meterse en una esfera superior a la suya, aunque se pongan en ridículo. +Tu madre arruinándose y Antonio subiendo locamente camino de la suerte, +son exactamente lo mismo. Capaces de derrochar una fortuna; la una por +mantener lo que llama su «rango», y el otro por meterse entre gentes que +de seguro se burlan de él.... Esto no puede seguir así.... Vamos a ver +grandes cosas, y... ¡ay! me dice el corazón que mi tienda, mi pobrecita +tienda, naufraga en esta borrasca, y yo me muero. + +El viejo hablaba melancólicamente, como si viese ya la ruina del brazo +con la muerte rondando en torno de él. + +Juanito se fastidiaba.... ¡Bah! Aprensiones de viejo. + + + + +VII + + +Los domingos, a las siete de la mañana, salía Juanito de su casa con el +alegre desembarazo del colegial que en día de fiesta todo lo ve de color +de rosa. + +Iba estirado, satisfecho dentro de su traje de lanilla inglesa, algo +incómodo por el cuello de la camisa almidonado y de bordes punzantes; +pero le bastaba lanzar una mirada a sus botas de charol y a la corbata, +siempre de colores vivos, para darse por satisfecho de todas las +molestias que le causaba su transformación. La mamá y las hermanitas le +contemplaban con asombro. ¿Qué creían ellas? El Juanito de ahora estaba +muy lejos del de los tres meses antes. Ya era hora de dedicar a rodillas +de cocina las levitas viejas de su padrastro el doctor Pajares, prendas +que la mamá le había hecho usar para mayor economía. + +El amor había transformado a Juanito. Su alma vestía también nuevos +trajes, y desde que era novio de Tónica, parecía como que despertaban +sus sentimientos por primera vez y adquiría otros completamente nuevos. +Hasta entonces había carecido de olfato. Estaba segurísimo de ello; y si +no, ¿cómo era que todas las primaveras las había pasado sin percibir +siquiera aquel perfume de azahar que exhalaban los paseos y ahora le +enloquecía, enardeciendo su sangre y arrojando su pensamiento en la +vaguedad de un oleaje de perfumes? No era menos cierto que hasta +entonces había estado sordo. Ya no escuchaba el piano de sus hermanas +como quien oye llover; ahora la música le arañaba en lo más hondo del +pecho, y algunas veces hasta le saltaban las lágrimas cuando Amparito se +arrancaba con alguna romanza italiana de esas que meten el corazón, en +un puño. + +El muchacho, antes tan sólido y bien equilibrado, mostrábase inquieto y +nervioso, lloraba a solas por cualquier cosa o se entregaba a +expansiones infantiles; pero a pesar de esto, era más feliz que nunca. +Su antigua vida parecíale la existencia soñolienta de una bestia +amarrada a la estaca, rumiando la comida o durmiendo, sin noción alguna +de un más allá. + +Ahora, el amor por un lado y por otro la primavera, parecían incubar en +él un nuevo ser, y de la ruda cáscara del antiguo dependiente, con la +inteligencia muerta y la voluntad atrofiada, surgía un hombre nuevo, en +el cual despertábase el mismo romanticismo de su padre cuando era joven. + +El Mercado le atraía los domingos en las primeras horas de la mañana, e +iba a lucir sus arreos entre los puestos de las floristas. Allí +permanecía confundido en el grupo de curiosos que atisbaban las caras +hermosas, y lo mismo abrían paso a las señoritas que volvían de misa con +el devocionario en la mano, que echaban piropos a las criadas +emperejiladas, que, doblándose al peso de las cestas, metíanse entre la +varonil barrera para comprar un mazo de flores. + +¡Qué bien se estaba allí! El sol comenzaba a caldear la plaza; +esparcíase por el ambiente el tufillo de las verduras recalentadas; pero +bajo la techumbre de cinc que resguardaba los puestos de flores, entre +las cortinas rayadas que tapaban los lados del mercadillo, notábase una +frescura de subterráneo, el vaho húmedo de las baldosas regadas con +exceso. Y luego, ¡qué orgía para el olfato en esta atmósfera fresca! +Experimentábase la misma impresión que en una tienda de perfumería, +donde, al entrar, toda una avalancha de esencias distintas sale de +cuantos huecos tiene la anaquelería, asaltando el olfato. + +Sobre las mesas pintadas de verde amontonábanse las flores como si +fuesen comestibles, o agrupadas en pirámides, sobre una base de papel +calado, erguíanse formando ramos monumentales con los colores en +caprichosos arabescos. Allí estaban las jardineras: hermosas unas, con +la esplendidez de las vírgenes morenas; viejas y arrugadas otras, con +esa fealdad de bruja que es final rápido e inesperado de la belleza de +las razas meridionales. Acostumbradas todas ellas a la vida común con +las flores, tratábanlas con confianza ruda y desdeñosa. Recortaban +cruelmente sus tiernos rabos mientras hablaban con los compradores, o +aprisionaban sus finos tallos con el hilo, sin que les enterneciera el +perfume que en son de protesta les arrojaban al rostro. + +Un mosaico deslumbrador se extendía sobre las mesas. Las azucenas, con +su túnica de blanco raso, erguíanse encogidas, medrosas, emocionadas, +como muchachas que van a entrar en el mundo y estrenan su primer traje +de baile; las camelias, de color de carne desnuda, hacían pensar en el +tibio misterio del harén, en las sultanas de pechos descubiertos, +voluptuosamente tendidas, mostrando lo más recóndito de la fina y rosada +piel; los pensamientos, gnomos de los jardines, asomaban entre el +follaje su barbuda carita burlona cubierta con la hueca boina de morado +terciopelo; las violetas coqueteaban ocultándose para que las denunciase +su olorcillo que parecía decir: «¡Estoy aquí!»; y la democrática masa de +flores rojas y vulgares extendíase por todas partes, asaltaba las mesas, +como un pueblo en revolución, tumultuoso y desbordado, cubierto de +encarnados gorros. + +Allí esperaba Juanito la aparición de Tónica, que todos los domingos, +por hallarse libre del trabajo, se encargaba de la compra, evitando esta +operación a su compañera, cada vez más falta de vista. Formaban una +original pareja el hortera endomingado y aquella muchacha, que por estar +cerca su casa iba de trapillo, sin perder por esto el aire de distinción +adquirido en la niñez y llevando su cesta con la desenvoltura de una +colegiala que comete una travesura. + +Hablaron un buen rato en la entrada del mercadillo, sin fijarse en +miradas maliciosas ni darse cuenta de los rudos encontronazos de la +multitud; él la cargaba con el ramo más hermoso que veía, seguíala en su +correteo por el Mercado, de puesto en puesto, y después la acompañaba +hasta su casa, lentamente, saludando a los vecinos de los pisos bajos, +que consideraban a Juanito como un conocido y se hacían lenguas, +especialmente las mujeres, del «gancho» de la costurerilla, una mosquita +muerta que había sabido «pescar» un novio rico, según aseguraban los +mejor informados de la calle. + +Juanito, poco a poco, había logrado estrechar sus relaciones con Tónica. +No subía a la casa, eso no; ¿qué dirían los vecinos? pero si le estaba +vedado entrar en aquella escalerilla, que se le antojaba camino de +misterioso santuario, podía acompañar a Tónica y su amiga los domingos +por la tarde. + +El dependiente había entablado amistad con Micaela, una criatura +insignificante que pasaba por el mundo como un fantasma, anulada la +voluntad, lamentándose de no vivir, como en su juventud, en la +servidumbre doméstica. Sentía una tierna simpatía por aquella mujer casi +ciega, con sus ojazos claros siempre inmóviles, como si experimentara +eterno asombro. Entre el dependiente y ella establecíase el lazo de la +igualdad de caracteres. Los dos eran seres débiles, pacientes, sin +voluntad: acostumbrada ella a la obediencia de la servidumbre, +supeditado él por la adoración a su madre. + +Micaela encontraba aceptables las relaciones entre Juanito y su amiga. +El dependiente era para ella un ser de casta superior; causábala respeto +la posición social de su familia; y mientras Tónica le llamaba por su +nombre, ella, con sus costumbres de criada antigua, nombrábale siempre +«señor de Peña», ceremoniosamente, a estilo de comedia. + +¡Qué tardes tan hermosas las de aquella primavera! Salían de casa a la +hora en que correteaban por las calles los grupos de criadas, con sus +faldas almidonadas y al cuello el ondeante pañuelito de seda, seguidas +por los soldados de caballería, de escandalosas espuelas, torpe paso y +embarazados por el sable, como si fuese un pesado garrote. + +Sus diversiones eran siempre las mismas. Iban donde va la gente que no +quiere gastar dinero, y se les veía por el pretil del río, camino de +Monte-Olivete, los dos jóvenes delante, hablando tranquilamente, +mientras se acariciaban con la mirada, y detrás Micaela, con aire de +inconsciente, abismada en el crepúsculo eterno que la envolvía y +levantando la cabeza, sin sentir la menor molestia por los rayos del sol +que se quebraban en sus ojazos hermosos y muertos. + +Deteníanse a contemplar los incidentes del tiro de palomo establecido en +el cauce del río, pedregoso, inmenso, surcado por unas cuantas venillas +de agua, que se cruzaban caprichosamente, formando verdes archipiélagos. +La afición meridional al estruendo, el instinto de raza, ansioso de +correr la pólvora, revelábase en el inmenso corro, donde se contaban las +escopetas a centenares y el tirador de chaqué disparaba junto al +aficionado de blusa. En el centro del corro los enormes jaulones, donde +aleteaban inquietos los pajarracos de la Albufera o los pardos palomos, +estremeciéndose a cada descarga, temiendo que les tocase el turno de +volar por entre la lluvia de plomo; y junto a ellos el héroe de la +fiesta, el _colombaire_, un mocetón despechugado, al aire los bíceps de +hércules, limpiándose el sudor, girando como una peonza, haciendo toda +clase de muecas y voceando la frase sacramental «¡_a pacte_!» antes de +soltar las alas que oprimía entre sus manos ¡Allá va...! Y aquello era +una batalla. Primero el disparo aislado del preferido que paga mejor; +después tiroteo graneado; y al fin descargas cerradas, mientras el +_colombaire_ se agitaba como un energúmeno, con la fiebre de la +destrucción, y rugía «¡_a ell_, _a ell_!» como si su voz fuese el +ladrido de toda una jauría. El rojizo humo envolvía al corro; y arriba, +en el espacio azul, puro, ideal, deshonrado por un crimen, veíase caer +al palomo inerte, apelotonado, atravesado por veinte tiros, como un +miserable puñado de plumas. Los curiosos, enardecidos por el tiroteo, +seguían con mirada ansiosa al pájaro que lograba escapar; interesábanse +en las terribles disputas de los cazadores, reclamando todos la misma +pieza; no se fijaban en la lluvia de perdigones fríos que caían en torno +de ellos; y si «por casualidad» se perdía un ojo o se sentía escozor en +el cuerpo... ¿qué iban a hacer? esto entraba en la diversión. + +La enamorada pareja seguía su paseo, sintiendo a sus espaldas el paso +leve de la resignada Micaela. En Monte-Olivete sentábanse en el banco de +piedra que circunda la ovalada plaza; henchíase el moquero de Tónica de +cacahuetes y altramuces, y volvían a emprender la marcha, siempre por la +orilla del río, más agreste ahora, con filas de seculares álamos y +verdes cañares, que se estremecían rumorosos al viento con un quejido +triste. + +Andaban, devoraban distraídamente el contenido del pañuelo. Juanito +llevaba en su bigote cortezas de cacahuet; y a pesar de esto, los dos se +sentían en un ambiente ideal y caminaban como si no pusiesen los pies en +el suelo. En el fondo de los ojos de Tónica veía él la reducción del +paisaje, las verdes charcas del río, los cañares, la arboleda, el +azulado cielo; y las nubecillas que resbalaban veloces antojábansele, +vistas en tal espejo, el alma de su amada, que pasaba y repasaba tras +las pupilas envuelta en vaporosas vestiduras. ¡Oh, qué bien se sentía +caminando junto a la mujer amada, rozándola el codo a la menor +disigualdad del terreno, aspirando el perfume indefinible de Tónica, +distinto de todas las esencias de este mundo! Olvidábase de todo, de su +familia, de su porvenir, de la pobre Micaela, que iba a sus espaldas +rumiando altramuces, y su atención reconcentrábase en los ojos negros, +que a cada momento reproducían un rincón del paisaje; en la blanca y +sana dentadura, tan hermosa, tan brillante, que al reír parecía iluminar +la morena cara de la joven. + +Y sin embargo, su conversación no podía ser más vulgar. Tónica era un +espíritu práctico, que, en medio de sus escapes de pasión, no olvidaba +el porvenir con todas sus miserias y monotonías. Insensible a los +encantos del paisaje, a la soledad rumorosa que los rodeaba, trazaba +planes para lo futuro, para cuando fuesen dueños de una tienda en el +Mercado y ella tuviese que desarrollar las facultades de ama de casa. Ya +vería él de lo que era capaz su mujercita. Y la linda costurera, con su +aire grave de mujer formal, con la misma expresión vaga y soñolienta que +si hablase de amor, marcaba punto por punto el programa de su vida +futura. Se levantaría a la misma hora que él, y mientras Juan vigilase +la limpieza de la tienda, ella ayudaría a la criada en «lo de arriba»; +trabajar mucho y ahorrar más, pues esto es lo que da salud; y después, a +la hora de comer... ¡qué felicidad hablar de los negocios devorando el +clásico puchero con el buen apetito que da la actividad! Dependientes +pocos y buenos, tratados como de la familia, comiendo todos en la misma +mesa, a estilo patriarcal. Y la casa adelante, siempre adelante, +Queriéndose ellos mucho y amasando ochavo tras ochavo la fortuna para la +vejez, en aquel nido estrecho atestado de fardos y piezas de tela. Esto +al principio, cuando aún no hubiesen novedades y la casa permaneciese +tranquila y en reposo; pero después... ¡figúrate tú! vendrá lo que es +natural... uno, dos o más, ¿quién sabe? Y entonces tendrá que ver que al +digno comerciante don Juan Peña, cuando suba a almorzar, se le cuelguen +de los brazos unos cuantos angelitos cabezudos, de hinchados mofletes, y +no le dejen tragar bocado con tranquilidad. + +Pero Tónica se detenía, ruborizándose como si sintiera haber dicho +demasiado, y miraba a su no vio confusa y avergonzada, mientras éste +buscaba la linda manecita de ella para besarla repetidas veces, sin +importarle la presencia de Micaela. + +La costurera consentía estas caricias. Conocía bien a Juanito. No había +cuidado que pasase de ellas. Besábale las manos, sin que sus labios +dejasen la ardorosa huella del deseo contenido, y todo el exceso de +Juanito consistía en morder las duricias de la epidermis producidas por +el contacto de las tijeras o las rozaduras y pinchazos de la aguja. +Estas marcas del diario trabajo las adoraba Juanito como cuarteles de +nobleza, y las yemas de los rosados dedos, ligeramente encallecidas, +chupábalas con tanta delicia como si fuesen caramelos. + +Tónica, con dulce coquetería, extendía sus manos, dejándoselas besar. Si +alguna vez, al saltar un ribazo, quedaba al descubierto algo de su +blanca media, veía cómo Juanito volvía a otro lado su mirada con cierta +expresión de sorpresa y disgusto. La quería bien: estaba en el período +de la adoración extática. Tónica era para él como esas vírgenes de +cabeza hermosísima, que bajo la deslumbrante vestidura sólo tienen para +sostenerse tres feos palitroques. Él, que en la cocina de su casa +estremecíase hasta la raíz de los cabellos al menor roce con las +fornidas fregonas, nunca había llegado a pensar que Tónica tenía algo +más que su gracioso rostro. + +Mientras los novios, sentados en los pendientes ribazos, con los cañares +a la espalda, hablaban del porvenir, acariciándose castamente, y en +pleno idilio daban fin al puñado de altramuces, Micaela permanecía +inmóvil, con la mirada mate fija en el sol, que, como una bola candente, +resbalaba por la inmensa seda del cielo sin quemarla, y al acercarse en +su descenso majestuoso al límite del horizonte, se sumergía en un lago +de sangre. + +Algunas veces, la pobre mujer sonreía, como si ante sus ojos moribundos +pasasen seductoras visiones. + +--¿Qué piensa usted, Micaela?--preguntaba Tónica--. ¿Ve usted algo? + +--Nada, hija mía; veo el sol, que es lo único que puedo ver. + +Pero mentía. Veía con los oídos. Las palabras de los jóvenes, aquellos +desahogos de un amor tranquilo, le alegraban, y su fantasía poblaba de +imágenes las muertas retinas. Veía a la _siñá_ Antonia, la madre de la +costurera, tal como era quince años antes, cuando Micaela iba de visita +a su portería para charlar como antiguas amigas. Pero ahora ya no hacía +calceta, ni aparecía dentro de sus ojos patiabierta ante el brasero, +echando firmas en la lumbre; la veía en el cielo, justamente ganado con +sufrimientos y miserias, vestida de blanco, como van los +bienaventurados, y desde allí, asomándose a una ventana de nubes, +lanzaba una sonrisa como una bendición sobre los dos jóvenes, que +parecía decir: «Gracias, Micaela; cuídamela, sacrifícate un poco más, no +la abandones hasta verla esposa de Juanito, que es un buen muchacho. Yo, +en agradecimiento, te guardaré un rinconcito para cuando subas.» + +Y la pobre mujer conmovíase tanto al soñar despierta, que las lágrimas +titilaban en sus ojos, haciendo brillar las pupilas sin vida. + +--¿Ahora Hora usted...?--preguntaba Tónica--. Pero ¿qué le pasa? + +Nada, absolutamente nada. Se sentía feliz y lloraba de alegría, de +agradecimiento, satisfecha de sí misma, de la bondad con que la trataba +Dios. + +Juanito miraba con asombro no exento de envidia a la pobre mujer casi +ciega, que saldría del mundo tan inocente como había entrado, después de +arrastrar la más monótona y abrumadora de las existencias, siempre +amarrada a la argolla de la domesticidad, sumisa y automática, y que +todavía sentíase dominada por el agradecimiento, como si la vida de +descanso puramente animal que ahora gozaba fuese una felicidad de que no +se consideraba digna. + +Aquella primavera fue el período más feliz de la existencia de Juanito. + + +Amaba, era amado, tenía fe en el porvenir, sentíase a cien leguas de las +miserias de su familia, y para mayor felicidad, el tío don Juan, +enterado de su noviazgo, lo toleraba, reservándose dar su aprobación +definitiva cuando conociese a Tónica. + +Un domingo, por exigencias de los arrendatarios, tuvo que ir a su huerto +de Alcira, y pasó el día como un desterrado, mirando melancólicamente +hacia Valencia y sintiendo un inocente enfurruñamiento contra el sol +porque marchaba despacio, retrasando la hora del regreso. Por la noche, +¡con qué placer saltó al andén de la estación, hendiendo a codazos la +muchedumbre que obstruía la salida! Con los zapatos llenos de polvo, +llevando en las manos dos ramas de naranjo cargadas de bolas de oro que +esparcían fresco perfume, pasó como un hombre satisfecho de la vida ante +los revisores y dependientes de Consumos que vigilaban la puerta, y +corrió a la calle de Gracia, metiéndose en la escalerilla con un +arranque de audacia que a él mismo le causaba asombro. Micaela perdonó +al «señor de Peña» esta transgresión de lo pactado, en gracia a su viaje +y al regalo del ramo de naranjas; y desde aquel día, el enamorado, sin +abusar de la tolerancia, continuó sus visitas. + +Juanito ya no sentía miedo al pensar lo que diría la mamá cuando +conociese sus amores. Tenía el convencimiento de que ella lo sabía todo. + +El día de la Virgen fue con Tónica y su amiga a la primera misa en la +capilla de los Desamparados. Dentro del templo sonaba la música; la +multitud, oprimida en la mezquina rotonda, esparcíase por la plaza hasta +la fuente, adornada con un ridículo templete que parecía de confitería. +Todos estaban en actitud reverente, sin ver otra cosa de la misa que las +obscuras puertas, en cuyo fondo brillaban como chispas de oro las luces +de los altares, sintiendo en sus descubiertas cabezas el vientecillo de +primavera, semejante al halago de una mano invisible, tibia y olorosa. +En esta confusión, cuando Juanito, sacando los codos, guardaba de +empujones a las dos mujeres, vio a corta distancia a su familia y la +del señor Cuadros. + +Desde las Pascuas que era grande la intimidad entre las dos familias; +Juanito había oído hablar la noche anterior de cierto plan de +esparcimiento matutino, como principio de fiesta, por ser los días de +Amparito. Oirían la primera misa en la capilla de los Desamparados, +porque a doña Manuela, como buena valenciana, le parecía que ninguna +misa del resto del año valía tanto como aquélla y después tomarían +chocolate en un huerto de fresas, bajo un toldo de plantas trepadoras, +recreándose el olfato con el olor de los campos de flores y el humillo +del espeso soconusco. + +Doña Manuela vio a su hijo, Juanito la sorprendió fijando los ojos en +Tónica con expresión curiosa e interrogante. La altiva señora aparentó +después no haber visto a su hijo; pero al volver a casa, Juanito +sentíase trémulo e inquieto pensando en lo que diría su mamá, tan amante +del prestigio de la familia. + +Pasó aquel día y pasaron muchos sin que doña Manuela dijese una palabra +sobre el noviazgo de su hijo. Este silencio entristecía a Juanito en +ciertos momentos. Veía una vez más hasta dónde llegaba el afecto de +aquella madre a la que idolatraba. Era un paria, un advenedizo de +procedencia inferior que el azar había introducido en la familia. Para +Rafaelito y las hermanas, todas las alianzas eran medianas; pero +tratándose del hijo de Melchor Peña, el tendero del Mercado, todo +resultaba bien. Podía casarse con una criada de la casa, sin que doña +Manuela sintiera un leve roce en aquella susceptibilidad tan despierta +para los otros hijos. + +La buena señora llegó por fin a darle a entender con palabras sueltas lo +que él se recelaba. Conocía sus amores; se había informado de quién era +Tónica, y no le parecía gran cosa; pero si Juanito se mostraba conforme, +todos contentos. Esta indiferencia anonadaba a Juan; y a pesar de que +nadie en la casa se preocupaba de sus amoríos--pues cuando más, merecían +alguna burla de Amparito--, siguió recatándose, como si temiera las +maternales censuras. + +Desde la noche que subió a casa de Tónica, fue estrechando su intimidad +con las dos mujeres. Ya se atrevía algunas noches a hacerles tertulia +hasta las diez, y como la presencia de Micaela daba a la conversación un +tinte de seriedad, Juanito hablaba del comercio, de los triunfos de la +Bolsa, de la buena fortuna de su principal, y sobre todo, de don Ramón +Morte, su grande hombre, al que cada vez tributaba una adoración más +vehemente. + +Si él se sintiera con fuerzas bastantes, sería de ellos; ingresaría en +el batallón audaz que, guiado por Morte, marchaba de jugada en jugada a +la conquista de los millones; y decía esto con la fiebre de explotación +adquirida en la tienda oyendo a los bolsistas, fiebre que comunicaba a +las dos mujeres, que le escuchaban como un oráculo. + +La falta de valor era lo que le retenía en su posición mediocre; en +cuanto al éxito, no era posible dudar. El que ahora no se hacía rico, +era porque no quería serlo. Bastaba un poco de dinero y la sabia +dirección de Morte para despertar un día millonario. + +Y Tónica le escuchaba con la mirada fija, el entrecejo fruncido, los +labios apretados, como si dentro de su cabecita se agitase una idea +tenaz, mientras Micaela abría sus muertos ojazos con la expresión de una +niña que oye un cuento de hadas. + +Aquellos millones fantásticos, saliendo de la boca de Juanito, rodaban +sobre el pobre tapete de la mesa, parecían infundir por la mísera +habitación un ambiente de aplastante opulencia, algo semejante a la +sonora vibración de montones de oro. Y esta conversación fue repetida un +día y otro, hasta que Juanito quedó desconcertado e indeciso ante una +proposición de las dos mujeres. + +Aunque era partidario de las audacias financieras, siempre que pensaba +en la posibilidad de poner en práctica sus entusiasmos surgían en él la +prudencia y la desconfianza, los escrúpulos de la rutina comercial, como +una herencia de raza. Por esto sintió cierta inquietud al oír a Micaela +que deseaba dedicar sus ahorros a un negocio tan afortunado. Eran ocho +mil reales, amasados trabajosamente entre las dos mujeres, arañados al +jornal de Tónica y a la pobre pensión de Micaela, adquiridos a fuerza de +alimentarse con arroces insípidos los más días de la semana, remendar +los trajes hasta que se deshilachaban de puros viejos y pasar las +veladas a obscuras para evitar el gasto de luz. + +Juanito dudó. No le parecía mal el propósito. Ya que tenía dinero, mejor +que guardarlo en el fondo del arca era emplearlo como cebo, para que la +suerte mordiese en él. Y repitió varias veces esta frase oída a su +principal. + +--Pero...--añadió con marcada indecisión--no sé hasta qué punto +convendrá a ustedes exponer un dinero que tanto les cuesta. Don Ramón es +infalible, pero ¿quién sabe lo que reserva la suerte...? ¿Quieren +ustedes creerme? Nada de jugadas. Esto queda para mi principal y sus +amigos, que tienen mucho corazón. Lo mejor es llevarle el dinero al +señor Morte y rogarle que lo invierta en papel del. Estado. Es un tío +muy largo. Adivina el papel que puede subir y el que va a bajar. Sí él +quiere, el capitalito de ustedes quedará bien colocado; cobrarán ustedes +su renta todos los trimestres, y es fácil que lo que adquieran por cinco +valga diez dentro de poco. Quedamos, pues, en que iremos a ver a don +Ramón. + +¡Afortunado mortal! Desde entonces, su nombre pareció llenar la +habitación, y las dos mujeres le aposentaron en su memoria, imaginándolo +como un ser poderoso, todo bondad, que peloteaba los millones y se +divertía haciendo ricos a los pobres. + +--¿Cuándo vamos a ver a don Ramón?--era la pregunta que hacían las dos +mujeres apenas entraba Juanito en la casa. + +Y la visita la hicieron una mañana que Tónica no tenía trabajo y su +novio pudo abandonar _Las Tres Rosas_. ¡Qué emoción! En la plaza de la +Reina ya le temblaban las piernas a Micaela, pensando en el arrugado +papel de estraza que contenía los billetes mugrientos, y más aún en que +iba a verse ante aquel señor de quien todos se nacían lenguas. Entraron +en un patio suntuoso, embellecido por la industria más que por el arte +arquitectónico, en el que el escayolado imitaba al mármol y el yeso +moldeado a máquina fingía un artesonado antiguo. En el primer tramo de +la escalera estaba el despacho de don Ramón. + +La antesala parecía de ministerio, y apenas si en los bancos forrados de +terciopelo quedaba espacio libre para los que iban llegando. Los +clientes aguardaban con resignación el turno. Eran curas en su mayoría, +pues don Ramón, persona piadosa y amiga de hacer limosnas por mano de la +Iglesia, figuraba como el banquero del clero, y en las sacristías su +nombre alcanzaba gran prestigio. Los hábitos negros, la discreta media +luz que filtraba al través de los cortinajes de los balcones, esfumando +los adornos de la antesala en una dulce penumbra, y la calma discreta +que reinaba en toda la casa, daban a ésta un ambiente conventual de +profunda paz, dulce y atractivo. + +Juanito y las dos mujeres, después de una hora de espera viendo las +entradas y salidas de los clientes, que andaban con aire discreto, como +influidos por aquel ambiente de seráfica calma, fueron admitidos a la +presencia del gran hombre. Atravesaron la oficina, donde media docena de +pobres diablos plumeaban encorvados, levantando la cabeza para lanzar a +Tónica una mirada rápida. Abriendo una mampara negra, entraron en el +despacho, pieza empapelada de obscuro, con estantes de carpetas verdes y +grandes cromos franceses de santos y santas, que parecían acicalados y +perfumados para asistir a un baile. + +Allí, tras la mesa-ministro, sobre la cual todo estaba arreglado con +nimia pulcritud, mostrábase el famoso banquero. Tónica experimentó una +decepción. Habíalo imaginado majestuoso, imponente, y veía un hombre +raquítico, amarillento, cargado de espaldas, con la cabeza cana y un +bigote recortado, que parecía despegarse de su rostro clerical. Hablaba +golpeando cadenciosamente con una mano el dorso de la otra, y sus ojos +pardos, brillando tras las gafas de oro, eran lo más notable del rostro, +por su expresión extremadamente bondadosa y atenta. Su facilidad de +fisonomista le hizo reconocer inmediatamente a Juanito. + +--Siéntense ustedes... siéntense--dijo con su voz reposada, que marcaba +grandes pausas entre sílaba y sílaba--. ¿Qué hay, pollo? ¿Qué le trae a +usted por aquí? + +El dependiente estaba ruborizado y se expresaba con dificultad, +impresionado por la mirada del grande hombre. + +Don Ramón acogió con noble modestia las expresiones de confianza de su +admirador, y pareció enternecerse con las pocas palabras de Tónica y su +amiga rogándole se dignase aceptar su dinero. + +--Estoy muy atareado para poder encargarme de los asuntos de los +demás.... Sin embargo, basta que vengan con este joven, al que aprecio, +para que me decida a hacer algo por ustedes.... ¿Dice usted, niña, que +son ocho mil reales? Bueno; pues compraremos Cubas: es el mejor papel. +Ahora están a noventa y ocho, pero no tardarán en subir, se lo aseguro a +ustedes. Compraremos Cubas.... Yo no afirmo nada, soy como todos y puedo +equivocarme; pero tal vez... tal vez dentro de un año doblaremos el +capitalito. Sí señor; puede que lo doblemos. + +Y hablaba sonriendo maliciosamente, golpeándose las manos con expresión +satisfecha, como si le bastara un simple guiño para que las dos mil +pesetas se multiplicaran en millones. + +Una corriente de entusiasmo parecía envolver a los tres visitantes. La +fiebre de ganancia que les dominaba por las noches al hablar de negocios +volvía a reaparecer. Ahora, Tónica ya no encontraba tan insignificante a +don Ramón y hasta creía ver en él cierta aureola de hombre de genio. + +El papel de estraza que contenía las privaciones y esperanzas de las dos +mujeres quedó sobre la mesa. Allí estaban los ocho mil reales. Podía +hacer don Ramón lo que quisiera. Ellas confiaban en él como si fuese su +padre. + +--Bueno; compraré Cubas. El pollo pasará por aquí cuando guste, para que +le entere de la marcha del capitalito. + +Y don Ramón les acompañó hasta la mampara, cobijando con mirada amorosa +de padre a sus tres clientes. El dinero quedaba a su espalda, sin +recibo, sin garantía alguna, resguardado por el espíritu de confianza +inquebrantable que circuía la respetable personalidad del banquero +caritativo. + +Al salir los tres, asomaba un nuevo cliente, un hombre de chaqueta y +gorra, industrial, que había abandonado un instante su taller para +alcanzar una palabra del ídolo. + +--Vamos para arriba--dijo el banquero alegremente, sin dejarle terminar +su saludo--. Su capitalito ha aumentado en un cincuenta por ciento. +Tiene usted ya treinta mil pesetas. + +El hombre, pálido de emoción, se contenía para no arrojarse al cuello de +don Ramón y comérselo a besos. + +--¡Gracias, muchas gracias! Es usted mi padre. Y para no estorbar al +grande hombre, huyó, trémulo por la noticia, pensando en sus hijos y en +lo que diría su mujer. + +Los nuevos clientes de don Ramón atravesaron la oficina tan conmovidos +como el otro. ¡Aquel hombre era un santo! Lo mismo decían los que +estaban en la antesala, gente menuda, con blusa unos y chaqués raídos +otros, todos hombres de fe, que llevaban sus ahorros al santuario de la +honradez, y mientras aguardaban el turno cuchicheaban, haciéndose +lenguas de sus virtudes. Dos días antes, don Ramón, al hacer el balance +del mes, notando que resultaban en su favor quinientas pesetas, +procedentes sin duda de un error en la cobranza, había ido a confesar la +involuntaria falta, entregando la cantidad al cura para que la +repartiese entre los pobres. + +Y la noticia circulando de boca en boca, agrandábase, llegando a +arrancar lágrimas de enternecimiento. ¡Qué hombre aquél! No ya el +dinero, sino la propia sangre se le podía dar con entera confianza. + +Micaela y Tónica, al estar en la calle, lanzaron un suspiro de +satisfacción. ¡Dios mío! ¡Qué peso se quitaban de encima! + +Habían dudado un poco antes de entregar sus ahorros, pero ahora sentían +una dulce confianza pensando que quedaban arriba, en manos de un hombre +a quien todos los días nombraban los periódicos con los títulos de +«acaudalado y filantrópico banquero». + + + + +VIII + + +La vela del Corpus, con sus anchas listas azules y blancas, sombreaba +desde los altos mástiles la plaza de la Virgen. + +La muchedumbre, endomingada, agitábase en torno de las _rocas_, +admirando una vez más las carrozas tradicionales que todos los años +salían a luz: pesados armatostes lavados y brillantes, pero con cierto +aire de vetustez, luciendo en sus traseras, cual partida de bautismo, la +fecha de construcción: el siglo XVII. + +Recordaban aquellas enormes fábricas de madera pintada, con su lanza +semejante a un mástil de buque y sus ruedas cual piedras de molino, las +carrozas sagradas de los ídolos indios o los carromatos simbólicos que +güelfos y gibelinos llevaban a sus combates. + +La gente pasaba revista con una curiosidad no exenta de ternura a la +fila de _rocas_, como si su presencia despertara gratos recuerdos. + +Allí estaba la _roca_ Valencia, enorme ascua de oro, brillante y +luminosa desde la plataforma hasta el casco de la austera matrona que +simboliza la gloria de la ciudad; y después, erguidos sobre los +pedestales los santos patronos de las otras _rocas_: San Vicente, con el +índice imperioso, afirmando la unidad de Dios; San Miguel, con la +espada en alto, enfurecido, amenazando al diablo sin decidirse a +pegarle; la Fe, pobre ciega, ofreciendo el cáliz donde se bebe la calma +del anulamiento; el Padre Eterno, con sus barbas de lino, mirando con +torvo ceño a Adán y Eva, ligeritos de ropa como si presintiesen el +verano, sin otra salvaguardia del pudor que el faldellín de hojas; la +Virgen, con la vestidura azul y blanca, el pelo suelto, la mirada en el +cielo y las manos sobre el pecho; y al final, lo grotesco, lo +estrambótico, la bufonada, fiel remedo de la simpatía con que en pasadas +épocas se trataban las cosas del infierno, la _roca Diablera_; Pintón +coronado de verdes culebrones, con la roja horquilla en la diestra, y a +sus pies, asomando entre guirnaldas de llamas y serpientes, los Pecados +capitales, horribles carátulas con lacias y apolilladas greñas, que +asustaban a los chicuelos y hacían reír a los grandes. + +Y todos estos carromatos, legados de la piedad jocosa de pasadas +generaciones, eran admirados por el gentío, que, con un entusiasmo +puramente meridional, se regocijaba pensando en la fiesta de la tarde, +cuando las muías empenachadas se emparejasen en la aguda lanza y los +carromatos conmoviesen las calles con sordo rodar, exuberantes las +plataformas de arremangados mocetones disparando una lluvia de confites +sobre el gentío. + +Así como avanzaba la mañana aumentaba el hormigueo en torno de las +rocas, que, vistas de lejos, destacábanse como escollos sobre el oleaje +de cabezas. El primer sol de verano abrillantaba como espejos las +barnizadas tablas de los carromatos, doraba los mástiles, esparcía un +polvillo de oro en la plaza, daba al gigantesco toldo una transparencia +acaramelada, y este cuadro levantino, fuerte de luz, dulcificábase con +el tono blanco de la muchedumbre, vestida de colores claros y cubierta +con los primeros sombreros de paja. + +A las doce, cuando mayor era la concurrencia, las de Pajares salieron de +la catedral, devocionario en mano y al puño el rosario de nácar y oro. +Regresaban a casa después de oír misa, y al llegar frente a la +Audiencia vieron correr la gente, oyendo al mismo tiempo un lejano +tamborileo. + +--¡La cabalgata! ¡La cabalgata!--gritaba la chiquillería corriendo por +la calle de Caballeros. Y las de Pajares tuvieron que detenerse ante la +muralla de curiosos agolpados al paso de la cabalgata. + +Primero pasaron los portadores de las banderolas, con sus dalmáticas de +seda con las barras aragonesas y altas coronas de latón sobre melenas y +barbazas de estopa; tras ellos el cura municipal, el famoso «capellán de +las _rocas_», jinete en brioso caballo encaparazonado de amarillo, el +manteo de seda descendiendo desde el alzacuello a la cola del caballo, y +enseñando la limpia y blanca tonsura al saludar con el bonete al público +de los balcones. Y seguían detrás las _dansetes_, escuadrones de +pillería disfrazada con mugrientos trajes de turcos y catalanes, indios +y valencianos, sonando roncos panderos e iniciando pasos de baile; las +banderas de los gremios, trapos gloriosos con cuatro siglos de vida, +pendones guerreros de la revolucionaria menestralía del siglo xvi; la +sacra leyenda, tan confusa como conmovedora, de la huida a Egipto; los +Pecados capitales, con estrambóticos trajes de puntas y colorines, como +bufones de la Edad Media, y al frente de ellos la Virtud, bautizada con +el estrambótico nombre de la _Moma_; los Reyes Magos, haciendo prodigios +de equitación; heraldos a caballo; jardineros municipales a pie, con +grandes ramos; carrozas triunfales, todo revuelto, trajes y gestos, como +un grotesco desfile de Carnaval, y alegrado por el vivo gangueo de las +dulzainas, el redoble de los tamboriles y el marcial pasacalle de las +bandas. + +Detrás, presidiendo la comitiva, como muda invitación hecha al público +para asociarse a la fiesta, iban en las carrozas municipales media +docena de señores de frac, tendidos en los blasonados almohadones, +llevando sobre el vientre, como emblema concejil, la roja cincha y +saludando al público con un sombrerazo protector. + +--¡Atrás, niñas!--dijo doña Manuela a sus hijas--. ¡Atrás, que vienen +esos brutos! + +Los brutos eran los de la _degòlla_: un pelotón de gañanes con la cara +tiznada, gabanes de arpillera con furias pintadas, y coronados de +hierba, que cerraban la marcha, repartiendo zurriagazos entre los +curiosos que ocupaban la primera fila con sus garrotes de lienzo, más +ruidosos que ofensivos. + +Las de Pajares dejaron que se alejase la cabalgata con su estruendo de +tamboriles y dulzainas y siguieron su marcha por las calles cubiertas +con espesa capa de arena para el paso de las rocas. + +A la hora de la comida llegó Andresito a casa de las de Pajares. Lo +enviaban sus papas para hacer el ofrecimiento de todos los años. Ya se +sabía que el balcón de _Las Tres Rosas_ era el mejor del Mercado. +Además, los señores de Cuadros tenían gran satisfacción en recibir a sus +amigos; y más aún ahora que el afortunado bolsista había amueblado a +gusto de los tapiceros, y con una brillantez vulgar propia de café o de +fonda, sus habitaciones, antes tan lóbregas como desmanteladas. + +Doña Manuela y las niñas aceptaron con entusiasmo el ofrecimiento. ¡Vaya +si irían! Y la viuda de Pajares, que tan mal había hablado de Teresa, su +antigua criada, hacía ahora elogios de ella como si fuese una amiga de +la infancia. + +A las tres salía la familia con dirección al Mercado. + +Concha y Amparito llamaban la atención con sus vestidos de vivos colores +y las capotitas de paja, que hacían lucir sobre su cabeza toda una +pradera de flores y musgo. La mamá las contemplaba por la espalda, +experimentando la satisfacción orgullosa de un artista. Obra suya era +aquel lujo, y había que reconocer que las niñas sabían lucirlo. Pero +¡ay, Dios! estremecíase al pensar lo que aquello le costaba y las +terribles intranquilidades del porvenir, ¡Siempre el dinero como eterna +pesadilla, amargándole la existencia, a ella que tanto había gastado! + +Juanito las dejó a la puerta de _Las Tres Rosas_, para ir en busca de su +novia, y ellas, al subir a las habitaciones de los señores de Cuadros, +encontráronse con una tertulia formada por todos los amigos de la casa: +familias de bolsistas y comerciantes retirados, que imitaban torpemente +los ademanes y gestos que habían podido copiar por las tardes en la +Alameda, paseando en sus carruajes por entre los de la antigua +aristocracia. Hablaban de las modas del verano, «de lo que iba a +llevarse», mientras los hombres, formando grupo cerca de los balcones, +daban en su conversación eternas vueltas en torno del cuatro por ciento +interior y de los billetes hipotecarios de Cuba. + +La esposa de Cuadros, que respondía a sus amigas con sonrisas de conejo +y parecía muy preocupada por pensamientos tristes y misteriosos, +abalanzóse a doña Manuela, saludándola con apretado abrazo y sonoros +besos. Parecía una desesperada que encuentra al fin el medio de +salvación. + +--Tenemos que hablar, doña Manuela--le dijo al oído--. No, ahora no; +después se lo contaré todo. ¡Ay, si usted supiera...! + +Mientras tanto, las niñas de Pajares, las de López el famoso bolsista y +otras amiguitas posesionábanse de los balcones, convirtiéndolos en +pajareras con su charla graciosa y sus ruidosas risas. + +La plaza era un mar multicolor de cabezas. Los balcones estaban +adornados con antiguas colgaduras de sólidos colores, las bocacalles +vomitaban sin cesar nuevos grupos en el compacto gentío, y los pájaros +que anidaban en los árboles del Mercado huían ante la granujería que, +montada en las ramas, silbaba y gritaba a los de abajo, con la confianza +del que está en su propia casa. El sol de verano caldeaba la +muchedumbre, por entre la cual paseaban las chiquillas despeinadas y en +chanclas, con el cántaro en la cadera, pregonando el agua fresca, y los +mocetones de brazos hercúleos y arremangados, con pañuelo de seda en la +cabeza, sosteniendo a pulso las pesadas heladoras y ofreciendo a gritos +la horchata y el agua de cebada. + +Ya habían sonado las cuatro. En los balcones abríanse, como flores +gigantescas, sombrillas de brillantes colores, agitábanse grandes +abanicos con aleteo de pájaro, y abajo la muchedumbre removíase +inquieta, chocando con las apretadas filas de sillas que orlaban el +arroyo. + +Sonó un rugido a un extremo de la plaza, e inmediatamente fue contestado +por un griterío general. + +--¡Ya están ahí...! ¡ya están ahí! + +Y hubo empellones, codazos, remolinos de cabezas, empujando todos al que +estaba delante para ver mejor. + +A lo lejos, empequeñecida por la distancia, apareció la primera _roca_, +en torno de la cual, como jinetes liliputienses, hacían caracolear sus +caballos los soldados encargados de abrir paso. Un alegre cascabeleo +dominaba los ruidos de la plaza y las voces enérgicas del postillón en +traje de la huerta, que gritaba «¡_arre_! ¡_arre_!» manejando con rara +maestría una docena de ramales. + +Las _rocas_, una tras otra, fueron desfilando por la plaza, produciendo +cada una de ellas una verdadera revolución. Trotaban, arrastrando los +pesados armatostes, las docenas de muías gordas y lustrosas salidas de +las cuadras de los molinos, con los rabos encintados, las cabezas +adornadas con vistosas borlas y entre las orejas tiesos y ondulantes +penachos. Cogidos a sus bridas corrían los criados de los molineros, +atletas de ligera alpargata, despechugados y con los brazos al aire, +que, a la voz de «¡alto!», se colgaban de las cabezadas, haciendo parar +en seco a las briosas bestias. Colgando de las traseras de los +carromatos balanceábanse racimos de chicuelos, que al menor vaivén caían +en la arena, saliendo milagrosamente de entre las patas de los caballos. +En las plataformas iban los de la Lonja, tratantes en trigo, molineros, +gente campechana y amiga del estruendo, que, en mangas de camisa, +botonadura de diamantes y gruesa cadena de oro en el chaleco, arrojaban +a los balcones con la fuerza de proyectiles los ramilletes húmedos y +los cartuchos de confites duros como balas, con más almidón que azúcar. + +Cada _roca_ esparcía el terror y el regocijo a un tiempo. La movible +batería de brazos disparaba ruidosa metralla, cubriendo el aire de +objetos; los cristales caían rotos, y hasta las persianas quedaban +desvencijadas bajo la granizada de confites. + +En los balcones, las señoritas cubríanse el rostro con el abanico, +temerosas al par que satisfechas de que las acribillasen con tan +brutales obsequios. Abajo estaban los bravos, que por un chichón más o +menos no querían mostrar miedo e insultaban a los de las _rocas_ cuando +se agotaban los proyectiles, hasta que aquéllos les arrojaban a la +cabeza los cestones vacíos. Cada vez que caía un cartucho o un ramo +sobre la gente, mil manos se levantaban ansiosas, originándose disputas +por su posesión. + +Pasó por fin la última _roca_, la _Diablura_, donde iba la gente de +trueno, más atroz en sus obsequios y tenaz en proporcionar ganancias a +los almacenes de cristales, y la calma se restableció en la plaza, +comenzando a aclararse el gentío. + +En casa de Cuadros, las señoras, cansadas de permanecer tanto tiempo de +pie en los balcones, iban en busca de los mullidos asientos de las +salas. En un balcón, completamente solas, estaban doña Manuela y la +señora de Cuadros, cobijándose ambas bajo la misma sombrilla, afectando +mirar a los transeúntes y hablando en voz baja con tono grave y +misterioso. + +La viuda de Pajares mostrábase maternal y daba consejos a su amiga con +cierta altiva superioridad. Vamos a ver, ya estaban solas. ¿Qué era +aquello? ¿Algún disgusto de familia? Podía hablar con entera franqueza, +pues ya sabía el gran interés que le inspiraba todo lo de su casa. Pero +doña Manuela, a pesar de su superioridad, no pudo ocultar la sorpresa +que le produjo conocer la verdad. + +¡Vaya con el señor de Cuadros! ¡Quién iba a imaginarse una cosa así...! +Todos los hombres son lo mismo. No hay que fiarse de ellos, y más si han +sido tranquilos en su juventud, pues ya es sabido que «el que no la +hace a la entrada la hace a la salida». Lo mismo le había ocurrido a +ella con el doctor. Se casó, creyendo que un hombre grave, que tan +enamorado se mostraba, no podía serle infiel; y sin embargo, ya tenía +ella que contar de los últimos años de matrimonio. + +--Ni Santa Rita de Casia, amiga Teresa, sufrió tanto como yo con aquel +hombre endemoniado. En fin, usted ya lo sabe.... Pero cuente usted. A lo +que estamos, que lo mío ya pasó y a nadie interesa. + +Y doña Manuela, como persona inteligente en el asunto, escuchaba la +relación de la pobre Teresa, que balbuceaba y tenía que hacer esfuerzos +para no llorar. Por la mañana lo había descubierto todo. Bien es verdad +que ya recelaba algo, en vista del despego con que la trataba su +Antonio. Pero ¿quién podía imaginarse que aquel hombre se atreviera a +tanto? Ella le creía ocupado únicamente en ganar dinero para su casa; y +aquella mañana, al limpiar una de sus chaquetas, había encontrado en el +bolsillo interior una carta que le costó gran trabajo leer, porque ella +no estaba fuerte en estas cosas. + +--¿Y de quién era?--preguntó la viuda con curiosidad ansiosa. + +--De una tal Clarita. Pero ¡qué carta, doña Manuela! ¡Qué cosas tan +indecentes había en ella! Parece imposible que hombres honrados y con +hijos puedan leer tales porquerías. + +Y la pobre mujer ruborizábase, mostrando en su cara nacida y lustrosa de +monja enclaustrada la misma expresión de vergüenza que si fuese ella la +autora de la carta. + +--Pero ¿quién es esa Clarita? ¡Valiente apunte será la tal...! + +--Aguarde usted; apenas me enteré de todo sentí ganas de irme a la cama, +donde todavía estaba Antonio, para arañarle.... No se ría usted, doña +Manuela; hubiera querido ser hombre, para hacer una barbaridad.... ¡Pero +una vale tan poco...! Además, cuando se es honrada y se quiere al +marido, se le tiene respeto y no se atreve una a ciertas cosas. Antonio +sabe mucho y es capaz de hacerme ver que lo blanco es negro. + +Y la buena Teresa, a pesar de su encono, sentíase dominada por la +admiración que profesaba a su marido, aquel modelo, «aunque le estuviera +mal el decirlo». + +--Pero ¿qué hizo usted? + +--Lo primero que se me ocurrió fue averiguar quién era la tal Clarita, y +como en su carta le encargaba _al mío_ que fuese a ver al dueño de su +casa para pagarle un trimestre, indicándole dónde vive ese señor, fui +allá esta mañana, después de oír misa, y supe que la tal inquilina está +en la calle del Puerto, en un entresuelito que le han ido pagando en +diferentes épocas otros señores de la Bolsa tan imbéciles como mi +Antonio. + +--¿Y no averiguó usted más? + +--¡Buena soy yo para dejarme las cosas a medio hacer! Fui también a la +calle del Puerto, hice hablar a la portera, y... ¡ay, doña Manuela, qué +cosas supe! Parece imposible que se consienta la vida de unas mujeres +así. La tal Clarita es una perdida, ¿sabe usted, doña Manuela? Lo repito +tal como me lo dijo aquella mujer. ¡Válgame Dios, y qué cosas me contó! +Toda la calle se fija en ella y se burla de su lujo y sus pretensiones. +La portera me dijo que hace dos años vendía géneros de punto aquí, en el +Mercado; pero ahora se da el tono de una princesa y habla de su mamá, +una _tianga_ que cuando no le da un duro le chilla desde el patio y arma +escándalo para que se entere toda la calle. ¡Ay, doña Manuela! ¡Que mi +marido se haya metido en semejante podredumbre...! Porque si usted la +viera, se asombraría de que los hombres puedan caer en tal tentación. La +portera me la enseñó estando en su balconcito, con una bata muy lujosa, +que bien puedo decir que me la ha robado a mí. ¡Y era fea, doña Manuela, +muy fea! Huesos y pellejo nada más; pero con unos ojos de desvergonzada, +que es sin duda lo que les gusta a los hombres.... ¡Mi Antonio, un +hombre tan serio, con esa mala piel! ¡Ay, doña Manuela de mi alma, yo +creo que me va a dar algo! + +Y la pobre mujer, no pudiendo resistir más, cubríase con el abanico los +lacrimosos ojos, mientras doña Manuela le recomendaba la serenidad. + +--No llore usted, Teresa; eso es lo que le gustaba al mío. Los hombres +gozan haciéndonos padecer. Todo menos llorar. Cuando usted hable con +Antonio, muéstrese seria y altiva. Nada de cariño; si no, los muy pillos +se esponjan y se engríen. + +--¿Hablarle yo? No señora. No tengo valor para tanto. Además, tiemblo al +pensar lo que ocurriría en esta casa si yo hablase. ¿Qué pensaría mi +pobre Andresito? ¿Qué diría don Eugenio, que es la honradez +personificada? Y la verdad es que debía hablar a mi marido para abrirle +los ojos, pues aunque resulte un malvado en casa, es un tonto fuera de +ella. Esa mujer le engaña y se burla de él. Me lo ha dicho la portera y +lo sabe toda la calle. Antonio es quien sostiene los gastos de la casa; +pero cuando él no está entran como visitas los corredores jóvenes, toda +la pollería de la Bolsa, que se burla de mi marido. ¡Ay, Señor, qué +vergüenza! ¡Y ese hombre tan satisfecho y tan tranquilo, sin acordarse +de que tiene mujer y un hijo y que su nombre es muy respetado en la +plaza...! + +Teresa gimoteaba tras el abanico, y doña Manuela, a pesar de su +curiosidad, en fuerza de mirar a la plaza acabó por distraerse. + +Comenzaban los preparativos de la procesión. Las bandas militares +atronaban las calles inmediatas con sus ruidosos pasodobles, y rompiendo +el gentío pasaban los regimientos, con los uniformes cepillados y +brillantes, moviendo airosamente al compás de la marcha los rojos +pompones de gala y las bayonetas, doradas por los últimos resplandores +del sol. + +Pasaban los invitados a la procesión caminando apresuradamente, muy +satisfechos de atraer la atención de la embobada muchedumbre: unos de +frac, luciendo condecoraciones raras; otros con uniforme de Maestranzas +y Órdenes de caballería, vestimentas extrañas, con el sombrero apuntado +y la casaca de vistosos colorines, que daban a sus poseedores el +aspecto de pájaros exóticos. + +Las dos amigas volvieron a reanudar su conversación. Doña Manuela, con +aire maternal, daba consejos a la desconsolada esposa: ella, en lugar de +Teresa, daría un disgusto al esposo infiel echándole en cara su +conducta.... ¿Que no se atrevía? Pues esto es lo que ella hacía con el +difunto doctor Pajares.... En fin, cada una tiene su carácter. + +Pero Teresa, aunque daba por muy acertadas todas las palabras de su +amiga, asustábase ante la suposición de tener que reñir al marido por su +conducta. ¡Ah, si ella tuviera una persona que se interesase por su +suerte y la de la casa, qué gran favor le haría encargándose de +sermonear a aquel hombre que, a pesar de sus bigotazos y sus palabras +campanudas, se dejaba engañar como un niño! ¡Qué obra tan caritativa +lograr que aquel hombre alejado de los afectos de la familia volviese a +ser buen padre y buen marido! + +Y Teresa miraba ansiosamente a su altiva amiga al formular tales deseos. +No necesitó más doña Manuela. Ella se encargaba de ser esa persona que, +velando por la moral de la familia, devolviese el marido infiel a los +brazos de la esposa resignada. Y la viuda se crecía al hacer tales +ofrecimientos, adoptando una actitud teatral y asegurando que realizaría +tal conquista, aunque para ello necesitase de algún tiempo. + +Las dos mujeres, ya que no pudieron abrazarse en su rapto de +enternecimiento, por hallarse en el balcón, se estrecharon conmovidas +las manos, y así estuvieron largo rato, hasta que vinieron a sacarlas de +su triste arrobamiento los gritos de las jóvenes que ocupaban el balcón, +inmediato. + +--¡La procesión! ¡Ya está ahí la procesión! A este grito, las señoras +mayores abandonaron las butacas de la sala, para apelotonarse en los +balcones, teniendo a sus espaldas a los caballeros, que de vez en cuando +se alzaban sobre las puntas de los pies para ver mejor. + +En el extremo de la plaza aparecieron las banderolas con las rojas +barras de Aragón, y sonaron dulzainas pausada y majestuosamente, tañendo +las melancólicas danzas del tiempo de los moriscos. Detrás iban los +_enanos_, con sus enormes cabezas de cartón, que miraban a los balcones +con los ojos mortecinos y sin brillo. Y entre el repique de las +castañuelas y redoble de los atabales, avanzaban las cuatro parejas de +_gigantes_, enormes mamarrachos cuyos peinados llegaban a los primeros +pisos y que danzaban dando vueltas, hinchándose sus faldas como un +colosal paracaídas. + +Entraron en la plaza las banderas de los gremios, llevando en su remate +la imagen del santo patrón del oficio; y era de ver el entusiasmo con +que aplaudía el público los prodigios de equilibrio de los portadores +sosteniéndolas enhiestas sobre la palma de la mano, moviéndolas a compás +del redoble de los enormes y viejos tambores que hacían sonar los toques +de los tercios obreros en la guerra de las Germanías. + +Después comenzó la parte monótona de la procesión. Un desfile de más de +cien imágenes con sus correspondientes cofradías y asilos; más de un +millar de cabezas que pasaban por debajo de los balcones con la raya +partida y el pelo aceitoso o rizado. Al compás de los valses o marchas +fúnebres que entonaban las bandas, contoneábanse los devotos cirio en +mano; y el desfile de santos continuaba, lento, monótono, aplastante: +unos, desnudos, con las carnes ensangrentadas y sin otra defensa del +pudor que unas ligeras enagüillas; otros, vestidos con pesados ropajes +de pedrería y oro. Pasaban los mártires con el rostro contraído por un +gesto de fiero dolor, los místicos con los brazos extendidos y los ojos +velados por el éxtasis de la felicidad; y tan pronto aparecía un santo +con dorada mitra o rizada sobrepelliz, como lucía otro sobre su cabeza +el acerado casco de guerrero. + +La multitud se arremolinó, movida por el regocijo, y exclamaciones de +alegre curiosidad salieron de muchas bocas. Desfilaba la parte grotesca +de la procesión, conservada por el espíritu tradicional como recuerdo +de las épocas más religiosas de nuestra historia, que unían siempre el +regocijo a la devoción. + +En larga fila, contestando a las cuchufletas y carcajadas del gentío con +burlescos saludos, aparecían las figuras más salientes del gran poema +bíblico. David, con corona de latón, barba de crin y el floreado manto +barriendo los adoquines, avanzaba pulsando los bramantes de su arpa de +madera; Noé, encorvado como un arco, apoyado convulsivamente en su +bastoncillo, enseñaba el palomo que llevaba en su diestra a aquella +muchedumbre que reía locamente ante esta caricatura de la vejez; detrás +venía Josué, un mozo de cordel vestido de centurión romano, apuntando +con una espada enmohecida a un sol de hoja de lata y caminando a grandes +zancadas como un pájaro raro; y cerraban el desfile las heroínas +bíblicas, las mujeres fuertes del Antiguo Testamento, que salvaban al +pueblo de Dios cortando cabezas o perforando sienes con un clavo, +representadas todas ellas por mancebos barbilampiños, embadurnadas las +mejillas con albayalde y bermellón y vestidos con trajes de odaliscas. +Su paso producía escándalo. Las mujeres sonreían, y no faltaban chuscos +que requebraban a aquellos mamarrachos, como si realmente fuesen jóvenes +disfrazadas. + +Después venía la parte seria e interesante de la procesión, y el +alboroto del gentío cesó instantáneamente. + +Desfilaban los cleros parroquiales con sus áureas cruces; los +seminaristas con la frente baja y los ojos en el suelo, cruzadas las +manos sobre el pecho; y en toda la extensión de la plaza, a la luz de +los cirios, que brillaban con más fuerza en el crepúsculo, veíanse dos +filas interminables de deslumbrante blancura, compuestas por los rizados +roquetes y las albas de ricas blondas. Entre esta oleada de blanca +espuma, pasaban llevadas en andas las reliquias en sus ricas urnas, las +imágenes de plata con una ventana en el pecho, tras cuyo vidrio +marcábase confusamente el cráneo del bienaventurado. + +Luego volvía a reanudarse la parte teatral de la solemnidad. Todas las +extraordinarias visiones del soñador de Patmos, cuantas alucionaciones +había consignado el evangelista Juan en su Apocalipsis, pasaban ante el +gentío, sin que es Le, después de contemplarlas tantos años, adivinase +su significación. Desfilaban los veinticuatro ancianos con albas +vestiduras y blancas barbas, sosteniendo enormes blandones que +chisporroteaban como hogueras, escupiendo sobre el adoquinado un +chaparrón de ardiente cera; seguíanles las doradas águilas, enormes como +los cóndores de los Andes, moviendo inquietas sus alas de cartón y +talco, conducidas por jayanes que, ocultos en su gigantesco vientre, +sólo mostraban los pies calzados con zapatos rojos; y cerraba la marcha +el apostolado, todos los compañeros de Jesús, con trajes de ropería, en +los que eran más las manchas de cera que las lentejuelas; e intercalados +entre ellos, niños con hachas de viento, vestidos como los indios de las +óperas, pero con aletas de latón en la espalda, para certificar que +representaban a los ángeles. + +La procesión estaba ya en su última parte. Desfilaban los invitados, una +avalancha de cabezas calvas o peinadas con exceso de cosmético, una +corriente incesante de pecheras combadas y brillantes como corazas, de +negros fracs, de condecoraciones anónimas y de un brillo escandaloso, de +uniformes de todos los colores y hechuras, desde la casaca y el espadín +de nácar del siglo pasado hasta el traje de gala de los oficiales de +marina. Los papanatas asombrábanse ante las casacas blancas y las cruces +rojas de los caballeros de las órdenes militares, honrados y pacíficos +señores, panzudos los más de ellos, que hacían pensar en el aprieto en +que se verían si por un misterioso retroceso de los tiempos tuvieran que +montar a caballo para combatir a la morisma infiel. + +La muchedumbre permanecía embobada. El aparato religioso, las imágenes +de plata, los cleros entonando sus himnos a voces solas, las +interminables cofradías, no la habían impresionado tanto como este +continuo desfile de grandezas humanas; y sus ojos se iban deslumbrados +tras las fajas de los generales, las placas que centelleaban como soles, +los bordados de caprichoso arabesco, las empuñaduras cinceladas y +brillantes y las bandas de moaré que cruzaban los pechos como un arroyo +ondeante de colorines. + +Arriba, en los balcones, la curiosidad señalaba con el dedo a los +personajes conocidos que se mostraban a la luz de los cirios, y las +cabezas erguidas de algunos invitados cruzaban saludos con las señoras, +sin perder por esto el gesto de gravedad propio de las circunstancias. + +Acercábase el epílogo de la procesión. Sonaba a lo lejos la grave +melopea de la marcha solemne y religiosa que entonaba la banda militar. +Las cornetas de los regimientos formados en la carrera batían marcha; y +mientras los soldados requerían su fusil para inclinarse al paso del +Sacramento, la muchedumbre agitábase para ganar un palmo de terreno +donde hincar las rodillas. + +Estallaban luces de colores, y a su resplandor, tan pronto blanco como +rojo, veíanse a lo lejos, terminando la doble fila de cirios, los +sacerdotes con capas de oro, manejando los incensarios, con un continuo +choque de cadenillas de plata, en el fondo de una nube de azulado y +oloroso humo; sobre ella, agitándose dorado y tembloroso entre sus +deslumbrantes varas, el palio, que avanzaba lentamente, y bajo la +movible tienda de seda, como un sol asomando entre nubes de perfumes, la +deslumbrante custodia, que hacía bajar las cabezas, como si nadie +pudiera resistir la fuerza de su brillo. + +El poético aparato del culto católico imponíase a la muchedumbre con +toda su fuerza sugestiva. Las mujeres llevábanse las manos a los ojos, +humedecidos sin saber por qué, y las viejas golpeábanse con furia el +pecho, entre suspiros de agonizante, lanzando un «¡Señor, Dios mío!» que +hacía volver con inquietud la cabeza a los más próximos. + +Caía de los balcones una lluvia de pétalos de rosa, volaba el talco como +nube de vidrio molido, estallaban luces de colores en todas las +esquinas, y entre el perfume del incienso, el agudo reclamo de las +cornetas, la grave lamentación de la música, la melancólica salmodia de +los sacerdotes y el infantil balbuceo de las campanillas de plata, +avanzaba el palio abrumado por la lluvia de flores, iluminado por el +resplandor de incendio de las bengalas; y el sol de oro, mostrándose en +medio de tal aparato, enloquecía a la muchedumbre levantina, pronta +siempre a entusiasmarse por todo lo que deslumbra, e inconscientemente, +lanzando un rugido de asombro, empujábanse unos a otros, como si +quisieran coger con sus manos el áureo y sagrado astro, y los soldados +que guardaban el palio tenían que empujar rudamente con sus culatas para +conservar libre el paso. + +«Aquello entusiasmaba, abría el corazón a la esperanza»; y por esto el +señor Cuadros, que desde que era tan afortunado en la Bolsa se permitía +tener ideas conservadoras, murmuró como un oráculo: + +--¡Y aún dicen que no hay fe! Por fortuna, la religión de nuestros +padres vive y vivirá siempre. Aquí quisiera ver yo a los impíos. La +religión es lo único que puede contener a toda esa gente de abajo. + +Los otros bolsistas aprobaban con movimientos de cabeza, y su esposa le +miró con asombro y escándalo al mismo tiempo. Sin duda pensaba en +Clarita, no pudiendo comprender cómo faltaba a sus deberes un hombre que +decía cosas tan sensatas y dignas de respeto. + +Tras el palio, la gente admiraba un nuevo grupo de capas de oro, sobre +las cuales sobresalía la puntiaguda mitra y el brillante báculo. +Después, ajustando sus pasos al compás de la marcha musical, desfilaban +los rojos fajines y los portacirios de plata de los concejales; y por +fin, con un tránsito obscuro de la luz a la sombra, pasaba la negra +masa de la tropa, en la cual los instrumentos de música lanzaban +amortiguados destellos y los filos de las bayonetas y los sables +brillaban como hilillos de luz. + +Cuando ya la procesión había salido de la plaza y la escolta de +caballería conmovía el adoquinado con su sordo pataleo, los señores de +Cuadros y sus amigos abandonaron los balcones, entrando en el salón, +profusamente iluminado. + +Las burguesas de exuberantes carnes y respiración angustiosa dejábanse +caer en los mullidos sillones, fatigadas por tan largo plantón, mientras +las niñas correteaban o volvían como distraídas a los balcones, para ver +si en la obscura plaza, perfumada de incienso, permanecía aún el grupito +de adoradores. + +--Pasen ustedes--decía doña Teresa rodando en torno de sus amigas, que +no se decidían a abandonar los asientos--. Hagan ustedes el favor de +seguirme. Vamos al comedor; allí hace más fresco. + +Todos adivinaban lo que significaba tal invitación. ¡Oh, no señora; +muchas gracias! Ellos no podían permitir tantas molestias. Pero las +mamas abandonaron, sus asientos perezosamente, estirándose el arrugado +cuerpo del vestido de seda; y seguidas por las niñas, fueron al comedor, +donde ya estaban el señor Cuadros y sus amigos. + +¡Magnífica sorpresa! Todos los años se repetía, y no había nadie entre +los invitados que no la esperase. Pero había que repetir la frase +sacramental, las excusas de rúbrica, y mientras todos aseguraban que no +tenían sed y preguntaban con enfado a los dueños de la casa por qué se +molestaban, la lengua, seca por el calor, parecía pegarse al paladar, y +los ojos se iban tras las tazas de filete dorado que contenían el +humeante chocolate, las anchas copas azules, sobre las cuales erguían +los sorbetes sus torcidas monteras rojas o amarillas, y las maqueadas +bandejas cubiertas de dulces. Había que resignarse y no hacer un desaire +a los señores de la casa. Y a los pocos minutos ya estaban +amigablemente en torno de la mesa, con el mantel cubierto de migajas de +bizcocho, las jícaras de chocolate vacías y clavando barquillos en las +entrañas de los sorbetes. + +Doña Manuela hablaba con el señor Cuadros, Teresa la había colocado +junto a su marido, con la esperanza de lograr su catequización. Aquella +señora, que tanto sabía y tan grande experiencia había adquirido en las +miserias matrimoniales, era su única esperanza. + +La viuda hablaba con su antiguo dependiente, sonriendo. ¡Cómo había +cambiado aquel hombre! Doña Manuela, experta conocedora, notaba en él +cierto atrevimiento, como el muchacho que se emancipa de la autoridad +maternal y se lanza en plena vida de locuras. + +La viuda, siempre sonriente, se asombraba de sus frases de doble +sentido, de los guiños picarescos con que acompañaba sus palabras, y +hasta le parecía ¡oh poder de la ilusión! que había en su persona un +perfume extraño que comenzaba a crispar los nervios de doña Manuela, +algo del ambiente de aquella mala piel de la calle del Puerto, que el +protector se había traído sin duda a su hogar honrado. + +Mientras tanto, Teresa, sin dejar de atender a los convidados y de +abrumarles con obsequios, no quitaba los ojos de su marido y de la +bondadosa amiga. Doña Manuela experimentaba una profunda conmiseración +cada vez que se fijaba en la pobre esposa. ¡Bueno estaba su marido para +intentar conversiones! El señor Cuadros era un hombre perdido para +siempre, un hambriento que había gustado el fruto prohibido, tras muchos +años de vida obscura y laboriosa, sin saber lo que era juventud y +trabajando como una bestia de carga. Antes moriría que hallarse saciado. +Nada podría adelantar su esposa alejándolo de Clarita. Los calaveras +cincuentones resultan terribles por su candidez, y aunque los aíslen, +son capaces de enamorarse de la criada de la casa. + +Doña Manuela afirmábase aún más en esto al notar lo que ocurría en +torno de ella. ¿De quién era aquel pie que debajo de la mesa pisaba el +suyo? ¿Qué rodilla era la que tan audazmente acariciaba su falda de +seda? Del señor Cuadros, de aquel honrado padre de familia que +contestaba a sus palabras con melosos gestos y parecía medirla de arriba +abajo con sus ojos encandilados. + +¡Pobre Teresa! Tal vez se imaginaba que las palabras de doña Manuela +conmovían al descarriado, haciéndole entrar en el camino del +arrepentimiento; no adivinaba ni aun remotamente que su marido, por una +aberración extraña, en la que entraba por mucho el amor propio, +comenzaba a entusiasmarse con la belleza algo marchita de la esposa de +su antiguo principal. + +La viuda sentíase molestada por tales audacias; agitábase nerviosa en su +asiento, pero callaba y seguía sonriendo. Pensaba en que la situación +imponía disimulo, y que la amistad del matrimonio Cuadros le era muy +necesaria para salvarla en sus apuros de señora en decadencia, acosada +por las deudas. Además, el porvenir de su hija, de su Amparito, estaba +allí, y la viuda lanzaba una mirada de ansiedad maternal al extremo de +la mesa, donde estaba la niña junto a Andresito, recibiendo con gestos +de gatita mimosa los dulces y las palabras de su novio. + +Tras media hora de sobremesa, se disolvió la reunión. Los hombres iban +en busca de sus sombreros y las señoras besuqueábanse al despedirse, +murmurando todas el mismo saludo: + +--Hasta el año que viene. Que Dios nos conserve a todos la salud, para +ver la procesión. + +Fueron desfilando todas las familias, y al fin quedaron solas las de +Pajares, que esperaban a Juanito o Rafael para que las acompañase a +casa. + +El señor Cuadros seguía acosando a doña Manuela Ésta se había levantado, +huyendo de las audaces intimidades por debajo de la mesa, pero el +bolsista la seguía para continuar su conversación. Ahora los dos estaban +junto a Teresa, y el marido sólo se permitía frases amables y recuerdos +sobre la gran amistad que siempre había unido a las dos familias. + +--Los chicos tardarán en venir--dijo don Antonio--. Rafael estará con +sus amigos; y en cuanto a Juanito, le atraen obligaciones ineludibles. +Me han dicho que ahora tiene novia y está loco por ella. ¡La juventud! +¡Oh, qué gran cosa! Ya conozco yo eso, ¿verdad, Teresa? + +Y como si presintiese lo que pensaba su mujer y quisiera apaciguarla de +antemano, lanzaba a la obesa señora una mirada de ternura, como un +hombre honrado y de costumbres intachables recordando su tranquila luna +de miel. + +Doña Manuela estaba admirada. Decididamente, la tal Clarita había +cambiado a aquel hombre. Era un tuno. Y en vez de indignarse por la +crueldad con que mentía e intentaba engañar a su mujer, la viuda +comenzaba a encontrarlo simpático, viendo en él como una resurrección de +su segundo marido, de aquel doctor calavera al que tanto había amado. + +--Si ustedes quieren, las acompañaremos Andresito y yo. + +Doña Manuela, animada por un instinto pudoroso, intentó excusarse. + +--Sí; Antonio las acompañará--se apresuró a decir Teresa. + +Ya la pobre mujer la rogaba con su mirada que aceptase, como si fuese +para ella una esperanza que su marido prolongase la conversación con la +viuda. ¡Quién sabe cuántas cosas podía decir doña Manuela al marido +infiel! + +No hubo medio de excusarse. Las de Pajares salieron acompañadas por +Andresito y don Antonio, siguiéndolas con su vista ansiosa la crédula +Teresa. ¡Dios mío, que se ablandara el corazón de aquel hombre, para que +no la martirizase escandalizando a la familia y los amigos! + +Abajo, en la cerrada tienda, encontraron a don Eugenio, siempre con la +gorrita de seda, el cual acogió con gesto huraño a su antiguo +dependiente. Las de Pajares y sus dos acompañantes siguieron por una +acera del Mercado. Delante, las dos niñas con Andresito; Concha +malhumorada y ceñuda porque en todo el día no había visto al elegante +Roberto, y Amparo muy satisfecha de poder lucir un novio, para molestia +de su hermana. Detrás, el señor Cuadros dando el brazo a doña Manuela, +apretándola intencionadamente el codo sobre su cadera cada vez que +soltaba una palabrita atrevida y contoneándose como un invencible +conquistador. + +Fue algo más que acompañar a las de Pajares lo que hicieron el padre y +el hijo. Subieron con ellas, permanecieron de visita más de una hora, +cantó Amparito para obsequiar a su futuro suegro, y cuando salieron a la +calle, el padre y el hijo marchaban como compañeros unidos +fraternalmente por una común empresa. + +Sólo habían transcurrido algunos meses, pero estaban ya lejanos para +Cuadros aquellos tiempos en que el tendero de costumbres tranquilas y +rutinarias se indignaba al saber que su hijo iba a los bailes y le +esperaba tras la puerta empuñando fieramente la vara de medir. + + + + +IX + + +A las cuatro de la tarde entraban las de Pajares en el paseo de la +Alameda. + +Era domingo, y la animación ruidosa y expansiva de los días festivos +inundaba la acera izquierda del paseo. El tiempo era hermoso: una tarde +de verano, con el cielo limpio de nubes, y en lo más alto, como un jirón +de vapor tenue y apenas visible, la luna, esperando pacientemente que le +llegase el turno para brillar. Las largas filas de rosales, los macizos +de plantas, toda esa jardinería mutilada y corregida por las tijeras del +hortelano, reverdecía con el soplo cálido de la tarde y se cubría de +flores, uniendo sus simples perfumes a la estela de esencias que dejaban +las señoras tras su paso. + +Por el arroyo central daban vueltas y más vueltas, como arcaduces de +noria, los carruajes alineados en interminable rosario. Las torres de +los guardas erguían sus caperuzas de barnizadas tejas por encima de los +árboles, y a los dos extremos del paseo, empequeñecidas por la +distancia, destacábanse sobre el verde fondo las monumentales fuentes +con sus figuras mitológicas ligeras de ropa. Era la hora en que el paseo +adquiría su aspecto más brillante. A todo galope de los briosos caballos +bajaban carretelas y berlinas, y por las aceras del paseo desfilaban +lentamente, con paso de procesión, las familias endomingadas. Los verdes +bancos no tenían ni un asiento libre. Un zumbido de avispero sonaba en +el paseo, tan silencioso y desierto por las mañanas, y algunas familias +ingenuas conversaban a gritos, provocando la sonrisa compasiva de los +que pasaban con la mano en la flamante chistera, saludando con rígidos +sombrerazos a cuantas cabezas asomaban por las ventanillas de los +carruajes. + +Lo que atraía la atención de todos era el desfile incesante de coches, +símbolos de felicidad y bienestar en un país donde el afán de +enriquecerse no tiene más deseo que no ir a pie como los demás mortales. + +Piafaban los caballos con la boca llena de espuma, esparciendo en torno +el pajizo olor de las cuadras, y de vez en cuando un relincho contagiaba +a toda la línea de brutos briosos, que parecían contestar con nerviosos +pataleos a este llamamiento de libertad. Los cocheros, enfundados en sus +blancos levitones, exhibían desde lo alto de los pescantes, sus caras +afeitadas y carrilludas de cómicos obesos o párrocos bien conservados, y +miraban con cierto desprecio a toda aquella muchedumbre que les obligaba +a pasar unas cuantas horas de tedio. En la larga fila de vehículos +estaba el antiguo faetón, balanceándose sobre sus muelles como una +enorme caja fúnebre y encerrando en su acolchado interior toda una +familia, incluso la nodriza; la ligera berlina, con sus ruedas rojas o +amarillas; la carretela, como una góndola, meciéndose a la menor +desigualdad del suelo, y la galerita indígena, transformación elegante +de la tartana y símbolo de la pequeña burguesía, que, detenida en mitad +de su metamorfosis social, tiene un pie en el pueblo, de donde procede, +y otro en la aristocracia, hacia donde va. + +Parecía existir una barrera invisible e infranqueable entre la gente que +paseaba a pie y aquellas cabezas que asomaban a las ventanillas, +contrayéndose con una sonrisa siempre igual cuando recibían el saludo +de las personas conocidas. Grupos de jinetes mezclados con jóvenes +oficiales de caballería caracoleaban por entre los carruajes, +tendiéndose algunas veces sobre el cuello de sus cabalgaduras para +hablar al través de una portezuela. Las de Pajares contemplaban con +nostalgia de desterradas el paso de los carruajes. ¡Gran Dios, qué +tarde! ¡Se acordarían de ella toda la vida! Era la primera vez que iban +a pie a la Alameda. Las niñas, a pesar de sus elegantes trajes, creían +que todos se fijaban en ellas para sonreír compasivamente, y doña +Manuela marchaba erguida, con altivez dolorosa, poco más o menos como +Napoleón en Santa Elena después de la denota. La viuda presentía su +ruina. Ya no eran las deudas y los apuros pecuniarios las amarguras de +la vida; ahora, la fatalidad, según ella decía, complacíase en agobiarla +con nuevos golpes, quitando a la familia los escasos medios que la +restaban para sostener su prestigio. + +Aquella mañana había sido de prueba para las de Pajares. Nelet el +cochero subió muy alarmado a dar cuenta a sus señoras de que el caballo +estaba enfermo. El suceso no era para tomarlo a risa. No se trataba de +un cólico vulgar, y la pobre bestia, sostenedora inconsciente del +prestigio de la familia, revolcábase abajo, en la obscura y húmeda +cuadra, quedando panza arriba y con las patas agitadas por un temblor +convulsivo. La situación fue ridícula y conmovedora. Tantos años de +servicios habían establecido cierto afecto entre las señoras y la brava +bestia, que era considerada casi como de la familia. Doña Manuela, +recogiéndose la cola de su bata teatral, bajó a la cuadra, no pasando de +la puerta por miedo al caballo, que se revolcaba furioso. + +Llamaron al mejor veterinario de la ciudad; pero el caballo no mejoraba, +y por la tarde desvaneciéronse las ilusiones que tenían las niñas de +pasear en carruaje. Casi adquirieron la certeza de que el pobre caballo +no saldría de la enfermedad. ¿Qué iban a hacer ellas cuando se vieran +confundidas entre las cursis que paseaban a pie por la Alameda? ¿Qué +dirían las amigas al ver que transcurría el tiempo y la hermosa +galerita, de que tan orgullosas estaban, permanecía arrinconada en la +cochera? Porque las dos, aunque su mamá, por no entristecerlas, las +ocultaba el estado de la casa, tenían pleno conocimiento de los apuros +de la familia y estaban seguras de la imposibilidad de reemplazar el +viejo pero brioso caballo por otro que valiese tanto como él. + +Después de comer, la madre y las hijas sentáronse en el salón, y allí +permanecieron más de una hora, silenciosas, hurañas y malhumoradas. El +día era magnífico; pero no, no saldrían: primero monjas que el mundo se +enterase de su decadencia, de sus privaciones tan hábilmente ocultadas. + +Pero las tres no podían resignarse a pasar un día dentro de casa. +Además, por los balcones entraba el sol y soplaba un aire cargado de +perfume irritante del verano. Pensaban involuntariamente en los verdes +campos, en el paseo exuberante de gentío, en el placer de andar +lentamente bajo las ladeadas sombrillas, viendo caras nuevas y +contestando al saludo de los amigos; y por fin, la madre y las hijas no +pudieron resistir más y comenzaron a vestirse. + +--No hay que ser tan escrupulosas--dijo doña Manuela--. Todos nos +conocen, y porque un día nos vean salir a pie no van a imaginarse que +nos falta el carruaje. Vamos, niñas, ¡a paseo! + +Y salieron de casa con el propósito de ir a cualquier parte menos a la +Alameda. Pero el paseo las atraía; no sabían adonde ir, y al fin, +insensiblemente, sin ponerse de acuerdo, encamináronse allá. + +¡Qué tardecita pasaron las de Pajares! Exteriormente fueron las de +siempre; las niñas contestaron con mohines graciosos a los saludos de +los amigos, y la mamá, altiva y majestuosa, cobijándolo todo con su +mirada de protección. Pero en su interior ¡cuántos tormentos! Si alguna +amiga las saludaba desde su carruaje con expresión cariñosa, las tres +creían adivinar cierto asomo de lástima, y enrojecían bajo la capa de +blanquete que cubría sus mejillas. Si una persona conocida se detenía a +saludarlas, ellas, a tuertas o a derechas, y muchas veces las tres a un +tiempo, se apresuraban a decir que habían salido a pie en vista de la +hermosura de la tarde; y seguían mirando con nostalgia y despecho la +larga fila de carruajes, experimentando la misma impresión de nuestros +bíblicos padres ante las puertas del Paraíso cerradas para siempre. + +Después, ¡qué recuerdos tan penosos! A las tres las obsesionaba la +enfermedad del caballo, como si éste fuese de la familia. Estaban +arrepentidas de haber salido de casa; sentían la falsa esperanza de los +que se interesan por un enfermo y creen que permaneciendo a su lado +aceleran la curación. Saludaban a derecha y a izquierda; deteníanse a +estrechar manos, cambiando palabras sobre el tiempo o sobre los trajes +que más lucían en el paseo; pero sus miradas iban inconscientemente a +detenerse en aquellos caballos que pasaban a pocos pasos de ellas; y en +todos, bien fuese por el color, por la cabeza o por la grupa, +encontraban cierto parecido con el otro que ocupaba su memoria. + +Tuvieron en aquella tarde encuentros muy penosos. Andresito, el hijo de +Cuadros, pasó por entre las dos filas de carruajes montando el enorme +caballote que le había comprado su padre. Buscaba a la novia para ir +escoltándola, luciendo sus habilidades hípicas en torno de su carruaje. +El gesto de inocente sorpresa que hizo al verlas a pie, confundidas +entre la cursilería dominguera, fue una verdadera puñalada para las tres +mujeres. + +Todo hería su susceptibilidad. Roberto del Campo, que iba con algunos +amigos, las saludó con la más seductora de sus sonrisas; pero ellas +creyeron distinguir en sus labios una irónica expresión. Indudablemente, +aquel trasto de Rafaelito había relatado a Roberto lo del caballo. +Estaban seguras de que todo el paseo conocía el desagradable suceso, +adivinando lo que vendría después. Y cegadas por la vanidad herida, +recordando sin duda las burlas que ellas habían dirigido a otras +familias, turbábanse por momentos, creyendo ver miles de ojos rijos en +ellas y que las señoras desde los carruajes las sonreían desdeñosamente, +como si fuesen criadas disfrazadas. Hasta llegaron a pensar con +escalofríos de terror si a su s espaldas las señalarían irrisoriamente +con el dedo. Y siempre el maldito caballo ocupando su pensamiento, +viéndolo con los ojos de la imaginación tal como estaba en su cuadra al +salir ellas de paseo, panza arriba, estirando convulsivamente las patas. +Las tres llevaban dentro de sí, como implacable enemigo, su propio +pensamiento, que las hacía ver la burla y la lástima en todas partes, y +hasta creyeron algunas veces que personas conocidas fingían distracción +por no saludarlas. + +--Vámonos, niñas--dijo la mamá con una expresión en que vibraban el +dolor y la cólera--; vamos a casa a ver cómo está «aquello». Hoy el +paseo está muy cursi. + +Las niñas apoyaron a la mamá con gesto de aprobación. Era verdad, muy +cursi; y las tres emprendieron una retirada desastrosa, anonadadas, +vencidas, como si acabasen de sostener una batalla con la consideración +pública, quedando derrotadas y maltrechas. Al subir la rampa del puente +del Real tuvieron que apartarse del borde de la acera, limpiándose con +los pañuelos de blonda el polvo que levantaban las ruedas de un +carruajillo descubierto que corría con velocidad insolente, arrollándolo +todo. + +Era la última sorpresa. El señor Cuadros, tirando de las riendas para +refrenar su veloz caballo y agitando el látigo, las saludaba desde lo +alto de aquella cáscara de nuez montada sobre ruedas. + +A su lado iba Teresa, desbordando sus carnes blanduchas sobre el +banquillo de terciopelo azul, moviendo con cierta incomodidad su cabeza, +como si le molestase la capota, recargada de rosas y follaje, regalo de +su marido. + +--Hasta la noche.... Adiós, niñas. Esta noche iré a ver a ustedes. + +Y Teresa enviaba una sonrisa sin expresión a su antigua señora, como +suplicando que no abandonase la tarea de catequizar a su esposo. + +¡Buena estaba doña Manuela para tales indicaciones! Sabía lo que +significaban las asiduas visitas, unas veces por la tarde y otras por la +noche, que la hacía aquel cincuentón; pero no pensaba ahora en eso. El +encuentro había acabado de trastornarla. Sus antiguos criados en +carruaje, ensuciándola con el polvo de las ruedas, y ella, la hija de un +millonario, la viuda del doctor Pajares, a pie y humillada por unas +gentes a las que siempre había tratado con cierto desprecio. Jamás había +imaginado que pudiera ocurrir aquello. Agobiada por las deudas, esperaba +la caída, pero no tan honda y lastimosa para su dignidad. + +Esto era demasiado fuerte para poder resistirlo. Y la pobre mujer, toda +susceptibilidad y orgullo, sintió que algo caliente se agolpaba a sus +ojos, y hubo de hacer esfuerzos para no llorar. Su paso acelerado era +una verdadera fuga. Huían del paseo, de aquel lujo que algunos días +antes era su elemento y ahora les parecía un verdadero insulto. + +Cuando entraron en la plazuela donde vivían, la vista de su casa, que +con el portalón entornado, los balcones cerrados y la fachada +obscurecida por la última luz de la tarde tenía cierto aspecto fúnebre, +hizo revivir en la memoria de las tres el recuerdo del caballo. + +--¡Dios mío! ¿Cómo estará el pobre _Brillante_? Tan vehemente era su +interés por la salud de la bestia, que hasta acariciaban la absurda +esperanza de una extraña reacción, de un milagro que las permitiera +tener el carruaje disponible para el día siguiente. Arrastradas por la +rutina, hasta sentían tentaciones de rezar por el pobre animal. Algo +había en ellas de cariño, de agradecimiento por todo lo pasado; pero lo +que predominaba era el ansia de recobrar su categoría de «señoras de +coche», sin la cual se creían deshonradas. + +Al entrar en el patio, dirigiéronse rectamente a la cuadra. Pasaron +rozando la abandonada galerita, que, oculta bajo su funda de lienzo, +sólo mostraba las ruedas, ligeras, amarillas y finas como las de un +juguete; y después de asomar su cabeza con cierta zozobra por la puerta +de la cuadra, entraron en el antro obscuro y maloliente, recogiéndose +las faldas y hundiendo sus elegantes botinas en la blanda y húmeda capa +de estiércol. + +Era un espectáculo extraño. A la luz de un farolillo colocado junto al +pesebre, los trajes azul y rosa de las niñas, sus sombreritos de flores, +las joyas relumbrantes de la mamá, causaban el efecto de una aparición +sobrenatural, que contrastaba con las paredes sucias, el techo +empavesado de polvorientas telarañas, los montones de estiércol y el +olor punzante y molesto de cuadra sucia. Tan escasa era la claridad, que +doña Manuela se dio un golpe contra la hoz clavada en la pared para +cortar la hierba, y pasaron algunos momentos antes que las tres mujeres +distinguieran a Nelet en el fondo de la cuadra. + +El pobre muchacho, a pesar de su rudeza, contemplaba a _Brillante_ con +asombro doloroso, frunciendo el ceño como si quisiera cerrar el paso a +las lágrimas. Los dos habían sido muy buenos amigos. El cochero +celebraba sus picardías de animal viejo y brioso; tenía orgullo en decir +que era muy bravo y sólo por él se dejaba manejar, y ahora estaba allí +tendido de costado sobre el estiércol, inmóvil como carne muerta, +agitando alguna vez con ronco estertor el redondo pecho y levantando un +poco la cabeza para lanzar en torno suyo la mortecina y lacrimosa +mirada. + +--¡Lo que somos...! ¡lo que somos...!--decía Nelet entre dientes, +sintiendo que cada espasmo de la larga agonía de su _Brillante_ era una +verdadera puñalada para él. Al ver a las señoritas se adelantó algunos +pasos, hablando con tono compungido. El veterinario se había marchado, +declarándose impotente para remediar el mal. _Brillante_ se moría de +una enfermedad extraña, de un nombre raro que Nelet no podía recordar; +pero lo cierto era que estaba ya en la agonía. + +Y el pobre caballo, como si quisiera afirmar las palabras de su amigo o +reconociese a sus amas, levantaba la pesada cabeza, lanzando su estertor +angustioso. + +Aquello partía el corazón a las tres mujeres. + +--¡_Brillante_! ¡Pobrecito _Brillante_...! + +Y las tres se abalanzaron a la pobre bestia, soltando sus faldas, cuyos +bordes barrieron la suciedad del suelo. Doña Manuela, casi arrodillada +en el estiércol, sin acordarse de su elegante traje, cogía la cabeza de +_Brillante_, que se elevaba trabajosamente como para saludar a sus amas +por última vez. Aquella mirada desmayada y vidriosa, fija con expresión +agradecida en el grupo de mujeres, acabó con la falsa serenidad de +éstas, y estallaron los sollozos y las exclamaciones de desconsuelo. + +Era ridículo llorar la muerte de un caballo; sí señor, ellas Lo +reconocían. Si les hubiesen contado algo semejante de sus amigas, no +hubieran sido flojas las burlas; pero así y todo, había que reconocer lo +que aquel pobre animal representaba para la familia, las ilusiones que +se llevaba con su muerte. + +¡Adiós, compañero de grandeza! La familia sólo tendría para ti grato +recuerdo. Mueres representando la fortuna que se aleja de casa, el +prestigio que se pierde, la altivez que se desvanece; y cuando salgas de +ella a altas horas de la noche en sucio carro para ser conducido adonde +te explotarán por última vez, convirtiendo tu piel en zapatos, tus +huesos en botones y tu carne en abono fertilizante, por la puerta +entreabierta entrará la pobreza, la desesperación de una miseria +disimulada, y quién sabe si la deshonra, eterna compañera de los que se +aferran tenazmente a las alturas de donde les arrojan. ¡Adiós, +_Brillante_! ¡Adiós, fortuna que huyes para siempre! + +Y las tres mujeres, con el cerebro embotado por el choque de confusos +pensamientos, arrastrando sus hermosas faldas, que olían a cuadra, +subieron lentamente la escalera, como agobiadas por el dolor. + +Amparito, en otras ocasiones la más risueña y juguetona, era la que +ahora lloraba como una niña, Su madre había tenido que sacarla de la +infecta cuadra cogiéndola del brazo. + +--¡Ay, _Brillante_...! ¡Pobrecito _Brillante_ mío...! + +Y hasta había llegado a unir su linda cabeza de bebé con las negras +narices de la bestia, cubriéndolas de besos. + +El desaliento las tuvo hasta bien entrada la noche clavadas en sus +asientos del salón, silenciosas, sin otra luz que el escaso resplandor +de los reverberos públicos que entraba por los balcones abiertos, +produciendo una débil penumbra. Las tres, envueltas en sus batas de +verano, destacábanse en la obscuridad como inmóviles estatuas. Las niñas +pensaban en su porvenir, que adivinaban confusamente; presentían que +desde aquel momento comenzaba para ellas una era nueva, en que no todo +serían alegres risas e indiferencia para el día siguiente. + +Los pensamientos de doña Manuela aún eran más obscuros. Miraba en torno +de ella, y nada, ni un mal rayo de esperanza amortiguaba su +desesperación. Necesitaba dinero para reponer esta pérdida, que tanto +podía influir en el prestigio de la familia, y para satisfacer ciertos +compromisos que, como de costumbre, la agobiaban con gran urgencia; pero +a pesar de ser tan numerosas las amistades, no encontraba, repasando su +memoria, un solo nombre. + +¡Y pensar que ella, que había derrochado tantos miles de duros y vivía +con cierta ostentación, pasaba angustias por unos cuantos miles de +reales...! El recuerdo de su hermano se aferraba tenazmente a su +memoria. ¡Ah, maldito avaro! Necesario era todo su mal corazón para +dejar a una hermana en el sufrimiento, pudiendo remediar sus penas con +algunos de los papelotes mugrientos que a fajos dormían en el viejo +_secrétaire_ de su alcoba. Pero no había que pensar en semejante hombre. +Bastantes veces la había humillado con rotundas negativas. + +Otro de los que no se podía contar para salir de la situación era su +hijo Juanito. Doña Manuela, que le había tenido tanto tiempo a su +voluntad, asombrábase ahora ante sus alardes de independencia. Le habían +cambiado su hijo, según ella decía con el tono quejumbroso de una madre +resignada. Y el tal cambio consistía en haberse negado Juanito varias +veces a darla dinero para salir de pequeños apuros. + +Esto indignaba a doña Manuela. Habíase despertado en él la fiebre de la +explotación. Revivía la «sangre comercial» de su padre, el instinto +acaparador de su tío don Juan; y contagiado por la atmósfera de jugadas +victoriosas y millonadas de papel que respiraba continuamente en la +tienda al lado de su principal, había acabado por decidirse, +despreciando los bienes positivos y materiales para lanzarse en la +fiebre de la Bolsa. + +El acto de ciega confianza de su novia y su vieja amiga entregando sin +temor los ahorros al omnipotente don Ramón Morte había acabado por +decidirle. ¿Iba a ser él más cobarde que aquellas dos mujeres? + +Vendió su huerto de Alcira, y los ocho mil duros que le dieron engrosaron +el raudal de oro que, a impulsos de la más ciega confianza, iba a caer +en las cajas del filántropo banquero. Una parte de su capital lo +invirtió su eminente protector en papel del Estado, y con la otra, que +era la más exigua, comenzó sus jugadas de Bolsa, siempre a la zaga de +Cuadros y sin atreverse a imitar sus golpes de audacia. + +Vacilaba algunas veces, sentía misteriosos terrores al pensar que su +fortuna estaba a merced de un capricho del azar, mas no por esto perdía +la confianza, y nada había reservado de su capital para responder a los +vencimientos de los pagarés que le había hecho firmar su madre. ¿Para +qué tal precaución? No había más que oír a su principal y al poderoso +banquero. Sus ocho mil duros se doblarían y triplicarían en muy poco +tiempo, y entonces podría pagar las deudas maternales y casarse con +Tónica. Pero mientras tanto, que no contase su madre con él. La quería +mucho, seguía adorándola con un respeto casi religioso; pero de dinero, +ni un ochavo. + +Todo lo sabía doña Manuela, y por esto colocaba a su hijo al mismo nivel +que su hermano. ¡Vaya unos parientes! Podía una morirse en medio de la +calle, bien segura de que nadie acudiría en su auxilio. + +Y doña Manuela, enfurecida por lo difícil de la situación, crispaba sus +manos arañando los adornos de su bata. Sólo una esperanza le restaba, +pero no quería pensar en ella, pues en su interior elevábase como una +voz de protesta. + +Estaba segura de que cierta persona le facilitaría a la menor indicación +aquel dinero que tantas angustias le producía. Indudablemente, el señor +Cuadros no le era difícil salvar a una amiga por unos cuantos miles de +reales, él que todos los meses contaba sus ganancias por miles de duros; +pero apenas le acometía este pensamiento, renacían en doña Manuela +escrúpulos que creía muertos para siempre. + +Conocedora de la vida, comprendía la importancia de aquel favor y lo que +forzosamente había de sobrevenir. Un mes antes no habría vacilado en +acudir a su antiguo dependiente, a pesar de lo mucho que esto lastimaba +su altivez. Pero ahora, al pensar en las audacias que se permitió el día +de Corpus y otras muchas realizadas por el bolsista en sus diarias +visitas, doña Manuela deteníase avergonzada, y a estar iluminado el +salón, se hubiera visto su rubor. + +Ella, que hacía tantos años no se acordaba para nada de Melchor Peña, +sentíalo vagar en torno como un espíritu guardián de su honrada viudez. +Del doctor, de su segundo marido, no se acordaba para nada. Aquel buena +pieza, con sus infidelidades, no tenía derecho a exigirla cuentas por +lo que pudiera hacer. + +Lo que más extrañeza le causaba era que se mostrasen ahora en ella tan +terribles escrúpulos, cuando a raíz de su primera viudez había caído +fácil e insensiblemente en los brazos de Pajares. El amor había ahogado +entonces todas las preocupaciones; pero ahora se trataba de una +explotación deshonrosa, de una venta que sólo el suponerla le producía +vergüenza y rubor. La altivez le hacía recobrar su puesto. Cuadros, a +pesar de su fortuna, no dejaba de ser el antiguo dependiente, el marido +de la criada Teresa, un pobre diablo al que ella había tratado siempre +con desprecio. ¿Y por tal hombre iba a perder su prestigio de mujer +honrada, sostenido durante tantos años a costa de sacrificios que +guardaba en el misterio? No; antes la miseria. + +Y doña Manuela, embriagándose con la energía de su resolución, pensaba +en la miseria como en una cosa desconocida, pero que iba pareciéndole +grata por ser la salvación de su honor. Trabajarían ella y sus hijas. +También duquesas, princesas y hasta reinas se habían visto en la +miseria, arrostrándola con dignidad. Y doña Manuela, repasando sus +escasos conocimientos históricos, halagaba su orgullo y creíase casi +igual a una soberana destronada que cae en la pobreza. Esto bastó para +afirmarla en su resolución. + +Cuando Rafael y Juanito llegaron a casa, la familia pasó al comedor. La +cena fue triste. Parecía que el cadáver tendido abajo, en la suciedad de +la cuadra, estaba allí, sobre la mesa, mirando con los ojos vidriosos e +inmóviles a sus antiguos amos. Al terminar la cena, los dos hermanos +salieron, marchando cada uno por su lado. + +Juanito había cambiado de costumbres. No volvía a casa hasta las once de +la noche, y después de hacer una corta visita a Tónica y Micaela, iba a +un café donde se juntaba la gente de Bolsa y podían apreciarse +diariamente las opiniones y profecías de «alcistas» y «bajistas». + +A las nueve de la noche recibieron las de Pajares la visita de Andresito +y su papá. Doña Manuela, al ver a su antiguo dependiente, se ruborizó, +como si éste pudiese adivinar los pensamientos que la habían agitado +poco antes. + +El señor Cuadros mostrábase gozoso y radiante, como si le alegrase la +noticia que en el patio le había dado Nelet. ¿Conque había muerto el +caballo? Vamos, ahora se explicaba por qué iban aquella tarde a pie por +la Alameda. Era de sentir la pérdida, porque un caballo que sustituyera +dignamente a _Brillante_ había de costar algún dinero; pero ¡qué +demonio! cuatro o cinco mil reales no arruinan a nadie. Y el señor +Cuadros hablaba del dinero con expresión de desprecio echando atrás la +cabeza y sacando el vientre como si lo tuviera forrado con billetes de +Banco. + +Las niñas hablaban con Andresito cerca del piano, y doña Manuela, serena +y en posesión de sí misma, miraba fijamente a su antiguo dependiente. La +escandalizaba el desprecio con que aquel hombre hablaba del dinero, y +recibía como un sangriento sarcasmo la suposición de que cuatro o cinco +mil reales nada significaban para ella. Y pensando esto, su mirada iba +instintivamente hacia el mármol de una consola, donde antes se exhibían +unos magníficos candeleros de plata guardados ahora en el Monte de +Piedad; y miraba igualmente los cromos baratos que adornaban las paredes +del salón, sustituyendo a dos grandes cuadros heredados de su padre, +obra de Juan de Juanes, por los cuales le habían dado lo preciso para +vivir durante un mes. + +Aquel hombre, cegado por su fortuna, no sabía lo que decía. Igual era +ella algunos años antes, cuando tenía fincas que vender o empeñar y +arrojaba el dinero a manos llenas. Pero ahora la pobreza vergonzante y +cuidadosamente ocultada le había enseñado el valor del dinero. + +El señor Cuadros, siempre ignorante de la verdadera situación de la +casa, molestaba atrozmente a doña Manuela. Quería aparecer amable, y +para esto la hacía ofrecimientos que resultaban sarcasmos. El se +encargaba de la compra del caballo. Vería ella cómo le resultaba más +barato; por una bestia tan hermosa como _Brillante_ sólo tendría que +desembolsar unos tres mil reales. Él conocía a los chalanes más +afamados. El caballo que montaba su hijo lo había comprado casi por una +bicoca, y confiaba ahora tener la misma suerte. + +--Lo que a usted le conviene, Manuela, es comprar el caballo cuanto +antes, pues si las gentes las ven a ustedes paseando muchos días como +hoy, harán maliciosos comentarios. Los que estamos a cierta altura +debernos mirarnos mucho en nuestras cosas. + +Y el afortunado majadero, al hablar de la altura, cerraba los ojos como +si sintiera el vértigo de los que se hallan en la cúspide. Lo que más +efecto causó en doña Manuela fue la afirmación de que la gente haría +comentarios si no se mostraba en público como siempre. Ahora reaparecía +la altivez de su carácter, estremeciéndose al pensar en la mortificante +lástima con que se hablaría de su ruina. + +Ella no tenía carácter para sobrellevar con resignación la miseria. +Estaba decidida. Había que sostenerse en la altura, empleando todos los +medios; y después, que viniera todo, hasta aquello que sólo al pensarlo +tanto rubor le producía. + +Y la vanidosa señora, para afirmarse en su resolución, buscaba ejemplos +y recordaba lo que tantas veces había oído en las murmuraciones infames +de las tertulias: los innumerables casos de señoras tan decentes como +ella, bien consideradas por la sociedad, y que habían hecho sacrificios +iguales para salvar el prestigio de sus casas. Y sostenida por el +pernicioso ejemplo de aquellas mujeres a las que tanto había censurado, +miró a su antiguo dependiente con ojos en que se revelaba un impudor +razonado y tranquilo. Al fin--pensaba ella para consolarse--, el señor +Cuadros, aunque ramplón y vulgarote, era un hombre aceptable, y no tenía +que resignarse ella, como otras mujeres, a buscar la protección de un +valetudinario repugnante. + +El bolsista adivinaba algo en las miradas de la esposa de su antiguo +principal. Y en su credulidad de calavera viejo e inocente echaba el +cuerpo atrás con cierto orgullo, como si estuviera convencido de que sus +prendas personales habían influido en tan asombrosa conquista. + +Terminó la visita a media noche, y cuando el padre y el hijo se dirigían +hacia la puerta, acompañados por las señoras de la casa, doña Manuela +cambió sus últimas palabras con el señor Cuadros. + +--Quedamos--dijo la señora--en que usted se encargará de la compra del +caballo. Mañana mismo confío en que habrá hecho mi encargo. + +--¡Oh, seguramente...! Ya sabe usted que todas sus cosas me interesan +como mis propios negocios. + +--Entonces, venga usted mañana a las tres y le daré el dinero. + +--¿Quiere usted callar? Ya arreglaremos cuentas más adelante.... Pero, +en fin, vendré por tener el gusto de charlar un rato. + +Y el señor Cuadros salió de la casa satisfecho de sí mismo, bufando de +satisfacción, contoneándose como un joven y mirando con cierta lástima a +su hijo, que caminaba al lado de él tímido y encogido. Un risueño +optimismo le hacía olvidar que era su padre. ¡Ah! ¡Si en vez de los +cincuenta y pico tuviera él los años de aquel pazguato, cuánta guerra +había de dar en el mundo! + +Al día siguiente, el señor Cuadros fue puntual A las tres de la tarde +entraba en casa de doña Manuela, y se sorprendió agradablemente al ver +que la señora estaba sola en el salón, vestida con la más elegante de +sus batas y el rostro retocado con los más finos menjurjes del tocador +de las niñas. El bolsista sentía como un renacimiento de la vida, algo +que recordaba sus fiebres de joven, cuando siendo primer dependiente +bromeaba y perseguía a la criada Teresa en la trastienda de _Las Tres +Rosas_. + +Las niñas habían sido enviadas por su mamá a casa de «las magistradas». +Juanito estaba en la tienda; y en cuanto a Rafael, no había que +esperarle hasta bien entrada la noche. + +En el comedor oíase el ruido de los cubiertos que secaba Visanteta, la +única que se enteró de la visita del señor Cuadros y de lo larga que +resultó. Ella fue la que oyó las risas apagadas de la señora y el +arrastre de algunos muebles, como si fueran empujados con violencia; +pero era una muchacha prudente y reservada, que sólo se ocupaba de sus +actos, sin detenerse a interpretar los ajenos. + +Al día siguiente la familia pudo salir a paseo en su carruaje, y un +caballo más joven y de mejor estampa que _Brillante_ ocupó el vacío que +la muerte había dejado en el pesebre. Las amarguras sufridas en aquel +domingo fueron olvidadas ante una abundancia como pocas veces se había +gozado en aquella casa. Doña Manuela tenía dinero; comenzaron a pagarse +las cuentas con regularidad; los proveedores no la molestaron ya +exigiendo el pago de los atrasos, y la modista francesa, después de +embolsarse algunos miles de reales que creía perdidos para siempre, hizo +a las niñas de Pajares nuevos trajes para lucirlos en la feria de Julio. + +Todo era dicha y tranquilidad en casa de doña Manuela, y el contento de +la familia repercutía en _Las Tres Rosas_, donde la sencilla Teresa +considerábase feliz. Sabía que su marido había roto definitivamente con +Clarita, aquella «mala piel» que vivía en la calle del Puerto. Ya no le +pagaba los trimestres del entresuelo, ni atendía a sus locos gastos. Es +más: un alma caritativa le había hecho saber que aquella perdida le +engañaba, burlándose de él con los chicos de la Bolsa; y don Antonio +mostrábase arrepentido, dispuesto a no proteger más mujeres de tal +calaña. + +La pobre Teresa, al pensar que su antigua señora era la que había +realizado tal milagro, atrayendo a su esposo a la buena senda, sentía +tal gratitud, que no podía hablar de ella sin que se le saltaran las +lágrimas. ¡Qué buena persona era doña Manuela! Ella únicamente había +sabido catequizar al señor Cuadros. + + + + +X + + +Juanito vivía entregado a la agitación y la zozobra del que confía su +porvenir a los caprichos del azar. + +Él, tan metódico y cuidadoso de cumplir sus obligaciones, abandonaba la +tienda para ir a la Bolsa en compañía de su principal, o a los lugares +donde se reunían sus compañeros de explotación financiera. ¡Valiente +cosa le importaba _Las Tres Rosas_! Ya no quería ser dueño de la tienda. +Las primeras ganancias, adquiridas con dulce facilidad, le habían cegado +y sólo pensaba en ser millonario, en esclavizar la fortuna, riéndose +ahora de aquellos tiempos en que soñaba con Tónica la existencia +monótona y tranquila de rutinarios burgueses, amasando ochavo tras +ochavo un capital para pasar tranquilamente la vejez. + +Su novia, prácticamente, refrenaba sus entusiasmos financieros. No había +que tentar a la fortuna; y ahora que se mostraba favorable, era una +locura no retirarse a tiempo. + +Pero Juanito se negaba a oírla. ¿Qué saben las mujeres de negocios? ¿Por +qué había de quedarse en la mitad del camino, cuando podía seguir a su +principal hasta el paraíso de los millonarios? Enamorado cada vez más de +Tónica, le halagaba la idea de casarse inmediatamente; pero este mismo +cariño impulsábale a esperar. Era mejor contener sus deseos durante +algunos meses, un año a lo más; dejar que su capital, volteando por la +Bolsa, se agrandase como una bola de nieve; y cuando poseyera el tan +esperado y respetable millón, hacer que la transformación fuese +completa: gozar viendo cómo la pobre costurerilla se convertía, bajo la +dirección de su vanidosa suegra, en señora elegante, con gran casa, +carruaje y los demás adornos de la riqueza. + +El deseo de llegar cuanto antes a este final apetecido era lo que le +hacía audaz y acallaba sus temores de una probable ruina. Los que le +habían conocido en otros tiempos asombrábanse por el cambio radical de +su carácter. Su tío don Juan no hablaba ya con él. Un día dio por roto +el parentesco, faltándole poco para que pegara a su sobrino. + +--Juanito, eres un imbécil--dijo el avaro con los labios trémulos por la +rabia, erizándosele el bigote de cepillo--. Siempre creí que en tu +carácter había más de tu padre que de mi hermana, y por eso te quería; +pero ahora veo que me engañé. Te han perdido las malas compañías, esa +atmósfera de mentira en que vives, los ejemplos de tu derrochadora madre +y los consejos del majadero de tu principal, que se cree un oráculo en +los negocios porque gana el dinero a ciegas por una burla caprichosa de +la suerte, y algún día las pagará todas juntas, dándome el gusto de +poder reír al verle sin camisa. Y a ti te pasará lo mismo. ¡Vaya si te +pasará...! Vendiendo el huerto para hacerte dueño de _Las Tres Rosas_ y +casarte con esa chica, que, según tengo entendido, es buena persona, +hubieras dado gusto a tu tío. Y si te faltaba algo, aquí estaba yo para +responder. Conque hubieras venido a decirme: «Tío, necesito esto, lo +otro y lo de más allá», estábamos al final de la calle. Pero ahora no, +¿lo entiendes? No cuentes para nada conmigo. Como si no fueras mi +sobrino. Me has salido igual a todos los de tu familia, y no puedo +quererte. Yo pensaba en ti, quería que fueses el que estuviera junto a +mi cama en la hora de mi muerte, y al recontar los cuatro cuartos que +tengo, me decía: «Esto será para el chico.» Pero ahora estoy +desengañado. Anda, anda, hazte millonario en la Bolsa, y si quedas en +pordiosero, no vengas a buscarme, porque lo que hará tu tío es reírse al +ver lo bruto que eres. + +La ruptura con su tío entristeció a Juanito. No había conocido otro +padre; y además, en sus cálculos de comerciante, siempre había figurado +la esperanza de ser el heredero de don Juan. Pero las agitaciones de la +Bolsa, y especialmente las ganancias, amortiguaban en él el pesar del +rompimiento. + +Cuando a fin de mes, cobraba las «diferencias», decíase con extrañeza: + +«Parece imposible que nos censuren por dedicarnos a una explotación tan +cierta. Pero ¡bah! ¡Quién hace caso de esa gente rancia!» + +Y entre, los rancios no sólo figuraba su tío, sino don Eugenio, el +fundador de _Las Tres Rosas_, que también manifestaba al joven gran +descontento. Siempre que Juanito se encontraba en la tienda con el viejo +comerciante, éste le lanzaba miradas tan pronto de compasión como de +desdén. Algunas veces hasta llegaba a murmurar con tono de reproche: + +--¡Ay, Juanito, Juanito...! Te veo perdido. Ese demonio de Cuadros te +arrastra a la perdición.... No le defiendas, no intentes justificarte. +Ahora te va muy bien para que pueda convencerte; pero al freír será el +reír. + +Y el viejo le volvía la espalda, con la confianza de que los hechos +vendrían en apoyo de sus pronósticos. + +Únicamente en su casa encontraba Juanito aplauso y consideración. Su +madre le quería más desde que le veía entregado a los negocios. Su hijo +ya no era un dependiente de comercio; era un bolsista, y esto siempre +proporciona mayor consideración social. Además, sus ganancias eran un +motivo de esperanza para la viuda, que aunque veía satisfechas todas +sus necesidades en el presente, no dejaba de sentirse preocupada por el +porvenir. La buena fortuna de Juanito podía solidificar el prestigio de +la casa. + +La proximidad de la feria de Julio preocupaba a la familia. Nunca se +habían pasado veladas tan agradables en casa de las de Pajares. Por la +noche, después de la cena, llegaban el señor Cuadros, Teresa y su hijo, +y comenzaba la alegre reunión. + +Por los balcones abiertos penetraba el hálito caliginoso de las neones +de verano, cargado de enervantes perfumes. La plazuela animábase. El +calor arrojaba de sus estrechos cuchitriles a la gente de los pisos +bajos, y las puertas estaban obstruidas por corrillos de blancas sombras +sentadas en sillas bajas y respirando ruidosamente. Arriba, sobre los +tejados, cubriendo la plaza como un toldo de apelillado raso que +transparentaba infinitos puntos de luz, el cielo del verano con su +misteriosa y opaca transparencia. En los obscuros balcones +distinguíanse, entre los tiestos de flores y el botijo puesto al fresco, +confusas siluetas ligeras de ropa. Otros abiertos e iluminados, dejaban +escapar, como los de las de Pajares, el sonoro tecleo del piano, +acompañado algunas veces por el rítmico chorrear de las macetas recién +regadas. + +En los corrillos de la plaza partíanse enormes sandías, y las mujeres, +con el moquero sobre el pecho para librarse de manchas, devoraban las +tajadas como medias lunas, chorreándoles la boca rojizo zumo. En una +puerta susurraba la guitarra con melancólico rasgueo, contestándole +desde otra el acordeón con su chillido estridente y gangoso. Y los +ruidos de la plaza, el reír de las gentes, los gritos que se cruzaban +entre los corrillos y la música popular, entraban con el fresco de la +noche en el salón de las de Pajares, sirviendo de sordo acompañamiento a +la conversación de la tertulia. + +Las niñas, con Andresito, hacían planes para la próxima feria. +Recordaban los rigodones en el pabellón de la Agricultura y los alegres +valses en el del Comercio; pensaban en los trajes que les había traído +la modista francesa, y que guardaban intactos para dar golpe en la +Alameda en la primera noche de feria, y hasta sentían su poquito de +maligna alegría considerando el efecto que su elegancia causaría en las +amigas. + +La calma y la felicidad habían vuelto a aquella casa. + +Hasta Conchita, a pesar de su carácter iracundo y malhumorado, +considerábase dichosa al ver que Roberto «volvía al redil», mostrándose +más enamorado que antes. Por las noches, abandonando a su amigo Rafael, +asistía a la tertulia de las de Pajares; y no contento con las largas +conversaciones que allí sostenía con su novia, todavía por las mañanas, +a la hora en que Amparo estaba en el tocador, las criadas en el Mercado +y la mamá en la cama, subía la escalera, y en el rellano, ante la puerta +entreabierta de la habitación, hablaba más de una hora con Conchita, +hasta que se levantaba doña Manuela y comenzaba el movimiento de la +casa. + +La gran preocupación de la familia eran las tres corridas de toros, +festejo el más ruidoso de la feria. La tertulia tenía ya ultimado sus +proyectos. El señor Cuadros compraría un palco de los mejores para las +dos familias; y lo mismo las de Pajares que Teresa, proponíanse +deslumbar al público con su elegancia. + +Las niñas tenían preparados sus trajes de «manola», y un sinnúmero de +veces se habían ensayado ante el espejo para aprender a colocarse con +naturalidad y buen gusto la blanca mantilla de blonda. En cuanto a las +dos mamas, pensaban lucir obscuros trajes de seda, con costosas +mantillas negras, regaladas a las dos por el señor Cuadros. + +Llegó el día de la primera corrida. La atmósfera parecía cargada de un +ambiente extraño de locura y brutalidad. Por la mañana arremolinábase la +gente, con empujones y codazos, en torno de los revendedores que en la +plaza de San Francisco voceaban las de «sol» y de «sombra»; y como si la +ciudad acabase de sufrir una invasión, tropezábase en todas partes con +gentes de la huerta y de los pueblos: unos con pantalones de pana y +manta multicolor; y otros, los tipos socarrones de la Ribera, vestidos +de paño negro y fino, la chaqueta al hombro, dejando al descubierto la +blanca manga de la camisa, los botines de goma entorpeciéndoles el paso, +y en la mano un bastoncillo delgado, casi infantil, movido siempre con +insolencia agresiva. + +El gentío presentaba igual aspecto en todas las calles, como si la +ciudad entera se hubiese vestido con arreglo al mismo patrón. Sombreros +cordobeses de blanco fieltro o marineras de paja, cazadoras de color +claro, corbatas rojas, y en todas las bocas un cigarro de a palmo. + +La Bajada de San Francisco era un torrente por el que rodaban sin cesar +las oleadas de gentío. Las jacas pamplonesas, cubiertas con inquietos +borlajes y repiqueteantes cascabeles, pasaban como rayos por entre el +gentío tirando de las tartanillas de colores claros, de los coches +señoriales y de los carruajes ingleses, en cuyos bancos erguíanse como +cimbreantes flores las muchachas vestidas de rosa o azul, con el rostro +realzado por el marco de blanca blonda. La gente menuda, los del tendido +de sol, pasaban en grupos, con la enorme bota al hombro y un garrote de +Liria en la mano, oliendo a vino y vociferando, como si comenzasen a +sentir la borrachera de insolación que les aguardaba en la plaza. + +Muchachos desarrapados rompían las oleadas del gentío, ofreciendo la +vida cíe _Lagartijo_ en aleluyas, los antecedentes y retratos de los +seis toros que iban a lidiarse, o pregonaban unos abanicos de madera sin +cepillar y en los cuales una mano torpe había estampado un toro como un +pellejo de vino y un torero que parecía una rana desollada. + +Los babiecas ávidos de emociones agolpábanse frente a las fondas donde +se alojaban las cuadrillas, esperando pacientemente la salida de los +toreros para poder tocar con respeto los alamares del diestro. La gente +abría paso con curiosidad cada vez que algún picador empaquetado sobre +la silla y con el mozo a la grupa pasaba montado en su jaco huesoso y +macilento, que le llevaba hacia la plaza con un trotecillo cochinero. + +Entre los carruajes que velozmente y atronando las calles atravesaban el +centro de la ciudad, pasó el cochecito de Cuadros, y tras él una +carretela de alquiler en la que iban las de Pajares. Doña Manuela en el +sitio preferente, empolvada y retocada con tal arte, que su rostro +producía cierta impresión asomando por entre los festones de la negra +blonda; y frente a ella, las niñas, graciosísimas como un cromo de +revista taurina, con zapatito bajo, medias caladas, falda de medio paso +con red cargada de madroños y mirando atrevidamente bajo la nube blanca +que envolvía sus adorables cabezas, cerrándose sobre el pecho con un +grupo de claveles. + +¡Qué tarde tan hermosa! Nunca se sintieron las de Pajares más contentas +de la vida. Al descender de su carruaje frente a la plaza, llovieron +sobre ellas los requiebros; y para todas hubo, hasta para la mamá, que +respiraba ruidosamente y enrojecía, satisfecha del triunfo. +Indudablemente eran ellas las que más llamaban la atención en toda la +plaza. No había más que verlas en el palco abanicándose con negligencia, +mientras una gran parte de los señores del tendido, puestos de pie y +volviendo la espalda al redondel, las miraban fijamente, con ojos de +deseo. + +El señor Cuadros estaba orgulloso de su situación. No podía quejarse de +la vida. Ganaba cuanto quería; parecía un muchacho con su trajecito +claro, corbata roja y el enorme cigarro, al que conservaba la sortija de +papel, para que todo el mundo se enterase de su precio. A un lado tenía +a Teresa, tranquila y sin sentir la menor sospecha de infidelidad, y al +otro a doña Manuela, orgullosa de la admiración que ella y sus niñas +despertaban en una parte de la plaza. + +Sentíase satisfecho de la situación el señor Cuadros, y las ávidas +miradas fijas en el palco parecíanle un homenaje a él. No se podía pedir +mayor felicidad. Cumplía con la conciencia y con el placer. A un lado la +esposa legítima; al otro, doña Manuela, la satisfacción de la carne, el +alimento de su vanidad; y las dos familias de las cuales era él el punto +de unión, contentas, lujosas, llamando la atención del público, todo +gracias a su buena suerte/ que le permitía tirar a manos llenas los +miles de pesetas. El bolsista, saboreando su dicha, aseguraba +mentalmente que Dios es muy bueno, y no sabía ya qué desear, pues la +seguridad de que en breve sería millonario teníala por indiscutible. + +En el fondo del palco estaban el hijo de Cuadros y los dos de doña +Manuela, con los gemelos en la mano, contemplando el aspecto de la +plaza. En el tendido de sombra, el graderío circular era un +escalonamiento de sombreros blancos que bajaba hasta la barrera. Algunas +capotas cargadas de flores o relucientes peinados, destacándose sobre +los pañolones de Manila, rompían la monotonía de las hileras de puntos +blancos. Las puertas de los palcos abríanse con estrépito, y aparecían +en las barandillas, cubiertas con los colores nacionales, las mantillas +blancas, las caras risueñas, los peinados con flores; toda una primavera +que era saludada a gritos por los entusiastas de abajo, puestos en pie +sobre los banquillos de madera. + +Enfrente, bajo el sol que agrietaba la piel en fuerza de sacar sudor, +que hacía humear las ropas y ponía un casco de fuego sobre cada cabeza, +enloqueciéndola, estaba la demagogia de la fiesta, el elemento ruidoso +que aguardaba impaciente, tan dispuesto a arrojar al redondel los +sombreros en honor al diestro, como los bancos y los garrotes en señal +de protesta. De allí partían las palabras infames contra los picadores +que al aproximarse al toro pensaban en la mujer y en los hijos. Esta +mitad de la plaza no tenía la regularidad monótona del tendido de +sombra. Era un mosaico animado, en el que entraban todos los colores y +que al agitarse variaba de composición. Las tintas rabiosas de los +trajes de la huerta, las blancas manchas de los grupos en mangas de +camisa, los pantalones rojos de los soldados, los enormes quitasoles de +seda granate que parecían robados de una antigua sacristía, los +gigantescos abanicos de papel moviéndose con incesante aleteo, las botas +de vino que a cada instante se alzaban oblicuamente sobre las cabezas, +los gritos, las protestas porque se hacía tarde, todo daba a aquella +parte de la plaza un aspecto de locura orgiástica, de brutalidad jocosa. +Y arriba, sobre la doble galería, clavadas en la crestería del tejado, +colgaban lacias e inertes las banderítas rojas y amarillas, palpitando +perezosamente cuando un suspiro fresco, enviado por el mar al través de +la vega, arrastrábase sobre aquellas gentes aplastadas por la +insolación, haciéndoles dilatar fatigosamente los pulmones. En lo alto, +como bóveda del gran redondel, el cielo azul, infinito, sin la más leve +vedija de vapor, cruzado algunas veces por una serpenteada fila de +palomos, que aleteaban impasibles, sin dar importancia a la extraña +reunión de tantos miles de personas. + +Eran las cuatro de la tarde y se impacientaba la gente. Por detrás de la +barrera iban los chulos de la plaza, con sus blusas rojas, abrumados +bajo el peso de las capas de brega, repugnantes andrajos manchados de +sangre; y por los tendidos, haciendo prodigios de equilibrio, +filtrándose por entre el compacto gentío, avanzaban los vendedores de +gaseosas con el cajón al hombro, pregonando la limonada y la cerveza, y +los _tramusers_ con un capazo a la espalda, llenando de altramuces y +cacahuetes los pañuelos que les arrojaban desde las nayas y +devolviéndolos a tan prodigiosa altura con la fuerza de un proyectil. + +Sonó la música, y un movimiento de ansiedad, de emoción, dio la vuelta a +la plaza, haciendo latir sus corazones. + +Esto era lo que más gustaba a las de Pajares. La lidia las aburría o las +horrorizaba; pero la salida de la cuadrilla las enardecía, y movíanse +nerviosamente en sus asientos al ver el desfile de jacarandosas +figurillas, que, a la luz del sol, destacábanse sobre la arena del +redondel como ascuas de oro con el brillo de sus alamares. + +Pasada la primera impresión de entusiasmo, cuando las doradas capas +cambiáronse por sucios trapos y cesó de tocar la música, saliendo el +alguacil del redondel a todo galope, las de Pajares presintieron el +aburrimiento. + +El primer toro... ¡bueno! Todavía les causaba cierta ilusión el arrojo +de los diestros, el valor de aquellos cuerpos esbeltos, nerviosos y +ligeros que escapaban milagrosamente de entre las curvas astas; pero +apenas comenzó la parte brutal del espectáculo y cayeron pesadamente +como sacos de arena los infelices peleles forrados de amarillo, mientras +el caballo escapaba, pisándose en su marcha los pingajos sangrientos +como enormes chorizos, las jóvenes volvieron la cabeza con un gesto de +asco y no quisieron mirar al redondel. ¿A qué iban allí? A lo que van +todas: a ver y ser vistas, a lucirse un rato a cambio de palidecer de +emoción y lanzar angustioso grito cuando la cornuda cabeza bufa en la +misma espalda del torero fugitivo. + +Y conforme avanzaba la corrida, la mayoría del público contagiábase del +aburrimiento del espectáculo, y hasta los del tendido de sol, si no por +repugnancia por fastidio, callaban, dejando que los lances en la arena +se desarrollasen en medio de un tétrico silencio, como si desearan no +provocar incidentes para que la lidia terminase cuanto antes. Sólo los +grupos de los aficionados sostenían el entusiasmo palmoteando, aclamando +a sus respectivos ídolos y entablando disputas ruidosas. + +La salida de la plaza era lenta, desmayada, contrastando con la llegada, +ruidosa como una invasión. Todos parecían cansados y caminaban con +cierta lentitud y ensimismamiento, como el que acaba de ser víctima de +un engaño o ve defraudadas sus ilusiones. Los únicos que mantenían la +algazara de la fiesta eran los que, tostados y sudorosos, salían por las +puertas del sol golpeándose amigablemente con las arrugadas botas y las +vacías calabazas, dando a entender a gritos que el contenido de aquéllas +se hallaba en lugar seguro y servía para algo. Las dos familias, +sufriendo los codazos de la muchedumbre, salieron de la plaza por entre +los jinetes de la Guardia Civil que mantenían el turno en el desfile de +los coches, fueron en busca de los suyos, teniendo las mamas y las niñas +que recoger sus faldas de seda, y manchándose las medias con el barro de +la carretera recién regada. + +Por fin vieron a Nelet, que guardaba el cochecito del señor Cuadros. +Vestía de blusa, pues la carretela de las señoras era de alquiler y +tenía cochero propio. + +Iba a subir el señor Cuadros en su pescante y empuñar las riendas, +cuando el cazurro muchacho se rascó la cabeza y pareció recordar algo. + +--Oiga, don Antonio; don Eugenio me ha dado este papel, encargándome +mucho que no tardase en entregarlo. + +Y ofrecía un cuadrado de papel azul con el cierre intacto. Era un +telegrama. + +Juanito, al ver el despacho, por un instinto de solidaridad, apartóse de +su madre, colocándose al lado del maestro. + +--¡Bah!--dijo el señor Cuadros con indiferencia--. Será un telegrama de +nuestro corresponsal en Madrid. + +Pero inmediatamente palideció, dio una patada en el suelo y soltó unos +cuantos pecados gordos, de aquellos que hacían ruborizar a Teresa y +fruncir el gesto a doña Manuela, intransigente con tales groserías. +Juanito, que leía por encima del hombro de su principal, estaba pálido +también y parpadeaba como si creyera en un engaño de sus ojos. + +--Ya ves, Juanito--dijo con precipitación el maestro--. Acaba de subir +de un golpe cerca de tres enteros. ¿Qué será esto? Hay que ver en +seguida a don Ramón. Lo que es por esta vez, ¡se ha lucido! Pero no; él +no se equivoca fácilmente. Aquí hay gato encerrado. De todos modos, +debemos consultar en seguida a nuestro hombre. ¡Cristo! ¡pues apenas +tiene la cosa importancia...! + +Y montó en el cochecillo, nervioso e impaciente, con el deseo de llegar +cuanto antes a casa para dejar a la familia y correr en busca del +infalible protector. + +Juanito no tuvo tanta presencia de ánimo. Pálido, sudoroso, hablando y +gesticulando como un sonámbulo, casi echó a correr sin despedirse de la +familia. Iba al despacho del poderoso Morte, a aquella Meca de la +fortuna, y sentía una inmensa extrañeza al ver que la gente no mostraba +la menor impresión, que el cielo estaba azul, que todo se hallaba como +siempre y no surgía la más leve señal exterior para hacer saber al mundo +que el gran genio se había equivocado por primera vez aconsejando la +baja. + + + + +XI + + +La derrota fue completa. + +A los dos días, ninguno de los bolsistas que tenían por oráculo al +famoso don Ramón dudaba de ella. El mismo banquero confesaba que esta +vez se había equivocado, aunque no por ello dejaba de sonreír, +asegurando que lo mismo que había ocurrido una alza contra todas sus +previsiones, podía sobrevenir una baja, pues no todos los tiempos son +iguales. + +Y aquellos hombres de fe inquebrantable acogían como risueña esperanza +las ambiguas palabras del banquero, prestándoles esto cierta energía +para sobrellevar el golpe. A todos los admiradores de don Ramón les +había alcanzado la derrota; pero quien más sufría era el señor Cuadros, +que de un golpe veía desaparecer todas las ganancias de su vida de +bolsista. + +Pero él no desmayaba, no señor. ¿Qué gran general no sufre una derrota? +Él era soldado fiel de don Ramón y le seguía a ciegas, convencido de que +con un hombre así, de tropezón en tropezón, más tarde o más temprano se +llegaba a la victoria. + +Con el error del banquero, quedaba lo mismo que antes de entrar en la +Bolsa: dueño de la tienda y de unas cuantas fincas sin importancia. Pero +esto mismo le animaba y le hacía ser más tenaz en sus propósitos. Al +fin, ¿qué había perdido? Igual estaba ahora que antes de entrar en el +negocio. Lo que había ganado en la Bolsa justo era que en la Bolsa se +perdiese. Además, que le quitasen lo mucho que se había divertido +gastando el dinero a manos llenas.... ¡Adelante! El buen carretero +vuelca muchas veces en un bache insignificante. + +Y con tantos ánimos se sentía, que consolaba a Juanito, el cual, sin +perder tanto como su maestro, mostrábase aterrado por el suceso. + +--Vaya, muchacho, debes tener más alma o retirarte del negocio, ¿Crees +tú que se pescan millones sin correr peligro? Aquí me tienes a mí, que +me he quedado lo mismo que hace un año: convertido en un tenderillo de +escasa fortuna. Otro se consideraría perdido; pero yo me quedo tan +fresco. ¿Que sigue sosteniéndose el alza? Pues yo a la baja, como antes. +A la baja está don Ramón, y sigo a su lado. No hay cosa que disguste +tanto a la suerte como la inconsecuencia. + +Y con estas seguridades, dadas enérgicamente, aunque sin saber con qué +fundamento, el señor Cuadros conseguía serenar a Juanito. No tenía igual +poder sobre don Eugenio, su antiguo principal. El pobre viejo, al saber +el gran descalabro, en vez de irritarse depuso su huraña actitud, +aproximándose a su antiguo dependiente para darle consejos con tono +paternal. + +--Estás a tiempo para retirarte. Lo que te pasa es un aviso de la +Providencia. En realidad, nada has perdido. El dinero mal ganado se lo +lleva el diablo. Lo que ahora tienes es lo adquirido honradamente y a +fuerza de trabajo. Créeme, Antonio; a vivir como Dios manda, con +tranquilidad y modestia, educando a tu hijo para que sea un hombre de +provecho, y sin repetir ciertas locurillas de las que no quiero +hablarte. No tientes a la suerte, que es traidora. Piensa que un segundo +golpe dejaría a tu mujer y a tu hijo en situación de pedir limosna. + +Cuadros, a quien la derrota había privado de fuerzas para discutir su +pretendida infalibilidad en jugadas de Bolsa, contestaba afirmativamente +al viejo y parecía aceptar todos sus consejos; mas no por esto se +hallaba menos decidido a seguir a su grande hombre, sosteniéndose a la +baja, como medio seguro de conquistar los soñados millones. Y tanto él +como Juanito manteníanse firmes, a pesar de que continuaba el alza y no +se veía la menor probabilidad de que pudiesen cumplirse las predicciones +de don Ramón. + +Algo más que el desgraciado negocio preocupaba a Juanito. Una noche, al +retirarse después de acompañar a Tónica y su amiga en su paseo por la +feria, encontróse en la puerta de casa con su hermano Rafael, que se +llevaba el pañuelo al rostro como para ocultar algo que le molestaba. + +Arriba, a la luz del comedor, vio a Rafael con un ojo amoratado y las +narices sucias de sangre. El joven elegante, admiración y orgullo de la +mamá, olía a vino, y con palabrotas de las más soeces explicaba lo que +acababa de ocurrirle. Nada; una cosa de poca importancia. Se había +peleado con un amigo, dándose de bofetadas y palos en medio del puente +del Real cuando iban a la feria a última hora. + +No quiso decir más, aceptando con gruñidos de borracho los cuidados +paternales de Juanito, que hizo todo cuanto supo para curarle las +contusiones. El pobre muchacho, al ver a su hermano cruelmente +aporreado, sintió renacer el cariño de otros tiempos, cuando ejercía de +niñera, sacrificándose en el cuidado de sus hermanitos. + +Al día siguiente hizo averiguaciones para conocer con exactitud lo +ocurrido; y los calaverillas de la Bolsa, que sabían lo de la riña, le +enteraron con una exactitud cruel. + +Quien había aporreado a su hermano era Roberto del Campo. Los dos +cenaron en un _restaurant_ para conmemorar los buenos golpes que habían +dado en la ruleta del _Sportsman Club_. Se habían emborrachado +amigablemente, y al dirigirse después hacia la feria, surgió la disputa +a consequencia de ciertas afirmaciones infames del elegante Roberto. + +Aquel miserable se había permitido asegurar cosas que hacían enrojecer +al pobre Juanito: intimidades repugnantes con su novia cuando por la +mañana hablaban en la escalera; secretos, en fin, que Juanito tenía por +calumniosos, y que únicamente podía revelar un canalla como aquél. Su +amigo había contestado a las confidencias con una bofetada, y después +ocurrió la riña, de la que Rafael salió tan malparado. + +Juanito se conmovió por el suceso. Decididamente, su hermano no era +malo; su prontitud en defender la honra de la familia, castigando la +calumnia, hacíale simpático. Y el sencillo Juanito, olvidando lo de la +borrachera, consideró a su hermano como un héroe. Conmovíale el valor +con que había defendido a Concha, y no pudo callar ante la interesada el +entusiasmo que sentía por Rafaelito. + +Su sorpresa fue inmensa al ver el poco caso que Concha hacía de sus +palabras. + +--Mira, chico, todo eso que me dices son líos de Rafaelito, y harás bien +no metiéndote en nada. Yo quiero a Roberto, ¿me entiendes? Él me quiere +a mí, a pesar de todo cuanto digas, y eso de que se permitió hablar +ciertas cosas es una mentira de Rafael, que, según me han dicho, iba la +otra noche como una cuba. ¡Vaya que le está bien a ese señorito meter +cisco en la familia! Más le valdría no emborracharse, o por lo menos que +sus borracheras no las pague yo. + +Y la joven se expresaba con serenidad, con frescura, como si se tratase +de la honra de otra y aquel Roberto fuese un infeliz a quien +calumniaban. + +Juanito no podía contener su asombro. ¡Dios mío! ¡qué gente aquélla! ¿Y +era su hermana la joven que permanecía tranquila ante suposiciones +ofensivas para su dignidad? Insistió, cada vez más escandalizado; pero +Conchita cortó rudamente sus recriminaciones: + +--¡Cállate! Como eres un tonto, crees que todos los jóvenes han de ser +iguales a ti. Roberto es como es y basta. Yo contenta, pues todos +satisfechos. + +Y le volvió la espalda desdeñosamente. + +Entonces acudió a la mamá. Él no podía permitir que aquella loca, por +amor o despreocupación, mirase impasible lo que de tan cerca hería el +prestigio de la familia. Doña Manuela le escuchó atenta; aparentó +indignarse en el primer momento, pero al fin dijo, con aquel tono de +inmensa bondad que tan bien le sentaba: + +--Mi pobre Juanito, tú eres muy bueno; no conoces el mundo, no tienes +sociedad y te extrañan y escandalizan muchas cosas que realmente carecen +de importancia. No tuerzas el gesto, que no intento defender a ese +muchacho, aunque me extraña mucho que un joven distinguido y bien +educado haya podido decir tales infamias. Pero ten en cuenta que tanto +él como Rafaelito estaban algo «alegres», y las cosas hay que tomarlas +según está el que las dice. En fin, Juanito mío, no te preocupes de la +casa, que aquí estoy yo para vigilarlo todo. Además, ya he dispuesto que +Conchita no salga más a la escalera. ¿No te parece bastante? Pues hijo, +no hay que echarlo todo a barato. Al fin, Roberto es un buen partido, y +Conchita no va a despedirlo por cuatro palabras dichas como broma +imprudente. + +Y doña Manuela, ofendida por la insistencia de su hijo, que tildaba de +«quijotesca», se separó de él casi tan huraña y despreciativa como +Conchita. + +Ahora sí que Juanito sentía a su alrededor un triste vacío. ¿Quién +quedaba en aquella casa que pensase como él? Únicamente en los hombres +había que buscar la vergüenza. Rafaelito y él eran los depositarios de +la dignidad de la familia. Por esto, él, que hasta entonces había +tratado a distancia y con cierto despego a su hermano, sentía un +recrudecimiento de cariño fraternal. Pero a los dos días de ocurrida la +riña le dijeron que Rafael y Roberto iban juntos otra vez, apuntando +sobre el tapete verde en fraternal combinación. Los dos se comprendían +y compenetraban; eran la yunta viciosa, ligada por el yugo de la +comunidad de gustos y la mutua posesión de secretos poco limpios. + +Este golpe acabó de anonadar a Juanito. También su hermano desertaba. +Nadie; ya no quedaba en su casa un corazón que pudiera colocarse al +nivel del suyo. ¡Cómo sentía ahora su rompimiento con el tío don Juan! +El viejo, a pesar de su tacañería y sus manías, era un hombre puro y +recto. + +Juanito pensaba ir en su busca como en otros tiempos, pues sus consejos +eran como un baño de dignidad y rígida honradez, que le hacían resistir +mejor la atmósfera de putrefacción moral de su casa. Cada vez se sentía +más alejado de la familia. Vivía como siempre; comía con la mamá y las +hermanas a la misma hora, pero las escuchaba como si fuesen seres +extraños encomendados a su observación; sonreía interiormente al +apreciar sus preocupaciones, indignábase sin romper su silencio, y +apenas terminaba el motivo de esta reunión de familia, escapaba para ir +en busca de Tónica y de la pobre ciega, sintiendo el anhelo de +purificarse, cual si las palabras de los suyos estuviesen agarradas a su +piel como asquerosas manchas. + +El pobre muchacho se sentía sin fuerzas para seguir viviendo con la +familia. Un obstáculo invisible se levantaba entre él y los suyos. Decía +bien su tío don Juan. Él era de otra raza. Formaba aparte en el seno de +la familia. Todos estaban ligados por la vida común; pero los otros eran +la burguesía pretenciosa, corrompida prematuramente por la ambición de +brillar, por el ansia de mentir, encaramándose penosamente a una altura +usurpada; y él era un intruso, el resultado de un encuentro de la +fuerza, cándida y sumisa, con la corrupción moral, hermosa y +deslumbrante. + +No; él no tenía madre. Los otros, los de Pajares, eran los legítimos +vástagos de doña Manuela, su fiel retrato en lo moral. Él sólo era el +hijo de Melchor Peña, con toda la inocencia, la hombría de bien, la ruda +dignidad del montañés de Aragón... y Melchor Peña había muerto. Estaba +solo en el mundo; no tenía madre. + +Pero a pesar cíe su tristeza, Juanito seguía adorando a aquel ídolo, +ante el cual volvía la cabeza para no ver los defectos, recordando sólo +lo que le parecía bueno. + +Doña Manuela podía parecerle en ciertos momentos falta de dignidad; pero +él echaba la culpa de todo a la maldita ambición, que la sumía en los +enredos y trampas, donde dejaba a jirones poco a poco, por sostener el +boato de familia, aquella altivez que tan bien le sentaba. + +Además--y esto era lo principal para Juanito--, la viuda, dedicada en +absoluto a sus hijos, buscando por caminos engañosos asegurar su +porvenir, no había dado motivo a la más leve murmuración. Tratándose de +dinero, era capaz de mentir y hasta de estafar, tomando préstamos sobre +fincas vendidas muchos años antes; pero su virtud de mujer aparecía +intachable. + +Juanito, como esos desesperados que encuentran todavía en su miseria +cosas agradables, reconocía en su madre grandes defectos, pero se +extasiaba ante su honradez de mujer. + +Un suceso vino o sacarle de la triste preocupación que le causaban los +asuntos de su familia. Era el último día de la feria. Por la tarde, en +la Bolsa circuló una noticia que hizo palidecer a todos los protegidos +de don Ramón Morte. En vez de cumplirse los vaticinios de éste, el alza +continuaba su carrera triunfal, ganando nuevos escalones y arrollando +las mermadas fortunas de los que osaban ponerse enfrente de ella. + +Esta vez desapareció por completo la confianza que Juanito tenía en la +infalibilidad de su principal y del señor Morte. La ruina era indudable. +El mismo don Antonio le había dicho que si no sobrevenía pronto la baja +saltaría él a fin de mes con todos los jugadores que atendían los +consejos del famoso banquero. + +El infeliz joven, poco avezado a los azares del juego, e incapaz de +ocultar las terribles impresiones de la ruina, sintió ganas de llorar en +plena Bolsa, ante los corredores y los «alcistas», que sonreían con un +gozo feroz viendo la agonía de sus contrincantes. + +Pero Juanito era de los que en la desgracia aguardan siempre una +inesperada salvación. Pensó que era preciso avisar al señor Cuadros; tal +vez él como hombre experto en los negocios, encontraría el medio de +salir a flote. Extrañábale mucho que no estuviera en la Bolsa, siendo +aquella tarde de agitación y de emociones, y salió inmediatamente en su +busca. + +En _Las Tres Rosas_ sólo encontró a don Eugenio. + +--¿Qué ocurre?--preguntó el vejete--. Tienes cara de susto.... ¿Que si +está Antonio? No; salió después de comer. ¿Necesitas verle? ¿es urgente +el asunto? Pues entonces...--y se rascó la cabeza como si dudase--, +entonces puedes buscarlo en tu casa; de seguro lo encontarás. No sé qué +demonios tiene que hacer, siempre metido allí. ¿Es que tu mamá juega +también a la Bolsa? + +Juanito no quiso oír más, y salió a buen paso con dirección a su casa. + +Por el camino preocupábanle las palabras de don Eugenio, la triste +sonrisa con que había acompañado su última pregunta. Subió al trote la +escalera de su casa, dando un vigoroso tirón a la campanilla. Abrió +Visanteta, y al verle comenzó a darle explicaciones antes que él +preguntase. Las señoritas habían salido; estaban en casa de «las +magistradas». + +--Bien; pero ¿y el señor Cuadros, no está aquí? + +Y Juanito miró angustiosamente a la criada que balbuceaba, no sabiendo +qué responder. + +La empujó rudamente y entró. Visanteta sin perder su ceñuda seriedad, +levantó los hombros, hizo un gesto de resignación, como diciendo: «Que +ocurra lo que Dios quiera»; y volviendo la espalda al señorito, se fue +hacia el comedor. + +No había nadie en el salón. Bajo el sofá sonaba el juguetón cascabeleo +de _Miss_, la perrita inglesa, que al notar la presencia de Juanito sacó +a medias, por entre los lambrequines, su cabeza de juguete. + +La mirada del joven examinó rápidamente el salón, fijándose con estúpida +tenacidad sobre el sofá, como si viese en él algo extraño que le atraía +sin explicarse la causa. Era una chaqueta blanca arrojada con descuido, +y que causaba en el joven la misma impresión de esos rostros que siendo +amigos tardan mucho en reconocerse. + +Llevóse la mano a la frente como si fuera a arañarse con cruel impulso, +y sus ojos se dilataron con espanto. Fue un momento, un momento de +vértigo nada más; pero en tan corto espacio creyó que la habitación +danzaba como una peonza, que el techo descendía hasta apoyar en su +cabeza su peso irresistible; vio obscuridad y luces a un mismo tiempo; +experimentó frío y calor; sintió una bola extraña que se le atascaba en +la garganta, y en un instante pasaron por su imaginación, como +relámpagos lívidos, todas las escenas de novela que había leído, con sus +terribles descubrimientos y sorpresas aplastantes. + +Bien conocía aquella chaqueta; era la de su principal, la que tantas +veces le había rozado al descansar paternalmente la manga sobre su +hombro. _Miss_, saliendo de su escondite, frotábase contra sus piernas +gruñendo amistosamente. + +Pero, en fin, ¿qué era aquello? Nada significaba el pedazo de tela. Pero +¿dónde estaba el señor Cuadros? Insensiblemente se dejó arrastrar por un +espíritu de desconfianza que acababa de despertarse en él, y dentro de +su casa, por una precaución inexplicable, le hacía andar de puntillas +como si fuese un ladrón. + +Sin darse cuenta de ello, se vio junto al cortinaje que cubría la +puertecilla por donde entraba doña Manuela todas las noches a la hora de +acostarse. El mismo instinto que le hacía recatarse fue quien hizo +avanzar su mano levantando levemente un lado de la misteriosa colgadura. + +Miró, y sin embargo no sufrió la impresión de momentos antes. Todo era +verdad. Ahora comprendía las palabras de don Eugenio, su sonrisa +triste, la mirada de conmiseración con que había acompañado su rápida +salida de la tienda. + +Y abrumado por la sorpresa, permaneció erguido, con los ojos +desmesuradamente abiertos, apoyando su espalda en la pared, como si +temiera desplomarse. Debió lanzar un suspiro; tal vez chocó con +demasiada rudeza contra la pared. + +--¿Quién anda ahí? + +Y tras larga pausa, contestó a esta voz femenil otra de hombre en tono +más bajo, pero que rasgó los oídos de Juanito: + +--Será _Miss_, que juega. + +No supo cómo salió de allí. Lo único que pudo recordar fue que el +instinto de precaución le dominaba aún, y que al bajar la escalera lo +hizo de puntillas, evitando roces, como si fuera un delincuente y +temiera ser descubierto. + +Cuando se vio en la calle sintió un calor insufrible. Ya sabía quién le +apretaba con tanta crueldad la garganta. Era la vergüenza, que hacía +arder en su interior un fuego de infierno, que enrojecía su rostro y +aceleraba la circulación de su sangre. Creyó que todos le miraban, que +los transeúntes ladeaban el cuerpo para evitar su roce, y anduvo +apresuradamente, como si sintiera tras sus pasos el espectro de su +vergüenza que le perseguía. + +Aire... espacio... libertad; se ahogaba en las calles tortuosas, con sus +paredes que parecían aproximarse para cerrarle la marcha; necesitaba +horizontes inmensos, para no creerse aplastado, para poder ensanchar sus +pulmones y arrojar la cruel madeja de suspiros que se apelotonaba en su +garganta. + +Una sensación fresca le despertó de aquella pesadilla, que le hacía +caminar como un sonámbulo aterrado. Estaba en las Alamedas de Serranos, +y marchaba con la cabeza inclinada, los brazos a la espalda: la misma +expresión de los tipos casi lúgubres que acostumbraban a pasear allí. + +A lo lejos, tras las cortinas de los árboles que circuían el verdoso +estanque, sonaba el canto de un corro de niñas confundiéndose con el +juguetón parloteo de los traviesos gorriones: + +/* + _Yo me quería casar_, + _yo me quería casar_ + _con un mocito barbero_.... +*/ + +Juanito sentía deseos de llorar como cuando escuchaba las romanzas +italianas de Amparo. Pero ahora no era el amor quien ponía en tensión +sus nervios; eran los recuerdos del pasado, que contrastaban penosamente +con su situación actual. + +Le hacía daño la inocente melopea infantil. Se veía con la imaginación +vistiendo el trajecito escocés de su niñez, cuando su madre, con tocas +de viuda, le llevaba a la Glorieta a que jugase con las niñas, pues su +timidez y debilidad no le permitían alternar con los revoltosos +muchachos. ¡Cuan hermosa estaba con sus negras tocas! Juanito la veía al +través de los años como una _Máter dolorosa_, acariciando dulcemente su +cabeza de niño y pensando en el doctor Pajares, a pesar de su reciente +viudez. + +Ya no creía en su madre. La fe se había rasgado en él como una +virginidad irreparable. Le nacía daño el canto infantil, y para no +llorar salió rápidamente del paseo, siguiendo el pretil del río. + +Caminando junto a la carretera polvorienta, sin ver otras caras que las +de los carreteros que marchaban perezosamente tras sus vehículos, o las +de los guardias de Consumos sentados ante sus garitas, Juanito se +encontraba mejor. No tenía miedo, como el poeta, a encontrarse con su +dolor a solas, y caminaba por aquel lugar poco frecuentado, saboreando +con gozo cruel el hondo pesar que, de vez en cuando, estallaba en +ruidosos suspiros. + +Sentía en torno de su persona la imagen invisible de un padre que no +había conocido. El recuerdo del pobre Melchor Peña le inspiraba cierta +conmiseración. Aquél también había vivido engañado. Amó locamente a su +esposa sin conocer su verdadero carácter y murió en el error, como +hubiese muerto él, jurando que su madre era la mejor de las mujeres, a +no haberle conducido la fatalidad al salón de su casa para hacer el más +terrible de los descubrimientos. + +Su madre era una tramposa capaz de todos los enredos y vergüenzas para +conservar el falso oropel de su vida; su madre despreciaba las +murmuraciones que herían hondamente el honor de la familia; dejaba a las +hijas que se arrojasen en el peligro, arrastradas por la desesperada +audacia de cazar un novio, y al final se entregaba como una perdida en +brazos de un amigo de su esposo, se vendía infamemente cuando estaba +próxima a la vejez, manchando todo su pasado, por una necesidad del +orgullo. ¿Qué era, pues, lo que quedaba a aquella mujer? Nada +absolutamente. Aquel descubrimiento fatal rasgaba el velo de la +credulidad, desvanecía el optimismo del cariño; la madre aparecía a los +ojos del hijo tal como era, con toda su fealdad moral; y Juanito pensaba +con rabia en su antiguo ídolo como el devoto que pierde la fe, y en la +imagen milagrosa que antes le arrancaba lágrimas de emoción ve sólo un +miserable leño. ¿Por qué había nacido del vientre de aquella mujer? ¿No +podía tener una madre como lo son todas? Y furioso contra la fatalidad, +que le había dado por madre a doña Manuela, cerraba los puños como si +quisiera estrangular a alguien. + +Levantó la cabeza y vio que se había separado del pretil, siguiendo por +el camino de ronda. Ante él alzaban sus pesadas moles cilíndricas las +dos torres de la puerta de Cuarte, con la rojiza costra acribillada por +los profundos agujeros de las granadas francesas y las de las +insurrecciones republicanas. + +Contemplaba fijamente los tragaluces angostos y enrejados de los +calabozos donde estaban los presos militares. Pensaba con envidia que +allí dentro, en las mazmorras lóbregas y húmedas, se estaría muy bien, +rodeado de absoluto silencio, lejos del mundo, sin pesares que turban +la existencia. + +Permaneció mucho tiempo mirando fijamente aquellos colosos de argamasa, +hasta que por fin se dio cuenta de que algunos chicuelos del barrio +formaban círculo en torno de él, contemplándolo con curiosidad, +tomándole, sin duda, por uno de esos viajeros que para el vulgo han de +ser forzosamente ingleses. + +Juanito huyó de aquella pillería, cuya mirada insolente y burlona nada +bueno presagiaba, y siguió por el camino de ronda, sumiéndose al poco +rato en sus tristes reflexiones. Volvía a caminar automáticamente, sin +fijarse en las personas que pasaban junto a él. Llevaba abiertos los +ojos, miraba a todas partes, y nada veía. Nada, no; lo real, lo +inmediato a su persona no lograba fijarse en su retina; pero en cambio, +veía siempre, con una tenacidad desesperante, la blanca chaqueta +arrugada brutalmente como la sábana del lecho después de una noche de +placer, y luego... luego veía también la cortina alzada revelando una +parte del atentado vergonzoso, de la degradación maternal, que era para +él un golpe de muerte. + +¡Oh, cuán execrable le resultaba ahora su antiguo ídolo! Y sin embargo, +estaba convencido de que todo su odio era una impresión del momento, que +se desvanecería apenas se hallase en presencia de la mamá. Es muy +difícil desarraigar un cariño de tantos años; y este convencimiento era +lo que más desesperaba a Juanito. Sentíase avergonzado por tener tal +madre y adorarla, sin embargo, con la dulce ceguera del cariño. + +--¡Eh...! ¡a un lado! + +Juanito saltó hacia atrás instintivamente, al sentir en su rostro el +bufido ardoroso de dos caballos. Había llegado a la entrada del camino +del Cementerio, y aquellas bestias que casi le atropellaban eran los +jacos huesosos, antipáticos y enfermizos que tiraban de un coche +fúnebre. El tétrico conductor, con su librea negra y mugrienta, pasó, +rociando de injurias al distraído y amenazándole con su látigo. + +Juanito apenas si pudo verle. Sus ojos estaban fijos en el féretro +blanco y dorado que se mecía con el traqueteo de las ruedas, dejando en +su memoria la impresión de una nubecilla surcada por rayos de sol. + +También debía estarse bien allí. Mejor que en los calabozos que antes +contemplaba con envidia. El silencio para siempre, la amarga +satisfacción del no ser, la grandiosa monotonía de la eternidad libre de +toda alteración. ¿Por qué no iba él dentro de aquella caja? ¿Por qué no +había caído cuatro años antes, cuando sufrió una pulmonía que puso en +conmoción a toda su familia? Al menos habría muerto creyendo en su +madre, y al partir le hubiera consolado un gesto, una lágrima de aquella +mujer. Pero ahora estaba solo. Moriría aislado; lo único que le +fortalecía era la certeza de la muerte como solución para sus males. + +El rostro de una joven asomada a la ventanilla de uno de los carruajes +del cortejo fúnebre pareció cambiar el curso de sus ideas. No; era una +locura buscar la muerte. Si no hubiese conocido a Tónica, podría aceptar +tan desesperada resolución; pero siendo amado por ella, era una locura. +Aún había remedio. Una parte de su capital la había entregado a don +Ramón Morte, no para jugadas de Bolsa, sino para la adquisición de +valores públicos. Vendería, aunque fuese con pérdida, esta parte segura +de su capital; pagaría las deudas importantes que había contraído por +salvar a su madre, y con lo que le quedase se establecería modestamente, +sería el dueño de _Las Tres Rosas_ o de una tienda más pequeña, +casándose en seguida con Tónica. Ésta era la verdadera solución. Nada de +buscar millones; la lección había sido dura. Comerciante rutinario y +cachazudo, buen marido y padre virtuoso; ésta era la felicidad, lo que +él ambicionaba para el porvenir. + +Y cuando con más entusiasmo forjábase la ilusión de la tranquilidad +patriarcal, un silbido estridente rasgó los aires, como si Mefistófeles, +desde las nubes, contestase con su carcajada chillona a los hermosos +planes de virtud doméstica. Juanito, sin dejar de andar, despertó del +extraño sonambulismo que le hacía correr en torno de la ciudad, agitado +a cada instante por los más diversos pensamientos. Frente a él +perfilábase sobre el cielo de pálido azul la plaza de Toros, con su +contorno de circo romano. Entre ella y el joven estaba el paso a nivel +de la vía férrea, donde comenzaba a palpitar, lanzando mugidos, una +bestia de hierro. + +Juanito viose detenido por la cadena que acababa de tender el guardavía. +Este obstáculo pareció irritarle. Sintió otra vez dentro de sí aquel +compañero misterioso que le había guiado en el salón de su casa al hacer +los terribles descubrimientos. Algo le decía ahora con acento imperioso. +Le empujaba, y él obedecía automáticamente. Olvidaba las ilusiones de +futura felicidad que se había forjado momentos antes, y el ataúd +coquetón, aquel féretro de raso blanco y bordados de oro, parecía +brillar ante él, como un astro que le iluminase con su camino. Abríase +su tapa, mostrando el interior mullido y acolchado como el de una caja +de dulces. Unos cuantos pasos más, y se quedaba dentro para siempre.... + +De pronto, Juanito se sintió cogido por los brazos, zarandeado y +empujado hacia atrás con tal fuerza, que estuvo próximo a caer. + +--Pero ¿adonde va usted? ¿Está usted loco...? + +El que le hablaba era el guardavía, un mocetón de blusa azul con +iniciales rojas. + +Entonces se dio cuenta de que estaba a pocos pasos de un tren que, +conmoviendo el suelo, dando mugidos, por la chimenea y rugiendo por las +válvulas de escape, salía de la estación, abofeteando a los más próximos +con el viento de su rápido paso. + +Juanito lo comprendió todo. Había pasado por debajo de la cadena, y el +empleado acababa de detenerle casi en la misma cabeza del tren que +avanzaba. + +El guardavía mirábale con ojos interrogantes, en los que era visible la +sospecha de un intento de suicidio. Los curiosos agolpados a ambos lados +de la vía daban a entender lo mismo con sus palabras. + +Juanito, avergonzado, siguió a buen paso el mismo camino de antes, como +si después de lo ocurrido le fuera imposible continuar adelante dando la +vuelta completa a la ciudad. + +Pasó por el lugar donde había encontrado el fúnebre cortejo, y no pensó +ya en aquel ataúd blanco que le obsesionaba con la más amarga de las +seducciones. Tampoco levantó la desalentada cabeza para contemplar las +torres de Cuarte, cuyos rojizos muros adquirían en su parte alta un +tinte de incendio reflejando la puesta del sol. + +La frescura que sintió siguiendo el pretil del río pareció reanimarle. +Comenzaba el crepúsculo. En el cauce del río, las charcas y riachuelos, +reflejando en su fondo el rojo horizonte, brillaban como si fuesen de +encendida lava. En la ciudad, los vidrios de los altos balcones y de las +esbeltas torrecillas destacábanse sobre la masa obscura de los edificios +como placas de fuego. La calma del crepúsculo, compuesta de murmullos +imperceptibles, de lánguidos suspiros que exhala la Naturaleza próxima a +adormecerse, invadía el ambiente. Desde el pretil veíanse rebaños de +obscuras ovejas, que al compás perezoso de las esquilas iban en busca +del corral, mientras que por la parte de arriba, por la carretera +polvorienta, marchaban también en retirada los rebaños del trabajo, +gentes de espalda encorvada y blusa vieja, con la cara sudorosa y el +saco de herramientas a la espalda. + +La melancolía del crepúsculo se apoderaba de Juanito. Cuando entró otra +vez en las Alamedas de Serranos, sus piernas flaqueaban, y sintió la +necesidad de dejarse caer en uno de los bancos. + +En aquel paseo silencioso, casi desierto, que lentamente se obscurecía, +podía forjarse la ilusión de que estaba en un jardín de su propiedad, +donde nadie vendría a turbar la pereza dolorosa, el anonadamiento triste +en que iba sumiéndose. + +En las charcas del río, las ranas comenzaban a templar sus instrumentos +de dos notas para la interminable sinfonía de la noche; en la inmediata +carretera sonaba el chirrido de los carros. + +La humedad del sombrío arbolado empapaba las ropas de Juanito, +adormeciéndole. Hubo momentos en que su imaginación, lanzada en el +camino de la insensatez, hízole pensar que, como en los cuentos +fantásticos, un colosal murciélago le abanicaba con sus alas, para +chuparle la sangre después de dormido. + +De pronto, vio plantadas ante él, mascullando palabras ininteligibles y +extendiendo vergonzosamente las manos, dos niñas entecas, dos cabezas +con el pelo revuelto y erizado como espantables Medusas, mostrando las +piernas enflaquecidas y desnudas por debajo de los guiñapos que las +servían de faldas. Una profunda conmiseración invadió el ánimo de +Juanito. Aquéllas eran aún más desgraciadas que él. Tal vez no habían +conocido a sus madres, y esto era mil veces peor que tener una aunque +fuese como la suya. Olvidó repentinamente todas las precauciones de su +carácter económico, y dejó el puñado de pesetas que llevaba en el +chaleco en aquellas manecitas, que, asombradas y faltas de costumbre, no +sabían cómo oprimir la lluvia de plata. Las pesetas caían al suelo, y +Juanito no se arrepentía de su generosidad. + +Indudablemente, allá arriba había alguien viéndolo todo: lo mismo lo que +pasaba por las tardes en una alcoba, que lo que ocurría por la noche en +un paseo solitario entre dos mendigas pequeñas y un hombre más niño que +ellas. + +La desgracia le perseguía. ¿Quién sabe lo que le estaba reservado? Tal +vez algún día, con más vergüenza que aquellas infelices, tendría que +tender la mano a las gentes, sintiendo calor en el rostro y en el +estómago el cruel arañazo del hambre. Y como para sellar su pacto con la +desgracia futura, cogió entre sus manos las desmelenadas cabecitas, +besándolas en las sucias mejillas, en los labios cubiertos de costras. + +Esto asombró a las mendigas más aún que la generosidad de momentos +antes. Sus ojos cándidos y virginales deshonráronse con una viva chispa +de malicia; tras la inocencia infantil asomó la precocidad de la vida +aventurera, las lecciones infames aprendidas sobre el barro de las +calles; y las dos, apretando convulsivamente sus puñados de pesetas, +huyeron como si las amenazase un terrible peligro. + +Después pasó una mujer pequeña y enflaquecida, una pobre obrera de las +que habitan en la otra orilla del río. Cansada del trabajo, sostenía en +un brazo la pesada cesta y un chicuelo mofletudo que se agitaba con +nerviosa alegría, mientras tiraba con la otra mano de un galopín de +cinco años que se obstinaba en no andar por habérsele desatado el +zapato. + +La mujercita saludó con una dulce sonrisa a Juan, y dejando sobre su +mismo banco el pequeño y la cesta, encorvóse penosamente para atar el +zapato de su hijo mayor. Después de acariciarle su enorme cabeza, volvió +a recuperar lo que había dejado sobre el banco y prosiguió su marcha, +siempre abrumada por la fatiga, poseída por triste desaliento, pero +satisfecha y sonriente al mirar a sus dos pequeñuelos, cruz abrumadora +que arrastraba en el calvario de la miseria. + +Juanito creyó despertar ante aquella aparición. Era una verdadera madre +la mujercita de la dulce sonrisa. En aquel grupo de conmovedora miseria +había algo que él no había conocido jamás, y los dos pobres chicuelos, +martirizados por el hambre, destinados a vivir como parias de la +sociedad, gozaban lo que él, criado entre lujo y ostentación, no había +tenido nunca. + +Sentía deseos de pedir a Dios que hiciese un milagro, que le convirtiese +en uno de aquellos niños, destinados a ser bestias de carga para el +bienestar de sus semejantes, pero que al menos tenían una madre que los +amaba sin distinguirlos y no se vendía a pesar de su miseria. Sintió de +pronto en sus manos la caída de algo caliente que resbalaba sobre su +epidermis. Lloraba. Al alejarse el tierno grupo, las lágrimas habían +asomado a sus ojos, y no hacía ningún esfuerzo por contenerlas, +sintiendo al llorar una sensación voluptuosa, como si sus pulmones, con +extraordinaria dilatación, hubiesen expelido aquel nudo que le oprimía +la garganta. + +Así pasó mucho tiempo: con el sombrero caído a sus pies y la cabeza +apoyada en una mano, dejando que las lágrimas resbalasen a lo largo de +su antebrazo. + +Los últimos transeúntes que pasaron fueron unas buenas mozas con la +cesta al brazo, moviendo al andar bizarramente sus fuertes caderas. +Debían ser cigarreras que volvían de la fábrica. Miraron entre +compasivas y burlonas al señorito que lloraba, y se alejaron haciendo +comentarios a toda voz. ¡Un hombre llorando! Indudablemente le había +engañado la novia o había muerto su madre. A Juanito no le hicieron daño +los burlones comentarios de aquellas muchachas. Habían acertado. Su +madre había muerto aquella tarde, y por esto lloraba. + +Tras el desahogo del llanto, quedó fatigado, con los miembros +entumecidos, como si acabase de hacer una larga marcha. + +No supo si había dormido o si el tiempo pasó con extraordinaria rapidez; +lo cierto fue que al apartar las ardientes manos mojadas en lágrimas y +erguir su cabeza, vio que era de noche. Por entre el ramaje de los +árboles veíase el cielo azul obscuro de las noches de verano, moteado +por el luminoso polvo sideral. + +Como un sordo rugido semejante al hervor de lejana caldera, llegaban los +rumores de la ciudad al paseo obscuro y silencioso. + +Cantaban las ranas con una monotonía desesperante; reflejábanse las +temblorosas estrellas en el fondo de las charcas; en el inmediato +estanque conmovíanse con estremecimientos voluptuosos las plantas +verdosas que extendían sus palmitos a flor de agua, y a lo lejos, como +un eco, sonaban los ladridos de los perros del arrabal. + +Aquel silencio matizado por los ruidos propios de la noche hacía +imaginarse a Juanito que se hallaba en un tranquilo pueblo, lejos de una +vida en la que sólo había encontrado hondos pesares. Su mirada vagaba +errante por entre los puntos de luz, que le parecían impenetrables +jeroglíficos trazados en el cielo. ¿Cómo serían aquellos mundos? Y +pensando en esto, recordaba confusamente la poca geografía aprendida en +la escuela, las innumerables consejas que había oído relatar sobre la +influencia de los astros sobre los hombres. + +Creía en lo maravilloso, en la influencia astrológica, sintiendo que la +calma augusta de la inmensidad se filtraba en su ánimo. + +Como si le atrajesen aquellos mundos desconocidos, creía elevarse en el +espacio, dejando muy lejos, bajo sus pies, la tierra, llena de miserias. +Su corazón parecía ensancharse, crecer, convertirse en un músculo +gigantesco que ocupaba todo su pecho y lo hacía estallar como un saco +angosto. Ya no odiaba a nadie. + +Todos los seres de la tierra le parecían pequeños; y sintiendo la tierna +conmiseración de las almas grandes, sonreía dulce pero compasivamente al +pensar en su madre, en sus hermanas y hasta en la misma Tónica. + +Nada le impresionaba ya; todo le era indiferente: amistad, familia y +amor. Él no era de este mundo; su verdadera patria estaba arriba. Y +miraba a los astros con ojos interrogantes, como inquilino que escoge la +mejor habitación para trasladarse a ella. + +Pero las impurezas de la realidad le despertaron otra vez de su +sonambulismo. Pasaban misteriosas parejas por detrás de los macizos de +árboles, unidas por dulce intimidad, con paso recatado, cuchicheando +levemente y buscando un lugar a propósito para aislarse de otros a +quienes la cita nocturna llevaba también allí. + +Esto sublevó a Juanito. Tenía por suyo el paseo, la calma de la noche, +el puro silencio que le envolvía; la impúdica invasión de libertinos +callejeros y mercenarias ambulantes causábale el efecto de un atentado +contra su propiedad. Un sentimiento de asco le hizo ponerse en pie; y +recogiendo su sombrero, salió de la obscura alameda. + +Las campanas de los relojes atrajeron su atención, haciendo que mirase +el suyo a la luz de un farol. + +Eran las diez y media. Le sorprendió la rapidez con que había +transcurrido el tiempo y continuó su camino, dispuesto a vagar sin rumbo +fijo; pero los grupos de gente que siguiendo el pretil marchaban en la +misma dirección le arrastraron, haciendo que insensiblemente se +encaminara a la feria de la Alameda. + +Al llegar al puente del Real pasó por entre los tranvías y carruajes, +que, parados en la obscuridad, parecían mirar al gentío con los +encarnados y redondos ojos de sus faroles. + +El magnífico panorama reanimó a Juanito. Al otro lado del río, millares +de luces de colores, en serpenteantes líneas o marcando el contorno de +los pabellones arquitectónicos, desvanecían la obscuridad, produciendo +un rojizo vaho que se extendía por el cielo coma el reflejo de lejano +incendio. Las charcas del río se poblaban de inquietos peces de fuego. + +Atravesó el puente sufriendo los codazos de la multitud. Aquella noche +era la última de feria. Destacábanse los grupos de soldados, con los +roses enfundados de blanco; los huertanos iban en cuadrilla, cogidos de +las manos por temor de extraviarse; y pasaban las labradoras con su +traje de fiesta, arrastrando tras sí un racimo de chiquillos llorones y +cansados, precedidas por los maridos en mangas de camisa, chaleco negro +y el garrote de Liria en la mano, mirando a todos con fijeza, como si +temiesen que los «señoritos» se burlasen de la familia. + +Los farolillos venecianos formaban gigantescos pabellones de una +claridad difusa. En la entrada de la Alameda apelotonábase el gentío, y +por entre la masa de espaldas arqueadas y codos en punta pasaban las +floristas con su cesto de mimbres erizado de ramilletes y las chicuelas +desgreñadas, con el cántaro en la cadera y el turbio vaso en la mano, +pregonando: «¡_Al aigua fresqueta_!» + +Juanito viose detenido por la masa apiñada ante el tablado de los bailes +populares. Sonaba el agudo cornetín repitiendo monótonamente la +contradanza moruna o acompañando las voces de los cantadores, y a su +compás saltaban sobre el tablado las parejas de bailarines, que de lejos +parecían polichinelas. + +En aquel lugar bifurcábase la corriente del gentío. La gente alegre y +ruidosa, los labradores, la chavalería de gorrilla y tufos o de falda +almidonada y pañuelo de seda, seguía por el pretil del río mirando la +larga fila de casetas, en las que se aburrían los feriantes esperando al +comprador que nunca llegaba. + +Por el lado opuesto, por la avenida central, donde estaban establecidos +los pabellones de baile, marchaba la gente «distinguida», con +parsimonia, como en una procesión, mirando con el rabillo del ojo a los +que estaban en las compactas filas de sillas, o deteniéndose un instante +para contemplar las parejas que danzaban en los pabellones. + +Juanito, confundido entre este público e insensible a las cosas de este +mundo, lo encontraba todo feo y ridículo con su pesimismo feroz. + +Aquellos pabellones, que vistos con un poco de buena voluntad a la luz +artificial recordaban los palacios deslumbrantes de las leyendas, +parecíanle ridículas barracas. Y luego, ¡qué asco le producían los +imbéciles que en aquellos salones al aire libre bailaban como monigotes, +sin advertir que el gentío se divertía con sus saltos! + +En uno de aquellos pabellones estaría su hermano Rafael. Y el muy +imbécil tal vez se divertiría, tal vez estarían con él las hermanitas, y +todos juntos mirarían con desprecio a la gente que se pasea por bajo, +sin pensar que de allí podría salir un acusador anónimo que les gritara: +«¡Todo ese lujo, esa altivez que ostentáis, son debidos a la trampa, a +la desvergüenza, a que vuestra madre es una...!» + +No; decididamente, él no podía seguir paseando por aquella parte de la +feria. Volvían a reaparecer las tristes ideas de la tarde; pensaba otra +vez en su madre. Además, de seguir por cerca de los pabellones, estaba +expuesto a encontrarse con su familia, con el señor Cuadros, con +cualquiera otro que le hiciera acordarse de lo que él tenía empeño en +olvidar. + +Huyó de aquellos sitios, dirigiéndose al final de la feria, donde +estaban los _restaurants_ al aire libre, las buñolerías apestando el +ambiente con el aceite frito de sus fogones, y las rifas, cuyos dueños +atraían con furiosos gritos a la gente, prometiendo una fortuna. Más +allá estaban los vendedores de sandías, voceando tras sus montones de +verdes bombas; las mesas de comida barata, donde cenaban chorizos crudos +y morcillas secas los soldados y los labradores; y al final, los +barracones de espectáculos: _El teatro mágico_, _La mujer gorda_, _Los +perros sabios_, con órganos a la puerta que hacían sonar una música +extravagante, propia de una fiesta de caníbales. Juanito, con los +nervios excitados, acabó por huir, refugiándose en los jardinillos a la +inglesa que la gente llama «el Plantío». + +Volvió a encontrarse como en las Alamedas de Serranos, en una soledad +relativa, mirando desde su banco la agitación de la feria y contemplando +el cielo a través de las copas de los árboles, cuyas hojas, bañadas por +el reflejo de la luz artificial, cambiaban su tono verde por un plateado +mate. + +Allí, por un extraño capricho de su imaginación, pensó en los negocios. +Recordaba las noticias que le habían dado aquella tarde en la Bolsa. La +ruina era indudable. ¡Bien les había dejado el célebre banquero con su +pretendida infalibilidad! + +Su principal, el señor Cuadros, podía tenerse por hombre al agua. En +cuanto a él, daba por perdida una gran parte de su fortuna, y únicamente +confiaba en los valores del Estado que por encargo suyo había adquirido +el señor Morte. Eran unos tres mil duros, y con esta cantidad pensaba +encontrar la salvación. + +El optimismo tornaba a apoderarse de su ánimo, como una reacción +necesaria tras tantas horas de insufrible dolor. Aún tenía salvación. Se +alejaría de aquella familia que sólo era en apariencia suya, pero a la +cual no le ligaba lazo alguno; se casaría con Tónica, buscaría una +tienda modesta y emprendería otra vez la conquista azarosa y difícil del +dinero, teniendo por maestro a don Eugenio y siguiendo los +procedimientos lentos y rutinarios del comercio a la antigua. + +No sería millonario, no soñaría con palacios en el Ensanche y brillantes +trenes de lujo; pero al llegar a la vejez se pasearía por una tienda +acreditada, con zapatillas bordadas, gorro de terciopelo y la +prosopopeya de un honrado patriarca, viendo a los hijos talludos tras el +mostrador, como activos dependientes, y a Tónica, hermosa a pesar de los +años, con el pelo blanco y los ojos de dulce mirada animándole el +arrugado rostro. + +Y el pobre muchacho conmovíase ante este cuadro de futura felicidad; y +así como antes el dolor le hacía llorar, ahora suspiraba con angustia a +causa de la alegría. + +Cruzó el espacio un silbido rápido, estridente, un ruido semejante al +desgarro de inmensa sábana, y en lo más alto del cielo, después de una +detonación de lejano cañonazo, esparcióse un haz de puntos luminosos de +diversos colores, que descendieron lentamente, dejando tras sí +culebrillas de fuego. + +Eran los cohetes voladores que anunciaban el disparo de los fuegos +artificiales. Juanito, con la atención de un muchacho, seguía las +vertiginosas curvas de aquellas veloces rayas de fuego en el obscuro +espacio. Cuando comenzaron a arder con gran estruendo los fuegos +artificiales en un extremo de la feria, él no abandonó su asiento. +Estaba molido; sus piernas entumecidas negábanse a obedecerle, y la +debilidad y el cansancio le producían, en ciertos momentos, algo así +como asomos de vértigo. + +Toda la feria adquiría un aspecto fantástico alumbrada por las bengalas, +que tan pronto la coloreaban de alegre rosa como daban a las personas un +tinte lívido. + +Un rugido de entusiasmo saludó el principio de la _traca_, diversión +favorita de un pueblo que ha heredado de los moros la afición a correr +la pólvora. Pendiente de los árboles daba la vuelta al largo paseo +aquella envoltura de papel rellena de pólvora, colgando a trechos los +blancos cucuruchos que contenían los truenos. + +Durante media hora repitió el eco aquel estruendo de batalla. Las +mujeres, puestas de pie sobre las sillas, miraban con nerviosa +curiosidad la nube de humo erizada de relámpagos que se acercaba, +dejando tras sí un ambiente cargado de azufre y voladoras pavesas; y +cuando el estruendo llegaba frente a ellas, cubríanse los rostros con +los abanicos, hundían la cabeza en el pecho, o sin dejar de reír, +llevábanse las manos a los oídos, como si no pudieran resistir el trueno +continuo, cuya intensidad subía o bajaba, llegando en algunos instantes, +con la violencia de la explosión, a hacer el vacío, dejando sin aire los +pulmones. + +La fiebre levantina enloquecía a los nietos de los rífenos, y eran +muchos los que, con la blusa chamuscada, sacudiéndose la lluvia de +pavesas, corrían siguiendo la marcha del fuego, deteniéndose para silbar +al pirotécnico cuando la _traca_ se cortaba, apagándose por algunos +segundos. Con la violencia de las explosiones saltaban hechos añicos los +globos de vidrio del alumbrado de gas; el azufre colábase por todas las +gargantas, llevando al fondo de los estómagos su sabor insufrible; pero +todo entraba en la diversión, y al final, cuando estallaba el trueno +gordo, haciendo temblar el suelo de la feria, la gente menuda prorrumpía +en estruendosa aclamación, despertando de la pesadilla belicosa que la +había enardecido durante media hora. + +Al terminar la _traca_, Juanito salió de la feria. Tenía prisa en +llegar a casa antes que su familia. Reconocíase sin fuerzas para +resistir la presencia de su madre. Carecía de costumbre en el +fingimiento, y la expresión de su rostro le haría traición. Además, +sentíase muy débil. Como los seres nerviosos que después de un esfuerzo +extraordinario caen en desaliento mortal, él, tras la tarde de agitación +y la noche pasada en los bancos del paseo, sufriendo el húmedo relente, +sentíase enfermo. Su estómago le atormentaba, recobrando sus funciones +después de la crisis nerviosa. + +Cuando llegó a su casa y Visanteta le abrió la puerta, no pudo contener +un gesto de asombro al ver que el salón estaba iluminado. + +Entró. Allí estaban su familia y la del señor Cuadros, pero todos +silenciosos, ceñudos, con la cabeza inclinada, como si en la vecina +alcoba hubiese un muerto al que velaban. Juanito husmeó en el ambiente +algo terrible e inesperado, y se olvidó de todo, atento únicamente a +conocer el misterio. Fue a preguntar, pero el señor Cuadros le atajó +poniéndose en pie y avanzando con los brazos abiertos, con expresión +paternal y desesperada. + +--¡Ay, hijo mío! Estamos perdidos. Ese Morte es un pillo. + +¡Eh! ¿Qué era aquello...? Pero la extrañeza del joven duró muy poco, +pues el señor Cuadros hablaba con la verbosidad de la desesperación. + +La cosa había ocurrido al anochecer. Primero la noticia circuló +tímidamente por la Bolsa, pero poco después la sabía toda la ciudad. El +célebre banquero don Ramón Morte había desaparecido, produciendo la +consternación en centenares de familias. Unos decían que era un farsante +que había huido para comerse en el extranjero los millones robados a sus +clientes con la hipócrita comedia de su sencillez y su filantropía; +otros aseguraban que era un desgraciado, un iluso, que, enloquecido por +anteriores triunfos, se había empeñado en sostenerse a la baja, +perdiendo su capital y el de sus admiradores, para huir al fin, pobre y +avergonzado, sin que su deshonra le valiera nada. Lo cierto era que +desde el anochecer, toda una procesión de clientes, anonadados unos y +amenazantes otros, entraban en las oficinas del banquero, no encontrando +otra cosa que las mesas abandonadas y algunos empleados quejumbrosos y +todavía no convencidos de la ruina de su principal. + +Juanito quedó clavado en el suelo por el asombro, con los ojos +desmesuradamente abiertos, mirando a un lado y a otro, sin ver nada. Los +demás seguían cabizbajos, oyendo por centésima vez la relación del señor +Cuadros, que parecía enloquecido por la ruina. + +--¡Sí, hijo mío! Yo también he estado allí. Aquello es una desolación. +Estamos a fin de mes y hay que pagar en seguida. ¡Oh, ese hombre! ¡Ese +pillo! ¡Da lástima ver tanto desesperado, tantos padres de familia +dispuestos a matarse o a matar a ese granuja si le pillan! El muy ladrón +debió saber antes que nadie lo de la baja, y... ¡échale un galgo! ¡Dios +sabe dónde estará ahora! + +Juanito fue a preguntar algo, con la timidez del que espera una terrible +noticia, pero su principal siguió hablando. + +--¿Y yo, Juanito mío? ¿Cómo me quedo yo...? Arruinado para siempre, +perdido, y lo que es peor, deshonrado. No tengo la cabeza para cuentas, +pero he calculado a la ligera lo que debo a los corredores, y ni con la +tienda ni con mis fincas tendré para pagar la mitad. ¿Qué hago, Dios +mío, qué hago...? Para comer tendré que pedir a algún compañero que me +admita de dependiente; y esto, a la vejez, es para pegarse un tiro. + +Y Cuadros tenía los ojos vidriosos, faltándole poco para romper a +llorar. No era su próxima degradación lo que más lamentaba, sino la +pérdida de los placeres con que le había tentado la riqueza improvisada. + +--Pero ¿y yo?--dijo por fin Juanito--. ¿En qué situación quedo? + +--¿Tú...? ¡Pareces tonto! La ruina es igual para todos. Únicamente +tienes sobre mí la inmensa ventaja de ser joven y carecer de mujer e +hijos.... ¡Ay, quién estuviera en tu piel! + +--Pero yo--dijo el joven con la tenacidad del que se agarra a una +esperanza--, yo no sólo jugaba a la Bolsa. Don Ramón tenía en su poder +más de tres mil duros míos en títulos del Estado. ¿Qué se han hecho? + +Cuadros lanzó una carcajada, que, en fuerza de querer ser irónica, +resultaba espeluznante. + +--Espera sentado tus tres mil duros--exclamó con brutalidad--; eso de +los valores públicos es una mentira. Ahora se ha descubierto que el tal +don Ramón no compraba papel, y cuando le daban una cantidad con tal +destino la dedicaba a la Bolsa, cuidando de entregar los intereses al +cliente, como si en realidad existiesen los títulos. ¿Quieres saber que +hay de esos tres mil duros? Pues que los has perdido. ¿No me dijiste que +tu novia le entregó ocho mil reales? Pues los has perdido también.... +¡Cristo! Hemos sido unos brutos, y ahora, en justo castigo, nos quedamos +en la miseria, y muchas gracias si en alguna tienda nos quieren admitir +de bestias de carga. + +Y Cuadros, furioso, iba de un extremo a otro del salón manoteando, +gozándose cruelmente en pintar a su discípulo toda la grandeza de su +ruina. Juanito estaba inmóvil por el estupor. ¡Dios sabe lo que pasó en +aquellos momentos ante sus ojos, fijos, sin luz y desmesuradamente +abiertos como los de un ciego! + +De pronto, doña Manuela abandonó su asiento al ver a su hijo vacilar, +llevándose las manos al pecho y retroceder como si buscase apoyo. + +Intentó cogerlo por los brazos; pero el pobre muchacho se estremeció, +lanzando una mirada a su madre, que despertó en ella vergonzosas +sospechas. + +--No, no me toque usted, mamá: ¡lejos...! no necesito a nadie... estoy +bien. + +Y cayó como un fardo sobre el mismo sofá en el que por la tarde había +visto la arrugada chaqueta como impasible acusadora del adulterio. + + + + +XII + + +Juanito se moría. + +Toda la noche la pasó tendido en su cama como una masa inerte, con la +pesada cabeza hundida en las sábanas, el rostro envejecido, la barba +alborotada y los ojos cerrados. + +El pecho elevábase acelerada y trabajosamente, como si dentro funcionara +una válvula vieja, y en la alcoba sonaba sin interrupción un ronquido +silbante, cual si a lo lejos estuviera una locomotora expeliendo el +vapor de sus calderas. La familia pasó toda la noche junto a la cama del +enfermo. + +Doña Manuela, a pesar de su ánimo varonil, estaba aturdida por el +asombro. Pero ¿cuándo se cansaría Dios de enviar desgracias sobre ella? +Primero la ruina del protector que sostenía el prestigio de la casa y la +de su hijo, con cuya fortuna contaba para casos extraordinarios, e +inmediatamente aquella enfermedad extraña, rápida como el rayo, que +mataba por anticipado al pobre joven, pues le tenía inmóvil e insensible +como un cadáver, sin otra vida que aquella respiración angustiosa que +parecía asfixiar a los demás. + +La desgracia reanimaba el sentimiento maternal, dormido durante tantos +años en el pecho de doña Manuela. Contemplaba a Juanito con igual +expresión que cuando era hijo único y gozaba de todas sus caricias. + +Con los ojos enrojecidos por un sordo lloriqueo, iba la madre de un +punto a otro de la alcoba cumpliendo lo dispuesto por los médicos, +preparando los sinapismos que aplicaba por debajo de las sábanas a las +míseras piernas del enfermo. + +Rafaelito habíase retirado a su cuarto en la madrugada, y las hermanas +permanecían clavadas en sus sillas, bostezando de cansancio, con un +gesto de extrañeza y de miedo, como si presintieran que la muerte +rondaba por la puerta de la alcoba. + +La madre indignábase al hablar de los médicos. ¡Vaya una gente +ignorante! Todo lo echaban en palabrotas raras e ininteligibles. Lo +único que había podido sacar en claro era que se trataba de una +congestión cerebral de las peores, y que el enfermo, por haber pasado a +la intemperie gran parte de la noche, se hallaba en... ¿cómo decían +aquellos tipos...? ¡Ah, sí! en un medio patogénico que había preparado +el efecto terrible de la mala noticia. + +Y no cabía dudar que el pobrecito se moría. Ninguno de los médicos había +dado a la madre la menor esperanza. A sus preguntas contestaban con +palabras que nada prometían; pero apenas estaban fuera de la alcoba, +meneaban la cabeza con triste expresión, como afirmando que nada les +quedaba que hacer allí. + +En medio de su dolor, la obsesionaba una idea cruel. Recordaba el +terrible momento en que Juanito había caído inerte al conocer su ruina. + +--No, no me toque usted, mamá.... + +En sus oídos sonaban estas palabras como si acabasen de ser +pronunciadas, y veía aún el gesto de repugnancia con que las había +acompañado. + +¿Qué cambio tan rápido era aquél, desde la adoración idolátrica a una +repulsión instintiva? ¿Sabría algo su hijo? Y la cruel sospecha de que +Juanito pudiera conocer el secreto de aquel lujo que la familia había +ostentado en medio de la ruina martirizaba a doña Manuela. Sólo la +suposición de que sus sospechas pudieran resultar ciertas la hacía +sentir intenso remordimiento. Por una preocupación extraña, doña Manuela +creía preferible que Rafaelito y hasta sus mismas hijas tuviesen +conocimiento cíe su deshonra, antes que aquel buenazo, vivo retrato de +su padre, para el cual cualquier impresión extraordinaria era la muerte. + +Quedábase unos instantes inmóvil ante el lecho, contemplando fijamente +al enfermo, como si en su rostro enrojecido e inmóvil pudiera leer algo +de lo que pensaba al rechazarla con tanta vehemencia. Entreabría los +párpados del enfermo y se fijaba en el ojo amarillento, opaco, sin vida, +no pudiendo encontrar en él un rastro del pensamiento que con tanto +interés buscaba. + +Así pasó toda la mañana. Las niñas se habían retirado a descansar, +fatigadas por el estertor incesante y penoso que las crispaba los +nervios. + +Doña Manuela estaba inmóvil, pensando en la sima que se abría a sus pies +y en la que iba a caer irremisiblemente, encontrando al final lo que +tanto la asustaba: la miseria. + +Bien adivinaba ella el concepto en que ahora la tenían las familias +amigas. En otras circunstancias, una enfermedad hubiese atraído +inmediatamente innumerables visitas; pero ahora todos debían saber lo de +la ruina, y de la casa que se derrumba todos huyen. + +Un asomo de cordura iniciábase en aquella mujer dominada por la vanidad +y la soberbia. Se había arruinado, había caído hasta en la deshonra por +hacer su papel en la comedia del mundo, y fuera de algunas +satisfacciones de su orgullo, ¿qué había sacado? Su Rafaelito era un +perdido: ahora lo comprendía; muy elegante, eso sí, pero inútil para +librar a la familia de la miseria. Sus hijas eran unas señoritas que +sólo habían aprendido a figurar como muñecas bien educadas en un salón, +y aun esto sin poder evitar cierta cursilería que saltaba a la vista +apenas salían de su esfera. Su Juanito, el paria de la casa, era el que +valía algo, y ahora estaba allí, agitando su pecho para escapar del +brazo de la muerte, cansado de sufrir desdenes y olvidos. + +Ahora veía claro. ¡Cuan tonta había sido! Pero todos sus propósitos de +enmienda desaparecieron por la tarde, cuando recibió la visita de su +hermano. + +Don Juan había jurado en todos los tonos no volver a poner los pies en +la casa de su hermana; pero al saber el estado de su sobrino se apresuró +a visitarlo. Amaba a Juanito. Su rompimiento con él fue un arrebato de +su carácter atrabiliario; pero por no mostrarse débil, permaneció +alejado, aunque sin dejar por esto de enterarse de la marcha de sus +negocios. Entró en la alcoba del enfermo con el ademán soberbio, el +cónico sombrero encasquetado y lanzando a su hermana una mirada de +desprecio. + +Hacía esfuerzos por aparentar rudeza y mal humor, como si se presentase +arrastrado por el deber y no por el cariño; pero el cerdoso bigote le +temblaba y los ojillos parpadeaban nerviosamente. El estertor fatigoso, +la inmovilidad del enfermo, las sombras cadavéricas que se extendían +sobre el rostro, marcando sus huecos con triste negrura y haciendo +destacar fúnebremente el perfil de la nariz, acabaron con la serenidad +del pobre viejo, arrancándole un grito que parecía salirle del alma: + +--¡Juanito...! ¡Niño mío...! ¿No me oyes...? Soy el tío Juan.... + +Y se abalanzó al rostro del enfermo, besando la sudorosa frente. Pero la +máscara barbuda y lívida que asomaba por el embozo de las sábanas +permaneció inmóvil. + +El viejo prorrumpió en sollozos. + +--Se acabó.... Esto es cosa hecha. Ya me lo ha dicho uno de los médicos, +pero necesitaba verlo para convencerme. Parece mentira.... ¡Un chico +como un castillo acabar tan pronto...! ¡Ay, cómo me duele ese +ronquido...! ¡Cristo! Parece que me rasgan algo aquí, dentro de los +pulmones. ¡Señor! ¡Qué justicia! Los carcamales como yo, buenos y +sanos, y ese chico que parecía comerse al mundo, camino del cementerio. + +Hubo una larga pausa. + +--Mujer, ya estarás contenta. Al fin has salido con la tuya. Te +estorbaba el chico, por ser hijo de quien es. + +--¡Yo!--gritó doña Manuela poniéndose en pie, con llamaradas en los ojos +y la majestuosa nariz agitada por la indignación. + +Aquel momento de silencio pareció una larga amenaza. El ronquido +angustioso del enfermo seguía sonando, cada vez más desgarrador. + +--Sí, mujer, tú. No te pongas tan soberbia, que no has de comerme. Tú +sabes que nos conocemos, y a mí no me asustas. Tú... sólo tú eres la +autora de esa muerte. ¿Crees que no estoy enterado de todo? El chico era +dócil, modesto, había bebido en buenas fuentes, era de nuestra escuela, +y toda su ilusión consistía en conquistarse una posición sin perder la +honra. Te quería demasiada, hubiera dado su sangre por ti, y eso es lo +que le ha perdido. Primero le hiciste firmar pagarés, contraer deudas, y +luego, su imbécil principal y tú, con el hambre del dinero, lo habéis +metido en esa ladronera que llaman Bolsa. Ha venido la ruina, y... +¡cataplum! ¡el chico a tierra...! ¿Quién tiene la culpa, mala madre? +¿Quién ha asesinado al muchacho, perra desvergonzada? + +--¡Juan...! ¡Juan!--gritó doña Manuela avanzando un paso con ademán +imponente, extendiendo las crispadas manos como si fuera a arañarle. + +--¿Qué hay...? ¿Qué quieres...? No me causas miedo. Los que somos +honrados decimos sin temor la verdad.... Ya veo que has llorado, pero a +mí no me engañan tus lagrimitas. No lloras por tu hijo; lo que te +entristece es la miseria que se aproxima, la ruina de tu _buen amigo_ +Cuadros. + +Don Juan subrayó con tanta expresión estas palabras, que su hermana dio +un paso atrás, palideciendo y bajando las amenazantes manos. + +--Parece que me has entendido. ¿Creías que también ignoraba yo esto? Lo +sé todo, hija mía, y digo que me avergüenzo de que lleves mi apellido. +Troné contigo cuando siendo viuda tuviste «aquello» con el doctor +Pajares. Entonces aún podías justificarte, pues al fin amabas algo a +aquel _perdis_.... Pero lo que no tiene excusa es que te hayas vendido, +que te hayas entregado como un pingajo de la calle. En mal camino estás, +Manuela, y ya es tarde para retroceder. Hay alguien que te castiga, +haciendo que la deshonra no pueda servirte de Dada. Has perdido tu +respetabilidad de mujer y ahora te hallas en los mismos apuros de antes, +pues ese imbécil de Cuadros es hombre al agua. Por cierto que, según me +han dicho, nadie puede encontrarle. Habrá huido, como su maestro el +farsante Morte, convencido de que lo que tiene no alcanza para pagar a +la décima parte de sus acreedores. Llora, hija mía, llora; de nada te ha +servido caer. + +Y doña Manuela lloraba, efectivamente, sin saber con certeza si sus +lágrimas las arrancaba el estado de su hijo, los insultos de su hermano +o aquella última noticia de la desaparición de Cuadros. + +El viejo continuaba hablando junto al lecho del enfermo, excitado por la +indignación, con voz sorda unas veces y gritando otras, de modo que +cubría aquel estertor angustioso. + +--Te lo vuelvo a repetir. No cuentes conmigo para nada. Si antes no te +quería porque eras una manirrota, menos te querré ahora que eres una... +no lo quiero decir. El único que podía esperar algo de mí es ese +pobrecito. Los cuatro cuartos que tengo eran para él; pero ahora... se +acabó. Nada espero y en nada confío. Gastaré lo que me queda; procuraré +darme buena vida, y si tengo que hacer por alguien, ya sé a quién me +dirigiré. + +Y volviéndose hacia el enfermo, díjole con expresión de ternura, como si +pudiera oírle: + +--¡Juanín...! ¡Hijo mío! Tu tío está aquí.... Márchate tranquilo, que +alguien queda para proteger a los que te amaban y habían de formar tu +familia. + +--¿Qué es eso...? ¿Qué dices? + +--Cállate; Juanín me entiende, a pesar de que parece muerto. No tardaré +en reunirme con él... por eso no lloro... no vale la pena; es una +separación de un par de años... un viaje. Pero cuando lo vea otra vez, +tengo la certeza de que me abrazará agradecido y me llamará ¡tiíto!, +como cuando era pequeño y pasaba los domingos jugando en los porches de +mi casa. + +Y don Juan, enternecido por los recuerdos, gimoteaba inclinado sobre +aquella cabeza lívida, en cuya frente caían las lágrimas del viejo, +mezclándose con el agónico sudor. + +De pronto debió arrepentirse don Juan de su debilidad; recordó sin duda +algún detalle irritante de la vida de su hermana aferrado tenazmente a +su memoria, y recobró el gesto de rudeza, mirando fijamente a doña +Manuela. + +--Oye bien lo que te digo. Cuando éste salga de aquí, no nos veremos +más. Él era lo único que me ligaba a vosotros, el que podía obligarme a +venir a esta casa. Andas muy mal, Manuela. Crees que tu última locura la +ignoran todos, y cuantos te conocen lo sospechan. ¡Quién sabe si este +pobrecito también estaba enterado y se va al otro mundo avergonzado de +su madre...! + +--¡Juan...! ¡Cállate por Dios...! ¡Me matas...! Doña Manuela gritó +horrorizada, cubriéndose el rostro con las manos. La sospecha que tanto +la molestaba reaparecía en boca de su hermano. Y tan grande era su +turbación, que hasta le pareció más ruidoso aquel estertor de agonía, +como si el moribundo contestase afirmativamente con su fatigoso +ronquido. + +--Sí, Manuela. Adivino lo que piensas. Tu hijo se muere, sin que tengas +la certeza de que marcha a un mundo mejor con su inocencia limpia de +toda sospecha, creyendo en su madre como yo creí siempre en la nuestra. +Ése será tu castigo; ése será tu remordimiento.... Vivirás intranquila. +Hasta ahora, el pobre Juanito apenas si ha merecido tu atención; pero la +muerte despertará en ti los instintos de madre, pensarás en él a todas +horas, le verás en sueños, y la sospecha de que tu hijo pudo conocerte +tal como eres amargará tu existencia.... ¡Ay, infeliz! Te compadezco, +pienso con horror en las noches que pasarás cuando esta cama esté vacía +y creas oír en las habitaciones los pasos de Juanito. ¡Cómo llorarás +cuando la miseria te acose, y esos cachorros de Pajares, que para nada +sirven, no te puedan dar el pan que Juanito se hubiera quitado de la +boca para ti...! + +Ahora sí que lloraba de veras doña Manuela. Pensaba en el remordimiento +horrible que le predecía su hermano, y más aún en aquella miseria que +tanto la asustaba. + +Tan visible era su desesperación, que don Juan calló, compadecido de su +hermana. Hubo un largo silencio. El viejo habíase sentado en una silla +baja, apoyando su espalda en el lecho, y con la cabeza inclinada parecía +sumido en dolorosa reflexión. Doña Manuela, lloriqueando, fijaba sus +ojos con expresión interrogante en el implacable hermano, como si le +pidiera misericordia. + +Transcurrió más de una hora sin que el silencio de la alcoba se +interrumpiera con otro ruido que el estertor angustioso y continuo del +enfermo. Doña Manuela levantábase para pasar una mano por la frente +sudorosa del enfermo, cada vez más fría, y volvía a ocupar su asiento, +mirando a lo alto con una expresión desesperada. Al angustioso +movimiento de los pulmones uníanse ahora nerviosos estremecimientos, +cada uno de los cuales parecía repercutir en los dos hermanos. + +Don Juan palidecía como si sufriera los movimientos dolorosos de aquel +cuerpo inerte, y miraba a su hermana con la misma expresión que si fuese +ella la que martirizara al enfermo. + +Entraron en la alcoba Amparo y Conchita, y al ver a su tío, con el +instinto de jóvenes precoces y conocedoras del mundo, se aproximaron a +él, besándole en la frente. Esto causó cierta impresión en el viejo, y +mientras las niñas, de pie junto a la cama, contemplaban con el ceño +fruncido y los labios apretados la agonía del pobre enfermo, don Juan +dijo a su hermana en voz muy baja y titubeando como si se arrepintiera +de su debilidad: + +--Óyeme, Manuela; por ti no haría nada... no lo mereces; pero a la vista +de esas pobres chicas me siento débil y no quiero que mi conciencia +cargue con un remordimiento. Son jóvenes, están mal educadas, la +conducta de su madre no puede servirles de buen ejemplo, y acostumbradas +al lujo, es fácil que, al verse en la miseria, se pierdan para +siempre.... No intentes contestarme; no me convencerás. Conozco adonde +se llega siguiendo ese camino en que os halláis.... Os protegeré, pero +ya sabes quién soy yo. Quiero que viváis, pero sin desórdenes, como +personas juiciosas y honradas. Que todo lo pasado sea como un sueño. No +tengo ahora la cabeza para cuentas, pero creo que arreglando tus +negocios todavía salvaré algún piquillo de tu embrollada fortuna, y con +esto y lo que yo os daré podréis vivir como viven esas personas honradas +y modestas a las que llamáis cursis despreciativamente.... Seréis +cursis, ¿lo entendéis? Más os prefiero así que convertidas en señoras +tramposas, que pierden hasta su honor por engañar al mundo. Y en cuanto +a ese Rafaelito, o estudiará, haciéndose hombre de provecho, o lo +arrojarás de tu casa.... Porque eso sí, hija mía: ¡yo no mantengo +pigres! + +Al anochecer murió Juanito. La válvula vieja y gastada que parecía mugir +dentro de su pecho fue aminorando lentamente el fatigoso movimiento. +Cesó el estertor, como si se cerraran los escapes de aquella locomotora +que sonaba a lo lejos; y al quedar la alcoba envuelta en un silencio +fúnebre estallaron sollozos y lamentos en toda la casa. Hasta Visanteta +y la remilgada criadita lloriqueaban en la cocina al pensar que no +verían más al señorito campechano que alternaba con ellas, +complaciéndose en obedecer sus mandatos. + +Entre cuatro grandes cirios, sobre un tapiz fúnebre y tendido en el +acolchado fondo de una caja blanca y dorada como aquella que tanto le +había seducido, pasó Juanito la noche, velado por su hermano y por +Roberto, que de vez en cuando salían al balcón para fumar un cigarro. + +A la mañana siguiente llegaron las visitas: el desfile de levitas negras +y tupidos velos, el paso por aquella casa de los amigos y conocidos, +todos con la enguantada mano tendida, un gesto de amargura en el rostro +y la palabra de resignación guardada cuidadosamente para tales casos. + +La única nota tierna de aquella ceremonia fría y rutinaria fue el llanto +de dos mujeres enlutadas que entraron con timidez, apoyadas la una en la +otra. Nadie las conocía, pero iban acompañadas por don Juan. + +--¡No le veo... no le veo...!--gimoteaba tristemente la más vieja, +moviendo sus grandes ojos mates y sin luz. + +La más joven contemplaba fijamente, con estupor doloroso, la alborotada +barba del cadáver. + +--No, no te acerques, niña--dijo bondadosamente don Juan--. Sería una +impresión demasiado fuerte.... Sé lo que deseas. Tendrás su cabello; ya +arreglaré yo eso en el cementerio. + +Y don Juan, empujando dulcemente a Tónica y Micaela, las sacó del salón, +mostrando con ellas una solicitud paternal. Las gentes enlutadas que +estaban en torno del muerto conocían la rudeza del viejo, y extrañaban +su bondad. Las buenas burguesas se habían fijado en la dulce belleza de +Tónica, y sin dejar de mover los labios como si rezasen, murmuraron bajo +sus velos negros: + +--Será su querida. + +Sonaron en la plazuela el sordo rumor de muchos carruajes y los gritos +de los cocheros. Después un coro de voces lúgubres entonaron la primera +estrofa del _De profundis_. + +Ya estaba allí la parroquia, ¡Abajo el muerto! Y en el salón sonaron los +golpes del martillo sobre las tachuelas del féretro, que el eco repetía +con extraña sonoridad. En la plazuela, los balcones estaban repletos de +gente, como si esperase el paso de una procesión. En torno de la cruz de +plata agolpábanse los negros bonetes, las rizadas sobrepellices y las +lustrosas chisteras del acompañamiento. Allí estaba lo mejorcito de la +Bolsa. «Alcistas», que respiraban satisfacción por la reciente victoria; +los partidarios de la baja, mustios y desalentados, y los que ganaban +siempre, los corredores y sus ayudantes, gente joven y amiga de Juanito, +recordando con cierto enternecimiento las bromas que se permitían con +aquel barbudo de corazón de niño. + +En todo el camino, hasta la puerta de San Vicente, el fúnebre cortejo +fue una sesión ambulante de la Bolsa. Aquellos señores, sin acordarse +del motivo que les obligaba a andar por las calles en procesión, +hablaban de los negocios, de la fuga de Morte, con gran estallido de fin +de mes, y de la desesperada situación de los discípulos del famoso +banquero. + +El nombre de don Antonio Cuadros estaba en todas las bocas. Había huido +el día anterior, con el convencimiento de que no podía pagar sus deudas, +avergonzado sin duda de su ruina. Unos decían que había salido en el +expreso para Francia; otros que estaría en Barcelona o en Cádiz, +esperando ocasión para embarcarse en algún trasatlántico. En América +está el porvenir de los desesperados y de la gente arruinada. Teresa +debía saber dónde estaba su marido. La fuga era cosa convenida entre los +dos: por eso se mostraba ella tan tranquila. Habíase quedado con su hijo +en _Las Tres Rosas_, y a todos los que buscaban a don Antonio les +contestaban lo mismo. Estaba fuera y no tardaría en volver para arreglar +sus asuntos. + +Era la fuga del banquero Morte copiada en miniatura. Además, se hablaba +de que el señor Cuadros había comprometido en su ruina los ahorros de +don Eugenio, confiados a su custodia, y todos se compadecían del pobre +viejo. + +Podían esperar sentados los acreedores de Cuadros a que éste volviese. +Pero como entre ellos figuraban corredores de Bolsa, que se veían +gravemente comprometidos de no proceder inmediatamente contra el deudor, +en el cortejo fúnebre se hablaba de embargo, añadiendo que tal vez a +aquellas horas estaría el Juzgado haciendo el inventario de la tienda. + +Y era verdad. A las dos de la tarde entraban en _Las Tres Rosas_ unos +cuantos señores con papeles bajo el brazo, seguidos por un alguacil. En +todo el Mercado, la aparición de los pajarracos de la ley produjo honda +emoción. El comercio acreditado, sólido y a la antigua, que se cobijaba +en obscuras tiendas, experimentaba esa inquietud que la justicia +española despierta siempre en los hombres honrados, de tranquilas +costumbres. + +¡Qué aspecto el de _Las Tres Rosas_! Parecía la tienda un ser animado +que acogía la desgracia con un gesto de resignado dolor. La puerta +estaba sin adorno. Sólo algunas fajas y tiras de pañuelos obscuros +pendían de los balcones, balanceándolas el aire como sogas de ahorcado. +El escaparate tenía un aspecto de vetustez y abandono; el polvo de tres +días sombreaba los vivos colores de las telas; y hasta el emblema de la +casa, aquel maniquí vestido de labradora, parecía mirar al través de los +cristales la extensa y alegre plaza con ojos de muerto. En las puertas +de todas las tiendas aparecían las cabezas curiosas de los dependientes, +con la misma expresión que si presenciasen el último acto de un drama. +Los dueños, de pie en la entrada de sus establecimientos, volvían la +espalda a _Las Tres Rosas_ y fruncían el ceño, como si les doliese +presenciar aquella catástrofe. + +Apenas el Juzgado tomó asiento en la tienda, los pocos dependientes que +aún quedaban en ella, como fieles guardianes de la ruina comercial, +abalanzáronse a las puertas para cerrarlas, evitando de este modo la +expectación molesta de los curiosos. + +El escribano había subido al piso principal para hacer ante la esposa de +Cuadros las notificaciones consiguientes antes de comenzar el embargo. +Un hombre salió de la trastienda con paso acelerado, como si le +persiguieran. + +--¡Don Eugenio!--exclamaron los dependientes--. ¿Adonde va usted...? + +--Dejadme, muchachos. Ya me ha dicho el señor de arriba que no me +marche.... Pero primero me matan que me quedo. Yo no puedo seguir +aquí... ésta no es mi casa.... ¡Dejadme pasar...! ¡Abrid la puerta...! + +Y el pobre octogenario, con su arrugado rostro de una palidez de marfil, +tembloroso y flácido, sin el bastón-muleta que le ayudaba ordinariamente +en su marcha, los ojos inyectados de sangre y los ademanes +descompuestos, parecía un pobre loco. + +Pasó por entre los dependientes de la tienda y del Juzgado, +atropellándolos con su débil cuerpo, que parecía fortalecido y vibrante +por la indignación; y empujando con el pie una puerta entreabierta, +salió de la tienda. + +A aquella hora, la plaza del Mercado estaba bañada por el ardiente sol +de una tarde de verano. Las moscas, revoloteando en la atmósfera de luz, +brillaban como movibles chispas de oro; los tejados destacaban sus +agudos contornos sobre el espacio azul y límpido. Frente al Principal, +un grupo de soldados comía melones; en las puertas de las tiendas +asomaban los dependientes curiosos; un corro de granujillas del Mercado +jugaba a las chapas frente a los pórticos, y el resto de la plaza estaba +solitario, con las aceras limpias de cestones y toldos, tostándose sus +baldosas con aquella luz intensa y deslumbrante que lo caldeaba todo. + +Don Eugenio andaba sin saber adonde dirigirse. Le temblaban las piernas, +pasaban tenues nubecillas ante sus ojos y veía confusamente a los dueños +de las tiendas, que le seguían con un gesto de compasión o le llamaban +con amistosas señas. + +--No, no iré... Yo no tengo derecho a entrar en vuestras casas. Sois los +hijos, los sucesores de aquellos comerciantes de mi casta, viejos +compañeros que antes morían que faltar a la honradez. No podría entrar +en vuestras tiendas: soy el dueño de _Las Tres Rosas_, un quebrado, uno +a quien embargan y que ningún comerciante honrado puede considerar como +amigo.... ¡Ay, mi pobre tienda...! ¡Te has lucido, Eugenio! Sesenta +años de honradez inquebrantable, llegar a una edad a que pocos llegan, y +todo ¿para qué? Para ver desmoronarse en un día lo que tanto me costó de +edificar.... Pero ¿en qué tiempos estamos? ¿Qué hombres son estos que se +juegan el porvenir, la tranquilidad de la familia, que pierden la honra +y huyen tan frescos? La maldita ambición de subir y el salirse de la +esfera los pierde a todos.... Ésta no es mi época.... Soy un muerto que +por milagro sobrevive.... Mis compañeros, mis amigos, hace ya muchos +años que se pudren en la tierra.... Allí debía estar yo. Juanito, ese +chico, es quien lo ha entendido.... ¡Claro! Aunque dócil, era también de +los nuestros, y ha preferido irse. ¡Ay, Señor! ¿Para esto me habéis +conservado la vida...? ¡Llevadme, llevadme pronto...! + +Y agitado en su interior por estos pensamientos, avanzaba penosamente, +trazando zigzags como si estuviera ebrio, cada vez más pálido y +extendiendo sus brazos al pedir mentalmente que lo arrancasen del mundo. + +Había llegado frente a San Juan, y su mirada, cada vez más indecisa y +obscura, se fijó en la célebre veleta, en el pajarraco que doraba el +sol, dándole el brillo de un ave del Paraíso. + +--Aquí fue.... Como un perro me dejaron los míos.... He trabajado mucho, +¿y qué? Pobre y hambriento me abandonaron, y después de setenta años me +encuentro igual en el mismo sitio. ¡Hermoso porvenir...! Sea usted +honrado, trabaje usted mucho, para verse arruinado, sin otro recurso que +pedir limosna en la puerta de San Juan a los hijos de mis amigos.... +¡Ay, mi pobre tienda...! Ha naufragado el barco, y el capitán debe +morir. ¿Dónde está la veleta...? ¿Se la han llevado...? ¡Qué aprisa +anochece...! ¡Cómo me rueda la cabeza...! ¡Viejo, que te caes...! +¡Señor...! ¡Señor...! ¡Así! + +La caída fue instantánea. + +Primero se doblaron sus rodillas, quedando de hinojos en aquel lugar +donde su padre le había abandonado setenta años antes; después cayó de +bruces en la acera. + +Los que en tropel salieron de todas las tiendas aún pudieron presenciar +la agonía del último veterano del Mercado. + +_Valencia_, _1894_. + +FIN + + + + + +End of Project Gutenberg's Arroz y tartana, by Vicente Blasco (Ibáñez) Ibanez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ARROZ Y TARTANA *** + +***** This file should be named 16413-8.txt or 16413-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/6/4/1/16413/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at https://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + +*** END: FULL LICENSE *** + diff --git a/16413-8.zip b/16413-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..2abbf26 --- /dev/null +++ b/16413-8.zip diff --git a/16413-h.zip b/16413-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..6fc7394 --- /dev/null +++ b/16413-h.zip diff --git a/16413-h/16413-h.htm b/16413-h/16413-h.htm new file mode 100644 index 0000000..f51bd58 --- /dev/null +++ b/16413-h/16413-h.htm @@ -0,0 +1,10397 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of Arroz y tartana, by Vicente Blasco Ibáñez + </title> + <style type="text/css"> +/*<![CDATA[ XML blockout */ +<!-- + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + } + P {text-indent: 2% } + P.noindent {text-indent: 0% } + h1,h2,h3,h4,h5,h6 { + text-align: center; /* all headings centered */ + clear: both; + } + hr { width: 33%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; + } + a:link {color: blue; text-decoration: none; } + link {color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {color: red } + body{margin-left: 15%; + margin-right: 15%; + } + .center {text-align: center;} + // --> + /* XML end ]]>*/ + </style> + </head> +<body> + + +<pre> + +Project Gutenberg's Arroz y tartana, by Vicente Blasco Ibáñez + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Arroz y tartana + +Author: Vicente Blasco Ibáñez + +Release Date: August 2, 2005 [EBook #16413] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ARROZ Y TARTANA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + +</pre> + +<h1>VICENTE BLASCO IBAÑEZ</h1> +<hr style="width: 65%;" /> +<h1><big>ARROZ Y TARTANA</big></h1> +<hr style="width: 65%;" /> +<h4>PLAZA & JANES, S. A. EDITORES</h4> +<h4>Portada de C. SANROMA</h4> +<h4>Primera edición: Enero, 1978</h4> +<h4>Editado por PLAZA & JANES, S. A., Editores</h4> +<h4>Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)</h4> +<h4>Printed in Spain--Impreso en España</h4> +<h4>ISBN: 84-01-480124</h4> +<h4>GRÁFICAS GUADA, S, A.--Virgen de Guadalupe, 33</h4> +<h4>Esplugas de Llobregat (Barcelona)</h4> +<hr style="width: 65%;" /> +<h3>Capítulos:</h3> +<div class="center"> +<a href="#I"><b>I,</b></a> +<a href="#II"><b>II,</b></a> +<a href="#III"><b>III,</b></a> +<a href="#IV"><b>IV,</b></a> +<a href="#V"><b>V,</b></a> +<a href="#VI"><b>VI,</b></a> +<a href="#VII"><b>VII,</b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII,</b></a> +<a href="#IX"><b>IX,</b></a> +<a href="#X"><b>X,</b></a> +<a href="#XI"><b>XI,</b></a> +<a href="#XII"><b>XII</b></a> +</div> +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="I" id="I"></a>I</h2> + +<p>A las tres de la tarde entró doña Manuela en la plaza del Mercado, +envuelto el airoso busto en un abrigo cuyos faldones casi llegaban al +borde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al puño y +velado el rostro por la tenue blonda de la mantilla.</p> + +<p>Tras ella, formando una pareja silenciosa, marchaban el cochero y la +criada: un mocetón de rostro carrilludo y afeitado que respiraba brutal +jocosidad, luciendo con tanta satisfacción como embarazo los pesados +borceguíes, el terno azul con vivos rojos y botones dorados y la gorra +de hule de ancho plato, y a su lado una muchacha morena y guapota, con +peinado de rodete y agujas de perlas, completando este tocado de la +huerta su traje mixto, en el que se mezclaban los adornos de la ciudad +con los del campo.</p> + +<p>El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a la +espalda, tenía la expresión resignada y pacienzuda de la bestia que +presiente la carga. La muchacha también llevaba una cesta de blanco +mimbre, cuyas tapas movíanse al compás de la marcha, haciendo que el +interior sonase a hueco; pero no se preocupaba de ella, atenta +únicamente a mirar con ceño a los transeúntes demasiado curiosos o a +pasear ojeadas hurañas de la señora al cochero o viceversa. Cuando, +doblando la esquina, entraron los tres en la plaza del Mercado, doña +Manuela se detuvo como desorientada.</p> + +<p>¡Gran Dios...! ¡cuánta gente! Valencia entera estaba allí. Todos los +años ocurría lo mismo en el día de Nochebuena. Aquel mercado +extraordinario, que se prolongaba hasta bien entrada la noche, resultaba +una festividad ruidosa, la explosión de alegría y bullicio de un pueblo +que entre montones de alimentos y aspirando el tufillo de las mil cosas +que satisfacen la voracidad humana, regocijábase al pensar en los +atracones del día siguiente. En aquella plaza larga, ligeramente +arqueada y estrecha en sus extremos, como un intestino hinchado, +amontonábanse las nubes de alimentos que habían de desparramarse como +nutritiva lluvia sobre las mesas, satisfaciendo la gigantesca gula de la +Navidad, fiesta gastronómica, que es como el estómago del año.</p> + +<p>Doña Manuela permaneció inmóvil algunos minutos en la bocacalle. Parecía +mareada y confusa por el ruidoso oleaje de la multitud; pero en +realidad, lo que más la turbaba eran los pensamientos que acudían a su +memoria. Conocía bien la plaza; había pasado en ella una parte de su +juventud, y cuando de tarde en tarde iba al Mercado por ser víspera de +festividad en que se encendían todos los hornillos de su cocina, +experimentaba la impresión del que tras un largo viaje por países +extraños vuelve a su verdadera patria.</p> + +<p>¡Cómo estaba grabado en su memoria el aspecto de la plaza! La veía +cerrando los ojos y podía ir describiéndola sin olvidar un solo detalle. +Desde el lugar que ocupaba veía al frente la iglesia de los Santos +Juanes, con su terraza de oxidadas barandillas, teniendo abajo, casi en +los cimientos, las lóbregas y húmedas covachuelas donde los hojalateros +establecen sus tiendas desde fecha remota. Arriba, la fachada de piedra +lisa, amarillenta, carcomida, con un retablo de gastada es cultura, dos +portadas vulgares, una fila de ventanas bajo el alero, santos +berroqueños al nivel de los tejados, y como final, el campanil +triangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido y +descompuesto, rematado todo por la fina pirámide, a cuyo extremo, a +guisa de veleta y posado sobre una esfera, gira pesadamente el pájaro +fabuloso, el popular <i>pardalòt</i> con su cola de abanico.</p> + +<p>En el lado opuesto la Lonja de la Seda, acariciada por el sol de +invierno y luciendo sobre el fondo azul del cielo todas las +esplendideces de su fachada ojival. La torre del reloj, cuadrada, +desnuda, monótona, partiendo el edificio en dos cuerpos, y éstos +exhibiendo los ventanales con sus bordados pétreos; las portadas que +rasgan el robusto paredón, con sus entradas de embudo, compuestas de +atrevidos arcos ojivales, entre los que corretean en interminable +procesión grotescas figurillas de hombres y animales en todas las +posiciones estrambóticas que pudo discurrir la extraviada imaginación de +los artistas medievales; en las esquinas, ángeles de pesada y luenga +vestidura, diadema bizantina y alas de menudo plumaje, sustentando con +visible esfuerzo los escudos de las barras de Aragón y las enroscadas +cintas con apretados caracteres góticos de borrosas inscripciones; +arriba, en el friso, bajo las gárgolas de espantosa fealdad que se +tienden audazmente en el espacio con la muda risa del aquelarre, todos +los reyes aragoneses en laureados medallones, con el casco de aletas +sobre el perfil enérgico, feroz y barbudo; y rematando la robusta +fábrica, en la que alternan los bloques ásperos con los escarolados y +encajes del cincel, la apretada rúa de almenas cubiertas con la antigua +corona real.</p> + +<p>Frente a la Lonja, el Principal, pobrísimo edificio, mezquino cuerpo de +guardia, por cuya puerta pasea el centinela arma al brazo, con aire +aburrido, rozando con su bayoneta a los soldados libres de servicio, que +digieren el insípido rancho contemplando el oleaje de alimentos que se +extiende por la plaza. Más allá, sobre el revoltijo de toldos, el +tejado de cinc del mercadillo de las flores; a la derecha, las dos +entradas de los pórticos del Mercado Nuevo, con las chatas columnas +pintadas de amarillo rabioso; en el lado opuesto, la calle de las +Mantas, como un portalón de galera antigua, empavesada con telas +ondeantes y multicolores que las tiendas de ropas cuelgan como muestra +de los altos balcones; en torno de la plaza, cortados por las +bocacalles, grupos de estrechas fachadas, balcones aglomerados, paredes +con rótulos, y en todos los pisos bajos, tiendas de comestibles, ropas, +drogas y bebidas, luciendo en las puertas, como título del +establecimiento, cuantos santos tiene la corte celestial y cuantos +animales vulgares guarda la escala zoológica.</p> + +<p>En este ancho espacio, que es para Valencia vientre y pulmón a un +tiempo, el día de Nochebuena reinaba una agitación que hacía subir hasta +más arriba de los tejados un sordo rumor de colosal avispero.</p> + +<p>La plaza, con sus puestos de venta al aire libre, sus toldos viejos, +temblones al menor soplo del viento, y bañados por el rojo sol con una +transparencia acaramelada, sus vendedores vociferantes, su cielo azul +sin nube alguna, su exceso de luz que lo doraba todo a fuego, desde los +muros de la Lonja a los cestones de caña de las verduleras, y su vaho de +hortalizas pisoteadas y frutas maduras prematuramente por una +temperatura siempre cálida, hacía recordar las ferias africanas, un +mercado marroquí con su multitud inquieta, sus ensordecedores gritos y +el nervioso oleaje de los compradores.</p> + +<p>Doña Manuela contemplaba con fruición este espectáculo. Tachábase en su +interior de poco distinguida; pero... ¡qué remedio! por más que ella +tomase a empeño el transformarse, y obedeciendo a las niñas revistiera +un empaque de altiva señoría, siempre conservaba amortiguados y prontos +a manifestarse los gustos y aficiones de la antigua tendera que había +pasado lo mejor de su juventud en la plaza del Mercado. ¡Qué tiempos tan +dichosos los transcurridos siendo ella dueña de la tienda de <i>Las Tres +Rosas</i>! Si el dinero es la felicidad, nunca había tenido tanta como en +los últimos años que pasó entre mantas e indianas, sedas y percalinas, +arrullada a todas horas por el estrépito del Mercado y viendo por las +mañanas, al levantarse, el <i>pardalót</i> de San Juan.</p> + +<p>Y obsesionada por estos recuerdos, doña Manuela permanecía inmóvil en la +esquina, como asustada por el gentío, sin fijarse en las miradas poco +respetuosas que alguno que otro transeúnte le dirigía.</p> + +<p>Estaba próxima a los cincuenta años, según confesión que varias veces +hizo a sus hijas; pero era tan arrogante y bien plantada, unía a su +elevada estatura tal opulencia de formas, que todavía causaba cierta +ilusión, especialmente a los adolescentes, que con la extravagancia del +deseo hambriento sienten ante los desbordamientos e hinchazones de la +hermosura en decadencia la admiración que niegan a la frescura esbelta y +juvenil.</p> + +<p>La mitad de los polvos y menjurjes que sus niñas tenían en el tocador +los consumía la mamá, que en la madurez de su vida comenzó a saber como +se agrandan los ojos por medio de las rayas negras, cómo se da color a +las mejillas cuando éstas adquieren un fúnebre tinte de membrillo, y +cómo se combate el vello traidor que alevosamente asoma en el labio y en +la barba cual película de melocotón, convirtiéndose después en +espantosas cerdas. Acicalábase como una niña, guardando con su cuerpo +atenciones que no había tenido en su juventud. ¿Para quién se arreglaba? +Ni ella misma lo sabía. Era puro deseo de retardar en apariencia la +llegada de la vejez; precauciones, según propia afirmación, para no +parecer la abuela de sus hijas y para sentir una indefinible +satisfacción cuando en la calle echaban una flor descarriada a su garbo +de buena moza.</p> + +<p>En cambio, su criada era poco sensible a la galantería callejera. +Acogíala con un gesto de rústico desprecio, un fruncimiento de labios +desdeñoso: algo que mostrase la indignación de una castidad hasta la +rudeza, la insolencia de una virtud salvaje.</p> + +<p>Doña Manuela pareció decidida por fin a lanzarse en el viviente oleaje +de la plaza.</p> + +<p>—Vamos, Visanteta, no perdamos tiempo.... Tú, Nelet, marcha delante y +abre paso.</p> + +<p>Y el cazurro Nelet, siempre con aire de fastidio, comenzó a andar +hendiendo la muchedumbre al través, contestando dignamente con sus +brazos de carretero a los codazos y empujones y cubriendo con su +corpachón a la señora y la criada.</p> + +<p>La multitud, chocando cestas y capazos, arremolinábase en el arroyo +central; dábanse tremendos encontrones los compradores; algunos, al +mirar atrás, tropezaban rudamente con los mástiles de los toldos, y más +de una vez, los que con el cesto de la compra a los pies regateaban +tenazmente eran sorprendidos por el embate brutal y arrollador del +agitado mar de cabezas. Algunos carros cargados de hortalizas avanzaban +lentamente rompiendo la corriente humana, y al sonar el pito del tranvía +que pasaba por el centro de la plaza, la gente apartábase lentamente, +abriendo paso al jamelgo que tiraba del charolado coche, atestado de +pasajeros hasta las plataformas. Sobre el zumbido confuso y monótono que +producían los miles de conversaciones sostenidas a la vez en toda la +plaza, destacábanse los gritos de los vendedores sin puesto fijo, agudos +y rechinantes unos, como chillido de pájaro pedigüeño, graves y foscos +otros, como si ofreciesen la mercancía con mal humor.</p> + +<p>En medio de este continuo pregonar, entre la descarga de ofertas a grito +pelado, destacábanse algunas voces melancólicas y tímidas ofreciendo +«¡medias y calcetines!». Eran los sencillos aragoneses, golondrinas de +invierno que, al caer las primeras nieves que dejan el campo muerto y el +hogar sin pan, levantan el vuelo con su cargamento de lana, y desde el +fondo de la provincia de Teruel llegan, a Valencia, ofreciendo lo que la +familia fabrica durante el año. Eran los seres pacienzudos, honradotes +y laboriosos a quienes la insolencia valenciana designa con el apodo de +<i>churros</i>, título entre compasivo e infamante. Robustos, cargados de +espalda, con la cabeza inclinada como signo de perpetua esclavitud y +miseria, vélaseles pasar lentamente con su traje de paño burdo, estrecho +pañizuelo arrollado a las sienes, y entre éste y el abierto cuello de la +camisa el rostro rojizo, agrietado y lustroso, con espesas cejas y +ojillos de inocente malicia. Colgando de los brazos o en el fondo de dos +bolsones de lienzo, llevaban las medias de lana burda y asfixiante, los +calcetines ásperos que un puñal no podría atravesar. Es el capital de su +familia; lo que la mujer y las hijas han hecho unas veces al sol, +guardando las ovejas, y otras de noche, junto a los sarmientos humeantes +de la cocina. En la venta del burdo género están las patatas y el pan +para todo el año; y soñando con la inmensa felicidad de volver a casa +con una docena de duros, zapatos para las hijas y un refajo para la +mujer, pasean tristes y resignados por entre el gentío, lanzando a cada +minuto su grito melancólico como una queja: «¡Medias y calcetines...! +¡el mediero!»</p> + +<p>Doña Manuela iba mal por el arroyo. Causábanle náuseas los carros +repletos del estiércol recogido en los puntos de venta: hortalizas +pisoteadas, frutas podridas, todo el fermento de un mercado en el que +siempre hay sol.</p> + +<p>—Vamos a la acera—dijo a sus criados—. Compraremos primero las +verduras.</p> + +<p>Y subieron a la acera de la Lonja, pasando por entre los grupos de gente +menuda que, con un dedo en la boca o hurgándose las narices, contemplaba +respetuosamente los pastorcillos de Belén y los Reyes Magos hechos de +barro y colorines, estrellas de latón con rabo, pesebres con el Niño +Jesús, todo lo necesario, en fin, para arreglar un Nacimiento.</p> + +<p>Doña Manuela marchaba por el estrecho callejón que formaban las +huertanas, sentadas en silletas de esparto, teniendo en el regazo la +mugrienta balanza, y sobre los cestos, colocados boca abajo, las +frescas verduras. Allí, los obscuros manojos de espinacas; las grandes +coles, como rosas de blanca y rizada blonda encerradas en estuches de +hojas; la escarola con tonos de marfil; los humildes nabos de color de +tierra, erizados todavía de sutiles raíces semejantes a canas; los +apios, cabelleras vegetales, guardando en sus frescas bucles el viento +de los campos, y los rábanos, encendidos, destacándose como gotas de +sangre sobre el mullido lecho de hortalizas. Más allá, filas de sacos +mostrando por sus abiertas bocas las patatas de Aragón, de barnizada +piel, y tras ellos los <i>churros</i>, cohibidos y humildes, esperando quien +les compre la cosecha, arrancada a una tierra ingrata en fuerza de +arañar todo un año sus entrañas sin jugo.</p> + +<p>Doña Manuela comenzó sus compras, emprendiendo con las vendedoras una +serie de feroces regateos, más por costumbre que por economía. Nelet, +levantando las tapas de la cesta, iba arreglando en el interior los +manojos de frescas hortalizas, mientras la señora no dejaba tranquilo un +solo instante su limosnero, pagando en piezas de plata y recibiendo con +repugnancia calderilla verdosa y mugrienta.</p> + +<p>Ya estaba agotado el artículo de verduras; ahora a otra cosa. Y +atravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la del +Principal, donde estaban los vendedores del casquijo, ¡Vaya un estrépito +de mil diablos! Bien se conocía la proximidad de las escalerillas de San +Juan, con sus lóbregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros. Un +martilleo estridente, un incesante trac-trac del latón aporreado salía +de cada una de las covachuelas, cuyas entradas lóbregas, empavesadas con +candiles y farolillos, alcuzas y coberteras, todo nuevo, limpio y +brillante, recordaban las lorigas de aceradas escamas de los legionarios +romanos.</p> + +<p>Doña Manuela huyó de este estrépito, que la ponía nerviosa; pero antes +de llegar al Principal hubo de detenerse entre sorprendida y medrosa. En +el arroyo, la gente se arremolinaba gritando; algunos reían y otros +lanzaban exclamaciones indecentes, chasqueando la lengua como si se +tratara de una riña de perros. Asustada en el primer momento por las +ondulaciones violentas de la muchedumbre que llegaban hasta ella, no +sabía si huir u obedecer a su curiosidad, que la retenía inmóvil. ¿Qué +era aquello...? ¿Se pegaban? La multitud abrió paso, y veloces, con +ciego impulso, como espoleadas por el terror, pasaron una docena de +muchachas despeinadas, greñudas, en chancleta, con la sucia faldilla +casi suelta y llevando en sus manos, extendidas instintivamente para +abatir obstáculos, un par de medias de algodón, tres limones, unos +manojos de perejil, peines de cuerno, los artículos, en fin, que pueden +comprarse con pocos céntimos en cualquier encrucijada. Aquel rebaño +sucio, miserable y asustado, con la palidez del hambre en las carnes y +la locura del terror en los ojos, era la piratería del Mercado, los +parias que estaban fuera de la ley, los que no podían pagar al Municipio +la licencia para la venta, y al distinguir a lo lejos la levita azul y +la gorra dorada del alguacil, avisábanse con gritos instintivos, como +los rebaños al presentir el peligro, y emprendían furiosa carrera, +empujando a los transeúntes, deslizándose entre sus piernas, cayendo +para levantarse inmediatamente, abriendo agujeros en la masa humana que +obstruía la plaza. La gente reía ante esta desbandada al galope, +celebrando la persecución del alguacil. Nadie comprendía lo que era para +aquellas infelices la pérdida de su mísera mercancía, la desesperada +vuelta al tugurio paterno, donde aguardaba la madre dispuesta a +incautarse del par de reales de ganancia o a administrar una paliza.</p> + +<p>Doña Manuela también rió un poco, siguiendo con la vista la ruidosa +persecución que se alejaba, y entró después en el mercado de casquijo, +buscando las golosinas silvestres que la gente rumia con fruición en +Navidad, olvidándolas durante el resto del año. Los puestos de venta +llegaban hasta las mismas puertas del Principal; los compradores +codeábanse con el centinela, y los dos oficiales de la guardia, con las +manos metidas en el capote y las piernas golpeadas por el inquieto +sable, paseaban por entre el gentío buscando caras bonitas.</p> + +<p>Andábase con dificultad, temiendo meter el pie en las esteras de esparto +redondas y de altos bordes, en las cuales amontonábanse, formando +pirámide, las lustrosas castañas de color de chocolate y las avellanas, +que exhalaban el acre perfume de los bosques. Las nueces lanzaban en sus +sacos un alegre cloc-cloc cada vez que la mano del comprador las removía +para apreciar su calidad; y un poco más adentro, como un tesoro difícil +de guardar, estaba en pequeños sacos la aristocracia del casquijo, las +bellotas dulzonas, atrayendo las miradas de los golosos.</p> + +<p>Acababa de hacer su compra doña Manuela, cuando hubo de volver la cabeza +sintiendo en la espalda una amistosa palmada.</p> + +<p>Era un señor entrado en años, con un sombrero de cuadrada copa, de forma +tan rara, que debía pertenecer a una moda remota, si es que tal moda +había existido. Iba embozado en una capa vieja, por bajo de la cual +asomaba una esportilla de compras, y por encima del embozo de raído +terciopelo mostrábase su rostro lleno y colorado, en el que los detalles +más salientes, aparte de las arrugas, eran un bigote de cepillo y unas +cejas canosas, tan oblicuas, que hacían recordar los chinos de los +abanicos.</p> + +<p>—¡Juan!—exclamó doña Manuela.</p> + +<p>Visanteta dio con un codo al cochero y le habló al oído. Era don Juan, +el hermano de la señora, aquel de quien todos hablaban mal en casa, +aunque con cierto respeto, llamándole por antonomasia «el tío».</p> + +<p>Los ojillos de don Juan, inquietos e investigadores, revolvíanse en sus +profundas cuencas rodeadas de grietas. Mientras su mirada se perdía en +el fondo del capazo que Nelet tenía abierto a sus pies, decía con la +risita burlona que a doña Manuela, según confesión propia, le +«requemaba la sangre»:</p> + +<p>—De compras, ¿eh...? Yo también voy danzando por el Mercado hace más de +una hora. ¡Válgame Dios, cómo está todo! Comprendo que los pobres no +puedan comer.... Chica, si empiezas así vas a llevar a casa medio +Mercado.... Eso son bellotas, ¿verdad? Comida de ricos; quien puede +gasta. Eso sólo lo compra la gente de dinero.</p> + +<p>—¿Que tú no compras?—dijo doña Manuela sonriendo, a pesar de que no +ocultaba el efecto que le producían las palabras de su hermano.</p> + +<p>—¿Quién...? ¿yo...? ¡Bueno va! A mí nadie me estafa.</p> + +<p>Y al decir esto miró al vendedor con tanta indignación como si fuese un +enemigo del sosiego público; pero el palurdo, inmóvil y con las manos +metidas en la faja, no se dignó reparar en la ferocidad agresiva del +avaro.</p> + +<p>—Además—continuó don Juan—, ¿para qué quiero yo eso? Los que no +tenemos dientes hemos de abstenernos de muchas cosas; muchas gracias si +uno puede comer sopas de ajos y tiene con qué pagarlas.... Algo he +comprado: unas pocas castañas y nueces; pero no para mí, son para +Vicenta, que aunque ya es vieja tiene una dentadura envidiable. Poquita +cosa. Ya ves tú... para mí y la criada poco necesitarnos. Además, todo +va por las nubes, y dinero hay poco.... ¡Je, je...!</p> + +<p>Y el viejo reía como si gozase interiormente de repetir a su hermana en +todos los tonos que era muy pobre.</p> + +<p>—Vamos, cállate—dijo doña Manuela con voz temblorosa, sin ocultar ya +su irritación—. Me disgusto cada vez que te oigo hablar de pobreza; +sólo falta que me pidas una limosna.</p> + +<p>—Mujer, no te irrites.... No quiero hacer creer que necesito limosnas; +soy pobre, pero aún tengo para no morirme de hambre, y sobre todo, con +orden y economía, sin querer aparentar más de lo que realmente se tiene, +lo pasa cualquiera tan ricamente.</p> + +<p>Y estas palabras las subrayó el viejo con el acento y la mirada burlona +que fijaba en su hermana.</p> + +<p>—Juan, toda la vida serás un miserable. ¿De qué te sirve guardar tanto +dinero...? ¿Vas a llevarlo al otro mundo?</p> + +<p>—¿Yo...? Pienso retardar todo lo posible ese viaje, y tiempo me queda +para malgastar antes los cuatro cuartos que guardo.... No quiero que +nadie se ría de mí después de muerto.</p> + +<p>Doña Manuela púsose seria, más que por lo que decía su hermano, por lo +que adivinaba en su mirada. Tal vez por esto don Juan cambió de +conversación.</p> + +<p>—Di, Manuela, ¿y Juanito?</p> + +<p>—En la tienda. Si tengo tiempo entraré a verle.</p> + +<p>—Dile que venga mañana. Aunque sea un grandullón, no quiero privarme +del gusto de darle el aguinaldo como cuando era un chicuelo.</p> + +<p>El viejo, al decir esto, ya no mostraba la sonrisa irónica y parecía +hablar con sinceridad.</p> + +<p>—También irán a verte las niñas y Rafael.</p> + +<p>—Que vengan—contestó don Juan, en quien reapareció la mortificante +sonrisa—. Les daré una peseta de aguinaldos; lo único que se puede +permitir un tío pobre.</p> + +<p>—¡Calla, avaro...! Me avergüenzas. Eres capaz de morirte de hambre por +no gastar un céntimo.... ¿Por qué no vienes a comer con nosotros mañana?</p> + +<p>El tono festivo y cariñoso con que ella dijo estas palabras alarmó más a +don Juan que la seriedad irritada de momentos antes.</p> + +<p>—¿Quién...? ¿yo...? Tengo hechos mis preparativos; no quiero ofender a +mi vieja Vicenta, que se propone lucirse como cocinera. Mira, también yo +gasto, aunque soy un pobre.</p> + +<p>Y al decir esto, señalaba a un pillete mandadero, inmóvil a corta +distancia, con un capón gordo y lustroso en los brazos.</p> + +<p>Doña Manuela avanzó el labio superior en señal de desprecio.</p> + +<p>—¡Valiente compra! ¿Y eso es para todas las Pascuas? No te +arruinarás... ni llenarás mucho el estómago.</p> + +<p>—No todos son tan ricos como tú, marquesa, ni pueden ir a la compra con +un par de criados. Únicamente los que tienen millones pueden ser +rumbosos.</p> + +<p>Y tras estas palabras, que debían encerrar mortificante intención, don +Juan se despidió, como si deseara que su hermana quedase furiosa contra +él.</p> + +<p>—Adiós, Manuela; que compres mucho y bien.</p> + +<p>—Adiós, avaro....</p> + +<p>Y los dos hermanos se separaron sonriendo, como si cambiaran frases +cariñosas y en su interior rebosase el afecto.</p> + +<p>La señora siguió adelante, pasando por entre los puestos de la miel, +donde aleteaban las avispas, apelotonándose sobre el barniz de las +pequeñas tinajas.</p> + +<p>Doña Manuela iba siguiendo los callejones tortuosos formados por las +mesas cercanas al mercadillo de las flores. Allí estaba toda la +aristocracia del Mercado, la sangre azul de la reventa, las mozas guapas +y las matronas de tez tostada y espléndidas carnes, con su aderezo de +perlas y pañuelo de seda de vivos colores. Doña Manuela continuaba +haciendo sus compras, deteniéndose ante los productos raros y extraños +para la estación que puede ofrecer una huerta fecunda, cuyas entrañas +jamás descansan y que el clima convierte en invernadero. En lechos de +hojas estaban alineados y colocados con cierto arte los pimientos y +tomates, con sus rubicundeces falsas de productos casi artificiales; los +guisantes en sus verdes fundas; todo apetitoso y exótico, pero tan caro, +que al oír sus precios retrocedían con asombro los buenos burgueses que +por espíritu de economía iban al Mercado con la espuerta bajo la raída +capa.</p> + +<p>Los dos criados encontraban cada vez más pesadas sus cestas, y seguían +con dificultad a la señora al través del gentío compacto e inquieto que +se agitaba a la entrada del Mercado Nuevo, cuyos pórticos, en plena +tarde de sol, tenían la lobreguez y humedad de una boca de cueva.</p> + +<p>Allí era donde resultaba más insufrible el monótono zumbido del Mercado. +El techo bajo de los pórticos repercutía y agrandaba las voces de los +compradores. Un hedor repugnante de carne cruda impregnaba el ambiente, +y sobre la línea de mostradores ostentábanse los rojos costillares +pendientes de garfios, las piernas de toro con sus encarnados músculos +asomando entre la amarillenta grasa con una armonía de tonos que +recordaba la bandera nacional, y los cabritos desollados, con las orejas +tiesas, los ojos llorosos y el vientre abierto, como si acabase de pasar +un Herodes exterminando la inocencia.</p> + +<p>Mientras tanto, las cestas de Nelet y Visanteta se llenaban hasta los +bordes, y en el rostro de los dos criados iba marcándose el gesto de mal +humor. ¡Vaya una compra! El bolso de doña Manuela parecía un cántaro sin +fondo que iba regando de pesetas todo el Mercado.</p> + +<p>Abandonaron las carnicerías para entrar en el mercado de la fruta, entre +los dos pórticos. La gente arremolinábase en las entradas, y allí fue +donde doña Manuela se dio cuenta por primera vez de la molesta +persecución que sufría. Había sentido varias veces una tímida mano +deslizándose más abajo de su talle; pero ahora era más: era un pellizco +desvergonzado lo que venía a atormentarla audazmente en sus redondeces +de buena moza.</p> + +<p>Volvió rápidamente la cabeza... y ¡mire usted que estaba bien...! ¡Un +señor venerable, con cara de santito, entretenerse en tales porquerías! +Doña Manuela lanzó una mirada tan severa al vejete de rostro bondadoso, +que el sátiro retrocedió, levantando el embozo de la capa con sus +audaces manos.</p> + +<p>Siguió adelante la ofendida señora, pero a los pocos pasos la detuvo el +escándalo que estalló a su espalda. Sonó una bofetada y la voz de +Visanteta gritando a todo pulmón: «¡<i>Tío morra</i>!», repitiendo la frase +un sinnúmero de veces con la furia de una virtud salvaje que quiere +enterar a todo el mundo de su ruda castidad. La gente parábase entre +asombrada y curiosa, el cochero reía abriendo sus quijadas de a palmo, y +el vejete, cabizbajo, como si todo aquello no rezase con él, escurríase +discretamente entre el gentío. Era que la amazona de la huerta, al +sentir el primer pellizco del viejo pirata, había contestado con una +bofetada, contenta en el fondo de que alguien pusiera a prueba su +virtud.</p> + +<p>La señora la hizo callar, muy contrariada por el escándalo, y siguieron +la marcha, mientras Nelet, alegre por este incidente que rompía lo +monótono de las compras, preguntaba como un testarudo a la muchacha en +qué sitio la habían pellizcado, y sentía un escalofrío de gusto cada vez +que ella, ruborizándose, le llamaba «animal» y «descarado ».</p> + +<p>La peregrinación prosiguió a lo largo de unas mesas en las cuales, bajo +toldos de madera, estaban apiladas las frutas del tiempo: las manzanas +amarillas con la transparencia lustrosa de la cera; las peras +cenicientas y rugosas atadas en racimos y colgantes de los clavos; las +naranjas doradas formando pirámides sobre un trozo de arpillera, y los +melones mustios por una larga conservación, estrangulados por el cordel +que los sostenía días antes de los costillares de la barraca, con la +corteza blanducha, pero guardando en su interior la frescura de la nieve +y la empalagosa dulzura de la miel. A un extremo del mercadillo, cerca +del Repeso, los panaderos con sus mesas atestadas de libretas blancas y +morenas, prolongadas unas, como barcos, y redondas y con festones otras, +como bonetes de paje; y un poco más allá, los «tíos» de Elche mostrando +sus enormes sombreros tras la celosía formada por los racimos de dátiles +de un amarillo rabioso.</p> + +<p>Cuando la señora y sus criados volvieron a la gran plaza, detuviéronse +en la entrada del mercadillo de las flores. Un intenso perfume de +heliotropo y violeta salía de allí, perdiéndose en la pesada atmósfera +de la plaza.</p> + +<p>Doña Manuela estaba inmóvil, repasando mentalmente sus compras para +saber lo que faltaba. La muchedumbre se agitó con nervioso oleaje, +despidiendo gritos y carcajadas. Ahora, las chicuelas que vendían sin +licencia corrían perseguidas hacia la calle de San Fernando, y otra vez +el rebaño de la miseria, greñudo, sucio, con las ropas caídas, pasó +azorado y veloz con triste chancleteo, arrollándolo todo, mostrando la +palidez del hambre a la muchedumbre glotona y feliz.</p> + +<p>Doña Manuela dio sus órdenes. Podían regresar los dos a casa y volver +Nelet con la espuerta vacía. Quedaba por comprar el pavo, los turrones y +otras cosas que tenía en memoria. Ella aguardaría en la «tienda».</p> + +<p>Y esta palabra bastó para que la entendieran, pues en casa de doña +Manuela, la «tienda» era por antonomasia el establecimiento de <i>Las Tres +Rosas</i>, y fuera de ella no se reconocía otra tienda en Valencia.</p> + +<p>Colocada entre la calle de San Fernando y la de las Mantas, en el punto +más concurrido del Mercado, participaba del carácter de estas dos vías +comerciales de la ciudad. Era rústica y urbana a un tiempo; ofrecía a +los huertanos un variado surtido de mantas, fajas y pañuelos de seda, y +a las gentes de la ciudad las indianas más baratas, las muselinas más +vistosas. Ante su mostrador desfilaban la bizarra labradora y la modesta +señorita, atraída por la abundancia de géneros de aquel comercio a la +pata la llana que odiaba los reclamos, ostentando satisfecho su título +de <i>Casa fundada en 1832</i>, y cifraba su orgullo en afirmar que todos los +géneros eran del país, sin mezcla de tejidos ingleses o franceses.</p> + +<p>Doña Manuela detúvose al llegar frente a la tienda y abarcó su exterior +con una ojeada. Del primer piso, y cubriendo el rótulo ajado de la casa, +<i>Antonio Cuadros</i>, <i>sucesor de García y Peña</i>, colgaban largas cortinas +formadas de mantas que parecían mosaicos, orladas con complicados +borlajes y apretadas filas de madroños; fajas obscuras, matizadas a +trechos con gorros rojos y azules prendidos con alfileres; pañuelos de +seda con piezas de docena, ondulados como nacarado oleaje, y percales +estampados, mostrando pájaros fantásticos y ramajes quiméricos con +rabiosos colorines que conmovían placenteramente a las bellezas de la +huerta.</p> + +<p>En el escaparate central estaba la muestra de la casa, lo que había +hecho famoso al establecimiento: un maniquí vestido de labradora, con +tres rosas en la mano, que al través del vidrio, mirando a los +transeúntes con ojos cristalinos, les enviaba la sonrisa de su rostro de +cera, punteado por las huellas de cien generaciones de moscas.</p> + +<p>Doña Manuela entró en la tienda. El mismo aspecto de otros tiempos, +aunque con cierto aire de restaurada frescura. La anaquelería, de madera +vieja, atestada de cajas; sobre el mostrador telas y más telas +extendidas sin compasión hasta barrer el suelo; dependientes con el pelo +aceitoso y las brillantes tijeras asomando por la abertura del bolsillo, +y mujeres discutiendo con ellos, como si estuvieran en el centro del +Mercado, abrumándolos con irritantes exigencias.</p> + +<p>—Voy al momento, Manuela. Siéntese usted.</p> + +<p>El que así hablaba era un hombre fornido, de áspero bigote, estrecha +frente, pelo hirsuto y fuerte, rebelde a peines y cepillos, con las +puntas hacia adelante, y quijada brutal, que se disimulaba un tanto bajo +una sonrisa bondadosa. Estaba ocupado en vender un tapabocas a dos +mujeres que llevaban de las manos a un chiquillo barrigudo, y era de +admirar la paciencia con que aquel hombre, siempre sonriendo, sufría a +las feroces compradoras, que por seis reales regateaban durante ¿media +hora.</p> + +<p>Doña Manuela atendía con interés las palabras de los compradores y no +volvió la cabeza para ver quién abría la puertecilla de la garita—a la +que pomposamente llamaban despacho—y saltaba velozmente el mostrador.</p> + +<p>—Siéntese usted, mamá.</p> + +<p>Era Juanito quien la hablaba, su hijo mayor, un muchacho nacido en la +misma tienda, que seguía agarrado a ella «sin servir para nada», como +decía su madre, y sin querer ser otra cosa que comerciante.</p> + +<p>Estaba próximo a los treinta años. Era alto, enjuto, desgarbadote y algo +cargado de espaldas; la barba espesa y crespa se le comía gran parte del +rostro, dándole un aspecto terrorífico de bandido de melodrama; pero no +era más que un antifaz, pues examinándolo bien, bajo la máscara de pelo +veíase la cara sonrosada e inocente de un ruño, la mirada tímida y la +sonrisa bondadosa de esos seres detenidos en la mitad de su crecimiento +moral, que aunque mueran viejos son débiles y blandos, faltos de +voluntad, incapaces de vivir sin el calor que presta el cariño.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Eres tú, Juanito...?—dijo doña Manuela—. ¿Qué hacías?</p> + +<p>—Lo de siempre. Estaba trabajando en los libros de la casa, ordenando +el trabajo para el próximo inventario de fin de año.</p> + +<p>Y Juanito, que hablaba con cierto entusiasmo de sus tareas, y en menos +de veinte palabras mezcló varias veces el <i>debe</i> y el <i>haber</i>, viose +interrumpido por su principal, don Antonio Cuadros, que tras media hora +de regateo acababa de vender el tapabocas para el chicuelo panzudo.</p> + +<p>—Pero siéntese usted, Manuela... a menos que quiera usted molestarse +subiendo al entresuelo. Teresa se alegrará de verla.</p> + +<p>—No, Antonio; otro día vendré con menos prisa: he entrado para esperar +a Nelet y continuar las compras.</p> + +<p>—Pues entonces bajará ella.... ¡Muchacho, avisa a la señora que está +aquí doña Manuela! Un aprendiz lanzóse a la carrera por una puertecilla +obscura que se abría en la anaquelería: una de esas gargantas de lobo +que dan entrada a pasillos y escaleras estrechas, infectas como +intestinos, que sólo se encuentran en las casas donde las necesidades +del comercio y la aglomeración de mercancías disputan a las personas el +terreno palmo a palmo.</p> + +<p>Sentáronse los tres en sillas de lustrosa madera, y doña Manuela, por +costumbre, habló de los negocios y de lo malos que estaban los tiempos; +eterno tema alrededor del cual giran todas las conversaciones de una +tienda. Don Antonio sacaba a luz todo un arsenal de afirmaciones que, a +fuerza de repetidas, habían pasado a ser lugares comunes. Mal iba todo, +y la culpa la tenía el gobierno, un puñado de ladrones que no se +preocupaban de la suerte del país. En otros tiempos se vendía bien el +vino, tenían dinero los del arroz, y el comercio daba gusto.... ¡Santo +cielo! ¡Pensar el paño negro y fino que él había vendido a la gente de +la Ribera, las mantas que despachaba, los mantones y pañuelos que se +habían empaquetado sobre aquel mostrador...! ¡Y todos pagaban en oro...! +Pero ahora, ¡las cosechas no tenían salida, no había dinero, el comercio +iba de mal en peor y las quiebras eran frecuentes! Él aún iba tirando; +pero sí la «cosa» continuaba de tal modo, acabaría por cerrar la tienda +y morir en el Hospital.</p> + +<p>—¡Qué tiempos aquéllos, ¿eh, Manuela? cuando vivía el padre de +éste—señalando a Juan—y yo era sólo primer dependiente! Entonces, +aunque me esté mal el decirlo, todos los años, al hacer el inventario, +quedaban dos o tres mil duritos para guardar. ¡Oh! Aunque me esté mal el +decirlo... usted pilló los buenos tiempos.... ¿No es eso, Manuela?</p> + +<p>Pero Manuela se limitaba a callar y a sonreír. Todo aquello, aunque a +don Antonio «le estaba mal el decirlo», lo había dicho y repetido +cuantas veces hablaba con la viuda de su antiguo principal. Y en cuanto +a su muletilla «aunque le estaba mal el decirlo», gozaba el privilegio +de poner nerviosa a doña Manuela, que tenía por tonto rematado a su +antiguo dependiente.</p> + +<p>Abrióse una portezuela del mostrador y entró en la tienda la esposa de +don Antonio, una mujer voluminosa, con la obesidad blanducha y el cutis +lustroso que produce una vida de encierro e inercia y que le ciaban +cierto aire monjil. La bondad extremada hasta la estupidez retratábase +en su eterna sonrisa y en la mirada de sus ojos claruchos. Lo más +característico en su persona eran los relucientes rizos aplastados por +la bandolina, que cubrían su ancha frente como una cortinilla +festoneada, y la costumbre de cruzar las manos sobre el vientre, +luciendo en los dedos un surtidor de sortijas falsas.</p> + +<p>Hubo besos y abrazos sonoros, pero notábase en las dos mujeres cierta +desigualdad en el trato, como si entre ambas se interpusiera la ley de +castas. La esposa del comerciante era sólo Teresa, mientras que ésta +llamaba siempre doña Manuela a la madre de Juanito, y en sus palabras +notábase un acento lejano de humilde subordinación. Los años y el +frecuente trato no habían podido borrar el recuerdo de la época en que +Teresa era criada en aquella tienda y el escándalo de los señores al +verla casada con el dependiente principal. Además, Teresa no había +ascendido un solo peldaño en la escala de la vanidad; en presencia de +doña Manuela revelábase siempre la antigua criada, y aceptaba como una +confianza inaudita que la señora la tratase con las mismas +consideraciones que a un igual.</p> + +<p>—Sí, doña Manuela; Antonio y yo hace tiempo que pensarnos visitarla a +usted y a las niñas; ¡pero estamos siempre tan ocupados...! ¡Vaya, +vaya...! ¡Qué sorpresa...! ¡Cuánto me alegro de verla!</p> + +<p>Y con esto se agotó el repertorio de frases de la buena mujer, que se +sentía cohibida en presencia de la señora, hablando poco por temor a +decir disparates y atraerse el enojo del esposo, a quien admiraba como +modelo de finura y bien decir.</p> + +<p>—Y ¿cómo van las compras?—apuntó don Antonio al notar el mutismo de su +compañera—. Ésta ha salido por la mañana a hacer la provisión de +Pascuas y ha encontrado los precios por las nubes.</p> + +<p>—¡Calle usted, Antonio! Diez duros me he dejado en esa plaza, y aún me +falta lo más importante. A propósito: cambíenme ustedes este billete de +cincuenta pesetas.</p> + +<p>Y Juanito, que hasta entonces había permanecido silencioso, contemplando +a su madre con la misma expresión de arrobamiento que si fuese un +amante, se apresuró a cumplir su deseo, y casi la arrebató el ajado +billete que había sacado del limosnero, corriendo después al mostrador.</p> + +<p>—¡Cómo la quiere a usted ese chico, Manuela!—dijo el comerciante.</p> + +<p>—No puedo quejarme de los hijos. Juanito es muy bueno.... Pero ¿y +Rafael? Cada vez estoy más orgullosa de él.... ¡Qué guapo!</p> + +<p>—Es el vivo retrato de su padre, el segundo marido de usted.</p> + +<p>Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la señora, pues +correspondió a ellas con una sonrisa.</p> + +<p>—Pero oiga usted, Manuela: tengo entendido que Rafael le da muchos +disgustos.</p> + +<p>—Algo hay de eso; pero... ¿qué quiere usted, Antonio? Cosas de la edad. +A la juventud hay que dejarla divertirse. Por eso es tan elegante y +tiene buenas relaciones.</p> + +<p>—Pero no estudia ni hace nada de provecho—dijo el comerciante, con la +inflexibilidad de un hombre dedicado al trabajo.</p> + +<p>—Ya estudiará; talento le sobra para ser sabio. Su padre fue un tronera +y vea usted adonde llegó.</p> + +<p>Y doña Manuela dijo esto con el mismo énfasis que si fuese la viuda de +un hombre eminentísimo.</p> + +<p>Juan había vuelto con el cambio del billete en monedas de plata, y su +presencia hizo variar la conversación. Doña Manuela habló de la cena que +aquella noche daba en su casa. Las niñas, Rafael y Juanito, unos amigos +de aquél... en fin, un buen golpe de gente joven y alegre, que bailaría, +cantaría y sabría divertirse sin faltar a la decencia, hasta llegar la +hora de la misa del Gallo. También esperaba que fuese Andresito, el hijo +de don Antonio, un muchacho paliducho y mimado, vástago único, que +cursaba el segundo año de Derecho, hacía versos, y en compañía de +Juanito iba muchas veces a casa de doña Manuela, con fines no tan +ocultos que ésta no torciese el gesto manifestando disgusto.</p> + +<p>Y después de haber nombrado al hijo de la casa, volvía a insistir sobre +los amigos de su Rafael, todos gente distinguida, chicos de grandes +familias, que asistían a sus reuniones y organizaban fiestas con las que +se pasaba alegremente el tiempo.</p> + +<p>—Esta época, amigo Antonio, es muy diferente de la nuestra. Ahora, a +los veinte años se sabe mucho más y se conoce la vida. Hay que dar a la +juventud lo que le pertenece, aunque rabien los rancios como mi hermano +o el bueno de don Eugenio. Y a propósito: ¿qué es de don Eugenio?</p> + +<p>El hombre por quien preguntaba doña Manuela era el fundador de la tienda +de <i>Las Tres Rosas</i>, don Eugenio García, el decano de los comerciantes +del Mercado, un viejo que arrastraba cuarenta años en cada pierna, como +él decía, y mostrábase orgulloso de no haber usado jamás sombrero, +contentándose con la gorrilla de seda, que, según él, era el símbolo de +la honradez, la economía y la seriedad del antiguo comercio, rutinario y +cachazudo.</p> + +<p>La tienda había pasado de sus manos a las del primer marido de doña +Manuela, y de éste a su actual dueño; pero don Eugenio no había dejado +de vivir un solo día en aquella casa, fuera de la cual no comprendía la +existencia.</p> + +<p>Como un censo redimible sólo por la muerte, se habían impuesto los +dueños de la tienda la obligación de mantener y dar albergue a don +Eugenio, el cual, siguiendo sus costumbres independientes de solterón +áspero y malhumorado, entraba y salía sin decir una palabra; comía lo +que le daban; en los días que hacía buen tiempo paseaba por la Alameda +con un par de curas tan viejos como él, y cuando llovía o el viento era +fuerte, no salía de la plaza del Mercado e iba de tienda en tienda con +su gorra de seda, su capita azul y su bastón muleta, para echar un +párrafo con los veteranos del comercio reposado y a la antigua, cuyas +excelencias eran el tema obligado de la conversación. Don Antonio sonrió +al hacer doña Manuela la pregunta.</p> + +<p>—¿Don Eugenio...? No sé dónde estará, pero de seguro que no ha salido +del Mercado. En días como éste le gusta presenciar las compras, y pasa +horas enteras embobado ante las vendedoras, aunque lo empujen y lo +golpeen. Sigue fiel a sus manías; nunca dice adonde va, y eso que, +aunque me esté mal el decirlo, aquí se le traía con las mayores +consideraciones.</p> + +<p>Doña Manuela se levantó al ver en una de las puertas a Nelet, que volvía +de casa con la espuerta vacía.</p> + +<p>—Buenas tardes. Aún tengo que hacer muchas compras. Adiós, Antonio; un +beso, Teresa; y no olviden ustedes que esperamos a Andresito esta noche. +Adiós, Juan.</p> + +<p>La esposa de Cuadros recibió con satisfacción infantil los dos sonoros +besos de doña Manuela, y ella, lo mismo que Juanito, siguieron con +amorosa mirada a la gallarda señora en su marcha entre el gentío del +Mercado.</p> + +<p>Otra vez las compras; pero ahora fuera de la plaza, en la calle del +Trench. Allí estaban las gallineras en sus mesas empavesadas de aves +muertas colgando del pico, con la cresta desmayada, y cayéndoles como +faldones de dorada casaca las rubias mantecas. Las salchicherías +exhalaban por sus puertas acre olor de especias, con cortinajes de seca +longaniza en los escaparates y filas de jamones tapizando las paredes; +las tocinerías tenían el frontis adornado con pabellones de morcilla y +la blanca manteca en palanganas de loza, formando puntiagudas pirámides +de sorbetes, y los despachos de los atuneros exhibían los aplastados +bacalaos que rezuman sal; las tortugas, que colgantes de un garfio +patalean furiosas en el espacio, estirando fuera de la concha su cabeza +de serpiente; las pintarrajeadas magras del atún fresco, y las ristras +de colmillos de pez, amarillentos y puntiagudos, que las madres compran +para la dentición de los niños.</p> + +<p>Doña Manuela estaba poseída de una embriaguez de compras, e iba de un +punto a otro sin cansarse de derramar la plata ni de Henar la espuerta +de Nelet, a cuyo fondo iban a parar el fresco solomillo, las ricas +morcillas para la pantagruélica olla de Navidad, los legítimos garbanzos +del Saúco comprados al choricero extremeño, y otros mil artículos para +cuya adquisición era necesario sufrir los empellones y groserías de una +muchedumbre famélica que parecía prepararse para las carestías de un +largo sitio.</p> + +<p>Todavía faltaba lo más importante: el pavo, protagonista de la +gastronómica fiesta; y la señora y su cochero, empujados rudamente por +la corriente humana, atravesaron una profunda portada semejante a un +túnel, viéndose en el <i>Clòt</i>, en la plaza Redonda, que parecía un circo +con su doble fila de balcones.</p> + +<p>Sobre el rumor del gentío, que encerrado y oprimido en tan estrecho +espacio tenía bramidos de amor tempestuoso, destacábase el agudo +chillido de la aterrada gallina, el arrullo del palomo, el trompeteo +insolente del gallo, matón de roja montera, agresivo y jactancioso, y el +monótono y discordante quejido del triste pato, que, vulgar hasta en su +muerte, sólo conseguía atraerse la atención de los compradores pobres.</p> + +<p>Sobre el suelo, con las patas atadas, recordando tal vez en aquella +atmósfera de sofocación y estruendo las tranquilas llanuras de la Mancha +o las polvorientas carreteras por donde vinieron siguiendo la caña del +conductor, estaban los pavos, con sus pardas túnicas y rojas caperuzas, +graves, melancólicos, reflexivos, formando coro como conclave de sesudos +cardenales y moviendo filosóficamente su moco inflamado, para lanzar +siempre el mismo cloc-cloc-cloc prolongado hasta lo infinito.</p> + +<p>Doña Manuela buscó lo más raro y costoso del Mercado: tres pares de +perdices, que bailoteaban con descoco dentro de una jaula, mostrando sus +polonesas encarnadas. Visanteta las arreglaría para la cena de la noche. +Después compró el pavo, un animal enorme que Nelet cogió con cariño casi +fraternal, después de tentarle varias veces los muslos con una +admiración que estallaba en brutales carcajadas.</p> + +<p>¡Fuera de allí! La señora deseaba salir del <i>Clòt</i>, donde la gente se +codeaba con la mayor grosería y por dos veces había estado su velo +próximo a rasgarse. Ella y Nelet, que marchaban con cuidado para librar +al pavo de tropezones, entraron otra vez en el Trench, buscando los +postres, la tiendecilla del turronero establecido en un portal.</p> + +<p>Allí estaba el de Jijona, con sombrerón de terciopelo, traje de paño +negro y el ancho cuello de la camisa sujeto por un broche de plata. Al +lado la mujer, con su rostro redondo y sonrosado de manzana y el pelo +estirado cruelmente hacia la nuca, cayendo en gruesa trenza por la +espalda sobre la pañoleta de vistosos colores. La mesa blanca, de +inmaculada pureza, sustentaba, formando columna, las cajitas de áspera +película conteniendo el harinoso turrón, los cajones de peladillas y las +uvas puntiagudas, hábilmente conservadas, lustrosas y transparentes, +como de cera, y con un delicado color de ámbar.</p> + +<p>Cuando doña Manuela volvió a entrar en el mercado comenzaba a anochecer +y la concurrencia aumentaba por momentos. Todas las bocacalles vomitaban +gentío dentro de la plaza, en la que el crepúsculo sembraba a miles los +puntos luminosos. Brillaba el gas en las tiendas; las vendedoras +importantes encendían sus grandes reverberos de latón, y las pobres +huertanas contentábanse con una vela de sebo resguardada por un +cucurucho de papel.</p> + +<p>—¡Qué bonito...! ¡Mira, Nelet! Y la señora permaneció algunos instantes +contemplando el aspecto fantástico de la plaza con tan original +iluminación. Una lluvia de estrellas había caído sobre el Mercado. Los +empujones de la multitud la volvieron a la realidad.</p> + +<p>Fue a salir de la plaza, cuando otra vez la detuvo el escuadrón +perseguido de chicuelas vendedoras.</p> + +<p>Ahora no corrían. Marchaban al paso, tímidas, anonadadas, haciendo +comentarios en voz baja, siguiendo de lejos a una compañera infeliz que, +retorciéndose y gritando como una fierecilla en el cepo, era arrastrada +por un alguacil.</p> + +<p>El mísero rebaño pasó ante doña Manuela con triste chancleteo, y la +señora no pudo reprimir un movimiento de repulsión ante aquellas +cabelleras greñudas y encrespadas que servían de marco a rostros +escuálidos y sucios, en los que la piel tomaba aspecto de corteza.</p> + +<p>¡Gran Dios, qué gente! Y doña Manuela, viendo tales fachas, por una +extraña relación de pensamientos, sujetó su bolso con las dos manos, +como si alguien fuese a robarla.</p> + +<p>Después se tentó los bolsillos del gabán, y... ¡justo! ¡No eran falsas +sus sospechas! Le habían robado el pañuelo.</p> + +<p>Indudablemente habría sido mucho antes, entre la agitación y los +empujones del gentío; pero esto no impidió que la señora siguiese con la +mirada iracunda el grupo sucio, maloliente y miserable que se alejaba, +anonadado por el hambre y la pena, entre el oleaje de alimentos y de +general alegría.</p> + +<p>Doña Manuela avanzó sus labios en señal de desprecio.</p> + +<p>¡Cómo estaba el mundo! No había religión, orden ni autoridad, y... +¡claro! era imposible que una persona decente saliese a la calle sin que +la pillería le diera que sentir.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="II" id="II"></a>II</h2> + + +<p>En época pasada, aunque no remota, el Mercado de Valencia tenía una +leyenda, que corría como válida en todos sus establecimientos, donde +jamás faltaban testigos dispuestos a dar fe de ella.</p> + +<p>Al llegar el invierno, aparecía siempre en la plaza algún aragonés viejo +llevando a la zaga un muchacho, como bestezuela asustada. Le habían +arrancado a la monótona ocupación de cuidar las reses en el monte, y lo +conducían a Valencia para «hacer suerte», o más bien, por librar a la +familia de una boca insaciable, nunca ahíta de patatas y pan duro.</p> + +<p>El flaco macho que los había conducido quedaba en la posada de <i>Las Tres +Coronas</i>, esperando tomar la vuelta a las áridas montañas de Teruel; y +el padre y el hijo, con los trajes de pana deslustrados en costuras y +rodilleras y el pañuelo anudado a las sienes como una estrecha cinta, +iban por las tiendas, de puerta en puerta, vergonzosos y encogidos, como +si pidiesen limosna, preguntando si necesitaban un <i>criadico</i>.</p> + +<p>Cuando el muchacho encontraba acomodo, el padre se despedía de él con un +par de besos y cuatro lagrimones, y en seguida iba a por el macho para +volver a casa, prometiendo escribir pasados unos meses; pero si en +todas las tiendas recibían una negativa y era desechada la oferta del +<i>criadico</i>, entonces se realizaba la leyenda inhumana, de cuya veracidad +dudaban muchos.</p> + +<p>Vagaban padre e hijo, aturdidos por el ruido de la venta, estrujados por +los codazos de la muchedumbre, e insensiblemente, atraídos por una +fuerza misteriosa, iban a detenerse en la escalinata de la Lonja, frente +a la famosa fachada de los Santos Juanes. La original veleta, el famoso +<i>pardalòt</i>, giraba majestuosamente.</p> + +<p>—¡Mia, chiquio, qué pájaro...! ¡Cómo se menea...!—decía el padre.</p> + +<p>Y cuando el cerril retoño estaba más encantado en la contemplación de +una maravilla nunca vista en el lugar, el autor de sus días se escurría +entre el gentío, y al volver el muchacho en sí, ya el padre salía +montado en el macho por la Puerta de Serranos, con la conciencia +satisfecha de haber puesto al chico en el camino de la fortuna.</p> + +<p>El muchacho berreaba y corría de un lado a otro llamando a su padre. +«¡Otro a quien han engañado!», decían los dependientes desde sus +mostradores, adivinando lo ocurrido; y nunca faltaba un comerciante +generoso que, por ser de la tierra y recordando los principios de su +carrera, tomase bajo su protección al abandonado y lo metiese en su +casa, aunque no le faltase <i>criadico</i>.</p> + +<p>La miseria del hogar, la abundancia de hijos, y sobre todo la cándida +creencia de que en Valencia estaba la fortuna, justificaban en parte el +cruel abandono de los hijos. Ir a Valencia era seguir el camino de la +riqueza, y el nombre de la ciudad figuraba en todas las conversaciones +de los pobres matrimonios aragoneses durante las noches de nieve, junto +a los humeantes leños, sonando en sus oídos como el de un paraíso donde +las onzas y los duros rodaban por las calles, bastando agacharse para +cogerlos.</p> + +<p>El que iba allá abajo, se hacía rico; si alguien lo dudaba, allí estaban +para atestiguarlo los principales comerciantes de Valencia, con grandes +almacenes, buques de vela y casas suntuosas, que habían pasado la niñez +en los míseros lugarejos de la provincia de Teruel guardando reses y +comiéndose los codos de hambre. Los que habían emprendido el viaje para +morir en un hospital, vegetar toda la vida como dependientes de corto +sueldo o sentar plaza en el ejército de Cuba, ésos no eran tenidos en +cuenta.</p> + +<p>Al hacer la estadística de los abandonados ante la veleta de San Juan, +don Eugenio García, fundador de la tienda de <i>Las Tres Rosas</i>, figuraba +en primera línea.</p> + +<p>Otros mostrábanse malhumorados y negaban rotundamente cuando se les +suponía tal origen; pero él lo ostentaba con cierta satisfacción, como +queriendo hacer de ello un título de gloria.</p> + +<p>—Nada debo a nadie—exclamaba al regañar a sus dependientes—. A mí +nadie me ha protegido. Los míos me dejaron como un perro en medio de esa +plaza. Y sin embargo, soy lo que soy. ¡Hubiera querido veros como yo, +para que supierais lo que es sufrir!</p> + +<p>Y siempre que podía asegurar una docena de veces que nada debía a nadie +y comparar su abandono con el de un perro, quedaba tranquilo y +satisfecho. Los principios de su carrera habían sido penosos. Aprendiz +siempre hambriento, dependiente después en una época en que los mayores +sueldos eran de cincuenta «pesos» anuales, a fuerza de economías +miserables consiguió emanciparse, y con ayuda de sus antiguos amos, que +veían en él un legítimo aragonés capaz de convertir las piedras en +dinero, fundó <i>Las Tres Rosas</i>, tiendecilla exigua que en diez años se +agrandó hasta ser el establecimiento de ropas más popular de la plaza +del Mercado.</p> + +<p>Don Eugenio era, sin darse cuenta, el cronista de cuantas modificaciones +y adelantos había experimentado aquella plaza, en la que nació a la vida +del comercio y debía desarrollarse toda su existencia. Vio cómo una +revolución echaba abajo los conventos de la Magdalena y la Merced; cómo +un motín quemaba el Mercado Nuevo, que era de madera, y cómo las +tiendas, agrandando cada vez más sus puertas, saneando sus interiores, +atraían al público con grandes escaparates, y en materia de alumbrado +pasaban del aceite al petróleo y de éste al gas.</p> + +<p>Al poco tiempo de fundar su establecimiento, cuando aún la primera +guerra carlista tenía en suspenso la suerte de la nación, don Eugenio se +formó insensiblemente una tertulia junto a su mostrador, sobre el cual, +como una antorcha simbólica de la rutina comercial, lucía un enorme +velón de cuatro mecheros, fabricado con más de arroba y media de bronce.</p> + +<p>Todas las tardes, al anochecer, reuníanse allí los amigos de don +Eugenio, la mitad de los cuales vestían sotana y pertenecían al clero de +San Juan. A pesar de esto, la tal reunión era casi un club, que en +épocas como aquélla tenía su carácter peligroso. Don Eugenio pertenecía +a la Milicia Nacional, y aunque tomaba sus bélicas ocupaciones con tibio +entusiasmo, no por esto dejaba de preocuparse del honor de la «tercera +de Ligeros». Cuando era preciso se calaba el chacó, martirizaba el pecho +con el asfixiante correaje, y servía a la nación y a la libertad, yendo +a pasar la noche en el Principal, donde comía melones en verano, se +calentaba al brasero en invierno, en la santa y pacífica compañía de +algunos otros comerciantes del Mercado, que, olvidándose de la +marcialidad de su uniforme, pasaban las horas de la guardia hablando de +las fábricas de Alcoy o del precio del azúcar y de la seda; todo esto +sin perjuicio de faltar a la ordenanza, abandonando el puesto con +frecuencia para dar un vistazo a sus casas.</p> + +<p>En la tertulia de don Eugenio se hablaba de Martínez de la Rosa y de su +malogrado Estatuto; había quien audazmente elogiaba a Mendizábal y pedía +el restablecimiento de la Constitución del 12; se gastaban bromitas +contra los «serviles», sin faltar a la decencia; se comenzaba a decir +con expresión respetuosa «don Baldomero» cada vez que se nombraba al +general Espartero, y todos callaban para escuchar religiosamente a don +Lucas, el beneficiado de San Juan, un cura que el 23 había emigrado a +Londres por liberal, y que pronunciaba conmovedores discursos hablando +del pobre Riego, a quien comparaba con Bravo, Padilla y Maldonado.</p> + +<p>Era, en fin, la tertulia una reunión donde se desahogaba el liberalismo +inocente de unos revolucionarios que, en costumbres y preocupaciones, +imitaban a sus enemigos, y a pesar de haber sufrido de la dinastía +reinante toda clase de desdenes y persecuciones, mostrábanla una +fidelidad canina, y siempre era para ellos Fernando VII el rey mal +aconsejado, Cristina la augusta señora, e Isabel la inocente niña.</p> + +<p>En esta reunión estaban todos los afectos y alegrías de don Eugenio. Al +encender por las noches el velón y ver entrar las sotanas y las gorras +de sus colegas, experimentaba la misma impresión que si se encontrara +rodeado de una cariñosa familia.</p> + +<p>De los de allá, de aquellos que le habían abandonado sin lágrimas ni +desconsuelo, nunca se acordaba. Sus padres habían muerto, pero ya se +encargaron de recordarle la patria y todas sus miserias el enjambre de +primos, hermanos y sobrinos que cayeron sobre él tan pronto como circuló +por el lugar la nueva de que hacía fortuna y tenía una tienda en el +Mercado. Llegaban en grupos, escalonando sus viajes por meses, cual +hordas hambrientas que con la mirada querían devorarlo todo. El pariente +rico era para ellos una vaca robusta, cuyas ubres inagotables les +pertenecían de derecho. No tenía mujer ni hijos; ¿para quién, pues, las +fabulosas riquezas que aquellos miserables se imaginaban en poder de +don Eugenio? Las demandas eran interminables, no desmayando los +pedigüeños ante la aspereza del comerciante, poco inclinado a la +generosidad. El invierno había sido duro, las patatas pocas y malas, el +macho estaba enfermo, los muchachos descalzos, un pedrisco lo había +arrasado todo; y tras estos preámbulos entraban en materia con la +petición de veinte duros para pasar el mal tiempo, de una pieza de sarga +para vestir a la familia, y otras demandas menos aceptables. Si don +Eugenio ponía cara de perro a las peticiones, surgía la protesta en la +rapaz parentela que tanto le quería.</p> + +<p>—¡Id allá, granujas!—gritaba el comerciante—. ¿Qué os debo yo para +que vengáis a saquearme? Nada tengo que agradeceros, como no sea haberme +abandonado en medio de esa plaza.</p> + +<p>Entonces era de ver la indignación con que tíos y hermanos acogían lo +del abandono. ¡Otra que Dios...! ¿Y aún se quejaba? ¿<i>Pus</i> si no le +hubiesen abandonado sería él ahora comerciante con tienda abierta? +Cuanto más, estaría guardando el ganado de algún rico. A la familia, +pues, debía lo que era. Y si la turba de descarados pedigüeños no +llegaba a decir que todo cuanto tenía su pariente les pertenecía de +derecho, ya se encargaban sus exigencias insolentes y sus rapaces +miradas de manifestar que éste era su pensamiento.</p> + +<p>Producto de una de estas invasiones de vándalos con pañizuelo y calzón +corto fue el entrar como aprendiz en la tienda de <i>Las Tres Rosas</i> un +chicuelo, al que don Eugenio le fue tomando insensiblemente cierto +afecto, sin duda porque recordando su pasado se contemplaba en él como +en un espejo. Era de un pueblo inmediato al suyo; pasaba por pariente, +circunstancia poco extraña en un país donde las familias, residiendo +siglos y siglos pegadas al mismo terruño, acaban por confundirse, y +llamaba la atención por su aire avispado y la ligereza de sus +movimientos.</p> + +<p>Entró en la tienda hecho una lástima, oliendo todavía a estiércol y a +requesón agrio, como si acabase de abandonar el corral de ganado. La +vieja criada que administraba el hogar de don Eugenio tuvo que valerse +de ungüentos para despoblar de bestias sanguíneas el bosque de cerdas +polvorientas que se empinaban sobre el cráneo del muchacho, y concluido +el exterminio, el amo lo entregó al brazo secular de los aprendices más +antiguos, los cuales, en lo más recóndito del almacén y sin pensar que +estaban en enero, con un barreño de agua fría y tres pases de estropajo +y jabón blando, dejaron al neófito limpio de mugre de arriba a abajo y +con una piel tan frotada que echaba chispas.</p> + +<p>Con esto, el mísero zagalillo de las montañas de Teruel se convirtió en +un aprendiz listo, aseado y trabajador, que, según las profecías de los +dependientes viejos, llegaría a ser algo. A las dos semanas chapurreaba +el valenciano de un modo que hacía reír a las labradoras parroquianas de +la casa, y sin que la dureza del trabajo disminuyera para él, todos le +querían y no sabía a quién atender, pues Melchor por aquí, Melchorico +por allí, nunca le dejaban un instante quieto.</p> + +<p>Con sus borceguíes lustrosos, una chaqueta vieja del amo arreglada +chapuceramente, la cabeza siempre descubierta, con pelos agudos como +clavos y las orejas llenas de sabañones en todo tiempo, era Melchorico +el aprendiz más gallardo de cuantos asomaban la cabeza a las puertas +para llamar a los compradores reacios. Aquel acólito del culto de +Mercurio, por su empaque desenfadado atraíase la mala voluntad de los +pilluelos de la plaza, enjambre de diablejos que pasaban horas enteras +ante la relamida figurilla llamándole ¡<i>churriquio</i>! con irritante tono +de mofa, hasta que algún dependiente les amenazaba con la vara de medir.</p> + +<p>Pasaron los años sin que incidente alguno viniese a turbar la ascensión +lenta y monótona del muchacho en la carrera comercial. Perdió de cuenta +los cachetes y patadas que le largaron don Eugenio y los dependientes +viejos, unas veces por entretenerse bailando trompos en la trastienda, +otras por pillarle dando retales a cambio de altramuces o cacahuet. +Empleó los domingos en que le daban suelta yendo al tiro del palomo en +el cauce del río, o paseando gratis arrellanado como un príncipe en las +estriberas de las tartanas, con la epidermis a prueba de traidores +latigazos; fue ascendiendo lentamente de burro de carga a aprendiz +viejo; por fin, a dependiente; y al cumplir dieciocho años viose tan +transformado, que, violentando sus instintos económicos, fortalecidos +por las saludables enseñanzas del principal, se gastó cuatro pesetas en +dos retratos que envió a los de «allá arriba», a sus antiguos colegas de +pastoreo, para que viesen que estaba hecho todo un señor. Los tirones de +oreja y los palos con la vara de medir lo habían puesto erguido, +borrando en su cuerpo la tendencia a cargarse de espaldas y a ser +patiabierto, propio de todos los de su tierra; sus pelos, a fuerza de +peine y cosmético, habían llegado a domarse; los desabridos y no muy +abundantes guisos del ama de llaves daban cierta figura a su corpachón +huesoso. Y además, como tenía su soldada anual, aunque corta, ya no +vestía los desechos de don Eugenio y se hacía al año dos trajes, +operación que antes de ser emprendida era objeto de serías y profundas +meditaciones.</p> + +<p>Melchor Peña, al salir de la adolescencia, experimentó una +transformación. Al mismo tiempo que en su labio apuntaba el bigote, en +su cerebro apuntó la tendencia a lo romántico, a lo desconocido, el +anhelo de cosas extraordinarias, de aventuras gigantescas, y fue un +rabioso lector de novelas. Cuantos tomos enormes, roídos por el corte y +forrados con papel grasiento, rodaban por los mostradores de las tiendas +del Mercado, eran atraídos por sus manos, como si éstas fuesen un imán, +y devorados rápidamente, unas veces por la noche, después de cerrar las +puertas y robando horas al descanso, otras por la tarde, aprovechando +ausencias de don Eugenio, en el fondo del almacén, a la dudosa claridad +que se cernía en aquel ambiente cálido, impregnado del vaho de los +tejidos y el tufo de la tintura química. Había leído más de veinte veces +<i>Los tres mosqueteros</i>, y el fruto que sacó de esta lectura fue que los +aprendices se burlasen de él viéndolo un día en el almacén, envuelto en +un guiñapo colorado, con un rabo de escoba en la cadera y contoneándose +como si fuese el mismo D'Artagnan con todas sus jactancias de +espadachín. Después se apasionó, como toda la juventud de su época, por +<i>María o la hija de un jornalero</i>; y a pesar de que don Eugenio le +enviaba a misa todos los domingos y a comulgar por trimestre, hízose un +tanto irreligioso, y en su interior comenzó a mirar con desprecio a los +curas pacíficos y bromistas que visitaban por la noche el +establecimiento para jugar a la brisca con el principal; y cuando cayó +en sus manos <i>El conde de Montecristo</i>, paseábase por la trastienda, +mirando los fardos apilados con la misma expresión que si en vez de +paños, percales e indianas contuviesen un enorme tesoro, toneladas de +oro en barras, celemines de brillantes, lo suficiente, en fin, para +comprar el mundo.</p> + +<p>¡Y cómo se reía don Eugenio de la manía novelesca de su Melchorico, como +cariñosamente le llamaba...! Él, que no había consultado otro libro en +su vida que un cuadernillo donde estaban comparados los pesos y medidas +de Cataluña, Aragón y Castilla, miraba al principio con cierto respeto +el afán de lectura del muchacho; pero después, al notar las +extravagancias de su torcida imaginación, le acribilló con burlas y le +colgó el apodo de Don Quijote, no porque el viejo comerciante hubiese +leído la inmortal obra de Cervantes, sino por tener arriba en su comedor +una litografía detestable, en la cual el hidalgo manchego, dormido y en +camisa, daba de cuchilladas a pellejos de vino.</p> + +<p>Iguales bromas se permitía el Don Quijote que vegetaba en la obscuridad, +midiendo telas en <i>Las Tres Rosas</i>. Podían atestiguarlo los pescozones +con que don Eugenio había saludado a su querido dependiente un lunes en +el almacén, cuando vio a Melchor que, recordando el drama <i>El jorobado</i>, +se creía un Lagardére, y con una vara de medir ensayaba la gran estocada +de Nevers, acribillando los fardos de un modo que hacía temblar por la +integridad de los géneros.</p> + +<p>—Como sigas así—gritaba el buen comerciante, escandalizado—, te +pongo en la puerta y... ¡buen viaje! Me has engañado. Tú sirves para +cómico, y a mí no me gustan farsas. Merchorico, por última vez lo digo. +El año que viene entras en quinta; o sientas esa cabeza o te abandono, y +el demonio que se encargue de tu suerte.</p> + +<p>Junto a la imaginación exaltada del dependiente debía existir una enorme +cantidad de sentido práctico capaz de sofocar todas las fantasías y +caprichos, y a esto se debió, sin duda, que Melchor se reprimiera en sus +románticas extravagancias, y en adelante, aunque sin abandonar la +lectura de novelas, se dedicara con más asiduidad a sus quehaceres.</p> + +<p>Tenía don Eugenio un amigo antiguo que todos los días visitaba la +tienda, y por profesar a Melchor algún afecto, unía sus exhortaciones de +hombre práctico a las del principal. De todos los individuos que +formaban la tertulia de <i>Las Tres Rosas</i>, don Manuel Fora era el más +considerado, a causa de su fortuna sólida y cuantiosa y de respeto que +gozaba en el comercio.</p> + +<p>Vivía en un enorme caserón cercano a las Escuelas Pías; figuraba entre +los primeros fabricantes de seda, y más de doscientos telares trabajaban +para él, elaborando piezas de seda rayada, vistosa y sólida, y pañuelos +de brillantes colores, que eran enviados a las más apartadas provincias +de España y hasta la misma América, cosa que asombraba y producía cierto +temor respetuoso entre el comercio a la antigua. De joven había sido +novicio en una orden religiosa, pero ahorcó los hábitos el año 8 para +batirse contra el francés, sacrificio que no le libró de ser conocido +con el apodo de el <i>Fraile</i> entre los comerciantes y las gentes de su +industria.</p> + +<p>Le suponían poseedor de millones, y era el banquero de todos los +mercaderes menesterosos. Bastábale entrar en su alcoba para presentar en +cartuchos de onzas cuanto dinero se le pedía, y a pesar de esto, fuera +de los días de Corpus, en que sacaba del fondo del arca el frac de color +castaña y el sombrero de seda, nadie le había visto con otro traje que +un eterno pantalón de cuadros, chaqueta de fustán, chaleco de terciopelo +rameado y gorra de ancho plato.</p> + +<p>Era el más fiel representante de la avaricia atribuida á los de su +gremio, y en el Mercado se contaban de él cosas graciosísimas. La mañana +pasábala en San Juan, pues el comercio no le había hecho olvidar sus +aficiones a las cosas de la Iglesia. Tenía su puesto fijo en el banco de +la Junta de Fábrica, y allí iban a buscarlo los que, necesitando con +urgencia su auxilio, no reparaban en que estaba oyendo la décima misa y +rezando el centésimo rosario.</p> + +<p>—Don Manuel—murmuraba el pedigüeño con voz misteriosa y arrodillándose +cerca del Banco—, necesito al momento seis mil reales.</p> + +<p>—¡Déjame en paz!—susurraba indignado el fabricante sin volver los +ojos—. Ni la casa del Señor sabéis respetar. Búscame a la noche.</p> + +<p>—Don Manuel, ¡por Dios! que la letra vence hoy, y he de pagarla o se +deshonra mi tienda. Seis mil reales al quince por ciento; sálveme usted.</p> + +<p>—¡Largo...! No estoy ahora para asuntos mundanos.</p> + +<p>—Don Manuel... aunque sea al veinte—decía el infeliz con esfuerzo +supremo.</p> + +<p>—He dicho que no. Déjame en paz el alma.</p> + +<p>—Al veinticinco, don Manuel... al veinticinco. Me esperan en casa para +que pague.</p> + +<p>—Márchate, o llamo al sacristán.</p> + +<p>—Pues bien; al treinta... que sean al treinta por ciento, como la otra +vez.</p> + +<p>—Todo sea por Dios—murmuraba suspirando dolorosamente—. No dejáis +tiempo ni para salvar el alma. Espérame en casa, yo iré así que termine +este rosario. Te cobraré el treinta por ser tú... que bien sabe Dios que +a mí no me gustan estos negocios.</p> + +<p>Esto se contaba del célebre fabricante de sedas; pero aunque en ello +entrase en gran parte la exagerada malevolencia de sus enemigos, lo +cierto era que don Manuel, con el producto de sus doscientos telares +siempre en actividad y los caritativos auxilios que prestaba desde el +Banco de San Juan, iba formándose una fortuna, cuya cifra, por ser +desconocida, rodeaba a su poseedor de cierto prestigio misterioso.</p> + +<p>El fabricante y el dueño de <i>Las Tres Rosas</i> eran antiguos amigos, y +hasta se murmuraba que el primero había ayudado a éste con una +generosidad extraña en los primeros tiempos de su comercio. Cuantos +géneros de seda se despachaban en la tienda procedían de la fábrica de +don Manuel, y de esto resultaba una continua comunicación entre el +establecimiento de don Eugenio y el caserón del barrio de las Escuelas +Pías, relaciones en las que servía de intermediario Melchor Peña, como +dependiente de confianza.</p> + +<p>Él era quien iba al despacho de don Manuel a escoger pañuelos y piezas +de seda, raso o terciopelo en aquellos armarios de roble con cerradura +complicada, que databan del siglo anterior, y él también quien subía a +los porches, donde con un tric-trac ensordecedor movíanse los telares y +volaban las lanzaderas, haciendo surgir los ricos tejidos entre polvo y +telarañas. Por efecto de las continuas visitas le trataron como amigo +íntimo los de la familia de don Manuel. Éste era viudo y tenía dos +hijos: Juan, un joven infatigable para el trabajo, meticuloso en los +negocios, capaz, como su padre, de darse de cachetes por un ochavo, y +Manolita, una muchacha hermosota, que a los diecisiete años tenía el +aspecto de una matrona romana, y a quien don Manuel no quería encargar +de la administración de la casa en vista del poco aprecio que mostraba +al dinero.</p> + +<p>Otra persona formaba parte de la familia del <i>Fraile</i>; pero los lazos +que la unían a ella eran tan efímeros y débiles como los que atan una +estrella errante a un sistema planetario. Era un estudiante de Medicina, +famoso entre los de su Facultad como hábil tocador de guitarra, alegre +confeccionador de chistes y calavera de los más audaces. El <i>Fraile</i>, +avaro y sin entrañas hasta con sus hijos, sentía gran debilidad por el +estudiante, tal vez por el contraste entre su carácter austero y regañón +y la alegría desenfadada de aquel cabeza a pájaros. Era sobrino de don +Manuel en grado lejano; sus padres habían muerto, y el fabricante de +sedas, en vista de su ingenio despierto, encantado por sus agudezas y +recordando que lo sostuvo en la pila bautismal, hizo el inaudito +sacrificio de recogerlo y darle carrera.</p> + +<p>Rafael Pajares venía a ser en la casa el punto vulnerable del huraño +<i>Fraile</i>. Parecía imposible que éste soportase las travesuras del +estudiante, que traía revuelta toda la casa, persiguiendo a las criadas, +entreteniendo con chistes a los tejedores e introduciendo algunas veces +en su cuarto ciertos compañeros de Facultad tan levantiscos como él, que +al menor descuido saqueaban la despensa, y cuando no, hacían temblar los +viejos pavimentos del caserón ensayándose a saltos en el manejo de la +pandereta. Don Manuel, el hombre de las economías inauditas y las +ruindades sin ejemplo, estremecíase de rabia al ver el uso que Rafael +hacía de sus liberalidades. Regalábale una sotana nueva, y al punto la +rasgaba en dos, quedándose con la parte del pecho y dando el espaldar a +algún compañero pobre, con cuyo reparto iban ambos tan gallardos +cubriendo con el manteo la desnuda trasera. Comprábale un tricornio +flamante, y no acababa el día sin que el travieso muchacho le recortase +los bordes caprichosamente hasta darle el aspecto de una fantástica +cresta. Gustábale ir roto y sucio como los sopistas, y cada una de estas +hazañas enfurecía al <i>Fraile</i>, haciéndole gritar que aquello era robarle +el dinero, y que el mejor día de un puntapié en tal parte iba a poner en +la calle al desvergonzado sobrino. Pero bastaba que el loco adorador de +la tuna sacara algunas habilidades, para que el viejo se diera por +vencido y asegurase que el muchacho tenía mucha gracia.</p> + +<p>Igual influencia ejercía Rafael sobre los demás individuos de la +familia. El hijo del <i>Fraile</i> le toleraba, lo que no era poco, atendido +su carácter, y en cuanto a Manolita, vivía pendiente de los labios de su +primo. Aquella muchacha sencillota, a quien las amigas de la casa tenían +casi por tonta y que no conocía más mundo que las tertulias de gente del +Arte de la Seda, a las que la llevaba su padre, miraba a Rafael como la +encarnación de lo extraordinario, de lo novelesco; como un Don Juan, +cuyo cariño le disputaban ocultas y poderosas rivales.</p> + +<p>Se amaban desde niños, pero con un amor extraño, incomprensible y +preñado de incidentes. Él era informal, ligero, casquivano; tenía novias +en los cuatro distritos de la ciudad; salía de noche para dar serenatas +amorosas; y ella, bajo su exterior abobado de muchacha tímida y devota, +ocultaba un carácter varonil, un genio insufrible, el mismo estallido de +nerviosidad iracunda y atronadora que se manifestaba en el <i>Fraile</i> +cuando le salía mal un negocio o un deudor se negaba a pagarle. Las +peleas en voz baja y el estar de monos días enteros eran hechos +frecuentes en estos amores que el padre y el hermano no conocían; pero +bastaba para vencer el enojo de Manolita una palabra chistosa del +estudiante, una irónica protesta, algo que la desarmase, haciéndola +prorrumpir en carcajadas.</p> + +<p>¡Con un pillo así era imposible estar seria mucho tiempo! Se necesitaba +tener corazón de piedra para no conmoverse cuando, cogiendo la guitarra +y poniendo los ojos en blanco, se arrancaba por el <i>Fandanguito de +Cádiz</i>, entonando después melancólicamente el ¡<i>Triste Chactas</i>...! que +hacía llorar a todas las muchachas de la época, o aquello otro punteado +y expresivo que comenzaba:</p> + +<div class="noindent"> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>Inflamado mi pecho amoroso</i>,</span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>sólo en ti se cifraba mi anhelo</i>....</span><br /> +</div> + +<p>No; ella le quería, y aunque le diese algún disgusto, consideraba a +Rafael, a pesar de su sotana mugrienta y su cara de granuja, como un +rendido trovador de los que en aquella época de romanticismo hacían el +gasto en todos los extravíos de imaginación femenil.</p> + +<p>Melchor Peña, entrando con frecuencia en la casa, estaba al tanto de +cuanto ocurría en el seno de la familia y conocía el carácter de cada +uno de sus individuos. Don Manuel le apreciaba como muchacho laborioso y +económico, que tenía lo que él llamaba «sangre comercial». Juan, +primogénito del <i>Fraile</i>, simpatizaba con él como a cofrade en la orden +del continuo trabajo y la conquista del céntimo. Manolita decía de él +que era un chico simpático, aunque vulgarote, y Rafael, el famoso +adorador de la tuna, tratábale siempre con un aire de desdeñosa +protección, como si tuviese empeño en recordarle de continuo el abismo +existente entre una futura lumbrera de la ciencia y un «gozquecillo» de +mostrador.</p> + +<p>Melchor correspondía a este desprecio con una antipatía profunda. Y no +es que le hiriesen honradamente las zumbas del estudiante; su odio +provenía del poco aprecio que éste mostraba a Manolita. Ser dueño de la +voluntad de aquella mujer y corresponder a su afecto con infidelidades +era un pecado imperdonable a los ojos del pobre Melchor, que amaba a +Manolita en silencio, siempre en perpetua batalla interna, tan pronto +dispuesto a declarar su pasión como arrepentido de su audacia.</p> + +<p>Habíase enamorado de la hija del <i>Fraile</i>, no repentinamente y a la +primera mirada, como los protagonistas de aquellas novelas que con tanta +fruición leía, su pasión se había formado lentamente, por escalones que +poco a poco había ido subiendo. Un día se fijó en que Manolita tenía +unas hermosas mejillas de melocotón con ligera película, más fina que el +terciopelo de a cuatro duros vara; otro, hizo la observación de que sus +ojos eran «ardientes ascuas», imagen del dominio común de todos los +novelistas por él conocidos, una noche hasta llegó a pensar, +revolviéndose en su menguada cama de dependiente, que la hija de don +Manuel estaría admirablemente formada, a juzgar por su «exterior +escultural»—otra frase cien veces leída—, y el resultado de estas y +otras observaciones fue confesarse a sí mismo que era «esclavo» de +Manolita y la amaría «hasta la muerte».</p> + +<p>¡Qué adoración tan constante la del pobre muchacho! Dos años estuvo +lanzando tiernas miradas a la joven cada vez que por asuntos del +comercio iba a casa del <i>Fraile</i>. Su imaginación novelesca soñaba un +rapto, después de matar en desafío al infame estudiantón, con otras mil +barbaridades por el estilo, y lo mejor del caso era que quien tales +barrabasadas se sentía capaz de ejecutar temblaba como un niño en +presencia del ídolo amado, y cien veces se le atragantó la declaración +que tenía pensada y aprendida, sin faltar punto ni coma.</p> + +<p>Por fin, Manolita supo que Melchor la amaba gracias a una carta de éste, +en la cual, conforme al patrón de todas las declaraciones, comparaba su +corazón con el Vesubio, y comenzando con las consabidas frases: +«Señorita: desde el móntenlo que la vi a usted», etc., terminaba: «Salve +usted este corazón que está herido de muerte.» Manolita acogió +burlescamente la declaración del dependiente, mas no por esto dejó de +agradecerla, con esa satisfacción que causa en toda mujer el saber que +es amada, y nada dijo a su familia ni a Rafael.</p> + +<p>Melchor esperó con paciencia inquebrantable, y un día fue Manolita la +que le recordó su declaración, aceptándola.</p> + +<p>La hija del <i>Fraile</i> se había dejado llevar de un arrebato del carácter +violento que mostraba en las grandes ocasiones. Su primo Rafael había +terminado la carrera, abandonando las locuras de estudiante para +revestirse de la gravedad del doctor, y cuando ella esperaba de un +momento a otro que formulase ante el padre sus pretensiones, una buena +alma la hizo saber que aquel calavera ya no limitaba sus infidelidades a +serenatas amorosas o pasiones del momento, sino que tenía cierto +«arreglo» en el barrio del Carmen con carácter permanente, y hasta se +susurraba si había una criatura de por medio.</p> + +<p>El carácter enérgico de Manolita se sublevó al convencerse de la nueva +infidelidad de Rafael. No; ésta no la consentía, aunque el primo le +pidiese perdón de rodillas y estuviese todo un año cantando romanzas +sentimentales. Quiso vengarse, atormentar al infame, aunque para eso +tuviese ella que sufrir, y nada le pareció mejor que aceptar las +pretensiones de aquel tendero que la adoraba. El asunto se arregló con +prontitud.</p> + +<p>Don Eugenio, que se sentía viejo y estaba dispuesto a traspasar <i>Las +Tres Rosas</i> al dependiente predilecto, encargóse de hablar a su amigo el +<i>Fraile</i>; éste no tenía gran empeño en conservar en casa una hija que +ignoraba el valor del dinero y gastaba mucho en trajes, según él decía; +y como el novio la aceptaba sin un céntimo de dote, la boda se arregló, +y a los tres meses la señora de don Melchor Peña entró triunfalmente en +sus dominios de la plaza del Mercado.</p> + +<p>Siete años duró el matrimonio, y su único fruto fue Juanito, a quien +pusieron tal nombre por apadrinarle el hermano de Manolita, o más bien, +doña Manuela, pues el estado de maternidad, ensanchando sus macizas +carnes de matrona, habíanla dado un aspecto respetable y majestuoso.</p> + +<p>Aquel marido aceptado en un arrebato de ira, sí no llegó a inspirarla +amor mereció la tierna simpatía del agradecimiento. Levantábase Melchor +al amanecer, y después de arropar cuidadosamente a la señora, rogándola +que no abandonase la cama antes de las nueve, bajaba a la tienda para +vigilar a los dependientes en las primeras ocupaciones del día. Subía a +la hora de comer, para reír como un loco con las gracias de Juanito y +revolcarse muchas veces por el suelo, imitando a ciertos animales, para +satisfacer las tiránicas exigencias de aquel monigote que traía revuelta +toda la casa. Comía lo que le daban, acogía como indiscutibles todos los +actos de su mujer, y curado ya de las manías románticas, sólo pensaba en +los negocios y en conquistar una fortuna para que su esposa pudiese ver +realizadas sus altas aspiraciones.</p> + +<p>Doña Manuela gozaba de una libertad absoluta, como jamás la había +soñado. Salía cuando quería, bajaba a la tienda algunas veces, como +quien va a un lugar de entretenimiento, a distraerse viendo gentes y +caras nuevas, y era dueña absoluta de todo el dinero de la casa, con +gran descontento de don Eugenio y del avaro <i>Fraile</i>.</p> + +<p>—Tú no conoces a mi hija—decía el suegro a Melchor—. Si sigues tan +tolerante, poco adelantarás. Con Manolita hay que ser rígido y no +permitirla que toque un ochavo. Es como todas las mujeres, que en trapos +y cintajos derrocharían el Potosí si lo tuvieran en la mano. Créeme a +mí, que conozco bien ese ganado. A la mujer hay que tratarla con +entereza; en una mano el pan y en la otra el palo.</p> + +<p>Pero Melchor se reía de las teorías brutales de su suegro. ¿No marchaban +bien sus negocios? ¿No cerraba con regulares ganancias el inventario del +año? Pues entonces nada debía negar a su mujer, de la que cada vez se +sentía más enamorado, sin duda porque ella correspondía a sus caricias +con una frialdad complaciente.</p> + +<p>Cierto que, a pesar de ser buenos los tiempos, adelantaba poco a causa +de las prodigalidades de su mujer; pero... ¡pobrecilla! él la +disculpaba, recordando su juventud monótona y aburrida al lado del +tacaño padre, y además, decíase a sí mismo que alguna compensación había +de merecer el resignarse a ser tendera una joven que podía aspirar a una +posición más brillante.</p> + +<p>Y ella, aprovechando la tolerancia cariñosa del marido, gastaba con +furor que escandalizaba a los buenos burgueses del Mercado. Seguía las +modas con escrupulosidad costosa, y muchas veces aumentaba sus gastos +hasta la locura, únicamente por el gusto de darles en las narices, como +ella decía, al regañón de don Eugenio y al tacaño de su padre.</p> + +<p>Tenía en su vida motivos de sobra para ser feliz, pero a pesar de esto, +dos cosas la entristecían. El andar a pie por las calles, signo, según +ella, de pobreza y de degradación, y la vulgaridad de su marido, que se +revelaba en sus maneras, en su modo de vestir, en la facilidad con que +bromeaba con las criadas, como hombre acostumbrado a esos floreos de +mostrador con que se halaga a las parroquianas, no pudiendo ver unas +faldas lisas sin soltar cuatro requiebros inocentes y sin consecuencias.</p> + +<p>A pesar del concepto que le merecía su marido, doña Manuela fue honrada. +Justamente el primo Rafael iba alcanzando algún renombre y los +periódicos hablaban de él elogiándolo como médico. Varias veces, con su +antigua audacia intentó aproximarse a Manolita para reanudar sus +relaciones de amistad, buscando un final más íntimo; pero la hija del +<i>Fraile</i> era vengativa: no se borraba fácilmente de su memoria el +recuerdo de una infidelidad, y acogió siempre al médico con una frialdad +burlona. A pesar de esto, doña Manuela no quería consultar su voluntad +ni revolver los recuerdos del pasado, pues sospechaba que todavía sentía +algún afecto por aquel hombre.</p> + +<p>Un día murió el <i>Fraile</i> de apoplejía fulminante al convencerse de que +en la quiebra de uno de sus corresponsales había perdido más de veinte +mil duros.</p> + +<p>Sus negocios no marchaban bien en los últimos años de su vida. La +industria de la seda iba arruinándose con la competencia que la hacían +los franceses; uno tras otro se cerraban los talleres montados a la +antigua que durante un siglo habían sostenido la supremacía industrial +de Valencia, y don Manuel, que a pesar de su buen sentido comercial +tenía empeño en mantener testarudamente la lucha con el exterior, sufrió +grandes pérdidas y murió de un berrinche antes que la ruina viniese a +coronar su desesperada resistencia.</p> + +<p>Setenta mil duros aproximadamente heredaron en dinero, géneros e +inmuebles cada uno de los hijos del <i>Fraile</i>, y mientras el primogénito +se quedó con la casa solariega, contento con su posición y dispuesto a +aumentar lo heredado, doña Manuela, al verse rica, sólo pensó en salir +de su estado de tendera.</p> + +<p>Para ella, la sociedad estaba dividida en dos castas: los que van a pie +y los que gastan carruaje; los que tienen en su casa gran patio con +ancho portalón y los que entran por estrecha escalerilla o por obscura +trastienda. Quería subir, saltar de la clase de los parias dedicados al +trabajo a la de las «personas decentes»; y con el imperio y la concisión +de la señora absoluta que no admite réplicas, expuso a su marido el +futuro plan de vida. Puesto que el dependiente mayor, Antonio Cuadros, +se había casado con Teresa, la criada, y por tener algunos ahorrillos +pensaba establecerse, que se quedara con la tienda y con don Eugenio, +que quería acabar su vida agarrado a ella como una lapa. El precio del +traspaso ya lo iría pagando Antonio poco a poco, y ellos levantarían el +vuelo inmediatamente para ir a formar un nido en una gran casa cerca del +Mercado, una finca soberbia, con ancho portal, gran patio, cuadras +profundas, y en el piso superior magníficas habitaciones; inmuebles que +el difunto <i>Fraile</i> había adquirido por poco dinero, prestando +usurariamente a un conde tronado.</p> + +<p>Todo se realizó tal como lo dispuso doña Manuela, y ésta, a los pocos +días, recordaba como un sueño la estancia de seis años en la tienda del +Mercado, y se consideraba feliz pudiendo pasear en berlina por la +Alameda y teniendo un lacayo a sus órdenes para enviar recaditos a las +nuevas amigas, esposas de magistrados y militares, señoras a las cuales, +por ser rica, trataba con aire protector.</p> + +<p>Lo único que la entristecía era su grandeza en el carácter del marido. +¡Pobre don Melchor! La riqueza purgábala como un delito, y su vida de +rentista ocioso y de acompañante en paseos y ceremonias resultábale un +infierno.</p> + +<p>Desde por la mañana tenía que endosarse el chaqué y el sombrero de copa, +para estar dispuesto a acompañar a la señora; oíase llamar torpe a todas +horas porque en las visitas cerraba la boca, o si la abría era para +soltar ingenuidades y franquezas que recordaban su origen; y... ¡oh +tormento insufrible! Su Manolita no le permitía jamás que se quitara los +guantes y hasta quería que comiese con ellos, para ir—según ella +decía—acostumbrándose a los usos de la gente elegante. ¡Y el diario +paseo por la Alameda...! ¡Dios, qué sonrojo! Tenía ella empeño en +entablar grandes amistades, y no pasaba cerca de su berlina autoridad o +persona conocida sin que Melchor le saludase solemnemente con un +sombrerazo hasta las rodillas, ruborizándose muchas veces al ver el +gesto de extrañeza con que aquellas personas contestaban a la reverencia +de un ente desconocido. Esto de que le mirasen como un pájaro raro no +estaba en su carácter, pero tenía miedo a Manolita y a los iracundos +pellizcos con que acogía sus desobediencias.</p> + +<p>¡Pobre don Melchor! ¡Cuan caro le costaba ser esposo de una mujer +hermosa y rica! Aburríase con el trato de unas personas a las que no +podía entender, su esposa sólo le hablaba para proporcionarle nuevos +tormentos, y únicamente se sentía feliz cuando, puesto de veinticinco +alfileres, huía de casa, buscando en el Mercado a sus antiguos amigos.</p> + +<p>Aparentaba gran conformidad con su nueva posición. Amaba a Manolita y no +quería decir la verdad sobre su carácter; pero con el astuto don Eugenio +no valían disimulos.</p> + +<p>—Mira, muchacho, tú nos engañas. No, no eres feliz... aunque me lo +jures. Tú tienes, como yo, sangre de comerciante, y el que nos saque de +este mostrador y nuestras costumbres, nos mata. De seguro que ahora, +siendo rico, levantándote tarde y paseando en carruaje, te acuerdas con +envidia de los tiempos en que bajabas a barrer la tienda a las seis de +la mañana y echabas un párrafo con las criadas que van a la compra. Yo +sé bien lo que es eso.... ¡Ah! ¡Esa Manuela...! ¡Esa Manolita! El otro +día se lo decía yo a su hermano. Ella te ha de matar, y ya estás en +camino. Tú no puedes tirar con una vida así.... Jaula nueva, pájaro +muerto.</p> + +<p>Y estas profecías fúnebres, que, dichas con franqueza, a lo aragonés, +espeluznaban al infeliz Melchor, se iban cumpliendo poco a poco.</p> + +<p>Don Melchor languidecía visiblemente. Su buen humor había desaparecido +junio con los colores de su cara; una obesidad grasosa y amarillenta +hinchaba su cuerpo; y al fin, un año después de abandonar la tienda, +murió sin que los médicos supieran con certeza su enfermedad. Fue cosa +del hígado, del corazón o del estómago; sobre esto no se pusieron de +acuerdo los doctores; lo único indiscutible fue que cayó lánguidamente y +sin ruido, como esos pájaros a quienes el lazo traidor arranca del +espacio para encerrarlos en una jaula.</p> + +<p>Fue un luto estrepitoso el de doña Manuela. Misas a centenares, +funerales a toda orquesta, limosnas a porrillo, y lágrimas y lamentos +que afortunadamente tenía el poder de evitar con sus frases chistosas el +doctor don Rafael Pajares, quien, como médico de alguna fama, había sido +llamado en los últimos días de la enfermedad del marido, lo que aumentó +la languidez de éste y su desesperado desaliento.</p> + +<p>Ya sabía doña Manuela que no era muy correcta la presencia del antiguo +novio en los primeros días de su viudez. Pero al fin era su primo, y +trataba con tanto cariño al huérfano Juanito, con tales cosas sabía +alegrar al pequeñín, que éste no podía pasar sin el tío Rafael.</p> + +<p>Quien más murmuraba contra tales visitas era don Juan, el hermano +austero, huraño y de pulcra rectitud; pero sus quejas fueron, recibidas +tan acremente, que acabó jurando no volver a poner los pies en aquella +casa.</p> + +<p>Quedó el médico dueño del campo. Tan complaciente era, que para +entretener al sobrino no vacilaba en despojarse de su dignidad +profesional, y las criadas oían sonar en el salón una guitarra y la voz +de don Rafael cantando las cancioncillas de sus buenos tiempos de +estudiante. Primero sólo visitaba a la viuda por las tardes; después +prolongó las entrevistas, saliendo de la casa a media noche; y por fin, +llegó un día en que no salió.</p> + +<p>Don Eugenio y don Juan estaban escandalizados, diciéndose que el buen +<i>Fraile</i> conocía perfectamente a su hija; y aunque los dos tenían poco +afecto al médico, experimentaron cierta satisfacción al saber que la +viuda y el primo se casaban apenas transcurriera el plazo marcado por la +ley.</p> + +<p>A los tres meses de casados tuvieron una niña, Conchita; un año después +un muchacho, al que pusieron por nombre Rafael, y por fin, la menor, +Amparito, último fruto de unos amores que se extinguieron tras rápidas e +intensas llamaradas.</p> + +<p>El matrimonio fue al poco tiempo de realizado un motivo de satisfacción +para don Juan, que aunque no odiaba a su hermana se alegraba de sus +desgracias, hijas de la imprevisión.</p> + +<p>El primo Rafael, amante rabioso de los placeres y obligado a reprimir +sus deseos en la atmósfera de sórdida avaricia en que se había educado, +lanzóse sin temor a saciar sus apetitos al verse dueño de la fortuna de +su esposa. La supeditación amorosa de doña Manuela le hacía ser dueño +absoluto de la casa, y no tardó en hacer sentir su tiranía.</p> + +<p>Egoísta hasta la brutalidad, era derrochador para sus placeres y tacaño +feroz cuando se trataba de las necesidades de los demás. Encontró +ridículos los gustos aristocráticos de su esposa, y los suprimió +despóticamente. Vendió el carruaje y los caballos, y doña Manuela, que +tan exigente se mostraba en materia de ostentación con su primer esposo, +acató servil y gustosa las órdenes del segundo. Ignoraba que aquel +hombre tan avariento en los gastos de la casa arrojaba el dinero fuera +de ella, y cubriéndose con el velo de la hipocresía, llevaba una vida de +calavera, tal como la había soñado en su juventud.</p> + +<p>La ceguera de la esposa duró algunos años. Cuando supo toda la verdad, +tuvo un momento de indignación y de protesta valiente, como al dar su +mano a Melchor; pero ya era tarde para remediar el mal.</p> + +<p>El doctor había jugado fuerte, perdiendo miles de duros; mantenía +queridas costosas por pura ostentación y emprendía viajes divertidos por +toda España con audaces compañeros de bureo. La fortuna de doña Manuela +estaba casi destruida. Su marido, en momentos de expansión amorosa, +cuando ella se sentía más supeditada, habíala arrancado firmas +comprometedoras y tenía que pagar, so pena de ver sus bienes embargados. +Para dar en la cabeza a su marido—según ella decía—volvió a sus +antiguos gastos, a la ostentación falsa de una fortuna que no existía; +contrajo, por su parte, deudas y guiada por el engañoso pundonor de las +gentes que se arruinan, en vez de vender fincas y ponerse a flote, +prefirió gravar sus inmuebles con hipotecas y echarse en brazos de la +usura, buscando préstamos con intereses aplastantes.</p> + +<p>Por fortuna, un sinnúmero de enfermedades provenientes de la vida +crapulosa del doctor surgieron en su gastado organismo, y murió cuando +ya su mujer, si no le odiaba, veíase separada para siempre de él por sus +infidelidades y desvíos.</p> + +<p>La muerte del primo Rafael hizo que don Juan volviera a casa de su +hermana y se dignase ocuparse en sus asuntos. Con su buen instinto de +hombre práctico, puso orden en aquel maremágnum: vendió fincas, canceló +hipotecas, pagó a los usureros con harto pesar de éstos, que querían ver +correr los intereses hasta devorar al cliente, y al fin, un día pudo +decir a su hermana:</p> + +<p>—Mira, chica, ya tienes libre y sano lo que te queda, pero te advierto +que no eres rica. Tienes, a lo sumo, veinte mil duros, más ocho mil que +pertenecen a Juanito, por ser la herencia de su padre. Se acabaron, +pues, las locuras. Ahora mucho orden y mucha economía, y así podrás ir +tirando. Sobre todo, no cuentes conmigo en los apuros. Si fueras pobre +te tendería la mano; pero tienes para comer, y a mí no me gusta amparar +a los derrochadores. Se acabaron las berlinitas y los demás gastos con +los que se aparenta lo que no se tiene. Una vida arreglada, gastando +conforme a la renta, es lo decente y lo digno. Esa fanfarronería, ese +afán de aparentar con cuatro cuartos lo que la gente llama «arroz y +tartana», es ridículo... ¿lo entiendes bien? soberanamente ridículo.</p> + +<p>Doña Manuela sintióse impresionada por los consejos de su hermano, y por +mucho tiempo los siguió escrupulosamente.</p> + +<p>Dedicóse a criar a sus hijos, es decir, a los hijos de su segundo +matrimonio, pues el pobre Juanito siempre había sido tratado con falso +cariño, con un desvío encubierto, como si doña Manuela quisiera vengar +en el pobre chico el haber sido poseída por su difunto padre.</p> + +<p>Aquella mujer resultaba incomprensible. Al marido fiel y bondadoso +apenas lo nombraba, como si su matrimonio hubiese sido de algunos días; +y en cambio, de aquel calavera que tanto la hizo sufrir habíase forjado +después de muerto una figura ideal, y ya que no de sus virtudes, hablaba +a todos de su talento, pintándolo como un sabio ilustre, cuya ciencia no +había podido apreciar el mundo.</p> + +<p>El pobre hijo de Melchor, con su carácter apocado y dulce y su afán de +cariño, era el paria de la casa. El doctor, viéndole siempre callado, +contemplando a su madre con estúpida adoración, había declarado que el +niño era tan bruto como su padre, y cuando más, podría servir para el +comercio. Y como el muchacho, por su parte, le tenía gran afecto a don +Eugenio y cierta querencia a <i>Las Tres Rosas</i>, que era donde habían +transcurrido los primeros años de su vida, de aquí que Juanito, a los +trece años, entrase en la tienda como aprendiz distinguido, con la +ventaja de comer y dormir en su casa.</p> + +<p>En cambio, los hijos del doctor Pajares gozaron una niñez rodeada de +atenciones. Las dos hijas estuvieron hasta los catorce años en un +colegio y Rafaelito fue dedicado al estudio, pues doña Manuela v quería +hacer de él una lumbrera médica como su padre.</p> + +<p>Estas predilecciones irritaban a don Juan, que había sentido un afecto +fraternal por su primer cuñado, trabajador infatigable como él y amigo +del ahorro. Además, Juanito era su ahijado. Pero callaba viendo que la +hermana seguía sus consejos económicos y—según sus palabras—no +estiraba el pie fuera de la sábana.</p> + +<p>Pero llegó el momento en que las niñas se convirtieron en unas +señoritas, conservando sus relaciones amistosas con sus antiguas +compañeras de colegio, y doña Manuela sintió el afán de ostentación de +toda madre que tiene hijas casaderas. Renovó su mobiliario, abandonó las +modistas anónimas, y en su afán de no andar a pie, si no tuvo berlina y +tronco como en sus buenos tiempos, compró una galera elegante y ligerita +y tomó como cochero a Nelet, el hijo de la nodriza de Amparo, un bárbaro +de la, huerta, a quien puso por condición no tutear a la señorita menor +y olvidarse de que era su hermano de leche.</p> + +<p>—¡Que rabie ese rancio!—decía doña Manuela, indignada al saber la +furia con que su hermano había acogido tales reformas—. ¿Cree que toda +la vida la hemos de pasar como unos miserables, con pan y cebolla y un +vestido viejo?</p> + +<p>Don Juan también hablaba, y había que oírle.</p> + +<p>—Tu madre está loca—decía algunas veces a Juanito en la puerta de <i>Las +Tres Rosas</i>—. Si esto sigue más tiempo, todos iréis a pedir limosna. +¡Ah, qué cabeza...! ¡Parece imposible que sea mi hermana! Para ella lo +principal es aparentar, y del mañana que se acuerde el diablo. Lo que yo +digo: «arroz y tartana...» y trampa adelante.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="III" id="III"></a>III</h2> + + +<p>El primer día del año, a las ocho de la mañana, Concha y Amparo ya +habían abandonado el lecho, extraña diligencia en ellas, que por lo +común no se levantaban hasta las diez.</p> + +<p>Ligeritas de ropa a pesar de la estación, revoloteaban alegremente por +su cuarto, que ofrecía el desorden del despertar, en torno de las dos +camitas de inmaculada blancura, que en sus arrugadas sábanas guardaban +el calor de los cuerpos jóvenes y ese perfume de salud y de vida que +exhalan las carnes sanas y virginales.</p> + +<p>Gorjeaban alegremente, como pájaros que despiertan, pero sus trinos no +podían ser más vulgares.</p> + +<p>—¿Dónde estarán mis botinas?</p> + +<p>—Mis medias... me falta una.... ¿La has escondido tú?</p> + +<p>—¡Ay, Dios...! ¡Tengo una liga rota!</p> + +<p>Y así continuaba el diálogo de exclamaciones sueltas, lamentos y +protestas, mientras las dos jóvenes, en chambra y enaguas, mostrando a +cada abandono rosadas desnudeces, iban de un lado a otro, como aturdidas +por el ambiente cálido y pesado de la habitación cerrada.</p> + +<p>Luego pasaron al tocador, un cuartito en el que la luz de la ventana, +después de resbalar sobre la luna biselada de un gran espejo, quebrábase +en el cristal azulado o rosa de las polveras y los frasquitos de +esencia. La pieza no era un modelo de curiosidad y delataba el desorden +de una casa donde falta dirección. Los peines de concha guardaban +enredadas en sus púas marañas de cabellos; muchos frascos estaban +desportillados, y el blanco mármol tenía pegotes formados por el amasijo +de gotas de esencia con los residuos de polvos.</p> + +<p>Las dos muchachas soltaron sus cabellos, largos y ondeantes como +banderas; sacudiéronlos, haciendo caer sobre el mármol las horquillas +como una lluvia metálica, y después, cual buenas hermanas, ayudáronse +mutuamente en la difícil tarea del peinado de un día de ceremonia.</p> + +<p>La clara luna retrataba en su fondo ligeramente azulado las cabezas de +las dos hermanas, con la cabellera suelta y vestidas de blanco, como +tiples de ópera en el momento de volverse locas y cantar el aria final.</p> + +<p>Sus rostros no eran gran cosa; hubieran resultado insignificantes a no +ser por los ojos, unos verdaderos ojos valencianos que les comía gran +parte de la cara, rasgados, luminosos, sin fondo, con curiosidad +insolente algunas veces, lánguidos otras, y cercados por la ojera tenue +y azul, aureola de pasión.</p> + +<p>La mayor, Conchita, veintitrés años, era la más parecida a su madre. +Tenía su mismo aire majestuoso, y comenzaba a iniciarse en ella un +principió de gordura, lo que la hacía parecer de más edad. En la casa +gozaba fama de genio violento, y hasta doña Manuela la trataba con +ciertas reservas para evitar sus explosiones iracundas; pero fuera de +esto era seductora, con su frescura de carnes a lo Rubens y las +arqueadas líneas que a cada movimiento delatábanse bajo la blanca tela.</p> + +<p>La menor, Amparito, dieciocho años; linda cabeza de bebé, boca graciosa, +hoyuelos en la barba y las mejillas, un puñado de rizos sobre la frente +y ojos que en vez de mirar parecían sonreír a todo, revelando el inmenso +contento de ser joven y que la llamasen bonita. Era la toquilla de la +casa, la señorita aturdida que aprende de todo sin saber hacer nada; la +que por la calle no podía ver una figura ridícula sin estallar en +ruidosa carcajada; la que tenía en sus gustos algo de muchacho y +aseguraba muy formal que sentía placer en hacer rabiar a los hombres; la +que se escapaba a cada instante del salón, para ir a la cocina a charlar +con las criadas, gozando en ser su amanuense, sólo por intercalar en +las cartas al novio soldado terribles barbaridades, con las que estaba +riéndose toda una semana.</p> + +<p>Profesábanse gran cariño las dos hermanas; pero esto no impedía que +algunas veces Amparo esgrimiese su carácter burlón contra Concha y ésta +sacase a luz su impetuosidad iracunda; conflictos que terminaban siempre +yendo la pequeña en busca de la mamá, llorando, con la mejilla roja de +un bofetón o un par de pellizcos en los brazos. Otras veces armábase la +guerra por si la una se había puesto la ropa blanca de la otra o por si +se habían robado objetos de su exclusiva pertenencia; pero una ráfaga de +autoridad pasaba por la madre: había bofetadas, llantos y pataleos; las +criadas reían en la cocina, y a la media hora todos tan contentos: +Concha en el balcón, Amparo corría por la casa cantando como una +alondra, y doña Manuela arrellanábase en su butaca con aire de soberana +que acaba de administrar recta justicia.</p> + +<p>Las dos ofrecían un seductor grupo mirándose en el espejo del tocador, +despechugadas, con los brazos al aire y oliendo a carne refrescada por +una valiente ablución de agua fría. Sus cabelleras, fuertemente +retorcidas, apelotonábanse sobre la testa con la forma del peinado +frigio, y quedaba al descubierto, sobre el extremo de la espalda +nacarada, cubierta de una película tenue y fina de melocotón sazonado, +la nuca morena, de un delicioso color de ámbar, erizada de pelillos +rebeldes y rizados que parecían estar puestos allí para estremecerse +nerviosamente con los suspiros de amor.</p> + +<p>Al terminar el peinado comenzó el arreglo del rostro. ¡Oh estupideces de +la moda! A las dos incomodábalas su color pálido de arroz, aquel color +puramente valenciano que hace recordar las delicadas tintas de la +camelia.</p> + +<p>«Tenemos caras de muertas», se decían todas las mañanas al mirarse al +espejo, y martirizaban su fresca y jugosa piel con los polvos cargados +de plomo, el bermellón que teñía levemente las mejillas y los lóbulos +de las orejas; y como si sus ojos no fueran bastante grandes todavía +enmendaban la plana a la Naturaleza, trazando leves líneas al extremo de +los párpados. La frescura juvenil, la hermosura natural, era cursi; la +elegancia exigía careta.</p> + +<p>Y mientras llevaban a cabo este retoque criminal, eran las exploraciones +sin término, las rebuscas furiosas sobre el mármol del tocador, al +través del bosque de frascos y cajas, persiguiendo objetos que +aturdidamente tocaban sin reconocerlos. ¿Dónde estaba el polvo rosa? ¿Y +el paño de Venus? ¡Adiós! ¡ya no quedaba una gota de «piel de España»! +La mamá, con la manía de embellecerse que la había acometido a última +hora, era una calamidad para las niñas. Ella sola se llevaba medio +tocador, y después, para hacerla entrar en la perfumería, había que +importunarla toda una semana.</p> + +<p>La <i>toilette</i> acabó con poca alegría. Las deficiencias del tocador +habían malhumorado a las dos hermanas. Lanzábanse miradas de sorda +hostilidad. Amparo pensaba que, por ser la más pequeña y la más débil, +tenía que contentarse con el sobrante de la otra, y Concha retocaba su +moño nerviosamente, murmuraba y daba furiosas pataditas, mirando de +soslayo, sin poder copiar el perfil gracioso del peinado de aquella +muñeca.</p> + +<p>Por fin llegó el momento en que volvieron a su cuarto para ponerse los +vestidos más bonitos. Eran los días de la mamá; iban a tener visitas y +había que estar presentables, para que las amigas, en vez de sonreírse +compasivamente, se mordieran los labios.</p> + +<p>Cuando volvieron al tocador y se miraron en la clara luna, su alegría +reapareció. Vamos, no estaban del todo mal; y con un retoque al peinado +y a la cara, un <i>bouquet</i> en el pecho y dos tirones al talle para que no +hiciese arrugas, se dieron por satisfechas y se lanzaron al público.</p> + +<p>Eran ya cerca de las diez. La mamá estaba en el salón hablando con doña +Clara, una señora antipática y ordinaria que la visitaba con frecuencia, +y las niñas, huyendo de tal visita, pasaron al comedor.</p> + +<p>Hasta allí llegaban los preparativos de la fiesta. Sobre la mesa +veíanse, formando círculo, varias bandejas con pasteles de espuma, +blancos en su base, destilando almíbar, dorados suavemente en sus +dentelladas crestas, y entre los cuales asomaba la tarjeta del que +enviaba el dulce recuerdo; dos grandes tortadas ostentando en su +superficie de azúcar pulido como un espejo frutas confitadas en +caprichosos grupos; y en el centro de la mesa el ramillete de casa +Burriel, arquitectura de turrón, y merengue que afectaba la forma de un +castillo surgiendo de un montón de flores y rematado por una bailarina +que, montada sobre un alambre, danzaba temblorosa sobre la obra maestra +de confitería.</p> + +<p>En torno de la mesa, husmeando con aire goloso, estaba una diminuta +perra inglesa, que, con su piel de porcelana, sus ojillos de cristal y +las patas de alambre, parecía escapada de una tienda de juguetes.</p> + +<p>Al ver a sus amas, el liliputiense animal sacó la roja lengua, lanzando +un ladrido que parecía un estornudo.</p> + +<p>—¡<i>Miss</i>...! ¡mi querida <i>Miss</i>!—gritó Amparito, queriendo tomarla en +brazos. Pero ya Concha se había adelantado a tal deseo, apoderándose de +ella, y desde lo alto de sus brazos enseñábale la mesa cubierta de +pasteles, al mismo tiempo que la besaba en el hocico.</p> + +<p>Hubo brega entre las dos hermanas sobre el mejor derecho a la posesión +de <i>Miss</i>, y Concha la dejó caer, con tan mala fortuna, que chocando +sobre la mesa aplastó un par de pasteles, y manchada con la espuma del +merengue emprendió una furiosa carrera hacia el salón.</p> + +<p>—¡Mi pobre perrita! ¡Animal...! ¡la has muerto!—gritó Amparito, como +si hubiese ocurrido una desgracia. Y levantó su puño amenazante contra +su hermana.</p> + +<p>Pero al ver la extraña figura que presentaba <i>Miss</i> con sus pegotes de +merengue y corriendo medrosa, una carcajada de atolondramiento hinchó su +lindo cuello, y como si nada hubiese sucedido, se agarró del talle de +Concha, dándola un sonoro beso.</p> + +<p>—¡Qué gracioso...! ¿eh? ¡Qué cara va a poner mamá cuando la vea entrar +en el salón con esa facha...!</p> + +<p>Pero la intensa risa que esto la producía desvanecióse al oír un cacareo +angustioso, un estertor de muerte que salía de la cocina.</p> + +<p>Allá fueron ellas, y al entrar vieron a Nelet el cochero en mangas de +camisa, con un cuchillo en la mano, ocupado, con la gravedad de un +sacrificador, en abrirle el gañote a un robusto capón que sostenía +Visanteta por las patas. La otra criada de la casa, que la echaba de +sensible y ejercía cerca de las señoritas las funciones de doncella, +volvía la espalda al sacrificio y vigilaba las marmitas y cazuelas que +hervían sobre los fogones del banco.</p> + +<p>Las dos hermanas, inclinadas y recogiéndose las faldas entre las +piernas—para evitar rozamientos con el suelo grasoso—, contemplaban +atentamente el degüello, contaban las convulsiones de la agonía y +seguían las últimas gotas de sangre desde que asomaban a la herida, +erizada de pelos coagulados, hasta que caían en una cazuela.</p> + +<p>Este trabajo ponía alegre a Nelet y excitaba su jocosidad brutal.</p> + +<p>—Qué gordito, ¿eh?—decía palpando la pechuga del cadáver—. Cuando lo +pelen parecerá un canónigo.... Si yo fuera rico, todas las mañanas haría +una muerte así. Vale más esto que limpiar el caballo.</p> + +<p>Y para completar sus gracias agitaba el capón en el aire como si +incensase el rostro de las dos criadas, lo que las hacía correr +asustadas por toda la cocina, con gran algazara de las señoritas.</p> + +<p>La broma cesó al aparecer doña Manuela, vestida con una bata de seda +negra, amplia, con larga cola y mangas perdidas que completaba su +apostura de reina de teatro. Se había librado de doña Clara, aquella +posma que nunca terminaba relato alguno, saltando de una conversación a +otra, lo que hacía sus visitas interminables.</p> + +<p>La mamá y las niñas volvieron al comedor y dieron vuelta a la mesa, +leyendo las tarjetas que acompañaban a los regalos.</p> + +<p>Allí estaba la del tío don Juan. Siempre el mismo. El muy tacaño, a +pesar de sus millones, se había contentado con media docena de pasteles: +total, tres pesetas. No se arruinaría. El lindo ramillete era de don +Antonio Cuadros y su señora, los propietarios de la tienda de <i>Las Tres +Rosas</i>.</p> + +<p>—Ahí tenéis unas personas sin educación, pero que saben hacer bien las +cosas.</p> + +<p>Y doña Manuela, después de esta reflexión hija del agradecimiento, +siguió enseñando las tarjetas. Don Eugenio García, una tortada... no +estaba mal; la otra era de «las magistradas»; y los demás pasteles no +llevaban señales de procedencia; pero doña Manuela adivinaba que eran de +Juanito, aquel hijo que la obsequiaba con tanto cariño como sí fuese su +novia.</p> + +<p>—¿Y Juanito, dónde está mamaíta?</p> + +<p>—En la tienda; pero vendrá antes de las doce. Rafael también ha salido.</p> + +<p>En la puerta de la escalera sonó un campanillazo, que denotaba el tirón +brutal de una mano burda.</p> + +<p>Nelet salió rápido de la cocina, y haciéndolo retemblar todo con sus +zapatos, corrió a abrir. Hubo en la antesala exclamaciones como +berridos y caricias que parecían golpes, cual si alguien riñese a brazo +partido.</p> + +<p>—¿Qué es eso?—dijo doña Manuela, avanzando hacia la puerta.</p> + +<p>Pero se detuvo al oír la voz cascada y chillona que sonó en la antesala.</p> + +<p>—¡Es el ama...! ¡el ama!—gritó Amparito con ingenua alegría.</p> + +<p>Pero inmediatamente se contuvo, ruborizada, como si hubiese cometido una +terrible inconveniencia.</p> + +<p>Precedida de Nelet, entró en el comedor, balanceándose y atronándolo +todo con sus chillones «¡buenos días!», una labradora gruesa y hombruna. +Era la nodriza de Amparito, una huérfana de las inmediaciones de +Alboraya, madre del cochero, y que había criado en su barraca a la +señorita. Nelet era un retoño digno de tal árbol, pues en el rostro +pecoso, mofletudo y de tirante piel que mostraba la tía Quica bajo su +pañuelo de hierbas notábase la misma brutalidad jocosa y resuelta de su +rústico vástago. Abultaban su volumen una docena de zagalejos bajo la +rameada falda, y cuando se sentaba abría las piernas de tal modo, que, +combándose las ropas, formábase entre sus muslos de yegua rolliza un +abismo insondable. Iba siempre a todas partes con la cesta al brazo; una +enorme cesta, siempre blanca, que no soltaba ni al tomar asiento, y por +lo íntimamente unida a su persona, parecía un nuevo miembro de su +cuerpo.</p> + +<p>Abrumó a Amparito con abrazos asfixiantes y besos y lagrimones, que la +arrebataron una parte del colorete; y después de esta molesta expansión, +que dejó aturdida a la niña e hizo torcer el gesto a doña Manuela, +dejóse caer de golpe en una silla, que crujió tristemente bajo las +gigantescas posaderas.</p> + +<p>Dio dos o tres bufidos de cansancio—sin soltar la cesta—, y rompió a +hablar en un castellano fantástico, ya que en casa de doña Manuela no +era permitido otro lenguaje.</p> + +<p>¡Cómo se cansaba una en Valencia...! Parecía imposible que las gentes +quisieran vivir en semejante pudridero. Allá, en la huerta, se estaba +bien, y por esto a ella le costaba mucho decidirse a entrar en Valencia. +Había venido únicamente por felicitar a la señora en sus días, y eso +haciendo un esfuerzo, pues su deber era no apartarse de su hermana +menor, que vivía en una barraca inmediata a la suya.</p> + +<p>—¡Calle, siñora! ¡Cuan apurada está la pobre! Su marido nos ha salido +un borrachín, un bufao, que todos los domingos vuelve de la taberna de +<i>Copa</i> a cuatro patas, como un burro, y lo han de meter en la cama para +que duerma la mona un par de días. ¡Y qué pausas, Virgen santa! Mi pobre +Pepeta pasa la vida de Santa Catalina de Sena, y la muy bestia, erre que +erre, sin aborreser a ese pillo de <i>Pimentó</i>, que no vale ni un papel de +fumar.</p> + +<p>Y en este tono seguía la tía Quica la relación de todas sus desdichas de +familia; pero a lo mejor deteníase, y al ver a Amparito, que la +contemplaba silenciosa, prorrumpía en un «¡<i>jilla meua</i>!» estruendoso; y +sin soltar la cesta—eso jamás—, volvía a abrazarla y besuquearla, +llevándose en los labios los blancos polvos.</p> + +<p>¡Cuan guapa estaba! Miradla; parecía una reina. ¡Quién podría figurarse, +al verla con aquellos trajes, que la había tenido en su barraca, y en +las tardes de sol jugaba en la cuadra con Nelet y otros chicos, entre el +macho, el novillo y los dos cerdos!</p> + +<p>Aún se acordaban todos de ella y eran muchos los que le preguntaban por +su salud. No; de aquel año no pasaba. Aunque se opusiera la mamá, ella +se la llevaría a la fiesta mayor de Alboraya, para que todos vieran cómo +estaba su Amparito y qué aire de señorío gastaba. Y... a propósito; el +hijo del tío <i>Pallús</i>—¿te acuerdas, Amparito...? aquel chico que andaba +a cuatro patas y hacía el burro para que tú le montases—, pues bien, +ése venía ahora a Valencia con el carro a recoger el estiércol de las +casas, y quería que Nelet le dejase limpiar la cuadra. Cuando viniese +por el estiércol ya subiría a ver a Amparito, y de paso, si no les +servía de molestia, podían darle cualquier cosilla: unos pantalones +viejos de los señoritos, algo de ropa blanca, pues a los pobres todo les +sirve.</p> + +<p>La tía Quica se dio cuenta del mal efecto que su conversación causaba en +doña Manuela, y se apresuró a manifestar el objeto de su embajada, +echando mano a la inseparable cesta. En ella llevaba algunas cosas para +obsequiar a la señora en sus días; regalos de pobre, pero que ofrecía +con la mejor voluntad del mundo. Rosquillas de una pasta con cierto dejo +amargo, cubiertas con una capa tersa de azúcar; tortas que parecían de +cartón, pegadas a un papel grasiento, y confites agridulces, que se +deshacían en la boca y llevaban en la huerta el extraño nombre de +<i>suspiros</i>. La señora dio las gracias, con una risita de conejo. Bien +sabía lo que costaban esos productos de la confitería rústica. Ya lo +decía su astuto padre: «El bollo del labrador cuesta cahizada de trigo.»</p> + +<p>Después que la tía Quica depositó majestuosamente sobre la mesa sus +regalos, la señora, como compensación, metió en su cesta la media docena +de pasteles que <i>Miss</i> había aplastado en su caída, y además le dio un +duro, no sin antes luchar con la labradora, que juraba y perjuraba que +nada quería, mientras en sus ojos brillaba la codicia.</p> + +<p>Cuando tuvo en su poder los regalos, entonó un interminable himno de +gracias, desbordándose en elogios, que, en forma de consejos, dirigía a +su hijo.</p> + +<p>—Mira, Nelet; bien puedes servir a las siñoras. A ver si te portas +bien; tu padre, el tío Sentó, tendrá un disgusto si faltas a la +obligasión. Bien puedes trabajar. Estando en casa, tendrías que ir en el +carro a llevar vino, durmiendo mal y trabajando como los machos. ¿Y aquí +qué te hase falta? Tienes papusa buena y segura, trabajas poco, vas +vestido como un siñor... Nelet, no seas bruto y a ver si das gusto a las +siñoras....</p> + +<p>Y así hubiese seguido desarrollando este capítulo de consejos, a no ser +porque un campanillazo le cortó la palabra.</p> + +<p>Una visita. Doña Manuela y las niñas pasaron al salón, donde estaba don +Eugenio García, el fundador de <i>Las Tres Rosas</i>.</p> + +<p>Por él no pasaban los años. Era el mismo viejecillo de siempre, +regordete y sonriente, con el rostro colorado, la mirada viva y la +cabecita blanca y sonrosada. Aseguraba que tenía gran semejanza +fisionómica con Pío IX, y algo había en él que recordaba al difunto +Papa, a pesar de su capita azul sin esclavina y del bastoncillo muleta, +que no soltaba ni aun en las visitas.</p> + +<p>Besó a las niñas como sí fuese su abuelo, y a doña Manuela diole algunas +palmadas en la espalda con una alegría de viejo campechano, asegurando +que cada vez estaba más gorda y hermosota. Venía de oír misa de San +Juan, su querida parroquia; y cumpliendo la obligación de todos los +años, quería saludar a Manuela y a las niñas, y desearles mil +felicidades en el día del santo. Él no pensaba salir del próximo año; en +él caería, estaba seguro de ello, a pesar de que todos los años había +dicho lo mismo. Y hablaba de la muerte con la serenidad de una vejez +tranquila y honrada, bromeando, riéndose y dejando escapar agudos +chillidos por entre sus encías desdentadas.</p> + +<p>Amparito escuchábale complacida, riéndose malignamente del ceceo del +viejo y de sus preguntas.</p> + +<p>¿Que si tenían novio? No, señor; aún eran jóvenes y podían esperar. +Concha sí que tenía algo, pero ella nada.... Nadie la quería... ¡era tan +fea...! Y el travieso bebé experimentaba satisfacción al oírse llamar +hermosa por aquella boca de ochenta años.</p> + +<p>—Pero quédese usted a comer, don Eugenio—dijo la señora—. Desde que +salimos de la tienda, ningún año ha querido usted honrar nuestra mesa.</p> + +<p>—No puedo, Manolita. Soy ya muy viejo, y quien me saca de mis sopitas +me mata. Además, vaya un regalo: un convidado de mi clase. Masco como +una cabra, y 110 divierte ver un viejo entre la gente joven. A cada +cual lo suyo.</p> + +<p>La visita se prolongó una media hora, y por fin, el viejo, con ayuda de +su bastón, púsose en pie.</p> + +<p>—Me voy, hijas mías—dijo con expresión melancólica, a pesar de su +carita siempre alegre—. El año que viene os acordaréis de mí al veros +sin mi visita. Ya tendré entonces lo que me falta: el reposo eterno.... +No digáis que no.... ¿Creéis que no tengo ganas de descansar...? Pero +mientras llega la hora, don Eugenio siempre firme en su tienda del +Mercado. ¡Comerciante hasta la muerte!</p> + +<p>Y después de repetir estas palabras golpeándose el pecho, salió del +salón escoltado por las señoras.</p> + +<p>La nodriza se había ido, y Nelet continuaba en la cocina ayudando a las +muchachas. Era día de gran banquete. Don Juan, el tío de las señoritas, +aquel erizo intratable, había accedido a comer en casa de su hermana, y +eran de ver los preparativos. Juanito iría a las doce por el tío; y +Rafael, antes de salir, había sufrido un sermón de su madre +recomendándole que estuviera en casa a la una en punto, hora de la +comida. A los postres vendría Andresito Cuadros y algún amigo de Rafael.</p> + +<p>La campanilla de la escalera sonaba cada cinco minutos. Eran tarjetas de +felicitación, que se amontonaban en el velador de la antesala, y sobre +las cuales se abalanzaban las dos hermanas, ávidas de curiosidad.</p> + +<p>A las once, otra visita, Don Antonio Cuadros y su mujer, con la ropa de +las grandes solemnidades. Teresa, con vestido negro de seda, grueso y +crujiente, sólido aderezo con más oro que piedras, mantilla de blonda y +los dedos cargados, como siempre, de sortijería barata. Él, de levita +atrasada de tres modas, guantes negros, sombrero de copa con alas +microscópicas y en el chaleco una verdadera maroma de oro. Los dos, +tiesos, majestuosos, dentro de estos trajes que, al través de +innumerables reformas, venían subsistiendo desde su boda y sólo salían a +luz en visitas de días o entierros.</p> + +<p>El matrimonio tomó asiento en el sofá, lugar preferente del salón, honra +que hizo enrojecer de orgullo a la antigua criada.</p> + +<p>—Pues sí, Manuela—dijo el marido—; en un día como éste, nosotros no +podíamos prescindir de hacer a ustedes la consabida visita. Gozamos de +la felicidad de ustedes, porque, aunque me esté mal el decirlo, nosotros +les apreciamos mucho.</p> + +<p>Y así seguía el tendero del Mercado, ensartando sus frases rebuscadas +ante la admiración ingenua de su esposa, que veía en él un ser superior. +Y mientras seguía su curso la conversación, sonaba a cada instante la +campanilla de la puerta. Eran tarjetas de felicitación, que la señora +miraba satisfecha, dejándolas sobre el velador de modo que pudiesen +leerlas sus visitantes.</p> + +<p>La familia dio las gracias al señor Cuadros por el obsequio que había +enviado.</p> + +<p>—Quédense ustedes a comer con nosotros. Hoy tenemos a la mesa a mi +hermano Juan.</p> + +<p>Estas palabras hicieron que la conversación recayese sobre el hermano de +la señora. El comerciante era irresistible cuando se lanzaba a hablar +del prójimo. ¡Vaya un señor raro el tal don Juan! Para él no existían +teatros ni diversiones. Se le calculaba una fortuna de más de cien mil +duros, y sin embargo vivía como un hurón en la gran casa heredada de su +padre, sin otra compañía que una vieja criada, y arrastrando su fastidio +por los talleres abandonados, que parecían cementerios. Tenía manías, y +la más principal era combatir la debilidad de la vejez con un régimen de +continua actividad. Todas las tardes pasaba horas enteras visitando las +obras del Ensanche, las reformas que el Municipio emprendía en los +caminos vecinales. Los peones le conocían, como si fuese un contratista +o maestro de obras; y cuando le faltaban estas distracciones emprendía +atroces caminatas: iba a pueblos distantes, andando siempre con una +regularidad mecánica; el cuadrado sombrero sobre las cejas, flotante el +paleto, que no abandonaba ni aun en el verano, y bajo el brazo el bastón +de su juventud, una caña vieja y resquebrajada, con puño redondo de +marfil que casi era una bola de billar.</p> + +<p>Hablábase con misterio e interés de las preciosidades que amontonaba en +sus polvorientos salones. Figuraba en todas las almonedas como comprador +de fuerza, y si algún corredor le proponía la adquisición de alhajas +antiguas o muebles raros—siempre, se entiende, con considerable +ventaja—, aceptaba sin vacilación, pues no era dinero lo que faltaba en +el enorme <i>secrétaire</i> del siglo pasado, que ocupaba todo un paño de su +alcoba, mostrando el menudo mosaico de sus tres filas de cajoncitos. De +este mueble también se hablaba con respeto en casa de doña Manuela. +¿Quién podía saber todo lo que contenía? De allí salían largos +pendientes en forma de uva, cuajados de diamantes antiguos; sortijones +con brillantes como lentejas; piedras sin montar, de valor considerable; +cincelados de gran mérito artístico; todo adquirido a fuerza de calma y +de regateos en el naufragio de las grandes fortunas.</p> + +<p>—Dice usted bien, Antonio. Mi hermano es un ente raro, un extravagante, +que pudiendo estar bien con los suyos, prefiere vivir casi solo en +aquella casa, contando sus miles de duros y adorándolos como si los +hubiera de llevar a la fosa. Yo no viviría con tranquilidad.... Dicen +que por la noche, al menor ruido, se levanta y recorre la casa con unas +pistolas viejas; pero aun así, es extraño que no le roben. Su tacañería +me disgusta. Pero entre hermanos hay que vivir en paz, ¿no es verdad? y +por esto sufro que a espaldas mías hable mal de mis costumbres. +Afortunadamente, una tiene lo que necesita para pasarlo bien, y no se ve +obligada a buscar los auxilios de ese avaro.</p> + +<p>Una nueva visita entró en el salón. Eran «las magistradas», una mamá y +tres hijas, íntimas de las niñas de la casa. El papá había muerto siendo +magistrado, y esto bastaba para que en casa de doña Manuela, con el afán +de grandezas que todos sentían, no designasen a la familia por su +apellido, sino por el título del difunto.</p> + +<p>Los señores de Cuadros sentían una oculta satisfacción al rozarse con +las amistades de doña Manuela, que para ellos eran gente de la clase más +elevada. Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellas +señoras, y sonreía con bondad estúpida cada vez que alguna de ellas se +dignaba mirarla.</p> + +<p>Las dos viudas hablaban afectuosamente, y doña Manuela, a pesar de que +estaba bastante bien de salud, expresábase con cierta languidez que a +ella le parecía la última palabra del buen tono.</p> + +<p>—Salgo poco, querida; el frío y la lluvia me matan. Aún no he visto +este año la feria de Navidad. Y eso que teniendo carruaje se puede salir +de casa sin miedo al tiempo.</p> + +<p>Y lo de tener carruaje acentuábalo doña Manuela como si fuese la +ejecutoria de la distinción, el signo único que marcaba la diferencia de +castas.</p> + +<p>Las niñas hablaban entre sí, haciéndose preguntas sobre sus trajes o lo +que habían hecho durante el día anterior, y nadie se acordaba del +matrimonio Cuadros, que permanecía en el sofá como clavado, mirándose +los pies y sin saber cómo salir de allí, por no molestar a los que +hablaban. Amparo era la única que de vez en cuando volvía la cabeza para +sonreírles. Por fin, se fueron.</p> + +<p>—Son unos antiguos amigos—dijo doña Manuela a «la magistrada»—. +Buenas gentes, pero ordinarias. Nos están agradecidos: a él le protegió +mucho mi primer marido.</p> + +<p>Cuando la familia dio por terminada su visita, doña Manuela y las niñas +fueron hasta el rellano de la escalera, para cambiar allí los últimos +besos.</p> + +<p>—Crea que me dan un disgusto no quedándose a comer.</p> + +<p>Desaparecía en los últimos peldaños el extremo de las elegantes faldas, +cuando sonó una tos que todos conocían en la casa. Era el tío que +llegaba, anunciándose, como siempre, con un carraspeo que le cortaba las +palabras, y que, según doña Manuela, sólo tenía por objeto el darse +tiempo para pensar las contestaciones.</p> + +<p>El cuadrado sombrero y el flotante paleto, que parecía una sotana, +fueron remontando lentamente la escalera, con acompañamientos de golpes +de bastón en cada peldaño.</p> + +<p>—¡Buenos días, tío...!</p> + +<p>Viose por fin desde el rellano la cara de don Juan, animada por su falsa +risita, que recordaba la de los conejos. Iba de gran gala. Traje, el de +siempre; pero su chaleco escotado dejaba al descubierto una botonadura +maciza, enorme, con diamantes antiguos de gran valía, y en los dedos +sortijas pesadas, de complicada labor, que evocaban el recuerdo de los +suntuosos marqueses del pasado siglo.</p> + +<p>—¿Me aguardabais, hijas mías...? ¡Ejem, ejem...! Pues he sido puntual. +Son las doce.</p> + +<p>Y mostraba su reloj, una joya rococó, que con sus esmaltes mitológicos +hacía pensar en las fiestas pastoriles de Versalles. Tras él subía la +escalera Juanito, el hijo mayor, con un enorme ramo de flores.</p> + +<p>—¡Este chico... este chico!—murmuró la señora, sin conmoverse gran +cosa por el cariño extremado que Juanito le demostraba en todas +ocasiones.</p> + +<p>Y se dejó besar por su hijo, que después corrió al comedor con el ramo, +y no encontrando un jarrón capaz de sostener aquella pirámide de flores +lo colocó entre dos sillas.</p> + +<p>Don Juan fue casi llevado en triunfo al salón por sus sobrinas. Tío por +aquí, tío por allá; la una le quitaba el sombrero, la otra tomaba su +bastón, y las dos tiraban a un tiempo de su paleto, sonriendo +ligeramente al ver el chaqué, que quedaba al descubierto, y que con sus +cortos faldones dábale el aspecto de un pájaro desplumado.</p> + +<p>Las pobrecillas ya sabían vivir. Aquel tío era la esperanza de la +familia; representaba el cebo capaz de atraer novios con la tentación de +una herencia, y aunque lo encontraban poco simpático, por su carácter y +la ruindad de sus regalos, sonreíanle y le adulaban, con gran contento +de la mamá.</p> + +<p>A pesar de esto, doña Manuela no se hacía ilusiones. Al único que quería +él era a Juanito; con los hijos de Pajares mostraba siempre cierta +ironía, sin duda para darse el gusto de mortificar a su hermana.</p> + +<p>—Juan, quédate en el salón mientras yo voy a la cocina a vigilar los +preparativos. Vosotras, niñas, entretened al tío. Ahora verás cuánto ha +adelantado Conchita en el piano.</p> + +<p>La hija mayor levantó la tapa del instrumento, quedando al descubierto +el blanco teclado, semejante a la dentadura de un monstruo. Sus dedos, +larguiruchos y extremadamente abiertos por un continuo ejercicio, +corrieron sobre las teclas, produciendo complicadas escalas.</p> + +<p>—¿Y tú, no tocas?—preguntó don Juan a Amparo.</p> + +<p>—Nada, tío. El profesor dice que soy demasiado aturdida, y me ha +declarado incapaz. La verdad es que yo quisiera tocarlo todo en seguida, +y al ver que no puedo y que he de fastidiarme mucho con ejercicios y +escalas, me enfurezco y me entran ganas de dar puñetazos al piano.</p> + +<p>Y el travieso bebé decía esto con tonillo irritado, levantando el puño.</p> + +<p>—Pero ahora—continuó en tono más dulce—, ya que no puedo ser +pianista, me dedico al canto. Mamá dice que hay que hacer algo, para no +estar en sociedad parada como una tonta. Ya canté el otro día en una +reunión de «las magistradas».... Ahora me oirá usted.</p> + +<p>Mientras tanto, doña Manuela expulsaba del comedor a Juanito. Aquel +chico no desmentía su sangre; era ordinario, y su mayor placer consistía +en charlar con las criadas.</p> + +<p>—Juanito, hijo mío, deja a Visanteta que ponga la mesa. Marcha al +salón. El tío se incomodará, porque te olvides de él.</p> + +<p>¿Olvidarse de su tío? Ante tal suposición, le faltó el tiempo para +correr en busca de don Juan. Visanteta acababa de tender el mantel +adamascado, brillante de blancura, sobre la mesa del comedor, pieza de +ebanistería moderna, tallada a máquina, que con su color obscuro imitaba +al roble de un modo discreto.</p> + +<p>—¿Está todo bien preparado, Visanteta?</p> + +<p>—Todo, señora. Nelet se ha encargado de que el capón no se queme; sólo +faltan unas cuantas vueltas. Adela cuida del puchero. La sopa la +pondremos cuando avise la señora.</p> + +<p>Y continuó la conversación entre el ama y la sirvienta, mientras ésta, +con delantal blanco y haciendo crujir los bajos almidonados y tiesos de +su saya, iba del aparador a la mesa, colocando el centro de plata +Meneses con sus grupos de flores, las pilas de platos de charolada +blancura, las botellas talladas del agua y el vino, y las copas +esbeltas, casi aéreas, con su pie azul, y tan frágiles, que sobre el +mantel no trazaban sombra alguna.</p> + +<p>Aquella Visanteta, con su peinado de la huerta, su perpetuo ceño y sus +contestaciones secas y desabridas, era una gran criada, que se ganaba a +conciencia el salario. Lo mismo preparaba en la cocina una gran comida, +que arreglaba una mesa «a estilo de fonda», arte que había aprendido +sirviendo a una familia inglesa.</p> + +<p>Al comedor llegaba la música que hacían en el salón las niñas de doña +Manuela para entretener al tío. Amparo cantaba, y su vocecita fina, +tenue y quebradiza como un hilo de araña soltaba una lamentación +melancólica, en italiano, para mayor claridad:</p> + +<div class="noindent"> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>Quando le rondinelle il nido fanno</i>,</span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>quando di nuova flor s'orna il terreno</i>.</span><br /> +</div> + +<p>El tío se divertía, como hay Dios, oyendo a la sobrina cantar con su +carita de Pascua estas atrocidades de la melancolía. «<i>Vorrei moriré</i>!», +repetía la muchacha con acento de desesperación, saltando su voz sobre +los trémolos del piano. ¡Vaya un aperitivo para antes de la comida!</p> + +<p>Doña Manuela hablaba a la criada distraídamente, oyendo aquella música +que nunca podía comprender.</p> + +<p>—Hoy trabajarás mucho, Visanteta. Mi gusto hubiese sido encomendar, +como de costumbre, un par de platos a la fonda. Pero tengo convidado a +mi hermano, que es un rancio y me requema la sangre como si fuese una +despilfarradora. Por esto he querido que la comida fuese casera. A ver +si aun así encuentra motivo para murmurar.</p> + +<p>La mirada de doña Manuela iba tras las manos de la criada. ¡Vaya una +gracia la de aquella chica! Cogía las servilletas adamascadas, rígidas +por el planchado, y las doblaba caprichosamente con una rapidez de +prestidigitador. Quedaban sobre las pilas de platos en forma de mitra, +barco, bonete o flor, y en el centro, como toque maestro, colocaba un +pequeño <i>bouquet</i>.</p> + +<p>La señora estaba orgullosa. Sólo en una casa como la suya había una +criada capaz de arreglar la mesa con tanto arte.</p> + +<p>Visanteta, insensible a las miradas agradecidas del ama y contestando a +sus palabras con gruñidos, seguía trabajando. Abrió el armario del +aparador y puso sobre la mesa los entremeses: pepinillos destilando +vinagre, aceitunas grises mezcladas con salitrosas alcaparras, sardinas +de Nantes con su casaquilla plateada, rodajas de salchichón finas y +transparentes, y frescos rábanos de encendido ropaje y tiesos moñetes de +hojas, todo en verdes pámpanos de porcelana.</p> + +<p>Buen golpe de vista presentaba la mesa. Demasiado bueno, si se tenía en +cuenta el carácter raro del que estaba allá dentro. Por esto doña +Manuela dijo con expresión dolorosa:</p> + +<p>—Mira, Visanteta, no te extremes mucho. Mi hermano es capaz de comer de +mala gana si ve aquí lo que él llama lujos. Con lo puesto hay bastante. +Ahora saca del cajón los cubiertos de plata. Los antiguos, ¿sabes...? no +te equivoques. Cuando sirvan el pescado puedes sacar la pala de plata, +pero no pases de ahí. Sería capaz de darnos un escándalo si viera lo +demás que reservamos para los convidados de otra clase.</p> + +<p>Los cubiertos de plata antigua, piezas soberbias labradas a martillo y +heredadas del <i>Fraile</i>, fueron colocados junto a los platos.</p> + +<p>Todo estaba bien. Visanteta a la cocina, a dar a la comida el último +punto, y ella al salón, a mimar al hombre temible y preparar el golpe +para después de la sobremesa.</p> + +<p>El piano seguía sonando; pero ahora, de la romanza sentimental se había +saltado a la ópera.</p> + +<div class="noindent"> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>Come una damicella</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>mi trovare più bella</i>....</span><br /> +</div> + +<p>Al entrar en el salón vio a Juanito contemplando al tío, y éste con la +vista fija en el techo, contando sin duda las flores doradas que tenía +el papel, como hombre que se aburre y busca desesperadamente la +distracción.</p> + +<p>—Vaya, niñas, basta de cosas tristes. Cantadle al tío algo alegre.</p> + +<p>Don Juan hizo un gesto como indicando que le era igual y no valía la +pena molestarse.</p> + +<p>—Pero mamá—dijo Amparo—, si esto que cantaba es el <i>Aria de las +joyas</i>. Muy bonita....</p> + +<p>—Pues fuera el aria. Canta algo más alegre. Eso de <i>El dúo de la +Africana</i>, que gustó tanto en casa de «las magistradas».</p> + +<p>—Bueno—exclamó Concha con rudeza—. Ahora <i>El dúo</i>. Una cosa que están +cansados de tocar todos los organillos.</p> + +<p>—Pues sí señora, eso. Tu tío no va al teatro, y tendrá gusto en oírlo.</p> + +<p>Don Juan hizo el mismo gesto de antes. Para él, cualquier cosa estaba +bien. Y volvió a mirar al techo, bostezando de vez en cuando y moviendo +un pie con nervioso temblorcillo.</p> + +<div class="noindent"> +<span style="margin-left: 3.5em;"><i>Yo nací muy chiquitita</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>y nací muy avispa</i>.</span><br /> +</div> + +<p>Bueno; pues a pesar de estas declaraciones que sobre su nacimiento +hacía Amparito con su hilillo de voz y su expresión picaresca, el tío +don Juan, aquel monstruo de aburrimiento y rudeza, no se conmovía, tal +vez por estar mejor enterado de cómo había nacido que la propia +interesada. E igual indiferencia mostró al oírla cantar que el puente +tenía seis ojos, y ella dos «solamente».</p> + +<p>Otra cosa le preocupaba y le hacía removerse en su sillón. Sacó su +reloj, la hermosa pieza cincelada del siglo anterior, e interrumpiendo a +la cantante dijo a doña Manuela:</p> + +<p>—Bien está todo; pero ¿a qué hora se come aquí?</p> + +<p>—Cuando venga Rafaelito. A la una.</p> + +<p>—Ya es; mira mi reloj. Te advierto que yo como siempre a las doce, y +bastante sacrificio es esperar una hora. Con tales desarreglos se pierde +el estómago, y eso en la vejez es llamar a la muerte.</p> + +<p>—¡Jesús, hombre! No te incomodes por eso.... Niñas, basta de música. +A comer.</p> + +<p>La graciosa sevillana paró en seco, y las dos niñas abandonaron el salón +seguidas del tío, que se detuvo en la puerta del comedor sonriendo al +ver el aspecto de la mesa.</p> + +<p>—Manuela, por lo que se ve, esto promete. Siempre has sido notable en +estas cosas.</p> + +<p>Pero la señora estaba preocupada por la tardanza de su hijo menor y no +podía contestar.</p> + +<p>—¡Este Rafaelito...! La una y cuarto y no viene. ¡Habrá que empezar sin +él...! Visanteta, la sopa.</p> + +<p>Todos se sentaron. Don Juan en la cabecera, con las dos niñas, y en el +extremo opuesto doña Manuela, teniendo a la derecha a Juanito y a la +izquierda la silla destinada a Rafael.</p> + +<p>La humeante sopera descansó en el centro de la mesa, con el cucharón de +plata metido en las entrañas, y rápidamente se llenaron los platos. +¡Soberbia sopa! Flotaban en su superficie las lunas de grasa, y entre +las rebanaditas de pan impregnadas de suculento líquido, los menudillos +de la gallina, las tiernas yemas de color de ámbar y los negruzcos +hígados, que se deshacían al entrar en la boca. Todos comían con +apetito, especialmente don Juan, que, a pesar de su sobriedad de avaro, +era un tragón terrible al entrar en mesa ajena.</p> + +<p>Finalizaba la sopa cuando entró Rafaelito, sudoroso, sofocado, como si +hubiese corrido mucho para llegar a tiempo.</p> + +<p>—¡Vaya una hora de venir!—dijo la mamá, frunciendo el ceño.</p> + +<p>Era un ser insignificante y de aspecto pretencioso. El cuerpo flacucho y +pobre; la cabeza charolada a fuerza de cosmético, partida por una raya +que con rectitud geométrica iba desde la frente a la nuca; en la cara +enorme nariz, bigotillo afilado y patillas de chuleta, y bajo la barba, +asomando por entre las dos alas de un cuello «a la pajarita », esa +protuberancia horrible llamada nuez, que parece la condecoración de la +juventud raquítica. Afectaba en sus gestos y palabras la indolencia de +un hombre cansado de la vida, para el cual el mundo nada nuevo puede +ofrecer a los veintidós años; miraba con insolente fijeza, y cuando +escuchaba a alguien, lo hacía con aire protector y desdeñoso. Era el +tiranuelo de la casa, y a este privilegio unía el de excitarle la bilis +a su tío don Juan siempre que se ponía en su presencia.</p> + +<p>Hacía tres años que estaba abonado al segundo curso de la Facultad de +Medicina, consecuencia heroica de la que no estaba arrepentido; y tan +amante era del trabajo y de la actividad, que por no estarse en los +cafés charlando como un necio, pasaba los días y gran parte de las +noches en los círculos recreativos, unas veces peinando barajas y otras +sacrificando pesetas, para que no se dijera que en España todo decae, +hasta el respetable gremio de los «puntos».</p> + +<p>Fuera de esto, era un muchacho encantador; y en caso de duda, bastaba +con preguntarlo a su mamá. ¿Quién llevaba con más garbo que él el gabán +sin costuras, ancho y deforme como un saco? ¿Quién, en verano, iba más +mono con el trajecito de franela y la marinera de paja? ¿Quién daba +mejor sombrerazo rígido, moviendo al mismo tiempo la cabeza y levantando +un pie? Rafaelito, y nadie más que Rafaelito; y para atestiguarlo +estaban también las amigas de la manía, que se hacían lenguas en su +presencia de lo elegante que era el chico.</p> + +<p>¡Estudiar...! Ya lo haría más adelante. Por ahora, era un muchacho +distinguido, con buenas relaciones; y en cuanto a saber, algo sabía, +pues apenas se iniciaba una discusión sobre toreros o pelotaris, dejaba +a todo el mundo con la boca abierta. Bajo su frente calva, adornada con +las dos puntitas lustrosas del peinado, había algo, así como bajo los +hombros de su americana había algo también: mucho pelote para suavizar +lo puntiagudo de sus clavículas, que agujereaban la pobre piel.</p> + +<p>Al entrar saludó al tío con cierto desparpajo, sin querer fijarse en la +sonrisita del viejo, y después se excusó con la mamá. Quería venir +antes, pero en la feria le habían entretenido. El paseo estaba muy bien; +trajes magníficos, sobre todo abrigos. Y hacía una relación de periódico +de modas ante sus hermanas, que prestaban oído sin dejar de engullir, y +la mamá, que admiraba el talento de observación de su hijo y la gracia +con que se burlaba de los defectos. Era el fiel retrato de su padre.</p> + +<p>Rafael, en cuatro cucharadas, se tragó su ración, poniéndose al nivel de +los demás cuando salió el cocido, dos fuentes magníficas, que exhalaban +un vaho consolador, un tufillo alimenticio que se colaba hasta el fondo +del estómago. En la una, las patatas amarillentas, los reventones +garbanzos sacando fuera del estuche de piel su carne rojiza, la col, que +se deshacía como manteca vegetal, los nabos blancos y tiernos, con su +olorcillo amargo; y en la otra fuente las grandes tajadas de ternera, +con su complicada filamenta y su brillante jugo; el tocino temblón como +gelatina nacarada; la negra morcilla reventando, para asomar sus +entrañas al través de la envoltura de tripa; y el escandaloso chorizo, +demagogo del cocido, que todo lo pinta de rojo, comunicando al caldo el +ardor de un discurso de club.</p> + +<p>Nadie hablaba aún. Oíase únicamente el sordo ruido de las mandíbulas; +todos masticaban y engullían; los tenedores verificaban correrías +devastadoras sobre la mesa. Destrozábanse los panecillos, iban +vaciándose los platos de los entremeses, y las copas de vino llenábanse, +reflejando sobre el blanco mantel purpúreas e inquietantes manchas.</p> + +<p>Don Juan rumiaba, moviendo sus desdentadas encías a derecha e izquierda +como una cabra vieja, y sus ojillos alegrábanse al ver comer a la +familia, y especialmente a Juanito.</p> + +<p>Podían decir lo que quisieran ciertas gentes; pero él, don Juan Fora, +propietario y paseante perpetuo, sostenía que nada hay como la cocina +casera y el comer en familia. ¡Vaya un modo de tragar, hijos míos! En +una fonda estarían ya siendo objeto de críticas, y el dueño pondría mala +cara al ver cómo ganaban el precio del cubierto; las niñas se harían las +interesantes, comiendo poco para no parecer feas, y él mismo tragaría a +disgusto creyendo que se burlaban de su modo de mascar. Pero allí +estaban en su casa, podían atracarse hasta el gañote con todo lo que +iría viniendo, y nadie podría ir a contarle al vecino cómo se las +arreglaban para hacer por la vida. Esto era la verdad; lo demás +pamplinas, modas estúpidas y sufrir..... ¡Hola! Ya se presentaba la +gallina del puchero. ¿Que quién la parte? Juanito mismo.</p> + +<p>Y el buen muchacho, obediente a la voz de su tío, púsose en pie, y +empuñando un enorme tenedor y el afilado trinchante, hizo una carnicería +que elevó protestas. Doña Manuela le miró severamente. Pero ¡cuán +desmañado era!</p> + +<p>Don Juan intervino, viendo que su sobrino se conmovía:</p> + +<p>—Vaya, otra vez lo hará mejor el chico, ahora... a lo que estamos.</p> + +<p>Y pasaron a los platos los trozos de la gallina: la jugosa pechuga, el +cuello cartilaginoso, los melosos muslos y el armazón chorreando grasa, +que chupaba doña Manuela con un regodeo de gata golosa.</p> + +<p>La animación iba surgiendo en la mesa. Todos hablaban. Don Juan +comenzaba a mostrarse más alegre; y como si olvidase las antiguas +preocupaciones, miraba con igual cariño a todos los que estaban en la +mesa, sin pensar si eran hijos del antipático Pajares y si su hermana +era una derrochadora.</p> + +<p>Ahora, ¡voto a Dios! venían bien dos deditos de vino, para acompañar +dignamente a la gallina en su bajada al estómago. Y se apuraron las +copas, y circuló de nuevo la ventruda botella llena de vino de la bodega +de los Escolapios, un caldillo rojo del llano de Cuarte, que pasaba +dulcemente por el paladar, y una vez dentro, el muy traidor causaba un +trastorno de mil demonios. Las dos niñas bebían haciendo remilgos, pero +el tío las excitaba aplaudiéndolas; y ellas, que no estaban +acostumbradas a ver tan alegre al viejo, volvían a gustar el vinillo +para no enojarle.</p> + +<p>Nelet, con la gravedad de un <i>maître d'hôtel</i>, muy circunspecto desde +que veía en la mesa al tío millonario, sacó de la cocina el plato del +día, la obra maestra de Visanteta, un pescado a la bayonesa que arrancó +a todos un grito de admiración.</p> + +<p>—¡Caballeros...! ¡Ni en la mejor fonda!—dijo Rafael—. ¡Ole por la +cocinera!</p> + +<p>Don Juan encontró de mal gusto la felicitación, pero admiró la obra.</p> + +<p>Era una merluza de más de tres libras, que parecía de plomo brillante, +con el escamoso vientre hundido en la salsa, un fresco cogollo de +lechuga en la boca, y en torno de la cola unos cuantos rabanillos +cortados en forma de rosas. La fuente tenía una orla de rodajas de huevo +cocido, y sobre la capa amarillenta que cubría el apetitoso animal, tres +filas de aceitunas y alcaparras marcaban el contorno del lomo y la +espina. Don Juan miraba, con la pala de plata en la mano. ¡Vive Dios, +que le remordía la conciencia destrozar aquella obra de arte! Pero la +cosa se había hecho para comer; y al poco rato, la blanca carne de la +merluza, revuelta con los sabrosos adornos, estaba en todos los platos.</p> + +<p>—Y ya que dimos fin con la pobre, ahora otro traguito.</p> + +<p>Decididamente, el tío se ponía alegre. Las niñas recordaban como un +sueño la cara irónica y glacial de otras ocasiones. Ahora sonreía con +bondad, tenía las mejillas muy coloradas, y cautelosamente se aflojaba +el talle, como para dejar un huequecito a lo que viniese después.</p> + +<p>Otro plato ligero, pero éste era francamente indígena: lomo de cerdo y +longanizas con pimiento y tomate, un guiso al que daba siempre Visanteta +una gracia especial, que hacía a todos mojar el pan en la roja salsa.</p> + +<p>Don Juan y su sobrino predilecto se entendieron con él, pues doña +Manuela apenas lo probó. Rafaelito fumaba, costumbre detestable que +irritó al tío, pues no podía comprender tales interrupciones en la +digestión.</p> + +<p>Las dos niñas habían ido un momento a su cuarto: cuestión de aflojarse +los corsés. Las ballenas se doblaban y parecían próximas a estallar con +la presión de sus vientrecillos cada vez más redondeados. Al pasar junto +a un balcón, hiriólas el frío que entraba por las rendijas. Llovía, y la +gente pasaba chapoteando en el fango, con el paraguas calado. ¡Qué bien +se estaba allí dentro, en el caliente comedor, ante una mesa tan +abundante! Había que reconocer que Dios es bueno y proporciona ratos muy +agradables a los que tienen casa y cocinera.</p> + +<p>Cuando volvieron al comedor, Nelet sacaba el héroe de la fiesta: un +soberbio capón, panza arriba, con los robustos muslos recogidos sobre el +pecho y la piel dorada, crujiente, impregnada de manteca.</p> + +<p>Don Juan contemplábalo con miradas de amor. No; una pieza tan hermosa +no la destrozaría el desmañado Juanito. A ver, Rafael, que, como aprendí +de médico, entendería de estas cosas.</p> + +<p>Las niñas protestaron, recordando las espeluznantes relaciones que su +hermano las había hecho varias veces, para asustarlas, describiendo sus +hazañas en el anfiteatro anatómico.</p> + +<p>—No, Rafael no—gritó Amparito—. Si él toca el capón no comemos.</p> + +<p>¡Vaya un asco! ¡Como si aquel estudiante honorario hubiese asistido al +curso de anatomía media docena de veces...! Al fin, el tío, en vista de +las protestas, se decidió a destrozar la pieza, pues en su calidad de +solterón sabía un poco de todo.... ¡Brava manera de masticar! Confesaban +que la comida les subía ya a la garganta; pero a pesar de esto, era tan +excelente la carne tierna y jugosa, con su corteza tostada crujiendo +entre los dientes, que todos despacharon su ración, masticando con +lentitud y emprendiéndola después con los huesos. El tío se mostraba +como un valiente.</p> + +<p>—Juan, come ese pedazo—le decía su hermana—. Es lo mejor del plato.</p> + +<p>—Bebe más, Juan. Hoy son mis días, y hay que alegrarse.</p> + +<p>Las niñas imitaban la solicitud de la mamá; todo era: «Tío tome usted +esto; tío, coma usted lo otro»; y el tío, cada vez más encarnado y +alegróte, engullía cuanto le ponían en el plato, y como le llenaban el +vaso así como lo dejaba vacío, el resultado era que empinaba +continuamente el codo.</p> + +<p>Aparecieron los postres. Cubrióse la mesa de tajadas de melón, peras y +manzanas, avellanas y nueces; pero esto pasó sin gran éxito, +atreviéndose el tío sólo con algunos pedazos de fruta que le mandó +Juanito.</p> + +<p>Después, la clásica <i>sopada</i>, sin la cual don Juan no comprendía los +banquetes: una gran fuente de crema, en la que se empapaban apretadas +filas de pequeños bizcochos. Esto era lo mejor para los que, como él, +carecían de dentadura. Sabía a gloria; pero a pesar de tantos elogios, +recibió como en triunfo el turrón de Jijona y los pasteles de espuma. +También era esto del género de don Juan, adorador de las cosas blandas, +que se escurren dulcemente sin roce alguno hasta el fondo del estómago. +Con la boca llena de merengue contestaba a sus sobrinas, que estaban +cada vez más alegres, y aprobaba bondadosamente los cuidados de su +hermana por tenerle contento. Ahora había que retirar el vino de los +Escolapios: «no estaba en carácter»; y por esto el viejo saludó +alegremente la aparición en la mesa de las botellas de licor de +diferentes formas y clases.</p> + +<p>Las cepitas talladas de color rosa, que parecían flores, iban y venían +sobre la mesa, tan pronto llenas como vacías. La temperatura subía en el +comedor. El vaho ardoroso de la comida, el calor de los cuerpos, en los +que empezaba la digestión, y lo agitado de las respiraciones, parecían +caldear el ambiente. Los rostros se enrojecían, y a pesar de que llovía +en la calle y los transeúntes soplábanse las manos para ahuyentar el +frío, se sudaba en el comedor. Doña Manuela, con la majestuosa nariz +inflamada, como si fuese un pavo, hubo de pasarse la servilleta por la +húmeda frente.</p> + +<p>—¡Al salón!—dijo la señora—. Allí nos servirán el café.</p> + +<p>El tío prefería quedarse en la mesa. El café entraba también en la +comida; ¿por qué habían de moverse? Pero para su hermana era un detalle +de suprema elegancia tomar el café en el salón, y don Juan tuvo que +acceder y abandonar el comedor, jugando con sus sobrinas como si fuese +un niño.</p> + +<p>¡Vive Dios, que él no estaba borracho, pero a nadie podría negar que se +encontraba un poco alegre por culpa de aquellas picaras, de su hermana y +de los dos sobrinos! Todos estaban bien. Sentados en los mullidos +sillones del salón, encontrábanse como en la gloria, sacando hacia fuera +los rellenos vientres, que hervían como calderas al fuego de la +digestión, y sintiendo subir al cerebro un humillo tenue que al pasar +por los ojos tomaba un delicioso tinte rosa.</p> + +<p>Don Juan dábase cariñosas palmaditas en el vientre. Tal vez aquella +calaverada le costase después crueles desarreglos de estómago y una +semana de purgas; pero ¡vayanse al diablo los escrúpulos! un día es un +día, y a ver quién le quitaba lo gozado.... Nada, que aquel día era un +calavera; se burlaba de todo; y en prueba de ello, encendió el puro que +le ofrecía Rafael, a pesar de que el fumar aumentaba su los crónica.</p> + +<p>Ya estaba el café. Servíalo Adela, una muchacha remilgada y no mal +parecida, que imitaba a sus señoritas en el peinado, afectando un aire +de aristócrata caída en la desgracia.</p> + +<p>Don Juan, a fuer de mirar el servicio, que era de porcelana antigua, y +compararlo con otro más rico arrinconado en su casa, acabó por fijarse +en la criadita. Decididamente, no tenía la cabeza bien. ¡Mire usted que +pensar un hombre de su carácter y sus años que estaría mejor servido con +una chica así que con su vieja Vicenta...! Vaya; el <i>Chartreuse</i>, con su +calor de falsa juventud, hace pensar locuras.... «¡A tomarte el café, +viejo verde...!» Y se bebió la taza de un trago.</p> + +<p>Sonaba la campanilla de la puerta.</p> + +<p>—Será Roberto—dijo Concha.</p> + +<p>—Tal vez sea Andresito—exclamó Amparo—. Le prometió a Juan venir a la +hora del café.</p> + +<p>Eran los dos, que se habían encontrado en la escalera.</p> + +<p>Roberto del Campo, el amigo íntimo de Rafael, su mentor, que le guiaba +en el camino de la distinción y el buen gusto; un chico elegante, hijo +de una gran familia arruinada, uno de esos vástagos inútiles y +perniciosos que nacen inesperadamente en la tranquila burguesía a las +dos o tres generaciones de bienestar y riqueza, para castigar con sus +locuras y despilfarres el egoísmo y la rapacidad de sus antecesores. Era +un muchacho guapo, moreno, con nariz aguileña, barba negra y lustrosa; +una de esas cabezas gallardas, audaces y de enérgica belleza varonil que +se ven con frecuencia en las tribus bohemias. En su porte y en su traje +notábase la tendencia «flamenca» amalgamada con la fría corrección +burguesa. La educación del hogar confundíase con las costumbres de una +vida de estúpidas aventuras. Vestido de señorito, tenía algo de gitano; +cuando se disfrazaba de chulo, todos reconocían en él al señorito. Era +un ser doble, que flotaba entre la decencia y el encanallamiento.</p> + +<p>Según decían sus amigos, causaba sensación entre las mujeres. La +gitanería femenina le adoraba como un ídolo, pensando en sus conquistas +de señoritas; y éstas mirábanle como un ser extraordinario, como un Don +Juan irresistible, recordando ciertas historias de cantadoras flamencas +que, por sus desdenes, se habían tragado cajas de fósforos, y de +hermosas carniceras que abandonaban al marido para seguir a un mozo tan +adorable.</p> + +<p>En casa de doña Manuela, Roberto era muy bien acogido, especialmente por +Conchita. Era un chico que tenía muy buenas relaciones; es verdad que su +fortuna era poca, pues gran parte de la herencia de sus padres estaba ya +enterrada en los garitos o entre las uñas de los usureros, pero esto no +impedía que fuese un partido aceptable para las jóvenes de la clase +media, que, colgadas de su brazo, podían entrar en un reducido círculo +que ellas se imaginaban como el paraíso de la aristocracia.</p> + +<p>Junto a este hermoso ejemplar de la burguesía próximo a la decadencia, +Andresito Cuadros, el hijo del dueño de <i>Las Tres Rosas</i>, aparecía +empequeñecido y aplastado, con la delgadez amarillenta de un crecimiento +rápido y ese aire aviejado de todos los hijos únicos, a quienes las +atenciones exageradas de sus padres no dejan robustecerse. Era el hijo +del comerciante emancipado del mostrador y dedicado al estudio por la +ambición del papá. Docto y pedantuelo, algo engreído con los +sobresalientes de su carrera y acostumbrado a hacerse oír en casa como +un oráculo, asombrábase de que fuera de ella no le rindieran tributos de +admiración, y esto le producía tal cortedad, que muchos le tenían por +tonto.</p> + +<p>Los recién llegados, después de saludar a la mamá, deseándola +felicidades y ensartando los lugares comunes propios del caso, +sentáronse cerca de las dos niñas, que se mostraban complacidas y +ruborosas.</p> + +<p>Rafael voceaba en la puerta del salón para que trajeran pronto el café a +sus dos amigos, y Juanito, a falta de mejor ocupación, jugueteaba con la +traviesa <i>Miss</i>, cuyos movimientos iban acompañados por el repicante +cascabeleo de su pequeño collar.</p> + +<p>Don Juan, hundido en su butaca, con la nariz cada vez más roja y el +cigarro apagado entre los labios, seguía sonriendo beatíficamente. Su +hermana no le abandonaba. Acosábalo con atenciones, y hasta había +logrado hacerle tragar una copa de coñac.</p> + +<p>Visanteta acababa de servir el café a los dos señoritos recién llegados, +cuando la llamó su ama.</p> + +<p>—Di a Adela y a Nelet que entren.</p> + +<p>Toda la servidumbre de la casa se plantó a estilo de coro de zarzuela +ante el sillón de la señora. Entre los tres cruzábanse alegres miradas, +sonrisas de satisfacción.</p> + +<p>Era la ceremonia anual, el acto de dar los aguinaldos a los criados, por +ser el día de la señora. Con majestad teatral, doña Manuela dio un duro +a cada uno, más un pañuelo de seda a Visanteta, por lo satisfecha que +estaba de su mérito como cocinera. El ceño de la habilidosa muchacha se +dilató por primera vez en todo el día, y los tres salieron +apresuradamente con la alegría del regalo, oyéndose el ruido de sus +empellones y correteos.</p> + +<p>Esto obscureció un poco la sonrisa de don Juan. Decididamente, su +hermana era una loca, que odiaba el dinero. ¡Mire usted que tirar tres +duros tan en tonto! ¿No hubiera quedado lo mismo con tres pesetas?</p> + +<p>Pero su digestión de esquimal harto no le permitía indignarse, y escuchó +con expresión amable a su hermana, que, inclinada sobre él, apoyándose +en su misma butaca, le hablaba mimosamente, como si fuese una niña.</p> + +<p>—Hay que seguir las costumbres, Juan; si no, los criados, en vez de +respetarla a una, se encargan de desacreditarla. A ti de seguro que no +le parece bien dar un duro a cada criado; a mí tampoco, pero hijo mío, +la costumbre es la costumbre, y si una hace ciertas economías, la gente +cree que va de capa caída, suposición que a nadie gusta. ¿No crees tú lo +mismo?</p> + +<p>Él lo creía todo, con tal que le dejasen tranquilo en su digestión. Y +movió varias veces la cabeza en señal afirmativa.</p> + +<p>Doña Manuela se animaba y seguía hablando, No es que ella fuese +derrochadora; había tenido su época de apuros, como él sabía muy bien, y +conocía el valor de un duro. Pero había que quedar con dignidad, +sostener la honra de la casa, ahora que las niñas iban siendo casaderas, +y esto, ¡ay, Juanito mío! esto exigía grandes apuros y no menores +sacrificios. ¿Qué le pasaba a don Juan? ¿Había parado en seco su +digestión? La gozosa sonrisa desaparecía; sus ojos, entornados +voluptuosamente, volvían a entreabrirse para lanzar punzantes miradas, y +se agitó varias veces en la butaca, como huyendo de ocultos alfileres. +¡Todo sea por Dios! Él también tenía apuros y hacía sacrificios. El +mundo es así. Y probó dormirse, como hombre a quien no interesa la +conversación.</p> + +<p>Pero la hermana no calló. Ella economizaba, privándose de todo para +sostener la apariencia de la casa, hasta que las niñas encontrasen «un +buen partido»; pero a veces se tropieza con escollos insuperables y no +sabe una cómo salir a flote.</p> + +<p>—Pero... ¿duermes, Juan? ¿No me escuchas? Un gruñido dio a entender a +doña Manuela que su hermano la oía con los ojos cerrados. Esto bastó +para que continuase.</p> + +<p>Ahora mismo se hallaba en una de esas situaciones difíciles; algunas +deudas antiguas las había satisfecho con la paga de Navidad de sus +arrendatarios de la huerta, pero necesitaba con urgencia ocho mil +reales, pues el invierno exige grandes gastos. Ya que en la familia se +habían suavizado antiguas asperezas, a ella tenía que acudir en sus +apuros. ¿Y quién era su familia? Su hermano, y nadie más que su hermano. +Su Juan, a quien ella siempre había querido tanto, respetando sus sabios +consejos.</p> + +<p>—Tú no me abandonarás en este apuro, ¿verdad, Juan? Tú me prestarás esa +cantidad, y yo te la devolveré a San Juan, cuando cobre los otros +arriendos. ¿Quedamos en eso...?</p> + +<p>¡Qué habían de quedar! No había más que ver el mal humor con que don +Juan salió de su turbada digestión.</p> + +<p>—Pero, desgraciada, ¿de dónde quieres que saque yo ocho mil reales? Tú +te figuras, por lo menos, que yo apaleo las onzas.</p> + +<p>Doña Manuela protestó. Vamos, que ocho mil reales no son una cantidad +para arruinar a nadie. Además, ella prometía devolverlos a San Juan; y +al ver que su hermano sonreía irónicamente, lo juró con la mano puesta +en el exuberante pecho.</p> + +<p>—Y si no tienes los ocho mil reales (cosa que dudo), eso no importa, +Juanito mío. Con que firmes por mí, salgo de apuros. ¡Adiós digestión! +Ahora sí que don Juan salía de la placentera calma, despertando de su +amodorramiento.</p> + +<p>—Ya has enseñado la oreja. ¡Firmar...! ¡firmar...! ¿Tú crees que una +persona como Dios manda pone la firma, porque sí, al primer judío que se +presenta? Eso sólo lo hacen las locas como tú, que has firmado más papel +que un escribano, y miras con la mayor tranquilidad cómo tu nombre anda +por el mundo en pagarés siempre renovados, con condiciones que sólo +admiten las personas tramposas y sin crédito.</p> + +<p>Y además, ¿qué era aquello de la paga de los arriendos y de devolver los +ocho mil reales el día de San Juan? Mentiras y nada más que mentiras.</p> + +<p>—Yo lo sé todo, Manuela. No conservas un campo de los que heredaste de +papá que no tenga la correspondiente hipoteca. El dinero de tus +arrendatarios se va todo en intereses. Si se juntan todos tus acreedores +y exigen que les pagues las deudas, más los intereses disparatados que +les has reconocido, te verás en medio de la calle, perdiendo hasta la +camisa que llevas puesta. ¡Eh...! ¿qué tal? ¿Creías que yo no estaba +enterado de tus cosas?</p> + +<p>Doña Manuela estaba pálida e inquieta. Era una imprudencia expresarse +así a pocos pasos de aquel grupo donde estaban Roberto y Andresito, dos +extraños que no podían imaginarse la verdadera situación de la casa. Por +fortuna, Concha y Amparo atraían la atención de los dos; además, las +niñas, a ruegos de los pollos, iban a hacer un poco de música y canto.</p> + +<p>Tal vez el piano amansase a don Juan; pero... ¡quia! éste formaba parte +de las fieras, a quienes domina la música, y con gran pesar de su +hermana no salía de su indignación.</p> + +<p>—¿Para esto me has convidado...? Tú has dicho: «Le daremos bien a +comer, procuraremos emborracharlo, y después, cuando esté tierno... ¡el +sablazo!» Pues hija, te equivocas. Ni ahora ni nunca conocerás el color +de mi dinero. No pienso hacer nada por ti. Cuando murió tu segundo +marido me prometiste ser un modelo de economía y prudencia; y yo fui tan +tonto, que perdí el tiempo y hasta algún dinero para poner a flote tu +fortuna, que hacía agua por todas partes como un barco viejo.... Déjame +acabar, Manuela; no me interrumpas. ¿Quieres hacerme creer que aún lo +conservas todo libre de trampas, tal como yo te lo entregué? ¡Quia, hija +mía! En este siglo no hay milagros, y con quince mil duros de capital no +se sostiene un carruaje ni el boato que tú gastas. Lo sé todo; y si no, +escucha.</p> + +<p>Y don Juan, con gran abundancia de detalles, como hombre versado en los +negocios, fue describiendo a su hermana el estado de su fortuna. No +tenía un pedazo de tierra libre del peso de una hipoteca; las rentas +apenas si daban para los réditos, y hasta la misma casa en que ella +vivía era una finca que producía poco, por culpa de su vanidad.</p> + +<p>—Cuando al quedar viuda te pusiste en mis manos, vivías en una de las +dos habitaciones del piso segundo y tenías alquilado este principal. Un +duro diario es una gran cosa, y más en tu situación. Pero tú no podías +acostumbrarte a ser señora de muchos escalones, como dices en tu jerga; +querías tu salón y tu carruaje, como en los tiempos de loco despilfarro, +y con el pretexto de que las niñas crecían y era preciso pollear y +mentir, bajaste a este piso, y bajó la renta también aumentando los +gastos. Ya que no podías tener un tronco, carretela y berlina, como en +otra época, vendiste un campo para comprar la galerita y el caballo y +mantener a ese bigardón, hijo de la tía Quica, que os roba la cebada y +las algarrobas.... Sé que te fastidia oír todo esto, pero te lo digo +para que sepas que no me chupo el dedo ni se me engaña fácilmente.... +Nunca me he forjado la ilusión de convertirte. Tú serás siempre la misma +Manuela, la loca, la pretenciosa, y morirás cuando gastes el último +céntimo. Cada uno nace con su carácter, y tú eres de aquellos a quienes +el pobre papá cantaba la antigua copla:</p> + +<div class="noindent"> +<span style="margin-left: 3.5em;"><i>Arròs y tartana</i>,</span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>casaca a la moda</i>,</span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;">¡<i>y ròde la bola</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>a la valensiana</i>!</span><br /> +</div> + +<p>Y como si la cancioncilla del tío fuese la señal para que comenzase la +música de las niñas, éstas atronaron el salón con el tecleo del piano y +los gorjeos esforzados.</p> + +<p>Don Juan cobró ánimos con este estrépito. Al ver que los muchachos sólo +atendían al piano, siguió hablando, pero levantó más la voz, con gran +alarma de su hermana.</p> + +<p>—Marchas a tu perdición, Manuela. Cuando estés en la miseria, siempre +me acordaré de que soy tu hermano, y tendrás donde comer tú y los +tuyos.... Pero dinero, ¡ni un céntimo!</p> + +<p>Doña Manuela levantó la cabeza con altivez, mostrando la mirada ardiente +y las mejillas rubicundas.</p> + +<p>—Gracias por la limosna—dijo con ironía—. Pero aún no he llegado ahí.</p> + +<p>—Llegarás, llegarás—repuso don Juan sin perder la calina—. Estás en +el camino. Hoy todavía puedes sostenerte, y al ver que te niego los ocho +mil reales, buscarás a doña Clara, esa bruja prestamista, o a otra +persona de la clase, y firmarás un pagaré por doce o catorce mil. Estás +metida en el barro y no saldrás nunca de él; por más esfuerzos que hagas +te hundirás. Si no te conociera tanto, te daría la mano; pero no: «una y +no más, Santo Tomás»; me acuerdo mucho de la atención con que seguiste +mis consejos.</p> + +<p>La señora estaba indignada por el lenguaje rudo de su hermano. Era muy +dueño de no darle aquella miseria; al fin, resultaba lo que ella había +creído siempre: un avaro sin corazón. Pero su demanda no le autorizaba +para aburrirla con tanto sermoneo.</p> + +<p>—Cállate, Juan; me pones nerviosa con tus groserías.</p> + +<p>—Callaré, hija; no quiero molestarte en un día como éste. Pero sólo me +resta hacerte una advertencia. Los que están tan ahogados como tú, se +agarran a un clavo ardiendo. Juanito posee una finca que vale algo: el +huerto de Alcira, que has tenido que respetar en calidad de bienes +reservables. Como ahora el chico es mayor de edad y te quiere tanto, te +advierto que si para hacer dinero lo mezclas en tus líos tendrás que +vértelas conmigo. Yo soy su tutor, por encargo de su pobre padre, y +aunque mi misión ha terminado legalmente, me creo en el deber de +defenderlo, pues es un bonachón al que engaña cualquiera.... Y no te +digo más.</p> + +<p>Los dos hermanos callaron. Se hundió él en su sillón, mirando a los +chicos, y ella quedó con los ojos fijos en el suelo, el ceño fruncido y +las mejillas de un rojo violáceo, como si la rabia le produjese +erisipela.</p> + +<p>Rafael había salido del salón, Juanito jugueteaba con <i>Miss</i>, cada vez +más inquieta y ladradora, y Roberto, apoyado en el piano, hablaba con +Concha, que sonreía, tecleando nerviosamente, haciendo escalas que +parecían cabriolas e iniciando temas conocidos, que se confundían +fantásticamente.</p> + +<p>—¿Dónde diablos están los otros?—pensaba el tío, paseando su vista por +el salón.</p> + +<p>Y los otros, o sea Amparo y Andresito, estaban en un balcón, mirando a +la calle con la nariz pegada al vidrio y protegidos por los cortinajes. +El bebé, con sus ingenuidades de loquilla, tenía una habilidad diabólica +para salirse siempre con la suya. Había maniobrado hábilmente para +llevarse al hijo de Cuadros hacia aquel balcón, donde estaba la niña +como en su casa, lejos de miradas indiscretas y oídos curiosos.</p> + +<p>Primero, habían hablado del tiempo, riéndose de los arabescos +caprichosos que trazaban las gotas de lluvia escurriéndose por el +cristal; pero el joven, pálido y tembloroso, como si le atormentase +algún pensamiento oculto, guiaba la conversación insensiblemente, y +Amparito se dejaba arrastrar, segura de que por cualquier camino +llegaría siempre adonde ella deseaba.</p> + +<p>El tío miraba atentamente el cortinaje del balcón y las piernas de +Andresito, que era lo único visible de la pareja. En un momento que +Concha cesó de teclear, oyó la voz de Amparo, que sonaba lejana, como +amortiguada por las cortinas.</p> + +<p>—Pero Andresito... ¡si somos tan jóvenes!</p> + +<p>¡Jóvenes! ¿Y qué importaba eso? Para el amor no hay edades, así como +tampoco existían clases. Lo aseguraba él, que era persona competente en +tal materia, por ser poeta y no inédito, pues sus triunfos había +alcanzado en la Juventud Católica. Además, él no era ningún niño; dentro +de cuatro años sería abogado, y después, ¿quién sabe...? Su imaginación +veía confusamente en lontananza ese algo que acarician todos los +aprendices de legistas. Un sillón de magistrado, una poltrona de +ministro o un taburete de escribiente... cualquier cosa; lo importante +era sentarse en algún sitio.</p> + +<p>No, no eran jóvenes para amarse. Ya lo había dicho él en un soneto y +media docena de quintillas escritas con el pensamiento puesto en +Amparito. El amor no tiene edad. Él la adoraba con la inmensa pasión de +los grandes poetas; y hablaba de Dante y Beatriz, de Petrarca y Laura, +de Ausias March y Teresa. Amparito escuchaba sonriente, complacida por +esta letanía de poetas. Todos muy señores míos, pero que los oía mentar +por vez primera, a excepción de Ausias March, por ser su nombre el de la +calle donde ella tenía su modista.</p> + +<p>A él le era imposible vivir si Amparito se negaba a amarle; necesitaba, +para no aborrecer la vida, que ella se decidiese a ser su musa, su +inspiración. Y el lindo bebé, aunque por costumbre seguía riendo, +sentíase muy satisfecha en su interior de ser musa de alguien, honor que +jamás alcanzaría su hermana Concha. La consideración de hacerse superior +a su hermana era lo que más la empujaba a decir que sí. Además, un novio +no se presenta a cada instante, y aunque existe el inconveniente de que +ella era hija de un doctor famoso—según afirmaba la mamá—, y los +padres de Andresito eran unos ordinarios—también según doña Manuela—, +confiaba que, con el tiempo, la brillante posición que se proponía +conquistar el chico lo allanaría todo.</p> + +<p>Y cuando con más calor hablaba Andresito de sus tormentos amorosos, la +niña le interrumpió, diciéndole con su tonillo bromista, como quien +accede a tomar parte en un juego:</p> + +<p>—Bueno; seremos novios... pero ¡por Dios! que nada sepa la mamá.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2> + + +<p>El Carnaval de aquel año fue muy alegre para la familia de doña Manuela.</p> + +<p>Las niñas se divirtieron. Rafaelito era socio de todos los círculos +distinguidos y decentes donde se baila, mientras arriba, en una +habitación con luces verdes, guardada y vigilada como antro de +conspiradores, rueda la ruleta con sus vivos colorines o se agrupan los +aficionados en torno de las cuatro cartas del <i>monte</i>.</p> + +<p>¡Qué noches aquéllas de emociones, de nerviosas alegrías, de mareos +voluptuosos, y después de aplastamiento, de brutal cansancio...! Juanito +era el encargado de abrir la puerta cuando la familia volvía del baile. +En la madrugada, cerca de las cuatro, oía chirriar los pesados portones, +entraba el carruaje en el patio, con gran estrépito, y él saltaba de la +cama metiéndose los pantalones. La entrada de la familia le deslumbraba, +sintiendo el infeliz una impresión de vanidad. Las hermanitas, vestidas +unas veces con trajes de sociedad, obra de una modista francesa, y que +todavía estaban por pagar; graciosamente disfrazadas otras de +labradoras, de <i>pierrots</i> o de calabresas; Rafael, de etiqueta, embutido +en un gabán claro, tan corto de faldones que parecía una americana; y +la mamá satisfecha del éxito alcanzado por sus niñas, y a pesar del +cansancio, sonriente y majestuosa con su vestido de seda, que crujía a +cada paso, y encima el amplio abrigo de terciopelo, Juanito contemplaba +con el cariño de un padre este desfile desmayado que iba en busca de la +cama, arrojando al paso en las sillas los adornos exteriores. La mamá +era siempre para él un ídolo, un ser superior, y los hermanos, al verlos +tan elegantes, le hacían recordar la época en que él, pequeño, pero +avispado por el desvío maternal, les servía de niñera cuidadosa, +llevándolos en sus brazos y sufriendo con sublime abnegación sus +infantiles caprichos.</p> + +<p>Levantábase mal arropado, tosiendo y tembloroso, a abrir la puerta, pues +era preciso dejar, dormir a las criadas, para que al día siguiente el +cansancio no las entorpeciera en sus trabajos. Además, la vista de su +familia parecía traerle algo de los esplendores de la fiesta, el perfume +de las mujeres, los ecos de la orquesta, el voluptuoso desmayo de las +amarteladas parejas, el ambiente del salón, caldeado por mil luces, y el +apasionamiento de los diálogos. Y después de aspirar ese perfume +fantástico de un mundo desconocido que su familia parecía traerle entre +los pliegues de sus ropas, el pobre muchacho volvía a la cama, para +dormir tres horas más y emprender después el camino de la tienda, +mientras la mamá y los hermanos roncaban su primer sueño con la fatiga +propia de las noches de baile.</p> + +<p>Después, a la hora de la comida, eran los comentarios, los recuerdos +agradables, los berrinches por supuestas ofensas que en el primer +instante habían pasado inadvertidas, y que, agrandándose ahora en la +imaginación, pedían venganza. Las dos niñas recordaban la ligera sonrisa +de las de López al examinar sus disfraces de calabresas. ¡Reírse de +ellas! ¡Las muy cursis! Mejor harían en darse una vueltecita alrededor +de ellas mismas, pues no es muy chic ir siempre a los bailes con el +mismo dominó blanco, de modo que al entrar con la careta puesta, toda +la pollería gritaba: «¡Ya están ahí las de López!»</p> + +<p>Aparte de estos disgustos colectivos, las dos niñas los sufrían también +particularmente. Conchita estaba furiosa contra Roberto del Campo, «el +pollo bonito», como le llamaban algunas. Mucha palabrería, requiebros a +granel; pero de declaración seria y formalmente... ¡ni esto! Bailaba con +ella, y a lo mejor abandonaba a su pareja y salía del salón, para no +reaparecer hasta la hora del <i>galop</i> final. Su excusa era siempre la +misma: tenía algo que arreglar con Rafaelito.</p> + +<p>—¿Dónde os metéis, condenados?—preguntaba la hermana al día +siguiente—. ¿Qué diversión es esa que os hace tan groseros?</p> + +<p>—Mujer, son cosas de hombres. Mientras vosotras bailáis, nosotros nos +dedicamos a ocupaciones más serias.</p> + +<p>Serias, sí; tan serias eran, que Rafaelito tenía frita a la mamá—según +propia expresión—, pidiéndola cinco duros al día siguiente de los +bailes. El Carnaval tenía para él mala pata, y al susurro de la orquesta +que sonaba abajo, salía bailoteando siempre la carta contraria y se +llevaba al montecillo del banquero las pesetas de mamá.</p> + +<p>Amparo también tenía sus disgustos. Lo que a ella le pasaba no podía +ocurrirle a nadie. Aquello no era tener novio ni tener nada. Vamos a +ver: ¿para qué tiene novio una muchacha? Para lucirlo, para que lo vean +las amigas y rabien un poco... ¿no es verdad? Pues ella no podía darse +tal placer. Andresito no tenía un cuarto y no era socio de los círculos +donde iba ella. Sus papas lo llevaban bastante elegantito, eso sí, pero +limitábanse a darle los domingos tres pesetas y un sermón encargándole +que no fuese derrochador ni calavera, que mirase en qué gastaba su +dinero... y mucho cuidadito con meterse en sitios malos. Mendigaba +alguna invitación en las redacciones de los periódicos, y si la +conseguía, iba al baile, pero sólo hasta la una. ¿Ha visto usted? Hasta +la una, la hora en que iban llegando las amigas y el baile comenzaba a +animarse. Sólo una vez consiguió que Andresito se esperase hasta las +dos, pero al día siguiente sospechó con fundamento que en <i>Las Tres +Rosas</i> habían estado a la espera, tras la puerta, unos ásperos bigotes y +una vara de medir, para dar las «¡buenas noches!» en las costillas al +bailarín rezagado.... ¿Era esto un novio serio? Y luego, aunque se quede +usted sólita en el baile, mucho cuidado con aceptar invitación de tantos +pollos amables, porque si el señor sabe que se ha bailado, pone un +hocico inaguantable y habla de un tal Otelo, y dispara un soneto en que +le pone a una de pérfida, perjura e infiel, que no hay por dónde +cogerla.... No señor; la cosa no puede seguir así. Ella se tenía la +culpa, por no hacer caso de mamá, que decía que los de <i>Las Tres Rosas</i> +eran unos ordinarios. Andresito era un buen chico, pero ella no podía +estar en ridículo y que las amigas le preguntasen irónicamente por su +novio. Como se decidiera otro que estaba a la vista, era cosa hecha: +plantaba a Andresito.</p> + +<p>Llegaron los tres días de Carnaval. Por las mañanas, entre las +estudiantinas y comparsas que corrían las calles, pasaban las familias +ostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el +justillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles. Los ciegos y +ciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo lo +que se canta iban en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de +pescadores u odaliscas, mal pergeñados, con mugrientos trajes de +ropería.</p> + +<p>Muchachos con pliegos de colores voceaban las <i>décimas y cuartetas</i>, +<i>alegres y divertidas</i>, <i>para las máscaras</i>, colecciones de disparates +métricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocar +alaridos de alegre escándalo en la Alameda. En la puerta del Mercado +vendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con +sonoros cascabeles, y caretas pintadas, capaces de oscurecer la +imaginación de los escultores de la Edad Media, unas con los músculos +contraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendo +por la mejilla; otras con una frente inmensa, espantosa; caras de +esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que son +higos aplastados, o que se prolongan como serpenteante trompa con un +cascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada y +carrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde.</p> + +<p>Los estudiantes, con el manteo terciado, tricornio en mano y ondeante en +la manga el lazo de la Facultad, corrían las calles como un rebaño loco, +asediando a los transeúntes para sacarles el dinero en nombre de la +caridad. Por la plazuela de las de Pajares desfilaron los de Medicina y +Derecho, y en torno de la enhiesta bandera amarilla o roja, las músicas +rompieron a tocar alegres valses, que rápidamente poblaban los balcones.</p> + +<p>La expansión ruidosa de la juventud libre y sin cuidados invadía la +plaza como una atronadora borrachera. Volaban los tricornios a los +balcones; cada cara bonita provocaba floreos interminables, en los que +la hipérbole dilatábase hasta lo desconocido; y había muchacho que, +impulsado por alguna copita traidora, despreciaba la vulgar invitación +de las escaleras y se encaramaba por la fachada, agarrándose a las +rejas, para entregar un ramo de flores a la niña y pedirle un duro a la +mamá. Concha y Amparo recibían una ovación y doña Manuela, roja de +orgullo, repartía sonrisas y pesetas a todo el enjambre de diablos +negros, voceadores y gesticuladores que se agolpaba bajo el balcón. A +espaldas de ellas estaba Andresito Cuadros, que acababa de entrar en el +salón con el manteo terciado, una bayeta infame que tiznaba de negro la +camisa y la cara. Llevaba ramos para la mamá y las niñas, y estuvo +locuaz, atrevido, aunque, con gran desencanto de Amparito, no intentó +como los otros, subir por la fachada, sistema que a ella le parecía muy +interesante.</p> + +<p>Por la tarde, Nelet enganchaba la galerita, y a la Alameda, donde la +fiesta tomaba el carácter de una saturnal de esclavos ebrios.</p> + +<p>El disfraz de labrador era un pretexto para toda clase de expansiones +brutales; y acompañados por el retintín de los cascabeles de las ligas, +trotaban los grupos de zaragüelles planchados, chalecos de flores, +mantas ondeantes y tiesos pañuelos de seda. Un berrido ensordecedor, un +«¡<i>che</i>... <i>e</i>...<i>e</i>!» estridente, prolongado hasta lo infinito, como el +grito de guerra de los pieles rojas, conmovía las calles. Las criadas, +endomingadas, huían despavoridas al escuchar el vocerío; y pasaba la +tribu al galope, dando furiosos saltos, con sus caretas horriblemente +grotescas y esgrimiendo por encima de sus cabezas enormes navajas de +madera pintada con manchas de bermellón en la corva hoja. Revueltos con +ellos, iban los disfraces de siempre: mamarrachos con arrugadas +chisteras y levitas adornadas con arabescos de naipes; bebés que +asomaban la poblada barba bajo la careta y al compás del sonajero decían +cínicas enormidades; diablos verdes silbando con furia y azotando con el +rabo a los papanatas; gitanos con un burro moribundo y sarnoso tintado a +fajas como una cebra; payasos ágiles, viejas haraposas con una +repugnante escoba al hombro, y los tíos de «¡al higuí!» golpeando la +caña y haciendo saltar el cebo ante el escuadrón goloso de muchachos con +la boca abierta.</p> + +<p>Toda esta invasión de figurones que trotaba por la ciudad, voceando como +un manicomio suelto, dirigíase a la Alameda, pasaba el puente del Real +envuelta con el gentío, y así que estaban en el paseo, iban unos hacia +el Plantío para dar bromas insufribles, sonando las bofetadas con la +mayor facilidad. La galerita de las de Pajares, a pesar de su cubierta +charolada, de los arneses brillantes y de sus ruedas amarillas, tan +finas y ligeras que parecían las de un juguete, aparecía empequeñecida y +deslustrada en el gigantesco rosario de berlinas y carretelas, faetones +y dog-carts que, como arcaduces de noria, estaban toda la tarde dando +vueltas y más vueltas por la avenida central del paseo.</p> + +<p>Rafaelito habíase disfrazado de <i>clown</i>, y con otros de su calaña +ocupaba un carro de mudanzas, sobre cuya cubierta hacían diabluras y +saludaban con palabras groseras a todas las muchachas que estaban a tiro +de sus voces aflautadas. ¡Vaya unos chicos graciosos!</p> + +<p>El carruaje de doña Manuela llevaba escolta. Un buen mozo con negro +dominó, montando un caballo de alquiler, marchó toda la tarde como +pegado a la portezuela, hablando con Concha, mientras la mamá y Amparo +miraban las máscaras. Era Roberto del Campo, el cual, a pesar de su +gallardía, iba resultando un posma, que sólo sabía decir floreos, sin +llegar nunca a declararse. La mamá comenzaba a no encontrar tan seductor +a aquel espantanovios. Dios sabe cuántas proposiciones habría perdido la +niña por culpa de aquel hombre, que gozaba todas las intimidades de un +novio, sin decidirse nunca a serlo. Pero Conchita se mostraba sorda a +los consejos de mamá. Ella lo pescaría; los hombres que las echan de +listos caen cuando menos lo esperan: todo era cuestión de tiempo y de +presentar buena cara.</p> + + +<p>Pasó el Carnaval y doña Manuela se vio en plena Cuaresma. Era la hora de +purgar los derroches y las alegrías de la temporada anterior. La modista +francesa presentaba la cuenta de los trajes de las niñas, y además hacía +falta dinero para los gastos de la casa. Total, que doña Manuela +necesitaba tres mil pesetas.</p> + +<p>Su amiga doña Clara, la corredora de los prestamistas, de la que don +Juan hablaba pestes, no encontraba dinero para la viuda de Pajares.</p> + +<p>—Francamente, doña Manuela: ¡tiene usted por ese mundo tantos pagarés +renovados y con intereses que no siempre se cobran...! Mis amigos se +niegan a dar un céntimo. ¡Si usted encontrase una persona con garantías +que quisiera avalar su firma...!</p> + +<p>¡Persona con garantías...! No era tan fácil encontrar esto, que los +prestamistas pedían con tanta sencillez. Allí estaba su hermano, que +solamente con una palabra podía sacarla del apuro; pero no había que +pensar en semejante miserable, capaz de dejar perecer a toda su familia +antes que desprenderse de una peseta. ¡Qué angustiosa situación! ¡Y que +una persona distinguida como ella tuviera que verse en tal aprieto por +unas cuantas pesetas, cuando tantos miles había arrojado por la ventana +en otros tiempos...!</p> + +<p>Había que pagar a la modista; la idea de que ésta podía decir la verdad +a sus parroquianas, todas señoras distinguidas, horrorizaba a la viuda, +a pesar de que no tenía la menor amistad con ellas. Y a fuerza de +cabildeos, acabó por encontrar la solución. La tenía al alcance de su +mano. Juanito, propietario y mayor de edad, era la firma con garantías +que ella necesitaba. En cuanto a las amenazas de don Juan, que había +previsto el caso, se burlaba de ellas. ¿No era Juanito su hijo?</p> + +<p>Nunca vio el pobre muchacho tan dulce y complaciente a su mamá. La +escuchó, como siempre, embelesado, deleitándose con el eco de su voz, y +la madre tuvo necesidad de repetir sus peticiones para que Juanito se +diese cuenta de lo que decía. A pesar de su fanática adoración, el +muchacho experimentó cierto sobresalto al enterarse de que se le pedía +una firma por valor de tres mil pesetas. No lo podía remediar. Estaba +amasado con pasta de comerciante, y en cuestiones de dinero reaparecía +en él lo que tenía del padre y del abuelo.</p> + +<p>—Pero mamá, ¿tan mal estamos de fortuna?</p> + +<p>Doña Manuela estuvo elocuente. La vida cada vez más cara, las exigencias +del rango social muy costosas, y sobre todo, los hijos, ¡ay, los +hijos...! ¿Tú sabes, Juanito, lo que me costáis?</p> + +<p>Y Juanito callaba, a pesar de que tenía razones de sobra para responder. +Desde la muerte de su padre se había comido la viuda la renta de su +huerto; lo llevó vestido hasta los veinte años con los desechos de su +padrastro; había ahorrado a su madre el gasto de una criada, cuidando +fervorosamente a sus hermanitos, aguantando sus rabietas de criaturas +nerviosas, y hacía ya diez años que ganaba su salario en <i>Las Tres +Rosas</i>, entregándolo íntegro a la mamá. ¿Qué gastos hacía él, vamos a +ver? En cambio, los otros.... Pero a los otros había que dejarlos en +paz. Él los quería lo mismo que a mamá, y su pena era no poder darles +más. Y el pobre muchacho callaba, sufriendo pacientemente las irritantes +mentiras de doña Manuela, que seguía hablando de los sacrificios por los +hijos. En fin, que necesitaba tres mil pesetas, y esperaba que Juanito, +su niño querido, salvaría la casa.</p> + +<p>—Pero mamá, podíamos hablarle al tío. Él nos dejaría esa cantidad sin +intereses.</p> + +<p>¿Al tío...? ¡Horror! Ni una palabra. Era un egoísta, un grosero, un +hombre sin educación.</p> + +<p>—Cuidado, Juan, con decirle una palabra. Darías un disgusto a tu mamá.</p> + +<p>—Pues entonces, puedo pedirlas a mi principal. Aunque don Antonio anda +ahora muy ocupado en eso de la Bolsa, siempre tendrá tres mil pesetas +para favorecer a unos buenos amigos.</p> + +<p>Tampoco. A ése, menos. No quería adquirir compromisos con unas personas +así... tan ordinarias. Justamente había sabido el día anterior que +Amparito tenía relaciones con el hijo de Cuadros, y había experimentado +un verdadero disgusto. Unas relaciones sin «sentido común». ¡Casar a +Amparito, a la hija del doctor Pajares, con el hijo de Teresa, que había +sido criada de doña Manuela! No; la familia no había llegado aún tan +bajo, y aunque apurada, no estaba para emparentar con una fregona. Ya se +sabía que Antonio Cuadros se había lanzado en plena Bolsa, y aunque con +timidez, hacía sus operaciones; pero cuando tuviera muchos miles de +duros, ¡muchos! entonces podía volver Andresito... y veríamos. +Decididamente, no quería pedir préstamos a una gente inferior, que la +trataría con desdeñosa confianza al conocer sus apuros.</p> + +<p>Y descartados don Juan y el comerciante, doña Manuela volvió a la carga; +el hijo intentó resistirse, pero al fin le aturdieron las caricias +maternales y firmó cuanto quiso la mamá.</p> + +<p>La consideración de que parte de aquel dinero era para pagar el abono de +las tres butacas que la familia tenía en el Principal a turno impar le +hizo decidirse. Sin teatro, ¿qué iban a hacer sus hermanitas? ¿Para qué +aquellos trajes que tan caros costaban? Allí podían encontrar buenas +proposiciones que asegurasen su porvenir, y sería una crueldad que él +cortase la carrera a las dos muchachas.</p> + +<p>Y Juanito sintióse feliz, en aquella temporada de Cuaresma, cada noche +que cenaba con la familia, puesta de veinticinco alfileres, comiendo +incómoda con la <i>toilette</i> de teatro y estremeciéndose de impaciencia, +mientras abajo sonaban las coces del caballo contra los guijarros del +patio y los tirones que daba a la galerita.</p> + +<p>Cantaba un tenor «eminencia», uno de esos tiranuelos de la escena que +cobran por noche cinco mil francos para entonar una romanza o un dúo y +estar de cuerpo presente en el resto de la obra. Era signo de distinción +y de buen gusto dejarse robar por la eminencia; se congregaba para +cruzar sonrisas y saludos lo mejorcito de Valencia, y las dos niñas +pasaban el día siguiente hablando con entusiasmo del <i>do</i> de pecho del +tenor y de los vestidos escotados de las del palco 7; de los diamantes +de la tiple y de la facha ridícula del director de orquesta, un tío +melenudo, con gafas de oro, que en los momentos difíciles braceaba como +un loco, se levantaba del sillón y parecía querer pegarles a los +músicos, a los artistas y hasta al público.</p> + +<p>El gran tenor y sus triunfos figuraban en todas las conversaciones, y al +fin, el pobre muchacho cayó en la tentación, no de oír el <i>Otello</i> de +Verdi, sino de ver el bicho raro que abriendo la boca se tragaba cinco +mil francos de una sentada. Él, que sin remordimiento había firmado por +tres mil pesetas, tuvo que reflexionar y hacer un esfuerzo supremo para +gastarse cuatro. ¡Alguna vez había de ser calavera! Y empujado por la +muchedumbre, asaltó las alturas, el «paraíso» de fuego, donde, +acoplándose cada espectador entre las rodillas del vecino inmediato, +formaba el público un mosaico apretado y sólido. Allí permaneció toda la +noche, confundido con la demagogia lírica, sin entender una palabra, +fastidiándose horriblemente, diciendo en su interior que aquella música +era como la de las iglesias, pero sin valor para estornudar ni mover pie +ni mano, por miedo a aquellos señores que oían con la boca entreabierta, +los ojos puestos en el techo, inertes y extasiados como fakires en el +<i>nirvana</i>, y que, al menor ruido, ponían el mismo gesto que si un ratero +les hurtase el bolsillo. Al terminar el acto, armaban una algarabía de +mil diablos, discutiendo e insultándose en un <i>caló</i> ininteligible, y +sacando a colación la madera, el metal y la cuerda, como si tratasen de +construir un navio.</p> + +<p>Juanito, contagiado por el ardor de pelea que reinaba en las alturas, +sentía tentaciones de gritar que aquello era fastidioso y lo de los +cinco mil francos un robo; pero callaba, por miedo a los energúmenos +artísticos, y consolábase mirando abajo las rojas filas de butacas, +donde se destacaban los lindos sombreros de sus hermanas y la majestuosa +capota de mamá. Un sentimiento de orgullo le invadía al contemplar a su +familia tan esplenderosa en aquel ambiente cargado de luz y de perfume, +y hasta ciertos instantes le faltó poco para llamar a Amparito y hacerle +un cariñoso saludo.</p> + +<p>¡Y pensar que en casa se pasaban tantos apuros para sostener aquel lujo! +¡Quién lo diría viéndolas tan elegantes y risueñas, especialmente la +mamá, que lucía brillantes en pecho, orejas y manos, y que antes quería +pasar hambre que deshacerse de ellos...! Y el pobre muchacho, siguiendo +la corriente de la lógica, pensaba con horror si todas las señoras que +allí estaban cargadas de flores y joyas, exhibiendo sus sonrisas de +mujer feliz, habrían tenido que pedir prestado como su madre.... El +recuerdo de esta noche quedó en la memoria de Juanito con una impresión +de calor asfixiante y aburrimiento inmenso. Al avalar el pagaré de su +madre, había pensado revelar a su tío esta debilidad, pues incapaz de +hacer nada por cuenta propia, se lo consultaba todo a don Juan. Pero +esta vez fue perezoso; transcurrió el tiempo sin encontrar ocasión para +ir a casa de su tío, y al fin nada le dijo.</p> + +<p>Además, su posición en <i>Las Tres Rosas</i> tenía a Juanito pensativo y +preocupado. Desde que su principal se dedicaba en cuerpo y alma a la +Bolsa, animado por ciertas jugadas de fortuna, Juanito era de hecho el +dueño de la tienda. La mañana pasábala don Antonio conferenciando con +los corredores en la trastienda, leyendo los despachos bursátiles de los +periódicos, haciendo comentarios y sosteniendo disputas con ciertos +amigos nuevos que formaban corro a la puerta del establecimiento y +hablaban con calor de la alza y la baja, los enteros y los céntimos. Por +la tarde íbase a la Bolsa, de donde volvía al anochecer, sudoroso, +enardecido, llevando en su mirada la fiebre de los conquistadores.</p> + +<p>Aquel hombre parsimonioso, de costumbres morigeradas, estaba en plena +revolución. Vivía inquieto, nervioso, y en sus palabras y ademanes +notábase cierto tono de grandeza, sin duda por la costumbre adquirida de +hablar de millones y más millones con tanto desprecio como si fuesen +pañuelos de dos pesetas docena. Las cosas de la tienda tratábalas ahora +con indiferencia, como asuntos sin importancia, dignos sólo de una +capacidad vulgar. Encargó a Juanito de la dirección de la casa, y cada +vez que éste le consultaba, respondía con displicencia:</p> + +<p>—Haz lo que quieras, hijo mío. Allá tú. Aunque salga mal algún negocio, +no me arruinaré. Yo estoy ahora en mi verdadero terreno; he encontrado +el filón.</p> + +<p>Y pasando por él una ráfaga de confianza, desarrollaba un panorama tan +encantador a los ojos de su dependiente, que los instintos de +comerciante rapaz despertaban en éste y se estremecía de pies a cabeza +con el escalofrío de la ambición. ¡Vaya un negocio ruin el de la tienda! +Trabajar rudamente, exponerse a pérdidas, sufrir la mala educación de +los compradores, todo para juntar, céntimo tras céntimo, unos cuantos +miles de reales a fin de año. Para negocios, los suyos. Daba sus órdenes +a los corredores, se acostaba tranquilo y al día siguiente levantábase +con la noticia de haber ganado mil duros sin trabajo alguno. Era verdad +que se corría el peligro de perder mucho, muchísimo; pero cuando se +tenía una cabeza como la suya, buenos amigos, excelente información y un +acertado golpe de vista, no había cuidado.</p> + +<p>Y el infeliz mortal poseedor de tantas cualidades paseaba por la tienda +ante su asombrado dependiente, con toda la prosopopeya de un hombre que +tiene agarrada la fortuna por los pelos y no piensa soltarla.... Y todo +porque con unas cuantas operaciones tímidas, yendo a la zaga de otros +más expertos, había ganado mil duros.</p> + +<p>Todo quiere empezar; y él, puesto ya en el camino de la suerte, +aseguraba a su dependiente que antes de un año tendría millones, sí +señor, millones no nominales ni de mentirijillas como los que compraba y +vendía en la Bolsa, sino reales y efectivos, prontos a convertirse en +fincas o en acciones. ¿Dónde estaban ahora esos ignorantes capaces de +asegurar que en la Bolsa se encuentra la ruina? Buenos ejemplos tenía a +la vista para convencerse de su error. Todo el mundo jugaba. Gentes que +un año antes no tenían sobre qué caerse muertas gastaban ahora carruaje +propio; comerciantes que no podían pagar una letra de veinticinco +pesetas jugaban millones, dándose una vida de príncipes; y la Bolsa, +«aunque a él le estuviera mal el decirlo», era una gran institución, +porque gracias a ella corría el dinero y había prosperidad, y un hombre +podía emanciparse de la esclavitud del mostrador, haciéndose rico en +cuatro días. Y si lo dudaba Juanito, que mirase a López, ése cuya señora +era amiga de la mamá. Pues el tal López no tenía un céntimo, pero metió +la cabeza en la Bolsa, y ahora no se dejaría ahorcar por ochenta mil +duros, ni por cien mil. En resumen: que a él le importaba un bledo la +tienda, y se burlaba de aquel comercio a la antigua, que sólo servía +para que los hombres de capacidad financiera se matasen trabajando como +unos burros, para comer sopas a la vejez.</p> + +<p>Justamente, en la época que don Antonio abandonaba su tienda, cada vez +más atraído por los negocios, fue cuando Juanito comenzó a sentirse +dominado por una preocupación.</p> + +<p>Entre las parroquianas de la casa había una joven que los dependientes +designaban con el apodo de «la beatita». Era una criatura tímida, dulce, +encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonreía a cada palabra, como +pidiendo perdón. Evitaba entenderse con los dependientes, sin duda por +molestarla sus exagerados cumplimientos, ese afán de decir a toda +parroquiana, con voz automática, que es muy bonita, para despachar mejor +la mercancía; y apenas entraba en la tienda, buscaba con los ojos a +Juanito, muchacho juicioso, tan tímido como ella y que no se permitía el +menor atrevimiento.</p> + +<p>Los dos se entendían perfectamente. Discutían con gravedad el precio y +la clase de las telas; y tan grande era la simpatía, que si aquel +grandullón de enormes barbas osaba decir una palabra un poco alegre, «la +beatita» sonreía con toda su alma, mostrando una dentadura igual y +brillante.</p> + +<p>Iba con frecuencia a <i>Las Tres Rosas</i>, por ser los géneros baratos, y +Juanito, insensiblemente, recogiendo hoy una palabra y uniéndola con +otra tres días después, se enteró de quién era.</p> + +<p>Llamábase Antonia. Trabajaba de costurera a domicilio, y tenía tan +buenas manos, que se la disputaban las parroquianas, señoritas de escasa +fortuna, que acogían como una felicidad el confeccionar en sus casas +vestidos iguales a los de las modistas. Era huérfana. Su padre había +sido cochero en una casa grande; su madre, portera. La difunta señora, +una condesa anciana, había sido su madrina, costeando su educación en +un colegio modesto, y todavía Antonia iba a visitar algunas veces a «las +señoritas», las hijas de su protectora, que se habían casado. Vivía con +una amiga de su madre, vieja y casi ciega, antigua criada durante veinte +años de un señor enfermo y malhumorado, que al morir le legó una renta +de dos pesetas, lo suficiente para no morirse de hambre. Tónica—así la +llamaban sus parroquianas—comía en casa de éstas, cosía once horas, +cuando no tenía que salir para comprar tela, hilo o botones, y por la +noche regresaba a su habitación de la calle de Gracia, un piso tercero +de una casa vieja y pequeña, que las dos mujeres tenían como «taza de +plata», según expresión de las vecinas.</p> + +<p>Juanito miraba a la joven con tierna simpatía. ¡Era tan buena +muchacha...! Para convencerse, bastaba verla por la calle con el velo +caído sobre los ojos bajos, andando con paso menudo y gracioso, arrimada +siempre a la pared, como si quisiera evitar la atención de los +transeúntes.</p> + +<p>Su belleza no era gran cosa. La cara redondita y pálida, la nariz algo +corta, pero con unos ojos hermosos, cobijados por las grandes cejas, +que, pobladas de sobra, tendían a juntarse, formando una sola línea.</p> + +<p>Pero lo que a Juanito le encantaba más en su parroquiana era la sonrisa +y aquella dentadura que en el fondo carmesí de la boca brillaba nítida, +igual, sin una picadura, sin una pieza saliente, como esas muestras +perfectas que los dentistas colocan en sus escaparates.</p> + +<p>Esta amistad, que se estrechaba por encima del mostrador, iba siendo una +necesidad para los dos. Tónica, al entrar, no hacía caso de las palabras +de los dependientes, e iba recta en busca de aquel barbudo tan tímido +como ella, que muchas veces le enseñaba las muestras con manos +temblorosas; y Juanito experimentaba un verdadero disgusto cuando se +ausentaba de la tienda y al volver le decían que había estado «la +beatita».</p> + +<p>Examinaba el menor detalle de su persona, alabando la delicadeza de sus +gustos. Era una pobre costurera y llevaba siempre guantes. Aseguraba que +no podía prescindir de ellos, así como de otras costumbres superiores a +su clase, adquiridas cuando niña en casa de su madrina. Rendida del +trabajo, dedicaba las horas de la noche y los domingos enteros a la +lectura de novelas, devorándolas, sin predilección, pues bastaba para su +gusto que la hiciesen llorar mucho, pero mucho. Ganando siete reales por +once horas de trabajo, era una sedienta de ideal; y acostumbrada al +lenguaje de las madres sin ventura, de las mártires del amor, de todas +aquellas señoras pálidas, ojerosas y vestidas de blanco que saludaba en +las obras favoritas, hablaba en la intimidad con cierto sabor +sentimental de novela por entregas.</p> + +<p>En casa de doña Manuela notaron que algo extraño ocurría a Juanito, y +eso que no se fijaban en él gran cosa. Ciertas mañanas, llegaba muy +contento a la hora de comer; sus hermanas le oían cantar paseando por +las habitaciones, y ¡caso raro! él, tan despreocupado en materias de +adorno, enfadóse dos veces porque le planchaban mal las camisas, y pidió +seriamente a la mamá que le comprase una corbata, pues la que llevaba +era un asco, de deshilachada y mugrienta.</p> + +<p>Amparito reíase en las narices de su hermano. Ahora que era un viejo, le +daba por presumir.... ¿Tenía, acaso, novia? Pues hijo, debía creerla a +ella, que, aunque joven, tenía experiencia. Eso de los noviazgos sólo +servía para disgustos y lloros. Bastante requemada la tenían a ella los +amores. Por un lado, la mamá con sus sofoquinas y pellizcos, ordenándole +que rompiese las relaciones con el hijo de Cuadros, por ser una +proporción desventajosa y denigrante para la familia; y por otro, el tal +señorito acosándola, enviando carta tras carta, unas veces en prosa y +otras en verso, pero siempre repitiendo lo del corazón de hielo, +pérfida, cruel, etc., etc.</p> + +<p>—Ya ves, Juanito mío, que esto no es vivir. Dile a ese chico que no sea +machacón. Al fin, dos meses de relaciones no dan derecho para tanto. La +mamá le dijo con muy buenas palabras que no volviese por aquí, que no +pensase más en mi persona; pero ¡que si quieres...! Me asomo al balcón, +y ¡cataplum! allí está en la esquina mi hombre, con una cara tan +desmayada, que da risa; salgo a paseo, y siempre que vuelvo la cabeza +veo tras de mí al moscardón, con un aspecto que no parece sino que +cualquier día va a subir al Miguelete para tirarse de cabeza, ¡Pero, +hombre, tú que tienes amistad con él y te hace caso, dile que no sea tan +pesado! Dile que yo le querré siempre como un buen amigo, pero que no me +importune más, pues su testarudez la pago yo. A mí no me incomoda, pero +mamá se pone furiosa al verle; cree que yo aliento esa constancia, que +nos entendemos sin que ella lo sepa, y la otra tarde, al volver de +paseo, me dio un par de bofetones. Ya ves, Juanito... pegarme a mí... y +por culpa de ese mico. Que no vuelva: dile que no vuelva, o le +aborreceré.</p> + +<p>Pero lo que la traviesa muñeca no decía era que le importaban muy poco +las cóleras de mamá y que deseaba la desaparición de Andresito por +propio interés. En los bailes de Carnaval había conocido a Fernando, un +teniente de artillería, esbelto, con cintura de señorita, que en el +teatro, durante los entreactos, rondaba por cerca de sus butacas +buscando ocasión de saludarla con gracia marcial que encantaba a +Amparito.</p> + +<p>Era amigo de Rafael; pensaba llevarlo a casa lo mismo que a Roberto del +Campo, y la niña se temía que la tenacidad del antiguo novio detuviera +una declaración que tanto esperaba.</p> + +<p>Llegó la fiesta de San José, que aquel año tuvo para la familia +excepcional importancia. Desde una semana antes, la granujería corría +las calles arrastrando sillas rotas y esteras agujereadas, pidiendo a +gritos, con monótona canturía, «¡<i>Una estoreta velleta</i>...!»</p> + +<p>La plazuela de las de Pajares tenía un vecindario bullicioso y alegre: +gente de pura sangre valenciana, que vivía estrechamente con el producto +de sus pequeñas industrias, pero a la que nunca faltaba humor para +inventar fiestas. La paternidad de la idea fue del dueño del cafetín +establecido frente a la casa de doña Manuela, un sujeto panzudo y +flemático, que gozaba en el barrio fama de chistoso y había heredado el +apodo de <i>Espantagosos</i>, sin duda porque alguno de sus antecesores no +estaba en buenas relaciones con la raza canina. Era una vergüenza para +los vecinos de la plaza no levantar en ella una <i>falla</i> que compitiese +con las muchas que se estaban arreglando en varios puntos de la ciudad, +y la proposición del cafetinero fue acogida con entusiasmo por toda la +gente de los pisos bajos.</p> + +<p>El iniciador asocióse a dos zapateros y un carpintero, que, por tratarse +de San José, se creía con derecho propio, y todos juntos formaron algo +que bien podía llamarse Comité de Vecinos, teniendo por principal objeto +dar sablazos en todo el barrio para el arreglo de la <i>falla</i>. Como doña +Manuela era la vecina más encopetada y su casa la mejor de la plazuela, +los pedigüeños pusiéronse bajo su protección, y elogiaron rastreramente +su riqueza, la belleza de las niñas y hasta la suya propia: todo para +sacarla cinco duros.</p> + +<p>La proyectada hoguera entusiasmaba a los vecinos, siendo el eterno tema +de conversación en las porterías y establecimientos de la plazuela. +Todos se animaban, con ese entusiasmo valenciano que se inflama al +pensar en fiestas y bullicios. La <i>falla</i> es la fiesta popular por +excelencia: una costumbre árabe, transformada y mejorada a través de los +siglos hasta convertirse en caricatura audaz, en protesta de la plebe. +Primero, los moros, en los ruidosos <i>alalíes</i> con que solemnizaban sus +festividades, gozaban en hacer grandes hogueras; los cristianos +adoptaron después esta costumbre, como muchas otras; lentamente, el +número de <i>fallas</i> fue limitándose en el año, hasta quedar las de San +José, que hacían los carpinteros para solemnizar la fiesta de su patrón +y la llegada del buen tiempo, en el que ya no se trabaja de noche; hasta +que por fin, el espíritu innovador del siglo hermoseó la <i>falla</i>, +dándole un aspecto artístico, encerrando el montón de esteras y trastos +viejos entre cuatro bastidores pintados y colocando encima monigotes +ridículos para regocijo de la multitud. Al principio, las figuras +groseras y mal pergeñadas representaron escenas de la vida privada, +murmuraciones de vecinos; pero después la sátira se remontó, +metiéndose de rondón en la política, y las <i>fallas</i> se convirtieron en +burlas al gobierno y caricaturas de la autoridad.</p> + +<p>Las niñas de doña Manuela despreciaban la fiesta que se preparaba. Era +una cursilería, como organizada por la gente ordinaria de la plazuela, +buena únicamente para divertir a los de escaleras abajo. Pero la víspera +de San José, impulsadas por la curiosidad, se asomaron al balcón muy +temprano y experimentaron una agradable sorpresa, pese a su anterior +indiferencia de muchachas distinguidas.</p> + +<p>En el centro de la plazuela, sobre una gruesa capa de arena, elevábase +todo un edificio de lienzo, con pintura que imitaba a la piedra: un +gigantesco dado, en cuya cara superior elevábanse ocho figuras de tamaño +natural.</p> + +<p>Los balcones y puertas estaban adornados con centenares de banderitas +rojas y amarillas, que daban a la plazuela el aspecto de un buque +empavesado; y este derroche de ondeante percalia extendíase por las +calles adyacentes. A trechos, en las paredes, mostrábanse, clavados, +grandes carteles con versos valencianos en letras de colores, ante los +cuales el público de las primeras horas—obreros que iban al trabajo, +criadas, barrenderos, etc.—, después de deletrear trabajosamente, +soltaba ruidosa carcajada.</p> + +<p>Pero lo que a las dos hermanas les llamaba la atención era la <i>falla</i>. +No estaba mal aquello, para ser obra de gente tan ordinaria como el +cafetinero y sus cofrades.</p> + +<p>Los monigotes eran siete bebés colosales, que componían una orquesta +abigarrada, y en el centro, un caballero de frac y batuta en mano. ¿Qué +intención oculta tenía aquello? Pero Amparito soltó la carcajada +inmediatamente. El tupé descomunal y grotesco del director de orquesta +se lo explicó todo. Aquél era Sagasta, y los otros los ministros. Estaba +segura de ello. En los periódicos satíricos que compraba Rafael había +visto aquellas caras convencionales, destrozadas por él lápiz de los +caricaturistas; y partiendo del descubrimiento del famoso tupé, fue +señalando a su hermana cada bebé por su nombre, riéndose como una loca +al ver que el ministro de Hacienda tocaba el violón.</p> + +<p>Pero cuando su alegría subió de punto fue al ver que algunos chicuelos, +escondidos entre los biombos, tiraban de cuerdas, poniendo en movimiento +a los monigotes. ¡Qué gracioso era aquello...! Las dos hermanas reían +contemplando las contorsiones del señor del tupé, que a cada movimiento +de batuta parecía próximo a partirse por el talle, la rigidez automática +y grotesca con que los bebés tocaban en sus instrumentos una muda +sinfonía, que causaba gran algazara en el gentío.</p> + +<p>Amparito se sintió tan entusiasmada, que hasta envió una sonrisa amable +al cafetín de enfrente, donde el padre de tal obra despachaba cepitas +tras el mostrador, mientras su mujer, lavada y peinada como en días de +gran fiesta, con los robustos brazos arremangados y delantal blanco, +estaba en la puerta sentada ante un fogón, con el barreño de la masa al +lado, arrojando en la laguna de aceite hirviente las agujereadas pellas, +que se doraban al instante, entre infernal chisporroteo. Eran los +buñuelos de San José, el manjar de la fiesta; como frutos de oro, +colgaban muchos de ellos de un colosal laurel, que recordaba el Jardín +de las Hespérides.</p> + +<p>Bien entendía sus negocios el cafetinero. La tal <i>falla</i> iba a acabar +con todo el aguardiente de sus barrilillos, mientras su mujer fabricaba +los buñuelos por arrobas.</p> + +<p>Toda la familia de doña Manuela se entusiasmó con el aspecto de la +<i>falla</i>. Había que avisar a las amigas. Por la tarde tendrían música en +la plaza; y la rumbosa viuda pensaba ya con placer en el «brillante» +aspecto que presentaría su salón, bailando las niñas y sus amiguitas, +mientras las mamas pasarían al comedor a tomar un chocolate digno del +esplendor de la familia.</p> + +<p>La casa de doña Manuela llamó la atención por la tarde casi tanto como +la <i>falla</i>. Entre las banderolas nacionales de los balcones asomaban una +docena de airosos cuerpos y graciosas cabezas, elegante escuadrón de +muchachas, que, cogiéndose de la cintura, jugueteando o riendo, miraban +al gentío que rebullía abajo.</p> + +<p>Detrás de las niñas de doña Manuela y sus amigas asomaban algunas veces +cabezas de hombres: Rafaelito, su amigo Roberto y Fernando, el teniente +de artillería, que por fin había sido presentado en la casa por el +hermano de Amparito. La brillante pollada del balcón agitábase con gran +algazara, sin importarle las miradas curiosas de los de abajo; dominaba +en ella esa nerviosa alegría de las jóvenes cuando, libres +momentáneamente del sermoneo de las mamas, sienten una oculta comezón, +un vehemente deseo de cometer diabluras. Con el anhelo de su libertad, +iban de una parte a otra sin saber por qué. Asomábanse al balcón; de +repente, una, por hacer algo, corría a la sala, y todas la seguían con +alegre taconeo, riendo, formando parejas, hasta que al poco rato +iniciábase la fuga en sentido opuesto, y el gracioso trotecillo las +devolvía otra vez al espectáculo de la plaza.</p> + +<p>Un olor punzante de aceite frito impregnaba el ambiente. El fogón de la +buñolería era un pebetero de la peor especie, que perfumaba de grasa +toda la plazuela, irritando pegajosamente los olfatos y las gargantas. +En la puerta del cafetín amontonábase la granujería, siguiendo con +mirada ávida el voltear de los trozos de pasta entre las burbujas del +aceite, y dentro del establecimiento, los hombres, formando corrillos +ante el mostrador, hablaban a gritos o se impacientaban al ver que el +cafetinero, según propia afirmación, no tenía bastantes manos para +servir a todos.</p> + +<p>En un ángulo de la plaza estaba la tribuna de la música, un tablado +bajo, cuyas barandillas acababan de cubrirse con telas de colorines +manchadas de cera, como recuerdo de las muchas fiestas de iglesia en que +se habían ostentado.</p> + +<p>—¡Música...! ¡músicaaaa!—gritaba la gente.</p> + +<p>Y los músicos, azorados por el vocerío, iban hacia el tablado abriéndose +paso en la muchedumbre. Era la banda de un pueblo de las cercanías; +rústicos gañanes que, enfundados en un uniforme mal cortado, faja de +general y ros vistoso con pompón de rabo de gallo, andaban con cierta +dificultad—como si los pies, acostumbrados a alpargatas en el resto de +la semana, protestasen al verse oprimidos en botitos de gomas—, +mientras el sudor de su cuerpo sano y vigoroso rezumaba por todas las +costuras de la guerrera.</p> + +<p>La primera mazurca de la ruidosa banda puso en conmoción a toda la +plazuela. Algunos granujas con tufos y blusa blanca bailaban íntimamente +agarrados con femenil contoneo, empujando a la muchedumbre curiosa, +chocando muchas veces contra el tablado de la música. Las alegres notas +de los cornetines parecían esparcir por toda la plaza un ambiente de +alegría. ¡Adiós el invierno! La primavera se acercaba con sus tibias +caricias, y en los balcones sonreían las muchachas, mirando de soslayo a +los que se detenían para contemplarlas.</p> + +<p>Amparito era la única que estaba seria. ¡Pero cuán desgraciada era! +¡Para ella toda fiesta había de traer el consiguiente disgusto! ¡Allí +estaba él...! ¡<i>él</i>! el «posma», aquel Andresito, que de novio era un +estúpido, y de amante despreciado y terco una insufrible calamidad.</p> + +<p>Le veía apoyado en la pared de enfrente, cerca del cafetín, de puntillas +algunas veces para dominar mejor el agitado río de cabezas que en +corriente interminable atravesaba la plazuela, y lanzando al balcón de +Amparito miradas de inmensa desesperación, que ella... ¡la ingrata! +decía que eran de cordero degollado.</p> + +<p>Ame usted; pase las noches de claro en claro, estrujando la inspiración +para fabricar sonetos amorosos; expóngase usted a los arrebatos de un +papá indignado que quiere que la familia se retire pronto... ¿y todo +para qué? para que ahora, despedido y olvidado sin justificación alguna, +<i>ella</i>, la mujer de los ensueños e inspiraciones, la décima musa, le +mirase con cara de pocos amigos, diciéndole con sus ojos desdeñosos: +«¡Largo de aquí, trasto...! ¡No me importunes más!»</p> + +<p>Y sí Amparito no pensaba esto mismo que suponía el antiguo novio, era +algo parecido lo que expresaban sus miradas fieras y sus gestos +desdeñosos para espantar a aquel moscardón molesto, que no la dejaba «ni +a sol ni a sombra».</p> + +<p>¿Y aún seguía allí, tieso como un poste, importunándola con sus +miraditas? ¿No tenía bastante con tantos desdenes? Pues ahora verás. Y +se puso a coquetear con el teniente, con el gallardo Fernando, que +estaba en el balcón, de uniforme, al aire la rapada y morena cabeza, +asediando a la niña con la media docena de palabritas galantes que tenía +en su repertorio para los casos de conquista.</p> + +<p>Amparo y el teniente, en un extremo del balcón, volviendo casi la +espalda a la plaza y aislados del grupo juvenil que hablaba y reía junto +a ellos, tenían el aspecto de verdaderos novios; él, serio, solemne, +llevándose la mano al tercer botón de la guerrera, que es donde suponía +estaba el corazón, mirando algunas veces al cielo, todo para dar más +fuerza y sinceridad a lo que decía; y ella, con cierta sonrisilla +irónica, negando con graciosos movimientos de cabeza y volviendo algunas +veces la mirada para ver si el «posma» seguía allí. Nada le importaba +Andresito; pero a pesar de esto, sentía cierta satisfacción pensando que +estaba a sus espaldas viéndolo todo. ¡Proporciona tanto gusto hacer +sufrir...!</p> + +<p>El poeta sufría como uno de los condenados de aquel poema de Dante, cuya +lectura nunca había podido terminar. Gracias a que era un «vate +aplaudido» en la Juventud Católica y tenía ideas muy cristianas; que si +no, a la vista de tamaña traición hubiera sido capaz de ahogar su dolor +cometiendo la más atroz barrabasada, por ejemplo, dando un adiós +patético a la ingrata, y arrojándose después de cabeza en aquel caldero +de aceite hirviendo donde volteaban los buñuelos.</p> + +<p>Pero no se mataría; ante todo, las creencias y el ser poeta. La muerte +frita no figura entre los suicidios de los hombres de genio. Pero si no +se mataba, sabría vengarse; él era un hombre, y cuando bajase aquel +teniente ya le exigiría cuentas. Le mataría, sí señor, le mataría; y +después, ¡qué escena tan trágica! el teniente a sus pies, atravesado de +una estocada; Amparito, desmelenada, sollozante, increpando al cielo; y +él erguido como gigantesco fantasma, el ensangrentado acero en la mano, +y en el rostro una sonrisa desesperada, infernal, loca; algo que +recordase el último acto del <i>Don Álvaro</i>. Y el pobre muchacho apretaba +con mano crispada su junquillo, que para su imaginación era «toledano +acero», y pensaba desordenadamente en Lope de Vega, Quevedo, Cervantes y +Lord Byron; en todos los grandes hombres que, según frase de Andresito, +habían tenido malas pulgas, y lo mismo escribían que daban una estocada.</p> + +<p>¡Bailad tranquilos, granujas alegres e insolentes; mirad la <i>falla</i>, +burgueses bondadosos; reíd como gallinas cacareadoras, mujercillas que +celebráis las contorsiones de los monigotes! Todos ignoráis que el +volcán ruge a pocos pasos de vosotros; no sabéis que hay un hombre que +prepara la más horrible de las tragedias; y mañana, cuando salga en los +periódicos la extensa relación de lo ocurrido, no podréis imaginaros que +la fiera en figura humana que mató al rival, a la novia y hasta a la +mamá, si es que se decide a bajar, era el joven «dulce y simpático» que, +pálido como un muerto, estaba hecho un poste cerca del cafetín.</p> + +<p>Sí; mataría y moriría después; estaba decidido. Y miró al balcón, +procurando dar a sus ojos la más insolente expresión de reto; pero se +fijó con insistencia en el teniente. Tenía buenas espaldas, su cabeza +morena no era de víctima, le colgaba del talle un espadín y además, +según informes de Andresito, tenía entre sus amigotes fama de bruto.</p> + +<p>Él no tenía miedo, ¡vive Dios! ¿qué había de tener? Pero bien mirado, +era una vulgaridad, un detalle de mal gusto, el enredarse a golpes en +medio de la calle con un majadero sin otra sociedad que la de las muías +de su batería. No señor; su belicoso plan quedaba desechado. ¿Qué dirían +en la Juventud Católica? Un autor que había provocado delirios de +entusiasmo con aquella oda dulcísima a la Virgen:</p> + +<div class="noindent"> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>Señora</i>, <i>tú que sabes</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>el secreto del canto de las aves</i>....</span><br /> +</div> + +<p>Un hombre que tantas lindezas sabía fabricar, no se peleaba con aquel +mozo de cordel. Los poetas se vengan de otro modo. Les basta encerrarse +en su inmenso dolor, lanzarlo en tristes estrofas al rostro de la +ingrata, para que ésta desfallezca bajo el más terrible de los +castigos.... Estaba decidido: abominaría del mundo y sus «vanas pompas»; +se retiraría a un desierto, sería fraile, pero no como aquellos +barbudos, malolientes y zarrapastrosos que iban por las calles, alforjas +al cuello, sino con arreglo a figurín: frailecillo blanco y melancólico, +vestido con franela fina, la cruz roja al pecho y los ojos en alto, como +si <i>filase</i> el lamento tierno, interminable, de las almas heridas: una +fiel imitación de Gayarre en el último acto de <i>La Favorita</i>.</p> + +<p>Y Andresito, como si se viera ya vestido de blanco, errante por poética +selva, con el pelo cortado en flequillo y los brazos cruzados sobre el +pecho, canturreaba con voz dulce y lacrimosa: «<i>Spirito gentil</i>...»</p> + +<p>Algunos se detenían sonriendo al oír el canto tristón y apagado, que +parecía salirle de los talones; pero ¡valiente caso hacía él de los +curiosos! ¡Como si una alma grande no estuviera, en sus dolores, por +encima de la vulgaridad!</p> + +<p>Y miró al balcón. Ya no estaban allí. Los infames se habían metido en el +salón, y estarían en aquel instante arrullándose, con la primera delicia +del amor naciente, vacilando en usar el confianzudo tuteo. Y él... +abajo, solo con su desesperación; pero sabría vengarse. Sus ilusiones de +venganza le conmovían tanto, que se sentía próximo a estallar en +sollozos. Y lloraba, sí señor; habíase llevado un dedo a los ojos y lo +retiraba mojado de lágrimas. ¡Llorar un hombre como él! ¡Ah, la +ingrata...! Pero un golpe de tos seca, espasmódica, asfixiante, le +volvió a la realidad.</p> + +<p>Estaba envuelto en el humo azulado, sutil y picante que se escapaba del +fogón de los buñuelos; un vaho grasoso, inaguantable, capaz de hacer +llorar y toser a los monigotes de la <i>falla</i> Y lo primero que vio al +volver de sus ensueños fue un par de viejos que, asomados a la puerta +del cafetín, le miraban con sonrisa burlona. Eran dos buenos +parroquianos, con la gorrilla caída sobre la frente, los ojos vidriosos +y lagrimeantes, y la nariz violácea y húmeda; una yunta alegre, unida +por el yugo fraternal del alcohol, que, mientras hubiese cafetines +abiertos, declaraban, como el doctor Pangloss, que este mundo es el +mejor de los mundos posibles.</p> + +<p>Con el sucio pañuelo de hierbas en la mano, accionaban dando gritos ante +el mostrador de <i>Espantagosos</i>; pero las rarezas de aquel señorito que +hablaba solo y miraba al balcón de enfrente llamaron su atención, y con +la cariñosa insolencia de los borrachos alegres, pusiéronse a +contemplarle, riendo de sus gestos dolorosos.</p> + +<p>Al ver que Andresito les miraba, hiciéronle amistosas señas como si le +conociesen de toda su vida. ¡Vaya una gente francota...! ¿Que si +aceptaba una copita? No señor, muchas gracias; no tenía la costumbre de +beber.... Bueno; pues eso se perdía; conste que ellos la ofrecían de +buena voluntad, al verle tan triste. ¡Buena suerte y que saliese pronto +de cuidado! Y los dos viejos, que sólo necesitaban unas cuantas copas +para ser dueños de la <i>falla</i>, de la plaza y del mundo entero, +metiéronse en el cafetín a continuar la obra.</p> + +<p>Andresito seguía tieso en su puesto, sin mover los pies, con las piernas +entumecidas y el cuello dolorido de mirar a lo alto. ¡Y la ingrata no +reaparecía! Las amigas, en el balcón; Concha, la hermana, coqueteando +con Roberto; y ellos dentro, buscando la soledad y la discreta +penumbra.... ¡Dios mío! ¡Qué cosas le diría aquel bruto de las dos +estrellas, para tenerla tan embobada lejos del balcón, a pesar de la +música y de lo animada que estaba la plaza...!</p> + +<p>Para mayor tormento del pobre muchacho, los dos viejos cínicos del +cafetín hablaban a gritos, y por más esfuerzos que hacía, sus palabras +le obsesionaban, le hacían olvidar su papel de poeta desesperado e +infeliz, del que en el fondo se hallaba satisfecho. Estaban en la misma +puerta del cafetín, jugueteando como dos chavales, dándose golpecitos en +el abdomen y obsequiándose mutuamente con buñuelos, que acompañaban de +latines y signos en el aire, como si se administrasen la comunión. ¡Vaya +un par de «puntos» alegres! Todos los parroquianos se reían, y hasta el +mismo cafetinero desarrugaba el ceño, a pesar de que conocía el final de +tales bromas y lo mucho que costaba ponerlos en la calle.</p> + +<p>Pero al beber otra vez, tornáronse melancólicos. Miraban al trasluz el +aguardiente, y con los vasitos en alto y los ojos elevados, como si les +hipnotizase el blanco líquido, hacíanse mutuas confidencias, arrastrando +las sílabas trabajosamente. El más viejo estaba desengañado; le habían +«lacerado » el corazón; lo juraba y perjuraba, dándose terribles +puñetazos sobre el pecho, que sonaba como un tambor. Su compadre debía +creerle a él, que era hombre de experiencia y había visto mucho. ¿La +política...? una farsa; un oficio de volatineros. ¿El Ayuntamiento...? +una cueva de ladrones; todos los que entraban en la «casa grande » era +para robar. El otro le interrumpió.... ¡El Ayuntamiento...! Ahí estaba +el toque. ¡Que le fueran a él con Ayuntamientos! Había trabajado como un +perro por la candidatura del partido repartiendo papeletas a las puertas +de los colegios, tuvo una disputa con un municipal que le quería llevar +atado, y lo sufrió todo... todo por el partido y el candidato... y ahora +le ofrecían como recompensa un puesto de peón en el adoquinado, nueve +horas de trabajo al sol y siete reales. Muchas gracias; él quería ser +empleado de los que están a la fresca y fuman. Antes que partirse el +espinazo en el adoquinado, prefería vivir sin trabajar. El hambre no le +importaba.... Mientras hubiese «petróleo refinado» como el de casa +<i>Espantagosos</i>, el estómago iría bien.... Ahora, tras el chasco, se +había «retirado a la vida privada», y podía decir muy alto, como su +compañero, que todos los de la casa del pueblo eran unos ladrones.</p> + +<p>Y para que quedase bien sentada esta afirmación, se tragaron el +aguardiente de un sorbo.</p> + +<p>—¡<i>Espantagosos</i>... <i>mesura</i>!</p> + +<p>¿Quién...? ¿él? ¡Estaban frescos! Allí no se daban más copas. Le +desacreditaban el establecimiento con sus feas palabras; los guardias le +tomarían ojeriza por consentir en su casa tales blasfemias contra la +excelentísima corporación, y además—esto era lo principal—, conocía +de antiguo a aquellos parroquianos, que, cuando se alumbraban de veras, +costaba un disgusto sacarles el dinero. Ya tenían bastante; si querían +algo más debían pagarlo por adelantado.</p> + +<p>¡Qué falta de respeto! ¡Tratar así a personas que han hecho concejales, +retirándose después a la vida privada...! Y miraban fieramente al +cafetinero, mientras rebuscaban con furia en sus andrajos, con la +indignación de una ofensa irreparable y mortal.</p> + +<p>Del bolsillo de la blusa salía una moneda mohosa; del sudador de la +gorra otra de dos céntimos, y por las ventanas de los rotos zapatos +sacábanse alguna pieza de cobre mugrienta y sudada. Era la rebusca +furiosa de los céntimos escamoteados antes de salir de casa, a espaldas +de sus mujeres, rabiosas de hambre y enemigas de que dos hombres de bien +se diviertan en la taberna.</p> + +<p>Con altivez de grandes señores, arrojaron su puñado de cobre sobre el +mostrador, como abofeteando al dueño. Si quería más podía ponerse a +cuatro patas, que a ellos aún les quedaba dinero para taparle, si era +preciso. Y decían esto con desdén olímpico, como si tuviesen a mano +todos los millones del Banco de España en calderilla.</p> + +<p>Andresito percibía a medias esta escena, coreada por las risas de los +parroquianos. La ingrata no reaparecía, y él estaba extenuado por el +dolor y por un plantón de tantas horas. No le vendría mal sentarse, +aunque fuese en el cafetín; pero no; ¡firme allí! aunque muriese de pie, +como los antiguos romanos.</p> + +<p>Obscurecía. La plaza estaba llena; las calles adyacentes seguían +vomitando nuevas muchedumbres, y todos cabían a fuerza de codazos y +empujones, como si fuesen elásticas las paredes de las casas. En torno +de la <i>falla</i> agitábase un oleaje de relamidos peinados, de gorras con +visera amarilla y de blusas blancas. Las señoras refugiábanse en los +portales, empinándose sobre las puntas de los pies para ver mejor; los +maridos cogían a sus pequeñuelos por los sobacos y los sostenían a pulso +para que contemplasen las últimas contorsiones de los monigotes.</p> + +<p>Aún era de día y ya se impacientaba la muchedumbre.</p> + +<p>—¡Fueeego...! ¡fueeego...!—gritaban a coro los de la blusa blanca.</p> + +<p>Y los dos borrachos, agarrados fraternalmente de los hombros, con las +húmedas nances casi juntas, asomábanse a la puerta del cafetín con +risita maligna al pensar que molestaban al dueño.</p> + +<p>—¡Fuego...! ¡fuego...!</p> + +<p>Y después de gritar se metían apresuradamente en la taberna, fingiendo +susto, como chicuelos que acaban de hacer una travesura.</p> + +<p>Los organizadores de la <i>falla</i> se resistían. Había que esperar a que +cerrase la noche. Pero la muchedumbre estaba dominada por esa +impaciencia que, entre la gente levantina, basta que sea manifestada por +uno para que los demás se sientan contagiados.</p> + +<p>—¡Fueeego..! ¡fueeego...!—seguían aullando de los cuatro lados de la +plazoleta. Y de la desembocadura de un callejón sin adoquinar salió una +pedrada certera, que dejó trémulo al monigote del centro, llevándosele +medio tupé. Aplausos y carcajadas, y a los pocos minutos servían de +blanco todos los bebés de la orquesta. Había que comenzar en, seguida. +El cafetinero lo ordenaba a gritos desde su puerta, y los cofrades +braceaban y se desgañitaban en torno de la <i>falla</i> pidiendo un poco de +calma, mientras un compañero se introducía en el cuadrado de lienzo con +dos botellas de petróleo. Cuando los biombos transparentaron una mancha +roja que rápidamente se agrandaba entre incesante chisporroteo, la +muchedumbre lanzó un «¡oh!» de satisfacción. Comenzaban a arder las +esteras viejas, las sillas cojas y demás muebles recogidos en los +desvanes del barrio y amontonados en el interior de la <i>falla</i>. El rojo +resplandor iluminaba la parte baja de los figurones.</p> + +<p>—¡Que toquen la <i>Marsellesa</i>!—gritó un vozarrón anónimo con acento +imperioso.</p> + +<p>Un estremecimiento pareció correr por la muchedumbre, saltando después +de balcón en balcón.</p> + +<p>—¡Sí, la <i>Marsellesa</i>... venga la <i>Marsellesa</i>!—repitieron miles de +voces con expresión amenazante, como si alguien se negase por anticipado +a sus exigencias.</p> + +<p>Los músicos, que enfundaban sus instrumentos, miraron asustados al +amenazador gentío. Intentaban negarse; pero el pensamiento de que +quedaban piedras en el callejón desvaneció sus propósitos de +resistencia. La música rompió a tocar, chillaron los cornetines, sonaron +el bombo y los platillos como una tempestad lejana, y por toda la plaza +se esparció un ambiente de bienestar, reflejándose en los rostros.</p> + +<p>La <i>Marsellesa</i>... ¡y el gobierno en la hoguera! ¿Qué más podían pedir? +Y el entusiasmo meridional, caldeando los cerebros, hacía pasar ante los +ojos risueños espejismos. Todos se sentían dominados por un optimismo +meridional.</p> + +<p>Las lenguas de fuego comenzaban a salir del interior de la <i>falla</i>, +lamiendo la ropa de los monigotes.</p> + +<p>—¡Bravooo...! ¡Vítooor!</p> + +<p>Nadie pensaba que aquello era madera y cartón. El entusiasmo les hacía +feroces; creían que era el mismo gobierno lo que quemaban al son de la +<i>Marsellesa</i>, y los industriales soñaban despiertos en la rebaja de la +contribución; los de las blusas blancas en la supresión de los Consumos +y el impuesto sobre el vino, y las mujeres, enternecidas y casi +llorosas, en que acabarían para siempre las quintas.</p> + +<p>La música seguía rugiendo la <i>Marsellesa</i>, y en la multitud, alguno de +los ardorosos, trastornado por la ilusión y por el himno, creyendo que +la cosa ya estaba en casa, gritaba a todo pulmón: «¡Viva la República!», +lo que azoraba a los pobres municipales y les hacía mirar en derredor, +buscando un hueco en el gentío por donde escapar.</p> + +<p>La hoguera crecía rápidamente. Las inquietas llamas, moviéndose de un +lado para otro, agitaban como abanicos los faldones del frac, los bajos +de blanca muselina y las cintas de raso de los bebés. El fuego +jugueteaba como una fiera con sus víctimas antes de devorarlas. De +repente, hizo presa en aquellos adornos, y en un segundo los devoró, +escupiéndolos después como negras pavesas, que revoloteaban sobre las +cabezas de la muchedumbre. Los monigotes, firmes y en pie, ardían como +grandes antorchas con un inquieto plumaje de llamas. Andresito recordaba +los cristianos embreados que iluminaban con sus cuerpos el camino de +Nerón.</p> + +<p>Había llegado la hora de destruir, de ayudar al incendio, y los +organizadores de la <i>falla</i> con pesados puntales, golpeaban el armazón +de los bastidores o daban tremendos palos a los ardientes monigotes para +que cayeran en el rojo cráter.</p> + +<p>La muchedumbre, legítima descendiente del pueblo que dos siglos antes +presenciaba los autos de fe, aplaudía con gozosa ferocidad la caída de +los monigotes en la hoguera. Cada vez que, volteando en el aire sus +piernas y sus brazos chamuscados, se zambullía uno en las llamas, oíanse +risas y berridos.</p> + +<p>La <i>falla</i> se derrumbó con todo su armazón medio carbonizado, y un +torbellino de chispas y pavesas se elevó hasta más arriba de los +tejados. El enorme brasero daba a la plaza una temperatura de horno, +tiñéndolo todo de color de sangre. La gente, tostada, con las ropas +humeantes, retirábase a las inmediatas calles; los de los pisos bajos +cerraban las puertas, huyendo de aquella atmósfera ardiente que abrasaba +los ojos y esparcía por la piel intolerable picazón, y en los balcones +las vidrieras se cerraban, y los cristales flojos, caldeados por el +ambiente abrasador, saltaban con estrépito.</p> + +<p>Más de media hora ardió con toda su fuerza el informe montón de leños +ennegrecidos, que al carbonizarse se cubrían de rojas escamas. Algunos +maderos estaban erizados de innumerables y pequeñas llamas, como si +fuesen cañerías de gas.</p> + +<p>La muchedumbre se alejaba, con la esperanza de ver algo en las otras +<i>fallas</i>. La temperatura bajaba, el incendio iba achicándose, la +frescura de la noche penetraba en la plazuela, y balcones y puertas +volvían a abrirse.</p> + +<p>En casa de doña Manuela, terminado el espectáculo público, había su +poquito de fiesta, sin duda para amenizar el chocolate «suntuoso» que la +rumbosa viuda daba a sus amigos. La gran lámpara del salón, reservada +para las solemnidades, había sido encendida; y Andresito, desde la +plaza, veía los trajes claros y los <i>bouquets</i> de las amigas pasar por +el iluminado balcón, moviéndose con el ritmo del baile.</p> + +<p>El pobre muchacho estaba firme en su puesto. El fuego le había empujado +a un extremo de la plaza; pero apenas se refrescó el ambiente, volvió a +la puerta del cafetín, cerca del laurel cargado de buñuelos, cuyas ramas +se habían tostado. La <i>falla</i> seguía ardiendo, con sus estallidos de +leña vieja, que sonaban como tiros.</p> + +<p>La plaza quedaba en poder de la gente menuda, chiquillos desarrapados, +que, tomando carrera, saltaban la hoguera con agilidad de monos, cayendo +al lado opuesto envueltos en las chispas. Los municipales intentaban +oponerse a tan peligroso ejercicio; pero la pareja de pobres hombres era +impotente ante tales diablillos, y al fin adoptó la sabia determinación +de sonreír con tolerancia y retirarse a un portal.</p> + +<p>Andresito seguía con mirada triste las evoluciones de aquellas +bulliciosas salamandras con blusa, que saltaban por entre las llamas +como si tal cosa, sacudiéndose las chispas como los perros.</p> + +<p>La plazuela estaba solitaria y el rojo ambiente del incendio hacía más +lóbregas las calles inmediatas. Algunos chuscos arrojaban en la hoguera +manojos de cohetes, que salían como rayos, culebreando su rabo de +chispas, arrastrándose de una pared a otra y remontándose en caprichosas +curvas hasta la altura de los balcones, para estallar con estampido de +trabucazo. Los municipales no veían los cohetes, pues al fijarse en el +aire matón de la chavalería que los disparaba, permanecían metidos en el +portal, sordos y ciegos. Andresito pensaba que si alguno de aquellos +rayos baratos le pillaba en su sitio, no le dejaría ganas en una +temporada de ser frailecito blanco y llorar los desdenes de su hermosa; +pero permaneció inmóvil. Irse de allí era renunciar a su venganza. Él +esperaba algo, sin saber qué; y allí permanecía mirando el balcón, a +pesar de que sus piernas apenas podían sostenerle, y en la cabeza y el +estómago sentía un vacío anonadador.</p> + +<p>Ahora cantaban arriba. Era Amparito, que acometía con su vocecita de +seda una romanza de Tosti, coreada por el estallido de los cohetes y los +berridos burlones de la pillería, a quien le hacían gracia los lamentos +musicales, verdaderos chillidos de ratita asustada.</p> + +<p>Las llamas iban extinguiéndose, la plaza estaba cada vez más obscura y +los chiquillos desertaban en grupos, bucando otras <i>fallas</i> que no +hubiesen llegado al período de la agonía.</p> + +<p>Dos hombres salieron del cafetín agarrados del brazo, con paso lento y +vacilante. Eran los viejos borrachos, con la gorrilla en la nuca y el +eterno pañuelo de hierbas en la mano. Volvieron el rostro al cafetín, y +como personajes de tragedia, lanzaron una eterna maldición sobre la +cabeza de <i>Espantagosos</i>, un ladrón que, al quedarse sin dinero dos +hombres honrados, les echaba a la calle sin más miramientos.</p> + +<p>El humo de la <i>falla</i>, denso y pegajoso, les hizo toser; pero se +detuvieron ante el rescoldo enorme como un brasero de gigantes.</p> + +<p>Soltáronse del brazo y saltaron la <i>falla</i>, uno tras otro, con una +agilidad inesperada y ademanes tan grotescos, que los municipales reían +y hasta el desconsolado poeta dejó de mirar al balcón. El cafetinero y +sus vecinos estaban en las puertas, celebrando aquel espectáculo +grotesco e inesperado.</p> + +<p>Las carcajadas del público enardecían a los borrachos, les hacían +sonreír con orgullo, y los dos redoblaban sus saltos y contorsiones. +Corrían en torno del gran montón de brasas, saltaban por todos los +lados, y en el furor del movimiento que les dominaba, ninguno de los dos +se acordaba del otro.</p> + +<p>¡Ahora iba lo bueno! Y saltando al mismo tiempo los dos, cada uno por +lado distinto, encontráronse en lo más alto de su salto; chocaron los +cuerpos como proyectiles y cayeron en el rescoldo, hundiéndose entre +las brasas la parte más carnosa del individuo.</p> + +<p>La plazuela pareció animarse, lanzando interminables carcajadas. A +patadas y puñetazos los sacaron los municipales, y una vez libres del +rescoldo, empujáronlos fuera de la plaza. ¡A sus casas o al Asilo...! +¡Lo que quisieran!</p> + +<p>Andresito vio cómo se alejaban los dos viejos, mostrando una nueva cara +por el revés chamuscado de su pantalón, riendo su postrera hazaña, +dándose besos y abrazos para afirmar la fraternidad del cafetín y +hablando a gritos para que quedase bien sentado que la «casa grande» era +una cueva de ladrones, y ellos, desengañados, se retiraban a la vida +privada.</p> + +<p>Y el poeta, envidiando su alegría, seguía en su puesto, iluminado por la +última crepitación de la hoguera, desfallecido de hambre y de dolor, +llorando de veras ahora que comenzaba a verse en la obscuridad, +esperando algo vago e indeterminado, sin fuerzas para hacer nada y +estremeciéndose al oír aquella voz tenue como un hilillo de seda, que se +quebraba al llegar a lo más alto de la romanza, ahogándola con sus +aplausos los complacientes convidados de la mamá.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="V" id="V"></a>V</h2> + + +<p>Juanito era feliz. Próximo al ocaso de su juventud, a los malditos +treinta años de que hablaba Espronceda, en vez de tristes desengaños +experimentaba la alegría de saber que en el mundo hay algo más grato que +adorar a la mamá como un ídolo y plegarse a todos los caprichos de los +hermanitos.</p> + +<p>El entusiasmo de la juventud, el ansia de vivir, manifestábanse en él +con extraordinaria fuerza, como frutos tardíos del árbol de su vida, que +había pasado invierno tras invierno sin conocer hasta ahora la +primavera.</p> + +<p>Al reunir y ordenar sus recuerdos, no se daba cuenta de cómo había +ocurrido su transformación. Sin duda, el amor era más fuerte que su +característica timidez. En la soledad, al recordar a Tónica, +avergonzábase como el que ha cometido una acción punible; las palabras +intencionadas que había deslizado en la conversación martilleábanle +después los oídos, y tan pronto las consideraba ridículas como +exageradamente audaces.</p> + +<p>—¡Dios mío...! ¡Qué dirá de mí esa chica!</p> + +<p>Pero cuando estaba cerca de ella, el rubor desaparecía y sentía en su +interior audacias que le asombraban.</p> + +<p>Ya no se conformaba con esperar que Tónica fuese a la tienda de <i>Las +Tres Rosas</i>. Enterábase de dónde trabajaba, y con una astucia de las más +torpes, salíale al paso por la mañana al ir al trabajo y por la noche al +regresar a su casa; hacíase el encontradizo y le desesperaba la +dificultad de su lengua tímida, que parecía rebelarse, no queriendo ser +conductora de sus pensamientos.</p> + +<p>Pasó más de una semana para Juanito sin adelantar gran cosa en su +propósito. Tónica le hablaba como un amigo y le hacía confidente de +todos sus pensamientos: las exigencias de sus parroquianas, los consejos +de «las señoritas», que eran las hijas de su difunta protectora, y hasta +las dolencias de aquella mujer casi ciega que vivía con ella, +sirviéndola de madre. Con estas confidencias, Juanito iba penetrando +lentamente en la vida de la joven y la consideraba ya como algo propio, +a pesar de que todavía la picara lengua seguía negándose a obedecerle.</p> + +<p>Tónica tenía en ciertos momentos rasgos de ingenuidad, que turbaban al +joven, sin dejar por esto de experimentar alegría.</p> + +<p>Llegó a relatarle las aficiones de su infancia, el placer indefinible +que experimentaba pasando horas enteras arrodillada ante un Cristo, +rezando rosarios tras rosarios. En aquella época, llevarla a la capilla +de la Virgen de los Desamparados era para ella la mayor de las +diversiones, y rezaba con tal devoción, que las viejas beatas se la +comían a besos, asegurando que iba para santa.</p> + +<p>—¡Qué época aquélla!—decía la joven con ligera sonrisa—. Ahora la +recuerdo con cierta extrañeza y no menos envidia. Las estampitas de mi +devocionario me hablaban; y por la noche, una Virgen que tenía en mi +cuarto bajaba de su cuadro para arrullarme hasta que me dormía. Usted, +Juanito, se burlará seguramente de que yo fuese tan tonta.... En fin, +cosas de niñas. Pero mi madrina la condesa, en vista de tan ardiente +devoción, quería hacerme monja; y el otro día, «las señoritas», +recordando los deseos de su mamá, todavía me ofrecieron costearme el +dote para que entrase en un convento.</p> + +<p>—¿Y usted acepta?—preguntó el joven con visible ansiedad.</p> + +<p>—¡Yo...! No pienso en ello por ahora. Aquella santidad voló, creo que +para siempre. Ahora soy mala, muy mala. Rezo cuando estoy triste, oigo +misa los domingos, tengo mucho miedo al diablo, pero me gusta bastante +el mundo y voy siendo algo impía, pues algunas veces me digo que no es +tan pésimo como lo pintan los predicadores.... Además, ¿quién cuidaría +de mi pobre Micaela, sola y casi ciega? Sería cometer un horrible pecado +de ingratitud por salvar mi alma. No señor, no pienso hacerme monja; +prefiero ser pecadora y cuidar de mi pobre amiga.</p> + +<p>Juanito tenía en los labios una pregunta audaz. ¿Qué hacía? ¿La +soltaba...? Tembló; pero vacilando, diola curso, al fin, con voz de +agonizante.</p> + +<p>—¿Y no piensa usted casarse?</p> + +<p>Tónica contestó con una carcajada.</p> + +<p>—¡Casarme yo...! ¿Y quién ha de ser el valiente? Se necesita mucho +corazón para cargar con una mujer sin otra renta que la aguja y que +lleva tras sí el bagaje de una amiga vieja y enferma.</p> + +<p>Juanito estuvo a punto de gritar que ese valiente era él; pero, por su +desgracia, se detuvo. Tónica estaba seria y decía con triste ingenuidad:</p> + +<p>—Reconozco que si encontrase un hombre honrado, trabajador y humilde +como yo, que quisiera admitir a mi desgraciada amiga, me tendría por muy +feliz.... Pero en fin, hoy por hoy no hay que pensar en tonterías.</p> + +<p>Y cambió con tal arte el curso de la conversación, que a Juanito se le +quedó en el cuerpo lo que quería decir, y antes llegaron a la pobre +escalerilla de la calle de Gracia, que pudo manifestar su valor para ser +esposo de Tónica y encargarse de la pobre ciega.</p> + +<p>Aquella noche fue cruel para Juanito. La pasó en vela, revolviéndose +inquieto en su cama, y declarando en voz alta que era el más cobarde de +los hombres. Parecía imposible que un mocetón con unas barbas que +causaban espanto fuese tímido como un seminarista. ¡Y pensar que todos +tenían valor en tales casos, todos, hasta Andresito, aquel pazguato que +se declaró a Amparo con la mayor facilidad...! ¡Cristo! ¡Cómo se reirían +de él sus hermanas si conocieran sus timideces! Sólo esto faltaba para +que todos los de casa le creyesen un imbécil.... Pero pronto se sabría +quién era él. Y animado por una resolución hija del amor propio, pasó +todo el día siguiente en la tienda distraído, sin atender a las ventas, +ansiando que llegase la hora de acompañar a su casa a Tónica.</p> + +<p>Caía una lluvia fina cuando fue a apostarse en la calle de Serranos, +cerca de la casa donde trabajaba la joven. A las ocho la vio salir, +andando con su paso ligero y gracioso, rozando la pared y casi oculta en +la penumbra de un alumbrado macilento, que en vez de luz parecía +esparcir tinieblas.</p> + +<p>Bien comenzaba la entrevista. Tónica se resistió a aceptar el paraguas +de Juanito; no podía consentir que el joven se mojase por complacerla a +ella; y en cuanto a ir los dos juntos bajo aquella cúpula de seda... +sólo en pensarlo la producía rubor y hacía que echase su cuerpo atrás, +como para huir de un peligro.</p> + +<p>Pero la expresión de angustioso ruego de Juanito pareció convencerla.</p> + +<p>Bueno; aceptaba su invitación porque le creía un joven formal y honrado. +Pero ¡Dios mío! ¡qué diría la gente...! Y comenzó a andar con timidez al +lado del joven, que no se sentía menos conmovido. Nunca había estado tan +próximo a Tónica. Rozaba al andar un lado de su busto, se sentía +envuelto en el ambiente embriagador que exhalaba su cuerpo sano, y veía +cerca de sus ojos el rostro de Tónica, su boca fresca, mostrando la +brillante dentadura con graciosas sonrisas.</p> + +<p>Juanito, entusiasmado por su buena fortuna, no pensaba ya en la +resolución que tan inquieto le había tenido durante todo el día. +Bastábale para ser feliz y considerarse dueño de Tónica oír su voz, +trémula por la emoción que le causaba un paseo tan íntimo.</p> + +<p>De pronto, Juanito pareció despertar. ¡Qué diablo! Ya estaban casi en la +mitad del camino, cerca del Mercado, y él callaba, sin atreverse a decir +lo que tan pensado tenía.</p> + +<p>Pero la maldita timidez retardaba con ridículos pretextos su +declaración.</p> + +<p>Bueno; aguardaría a llegar a aquella esquina, y una vez en ella, ¡zas! +soltaba su demanda, aunque cortase a Tónica en lo mejor de sus +confidencias.</p> + +<p>Ya estaban en la esquina. ¡Allá va...! Pero no; no hablaba. Iba tras +ellos un señor por la acera, resguardándose de la lluvia; podía oír su +declaración... ¡y quién sabe de lo que son capaces esas gentes burlonas, +que miran el amor como cosa de risa!</p> + +<p>Esperaría a que el molesto transeúnte se fuese por otra calle. Y +mientras tanto, escuchaba a Tónica, cuidando de ladear el paraguas para +que la cubriera bien, y mirando al suelo, como encantado por el trozo de +enagua blanca al descubierto y las pequeñas botinas que saltaban los +charcos con una graciosa ligereza de pájaro.</p> + +<p>Ella hablaba mientras tanto, desahogando el enfado que le causaban sus +parroquianas. Sólo una pobre como ella podía sufrir tantas exigencias. +Era costurera, y querían que trabajase como una modista famosa. Por dos +pesetas diarias la explotaban las parroquianas de un modo irritante; +mostraban un ansia furiosa para exprimir todas sus habilidades; la +hacían cortar y probar como una maestra y coser o zurcir como una +oficiala; obligábanla, con falsos mimos, a no levantar la cabeza del +trabajo ni un solo instante; se mordían los labios con rabia y dudaban +de su laboriosidad cuando no podía convertir en vestido flamante un +guiñapo viejo; y después de todo, cuando la costurera terminaba, +despedíanla sin cariño alguno, como un mueble inútil, y no se acordaban +de ella al darse tono en paseos y teatros, asegurando que era de una +modista francesa el vestido cuya confección les costaba unas cuantas +pesetas.</p> + +<p>—¿No es verdad, señor Peña, que eso es una ingratitud?—preguntaba +Tónica muy animada, olvidando los escrúpulos que había manifestado antes +de admitir el paraguas.</p> + +<p>Juanito contestaba con vehemencia, pero su pensamiento se hallaba a cien +leguas de lo que decía. Sí señor, era una infamia; personas tan ingratas +nada merecían. Y al mismo tiempo miraba atrás, viendo con gozo que el +transeúnte importuno había desaparecido.</p> + +<p>Ahora sí que se lanzaba; esperaría a pasar la plaza del Mercado, y así +que entrase en la calle de Gracia, soltaría su declaración. Tónica vivía +en esta calle, poco tiempo le quedaba para espontanearse, pero cuando se +lleva una cosa bien pensada, basta con pocas palabras. Y mientras +atravesaban el Mercado con pasos tímidos, resbalando en el barro +pegajoso que cubría las losas, el joven oía a Tónica con la falsa +atención del cómico en la escena, que finge escuchar mientras piensa en +lo que va a decir.</p> + +<p>Juanito se indignaba sin saber por qué. ¡Qué manera de explotar aquellas +señoras a la pobre Tónica! ¡Era insufrible! Y mientras matizaba con sus +exclamaciones la relación de la joven, pensaba con alarma que ya estaban +en la calle de Gracia y él todavía guardaba en el cuerpo, completamente +inédita, la declaración que tanto le inquietaba.</p> + +<p>En cuanto llegasen a la próxima esquina, interrumpía a la joven, aun a +riesgo de ser descortés. Bueno, ya estaban en la esquina, pero por un +poco más nada se perdía; prolongaría el plazo hasta un farol que estaba +tan próximo. Pero en llegando allí no había excusa. Hablaba, o era capaz +de arrancarse la lengua.</p> + +<p>Y así pasaba la pareja por todas las etapas que la maldita timidez de +Juanito iba marcando, sin llegar a decidirse. En la imaginación del +joven, aquella calle había sido mutilada de un modo horroroso; le +parecía extremadamente corta, y la pequeña puerta por donde desaparecía +Tónica todas las noches estaba ya a la vista.</p> + +<p>Para mayor desgracia, la joven seguía hablando; pero Juanito tembló, +pensando que podía quedarse solo y desesperado dentro de pocos minutos +por culpa de su timidez, y al fin se sintió hombre.</p> + +<p>—¡Tónica!</p> + +<p>Dijo esto con acento tan ahogado y angustioso que la joven calló, +mirando en derredor, como si les amenazase un peligro.</p> + +<p>—¿Qué ocurre?</p> + +<p>—Que la quiero a usted mucho; que....</p> + +<p>—¡Ah! ¡era eso...!—exclamó Tónica sonriendo—. Yo también le quiero a +usted como un buen amigo, como un joven formal; sobre todo como formal. +No siendo así, no consentiría que me acompañase con tanta frecuencia, lo +que puede dar lugar a suposiciones. Mire usted, el otro día decían las +vecinas....</p> + +<p>—No, no es eso. Yo no la quiero a usted sólo como amigo: yo la amo... +¿sabe usted? la amo, y soy ese hombre valiente de que usted hablaba +anoche, capaz de hacerla mi esposa sin dejar abandonada a la pobre +Micaela.</p> + +<p>Tónica mostrábase aturdida por la declaración. La presentía desde mucho +tiempo antes, pero habla llegado a dudar de ella en vista de la timidez +de aquel niño grande. Intentaba sonreír como sí tomase a broma las +palabras de Juanito, pero estaba ruborizada; se había detenido mirando +al suelo, y tan turbados estaban los dos en medio de la calle, que el +paraguas los dejaba al descubierto y la lluvia caía sobre sus hombros.</p> + +<p>El silencio era penoso. Juanito estaba asustado por la seriedad de +Tónica. La costurera reflexionaba, y al fin habló.</p> + +<p>Ella agradecía el ofrecimiento del señor Peña, pero no podía aceptar. +Era el hombre honrado y modesto que deseaba; si no fuese más que un +dependiente de comercio, tal vez aceptase... ¿pero es que ella ignoraba +quién era su familia? Estaba enterada por una parroquiana amiga de su +mamá y de sus hermanitas. Eran unas señoras de las que viven con +verdadero lujo, sin apelar a costureras ni a adornos caseros; tenían +carruaje... en fin, <i>una gran familia</i>—esto subrayado por una expresión +entre admirativa y respetuosa—, y no era justo ni legal que ella, una +pobre jornalera, aspirase a tanto.</p> + +<p>Juanito sentía alegría y compasión a un tiempo. Regocijábale el saber +que no era indiferente a Tónica y que en la posición de su familia +estaba el único obstáculo. ¡Valiente posición! Compadeció la ignorancia +de la joven y estuvo próximo a decirle que todo aquel lujo era imbécil +fatuidad, pura bambolla; pero sintióse dominado por sus temores de niño +sumiso y obediente, y hasta en el vacilante resplandor del inmediato +farol creyó ver el rostro de mamá contraído por un gesto de indignación +majestuosa.</p> + +<p>No negaba que su familia estuviera en «buena posición»; pero ¿qué +importaba esto? Él la quería, y no era necesario más. No pensaba dejar +de ser comerciante; su porvenir consistía en ser dueño de una tienda; ¿y +qué mejor que casarse con una mujer hacendosa, aleccionada en la escuela +del trabajo y la economía, y que supiera ser ama de su casa? El pobre +muchacho, roto el freno de su timidez, hablaba con vehemencia, meneaba +los brazos para afirmar sus palabras, sin ver que hacía danzar locamente +el paraguas, que conservaba abierto, y que varias veces estuvo próximo a +meter una varilla por los ojos de la joven.</p> + +<p>Pero Tónica no se convencía. Impresionábale el acento de verdad del +dependiente; pero no podía dominar el temor respetuoso que le inspiraba +una familia rodeada de los prestigios de la riqueza y de la elegancia. +Por esto a todos los argumentos de Juanito contestaba moviendo la cabeza +negativamente.</p> + +<p>Así pasaron más de un cuarto de hora en medio de la calle, bajo la +lluvia, llamando la atención de los escasos transeúntes, que ante una +pareja tan olvidada de sí misma hacían comentarios maliciosos.</p> + +<p>Por fin, la costurera pareció ablandarse. Lo pensaría; tal vez al día +siguiente pudiera contestarle. Y tras esta promesa, que para Juanito fue +una felicidad. Tónica dio seis golpes en la aldaba de su casa y +desapareció, cerrando la puerta de la escalerilla.</p> + +<p>El joven estaba deslumbrado. La última sonrisa de Tónica revoloteaba +delante de él con sus alas de oro, alumbrándole el camino. Sentíase +impregnado del indefinible perfume de la joven, y andaba con timidez, +como si se hubiese adherido a su exterior algo precioso y frágil que +podía desprenderse al acelerar su marcha.</p> + +<p>La dulce borrachera del amor correspondido trastornaba a Juanito. En +concreto, nada le había dicho Tónica; pero a pesar de esto, el joven, +con instintiva confianza, creía en su felicidad, y aquella noche fue la +primera de satisfacción y calma, después de las rabietas e inquietudes +que le había producido la timidez de su carácter apocado. Ahora... ¡oh! +ahora era todo un hombre, y así lo reconocía satisfecho y un tantico +orgulloso de su audacia.</p> + +<p>La costurera no fue más explícita al día siguiente. La «posición +brillante» de la familia de Juanito era una idea que se le había +atravesado en el cerebro. Ella no era nadie: una pobre costurera que, +acostumbrada a sufrir las impertinencias de las señoras, no podía +permitirse el lujo de mostrar susceptibilidad ni amor propio... pero eso +de casarse para ser la víctima resignada y humilde sobre la cual cayeran +los desprecios de la familia, estaba fuera del límite de su paciencia.</p> + +<p>—No diga usted que no. Adivino lo que sucedería; como si lo viese. Las +hermanas de usted, unas señoritas, se avergonzarían de tener por cuñada +a la que remendaba los vestidos de sus amigas; su mamá, toda una señora, +me consideraría un poquito más que a sus criadas. Y yo, aunque sea +pobre, no tengo fuerzas para tanto. Para salir de esta vida, quiero +vivir en paz con la familia de mi marido y que me respeten. ¿Qué menos +puedo pedir? ¿No es verdad...?</p> + +<p>No; no era verdad que ella corriese tantos peligros casándose con él. Lo +juraba a fe de Juanito Peña. ¡Su familia...! ¿Pero es que hacía gran +caso de él? Podría casarse con quien quisiera, sin miedo a disgustos ni +protestas. Él formaba aparte, se sentía aislado en medio de los suyos. Y +el pobre muchacho, como si de pronto apreciase toda la verdad de su +situación, decía esto con tal amargura, casi con lágrimas en los ojos, +que Tónica se conmovió, mostrándose más blanda.</p> + +<p>Ella le apreciaba; se creía muy honrada con merecer su atención; no +entendía de amoríos, pues sólo los había visto en las novelas; pero le +permitía seguir hablando con ella, como amigos más que como novios, y si +el tiempo demostraba que sus caracteres se comprendían y compenetraban, +entonces....</p> + +<p>El rubor de la joven completó sus palabras. Juanito no necesitó más para +soltar el chorro de su verbosidad comprimida; y atropelladamente, habló +de su porvenir, trazando con furiosos brochazos el cuadro de su +felicidad. Tenía dinero... venderían el huerto de Alcira... compraría +una tienda. <i>Las Tres Rosas</i> por ejemplo... se casarían... tendrían +niños, muchos niños, porque él, con sus gustos de joven tímido, adoraba +los muñecos... él sería un modelo de maridos.... Pero paró en seco al +ver que Tónica se ruborizaba, dirigiéndole miradas de reproche por la +libertad con que formulaba sus ilusiones. En fin, ya vería lo que era +bueno, y qué vida tan rica iban a darse cuando vivieran casados y fuera +del círculo de estúpidas pretensiones de su familia.</p> + +<p>Por de pronto, no era mala la vida que hacía Juanito. Pasaba el día +pensando en su Tónica; abandonaba la tienda a las horas en que aquélla +tenía que salir por algún encargo de sus parroquianas, y por la calle +iba al lado de ella, orgulloso como un triunfador, temiendo que le +viera la mamá y deseando al mismo tiempo encontrarse con sus hermanas, +para que éstas aprendiesen «a distinguir» y no le tuvieran por un +pazguato incapaz de tener novia. Por ella, por Tónica, reñía con la +planchadora, él, que era antes tan descuidado, deseando ostentar unos +cuellos duros y lustrosos como el mármol; y con gran asombro de las +hermanitas, se emancipaba de la dirección de la mamá, siempre tacaña con +él, y se hacía un traje igual a los de su hermano Rafael.</p> + +<p>Todo iba bien: Juanito se encontraba más joven y fuerte. Le parecía que +algo nuevo circulaba por su venas; era vino caliente y espumoso que +arrollaba y barría la antigua horchata. Ya había conseguido que Tónica +le llamase Juanito, y no señor Peña, con aquel acento ceremonioso que +hacía reír; pero aún no se había decidido a corresponder a su tuteo, y +le plantaba siempre un «usted» como una casa, asegurando que le causaba +rubor hablarle de otro modo.... ¡Qué inocente! ¡Como si él no fuese hijo +de un antiguo tendero del Mercado! En fin, todo se andaría.</p> + +<p>Lo que inquietaba algo a Juanito, en medio de su felicidad, eran las +atenciones que con él tenía su mamá, las miradas cariñosas, los «¡hijo +mío!» dichos en un tono halagador, con la suavidad mimosa de una +caricia. ¡Malo, malo! Juanito temblaba viendo aproximarse la afligida +demanda, el «sablazo» maternal, acompañado con lágrimas y conmovedoras +lamentaciones sobre lo mucho que cuesta la educación de los hijos. Y la +petición fue formulada, por fin, a principios de Semana Santa, una tarde +en que Juanito, después de comer de prisa, iba a salir para avistarse +con Tónica antes de entrar en la tienda.</p> + +<p>El pobre muchacho quedó anonadado por las maternales confidencias.... +¡Diablo! La situación era más grave que él imaginaba. Ya no eran diez o +doce mil reales los que ponían a su mamá con agua al cuello; ahora se +trataba de miles de pesetas, de miles de duros, y era preciso pagar o +resignarse a que la situación de la familia se hiciese pública, pues los +acreedores, gente grosera y sin entrañas, sin otra pasión que la del +dinero, eran capaces de desacreditar por dos cuartos a una señora +decente.</p> + +<p>—Yo me muero de ésta, Juanito mío; estas cosas no son para mí. ¡Ay, +Dios! ¡Cuánto cuesta criar a los hijos y sostener el rango de una +familia! Tú, hijo mío, sólo tú puedes sacar a tu madre de apuros.... +¡Tres mil duros...! ¿Sabes lo que es eso? Pues los tres mil duros he de +tener a punto para el día siguiente de las Pascuas. Me han amenazado; me +han llamado tramposa porque no puedo pagar... ¡tramposa! ¡a una señora +como yo...! No puedo sufrir tanta vergüenza. Y si mis hijos me +abandonan, me moriré, sí señor... presiento que estos disgustos me van a +quitar la vida.</p> + +<p>Juanito, a pesar de que estaba en guardia para librarse de los halagos +de su mamá, y se proponía no adquirir compromisos, sintió en su interior +algo que se sublevaba, subiendo hasta su rostro como una ola +caliente.... ¡Tramposa su madre! No estaba mal aplicado el calificativo; +pero el cariño ciego, que le hacía adorar a su madre, rebelábase ante +tal ofensa; le conmovía hasta el punto de que sus ojazos tranquilos y +bondadosos se velasen con lagrimones de ira.</p> + +<p>Con movimientos de cabeza asentía a todas las afirmaciones de su madre. +Sí; era preciso arreglar aquello; el honor de la familia no podía quedar +a voluntad de cuatro usureros, que, merced a ciertos papelotes firmados +por doña Manuela con tanta irreflexión como frescura, exigían quince mil +pesetas por un préstamo de once mil. Había que pagar; pero... ¿y el +dinero? ¿dónde encontrar el dinero?</p> + +<p>Y la viuda, al llegar a esta conclusión, le miraba fijamente, dándole a +entender que en él estaba la solución.</p> + +<p>—Hay que buscar el dinero, mamá. Podía usted hablar coa doña Clara, esa +amiga que, según dice el tío, es la arregladora de todos estos enredos.</p> + +<p>—¡Doña Clara...! ¡valiente apunte! Hijo mío, tú, como eres tan buenazo, +no conoces a las personas. Esa doña Clara es una tal, que sólo va donde +puede sacar, y vuelve las espaldas a una persona decente al verla en un +apuro. Nuestra situación es muy mala, rematadamente mala.</p> + +<p>Y en los oídos del joven agolpáronse en tropel las vergonzosas +confidencias, hechas en voz baja, temblorosa, no por el remordimiento, +sino por la humillación que suponía confesar la situación de la casa, +aun a su propio hijo. Las fincas todas hipotecadas, y si las vendía, no +llegaría su importe a la mitad de las deudas. Su firma en un sinnúmero +de pagarés, y tan desacreditada, que a su mismo portero le prestarían un +duro los usureros mejor que a ella. Vencimientos ineludibles que había +que satisfacer, so pena que la familia se desacreditara... y nada con +que pagar, absolutamente nada; la carencia más completa de medios para +salvar la situación.</p> + +<p>Las necesidades de la casa lo arrebataban todo. Ella había acudido ya a +los procedimientos más penosos para su dignidad. Si ahora fuese la +temporada de ópera, ni ella ni sus hijas podrían lucir las joyas que +enorgullecían y admiraban al pobre Juanito. Estaban en una casa de +préstamos. Y la vajilla de plata, que daba al comedor un aire tan +señorial, los grandes candelabros del salón, no habían salido de casa +para blanquearlos el platero; donde estaban era naciendo compañía a las +joyas. Todo por unos cuantos miles de reales, que se habían escurrido +como agua en aquella criba de deudas y gastos, de infinitos agujeros.</p> + +<p>—Esto te lo digo, Juanito, porque eres el más formal de la casa y +necesito tus consejos. Pero ¡por Dios! ni una palabra a las niñas; que +no sepan las pobrecitas la situación. Se sentirían humilladas, y no +quiero que mis hijas se consideren inferiores a sus amigas.</p> + +<p>Lo que menos preocupaba a Juanito era lo que pudiesen pensar sus +hermanas. Sus instintos de comerciante honrado, amigo de la regularidad, +sublevábanse al pensar en un medio tan vergonzoso de adquirir dinero. +Para él, las casas de préstamos eran antros horribles, guaridas de +latrocinio; acudir a ellas era contaminarse, perder la propia dignidad.</p> + +<p>—¿Y usted ha ido allí?—preguntó con expresión dolorosa—. ¿Ha entrado +en esas casas?</p> + +<p>Doña Manuela contestó con altivez. ¡Quién! ¿Ella...? ¿Por quién la +tomaba su hijo? Aunque arruinada, no por esto había perdido su dignidad. +Para tales comisiones se valía de doña Clara, que tenía amigos entre los +prestamistas, y hacía las «operaciones» diciendo que los objetos eran de +una señora distinguida cuyo nombre no podía revelar. Lo que doña Manuela +callaba eran las sospechas vehementes de que su amiga explotaba sus +apuros, guardándose los «picos» de las cantidades facilitadas por los +prestamistas. La viuda tenía la altivez de los grandes señores que creen +de buen tono dejarse robar descaradamente por sus criados.</p> + +<p>Cuando terminaron las revelaciones sobre la situación de la casa, la +viuda aguardó la respuesta de su hijo. Él era su única esperanza. Su +hermano la detestaba; ¿a quién podía confiar sus penas? A Juanito +únicamente, a su querido Juanito; pues Rafael, el pobre muchacho, metido +en el mundo elegante, nada sabía de las «materialidades » de la vida, ni +tenía bienes propios como su hermano mayor. Pero el bondadoso hortera se +mostró más duro que su madre esperaba. El amor le había transformado; +mas en vez de hacerlo soñador excitaba sus instintos de economía, +predominando en él las aficiones de su padre, lo que su tío y don +Eugenio llamaban «sangre comercial».</p> + +<p>Que nadie le tocase su huerto de Alcira. Y no es que amase gran cosa una +finca que sólo veía una o dos veces por año. Deseaba convertirla pronto +en dinero; pero los ocho mil duros limpios que pensaba sacar de ella +eran la base de su porvenir, la realización de sus ilusiones, el medio +de establecerse y convertir a Tónica en dueña de una gran tienda de +telas.</p> + +<p>Doña Manuela experimentó gran extrañeza al tropezar con una tenacidad +que nunca había supuesto en su hijo. Se negaba resueltamente a firmar +otro pagaré garantizando el crédito de su madre, y menos consentía aún +en hipotecar su huerto para adquirir los tres mil duros.</p> + +<p>—No, mamá—decía tímidamente, pero con firmeza—; no puedo. Ya sabrá +usted más adelante que eso no es posible. Necesito mi dinero; y además, +a mí me repugna eso de hipotecas, pagarés y préstamos de los usureros. +Como dice el tío, eso queda para las gentes perdidas.</p> + +<p>Pero deseaba salvar a su madre del compromiso; encogíasele el corazón al +verla tan hermosa, tan «señora», con los ojos llorosos y la frente +surcada por dolorosas arrugas, y buscaba mentalmente un medio para +sacarla de la situación.</p> + +<p>Era posible que don Antonio Cuadros, que tan rápidamente se +enriquecía.... Pero no. El enérgico gesto de su madre le dio a entender +que no consentía auxilios que lastimasen su amor propio. Tal vez más +adelante ella no diría que no, cuando se reanudasen las amistades; +ahora, desde la despedida de Andresito, eran bastante frías.</p> + +<p>Y Juan, no atreviéndose a nombrar a su tío, dejó de proponer soluciones.</p> + +<p>—Lo del huerto no lo consiento.... Pero no llore usted, mamá.... No +llore.... ¡Qué demonio! Para todo hay remedio en este mundo. ¡Si no se +gastase tanto en esta casa...! No se enfade usted, mamá. Sí; ya sé todo +lo que va a decirme; el decoro de la familia, la necesidad de sostener +el buen nombre, la conveniencia de colocar bien a las niñas.... La +verdad es que se necesitan tres mil duros, y que no se adquieren en unos +cuantos días economizando. Lo del huerto no lo consiento, lo vuelvo a +repetir.... Pero en fin, para que usted no esté triste, le prometo +encargarme del asunto. Yo lo arreglaré, y poco he de poder o la próxima +semana tendremos ese dinero.</p> + +<p>Pero Juanito, como enamorado, tardó en cumplir sus promesas. Sus amores +con Tónica, aquella luna de miel ideal, el afán de acompañarla a todas +partes, hablando de su porvenir, le tenían tan distraído, que si no +olvidó sus promesas, fue difiriendo su cumplimiento siempre para el día +siguiente.</p> + +<p>Su madre le lanzaba en la mesa miradas interrogantes; le llamaba aparte +para saber cómo iba «aquello»; y cuando él se excusaba con sus +ocupaciones en la tienda, estremecíase ante el gesto de dolor de doña +Manuela.</p> + +<p>Fue el Jueves Santo por la mañana cuando Juanito se decidió a emprender +el asunto. La tienda estaba cerrada. Tónica saldría de casa con su vieja +amiga; y él, no sabiendo qué hacer, decidióse a ir en busca de su tío.</p> + +<p>A las once salió a la calle. La mamá y las hermanitas estaban dando la +última mano al tocado de circunstancias: el crujiente vestido de seda, +el velo de blonda, y al puño el rosario de oro y nácar. Iban a una de +las principales iglesias a sentarse tras la mesa petitoria de una +comunidad de origen extranjero, a la hora en que la gente elegante reza +las estaciones.</p> + +<p>Juanito, a pesar de la ¡anual costumbre, sintióse impresionado por el +aspecto de la ciudad. Las tiendas cerradas, el adoquinado silencioso, +sin que una rueda lo conmoviese; las gentes vestidas de negro, con aire +solemne. Parecía que por la ciudad pasaba una epidemia, despoblando las +casas y ahuyentando el ruido de las calles. El profundo silencio +turbábanlo de vez en cuando los tercetos de ciegos que, agarrados del +brazo y golpeando el suelo con sus garrotes para orientarse, iban por el +arroyo sin miedo a ser atropellados, prorrumpiendo en lamentaciones +poéticas que, en tono quejumbroso, relataban la pasión y muerte del +Redentor. Los pasos de los transeúntes sonaban en las aceras como un +áspero y ruidoso frotamiento, y aglomerábase la gente en las puertas de +los templos, negras y profundas bocas que lanzaban a la fría calle el +denso vaho de su interior.</p> + +<p>Los soldados, con uniforme de gala y las manos yertas dentro de los +guantes de algodón, iban a visitar las estaciones, turbando el general +silencio con el arrastre acompasado de sus pies e impregnando el +ambiente de ese olor de salud, mezcla de carne sudada, cuero y lana +burda. Los caballeros maestrantes lucían sus uniformes obscuros, los +sanjuanistas su cruz roja, y hasta los oficiales de reemplazo y los del +batallón de Veteranos se adosaban los arreos militares para acompañar a +la señora en la visita a los templos y lucir de paso sobre el pecho las +recién frotadas cruces. Era un desfile brillante de autoridades y +uniformes, que admiraba a los papanatas; grupos de chicuelos y mujeres +se agolpaban ante los Eccehomos que se exhibían en las calles sobre un +pedestal: imágenes manchadas con brochazos de sangriento bermellón, la +corona de espinas sobre las lacias y polvorientas melenas que agitaba el +viento, una caña entre las manos y a los pies una bandeja con céntimos y +un viejo pedigüeño.</p> + +<p>Al llegar Juanito al barrio de las Escuelas Pías entró en una calle +estrecha donde estaba el caserón de sus abuelos, una interminable +fachada pintada de azul claro, en la cual, corrió por compasión, +rasgaban el grueso muro algunos balcones y ventanas, a gran distancia +unos de otros.</p> + +<p>Juanito recordaba su niñez. Se veía muchacho pelón jugando con los +chicos de la vecindad—los días en que su tío lo convidaba a comer—en +aquel portal inmenso, obscuro, rezumando humedad por entre su empedrado +de guijarros. Los recuerdos de la niñez seguían despertándose en él a la +vista de la vieja escalera con su pasamano de caoba, rematado por un +leoncito borroso y gastado, y de sus peldaños de azulejos del siglo +anterior, en los cuales veíanse navios sobre un mar morado, con banderas +más grandes que el casco, embozados de gruesas pantorrillas blancas con +sombrero de picos y huertanas con cestos de frutas, todo en colores +tostados y chillones.</p> + +<p>Vicenta, la vieja criada del tío, fue quien abrió la reja que obstruía +la escalera. Juanito era el único pariente del señor a quien toleraba la +vieja sirvienta. Le saludó con una sonrisa de su boca obscura y +desdentada, y como de costumbre, no preguntó por su mamá ni sus +hermanas. Aborrecía a aquellos parientes del amo, sabiendo la poca +estima en que éste los tenía. Don Juan estaba arriba, en los porches, +dando de comer a los palomos y a las gallinas.</p> + +<p>La criada y el sobrino hablaban en un rellano de la escalera, desde el +cual se veían algunas habitaciones. Él las conocía perfectamente, y +subsistían en su memoria con todos sus detalles estrambóticos. Desde +allí percibía el tufillo de las habitaciones cerradas años enteros; +aquel ambiente rancio, húmedo, cargado de polvo, que con la diaria +limpieza mudaba de sitio sin salir de la casa, y expulsado por la escoba +de los rincones iba a caer un poco más allá.</p> + +<p>La afición de don Juan a visitar almonedas, comprándolo todo con tal que +fuese barato, había convertido su casa en una prendería. Las salas eran +grandes como plazas, las alcobas podían servir de salones de baile; y a +pesar de esto, no había un palmo de pared libre de muebles o adornos. +Los armarios colosales se contaban a docenas, todos de roble viejo, con +tallas tan complicadas como sus enormes cerraduras; los cuadros, buenos +o malos, llegaban hasta el techo; las sillerías incompletas y de +distintos colores, no encontrando espacio junto a las paredes, +esparcíanse por el centro; todo estaba ocupado, como si la casa fuese un +almacén, un depósito de rapiñas verificadas al azar; y aunque todas las +piezas estaban abarrotadas, la casa sonaba a hueco, y la soledad +despertaba esos ecos misteriosos de las grandes viviendas abandonadas. +Mirando los salones interminables que parecían iglesias, pensábase +involuntariamente en la noche, cuando las sombras ahogaban la macilenta +luz de la candileja del avaro y los pasos del viejo y su criada sonaban +como en el ulterior de una cripta, en un medroso silencio interrumpido +por los crujidos de la madera vieja y las veloces carreras de las ratas.</p> + +<p>La manía de adquirir todo lo barato daba a la casa un tono grotesco. +Sobre la puerta de la escalera destacábase una testa de toro disecada, +con unas astas que daban frío. Juanito tenía presente los enormes monos +trepando por un tronco, con el lomo apelillado y calvo, y los pájaros +vistosos, a quienes no se podía quitar el polvo sin que cayesen las +plumas; adquisiciones de almoneda, que convertían en un arca de Noé el +gran salón, con su techo al fresco, donde jugueteaban amorcillos +descoloridos y macilentos por la pátina de un siglo entero, y con sus +enormes consolas doradas sobre las cuales se ostentaban grupos de frutas +contrahechas, uvas y melocotones, cuya cera perdía los vivos colores +bajo la capa de los años.</p> + +<p>—¿Conque el tío está arriba?</p> + +<p>—En los porches lo encontrarás, Juanito.... Sube, que yo voy a la +cocina. Creo que se quema el potaje.</p> + +<p>Y el muchacho siguió subiendo la escalera, que ya no era de azulejos +vistosos, sino de tostados baldosines. Aquellos peldaños habían sido +cincuenta años antes el camino de una gran industria. Centenares de +obreros los pisaban todas las mañanas, y por allí descendían, recién +salidos del telar, los floreados damascos, los brillantes rasos, la seda +listada, todas las magnificencias de una industria oriental que daba a +Valencia fama y prosperidad. Ahora era la escalera de un panteón, y se +sentía malestar oyendo cómo el eco repetía y agrandaba los pasos.</p> + +<p>Los porches eran inmensos. Un taller que se perdía de vista, ocupando +todo el último piso del caserón; un bosque de maderos y cuerdas, +invadidos por las telarañas; una confusión de telares que, inactivos y +muertos, parecían siniestras guillotinas, complicadas máquinas de +tormento.</p> + +<p>Juanito tardó en ver a su tío, agachado entre dos telares, en mangas de +camisa, ocupado en armar una ratonera. A pocos pasos de él, una docena +de gallinas picoteaban en un barreño, y por encima de los travesaños y +redes de los telares aleteaban los palomos, lanzando su arrullo +adormecedor.</p> + +<p>—¿Eres tú, Juanito?—exclamó el tío al levantar la cabeza—. No te +esperaba. ¿Vienes para que hagamos juntos las estaciones? Pues no pienso +salir hasta la tarde.</p> + +<p>Y don Juan, abandonando la ratonera, fue hacia su sobrino con la sonrisa +paternal, bondadosa, que reservaba para Juanito aquel hombre duro y +malhumorado con todos.</p> + +<p>La mirada curiosa e interrogante del sobrino llamó su atención.</p> + +<p>—¿Desde cuándo no has estado aquí...? Creo que desde que eras un +chicuelo y subías a enredar con tus compinches. Lo menos hace veinte +años.... Está bien arreglado, ¿verdad? Las ventanas cerradas, los +postigos de arriba alambrados, para que entre el sol y el aire.... Me he +gastado una barbaridad de dinero: lo menos doce duros; pero tengo un +palomar en el que se criarían perfectamente todos los animales de pluma +que entran en la plaza Redonda durante medio año. El único inconveniente +son las malditas ratas. No hay ratonera ni polvos que puedan con ellas. +Parece que los telares paran las ratas a montones. ¡Y qué atrevidas! +¡Degüellan a los polluelos, se comen las crías, y cualquier día creo que +bajarán para devorarnos a Vicenta y a mí! ¿Y lo desvergonzadas que +son...? ¡Mira... mira!</p> + +<p>Y al mismo tiempo que señalaba a un extremo del vasto taller, cogió un +pedazo de madera y lo arrojó con fuerza al lugar donde se agitaba el +terrible roedor. El proyectil, pasando por entre los telares, rebotó +sobre un poste, cayendo casi a los pies del tío.</p> + +<p>—¡Se escapó...! ¡Figúrate lo que harán esas malditas cuando estén +solas! Se comen más palomas y gallinas que yo, rompen los huevos, y +resulta que hago gastos para mantenerlas regaladamente. El día menos +pensado mato todos los animalitos, y se acabó la diversión.</p> + +<p>Y mientras decía esto, por no estar inactivo, cogía de un telar la +cazuela llena de granos, lanzando con voz de falsete un ¡<i>pul</i>! +¡<i>pul</i>...! interminable, y arrojaba puñados al suelo, arremolinándose en +torno de él las gallinas y palomos, escandalosas, agresivas, +disputándose aquel maná con furiosos picotazos.</p> + +<p>Juanito seguía contemplando el aspecto desolado del porche: el techo, de +cuyas viguetas pendían largos pabellones de telarañas; los telares, que +en sus superficies planas tenían capas de polvo cuya formación suponía +docenas de años; las ventanas, con sus cerraduras enmohecidas y arriba +unos enrejados por los que lanzaba el sol barras de luz en cuyo interior +danzaba un mundo de moléculas.</p> + +<p>El joven recordaba confusamente las grandezas que había oído de boca de +don Eugenio: los recuerdos gloriosos del arte de la seda, los brillantes +trabajos de los <i>velluters</i> que cincuenta años antes hacían danzar las +lanzaderas allí mismo, del amanecer hasta la noche; y sentía cierta +pena, un malestar extraño, como si se encontrara ante las ruinas de una +ciudad muerta y todavía vibrasen en el espacio los últimos estallidos de +la catástrofe. Aquello era un panteón al que no se había quitado el +andamiaje; la ruina y el silencio habían pasado por allí, petrificando +el taller, antes ruidoso y ensordecedor.</p> + +<p>La melancolía del joven parecía comunicarse a don Juan, que ya no +arrojaba granos a sus aves.</p> + +<p>—¡Cómo está esto! ¿No es verdad que entristece...? Y menos mal para ti, +que no has conocido los buenos tiempos, cuando desde el amanecer reinaba +aquí un estrépito de dos mil demonios, y abajo, tu abuelo y yo sentíamos +temblar el techo al empuje de los telares, mientras arreglábamos cuentas +o sacábamos de los armarios las ricas piezas para enseñarlas a los +compradores.... ¡Ah, qué tiempos aquéllos...!</p> + +<p>Y el viejo se conmovía, coloreábase su tez, gesticulaba con entusiasmo, +y sus ojos brillaban como si viese en movimiento aquel centenar de +telares y una turba activa y laboriosa en torno de ellos.</p> + +<p>—Aquí, en estos talleres, estaban la riqueza y la honra de Valencia; +aquí trabajaban los <i>velluters</i>, aquella gente que por su tonillo docto +era el prototipo de la pedantería, pero que resultaba respetable por ser +la fiel guardadora de las costumbres tradicionales, la sostenedora de +ese carácter valenciano, sobrio, alegre y dicharachero, que casi ha +desaparecido. ¡Qué hombres aquéllos! Tenían sus defectos, Juanito; pero +así y todo, no los cambiaría yo por los hombres de hoy. Su carácter era +sutil como la seda; acostumbrados a las labores difíciles, menudas y +complicadas, eran meticulosos, y tan amantes de la equidad, que hasta se +cuenta como chiste que uno de los del gremio hizo parar una vez la +procesión para recoger del palio una pasita que se le había caído +comiendo en la ventana. Esto sería ridículo, pero a mí me entusiasma. +Con hombres así no había miedo a ser robado, y la confianza entre amos y +obreros era completa. El tejedor entraba de aprendiz en un taller, y +sólo lo abandonaba para irse al cementerio. Todos los trabajadores de la +casa me vieron nacer. Eran como de la familia.... ¡Oh, qué tiempos +aquéllos...!</p> + +<p>Y don Juan, animado por sus rancios entusiasmos, entornaba los ojos, +como para ver mejor el hermoso cuadro del pasado.</p> + +<p>—Ahora—continuó, apoyando sus palabras con pataditas nerviosas—, +ahora, todo muerto por culpa del maldito Lyón, de esos gabachos que con +sus máquinas endiabladas nos han arruinado.... Ya no hay moreras en la +huerta; en las barracas se ha perdido la memoria de las cosechas de +capullo, y ha muerto una industria... industria no; un arte que +nosotros, aunque cristianos viejos, heredamos directa y legítimamente de +nuestros abuelos los moros.... ¿Y en esto consiste el progreso? ¿En que +unos pueblos roben a otros sus medios de vida...? Pues me <i>futro</i> en él +y en los que le defienden.</p> + +<p>Y el viejo, siempre circunspecto y bien portado, animándose con la +imaginación, hacía ademanes tan enérgicos como incorrectos para +manifestar el desprecio que le merecía el progreso condenado.</p> + +<p>—Y no es que yo maldiga los adelantos—dijo después, como si se +arrepintiese—; sobre todo me gusta que vayan a Madrid en menos de un +día, cuando en mis tiempos se necesitaba nueve de galera y hacer +testamento. Pero me enfurece que lo que estaba bien, y muy en su punto, +venga el señor Progreso y lo eche a perder con su afán de revolucionarlo +todo. Callaría si el arte de la seda hubiese ganado algo con nuestra +ruina; pero me sublevo al ver que lo de allá, que es lo que priva, ni es +arte ni nada. Industrialismo vil: estafa y nada más. ¿Dónde están los +tejidos de pura seda que un puñal no podía atravesar? ¿Dónde los +terciopelos que pasaban de abuelos a nietos, como si acabasen de salir +de la tienda? Aquello acabó, y ahora sólo queda la sedería de Lyón, +«mírame y no me toques», algodón malo, géneros que no duran un año, +porquerías con las que van tan orgullosas estas señoritas del día.... +¿No es esto, Juanito? ¿No lo ves tú así?</p> + +<p>Y el sobrino contestaba a todo con afirmativas cabezadas, muy preocupado +en su interior por el modo como expondría la pretensión que le llevaba +allí. La aprobación de Juanito templó las iras del viejo.</p> + +<p>—No creas por eso que me forjo ilusiones. Esto está muerto y bien +muerto. No es culpa de los de allá, sino de la gente de aquí. Se acabó +el buen gusto. Hoy se tiene horror a lo que es rico y vistoso; los +señores visten como los criados; todos van de obscuro, como sacristanes; +el chaleco, que es la prenda que da majestad a la persona y pregona su +clase, es de la misma tela que los pantalones; ya no se ostenta sobre el +vientre el terciopelo floreado, aquellas rayas de cien colores que tanto +golpe daban en mi juventud, y hasta los labradores se encajan la blusa +y el hongo, como asistentes, y se ríen cuando sacan del fondo del arca +el chupetín de raso de sus abuelos, la faja de seda y el pañuelo de +flores, que tanto lucían en los bailes de la huerta.... ¿Y las mujeres? +No me hables de ellas.... ¡Valientes imbéciles! Ni en las aleluyas del +mundo al revés.... Se visten como los hombres, con lanilla inglesa; van +feas como demonios con esos colores de enterrador, apagados, sombríos; y +en el verano gastan, cuanto más, percal de tres reales, con lo que creen +ir tan elegantes. ¡Oh, aquellos tiempos míos! Se estrenaba menos, era +menor la variedad, pero se lucían cosas buenas y sólidas, que pasaban +docenas de años en los roperos sin que hubiera polilla con valor para +hincarlas el diente. ¡Todo se ha perdido! ¡Adiós, cortinajes de damasco! +¡Abur, seda chinesca! Ahora adornan los salones con unas telas ásperas, +de tejido burdo y borroso; y cuando no, para que la cosa tenga +«carácter» (¡vaya una palabra!), echan mano de las mantas jerezanas y +arman una decoración de taberna.</p> + +<p>Y el viejo, con el bigote un tanto erizado y los mongólicos ojos echando +chispas, se movía y braceaba furioso, como si arrojara su indignación a +la cara de un ser invisible. Su voz despertaba ecos en el inmenso +porche, más silencioso que de costumbre por la calma en que estaban las +calles; y a pesar de que las gallinas y las palomas picoteaban en torno +de él, quitando grandeza a la escena, don Juan parecía un personaje +bíblico, un profeta desesperado gimiendo lamentaciones ante las ruinas +de la ciudad amada.</p> + +<p>Pero no era el avaro hombre capaz de entregarse por mucho tiempo a esta +indignación con arranques líricos.</p> + +<p>—Pero vamos a ver, muchacho... ¿a qué has venido...? Algo te trae aquí. +Lo adivino en tu preocupación.</p> + +<p>-Juanito balbuceó, sorprendido por esta pregunta inesperada. Sí.... Algo +tenía que decirle a su tío; pero le turbaban tanto los ojos +interrogantes de éste, la calma con que esperaba su respuesta, que se +le embrollaban sus pensamientos y no sabía cómo empezar.</p> + +<p>—Es cuestión de la mamá.... ¡Si usted supiera, tío...! Está en +situación muy apurada.</p> + +<p>Y rápidamente, sin tomar aliento, como si arrojara lejos de sí un peso +asfixiante, disparó las pretensiones de doña Manuela, aquella demanda de +quince mil pesetas, cantidad necesaria para salvar la honra de la +familia.</p> + +<p>—Y bien, muchacho: ¿qué es lo que quieres decirme con todo esto?</p> + +<p>—Que usted... como hermano... como tío mío que es, podía....</p> + +<p>—Nada puedo, ¿lo entiendes...? Nada, absolutamente nada; y más +tratándose de tu madre. El viejo dijo esto con un acento que no daba +lugar a dudas. No había que esperar que retrocediese en su negativa.</p> + +<p>—¿Es que aún no conoces a tu madre? ¿No te he dicho muchas veces quién +es...? ¿Que debe...? Pues que pague; y si no tiene con qué hacerlo, que +sufra las consecuencias. He jurado no tenderle la mano aunque la vea con +agua al cuello. Si fuese como Dios manda, una persona arregladita y +económica, la sangre de mis venas le daría; pero a una derrochadora, que +sólo se acuerda de su hermano en los apuros, y cuando tiene cuatro +cuartos desprecia sus consejos, a ésa no le doy ni esto.</p> + +<p>Y metiéndose la uña del pulgar entre los dientes, tiraba con fuerza, +produciendo un chasquido.</p> + +<p>—De seguro que ella es la que te envía aquí.</p> + +<p>—No, tío; puede usted creerme. Vengo por mi propia voluntad.</p> + +<p>—Pues entonces—dijo sonriendo el ladino viejo—es que ella te ha +pedido a ti el dinero, y vienes a ver si lo saco yo.</p> + +<p>Enrojecióse el rostro de Juanito al ver que su tío adivinaba en parte la +verdad.</p> + +<p>—No niegues, muchacho; la cara te hace traición.... Óyeme bien: si eres +tan imbécil que te dejas explotar por tu madre, no cuentes con el +cariño de tu tío. Lo que te dejó tu padre para ti es, y no para que se +lo coman tus hermanitos los cachorros de Pajares. Vamos a ver; di la +verdad: ¿No te ha metido Manuela en sus trampas? ¿No te ha hecho firmar +algún pagaré? La verdad, y nada más que la verdad.</p> + +<p>La mirada del viejo era fija, inquisitorial, escudriñadora; pero Juanito +tuvo serenidad para mentir.</p> + +<p>—No, señor; nada he firmado.</p> + +<p>—Te creo, y lo celebro. ¡Mucho ojo, muchacho! Tu madre tiene hambre de +dinero, y de seguro que no pierde de vista tu fortunita. No quiero que +te roben. Cuando yo muera, tendrás más, algo más que ese huerto de +Alcira; no quedarás en medio de la calle, como tu mamá, tus hermanas y +el <i>perdis</i> de Rafaelito.... Pero vuelvo a repetirlo: no quiero que te +roben. Además, no tomes tan a pecho eso de la ruina de tu madre. Ella +vive en la trampa como en su propio elemento, y ya sabrá salir de este +apuro como de otro. Aún le queda algo para ir tirando; y cuando no tenga +ni camisa, reventará, tenlo por seguro. Es de esas gentes que no mueren +hasta gastar el último ochavo.</p> + +<p>A Juanito le molestaba este lenguaje rudo que hería tan en lo vivo a su +madre, a su ídolo; pero al tío le había profesado siempre tanto cariño +como respeto, y fluctuando su carácter entre los dos afectos, limitábase +a callar. Más de media hora estuvo oyendo los agravios que don Juan +tenía con su hermana, el odio nacido al casarse ésta con el doctor +Pajares, que sobrevivía a pesar del tiempo transcurrido.</p> + +<p>—Adiós, Juanito, y no hagas caso de tu madre—dijo al despedirle en la +escalera—. Lo que debes hacer es preocuparte menos de tu familia, que +nunca ha pensado en ti, y preparar tu porvenir. Ve pensando en +establecerte, y si encuentras una muchacha buena, hacendosa y modesta, +lo que no es fácil, tampoco será de más que te cases. Para ser +comerciante necesitas familia. Adiós, muchacho. Ven a la tarde y +haremos juntos las estaciones.</p> + +<p>El muchacho salió de la casa, llevando sobre sus hombros una verdadera +olla de grillos. Era verdad lo que decía el tío: le querían explotar. +Los lujos y prodigalidades de la familia tenía que pagarlos él, ¡él, que +en su casa había ocupado un lugar intermedio entre los criados y sus +hermanos! No daría un céntimo; que se arreglase su madre como pudiera. +Nada le debía, pues le entregaba íntegro el salario de la tienda, +satisfaciendo con creces sus gastos.</p> + +<p>Pero todos sus propósitos de energía desvaneciéronse ante las miradas +suplicantes de su madre. ¡Qué hermosa estaba! Con sus ojazos +lagrimeantes y tiernos, parecía la Virgen que tiene el corazón erizado +de espadas. Él no la abandonaba; sería un mal hijo si correspondía con +el desdén al cariñazo maternal que le mostraba la buena señora tan +pronto como se veía en apuros de dinero.</p> + +<p>—Bueno, mamá; no llore usted. No encuentro quién nos preste; pero estoy +dispuesto a firmar lo que usted quiera, dando en garantía el huerto. +Crea usted que me cuesta mucho desprenderme de ese dinero.</p> + +<p>—Yo te lo devolveré, hijo mío; te lo devolveré pronto—dijo la +arrogante señora abrazando a Juanito y mojándole el rostro con sus +lágrimas.</p> + +<p>Y lo decía con toda su alma, con la buena fe de los tramposos cuando se +ven salvados, que confían ciegamente en el porvenir y creen mejorar su +fortuna en lo futuro.</p> + +<p>—Está bien, mamá—dijo Juanito, que en medio de su enternecimiento no +se cegaba—. Firmaré, pero sólo por quince mil pesetas.</p> + +<p>Larga pausa.</p> + +<p>Doña Manuela, pensativa:</p> + +<p>—Mira, hijo mío, quince mil pesetas justas no han de ser. Puedes firmar +por dieciséis mil. No digas que no, rico mío. Completa tu sacrificio. +Necesito algún dinerillo para pagar ciertas cuentas, y además, las +Pascuas vamos a pasarlas en nuestra casa de Burjasot; vendrán amigos, y +hay que quedar bien. Ante todo, el decoro de la familia y no caer en el +ridículo. Conque no tuerzas el gesto, niñito mío; quedamos en que serán +dieciséis mil.... ¡Ay, qué peso me has quitado de encima...!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2> + + +<p>Había abandonado la mesa la familia y aún duraban los elogios a +Visanteta por el mérito de la <i>paella</i> que les había servido, cuando +comenzaron a llegar los amigos.</p> + +<p>—Mamá—gritaba Amparito desde la puerta de la calle—, las de López, +que vienen en su faetón. ¡Calle! El tranvía ha parado en la esquina.... +¡Si son «las magistradas»! ¡Ay, y también el papá de Andresito, guiando +su <i>charrette</i>...! ¡Si parece que se han dado cita! ¡Todos a un +tiempo...! ¡Venid, Conchita, mamá! ¡Mirad qué guapo está el señor +Cuadros guiando su cochecito! ¡Parece que en toda su vida no haya hecho +otra cosa...!</p> + +<p>Y los convidados de doña Manuela entraron en la casa, confundiéndose +unas familias con otras, saludándose las mujeres con un tiroteo de besos +y elogiando todas las cualidades de la «posesión» que la viuda de +Pajares tenía en Burjasot. Era un <i>chalet</i> que parecía escapado de una +caja de juguetes; un edificio construido por contrata, tan bonito como +frágil, con sus tejados rojos y escalinatas con jarrones de yeso, +situado en el centro de un jardincillo excavado en las rocas, con dos +docenas de árboles tísicos que gemían melancólicamente, martirizadas +sus raíces por la capa de dura piedra que encontraban a pocos palmos del +suelo. A pesar de su aspecto de decoración de ópera, que tanto +entusiasmaba a doña Manuela, el tal <i>chalet</i> no pasaba de ser una casa +de vecindad, enclavado como estaba entre otras construcciones de la +misma clase, todas frágiles y pretenciosas, con sus jardincillos como +sábanas, y sobre la verja, en letras doradas, los campanudos títulos de +Villa-Teresa, Villa-María, etcétera, según fuese el nombre de la +propietaria.</p> + +<p>La viuda había empeñado y perdido para siempre un centenar de hanegadas +de tierra de arroz que le producían muy buenos cuartos, para adquirir +aquella ratonera brillante y frágil, a la que puso el título de +Villa-Conchita, no sin protestas ni rabietas de Amparo. Creía que una +«villa» para el verano es el complemento de una familia distinguida que +tiene coche; y en las tertulias, al dirigirse a sus amigas, llenábase la +boca hablando de su «lindo hotelito» de Burjasot y de las innumerables +comodidades que encerraba.</p> + +<p>La casa era mala, pero el paisaje magnífico. Los hotelitos—había que +llamarlos así, para no disgustar a doña Manuela—, ocupando la suave +pendiente de una colina yerma, eran un magnífico mirador, desde el cual +se abarcaba la vega con todas sus esplendideces.</p> + +<p>Al frente, Burjasot, prolongada línea de tejados con su campanario +puntiagudo como una lanza; más allá, sobre la obscura masa de pinos, +Valencia achicada, liliputiense, cual una ciudad de muñecas, toda +erizada de finas torres y campanarios airosos como minaretes moriscos; y +en último término, en el límite del horizonte, entre el verde de la vega +y el azul del cielo, el puerto, como un bosque de invierno, marcando en +la atmósfera pura y diáfana la aglomeración de los mástiles de sus +buques.</p> + +<p>El día era hermoso; un verdadero domingo de Pascua. La primavera +enardecía la sangre, y la ciudad entera, solemnizando la vuelta del buen +tiempo, lanzábase al campo, levantando en él un rumor de avispero.</p> + +<p>Los convidados de doña Manuela veían a poca distancia los famosos Silos +de Burjasot, gigantesca plataforma de piedra, cuadrada meseta agujereada +a trechos por la boca de los profundos depósitos y en la cual +hormigueaba un enjambre alegre y ruidoso: corros en que sonaban +guitarras, acordeones y castañuelas acompañando alborozados bailes; +grupos de gente formal entregada sin rubor a los juegos de la infancia; +docenas de muchachos ocupados en dar vuelo a sus cometas con grotescos +figurones pintados, que al remontarse moviendo los inquietos rabos +hacían el efecto de parches aplicados al azul cutis del infinito y daban +al paisaje un aspecto chinesco de abanico o de pañolón de Manila.</p> + +<p>En casa de doña Manuela, las señoras, despojadas de sus sombreros y +mantillas, y los hombres fumando con la confianza del que está en su +propio domicilio, contemplaban desde los balcones la alegría popular.</p> + +<p>Bastábales volver un poco la cabeza, y su vista caía sobre la inmensa +vega, silenciosa y esplendente, con sus tonos verdes de infinitos +matices, que deslumbraban, abrillantados por el sol de la primavera. Los +pueblos y caseríos, compactos y apiñados hasta el punto de parecer de +lejos una sola población, matizaban de blanco y amarillo aquel +gigantesco tablero de damas, cuyos cuadros geométricos, siendo todos +verdes, destacábanse unos de otros por sus diversas tonalidades; a lo +lejos, el mar, como una cenefa azul, corríase por todo el horizonte con +su lomo erizado de velas puntiagudas como blancas aletas; y volviendo la +vista más a la izquierda, los pueblos cercanos: Godella con su obscuro +pinar, que avanza como promontorio sombrío en el oleaje verde de la +huerta; y por encima de esta barrera, en último término, la sierra de +Espadan, irregular, gigantesca, dentellada, mostrando a las horas de sol +un suave color de caramelo, surcada por las sombras de hondanadas y +barrancos, decreciendo rápidamente antes de llegar al mar, y ostentando +en la última de sus protuberancias, en el postrer escalón, el castillo +de Sagunto, con sus bastiones irregulares, semejantes a las ondulaciones +de una culebra inmóvil y dormida bajo el sol.</p> + +<p>La esplendidez del paisaje tenía como embobados a los convidados de doña +Manuela, a pesar de ser todos ellos gente poco susceptible de +entusiasmarse ante cosas que no fuesen útiles.</p> + +<p>—¡Muy hermoso!—exclamaba «la magistrada »—. Yo he vivido en Granada +cuando mi difunto estuvo en aquella Audiencia, y su vega no tiene +comparación con ésta.</p> + +<p>—¡Qué ha de tener!—dijo el señor López el bolsista con expresión +doctoral—. Cuando a Fernando VII lo trajeron a los Silos, declaró que +esto era el balcón de España.</p> + +<p>—Pues figúrese usted—añadió doña Manuela, que enrojecía de +satisfacción con estos elogios que alcanzaban a su casa—. Si los Silos +son el balcón de España, ¿qué será Villa-Conchita, que está más alta que +ellos?</p> + +<p>—El balcón de Europa, Manuela, no lo dude usted.</p> + +<p>El señor Cuadros, después de soltar esta barbaridad, miró a su mujer, +que, como siempre, le admiraba.</p> + +<p>Mientras tanto, las niñas de la casa, las de López y «las magistradas» +paseaban por el jardincillo con Rafael, que hablaba de su amigo Roberto, +a quien estaba esperando.</p> + +<p>Andresito, cariacontecido y triste, seguía en un extremo del gran +balcón, alejado de las personas graves. Sabía de buena tinta que la +traviesa Amparito había tronado con el artillero; consideraba además +como de muy buen signo que doña Manuela hubiese invitado a su familia, +desechando la anterior frialdad; pero a pesar de esto, el bebé le había +recibido con una sonrisa maligna, burlona, y antes de que hablara, se +agarró del brazo de sus amigas, dejándole con la palabra en la boca. Y +allí estaba él, plantado en el balcón, paciente y resignado, como si su +destino fuese aguantar desdenes de aquella a quien había maldecido e +insultado en toda clase de metros. Para ocultar su despecho, fingía +contemplar atentamente el risueño panorama con sus ojos turbios. Poco le +faltaba para llorar, y queriendo ocultar su emoción, murmuraba con +expresión pedantesca:</p> + +<p>—¡Qué espectáculo! Esto es una sinfonía de colores, una verdadera +sinfonía.</p> + +<p>¡Sinfonía de colores! Una frasecilla que había pescado en una de esas +críticas que hablan del «colorido» y el «dibujo» de la música y la +«armonía » y los «acordes» de la pintura.</p> + +<p>El joven repetía con obstinación su frase, como el que, acostado, +masculla sin cesar la misma oración para aturdirse y coger el sueño; y +poco a poco, como hipnotizado por la brillantez del paisaje, fue +sumiéndose en un limbo de quietud contemplativa.</p> + +<p>Y ahora ¡vive Dios! iba adquiriendo realidad la dichosa sinfonía de +colores; ya no era una frase huera y sin sentido, porque todo parecía +cantar, la vega y el Mediterráneo, los montes y el cielo. ¡Qué delicioso +era el anonadamiento del poetilla, apoyado en la balaustrada, sintiendo +en su rostro el fresco viento que tantas cabriolas hacía dar a las +cometas de papel...! Allí estaba la sinfonía, una verdadera pieza +clásica con su tema fundamental... y él percibía con los ojos el +misterioso canto, como si la mirada y el oído hubiesen trocado sus +maravillosas funciones.</p> + +<p>Primero, las notas aisladas e incoherentes de la introducción eran las +manchas verdes de los cercanos jardincillos, las rojas aglomeraciones de +tejados, las blancas paredes, todas las pinceladas de color sueltas y +sin armonizar por hallarse próximas. Y tras esta fugaz introducción, +comenzaba la sinfonía, brillante, atronadora.</p> + +<p>El cabrilleo de las temblonas aguas de las acequias, heridas por la luz, +era el trino dulce y tímido de los violines melancólicos; los campos de +verde apagado, sonaban para el visionario joven como tiernos suspiros +de los clarinetes, «las mujeres amadas», como les llamaba Berlioz; los +inquietos cañares con su entonación amarillenta y los frescos campos de +hortalizas, claros y brillantes como lagos de esmeralda líquida, +resaltaban sobre el conjunto como apasionados quejidos de la viola de +amor o románticas frases del violoncelo; y en el fondo, la inmensa faja +de mar, con su tono azul esfumado, semejaba la nota prolongada del metal +que, a la sordina, lanzaba un lamento interminable.</p> + +<p>Andresito se afirmaba cada vez más en la realidad de su visión. No eran +ilusiones. El paisaje entonaba una sinfonía clásica, en la que el tema +se repetía hasta lo infinito. Y este tema era la eterna nota verde, que +tan pronto se abría y ensanchaba, tomando un tinte blanquecino, como se +condensaba y obscurecía hasta convertirse en azul violáceo. Como en la +orquesta salta el pasaje fundamental de atril en atril para ser repetido +por todos los instrumentos en los más diversos tonos, aquel verde eterno +jugueteaba en la sinfonía del paisaje, subía o bajaba con diversa +intensidad, se hundía en las aguas tembloroso y vago como los gemidos de +los instrumentos de cuerda, tendíase sobre los campos voluptuoso y +dulzón como los arrullos de los instrumentos de madera, se extendía +azulándose sobre el mar con la prolongación indefinida de un acorde +arrastrado del metal, y así como el vibrante ronquido de los timbales +matiza los pasajes más interesantes de una obra, el sol, arrojando a +puñados su luz, matizaba el panorama, haciendo resaltar unas partes con +la brillantez del oro y envolviendo otras en dulce penumbra.</p> + +<p>Y Andresito, con la imaginación perturbada, iba siguiendo el curso de la +sinfonía extraña que sólo sonaba para sus ojos. Los caminos, con su +serpenteante blancura, eran los intervalos del silencio. El tema, el +color verde, crecía en intensidad al alejarse hacia las orillas del mar; +allí llegaba al período brillante, a la cúspide de la sinfonía; y +lanzándose en pleno cielo, aclarándose en un azul blanquecino, marchaba +velozmente hacia el final, se extinguía en el horizonte pálido y vago +como el último quejido de los violines, que se prolonga mientras queda +una pulgada de arco, y adelgazándose hasta ser un hilillo tenue, una +imperceptible vibración, no puede adivinarse en qué instante deja +realmente de sonar.</p> + +<p>Era una locura; pero el visionario muchacho «veía» cantar los campos y +gozaba en la muda sinfonía de los colores, en aquella obra silenciosa y +extraña que se parecía a algo... a algo que Andresito no podía recordar. +Por fin, un nombre surgió en su memoria. Aquello era Wagner puro; la +sinfonía del <i>Tannhauser</i>, que él había oído varias veces. Sí; allí unas +tonalidades de color enérgicas y rabiosas sofocaban a otras apagadas y +tristes, como el canto de las sirenas, imperioso, enervante, +desordenado, intenta sofocar el himno místico de los peregrinos. Y +aquella luz que derramaba polvo de oro por todas partes, aquel cielo +empapado de sol, aquella diafanidad vibrante en el espacio, ¿no era el +propio himno a Venus, la canción impúdica y sublime del trovador de +Turingia ensalzando la gloria del placer y de la terrena vida? Sí; +aquello mismo era. Y el muchacho, sonámbulo, embriagado por la +Naturaleza, hipnotizado por la extraña contemplación, movía la cabeza +ridiculamente, y al par que pensaba que todo aquello era magnífico para +puesto en verso, tarareaba la célebre obertura con tanta fe como si +fuera el propio <i>Tannhauser</i> escandalizando con su himno a la corte del +landgrave.</p> + +<p>—Andresito... oye; oiga usted.</p> + +<p>¿Quién le hablaba...? ¿Si sería Elissabetta, la cándida amada del +cantor? No; era Amparito, el malicioso bebé, que le sonreía, algo +confusa y tímida, como si no supiera qué decirle, y un poco más allá, +doña Manuela envolviéndolos en la más tierna de sus miradas maternales.</p> + +<p>Bien sabía hacer las cosas aquella señora. Al ver al pobre muchacho solo +y gesticulando como un imbécil, había llamado a la niña para que lo +llevara abajo con la gente joven, lo mismo que dos meses antes le había +mandado que rompiese con él toda clase de relaciones. Era asombroso este +cambio de conducta; pero también lo era que el señor Cuadros, que antes +medía telas en su tienda sin ambición alguna, tuviera ahora carruaje y +todo el empaque pretencioso de un aspirante a millonario.</p> + +<p>—Ven conmigo, Andresito. Vamos a dar un paseo.</p> + +<p>—Sí—añadió la mamá—, acompaña a Amparito. Reúnete con la gente +joven.... ¡Qué diablo! A tu edad....</p> + +<p>El muchacho siguió a su antigua novia. Estaba como si acabase de +despertar y todavía no hubiera ahuyentado la modorra del sueño. Aún le +zumbaba en los oídos el eco lejano de la extraña sinfonía.</p> + +<p>En el jardín estaban las jóvenes, muy alborozadas, en torno de Rafael y +su amigo Roberto, que acababa de llegar. Juanito habíase metido en el +piso bajo, donde reinaba gran algazara por estar reunidas las criadas de +la casa con las de las familias invitadas.</p> + +<p>Amparito llevaba a remolque a su antiguo novio.</p> + +<p>—Vamos a ver; ¿qué hacemos...? Podemos dar un paseo por la montaña.</p> + +<p>Y el alegre enjambre transpuso la verja del jardincillo, dirigiéndose a +lo que llamaban «la montaña», árida colina, suave hinchazón del terreno, +cariada como una muela vieja, rajada y perforada por las excavaciones de +las canteras y las minas de greda.</p> + +<p>El bullicioso escuadrón encaminábase lentamente a un horno de cal que +había en la cumbre. Otros grupos de paseantes destacábanse a lo lejos +como hormigas trepadoras.</p> + +<p>Andresito y el bebé quedábanse rezagados, andaban lentamente y se +detenían para recalcar sus palabras con gestos vehementes.</p> + +<p>—Ea, que no te creo. Me la pegaste con el artillero, te burlaste de +mí... «destrozaste mi alma», ¿y ahora quieres que yo me trague esa bola +de que me querías entonces y sigues queriéndome?</p> + +<p>—¡Pero tonto, si todo fue por probarte...! El artillero, ¡valiente +mico! Yo sólo te he querido a ti; pero a mamá no le parecía bien nuestro +noviazgo, lo tenía por cosa de poca formalidad, y hube de obedecerla.</p> + +<p>—¿Y ahora?</p> + +<p>—Ahora es otra cosa. No sé qué mosca le ha picado a mamá. Antes eras un +títere, y ahora parece que te considera mejor. En esto debe bailar tu +papá.</p> + +<p>—¡Mi papá!—exclamó Andresito con terror infantil, como si temiese una +mano de azotes por la travesura.</p> + +<p>—Calla, memo, no te asustes. Yo «distingo» más que tú, y creo que +nuestro noviazgo es ya pan comido para la mamá y tu padre.</p> + +<p>—¡Entonces...!</p> + +<p>—Entonces, señor mío, podemos querernos como antes y sin miedo alguno; +pero te advierto que nuestro noviazgo no ha de ser cosa de tapujo. ¿Para +qué el novio, si no puede una lucirlo...? ¡Ah! Queda prohibido que me +endilgues más versitos como los que me enviaste después del rompimiento. +Señores, tiene gracia el modo como se desahoga este caballerito. Con esa +cara de pascua, y tiene más ponzoña que una víbora. «¡Pérfida!, +¡desleal!, ¡traidora!...» Por eso tuve tanto gusto en hacerte rabiar con +el teniente; para vengarme. Se acabaron los versos; y si me disparas +algún soneto, te frotaré los hocicos con él, ¿sabes, niño? como a los +gatitos cuando son cochinos.</p> + +<p>Y Andresito sonreía, embelesado por la gracia con que el bebé le +hablaba, ahuecando la voz para imitar grotescamente el tono de sus +poesías y acompañando sus palabras con gestos de píllete. ¡Oh, qué +criatura! Había que creerla y él se lo tragaba todo a ojos cerrados, +incluso la afirmación de que sus relaciones con el teniente sólo fueron +para aumentar sus rabietas.</p> + +<p>—Pero ¿no vienen ustedes?</p> + +<p>Eran las de López las que llamaban; unas «perchas », según Amparito, a +las que caían rematadamente mal los vestidos lujosos y recargados con +que las obsequiaba el papá a cada operación afortunada en la Bolsa.</p> + +<p>—¿Ya se han arreglado ustedes?—añadió una de ellas, sonriendo de un +modo que picó la susceptibilidad de Amparito.</p> + +<p>¡Ya les ajustaría las cuentas a aquellas pavas...! Y abandonando a +Andresito, se unió al grupo de jóvenes que, en fila y cogidas del talle, +corrían como unas locas por la suave pendiente. La alegría del campo, al +verse libres de la mirada interrogante y severa de las mamas, +convertíalas en niñas revoltosas, y a pesar de sus altos peinados, de +sus faldas largas y ajustadas, correteaban, enseñando sus lindos pies y +aleteando con sus enaguas como una bandada de pájaros. Las mejillas se +enrojecían, expeliendo en su dilatación la capa de polvos de arroz; los +ojos brillaban, los empellones y las corridas impetuosas parecían +enardecerlas, como muchachas que se embriagan con la violencia de sus +juegos, y en las expansiones a que se entregaban, acariciándose los +inflamados rostros, besándose ruidosamente, parecía notarse algo de +desprecio por los hombres que iban detrás. Rafael, su amigo y Andresito +caminaban lentamente, con cachaza filosófica, mirando el hermoso grupo, +sin intentar mezclarse en él.</p> + +<p>Mientras tanto, Juanito pasaba la tarde en la cocina. Era una tendencia +que avergonzaba a doña Manuela la que demostraba su hijo mayor. Apenas +se formaba en la cocina una tertulia de criadas, allí estaba él, como +arrastrado por irresistible seducción. Aquello debía ser hereditario: la +afición de sus antecesores los montañeses de Aragón a las hembras +fornidas, duras, oliendo a bestia bravía y con las manazas agrietadas +por el esparto y la tierra de fregar. Su padre, sin duda, revivía en él, +y por esto no podía aspirar el vaho de una cocina sin estremecimientos +voluptuosos, ni ver a una muchachota de tez morena, brazo musculoso y +robustas posaderas sin sentir que la sangre afluía rápida a su corazón, +como si se viera ante el ideal realizado. Adoraba a Tónica, criatura +endeble y graciosa, tal vez por la fuerza del contraste; pero cuando +estaba en su casa no podía librarse de la «querencia» a la cocina, como +decía Rafael, y allá iba a echar su párrafo, sin pasar nunca de ahí, +pues Juanito era casto. Adoraba como un idealista las zafias beldades +con su olor a limón y tierra, gozaba oyendo sus conversaciones, +prestábalas con el mayor gusto pequeños servicios, aguantaba sus +groserías e impertinencias, todo a cambio de poder estarse en un rincón, +tímido y sonriente, contemplando los brazos hercúleos, los ojazos +insolentes y las piernas como columnas, marcadas por el discreto +zagalejo.</p> + +<p>Al caer la tarde, comenzó a sonar un piano viejo en el piso alto del +<i>chalet</i>, éste se conmovió con el taconeo de una agitada mazurca. Los +señoritos habían vuelto de su excursión por «la montaña», y bailaban, no +sabiendo sin duda cómo pasar el tiempo.</p> + +<p>La señora había dado orden para que la merienda estuviera lista, y +Visanteta se afanaba, yendo de un lado a otro y enviando sus amigas al +jardín para que la dejasen en libertad.</p> + +<p>Cuando Juanito subió al piso alto, el baile estaba en su apogeo. Rafael +y Roberto sacaban a bailar, una tras otra, a todas las señoritas, y el +señor Cuadros, ¡oh asombro! entró de refuerzo. Entre aplausos y risas +bailó con Amparito, mientras su hijo los contemplaba enternecido, +renegando tal vez en su interior de su condición de poeta soñoliento y +enemigo de superfluidades, que no le permitía aprender cómo se mueven +las zancas en el vals, ¡El mismo demonio era el señor Cuadros, a pesar +de sus años y del enorme bigote! Así lo declaraban doña Manuela y +Teresa, sonrientes, reconciliadas y puestas ambas al mismo nivel. Sus +miradas hablaban. Había que hacer algo por los chicos, ya que se querían +tanto sus familias.</p> + +<p>Terminaba la tarde. Por los balcones entraba el resplandor rojizo de la +puesta del sol, que se ensanchaba en el horizonte como un lago de +sangre.</p> + +<p>Calló el piano, guardándose su ronca y temblona voz de viejo, y el +enjambre joven, atropellándose, corrió al comedor. ¡Vive Dios, que se +estaba bien allí, sentados ante el blanco mantel, con los balcones +abiertos y en los ojos el extenso paisaje, que, con la luz anaranjada de +la caída de la tarde, iba velando sus tonos brillantes y parecía +adormecerse!</p> + +<p>Todos tenían excitado el apetito por el paseo y el baile, y miraban con +el rabillo del ojo la puerta por donde entraban las criadas.</p> + +<p>—Señores, tendrán ustedes que perdonar—decía doña Manuela con aire de +castellana hospitalaria—. Estamos en el campo y hay que conformarse con +lo que traigan. Aquí no se pueden hacer milagros. En fin, harán ustedes +penitencia. Todos contestaban con un «¡oh!» de protesta, mientras se +acomodaban la servilleta en el pescuezo. Ya sabían que la dueña de la +casa arreglaba bien las cosas. Y empuñaban el tenedor, como diciendo: +«¡Venga de ahí, que estamos a todo!»</p> + +<p>No fue malo el desfile de platos organizado por Visanteta. Era la cocina +indígena, con todo su esplendor de las fiestas tradicionales. El lomo de +cerdo, con las primeras habas de la cosecha, tiernas y jugosas, formando +un puré, cuyo olorcillo causaba en el estómago una sensación voluptuosa; +los lagostinos, con casaquillas de escarlata y la puntiaguda caperuza, +doblándose como <i>clowns</i> rojos sobre un lecho de excitante salsa; los +pollos, despedazados, hundidos en el rosado caldo del tomate, y después +las rodajas de salchichón a centenares, un jamón entero cortado en +gruesas lonjas, y una enorme pirámide de huevos cocidos, con la cáscara +teñida de rojo o amarillo; todo con una abundancia capaz de anonadar al +estómago más animoso.</p> + +<p>Pero los convidados de doña Manuela eran personas de buen diente. Sólo +«las magistraditas» y «las perchas» de López comían con cierto dengue y +lanzaban miradas escandalizadas cuando veían en sus copas dos dedos de +vino; pero los demás tragaban de buena fe, y el ruido de sus mandíbulas +parecía gritar en el silencioso comedor: «Aquí se come y se goza... y +ruede la bola.»</p> + +<p>Además, Rafael y Roberto se encargaban de dar a la merienda el tono de +distinción que tanto agradaba a doña Manuela. ¡Vaya unos chicos atentos! +¡Cómo sabían obsequiar a las muchachas...! «No me desprecie usted esta +aceituna...» «Lolita, ¡por Dios! acepte usted esta rodajita de +salchichón...» «Vamos, un pedacito más: ¡no me deje usted feo!»</p> + +<p>Y procediendo como niñas buenas y bien educadas, incapaces de desear la +fealdad del prójimo, aceptaban los obsequios ruborizadas, pero mirando +con superioridad satisfecha a las amigas.</p> + +<p>Doña Manuela estaba contenta. ¿No era un placer reunir en la mesa tan +buenos amigos? ¿No se gozaba contemplando sus expansiones? Allí quisiera +ver ella a su hermano, el maldito tacaño, incapaz de convidar a sus +amigos a una ensalada. ¡Cómo ensanchaba el alma ver a la familia con sus +amigos celebrando la Pascua tradicional! Era verdad que la fiesta +resultaba costosa; que llena de trampas como estaba no debía permitirse +tales despilfarres; pero ¡qué diablo! hay que saber vivir, y aquella +fiesta, pensando egoístamente, bien podía resultar un medio seguro de +proporcionarse auxilios en el porvenir. En el señor López no había que +confiar mucho; tenía el alma atravesada, y si gastaba algo adornando a +su familia, era para sostener su prestigio de bolsista de fuerza. Pero +allí estaba Cuadros, infatuado por la buena suerte, orgulloso, tanto él +como su esposa, de que la señora del antiguo principal accediese a +admitir a Andresito en su familia; estos dos amigos, seguramente que al +verla en un apuro eran capaces de darla la sangre de sus venas.</p> + +<p>Y doña Manuela, animada por estas ilusiones que garantizaban su futura +tranquilidad, envolvía la mesa y sus comensales en una mirada infinita +de benevolencia y cariño. Todo marchaba bien. Andresito y Amparo se +pellizcaban por debajo de la mesa; Roberto se acercaba de un modo +inconveniente a Conchita; la mamá lo veía todo, pero sonreía con dulce +tolerancia. Un día es un día; hay que dar a la juventud lo suyo, y ella +¡ay! recordaba enternecida cuando el doctor Pajares era estudiante y se +sentaba a su lado en la mesa.</p> + +<p>La merienda se animaba. Nelet había encendido la lámpara del comedor, y +los moscardones y mariposas del vecino jardín, atraídos por la luz, +aleteaban nerviosamente, chocando con la pantalla de porcelana. Sobre la +mesa aparecían las doradas naranjas de terso cutis, el <i>panquemado</i> de +Alberique, con miga porosa, la corteza obscura y barnizada y el vértice +nevado, y las bandejas de dulce seco, confitería indígena, sólida y +empalagosa: peras verdosas con la dureza del azúcar petrificado, +limoncillos de las monjas de Sagunto, trozos de melón, yemas envueltas +en rizados moñetes de papel, todo destilando azúcar y atrayendo a los +insectos que revoloteaban en torno de la luz.</p> + +<p>La concurrencia se atracaba de huevos cocidos. Partíanlos en la frente +del vecino, a pesar de las muchas precauciones que se adoptaban para +evitar esta broma tradicional; y eran de ver las señoritas tapándose la +cara con las manos, chillando como gallinas asustadas, por miedo a que +les golpeasen encima de las cejas, y los aplausos y vivas con que se +acogía la travesura de alguna joven cuando era ella la que agredía a los +audaces pollos. Cuando se hacía momentáneamente el silencio en el +comedor, oíase cómo se regocijaba fuera la plebe; el rasgueo de la +guitarra, el estallido de los cohetes, el cacareo de las mujeres; y +algunas veces el estruendo venía de abajo, de la cocina, donde sonaban +el vozarrón de Nelet y las corridas medrosas de las criadas, con +chillidos de protesta débil. También allí partían huevos.</p> + +<p>Las personas mayores la emprendieron con el dulce, y el señor Cuadros +descorchó frascos de licor de colores vivos e infernales, que hacían +retorcer el estómago. Las copitas de color rosa besaban las bocas, +dejando en los rojos labios de las jóvenes adorables gotitas de azúcar +líquido.</p> + +<p>La sobremesa, alborozada y ruidosa, duró mucho rato. Nadie miraba el +reloj del comedor, que seguía indiferente marcando el curso del tiempo. +Cuando sonaron las nueve, todos se sobresaltaron. Fuera del <i>hotel</i> la +algazara iba disminuyendo.</p> + +<p>Doña Manuela hizo prometer a sus amigos que la honrarían con su visita +en los dos restantes días de la Pascua, y comenzaron los preparativos de +marcha. Las criadas comparecieron rojas y sudorosas. Bien habían +bromeado con Nelet y el cochero del señor López.</p> + +<p>Comenzó la confusión de la despedida. Buscaban los abrigos abandonados +sobre los muebles; olvidaban dónde habían dejado el sombrero; recogían +los velillos rotos en el revuelto montón de prendas, y transcurrió más +de media hora antes de que todos estuvieran listos.</p> + +<p>El señor López ofreció su faetón a «las magistradas ». Irían todos +apretados, pero esto entraba en la fiesta. En cuanto al señor Cuadros, +sacó de la cuadra del <i>hotel</i> su carruajillo, del que estaba orgulloso, +y amontonó en él la esposa, el hijo y las dos criadas.</p> + +<p>—¡Buenas noches...! ¡Hasta mañana...! ¡Descansar...! ¡Arre, valiente!</p> + +<p>Y los dos carruajes, esparciendo en la sombra la roja luz de sus dobles +faroles, partieron al trote, conmoviendo el silencio de la noche tibia, +estrellada y serena. La familia de Pajares los vio alejarse desde la +puerta del <i>hotel</i>.</p> + +<p>Frente a los Silos, la multitud arremolinábase en la obscuridad, +asaltando a brazo partido las plataformas de los tranvías o regateando +con los cazurros tartaneros. Sonaban los pitos; el vocerío era grande en +torno de los ojos inflamados de los coches, y el público esperaba +impacientemente el momento de emprender el viaje, entonando canciones a +coro, en las cuales, sobre las voces aguardentosas, destacábanse otras +jóvenes, claras, argentinas. De vez en cuando, griterío y corridas; +brazos en alto, bastones enarbolados, una guitarra estrellándose +quejumbrosamente en una cabeza, y cuando la calma se restablecía, +saludábase con sonrisas y aplausos irónicos a la ristra de valientes +que, sin paciencia para esperar, emprendían la marcha carretera abajo, +cogidos del brazo, moviéndose con torpe balanceo, como si estuvieran +sobre la cubierta de un buque en día de gran marejada, charlando +incoherentemente o soltando sus vozarrones para entonar los +estrambóticos y lánguidos corales que inspira la musa amílica.</p> + +<p>Los tres días de Pascua fueron de felicidad para la familia de Pajares. +El noviazgo de Amparito se consolidó, desapareciendo los escrúpulos del +poetilla, temeroso de que el recuerdo del teniente viviese todavía en la +memoria de la joven. Era cosa decidida, y el bebé siempre contestaba con +el mismo tono burlón a sus recriminaciones:</p> + +<p>—Pero ¡tonto...! ¡si nunca le quise...! ¡si aquello fue una broma, un +caprichito para hacerte rabiar...! ¡Yo sólo te quiero a ti, +insultador...!</p> + +<p>Y Andresito, cerrando los ojos, despreciando los punzantes recuerdos del +pasado, se sentía feliz, tanto casi como Conchita, que en los días de +Pascua, en la agitación de las alegres meriendas, había conseguido +turbar a Roberto hasta el punto de arrancarle la deseada declaración. +Por fin era su novio «oficial»; ya podía hablar con él a todas horas, +sin miedo al ridículo de una intimidad falta de garantía.</p> + +<p>Juanito fue el único que sufrió en aquellos tres días. La mamá +mostrábase con él amable y cariñosa como jamás la había visto; tenía +arranques de lirismo casero, se enternecía reuniendo toda la familia en +la mesa, y él, por no contrariarla, permanecía en Burjasot, víctima de +las contradicciones de su carácter, tan pronto atraído por la +«querencia» a la cocina, como pensando en Tónica con la dulce nostalgia +del enamorado.</p> + +<p>Por esto, cuando regresó a Valencia, volviendo a encargarse de <i>Las Tres +Rosas</i>, experimentó la alegría del que sale del destierro. Quiso +resarcirse del breve paréntisis en su vida de amante, y esperó a Tónica +en las calles, sosteniendo con ella largas pláticas que la hacían llegar +tarde a casa de las parroquianas, enterándose con minuciosidad de las +tardes que había pasado en melancólica calma leyendo novelas +sentimentales, mientras Micaela, la fiel amiga, cocinaba, preparando la +modesta merienda.</p> + +<p>Sus pláticas con aquella muchacha tranquila y juiciosa le daban nuevos +ánimos para trabajar; y él, que hasta entonces había vivido tranquilo e +indiferente, amarrado a la noria de la dependencia, sin pensar en el +porvenir, sentíase ambicioso, soñaba con una gran posición comercial, +que compartiría con Tónica, y miraba la tienda de <i>Las Tres Rosas</i> con +el mismo cariño del heredero ante una cosa que espera ha de ser suya. Su +plan estaba formado. Esperaría hasta fines de año, vendería el huerto de +Alcira, y don Antonio le haría traspaso de la tienda por unos cuantos +miles de duros.</p> + +<p>El afortunado bolsista seguía abominando de la tienda y del mezquino +comercio al por menor; no era difícil alcanzar la cesión de <i>Las Tres +Rosas</i> por lo que el joven quisiera darle. ¡Valiente cosa le importaba a +él mil duros más o menos! La suerte le había hecho audaz; realizaba +jugadas con éxito sorprendente, y así como aumentaba su fortuna, +transformábase en persona. Permanecía en la tienda lo menos posible; +cuando no estaba en la Bolsa, pasaba las horas en el café, mediando en +las riñas de «alcistas» y «bajistas», con expresión de superioridad; +enganchaba la <i>charrette</i> e iba con Teresa, muy emperejilada, a pasear +su nuevo lujo por la Alameda, entre los brillantes trenes, para que +supieran más de cuatro que él también, «aunque le estuviera mal el +decirlo», era de la aristocracia, de la del dinero, que es la que más +vale en estos tiempos; y hasta en su misma casa introducía reformas +radicales, pasando la familia con violento salto de la comodidad +mediocre a la ostentación aparatosa. Seducido por los guisos de fonda +que saboreaba en los banquetes conmemorativos de grandes jugadas, no +podía avenirse con el talento culinario de su Teresa, y había tomado una +cocinera procedente de una gran casa. La riqueza improvisada daba al +señor Cuadros un airecillo petulante y fanfarrón. En competencia con su +mujer, pocos dedos conservaba en sus manos libres de sortijas; sólo que +las suyas no eran baratas, sino de oro macizo, gruesas, pesadas y con +cada pedrusco que quitaba la luz de los ojos. Rompía los ojales del +chaleco con la enorme cadena cargada de dijes, y él, que antes cuidaba +de salir con poca calderilla en el bolsillo, por miedo a los compromisos +o a la tentación de entrar en algún café, sacaba ahora, a tuertas y a +derechas, su gran cartera de hombre de negocios repleta de billetes del +Banco, y muchas veces escandalizaba a los camareros presentando para +pagar un refresco un papelote de mil pesetas.</p> + +<p><i>Las Tres Rosas</i> estaba patas arriba, según murmuraba el asombrado +Juanito. La fortuna del amo los enloquecía a todos. Los dependientes, +libres de vigilancia, hacían lo que les daba la gana; el género +desaparecía, sin dejar como recuerdo de su paso dinero en el cajón; las +criadas robaban arriba, en las mismas narices de doña Teresa, aturdida +por tan radicales cambios; pero allí estaba el amo para remediarlo todo, +y por mucho que se despilfarrase, los cobros de diferencias a fin de mes +eran tan exorbitantes, que empujaban vertiginosamente aquel barco falto +de dirección y haciendo agua por todas partes.</p> + +<p>El único que protestaba en la casa, revolviéndose furioso contra las +desatinadas innovaciones, era don Eugenio. El veterano del comercio +escandalizábase, y había que oírle las pocas veces que conseguía +entablar conversación con el dueño de la tienda, siempre atareado, +viviendo en su casa como en una fonda.</p> + +<p>Don Eugenio parecía una sibila, que, en nombre de la honradez y la +mesura comercial, profetizaba las mayores desgracias. Aquella borrachera +de dinero no podía acabar bien. No era legal ni justo ganar ocho o nueve +mil duros en un mes, jugando, ni más ni menos que los perdidos que van a +los garitos; además, ese lucro resultaba criminal, ya que lo que él +ganaba otros lo perdían.</p> + +<p>Pero don Antonio contestaba con risitas irónicas que desesperaban al +pobre viejo. ¡Vaya unas ideas rancias! ¿De dónde salía para atreverse a +hablar contra un negocio tan legal y admitido por todos? Los tiempos +cambian, amigo don Eugenio, y con ellos los negocios. Es verdad que los +afortunados arruinaban a los infelices, pero ¡qué remedio...! Había que +amoldarse a las exigencias del mundo, tomar parte en la «lucha por la +existencia»; la sociedad estaba constituida así. Para que vivan unos hay +que devorar a otros. Y el señor Cuadros repetía con expresión pedantesca +estos y otros lugares comunes que había oído en la Bolsa de boca de +ciertos pillos de levita, que con la dichosa «lucha por la existencia» +justifican rapiñas legales que merecen un grillete. Y para desesperación +del pobre viejo, hacía la apología de la Bolsa. Sólo un rancio podía +tronar contra ella. Para censurarla había que ser consecuente y hablar +mal también del ferrocarril, del teléfono y de todas las conquistas del +progreso. Podía esperar sentado a que todas las personas honradas se +coligasen, según él decía, para acabar con los negocios bursátiles.</p> + +<p>Cada día eran más respetados; se popularizaban, y ya no eran +comerciantes y rentistas los que jugaban en la Bolsa; los pobres, los +humildes, buscaban tomar parte en el negocio. Y para probarlo, no había +más que fijarse en don Ramón Morte, un filántropo, que hacía el bien +encaminando a la ganancia los pequeños capitales que yacían muertos y +dedicando las ganancias propias a obras de beneficencia.</p> + +<p>Don Eugenio escuchaba con frialdad el nombre del célebre banquero, que +todos los días repetían los periódicos, pero Juanito se estremeció. +Aquél sí que era un hombre. Husmeaba la ganancia a cien leguas; colocaba +los capitales ajenos con la mayor seguridad; tenía esclavizada la +fortuna, y a pesar de esto, ¡qué sencillo! ¡Con qué modesta afabilidad +trataba a los pequeños! Era un señor pequeñín, enfermizo por el exceso +de trabajo, con gafas de oro y esa sonrisa atractiva y cándida cuyo +secreto sólo poseen los grandes hombres de negocio o los Padres de la +Compañía. Dos veces había estado en la tienda buscando al principal, y +se dignó hablar con Juanito afectuosamente, como si fuese uno de la +clase, enterándose con benevolencia paternal de sus proyectos para el +porvenir. ¡Oh, qué hombre! ¡Qué confianza inspiraba! Aconsejado por él, +realizaba el señor Cuadros sus magníficos negocios; y Juanito, a no ser +por su deseo de verse dueño de <i>Las Tres Rosas</i>, hubiese vendido el +huerto, poniendo toda su fortuna en manos de don Ramón.</p> + +<p>La loca fortuna del principal contagiaba al dependiente, y éste, a pesar +de su carácter frío, se sentía animado por el deseo de correr el azar +ganando una fortuna en unos cuantos meses o arruinándose para siempre. +Cuando estaba solo y entregado a sus reflexiones, asustábase de las +audacias de su pensamiento; pero oyendo al principal enardecíase, y +entre las cenizas de su carácter tímido y apático asomaba el fuego del +aventurero.</p> + +<p>Las contiendas entre don Eugenio y su antiguo dependiente los separaban, +y a pesar de hacer la vida bajo el mismo techo, pasaban semanas sin +hablarse. El pobre viejo se sentía solo en aquella casa. Teresa no le +comprendía; Andresito, entusiasmado por la fortuna del papá, tenía sus +ambiciones; mostrábase meticuloso y exigiendo en materias de vestir, y +hablaba de la posibilidad de poseer una yegua alazana y pasear por la +Alameda, siguiendo el carruaje de su novia, para lo cual se estaba +preparando todas las tardes en el picadero.</p> + +<p>Don Eugenio sólo se consolaba yendo en busca del tío de Juanito, ante el +cual mostraba su indignación por los negocios de Cuadros. ¡Cómo se reía +don Juan de las fortunas de los bolsistas! Buen provecho. Muchos le +habían propuesto aquel negocio; pero él era gato viejo y gustaba de +guardar seguro su dinero. Eso de arrojar la fortuna al viento, con la +esperanza de una ganancia loca, quedaba para los tontos que se creen +poseedores de infalibles secretos. Él opinaba como don Eugenio. Aquello +sólo era una racha de fortuna, la terrible benevolencia de la fatalidad +con los jugadores novatos: primero, la seducción de las pequeñas +ganancias, y después, cuando ya están metidos de cabeza en los caprichos +del azar, la ruina instantánea, completa, fulminante.</p> + +<p>El día de San Vicente supo Juanito hasta dónde llegaba la indignación +del venerable don Eugenio.</p> + +<p>La fiesta del santo popular verificábase con el aparato de costumbre. En +los puntos más céntricos de la ciudad habíanse levantado los «altares», +enormes fábricas de madera y cartompiedra que llegaban a los tejados, +con decoración gótica o corintia, erizados de mecheros de gas, y en su +parte media la repisa, en la que se ostentaba el diplomático de Caspe +con su hábito de dominico y un dedo en alto entre cirios y flores. +Abajo, la plataforma del escenario, donde se representaban los +<i>milacres</i>, piezas dramáticas, cándidas y sencillas como sus versos +lemosines, cuyo argumento, girando en torno del mismo punto, trata +siempre de las querellas feudales entre Centelles y Vilaraguts, de la +conversión de los moros de Granada o de alguna treta de los impíos +contra el elocuente apóstol, todo sazonado al final con el necesario +milagro del santo y el correspondiente sermón en endecasílabos. La +multitud agolpábase ante los altares para oír mejor a los actores, +granujillas del barrio, roncos de tanto vocear los versos, orondos en +sus trajes de ropería; orgullosos de lucir el bonete con pluma y tirar +de la espada cuando lo requería el <i>milacre</i>; y era de ver la atención +con que escuchaba la predicación de San Vicente, representado siempre +por un muchacho paliducho, pedante y melancólico, y las carcajadas con +que celebraba las majaderías del motilón, personaje bufo que pasaba el +tiempo tragando pan, sorbiendo rapé, sonándose las narices en un pañuelo +como una sábana y agujereado como una criba, y diciendo estupideces +subidas de color, todo para mayor edificación de los devotos del santo. +Un mar de cabezas agitábase ante aquellas plataformas que recordaban el +teatro primitivo, lo mismo el tablado de Esquilo que la carreta de Lope +de Rueda.</p> + +<p>Entre una y otra representación tocaban las músicas alegres polcas, y la +granujería de siempre, agarrada de un modo repugnante, improvisaba +academias de baile en las aceras, chocando muchas veces contra las mesas +donde las buenas mozas de vestido almidonado, pañuelo de seda y cara +bravia vendían garbanzos tostados, orejones y ciruelas pasas.</p> + +<p>Juanito, a las tres de la tarde, había ido a ponerse en acecho cerca de +la casa de Tónica, esperando que ésta saliese con Micaela para ver los +altares. Una vecina le avisó que ya habían salido, y el joven lanzóse en +su persecución, corriendo de uno a otro altar, sin conseguir +encontrarlas.</p> + +<p>En la plaza de la Constitución vio a don Eugenio, que miraba de lejos el +<i>milacre</i>, apoyado en el viejo bastón y mostrando su carita de pascua +por el embozo de su capa azul, que no abandonaba hasta bien entrado el +verano.</p> + +<p>El pobre señor acogió a Juanito con una sonrisa de gozo.</p> + +<p>—¡Hombre, cuánto me alegro de verte...! Tú no tendrás quehacer, +¿verdad?</p> + +<p>Juanito contestó negativamente, arrepintiéndose en seguida.</p> + +<p>—Me alegro. Pasearemos juntos. Mis amigos han salido con sus familias, +y yo no tengo a nadie en este mundo; estoy solo... completamente solo.</p> + +<p>El viejo recalcaba estas palabras, como si quisiera hacer responsable a +alguien de su abandono.</p> + +<p>Emprendieron los dos la marcha hacia las Alameditas de Serranos, paseo +habitual de don Eugenio. Por el camino hablaba el viejo de su situación +con tono melancólico; pero sus quejas eran vagas. Llegaron al paseo: una +ancha faja de jardín en la orilla del río, exuberante de vegetación, +pero tan sombría, que justificaba su título vulgar de «paseo de los +desesperados». La concurrencia era la de siempre. Algunas madres de la +vecindad, con su tropel de muñecos voceadores, y grupos de curas y +aficionados a la clase sacerdotal, destacando sobre el verde la mancha +negra de sus trajes, hablando con misterio de lo malos que están los +tiempos, del prisionero del Vaticano y del verdadero rey que vive en +Venecia.</p> + +<p>Don Eugenio, saludaba al paso aquellas caras que veía todas las tardes, +sin interrumpir por esto la conversación.</p> + +<p>Juanito le oía con la deferencia y el respeto que inspiran ochenta años.</p> + +<p>—En una palabra, muchacho: que yo no puedo sufrir esta clase de vida. +Serán para algunos escrúpulos necios, pero ¿qué quieres? Después de +tantísimos años de probidad comercial, de prosperidad lenta pero segura, +no puedo conformarme con esta vida de agitación y sobresalto que noto en +torno mío, ni menos ver con tranquilidad una ganancia inmoral y +estrepitosa.</p> + +<p>—Pero ¿por qué se ha de molestar usted tanto?—dijo el joven con tono +conciliador—. Lo mejor es que deje correr las cosas. Don Antonio gana +demasiado dinero para que puedan hacerle mella sus palabras. Además, +cada época trae sus costumbres, y no es justo que usted se queje porque +las cosas no estén lo mismo que en su juventud.</p> + +<p>—Tienes razón, hijo mío. Éstos son otros tiempos. Soy un verdadero +cadáver; pero me resisto a meterme en la fosa, a pesar de que ésta me +reclama, y tengo que sufrir las consecuencias. ¡Qué tiempos. Señor, qué +tiempos!</p> + +<p>Y el vejete miraba al cielo, mientras su mano arrancaba al paso las +hojas de los rosales.</p> + +<p>—Tú también—continuó—estás algo tocado de ese afán de hacerte rico, +aunque sea arruinando al mundo entero. No te culpo por esto; es la +fiebre de la época, y la juventud es la que con más calor apadrina las +ideas nuevas. Tienes razón; yo no puedo, yo no debo meterme en los +negocios de Antonio; carezco de derecho. ¿Qué soy en aquella casa? Un +trasto inútil, un mueble incómodo que se empeña en permanecer intacto y +todos desean verlo hecho astillas para arrojarlo al montón.</p> + +<p>—No; eso no es verdad, don Eugenio. En aquella casa le quieren a usted +todos. Me consta.</p> + +<p>—Y yo también—dijo el viejo con gran calor—, yo también los quiero +con toda mi alma. ¿Tengo otra familia acaso? Lo que hay, muchacho, es +que, por lo mismo que les quiero tanto, me preocupa su suerte y no puedo +ver con tranquilidad cómo Antonio se mete de cabeza en tan peligrosas +aventuras. ¡Ay, mi pobre tienda! Tiemblo al pensar que puede ser +deshonrada para siempre. He oído decir que los marinos viejos sienten +una pasión loca por el barco en que han pasado su vida. Lo mismo soy yo +con <i>Las Tres Rosas</i>. Yo la fundé; tu pobre padre mantuvo la reputación +del establecimiento honrado, y ahora... tiemblo al pensar lo que +ocurriría si Antonio se arruinase en la Bolsa como otros tantos.... Todo +perdido, la tienda embargada, deshonrada para siempre.... ¡Gran Dios! No +quiero pensarlo.</p> + +<p>—¡Bah!—objetó Juanito con juvenil confianza—. No es eso fácil; en la +Bolsa sólo se arruinan los tontos, y mi principal tiene buen guía. Don +Ramón... ¿sabe usted? don Ramón Morte, el hombre mimado de la fortuna, +el gran filántropo.</p> + +<p>—No seas tonto, muchacho. ¿Crees que tu tío es listo? Pues pregúntale +qué piensa del tal don Ramón. Un pillo, hijo, un pillo redomado que +emplea la pamplina de la caridad y se da bombos en los periódicos para +engañar incautos. ¡Y qué bien sabe hacerlo el muy ladrón! Se confiesa a +menudo, entrega cantidades en las sacristías, diciendo que las ha +cobrado de más por un error y quiere sean para los pobres, y hasta se +murmura si es él ese ramoso sujeto que, con el incógnito de Un +cualquiera, envía dinero a la Junta de Instrucción Obrera cuando ésta +sufre apuros. Esa modestia, ese incógnito a medio velo, es un medio para +llamar la atención como cualquier otro reclamo, y un negociante que +desea tanto la popularidad no lleva idea buena. Algo prepara. Para mí, +lo que hace es arreglarse el vendaje antes que exista la herida.</p> + +<p>Juanito sentía inquietud y molestia ante la rudeza con que el viejo +destrozaba el ídolo de su admiración, pero calló por respeto.</p> + +<p>—Si ese hombre es—continuó don Eugenio—quien tiene que evitar la +ruina de Antonio, bien estamos. Yo veo claro, y por eso chillo hasta ser +impertinente. No entiendo de esos negocios infernales, estoy +acostumbrado a los tratos sencillos del comercio a la antigua, pero no +desconozco lo fácil que es quedarse los bolsistas en medio de la calle +de la noche a la mañana. ¿Y puedo yo estar tranquilo...? Al principio, +Antonio era prudente y no exponía gran cosa; pero la ganancia le ciega, +y ahora... ¿sabes? me he enterado de que se mete tan hondo, que si la +fortuna le volviese la espalda, en veinticuatro horas quedaba limpio, +sin cubrir sus compromisos, y por tanto, deshonrado. Figúrate lo que +esto representa muchacho. Si tu padre viviera, me comprendería mejor. Se +me abren las carites sólo al pensar en la posibilidad de que el dueño de +<i>Las Tres Rosas</i> aparezca como un insolvente, como un tramposo, casi +como un estafador. Di, muchacho, ¿puedo yo consentir esto? ¿Te parece +tolerable?</p> + +<p>Y el viejo se animaba, se erguía, apoyándose en su bastoncillo, y al +hablar de su querida tienda, una oleada de sangre daba color a su cara +fresca de anciano bien conservado.</p> + +<p>—No; yo no puedo callar; esto apresurará mi muerte. Necesito +tranquilidad, y no me acuesto ninguna noche sin llevar en el cuerpo un +berrinche más que regular. Lo que yo digo: pero Señor, ¿por qué se +meterá ese hombre en libros de caballerías? ¿No podía vivir tranquilo +como yo, trabajando para la vejez y sin exponerse a peligro alguno...? Y +es la maldita ambición que hoy todo lo invade. En mis tiempos, antes de +gastar un ochavo le dábamos cien vueltas, pero nos contentábamos con lo +nuestro y vivíamos felices. Ahora todo el mundo no piensa en otra cosa +que en el modo de quitar legalmente la bolsa al vecino. La ambición los +devora; a los cuarenta años son más viejos que yo; viven pendientes de +un hilo con el afán de acaparar dinero; y todo para derrocharlo, para +satisfacer esa locura de engrandecimiento que a todos domina. Esto está +perdido. Los mocosos ya no se conforman con ser aprendices y quieren +pasar a amos; y... ¿qué más? Antonio se avergüenza de ser comerciante, y +va por las tardes a la Alameda en un cochecillo ridículo, guiando como +si fuese un cochero. Antes soñaba con que su hijo fuese abogado, y ahora +mira impasible cómo abandona los estudios y se entera con gusto de sus +progresos en la equitación. Dice que con la herencia que él le dejará, +para nada necesita la carrera; quiere hacer de él un hombre a la moda, y +quién sabe si tendrá pensado casarle por lo menos con la princesa de +Asturias....</p> + +<p>Y reía al decir esto con una risa misericordiosa, como si se sintiera +elevado por encima de todas las miserias.</p> + +<p>—En fin, hijo mío, tal vez te fastidie con mis quejas, pero a los +viejos hay que tolerarles. Yo necesito hablar, expansionarme, echar +fuera de mí esta inquietud que me devora, como si fuese yo mismo quien +se mete en aventuras. Y te repito que esto acabará mal, muy mal. Tu tío +es de la misma opinión. ¿Ves a tu principal? Pues es como tu mamá. Yo no +le conocía, pero hay que tratar mucho a los hombres. Depende de las +circunstancias que se muestren tales como son. Ahora no me cabe duda de +quién es Antonio. Hubiese hecho con tu madre una excelente pareja. Los +dos son iguales. Unos «fachendas», hambrientos de figurar, deseosos de +meterse en una esfera superior a la suya, aunque se pongan en ridículo. +Tu madre arruinándose y Antonio subiendo locamente camino de la suerte, +son exactamente lo mismo. Capaces de derrochar una fortuna; la una por +mantener lo que llama su «rango», y el otro por meterse entre gentes que +de seguro se burlan de él.... Esto no puede seguir así.... Vamos a ver +grandes cosas, y... ¡ay! me dice el corazón que mi tienda, mi pobrecita +tienda, naufraga en esta borrasca, y yo me muero.</p> + +<p>El viejo hablaba melancólicamente, como si viese ya la ruina del brazo +con la muerte rondando en torno de él.</p> + +<p>Juanito se fastidiaba.... ¡Bah! Aprensiones de viejo.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2> + + +<p>Los domingos, a las siete de la mañana, salía Juanito de su casa con el +alegre desembarazo del colegial que en día de fiesta todo lo ve de color +de rosa.</p> + +<p>Iba estirado, satisfecho dentro de su traje de lanilla inglesa, algo +incómodo por el cuello de la camisa almidonado y de bordes punzantes; +pero le bastaba lanzar una mirada a sus botas de charol y a la corbata, +siempre de colores vivos, para darse por satisfecho de todas las +molestias que le causaba su transformación. La mamá y las hermanitas le +contemplaban con asombro. ¿Qué creían ellas? El Juanito de ahora estaba +muy lejos del de los tres meses antes. Ya era hora de dedicar a rodillas +de cocina las levitas viejas de su padrastro el doctor Pajares, prendas +que la mamá le había hecho usar para mayor economía.</p> + +<p>El amor había transformado a Juanito. Su alma vestía también nuevos +trajes, y desde que era novio de Tónica, parecía como que despertaban +sus sentimientos por primera vez y adquiría otros completamente nuevos. +Hasta entonces había carecido de olfato. Estaba segurísimo de ello; y si +no, ¿cómo era que todas las primaveras las había pasado sin percibir +siquiera aquel perfume de azahar que exhalaban los paseos y ahora le +enloquecía, enardeciendo su sangre y arrojando su pensamiento en la +vaguedad de un oleaje de perfumes? No era menos cierto que hasta +entonces había estado sordo. Ya no escuchaba el piano de sus hermanas +como quien oye llover; ahora la música le arañaba en lo más hondo del +pecho, y algunas veces hasta le saltaban las lágrimas cuando Amparito se +arrancaba con alguna romanza italiana de esas que meten el corazón, en +un puño.</p> + +<p>El muchacho, antes tan sólido y bien equilibrado, mostrábase inquieto y +nervioso, lloraba a solas por cualquier cosa o se entregaba a +expansiones infantiles; pero a pesar de esto, era más feliz que nunca. +Su antigua vida parecíale la existencia soñolienta de una bestia +amarrada a la estaca, rumiando la comida o durmiendo, sin noción alguna +de un más allá.</p> + +<p>Ahora, el amor por un lado y por otro la primavera, parecían incubar en +él un nuevo ser, y de la ruda cáscara del antiguo dependiente, con la +inteligencia muerta y la voluntad atrofiada, surgía un hombre nuevo, en +el cual despertábase el mismo romanticismo de su padre cuando era joven.</p> + +<p>El Mercado le atraía los domingos en las primeras horas de la mañana, e +iba a lucir sus arreos entre los puestos de las floristas. Allí +permanecía confundido en el grupo de curiosos que atisbaban las caras +hermosas, y lo mismo abrían paso a las señoritas que volvían de misa con +el devocionario en la mano, que echaban piropos a las criadas +emperejiladas, que, doblándose al peso de las cestas, metíanse entre la +varonil barrera para comprar un mazo de flores.</p> + +<p>¡Qué bien se estaba allí! El sol comenzaba a caldear la plaza; +esparcíase por el ambiente el tufillo de las verduras recalentadas; pero +bajo la techumbre de cinc que resguardaba los puestos de flores, entre +las cortinas rayadas que tapaban los lados del mercadillo, notábase una +frescura de subterráneo, el vaho húmedo de las baldosas regadas con +exceso. Y luego, ¡qué orgía para el olfato en esta atmósfera fresca! +Experimentábase la misma impresión que en una tienda de perfumería, +donde, al entrar, toda una avalancha de esencias distintas sale de +cuantos huecos tiene la anaquelería, asaltando el olfato.</p> + +<p>Sobre las mesas pintadas de verde amontonábanse las flores como si +fuesen comestibles, o agrupadas en pirámides, sobre una base de papel +calado, erguíanse formando ramos monumentales con los colores en +caprichosos arabescos. Allí estaban las jardineras: hermosas unas, con +la esplendidez de las vírgenes morenas; viejas y arrugadas otras, con +esa fealdad de bruja que es final rápido e inesperado de la belleza de +las razas meridionales. Acostumbradas todas ellas a la vida común con +las flores, tratábanlas con confianza ruda y desdeñosa. Recortaban +cruelmente sus tiernos rabos mientras hablaban con los compradores, o +aprisionaban sus finos tallos con el hilo, sin que les enterneciera el +perfume que en son de protesta les arrojaban al rostro.</p> + +<p>Un mosaico deslumbrador se extendía sobre las mesas. Las azucenas, con +su túnica de blanco raso, erguíanse encogidas, medrosas, emocionadas, +como muchachas que van a entrar en el mundo y estrenan su primer traje +de baile; las camelias, de color de carne desnuda, hacían pensar en el +tibio misterio del harén, en las sultanas de pechos descubiertos, +voluptuosamente tendidas, mostrando lo más recóndito de la fina y rosada +piel; los pensamientos, gnomos de los jardines, asomaban entre el +follaje su barbuda carita burlona cubierta con la hueca boina de morado +terciopelo; las violetas coqueteaban ocultándose para que las denunciase +su olorcillo que parecía decir: «¡Estoy aquí!»; y la democrática masa de +flores rojas y vulgares extendíase por todas partes, asaltaba las mesas, +como un pueblo en revolución, tumultuoso y desbordado, cubierto de +encarnados gorros.</p> + +<p>Allí esperaba Juanito la aparición de Tónica, que todos los domingos, +por hallarse libre del trabajo, se encargaba de la compra, evitando esta +operación a su compañera, cada vez más falta de vista. Formaban una +original pareja el hortera endomingado y aquella muchacha, que por estar +cerca su casa iba de trapillo, sin perder por esto el aire de distinción +adquirido en la niñez y llevando su cesta con la desenvoltura de una +colegiala que comete una travesura.</p> + +<p>Hablaron un buen rato en la entrada del mercadillo, sin fijarse en +miradas maliciosas ni darse cuenta de los rudos encontronazos de la +multitud; él la cargaba con el ramo más hermoso que veía, seguíala en su +correteo por el Mercado, de puesto en puesto, y después la acompañaba +hasta su casa, lentamente, saludando a los vecinos de los pisos bajos, +que consideraban a Juanito como un conocido y se hacían lenguas, +especialmente las mujeres, del «gancho» de la costurerilla, una mosquita +muerta que había sabido «pescar» un novio rico, según aseguraban los +mejor informados de la calle.</p> + +<p>Juanito, poco a poco, había logrado estrechar sus relaciones con Tónica. +No subía a la casa, eso no; ¿qué dirían los vecinos? pero si le estaba +vedado entrar en aquella escalerilla, que se le antojaba camino de +misterioso santuario, podía acompañar a Tónica y su amiga los domingos +por la tarde.</p> + +<p>El dependiente había entablado amistad con Micaela, una criatura +insignificante que pasaba por el mundo como un fantasma, anulada la +voluntad, lamentándose de no vivir, como en su juventud, en la +servidumbre doméstica. Sentía una tierna simpatía por aquella mujer casi +ciega, con sus ojazos claros siempre inmóviles, como si experimentara +eterno asombro. Entre el dependiente y ella establecíase el lazo de la +igualdad de caracteres. Los dos eran seres débiles, pacientes, sin +voluntad: acostumbrada ella a la obediencia de la servidumbre, +supeditado él por la adoración a su madre.</p> + +<p>Micaela encontraba aceptables las relaciones entre Juanito y su amiga. +El dependiente era para ella un ser de casta superior; causábala respeto +la posición social de su familia; y mientras Tónica le llamaba por su +nombre, ella, con sus costumbres de criada antigua, nombrábale siempre +«señor de Peña», ceremoniosamente, a estilo de comedia.</p> + +<p>¡Qué tardes tan hermosas las de aquella primavera! Salían de casa a la +hora en que correteaban por las calles los grupos de criadas, con sus +faldas almidonadas y al cuello el ondeante pañuelito de seda, seguidas +por los soldados de caballería, de escandalosas espuelas, torpe paso y +embarazados por el sable, como si fuese un pesado garrote.</p> + +<p>Sus diversiones eran siempre las mismas. Iban donde va la gente que no +quiere gastar dinero, y se les veía por el pretil del río, camino de +Monte-Olivete, los dos jóvenes delante, hablando tranquilamente, +mientras se acariciaban con la mirada, y detrás Micaela, con aire de +inconsciente, abismada en el crepúsculo eterno que la envolvía y +levantando la cabeza, sin sentir la menor molestia por los rayos del sol +que se quebraban en sus ojazos hermosos y muertos.</p> + +<p>Deteníanse a contemplar los incidentes del tiro de palomo establecido en +el cauce del río, pedregoso, inmenso, surcado por unas cuantas venillas +de agua, que se cruzaban caprichosamente, formando verdes archipiélagos. +La afición meridional al estruendo, el instinto de raza, ansioso de +correr la pólvora, revelábase en el inmenso corro, donde se contaban las +escopetas a centenares y el tirador de chaqué disparaba junto al +aficionado de blusa. En el centro del corro los enormes jaulones, donde +aleteaban inquietos los pajarracos de la Albufera o los pardos palomos, +estremeciéndose a cada descarga, temiendo que les tocase el turno de +volar por entre la lluvia de plomo; y junto a ellos el héroe de la +fiesta, el <i>colombaire</i>, un mocetón despechugado, al aire los bíceps de +hércules, limpiándose el sudor, girando como una peonza, haciendo toda +clase de muecas y voceando la frase sacramental «¡<i>a pacte</i>!» antes de +soltar las alas que oprimía entre sus manos ¡Allá va...! Y aquello era +una batalla. Primero el disparo aislado del preferido que paga mejor; +después tiroteo graneado; y al fin descargas cerradas, mientras el +<i>colombaire</i> se agitaba como un energúmeno, con la fiebre de la +destrucción, y rugía «¡<i>a ell</i>, <i>a ell</i>!» como si su voz fuese el +ladrido de toda una jauría. El rojizo humo envolvía al corro; y arriba, +en el espacio azul, puro, ideal, deshonrado por un crimen, veíase caer +al palomo inerte, apelotonado, atravesado por veinte tiros, como un +miserable puñado de plumas. Los curiosos, enardecidos por el tiroteo, +seguían con mirada ansiosa al pájaro que lograba escapar; interesábanse +en las terribles disputas de los cazadores, reclamando todos la misma +pieza; no se fijaban en la lluvia de perdigones fríos que caían en torno +de ellos; y si «por casualidad» se perdía un ojo o se sentía escozor en +el cuerpo... ¿qué iban a hacer? esto entraba en la diversión.</p> + +<p>La enamorada pareja seguía su paseo, sintiendo a sus espaldas el paso +leve de la resignada Micaela. En Monte-Olivete sentábanse en el banco de +piedra que circunda la ovalada plaza; henchíase el moquero de Tónica de +cacahuetes y altramuces, y volvían a emprender la marcha, siempre por la +orilla del río, más agreste ahora, con filas de seculares álamos y +verdes cañares, que se estremecían rumorosos al viento con un quejido +triste.</p> + +<p>Andaban, devoraban distraídamente el contenido del pañuelo. Juanito +llevaba en su bigote cortezas de cacahuet; y a pesar de esto, los dos se +sentían en un ambiente ideal y caminaban como si no pusiesen los pies en +el suelo. En el fondo de los ojos de Tónica veía él la reducción del +paisaje, las verdes charcas del río, los cañares, la arboleda, el +azulado cielo; y las nubecillas que resbalaban veloces antojábansele, +vistas en tal espejo, el alma de su amada, que pasaba y repasaba tras +las pupilas envuelta en vaporosas vestiduras. ¡Oh, qué bien se sentía +caminando junto a la mujer amada, rozándola el codo a la menor +disigualdad del terreno, aspirando el perfume indefinible de Tónica, +distinto de todas las esencias de este mundo! Olvidábase de todo, de su +familia, de su porvenir, de la pobre Micaela, que iba a sus espaldas +rumiando altramuces, y su atención reconcentrábase en los ojos negros, +que a cada momento reproducían un rincón del paisaje; en la blanca y +sana dentadura, tan hermosa, tan brillante, que al reír parecía iluminar +la morena cara de la joven.</p> + +<p>Y sin embargo, su conversación no podía ser más vulgar. Tónica era un +espíritu práctico, que, en medio de sus escapes de pasión, no olvidaba +el porvenir con todas sus miserias y monotonías. Insensible a los +encantos del paisaje, a la soledad rumorosa que los rodeaba, trazaba +planes para lo futuro, para cuando fuesen dueños de una tienda en el +Mercado y ella tuviese que desarrollar las facultades de ama de casa. Ya +vería él de lo que era capaz su mujercita. Y la linda costurera, con su +aire grave de mujer formal, con la misma expresión vaga y soñolienta que +si hablase de amor, marcaba punto por punto el programa de su vida +futura. Se levantaría a la misma hora que él, y mientras Juan vigilase +la limpieza de la tienda, ella ayudaría a la criada en «lo de arriba»; +trabajar mucho y ahorrar más, pues esto es lo que da salud; y después, a +la hora de comer... ¡qué felicidad hablar de los negocios devorando el +clásico puchero con el buen apetito que da la actividad! Dependientes +pocos y buenos, tratados como de la familia, comiendo todos en la misma +mesa, a estilo patriarcal. Y la casa adelante, siempre adelante, +Queriéndose ellos mucho y amasando ochavo tras ochavo la fortuna para la +vejez, en aquel nido estrecho atestado de fardos y piezas de tela. Esto +al principio, cuando aún no hubiesen novedades y la casa permaneciese +tranquila y en reposo; pero después... ¡figúrate tú! vendrá lo que es +natural... uno, dos o más, ¿quién sabe? Y entonces tendrá que ver que al +digno comerciante don Juan Peña, cuando suba a almorzar, se le cuelguen +de los brazos unos cuantos angelitos cabezudos, de hinchados mofletes, y +no le dejen tragar bocado con tranquilidad.</p> + +<p>Pero Tónica se detenía, ruborizándose como si sintiera haber dicho +demasiado, y miraba a su no vio confusa y avergonzada, mientras éste +buscaba la linda manecita de ella para besarla repetidas veces, sin +importarle la presencia de Micaela.</p> + +<p>La costurera consentía estas caricias. Conocía bien a Juanito. No había +cuidado que pasase de ellas. Besábale las manos, sin que sus labios +dejasen la ardorosa huella del deseo contenido, y todo el exceso de +Juanito consistía en morder las duricias de la epidermis producidas por +el contacto de las tijeras o las rozaduras y pinchazos de la aguja. +Estas marcas del diario trabajo las adoraba Juanito como cuarteles de +nobleza, y las yemas de los rosados dedos, ligeramente encallecidas, +chupábalas con tanta delicia como si fuesen caramelos.</p> + +<p>Tónica, con dulce coquetería, extendía sus manos, dejándoselas besar. Si +alguna vez, al saltar un ribazo, quedaba al descubierto algo de su +blanca media, veía cómo Juanito volvía a otro lado su mirada con cierta +expresión de sorpresa y disgusto. La quería bien: estaba en el período +de la adoración extática. Tónica era para él como esas vírgenes de +cabeza hermosísima, que bajo la deslumbrante vestidura sólo tienen para +sostenerse tres feos palitroques. Él, que en la cocina de su casa +estremecíase hasta la raíz de los cabellos al menor roce con las +fornidas fregonas, nunca había llegado a pensar que Tónica tenía algo +más que su gracioso rostro.</p> + +<p>Mientras los novios, sentados en los pendientes ribazos, con los cañares +a la espalda, hablaban del porvenir, acariciándose castamente, y en +pleno idilio daban fin al puñado de altramuces, Micaela permanecía +inmóvil, con la mirada mate fija en el sol, que, como una bola candente, +resbalaba por la inmensa seda del cielo sin quemarla, y al acercarse en +su descenso majestuoso al límite del horizonte, se sumergía en un lago +de sangre.</p> + +<p>Algunas veces, la pobre mujer sonreía, como si ante sus ojos moribundos +pasasen seductoras visiones.</p> + +<p>—¿Qué piensa usted, Micaela?—preguntaba Tónica—. ¿Ve usted algo?</p> + +<p>—Nada, hija mía; veo el sol, que es lo único que puedo ver.</p> + +<p>Pero mentía. Veía con los oídos. Las palabras de los jóvenes, aquellos +desahogos de un amor tranquilo, le alegraban, y su fantasía poblaba de +imágenes las muertas retinas. Veía a la <i>siñá</i> Antonia, la madre de la +costurera, tal como era quince años antes, cuando Micaela iba de visita +a su portería para charlar como antiguas amigas. Pero ahora ya no hacía +calceta, ni aparecía dentro de sus ojos patiabierta ante el brasero, +echando firmas en la lumbre; la veía en el cielo, justamente ganado con +sufrimientos y miserias, vestida de blanco, como van los +bienaventurados, y desde allí, asomándose a una ventana de nubes, +lanzaba una sonrisa como una bendición sobre los dos jóvenes, que +parecía decir: «Gracias, Micaela; cuídamela, sacrifícate un poco más, no +la abandones hasta verla esposa de Juanito, que es un buen muchacho. Yo, +en agradecimiento, te guardaré un rinconcito para cuando subas.»</p> + +<p>Y la pobre mujer conmovíase tanto al soñar despierta, que las lágrimas +titilaban en sus ojos, haciendo brillar las pupilas sin vida.</p> + +<p>—¿Ahora Hora usted...?—preguntaba Tónica—. Pero ¿qué le pasa?</p> + +<p>Nada, absolutamente nada. Se sentía feliz y lloraba de alegría, de +agradecimiento, satisfecha de sí misma, de la bondad con que la trataba +Dios.</p> + +<p>Juanito miraba con asombro no exento de envidia a la pobre mujer casi +ciega, que saldría del mundo tan inocente como había entrado, después de +arrastrar la más monótona y abrumadora de las existencias, siempre +amarrada a la argolla de la domesticidad, sumisa y automática, y que +todavía sentíase dominada por el agradecimiento, como si la vida de +descanso puramente animal que ahora gozaba fuese una felicidad de que no +se consideraba digna.</p> + +<p>Aquella primavera fue el período más feliz de la existencia de Juanito.</p> + + +<p>Amaba, era amado, tenía fe en el porvenir, sentíase a cien leguas de las +miserias de su familia, y para mayor felicidad, el tío don Juan, +enterado de su noviazgo, lo toleraba, reservándose dar su aprobación +definitiva cuando conociese a Tónica.</p> + +<p>Un domingo, por exigencias de los arrendatarios, tuvo que ir a su huerto +de Alcira, y pasó el día como un desterrado, mirando melancólicamente +hacia Valencia y sintiendo un inocente enfurruñamiento contra el sol +porque marchaba despacio, retrasando la hora del regreso. Por la noche, +¡con qué placer saltó al andén de la estación, hendiendo a codazos la +muchedumbre que obstruía la salida! Con los zapatos llenos de polvo, +llevando en las manos dos ramas de naranjo cargadas de bolas de oro que +esparcían fresco perfume, pasó como un hombre satisfecho de la vida ante +los revisores y dependientes de Consumos que vigilaban la puerta, y +corrió a la calle de Gracia, metiéndose en la escalerilla con un +arranque de audacia que a él mismo le causaba asombro. Micaela perdonó +al «señor de Peña» esta transgresión de lo pactado, en gracia a su viaje +y al regalo del ramo de naranjas; y desde aquel día, el enamorado, sin +abusar de la tolerancia, continuó sus visitas.</p> + +<p>Juanito ya no sentía miedo al pensar lo que diría la mamá cuando +conociese sus amores. Tenía el convencimiento de que ella lo sabía todo.</p> + +<p>El día de la Virgen fue con Tónica y su amiga a la primera misa en la +capilla de los Desamparados. Dentro del templo sonaba la música; la +multitud, oprimida en la mezquina rotonda, esparcíase por la plaza hasta +la fuente, adornada con un ridículo templete que parecía de confitería. +Todos estaban en actitud reverente, sin ver otra cosa de la misa que las +obscuras puertas, en cuyo fondo brillaban como chispas de oro las luces +de los altares, sintiendo en sus descubiertas cabezas el vientecillo de +primavera, semejante al halago de una mano invisible, tibia y olorosa. +En esta confusión, cuando Juanito, sacando los codos, guardaba de +empujones a las dos mujeres, vio a corta distancia a su familia y la +del señor Cuadros.</p> + +<p>Desde las Pascuas que era grande la intimidad entre las dos familias; +Juanito había oído hablar la noche anterior de cierto plan de +esparcimiento matutino, como principio de fiesta, por ser los días de +Amparito. Oirían la primera misa en la capilla de los Desamparados, +porque a doña Manuela, como buena valenciana, le parecía que ninguna +misa del resto del año valía tanto como aquélla y después tomarían +chocolate en un huerto de fresas, bajo un toldo de plantas trepadoras, +recreándose el olfato con el olor de los campos de flores y el humillo +del espeso soconusco.</p> + +<p>Doña Manuela vio a su hijo, Juanito la sorprendió fijando los ojos en +Tónica con expresión curiosa e interrogante. La altiva señora aparentó +después no haber visto a su hijo; pero al volver a casa, Juanito +sentíase trémulo e inquieto pensando en lo que diría su mamá, tan amante +del prestigio de la familia.</p> + +<p>Pasó aquel día y pasaron muchos sin que doña Manuela dijese una palabra +sobre el noviazgo de su hijo. Este silencio entristecía a Juanito en +ciertos momentos. Veía una vez más hasta dónde llegaba el afecto de +aquella madre a la que idolatraba. Era un paria, un advenedizo de +procedencia inferior que el azar había introducido en la familia. Para +Rafaelito y las hermanas, todas las alianzas eran medianas; pero +tratándose del hijo de Melchor Peña, el tendero del Mercado, todo +resultaba bien. Podía casarse con una criada de la casa, sin que doña +Manuela sintiera un leve roce en aquella susceptibilidad tan despierta +para los otros hijos.</p> + +<p>La buena señora llegó por fin a darle a entender con palabras sueltas lo +que él se recelaba. Conocía sus amores; se había informado de quién era +Tónica, y no le parecía gran cosa; pero si Juanito se mostraba conforme, +todos contentos. Esta indiferencia anonadaba a Juan; y a pesar de que +nadie en la casa se preocupaba de sus amoríos—pues cuando más, merecían +alguna burla de Amparito—, siguió recatándose, como si temiera las +maternales censuras.</p> + +<p>Desde la noche que subió a casa de Tónica, fue estrechando su intimidad +con las dos mujeres. Ya se atrevía algunas noches a hacerles tertulia +hasta las diez, y como la presencia de Micaela daba a la conversación un +tinte de seriedad, Juanito hablaba del comercio, de los triunfos de la +Bolsa, de la buena fortuna de su principal, y sobre todo, de don Ramón +Morte, su grande hombre, al que cada vez tributaba una adoración más +vehemente.</p> + +<p>Si él se sintiera con fuerzas bastantes, sería de ellos; ingresaría en +el batallón audaz que, guiado por Morte, marchaba de jugada en jugada a +la conquista de los millones; y decía esto con la fiebre de explotación +adquirida en la tienda oyendo a los bolsistas, fiebre que comunicaba a +las dos mujeres, que le escuchaban como un oráculo.</p> + +<p>La falta de valor era lo que le retenía en su posición mediocre; en +cuanto al éxito, no era posible dudar. El que ahora no se hacía rico, +era porque no quería serlo. Bastaba un poco de dinero y la sabia +dirección de Morte para despertar un día millonario.</p> + +<p>Y Tónica le escuchaba con la mirada fija, el entrecejo fruncido, los +labios apretados, como si dentro de su cabecita se agitase una idea +tenaz, mientras Micaela abría sus muertos ojazos con la expresión de una +niña que oye un cuento de hadas.</p> + +<p>Aquellos millones fantásticos, saliendo de la boca de Juanito, rodaban +sobre el pobre tapete de la mesa, parecían infundir por la mísera +habitación un ambiente de aplastante opulencia, algo semejante a la +sonora vibración de montones de oro. Y esta conversación fue repetida un +día y otro, hasta que Juanito quedó desconcertado e indeciso ante una +proposición de las dos mujeres.</p> + +<p>Aunque era partidario de las audacias financieras, siempre que pensaba +en la posibilidad de poner en práctica sus entusiasmos surgían en él la +prudencia y la desconfianza, los escrúpulos de la rutina comercial, como +una herencia de raza. Por esto sintió cierta inquietud al oír a Micaela +que deseaba dedicar sus ahorros a un negocio tan afortunado. Eran ocho +mil reales, amasados trabajosamente entre las dos mujeres, arañados al +jornal de Tónica y a la pobre pensión de Micaela, adquiridos a fuerza de +alimentarse con arroces insípidos los más días de la semana, remendar +los trajes hasta que se deshilachaban de puros viejos y pasar las +veladas a obscuras para evitar el gasto de luz.</p> + +<p>Juanito dudó. No le parecía mal el propósito. Ya que tenía dinero, mejor +que guardarlo en el fondo del arca era emplearlo como cebo, para que la +suerte mordiese en él. Y repitió varias veces esta frase oída a su +principal.</p> + +<p>—Pero...—añadió con marcada indecisión—no sé hasta qué punto +convendrá a ustedes exponer un dinero que tanto les cuesta. Don Ramón es +infalible, pero ¿quién sabe lo que reserva la suerte...? ¿Quieren +ustedes creerme? Nada de jugadas. Esto queda para mi principal y sus +amigos, que tienen mucho corazón. Lo mejor es llevarle el dinero al +señor Morte y rogarle que lo invierta en papel del. Estado. Es un tío +muy largo. Adivina el papel que puede subir y el que va a bajar. Sí él +quiere, el capitalito de ustedes quedará bien colocado; cobrarán ustedes +su renta todos los trimestres, y es fácil que lo que adquieran por cinco +valga diez dentro de poco. Quedamos, pues, en que iremos a ver a don +Ramón.</p> + +<p>¡Afortunado mortal! Desde entonces, su nombre pareció llenar la +habitación, y las dos mujeres le aposentaron en su memoria, imaginándolo +como un ser poderoso, todo bondad, que peloteaba los millones y se +divertía haciendo ricos a los pobres.</p> + +<p>—¿Cuándo vamos a ver a don Ramón?—era la pregunta que hacían las dos +mujeres apenas entraba Juanito en la casa.</p> + +<p>Y la visita la hicieron una mañana que Tónica no tenía trabajo y su +novio pudo abandonar <i>Las Tres Rosas</i>. ¡Qué emoción! En la plaza de la +Reina ya le temblaban las piernas a Micaela, pensando en el arrugado +papel de estraza que contenía los billetes mugrientos, y más aún en que +iba a verse ante aquel señor de quien todos se nacían lenguas. Entraron +en un patio suntuoso, embellecido por la industria más que por el arte +arquitectónico, en el que el escayolado imitaba al mármol y el yeso +moldeado a máquina fingía un artesonado antiguo. En el primer tramo de +la escalera estaba el despacho de don Ramón.</p> + +<p>La antesala parecía de ministerio, y apenas si en los bancos forrados de +terciopelo quedaba espacio libre para los que iban llegando. Los +clientes aguardaban con resignación el turno. Eran curas en su mayoría, +pues don Ramón, persona piadosa y amiga de hacer limosnas por mano de la +Iglesia, figuraba como el banquero del clero, y en las sacristías su +nombre alcanzaba gran prestigio. Los hábitos negros, la discreta media +luz que filtraba al través de los cortinajes de los balcones, esfumando +los adornos de la antesala en una dulce penumbra, y la calma discreta +que reinaba en toda la casa, daban a ésta un ambiente conventual de +profunda paz, dulce y atractivo.</p> + +<p>Juanito y las dos mujeres, después de una hora de espera viendo las +entradas y salidas de los clientes, que andaban con aire discreto, como +influidos por aquel ambiente de seráfica calma, fueron admitidos a la +presencia del gran hombre. Atravesaron la oficina, donde media docena de +pobres diablos plumeaban encorvados, levantando la cabeza para lanzar a +Tónica una mirada rápida. Abriendo una mampara negra, entraron en el +despacho, pieza empapelada de obscuro, con estantes de carpetas verdes y +grandes cromos franceses de santos y santas, que parecían acicalados y +perfumados para asistir a un baile.</p> + +<p>Allí, tras la mesa-ministro, sobre la cual todo estaba arreglado con +nimia pulcritud, mostrábase el famoso banquero. Tónica experimentó una +decepción. Habíalo imaginado majestuoso, imponente, y veía un hombre +raquítico, amarillento, cargado de espaldas, con la cabeza cana y un +bigote recortado, que parecía despegarse de su rostro clerical. Hablaba +golpeando cadenciosamente con una mano el dorso de la otra, y sus ojos +pardos, brillando tras las gafas de oro, eran lo más notable del rostro, +por su expresión extremadamente bondadosa y atenta. Su facilidad de +fisonomista le hizo reconocer inmediatamente a Juanito.</p> + +<p>—Siéntense ustedes... siéntense—dijo con su voz reposada, que marcaba +grandes pausas entre sílaba y sílaba—. ¿Qué hay, pollo? ¿Qué le trae a +usted por aquí?</p> + +<p>El dependiente estaba ruborizado y se expresaba con dificultad, +impresionado por la mirada del grande hombre.</p> + +<p>Don Ramón acogió con noble modestia las expresiones de confianza de su +admirador, y pareció enternecerse con las pocas palabras de Tónica y su +amiga rogándole se dignase aceptar su dinero.</p> + +<p>—Estoy muy atareado para poder encargarme de los asuntos de los +demás.... Sin embargo, basta que vengan con este joven, al que aprecio, +para que me decida a hacer algo por ustedes.... ¿Dice usted, niña, que +son ocho mil reales? Bueno; pues compraremos Cubas: es el mejor papel. +Ahora están a noventa y ocho, pero no tardarán en subir, se lo aseguro a +ustedes. Compraremos Cubas.... Yo no afirmo nada, soy como todos y puedo +equivocarme; pero tal vez... tal vez dentro de un año doblaremos el +capitalito. Sí señor; puede que lo doblemos.</p> + +<p>Y hablaba sonriendo maliciosamente, golpeándose las manos con expresión +satisfecha, como si le bastara un simple guiño para que las dos mil +pesetas se multiplicaran en millones.</p> + +<p>Una corriente de entusiasmo parecía envolver a los tres visitantes. La +fiebre de ganancia que les dominaba por las noches al hablar de negocios +volvía a reaparecer. Ahora, Tónica ya no encontraba tan insignificante a +don Ramón y hasta creía ver en él cierta aureola de hombre de genio.</p> + +<p>El papel de estraza que contenía las privaciones y esperanzas de las dos +mujeres quedó sobre la mesa. Allí estaban los ocho mil reales. Podía +hacer don Ramón lo que quisiera. Ellas confiaban en él como si fuese su +padre.</p> + +<p>—Bueno; compraré Cubas. El pollo pasará por aquí cuando guste, para que +le entere de la marcha del capitalito.</p> + +<p>Y don Ramón les acompañó hasta la mampara, cobijando con mirada amorosa +de padre a sus tres clientes. El dinero quedaba a su espalda, sin +recibo, sin garantía alguna, resguardado por el espíritu de confianza +inquebrantable que circuía la respetable personalidad del banquero +caritativo.</p> + +<p>Al salir los tres, asomaba un nuevo cliente, un hombre de chaqueta y +gorra, industrial, que había abandonado un instante su taller para +alcanzar una palabra del ídolo.</p> + +<p>—Vamos para arriba—dijo el banquero alegremente, sin dejarle terminar +su saludo—. Su capitalito ha aumentado en un cincuenta por ciento. +Tiene usted ya treinta mil pesetas.</p> + +<p>El hombre, pálido de emoción, se contenía para no arrojarse al cuello de +don Ramón y comérselo a besos.</p> + +<p>—¡Gracias, muchas gracias! Es usted mi padre. Y para no estorbar al +grande hombre, huyó, trémulo por la noticia, pensando en sus hijos y en +lo que diría su mujer.</p> + +<p>Los nuevos clientes de don Ramón atravesaron la oficina tan conmovidos +como el otro. ¡Aquel hombre era un santo! Lo mismo decían los que +estaban en la antesala, gente menuda, con blusa unos y chaqués raídos +otros, todos hombres de fe, que llevaban sus ahorros al santuario de la +honradez, y mientras aguardaban el turno cuchicheaban, haciéndose +lenguas de sus virtudes. Dos días antes, don Ramón, al hacer el balance +del mes, notando que resultaban en su favor quinientas pesetas, +procedentes sin duda de un error en la cobranza, había ido a confesar la +involuntaria falta, entregando la cantidad al cura para que la +repartiese entre los pobres.</p> + +<p>Y la noticia circulando de boca en boca, agrandábase, llegando a +arrancar lágrimas de enternecimiento. ¡Qué hombre aquél! No ya el +dinero, sino la propia sangre se le podía dar con entera confianza.</p> + +<p>Micaela y Tónica, al estar en la calle, lanzaron un suspiro de +satisfacción. ¡Dios mío! ¡Qué peso se quitaban de encima!</p> + +<p>Habían dudado un poco antes de entregar sus ahorros, pero ahora sentían +una dulce confianza pensando que quedaban arriba, en manos de un hombre +a quien todos los días nombraban los periódicos con los títulos de +«acaudalado y filantrópico banquero».</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2> + + +<p>La vela del Corpus, con sus anchas listas azules y blancas, sombreaba +desde los altos mástiles la plaza de la Virgen.</p> + +<p>La muchedumbre, endomingada, agitábase en torno de las <i>rocas</i>, +admirando una vez más las carrozas tradicionales que todos los años +salían a luz: pesados armatostes lavados y brillantes, pero con cierto +aire de vetustez, luciendo en sus traseras, cual partida de bautismo, la +fecha de construcción: el siglo XVII.</p> + +<p>Recordaban aquellas enormes fábricas de madera pintada, con su lanza +semejante a un mástil de buque y sus ruedas cual piedras de molino, las +carrozas sagradas de los ídolos indios o los carromatos simbólicos que +güelfos y gibelinos llevaban a sus combates.</p> + +<p>La gente pasaba revista con una curiosidad no exenta de ternura a la +fila de <i>rocas</i>, como si su presencia despertara gratos recuerdos.</p> + +<p>Allí estaba la <i>roca</i> Valencia, enorme ascua de oro, brillante y +luminosa desde la plataforma hasta el casco de la austera matrona que +simboliza la gloria de la ciudad; y después, erguidos sobre los +pedestales los santos patronos de las otras <i>rocas</i>: San Vicente, con el +índice imperioso, afirmando la unidad de Dios; San Miguel, con la +espada en alto, enfurecido, amenazando al diablo sin decidirse a +pegarle; la Fe, pobre ciega, ofreciendo el cáliz donde se bebe la calma +del anulamiento; el Padre Eterno, con sus barbas de lino, mirando con +torvo ceño a Adán y Eva, ligeritos de ropa como si presintiesen el +verano, sin otra salvaguardia del pudor que el faldellín de hojas; la +Virgen, con la vestidura azul y blanca, el pelo suelto, la mirada en el +cielo y las manos sobre el pecho; y al final, lo grotesco, lo +estrambótico, la bufonada, fiel remedo de la simpatía con que en pasadas +épocas se trataban las cosas del infierno, la <i>roca Diablera</i>; Pintón +coronado de verdes culebrones, con la roja horquilla en la diestra, y a +sus pies, asomando entre guirnaldas de llamas y serpientes, los Pecados +capitales, horribles carátulas con lacias y apolilladas greñas, que +asustaban a los chicuelos y hacían reír a los grandes.</p> + +<p>Y todos estos carromatos, legados de la piedad jocosa de pasadas +generaciones, eran admirados por el gentío, que, con un entusiasmo +puramente meridional, se regocijaba pensando en la fiesta de la tarde, +cuando las muías empenachadas se emparejasen en la aguda lanza y los +carromatos conmoviesen las calles con sordo rodar, exuberantes las +plataformas de arremangados mocetones disparando una lluvia de confites +sobre el gentío.</p> + +<p>Así como avanzaba la mañana aumentaba el hormigueo en torno de las +rocas, que, vistas de lejos, destacábanse como escollos sobre el oleaje +de cabezas. El primer sol de verano abrillantaba como espejos las +barnizadas tablas de los carromatos, doraba los mástiles, esparcía un +polvillo de oro en la plaza, daba al gigantesco toldo una transparencia +acaramelada, y este cuadro levantino, fuerte de luz, dulcificábase con +el tono blanco de la muchedumbre, vestida de colores claros y cubierta +con los primeros sombreros de paja.</p> + +<p>A las doce, cuando mayor era la concurrencia, las de Pajares salieron de +la catedral, devocionario en mano y al puño el rosario de nácar y oro. +Regresaban a casa después de oír misa, y al llegar frente a la +Audiencia vieron correr la gente, oyendo al mismo tiempo un lejano +tamborileo.</p> + +<p>—¡La cabalgata! ¡La cabalgata!—gritaba la chiquillería corriendo por +la calle de Caballeros. Y las de Pajares tuvieron que detenerse ante la +muralla de curiosos agolpados al paso de la cabalgata.</p> + +<p>Primero pasaron los portadores de las banderolas, con sus dalmáticas de +seda con las barras aragonesas y altas coronas de latón sobre melenas y +barbazas de estopa; tras ellos el cura municipal, el famoso «capellán de +las <i>rocas</i>», jinete en brioso caballo encaparazonado de amarillo, el +manteo de seda descendiendo desde el alzacuello a la cola del caballo, y +enseñando la limpia y blanca tonsura al saludar con el bonete al público +de los balcones. Y seguían detrás las <i>dansetes</i>, escuadrones de +pillería disfrazada con mugrientos trajes de turcos y catalanes, indios +y valencianos, sonando roncos panderos e iniciando pasos de baile; las +banderas de los gremios, trapos gloriosos con cuatro siglos de vida, +pendones guerreros de la revolucionaria menestralía del siglo xvi; la +sacra leyenda, tan confusa como conmovedora, de la huida a Egipto; los +Pecados capitales, con estrambóticos trajes de puntas y colorines, como +bufones de la Edad Media, y al frente de ellos la Virtud, bautizada con +el estrambótico nombre de la <i>Moma</i>; los Reyes Magos, haciendo prodigios +de equitación; heraldos a caballo; jardineros municipales a pie, con +grandes ramos; carrozas triunfales, todo revuelto, trajes y gestos, como +un grotesco desfile de Carnaval, y alegrado por el vivo gangueo de las +dulzainas, el redoble de los tamboriles y el marcial pasacalle de las +bandas.</p> + +<p>Detrás, presidiendo la comitiva, como muda invitación hecha al público +para asociarse a la fiesta, iban en las carrozas municipales media +docena de señores de frac, tendidos en los blasonados almohadones, +llevando sobre el vientre, como emblema concejil, la roja cincha y +saludando al público con un sombrerazo protector.</p> + +<p>—¡Atrás, niñas!—dijo doña Manuela a sus hijas—. ¡Atrás, que vienen +esos brutos!</p> + +<p>Los brutos eran los de la <i>degòlla</i>: un pelotón de gañanes con la cara +tiznada, gabanes de arpillera con furias pintadas, y coronados de +hierba, que cerraban la marcha, repartiendo zurriagazos entre los +curiosos que ocupaban la primera fila con sus garrotes de lienzo, más +ruidosos que ofensivos.</p> + +<p>Las de Pajares dejaron que se alejase la cabalgata con su estruendo de +tamboriles y dulzainas y siguieron su marcha por las calles cubiertas +con espesa capa de arena para el paso de las rocas.</p> + +<p>A la hora de la comida llegó Andresito a casa de las de Pajares. Lo +enviaban sus papas para hacer el ofrecimiento de todos los años. Ya se +sabía que el balcón de <i>Las Tres Rosas</i> era el mejor del Mercado. +Además, los señores de Cuadros tenían gran satisfacción en recibir a sus +amigos; y más aún ahora que el afortunado bolsista había amueblado a +gusto de los tapiceros, y con una brillantez vulgar propia de café o de +fonda, sus habitaciones, antes tan lóbregas como desmanteladas.</p> + +<p>Doña Manuela y las niñas aceptaron con entusiasmo el ofrecimiento. ¡Vaya +si irían! Y la viuda de Pajares, que tan mal había hablado de Teresa, su +antigua criada, hacía ahora elogios de ella como si fuese una amiga de +la infancia.</p> + +<p>A las tres salía la familia con dirección al Mercado.</p> + +<p>Concha y Amparito llamaban la atención con sus vestidos de vivos colores +y las capotitas de paja, que hacían lucir sobre su cabeza toda una +pradera de flores y musgo. La mamá las contemplaba por la espalda, +experimentando la satisfacción orgullosa de un artista. Obra suya era +aquel lujo, y había que reconocer que las niñas sabían lucirlo. Pero +¡ay, Dios! estremecíase al pensar lo que aquello le costaba y las +terribles intranquilidades del porvenir, ¡Siempre el dinero como eterna +pesadilla, amargándole la existencia, a ella que tanto había gastado!</p> + +<p>Juanito las dejó a la puerta de <i>Las Tres Rosas</i>, para ir en busca de su +novia, y ellas, al subir a las habitaciones de los señores de Cuadros, +encontráronse con una tertulia formada por todos los amigos de la casa: +familias de bolsistas y comerciantes retirados, que imitaban torpemente +los ademanes y gestos que habían podido copiar por las tardes en la +Alameda, paseando en sus carruajes por entre los de la antigua +aristocracia. Hablaban de las modas del verano, «de lo que iba a +llevarse», mientras los hombres, formando grupo cerca de los balcones, +daban en su conversación eternas vueltas en torno del cuatro por ciento +interior y de los billetes hipotecarios de Cuba.</p> + +<p>La esposa de Cuadros, que respondía a sus amigas con sonrisas de conejo +y parecía muy preocupada por pensamientos tristes y misteriosos, +abalanzóse a doña Manuela, saludándola con apretado abrazo y sonoros +besos. Parecía una desesperada que encuentra al fin el medio de +salvación.</p> + +<p>—Tenemos que hablar, doña Manuela—le dijo al oído—. No, ahora no; +después se lo contaré todo. ¡Ay, si usted supiera...!</p> + +<p>Mientras tanto, las niñas de Pajares, las de López el famoso bolsista y +otras amiguitas posesionábanse de los balcones, convirtiéndolos en +pajareras con su charla graciosa y sus ruidosas risas.</p> + +<p>La plaza era un mar multicolor de cabezas. Los balcones estaban +adornados con antiguas colgaduras de sólidos colores, las bocacalles +vomitaban sin cesar nuevos grupos en el compacto gentío, y los pájaros +que anidaban en los árboles del Mercado huían ante la granujería que, +montada en las ramas, silbaba y gritaba a los de abajo, con la confianza +del que está en su propia casa. El sol de verano caldeaba la +muchedumbre, por entre la cual paseaban las chiquillas despeinadas y en +chanclas, con el cántaro en la cadera, pregonando el agua fresca, y los +mocetones de brazos hercúleos y arremangados, con pañuelo de seda en la +cabeza, sosteniendo a pulso las pesadas heladoras y ofreciendo a gritos +la horchata y el agua de cebada.</p> + +<p>Ya habían sonado las cuatro. En los balcones abríanse, como flores +gigantescas, sombrillas de brillantes colores, agitábanse grandes +abanicos con aleteo de pájaro, y abajo la muchedumbre removíase +inquieta, chocando con las apretadas filas de sillas que orlaban el +arroyo.</p> + +<p>Sonó un rugido a un extremo de la plaza, e inmediatamente fue contestado +por un griterío general.</p> + +<p>—¡Ya están ahí...! ¡ya están ahí!</p> + +<p>Y hubo empellones, codazos, remolinos de cabezas, empujando todos al que +estaba delante para ver mejor.</p> + +<p>A lo lejos, empequeñecida por la distancia, apareció la primera <i>roca</i>, +en torno de la cual, como jinetes liliputienses, hacían caracolear sus +caballos los soldados encargados de abrir paso. Un alegre cascabeleo +dominaba los ruidos de la plaza y las voces enérgicas del postillón en +traje de la huerta, que gritaba «¡<i>arre</i>! ¡<i>arre</i>!» manejando con rara +maestría una docena de ramales.</p> + +<p>Las <i>rocas</i>, una tras otra, fueron desfilando por la plaza, produciendo +cada una de ellas una verdadera revolución. Trotaban, arrastrando los +pesados armatostes, las docenas de muías gordas y lustrosas salidas de +las cuadras de los molinos, con los rabos encintados, las cabezas +adornadas con vistosas borlas y entre las orejas tiesos y ondulantes +penachos. Cogidos a sus bridas corrían los criados de los molineros, +atletas de ligera alpargata, despechugados y con los brazos al aire, +que, a la voz de «¡alto!», se colgaban de las cabezadas, haciendo parar +en seco a las briosas bestias. Colgando de las traseras de los +carromatos balanceábanse racimos de chicuelos, que al menor vaivén caían +en la arena, saliendo milagrosamente de entre las patas de los caballos. +En las plataformas iban los de la Lonja, tratantes en trigo, molineros, +gente campechana y amiga del estruendo, que, en mangas de camisa, +botonadura de diamantes y gruesa cadena de oro en el chaleco, arrojaban +a los balcones con la fuerza de proyectiles los ramilletes húmedos y +los cartuchos de confites duros como balas, con más almidón que azúcar.</p> + +<p>Cada <i>roca</i> esparcía el terror y el regocijo a un tiempo. La movible +batería de brazos disparaba ruidosa metralla, cubriendo el aire de +objetos; los cristales caían rotos, y hasta las persianas quedaban +desvencijadas bajo la granizada de confites.</p> + +<p>En los balcones, las señoritas cubríanse el rostro con el abanico, +temerosas al par que satisfechas de que las acribillasen con tan +brutales obsequios. Abajo estaban los bravos, que por un chichón más o +menos no querían mostrar miedo e insultaban a los de las <i>rocas</i> cuando +se agotaban los proyectiles, hasta que aquéllos les arrojaban a la +cabeza los cestones vacíos. Cada vez que caía un cartucho o un ramo +sobre la gente, mil manos se levantaban ansiosas, originándose disputas +por su posesión.</p> + +<p>Pasó por fin la última <i>roca</i>, la <i>Diablura</i>, donde iba la gente de +trueno, más atroz en sus obsequios y tenaz en proporcionar ganancias a +los almacenes de cristales, y la calma se restableció en la plaza, +comenzando a aclararse el gentío.</p> + +<p>En casa de Cuadros, las señoras, cansadas de permanecer tanto tiempo de +pie en los balcones, iban en busca de los mullidos asientos de las +salas. En un balcón, completamente solas, estaban doña Manuela y la +señora de Cuadros, cobijándose ambas bajo la misma sombrilla, afectando +mirar a los transeúntes y hablando en voz baja con tono grave y +misterioso.</p> + +<p>La viuda de Pajares mostrábase maternal y daba consejos a su amiga con +cierta altiva superioridad. Vamos a ver, ya estaban solas. ¿Qué era +aquello? ¿Algún disgusto de familia? Podía hablar con entera franqueza, +pues ya sabía el gran interés que le inspiraba todo lo de su casa. Pero +doña Manuela, a pesar de su superioridad, no pudo ocultar la sorpresa +que le produjo conocer la verdad.</p> + +<p>¡Vaya con el señor de Cuadros! ¡Quién iba a imaginarse una cosa así...! +Todos los hombres son lo mismo. No hay que fiarse de ellos, y más si han +sido tranquilos en su juventud, pues ya es sabido que «el que no la +hace a la entrada la hace a la salida». Lo mismo le había ocurrido a +ella con el doctor. Se casó, creyendo que un hombre grave, que tan +enamorado se mostraba, no podía serle infiel; y sin embargo, ya tenía +ella que contar de los últimos años de matrimonio.</p> + +<p>—Ni Santa Rita de Casia, amiga Teresa, sufrió tanto como yo con aquel +hombre endemoniado. En fin, usted ya lo sabe.... Pero cuente usted. A lo +que estamos, que lo mío ya pasó y a nadie interesa.</p> + +<p>Y doña Manuela, como persona inteligente en el asunto, escuchaba la +relación de la pobre Teresa, que balbuceaba y tenía que hacer esfuerzos +para no llorar. Por la mañana lo había descubierto todo. Bien es verdad +que ya recelaba algo, en vista del despego con que la trataba su +Antonio. Pero ¿quién podía imaginarse que aquel hombre se atreviera a +tanto? Ella le creía ocupado únicamente en ganar dinero para su casa; y +aquella mañana, al limpiar una de sus chaquetas, había encontrado en el +bolsillo interior una carta que le costó gran trabajo leer, porque ella +no estaba fuerte en estas cosas.</p> + +<p>—¿Y de quién era?—preguntó la viuda con curiosidad ansiosa.</p> + +<p>—De una tal Clarita. Pero ¡qué carta, doña Manuela! ¡Qué cosas tan +indecentes había en ella! Parece imposible que hombres honrados y con +hijos puedan leer tales porquerías.</p> + +<p>Y la pobre mujer ruborizábase, mostrando en su cara nacida y lustrosa de +monja enclaustrada la misma expresión de vergüenza que si fuese ella la +autora de la carta.</p> + +<p>—Pero ¿quién es esa Clarita? ¡Valiente apunte será la tal...!</p> + +<p>—Aguarde usted; apenas me enteré de todo sentí ganas de irme a la cama, +donde todavía estaba Antonio, para arañarle.... No se ría usted, doña +Manuela; hubiera querido ser hombre, para hacer una barbaridad.... ¡Pero +una vale tan poco...! Además, cuando se es honrada y se quiere al +marido, se le tiene respeto y no se atreve una a ciertas cosas. Antonio +sabe mucho y es capaz de hacerme ver que lo blanco es negro.</p> + +<p>Y la buena Teresa, a pesar de su encono, sentíase dominada por la +admiración que profesaba a su marido, aquel modelo, «aunque le estuviera +mal el decirlo».</p> + +<p>—Pero ¿qué hizo usted?</p> + +<p>—Lo primero que se me ocurrió fue averiguar quién era la tal Clarita, y +como en su carta le encargaba <i>al mío</i> que fuese a ver al dueño de su +casa para pagarle un trimestre, indicándole dónde vive ese señor, fui +allá esta mañana, después de oír misa, y supe que la tal inquilina está +en la calle del Puerto, en un entresuelito que le han ido pagando en +diferentes épocas otros señores de la Bolsa tan imbéciles como mi +Antonio.</p> + +<p>—¿Y no averiguó usted más?</p> + +<p>—¡Buena soy yo para dejarme las cosas a medio hacer! Fui también a la +calle del Puerto, hice hablar a la portera, y... ¡ay, doña Manuela, qué +cosas supe! Parece imposible que se consienta la vida de unas mujeres +así. La tal Clarita es una perdida, ¿sabe usted, doña Manuela? Lo repito +tal como me lo dijo aquella mujer. ¡Válgame Dios, y qué cosas me contó! +Toda la calle se fija en ella y se burla de su lujo y sus pretensiones. +La portera me dijo que hace dos años vendía géneros de punto aquí, en el +Mercado; pero ahora se da el tono de una princesa y habla de su mamá, +una <i>tianga</i> que cuando no le da un duro le chilla desde el patio y arma +escándalo para que se entere toda la calle. ¡Ay, doña Manuela! ¡Que mi +marido se haya metido en semejante podredumbre...! Porque si usted la +viera, se asombraría de que los hombres puedan caer en tal tentación. La +portera me la enseñó estando en su balconcito, con una bata muy lujosa, +que bien puedo decir que me la ha robado a mí. ¡Y era fea, doña Manuela, +muy fea! Huesos y pellejo nada más; pero con unos ojos de desvergonzada, +que es sin duda lo que les gusta a los hombres.... ¡Mi Antonio, un +hombre tan serio, con esa mala piel! ¡Ay, doña Manuela de mi alma, yo +creo que me va a dar algo!</p> + +<p>Y la pobre mujer, no pudiendo resistir más, cubríase con el abanico los +lacrimosos ojos, mientras doña Manuela le recomendaba la serenidad.</p> + +<p>—No llore usted, Teresa; eso es lo que le gustaba al mío. Los hombres +gozan haciéndonos padecer. Todo menos llorar. Cuando usted hable con +Antonio, muéstrese seria y altiva. Nada de cariño; si no, los muy pillos +se esponjan y se engríen.</p> + +<p>—¿Hablarle yo? No señora. No tengo valor para tanto. Además, tiemblo al +pensar lo que ocurriría en esta casa si yo hablase. ¿Qué pensaría mi +pobre Andresito? ¿Qué diría don Eugenio, que es la honradez +personificada? Y la verdad es que debía hablar a mi marido para abrirle +los ojos, pues aunque resulte un malvado en casa, es un tonto fuera de +ella. Esa mujer le engaña y se burla de él. Me lo ha dicho la portera y +lo sabe toda la calle. Antonio es quien sostiene los gastos de la casa; +pero cuando él no está entran como visitas los corredores jóvenes, toda +la pollería de la Bolsa, que se burla de mi marido. ¡Ay, Señor, qué +vergüenza! ¡Y ese hombre tan satisfecho y tan tranquilo, sin acordarse +de que tiene mujer y un hijo y que su nombre es muy respetado en la +plaza...!</p> + +<p>Teresa gimoteaba tras el abanico, y doña Manuela, a pesar de su +curiosidad, en fuerza de mirar a la plaza acabó por distraerse.</p> + +<p>Comenzaban los preparativos de la procesión. Las bandas militares +atronaban las calles inmediatas con sus ruidosos pasodobles, y rompiendo +el gentío pasaban los regimientos, con los uniformes cepillados y +brillantes, moviendo airosamente al compás de la marcha los rojos +pompones de gala y las bayonetas, doradas por los últimos resplandores +del sol.</p> + +<p>Pasaban los invitados a la procesión caminando apresuradamente, muy +satisfechos de atraer la atención de la embobada muchedumbre: unos de +frac, luciendo condecoraciones raras; otros con uniforme de Maestranzas +y Órdenes de caballería, vestimentas extrañas, con el sombrero apuntado +y la casaca de vistosos colorines, que daban a sus poseedores el +aspecto de pájaros exóticos.</p> + +<p>Las dos amigas volvieron a reanudar su conversación. Doña Manuela, con +aire maternal, daba consejos a la desconsolada esposa: ella, en lugar de +Teresa, daría un disgusto al esposo infiel echándole en cara su +conducta.... ¿Que no se atrevía? Pues esto es lo que ella hacía con el +difunto doctor Pajares.... En fin, cada una tiene su carácter.</p> + +<p>Pero Teresa, aunque daba por muy acertadas todas las palabras de su +amiga, asustábase ante la suposición de tener que reñir al marido por su +conducta. ¡Ah, si ella tuviera una persona que se interesase por su +suerte y la de la casa, qué gran favor le haría encargándose de +sermonear a aquel hombre que, a pesar de sus bigotazos y sus palabras +campanudas, se dejaba engañar como un niño! ¡Qué obra tan caritativa +lograr que aquel hombre alejado de los afectos de la familia volviese a +ser buen padre y buen marido!</p> + +<p>Y Teresa miraba ansiosamente a su altiva amiga al formular tales deseos. +No necesitó más doña Manuela. Ella se encargaba de ser esa persona que, +velando por la moral de la familia, devolviese el marido infiel a los +brazos de la esposa resignada. Y la viuda se crecía al hacer tales +ofrecimientos, adoptando una actitud teatral y asegurando que realizaría +tal conquista, aunque para ello necesitase de algún tiempo.</p> + +<p>Las dos mujeres, ya que no pudieron abrazarse en su rapto de +enternecimiento, por hallarse en el balcón, se estrecharon conmovidas +las manos, y así estuvieron largo rato, hasta que vinieron a sacarlas de +su triste arrobamiento los gritos de las jóvenes que ocupaban el balcón, +inmediato.</p> + +<p>—¡La procesión! ¡Ya está ahí la procesión! A este grito, las señoras +mayores abandonaron las butacas de la sala, para apelotonarse en los +balcones, teniendo a sus espaldas a los caballeros, que de vez en cuando +se alzaban sobre las puntas de los pies para ver mejor.</p> + +<p>En el extremo de la plaza aparecieron las banderolas con las rojas +barras de Aragón, y sonaron dulzainas pausada y majestuosamente, tañendo +las melancólicas danzas del tiempo de los moriscos. Detrás iban los +<i>enanos</i>, con sus enormes cabezas de cartón, que miraban a los balcones +con los ojos mortecinos y sin brillo. Y entre el repique de las +castañuelas y redoble de los atabales, avanzaban las cuatro parejas de +<i>gigantes</i>, enormes mamarrachos cuyos peinados llegaban a los primeros +pisos y que danzaban dando vueltas, hinchándose sus faldas como un +colosal paracaídas.</p> + +<p>Entraron en la plaza las banderas de los gremios, llevando en su remate +la imagen del santo patrón del oficio; y era de ver el entusiasmo con +que aplaudía el público los prodigios de equilibrio de los portadores +sosteniéndolas enhiestas sobre la palma de la mano, moviéndolas a compás +del redoble de los enormes y viejos tambores que hacían sonar los toques +de los tercios obreros en la guerra de las Germanías.</p> + +<p>Después comenzó la parte monótona de la procesión. Un desfile de más de +cien imágenes con sus correspondientes cofradías y asilos; más de un +millar de cabezas que pasaban por debajo de los balcones con la raya +partida y el pelo aceitoso o rizado. Al compás de los valses o marchas +fúnebres que entonaban las bandas, contoneábanse los devotos cirio en +mano; y el desfile de santos continuaba, lento, monótono, aplastante: +unos, desnudos, con las carnes ensangrentadas y sin otra defensa del +pudor que unas ligeras enagüillas; otros, vestidos con pesados ropajes +de pedrería y oro. Pasaban los mártires con el rostro contraído por un +gesto de fiero dolor, los místicos con los brazos extendidos y los ojos +velados por el éxtasis de la felicidad; y tan pronto aparecía un santo +con dorada mitra o rizada sobrepelliz, como lucía otro sobre su cabeza +el acerado casco de guerrero.</p> + +<p>La multitud se arremolinó, movida por el regocijo, y exclamaciones de +alegre curiosidad salieron de muchas bocas. Desfilaba la parte grotesca +de la procesión, conservada por el espíritu tradicional como recuerdo +de las épocas más religiosas de nuestra historia, que unían siempre el +regocijo a la devoción.</p> + +<p>En larga fila, contestando a las cuchufletas y carcajadas del gentío con +burlescos saludos, aparecían las figuras más salientes del gran poema +bíblico. David, con corona de latón, barba de crin y el floreado manto +barriendo los adoquines, avanzaba pulsando los bramantes de su arpa de +madera; Noé, encorvado como un arco, apoyado convulsivamente en su +bastoncillo, enseñaba el palomo que llevaba en su diestra a aquella +muchedumbre que reía locamente ante esta caricatura de la vejez; detrás +venía Josué, un mozo de cordel vestido de centurión romano, apuntando +con una espada enmohecida a un sol de hoja de lata y caminando a grandes +zancadas como un pájaro raro; y cerraban el desfile las heroínas +bíblicas, las mujeres fuertes del Antiguo Testamento, que salvaban al +pueblo de Dios cortando cabezas o perforando sienes con un clavo, +representadas todas ellas por mancebos barbilampiños, embadurnadas las +mejillas con albayalde y bermellón y vestidos con trajes de odaliscas. +Su paso producía escándalo. Las mujeres sonreían, y no faltaban chuscos +que requebraban a aquellos mamarrachos, como si realmente fuesen jóvenes +disfrazadas.</p> + +<p>Después venía la parte seria e interesante de la procesión, y el +alboroto del gentío cesó instantáneamente.</p> + +<p>Desfilaban los cleros parroquiales con sus áureas cruces; los +seminaristas con la frente baja y los ojos en el suelo, cruzadas las +manos sobre el pecho; y en toda la extensión de la plaza, a la luz de +los cirios, que brillaban con más fuerza en el crepúsculo, veíanse dos +filas interminables de deslumbrante blancura, compuestas por los rizados +roquetes y las albas de ricas blondas. Entre esta oleada de blanca +espuma, pasaban llevadas en andas las reliquias en sus ricas urnas, las +imágenes de plata con una ventana en el pecho, tras cuyo vidrio +marcábase confusamente el cráneo del bienaventurado.</p> + +<p>Luego volvía a reanudarse la parte teatral de la solemnidad. Todas las +extraordinarias visiones del soñador de Patmos, cuantas alucionaciones +había consignado el evangelista Juan en su Apocalipsis, pasaban ante el +gentío, sin que es Le, después de contemplarlas tantos años, adivinase +su significación. Desfilaban los veinticuatro ancianos con albas +vestiduras y blancas barbas, sosteniendo enormes blandones que +chisporroteaban como hogueras, escupiendo sobre el adoquinado un +chaparrón de ardiente cera; seguíanles las doradas águilas, enormes como +los cóndores de los Andes, moviendo inquietas sus alas de cartón y +talco, conducidas por jayanes que, ocultos en su gigantesco vientre, +sólo mostraban los pies calzados con zapatos rojos; y cerraba la marcha +el apostolado, todos los compañeros de Jesús, con trajes de ropería, en +los que eran más las manchas de cera que las lentejuelas; e intercalados +entre ellos, niños con hachas de viento, vestidos como los indios de las +óperas, pero con aletas de latón en la espalda, para certificar que +representaban a los ángeles.</p> + +<p>La procesión estaba ya en su última parte. Desfilaban los invitados, una +avalancha de cabezas calvas o peinadas con exceso de cosmético, una +corriente incesante de pecheras combadas y brillantes como corazas, de +negros fracs, de condecoraciones anónimas y de un brillo escandaloso, de +uniformes de todos los colores y hechuras, desde la casaca y el espadín +de nácar del siglo pasado hasta el traje de gala de los oficiales de +marina. Los papanatas asombrábanse ante las casacas blancas y las cruces +rojas de los caballeros de las órdenes militares, honrados y pacíficos +señores, panzudos los más de ellos, que hacían pensar en el aprieto en +que se verían si por un misterioso retroceso de los tiempos tuvieran que +montar a caballo para combatir a la morisma infiel.</p> + +<p>La muchedumbre permanecía embobada. El aparato religioso, las imágenes +de plata, los cleros entonando sus himnos a voces solas, las +interminables cofradías, no la habían impresionado tanto como este +continuo desfile de grandezas humanas; y sus ojos se iban deslumbrados +tras las fajas de los generales, las placas que centelleaban como soles, +los bordados de caprichoso arabesco, las empuñaduras cinceladas y +brillantes y las bandas de moaré que cruzaban los pechos como un arroyo +ondeante de colorines.</p> + +<p>Arriba, en los balcones, la curiosidad señalaba con el dedo a los +personajes conocidos que se mostraban a la luz de los cirios, y las +cabezas erguidas de algunos invitados cruzaban saludos con las señoras, +sin perder por esto el gesto de gravedad propio de las circunstancias.</p> + +<p>Acercábase el epílogo de la procesión. Sonaba a lo lejos la grave +melopea de la marcha solemne y religiosa que entonaba la banda militar. +Las cornetas de los regimientos formados en la carrera batían marcha; y +mientras los soldados requerían su fusil para inclinarse al paso del +Sacramento, la muchedumbre agitábase para ganar un palmo de terreno +donde hincar las rodillas.</p> + +<p>Estallaban luces de colores, y a su resplandor, tan pronto blanco como +rojo, veíanse a lo lejos, terminando la doble fila de cirios, los +sacerdotes con capas de oro, manejando los incensarios, con un continuo +choque de cadenillas de plata, en el fondo de una nube de azulado y +oloroso humo; sobre ella, agitándose dorado y tembloroso entre sus +deslumbrantes varas, el palio, que avanzaba lentamente, y bajo la +movible tienda de seda, como un sol asomando entre nubes de perfumes, la +deslumbrante custodia, que hacía bajar las cabezas, como si nadie +pudiera resistir la fuerza de su brillo.</p> + +<p>El poético aparato del culto católico imponíase a la muchedumbre con +toda su fuerza sugestiva. Las mujeres llevábanse las manos a los ojos, +humedecidos sin saber por qué, y las viejas golpeábanse con furia el +pecho, entre suspiros de agonizante, lanzando un «¡Señor, Dios mío!» que +hacía volver con inquietud la cabeza a los más próximos.</p> + +<p>Caía de los balcones una lluvia de pétalos de rosa, volaba el talco como +nube de vidrio molido, estallaban luces de colores en todas las +esquinas, y entre el perfume del incienso, el agudo reclamo de las +cornetas, la grave lamentación de la música, la melancólica salmodia de +los sacerdotes y el infantil balbuceo de las campanillas de plata, +avanzaba el palio abrumado por la lluvia de flores, iluminado por el +resplandor de incendio de las bengalas; y el sol de oro, mostrándose en +medio de tal aparato, enloquecía a la muchedumbre levantina, pronta +siempre a entusiasmarse por todo lo que deslumbra, e inconscientemente, +lanzando un rugido de asombro, empujábanse unos a otros, como si +quisieran coger con sus manos el áureo y sagrado astro, y los soldados +que guardaban el palio tenían que empujar rudamente con sus culatas para +conservar libre el paso.</p> + +<p>«Aquello entusiasmaba, abría el corazón a la esperanza»; y por esto el +señor Cuadros, que desde que era tan afortunado en la Bolsa se permitía +tener ideas conservadoras, murmuró como un oráculo:</p> + +<p>—¡Y aún dicen que no hay fe! Por fortuna, la religión de nuestros +padres vive y vivirá siempre. Aquí quisiera ver yo a los impíos. La +religión es lo único que puede contener a toda esa gente de abajo.</p> + +<p>Los otros bolsistas aprobaban con movimientos de cabeza, y su esposa le +miró con asombro y escándalo al mismo tiempo. Sin duda pensaba en +Clarita, no pudiendo comprender cómo faltaba a sus deberes un hombre que +decía cosas tan sensatas y dignas de respeto.</p> + +<p>Tras el palio, la gente admiraba un nuevo grupo de capas de oro, sobre +las cuales sobresalía la puntiaguda mitra y el brillante báculo. +Después, ajustando sus pasos al compás de la marcha musical, desfilaban +los rojos fajines y los portacirios de plata de los concejales; y por +fin, con un tránsito obscuro de la luz a la sombra, pasaba la negra +masa de la tropa, en la cual los instrumentos de música lanzaban +amortiguados destellos y los filos de las bayonetas y los sables +brillaban como hilillos de luz.</p> + +<p>Cuando ya la procesión había salido de la plaza y la escolta de +caballería conmovía el adoquinado con su sordo pataleo, los señores de +Cuadros y sus amigos abandonaron los balcones, entrando en el salón, +profusamente iluminado.</p> + +<p>Las burguesas de exuberantes carnes y respiración angustiosa dejábanse +caer en los mullidos sillones, fatigadas por tan largo plantón, mientras +las niñas correteaban o volvían como distraídas a los balcones, para ver +si en la obscura plaza, perfumada de incienso, permanecía aún el grupito +de adoradores.</p> + +<p>—Pasen ustedes—decía doña Teresa rodando en torno de sus amigas, que +no se decidían a abandonar los asientos—. Hagan ustedes el favor de +seguirme. Vamos al comedor; allí hace más fresco.</p> + +<p>Todos adivinaban lo que significaba tal invitación. ¡Oh, no señora; +muchas gracias! Ellos no podían permitir tantas molestias. Pero las +mamas abandonaron, sus asientos perezosamente, estirándose el arrugado +cuerpo del vestido de seda; y seguidas por las niñas, fueron al comedor, +donde ya estaban el señor Cuadros y sus amigos.</p> + +<p>¡Magnífica sorpresa! Todos los años se repetía, y no había nadie entre +los invitados que no la esperase. Pero había que repetir la frase +sacramental, las excusas de rúbrica, y mientras todos aseguraban que no +tenían sed y preguntaban con enfado a los dueños de la casa por qué se +molestaban, la lengua, seca por el calor, parecía pegarse al paladar, y +los ojos se iban tras las tazas de filete dorado que contenían el +humeante chocolate, las anchas copas azules, sobre las cuales erguían +los sorbetes sus torcidas monteras rojas o amarillas, y las maqueadas +bandejas cubiertas de dulces. Había que resignarse y no hacer un desaire +a los señores de la casa. Y a los pocos minutos ya estaban +amigablemente en torno de la mesa, con el mantel cubierto de migajas de +bizcocho, las jícaras de chocolate vacías y clavando barquillos en las +entrañas de los sorbetes.</p> + +<p>Doña Manuela hablaba con el señor Cuadros, Teresa la había colocado +junto a su marido, con la esperanza de lograr su catequización. Aquella +señora, que tanto sabía y tan grande experiencia había adquirido en las +miserias matrimoniales, era su única esperanza.</p> + +<p>La viuda hablaba con su antiguo dependiente, sonriendo. ¡Cómo había +cambiado aquel hombre! Doña Manuela, experta conocedora, notaba en él +cierto atrevimiento, como el muchacho que se emancipa de la autoridad +maternal y se lanza en plena vida de locuras.</p> + +<p>La viuda, siempre sonriente, se asombraba de sus frases de doble +sentido, de los guiños picarescos con que acompañaba sus palabras, y +hasta le parecía ¡oh poder de la ilusión! que había en su persona un +perfume extraño que comenzaba a crispar los nervios de doña Manuela, +algo del ambiente de aquella mala piel de la calle del Puerto, que el +protector se había traído sin duda a su hogar honrado.</p> + +<p>Mientras tanto, Teresa, sin dejar de atender a los convidados y de +abrumarles con obsequios, no quitaba los ojos de su marido y de la +bondadosa amiga. Doña Manuela experimentaba una profunda conmiseración +cada vez que se fijaba en la pobre esposa. ¡Bueno estaba su marido para +intentar conversiones! El señor Cuadros era un hombre perdido para +siempre, un hambriento que había gustado el fruto prohibido, tras muchos +años de vida obscura y laboriosa, sin saber lo que era juventud y +trabajando como una bestia de carga. Antes moriría que hallarse saciado. +Nada podría adelantar su esposa alejándolo de Clarita. Los calaveras +cincuentones resultan terribles por su candidez, y aunque los aíslen, +son capaces de enamorarse de la criada de la casa.</p> + +<p>Doña Manuela afirmábase aún más en esto al notar lo que ocurría en +torno de ella. ¿De quién era aquel pie que debajo de la mesa pisaba el +suyo? ¿Qué rodilla era la que tan audazmente acariciaba su falda de +seda? Del señor Cuadros, de aquel honrado padre de familia que +contestaba a sus palabras con melosos gestos y parecía medirla de arriba +abajo con sus ojos encandilados.</p> + +<p>¡Pobre Teresa! Tal vez se imaginaba que las palabras de doña Manuela +conmovían al descarriado, haciéndole entrar en el camino del +arrepentimiento; no adivinaba ni aun remotamente que su marido, por una +aberración extraña, en la que entraba por mucho el amor propio, +comenzaba a entusiasmarse con la belleza algo marchita de la esposa de +su antiguo principal.</p> + +<p>La viuda sentíase molestada por tales audacias; agitábase nerviosa en su +asiento, pero callaba y seguía sonriendo. Pensaba en que la situación +imponía disimulo, y que la amistad del matrimonio Cuadros le era muy +necesaria para salvarla en sus apuros de señora en decadencia, acosada +por las deudas. Además, el porvenir de su hija, de su Amparito, estaba +allí, y la viuda lanzaba una mirada de ansiedad maternal al extremo de +la mesa, donde estaba la niña junto a Andresito, recibiendo con gestos +de gatita mimosa los dulces y las palabras de su novio.</p> + +<p>Tras media hora de sobremesa, se disolvió la reunión. Los hombres iban +en busca de sus sombreros y las señoras besuqueábanse al despedirse, +murmurando todas el mismo saludo:</p> + +<p>—Hasta el año que viene. Que Dios nos conserve a todos la salud, para +ver la procesión.</p> + +<p>Fueron desfilando todas las familias, y al fin quedaron solas las de +Pajares, que esperaban a Juanito o Rafael para que las acompañase a +casa.</p> + +<p>El señor Cuadros seguía acosando a doña Manuela Ésta se había levantado, +huyendo de las audaces intimidades por debajo de la mesa, pero el +bolsista la seguía para continuar su conversación. Ahora los dos estaban +junto a Teresa, y el marido sólo se permitía frases amables y recuerdos +sobre la gran amistad que siempre había unido a las dos familias.</p> + +<p>—Los chicos tardarán en venir—dijo don Antonio—. Rafael estará con +sus amigos; y en cuanto a Juanito, le atraen obligaciones ineludibles. +Me han dicho que ahora tiene novia y está loco por ella. ¡La juventud! +¡Oh, qué gran cosa! Ya conozco yo eso, ¿verdad, Teresa?</p> + +<p>Y como si presintiese lo que pensaba su mujer y quisiera apaciguarla de +antemano, lanzaba a la obesa señora una mirada de ternura, como un +hombre honrado y de costumbres intachables recordando su tranquila luna +de miel.</p> + +<p>Doña Manuela estaba admirada. Decididamente, la tal Clarita había +cambiado a aquel hombre. Era un tuno. Y en vez de indignarse por la +crueldad con que mentía e intentaba engañar a su mujer, la viuda +comenzaba a encontrarlo simpático, viendo en él como una resurrección de +su segundo marido, de aquel doctor calavera al que tanto había amado.</p> + +<p>—Si ustedes quieren, las acompañaremos Andresito y yo.</p> + +<p>Doña Manuela, animada por un instinto pudoroso, intentó excusarse.</p> + +<p>—Sí; Antonio las acompañará—se apresuró a decir Teresa.</p> + +<p>Ya la pobre mujer la rogaba con su mirada que aceptase, como si fuese +para ella una esperanza que su marido prolongase la conversación con la +viuda. ¡Quién sabe cuántas cosas podía decir doña Manuela al marido +infiel!</p> + +<p>No hubo medio de excusarse. Las de Pajares salieron acompañadas por +Andresito y don Antonio, siguiéndolas con su vista ansiosa la crédula +Teresa. ¡Dios mío, que se ablandara el corazón de aquel hombre, para que +no la martirizase escandalizando a la familia y los amigos!</p> + +<p>Abajo, en la cerrada tienda, encontraron a don Eugenio, siempre con la +gorrita de seda, el cual acogió con gesto huraño a su antiguo +dependiente. Las de Pajares y sus dos acompañantes siguieron por una +acera del Mercado. Delante, las dos niñas con Andresito; Concha +malhumorada y ceñuda porque en todo el día no había visto al elegante +Roberto, y Amparo muy satisfecha de poder lucir un novio, para molestia +de su hermana. Detrás, el señor Cuadros dando el brazo a doña Manuela, +apretándola intencionadamente el codo sobre su cadera cada vez que +soltaba una palabrita atrevida y contoneándose como un invencible +conquistador.</p> + +<p>Fue algo más que acompañar a las de Pajares lo que hicieron el padre y +el hijo. Subieron con ellas, permanecieron de visita más de una hora, +cantó Amparito para obsequiar a su futuro suegro, y cuando salieron a la +calle, el padre y el hijo marchaban como compañeros unidos +fraternalmente por una común empresa.</p> + +<p>Sólo habían transcurrido algunos meses, pero estaban ya lejanos para +Cuadros aquellos tiempos en que el tendero de costumbres tranquilas y +rutinarias se indignaba al saber que su hijo iba a los bailes y le +esperaba tras la puerta empuñando fieramente la vara de medir.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2> + + +<p>A las cuatro de la tarde entraban las de Pajares en el paseo de la +Alameda.</p> + +<p>Era domingo, y la animación ruidosa y expansiva de los días festivos +inundaba la acera izquierda del paseo. El tiempo era hermoso: una tarde +de verano, con el cielo limpio de nubes, y en lo más alto, como un jirón +de vapor tenue y apenas visible, la luna, esperando pacientemente que le +llegase el turno para brillar. Las largas filas de rosales, los macizos +de plantas, toda esa jardinería mutilada y corregida por las tijeras del +hortelano, reverdecía con el soplo cálido de la tarde y se cubría de +flores, uniendo sus simples perfumes a la estela de esencias que dejaban +las señoras tras su paso.</p> + +<p>Por el arroyo central daban vueltas y más vueltas, como arcaduces de +noria, los carruajes alineados en interminable rosario. Las torres de +los guardas erguían sus caperuzas de barnizadas tejas por encima de los +árboles, y a los dos extremos del paseo, empequeñecidas por la +distancia, destacábanse sobre el verde fondo las monumentales fuentes +con sus figuras mitológicas ligeras de ropa. Era la hora en que el paseo +adquiría su aspecto más brillante. A todo galope de los briosos caballos +bajaban carretelas y berlinas, y por las aceras del paseo desfilaban +lentamente, con paso de procesión, las familias endomingadas. Los verdes +bancos no tenían ni un asiento libre. Un zumbido de avispero sonaba en +el paseo, tan silencioso y desierto por las mañanas, y algunas familias +ingenuas conversaban a gritos, provocando la sonrisa compasiva de los +que pasaban con la mano en la flamante chistera, saludando con rígidos +sombrerazos a cuantas cabezas asomaban por las ventanillas de los +carruajes.</p> + +<p>Lo que atraía la atención de todos era el desfile incesante de coches, +símbolos de felicidad y bienestar en un país donde el afán de +enriquecerse no tiene más deseo que no ir a pie como los demás mortales.</p> + +<p>Piafaban los caballos con la boca llena de espuma, esparciendo en torno +el pajizo olor de las cuadras, y de vez en cuando un relincho contagiaba +a toda la línea de brutos briosos, que parecían contestar con nerviosos +pataleos a este llamamiento de libertad. Los cocheros, enfundados en sus +blancos levitones, exhibían desde lo alto de los pescantes, sus caras +afeitadas y carrilludas de cómicos obesos o párrocos bien conservados, y +miraban con cierto desprecio a toda aquella muchedumbre que les obligaba +a pasar unas cuantas horas de tedio. En la larga fila de vehículos +estaba el antiguo faetón, balanceándose sobre sus muelles como una +enorme caja fúnebre y encerrando en su acolchado interior toda una +familia, incluso la nodriza; la ligera berlina, con sus ruedas rojas o +amarillas; la carretela, como una góndola, meciéndose a la menor +desigualdad del suelo, y la galerita indígena, transformación elegante +de la tartana y símbolo de la pequeña burguesía, que, detenida en mitad +de su metamorfosis social, tiene un pie en el pueblo, de donde procede, +y otro en la aristocracia, hacia donde va.</p> + +<p>Parecía existir una barrera invisible e infranqueable entre la gente que +paseaba a pie y aquellas cabezas que asomaban a las ventanillas, +contrayéndose con una sonrisa siempre igual cuando recibían el saludo +de las personas conocidas. Grupos de jinetes mezclados con jóvenes +oficiales de caballería caracoleaban por entre los carruajes, +tendiéndose algunas veces sobre el cuello de sus cabalgaduras para +hablar al través de una portezuela. Las de Pajares contemplaban con +nostalgia de desterradas el paso de los carruajes. ¡Gran Dios, qué +tarde! ¡Se acordarían de ella toda la vida! Era la primera vez que iban +a pie a la Alameda. Las niñas, a pesar de sus elegantes trajes, creían +que todos se fijaban en ellas para sonreír compasivamente, y doña +Manuela marchaba erguida, con altivez dolorosa, poco más o menos como +Napoleón en Santa Elena después de la denota. La viuda presentía su +ruina. Ya no eran las deudas y los apuros pecuniarios las amarguras de +la vida; ahora, la fatalidad, según ella decía, complacíase en agobiarla +con nuevos golpes, quitando a la familia los escasos medios que la +restaban para sostener su prestigio.</p> + +<p>Aquella mañana había sido de prueba para las de Pajares. Nelet el +cochero subió muy alarmado a dar cuenta a sus señoras de que el caballo +estaba enfermo. El suceso no era para tomarlo a risa. No se trataba de +un cólico vulgar, y la pobre bestia, sostenedora inconsciente del +prestigio de la familia, revolcábase abajo, en la obscura y húmeda +cuadra, quedando panza arriba y con las patas agitadas por un temblor +convulsivo. La situación fue ridícula y conmovedora. Tantos años de +servicios habían establecido cierto afecto entre las señoras y la brava +bestia, que era considerada casi como de la familia. Doña Manuela, +recogiéndose la cola de su bata teatral, bajó a la cuadra, no pasando de +la puerta por miedo al caballo, que se revolcaba furioso.</p> + +<p>Llamaron al mejor veterinario de la ciudad; pero el caballo no mejoraba, +y por la tarde desvaneciéronse las ilusiones que tenían las niñas de +pasear en carruaje. Casi adquirieron la certeza de que el pobre caballo +no saldría de la enfermedad. ¿Qué iban a hacer ellas cuando se vieran +confundidas entre las cursis que paseaban a pie por la Alameda? ¿Qué +dirían las amigas al ver que transcurría el tiempo y la hermosa +galerita, de que tan orgullosas estaban, permanecía arrinconada en la +cochera? Porque las dos, aunque su mamá, por no entristecerlas, las +ocultaba el estado de la casa, tenían pleno conocimiento de los apuros +de la familia y estaban seguras de la imposibilidad de reemplazar el +viejo pero brioso caballo por otro que valiese tanto como él.</p> + +<p>Después de comer, la madre y las hijas sentáronse en el salón, y allí +permanecieron más de una hora, silenciosas, hurañas y malhumoradas. El +día era magnífico; pero no, no saldrían: primero monjas que el mundo se +enterase de su decadencia, de sus privaciones tan hábilmente ocultadas.</p> + +<p>Pero las tres no podían resignarse a pasar un día dentro de casa. +Además, por los balcones entraba el sol y soplaba un aire cargado de +perfume irritante del verano. Pensaban involuntariamente en los verdes +campos, en el paseo exuberante de gentío, en el placer de andar +lentamente bajo las ladeadas sombrillas, viendo caras nuevas y +contestando al saludo de los amigos; y por fin, la madre y las hijas no +pudieron resistir más y comenzaron a vestirse.</p> + +<p>—No hay que ser tan escrupulosas—dijo doña Manuela—. Todos nos +conocen, y porque un día nos vean salir a pie no van a imaginarse que +nos falta el carruaje. Vamos, niñas, ¡a paseo!</p> + +<p>Y salieron de casa con el propósito de ir a cualquier parte menos a la +Alameda. Pero el paseo las atraía; no sabían adonde ir, y al fin, +insensiblemente, sin ponerse de acuerdo, encamináronse allá.</p> + +<p>¡Qué tardecita pasaron las de Pajares! Exteriormente fueron las de +siempre; las niñas contestaron con mohines graciosos a los saludos de +los amigos, y la mamá, altiva y majestuosa, cobijándolo todo con su +mirada de protección. Pero en su interior ¡cuántos tormentos! Si alguna +amiga las saludaba desde su carruaje con expresión cariñosa, las tres +creían adivinar cierto asomo de lástima, y enrojecían bajo la capa de +blanquete que cubría sus mejillas. Si una persona conocida se detenía a +saludarlas, ellas, a tuertas o a derechas, y muchas veces las tres a un +tiempo, se apresuraban a decir que habían salido a pie en vista de la +hermosura de la tarde; y seguían mirando con nostalgia y despecho la +larga fila de carruajes, experimentando la misma impresión de nuestros +bíblicos padres ante las puertas del Paraíso cerradas para siempre.</p> + +<p>Después, ¡qué recuerdos tan penosos! A las tres las obsesionaba la +enfermedad del caballo, como si éste fuese de la familia. Estaban +arrepentidas de haber salido de casa; sentían la falsa esperanza de los +que se interesan por un enfermo y creen que permaneciendo a su lado +aceleran la curación. Saludaban a derecha y a izquierda; deteníanse a +estrechar manos, cambiando palabras sobre el tiempo o sobre los trajes +que más lucían en el paseo; pero sus miradas iban inconscientemente a +detenerse en aquellos caballos que pasaban a pocos pasos de ellas; y en +todos, bien fuese por el color, por la cabeza o por la grupa, +encontraban cierto parecido con el otro que ocupaba su memoria.</p> + +<p>Tuvieron en aquella tarde encuentros muy penosos. Andresito, el hijo de +Cuadros, pasó por entre las dos filas de carruajes montando el enorme +caballote que le había comprado su padre. Buscaba a la novia para ir +escoltándola, luciendo sus habilidades hípicas en torno de su carruaje. +El gesto de inocente sorpresa que hizo al verlas a pie, confundidas +entre la cursilería dominguera, fue una verdadera puñalada para las tres +mujeres.</p> + +<p>Todo hería su susceptibilidad. Roberto del Campo, que iba con algunos +amigos, las saludó con la más seductora de sus sonrisas; pero ellas +creyeron distinguir en sus labios una irónica expresión. Indudablemente, +aquel trasto de Rafaelito había relatado a Roberto lo del caballo. +Estaban seguras de que todo el paseo conocía el desagradable suceso, +adivinando lo que vendría después. Y cegadas por la vanidad herida, +recordando sin duda las burlas que ellas habían dirigido a otras +familias, turbábanse por momentos, creyendo ver miles de ojos rijos en +ellas y que las señoras desde los carruajes las sonreían desdeñosamente, +como si fuesen criadas disfrazadas. Hasta llegaron a pensar con +escalofríos de terror si a sus espaldas las señalarían irrisoriamente +con el dedo. Y siempre el maldito caballo ocupando su pensamiento, +viéndolo con los ojos de la imaginación tal como estaba en su cuadra al +salir ellas de paseo, panza arriba, estirando convulsivamente las patas. +Las tres llevaban dentro de sí, como implacable enemigo, su propio +pensamiento, que las hacía ver la burla y la lástima en todas partes, y +hasta creyeron algunas veces que personas conocidas fingían distracción +por no saludarlas.</p> + +<p>—Vámonos, niñas—dijo la mamá con una expresión en que vibraban el +dolor y la cólera—; vamos a casa a ver cómo está «aquello». Hoy el +paseo está muy cursi.</p> + +<p>Las niñas apoyaron a la mamá con gesto de aprobación. Era verdad, muy +cursi; y las tres emprendieron una retirada desastrosa, anonadadas, +vencidas, como si acabasen de sostener una batalla con la consideración +pública, quedando derrotadas y maltrechas. Al subir la rampa del puente +del Real tuvieron que apartarse del borde de la acera, limpiándose con +los pañuelos de blonda el polvo que levantaban las ruedas de un +carruajillo descubierto que corría con velocidad insolente, arrollándolo +todo.</p> + +<p>Era la última sorpresa. El señor Cuadros, tirando de las riendas para +refrenar su veloz caballo y agitando el látigo, las saludaba desde lo +alto de aquella cáscara de nuez montada sobre ruedas.</p> + +<p>A su lado iba Teresa, desbordando sus carnes blanduchas sobre el +banquillo de terciopelo azul, moviendo con cierta incomodidad su cabeza, +como si le molestase la capota, recargada de rosas y follaje, regalo de +su marido.</p> + +<p>—Hasta la noche.... Adiós, niñas. Esta noche iré a ver a ustedes.</p> + +<p>Y Teresa enviaba una sonrisa sin expresión a su antigua señora, como +suplicando que no abandonase la tarea de catequizar a su esposo.</p> + +<p>¡Buena estaba doña Manuela para tales indicaciones! Sabía lo que +significaban las asiduas visitas, unas veces por la tarde y otras por la +noche, que la hacía aquel cincuentón; pero no pensaba ahora en eso. El +encuentro había acabado de trastornarla. Sus antiguos criados en +carruaje, ensuciándola con el polvo de las ruedas, y ella, la hija de un +millonario, la viuda del doctor Pajares, a pie y humillada por unas +gentes a las que siempre había tratado con cierto desprecio. Jamás había +imaginado que pudiera ocurrir aquello. Agobiada por las deudas, esperaba +la caída, pero no tan honda y lastimosa para su dignidad.</p> + +<p>Esto era demasiado fuerte para poder resistirlo. Y la pobre mujer, toda +susceptibilidad y orgullo, sintió que algo caliente se agolpaba a sus +ojos, y hubo de hacer esfuerzos para no llorar. Su paso acelerado era +una verdadera fuga. Huían del paseo, de aquel lujo que algunos días +antes era su elemento y ahora les parecía un verdadero insulto.</p> + +<p>Cuando entraron en la plazuela donde vivían, la vista de su casa, que +con el portalón entornado, los balcones cerrados y la fachada +obscurecida por la última luz de la tarde tenía cierto aspecto fúnebre, +hizo revivir en la memoria de las tres el recuerdo del caballo.</p> + +<p>—¡Dios mío! ¿Cómo estará el pobre <i>Brillante</i>? Tan vehemente era su +interés por la salud de la bestia, que hasta acariciaban la absurda +esperanza de una extraña reacción, de un milagro que las permitiera +tener el carruaje disponible para el día siguiente. Arrastradas por la +rutina, hasta sentían tentaciones de rezar por el pobre animal. Algo +había en ellas de cariño, de agradecimiento por todo lo pasado; pero lo +que predominaba era el ansia de recobrar su categoría de «señoras de +coche», sin la cual se creían deshonradas.</p> + +<p>Al entrar en el patio, dirigiéronse rectamente a la cuadra. Pasaron +rozando la abandonada galerita, que, oculta bajo su funda de lienzo, +sólo mostraba las ruedas, ligeras, amarillas y finas como las de un +juguete; y después de asomar su cabeza con cierta zozobra por la puerta +de la cuadra, entraron en el antro obscuro y maloliente, recogiéndose +las faldas y hundiendo sus elegantes botinas en la blanda y húmeda capa +de estiércol.</p> + +<p>Era un espectáculo extraño. A la luz de un farolillo colocado junto al +pesebre, los trajes azul y rosa de las niñas, sus sombreritos de flores, +las joyas relumbrantes de la mamá, causaban el efecto de una aparición +sobrenatural, que contrastaba con las paredes sucias, el techo +empavesado de polvorientas telarañas, los montones de estiércol y el +olor punzante y molesto de cuadra sucia. Tan escasa era la claridad, que +doña Manuela se dio un golpe contra la hoz clavada en la pared para +cortar la hierba, y pasaron algunos momentos antes que las tres mujeres +distinguieran a Nelet en el fondo de la cuadra.</p> + +<p>El pobre muchacho, a pesar de su rudeza, contemplaba a <i>Brillante</i> con +asombro doloroso, frunciendo el ceño como si quisiera cerrar el paso a +las lágrimas. Los dos habían sido muy buenos amigos. El cochero +celebraba sus picardías de animal viejo y brioso; tenía orgullo en decir +que era muy bravo y sólo por él se dejaba manejar, y ahora estaba allí +tendido de costado sobre el estiércol, inmóvil como carne muerta, +agitando alguna vez con ronco estertor el redondo pecho y levantando un +poco la cabeza para lanzar en torno suyo la mortecina y lacrimosa +mirada.</p> + +<p>—¡Lo que somos...! ¡lo que somos...!—decía Nelet entre dientes, +sintiendo que cada espasmo de la larga agonía de su <i>Brillante</i> era una +verdadera puñalada para él. Al ver a las señoritas se adelantó algunos +pasos, hablando con tono compungido. El veterinario se había marchado, +declarándose impotente para remediar el mal. <i>Brillante</i> se moría de +una enfermedad extraña, de un nombre raro que Nelet no podía recordar; +pero lo cierto era que estaba ya en la agonía.</p> + +<p>Y el pobre caballo, como si quisiera afirmar las palabras de su amigo o +reconociese a sus amas, levantaba la pesada cabeza, lanzando su estertor +angustioso.</p> + +<p>Aquello partía el corazón a las tres mujeres.</p> + +<p>—¡<i>Brillante</i>! ¡Pobrecito <i>Brillante</i>...!</p> + +<p>Y las tres se abalanzaron a la pobre bestia, soltando sus faldas, cuyos +bordes barrieron la suciedad del suelo. Doña Manuela, casi arrodillada +en el estiércol, sin acordarse de su elegante traje, cogía la cabeza de +<i>Brillante</i>, que se elevaba trabajosamente como para saludar a sus amas +por última vez. Aquella mirada desmayada y vidriosa, fija con expresión +agradecida en el grupo de mujeres, acabó con la falsa serenidad de +éstas, y estallaron los sollozos y las exclamaciones de desconsuelo.</p> + +<p>Era ridículo llorar la muerte de un caballo; sí señor, ellas Lo +reconocían. Si les hubiesen contado algo semejante de sus amigas, no +hubieran sido flojas las burlas; pero así y todo, había que reconocer lo +que aquel pobre animal representaba para la familia, las ilusiones que +se llevaba con su muerte.</p> + +<p>¡Adiós, compañero de grandeza! La familia sólo tendría para ti grato +recuerdo. Mueres representando la fortuna que se aleja de casa, el +prestigio que se pierde, la altivez que se desvanece; y cuando salgas de +ella a altas horas de la noche en sucio carro para ser conducido adonde +te explotarán por última vez, convirtiendo tu piel en zapatos, tus +huesos en botones y tu carne en abono fertilizante, por la puerta +entreabierta entrará la pobreza, la desesperación de una miseria +disimulada, y quién sabe si la deshonra, eterna compañera de los que se +aferran tenazmente a las alturas de donde les arrojan. ¡Adiós, +<i>Brillante</i>! ¡Adiós, fortuna que huyes para siempre!</p> + +<p>Y las tres mujeres, con el cerebro embotado por el choque de confusos +pensamientos, arrastrando sus hermosas faldas, que olían a cuadra, +subieron lentamente la escalera, como agobiadas por el dolor.</p> + +<p>Amparito, en otras ocasiones la más risueña y juguetona, era la que +ahora lloraba como una niña, Su madre había tenido que sacarla de la +infecta cuadra cogiéndola del brazo.</p> + +<p>—¡Ay, <i>Brillante</i>...! ¡Pobrecito <i>Brillante</i> mío...!</p> + +<p>Y hasta había llegado a unir su linda cabeza de bebé con las negras +narices de la bestia, cubriéndolas de besos.</p> + +<p>El desaliento las tuvo hasta bien entrada la noche clavadas en sus +asientos del salón, silenciosas, sin otra luz que el escaso resplandor +de los reverberos públicos que entraba por los balcones abiertos, +produciendo una débil penumbra. Las tres, envueltas en sus batas de +verano, destacábanse en la obscuridad como inmóviles estatuas. Las niñas +pensaban en su porvenir, que adivinaban confusamente; presentían que +desde aquel momento comenzaba para ellas una era nueva, en que no todo +serían alegres risas e indiferencia para el día siguiente.</p> + +<p>Los pensamientos de doña Manuela aún eran más obscuros. Miraba en torno +de ella, y nada, ni un mal rayo de esperanza amortiguaba su +desesperación. Necesitaba dinero para reponer esta pérdida, que tanto +podía influir en el prestigio de la familia, y para satisfacer ciertos +compromisos que, como de costumbre, la agobiaban con gran urgencia; pero +a pesar de ser tan numerosas las amistades, no encontraba, repasando su +memoria, un solo nombre.</p> + +<p>¡Y pensar que ella, que había derrochado tantos miles de duros y vivía +con cierta ostentación, pasaba angustias por unos cuantos miles de +reales...! El recuerdo de su hermano se aferraba tenazmente a su +memoria. ¡Ah, maldito avaro! Necesario era todo su mal corazón para +dejar a una hermana en el sufrimiento, pudiendo remediar sus penas con +algunos de los papelotes mugrientos que a fajos dormían en el viejo +<i>secrétaire</i> de su alcoba. Pero no había que pensar en semejante hombre. +Bastantes veces la había humillado con rotundas negativas.</p> + +<p>Otro de los que no se podía contar para salir de la situación era su +hijo Juanito. Doña Manuela, que le había tenido tanto tiempo a su +voluntad, asombrábase ahora ante sus alardes de independencia. Le habían +cambiado su hijo, según ella decía con el tono quejumbroso de una madre +resignada. Y el tal cambio consistía en haberse negado Juanito varias +veces a darla dinero para salir de pequeños apuros.</p> + +<p>Esto indignaba a doña Manuela. Habíase despertado en él la fiebre de la +explotación. Revivía la «sangre comercial» de su padre, el instinto +acaparador de su tío don Juan; y contagiado por la atmósfera de jugadas +victoriosas y millonadas de papel que respiraba continuamente en la +tienda al lado de su principal, había acabado por decidirse, +despreciando los bienes positivos y materiales para lanzarse en la +fiebre de la Bolsa.</p> + +<p>El acto de ciega confianza de su novia y su vieja amiga entregando sin +temor los ahorros al omnipotente don Ramón Morte había acabado por +decidirle. ¿Iba a ser él más cobarde que aquellas dos mujeres?</p> + +<p>Vendió su huerto de Alcira, y los ocho mil duros que le dieron engrosaron +el raudal de oro que, a impulsos de la más ciega confianza, iba a caer +en las cajas del filántropo banquero. Una parte de su capital lo +invirtió su eminente protector en papel del Estado, y con la otra, que +era la más exigua, comenzó sus jugadas de Bolsa, siempre a la zaga de +Cuadros y sin atreverse a imitar sus golpes de audacia.</p> + +<p>Vacilaba algunas veces, sentía misteriosos terrores al pensar que su +fortuna estaba a merced de un capricho del azar, mas no por esto perdía +la confianza, y nada había reservado de su capital para responder a los +vencimientos de los pagarés que le había hecho firmar su madre. ¿Para +qué tal precaución? No había más que oír a su principal y al poderoso +banquero. Sus ocho mil duros se doblarían y triplicarían en muy poco +tiempo, y entonces podría pagar las deudas maternales y casarse con +Tónica. Pero mientras tanto, que no contase su madre con él. La quería +mucho, seguía adorándola con un respeto casi religioso; pero de dinero, +ni un ochavo.</p> + +<p>Todo lo sabía doña Manuela, y por esto colocaba a su hijo al mismo nivel +que su hermano. ¡Vaya unos parientes! Podía una morirse en medio de la +calle, bien segura de que nadie acudiría en su auxilio.</p> + +<p>Y doña Manuela, enfurecida por lo difícil de la situación, crispaba sus +manos arañando los adornos de su bata. Sólo una esperanza le restaba, +pero no quería pensar en ella, pues en su interior elevábase como una +voz de protesta.</p> + +<p>Estaba segura de que cierta persona le facilitaría a la menor indicación +aquel dinero que tantas angustias le producía. Indudablemente, el señor +Cuadros no le era difícil salvar a una amiga por unos cuantos miles de +reales, él que todos los meses contaba sus ganancias por miles de duros; +pero apenas le acometía este pensamiento, renacían en doña Manuela +escrúpulos que creía muertos para siempre.</p> + +<p>Conocedora de la vida, comprendía la importancia de aquel favor y lo que +forzosamente había de sobrevenir. Un mes antes no habría vacilado en +acudir a su antiguo dependiente, a pesar de lo mucho que esto lastimaba +su altivez. Pero ahora, al pensar en las audacias que se permitió el día +de Corpus y otras muchas realizadas por el bolsista en sus diarias +visitas, doña Manuela deteníase avergonzada, y a estar iluminado el +salón, se hubiera visto su rubor.</p> + +<p>Ella, que hacía tantos años no se acordaba para nada de Melchor Peña, +sentíalo vagar en torno como un espíritu guardián de su honrada viudez. +Del doctor, de su segundo marido, no se acordaba para nada. Aquel buena +pieza, con sus infidelidades, no tenía derecho a exigirla cuentas por +lo que pudiera hacer.</p> + +<p>Lo que más extrañeza le causaba era que se mostrasen ahora en ella tan +terribles escrúpulos, cuando a raíz de su primera viudez había caído +fácil e insensiblemente en los brazos de Pajares. El amor había ahogado +entonces todas las preocupaciones; pero ahora se trataba de una +explotación deshonrosa, de una venta que sólo el suponerla le producía +vergüenza y rubor. La altivez le hacía recobrar su puesto. Cuadros, a +pesar de su fortuna, no dejaba de ser el antiguo dependiente, el marido +de la criada Teresa, un pobre diablo al que ella había tratado siempre +con desprecio. ¿Y por tal hombre iba a perder su prestigio de mujer +honrada, sostenido durante tantos años a costa de sacrificios que +guardaba en el misterio? No; antes la miseria.</p> + +<p>Y doña Manuela, embriagándose con la energía de su resolución, pensaba +en la miseria como en una cosa desconocida, pero que iba pareciéndole +grata por ser la salvación de su honor. Trabajarían ella y sus hijas. +También duquesas, princesas y hasta reinas se habían visto en la +miseria, arrostrándola con dignidad. Y doña Manuela, repasando sus +escasos conocimientos históricos, halagaba su orgullo y creíase casi +igual a una soberana destronada que cae en la pobreza. Esto bastó para +afirmarla en su resolución.</p> + +<p>Cuando Rafael y Juanito llegaron a casa, la familia pasó al comedor. La +cena fue triste. Parecía que el cadáver tendido abajo, en la suciedad de +la cuadra, estaba allí, sobre la mesa, mirando con los ojos vidriosos e +inmóviles a sus antiguos amos. Al terminar la cena, los dos hermanos +salieron, marchando cada uno por su lado.</p> + +<p>Juanito había cambiado de costumbres. No volvía a casa hasta las once de +la noche, y después de hacer una corta visita a Tónica y Micaela, iba a +un café donde se juntaba la gente de Bolsa y podían apreciarse +diariamente las opiniones y profecías de «alcistas» y «bajistas».</p> + +<p>A las nueve de la noche recibieron las de Pajares la visita de Andresito +y su papá. Doña Manuela, al ver a su antiguo dependiente, se ruborizó, +como si éste pudiese adivinar los pensamientos que la habían agitado +poco antes.</p> + +<p>El señor Cuadros mostrábase gozoso y radiante, como si le alegrase la +noticia que en el patio le había dado Nelet. ¿Conque había muerto el +caballo? Vamos, ahora se explicaba por qué iban aquella tarde a pie por +la Alameda. Era de sentir la pérdida, porque un caballo que sustituyera +dignamente a <i>Brillante</i> había de costar algún dinero; pero ¡qué +demonio! cuatro o cinco mil reales no arruinan a nadie. Y el señor +Cuadros hablaba del dinero con expresión de desprecio echando atrás la +cabeza y sacando el vientre como si lo tuviera forrado con billetes de +Banco.</p> + +<p>Las niñas hablaban con Andresito cerca del piano, y doña Manuela, serena +y en posesión de sí misma, miraba fijamente a su antiguo dependiente. La +escandalizaba el desprecio con que aquel hombre hablaba del dinero, y +recibía como un sangriento sarcasmo la suposición de que cuatro o cinco +mil reales nada significaban para ella. Y pensando esto, su mirada iba +instintivamente hacia el mármol de una consola, donde antes se exhibían +unos magníficos candeleros de plata guardados ahora en el Monte de +Piedad; y miraba igualmente los cromos baratos que adornaban las paredes +del salón, sustituyendo a dos grandes cuadros heredados de su padre, +obra de Juan de Juanes, por los cuales le habían dado lo preciso para +vivir durante un mes.</p> + +<p>Aquel hombre, cegado por su fortuna, no sabía lo que decía. Igual era +ella algunos años antes, cuando tenía fincas que vender o empeñar y +arrojaba el dinero a manos llenas. Pero ahora la pobreza vergonzante y +cuidadosamente ocultada le había enseñado el valor del dinero.</p> + +<p>El señor Cuadros, siempre ignorante de la verdadera situación de la +casa, molestaba atrozmente a doña Manuela. Quería aparecer amable, y +para esto la hacía ofrecimientos que resultaban sarcasmos. El se +encargaba de la compra del caballo. Vería ella cómo le resultaba más +barato; por una bestia tan hermosa como <i>Brillante</i> sólo tendría que +desembolsar unos tres mil reales. Él conocía a los chalanes más +afamados. El caballo que montaba su hijo lo había comprado casi por una +bicoca, y confiaba ahora tener la misma suerte.</p> + +<p>—Lo que a usted le conviene, Manuela, es comprar el caballo cuanto +antes, pues si las gentes las ven a ustedes paseando muchos días como +hoy, harán maliciosos comentarios. Los que estamos a cierta altura +debernos mirarnos mucho en nuestras cosas.</p> + +<p>Y el afortunado majadero, al hablar de la altura, cerraba los ojos como +si sintiera el vértigo de los que se hallan en la cúspide. Lo que más +efecto causó en doña Manuela fue la afirmación de que la gente haría +comentarios si no se mostraba en público como siempre. Ahora reaparecía +la altivez de su carácter, estremeciéndose al pensar en la mortificante +lástima con que se hablaría de su ruina.</p> + +<p>Ella no tenía carácter para sobrellevar con resignación la miseria. +Estaba decidida. Había que sostenerse en la altura, empleando todos los +medios; y después, que viniera todo, hasta aquello que sólo al pensarlo +tanto rubor le producía.</p> + +<p>Y la vanidosa señora, para afirmarse en su resolución, buscaba ejemplos +y recordaba lo que tantas veces había oído en las murmuraciones infames +de las tertulias: los innumerables casos de señoras tan decentes como +ella, bien consideradas por la sociedad, y que habían hecho sacrificios +iguales para salvar el prestigio de sus casas. Y sostenida por el +pernicioso ejemplo de aquellas mujeres a las que tanto había censurado, +miró a su antiguo dependiente con ojos en que se revelaba un impudor +razonado y tranquilo. Al fin—pensaba ella para consolarse—, el señor +Cuadros, aunque ramplón y vulgarote, era un hombre aceptable, y no tenía +que resignarse ella, como otras mujeres, a buscar la protección de un +valetudinario repugnante.</p> + +<p>El bolsista adivinaba algo en las miradas de la esposa de su antiguo +principal. Y en su credulidad de calavera viejo e inocente echaba el +cuerpo atrás con cierto orgullo, como si estuviera convencido de que sus +prendas personales habían influido en tan asombrosa conquista.</p> + +<p>Terminó la visita a media noche, y cuando el padre y el hijo se dirigían +hacia la puerta, acompañados por las señoras de la casa, doña Manuela +cambió sus últimas palabras con el señor Cuadros.</p> + +<p>—Quedamos—dijo la señora—en que usted se encargará de la compra del +caballo. Mañana mismo confío en que habrá hecho mi encargo.</p> + +<p>—¡Oh, seguramente...! Ya sabe usted que todas sus cosas me interesan +como mis propios negocios.</p> + +<p>—Entonces, venga usted mañana a las tres y le daré el dinero.</p> + +<p>—¿Quiere usted callar? Ya arreglaremos cuentas más adelante.... Pero, +en fin, vendré por tener el gusto de charlar un rato.</p> + +<p>Y el señor Cuadros salió de la casa satisfecho de sí mismo, bufando de +satisfacción, contoneándose como un joven y mirando con cierta lástima a +su hijo, que caminaba al lado de él tímido y encogido. Un risueño +optimismo le hacía olvidar que era su padre. ¡Ah! ¡Si en vez de los +cincuenta y pico tuviera él los años de aquel pazguato, cuánta guerra +había de dar en el mundo!</p> + +<p>Al día siguiente, el señor Cuadros fue puntual A las tres de la tarde +entraba en casa de doña Manuela, y se sorprendió agradablemente al ver +que la señora estaba sola en el salón, vestida con la más elegante de +sus batas y el rostro retocado con los más finos menjurjes del tocador +de las niñas. El bolsista sentía como un renacimiento de la vida, algo +que recordaba sus fiebres de joven, cuando siendo primer dependiente +bromeaba y perseguía a la criada Teresa en la trastienda de <i>Las Tres +Rosas</i>.</p> + +<p>Las niñas habían sido enviadas por su mamá a casa de «las magistradas». +Juanito estaba en la tienda; y en cuanto a Rafael, no había que +esperarle hasta bien entrada la noche.</p> + +<p>En el comedor oíase el ruido de los cubiertos que secaba Visanteta, la +única que se enteró de la visita del señor Cuadros y de lo larga que +resultó. Ella fue la que oyó las risas apagadas de la señora y el +arrastre de algunos muebles, como si fueran empujados con violencia; +pero era una muchacha prudente y reservada, que sólo se ocupaba de sus +actos, sin detenerse a interpretar los ajenos.</p> + +<p>Al día siguiente la familia pudo salir a paseo en su carruaje, y un +caballo más joven y de mejor estampa que <i>Brillante</i> ocupó el vacío que +la muerte había dejado en el pesebre. Las amarguras sufridas en aquel +domingo fueron olvidadas ante una abundancia como pocas veces se había +gozado en aquella casa. Doña Manuela tenía dinero; comenzaron a pagarse +las cuentas con regularidad; los proveedores no la molestaron ya +exigiendo el pago de los atrasos, y la modista francesa, después de +embolsarse algunos miles de reales que creía perdidos para siempre, hizo +a las niñas de Pajares nuevos trajes para lucirlos en la feria de Julio.</p> + +<p>Todo era dicha y tranquilidad en casa de doña Manuela, y el contento de +la familia repercutía en <i>Las Tres Rosas</i>, donde la sencilla Teresa +considerábase feliz. Sabía que su marido había roto definitivamente con +Clarita, aquella «mala piel» que vivía en la calle del Puerto. Ya no le +pagaba los trimestres del entresuelo, ni atendía a sus locos gastos. Es +más: un alma caritativa le había hecho saber que aquella perdida le +engañaba, burlándose de él con los chicos de la Bolsa; y don Antonio +mostrábase arrepentido, dispuesto a no proteger más mujeres de tal +calaña.</p> + +<p>La pobre Teresa, al pensar que su antigua señora era la que había +realizado tal milagro, atrayendo a su esposo a la buena senda, sentía +tal gratitud, que no podía hablar de ella sin que se le saltaran las +lágrimas. ¡Qué buena persona era doña Manuela! Ella únicamente había +sabido catequizar al señor Cuadros.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="X" id="X"></a>X</h2> + + +<p>Juanito vivía entregado a la agitación y la zozobra del que confía su +porvenir a los caprichos del azar.</p> + +<p>Él, tan metódico y cuidadoso de cumplir sus obligaciones, abandonaba la +tienda para ir a la Bolsa en compañía de su principal, o a los lugares +donde se reunían sus compañeros de explotación financiera. ¡Valiente +cosa le importaba <i>Las Tres Rosas</i>! Ya no quería ser dueño de la tienda. +Las primeras ganancias, adquiridas con dulce facilidad, le habían cegado +y sólo pensaba en ser millonario, en esclavizar la fortuna, riéndose +ahora de aquellos tiempos en que soñaba con Tónica la existencia +monótona y tranquila de rutinarios burgueses, amasando ochavo tras +ochavo un capital para pasar tranquilamente la vejez.</p> + +<p>Su novia, prácticamente, refrenaba sus entusiasmos financieros. No había +que tentar a la fortuna; y ahora que se mostraba favorable, era una +locura no retirarse a tiempo.</p> + +<p>Pero Juanito se negaba a oírla. ¿Qué saben las mujeres de negocios? ¿Por +qué había de quedarse en la mitad del camino, cuando podía seguir a su +principal hasta el paraíso de los millonarios? Enamorado cada vez más de +Tónica, le halagaba la idea de casarse inmediatamente; pero este mismo +cariño impulsábale a esperar. Era mejor contener sus deseos durante +algunos meses, un año a lo más; dejar que su capital, volteando por la +Bolsa, se agrandase como una bola de nieve; y cuando poseyera el tan +esperado y respetable millón, hacer que la transformación fuese +completa: gozar viendo cómo la pobre costurerilla se convertía, bajo la +dirección de su vanidosa suegra, en señora elegante, con gran casa, +carruaje y los demás adornos de la riqueza.</p> + +<p>El deseo de llegar cuanto antes a este final apetecido era lo que le +hacía audaz y acallaba sus temores de una probable ruina. Los que le +habían conocido en otros tiempos asombrábanse por el cambio radical de +su carácter. Su tío don Juan no hablaba ya con él. Un día dio por roto +el parentesco, faltándole poco para que pegara a su sobrino.</p> + +<p>—Juanito, eres un imbécil—dijo el avaro con los labios trémulos por la +rabia, erizándosele el bigote de cepillo—. Siempre creí que en tu +carácter había más de tu padre que de mi hermana, y por eso te quería; +pero ahora veo que me engañé. Te han perdido las malas compañías, esa +atmósfera de mentira en que vives, los ejemplos de tu derrochadora madre +y los consejos del majadero de tu principal, que se cree un oráculo en +los negocios porque gana el dinero a ciegas por una burla caprichosa de +la suerte, y algún día las pagará todas juntas, dándome el gusto de +poder reír al verle sin camisa. Y a ti te pasará lo mismo. ¡Vaya si te +pasará...! Vendiendo el huerto para hacerte dueño de <i>Las Tres Rosas</i> y +casarte con esa chica, que, según tengo entendido, es buena persona, +hubieras dado gusto a tu tío. Y si te faltaba algo, aquí estaba yo para +responder. Conque hubieras venido a decirme: «Tío, necesito esto, lo +otro y lo de más allá», estábamos al final de la calle. Pero ahora no, +¿lo entiendes? No cuentes para nada conmigo. Como si no fueras mi +sobrino. Me has salido igual a todos los de tu familia, y no puedo +quererte. Yo pensaba en ti, quería que fueses el que estuviera junto a +mi cama en la hora de mi muerte, y al recontar los cuatro cuartos que +tengo, me decía: «Esto será para el chico.» Pero ahora estoy +desengañado. Anda, anda, hazte millonario en la Bolsa, y si quedas en +pordiosero, no vengas a buscarme, porque lo que hará tu tío es reírse al +ver lo bruto que eres.</p> + +<p>La ruptura con su tío entristeció a Juanito. No había conocido otro +padre; y además, en sus cálculos de comerciante, siempre había figurado +la esperanza de ser el heredero de don Juan. Pero las agitaciones de la +Bolsa, y especialmente las ganancias, amortiguaban en él el pesar del +rompimiento.</p> + +<p>Cuando a fin de mes, cobraba las «diferencias», decíase con extrañeza:</p> + +<p>«Parece imposible que nos censuren por dedicarnos a una explotación tan +cierta. Pero ¡bah! ¡Quién hace caso de esa gente rancia!»</p> + +<p>Y entre, los rancios no sólo figuraba su tío, sino don Eugenio, el +fundador de <i>Las Tres Rosas</i>, que también manifestaba al joven gran +descontento. Siempre que Juanito se encontraba en la tienda con el viejo +comerciante, éste le lanzaba miradas tan pronto de compasión como de +desdén. Algunas veces hasta llegaba a murmurar con tono de reproche:</p> + +<p>—¡Ay, Juanito, Juanito...! Te veo perdido. Ese demonio de Cuadros te +arrastra a la perdición.... No le defiendas, no intentes justificarte. +Ahora te va muy bien para que pueda convencerte; pero al freír será el +reír.</p> + +<p>Y el viejo le volvía la espalda, con la confianza de que los hechos +vendrían en apoyo de sus pronósticos.</p> + +<p>Únicamente en su casa encontraba Juanito aplauso y consideración. Su +madre le quería más desde que le veía entregado a los negocios. Su hijo +ya no era un dependiente de comercio; era un bolsista, y esto siempre +proporciona mayor consideración social. Además, sus ganancias eran un +motivo de esperanza para la viuda, que aunque veía satisfechas todas +sus necesidades en el presente, no dejaba de sentirse preocupada por el +porvenir. La buena fortuna de Juanito podía solidificar el prestigio de +la casa.</p> + +<p>La proximidad de la feria de Julio preocupaba a la familia. Nunca se +habían pasado veladas tan agradables en casa de las de Pajares. Por la +noche, después de la cena, llegaban el señor Cuadros, Teresa y su hijo, +y comenzaba la alegre reunión.</p> + +<p>Por los balcones abiertos penetraba el hálito caliginoso de las neones +de verano, cargado de enervantes perfumes. La plazuela animábase. El +calor arrojaba de sus estrechos cuchitriles a la gente de los pisos +bajos, y las puertas estaban obstruidas por corrillos de blancas sombras +sentadas en sillas bajas y respirando ruidosamente. Arriba, sobre los +tejados, cubriendo la plaza como un toldo de apelillado raso que +transparentaba infinitos puntos de luz, el cielo del verano con su +misteriosa y opaca transparencia. En los obscuros balcones +distinguíanse, entre los tiestos de flores y el botijo puesto al fresco, +confusas siluetas ligeras de ropa. Otros abiertos e iluminados, dejaban +escapar, como los de las de Pajares, el sonoro tecleo del piano, +acompañado algunas veces por el rítmico chorrear de las macetas recién +regadas.</p> + +<p>En los corrillos de la plaza partíanse enormes sandías, y las mujeres, +con el moquero sobre el pecho para librarse de manchas, devoraban las +tajadas como medias lunas, chorreándoles la boca rojizo zumo. En una +puerta susurraba la guitarra con melancólico rasgueo, contestándole +desde otra el acordeón con su chillido estridente y gangoso. Y los +ruidos de la plaza, el reír de las gentes, los gritos que se cruzaban +entre los corrillos y la música popular, entraban con el fresco de la +noche en el salón de las de Pajares, sirviendo de sordo acompañamiento a +la conversación de la tertulia.</p> + +<p>Las niñas, con Andresito, hacían planes para la próxima feria. +Recordaban los rigodones en el pabellón de la Agricultura y los alegres +valses en el del Comercio; pensaban en los trajes que les había traído +la modista francesa, y que guardaban intactos para dar golpe en la +Alameda en la primera noche de feria, y hasta sentían su poquito de +maligna alegría considerando el efecto que su elegancia causaría en las +amigas.</p> + +<p>La calma y la felicidad habían vuelto a aquella casa.</p> + +<p>Hasta Conchita, a pesar de su carácter iracundo y malhumorado, +considerábase dichosa al ver que Roberto «volvía al redil», mostrándose +más enamorado que antes. Por las noches, abandonando a su amigo Rafael, +asistía a la tertulia de las de Pajares; y no contento con las largas +conversaciones que allí sostenía con su novia, todavía por las mañanas, +a la hora en que Amparo estaba en el tocador, las criadas en el Mercado +y la mamá en la cama, subía la escalera, y en el rellano, ante la puerta +entreabierta de la habitación, hablaba más de una hora con Conchita, +hasta que se levantaba doña Manuela y comenzaba el movimiento de la +casa.</p> + +<p>La gran preocupación de la familia eran las tres corridas de toros, +festejo el más ruidoso de la feria. La tertulia tenía ya ultimado sus +proyectos. El señor Cuadros compraría un palco de los mejores para las +dos familias; y lo mismo las de Pajares que Teresa, proponíanse +deslumbrar al público con su elegancia.</p> + +<p>Las niñas tenían preparados sus trajes de «manola», y un sinnúmero de +veces se habían ensayado ante el espejo para aprender a colocarse con +naturalidad y buen gusto la blanca mantilla de blonda. En cuanto a las +dos mamas, pensaban lucir obscuros trajes de seda, con costosas +mantillas negras, regaladas a las dos por el señor Cuadros.</p> + +<p>Llegó el día de la primera corrida. La atmósfera parecía cargada de un +ambiente extraño de locura y brutalidad. Por la mañana arremolinábase la +gente, con empujones y codazos, en torno de los revendedores que en la +plaza de San Francisco voceaban las de «sol» y de «sombra»; y como si la +ciudad acabase de sufrir una invasión, tropezábase en todas partes con +gentes de la huerta y de los pueblos: unos con pantalones de pana y +manta multicolor; y otros, los tipos socarrones de la Ribera, vestidos +de paño negro y fino, la chaqueta al hombro, dejando al descubierto la +blanca manga de la camisa, los botines de goma entorpeciéndoles el paso, +y en la mano un bastoncillo delgado, casi infantil, movido siempre con +insolencia agresiva.</p> + +<p>El gentío presentaba igual aspecto en todas las calles, como si la +ciudad entera se hubiese vestido con arreglo al mismo patrón. Sombreros +cordobeses de blanco fieltro o marineras de paja, cazadoras de color +claro, corbatas rojas, y en todas las bocas un cigarro de a palmo.</p> + +<p>La Bajada de San Francisco era un torrente por el que rodaban sin cesar +las oleadas de gentío. Las jacas pamplonesas, cubiertas con inquietos +borlajes y repiqueteantes cascabeles, pasaban como rayos por entre el +gentío tirando de las tartanillas de colores claros, de los coches +señoriales y de los carruajes ingleses, en cuyos bancos erguíanse como +cimbreantes flores las muchachas vestidas de rosa o azul, con el rostro +realzado por el marco de blanca blonda. La gente menuda, los del tendido +de sol, pasaban en grupos, con la enorme bota al hombro y un garrote de +Liria en la mano, oliendo a vino y vociferando, como si comenzasen a +sentir la borrachera de insolación que les aguardaba en la plaza.</p> + +<p>Muchachos desarrapados rompían las oleadas del gentío, ofreciendo la +vida de <i>Lagartijo</i> en aleluyas, los antecedentes y retratos de los +seis toros que iban a lidiarse, o pregonaban unos abanicos de madera sin +cepillar y en los cuales una mano torpe había estampado un toro como un +pellejo de vino y un torero que parecía una rana desollada.</p> + +<p>Los babiecas ávidos de emociones agolpábanse frente a las fondas donde +se alojaban las cuadrillas, esperando pacientemente la salida de los +toreros para poder tocar con respeto los alamares del diestro. La gente +abría paso con curiosidad cada vez que algún picador empaquetado sobre +la silla y con el mozo a la grupa pasaba montado en su jaco huesoso y +macilento, que le llevaba hacia la plaza con un trotecillo cochinero.</p> + +<p>Entre los carruajes que velozmente y atronando las calles atravesaban el +centro de la ciudad, pasó el cochecito de Cuadros, y tras él una +carretela de alquiler en la que iban las de Pajares. Doña Manuela en el +sitio preferente, empolvada y retocada con tal arte, que su rostro +producía cierta impresión asomando por entre los festones de la negra +blonda; y frente a ella, las niñas, graciosísimas como un cromo de +revista taurina, con zapatito bajo, medias caladas, falda de medio paso +con red cargada de madroños y mirando atrevidamente bajo la nube blanca +que envolvía sus adorables cabezas, cerrándose sobre el pecho con un +grupo de claveles.</p> + +<p>¡Qué tarde tan hermosa! Nunca se sintieron las de Pajares más contentas +de la vida. Al descender de su carruaje frente a la plaza, llovieron +sobre ellas los requiebros; y para todas hubo, hasta para la mamá, que +respiraba ruidosamente y enrojecía, satisfecha del triunfo. +Indudablemente eran ellas las que más llamaban la atención en toda la +plaza. No había más que verlas en el palco abanicándose con negligencia, +mientras una gran parte de los señores del tendido, puestos de pie y +volviendo la espalda al redondel, las miraban fijamente, con ojos de +deseo.</p> + +<p>El señor Cuadros estaba orgulloso de su situación. No podía quejarse de +la vida. Ganaba cuanto quería; parecía un muchacho con su trajecito +claro, corbata roja y el enorme cigarro, al que conservaba la sortija de +papel, para que todo el mundo se enterase de su precio. A un lado tenía +a Teresa, tranquila y sin sentir la menor sospecha de infidelidad, y al +otro a doña Manuela, orgullosa de la admiración que ella y sus niñas +despertaban en una parte de la plaza.</p> + +<p>Sentíase satisfecho de la situación el señor Cuadros, y las ávidas +miradas fijas en el palco parecíanle un homenaje a él. No se podía pedir +mayor felicidad. Cumplía con la conciencia y con el placer. A un lado la +esposa legítima; al otro, doña Manuela, la satisfacción de la carne, el +alimento de su vanidad; y las dos familias de las cuales era él el punto +de unión, contentas, lujosas, llamando la atención del público, todo +gracias a su buena suerte/ que le permitía tirar a manos llenas los +miles de pesetas. El bolsista, saboreando su dicha, aseguraba +mentalmente que Dios es muy bueno, y no sabía ya qué desear, pues la +seguridad de que en breve sería millonario teníala por indiscutible.</p> + +<p>En el fondo del palco estaban el hijo de Cuadros y los dos de doña +Manuela, con los gemelos en la mano, contemplando el aspecto de la +plaza. En el tendido de sombra, el graderío circular era un +escalonamiento de sombreros blancos que bajaba hasta la barrera. Algunas +capotas cargadas de flores o relucientes peinados, destacándose sobre +los pañolones de Manila, rompían la monotonía de las hileras de puntos +blancos. Las puertas de los palcos abríanse con estrépito, y aparecían +en las barandillas, cubiertas con los colores nacionales, las mantillas +blancas, las caras risueñas, los peinados con flores; toda una primavera +que era saludada a gritos por los entusiastas de abajo, puestos en pie +sobre los banquillos de madera.</p> + +<p>Enfrente, bajo el sol que agrietaba la piel en fuerza de sacar sudor, +que hacía humear las ropas y ponía un casco de fuego sobre cada cabeza, +enloqueciéndola, estaba la demagogia de la fiesta, el elemento ruidoso +que aguardaba impaciente, tan dispuesto a arrojar al redondel los +sombreros en honor al diestro, como los bancos y los garrotes en señal +de protesta. De allí partían las palabras infames contra los picadores +que al aproximarse al toro pensaban en la mujer y en los hijos. Esta +mitad de la plaza no tenía la regularidad monótona del tendido de +sombra. Era un mosaico animado, en el que entraban todos los colores y +que al agitarse variaba de composición. Las tintas rabiosas de los +trajes de la huerta, las blancas manchas de los grupos en mangas de +camisa, los pantalones rojos de los soldados, los enormes quitasoles de +seda granate que parecían robados de una antigua sacristía, los +gigantescos abanicos de papel moviéndose con incesante aleteo, las botas +de vino que a cada instante se alzaban oblicuamente sobre las cabezas, +los gritos, las protestas porque se hacía tarde, todo daba a aquella +parte de la plaza un aspecto de locura orgiástica, de brutalidad jocosa. +Y arriba, sobre la doble galería, clavadas en la crestería del tejado, +colgaban lacias e inertes las banderítas rojas y amarillas, palpitando +perezosamente cuando un suspiro fresco, enviado por el mar al través de +la vega, arrastrábase sobre aquellas gentes aplastadas por la +insolación, haciéndoles dilatar fatigosamente los pulmones. En lo alto, +como bóveda del gran redondel, el cielo azul, infinito, sin la más leve +vedija de vapor, cruzado algunas veces por una serpenteada fila de +palomos, que aleteaban impasibles, sin dar importancia a la extraña +reunión de tantos miles de personas.</p> + +<p>Eran las cuatro de la tarde y se impacientaba la gente. Por detrás de la +barrera iban los chulos de la plaza, con sus blusas rojas, abrumados +bajo el peso de las capas de brega, repugnantes andrajos manchados de +sangre; y por los tendidos, haciendo prodigios de equilibrio, +filtrándose por entre el compacto gentío, avanzaban los vendedores de +gaseosas con el cajón al hombro, pregonando la limonada y la cerveza, y +los <i>tramusers</i> con un capazo a la espalda, llenando de altramuces y +cacahuetes los pañuelos que les arrojaban desde las nayas y +devolviéndolos a tan prodigiosa altura con la fuerza de un proyectil.</p> + +<p>Sonó la música, y un movimiento de ansiedad, de emoción, dio la vuelta a +la plaza, haciendo latir sus corazones.</p> + +<p>Esto era lo que más gustaba a las de Pajares. La lidia las aburría o las +horrorizaba; pero la salida de la cuadrilla las enardecía, y movíanse +nerviosamente en sus asientos al ver el desfile de jacarandosas +figurillas, que, a la luz del sol, destacábanse sobre la arena del +redondel como ascuas de oro con el brillo de sus alamares.</p> + +<p>Pasada la primera impresión de entusiasmo, cuando las doradas capas +cambiáronse por sucios trapos y cesó de tocar la música, saliendo el +alguacil del redondel a todo galope, las de Pajares presintieron el +aburrimiento.</p> + +<p>El primer toro... ¡bueno! Todavía les causaba cierta ilusión el arrojo +de los diestros, el valor de aquellos cuerpos esbeltos, nerviosos y +ligeros que escapaban milagrosamente de entre las curvas astas; pero +apenas comenzó la parte brutal del espectáculo y cayeron pesadamente +como sacos de arena los infelices peleles forrados de amarillo, mientras +el caballo escapaba, pisándose en su marcha los pingajos sangrientos +como enormes chorizos, las jóvenes volvieron la cabeza con un gesto de +asco y no quisieron mirar al redondel. ¿A qué iban allí? A lo que van +todas: a ver y ser vistas, a lucirse un rato a cambio de palidecer de +emoción y lanzar angustioso grito cuando la cornuda cabeza bufa en la +misma espalda del torero fugitivo.</p> + +<p>Y conforme avanzaba la corrida, la mayoría del público contagiábase del +aburrimiento del espectáculo, y hasta los del tendido de sol, si no por +repugnancia por fastidio, callaban, dejando que los lances en la arena +se desarrollasen en medio de un tétrico silencio, como si desearan no +provocar incidentes para que la lidia terminase cuanto antes. Sólo los +grupos de los aficionados sostenían el entusiasmo palmoteando, aclamando +a sus respectivos ídolos y entablando disputas ruidosas.</p> + +<p>La salida de la plaza era lenta, desmayada, contrastando con la llegada, +ruidosa como una invasión. Todos parecían cansados y caminaban con +cierta lentitud y ensimismamiento, como el que acaba de ser víctima de +un engaño o ve defraudadas sus ilusiones. Los únicos que mantenían la +algazara de la fiesta eran los que, tostados y sudorosos, salían por las +puertas del sol golpeándose amigablemente con las arrugadas botas y las +vacías calabazas, dando a entender a gritos que el contenido de aquéllas +se hallaba en lugar seguro y servía para algo. Las dos familias, +sufriendo los codazos de la muchedumbre, salieron de la plaza por entre +los jinetes de la Guardia Civil que mantenían el turno en el desfile de +los coches, fueron en busca de los suyos, teniendo las mamas y las niñas +que recoger sus faldas de seda, y manchándose las medias con el barro de +la carretera recién regada.</p> + +<p>Por fin vieron a Nelet, que guardaba el cochecito del señor Cuadros. +Vestía de blusa, pues la carretela de las señoras era de alquiler y +tenía cochero propio.</p> + +<p>Iba a subir el señor Cuadros en su pescante y empuñar las riendas, +cuando el cazurro muchacho se rascó la cabeza y pareció recordar algo.</p> + +<p>—Oiga, don Antonio; don Eugenio me ha dado este papel, encargándome +mucho que no tardase en entregarlo.</p> + +<p>Y ofrecía un cuadrado de papel azul con el cierre intacto. Era un +telegrama.</p> + +<p>Juanito, al ver el despacho, por un instinto de solidaridad, apartóse de +su madre, colocándose al lado del maestro.</p> + +<p>—¡Bah!—dijo el señor Cuadros con indiferencia—. Será un telegrama de +nuestro corresponsal en Madrid.</p> + +<p>Pero inmediatamente palideció, dio una patada en el suelo y soltó unos +cuantos pecados gordos, de aquellos que hacían ruborizar a Teresa y +fruncir el gesto a doña Manuela, intransigente con tales groserías. +Juanito, que leía por encima del hombro de su principal, estaba pálido +también y parpadeaba como si creyera en un engaño de sus ojos.</p> + +<p>—Ya ves, Juanito—dijo con precipitación el maestro—. Acaba de subir +de un golpe cerca de tres enteros. ¿Qué será esto? Hay que ver en +seguida a don Ramón. Lo que es por esta vez, ¡se ha lucido! Pero no; él +no se equivoca fácilmente. Aquí hay gato encerrado. De todos modos, +debemos consultar en seguida a nuestro hombre. ¡Cristo! ¡pues apenas +tiene la cosa importancia...!</p> + +<p>Y montó en el cochecillo, nervioso e impaciente, con el deseo de llegar +cuanto antes a casa para dejar a la familia y correr en busca del +infalible protector.</p> + +<p>Juanito no tuvo tanta presencia de ánimo. Pálido, sudoroso, hablando y +gesticulando como un sonámbulo, casi echó a correr sin despedirse de la +familia. Iba al despacho del poderoso Morte, a aquella Meca de la +fortuna, y sentía una inmensa extrañeza al ver que la gente no mostraba +la menor impresión, que el cielo estaba azul, que todo se hallaba como +siempre y no surgía la más leve señal exterior para hacer saber al mundo +que el gran genio se había equivocado por primera vez aconsejando la +baja.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2> + + +<p>La derrota fue completa.</p> + +<p>A los dos días, ninguno de los bolsistas que tenían por oráculo al +famoso don Ramón dudaba de ella. El mismo banquero confesaba que esta +vez se había equivocado, aunque no por ello dejaba de sonreír, +asegurando que lo mismo que había ocurrido una alza contra todas sus +previsiones, podía sobrevenir una baja, pues no todos los tiempos son +iguales.</p> + +<p>Y aquellos hombres de fe inquebrantable acogían como risueña esperanza +las ambiguas palabras del banquero, prestándoles esto cierta energía +para sobrellevar el golpe. A todos los admiradores de don Ramón les +había alcanzado la derrota; pero quien más sufría era el señor Cuadros, +que de un golpe veía desaparecer todas las ganancias de su vida de +bolsista.</p> + +<p>Pero él no desmayaba, no señor. ¿Qué gran general no sufre una derrota? +Él era soldado fiel de don Ramón y le seguía a ciegas, convencido de que +con un hombre así, de tropezón en tropezón, más tarde o más temprano se +llegaba a la victoria.</p> + +<p>Con el error del banquero, quedaba lo mismo que antes de entrar en la +Bolsa: dueño de la tienda y de unas cuantas fincas sin importancia. Pero +esto mismo le animaba y le hacía ser más tenaz en sus propósitos. Al +fin, ¿qué había perdido? Igual estaba ahora que antes de entrar en el +negocio. Lo que había ganado en la Bolsa justo era que en la Bolsa se +perdiese. Además, que le quitasen lo mucho que se había divertido +gastando el dinero a manos llenas.... ¡Adelante! El buen carretero +vuelca muchas veces en un bache insignificante.</p> + +<p>Y con tantos ánimos se sentía, que consolaba a Juanito, el cual, sin +perder tanto como su maestro, mostrábase aterrado por el suceso.</p> + +<p>—Vaya, muchacho, debes tener más alma o retirarte del negocio, ¿Crees +tú que se pescan millones sin correr peligro? Aquí me tienes a mí, que +me he quedado lo mismo que hace un año: convertido en un tenderillo de +escasa fortuna. Otro se consideraría perdido; pero yo me quedo tan +fresco. ¿Que sigue sosteniéndose el alza? Pues yo a la baja, como antes. +A la baja está don Ramón, y sigo a su lado. No hay cosa que disguste +tanto a la suerte como la inconsecuencia.</p> + +<p>Y con estas seguridades, dadas enérgicamente, aunque sin saber con qué +fundamento, el señor Cuadros conseguía serenar a Juanito. No tenía igual +poder sobre don Eugenio, su antiguo principal. El pobre viejo, al saber +el gran descalabro, en vez de irritarse depuso su huraña actitud, +aproximándose a su antiguo dependiente para darle consejos con tono +paternal.</p> + +<p>—Estás a tiempo para retirarte. Lo que te pasa es un aviso de la +Providencia. En realidad, nada has perdido. El dinero mal ganado se lo +lleva el diablo. Lo que ahora tienes es lo adquirido honradamente y a +fuerza de trabajo. Créeme, Antonio; a vivir como Dios manda, con +tranquilidad y modestia, educando a tu hijo para que sea un hombre de +provecho, y sin repetir ciertas locurillas de las que no quiero +hablarte. No tientes a la suerte, que es traidora. Piensa que un segundo +golpe dejaría a tu mujer y a tu hijo en situación de pedir limosna.</p> + +<p>Cuadros, a quien la derrota había privado de fuerzas para discutir su +pretendida infalibilidad en jugadas de Bolsa, contestaba afirmativamente +al viejo y parecía aceptar todos sus consejos; mas no por esto se +hallaba menos decidido a seguir a su grande hombre, sosteniéndose a la +baja, como medio seguro de conquistar los soñados millones. Y tanto él +como Juanito manteníanse firmes, a pesar de que continuaba el alza y no +se veía la menor probabilidad de que pudiesen cumplirse las predicciones +de don Ramón.</p> + +<p>Algo más que el desgraciado negocio preocupaba a Juanito. Una noche, al +retirarse después de acompañar a Tónica y su amiga en su paseo por la +feria, encontróse en la puerta de casa con su hermano Rafael, que se +llevaba el pañuelo al rostro como para ocultar algo que le molestaba.</p> + +<p>Arriba, a la luz del comedor, vio a Rafael con un ojo amoratado y las +narices sucias de sangre. El joven elegante, admiración y orgullo de la +mamá, olía a vino, y con palabrotas de las más soeces explicaba lo que +acababa de ocurrirle. Nada; una cosa de poca importancia. Se había +peleado con un amigo, dándose de bofetadas y palos en medio del puente +del Real cuando iban a la feria a última hora.</p> + +<p>No quiso decir más, aceptando con gruñidos de borracho los cuidados +paternales de Juanito, que hizo todo cuanto supo para curarle las +contusiones. El pobre muchacho, al ver a su hermano cruelmente +aporreado, sintió renacer el cariño de otros tiempos, cuando ejercía de +niñera, sacrificándose en el cuidado de sus hermanitos.</p> + +<p>Al día siguiente hizo averiguaciones para conocer con exactitud lo +ocurrido; y los calaverillas de la Bolsa, que sabían lo de la riña, le +enteraron con una exactitud cruel.</p> + +<p>Quien había aporreado a su hermano era Roberto del Campo. Los dos +cenaron en un <i>restaurant</i> para conmemorar los buenos golpes que habían +dado en la ruleta del <i>Sportsman Club</i>. Se habían emborrachado +amigablemente, y al dirigirse después hacia la feria, surgió la disputa +a consequencia de ciertas afirmaciones infames del elegante Roberto.</p> + +<p>Aquel miserable se había permitido asegurar cosas que hacían enrojecer +al pobre Juanito: intimidades repugnantes con su novia cuando por la +mañana hablaban en la escalera; secretos, en fin, que Juanito tenía por +calumniosos, y que únicamente podía revelar un canalla como aquél. Su +amigo había contestado a las confidencias con una bofetada, y después +ocurrió la riña, de la que Rafael salió tan malparado.</p> + +<p>Juanito se conmovió por el suceso. Decididamente, su hermano no era +malo; su prontitud en defender la honra de la familia, castigando la +calumnia, hacíale simpático. Y el sencillo Juanito, olvidando lo de la +borrachera, consideró a su hermano como un héroe. Conmovíale el valor +con que había defendido a Concha, y no pudo callar ante la interesada el +entusiasmo que sentía por Rafaelito.</p> + +<p>Su sorpresa fue inmensa al ver el poco caso que Concha hacía de sus +palabras.</p> + +<p>—Mira, chico, todo eso que me dices son líos de Rafaelito, y harás bien +no metiéndote en nada. Yo quiero a Roberto, ¿me entiendes? Él me quiere +a mí, a pesar de todo cuanto digas, y eso de que se permitió hablar +ciertas cosas es una mentira de Rafael, que, según me han dicho, iba la +otra noche como una cuba. ¡Vaya que le está bien a ese señorito meter +cisco en la familia! Más le valdría no emborracharse, o por lo menos que +sus borracheras no las pague yo.</p> + +<p>Y la joven se expresaba con serenidad, con frescura, como si se tratase +de la honra de otra y aquel Roberto fuese un infeliz a quien +calumniaban.</p> + +<p>Juanito no podía contener su asombro. ¡Dios mío! ¡qué gente aquélla! ¿Y +era su hermana la joven que permanecía tranquila ante suposiciones +ofensivas para su dignidad? Insistió, cada vez más escandalizado; pero +Conchita cortó rudamente sus recriminaciones:</p> + +<p>—¡Cállate! Como eres un tonto, crees que todos los jóvenes han de ser +iguales a ti. Roberto es como es y basta. Yo contenta, pues todos +satisfechos.</p> + +<p>Y le volvió la espalda desdeñosamente.</p> + +<p>Entonces acudió a la mamá. Él no podía permitir que aquella loca, por +amor o despreocupación, mirase impasible lo que de tan cerca hería el +prestigio de la familia. Doña Manuela le escuchó atenta; aparentó +indignarse en el primer momento, pero al fin dijo, con aquel tono de +inmensa bondad que tan bien le sentaba:</p> + +<p>—Mi pobre Juanito, tú eres muy bueno; no conoces el mundo, no tienes +sociedad y te extrañan y escandalizan muchas cosas que realmente carecen +de importancia. No tuerzas el gesto, que no intento defender a ese +muchacho, aunque me extraña mucho que un joven distinguido y bien +educado haya podido decir tales infamias. Pero ten en cuenta que tanto +él como Rafaelito estaban algo «alegres», y las cosas hay que tomarlas +según está el que las dice. En fin, Juanito mío, no te preocupes de la +casa, que aquí estoy yo para vigilarlo todo. Además, ya he dispuesto que +Conchita no salga más a la escalera. ¿No te parece bastante? Pues hijo, +no hay que echarlo todo a barato. Al fin, Roberto es un buen partido, y +Conchita no va a despedirlo por cuatro palabras dichas como broma +imprudente.</p> + +<p>Y doña Manuela, ofendida por la insistencia de su hijo, que tildaba de +«quijotesca», se separó de él casi tan huraña y despreciativa como +Conchita.</p> + +<p>Ahora sí que Juanito sentía a su alrededor un triste vacío. ¿Quién +quedaba en aquella casa que pensase como él? Únicamente en los hombres +había que buscar la vergüenza. Rafaelito y él eran los depositarios de +la dignidad de la familia. Por esto, él, que hasta entonces había +tratado a distancia y con cierto despego a su hermano, sentía un +recrudecimiento de cariño fraternal. Pero a los dos días de ocurrida la +riña le dijeron que Rafael y Roberto iban juntos otra vez, apuntando +sobre el tapete verde en fraternal combinación. Los dos se comprendían +y compenetraban; eran la yunta viciosa, ligada por el yugo de la +comunidad de gustos y la mutua posesión de secretos poco limpios.</p> + +<p>Este golpe acabó de anonadar a Juanito. También su hermano desertaba. +Nadie; ya no quedaba en su casa un corazón que pudiera colocarse al +nivel del suyo. ¡Cómo sentía ahora su rompimiento con el tío don Juan! +El viejo, a pesar de su tacañería y sus manías, era un hombre puro y +recto.</p> + +<p>Juanito pensaba ir en su busca como en otros tiempos, pues sus consejos +eran como un baño de dignidad y rígida honradez, que le hacían resistir +mejor la atmósfera de putrefacción moral de su casa. Cada vez se sentía +más alejado de la familia. Vivía como siempre; comía con la mamá y las +hermanas a la misma hora, pero las escuchaba como si fuesen seres +extraños encomendados a su observación; sonreía interiormente al +apreciar sus preocupaciones, indignábase sin romper su silencio, y +apenas terminaba el motivo de esta reunión de familia, escapaba para ir +en busca de Tónica y de la pobre ciega, sintiendo el anhelo de +purificarse, cual si las palabras de los suyos estuviesen agarradas a su +piel como asquerosas manchas.</p> + +<p>El pobre muchacho se sentía sin fuerzas para seguir viviendo con la +familia. Un obstáculo invisible se levantaba entre él y los suyos. Decía +bien su tío don Juan. Él era de otra raza. Formaba aparte en el seno de +la familia. Todos estaban ligados por la vida común; pero los otros eran +la burguesía pretenciosa, corrompida prematuramente por la ambición de +brillar, por el ansia de mentir, encaramándose penosamente a una altura +usurpada; y él era un intruso, el resultado de un encuentro de la +fuerza, cándida y sumisa, con la corrupción moral, hermosa y +deslumbrante.</p> + +<p>No; él no tenía madre. Los otros, los de Pajares, eran los legítimos +vástagos de doña Manuela, su fiel retrato en lo moral. Él sólo era el +hijo de Melchor Peña, con toda la inocencia, la hombría de bien, la ruda +dignidad del montañés de Aragón... y Melchor Peña había muerto. Estaba +solo en el mundo; no tenía madre.</p> + +<p>Pero a pesar de su tristeza, Juanito seguía adorando a aquel ídolo, +ante el cual volvía la cabeza para no ver los defectos, recordando sólo +lo que le parecía bueno.</p> + +<p>Doña Manuela podía parecerle en ciertos momentos falta de dignidad; pero +él echaba la culpa de todo a la maldita ambición, que la sumía en los +enredos y trampas, donde dejaba a jirones poco a poco, por sostener el +boato de familia, aquella altivez que tan bien le sentaba.</p> + +<p>Además—y esto era lo principal para Juanito—, la viuda, dedicada en +absoluto a sus hijos, buscando por caminos engañosos asegurar su +porvenir, no había dado motivo a la más leve murmuración. Tratándose de +dinero, era capaz de mentir y hasta de estafar, tomando préstamos sobre +fincas vendidas muchos años antes; pero su virtud de mujer aparecía +intachable.</p> + +<p>Juanito, como esos desesperados que encuentran todavía en su miseria +cosas agradables, reconocía en su madre grandes defectos, pero se +extasiaba ante su honradez de mujer.</p> + +<p>Un suceso vino o sacarle de la triste preocupación que le causaban los +asuntos de su familia. Era el último día de la feria. Por la tarde, en +la Bolsa circuló una noticia que hizo palidecer a todos los protegidos +de don Ramón Morte. En vez de cumplirse los vaticinios de éste, el alza +continuaba su carrera triunfal, ganando nuevos escalones y arrollando +las mermadas fortunas de los que osaban ponerse enfrente de ella.</p> + +<p>Esta vez desapareció por completo la confianza que Juanito tenía en la +infalibilidad de su principal y del señor Morte. La ruina era indudable. +El mismo don Antonio le había dicho que si no sobrevenía pronto la baja +saltaría él a fin de mes con todos los jugadores que atendían los +consejos del famoso banquero.</p> + +<p>El infeliz joven, poco avezado a los azares del juego, e incapaz de +ocultar las terribles impresiones de la ruina, sintió ganas de llorar en +plena Bolsa, ante los corredores y los «alcistas», que sonreían con un +gozo feroz viendo la agonía de sus contrincantes.</p> + +<p>Pero Juanito era de los que en la desgracia aguardan siempre una +inesperada salvación. Pensó que era preciso avisar al señor Cuadros; tal +vez él como hombre experto en los negocios, encontraría el medio de +salir a flote. Extrañábale mucho que no estuviera en la Bolsa, siendo +aquella tarde de agitación y de emociones, y salió inmediatamente en su +busca.</p> + +<p>En <i>Las Tres Rosas</i> sólo encontró a don Eugenio.</p> + +<p>—¿Qué ocurre?—preguntó el vejete—. Tienes cara de susto.... ¿Que si +está Antonio? No; salió después de comer. ¿Necesitas verle? ¿es urgente +el asunto? Pues entonces...—y se rascó la cabeza como si dudase—, +entonces puedes buscarlo en tu casa; de seguro lo encontarás. No sé qué +demonios tiene que hacer, siempre metido allí. ¿Es que tu mamá juega +también a la Bolsa?</p> + +<p>Juanito no quiso oír más, y salió a buen paso con dirección a su casa.</p> + +<p>Por el camino preocupábanle las palabras de don Eugenio, la triste +sonrisa con que había acompañado su última pregunta. Subió al trote la +escalera de su casa, dando un vigoroso tirón a la campanilla. Abrió +Visanteta, y al verle comenzó a darle explicaciones antes que él +preguntase. Las señoritas habían salido; estaban en casa de «las +magistradas».</p> + +<p>—Bien; pero ¿y el señor Cuadros, no está aquí?</p> + +<p>Y Juanito miró angustiosamente a la criada que balbuceaba, no sabiendo +qué responder.</p> + +<p>La empujó rudamente y entró. Visanteta sin perder su ceñuda seriedad, +levantó los hombros, hizo un gesto de resignación, como diciendo: «Que +ocurra lo que Dios quiera»; y volviendo la espalda al señorito, se fue +hacia el comedor.</p> + +<p>No había nadie en el salón. Bajo el sofá sonaba el juguetón cascabeleo +de <i>Miss</i>, la perrita inglesa, que al notar la presencia de Juanito sacó +a medias, por entre los lambrequines, su cabeza de juguete.</p> + +<p>La mirada del joven examinó rápidamente el salón, fijándose con estúpida +tenacidad sobre el sofá, como si viese en él algo extraño que le atraía +sin explicarse la causa. Era una chaqueta blanca arrojada con descuido, +y que causaba en el joven la misma impresión de esos rostros que siendo +amigos tardan mucho en reconocerse.</p> + +<p>Llevóse la mano a la frente como si fuera a arañarse con cruel impulso, +y sus ojos se dilataron con espanto. Fue un momento, un momento de +vértigo nada más; pero en tan corto espacio creyó que la habitación +danzaba como una peonza, que el techo descendía hasta apoyar en su +cabeza su peso irresistible; vio obscuridad y luces a un mismo tiempo; +experimentó frío y calor; sintió una bola extraña que se le atascaba en +la garganta, y en un instante pasaron por su imaginación, como +relámpagos lívidos, todas las escenas de novela que había leído, con sus +terribles descubrimientos y sorpresas aplastantes.</p> + +<p>Bien conocía aquella chaqueta; era la de su principal, la que tantas +veces le había rozado al descansar paternalmente la manga sobre su +hombro. <i>Miss</i>, saliendo de su escondite, frotábase contra sus piernas +gruñendo amistosamente.</p> + +<p>Pero, en fin, ¿qué era aquello? Nada significaba el pedazo de tela. Pero +¿dónde estaba el señor Cuadros? Insensiblemente se dejó arrastrar por un +espíritu de desconfianza que acababa de despertarse en él, y dentro de +su casa, por una precaución inexplicable, le hacía andar de puntillas +como si fuese un ladrón.</p> + +<p>Sin darse cuenta de ello, se vio junto al cortinaje que cubría la +puertecilla por donde entraba doña Manuela todas las noches a la hora de +acostarse. El mismo instinto que le hacía recatarse fue quien hizo +avanzar su mano levantando levemente un lado de la misteriosa colgadura.</p> + +<p>Miró, y sin embargo no sufrió la impresión de momentos antes. Todo era +verdad. Ahora comprendía las palabras de don Eugenio, su sonrisa +triste, la mirada de conmiseración con que había acompañado su rápida +salida de la tienda.</p> + +<p>Y abrumado por la sorpresa, permaneció erguido, con los ojos +desmesuradamente abiertos, apoyando su espalda en la pared, como si +temiera desplomarse. Debió lanzar un suspiro; tal vez chocó con +demasiada rudeza contra la pared.</p> + +<p>—¿Quién anda ahí?</p> + +<p>Y tras larga pausa, contestó a esta voz femenil otra de hombre en tono +más bajo, pero que rasgó los oídos de Juanito:</p> + +<p>—Será <i>Miss</i>, que juega.</p> + +<p>No supo cómo salió de allí. Lo único que pudo recordar fue que el +instinto de precaución le dominaba aún, y que al bajar la escalera lo +hizo de puntillas, evitando roces, como si fuera un delincuente y +temiera ser descubierto.</p> + +<p>Cuando se vio en la calle sintió un calor insufrible. Ya sabía quién le +apretaba con tanta crueldad la garganta. Era la vergüenza, que hacía +arder en su interior un fuego de infierno, que enrojecía su rostro y +aceleraba la circulación de su sangre. Creyó que todos le miraban, que +los transeúntes ladeaban el cuerpo para evitar su roce, y anduvo +apresuradamente, como si sintiera tras sus pasos el espectro de su +vergüenza que le perseguía.</p> + +<p>Aire... espacio... libertad; se ahogaba en las calles tortuosas, con sus +paredes que parecían aproximarse para cerrarle la marcha; necesitaba +horizontes inmensos, para no creerse aplastado, para poder ensanchar sus +pulmones y arrojar la cruel madeja de suspiros que se apelotonaba en su +garganta.</p> + +<p>Una sensación fresca le despertó de aquella pesadilla, que le hacía +caminar como un sonámbulo aterrado. Estaba en las Alamedas de Serranos, +y marchaba con la cabeza inclinada, los brazos a la espalda: la misma +expresión de los tipos casi lúgubres que acostumbraban a pasear allí.</p> + +<p>A lo lejos, tras las cortinas de los árboles que circuían el verdoso +estanque, sonaba el canto de un corro de niñas confundiéndose con el +juguetón parloteo de los traviesos gorriones:</p> + +<div class="noindent"> +<span style="margin-left: 3.5em;"><i>Yo me quería casar</i>,</span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>yo me quería casar</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>con un mocito barbero</i>....</span><br /> +</div> + +<p>Juanito sentía deseos de llorar como cuando escuchaba las romanzas +italianas de Amparo. Pero ahora no era el amor quien ponía en tensión +sus nervios; eran los recuerdos del pasado, que contrastaban penosamente +con su situación actual.</p> + +<p>Le hacía daño la inocente melopea infantil. Se veía con la imaginación +vistiendo el trajecito escocés de su niñez, cuando su madre, con tocas +de viuda, le llevaba a la Glorieta a que jugase con las niñas, pues su +timidez y debilidad no le permitían alternar con los revoltosos +muchachos. ¡Cuan hermosa estaba con sus negras tocas! Juanito la veía al +través de los años como una <i>Máter dolorosa</i>, acariciando dulcemente su +cabeza de niño y pensando en el doctor Pajares, a pesar de su reciente +viudez.</p> + +<p>Ya no creía en su madre. La fe se había rasgado en él como una +virginidad irreparable. Le nacía daño el canto infantil, y para no +llorar salió rápidamente del paseo, siguiendo el pretil del río.</p> + +<p>Caminando junto a la carretera polvorienta, sin ver otras caras que las +de los carreteros que marchaban perezosamente tras sus vehículos, o las +de los guardias de Consumos sentados ante sus garitas, Juanito se +encontraba mejor. No tenía miedo, como el poeta, a encontrarse con su +dolor a solas, y caminaba por aquel lugar poco frecuentado, saboreando +con gozo cruel el hondo pesar que, de vez en cuando, estallaba en +ruidosos suspiros.</p> + +<p>Sentía en torno de su persona la imagen invisible de un padre que no +había conocido. El recuerdo del pobre Melchor Peña le inspiraba cierta +conmiseración. Aquél también había vivido engañado. Amó locamente a su +esposa sin conocer su verdadero carácter y murió en el error, como +hubiese muerto él, jurando que su madre era la mejor de las mujeres, a +no haberle conducido la fatalidad al salón de su casa para hacer el más +terrible de los descubrimientos.</p> + +<p>Su madre era una tramposa capaz de todos los enredos y vergüenzas para +conservar el falso oropel de su vida; su madre despreciaba las +murmuraciones que herían hondamente el honor de la familia; dejaba a las +hijas que se arrojasen en el peligro, arrastradas por la desesperada +audacia de cazar un novio, y al final se entregaba como una perdida en +brazos de un amigo de su esposo, se vendía infamemente cuando estaba +próxima a la vejez, manchando todo su pasado, por una necesidad del +orgullo. ¿Qué era, pues, lo que quedaba a aquella mujer? Nada +absolutamente. Aquel descubrimiento fatal rasgaba el velo de la +credulidad, desvanecía el optimismo del cariño; la madre aparecía a los +ojos del hijo tal como era, con toda su fealdad moral; y Juanito pensaba +con rabia en su antiguo ídolo como el devoto que pierde la fe, y en la +imagen milagrosa que antes le arrancaba lágrimas de emoción ve sólo un +miserable leño. ¿Por qué había nacido del vientre de aquella mujer? ¿No +podía tener una madre como lo son todas? Y furioso contra la fatalidad, +que le había dado por madre a doña Manuela, cerraba los puños como si +quisiera estrangular a alguien.</p> + +<p>Levantó la cabeza y vio que se había separado del pretil, siguiendo por +el camino de ronda. Ante él alzaban sus pesadas moles cilíndricas las +dos torres de la puerta de Cuarte, con la rojiza costra acribillada por +los profundos agujeros de las granadas francesas y las de las +insurrecciones republicanas.</p> + +<p>Contemplaba fijamente los tragaluces angostos y enrejados de los +calabozos donde estaban los presos militares. Pensaba con envidia que +allí dentro, en las mazmorras lóbregas y húmedas, se estaría muy bien, +rodeado de absoluto silencio, lejos del mundo, sin pesares que turban +la existencia.</p> + +<p>Permaneció mucho tiempo mirando fijamente aquellos colosos de argamasa, +hasta que por fin se dio cuenta de que algunos chicuelos del barrio +formaban círculo en torno de él, contemplándolo con curiosidad, +tomándole, sin duda, por uno de esos viajeros que para el vulgo han de +ser forzosamente ingleses.</p> + +<p>Juanito huyó de aquella pillería, cuya mirada insolente y burlona nada +bueno presagiaba, y siguió por el camino de ronda, sumiéndose al poco +rato en sus tristes reflexiones. Volvía a caminar automáticamente, sin +fijarse en las personas que pasaban junto a él. Llevaba abiertos los +ojos, miraba a todas partes, y nada veía. Nada, no; lo real, lo +inmediato a su persona no lograba fijarse en su retina; pero en cambio, +veía siempre, con una tenacidad desesperante, la blanca chaqueta +arrugada brutalmente como la sábana del lecho después de una noche de +placer, y luego... luego veía también la cortina alzada revelando una +parte del atentado vergonzoso, de la degradación maternal, que era para +él un golpe de muerte.</p> + +<p>¡Oh, cuán execrable le resultaba ahora su antiguo ídolo! Y sin embargo, +estaba convencido de que todo su odio era una impresión del momento, que +se desvanecería apenas se hallase en presencia de la mamá. Es muy +difícil desarraigar un cariño de tantos años; y este convencimiento era +lo que más desesperaba a Juanito. Sentíase avergonzado por tener tal +madre y adorarla, sin embargo, con la dulce ceguera del cariño.</p> + +<p>—¡Eh...! ¡a un lado!</p> + +<p>Juanito saltó hacia atrás instintivamente, al sentir en su rostro el +bufido ardoroso de dos caballos. Había llegado a la entrada del camino +del Cementerio, y aquellas bestias que casi le atropellaban eran los +jacos huesosos, antipáticos y enfermizos que tiraban de un coche +fúnebre. El tétrico conductor, con su librea negra y mugrienta, pasó, +rociando de injurias al distraído y amenazándole con su látigo.</p> + +<p>Juanito apenas si pudo verle. Sus ojos estaban fijos en el féretro +blanco y dorado que se mecía con el traqueteo de las ruedas, dejando en +su memoria la impresión de una nubecilla surcada por rayos de sol.</p> + +<p>También debía estarse bien allí. Mejor que en los calabozos que antes +contemplaba con envidia. El silencio para siempre, la amarga +satisfacción del no ser, la grandiosa monotonía de la eternidad libre de +toda alteración. ¿Por qué no iba él dentro de aquella caja? ¿Por qué no +había caído cuatro años antes, cuando sufrió una pulmonía que puso en +conmoción a toda su familia? Al menos habría muerto creyendo en su +madre, y al partir le hubiera consolado un gesto, una lágrima de aquella +mujer. Pero ahora estaba solo. Moriría aislado; lo único que le +fortalecía era la certeza de la muerte como solución para sus males.</p> + +<p>El rostro de una joven asomada a la ventanilla de uno de los carruajes +del cortejo fúnebre pareció cambiar el curso de sus ideas. No; era una +locura buscar la muerte. Si no hubiese conocido a Tónica, podría aceptar +tan desesperada resolución; pero siendo amado por ella, era una locura. +Aún había remedio. Una parte de su capital la había entregado a don +Ramón Morte, no para jugadas de Bolsa, sino para la adquisición de +valores públicos. Vendería, aunque fuese con pérdida, esta parte segura +de su capital; pagaría las deudas importantes que había contraído por +salvar a su madre, y con lo que le quedase se establecería modestamente, +sería el dueño de <i>Las Tres Rosas</i> o de una tienda más pequeña, +casándose en seguida con Tónica. Ésta era la verdadera solución. Nada de +buscar millones; la lección había sido dura. Comerciante rutinario y +cachazudo, buen marido y padre virtuoso; ésta era la felicidad, lo que +él ambicionaba para el porvenir.</p> + +<p>Y cuando con más entusiasmo forjábase la ilusión de la tranquilidad +patriarcal, un silbido estridente rasgó los aires, como si Mefistófeles, +desde las nubes, contestase con su carcajada chillona a los hermosos +planes de virtud doméstica. Juanito, sin dejar de andar, despertó del +extraño sonambulismo que le hacía correr en torno de la ciudad, agitado +a cada instante por los más diversos pensamientos. Frente a él +perfilábase sobre el cielo de pálido azul la plaza de Toros, con su +contorno de circo romano. Entre ella y el joven estaba el paso a nivel +de la vía férrea, donde comenzaba a palpitar, lanzando mugidos, una +bestia de hierro.</p> + +<p>Juanito viose detenido por la cadena que acababa de tender el guardavía. +Este obstáculo pareció irritarle. Sintió otra vez dentro de sí aquel +compañero misterioso que le había guiado en el salón de su casa al hacer +los terribles descubrimientos. Algo le decía ahora con acento imperioso. +Le empujaba, y él obedecía automáticamente. Olvidaba las ilusiones de +futura felicidad que se había forjado momentos antes, y el ataúd +coquetón, aquel féretro de raso blanco y bordados de oro, parecía +brillar ante él, como un astro que le iluminase con su camino. Abríase +su tapa, mostrando el interior mullido y acolchado como el de una caja +de dulces. Unos cuantos pasos más, y se quedaba dentro para siempre....</p> + +<p>De pronto, Juanito se sintió cogido por los brazos, zarandeado y +empujado hacia atrás con tal fuerza, que estuvo próximo a caer.</p> + +<p>—Pero ¿adonde va usted? ¿Está usted loco...?</p> + +<p>El que le hablaba era el guardavía, un mocetón de blusa azul con +iniciales rojas.</p> + +<p>Entonces se dio cuenta de que estaba a pocos pasos de un tren que, +conmoviendo el suelo, dando mugidos, por la chimenea y rugiendo por las +válvulas de escape, salía de la estación, abofeteando a los más próximos +con el viento de su rápido paso.</p> + +<p>Juanito lo comprendió todo. Había pasado por debajo de la cadena, y el +empleado acababa de detenerle casi en la misma cabeza del tren que +avanzaba.</p> + +<p>El guardavía mirábale con ojos interrogantes, en los que era visible la +sospecha de un intento de suicidio. Los curiosos agolpados a ambos lados +de la vía daban a entender lo mismo con sus palabras.</p> + +<p>Juanito, avergonzado, siguió a buen paso el mismo camino de antes, como +si después de lo ocurrido le fuera imposible continuar adelante dando la +vuelta completa a la ciudad.</p> + +<p>Pasó por el lugar donde había encontrado el fúnebre cortejo, y no pensó +ya en aquel ataúd blanco que le obsesionaba con la más amarga de las +seducciones. Tampoco levantó la desalentada cabeza para contemplar las +torres de Cuarte, cuyos rojizos muros adquirían en su parte alta un +tinte de incendio reflejando la puesta del sol.</p> + +<p>La frescura que sintió siguiendo el pretil del río pareció reanimarle. +Comenzaba el crepúsculo. En el cauce del río, las charcas y riachuelos, +reflejando en su fondo el rojo horizonte, brillaban como si fuesen de +encendida lava. En la ciudad, los vidrios de los altos balcones y de las +esbeltas torrecillas destacábanse sobre la masa obscura de los edificios +como placas de fuego. La calma del crepúsculo, compuesta de murmullos +imperceptibles, de lánguidos suspiros que exhala la Naturaleza próxima a +adormecerse, invadía el ambiente. Desde el pretil veíanse rebaños de +obscuras ovejas, que al compás perezoso de las esquilas iban en busca +del corral, mientras que por la parte de arriba, por la carretera +polvorienta, marchaban también en retirada los rebaños del trabajo, +gentes de espalda encorvada y blusa vieja, con la cara sudorosa y el +saco de herramientas a la espalda.</p> + +<p>La melancolía del crepúsculo se apoderaba de Juanito. Cuando entró otra +vez en las Alamedas de Serranos, sus piernas flaqueaban, y sintió la +necesidad de dejarse caer en uno de los bancos.</p> + +<p>En aquel paseo silencioso, casi desierto, que lentamente se obscurecía, +podía forjarse la ilusión de que estaba en un jardín de su propiedad, +donde nadie vendría a turbar la pereza dolorosa, el anonadamiento triste +en que iba sumiéndose.</p> + +<p>En las charcas del río, las ranas comenzaban a templar sus instrumentos +de dos notas para la interminable sinfonía de la noche; en la inmediata +carretera sonaba el chirrido de los carros.</p> + +<p>La humedad del sombrío arbolado empapaba las ropas de Juanito, +adormeciéndole. Hubo momentos en que su imaginación, lanzada en el +camino de la insensatez, hízole pensar que, como en los cuentos +fantásticos, un colosal murciélago le abanicaba con sus alas, para +chuparle la sangre después de dormido.</p> + +<p>De pronto, vio plantadas ante él, mascullando palabras ininteligibles y +extendiendo vergonzosamente las manos, dos niñas entecas, dos cabezas +con el pelo revuelto y erizado como espantables Medusas, mostrando las +piernas enflaquecidas y desnudas por debajo de los guiñapos que las +servían de faldas. Una profunda conmiseración invadió el ánimo de +Juanito. Aquéllas eran aún más desgraciadas que él. Tal vez no habían +conocido a sus madres, y esto era mil veces peor que tener una aunque +fuese como la suya. Olvidó repentinamente todas las precauciones de su +carácter económico, y dejó el puñado de pesetas que llevaba en el +chaleco en aquellas manecitas, que, asombradas y faltas de costumbre, no +sabían cómo oprimir la lluvia de plata. Las pesetas caían al suelo, y +Juanito no se arrepentía de su generosidad.</p> + +<p>Indudablemente, allá arriba había alguien viéndolo todo: lo mismo lo que +pasaba por las tardes en una alcoba, que lo que ocurría por la noche en +un paseo solitario entre dos mendigas pequeñas y un hombre más niño que +ellas.</p> + +<p>La desgracia le perseguía. ¿Quién sabe lo que le estaba reservado? Tal +vez algún día, con más vergüenza que aquellas infelices, tendría que +tender la mano a las gentes, sintiendo calor en el rostro y en el +estómago el cruel arañazo del hambre. Y como para sellar su pacto con la +desgracia futura, cogió entre sus manos las desmelenadas cabecitas, +besándolas en las sucias mejillas, en los labios cubiertos de costras.</p> + +<p>Esto asombró a las mendigas más aún que la generosidad de momentos +antes. Sus ojos cándidos y virginales deshonráronse con una viva chispa +de malicia; tras la inocencia infantil asomó la precocidad de la vida +aventurera, las lecciones infames aprendidas sobre el barro de las +calles; y las dos, apretando convulsivamente sus puñados de pesetas, +huyeron como si las amenazase un terrible peligro.</p> + +<p>Después pasó una mujer pequeña y enflaquecida, una pobre obrera de las +que habitan en la otra orilla del río. Cansada del trabajo, sostenía en +un brazo la pesada cesta y un chicuelo mofletudo que se agitaba con +nerviosa alegría, mientras tiraba con la otra mano de un galopín de +cinco años que se obstinaba en no andar por habérsele desatado el +zapato.</p> + +<p>La mujercita saludó con una dulce sonrisa a Juan, y dejando sobre su +mismo banco el pequeño y la cesta, encorvóse penosamente para atar el +zapato de su hijo mayor. Después de acariciarle su enorme cabeza, volvió +a recuperar lo que había dejado sobre el banco y prosiguió su marcha, +siempre abrumada por la fatiga, poseída por triste desaliento, pero +satisfecha y sonriente al mirar a sus dos pequeñuelos, cruz abrumadora +que arrastraba en el calvario de la miseria.</p> + +<p>Juanito creyó despertar ante aquella aparición. Era una verdadera madre +la mujercita de la dulce sonrisa. En aquel grupo de conmovedora miseria +había algo que él no había conocido jamás, y los dos pobres chicuelos, +martirizados por el hambre, destinados a vivir como parias de la +sociedad, gozaban lo que él, criado entre lujo y ostentación, no había +tenido nunca.</p> + +<p>Sentía deseos de pedir a Dios que hiciese un milagro, que le convirtiese +en uno de aquellos niños, destinados a ser bestias de carga para el +bienestar de sus semejantes, pero que al menos tenían una madre que los +amaba sin distinguirlos y no se vendía a pesar de su miseria. Sintió de +pronto en sus manos la caída de algo caliente que resbalaba sobre su +epidermis. Lloraba. Al alejarse el tierno grupo, las lágrimas habían +asomado a sus ojos, y no hacía ningún esfuerzo por contenerlas, +sintiendo al llorar una sensación voluptuosa, como si sus pulmones, con +extraordinaria dilatación, hubiesen expelido aquel nudo que le oprimía +la garganta.</p> + +<p>Así pasó mucho tiempo: con el sombrero caído a sus pies y la cabeza +apoyada en una mano, dejando que las lágrimas resbalasen a lo largo de +su antebrazo.</p> + +<p>Los últimos transeúntes que pasaron fueron unas buenas mozas con la +cesta al brazo, moviendo al andar bizarramente sus fuertes caderas. +Debían ser cigarreras que volvían de la fábrica. Miraron entre +compasivas y burlonas al señorito que lloraba, y se alejaron haciendo +comentarios a toda voz. ¡Un hombre llorando! Indudablemente le había +engañado la novia o había muerto su madre. A Juanito no le hicieron daño +los burlones comentarios de aquellas muchachas. Habían acertado. Su +madre había muerto aquella tarde, y por esto lloraba.</p> + +<p>Tras el desahogo del llanto, quedó fatigado, con los miembros +entumecidos, como si acabase de hacer una larga marcha.</p> + +<p>No supo si había dormido o si el tiempo pasó con extraordinaria rapidez; +lo cierto fue que al apartar las ardientes manos mojadas en lágrimas y +erguir su cabeza, vio que era de noche. Por entre el ramaje de los +árboles veíase el cielo azul obscuro de las noches de verano, moteado +por el luminoso polvo sideral.</p> + +<p>Como un sordo rugido semejante al hervor de lejana caldera, llegaban los +rumores de la ciudad al paseo obscuro y silencioso.</p> + +<p>Cantaban las ranas con una monotonía desesperante; reflejábanse las +temblorosas estrellas en el fondo de las charcas; en el inmediato +estanque conmovíanse con estremecimientos voluptuosos las plantas +verdosas que extendían sus palmitos a flor de agua, y a lo lejos, como +un eco, sonaban los ladridos de los perros del arrabal.</p> + +<p>Aquel silencio matizado por los ruidos propios de la noche hacía +imaginarse a Juanito que se hallaba en un tranquilo pueblo, lejos de una +vida en la que sólo había encontrado hondos pesares. Su mirada vagaba +errante por entre los puntos de luz, que le parecían impenetrables +jeroglíficos trazados en el cielo. ¿Cómo serían aquellos mundos? Y +pensando en esto, recordaba confusamente la poca geografía aprendida en +la escuela, las innumerables consejas que había oído relatar sobre la +influencia de los astros sobre los hombres.</p> + +<p>Creía en lo maravilloso, en la influencia astrológica, sintiendo que la +calma augusta de la inmensidad se filtraba en su ánimo.</p> + +<p>Como si le atrajesen aquellos mundos desconocidos, creía elevarse en el +espacio, dejando muy lejos, bajo sus pies, la tierra, llena de miserias. +Su corazón parecía ensancharse, crecer, convertirse en un músculo +gigantesco que ocupaba todo su pecho y lo hacía estallar como un saco +angosto. Ya no odiaba a nadie.</p> + +<p>Todos los seres de la tierra le parecían pequeños; y sintiendo la tierna +conmiseración de las almas grandes, sonreía dulce pero compasivamente al +pensar en su madre, en sus hermanas y hasta en la misma Tónica.</p> + +<p>Nada le impresionaba ya; todo le era indiferente: amistad, familia y +amor. Él no era de este mundo; su verdadera patria estaba arriba. Y +miraba a los astros con ojos interrogantes, como inquilino que escoge la +mejor habitación para trasladarse a ella.</p> + +<p>Pero las impurezas de la realidad le despertaron otra vez de su +sonambulismo. Pasaban misteriosas parejas por detrás de los macizos de +árboles, unidas por dulce intimidad, con paso recatado, cuchicheando +levemente y buscando un lugar a propósito para aislarse de otros a +quienes la cita nocturna llevaba también allí.</p> + +<p>Esto sublevó a Juanito. Tenía por suyo el paseo, la calma de la noche, +el puro silencio que le envolvía; la impúdica invasión de libertinos +callejeros y mercenarias ambulantes causábale el efecto de un atentado +contra su propiedad. Un sentimiento de asco le hizo ponerse en pie; y +recogiendo su sombrero, salió de la obscura alameda.</p> + +<p>Las campanas de los relojes atrajeron su atención, haciendo que mirase +el suyo a la luz de un farol.</p> + +<p>Eran las diez y media. Le sorprendió la rapidez con que había +transcurrido el tiempo y continuó su camino, dispuesto a vagar sin rumbo +fijo; pero los grupos de gente que siguiendo el pretil marchaban en la +misma dirección le arrastraron, haciendo que insensiblemente se +encaminara a la feria de la Alameda.</p> + +<p>Al llegar al puente del Real pasó por entre los tranvías y carruajes, +que, parados en la obscuridad, parecían mirar al gentío con los +encarnados y redondos ojos de sus faroles.</p> + +<p>El magnífico panorama reanimó a Juanito. Al otro lado del río, millares +de luces de colores, en serpenteantes líneas o marcando el contorno de +los pabellones arquitectónicos, desvanecían la obscuridad, produciendo +un rojizo vaho que se extendía por el cielo coma el reflejo de lejano +incendio. Las charcas del río se poblaban de inquietos peces de fuego.</p> + +<p>Atravesó el puente sufriendo los codazos de la multitud. Aquella noche +era la última de feria. Destacábanse los grupos de soldados, con los +roses enfundados de blanco; los huertanos iban en cuadrilla, cogidos de +las manos por temor de extraviarse; y pasaban las labradoras con su +traje de fiesta, arrastrando tras sí un racimo de chiquillos llorones y +cansados, precedidas por los maridos en mangas de camisa, chaleco negro +y el garrote de Liria en la mano, mirando a todos con fijeza, como si +temiesen que los «señoritos» se burlasen de la familia.</p> + +<p>Los farolillos venecianos formaban gigantescos pabellones de una +claridad difusa. En la entrada de la Alameda apelotonábase el gentío, y +por entre la masa de espaldas arqueadas y codos en punta pasaban las +floristas con su cesto de mimbres erizado de ramilletes y las chicuelas +desgreñadas, con el cántaro en la cadera y el turbio vaso en la mano, +pregonando: «¡<i>Al aigua fresqueta</i>!»</p> + +<p>Juanito viose detenido por la masa apiñada ante el tablado de los bailes +populares. Sonaba el agudo cornetín repitiendo monótonamente la +contradanza moruna o acompañando las voces de los cantadores, y a su +compás saltaban sobre el tablado las parejas de bailarines, que de lejos +parecían polichinelas.</p> + +<p>En aquel lugar bifurcábase la corriente del gentío. La gente alegre y +ruidosa, los labradores, la chavalería de gorrilla y tufos o de falda +almidonada y pañuelo de seda, seguía por el pretil del río mirando la +larga fila de casetas, en las que se aburrían los feriantes esperando al +comprador que nunca llegaba.</p> + +<p>Por el lado opuesto, por la avenida central, donde estaban establecidos +los pabellones de baile, marchaba la gente «distinguida», con +parsimonia, como en una procesión, mirando con el rabillo del ojo a los +que estaban en las compactas filas de sillas, o deteniéndose un instante +para contemplar las parejas que danzaban en los pabellones.</p> + +<p>Juanito, confundido entre este público e insensible a las cosas de este +mundo, lo encontraba todo feo y ridículo con su pesimismo feroz.</p> + +<p>Aquellos pabellones, que vistos con un poco de buena voluntad a la luz +artificial recordaban los palacios deslumbrantes de las leyendas, +parecíanle ridículas barracas. Y luego, ¡qué asco le producían los +imbéciles que en aquellos salones al aire libre bailaban como monigotes, +sin advertir que el gentío se divertía con sus saltos!</p> + +<p>En uno de aquellos pabellones estaría su hermano Rafael. Y el muy +imbécil tal vez se divertiría, tal vez estarían con él las hermanitas, y +todos juntos mirarían con desprecio a la gente que se pasea por bajo, +sin pensar que de allí podría salir un acusador anónimo que les gritara: +«¡Todo ese lujo, esa altivez que ostentáis, son debidos a la trampa, a +la desvergüenza, a que vuestra madre es una...!»</p> + +<p>No; decididamente, él no podía seguir paseando por aquella parte de la +feria. Volvían a reaparecer las tristes ideas de la tarde; pensaba otra +vez en su madre. Además, de seguir por cerca de los pabellones, estaba +expuesto a encontrarse con su familia, con el señor Cuadros, con +cualquiera otro que le hiciera acordarse de lo que él tenía empeño en +olvidar.</p> + +<p>Huyó de aquellos sitios, dirigiéndose al final de la feria, donde +estaban los <i>restaurants</i> al aire libre, las buñolerías apestando el +ambiente con el aceite frito de sus fogones, y las rifas, cuyos dueños +atraían con furiosos gritos a la gente, prometiendo una fortuna. Más +allá estaban los vendedores de sandías, voceando tras sus montones de +verdes bombas; las mesas de comida barata, donde cenaban chorizos crudos +y morcillas secas los soldados y los labradores; y al final, los +barracones de espectáculos: <i>El teatro mágico</i>, <i>La mujer gorda</i>, <i>Los +perros sabios</i>, con órganos a la puerta que hacían sonar una música +extravagante, propia de una fiesta de caníbales. Juanito, con los +nervios excitados, acabó por huir, refugiándose en los jardinillos a la +inglesa que la gente llama «el Plantío».</p> + +<p>Volvió a encontrarse como en las Alamedas de Serranos, en una soledad +relativa, mirando desde su banco la agitación de la feria y contemplando +el cielo a través de las copas de los árboles, cuyas hojas, bañadas por +el reflejo de la luz artificial, cambiaban su tono verde por un plateado +mate.</p> + +<p>Allí, por un extraño capricho de su imaginación, pensó en los negocios. +Recordaba las noticias que le habían dado aquella tarde en la Bolsa. La +ruina era indudable. ¡Bien les había dejado el célebre banquero con su +pretendida infalibilidad!</p> + +<p>Su principal, el señor Cuadros, podía tenerse por hombre al agua. En +cuanto a él, daba por perdida una gran parte de su fortuna, y únicamente +confiaba en los valores del Estado que por encargo suyo había adquirido +el señor Morte. Eran unos tres mil duros, y con esta cantidad pensaba +encontrar la salvación.</p> + +<p>El optimismo tornaba a apoderarse de su ánimo, como una reacción +necesaria tras tantas horas de insufrible dolor. Aún tenía salvación. Se +alejaría de aquella familia que sólo era en apariencia suya, pero a la +cual no le ligaba lazo alguno; se casaría con Tónica, buscaría una +tienda modesta y emprendería otra vez la conquista azarosa y difícil del +dinero, teniendo por maestro a don Eugenio y siguiendo los +procedimientos lentos y rutinarios del comercio a la antigua.</p> + +<p>No sería millonario, no soñaría con palacios en el Ensanche y brillantes +trenes de lujo; pero al llegar a la vejez se pasearía por una tienda +acreditada, con zapatillas bordadas, gorro de terciopelo y la +prosopopeya de un honrado patriarca, viendo a los hijos talludos tras el +mostrador, como activos dependientes, y a Tónica, hermosa a pesar de los +años, con el pelo blanco y los ojos de dulce mirada animándole el +arrugado rostro.</p> + +<p>Y el pobre muchacho conmovíase ante este cuadro de futura felicidad; y +así como antes el dolor le hacía llorar, ahora suspiraba con angustia a +causa de la alegría.</p> + +<p>Cruzó el espacio un silbido rápido, estridente, un ruido semejante al +desgarro de inmensa sábana, y en lo más alto del cielo, después de una +detonación de lejano cañonazo, esparcióse un haz de puntos luminosos de +diversos colores, que descendieron lentamente, dejando tras sí +culebrillas de fuego.</p> + +<p>Eran los cohetes voladores que anunciaban el disparo de los fuegos +artificiales. Juanito, con la atención de un muchacho, seguía las +vertiginosas curvas de aquellas veloces rayas de fuego en el obscuro +espacio. Cuando comenzaron a arder con gran estruendo los fuegos +artificiales en un extremo de la feria, él no abandonó su asiento. +Estaba molido; sus piernas entumecidas negábanse a obedecerle, y la +debilidad y el cansancio le producían, en ciertos momentos, algo así +como asomos de vértigo.</p> + +<p>Toda la feria adquiría un aspecto fantástico alumbrada por las bengalas, +que tan pronto la coloreaban de alegre rosa como daban a las personas un +tinte lívido.</p> + +<p>Un rugido de entusiasmo saludó el principio de la <i>traca</i>, diversión +favorita de un pueblo que ha heredado de los moros la afición a correr +la pólvora. Pendiente de los árboles daba la vuelta al largo paseo +aquella envoltura de papel rellena de pólvora, colgando a trechos los +blancos cucuruchos que contenían los truenos.</p> + +<p>Durante media hora repitió el eco aquel estruendo de batalla. Las +mujeres, puestas de pie sobre las sillas, miraban con nerviosa +curiosidad la nube de humo erizada de relámpagos que se acercaba, +dejando tras sí un ambiente cargado de azufre y voladoras pavesas; y +cuando el estruendo llegaba frente a ellas, cubríanse los rostros con +los abanicos, hundían la cabeza en el pecho, o sin dejar de reír, +llevábanse las manos a los oídos, como si no pudieran resistir el trueno +continuo, cuya intensidad subía o bajaba, llegando en algunos instantes, +con la violencia de la explosión, a hacer el vacío, dejando sin aire los +pulmones.</p> + +<p>La fiebre levantina enloquecía a los nietos de los rífenos, y eran +muchos los que, con la blusa chamuscada, sacudiéndose la lluvia de +pavesas, corrían siguiendo la marcha del fuego, deteniéndose para silbar +al pirotécnico cuando la <i>traca</i> se cortaba, apagándose por algunos +segundos. Con la violencia de las explosiones saltaban hechos añicos los +globos de vidrio del alumbrado de gas; el azufre colábase por todas las +gargantas, llevando al fondo de los estómagos su sabor insufrible; pero +todo entraba en la diversión, y al final, cuando estallaba el trueno +gordo, haciendo temblar el suelo de la feria, la gente menuda prorrumpía +en estruendosa aclamación, despertando de la pesadilla belicosa que la +había enardecido durante media hora.</p> + +<p>Al terminar la <i>traca</i>, Juanito salió de la feria. Tenía prisa en +llegar a casa antes que su familia. Reconocíase sin fuerzas para +resistir la presencia de su madre. Carecía de costumbre en el +fingimiento, y la expresión de su rostro le haría traición. Además, +sentíase muy débil. Como los seres nerviosos que después de un esfuerzo +extraordinario caen en desaliento mortal, él, tras la tarde de agitación +y la noche pasada en los bancos del paseo, sufriendo el húmedo relente, +sentíase enfermo. Su estómago le atormentaba, recobrando sus funciones +después de la crisis nerviosa.</p> + +<p>Cuando llegó a su casa y Visanteta le abrió la puerta, no pudo contener +un gesto de asombro al ver que el salón estaba iluminado.</p> + +<p>Entró. Allí estaban su familia y la del señor Cuadros, pero todos +silenciosos, ceñudos, con la cabeza inclinada, como si en la vecina +alcoba hubiese un muerto al que velaban. Juanito husmeó en el ambiente +algo terrible e inesperado, y se olvidó de todo, atento únicamente a +conocer el misterio. Fue a preguntar, pero el señor Cuadros le atajó +poniéndose en pie y avanzando con los brazos abiertos, con expresión +paternal y desesperada.</p> + +<p>—¡Ay, hijo mío! Estamos perdidos. Ese Morte es un pillo.</p> + +<p>¡Eh! ¿Qué era aquello...? Pero la extrañeza del joven duró muy poco, +pues el señor Cuadros hablaba con la verbosidad de la desesperación.</p> + +<p>La cosa había ocurrido al anochecer. Primero la noticia circuló +tímidamente por la Bolsa, pero poco después la sabía toda la ciudad. El +célebre banquero don Ramón Morte había desaparecido, produciendo la +consternación en centenares de familias. Unos decían que era un farsante +que había huido para comerse en el extranjero los millones robados a sus +clientes con la hipócrita comedia de su sencillez y su filantropía; +otros aseguraban que era un desgraciado, un iluso, que, enloquecido por +anteriores triunfos, se había empeñado en sostenerse a la baja, +perdiendo su capital y el de sus admiradores, para huir al fin, pobre y +avergonzado, sin que su deshonra le valiera nada. Lo cierto era que +desde el anochecer, toda una procesión de clientes, anonadados unos y +amenazantes otros, entraban en las oficinas del banquero, no encontrando +otra cosa que las mesas abandonadas y algunos empleados quejumbrosos y +todavía no convencidos de la ruina de su principal.</p> + +<p>Juanito quedó clavado en el suelo por el asombro, con los ojos +desmesuradamente abiertos, mirando a un lado y a otro, sin ver nada. Los +demás seguían cabizbajos, oyendo por centésima vez la relación del señor +Cuadros, que parecía enloquecido por la ruina.</p> + +<p>—¡Sí, hijo mío! Yo también he estado allí. Aquello es una desolación. +Estamos a fin de mes y hay que pagar en seguida. ¡Oh, ese hombre! ¡Ese +pillo! ¡Da lástima ver tanto desesperado, tantos padres de familia +dispuestos a matarse o a matar a ese granuja si le pillan! El muy ladrón +debió saber antes que nadie lo de la baja, y... ¡échale un galgo! ¡Dios +sabe dónde estará ahora!</p> + +<p>Juanito fue a preguntar algo, con la timidez del que espera una terrible +noticia, pero su principal siguió hablando.</p> + +<p>—¿Y yo, Juanito mío? ¿Cómo me quedo yo...? Arruinado para siempre, +perdido, y lo que es peor, deshonrado. No tengo la cabeza para cuentas, +pero he calculado a la ligera lo que debo a los corredores, y ni con la +tienda ni con mis fincas tendré para pagar la mitad. ¿Qué hago, Dios +mío, qué hago...? Para comer tendré que pedir a algún compañero que me +admita de dependiente; y esto, a la vejez, es para pegarse un tiro.</p> + +<p>Y Cuadros tenía los ojos vidriosos, faltándole poco para romper a +llorar. No era su próxima degradación lo que más lamentaba, sino la +pérdida de los placeres con que le había tentado la riqueza improvisada.</p> + +<p>—Pero ¿y yo?—dijo por fin Juanito—. ¿En qué situación quedo?</p> + +<p>—¿Tú...? ¡Pareces tonto! La ruina es igual para todos. Únicamente +tienes sobre mí la inmensa ventaja de ser joven y carecer de mujer e +hijos.... ¡Ay, quién estuviera en tu piel!</p> + +<p>—Pero yo—dijo el joven con la tenacidad del que se agarra a una +esperanza—, yo no sólo jugaba a la Bolsa. Don Ramón tenía en su poder +más de tres mil duros míos en títulos del Estado. ¿Qué se han hecho?</p> + +<p>Cuadros lanzó una carcajada, que, en fuerza de querer ser irónica, +resultaba espeluznante.</p> + +<p>—Espera sentado tus tres mil duros—exclamó con brutalidad—; eso de +los valores públicos es una mentira. Ahora se ha descubierto que el tal +don Ramón no compraba papel, y cuando le daban una cantidad con tal +destino la dedicaba a la Bolsa, cuidando de entregar los intereses al +cliente, como si en realidad existiesen los títulos. ¿Quieres saber que +hay de esos tres mil duros? Pues que los has perdido. ¿No me dijiste que +tu novia le entregó ocho mil reales? Pues los has perdido también.... +¡Cristo! Hemos sido unos brutos, y ahora, en justo castigo, nos quedamos +en la miseria, y muchas gracias si en alguna tienda nos quieren admitir +de bestias de carga.</p> + +<p>Y Cuadros, furioso, iba de un extremo a otro del salón manoteando, +gozándose cruelmente en pintar a su discípulo toda la grandeza de su +ruina. Juanito estaba inmóvil por el estupor. ¡Dios sabe lo que pasó en +aquellos momentos ante sus ojos, fijos, sin luz y desmesuradamente +abiertos como los de un ciego!</p> + +<p>De pronto, doña Manuela abandonó su asiento al ver a su hijo vacilar, +llevándose las manos al pecho y retroceder como si buscase apoyo.</p> + +<p>Intentó cogerlo por los brazos; pero el pobre muchacho se estremeció, +lanzando una mirada a su madre, que despertó en ella vergonzosas +sospechas.</p> + +<p>—No, no me toque usted, mamá: ¡lejos...! no necesito a nadie... estoy +bien.</p> + +<p>Y cayó como un fardo sobre el mismo sofá en el que por la tarde había +visto la arrugada chaqueta como impasible acusadora del adulterio.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2> + + +<p>Juanito se moría.</p> + +<p>Toda la noche la pasó tendido en su cama como una masa inerte, con la +pesada cabeza hundida en las sábanas, el rostro envejecido, la barba +alborotada y los ojos cerrados.</p> + +<p>El pecho elevábase acelerada y trabajosamente, como si dentro funcionara +una válvula vieja, y en la alcoba sonaba sin interrupción un ronquido +silbante, cual si a lo lejos estuviera una locomotora expeliendo el +vapor de sus calderas. La familia pasó toda la noche junto a la cama del +enfermo.</p> + +<p>Doña Manuela, a pesar de su ánimo varonil, estaba aturdida por el +asombro. Pero ¿cuándo se cansaría Dios de enviar desgracias sobre ella? +Primero la ruina del protector que sostenía el prestigio de la casa y la +de su hijo, con cuya fortuna contaba para casos extraordinarios, e +inmediatamente aquella enfermedad extraña, rápida como el rayo, que +mataba por anticipado al pobre joven, pues le tenía inmóvil e insensible +como un cadáver, sin otra vida que aquella respiración angustiosa que +parecía asfixiar a los demás.</p> + +<p>La desgracia reanimaba el sentimiento maternal, dormido durante tantos +años en el pecho de doña Manuela. Contemplaba a Juanito con igual +expresión que cuando era hijo único y gozaba de todas sus caricias.</p> + +<p>Con los ojos enrojecidos por un sordo lloriqueo, iba la madre de un +punto a otro de la alcoba cumpliendo lo dispuesto por los médicos, +preparando los sinapismos que aplicaba por debajo de las sábanas a las +míseras piernas del enfermo.</p> + +<p>Rafaelito habíase retirado a su cuarto en la madrugada, y las hermanas +permanecían clavadas en sus sillas, bostezando de cansancio, con un +gesto de extrañeza y de miedo, como si presintieran que la muerte +rondaba por la puerta de la alcoba.</p> + +<p>La madre indignábase al hablar de los médicos. ¡Vaya una gente +ignorante! Todo lo echaban en palabrotas raras e ininteligibles. Lo +único que había podido sacar en claro era que se trataba de una +congestión cerebral de las peores, y que el enfermo, por haber pasado a +la intemperie gran parte de la noche, se hallaba en... ¿cómo decían +aquellos tipos...? ¡Ah, sí! en un medio patogénico que había preparado +el efecto terrible de la mala noticia.</p> + +<p>Y no cabía dudar que el pobrecito se moría. Ninguno de los médicos había +dado a la madre la menor esperanza. A sus preguntas contestaban con +palabras que nada prometían; pero apenas estaban fuera de la alcoba, +meneaban la cabeza con triste expresión, como afirmando que nada les +quedaba que hacer allí.</p> + +<p>En medio de su dolor, la obsesionaba una idea cruel. Recordaba el +terrible momento en que Juanito había caído inerte al conocer su ruina.</p> + +<p>—No, no me toque usted, mamá....</p> + +<p>En sus oídos sonaban estas palabras como si acabasen de ser +pronunciadas, y veía aún el gesto de repugnancia con que las había +acompañado.</p> + +<p>¿Qué cambio tan rápido era aquél, desde la adoración idolátrica a una +repulsión instintiva? ¿Sabría algo su hijo? Y la cruel sospecha de que +Juanito pudiera conocer el secreto de aquel lujo que la familia había +ostentado en medio de la ruina martirizaba a doña Manuela. Sólo la +suposición de que sus sospechas pudieran resultar ciertas la hacía +sentir intenso remordimiento. Por una preocupación extraña, doña Manuela +creía preferible que Rafaelito y hasta sus mismas hijas tuviesen +conocimiento de su deshonra, antes que aquel buenazo, vivo retrato de +su padre, para el cual cualquier impresión extraordinaria era la muerte.</p> + +<p>Quedábase unos instantes inmóvil ante el lecho, contemplando fijamente +al enfermo, como si en su rostro enrojecido e inmóvil pudiera leer algo +de lo que pensaba al rechazarla con tanta vehemencia. Entreabría los +párpados del enfermo y se fijaba en el ojo amarillento, opaco, sin vida, +no pudiendo encontrar en él un rastro del pensamiento que con tanto +interés buscaba.</p> + +<p>Así pasó toda la mañana. Las niñas se habían retirado a descansar, +fatigadas por el estertor incesante y penoso que las crispaba los +nervios.</p> + +<p>Doña Manuela estaba inmóvil, pensando en la sima que se abría a sus pies +y en la que iba a caer irremisiblemente, encontrando al final lo que +tanto la asustaba: la miseria.</p> + +<p>Bien adivinaba ella el concepto en que ahora la tenían las familias +amigas. En otras circunstancias, una enfermedad hubiese atraído +inmediatamente innumerables visitas; pero ahora todos debían saber lo de +la ruina, y de la casa que se derrumba todos huyen.</p> + +<p>Un asomo de cordura iniciábase en aquella mujer dominada por la vanidad +y la soberbia. Se había arruinado, había caído hasta en la deshonra por +hacer su papel en la comedia del mundo, y fuera de algunas +satisfacciones de su orgullo, ¿qué había sacado? Su Rafaelito era un +perdido: ahora lo comprendía; muy elegante, eso sí, pero inútil para +librar a la familia de la miseria. Sus hijas eran unas señoritas que +sólo habían aprendido a figurar como muñecas bien educadas en un salón, +y aun esto sin poder evitar cierta cursilería que saltaba a la vista +apenas salían de su esfera. Su Juanito, el paria de la casa, era el que +valía algo, y ahora estaba allí, agitando su pecho para escapar del +brazo de la muerte, cansado de sufrir desdenes y olvidos.</p> + +<p>Ahora veía claro. ¡Cuan tonta había sido! Pero todos sus propósitos de +enmienda desaparecieron por la tarde, cuando recibió la visita de su +hermano.</p> + +<p>Don Juan había jurado en todos los tonos no volver a poner los pies en +la casa de su hermana; pero al saber el estado de su sobrino se apresuró +a visitarlo. Amaba a Juanito. Su rompimiento con él fue un arrebato de +su carácter atrabiliario; pero por no mostrarse débil, permaneció +alejado, aunque sin dejar por esto de enterarse de la marcha de sus +negocios. Entró en la alcoba del enfermo con el ademán soberbio, el +cónico sombrero encasquetado y lanzando a su hermana una mirada de +desprecio.</p> + +<p>Hacía esfuerzos por aparentar rudeza y mal humor, como si se presentase +arrastrado por el deber y no por el cariño; pero el cerdoso bigote le +temblaba y los ojillos parpadeaban nerviosamente. El estertor fatigoso, +la inmovilidad del enfermo, las sombras cadavéricas que se extendían +sobre el rostro, marcando sus huecos con triste negrura y haciendo +destacar fúnebremente el perfil de la nariz, acabaron con la serenidad +del pobre viejo, arrancándole un grito que parecía salirle del alma:</p> + +<p>—¡Juanito...! ¡Niño mío...! ¿No me oyes...? Soy el tío Juan....</p> + +<p>Y se abalanzó al rostro del enfermo, besando la sudorosa frente. Pero la +máscara barbuda y lívida que asomaba por el embozo de las sábanas +permaneció inmóvil.</p> + +<p>El viejo prorrumpió en sollozos.</p> + +<p>—Se acabó.... Esto es cosa hecha. Ya me lo ha dicho uno de los médicos, +pero necesitaba verlo para convencerme. Parece mentira.... ¡Un chico +como un castillo acabar tan pronto...! ¡Ay, cómo me duele ese +ronquido...! ¡Cristo! Parece que me rasgan algo aquí, dentro de los +pulmones. ¡Señor! ¡Qué justicia! Los carcamales como yo, buenos y +sanos, y ese chico que parecía comerse al mundo, camino del cementerio.</p> + +<p>Hubo una larga pausa.</p> + +<p>—Mujer, ya estarás contenta. Al fin has salido con la tuya. Te +estorbaba el chico, por ser hijo de quien es.</p> + +<p>—¡Yo!—gritó doña Manuela poniéndose en pie, con llamaradas en los ojos +y la majestuosa nariz agitada por la indignación.</p> + +<p>Aquel momento de silencio pareció una larga amenaza. El ronquido +angustioso del enfermo seguía sonando, cada vez más desgarrador.</p> + +<p>—Sí, mujer, tú. No te pongas tan soberbia, que no has de comerme. Tú +sabes que nos conocemos, y a mí no me asustas. Tú... sólo tú eres la +autora de esa muerte. ¿Crees que no estoy enterado de todo? El chico era +dócil, modesto, había bebido en buenas fuentes, era de nuestra escuela, +y toda su ilusión consistía en conquistarse una posición sin perder la +honra. Te quería demasiada, hubiera dado su sangre por ti, y eso es lo +que le ha perdido. Primero le hiciste firmar pagarés, contraer deudas, y +luego, su imbécil principal y tú, con el hambre del dinero, lo habéis +metido en esa ladronera que llaman Bolsa. Ha venido la ruina, y... +¡cataplum! ¡el chico a tierra...! ¿Quién tiene la culpa, mala madre? +¿Quién ha asesinado al muchacho, perra desvergonzada?</p> + +<p>—¡Juan...! ¡Juan!—gritó doña Manuela avanzando un paso con ademán +imponente, extendiendo las crispadas manos como si fuera a arañarle.</p> + +<p>—¿Qué hay...? ¿Qué quieres...? No me causas miedo. Los que somos +honrados decimos sin temor la verdad.... Ya veo que has llorado, pero a +mí no me engañan tus lagrimitas. No lloras por tu hijo; lo que te +entristece es la miseria que se aproxima, la ruina de tu <i>buen amigo</i> +Cuadros.</p> + +<p>Don Juan subrayó con tanta expresión estas palabras, que su hermana dio +un paso atrás, palideciendo y bajando las amenazantes manos.</p> + +<p>—Parece que me has entendido. ¿Creías que también ignoraba yo esto? Lo +sé todo, hija mía, y digo que me avergüenzo de que lleves mi apellido. +Troné contigo cuando siendo viuda tuviste «aquello» con el doctor +Pajares. Entonces aún podías justificarte, pues al fin amabas algo a +aquel <i>perdis</i>.... Pero lo que no tiene excusa es que te hayas vendido, +que te hayas entregado como un pingajo de la calle. En mal camino estás, +Manuela, y ya es tarde para retroceder. Hay alguien que te castiga, +haciendo que la deshonra no pueda servirte de Dada. Has perdido tu +respetabilidad de mujer y ahora te hallas en los mismos apuros de antes, +pues ese imbécil de Cuadros es hombre al agua. Por cierto que, según me +han dicho, nadie puede encontrarle. Habrá huido, como su maestro el +farsante Morte, convencido de que lo que tiene no alcanza para pagar a +la décima parte de sus acreedores. Llora, hija mía, llora; de nada te ha +servido caer.</p> + +<p>Y doña Manuela lloraba, efectivamente, sin saber con certeza si sus +lágrimas las arrancaba el estado de su hijo, los insultos de su hermano +o aquella última noticia de la desaparición de Cuadros.</p> + +<p>El viejo continuaba hablando junto al lecho del enfermo, excitado por la +indignación, con voz sorda unas veces y gritando otras, de modo que +cubría aquel estertor angustioso.</p> + +<p>—Te lo vuelvo a repetir. No cuentes conmigo para nada. Si antes no te +quería porque eras una manirrota, menos te querré ahora que eres una... +no lo quiero decir. El único que podía esperar algo de mí es ese +pobrecito. Los cuatro cuartos que tengo eran para él; pero ahora... se +acabó. Nada espero y en nada confío. Gastaré lo que me queda; procuraré +darme buena vida, y si tengo que hacer por alguien, ya sé a quién me +dirigiré.</p> + +<p>Y volviéndose hacia el enfermo, díjole con expresión de ternura, como si +pudiera oírle:</p> + +<p>—¡Juanín...! ¡Hijo mío! Tu tío está aquí.... Márchate tranquilo, que +alguien queda para proteger a los que te amaban y habían de formar tu +familia.</p> + +<p>—¿Qué es eso...? ¿Qué dices?</p> + +<p>—Cállate; Juanín me entiende, a pesar de que parece muerto. No tardaré +en reunirme con él... por eso no lloro... no vale la pena; es una +separación de un par de años... un viaje. Pero cuando lo vea otra vez, +tengo la certeza de que me abrazará agradecido y me llamará ¡tiíto!, +como cuando era pequeño y pasaba los domingos jugando en los porches de +mi casa.</p> + +<p>Y don Juan, enternecido por los recuerdos, gimoteaba inclinado sobre +aquella cabeza lívida, en cuya frente caían las lágrimas del viejo, +mezclándose con el agónico sudor.</p> + +<p>De pronto debió arrepentirse don Juan de su debilidad; recordó sin duda +algún detalle irritante de la vida de su hermana aferrado tenazmente a +su memoria, y recobró el gesto de rudeza, mirando fijamente a doña +Manuela.</p> + +<p>—Oye bien lo que te digo. Cuando éste salga de aquí, no nos veremos +más. Él era lo único que me ligaba a vosotros, el que podía obligarme a +venir a esta casa. Andas muy mal, Manuela. Crees que tu última locura la +ignoran todos, y cuantos te conocen lo sospechan. ¡Quién sabe si este +pobrecito también estaba enterado y se va al otro mundo avergonzado de +su madre...!</p> + +<p>—¡Juan...! ¡Cállate por Dios...! ¡Me matas...! Doña Manuela gritó +horrorizada, cubriéndose el rostro con las manos. La sospecha que tanto +la molestaba reaparecía en boca de su hermano. Y tan grande era su +turbación, que hasta le pareció más ruidoso aquel estertor de agonía, +como si el moribundo contestase afirmativamente con su fatigoso +ronquido.</p> + +<p>—Sí, Manuela. Adivino lo que piensas. Tu hijo se muere, sin que tengas +la certeza de que marcha a un mundo mejor con su inocencia limpia de +toda sospecha, creyendo en su madre como yo creí siempre en la nuestra. +Ése será tu castigo; ése será tu remordimiento.... Vivirás intranquila. +Hasta ahora, el pobre Juanito apenas si ha merecido tu atención; pero la +muerte despertará en ti los instintos de madre, pensarás en él a todas +horas, le verás en sueños, y la sospecha de que tu hijo pudo conocerte +tal como eres amargará tu existencia.... ¡Ay, infeliz! Te compadezco, +pienso con horror en las noches que pasarás cuando esta cama esté vacía +y creas oír en las habitaciones los pasos de Juanito. ¡Cómo llorarás +cuando la miseria te acose, y esos cachorros de Pajares, que para nada +sirven, no te puedan dar el pan que Juanito se hubiera quitado de la +boca para ti...!</p> + +<p>Ahora sí que lloraba de veras doña Manuela. Pensaba en el remordimiento +horrible que le predecía su hermano, y más aún en aquella miseria que +tanto la asustaba.</p> + +<p>Tan visible era su desesperación, que don Juan calló, compadecido de su +hermana. Hubo un largo silencio. El viejo habíase sentado en una silla +baja, apoyando su espalda en el lecho, y con la cabeza inclinada parecía +sumido en dolorosa reflexión. Doña Manuela, lloriqueando, fijaba sus +ojos con expresión interrogante en el implacable hermano, como si le +pidiera misericordia.</p> + +<p>Transcurrió más de una hora sin que el silencio de la alcoba se +interrumpiera con otro ruido que el estertor angustioso y continuo del +enfermo. Doña Manuela levantábase para pasar una mano por la frente +sudorosa del enfermo, cada vez más fría, y volvía a ocupar su asiento, +mirando a lo alto con una expresión desesperada. Al angustioso +movimiento de los pulmones uníanse ahora nerviosos estremecimientos, +cada uno de los cuales parecía repercutir en los dos hermanos.</p> + +<p>Don Juan palidecía como si sufriera los movimientos dolorosos de aquel +cuerpo inerte, y miraba a su hermana con la misma expresión que si fuese +ella la que martirizara al enfermo.</p> + +<p>Entraron en la alcoba Amparo y Conchita, y al ver a su tío, con el +instinto de jóvenes precoces y conocedoras del mundo, se aproximaron a +él, besándole en la frente. Esto causó cierta impresión en el viejo, y +mientras las niñas, de pie junto a la cama, contemplaban con el ceño +fruncido y los labios apretados la agonía del pobre enfermo, don Juan +dijo a su hermana en voz muy baja y titubeando como si se arrepintiera +de su debilidad:</p> + +<p>—Óyeme, Manuela; por ti no haría nada... no lo mereces; pero a la vista +de esas pobres chicas me siento débil y no quiero que mi conciencia +cargue con un remordimiento. Son jóvenes, están mal educadas, la +conducta de su madre no puede servirles de buen ejemplo, y acostumbradas +al lujo, es fácil que, al verse en la miseria, se pierdan para +siempre.... No intentes contestarme; no me convencerás. Conozco adonde +se llega siguiendo ese camino en que os halláis.... Os protegeré, pero +ya sabes quién soy yo. Quiero que viváis, pero sin desórdenes, como +personas juiciosas y honradas. Que todo lo pasado sea como un sueño. No +tengo ahora la cabeza para cuentas, pero creo que arreglando tus +negocios todavía salvaré algún piquillo de tu embrollada fortuna, y con +esto y lo que yo os daré podréis vivir como viven esas personas honradas +y modestas a las que llamáis cursis despreciativamente.... Seréis +cursis, ¿lo entendéis? Más os prefiero así que convertidas en señoras +tramposas, que pierden hasta su honor por engañar al mundo. Y en cuanto +a ese Rafaelito, o estudiará, haciéndose hombre de provecho, o lo +arrojarás de tu casa.... Porque eso sí, hija mía: ¡yo no mantengo +pigres!</p> + +<p>Al anochecer murió Juanito. La válvula vieja y gastada que parecía mugir +dentro de su pecho fue aminorando lentamente el fatigoso movimiento. +Cesó el estertor, como si se cerraran los escapes de aquella locomotora +que sonaba a lo lejos; y al quedar la alcoba envuelta en un silencio +fúnebre estallaron sollozos y lamentos en toda la casa. Hasta Visanteta +y la remilgada criadita lloriqueaban en la cocina al pensar que no +verían más al señorito campechano que alternaba con ellas, +complaciéndose en obedecer sus mandatos.</p> + +<p>Entre cuatro grandes cirios, sobre un tapiz fúnebre y tendido en el +acolchado fondo de una caja blanca y dorada como aquella que tanto le +había seducido, pasó Juanito la noche, velado por su hermano y por +Roberto, que de vez en cuando salían al balcón para fumar un cigarro.</p> + +<p>A la mañana siguiente llegaron las visitas: el desfile de levitas negras +y tupidos velos, el paso por aquella casa de los amigos y conocidos, +todos con la enguantada mano tendida, un gesto de amargura en el rostro +y la palabra de resignación guardada cuidadosamente para tales casos.</p> + +<p>La única nota tierna de aquella ceremonia fría y rutinaria fue el llanto +de dos mujeres enlutadas que entraron con timidez, apoyadas la una en la +otra. Nadie las conocía, pero iban acompañadas por don Juan.</p> + +<p>—¡No le veo... no le veo...!—gimoteaba tristemente la más vieja, +moviendo sus grandes ojos mates y sin luz.</p> + +<p>La más joven contemplaba fijamente, con estupor doloroso, la alborotada +barba del cadáver.</p> + +<p>—No, no te acerques, niña—dijo bondadosamente don Juan—. Sería una +impresión demasiado fuerte.... Sé lo que deseas. Tendrás su cabello; ya +arreglaré yo eso en el cementerio.</p> + +<p>Y don Juan, empujando dulcemente a Tónica y Micaela, las sacó del salón, +mostrando con ellas una solicitud paternal. Las gentes enlutadas que +estaban en torno del muerto conocían la rudeza del viejo, y extrañaban +su bondad. Las buenas burguesas se habían fijado en la dulce belleza de +Tónica, y sin dejar de mover los labios como si rezasen, murmuraron bajo +sus velos negros:</p> + +<p>—Será su querida.</p> + +<p>Sonaron en la plazuela el sordo rumor de muchos carruajes y los gritos +de los cocheros. Después un coro de voces lúgubres entonaron la primera +estrofa del <i>De profundis</i>.</p> + +<p>Ya estaba allí la parroquia, ¡Abajo el muerto! Y en el salón sonaron los +golpes del martillo sobre las tachuelas del féretro, que el eco repetía +con extraña sonoridad. En la plazuela, los balcones estaban repletos de +gente, como si esperase el paso de una procesión. En torno de la cruz de +plata agolpábanse los negros bonetes, las rizadas sobrepellices y las +lustrosas chisteras del acompañamiento. Allí estaba lo mejorcito de la +Bolsa. «Alcistas», que respiraban satisfacción por la reciente victoria; +los partidarios de la baja, mustios y desalentados, y los que ganaban +siempre, los corredores y sus ayudantes, gente joven y amiga de Juanito, +recordando con cierto enternecimiento las bromas que se permitían con +aquel barbudo de corazón de niño.</p> + +<p>En todo el camino, hasta la puerta de San Vicente, el fúnebre cortejo +fue una sesión ambulante de la Bolsa. Aquellos señores, sin acordarse +del motivo que les obligaba a andar por las calles en procesión, +hablaban de los negocios, de la fuga de Morte, con gran estallido de fin +de mes, y de la desesperada situación de los discípulos del famoso +banquero.</p> + +<p>El nombre de don Antonio Cuadros estaba en todas las bocas. Había huido +el día anterior, con el convencimiento de que no podía pagar sus deudas, +avergonzado sin duda de su ruina. Unos decían que había salido en el +expreso para Francia; otros que estaría en Barcelona o en Cádiz, +esperando ocasión para embarcarse en algún trasatlántico. En América +está el porvenir de los desesperados y de la gente arruinada. Teresa +debía saber dónde estaba su marido. La fuga era cosa convenida entre los +dos: por eso se mostraba ella tan tranquila. Habíase quedado con su hijo +en <i>Las Tres Rosas</i>, y a todos los que buscaban a don Antonio les +contestaban lo mismo. Estaba fuera y no tardaría en volver para arreglar +sus asuntos.</p> + +<p>Era la fuga del banquero Morte copiada en miniatura. Además, se hablaba +de que el señor Cuadros había comprometido en su ruina los ahorros de +don Eugenio, confiados a su custodia, y todos se compadecían del pobre +viejo.</p> + +<p>Podían esperar sentados los acreedores de Cuadros a que éste volviese. +Pero como entre ellos figuraban corredores de Bolsa, que se veían +gravemente comprometidos de no proceder inmediatamente contra el deudor, +en el cortejo fúnebre se hablaba de embargo, añadiendo que tal vez a +aquellas horas estaría el Juzgado haciendo el inventario de la tienda.</p> + +<p>Y era verdad. A las dos de la tarde entraban en <i>Las Tres Rosas</i> unos +cuantos señores con papeles bajo el brazo, seguidos por un alguacil. En +todo el Mercado, la aparición de los pajarracos de la ley produjo honda +emoción. El comercio acreditado, sólido y a la antigua, que se cobijaba +en obscuras tiendas, experimentaba esa inquietud que la justicia +española despierta siempre en los hombres honrados, de tranquilas +costumbres.</p> + +<p>¡Qué aspecto el de <i>Las Tres Rosas</i>! Parecía la tienda un ser animado +que acogía la desgracia con un gesto de resignado dolor. La puerta +estaba sin adorno. Sólo algunas fajas y tiras de pañuelos obscuros +pendían de los balcones, balanceándolas el aire como sogas de ahorcado. +El escaparate tenía un aspecto de vetustez y abandono; el polvo de tres +días sombreaba los vivos colores de las telas; y hasta el emblema de la +casa, aquel maniquí vestido de labradora, parecía mirar al través de los +cristales la extensa y alegre plaza con ojos de muerto. En las puertas +de todas las tiendas aparecían las cabezas curiosas de los dependientes, +con la misma expresión que si presenciasen el último acto de un drama. +Los dueños, de pie en la entrada de sus establecimientos, volvían la +espalda a <i>Las Tres Rosas</i> y fruncían el ceño, como si les doliese +presenciar aquella catástrofe.</p> + +<p>Apenas el Juzgado tomó asiento en la tienda, los pocos dependientes que +aún quedaban en ella, como fieles guardianes de la ruina comercial, +abalanzáronse a las puertas para cerrarlas, evitando de este modo la +expectación molesta de los curiosos.</p> + +<p>El escribano había subido al piso principal para hacer ante la esposa de +Cuadros las notificaciones consiguientes antes de comenzar el embargo. +Un hombre salió de la trastienda con paso acelerado, como si le +persiguieran.</p> + +<p>—¡Don Eugenio!—exclamaron los dependientes—. ¿Adonde va usted...?</p> + +<p>—Dejadme, muchachos. Ya me ha dicho el señor de arriba que no me +marche.... Pero primero me matan que me quedo. Yo no puedo seguir +aquí... ésta no es mi casa.... ¡Dejadme pasar...! ¡Abrid la puerta...!</p> + +<p>Y el pobre octogenario, con su arrugado rostro de una palidez de marfil, +tembloroso y flácido, sin el bastón-muleta que le ayudaba ordinariamente +en su marcha, los ojos inyectados de sangre y los ademanes +descompuestos, parecía un pobre loco.</p> + +<p>Pasó por entre los dependientes de la tienda y del Juzgado, +atropellándolos con su débil cuerpo, que parecía fortalecido y vibrante +por la indignación; y empujando con el pie una puerta entreabierta, +salió de la tienda.</p> + +<p>A aquella hora, la plaza del Mercado estaba bañada por el ardiente sol +de una tarde de verano. Las moscas, revoloteando en la atmósfera de luz, +brillaban como movibles chispas de oro; los tejados destacaban sus +agudos contornos sobre el espacio azul y límpido. Frente al Principal, +un grupo de soldados comía melones; en las puertas de las tiendas +asomaban los dependientes curiosos; un corro de granujillas del Mercado +jugaba a las chapas frente a los pórticos, y el resto de la plaza estaba +solitario, con las aceras limpias de cestones y toldos, tostándose sus +baldosas con aquella luz intensa y deslumbrante que lo caldeaba todo.</p> + +<p>Don Eugenio andaba sin saber adonde dirigirse. Le temblaban las piernas, +pasaban tenues nubecillas ante sus ojos y veía confusamente a los dueños +de las tiendas, que le seguían con un gesto de compasión o le llamaban +con amistosas señas.</p> + +<p>—No, no iré... Yo no tengo derecho a entrar en vuestras casas. Sois los +hijos, los sucesores de aquellos comerciantes de mi casta, viejos +compañeros que antes morían que faltar a la honradez. No podría entrar +en vuestras tiendas: soy el dueño de <i>Las Tres Rosas</i>, un quebrado, uno +a quien embargan y que ningún comerciante honrado puede considerar como +amigo.... ¡Ay, mi pobre tienda...! ¡Te has lucido, Eugenio! Sesenta +años de honradez inquebrantable, llegar a una edad a que pocos llegan, y +todo ¿para qué? Para ver desmoronarse en un día lo que tanto me costó de +edificar.... Pero ¿en qué tiempos estamos? ¿Qué hombres son estos que se +juegan el porvenir, la tranquilidad de la familia, que pierden la honra +y huyen tan frescos? La maldita ambición de subir y el salirse de la +esfera los pierde a todos.... Ésta no es mi época.... Soy un muerto que +por milagro sobrevive.... Mis compañeros, mis amigos, hace ya muchos +años que se pudren en la tierra.... Allí debía estar yo. Juanito, ese +chico, es quien lo ha entendido.... ¡Claro! Aunque dócil, era también de +los nuestros, y ha preferido irse. ¡Ay, Señor! ¿Para esto me habéis +conservado la vida...? ¡Llevadme, llevadme pronto...!</p> + +<p>Y agitado en su interior por estos pensamientos, avanzaba penosamente, +trazando zigzags como si estuviera ebrio, cada vez más pálido y +extendiendo sus brazos al pedir mentalmente que lo arrancasen del mundo.</p> + +<p>Había llegado frente a San Juan, y su mirada, cada vez más indecisa y +obscura, se fijó en la célebre veleta, en el pajarraco que doraba el +sol, dándole el brillo de un ave del Paraíso.</p> + +<p>—Aquí fue.... Como un perro me dejaron los míos.... He trabajado mucho, +¿y qué? Pobre y hambriento me abandonaron, y después de setenta años me +encuentro igual en el mismo sitio. ¡Hermoso porvenir...! Sea usted +honrado, trabaje usted mucho, para verse arruinado, sin otro recurso que +pedir limosna en la puerta de San Juan a los hijos de mis amigos.... +¡Ay, mi pobre tienda...! Ha naufragado el barco, y el capitán debe +morir. ¿Dónde está la veleta...? ¿Se la han llevado...? ¡Qué aprisa +anochece...! ¡Cómo me rueda la cabeza...! ¡Viejo, que te caes...! +¡Señor...! ¡Señor...! ¡Así!</p> + +<p>La caída fue instantánea.</p> + +<p>Primero se doblaron sus rodillas, quedando de hinojos en aquel lugar +donde su padre le había abandonado setenta años antes; después cayó de +bruces en la acera.</p> + +<p>Los que en tropel salieron de todas las tiendas aún pudieron presenciar +la agonía del último veterano del Mercado.</p> + +<p><i>Valencia</i>, <i>1894</i>.</p> + +<h2>FIN</h2> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of Project Gutenberg's Arroz y tartana, by Vicente Blasco (Ibáñez) Ibanez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ARROZ Y TARTANA *** + +***** This file should be named 16413-h.htm or 16413-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/6/4/1/16413/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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